LA GUERRA (Libro completo Parte 3-5)


 
LAS VIRTUDES DE LA MUERTE


Un anochecer de colores arduamente dilatados por múltiples soles, amarillos fuertes y oscuros. Nubes que parecen restos de combustiones inconclusas. Un cielo que desaparece en su caída, se derrumba hacia arriba, a otro cielo superior y quizá más calmo o más perenne. Pero aquí, cerca de la tierra, hasta el aire se endurece, se petrifica luego de la última unión de sus elementos, después de ser fuego, gas, líquido y otra vez gas, aire y fuego nuevamente. El cielo se convierte en tierra, en madera, como si los árboles esparcieran sus semillas también allí, capaces de brotar en el barro suspendido, el humo de barro.
     “Ellos nos sostienen. Son la tierra.”
     La cercanía de la tierra espanta a los habitantes primordiales del cielo. Insectos, aves, semidioses, fenómenos sin nombre en irremediable indefensión por estar hechos de material indigno. Es en estos anocheceres cuando los monstruos surgen y dominan el paisaje. Y mientras lúgubres formas salen de un opaco sol que está muriendo, los monstruos se han reunido alrededor de la madre que comienza a emerger desde el otro extremo del cielo.
     “El suelo sobre el que caminamos.”
     La luna le habla a sus hijos en un lenguaje de tonos boscosos, un bosque árido. Y cada uno de las figuras en la superficie de esa luna, es el punto en que se inicia el fin de los hombres. Cada habitante, cada barca o casa, niño, mujer o anciano, ve con nitidez su comienzo y su irrevocable finitud. Por eso, cuando ella, la diosa de la noche, surge en el cielo, los cuerpos reviven.
     “Nos sostienen, son la tierra, caminamos sobre ellos.”
     El resto se esfuma en la nada. Y el vacío induce la piedad de los muertos. Los que ya han sido y conocen la ausencia del ser. Renacen los nervios de sus miembros muertos, que sólo la diosa es capaz de estimular.
     “Nos sostienen en la tierra sobre la que...”
     Nacen de los sitios donde fueron enterrados, y olvidan el lugar de pesadumbre. Sitio de limitada sapiencia, insoportable quietud. Bailan, encienden fogatas. Son rostros que tuvieron ojos, manos. Voces que se han hecho ásperas esta noche.
     “Caminamos sobre ellos, no caemos porque nos sostienen.”
     Él está en medio de las fogatas. Escucha la enorme voz que le repite frases oídas muchas veces, confundida con los gritos y el retumbar de la piel de muertos en la renovada noche de esperanza. La luna mueve sus múltiples ojos, parecida a una fosa cavada en la tierra oscura del cielo, en la que desea meter las manos y llenar sus palmas con esas larvas. La vida que come vida en la muerte.
     Son la tierra sobre la que caminamos, repite la voz.
     Aparta los ojos de aquella luna, y escucha la orden. Pero la voz, por más que se parezca a una orden, es sólo afirmación. Un recuerdo que se había propuesto olvidar por pertenecer a su abuelo.
     Ve la cara en la multitud. Entre los rostros informes, reconoce la cara de alguien a quien vio morir. Y se le está acercando.
     El cuerpo es diferente a los otros, como si nunca hubiese estado expuesto a los gusanos. Él conoce ese cuerpo carente de ruindad que camina hacia él. Pero su memoria se resiste a la revelación del nombre.
     La figura se abre paso entre los bailes y orgías de los muertos. Se agranda, cada vez más clara a la luz de la luna que intenta facilitar la memoria de Zaid.
      Él sufre, llora por no reconocer a quien cree es su obligación dar un beso en la frente, y quizá también poner sus manos sobre el cuello y cerrarlas. Pero, se dice, ya hice algo como eso. Resultados, de eso se trata finalmente, que por cualquier medio son los mismos. Debe reconocer el rostro.
     Cuando se le ha acercado, entrecierra los párpados y fuerza la vista ante la cara frente a la suya.  La ovalada faz de barba y ojos de impreciso color sonríe con un leve gesto de desdén en los labios. Las pupilas se tornan ovales según el movimiento de los ojos, como un animal del bosque.
     Entonces nace un gruñido de furia de la profundidad de la boca abierta.
     Ahora lo sabe. Comprende el idioma, aunque sin haberlo aprendido nunca, y ve lo que está grabado en la cara del muerto.
     El rostro sin nombre, piensa, al despertar.

     Abrió los ojos al sol que empalidecía detrás de nubes espesas. Su cuerpo todavía era el de un niño que estaba creciendo, y le dolía. Pero él no pensaba demasiado en esto aún, sino en la memoria de los sueños que se obstinaban en recordarle que no había enterrado al hombre.
      El abuelo Zor le repetía su tediosa letanía una y otra vez. Era curioso cómo las palabras de aquel viejo se habían fijado en su memoria con más fuerza que cualquier otra cosa dicha por quienes él creía admirar.
     Ellos nos sostienen.
     Los enterrados.
     Su tarea de soportar el peso de los vivos.
     Sin ellos, vivos y muertos continuarían siendo, como en los orígenes, una sola masa común de fango.
      Tu voz de tierra, tu boca llena de aire y de nada. Si no fui más que tu instrumento, en contra aún de mi débil voluntad, porque mi cuerpo también es débil todavía. ¡Maldito seas, viejo cazador!
      Después de correr todo un día a lo largo de la orilla del río, comenzó a pensar en lo que había hecho. Tenía la sensación de que algo faltaba. No entraba en ello el arrepentimiento, lo sabía; sin embargo, matar a un hombre dormido, aunque fuese el hombre que lo había humillado, no era un acto que su padre aprobaría. Si uno mata es para comer o defenderse, le había dicho Tol, y su defensa ahora le parecía venganza. Únicamente había logrado que el alma de la víctima lo amenazara en sus sueños.
     Se detuvo a mirar las aves que volaban en grandes bandadas sobre toda la zona. Algunos hombres, a lo lejos, intentaban espantarlas con gritos y piedras. Alcanzó a distinguir los colores de la túnica del brujo. Reynod rezaba e incitaba a las aves a marcharse. Pero tal vez ellas tuviesen otros dioses, otros temores, porque permanecieron allí dando vueltas sin cansarse, atentas a cualquier cuerpo inmóvil. Una llovizna gris diluía los contornos de los árboles, la superficie del río, la tierra que se apelmazaba en altos montones de barro donde chocaban las olas de la corriente.
     Miró hacia atrás, dispuesto a regresar, pero recordaba el sitio exacto donde había dejado a Markus. El paisaje había cambiado demasiado en poco tiempo, y caminó hacia la gente que rodeaba al brujo con la esperanza de que el viejo hubiese sido llevado hasta allí. Pasó entre las brasas humeantes a lo largo de la playa repleta de muertos y heridos. Una caravana avanzaba alejándose del río hacia el norte. Los miembros vestían hábitos negros y raídos, y un anciano caminaba al lado del muerto que cuatro hombres cargaban.
     -Debe ser el funeral de un hombre importante- dijo alguien que se había parado junto a Zaid, mirando la misma procesión. Las nubes se dispersaron por instantes y dejaron que el sol iluminara el bosque de abetos, las sombras largas y pálidas de los árboles formaron columnas que se arrastraban por el suelo hasta ellos.
     -El viejo es el líder de los rebeldes, se parece al artesano…pero no sé a quien llevan.- El hombre que hablaba echó una mirada hacia la congregación del brujo, y bajó la voz. -Debe ser uno que se hace el muerto para huir.
     Zaid lo miró con asombro. Sabía que a los rebeldes ni siquiera se los debía mencionar, su condición era más precaria aún que la de un esclavo.
     -Hijo, no me mires así- le dijo el otro.- Nadie les prestará atención ahora, todos estamos ocupados en enterrar a nuestros muertos.
     Zaid se alejó siguiendo el camino de la orilla. De vez en cuando, se daba vuelta para observar a los que se dirigían hacia el norte buscando refugio en la costa lejana. De vez en cuando llegaban ráfagas heladas del mar, lejano pero fiel mensajero del invierno. Sintió escalofríos que hicieron temblar su cuerpo casi desnudo e irritado por el ardor de las quemaduras. El viento le punzaba la piel como langostas. Apuró el paso hacia un grupo que se protegía junto a una fogata. Algunas mujeres lo vieron llegar tiritando y se adelantaron para abrigarlo con pieles que olían a sangre.
     -¿Cuál es tu nombre?- le preguntó una mientras lo conducía cerca del fuego. Repitió la pregunta dos o tres veces, pero él no iba a decir su nombre. Incluso esperaba no ser reconocido con esa máscara de tierra. Tuvo entonces una idea que facilitaría su búsqueda, y dijo:
     -Soy el nieto de Markus, el de los Ojos Claros, y busco a mi abuelo.
     Nadie supo responderle. Del río de lava subía un vaho cálido que ni siquiera la brisa frío del norte lograba vencer del todo. Estaba anocheciendo. Más lejos, donde muchos estaban reunidos y rezaban, varias hogueras despedían un denso humo negro con el olor de la carne quemada. Entonces caminó hacia la voz del brujo, cada vez más clara y fuerte a medida que se acercaba.
     -¡Las vírgenes tienen el aroma de la savia de los tallos verdes, tardan y sufren y se resisten a quemarse! ¡Gracias a ellas la ira de los dioses ha cesado!
     Se escuchó un clamor, casi un tronar, de los hombres y mujeres que rodeaban a Reynod. Los cuervos que sobrevolaban las hogueras se alejaron con el estampido de las voces. La gente comenzó a dispersarse cuando terminó la ceremonia, y Zaid se encontró en medio de cientos de hombres y mujeres que buscaban a sus muertos. Levantaban las cabezas de los cadáveres del barro y las dejaban caer de nuevo. Cuando alguno era reconocido, los hombres lo cargaban, o varias mujeres lo arrastraban. Y los brazos y piernas de los muertos hacían entonces el último camino a las fosas, balanceándose en las espaldas de sus deudos.
     Zaid buscó también el rostro sin nombre, pero todos los cuerpos le resultaban perfectamente iguales: tristes, oscuros, rígidos. La muerte era la máscara más hábil del mundo, le había dicho el abuelo Zor una vez.
     párpados cerrados o abiertos, ojos de mirada perdida. rostros y cuellos deformes. bocas entreabiertas, lenguas torcidas. lenguas negras. sangre seca. hormigas entrando en los oídos. picotazos de carroñeros que prueban la carne y la desprecian.
     Durante cinco días estuvo preguntando y buscando a Markus o a su hijo, pero se daba cuenta de lo imposible que sería encontrar una cara entre tantas que habían perdido su fisonomía para siempre. Y cuando ya la niebla se había asentado al final de la tarde, escuchó una voz que gritaba en la neblina, entre los árboles.
     -¡Traigan más hachas, palas y tierra!
     Debía ser uno de los enterradores, se dijo Zaid. No había conocido a muchos de esa casta de voz monótona aunque firme, de tonos tristes y resignados, los de ojos negros igual que sus ropas. Esa tela les ajustaba el cuerpo como si midiese su talla para la fosa en la que algún día iban a descansar. Se decía que cavaban su propia tumba en la mañana de la última jornada de trabajo decidida por ellos en la vejez. En la tarde de ese día aún habrían de cavar para otros, pero después, cuando el sol terminara de esconderse, se dejarían caer en el pozo que la lluvia taparía con la tierra amontonada a un costado. Todo esto se decía de ellos, y si era cierto lo que Zaid había escuchado, el conocimiento de los enterradores sobre la muerte iba a serle útil a él.
     Se metió en la niebla del bosque, guiado por las voces, el jadeo de los cavadores. Como una figura de humo apenas más definida que las otras sombras a su alrededor, el hombre estaba parado junto a un árbol, con un brazo extendido hacia el montón de cuerpos acarreados por sus ayudantes. Cuando sus ojos se acostumbraron, pudo ver que vestía de negro y la barba casi le ocultaba la cara con un halo oscuro. Pero el otro lo descubrió mirándolo, y aprecien enfadarse.
     -¿Qué estás buscando?
     Entonces unos pocos rayos pálidos y ocres del sol atravesaron la niebla, y Zaid distinguió la marca en la frente del hombre, la mancha de carbón ardiente que lo confirmaba en su cargo.
     -Quiero saber... - empezó a decir Zaid, pero empezó a toser y escupir saliva y sangre.
      El otro le dio agua de una vasija.
     -Quiero saber... -repitió. - ...si puedo hablar con ellos... - Y señaló a los cadáveres.
     El hombre lo miró extrañado y lo hizo sentarse con él junto un árbol. Las ramas crujían con el viento, mientras la humedad de la tarde los hacía sudar.
     -¿Quién te dijo que van a responderte? Hay veces que ni siquiera a mí me contestan.
     -De eso depende mi paz- contestó Zaid.
     En sus ojos debió dibujarse un brillo que conmovió al hombre, porque éste dejó la vasija a un lado y desvió la mirada con rapidez vigilando el trabajo de los otros cavadores. La tierra mezclada con ceniza, hojas y ramas, era una maraña de barro viscoso e impenetrable que entorpecía el trabajo.
     -Tengo que saber si hay un muerto que conozco entre los enterrados. Sino, deberé buscarlo y cavar la fosa.
     Zaid creyó que no le estaba prestando atención, pero de pronto le pareció escucharlo gemir. El hombre luego se dio vuelta, tenía una expresión cercana a la pena.
     -Hijo, eso puede llevarte toda la vida.- La voz del enterrador se oyó acongojada.
     -Pero no es eso a lo que tengo miedo- contestó Zaid.
     Entonces el otro lo agarró de los hombros y le besó la frente. No era un signo de cariño, sino de dolor, pensó Zaid, los labios eran secos y ásperos como la tierra con pedruzcos.
     -Hay elegidos, hijo mío, y de vez en cuando nos encontramos, reconociéndonos...
     El beso tuvo, mientras duró, la certeza de una condena, pero no excluía la misericordia por la nueva alma dedicada a tal tarea.
     -Piedad a los muertos, piedad para él- murmuró el hombre con lo párpados cerrados, y después marcó la frente de Zaid con un puñado de tierra.
     -Ahora estás ungido. Serás el más importante de mis ayudantes. Desde este momento, te entrego mi azada.
     Zaid trabajó todo el resto del día cavando fosas. De vez en cuando, se sentaba a descansar, secándose la frente y levantando la mirada para ver a lo lejos. Más allá de los otros cavadores, que se agachaban y se erguían sin descanso, detrás de los árboles caídos y la neblina y la ceniza que aún flotaba en el aire, alcanzó a descubrir a los ayudantes del brujo. Estaban sepultando los cuerpos de las jóvenes en un sitio de la playa, elegido sin duda por Reynod. La fosa de las vírgenes era labor exclusivo de su séquito. Los cuerpos habían sido envueltos con grandes hojas verdes, y parecían larvas de gusanos aguardando las crecidas del río para regresar al espíritu del bosque.
     Pero los cuerpos de la gente del pueblo se abandonaban a la tarea de los enterradores, porque la tierra, lodo y podredumbre, había dicho Reynod, era el material impuro con que habían sido creados.

      Durante los días siguientes, el maestro le enseñó lo que debía saber para su labor, pero Zaid únicamente pensaba en el rostro de sus sueños, buscándolo en cada uno de los cuerpos que sepultaba.
     -¿Cuál es tu nombre?- le había preguntado el maestro muchas veces, sin conseguir respuesta. Y volvió a hacerlo una vez más.
     El joven pensó en mentirle, pero recordando a aquel a quien no lograba encontrar, se dio cuenta que ya le resultaba innecesario.
     -Mi nombre es Zaid...y busco a Markus el de los Ojos Claros.
     El enterrador detuvo su tarea y reflexionó, apoyando una mano sobre el mango de la azada y la otra sobre un hombro del muchacho.
     -Soy uno de sus hijos.
     Zaid lo miraba con resentimiento, como si también el maestro hubiese estado guardando un secreto.
     -¿Por qué estás buscando a mi padre?
      Tardó en hallar una excusa que reemplazara la verdad.
     -El viejo me cuidó en la balsa en que huimos- dijo el joven-y lo perdí de vista. También allí estaba otro de sus hijos.
     -Ese debió ser mi hermano, el menor de todos, el que tuvo que soportar la locura de mi padre. Si te contara lo que Volfus llegó a hacer para el viejo...
     Así que ése es su nombre, y su cara vuelve como en las noches. Pero hoy estoy despierto, aunque los bailes de la niebla oculten el bosque y los hombres que lo habitan.
     Los ojos pequeños, creciendo como dos círculos de agua cuando se arroja una piedra, siempre más grandes, oscuros, sin fondo, sin límites que calmen la sensación de caída en los abismos.
     Los ojos de luna en creciente.
     Un lobo aullando, sobre una roca, a la noche reflejada en sus ojos.    
     Un lobo negro rogando a la luna, monstruo amarillo de ira.
     -Un hombre malo- agregó Zaid, sin pensarlo, y temió la reacción del maestro, que tardó en responder.
     -No he vuelto a verlo desde niño, pero ya entonces era extraño. Aunque nadie es malo, hijo, lo sé porque ellos me lo han dicho.
     Miró entonces hacia los cadáveres vueltos boca abajo en la gran fosa que estaban cavando. Después agarró varios puñados de ceniza y los esparció sobre los cuerpos. Murmuró una letanía cerrando los ojos. Al abrirlos, vio que Zaid lo observaba.
     -Ya aprenderás. A mí me llevó mucho tiempo. Un día estarás feliz si por lo menos uno llega a hablarte.                                                                                                                    
     Zaid retomó el trabajo con esa esperanza. Al anochecer, se marcharon juntos con las azadas al hombro y los pies desnudos sobre la tierra sembrada de huesos nuevos. La luna los guiaba hacia la choza del enterrador. Después de comer, durmieron con los músculos tan tensos como rígidos estaban los que habían sepultado.

     Vivió tres inviernos con el maestro, y aprendió el oficio hasta adquirir su misma destreza. Se levantaban antes que el sol, y luego de lavarse en la cascada que el arroyo creaba detrás de la cabaña, se vestían con las estrechas ropas negras. La espalda de Zaid había crecido con la tarea cotidiana de las excavaciones. Sus hombros también eran fuertes a raíz de cargar tantos cuerpos enmohecidos, estáticos como troncos.
     Y él seguía buscando en cada uno el rostro del que debía provenir la paz. La serenidad para sus sueños. Hasta intentaba hablarles cuando se quedaba solo, encargado de tareas menores como limpiar las herramientas, elegir o remover las tierras para el día siguiente, enterrar, a veces, recién nacidos que las madres daban a luz ya muertos en el bosque. Recordaba en esas ocasiones a los niños devorados en la balsa, y la piedad lo hacía dedicarles una parte especial de su tiempo.
     -Yo lo hago, maestro- le había dicho un día, y el otro cedió, no sin cierto orgullo por la dedicación de su aprendiz.
     Pero los muertos nunca le respondieron.
     Los párpados permanecían cerrados, y aunque los abriese, forzando la piel seca, palpando la dureza de los ojos, nunca halló signos de respuesta. Los labios morados no se movieron jamás con la revelación.
    Su cuerpo ya no es cuerpo. Es aire, es un puñado de tierra, tal vez ni siquiera eso. Polvo que gira entre las ramas, escarcha en las alas de los pájaros, heces bajo las patas de los corzos. Pero él posee el no tiempo entre sus manos, y yo el tiempo que vuela en las alegrías y se arrastra en las penurias.
     La quietud y el silencio sin viento ni brisa, ni el más leve movimiento del aire.
     La nada, el tiempo detenido.
     Una noche se sentó a descansar sobre una roca. Se quedó dormido y despertó poco antes del amanecer. La fetidez de los cadáveres que había dejado sin enterrar se levantaba de los pozos abiertos inundando el bosque. Un pequeño fuego le daba un poco de luz y calor. Miró la cara del último que aguardaba ser enterrado. Vio una herida entre los labios y la nariz, y tuvo una extraña idea. Un conocimiento que nadie pudo haberle enseñado, pero allí estaba en su mente, claro y fácil de comprobar.
     Temió equivocarse, pero lo peor que podía ocurrir era despertar la ira del muerto, y aquello resultaba por lo menos algo nuevo frente a la nada del silencio. Con un golpe del borde de la azada, hundió y partió el rostro. Los huesos se rompieron y la cabeza quedó abierta en dos fragmentos.
     Zaid transpiraba, aunque la madrugada era fría. Estaba seguro que vería el origen del lenguaje, de la memoria de los hombres. Sacó las astillas una por una, se lastimó muchas veces los dedos embarrados. Detrás de los huesos rotos vio una masa blanda cubierta por una membrana crepitante e hinchada por líquidos internos. Con el filo de un cuchillo la cortó, y el material opaco y nauseabundo se derramó sobre el suelo. El líquido cedió de intensidad lentamente, y él trató de retener la masa gris entre los dedos, pero se resbalaba. Parecía que aún después de todo, la esencia de la revelación se le seguía negando. Entonces oyó la voz del maestro a sus espaldas, y vio la apenas nítida luz del sol que se estaba asomando lejos, muy débil aún, como una antorcha que lo pusiese al descubierto cometiendo un error.
     -¡Sacrilegio!¡Quién te enseñó esto!-gritó el maestro, sujetándolo de un hombro y dándole un golpe en la cara.
     Zaid lo miró con vergüenza.
     -Es que nunca me hablaron…
     El otro movió la cabeza con desconsuelo y suspiró profundo.
     -Tu problema es que estás buscando el espíritu entre los cuerpos sin vida. Y yo de eso no sé nada. Sólo conozco de cadáveres.
     Su voz temblaba al hablar, y Zaid tuvo la sensación de que el maestro nunca había dicho eso en voz alta.
     -¿A quién estás buscando?
     -Volfus- contestó Zaid, de una sola vez, y ese nombre pareció hacer un surco en su cara, sembrando tristeza y pesadumbre. –Yo lo maté, y cada día que pasa, maestro- Zaid ahora lloraba- su cuerpo se pudre, y el alma migrará para siempre a expensas de mi paz.
     -No te preocupes, no te culparé de su muerte. Ya te dije que Volfus era extraño, y de mal modo debía terminar. ¿Y si hallas que ha sido sepultado?
     -Me habré deshecho de la culpa.
     La mirada de Zaid se trasparentó, como si con sólo decirlo, se viese libre de la oscuridad tras sus ojos.
      La luz de la mañana caía en trenzas de sol alrededor de las encinas, y se reflejó en la mirada del enterrador. El maestro se había puesto a meditar, sentado junto a Zaid al borde de la fosa, mirando ambos la cabeza abierta del cadáver en la que los pájaros habían empezado a escarbar. Pasó un brazo sobre los hombros de su aprendiz, y le habló como quien despide a un hijo.
     -Mi padre enterró el cuchillo con que Volfus le amputaba el pie de muerto. Se me ocurre que pudo haber llevado el cuerpo a ese lugar.
     -¿Está seguro?
     -Soy de la familia de Markus, no lo olvides... pero será tu trabajo buscar a otro de mis hermanos, el que ha aprendido a curar a los enfermos. Es el único que conoce el lugar. Una vez me dijo que desenterró el arma, sin que nuestro padre lo supiera, y la guardó. Vive al oeste del delta del Droinne, en los Campos Abiertos.
     Zaid partió en la tarde, con las ropas que habían sido del enterrador cuando era joven y una bolsa con provisiones balanceándose a su espalda. Dos o tres veces se dio vuelta para saludar a su maestro, pero justo cuando el brillo del sol desaparecía y era ocupado por la primera sombra del anochecer, el enterrador creyó ver algo más junto al muchacho mientras se alejaba. Un animal, quizá, pero tan alto como un hombre. Una sombra, se dijo, nada más. Tomó la azada y regresó al bosque para retomar su tarea.

*

La tierra apenas estaba perturbada por lomas con pastizales verdes o amarillentos balanceados por el viento, por colinas bajas parecidas a las jorobas de los dioses que viven debajo del mundo para controlar a los muertos. Algunas hondonadas estrechas se alternaban en la llanura, y la luz, reflejada sobre el pasto y los arbustos, se hundía en ellas como tragada por la tierra.
     Durante todo el verano que duró su viaje, la gente que encontró en los caminos le habló de los pueblos del este. Decían que los hombres parecían serenos, pero acostumbraban a enfurecerse en las noches al beber el vino preparado con las uvas que sembraban. Le describieron también las casas y chimeneas de piedra construidas por los mismos hombres y mujeres que trabajaban la tierra.
     Cuando llegó al valle, se detuvo a mirar la aldea a lo lejos. Pero el anochecer ya se había asentado, el pueblo aún estaba más allá de medio día de distancia, y el sueño comenzaba a vencerlo. Se recostó entre  unas altas plantas de hojas verde oscuro que no reconocía, entre espigas movidas por un viento templado dispersando las semillas. Se sintió protegido por los tallos, mientras trataba  de distinguir de dónde venía un rumor de agua, tenue pero continuo, que no había podido descubrir en todo el camino.
      Volvió a abrir los ojos por un momento antes de dormirse finalmente, y vio las espigas que se alzaban hacia la luna, menos cruel y más blanca que en los bosques de su infancia.   

      En la mañana siguió caminando hacia el rumor del agua, y encontró un arroyo angosto encerrado entre tablas. El amanecer hacía brillar los campos. Hasta mucho más allá de su vista, los colores de la tierra se sucedían sin interrupción. El amarillo oscuro, el blanco, el morado, dispuestos en sectores de diversos tamaños, uno tras otro, unidos por caminos y senderos deshabitados.
     No halló a nadie en todo el día, y cuando el hambre y el calor lo agobiaban, vio una carreta y un buey que pastaba al costado del camino. Él no llevaba armas, sólo un puñal viejo y la ropa que el enterrador le había legado, y se colocó junto al animal buscando a alguien por los alrededores. Oyó una voz ronca, y la sombra de quien le hablaba se interpuso entre él y el sol.
     -¡¿Qué busca?!- dijo el hombre viejo. Tenía las cejas espesas y la piel curtida.
     -Busco a Draiken.
     -El médico vive en la aldea- le contestó de mal humor, mientras descargaba un atado de paja. Era un anciano de hombros anchos, barba canosa sobre una cara broncínea, y con la cabeza cubierta por un paño sucio. Al ver a Zaid ensimismado en la contemplación del buey, gritó:
     -¡Ustedes, los salvajes! Viven migrando y cazando... nunca aprenden nada. Este animal puede matarte con una patada, pero nunca te avisará. Es más peligroso que las bestias de los bosques.- El viejo movía la cabeza en señal de resignación.- Ustedes llegan en hordas, destrozan mis cultivos peor que una plaga.  Y cuando no encuentran caza, matan a los bueyes.
     Zaid le preguntó si había visto a alguien de su pueblo. El viejo se rió. Cómo pensaba el joven que tendría tiempo de reconocer a uno siquiera de tantos que lo habían saqueado. Pero la mirada del joven ablandó su hosquedad.
     -Muchos vinieron después del estallido del volcán. Escuché decir que quemaron vivas a las vírgenes del pueblo, pero yo no lo creí, eso no puede pasar en estos tiempos. Hasta algunos querían vivir aquí y rezar a sus dioses sangrientos. ¡Oh, ustedes, los ignorantes y salvajes!
     Repitió esa frase incontables veces mientras iban hacia la aldea. Zaid se dio cuenta que el viejo estaba casi ciego cuando lo vio subir a la carreta palpando las riendas, dejando que los caballos la arrastraran por los campos verdes, a través de los sembrados y cruzando los arroyos. La luz  del crepúsculo comenzaba a teñir los arbustos del camino con una capa de niebla roja.
     Escuchó las voces y la música que aumentaban a medida que se acercaban al pueblo. Un hombre tocaba un instrumento de madera y cuerdas, y muchas mujeres lo rodeaban. Otros hombres discutían y se amenazaban con los puños, pero luego reían y se palmeaban las espaldas mutuamente. Un tambor percutía donde unos niños jugaban corriendo. Las puertas y ventanas de las cabañas se sacudían con la ventisca, que arrastraba un cálido olor a manzanas cocidas.
     El dialecto que escuchaba hablar era más difícil que en el resto de los pueblos que había conocido, pero el viejo le había enseñado algunas palabras en el camino. La gente hablaba un lenguaje menos hosco que el suyo, quizá más delicado, pero había semejanzas en muchos sonidos con los de su propio idioma.
     Ya era casi de noche. Como no quiso pedir comida al viejo de la carreta - la frase de reproche contra el pueblo de Zaid, repetida hasta el cansancio, lo apesadumbraba-, ahora estaba más hambriento. Necesitaba hallar a Draiken si quería comer y dormir un poco.
     Caminó por las calles, mientras lo observaban desde las casas. Se dio cuenta de que las mujeres dejaban de remover los cucharones en las ollas puestas al fuego al verlo pasar, y los hombres detenían el martilleo sobre las tablas. Pero nadie se animaba a observarlo más que unos instantes. Si sus miradas se cruzaban, entonces rápidamente bajaban la vista y murmuraban algo entre dientes. Los niños que se le acercaban enseguida retrocedían ante el grito de sus madres, que los hacían volver y los encerraban. Un sonido, una palabra extraña podía oírse vibrar en el aire, como si todas las voces del pueblo la estuviesen pronunciando al mismo tiempo.
      La gente siguió sus pasos mirando por los postigos entreabiertos. Los ojos de los curiosos a veces se dirigían más arriba de él, o detrás, o a sus costados. Zaid miró alrededor por si alguien lo acompañaba, pero nadie había. Los perros le ladraban al pasar, luego el ladrido se convirtió en un aullido perdido en la oscuridad. La luna hizo que la sombra de las casas se extendiese sobre las calles. Los sonidos que había escuchado al entrar a la aldea decrecieron, y la música había cesado del todo. Las últimas voces se ocultaron tras las puertas. Sólo un viejo se animó a indicarle dónde vivía el médico.
     -Al terminar la calle-dijo.
     Halló el lugar y se paró frente a la puerta. Golpeó con el puño tres veces.
     Un hombre alto y delgado, con una corona de cabello corto y blanco, la barba rubia, abrió la puerta. Zaid se sorprendió del parecido con Markus. El hombre intentó volver a cerrar la puerta, pero luego se quedó quieto mientras miraba hacia la derecha de Zaid.
     -Su hermano el enterrador me ha enviado.
     Cuando el otro volvió a mirarlo, pareció serenarse y le dejó entrar. Un fuego alumbraba la habitación desde un rincón. Las paredes estaban cubiertas de estantes con instrumentos que brillaban con las llamas, pinzas hechas con astillas de huesos, cuchillos y estiletes de muchos tamaños. Sobre las mesas había cuerpos humanos, algunos cortados en fragmentos, otros completos.
     El hombre estaba mirando a Zaid, sin pronunciar una palabra. No se apartaba de él tal vez por no mostrarse cobarde, pero tampoco se animaba a acercarse más. Sólo después de un rato, señaló hacia el espacio junto a Zaid.
     -¿Qué le has hecho a la sombra que te acompaña?- preguntó.
     -¿Qué sombra?
     El otro lo observaba más con desconfianza.
     -¿Entonces, no la ves, nunca la has visto? -Retrocedió unos pasos y se apoyó en la mesa.- ¡Estás maldito, no te acerques!- Pero no le hablaba al joven, sino a la sombra.
     -Su hermano me manda para aprender el oficio.- Zaid deseaba ignorar el miedo del médico.- Lo ayudaré todo el tiempo que me ordene, como esclavo si así lo quiere, a cambio de algo que necesito saber.
     -Si llegas del mundo de los muertos, no hay nada que pueda enseñarte.
     -Es que intento huir de ellos. Si lo que está viendo es lo que sufro en mis sueños, entonces lo entenderá.
     -Veo a Volfus, parece estar vivo pero es una sombra nada más.
     -Usted puede decirme dónde lo llevó su padre.
     -¿Por qué...?
     Zaid miró hacia los cuerpos sobre la mesa. Sus ojos brillaron al ver los inseguros reflejos de la carne muerta sobre el tablón. Draiken tapó los cadáveres con una tela, y ocultó también los instrumentos que podían convertirse en armas.
     -Yo lo maté- murmuró Zaid. Y la sombra a su lado fue creciendo, y el hombre gritó:
     -¡Cuidado!
     Pero Zaid nada había visto ni sentido.
     -No se preocupe- dijo, tan apaciblemente, que aparentaba tener más años que el mundo.- Él me espera en el sueño, sabe que es algo que no podré evitar. Si fuera posible la vigilia constante...
     Draiken echó leña al fuego hasta hacerlo tan intenso, que expulsó la oscuridad de la habitación. Nada más que el techo permanecía en penumbras, y el espectro se había ocultado allí. Luego preparó algo de comer y beber.
     Zaid no dejó nada en su fuente, y aunque se sentía insatisfecho, el adormecimiento lo fue venciendo. Sus párpados se cerraban con lentitud, y la cabeza se inclinó sobre un hombro. El médico tenía los codos apoyados en la mesa y un vaso de madera con leche tibia y miel entre las manos. Le hablaba para mantenerlo despierto.
     -Mi hermano...
     -¡No! El enterrador no quiere que se pronuncie su nombre. Piensa que al nombrarlo se le quitan años a su vida.
     -Ya lo sé-le contestó, sin poder evitar sonreír- Mi hermano el que habla con los muertos. Allá él y sus creencias.
     -Me dijo que su padre pudo haber enterrado a Volfus en el mismo lugar donde dejó el cuchillo.
     Draiken lo miraba desconfiado esta vez.
     -Crié a Volfus por casi diez inviernos, era el menor de nosotros. Se convirtió en un hombre resentido, pero aún lo quiero, y no estoy seguro de ayudar al que lo mató.
     Zaid sintió el frío de una sombra moviéndose justo bajo el techo.
     -¿Qué es, qué forma tiene lo que ve? -preguntó, no por convencer a Draiken, sino porque si ya nada más había por hacer, por lo menos necesitaba averiguar si el muerto que los demás veían era igual al de sus noches.
     -Es un hombre, un cadáver sin podredumbre todavía, y a veces un lobo.- El hombre hablaba fijando la vista en la sombra, luego volvió a mirarlo. - Mi padre me contaba que en el bosque viven muchos espíritus con la forma de animales. Pero el de Volfus es cambiante...- Y miró de vuelta al techo.-... a veces parece un hombre, a veces un lobo.-La voz de Draiken se quebró de pronto, como si se diese cuenta recién ahora de que no veía al pequeño hermano que recordaba, sino la sombra en la que se había convertido.
     Un animal sin contornos que absorbía la memoria de los que lo habían conocido. Una criatura de formas vagas buscando la figura constante, definida, junto a la cual todo lo demás sería sólo un recuerdo desaparecido para siempre, extraviado en el frío y acre aliento que brotaba de esa boca de muerto.

*

De Draiken aprendió todo lo que éste supo enseñarle, pero no lo que esperaba. La revelación del entierro de Volfus se iba postergando indefinidamente. Pero ya no era importante esa urgente necesidad de sepultar el cuerpo para seguir con su propia vida. La culpa había tomado el sabor rancio de las frutas demasiado maduras, y todas las mañanas despertaba con una amarga saliva, como quien mastica sus sueños.
     Cada vez que insistía o pronunciaba en nombre de Volfus, el médico lo miraba con reproche y luego se perdía en sus recuerdos. Por eso Zaid no volvió a preguntarle. Sabía que era necesario complacerlo y trabajar para él, soportando a la vez las amenazas del espíritu de Volfus en las noches.
     Aprendió a conocer las plantas que curaban y  los signos de enfermedad en la gente que iba a ver al médico. Venían viejas doloridas, niños torcidos y llorosos, hombres con llagas. Draiken mostraba dedicación para cada uno, aunque al final del día se sintiese agotado y tuviese los ojos enrojecidos. Se restregaba entonces los párpados con las manos sucias, porque a veces el agua escaseaba en verano. Los enterradores esperaban alrededor de la cabaña, siempre con esa mirada de tierra mojada, y cuando había algún muerto que llevarse, lo cargaban y partían en silencio.
     Durante las tardes, visitaban enfermos con la carreta que un viejo y pesado buey arrastraba con lentitud. La gente los saludaba al verlos salir del pueblo y entrar en la pradera. Zaid sentía una especie de vértigo al mirar el cielo vacío sobre las planicies. A veces se adormecía por el balanceo de las ruedas y soñaba que caía hacia arriba, absorbido por el cielo que fácilmente se confundía con la tierra en el horizonte. Era una pradera amarilla de espigas, una tierra azul con flores rodeadas de frutos como pequeños soles rojos, blancas bandadas de pájaros vegetales que nacían del viento. Hasta donde alcanzaba a ver, había nada más que amalgamados reflejos inconclusos del sol sobre una enorme laguna de plantas. El movimiento de las hojas era como agua que se convertía en aire, ascendiendo en un vaho de la tierra húmeda para alimentar la insaciable boca de las nubes.

     Una mañana, el hijo de una de las familias más viejas de la región llegó corriendo.
     -¡La abuela se muere!- gritó. Se pusieron en marcha hacia la choza que distaba a más de medio día de viaje. Ya la noche se había instalado con una luna de bordes áureos cuando llegaron.
     -La vieja va a morir- le había dicho el maestro durante el viaje.- Te mostraré entonces cómo se derraman los humores de los cuerpos.
     Encontraron a la mujer sobre su camastro cubierta por una manta de pelo de cabra, con los ojos cerrados y los labios abiertos. La fogata iluminaba su cara con una blancura no natural. El pecho aún se movía. Draiken apartó la manta y vio la piel seca, el cuerpo contraído en un espasmo de oscuro ostracismo. Intentó flexionar las piernas y brazos, pero la vieja se resistió a que la moviesen. Todo lo que aún le daba vida se había concentrado en las piernas y brazos, pero su mente estaba ausente y los ojos cerrados a los estímulos. Luego descubrió una herida sucia y fétida en una mano.
     -Un perro la mordió hace un tiempo...-dijo el nieto.
     El médico llamó a Zaid. Lo hizo acercarse al cuerpo para que lo revisara como le había enseñado. Entre ambos dieron vuelta a la vieja. Draiken empezó a palpar la espalda.
     -Aquí esta el humor que da vida a los miembros- explicaba señalando la nuca de la vieja.- Cuando se derrama por una herida que no se cierra en el momento oportuno, es irrecuperable. La armazón del cuerpo se seca y se atrofia. Es una canal entre los huesos, lo mismo que tantas veces viste en los cadáveres. Pero esta vez se está pudriendo por efecto de la mordedura, por eso quiero que hagas el corte que te enseñé. Después taparemos la herida.
     Zaid calentó un estilete sobre el fuego. Hicieron salir al nieto y al resto de la familia. Los murmullos asustados llegaban de la otra habitación.
     -Son supersticiosos- decía el médico.- Esperan hechizos y brebajes, y si no ven bailes y retorcimientos, piensan que nada se hizo por salvarlos. Estarían más satisfechos con Reynod. Pero cuando dejé a mi familia y conocí el resto del mundo, aprendí que todos somos nada más que hombres, carne que se pudre y huesos rotos.
     Tocó el cuerpo de la vieja varias veces mientras hablaba. Sostuvo la mano enferma, y la miró como si la esencia de esa humanidad, todo lo que la anciana había sido siquiera por un instante alguna vez y todo lo que sería más tarde si vivía, fuese cual fuese el resultado de esa noche, estaba contenido entre las manos del médico. Entonces Zaid tomó el estilete, pero sus dedos temblaban. Clavó la punta en el centro de la espalda, y brotó la sangre.
     -¡Más profundo!- dijo Draiken.
     Un líquido espeso de olor fétido fluyó con rapidez y más abundante todavía que la sangre.
     -Recoge un poco-le ordenó mientras limpiaba la herida.
      Zaid puso unas gotas en una vasija y Draiken se la llevó para observarlo a la luz de la fogata. Estudió su consistencia y fluidez contra las paredes del recipiente.
     -¿Sigue saliendo?
     -Poco, y es más rojo.
     -Hay que taparlo, ya es suficiente.
     -¿Pero qué es?
     -Los humores del cuerpo degenerados por esa herida mal curada.
      Después cubrieron el orificio con telas. Draiken hizo entrar a la familia. Había que esperar hasta el día siguiente para saber si la abuela iba a salvarse, les dijo. Todos se fueron, y sólo el nieto se quedó con ellos.
     La luz hacía juegos de sombras sobre la manta que tapaba el cuerpo de la anciana.

*

Los jóvenes se habían acostado en el suelo con pieles que los dueños les habían ofrecido. Draiken se sentó al lado de la enferma, vigilando al mismo tiempo a su discípulo, que se movía y se quejaba en sueños. El nieto se despertó.
      -Vuelve a dormirte, él siempre tiene sueños malos- murmuró Draiken. Dudaba si debía despertar a Zaid. No deseaba verlo sufrir, pero un sentimiento que llegaba de su infancia le impedía hacerlo, el amor por su hermano le hacía difícil sentir otra cosa que no fuese indiferencia por el sufrimiento del muchacho.
     Zaid daba vueltas, se desprendía de las mantas y se tapaba de nuevo un rato después. Tenía piel cubierta de sudor. A veces se golpeaba a sí mismo, pero esos golpes se agotaban pronto, dejando un resto, un pequeño movimiento que se unía al anterior y formaba una sombra con los deshechos del miedo.   
     Draiken vio, o creyó ver algo semejante a dos ojos brillantes en un cráneo delgado y largo. Hasta estuvo seguro de ver el parpadeo, como la luz intermitente de una luciérnaga rondando el cuerpo dormido de Zaid.
     Después sintió el olor, y no tuvo dudas. Era el aroma del pelo húmedo de los animales del bosque. ¿Cómo un olor así podía llegar a aquellas planicies?, se preguntaba. Solamente si alguien lo hubiese traído consigo, y allí estaba el muchacho con aquella bestia habitando su cuerpo, tomando su forma, acechándolo y escondiéndose de él en él mismo. Imaginó a Zaid huyendo de aquella presencia en sus sueños, enfrentándosele al instante siguiente, por una vez valeroso, para descubrir enseguida que el enemigo ya había escapado. Nunca lograría el joven darse cuenta a tiempo que el otro estaba oculto en sus propios ojos, nunca podría hacerlo antes de la llegada de la mañana. Sintió pena por Zaid, pero era el merecido castigo, se dijo.
     Los ojos que había percibido se dejaron ver más nítidos a medida que avanzaba la noche, y el olor era ahora más fuerte aunque impreciso, parte quizá de un ser incompleto y fragmentado que recién comenzaba a formarse, a adquirir cuerpo. Entonces se quedó dormido sin darse cuenta, y creyó haber despertado sólo un rato después, pero ya vislumbraba el halo tenue del sol asomándose al filo del campo. El fuego de la choza se había extinguido, y los jóvenes continuaban dormidos. Las paredes eran más claras, el sol apenas alcanzaba a tocarlas.
     Y pudo ver, primero con escasa nitidez, la forma de un animal, un perro que quizá la familia había olvidado junto a la abuela. ¿Eran suyos esos ojos, ese olor? La silueta comenzaba a moverse, sin agitar la cola, y parecía observarlo. Pero los ojos no eran de un perro, la forma tan robusta del lomo tampoco, por lo menos no de alguno que Draiken hubiese visto en esa región.
     La figura jadeaba, desdibujada en la sombra. La lengua, de rosa oscuro, parecía lamer los restos de la noche que moría. Un temor encarnado, osificado, hecho ojos y cráneo. El pánico en el cuerpo, siempre condenado a seguir creciendo.
     La sombra avanzaba hacia la cama.
     Escuchó las pisadas de la bestia. Un paso tras otro, sigilosos entre el crepitar de los últimos leños. Sintió el olor de la saliva que caía en hilos entre el pelo y las comisuras de la boca.
      Draiken tocó a la anciana, y su extrema frialdad lo sacudió. Estaba muerta desde hacía mucho y él no se había dado cuenta.
     El animal se estaba acercando para devorar el cuerpo.
     Pero antes siquiera de poder agarrar algo con qué matarlo, sintió los dientes hundiéndose en su mano. El dolor dominó su voz, y sólo pudo dar un largo grito que despertó a los otros. Pero ellos únicamente vieron a la vieja en su cama, y al médico parado junto a ella, respirando con gemidos como si se ahogara, y pálido como si la sangre lo hubiese abandonado. Envolvieron la mano con vendas, mientras Draiken los miraba sin expresión, con los ojos abiertos pero sin ver. Algunos miembros de la familia entraron y los observaron en silencio y con recelo. Zaid ayudó a su maestro a salir de la cabaña.
     La luz de la mañana los encegueció. Lentamente, Draiken fue recuperando el color. Metió la cabeza en un cubo de agua para despejarse y se secó. Posó su mirada, aún con restos de pánico, sobre su aprendiz, y lo sujetó fuertemente de los hombros. Entonces comenzó a hablarle como nunca lo había hecho antes, en un tono tan peculiar que el muchacho recordaría tanto como las palabras de su abuelo.
     -Tengo miedo-dijo.-Volfus ya no es mi hermano, sino otra cosa imposible de reconocer a menos que se esté muerto. Nada de lo que he aprendido puede explicarlo. Mis conocimientos son limitados, las cosas que he creído como parte de la vida, son sólo la superficie de ella.-
     Se le acercó a un oído, rozándole la mejilla con su barba.
     - Hoy saldremos en busca de la tumba de mi hermano.- Con los labios heridos por haberse mordido de espanto toda la noche, le dio un beso en la frente.
     -Perdón.- Murmuró después, y se puso a llorar con la cara escondida entre las manos, sin buscar más apoyo que sus piernas cansadas. Encogido, como lo estaba la anciana muerta en la cabaña.

*

Regresaron a la aldea por provisiones, y salieron del pueblo en la misma carreta a la que esta vez habían atado dos bueyes jóvenes.
      Iban silenciosos. Draiken cavilaba con la mirada perdida en el final de la planicie, y Zaid lo observaba, ansioso por saber lo que había sucedido durante la noche. Pero no se animaba a preguntarle.
     Atravesaron campos en los que la luz de la tarde brillaba con un color casi ocre a medida que el sol se ponía. El caminar de los bueyes fue lento y firme, casi no les hizo sentir el paso de los días. Al anochecer desataban a los animales, comían algo y dormían bajo la carreta.
     Dos días después, Zaid halló la oportunidad para hablarle. Había oscurecido, y las nubes eran grandes bocas negras reflejadas en las lagunas.
     -¿Qué pasó en la casa de la vieja?- se atrevió finalmente a preguntar.
     El médico lo miró un momento, mientras desarmaba las yuntas. Parecía preocupado por decidir lo que iba a decir o iba a ocultar.
     -Cuando te pedí que vinieras, fue para que vieses que la imagen que te perturba en las noches es el líquido de la vida convertido en una sustancia pegajosa y maleable. Creí estar seguro que Volfus era nada más que eso. Pero la otra noche un lobo me atacó, y la herida en mi mano no la hizo alguien sin cuerpo. Te estás enfrentando con hechos que no comprendo y temo. Ya no importa si está o no enterrado, él ha conseguido un cuerpo ahora. 
     Les llevó todo el otoño llegar al límite occidental del delta del Droinne. Debían atravesar aún el laberinto de hondonadas y cañones por donde los afluentes se abrían paso entre rocas escarpadas y riachuelos. Cuando se encontraron en campo llano, vieron que los ríos se habían desbordado con las tormentas del último invierno. Sólo alcanzaba a verse un extenso lago sin límites, moteado de montículos de juncos y arbustos, algunas lomas de tierra oscura sobresalían del agua formando una red de pequeñas islas a lo lejos.
     -Tendremos que rodear la inundación.
     -Pero nos llevará todo el otoño- se lamentaba Zaid.
     -No hay otra manera. El bosque que buscamos está mucho más al este. Hace tanto que no voy, que tendrás que guiarme.
     El joven sabía, sin embargo, que el aspecto de la región cambiaba con cada estación de lluvias, que los brazos y afluentes del río eran diferentes cada año. Después de la erupción del volcán, el lecho principal y las playas se habían desplazado. No podía estar seguro de reconocer ni el más pronunciado recodo del cauce.
     -No he regresado desde que era un niño- dijo, tratando de que su voz no demostrase inquietud.
     Draiken suspiró e hizo un gesto de resignación.
     -Entonces estamos igual.
     Decidieron dormir temprano esa tarde para continuar más despejados a la mañana siguiente. En la noche, el aire se convirtió en una pesada masa de agua suspendida del cielo. Hasta el viento era caluroso e irrespirable. Ni siquiera tuvieron deseos de comer, pero tenían que hacerlo para que las provisiones no se desperdiciasen.
     Al otro día comenzaron a rodear el delta lo más cerca posible de la orilla. Las patas de los bueyes se hundían y se agotaban con rapidez antes de llegar la noche. Las nubes se habían reunido formando una sola capa gris que ensombrecía y plateaba el horizonte, sin distinguir el límite entre el cielo y el agua del lago.
     -¿Cuándo va a llover?- se quejaba Zaid, secándose el sudor de la cara y mirando hacia arriba.   
     Algunos relámpagos aparecieron hacia el norte, pero fueron nada más que amenazas de una tormenta que no llegaba.
     -Si llueve-dijo Draiken-nos hundiremos en el barro.
     Y Zaid no estaba convencido de que pudiesen librarse de eso. Los animales parecían dominados por los cambios del aire, se agotaban con facilidad y a veces un resquemor, una inquietud parecía excitarlos.
     Draiken miró atrás. Unas huellas extrañas en el fango lo perturbaron. Además de las pisadas de los bueyes, había otras más pequeñas. Miró a Zaid balanceándose sobre el cabrestante con los ojos cerrados. Tal vez dormía. Las extrañas huellas se iban formando a cada paso que ellos daban, justo detrás a veces.
     -¡Zaid!- gritó.
     El muchacho despertó, y las huellas se retrasaron, más lentas y lejanas.
     -No te duermas..., el otro nos sigue.
     Antes de empezar a llover por fin, un rayo atravesó el cielo y luego cayó una granizada intensa y pesada. Condujeron a los bueyes hacia el bosque, pero los animales casi no habían comido en tres días y avanzaban lentamente bajo las piedras de hielo. Al final de la tarde tuvieron que bajar de la carreta y caminar hasta el árbol más próximo. Lo que parecía un bosque era un conjunto de no más de veinte árboles, la mayoría quemados por el rayo que habían visto un rato antes. Las ramas se fueron venciendo y se quebraron poco tiempo después. Entonces se escondieron lo más posible contra los troncos, mientras alrededor caía un mar de hojas y ramas rotas. Los esqueletos de los árboles ya no podían cubrirlos.
     Siguió lloviendo con la misma intensidad durante todo el día. Miraron a los bueyes, que continuaban quietos, amarrados a las yuntas. Las ruedas se hundían y el agua inundaba la carreta. Vieron cómo la tierra se abría, vieron la creciente penumbra que había comenzado a cubrirlos. Apenas alcanzaban a vislumbrar ya los límites del río, que estaba creciendo hacia ellos.
      Lo único que comieron fueron los frutos húmedos del árbol y el agua de lluvia. Draiken cayó enfermo cuatro noches más tarde. Las raíces se estaban desenterrando y los troncos se quebraron. Zaid desplazó de lugar a Draiken a medida que las aguas avanzaban. Pero ya casi no había árboles donde protegerse, y continuaba lloviendo.
     Los cadáveres de los bueyes sobresalían del barro. El cielo conservaba sus tonos de grises pálidos. En las zonas altas, en las colinas más allá del delta, ocultas en la bruma, el verde de las praderas se había convertido en un amarronado bosque de tierra, como nubes fangosas que se levantaban del suelo por la fuerza de la lluvia.
     Draiken abrió los ojos. Seguía aturdido por la enfermedad que le hacía toser puñados de un líquido fétido y amarillo, pero no dejaba de buscar a su alrededor con la mirada. El lobo, indemne bajo la tormenta, los observaba a ambos: al hombre enfermo acostado, y al muchacho de rodillas junto a él.
     -Que no te venza- murmuró el médico.
     Zaid afirmó con la cabeza, y quiso tranquilizar a su maestro. La voz de Draiken era cada vez más débil.
     -Hay que terminar con él- siguió diciendo, mientras sujetaba una de las manos de Zaid y la ponía sobre su pecho. El muchacho palpó la forma de un cuchillo.
     -Es el cuchillo de mi padre y de mi hermano. Lo desenterré antes de dejar el Droinne.- Tosió y tuvo que aguardar un rato para reponerse.- Cuando te hayas deshecho de Volfus, irás a buscar al viejo místico del sur. Montag, lo llaman. Él sabe de almas, yo sólo sé de cuerpos.- Y su mirada se cerró.
     El lobo estaba allí, de pronto concreto y sin el aspecto incorpóreo con que Zaid lo había visto en sus sueños. Cuando Draiken murió, el animal comenzó a acercarse en la lluvia, atraído por la herida de la mano otra vez abierta, convertidos los tejidos de la carne en una masa de blandos deshechos.
     Zaid buscó entre la ropa de Draiken. El puñal estaba atado al pecho con una soga. Desgarró las telas mojadas con dificultad, y tocó el mango de madera. El filo estaba envuelto por una funda de cuero, y comenzó a desatarlo.
     El lobo se acercaba, abría la boca mostrando el abismo entre sus dientes. Zaid siguió luchando por arrancar la soga que no quería romperse. Estaba a no más de un brazo de distancia cuando logró sacar el cuchillo. Hizo un movimiento rápido y a ciegas hacia delante, sin ver más que una masa confusa de pelos grises que olían a lluvia.
     Un chorro de sangre manó de la mandíbula del animal y le salpicó en la cara , todo a su alrededor adquirió matices rojos, hasta la lluvia era roja, y aquel breve paisaje, pensaría más tarde, había sido el signo más hermoso y terrible que vio en toda su vida.
     Después la sangre se disolvió en el agua que corría por el pelaje del lobo, quieto y jadeante frente a Zaid. La corriente del agua fluía entre las patas de la bestia, fundiéndose para desaparecer en el barro.
     Cuando se limpió los ojos y levantó la vista, el animal se alejaba y se perdía en la planicie que él había creído completamente inundada. Pero la sombra del lobo se confundía con la opaca sustancia de la lluvia y la niebla.

      Dos noches más tarde, había dejado de llover. La masa densa, pétrea del cielo se fue agrietando, y el sol reapareció entre las nubes quebradas.
      Envolvió el cuerpo de Draiken con una manta que el maestro había sacado de la carreta antes de abandonarla, y lo ató con sogas de junco trenzado. Rasgó las ropas y formó sogas que ató alrededor de su cintura. Comenzó a arrastrarlo tomando el camino de vuelta hacia  la aldea. No sabía si los caminos estarían libres,  pero no quería enterrarlo en tierras blandas para que al día siguiente el cadáver se pudriese bajo el sol. Iba a llevarlo hasta el pueblo para darle la sepultura adecuada. Ya tenía, se dijo, un alma acechándolo para siempre, y no deseaba a otro hijo de Markus sobre su espíritu.

*

Zaid se hizo cargo del trabajo del médico. Llegaban para verlo por las mismas causas y dolores que había visto curar a Draiken, y él los aceptaba a todos. A veces, los enfermos venían con problemas que más parecían desviaciones del alma que del cuerpo, entonces algo brotaba en su mente al ver ese torrente de imágenes piadosas en los ojos de la gente. Imágenes semejantes a sueños por su contraste con lo que la realidad ponía frente a ellos. Las miradas de los hombres reflejaban tragedias, llantos, quejidos desconsolados, y las antiguas causas del dolor y la pena  se presentaban descarnadas y crueles. Quizá aquel  conocimiento le llegase de su propio cuerpo habituado al dolor del sueño, a la persecución y a los ojos de los muertos bajo una enorme luna blanca.
     Los cultivos se habían perdido con la inundación, y el pueblo tuvo que esperar dos veranos a que la tierra se curase. Los muertos se multiplicaron a causa del hambre. Los más jóvenes cruzaban las aguas en busca de trabajo y comida, y al regresar tenían las piernas llagadas e impedidas por fuertes dolores. Los partos se adelantaban en las mujeres desnutridas, y los padres le llevaban a sus hijos sobre los hombros, delgados como ramas secas que se quebraban al acostarlos en el camastro.
     Pero cuando ya nada podía hacerse, como remedio o simple consuelo, aceptaba revisar los cuerpos como si todavía estuviesen vivos, no para solucionar lo irremediable o revivir lo que no podía ser recuperado, sino para que los deudos partieran con algo a cambio de lo que dejaban. Todos lo respetaron desde entonces.
    Y muchos años después, al crecer y hacerse hombre, algunas mujeres fueron a vivir con él. Pero un día cualquiera las echaba abruptamente, arrastrándolas sobre el barro frente a su cabaña. Los vecinos no se atrevieron nunca a contradecirlo o recriminárselo, ni siquiera al ver las heridas en las espaldas de las mujeres sobre el polvo. Las palabras que Zaid pronunciaba al hacer esto eran tan incomprensibles como si hubiesen sido dichas en otro idioma, o viniesen de un dialecto tan inclasificable como el de los sueños. Ni siquiera la brisa fresca o el sol matutino clarificaba un poco aquellos gestos o su significado. Al día siguiente, las madres llegaban para ofrecerle a otra de sus hijas, porque temían que la furia acumulada en sus días castos se desatase sobre el pueblo y ya no quisiera curarlos.
     Una mañana, Zaid sintió que su cuerpo estaba definitivamente formado. Supo que sus huesos eran fuertes y sus músculos tenían la rigidez necesaria. Al mirarse en el reflejo del agua, viéndose el rostro de rasgos duros, el cuello ancho y los amplios hombros formados en el acarreo de los muertos y de los enfermos, se dio cuenta que el momento había llegado. Quizá nunca más volvería a estar tan lúcido como entonces, ni sentirse más comprometido con la causa que lo movía desde que era un niño. Aquel suceso del pasado era su toda su vida, aunque otra cosa continuaba oculta debajo de la violación y la esclavitud que había sido la razón del ultraje, el motivo del crimen, la causa del eterno sin descanso de Volfus. No la maldad o la locura, jamás tan variables como los intereses de los hombres, ni la voluntad de los dioses, que tal vez ni siquiera existían más que para las catástrofes y las tragedias. Sino la culpa del abuelo Zor, sólo la culpa vivía procreándose indefinidamente. Multiplicándose como hormigas sobre una fruta madura, convirtiéndose en aire y viento, abarcándolo todo, infiltrándose en cada resquicio de la superficie del mundo. Hasta hacerse ella y la tierra una  masa de recriminación, de causa y efecto sin fin ni posibilidad de retorno, sin el más remoto sueño de redención.
     La única forma de matarla era exterminar la otra culpa, y como escalones borrados con cada paso, las culpas irían perdiéndose en la memoria. Hasta el origen de la primera, la semilla del dolor primordial, la que hería con el solo argumento de su palabra incomprensible: la irreversibilidad de un acto imperdonable.
     Se fue de la aldea una noche tan oscura como en la que había arribado, pero esta vez nadie lo vio. La cabaña que había habitado con Draiken quedó abandonada, y dos o tres hombres aguardaron en la puerta a la mañana siguiente, sin saber que Zaid se había ido.
     El camino de regreso a los bosques de Droinne fue más rápido y menos agobiante que sus recuerdos de aquel largo trayecto hecho cuando más joven. Trepó una colina y miró hacia el este, sintiéndose capaz de adivinar a través de los macizos de roca de los Montes Perdidos, lo que quedaba de su pueblo.
    -Espíritus de la vergüenza- dijo en voz alta, entrelazando las manos y ahuecándolas frente a su boca. Entonces volvió a abrirlas para que ese deseo pronunciado y cultivado por la calidez de su aliento en las palmas, volase con el viento que soplaba del oeste.- No dejes que regrese como un niño dolorido.  No volveré hasta recuperar mi orgullo.- Dejó en el camino las pocas cosas que había llevado consigo, y tomó solamente el hacha.
    Durante todo ese día y los siguientes, derribó árboles y preparó la tierra. Luego construyó una choza a la orilla del arroyo. Un invierno y una primavera transcurrieron después de haberse establecido.

     Y en el siguiente verano, se asomó una mañana al umbral, mientras los restos del rocío nocturno goteaban del alero mojándole los pies. Volvió a entrar, se secó con una manta y usó otra para cubrir a la mujer que dormía. Recién se dio cuenta de que la extrañaría al ver su cuerpo oscuro respirar tan serenamente.
     Buscaba algo en todas las mujeres que había conocido, y en cada una faltaba eso que debía completar el conjunto indefinido de piezas que él llamaba  dioses. Pero de todas ellas, ésta era la única a la que tal vez extrañaría.
     Salió de la cabaña. El sol calentó poco a poco su cuerpo débil por la embriaguez de la noche. Se desperezó con un bostezo apagado que atrajo a los perros. Ellos saltaron a su alrededor, moviendo las colas. En la orilla del arroyo, se arrodilló para lavarse la cara, y sumergió luego todo el cuerpo. Necesitaba desligarse de los restos del sueño, de las imágenes del bosque en que los muertos danzaban, del rostro de Volfus acercándose con los ojos de un lobo.
     El sueño era grande y pesado como un árbol crecido entre sus ojos.
     Los perros esperaban en la orilla y se acercaron a lamerle los pies. El contacto con el pasto fresco lo hizo relajarse. Aquel día de caza sería soleado, y la idea de que el sol había salido especialmente para protegerlo en su aventura, lo hacía feliz. Porque entonces se veía parecido a la imagen que recordaba de su padre.
     Mientras se secaba, su mujer salió de la cabaña con la vasija del ordeñe apretada contra el cuerpo. Las cabras brincaron en el corral cuando ella entró. Detuvo a una de la cola, y se sentó a ordeñarla, entrecerrando los ojos mientras lo hacía, monótonamente. Aunque había amanecido mucho antes, a ella le gustaba dormir, y era difícil lograr que se levantara con el alba.
     pero es buena. Tienen razón los que me dijeron que las mujeres negras son fieles
     Ella le estaba mirando con su perezosa sonrisa. Él le respondió con un gesto reprensivo de las cejas fruncidas, aunque no pudo mostrarse demasiado severo.
     La dejó en su tarea y fue hasta el depósito donde guardaba las armas bajo tierra. Corrió dos tablones y se metió en el pozo. Separó dos o tres lanzas para elegir la que usaría. Volvió a salir y se sentó a dar filo a las puntas. El metal que había traído de la aldea era fuerte, y al afilarlo, el brillo lucía imponente.
     mi padre estaba en lo cierto al decir que el brujo nos mantenía aislados. Si viera él estos materiales de los hombres del Este
     El sol de la mañana se reflejaba en las lanzas, cegándolo a medida que las iba girando entre sus manos. Levantó la vista y vio que Tahia lo miraba con una maternal expresión de pena. Zaid no sabía si enojarse o reírse de tal mirada. Entornó los ojos, con un gesto desdeñoso en los labios. Ella bajó los párpados rápidamente, y se fue llevando la vasija sobre un hombro.
     -Yo no sentiré pena cuando haga lo que debo - se dijo Zaid en voz baja.
     Volvió a la choza y dejó la lanza elegida bajo el alero. Fue hasta donde estaba Tahia, de espaldas y agachada frente al fuego. Zaid se le acercó y comenzó a acariciarla para penetrar en el cuerpo de su mujer como alguien, mucho tiempo antes, había entrado en el suyo cuando él era un niño. Y como cada vez que recordaba y comparaba ambos momentos, no sintió nada más que un dolor ausente de angustia, como si aquel viejo dolor hubiese huido transformado en líquido, en secreciones blancas y puras fluyendo del cuerpo.
     Tahia no lo rechazó, pero al sentirse lastimada hizo un involuntario movimiento para apartarse. Zaid se enojó. Intentó acercase a ella otra vez, acariciando sus pechos esta vez con suavidad.
     -La más hermosa -le susurró al oído. - La más hermosa que he tenido. - Y fue suficiente para vencer su resistencia. Sobre la espalda oscura de la mujer, las blancas manos de Zaid parecían estrellas de cinco puntas sobre un cielo de verano. El calor que se desprendía de su esfuerzo por sujetarla se mezclaba con el calor de las llamas, un pálido fuego frente a la luz de esa mañana brillante. La tuvo en sus brazos mucho tiempo, sintiendo cómo ella se iba desvaneciendo. Pero los párpados de Tahia aún estaban abiertos, y los ojos atentos. Parecían estar absorbiendo sus pensamientos.
     voy a hacerlo
     Recorrió el cuello de Tahia con sus besos.
     después de poseerla. Su boca altera mi espíritu y perturba a los dioses
     Más tarde, cuando el sudor, los gemidos y el rozamiento de una piel contra la otra habían desaparecido, ya todo aparentaba haber sido hecho, menos lo único importante.
     bien, lo que me molestaba ya no está, la misericordia de esa mirada que me dedicó, mi respuesta a su conmiseración
     Se separó de Tahia para aproximarse al fuego. Se sentó y la observó levantarse otra vez, con esa graciosa pereza que lo hacía sonreír siempre.
     -El aceite- le ordenó él. La vio ir en su busca, regresar a su lado y retirar la tapa del recipiente. El aroma de la tierra, los zumbidos del viento que rozaba las hojas unas contra otras como amantes entregados a la penumbra sin tiempo de la noche, inundó el aire cálido de la cabaña.
     Zaid se recostó, y Tahia fue vertiendo el aceite espeso y tibio sobre su piel. Lo esparció con la punta de los dedos en cada sector y pliegue del hombre que la había adoptado. El que le dio un hogar, un fuego, y el preciado abrigo todavía más cálido que la fogata, su propio cuerpo para cubrirla. El mismo que ahora untaba como signo de preparación y despedida. Pasó sus manos sobre la tensa fragilidad de cada músculo, la fuerza que se iba acrecentando hasta hacer de él un árbol, una roca y una piedra en movimiento.
     Zaid apreciaba aquellas manos que pronto ya no vería más. Eran una ausencia en su propia presencia, algo que estaba y no estaba. El tiempo tendía a confundirlo a veces, haciéndolo pensar en el futuro como si fuese su presente.
     Iba a extrañarla.
     Mirar la oscura piel, suavemente cubierta por el vello del cuello, de las axilas, del sexo oculto entre las sombras de los muslos. La extrañaría, y se preguntaba adónde había ido el valor del que hasta entonces se había sentido orgulloso. Porque solamente un gran coraje era imprescindible para clavar el cuchillo en esa carne tersa, mirándola a los ojos, sabiendo que ella, pasiva, voluntaria y resignadamente, se le entregaría como siempre, una vez más, en su totalidad. Su cuerpo completo, los brazos y manos abriéndose y cerrándose en espasmos de placer, las piernas retorcidas, los párpados entreabiertos para ver la nada detrás de él, mientras la poseía.
     Cuando ella acabó con el aceite, se alejó en busca de las pinturas que aguardaban desde la noche anterior para espesarse con el frío. Zaid reposaba en el haz del sol que había logrado entrar. La brisa fresca le provocó escalofríos. Se miró el cuerpo, brillante. Cerró los ojos y se adormeció unos momentos recordando las palabras que Tahia le había dicho al conocerlo: “Mi hermoso Señor”.
     -¡Tahia!
     Ella apareció asomándose desde la puerta.
     - ¿Dónde estabas?
     -Mirando a los perros. Cuando vuelvas, una de las hembras tendrá cría.
      Le hizo señas para que se sentara en sus rodillas.
     -Mujer, lo que voy a hacer en el bosque no tiene posibilidad de retorno, y necesito el apoyo de los dioses y todas las magias y poderes de los que pueda lograr el favor. Tu deber es prometerme que me serás fiel mientras esté ausente.
     Ella lo abrazó de inmediato y lloró.
     -Estas lágrimas no prometen nada. Aunque lo digas, tu palabra es de mujer, inconstante y vulnerable.- Zaid separó su cara de la de ella. Tahia seguía llorando, y de pronto lo empezó a mirar ya no con miedo, sino con una expresión más parecida al rencor.
     -No me mires así- dijo él. - Nunca fuiste ni te prometí que serías más que esos perros, cuando te traje a mi casa.
     Los animales esperaban sentados a la sombra, fuera de la choza, y movieron las colas al saberse nombrados. Ella los miró, y reaccionaron con ladridos. Se apartó de Zaid, trajo las pinturas y se arrodilló junto a él.
     -No quise hacerte enojar- dijo ella, con la mirada baja.
     Zaid le acarició el cabello, como hacía con sus animales, y al darse cuenta, retiró la mano con brusquedad.
     no ablandes mi alma, piedad
     lejos debe quedarse tu bella casa, misericordia
     lejos de mi alma oscura, que no te da cabida ni consuelo 
    Zaid, nieto de Zor el Traidor, Zaid el humillado, el cazador de espíritus
     Se paró delante de Tahia para que comenzara a pintarlo. Ella primero untó una pátina gris oscuro hasta cubrirle todo el cuerpo, haciéndolo parecido a un cielo nublado. Luego dibujó rayas blancas, cortas, y pequeños círculos con los pulpejos de los dedos. Las uñas de Taia le hicieron sentir tenues pinchazos y cosquilleos que provocaron su risa, entonces ella alzó la vista para mirarlo y sonrió.
     Zaid se contempló los brazos y manos, piernas y muslos. Los aceites se iban oscureciendo al secarse, y finalmente tomaron un tono opaco de gris matizado con manchas negras. Tenía el aspecto del pelaje de un lobo.
     Sólo restaba la cara, pero las pinturas rituales le devolvieron la memoria de la carne, y recordó al brujo el día de la circuncisión. Su cuerpo se contrajo y apoyó una mano sobre el sexo.    
     Tahia se apartó, pero enseguida sus ojos se enternecieron. Zaid se puso de rodillas frente a ella. Su cara se había contraído esperando que el dolor se fuera, y a medida que desaparecía, vio a su mujer y sus ojos de lástima. Tuvo vergüenza.
     Odió a la que lo miraba con ese gesto maternal de piedad.
     Entonces la fuerza para el gran acto llegó de ese lugar, en el momento exacto.
     Sintió los dientes apretados de furia, y la boca pronunció palabras que no quería decir.
     -¡No me mires así! ¡Te obligaré a ser fiel, hembra de perro, hembra de bestia!- Y agarró el cuchillo que estaba sobre la mesa.
     Pudo ver la mirada de Tahia, sus brazos abiertos, las manos agitándose, y luego nada.
     Únicamente la sangre.

*

Pasó un dedo de su mano derecha sobre la sangre. Con ese dedo, se frotó la frente desde la base del cabello hasta una ceja. Se detuvo, cerró los ojos, y se pintó el párpado con la misma línea roja. Luego, volvió a abrirlo, y continuó sobre la mejilla hasta la comisura de la boca.
    Se ensució otra vez el dedo, para seguir la línea por el borde externo de la barbilla. Después, todo a lo largo del cuello.
     Era la línea de la valentía.
     Con un dedo de la mano izquierda, repitió el proceso sobre el lado derecho de su cara. Frente, ceja, ojos abiertos y cerrados y abiertos otra vez, párpado, mejilla, labios, barbilla y cuello.
     Era la línea de la destreza.
     Sumergió los pulgares en el gran charco rojo que se había formado bajo la espalda de Tahia. Con los pulpejos, hizo una nueva línea desde el centro de la frente sobre la nariz y el labio superior. Cerró la boca, pasó los dedos sobre los labios. La línea siguió por el centro del mentón y la garganta, hasta la depresión central del cuello.
     La tercera era la línea de los dioses.
     Ahora ya estaba listo. Sacó el cuchillo de Markus del sitio donde lo había enterrado en el suelo de la cabaña, bajo el camastro en el que dormía Tahia. Lo desenvolvió y comenzó a limpiar el mango sucio de humedad y tierra. El filo aún era eficaz, pero se puso a mejorarlo un poco más sobre el fuego.
     La luz entraba con los signos de las tempranas horas de la tarde. En el umbral, los perros lo miraban. Cada movimiento de Zaid se convertía en un pestañeo, un agitar de colas y orejas, un erizarse del lomo, un gemido, una dilatación en las pupilas de las bestias. Husmeaban de vez en cuando el olor que llegaba desde el cadáver, encogido en un rincón y rodeado por el charco oscuro que era a la vez una cuna y una mortaja.
     Las llamas lamían el filo del hueso dejando manchas oscuras en la superficie. Lo probó en su propio dedo, y surgió un delgado surco rojo. Debía ser el mismo filo que muchas veces cortó el pie de muerto del viejo Markus.
      -Bien- dijo en voz alta, dirigiendo la mirada hacia los animales.- Estoy preparado.
     Ellos se levantaron para rodearlo, con las cabezas en alto. Los ojos estaban pendientes del más leve signo que la cara de Zaid expresaba, las orejas levantadas y atentas, las mandíbulas manando saliva. Como había decidido llevarlos para atrapar al lobo, los había dejado sin comer desde el día anterior, y durante el camino los cebaría con grasa, apenas lo suficiente para mantenerlos fuertes y hambrientos a la vez.
     Antes de partir, envolvió el cuerpo de Tahia con unas telas que Draiken le había enseñado a preparar para mantener los cadáveres. Quería que el bello cuerpo de su mujer no se viese perdido del todo. Aquel depósito bajo tierra le daba además el clima adecuado para alejarla de los insectos y gusanos. Allí esperaría, se dijo, el día de su regreso.
     Los perros lo observaron mientras dejaba caer los tablones, el ruido espantó a las aves de los árboles vecinos que huyeron en bandadas. Después cubrió la entrada con tierra y rocas. Se ató el puñal con una soga alrededor del cuerpo y practicó varias veces desenvainarlo con la mano derecha. Miró hacia los bosques de su infancia, como si ya pudiera verlos a pesar de la distancia, y comenzó a caminar hacia el este. 
      Al atardecer, los perros lo precedían en el camino, ladrando, atentos y cumplidores en la tarea de avisar, a quien quisiera o no escucharlos, que su amo estaba pasando por esa región. Zaid parecía balancearse al caminar. Alternaba el paso de sus piernas con el extremo ancho y romo de la lanza como bastón. Iba con la cabeza gacha, puesta la mirada en el suelo y los terrones del camino. Pero no estaba mirando eso, sino otro sitio y otro tiempo por venir, la estrategia planeada, los movimientos y maniobras para el éxito de la cacería. Más tarde, sólo entonces, imaginaría la recompensa de la paz, en cómo serían los sueños sin pesadillas, la gran ausencia y el vacío dorado del rostro ido para siempre. Y esa sensación se la transmitía el cielo al oscurecer. Su propia sombra, proyectada hacia el este, parecía una punta de flecha marcando el camino a seguir. La señal que los dioses le daban. La sombra fue adelgazándose, hasta convertirse en una línea negra acompañada de otras, las de los árboles y los perros, de las pocas aves que atravesaban la silueta del sol que se ocultaba. El camino se perdía entre brumas. Las luciérnagas brillaban justo delante de sus ojos, mientras los perros saltaban para atraparlas. Enjambres de saltamontes, cientos en aquella época estival, pasaban sobre los árboles y algunos se posaron en sus hombros.
     Aún había muchos arroyos y ríos por cruzar, una gran distancia lo separaba del bosque oriental de los Montes Perdidos. La noche lo detuvo y se durmió. Los perros se acostaron, con las orejas erguidas y atentas. Zaid pudo dormir con serenidad.
    
     Despertó con un fuerte aleteo de aves que volaban hacia el norte. Los árboles eran más abundantes y la vegetación se iba transformando. Los arbustos del delta dejaron lugar a altas hierbas y enredaderas a ras de tierra. Luego, cuando los macizos rocosos estaban ya tan cerca que debía alzar la cabeza para ver la cima, aparecieron árboles de tonos rojizos, amarillos y verde claro. El bosque de laderas empinadas había comenzado, la periferia por lo menos, dando indicios de lo que podía hallarse en las hondonadas y colinas entre los montes. Hacia el sur, una serie de nudos gigantes conducían a la lejana zona donde las montañas estaban siempre nevadas.    
     Sabía que no iba a encontrar a los lobos todavía. Los escondites estaban seguramente en sitios ocultos entre los abetos y su maraña de raíces. Siguió caminando mientras los perros se adelantaban a explorar el origen de los olores que sólo ellos percibían. Iban a ser sus narices las primeras en descubrir el refugio del lobo, él lo sabía.
     Pasó la tarde con un único hecho importante, la caminata y el pensamiento, dos planos separados de una misma ansiedad y duda creciente: la forma de enfrentar lo que hasta entonces había sido una imagen inatrapable. Vino también la noche, y el día siguiente, y la noche y tres lunas y soles más.
     El bosque se iba condensando en una sombra guarecida por los montes, las quebraduras de la tierra hechas protuberancias, cicatrices cubiertas de plantas que crecían donde apenas un puñado de tierra era capaz de asentarse entre las piedras. Fosos con setos de cerezos rojos como manchas de sangre, bosquecillos de melocotoneros cuyos frutos recogió como provisión. Pero los perros bebieron muy poca agua de los arroyos. Algo los impelía a rechazarla.
     Llegó un día de lluvia, y las arañas y serpientes salieron de sus escondites. Zaid vigilaba las ramas y el suelo. En la tarde, los perros se habían puesto a ladrar alrededor de una víbora asomada entre la hiedra. Pero antes de que Zaid pudiese matarla, uno de los perros había sido mordido. Los demás se apartaron y la serpiente se escabulló entre las hojas.
     El perro herido se había sentado a lamerse la herida. La vida del perro se fue extinguiendo. El brillo de los ojos se fue borrando con lentitud. Los otros lo miraban, callados, con las colas bajas. El perro intentó mantenerse erguido, pero las patas se le aflojaron, y cayó de costado. Los ojos siguieron abiertos por un rato, se hincharon y se deformaron los rasgos de su cara. Abrió la boca por última vez, y dejó caer la lengua llena de espuma. Tuvo dos accesos de ahogo antes de morir.
     Zaid lo levantó y caminó hasta un árbol grande. Se puso a cavar una pequeña fosa entre las raíces que sobresalían del suelo. Los otros perros se le acercaron y lo ayudaron a excavar con sus patas. Él se les quedó mirando, y después dejó el cuerpo en la fosa.
     Cuando continuaron su camino, esta vez los animales ya no corrían. Lo acompañaban a su mismo paso, apesadumbrados, y tal vez pensando también, como él lo hacía.

     Unos días más tarde, la angustia del hambre reemplazó el anterior estado de ánimo de los perros. No habían comido más que grasa y tomado un poco de agua con desgano. Zaid temió por su propia seguridad, pero estaba demasiado cerca de la meta como para cometer el error de alimentarlos y arrebatarles la furia. Los senderos entre las coníferas eran más empinados, con pequeñas cascadas que marcaban claros en las laderas. De vez en cuando, descubrían cuevas de ardillas o tejones de los que debía alejar a los perros con amenazas.
     Una tarde los animales se detuvieron, husmearon el aire un largo rato, y se pusieron a aullar. Se erizó el pelo de los lomos y las colas se tensaron. Ladraban en círculo alrededor de un refugio tras unos árboles caídos. Algunos empezaron a excavar, otros saltaban encima de los troncos, o se tendían en sus patas delanteras, agazapados y sin dejar de ladrar.
     Zaid sabía que por fin lo habían hallado. Estaba oscuro, y la pintura roja de su cara brillaba con el reflejo del crepúsculo a través del follaje, los ojos de los perros también relampagueaban en la incipiente penumbra.
     El rostro del lobo estaba asomado a la entrada de la cueva, mirándolo receloso. Los perros continuaban ladrándole, pero no se amedrentaba por ellos. Miraba solamente al que había venido a buscarlo, y en lugar de volver a su refugio, huyó pendiente arriba. Lo desafiaba a seguirlo.
     Zaid no iba a desairarlo. Lo perseguiría hasta donde fuese con tal de terminar con lo que se había iniciado hacía mucho tiempo, tan firme en su memoria como una huella en la lava. El origen de la tragedia que los había unido el día que subieron a la misma balsa.
     Corrió tras el animal, siguiendo a los perros. La bestia saltaba las piedras y los troncos, cambiando de dirección con rapidez. El sudor corría por la frente de Zaid, y la garganta se le secaba con el viento. Empezó a sentir que las piernas se le dormían en el terreno ascendente. Las piedrecillas lo hacían resbalar, y varias veces cayó de rodillas.
     El lobo huía sin enfrentarlo. La cola de pelo espeso, los ojos rutilantes al girar la cabeza para ver a su perseguidor, imágenes que se deshacían con los débiles destellos de la luz de la tarde entre las ramas. Hasta que ya no pudo verlo más. Todo el resto del día lo estuvo buscando, con el temor de verse sorprendido a la vuelta de cada sendero o detrás de cada árbol.
     Mantuvo una fogata débil durante la noche, apenas suficiente para iluminarse. No estaba cansado. Los perros se sentaron a su alrededor, atentos como siempre a los sonidos nocturnos. Uno de ellos de pronto alzó la cabeza y saltó hacia la oscuridad más allá del fuego. Otros lo siguieron.
     -¡Quietos!- gritó, y pudo detener por lo menos a los últimos, que se quedaron dentro del halo de luz, escuchando los gemidos desde la penumbra, el sonido de la piel desgarrada, el agitarse de los arbustos con el choque de los cuerpos unidos en una pelea que sonaba como una danza. Los animales, excitados en el límite exacto de la luz, apenas lograban contenerse para no correr. Zaid intentó calmarlos, porque estaba decidido a no intervenir. Sabía que los otros perros no regresarían, y no quería perder también a los únicos que le quedaban.                                                                                                                                                                               
                                                                                                                                             
     En la mañana, enterró los cuerpos y continuó adentrándose al este en una meseta menos frondosa, entibiada por un sol sereno. Los demás animales del bosque parecían saber que él no los buscaba. Los zorros lo veían pasar desde sus madrigueras, y los ciervos lo observaban sin escapar.        
     El cansancio comenzaba a dominarlo, pero era más pesadumbre que cansancio. Se restregó los ojos. Un punzante dolor de cabeza lo hizo buscar la sombra de una encina. Partió algunas bellotas entre sus dedos para aspirar el aroma. Los rayos del sol caían con largas flechas, y vio las motas de polvo, las semillas que seguían la dirección de la brisa. Pensaba continuamente, sin poder detenerse, y ésa era su perdición. El pensamiento traía consigo la desdicha y el recuerdo.
      el pensar no debería ser para los hombres, pero estamos hechos de su sustancia
     Se había quedado quieto, boca abajo y con los ojos cerrados, sintiendo el zumbido del dolor en su cabeza. Oyó el crujir de una rama, pero ya era demasiado tarde para reaccionar. Sintió unos profundos rasguños en la espalda, y el ardor fue tan intenso que lo hizo tirarse al suelo, mientras veía cómo los perros habían salido a defenderlo y peleaban con el lobo, que ahora parecía más grande, como un hombre en cuatro patas.
      Los perros luchaban en desventaja. Dos estaban muy heridos y se quedaron quietos a un costado. El lobo entonces huyó de pronto, no porque no hubiese tenido oportunidad de terminar con ellos de una sola vez, sino por esa inexplicable causa que lo hacía reservar las fuerzas, medirlas, para dominar a Zaid con firmes y esporádicas masacres.
     Mientras los perros se lamían las heridas, él, allí acostado, se sentía otra vez como el pequeño Zaid de la balsa, vencido y boca abajo, viendo pasar al mundo a sus espaldas. La piel le ardía de una forma que jamás imaginó podían doler los rasguños de una garras, por más fuertes que fuesen. Se recriminó una y otra vez su error, la equivocación inadmisible, sintió deseos de llorar. Los perros aullaban.
     Decidió levantarse, lentamente.
     Logró pararse, y con la lanza sacrificó a los animales que sufrían. Los otros lo miraron por un momento, y se sentaron a descansar. Esa noche, preparó una cura de hierbas frescas. Se recostó de espaldas sobre las hojas untadas con ella. Los párpados se le cerraban al mirar las copas de los árboles mecidas por el viento. Los grillos chirriaron bajo los rojos reflejos de la luna sobre las hojas de las encinas. No podía moverse mucho, y ni siquiera trató de hacerlo al presentir que el lobo lo vigilaba, escondido en alguna parte detrás de los troncos, mientras el sonido del viento acompañaba su aullido estentóreo. Ese canto le produjo un escalofrío en la espalda herida, pero era tan bello y tan cruel como la forma del alma a la que pertenecía. Estaba casi seguro que no iba a atacarlo esa noche. Era probablemente otro el método que el lobo había elegido para exterminarlo.
     Los perros tenían miedo, y se acostaron junto a Zaid. Sintió el temblor de sus cuerpos acurrucados contra él, pero no iba a calificarlos de cobardes. El temor era un gran maestro.

     Cuando amaneció, fue a lavarse al arroyo y encontró el cadáver de otro de los perros. Sólo quedaban dos. La espalda se le había aliviado lo suficiente para continuar, y se puso en marcha. Mientras caminaba, su piel parecía rígida como una soga atándole los hombros. Los animales iban a su lado, cabizbajos, el hambre al que los había sometido era menos fuerte que el miedo.
      son nada más que pequeñas bestias, en cambio el otro tiene la mente de un hombre, y actúa acorde a la medida de su crueldad, pero por qué tanto pensar    
      definir, nombrar, actuar y perder en consecuencia.
     La pérdida desde el primer brote y concepción del pensamiento más elemental.
    El pensar para perder, y perder para dedicar la vida al pensamiento.
    Nacer irremediablemente fracasado.
     Sintió los pasos del lobo. Se detuvo, y las pisadas también lo hicieron. Avanzó y se reiniciaron. Los perros parecían adormecidos, continuaban caminando sin hacer caso más que a sus propios dolores. Zaid sujetó el mango del cuchillo con fuerza, dispuesto a morir con la mano allí, aunque el puñal nunca alcanzase a salir de su funda. Dispuesto a ser enterrado de esa forma, si hubiese habido alguien que se encargase de eso.    
     Con la otra mano en la lanza, miró hacia todos lados. Escuchaba los pasos y crujidos en la hojarasca, el viento sobre el pelaje del lobo, el rumor del pelo espeso. Podía oírlo, y era extraño, como si viniese de otro mundo donde el lomo de los lobos hubiese sido concebido con un material más noble que la piel de las simples bestias mortales.
     Y el ataque vino del cielo, de las ramas suspendidas sobre él. De las ramas suficientemente fuertes para sostener el peso de un lobo grande, pero no para soportar el impulso de su salto. La madera se rompió al brincar y cayó quebrando la lanza. Zaid tenía al animal encima, un pelaje abundante y duro cubriéndole la cara. Las garras se prendieron a sus hombros y se hundieron en la carne. Las patas traseras se apoyaron sobre él. El pecho del lobo estaba en su cara. Su brazo izquierdo no tenían fuerzas y el hombro se le había adormecido.
     El lobo buscó su cuello.
     Zaid podría detener la boca del lobo con el brazo derecho muy poco tiempo más. Trató de deshacerse de la sangre, la tierra y el cuerpo que tenía encima moviendo la cabeza. De a poco, la mano izquierda se hizo más sensible y los dedos despertaron. En un momento los dos quedaron tumbados de costado, y él apoyó el codo para meter la mano entre su pecho y el vientre del lobo. Alcanzó el puñal, y lo hundió en el cuerpo.
      El lobo se estremeció y mordió el aire, se mordió a sí mismo donde había sido herido, y se revolcó en el suelo. Pero no pudo levantarse otra vez. Los ojos ya no lo miraban. Cayó sobre el polvo, y de la boca brotaron puñados de sangre oscura.
     Zaid lo estuvo observando mientras agonizaba. Luego de un último temblor, la bestia no se volvió a moverse. Él se acercó, oliendo saliva y sangre como si éstos fuesen los elementos esenciales del bosque. Miró con curiosidad los párpados aún levantados, los ojos sin descanso. Pero ningún signo de vida parecía resistir. Entonces, sin explicarse por qué razón, sin pensarlo siquiera, se arrodilló junto al lobo, apoyó una mano sobre el pelaje, lo acarició y lo besó.
     Los perros se le acercaron, pero esta vez no había temor ni sumisión. Zaid se apartó del lobo y quiso recompensarlos con una caricia, pero le gruñeron. No lo miraban con el furor del hambre, como pensó al principio. No lo estaban observando como lo hacen los animales, sino como lo hacen los hombres.
     -¡Váyanse! ¡Están libres!- les gritó.
     Pero no se fueron. Los ojos de los perros hablaban.
     La voz de Volfus estaba en ellos.
    














Dioses, no me tienten con esa cosa incierta llamada esperanza. No pidan que crea en lo que veo del cielo o la tierra, en el agua que beberé, en el verde que verán mis ojos, o las hierbas que me alimentarán. No esperen que confíe en el goce de las mujeres, las palabras de los hombres, en la sombra de las aves o las nubes que lleguen a protegerme alguna vez, ni en los árboles que me cobijarán.
     No confiaré más, aunque lo desee con desesperación, ni siquiera en mí. No existe desvelo mayor que esperar la redención. Cuando no hay más que el fracaso marcado por la ley del nacimiento, la naturaleza del cuerpo en cada región de la piel y de los huesos, cuando nada de lo que pueda hacerse cambiará el origen, y cada acto es inútil, entonces no hay razón para creer.
     La esperanza nace de la ignorancia, del ingenuo ánimo del alma por ver una verdad en un acto, un hecho que jamás se cumplirá sólo por confiar.
     Caminamos por el mundo bajo el dominio de los dioses, su voluntad que es pura incertidumbre. Las catástrofes son el fondo de las tragedias humanas.
     El tiempo es la única divinidad que nos recrea cada día a la luz del sol. Nos forma con el barro, el agua y la sal. Nos hallamos en medio del bosque provistos de un cuerpo y un mundo del que creemos disponer, pero nada hay más equivocado. La culpa espera allí, al principio y al final del camino, o mirándonos desde la oscuridad entre los árboles. Hasta a veces pensamos que se ha distraído, pero son momentos estrechos, finamente cortados en el espesor del tiempo, en que somos felices porque no sabemos la verdad.
     Este es nuestro estado. Recambio de ideas bajo la forma de creencias, y con cada idea rota se produce una cicatriz insensible, indolora, rosada no por lo nuevo, sino por la fragilidad de su simiente.
     ¿Deberé caminar de vuelta al sitio de mi nacimiento o de mi destino? Aunque en diferentes lugares, es el mismo. Qué importa hacia dónde vaya, si los portadores del peso de mi alma me acompañan con la figura azarosa de dos animales. Los miro, y me observan. ¿Ellos hablan? Sí, me digo. ¿Acaso los moradores de la muerte alguna vez han dejado de hablarnos, de contarnos sus dolores, de hacernos recordar la muerte y el tiempo que nos falta?
     Por eso, Dioses, les ruego por última vez en mi vida, y declaro de esta manera mi renuncia a Ustedes, que se olviden de mí para siempre.
     Ya tengo compañía.
    
     Zaid dio la espalda al sol que nacía y se alejó del lago, donde las aguas se movían con el chapotear de cientos de patos. Un estertor llegaba de los abetos mecidos por el viento, esos restos del viento cuya precoz ancianidad se refugiaba en los bosques. Y un aroma hediondo venía de allí, para mezclarse con el aire fresco de la mañana.
     Los perros lo flanquearon. Sus caras se mostraban secas, indiferentes. Ya no movían las colas como antes al seguirlo, y las orejas se mantenían en alto todo el tiempo.
     El camino de regreso fue demasiado penoso. Una delgada sombra de tristeza se había formado frente a los ojos de Zaid. La esfera del sol diminuía: el verde era más oscuro, la tierra negra más parecida al vacío, el cielo más pesado. Se miraba las manos, y la sangre estaba allí, reseca, formando grumos de rugosa consistencia. Sintió como si llevase sobre la cabeza todo el peso de un dios, de cuya maldición no podría deshacerse hasta que esa misma deidad lo decidiera. Ni el huir, ni el matar, ni el matarse le parecía suficiente.
     Para qué agregar otro espectro al cielo de espíritus rebeldes, en busca de lo que ni siquiera ellos saben. Soportaré hasta que ya no pueda, y desde ese punto seguiré tolerando el peso que tendrá mi cuerpo en ese instante acabado. Siempre hay otra fuerza para cada embestida. Y los dioses lo saben. Tal es el terror. Saben y actúan para nuestra ignominia.
     Pensó en Tahia. Regresaría por su cuerpo para devolverle la vida que le había quitado inútilmente. La misma vitalidad que ahora estaba a su lado con la forma de los perros, bajo la cara de la domesticidad. Dos salvajes espíritus mitad humanos. Partes de un mismo hombre al que no volvería a atreverse a eliminar, si no deseaba cubrir al mundo con aquella raza de mensajeros de los muertos.
     La imagen de su mujer se plasmó en sus ojos, detrás de la membrana de niebla y pesar. La imagen de un sol de desvelos y proezas que lo ayudarían a volver a casa, al cuerpo de Tahia depositado en un hueco en la tierra.  
      Atravesó pueblos siguiendo caminos que no recordaba haber recorrido antes. Las mujeres se detenían a mirarlo con desconfianza, aferrando a sus hijos pequeños contra las faldas, como si los estuviesen salvando de la podredumbre y la peste que ese hombre, desgreñado y sucio, parecía esparcir con su paso. Era un mendigo flanqueado por dos perros, que a diferencia de estar siguiéndolo, aparentaban resguardarlo, vigilarlo quizá. Si hasta el aspecto de los animales era mejor que el del hombre, más erguidos y menos sucios, con una mirada serena y recta. Los perros miraban a veces hacia los lados, a la gente. Pero los pobladores se apartaban al sentir un aroma antiguo de desconocido origen.
     Zaid llevaba telas raídas encima de la piel aún manchada por la pintura ritual. A pesar del sudor y la sangre de la pelea con el lobo, de la lluvia y los arroyos por los que había cruzado, la marca del cazador seguía siendo parte de su cuerpo. Los rasguños del lobo y las tres líneas en su cara seguían allí, atenuadas por el tiempo, sobre la piel que se reproducía igual que un ser independiente, un animal díscolo y siempre vital. Lo mismo que su barba y sus uñas seguirían creciendo después de la muerte. Y esa palabra era la que gritaban los ojos de los hombres y mujeres que lo observaban, la certeza de que él siempre había sido así, con su aspecto actual, su edad, su corvo andar, la mirada de inmensa pena, y la extraña compañía que lo escoltaba.
     Lo que con seguridad los otros no podían presentir, era la presencia del puñal bajo las ropas, el relieve del hueso sobre el pecho. Un hueso esculpido para matar a otros huesos aún vivos, maraña de gusanos pétreos armando la estructura del arma. Un hermano infiel, que a causa de su belleza, era repetidamente perdonado. Por eso Zaid lo llevaba encima, y su propio esqueleto parecía consentirlo.
     Sólo de vez en cuando levantaba la mirada de los terrones y piedras del sendero por el que iba. De cualquier modo iba a llegar, los perros se encargarían de eso. Vio a un hombre sentado en una roca a la salida de la última aldea que había atravesado.
     -¿Quiere comer algo, mendigo?- le preguntó el hombre, removiendo las brasas sobre la que se asaba una pierna de cordero.
     Zaid lo miró, luego a la comida. Los perros se relamieron y unos hilos de saliva cayeron de sus bocas.
     -Sólo para ellos- respondió.
     El hombre frunció las cejas al verlos, de pronto malhumorado y arrepentido de su ofrecimiento.
     -¡No!¡Ni a ellos ni a usted! Ahora que lo veo mejor, esa sangre en las manos es de una cacería reciente. ¡Váyase, váyase pronto!
     Zaid se miró las palmas. La sangre se le estaba licuando nuevamente. Observó a los animales, y los notó más grandes frente al alimento, cuyo aroma inundaba el aire hasta convertir a todo el lugar en el solo y único objeto del hambre a satisfacer. Después de mirar los ojos de los perros y asentir, sintió la soledad del sendero a esa hora del crepúsculo, las escasas luces de la aldea y el silencio absoluto de los pájaros, el viento suspendido entre las ramas. Los restos del sol ya oculto, la luna indecisa y el cielo del color de las uñas de un niño muerto.
      Zaid se abrió las ruinosas telas que le cubrían el pecho, y tocó el puñal. La funda que lo envolvía era tan frágil como las manos de una mujer. El cuchillo salió con facilidad al aire frío y acre del anochecer. Pareció tomar un brillo especial, como una sonrisa dibujada en el filo bajo el reflejo de la luna.
     La mano con el arma se movió en una breve danza, y el hombre sentado ni siquiera llegó a apreciar aquel baile que precedió a su muerte.
     Como un animal sin control.
     Pensó en eso, mientras la carne del hombre yacía esparcida y devorada a medias por los perros y él.
     Después de haber satisfecho el hambre, rodeado por la crepitación del fuego y el ruido de los huesos entre los dientes de los perros, se sintió mejor. Menos débil, aunque sin saber a expensas de qué parte de su espíritu.

     En la mañana, ya no estaban. El lugar había quedado sembrado de huesos con carne maloliente, cenizas y sangre sobre la tierra humedecida de rocío.
      Los habitantes de la aldea, al ir a los campos, comentaron los ruidos y aullidos que habían escuchado durante la noche. Pero no se atrevieron a mover un solo objeto de aquel sitio. Dejaron que el amanecer alumbrara lentamente el camino y los vestigios de la noche. Un desasosiego se plasmó en el aire frío, y una densa neblina prevaleció durante todo el día, a pesar del sol. La sombra tardó muchos días en disiparse. Los niños y los viejos iban a contemplarla en sus ratos libres. Los hombres se reunían al volver de los campos para discutir qué hacer, indecisos y temerosos de acercarse al lugar.
     Y siete días más tarde, la niebla disminuyó lo suficiente para que los pobladores decidieran deshacerse de los huesos. Pasaron todo un día enterrando los restos, y se fueron a sus casas para limpiarse ese olor de las manos. Pero durante algún tiempo evitaron pisar la tierra removida, haciendo un breve rodeo en el camino.

*

Cuando llegó a la cabaña en la que había vivido con Tahia, había tanta quietud, que hasta el arroyo parecía correr mucho más lentamente. El sol caía a pleno, pero una especie de filtro atenuaba la luz y formaba un reflejo hiriente sobre los ojos de Zaid. Pensaba en Tahia, en su cuerpo envuelto en el aceite que, así lo esperaba, la había mantenido indemne.
     Los perros se sentaron frente a la cabaña, pero él no se atrevió a entrar. Fue directamente hacia el depósito bajo el suelo. Los vientos, la lluvia y el abandono habían levantado montículos de tierra y hecho crecer plantas alrededor. La entrada estaba tapada y se abrió paso a fuerza de hacha.
     Levantó la tapa. Las ratas salieron y se escondieron en la vegetación. Un olor de muerto se liberó al aire de la tarde, subió hasta el rostro de Zaid y se dispersó. Los perros levantaron los hocicos, movieron las colar y ladraron.
     Zaid se tapó la boca con una tela, y penetró en la oscuridad. Era esperable, se dijo, el silencio, pero no esa fosforescencia en el rincón donde había dejado el cuerpo. Era un brillo opaco, vencido casi por la densa negrura que lo rodeaba, pero firme y constante.
     El fulgor de los muertos.
     Su memoria se puso a recitar la salmodia del ritual fúnebre de su pueblo.
     El fulgor de los muertos perdurará para siempre.
     El brillo imperecedero de los no enterrados.
     Pero sabía que esta vez no repetía palabras, sino que creaba una nueva sentencia. Se acercó pisando los pedruscos, las ramas viejas, las heces endurecidas de las ratas. Estiró una mano buscando el cuerpo. Y al tocarlo, seguro de su decrepitud inofensiva, lo levantó en brazos.
      Una multitud de hormigas brotó de las telas. Cortó los lazos que él mismo había atado, separó las mantas y puso al descubierto el cuerpo encogido de Tahia, en la posición anterior al nacimiento, esa postura que también era la más conveniente o agradable para morir. A pesar del tiempo, el cuerpo permanecía intacto. Los párpados no estaban hundidos. La piel estaba todavía sana, el cabello más largo, el vello de los brazos y del sexo más abundante, las uñas también habían crecido. Las manos continuaban sobre el pecho ocultando los senos, duros como lomos de tierra negra.
     Fue hasta la cabaña en busca de las pieles del invierno. Reemplazó las telas moviendo a Tahia como si cambiase a un niño dormido. Dejó la cara descubierta, no se atrevería a tocar los ojos. Después se ató dos correas a los hombros, otras dos por delante del pecho en forma de cruz, y una más alrededor del cuello. El cuerpo de Tahia estaba ahora atado a su espalda.
     Los perros nos siguen con ojos de hombre aún no sentenciado.
     Mi carga y yo.
     El cuerpo rígido a mi espalda, con esos ojos cerrados viendo el reino del que llegan para perturbarme. Para vivir mi vida más que yo mismo, ocupándola. Siendo la esencia de la memoria, una sola mente de innumerables nombres.
     Ser uno y todos.
     Ser cielo, y tierra cóncava, fría oscuridad.
     Las nubes devorando mi sombra. Sin luz la sombra se esconde.
     Y eso será lo único verdadero y lo más extraño en el mundo.
    
      El viaje en busca del hombre al que llamaban “el místico” lo llevaba a las Montañas del Sur. Los viajeros decían que eran sitios tan helados, que hasta los dioses podrían establecer únicamente moradas transitorias.
     Dejaron atrás la espesura del delta, luego los pinares ensombrecidos, las praderas de pasto oscuro y morado. Los árboles se hicieron escasos, de ramas y hojas pequeñas. La tierra era pedregosa, cubierta de nieve endurecida. Las colinas sembraron el camino de lomas y hondonadas que anunciaban los primeros montes. El cielo se había poblado de nubes densas sobre las montañas.   
     Un día contempló la extensión de los territorios dejados atrás, el vuelo de las aves que sobrevolaban los bosques, perdiéndose en la bruma que todo lo consumía.
     Así deben sentirse los dioses al ver el mundo como barro entre las manos.
     Los perros no mostraban cansancio. Él se había negado a alimentarlos, así que cada dos días ellos desaparecían en busca de presas. Pero regresaban siempre. Desde algún lugar del camino, aparecían para escoltarlo. Aunque se desviara, aunque se mezclara entre las plantas donde no había posibilidad de abrirse paso, ellos terminaban encontrándolo.
     Y el estrecho y peculiar grupo de humanos no humanos, de animales sin calidad de bestias, se internó en los senderos de las laderas de las altas montañas. No era su destino subir a las cimas, sino hallar las cuevas, los lechos cálidos de los habitantes que, según había oído contar, eran tan longevos como los imprecisos años de la luna.
     El viento se hizo más fuerte hasta convertirse en agudos silbidos congelados. La nieve tenía el peso de pequeñas piedras blancas. Encontró un refugio entre un muro de roca y una barrera de troncos muertos. El cielo se estaba oscureciendo. Las nubes se deshacían y volvían a formarse con la forma de enormes como montañas invertidas.
     Los perros caminaban con lentitud, con miradas torvas y temerosas. Una inquietud les hacía mover los ojos y las orejas en permanente atención, como si viesen algo que Zaid aún no podía percibir.
     -¿Qué es, qué pasa? -les preguntó.
     Entonces un viejo apareció desde atrás de una roca blanca pulida por el viento, y al verlos de frente, se cubrió los ojos. Tenía la misma expresión que había notado en Draiken.
     -¿Cuál ha sido el dios que te castigó de esta manera, hijo?- dijo el hombre más con melancólica tristeza que con miedo.
     Zaid sintió alivio al oír esa voz terrosa que lo llamaba “hijo”. Estaba cansado ya de las voces impersonales y perfectas de los muertos. Pero el anciano le hizo recordar a su abuelo Zor. Apartó las manos de las correas y se tapó la cara.
     El abuelo que me habló de los muertos por primera vez, y no supe entenderlo. Quizá él vio en mi infancia, a mi alrededor, la sombra que me acompaña.
    Y una furia que quiere salir, pero hoy se ha disuelto en el agua de mi cuerpo.
     El anciano lo miraba.
     -¿Qué es lo que está viendo? -quiso saber Zaid, ansioso por el cambio de ánimo de sus espíritus.
     -Ellos sufren. Están mirando las montañas, al viento que lleva vida de un sitio a otro.
     Después el viejo observó a los perros. Zaid se adelantó a responderle.
     -Son dos y representan a uno. Tal vez usted pueda ver la forma original del que me  sigue.
     Pero el viejo dudaba, como si no supiese cómo comenzar.
     -Nadie merece tal carga en sus hombros, hijo mío.- Levantó los brazos para formar la base de un gran círculo en el que pretendía abarcar un mundo.- Es una enorme corona de rostros asustados que lloran. Es un árbol de una frondosidad parecida a la del cielo entre dos cumbres. ¡Te rodean por todas partes, te tocan, te están besando! ¿Puede ser que no te des cuenta?
      El anciano jadeaba con una mano sobre el pecho.
     -Solamente una vez antes vi algo semejante, en alguien todavía más joven. Pero quiero que entres a mi refugio, y te contaré todo cuando hayas descansado.
     Se apoyó sobre un hombro de Zaid, tocó el cadáver de Tahia y se alejó otra vez.
     -Te temo-dijo, pero volvió a acercarse y esta vez lo agarró de una mano.
     La oscuridad de la cueva tardó en disiparse frente a los ojos lastimados por el reflejo de la nieve. A Zaid nada de esto le importó en ese momento, sólo quería dormir en un sueño sin sueños. Se dejó caer, y no supo nada de la vida hasta que despertó, dos días más tarde.

*

Mientras él dormía, el viejo Montag miraba a los perros rondando a su dueño. Habían rechazado la comida, y hasta el mismo descanso, como distracciones ante la gran amenaza que sentían sobre ellos. Aullaban y corrían de la entrada de la cueva hasta la oscuridad del fondo.
     Los espíritus se habían escondido contra el techo. Sus formas cambiantes e imprecisas parecían adosadas a las rocas, y los murciélagos que allí anidaban salieron volando. Pero los muertos estaban atrapados. Y él, Montag, atrapado con ellos. Sabía que lo rechazaban.
     Desató el cadáver de la espalda de Zaid, y lo puso en un rincón. No tuvo miedo, a diferencia de lo que había sentido frente a los otros seres que llegaron con el muchacho. Era sólo un cuerpo inmóvil, el único, tal vez, que dormía realmente en su inquebrantable retiro del espíritu. No sintió curiosidad, tampoco, por saber de quién se trataba.
     Durante dos días preparó alimentos, meditó, hizo sus tareas cotidianas procurando mantener protegido a su visitante con el fuego siempre encendido y pieles para abrigarlo.
     Cuando Zaid despertó, se frotó la cara y se puso a mirar alrededor. Después le sonrió al viejo.
     -No creo que hayas dormido bien.
     -Fue suficiente si pienso en otras noches que he pasado. Pero estoy sucio y hambriento.
     Sabía que era un intruso y se avergonzó de sus pretensiones.
     -No te preocupes- dijo el viejo, lo ayudó a levantarse y salieron.
     La mañana era fresca. Montag lo llevó a una cascada cerca de la cueva, el agua caía en una hondonada templada por el sol. Zaid se metió desnudo en la laguna y comenzó a temblar. Sin embargo su cuerpo despertaba finalmente, libre de las ropas que lo habían vestido durante el viaje. Se restregó la cara, la barba larga y los músculos entumecidos. Tenía los párpados impregnados con una costra de sangre que se fue desprendiendo con dificultad.
     Montag lo miraba desde la orilla, y pensaba. El joven tenía la espalda vencida por la carga del cadáver, y hacía esfuerzos por enderezarse con la influencia suave del agua. Las pinturas en la piel, manchas grises que simulaban el pelaje de los lobos, llamaron su atención.
     -Creo que podría quedarme aquí para siempre- dijo Zaid, cerrando los ojos mientras el agua corría por su cara.
     Montag le alcanzó un cuchillo, y el muchacho comenzó a cortarse la barba. También se cortó el pelo y luego se recostó al sol.
     -Sin viento, este lugar debe ser el mejor para vivir...
     -Podrías hacerlo, si es tu deseo.
     Zaid dejó de mirar las cumbres y le dijo al viejo:
     -Si es usted Montag, el místico, sabe que no vine para eso.
     -Sí lo soy, pero aunque sea viejo no lo sé todo. Sólo digo que tu voluntad te dirige, hijo. Eso es lo único que importa cuando todo lo demás está muerto.- Le alcanzó unas ropas de apretado tejido.
     -Cuando estés listo, te esperaré adentro para comer.
     Zaid regresó a la cueva y los perros le gruñeron, después lo olvidaron y siguieron dando vueltas por todo el interior. Miró entonces hacia el techo, donde las sombras asustadas se habían refugiado.
     - Por primera vez me han dejado solo, y no me había dado cuenta de su ausencia. Eran ya como mi sombra, como las uñas de mis dedos...
     -Y la carne que comías, el aire que respirabas- lo acompañó el viejo en su lamento. - Ahora debes sentarte a comer, y te contaré cómo llegué a estas montañas.

     “Vengo del Norte, más allá del gran Mar, que cuando está tranquilo parece un manto de hojas secas, pero también es una embravecida bestia que azota los barcos y las almas. Sí, ya lo sé. No es fácil imaginarlo. Solamente hay que pensar en una enorme cáscara de un fruto cualquiera, capaz de llevar a muchos hombres a través de las aguas, y que los dioses soplan levantando olas que embisten las barcas. Así pasan días que no es posible contar, hasta que sale otra vez el sol y sólo importa permanecer en la cubierta, sin distinguir ya el cielo del mar, con la piel bronceada y rejuvenecida. Pero adentro, en este lugar que no controlamos-Montag se golpeó el pecho - uno sabe que nada será igual desde entonces. El mar lo cambia todo, hasta la visión que uno tiene de su propia vida.”
     Montag suspiró y bajó la mirada.
     “Dejé a mi familia en la Aldea del Norte, el pueblo próspero en el que crecí y donde nacieron mis hijos. Lo hice porque algo me obligó. Un deseo, pensé en ese momento, de vivir sin la zozobra constante de la voluntad del mar. Allí el mar es el que decide y manda. Un monstruo que nos atrae tan irresistiblemente, que toda nuestra vida se transforma en agua, en peces y en barcazas. Eso durante el verano, cuando hay luz y podemos pescar. En las estaciones oscuras, pasamos los inviernos en los astilleros construyendo barcos que los llevarán a ellos, a los viajeros y comerciantes, a regiones lejanas.
     “Cuando dejé mi pueblo ya era un hombre grande. No viejo, pero mis hijos estaban casados y uno de ellos se preparaba para ser miembro del Consejo de Sacerdotes. Fue el único en ir a despedirme al puerto. Mi mujer decidió olvidarme para siempre, y yo qué podía hacer, si tenía esa ansiedad borboteando en mi cuerpo, haciéndome cosquillas por dentro. Sentía más deseos, puedo asegurarlo, de correr, de construir, conocer mujeres y beber, hasta de volar si hubiese podido, o nadar venciendo al mar, que cuando era joven. Vi el agua interminable frente a mí, sin promesas, sin decirme esta vez qué hacer, y ya no le tuve miedo. No era mi dueño, sino la susurrante voz imperecedera que iba a consolar mis ansias insatisfechas. El baño de agua fría que calmaría el impetuoso, insospechado deseo a mi edad. Yo era fuerte, me hice fuerte levantando troncos y recogiendo redes. El cuerpo me rogaba que cambiara.
     “Mientras me alejaba de la costa, mi hijo agitó los brazos en señal de despedida. Comencé a extrañarlo en ese momento, y me conmoví. Voy a regresar, le grité haciendo eco con las manos, para que oyera desde la playa. No sé si pudo escucharme. Bajó la mirada y me dio la espalda. Lo miré irse caminando de vuelta al centro de la aldea. Supe que yo, su padre, había desaparecido de su historia.”
     El viejo se restregó la cara para ocultar el brillo de sus ojos, que de todos modos se veían entre los dedos flacos.
     “Desde entonces, tuve la certeza de existir sólo para ese barco y su tripulación, en la que era nada más que una fuerza de músculos y piernas ágiles, una boca para alimentar en abundancia. En las noches, a veces tardábamos en dormirnos, y conversábamos. Algunos relataban historias, otros tocaban instrumentos que ocultaban el zumbido acompasado de las moscas o el rasguido suave de las ratas bajo cubierta. El aire nocturno nos refrescaba, mirando la luna que intentaba esconderse detrás de la tierra que habíamos dejado.
     “Me hice amigo de varios, pero casi todos eran muy jóvenes y no se me acercaban más que para tratar asuntos del barco. Los más veteranos nos reuníamos después de que ellos se iban a dormir. Los ojos se les cerraban lentamente, con la pálida belleza de hembra de esa media luna sobre nosotros.
     "Montag, me preguntaban, qué vas a hacer cuando lleguemos a tierra. Entonces me ponía a pensar, y me reía solo. Me miraban como si estuviese loco.
      “No sé, les contestaba, voy a caminar, recorrer lugares y asentarme en el que más me agrade. Pero yo sabía que la sola mención de quedarme en un sitio me haría pensar en lo que había dejado atrás, así que iba a seguir siempre viajando.
      "Hay una zona de la que me contaron maravillas, dijo entonces uno de ellos. Su cara brillaba con el tinte azul del cielo nocturno reflejado en el agua. El mar no nos abandonaba. No aún conforme con rodearnos, se metía dentro del barco con esa claridad prestada.
     "Dicen, siguió contando, que está en las altas montañas del Sur, muy tierra adentro. Donde las nieves son eternas y las nubes ocultan las cumbres. En las cuevas se esconden hombres ancianos, tan viejos, que algunos cuentan más de quinientos inviernos.
    “Todos nos abandonamos a una carcajada que temimos despertara al resto de la tripulación. Se escuchó un grito y el tronar de unas cadenas, entonces callamos, pero sin dejar de sonreír. Nuestro amigo nos miraba muy serio, hasta quizá ofendido.
     "Es verdad lo que les digo, e hizo una pausa, pensando que tal vez había cometido un error al contarnos esto. Yo no los he visto ni puedo probarlo, solamente les digo lo que escuché de boca de otros.
     "Te engañaron, lo interrumpió uno de los marineros más viejos, la mayoría de esas historias son mentiras. Viajamos y vemos cosas raras, pero así nos parecen porque de donde venimos no acostumbramos a verlas. Ustedes viven casi todo el año en la aldea, en cambio yo he viajado y visto cosas que los asombrarían. Pero eso de vivir tanto tiempo, e hizo un gesto incrédulo moviendo la cabeza. Yo, sin embargo, me quedé pensando un rato en lo que había escuchado, y me atreví a preguntar:
     “¿No te dijeron a qué se debe su longevidad? Los demás me observaron, intrigados.
     "Parece que es el aire, o el agua de la montaña, la cercanía del cielo y su supuesta eternidad, me respondió, y nadie se rió esta vez.
     “Nos fuimos a dormir, mientras yo pensaba no en aquel sitio ni en ningún otro, sino en el ancho de mi pecho, y en la fuerza sin medida que me dominaba. Deseé tener una mujer entre mis brazos esa noche.”

*

Zaid miraba al techo de la cueva, donde los espíritus seguían ocultos. Bajó la vista hacia Montag, que había hecho una pausa en su relato. La luz de la tarde llegaba tenue y cada vez más pálida desde la entrada cubierta por grandes ramas secas, atravesadas por un olor a lluvia y el rumor del viento.
     -Aquí llueve todas las noches en esta época. Son los hielos que durante el día forman nubes en las cimas. Después, cuando venga el invierno, la nieve no nos dejará salir.
     Zaid recordó que no había llegado para quedarse. Se levantó y fue hacia el rincón donde estaba el cuerpo de Tahia. Lo iluminó con una antorcha mientras cortaba las cuerdas. El reflejo blanco del cuchillo llamó la atención de Montag.
     -Hermoso puñal.
     -Demasiado hermoso- contestó- para la tarea que le he dado. Pero tal vez deba ser así, sólo lo verdaderamente bello es fuerte para hacer ciertos trabajos.
     Continuó desatando el bulto, y el cuerpo fue descubriéndose de a poco. Las telas eran muchas, y las fue extendiendo junto al fuego para secarlas. Cuando el cadáver estuvo destapado del todo, lo alumbró. Montag se acercó.  
      Tahia tenía ahora una expresión distinta en la cara. Los labios estaban abiertos, con las comisuras hacia abajo, la mandíbula levemente caída. Las cejas fruncidas y los ojos entornados, fijos en algo. Los dedos de las manos extendidos y separados. Zaid retrocedió, su cara estaba cubierta de sudor. La luz de la antorcha se movía con el temblar de sus manos, y distorsionaba el tamaño de las cosas en el estrecho mundo de la cueva.
     -Tranquilo, hijo- dijo el viejo.
     -Pero... no entiendo... ella... me ha estado mirando siempre, entonces...
     -Fueron ellos los que la asustaron durante el viaje.- Montag señalaba al techo.-No todos los muertos forman  una comunidad armónica. Existen recelos, deseos contrariados. Tu mujer te sigue, por piedad, aunque desearía alejarse de los que te perturban.
     Los perros continuaban en el fondo. No habían comido en todo el día, y no habían reclamado alimento. Apenas se escuchaba su respiración.
     Zaid sintió escalofríos e intentó abrigarse con lo primero que sus manos hallaron cerca. Sin darse cuenta, había tomado las telas que acababa de retirar del cuerpo de Tahia. La frialdad de los harapos lo inquietó aún más, pero no se los quitó. Se dedicó a mirar su propia mortaja, ensimismado y con ojos llenos de miedo. Seguía temblando. El sudor ya le cubría el cuerpo, y sus piernas se debilitaron hasta hacerlo caer. Montag lo sostuvo, después le tocó la frente.
     -Estás ardiendo, hijo.-Le desprendió las telas y frotó el cuerpo con las pieles que reservaba para cubrirse el pecho en el invierno.
     Zaid se sintió acariciado, como si su madre estuviese allí, curándolo.

     Madre, hace cuánto tiempo que no te veo. Te he extrañado, he rogado por tu presencia, he pensado en tu cara tantas veces. ¿Y mi padre y mi hermano? Volvamos, madre, volvamos a estar juntos en el bosque. Padre y yo iremos a cazar. No olvides prepararnos una gran comida para el regreso. Llegaremos antes del anochecer, y te daré ese beso que siempre me estás pidiendo.
     Mi primogénito, el que siempre creí el más bello y fuerte. Nunca esperé que fuese tu destino ser el carretero de los muertos. Yo no pondré mi sombra sobre tu espalda. Te ayudaré, te frotaré con aceites cuando estés cansado. Te cubriré de besos, soñando que beso el cuerpo de tu padre. Los dos son uno, los dos son hombres, mis amantes. ¡Hijo querido, cómo lamento, cómo lamento...!

     -¡Despierta!- La voz antes suave era ahora la voz ronca y agotada de Montag.
     Zaid abrió los ojos. Las manos del anciano le calentaban el pecho, y el aroma de los aceites lo iba despejando. Un vapor se levantaba del fuego en el que la preparación se entibiaba. Tosió. Una saliva blanca y espesa manchó el suelo.
     -No te detengas-le indicó el viejo.
      Zaid lo miraba como si viese a un dios, con la mirada inocente del que se cree perdido y comienza a reencontrar el camino de su cuerpo. Volvió a toser, y esta vez el líquido vino de más hondo y era oscuro. Casi toda la noche continuó así, mientras Montag arrojaba aquella podredumbre en la fogata, con un rezo entre los labios. El humo se hacía más abundante e inundada el techo. Los espíritus se movían y provocaban un sonido de sordos golpes contra la piedra que no podían atravesar. Las sombras se hicieron más tenues, casi imperceptibles, y los silenciosos gritos de pesadumbre y dolor retumbaron en ecos que finalmente penetraban las rocas, para disolverse en la sustancia porosa de lo inerte y pétreo.
     Durante toda la noche, Montag permaneció en vigila para cuidarlo. Zaid no dormía del todo. No podía huir de los sueños de siempre, a la vez que escuchaba el relato lejano y consolador del viejo.

     “Te he contado-decía Montag, acariciando la frente de Zaid-cómo me enteré de la existencia de estas montañas. El barco llegó al delta de un río que lo nativos llamaban Luar. Las aguas marrones arrastraban troncos, ramas y barro porque era la época del deshielo. El barco no podía avanzar río arriba, y debimos bajarnos. Fuimos varios los que abandonamos la tripulación, pero no nos dejaron llevarnos provisiones. Nos pusimos a caminar siempre hacia el sur. El horizonte era tan amplio que no podrías imaginarlo de no haberlo visto. Sin montes, ni siquiera colinas, sólo una meseta plana de color verde y pocos árboles interrumpiendo el sol en la llanura. Había ovejas y cabras, y los pastores hablaban con un siseo extraño. Nos hicimos entender después de un largo rato, y como el día ya estaba muriendo, logramos que nos abastecieran de agua y alimento en sus casas.
     “Dormimos bien esa noche, cansados como estábamos, con la piel aún reseca por el sol del mar. Nos veíamos tan bronceados, que los lugareños parecían copos de nieve al lado nuestro. Nos miraban con asombro, como si fuéramos de tierra oscura. Cómo íbamos a explicarles, sin conocer bien su lenguaje, que éramos más blancos que ellos, que nuestros ojos claros no eran fruto de hechizos. Los hijos de los pastores corrían alrededor mientras conversábamos con sus padres. Acariciaban nuestras ropas de piel de oso, mirando con sorpresa los arpones que habíamos robado del barco.
     “El país de esos hombres era pacífico, y un clima cálido hacía brotar los frutos de las siembras con que se alimentaban todo el año. No eran cazadores, pescaban de vez en cuando en los ríos. Compartimos con ellos varias noches junto a las fogatas, bajo la luz de una luna serena, hermana de las otras lunas brujas de mis tierras.
     “Nos contaron que unos pueblos salvajes del este los habían atacado muchas veces durante su historia, y se establecían por mucho tiempo si la región era prolífica en animales. Pero era sobre todo en los inviernos cruentos, cuando las manadas de bisontes migraban, en que las hordas de ese pueblo llegaban en mayor número.
     “Las veces que sentimos sus pisadas retumbando en la tierra, temblamos. Llevamos a nuestro ganado hasta los acantilados, pero los campos terminan siempre arrasados, me dijo uno de los pastores.
     “¿Conocen la tierra de los longevos?, pregunté, creo que así los llaman, dicen que allí se puede vivir casi una eternidad. Se miraron uno al otro, el fuego relampagueaba en sus caras desconfiadas.
     “Nadie viaja sin el permiso de los Ancianos, me respondió uno de ellos, se reúnen en la Asamblea, a orillas del río, más al sur.
     “Amigos, les dije a mis compañeros, durmamos esta noche, y mañana partiremos hacia esa aldea. Nos acostamos entre bostezos y palabras de gratitud para quienes nos habían refugiado. Las fogatas se fueron apagando una después de otra. Sólo se escuchaba el berrear de las ovejas y los últimos ladridos de los perros pastores. La luz del crepúsculo ya era casi imperceptible.

     Todos me han abandonado.
    Veo sus almas alumbrarme en el claro del bosque más grande del mundo, un bosque que tiene el nombre del mundo.
     Estoy solo, y tengo miedo.
     Desolación y silencio, ni un fugitivo o moribundo sonido me acompaña. Estoy desatado de los lazos de los hombres. Soy una mota de polvo girando en el aire, indeciso e incapaz de decidir, sin fuerza para vencer ni siquiera mi propia perezosa voluntad.
     Soy la pluma de un ave enferma en el viento, ceniza que alguna vez fue otra cosa ahora irrecuperable, una brizna de hierba entre los dientes de una bestia, la gota de agua sobre sus labios.
     Nada me es ya conocido, nadie me conocerá. El mundo no existe ni tiene sentido porque lo que daba razón a la memoria, ha muerto. Ni voces, ni caras, ni gestos o golpes. Sin el tímido o irritado golpe de quien me haya aborrecido. Por lo menos el odio es algo, una madera a la cual aferrarse en este deambular perdido en medio de oscuras estrellas verdes. Árboles que deberían ser el hogar que no recuerdo.
     Ellos se han ido. Me han abandonado, y por eso ya no existo.

     “En la mañana, nos desperezamos como si hubiésemos dormido muchos días. Después de bañarnos a la orilla del río, nos pusimos en camino. No había rastros de los pastores, sólo la hierba del campo carcomida por las manadas. El pueblo debía estar río arriba, así que caminamos por la playa, con ramas como bastones. Supimos que la travesía iba a ser larga, sobre todo cuando el extenso paisaje de llanuras continuaba intacto después de diez días. Pero en el cansancio de las piernas notamos el ascenso casi imperceptible hacia el origen del río.
     “¿Dónde está ese pueblo?, preguntó uno de mis amigos, no creo que exista. Quise darles ánimos, porque no era fácil conseguir comida en esos lugares. Los peces eran espinosos y de poca carne, y el agua se fue haciendo fría.
     “El que quiera volver al mar, está libre, les dije cuando pasaron casi treinta noches y aún no habíamos hallado el lugar. Después de todo, nadie estaba obligado a compartir conmigo mi extraña ansiedad.
     “Yo regreso, decidió uno. Mientras se alejaba, los demás lo observamos durante un rato, con las espaldas algo encorvadas, la boca abierta exhalando el vapor de la mañana, las barbas crecidas. No le dijimos nada. Nos limitamos a levantar la mano que se había mantenido abrigada hasta entonces bajo la ropa, como la única y suficiente demostración para despedirlo. Luego, las manos regresaron a su lugar, y los otros se pusieron a mirarme, pero no lo soporté mucho tiempo, así que seguí adelante.
     “La playa se fue transformando en senderos pedregosos entre altos riscos y el río, que corría cada vez más fuerte. Uno estuvo a punto de resbalar cuando pasábamos por un pasaje angosto y embarrado. De vez en cuando hallábamos a varios pescadores, pero ninguno quiso responder a nuestras preguntas sobre la región que buscábamos.
     “Vean a los Ancianos, fue lo único que contestaron. Estábamos cansados. La cabeza nos daba vueltas al ritmo del agua, y ese ritmo era al que nuestra voluntad se había sometido con tal de sobrevivir. Ese pensamiento marcaba nuestros pasos torpes. En dos ocasiones, matamos cabras extraviadas. Las carneamos y cocimos, sin saber cuándo íbamos a volver a comer algo semejante. Hasta calentamos la sangre al fuego y la bebimos como un vino espeso.
     “Una tarde llegamos a un promontorio donde desembocaban dos afluentes del Luar. Vimos un conjunto ruinoso de chozas y el movimiento continuo de gente que daba vida a los caminos. Era una aldea pobre al borde del más angosto riacho que terminaba en el cauce principal. El agua que pasaba junto al pueblo parecía estancada, vencida por el ímpetu de los otros afluentes, un líquido oscuro y sin brillo repleto de suciedades y excrecencias. Podía escucharse el ladrar de muchos perros a lo lejos, tristes ladridos de animales viejos. Un griterío apagado de niños se escabullía también entre la niebla que había comenzado a asentarse sobre las aguas. La bruma fue creciendo hasta abarcar todo el ancho del cauce, y se desbordaba como una masa maleable hasta sumergir los márgenes y toda la aldea. Pronto no quedó cuerpo o cabaña que pudiese verse claramente desde donde estábamos.
     “El pueblo parecía estar acostumbrado, porque la gente de las calles fue confundiéndose en la niebla, incorporándose a su sustancia. Como si la aldea fuese amante de la niebla y le diese significado a su vida de agua y barro. Hacia allí caminamos antes de que oscureciera completamente.

     En esta playa, solo, parado en la arena que las olas lamen sin mojarme, miro hacia el sur, la fúnebre caravana de dolientes. Los hombres tienen el cuerpo pintado de amarillo, con rayas negras sombreándole el torso. En sus cabezas llevan penachos de plumas de cuervos, anunciando sus desvelos, el hambre de oscuridad.
     Detrás, vienen los portadores del incienso purificador, el aroma a especias y aceites que penetran el alma del que sobrevuela su propio funeral.
      Luego, los deudos, los rostros apesadumbrados de mis padres y mi hermano. Caminan cabizbajos tras los hombres que cargan el cuerpo del hijo, con la sombra del hijo envuelto en la mortaja. Vuelo sobre él ... sobre mí ..., y mis contornos los abarcan, los cubren como si quisiera protegerlos de todo mal, de cualquier desconocida voluntad de tragedia.
     Aún son jóvenes, pero las lágrimas los afean. Padre está vestido de negro, y dos manchas le oscurecen las mejillas y la barba. Lleva una capucha de luto, alta y adornada con ojos secos de búhos. Madre está cubierta por una túnica blanca, porque las mujeres señalan el camino de la descendencia. No pueden vestir de negro, no deben llevar sombras que perturben el vientre acogedor del porvenir. Ella no llora, mira la tierra que pisa y piensa en el cielo.
     Mi hermano ha crecido, es casi un hombre, pero la suave barba no logra ocultar sus ojos todavía débiles. Una naciente fortaleza está surgiendo en el color del espíritu que se asoma por sus ojos. Él es la luz que alumbra el funeral por debajo de la línea de mi cuerpo alzado al cielo.
     Los veo acercarse, y puedo palpar mi desesperación, grande como una bola de madera y fuego creciendo en mis entrañas, luchando por salir, quemándome.
     No quiero estar muerto.
     Lo grito al viento que agita las olas del río mudo, los vestidos del ritual, las llamas del fuego que precede a mi cadáver. Agito las manos sin correr, porque mis piernas pesan, llenas de arena.
     -¡No, padres! ¡Vivo!
     Y empiezo a reírme. Las nubes son testigos de mi alegría al verlos, al recuperarlos, mi alegría engañosa.
     No me oyen. Continúan caminando hacia el altar que me espera.

     “Mis amigos y yo llegamos y la niebla se despejó un poco, pero aún así nos vimos casi desamparados en aquella aldea. Nos miraban con hosquedad, como si nunca hubiesen visto extranjeros antes. Interrumpían sus trabajos, dejando las herramientas y palas, y se secaban el sudor, murmurando entre ellos un dialecto extraño al vernos pasar. Debimos parecerles bestias, con nuestras barbas largas, las ropas raídas. Nos acercamos a un grupo frente a una choza, pero retrocedieron. Quién sabe qué estarían pensando, ¿en los puñales que íbamos a sacar de debajo de la ropa, en la sangre que se derramaría de sus cuerpos? Los vimos bajar los azadones al suelo y apoyar las manos sobre el mango. Una posición fingidamente neutra, pero no inofensiva.
     “Buscamos a los ancianos de la Asamblea, dije yo, sin saber si me entendían. Se miraron varias veces, como en un juego sin palabras. Entonces me di cuenta, por primera vez, que esos hombres no tenían edad; algo que no pude definir en ese momento, les daba intemporalidad a sus facciones. No hablaron, pero un gesto de conformidad se reflejó en las caras. El que estaba más cerca, estiró un brazo hacia mí. Vi en sus ojos el deseo de reencontrarse con algo perdido. Pero retiró la mano sin lograr rozarme siquiera, y luego señaló hacia el final del pueblo, apenas visible entre la bruma. Intenté estrecharle la mano para agradecerle, pero él se apartó, y en lugar de miedo o furia, vi la más triste congoja en sus ojos. No me tientes, parecía decirme, no me recuerdes lo perdido. Nos encaminamos hacia donde había indicado, y al darnos vuelta, sentí sus miradas sobre nuestras espaldas al alejarnos.
     “Tres soles nos había llevado cruzar los afluentes y estábamos cansados. Teníamos la piel irritada por los mosquitos y otros insectos que jamás habíamos visto antes. Sin embargo, la idea de dormir me daba la sensación de tiempo perdido. Por eso continué solo. Mis compañeros se tendieron junto al bebedero de los cerdos y a los pocos caballos flacos, compartiendo el mismo lugar y el descanso con los perros.
     “A pesar del sol que nacía entre la niebla pesada y dura, que tardaría medio día más en esfumarse, los innumerables hilos de agua alrededor de la aldea levantaban un vapor constante y soporífero. No alcancé a distinguir la construcción sino hasta llegar muy cerca. Descubrí entonces la casa de la Asamblea, precaria pero grande si la comparaba con el resto de las chozas. Estaba rodeada por profundos surcos de barro hechos por las carretas. Nadie respondió a mi llamado, así que entré. La oscuridad de adentro era gris, me recordaba al mar revuelto antes de una tormenta. Alguien me tocó un brazo, y me hizo una pregunta que no entendí.
     “Busco a los Ancianos Sabios, dije en voz baja, el lugar parecía obligarme al respeto. Percibí otras sombras moviéndose a alrededor. Mis ojos se fueron acostumbrando de a poco a la penumbra, y pude ver a los cuatro ancianos. Después de observarme como moscas dando vueltas a mi alrededor, fueron hasta una mesa al fondo de aquel cuarto de tamaño aún indistinguible, y se sentaron en unos tablones. Se habían dispuesto en un orden simétrico según sus estaturas. Los dos del centro eran altos, delgados, de cabeza calva y cara alargada. Uno tenía la barba en punta, blanca. En los extremos, uno era pequeño, de espalda firme y rígida, el otro llevaba el cabello largo hasta los hombros, casi tan hermoso como el de una mujer.
     “Sabios Ancianos, empecé a decir, soy un marinero del Norte, que ha sabido de la extraña tierra que esconden las montañas del Sur.”
     “¿Y por qué la buscas?”, preguntó el de cabello largo.
     “Porque... no sé cómo explicarlo... abandoné a mi familia sin saber lo que buscaba, y me encuentro perdido justo en la entrada de mi sueño...
     “Eso es, un sueño, dijo el de barba, severamente. El más bajo lo interrumpió, más conciliador.
     “¿Cómo llamarías a tu sueño, extranjero?
     “Me quedé pensando unos instantes que me resultaron demasiado largos por no saber cómo responder, pero ellos no se inquietaron.
     “Deseo. Así puedo llamarlo, creo. Algo me está comiendo desde adentro, es lo único que sé. Una fuerza tan grande que podría llevarme hasta el fin del mundo, y matarme si no consigo lo que busco. Lo más extraño de todo, es que no me importa pasar el resto de mi vida fracasando. Los ancianos comenzaron a hablarse, deliberando sobre mis palabras.
     “Debes saber, extranjero, dijo entonces el de barba, que los que no soportan vivir en la región de los Longevos, vuelven al pueblo, y ya no son los mismos. Desear y rechazar no es el comportamiento para hombres honestos. Se debe ir en busca de lo que realmente se necesita, y necesitar lo que se ansía. Una y otra son la cabeza y la cola de la misma serpiente que llamamos hombre.
     “¿Es que los pobladores, pregunté en la pausa que hizo el otro, han perdido la cordura?
     “Si así nombras a ese espacio que está en sus cabezas y tiene la marca del tiempo, que ocupando todos sus pensamientos y sueños, los acosa sin fin ni descanso, sí, eso es lo que les ha pasado.
     “Afuera, unos niños se habían acercado para espiar entre las rendijas. Las voces de sus padres los llamaban desde lejos. El anciano que hasta ese momento se había mantenido callado, enderezó la espalda en su banco de madera y paja, y habló.
     “Hay una sola pregunta que voy a hacerte, y será suficiente para que llegues al sendero que te señalaremos. Una sola también es la respuesta correcta.
     “Tal vez sonreí, no estoy seguro, pero aquel gesto debió molestarlo.
     “No creas que será tan fácil. Mientras más lo pienses, más dificultosa será. Mientras más busques, más nubes, círculos de obstáculos, sombras te separarán de la respuesta. Si la sabes, saldrá de tu memoria como el agua de una cascada. Está allí, o no lo está.
     “Bien, Ancianos, lo entiendo.
     “Entonces, pronuncia el nombre del primer dios, el padre de los dioses, su creador.
      “Me quedé mudo de extrañeza. Parecía una pregunta muy simple, pero era imposible de responder. Quién había creado a los dioses más que ellos mismos, que eran eternos. Busqué en mis recuerdos todas las palabras oídas, todos los nombres que conocía, o que mi memoria me daba por sabidos. Sudé, sentí las gotas espesas de la inquietud mojándome la espalda. Mis manos húmedas se frotaban entre sí, nerviosas. Iba a perder la única oportunidad que se me daba en un juego que creí injusto, y me enojé.
     “¿Ustedes, Ancianos, creen saberlo todo? ¿Acaso tienen ese nombre y aún siguen vivos? Es imposible averiguar tal palabra, venerables viejos. Si los dioses nacieron de la nada, que ellos mismos crearon, entonces no existen, porque son la nada de la que surgieron. Nada puede engendrarse de la nada.
     “Cuando terminé, tenía un dedo acusador extendido hacia ellos, mientras temblaba. Los vi levantarse, creí que enojados, pero se dirigieron una mirada de común acuerdo. Hasta me pareció verlos llorar por un instante. Se me acercaron y me tomaron de las manos. Sus manos, hijo, eran tan bellas, tan endebles como las de un muerto, y lamento que ahora me veas lagrimear así, pero no puedo evitarlo. Me abrazaron mientras me decían: ese es el nombre. Y me revelaron el sitio del sendero.

     Mi cuerpo amortajado no es mi cuerpo.
     Soy un alma rondando los sitios de su muerte. Sé que muero para el mundo, y esta idea, junto al cielo nublado y las aves que sobrevuelan el río, es gris. Puedo comunicarme con el paisaje, que permanece indemne al pasar de los hombres. Soy parte de la tierra, un pájaro más sumergiendo su pico en el agua en busca de alimento.
     Veo a mi padre besando la mortaja antes de ser llevada al altar, y el Gran Brujo aparece con ellos, cubierto por la capa de pieles de lobo, amplia, imponente, como si las bestias los estuviesen protegiendo. Porque más que su cuerpo, su envejecida cara, las manos manchadas de lunares, es la túnica la que le da verdadera autoridad. Hasta la cornetilla de colores atada a su mano es más fuerte que su voz gastada.
     El dolor crece con lentitud. Del brujo llega. Con solo mirarlo, me punza con astillas que nacen de sus ojos. Lleva la cornetilla a los labios y entona una música triste, pero tan suave y hermosa, que no es extraña la devota sumisión del pueblo a su voluntad. Sabe cómo gobernarlos, exaltar su espíritu, sus maleables sentimientos. Los tiene entre las manos, entre los dedos que sujetan el instrumento. Un cántico solemne se inicia, la gente se postra en la arena, y las aves detienen su aleteo para escucharlo.
     Si no fuese mi propia muerte, también me plegaría a este místico entusiasmo. El brujo enciende la hoguera con las antorchas, las llamas se elevan como pájaros asustados. Hacia arriba, todo es gris, una opaca masa que se esparce entre la gente. Mis padres permanecen de rodillas, rodeados, engullidos por el humo. El brujo camina alrededor del fuego.
     Mi cuerpo se quema.
     Me toco el pecho, sacudo las piernas comprobando mi corporalidad, suspendido en ese estado del no tiempo tan parecido a la muerte, tan penosamente similar, que más parece una falacia creada para mi engaño. Entonces abro lo ojos a la contradicción. Una frase nada más, una interrogación inverosímil por su aparente futilidad. Pero la duda es un gusano que me carcome el cuerpo hasta dejarlo como un vacío espacioso dentro del esqueleto. Una carcasa ahora inhumada. Lo otro, los restos defecados por aquel gusano interrogador, soy yo, éste yo.
     La memoria y las lágrimas, la inaudible voz, gritando. Las manos y los brazos rígidos del temblor extendidos hacia la cáscara que ya ni siquiera es eso.
     Una nada hacia otra nada.

*

Zaid golpeó a Montag al despertar. El viejo intentó protegerse lo mejor que pudo.
     -¡Hijo¡¡Soy yo!¡Es un sueño nada más!
     Estaba junto al fuego, transpirando, y tenía los puños fuertemente cerrados contra el pecho del viejo. Había salido de repente sano y salvo de sus sueños, lúcido y aliviado al tocar la ropa y el cuerpo del anciano. Luego lo soltó y se llevó las manos a la cara, pero sintió un cosquilleo en las palmas. Al mirarlas, se levantó asustado, y las sacudió sobre las llamas.
     -¡Quíteme a estas bestias!-gritaba. Unos seres diminutos resbalaban de sus dedos y caían al fuego. Las llamas crecieron y volvieron a disminuir en seguida.
     -No te asustes, los estás expulsando...
     Si Montag tenía razón, era bueno lo que le estaba sucediendo, pero se sentía horriblemente mal. Peor aún que antes, cuando sólo los llevaba dentro o encima del cuerpo, casi sin sentirlos más que durante las noches.
     -¡¿Hasta cuándo?! ¡Mire, estoy sudando con un hedor de muertos!
     De la piel brotaban gotas con la forma de pequeños cadáveres. Montag lo obligó a acostarse de nuevo, y calentó una preparación en la que había puesto unas hojas verdes. Zaid siguió vomitando y tosiendo sobre las llamas durante todo el día.
     El viejo fue hasta el cuerpo de Tahia. Corrió las telas. El cuerpo había cambiado desde que estaba allí. Las piernas y los brazos estaban extendidos, y el anterior gesto de dolor había cambiado a una expresión de reposo.
     Zaid lo miraba desde su lecho, asombrado por aquel cambio. Quiso levantarse pero no pudo.
     -Ya te explicaré cómo pasó-dijo Montag- pero antes debo seguir contándote.
 
     “Cuando salí de ver a los ancianos, era casi de noche. Nada en el pueblo se había movido. La luz continuaba igualmente mortecina como en la mañana. Mis amigos estaban despiertos, hablando con un hombre y un muchacho. Al verme, me saludaron, aunque no parecían ansiosos esta vez por saber mis noticias, sino preocupados por otra causa.
     “Montag, me dijeron, este hombre y su hijo nos contaron que hay peste del otro lado del río. La mitad de los afluentes traen muertos al cauce principal. Tuvimos suerte de no encontrarnos con los cadáveres.
     “Así es, afirmó el hombre. Tenía una mandíbula pronunciada, cuello ancho y fuerte, pero una expresión casi infantil y llorosa en los ojos. Al hablar, su voz resultaba trágica.
     “Hace tiempo que no podemos cruzar en busca del curandero, y miró a su hijo, apretando con brusquedad un brazo del joven. El muchacho era alto y delgado. Se veía la rigidez de sus huesos en rápido crecimiento a través de la piel cetrina y pálida. El vello de la barba brotaba escaso. No era muy semejante a su padre, sino más estrecho de hombros, y sus ojos brillaban. Era uno la casi completa inversión de las características del otro, como si la herencia se hubiese mirado en un reflejo invertido antes de hacerse carne. Los dos poseían el cabello bastante largo, con rizos grandes que les daba cierta belleza.
     “Montag, el pobre hombre necesita ayuda, y nosotros nos acordamos que usted curó heridos en el barco, y hasta le salvó el brazo a uno que se quemó, ¿se acuerda?
     “Me puse a reír, y los miré con complacencia.
     “Van a hacerle creer que soy un brujo. ¡No! He aprendido ciertas cosas, pero nada más.
     “Por qué no le cuenta, le pidieron mis amigos. El hombre entonces los observó con desconfianza.
     “Se lo diré solamente al él, dijo, señalándome. Y fuimos a buscar albergue y comida, mientras caminábamos callados. Yo pensaba en qué extraña presencia era la de aquellos dos, que con solo aparecer y hablarnos, nos habían hecho casi olvidar que debíamos seguir nuestro viaje.
     “El muchacho venía detrás. Sentí su mirada fuerte en mi nuca, y me di vuelta. Enseguida bajó la vista. Caminaba con un exagerado balanceo del cuerpo, arrastrando los pies, parecían pesarle más que la luna que se elevaba en ese momento sobre su espalda. El padre, que dijo llamarse Reynhold, nos llevó a un establo en el que habían pasado las últimas seis noches.
     “Esperando cruzar el río, todas las mañanas me levanto y voy a mirar si hay cadáveres. Hasta hoy los he visto a todos, algunos rígidos, otros hinchados o de un color que me quita el hambre. Algunos parecen vivos, las corrientes les mueven los brazos como si nadaran.
     “Esa noche, mientras preparábamos la fogata, nos trajo alimentos del pueblo. Nos ofreció todo con una diligencia que conquistó el ánimo de mis compañeros. El hijo se mantenía apartado, y aunque su padre lo llamaba, se negaba. El hombre entonces seguía hablando de otras cosas. Después me pidió que nos separáramos del grupo, y cuando los demás finalmente dormían, me contó su historia.

     “Mi hijo y yo somos de los pueblos del noroeste. Si no ha visto alguna vez una masa de hombres, mujeres y niños desplazándose como un enorme lago que se mueve por la tierra en pendiente, no imaginará nunca lo que era mi pueblo. Mi familia había venido del oeste junto a muchas otras. Nos aceptaron con dificultad al principio, decían que veníamos de ancestros salvajes, y era verdad. Pero hace ya mucho tiempo, antes de mi generación, que dejamos de migrar, cuando nos encontramos con la costa y el mar. Los viejos decían que en esos precipicios terminaba el mundo, pero los más jóvenes sabían que es sólo una forma en que la tierra se hunde bajo el agua. Habíamos visto los barcos de los pueblos del norte, sin duda más avanzados, y establecimos comercios y trueques con ellos. Éramos pacíficos, así lo entendieron. Algunos nos hicimos pastores, y otros cultivaron la tierra. Fuimos felices, puedo asegurarlo. Yo me uní a mi mujer hace tantos años como la vida de mi hijo. Es el único que tuvimos, y fue nuestra sombra y preocupación no poder darle hermanos. Los curanderos decían que era a causa de mi mujer, pero los sacerdotes del pueblo aseguraban que alguien de mi familia debió cometer algún delito nunca confesado, o quizá lo haría alguien de mi descendencia, por eso se nos castigaba. La verdad es que mi pequeño fue creciendo con un carácter tímido, sobreprotegido, es cierto, pero se nos hizo inevitable actuar así. ¿Usted es padre? ¿Acaso no ha sufrido con cada golpe o llanto de sus hijos, como si fuera el fin de su vida, o peligrase el destino del mundo? ¿No tuvo la sensación de que todo dejaba de existir o de tener sentido si su hijo no era totalmente feliz? Creció, y nunca pudimos hablarle, o lograr que nos hablara. Me refiero a que dijese algo más que sí, padre o sí, madre. Hasta a veces deseé que me gritase o golpease para saber que estaba vivo de algún modo, que por lo menos la furia le daba una característica humana. Usted lo ve ahí, dormido, con ese cuerpo de hombre joven, y le parecerá uno más. Pero no es así. Él oye voces. Sí, no me mire con asombro. Dice que escucha voces, y no sé desde cuándo. Lo descubrí recién después de la muerte de su madre, al verlo, durante las noches, moverse como si estuviese despierto. Sin embargo, duerme. Su cuerpo reposa, también sus sentidos, pero su mente vive en otra región, una zona para mí impenetrable. Digo que tal vez desde antes le ocurre esto, porque la única vez que me habló, después de lo que hizo, mencionó la orden a que lo sometieron los dioses. Así los llama él: voces de los dioses. Al principio era una sola, la que le ordenó matar, después se hicieron múltiples cuando cumplió con ese deber.
     “El hombre dio un suspiro de cansancio. Sus recuerdos lo agotaban más que las palabras o la intensidad con que eran relatados.
     “Todo empezó un día que lo llevé de cacería por primera vez. Se puso a mirarme ciegamente en medio del bosque. ¿Me entiende? Mi miraba sin descubrirme. Mientras trataba de guiarlo en el uso de la lanza, me observaba con tal detenimiento que parecía buscar dentro de mi alma. Pero no a mí, en realidad, sino a mis ancestros. A los hombres que habían tenido el mismo poder que él para percibir las voces de los otros mundos. Dos generaciones habían pasado sin presentarse en mi familia. Y había vuelto sin saber, yo, un hombre simple, cómo controlarlo. Mi hijo movió la cabeza, asintiendo no a mis indicaciones, sino a otra voz que sólo estaba en su cabeza. Tenía ya la estatura de ahora. El viento agitaba su pelo y las ramas de los árboles con un sonido de trueno y un escalofrío en la piel del aire. Volvamos antes que anochezca, le dije. Él había cazado muy bien ese día, tan bien que me sentí orgulloso. Pero hoy pienso que debí haberme dado cuenta antes. ¿Por qué no había cometido ni siquiera un error? Era como si alguien más hubiese estado con él todo el tiempo para indicarle la dirección y el punto exacto del blanco. Alguien que pudiese estar en todas partes a la vez. Cuando regresábamos a casa, se desató la tormenta. Insistió en cargar las presas solo. Acomodé los dos cervatillos sobre su espalda encorvada por el peso. Me sorprendió descubrir esa fuerza en mi hijo. La sangre de los animales corría por su espalda desnuda, goteando por el camino de tierra y lluvia que nos conducía a casa. Yo iba detrás, pisando esa sangre, con los ojos puestos en su cuerpo incomprensible, sus huesos jóvenes, tratando de leer en su alma. Entonces, tuve miedo. ¡Hijo!, le grité en el viento que traía el anuncio de una mayor tempestad, ¡no llegaremos antes de que se desborde el arroyo, te ayudaré a cargarlas! Se dio vuelta. Con la luz de los relámpagos vi en su rostro una mirada a la que todavía temo cuando la recuerdo, porque no eran los ojos de mi niño: tenían la experiencia del mundo. Al llegar a la cabaña, mi mujer nos estaba esperando con comida caliente. Él había dejado los ciervos en la entrada. No los dejes ahí, hay que ponerlos en lugar seco. Me miró como un hombre mira a otro que se atreve a ordenarle algo sin el derecho a hacerlo. Me dio la espalda para entrar, y lo agarré del brazo, pero se soltó con fuerza y me empujó. Antes de poder evitarlo, ya estaba adentro. Su madre había corrido para abrazarlo. Los miré uno junto al otro, tan estrechados, que decidí posponer mi reprimenda para más tarde. Ella estaba demasiado feliz por él, por su iniciación. Continuaron abrazados un tiempo que me pareció excesivo, pero no los interrumpí. Él apenas había cruzado el umbral. El cuerpo de mi mujer estaba oculto por el de nuestro hijo, sólo se veían sus brazos enlazados, las piernas y las caderas levemente inclinadas, la cabeza apoyada sobre un hombro. Escuché su llanto de emoción, y los gemidos ahogados. ¡Vamos, mujer, ya basta!, le grité. Pero al acercarme sus manos se habían separado y caían flojas sobre la espalda de él. Las piernas no la sostenían, sino que colgaban. Sus caderas eran un péndulo. La cabeza se balanceaba como si acariciase su hombro. ¿Qué pasa?, pregunté. Los músculos de mi hijo temblaban, como cuando se deja de hacer una gran fuerza. El cuerpo de mi esposa se fue deslizando de sus brazos y cayó al suelo. El olor de la comida quemada se unió al relampagueo y el repiquetear de la lluvia sobre el techo. Ellos la quieren, me dijo él, y yo, aturdido, le di un golpe tras otro, hasta deformarle la cara. Me detuve únicamente cuando supe que también podía matarlo.
     “Reynhold se agitó al contarme todo esto, y quise consolarlo. Aunque me resultaba increíble su relato, no creía que no fuese sincero.
     “Esa noche llovió más que todo el resto del invierno, y la mañana nos descubrió inundados y acostados en los camastros húmedos, quietos y en silencio. Enterré a mi mujer en una colina alta. Después nos encerramos, sin ver a nadie por muchos días, esperando que el agua bajase. Mi hijo estaba apoyado contra una pared, las rodillas dobladas y la cara entre las manos. Yo lo miraba, pensaba en un castigo, pero cualquiera que hallaba era también un castigo contra mí mismo. La lluvia continuó e hizo correr la tierra de las colinas, que los árboles apenas pudieron retener antes que llegase a nuestra aldea. Y el agua desenterró a los muertos. Ya no pudimos escondernos del mundo, ni vivir en la choza como si fuésemos tan inocentes como el techo que nos cubría. Puse mi fe ciega en tal deseo. Prefería tener miedo de mi hijo, encerrado allí, a tener que soportar el juicio de los demás. Cuando vinieron a buscarnos y les conté todo, me trataron aún peor. Les dije la verdad, porque así lo dispuso mi confusión. Pensaron, en cambio, que deseaba librarme del castigo culpándolo a él. Iban a matarme. Entonces huimos. Desde aquel día no nos detenemos, y lo que ahora busco es que alguien me ayude a castigarlo. No puedo hacerlo solo, no porque no me atreva, sino porque simplemente no son suficientes estas manos para cumplirlo.
     “Pero qué castigo es ése, pregunté.
     “Debe ayudarme a terminar con nuestra sangre. ¿Sabe lo que eso significa para mí? Es el último de mi familia, que alguna vez fue la más grande de las grandes tribus. Será el último, definitivamente.
     “Quise saber si en verdad estaba dispuesto a matarlo.
     “Quiero quemar su descendencia, me contestó, desterrarla del mundo, ¿no lo entiende? Quitarle sus hijos, robarle la posibilidad de tenerlos, antes que sea tarde. Sé que aún es virgen, lo he estado vigilando día y noche. Cada vez que me veo obligado a dormir, sufro pensando en lo que está haciendo. Tal vez, hasta sabe de mi propósito y procure evitarlo cuando llegue el momento. Lo he alejado de las mujeres, para que su semilla no devore al mundo con esta sangre. Le pido que me asista el día que lo castre.
     “El hombre estaba dispuesto a interrumpir para siempre la línea de su raza. Habíamos pasado toda la noche hablando. Fuera del establo, la luz de la mañana empalidecía el fuego. Me sentí inquieto y deseoso de deshacerme del hombre.
     “Lo que me pide no puedo hacerlo, le contesté, cómo voy a estar seguro que no fue usted quien mató a su mujer. El hombre me miró con ira, y me dijo: Lo que usted busca, si no me equivoco, es el portal a la región de los Longevos.
     “¿Acaso va a decirme lo que hasta los ancianos querían negarme?
     “Esos viejos tramposos no le dirán nada aunque responda a sus preguntas, y si lo hacen, no hallará el lugar con sus indicios. No han vuelto a las montañas desde hace siglos. Son los únicos que han sobrevivido al volver al pueblo. En las montañas no tiene a quién gobernar ni quien los venere. ¿Cree que van a compartir con alguien más su eterna vida? Se matarían entre ellos si supiesen con certeza que son capaces de morir. Yo sé de ese lugar porque mi hijo lo sabe, se lo he oído decir mientras hablaba en sueños con sus dioses.
     “Sin ese dato, Zaid, habría pasado mi vida buscando la entrada sin hallarla. Cuando llegué a los senderos que llevan a las montañas un tiempo después, pude comprobar que el hombre tenía razón. Si tus pasos te dirigieron directamente hacia aquí, fue por ellos, los que ahora nos miran desde el techo. Te guiaron. El hijo de Reynhold lo sabía también, y yo vi, en esa revelación, la paz de mi alma. Toda mi vida iba a convertirse en un absurdo fracaso si lo rechazaba. Me he preguntado cientos de veces si tuve el derecho de castigar a su hijo de esa manera, de obtener mi casi eternidad a expensas de la suya. Debía responder rápido, porque la oportunidad se estaba esfumando con la noche que se iba. Reynhold me extendió su mano para confirmar el pacto. Dudé un instante, pero de más estaban los pequeños retaceos si ya se había trazado algo más grande, del tamaño de mi deseo.

     “Decidimos hacerlo dos días después. No les dijimos nada a mis amigos. Los mandamos a buscar provisiones a aldeas vecinas, y no regresarían hasta el día siguiente. Se despidieron antes del crepúsculo para aprovechar la noche viajando. Calenté agua sobre la fogata, y preparé las telas y el cuchillo.
     “El muchacho y su padre regresaron con la leña y la arrojaron al fuego, que creció iluminando todo el establo. El hombre me miró, y asentí. Fingimos quedarnos hablando entrada la noche, hasta que el hijo se acostó y estuvimos seguros que dormía. Cómo se agitó mi corazón al acercarme, qué presentimientos horribles tuve frente a la débil lumbrera del fuego.
     “Nos abalanzamos sobre el joven, que comenzó a resistirse con todas sus fuerzas. Yo le sujetaba las piernas, mientras el padre se arrodillaba sobre su pecho y lo retenía de los hombros. Sus gritos sacudían las llamas, y la luz hacía que el mundo también se moviese o protestase. Las sombras del techo bajaban y subían. Nuestras sombras iban de pared a pared. Y sus gritos eran espantosos. El padre sacó de entre sus ropas un tubo de madera con una sustancia para adormecerlo que las viejas del pueblo le habían dado. Quiso abrirle la boca, pero lo mordía, e intentamos retenerle la mandíbula con una cuerda.
     “¡Yo lo tengo y usted eche el líquido!, le grité, pero el muchacho cerraba la boca con fuerza, y sus ojos se fijaron en mí con odio. Entonces decidí golpearlo para que no siguiera lastimándome con esa mirada.
     “Hizo bien, dijo Reynhold, mientras vertía el líquido, pero la voz le temblaba. Lo desnudamos, y lavé el cuerpo con agua tibia. Agarré el cuchillo.
     “Yo voy a hacerlo, me pidió, sólo dígame dónde cortar sin matarlo. Le señalé lo que me había pedido, mientras él sostenía el filo en su mano derecha. Tuve que envidiar su fortaleza, por lo menos al principio. Cuando todo iba bien, y a pesar de haberlo atado, el chico empezó a mover las piernas y levantó la cabeza. No pensé más que en volver a golpearlo, pero ya no quiso desmayarse. No podía amordazarlo tampoco porque no dejaba de morderme las manos.
     “¡Hijo, soy yo, tu padre, el que va a hacerlo! Nadie más deberá responder el día que quieras vengarte. Pero esto es mi deber. Su voz se quebró hasta desaparecer en el espasmo del fuego que crepitaba. No dijo más, y después vi la sangre brotando.
     “Espere, le dije, y me di cuenta de lo absurdo de la advertencia mientras cubría la herida con telas que se empapaban una tras otra. Las manos le temblaban tanto, que no podía fijar el cuchillo en un punto exacto, menos aún con la sangre manchándole la cara.
     “¡Déjeme a mí!, le pedí. Lo hice comprimir la herida mientras yo limpiaba. Como no me obedecía, volví a gritarle. Pero no se movió. Miraba al hijo, que seguía dando gritos insoportables, aunque al menos no había logrado desatarse. El dolor, Zaid. El dolor infligido en los demás es un umbral del que no se puede regresar. Yo oía esos alaridos con el alma temblando. Los ladridos de los perros llegaban desde lejos, como voces de lamento y acusación.
     “Reynhold se había puesto a cambiar otra vez las telas, echando lejos el agua teñida de rojo oscuro. El color del joven, en cambio, se iba tornando blanco. Quise decirle al hombre que no era ése el sitio que yo le había señalado, pero no quise recriminarlo más. Terminé lo que él había hecho, y cosí la piel. La sangre se fue deteniendo con lentitud. Iba a arrojar al fuego el fragmento cortado cuando el padre me detuvo, y lo puso dentro de un saco de cuero.
     “Salí del establo. Me asombró ver que todavía fuese de noche. Unas líneas luminosas de ojos caninos me esperaban, aullando, sin acercarse. Parecían angostas sendas de estrellas sobre el río. Me acerqué a una orilla aparentemente libre de muertos. Los perros me gruñeron al seguirme. Me saqué las ropas con sangre y las dejé a un costado. Los animales se abalanzaron sobre ellas, y permanecieron después al borde del río. Me sumergí para lavarme, pero no me atreví a salir enseguida. Veía a los perros dando vueltas en la orilla y aullando. Luego, se fueron dispersando a medida que amanecía. Sólo uno me siguió con la mirada mientras me cubría con lo que había quedado de mis ropas.
     “Regresé y vi que Reynhold había lavado a su hijo y lo acostaba sobre una manta seca. A cada rato le cambiaba las telas y secaba el sudor. El único signo de vitalidad en el muchacho era un temblor que se resistía a ceder, como el último escalón antes del vacío.”
  
     -¿Sobrevivió?- preguntó Zaid luego de un largo rato en el que había estado pensando, como si algo más lo molestara sin saber qué con exactitud.
     -Sí. Cuando se repuso, la peste ya había acabado, y lograron cruzar el río. Seguirían caminando hacia el este, más allá del Droinne, me dijeron. Luego no supe más de ellos. Pero hasta la tarde que partieron, el hijo seguía oyendo voces que lo aturdían día y noche, haciéndolo sufrir tal vez más aún más que nosotros.
     -Y usted consiguió lo que buscaba, ¿no es cierto?
     Montag no respondió.

*
    
Zaid se sintió recuperado. La preparación que el viejo le había hecho beber mientras hablaba, le había dado fuerzas. Pero Montag no estaba en la cueva. Intentó levantarse y mover las piernas entumecidas. Dio algunas vueltas y tropezó con los cuerpos de los dos perros. Su pelaje relumbraba con el reflejo claro de la mañana desde la entrada.
     Los espíritus también habían desaparecido del techo, su ausencia se revelaba más por la quieta paz del vacío allí arriba, contra las rocas lisas. Aún temía no haberse deshecho de todos, y se palpó el cuerpo, se frotó la barba y el cabello en busca de las pequeñas bestias que había estado expulsando. Al ver que el anciano regresaba, fue hacia él y se arrodilló.
     -¡Gracias, maestro, por librarme de ellos! Dígame si ve algo más a mi alrededor, alguno que queda todavía y yo no pueda ver.
     -Por ahora no. Pero yo no hice nada, fue este lugar el que ha purgado tu espíritu.
     -Quiero enterrar a los perros, les tengo miedo aún a sus cadáveres.
     -No vamos a hallar tierra profunda en estas montañas, nada más que roca. Los pondremos en una bolsa para arrojarlos al arroyo.
     Zaid sostuvo la bolsa de cuero mientras Montag levantaba los cuerpos y los echaba dentro. Después la cargó sobre los hombros y salieron. El sol le golpeó en la cara, cerró los párpados y se tapó la cara con la mano libre. Montag lo ayudó a protegerse.
     -Despacio, debí prevenirte antes.
     -No importa, ya me acostumbraré. Sígame contando. Me quedé pensando en el joven. ¿Cuál era su nombre?
     -El padre nunca me lo dijo, pero en esos lugares suelen llevar el mismo nombre de padres a hijos.
     Zaid continuó el resto del camino pisando con cautela, sus piernas seguían débiles. El reflejo de la nieve le enturbiaba los ojos, y comenzaba a dolerle la cabeza. Sin embargo, no pudo alejar el pensamiento de la similitud con el nombre de Reynod.
     -¿Cuándo pasó todo eso?
     -Hace demasiado tiempo como para acordarme exactamente, pero el padre ya debe estar muerto, y el hijo debe tener la misma edad que tendría tu abuelo.
     ¿Y si es él, si es el Brujo el hombre que mató a su propia madre y fue castrado por ese acto? Si así fuese, ¿cómo nacieron sus hijos e hijas? Si en eso ha mentido, tal vez también sobre mi abuelo.
     -Cuando ellos se fueron -siguió diciendo el viejo- el padre me contó el secreto del portal. Tuve entonces el consuelo, pequeño, fútil, pero al fin un consuelo, de saber que me habría sido imposible encontrarlo sólo con las indicaciones de los ancianos. Ya has visto el sendero por el que llegaste el primer día, tan estrecho entre los muros de roca, una entrada angosta que cierra la vista del cielo y deja en sombras la pendiente. Demasiado parecida a las otras, cambiando de un día a otro por el viento, jamás la habría hallado por mí mismo
     no es posible. Acaso quizá sus voces lo hicieron sentirse superior, y sin duda lo era, pero lo otro, lo de su descendencia, ¿fue acaso un favor de los dioses
     atravesé el umbral, y durante un tiempo estuve enfermo. Te conté sobre mi fuerza, del ímpetu inexplicable que me obligó a huir de mi pueblo, cruzar el mar, y destruir la vida de un hombre que recién comenzaba. Eso fue lo que expulsé, no un muerto, sino una especie de masa borboteante que crecía en mí desde mucho antes. Durante todas esas noches recordé a los que hice sufrir, las recriminaciones de los que abandoné, y el hijo de Reynhold se me apareció tantas, tantas veces, que lo creí ya un fragmento más de la forma de mis ojos
     Reyn ... nod ... hold, ..reynhold ... nombres intercambiables, indiferentes como las palabras en la boca, nefastas como las palabras en la boca. sonidos que no pueden borrarse. clavados en la memoria. determinando una forma, un pasado inventado por esa misma memoria que miente como si fuese de otro. nos inventamos. a cada momento nos creamos
     mucho después, regresé a mi tierra. Visité a mi familia. Uno de mis hijos era ya un sabio sacerdote, y me sentí orgulloso. Mi mujer había muerto, y mis otros hijos se habían ido a otras regiones. Sabía que no volvería a verlos. Dejé recuerdos al único que quedaba, le entregué un gorro de piel y una pluma de la primera ave que cacé en las montañas. Eran como pensamientos convertidos en objetos para que persistiesen más que la memoria. Luego volví, y desde entonces he estado esperando mi muerte. No es un deseo, sólo la espero. Ella tarda. Está bien. Lo reconozco, a veces la llamo en voz muy baja, tengo miedo de que me escuche. Otras, lloro, porque sé que llegará. Me doy cuenta de que a pesar de mi edad, del original deseo que me trajo aquí, no he logrado sentirme, ni por un instante, un dios.
     nadie está libre de culpas? ni los sabios, los místicos, los que curan y hablan con los dioses. Qué desilusión, triste desengaño saber que el hombre más temido y respetado es sólo un niño malvado que creció. Pero no puedo juzgarlo ¿soy inocente? Ni ahora, que los muertos me dejaron, puedo decir que he cambiado. Por fuera únicamente. Más limpio, más sereno, pero la misma memoria.
     Arrojaron la bolsa al torrente que caía de las cimas. El agua arrastró los cuerpos hasta hacerlos desaparecer, montaña abajo. Retomaron el camino de vuelta.
     -¿Qué pasa?- preguntó Montag, al verlo pensativo.
     -Nada. Pienso en mis padres, en mi pueblo.
     El viejo se apoyó en el hombro de Zaid para regresar a la cueva. Pero algo había cambiado. Lo presintieron apenas se estaban acercando. Un humo blanco salía de adentro,  con olor a leche de cabra y el aroma de la carne que Montag guardaba para el invierno. Un sonido de pasos, de una voz que cantaba una letanía extraña llegaba desde el interior.
     -¿Será alguien de las montañas?-preguntó Zaid.
     Montag parecía extrañado de que así fuese. Demasiado tiempo había pasado desde que lo visitaron por última vez.
     -Algún salvaje, entonces. Déjeme que entre primero, quédese aquí.
     El viejo no se veía convencido. Apretó por un momento el brazo del joven para retenerlo. Por primera vez, parecía temer quedarse solo.
     Zaid entró. Al principio, la vista aún débil lo engañó formando un velo frente a los ojos. Luego fueron rompiéndose y desapareciendo, y en su lugar surgieron las cálidas paredes de la cueva. El techo fue tomando forma, el suelo de tierra apisonada, la fogata, la vasija con la leche, las bolsas de sal y la carne. El aroma le trajo entrañables recuerdos de su madre.
     Una mujer estaba allí, esbelta, delgada y muy hermosa.
     Tanto como lo era Tahia.
     Reconoció el cabello corto, de pequeñas motas negras, la piel oscura, los ojos brillantes y abiertos, parpadeando. Los senos nunca demasiado grandes, sino rígidos, con sus tímidos pezones como picos de pichones. Las caderas suavemente moldeadas. La sombra del sexo, impenetrable, último bosque inexplorado del mundo.
     -¿Tahia? -se atrevió a decir, temiendo que la imagen desapareciese con solo nombrarla.
     Ella le sonrió. Los labios se abrieron, los dientes brillaron como restos óseos que contaban los caminos por los que habían pasado y su funesta compañía. Habló, no la boca, sino el color, la suavidad de piedra moldeada, la leve separación entre los dientes relataba los sitios y los destinos recorridos.
     Él se acercó.
     Las manos de Thaia estaban frías, pero gotas de sudor le caían por los hombros. Zaid la secó con suavidad, apenas se animaba a tocarla. No podía apartar la  mirada de ese perfil de madera muerta que volvía a despertar. Su mano izquierda se alzó para acariciarle la cara, mientras ella parpadeaba. Su perfil permanecía en la sombra, con dos puntos grises en el lugar de los ojos, pero ya se vislumbraba aquella sonrisa que siempre había logrado conquistarlo.
     Deseó besarla, darle únicamente un beso simple en la mejilla, sin embargo el remordimiento lo contuvo. Puso sus manos bajo los codos de Tahia, para sujetarla mientras la ayudaba a caminar. Ella hizo un gesto que él comprendió, y la dejó sola para recostarse. Siguió limpiando su piel con agua tibia, mientras la acariciaba.
     -Mi Tahia, mi mujer- repetía, y sus manos se reencontraban con lo que habían perdido. La memoria de las manos era fiel.
     Montag había entrado. Zaid comenzó a contarle, aunque no hubiese necesidad, pero el entusiasmo lo dominaba.
     -Ha vuelto para siempre, ¿no es cierto?- Y miraba a Tahia. Ella tenía la vista fija en él, y le acariciaba una mejilla con una mano ya más tibia.
     -Te conozco... - dijo ella.- Pero no sé tu nombre.
     Zaid dejó de sonreír. Sus párpados se cerraron y los labios se hundieron para no llorar.
     la ira crece y es dolor. Es un hueso en el que se han acumulado las espinas, los árboles y las rocas del mundo, que se parte en tantos pedazos que ya no volverán a unirse
     -¿Qué debo hacer?- le suplicó a Montag.
     -Decir tu nombre.
     -Pero si lo pronuncio, ya no podré ser otro del que fui.
     El viejo se le acercó, sostuvo la cabeza de Zaid entre sus manos y la apoyó sobre su pecho para que llorara sin que ella lo viese.
     -Escucha. Mi corazón tiembla, hijo, no trabaja. Tiembla, desde aquel día...
     Entonces Zaid supo que más valía decirlo de una sola vez. La culpa no se desvanecería mientras existiese el tiempo.
     -Soy yo, mujer, el hombre que te ha matado.
     Ella no respondió. Simplemente sus escalofríos desaparecieron, y las gotas de sudor de sus manos ahora recorrían la barba de Zaid.
     La ira se abre camino.
     Huye por mi boca, se extiende con la forma de un hueco blanco que parece ampliar el techo más allá de sus límites reales, hacerlo tan abarcador como el cielo. Allí hay palabras, repiqueteos de maderas chocándose y vientos que pasan a través de instrumentos de música. Un conjunto de ecos que se transforma en punzantes dolores, similares al antiguo dolor, aquel que lastima mi sexo cada vez que recuerdo el nombre y la figura del que lo provocó.
      ... hold, dicen los ruidos en el hueco blanco de la furia.
     Por ese espacio huye el remordimiento, porque yo determino, desde hoy, las fronteras de mi mundo.

*

Prepararon provisiones para el viaje, y se despidieron de Montag.
     Tahia le extendió una mano, pero el viejo se apartó. Zaid se rió de él, y Montag, casi avergonzado como un niño, se dejó besar por Tahia.
     Fue un beso ríspido en su mejilla, sin el sabor cálido que las mujeres, él así lo recordaba, solían dejar con sus labios. Pero el anciano nada dijo. Fingió que todo estaba bien cuando Zaid lo abrazó como si fuese su padre.
     Los jóvenes partieron, y él los observó mientras bajaban la montaña, tomados de la mano.
     Se sentía débil. Se preguntó por qué no había evitado que ella lo tocase. Por qué, después de tantos años esperando, había dejado que sucediese así, tan abruptamente.
     Sentado al borde del camino, sus sentidos se fueron debilitando. Sus manos caían a los lados, sin fuerzas. Ya casi no alcanzaba a ver a los que se iban, empequeñeciéndose hasta desaparecer entre las rocas y la niebla.
     Ni siquiera estaba seguro de seguir vivo al recordar lo que había visto en la mirada de esa mujer al recibir su beso.
     El gran hueco negro en el lugar de los ojos.

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