LA GUERRA (Libro completo Parte 5-5)


LOS GUERREROS ALADOS



Elegían noches sin luna, cuando ésta era apenas una línea o acaso una esfera no mayor a cualquier otra de las estrellas, incluso más pálida. O cuando las nubes cubrían todo el cielo, y las noches se parecían entonces a la ceguera. Noches tan oscuras como los ojos de la Hechicera, afirmaban las mujeres.
     Ellas sabían que esos ojos eran ciegos, totalmente blancos, carentes del punto negro y el círculo claro que se alternaban las luces y sombras. Pero la vieja hechicera lo había visto todo con los ojos de los otros. Había bebido la luz a través de los demás, se había alimentado con su sangre y fortalecido con la carne. Los huesos de los otros apuntalaban sus piernas frágiles. Los que alguna vez llegaron a verla, decían que sus piernas eran como dos ramas secas a punto de quebrarse, sujetas por dos serpientes enlazadas. Las manos, dos puñados descarnados de falanges rotas acariciando las escamas de las víboras.
     A ella esperaban. Las más jóvenes agazapadas tras los arbustos. Las mayores, sin temor pero extasiadas de respeto, se habían ubicado alrededor de una fogata.
     Las llamas crecían. Iluminaban el claro en medio del bosque. Detrás de las mujeres paradas, que se habían tomado de las manos, estaban las ancianas. Tenían las cabezas gachas y la vista fija en la tierra. Se balanceaban de adelante hacia atrás, con un murmullo sordo y parejo que nacía de sus labios cerrados.
     Las jóvenes temblaban ocultas por los arbustos. Tenían frío, pero sus madres les habían asegurado que al final de esa noche serían mujeres. Cuando la Hechicera apareciese, los ojos de la anciana se alimentarían de ellas, y la juventud se perdería en el aire, condensada en la brisa detenida entre las hojas más altas de los árboles. Entonces ellas gritarían, para convertirse en mujeres sin edad. Elegidas. Experimentadas. Con el conocimiento del mundo en sus vientres.
     Tres ancianas alimentaban el fuego, pasándose una a otra ramas y especias. Los aromas invadían el bosque, imprecisos primero, incontables luego de la medianoche. El olor de la sangre se impregnó en las narices de las jóvenes. Después, el olor de la leche quemada lo reemplazó, hasta fundirse con la humedad de la tierra y de los troncos caídos.
     Las mujeres llevaban objetos al fuego, cosas que habían pertenecido a sus ancestros, y que ellas habían conservado toda su vida. Quizá fragmentos de algo más grande, arrancados antes de su final destrucción. Las mujeres los llevaban envueltos en telas limpias, ocultos bajos las faldas, luego de haberlos rescatado del abandono en un agujero de sus chozas. Los hombres se habían quedado mirándolas mientras ellas se alejaban en el crepúsculo hacia la reunión que todos sabían iba a realizarse esa noche.
     -Quédate y duerme. Ni siquiera sueñes-les ordenaron a sus hombres y a sus hijos.
     Ellos sintieron un escalofrío recorrerles el cuerpo, pero callaron y se encerraron en sus casas.
     Todas, ni una sola mujer que hubiese pasado la edad fértil, se negó a entregar sus pertenencias. Las tres viejas iban desde la fogata hasta el sitio donde se habían reunido las demás para dar sus ofrendas. Era una larga fila que no terminaba ni siquiera más allá de la oscuridad entre los troncos. Se ayudaron con antorchas para no perderse en los caminos que conducían al bosque, pero sabían que tendrían que apagarlas al llegar. Sólo las manos eran necesarias para encontrarse, palpar los rostros, los brazos que traían los regalos. Las viejas regresaban a la fogata, y la luz estallaba por algunos instantes con el nuevo alimento que arrojaban, pero ellas bajaban la vista al suelo.
     Un fuerte olor a leños se mezcló en el aroma del fango con heces. El olor de la tierra brotaba del fuego, de la madera que se había alimentado de esa tierra, y se deshacía en sus sustancias originales.
     Las jóvenes se asomaron desde atrás de las ramas, escondiendo su desnudez. Vieron cintas de cuero que caían como pequeños pájaros muertos. Muñecos con forma de hombres, cubiertos de polvo blanco. Ramas con hojas secas, teñidas de rojo. Algunas bolsas se abrían antes de caer al fuego, y los restos de niños no nacidos se esparcían entre la brazas. Úteros enteros eran arrojados al fuego, ofrecidos igual que corazones abiertos sobre las palmas de las viejas.
     Las que rezaban, elevaron su voz al crecer las llamas. Un casi imperceptible temblor se fue desplazando a través de las manos enlazadas. Las viejas también se estremecieron, y el suelo repercutió con el golpeteo de los pies descalzos.
     -Los fragmentos de la vida…-decían, pero la voz se perdía en el crepitar del fuego. Las llamas eran altas, las sombras de los árboles bailaban y amenazaban caer sobre ellas. Un viento frío comenzó a correr entre las ramas superiores, y el baile de los árboles y el fuego se animó frente a la estática mirada de las viejas.
     Las encargadas de las ofrendas iban y volvían con los brazos llenos de indefinidos elementos. Cosas que a veces daban la impresión de moverse solas entre sus manos, pero ninguno tenía un color preciso o un olor en especial. Estaban secas, como si la oscuridad les hubiese robado sus características antes de devolverlas al fuego. Y al quemarse, los objetos lloraban con el aroma que despedían, lágrimas con olores, igual que las mujeres ahora lloraban al entregarlas. El fuego parecía quemar sus caras, pero sólo las alumbraba con una nitidez implacable.
     La humedad de la noche había desaparecido. El calor de la hoguera cubrió todo con una seca y polvorienta capa de tierra resquebrajada. El barro se había secado, el sudor esfumado de las pieles de las jóvenes. Sus cuerpos desnudos eran parecidos a hojas de acacias en un mediodía de invierno. Opacas, porosas y sin edad. Ellas se sentían envejecer, pero no lloraban. Acurrucadas siempre, unas contra otras, detrás de los arbustos rastreros. Aguardando.
     Entonces sintieron que algo les manchaba el sexo. Luego llegó el viento. Tocaron la tierra donde estaban sentadas. Pasaron las manos por las sombras en las que habían intentado protegerse, y acercaron los dedos a sus narices. Olieron y gritaron. Habrían querido huir, pero la desnudez las retenía.
     -¡Sangre!-gritaban. Se abrazaron. Algunas llamaron a sus madres. Sus llantos se elevaron por encima del crepitar del fuego.
     El rezo de las viejas continuaba, indiferente. Las jóvenes se levantaron de la  tierra cubierta de pequeños charcos de sangre y orina. Sus cuerpos no les respondían. Sus cuerpos eran otros.
     Una de las ancianas del círculo giró la cabeza hacia su compañera. La otra asintió, y se separó de las demás. Las que quedaban cerraron la brecha abierta. La mensajera llevó una fuente hacia la fogata, y esperó que se calentase. Tranquila, sin mostrar impaciencia por los gritos, esperó. Tocó la madera, y conforme con la temperatura que había alcanzado, caminó de regreso al círculo, ofreciendo la fuente a  las mujeres adultas.
      A su turno, cada una bajó  la cabeza por un instante, y la fuente se fue llenando de saliva. Al cerrar la ronda, la mensajera escupió a su vez, y se dirigió hacia las jóvenes.
     Ellas la vieron acercarse, sin dejar de llorar  sus miradas cambiaron a una mueca de alivio. La mujer extendió una mano, y todas se apartaron, pero la vieja no iba a tocarlas. Se arrodilló en el barro con sangre que despedía olor a orina de vírgenes, y apoyó las palmas. Luego levantó dos puñados de barro, y dejó que resbalara de sus dedos hasta caer en la fuente.
     Cuando terminó de  llenarla, mezcló el contenido con su mano derecha, mientras con la otra se apoyaba en el suelo. Su cuerpo se movía con un leve balanceo, los ojos cerrados, como si cumpliese una rutinaria tarea. Pero bajo las gastadas ropas se veía el  movimiento pausado de los brazos, y una sombra de vello claro le daba matices casi blancos a su cuello y su cara. Los ojos brillaron cuando abrió los párpados.
     -Tranquilas, hijas, ya han hecho su labor-les dijo en voz muy baja, no le estaba  permitido consolarlas.
     Las jóvenes más cerca de ella  comprendieron, pero las otras seguían temblando ante el canto de las viejas.
     -Los fragmentos de la vida se ofrecen…-repetían éstas, sin terminar, no interrumpidas, sino creando la expectativa necesaria. Parecían obedecer órdenes de un plan recién creado  y no los procesos de un rito más antiguo de lo que podían, quizá, recordar.
     Un viento helado descendió desde las ramas altas hasta el fuego. El rubor de las jóvenes sufrió un alivio momentáneo, semejante a la palma fría de un hombre posada en sus mejillas. El viento se convirtió en gotas de rocío que caía de las hojas y de las piedras, deslizándose también  por las espaldas de las ancianas, que no dejaban de moverse en círculo. Habían aumentado el volumen de sus voces.
     -Los fragmentos de la vida se ofrecen a la tierra. La tierra los devuelve…
     De pronto, agacharon sus cabezas, sin separarse ni detenerse. Giraban más rápido. La altura de las llamas las sobrepasaba. Las tres cargadoras se habían detenido, con algunas ofrendas en sus manos. Las jóvenes callaron su murmullo, se tomaron de las manos y miraron la fogata.
     La mensajera se levantó lentamente con la fuente. Se veía el esfuerzo que hacía para cargar la vasija sobre sus hombros, pero nadie habría de ayudarla, ni ella lo esperaba. Era su tarea, y la había cumplido durante más de la mitad de su larga vida. Se puso de pie, derecha, suspirando. Luego, regresó hacia el interior del círculo. La brecha se abrió de nuevo sólo para ella. Las cargadoras se apartaron  a un lado, y se sentaron a esperar.
     -Los fragmentos de la vida…-decía el rezo, creciendo siempre-…se ofrecen a la tierra. La tierra los devuelve con la forma…- se interrumpían para comenzar una vez más. A veces, sus voces destempladas perdían sincronía, y cada una comenzaba con cualquier palabra de la oración, dando nuevos matices al cántico.
     La mensajera se acercó al fuego. Las llamas casi la rozaban. Levantó la mirada, dejando que el calor le entibiase la cara y la tiñera de rubor. Se complacía con aquel contacto, como si el sol estuviese frente a ella, dorando su piel. Después, levantó la fuente más arriba que la altura de su cabeza, y dejó caer el contenido en la hoguera.
     Los rasgueos de las brazas que se entrechocaban, de los maderos quebrados, precedió al humo que comenzó a brotar poco después. Primero sólo aquel sector de la hoguera brilló con más colores que los simples rojos y amarillos. Un morado, como el de los árboles enfermos o el de la piel de los muertos, empezó a dispersarse hasta abarcar todas las llamas. La fogata parecía una enorme flor de pétalos violetas. Una flor con muchos brazos que reptaban, algunos a ras del suelo, otros elevándose hacia los árboles.
     -La tierra devuelve la vida con vida, en nuevas formas. Las formas buscan nuevos cuerpos…
     El olor era intenso. Las jóvenes se tapaban la nariz y la boca con las manos, pero aún así era imposible evitarlo. El olor ahora formaba parte de sus memorias, y brotó  todavía más fuerte, como cadáveres cuya podredumbre se liberaba con el fuego.
     Las jóvenes lloraban otra vez, asustadas del humo que las rodeaba. Se apretujaron una contra otra, frotándose las caras, pero no hallaban un solo sitio de su piel en que aquel aroma no se hubiese impregnado. Y la forma del olor se hizo la forma del humo, y la forma del humo era la de una nube que se esparció por el bosque. Adhiriéndose a la superficie de las cosas, penetrando en ellas hasta ser las cosas humo y aroma. 
     Hojas con el olor de la muerte. Troncos inertes. Tierra  con músculos fláccidos. Piel de contextura rígida.
     Ser todos los seres del bosque.
     Ser el bosque.
     Un bosque sin vida, sosteniéndose por el humo de los muertos. Los que sostienen la tierra en la que los hombres caminan y las mujeres paren y rezan.
      Donde los hombres cazan.
     Los animales aparecieron.
     Nadie los había visto antes, pero quizá ya estuviesen allí desde el comienzo de la noche. Sus ojos brillaban con el color del fuego reflejado en ellos. Muy leves tonos de blanco se vislumbraban de tanto en tanto entre las llamas, y un rojizo pálido surgió por instantes, y las lenguas blancas se mezclaron con las otras. Luego, el rojo se hizo más fuerte, pero el olor no disminuía, ni tampoco el humo.
     Las mujeres continuaban su ronda, mientras a sus espaldas se formó un halo oscuro. Se dieron vuelta  para ver el brillo de los ojos que espiaban entre los árboles y las rocas. Eran pequeñas estrellas formando una constelación alrededor de las mujeres. E iban creciendo en número. Cada vez que miraban, las estrellas crecían, se acercaban, y diversos contornos se iban delineando detrás. El reflejo de un pelaje claro, el movimiento de una oreja, el rasguño de una pata sobre las piedras, un gemido, un aullido apenas esbozado, un graznido con vergüenza y con ira.
     El humo cubrió el cielo entre las ramas altas, y comenzó a descender otra vez. Era frío, a pesar de haber nacido de las llamas. Las mujeres lloraron, incluso las más viejas, cuando el humo las tocaba. Y penetró en sus ropas, rozó sus cuerpos con manos sin forma, dedos sin forma, pero fuertes y múltiples. Viajaba sin viento o brisa, ni siquiera los sonidos habituales del bosque le daban un sentido de ubicación o de tiempo.
     El silencio petrificó el transcurrir de la noche.
     El crepitar de la hoguera no era ahora un sonido, sino una figura más del humo.
     Los animales se acercaron, y a cada paso iban deshaciéndose del miedo. Sus perfiles se aclararon, sólidos como la tierra a sus pies. Pero la tierra temblaba. Un estremecimiento muy débil aún, desplazándose hacia la hoguera, con la misma intensidad desde todas partes, para confluir en el fuego. Entonces el aroma se hizo irrespirable. Algunas mujeres cayeron al suelo, las demás resistieron el vértigo de la tierra que desaparecía, como si las estuviese absorbiendo y ellas se dejaran llevar ya sin huesos ni carne, transmutadas en polvo.
     Los lobos se detuvieron detrás del círculo.
     Jaurías de lobos pardos.
     En grupos, fueron saliendo de la oscuridad, hasta quedarse otra vez quietos, con los lomos erizados, las colas erguidas, las orejas erectas, los hocicos mojados. Las caras resaltaban con la luminosidad de las llamas. El  pelambre rojizo parecía una corona alrededor de aquellas miradas que carecían de las señales del tiempo. Sensaciones y estímulos sin pasado, sólo reacción, reflejos.
     Entonces movieron sus patas hacia la hoguera, sin miedo de las mujeres que los observaban. Sus pisadas en la hojarasca, las ramas quebradas, el barro, eran signos de una lenta transición.  El humo penetraba por sus narices cada vez más excitadas y húmedas.
     Los lobos comenzaron a frotarse los cuerpos unos contra otros, sin apartar  la mirada del fuego. Las orejas se habían erguido ante el crepitar, pero parecían a la espera de algo más. Quizá de voces que vendrían de las llamas, de la tierra o el aire. Todo ya aparentaba ser un solo elemento, aunque convertido por instantes en diferentes formas, diversas manifestaciones de la misma fuerza brotada del suelo.
     Empezaron a verse  figuras indefinidas en la densa opacidad del humo. El olor había dejado de ser nauseabundo, y era ya casi dulce pero algo fétido todavía. Las mujeres lo sentían y saboreaban.
     El olor tomaba la forma de la garganta de los lobos. La saliva caía por la comisura de la boca y el cuello de los animales. Se lamieron uno al otro aquel aroma dulce del pelaje, y se restregaron en el barro. Necesitaban cubrirse con el olor de la antigua tierra.
     Las figuras del humo se fueron moldeando como hojas movidas por el viento. Las cabezas de los lobos seguían los movimientos de aquellas formas.
     El humo tenía los contornos de los hombres.
     Los brazos se elevaban, rodeando a las jóvenes, y ellas se estremecieron y lloraron. Las sombras retrocedieron y volvieron a unirse a la masa del humo, pero pronto aparecieron nuevamente.
     Esta vez eran cabezas que miraban hacia las caras de los lobos.
     Los animales habían comenzado a temblar. Algunos corrieron de un lado a otro, saltaban, se mordían, pero la mayoría de los machos fueron a estrecharse entre ellos junto a la hoguera. 
     Las mujeres habían vuelto a tomarse de las manos, con los ojos brillantes y asustados.
     El humo fue cambiando sus movimientos. Se concentraba alrededor de los lobos. Los animales retrocedieron y se apretaron un poco más. Trataron de huir, tropezaron con las viejas, pero ya no podrían escapar, ellos lo sabían. Se revolcaron en la tierra, gimieron y aullaron. Miraron, hacia los árboles, la oscuridad de la que habían llegado, y no querían regresar.
     Pero el olor de la carne de las ofrendas los atraía desde las llamas.
     Las ancianas reiniciaron su letanía al ver el miedo de las bestias.
     -La tierra devuelve a los muertos con las formas del aire y del viento. Se convierte en el aroma de los ancestros, en las semillas de sus almas conservadas en los cuerpos de los vivos. Ustedes cobijarán los espíritus de los desesperados, los exiliados de la tierra de los cuerpos. El cuerpo es la tierra del alma. El cuerpo es el alma de la tierra. Cada uno regresa al otro y se confunden. Serán refugios, hasta que el Bienhechor los libere.
     Los lobos prestaban atención a la voz de las mujeres. Habían dejado de temblar, sus lomos rojizos eran como las  brazas que se apagaban entre las cenizas. Luego se sentaron sobre las patas traseras, y el líder comenzó a aullar e hizo perder el miedo a los otros. Todos lo imitaron. Los aullidos se fueron uniendo discordantes en un lamento estridente, que poco a poco fue  tomando un tono triste y doloroso. Un canto tan apesadumbrado, que las figuras del humo se acercaron más a ellos, como si lo reconocieran.
     Las figuras se fueron adelgazando hasta la estrechez de una hebra, de una brizna de paja. Los lobos seguían aullando con las cabezas erguidas y los hocicos apuntando al cielo oscuro. Y el humo penetró por las narices de los lobos y sus bocas abiertas. Se mezcló con el aire que aspiraban para emitir su canto de pena, y ya no pudieron ser otra cosa más una sola sustancia, elementos confundidos por la naturaleza del aire convertido en líquido del cuerpo.
     Sangre.
     Pequeñas almas girando por el cuerpo de los lobos. Voces trastocadas en aullidos que se perderían en los huecos de la noche para volver a surgir cada noche en cada bosque.
     Los animales se agazaparon con los hocicos contra el suelo y entre las patas. Se fueron callando uno después del otro, y cuando el último aullido se apagó, una de las ancianas comenzó a hablar.
     -Vayan y den su mensaje a todos en los bosques. Los pájaros viajarán lejos y llevarán las fuentes de las almas. El pueblo del hombre vivirá entonces en el resto del mundo hasta que pueda regresar a su tierra.
     Las jóvenes miraron el sol que estaba surgiendo en el horizonte. La oscuridad se debilitaba y el frío crecía. Se dejaron caer al suelo, exhaustas. Las viejas les devolvieron las ropas que les había quitado en la medianoche. Sus cabellos estaban sucios, las caras demacradas, y la claridad del día delataba la blancura triste de la piel.
     Caminaron débilmente hacia la salida del bosque. Sabían que sus padres las esperaban con alimentos y abrigos. Estaban tristes, pero sólo era angustia provocada por el cansancio. Sabían que el cuerpo que ahora llevaban no era el mismo con el que habían partido de sus hogares.
     Las ancianas rompieron el círculo y arrojaron  tierra a los restos de la fogata. El humo que brotaba era gris, y  sin significado alguno. Una sustancia corriente, mero instrumentos del fuego y la madera.
     Los árboles fueron tomando la claridad  de la mañana en sus ramas altas, mientras la luz comenzaba a descender a la hojarasca. Todas las hojas de las ramas bajas estaban marchitas o quemadas.    
     Los lobos habían desaparecido. Nadie los vio huir o correr a esconderse de la luz del día.
     Ni siquiera quedaba el fétido aroma de los muertos.
     Sólo el olor de los lobos.

*

-Hay cosas que no son recuerdos, simplemente se saben. A veces me veo como la última capa de nieve sobre tantas otras que cubren la tierra del invierno. Escarbo en la memoria, encuentro vestigios de muchas vidas pasadas. Recuerdo hechos antiguos. Quizá sea sólo mi imaginación. ¿Pero es posible que yo sea más de lo que veo, que merezca el reverencial respeto, el temor en los ojos de todas ustedes, mujeres, compañeras del infortunio y del goce?
     Gerda tenía una mano entre las de la mujer arrodillada junto al camastro. A través de las manos, le transmitía calor, porque Gerda temblaba. Más que la fiebre que la había invadido desde tres noches antes, tan intensa como si el verano se hubiese escondido en su cabeza, temía por la vida de su hijo. Se miraba el vientre, agitado por escalofríos y las patadas del niño.
     -Calma- murmuraba, acariciándose la piel tensa, cubierta de sudor.  Le habían puesto trozos de hielo alrededor del cuerpo. Pero cada noche el calor volvía a acrecentarse, y de nada servía traer más nieve ni cubrirla de blanco.
     La mujer le frotó los brazos y las manos, luego la cara, el cuello, las piernas. Gerda se sentía mejor cuando le sacaban el hielo y comenzaban a frotarla como ahora lo hacían, igual que a una niña enferma.
     -Es extraño, pero no recuerdo mi niñez, solamente el día que rescaté a Sigur. Tengo tanta memoria de cosas, imágenes, dolores de gente que nunca conocí…
     Miró a la mujer que la escuchaba.
     - ¿Puede ser que el frío entorpezca mi inteligencia, como dice mi esposo? ¿Qué no sepa más de mí que estas dudas? Sé que soy otra. Tengo la certeza de la ignorancia. Pero hoy es el calor  del frío que borra todo, todo lo perturba.
     La mujer la estrechó entre sus brazos, contra su pecho. Tenía la edad para ser su madre, pero las delicadas maneras con que la trataba eran un signo más del temeroso respeto, de la distancia insalvable que había entre ambas.
     Habían mandado a buscar a las curanderas del pueblo dos días antes. Tal vez  tardaran cinco días o más en arribar. Los hombres estaban abriendo, mientras tanto, un sendero en la nieve desde el umbral de la cabaña. El ruido de las palas, los resoplidos de los hombres al agacharse y erguirse, eran el único acompañamiento verdadero para Gerda. Las mujeres que vivían cerca solían entrar a la choza de a una por vez, para no perturbarla. El silencio era opaco y sordo, encerrado por la nieve que caía y se acumulaba en el techo. Las ráfagas la helaban cuando se abría la puerta, pero no habría podido soportar los días sin esa corta vista del exterior. Veía la luz del invierno, la imperecedera blancura que viajaba en el viento. Unos puntos negros, en medio de la nieve, se movían como hormigas: los hombres trabajaban, alejándose, abriéndole un camino a las curanderas.
     -Nuestros hombres trabajan día y noche. Saben lo que tu esposo está haciendo por ellos, lo que tu hijo significa. Y por eso cavan y retiran la nieve. Un sendero para que el mal que te aqueja se aleje de tu cuerpo. Por allí regresará tu esposo, a consolarte, y saldrá tu hijo, a poblar el mundo.
     Gerda escuchaba estas palabras cada mañana, murmuradas a su oído por la vieja a quien le había tocado cuidar de ella la noche anterior. Era recién entonces cuando despertaba del todo y se sentía  lúcida, aunque agotada por los escalofríos nocturnos. Como no podía moverse, su cuerpo se había concentrado en los recuerdos.
     En las tardes, sus acompañantes dormitaban, y ella, levantando un poco la cabeza, observaba entre las rendijas de las tablas abombadas por el peso de la nieve. Delgados hilos de agua se colaban hasta el suelo, y grandes manchas de nieve derretida marcaban la madera. A veces oía el crujir del alero y del techo justo sobre ella.
     La nieve me ha sepultado, y la gente camina sin saber de mi presencia.
     La idea comenzó a inquietarla. Sacudió de un hombro a la mujer hasta hacerla despertar, y quiso obligarla a salir y mirar. La otra intentó calmarla, diciéndole que eran solamente unos pájaros que habían empezado a llegar el día anterior.
     -Cuando vine esta mañana, estaban en el techo. Eran cinco, me parece, cuando sólo ayer era uno. Los hombres me dijeron que están llegando desde todas direcciones, y se posan aquí arriba, sin volver a levantar vuelo.-Y la mujer miró al techo durante un rato, escuchando las pisadas.
     Gerda se limitó entonces a escuchar el aleteo continuo, los picotazos en la madera. Los imaginaba uno junto al otro, cubriendo el techo de la cabaña rodeada por la nieve. En ocasiones, oía el desplegar de las alas levantando vuelo, quizá en busca de aliemto.
     -¿Cómo son?- preguntó una tarde. Aunque de algún modo ya lo sabía., en boca de otros el  indefinible recuerdo dejaría de ser sólo una extraña virtud de su imaginación.
     Las dos que la acompañaban se miraron, presentían lo inútil de la respuesta, pero contestaron dispuestas a gastar el tiempo de la espera.
     -Son negros. Tienen plumas negras que no devuelven la luz. Son parecidos a pozos profundos cuando dejan de aletear o moverse. Los hombres dicen que son buitres. Los sacerdotes dicen que son los pájaros que regresan cada cien inviernos. Nosotras nunca los hemos visto antes.
     Gerda siguió atenta a las pisadas, los graznidos y picotazos. Debía haber muchos, a juzgar por aquellos ruidos. Ni los gritos de los hombres o los golpes de las herramientas habían logrado espantarlos. Allí se quedaron y los días transcurrieron. La ansiedad de la espera fue creciendo con el número de pájaros.
     Ella seguía temiendo por la solidez de la construcción.
     - No sé si la madera soportará la nieve y las aves -les decía a las mujeres, apoyando la cabeza cansada sobre las mantas. La fiebre no la abandonaba, y sus ojos, casi rojos, parpadeaban con lágrimas que habían comenzado a lastimar su piel. Las viejas le secaban la cara y la consolaban.
     -La choza aguantará.
     -Pero mi hijo…-insistía ella, llorando sin saber contenerse y avergonzada de que las otras la viesen así, porque algo le decía que no era realmente ella quien lloraba.-….nacerá en pleno invierno, aislados como estamos, con su padre tan lejos, y el hogar se derrumbará…
     La desesperación había borrado la belleza de su rostro, y era igual al de tantas otras mujeres de la región. Al verla así, las viejas parecían mostrarse menos miedosas, la tocaban y le hablaban ya sin las reservas o esa distancia que habían creído necesario anteponer.
     Pasaron las noches, y el día del alumbramiento se acercaba. La fiebre cedió por unas cuantas jornadas, Gerda se sintió más fuerte. Los ruidos de las palas habían decrecido, y se escuchaban muy de tanto en tanto.
     -Dígales a los hombres que no dejen de cavar por ningún motivo.
     -No lo harán- le respondió la mujer mientras calentaba la comida.-No dejarán de hacerlo hasta que lleguen las curanderas. Pero ya estarás mejor…
     -No importa. En estos días he recordado que fui yo quien las llamé, no a las curanderas del pueblo, sino a otras, no sé cuándo, pero sé las palabras que pronuncié…- Se quedó pensando un rato.
     La fiebre, sin embargo, regresaba siempre, pero con intermitencias, y la hundía en pozos de los que despertaba más cansada y confundida. Su hijo también se movía en el vientre y la golpeaba.
     Una joven entró de pronto, dejando que el viento frío azotara el interior de la cabaña. La vieja se enfureció y sacudió a su nieta por los cabellos. El viento seguía helando la habitación.
     -¡Cierren!-ordenó Gerda, y su voz tan fuerte no parecía venir del cuerpo hinchado y débil. Las otras dos se quedaron mirándola por un momento, y en seguida fueron a cerrar la puerta. La más joven, aún agitada, pidió permiso para hablarle, mientras la abuela la miraba desconfiada. Los ojos de la nieta iban de un rostro al otro, buscando aprobación.
     -Habla-dijo Gerda.
     Cuando iba a comenzar, tosió y la vieja le palmeó la espalda, moviendo la cabeza con un reto en los labios.
     -Los hombres han visto a los pájaros en el camino, a medio día de aquí. Dicen que se han posado sobre la nieve. Ni los gritos, ni las piedras ni las amenazas con las palas los hicieron huir. Entonces siguieron trabajando. Las aves parecían vigilarlos. No tienen miedo de los pájaros, así dijeron ellos, pero yo creo que sí. Si las hubiera visto, aves más grandes que esto…-Y abrió los brazos tanto como pudo.
     -Sigue…
     -Los pájaros estuvieron ahí hasta el anochecer, sin moverse. Los hombres dejaron la labor y se fueron caminando con las herramientas sobre los hombros. Debieron temblar mientras se daban vuelta para observar a los pájaros, que los seguían con la mirada. Pero las aves se convertían en manchas grises en la penumbra sobre la nieve.
     La abuela se había sentado, sorprendida por la desconocida elocuencia de su nieta. Nunca la había oído hablar así. La torpeza de su llegada se había tornado en una casi madura fluidez de pensamiento.
     -Mi padre estaba entre ellos, y al volver a casa nos contó todo esto. Tenía la cara fría, no tanto por la escarcha, sino por el miedo. La mirada le brillaba, y no quitaba los ojos del camino. Después de un rato, nos dijo que había visto a las aves empezar a  moverse. No levantaron vuelo, sino que caminaron un poco más erguidas, más altas. Creyó haberlas visto bajar al sendero que ellos habían abierto. Pero…-La joven se puso a llorar de repente, con la cara entre las manos y arrodillada frente al camastro. La abuela intentó separarla de Gerda, avergonzada otra vez de su nieta.
     -Deja que termine de hablar-dijo ella, y tomó las manos de la joven, frías y blancas.
     -Esta mañana, antes de que amaneciera, mis padres me mandaron a servirla junto a mi abuela. Salí. Mi hogar no dista demasiado del camino, así que poco tardé en llegar. Esperaba ver a las aves, pero no las encontré. Las huellas de sus patas aún no se han borrado.  Pero al asomarme por el muro de nieve que da al sendero, las vi. ¡Oh, Señora!
     -¿A las aves?-preguntó Gerda.
     -¡No! ¡A las mujeres, a las brujas!-La joven se tapó la cara una vez más. Su abuela se apartó de ella, y miró hacia la puerta azotada por el viento.
     -¡Eran tan horribles, tan horribles! ¡Y me miraron! ¡Les vi los ojos, y no eran ojos! ¡Estoy manchada, Señora!
     Gerda no tuvo tiempo de indicarle a la vieja que consolara a su nieta. La puerta se había abierto con la fuerza de una ráfaga, pero nada había en el largo sendero, recto, que desembocaba ante la choza desde el fondo indefinido del horizonte nevado. Nada más que el aullido del viento se escuchaba por encima del llanto de la joven. La anciana no se había movido de su lugar. Los aleteos de los pájaros en el techo habían cesado, pero podía sentirlos en el techo, como si fuesen ellos los que sostenían en alto la estructura.
     Entonces, apenas perceptible aún, comenzó a verse un punto oscuro al final del camino, que lentamente fue aumentando de tamaño. Tenía un movimiento acompasado, como el vaivén de una mujer meciendo a un niño. Eso fue lo primero que Gerda pensó.
     -Es una de las mujeres del pueblo…-dijo sonriendo a las dos que la acompañaban. Pero pronto su sonrisa se borró al distinguir que varias otras siluetas se iban diferenciando de la anterior, naciendo de ella quizá. Estaban lejos, pero las franjas blancas de la nieve podían verse separando los cuerpos de las que llegaban.
     -Al fin…-dijo esta vez, sabiendo que ellas dispondrían de todo mejor que las mujeres de la aldea. Sin embargo, el temor de la joven la tocó como una mano fría sobre el vientre entibiado por las mantas. No las conocía, por lo menos no las recordaba, y como tantas otras veces, tuvo el presentimiento de que le eran familiares. Pero entonces la sola idea de pensar en ellas comenzó también a resultarle grata, la hizo sentirse cobijada.
     Volvió a mirar con atención. Estaban ya a mitad de camino. Había seis mujeres que caminaban en dos filas. Cada una, a pesar de su extremo parecido en las ropas, iba adquiriendo individualidad a medida que se acercaban. Aún era difícil distinguir las caras detrás del viento sucio con hojas y nieve. Vio los vestidos negros que las cubrían, las mantas también oscuras sobre la cabeza, y los delgados puntos blancos de las manos se juntaban frente al cuello para evitar que el viento se las arrebatara.
     Poco después, escuchó el ruido de las suelas de cuero sobre la nieve apisonada frente a la entrada. Las dos primeras ocupaban todo el espacio del umbral. La luz a sus espaldas ensombrecía los rostros ocultos por las capuchas. Gerda no se animó a hablarles. Desde su camastro hizo una reverencia con su mano derecha.
     Una mano blanca y débil, cubierta de manchas marrones y de nudillos engrosados, salió de abajo del vestido de una de las recién llegadas, y saludó con una reverencia similar. Luego se apoyó en la pared para darse impulso, y se oyó el rozar de la madera con algo duro como uñas. Otra la imitó, y ambas dieron el primer paso que las ponía definitivamente lejos de la nieve, sobre las tablas cálidas del piso de la cabaña.
     Cuando las seis entraron, la última cerró la puerta, y el resto se ubicó a su alrededor. Las ropas estaban raídas, y de los bordes de las telas con que se tapaban la cabeza salían los cabellos blancos. En las manos frente al pecho, resaltaban los huesos bajo la piel. Las caras estaban resecas, cubiertas de surcos y pliegues. Las narices era largas y corvas, los labios muy delgados, tanto que casi parecían carecer de ellos. Los pómulos altos terminaban en un mentón afilado. Las cejas eran blancas, pero había oscuridad donde debían estar los ojos. Todo lo que Gerda pudo distinguir fue la ocre palidez de los párpados. Tal vez ellas nunca habían tenido ojos, y habían recorrido el camino a ciegas, se dijo.
     -¿Debo recordar?-preguntó.-La fiebre me oculta cosas.
     No sabía si esperar respuesta. No consideraba posible que alguna voz pudiera nacer de las brujas. Pero una de ellas le contestó, apenas abriendo los labios. Las arrugas del cuello se movieron un poco mientras hablaba. La voz tenía el sonido de un rozar de escamas. Pero un olor a tierra vieja y estancada había nacido de la boca de la anciana.
     -No te asombres de no saber, porque más tarde recordarás.
     Bajo la vencida techumbre de la choza, resonó un eco breve, aunque sólo persistió aquel sonido de escamas rozadas. Después, otra de las brujas habló. Esta vez el ruido y el olor eran como plumas movidas por un viento frío, y los pájaros en el techo aletearon.
     -Ni te asombres de sufrir como mujer, porque darás vida al hijo de un hombre.
     La voz de la tercera era seca, cortante, despojada como una forma más del vacío sin quejidos.
     -Nosotras nos encargaremos-les dijo a las que habían estado cuidando a Gerda. Sacó la mano de abajo del vestido y comenzó a desprenderse de la capucha.
     La abuela y la nieta se taparon los ojos, luego se dieron vuelta y abrieron la puerta, huyendo de la cabaña, sin volverse a mirar.
     El cabello de la bruja se agitó un poco, pero estaba atado en la nuca en una trenza.  La parte posterior del cráneo era alargada, como si al nacer lo hubiesen comprimido por los lados. Las orejas estaban un poco más altas que la altura de los ojos, eran delgadas y casi transparentes. La frente ancha tenía un aspecto viscoso, cubierta de sudor. La bruja se pasó el dorso de una mano por la cara.
     -Sólo por usted, mi Señora, hemos venido desde nuestras tierras. Hace siglos que no nos encomiendan una tarea como esta.
     -Cuidarla, Señora de la Gran Sabiduría.
     -Tratarla como a una hija, a usted, nuestra Madre y Maestra de los hechizos que rigen al mundo.
     Las demás, excepto una que permaneció en silencio, continuaron la letanía. Se pusieron a distribuir las labores. Una volvió a cerrar la entrada, mientras otras alimentaban el fuego con leña. Derritieron hielo en una fuente para calentar agua. Ninguna, incluso la que se había quitado la capucha, abrió los párpados.
     Gerda comenzó a sentir el familiar contacto de los recuerdos llegados desde la oscura región de la memoria. Un olor a cotidianeidad la fue adormeciendo al verlas trabajar a ciegas. Se dejó tocar por la mano de la más anciana de las seis, mientras le cambiaba las ropas sucias que hedían a sudor y a nieve vieja. 
     Las brujas arrojaron al fuego las telas, vasijas y paños con aceites. Las llamas calentaron el aire helado que entraba por las rendijas. Una cargó leña desde un rincón oscuro en el que nunca parecían agotarse las reservas de maderos. Leño a leño, durante todo el resto de ese día y la noche, alimentó el fuego.
     Las que preparaban la fuente se habían dividido las tareas. Una traía fragmentos del hielo filtrado del techo, la otra revolvía el agua con el hielo recién echado. Recién se detuvieron cuando la anciana que consolaba a Gerda levantó una mano. Entonces sacaron las bolsas escondidas bajo las ropas, desataron los nudos, y vertieron el contenido en el agua. Una tras otra, incluso la mayor, pasaron junto a la fuente para volcar el polvo gris, que al caer dejaba un halo sucio flotando en el aire.
      Gerda sintió el olor de la ceniza y la irritación de la garganta con el polvo que giraba en el interior de la cabaña. Tosió, y los dolores del parto comenzaron. Espasmos que apenas le dieron tiempo para recuperarse antes del siguiente. Ya no eran pequeñas patadas, sino la sensación del cuerpo retorcido y estirado, una y otra vez. Algo que se rompía y desgarraba con cada espasmo.  Pero aún no alcanzaba a ver lo que había esperado que se le revelara. El dolor la hundía en un oscuro mundo donde los sentidos funcionaban precariamente. Sólo veía a las brujas, atentas a sus gritos. Sentía las manos de las viejas sujetándola de los brazos, olía el aroma de las cenizas en el agua con una fetidez que la ahogaba, como si en el agua se cociesen los cuerpos de los muertos, o el hielo volviese a formarse encerrando la ceniza. Una forma de la persistencia y la eternidad.
     -Los muertos sobreviven a su muerte-dijo una de las viejas.
     Gerda pensaba que los muertos venían a pedirle favores, a que los dejase utilizarla como instrumento de supervivencia.
     La anciana se había aferrado a su brazo derecho, y la frente apoyada en el camastro rezaba una nueva letanía.
     -Los muertos vienen, están en el agua y el hielo, en el fuego y la ceniza. Te buscan, Maestra.- Después levantó la vista hacia la hoguera, ordenando más hielo y fuego. Las otras se apresuraron a cumplir, y el agua se transformó en vapor y humo cuya ceniza volvía a descender.
     Gerda sintió que las gotas de vapor le caían en la piel y se convertían en manchas con el olor de la tierra. Se vio cubierta de pequeñas fosas abiertas en su piel. El humo ascendía, abandonaba las cenizas a su alrededor y regresaba afuera por los espacios entre las tablas del techo, para convertirse otra vez en nieve y luego en hielo arrancado por las manos incansables de las brujas.
     Pero a ella el dolor la preocupaba más que la tierra sobre su piel. Algo se rompió definitivamente dentro de ella, y el agua fluyó como si hubiese bebido todo aquel hielo que se fundía y volvía a formarse sin detenerse. El agua mojó el camastro y cayó al suelo, y en el charco también cayeron cenizas que se convirtieron en el fango donde las brujas sumergieron sus manos y se frotaron las caras desesperadamente.
     -¡El líquido del cuerpo vital que alimentó a tu hijo! El líquido filtrado de tu sangre. El agua que se embebe de la ceniza de los muertos-recitaban.
     Gerda no podía hablar. Estaba muy cansada, y su hijo todavía no había nacido. Pero ya no necesitaba decir nada, el olvido se había desgarrado y ella comenzó a ver lo que siempre había estado al alcance de sus manos.
     el nacimiento de mi estirpe en la creación del mundo, en un lugar de los cielos, la mansedumbre de quienes lo habitábamos, hasta que los seres sin forma llegaron a reclamar su preeminencia, ellos recordaban la vida, y extrañaban su dominio, no podían dejar de recordar, la memoria era alimento para la ira, decían que estaban antes que nosotras porque la nada comienza antes que la vida
    los muertos regresan de donde han venido, no de la vida, sino de la muerte antes de la vida, la nada existe en la nada del después, están antes que las brujas que los llaman, antes que los dioses que crean las cosas, porque los muertos son la nada con que los dioses crean el mundo, la tierra está hecha con los elementos de esa nada, la tierra es muerte, está formada por muertos, y cuando ellos regresan, la memoria de la nada se concreta en la angustia, la desesperación, el rencor que no se contiene porque no posee contornos fijos, la tierra no puede ser contenida, se apelmaza, se seca y flota con el viento que agita las sustancias, el polvo que viaja y crea los astros
     y los muertos no toleran la ausencia de las cosas, es su sustancia, pero no soportan esa tierra en sus gargantas henchidas de recuerdos, los ahoga, porque no puede la memoria deshacerse de sí misma, los muertos son esa nada tocada, golpeada, moldeada por un instante con ese algo que hace ver el color del sol en los ojos de los hombres, el cuerpo deja  una marca que no pueden olvidar, la carne es dolor, el hueso es dolor, y la pena que deja es amarga, pero cada uno sabe que es la señal de la individualidad, y el fracaso del cuerpo el común fondo de la humanidad
     la nada extraña el cuerpo, y el dolor del cuerpo no trae más que dolor transformado en ira, el conocimiento del cuerpo propio crea una memoria, y el recuerdo es carne también, es un hueso más en el esqueleto del mundo, fragmento, astilla, mota de polvo que duele y ahoga la memoria de los vivos
     dioses o brujas no existen más que a expensas de los muertos, y los seres que  protegen son enemigos de los cuerpos que quedan, no son muchos los huesos construidos, los formados por los elementos contados del mundo, algún día se acabarán, ellos lo saben, y los cuerpos deberán renovarse, entonces regresarán, pero habrá batallas por recuperar la posesión de esos cuerpos, esos mundos endebles de carne y huesos frágiles que hasta una hoja puede lastimar, cuerpos deseados como se extraña una mano que ya no está en nuestro brazo, triste miembro perdido que regresó a la tierra y espera su vuelta
     que seguiríamos su camino, y tarde o temprano también  nosotras seríamos ellos, reclamando en medio de la nada los dominios de los vivos, extrañar lo es todo, es ser y no existir, tomamos el lado de los buenos muertos, los que fueron privados de sus tierras primero y luego de sus cuerpos y los llevamos a habitar la carne de los animales, los protegemos, los muertos buenos son los que en lugar de furor sienten deseos de reivindicación, a ellos elegimos, los que desean venganza y miran con ojos secos a los muertos de la historia del mundo, tan cansados de su muerte, que ya no son más que seres con una forma indefinida, aunque semejante a los contornos del odio, los límites precisos que llevan a la oscuridad
     no ser es ser, y las batallas por retener las virtudes de la vida comenzaron, se desenterraron los misterios empolvados por el olvido en las mentes de las brujas, ellas, las que juegan con las virtudes de la muerte a expensas de los hombres, estos instrumentos de la vanidad de viejas mujeres que esconden su belleza tras los gestos y palabras que hablan de eternidad, para convertir el despojo de la tierra en algo más útil que la humillación, la lucha por vencer las formas de la muerte con otras tantas formas de la vida descendió hacia los dominios de los hombres, porque los hombres son niños que no recuerdan la nada y juegan con los huesos como si fuesen elementos que no tuviesen fin, y juegan con la carne como si nunca fuese capaz de convertirse en podredumbre, los hombres ríen cuando son niños, lloran cuando ven en el cielo el fin del tiempo y la lluvia de polvo sobre sus cabezas, contemplan azorados las grietas de la carne y la fragilidad de su cráneo frente a las uñas de los muertos
     y en ese momento cuando la lucha debe tomar fuerzas, los viejos saben que detrás está la muerte y el regreso a la no sensación, y eso los asusta, capitulan con los muertos que los visitan en las noches, se unen a sus fuerzas para reservarse un espacio en la lucha, porque cada guerrero recuperará un cuerpo, con la esperanza inevitable, la enorme fe que crece cada primavera en los alisios del no tiempo, como un árbol que crece en alto y ancho, abarcando el bosque, consumiendo la esperanza de los otros árboles por crecer, la fe que vive comiendo el deseo de los otros, la esperanza vital  de que el día que ellos triunfen, el cuerpo recuperado sea su antiguo y entrañable cuerpo
     -Los hombres mueren cuando crecen…-decía la anciana a nadie en especial, sólo recitando una ancestral plegaria-…se hacen fuertes, han dejado las almas en los vientres de sus madres, de sus jóvenes esposas, y cuando son hombres maduros, luchan con cuerpos sin almas, porque sólo cuerpos tienen para perder. Acaso no has visto cómo miran cada mañana su reflejo en el agua de un pozo, de un río, cómo se preparan y se visten para la lucha. Son cuerpos que los muertos reclaman, que miran desde el fondo esos pozos con envidia, y los hombres apenas ven unos puntos negros como piedras en el lecho del río. ¡Dominios de los muertos! Danzaremos todos en el baile circular de la vida. Ustedes, haciéndose oír por los hombres como si fuesen dioses. Nosotras, reclamando el regreso a la vida con hechizos y trampas. Eso nos han dejado. Apariencias. ¡Oh, ustedes! Las reales sombras de piedra, espíritus que golpean más duro que cien montañas, que hablan la lengua de la roca, más eterna que nuestros cabellos grises dóciles al viento, ese viento más eterno aún por inatrapable y devorador de rocas. En el círculo caeremos durante nuestras peleas, cien veces y luego miles de veces otras cien por el resto del tiempo. Un tiempo más duradero que el viento mismo, porque nace con la nada. En la danza celebraremos la vida por turnos, instantes que tal vez duren siglos, pero al final algo va a agotarse, sin remedio.
     La voz de la bruja se interrumpió con un grito agudo dominado por el llanto. Los pájaros en el techo graznaron en respuesta, los chillidos rodearon la cabaña y las aves aletearon. Algunas echaron a volar y regresaron a estrellarse contra las paredes. La estructura se estremeció. Una de las brujas miró entre las rendijas.
     -Está anocheciendo, y no hay luna-dijo.-Los pájaros volarán con nosotras y tu hijo.
     El olor de las plumas prevaleció por encima del aroma de las cenizas. El ruido de los aleteos ya no cesó. Gerda estaba mareada. Escuchaba a los pájaros volando alrededor de la cabaña, cada vez más rápido, y ella se hundía en un vértigo que la transportaba y la sostenía en el aire.
     Las brujas gritaron con un chillido igual al de los pájaros, excepto la sexta anciana, que nunca había hablado. Fue la única que se mantuvo serena. Se acercó a Gerda con los brazos extendidos y las manos abiertas. La tomó de los tobillos, y la hizo flexionar las piernas. Ordenó, con un movimiento de la mano, que trajesen agua. Después embebió un paño en el líquido espeso y tibio, que tenía ahora la suavidad de las plumas.
     Gerda miraba al techo, y sintió cómo la vieja la limpiaba, y comenzó a relajarse, hasta casi no sufrir mientras su sexo se iba dilatando.
     El hijo avanzaba hacia la luz.
     Ella veía lo que él veía: el círculo abierto al mundo de las brujas y la nieve.
     El mundo de maderos y de fuego, de pájaros creando un viento de plumas que atravesaban las paredes y hacían temblar las tablas. La nieve entraba, enturbiando el aire. El fuego se agitó, sin apagarse.
     La sexta bruja tomó la cabeza del niño entre sus manos.
     Las falanges formaron pequeños pozos en el cráneo. Fue moldeando sus manos a la silueta de la criatura, y lo arrastró hacia fuera.
     El niño comenzó a llorar, pero el llanto era más parecido al de un viejo hombre triste que al de un niño.
     Gerda dio un último grito de dolor, pero su hijo ya estaba fuera de ella para siempre, en los brazos de la bruja, que esta vez levantó la vista hacia Gerda, se sacó la capucha y abrió los párpados.
     Los ojos eran los suyos, su cara y sus cabellos.
     Las otras hicieron lo mismo, y la miraron. Todas tenían las formas de los rostros que ella alguna vez había tenido.
    Comenzaron a murmurar un canto que se confundió con el aleteo de los pájaros y sus graznidos.
    Las tablas del techo se vencieron y rompieron. Se abrió un gran hueco por donde entraron ráfagas heladas, sacudiendo las ropas de las mujeres y las mantas del camastro. Un remolino de plumas negras precedió la entrada de las aves.
     Gerda ya no era ella. Sus piernas se habían convertido en patas con uñas, los brazos en alas que se desplegaron. Su cara se había alargado y había nacido un pico corvo sobre la boca. Entonces comenzó a volar, y las otras brujas fueron tras ella a medida que sus cuerpos tomaban la forma de los buitres.
    Cientos de aves negras surcaron el cielo. El camino despejado por los hombres se había cubierto otra vez de nieve. Las paredes de la choza que se mantenían en pie, estaban llenas de rasguños, y ya no había techo.
     La gente de la aldea salió de sus casas para ver la columna de aves que nacía de la cabaña destrozada, y que continuó surgiendo aún cuando ya casi todo el cielo estaba cubierto de aves. Parecía haber un nido interminable en el fondo de la tierra bajo esa cabaña.
     Las mujeres se arrodillaron frente a la cabaña, algunas rezando, otras demasiado asustadas para siquiera moverse. Pero tres de ellas se animaron a entrar. Las últimas aves continuaban naciendo de las paredes y lo que quedaba de la estructura amenazaba con derrumbarse. Y encontraron al niño protegido entre las mantas.
     Las aldeanas se acercaron y lo cubrieron con sus cuerpos para resguardarlo del aleteo de los pájaros que nacían de abajo del camastro. Salieron antes de que las paredes cayeran definitivamente, pero ellas sólo tenían ojos para las largas filas de pájaros que volaban en dirección al Sur. Se cubrieron con las manos del extraño reflejo de la luna, que desaparecía y volvía a surgir entre las amplias alas de los pájaros.
     Los hombres rodearon a sus mujeres para ver al niño, y juntos tomaron el camino de la aldea, pero sin dejar de mirar hacia arriba de vez en cuando.
     Los pájaros continuaron surgiendo durante toda la noche y el día siguiente, hasta que el último se perdió de vista en la espesa niebla y las nubes negras de una tormenta que había comenzado a formarse, cubriendo el horizonte.

*
         
Era la tercera tormenta en treinta días, y el  último invierno había sido el más crudo de los cuatro que llevaban viajando. Había logrado reunir  casi mil personas desde que partió de la aldea, pero el invierno se había llevado más de cien entre mujeres y niños. Los hombres aún resistían, pero estaban agotados y muchos se habían quedado en los pueblos por donde pasaban.
      Una masa de nubes negras avanzaba desde el norte. Se formaban y deshacían con el viento, que también los obligaba a protegerse las caras y encorvar las espaldas para avanzar. Las nubes giraban y se desplazaban hacia ellos esa tarde, los relámpagos aparecían de tanto en tanto. Una densa neblina había comenzado a formarse a lo lejos, y la lluvia estaba cayendo fuerte y densa. Llegaría a más tardar al anochecer a la colina donde se habían asentado. Pero la neblina y la oscuridad seguían avanzando y las nubes de tormenta girando como sobre un eje.
     Sigur estaba preocupado. Nunca había visto algo así. Las tormentas del Norte no se anunciaban de esa forma.
     -Miren-les dijo a sus hombres, que conocían aquel país mejor que muchos otros en el grupo. Sigur los había organizado según la experiencia y habilidades que demostraron durante el viaje. Algunos eran relevados cuando las tierras ya les eran menos conocidas. Pero hacía mucho que no había logrado reemplazarlos.
     -¿Qué te parece, Tarkus?-preguntó.
     El hombre miró a sus compañeros, se rascó la barba gris, luego parpadeó por el reflejo plateado del sol a través de las nubes. Tenía la cara curtida, con ojos verdes que resaltaban con la cabellera agrisada.
     -Sabes que no le temo a nada, Sigur, pero a eso sí le debo respeto. Está a dos días de nosotros, y avanza directamente hacia aquí.-Se dio vuelta hacia la planicie, donde las caravanas y la gente descansaban.
     La columna central, donde viajaban los principales con sus familias, se había ubicado en el círculo interno para protegerse de posibles ataques. La columna derecha estaba terminando de acomodarse en un círculo periférico al anterior. Eran también los encargados de resguardar los alimentos y provisiones, y de cuidar a los niños que habían perdido a sus padres. La última columna recién había comenzado a asentarse, y tardarían casi todo el día en armar las vallas de protección. Los maderos eran  transportados por bueyes que necesitaban descansar y comer. Las mujeres se encargaban de levantar las tiendas, los hombres de preparar el fuego. Los gritos de los rezagados se entremezclaban con los latigazos y el polvo. Todavía quedaban cincuenta animales fuertes que llevaban maderos y tablas retumbando sobre el suelo pedregoso y los montículos de nieve. Los niños corrían entre el humo de las primeras fogatas y la tierra removida. El olor de las bestias se erguía como un vaho fresco en el viento que azotaba la planicie.
     Sigur y sus hombres observaban desde la colina el fluir confuso y continuo de la gente. La espiral se iba formando lenta, penosamente bajo la amenaza del cielo.
     -También tienen miedo-dijo uno.-Se ve en cómo se comportan, aunque no haya protestas.
     -Los animales han presentido la tormenta desde varios días antes, por eso cuesta controlarlos-dijo Motz el cazador, que Sigur había traído de su aldea.
     -No nos servirá de nada quedarnos aquí, la tormenta va a arrasarnos.- Tarkus no miró a su jefe al hablar, sino hacia el horizonte oscuro.
     Sigur contempló las regiones a su alrededor. La tormenta se extendía desde el norte, casi hasta tocar las fronteras del oeste y las montañas. Al oriente, la estepa se abría sin protección, quizá también sin alimentos ni agua. Los pocos que por allí habían ido, regresaron hablando de rocas filosas entre hierbas venenosas, de alimañas que salían de sus madrigueras para morder los pies de los que se atrevían a pasar. Pero sobre todo mucho frío, demasiado para ser soportado sin comida. Luego miró al sur, la meta que lo había guiado por cuatro inviernos, y de la cual aún no estaba seguro cuánta distancia lo separaba. Sin embargo, era el único camino que les quedaba.
     Señaló el altiplano en el sudoeste.
     -¿Ven ese reflejo en el cielo, claro como un lago después de la lluvia?
     Los otros miraron haciendo sombra con las manos en la frente. Murmuraron palabras de dudas.
     -¿Dónde?-preguntaban, pero ya Tarkus había visto lo que su jefe señalaba.
     -El mar.
     Sigur sonrió.
     -Así es. Lo he atravesado, y jamás podría olvidar cómo se ve. Está muy lejos, pero más cerca está la Aldea del Norte, un pueblo de pescadores y comerciantes prósperos.
     -¿A qué distancia?-preguntó otro, desilusionado ya de la posibilidad de huir, pero nadie respondió.
     Sigur sabía que no habría tiempo de llegar a la aldea antes de ser alcanzados por la tormenta. Se sentó en la nieve, cabizbajo. El viento le golpeaba la cara con sus propios cabellos largos y rojos, con copos de nieve sucia. Los hombres daban vueltas a su alrededor, las manos a la espalda. Unos pensando, otros con la mirada puesta en el pueblo que seguía asentándose.
      Uno de los que conducían la caravana estaba subiendo la colina. Cuando llegó a ellos, se detuvo a descansar y lo rodearon haciéndole preguntas. Él no les hizo caso y le habló a Sigur.
     -Señor, unos niños han visto hombres pintados de blanco, al  sur. Dicen que no los vieron llevar armas. Pienso que son vigías, Señor. Temo que pronto van a atacarnos.
     -Deben ser de la tribu que vencimos hace diez noches. Se propagan como hormigas, más rápido de lo que avanzamos-dijo otro de los hombres.
     -Debimos exterminarlos a todos, ahora siempre los tendremos adelante.
     Esperaban una respuesta de Sigur.
     -Tan cerca del mar, tan cerca, y nos sucede esto-dijo él, con pesadumbre. Fue un comentario hecho como si hubiese utilizado la voz del viento para decirlo. Hueco, áspero, y con su aire de indudable certeza, fue casi un corte de filo para los que escuchaban. Después, inspiró profundo y volvió a levantarse.
     -Dispongan una expedición . Por ahora nos defenderemos como podamos.-Hizo una pausa, mirando hacia las caravanas.-Vamos a quedarnos, es mejor que la tormenta nos encuentre afirmados en este terreno a que nos sorprenda en el camino.
     Los otros asintieron.
     -Si los dioses nos ayudan, quizá la tormenta cambie de rumbo-dijo Tarkus.-No sería la primera vez.
     Pero Sigur apoyó su muñón sobre el hombro de su amigo.
     -No esperes demasiado de los dioses. Nunca hemos visto que ellos nos eviten las tragedias.
     Bajaron la colina hacia la gran espiral que se asentaba sobre el valle cubierto de nieve. El viento había aumentado, y dificultaba la instalación de las vallas.
     Se oían órdenes y protestas arrastradas por ráfagas con olor a lluvia, a uno y otro lado de la caravana, que se iba desenrollando como una serpiente, mansa como un caracol. Los bufidos de las bestias, los gritos incitándolas a avanzar, el choque de los maderos y las voces de los que se pasaban cuerdas a lo largo de interminables filas de hombres cansados. El trabajo no decreció en todo el día. Sólo los niños se sentaron y cayeron dormidos en sus mantas separadas de la nieve por paja. Al llegar la noche, los pilares no habían aún terminado de colocarse.
     Sigur los observaba desde la tienda de la colina. El espiral de la caravana se iba formando con lentitud, pero al ritmo que llevaban podrían estar listos antes de que la tormenta los encontrase. El centro del caracol de madera ya casi estaba armado, pero no quiso ir todavía a revisar. Desde la colina le era más fácil ver a su gente, y sabía que ellos tendrían que darse cuenta finalmente que él no se escondía, sino que se hacía cargo de la responsabilidad del viaje.
     Un grupo iría a verlo esa noche, así le habían dicho. Estaban descontentos por la pérdida de vidas durante aquellos cuatro inviernos. El germen del desorden podía sentirse claramente cada vez que alguno lo miraba a los ojos. Nunca se habían atrevido, sin embargo, a negarse a una orden, ni siquiera a retrasarse en cumplirla. Tampoco hubo miradas de rencor, sólo una angustia dibujada en los gestos de los más jóvenes. Una especie de sumisa desconfianza que lo lastimaba más que una rebelión.
     Las fogatas demarcaban los contornos de la espiral en el valle. Algunas sombras se movían alrededor con rapidez, otros con parsimonia. Sigur no alcanzaba a verlos, pero sabía que eran los hombres cambiando de turnos para el trabajo. Las sombras que se levantaban iban de regreso a la periferia de la espiral, las que se sentaban dormirían para levantarse otra vez  antes del amanecer.
     Sigur vio las antorchas que subían la ladera en manos de cuatro o cinco hombres.  Ello jadeaban, y  el sudor brillaba a la distancia. Se adelantó a recibirlos. Bajaron la mirada al encontrarse con él, e hicieron una breve reverencia.
     -Acérquense al fuego.
     Obedecieron y dejaron sus antorchas junto a la fogata. Se sentaron alrededor, y Sigur los invitó a beber de una vasija que se pasaron de uno a otro, sin hablar. Parecían esperar que él lo hiciese primero. Uno de los ayudantes de Sigur quiso atenuar la tensa calma.
     -Estamos todos cansados- murmuró.-Deberían hablar ahora para descansar después.
     Los hombres del pueblo lo miraron como a un adulador. Luego, dirigieron la palabra a Sigur.
     -Lo hemos seguido todo este tiempo, a pesar de las tormentas y los ataques, a pesar de los seres amados que perdimos y enterramos, porque sabíamos que todo esto podría suceder cuando salimos de nuestros pueblos. No nos ha mentido, Señor, los sabemos, y le hemos sido fieles. Pero esta vez la desesperanza nos supera. El cielo del norte se acerca. La tierra y la nieve se han levantado y caerán sobre nosotros. Ya no importan los enemigos, los salvajes o los otros pueblos que podamos encontrar. Queremos saber si ahora somos libres.
     -¿Libres para escapar? ¿A dónde?-dijo Sigur.- Lo que hayan pensado, lo pensé yo antes. La solución no está en huir, porque no hay tiempo. Debemos quedarnos y ser como rocas, piedras con raíces hasta lo más profundo. Sólo así los vientos no nos arrastrarán.
     Se levantó, atizó la fogata, y observó el silencio en el rostro de los hombres.
     -¿Libres para qué?-repitió, sin enojo, pero sí con desilusión.- Están aquí por que han elegido. Miren el pueblo, sus mujeres los esperan. Ellas construyeron la espiral con ustedes porque así lo quisieron. Si yo les dijera que son libres, ¿a dónde irían?
     Sigur se adelantó hacia el que había hablado, lo hizo pararse y enfrentarlo.
     -¡¿Hombres, no se dan cuenta todavía?! Yo, sin ustedes, no puedo hacer nada. Pregúntense entonces, ¿quién es el que está libre?
     La luna era una opaca bola de nieve, pequeña, deformada por las nubes, asomada detrás de la colina, que en toda esa noche no ascendería más.
     El hombre apoyó una mano sobre el brazo izquierdo de Sigur. Los demás lo miraron con asombro por aquella confianza. Sigur no se movió ni retiró el brazo. El hombre se acercó luego a su cara, y dejó un  beso en la mejilla de su líder. Después se alejó, sin volver la mirada, y los demás lo siguieron.
     Los ayudantes rodearon a Sigur, y comentaron aquel atrevimiento. Él no los escuchaba, sólo  una palabra se repetía en su cabeza sin poder quitársela de encima. Algo le había dicho aquel hombre al acercase. Una palabra, solamente. Sin razón aparente. Pero Sigur se sintió atado nuevamente a un lazo humano. Moldeado por algo más que la compañía de otros seres marcados como él. Luego de mucho tiempo, por ese único instante, no necesitó pensar ni esforzarse por extender la mano que no tenía. Alguien más lo había traído de vuelta a la raza de los hombres comunes, a la edad de los niños y al estado de la paz.
     Y la voz se fue borrando en esa inquieta noche sin descanso, dominada por los golpes en los maderos, los llantos de los bebés que despertaban, y por el viento, cada vez más fuerte.


     Sigur no había hecho caso de las súplicas de sus ayudantes para que descansara. Los vio resignarse a no poder convencerlo, y fueron a acostarse. Estuvo toda la noche despierto. No tenía sueño.  Pensaba en su familia, y sus recuerdos se mezclaban con las familias que lo seguían. Tantas veces los había observado trabajar, alimentarse, convivir entre peleas y desgracias, entre caricias, que ya no sabía si sus propios recuerdos eran ciertos o sólo imaginación. Comenzó a angustiarse por la vida de los que lo seguían. Miró las primeras nubes de la tormenta que expandía los contornos del cielo, como una montaña deformada por el viento, siempre inmensa, pesada igual a una gran bestia nacida en los confines del mundo. Entonces se sorprendió al sentir que sus labios temblaban y sus ojos se llenaban de agua.
     La gente descansaba en la temprana hora de la mañana. Sólo los animales rumiaban, y los pilares de las vallas parecían dormir como los hombres que reposaban recostados en ellos. El viento seguía soplando lo mismo que todos esos últimos días, pero el pueblo continuaba durmiendo con el eco del viento en sus oídos, los cabellos mecidos, los rostros sumisos a las ráfagas heladas y el agua nieve.
     El viento corría a su alrededor, abarcando la forma de su cuerpo, y de algún modo también habitaba en él. Si el viento se hubiese detenido un solo instante, él se habría sentido perdido, y la sola idea de pensar en eso, lo angustiaba.
     Ya no se sentía fuerte. No era más que un madero arrancado de los bosques, moldeado y clavado en la colina, únicamente para resistir el viento. Y si no hubiese habido viento, entonces...
     Se resistiría a esa idea de todas las maneras posibles. Cualquier elemento del mundo podía desaparecer, excepto el viento.
     El sol no se había asomado todavía, pero su luz inundaba el valle, la espiral del pueblo despertando, el rumiar de las cabras, el ladrido de los perros, y las primeras voces de los hombres soñolientos. La franja negra de la tormenta y sus círculos de nubes que descendían como una flor al abrirse seguía lejos, a día y medio de distancia, tal vez.
     Sus hombres comenzaban a levantarse, pero él no se atrevió a moverse. Notarían su debilidad si les hablaba con esa voz de niño temeroso reflejando sus pensamientos de pánico. Sigur tenía la ropa mojada de un sudor frío, y comenzó a temblar. Sintió la espalda húmeda, un escalofrío le recorrió las piernas. Entonces se dio cuenta de que el viento había cesado, y por eso sudaba. Como si una pesada mole de calor lo comprimiese, o enormes manos cayeran del cielo para sacarle el líquido de la vida.
     Y él se quedaría vacío. Ya se estaba quedando vacío de pensamientos e ideas. Sólo el pavor era algo concreto, a lo que aún podía sujetar su cordura. Pero el pavor perdía sus formas y crecía, hasta abarcar el mundo sin límites, sin referencias a las cuales aferrarse. Una esfera de miedo impenetrable y sin salida. Adentro y afuera al mismo tiempo. Rodeándolo como un círculo de inconformidad definitiva.
     Sigur se cubrió la cara con las manos.
     -¡No!
     Los hombres se acercaron, pero él se levantó y los empujó para correr colina abajo. Algunos del pueblo lo señalaban sin saber quién era, otros se habían detenido en pleno ascenso para observar a ese hombre que bajaba corriendo. Los ayudantes corrían detrás de Sigur para evitar que llegara tan cerca de los otros que pudieran reconocerlo. Pero era tarde para eso.
     -El gran Señor ha enloquecido-fue el primer comentario que se repitió bajo la sombra de las tempranas nubes de tormenta, ahora quietas y expectantes sobre el valle. Los niños regresaron a la caravana y contaron lo que habían visto. Entonces los gestos de desesperación aparecieron en las caras de las mujeres y los viejos. Se reunieron en grupos y comentaron lo que estaba sucediendo. Los hombres corrieron hacia la colina.
     Habían alcanzado a detenerlo, pero Sigur gritaba con la mirada fija en el cielo, el rostro contrahecho por el furor y el desasosiego. Lo sujetaron de los brazos, pero se movía tanto y tanta era su fuerza, que cinco no fueron suficientes para calmarlo, ni siquiera para detener el impulso de sus piernas agitadas que lanzaban golpes a todo el que estaba cerca. El cabello rojo se veía oscuro y mojado, la barba hedía con olor a saliva y transpiración. Parecía estarse quemando por dentro.
     Tarkus tuvo que tomar el mando.
     -Vayan a buscar tres hombres más de confianza. Motz, llame a sus guardias para apartar a la gente. Dígales que Sigur está enfermo, pero que pronto curará.
     Entonces los otros empezaron a arrastrarlo de vuelta hacia la cima. Él luchaba por desprenderse. Se desgarró las telas, y el torso lleno de pecas, de pequeños motas de vello rojo, se sacudió entre los brazos de quienes ya no pudieron sujetarlo más. Sus gritos los aturdían. La ausencia del viento era ahora más evidente, como si la hubiesen visto hecha cuerpo en su líder, como una entidad que lo había invadido.
     El vacío del viento utilizaba las vísceras de Sigur, su piel y su voz para manifestarse nuevamente. El viento, que ya no podía ser viento, sino vacío, buscaba formas en donde refugiarse. Su cuerpo era un remolino arrasando sin tregua ni descanso al pueblo después de la desaforada calma, la extraña, vacía calma antes de la tormenta.
     Tarkus lo golpeó. La cabeza de Sigur siguió confusa durante un rato, balanceándose con los ojos cerrados. Murmuraba algo entre los labios con sangre. Los demás miraron a Tarkus, pero nada le dijeron. Sigur había cedido su resistencia, y lograron cargarlo hasta la tienda. Cuando lo acostaron, comenzó a temblar otra vez. Primero las piernas, luego los brazos. Los dientes chocaban, y el cuello se había crispado y tensado. Seguía sudando. Vieron que tenía ardores en todo el cuerpo y mandaron a llamar a unas mujeres del pueblo para preparar el baño de especias curativas.
     Tarkus y un viejo lo desnudaron. Mientras uno le frotaba la espalda y el pecho, el otro lo hacía con los muslos y piernas. Levantaron sus brazos por encima de la cabeza, porque decían que así la sangre volvería  al cuerpo con más rapidez.
     La cara de Sigur estaba pálida, los ojos entrecerrados, la boca abierta con gotas de saliva  cayéndole por el mentón. Lentamente, los temblores fueron disminuyendo. Las mujeres habían llegado y terminaban la preparación del baño en la tinaja. Eran dos viejas que ni siquiera miraron a Sigur mientras observaban los cambios del líquido a medida que arrojaban semillas y hojas. Un olor a castañas se esparció en el aire.
     -Está listo-dijo una de ellas.
     Era más del mediodía, pero el sol no alcanzaba a verse detrás de las espesas nubes grises. Un grupo de arrieros esperaba fuera de la tienda, tratando de escuchar noticias. El resto del pueblo seguía armando las empalizadas en el valle. La tormenta se acercaba en silencio, sin viento ni truenos. Sólo relámpagos y el aroma de la lluvia, que sin embargo aún no llegaba.
     -Atrás-dijo Tarkus a las mujeres.
     Levantaron a Sigur y lo dejaron en la tinaja. Los brazos le colgaban de los bordes, la cabeza se balanceaba. Tarkus volvió a frotarle los hombros y la cara con el paño embebido en el agua de especias.
     -Es el dolor del viento-dijo una de las viejas desde la entrada. -Durará todo un día. Mañana, él estará como si nada le hubiese pasado, o perderá la razón para siempre.-Luego salió junto con su compañera, inmunes ambas a las miradas de los hombres.
     -Es verdad-dijo el viejo cazador.-He oído hablar de este mal en la Aldea del Norte. La gente se vuelve loca, se arroja al mar desde las rocas, con tal de no sentir el vacío del viento. Eso decían, pero yo nunca lo creí.
     -Pero el viento es nada-dijo Tarkus, sin dejar de frotar la piel de Sigur.
     -El viento es todo mientras está, y la ausencia de todas las cosas cuando desparece. No se lo puede reemplazar, y deja la sensación de muchos dedos apretando la cara. Pronto la sensación se va perdiendo, y un calor la reemplaza.
     El viejo se sentó junto a Sigur, que ahora deliraba en un murmullo.
     -Dicen los pobladores que son como manos gigantes formadas por insectos que se aferran a todo lo que se interpone en su camino. El viento siempre es más fuerte y lo arranca todo a su paso. Cuando se detiene, las manos quedan adheridas a nosotros, y entonces empiezan a penetrar la piel. Son dedos muertos, son como el vacío en una garganta sin aire.
     Volvió a mirar a Sigur, y le acarició la cabeza como a un hijo.
     Sigur deliró toda esa tarde. Habían dejado a dos ayudantes para cuidarlo, porque Tarkus y los demás jefes tuvieron que reprimir una revuelta en el pueblo. Muchos mensajeros habían visto a hombres pintados de blanco entre la nieve, vigilándolos, y la gente temía un ataque.
     Volvieron a llamar a las dos mujeres antes de la noche, y ellas hicieron nuevos preparados para bañar la cabeza de Sigur cada vez que el ardor crecía. En la noche, la fiebre había cedido, y él dormía. Lo cubrieron con mantas hasta el cuello. El fuego crepitaba con estrépito, aislándolo de los gritos con que afuera, en el valle, los grupos se alistaban para partir de expedición.
    
     Tarkus había ordenado preparar las armas y escudos, y formó un pequeño ejército que esperaba sus órdenes.
     -Si no regresamos para mañana, quédense en el valle. No nos atacarán en la tormenta.
      Prepararon los trineos con pocas provisiones. Los perros ladraron durante un largo rato antes de partir. De vez en cuando volteaban la cabeza hacia la colina, y aullaban.
     Estaba tan oscuro, que el cielo parecía un pozo, con sólo la línea del horizonte hacia el sur como un halo blanco alumbrando esa parte de la tierra. Las nubes tenían contornos blanquecinos y morados, tonos color naranja que pronto se esfumaban y perdían sus formas, confundiéndose en una única masa de grises y negros hacia el norte. Un aire helado había aparecido sin que nada lo trajese, ni viento ni brisa.
     Los trineos avanzaron, alejándose con las lanzas a los costados, a manera de tridentes para posibles enemigos que apareciesen por los flancos. Toda la noche viajaron en la penumbra, guiados por la delgada línea blanca del sur. Los perros seguían silenciosos, sólo se escuchaba el rozar de las ligaduras de cuero y el jadeo. Los hombres no podían verse entre sí, a veces únicamente el brillo de los ojos en la oscuridad, pero siempre sobrepasado por los ojos de los perros.
     Tarkus quiso que los trineos viajasen separados por una distancia considerable. Si los atacaban, el resto podría llegar en su ayuda o volver para dar aviso y buscar refuerzos. Viajaban atentos al ruido de los pasos en la nieve, al rodar de los pedruscos o los gemidos de los animales. Silvó, y todos se detuvieron.
     -Escuchen-dijo.
      No se veían uno al otro, pero adivinaban la inquieta mirada de atención de su jefe. La oscuridad era como un monstruo que no querían observar, porque el silencio la hacía más temible. Pronto un sonido muy lejano y grave llegó desde una dirección imprecisa. Los perros estaban temblando. Uno de los hombres bajó a acariciarlos, pero los animales retrocedieron. No parecían enfurecidos, sino asustados.
     El ruido fue creciendo. Era un estruendo apagado que viajaba por debajo de la nieve, acercándose con mayor o menor rapidez por momentos. A veces aparentaba detenerse y disminuir, como si se alejara, pero luego continuaba acercándose. Los perros saltaban y tiraban  de sus riendas. El miedo venía del sur, pero no alcanzaban a ver todavía, y se voltearon a mirar hacia el norte.
     -No regresaremos-les dijo Torkus, adivinando su inteción.-Ya no hay tiempo de huir de la tormenta o de lo que sea que nos amenaza en el sur.
      Los hombres murmuraron, se escucharon corridas en la nieve, y luego golpes y jadeos. Después se detuvieron y su respirar cansado fue el único sonido familiar esa noche.
     Entre dos muertes posibles, eligieron la espera. No había líderes ni guías que los condujeran a lugares mejores. El único en el que confiaban a ciegas yacía enfermo y sin cordura. Aguardaron en la oscuridad. No encendieron una sola antorcha. Esperaron, como muñecos de nieve, o como simples maderos en la planicie fría, listos a ser arrastrados y dejarse llevar.
    
     El amanecer casi no se distinguió de la noche. Las viejas entraron a la tienda de Sigur. Él estaba boca arriba, y al sentir la ráfaga, abrió los ojos. Uno de sus hombres se le acercó, pero las
se habían adelantado y le hablaban con cariño.
     -Hijo-le dijeron.-¿Recuerdas cuál es tu nombre y el de tu madre?
     Sigur miró a alrededor. Se sentía descansado, como si esa fuese la primera mañana luego de muchas noches de llevar dormido.
     -No sé por qué me lo preguntan, pero voy a responder a estas ancianas. Mi nombre es Sigur, hijo de Tol y de Sila, y nieto de Zor el cazador.
     Las viejas no pudieron evitar lágrimas de gozo, y apretaron con sus dedos débiles un brazo del joven.
     -Lo hemos recuperado-le dijo una a la otra.
     Él quiso levantarse, pero los hombres le pidieron que siguiera descansando. Le contaron la situación del pueblo.
     -Las empalizadas están casi listas, pero la gente tiene miedo. Tarkus ha salido en busca de enemigos, ayer, y no ha regresado. Nos ordenó quedarnos y mantenernos unidos.
     -¿Y la tormenta?
     Las ancianas intervinieron.
     -Debes ver lo que sucede en el cielo, joven Señor, porque es algo que te concierne.
     Los hombres las miraron con enfado. Ellas se habían parado de espaldas a la luz que entraba a través de la tela agitada por el viento, parecían dos columnas de roca, indiferentes a toda severidad o reprimenda.
     Sigur no quiso obedecer a los recelos de sus ayudantes, y se levantó apoyándose en ellos. Apenas una tela sucia de sudor lo cubría de cintura para abajo. Las mujeres le dieron paso.
Ya no había gente esperándolo afuera. Todos estaban ocupados preparándose para la tormenta. Sólo unos pocos niños sin padres se habían sentado durante el día y la noche al pie de la colina para verlo salir.
     A pesar de la opaca luminosidad, tuvo que cerrar los párpados para no lastimar sus ojos. Se frotó la cara, siempre apoyado en los brazos de sus hombres. Al principio únicamente vio manchas deformando el paisaje. Luego, la vista se fue aclarando y vio lo que se extendía alrededor de la colina.
     La gran espiral de la caravana estaba casi completa, sólo la cola del círculo mayor conservaba los irregulares contornos de las vallas en construcción. Las fogatas despedían humo blanco, subiendo al cielo cubierto de nubes tan uniformes que parecían una sola gran masa  oscura, como si el cielo nocturno hubiese persistido hasta muy entrada la mañana, iluminado por algo que surgía de algún lugar indefinido. La nieve se depositaba sobre las otras capas de nieve, sucias por las bestias de carga que andaban libres sin que nadie les prestase atención. Los perros de los trineos y las cabras estaban atados y saltaban asustados. Algunos niños todavía jugaban entre los círculos de la espiral, y miraban al cielo cuando algún relámpago o trueno los interrumpía.
     Las viejas levantaron su mano derecha en la misma dirección que los niños: el cielo del norte.
     -Allá vienen, joven Sigur, te traen un mensaje.
     Él miró, esforzándose por distinguir esos pequeños puntos negros en el fondo gris del horizonte. Algo había cambiado en la luz. Era más clara, no mayor, sino simplemente más blanquecina, como si las nubes se estuviesen moviendo. Entonces se dio cuenta de que la tormenta había llegado. Eran esos círculos de viento que antes había visto muy lejos, y que ahora giraban arrastrando nubes desde todas direcciones. Los círculos embebían las nubes más altas, y se dispersaban sobre el valle para ascender nuevamente. El zumbido del viento se transformó en un estruendo.
      Los puntos negros avanzaron velozmente. Sus figuras se fueron definiendo con claridad. Eran aves, formadas en filas como un ejército, abarcando casi todo el cielo. Tenían amplias alas negras, picos grises y corvos, y emitían graznidos que se perdían con la distancia. Pero la tempestad no las afectaba aunque volaran por debajo de las nubes.
     Un olor a plumas llegaba desde todas partes. Algunas cayeron alrededor de Sigur y su gente, y las viejas las levantaron. Él tomó una y la acarició. Fue como estar tocando la piel de Gerda después de mucho tiempo. Sintió que su fuerza recién recobrada volvía a quebrarse.
     -Llore, mi Señor. No se avergüence-dijo una de las mujeres.
     Se apartó de ellas, sosteniéndose por sí mismo esta vez, y se secó la cara. Volvió a mirar el cielo. Los pájaros habían formado una techumbre sobre el valle y la colina, volando en círculos en dirección contraria a la espiral de la caravana. El viento parecía ser más fuerte que antes. Las nubes se desplazaban con una rapidez que nunca habían visto, y el ruido del viento era más que ensordecedor, producía escalofríos que penetraban los huesos. Las aves seguían girando, siempre girando en incontables vueltas cada vez más veloces, y el viento fue elevándose, pasando entre las alas y subiendo, hasta quedar sólo una brisa con aroma a tierra en la colina y sobre la gente.
     Los relámpagos continuaron, los truenos crecieron en intensidad. El pueblo podía sentir el olor y el ruido de la lluvia que se había detenido en la barrera que formaban los pájaros. Las plumas de las alas y la parte superior brillaban con el agua, reflejando la luz del sol en haces blancos sobre la tierra, pero la mayor parte de los rayos que pasaban entre las grietas del cielo tormentoso se perdían entre la masa negra de las aves.
     Algunos pájaros comenzaron a caer.
     Sigur caminó entre ellos. Tocó las plumas negras, acarició las cabezas, y cerró los párpados de las aves. Levantó una, le plegó las alas y la sujetó contra el pecho. Volvió junto a las viejas, y siguió mirando al cielo.
     Los pájaros giraban más rápido todavía. El viento que intentaba descender era expulsado hacia arriba con una fuerza que arrastraba también a las nubes y la lluvia de un lado a otro del cielo. Una nueva lluvia de plumas caía al valle, y los niños corrieron en su busca, saltando para atraparlas en el aire. Las madres querían detenerlos, porque tenían miedo de los presagios, pero no lograron impedir que ellos se cubriesen de plumas negras como pájaros sin alas.
     Los niños que lo habían esperado al pie de la colina también corrían detrás de las plumas, las juntaban en sus puños, mostrándose uno al otro esos ramilletes negros. Entonces uno de ellos se acercó a Sigur y le ofreció uno. Sigur se agachó, tomó el ramillete de plumas, y después de quedarse un rato con los ojos cerrados, como si estuviese escuchando algo, suspiró profundo.
     -Mi hijo ha nacido-dijo entonces, elevando la vista al cielo nuevamente.
     Las viejas se miraron, complacidas.
     Los hombres seguían perdidos en la contemplación de la tormenta.
     Sigur, de pie frente al valle, comenzó a acariciar al buitre muerto contra su torso desnudo, como una mancha negra sobre el vello rojo de su pecho.

*

Cabalgaban sobre los lomos de los tarpanes. Sujetos a las crines, sus cuerpos se balanceaban suavemente. Los cuellos cortos de los caballos estaban mudando el pelaje, y las barbas claras que les llegaba al hocico se mecían mientras trotaban.
     Poco soles antes de zarpar, le habían encargado a Tol averiguar el origen de las aves extrañas que llegaban del norte y anidaban en los muelles, las construcciones del puerto y el pueblo.  Las naves estaban preparadas, el cielo limpio, los hombres descansados. Todo listo para el viaje hacia la región del Droinne, y pensó en las armas. Tenían suficientes en las naves para matar a todo un pueblo.
     -Son para defendernos-había dicho a los jueces cuando se sorprendieron de la cantidad que subían a los barcos.
     -Las hiciste construir sin nuestro permiso-le reprocharon.
     -Son tierras nuevas para ustedes, pero que yo conozco. Los pueblos de allí son guerreros.
     Los jueces finalmente aceptaron dejarlo partir. Entonces continuaron cargando los instrumentos de guerra: lanzas de todas formas y tamaños, arcos y flechas, catapultas, cientos de puñales, escudos de cuero y madera, piedras modeladas como bolas, antorchas y enormes cantidades de paja, pero sobre todo fue el gran número de troncos lo que sorprendió a todos. Había inventado varios instrumentos que aún estaban a prueba, y Tol tenía la intención de armar  formaciones de más de treinta hombres escondidos en pesadas fortificaciones móviles. Incluso estaba dispuesto a destruir los barcos si la madera no alcanzaba, o si no podía disponer de bosques.
     De dónde habré creado todo esto. Yo, tan ignorante cuando huía del volcán, que no fui capaz de salvar a mi mujer y mis hijos. Y ahora tan diestro en los preparativos de una guerra. Es la edad, quizá.  Mi cuerpo envejece y mi mente abre los ojos de la experiencia. Triste inteligencia de la venganza, que sabe esperar con paciencia de tortuga, creando mundos nuevos para que las manos maten y se satisfagan. Pero una vez abiertas las manos, los ojos ya no pueden cerrarse, no pueden ver cosas de otro mundo que no sea ése. Triste tiranía del rencor, que ofrece algo de calma a sus siempre insatisfechas víctimas. Pero el rencor es una llaga más duradera aún que el remordimiento, y no lleva a la sumisión y al castigo, sino a la ira.
     Los pájaros empezaron a anidar en los techos de las cabañas, a asentarse sen los muelles, los árboles junto a los caminos de la aldea. Intentaron espantarlos o matarlos, pero siempre llegaban más cada mañana. No lastimaban a nadie ni comían de los restos que los pescadores dejaban en el puerto. Los jueces temieron que una gran tormenta de nieve y viento se estuviese acercando, y encargaron a Tol una expedición por tierra. Preparó los tarpanes y las provisiones, dispuesto a postergar la salida de los barcos. Pero antes volvió a pedir informes.
     -Hay gente más al norte-le dijo el jefe de vigías.-Hay huellas de trineos pesados, pero no creo que lleven muchas armas. Tenga cuidado, Señor.
     Tol agradeció la advertencia, y al día siguiente partieron. Después de un día de viaje, los veinte hombres cabalgaban sin que los inquietara la oscura tormenta que se avecinaba en el cielo del anochecer.
     -Se ha desatado ya a dos días de aquí. No creo que haya peligro para la aldea, mientras no dure demasiado.
     -Llegará débil, si lo hace. Sólo será una lluvia de tres días, a lo sumo.
     Así hablaban. Tol los escuchaba, pero ellos sólo notaron el movimiento afirmativo de su cabeza y el sonido de un balbuceo. Lo conocían desde hacía mucho antes, cuando él era uno más de ellos, aunque un poco mayor y más astuto en la caza, y con un pasado del que no le gustaba hablar.  Había escuchado a sus hombres contarse historias mientras viajaban, historias de luchas, guerras e injusticias, de las que su Tol había sido víctima y por las cuales ahora exigía venganza. Él hacía un gesto hosco con la cabeza, un ademán severo con los brazos o el grito rotundo de una orden para que se callaran. Los había elegido entre los mejores del pueblo para entrenar a los demás e incrementar el ejército, había vencido las críticas de la Asamblea durante largos veranos de reuniones y pedidos.
     Tol miró hacia delante, donde una sombra manchaba el fondo blanco de la nieve iluminada por la luz endeble del amanecer. Las nubes de la tormenta, aunque todavía lejos, se desplazaban como deformes restos de un cielo que se agrietaba lentamente.
     -Extraña tormenta, miren allá-dijo uno.
     En el norte, el cielo se estaba moviendo, convulsionado, como destruyéndose a sí mismo. Pero no caía, sólo una lluvia gris se batía sobre la tierra lejana. Algunas aves volaban por encima de ellos, graznando con gritos angustiantes. Tol siguió el vuelo de los pájaros, hasta que desaparecieron hacia el sur. Luego, volvió su atención a la mancha en la nieve.
     -Hay algo adelante, creo que son trineos.
     -Los animales sienten algo-dijo otro de los hombres, acariciando a su caballo, que resoplaba y agitaba la cabeza.
     Tol ya lo sabía. Su tarpán de pecho blanco y patas negras había estado inquieto desde mucho antes. Ahora la sombra agrisada tomaba tonos precisos y diferentes, moviéndose dentro de aquella indefinida masa en la niebla.
     Entonces los perros empezaron a ladrar.
     -Tenían razón los vigías. Son un pueblo organizado, y han mandado un grupo a explorar. ¿Pero por qué se han detenido?
     Tol no lograba comprenderlos. Si se habían detenido desde la mitad de la noche anterior, ellos ya los habrían alcanzado. Tal vez algo grave les hubiese ocurrido: hombres heridos, trineos rotos, perros enfermos. Ninguna de estas causas le parecía suficiente para detener a todo un grupo a la vez.
     -Los perros y los caballos tiemblan-dijo Tol, como si finalmente sus pensamientos hubiesen llegado a una conclusión.- Estoy seguro que esos hombres, allá adelante, nos tienen miedo.
     -Mejor así.
     Los hombres se habían puesto a hablar en medio de las sombras con sólo el resplandor opaco de la nieve contorneando las figuras de los jinetes y caballos.
     -Unos mercaderes contaron que la caravana reclutó gente de poblado en poblado durante los últimos cuatro inviernos. Los guía un hombre al que acompañan las aves negras.
     -Eso explica los pájaros-dijo otro.   
      -Pero todo eso son habladurías de viajeros y de mujeres-dijo Tol, que desdeñaba esas creencias y supersticiones de sus hombres.- Es imposible que los buitres vengan de esas regiones tan frías.
     Y sin embargo, la figura de un hombre caminando en la nieve, escoltado por pájaros que habrían podido matarlo pero lo protegían, no le resultaba del todo extraña. Como si alguna vez hubiese soñando con eso. Quizá fuese cuando pensó en el alma de su padre ascendiendo y agitando las ramas del bosque aquel lejano día, parecida al alma de un pájaro aliviado del peso de su cuerpo. No podía aún quitarse de las manos ese recuerdo: había sido como cargar a un pájaro muerto.
     El caballo se encabritó. Él había tirado de las crines con demasiada fuerza mientras recordaba. El sol se asomó sobre la estepa, dibujando alargadas figuras de hombres y caballos. Vio entonces, muy cerca, los trineos esparcidos y quietos, perros agazapados y hombres de pie, sosteniendo lanzas en alto. Casi hasta creía ver las marcas de las venas como arañas crecidas en las caras frías, que no parpadeaban, nítido el esfuerzo con que fruncían la frente para no temblar.
     Tol levantó su brazo en señal de paz, con la palma abierta.
     -Cúbranme, pero no ataquen-ordenó a sus hombres.
     Tol comenzó a cabalgar lentamente, hasta que los perros de los extraños le impidieron seguir. Los animales se habían acercado y ladraban al tarpán. El caballo relinchaba, meneaba la cabeza, agitaba las crines. Intentó corcovear varias veces, pero Tol lo retuvo apretando los talones.
    Los extraños lo miraban, sin hablarle. Tol desmontó, como prueba de confianza, y dijo lo que acostumbraba ante desconocidos.
     -Vengo de la Aldea del Norte. Somos hermanos de tierra y de paz.
     El otro dejó entonces la lanza en el trineo, mientras los demás, uno después del otro, clavaban las suyas en la nieve. Tol caminó hacia ellos. Los alientos blancos se mezclaron y fundieron en el aire de la mañana.
     -Mi nombre es Tarkus. Pertenezco a la gran caravana que viene del Norte-dijo con un acento que Tol ya había escuchado en otros viajeros que habían llegado de aquellas regiones.
     -Hemos escuchado de ustedes-contestó-pero nada sobre lo que buscan.
     -Vamos al Sur, más allá del Gran Mar.
     La piel de Tol, antes tan brillante por el reflejo del sol en la nieve, empalideció levemente. Puso una mano sobre un hombro de Torkus, y éste retrocedió.
     -No tengas miedo. Mira a mis hombres. Están atentos a nosotros. Si alguno de nosotros dos muere, no quedará estéril la venganza.
     Luego Tol lo invitó a sentarse al borde del trineo. El tarpán se acercó a su dueño, despacio,  mientras los perros ladraban. Tol le palmeó la sancas para que regresara con sus hombres. Volvió a sentarse junto a Tarkus.
     -Yo soy de esas tierras, y mi nombre es Tol.
     Su voz era clara y baja, como si estuviese hablándole al oído. Tarkus, que lo miraba con asombro, le dijo:
     -El padre de mi líder tenía tu nombre.
     Tol cerró los ojos y aspiró profundo antes de preguntar, tapándose con una mano la mitad de su cara, como si temiese que lo que iba a escuchar fuese más fuerte que una esperanza, o menos que un puñado de nieve derretido con el sol. En ambos casos, no sabía aún si toleraría la verdad.
     -¿Y cómo se llama él?
     Tarkus no había entendido.
     -¿Cómo se llama?-repitió, dejando que el otro viese sus ojos turbios entre sus dedos.
     Sin embargo, Torkus ahora desconfiaba.
     -¿Por qué quieres saberlo?
     -Tal vez lo conozca…-Pero la sola idea de que fuese cierto lo que presentía lo abrumaba más que todo aquel tiempo de incertidumbre durante el cual había imaginado toda clase de posibilidades.-Yo tenía dos hijos, y se llamaban Zaid, el mayor, y Sigur, el más pequeño.
     Tarkus miró al hombre frente a él como si estuviese viendo algo que nunca creyó podría existir más que en relatos o historias. El padre del gran hombre del Norte, liberador de tierras y cazador de osos. El protegido por las extrañas aves negras, cuya misión había atemorizado a los pueblos por los que habían pasado durante esos cuatro inviernos. Se arrodilló frente a Tol.
     -¡Señor! Nunca imaginé este privilegio, ser el primero en descubrir que el padre de nuestro líder está vivo.
     Había agarrado a Tol de las manos, y las besaba.
     -Hombre, no te humilles-le pidió Tol.-Tu gente te está mirando.
     -No me importa, ellos también lo harán.-Y se levantó haciendo gestos para que los otros se acercasen.
     Tol creyó necesario llamar a su gente.
     -¡Desmonten y dejen a los caballos lejos, los perros los asustarán!-gritó.
     Tarkus se había rodeado de varios hombres, a los que se iban uniendo otros de los últimos trineos. Los perros no dejaban de ladrar, pero ya nadie les hizo caso.
     -Hemos encontrado al padre de nuestro Jefe-les dijo Tarkus, e iba a pasar un brazo sobre los hombros de Tol, como si se tratase de un amigo recuperado, pero se dio cuenta de su atrevimiento. Y mientras cada uno de sus hombres se acercaba a saludar con una reverencia, murmuró a los oídos de Tol:
     -Señor, desearía ser el primero en anunciarle a su hijo estas noticias, pero me contentaré con llevarlo a su presencia. Esto, mi Señor, lo hará recuperarse del todo.
     Tol era ahora quien lo miraba con desconfianza.
     -Ha enfermado. Creo que el mal del viento lo afectó hace algunos días, y ha estado delirando.-Levantó las vista a las nubes de tormenta, que seguían calmas.-Tal vez no quede nada de la caravana en estos momentos.
     -No he esperado tanto para verlo morir cuando estoy tan cerca de él. Vayamos rápido, y será mejor que lo hayan cuidado como es debido.
     No había planeado ser severo con aquellos que lo reverenciaban, pero se sabía poseedor de un nuevo respeto difícil de quebrantar, que lo encumbraba no sólo por encima del común de los hombres de su aldea, sino también de aquellos extranjeros.
     Y sobre todo, la nueva imagen de su hijo lo enorgullecía. Las acciones de Sigur, fueran cuales fuesen, lo habían elevado también a él.

     El cielo seguía cubierto por un manto de nubes que descendían como niebla sobre el valle. Tarkus y los suyos precedieron a los hombres y caballos de Tol. Cuando vio el pueblo, gritó:
     -¡Se han salvado!
     Cuando pasaron las colinas escarpadas, vieron que la espiral de la caravana permanecía intacta. Oyeron la música de flautas y tambores. La gente era pequeña como hormigas moviéndose frenéticamente entre las empalizadas. Las fogatas eran puntos brillantes en la luz pálida de la tarde, humeando con el blanco color que las nubes ya habían perdido, y parecía subir para restaurar el cielo.
     Los hombres de la expedición saltaron de los trineos y se abrazaron. La gente de Tol los observaba, con una mano sobre los lomos de los caballos y la otra cubriéndose los ojos del reflejo lastimoso de la nieve. El corazón de Tol latía más rápido, la garganta se le había anudado con algo que subía del pecho cuando intentaba respirar.
     ¿Cómo será mi hijo? Un hombre, luego de veinte inviernos. ¿Se parecerá a mí, seguirá teniendo el color de los ojos de su madre?¿Me reconocerá?. ¿Me estimará a pesar de tanto tiempo? Si sólo era un pequeño cuando nos separamos.¿Cuánto conservará en la memoria sobre mí?
     Torkus comenzó a reparar su trineo, y Tol se le acercó. Estaban casi en la desembocadura del camino que llevaba a la colina de Sigur.
     -Unas ancianas lo han estado cuidando. No me he atrevido a contrariarlas. Es que su hijo posee algo que lo sigue y lo protege tomando formas especiales, de aves o de mujeres. A veces, al mirarlo con atención, su cuerpo no parece pertenecerle. Como si estuviese ahí y al mismo tiempo uno viera un cuerpo del pasado.-Torkus movió la cabeza, subestimando sus propias palabras.-No creas en todo lo que digo, son pareceres sobre lo que no entiendo, pero usted, que es su padre, lo comprenderá.
      Tol prestó toda la atención necesaria, pero sus pensamientos lo llevaban hacia la colina.
     Si no lo reconozco al verlo, amigo mío, no conozco a mi hijo en realidad. Él no me conoce, tampoco. Ya no somos aquellos que fuimos, esa es la verdad. Nadie es el de hace veinte inviernos. Nadie es el de ayer. Temo que la desilusión crezca en nosotros, nos aparte de nuestros caminos elegidos. El conocimiento y la ignorancia. Dónde se halla el punto intermedio de la felicidad. Lejos, más alto que el sitio más alto del cielo.
     -Él lo ha esperado siempre, no se preocupe-le dijo Tarkus.
     -Se va a desilusionar cuando me vea. Yo también sentí lo mismo al ver a mi padre viejo y débil.
     -Pero usted es todavía fuerte.
     Tol no respondió. La vida en las tierras del Droinne con Zor y su familia se le apareció vívida y clara, como si el sol del bosque volviese a rodearlo en este valle. Los recuerdos volvieron a tener un sentido real, cuando el regreso al pasado estaba ya tan cerca, en una colina a pocos pasos.
     Pero lo que fui y lo que soy no se unirán en la mente de mi hijo. El padre de la infancia es siempre más grande y voraz que el padre de la madurez. Tengo vergüenza de mi incipiente vejez, tan próxima, de mis arrugas y mis descreimientos. Soy más duro que antes con el mundo, y más endeble para con mi hijo. ¡Dioses de la incertidumbre, que por lo menos eso sea suficiente!
     Más tarde, continuaron camino en dos grupos. Uno bajó al valle. El resto, con Tol, Tarkus y cinco hombres, subieron el lecho del río seco que los separaba de la colina de Sigur. Pronto vieron la tienda de color negro, las hilachas del cuero batiéndose con el viento, las plumas de las aves levantándose y cayendo otra vez en pequeños remolinos. Dos guardias en la entrada reconocieron a Tarkus y se acercaron. Él les ordenó encargarse de los caballos.
    Las telas de la entrada se separaron, las manos de una vieja aparecieron en los bordes, tan duras y secas como el cuero que apartaban. La cara de la anciana miró con asombro a Tol, pero guardó silencio. Estaba oscuro. Tarkus caminó casi a ciegas hacia el camastro de Sigur. Tol se había quedado parado cerca de la entrada.
     -¿Por qué buscas en el lecho de un enfermo a quien está sano?-dijo una voz desde el fuego.
     Tarkus miró las débiles brazas de leños verdes. Sigur estaba parado junto a la fogata, con una manta negra y amplia que le caía desde los hombros. La manta estaba abierta por delante, y dejaba ver el vello rojo del pecho desnudo, y luego se cerraba hasta caer sobre los tobillos. Sus cabellos habían crecido en esos días de convalecencia, estaba largos y revueltos, mojados aún como si recién hubiese salido de un baño. Las manos estaban unidas delante del pecho, y parecían sostener algo que la sombra impedía ver.
     -Bienvenido, amigo Tarkus-dijo Sigur, y sus labios se movieron entre la barba colorada como el fuego.
     Tarkus se había acercado, pero recordando al que venía con él, se limitó a hacer una reverencia.
     -¿Amigo mío, no te alegras de verme bien?
     -Sigur, alguien te espera-contestó Tarkus, y señaló la entrada.
     Tol seguía de pie, conteniendo la respiración, aunque parecía sereno. Una ráfaga, y su casaca se batió con el viento. Luego el viento rodeó también a Sigur, cuya manta se movió un poco, entonces algo se agitó con violencia. Lo que sostenía en sus manos aleteó y emitió un graznido.
     -¿Quién eres?-preguntó Sigur.
     Tol se acercó. La luz daba en su espalda, y no permitía ver las formas de su cara. Se fue acercando. Estaba ya muy cerca cuando Sigur retrocedió con un temblor. Las llamas iluminaron el rostro de Tol, la misma cara del padre que había visto veinte inviernos antes por última vez.
     No pudo hablar, sólo un balbuceo creció sobre su llanto retenido. Entonces cayó a los pies de Tol y abrió los brazos. El buitre herido y ya recuperado salió volando de la tienda. El batir de las alas se perdió en la distancia, mientras las viejas lo seguían con la mirada.
     Tol se dio vuelta un instante, y volvió a mirar a Sigur, que se había abrazado a sus piernas. Unas lágrimas cayeron por su cara. Las piernas le temblaron, tomó la cabeza de su hijo entre las manos, y lo hizo levantarse.
     Sigur obedeció lentamente, pegándose al cuerpo de su padre, como si fuese el niño de cuatro años que acostumbraba a subirse a sus hombros.
     Eran ahora de la misma altura. Sigur lloró lo que no había llorado el día que se separaron. Tol lo sostenía con sus manos sudadas y temblorosas, pero fuertes.
     -Todavía tienes el color del cabello de cuando eras un niño-dijo Tol, acercándose a los labios de su hijo para besarlo. Después, se abrazaron por un largo rato.
     Tarkus los observaba, avergonzado, y salió. Echó una mirada hosca a las ancianas, pero ellas no necesitaban eso para saber que estaban de más, y se fueron.
     Padre e hijo se sentaron junto al fuego alimentado por nuevos leños, mirándose mutuamente sin decirse nada.
     -Tienes un nieto, padre-dijo Sigur, luego del silencio.-El ave que viste salir es un mensajero para mi hijo, que está en el Norte.
     Tol se había habituado a la idea de ser un hombre solitario. Y de pronto, era padre y abuelo, sin saber cómo cumplir esas tareas. Era abuelo como su padre lo había sido, y ocupaba el mismo lugar que su padre había ocupado alguna vez en la familia. Pero el honor de Zor había durado muy poco, y el suyo llegaba quizá demasiado tarde para disfrutarlo.
     -Mi hijo es la esperanza, padre. Ya te contaré todo.
     Afuera había anochecido. Seguían oyéndose el retumbar de los tambores y los ladridos de los perros que corrían y jugaban con los niños. Pero ellos dos se habían acostumbrado a la penumbra de la tienda, y dejaron correr el tiempo como si fuese una noche más larga que cualquier otra.
     Sigur hizo traer comida. Mientras les servían, ellos continuaban mirándose, a veces en silencio, otras hablando.
     -¿Me conoces, hijo? Sé que apenas me recuerdas, soy otro ahora.
     -Padre, te miro y veo al hombre que me cargó en su espalda ese día, corriendo, rodeados de rocas calientes, junto a mi madre.
     -Debo preguntar, aunque casi sé la respuesta…-murmuró Tol.
     -La mataron. Los hombres de Reynod la mataron….-Sigur miró el fuego que crecía.-Nunca lo dije en voz alta hasta hoy. ¿Podrías creerlo? No sé si te esperaba para hacerlo, pero sí que es el día correcto para sacarme esas palabras de encima. La mataron, padre. Yo los vi. Y la he vuelto a ver más tarde, en espíritu, revelándome el deshonor de nuestro pueblo.
     -Me contaron que viajas al sur-dijo Tol.- ¿Pero por qué? ¿Y esas aves extrañas que te siguen?
     Sigur extendió su brazo izquierdo para mostrarle el muñón. Tol se sobresaltó.
     -No te preocupes. Hace mucho tiempo que no duele. Mi mujer viene de sitios que no conozco, de la estirpe de las hechiceras. Ella y mi madre me encomendaron la tarea de recuperar las tierras del Droinne para el viejo pueblo que las habitaba, antes de la invasión y la masacre. Sólo sé que ellos van a regresar, los antiguos habitantes volverán de alguna forma.
     Tol no comprendía del todo, pero todo eso no se alejaba demasiado de sus propios objetivos.
     -Hace tiempo que preparo una expedición hacia allí. Iba a buscarlos a ustedes y a recuperar el buen nombre de mi padre. Si es que tu hermano ha sobrevivido.
     -No he vuelto a verlo nunca, padre. Pero volveremos juntos. Tus barcos y mis hombres.
     Se levantó, y le pidió que saliera con él. La noche estaba estrellada. Las nubes se estaban dispersando. Una brisa fría pero suave les rozó las caras acaloradas por las llamas. Una espiral enorme de fogatas se extendía por el valle.
     -Me quedan más de setecientos hombres, sin contar a sus familias, listos para pelear, animales de carga y provisiones. Tenemos armas y podemos construir más.
     Tol se puso a pensar. Era eso más de lo que había esperado siempre.
     -Llevaremos también a los caballos, y tus hombres aprenderán a montar. Barcos cargados con nuestros tarpanes. Los entrenaremos en las llanuras del este cuando lleguemos. Ellos nos darán ventaja sobre los hombres de Reynod. Deben tener todavía armas viejas. Cuando volvamos a la Aldea del Norte, te mostraré los instrumentos que inventé.
     Tol no pudo evitar reírse con fuerza al verse junto a su hijo recuperado, frente a aquella cantidad de hombres y animales que pronto formarían sus legiones. Pasó un brazo sobre los hombros de Sigur, mirando el caracol de fuego formado bajo las estrellas.
     Un silbido plácido anunciaba el viento, que pasaba muy por encima de sus cabezas.
     El aullido de unos perros, de tanto en tanto.
     El grito de un hombre obligando a su mujer a bailar al ritmo de una flauta.

*

Mientras la gente de Sigur se quedaba en las afueras, Tol y su hijo y los principales hombres de ambos grupos entraron a la Aldea del Norte. Habían pasado cinco días desde que postergaran la salida de los barcos, pero Tol tendría que hacer muchos cambios.
     -Iré a pedir audiencia con la Asamblea-dijo a Sigur, que miraba el pueblo con curiosidad.
     -Estuve aquí cuando era un niño, vine a cambiar pieles por alimentos. Ahora el pueblo es más grande, o por lo menos así me parece.
     -No te equivocas, hijo. Cuando llegué, era la mitad de extenso. No es todo mérito mío, pero cuando me hicieron jefe de su ejército, emprendimos expediciones y los impulsé a ser más fuertes con los otros pueblos.
     -Era una aldea pacífica en ese entonces-dijo Sigur, observando las peleas en la calle y en los puestos de los pescadores, a los hombres ebrios que caminaban perdidos por el muelle. Algunas mujeres clamaban sus mercancías con desgano, cerca de las construcciones que se habían multiplicado desde el puerto hasta mucho más allá de los límites originales de la aldea. Las carretas iban por las calles de barro apisonado, arrastradas por caballos que habían reemplazado a los alces que utilizaban hasta poco tiempo antes.
     Sigur cabalgaba en un tarpán, que montaba por primera vez en su vida. Apenas lo espoleaba, para no lastimarlo.
     -Bellos animales-dijo su padre.-Hemos traído algunos de la estepa, y los dejamos en la llanura de la costa para procrearse. Te llevaré a verlos mañana, cuando hayas descansado. Iremos en busca de muchos más para tus hombres.
     -Necesitaremos tiempo, padre. Entrenamiento…
     -No te preocupes, mis guerreros les enseñarán.
     El crepúsculo cubría de rojo las techumbres de paja y madera. Los grandes hornos de ladrillos de barro humeaban en oscuras columnas que se perdían en la masa incierta de la penumbra creciente. El bullicio del pueblo decrecía en las calles de los comercios, pero aumentaba en la periferia, con las carretas y caballos, con los grupos de hombres, mujeres y niños que regresaban a sus hogares. Los perros ladraban, correteando entre la gente o bajo las carretas. A través de las ventanas se veían las fogatas recién encendidas y se percibían los olores de la carne asada, mezclándose con el sudor y el polvo de las calles. Cerca del muelle, una enorme construcción, parecida a una gran caja de madera cuadrada con sólo una abertura al frente y otra al mar, dejaba salir el ruido constante de las mazas.
     -Ése es el astillero. Trabajé allí durante algunos inviernos, y en los veranos como pescador.
     Sigur se veía cansado. Tarkus avanzó con su caballo hasta él.
     -Señor, debemos descansar.
     -Tiene razón-dijo Tol.-Sigur irá a mi cabaña, ustedes dejen los caballos en el establo del pueblo. Mi gente les dará camastros y mantas.
     Sigur les dio permiso a sus hombres, y ambos se quedaron solos. Cabalgaron un poco más hasta la cabaña de madera, ladrillos de barro y techo cubierto de ramas de pino. Las ventanas estaban cerradas. La hierba crecía espesa alrededor, a pesar de la nieve. Unos niños se habían reunido junto a una fogata. Al ver a Tol, arrojaron nieve al fuego y huyeron corriendo.
      -Entra y ve a dormir- dijo Tol mientras desmontaban.-Guardaré los animales y te calentaré agua.
     Sigur obedeció. La puerta estaba rota La oscuridad del interior parecía más vasta que el tamaño de la cabaña, tanto que no alcanzaba a ver donde pisaba. Sintió el polvo bajo los pies, el ruido de unas ratas, el olor a comida rancia. Vio la opaca línea de una ventana y fue a abrirla. Entonces la luz escasa del atardecer entró para alumbrar la estancia amplia y sucia.
     Las brazas frías de la chimenea parecían haber sido apagadas mucho antes. A los lados, sobre unos estantes había bolsas de granos. De las paredes colgaban arcos, flechas, azadones y mazas. Un tonel estaba cubierto con una tela. En el centro, una mesa grande y dos bancos, llenos de polvo y telarañas.
     Una escalera llevaba a un piso donde estaba el camastro. Subió, palpando con cuidado los escalones que sabía iban a romperse si se apoyaba muy fuerte. Por las rendijas del techado caían pajillas de nidos de pájaros y astillas de madera, había telarañas con pequeños huevos de insectos, que la luz del crepúsculo daba el aspecto de collares de cuentas.
     Sigur se acostó envuelto en pieles de alce de pelo corto. Ni siquiera alcanzó a pensar en el hogar de sus padres que esa calidez le recordaba. Cerró los ojos y durmió.

     En la mañana, Tol se había levantado antes del amanecer y salido a caminar. Cuando regresó, Sigur aún dormía. Se asomó por la escalera y lo miró respirar tranquilo, todavía vestido, mientras el sol atravesando las rendijas lo cubría de líneas blancas. No se atrevió a despertarlo, y se quedó pensando cómo hubiese sido verlo crecer.
     Luego cargó cubos de agua desde el fuego hasta el tonel. Había preparado dos tazones con leche y dos trozos de carne de cerdo.
     Sigur debió sentir el olor, porque bajó y saludó a su padre.
     -El sol trabaja todos los días y no se retrasa al levantarse-dijo Tol, con una sonrisa.
     -Pero el sol  nunca ha estado enfermo, padre.
     -Tienes agua para el baño. Haré que traigan tus cosas.
     Sigur se sacó la túnica que llevaba desde que había estado convaleciente y las sandalias de cuero, y se metió en el agua. Suspiró profundo. Su cuerpo se relajaba. Tol miró las espaldas anchas y fuertes de su hijo, y el muñón de la mano izquierda.
     -Me habría gustado cuidarte esa mano-le dijo mientras le daba el tazón con leche.
     -Ya te dije que no me duele.
     -¿Cómo pasó?-preguntó, porque Tarkus no había querido contarle.
     -Lo hice yo mismo, padre, para sobrevivir.
     Pero no quiso hablar más de eso. Tol se quedó sentado junto a él. Su hijo bebía, paseando la mirada perdida por las paredes de la cabaña.
     -Una vez tuve un ayudante. Era un niño todavía. A veces, me recordaba a ustedes. Después creció y se fue. Nos sentimos como extraños cuando esto pasó. Lo había criado, pero al crecer se convirtió en un hombre como cualquier otro, y yo había dejado de ser a sus ojos lo que él había visto cuando era un niño. 
     -¿Qué ves en mí?-preguntó Sigur, que lo miraba con los codos sobre el borde del tonel y el tazón en su mano derecha.
     -No sé. Veo un hombre diferente a mi hijo, que sin embargo, sigue siendo mi hijo.
     -No quiero que seamos extraños, padre. Nuestro trabajo no permitirá la desunión.
     Tol decidió deshacerse de pensamientos perturbadores. Se levantó para servirse un trozo de carne, y trajo un poco para Sigur.
     -Esta mañana pedí audiencia. Debemos presentarnos en dos días. Mientras tanto, iremos a buscar caballos. Termina de comer y vestirte.
     Se levantó y fue hasta la entrada. Un grupo se acercaba.
     -Aquí llega Tarkus y otros hombres. Dos mujeres te traen ropa y flores.- Se volvió hacia Sigur, sonriendo otra vez.-Te adoran, hijo mío, y eso me enorgullece.
     La mañana era tan clara que enceguecía. Terminaba el invierno, y la calidez se asentaba lentamente en la estepa. Los hierbajos se abrían paso entre el hielo derretido en pequeños charcos que formaban arroyos, como hilos de redes sobre la llanura. La aldea amontonaba sus desperdicios en los alrededores, y se había levantado un olor a excrecencias removidas por el deshielo. Tol iría a la aldea esa mañana.
     -Volveré a buscarte.
     Tarkus se quedó a dar informes a Sigur, que lo escuchaba mientras las mujeres lo vestían, colocándole bálsamos y especias sobre el cuerpo. Arreglaron su cabello, lavaron sus pies con aceites, y le pusieron collares.
     -Cuiden la casa de mi padre-les ordenó cuando Tol volvió a buscarlo.
     Ellas los vieron cabalgar hacia la región de los tarpanes.

     Al salir de la aldea, los senderos de tierra apelmazada se fueron haciendo pedregosos. El cielo del este era rosado y gris como plumas de gansos.
     -Llegaremos esta noche-dijo Tol.
     Sigur miraba la planicie bajo esos colores. Casi no podía recordar otra tierra que la del blanco de la nieve. El trotar de los caballos lo adormecía. Cabalgó junto a su padre toda la mañana, pero la conversación fue cayendo en un silencio interrumpido sólo por las risas de los que hablaban detrás. Tol estaba pensativo, y tenía la mirada perdida en el horizonte. Sigur refrenó su caballo y se unió a  los hombres de su padre, que callaron al verlo acercarse. Él los acompañó sin hablar. Parecían incómodos, pero Sigur no demostró esperar ningún trato especial. Siguieron en silencio un largo rato, hasta que al darse cuenta que no se atrevían a hablar primero, les preguntó:
     -¿Hace cuánto tiempo están al servicio de mi padre?
     -Diez inviernos, Señor. Fueron batallas en el extranjero, pero nada que un buen grupo no haya hecho con facilidad. Es un gran líder, podría gobernar al pueblo completo si quisiera.
     -¿En dónde han estado?
     -En el este, donde están los hielos. Luego fuimos desde ahí hasta el sur. Hay bosques de tundra y animales extraños. Una vez, los salvajes nos atacaron de sorpresa, entre dos muros de piedra. Era una noche fría y nos refugiamos allí del viento. Pero Tol logró organizarnos después del primer ataque, y los vencimos.
     El hombre había comenzado a buscar algo bajo su casaca. Sacó un amuleto.
     -Esto perteneció a uno de esos hombres. Su padre Tol me la entregó por mi valentía.
     Sigur quiso ver de qué se trataba, y el otro extendió su brazo para mostrarle el amuleto. Con la luz dorada de la tarde vio un dedo seco, casi negro, con vello en el dorso. Cerró los ojos, pero el otro no se dio cuenta de la expresión en su cara. Luego abrió los párpados otra vez. Fue un dolor intenso y rápido, nada más. Sólo el dolor que se repite de vez en cuando con el recuerdo. Pero algo quedó: un esbozo de ira.
     Los hombres son distintos. Y algunos, quizá, deben morir en beneficio de los otros. Pero los cuerpos son iguales, ninguna mano es mejor que otra, ni más o menos digna de una caricia o de un beso. La mano de aquel salvaje es también mi mano.
     -¡Espera!-dijo enojado.
    Ellos lo miraron, preguntándose en qué pudieron haber ofendido al hijo de su jefe.
     Sigur desprendió la tela del muñón y lo extendió.
     -¡Mira y pregúntame si duele!
     El otro no contestó, pero en su cara se veía el esfuerzo por contener un insulto. El temor al castigo de Tol era mayor, sin embargo, que el desafío que el hijo les estaba haciendo. Los de adelante se detuvieron al oír la discusión. Tol dio la vuelta mientras Sigur comenzaba a envolver su brazo.
     -Creí que lo sabían, padre. Que lo que se ha dicho sobre mí, había llegado hasta ellos. Pero ni siquiera mi padre me conoce, y debo soportar la ofensa de tus hombres.
     -¡¿En qué te han ofendido, hijo, y los mataré?!
     Tol miró a los demás, que bajaron la vista.
     -Hablo de los amuletos que les das en recompensa. Pedazos de hombres. Fragmentos que podrían ser de tus hijos.-Y levantó el brazo izquierdo a medio cubrir aún, para recordarle de qué estaba hablando. Luego se acercó un poco, y murmuró a su oído.
     -Hoy nadie me ha ofendido más que mi propio padre.
     Se fue cabalgando, adelantándose a todos. Sus hombres lo siguieron, esperando apenas un gesto para atacar a la gente de Tol, pero él no dijo nada.
     -¡Vuelvan a su formación!-ordenó Tol- ¡Y usted...- le dijo al que había hablado con Sigur-...regresará al pueblo con un guardia! ¡Ya no pertenece a mi ejército!
     Estaba oscuro cuando se detuvieron. Nadie habló mientras comieron. Tres fogatas iluminaban el mudo masticar de los guerreros y las caras preocupadas.
     Tol y Sigur no habían vuelto a mirarse en todo el resto del día y de esa noche. Se acostaron luego de alimentar y cepillar a los caballos.

     Antes de que amaneciera, Sigur estaba de pie junto a su tarpán, cepillándolo. Tol sintió frío, se había acostado casi denudo por el calor del viaje, y tenía temblores recorriéndole el cuerpo. Se cubrió con las mantas y se frotó durante un rato, luego se levantó y fue en busca del agua que se calentaba en la fogata. Uno de sus hombres lo ayudó a colocarse la túnica de cuero de buey que las mujeres le habían hecho al ser nombrado jefe. El pelaje era grueso pero se amoldaba al cuerpo con comodidad. Un gorro le cubría la cabeza y parte de la cara, cerrado bajo el mentón. Se calzó las botas, y fue hasta donde estaba su hijo.
     Sigur se había sentado en la nieve con el cabello mojado y los codos apoyados en las rodillas, masticando un fragmento de grasa de venado.
     -Hay leche en las alforjas-dijo Tol.
     Su hijo lo miró, sin moverse, sin saludarlo. Amanecía, y el sol se levantaba detrás de la figura rígida, desolada, de Sigur. Manchas doradas y agujeros de sol naranja se habrían paso entre los rizos, que lentamente parecían desperezarse al moverse con la brisa de la mañana.
     -Debemos partir, Señor-dijo un ayudante trayendo el caballo.
     Tol asintió.
     -Vamos, hijo.
     Sigur arrojó los restos de la comida al suelo. Con prolijidad y parsimonia, como quien hace un trabajo por primera vez y deseo hacerlo bien, preparó la montura y subió. El caballo dio un respingo.
     -No te conviene ese animal, hijo. Es peligroso y desobediente.
     -No me des consejos, padre.-Y partió al trote hacia los veinte jinetes que los esperaban en la desembocadura del siguiente valle, donde estaban los caballos salvajes.
     Una polvareda en la planicie ocultaba todo lo que no fuese el cielo. Sólo se veían algunas aves y la masa del polvo girando en el aire. Los hombres se detuvieron, pero los caballos intentaron correr hacia aquella polvareda.
    -Unos por aquí-indicó Tol hacia la izquierda, después se dirigió a los de su derecha.-Ustedes avancen un poco más por  el otro flanco. Debemos atrapar tantos como se posible hoy.
     Pensaba en la Asamblea. Tenía que regresar al pueblo antes que el recuerdo de su última presentación se enfriara en la memoria de los ancianos. Debía convencerlos de emprender una guerra en la que ellos no veían objetivo, y que para él comenzaba a tener cada vez más sentido. Su mujer estaba muerta y uno de sus hijos quizá también, pero la reivindicación de la memoria de su padre, y la ira que aún conservaba en sus manos-la cara de Zor en sus palmas como una quemadura que nunca desparecía- eran el impulso que lo llevaba a sentir el ímpetu de la fuerza y de la batalla aunados en una misma confusión de fuerzas contrapuestas, la muerte y la sangre en sueños diurnos, como si estuviese viendo allí el cielo rojo del norte, tan parecido al cabello de su hijo.
     Veinte jinetes cabalgaron en formación, luego avanzó el siguiente grupo. Tol y Sigur se quedaron a esperar la reacción de los tarpanes. La polvareda se hizo más espesa, y el sonido de los cascos se apagó en la nieve. El caballo de Sigur se encabritó y se levantó en sus patas traseras. Trató de retenerlo de las riendas, pero el animal comenzó a correr hacia los otros. Tol los vio perderse en la nube de polvo, de la que continuamente brotaban caballos intentando huir de los lazos.
     -¡Aquí, ya lo tengo!-gritaban las voces.
     Relinchos y voces roncas, golpes de látigos y cascos al trote.. Tol penetró en la nube y alcanzó a ver a su hijo controlando con dificultad a su caballo. Se agarraba de las crines como si el animal fuese el manto extenso de la  tierra a conquistar.
     -¡Hijo!
     Pero Sigur no lo escuchaba. Se había sujetado con una rienda a la cintura y con la mano sana preparaba el lazo. El caballo seguía corcoveando, pero él lo retenía golpeando sus pantorrillas en los flancos.
     Los tarpanes corrían alrededor de los hombres. Los latigazos silbaban como un viento devastando la calma paz del mediodía que había existido hasta que ellos llegaron. Cuando atrapaban alguno, envolvían la cabeza con telas, y los animales se tranquilizaban y se dejaban llevar.
     Entonces apareció, con un brillo diferente, una flor bruta en medio de la nieve, el más bello tarpán que cualquier otro que Tol hubiese visto alguna vez. El polvo de nieve le caía sobre el lomo completamente rojo, sin vetas ni cambios de tonos en todo el pelaje. Era más semejante al fuego que a una flor salvaje, más semejante al sol del poniente que al conjunto de esas flores del campo en el verano. Brillaba resplandeciente, no reflejando la luz, sino resaltando frente a ella su figura esbelta, de cuello ancho y largas crines. Las gotas de sudor le daban reflejos púrpuras sobre la espesa línea de pelaje rizado y largo que nacía bajo el hocico y continuaba por el cuello, el pecho y el vientre. La cola era más amplia que la de cualquier otro tarpán, y al moverse parecía desplegarse como alas.
     Sigur no lo había visto aún, y se esmeraba en atrapar a otro. Tol miró a sus hombres, y ellos asintieron.
     -¡Es suyo, Señor!
     -¡Atrápelo!
     Sabía que poseer ese caballo lo honraría. Un signo más de su fuerza en contraste con la pálida sabiduría de los miembros de la Asamblea. Con ese trofeo, con el hijo recuperado y la leyenda que éste había traído consigo, nada podrían negarle. Ya lograba verse en viaje por mar hacia las tierras del Droinne. Pero escuchó la voz de Sigur espoleando a su caballo, y un tono distinto se había filtrado en esa voz.
     Casi era la voz de un niño.
     La nieve se levantaba y caía, incesante, como ceniza.
     La nieve es ceniza, la ceniza es nieve de fuego.
     Fue como verlo de vuelta veinte inviernos antes: corriendo de la mano de Sila, con la espalda herida. El pequeño Sigur perdido en la ceniza del volcán.
     Y supo que ya no había distancia, que el tiempo no era un obstáculo suficiente para borrar no sólo el sufrimiento de las pérdidas, sino también el poder que lo ligaba a las armas, incluso la gloria obtenida a expensas del pueblo que lo había salvado.
     -Nunca te di nada, hijo-murmuró, o pensó. Lo cierto era que nadie podía haberlo escuchado. Y cuando sus hombres esperaban que corriese hacia el caballo rojo, se quedó quieto. Simplemente señaló hacia allí, porque Sigur lo estaba mirando en este momento, y éste entendió. Su hijo se perdió de nuevo entre las sombras blancas, las siluetas de los tarpanes que galopaban desbocados, huyendo de los hombres. No pudo verlo más por un largo rato, y se quedó esperando, simulando controlar a los suyos.
     Sigur volvió a aparecer. Ahora corría a poca distancia del caballo rojo. Montaba con holgura, algo inclinado sobre el lomo, atado el brazo sin mano al cuello de su tarpán, y con la otra el látigo en alto. Espoleaba al animal y hacía girar el lazo en espiral. El látigo levantaba un torbellino, y la figura de Sigur se alzaba en el medio, surgiendo indemne. Más alto que los otros hombres, como el centro de una tormenta. Y el caballo rojo corría delante, con las largas crines moviéndose con el viento, desplazándose como pastizales en la primavera.
     Entonces Tol vio, cuando el animal pasó apenas a un brazo de distancia de él, que el animal lloraba. Había surcos de pelo apelmazado bajo los ojos, más oscuros que el resto, sin el brillo del sudor.
     Pero los caballos no lloran, está cansado, y los ojos irritados por el polvo.
     No podía dejar de observarlo mientras daba vueltas en el círculo al que su hijo lo había obligado a entrar. Sigur levantó el látigo, pero el caballo rojo tenía la cabeza inclinada. El lazo le golpeaba el cuello y lo hería, pero sin atraparlo. Sigur hizo intento tras intento. Finalmente el látigo se enlazó al cuello, y Sigur tiró, resistiendo la fuerza del animal que lo arrastraba. El caballo se detuvo, comenzó a dar vueltas alrededor de Sigur. Seguió resistiéndose, encabritándose de tanto en tanto, pero su fuerza se había apaciguado.
     Todos los hombres se detuvieron a mirar. Sigur observaa los movimientos del caballo sin soltarlo, dando también vueltas con el brazo por encima de su cabeza, vigilando cada resoplido, las gotas de sudor y la mucosidad en las fauces del animal. El tarpán ya no corría, sino que trotaba rápido y sin tropiezos a pesar del cansancio, siempre con la cabeza erguida.
     Sigur aflojó el látigo, hasta que el tarpán siguió el trote que él marcaba. El lazo no lo lastimaba ahora, pero de la marca en el cuello salía sangre. Después lo liberó, y el caballo dejó de trotar.  Continuó relinchando y coceando nervioso, parado en medio de la nieve como una rosada fogata hecha de leños verdes.
     -¡Quieto, quieto!-decía Sigur al palmearle el lomo. Sin desmontar, dejando que ambos animales se rozaran para olerse, acarició las crines, el cuello y la cabeza. El tarpán se dejó tocar. De vez en cuando se apartaba un poco, pero luego volvía a someterse.
     -¡Preparen a los animales!-ordenó Tol a su gente.
     Cada caballo atrapado tenía  ya su lazo al cuello, y los hombres los iban uniendo uno a otro. Si alguno quería escapar, la soga se tensaría en el cuello de los demás. Tol cabalgó hasta donde estaba su hijo. Sigur seguía agitado, con la ropa y el pelo mojados de transpiración y cubierto de polvo.
     -Te lo has ganado-le dijo apoyando una mano en el hombro de Sigur, pero su hijo lo miró con frialdad.
     -No vas a congraciarte conmigo ofreciéndome regalos-contestó.
     Tol apartó su mano. Ladeó la cabeza con desaprobación.
     -Creía que habías crecido, pero eres un niño todavía.
      Iba a darle la espalda cuando Sigur le habló.
     -Me habría gustado, padre, que no nos hubieses abandonado.
     -¿Qué edad tenías? Ocho o nueve inviernos, me parece. Tal vez me equivoqué al juzgarte. Tal vez no recuerdas exactamente lo que pasó.
     -Sí recuerdo.
     -¡No sabes nada!
     Tol estaba enojado, y la mirada de Sigur no lo ayudaba a calmarse. -Tuve que quedarme con tu abuelo, estaba herido y no podía dejarlo solo.
     -Me acuerdo de mi madre, que te llamaba y gritaba: ¡los niños!, y te quedaste atrás. Siento todavía la mano de ella apretándome la mano izquierda.
     Tol miró el muñón de su hijo, el dolor era sincero en la cara de Sigur. Suspiró con un quejido.
     Cómo vencer este enorme río que nos separa. Apenas te veo en la otra orilla, apenas te reconozco. Y ni siquiera me estás escuchando.
     -Era mi padre, y él no tenía a nadie más-dijo Tol.
     -Pero en todo este tiempo he pensado que podríamos habernos quedado juntos, nosotros y el abuelo.
     -Imposible. Había que escapar de la montaña y él no podía correr. Debíamos separarnos o morir juntos, y no era una decisión fácil para mí. Si pudieras preguntarle a tu madre, te diría lo mismo.
    Sigur se irguió en su montura, siempre con la mano sana sujetando el lazo que lo unía al caballo rojo.
     -Pero no puedo- contestó a su padre.
     Ese era un reproche más severo que todo lo que había escuchado antes de su hijo.
     -¿Me estás culpando de la muerte de tu madre?
     -¡Nos abandonaste!
     Las manos de Tol temblaban.
     -¡Maldito sea el día que naciste para reprochar a tu padre! No me hagas decir lo que no me atreví a contarle a nadie todavía.
     Nos abandonaste.
     Pero no era su hijo el que repetía eso, sino la voz de las auroras boreales, de las olas en los acantilados de la Aldea de Norte, del viento nocturno que golpeaba las rocas trayendo el sonido de su familia a través del mar.
     Saltó de la montura, se abalanzó sobre su hijo y cayeron al suelo. Los caballos huyeron y se detuvieron perdidos tras el polvo de nieve ocultando a los hombres que regresaban al pueblo. Tol había caído sobre el cuerpo de Sigur, pero éste no intentaba defenderse.
     -No me hagas decirlo…-murmuró Tol. Su voz era ronca, casi ininteligible por el llanto contenido, el entrecejo arrugado, las manos temblando. Se contuvo, mientras su voz se convertía en un agrio sonido de resentimiento y pena. Sus puños no se desprendieron de la casaca de Sigur. Estaban tan cerca, que podía sentir el sudor, palpar con su cara la barba de su hijo, y era como estar mirándose a sí mismo.
     -¡Lo maté! Lo sacrifiqué para que no lo mataran ellos. Lo culpaban por el estallido de la montaña…-Su voz se rompió por un instante.-Los cazadores del brujo iban a quemarlo vivo.
     Hundió la cara en el cuello de su hijo, y aflojó la fuerza de sus puños. Gemía con pequeños gritos contenidos. Sigur seguía sin mirarlo, observando el cielo del crepúsculo. A lo lejos, la manada se alejaba con los hombres envuelta en una nube de polvo de nieve.
     -Te necesitaba-dijo Sigur.-Tuve tanto miedo.
     Entonces pasó un brazo por la espalda de Tol, acostado junto él, parte del cuerpo sobre el suyo y la cabeza contra su cuello. Sentía su temblor, olía el mismo viejo aroma de cuando su padre lo alzaba en hombros, y entonces lo abrazó. Primero despacio. Después, al ver que la ancha espalda había perdido la fuerza de su juventud, cerró un poco más los brazos.
     Se miró la mano sana, luego la izquierda, la que no existía y sin embargo aún podía sentir. Y con el muñón acarició la cabeza entrecana y los cabellos largos de su padre.

*

La Asamblea se reunía una vez cada invierno en el mismo lugar donde se realizaban las competencias. Había diez días para presentar proyectos para la temporada siguiente. Era el tiempo de mayor movimiento en la aldea, además de los días de festivales, y podían verse largas filas todas las mañanas frente a los representantes de los jueces. Hombres de barbas entrecanas, con rollos de pergaminos de cuero bajo los brazos, tan cubiertos de abrigos que no llegaban a verse más que sus ojos pálidos entre la escarcha sobre sus cejas.
     Al comenzar la primera jornada de la Asamblea, ya no se aceptaban pedidos, sin embargo siempre había quien lo intentaba, tratando de escabullirse entre los grupos de expositores que esperaban en la entrada. Durante todo el día se producían desórdenes y peleas entre los guardias y los que deseaban entrar sin permiso. Algunos traían a sus hijos para que se mezclasen en el gentío, provocasen tumultos y distrajeran a los guardianes. Luego, como si el deshielo y los primeros cálidos vapores entre los que aparecía el verde oscuro del musgo bajo la escarcha los estuviese llamando, muchos desechaban pasar todo el día dentro de la calurosa estancia, siempre alimentada por la gran fogata que iluminaba los techos altos y las paredes de barro y troncos.
     A partir de la sexta jornada, sólo se permitía la entrada de las autoridades del pueblo, de las familias más antiguas, de los comerciantes y expedicionarios. Entonces, los mercaderes y sus mujeres desfilaban por la entrada, vestidos con pieles de alce y collares brillantes traídos de las regiones al oriente del Gran Mar. Los hombres, fuesen expedicionarios o comerciantes, pasaban con las cabezas erguidas, sin dignarse a mirar a los que los seguían con los ojos. Llevaban casacas sobre túnicas tejidas con crines y colas de buey. Los gorros marcaban su jerarquía, hechos con piel zorros colorados, o de alces blancos, que sólo se encontraban en las montañas del oeste. Algunos eran de plumas coloridas, vistosos pero sin la apariencia noble de los otros.
     El décimo día, en el que todo el pueblo tenía permiso para participar, era el turno de las fuerzas de defensa. Tol había logrado obtener aquella jornada especial durante las últimos cinco temporadas, y era un evento que lo había elevado por encima de toda consideración ordinaria que se otorgaba a los demás funcionarios de la aldea. Reconocieron las mejoras que él había propuesto, el entrenamiento de los hombres reclutados, el buen ánimo que éstos demostraban ante su jefe, las armas inventadas por Tol. Los barcos habían aumentado en número, construidos aún durante las largas noches del verano. Los viajes eran también más frecuentes, y ya no se esperaba a que regresaran los que habían partido para enviar nuevas expediciones a otros lugares. Él había dicho a sus hombres que no embarcaran extranjeros, que no trajeran mujeres ni niños. Pero a veces desobedecían, y Tol los expulsaba de sus fuerzas.
     La mañana del último día de reunión, la mayoría del pueblo pensaba en los festejos de la noche. Una ocasión en que las autoridades de la aldea se encargaban de los preparativos, porque esa noche el pueblo sería el objeto de los agasajos. Muchos se agolparon desde la tarde para aguardar la salida de Tol, que como cada temporada, iba a presentar sus proyectos. Pero esta vez se corrió la voz de que él había hallado a uno de sus hijos perdidos, del que habían oído hablar a los mensajeros que llegaban del norte. Esa reunión de grandes hombres, que eran además padre e hijo, los excitaba con ideas de esplendor, de familias que estaban más allá de los dolores y pesares cotidianos.
     Tol y Sigur llegaron en sus caballos, animados por los gritos de la gente que les abría paso y les arrojaba ramas de especias. Los guardias intentaron mantener el orden, pero les fue imposible calmar a quienes rodeaban al jefe de expediciones y a su hijo.
     La gran fogata iluminaba las tribunas, donde los jueces y sus ayudantes miraban la entrada de los expositores. Sentados a diferentes distancias, para no hablarse entre sí ni influir en el juicio de los otros, escuchaban las propuestas y votaban. Los ayudantes entonces cantaban los votos a favor o en contra, y un tronar de tambores cerraba la presentación.
     Tol hizo entrar a tres de sus hombres con pesados rollos en sus brazos. Hicieron reverencias, girando hacia los cuatro puntos del círculo de tribunas. Luego, se quedaron parados. Tol subió al entarimado central. Sigur dio un paso atrás.
     -Honorables jueces. Tengo hoy la alegría, antes de empezar mi exposición, de presentar a ustedes a uno de mis hijos, al que he recuperado luego de mucho tiempo.
     Sigur hizo una reverencia hacia las encorvadas figuras de los ancianos, ocultos por la sombra, que más allá de la luz del fuego, caía desde los techos. Encima, la plataforma donde había peleado Tol mucho tiempo antes, parecía mecerse sobre las cabezas de todos.
     -Él tiene una misión, Señores, y es regresar a las tierras de las que fuimos expulsados los hombres de mi pueblo original. Como su padre, me he visto en el extraño sinsabor de decidir entre mi deber con ustedes y mi deber con mi hijo. Pero llegué al dichoso hallazgo de ver que ambos podían conciliarse, para ser una potencia mayor y más eficaz.
     Hizo un ademán con la mano derecha, y sus hombres caminaron hacia las escaleras de las gradas. Desplegaron los rollos y los entregaron a los ayudantes. Los jueces miraron con paciente resignación aquellos esquemas, que ya habían visto antes.
     -Me he atrevido a  traer estos mapas modificados por nuevos planes. Nuestra expedición no se limitará a la costa Sur para avanzar hacia el oeste. Cambiaremos la dirección hacia el delta del río Droinne, hasta más allá de los Montes Perdidos.
     Los jueces estudiaron los cambios en silencio. Sus calvas relucían cuando bajaban las cabezas y las llamas penetraban la penumbra de las gradas. Las manos delgadas y pecosas destellaban aún en la sombra en la que apenas se movían. Tol dejó que el silencio fuese el tranquilo guía de los viejos a través de aquellas tierras que jamás visitarían.
     -¿Con qué objeto?- preguntó uno de ellos.
     -La anexión de tierras, Señor. Los usurpadores tomaron las amplias regiones, dominaron a mi pueblo y lo expulsaron durante más de doscientos inviernos. Él último de ellos ha estado en el poder por casi cuarenta inviernos, y ha degradado lo que queda de mi pueblo con ritos de sangre y sacrificios, los ha sublimado con el miedo a dioses de venganza que él dice escuchar. Los ha mantenido en la ignorancia y alejado de todo contacto con el resto de los pueblos. Tendremos nuevas tierras bajo nuestro dominio, y llevaremos los beneficios de esta cultura que ustedes, hombres sabios del Norte, han aportado a la sabiduría del mundo.
     El viejo que había hablado se puso de pie, y el rollo cayó de sus rodillas con un sonido quebrado.
     -Desde hace mucho nos has traído planes y proyectos que hemos aprobado con reticencias. Tus viajes, las nuevas modalidades del ejército, las naves, las armas, han creado una imperdonable postergación en otras necesidades. Los pueblos con que hemos comerciado ya no nos visitan, porque te temen. Los habitantes de la periferia entran a la aldea y la saquean por las noches porque ya no les conviene nuestro comercio. Los terrenos del astillero se expanden,  los talleres de instrumentos de guerra proliferan por todas partes, y no dejas que los mercaderes participen. Has convertido a nuestra aldea en un pueblo de guerreros, y la inconformidad crece.
     Los otros asintieron con un movimiento de cabezas. Otro de los jueces tomó la palabra.
     -Tu ejército ha provocado desmanes y herido a nuestros propios hombres, mientras ibas a atrapar  tarpanes con tu hijo. Están enojados porque creen que los has traicionado.
     Tol iba a hablar, pero el juez levantó una mano para detenerlo cuando un ayudante se le acercó para hablarle al oído.
      -He recibido informes de que tres mujeres fueron violadas y encontradas muertas anoche. Dos de tus hombres fueron detenidos esta mañana.
     Pero Tol estaba enojado.
     -¿Quién se atrevió a detenerlos? ¿Acaso no soy yo la fuerza del orden?
     Los jueces se miraron.
     -Hemos formado un grupo de control fiel a nuestros criterios-dijo uno de ellos, y volvió a sentarse, con las manos enlazadas sobre el pecho, la mirada recta y fija en Tol.
     Lo han planeado todo desde antes que yo entrara, y me hicieron hablar para humillarme delante de Sigur.
     Tol sintió que ese día todo se terminaba: el viaje que había planeado por veinte inviernos.
     Sólo si me someto, si  mi obediencia es mayor que el resto de mi persona.
     -Estos son mis requerimientos, Señores.-Comenzó a decir, y sin esperar permiso, para terminar formalmente lo que de la misma forma había empezado.-Necesito tres naves más de las ya preparadas para llevar  a los hombres de mi hijo y a los tarpanes. Pido también autorización para ausentarme por un tiempo que no puedo determinar con certeza. Dejo todo esto a consideración de la honrada lucidez de quienes me escuchan.
     Esperó la sentencia. Miró a sus hombres, y ellos asintieron.
     -¡Denegada!-Fue el grito del vocero de los jueces.
     Los tambores resonaron por las grietas del suelo de tierra seca, anunciando el fin de la Asamblea. Pero Tol siguió hablando a pesar  que le estaba prohibido después de la sentencia.
     -¡Ustedes me cuidaron, pero no son mi pueblo…!
     Los ayudantes llamaron a los guardias, pero Tol no dejó de hablar, apoyando un brazo sobre los hombros de su hijo.
     -¡Él es lo único que me queda del viejo pueblo! Los dioses, si existen, saben que nunca me detuve ante nada, ni de nada he dudado. ¡Hombres, al ataque!
     Su grito de guerra fue tal que nunca se había vuelto a escuchar desde la competencia que él había ganado en ese lugar. Sus hombres corrieron a la entrada y empujaron a los guardias que habían empezado a llegar, cerraron la puerta otra vez y montaron para dispersarse en dirección del astillero, las caballerizas y el puerto.
     Los gritos de la gente llegaban de afuera, pero no entendían si a favor o en contra de ellos. Tol enfrentó a los viejos.
     -¡No voy a lastimarlos si me obedecen!
     Otros diez hombres entraban después de abrirse paso entre la multitud y derribar a los guardias. Las botas resonaron en las tablas. Los jueces se sentaron, pero los ayudantes fueron golpeados y atados.
     -La rebelión no te llevará más que al crimen-dijo uno de los viejos.
     Tol miró a Sigur y comenzó a reír.
     -¿Oíste eso, hijo? Son sabios ancianos que no saben nada. Todos los hombres de este pueblo somos piedras que hablan, nada más. Hablamos y no sabemos más que lo que una piedra puede escuchar. No hay manera de conocernos uno al otro. Somos bestias en un bosque oscuro, animales que se cazan entre sí. Hoy soy yo el cazador.
      Hizo atar a los jueces también, y se unió a su hijo que hablaba con los jefes de su gente.
     -Los refuerzos ya deben estar llegando-dijo Tol, y pronto escucharon el trote de los caballos que se acercaban, confundidos ahora entre los gritos y el polvo que envolvía el lugar en una nube que no lograba asentarse.
     -No confío en nadie. Debemos esperar a los que vienen de regreso antes de hacer alguna proclama.-Tol se separó de los otros para meditar con las manos a la espalda, dando vueltas entre las tribunas.
     -Ven-le dijo a Sigur.-¿Qué piensas?
     -No necesitas mi aprobación, padre. Es el pueblo en el que has vivido.
     -Rebelarse significa demasiado, hijo mío. No quiero mostrarme débil con los otros, pero aún dudo…
     Sigur lo miraba con frialdad, como desconfiando de que esa duda fuese cierta.
     -No confías en tu padre, Sigur.
     -Confío en mi padre a mi respecto, pero estoy aprendiendo a conocerte. Hice de tu recuerdo algo distinto a lo que veo ahora.
     Llegaron los refuerzos. Las botas volvieron a resonar alrededor de la fogata, avivada con el viento de cuerpos que iban de un sitio a otro, controlando a los rehenes, peleando contra los guardias, deteniendo a los del pueblo que querían entrar.
     -¡Todos están con usted, Señor!
     -¡Quieren proclamarlo…!
     -En el pueblo están preparando las armas y mandaron mensajeros a las aldeas vecinas. ¡Los incitan a rebelarse también!
     Los hombres le hablaban casi todos juntos, jadeando después de haber cabalgado hasta él.
     -Conocen bien a su padre-dijo uno a Sigur. -Saben que es el hombre más fiel y preparado del pueblo.
     -Ha trabajado con nosotros, y ascendido por méritos propios desde su llegada como un vagabundo, eso es lo que se escucha en las calles.
     -Señor, los jueces no se han dignado nunca a hablar con la gente. Es el momento de reemplazarlos.
     -Podría convertirse en el rey de todo el Norte si logra el apoyo de las aldeas.
     Tol los escuchaba sin ansiedad. Le parecía correcto no exacerbar sus ánimos.
     -Nuestro objetivo es el viaje al Sur.- Miró a Sigur y se sintió satisfecho de haber dejado en claro aquello.-Pero mientras preparamos las naves, vamos a ser los nuevos jefes de este pueblo. Voy a salir a hablar con ellos.
     Entonces todos se apartaron para dejarlo pasar, y se llevaron a los jueces.
     -Usaremos este lugar para instalarnos. Traigan comida y provisiones. Manden venir a los trabajadores del astillero y a los hombres de los establos. Mi hijo irá a entrenar a su gente.
     Sigur abrazó a su padre y salieron juntos. Las puertas se abrieron y un estallido de euforia entró con la luz de la tarde. Gorros, ramas y  telas floridas se alzaron hacia el cielo. El sol refulgió en los ojos de los hombres. Dejaron las puertas abiertas, mientras Sigur caminaba entre las filas de guerreros que contenían a la multitud. Gritos de júbilo se alternaban con frases de muerte para los jueces.
     -Sólo un gesto se necesita, mi Señor, para que estén en sus manos.
     Tol escuchó a su segundo al mando, y asintió mientras veía alejarse a su hijo. La luz  en la que se movía el polvo levantado hizo brillar las semillas y hojas que flotaban con la brisa. La tensión de momentos antes se había relajado, dejando una sensación de incertidumbre, calma pero creciente.
     -Lo esperan desde hace mucho, mi Señor. Han visto cómo los otros pueblos guerreaban y conquistaban mientras nosotros avanzábamos lentamente como ancianos, pensando nada más que en los mapas y el comercio. En usted ven la fuerza, y le otorgan su apoyo.
     Aún antes de pasar el umbral, la calidez de la hoguera se fundió en el vaho de los alientos de la gente. Junto con la ola de vítores y aplausos, el aroma de la tierra fundido al aroma del sudor se levantó como un viento que absorbiese todo lo que encontraba en su camino. Tol se sintió atrapado por ese olor a tierra y hombres, y tuvo miedo de respirar profundamente, como quien teme penetrar en el origen del mundo, en el caos original, que sin la certeza de los dioses era más desolador que nunca.
     Había llegado al círculo que sus hombres despejaron para que hablara, pero la multitud tardó en calmarse. Las mujeres le lanzaban hojas y  tallos verdes que tejían y guardaban para quemar  en las fiestas, mantas perfumadas con aceites. Los hombres llevaban mazas, lanzas y puñales. Objetos que parecían haber hecho por ociosidad y que de pronto tomaban significación hoy al aprecer quien podía ser depositario de su confianza, de los secretos anhelos rumiados en las noches. Deseos que la pesada paz del pueblo no toleraba, la inquieta ira que no sabían de dónde llegaba, como si la paz necesitara morir para tener significado nuevamente, desaparecer por un tiempo bajo el polvo y el barro levantado por la guerra.
     Pendientes de mis gestos. Pendientes de mi seño. Un movimiento de mis labios podría causar la muerte de un hombre. Un movimiento descuidado, sin intención, de mi entrecejo, y cien hombres por cada pliegue de mi frente morirán mañana.
     Pendientes de mis manos. Miran mis palmas como si vieran el porvenir. Sus cara, ávidas, con una mueca de extraña voracidad, parecen ver lo contrario a la vida que han llevado. Se enrojecen, se muerden los labios. Ven batallas y guerras. Los gestos de una mano hacen sucumbir a los pueblos.
     El pensamiento de un solo hombre, que se ha repetido hasta el cansancio en cada acto. Oído en las olas de una playa y su golpe contra las rocas, en el viento que cruza el mar, visto en los colores del cielo, manchas, pedazos de sol que han estallado en el fondo de la noche. El pensamiento de un único hombre tiene el tamaño del deseo de cientos. No es necesario que concuerden, que se trate del mismo objeto de ansiedad. Solamente que unos quepan en el otro, se acoplen como amantes.
     Mi búsqueda no es la de ellos, y aquí estoy, sin embargo, siendo su antes reprimido deseo de rebelión. Al fin expulsado y expuesto a la vista de todos, sin vergüenza, creciendo siempre ante la unidad que cientos de hombres van formando al plegarse, al sumar su puñado de ira al grito de los otros.
    Y un gesto de mis manos, el movimiento de una ceja, hará que se levanten con las armas en alto, y maten.
    
     Los clamores a las palabras de esa tarde, continuaron para apagarse lentamente hasta muy entrado el final del día. Tol y sus hombres regresaron al edificio cerrando las puertas. La luz de adentro era mayor que la de afuera.
     Las estrellas brillaban pálidamente, cubriendo al pueblo como un manto de luciérnagas enfermas. La gente se había sentado a esperar las decisiones que esa noche iban a tomarse dentro del recinto. Tol les había hablado de un nuevo mandato, de reformas en el sistema de comercio, trueque y navegación. Pero él sabía que esas reformas harían enfurecer a los mercaderes, y por eso necesitaba el apoyo de fuerzas más numerosas: los marinos y los trabajadores del astillero.
     Tol se sentó en el centro de la plataforma donde esa misma tarde había empezado su última presentación. Los hombres arrancaron las tablas de las gradas y formaron un círculo a su alrededor. Las tribunas altas, vacías, rotas las más bajas, el desorden de maderas astilladas en el piso, los restos de alimentos, armas y ropas que habían dejado los hombres al entrar, le daba un aspecto de agradable familiaridad a ese lugar tan lleno de recuerdos solemnes.
     La hoguera iluminaba el círculo de los nuevos jefes. Las palabras parecían encenderse con chispazos muy breves al tocar el aire enmohecido por el aliento de los que habían estado allí durante la tarde. El techo y la plataforma pendían sobre ellos, igual que la noche sobre los que aguardaban afuera.
     -Señor, debemos decidir qué hacer con los jueces-dijo el que estaba a la derecha de Tol.
     -Consejo-pidió él.
     Cada uno, empezando la ronda el que había preguntado, dio su opinión.
     -Hay que ejecutarlos.
     -Es necesario, para afirmar nuestra fuerza.
     -No estaría de acuerdo con eso, mi Señor, si no fuera por los mercaderes. Si ven debilidad, juntarán fuerzas para vencernos.
     Todos asintieron con las cabezas y las voces alzadas. Luego, se formaron conversaciones en pequeños grupos. Tol sabía que tenían razón. Pero pensaba en su hijo, y la sola idea de lo que opinaría lo apesadumbraba. Temeroso de sentirse rechazado por él, quería mostrarse ante Sigur como un hombre piadoso.
     Realmente hemos crecido. Soy yo un viejo y él un hombre, me pregunto. Todavía estamos en el pasado que no vivimos juntos. Me comporto como un padre que debe realizar el trabajo duro para proteger a su hijo del inclemente mundo de los hombres
     Un clamor llegó de afuera, las puertas retumbaron y se abrieron, las llamas se agitaron. Sigur  estaba entrando con su guardia. Todos se levantaron y Tol fue a recibirlo.
     -¿Cómo está tu gente?-le preguntó.
     -Bien, padre, han sabido de la revuelta y nos apoyarán. Están preparados para el entrenamiento de mañana. ¿Cuánto tardaremos en empezar el viaje?
     -Espera-dijo a Sigur, mientras se llevaba aparte a uno de sus guerreros.
     -Aguarden mis órdenes para la ejecución-le murmuró al oído.
     -Pero, Señor…
     -No te lo diré otra vez.
     El otro guardó silencio, y ambos regresaron junto a los demás. El olor de la noche estaba impregnado del aliento a comida rancia y a vino.
     -Hay mucho que arreglar antes de partir, Sigur, pero lo haremos mientras tu gente se prepara y alistamos los barcos.
     Uno de los jefes de Tol se tocaba la barba mientras escuchaba.
     -Señor-dijo, interrumpiendo con  timidez- me han traído mensajes del puerto. Hay un representante de los pescadores esperando audiencia para mañana.
     -Acabo de verlo mientras llegaba con otros dos portando sus arpones-agregó Sigur.
     -Dicen que quieren aclarar la situación con usted. Esperan ventajas y beneficios mayores de los que obtuvieron hasta ahora.
     Tol sonrió con desdén.
     -Aparecerán los pedidos por todas partes, buscarán beneficiarse a expensas nuestras.
     -Por eso debemos mostrarnos fuertes-dijo el guerrero al que Tol había hablado aparte.
     -Lo sé, pero también el silencio sirve para debilitar a los enemigos. Si no saben qué haremos, no sabrán cómo actuar.
     El hombre miró a Tol sólo un momento, y luego a Sigur, con la expresión de quien no logra penetrar en una zona de conflicto, curioso y todavía más inquieto que antes, sabiendo que de allí partirían las decisiones que lo involucraban también a él.
    Tol presentía que sus propios hombres desconfiaban de los que venían del norte. La actitud precavida que había tomado, antes tan seguro de sí mismo, los preocupaba. Desde la llegada del hijo, algo se había roto en la fuerza con que su jefe mandaba.
     Ellos esperan un nuevo gobierno y Sigur aguarda su viaje. Qué es lo que yo quiero, me pregunto. Por veinte inviernos alimenté los deseos y los desvelos de mis noches, y sin embargo, ahora dudo. Viajar, luchar por recuerdos de cosas que ya no existen. Si mi hijo escuchara estos pensamientos, me llamaría traidor. Si mi otro yo, el de hace mucho tiempo, me escuchase, haría que esta mano clavara un puñal en mi cuerpo.
     Tol se miró la mano derecha, en silencio. Los hombres, después de hablar entre ellos, se retiraron murmurando.
     -Padre, pronto amanecerá. Vamos a descansar. Mañana nos espera mucho trabajo.
     Tol padre tenía los ojos brillosos. Con la mano que se había estado observando, acarició la cara de Sigur. Tocó la oreja de su hijo, los párpados y la frente. Se acercó a su oído, y murmuró:
     -No dejes que olvide quiénes somos. Dame un golpe o todos los que sean necesarios para despertar mi memoria. Mi voluntad decaerá con los hechos que nos esperan, pero te encargarás de levantarla.
     Se escucharon los pasos del cambio de guardia junto a los postigos de la entrada, y los que dormían en las gradas se despertaron y bajaron.
     -Necesito tu voz, hijo, el color de tu pelo en mi recuerdo.
     Sigur iba a decir algo, pero su padre le dio la espalda, casi avergonzado, y se acostó cerca del fuego. No durmió. Pensaba, con los ojos abiertos y fijos en las llamas. Desvelado no tanto por lo que lo aguardaba, sino por lo que había dicho.
     No volveré a mostrarme débil.

*

Cuando llegó el verano, los días cortos desaparecieron. La nieve era nada más que granizo cubriendo las cabañas, formando goterones que se deslizaban por los techos. Luego, durante toda la noche persistían en su intento por no desaparecer, pero la mañana los derretía.
      Unos perros que lamían los charcos corrieron espantados cuando los caballos pasaron al trote. Tol y Sigur salieron hacia el puerto antes del amanecer.
     Los pescadores habían insistido tanto, que ya no era posible ignorarlos. Querían acompañarlo en su viaje, pero él estaba decidido a desplazarlos cuando llegara el momento de zarpar. No iba a llevar gente que no pelearía su guerra.
     Unos grupos se apartaron al paso de los tarpanes y de los jinetes. Mirando a Tol, quizá pensaran que había sido siempre un hombre inflexible, y sin embargo permitía que sus enemigos se manifestaran y crecieran en número. Muchos de los que lo apoyaron el día de la Asamblea, se habían unido a los mercaderes, que veían peligrar su comercio de pieles y aceites. Los pueblos de la periferia ya no se proveían con ellos, y se abastecían por su cuenta desde que Tol había eliminado las leyes de los jueces.
    Tol pensaba también en ellos, mientras veía el humo de las chimeneas y sentía el olor de la leche caliente brotando y diseminándose por el cielo de la Aldea. Cerca estaba el mar, azul, casi gris según las nubes reflejaran sus formas en las olas. El aroma del mar lo llamaba con más intensidad cada día, y esperaba que los barcos estuvieran listos por fin. Habían estado trabajando arduamente en el astillero, la construcción avanzaba con firmeza. Su anhelo, al ver a Sigur a su lado, se hizo más grande todavía.
     Los pescadores lo estaban esperando. Dos de ellos se acercaron a Tol con reverencias. Las manos callosas, con cicatrices de cuchillas y anzuelos, estrecharon las manos de los hombres del nuevo gobierno. Los pescadores eran hombres de pocas palabras, más afirmados en sus hoscos gestos que en la virtud de su aparente sumisión. Insistieron, tranquilos y porfiados, en sus pedidos.
     Tol desconfiaba de esa humildad. Sabía que eran capaces de traicionarlo.   
     -No he olvidado sus peticiones-dijo al que había hablado.
     Algunas barcas estaban zarpando, y las velas se desplegaron junto a las gaviotas que se habían posado en los mástiles. El sol ya había nacido con su esfera completa, y los cegaba. Tol parpadeó y cambió de lugar. El otro hizo otra reverencia y adoptó un nuevo sitio frente a él. Tenía la expresión del que desconfía sin disimular, pensando que Tol estaba haciendo tiempo para postergar una vez más sus promesas.
     -Señor, hace mucho tiempo que esperamos. Sabemos que todos se beneficiarán con el gran viaje, y no queremos quedarnos atrás.
     Otro que estaba al lado, tomó la palabra.
     -La Asamblea siempre nos ató de manos. Los mercaderes se enriquecían y nosotros seguíamos pobres. Creímos que usted sería distinto. Pero ha estado trabajando para gente extraña venida del Norte.
     Un murmullo recorrió al grupo. Nadie se había atrevido a hablarle así a Tol.  
     Sigur puso una mano sobre el hombro de su padre, lo había visto llevar una mano al cinto donde descansaba el puñal. Tol entonces levantó otra vez la mano. Los caballos se habían agitado, como si sintieran la tensión en esa clara mañana sin nubes.
     -Veo que mi silencio y mi precaución han sido mal interpretados. Por eso les diré mis planes para que estén tranquilos. El nuestro es un viaje de guerra. No llevaremos gente que no pelee. Cuando conquistemos, las siguientes naves irán para comerciar.
     -Pero cómo estaremos seguros de que volverá-dijo el otro, echando un fugaz mirada a Sigur.
     El desafío del hombre terminó por exasperarlo, y Tol se dio vuelta para hablar con sus hombres. Entonces uno se acercó y golpeó al que había hablado último, mientras otros amenazaban al resto de los pescadores con las lanzas en alto. Pero la voz del que se había sido golpeado, logró alzarse por encima de los gritos.
     -¡Él no volverá!-Y ya no pudo hablar porque le salía sangre de la boca.
     Tol se colocó otra vez el gorro de piel, murmuró algo al oído de su hijo, y montaron. Cabalgaron a paso lento, seguidos por los ojos de los pescadores que se habían quedado quietos y temblando en la bruma tardía y espesa.
   
      A medida que se adentraban en la Aldea, el bullicio de las carretas, los perros ladrando junto a los bueyes, los gritos de las mujeres pregonando mercancías, fueron despejando la bruma, abriéndola como un cuchillo de sonidos. Pasaron entre grupos de hombres con palas al hombro que iban a despejar la nieve de los caminos. Todos se paraban al verlos, dejándoles el paso libre, pero sin levantar la vista. Había hombres dormidos en las calles. Sigur reconoció a algunos de los suyos, que venían por las noches a buscar mujeres. Los hombres del pueblo habían comenzado a hastiarse de los intrusos que no trabajaban, comían de sus alimentos y abusaban de sus esposas e hijas.
     Uno de los hombres de Tol se acercó. Los tarpanes cabalgaron juntos.
     -Hay que hacer algo con los opositores, Señor.
     -Lo sé. Pronto daré mis órdenes.
     -Dicen que usted ya no es lo que era, Señor, que se ha puesto débil a causa de su hijo.
     -Hay cosas que puedes pedirle a un hombre, pero no a un padre. El momento llegará, no te preocupes.
     Se alejaron de la aldea hacia los campos del este, donde los guerreros de Tol entrenaban a los hombres de Sigur. La bruma era allí una capa blanca que se levantaba despacio, como si estuviese suspendida y atada con sogas al cielo. Los caballos corrían, los jinetes peleaban con lanzas. Algunos caían, volvían a montar y continuaban practicando. La escarcha formaba charcos quebradizos en la tundra.
     Tol mandó llamar al encargado del entrenamiento. El mensajero regresó con el hombre.
     -¿Cómo va todo?
     -Muy bien, Señor. Hace días que están preparados. El joven Sigur podrá hablarles de la capacidad de sus hombres.
     -Así es, padre. Si tardamos más en partir, la espera podría alterar su paciencia y su fuerza.
     Tol se alejó hacia uno grupo de cincuenta hombres que daban la espalda al sol, practicando con arcos y flechas. Los demás lo siguieron y desmontaron. La escarcha se quebraba con sus pasos. Hacía mucho frío esa mañana, pero los guerreros sudaban y tenían los torsos desnudos y el cabello suelto sobre los hombros. Los brazos rígidos sujetaban los arcos, y de pronto las flechas volaron. La luz del sol doraba las puntas con destellos deslumbrantes. Una bandada de cuervos se dispersó ante la lluvia de flechas, y algunos pájaros cayeron muertos.    
     -Señor-le dijo el jefe de arqueros.-Necesitamos material.
     -Lo tendrán.
     Tol apoyó una mano sobre su hombro. Era uno de los pocos hombres en quienes confiaba. Lo había conocido poco después de ganar la competencia, y lo había tomado como maestro para aprender lo que muchos en la aldea consideraban un arte inútil: la alquimia de la guerra. El hombre le había hablado de la capacidad combustible de la tierra, los aceites y el material  de las rocas. Habían practicado juntos en las afueras del pueblo, y todo esto se fundía en estas nuevas prácticas que ya no eran un sueño. Eran hombres reales los que mezclaban con sus manos los materiales que él preparó especialmente a pedido de Tol.
     -Allí está lo que imaginamos, amigo mío. La fuerza de la tierra descubierta por tu destreza-le dijo Tol.
     El otro se avergonzó y miró hacia el sur, de donde llegaba un estruendo de maderas golpeadas, cubriendo el zumbido de las flechas lanzadas por filas de veinte a treinta hombres. Varias columnas de humo rodeaban el festejo de muchos otros que saltaban con puñales en alto.
     -Son los que manejas las catapultas-le dijeron.
     -Y el olor…veo que ha funcionado el cebo.
     El aroma de la grasa quemada se dispersaba en el humo. Otros hombres comenzaron a correr por la tundra, hasta un montículo de tierra que la nueva arma había arrancado. Cuando vieron venir a Tol junto a los otros jefes, comenzaron a corregir el desorden.
     -Señor, vea el pozo que hemos dejado-dijo uno al acercarse, servicial y entusiasmado por lo que habían logrado luego de pruebas y fracasos.
   La tierra había sido arrancada.  El olor era más intenso en el fondo del pozo, del tamaño y la altura de tres o cuatro hombres..
     -Hemos mezclado los aceites con grasa, y las bolas de cebo deben dejarse descansar más tiempo antes de quemarlas, pero tienen más duración.
     Había una construcción rectangular, sostenida por delante por dos columnas de troncos, y en el centro por dos ruedas más grandes que los de una carreta. Unida al armazón, una larga serie de ramas enlazadas por sogas terminaba en un extremo con forma de recipiente hueco, como una olla grande. Algunos hombres tiraban de otras sogas atadas a las ramas, con más fuerza a medida que aumentaba la resistencia, tensionándola hasta que parecía que iban a ser arrancadas del soporte.
     -¡No la suelten todavía!-les gritaban algunos, mientras otros más traían bolas de cebo y las ponían en el extremo. Siempre con las ramas tensas, casi a punto de quebrarse, acercaron las antorchas. Apenas se veían las llamas en la opaca luminosidad de la mañana, entre la humareda y la neblina ya menos densa.
     Una llamarada surgió del cebo, que pronto comenzó a consumirse.
     -¡Fuego!-gritaron varios a la vez.
     -¡Cuidado, Señor!-dijeron lo que rodeaban a Tol, pero él sabía que estaban fuera de su alcance.
     Las manos soltaron las cuerdas y las ramas se desplegaron como un brazo que se cerraba sobre sí mismo. El ruido de un latigazo cortó el aire, las ramas agitaron la armazón de madera, que tembló sobre sus ruedas. La bola de fuego salió despedida, cruzando el cielo como un sol que avanzara sin noción del día o de la noche, dejando una corta estela de humo negro al pasar, que casi imperceptiblemente se extinguía un rato después.
     Ellos la vieron pasar pos encima de sus cabezas, sintieron el calor que despedía. Pero antes de que desapareciera del todo, la contemplaron con el mismo éxtasis que una estrella fugaz, hasta que cayó lejos en campo abierto, donde los tarpanes corrían, pero no hoy, porque todo el sitio había sido liberado para las prácticas. El estruendo repercutió por el campo de entrenamiento.
     Tol y los otros no pudieron dejar de estremecerse por un instante y correr, aunque ya estuviesen fuera del peligro. Por más que lo hubiese esperado, él no había pensado que el impacto sería tan grande, y recordó el estallido del volcán. Pensó en sí mismo como un dios: era él quien ahora había creado el fuego y la destrucción.
     Entonces buscó la aprobación en los rostros de los otros, y halló entusiasmo y asombro en todos, excepto en la cara de Sigur. Su hijo parecía mirar aquel pozo con temor, luego dirigir la vista atrás, como si esperase venir nuevas bolas de fuego pasando por encima de él, rodeándolo.
     Tol se dio cuenta que las manos de su hijo temblaban, pero la fuerza por contenerlas endurecía su cuerpo, erizaba el vello del cuello y hacía correr sudor por sus brazos. Tol estaba casi seguro que su hijo hubiese estado solo, se habría cubierto la cabeza con las manos y arrodillado en la tierra para ponerse a llorar.
     Como los demás también lo estaban mirando, Tol quiso distraerlos mandándolos a medir el tamaño del pozo. Se acercó a Sigur y tomó la cara de su hijo entre sus manos. La mandíbula estaba tensa, los dientes apretados y los labios fríos.
     -Sé lo que todo esto te recuerda-le dijo-. Pero piensa que el volcán y el brujo nos separaron. Nosotros seremos el volcán ahora. Consuélate con esta idea: somos el volcán.
     -¡Señor!-gritaron, de lejos. Apenas se veía la figura del que se acercaba torpemente, corriendo y tropezando en la tierra llena de montículos. Nubes de humo lo ocultaban por  momentos, y su voz se oía detrás de los gritos de los que seguían entrenando. Una lluvia de flechas pasó muy alto por encima del hombre, mientras unos pájaros solitarios se dispersaban.
     -¡Señor!
     La voz era más perentoria, con un sesgo de tragedia en el tono. -¡Hay revuelta y traición! ¡Los mercaderes tomaron el astillero y van a quemarlo!
     Los hombres se habían reunido alrededor del mensajero y esperaron las órdenes de Tol. Él sólo pensaba en sus naves.
     -¿Y los barcos?
     -Los que están en el agua mantienen nuestras fuerzas, Señor.
     El mensajero jadeaba y le dieron de beber. Pronto se olvidaron de él, cuando Tol ordenó buscar los caballos.
     -Que un grupo tome el pueblo, las caballerizas y el resto del puerto. Otro que vaya al edificio de la Asamblea. Nosotros iremos al astillero.
     -Iré a buscar refuerzos con mi gente, padre.
     Tol estuvo de acuerdo.

     Cabalgaron de regreso a trote rápido por el mismo camino de esa mañana, pero lleno de gente que iba y venía, mirando los grupos de guerreros y caballos, y al ver a Tol se apartaron con un respeto demasiado oficioso para ser sincero.
     -Esperan a ver quién gana para lamer sus pies-dijo Tol a su compañero.
     El viento le secaba el sudor que le había provocado el aire enrarecido en el campo de entrenamiento.
     -¿Atacaremos, Señor?-preguntó el otro.
     -Esperaremos a que ataquen ellos primero. Iremos en paz. Da la vuelta a la aldea y refuerza la entrada posterior.
     Mientras sus hombres se alejaban, comenzó a distinguir los contornos del astillero entre las nubes de humo de las chimeneas. La alta techumbre se alzaba por encima de todas las demás construcciones, recortada contra el fondo revuelto del cielo nublado y el mar. La última construcción del pueblo, donde eran creadas y expulsadas las naves que recorrerían el mundo. El único lugar que Tol había deseado realmente desde su llegada. Ni el poder completo sobre aquel pueblo y toda la región, ni las tierras que habría podido conquistar, tenían tanta importancia como esos huesos de madera que nacían del astillero. Mástiles y esqueletos, velas semejantes a alas, el vaivén de las olas y del viento rozando las plumas de las aves en el puerto.
     Sintió otra vez la transpiración que le había corrido por el cuerpo frente al calor del fuego. Las bolas de piedra del volcán lastimando a sus hijos e hiriendo la espalda de Zor. En la cara de Sigur había visto la cara del pasado. No eran ellos dos hombres, sino un niño y un padre muy joven que también tenía miedo, tanto, que no había encontrado mejor manera de huir que avanzar y matar. Pero sobre todo debía proteger a su propio padre con otra muerte menos indigna: ya que el viejo no podía matarse a sí mismo, su hijo lo haría por él. Y la sangre en las manos con las huellas de la lanza, y su grito largo, roto en pedazos cuando llegaron los cazadores, diciendo no podrán matarlo, está fuera de sus manos, aún podía escucharlo por encima de los cascos de los tarpanes. Aún le dolía la garganta al recordar, y le temblaban las manos como un niño asustado que busca la protección de su padre, que también está en medio del fuego y al que debe salvar para que a su vez lo salve a él. Padre e hijo eran uno solo, como hoy, mirando la cara de Sigur cubierta de terror. Y con la furia que esa cara hacía brotar en él, podría hacer que los barcos terminaran de construirse para zarpar hacia el Sur.
     Tol sudaba, pero la desesperación apenas podía entreverse en sus ojos, y él no dejaría que sus hombres, tiesos y esperando órdenes, a su vez temerosos por el futuro, viesen su debilidad. Todos miraban, en la entrada del astillero, cómo algunos hombres con largas casacas negras y cintos envolviendo la cintura y el torso, a las órdenes de los mercaderes, sacaban los cadáveres de los constructores de barcos. Los amontonaban junto a la entrada, ya había tal vez más de veinte, y continuaban sumándose.
     -Traición-dijo Tol.-Y sé quién fue.
     Los demás recordaron al hombre que había enfrentado a Sigur días atrás. Pero fue lo último que pensaron antes de ver las flechas que llegaban desde el astillero, y se refugiaron detrás de los depósitos de maderas y granos.
     -Ve a la Asamblea y trae refuerzos-ordenó Tol a su segundo ayudante.-Manda avisar a mi hijo que necesitamos de todos los hombres disponibles.
     Cuando el mensajero iba a partir, llegaron tres de sus hombres con un prisionero. Tol reconoció a uno de los mercaderes, y comenzó a golpearlo. El hombre se contrajo en el suelo como un perro con espasmos, y apenas logró gritar suavemente antes de escupir sangre. Tol volvió a levantarlo de las ropas finas, como las que los hombres de su profesión acostumbraban a usar: una camisola blanca de seda de gusanos, sucia por los aceites del astillero y con goterones de sangre. Hacía el intento de hablar, pero no podía. Tol buscó él mismo un cubo de agua y mojó la cara del mercader, que escupió sangre y dientes. Entonces habló con voz gangosa.
     -Maldito seas, extranjero.
     Luego levantó un brazo, señalando detrás de Tol. Cuando se dieron vuelta, vieron la columna de humo que nacía de la cubierta de un barco recién terminado y anclado junto al astillero.
      ¡El tiempo que se quema con las naves! Veinte inviernos y veranos puestos en cada tabla, soga y tela de los barcos. Mi sudor en esos barcos. Mi alma en ellos. ¡Ardo y todos arderán conmigo!
      ¡Padre, qué dolor tienen mis manos! Veo la sangre. Un padre es padre cuando cría a los hijos. Un hombre es esposo si cuida a su mujer. Y el fútil y cobarde esfuerzo se va con el fuego y el humo. Más me valía haber tomado las armas y ser vencido hace veinte inviernos, que esperar el mismo tiempo y verme así burlado.
     Soy lo que hice de mí. Soy mi propio dios, que juega conmigo y se ríe, que se matará a sí mismo exactamente cuando yo muera.
     Sacó un puñal, y lo clavó en el cuerpo del hombre a sus pies.
     -¡Ya está! Así van a acabar los demás.-Miró a su gente y dijo:- Quiero que formen un camino seguro a través de la aldea hasta el puerto. Usen todo lo que encuentren, destruyan las casas si es necesario. Vayan a buscar caballos y súbanlos a los otros barcos.
     El ruido de los que cabalgaban en su ayuda llegó a ellos.
     -¡Allí viene su hijo!
     Sigur se acercaba con jinetes y hombres a pie, armados con lanzas, arcos y flechas, hachas y mazos. Eran quizá más de cien guerreros. Tol cabalgó a su encuentro.
     -¡Bien, hijo! Dividan sus fuerzas en dos, y ataquen sólo con la primera columna cuando yo les diga. No tengan en cuenta a los constructores, ya deben estar  todos muertos.
     Sigur miró la nave que se quemaba.
     -No te preocupes-le dijo Tol.- Podremos lograrlo con las que nos quedan. Zarparemos después de tomar el astillero. ¡Este pueblo estará muerto desde hoy!
     Sigur nunca había visto esa ira en los ojos de su padre. Tol y su gente partieron hacia el astillero.
     Llegaron muy cerca de la entrada, pero los hombres que sacaban los cadáveres habían ya cerrado los postigos. Desde las aberturas del techo en declive comenzaron a atacarlos con flechas, pero ellos se protegieron con los escudos en una formación que él les había enseñado, un círculo cerrado que avanzaba como el caparazón de una tortuga.
     Las fuerzas de los mercaderes parecían limitarse a la que mostraban, y la única amenaza verdadera era la destrucción de las naves. Las flechas sólo se detenían el tiempo necesario para volver a preparar los arcos, y recomenzaba. Tol y sus hombres seguían avanzando muy despacio, protegidos por la coraza de escudos que los cubría por arriba y los costados. Las flechas se rompían o se desviaban contra ella. Algunos tarpanes eran heridos en los flancos, pero no lo suficiente para detenerlos o sacarlos de las filas.
     Ellos no atacaron todavía, sólo se acercaron lentamente al edificio. Casi era mediodía cuando las flechas comenzaron a hacerse menos frecuentes. Entonces Tol se asomó por detrás del escudo. El sol le daba pleno sobre el rostro sereno, un poco pálido desde hacía un tiempo, de barca corta y entrecana. Levantó un brazo, y poco después se oyeron los pasos de los hombres que llegaban desde la gran playa abierta junto al puerto.
     Montículos de tablas, restos de paredes y cabañas ocupaban el enorme espacio en que sus hombres habían comenzado a hachar y destruir. Pero en medio se habían formado dos filas que cargaban un tronco de árbol en hombros, y se acercaban al astillero.
     Las flechas se detuvieron definitivamente. Las cabezas de algunos mercaderes se asomaron por las aberturas del techo, brillando los cabellos rubios con el sol intenso que sucede al despejarse las nubes, al acabarse la lluvia y levantarse la niebla.
     El caparazón de escudos se dividió en dos, sus formas se alteraron y volvieron a moldearse. Eran ahora dos tortugas más pequeñas.
     -¡Ataquen!-fue el grito de Tol.
     Los hombres que cargaban el tronco avanzaron más rápido, casi corrían cuando pasaron entre ellos. Un nuevo grito de júbilo se oyó de pronto, claro como un estallido de olas contra un muelle: el tronco había destruido las puertas del astillero, y una gran oscuridad salió de la boca de la entrada.
     Los fragmentos golpearon los escudos y asustaron a los tarpanes.  Los dos grupos rompieron su formación y se alinearon con las lanzas apuntando adelante y los escudos frente al pecho. Pero los guerreros transpiraban. El cuero seco y cubierto de pátinas de aceite endurecido se calentaba fácilmente bajo el sol, y los antebrazos parecían estar metidos en hogueras tras esos escudos.
     La sombra del interior se fue diluyendo, y vieron los esqueletos de los barcos. Por los andamios que colgaban de los mástiles, los mercaderes intentaron escapar hacia las salidas en el techo, pero las flechas de los que esperaban afuera los detuvieron. Y sus cuerpos cayeron uno a uno en un espacio abierto entre las plataformas, entre los hombres y los caballos de Tol.
     Los guerreros rebeldes huían por atrás. Cuando salieron tras ellos, los vieron arrojarse al mar y nadar, mientras las maderas en llamas del barco caían alrededor. Los vieron gritar, alzar los brazos entre el fuego que flotaba sobre las aguas, para luego desaparecer.
    
     -Ejecuten a los jueces-ordenó.
     Dejó un grupo cuidando el astillero, y fue a ver el camino que sus hombres construían a través de la ciudad.
     Desde el puerto se abría un ancho sendero protegido a los lados por  tablas clavadas como estacas, arrancadas de las cabañas de los alrededores. Los dueños se lamentaban de rodillas, llorando junto a los restos de sus casas, pero al ver a Tol se alejaban corriendo. Otros se atrevieron a seguirlo, agarrados a las crines del caballo y las ropas de Tol, rogando que no les hiciera daño. Él seguía avanzando y los ignoraba.
     -¡Saqueen las casas de los mercaderes!-dijo a sus hombres, y éstos cabalgaron al sector de los comercios, destruyeron almacenes y depósitos, y tomaron provisiones para los barcos.
     El largo camino, al final del día, era tan extenso que llegaba hasta los establos alejados del pueblo, atravesando incluso el edificio de la Asamblea. Los caballos habían escapado por las puertas abiertas por los saqueadores, entre las tablas de las gradas también arrancadas, y se unieron a los otros que llegaban desde los establos, y muchos más que venían de los campos.
     Los animales corrían en dirección al puerto. Pero pronto fueron tantos que se habían convertido en un viento fuerte y arrasador que levantaba polvo y arena y tierra atravesando el pueblo. El tronar de los cascos llamaba la atención de los que vivían más alejados y se acercaban a observar el paso de cientos de tarpanes corriendo hacia el puerto.
     Y cuando los últimos comenzaron a atravesar el centro de la aldea, rezagados, brillando su pelaje con el sudor y las motas de polvo y arena que volaban bajo el sol, apareció, detrás y a pie, denso y oscuro, el ejército de Sigur.
     Avanzaban lentamente, casi con aparente desgano, tal vez cansados pero con la mente renovada por la cercanía del mar, llevando sus pertenencias envueltas en mantas y pieles sobre las espaldas, o atados a los trineos que arrastraban sobre la tierra ya libre de nieve pero aún endurecida. Una multitud de perros los acompañaba, corriendo alrededor y precediéndolos con ladridos. Los niños saltaban excitados luego de la larga y quieta espera a la que habían sido obligados. Se adelantaban a sus padres que encabezaban la caravana, pero las madres iban a buscarlos para llevarlos atrás otra vez, porque veían o presentían el peligro allá adelante.
     Tol se había parado a la puerta de la Asamblea, desde donde miraba pasar a los caballos atentamente, como si pudiese distinguirlos uno por uno.
     -Algunas hembras están preñadas, no podremos llevarlas, sobre todo ahora que tenemos un barco menos. Y espero que seis naves sean suficientes, porque no dejaremos nada detrás.
     Su ayudante sabía que esas palabras significaban más de lo que decían.
     -No dejaremos nada en pie-repitió Tol, en voz un poco más baja, mirando al pueblo, como si hablase consigo mismo más que para los demás. Después, envolvió la punta de una lanza con telas encebadas en aceite de pescado robado de los almacenes del puerto, y la encendió con una antorcha.  Sin desmontar, la llevó lo más que pudo hacia arriba y atrás, y la arrojó con fuerza hacia el edificio.
     La lanza encendida entró por una de las ventanas, y al principio nada sucedió, pero pronto el humo y las llamas crecieron hasta salir por la puerta principal y el techo. Todos contemplaron cómo la construcción se iba convirtiendo en una sola hoguera de madera crepitante, deshaciéndose y derrumbándose. Anochecía, y la luz del fuego resaltaba bajo un cielo limpio, azul oscuro, más desolador aún que el fuego que se elevaba hacia él. Un estruendo marcó la caída del edificio, pero las llamas siguieron consumiendo los restos.
     -Lo mismo harán con la aldea-ordenó Tol, y se adelantó a cualquier posible resquemor, porque sabía que ellos habían nacido allí.-El que se niegue, se quedará, abandonado y entre las ruinas.
     Ninguno se atrevió a mirarlo a la cara. Recogieron las antorchas apagadas, las envolvieron en cebo, y pasaron, uno tras otro, en una larga fila, junto al fuego. Cuando todas estuvieron encendidas, se dispersaron por el pueblo.
     Tol los vio cabalgar hasta las puertas de las cabañas todavía en pie, derribar las puertas y arrojar las antorchas. Los habitantes salían gritando, y se quedaban parados lejos, viendo desaparecer sus casas entre el humo que subía al cielo oscurecido.
     La noche fue ocultando las movedizas sombras de los incendiarios. La noticia de lo que estaban haciendo corrió más rápido que ellos, y cuando la gente escuchaba los cascos de los caballos, huían de sus casas para refugiarse en el puerto y las playas cercanas. 
     -¡Fuego!-gritaban las mujeres.
      Los niños lloraban prendidos a sus faldas. Los hombres sacaban de sus casas todo lo que podían antes de que los hombres llegaran. Entonces el retumbar de los jinetes se aproximaba y los precedía antes de que pudieran verse tras el humo que llegaba del resto del pueblo. Llevaban el fuego en el extremo de sus brazos, y el mismo fuego parecía cabalgar sobre caballos briosos que sólo los guerreros podían domar.
     Muchos en la aldea habían contado la historia de cómo Tol se salvó de las llamas en un vieja competencia, y que la fogata, alimentada con el cuerpo de su contrincante,  había subido hasta él para luminar todo el interior de la Asamblea. Como si el fuego hubiese sido creado especialmente para él. Por eso ahora se decían que lo entregaba a sus hombres de mano en mano, para formar la fogata más grande que alguna vez hubiese visto esa región. Y la gente quería salvarse huyendo hacia el mar, donde Tol tenía sus barcos preparados. Irían a rogarle a ese dios del fuego que se apiadase de ellos y los llevase consigo.
     Tol y los suyos cabalgaron de regreso a la costa. En el puerto, tuvieron que abrirse paso apartando a golpes a la gente. El incendio de la aldea iluminaba la noche, sin casi distinguirse del día que lo había precedido. Un halo blanco, con destellos rojos, relampagueante, se elevaba por encima del pueblo como la mitad de una enorme esfera.
     El tarpán de Tol se asustó, y se puso a corcovear entre las sacudidas de la gente y de sus hombres, entre la confusión y las peleas por huir, por hablar con él, entre los llantos de las mujeres que se tiraban frente a los caballos con sus niños en brazos.  

     Debía ser medianoche. La guardia los esperaba junto a la gente de Sigur. Pero su hijo no estaba allí.
     Las estrellas lucían como pálidos puntos por encima de las llamas. El fuego se reflejaba en el agua, y hasta los barcos parecían quemarse con el reflejo del fuego sobre el mar.
     -¡Mojen las cubiertas y mantengan las velas arriadas!-ordenó, sin quitar la vista enfurecida de la nave perdida.
     Durante toda la noche vio arder la aldea. Los caballos habían empezado a subir a los barcos. Los hombres abordaban con las armas nuevas, troncos, catapultas, cientos de bolsas con cebo y vasijas de aceite, bolsas con polvos y granos, toneles de agua y comida. Subían cargados y regresaban en busca de más provisiones, tirando de cuerdas que arrastraban toneles y troncos.
     No hubo descanso para nadie en toda la noche. Y al amanecer, mientras el sol poco a poco se iba haciendo más fuerte que el fuego entre las cenizas del pueblo, algunos comenzaron a despertar del leve sueño en el que finalmente se habían sumido cerca de la madrugada.
     Él también se había adormecido un poco en la cubierta de uno de los barcos, pero se lavó la cara y ordenó a sus ayudantes que trajeran informes sobre el alistamiento.
     -¡Zarparemos esta mañana!-gritó desde cubierta a los hombres que se habían reunido a esperar órdenes.
     Entonces se distribuyeron por el puerto y la playa para abordar las otras naves, rechazando a la gente del pueblo que quería subir. Tol había ordenado que quien pasase la guardia, debía ser muerto, y no hubo manera de que alguien se acercase a él, ni los gritos de súplica, ni los rezos, fueron suficientes. Pero no podía dejar de ver la expresión de los que se quedaban, sus caras tristes, los gestos desesperados. Los miraba apoyado en la baranda, contemplando los intentos de la gente por vencer a los guardias y arrojarse al mar para nadar hasta los barcos.
     Un viento se levantó, de pronto, y él se frotó la cara para quitarse el olor que llegaba desde el puerto. Ese aroma que él había tenido en sus manos durante mucho tiempo. Podía ver a los pescadores con los puños en alto, dirigidos hacia él. Veía a las mujeres arrodilladas con las cabezas cubiertas y golpeando el suelo con ira.
     Pero Tol necesitaba estar en silencio. Porque la palabra equivalía al riesgo de deshacer todo  en un instante, las estructuras de madera que lo separaban del bullicio furibundo y lo transportaban al pasado que extrañaba. Hablar o pronunciar palabras de justificación era como apiadarse del mundo.
     Giró la cabeza a barlovento. Alineadas junto al suyo, estaban las otras naves, con la proa apuntando a mar abierto. Los cascos se balanceaban plácidamente. Las velas estaban siendo desplegadas, los remos preparados. Los hombres subían a los mástiles, atando cabos y sogas. Órdenes en gritos se escuchaban a lo largo de cubiertas, llevadas por  el viento que corría entre las velas y las combaba. Los relinchos de los tarpanes surgían desde los fondos bajo cubierta, con un olor a pelo húmedo que se mezclaba con el aroma  del mar. 
     Vio un movimiento de masas en la playa, un conjunto casi homogéneo en su diversidad de ropas y caras, que se iba desplazando hasta dejar un claro en el que entraban otros hombres desde las ruinas de la aldea, por el camino recién abierto. Sigur llegaba finalmente al final de su ejército y su gente, que seguía abordando con exasperada lentitud. Pero nadie de la aldea se acercaba a su hijo. Algunos se apartaban  tapándose la cara con  las manos, pero no por miedo, porque no temblaban. No era el temor que lo profesaban a Tol, sino un respeto que iba más allá del aspecto de ese hombre de cabello rojo, hombre de fuego que venía del Norte, sino de las historias que habían llegado con él. Pero también la vestimenta colaboraba, tan blanca como una mancha de nieve en medio del verano, una blanca luna grande y limpia en los cielos del equinoccio de primavera.
     Sigur se había vestido con la piel del oso, y caminaba llevando de las riendas al tarpán de pelo rojo.
     Mi hijo, una luna en plena mañana, y el sol que la sigue. La luna que se va lentamente, acongojada pero orgullosa de su triunfo. El sol que viene a serenar los espíritus del caos nocturno en que se sumen los instintos. Uno al otro se arrastran y empujan, se encrespan y se enlazan, cargando uno al otro, inseparables y siempre enemistados.
     Sigur había arribado al puente que conducía al barco. Desde lejos, la gente ya no intentaba abordar y se había quedado quieta y callada mientras lo veían subir. Los cascos del tarpán retumbaban en las tablas. Unos gritos airosos de mujeres se escucharon en el silencio que todos los hombres habían hecho. Tol estaba orgulloso de ser su padre, y sin embargo algo lo perturbaba. El fuego seguía llameando en algunas cabañas, pero eran más las columnas de humo surgiendo de las brazas. Sigur parecía haber surgido de las ruinas con ese hermoso caballo, sobreviviendo a la destrucción creada por su padre. Y eso era como recriminarle su acción.
     Su hijo estaba ahora frente a él, mirándolo con sus bellos ojos claros y el pelo sobresaliendo por debajo del gorro blanco. La piel de oso le cubría los hombros, pero por delante una serie de lazos le cruzaban el pecho, y en la cintura, un cinto de piel de cabra.
     -¿Cómo has dormido, padre?
     No esperaba la ironía de su hijo, apenas el rencor que ya había aceptado. Pero tras él estaba el paisaje de la desolación, y no podía negar que fuese obra suya. No iba a responderle, sin embargo.
     Sigur lo siguió mirando, insistiendo en una respuesta.
     Decir sí o no era recordar la noche y el desvelo, el derrumbe de las casas, era lo mismo que reconocer la impotencia del sueño frente al remordimiento que había intentado hacer callar escuchando el crepitar del fuego. Tol endureció la expresión de su cara. No iba a ceder, ni siquiera con su hijo, esta vez.
     Entonces oyó otra voz. Sigur le estaba hablando, lo veía mover los labios, pero no era la voz de su hijo. Llegaba de otra parte, muy lejana, porque era tenue y dulce, sobre todo desolada y triste.
     Los labios de su hijo dejaron de moverse, pero la voz continuaba. Era una especie de viento que hubiese atravesado una distancia más grande que el mundo conocido. Débil y agotada, quizá, pero cuya ternura no se había perdido tampoco con la aspereza del tiempo o la distancia.
     Una ráfaga cruzó la cubierta del barco y combó las velas. Los hombres dieron gritos de alerta. Luego, el viento se detuvo. Tol había visto agitarse los pelos de oso con ese viento, pero  continuaban balanceándose aún cuando ya había pasado y el aire estaba quieto, pesado y vacío. Un calor intenso había cubierto el barco y todo el puerto.
     Sigur miraba a su padre con la misma dócil y a la vez juzgadora expresión.  Algunos pájaros cruzaron el cielo. Las velas estaban inmóviles, como muertas.
     Tol escuchó otra vez la voz, más fuerte esta vez, que llegaba del cuerpo de Sigur. Y de pronto supo que se equivocaba. No venía del interior de su hijo, ni siquiera de la boca, sino de la piel de oso. Los pelos se mecían continuamente a pesar de la ausencia del viento. Su hijo no siquiera movía un dedo de la mano frente al pecho.
     Entonces Tol observó mejor, y vio que el movimiento del pelaje formaba figuras. Primero dos círculos, luego un tercero, más alargado, como una boca.
     Era una cara. Y le estaba hablando.
     La voz era un canto de mujer. Nacía de la piel que abrigaba a Sigur.
     Tol recordó la voz que creía haber olvidado después de tantos años.
     La voz de Sila cantaba, arrullando a su hijo. Mucho antes que el mundo y sus tragedias los arrastrase. Cuando Tol era aún joven y confiaba en la felicidad que la vida le traería.
     La voz de Sila era un arrullo que hacía dormir. La cálida, suave voz que lo había acariciado al casarse, la que besó su barba en el lecho en que durmieron por primera vez. El aliento condensándose en gotas sobre los labios abiertos.
     Ella le hablaba, y parecía obligarlo a dormirse. Pero él no deseaba el sueño ni sus pesadillas.
     -¡No hables!-dijo Tol, lo más bajo posible para que los demás no lo oyeran. Contuvo el dolor que de pronto le comprimió el pecho, y se sujetó a los brazos de Sigur, que lo miraba casi indiferente y frío.
     -Pero si no te estoy hablando, padre.
     Tol no lo escuchó. La voz de Sila crecía y agitaba las velas. Era ahora sí un viento que hizo volar los gorros y las sogas de los mástiles. Un viento que secó el sudor de la mañana en las espaldas de los hombres.
     El canto sin palabras se había hecho alto y agudo, casi un grito por instantes, y se estaba desbordando del barco hacia las aguas.
     -¡No hables más!-gritó Tol, y su cara se frunció dolorosa y con más pena que terror.
     Se sostenía del brazo de su hijo, mirando el mar. El eco de la voz se alejaba, dispersándose por  toda la costa de lo que quedaba de la Aldea del Norte. El canto de Sila, su estridente llanto, parecía un conjunto de mujeres en pena llorando desde antes del principio del tiempo, porque el tono de congoja era más pesado que lo que arrastra el tiempo, era inconsolable.
     Pero las voces llegaban también de la playa, y unas a otras se unían hasta comenzar a ascender hacia las nubes, separadas por aquel viento extraño que los sonidos producían.
     La luz de la mañana se había hecho blanca, brillaba y refulgía en la superficie de las velas y los cascos de los barcos, golpeados por las olas acrecidas por el viento.
     Las columnas de humo del pueblo se habían inclinado en dirección al mar, como pilares que se doblaban sin derrumbarse, sosteniendo el cielo que parecía estar cayendo sobre todos ellos.
     El canto de Sila dominaba tierra, mar y cielo, cubriendo las cosas del mundo como una sustancia penetrante que se petrificaba al secarse.
     Y entonces el canto se hizo tan intenso y rígido, que se hundió en el mar, como una inmensa piedra nacida en el aire.
         



























   

Las naves están partiendo. Las olas golpeando el duro casco de madera. La espuma salta y se acumula en la cubierta. Desaparece al filtrarse al fondo, o se seca dejando una baba de sal que carcome el maderamen. Las algas crecen, forman un espectro verde oscuro, suave a las caricias de los hombres. Las manos callosas ya casi no sienten. Cierran los ojos y acarician el musgo, como si tocasen los senos de una mujer seca, ya no joven, pero una mujer al fin.
     Cierran los párpados y ven el cuerpo bajo sus cuerpos. El barco es una gran hembra que pueden acariciar en cada resquicio. El viento les limpia la cara de sudor, despeja los cabellos de la frente, y sienten la mano del sol que los toca con dedos y uñas rotas. Pero es el sol, después de todo.
      Es el mar donde el tiempo puede ser perdonado, porque es piadoso, porque no parece transcurrir. Donde aún el viento pasa y desaparece, y vuelve a rozarlos sin premeditación, sin la idea del día o la noche como tiempos que se suceden para no regresar. Hoy también puede ser mañana, y no hay pena ni prisa en eso. No existe la angustia de la noche que llega, de la oscuridad sin fondo en que se hunde el barco, del abismo con que el cielo envuelve al mar.
      El mar es entonces un cómplice de los hombres que navegan en las frágiles naves. Mece los barcos como si fuesen cunas donde los niños duermen o sueñan con ojos abiertos. Los hombres se dejan llevar, y miran al cielo.
     El ruido de los remos, subiendo y bajando. El sonido del agua en los oídos, el sabor de la sal en la boca, la áspera sal que raspa la frente quemada por el sol. Y la piel existe, el cuerpo vive, y los hombres saben que podrían morir en ese instante, sin lamentarse. Son una parte del mundo que ha venido a buscarlos. Los elementos frágiles que moldean las formas del mundo. Abren los ojos y ven las nubes que lentamente van creciendo. Blancas, luego más oscuras hasta hacerse negras, inmensas, uniéndose unas a otras igual que monstruos sin cara venidos desde más allá del mar. Del confín del mundo donde el mundo se pierde y cae en lo desconocido, quizá en la nada. Relámpagos, y los mástiles se balancean con el impulso del viento más fuerte.
     Han ordenado arriar las velas. Los remos trabajan con menos fuerzas. El mar está encrespado. Las olas altas invaden la cubierta. Pero aún no ha oscurecido. Es media tarde. La niebla se levanta de la superficie, envolviendo a los barcos. La claridad opaca se transforma en perdidas formas sin contornos. Gaviotas pasan, raudas, ciegas, y chocan con los mástiles. Caen a cubierta y los hombres las guardan como reservas. Alguien enciende una antorcha y avanza con ella muy cerca de las velas. Le gritan que la apague si no quiere incendiar el barco.
     La tormenta se ha detenido. El mar está calmo. La niebla pesa sobre las aguas. Hace mucho calor. Los hombres traspiran y esperan. Saben que la tempestad llegará. Piensan en los que caerán por la borda, en si las naves podrán resistir.
      A medianoche, cuando ya nada puede verse más que la lámpara de aceite del vigía en la altura del palo mayor, como una estrella solitaria, el viento aumenta de pronto. Un tronar continuo los estremece desde un tiempo antes. Los relámpagos los alumbran, y sus caras parecen pálidas aunque no lo estén, parecen tensas aunque quieran fingir que no es así. Los estallidos del cielo desnudan el alma de los hombres.
     Llueve muy fuerte. Las velas, por más que han sido recogidas, se embeben de agua y chorrean como cascadas. Uno, dos rayos seguidos estallan, lejos, y las olas golpean, castigan con ferocidad. Se escuchan órdenes a gritos de un extremo al otro de las naves. Señales de los faroles de una a otra, cortadas por la lluvia y los relámpagos. El barco se tambalea de costado. A sotavento, la tormenta arrecia peligrosamente. Están inclinados, y el agua se acumula a barlovento. Varios se encargan de sacarla con cubos, pero saben que es un trabajar inútil. El fondo se ha inundado, dicen algunos.
     Un mástil cae a cubierta. El quiebre de la madera ha sonado apagado por el viento. Corren a mirar. Hay dos, tal vez más cuerpos bajo el mástil. Casi no se ve en la oscuridad que los faroles no logran dominar. Se apagan constantemente. Deberán, entonces, soportar la noche y la tormenta como ciegos. Sólo guiados por la intermitencia de los relámpagos. Pero éstos son menos frecuentes. La lluvia es lo peor, azota sin piedad. Y el viento no cede.
     Los hombres saben que muchos han caído al agua, pero no los ven. Oyen sus gritos al perderse entre la espuma de las grandes olas. La tenue blancura los arrastra como una nube de polvo de huesos. Ellos saben que los muertos brillan en la noche, que los huesos sudan, y el fluido en que se convierten los cuerpos flota en las aguas como aceite con brillo propio.
     Sin embargo, deberán resistir hasta la mañana.
     Y al amanecer, no hay rastros de tormenta. Las seis naves han sobrevivido, aunque una ha quedado inclinada, y otras con los mástiles caídos.
     De barco en barco llegan informes de los daños a través de las señales de luces de los vigías o de hombres que recorren la distancia en botes. Veinte hombres han desaparecido. Mástiles y velas deberán ser reconstruidos y confeccionadas otra vez. Los caballos están enfermos, pero se recuperan. Las provisiones de la nave más averiada se han inundado. A la distancia, desde el primer barco, ven cómo el último tira al mar los deshechos. Desde las otras naves, han comenzado a arrojar también algunos cuerpos.
     El sol es intenso, y quema. No hace frío. Unos cosen velas rotas, otros martillean, otros reman. Las naves, una detrás de otra, navegan sobre aguas calmas, azules, bajo un cielo sin nubes. Tras ellas, como la cola de un animal cansado, el último barco avanza pesadamente, inclinado a barlovento. Puede verse a sus hombres caminar con cautela, mientras siguen sacando agua durante todo el día. Esperan que el sol seque las cubiertas. Un olor a podredumbre, dulce y agrio a la vez, gira alrededor de las naves. El olor del agua de lluvia en los deshechos, en las telas arruinadas, en los cadáveres que flotan alrededor y se alejan  muy lentamente.
     El calor, sin embargo, lo irá transformando, y el viento, que en la tarde va a llegar, traerá el aroma de siempre, el aroma de la sal.
     Y ese día y el siguiente fueron parecidos a los que siguieron. Un verano tormentoso. Un otoño más plácido, y al comienzo del invierno, el frío se asentó en las cubiertas. La escarcha se trizó con un sonido semejante al graznido de los cuervos. La madera de los cascos crujió como a punto de quebrarse.
     Hubo hambre entre los hombres, y algunos caballos morían cada mañana. Una epidemia tomó una de las naves y muchos hombres y animales murieron. El barco fue aislado al final de la flota.
     Pero un día se oyó un grito desde el mástil del vigía, que se repitió en las seis naves.
     -¡Tierra!
     La mirada de los hombres se llenó de luz.

*

Había visto los barcos desde dos días antes, cuando eran sólo dos puntos negros en la línea que separaba el mar del cielo. En las noches, especialmente, llegaba a verse una muy tenue luz titilando, como una estrella caída luchando por no hundirse.
     Después, dos días más tarde, cuando esa mañana Cesius salió de su refugio entre las rocas de la playa, ya no vio dos puntos negros, sino barcos cuyas velas se combaban con el viento, refulgentes a pesar de las hilachas de los bordes y la suciedad que las cubría. El movimiento de los remos los hacía balancearse como el avanzar de una oruga. Eran pequeños barcos todavía a la distancia, pero detrás de los primeros aparecieron otros puntos, rezagados. Tres, tal vez, o más si prestaba mayor atención. Quizá fueran las sombras de las olas en contraste con el brillo intenso del sol sobre el agua.
     Sin embargo, de los primeros no tuvo dudas. Se sentó sobre las rocas para limpiar y cortar los pescados que sus redes atraparon esa mañana. Cada vez que se adentraba en el mar, sus ojos se perdían en la contemplación de las naves, que parecían tan quietas y serenas, que eran casi una respuesta a lo que había estado soñando aquellos últimos tiempos.
     Desde que la muerte de su padre y de su hermano, de la huída de Britan, a él solamente le restaba esconderse. No sabía cuánto iba a durar esa vida, pero no lo inquietaba demasiado pensar que así viviría siempre. Mientras el nuevo jefe del pueblo no lo buscara, él lograría sobrevivir si lo dejaban en paz. No serían diferentes sus días a los que ya llevaba, solo, apartado de los suyos, componiendo cantos que recitaba para su soledad, para la luna que a veces decidía acompañarlo en noches desveladas. Palabras para las voces del agua, del río o de aquel lugar en que le tocase vivir. Palabras para el techo que lo cubría, las piedras, la tierra o las ramas de su refugio. Para los peces que lo alimentaban, el aire y el viento que refrescaba el sudor nocturno. Únicamente el pensar y hablar consigo mismo lo consolaba.
     Desde hacía mucho tiempo que no valían nada las explicaciones que había dado a la disconformidad de sus hermanos por su voluntario aislamiento. Ellos lo habían invitado a formar parte del destino del pueblo. Su padre, el hombre que hablaba con los dioses, sin embargo nunca le recriminó aquello. Lo dejó irse, conocedor de las aptitudes que había demostrado desde que era un niño, cuando se levantaba en medio de la noche y corría desnudo entre los árboles, llamando a la luna su madre y a las nubes su ropa. Telas desgarradas que quería tomar extendiendo los brazos, trepando los árboles, para arrancarlas del cielo y protegerse del frío. Cada mañana iban a buscarlo para bajarlo de las ramas en las que se había quedado dormido, los brazos y las piernas colgando, la cabeza y el cuerpo apoyados en la corteza.
     Al crecer, esa búsqueda se transformó en fiebre y desaliento. Sus pasos eran más pesados y lentos, una frase incierta y sin sentido brotaba de sus labios. El sudor le corría por el cuerpo y se secaba contra los troncos en los que buscaba paz al ímpetu de su sexo. Ya no despertaba, agotado, en la rama de un árbol, sino que seguía dormido cuando Britan llegaba a buscarlo. Cesius murmuraba entonces las mismas frases entrecortadas que esa noche había pronunciado sin interrupción, como una ola creciente de palabras que eran una fuerza en sí mismas, pidiendo destruir el bosque con la intensidad de su significado, para transformarlo en cielo. Hacer llegar las nubes, o espantarlas como se patean las piedras sueltas. Convertir el mundo a su voluntad por una noche. Vivir en otro lugar que no fuese éste, el anterior al día que los demás se apropiarían de la tierra y vendrían con las sogas de la razón.
     Pero los inviernos atenuaron la inconsistente miríada de fuerzas contrapuestas que lo atormentaban, luchando por su cuerpo como si fuese presa de espíritus superiores. Ya no corría desnudo por el bosque, sino cubierto de livianas telas que las viejas del pueblo le tejían con finas hebras de hojas de ciruelos, caminando descalzo sobre la hiedra, si aguardar a que la luna saliese. Él la llamaba con sus cantos, los mismos que no surgían espontáneamente, sino pensados y retenidos en la memoria durante todo el día. El sol o la lluvia parecían dictarles aquellas palabras, y él las adornaba con otras que realzaran la belleza de esos intentos que el mundo cotidiano fallaba en transmitir. Él era el instrumento, la voz que daba un orden al caos del mundo.
     Por eso Reynod, su padre, lo había dejado en paz. Porque sabiendo de su aptitud, parecía descansar a veces en su hijo menor. Lo que de pureza tenía aún su vieja voluntad, la triste inocencia de las voces de los dioses que escuchaba, del origen más remoto de ellas, persistía en Cesius. No eran voces entonces, eran palabras de belleza teñidas de melancolía. Las palabras de los dioses que su padre había logrado transmitir al pueblo con fuerza brutal, como una orden sin asomo de piedad, eran cantos en la voz de Cesius.
     Él lo sabía. Pero desde la muerte de su padre, los cantos, las epopeyas que creaba y se iban acumulando en la memoria, fueron convirtiéndose en oscuros presagios. Los cantos eran bellos, pero tristes. Inmensos, aunque acababan en frases sin sentido. Largos cantos que terminaban matándose a sí mismos, y sin embargo, no podía borrarlos de su memoria.
     Cargando las redes en sus hombros, de espaldas al mar, las palabras llegaban con las olas y se impregnaban en la arena. Y él las leía, pronunciándolas en voz alta. El agua le hablaba de barcos, naves que él había decidido ignorar, pero al volver la vista allí seguían, un poco más grandes, resistentes no sólo a la fuerza del mar, sino a la fragilidad de la memoria, a la débil resistencia de la vista de un simple hombre. El ruido de las olas le daba ritmo al canto de las naves.
     Pero Cesius veía más que eso, alcanzaba a ver otras aguas y una barcaza cuya sombra no distinguía del todo, y lo perturbaba. La imagen de la barca era lo más importante en este día de verano, mientras dejaba caer las redes y los pescados en la playa. Las manos callosas, de vello oscuro en el dorso de los dedos. De piel dorada, oscurecida por el sol. El cuerpo encorvado, las piernas flexionadas, los tobillos apoyados en la arena caliente. Las manos abriendo las entrañas de los pescados, con el sol cayendo sobre su espalda. La vista a veces se alzaba hacia las aguas, vigilando el lento crecer de las naves con el correr de la tarde, al mismo ritmo con que la luz decrecía y el frío arreciaba. Entonces las pequeñas luces lejanas se convertían en estrellas fuertes reflejadas por el mar.
     Cinco barcos, y otro aún lejano en la distancia.
     En la noche, arrojó agua a la fogata. La ceniza se levantó con una nube de humo hasta hacerse nada más que una grisácea capa que se confundía en la oscuridad. Más allá, la frontera del oeste y del norte estaba siempre alumbrada por guardias con antorchas, día y noche, frente a los peligros que de allí podrían llegar. La forma en que Zaid gobernaba era distinta a la del brujo. Reynod los había hecho migrar de región en región, como una manada de hombres que no aceptaba nuevos adeptos ni disidencias. Eran un pueblo cerrado pero sin barreras ni cercos, inmutables en su número, en la pureza de las castas que lo formaban.
     Pero el pueblo de Zaid era un lugar con barreras de fuego y agua. Límites siempre alumbrados por destellos. Hasta el cielo formaba también una barrera de nubes negras. Hacia fuera irradiaba luminosidad, pero adentro una creciente negritud crecía. Él podía verlo desde su refugio, desde las rocas golpeadas por las olas. El valle, lejos, parecía hundirse en el fango que el lago iba formando en su incesante avance.
     En esta noche de estrellas sin luna, Cesius miró hacia el mar, y vio las luces de los barcos, que de a poco comenzaban a virar hacia donde él estaba, tal vez evitando acercarse a las playas iluminadas. Decidió esperarlos. El aire era tibio. Cerca de la orilla, la brisa le trajo gotas de las olas que rompían allí cerca, al alcance de sus manos. Sólo alcanzaba a distinguir la blancura de la espuma, más allá de la cual las luces de los barcos iban aumentando. Eran ya seis naves claramente visibles, a gran distancia una de otra. Sobre la cubierta de la más cercana se veía el movimiento de los hombres, pequeños como hormigas. Puntos desplazándose bajo y sobre los mástiles y travesaños, como hormigas en las ramas del barco. Eran árboles flotantes que llegaban de desconocidas tierras.
     Estuvo observándolos durante toda la noche. Vio cómo bajaban los botes y los hombres descendían con gritos contenidos y órdenes casi susurradas que él no pudo oír. Las lámparas habían sido apagadas a las mínimas necesarias. A pesar de estar tan cerca, lucían lejanas como luciérnagas suspendidas a pocos pies sobre el mar, o semejantes a esos peces cuyos cuerpos brillan al saltar en la noche con la luz de la luna.
     El amanecer comenzaba. La bruma se había asentado sobre el agua, pero las figuras pálidas de las lámparas se abrían paso en la neblina, balanceándose en los botes. Las pequeñas barcas se mecían con las olas de la rompiente. Las primeras fueron surgiendo, naciendo desde la masa informe de la niebla. Puntos de luz débil que se convirtieron en hombres y remos, hombres y madera. Voces de hombres que temblaban en las gargantas roncas de humedad y cansancio.
     Cuando el primer bote pasó la rompiente, quedó encallado en la arena. Era ya casi de día, pero la bruma ocultaba a los tripulantes. Sólo uno podía distinguirse con cierta claridad, una figura alta, de anchas espaldas, cubierto de pieles oscuras. En una mano llevaba una antorcha levantada. En la otra, una lanza. Pero Cesius no vio su cara. Dos botes más llegaron después, y serían diez los que encallarían a lo largo de la mañana. Una bandada de cigueñas cruzó el cielo en busca de alimento, pero la extraña actividad de ese día las hizo seguir de largo sin detenerse.
     El hombre que había bajado primero hundió los pies en la arena húmeda, y se acercó acompañado por otros hacia donde él estaba, pero no parecían haberlo visto. Dirigían la vista hacia la playa y las rocas.
     Cesius no se atrevió a llamarlos. A pesar de su peculiar mansedumbre y su falta de desconfianza ante los hombres, éstos que ahora llegaban del mar le indujeron temor. La bruma se iba abriendo mientras caminaban, desgarrándose en volutas de vapor blanco y pesado, dejando gotas de sudor en la cara. Podía ver los rostros cubiertos de transpiración, que se limpiaban con el dorso de las manos. Sus figuras grises, con puntas de lanzas y escudos frente al pecho, aparecieron a escasos pies de Cesius. Entonces ya no supo evadirlos, aunque hubiese querido o tenido tiempo para decidir si eran buenos o malos por su aspecto. Ahora que ya estaban delante de él, vio al principal, que llevaba un casco hecho con pezuñas de bisonte, y en el rostro una amarga mirada de cansancio.
     -¿Eres del pueblo?-le preguntó el extraño no sólo en su misma lengua, sino con el idéntico acento de su gente. Los otros, detrás, cambiaban miradas, con las armas en actitud vigilante.
     Cesius creyó percibir un gesto desconfiado en la voz del principal, ronca y desgastada. Bajo los ojos había unas manchas negras, quizá luego de muchos días sin dormir. Miró los pies, hinchados y ulcerados.
     -Sí-contestó.-Pero no vivo con los demás. La playa es mi hogar.
     -¿Por qué?-volvió a preguntar el otro.
     -Porque así lo deseo-dijo, y tomó una postura arrogante, extraña en él, que delataba su miedo. Quiso creer que el hombre, ya algo viejo, no tenía tanta fuerza como demostraba su estatura.
     -¡Tu nombre!
     -Cesius.
     -¿De qué familia?
     -¿Quién lo pregunta?-se defendió.
     El otro pareció cansarse de aquel juego, y con un ademán hizo que sus hombres lo apresaran. Mientras dos lo estaban sujetando de los brazos, Cesius sintió el olor de pescados rancios, de suciedad acumulada en su pelo largo y ensortijado. Quién sabía cuánto tiempo habían estado navegando, o cuánto que no comían o bebían.
     El principal se sacó el casco, y sus cabellos entrecanos cayeron sobre los hombros. Su rostro era recio, firme en los contornos. La cabeza se irguió, orgullosa, y los labios se abrieron. Un hilo de sangre corrió por las costras de los labios.
     -Tol, hijo de Zor el Cazador. Si algo te han enseñado, sabrás de quién estoy hablando.
     Cesius había escuchado de aquella familia por boca de su padre, que habló de su desobediencia, de cómo el viejo Zor se había rebelado a sus leyes, para luego ser expulsado del pueblo. Pero sobre todo sabía lo que él mismo conoció: la llegada de Zaid.
     -Si vienes a ver a tu hijo, acá no lo encontrarás. Dónde él esté, yo debo huir.
     La mirada de Tol abandonó el débil ensueño en que parecían haberse sumido por un momento. Por primera vez lo vio abrir los ojos realmente, como si no hubiese despertado desde que había salido del barco. Ojos de color marrón claro, pálidas órbitas blancas que contrastaban como nubes dentro de un tornado de tierra negra.
     -¿De qué estás hablando?
     -Tu hijo Zaid es el jefe de nuestro pueblo, un tirano que no permite el entierro de los muertos.
     Miró hacia el oeste, como si pudiese ver más allá de las rocas que ocultaban el valle. Hizo una señal con la cabeza, pidiendo que lo soltaran. Tol accedió. Entonces Cesius caminó hasta la roca más alta, y lo siguieron.
     El viento arrastraba las nubes que se esparcían sobre el mar y el valle. El sudor de los rostros se fue secando, y los hombres hicieron gestos de alivio frente al viento fresco. Todas las miradas se dirigieron hacia el valle. Cesius señaló la mancha negra que cubría la mitad sur.
     -El lago los está invadiendo, y cada noche crece un poco más. Mira las nubes.-Su mirada se alzó hacia la masa oscura en el cielo.-Estamos en verano, pero las nubes nunca se apartan.
     Tol seguía sin comprender la causa ni la relación de Zaid con todo esto. De pronto, sintió un escozor en las piernas, y tuvo que sentarse. Los otros lo ayudaron, atando antes a Cesius. Más hombres que subían por las rocas. Uno se acercó a socorrer a Tol. Era de cabellos rojos, que caían enredados sobre la espalda. Vestía una piel más fina que Tol, una piel que alguna vez había sido blanca.
     -¡Padre!
     Tol levantó la mirada e hizo que Sigur se arrodillara junto a él. Lo tomó de un brazo, temblando. Su cara se había transformado en una expectante expresión de ansiedad. Las bolsas bajo los ojos desaparecieron, y se restregó la cara y la barba al hablar.
     -Tu hermano está aquí-dijo, repitiendo la frase varias veces, como si quisiera convencerse a sí  mismo.-Debemos hablar con él, ya no es necesario luchar. Zaid es el jefe del pueblo.
     Sigur hizo un gesto de confusión  ante el cambio de planes. Miró al que habían apresado y pidió explicaciones.
     -Tu hijo es un tirano-dijo Cesius, sereno, sin odio en la voz, mientras Tol lo observaba con recelo.
     -De eso no tengo miedo-dijo Tol.
     Sigur lo miraba rencorosamente, pero el viejo parecía respirar admiración tras la palidez de sus ojos.
     -Yo lo he sido, y tu también. No digas que arrastraste a todos tus hombres sólo por voluntad de ellos. Si tus actos no te hacen un tirano, lo hacen tus palabras.
     Sigur bajó la mirada.
     -Necesitamos órdenes-dijo uno de los hombres.
     -Formen una barricada en este borde del valle, con guardia permanente. Después, construyan un muelle para bajar los cadáveres y los hombres.-Tol respiró profundo y tomó aliento.-¡Y por todos los dioses que no han querido ayudarnos, busquen comida y agua!
     Los hombres se fueron, y unos pocos se quedaron con ellos.
     -¿Dónde está Reynod?-preguntó Sigur.
     -Mi padre ha muerto el otoño pasado.
     Cesius notó cómo los otros se miraban, sorprendidos.
     -No se preocupen por mí, conozco el odio entre nuestras familias, y no lo comparto. Mi padre me crió diferente a mis hermanos. Yo no hablo de resentimientos, sino de cantos. Mi familia se ha deshecho, ya lo ven. Quedo yo solamente, y mi fuerza es una voz tan frágil como este la brisa del mar.
     -Está mintiendo-dijo Tol a Sigur.-Zaid no puede ser lo que él dice. Si es el jefe, lo logró por sus méritos. Recuerda que debe haber sufrido tanto o más que nosotros.
     Pero Sigur parecía querer más explicaciones. Se apartó de su padre y fue hasta Cesius. Le dio un golpe en el costado.
     -¡Estás mintiendo! ¡¿Cómo puede mi hermano ser un tirano?!
     Cesius mantuvo silencio mientras se recuperaba. Vomitó sangre y luego habló.
     -Cada uno es uno y muchos. A veces, ni siquiera elegimos cuál de nuestras caras prevalecerá con el tiempo.
     Padre e hijo se miraron. El viento se había llevado la niebla, y los barcos surgieron entonces como grandes montañas acostadas sobre el mar. Las proas, balanceadas por las olas, tenían maderas rotas. Algunos mástiles se apoyaban en los otros o sobre la borda, y las velas colgaban rotas de los travesaños. Unas columnas de humo se elevaban de las cubiertas, y un hormiguero de hombres iba de un sitio a otro ocupados en sus tareas. Pero en sus movimientos se veía el mismo cansancio, el desgano que estaba en los que habían desembarcado.
     Varios botes más comenzaron a ser bajados al agua. Los hombres descendían por las cuerdas con fardos de herramientas y armas, y avanzaban lentamente hacia la costa. Primero fueron diez, luego quizá cuarenta o cincuenta que traían una veintena de hombres cada uno. Y desde los barcos continuaron descendiendo durante todo ese día.
     Cesius vio desde lo alto del acantilado a los botes que llegaban y a los hombres que descendían para agruparse en torno a sus jefes. Tol siguió con la mirada aquel proceso, ya recuperado del dolor en sus piernas. Un hombre le estaba curando las llagas de los pies.
     -Este aire lo mejorará, Señor, es más seco. La arena es limpia.
     -Lo sé, amigo mío-contestó Tol, apoyándose en los hombros del otro, sin que sus ojos perdiesen movimiento de lo que pasaba en la playa.
      Sigur permanecía apartado y cabizbajo, ensimismado en pensamientos tristes. Tenía su mano sana bajo la piel de oso, delante del pecho. Jugaba, quizá, con algo que escondía. Entonces sacó la mano con dos plumas negras. Cesius, sentado en el suelo y libre ahora de ataduras pero con la mirada de los guardias fija en él, observaba a Sigur jugar con las plumas entre sus dedos. No supo decirse si algo murmuraban los labios al moverse, porque no pudo escucharlos. Pero sí estuvo seguro de haberlos visto soplar las plumas y besarlas, acariciando sus propias mejillas con ellas, y luego volvió a guardarlas bajo su abrigo. Parecía no importarle que alguien lo estuviese viendo. A Cesius le provocó curiosidad el hecho de ver a un hombre de esas características mostrando tal sensibilidad. Había imaginado que los recién llegados eran fuertes, de endurecidas almas, cuyos brazos habían sido hechos sólo para cargar lanzas y empuñar puñales.
     Dejaron de prestarle atención durante el resto de aquel día, salvo para ofrecerle alimentos que él rechazó. Desde el acantilado, vio a los hombres desnudarse y bañarse en el mar. Sus cuerpos estaban delgados: los huesos de los hombros se asomaban como puntas de mástiles y los tobillos como extremos de muñones enfermos. Los jefes favorecían a los más fuertes, dándoles de comer primero. Al mediodía, los cazadores regresaron con no pocas piezas, sobre las que todos se abalanzaron sin esperar a que se cociesen al fuego. Después, el entusiasmo por la comida mermó. El hambre había sido satisfecha, y una lánguida pesadez los adormeció, aún a los jefes y al mismo Tol. Había comido y bebido agua dulce, se había deshecho de sus ropas sucias, para recostarse al sol de la tarde, cuya tibia calidez era diferente a la de mar adentro.

     Cinco días tardaron en construir los muelles. Más de doscientos hombres habían tomado la playa. Casi la mitad mantenía la guardia frente al valle, y Cesius pudo escuchar los informes que le traían a Tol. A pesar de que no se escondían, la gente del pueblo no parecía haberlos visto, dijeron los mensajeros. Sólo los fuegos nocturnos eran más numerosos, y nunca se apagaban. Era como si presintieran su presencia, la barrera que rodeaba al valle del que no podrían salir. No porque ellos se lo impidiesen, sino por algo que tal vez los empujaba más que la presencia de los recién llegados. Quizá fuese ese lago junto al centro del valle, esas olas de espuma gris que brillaban con la luz de la luna. Pero los guardias habían visto que la luna nunca alumbraba más allá de la medianoche. Las nubes se iban haciendo más densas, casi impenetrables a todo rayo de luz. Únicamente las mañanas se teñían de un color naranja, en un tenue cambio de la habitual crudeza de su aspecto.
     -Es extraño que Zaid no haya mandado representantes-dijo Tol al escucharlos.
     -Trama algo-le dijo Cesius.-La mujer que trajo con él y los muertos del lago son parte de su plan.
     -¡Calla!
     -Cuando estés preparado, te llevaré a ver el valle, a escuchar las voces de la gente y las caras en la penumbra. Cada uno de nosotros lleva dos muertos en el rostro. El nuestro y el que nos ha tocado llevar en vida. ¡Si oyeras las voces de los muertos en el agua, las olas con sonidos como gritos! ¡Y a lo lejos, apenas perceptibles, en el centro justo del lago, está la barca!
     -¡Calla!
     -¡…la barca!
     Tol lo golpeó varias veces. Los guardias rodearon a Cesius, pero nada había que pudiera hacer él para levantarse o amenazarlos. Sólo las palabras que no podía pronunciar, y que sin embargo parecían estar escritas en la cara amoratada.

    
     Al décimo quinto día, los barcos se acercaron a los muelles terminados, que se adentraban en el mar como dos grandes manos para sujetar a los barcos. Muchos hombres más bajaron entonces. Los que estaban enfermos eran cargados en tablas o restos de velas rotas. Una larga fila de mujeres los siguió, llevando cada una de la mano varios niños.
     Luego, casi antes del crepúsculo, aparecieron los caballos. El estruendo de los cascos sobre los muelles repercutió por toda la playa. Se levantaron nubes de arena que empalidecieron el ya oscuro azul del cielo estival. Los hombres los guiaban con golpes de látigos para hacerlos formar en dos columnas que ocupaban todo el ancho de los muelles. Al llegar a la playa, se reunieron en manadas entre los acantilados.
     Cesius nunca había visto animales como esos, pero su extraña belleza, los colores del pelaje tras el polvo, y sobre todo los tonos de la luz crepuscular en los lomos, lo hicieron salir de la tienda y quedarse parado allí, en el borde de las rocas, para contemplarlos.
     Los barcos iban desapareciendo en una sombra que llegaba del mar y hundía en ocres tonos las luces de las lámparas de aceite que acompañaban el desembarco de los tarpanes. De pronto, vio un animal de pelo rojo, con crines largas y revueltas. Parecía levemente más alto que los otros, aunque la robustez del cuerpo y de las patas lo asemejaba al resto. El caballo corría junto a los demás a lo largo del muelle. Los pilares temblaban más que al principio. Algunos hombres gritaron órdenes para detener el paso. Los gritos se perdieron en el estruendo general, y la arena apenas dejaba ver los movimientos de los brazos señalando hacia dónde había que guiarlos..
     Las naves se balanceaban más que antes con la marea, aliviadas por el peso que los había ocupado hasta entonces. El caballo rojo fue de los últimos en salir. Iban más despacio, quizá más cansado. Las gotas de sudor no podían ocultarse ni aún bajo la polvareda y la arena. Brillaban bajo la luz movediza de las lámparas que se balanceaban colgadas a los lados del muelle.
     El sol, oculto en la mitad de su esfera, formaba un largo camino sobre las aguas, casi tocando la playa. Los últimos calores hicieron sudar a los caballos, pero la brisa del mar corría como un hálito de aire fresco a lo largo de la costa. El mismo viento que golpeaba la cara de Cesius era el que pasaba sus manos ásperas sobre el lomo del tarpán. Y fue entonces que creyó sentir que el animal lo estaba mirando.
     Al principio fue la duda, después la certeza de que sobre él, entre tantos hombres, el caballo había fijado la mirada. El tarpán comenzó a cabalgar un poco más sereno, sin inquietarse cuando los otros caballos lo golpeaban al pasar. Ni siquiera los látigos le llamaban la atención. Venía derecho hacia él, todavía muy lejos, pero como si buscase un camino más corto entre la multitud. Al pie de los acantilados, un mar de nubes precedía al verdadero mar, y abriéndose paso entre ellas, el tarpán cabalgaba con sus crines rojas agitadas por la brisa.
    Pero un caballo y un jinete se interpusieron en el camino, y un lazo le rodeó el cuello. Cesius no pudo distinguir quién era, luego vio el gorro blanco y la cabellera roja del hombre. Se dio vuelta y vio que lo habían dejado solo. Sigur debió haber bajado del acantilado durante la tarde, para ayudar en el descenso de hombres y caballos, y era él quien ahora intentaba atrapar al animal. Y sin saber por qué razón, si jamás había tenido algo propio ni se había aferrado a cosas en toda su vida, Cesius sintió que le arrebataban algo.
     Nada de los que los recién llegados traían le interesaba, ni ansiaba poseer las grandes naves, ni las armas o las mujeres que había visto descender de los barcos. No quería siquiera la destreza que demostraban construyendo muelles y organizando todos aquellos preparativos. Los sabía más inteligentes y avanzados, no cabía duda. Pero ese caballo era distinto. No se trataba de la necesidad de ser su dueño, ni de la satisfacción de verlo cada mañana pastando frente a su choza y esperándolo para que lo llevase a cabalgar. Tuvo la sensación de que si perdía de vista a ese caballo, la idea misma del futuro, la imprescindible seguridad de que mañana, o dos días o un invierno después, él desaparecería. Y eso lo hizo sentirse como al borde de un abismo. La inquietud se transformó en un cosquilleo recorriéndole el cuerpo, el corazón agitado y la frente mojada. Entonces ya no pudo quedarse allí, y del acantilado por la bajada más cercana.
     Corriendo y tropezando, logró llegar a la playa. Algunas mujeres le interrumpieron el paso. Cuando salió del sendero entre las rocas, las manadas se habían hecho más densas de lo que parecían desde arriba. Alcanzaba a ver, sin embargo, a Sigur cabalgando junto al caballo rojo, que lo obedecía, pero el animal daba vuelta la cabeza y estaba mirando a Cesius. Tres hombres se acercaron a Sigur para ayudarlo con la manada.
     Cesius hizo fuerza para abrirse paso entre los flancos de los tarpanes. Avanzaba con lentitud hacia el caballo que Sigur estaba llevando hacia el centro de la playa. La marea había subido y quedaba muy poco espacio libre. Cuando finalmente alcanzó a encontrarse con ellos, recién entonces recordó a los guardias que no había visto y debieron haberlo seguido desde que comenzó a bajar. Pero ya no importaba. El tarpán se agitó, se desprendió del lazo y comenzó a correr hacia él. Estaban uno frente al otro, mirándose. El animal sudaba, contrastando su brillo con la opaca arena que lo cubría. Cesius levantó los brazos y los pasó alrededor del cuello del tarpán, apoyando la cabeza sobre el hocico.
     Los demás los observaron con asombro. Los otros animales seguían pasando, pero los hombres detuvieron su tarea para mirar aquello que no comprendían.
     -¡Señor!-le dijo uno a Sigur.-¡Su caballo!
     Sigur no contestó. Cesius había escuchado, y en sus ojos estaba reflejado el miedo. Si el caballo era del hijo de Tol, jamás lo obtendría.
     -¿Cómo es que conoces a este animal?
     Entonces no tuvo más alternativa que decir la verdad, aunque mentir habría sido menos absurdo en este caso.
     -No lo conozco-respondió. Tuvo que gritar para seguir hablando. Aunque el tumulto de los trotes iba menguando, el bullicio de la gente se había acrecentado por el hambre. Las fogatas comenzaron a ser encendidas, y los niños lloraban alrededor. Lo que empezó a decir no tenía sentido, como jamás lo tuvieron sus cantos nocturnos.
     -Eres dueño de lo que no posees. Ves el sol, y no lo tienes. Pero el sol se cría en tu piel y tus entrañas. Comes sol, escupes sol, porque está en tu cuerpo. Tocas la hierba que comes, pero en realidad saboreas tus propios labios. El sol en tu lengua, la lengua que se come a sí misma y mastica las entrañas de tu ser. Eres dueño de todo si está en tu cuerpo, pero no eres dueño de nada al final del día. Debes devolverlo, así como devuelves los cuerpos a la tierra.
     Una fogata se había encendido junto a la tienda de Tol. Cesius seguía acariciando al animal mientras hablaba.
     -Aunque no conozcas algo, lo sabes porque está en el cuerpo. La sangre es la misma aquí y en los confines del mundo. Y la sangre habla. La sangre es el tiempo. Sin tiempo no hay sangre ni muerte. Las tres son una misma cosa, vidas independientes que se alimentan una de la otra. Sangre. Muerte. Tiempo. Verdugos de la razón y la cordura. No hablo de paz, porque no importa. Sólo interesa, como una balsa en un río o en el mar, el saber. El conocimiento que nos salva, que retrasa la mordida del tiempo que nos aturde con la idea de lo que no puede poseerse. Eso es lo que quiero decir. Nada tenemos y lo tenemos, sin embargo, en el cuerpo, riéndose de nosotros. Mirándonos desde dentro con una odiosa sonrisa. Tan pequeño que no podemos atraparlo, tan fuerte que puede destruirnos. Esto es lo que quiero explicar. Al fin lo he encontrado. El porvenir.
     Acarició al caballo, ya sereno y sumiso. Sigur hizo un gesto de hastío, quizá de desilusión. El caballo nunca se había mostrado tan obediente y entregado como esta vez, ni siquiera al atraparlo en las tierras del Norte.
     -¡Que se lo lleve!-ordenó, y se fue cabalgando rápido y sin mirar atrás, hacia donde lo esperaba su padre.

*

Retiró la mano del cuerpo de su padre. El viejo había dejado de respirar. Acercó la cara al los labios. Ni un suave aliento que delatase vida. Sólo el olor de la vejez. La piel oscurecida. La barba entre las arrugas de la cara, pliegues que fueron marcando el aspecto de la enfermedad que lo había consumido.
     Si el viejo se había mantenido en pie hasta poco tiempo antes, si iba al campo de batalla, en la retaguardia, a observar los resultados, si aún se mantenía atento, a pesar del dolor en los oídos, durante las reuniones para definir estrategias, era por la fuerza de su voluntad inquebrantable, firme, y más dura que nunca. Únicamente, se dijo Aristid, por ver cómo los rebeldes resistían después de las primeras derrotas. Batallas perdidas o suspendidas por razones que no comprendían. Enfrentaban enemigos diferentes. Muerto uno, aparecía otro que era más extraño aún. Y bajo la forma de la familiaridad, con el rostro de una familia amiga, había llegado un nuevo hombre para algo que ellos no lograban entender. Sólo vieron en Zaid una nueva estrategia de la tiranía. El viejo artesano sabía que lo importante era luchar, pero había dejado de ver a la gente, de oír los llantos por los no enterrados. Dejó de oler el aroma de los cadáveres desde el lago. Si así no lo hubiese hecho, no habría tenido voluntad para continuar peleando.
     Y ahora se lo llevaban. El mismo olor que habían intentado siempre mantener alejado con fuegos e incienso, crecía en el lecho donde reposaba el cuerpo. Echó más leña al fuego, y la luz aumentó espantando las sombras que las mismas llamas provocaban entre las ropas y los cabellos del viejo. Buscó especias y granos entre los fardos apoyados contra la pared, para arrojarlos también a las llamas. Un aroma intenso inundó el lugar. Tan fuerte, que parecía ser una burla, una imitación del olor de la muerte. Aristid buscó aceites, y los esparció sobre el cuerpo. El olor se hizo más dulce. Pero al acercarse otra vez al rostro de su padre, abrió la boca del viejo, y sintió el inconfundible perfume del vacío, como gritos apagados en la boca oscura.
     Por eso arrancó brutalmente las mantas y cubrió con ellas todo el cuerpo y la cara, con rápida furia, sin cuidarse de los ritos que los demás, mirándolo, parecían estar reprochándole no cumplir. Se detuvo un momento, buscando algo que no encontraba alrededor. Se le acercaron y le tocaron un hombro. Los miró, y sus puños, sujetando las mantas, se aflojaron. Se llevó las manos a la cara, y olió el mismo aroma que nada lograba hacer desaparecer. Entonces abandonó a su padre al cuidado de los otros, y salió.
     Era de noche. Sus hombres pasaban cargando cuerpos y armas. Las vidas de su pueblo se habían trastocado en una atenta mirada continua hacia el lago suspendido del cielo. Mientras más días transcurrían, los rebeldes atrapados en la emboscada iban muriendo sin poder hacer nada más que resistir. Ni siquiera luchaban. Reynod había muerto, el hijo mayor había muerto también, y los otros dos habían desaparecido. Y el hombre que debía ser su aliado, era su enemigo.
     Padre, si te vas ahora, no podré hallar la solución. No se qué hacer, padre. Ese olor me vence. Ni siquiera tengo deseos de luchar, porque el enemigo no tiene cara. Tiene, sí, el rostro de un amigo que no es fiel. Y no se puede matar esa cara, porque sería como matarme. No lo conozco y sin embargo es nieto de tu mejor amigo. Es nuestra sangre, padre, y eso no puede matarse. En él reconozco una fuerza que me está consumiendo sin haberlo visto o tocado. Es ese olor que está en mis manos, y a veces huelo también en las noches que no logro el sueño. La imagen de Zaid lo invade todo. Los aromas que lo siguen y rodean, la oscuridad del lago y el cielo a su alrededor. Quiero entrar allí, padre, porque estás entrando. Es un lugar sereno, lo sé. La entrada es la cara sin nariz, consumida por el fango.
     Las rodillas de Aristid se habían hundido en el barro. Se levantó al ver una luz que avanzaba con rapidez hacia él, balanceándose en la penumbra como una luciérnaga que volase en círculos, creciendo hasta alumbrar la cara del mensajero.
     -¡Señor!-dijo la voz del joven sin barba, delgado y bajo. Poco mayor que un niño, debía tener apenas unos cuantos inviernos más de vida que su propio hijo.
     -¡Señor!-repitió jadeando, pero no podía decir más con su garganta seca.
     Aristid le dio de beber del tonel junto a la tienda. El joven luego suspiró profundamente, y se arrodilló.
     -¿Qué ibas a decirme?
     -¡Señor! El jefe del grupo del norte manda avisarle que llegaron barcos a la costa, con cientos de hombres y animales. Hace ya dos días que atracaron. Corrí lo más rápido que pude, señor. Otro grupo me sigue y llegará en tres días.
     En ese momento una estrella cruzó el cielo, rápida y brillantemente. Pero Aristide ya no creía en la infabilidad de los dioses, sino más que nada en su infinita crueldad.
     ¿Un presagio de bienaventuranza? ¡No! Con seguridad, los dioses usan las estrellas para engañarnos como a niños, como a este joven que aún cree en las cosas de ese otro mundo. Pero al ver una estrella, yo  veo a los dioses ponerse su máscara de piedad. La máscara se afloja fácilmente con la sonrisa que bajo ellas se va formando. La sonrisa que les provoca la ingenuidad de los hombres.
      -Ve a calentarte junto al fuego y duerme. Dile a los demás que yo te mando. Mi mujer y mi hijo te darán abrigo y comida.
     El joven se fue, sin antes olvidar besarle una mano. Aristid no se movió de allí en toda la noche. A falta de sacerdotes, tuvo que aceptar la ayuda de los ancianos que conocían a su padre desde que eran jóvenes. Vio entrar y salir a los viejos y sus hijos, guerreros que desde hacía largo tiempo soportaban el rigor del hambre y la resistencia. Los mismos que habían abandonado sus puestos por un rato al llegarles el mensaje de la muerte del gran artesano de armas. El líder de los rebeldes. Tal vez llorasen, o cerrasen los ojos por un instante antes de emprender el camino hacia la tienda del anciano. Estaban llegando uno tras otro, en una larga fila que Aristid saludaba con extremo pudor y con orgullo. Apenas separó los labios para pronunciar un agradecimiento casi mudo. Los hombres entraron y salieron durante toda la noche. Los viejos se apoyaban en los brazos de los hijos. El amanecer los halló en la misma rutina, pero eran más los que entraban que los que salían. Muchos habían decidido velar el cuerpo por tres días, como era costumbre, aunque no hubiese sacerdotes para cumplir con los ritos.
     -Muchos de nosotros somos más puros que aquellos que se dicen hombres nobles y nos han traicionado-dijo un amigo de su padre.
     -Hombres que podemos enterrar a un muerto como debe hacerse. Hombres que no deshonrarán la memoria de los muertos ensuciando los cuerpos con manos traicioneras. Contados hombres, como tu padre o el viejo Zor, que ya no están con nosotros.
     -¡Y es su nieto quien lo contradice ahora!-dijo Aristid.
     -Así es, pero nuestro fin no es vengarnos. Recuerda lo que nos ha mantenido firmes desde los tiempos en que vimos los primeros intentos de Zor por contradecir a Reynod. Abrir el pueblo al mundo. Respirar el aire de los otros pueblos, las enseñanzas y libertades de que aquí nos vimos privadas como si no las mereciéramos. Nos sumimos en la ignorancia por más de cuarenta inviernos, algunos aceptándola, otros ocultando el conocimiento como un mal o una enfermedad. ¡Oh, hijo!-se lamentó el viejo alzando las manos.-Recuerdo la hogueras y los sacrificios. La ciega devoción al Brujo, que nos sometía con sus oraciones, los rezos a los dioses, sus ungüentos y curas.
     Aristid quiso consolarlo con un abrazo, y se apartaron en la niebla, lejos de la tienda para que nadie lo viese llorar. Pero muchos habían escuchado sus lamentos, y murmuraban entre sí con un contenido tono de ira y desconsuelo.
     -Confíe, viejo amigo, en que los venceremos. Nuestra tarea es sobrevivir, no sólo liberar al pueblo. Los que se han quedado allí, quizá no merecen ser salvados. Pero pienso en nosotros, en mi hijo y en los niños de la barca a la deriva en el lago. Los entregados. Y no puedo soportar el furor que crece en mi pecho cuando pienso en ellos.
      Los ojos del viejo se abrieron más, claros y secos, igual que el sol de esa mañana que se iba limpiando de neblina. Ni una nube ensuciaba ya el horizonte, donde, hacia el norte desaparecían los pálidos puntos de las estrellas rezagadas.
     -Amanece. Debemos empezar los funerales.
     Mientras el viejo se retiraba, rodeado de sus dos hijos, Aristid les dijo que la próxima reunión sería esa noche en su tienda. Volvió a entrar, el cuerpo estaba untado en aceite y cubierto de hierbas aromáticas. El olor de la muerte había cedido finalmente. El fuego relumbraba sobre el cadáver desnudo, contraído y de miembros delgados. Sólo la cabeza parecía grande, con el halo blanco de los cabellos crespos y aún erguidos. Y no pudo evitar sentir una congoja, un estremecimiento en la garganta. Pero no mostró emoción alguna.
     Caminó hacia el camastro, se arrodilló y rezó. Los otros, aunque no era la costumbre en el momento de iniciarse recién los ritos, lo imitaron. La fila de guerreros que deseaban despedirse y permanecían afuera, debieron resignarse a esperar a que saliera el cortejo. Luego éste se abrió paso entre ellos, y le arrojaron especias. Delante, Aristid llevaba de la mano a su hijo. Su mujer, vestida de blanco, los seguía. Más atrás, un grupo de guerreros formaba dos columnas de doce hombres. Con los brazos en alto, mantenían tensa una tela fina, cuyos hilos transparentaban al fulgurante sol sobre el lecho del muerto. El cuerpo se balanceaba con los pasos lentos, irregulares, de los hombres sobre el barro. Grandes surcos quedaban del lluvioso invierno de la guerra, cuando las pisadas de los guerreros habían formado pozos y montículos bajo la llovizna constante. Ya seca, la tierra parecía tener olas petrificadas, pequeñas o grandes ondulaciones y surcos que ni siquiera el tórridos sol era capaz de quebrar y convertir en polvo.
      Le agradaron aquellas muestras de afecto, pero Aristid se sentía solo. Aun la mano de su hijo le resultaba lejana, como una rama caída que él había recogido, pero que nunca volvería a ser parte del tronco original, y quedaba un vacío, una idea de extravío.
     Padre se ha ido, y estoy solo.
     Después de recorrer la distancia entre la tienda y las primeras rocas donde, mucho más allá, estaban los hombres atrapados, aguardando, resistiendo, el cortejo comenzó a subir la escalinata esculpida en la piedra. Su gente le había dicho que era un sitio digno para un altar. Entre dos altos muros, a los que se accedía por un hueco en uno de ellos, hallaron un puente de roca que los unía. El viento silbaba entre los muros como entre las paredes de un enorme caracol. Y a medida que subían, el viento aumentaba. La inclinación de la escalinata obligó a los que llevaban el cuerpo a esforzase más, transpirando y ascendiendo muy lentamente para mirar dónde apoyaban los pies. Tanteaban en la roca que los ojos no podían ver por la sombra entre los muros. Ya no necesitaban de la tela protectora, así que los que la habían llevado dejaron las lanzas en la entrada y ayudaron a los otros.
     Aristid continuaba siempre adelante, cargando a su hijo en brazos a pesar de que ya era un niño grande. Su mujer caminaba sin ayuda, apoyando las manos en los muros de piedra. Los que cumplían la función de sacerdotes arrojaban especias hacia esos que eran testigos del paso del hombre muerto. Un golpe de sol iluminó la cara de Aristid. Él y el niño se taparon los ojos. Estaban en la cima, por fin. Cuando se fueron habituando a la luz, contemplaron el paisaje. Como círculos concéntricos, primero estaba la superficie enlodada donde sus hombres se habían asentado. Pudo ver las tiendas, los fuegos, los heridos y mutilados que aguardaban el fin de la guerra, sabiendo que ya no podrían luchar. Era un vista gris, punteada de tanto en tanto por brillantes fogatas que elevaban columnas de humo como niebla, anegando el cielo con una palidez continua y cerrada. Más allá estaban las mujeres y los niños, los ancianos y las primeras chozas donde vivían. Ése era el mundo que él se había comprometido a defender. Los únicos, entre todo el pueblo al que él había pertenecido, que fueron fieles a los rebeldes. Detrás de las chozas, se veían los restos verdinegros del valle, algunos bosques y riachos, y muy lejos, hacia el este, la recortada figura de los Montes Perdidos.
     Aristid miró hacia el norte. El lago le pareció más grande que antes. Pero nada distinguió de lo que le habían contado: el ascenso de las aguas al cielo.
     Imaginación y ensueño de los guerreros cansados
     Pero aquella ondulada superficie negra lo atemorizaba. Las orillas avanzaban, curiosamente rápidas a pesar de la aparente consistencia de las aguas, como fango hundiéndose con su propio peso, y que sin embargo tenía la fluidez de un río de montaña. Cerca, escondido más allá de un bosque, alcanzó a ver la periferia del pueblo que el nieto de Zor gobernaba.
     Las pisadas del cortejo atrajeron de nuevo su atención. Los hombres, sudorosos y enceguecidos por el sol, suspiraron profundamente, se detuvieron un momento, y continuaron. Algunos los guiaban por delante hacia el puente para evitar el abismo escarpado. El sol les daba de frente, así que caminaban casi a ojos cerrados. Aristid dejó a su hijo con la madre, y antes de apartarse, se dio cuenta de que el niño observaba aquel proceso con éxtasis. Los ojos tal brillaban por la luz cegadora, tal vez por el miedo, por el pozo oscuro entre los muros allí debajo, adonde llevarían al abuelo. Entonces el niño comenzó a correr, y pudo agarrarlo de un brazo antes de que sus pies pisaran el vacío. La madre fue hasta ellos, asustada y mirando a ambos sin comprender. Aristid sostenía al niño con dificultad mientras éste se resistía y golpeaba el pecho de su padre, sin dejar de gritar y llorar.
     -¡No lo hagas, padre!
     -Nada malo va a pasar, hijo-lo consolaba él.
     -¡No lo entregue, padre! ¡Los otros lo esperan!
     -¿Quiénes lo esperan?-preguntó, reteniendo la cara de su hijo con una mano para que lo mirase a los ojos.
     Su madre se abrazaba a ambos, como si sintiese que podía perderlos a los dos en la cercanía del pozo oscuro. El niño contempló fijamente los ojos de su padre, pero no lo observaba a él en realidad. Aristid se dio cuenta que había puesto su mirada más atrás, en un sitio perdido en la distancia. Se dio vuelta, y vio la penumbra en el lago. Recordó la mirada de su hijo el día que los niños fueron puestos en la barca a la deriva. Lo besó en la frente, haciendo que apoyara la cabeza temblorosa sobre su hombro.
     -El abuelo estará en el puente por tres días, y luego los dioses se lo llevarán con  Ellos.
     Su mujer lo miró, agradecida. Ella sabía lo que él pensaba de los dioses, las dudas que lentamente lo habían llevado a considerar la nada como esencia del mundo. Pero no había por qué darle más desconsuelo al niño, más del que ya tenía.

     Pasaron dos noches, y Aristid miraba el arco del puente sobre el sendero entre las rocas en sombra. Las débiles antorchas junto al cuerpo alumbraban apenas a los guardias. Se adivinaba los perfiles rígidos, pero las caras no podían verse, y tal vez ellos tuvieran los ojos cerrados. Las rezadoras se habían ido también, y sólo velaban los restos aquellos hombres cuyas memorias eran más pasajeras que el agua siempre renovada de los ríos.
     Dormir mientras se vela a un muerto. Abrir los ojos de vez en cuando ante algún sonido nocturno, y luego descansar otra vez. Pero él podía verlos, por lo menos sus figuras alzadas como troncos en esa tosca roca de formas extrañas. Un puente que no unía nada importante. Ésa era la transitoria tumba de su padre, como si toda su vida mereciese nada más que eso, un símbolo de lo que había hecho: luchar, rebelarse. Hacer con su vida un puente que no llegó a unir nada.
     Las luces persistían, a pesar de su debilidad, y Aristid las contemplaba desde la entrada de su tienda casi viendo respuestas en ellas. Desde afuera se escuchaba el delirio de su hijo en voz alta y aguda. Su mujer le había rogado que no se alejase del niño, que se veía cansado y nervioso, y ya no se levantaba de su cama. Aristid temía por su vida, pero no podía olvidarse tampoco del que aguardaba allí en lo alto.
     Dos días pasaron, y los ritos se sucedieron con paso tranquilo. Recordó los funerales de Reynod, vastos, llenos de pompa y con cientos de hombres lamentando la pérdida. De pronto, vio dos puntos claros moviéndose en el sendero bajo el arco. Tal vez fuese el cambio de guardia, pero no era la hora todavía. Sintió los pasos de alguien que corría hacia él. Un mensajero se presentó, jadeando.
     -Llegan los hombres de la frontera norte, Señor.
     -Así lo esperaba-dijo Aristid.-Lleva el mensaje a mi segundo, y que prepare una reunión de inmediato.
     El otro corrió a cumplir la orden, y él entró a la tienda a avisar a su mujer. Ella lo miró apesadumbrada. Su hijo no dormía desde hacía dos días. Tenía los párpados cerrados, pero sudaba y se movía incesantemente. Entre sus puños apretaba una tela que su madre le había dado para secarse.
     -Abuelo….-repetía-…te esperan, abuelo. Los niños te esperan.
     Aristid salió. No podía ver así a su hijo. Si iba a morir, que fuera rápido y no lastimase de esa manera a sus padres.
     Los muertos. Cuánto hacen doler. Qué orgullosa tarea la de ellos. Sólo piensan en sí mismos. Todo lo poseen. La eternidad. Y aún así se esfuerzan por atormentarnos.
     Quiso apartar esos pensamientos. El suelo irregular retrasaba su camino hacia donde dormían los hombres. Muchos fueron al encuentro del mensajero.
     -¿Señor, para qué han venido los hombres del mar?    
     -No lo sé-dijo él, y se abrió paso buscando a los recién llegados de la frontera.
     Los cuerpos de los hombres aún desnudos y sorprendidos en medio de la noche se desplazaban algo retorcidos por el sueño. Murmullos y voces de sorpresa se alzaron al ver a su jefe presentarse inesperadamente. Más a la derecha, los del norte estaban lavándose en unas tinajas que otros llenaban con agua fría.
     -¿Qué tienen que informar?-dijo él.
     -Señor, lamentamos el estado en que nos encuentra, pero no creímos necesario molestar su sueño…
     Otros hombres los interrumpieron para que no siguieran hablando, porque no habían tenido tiempo de avisarles de la tragedia de su jefe.
     -Descansen-dijo Aristid.-Beberé con ustedes. También he hecho largos caminos, y entiendo lo que es el cansancio.
     Recordó, mientras los miraba vestirse y preparase, cuando él era sólo un joven más entre muchos grandes hombres. Una joven voz que debió obligar a que la escucharan, a pesar de ser hijo de uno de los principales. Ahora, en cambio, él era el líder, y se sentía solo como entonces, y asustado. Su segundo y todos los de su edad ya habían llegado al recibir las noticias, pero él se sentía tan solo como entre un grupo de niños que no comprendían su dolor.
     Miraba el fuego, prestaba atención al crepitar casi más fuerte que la voz opaca de los hombres. Aceptó la vasija de vino que le ofrecieron y sintió el sabor levemente dulce calentado sobre las llamas. Pero no se atrevió a mirar a los demás, porque sabía que sus propios ojos brillaban y no quería que ellos se diesen cuenta. Cuando todos estuvieron listos, se formaron frente a él.
     -Con su permiso, Señor.
     -Hablen.
     -Hace cinco días llegaron los barcos a la costa norte. Grandes naves como nunca hemos visto antes. Atracaron lejos de la orilla, pero los hombres que bajaron de ellos construyeron muelles con rapidez. Traían troncos y hasta rompieron sus botes para construirlos. Después bajaron cientos de hombres con sus mujeres, y cuando nos dispusimos a venir a informarle, estaban bajando caballos, tantos que no pudimos contarlos.
     -¿Armas?
     -Sí, Señor. Lanzas, arcos y flechas. Y muchos instrumentos y artefactos que no conocemos.
     -¿Cómo son, cómo se visten?
     -Sus ropas son muy hermosas a pesar de verse sucias. Visten pieles de bellos osos y bien cuidadas cabras. Pero ellos se ven enfermos, creo que débiles por el hambre. Los observamos desde nuestros refugios en las rocas, y oímos sus voces. Hablan un idioma extraño, pero algunos, que parecían ser los jefes, usaban palabras en nuestra lengua.
     Aristid consultó con sus ayudantes, mientras los otros aguardaban.
     -¿Se veían hostiles?-preguntó uno de sus hombres.
     -No sabría decirlo, Señor. Pero demostraban su intención de asentarse aquí para mucho tiempo.
     -¡Y no se conformarán con la playa!-gritó otro.- ¡Hay que prepararse para luchar!
     -Esperen-dijo Aristid.-Debemos saber si son enemigos nuestros o de los fieles. Pueden facilitarnos la lucha si pelean contra ellos.
     -¿Pero qué ganaremos con que ellos los venzan, si no podremos ganarles a los nuevos?
     Aristid miró al que hablaba, pero uno de los recién llegados dijo:
     -Señores, si hubiesen visto sus fuerzas... Son superiores en armas, de eso no tengo dudas.
     -¿Cuántos hombres pueden viajar en esos barcos?-preguntó Aristide.
    -Tal vez  trescientos en cada uno, si no contamos a las mujeres, niños y animales.
    -Pero pueden llegar más.
    -Es verdad.
     Aristid decidió oponerse a la idea de luchar a ciegas.
     -De cualquier modo, los fieles son muchos más. Hemos contado casi dos mil hombres, que sabemos que no podremos vencer nosotros solos. Insisto en ver a los nuevos. Saldremos en expedición hacia la costa en dos días.
     Pero el recién llegado pidió otra vez la palabra.
     -Podrían sorprendernos antes, Señor.
     -Estamos en duelo, mi padre ha muerto. No habrá luchas mientras duren los funerales.
     El otro se quedó quieto, sin saber cómo excusarse. Alguien se le acercó para hablarle al oído sobre el hijo de Aristid. Entonces ya no pudo pronunciar palabra frente a su jefe, que lo estaba mirando duramente y luego se volvía para regresar a su tienda. Los guerreros, silenciosos y cabizbajos, se dispusieron a descansar lo que quedaba de esa noche.

     Sobre este puente de piedra, en este último día de tus funerales, te entrego, padre, a la región de los muertos. El sol decae como una brasa que se extingue sin que nadie la alimente con nuevos maderos, ni siquiera con un soplo que avive las llamas por un tiempo más. La sombra de las rocas te aplasta. Pongo mis manos en ella, y es pesada, dura y fría.
     A ambos lados, están los guerreros, mirándote, mirando mis actos. Mis manos, por si tiemblan. Pero no observan mis ojos. La máscara de cuero me cubre, lo que las viejas me dieron para no ver la cara de la muerte. Dicen ellas que cuando se toca a los muertos, una parte de esa zona se mete en la sangre de los vivos, y siembra la discordia, el conflicto, la desesperación. Vemos el límite sin límite, la frontera que debemos cruzar sin armas. No llevo guantes. Mis manos se defenderán solas. Y es mi padre a quien cubro con las telas que lo acompañarán para siempre.
     Levanto la manta de cuero. Su cara queda libre. Me alcanzan la vasija con aceites, antigua, con forma de cáliz, cuya tapa alguien ha perdido hace mucho tiempo. El olor es dulce, tanto, que a veces se transforma en un insoportable aroma casi agrio. Pero debe ser el perfume de los muertos que baila en el aire. Para eso lo hemos dejado aquí tres días, para que la esencia, el alma perfumada se despegue del cuerpo y avise a los seres del aire que está preparada para despedirse definitivamente de nosotros. Aún del aroma, porque eso también se extingue. Y entonces no queda más que la nada.
     Vuelco lo aceites sobre tu cara, que está brillando. Las luces del ocaso caen con las gotas espesas por tu frente y tus mejillas. Los párpados cerrados. Los labios finos. La barba casi pétrea. Te ha crecido la barba en estos días, padre. Por qué razón, me pregunto. Miro los pies, libres aún de la mortaja. Tus uñas también han crecido. Si pudiéramos, mis hombres y yo, besar tu barba y tus uñas, para sacar de ellas el secreto que las hace vivir en medio de la muerte. Un secreto acorde a la mente de los Dioses. ¿Y si los Dioses también mueren? Si pudiera recortar las uñas de todos lo muertos y construir el casco de una nave inmensa, ¿navegaría hacia la vida o hacia la muerte? ¿De un sitio a otro, continuamente y sin fin?
     Tu rostro pierde belleza, parece aplanarse como visto bajo el agua. Entonces te cubro totalmente con la manta, y envuelvo tu cuerpo con lazos como un fardo. Vuelvo a colocar aceite, esta vez como un hilo de esencia espesa sobre la tela. Devuelvo la vasija, me dan una bolsa con hojas secas. Tomo puñados y las deshago para esparcirlas sobre el aceite. La brisa del anochecer no logra despegarlas.
     Luego raspo una piedra sobre otra, hasta saltar las chispas que brotan aún débiles, como niños que no han nacido todavía. Pero la antorcha se enciende por fin, y alzándola lo más que puedo, miro a mis hombres.
     Harán los mismo conmigo, les digo. Pero ellos no necesitan prometerlo en voz alta. La antorcha cae sobre el fardo. El fuego estalla, como si lo hubieses estado esperando, padre, como si lo hubieses estado esperando desde que naciste.

     En la mañana, Aristid y otros treinta hombres partieron hacia la costa del norte. Algunos de los que de allí habían venido, fueron con ellos. Ninguno pudo convencerlo de quedarse en el pueblo. Él era el jefe, le habían dicho, el único capaz de organizarlos. Si llegaban a herirlo de muerte, tal vez todo lo hecho hasta entonces se perdería en el vacío del pasado.
     -Mi padre luchó para que la rebelión se valiese por sí misma.
     -Pero, Señor, todos los mayores han muerto de hambre en el último invierno de la guerra, y de los jóvenes, usted es el único a quien respetamos.
     Aristid, que miraba en ese momento a su hijo, que seguía delirando, mientras le hablaban, había rehusado aquellos argumentos con un gesto de hastío. Movió sus manos como si apartase de su cara un insecto, y no volvió a mirar a los otros. Ellos salieron de la tienda y se prepararon a partir.
     Tres días estuvieron viajando. El clima se hacía más cálido a que medida que dejaban las montañas, y las rocas fueron dejando su paso a arbustos bajos sobre tierra salpicada de arena. Vieron la amplia meseta interrumpida por colinas, y en el horizonte un gran reflejo brillante que ondulaba y parecía estar suspendido del cielo.
     -¡El mar!-gritó uno de sus hombres.
     Aristid caminaba cabizbajo y pensativo, luego levantó la mirada y puso una mano sobre su frente. El brillo dorado del sol le hizo fruncir los párpados. Aún no veía más que rocas bajas al final de toda aquella extensión.
     -Detrás de las colinas, Señor…-le indicó otro.-Hemos tomado este camino para rodear el valle de los fieles. Atrás de las rocas están los intrusos. Sus guardias están apostados en las laderas.
     -Manden dos hombres a explorar. Tenemos que estar seguros de que no nos esperan.
     Dos guerreros se separaron del resto y desaparecieron en el reflejo enceguecedor del sol. Los demás decidieron descansar y reponerse. El calor los abrumaba desde que habían salido, y las provisiones de agua se habían agotado como si hubiesen pasado mucho más tiempo de travesía.
     -Estamos en medio de enemigos-dijo él, mirando al norte.
     Quienes lo escucharon, asintieron sin contestar. Todos sabían mirar únicamente hacia esa dirección, ávidos los ojos por ver entre las matas de arbustos y el cielo límpido, entre los rayos centelleantes del sol sobre el pasto seco, un movimiento. Incluso la fútil brisa del verano al mover una rama no podía ser dejada de lado.
     La espera duró medio día. Recién cuando el sol se ocultaba, los enviados volvieron con paso lento, apoyándose en las lanzas para avanzar. Algunos se adelantaron a recibirlos con agua, y recogían las ropas empapados de sudor que los otros se sacaban. Aristid se les acercó y pidió informes.
     -Camino desierto, Señor. Solamente hay guardias en la zona noroeste del valle. Más allá, las rocas están libres para observar. Pero no deben ir más de diez hombres.
     Aristid les dijo que descansaran, y eligió a nueve.
     -Duerman-les dijo a todos esa noche.-Descansen sus ojos para mirar mañana con atenta presteza. Si supieran ver el alma en el cuerpo de los hombres... De esto depende la batalla. Elegiremos enemigos, y eso no es un privilegio de todos los días.

     Salieron antes del amanecer. Aristid iba a la cabeza de una columna compacta, vigilantes las miradas de hombres, vigilantes las miradas y las armas dispuestas. No pretendían demostrar su escaso poderío: que el enemigo dudara, que los viese indefensos, y ellos entonces sacarían sus espinas y aguijones ocultos.
     Las colinas se elevaban como jorobas verdes, con arbustos bajos y escasos árboles torcidos. Antiguas rocas que parecían estar allí desde antes que el mar. El pasto fue desapareciendo y en su lugar crecían plantas de hojas largas y delgadas. Matas de arbustos floreciendo entre montículos de arena y roca. Una brisa suave trajo olor de lasitud desde las colinas. El camino continuaba marcado por pisadas que muchos otros hombres habían profundizado quizá cientos de inviernos antes. Generaciones que habían desparecido como la arena arrastrada por el viento y el mar.
     -No me dijeron que esta zona estaba habitada.
     -No lo sabemos en realidad, Señor. Son marcas muy viejas. Toque las pisadas en esta roca, son de hace más de cien inviernos, quizá.-Luego el hombre miró hacia el lejano sendero que conducía a las colinas, entre muros escarpados.-Las plantas han crecido recientemente, invadieron los espacios libres entre la piedra. La tierra parece haberse recuperado después de mucho tiempo. Nadie de nuestra gente ha venido por acá desde hace más de cincuenta inviernos, por lo menos.
     El resto del camino estaba rodeado por muros con la altura de varios hombres, demasiado. Las raíces de las plantas que crecían en lo alto y sobresalían de las paredes, les sirvieron para sujetarse. La luz de media tarde iluminaba la mitad superior, pero el resto permanecía dentro de una sombra fría. No dejaban de mirar hacia arriba, pendientes de una emboscada. A media tarde seguían ascendiendo, pero finalmente encontraron la salida. Las paredes de piedra se interrumpieron de pronto, y en la cima de la colina a la que habían llegado, la más alta de todas, se sentaron sobre el suelo de arenisca y piedras. Miraron hacia el norte, y vieron el mar. Ninguno lo había visto antes, y lo que alguna vez imaginaron, era diferente a lo que veían. Se quedaron quietos, protegiéndose del sol con las manos en la frente y mojando sus cabezas con el agua que traían de reserva. Algunos permanecían parados, boquiabiertos.
     -¡Por los dioses!
     -¿Pero dónde termina? No alcanzo a verlo.
     -Allá, en el horizonte las aguas caen al vacío. Así me han dicho.
     -Escuchen-les dijo.
     Un sonido de aguas cayendo sobre sí mismas, tersamente. Luego, una apagada estridencia daba comienzo a la continua ruptura de las olas que golpeaban las rocas y morían en la playa, dejando cadáveres de espuma en la arena. Como el límite entre ambos mundos. Avance y retroceso de fronteras.
     Como en la guerra.
     -Escuchen-insistió.
     Pero mientras algunos cerraban los párpados, adormecidos por el sol, él abrió más los ojos, buscando el origen de un sonido distinto al que había oído hasta entonces.
Y vio a los hombres del mar llegar a la playa al pie del acantilado. Una formación con lanzas y escudos detrás de un líder vestido con pieles blancas y un gorro que apenas ocultaba una melena de cabellos rojos. Parecían estar explorando, buscando por los alrededores de la playa y haciendo comentarios entre ellos, señalando lugares, tal vez las entradas a las cuevas bajo los acantilados.
     Aristid hizo una señal a su gente para que retrocediera, pero fue este movimiento el que los delató. Los hombres del mar levantaron las cabezas y corrieron hacia la base del acantilado y treparon por una escalera esculpida en las rocas. Él sabía que estaba atrapado, el sendero de regreso era demasiado estrecho para huir a tiempo. Ordenó preparar las lanzas y puñales, pero los recién llegados aparecieron uno tras otro, y su número se hizo el doble al de ellos, y luego tres veces más. Caminaron en posición amenazante, el escudo en una mano y la lanza en la otra. A la espalda cargaban arcos y flechas, y de las cinturas colgaban un látigo y una bola de piedra dentada.
     Cuando los rodearon y quedaron atrapados contra los muros de piedra, el líder apareció entre los demás. Al terminar de subir, buscó con la mirada a quien podría ser el jefe de aquellos hombres, y sus ojos cayeron directamente en Aristid. Era un hombre joven, aún más joven que él. Tal vez por eso no tuvo miedo ni vergüenza. Ser vencido por un número mayor de hombres no lo deshonraba, pero sí que su enemigo fuese un viejo escondido tras la fuerza de sus hombres. Ahora que lo veía de cerca, sus rasgos le sugirieron vagos recuerdos, como si alguna vez lo hubiese visto antes. No tenía señal de amenaza en el rostro.
     -¿Quién eres?-le preguntó el extraño en una lengua extranjera, que sin embargo logró entender.
     Aristid no respondió. Se sentía como el jefe de una manada a punto de morir. Animales a quienes los cazadores se dignaban dirigir una palabra antes de matarlos.
     -Vamos a morir peleando-dijo él.
     -No te pregunto eso, sino tu nombre.-El lenguaje del extraño estaba plagado de acentos extranjeros, pero hablaba sin dificultad.
     -¿Acaso mi nombre va a salvar nuestras vidas?
     -Tal vez…
     Entonces Aristid suspiró cuando la imagen de su hijo vino a su memoria.
     Se parece a un niño, creo que ya lo he visto alguna vez.
     -Soy Aristide, de la estirpe de los artesanos. Soy el líder de los rebeldes.
     Vio que el otro le sonreía y hacía una señal a sus hombres para que dejaran las armas, mientras decía:
     -He sabido de ustedes, y esperaba encontrarlos.
     -¿Pero cómo es que habla nuestra lengua?
     -Porque aquí nací, en las tierras del Droinne. Conozco cada fluente, brazo y recodo de este río. Era muy pequeño cuando me fui, pero esos recuerdos no se pierden, sino que crecen cuando no se tiene más en qué pensar.
     Aristid lo observaba con asombro. El sudor le corría por la cara y se secó con el dorso de las manos. Dio órdenes a sus hombres para descansar. Los dos jefes se sentaron uno junto al otro al borde del acantilado, mientras los demás compartían el agua sin dejar por eso de mirarse con desconfianza.
     -Me llamo Sigur, nieto de Zor.
     Aristid sonrió. Escuchar ese nombre le dio tanto alivio como la brisa fresca que venía del mar. Pero entonces recordó a Zaid, y el temor volvió.
     -Si llegan en ayuda de tu hermano, no es ésta la forma de tratarnos. Hablarnos y darnos de beber antes de aniquilarnos no es digno.
     -Insistes en decir que los mataré.
     -Porque eres hermano de nuestro enemigo.
     -Te equivocas. Me han dicho que Zaid es jefe del pueblo, así que ha recuperado lo que fue de los abuelos de nuestros abuelos. Lo que el pueblo del Oeste les quitó, hasta casi hacernos desaparecer. Dame tiempo, y te contaré más tarde toda la historia.
     -No lo entiendo. Tu hermano es un tirano, y no lo sabes. Lo que odiábamos de Reynod, ha sido superado por la ceguera de Zaid, su cruel obstinación en dejar a todos sin hogar más que este valle en que crece el lago muerto. No entierra los cadáveres, y hace que los hombres se cacen entren ellos en las noches sin luna, porque tienen hambre.
     Sigur parecía confundido.
     -Es mi sangre, y debo hablar con él antes de hacer cualquier otra cosa.
     -No lo harás. Ni siquiera lo reconocerás.
     Y en la cara se Sigur apareció una expresión de ira.
     -Es verdad, pero tampoco a ti te conozco y sin embargo he decidido no matarte.
     Durante la tarde compartieron la pesca y planearon las acciones para los siguientes días. Aristid regresaría con los suyos en espera de Sigur y su padre, que irían al valle a hablar con Zaid, y necesitaban que él los acompañase para hacer la paz. Pero para Aristid no había paz posible, sólo veía una oportunidad para llegar al valle sin ser atacado. Su gente se mezclaría con los recién llegados, y si los fieles los agredían, no tendrían más remedio que pelear junto a los rebeldes. No confiaría en los hombres del mar, por más que sus líderes hubiesen nacido en Droinne.
     Si solamente lograse infiltrar sus hombres entre los escudos de los recién llegados, haría progresar la enfermedad fatal sobre la tiranía. Hombres gusanos como gusanos guerreros que carcomieran desde dentro el poder de Zaid. No, no se dejaría engañar. El lazo de la sangre siempre era más fuerte que los ideales, si es que Sigur era realmente sincero. En cuanto viese a su hermano, sucumbiría. El hermano mayor, al que nunca se puede vencer completamente.
     
     A la mañana siguiente, un viento frío los despertó cuando ya había amanecido. El mar había crecido estaba alto, y las olas llegaban hasta muy cerca de donde estaban acostados. Se desperezaron y se calentaron al sol, esperando que la arena se entibiase, lentamente. Muchos se metieron al agua y compartieron la mañana, y resultaba extraña esa confianza entre ambos grupos. Sigur y él habían logrado mostrarse seguros uno del otro ante los demás, y fue suficiente para que los guerreros se sintiesen casi como niños cuyos padres entablaban una amble, una postergada pero segura y tranquila conversación.
     Mirando el mar, él pensaba, esperando que todos se alistaran, llenaran sus alforjas, limpiaran las lanzas de la arena que las había cubierto durante la noche. Su propio puñal, a pesar de haber transcurrido sólo un día, parecía cubierto de pequeñas manchas. Tan rudimentario frente a los metales de los recién llegados, que le daba vergüenza limpiarlo mientras ellos miraban. Por eso se negó a hacerlo antes de partir de la playa, también una frontera inaccesible que los atrapaba entre las rocas y el mar.
     Sigur levantaba la vista la vista hacia él de vez en cuando desde el círculo en que sus hombres se habían formado para comer. Otros hacían maniobras de entrenamiento en la playa, o simplemente corrían. Pero él oyó detrás, sobre el acantilado, una voz que lo llamaba, y todos se dieron vuelta. Aristid se llevó las manos a la frente para hacer sombra y verlo mejor. No era el mismo mensajero, seguramente el otro ya había muerto.
      No le dieron tiempo a bajar. Los hombres de Sigur lo atraparon, mientras Aristid corría hacia ellos.
     -¡Es un mensajero!-gritó.
     Enseguida lo soltaron y lo llevaron con los demás. El joven era delgado y bajo, y temblaba junto a aquellos guerreros fuertes. Su cabello largo estaba mojado, adherido a la cara por el sudor. Cuando estuvo frente a su jefe, lo miró en silencio.
     -¿Qué ha pasado?-preguntó Aristid.
     Pero el mensajero no respondió, mirando desconfiado a los que no conocía.
     -Habla, estamos entre aliados.
     -Señor…el niño ha muerto anoche.
     Aristid se mantuvo quieto, sin expresión en el rostro. Una paz fría bajo el sol del verano. Los ojos cerrados, el cabello cabalgando con el viento en su frente, la cabeza levemente ladeada. Un lado de la cara iluminado, el otro en sombra. Abrió un poco los párpados. Un ojo brillante, oculto por un mechón de pelo oscuro. El otro ciego por la sombra. Como si mirase no lo que tenía delante, arena y rocas y hombres que nada significaban para el ojo del presente. El ojo fijo en la memoria inmediata, suspendida del cielo tan azul, tan luminosamente espléndido, que era como si el niño estuviese mirándolo desde el sol. A él, su padre, confundido entre tantos hombres en esa playa.
     Se dio vuelta hacia el mar. Los otros le abrieron paso, y únicamente su gente lo acompañó, sin tocarlo, sólo con la mirada puesta en la arena, o sobre los extraños, de nuevo desconfiados. Cuando alguien moría, cuando un niño moría, alguien debía tener la culpa.
     Aristid agarró el puñal. Los otros se acercaron, pero retrocedieron ante su negativa. Decidieron dejarlo solo. Entonces, mientras las olas lamían sus pies, hundiéndose un poco en la arena húmeda, cabizbajo y sin llorar, comenzó a limpiar su arma.

*

Se lamentó del mal que afectaba sus piernas. Ya no sería nunca más el mismo hombre que había zarpado de la Aldea del Norte. Como un castigo. Un mal que iría a arrebatarle el tiempo que le quedaba de vida. Repleto su pasado de una jamás saciada necesidad de ver cambios a su alrededor. Un mundo diferente como lo era el mar de la tierra. Una inquietud que sus piernas hinchadas y oscurecidas no le permitirían ver.
     Sobre el caballo, sus piernas se insensibilizaban y el dolor de las llagas se hacía más tolerable. Las mismas que había visto en los animales durante el viaje.
     -¿Quién lo hirió?-había preguntado la primera vez, celoso del trato que daban a sus bestias. Pero hoy su propia ingenuidad le provocaba una triste sonrisa.
     Un castigo latente en el cuerpo de los animales, aún antes de que hubiesen llegado a aquellas tierras, quizá antes todavía de que partiesen, antes incluso de que él incendiase el pueblo. La epidemia se había extendido por todo el barco. Cincuenta caballos habían muerto antes de poder hacer algo. Por las mañanas y cada tarde, los cuerpos que supuraban bajo el sol en la cubierta, donde los habían llevado para protegerlos de la humedad, eran arrojados al agua con nauseabundos vahos que descomponían y contagiaban a los hombres. Entonces éstos también empezaron a morir. Y todo esto en medio de la nada. Del mar que se extendía enorme, sin darles señas de estar avanzando. Únicamente el sol era su guía, pero el sol exacerbaba las llagas, y tenían que permanecer bajo cubierta, untándose ungüentos uno al otro con gritos de dolor.
     Luego, cuando la misma plaga había afectado a otras dos naves, la mortandad decreció finalmente. De un barco a otro se dieron señales para mantenerse aislados. Ni siquiera permitió que se llevase comida a los barcos infectados, y los enfermos se resignaban, sabiendo que lo que quedaba en los depósitos había estado en contacto con los caballos, con sus heces blancas como leche, con pieles cubiertas de úlceras rojas en lechos profundos de supuración maloliente. Los hombres se convertirían en lo mismo, en masas blandas enrojecidas por el sol, y almas que empalidecían en el reflejo vacío del mar.
     Hubo muchos moribundos sobre cubierta, despidiendo heces que se esparcían sobre la madera, mientras los rostros se fruncían como si los estuviesen lacerando. Poco después se quedaban inmóviles. Entonces Tol los levantaba. Eran livianos, tanto como un viejo sin músculos, como Zor al morir. Sin el peso del alma. Sólo carne deshaciéndose por acción del sol. Y los arrojaba por la borda. Pero sus manos habían tocado las heces del hombre, así como lo había hecho con la primera llaga del caballo enfermo.
     Tol se miró los dedos, recordando los contornos de las llagas, los círculos que formaban, y su memoria se llenó con la blanda fetidez de las heces que no había podido limpiarse del todo. Aún cuando disponía de tanta agua alrededor, de que el mundo era sólo y nada más que agua, nada limpiaría lo ya hecho.
     La mancha, la marca, la semilla.
     Sobre el caballo, mirando ahora sus piernas, se consoló con la idea de que por lo menos Sigur se había salvado. Lo había visto tomar el mando, respetado por todos con la misma veneración que él había merecido hasta entonces. Pero la mirada de los hombres que cabalgaban alrededor de su hijo, tenía algo diferente. La sensación de que lo obedecían aunque el joven apenas murmurara su orden, como si incluso sus más simples deseos fuesen un mandado vociferado en voz alta.
     El balanceo llevaba su cabeza de un lado a otro del horizonte de sus ojos. Era esta la primera mañana del viaje hacia el valle. Las rocas de la costa daban lugar a la aridez, donde el sol caía a pleno sobre los restos resecos del pasto. Sólo crecían, erguidos y punzantes, los arbustos espinosos. Pero más lejos, una mancha de color verde oscuro, hundida entre montes y colinas, los aguardaba. Mucho había oído sobre el valle y el lago, pero por más que creyese en la palabra de Cesius, no iba a convencerse nunca de que su hijo Zaid fuese un tirano. La noticia de que había recuperado el pueblo arrebatado a Zor, lo complacía con la casi certeza de que ya no necesitarían pelear. Y este consuelo aliviaba la pesadez de sus piernas, y se dio cuenta de dónde llegaba: la cabeza cansada, los ojos agotados, el cuerpo como un tronco astillado y ablandado por la humedad. La mente, en acuerdo con su cuerpo, se consolaba con la suspensión de la batalla.
     Pero si no es así, si a pesar de todo debemos pelear…
     Allí estaba Sigur para hacerlo.
     Viajar, planear tanto. Tanto deseo acumulado, convertido en piernas que se deshacen con el viento. Fui yo, al menos, la barca que llevó a su hijo sobre el mar.
     Sin embargo, intentaba rebelarse una y otra vez en contra de tales ideas.
     ¿Pelear padre contra hijo, hermano contra hermano? Nunca llegaremos a eso.
     Por qué, si él había engendrado a ambos, uno sería tan honroso hombre de mando, y el otro alguien repleto de maldad, según decían. Ni las circunstancias habrían de cambiar la bondad de sus hijos.
     Hace mucho tiempo pensaba en ellos como en hombres extraños. Ajenos a mí por los hechos del mundo. Hombres simplemente. Ni buenos ni malos. Pero la maldad o la bondad nos acercan, mueven ánimos, despiertan abandonadas creencias. Puede ignorarse a un hombre, pero no a un hombre que actúa. Y ahí está el horror: en la elección del acto que lleva a otro hombre, a su padre, tal vez, a amarlo o aborrecerlo.
     La caravana avanzaba con ellos adelante. Sigur, custodiado por quince hombres a cada lado. Detrás, tres guardias seguían a Cesius, que cabalgaba sobre su rojo tarpán, pensativo y silencioso. Luego estaba él, casi recostado sobre el lomo del animal, para mantener las piernas  levantadas. Echó una mirada atrás. Un mar de cabezas se balanceaba, avanzando en sus caballos, y más lejos, ampliándose la caravana como un sembradío de hombres, estaban los que iban caminando con arcos, flechas y escudos a la espalda, parecidos a cientos de escarabajos en busca de refugio. Trescientos hombres los acompañaban, el resto se había quedado en la playa esperando ser llamados.
     Al final de la segunda jornada, cuando el crepúsculo se asomaba entre los árboles de la montaña más alta del oeste, vieron una masa de hombres moviéndose hacia ellos desde la zona baja de la ladera. El sol, naranja, les daba de frente, y Tol se irguió en su caballo.
     -¡Son ellos!-gritó uno de sus hombres.
     Sigur dibujó con sus brazos un gran círculo de bienvenida. En seguida cabalgó hacia su padre, mientras el ruido de los cascos de una docena de tarpanes se dirigía hacia allá.
     -¡Aristid y los suyos! Lo reconocerás, es muy parecido a su padre-le dijo a Tol.
     Tol apenas los recordaba, pero no dijo nada. La caravana se detuvo, y los grupos más alejados siguieron un breve trecho y también se detuvieron. Era ése el verano más caluroso en mucho tiempo. Se secó la frente con el dorso de las manos.
     -Estamos acostumbrados al clima del norte-dijo él.
     -Es verdad-asintió Sigur.-¿Cómo están tus piernas?
     No se miraban. Tenían la vista fija en los movimientos de los rebeldes.
     -No me duelen. Cuando haga menos calor, empezaré a entrenarlas otra vez. Pude morir…
     Sigur esta vez lo miró, porque su padre había puesto una mano sobre su brazo.
     -Me salvaste…
     Pero Sigur, escondiendo los ojos tras el cabello largo que le caía sobre la frente, rojos y sucios bajo el sol del anochecer, nada le contestó. Tol presentía que todo iba a repetirse. Que los hijos se convertían en padres de sus padres. Así cómo él había ayudado a Zor con el preparado de la hechicera, Sigur le había salvado la vida con aquella mezcla de sabor amargo que preparó durante el viaje. Le había dicho a su hijo que no cambiase de barco. Al verlo en la balsa, acercándose a la nave infecta donde él estaba, le había gritado:
     -No te acerques o te mato.
     Sigur no lo obedeció.
     -Prefiero matarte antes que verte morir como yo.
     Pero su hijo siguió avanzando, solitario en medio de una tarde nublada, rodeado sólo por agua y nubes. El chapoteo de los cuerpos en el mar se escuchaba de lejos, mientras la balsa se abría paso entre los cadáveres hacia la nave de su padre. Los brazos castigaron los remos hasta que finalmente llegó, golpeando el casco y sujetándose a la madera por un lazo que Sigur arrojó con fuerza hacia la cubierta. Luego se irguió en la balsa.
     -¡No subas! ¿Qué vienes a decirme?
     -¡Alcánzame otra soga, padre! ¡Ataré la vasija para que la subas! Debes beber de ella a pequeños sorbos, y te curarás.
     Y mientras Sigur ataba el recipiente, cerrado con una funda de cuero, Tol creyó estar escuchándose a sí mismo mucho tiempo atrás. Pero él, a diferencia de Zor, no bebería con desesperación.
     Desenvolvió la vasija. De sus manos cayó una pluma negra, que había estado envuelta en la funda. Debía ser de aquel pájaro que Sigur tenía el día que se encontraron. Olió el preparado, sin saber definirlo. Entonces lo bebió a lentos y breves sorbos, sintiendo el sabor amargo de las aves del norte. Su carne mezclada con especias. Vertió el contenido en la boca hasta que no quedó una sola gota, y arrojó la vasija al mar. Luego, mirando a su alrededor, como quien esconde un tesoro sin querer que nadie lo vea, guardó la pluma entre la ropa y el pecho.
     Eso y el líquido, o tal vez la misma necesidad de no morir sin antes ver realizado su objetivo, lo hicieron recuperarse. Quizá todo esto junto, pero la mezcla de Sigur tenía el privilegio de llevar consigo un recuerdo repetido. Imágenes que le hablaban del acercamiento final entre padre e hijo, el instante en que uno de ellos entraría en la muerte.
     Pero ahora que se había salvado, miraba a Sigur moviéndose con el tibio respirar de su aliento acre. Su hijo casi no sonreía ya. Le hablaba con serenidad, sin enfado ni recriminación, pero con una oscura, impenetrable tristeza que cubría su frente, repleta de pensamientos. Hablaba, pero los ojos de Sigur se iban hacia los montes que rodeaban el valle. Pensando en su hermano, tal vez. La misma incertidumbre que él sufría. Pero era algo más, también. Con las manos agarrando las crines del tarpán, y las piernas apretando los flancos del animal que buscaba hierbas, su hijo parecía saber más que su padre.
     -¿Qué piensas?-le preguntó.
     La columna de hombres descendía como una víbora entre los arbustos de la ladera.
     -Nada, padre.
     -Dudas de tu hermano.
     Sigur lo miró con pesadumbre.
     -Ese es el problema, padre. No tengo dudas, y me agradaría tenerlas.
     -Entonces crees que nos ha traicionado.
     -Traición habría sido de saber que vendríamos. Él actuó de acuerdo a sus deseos anteriores, cualquiera fuesen.
     -Debe haber una razón, y tal vez veamos que todo lo que dijo Cesius es engaño.
     -Padre, Aristid me ha contado lo mismo. Y recuerda que ambos vienen de familias enemigas, por más que Cesius haya abandonado a la suya.
     Un hormigueo de sonidos llegaba arrastrándose por la tierra, y subía por las patas de los caballos. Las pisadas de los rebeldes se desplazabas como hormigas en una caravana que reptaba entre los árboles y se esparcía hacia la planicie donde ellos aguardaban. Las voces también se dejaron escuchar con gritos de mando. Tol las oía, sintiendo que eran extraños los que allí venían. Su pueblo, los hombres que siempre habían defendido a su padre, le resultaban ajenos a su propia vida. Era tanta la distancia del tiempo y las costumbres, que hasta su objetivo, se había convertido en una cosa aislada, como un muro que lo protegía y debía arrastrar con demasiado esfuerzo. Una obsesión que se alimentaba a sí misma, girando sin hastiarse nunca de su repetición.
     Los rebeldes llegaron en noche cerrada. Las antorchas iluminaron la columna que ya no era tal, sino un conjunto de hombres que arribaban en grupos, agotados aún antes de comenzar cualquier batalla. Fueron apareciendo en grupos de veinte o treinta hombres, a veces sólo de unos pocos, sin nadie que los presentara ante los jefes. Se aislaban en un sector oscuro del campamento, alrededor de fogatas pequeñas, para descansar, con la mirada siempre baja y puesta en sus armas o sobre las llamas. Pero un grupo mayor se acercó a recibirlo, iluminadas las cabezas por los juegos de las antorchas en sus cabellos oscuros.
     Tol se apoyó en el hombro izquierdo de su hijo. Se sentía sano, descansado y ávido por mostrarse fuerte frente a los demás. Del círculo de antorchas en que los hombres se perdían, entre sombras fundidas unas sobre otras, surgió una protegida por otras dos. Tol no veía sus caras, sólo siluetas recostadas contra el sol artificial de esa noche. Las llamas le recordaron, fugazmente, a la Aldea del Norte. Las figuras avanzaron hasta ellos, y la del medio se arrodilló.
     Él sintió que alguien tomaba su mano y la besaba. La barba le produjo un escalofrío en el antebrazo. Era corta y punzante, y el aliento tenía el aroma de los fermentos. En cambio, la sombra era más gentil y etérea.
     -Señor…-dijo la voz, ronca y joven, de tonos pausados.
     Entonces Sigur arrancó una antorcha de manos de uno de sus guardias e iluminó el rostro de Aristid. Los ojos de éste brillaron al levantar la mirada. Seguía de rodillas, con la mano de Tol entre la suyas.
     -Señor, es un honor para nosotros.
     -De pie-le pidió Tol, sin reconocerlo. Buscó rasgos familiares en la cara de Aristid, las facciones del padre. El otro se levantó.
     -Recuerdo, Señor, cuando vino con su hijo a la choza de mi padre.
     -No es posible.-Se apresuró a contestar.-Sigur nunca fue de caza conmigo, era muy pequeño cuando…
     -Su otro hijo, Señor…
     Tol se sintió apesadumbrado y herido. Había rencor en la voz del otro.
    -¿Tanto es tu odio que me apenas así?
     -Tal vez, no lo sé. Pero recuerde a Zor. Piense en el odio, y tendrá su razón. Los dolores no se olvidan, el rechazo tampoco, y el odio surge fácilmente de ellos.
     -No es eso lo que acordamos-interrumpió Sigur.
     -Yo no he acordado nada. Somos aliados por necesidad. Mire atrás. Hay cientos de hombres esperando órdenes para morir, por lo menos una sola razón válida. Sin dudas ni remordimientos que debiliten la fuerza del motivo que los trajo hasta acá. No cederé mis hombres a la sombra de
la duda. Ustedes y nosotros. No mezclados. Si no fuese su hijo mayor el que nos separa…
     Tol asintió, en silencio. En la cara de Aristid había algo de melancolía.
     -¿Dónde está el respeto que le debes a mi padre?-dijo Sigur.
     -El respeto se acabó con la muerte de mi hijo. Sólo debo respeto a mí mismo y a los míos.-Se acercó a Tol, y éste hizo un rápido gesto de defensa.
     -No me tengas miedo-le dijo, y le dio un beso en las mejillas.-Por el pasado-murmuró después. Se dio vuelta y se perdió en el claro de luz de las antorchas.
 
     El viaje continuó durante tres días. El conjunto de hombres y armas se desplazó lentamente por las zonas escarpadas, cubiertos de piedras los senderos y bosquecillos hacia los Montes Perdidos. Caminos estrechos en los que entraban no más de diez hombres a la vez. La gente de Aristid se había ido mezclando entre los hombres de Tol. Su actitud tranquila y amistosa contrastaba con la severidad de su jefe. Parecía una estrategia, y Tol no dejó de notarlo. Pero un aliado era un amigo, se dijo, y Aristid, como enemigo, podía ser impredecible. Así que observó, desde su montura, las manchas de ropas oscuras de los rebeldes, confundiéndose como círculos de sangre entre las ropas claras y las pieles blancas de sus propios hombres.
      Se acercaba una tormenta desde el sur. Nubes deformes y negras dejaban ver relámpagos aislados, que provocaron escalofríos en los caballos.
     -Lloverá-dijo él, para romper el silencio en el que habían estado cabalgando desde hacía rato.  
     Cesius iba a su lado. El tarpán rojo se veía nervioso, sacudiendo la cabeza, como si quisiera deshacerse de las riendas.
     -¿Lo dice por las nubes en el valle? Siempre han estado allí, desde que se formó el lago de la inundación hace algunos inviernos. Ya le he hablado de esto, pero no esperaba que lo entendiese hasta verlo por sí mismo.
     Adelante, la gente que Sigur conducía se había detenido al borde del valle, el sitio más cercano al que podían llegar sin entrar al pueblo. Alcanzaban a verse como una mancha gris en la neblina, que a pesar de ser mediodía, permanecía como un crepúsculo continuo. Pero los pensamientos de Tol se interrumpieron cuando vio una flecha sobre el cuello de su caballo. El animal se encabritó un instante y luego se derrumbó, mientras muchas más caían alrededor. Él pensó en sus piernas, y saltó antes de que el caballo lo aplastase, pero su lanza se partió y el crujir de la madera resonó fuerte, como si fuese el único sonido del mundo en ese instante. Sin embargo había gritos de desbandada, órdenes de mando, galopes y zumbidos de interminables flechas. Sus hombres caían. Muchos escapaban, pero vio que algunos formaron un refugio con sus escudos, pero las flechas continuaron aumentando de intensidad.
     Cesius quiso ayudarlo, Tol ya se había levantado. Las piernas le obedecían. Luego lo ayudó a subir al caballo rojo, y galoparon hasta el círculo donde estaba su gente. Una boca se abrió en el centro, negra y cálida, llena de calor y sudor de hombres. Invadida de quejidos y temblores que el orgullo no dejaría demostrar por mucho tiempo. La luz gris se filtró por las ranuras entre los escudos, sobre los que las flechas seguían repiqueteando con el mismo y exacto sonido de una lluvia torrencial. Los recibieron entre los haces de luz donde el polvo giraba.
     -¡Nos atacaron por retaguardia!-se lamentaba alguien.
     -Eso ya lo sabemos-dijo Cesius.- Estaba seguro que Zaid no nos iba a dar tiempo siquiera de hablar. No toma riesgos.
     -Pero él no sabe que es a su familia a quien ataca-dijo Tol.
     Cesius no insistió.
     -Esperaremos a que se detengan las flechas. Después enviaremos dos mensajeros a Sigur. Uno tendrá que ser un señuelo. Pero si fallan, no habrá oportunidad para un tercero.
     Un oscuro bosque cercano los separaba de Sigur y sus hombres. Los caballos se habían negado a acercarse esa noche, porque los lobos habían aullado, y sólo aceptaron continuar cuando el sol iluminó el camino. Debían salir de la trampa antes de la noche siguiente.
     Un rato después las flechas disminuyeron sus fuerzas.
     -Ahora es tiempo-dijo Tol.
     Un mensajero salió cabalgando. Lo vieron perderse de vista mientras las flechas lo seguían como bandadas de pájaros pequeños y largos. El segundo mensajero partió recién entonces, tomando un camino hundido en la grava alta. Ni siquiera el polvo se levantó a su paso. Dos escudos lo protegían apoyados en los flancos del caballo. Las nubes estaban creciendo. Los relámpagos centelleaban entre las flechas e iluminaron al mensajero mientras desaparecía tras los árboles de la ladera oeste.
     -¡Avancemos!
     El caparazón de escudos se fue desplazando hacia el sur. Cuando llegaron a los bosques, el reflejo opaco del sol sobre el cuero iluminó un poco más el suelo, y las flechas se perdieron entre la masa de los árboles.
     -¡Nos atraparán aquí, Señor!
     -Por eso hay que avanzar. Mira estos viejos árboles. Son presas fáciles para el fuego.
     Durante toda la tarde, huyeron hacia la salida que terminaba en la planicie donde debía estar Sigur. No se escuchó más que el galopar y los relinchos asustados de los tarpanes. El sol aparecía de tanto en tanto entre las nubes que el viento intentaba arrastrar. Los caballos comenzaron a excitarse, se detenían y golpeaban la tierra con las patas. Se dieron vuelta y vieron lo que temían: el fuego que alguna flecha encendida había iniciado en un viejo tronco. Ellos eran rápidos, más que el fuego, pero el bosque era también un enorme alimento para una hoguera.
     El caballo rojo continuaba cabalgando sin cansancio, llevando a Cesius y a Tol, pero a pesar de su fuerza, comenzó a relegar terreno a otros, perdiéndose en el conjunto de hombres y animales.
     -¡Sigan, no se detenga!-gritaban algunos para animar a sus compañeros.
     -¡Qué desastre, Señor!
     -¡Nos ha sorprendido deshonrosamente!
     -¡No se desanimen!-dijo él, jadeando, olvidado ya de su enfermedad, creyéndose otra vez joven. Su pelo canoso se mecía con docilidad con el viento frío entre los cientos de árboles que aún les quedaba por atravesar.
     El fuego del bosque. Su sueño de mucho tiempo atrás. Él era ahora el viejo y no el joven.
     Los árboles siempre son los mismos. El fuego quema de la misma forma. Los hombres mueren como siempre. El cuerpo no tiene secretos para eso. La muerte alumbra los espacios entre los huesos, y ya no hay secretos, misterio ni dudas.
     Los mensajeros debían haber llegado, pero era inútil. No eran perseguidos por hombres, sino por el fuego contra el que nadie podía combatir, sólo había que dejarlo crecer hasta que su alimento se acabase. Tol se sujetó con fuerza contra la espalda de Cesius, porque sintió que los árboles se balanceaban sobre su cabeza y temía caerse del caballo.
     Pero pronto se hallaron en terreno abierto, de pasto verde y brillante. Una pradera amplia con una curva suave que llevaba hacia el oeste. La tarde acababa, y parecía relumbrar sobre la hierba, que absorbía la luz para volver a reflejarla en tonos verduzcos y ocres. Allí empezaba el valle, donde la colina descendía en una extensa pendiente. Y en contraste con la casi etérea luminosidad, como si permaneciese suspendida de las nubes, la oscura materia del lago semejaba un abismo cuyo fondo no lograba verse del todo. Las nubes seguían girando en espiral, moteadas con manchas claras y naranjas.
     Vieron hombres asomándose desde la curva horizontal de la colina. Primero las cabezas, luego los cuerpos, finalmente los caballos. La gente de Sigur cabalgaba con rapidez hacia ellos. Tol sintió alivio. Ya no estaban solos. Pero el fuego crecía detrás, tomando los últimos árboles. La humareda inmensa subía al cielo, cubriendo de gris las escasas partes por las que aún penetraba el sol.
     -¡Padre!-se escuchaba gritar a Sigur a la distancia, entre el trote de los tarpanes.
     Tol dijo a Cesius que fuera hasta la colina, e hizo el ademán a los suyos para que los siguieran. Ya no podía precisar cuántos hombres le quedaban.
     -¡Padre!-gritó Sigur una vez más.
     El caballo de su hijo llegó a su lado, y los brazos de Sigur lo agarraron de la cintura y lo llevaron a su propio tarpán. Tol sintió recuperar su fuerza. En el pecho percibió el cosquilleo de la pluma, y dejó que Sigur tomara el mando.
     -¡Vamos al valle!-lo oyó ordenar, con el brazo izquierdo en alto.
     Todos miraron atrás una vez más, hacia el fuego que ya no podía avanzar sobre la hierba fresca y los pastos jóvenes.
     Cesius, Tol y Sigur iban adelante, y pronto alcanzaron el extremo oeste de la colina. La ladera tenía una pendiente, como la orilla de un río o una playa. Pero los caballos comenzaron a encabritarse otra vez.
     -¡El fuego!
     -Ya no es fuego lo que temen, y no está detrás sino adelante-dijo Sigur.-Tiemblan diferente.      
     Era verdad, era un temblor distinto, casi podía palparse la desesperación. Los tarpanes se calmaban por momentos, y luego intentaban retroceder. A pesar de sujetarlos de las crines y apretar los flancos con fuerza, las bestias querían huir. Detrás, el fuego continuaba, quieto pero constante.
     -¡Van a matarnos!-dijo Tol.-¡Quieren llevarnos de vuelta a las llamas!
     -No, padre. Es que huyen del valle, ¿no lo ves?-Y miró hacia el lago.
     El cielo parecía caer con su pesado color morado sobre toda la región, hasta más allá de los montes.
     -Por todos los dioses-murmuró Sigur.
     -¿Qué ves?
     -¡Miren!-gritó, alzándose en su montura sobre el caballo inquieto.
     Los demás se aproximaron para ver. La ladera era un oscuro camino sin contrastes. Únicamente los relámpagos continuaban con su lumbre intermitente. Unos brillos se habían formado en la superficie del lago. Un aire frío, de tormenta, atravesó la zona, y las nubes giraron más rápido, cambiando las tonalidades del cielo de una casi noche a un estado de crepúsculo lluvioso. Algo había crecido en el aire. Algo que había hecho erizar el pelaje de las bestias. Incluso los hombres sintieron un escalofrío en la espalda y un hormigueo en los brazos.
     -¿Qué es esto?-preguntó Tol, que sentía que en sus piernas volvía a circular la sangre más rápidamente.
     -Es la vida, así huele la vida-dijo Cesius.
     Los bultos en la superficie del lago se estaban moviendo como en oleajes espesos que no rompían en ninguna playa. Se elevaban y aparentaban alzarse hacia el cielo para volver a  caer en incontables gotas vacías.
     -Yo vi las aguas alzarse al cielo, pero esta vez están naciendo.
     -¿Quiénes?
     A Tol le exasperaba la forma en que Cesius contaba las cosas, como si hablara siempre para sí mismo y no a los demás.
     -Toman la vida de los seres a su alrededor. Se alimentan. Los muertos quieren volver a vivir. Ya no quieren ser sólo sombras que algunos hombres ven a veces.
     Los caballos se hicieron incontrolables y comenzaron a correr hacia el bosque. Sólo el tarpán rojo se mantuvo un poco más sereno, y golpeando la cabeza contra los que estaban a su lado, parecía hablarles. Entonces los tres caballos se mantuvieron firmes, aunque temblorosos, mientras sus dueños contemplaron a los bordes del lago empezar a extenderse y abrirse como dedos. Los bultos se habían convertido en cosas sin forma definida, pero avanzaban arrastrando oleadas de fango y barro.
     Las masas de agua estaban cambiando rápidamente. Ahora eran piernas que cargaban torsos y brazos y cabezas mezcladas, que pronto empezaron a incorporarse a los cuerpos.
     Cuerpos de guerreros.
     Estaban cubiertos de algas verdes y llevaban armas. Lanzas en el brazo izquierdo, puñales en la mano derecha. Las cabezas alzadas, los cabellos negros y largos. Las barbas espesas. Los pechos cubiertos de un vello que dibujaba la forma de una espiral, como si el cielo se hubiese gravado allí.
     De toda la costa del lago, los guerreros surgieron y caminaron en todas direcciones. Lentamente, y sin detenerse. Igual que ciegos, pero tenían ojos. Puntos pequeños en medio de las caras ocultas por los cabellos largos. Puntos negros como carbones recién sacados del fondo de una grieta, de un pozo donde el agua había alimentado el cultivo de los muertos.

*

    -¡Mujer!
     Tahia desnuda caminando hacia el agua. Sola, y con los ojos cerrados.
     Te entregas a ellos. Los has extrañado más de lo que me amas.
     Pero Zaid no podía reprochárselo. No en ese momento en que ella se estaba sacrificando para darle poder. La única fuerza que ella conocía por haberla tocado con los dedos de su alma endurecida, mucho tiempo antes, a través de la entrada sin luz del depósito de armas de la vieja choza que habían compartido. Su mortaja y su tumba. Tal vez con esos ojos muertos, sin nada que hacer más que mirar la oscuridad, ella había observado las armas y las ratas. Para cuando despertó, sus anteriores dudas o inseguros pensamientos ya se habrían cubierto con el polvo y adquirido el filo que hiere.
     -Los intrusos del mar…-le dijo ella hace dos noches, acostados bajo el manto de niebla, húmeda y calurosa, mirando el cielo del lago. Tahia hablaba como si tradujese otras voces que llegaban desde ese lugar cuyos elementos: agua, fango y nubes, parecían fundirse unos en otros, para volver a separarse y unirse nuevamente, sin detenerse nunca en su ciclo. Girando en espiral, centelleando a veces. Una densa oscuridad sin fondo se iba cerrando en el centro, donde ya no podía distinguirse nada con claridad, ni una ola o reflejo. La arena de la playa ya no era arena, sino terrones duros como piedra.
     -Los intrusos del mar-repetía ella-vendrán, y son fuertes, pueden vencerte.
     -No lo harán.
     -Créeme si yo lo digo.
     -No dudo de tu palabra. Pero esta vez te equivocas. Encontré las armas del jefe de los rebeldes, que Reynod había escondido.
     -Pero falta mucho tiempo para que estén preparados. Tú mismo lo dijiste hace días y postergaste el ataque.
     La mirada de Tahia seguía fija en las nubes que se desplazaban pesadamente, como si el cielo hubiese decidido cambiar su morada sin decidirse del todo todavía. El vértigo sobresaltó a Zaid, y sintió que era él quien se movía o la tierra que se estaba levantando.
     -Me esperan-dijo ella.-Desde hace tanto…Prometí volver. Les dije que volvería a la vida por un tiempo a preparar los hechos necesarios para su retorno. El regreso de los que nunca mueren. Qué puede ser más grande que ellos. Ustedes, los mortales, no son nada. Terrones que se deshacen al cerrar un puño.
     Zaid la miró, apesadumbrado. Algo le apretaba el pecho y le oprimía la garganta. Sus ojos se humedecieron y se recostó sobre el cuerpo de Tahia.
     -Tengo miedo de quedarme solo. Nada podré hacer en tu ausencia.
     Ella rió.
     -¿Acaso no te acuerdas cuando me cargaste desde nuestro hogar hasta las montañas? Has sobrevivido sin mi ayuda mucho tiempo, pero esto no puedes hacerlo solo. No es tu tarea siquiera, sino la mía. Ellos-dijo, señalando el lago-son los míos.
     Carretero de los muertos.
     No recordaba quién le había dado tal nombre. Bestia y carreta a la vez. Eso era él. Instrumento de los otros.
     Matriz…matriz.
     Las voces se mezclaban en su memoria.
     Dador de placer.
     Instrumento. Y luego nada. Materia para el deshecho y el tiempo. Y luego nada. Ni siquiera el alma. Había nacido sin alma. Con esa idea que alumbraba su mente como si después de tantos inviernos aún fuese nueva, volvió a sentir aquel viejo dolor de la infancia. La piel le ardía, y comenzó a sacarse las ropas. Tahia lo miraba, sin temor. Con las piernas abiertas, las rodillas apoyadas junto a las caderas de su mujer, Zaid se rascaba el cuerpo desnudo con las uñas hasta lastimarse. Cuando ya no sabía como deshacerse de aquel dolor, se acostó sobre Tahia y sus labios se pusieron a recorrer el cuerpo de ella. Luego comenzó a morderle las mejillas, los labios, el cuello. Siguió más abajo, los senos, las caderas. Los dientes de Zaid besaban y mordían, sin mirarla ni una vez, con los ojos cerrados y las cejas fruncidas. Las marcas quedaron en la piel, pequeñas, con un halo blanco alrededor de un punto rojo.
     Entonces, ya sin encontrar otro lugar que devorar con besos, Zaid la penetró con más fuerza que lo habitual. Ella se abandonó a los brazos del hombre que parecía bailar sobre su cuerpo, cuyo sudor goteaba sobre Tahia e irritaba sus heridas. Zaid no quería dejarla. Un vaivén de idas y venidas a través del tiempo. Un día eliminado, un invierno. Así iba contando él, con gemidos y el dolor del rostro. Cuando hizo su gesto final, la empujó hacia un lado y se quedó como estaba, boca abajo, con los ojos abiertos, de espaldas a Tahia. Su piel estaba cubierta de gotas que le corrían por los hombros. Tenía la mirada puesta en el lago, perdida como si viese otra cosa en realidad, tal vez un río quieto.
     La siguiente noche durmieron separados. Él no se atrevió a mirarla a los ojos, pero ella sí lo observaba.
     -Hoy no, querido. Debo prepararme para mañana. Tu cuerpo ha dado frutos esta vez, y tengo que entregarme.
     Zaid no entendió. Por eso, en la tarde del día siguiente, cuando ella se desnudó y comenzó a acariciarse el vientre, supo lo que ella había querido decirle. Quiso detenerla cuando Tahia comenzó a caminar hacia la orilla del lago.
     -Ellos me esperan para despertar. Aguardan el fruto que les devolverá la vida.
     Carretero de los muertos, bestia de arrastre de las almas, cuerpo nacido para alimentar otros cuerpos. Muerte, resurrección y muerte. Muerte, resurrección y muerte…
     Las nubes bailaban sobre las aguas, igual que él lo había hecho sobre el cuerpo de Tahia, blando como el fango del lago. Las nubes estaban procreando algo en esas aguas. Las vidas vacías de la muerte.
     -¡Mujer!-gritó mientras ella escapaba hacia la orilla. Pero cuando ella se dio vuelta para mirarlo, él vio los ojos blancos que nunca había descubierto antes. Una blanca nada.
     La muerte es oscuridad, me han dicho. Pero no es así. La muerte es blanca. Blancura de ciego frente al sol.
     Tahia entró al lago. Los pies se hundieron, rodeados por círculos de agua que ya no parecía tan espesa. La solitaria y pequeña figura de su mujer bajo la sombra espiral de las nubes. El horizonte oscuro confundiendo el cielo de agua y las aguas nubes. La indefensa silueta de la mujer se hundía lentamente. Pero entonces unos seres empezaron a nacer de la superficie, y treparon por el cuerpo de Tahia. Eran más grandes que simples gusanos del barro. Más parecidos a humanos empequeñecidos.
     Él estaba seguro de lo que veía, porque lo recordaba. Pequeños cadáveres subían por la piel de Tahia y allí desaparecían. Él, que había expulsado cuerpos como esos en las montañas, estaba viendo a los muertos recuperar un verdadero cuerpo.  
     Cuando ella se sumergió hasta el cuello, dos manos surgieron del agua. Nunca sabría a quién habían pertenecido alguna vez, o por qué fueron tales manos y no otras. Por qué no cientos o sólo una. Las manos empujaron la cabeza de Tahia bajo el agua, y ya no volvió a salir.
     Zaid temblaba. Miró alrededor, pero no vio nada, como si estuviese aislado del tiempo en aquel espacio de colores extraños. Manchas rojas aparecían de vez en cuando entre las nubes. Puntos amarillos que brotaban del lago.
     De allí llegaba el ruido de burbujas, pero sabía que no había peces en ese lugar. Entonces descubrió las caras formándose con la brisa que movía las aguas. Los ojos, la boca, los contornos, creándose igual que lo hace un niño cuando dibuja con una rama sobre la arena. Las caras planas enfrentaban al cielo, y luego se inclinaban hacia la playa. Toda la superficie era un manto continuo de rostros, porque habían surgido uno después de otro sin que él tuviese tiempo de verlos todos. Rápidamente, dos y tres a la vez en un sector, otros mucho más lejos. Y cuando todas las caras se inclinaron juntas, los cráneos nacieron como pequeños montes. Bultos de fango. Barro moldeado por extrañas manos. Las cabezas se levantaron del agua, y surgieron los cuellos que las mantenían firmes. Cuellos anchos y desnudos de piel. Después aparecieron los hombros y los brazos. Manos de dedos perfectos, rígidos y en puño, sujetando mangos de puñales de hueso y lanzas cubiertas de algas.
     Y los guerreros, porque eso eran, Zaid lo sabía, llegaban con sus propias armas para pelear por él. Salieron del agua formando filas que se dirigían a la playa. Caminaban en largas columnas que se extendían hasta su origen, en el centro impreciso del lago. Pero nada indicaba que dejarían de nacer. Cabezas, brazos y piernas seguían apareciendo, y mucho más atrás, el borboteo continuaba creándolos.
     Los guerreros avanzaron hacia él. Estaban ya tan cerca, que no pudo evitar ver el color de sus ojos escondidos bajo los cabellos. Los ojos tenían el aspecto del carbón. Diminutas rocas negras. Los labios eran delgados como lombrices. Y mientras observaba acercarse aquellas caras, la primera de todas se detuvo frente a él. Zaid no tuvo miedo. No sintió más que un vacío en el que el tiempo cumplía su orden implacable. Tiempo y espera en el vacío. Eso era la muerte.
     Los guerreros se arrodillaron. Las lombrices de los labios se separaron. La voz del hedor se esparció en el aire.
     -Señor-dijeron todos juntos, y las nubes sobre Zaid comenzaron a descender y formar un cono hacia la tierra, por donde el cielo parecía hundirse. Pero cuando el eco de las voces desapareció, las nubes se calmaron.
     No les preguntaría nada. Si cada vez que ellos hablaran, el mundo haría un movimiento para perecer, el poder que ahora él tenía era demasiado inapreciable como para malgastarlo. Era casi como si él fuese la muerte. Pero no se haría ilusiones. Él era, únicamente y como siempre, un ejecutor.

Los guerreros se han quedado quietos. Apenas alcanzan a verse en medio de la noche. Sólo resaltan sus hombros y cabezas, cubiertas por una pálida blancura, como el polvillo de alas de mariposa. Es verano, y los insectos vuelan a su alrededor. Pero ahora están dormidos, quizá, si es que ellos realmente duermen. Sus ojos de carbón no se han cerrado, sin embargo. Las armas están oscurecidas por la sombra de los cuerpos. Les dirigí una mirada y me han comprendido. Hoy descansaremos, les dije después, para pensar en mañana. Todos giraron sus cabezas al mismo tiempo hacia el frente, y ya no volvieron a moverse.
     No puedo dormir. Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos. Me duelen. Quiero mirar a los guerreros. Siento el miedo de mis hombres ante ellos. Sé que ninguno duerme esta noche. Únicamente los muertos lo hacen, y no para descansar. Ellos nunca descansan y siempre duermen.
     Me gustaría cerrar los párpados, y que el sueño me invadiera tan brutalmente como antes lo hacía, acompañado por los seres espectrales y su continuo acoso. Pero hoy soy otro hombre, y ellos están ahí afuera, no dentro. Me son fieles y me obedecerán con una simple mueca de mis labios.
     Si al despertar yo estuviese solo. Desatado de todas esas manos muertas. Sólo yo, aislado, como muerto.
     Cinco de mis hombres se acercan y se sientan alrededor del fuego.
     -Estamos asustados, Señor.
     -No tengan miedo a los que salieron del lago. Yo voy a conducirlos, ustedes preparen sus filas como siempre.
     -No es sólo eso, Señor. Tememos su reacción cuando sepa lo que venimos a decirle. Los mensajeros heridos nos hablaron esta noche.
     -¿Y qué dijeron?
      Las caras de los hombres estaban pálidas frente al fuego, los labios se movían muy quedamente.
     -Han escuchado el nombre de Sigur, el nombre de Tol, y nosotros sabemos…
     Yo los miro con atención. Sé que no mienten. Nada me asombra a estas alturas de mi vida. Pero creo que debo resistirme a ser tan crédulo.
     -Han mentido, son unos traidores.
     -Están muriendo, mi Señor, no creo que nos mientan.
     Esperan mi respuesta. ¿Quién, en cambio, contestará mis dudas? El dolor brota otra vez, en la cabeza, como un vocero de llantos, gemidos y desgarros de huesos rotos por la pena. Como tambores sonando en funerales. “Maldito sea el que nace bajo el signo de la nada”, debió decir mi madre al descubrir que el día que nací no había cielo. Mi madre con la túnica blanca del día de mi funeral soñado.
     -¿Había una mujer con ellos?-pregunté.
     Negaron con la cabeza. Madre ya no está. Pero el funeral no se detendrá por un solo ausente. Continuará su paso por la playa, hasta la hoguera. Mi padre, fuerte y alto, camina erguido frente al cortejo. Mi hermano ya es un hombre también. Avanzan con la vista al frente. Las caras serias, pero la mirada resplandeciente, escoltando el lecho en el que me llevan. Veo mi cara claramente, y esta vez no tengo miedo.
     ¡Vida del sueño, usas el tiempo como barro para convertirlo en piedra!
     “Nos sostienen, son la tierra en la que caminamos”. El abuelo Zor tenía razón. De mí hablaba. Pero mi cuerpo sobrevivirá a mi muerte. Me defenderé. ¡Los enemigos llegan!

     El fuego del bosque era una línea dorada en el alba sobre la colina, un muro de humo se levantaba en todo el horizonte. Delante, el mar de pasto continuaba en la sombra nocturna. El manto de la niebla lo seguía aplastando. Y era ese manto el que se fue moviendo en pequeños remolinos: los hombres del mar se adentraban en ese otro mar inclinado. Navegando en sus caballos como sobre botes. Riendas como remos. Crines como velas.
     No los veía aún, pero a veces el brillo de una lanza centelleaba en el amanecer. La niebla se iba levantando, rápida, molestada y ofendida por los intrusos. Descendían en dos amplios flancos, por el oeste y el norte de la colina. Dos grupos más con hombres a caballo avanzaban igual que olas hacia una orilla. El tamaño de cada columna variaba por momentos, sus contornos se iban modificando, y tal vez fuesen sólo señuelos que escondían más hombres detrás. Debía haber más de quinientos sólo a la vista, y ni siquiera el fuego parecía haberlos asustado.
     El mar de pasto era tan extenso que tardarían en llegar. Debían saber que los habían visto ya, pero confiados en su número y en la fatalidad incierta de la guerra, no esperarían a que el fuego se apagase para recibir refuerzos.
     Zaid así pensaba, y dio orden de atacar. Los hombres avanzaron hacia la colina en largas filas de casi cien guerreros cada una. No utilizaría a los del lago aún, si podía evitarlo. Las dos primeras columnas comenzaron a subir la ladera. No estaba cada hombre detrás del otro, sino alternados y cubriendo los espacios vacíos entre cada fila. Llevaban las flechas en las ballestas, listas a disparar, ordenados en la posición que Zaid les había enseñado.
     -¡Disparen!
     Su voz se hizo eco en las voces de los otros jefes, hasta llegar a los guerreros, y las flechas volaron formando un gran arco dibujado en el cielo claro de la mañana. El arco comenzó a recorrer la segunda mitad de su trayecto. Él había imaginado el recorrido hasta la cima de la colina, y así estaba sucediendo. La lluvia de flechas cayó sobre la zona norte. En el oeste, los enemigos no se habían detenido, pero aunque vacilaban, siguieron avanzando, y de allí brotó una oleada de flechas rojas y candentes que quemó el aire y cayeron sobre la gente de Zaid.
     -¡Sigan!-decían los jefes, de grupo en grupo, en gritos que se repitieron mientras las flechas continuaban surgiendo de uno y otro lado.
     Zaid entró a pelear. Los hombres quisieron detenerlo, pero él corrió con su lanza en alto y se abrió paso entre las últimas filas hasta llegar al frente. Tuvo que saltar sobre los cadáveres quemados y flechas clavadas que todavía ardían. Los heridos que lo vieron pasar, aumentaron sus quejidos apretándose una pierna, un brazo, o el costado del cuerpo herido.
     Los jefes lo rodearon, con las caras cubiertas de sangre y los brazos con heridas abiertas. Los cadáveres habían sido apilados a un lado para no molestar el avance. Todos seguían luchando más adelante, con hachas y puñales contra los enemigos que llevaban la ventaja del número y los caballos, desde podían patear y arrojar lanzas antes de que ellos pudieran acercarse. Pero las nuevas armas de metal que Zaid había encontrado escondidas por los viejos rebeldes eran más fáciles de manejar, armas moldeadas y pulidas por el fuego.
     -¡Maten a las bestias!-gritó, y los animales empezaron a caer con sus jinetes. Luego arrancaban las armas y volvían a clavarlas sobre el hombre.
     Zaid se adentró más en el frente. Un tarpán lo empujó. Él se levantó con furia y clavó su lanza. El animal se tambaleó y cayó sobre el jinete. Zaid hundió en puñal en el hombre. Algunos vinieron a ayudarlo, y siguieron luchando en el poco espacio libre, mirando a todos lados al sentir el filo de las armas y los golpes de los cascos. Los cadáveres los hacían tropezar, los huesos expuestos se quebraban al pisarlos. Rescataban las armas todavía útiles, y avanzaban lentamente y hombre a hombre, siempre hacia delante. Los hombres del oeste eran más numerosos, llegaban protegidos por escudos.
     -¡Masa!-ordenó, y los guerreros se agruparon con las lanzas en alto apuntando al cielo.
     Las filas de atrás estaban desorganizadas y continuaban peleando con los que llegaban del norte. Los enemigos no parecían agotar ni disminuir su número. Pero Zaid y los suyos peleaban con los puñales a dos manos contra todo lo que estuviese en su camino de avance, abriendo brechas entre las filas enemigas. Como una masa roja de un volcán, pensó él, debían convertirse en algo tan fuerte y fulminante como la lava.
     El lado norte de la colina se mantenía igual, ninguno de los frentes lograba avanzar demasiado. Ordenó a sus hombres ir hacia allí, y sintió la sangre que se le iba secando en la piel. Pronto volvía a mancharse cuando su puñal se clavaba en otro pecho, arrancaba el arma y otra vez la hundía en el siguiente que aparecía a su lado, o detrás del que había matado. Uno de los jefes de su ejército le estaba gritando, pero apenas lo alcanzaba a ver.
     -¡Voy delante!-le decía, avanzando a golpes de lanza con su mano derecha, mientras usaba el puñal contra los que intentaban detenerlo. Lo vio vencer una barrera de diez hombres a fuerza de gritos furiosos y desesperados golpes de filo. Los enemigos lo rodeaban, pero fuera del alcance de sus brazos, cada vez que trataban de acercarse los amenazaba.
      Zaid se dio cuenta que había abierto un camino para ellos, y ordenó a los demás que lo siguieran. El claro se había agrandado cuando llegaron. Los caballos retrocedían y los jinetes no lograban controlarlos, como si Zaid y los suyos fuesen portadores de una plaga.
     -¡Formen!-gritó, y todos se ubicaron en un círculo, apuntando las lanzas hacia el centro y aumentando el círculo a medida que llegaban más. Los enemigos seguían retrocediendo. Pero entonces vio las bolas de espinas que llevaban atadas con cuerdas a los brazos. Las revolearon en el aire varias veces y comenzaron a lanzarlas contra ellos. Con un solo golpe las gruesas espinas de madera atravesaban los cráneos y los hombres caían con las cabezas partidas. A veces las bolas tenían dientes y se adherían al cráneo, entonces volvían a tirar de las cuerdas y las arrancaban con pedazos de huesos y carne. Las limpiaban con sus cuchillos y volvían a arrojarlas. El silbido de todas esas bolas atravesando el aire al mismo tiempo daba la impresión de una tormenta. Pero el cielo, limpio y luminoso, el sol brillante en lo más alto de esa mañana, estaba tan sereno como un indiferente testigo de la batalla.
     Las bolas golpeaban sólo una vez y eran efectivas para matar, pero ellos tenían que acercarse para usar los puñales y hachas, y necesitaban más de dos o tres heridas para acabar con cualquiera. Cuerpo a cuerpo con los enemigos, casi cara y pecho frente al aliento de los otros. Las lanzas tampoco les brindaban ventaja, las bolas las alcanzaban y partían. Los hombres de Zaid comenzaron a retroceder. El número fue disminuyendo, y se dio cuenta que en poco tiempo habían retrocedido el doble de lo que habían avanzado esa mañana. Todo el flanco oeste huía de vuelta hacia el valle.
     -¡Señor! ¡¿Qué haremos?!-le decía uno de sus hombres, parado sobre el barro, con las piernas abiertas y tensas, los brazos caídos, apenas sujetando lo que quedaba de la lanza. El arco partido colgaba de su espalda y las flechas estaban perdidas en el lodo. Los ojos eran dos manchas oscuras en la cara cubierta de sangre y una irreflotable expresión de pena más que de  miedo. Era tristeza sin consuelo, porque las fatales armas habían llegado como puños de los dioses.
     Entonces Zaid recordó a los guerreros del lago, y mirando al sol, se preguntó si los muertos necesitaban de la sombra o despertarían aún a pleno día.
     -¡Atrás!-gritó, y todos obedecieron y retrocedieron rodeando a su jefe y defendiendo la retaguardia mientras escapaban. Algunos estaban disconformes, pero no protestaron.
     -¡Atrás!-insistió al ver que lo hacían lentamente y con desgano.
     -¡No somos cobardes!-dijo una voz perdida en el tumulto, entre el silbido de las bolas dentadas y el chocar de los escudos.
     -¡Atrás, atrás!-repitió casi con desesperación, porque no podía explicarles en ese momento, y temía que cualquiera de ellos arruinara el plan que tanto tiempo y dolor le habían costado, aún sin saber que lo había estado creando desde aquel día en la balsa, o quizá mucho antes, el día de la circuncisión.
      Pronto llegarían a las playas, donde los cadáveres del lago esperaban quietos y formados en perfectas filas.
     Despertar, dijo él en voz alta.
      Pero continuaron sin moverse, con los ojos de carbón cerrados y el pelo de algas agitándose en la brisa. Zaid pensó que tal vez ellos estaban aguardando algo más. Eligió uno de los cuerpos de la batalla y lo levantó en su espalda. Las piernas del muerto arrastraban sobre el barro y dejaban surcos. Luego lo dejó caer y lo empujó hacia la orilla. El cuerpo se hundió, pero
nada sucedió. Buscó otro, lo arrastró de los brazos, pasando entre las filas y alimentó las aguas con el cuerpo. La superficie se movió en círculos concéntricos entre las piernas de los guerreros.
      Nada sucedió tampoco.
     -¡¿No es suficiente?!-gritó en voz muy alta, para que todo el lago lo escuchase.-Si no lo es, acá hay más, siempre habrá más para ustedes. Nunca cesará el alimento.
     Sus hombres lo miraban tristes y desconsolados, y aunque tenían miedo de esas aguas y los seres que habían surgido, cada uno pensaba sólo en su próxima muerte.
     Zaid fue y volvió cargando los cuerpos de los que habían sido sus hombres, los que tanto habían resistido, y ahora estaban siendo devorados por el lago.
    Muerte y resurrección.
    Los guerreros muertos son los creadores de las larvas.
     Los que continuaban llegando a la playa luchaban contra los jinetes que los perseguían sin cansancio. Habían perdido más armas en la huida y sólo les quedaban sus cuerpos para defenderse. Entonces vieron que entre ellos habían aparecido otros guerreros que no conocían. No eran hombres comunes, sino restos de diversos cuerpos unidos y elementos del agua. Los hombres se apartaron al oler la fetidez de los otros. Se abrió un claro en cada uno de los grupos hacia donde los muertos avanzaban. Y vieron que en el frente enemigo, los caballos comenzaron a encabritarse y arrojar a sus jinetes.
     El pensamiento de Zaid era uno con lo hechos que estaba contemplando, un lazo lo unía a la realidad, sin interrupción. No era sólo pensamiento ni únicamente realidad. Sólo presencia absoluta.
     Muerte y vida unidas.
     Muertevida.
     Esta era la palabra del presente, deshecha y esparcida en el barro como presente irrefutable.
     Ella su propio origen y finalidad.
     Lo demás: absurdo y abominación.
     Los muertos y su fuerza por encima de la tierra.

*

-¡Vencidos!-se lamentó Sigur, mientras su padre cabalgaba a su lado, erguido a pesar del cansancio, y mirando atrás, a los espectros de guerreros que los seguían.
     -Solamente una batalla, hijo.
     Sigur lo había visto rejuvenecer en plena pelea. Era el mismo que recordaba huyendo del volcán. La esbelta y alta figura de anchas espaldas. Únicamente el cabello encanecido y la piel con pecas de vejez delataban la distancia que había creado el tiempo. Pero hoy, manchados de sangre la cara y los brazos, sudoroso y sucio el rostro, y enlazada a su mano derecha una bola dentada, era más que un simple cazador. Más aún que el hombre joven que había sido cuando él, Sigur, era pequeño. Un cazador de hombres, y su estampa lucía como la imaginación infantil lo había bosquejado, tantos inviernos antes.
     Su padre nunca había dejado de ser su padre.
     Los rodeaba una cabalgata de casi cuatrocientos hombres que huían del valle, perseguidos por las apenas perceptibles pisadas de los guerreros del lago. Los perseguidores no los amenazaban ni arrojaban lanzas. Sólo los seguían como cazadores seguros de que en algún momento las presas se detendrían. Ni sigur ni Tol podían culpar a los suyos del miedo frente a esas sombras y su aspecto, sobre todo aquel olor insoportable. Algunos no habían podido volver a abrir los ojos luego de mirarlos, y otros se pusieron a gritar y a correr, abandonando armas y caballos. Pero la mayoría miró hacia al bosque, y cabalgaron hacia allí. No había más que el bosque de troncos caídos y otros en pie despidiendo humo blanco y gris, pero muchos otros árboles continuaban ardiendo a lo lejos.
     Entonces entraron. Un calor intenso surgía del suelo, aunque los caballos no se rebelaron: los perseguidores eran una amenaza mayor para ellos. El olor de cascos y pelos quemados al tocar las brazas entre las cenizas, inundaba las gargantas de los hombres. Iban en silencio, más lenta y precavidamente. Los troncos parecían capaces de quebrarse con un solo roce. Una liebre de pelo chamuscado pasó veloz por entre las patas de los tarpanes, pero los caballos no reaccionaron.
      Tol seguió mirando atrás de vez en cuando. Los guerreros continuaban ascendiendo la larga ladera de la colina.
     -Nuestra gente debía haber llegado ya. Los deben haber matado.
     -No lo creo-dijo Sigur.-Tal vez todavía tratan de defenderse y atravesar el bosque. Recuerda que hace apenas un día que arde.
     Cabalgaron hasta que llegó la noche. Las filas de guerreros se asomaban ya por encima de la cumbre. Luego, al salir la luna, las sombras del crepúsculo se dispersaron sobre el bosque. La luna rojiza alumbraba desde un cielo morado los contornos humeantes de los árboles. Pero sobre el valle, continuaba la oscuridad.
      -Descansemos-dijo Tol.-No se atreverán a entrar sabiendo que esperamos refuerzos.
      Sigur dudaba. La mayoría se acostó luego de alimentar a sus caballos, enlazando las riendas a sus muñecas para despertarse apenas los animales se moviesen. Otros cepillaron el pelaje de las bestias mientras vigilaban. Sigur les había prohibido encender fogatas. Su padre y él se sentaron sobre rocas, escuchando el resoplido constante de los animales asustados.  Se quedaron silenciosos por un rato, pero había algo latente en ellos que no sabían cómo decir.
     -¿Lo viste, padre?
     Tol miró a su hijo y bajó la mirada al suelo.
     -Sí. Se parece a tu abuelo a esa edad. El cabello espeso, la nariz recta…
     -No nos vio, ni siquiera nos buscó.
     -Quizá no sabe de nosotros.
     -Sí lo sabe, pero no le importa.
     -No creo en eso-dijo Tol, terminante.
     Luego fijaron la vista en el horizonte azulado de la noche sobre la colina. Atentos a cada pisada o crujido sobre la hojarasca. La voz monótona, gastada, de cada uno, había sonado con tonos irritantes en los oídos del otro.
     -Dormiré un poco-dijo Sigur.
     Tol asintió y también se acostó donde estaba, sobre un lecho de paja en un hueco apenas excavado.
     Sigur se separó de su padre y caminó entre los guardias. No tenía deseos de dormir. Pensaba en su hermano, en la batalla perdida, y en qué sucedería mañana. Miró varias veces hacia lo profundo del bosque, donde pálidas manchas de ceniza y humo impedían la llegada de su gente. Después, se volvió a observar el borde de la colina, donde las sombras humanas aguardaban.
     Por qué no vienen por nosotros, por que se retrasan. Si no necesitan descansar, si la noche es su ámbito propicio, por qué no vienen a acabar con nosotros.
     Sabía que los muertos actuaban siempre así, acechando ocultos, ofreciendo fútiles esperanzas para el comienzo del día. La muerte solía llegar al alba. Era una costumbre, así como los sueños llegaban también a esa hora.
     Los sueños tal vez son de los muertos, o sus palabras. Por eso despertamos tan pronto, asustados. No pueden evitar tocarnos, y la piel de los sentidos reacciona y nos despierta. Nos rescata por un día más del abismo.
     Se estaba adormeciendo allí parado, con las manos a la espalda y las piernas firmes, un poco abiertas. Balanceándose como si los brazos de su madre aún lo sujetaran. La brisa nocturna, siempre con olor a quemado, lo rodeaba y lo envolvía, meciéndolo. Cuando abrió los ojos, la claridad del día se asomaba por el este. Aún no había salido el sol, pero el cielo lucía más claro y las estrellas se debilitaban. Entonces vio llegar un ave desde el norte. Las alas anchas se movían dos o tres veces y luego permanecían quietas, planeando, después volvía a aletear otras tantas. Solitaria, el ave volaba directamente hacia él.
      Reconoció al pájaro: un buitre negro, mensajero de su hogar del norte. El ave graznó con fuerza ya muy cerca de él, y comenzó a dar vueltas a su alrededor. Sigur levantó el brazo izquierdo y el pájaro se posó sobre el muñón. La cabeza, tan oscura que casi no se veían los ojos, se movió de un lado a otro, como si no lo viese o no estuviese interesado en verlo aún.
     -Mensajero, ¿cómo está mi familia?
     El ave agitó las alas, y un montón de plumas cayó al suelo. Con el pico corvo se rascó el pecho. Recién entonces se dignó a mirarlo. Sigur bajó un poco el brazo, para que el ave le hablase al oído. El pico se acercó a él, y Sigur escuchó las voces tan ansiosamente añoradas.
     Tu hijo crece tan grande y fuerte como se espera de tal simiente. No te asombres si pronto tus hazañas se olvidan, y las de él prevalecen. Te dignarás a llevar el nombre de Padre. Padre de la semilla que dará frutos, y estos frutos más descendientes. Y la generación esperada llegará por fin. La época en que el pueblo del norte será dueño de la tierra del sueño.
     No soy yo quien te habla, padre, sino mi futuro. Mi  porvenir se hace voz para saludarte y mostrarte mi cara con mi voz, ya que nunca me has visto. Por eso, hoy marco mi porvenir en tu memoria. Por eso, padre, te digo que te enorgullezcas de mí como te enorgulleces de ti mismo. Las almas llegan, padre. Se romperá el antiguo hechizo que las brujas crearon en los bosques. A eso he venido, a decirte que no dejes de mirar el cielo esta mañana.
     Sigur sintió un fuerte dolor de desgarro en la oreja. El ave se apartó se apartó un poco, pero se quedó prendida a su brazo. Sigur se tocó con la mano derecha. Sólo colgajos de carne quedaban, la sangre le inundaba el oído y chorreaba por el cuello. Se dio cuenta que ya no podía oír de ese lado. Pero esto no pareció preocuparlo. Obedeció, llevando la vista al cielo, y vio la inmensa bandada de aves negras que se acercaba desde el norte. Primero era una franja que cubría el horizonte lejano, después se convirtió en diferentes líneas de bandadas cada vez más anchas y grandes.
     -¡Padre!
     Algunos corrieron a él, y al verlo mirar al valle comenzaron a preparar las armas, pero nada veían llegar desde ahí.
     -¡Prepárense a atacar! Formen un solo flanco junto a los caballos, pero no monten.
     Los hombres no entendían el propósito. Aún medio dormidos, alistaron sus armas.
     Tol se acercó a su hijo.
     -¿Qué pasa?
     -Nada que no tuviese que pasar. Mira, padre, allí vienen.
     Tol miró al cielo. Las bandadas eran innumerables. Llegaban en inmensos grupos, uno detrás del otro, y las primeras no estaban demasiado lejos ya.
     -Necesitamos los tarpanes, padre. Debemos hacer que los refuerzos traigan también sus caballos. ¡Mensajeros!-llamó a su derecha, y les ordenó ir en busca de los otros.
    Las bandadas estaban casi sobre ellos. Las más cercanas comenzaron a dar vueltas. Las siguientes las rodearon formando círculos concéntricos a medida que llegaban. En el cielo del norte no podía verse límite al número de aves. Continuaban naciendo de la distancia, acrecentándose, amenazando con borrar la luz del sol con sus anchas alas desplegadas. Los graznidos se hicieron estridentes, y un polvillo sin color caía de las plumas.
     Cesius estaba junto a Sigur, y las contemplaba extasiado.
     -Nunca vi antes algo tan hermoso-dijo.-Escuchen. Están formando una palabra con los graznidos.
     Inclinó un poco la cabeza y cerró los ojos, prestando concentrada atención.
     -¡Sí! Vienen a ayudarte, son tuyos y de tu hijo.
     Sigur lo miró, no demasiado asombrado de la intuición de ese hombre a quien nada le había contado de su vida. Los demás estaban terminando de juntar a los caballos cuando un viento descendió desde donde giraban los pájaros. El cabello rojo de Sigur se agitó, las crines se movieron con el viento, polvo y hojas dieron vueltas en el aire, despertando a todos de la pesadez matutina.
     Del centro del gran círculo, los pájaros negros comenzaron a bajar. Seguían graznando, y los hombres tuvieron que taparse los oídos para no aturdirse. Entonces la primer ave se posó en el lomo de uno de los caballos. El tarpán se agitó por un instante, luego se quedó quieto, más manso que si su propio jinete lo hubiese montado. El resto de los pájaros fue haciendo lo mismo uno después del otro. Se posaron en cada lomo, en el orden en que las filas de animales habían sido formadas. Pero en el cielo, el estrecho hueco dejado por las que bajaban, era enseguida ocupado por las otras, así que la extraña penumbra de la mañana no logró desvanecerse del todo. Un olor a tierra y plumas llegó con aquel polvillo desprendido de los cuerpos. Al posarse sobre los tarpanes, aleteaban por un momento, apretando el lomo con sus garras, sin lastimarlos.
      Los hombres se fueron apartando de los animales al ver aquello. Algunos, miedosos de la ira de los dioses, se arrodillaron para rezar. Otros parecían ansiosos por entender lo que estaban viendo, con la mirada asombrada y fija en lo que sucedía.
     Ya casi la totalidad de los caballos estaban ocupados por los pájaros, enfrentando la colina que llevaba al valle. La primera de las filas estaba lejos de Sigur, pero pudo ver que el ave en el centro estaba cambiando de forma. Recordó el sueño de sus noches en el norte. Era eso lo que había visto, y creyó que había estado soñando. Pero ahora todas las aves se estaban transformando en guerreros.
     El pico corvo se iba aplastando. El plumaje se convertía en cabellos oscuros que reflejaban las claridades con que la extraña luz matutina golpeaba sus figuras. Las plumas caían al suelo, y las alas se plegaban y enrollaban hasta convertirse en brazos gruesos. Las patas se alargaron, perdieron las garras y se hicieron piernas.
     Ya no eran pájaros, sino hombres.
     Eran guerreros.
     El pico se había convertido en un puñal en los cintos. Las plumas en piel cubierta de vello ocre y taparrabos sujetos con lazos. Los ojos parecían algo cerrados, confundidos quizá ante el despertar de nuevas formas. Miraban de un lado a otro. Las manos firmes en las crines, como si temieran caerse. Porque tal vez no reconocían su nuevo cuerpo, o quizá no recordaran el cuerpo recuperado. Luego, un sonido gutural salió de las gargantas. Lo que había sido su graznido, era ahora un quejido que lentamente fue transformándose en grito.
     Y un brazo se alzó de la primera fila. El pájaro hombre había terminado su transformación, y estaba gritando con el brazo alzado:
     -¡Al ataque!
     A él se unieron las voces de los otros, mezcla de chillido y canto, con los brazos en alto, aún echando plumas que revoloteaban alrededor, los puñales cortando el viento que el resto de las aves aún provocaban al seguir descendiendo en las últimas filas. Entonces partieron al galope, las siguientes las siguieron a corta distancia.
      Los hombres de Tol retrocedieron con las armas en las manos y sin dejar de señalar lo que veían. Tal vez pensaban que todo aquel prodigio se les vendría encima para castigarlos. Algunos corrieron de vuelta al bosque.
     -¡Prepárense!-gritaba Tol.-Debemos seguirlos. Para eso hemos venido.
     Pero ellos no se dejaron convencer. No era eso lo que habían esperado encontrar. Fuerzas que no comprendían, poderes cuyo favor podía tornarse fácilmente contrario. Sin saber de dónde llegaban esos seres o a quién respondían, lo mejor era temerles y huir.
     -¡Cobardes!-dijo Tol.
     Los hombres de Sigur no se movieron de sus lugares, pero temblaban. Se veía en el movimiento de los ojos que seguían los pasos de los pájaros hombres. Sigur escuchó que la tierra tronaba con los cascos de los caballos. El chillido de las aves en el cielo se había acrecentado, porque ya no quedaban tarpanes libres. Sus ruidos ya no eran graznidos, sino voces impotentes, y algunos pájaros bajaron y atacaron a los hombres que miraban.
     -¡Tengan paciencia!-gritó Sigur, pero no a ellos, sino a los pájaros.-Ya se acercan más caballos.
     Una manada llegaba desde el bosque, rodeada de ceniza agitándose en el aire. Las crines bailaban y los jinetes espoleaban a los caballos. Cada hombre cabalgaba uno y llevaba de las riendas otros diez. Eran trescientas bestias, tal vez quinientos tarpanes dispuestos a marchar. Detrás, reapareció Aristid al mando de un grupo de doscientos hombres.
     -¡Traje todos los refuerzos que quedaron de la resistencia! Estoy orgulloso de ellos, se empecinaron en salvar a los caballos del fuego.
     -¡Bien!-dijo Sigur, y comenzó a guiar a los tarpanes hacia los lugares libres dejados por los que habían avanzado.
     Aristid jadeaba luego de la cabalgata, y se había sentado a beber. El agua se atascó en su garganta cuando vio a las aves que tapaban todo el cielo más allá del bosque del que acababa de salir, y se convertían en hombres sobre el lomo de los caballos. Las piernas le temblaron y el vértigo casi lo hizo caer. No había comido ni bebido lo suficiente en cuatro días.
     -Dioses-murmuró. -¿Qué maldición es esta?
     Sigur no perdió tiempo en explicarle.
     -Prepara a tus hombres, en cualquier momento deberán avanzar.
     -Pero….-Aristid no dejaba de señalar a los hombres aves. -¿Ellos van a luchar?
     -La primera batalla, pero tal vez debamos continuar nosotros. No sabemos cuánto resistirán los enemigos.
     Aristid no volvió a preguntar. Arrojó la vasija y corrió a alertar a los suyos. Sigur vigiló con celosa mirada la metamorfosis de cada ave.
     -¡Padre, quédate acá hasta que veas retroceder a los guerreros del lago! ¡Entonces avanza!
     Sin esperar respuesta, salió al trote y se puso al frente de los guerreros del cielo, que continuaron sumándose detrás de las últimas filas. Tol lo vio desaparecer el frente de las columnas, hundiéndose tras la ladera de la colina.

     Sigur encontró a los guerreros del lago resistiendo el avance de los hombres aves, penetrando con lanzas el pecho de los tarpanes. Pero sus hombres respondían con golpes de filo de puñal segando cabezas y brazos que caían al fango. Él se seguía preguntando por qué los enemigos no habían avanzado durante la noche. Fácilmente los habrían vencido en la oscuridad.
     Tal vez tienen miedo a lo oscuro. Si vienen de la región sin luz, si vagan perdidos en la niebla continua de un cielo sin dioses. El cielo de la tierra al que ellos se atan con un eterno deseo de regresar. Volver a ser hombres. ¿Extrañarán tanto la luz, acaso, que ya no soportan la oscuridad?
     Los hombres pájaros se abrieron paso entre los grupos compactos de los guerreros muertos. Sin embargo, luego de tal vez medio día, quizá más, éstos volvieron a avanzar contra todo lo que hallaron a su paso. Los caballos intentaron retroceder, y los obligaron a continuar en la batalla. Los huesos de los muertos se quebraban y se asomaban de la carne, pero los brazos partidos continuaban luchando, y las piernas rotas seguían caminando.
     Los jinetes del cielo peligraban tan cercanos al hacha de los muertos. Los hombres pájaros siguieron cercenando cabezas a su paso. Sigur avanzó con refuerzos para relevar a los heridos, pero las almas hecha carne de los hombres pájaros, libres por fin del hechizo de las brujas, no quisieron descansar. Entonces se levantaron y buscaron los caballos sanos, y volvieron al frente.
     Los hombres que avanzaban caminando mataban con lanzas y puñales a un lado y a otro.
 Los cráneos abiertos eran huesos como conchas de caracol dadas vuelta. Cráneos abiertos como frutos con pulpa derramada, cayendo, colgando de los cuellos, balanceándose en las espaldas.
     -Una batalla sin fin-dijo Cesius, que había acompañado a Sigur a pesar de su negativa.
     -Ellos determinarán el final. Yo soy solamente un instrumento, mi cuerpo es nada frente al tiempo que ellos han esperado. Creo que lo entendí demasiado tarde.
     Continuó observando el fragor de la batalla, el entrechocar de las armas y los cuerpos. Sucio de barro, cubierto de heces y fragmentos de carne y astillas de los huesos de los muertos. El olor de la sangre y el aroma a podredumbre. Pero también el otro aroma, el de las plumas y el perfume del aire del norte. Por un instante, que volvió a perderse enseguida en su memoria, volvió a sentir el aroma de Gerda, el de su cabello claro cubierto de copos de nieve.
     Miró a los hombres pájaros, y la vio a ella.
     Miró a los pájaros hombres, y vio a los suyos.
     Buscó en el cielo a su hijo, y lo halló en cada par de ojos de cada ave.
     Entonces dio un grito de alerta, haciendo avanzar otra vez a sus guerreros. Comandando el ejército que él había formado a lo largo de tanta distancia recorrida, y que no podría repetirse quizá en miles de inviernos.
     -¡Ataquen!
     Su voz se repitió por las filas y columnas que guerreaban, desordenadas y cansadas, pero que obedecieron sin detenerse.
     -¡Ataquen!
     Los hombres avanzaron. Los guerreros muertos retrocedieron. Los caídos fueron aplastados por los caballos, y aunque podrían volver a levantarse, ya no tenían motivo para hacerlo. Todo cuerpo era capaz de recuperarse, esa era la tarea del agua, pero la carne muerta era un obstáculo insalvable. Por eso los cuerpos se fueron hundiéndose en el barro, desfigurando las formas de la misma lenta manera en que habían nacido del agua.
     -¡El lago!-dijo Cesius.
     Sigur levantó la vista. Estaban ya muy cerca, y los enemigos retrocedían hacia allí. Una enorme masa de barro se desbordaba de las orillas, pero no alcanzaba a ver la causa. Buscó a su hermano, pero sin hallarlo. Habría querido despedirse de él.
     Y no supo por qué había pensado en eso.
     Su caballo se encabritó. Eran demasiado los cuerpos aplastados en el suelo. Avanzaban sobre carne y huesos clavados en el fango y las bestias trotaban tambaleándose y lastimándose con las astillas. Al llegar a la playa, vieron que el lago había disminuido sus bordes. Toda la zona que atravesaban había estado cubierta por el agua, sembrada ahora de cuerpos tan viejos que parecían haber sido sepultados cientos de inviernos antes.
     El lago se estaba secando.
     Entonces escucharon los llantos.
     Al principio no lograron distinguir de dónde llegaban. Eran gemidos entrecortados, pero que nunca se interrumpían del todo. Diferentes tonos sucediéndose uno al otro, y eran tantos que no podían provenir de una sola persona. Muchos estaban llorando en algún lugar, y no eran los hombres heridos, porque los llantos eran débiles y agudos. Venían de algún lugar desde el centro del lago.
     Cesius se irguió en la montura, tratando de ver y prestar atención al sonido.
     -¿Qué es?-preguntó Sigur.
     Cesius señaló al lago.
     -¡Los niños!
     Sigur esperó a que le explicase.
     -Los niños abandonados en la barca a la deriva. ¡Ellos están llorando!
     -Pero están demasiado lejos para escucharlos.
     -Es que están muertos, ¿no los ves?
      Y Sigur siguió con la mirada el punto que Cesius señalaba. En el centro del lago, una mancha opaca se esforzaba por salir de la bruma.
     Cesius se veía extasiado por aquel descubrimiento.
     -Si supieses cuánto lloraron las mujeres del pueblo. Cada mañana, durante varios inviernos, iban hasta la orilla y esperaban. Las aguas se corrompían noche a noche, y el olor las envolvía como un mensaje que ellas se negaban a escuchar. ¡La barca de los niños muertos! ¡Allí está, surgiendo de la sombra!
     Los llantos se hicieron más fuertes, y comenzaron a herir los oídos de Sigur como espinas. Un escalofrío le recorrió la espalda. Trató de concentrarse en el avance de sus hombres, que continuaban venciendo a los guerreros del lago. Las aguas se estaban secando con rapidez, y los conducía hacia el centro. Pronto vio la barca con mayor claridad. Era un casco alto y sin velas. No se movía ni se balanceaba, sólo conservaba una leve inclinación. Estaba, quizá, encallada. No alcanzó a ver a nadie adentro, pero la niebla, despejándose de a poco, se desplazaba alrededor en diferentes direcciones, como si débiles vientos exhalados de pequeños pechos la empujaran.
     Los llantos siguieron un poco más fuertes, y Sigur pudo diferenciar hasta seis o siete voces, sólo algunas más identificables. Imposible de saber cuántas eran en realidad. Cada una parecía desdoblarse a su vez, multiplicarse en incontables tonos.
     Sigur pensó en su hijo.
     El graznido de las aves en el cielo se había atenuado, pero servía de fondo para confundirse con los llantos de los niños.
     Los pájaros y los niños lloraban.
     Sigur seguía pensando en su hijo. La sola idea, fugaz, de que podía estar sufriendo, fue semejante a la sensación de aquella vieja hacha cortando su mano izquierda.
     -¡Ataquen! ¡Ataquen!-gritó sin pensar.
     Los guerreros y sus bestias que aguardaban en la cima de la colina, avanzaron. El rugido de los cascos retumbó a lo largo de toda la colina, la masa de caballos y jinetes levantó el polvo como una nube de tierra desmoronándose desde el cielo. Pero Sigur recién entonces se dio cuenta que Cesius y él estaban en medio del camino, sin que ninguna señal los distinguiera en la bruma.
     -¡Protégete!-le gritó a Cesius.
     Luego se separaron.

     Vio desaparecer a Sigur entre el resto confuso de animales y hombres. El polvo lo había envuelto, pero el cabello rojo lograba distinguirse de tanto en tanto. Después, las últimas filas que se unían a las primeras, comenzaron a atropellarse entre sí. Tal vez la tierra de la ladera se había aflojado luego de tantas batallas. Tal vez el rocío nocturno y la lluvia habían removido las raíces que formaban el esqueleto de la tierra.
     Lo que Cesius veía era una avalancha de tierra, hombres y caballos resbalando y cayendo por la colina, creciendo al sumarse a los hombres que estaban a la mitad del camino inclinado. Pero el frente continuaba inmutable, siempre avanzando e ignorante de lo que pasaba.
     Cesius cabalgó hasta acercarse lo más que pudo a la avalancha que ya se había detenido. El polvo levantado era una masa que sólo le permitía escuchar los gritos de los hombres. Decidió desmontar y seguir a pie. Los heridos intentaban levantarse de debajo de las enormes bolas de barro que cubrían los cadáveres. Sólo se veían manos y piernas sobresaliendo de la superficie. Muchos llamaban desde debajo de los caballos muertos. Las puntas de las costillas de los tarpanes parecían jaulas clavadas en el fango. Los gritos que reclamaban ayuda lo aturdieron, pero él estaba dispuesto a ignorarlos para buscar de Sigur.
     Los pocos hombres que pudieron levantarse, tenían los brazos quebrados, y en los huesos expuestos había plumas que todavía continuaban cubriendo las heridas. Movían las cabezas como suelen hacerlo los pájaros heridos, y agitaban los brazos para sacudirse como inútiles alas lastimadas.
     Entonces vio, no muy lejos, un grupo de hombres de pie. Corrió hacia ellos, saltando sobre los cadáveres y resbalando a veces, hasta abrirse paso entre los que allí se reunían. El cuerpo de Sigur yacía bajo el peso de varios muertos que los demás aún no habían terminado de apartar, mientras otros paleaban la tierra de los costados y rompían los huesos con las azadas.
     Cuando finalmente lo liberaron, él se acercó para comprobar lo que ya sabía. El cadáver estaba cubierto de barro, con parte del cráneo arrancado y mucha tierra tapándole la mitad abierta de la cabeza, las piernas partidas y dobladas como tallos, en una postura humillante y deshonrosa. No era la muerte para un hombre como Sigur, se dijo Cesius. Si todo lo que había oído era cierto, no era esa la muerte merecida. Entre tantos hombres que allí estaban, había tres que habían llegado con Sigur de la región del Norte. Lo supo porque los vio arrodillarse junto al cuerpo y comenzar a limpiarlo, mientras rezaban en voz alta y sin mirar a nadie más.
     -Thierhold-repetían-Thierhold…
     Enderezaron las piernas de Sigur, lavaron su cara y el cabello rojo y largo, hasta darle un aspecto que piadosamente podía llamarse digno en medio del desastre que los rodeaba.
     La muerte en el barro
     La muerte en el fuego.
     El resto siempre es polvo y ceniza, polvo y humo.    
     Se acercó al cuerpo cuando los demás se apartaron un poco, y se agachó, murmurando algo que los otros no entendieron.
     -¿Cómo se lo diré a tu padre?-siguió preguntándole, preguntándose.
   
*

Cuando vio que sus hombres retrocedían, Tol dio a toda voz la orden de avanzar. Su gente y la de su hijo cabalgaron entonces al trote, alejándose del suelo gris del bosque hacia la pradera de tierra removida por tantos cascos y pisadas. El pasto había sido totalmente arrancado, los caballos saltaban las raíces de los arbustos que formaban una maraña de barro y pedruscos.
     La gente de Sigur parecía estar triunfando, y una ciega confianza, a la que antes no se había atrevido a ceder, comenzó a formarse en su ánimo. Por eso fue tan inesperada la sensación siguiente, como si le hubiesen cortado una mano con un arma invisible, sin dolor aún, pero que más tarde llegaría, sin duda. Pero ahora fue solo eso, la sensación del temblor de tierra llegando desde más allá de la mitad de la ladera. Una lluvia de barro que ascendía, para luego caer levantando el poco polvo ya seco. El polvo sobre el lomo de los tarpanes. El polvo en la cara de los hombres que morían.
     Pudo ver, de lejos, cómo los animales estaban resbalando y aplastándose entre sí. Tol miró a Aristid a la distancia. Lo vio hacer un gesto afirmativo, y continuaron avanzando.
     Él volvió a sentir aquella inquietud extraña que cada vez se parecía más a un mal presagio. El sonido de muchos llantos le llamó la atención. No de hombres, sino de niños.
     Qué pueden estar haciendo niños en esta batalla.
     Sin detenerse, Tol señaló su oído derecho con la mano alzada, mirando a Aristid. Éste afirmó con la cabeza, levantando los hombros en señal de ignorancia. Había algunos claros en el cielo, las aves disminuían su número y un tímido sol se asomaba formando grandes y fugaces círculos sobre el campo. Un brillo opaco resaltaba las masas de hombres al cruzar la colina, hasta que otra gran bandada cubrió otra vez el sol.
     Los llantos resurgieron, convertidos en gritos de niños que ya no soportan el dolor, o la tristeza, o quizá la soledad de su estado. Entonces Tol vio que el lago se había reducido a un espacio no mayor al que podían ocupar cuarenta hombres, y estaba casi seco.
     En el centro, una barca inclinada se estaba moviendo.
     Sin agua suficiente para navegar, y sin embargo se estaba moviendo.
     Las maderas del casco y la cubierta cedieron y cayeron al fango, lo único que quedaba de las extensas aguas. Mientras las maderas caían, desprendiéndose no como si algo las hiciese estallar desde adentro, sino por su propia podredumbre, un conjunto de extrañas figuras apareció desde el interior.
     Tol hizo detener a sus hombres antes de llegar a lo que ahora era una playa seca frente a las ruinas del lago. Aristid también interrumpió la marcha, y todos estaban más altos que el nivel de la playa, así que vieron lo que restaba del lago, nada más que barro secándose tan rápidamente que podía verse el vapor del agua elevándose del suelo y dejando montículos secos y duros, de donde sobresalían espículas de hueso o huesos enteros como columnas rotas.
     Y siempre en medio de una aridez creciente, estaba la barca deshecha, alumbrando como una hembra extrañas figuras cuyas formas todavía eran irreconocibles.
     Entonces los pájaros negros abrieron un enorme agujero azul en el cielo, y de la barca surgieron innumerables aves blancas, de un plumaje tan claro y brillante que encegueció los ojos de los hombres que observaban.
     Los pájaros blancos, más grandes que los mensajeros del Norte, desplegaron sus alas tan anchas como todo el largo de la barca, y subieron hacia aquella abertura del cielo. Uno a uno, volaron hasta perderse de vista en las alturas, confundiéndose sus contornos pálidos con el azul difuminado del horizonte.
     Tol se sintió perdido en un mundo que ignoraba. Qué eran sus aspiraciones mortales, sino tristes y pequeños conflictos frente a esa batalla que iba más allá del tamaño de su espíritu.
     Si no los hubiese abandonado aquel día. Si no me hubiese apartado de Sila y mis hijos. Ni el sacrificio de mi padre estaría entre las llagas de mi alma. Ni la gran distancia que me separa del amor de Sigur.
     Y el espíritu de Zaid no se habría convertido en lo que es. Yo pude haber sido su protector. Pude haberlo abrazado y hacer que eso fuese suficiente para transformarlo en otro hombre.
     Tol no logró deshacerse de esa angustia, cuyo origen no podía tocar ni ver con sus manos. Algo que no venía del profundo pasado, sino de lo que aún no había sucedido. Un filo abriéndole el pecho sobre el exacto centro de las costillas.
     Su corazón latía con inusitada rapidez, y ni siquiera durante la batalla lo había sentido agitarse así. Entregó el mando a Aristid y fue hacia los restos del lago. Un grupo de cinco o más hombres se acercaban a él. Notó el cansancio, el balanceo de las patas heridas de los tarpanes resbalando sobre la inclinación del suelo. Reconoció el caballo de Cesius, y aunque sintiera alivio de volver a encontrarlo, no dejó de inquietarse. Cuando estuvieron cerca, Cesius se adelantó.
     Tol adivinó su rostro bajo la triste máscara de tierra y sangre. Pero sobre todo, se dio cuenta de qué eran aquellas líneas finas, blancas y limpias, surcos que recorrían de arriba abajo las mejillas de los otros hombres. Entonces dos de ellos se abrieron paso entre los demás, y detrás apareció un caballo cargando un cuerpo. Boca abajo, las piernas colgaban por un flanco y los brazos por el otro. Los cabellos se balanceaban con el movimiento del tarpán sobre los montículos del campo de batalla. Algunos cabellos largos cubrían la cara del muerto. Cabellos rojos.
     Sigur muerto.
     El único que iba a heredar la tierra, muerto.
     Tol gritó sin bajarse de la montura. Un grito que podría haber desgarrado los músculos de su garganta, sonando profundo y largo, prolongándose en el eco de los montes.
     Los hombres lo vieron apretar los puños temblorosos, hundiendo las uñas en las crines y tirando de ellas tan fuertemente, que el tarpán comenzó a moverse y relinchar. Acudieron a él, pero no les prestó atención.
     Cuando su grito finalmente se detuvo, seguía con los ojos cerrados y las cejas fruncidas, pero no lloraba. Su cabello entrecano, la barca casi blanca, se agitaban más con el temblor del cuerpo que con la brisa, sin embargo él permanecía más quieto que la tierra a sus pies. Luego abrió los párpados, y sin mirar a nadie desmontó y caminó hacia Sigur. Apoyó su cuerpo contra el de su hijo, escondiendo la cara sobre la espalda del muerto. Estuvo así un largo rato, y de pronto, como un brusco despertar, sujetó en un puño un mechón de cabellos de Sigur, y los cortó con su puñal. Después los ató y envolvió con el lazo de cuero que sostenía el hacha contra un costado de su pecho. Los demás lo observaban como si presenciasen un rito, silenciosos y ensimismados en su tristeza.
     Tol entonces suspiró profundamente con un quejido, y comenzó a hablarles a los dos hombres más cercanos a Sigur. Sus ojos parecían apenas capaces de contener la furia.
     -Escuchen. Sé que ustedes llegaron con él desde la tierra del Norte. Preparen el cuerpo como es debido, y llévenlo de vuelta para que mi nieto honre su memoria. No lo enterraré en estas tierras malditas.
      Dirigió su mirada hacia el valle. Aristid se acercaba a la desnuda superficie donde había estado el lago. Muchos hombres lo secundaban caminando lentamente sobre los huesos y el barro. La gente del pueblo también iba hacia allí, pero desde lo que había sido el margen opuesto y donde habían estado asentados los últimos largos y funestos inviernos. Allí donde Reynod los había llevado, cuando aún eran dóciles y creían en él. Cargando azadas y hachas, esas lejanas y estrechas siluetas caminaban cabizbajas, aunque firmes. No lentamente, sino con una seguridad que nunca antes habían demostrado, por lo menos no que Tol recordara cuando vivía con ellos.
     Estaban solos por primera vez.
     Por primera vez estaban sin un hombre que los guiara. Sin embargo, caminaban no con las manos vacías, sino con herramientas e instrumentos de trabajo. Algo iban a hacer, algo ocupaba sus mentes.
     Tol los observó detenerse y comenzar a remover la tierra, fangosa todavía en el centro, dura alrededor. Hombres y mujeres penetraron la tierra con sus azadas, rompiendo los terrones casi pétreos, matando los gusanos del barro.
     Quebraron los restos de los huesos hasta hacerlos astillas.
     Y Aristide, a un costado del gran grupo de gente, los miraba trabajar. No los incitaba a hacerlo, sólo los contemplaba. Y la gente del pueblo le dirigía una mirada de vez en cuando. Los dientes relucían a veces en el rostro de las mujeres, y los hombres, únicamente con el movimiento continuo e ininterrumpido de los músculos, mostraban su gentil aceptación.
     Tol devolvió sus pensamientos al cuerpo de Sigur.
     Llevaban a su hijo a la costa y hacia los barcos.    
     Sólo Cesius permaneció a su lado.
     -Finalmente debo creer en los dioses…-murmuró Tol.
     Cesius esperó que continuase hablando.
     -¿Por qué no debería toda mi familia morir en mis manos? ¿Por qué unos y no todos?
     Hizo otra pausa, siempre mirando al pueblo que había dejado más de veinte inviernos antes.
     -Han estado volando en los aires de la fatalidad estos pensamientos desde mucho antes que yo naciera. Pensamientos tan crueles, ideas perpetradas con tal perfección, que sólo pueden haber nacido de la mente de los dioses.
     Sin mirar a Cesius, volvió a montar. Se quedó quieto un instante. Sacó el hacha de su funda, y se deshizo de la lanza, ya rota, y del puñal. Ambos se hundieron en el barro, como restos inútiles de un guerrero.
     Cabalgó, sin objetivo preciso, sabiendo únicamente que debía dirigirse al extremo este del valle, donde el principal número de enemigos permanecía esperando aún el avance de los rebeldes. Las chozas humeaban. Muchos niños lloraban solos, arrodillados y abrazados uno al otro.
     Tol avanzó entre las mujeres que se acercaron a él llorando. Se agarraban de las crines y la cola del caballo, dejándose arrastrar mientras suplicaban que les perdonase la vida. Él las fustigó con el lazo hasta lograr que se soltaran. Otros huyeron al verlo, asombrados de verlo llegar solo, siendo él el gran vencedor.
     Los más viejos lo miraban, señalándolo. Hasta podía él adivinar qué decían a pesar de no poder escucharlos entre los gritos. Nada más que viejos, niños y mujeres quedaban. El resto, había ido a cavar en el lago seco.
     Al final del pueblo, un grupo de hombres con armas lo esperaba. Eran los últimos guerreros que sobrevivían de la guardia de Zaid. Formaron un muro al verlo avanzar, y él detuvo el caballo.
      -¡Hijo!
     Los hombres murmuraron. Detrás, alguien los empujó para abrirse paso. Zaid apareció entre ellos y caminó hacia su padre. Parecía haber estado llorando.
     No pronunció palabra. Sabía que no era necesario.
     Cuando vio a Tol darse vuelta otra vez, lo siguió.
     Los hombres que lo vieron partir perdieron su último orgullo al ver que su líder se alejaba cabizbajo tras un viejo de gestos duros. Luego fueron en busca de lo que quedaba de sus familias.
     Tol no se animó a mirar atrás. Escuchó los pasos de Zaid sobre el polvo, arrastrados casi, y pudo imaginar su figura macilenta y contraída por la vergüenza.
     La pena lo venció por momentos, pero esa misma pena era a la vez tan profunda, que movilizaba sus entrañas y hacía nacer la furia que hasta allí lo había arrastrado. Porque ya no estaba seguro de que hubiese ido por su voluntad, sino que un puño hecho de dolor, tan grande como la mano de los dioses, lo había tomado de los hombros para llevarlo hacia su hijo.
     No es venganza, estoy seguro. Es algo que no sé nombrar. Lo que me impide verle la cara sin sentir dolor.
     Reemplazar su abrazo con el filo de un arma. Si un abrazo pudo haberlo hecho ser otro hombre, ahora esto también lo hará.
     No es venganza. Maldita sea mi alma, más de lo que ya lo está, si fuese así.
     Porque soy su padre, debo hacerlo. Salvarlo de sí mismo.
     Eso es. Debo convencerme, aunque duela más que el dolor de todos los hombres hasta hoy nacidos en el mundo.
     ¡Dioses que juegan con las almas!
     ¡Aborrezco de ustedes!
    ¡Aborrezco del mundo!
     Cuando se hallaron otra vez en el lago seco, lejos del resto de los hombres, Tol se detuvo. Hizo girar al caballo, y se encontró con los ojos de Zaid.
     Hacía veinte inviernos que no miraba esos ojos. Ni siquiera le resultaba parecido al niño que había dejado en la balsa. Si no hubiese respondido a su nombre, no habría podido reconocerlo jamás. Desechó aquel pensamiento. Verlo como un desconocido no ayudaba a su tarea, sino al contrario. Lo hacía sentir que aquel hombre era ajeno al dolor que reclamaba compensación.
     Palabra extraña. No sé por qué pienso en ella.
     Ya no sé si una muerte compensa a otra. Tal vez una lleva a la otra, y a otra, siempre. No podemos detenernos.
     Vio los cabellos oscuros de Zaid balancearse a cada lado de una raya en medio del cráneo. Su hijo había ocultado sus ojos al verse sorprendido mirando la espalda del padre mientras caminaban.
     No se atreve a mirarme directamente, y observa receloso, como quien cavila desastres en la oscuridad de su escondite.
     Su mente es oscura. Lo he visto en sus ojos, apenas un instante. Pero no son los ojos de su madre, como lo fueron los de Sigur.
     Ahora lo sé: son los míos.
     Sintió un extraño alivio. Lo que debía ser hecho, la lógica de su pensamiento lo confirmaba.
     Inspiró profundo. Estuvo a punto de perder las fuerzas por el llanto que peleaba por surgir. Luego emitió un grito semejante al que había dedicado a su otro hijo, pero más gastado, con un tono de troncos quebrados, de viento tormentoso derribando árboles en un bosque antiguo. Espoleó al tarpán, y cabalgó a trote rápido con el brazo derecho en alto y el izquierdo sujeto a las crines.
     En la mano alzada llevaba el hacha.
     Quiso no ver. Pero fue inevitable.
     El rostro de Zaid se levantó justo cuando estaba sobre él. Vio sus ojos llenos de espanto, los brazos de su hijo levantados para cubrirse. Y ya no tuvo Tol la fuerza necesaria para acabar con todo de un solo golpe. El hacha hirió sin lograr matarlo. El arma había entrado por un hombro de Zaid, y allí seguía clavada, mientras el brazo colgaba de una masa espesa de músculos.
     Su hijo gritaba, pero mordiéndose los labios al mismo tiempo, como si quisiera contenerse. Parecía sentir vergüenza de mostrarse débil ante su padre.
     Tol bajó del caballo y se arrodilló junto a él.
     -¡No quería esto! ¡No lo quería de esta forma!-decía balbuceando.- ¡Debes creerme! Un solo golpe seco, hijo mío, y no habrías sentido más dolor que el picotazo de una codorniz. Pero de pronto flaqueé. Mi maldita mano me traicionó.
     Se miraba la palma derecha, cerrándola luego con fuerza para lastimarla con sus uñas. Entonces arrancó el hacha del cuerpo de su hijo, y un borboteo de sangre salió abundante e incontenible del costado del pecho bajo el hombro.
     Zaid respiraba dificultosamente, con un silbido que parecía salir no de la boca, sino de la herida, y entonces apretó la mano de su padre con la suya.
     -Padre-alcanzó a murmurar.
     Tol acercó el oído a los labios de Zaid.
     El olor de su hijo.
     El mismo aroma que tenía de niño. El mismo aroma. El mismo aroma. El mismo aroma…el mismo aroma…el mismo…aroma…el mismo
     Cerró los ojos, para no llorar, y escuchó.
     -Les dije que no avanzaran esta noche…-Y sus labios se apagaron al cerrar los ojos.
     Sin embargo, la sangre siguió fluyendo por unos momentos, hasta detenerse. Hasta convertirse en una nueva laguna espesa, roja y oscura. Pero pequeña, del tamaño de su cuerpo.
     Tol, con las rodillas hundidas en la sangre, intentó levantarse, repitiendo entre dientes esas últimas palabras que había escuchado, como si quisiese entenderlas. Pero de tanto repetirlas comenzaron a perder significado. Con el filo del hacha, cortó un mechón de pelo de Zaid, y lo colocó junto al de Sigur, contra su pecho.
     Volvió a sentir que su cuerpo se abría con una imaginaria herida en el centro de sus costillas.
Pero escuchó el tronar de los cascos de un caballo que pasaba junto a él, y alguien lo levantó de los hombros. Se encontró de pronto sobre el rojo tarpán de Cesius, que lo llevaba con él. Tol enlazó las manos en la cintura de Cesius, mirando pasar el paisaje: los montes, la gente cavando, las humaredas del pueblo y las últimas aves que regresaban al Norte.
     Cerró los ojos, y pensó. Así se habría quedado, si no hubiese sentido un ardor en sus manos. Se soltó para mirarlas, sin entender lo que el otro le decía, tal vez advirtiéndole que no se soltara. Pero las manos le ardían tan intensamente, que quizá estaba herido y no se había dado cuenta.
     Entonces, apoyando el dorso de las manos sobre la espalda de Cesius, las abrió, y ya no pudo contener el dolor de su pecho.
     En las palmas vio, recién formados, grandes y pesados, dos corazones latiendo.
     Tol se dejó caer del caballo, golpeando la espalda contra unas rocas del suelo. Al recobrarse, yacía boca arriba sobre el polvo. Pero ya no tenía nada en las manos. No podía moverse. Apenas logró girar un poco la cabeza hacia un costado, vio que Cesius se había detenido para mirar atrás, pero quizá al creerlo muerto, continuó cabalgando. Tol se quedó quieto contemplándolo alejarse. Nada le quedaba ya por hacer más que eso.
     Los cabellos de sus hijos, mezclados con el blanco vello de su pecho, lo acariciaban. El sol caía pleno sobre la tierra, entibiando también su rostro con cálidos hálitos. El tarpán rojo continuaba alejándose, más hermoso que nunca antes. Tal vez lo único verdaderamente hermoso que recordaba haber visto en toda su vida, perdiéndose en la distancia, hasta ser nada más que un pequeño punto.
     Y luego, ni siquiera eso, en la espléndida aridez de la tierra.


Castelar, diciembre 2001- diciembre 2008


ISBN 978-987-1692-68-2

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