LA GUERRA (Libro completo Parte4-5)


LOS CUERPOS EN EL LAGO

 


Todo a su alrededor era un conjunto de caras, muchas veces indefinidas e irreconocibles, pero todas pertenecían a los hombres del pueblo que se había rebelado. Y al mismo tiempo que las armas y los brazos, los golpes y las heridas se sucedían en su cuerpo o en los cuerpos de los otros, el sudor que empapaba a los hombres y las lágrimas de los heridos, todos esos inconfundibles flujos del miedo, cayeron en la tierra como ofrendas.
     Las lanzas y las flechas llegaban de muchos rostros que parecían ser del mismo hombre, hijo del viejo que pensó iba a serle siempre fiel.
     El artesano de armas, tallador de arcos.
     Recordaba cuántas veces éste le había pedido que dejara las lanzas antiguas y adoptara los arcos y flechas que había traído de otros pueblos. Pero el brujo siempre rehusaba apartarse de sus ideas, los principios que mantenían aislado al pueblo. Los rebeldes habían llegado al final de sus protestas pacíficas, de sus reclamos por una forma de vida que Reynod no estaba dispuesto a consentir. Y cuando su amenaza era ya demasiado tangible para ignorarla, y escuchando el ruego de sus propios hombres que pedían nuevas defensas contra los rebeldes, tuvo que recurrir a las armas que había secuestrado al tallador.

      Abrir los horizontes, le había pedido el viejo artesano un día, respetuosamente, en la reunión que cada temporada le solicitaban para hablar de asuntos del pueblo. El armero y su hijo mayor llegaron muy temprano, después de atravesar la escarcha de la colina de una mañana de invierno. El viejo era un poco mayor que Reynod, pero lo espalda curva, el cuello débil, eran signos lamentables de su oficio. Los ojos claros eran ya inútiles, casi ciegos, aunque conservaban su brillo. La barba blanca marcaba el triste perfil de un ermitaño arrastrado a la fuerza fuera de su choza. Reynod miró con crudeza el rostro severo del joven.
     -¿Cómo te atreves a alejar de la calidez del fuego a tu padre?- le reprochó, mientras extendía una mano para llevar al viejo hacia unas mantas de piel junto al fuego. Lo envolvió una ternura que a él mismo le resultaba extraña. Verse a sí mismo, aún erguido el cuerpo, los brazos fuertes, al lado del pequeño torso del armero, le dio escalofríos, como si una mosca invisible le recorriese la piel dejándole las manchas del tiempo con sus patas.
     -Escucha a mi hijo- pidió el anciano, y Reynod miró al otro con desconfianza.
     Aristid comenzó a hablar de lo mismas reclamaciones que los rebeldes venían haciendo desde hacía largo tiempo. Un gesto de hastío se dibujó en los ojos de Reynod, y levantando la mirada al techo, como si los dioses compartiesen su impaciencia, le devolvió a Aristid una expresión rígida, furibunda, y no lo dejó terminar.
     -Has escuchado mi última palabra hace mucho. Si debo volver a hablar de esto, no será con mis labios, sino con el lenguaje de mis manos para cerrar tus ojos de una vez…
     El joven hizo silencio y frunció los labios con fuerza, necesitaba callar lo que pensaba. Luego tomó a su padre de un brazo para alejarlo de Reynod. El brujo no dijo nada, pero observó el rostro de Aristid mientras éste giraba la cabeza hacia él antes de perderse en la claridad que avanzaba entre la bruma de la mañana.

     Era la misma expresión que ahora se estaba formando en cada guerrero enemigo, en cada mano al empuñar una lanza, en las mejillas barbadas de los rebeldes, tan bien entrenados, que no era posible entender cómo habían obtenido aquella destreza. Debió haberlos exterminado cuando tuvo oportunidad, pensó, pero en realidad hablaba en voz alta sin darse cuenta del filo de las flechas rozándole los brazos, de los puñales de los que ya casi no podía defenderse.
     Somos muchos...venceremos porque somos muchos y los dioses nos apoyan.
     Pero se repetía esto como si tuviese que convencerse a sí mismo. El número era lo más importante, y se arrepintió de no haber movilizado a todos. Los rebeldes los habían sorprendido. Los escudos con la imagen de los dioses se astillaban con los golpes de hacha, las piernas se quebraban y la sangre corría como el sudor. Las flechas parecían pájaros que volaban hacia los hombres. Y los hombres caían, y muchos otros aún caminaban enterrando los gritos en sus heridas. El sol seguía brillando sobre la danza de los que guerreaban. Más allá de la vista de Reynod, los rebeldes resistían y avanzaban sobre la masa confusa de sus legiones.
     La cornetilla emplumada se había perdido. No sabía por qué la recordaba en este momento. Quizá deseara hacer música allí, unificar los llantos, los silbidos de las lanzas y flechas, el percutir de las cuerdas de los arcos, el chapoteo de los pies en el barro, el golpe de cuerpos, el crujir de las manos para sujetar de la cola al alma -animal díscolo de piel viscosa-, o enlazarla del cuello y encerrarla en el hueco íntimo del pecho.
     Sus manos dejaron la lanza y el escudo, para tocarse el cuerpo. Pero no estaba seguro que le doliese el pecho, porque la cabeza también le traía recuerdos, y el dolor se centraba en esa parte de su viejo cuerpo. El dolor entre sus piernas era el mismo, pero regresaba acentuado por el paso del tiempo. El corte impreciso, la sangre que manchaba a su padre, la expresión de piadosa crueldad que había visto en su cara, y que hoy se dibujaba en el cielo: el sol era uno de sus ojos, y las aves se habían formado para modelar los contornos de la cara.
     El dolor se iba y regresaba. Cuando se hacía conciente como una idea, entonces no era tan intenso. Pero luego se escabullía con mayor destreza, y las manos no alcanzaban a atraparlo. Quería detener ese ardor tan parecido al alma, que era como si ella quisiese escaparse por las heridas y diseminar las semillas en las llagas.
     Había caído sentado en el barro, y ya no lo agredían, tal vez lo creyeran muerto. Su postura no era demasiado extraña para los muertos en las batallas. Los espíritus a veces elegían tales formas para humillar a los vencidos, ofreciendo la espalda y el pecho a los cuervos para alimentarlos, y convertirse en aves que coman la carne de otros guerreros.
     Pero Reynod estaba vivo todavía, y miró al suelo en busca de la cornetilla emplumada. Había charcos de agua llenos de barro y piedras, pies que iban y venían con los tiempos imprecisos de una batalla que se estaba prolongando demasiado. Se abrió paso entre las piernas de los que luchaban y entre los muertos. Levantó pedazos de cuerpos, escarbó en la tierra, blanda como las nubes grises que se habían formado sobre ellos. Halló el instrumento, sucio y roto, pero fiel a su dueño. La cornetilla con las plumas del urogallo que había matado el día que llegó al pueblo en su camino hacia el este. Intentó repararla, pero nada iba hacer que fuese la misma que había sido, símbolo de bienaventuranza y redención pasa esa lejana tarde en que había decidido revelar al pueblo elegido las voces de los dioses. Reunir ese conjunto de hombres perdidos en los ritos del sol y los dioses del mal en una sola creencia y un único culto.                                                                                             
    
      Recordó la mañana en que el canto del urogallo lo había despertado. Al principio no sabía de qué animal se trataba. Si era de una bestia aquel sonido semejante al trueno en pleno cielo sin nubes. Pero una pátina de rugosa decrepitud en el canto, un rasgar de troncos quizá, o como pájaros escarbando una roca con sus picos, inútil y tristemente. Era un canto que insistía en algo sin finalidad, concentrado aunque ingenuo, esforzado y alegre, con un matiz de cansancio y bienestar a la vez. Todo esto en tonos muy altos, pero opacos. El canto no de un hombre, sino de muchos, dominados por la ronca voz de un anciano fuerte y de amplio pecho. Un anciano cuya voz fuese la resonancia del tiempo.
     Era una mañana de pleno sol bullendo sobre las praderas al oeste del río Droinne.  Reynod caminaba con la tristeza adherida a la piel, una cáscara de miel y polen sobre el cuerpo amargo. Le agradaba sumergir sus pensamientos en la pena,  como quien lame su herida para saber que aún vive. Todavía sentía, a veces, la presencia ausente de las partes de su cuerpo, la extrañeza de lo arrancado. Pero el sol lo apartaba de tales ideas, y se preguntaba entonces por qué no habían regresado las anteriores dulces voces, porque las de ahora eran secas igual que el canto del urogallo. Como si lo que le hubiesen quitado fuese eso: la garganta de los dioses que su sexo había engendrado.
     En esto pensaba cuando oyó al ave mucho más cerca, oculta entre los arbustos de una hondonada que desembocaba en el río. Los arbustos se movían y dejaban ver colores vivos como el sol. Una parte del sol parecía haber descendido y estar refrescándose a la orilla del agua. El sol tenía voz, una voz ronca de hombre fuerte y viejo, dominante pero benévolo. Entonces, las últimas ramas del último arbusto se abrieron, y el urogallo surgió en su esplendor. Todo rojo, todo verde, todo amarillo y negro. Esbelto, erguido, el cuello extendido y la cresta en alto, balanceándose orgullosa y esquivamente en el aire de la mañana.
     La brisa movía sus plumas y el viento existía sólo por el cuerpo de la criatura que alimentaba. El urogallo paseaba con delicadeza detrás de una hembra que huía no con demasiada prisa. Pero ninguno vio al hombre que los seguía con la lanza. La hembra pudo escapar hasta perderse de vista, pero el urogallo cayó al suelo. Su canto, sólo vencido en su extraña belleza hasta entonces por su figura, se convirtió en un grito largo, casi semejante al de un niño que se estuviese ahogando. Reynod recordó su propio dolor, y mientras corría hacia la presa, intentó deshacerse del recuerdo de la cicatriz en su entrepierna.
     Reynod desplumó al ave con encono. Las plumas se amontonaron a un costado, y luego se esparcieron con el viento que venía del río. Eligió las mejores plumas, y de pronto se dio cuenta que no había pensado qué iba a hacer con ellas. Pensó durante toda la tarde con las plumas en sus manos, observándolas en el silencio que el río acompañaba con el fluir del agua. Y supo entonces que la música del urogallo debía continuar, y esta vez nunca moriría.    
     Buscó entre los árboles el que tuviese las flores más bellas. Encontró uno con estaba perdiendo las hojas antes de la temporada de otoño, y sus ramas peladas formaban ojos vacíos entre el resto. No tenía flores, pero las hojas caídas eran grandes y hermosas. Tenían el color del agua del río después de una tormenta. Entonces talló una cornetilla con una rama gruesa y ató las plumas a ella. Luego, se llevó la punta del instrumento a la boca y sopló.
     La música que surgió lo satisfizo, y cada sonido lo conformaba un poco más, hasta convencerse que el árbol elegido le había sido asignado por los dioses. Volvió a mirarlo, y le pareció entonces el más bello árbol que hubiese visto en toda su vida, y el sonido que surgía de la corteza, mecido entre sus dedos, debía sin duda llegar de los sueños en que las deidades se habían abandonado luego de crear los seres del mundo. Los pájaros de los alrededores comenzaron a acercarse y sobrevolar el claro en el que Reynod se había sentado. Sólo podía escucharse, además de la música, el aleteo de las aves que seguían llegando, hasta que la claridad del cielo se fue perdiendo más allá de los pájaros que volaban en círculos más cerrados a medida que otros se iban sumando.
     La luz del bosque desapareció en una gran sombra de ojos grises y picos corvos. Y la música se fue moldeando a la oscuridad creciente entre las plantas, los senderos entre las ramas, donde se dibujaban figuras incorpóreas. El sonido se atenuó hasta caer a una profundidad de bajos instintos, de apesadumbrados pensamientos. La música viajaba por regiones del cuerpo de Reynod, sitios que se asemejaban también a las vísceras de los dioses. Ellos tenían  lo que le habían quitado: el sexo, y el canto era lo que le habían dado a cambio.
     Pero él debía recuperar lo suyo. Entregar lo que fuese con tal de recuperarlo. El encumbramiento de los dioses, la adoración de un pueblo entero entregada a Ellos. Miles de espíritus que se convertirían en incontables con el correr de las generaciones.
     Los entregaría a cambio del más elemental fragmento de su cuerpo.

     El sonido podía viajar en el tiempo, porque ésa era la danza del aire que empujaba a los hombres, moviendo sus brazos de músculos tensos, cubierto el vello del pecho por la sangre de los otros. Nada parecía protegerlos ya, ni las pieles y cueros con que él les enseñó a cubrirse al pelear, aunque aquella idea fuese tan rudimentaria como simple su propio conocimiento de la guerra. No había tenido tampoco más alternativa que sacar a sus hijos del aislamiento y generar la camaradería entre ellos y los hijos de los hombres que sabía más tarde tendrían que enfrentar a los rebeldes. Pero sólo Sorkus, el mayor, demostró real interés y una hábil, natural destreza para la guerra.
     -Los rebeldes están produciendo cada día más tumultos- les había dicho Reynod un día a sus hijos, junto a la corriente de un río que ocultaba sus palabras para cualquier otro oído extraño. Ya no confiaba del todo ni siquiera en sus ayudantes.
     Sorkus lo había mirado entonces, con sus ojos oscuros de quince inviernos, el cuerpo casi de un adulto, el pelo crespo y largo, negro pero moteado de luminosidades marrones bajo el sol reflejado en la hierba. Sin embargo, la mirada estaba también llena de respeto y temor, ansioso por conformar a su padre. Fue el único de los tres que cada día, durante los siguientes veranos, practicaba lanzamientos con las armas del tallador, que habían perdido el viejo polvo en el que estuvieron enterradas mucho tiempo. Entrenaba por las mañanas, nadaba luego en el río, comía, repasaba estrategias y armaba en su mente grupos de combate en su mente durante las tardes, que luego comentaría a su padre. En las noches, se perdía en la oscuridad para explorar los asentamientos de los rebeldes, que vivían apartados del pueblo, obligados a depender del dominio de Reynod para alimentarse, porque siempre recibían los restos de los animales que las avanzadas de cazadores del brujo hallaban primero. Nadie reconocía que estas familias se hubiesen sublevado, y menos se atrevían a decir algo en contra del respetado armero y su familia, pero las miradas eran frías y sólo discretamente tolerantes.

     Los ojos de Sorkus estaban frente a él. Irreprochables, duros como los fuertes puños que aquel prometedor guerrero de quince inviernos había desarrollado ahora, diez veranos después. Reynod sintió que esas manos lo levantaban del campo de batalla como si tuviese el peso de las plumas perdidas en el barro. Miró a su hijo, el rostro era casi irreconocible. La barba sucia de sangre, el pelo surcado por cortes heridas leves y otras más profundas, aunque no suficientes para quitarle el alma y esa voz de dios melancólico, que siempre había hecho sentir a su padre seguro de su descendencia.
     La cabeza del viejo colgaba sin fuerza, después de tantos tiempo de no haber cedido jamás. Sólo sus ojos vivían y miraban al cielo limpio, tranquilo a pesar del desastre y su baile girando en torno de los hombres que peleaban. Nada más que gritos venían del cielo, y luego también sus oídos dejaron de percibirlos, entonces le pareció que la vida del cielo comenzaba a alzarlo del lecho terroso de los hombres.
     Cargado en los brazos de Sorkus, veía el sendero abierto a sus costados por sus guerreros mientras lo veían pasar herido. Habría querido continuar con ellos. El sendero era estrecho, las caras se sucedían y superponían a medida que avanzaba. Todas confluían finalmente en rasgos comunes, hasta recordarle a aquel otro que le había traído el dolor al cuerpo. Sintió un hueco ocupando su vientre, lleno de un líquido negro, maloliente, que drenaba al suelo por las manos y las piernas de Sorkus.
     Pero no fue esto lo que sacudió su espíritu al principio-más tarde tendría tiempo para la desesperación y los rezos-, sino el ver una figura de mujer a lo lejos, de piel oscura, que descendía la colina a cuyo pie se desarrollaba la batalla. Muchas aves habían comenzado a revolotear la zona en busca de carroña, y en ese momento una bandada acompañaba a la mujer en su descenso. Su caminata era lenta, parecía no querer lastimarse los pies con los pedruscos. Estaba seguro que ella no miraba al suelo, sino más adelante.
      Tal vez lo observaba a él.
     Detrás de ella, había un joven de rasgos familiares, tan conocido, que el obstinado olvido lo irritó más que el dolor de las heridas. Pero no importaba  por el  momento ese hombre, sino ella. También la había visto antes, pero no como a alguien de rostro preciso, particular, sino quizá como un sueño vislumbrado no en una batalla, sino en el estallido de un volcán que arrojaba rocas.
     No era su cuerpo lo más llamativo, sino el rostro. Quizá los ojos brillantes resaltando a través de la distancia del campo, sobre el verde oscuro de la suave ladera de la colina. Eso era lo inquietante, porque la figura que había visto en un río desbordado por la lava, muchos tiempo antes -ya lo recordaba, la memoria venía, finalmente-, era la misma.
     Una belleza sin tiempo, y por eso sin posibilidad de pérdida alguna. Constante, lejana a veces, pero perenne. Fuerte, delgada. Oscura en su fisonomía, pero transparentes en sus ojos. Podían adivinarse sus pensamientos, verse las formas mansamente construidas de su cerebro. En sus vueltas y circunvoluciones, uno se mareaba y se perdía, hasta hallarse distinto y vacío después de recorrerlo.
     El  cerebro de la muerte era vertiginoso.
     Las lenguas del cerebro llamaban a los hombres, sus manos los tocaban, y ese instante se convertía en todo el tiempo. Igual y sin espacio y sin esperanza.
     Por eso Reynod lloró. Se puso a gemir como no lo había hecho desde el día que lo mutilaron. Después, tocó la barba de su hijo, la barba espesa que él nunca llegó a tener, y comenzó a limpiarle el cuello con una caricia.
     Las caras de las mujeres.
     Reynod se preguntaba por qué razón ellas se presentaban siempre sin ser llamadas. Como ahora lo hacía  también su madre con los cambios de la muerte en sus arrugas, en las cejas fruncidas de dolor y los labios crispados. La cara oculta contra su hombro derecho, el abrazo que comprimió el frágil pecho de esa mujer cuyo corazón se agitaba con la intuición. Ella debió sentir, entre los brazos de su hijo, las armas invertidas de un afecto que había rogado mientras criaba a ese niño extraño que sólo hablaba con los dioses.
     Y el cerebro de la muerte también vibraba en el cráneo tembloroso de su madre acostado en su hombro, en el cabello canoso cuyas hebras negras comenzaban a eclipsarse y sucumbir como hojas en invierno.
     Pero debo detenerme, no pensaré más si quiero mantener mi lucidez. No deseo que ella, la gran asesina inocente, la hermosa  mensajera del mundo sin tiempo de los muertos, me sorprenda con su más fácil discurso. Llevaré mis pensamientos a otro lugar y tiempo, tal vez también a otra mujer, y así lograré engañar a la divina, la postrera risa sin dientes que me mira cada vez que cierro los ojos, desde el día que nací. Pensaré en la mujer de Zor.

     Zor, mi amigo, si así puedo llamarte en el umbral de los recuerdos, a la entrada de la región en la que habitas. No viste cómo tu mujer me enfrentó aquel día. Cuando te abandoné en el bosque junto a Markus, regresé al pueblo en busca de tu familia. Lo que habías descubierto cuando éramos jóvenes, me amenazaba, y la imagen de tu mujer y tu hijo me ofreció la respuesta para obtener tu silencio. Eran tan indefensos, que matarlos habría sido menos difícil que retorcer el cuello de un gato.
     Ella estaba sentada frente a la fogata, esperándote, levantando la vista hacia  la puesta del sol, desde donde habrías llegado de habértelo permitido yo. Tu hijo Tol no debía tener más de dos inviernos, y jugaba con un perro que le lamía la cara. Un perro tres veces mayor que su tamaño, y me dije que con un poco de furia incitada, el animal se convertiría en una bestia.
     Mis hombres plantaron sus lanzas en la tierra árida alrededor de tu choza. Me miraron, recogiendo las ideas de mis ojos, y fueron hacia el perro. Tardaron en enfurecerlo mientras lo amenazaban con puntapiés y con piedras. El niño gritaba, llamando a su madre, que permanecía retenida contra el suelo por otros dos de mis hombres. Era hermosa, Zor, hasta la desesperación la embellecía en formas que no creí posibles en una mujer. Ella era, en ese momento, su esposo y su hijo a la vez, los poseía en sus ojos y en los movimientos de sus dedos cerrándose contra la tierra. Cinco surcos iguales, hondos, como si quisiesen hallar el agua que calmara su ansiedad.
     El pequeño Tol nos miraba, y había callado. Jamás sabré si recuerda algo de  aquel día. El perro se había enfurecido, encerrado en un círculo de hombres, gruñendo y ladrando. Entonces levanté a Tol, y él empezó a moverse como un cachorro de lobo enajenado. Hice el movimiento de arrojarlo dentro del círculo donde estaba el perro, pero no lo dejé caer. La saliva del animal corría por las comisuras de la boca, saltando y mordiendo el aire cada vez que yo apartaba al niño. La polvareda giraba en espiral con la brisa del pronto anochecer que descendía de los árboles. Las ramas absorbían los últimos rayos del sol, y el canto de los grillos surgió anunciando el inicio de un rito.
     Después, no sé por qué lo hice, no hubo trazos de miedo o culpa, desgarré un fragmento de mi ropa y vendé los ojos de tu hijo. La madre dejó de llorar. El silencio fue entonces más pesado que el vocerío de quienes me maldecían.
     El perro me miraba. Levanté otra vez al niño. Tol estiraba los brazos y sus ruegos a la ceguera del aire frente a él. Pero me di cuenta demasiado tarde de la serenidad oculta de su voz bajo la delgada estridencia del llanto.
     La voz de un niño es lo más cercano a la mirada perdida y virgen del recién nacido, a la caricia de los dioses. La voz que están aprendiendo a usar, el significado de las palabras que por primera y única vez quieren decir lo que dicen. Tal descubrimiento era capaz de vencer las paredes del círculo del miedo, de penetrar el cráneo del perro y hablarle a la rudimentaria masa de sangre que ladraba, comía y se procreaba sin penas ni remordimientos.
     Tol habló.
     Dijo: “Perro”.
     Los grillos se callaron. La brisa se acrecentó para refrescar las mejillas acaloradas del pequeño. Sentí un rubor en mi cara, que creí pertenecía a otro que ya no era yo mismo, Reynod el Brujo, sino el anterior, el otro, el doble superior que alguna vez fui.
     El perro manso de un niño llamado Tol volvió a surgir entre las garras y el pelo erizado, los colmillos escondidos ya en la boca cerrada, vergonzosamente. Los hombres lo herían con las lanzas para enfurecerlo, y de las heridas manaba la sangre, pero ya nada parecía molestarlo.
     Dejé a Tol a un lado, pero no le quité la venda. Fui hasta tu mujer. La hice pararse, y me acerqué a su cara. Sentí el aroma de su piel, Zor, y te envidié. Ella no se apartó, su cuerpo permaneció rígido como un tronco, pero su aroma delataba su material humano.
     Llamé a uno de mis hombres, pero ni siquiera lo miré, mis ojos estaban atados a los de tu mujer, mi nariz a su aroma. Luego, me entregaron un puñal. Los ojos de tu mujer parpadearon al ver el arma, después se quedaron fijos en mí. Rocé con el filo su cuerpo, su sexo, sus pechos tan agitados como si contuviesen dos corazones. Llegué hasta el cuello y su boca. Los labios se cerraron.
     -Por Zor-murmuró. Hasta eso te ofrecía. Pero no lloró. Y yo pensé en mí, en la ausencia de ese aroma a mi lado, para siempre. Las mujeres tienen, en mis sentidos, el olor y el gusto de la tierra, la dureza de los guijarros que regresan para tumbarnos de espaldas, definitivamente.
     Con la sangre que brotó, pinté mi cara con cinco líneas. Los hombres me observaron, impacientes y agitados, dando vueltas a mi alrededor, temerosos de la oscuridad naciente, más asustados que el pequeño Tol junto a su perro.
     Entonces, hundí el filo como se penetra una estaca en el agua. Tan débil y fluido era su cuerpo, que temí fuese a deshacerse y esparcirse igual que ceniza. Ella era eso, ceniza y polvo, agua y barro, humo. Era una mujer, mi amigo Zor, tan bella, escrutadora y despiadada como lo es la muerte.


*

Aristid tenía el sabor amargo de la sangre en la boca, y los cortes en los labios se abrían al hablar. Escupió los dientes sueltos. Se tocó la mandíbula quebrada y una hinchazón en un lado de la cara. Se miró en el reflejo del charco donde fue a lavar sus heridas. La piel del lado izquierdo había sido casi por completo arrancada, y parecía tener doble rostro.
      Debía hablar con Sorkus, insistió en repetirse, para que ni el dolor lo distrajese de sus próximos pasos. No asistir a la reunión era lo mismo que negarse al acuerdo de paz, y su padre tenía razón  al decir que los rebeldes no resistirían mucho tiempo más. Sus hombres continuaban acostados sobre lo que había sido el campo de batalla durante toda esa tarde. El resto yacía esparcido y muerto, fragmentos de cuerpos atravesados por lanzas.
     Se puso a caminar, rengueando sobre la pierna derecha. No necesitaba sacarse las pieles que lo cubrían para sentir la herida todavía fresca. Arrastró la pierna, haciendo surcos en el barro. La rodilla era como una enorme piedra que ardía.
     Los heridos se quejaban y gritaban. Una mano se aferró a él. Miró hacia abajo, y en el mismo momento la mano murió cerrada alrededor de su pie. Tuvo que esforzarse para abrirle los dedos y seguir, echando miradas a los ojos abiertos de los cadáveres. Levantó la vista más allá de ellos, hacia el crepúsculo que ahora les ofrecía el descanso que él no les había permitido.
     El mundo debe ser más hermoso sin los hombres. La voz humana es ruido, horrible escozor para la tierra.
     Pensó en su padre, ansioso en la choza de la colina norte por saber el resultado de la batalla. Debían haberle llegado mensajeros, pero esperaba probablemente ver a su hijo.

     Tan hablador y convincente a veces, el viejo no había logrado hasta entonces sacar las antiguas ideas de la cabeza de Reynod. La última vez que intentaron hablarle, después de varios días de atravesar las filas de los guardias, que al verlos  decían: “Hoy no, quizá mañana”, el brujo había al fin aceptado reunirse una vez más con ellos, no sin antes hacer  una reprimenda a Aristid por haber expuesto a su padre al frío.
     El viejo armero estaba tenso, con el cuerpo tembloroso mientras él lo ayudaba a caminar, ansioso  quizá por disimular su desventaja frente al brujo, esa diferencia de edad que no era mucha,, pero que convertían su vejez en debilidad y al otro le daban el atributo de la fuerza. La voz del anciano, sin embargo, sonó segura cuando pidió a Reynod que esuchara a su hijo.
     Aristid entonces inspiró profundo el aire frío que pasaba en ráfagas breves por la colina. Se sintió importante por primera vez. A pesar de haber dejado de ser un niño hacía muchos inviernos antes, la mirada de su padre siempre lo había intimidado. Precaución, era la palabra más veces repetida por el armero, para obtener lo que se quiere lograr. Pero él pensaba que había llegado el tiempo en que los rebeldes debían romper los obsoletos ritos de Reynod, y permitir la entrada del mundo a la mente de su pueblo.
      Durante mucho tiempo intentó convencer a su padre. Los crímenes contra la familia de Zor habían sido execrables y fuera de toda motivación real. Hasta vio ceder al armero a veces, pero la fuerza de sus principios siempre prevaleció, y sin doblegarse le había dicho: “Primero nos prepararemos, de lo contrario todo esfuerzo se perderá como el humo de una fogata recién apagada.”
     Fue por eso que Aristid habló con irrefrenable entusiasmo del progreso, de las armas nuevas que habían visto en el extranjero, de las tierras del Sur más allá de las altas montañas. Mencionó los barcos que llegaban a la costa norte, en los cultivos de la tierra en el oeste. Pero a cada nueva idea que proclamaba con orgullo y con un tono de esperanza, Reynod negaba con la cabeza.
     -Ya les he dicho muchas veces que mi pueblo se mantendrá en sus costumbres. No lo dejaré en las manos de hombres desgastados por espíritus sin dioses. No permitiré la no creencia.
      Los labios de Aristid se abrieron luego para el grito primero de la rebelión, pero un dedo de la mano de su padre surgió entre sus abrigos. El dedo era un pequeño gusano que aquellas mismas aves que los sobrevolaban parecían haber estado buscando. Ese dedo  hizo un lento pero firme camino hacia la boca, y se posó sobre los labios serenos, plácidamente y en paz.
     Aristid no habló, pero su rostro hizo un gesto de disconformidad, un temblor involuntario frente a las mismas palabras escuchadas hasta el cansancio. Habían pasado toda la mañana y parte de la tarde discutiendo. Cuando salieron, el sol ya había declinado, y las aves emitían gritos de caza sobre la colina. Sus aleteos violentos sobre el pasto, sus zarpazos, sonaban como mordazas rotas de pronto.
         Al regresar a casa, las mujeres los miraron con tristeza y reproche, porque los ojos de la guerra ya se habían dibujado en el rostro de los hombres. Luego, ellas se alejaron con los niños para juntar las cabras abandonadas en los campos. El viejo se apoyó sobre los hombros de su hijo.
     -Debes mirarlos todo lo que puedas-le dijo, mientras observaban la lucha de los niños por reunir a los animales, y escuchaba las risas de las mujeres que parecían brillar con los últimos rayos del sol caído sobre el polvo.- Llegará el momento en que todo esto estará nada más que en tu cabeza, y deberás conformarte. Después de las batallas que vendrán, solamente la memoria va a quedar. Por eso, espera, hijo, posterga la ira, y da un día más al mundo.
     Entraron a la choza y dibujaron el esquema de sus planes sobre madera, con puntas de carbón.
     Esa noche, el fuego iluminó los rostros cetrinos de los hombres que iban llegando y entraban para sentarse alrededor del gran esquema bosquejado sobre las tablas. La familia se mantuvo quieta en un rincón, respetuosa de los hombres y ancianos amigos del viejo, todos fundadores o jefes de clanes cuya autoridad no se atreverían a molestar.
     Aristid se sentía como un niño sin experiencia entre aquellos amigos de su padre. Él no había visto del mundo más que los límites impuestos por el miedo y la obediencia a Reynod. Pero los otros habían conocido tierras lejanas cuando eran muy jóvenes, habían visto a hombres y mujeres cuya descripción lo asombraba y lo conducía a sitios de penumbras por lo que su imaginación lograba abrirse paso sin ayuda de la razón. Viajaba con las palabras pronunciadas en un rincón oscuro del bosque, en la choza donde el fuego iluminaba las bocas de los viajeros, sus ojos, que miraban hacia la oscuridad pero tenían la luz como esencia de los hechos que relataban. Cuando todos estuvieron sentados alrededor de las tablas, cada uno anunció el número de guerreros de que disponían, y las familias a su cargo.

     Muchos habían sido convencidos finalmente luego de la forzada marcha hacia el este, donde encontraron solamente tierras inundadas. Aristid y los rebeldes, relegados al final de las caravanas, habían llegado últimos a la enorme capa de cielo reflejado sobre los campos anegados. Árboles muertos se alzaban del agua como picos en medio de una calma sólo perturbada por la brisa que mecía las aguas. Cada dos o tres noches, la lluvia alimentaba la inundación, y entonces los insectos brotaban para abalanzarse sobre el pueblo a las orillas del lago.
     Los enjambres llegaban sobrevolando la superficie. El zumbido hacía llorar a los pequeños, y los niños más grandes se tapaban los oídos. Las mujeres cubrían a sus hijos con ramas o aceites que las viejas habían preparado. Una tenue claridad se formaba lentamente en el cielo azul opaco, oculto detrás de la espesa capa de nubes cargadas de relámpagos. Reynod se había empecinado en instalarlos allí, aún cuando él mismo debía soportar el ataque de los insectos. De vez en cuando les decía a quienes le preguntaban hasta cuándo iban a permanecer allí:
     -Imiten a los dioses. Tengan la virtud de la paciencia. Del agua hemos nacido, así me fue revelado por Ellos, y por eso nos abastecerán en el sufrimiento. El dolor nos hará valorar el bienestar que vendrá después.
     Los ritos continuaron celebrándose por las tardes, y el fuego se erguía desde las hogueras con sacrificios de animales, pero los insectos no desaparecían ni con el humo ni con el fuego.
      Pasaron cinco veranos y cinco otoños, y la caza comenzó a escasear. Los niños se metían en el lago en busca de peces, pero eran poco abundantes en esas aguan inmóviles, sólo renovadas por las lluvias. Los hombres se peleaban por las presas, y comían los pescados crudos antes que otros se los robaran, sucios aún de las extrañas escamas amargas y negras que los cubrían.
     Un día vieron a un anciano del séquito del brujo vomitar y evacuar aguas toda una tarde. Dijeron, al día siguiente, que lo habían visto esa noche huir de su choza hacia el lago, delirando y gritando como si el fuego lo persiguiera. Nadie volvió a verlo por diez días. Lo buscaron, sus nietos lo esperaron en la orilla. Una mañana, el lago devolvió el cuerpo cubierto de llagas bajo las algas. Lo enterraron sin ceremonias.
     Reynod ordenó que no se rezara por el viejo. El agua lo había castigo. El agua se hacía impura por las iniquidades de los hombres. La capa de inmundos residuos que se iba acumulando sobre el lago eran los restos de cuerpos impuros. Era esa la prueba mayor a soportar por el pueblo que los dioses habían elegido, y la gente, sintiendo el olor del anciano que las olas habían arrojado con desprecio en las playas, acataron el castigo.
     Los niños comenzaron a caer enfermos, y muchos morían cada día. Los hombres ya no se levantaban para cazar, se sentían demasiado débiles. Muchos dejaron de ir a los herbazales para evacuar, lo hacían entre las chozas separadas por senderos de aguas estancadas. Los recién nacidos no lograban vivir más de un día.
     La familia de Aristid se mantuvo alejada del resto del pueblo. El viejo armero decidió entonces no dar más oportunidades al brujo.
 
     -Reynod ha rechazado todos los pedidos y consejos- dijo a sus amigos en la asamblea que reunió esa noche en su choza.- Es hora de detenerlo. Me asombro de que haya llegado el día de tener que decirlo, yo, que siempre he insistido en la paz.- Hizo un gesto de resignada pesadumbre, y se tambaleó un poco.  
     Aristid creyó que su padre iba a caerse, pero el viejo levantó la mano para indicarle que se encontraba bien.
     - No estoy sano. Mi corazón falla y estoy casi ciego, así que no estaré con ustedes. Pero mi hijo llevará en su pecho dos corazones a la batalla.
     Los hombres que decidieron tomar el mando de los rebeldes eran diez. Cada uno dijo tener no menos de cien guerreros a su disposición. Aristid, sin embargo, consideró tales números como una exagerada reacción de entusiasmo. Aquellos hombres estaban en la mediana edad, algunos ya eran ancianos, y habían tenido una vida sólo interrumpida por esporádicas peleas entre clanes. Habían soñado, tal vez, con ser algo más que simples hombres que se reproducían y morían como insectos estivales. Pero el dominio y la vergüenza, como estacas que Reynod había levantado sobre sus cabezas, los quebrantaba. Si nada más grande podía obtenerse con aquella magia que el brujo conservaba en sus manos, si nada podía lograrse contra la voluntad de los dioses que hablaban por la boca de Reynod, entonces no quedaba más que resignarse al paso del tiempo y al olvido de la tierra.
     Eran esos mismos hombres los que tenían ahora una sonrisa de dientes rotos bajo narices corvas y delgadas. Los cabellos escasos y las barbas largas. El vello del pecho como plumas blancas asomándose de las casacas. Las incipientes jorobas denunciando la edad de los más viejos.
     Aristid era el único joven de la reunión, y apreciaba los venerados rasgos alumbrados por la fogata.
     La imagen que deseamos. Esa a la que nos negamos a renunciar aunque cada reflejo en cada ojo de los otros nos muestre lo contrario. La imagen que nos sobrevive y nos tolera.
     Tenían ellos también una visión alterada del pequeño mundo que los rodeaba. Sus clanes eran tan reducidos, que no habrían logrado resistir ni dos días a las fuerzas de Reynod. Además, eran hombres no del todo convencidos de sus ideas. Una mañana prometían fidelidad, y en la noche rectificaban su compromiso. Pero uno de ellos pidió la palabra. Bostezó antes de hablar, y miró al techo en busca de los haces de luz que le indicaban la posición de la luna entre las rendijas de las tablas.
     -Debemos decidir hoy el ataque. Sin planes nadie estará dispuesto a apoyarnos. Puedo asegurarles que convenceré a doscientos hombres, que es más de lo que podrán decir ustedes. Saben que las familias de mi grupo siempre han sido fieles seguidores de Zor y los suyos.
     Los demás aprobaron con un murmullo de satisfacción. La placidez en el rostro del viejo armero fue el primer signo de alivio para Aristid en todo ese día.
     -Mi plan- continuó diciendo el que hablaba, adelantándose a la pregunta que Aristid había mostrado con su gesto- es atacar cuando comiencen las lluvias. Los guerreros del brujo no están acostumbrados a pelear en el barro de los campos abiertos. Nosotros estamos aislados y disponemos de tierras para prepararnos. Tenemos árboles para construir armas, y creo que el venerable armero recordará cómo eran aquellas que el brujo escondió. Estoy seguro que ni siquiera prestarán atención a nuestros movimientos. La enfermedad está diezmando al pueblo.
     El hombre parecía satisfecho de la firmeza con que había hablado. Aunque arrogante, a Aristid le pareció sincero, y tal arrogancia podía ser  necesaria para incentivar la voluntad de los otros.
     -¿Pero cómo atacaremos?- preguntó él.
     Todos lo miraron como a un joven atrevido que se entrometiese en la conversación de los mayores, sin embargo ninguno le respondió, mientras se miraban confundidos. Otro, tan anciano como el armero, pidió la palabra.
     -Amigos. Todos hemos tenido pequeñas luchas internas. Peleas de no más de treinta o cincuenta hombres. Los hechos últimos nos han revuelto la sangre estancada en el cuerpo. La fuerza de los más jóvenes-dijo señalando a Aristid- se agita. Lo veo en sus ojos, en los movimientos de sus dedos mientras hablamos, en esas piernas que no quieren quedarse quietas y lo obligan a dar vueltas entre estos viejos sin mucha experiencia en la guerra. Porque la verdad es que no conocemos a Reynod. Ignoramos su procedencia, lo que su mente ha creado y conservado desde antes de llegar a nosotros. ¿Qué ha sido, qué ha hecho?, les pregunto. ¿Los dioses le hablan? Y si Ellos lo apoyan, ¿qué nos espera más que la derrota y la muerte de nuestras familias?
     Los demás miraron al armero.
     -Sólo les digo esto porque si comenzamos la guerra, debemos ser sinceros en cuanto a lo que tenemos. Poco es, si me permiten la verdad.
     Aristid ya no pudo mantenerse callado.
     -Padre, venerables amigos de mi padre. Recuerdo el día que el brujo escondió las armas que mi padre trajo del extranjero, humillándolo delante de todos. Yo lo vi llorar, y me reproché la cobardía de mi quietud. Lo vi llorar y aún puedo verlo cada vez que contemplo su cara.
     Una tos de niño se escuchó detrás de las paredes, seguida por las risas de algunos otros. Aristid aprovechó la distracción para deshacerse del llanto que había anudado su garganta, y gritó a sus hijos que fueran a dormir. Los pasos pronto desparecieron en el silencio oscuro de la choza vecina. Miró a su padre, pero éste, lejana y perdida su débil atención, tenía los párpados cerrados, las manos sobre el bastón, y se había colocado una capa sobre los hombros y la cabeza para protegerse del frío.
     Cuando vio que lo dejaban seguir hablando, les pidió acercase a estudiar los esquemas. Hizo traer antorchas y esbozó sus planes dibujando figuras de hombres combatiendo. Borró y volvió a bosquejar otros con carbón, hasta lograr que todos comprendiesen el plan que había ideado durante largas noches de inquietud, dándole la definitiva forma que ahora presentaba al juicio de los otros.

*

El dolor que sienten los dioses. Ellos mueren conmigo.
     Su voz es un susurro en las heridas que borran los límites de mi piel y hacen de mi cuerpo un camino hacia el mundo.    
    Sus voces parecen las de niños enfermos, dominados por el ardor y el delirio, sólo el susurro de sus madres los une todavía con un delgado hilo de saliva al resto del mundo.
     El sonido de las madres que cantan, meciéndolos.
     Siempre el sonido de una mujer, aún al final de todo.
     Madre, aquí estás, tan lúcida todavía a pesar del tiempo desde tu muerte. Uno envejece también en la muerte, se cansa de haber muerto, quizá.
     Pierdo sangre, y tengo miedo.
     Las pieles del camastro en el que Sorkus lo había acostado se estaban empapando de sangre. Su hijo estaba cerca, hablando con los hombres probablemente sobre la batalla. No sabía cómo había terminado, o si aún continuaba. Iba a preguntar, pero se dio cuenta que no podía abrir la boca. Tenía la lengua seca. El aire lo ahogaba, enrarecido por el vaho del sudor y las especias que sus sacerdotes quemaban para apartar a los espíritus indeseables. El humo azulado se acumulaba bajo el techo de la choza. Las hojas trenzadas que los protegían de la lluvia, impedían también la fuga de aquel aroma tan parecido al cuerpo pesado de una madre de pechos grandes y cabeza oblonga, de mirada torva y sonrisa falsa. Apretándolo, ordenándole dormir con la voz crepitante de las llamas.
     Levantó una mano, señalando la fogata, y miró a Sorkus. Pero no lograría que lo entendiese y evitara que ese espíritu que se estaba formando en la choza terminara ahogándolo.
     Había líquido bajo su espalda. Le pareció estar viajando en una canoa sobre un río de aguas serenas y espesas. Giró la cabeza, parpadeó, la tierra entre los cabellos le cayó en los ojos al moverse. Al toser, escupió una masa tan densa como ese mar sobre el que su cuerpo había sido colocado. Era su cuerpo sobre su propio cuerpo, la parte sólida de él sobre la líquida. La carne y los huesos flotando en la sangre. Y se vio subir, ascender en una balsa sobre un río desbordado. Llegar al techo del cielo, el suelo de los dioses, las plantas de los pies divinos, y ser aplastado.
     -¡No!- gritó con suficiente fuerza para vencer la mordaza que los dioses habían puesto sobre su boca.
     Sorkus y los sacerdotes se acercaron. Reynod hizo gestos desesperados con sus manos, precarios signos que señalaban su espalda.
     -Hay una herida profunda en el vientre, Señor-murmuró uno de los sacerdotes.
     Pero Sorkus sabía que su padre era conocedor de las enfermedades.
     -Ayúdenme a levantarlo-ordenó, y entre tres lo giraron hacia un costado.
     El rostro de su hijo había tomado el aspecto de un niño asustado, tan diferente al que había tenido en la batalla.
    -¿Qué hay?- preguntó el brujo en voz muy baja.
     -No sé, padre. Hay un bulto alrededor de la herida.- Entonces miró a los sacerdotes que habían revisado al brujo, y les recriminó su error amenazándoles con un puño.
     -¡Viejos inútiles, no han visto esta herida!    
     Reynod le dijo a Sorkus:
     -Hijo...debe venir Britano.- Pero ya no pudo hablar más, porque escuchó el bullicio de mucha gente fuera de la choza. Las voces de los guardias intentaban detener la muchedumbre.
     ¿Qué reclaman? Los cuidé como a niños toda mi vida. Los traje a este páramo de agua donde los dioses duermen. Éste es su lecho, la calma impasible del agua que cae del cielo. El cielo reflejado en ella, los rostros de los dioses que ya no son sólo voces. Los he visto desde la orilla. El sonido de las olas los anuncia.
     Cuando vi la extensa superficie, lo supe. Llovía una cortina de espinas sobre las espaldas del pueblo. La gente me seguía, asombrada de haber llegado a tan triste desolación. Árboles mustios surgiendo del agua oscura, nubes grises y relámpagos reflejados igual a sombras sobre las sombras del lago. Se sentaron a contemplar lo que no comprendían. Los perros empezaron a aullar, y los hombres los miraron en silencio. Los niños lloraron. Los jóvenes tenían una expresión común de labios caídos, ocultos entre las barbas recién crecidas. Sus espaldas eran un solo gran muro frente a la playa cambiante del lago. Quizá no veían lo que únicamente yo alcancé a apreciar en toda su belleza.
     Allí estaban los dioses, parados sobre la superficie del agua, caminando, haciendo crecer sus rostros terribles. Cada rostro era una voz, las antiguas voces que, luego de tanto tiempo, eran piadosas.
     El aullido de los perros fue creciendo también. Quienes intentaron hacerlos callar, sólo lograron enfurecerlos. Sus quijadas parecían haber sido creadas para aquel aullido que tenía palabras en sus tonos, como finales de frases en un grito, gemidos ahogados, llorosos quejidos de hembras o niños reclamando alimento, silenciosas salivaciones de viejos que exhalaban el último aliento.
     Las caras de los dioses estaban satisfechas. Sus sonrisas, si eso eran los pliegues de los labios formados en las ondulaciones del agua, si eran ojos las ramas secas de los árboles, si las nubes inflaban sus pálidas mejillas. Nunca supe cuántos eran. Cada vez que miraba, crecían en número y a su vez eran diferentes. Como si los que viera antes se hubiesen borrado de pronto, y al mirar de nuevo, no fuesen los mismos, sino otros a los que se habían sumado muchos más.
     Pero yo había llegado.
     Desde la lejana época del viaje con mi padre, desde las primeras voces no comprendidas, éstos finalmente eran mis Dioses.
     Las sombrías caras que no dejaban de mirarme.

*

Aristid miraba la caída del sol detrás del bosque, más allá del campo donde habían estado peleando. Un halo anaranjado rodeaba el círculo incompleto y aplastado contra la tierra. Una mancha brillaba con intensidad dentro de la esfera, degenerándose con la llegada de la noche.
     Pero el color de alas de pájaros grises dominaba todo el horizonte. Varias bandadas volaban encima de los cadáveres no cubiertos. Los hombres trabajaban con esmero para enterrarlos, daban órdenes y utilizaban cualquier herramienta, escudos partidos, puntas de lanzas, todo lo que sirviese para remover la tierra dura como piedra en lo más profundo. Cavaban, y los brazos y las espaldas se estremecían con los golpes, las caras también temblaban al mismo ritmo, sin quitar la vista del suelo. Luego levantaban los cuerpos como si fuesen perros muertos recogidos del campo luego de una noche de cacería, era esa misma indiferencia la que se veía en sus ojos, la desmemoriada insensibilidad de la costumbre. Otros cubrían las fosas, y de pronto se detenían a mirar con curiosidad, porque no podían explicarse la razón de que la tierra se acabara antes de tapar la fosa completamente.
     De vez en cuando hablaban entre ellos. Decían que Reynod estaba grave, que habían visto a Sorkus cargarlo en brazos. Habían contemplado lo que nunca creyeron posible: el protegido por los dioses moribundo en los brazos de su hijo, la cabeza hacia atrás, los ojos abiertos y llorosos, el cabello blanco moviéndose con el balanceo de los pasos de Sorkus. Las miradas de los guerreros fueron tan desoladoras, que no sólo se arrodillaban al paso de sus jefes, sino que por primera vez, cien hombres, tal vez incluso la legión entera, habían llorado juntos.
     -Necesitamos su consejo- le dijo un guerrero, jadeando después de correr para alcanzarlo. Tenía la ropa mojada y sucia, iba descalzo, y una herida le inutilizaba el brazo izquierdo.- El grupo del norte sigue luchando, pero no va a resistir mucho más. Piden consejo sobre si tienen que continuar o retroceder.- El mensajero bajó la mirada, avergonzado.- Saben que perdimos hoy, y temen que los abandonemos.
     -Dígales que resistan sin atacar, sólo por esta noche. Para el amanecer iremos a buscarlos con refuerzos.
     El mensajero se fue corriendo. Se oyeron luego saludos de bienaventuranza desde la oscuridad y las fogatas, donde los hombres descansaban, abrazos rápidos, palmadas en las espaldas y gritos. Pero el mensajero no se detuvo mucho tiempo con cada uno.      
     Aristid caminó hacia la choza de Reynod, del otro lado del campo, detrás de las líneas marcadas por las filas de guerreros fieles. A su izquierda, escuchaba el repiqueteo de la lluvia sobre el lago, a cuya orilla el pueblo aguardaba desde hacía dos inviernos los preparativos para la guerra. De vez en cuando veía grupos de jóvenes que avanzaban para curiosear detrás de toldos y chozas. Los cuerpos antes erguidos, oscurecidos por el sol del Este, se veían débiles y pálidos. Las estaciones de las lluvias no cesaban, alimentadas las nubes por el agua de la gran inundación.

     Y desde que ellos llegaran, la mortandad de peces se había convertido en una plaga incontrolable. Primero fue aquel viejo cuyo cuerpo fue carcomido por las ratas que huían de las madrigueras inundadas. Después, los insectos continuaron la enfermedad en los niños. Amanecían con los rostros hinchados y sin poder respirar, algunos morían antes de tragar la savia de hierbas que las ancianas preparaban. Se organizaron rezos tres veces por día, liderados por el brujo, que cada noche ordenaba los preparativos para que los niños enfermos fuesen sangrados. Los que sobrevivían, se miraban en la piel los cortes secos y negros, cubiertos de hojas en las que pequeños gusanos blancos parecían trabajar para restituir el color normal de la sangre.
     En toda la zona no podía respirarse más que el aroma de las sustancias que las viejas cocinaban cada mañana, quemando las uñas de los muertos mezcladas con la orina de los enfermos. Conjuros que la hechicera les había enseñado en las noches cuando adoptaba la figura de un búho o entre las llamas de una fogata en el bosque. Aristid no creía en ella, por lo menos no en sus dones mágicos. Según su padre, se trataba de una anciana extraña que debió morir mucho antes que él naciera, si es que en realidad había existido alguna vez.
     Pero los insectos no cesaron de procrearse. Al acostarse el sol sobre las aguas estancadas, los insectos depositaban sus huevos. Y antes del alba, nubes de enjambres aparecían suspendidas sobre el agua, avanzando hacia la orilla. Entonces las mujeres corrían para llevar a los niños hasta las piletas de madera con aceites.
     Una de esas noches, mientras ayudaba a sus hijos a sumergirse en las piletas, Aristid tuvo un sueño peculiar. Vio que muchos hombres corrían por los extensos llanos empantanados a los que el brujo los había conducido. No comprendió al principio el significado, ni por qué razón estaba soñando con inmensidades que jamás había visto. Los cazadores nunca salían en grupos mayores a diez hombres, mientras los clanes peleaban únicamente por cuestiones internas, agravios, robos de vírgenes, o alguna muerte injusta y ocasional. Pero aquel sueño lo atemorizó más que el triste, oscuro porvenir que veía caer sobre su gente. Eran hordas de hombres furiosos corriendo, rodeados por el sonido de tambores, o de pisadas, tal vez, que retumbaban en la tierra seca levantando polvo. Y esas formas imprecisas le golpearon la cara y enturbiaron sus ojos hasta hacerlo lagrimear como un niño. Desde entonces, temblaba en las noches, no por los insectos que saldrían con la llegada del sol, sino al soñar con esas legiones que atravesaban campos más allá de los cuales parecía acabar el mundo.
     Un día vieron al brujo reuniendo a sus sacerdotes en la playa, alrededor del altar en honor de los dioses del lago.
     -¿Qué estará haciendo?- preguntó el viejo artesano a su hijo.
     Aristid subió a un árbol.
     -Hay muchos niños en la orilla, y los están subiendo a una barcaza.
     -Pero... ¿qué son esos llantos?- decía el viejo, ansioso, tocando las piernas de Aristid que colgaban de una rama.
     -Son las mujeres, están gritando por los niños. ¿Qué irán a hacer con ellos?
     La lluvia hacía a sus párpados más pesados, y el esfuerzo de su vista más penoso. Se limpiaba la cara con el brazo, pero no había forma de secarse la humedad que brotaba de su piel en gotas de sudor. Uno de sus hijos se había acercado a ellos, y se puso a llorar al escucharlos. El anciano le dio un pequeño golpe en el hombro, retándolo.
     -Espera, padre, está mirando hacia allá.- Había algo extraño en los ojos de su hijo, y le preguntó: -¿Qué ves?
     El niño no contestó enseguida. Levantó un brazo, con un dedo extendido hacia el lago. Sus párpados y sus labios se movieron con inquietud.
     -Ahí...ahí está, padre... ¡miren!, es...es tan grande, ¡oh, no sé! ...son muchos, uno encima del otro... ¡tengo miedo, no quiero ir, no...!
     Su voz creció hasta transformarse en pavor y el lágrimas cubriendo su cara. El pequeño se había orinado sin darse cuenta, y su cuerpo temblaba como una rama sometida por el viento del invierno. El abuelo intentó abrazarlo, pero el niño seguía llorando, siempre con el brazo extendido, y la otra mano sobre el sexo. Aristid bajó del árbol.
     -¡¿Qué ves?!- Sabía que su hijo sufría, pero también que esa visión era única, y que si la dejaba esfumarse en la inatrapable sustancia de donde había llegado, perdería la comprensión de sus propio sueño, quizá. Sacudió a su hijo de los hombros, mientras seguía preguntando.
     -¡Padre, no dejes que me lleven! ¡Se los llevan al agua, a todos!
     Entonces Aristid vio lo que veía su hijo.
     Reynod hace un nuevo sacrificio para los dioses del lago.

     Esa tarde, la familia y todos los que decidieron seguirlos, levantaron sus cosas y se alejaron aún más del resto del pueblo. Durante la semana siguiente organizó grupos para explorar en busca de cuevas. Les ordenó a las mujeres que recogieran toda planta que sirviera de alimento, y a los hombres salir de cacería a los bosques, sin detenerse hasta almacenar suficientes presas para abastecerse por mucho tiempo. El padre recuperó la ansiedad de su juventud, y se puso a enseñar la construcción de lanzas y arcos a los más jóvenes. Otros hombres se unieron a Asistid y lo acompañaron por las noches para escuchar sus planes.
     -Basta de sacrificios. Reynod nos está masacrando. Dejemos de ser las víctimas ofrendadas a sus dioses.
     Los que aún creían en las divinidades, murmuraron con la vista fija en las brazas.
     -Los dioses son éstos…- insistió Aristid, matando un insecto que se había posado en su cara- …y nos están devorando junto a nuestros hijos.
     La luna se había dejado ver antes de medianoche, y los hombres pudieron mirar entonces en los ojos desnudos de todo pensamiento de excusa o de culpa, los rasgos del pasado y la memoria libre del miedo al castigo. Uno de ellos se levantó.
     -La única familia que se le ha enfrentado fue la de Zor, y no sabemos qué ha sido de todos ellos. Por eso tenemos miedo. Pero somos muchos, y yo no creo en los dioses que lo defienden. Dudo que el Brujo sea más que un hombre común, que sangra y muere como cualquiera.
     Los demás hablaron entre ellos, mientras las brazas brillaban con el soplido de sus alientos. La luna volvió a ocultarse. Las mujeres aparecieron, trayendo vasijas y alimentos, y se retiraron tan silenciosamente como habían llegado. Un llanto se escabulló desde la oscuridad hasta ellos, y alguien recordó a los niños de la barcaza, que debía seguir avanzando, lentamente, hacia el centro del lago.
     -¿Vamos a salvarlos?- preguntó una voz bajo un piel de cabra que protegía la garganta del frío de la noche.
     -Arriesgarse es morir. Cuando seamos fuertes, venceremos.
     Pero él estaba pensando en su hijo, que no había podido recuperar la calma desde el día que vieron la barca. Los ojos del niño no dejaban de mirar hacia el lago, aún cuando lo arrastraran lejos, o pusiesen vendas sobre sus ojos. Su cabeza giraba, tarde o temprano, en esa dirección.
     -Esto es lo que he planeado.
     En el polvo y bajo las antorchas, dibujó los pasos para la batalla.
     -Aquí y del otro lado de los montes estaremos nosotros. Un grupo central se encargará de sorprenderlos. Cuando intenten huir por los lados, nuestros flancos los detendrán. Después será una lucha hombre a hombre, y para eso debemos entrenarnos.
     -Pero somos pocos.- Objetó uno, mientras se restregaba la barba, como si tratara de arrancase las dudas.
     -Los ancianos amigos de mi padre son jefes de muchas familias que se oponen a Reynod. Líderes que no convenceremos a menos que les mostremos nuestra decisión. Padre tiene influencias en ellos. Guardan rencor al Brujo y nos ayudarán. Mañana empezaremos los entrenamientos. Vayan a dormir.
     Se alejaron de la fogata con caras preocupadas por la decisión que acababan de tomar. Algunos se arrodillaron y rezaron. Otros, se fueron caminando con sus mujeres, que habían venido a buscarlos. Algunos solitarios, mascando hojas, se acostaron en sus lechos, pensando en la lucha que los aguardaba. Pero todos miraron hacia el lago por lo menos una vez antes de dormirse, oliendo el hedor que de allí nacía.

*
                                                                                                                                                 
El cuchillo cortaba los restos de la pierna del guerrero. Una lanza había quebrado el hueso debajo de la rodilla, y durante la espera fuera de la choza, se había convertido en un fragmento frágil como carbón, con el olor de las larvas trabajando y carcomiéndolo.
     El guerrero gritaba, como lo habían hecho los otros poco antes, y como más tarde lo harían los demás al pasar por sus manos para remediar lo incurable, para el gesto casi inútil de darles preparados a beber o cortando las partes destrozadas de sus cuerpos.
     -¡Otro!- gritó Britan a sus ayudantes, que corrieron a reemplazar el cuchillo que había usado desde la mañana y ya no tenía filo. Algunos, que su padre o él mismo había entrenado, trabajaban con esmero. Pero los heridos querían que solamente él los curase.
     -Quiero al hijo del Gran Jefe- decían, alzando un poco las cabezas entre los brazos de quienes los cargaban desde el campo de batalla, en medio de los estertores, el frío y el delirio que formaba gusanos frente a sus ojos. Pequeñas serpientes que sus mentes sentían en las piernas, en los huecos de los vientres, en las flechas clavadas y erguidas como rayos de sol. Los hombres las arrancaban, pero las puntas permanecían dentro.
     Britan sabía que no podría atenderlos a todos. Su padre, de quien había aprendido sobre el cuerpo de los hombres, quien le había dado lecciones sobre la forma y la función de los órganos con los cadáveres de hombres que mataban especialmente para eso, ya estaba viejo y demasiado ocupado con la guerra. Ahora el brujo era un guerrero que mandaba los heridos a su hijo. Volvió la atención al hombre que gritaba entre sus manos. Tocó el hueso roto de la pierna y comenzó a cortarlo.
     -¡Bien alto!
      Los ayudantes levantaron el muñón para que él lo cosiera. Sentía que también su resistencia se quebraba. Hacía un día entero que estaba parado, y la fila de heridos aún era muy larga. La lluvia traspasaba el techo y una fina cortina de agua caía sobre ellos. Puso un empasto de hojas limpias en la herida, se llevaron al enfermo y trajeron a otro.
      -¡Señor!- lo llamaron desde la entrada.- ¡Lo necesitan en la choza de su padre!
      -Sigan ustedes- dijo, frotándose los ojos y abandonando los instrumentos en manos de los otros.
     Afuera, había una larga fila que se extendía hasta perderse en la bruma del polvo y de la noche que avanzaba. Al verlo salir, lo rodearon, pero sólo prestó atención a un grupo alrededor de algo que no alcanzaba a ver.  Le dieron paso, un lancero tenía la mitad del cráneo abierto, y una masa roja con astillas de hueso colgaba de la herida.
     -Todavía respira-dijo alguien.
     Ya lo sabía, pero no perdería el tiempo. Agarró un puñado de tierra y la dejó caer sobre la cara del hombre. Los demás dejaron el cuerpo donde estaba.
     Sintió una mano que lo tomaba del hombro, y de pronto se vio deseando, contra lo que había sido su temperamento hasta entonces, nada más que cerrar los ojos, sin importar quién fuese el que lo buscaba ahora, y descansar. Entonces las imágenes de lugares desconocidos se abalanzaron en sus ojos como lo hacían en los sueños.
     Viajaré a través del mar que mi padre niega. Conoceré el mundo y los hombres que mi padre niega. Las costas que están sobre nosotros, nacidas antes, más sabias aún que nuestros padres. Los hallazgos que me han relatado los viajeros, la prosperidad que mi padre niega.
     Sus ojos volvieron a abrirse y se dio vuelta. Los dedos que lo habían tocado se mezclaron en su cabello lacio y largo. La nariz recta, las cejas negras, la frente ancha que goteaba sudor, los labios cortados, los dientes amarillos, todo su rostro reflejaba cansancio. Sorkus lo estaba mirando.
     -Vas a dormir después de ver a nuestro padre-lo oyó decir, y lo llevó a través de un camino con hedor de muertos, oscuramente disimulada la tibieza cálida del otoño nocturno por ese aroma dulce de la carne que se pudre. El repiqueteo de la lluvia sonaba en los charcos alrededor de los cuerpos, limpiándolos de tierra, lágrimas de los dioses que caían para desenterrar a los pocos que habían sido sepultados esa tarde.
     -Habrá que volver a sepultarlos mañana.  Si los rebeldes nos dejan.
     El rostro de Sorkus se había enfurecido otra vez, pero su hermano escuchó sólo las palabras, pensando en Reynod.
     -¿Cómo está?
     -Mal. Agoniza desde que cayó el sol, pero sabía que estabas ocupado con nuestros hombres.
     Britan se detuvo para mirar a su hermano, la imperturbable máscara que a veces se parecía tanto al rostro de Reynod, como si hubiese sido moldeada no desde el nacimiento, sino con los inviernos. Y esa rigidez era la que tenía que tomar decisiones como la de esa noche. Como si su padre ya estuviese muerto, o necesitase de esa muerte para justificar su decisión.
     -No me mires así, por todos los dioses te lo pido.- Sorkus había dicho esto frente a él, pero con la vista hacia otro lado, mojados los párpados por la lluvia, mojado el pelo crespo y la barba, lo único que parecía diferenciarlo del rostro de Reynod. Había murmurado esas palabras casi tan tenuemente como los gemidos que llegaban desde la choza de los heridos.
     Britan creyó ver cómo el mentón de Sorkus temblaba, de frío tal vez, y apoyó la palma de su mano sobre la frente del otro, quien hizo un gesto huraño, pero se dejó tocar.
     -Estás enfermo, será mejor que lleguemos pronto y tomes algo que voy a prepararte.
     Cuando entraron a la cabaña grande, el incienso los recibió con la densa masa azulada que buscaba resquicios por donde huir hacia la noche. Sorkus le ofreció una mirada cómplice al ver una vez más los inútiles esfuerzos de los sacerdotes. Britan hizo un gesto de ira frente a los olores que los sacerdotes habían creado con mezclas quemadas al fuego, aromas que habrían espantado a los mismos dioses cuyos favores pretendían recuperar.
     -¡Saquen de aquí a los falsos!- gritó.
     Reservado tanto si se trataba de la guerra como de la vida cotidiana, parecía abrir su alma ahora, exponer su habilidad en la destreza de los movimientos y la rapidez de sus ideas. Los largos inviernos pasados explorando los cadáveres que su padre le mandaba para estudiar, el esmerado esfuerzo por lograr el conocimiento que el brujo no había alcanzado, lo confrontaron con los viejos ritos que los sacerdotes imponían y que Reyunod no había querido tampoco alejar del todo. Porque el brujo sabía que la magia lo había elevado al sitio en el que estaba, u aunque parecía orgulloso de su hijo, la inteligencia que se estaba desarrollando en Britan, ese instinto para ver la enfermedad, lo inquietaba.
       Los guardias entraron para llevarse a los viejos sacerdotes.
     -Necesito ayudantes, por lo menos dos, y el material que guardo bajo mi camastro.
     Sorkus mandó traerlos. Britan se acercó al cuerpo del viejo, le abrió los párpados y comprobó la palidez. La mancha roja del camastro se había convertido en una costra espesa, resquebrajada en parte por el calor de la fogata. El viejo no se movía, pero su aliento, aún cálido, entibió el rostro de Britan.
     Sorkus comenzó a contarle lo que habían visto en la espalda del padre. Lo dieron vuelta. El bulto original se había transformado en una fruta morada que secretaba un líquido amarillo y espeso.
     -Debe haber una flecha clavada desde esta mañana.
      Los demás lo miraron y declararon su ignorancia con un gesto de hastío y culpa.
     - O quizá una roca o una astilla-dijo atenuando su tono de reproche.- Hay que abrirlo, hermano. Si está allí la sacaremos y eso podrá detener la enfermedad.
     Entonces se quitó las ropas mojadas. Se frotó el cuerpo para secarse, y notó que su cuerpo se resentía, pero era necesario continuar despierto. No había comido nada en todo el día, aunque no quiso probar más que agua antes de curar a su padre. En el fondo de la cabaña, vio a una de sus hermanas, la que le había sido destinada para unirse, y con ella se apartó hasta un rincón.
     La túnica blanca que la cubría se balanceaba como los cabellos negros sobre los hombros. Britan le murmuró algo al oído. Luego ella se colocó detrás y comenzó a frotarle la espalda. Las manos tibias que lo aliviaban del sudor, de la lluvia fría, que desanudaban su carne rígida y tensa, que lo apartaban de los ojos de los heridos, de los temblores y sollozos, de los cuerpos cortados.
     -Está todo listo, Señor-le dijo un ayudante, que volvió a dejarlos en la casi oscuridad cuando se retiró con la antorcha.
     Britan despertó de esa mansa pradera de intenso verde en la que se había puesto a soñar. Vio la oscuridad del rincón y la luz en el otro sector, pero no vio más a su hermana, sólo le quedaba el recuerdo de esas manos en el cuerpo. Ella lo había moldeado una vez más después de la confusión en que su mente se había dispersado durante todo el día. De la memoria de tantos rostros tristes, él regresaba casi indemne.
     Terminó de vestirse con ropas secas y regresó junto a su padre. Sorkus ya no estaba. Sus ayudantes habían lavado el cuerpo, que lucía tan pálido como debía ser cuando era un niño. El viejo, que nunca tuvo mucha barba, volvía a adquirir el aspecto de la infancia. Pero no se atrevieron a quitarle el taparrabos, porque Reynod había dejado expresamente dicho que nunca lo hicieran.
     -Yo se lo sacaré.
      Britan sabía que el orgullo de su padre no se vería menoscabado siendo su hijo quien lo hiciera. Colocaron el cuerpo de costado y sobre el lado sano. Se paró delante y comenzó a cortar las telas. Los demás permanecían tras la espalda del viejo.  
     Cuando lo desnudó, no estaba seguro de lo que había visto. La sombra de los muslos cubría el sexo. Le levantó una pierna delgada y envejecida. El vello se había perdido, o nunca lo había tenido si juzgaba por la poca barba y el ancho pecho blanco y liso de Reynod. La sombra del sexo también era blanca.
      Entonces vio una cicatriz rosada y deforme, que creyó debía ser una quemadura, o los restos de una enfermedad. Meditó antes de revisarla con cuidado, porque deseaba preservar la intimidad que el cuerpo y la autoridad de su padre demandaban. Volvió a cubrirlo, pero ya no lo abandonó la inquietud.

*

El filo corta. Al principio no duele. Después viene el dolor.
     Mi voz cae, se dispersa en las aguas, se derrumba en el sueño. Estoy cayendo, y el dolor me empuja, no como una mano que aplasta, sino como el peso de una carga.
     El dolor tiene también un peso tan concreto como el motivo que lo provoca. Y no es uno solo, nunca hay un único dolor que sea tan fuerte para crearse a sí mismo. Son uno a uno los que nacen y se unen. Dolores que no parecen serlo apenas surgen, sino fragmentos que se van enlazando.
     El dolor es redondo. Duro, blanco y circular. Parecido al sol. Se encamina por el mundo igual que una semilla oblonga, a lo largo de las suaves laderas de las montañas. Arrastra piedras que toman nuevas formas. Se  deshacen de sus vestiduras y muestran  las cuevas de sus cuerpos de dolor.
     Así crece el dolor, y sube a nuestras espaldas.
     Es una costra de suciedad que no puede arrancarse sino a expensas de amputar una parte del  cuerpo.
     Me están abriendo.
     El dolor deja lugar al crepitar de los huesos. La cobertura de mi corazón se abre como un arco por el que penetra una mano. Toca el corazón y lo aparta. Explora. Experta y segura. Sabe lo que hace.
     Baja hacia el vientre, pero deberá encontrarse con los pilares y la cúpula del mundo de mi cuerpo. Entra aire. No debería suceder, y la mano aún no lo sabe. La mano del hombre que debe ser mi hijo.
     Los dedos se encuentran con mi espalda, bajan por ella, por dentro, tocan un gran cilindro largo y pulsátil. Se detienen. Dudan.
     La sensación de que nadie sabe, ni uno mismo, qué hay allí, y uno portándose como un dios, bello como el dios de ese instante. Nadie sabe qué está tocando y qué es lo que hará con ese fragmento del hombre en sus manos.
     Tal vez allí esté su alma, quizá esa carne sea la respuesta a las iniquidades del mundo.
     La creación entre los dedos, entre la fuerza de los dedos, y la duda como único instrumento de esa fuerza.

     El día que Markus regresó, no esperaba volverlo a ver después de la competencia con Zor. Lo creía lejos, humillado por lo que todo el pueblo sabía, la vergüenza de no haber sabido enfrentarse a un animal del bosque. Pero muchos lo habían visto recuperarse, y tal noticia había llegado a él.
     Markus venía cojeando a través del gentío, con una pierna cortada hasta por debajo de la rodilla. Se apoyaba en su hijo al caminar. El niño encorvado sostenía el muñón de su padre sobre la espalda, y estaba llorando. Al ver a ambos, Reynod supo que debía hacer cualquier cosa por acallar la voz de Markus. Por más que no hiciera caso de las acusaciones que creía inevitables, el daño a su autoridad ya habría sido hecho.
     Le abrieron paso a medida que el hombre y su hijo avanzaban arrastrando piedrecillas por el camino que conducía al altar, entre los charcos de la sangre del cordero. Markus estaba sudando bajo el sol que iluminaba su cabello blanco con leves destellos rubios. El hijo parecía la sombra a los pies de su padre. Luego, se detuvo frente al brujo.  Un rayo de sol se reflejó en el cuchillo clavado en el cordero, y los cegó por un instante.
     -Vengo a que me cures-dijo Markus.
     A Reynod le habían dicho que los gritos de Markus resonaban cada noche desde su choza hasta invadir todo el bosque. No eran palabras, sólo gritos sin sentido cortando el aire de la noche hasta cansar su voz. La que ahora oía, era una voz semejante, cascada y rota.
     -Vas a curarme-repitió, no como una orden, no tenía fuerza para eso, sino simplemente como una afirmación que ya estuviese cumplida de antemano.
     Reynod no contestó. La gente esperaba su respuesta. Se sacó la túnica ceremonial y cubrió la espalda de Markus, que temblaba. Los demás hicieron un gesto de admiración y se retiraron con lentitud. Pero cuando estuvo fuera de la mirada del pueblo, se sintió inseguro frente a la mirada del otro. Los sacerdotes seguían allí, y necesitaba deshacerse de ellos. Ordenó que se llevasen al niño. Reynod siguió los lentos pasos del enfermo hacia la choza. Las últimas ramas estaban siendo puestas en el techo, atadas con trenzas de juncos.
     -Dejen eso para mañana.
     Los hombres se fueron, los guardias dejaron a Markus. Ahora solos, parecían recelosos de romper el silencio. Hablaron de Zor.
     -No lo he visto, es lo mejor para él-dijo Reynod.
     -Se ha acobardado después de la muerte de su mujer. Pero yo no te tengo miedo, y quiero que me devuelvas mi pierna.-Entonces comenzó a desatar las telas que envolvían el muñón. Las capas de tela se fueron abriendo una a una, y al mismo tiempo que las sacaba, unas hojas puestas sobre la herida absorbían la sangre y la supuración que manaba sin detenerse. Cuando la última se desprendió, Reynod vio que pierna parecía recién amputada.
     -¿Cómo la has conservado así?
     -No lo hice yo, sino la misma vieja hechicera que me ha maldecido al darme un pie de muerto cada dos o tres días, y obligándome a cortarlo yo mismo o mi hijo. Te pido que detengas su maldición, curándome para siempre.
     -Pero...-El brujo se calló al darse cuenta que iba a decir en voz alta lo que jamás se había dicho siquiera a sí mismo.
     -¿Qué todo es mentira?-dijo Markus.-Una palabra falsa encarnada en el cuerpo de un hombre. Lo sé. Pero tus voces y tus dioses me han intrigado desde que nos conocemos, y esta duda ha crecido con mi desesperación.
     Reynod sabía que algo debía hacer. El pueblo estaba allí afuera, aguardando la hora del próximo rezo, los sacerdotes vendrían a buscarlo, los hombres lo esperaban también para la Asamblea de la noche. Pero él pensaba en la parte de su vida que sólo ese hombre conocía. Esa memoria que no era posible eliminar, que no desaparecería aunque la sepultase lo más profundamente posible en la tierra del olvido. Un fragmento resistente de la vida de los hombres era la tal memoria, un hueso tan inquebrantable, o aun más quizá, que la voluntad de un dios.
     De eso se trataba, del hueso de la pierna de Markus, cuyas manos se la ofrecían como si fuese un niño dormido. Un niño o una pierna, en este caso era lo mismo. Darle la vida era algo que nunca había hecho. Por un momento, un escaso lapso de tiempo en el que casi se había dejado convencer, cerró los ojos y oró. Pero pronto se dio cuenta de la falacia: no sabía rezar más que en voz alta, frente a sus súbditos, y no vislumbraba a los dioses más que en esos momentos, al alzar los brazos y gesticular. El resto del tiempo siempre habían sido sólo sonidos, palabras que pronunciaba hasta estando dormido. Voces dichas y oídas simultáneamente, y eso lo había conservado lúcido: dejar salir las voces guturales que su cuerpo emanaba. Ejercicios y juegos de los dioses, risas que repercutían en sus vísceras, y ellas secretaban savias y líquidos, aire expulsado con la forma de palabras.
     Intentó entonces nuevamente su acto, como lo hacía ante sus fieles, pero Markus lo interrumpió.
     -¡No necesito tus ritos! ¡Sólo toca mi pierna, a ciegas, o sumérgela en la saliva o las heces de tu cuerpo infértil, y haz que viva!- El rostro de Markus había perdido su triste serenidad para convertirse en furia, mientras apoyaba su pierna sobre el pecho de Reynod.
     El brujo retrocedió, y Markus cayó al suelo. Y al verlo así, volvió a sentirse seguro.
     -No me amenaces si no tienes forma de cumplir.
     A nada iba a verse obligado. Markus era únicamente un pedazo de hombre entre sus manos. Y no tuvo más que pronunciar su pensamiento para vencerlo por fin.
     -Esta pierna está más viva que el resto de tu cuerpo.
     Markus gimió.
     Reynod creyó conveniente entonces un gesto de piedad.
     -Trataremos a tu pierna como a un hijo. Voy a levantarte y me ayudarás a labrar la herramienta que deberás tener desde ahora siempre a mano.
     Hizo que Markus se acostara con la pierna sobre una tabla. Fue en busca de un recipiente envuelto en cuero resquebrajado. Dentro estaba el instrumental de madera tallada y rocas de diferentes filos. Se sentó en un banco, se sacó el resto de la vestidura ceremonial y comenzó a trabajar.
     Markus lo observaba abrir los músculos, levantarlos como escamas secas, como pieles quemadas. Pero no le dolía. El brujo ponía toda la fina exactitud de sus dedos en el trabajo, mirándolo de vez en cuando, y Markus asentía, sin saber a qué, si a la pregunta de si era verdad que no le dolía, o aceptando resignadamente la tarea de Reynod.
     -Señor...- dijo una voz desde afuera.
     -Hoy suspenderemos todo- respondió el brujo.
     En la mano izquierda, la pinza de ramas de abedul se movía como un pequeño insecto; en la derecha, el filo de una piedra blanca comenzaba a cavar en el hueso, hasta separarlo del resto. Reynod pensó entonces en su estilete, y fue en su busca.
     -¡Qué bella estructura es la del hombre!- dijo Reynod, libre de la sequedad que vivía en sus expresiones, de la indiferencia aparente y el oculto vacío que era su máscara habitual. Algo había estallado en sus ojos al ver el mundo y su interminable variedad cada vez que le era permitido explorar en el cuerpo de los hombres. Miró a Markus una vez más, y le entregó el estilete.
     -Eres cazador y has tallado tus propias lanzas. Talla ahora el cuchillo con tu propio hueso.
     Markus tomó el estilete, pero las manos le temblaban. Un viento frío atravesó las tablas de la choza. El sol de la media tarde estaba cayendo a la altura de sus caras, formando líneas de luz y sombra entre las rendijas. Reynod se limitó a observarlo, mientras el otro, descubierto de carne, amarillo el hueso por los restos de grasa que cubrían la superficie, se puso a tallar.
     La frente de Markus sudaba, pero había comenzado a dominarlo un ímpetu que no iba a detener si deseaba terminar su trabajo. Sólo un instante que se detuviera, era suficiente para no recomenzar nunca más. Por eso talló, aunque lloraba con los hombros encogidos y tragando las lágrimas.
     Cuando terminó, era de noche. Reynod seguía a su lado, no para controlar la tarea, sino observando la lenta caída de Markus. Para asegurarse que la labor que lo mantenía vivo fuese la misma que más tarde lo haría sucumbir.
     Markus levantó la vista. Su cabello sin color reflejaba el brillo de las llamas. Ya no estaba trémulo. Sus manos sostenían el nuevo cuchillo, contemplándolo a la luz del fuego. No era más largo que su mano abierta, blanco, con tenues tintes verdes de hongos y marrones de vejez. Tenía una leve convexidad en cada cara, y una protuberancia en la base del hueso para cortar y machacar. El extremo se afinaba en una punta que Markus pasó por uno de sus dedos para probar el filo.
     A Reynod le asombró la destreza demostrada en esa artesanía. Markus había sabido utilizar el borde anterior y fino del hueso como filo. Había buscado la trama escondida en su propio esqueleto, hasta hallar la sonrisa terrible de los huesos. Que de sus lágrimas, de la marca que su segura caída habría de dejar más adelante, surgiese tal bello instrumento, lo hizo pensar en la contradicción de los dioses, el incomprensible regalo que ellos le daban a quien pronto no iba a ser más que un mendigo errabundo.
     Entonces extendió una mano hacia la cara de Markus. Con el dorso de sus dedos acarició la mejilla y la barba. Tal vez el otro ni siquiera lo notara, perplejo como estaba en la contemplación de su pequeña obra. Con sólo dos dedos tocó la piel de Markus, y supo que era suficiente. Que él, el hombre de escasa barba, consolaba al hombre absorto mirando el objeto de su última gloria y desesperación. Retiró la mano. Se dio cuenta que sudaba.
     -Cortarás desde hoy tu pie de muerto con esta arma, y la maldición se detendrá.
     Markus lo miró una vez más antes de irse. Sus ojos claros lo observaron por debajo de la sombra del cabello. El cuchillo estaba guardado ya entre sus ropas.

     La mano llega a la boca del respirar. La entrada al vientre del aire que los niños exhalan cuando corren. Juega con el  cuerpo como si fuese suyo, esa mano extraña.
     El aire es dolor.
     Corre como el viento que entra en los cuerpos de los niños enfermos. La mano explora, escarbando como en la tierra, a ciegas. Más abajo, hasta las raíces, los huesos que se abren en líneas de cuerdas blancas, grises, marrones, extendiéndose en las ramas invertidas del árbol. Alimentan y absorben la savia, la sangre. Los toca, y duelen, siempre, cada elemento tiene la capacidad de la voz y el grito.
     La mano palpa una masa de líquido maloliente. El olfato de las vísceras lo sabe antes que el hombre. El líquido estancado nace y se recrea. Se acumula, y es caliente. Su color es el del sol de la tarde. El sol también esta aquí dentro. La mano lo toca, pero el sol se deshace y muere. Se resquebraja, echando de las entrañas el líquido de su muerte. El sol consume la vitalidad de la creación.
     Los dedos intentan romper la burbuja del sol. Pero no están solos. Algo duro está entre ellos, con un filo.
     El dolor. Un estallido seguido de la densa calma del aire, antes del abismo. El derrumbe se aproxima. No puedo pensar. Caigo. Mi pensamiento se aleja, no me pertenece. Lo veo quedarse en el filo de la montaña.

*

Un bosque de hombres parecían las filas de guardias a las que se acercaba. Y todos ellos tenían ojos resplandeciendo con el brillo de la lluvia.
     Lo miraban, y Aristid se sabía reconocido. Lo habían visto pelear con fiereza, y por eso lo respetaban. Era esa misma valentía la que lo llevaba al campo de los enemigos para el acuerdo de paz, si lograba llegarse a tal acuerdo.
     Se desplazaba lentamente, dolorido por sus heridas, obligado a atravesar mojones de tierra y ramas que habían servido de muros y vallas en el frente. No podía cruzar los grandes charcos sin riesgo de resbalar con su pierna débil, así que tuvo que rodearlos, y la espalda comenzó a molestarlo también entonces.
     Mucho antes de ver a los guardias, el campo y los muertos eran una única superficie negra y lisa bajo el gris capote del cielo. El lago no parecía de agua, sino una parte del cielo caído, siempre quieto, semejante a una era desolada de tierra dura como roca, y sintió otra vez el aroma nauseabundo del lago.
     Ya más cerca, alcanzó a ver los lomos de los cuerpos que flotaban en el agua, y los imaginó exhalando los restos fétidos, vacíos hasta de los pensamientos que alguna vez los habitaron, y éstos también parecían haberse vuelto negros, espesos como las aguas. Muy a la distancia, creyó ver la barca del sacrificio, pero no estuvo seguro de distinguirla.
      Levantó una mano hacia la primera fila, mostrando la palma en la que había dibujado un círculo azul. Luego, con un dedo, dibujó un nuevo círculo en su frente, y así confirmó que venía en misión de paz. Giró la cabeza hacia un costado y hacia el otro, indicando que estaba solo. Iba a decir algo, pero el grito de una bandada de cuervos que en ese momento descendía sobre los cadáveres apilados, lo disuadió de su intento. Sabía que era tarde para pedir por los cuerpos de sus hombres, ya los enemigos los arrastraban hacia el agua.
     Los guardias se abrieron para dejarlo pasar, y volvieron a cerrarse tras él.
     -¡Mensajero en paz!- Fue la voz que se repitió de hombre a hombre a lo largo del camino que conducía a la cabaña de Reynod. Nadie se le acercó para escoltarlo. Había grupos trabajando en el tallado y construcción de armas alrededor de las fogatas. El sol crepuscular aún podía verse, oculto detrás de las nubes densas suspendidas sobre el lago, rodeadas de un halo amarillo, opaco y seco como el centro de un hueso muerto.
     Esperó a que Sorkus viniese a buscarlo, no se sentía seguro caminando entre los hombres que lo miraban silenciosamente. Se había detenido, y sintió que esto provocaba inquietud en los que lo observaban, supuso que pronto comenzarían las preguntas y empujones. Pero nada de esto sucedió. Era su mente la que giraba en torno de posibles miedos, recordando a la vez el gesto que Sorkus le había hecho esa tarde mientras peleaban.

     Ambos estaban luchando. Sorkus trataba de deshacerse de un rebelde que no cesaba de amenazarlo con su lanza, y Aristid tenía un guerrero encima buscando cortarle el cuello. Logró separarse y le clavó un puñal en el pecho. Entonces su mirada se encontró con la de Sorkus cuando éste se deshacía de su enemigo con un golpe de hacha en el vientre. Ninguno de los dos supo con certeza quién había hecho el primer gesto. Tal vez fuese un signo malinterpretado que cambió las ideas que uno tenía del otro hasta ese momento. Un cambio que les pareció un remanso de agua clara entre las tristes olas del lago. Alguno de los dos hizo el movimiento del círculo en la frente, quizá sólo para secarse el sudor. Pero fue suficiente para que el otro, con los ojos fijos en el enemigo, hiciese el mismo círculo en la palma de su mano.
     Sus miradas luego se apartaron sin prisa ni temor, seguros de algo que sobrevendría más tarde, cuando terminase la batalla. Fuese cual fuese el resultado, sobre la firme roca del encuentro, a la hora precisa, se crearía un nuevo pensamiento. Ese día seguirían peleando, pero una cuerda se había aflojado entre ellos, aunque sus manos batallaran y los ojos buscasen enemigos, y la piedad no tuviese lugar más que para no matar a un hombre por vez.
     Después uno de los suyos lo había sujetado de un brazo, señalándole la pierna, y recién entonces él se había dado cuento que estaba herido.    
     -¡¿Cómo están las otras fuerzas?-preguntó.
     -¡Resistiendo! El plan se mantiene pero sin avances. Los fieles trataron de huir por los lados del lago, pero no pudieron. Nos faltan hombres.
     -¿Cuál frente es el más débil?
     -El este.
     -Que se retiren, no hay más que el río adelante, y que refuercen el frente oeste. ¡Que ataquen sin piedad! ¿Me escuchaste?- Agarró al hombre del cabello, sujetando su cabeza como si fuese a darle un beso de despedida u oler el pelo para recordarlo.
     -¡Sin piedad!- repitió la voz del que llevaría el mensaje, y se fue corriendo.
     Las fuerzas fieles del este avanzaron, seguras de la derrota de los rebeldes, pero retrasaron su marcha al bordear uno de los afluentes del Droinne. Sólo les quedaba caminar por las laderas de los montes que se extendían hacia el oeste.
     Los rebeldes se unieron al frente restante, y avanzaron con fuerza al principio. Aristid no había estado allí, pero escuchó el relato del primer mensajero. El joven había llegado mientras él pensaba en las pérdidas de esa tarde.
     -Señor...ayer avanzamos. Los fieles cayeron en una llanura tan grande que no se puede alcanzar a ver el final. Seguimos caminando con los hombres más altos adelante para avistar enemigos. Atravesamos tres ríos muy anchos, esperando llegar al lago. Al fin vimos su reflejo en el cielo. ¡El lago se había levantado, Señor, créame!
     El mensajero se había puesto a llorar, y Aristid no comprendía.
     -El lago se elevó con toda su profundidad hasta el cielo, y colgaba como si tuviera cuerdas que lo atasen a los dedos de los dioses. Nos quedamos mirando, confundidos y preguntándonos si era un sueño en medio de la batalla, o si la lucha era un sueño. Había oscurecido todavía más y comenzó a llover. El pasto se deshizo y el barro se formó muy rápido. Las aguas del lago desbordaban y caían como lluvia sobre nosotros. Ya no pudimos seguir. Resbalamos cuando intentábamos caminar, y nos encegueció una neblina de polvo entre la lluvia. Las primeras filas fueron vencidas y tuvimos que retroceder. El jefe nos ordenó esperar. Me enviaron ante usted, Señor, para pedir consejo.
     Esa fue la primera vez en aquella tarde que les ordenó continuar hasta el fin del día. Lo volvió a hacer varias veces cuando los mensajeros regresaban con nuevas noticias. Pero al último no le permitió regresar. Esperaría el resultado de la reunión con Sorkus esa noche.

     Sorkus salió de la cabaña del brujo. Caminó hacia él, sólo. La mirada no se mostraba ofuscada ni rencorosa. Era un guerrero y nada más. Era diestro en lo suyo, un excelente luchador con el que no se atrevería a pelear cuerpo a cuerpo. El pelo crespo y largo de Sorkus caía mojado sobre el cuello, iluminado por la luminosidad extraña que siempre venía del lago.
     Aristid se preguntó, mientras lo veía acercarse, cuánto más duraría su propia osadía, cuánto el engaño, la simulación de fuerzas y legiones de las que no disponía, antes de que Sorkus se diese cuenta.
     La luna se había asomado brevemente. Parecía, detrás de la cabeza de Sorkus, tener otras mil cabezas semejantes a las del hijo de Reynod. Los contornos bailaban una danza de agua de río montañoso, un vaho sin color que brotaba en contraste con la oscuridad del cielo. Pero dentro de la esfera, las figuras estaban quietas, asustadas de verse así sorprendidas al despejarse las nubes, como si se abriesen después del amor o de un crimen.
     Aristid sabía que no todos, aunque miraran desde el mismo sitio, verían lo mismo. Porque él llegaba a ver un mundo con una superficie de leche espesa, caliente, recién salida de las ubres de la hembra del sol. La que se esconde cuando nace la mañana y se asoma, orgullosa o pálida, pero completa, solamente un día cada veintiocho noches. Esto no podía explicárselo a los hijos de Reynod. Las ventajas de predecir las estaciones, de establecerse en las llanuras y trabajar la tierra. Aprender de los extranjeros la habilidad de transitar los ríos y construir carretas que vencieran distancias más grandes que las que los pies podrían lograr jamás. Y sobre todo, abandonar la sangre de los dioses. Todo eso era un sueño vislumbrado en los relatos de quienes habían viajado, hombres que su padre conoció alguna vez y de los que él sólo había escuchado.
     -¿Qué buscas?- le preguntó Sorkus, con su corona de luna sobre la cabeza. No se veía ni enojado ni sereno, únicamente indiferente, tal vez cansado. Ninguno de los dos había dormido desde varios días antes.
     -¿Cómo está tu padre, me han dicho que está herido?
     Sorkus asintió, con las manos a la espalda, el mentón en alto y los ojos enrojecidos.
     -Mi hermano se encarga de sanarlo. Pero no celebres su desgracia, yo estoy aquí para continuar su tarea.
     Aristid hizo el gesto de la paz, el círculo sobre la frente.
     -Hicimos esto en medio de la batalla, y quiero creer que significó algo.
     -No perdamos el tiempo, los hombres deben dormir y yo velar por mi padre.
     -Mi propuesta es que tu padre abra los límites del pueblo y deje entrar a los maestros que enseñen a nuestros hijos lo que nosotros no sabemos. Hay incontables cosas detrás de esas montañas y más allá del mar al norte.
     -¿Y qué será de nuestras virtudes?
     -¿Cuáles? Hace casi cincuenta inviernos que tu padre nos gobierna con dioses que no hemos visto, y que no traen más beneficios que sólo los que él ve.
     Sorkus miró a los guardias, pero él mismo les había dicho que no intervinieran y se mantuviesen lejos mientras hablaba con el rebelde.
     -No me provoques, porque no saldrás vivo de acá.
     -Entonces entrarán mis hombres, y aunque estén agotados, se arrastrarán para atacarte con puños y dientes. ¡No cederán, te lo prometo!
     Al ver que la reunión estaba desvaneciéndose en fútiles amenazas que ninguno podría cumplir, por lo menos no hasta que sus hombres se recuperaran, Sorkus comenzó a serenarse.
     -¿Por qué tanta saña por atacarnos? Siempre han vivido alejados con sus familias y en paz.
     -No lo ves porque estás dentro de la influencia de Reynod. Pero nosotros sabemos que ante el más mísero intento de separarnos definitivamente, tirará de la cuerda con que nos retiene. Te haré una pregunta que te responderá. ¿Dejaría tu padre que te alejaras de él?
     Sorkus se había puesto a pensar, con la mirada baja, dibujando en el suelo con el pie un círculo que borraba y volvía a dibujar. La luna, asomándose de tanto en tanto, parecía adorar su cabello, y lo hacía lucir casi blanco en medio de la noche. Aristid no sabía cuántos años tenía Sorkus, pero era el mayor de los tres hermanos, y mayor que él.
     -Temo a los dioses. A veces, también creo escucharlos en el agua del lago, hablándome.
     -Temes a tu padre. Él te ha convencido de ellos desde que eras un niño.
     -¡No es verdad! Las curaciones que ha hecho son obras de los dioses. ¡¿Cómo negarlo?!
     -¿Pero cuál es el número de los que ha salvado? Mi padre me ha dicho que todos a quienes salvó murieron más tarde, cuando debían hacerlo. Curaciones sí, no hechos divinos. Tu padre le enseñó todo eso a tu hermano, y él no habla de los dioses sino de hombres y fenómenos del mundo natural. Está alrededor de ustedes la verdad, igual que esta luna que no podemos negar.
     Aristid lo tomó del brazo, y señaló hacia la gran esfera blanca que se estaba ocultando otra vez. Un sonido de lanzas y pasos se escuchó, muy cerca, y se sintió en peligro.
     -Creo que tus hombres me matarán.
     Sorkus levantó un brazo para indicar que todo estaba bien.
     -Lo que quiero decir es que si tu padre muere, tendrás la oportunidad de cambiar las cosas. No necesitamos pelear.
     -Me estás pidiendo demasiado, aún cuando compartiese tus ideas. Tengo miedo de los dioses porque creo en mi padre. Su imagen y sus voces se repiten en mi memoria todos los días. Cada cosa que hago él me la ha enseñado, me ha visto hacerlas y me ha corregido una y otra vez. A su manera pienso y ya no podré habituarme a otra. Envejeceré pensando como mi padre. Él está aquí.-Y señaló su cabeza.-De jóvenes, pudimos ser amigos, por eso te digo esto. Pero si lo repites, no sólo lo negaré, sino que te mataré llamándote mentiroso.
     -La guerra…-murmuró Aristid.
     -No la elegimos, nos la dieron nuestros padres. ¿Acaso el tuyo no te ha hablado? Cada uno de ellos es una confusión y un fracaso. Una duda que nos envuelve y se nos mete en la cabeza hasta hacerse carne.
     -Pero yo estoy convencido de lo que digo, tengo razón, ¿no es verdad?- Y parecía buscar ahora un consuelo.
     -No importa ya. Vuelve con los tuyos y diles que abandonarás la causa, que vivirás solo sin importarte lo que suceda con nosotros. Verás que no te dejarán. No te permitirán la soledad, y sin embargo te verás tan solo como un perro entre lobos.
     -La guerra…-repitió Aristid, cabizbajo, y se volteó para alejarse.
     -¡Mañana en la mañana mis fuerzas atacarán!
    Escuchó vociferar a Sorkus, no para él sino para que los hombres lo oyeran. Todos, los heridos y los guardias, se movieron en la oscuridad y lo vitorearon.
     -¡Que tus dioses mueran!-respondió Asistid.
     Sorkus dio la orden de que lo dejaran regresar sano y salvo. Entonces pudo atravesar de vuelta el campo enemigo, rodeado de voces que lo maldecían, pero sin más heridas que con las que había llegado.
     -La guerra…-siguió murmurando, mientras se acercaba a las fogatas de su gente, pensando en la calidez de las llamas que lo aguardaban.

*
    
Las caras se retuercen en el agua, no las reconozco. El dolor me confunde. Pero dónde vive el dolor.
     Levanto los párpados. Mis ojos ven las sombras de quienes me resguardan. Junto a la puerta, los guardias. A mi izquierda, el fuego entibiando este lado de mi cuerpo excavado por las manos de los hombres como si fuese de tierra. Yo, mi propia fosa.
     Del otro lado, los sacerdotes insisten con el incienso para apartar a la muerte. Lo hacen según se los he enseñado, pero con un esfuerzo que más parece condescendencia que anhelo. No se dan cuenta de lo que está detrás de las llamas. Más allá de la luz, en ese  rincón al que nadie va porque a nadie le agrada la oscuridad cuando alguien está muriendo.
     Él está una vez más allí. El Otro ha regresado. Se sienta en ese rincón de escasa luminosidad que no parece ser parte de un lugar, sino un fragmento de la noche arrancado y caído como algo abandonado. Y ahí habita él, igual que los insectos que se crían bajo las rocas, los gusanos que procrean un mundo perenne en las sombras de las piedras.
     No se mueve, por lo menos no lo ha hecho desde que desperté, pero he vuelto a dormirme, ansioso de ya no verlo al abrir los ojos otra vez. Le temo porque no me habla. Tan parecido a mí, tiene sin embargo esa sonrisa que renueva la envidia como una herida sin cerrar.
     Le dolía la herida en el costado, los bordes aún abiertos para que los líquidos siguiesen supurando. Lo habían colocado con el cuerpo medio inclinado hacia la izquierda. Se sentía un hombre de agua que no terminaba de vaciarse, un esqueleto cubierto de cueros perforados.
     Había abierto los ojos, sin responder a las preguntas de sus hijos. Volvió a cerrarlos, y su mente se adentró en una balsa que alguien arrastraba por el campo de batalla, mientras cientos de seres sin vida se abrían paso para abandonarlo. Vaciándolo.
     Tenía sed, pero no podía hablar.
   
     La misma sed que cuando era joven, al ver a su padre a su lado al despertar. Sabía lo que le habían hecho, viendo incluso las marcas de las cuerdas en sus manos, sintiendo el entumecimiento de la cara por los golpes, los labios heridos. El sabor de la sangre le calmó la sed durante todo aquel día, hasta que en una de las frías noches siguientes escuchó la despedida del hombre que había ayudado a su padre. Se daban la mano bajo la incipiente luz del alba, y él los observó alejarse. Un perro comenzó a lamerle la mano. Miró otra vez hacia la luz. Ellos se dieron vuelta varias veces para mirarlo, pero su padre bajó la vista al suelo. Después se le acercó.
     -Nada diré desde hoy, no te reprocharé el odio-le dijo.
     Separó los labios para contestar. Una costra se desprendió y la sangre cayó por la comisura de la boca. El padre se acercó para limpiarlo, pero él giró la cabeza. El perro le lamió la mejilla y los labios.
     Siete días más tarde, empezó a levantarse y caminar lentamente, reteniendo la respiración cuando la herida volvía a abrirse. Pero el tiempo fue formando una cicatriz extensa y gruesa, que le daba la sensación de tener la corteza de un árbol, de convertirse en un vegetal. Eso era, quizá, nada más que un tronco incapaz de dar semillas.
     De noche lloraba, pero el verse sangrar y el dolor lo distraían de la desesperación. Se dio cuenta que el mismo dolor lo salvaba de arrojarse al río o clavarse el cuchillo de su padre.
     A veces, iba hasta la orilla, donde aún las aguas arrastraban a las víctimas de la peste, e intentaba orinar. El perro lo acompañaba, mirándolo, sentado a su lado a la luz de la luna, y gemía. La noche pasaba, y en la mañana él estaba dormido boca abajo, mojado en la orina que había brotado sin aviso mientras descansaba.
      En las tardes, su padre lo abrigaba con pieles de carneros, y luego se dedicaba a construir la choza, o despellejaba los animales que había cazado en la noche, y los cocía. No hablaron durante largo tiempo. El padre sólo se le acercaba para darle de comer. Pero él pensaba nada más que en las voces de los dioses, que no habían regresado todavía.
     Y si eran ellos, se preguntaba, si el dolor fuese la voz distorsionada de los dioses.
     Ellos, tal vez, habían sufrido con él la misma derrota, y no podían hablar más que de esa forma. Ahora se sentía más seguro. Ya no era sólo él, sino ellos y él. Uno apoyándose en los otros, apuntalándose como bastones.
     -Padre, ¿qué hiciste con lo que me quitaste?
     Reynhold estaba en el techo de la choza, enlazando las ramas que había traído esa mañana del bosque, y lo miró.
     -En el fuego…-contestó.
     El hijo se irguió y se apoyó en un codo. Desconfiaba, y lo observaba con odio. El otro no pudo sostener esa mirada por mucho tiempo.
     -Rescaté una parte, la puse en un saco y lo enterré.
     -Quiero que me lo des, necesito preparar un ungüento que me cure de una vez. No podré levantarme y caminar hasta que sane.
     Reynhold no le preguntó qué clase de preparación era, no cómo la había aprendido, sólo estaba seguro ya qye las voces de su hijo continuaban indemnes. Él estaba allí, de ahora en más, para ayudarlo. Bajó del techo, caminó hacia el centro de la choza inconclusa y excavó hasta desenterrar un saco de cuero atado con cuerdas. Regresó adonde estaba su hijo y lo puso a su lado.
     -Necesito hojas de esas hojas que están allá, padre.-Y señaló un conjunto de arbustos frondosos y morados.- También esas enredaderas, y todas las perdices que puedas cazar. Te esperaré hasta la noche si es necesario, y no te apartaré de tus tareas más que este día.
     Su voz era clara y tranquila. Sonaba como una voz sin rencor. No era, en cambio, la de un hombre, sino más parecida al ruido de las ramas que se quiebran con el viento fuerte.  Era precisa y exacta, sin tonos severos ni tímidos murmullos. Irrecuperables luego de pronunciadas.
     Reynhold agarró su lanza y se cubrió la cabeza con un gorro de piel al ver las nubes oscuras que se avecinaban desde el norte. Mirando una vez más a su hijo, sin decir nada se alejó. Sus pasos se perdieron en la espesura, mezclados con los llamados guturales de las aves, que de a poco fueron tomando el tono del llanto, como el tono con que los hombres lloran.
     Antes el anochecer, estuvo de vuelta. El sol le alumbraba la cara acongojada.    
     -¿Has llorado, padre?
     El hombre se restregó los ojos para borrar los rasgos de la pena, y dejó caer la bolsa con las perdices. Reynod entonces las revisó una por una, conforme al comprobar que eran del tamaño que esperaba.
     -Bien, padre, has traído las más viejas, las que estaban a punto de morir en esta época.
     Después revisó las hojas y las puso en un recipiente de barro que había moldeado en su ausencia, y que ya estaba seco. Se sentó con la vasija entre las piernas abiertas, quieto un rato al sentir el desgarro que siempre aparecía al moverse. Ya casi no se veía la cara de su padre. La luna recién se levantaba y la penumbra se hacía más fría. El otro entonces se acostó no muy lejos, de espaldas a él.
     Reynod comenzó a recitar una letanía que recordaba de cuando era niño. Mientras abría el pecho de las perdices, las metía en la vasija y cantaba. La sangre y los huesos triturados con el mortero fueron formando una masa que tardó en satisfacerlo. El ruido de los huesos era también como su voz, exacto. Los búhos estaban callados esa noche, y los grillos muertos. Ni siquiera había murciélagos volando de árbol en árbol. La luna seguía lerda en ascender. El canto de Reynod y los sonidos de su mortero eran el manto que atenuaba el brillo y la estridencia de la tierra.
     Las hierbas ablandaron la consistencia de la preparación, que olía fresca y fuerte. El aroma era no sólo extraño, sino que parecía despertar sus otros sentidos, trayéndole imágenes de heridas y cuerpos mutilados que sanaban. Abrió el saco de cuero, y la firmeza que había tenido hasta ese momento en su tarea, desapareció. Se sorprendió al verse temblar. Desató los nudos. El cuero quebrado se abrió solo, dejando ver la masa de tejidos blandos y secos, sin forma definida. Lo levantó y la dejó caer en la vasija. Cuando sus manos estuvieron libres, entonces dejó de temblar. Encendió el fuego, y lo mantuvo toda la noche calentando la fuente, revolviendo y cantando hasta que sus labios se dormían. Pero las manos nunca se cansaron porque recordaban lo que habían tocado.
      Al amanecer, seguía revolviendo, y de la vasija salía humo con olor a carne. Nada más que el simple aroma de las perdices cocidas. El padre se levantó y husmeó el aire sin acercarse. Las llamas se habían apagado para el mediodía, y el líquido era ya un ungüento frío, de color amarronado y con la consistencia adecuada para ser untado sobre las llagas. Lo volcó entonces en un pequeño saco de cuero que le había pedido coser a su padre.    
     Reynod se desnudó. Algunas manchas de sangre ensuciaban las pieles del camastro, como todos los días. Reynhold lo miraba hacer, sentado lejos, con las manos sobre la cabeza, aparentemente sereno, pero golpeándose a sí mismo con los puños de tanto en tanto.
     El hijo comenzó a esparcir el ungüento sobre su cicatriz abierta. No gritaba, pero fruncía el rostro de dolor al tocarse. El padre se tapaba la cara, luego volvía a mirar y lloraba. Los labios de Reynod también sangraban. El perro huyó de la choza y se escondió entre los árboles, siempre ladrando.
     Reynod se secó el sudor y volvió a cubrirse el cuerpo con ungüento. El ardor llegó a serle insoportable, pero luego, lenta y apaciblemente, fue cediendo a medida que el cansancio lo llevaba al sueño.
     Era media tarde, las nubes cubrían el cielo con amenazas de tormenta. El padre se le acercó para acomodar unas mantas que lo abrigaran. Hasta que oscureció, se dedicó a terminar  de cubrir el techo con ramas. Después se sentó junto a su hijo, vigilando su descanso hasta la mañana siguiente.
     La cabeza del padre estaba apoyada en su mano cuando despertó. Miró el cielo entre las rendijas del techo. Las nubes parecían congeladas. Apartó con suavidad la cabeza y se sacó las mantas. No vio manchas de sangre. Pudo moverse, darse vuelta y pararse sin dolor. Corrió desnudo hacia el río. El perro lo siguió agitando la cola y saltando.
     El sol lo cegaba y se cubrió los ojos hasta habituarse. Su cuerpo desgarbado, alto, la espalda vencida por la debilidad, las piernas delgadas, los dedos de las manos entumecidos, el cabello largo. Al verse en el reflejo del agua, se imaginó una larva que salía de su capullo. Miró las aguas contaminadas del río, pensando si se atrevería a beber de ellas. El perro también esperaba su decisión. Hizo un gesto rápido de indiferencia, y formando una cuenca con sus manos, bebió.
     Un murmullo creció en sus oídos, en torrentes y cascadas, estruendos que se hicieron voces. Los dioses se deslizaban sobre el río y lo estaban mirando, y él podía ver hacia donde iban. Un lugar aún lejano, más allá de los montes, donde el reflejo del agua y el olor de la carne se elevaban como alientos de la tierra.
     Sabía que los dioses habían recuperado su dominio. Él los había aliviado y lo recompensaban quitándole el silencio que lo abrumaba.
     -Soy un instrumento- dijo en voz alta, para sí mismo y para el río que llevaría esas palabras, para las aves que picoteaban en la arena, para el perro sentado a su lado, con las orejas erguidas y la mirada atenta.
     Su padre había despertado y se le acercaba con una manta.
     -Hace frío para que estés desnudo, hijo.
     -No importa, padre.- Y lo rechazó, sin dejar que se acercara más.-Estoy curado.-Hizo una pausa, pensando.- Me curé a mí mismo.
     Se llevó las manos al pecho, las entrelazó y apuntó sus pulgares al centro de su cuerpo. El cabello chorreaba agua en la orilla, la cara, limpia, dejaba ver los ojos libres de la dolorosa penumbra de aquellos tiempos.
     Reynhold descubrió otra vez la mirada que aborrecía, la que había visto el día que murió su esposa. Se cubrió los ojos y se arrodilló frente a su hijo.
     -¡No me mires así! ¡De qué son esos ojos que tienen voz, parecen ser más grandes que tu cuerpo, se estiran por el cielo!
     -No estoy haciendo nada, padre. Ves, mis manos están quietas.
     Y el viejo miró, sin pensar en el miedo que había confesado un rato antes. Las manos de su hijo estaban ahora junto su cara, rodeándolo sin tocarlo, y en las palmas había ojos que pestañeaban. Reynhold se puso a gritar. El perro huyó otra vez, una bandada voló hacia el otro lado del río. Después, escapando de esas manos que lo miraban, el hombre corrió a esconderse también en el bosque.
     Se oyó un batir de alas, ramas rotas y un aullido prolongándose en la distancia. Luego, todo se hundió en un silencio abrupto y rígido.
     Reynod no volvió a ver a su padre.
     Más tarde, abandonó la choza y remontó el río hacia el este.

     Un día se sentó sobre una roca a soplar la cornetilla que había construido, cubierta con las plumas de un urogallo. No le sería difícil hallar enfermos luego que la peste desolara la región y dejase postrados a los que quedaban vivos.
     -¿Cuál es tu nombre?- le preguntó una anciana, la primera persona que se acercó a él luego de haber hecho música durante casi todo un día.-Tu nombre debe ser tan hermoso como este canto.
     -Mi voz proviene de los dioses- dijo él.- Mis manos son su instrumento. Los que me tocan, se curan y viven mucho tiempo.
     En ese claro entre los árboles, los que se habían reunido a su alrededor murmuraron, hablándose con asombro. La figura de Reynod, tan serena como la roca sobre la que estaba sentado bajo el sol de la tarde, entre el polvo y las semillas de las flores flotando junto a sus dedos sobre la cornetilla, lo asemejaba a un dios recién descendido del cielo. El abrigo le cubría sólo un hombro, y dejaba ver su pecho sin vello. El gorro era la piel suave y simple de un perro.
     La anciana trajo a su hombre enfermo, con llagas en la cara.
     -Cúrelo, si puede.
     Reynod sacó el ungüento de la bolsa atada a su brazo derecho, y lo pasó sobre las heridas. El hombre sintió el contacto frío del preparado, y un alivio transformó su expresión. Se postró frente a Reynod para besarle los pies. La mujer lo miraba con miedo, pero al ver que las llagas se iban borrando, y que al tocarlas su esposo ya no gritaba, se abrazó a él y juntos lo adoraron. Los que habían visto esto se acercaron, preguntando qué era aquel ungüento tan maravilloso.
     -Agua del río de la peste- contestó Reynod.
     La mujer dejó de sonreír, mientras el resto lo miraba sin comprender. Pero cómo entender los designios de los dioses, cómo seguir el entendimiento de aquello que curaba con las mismas armas que habían enfermado.
     Entonces aparecieron otros, que se habían mantenido ocultos entre los árboles, escuchando, esperando qué iba a suceder con aquellas promesas de bienaventuranza. Lo que no entendían los fascinaba y sobrecogía como una tormenta o una inundación. Tan incomprensible y natural como ellas era el misterio de ese hombre joven que sanaba y tocaba el instrumento de los cielos.
     Reynod curó a cada uno de los que se acercaron, y éstos trajeron más enfermos, y tuvieron que llevarlo a su pueblo a las orillas de un angosto río. Las noticias de que había llegado finalmente el sanador se extendieron por toda la región. Algunos dijeron que venía de los territorios de oeste, que habían pertenecido a la raza que engendraba a los perceptivos y que muchas generaciones antes les había quitado las tierras y matado a su gente. Pero otros aseguraban que el gran hombre había nacido de las entrañas de los dioses, de las aguas del cielo que caen de las montañas y crean los ríos.
     Le construyeron una choza, lo abastecieron de alimentos.
     Conoció a un joven llamado Zor, cuya familia era una de las más respetadas del pueblo.
     -No tengo padres más que los del cielo- les había dicho, y lo aceptaron. Eran los únicos que lo trataron como a uno más de ellos, sin dones ni talentos especiales. Comía con la familia, a veces los acompañaba a cazar, y hablaba con Zor sobre lo que ambos habían visto del mundo, descubriendo uno en el otro la sagacidad ausente en el resto.
     Sus curas continuaron, y la gente pensó que había llegado la prosperidad de mano de los dioses. Comenzaron a rendirle tributos que él no había pedido. Lo llevaban a presenciar sus ritos, y al ver él los festivales donde sólo regía el desorden y las risas, que adoraban a bestias del bosque con el mismo respeto que a él, erigiendo dioses tan fácilmente como los derribaban, sintió que ofendían a los creadores.
     Entonces se paró sobre el techo de una cabaña y gritó:
      -¡Los Dioses los pusieron a prueba! ¿Van a perder sus favores? ¿Están dispuestos a pasar otra vez por las miserias de la peste? Si pierden la oportunidad de redimirse, miles de pestes caerán sobre ustedes.
     Todos bajaron las miradas. El gran hombre tenía razón, se dijeron. Apenas alguien los había curado, parecían haber olvidado a los muertos que arrojaron al río durante aquellos últimos inviernos.
     Reynod suavizó sus gestos y abrió los brazos como un padre que recibe a sus hijos arrepentidos. Organizó rezos comunitarios y sacrificios de corderos para limpiar las almas de los que morían. A los recién nacidos se los apartaba de sus madres para que Reynod expurgara sus malos espíritus. Decían que les hablaba al oído, soplando el aliento de los dioses, y que los niños exhalaban gritos de voces roncas con olor a podredumbre. Luego él mismo los devolvía a sus madres, que le besaban las manos dando gracias a los creadores.
     Pero un día les dijo:
     -Esta tierra es pobre, debemos migrar a otras más prósperas.- Señaló hacia el este, en dirección hacia unas montañas que se levantaban entre las brumas.- Hacia allí iremos, donde los dioses nos esperan a los pies de los montes.
      Y los picos gastados, hoscos, de los Montes Perdidos se vieron libres por un momento de las nubes que los cubrían, y brillaron bajo el sol que alumbraba el verde de sus bosques.

*

El que esperaba en el rincón estiró una mano.
     Apenas se alcanzaba a ver como una mancha opaca en la oscuridad. La piel verdosa, salpicada con lunares, arrugas en los nudillos deformados, los dedos delgados y sucios.
     A la uña del pulgar le faltaba la media luna blanca.
     El temblor de la mano llamó la atención de Reynod. Si continuaba asomando fragmentos del cuerpo desde el rincón oscuro, pensaba él, el otro iría acercándose más, hasta tocarlo, y eso era lo que no podría soportar. Porque presentía que nada de todo lo que antes le hubiese ocurrido era tan terrible como eso, y ver la sonrisa que él nunca tuvo.
     Cuando el incienso se fuese debilitando, cuando todos estuviesen dormidos excepto él. Cuando el fuego no fuera más que brazas, el silencio tendría la suficiente fuerza para hacer que el otro saliera de su escondite.
     Pensó en el ungüento, en que quizá volvería a salvarse, pero era ya demasiado tarde para decirle a su hijo dónde lo había guardado. Britan estaba a su lado, entrecerrados los ojos y su mente inmersa en un sueño frágil.
     -¿Cómo estás, padre?- lo oyó preguntarle, al despertar.
     Reynod tenía la boca seca, un aire frío le corrió por la garganta y tosió. Su hijo lo acomodó de costado para limpiarlo.
     Él pensaba en los dioses, que habían enmudecido nuevamente. El dolor ocupaba su lugar. El dolor no iba a abandonarlo más, no había tiempo ya. No sentía calores ni vahídos como antes que su hijo intentara curarlo, pero sí un vacío.
     Me has curado, le habría dicho a Britan, pero me has empujado también un paso hacia Ellos. Iba a acariciar la mejilla de su hijo, pero no pudo. Se dio cuenta que hasta su respiración era tan débil, que ni siquiera lograba notar el movimiento de su pecho. La vista se le nublaba de a poco. Un color semejante al del lago ocupaba todo el espacio frente a él.
     El lago en el que había hallado el hogar de los dioses.
     Aunque estaba lejos, lo veía con nitidez. Las aguas calmas, tan sigilosas las olas, que se dirían cubiertas de arena bajo el cielo gris con su perenne llovizna de tierra líquida.
     Muchos rostros se asomaban de las aguas, con los ojos abiertos y el cabello mojado pegado a las orejas. Pero no podía verlos más abajo del cuello. Algunos comenzaron a  aparecer más lejos o más cerca, rápidamente, sin darse cuenta de cuándo habían surgido.
     Eras las caras de sus voces.
     Coincidían con ellas con implacable exactitud, las mismas fisonomías que había imaginado mientras las escuchaba a lo largo de su vida.
     Él no estaba en la playa, pero sus pies avanzaron hacia la orilla. Ya no miraba adelante, sólo hacia sus pasos sobre el barro. Vio otra cara al tocar el agua, formada con las gotas que se fueron agrupando, hasta dibujar el rostro a sus pies.
     Pero él ya no quiso ver y se cubrió los ojos.
     No, madre, no me esperes, ni vengas a buscarme. No ocupes el lugar de los dioses que me salvaron la vida. El agua no es tu sitio. Tu cara oscura pertenece a la tierra, madre. No tiene la suavidad del agua, ni puede unirse como ella. Tu cuerpo es tierra seca, imposible de unificar, para siempre resquebrajada.
     ¡No debo verte! No evites mi encuentro con los Creadores, no me castigue así. Te daré mi cuerpo, madre, si lo reclamas, pero no me quites la eternidad.
     El rostro no desapareció.
     Reynod sacudió el agua con los pies, pero volvió a formarse, clara e inexpresiva, serena y silenciosa. Una cara más en el lago, ni siquiera más importante que el resto, pero era la única que había realmente conocido en vida.

     Presintió la tormenta muchos días antes, su padre no le había anunciado todavía el día de la iniciación. Pero al oír los primeros truenos, al viento golpeando las ramas con ira, los relámpagos que iluminaban la impureza del bosque esa noche, supo que algo se había roto dentro suyo. Las voces se habían apagado de pronto, y tanto silencio acrecentaba los presagios de los truenos. Los dioses no hablaban, y él estaba indefenso en medio de la vida.
     Después de haber cazado las presas y cargarlas en sus hombros, ignorando los gritos de su padre, lejanos, ingenuos como los gemidos de las perdices en sus nidos, supo que en algún momento, algo que aún desconocía iba a desviarlo como un tronco caído en el camino, y obligarlo a tomar un rumbo por el que en realidad no había caminos.
     -¡Déjame ayudarte!- le dijo el padre.
     Pero él no se lo permitiría. Dos presas era demasiado para cargar sobre sus hombros, y sin embargo lo estaba haciendo. No iba a darse vuelta tampoco, no sabía lo que sus manos harían al ver la mirada de su padre. Mientras mantuviese la vista hacia delante y las manos sujetando las patas de los venados, estaba seguro de controlarse.
     Vio la choza iluminada a fogonazos por los relámpagos, cortada por las sombras de los árboles. Después descubrió el fuego en el que su madre cocía los alimentos con que los aguardaba. Dejó caer las presas en la entrada, y ella corrió a abrazarlo.
     -¡Ya eres un hombre!- le decía, mientras él la rodeaba con sus brazos, enlazando las manos en la espalda de su madre. Ella había apoyado la cabeza en su pecho, y lloraba.
     -Madre…
     Ella levantó la mirada. Un relámpago la alumbró, pero lo que había en sus ojos no era sólo el color de siempre, sino los múltiples rostros de los dioses.
     Esa noche vio la cara del tiempo en la mirada de la mujer.
     Los pequeños puntos negros de los ojos eran dos grandes excavaciones donde habitaban miles de formas y caras. Incontables, dispuestos en hileras, mudándose luego, metamorfoseando sus fisonomías. Los contornos de los rostros se superponían.
     También hablaban.
     Sus voces eran las que había escuchado siempre, pero estaban confundidas unas con otras. Las formas no coincidían con las voces. Los dioses estaban todavía creándose, era el cuerpo de su madre quien los engendraba.
     Y él debía hacerlos nacer.
     Entonces la apretó más, y ella se abandonó a él, feliz y recompensada. El olor del cabello tibio, cálido por la cercanía del fuego, lo extasiaba. Ella se estremecía, y sus lágrimas mojaban el pecho de su hijo. Presionó un poco más todavía, cerrando los brazos como si no hubiese nada entre los dos.
     Ella jadeaba.
     -No…- la oyó decir, con los labios apretados contra él, mientras trataba de separarse, sacudiendo los brazos, que perdían fuerzas. Sus manos lo golpearon por unos instantes, pero pronto cedieron, fláccidas como hojas vencidas por el bochorno del verano.
     La noche gemía con su llanto de astillas de agua sobre la tierra, sobre los bosques y los hombres perdidos que debían estar cazando, aún a esas horas de la noche, especialmente en esas horas de la oscuridad. La tierra se iba haciendo más pesada con el agua, tanto como el cuerpo de su madre deslizándose de sus brazos.
     Luego, nada. La sostuvo sin dejarla caer. Y nada. Ni un suspiro que confirmase el traspaso de los dioses, de aquellos rostros con sus voces. Los párpados continuaban abiertos. Los puntos negros se habían ensanchado, hasta detenerse finalmente. La entrada a las cuencas de los dioses permanecía abierta, pero era nada más que una entrada vacía.
     Sintió las manos de su padre que lo golpeaban, pero se resistió, sus pensamientos lo hacían indiferente.
     No podía explicarse por qué razón no había recuperado las voces divinas.
     El cuerpo de su madre estaba boca abajo, los brazos estirados hacia el fuego y la vasija que había estado revolviendo hasta que ellos llegaron, rota a su lado. El olor de la comida le daba a la choza un desolador aire de cotidianeidad ya perdida para siempre. Se limpió la cara y escupió los dientes que los golpes de su padre le habían arrancado.
     Pero no podía dejar de mirar el cuerpo.
     Ella tenía aún la misma expresión cándida de siempre, sólo su tez era un poco más morada. Ella estaba muerta, y los dioses insistían en no abandonarla.
     Se cubrió la cara con las manos.
     Entender pensar negar pensar lo niego debo decirlo no lo niego sí los muertos los                                                                       dioses las voces en sus cuerpos voces sin caras cuerpos que yacen separados los dioses pensamientos que duelen lo negaré todo engañaré a los dioses al mundo al río que cambia le contaré una y otra vez la misma historia diré tantas veces que terminaré por creer los sigo escuchando  todos deberán soportar mi pena construiré pilares que me sostengan borraré mi mente ya lo estoy haciendo no recuerdo hay cosas que olvido mi rostro a los ocho inviernos el fuego que encendí por primera vez el perro que me mordió lamió la herida la primera cacería golpeándome lo olvidaré hasta borrar cada punto de la faz de mi madre cada punto que formaron sus ojos ya                   ahora mismo hundiré  mi cabeza en el barro y negaré todo negaré que haya otros dioses que no sean de lodo negaré que haya más dioses que este polvo  y los gusanos naciendo  de los cuerpos de los muertos                                                                                                                                                                                                                                                   


















Mientras bajaban de las montañas, se detuvieron a mirar el fondo de las grietas entre las rocas. Pero no se atrevieron a ir por esos estrechos, a pesar de que podrían haber evitado un largo camino. Tahia se negó a atravesarlas.
     -No- dijo simplemente, la frente y la cara fundidas en un frío enojo.
     -¿Por qué?-preguntó Zaid.
     Ella ni siquiera lo miró. Se sacó el gorro y sus cabellos rizados cayeron sobre el cuello y las pieles que la abrigaban.
     -Sólo sé que no debemos ir por ahí-le dijo bruscamente.
     Zaid no había oído antes tal entonación de ira en su voz. Durante el camino de regreso a las tierras del Droinne, ella había cambiado. Tal vez fuese el agotamiento, la falta de comida o el frío. La humedad que se levantaba del río había comenzado a sonrojar su piel.
     Zaid contempló la masa verde de los bosques que crecía a medida que se acercaban, los mismos en los que había corrido siendo niño, y los recuerdos llegaron con intenso ardor, como si un gusano se moviese en sus venas cada que pensaba en esas tierras. Él confiaba en Tahia, porque algo en su mujer lo había llevado por los senderos correctos a través de tantos ríos y campos. Pero estaba confundido, y quizá lo perturbase también su propio corazón al pensar en sus padres y su hermano.
     Tahia apoyó las manos sobre las mejillas de Zaid.
     -Está oscuro, son caminos que no tienen fondo-dijo, refiriéndose otra a vez a las hondonadas.
     -Pero…
     -¡No! Aquí dentro…-y ella señaló su propio pecho, aunque su expresión quería decir todo el cuerpo-…está demasiado oscuro. Necesito luz para guiarme.
     El cuerpo de Tahia le pareció un mundo de gritos y dolores que se silenciaban al fijar los ojos en el cielo azul que cubría y rodeaba los montes. Más allá de donde se habían detenido, un verde espeso moteado de grises sombras y floridos rojos se extendía hasta los afluentes del gran río. Tahia esta vez se sujetó a su brazo derecho, abandonándose. Continuaron caminando, mientras su triste sonrisa no dejaba de enternecerlo.
     La carga de carne salada envuelta a sus espaldas era menos pesada después de tantos días. Entre los árboles, escucharon el fluir de arroyos y el chillido de algunas aves. El sol estaba alto, y el rumor de los animales les hablaba de la hora de alimentarse. Pero no tenían hambre. En Zaid había nacido un resquemor que le contraía los músculos y lo hacía sudar. Tahia continuaba mirando con atención cada detalle del lugar. Nunca habían tenido sus ojos tal tamaño de atención y curiosidad. De tanto en tanto, se separaba de él para adelantarse hacia los claros, desde donde podía ver toda la extensión del valle. Resbalaban a veces en el barro, y se reían como niños. Tahia le ofrecía su boca en esos momentos, y él sentía en sus labios un sabor impreciso, amargo pero no desagradable. Un sabor cuya peculiaridad era la forma, el tamaño de algo a ser llenado por otro algo que no podía definir.
     Un hueco, una enorme fuente que ni siquiera contiene aire. Ella se ahoga.
     Habían llegado casi al pie de la última montaña antes del valle. El sol les doraba el cuerpo con un prístino reflejo, pero pronto nubes negras y malformadas comenzaron a cubrir el cielo. Se sentaron a descansar y cocieron la carne en la fogata. Zaid se sumergió en el río, mientras ella le dedicaba sonrisas desde la orilla. Él se daba cuenta que los pensamientos de Tahia se dirigían hacia otra parte, porque su rostro era una máscara. Pensar en ella lo atraía también a la idea del vacío. Mirando el agua, notó que las suaves olas eran también máscaras debajo de las cuales estaba la nada. Hasta el dolor desaparecía en esas aguas, que ella había recogido para calentar al fuego. Así era también cuando yacían juntos en el lecho. Él se sentía curado del dolor, y los recuerdos le llegaban como imágenes ante las que su piel era insensible. Mientras ella estuviese con él, la templanza de la nada lo protegería de la tierra.
     Pasaron la tarde recostados en la orilla junto a las brazas, agotadas como el sol del atardecer. Escucharon truenos desde el sudeste, por encima de los bosques de hayas en los Montes Perdidos.
     De espaldas y con un brazo bajo la cabeza de su mujer dormida, Zaid miró al este, hacia las montañas que volvían a elevarse más allá del cauce que el Droinne había escarbado para abrirse paso al mar. Las sombras de las nubes depositaron un halo opaco sobre las cosas. Los árboles sólo eran visibles cuando el viento los movía, y el río brillaba con los relámpagos. Los pájaros pasaban rápidos para refugiarse. Nubes de polvo se levantaron con las ráfagas de aire frío y húmedo. Tahia tuvo un temblor y se aferró más a su brazo.
     -Vamos a refugiarnos- dijo él.
     Ella asintió, sin abrir los ojos, pero volvió a dormirse. Entonces la levantó en brazos y caminó hasta protegerse bajo los árboles. La lluvia formó pozos en la tierra, venciendo las ramas que parecían puentes y canales por los que la lluvia caminaba para caer en los grandes charcos. El olor de la tierra mojada, tan claro y familiar, se fue haciendo lo único reconocible en medio de la noche.

     Al día siguiente, llovía más suavemente. Continuaron el camino entre la niebla. Luego, la llovizna se convirtió en torrentes, y las ramas caídas y arrastradas interrumpían el camino. Durante todo el día no pudieron distinguir más lejos que el largo de sus brazos, únicamente la masa verdosa de los montes aún lejos. Temían pisar senderos resbalosos que simulaban rocas y eran nada más que barro, y a las serpientes en los charcos. A media tarde llegaron a una cabaña. El cauce se había desbordado, pero la corriente golpeaba las paredes de ese refugio con respeto.
     Por las ventanas, vieron a un grupo de mujeres alrededor de un fuego. Ellas se dieron vuelta cuando todavía no habían llamado a la puerta. No era posible, se dijo él, que oyeran sus pasos por encima del ruido de la corriente y la lluvia. Una anciana se levantó y fue hasta la puerta. Tenía el rostro cruzado de surcos profundos como los hechos por la lluvia en la tierra. Una cara llena de pozos donde prevalecía la sombra de la desconfianza.
     -Queremos protegernos- pidió Zaid.- Mi mujer se siente enferma.
     La vieja lo miró detenidamente, sin responder ni dejarlos entrar. Sólo después de un rato, se hizo a un lado. No era alta ni fuerte, pero Zaid no se animaba a forzar esa mirada antigua como el bosque que los albergaba.
     Ayudaron a Tahia a desvestirse, la cubrieron con una manta seca y la hicieron sentarse junto al fuego. Zaid comenzó a sacarse las ropas mojadas, pero ellas lo miraron hoscamente con esos ojos secos y pequeños entre las arrugas. Tahia le hizo un gesto que él comprendió, entonces tuvo que ceder. Las mujeres se comprendían una a otra con una complicidad en la que él nunca podría penetrar. Salió enojado, volteando la vasija de la leche junto a la entrada y lastimándose un pie. El olor de la leche se esparció, e hizo más evidente ese algo impreciso que las hermanaba y las separaba de él. Bajo el alero, se quitó la ropa y se vistió con una túnica colorida que la vieja le había entregado.
     -Fue de mi esposo- le dijo ella, pero Zaid la recibió con incredulidad, pensando que debía ser robada. Estaba tejida con una lana de cabras puras y bien alimentadas. Se notaba en la calidez de la tela sobre su cuerpo, borrando los escalofríos y sumiéndolo en una tibieza de manos frotadas.
     Al volver, Tahia tenía el cabello casi seco, y le sonreía. Las viejas sólo movieron la cabeza en señal de conformidad, lo único que sus inexpresivos ojos parecían capaces de ofrecer. Qué podían estar haciendo allí tantas mujeres solas, se preguntaba él, pero pronto se dejó vencer por la soñolencia y se acostó junto a Tahia, apoyando la cabeza sobre sus muslos. Ella lo acariciaba y hacía rulos con el cabello entre sus dedos, luego le besaba la barba y las orejas. Él cerró los ojos. No supo cuánto tiempo estuvo dormido.
     Al despertar, la lluvia continuaba y el fuego aún era fuerte. Pero Tahia y las mujeres no estaban. Por encima del sonido de la lluvia, llegaba un murmullo parecido a un canto. Se levantó. Las piernas le dolían y la herida en el talón lo hizo tambalear. Recorrió la choza, buscando hasta en los rincones donde la luz no llegaba. Nadie, sin embargo, estaba allí ahora. El sonido seguía, más claro, pero parecía venir de las paredes.
     -¡Tahia!
     Nada más que aquel canto respondió. Las rendijas entre las tablas dejaban pasar el olor de la lluvia y los relámpagos. El sonido debía llegar de alguna parte dentro de la choza. Pisó las tablas del piso, uno de los bordes curvados por la humedad se balanceó. Golpeó con el pie sano y logró desprenderla. Entonces el cántico de las mujeres se hizo más nítido y fuerte.
     Bajó por una escalera de piedra. De las paredes resbalaba un líquido que no era agua, sino un aceite que hacía brillar los muros. Al final de la escalera había una bóveda amplia, oscura y viciada de olor a carne podrida. Entonces palpó la roca para refutar lo absurdo de una idea que, de pronto, se le había ocurrido. Olió su mano manchada del líquido. La luz podía hacerlo confundir, pero no el aroma de la sangre. Se limpió en la túnica e intentó ver en la tenue luminosidad que llegaba del fondo. A medida que se acercaba, vio a las mujeres caminando alrededor de un cuerpo acostado en una tabla. Pero no vio a Tahia. La llamó y oyó su propia voz repetida por el eco.
     La vieja que los había recibido giró la cabeza, como si respondiera de pronto al llamado que él había hecho a Tahia. Le resultó gracioso que la anciana de rostro delgado y cabello gris pretendiera, quizá, compararse con la belleza de su mujer. Ella le hizo la señal de que se acercara. Zaid llegó junto a ella y distinguió al que yacía sobre las tablas. El cuerpo estaba amortajado con una túnica parecida a la suya, pero dos viejas, sujetando una fuente de la que manaba un olor a fermentos mientras hacían reverencias con un murmullo entre los labios, le impedían acercarse más. La otra dijo algo que él no entendió y lo dejaron pasar.
     Por primera vez pudo ver con claridad la figura del hombre, tal vez el esposo de la anciana mayor. Distinguió mejor los colores de la tela.
     Era idéntica a la que él llevaba.  
     Y la cara también se asemejaba a su propia cara.
     Las manos sobre el pecho estaban sucias de sangre, como las suyas.
     No quería levantar la vista hacia las viejas, sólo huir de allí, pero una mano del muerto lo agarró de la tela, y lo oyó decir:
     -Tres veces se anunciará tu muerte.
     Los ojos del muerto no se habían abierto. Los labios volvieron a cerrarse con un brillo de saliva cayendo de la boca.
     Zaid no recordaba qué había hecho después. Despertó al atardecer, recostado otra vez sobre los muslos de Tahia, con el sol entibiando sus mejillas, las brazas apagadas y el cuerpo envuelto en sudor.
     -Estuviste enfermo-dijo ella.- Temblaste toda la noche, pero te froté la espalda para que no te tomaras frío.
     Él la miró como si no entendiera. Se levantó y recorrió la cabaña. Allí estaban los restos de la vasija de leche y las telas abandonadas en el suelo. Golpeó la madera del suelo, pero ningún esfuerzo fue suficiente para levantarla.
     -¿Qué estás buscando?
     -¡La cueva! ¿Dónde están las mujeres?
     -Se fueron al amanecer, se refugiaban de la lluvia como nosotros.
     -¡Pero el funeral del esposo...!- decía, y al escucharse hablar tenía la sensación de estar contando un sueño.
     Ella se acercó a consolarlo, pero Zaid la rechazó. Tuvo deseos de matarla otra vez, pero lloró y se abrazó a las piernas de Tahia.
     -¡Voy a morir! ¿No dijiste que ibas a protegerme?
     -Te llevo de mi mano, estoy a tu lado, pero qué esperas encontrar estando rodeado de la oscuridad.
      Las manos de Tahia jugaban con su alma como con un puñado de tierra, él lo sabía. Y tenía miedo de las palmas que lo acariciaban.
    
     Durante tres días no se hablaron. Recorrieron caminos escarpados que la tormenta convertía en desfiladeros peligrosos, rocas y cúmulos de lodo, árboles viejos que se desprendían por la lluvia. Hallaron a dos cazadores que dijeron haber abandonado el pueblo de Reynod. Los hombres se veían enfermos.
     -¿En dónde los han visto?-les preguntaron.
     -Los dejamos en la ensenada tras el tercer recodo del Droinne. Allí donde empieza la zona inundada.  
     -¿Por qué dejan el pueblo?
     Ellos se miraron, dudando.
     -¿Quién lo pregunta?
     -Soy el primogénito de Tol.
     Entonces ambos sonrieron y se abrazaron, sus figuras débiles parecían desarmarse con la alegría que demostraban.
     -¡Por fin has llegado, nieto de Zor! Hemos esperado por mucho tiempo. El Brujo no ha arrastrado a la peste, pero nadie se atreve a contradecirlo. Nos unimos a los rebeldes, que están luchando. Pero nosotros…- Se abrieron las ropas y mostraron las llagas en el cuerpo.- Estamos enfermos porque hemos bebido del agua del lago.
     En sus ojos y en sus manos se notaba el anhelo por abrazar a Zaid, pero la lluvia corría por las caras, por los cabellos mojados y las manchas de la peste, que sangraban.
     -Es la maldición que se repite, pero esta vez dura demasiado-dijeron ellos.
     Él miró a Tahia, y ellos entonces también lo hicieron. Al ver los ojos de la mujer, dejaron de sonreír. Luego se fueron sin despedirse, casi huyendo y dándose vuelta de vez en cuando mientras se perdían en la espesura del bosque.                                 
     Siguieron caminando hasta la ensenada de la que nacía una planicie verdosa bajo el manto de la niebla, la misma que él había atravesado en su viaje al oeste. Pero se veía distinta, llana y cubierta de un verde más oscuro, como una gran superficie de moho maloliente sobre el valle. Se abrieron paso entre la maleza hasta un hondonada que terminaba hacia el norte, pero más allá había sólo tierra yerta y hecha fango por la lluvia. Y lo extraño era que de allí se levantaba una nube de polvo que giraba suspendida en el aire. El cielo era oscuro, alumbrado por relámpagos desde las montañas del oeste.   
     Y más al norte, un gran lago.
     Zaid lo reconoció y recordó a Draiken, la lluvia que lo había matado, tan parecida a ésta. El desborde del Droinne había cedido, pero las aguas estancadas persistían, aisladas de su origen por una lengua de tierra amenazada con anegarse una vez más. Le dijo a Tahia que mirase hacia allí Era la primera vez que le hablaba en días.
     -Ese es el lugar.
     Ella asintió, sin demostrar curiosidad, como si lo conociese de antes. Se la veía distante y orgullosa. Mientras más avanzaban, más diferente parecía. Sólo estaba un poco más gorda, pero continuaba bella como siempre, firme y erguida, la piel tensa con ese color morado que la asemejaba a frutos maduros a punto de abrir su pulpa.
     La nube de polvo dejaba ver puntos brillantes como ojos abiertos en la tela de esa tierra aérea de movimientos y colores imprecisos. Bajaron y ladearon las rocas y los árboles. La nube y el polvo se fueron haciendo menos densos, entonces vieron las figuras de cientos de hombres dispersos hasta más allá de lo que alcanzaban a ver.
     -¡Pelean! ¡Son de mi pueblo!- gritó Zaid, con el brazo en alto. Por la frente le caía el sudor de la lluvia. Pero detrás de los hombres que guerreaban, vio la superficie del lago todavía más oscura, a pesar de que la niebla había casi desaparecido. Las aguas ni siquiera reflejaban los relámpagos. Sólo alcanzaba a ver las olas con su lento movimiento de aguas espesas. Zaid miró a su mujer.
     Ella estaba contemplando atentamente las aguas, y comenzó el descenso, sin esperarlo. La siguió, y mientras bajaban, escucharon los gritos de guerra, el choque de las lanzas y el zumbido de las flechas que volaban como pájaros sobre los hombres y el campo. El ancho del río los separaba de la batalla, y se sentaron a observar.
     Zaid creía reconocer algunas caras, pero más familiares le resultaban las formas de moverse de los hombres. Los gestos no se perdían con el tiempo, se afianzaban, obstinados en ganar el cuerpo hasta fundir los nombres y las caras en un solo movimiento o gesto que los representara. Los que no habían cambiado sobre todo eran los más viejos. Las cabezas blancas se veían entre los grumos de sangre y barro seco. Reconoció al viejo artesano de lanzas a un costado del campo, apartado, protegido por hombres jóvenes.
     Tahia miraba más lejos.
     -Caminemos hacia allá-dijo ella, y le mostró el recodo del río del que había brotado el lago.   
     Los gritos de guerra continuaban, atenuados por el ruido de la lluvia en la corriente. El lago iba tomando forma a medida que se acercaban, plasmándose en el paisaje con una austera, aunque no serena, inmovilidad. Algo sobresalía de las aguas por momentos, muy rápidamente, y era imposible reconocer de qué se trataba. Zaid se sintió atraído, y abandonó su atención de la batalla a sus espaldas. Se irguió sobre unas rocas y forzó la vista para ver la causa de aquellos desplazamientos, de las olas casi pétreas que nacían y volvían a hundirse.
     Tahia no hizo caso de sus palabras de asombro. Los ojos de ella eran dos blancas esferas lunares en medio del agrisado paisaje, sobre un rostro que cada vez se asemejaba más a la vacía cara de la anciana en la choza.
     De las olas se levantaban manos con dedos abiertos, uñas largas y rotas, pieles manchadas por las algas. Surgieron cabezas con cabelleras duras, rígidas como espinas, otras calvas y cubiertas de insectos. A veces, algunos cráneos mostraban cuencas vacías, flotando a la deriva en aquel lago de lentas corrientes.
     Un olor fuertemente dulce y empalagoso surgía de allí. Él reconoció ese aroma como el barro que se impregna en la piel una noche de cacería. Un perfume de algo escondido bajo la tierra removida. Tierra y agua en un gran ciclo que tal vez aún no había terminado, pero que iba a repetirse después incontables veces, por más que él y los suyos ya no estuviesen en el mundo.
     Tahia caminó hacia la orilla. Sumergió los pies y se detuvo un instante. Una mano le sujetó la pierna, los dedos cubiertos de vello negro, de venas y tendones tensos, apretaron el pie de Tahia. Ella miró. La mano la soltó de pronto con tranquila conformidad, y volvió a sumergirse. Continuó avanzando, hasta hundir la mitad del cuerpo. Alrededor, las manos, las cabezas de bocas abiertas que aún parecían estar ahogándose, balbuceaban gritos sin palabras. Ella extendió los brazos hacia todos ellos como si quisiera consolarlos, abarcando con el arco de sus brazos la pesadumbre y el dolor revuelto en las negras aguas.
     Zaid escuchó que los hombres se acercaban cruzando los surcos rocosos al este de la laguna. Llevaban armas cuyo brillo desaparecía en el polvo que levantaban. Frente a ellos, había otro grupo que los aguardaba con las lanzas en alto, y en sus ropas supo que eran los hombres de Reynod. Los fieles estaban atrapados entre el lago y los montes.
     Tahia también había escuchado el tronar de las pisadas. El rumor de las armas repercutió por las aguas, y los cráneos se balancearon. Ella miró a Zaid y murmuró algo que él jamás llegó a escuchar, pero sí comprendió el movimiento de los labios, el desplazarse de las gotas de lluvia en la cara de Tahia, dibujando palabras.
     Escuchó el mensaje a través de aquellas formas en su rostro.
     Ayuda te ayudaré esta vez Luego después será tu Labor será tu trabajo.
     Las aguas comenzaron a elevarse.
     Había estado mirando los labios de Tahia por un largo rato. Y cuando comprendió el mensaje, ya los brazos de su mujer se estaban levantando, y con ellos la superficie del lago empezó a formar olas sin viento ni violencia. Suaves olas espesas como paredes de árboles subiendo, siempre subiendo y formando innumerables columnas líquidas y remolinos de agua, donde giraban las caras de bocas deforme. Manos y piernas se desprendían de los muros de agua y volvían a entrar, girando sin detenerse, con el canto de voces lejanas, cientos de graves y profundos gritos que se sucedían unos a otros. Cuerpos sobresaliendo del agua y mostrando las marcas de la peste. Las caras eran huesos y eran carne, y los gusanos se desprendían con la fuerza de las olas. La carne gritaba entre los dientes negros.
     Zaid no pudo tenerse en pie y se arrodilló con la vista hacia el lago del cielo, hacia ese cielo vencido por los elementos de la tierra, desde donde las cabezas de los muertos miraban, y las manos se abrían y cerraban continuamente.
      Los guerreros se habían detenido y comenzaban a retroceder hacia los montes, sin dejar de contemplar la nube de agua suspendida, como si los huesos estuviesen a punto de caer sobre todos ellos. Eran hombres que creían haberlo visto todo, excepto eso.

*
    
     Padre ha muerto.
     Quisiera dormir tres días, pero los heridos siguen llegando a pesar de la tregua, que nadie sabe cuánto durará. El silencio hiere. Se oye en los gritos. La paz breve siempre duele. Pero no tengo ansias de entrar al campo bajo la lluvia de flechas.
     Padre ha muerto, y mi hermano tomará su puesto. Sin la magia, únicamente la fuerza corporal. Cuando me mira, sé que me reprocha no pelear con ellos. Adivino que mi tarea es nada más que una excusa a sus ojos.
     Debería dejar a los muertos con los muertos, y salir con mi lanza y mi arco. No es cobardía lo que me impide hacerlo, es la sensación de perder el tiempo en luchas que no me llevarán a nada. La idea de matar o ser herido sin objeto que lo valga.
      Si el orden del cielo y de las cosas, la forma del mundo y de sus días, la luna y sus figuras en el hielo, el sol, el sudor del verano, si todo esto lo he visto en el cuerpo de los hombres, en la costumbre involuntaria de las vísceras, cómo podré darles menos valor que a esas palabras agrupadas bajo el nombre del honor, un instante de algo bien hecho y destruido luego por el pensamiento. Nada dura, y cambiamos, la mente muda sus ropas más rápido que las aguas de una cascada. Pero el cuerpo sigue siendo inocente a pesar de todo, trabaja, siempre, y pocas veces habla o se queja. La vida del cuerpo es plena y grande como el sol. La sangre es el agua que podría apagar al mismo sol. La belleza de la mano que cubre la luna, y la comprime en su palma. Las suaves líneas de un pie, el palpitar del pecho. Los huesos, árboles del cuerpo.
     Descansar. Dormir. Cerrar los ojos.
     Padre ha muerto.

     Se lavó las manos y la cara. Volvió junto al lecho de Reynod para cerrarle los párpados. Lo cubrió con una manta. Estaba solo en la mitad de la noche, y hasta los guardias se habían adormecido. Sabía que le quedaba algo pendiente. El fuego casi se había extinguido, sólo persistía el reflejo del agua acumulada en las vasijas.
     Fue hasta la entrada y miró a los heridos, que descansaban por fin. A lo lejos, el inminente amanecer tenía el color de las pústulas. Algunas lanzas se alzaban del campo de batalla, meciéndose con el viento. Caminó hacia la choza de los enfermos. Sus ayudantes ya no trabajaban. Tanta quietud no era normal. Por qué él, que también merecía descanso, seguía despierto. Se quitó la ropa y se acostó, la cabeza  sobre las telas manchadas de sangre, las piernas sobre la humedad de la orina. Sus ojos se fueron cerrando con la vista sobre las piernas y brazos amputados formando un montículo alto contra la pared, y cuya sombra lo alcanzaba. Pero del leve sueño salió abruptamente al sentir el contacto frío de la piel de su novia hermana.
     -No te asustes-dijo ella, pasando una mano helada por la mejilla de Britan.
     Él temblaba por el frío que la lluvia había traído esa noche, y terminó por despertarse del todo. Las manos de ella eran de agua, sus dedos acariciaban igual que gotas heladas.
     -Te vi tan quieto, al lado de los muertos.-Ella tomó las manos de Britan y las apoyó sobre uno de sus pechos.
     El sintió cómo el cuerpo de su prometida vibraba, rogando algo más allá del límite de las costumbres. Él se había negado hasta entonces a casarse con ella, porque sabía que sería sacrificada en cuanto le diera un hijo. Así había sucedido con las esposas de Sorkus. La diferencia estaba en que su hermano no había amado a las mujeres con la que tuvo descendencia. Incluso había intentado olvidar ese deseo con la llegada de la guerra. Pero su cabeza seguía alimentando la ansiedad del cuerpo, y ya no encontraba sosiego. Ella miraba los muertos a su alrededor. Entonces la atrajo hacia él y comenzó a besarle el cuello, a rozar la nariz contra la piel de sus hombros. Tomó una mano de su novia, la apretó con fuerza, y la llevó hacia su sexo. Ella se sobresaltó, sin decir nada.
     Britan y su mente se fueron perdiendo en un campo extenso como la piel de la mujer. Un campo de cielo nublado pero sin lluvia, sin tristeza, sólo amablemente gris. Y en medio de la gran llanura, una pequeña fogata. La piel de ella se fue entibiando mientras la acariciaba. La acostó sobre las mantas y ya no pudo detener el deseo que olía a sangre, y el tiempo pasado cortando piernas y cerrando heridas se convirtió en un impulso con la forma del cuerpo moldeado entre sus manos. Los huesos frágiles de la mujer bajo el peso de sus músculos. Luego el grito desesperado de ambos, como si ella lo hubiese estado esperando también desde la vez que se vieron en la cabaña donde las mujeres cocinaban. El fuego cociendo la carne que los hombres comerían. Era él quien entraba en la cálida choza de carne en que ella ahora lo estaba cobijando. Después se apartó de su lado y se llevó las manos a la cara. Se mordió los labios al mirar los pedazos muertos a su lado, y lloró en silencio durante un largo rato.
     -¿Cuándo nos iremos?- preguntó ella, mientras le rozaba la mejilla con la punta de los dedos.
     -Debo quedarme para los funerales.
     Ella nada respondió, pero comprendía. Cuando se fue, Britan salió de la choza.
     -Ya no llueve- le dijo el guardia, que tal vez había visto y escuchado todo.
     -Es verdad.
      Miraron la luna en el cielo despejado. Pronto los heridos despertarían.
     -Que mis ayudantes vayan a la cabaña de mi padre-ordenó, y se fue caminando hacia allí. Vio movimientos y sombras, pero adentro no vio más que el cuerpo. La fogata se mecía con las ráfagas del viento matinal entre las tablas. El cadáver estaba descubierto de la manta con que lo había dejado tapado, con un brazo caído extendido hacia el rincón en sombras. Se acercó y trató de doblarlo, pero estaba rígido. Debía prepararlo, cubrirlo y maquillarlo de la mejor forma que pudiese para no molestar la susceptibilidad del pueblo. No era que a él le importase, sino que los sacerdotes vendrían pronto y lo considerarían un mal augurio. Impaciente por que llegasen sus ayudantes antes de que el sol despertase a los ancianos, decidió desnudar a su padre para ganar tiempo. Comenzó a sacar las mantas que habían absorbido la secreción de las heridas, y las arrojó al fuego. Un aroma nauseabundo se esparció, y los guardias se asomaron.
     -¡Afuera!-gritó. Después levantó el cuerpo, y apoyó la espalda del viejo en su brazo derecho. Su cara se acercó a la de Reynod, rozando la mejilla y la nariz de rasgos largos y delgados. Nunca, que él recordase, había estado tan cerca de su padre. Pero tampoco nunca más desde hoy sentiría su aliento a especias cada noche al terminar los ritos, con su gesto duro y severo. Hoy, sin embargo, el viejo se veía tan tranquilo e indefenso, que ya no parecía Reynod el Brujo, sino uno de los tantos ancianos que había tenido que curar alguna vez.
     Acercó un poco más su mejilla a la cara del muerto. Las pieles se rozaron. Los brazos le temblaron al abrazarlo. Apenas se dio cuenta, inspiró profundo y continuó su tarea. Retiró la túnica y las pieles. No le sorprendió ver la superficie suave de la piel, sabía que Reynod siempre había carecido de vello espeso. Luego se dedicó a limpiarle la espalda que aún drenaba sangre y pestilencias.
     Cortó la tela que cubría las piernas y la parte inferior del cuerpo. Vio las heridas de la batalla y las que él había hecho al intentar curarlo. Echó agua y lavó las cicatrices y la sangre. Cuando llegó al sexo, se detuvo. Pasó un brazo alzando las caderas, y el resto del cuerpo con el otro. Las piernas se abrieron, y volvió a ver la gran cicatriz que había descubierto la noche anterior. Se decidió a no tener reparos esta vez en hacer su trabajo, pero tomaría los recaudos necesarios.
     Miró hacia la entrada. Los guardias continuaban en sus lugares. Hizo llamar al que había estado en la otra choza. El centinela entró y Britan apoyó una mano en su hombro para acentuar la confianza, para hacer más duradera la lealtad.
     -No dejes que nadie entre hasta que yo lo ordene. Por ninguna causa. Ni siquiera ni hermano debe pasar.
     El centinela preguntó qué diría a los ayudantes que acababan de llegar.
     -Que regresen a la salida del sol, y esperen.
     El guardia salió, lo oyó hablar con los otros y comenzaron a cerrar la entrada con tablas. Britan puso leña al fuego, que se había casi consumido con las telas del muerto. Ahora había más luz. Revisó el cuerpo otra vez. Los muslos fláccidos, tensos solamente donde comenzaba la gran cicatriz, que convertía la piel en un grueso cuero rosáceo terso y duro, sin arrugas. Y en el centro, debajo del sexo, encontró cicatrices contrahechas e irregulares, pero nada más. Él sabía de qué se trataba. Ya de pequeño había castrado muchos animales.
     Palpó las cicatrices, tan suaves, que parecían haber sido hechas demasiado tiempo antes para que Britan pudiese recordarlo, quizá más de los que él tenía de vida. Pero eso era imposible.
     Padre nunca se ha apartado del pueblo. Nunca se lo vio enfermo. Jamás pasó un día sin que alguien estuviese en su presencia. Los juicios, los reclutamientos, los diarios rezos, impostergables, requirieron de su presencia constante.
     Acercó la antorcha un poco más. El calor reavivaba el aroma de las costras. Unas larvas blancas se deslizaban por las heridas. Britano arrojó agua, frotando con un cepillo de pelos duros, hasta que la piel de Reynod fue tomando el color de su juventud. La sangre perdida la empalidecía aún más, y las llamas bailaban sobre la superficie limpia, casi rosada como la de un niño. Las llamas parecían las manos de una mujer surgida del fuego para llevarse al hombre a un viaje.
     Secó cada gota que pudiese dejar un rastro impuro entre los pliegues de la cara, del cuello o las manos. Limpió las uñas. Recortó la escasa barba y el pelo hasta dejarlo casi a ras de piel.
     Sin pelos en el cuerpo. Un hombre de su estatura, su ancho de hombros, sin pelos en el cuerpo. Nada más que una capa de cabellos rubios cubriendo el centro de su pecho, el comienzo de su espalda.
     Y sólo en el sexo se notaba su crecimiento y madurez, que parecía haberse detenido antes de desarrollarse del todo. No quiso ya pensar al descubrir el camino de sus ideas. Iban fluyendo con suave soltura, así era como mejor siempre había razonado, como su inteligencia le había permitido aprender lo que sabía del cuerpo y de los hombres. Mirando, pensando.
     Pero no es posible. Si hay algo que no es posible en el mundo, es esto.
     Quiso recordar a los amigos de su padre, alguien a quien pudiese preguntar, pero no había ninguno. Nadie había llegado a estar estrechamente unido a Reynod. Nadie jamás que pudiese jactarse de su confianza.
     Por lo menos no en el tiempo de mi vida.
     Padre estaba solo. Un pueblo lo rodeaba. Él hablaba y conducía siempre las vidas de los otros.
     El silencio de Reynod lo seguía aislando, definitivamente ahora. Y él, Britan, examinando con la mirada y las manos, intentaba descubrir otras marcas que le contasen la historia del viejo brujo, que lo aliviaran del peso del vacío, del vértigo de la verdad a la que su razón lo estaba llevando.
     -¡Señor!-llamó el guardia a través del tablado.- Los sacerdotes reclaman entrar.
     -Que esperen a que salga.
     Los ancianos escucharon, y uno habló:
     -Señor, hijo de Reynod, entendemos su pesar, pero debió avisarnos esta noche de la muerte de su padre. Es nuestro deber preparar el cuerpo para los ritos fúnebres.
     -¡Sé mejor que ustedes lo que hay que hacer!
     -Pero no es la costumbre.-La voz comenzaba a perder la serenidad. -Mi Señor conoce las leyes que su padre nos ha enseñado. Debe haber testigos del proceso, por lo menos uno de los sacerdotes debe estar con usted.
     Un murmullo fue creciendo del otro lado, luego las pisadas en el barro se alejaron. Uno de los guardias se acercó y su sombra cortada se extendió por debajo de la puerta.
     -Están enojados, mi Señor. Van a buscar al jefe Sorkus.
     -Lo sé.
     Debía apresurarse, sus pensamientos se habían estancado en uno que bloqueaba a todos los demás, que crecía y amenazaba con sumirlo en un vacío que nunca había sentido antes. El vacío rodeando la cabaña, y él en medio de esa abrumadora montaña junto un cuerpo extraño.
     Porque ya no sabía de quién era.
     Sacó las agujas de hueso y los hilos de carnero de la bolsa que Reynod guardaba bajo su camastro. Olió el aroma que las manos del brujo habían dejado, las que él alguna vez respetó y amó, aunque ya no le parecían dignas. Y hoy cometía un sacrilegio tomando a su cargo esa tarea, pero no iba a dejar que nadie más viese lo que  había descubierto. Los sacerdotes, que solían intrigar a espaldas del brujo, comenzarían a sembrar dudas en el pueblo, y la guerra con los rebeldes no toleraría tales cosas.
     Tomó las rocas guardadas en la bolsa. Abrió la boca del cadáver y metió una piedra entre los dientes.
     -Que la muerte no tenga el sabor de los gusanos-recitó, pensando en el inútil esfuerzo de todo aquel proceso por evitar que los huesos se convirtiesen otra vez en tierra. Cubrir los orificios para que no penetraran las larvas del tiempo que tejen los días uno a uno. Cosió los labios que sangraban al pasar la aguja. Limpió la barbilla y continuó. Puso unas piedras más pequeñas en los orificios de la nariz.
     -Que la muerte no posea el olor de los gusanos.
     Cosió las alas de la nariz y perforó el tabique con lentitud. Para los párpados, eligió una aguja más fina.
     -Que la cara de la muerte no sea más grande que la luna.
     Colocó después una piedra en cada oído, dobló las orejas y las cosió.
     -Que la muerte tenga el sonido de la música del agua.
     Dio vuelta el cuerpo. Buscó una vasija y volcó un poco de aceite, la calentó en las brazas, y cuando estuvo listo, lo vertió sobre la cicatriz del sexo. Apoyó una piedra encima, esperó a que el aceite se enfriase.
     -Que la muerte no entre, que la muerte no te haga doler como una mujer, que la muerte únicamente te acaricie…
     Volvió a calentar el líquido, y cubrió el resto. La piel fue tomando una tonalidad amarillenta que relucía ya no con las llamas, sino con los primeros rayos del sol que entibiaban la choza. Hubo movimientos afuera, y unos golpes fuertes hicieron temblar las tablas.
     -¡Hermano!- lo llamaba Sorkus.- ¿Qué pasa?
     -Estoy terminando de amortajar a Padre.
      Las voces de los ancianos se alzaron para protestar.
     -¡Señor! No estaremos presentes en el funeral si nos quita el privilegio del amortajamiento.
     -¡Hermano, debo entrar!
     -¡No!
     -¡Soy su hijo, también!- Sorkus se oía furioso.-Puedo derribar la cabaña si quiero.
     Britan sólo veía las sombras contra el sol. El aroma del aceite les decía a los ancianos que el rito estaba terminando.
     -Sorkus, nunca te he sido desleal. He curado a los hombres que enviaste a las batallas durante tres días seguidos, sin descansar ni quejarme.
     -Entonces no me provoques.-La voz de Sorkus había cambiado. Su sombra hizo una señal y las otras sombras se apartaron. Luego se apoyó contra las tablas.
     -Te pido un poco más de tiempo-dijo Britan.
     -¡No! Perderemos el apoyo de los sacerdotes, y el pueblo confía en ellos, aún más con esta  guerra que nos llevará tiempo terminar.
     -Si te dejo entrar, perderemos guerra y poder. No tendremos ya con qué defendernos, ni qué defender en realidad.
     -¡¿Pero qué pasa?!- Sorkus ya no intentaba calmar su ira.
     -Confía-le pidió Britan.
     Sorkus retrocedió, sin decir nada más.
     Únicamente alzó el brazo derecho, con una orden, y las tablas crujieron bajo el peso de los hombres que penetraban.

*

Sorkus hablaba, y con las manos dibujaba figuras del pasado, que pronto desaparecían en el humo de las fogatas. El pueblo escuchaba sus palabras de pesar y desconsuelo. Sus pies a veces tocaban el borde de la plataforma. Habían construido el altar durante la mañana, porque el de la orilla del lago había sido destruido por la flechas de fuego de los rebeldes. El cuerpo de Reynod, detrás y a su derecha, estaba rodeado por la bruma del incienso que los sacerdotes habían encendido con ramas de árboles sagrados. Se veían malhumorados, murmurando la disconformidad que necesitaban demostrar de algún modo. Parecían no escucharlo, y hasta habían olvidado el canto y la salmodia del funeral. Sorkus notó las miradas de la gente dirigidas hacia el rumor de los sacerdotes. Apenas era el mediodía de la primera jornada de los ritos, y temía lo que pudiese sobrevenir.
     Frente a mí, la guerra, el acecho de los rebeldes, el silencio y la tregua en que no puedo confiar. Desde aquí los veo, asentados al otro lado del lago, esperando.
     Frente a mí, el dolor, la confusión que se mezcla en las palabras.
     El caos que mi hermano ha colocado en mi alma.
     La duda crece. Me nubla la vista, y hablo sin ver más que los objetos del miedo.
     -Yo, primogénito del Gran Padre, asumiré el mando del pueblo. He demostrado mi lealtad. Tendrán que mostrarme la misma obediencia que a mi padre, porque estamos en guerra. Estos tres días serán de descanso y reflexión. Tenemos el deber de unirnos para vencer. Por eso, es necesaria la reconciliación.
     Miró a los sacerdotes con severidad, ellos bajaron la vista y él volvió a hablar. Esta vez  todos hicieron silencio. El incienso de color verdoso se elevaba en columnas. La lluvia había cesado, y espacios todavía estrechos se abrían entre las nubes.
     -Pero estamos aquí para hablar del gran Reynod. ¿Qué podré decir de mi padre más de lo que ya saben? Su sabiduría era evidente, nos extasiaba con su conocimiento de las cosas del mundo visible y del otro, el que pertenece a los dioses. Porque Ellos le hablaban, era diferente al resto de nosotros. Cuántas cosas no nos ha dicho, es algo que jamás sabremos. Sólo nos contó lo necesario para vivir. A veces, saber de más puede quitarnos la simple vida que los dioses nos han dado. Somos pequeños como mis hijos.- Sorkus señaló a los dos niños que jugaban moldeando puñados de barro.-Ellos ignoran, y son benditos por eso.
     Daría la mitad de mi vida por ser como ellos. Sólo esta mañana fue que yo era un niño todavía.
     -Nunca más tendremos a un hombre semejante, porque no era únicamente un hombre, sino el Elegido. Un ser superior que nos benefició con su presencia.- La voz se le quebró. Tenía la garganta gastada por los gritos de la batalla. Los músculos del cuello le dolían, pero ninguna mujer lo aguardaba en su choza con una bebida caliente, ninguna que lo acariciase. Bebió agua. Su mirada se cruzó con Britan, a un costado del altar. Podría haberle demostrado otra vez su ira, como esta mañana, pero sólo parpadeó varias veces, ocultándole sus ojos.
     El incienso había tomado el color del crepúsculo, los sacerdotes estaban quemando ramas de un árbol de tronco rojo. El crepitar comenzaba a confundirse con el ritmo de la danza que los hombres vestidos con túnicas verdes y amplias habían iniciado. Nadie los vio subir al altar, ocultos por el humo. Pero ahora se veía claramente su vestimenta ancha, moviéndose con el baile, como grandes hojas arrancadas del mismo árbol que ardía en las llamas.
     Los sacerdotes tenían las cabezas cubiertas por una corona de palomas blancas, cuyos ojos muertos brillaban como puntos grises. Pero aún con las caras pintadas de negro, carecían de las figuras apropiadas para el funeral.
      No se atreven a rebelarse, pero sí me enfrentan con esta humillación. Eligen deshonrosas señales para expresarse, los rostros  desordenados con la expresión del enojo. Pero qué le darán al pueblo a cambio de su traición. Sus manos callosas de viejos. Sus ritos repetidos hasta el cansancio. Le entregarán nada más que dudas, y el pueblo necesita certezas como del aire que respira para no deshacerse igual que el polvo con el viento.
     Debo congraciarme con ellos hasta el término de la guerra.
     Los hombres hacían giros en su danza, círculos sobre sí mismos y alrededor del cadáver. Una espiral que se iba cerrado al ritmo de los tambores.
     -El ritmo de la vida se aleja, el corazón sucumbe.-Uno de los viejos comenzó finalmente a recitar la salmodia con los brazos en alto, rodeado por los otros sacerdotes.
     Sorkus temía una interrupción en cada movimiento. Los ancianos se habían serenado, fríos y discretos, y él sintió ese leve, transitorio apoyo, como un alivio. Sin embargo, desconfiaba. Los murmullos durante la ceremonia parecían haber constituido un acuerdo, un plan.
     Miró a su hermano, ensombrecido por la pena y tan ajeno a la destreza y decisión que había mostrado siempre. Difícil era ver a Britan así, rodeado de guardias, con los ojos ofuscados dirigidos a él, los codos sobre las rodillas, y su prometida parada detrás. Por lo menos tenía mujer que lo consolara. Buscó a su hermano menor, pero ni siquiera llegó a verlo entre el pueblo.
     Todos estaban rezando, siguiendo la letanía del viejo sacerdote. La danza continuó hasta que los bailarines rodearon el cuerpo, y juntaron las manos sobre el cadáver para formar un techo que lo protegiese del sol. El cielo ya estaba despejado, los charcos de agua reflejaban la luminosidad del atardecer. Las nubes se alejaban hacia el lago.
     Sorkus les dio la espalda y habló.
     -Aquellos que estén preparados para recibir la ofrenda, que se acerquen.
     Tres ciervos machos habían sido sacrificados, y su sangre acumulada en un gran fuente. Los sacerdotes comenzaron a pasarse una vasija de mano en mano, desde la fuente en que recogían la sangre hasta el más viejo, que entregaba a cambio la ofrenda de la carne. Los bailarines habían bajado del altar, y golpeaban la tierra con los pies, simulando el tronar del principio de los tiempos.
     -Los dioses están hoy con nosotros-dijo el sacerdote.- Miren el sol que se oculta. El alma de nuestro gran Jefe se ha abierto paso entre las nubes, y las ha vencido. Los dioses lo reciben con regocijo.
     Su voz es sincera. No pueden fingirse esas palabras. El anciano conoció a mi padre lo mejor que él se dejó conocer. Fue una vida cuyos pilares van siendo colocados por el recuerdo de quienes lo trataron. Una construcción armada a posterior, en el porvenir. Existe hoy más que ayer. Hoy empieza su vida. Y debe reír. Se está riendo de nuestras insignificantes penas, de la maraña de incertidumbres en que hemos entrado con su muerte.
     Padre nos ha dicho su más tremenda palabra, después de morir.
     La danza persistió hasta que el día se fue extinguiendo. Las fogatas, círculo de estrellas alrededor del cuerpo, lo seguían alumbrando. Cuando el último hombre del pueblo recibió la ofrenda de los sacrificios, los sacerdotes cambiaron sus túnicas por otras negras. Lo hicieron en la oscuridad más allá de las fogatas, mientras un murmullo de disconformidad continuaba llegando de ellos. A veces el fulgor de la luna se reflejaba sobre la piel de un brazo, una pierna, una cabeza calva. Luego, los ayudantes trajeron un gran manto tejido que cinco sacerdotes desplegaron para cubrir el cuerpo de Reynod, para que el rocío de la noche no lo perturbase.

     Sorkus no quiso ver a nadie al terminar la ceremonia. No tenía sueño y necesitaba meditar. Se recostó mirando la esfera blanca de la luna, deforme y cortada entre las ramas del cobertizo. Así era su corazón, se dijo. Dividido en muchos pedazos, y cada uno pensaba en cómo volver a unirse al otro. Sólo un hecho lo consolaba, la terminación de la jornada. Pensó en Britan. Le agradaba hablar con él, pero no iría a verlo esa noche. Iba a rezar, y sin embargo, no sentía deseos de hacerlo.
     -¡Señor, ha llegado un mensajero!-le dijeron.
      Hizo entrar al hombre, que tenía la cara cubierta de heridas.
     -Señor, nos atraparon hace día y medio. Creímos que íbamos a morir, pero los rebeldes se detuvieron sin razón. Las hordas bajaban las colinas y se quedaron quietas de repente. Miraban al cielo, y dejaron de prestarnos atención. Entonces levantaron los brazos señalando el cielo con gritos de espanto. Buscamos por todos lados el motivo de su miedo, y no vimos más que las nubes, la lluvia de siempre, y una línea negra sobre el lago, como una bandada lejana. Era eso tan importante como para acobardarse y detenerse, nos preguntamos. Y pensamos en un hechizo que el Gran Brujo, su padre, les ha enviado. Nos está protegiendo desde la muerte. Entonces nos pusimos a rezar. Desde ayer soportamos la barrera que los enemigos no quieren abrir. Se han quedado quietos, esperando, con la vista puesta en el cielo. Parecen aguardar algo de esa línea de sombra.
     Sorkus mandó traer agua y comida. Una idea lo inquietaba mientras oía al mensajero. Hizo venir también al sacerdote más viejo, el único en quien podía llegar a confiar.
     -Viejo sabio, perdón por distraer tu sueño, pero la crisis no permite muchas horas de descanso, ni respeta la salud de los ancianos. Acabo de saber algo que me preocupa, aunque felizmente.
     El viejo lo escuchó el relato y parecía conmovido, pero Sorkus sabía cómo les gustaba fingir a esos viejos intrigantes. Apoyando una mano sobre un hombro de Sorkus, le dijo:
     -Lo lamento… lo lamento.-Y movió la cabeza en señal de pesar y arrepentimiento.-Siempre supimos lo que tu hermano descubrió. Reynod nunca lo dijo abiertamente, pero siempre lo sospechamos. Hay cosas que no pueden ocultarse. Ahora su alma es más poderosa de lo que habíamos pensado. Ha hechizado a los rebeldes, los ha sometido a su voluntad ya invariable. Nos está mirando, y con seguridad escuchó la traición que trazamos contra su hijo. En el tercer día de los funerales, te haríamos beber un preparado para eliminarte, y como tus hermanos no desean tu cargo, nosotros tomaríamos el poder.
     Sorkus no se sorprendió, esa confesión satisfacía su orgullo más que enfurecerlo. Pero entonces se dio cuenta de lo endeble de la realidad en la que había crecido. Nada había a qué aferrarse, nada seguro, y tal vez ni siquiera los dioses fuesen más que juegos de la mente.
     Caminó alrededor del anciano, pensando en cómo dejarlo ir sin sentirse humillado. El sacerdote parecía sincero, pero fingir era tan fácil como respirar.
     ¿Qué haría mi padre en mi lugar?
     Volvió a dudar de quién era su padre. De nada tenía certeza, todos mentían, todos llevaban máscaras y lágrimas de agua impura. Y de él se aguardaba la decisión correcta, en un instante cuya pérdida equivalía a la absoluta caída de su mundo. De lo que había aprendido, sólo quedaban dudas. Lo único que no cambiaba de formas eran las armas, la eficacia de las armas que nunca fallaban.
     Mirándolo encorvado, agitado con respiraciones cortas, interrumpidas por sofocos y toses, deseó sacudirlo de los hombros hasta obligarlo a decirle la verdad. Demasiadas veces había escuchado, cuando era niño, las conversaciones a espaldas de su padre, había visto las miradas cómplices entre los sacerdotes. Era ésta la ocasión que ellos debían haber estado esperando todo ese tiempo. Si dejaba salir indemne al viejo, le estaría dando permiso para llamarlo cobarde, y eso era más peligroso que ser asesinado.
     Debo ver la verdad, anciano. Abrir tu cabeza para ver la sinceridad de tus palabras. ¿Hay una ruptura, un abismo, entre ellas? ¿Un contraste más grande que el de los colores del día y la noche? Yo debería saberlo, pero sólo conozco de guerras, de luchas hombre a hombre, de armas. Sé nada más que lo que mi padre me enseñó para sobrevivir. No de las almas y su diversidad.
     El anciano seguía sentado, mirando hacia la entrada. Sorkus no lograba distinguir si los ojos permanecían abiertos. Tal vez estaba dormido, o, una vez más, fingía. El corazón del viejo estaba enfermo, se sofocaba con facilidad, y a veces se ponía tan pálido que la sangre no llegaba a sus manos blancas y frías. Lo oyó toser otra vez y apoyarse para no caer.
     -Anciano.
     No escuchó respuesta. La cabeza se había caído con el mentón sobre el pecho, balanceándose al ritmo de la respiración entrecortada. Sorkus subió al camastro y se arrodilló detrás con una manta de piel en sus manos.
     Lo que haría mi padre.
     La manta cubrió la cabeza del sacerdote. El viejo despertó y comenzó a moverse con desesperación. Las manos se sacudieron arrancando mechones de los bordes. Alcanzó a tocar las manos de Sorkus, pero ya no tenía fuerzas para lastimarlas.
     Lo que padre haría.
     Las toses se repitieron, los gemidos intentaron convertirse en palabras. Las piernas apenas se movieron dos o tres veces. Los brazos de Sorkus continuaron sujetándolo. Los mantuvo firmes hasta sentir que el peso del viejo caía. No deseaba ver un solo espasmo o parpadeo, un dedo que quedase temblando cuando él retirase la manta. Como si él no hubiese participado en esa transición, como si no hubiese sido él quien lo hiciera. Y pensó en Reynod, miró sus manos y vio cómo se parecían a las manos del brujo.
     Sacó la manta y el cuerpo cayó de costado.
     -¡Guardias!-gritó, mientras apoyaba la cabeza en el pecho del viejo. -¡Llamen a mi hermano! Su corazón se ha detenido al conocer las acciones del alma de mi padre.
     Los hombres que entraron, lo vieron intentando hallar vida en el cuerpo.
         
     Los otros sacerdotes se negaron a oficiar el funeral de Reynod en la mañana. Sólo la insistente certeza de Britan de que el viejo sacerdote había muerto sin violencia, los convenció de continuar. Pero sus miradas parecían golpes de rocas cada vez que se fijaban en Sorkus. Él sostuvo esas miradas todo el día con el rictus severo de quien se sabe seguro.
     El alba había nacido fría, pero el sol comenzaba a entibiar a la gente reunida para despedir al hombre que hablaba con los dioses y los había conducido por cuarenta inviernos. Y una común expresión de desconsuelo prevalecía en los rostros. Ni siquiera la enfermedad y el hambre que encontraron a orillas del lago habían logrado borrar la mansedumbre que la prodigiosa voz y figura del brujo provocaba en ellos.
     Los cargadores llevarían el cuerpo de Reynod a lo largo del camino sembrado de semillas blancas y pieles de linces. La voluntad del brujo había sido la de ser depositado en el lago. No era la costumbre, pero tampoco era común el hombre que lo exigía.
     Esa noche había recuperado la confianza en su padre, y necesitaba olvidar lo que su hermano le había dicho. Tomó al mensajero como asistente, y no dejó que se separase él durante los ritos. De vez en cuando, mientras observaba el traslado del cuerpo del sacerdote hacia el altar, preguntaba al mensajero por aquel fenómeno que había visto en la batalla, y al escuchar una vez más el relato, se vanagloriaba del favor que su padre les estaba haciendo.
     Algunos hombres encendieron llamas alrededor del cuerpo. Las mujeres arrojaron al fuego especias que ayudarían al alma a subir al cielo. Dedicaron casi toda la tarde a honrar su figura, y los sacerdotes no cometieron errores en las letanías. Luego, continuaron los preparativos para el funeral de Reynod.
     Los que habían bailado el día anterior se vistieron con telas azules, del color del agua que el lago debió tener alguna vez. Descendieron del altar y se formaron a los lados del sendero. Las mujeres se ubicaron detrás y en los espacios libres, de modo que al pasar el cadáver del brujo, pudiesen cubrirlo con las hojas verdes de sus fuentes. Las brazas de las fogatas fueron recogidas con azadones por los esclavos y llevadas hasta el camino. Entonces las colocaron sobre las semillas y el barro. Las pieles se desplazaron a un lado, y cuando los leños ya tibios estuvieron esparcidos, volvieron a colocarlas encima. El olor de la grasa quemada se disolvió en el aire de la tarde apenas madura. El sol tenía la fuerza lentamente recuperada de un convaleciente. No había viento, pero el murmullo de la multitud pareció reemplazarlo y mover las llamas.
     Sorkus precedió la fila de sacerdotes que cargaban el cuerpo. Llevaba en su mano derecha la cornetilla emplumada que alguien había encontrado entre el barro del campo de batalla, y el estilete en la izquierda. No iba a hacer uso de ellos, por ahora. La sucesión iba a concretarse al terminar los funerales. Un pueblo que no había cambiado de jefe espiritual por tanto tiempo, necesitaba aquellos tres días de congoja y meditación antes de una nueva época. Comenzó a bajar del altar, pisando las pieles tibias. Estaba descalzo, pero llevaba puesto las vestiduras que sus hermanas habían cosido esa noche para la ceremonia,
     tejían, mientras yo mataba al viejo
     hecho con hebras de junco entrelazadas, formando dibujos de cazadores y dioses. Una de las mujeres que había sido exceptuada del antiguo sacrificio de las vírgenes, dibujó sobre las hojas las formas de los dioses según los relatos de Reynod. Los brazos de Sorkus estaban descubiertos, y el vello de los hombros y brazos se arremolinaba y casi concordaba con las figuras. En la cabeza tenía una corona de plumas de urogallo. Luego frotaron su piel con aceites.
     Cada paso dado sobre el camino balanceaba las plumas de su corona. Daba un paso y se detenía, otro y volvía a detenerse. El séquito de sacerdotes iba detrás, con las cabezas gachas, los hombros erguidos y un brazo en alto sosteniendo la tabla con el cadáver. De éste sólo alcanzaba a verse la mortaja negra y las cenizas de la fogata con que lo habían cubierto.
     Los tambores sonaban débiles. Aunque se lo propusieran, los miembros del cortejo no lograban un paso igual al anterior, una pausa semejante a la otra, porque los golpes eran irregulares en todos los tambores, y así caminaban todos, a distintos ritmos. Pero el aparente retraso de pronto comenzó a mostrar armonía. Algo se estaba creando en la marcha, una música acompasada, serpenteante que ascendía hacia el cuerpo y lo contagiaba. Por eso les pareció a los hombres que lloraban y a las mujeres que arrojaban hojas y semillas, que el cadáver subía muy por encima de todos ellos, y se estiraba en sombras hacia el cielo, como una enorme larva negra.
      El cortejo llegó a la playa. Sorkus se detuvo a escasa distancia de la espuma gris de las pequeñas olas. En un sector había cuatro personas al borde del agua. Un joven demasiado delgado para su esbeltez, como si hubiese pasado hambre mucho tiempo y se notase en su figura alargada. La mujer a su lado era de piel oscura, y estaba jugando con dos niños desnudos. Sorkus pensó en sus hijos, que había dejado custodiados por los guardias. Pero estos dos se les parecían mucho, a pesar de no distinguirlos bien a la distancia. Los adultos no pertenecían al pueblo. No sólo no los recordaba, sino que las ropas sucias hacían evidente su vagabundeo. Entonces miró a la mujer con atención, los contornos del cuerpo, las curvas de los pechos y la espalda, la línea de la cabeza recortada contra las grises nubes, los pies cubiertos con las algas muertas del lago. Debió haberse zambullido un rato antes, y ahora estaba empujando a los niños hacia el agua.
     Sorkus se reprochó el distraerse con aquellos extraños. Volvió la atención a la ceremonia para obedecer la voluntad de su padre, a pesar de todo. Dejarlo en las aguas pestilentes que el viejo había elegido como última morada. Se acercó al cuerpo y comenzó a soplar la cornetilla. Muchas veces había escuchado esa tonada, esmerándose en aprenderla cuando era niño.
     El pueblo seguía sus movimientos. Los ojos de todos habían perdido la pesadumbre. Era una mirada nueva, podía sentirla en esas sonrisas apenas esbozadas, en las caras de los niños alzados sobre los hombros de sus padres, en las manos de las mujeres apoyadas en los brazos de sus hombres.
     El sonido empezó tímidamente, velado por la sombra del atardecer. Luego creció. Una música continua, sin fracturas ni incertidumbres, sin titubeos entre los caminos del aire. Un tono suave, brillante a veces, nunca demasiado agudo, pero siempre más allá de la monotonía que podría conducirlo al olvido o la indiferencia. Sujetaba la cornetilla contra los labios, los dedos vibrando sobre la madera. La cabeza en alto, los hombros moviéndose con leves balanceos según lo requiriese el sonido. Las mujeres lloraban. Los hombres lo contemplaban ya sin penas ni desconfianzas. Muchos eran guerreros que sólo dos noches antes habían luchado y sido heridos, pero no tenían cansancio.
     Entonces dejó de tocar. La música se interrumpió tan bruscamente, que pareció seguir sonando por su propia fuerza durante un rato.
     -La música de mi padre se irá con él-dijo Sorkus. Colocó la cornetilla sobre el pecho del cadáver y la ató con una cinta de cuero rojo.
     Los sacerdotes cargaron otra vez el cuerpo y lo pusieron en una balsa. Debían aguardar hasta el crepúsculo para que la marea se la llevase. Las antorchas fueron encendidas a lo largo de la playa.
     Cuando se hizo de noche, el cuerpo apenas lograba verse ya entre la niebla. La costa parecía una barrera de estrellas marcando el límite del mundo de los vivos con el mundo de los muertos. Los sacerdotes iban a recitar un canto de alabanza, pero la gente se les había adelantado, y cantaban con una voz sin palabras, que se esparció hacia la sombra del lago.
     Sorkus buscó una vez más los contornos de la balsa, pero ya no podía verla. Igual que los niños sacrificados tiempo antes en la otra barca a la deriva, su padre esperaba encontrarse con los dioses. Volver al regazo de donde había nacido y al que sus oídos lo unieron toda su vida.
     Padre y sus dioses, sus padres dioses que le hablaban. Nadie jamás creerá tanto como él creyó. ¡Padre! ¿Los dioses viven allí, los has visto? ¿Son los mismos que te hablaron, estas caras horribles que nacen del agua? ¿Puede la belleza nacer de la fetidez?
     Le llamó la atención otra luz en el lago, una antorcha sobre una pequeña barca que también se alejaba de la costa donde había visto a los extranjeros. De pronto, sintió un temor que lo obligó a abandonar la ceremonia y correr. Algo le estaba diciendo que no se equivocaba, que las ideas no llegaban por sí solas, que cuando el alma sentía algo, eso había tomado cuerpo en alguna parte del mundo. Los que lo siguieron no pudieron alcanzarlo. Él corrió, y la distancia hasta la choza le pareció mucho mayor a la que antes había recorrido.
     La tierra frente a la entrada tenía las huellas de sus hijos, y otros dos pares de pisadas las rodeaban. Sorkus entró y vio a la pareja de la playa. Estaban esperándolo, el hombre sentado y ella parada a su lado, con una mano en el hombro de su esposo. Los guardias habían desaparecido. Preguntó por sus hijos. Tuvo que buscar entre las sombras la respuesta, no habían encendido el fuego, o lo habían apagado antes de que él llegara. El hombre se levantó, pasó una mano por la cintura de la mujer, y dijo:
     -Mi nombre es Zaid, hijo de Tol y nieto de Zor el Traidor. Así llamaban a mi abuelo. Debes saberlo porque Reynod le puso ese nombre.
      Sorkus recordaba la historia de la familia exiliada, del castigo de los dioses por culpa del más viejo y el sacrificio de sus hermanas. Reynod solía relatarle aquellos hechos cuando le hablaba del pueblo.
     -No sé por qué vuelves, si tu familia ha sido execrada. Pero ahora me importa saber dónde están mis hijos.
     Se había acercado a Zaid, tan alto como él, pero la espalda angosta contrastaba con el ancho pecho de Sorkus. Un olor extraño venía de la mujer. La miró por un instante, y tuvo la fugaz sensación de estar viendo solamente una sombra fría.
     -Viste la barca-respondió el hijo de Tol.- Una barca estrecha y corta para contener a dos niños en un viaje no demasiado largo. Las aguas se encargarán de guiarlos.
     Sorkus no pudo contestar. Una mano le comprimió las entrañas y vomitó lo que los sacerdotes le habían dado a beber en la ceremonia. Luego comenzó a juntar mantas, a recoger la carne fría abandonada en las brazas, y puso todo en una  bolsa que cargó a su espalda.
     -Ve a buscarlos-le dijo Zaid mientras lo miraba hacer.-El viejo que mataste te hará un sitio, los hombres que aniquilaste en la batalla te aguardan. Tu padre también te espera. Él, que toda su vida estuvo buscando este lugar.
     Antes de salir, Sorkus se dio vuelta una vez más. Vio que el hijo de Tol tenía algo que brillaba en su mano. El estilete, pensó. Pero no era temor, sin embargo, lo que invadió su cara mientras se alejaba hacia el lago.
     Era desesperación.

*

Los guardianes no lo habían dejado solo mientras duraron los funerales, pero cuando su hermano abandonó la ceremonia, Britan se mezcló en la confusión. La gente se había descontrolado y estaba invadiendo los sitios reservados para los sacerdotes. Algunos miraban a Sorkus, que se alejaba de regreso a las chozas, y se preguntaban qué había pasado, por qué su jefe huía de esa manera.    
     Britan corrió en la misma dirección que su hermano, pero Sorkus se había alejado demasiado, oculta su sombra por la sombra de los árboles. Antes de llegar a las chozas, lo vio pasar a su lado en la oscuridad en sentido contrario, pero esa sombra se alejaba nuevamente hacia la playa. En la orilla del lago lo encontró agachado y empujando una balsa.
     -¡Sorkus!-gritó, pero el otro ya se había subido y remaba. Britan quiso meterse al agua, pero el olor le era insoportable. Se apartó de las olas que manchaban sus pies con grumos espesos. Se quedó observando la silueta oscura de su hermano a la luz de la media luna, balanceándose la barca con rítmica y lenta firmeza. Entrando en el filo de lo que ya no podía verse, en las aguas más profundas, en el centro de la zona imprecisa que ni siquiera de día llegaba a vislumbrarse. El movimiento de los remos aún se distinguía, pero el rumor sordo de las olas era ahora el único sonido constante.

     En el pueblo, se había dispersado el rumor de la desaparición de Sorkus, y muchos se reunieron alrededor de las chozas de los sacerdotes. Los guardias intentaron detenerlos, pero la gente hablaba y vociferaba. Sólo la obligación del silencio para la tercera jornada de exequias les hizo mantener una endeble calma el resto de la noche. Las mujeres no durmieron, ni pudieron apartar la mirada de la zona donde los rebeldes continuaban su espera. Los sacerdotes dieron órdenes de evitar desmanes, pero no lograron averiguar si alguien había visto a Sorkus luego de su huída.
     Britan no deseaba comparecer ante ellos hasta la mañana siguiente. Escondido detrás de los primeros árboles del bosque, los observó entrar a la choza de Reynod con rostros preocupados, gesticulando y alzando en la voz palabras de traición. Dejarían pasar esa noche sin resoluciones para demostrar que controlaban los conflictos. Simularían dormir, también, hasta que el alba hubiese avanzado lo suficiente.
     El pueblo en sus manos. ¡Que desgraciada herencia nos dejaste, padre! Esto se acaba.
     Britan se acostó pensando en su prometida, en sus planes de exilio. Pero no podía irse sin saber por lo menos que había sucedido con Sorkus, y el pensamiento de la obligación para con el pueblo no era menor, tampoco. Por fin se había dormido, cuando no mucho después lo despertaron.
     -Señor, hay reunión de Consejo. Los sacerdotes lo buscan.
     Britan asintió. Ya no podría aplazar más el asunto.
     -¿Voy como prisionero?-preguntó.
     -No, señor. La ausencia de su hermano ha anulado todas sus órdenes.
     Miró hacia el valle. El humo de las fogatas se elevaba como todas las mañanas. Creyó haber dormido muy poco, pero el sol rompía los puñados de sombra en que los niños habían descansado. Se veían delgados, lo mismo que todos los nacidos desde el asentamiento junto al lago. Los hombres iban de familia en familia, probablemente distribuyendo o buscando noticias.
     Desde el centro del poblado llegaba el llamado de un cuerno de caza, hundiéndose y quebrando el aire frío. Buscaron el origen del sonido, y vieron una caravana que avanzaba por el camino hacia las chozas principales. Pero se dieron cuenta que eran sólo los rezagados de otros tantos grupos que tal vez habían pasado por aquel lugar desde mucho antes del amanecer. Y a través de la barrera de árboles, apareció un enorme grupo de gente que nacía de la choza de Reynod, daba vueltas por el centro del pueblo y regresaba.
     Britan y el guardia se acercaron. Era extraño que la gente todavía no hubiese mostrado su descontento con muestras más violentas que aquella caravana. Los que lo vieron llegar le abrieron paso, y aquel respeto lo halagaba. Pero pronto supo que se había equivocado. Las caras de tímida obediencia miraban hacia delante, donde un hombre y una mujer caminaban tocando música. Vio el instrumento que emitía aquel sonido, una calavera que el hombre soplaba en cada órbita vacía, alternadamente, tapando una con los dedos a veces abiertos, a veces más cerrados. El cráneo también tenía otros pequeños orificios que creaban muchos otros diferentes tonos. El viento parecía recorrer cada rincón del cráneo, las huellas de las venas, los laberintos del hueso, hasta salir no sólo como un sonido seco, sino cargando un sabor determinado del tiempo.
     Un tono que al sembrar el aire alrededor de la caravana, se hizo profundo, tan bajo que ninguna voz humana podría haberlo imitado. Sin embargo, Britan creyó sentir, entre las pausas, el chillido de un pájaro. Aunque no era exactamente eso tampoco, sino, tal vez, el llanto de un niño.
     Junto al hombre, la mujer percutía un tambor rudimentario. Sus manos parecían dos alas negras que chocaban obstinadamente sobre la superficie del tambor, y el sonido que hacía nacer era más a un aleteo que un percutir.
     -¿Quiénes son?-quiso saber, pero los guardias no supieron contestarle.
     -Dicen que es el hijo de Tol-le dijo un viejo que se había acercado a ellos.
     -Así es-confirmaron unas mujeres.-Es el primogénito de Tol y nieto de Zor.
     -¿Viene en favor de los rebeldes?-preguntó Britan.
     -No sabemos, así debería ser, porque su familia siempre fue ayudada por ellos.
     Sin embargo, ni el viejo ni las mujeres deseaban comprometerse. Todas eran nada más que conjeturas, le respondieron, y luego se apartaron.
      La caravana había llegado hasta la choza de Reynod. Britan suspiró profundo y caminó con los guardias. Un grupo les impidió el paso, pero él no les hizo caso y ordenó a sus hombres avanzar. Los forcejeos se convirtieron en golpes entre los guardias y los que defendían a los extraños. Britano logró entrar a la choza. Vio a varios de los hombres de Sorkus junto a los sacerdotes.
     -Siéntese-le dijeron.
     -¿Pero quiénes son…?
     -Señor…-lo interrumpió uno de los sacerdotes.-…hay un hecho inesperado. Otro más, así es, y no podemos cambiarlo. Usted ha sido testigo, usted sabe la verdad. Deberá declarar cuando se le pida hacerlo, y será pronto. El hijo de Tol está llegando.
     Miró hacia la entrada. Los guardias que habían venido ya no estaban. Otros ahora formaban un espacio libre frente a la choza, y entre las exclamaciones de la gente, apareció el hijo de Tol. Llevaba la calavera pendiendo de una cuerda atada al cinto. La mujer lo seguía, iluminada de espaldas por el sol de la mañana. Su figura esbelta pasó entre las miradas de los hombres, que no pudieron apartar sus ojos de ella.
     -Me regocija ver al que cura a los enfermos-dijo Zaid.- Tengo recuerdos gratos de otro hombre que también lo hacía, y me enseñó muchas cosas. Era hijo de Markus el de los Ojos Claros. De él he conseguido este cuchillo.
     La voz era alegre, libre de cualquier preocupación, incluso de la ironía. Hasta había una leve sonrisa bajo la barba. La mano izquierda se apoyaba sobre un hombro de su mujer, percutiendo los dedos sobre los huesos de ella, como si tocase una flauta. La miraba de vez en cuando, y la mujer le respondía con un giro de los ojos, un movimiento casi imperceptible de sus rizos. Parecía estar hablándole siempre, comunicándole órdenes que él se encargaba de manifestar en palabras.
     El cuchillo en sus manos era de hueso, y se lo estaba ofreciendo a él, pero Britan lo ignoró.
     -El hijo de Tol-dijo el sacerdote que antes había hablado- nos pidió esta mañana convocar al pueblo de la manera que has visto. Nos contó lo mismo que vimos al amortajar a Reynod. Él no lo ignoraba, a pesar de haberse ido cuando era un niño. Ha pedido tu presencia y tu opinión sin haberte conocido antes. Debes escucharlo.
     Britan se preguntaba la razón de tanto respeto por aquel cuya familia había sido execrada por su padre, y esa duda estaba en su mirada, en el inmoderado gesto de ira en su cara.
     -No tengas miedo-le dijo Zaid.-No he venido a destruir al pueblo ni a defender a los rebeldes. Llegué con la intención de unificarlos y dirigirlos en el sendero de la verdad.
     La mujer apoyó una mano sobre el brazo de su esposo. Él asintió mirándola de costado por un instante.
     -Pero no nos demoremos más. Te ofrezco este cuchillo. Quiero que lo toques y lo acaricies igual que lo harías con una mujer. Quiero que lo huelas, que lo pongas contra tu pecho y sobre tus piernas. Hasta que recuerdes.
     Britan miró a los otros, pero nadie aparentaba saber más de lo que se había dicho hasta ese momento. La voz de Zaid dominaba el tiempo en el interior de la choza, y su cuerpo delgado y alto era una especie de pilón alrededor del cual los demás giraban.
     -Tu padre…-decía esa voz, curiosamente cada vez más lejana mientras sus manos tocaban el filo del cuchillo, los bordes blanquecinos o manchados con puntos rojos, el mango gastado por el roce de los dedos. No pudo apartar los ojos del arma, de esa blancura que ya no lo era
     blanca, amarilla de grasa adherida a su forma original
     el molde del que había nacido, lo veía con clara intensidad a medida que el tiempo le regalaba momentos para tocar el cuchillo
     lo conozco, pero…no sé, no sé quién o qué es
     -Reynod fue castrado.
     tal vez, desde el mundo conocido, desde la cabaña, Zaid le seguía hablando, pero él no escuchaba con demasiada atención
      veo la pierna, al hombre y la pierna, qué prodigio del sueño, la veo, la pierna cortada y yo
     cruzó una rápida mirada con la mujer, y sintió un vuelco del corazón, un golpe y un retorcimiento de las entrañas. El dolor pasó del vientre a su pierna, y sintió tal debilidad que no pudo sostenerse en pie
     una enfermedad tan rápida, o era él quien estaba en otro tiempo ya, recorriendo espacios superpuestos, viendo el mundo y sus historias como quien vuela en el lomo de un gran pájaro sobre una aldea, su propia aldea antes y después de haber sido creada
     se tambaleó y cayó sobre la rodilla sana, aunque nada malo veía en la otra a pesar del dolor. Algunos se acercaron a ayudarlo, pero esta vez fue la mujer quien habló. Detuvo a los hombres con una señal de la mano y se acercó a Britan. Le dio un beso en la mejilla y alivió su pena.
     -El dolor recuerda- murmuró.-El dolor no se equivoca.
     -El dolor pasa de hombre a hombre, de padre a hijo…-Era él quien estaba hablando, recitando desde una distancia tan cercana como la de sus propios huesos.
     el cuchillo le pertenecía por herencia: el hueso de la pierna
     es mi pierna y no lo es, pertenece a mi cuerpo y sin embargo no me la han arrancado
     -¿A quién mataste para construirlo?-preguntó al levantarse. Empujó a la mujer a un lado y se enfrentó a Zaid.
     Sabía que estaba haciendo preguntas inútiles, pero usar su voz y sentir que aún podía manejar su propio cuerpo a voluntad, servía para cubrir brevemente la verdad con una pátina de cebo, hasta que pudiese entenderla.
     -A tu padre lo mató tu padre.
     -No hables con oscuridad ni con frases robadas a los dioses-contestó.
     -Pero si no crees en los dioses…-le recriminó Zaid.-.. si has visto la carne de los hombres y la has cortado hasta hace dos noches cientos de veces. Debes dejar que tus dedos palpen tus pensamientos para que surjan ideas.
     Britan gritó. Nadie esperaba que reaccionara así, él, que siempre se había mostrado tan precavido, tan controlado y sabio para su juventud. Fue un grito corto desde el viento que rozó las paredes de su pecho haciéndolo sangrar hálitos, grumos de tierra de la historia de su cuerpo rebrotado y enterrado y luego vuelto a desenterrar. Era parte de un círculo donde la consistencia de los huesos se volvía tan frágil como la que había sentido entre sus manos al amputar a los guerreros.
     Sé quién es la semilla de mi creación, de quién las palabras que me nombran y me crean, dónde está ahora la vida del que yo era, y su voz, la que me ha nombrado, sin mi nombre ya no soy, no me veo en la cara de los otros, no tengo más lo que tuve, no tengo más lo que soy, mi nombre.
     La mujer le tocó la frente, y Britan se apartó como en contacto con el hielo.

     Zaid relató la historia de Reynod durante el resto de la tarde, aunque no la forma en que la había conocido. La transmitió como si la supiese desde siempre, como si tuviese más tiempo de vida del que aparentaba. Mostrando una sabiduría de la que formaba parte, y no que él hubiese adquirido con el tiempo. Era joven, aunque algo demacrado, pero de sus ojos, de los labios entre los cuales brotaba la historia, surgía una fuerza que nadie se atrevió a interrumpir.
     Ni siquiera el bullicio de la gente fuera de la choza parecía distraer a los que lo escuchaban. Allí también había llegado el rumor de que el hijo de Tol estaba contando cosas relativas al pasado del pueblo, y las palabras apenas oídas se fueron esparciendo de boca en boca por toda la región.
     La choza se asemejaba a un bosque donde un claro servía de reposo al cazador. Pero el cazador no necesitaba correr o perseguir a sus presas, porque se habían agazapado a sus pies, pendientes de las manos que las acechaban, del gesto de los labios, el chasquido de los dedos, y una mirada de ella, la mujer del cazador.
     Cuando llegó el ocaso y el chillido de las aves nocturnas detuvo el relato de Zaid, él miró hacia el techo de la choza, como si pudiese ver a través. Los gritos de algunos niños que regresaban de sus juegos en los bosques vecinos se unieron al vocerío de las mujeres que los llamaban. El murmullo del pueblo volvió a alzarse, y los sacerdotes estaban inquietos.
     -Decidimos…-dijo uno de ellos-…ante la muerte de nuestro guía espiritual, del que no renegaremos, y la desaparición de su sucesor inmediato, el nombramiento de una nueva familia para guiarnos. Las causas de su exilio ya han sido borradas por los nuevos hechos. Lo que aquí se dijo, no deberá ser repetido. El que desobedezca…- y miró a Britan-…será sometido a nuestras leyes. Luego del tercer día de las exequias, se prepararán las celebraciones para el primogénito de Tol, nieto de Zor.

     Britan se acostó sabiendo que ésa sería su última noche en el pueblo. Ellos no esperarían demasiado para matarlo. Pero pensaba en Sorkus. Su otro hermano no le preocupaba, mezclado con el pueblo y perdido en su trabajo de artesano desde mucho antes, había dejado de ser una preocupación para los sacerdotes.
     Su prometida había llegado en medio de la noche para huir juntos.
     -No-le dijo él.-Me quedaré a esperar a Sorkus. Nos esconderemos hasta que vuelva.
     -¡Pero van a matarnos!- Ella lloraba sobre el pecho de Britan.
     Entonces la abrazó y se acostaron, mientras él acariciaba su cabello lacio y oscuro.    
     -La mujer de Zaid es muy hermosa, ¿no es cierto?-preguntó ella.
     Él asintió, pero el recuerdo de esa mujer lo perturbaba, y rechazaba como algo repulsivo el solo hecho de compararlas. La mujer de Zaid tenía belleza, pero algo incierto la hacía más acorde al tacto que a la visión de esa hermosura. Cuando la miraba, sentía que su piel vibraba con gritos. Había llegado a oler también, esa tarde, un aroma agrio que no venía de ninguno de los hombres, porque él los conocía desde hacía mucho tiempo, tampoco llegaba de Zaid. Era el olor de las mujeres, no se equivocaba, pero más parecido a la acre dulzura de la carne muerta y descompuesta.
     -Demasiado hermosa para ser verdadera, creo.
     Ella levantó la cabeza para mirarlo, extrañada, sin embargo estaba exhausta por el llanto y volvió a cerrar los párpados.

     Al amanecer, salió de la choza y contempló el cielo libre de nubes. El brillo pálido del invierno prevalecía por sobre las esporádicas manchas del sol que estallaban detrás de las bandadas que bajaban a tierra. Porque no todos los cuerpos de la batalla habían sido aún enterrados, y los que sí lo estaban tenían sepulturas de barro, que al secarse se agrietaba.
      El olor del lago, a pesar de todo, los había habituado, y ya casi no se habrían dado cuenta si no hubiese sido por los pájaros que descendían y se llevaban pedazos de carne de los cadáveres en sus picos. Las alas pasaban cada vez más bajo, haciendo sombras fugaces. Otras aves seguían a las carroñeras, se posaban en las ramas de los árboles bordeando el campo y esperaban su turno. Los rebaños de cabras se agitaban al escuchar los graznidos, y saltaban contra las cercas.
     Su prometida había salido y lo tomaba del brazo. Tenía la mirada asustada mientras miraba hacia el campo, sus ojos eran como dos pequeños guijarros negros. Él la besó y comprendió su miedo.
     -Vamos a preparar las provisiones. Hay unas grutas que el lago ha dejado libres en la playa.
     Abandonaron la choza y el pueblo. Miraron atrás varias veces al alejarse, pero de a poco las dudas se fueron borrando, y lo que al principio creyeron era nostalgia, se perdió en las tinieblas de la duda. Al mirar de nuevo al frente, ya eran otros. Los conocimientos, se dijo él, no iba a perderlos por ninguna causa. Si en algo le servía su constante incertidumbre con respecto a los dioses, era que lo confirmaba como una criatura independiente, un cuerpo que podía alimentarse a sí mismo y una mente capaz de pensar sin ayuda. Era un alma cuyos recuerdos hechos pesadillas o premoniciones podrían ocultarse cada mañana al despertar, bajo los incandescentes reflejos del sol.                                                                                                          
     Tomaron el camino que conducía al lago, envueltos por un nuevo aroma a verde, a vegetación brotada con las lluvias. En la playa, buscaron las grutas.
     -Estamos muy cerca de las hondonadas de los guerreros- dijo ella, y de pronto miró hacia arriba.- ¿Qué es eso?
     Britan observó la delgada línea negra suspendida del cielo.
     -Lo que dijeron los mensajeros, lo que detuvo la guerra a nuestro favor. Hace tres o más días que está allí. Pero olvidemos esto, solamente me importa mi hermano.
     Él sabía que la espera sería imprecisa, y que en algún momento tendrían que irse, por más que Sorkus nunca volviese.
     Hallaron una cueva vacía, los muros cubiertos de musgo y las marcas borrosas del nivel que las aguas habían ocupado. Las algas reemplazaban la fetidez original, pero de todos modos ellos quemaron especias para aislarse del aroma del lago. Las heces de los pájaros les sirvieron para alimentar el suelo, y las enredaderas crecieron hasta cubrir la entrada a lo largo de los días. Como ni siquiera los niños iban a jugar allí, podría pasar mucho tiempo antes que alguien los encontrase.
     Durante algunas noches después escucharon cantos, tambores festivos y gritos. Los festivales en honor del hijo de Tol habían comenzado. Se subían a una roca alta, y de lejos alcanzaban a ver las fogatas, a escuchar el percutir de los tambores y los instrumentos de madera. La línea negra sobre el lago fue desapareciendo detrás del humo a medida que las fiestas avanzaban. Después, los gritos de los guerreros volvieron a escucharse y ya no cesaron.
     Parados en esa roca, él erguido, el cabello largo, la barba nunca demasiado espesa, ella tomada de su brazo, pequeña, temerosa, observándolo con timidez, vieron pasar las nubes y los soles de muchos días, escucharon los sonidos de los hombres al cambiar el rumbo y el destino del pueblo. Los nuevos poderes cuyas leyes y costumbres adivinaban por los cantos, los movimientos en masa y el polvo levantado.
     -Ha comenzado otra vez la guerra-murmuró él, con la vista fija en la sombra verde de los árboles que ocultaban el valle.
     Ella, temblando, prendida a Britan como un animal miedoso, no pudo evitar transmitirle su estremecimiento.

     Una mañana vieron un punto balanceándose sobre las aguas, acercándose con lentitud. Cuando se hizo más grande y más claro, reconocieron la balsa en la que Sorkus había partido. Un hombre estaba dentro, sentado, con la espalda encorvada, los brazos caídos y la cabeza contra el pecho. El sol daba a pleno sobre su cabeza, pero la tenue y constante niebla ensombrecía la superficie del lago.
     La balsa encalló en la rompiente. Las olas la empujaron, el hombre despertó. Britan reconoció la cara de su hermano. Sorkus se levantó y empezó a impulsarse hacia la playa con los restos de una tabla. Poco fue lo que pudo avanzar.
     -Tengo que ayudarle-dijo, y corrió al agua a pesar de los ruegos de ella por evitarlo.
     Sorkus había saltado y el cuerpo estaba hundido hasta la cintura. Caminaba con debilidad contra las olas, llevando sobre los hombros un bulto que había sacado de la balsa. Mientras se acercaba, Britan vio que el bulto ya no era uno solo sino dos, y Sorkus los cargaba sin mirar hacia delante, sino hacia las olas que lo rodeaban. Cuando finalmente su hermano levantó la vista, le dijo:
     -Debiste huir.
      Su voz apenas se oía por encima del rumor del agua y aquel otro sonido extraño, aquellos gemidos vagos que nacían del fondo del lago. Apenas Britan le tocó un brazo con la punta de los dedos, Sorkus lo miró con pánico y se puso a llorar, como si hubiese roto la membrana tensa que tenía en la mirada.
     Su cara se contrajo bajo la barba, su llanto era ronco. Levantó los brazos, los bultos estaban atados entre sí al cuello y quedaron pendiendo en su espalda, luego abrazó a su hermano. Britan no recordaba que alguna vez lo hubiese hecho.
     Caminaron hacia la cueva y Sorkus se tumbó en el suelo junto al fuego apenas entró. Britan lo ayudó a sacarse las pieles mojadas. El cuerpo estaba cubierto de lombrices y larvas entremezcladas en el vello o adheridas a la piel. Calentó un poco de agua, y con un paño mojado empezó a desprender los parásitos uno por uno. Sorkus gritaba, sin quitar su mirada del rincón donde había dejado los bultos. Vio a la mujer de su hermano, pero no dijo nada. Britan comprendió y le pidió que los dejara solos.
     Entonces Sorkus habló.
     -Remé toda la noche y el día siguiente. Podía ver el sol, bien claro encima mío, pero la niebla no me dejaba ver más allá del largo de la balsa. Escuché voces de llamado, chapoteos, y cada vez que me volteaba, no había más que niebla y agua fétida. Muchas veces estuve a punto de volcar, sentía manos que se aferraban a la balsa, otras que me tocaban. Pero las sombras desaparecían enseguida bajo el agua. Sabía que me estaban mirando constantemente, me desafiaban para hacerme olvidar mi búsqueda. Traté de ver la barca de mis hijos. Navegué no sé cuánto tiempo, pero jamás hallé la otra costa. Las aguas estaban más calmas, se espesaban, y el bote se fue deteniendo, hasta que los remos se quebraron y me abandoné a la corriente, si existía. Creo que ni siquiera había llegado al centro del lago todavía, y ese centro era mi esperanza de encontrarlos. Todo a mi alrededor, la quietud, la niebla, los gritos apagados, esos gestos escondidos de seres sin forma, me trataban como si ya estuviese muerto.
     Sorkus tosió y bebió de la vasija que su hermano le ofrecía.
     -Creo que estuve muerto mientras recorría el lago, ¿es posible? No son los heridos que has intentado curar, ni los recién muertos que se van de tus manos. La vida que se escapa de entre los dedos, hermano, mi hermano…-Y dijo esto llorando y apoyando una palma sobre la cara de Britan.- Ellos son distintos, son partes de otra cosa. Cada fragmento de esos cuerpos llora aislado, esperando formar el todo que no es su ser original, sino otro más grande. Todos ellos unidos y separados a la vez, eso es la muerte. Una ruptura en continua disolución, una pérdida que nunca acaba. La espera eterna sin esperanza. Eso es, y por eso entendí, cuando encontré la barca de mis hijos, su balanceo sobre el agua, la bruma que la habitaba y que había desplazado la vida de sus cuerpos, ahora tendidos y quietos. El golpeteo de las olas, pequeñas y duras como mazas, como puñados de tierra, nunca lograría despertarlos, ni tampoco mis llamados ni mi llanto.
     “Pero alguien sí podría. El que les había quitado la vida iba a devolvérsela. Me tiré al agua y nadé entre manos que me sujetaban y caras que me hablaban con voces de agua sucia y bocas llenas de algas. Llegué a la barca y subí. Ellos estaban desnudos y tenían la piel azul, los ojos todavía abiertos e hinchados, los cuerpos quebradizos como dos ramas secas. Los envolví en las mantas que había traído y los amarré a mi cuerpo. Después remé con unos palos que arranqué de la otra barca cuanto pude hasta que perdí el dominio de mí, sin saber qué dirección estaba tomando. A la deriva, a la deriva…siempre. Si eso era un lago, me dije, algún día llegaría.”
     Sorkus se durmió, repitiendo esas palabras hasta convertirse en un murmullo. Britan lo cubrió con unas mantas, pero su hermano tuvo escalofríos todo el resto de ese día y de la noche.

     Cuando despertó, Sorkus ya estaba levantado y preparando los bultos para cargarlos.
     -¡Huyan!-le dijo mientras lo abrazaba con  más fuerza que antes.- A mi vida le queda sólo un día, pero ustedes van a salvarse. Debes obedecerme esta vez, por todos los dioses o por todo lo que respetes. Sé lo que te digo. Si ves a nuestro hermano Cesius, que se vaya con ustedes.
     Britan no pudo dejar de lamentarse con amargura al sentir ese abrazo. Nunca nadie, ni siquiera una mujer, lo había estrechado de ese modo.
     -¡Oh, hermano! ¿De qué semilla hemos nacido, qué castigos estamos pagando?
     -De la semilla del lamento, del dolor de los dioses somos carne-dijo Sorkus.
     Lo vieron caminar hacia el valle, y se alistaron para partir.
     -¿A dónde iremos?-preguntó ella cuando vio cuántas direcciones y cuánta incertidumbre los rodeaba.
     Les habían dicho que más allá de los campos al oeste del Drionne estaba el mar, y más lejos aún, las costas de acantilados donde comenzaban las tierras verdes, llenas de animales mansos que podían criarse en gran número. Tierras donde el agua dulce de las lluvias no producía alimentos para los muertos, sino que era clara y sabrosa.
     Hacia allí se dirigieron, apenas los primeros pasos los alejaron del pueblo que ya no los aceptaría jamás.

*

Tahia confeccionó la vestimenta para la batalla durante toda la noche. En la mañana, ayudó a Zaid a ponerse la casaca negra que dejaba libres los brazos, cerrada por delante con cinchas. La falda era de piel de cabra, con un cinto que servía de soporte al cuchillo de Markus.
     Le puso el arco y el estuche con las flechas a la espalda. Luego, Zaid le pidió la pintura. Ella entonces preparó, como lo había hecho mucho tiempo antes, junto a un río claro, una mañana después de ordeñar las cabras, mientras los perros la miraban desde la puerta de una choza. Esta vez, en cambio, no había aguas frescas, sino un lago sucio e inagotable. Y ambos, hombre y aguas, eran diferentes. Otro hombre distinto al de aquella mañana. Ella, sobre todo, era no solo otra, sino algo más, completamente alterado aunque en apariencia semejante, algo definitivo ahora.
     Tahia hundió sus dedos en la vasija con las pinturas. Los pasó sobre las mejillas de Zaid, haciendo dos marcas negras que nacían de las orejas y descendían hasta los labios. Después él cerró los ojos, y ella dibujó un halo oscuro a su alrededor. Cuando los abrió, tenía dos sombras habitadas por las blancas esferas de sus ojos. Zaid se puso el gorro de plumas que había usado Sorkus en los funerales. Ella lo besó en los labios y permaneció parada en el umbral, mirándolo partir con sus guerreros. 
     Mientras caminaba, sentía que quienes lo observaban le temían de la misma forma que había temido a Reynod cuando era niño. Los sacerdotes lo miraban también con cierta mansedumbre, ni siquiera ellos habrían logrado tanta adhesión, tan profundo respeto de parte de la gente. Todos parecían ver en él algo más grande que su simple cuerpo, fuerza sin duda superior a sus propios y cotidianos cansancios humanos. No se trataba ya de la reivindicación de la familia, su padre o su abuelo estaban sumergidos para siempre en la sombra del pueblo, porque no eran más que hombres.
     No tengo las armas que el tiempo podría darme, ni los hombres preparados con lo que he aprendido en mi viaje. Pero debo ganar para convencerlos. Entonces no habrá fuerzas que me desplacen de mi lugar, y serán ellos quienes morirán antes de verme lejos del sitio en que me pusieron.
     Todavía no confiaba en nadie más que en Tahia. Los hombres que iban a luchar a su lado tenían su edad, pero no los recordaba. Algunos se habían atrevido a dirigirle una mirada amistosa, pero al encontrarse con su expresión austera, bajaban la vista. Le ofrecieron una lanza, y se sintió torpe con aquellos instrumentos hoscos. El recuerdo de las armas que había visto en otras partes lo encolerizaba, lamentando no haber tenido tiempo de cambiar las costumbres de la guerra. Pero a falta de armas adecuadas, utilizaría la destreza. Los mensajeros le habían traído informes de que los rebeldes se estaban abasteciendo a través de las mujeres, que llegaban todos los días a través de senderos diferentes del bosque. Habían descansado durante la tregua, se habían fortalecido, y resistirían a Zaid a pesar de las aguas suspendidas sobre ellos.
     Tahia le dijo que nunca haría algo más por él que eso: la nube de aguas pendiendo del cielo. Pero no importaba. Hoy era parte de su pueblo otra vez, un miembro reconocido y valorado por encima de todos los demás. Había dejado de ser el carretero de los muertos, era quien los comandaba: ellos eran su apoyo, sus aliados.
     El entrechocar de las lanzas los acompañaba. Iban subiendo una colina al este del lago, que llevaba al campo de batalla. El cielo agrisado con nubes de tormenta empalidecía el brillo del día, el sol se asomaba lento entre el caminar de esas nubes que llegaban del norte. Los árboles fueron disminuyendo en número, los arbustos se hicieron más bajos, de hojas anchas y espinosas, entonces el paisaje se amplió en una planicie de barro en la que cientos de pájaros carroñeros buscaban restos. Luego el suelo se fue agrietando, alzándose a los costados y formando muros hasta llegar a un barranco. Vieron, a lo lejos, la negra línea en el cielo, borrada en partes por las nubes. Contra la orilla norte del lago, estaban las columnas de los fieles atrapado, y a la derecha, el humo de las fogatas de los rebeldes.
     Comenzaron a bajar por la ladera más boscosa para ocultarse. Pero aún antes de llegar al claro donde terminaban la ladera y la hondonada, escucharon el grito del avance de los enemigos. No había tenido tiempo siquiera para preparar las formaciones, pero Zaid sabía que su número era mayor.
     -¡Adelante!-gritó, con el brazo en alto hacia el centenar de hombres a su izquierda.
     Ellos avanzaron, su fuerza e ira recuperadas, pero desordenadamente. Las filas se deshacían apenas se formaban, tropezando y golpeándose entre ellos, desgastando las fuerzas en riñas inútiles.
     -¡Avancen! ¡Únanse en masa!
     Los guerreros se organizaron en una formación como la punta de una flecha, y las lanzas apuntando hacia el frente.
     Los rebeldes aparecieron desde atrás de los árboles que ocultaban la hondonada. Sus gritos crecieron como un río desbordado y envueltos en nubes de polvo. Estaban enardecidos, más de lo que él había esperado, y vio que la línea negra del cielo había desaparecido.
     Los fieles formaron una barrera que los otros trataron de vencer con un golpe frontal, pero pronto cambiaron de estrategia y comenzaron a rodearlos como un conjunto de perros alrededor de una rueda. Las hachas golpearon las primeras filas, y se defendieron cruzando las lanzas como escudos. Pero uno de los hombres de la barrera cayó. La masa se fue agrietando mientras uno tras otros caían, y por el hueco entraron los rebeldes.
     -¡Adelante!- ordenó Zaid a la siguiente formación.
     Los arqueros eran los únicos a los que había alcanzado a darles indicaciones antes de la batalla, quizá suficientes porque ahora avanzaban lentamente pero con los arcos y las flechas preparados. La primera fila se arrodilló.
     -¡Disparen!
     Las flechas formaron un amplio arco y cayó sobre los hombres que rodeaban el círculo. Nuevas oleadas derribaron a las siguientes filas. Él sabía que morirían muchos de sus propios hombres esta vez, el círculo era una mezcla indistinguible de guerreros de ambos bandos. Pero confiaba en que los rebeldes hubiesen puesto a toda su gente en ese ataque.
     El tercer grupo se preparó para avanzar, pero llevaba piedras en lugar de flechas.
     -¡Cambien las flechas por rocas!-gritó, y entró con ellos al ataque, mientras una docena de hombres protegían sus flancos.
     -¡Adelante!-Y su voz se fue dispersando a través de los cuerpos apretados y enfurecidos que avanzaban. Todos lo miraron por un instante, los ojos brillantes y llorosos, los cabellos mojados de sudor, las bocas abiertas y jadeando. Avanzaban sin detenerse, alzando los brazos con gritos de furia que crecían de boca en boca, hasta hacerse un coro de jadeos, de pasos fuertes y golpes de lanzas y de piedras.
     Lanzaron las piedras contra la gran rueda ya rota de los rebeldes, como si sus alientos y no sus músculos las hubiesen arrojado.
     Penetraron en el círculo y formaron grietas y claros en el centro. Los fieles peleaban  con rocas en los puños. Los rebeldes sólo tenían lanzas viejas que pronto se partían. Las piedras golpeaban los cráneos y una masa roja brotaba entre los huesos y los hombres morían en el barro. Algunos heridos se mantenían en pie, dando hachazos a su alrededor, pero luego cedían y caían unos sobre otros, mezcladas las cabezas sobre los vientres abiertos de los otros, sobre la tierra que se había metido en las heridas de los que todavía no habían muerto.
     La rueda de los rebeldes fue destruyéndose lentamente.
     El olor de los enemigos, pensaba él, mientras sus manos se hundían en el pecho de los rebeldes, era más distinguible que las caras, porque todos estaban cubiertos de sangre y negros de barro. Todos parecían iguales, excepto por lo que sus cabezas contenían, y la única manera de saberlo era abrirlas, romper los cráneos con piedras, hallar los pensamientos y destruirlos.
     Cortar las formas de la mente cortando las formas de las vísceras.
     Vio cómo los huesos de los enemigos se levantaban de la tierra, cómo los otros cuerpos caían sobre las astillas de sus aliados, de los hombres que poco antes lo habían mirado como si fuese un nuevo dios. Y ése era el triunfo, contemplar las vidas que peleaban por él y morían por su causa, penetrados por lanzas como dedos filosos de los dioses.
     Cuando el sol se ocultó esa tarde, era sólo una esfera mutilada por el horizonte, de naranja oscuro, que brillaba contra un cielo casi negro, dando sólo un poco de luz a los hombres que sobrevivían. Ninguno más apareció detrás de la hondonada. Los jefes rebeldes habían huido, y su ausencia le daba a Zaid la victoria.
     Sus hombres lo rodearon y lo observaron quietos a pesar del dolor en sus caras. Algunos se habían sentado, otros sostenían a los heridos y a los que habían perdido las piernas. Muchos arrastraban armas rotas, y los restos de los arcos pendían delante de los pechos lastimados.
     Pero ninguno dejó de acudir a su llamado, y lo escucharon.
     -No permitiré desobediencias ni desórdenes. Mientras estemos aquí, pelearemos. No vamos a subestimar a los enemigos.
      Ellos miraron los cuerpos de los rebeldes caídos alrededor de ellos, los patearon y maldijeron con furia, haciéndose eco de las palabras de Zaid.
     -Señor-le dijo su segundo.-Tenemos que volver.
     -¡No! Vigilaremos por si vuelven a atacar. Mañana estaremos más seguros.
     Hizo traer agua de un arroyo para lavarse y dar de beber a los hombres.
     Los caminos estaban despejados y los rebeldes habían desaparecido. Pero sabía que quedaban más detrás del bosque al norte del lago. Se quitó la ropa de guerra, la hizo quemar, e intentó dormir. Abrió los ojos por un momento para murmurar un rezo que Tahia le había enseñado para el final de la batalla. Se recriminó haber olvidado decirlo antes, y aborreció de su arrogancia.
     Mi victoria, o la suya, acaso. La de ellos, que viven en el lago, los restos de los hombres, los restos imperecederos del agua que se alimenta a sí misma. Avanzará en busca de todos estos cuerpos ciegos que me rodean hoy. Deberemos retirarnos mañana. Pero esta noche ellos olerán la carroña e inundarán el mundo para llevárselos, y quedará limpio otra vez.
     Ella, la gran diosa de la carroña.
     La que limpia la podredumbre del mundo y la carga en su vientre.

     Al amanecer, los guerreros se prepararon para volver al pueblo. Pero antes de partir, Zaid vio que algunos hombres llevaban azadones para enterrar a los suyos.
     Él lo prohibió.
     -¡Señor!-protestaron algunos, mirándolo con una mano en la frente para protegerse del sol, que esa mañana había salido fuerte y enceguecedor.
     -¡Obediencia!-Fue lo único que dijo en respuesta.
     Esperó. Aguardaría todo lo necesario hasta obtener la completa lealtad. El cuerpo de Zaid no era grande, pero allí parado, con la manta de piel manchada de sangre cubriéndole los hombros, su torso parecía respirar un aire renovado y colérico. Los hombres sólo olían fetidez y veían cuervos revoloteando a su alrededor. Pero él respiraba un aire de triunfo que lo hacía asemejarse más que nunca a un dios hecho hombre. Le debían la victoria, y eso era algo que jamás podrían negarle.
     Entonces uno de ellos dejó caer el azadón. Se oyeron otros caer después. Los hombres retrocedieron cabizbajos a sus filas, pasando delante de su jefe sin mirarlo. Ninguno levantó la vista, ninguno emitió un solo quejido, ni siquiera murmurado. Tomaron las armas, formaron filas y columnas, cargaron a los heridos, y comenzaron a caminar lentamente de regreso al pueblo.
     Zaid los siguió como un padre que vigila a sus hijos reprendidos. No pudo evitar que algunos se diesen vuelta para mirar a los muertos, ni dejar de oír el quejido silencioso de esas miradas. Sentía en ellos el mismo temor que él había tenido cuando niño: la inquietud al dejarlos desenterrados. Habría querido decirles algo, pero esos ojos lo evadían, se escapaban por encima de sus hombros hacia más atrás. Y había algo que comprendió no llegaría nunca a controlar. La singular piedad de esos ojos fijos en los compañeros abandonados, más grande aún que el temor a los dioses.
     -¡Miren adelante!-les gritó, y todos retomaron sus lugares y posiciones. Se levantó un murmullo de las filas, que el eco entre los muros hizo más profundo, como si llegase desde la misma piedra. Pero las rocas fueron haciéndose más bajas, hasta que un camino suave las reemplazó para conducirlos al valle.
     Las mujeres los esperaban, los siguieron en silencio con caras tristes, seguras de la respuesta a la pregunta que no se animaban a hacer. Algunas se atrevían a acercarse y se colgaban de los brazos de los guerreros, preguntando dónde habían dejado a los otros.
     Cuando llegaron a las primeras chozas, una multitud los seguía y aclamaba, arrojándoles hojas verdes recogidas por lo niños, mientras peleaban, y luego hojas quemadas oliendo a incienso y aceites. Habían encendido nuevas fogatas, sacrificado animales en su honor y en el de los dioses que les habían concedido la victoria. Columnas de humo se elevaban desde todo el valle. Más hombres ancianos, mujeres y niños llegaban continuamente a su encuentro. Se lanzaron al aire coronas de flores. Los bailarines habían comenzado a danzar en el mismo altar donde Reynod había sido velado. Los tambores repiqueteaban con un ritmo vertiginoso. El aroma de la carne cocida viajaba con el viento.
      Pero las viudas se quedaron atrás, apretando los brazos de los hombres rezagados que trataban de ignorarlas. Al final de la caravana, llegó Zaid. Ellas lo miraron con desafío, luego se dieron por vencidas. Cambiaron su enojo por súplica, regresaron camino hacia al lago.
     Zaid fue alzado en hombros por hombres que vestían las ropas que usaban en los festivales, otros  tocaban  instrumentos de música con flores en los cabellos y las manos. Lo cubrieron con collares de flores, le bañaron la cabeza con bálsamos. Los sacerdotes lo esperaban en el altar para darle los honores oficiales. Lo cargaron hasta allí, mientras él saludaba con la expresión beatífica de alguien que era más que un hombre, porque les había dado un triunfo que el anterior hombre que hablaba con los dioses no había podido darles.
      Tahia lo acompañó a subir al altar. El beso que se dieron fue vitoreado por el pueblo.
     -Demos gratitud sin fin al hijo de Tol. Nos ha salvado de la gran crisis de nuestro pueblo-dijo uno de los sacerdotes.
     Zaid sería ungido con el aceite que Reynod había creado y traído consigo el día que llegó al pueblo más de cuarenta inviernos antes.
     -Te ungimos, nuevo guía espiritual, con el beneplácito de tu antecesor. Desde ahora serás nuestro guía hasta que los dioses te lleven.
     La mano pasó dos veces delante de la cara de Zaid, sin tocarlo. Después se posó en ella, se amoldó a su forma. Y el olor lo devolvió a la lejanas épocas de su infancia, a lo recuerdos del brujo y al dolor de su sexo.
     Su rostro se frunció bajo la mano del viejo, pero nadie lo vio, quizá sólo el sacerdote sintiera en la palma que sus facciones se habían movido. Cuando la mano lo dejó libre, ya no mostraba signos de sufrimiento, no quedaba más que una máscara impávida en la que, según algunos dirían más tarde, no había nada.
     Y al retirarse la mano y sentir la tibieza del sol, vio, por un instante, el rostro de Sorkus en la multitud.
     El viejo continuaba con los honores. El bullicio seguía a su alrededor. Por eso él se olvidó de esa cara por un largo rato. Esperaban que hablara, pero Tahia le indicó discreción. Ella le rodeó un brazo con el suyo, y se quedó quieta a su lado, con la suave sonrisa de una mujer sumisa, agradable para todas las otras mujeres del pueblo.
     Pero Sorkus apareció otra vez. Su inequívoco rostro era cada vez más claro y cercano. Un espacio de silencio y asombro crecía mientras caminaba hacia el altar. Estaba sucio y débil, pero era él.
     Los que estaban de espaldas se voltearon al ver el pánico en la mirada de Zaid. Sorkus avanzaba despacio, desplazando a la gente con sólo su presencia. Tenía el cabello y la barba todavía cubiertos con la suciedad del lago, la ropa destrozada le cubría sólo la cintura y los muslos. Las piernas apenas parecían sostenerlo. De los hombros colgaban dos bultos atados con tiras de cuero.
     Los ojos de Sorkus lo estaban mirando, llenos de ira.
     Ese mediodía el sol brillaba con una intensidad que nadie recordaba hubiese tenido en por lo menos los últimos cinco años. El verano comenzaba. Sin embargo, Sorkus tenía su propia sombra en los ojos, y Zaid pudo ver en ellos lo que él había visto en los días pasados en el lago.
     Sorkus pisó el altar. Las tablas crujieron. Los guardias ni siquiera se le acercaron. Los sacerdotes retrocedieron.
     Zaid únicamente miró los pies, no los ojos, no miraría otra vez los ojos. Murmuró a los oídos de Tahia.
     -No me dijiste que volvería, que iba a ser tan fuerte como yo con su vuelta.
     Ella no le contestó.
      Sorkus llegó frente a él y se detuvo. Se miraron mutuamente. Uno, alto y erguido, cubierto de honores y perfumado de aceites y flores, con una mujer a su lado y el favor del pueblo. El otro, encorvado por el peso de los bultos que olían fétidos, casi desnudo y rodeado de sombras.
     Sorkus desató los nudos. Arrojó uno después del otro, los cuerpos de sus hijos. Los cadáveres estaban hinchados, las bocas abiertas mostraban los dientes como dos sonrisas, y de las pústulas brotaban líquidos malolientes.
     De la gente surgieron gritos. Los sacerdotes se taparon la boca.
     Zaid sintió algo en su garganta.
     -Recuerdo un sueño…-murmuró.
     Pero la voz de Sorkus, la voz del prometedor hijo del brujo, se escuchó entonces invadiendo todos los espacios que el sol del nuevo verano ahora alumbraba.
     -No es un sueño, esta vez. Me dijeron, ellos, los perdidos, que tu mujer ha vuelto de aquel sitio. Quiero que mis hijos vuelvan.
     Zaid había esperado ese pedido desde que lo vio llegar.
     -No querrás…-empezó a decir, pero luego levantó una mano y le indicó que se acercara. Era el gesto de quien está dispuesto a una confidencia, y parecía haber compasión en sus ojos. Una mirada de amistad que todo el pueblo entendió como signo de su benevolencia.
     -Cuando los veas, te arrepentirás-le dijo en voz baja, porque sabía que Tahia lo estaba escuchando.-No estás seguro de lo que pides…
     Sorkus tenía su cara sucia y cortajeada muy cerca de él. Podía oler más que su piel, podía percibir el miedo, como un animal huele a su presa.
     Apoyó una mano en la mejilla de Sorkus, que no se apartó, y secó las lágrimas que caían sobre los cuerpos de los niños.
     Luego, la mano derecha de Zaid buscó algo bajo la túnica. El estilete de Reynod destelló de pronto a la luz de la mañana, y encegueció a Sorkus un instante antes de su grito. Antes de que el filo le atravesara el corazón, y cayera muerto sobre sus hijos, cubriéndolos con la misma sangre con que ellos habían sido engendrados.
    

Comentarios

Entradas populares