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¿Por qué una pareja se
separa? Las respuestas no existen, solamente quedan los individuos que la conformaron.
Uno de un lado, otro del otro, en el mismo espacio, mirándose a la cara. Uno
abriendo los ojos y observando al otro, mientras ese otro mantiene los ojos
cerrados sabiéndose observado. Hasta que le toca el turno de hacer lo mismo, abrirlos
y mirar el rostro aparentemente dormido del que tiene al lado. Y mientras
tanto, ambos planeando las estrategias de la guerra que comienza.
La cara del que hemos amado es el mapa del
territorio que iremos a destruir, porque en los recovecos de los pliegues, en las
trincheras de la piel, en los pozos del recuerdo sin fondo hemos dejado pedazos
de nuestro ejército, los trozos del alma que son cada uno de los días que hemos
pasado juntos, cada palabra y gesto o caricia y cada cimbronazo de puertas
golpeadas y ecos de risas y carcajadas esparcidas en el universo de una casa
que alguna vez fue un hogar.
Bernardo y yo somos enemigos sin
planearlo, como líderes de esas revoluciones que surgen casi espontáneamente
luego de una gran crisis de la economía. Y nuestra infausta desgracia fue el
pasado que se escabulle como serpientes en medio de un desierto, buscando ratas
en las madrigueras, mientras que las aves rapaces sobrevuelan el polvo y los
cardos, buscándolas. Enemigo sobre enemigo, en una cadena que es a la vez un
círculo, como el símbolo del amor. Porque se sabe que donde hubo amor, suele
haber odio, o por lo menos esa criatura que se conforma con ser un dios menor,
ayudante sumiso del otro, especie de rastrero con hocico corto y pronunciados
dientes, que se hace llamar resentimiento. Y que muerde, Dios lo sabe,
tremendamente.
Ya no vivimos juntos, pero tampoco podemos
separarnos. Valga la paradoja, somos amantes irreconciliables. Nos aborrecemos
porque no podemos dejar de amarnos, pero como ya no nos amamos, lo que nos une
no es el mismo sentimiento, sino dos criaturas que cada uno ha gestado en su
pecho. Él, la culpa, por eso no puede dejarme del todo, alternando días o
noches en el departamento y otras en su casa del pueblo, consciente de que debe
cuidarme, que necesita protegerme, insobornable en su utopía de mi curación.
Yo, mi desesperación, nueva metamorfosis de la angustia existencial que mi
padre Tejada sembró en los pocos años que vivimos juntos. La tristeza, cuando
no tiene donde escapar, se desespera, y la desesperación, cuando se calma, toma
las formas de un roedor que se roe a sí mismo. Mi inclaudicable pensamiento
rondando en el mismo departamento lleno de viejas cosas: la frustración de la
impotencia, la decepción de la esperanza. Mi departamento es mi cuerpo, que se
viene derrumbando.
Me ha dicho Bernie que debe operarme
la pierna. Por más que continúe con mis dosis diarias y obligadas de insulina,
y que salga y entre de los sinuosos valles de los antibióticos, mi pierna no
tiene salvación. Pero no tengo medio de vida ni cómo mantenerme. Escribo para
revistas del interior, independientes algunas, otras atadas al compromiso gubernamental
de municipios perdidos en los antiguos pasillos de ideologías pasadas de moda.
Yo escribo como quien sueña en el pasado, no me molesta cumplir ciertos
requisitos, porque con ellos no se extravía mi alma ni hipoteco mis ideas.
Escribo y cumplo exactamente como cuando hago literatura de ficción. Todas
estas colaboraciones, que son muchas y sin embargo representan una economía
lúgubre, las debo a Braulio y a Leandro, que renuncian a ellas en bien de
nuestra amistad.
El departamento en el tercer piso de la
calle Sarmiento es de Bernardo Ruiz, por supuesto, lo poco que yo aporté a la
compra fue durante mis buenos tiempos en “El Radar”. Pero no puedo irme con esta pierna que es una
bolsa de gusanos fantasmas, que están siendo engendrados lentamente, y que
pronto saldrán. Él no me dejaría ir, y yo no estoy en condiciones de
contradecirlo, o más bien, siento la obligación de regodearme de su sensación
de culpa. Por eso digo que todos somos enemigos, lo que llamamos amor la
mayoría de las veces no es más que la utilización de las debilidades de los
otros. Hay competidores por la fuerza, pero muchos de nosotros competimos por
quién es el más débil, y los débiles ganan. Los fuertes rapiñan a quienes no
son como ellos, pero los débiles se rapiñan entre sí.
Leandro me llamó por teléfono. Conversamos
como hacía mucho que no lo hacíamos, con hipocresía. Sentada en la cama,
rascándome la pierna incluso sabiendo que me lastimaba, escuchaba la desastrosa
mentira que me contaba sobre su trabajo en el suplemento literario, los
caprichos de los escritores consagrados y sus escuetos relatos de pesadillas
políticas, los educados cachetazos gramaticales que se daban los mecenas literarios
uno a otro desde Belgrano a San Isidro. Todos los escritores somos expertos
malversadores, bien se lo escuché decir alguna vez a Beltrame.
- ¿Y qué es de Bautista? -le pregunté.
-Qué
sé yo, hace su larga penitencia de silencio, pero ya saldrá con algún libro nuevo
para excusarse.
Entonces, como ya no había más mentiras
que decir, me comentó que había algo que podía interesarme. Podía sacarle jugo,
me dijo, y hacer asociaciones políticas y sociales como acostumbraba a hacerlo.
El caso era trivial, como esas notas de color o sensacionalismo adocenado que
solía hacer Dora Cifuentes en su suplemento. Yo, sin embargo, sabría convertir
a cualquier aburrido oficinista en una gigantesca y monstruosa cucaracha.
Dios te oiga, le dije, sin creer en Dios.
Las supersticiones persisten, la necesidad las hace imperecederas. Colgué, con
la sensación entre los dedos de que iría a hacerse realidad la alegoría
kafkiana. Pero no se trataba de un oficinista, por su puesto, ni de un hombre,
sino de una mujer, y más precisamente una que tenía fama de bruja.
Cuando le dije a Bernardo, discutimos.
¿Cómo iba a arreglármelas sola en La Plata? A lo mejor tenía que caminar
cuadras y cuadras buscando la casa, y quién sabe quién me recibiría, y si me
iban a alojar ahí o tenía que buscarme un hotel, y quién sabe a qué hora del
día o de la noche. ¿Y si me descompensaba, y si me dolía mucho la pierna?
¿Llevaba todo lo necesario? Para qué decirle que ya había pensado en todo eso y
mucho más que él ni siquiera imaginaba, probablemente. En vez de agradecerle,
lo miré con encono, sentada en la cama con las manos entre mis piernas
cruzadas, mientras él hablaba con los gestos y la entonación de su padre, que
ahora surgían desde las tinieblas de la muerte para asentarse en su hijo, que
tanto lo había combatido.
-Todavía no soy una inválida-le dije. -Y si
lo fuera, aún puedo pensar y hablar por mi cuenta.
- ¿Pero si te desmayás en plena calle, y si
nadie te encuentra en muchas horas, y…?
- ¿Y qué tal si me muero? -lo interrumpí.
Se fue dando un portazo. Me habría gustado
que me abrazara.
A la tarde tomé el colectivo a
Constitución y me senté en el andén a esperar la salida del tren de las 3 y
diez. Casualidad, como esas cosas que no nos explicamos porque preferimos ver
el misterio de la providencia que nos evita el esfuerzo de pensar y nos
entretiene ahogando nuestras neuronas. La vieja película western destelló en mi
memoria: imágenes y música, sobre todo, porque eso es el cine, me parece. Más
que palabras, gestos y rostros. Como la ópera es más música que palabras. Ellas
pertenecen a la literatura y están en los libros, esos amigos que dan una paz
que quizá sea la única verdad posible.
La múltiple verdad que es una sola y muchas al mismo tiempo. Todas
congeniando en un mismo cuerpo, que a veces se pelea consigo mismo, como el
mío.
Esperé en el andén, mirando los altos
techos, las columnas, los resabios de viejos tiempos trasladados a estas
tierras que quisieron ser lo que no podían ser. Hombres y mujeres que
contemplamos el futuro desde el pasado, viviendo en tiempos que no existen.
Países que se han construido inmensas celdas preciosas con la utópica
certidumbre de que el pasado fuese el mismo que el futuro. Tal incongruencia es
de necios, por supuesto, pero los idealistas suelen pecar de necedad cuando no
tiene un presente que los encandile y los sumerja en la quietud de la nada.
Porque eso es el presente, la nada hecha ley. La abolición de lo necesario. La
inmersión en las aguas del silencio. El mar se parece un poco a eso, por eso me
gusta. Debería preguntárselo a mi prima Leticia, pero no sé si volveré a verla.
El tren estaba ahí, vacío, como un
dinosaurio acostado y sedado dentro del enorme galpón de un laboratorio
sudamericano. Pensé en Ameghino, claro, y en el museo de La Plata. Asociaciones
que me abrieron las puertas del tren poco antes de las tres de la tarde. Poca
gente había, se iría llenando seguramente en las estaciones sucesivas. Me senté
en uno de los asientos de respaldos intercambiables, donde una podía sentarse
mirando en la dirección del tren o en la opuesta. Mirando al destino o hacia el
sitio abandonado. Elegí mirar atrás, quién sabe si porque aún quería aprobar
asignaturas pendientes, que es nada más que entender las actitudes de los
demás, y que al fin de cuentas son las respuestas a las nuestras. Pero sobre
todo no quería dejar mi cuerpo atrás, todavía. Partes de él se me estaban
quedando en el camino, y no les había dicho adiós.
Pasó el tiempo y la marcha del tren por
paisajes urbanos: paredones a los costados, puentes peatonales, pasos a nivel
con barrera inútiles, edificios que aparecían cortados por las vías. Luego el
paisaje de la provincia y el conurbano en camino al sur, estaciones cada vez
más chicas, mucha pobreza adocenada, casas, negocios, gente que iba y venía por
las calles. Chicos con guardapolvos en su marcha a la escuela con hombros
caídos, o de regreso a casa, intercalando juegos. Después, el campo y los
pastizales, grandes extensiones de arboledas intercaladas con cultivos
imprecisos o tierras abandonadas. Pasamos cerca de viejos talleres ferroviarios.
Las estaciones se sucedían, y no tardaríamos en llegar. Creo que me quedé dormida.
Desperté con la conversación entre dos
hombres que estaban sentados a mis espaldas. Hablaban en voz demasiado alta aun
para vencer el traqueteo del tren. Uno de ellos, el que estaba junto a la
ventanilla, se hacía repetir las cosas de vez en cuando. ¿Era medio sordo? Tal
vez. Su voz era oscura, levemente ronca, su tono escéptico, desencantado. La
voz del otro, sin embargo, era amena, despreocupada, fuerte y clara porque
quería hacerse entender por el otro. No sabía cómo era el aspecto de cada uno
porque no podía verlos, aunque me hice una impresión al escucharlos. Las
mujeres solemos hablar de pavadas tejidas con los cimbronazos de la cotidianidad,
son conversaciones aparentemente superficiales como mantelitos blancos que
cubren mesas de madera rayada y vieja. Los hombres conversan de estupideces o
del origen de Dios, no tienen intermedios, y cuando hablan de mujeres, reúnen
ambos aspectos. Van de una idea a la otra, inconciliables, confundidos, apesadumbrados.
Las mujeres terminamos encogiéndonos de hombros y nos despedimos con un beso.
Los hombres terminan acongojados y torpes, abrazándose para sostenerse hasta el
próximo encuentro.
Estos dos hablaban como si estuviesen
solos en el tren. Yo tenía enfrente a una pareja encariñada en sí misma y no
hacía caso de nada más. Del otro lado del pasillo, la gente leía o conversaba,
o simplemente miraba por la ventanilla. Uno dormía con la gorra sobre la cara,
roncando, aunque el traqueteo del tren tapaba el ruido. Pero la conversación a
mis espaldas era clara, casi como si me estuviese dedicada, y por tal motivo,
tuve la necesidad de prestarle atención.
- ¿Qué te pasa, che?
-Nada.
- ¿Estás nervioso por tus viejos?
-Algo así.
Creo que debió hacer un gesto despectivo
con una mano y luego juntarla con la otra entre los muslos como si tuviese
frío.
-No
te hagás mala sangre, eso pasa siempre cuando volvemos a la casa de los viejos
después de mucho tiempo.
-Vos no los conocés.
-No, pero supongo que son como todos,
hincha pelotas.
Debió esperar una reacción cómplice y
amistosa, no la obtuvo, o porque no lo escuchó o porque no le hizo caso. Eso
pasa a veces con los que no oyen bien, suelen ser un misterio. Pocos como ellos
abusan de su deficiencia, como si los otros les debieran algo. No escuchan o
hacen que no escuchan. No se puede ver su impotencia, no se la puede palpar ni
clasificar certeramente, y los que oyen bien son como ciegos ante los que no
oyen. Mi pierna, en cambio, se huele, se ve y se palpa. Mi impotencia en el fingir
me impide el resentimiento, pero no la autocompasión. En cambio, ellos
engendran el resentimiento como un monstruo invisible que ataca de todas
partes.
-Mirá, Juan. Me acuerdo cuando me fui a
Buenos Aires por primera vez. Era un chico, un pibe de quince años más o menos.
No sé si te acordás de esa casona que está cerca de la panadería de los Casas.
Tenía fama. Algunos decían que era un putero, pero solamente veíamos perros en
el baldío y mucha gente que entraba y salía, mujeres, sobre todo. Vivían la
madre y la hija, y a nosotros, los de la escuela, nos gustaba la chica. No era
extremadamente linda como una modelo, por supuesto, y era rara. Callada, casi
hermética. No le podíamos sacar una palabra de su familia o de lo que hacía la
vieja. Y eso que nosotros nos burlábamos y la jodimos muchas veces de mal modo,
tengo que reconocerlo. La seguíamos por la calle hasta la casona, y recién
cuando entraba tirábamos piedras a los perros o a las paredes. Las veces que
rompimos vidrios nuestros viejos tuvieron que pagarlos, y para qué te voy a
contar. Una vez, con la hija del panadero y otro amigo nos propusimos hacer una
obra de misericordia, así la llamamos…
El que hablaba se rio, y quizá se tapaba la
cara con las manos, abstraído en ese recuerdo que debía resultarle entrañable.
- ¿Me escuchás? -preguntó. El otro miraba
por la ventanilla, probablemente.
- ¿Qué?
- ¿Estás distraído o te hacés? ¿No
escuchaste nada de lo que te conté?
-Perdoná, sí, te escuché. ¿Y cómo se
llamaba esta mina?
-Lidia, se llamaba. Era una adolescente
como nosotros, pero parecía mayor, y a veces más chica, qué sé yo. Todo en esa
familia era raro. Decían que al padre lo tiroteó la policía, y que la vieja era
adivina y todo eso. La vez que te contaba, quisimos rescatar a los perros,
porque decían que la bruja se los comía. Bueno, salió todo mal. Es raro que no
te hayas enterado, bueno…ya sé, perdóname, a veces me olvido de lo tuyo. La
cuestión es que la madre quedó con secuelas de una embolia. No nos metimos más con
esa casa, teníamos prohibido pasar ni por enfrente. Después, cuando me fui a
Buenos Aires por un tiempo, me encontré en el tren con Lidia. Ella iba a
hacerse la vida en la ciudad, como quien dice. Sé que son prejuicios innatos,
pero así nos enseñaron a pensar. Estábamos sentados como vos y yo ahora,
hablando, y yo la miraba pensando en su cuerpo y en lo que le haría, porque no
dudaba ahora que era una puta.
El que hablaba bajó la voz y lo escuché
moverse un poco, tal vez acercándose al oído del otro. Volvió a hablar.
-Ya sabés, Juan. Hablábamos de cualquier pavada,
pero yo sentía las pelotas llenas, ¿me entendés? Se me estaba parando y no
podía contenerme. Le miraba los labios al hablar pero no la escuchaba, yo
solamente imaginaba las tetas bajo el vestido de viaje de verano y la bombacha
que apenas debía taparle la concha. Todavía me calienta cuando me acuerdo.
Un silencio fue la respuesta del otro,
sólo el traqueteo del tren como una patética reminiscencia del recuerdo. Luego
dijo:
- ¿Y qué pasó?
- ¿Y qué iba a pasar? Me la cogí en el
tren, en el baño. No era una puta como otras, alegre y demostrativa. Era
tranquila, incluso indiferente, cuando se la trataba simplemente en la calle o
en la escuela. Cogiendo era diferente, como todas las mujeres, me parece. Nos separamos en Constitución, no quiso que
fuésemos a un hotel por esa noche ni ninguna otra. No quiso verme más, y yo no
la busqué más.
-Pero no la olvidaste, ¿no? Así son ellas,
las que merecen que se piense en ellas y que las amen. No son putas, Eduardo.
Son mujeres como nosotros somos hombres. Nos enseñaron, incluso nuestras
viejas, que ellas están para nosotros. ¿No se te pasó por la cabeza alguna vez que,
si nosotros no estuviésemos, ellas estarían igual? ¿Quién dice que nos
necesitan?
- ¿Estás hablando de lesbianismo?
Escuché un chasquido de hastío que coincidió
con el mío, silencioso.
- ¡No digás pelotudeces! No hablo de sexo,
sino de sentido existencial. ¿Cuántas formas tiene la naturaleza para
sobrevivir? Ese no es el problema. Esa chica a lo mejor veía el futuro…
- ¿Cómo la madre? Sí…seguramente era así,
no lo pensé en ese momento.
-Tenías el cerebro en la cabeza de la
poronga…
El otro se rio, y sentí que se movía,
probablemente pasando un brazo por sobre los hombros del amigo.
-Ya sé que te hacés el remilgado y el
intelectual, pero en el fondo sos como todos nosotros…
- ¿Y cómo somos? - le preguntó.
Me interesaba la respuesta, pensando en Bernardo.
-Sabés que la calentura es tan pasajera
como una exhalación, que dura tan poco que a veces te preguntás si vale la pena
tanto esfuerzo. Pero seguimos pensando en ese infinitesimal instante por el
resto de nuestra vida, porque es lo que nos mantiene en pie. Todo el resto, la inteligencia
o como quieras llamarlo, es el infructuoso intento por entender eso que nos
pasa.
- ¿Y qué nos pasa, Eduardo?
-Las estaciones, Juan. Ya llegamos a La
Plata.
El pasillo empezó a llenarse aun cuando el
tren no se había detenido. Acomodé las cosas de mi cartera, la cerré y me
levanté para agarrar el bolso del portaequipaje.
- ¿La ayudo, señorita?
Justo al darme vuelta para mirarlo, el
tren se detuvo definitivamente con una sacudida, y perdí el equilibrio. El
hombre que había hablado me sujetó de la espalda. Era alto, delgado, con un
traje de viajante de comercio, sin corbata y un sombrero oscuro que dejaba ver
el cabello claro y ensombrecía los ojos azules. Reconocí la voz del que se
llamaba Eduardo. Miré al otro, que acomodada las muestras de dos grandes
valijas y levantó la mirada un par de veces.
-Gracias, le agradezco mucho.
-No es nada, por suerte la agarré a
tiempo…-dijo, mirando la muleta apoyada en el asiento.
-No se preocupe, estoy acostumbrada.
No insistió, por suerte. Cuando bajamos,
caminé por el andén. Con un brazo llevaba el bolso pequeño, la cartera al
hombro y me ayudaba con la muleta. Caminé despacio, acostumbrada a precaverme
de las multitudes que no se fijan por dónde van o a quiénes atropellan. No
quería caerme, no debía, sobre todo, lastimarme. Me había jactado ante Bernardo
de arreglármelas sola, y no estaba dispuesta a regresar lastimada tanto en mi
cuerpo como en mi ego.
La calle estaba oscureciéndose. Me senté
en el banco duro de una parada de colectivo y revisé mis papeles en busca de la
dirección a donde tenía que ir. Era la casa de los Cortéz. Leandro me había
dicho que ya había hablado con la familia. Le pregunté por qué habían aceptado,
me dijo que estaban en apremios económicos por el alquiler de la casona y el
diario les había prometido un pago. ¿Y en dónde encajaba yo, le pregunté? No te
preocupés, me había dicho, si sale bien, entrás al diario. Entrar en La Prensa
o en La Nación era algo que ya había descartado mucho tiempo antes, y casi
maldije a Leandro por volver a regar mis esperanzas muertas. De todos modos, no
perdía nada, y allí estaba. Perdida, creo, y más convencida cuando vi a los
hombres en la esquina, que hablaban con una pareja de viejos no tan viejos, que
debían ser los padres de Juan, el hombre taciturno, bajo y de hombros anchos,
de rostro y barba oscura. Hacían una pareja extraña, el uno optimista y
despreocupado, pero también desencantado y como de vuelta de algunas desilusiones,
el otro serio, obsesivo y apesadumbrado. Uno alto y otro bajo, como un par de
cómicos del cine haciendo su rutina de peleas y reconciliaciones. Subían a un
auto, pero el alto me vio antes de subir, dijo algo a los de adentro y corrió hasta
donde yo estaba.
- ¿A dónde va, señorita? ¿Quiere que la
alcancemos a algún lugar? Mire que está oscureciendo…
Me iba a negar, pero de pronto me sentí
desvalida y cansada. Los ojos claros y la espléndida sonrisa de ese hombre me
convencieron.
-Mire, no sé dónde es esto, creo que no es
en el centro, así que no sé el colectivo.
-No se amilane por nada. Mi amigo y yo nos
criamos acá, y las diagonales no tienen secretos para nosotros.
Leyó el papel con la dirección. Me miró,
de pronto, con seriedad.
-Disculpe que le pregunte-me decía
mientras caminábamos hacia el auto, llevando el bolso, sin dejar que me ayudase
con la muleta. - ¿Usted va a visitar a las Cortéz?
-Es para una entrevista, ¿los conoce?
-Sí, pasaremos por enfrente porque la casa
de Juan está muy cerca.
Entramos al auto. Me presentó y vi cara de
pocas migas, pero nadie dijo nada. Se miraron todos cuando mencioné la
dirección, el silencio podía cortarse como papel. Cuando llegamos, el viejo
dijo:
-Puede bajarse.
La madre me miró, quería preguntarme algo,
pero el viejo le puso una mano en el hombro y ella desistió. Juan estaba del
lado de la vereda, así que bajó y me ayudó. Miró hacia la casa, ya oscura la
calle y la vereda. Escuché ladridos, y entonces me di cuenta. La casona y la
chica de la que ellos habían hablado era esta frente a la que estábamos. Había luz
en el porch y en una habitación de arriba.
- ¿Quiere…? empezó a decir Juan.
- ¡Vamos! - gritó el padre.
El hijo volvió al auto y arrancó sin que
yo tuviese tiempo de agradecer y saludar. Los perros, cuyos ladridos llegaban
desde el patio del costado y del fondo, continuaban persistentes. De pronto, la
puerta del frente se abrió y salió una chica flaca, y algunos los perros fueron
corriendo, y otros seguían dando vueltas tras la cerca que los separaba de la
vereda, tan baja que podrían haberla saltado, pero no lo hacían. Ella dejó unas
cacerolas en el pasto. Los animales iban y venían, alternando la comida y los
ladridos. Ella me miró, yo fui hasta la
cerca, vigilando la actitud de los perros. Ella estaba lejos, en la puerta,
quince metros tal vez nos separaban, y no sabía si iba a escucharme con tanto
ladrido y ajetreo de ollas volcadas.
- ¿Está la señora Cortéz?
- ¿Quién la busca?
-Cecilia Taboada, por la entrevista.
Entonces entró por un momento y encendió
luces. El camino de entrada era de lajas rodeadas de pasto y heces de perro. La
chica se quedó seria y quieta donde estaba, junto a la puerta. Vio mi esfuerzo
por subir los cinco escalones esquivando a los perros que me observaban y
olisqueaban dificultándome el paso. Finalmente, ante ella, le dije:
-Lamento la hora, creo que el señor Mallea
ya habló con la señora por mi alojamiento. Pido disculpas, pero ya se habrá
dado cuenta de mis dificultades.
-No se haga mala sangre, querida- dijo una
voz desde la oscuridad de la sala interior. Lidia, no te quedés parada y ayudá
a la señorita con sus cosas.
Así que esa era Lidia, la chica de la que
hablaban en el tren. Pero si era una nena, no podía tener más de trece años,
catorce a lo sumo. Tenía que tratarse de otra, sin duda.
Entramos, ella llevando mi bolso, mientras
yo daba la mano a la mujer que estaba en silla de ruedas. Era vieja y joven al
mismo tiempo. Parecía no tener más de cuarenta y cinco años, tal vez, pero
estaba demacrada y flaca, la piel llena de arrugas y con un maquillaje que
parecía más macabro que otra cosa. La sala en la que entré, ahora iluminada,
estaba despojada de muebles. Pensé en la sala de Graciela, tan llena que
cachivaches, y esta me resultó un desierto. No pude dejar de mirar alrededor,
ni cuadros había. Simplemente una mesa y dos sillas. Y un armario tan pesado
que parecía empotrado en el piso y las paredes.
-Mi hija le va a mostrar la habitación
después de que coma algo, le preparamos una cena liviana, ya me contó el señor
que usted es diabética.
Gracias,
Leandro, pensé, como siempre que se me adelantaban a anunciar mis
discapacidades y los cuidados que debían
tenerse conmigo, sin embargo, todos levantaban más alto las paredes de los
prejuicios que intentaban evitar.
Miré la escalera, en eso sí me habría
gustado ayuda. Pero la mujer no apreció darse cuenta, tal vez porque dormía en
la planta baja. La chica regresó y desapareció en el fondo. Un rato después
trajo un mantel y el plato de comida. Una lúgubre sopa de tomate, una hogaza de
pan y un vaso de agua.
-Disculpe, señorita, pero no tenemos muchos
recursos. El señor ya le habrá explicado nuestra situación.
-Si, me explicó-dije, sentándome y
probando la sopa, desabrida y sin sal, pero al fin algo para mi austero día de
viaje- Espero que no le moleste mi presencia, entiendo que estas notas son
molestas.
-Sí, para los que no somos famosos son
molestas, salvo a los buscadores de quince minutos de fama en la televisión o
en los diarios. Pero ya sabe, el señor Leandro nos conoce de siempre, tan joven
y es como nuestro padre, puede decirse, nos conoce a todos. Está en todas partes,
aunque no se lo vea, como a un dios creador, por eso no puedo enojarme con él.
Nos provee de todo, aun cuando sea muy cruel con nosotros de vez en cuando.
-No le entiendo muy bien…si se refiere a
que él escribe.
-A eso me refiero, y que a veces exagera.
Pero no importa. Usted es diferente, es una mujer, y nos entenderemos a las mil
maravillas, ¿no es cierto Lidia?
-Sí, mamá-contestó, parada a su lado, con
las manos en la espalda, moviéndolas, y aunque yo no la viese adivinaba los
gestos que debía estar haciendo. Tenía la cara blanca y pálida, los ojos
oscuros como la madre. Por momentos me parecía estar viendo a la una en la
otra, con los rostros superpuestos: la hija en la silla y la madre parada.
Lidia debía ser el retrato de la madre a su edad. ¿Qué edad tenían?
- ¿Yo? -preguntó la chica.
-No seas tarada y no le hagas repetir a la
gente, para sordos tenemos de sobra.
Me quedé con la cuchara a medio camino, que
desistió de continuar. No había preguntado nada, por lo menos en voz alta, y
aquella referencia a la sordera, me hizo acordar al hombre bajo del tren.
-Tengo diecinueve, señorita.
Casi me reí, pero lo evité simulando una tos
que ninguna me creyó.
-Sí, es muy joven todavía.
-Es que parece una nena…
-Es una niña, por supuesto-dijo la madre,
acariciando el brazo de Lidia, pero apenas tocándola. -Ha hecho de las suyas,
pero está aprendiendo.
No quise continuar, me sentía desubicada
en tiempo y espacio. Tal vez fuesen los niveles de azúcar de mi sangre y la
crisis previa a una nueva descompensación que Bernardo no me perdonaría, y yo
menos aún.
-Me iré a dormir, estoy muy cansada.
Lidia me acompañó a subir la escalera. Noté
que me observaba sin resquemor, pero con la congoja de un rito que la hastiaba.
¿Desde cuándo cuidaba a su madre inválida? Y mientras subía la escalera,
escuché los crujidos de los peldaños.
-Lamento tanto ruido, son las muletas.
Desde abajo y sin esperar que me hubiese
escuchado, la madre dijo:
-No se haga mala sangre, la casa se queja
porque es una vieja cascarrabias a la que no le gustan los extraños.
2
En la mañana me desperté con
mi reloj biológico en perfecto funcionamiento, sin sobresaltos y sin
inquietudes. Una alarma que me hizo abrir los ojos exactamente a las ocho. “Qué
mierda”, fue mi único pensamiento, más bien una decepción que verdadero lamento
o hastío de existir, estados con los que me había acostumbrado a convivir como
con un marido del que no podría deshacerme nunca, estados en los que me
acostaba y despertaba, viendo la cara de la muerte maquillada de actriz de
teleteatro a mi lado en la cama, y enseñándome las posturas de la eternidad
como si me estuviese enseñando un Kamasutra de tal ridiculez que era como estar
viendo dos huesos que chocan y se rompen. El resultado del sexo no es la vida
sino el polvo de la nada que se asienta en la habitación del recuerdo como
manchas de placer formando oasis donde creemos ver puertas de entrada al
universo, y sin nada más que manchas planas, duras e irrevocables, iguales a
los ladrillos al descubierto en las paredes de los cementerios.
Pero esa mañana, como todas, lo que apenas
fue una decepción, fue alimentándose de pena y se acicaló en el baño de la casa
vieja, de pisos con tablas crujientes y puertas que no cerraban del todo. Ni la
del dormitorio ni la del baño o las ventanas. Marcos apenas torcidos, milímetros
de diferencia con los mismos que se mide la diferencia entre la vida y la
muerte: el umbral de espacio tan incierto que no se ve, que no puede medirse,
pero que sin embargo se calcula con la medida exacta no del instinto, que está
demasiado apegado a lo biológico, sino la premonición.
Y esta palabra me llegó desde abajo, de la
planta baja. ¿Cómo lo sé? Simplemente porque apareció en la puerta del baño,
que se fue abriendo porque, como dije, no había podido cerrarla, dejando ver a
María Cortéz. Al principio pensé que se trataba de la hija: se veía joven,
parada tranquilamente con un vestido verde de entrecasa que llevaba con
elegancia porque su cuerpo era delgado y las formas del sexo insistían en
permanecer. Era la misma que yo había visto en silla de ruedas y con la cara
pintarrajeada, con la voz ronca dando órdenes imperiosas. Pero la que me
observaba mientras yo me peinaba luego de lavarme los dientes, aunque tenía la
misma edad, alrededor de esos cuarenta y cinco años que se suelen nombrar
cuando las fronteras son inciertas, no estaba maquillada, hablaba en voz baja y
tranquila, como pensando cada una de sus frases, y todavía era hermosa, con el
cabello castaño claro a leves ondas que jugaban alrededor de sus orejas. Tenía
las manos tras la espalda, y no sé qué hacía con ellas (esas cosas siempre me preocuparon,
como me preocupa lo que no puedo ver).
-Venga a desayunar, Cecilia.
Bajamos juntas la escalera. Ella incólume,
un paso tras otro con sus zapatos de taco bajo, yo haciendo estruendo con mis
muletas. Fruncí la cara, avergonzada. Ella me dedicó una sonrisa que creció en
una breve carcajada.
-Anoche me hizo enojar, la casa, me
refiero, es que ella también, como nosotras, tiene sus ritmos circadianos. Envejecemos
y no irritamos, chillamos, rompemos cosas, nos enfadamos con los que más
queremos, y hasta somos capaces de cualquier cosa. Usted lo comprende, ¿no es
así?
¿Se colocó la insulina esta
mañana?
Negué con la cabeza. En la cocina, nos
sentamos a la mesa donde Lidia colocó tres tazas de vajilla vieja, un plato con
terrones de azúcar y una tetera que contenía café. Luego trajo una caja de
metal con la propaganda de un pan dulce del año cincuenta, tal vez, donde
conservaban galletitas de miel. Me ayudaron a inyectarme. No las impresionó.
-Apenas medio terrón o una galleta de
miel para usted-me decía ella, atendiéndome como a una reina o a una inválida.
-Ya sé lo que está pensando, pero tenemos que cuidarla. Usted es nuestro último
recurso.
Que del resultado de la entrevista
dependía salvar la casa, no necesitaba decírmelo. El diario ya había acordado
un mínimo, seguramente, pero ella parecía estar escondiendo algo con su sonrisa
velada y la extremada atención que me dedicaba.
-Cuando terminemos el desayuno empezamos
la entrevista, si le parece. ¿Dónde le gustaría sentarse? ¿Afuera, en el patio
de los perros? Pero no, la pueden lastimar sin intención, y sobre todo…-. Obvio
mencionar el olor de la herida en mi medio pie. - En la sala mejor, allí hay un
silencio después del mediodía que a veces me parece que la casa duerme, aunque
me consta, después de tantos años, que solamente está pensando nuevas formas de
molestarnos.
Ahí estaba mi primera pregunta.
- ¿Y por qué quieren quedarse en una casa
que las odia? Si hasta parecen vivir en constante estado de mudanza, porque no
hay más que los muebles esenciales, como empotrados, y si hasta las sillas
clavarían ustedes si pudieran.
Se largó a reír con una carcajada
entrecortada. Cuando se contuvo, me dijo:
-Usted es una de nosotras, sin duda. Pero
déjeme hacerle una comparación. Usted sabe de medicina, por supuesto, y le consta
que los tejidos que han sufrido suelen endurecerse y adherirse a lo que tiene
alrededor. Cicatrices o quistes o como se llamen, son las consecuencias menos
temibles de algo que pudo matarnos. La casa es como el cuerpo. Pablo, mi
marido, pasó meses enteros clavando los muebles y las tablas para intentar que
dejaran de moverse, y lo único que logró fue que continuaran rechinando y crujiendo.
Casi todo está adherido a las paredes o al piso, salvo las pequeñas cosas
inservibles e inevitables, estas tazas, por ejemplo, o un cepillo de dientes. Y
nosotras, claro, que nos quedaremos quietas en algún momento.
-Entiendo la psicología de la casa. Pero
ustedes, con ese criterio, ¿no tienen miedo cuando duermen?
-El contrato tácito es distinto al que
tenemos escrito con el dueño y en manos de un escribano. A ella- e hizo un
gesto de una mano señalando los techos y las paredes- la mantenemos viva con lo
que a ella le gusta, y a cambio nos deja tranquilas, salvando los quejidos de
vieja a los que ya nos acostumbramos.
-Por eso usted trabaja de adivina,
entonces.
María se encogió de hombros, y me ofreció
el otro medio terrón de azúcar como si premiara a un perro inteligente. Lidia
se había sentado casi junto a la madre, y las vi tan parecidas, que pensé en
una superposición de rostros. No dejaba de inquietarme ese repentino rejuvenecimiento
de la madre, pero sospechaba que era una actuación que acostumbraba dar a los
extraños o a su clientela para adaptar su aspecto a la escenografía de la
casona. Una vieja bruja concordaba con una casa de espectros. Sería un buen
título para el artículo, pensé.
Salimos al patio. La mañana era lúgubre,
con el cielo tapiado de gris y una garúa que me llenó los pulmones con un vaho
de humedad que creí me invadía las venas y acentuaba el olor de mi herida. Los
perros, diez, quince, veinte, llegaron corriendo apenas pisé el entablado tras
la puerta. Un grito de María fue suficiente para que simplemente se detuvieran
a olerme. No nos saltaron, aunque todos estaban nerviosos, conteniéndose.
- ¡Ya basta! ¡Fuera! Quería que supieran
que se trata de una amiga, así ya no la molestarán. Entremos.
Fuimos a la sala y nos sentamos en dos
sillas junto al hogar apagado. Afuera se escuchaban los ruidos de la ciudad.
Bocinas de autos, motores de colectivos, gritos de chicos, y algún choque con
el sonido metálico que desentonaba con el sonido de la madera del interior.
- ¿Y por qué estos ruidos?
Esperó a que sacara mi libreta de notas del
bolsillo de mi pantalón.
-Ya le dije, la casa es un cuerpo vivo,
como todas las casas, ¿no le parece? Sobre todo, las que son muy viejas y han
sido construidas con un objetivo, para alguien o para una familia en partícular,
no como esas de ahora que hacen para vender a cualquiera, como una fábrica de
tornillos fábrica tornillos, todos iguales, ¡y si hasta éstos son diferentes!
- ¿Quién la construyó?
-No sé, ni sé lo que pasó. Yo veo el
futuro, Cecilia, no el pasado. El pasado me llega por indicios, como a todos, t
me sugiere cosas, como a todos. Yo solamente conozco mi propio pasado, y hasta
ahí nomás, por supuesto. Hay cosas que se olvidan, otras que creen recordarse.
Lo que es mi pasado en esta casa simplemente fue el futuro cuando Pablo y yo
llegamos por primera vez. Sé que la casa estaba enferma, con todos esos ruidos
que al principio me espantaban y a Pablo lo hacían sufrir como requiebros. ¿Cómo
explicarle la diferencia? Son solamente sensaciones que luego se convierten en
convicciones. Como le decía, primero les tuve miedo, porque yo misma no
comprendía del todo mis capacidades, si así puedo llamarlas, esas que eran
maldiciones y tortuosidades de mi espíritu, y que con el tiempo fui aprendiendo
a domesticar, como a esos perros, ¿me entiende?
Asentí con la cabeza. Hablaba de cosas tan
etéreas como mi exacerbada imaginación, que a veces me agrada más que la
realidad.
-A Pablo lo atormentaban porque sentía
culpa. Eso es lo malo de los hombres, se dejan avasallar por ese sentido del
deber que sin embargo no pueden cumplir. Y la educación católica que recibió de
sus abuelos en Tandil no le ayudó en nada. Nos conocimos en Mar de Ajó, él
hacía trabajos de albañilería y yo me había ido de la casa de mis viejos en
Madariaga y hacía de sirvienta para los turistas del verano. El contratista de
Pablo era Octavio Rinaldi…-. Se detuvo para confirmar a que yo anotara el nombre.
- Fue el único que lo contrató allá en la costa porque Pablo había cumplido un
tiempo en la cárcel. Estaba tan agradecido con el tipo que se deshacía en
elogios. Gracias a eso pudimos alquiler un departamento y yo quedé embarazada.
No tenía tres meses cuando me enteré del robo. El tipo lo había embrollado para
un nuevo trabajito en una financiera de pacotilla en Mar Chiquita. Pero los de
la financiera también habían embaucado a muchos, y tenían más plata de la que
declaraban. Era todo un entramado que incluía a la policía de la provincia que
hacía la vista gorda y a los intendentes de la zona. Eso fue lo que leí en los
diarios después del robo. Pablo me dijo que teníamos que irnos. Rinaldi le
había dicho que un tercer socio se había llevado más de la mitad de lo robado. Estaba
enfurecido y amenazaba matarlo cuando lo encontrara, pero mientras tanto Pablo,
pobre diablo peón de obrero devenido en peón de pobres, tenía que esconderse.
Cuando supiera algo, le avisaría. ¿Sabe usted adónde vinimos a parar? A donde
estamos, esta ciudad de La Plata, que por ser grande pensamos íbamos a pasar desapercibidos,
pero que es el nido de arañas de donde nació Rinaldi y los otros, los supuestos
socios de Pablo. Todos, fuesen cuantos fuesen, se aprovecharon de él. Pablo no
terminó el sexto grado, Cecilia, y apenas sabía leer los carteles de las calles
o las oficinas. En la cárcel lo trataron peor que a un perro, y cuando nos
conocimos en la playa, me decía que el mar era como un muro más de su prisión.
Pensó en matarse una vez. Sí, ya veo en su cara que todos los hombres son
iguales, que Pablo me quería conmover haciéndose la víctima. Que yo lo amaba y
no veía la realidad. Le digo una cosa: yo veía la realidad porque veía resabios
del futuro. Fue eso lo que vi, o más bien escuché en esta casa. Los tiros empezaron
a abrumarme. Los escuchaba en la calle, y acá dentro, la casa me advertía con
su forma tan poco sutil. Entonces, lo que para mí fue incomprensible espanto se
tornó en absoluta culpa: tenía qua advertirle a Pablo lo que sobrevendría. Poco
a poco fui testigo de que la culpa que él sentía al principio, esos ruidos que
para él eran como quejidos del Cristo en la cruz, fue transformándose en
espanto, hasta moldear su cara en esa expresión con la que lo vi morir. El
espanto de ver la traición de la mujer que amaba con el mismo valor de la
traición de los otros hombres.
- ¿Quiere decir que usted sabía que
vendrían a matarlo sus socios?
- ¡No, no! Usted no sabe nada de lo que
pasó. No fue así, voy a contarle. Yo no sabía quiénes serían, solamente
escuchaba los disparos del futuro. ¿Cómo decirle y advertirle? Él en esa época
no sabía mucho de mis tormentos porque se los ocultaba. Prefería pasar por
loca, y eso era lo que creía la mayoría de la gente. Pablo sólo creía, un poco
al menos, en lo que llamaba mis sueños, porque yo disfrazaba con esa palabra lo
que no entendía, lo que me estaba pasando desde chica en los campos de
Madariaga, en donde tantas veces enterraban muertos desconocidos, desde
siempre, fuese en los años treinta durante la dictadura, o con Perón después, y
más tarde en las fosas comunes donde los militares hacen desaparecer a los
muertos. Yo escuchaba, aun cuando esto último no hubiese sucedido todavía, los
quejidos de los muertos como si hubiesen sido enterrados vivos. ¿Se imagina
usted a una nena de ocho años, de imaginación exacerbada y encima con esa
capacidad que la superaba en comprensión? Cuánto sufrí, no lo imagina. Les
decía a mis padres, un criador de pollos y una maestra de escuela, lo que me
pasaba, y se miraban como lamentándose de que la única hija que habían podido
tener fuese como la tía abuela encerrada en un manicomio hasta que se murió. La
que veía sombras en las paredes y monstruos en los platos de sopa, la que se
rapaba el cráneo para asemejarla a una bola de cristal. Entonces un día agarré
una pala y me fui muy temprano a desenterrar a los muertos. Me encontraron
desvanecida de cansancio en plena tarde de verano junto a un montón de pozos de
donde salían gusanos y escarabajos, nada más. Me sacaron de la escuela, me
pusieron a trabajar en el campo con las aves de corral. Cuando tuve catorce
años me fui de casa, sola. Trabajé de sirvienta, y un par de tipos me mantuvo
unos meses uno, unos meses otro. No era puta, no, era solamente una mujer. Las
imágenes que me torturaban fueron sembrando semillas de sosiego en mi mente.
Sólo lo que amaba me angustiaba, y a esos hombres yo no los amaba. Por eso,
cuando conocí a Pablo, no pude decirle lo que presentía. Debía hacerlo, tal vez
hubiese evitado esa forma del futuro. Es un absurdo para alguien como yo, pero
aún pienso en eso: las formas son únicamente formas, la esencia de un objeto no
determina la forma en que está contenido, eso me lo dicen las metáforas de los
sueños, los símbolos en que me hablan. Las palabras son intercambiables, son
nada más que formas, pero el concepto no cambia.
-Algo así decía Kant en sus premisas.
- ¿Así? Entonces no se necesita ser
filósofo para interpretarlo. Las pitonisas no son infalibles, sin embargo.
Cuando no nos esquivamos sobre el futuro, lo hacemos con el presente. Este
cuerpo y esta carne que nos define nos condena, usted bien lo sabe, Cecilia.
Somos egoístas por naturaleza, el cuerpo teme el dolor. Y mi dolor era salir de
esta casa, que, siendo mi agobio, era mi útero. ¿Cómo explicarle? Decirle a
Pablo que iban a matarlo, era igual que pedirle que nos fuéramos. Y yo no podía
dejar la casa en la que al fin había encontrado mi paz. Usted me preguntará:
¿paz? Y yo le respondo: el desvanecimiento de aquella tarde en Madariaga entre
los pozos fue la tarde más pacífica de mi vida. Nunca se lo dije a nadie, pero
antes de dormirme por largas horas, los espectros me tocaron al ser liberados.
Cada uno se despidió con un leve roce que fue como el beso de una mosca.
Se habían hecho las dos de la tarde, la
hora en que muchos emprenden la tarea de la siesta. Qué aburrimiento, Dios mío,
yo no acostumbrarme a hacerlo, me parecía que era perder un tiempo precioso. Me
pondría a pasar las notas, en mi habitación
había una vieja Remington a la que había que poner unas gotas de aceite
para que comenzara a correr como un hermoso gamo por el bosque de letras. Por
lo menos ocultaría por un largo rato los ruidos de la casa que se destacaban
por su tenaz insistencia ni por su originalidad, aunque a veces ésta también aparecía
en la forma de un sonido extraño que no era el de la madera, sino una especie
de aliento de un chico con asma, o lo que es lo mismo, que ya no podía mantener
la respiración mucho tiempo más.
Pero mis planes para la tarde se vieron
turbados cuando apareció Juan, el del tren. A él se refería la madre de Lidia
cuando la noche anterior habló de las visitas de los sordos. Juan, por
supuesto, no lo era del todo, paro le costaba escuchar frases largas o en voz
baja. Entró en la sala cuando Lidia le abrió la puerta de calle, sin que tocara
el timbre. Debía estar esperándolo, porque cuando llegaron juntos, sin
agarrarse de la mano, pero tácitamente unidos, María dio un respingo, levantándose
de la silla, y diciendo:
- ¿Qué te dije Lidia? No quiero verlo más,
y vos insistís en frotármelo en la cara.
Pero Lidia había aprovechado que estaba
yo, una visita ante la que debían quedar bien, o por lo menos la oportuna
testigo de lo que ella necesitaba que se supiera. Porque ambas tenían
diferentes motivos para desear mi presencia. La madre por el dinero para
conservar la casa, tal vez también por resarcirse de un resentimiento
largamente acumulado, y la hija por defender lo único que creía podría salvarla
del destino que ya estaba inmerso en sus propios huesos, de manera que
extirparlo era como amputarse.
-Usted disculpe, Cecilia-me decía la
madre, recuperando los tonos de una vieja regañona y sarcástica de barrio de
medio pelo. - Aquí como lo ve usted, este chico no es bienvenido. Su padre mató
a mi Pablo, y ¿usted podrá creerlo? Mi Lidia insiste en traerlo como si fuera
su novio.
-Es mi marido-dijo la chica, que parecía
una nena de trece años hablando de matrimonio.
- ¡No digas estupideces! El matrimonio ya
se anuló hace mucho, pero parece que ninguno de los dos quiere darse cuenta.
-Yo me retiro- dije, pero entonces Juan
habló, como sujetándose a mí como un salvavidas.
-Ya nos conocemos, señorita, ¿se acuerda,
del tren?
-Claro que me acuerdo, es que no quiero
meterme en cuestiones familiares.
-Es que no existen tales cuestiones,
Cecilia-dijo la madre. -Todo se ha acabado entre ellos. Lidia y éste se casaron
de adolescentes, a pesar de lo que ya ella sabía de la familia Rinaldi. Porque
este tarado que no escucha nada, o hace que no escucha porque no le conviene,
es el hijo de Octavio Rinaldi, el socio de mi marido que le mencioné, que sigue
libre porque vendió a Pablo.
Lidia y Juan hicieron los gestos de hastío
que debían hacer siempre que escuchaban lo mismo a lo largo de los años. Se
fueron al patio, los perros ladraron alrededor de Juan, pero ante una orden
breve de Lidia, se callaron y se sentaron alrededor de ambos.
María miraba desde la sala, impotente y
llorosa.
-No puedo hablarle de eso ahora-dijo. - Lo
dejamos para otro momento. Tengo trabajo a las cinco.
Me fui a la cocina y busqué algo de comer
en la heladera. Fideos fríos, restos de una pascualina de acelga, un pedazo de
pastel de carne. Ninguna se preocupó en almorzar ni ofrecerme nada, las
atenciones del desayuno habían desaparecido, reemplazadas por la ofuscación y
la sensación de vejez que iba tiñendo la casa y el cielo de La Plata. La sombra
de la tarde, precoz, oscureció la cocina. Escuché un par de veces el timbre, y
el rechinar de la silla de ruedas hacia la puerta de entrada y luego de vuelta
hacia la sala, seguidos de un taconeo inseguro, que se repitió varias veces
hasta cerca de las nueve de la noche. Cuchicheos, unos grititos templados de mujer
se mezclaban con la penumbra de la casa.
Juan y Lidia seguían en el patio,
sentados en dos mecedoras. Los perros acostados, como adoradores de la diosa
pagana que tenía a su lado al concubino que los súbditos aborrecían, pero
toleraban por orden de su dueña. Durante esas horas que me quedé en la cocina,
escribiendo en papeles que encontré en los cajones, escuché fragmentos de la
conversación entre ellos, que me llegaba con el acre olor de lo viejo y
enclaustrado, como si ambos intentaran conservar ese amor que se tenían igual
que quien intenta conservar una rosa dentro de un libro. Luego de un largo
tiempo, la flor seguirá estando, completa como una pieza de museo que está
prohibido tocar, a riesgo de que se deshaga en pedazos y se haga ceniza.
A eso de las ocho de la noche entraron y
Lidia encendió las luces.
- ¿Qué hace en la oscuridad, y escribiendo?
Se va a lastimar los ojos, señorita.
-Ya tengo la vista acostumbrada, y la
diabetes aún no la afectó. Espero no quedarme ciega antes de morirme.
No sé por qué hice ese comentario tan
horripilantemente pesimista y mortuorio. ¿La casa empezaba a conocerme y me lo
estaba dictando? Tal vez María tenía razón, las paredes eran parte de un cuerpo
con vida propia, ¿y dónde estaba el cerebro?
-Voy a preparar la cena, mamá está por
terminar sus consultas. Cenamos tarde.
Juan se sentó y puso los codos sobre la
mesa.
- ¿Usted se queda? -le pregunté, asegurándome
de hablarle fuerte y de frente.
-No, aprovecho los últimos minutos, nada
más.
-Tienen pocas oportunidades de verse, ¿no
es cierto?
- ¿Y qué le parece? Con mi trabajo, vengo
sólo cuando me designan la zona.
-Así que se casaron…
Lidia estaba de espaldas, abriendo
frascos, cortando verduras, con la atención puesta en la cocina y la vista en
los azulejos antiguos, pero escuchaba, sin embargo.
-Mis padres nos separaron porque no era
legal, según dijeron, ambos éramos chicos.
-Creía que había sido María…
-Mi madre…- dijo Lidia desde su puesto
junto a la mesada de la cocina, con un delantal de hace treinta años que la
hacía lucir aún más grande, casi como si fuese la madre de su amante. Esa casa
tenía la virtud de envejecer, a ciertas horas, a las mujeres. Pero el hombre
seguía joven, y únicamente su resentimiento envejecía su alma. -…ella hace lo
que le conviene, y muchas veces no sabe qué es. Aunque protestara, creo que
habría cedido a nuestro matrimonio al final, porque lo que ella quiere es que
no la molesten. Mamá se desvive porque la dejen en paz en esta casa, es su
refugio, la que la mantiene. Come ve, protestó cuando Juan vino, pero al final
se resigna.
Dos amantes que valoran los minutos, los
anocheceres lentos y ensombrecidos en una calle triste de La Plata.
Arrinconados, esperando pasar desapercibidos todo el tiempo que puedan, que
nunca es mucho, porque siempre hay alguien que está ahí afuera, acechando.
- ¿Puedo preguntarle algo, Juan?
-Sí, señorita. ¿Es para la entrevista? Ya
Lidia me contó…
-Es sobre el papel de su padre en el
robo. Mire, no lo tome a mal, ya eso es viejo y ha prescrito.
Se puso nervioso y se levantó. Si,
evidentemente lo había tomado mal.
-Pregúntele a él, si se anima. Tengo que
irme, me esperan en casa.
Se fue sin despedirse de nadie.
Vi a Lidia con la mirada acongojada y
lejana, fija en la puerta de calle. Tenía un cuchillo con el que estaba
cortando una zanahoria sobre la tabla de madera. Pedí disculpas.
-Usted pregunte, nomás. Para eso vino.
Nosotras seguimos viviendo acá, y nada cambia. El padre es peor que mi madre,
por si quiere anotarlo. El viejo es una bestia. Es alcohólico, pero ese no es
problema. Una vez golpeó a Juan hasta dejarlo sordo, y la madre… ¿cómo decirle?
Es una rata que secunda las acciones del viejo, se esconde en su ratonera
cuando lo ve violento, y sale para hacerse su protectora cuando lo acusan.
Entre esos dos se crio Juan. Tiene un alma de cristal que transparenta todo,
pero es un cristal que no se rompe…
-Hay vidrios templados, Lidia, que años y
años se exponen a todo, y un día estallan…
Esa noche cenamos las tres. Lidia era como
el ama de casa que iba de la mesada a la mesa trayendo los platos. María en su
silla de ruedas en su papel de bruja vieja. Yo en silencio, llevando mi tenedor
a la boca con tallarines teñidos de una salsa insípida con carne. Los perros
ladraban, esperando su turno.
-Ahora-dijo María, dejando los cubiertos
sobre el plato vacío. Lidia se levantó y salió a alimentar a los animales.
- ¿Qué les dan? -pregunté.
La
vieja apoyó los codos en la silla, mientras se escarbaba los dientes con un
palillo. ¿Cuántas mujeres había en esa casa? Una multitud que aún me faltaba
conocer.
-Su propia bosta-me contestó.
No sabía si dejarme llevar por la risa.
Como lo notó, dijo:
-No es broma. La bosta seca y los huesos de
los que se mueren.
- ¿Me lo dice en serio?
- ¿Qué? ¿Va a denunciarme como las
vecinas? Ya lo hicieron y no les sirvió de nada. ¿Usted cree que con lo que
gano con la bola podemos mantenernos? ¿Qué cree que comió, querida?
Mis ojos se llenaron de lágrimas que no
quise liberar. Me tragué la bronca y la humillación. Me levanté e hice todo el
ruido que pude con las muletas en todo el camino hacia mi habitación. El
pasillo y la escalera se convirtieron en cavidades de trueno. Competiría con la
casa en escándalo e ignominia, no me amedrentaba la pelea. La vieja debía estar
contenta, probablemente, ya me había atenazado lo suficiente para sacar lo peor
de mí. La chica, afuera, arrojaba a los perros los restos de los muertos, y así
aprendía a ser mujer en esa casa, donde las brujas eran legión.
3
Mi segunda mañana en la casa
desperté tarde. Creí escuchar varias veces golpes en la puerta, pero entre
sueños, no les hice caso. Había dormido mal por la bronca de la noche anterior.
Fui al baño, sin cerrar la puerta y en cuanto me levanté del inodoro vi a Lidia,
apoyada en el marco y con los brazos cruzados. No sé si la describí antes. Era
delgada pero esmirriada, de cara flaca y sin embargo era bella por sus rasgos
definidos y esos pómulos marcados que tan preciados son en las modelos de alta
costura. El cabello era largo, hasta por debajo de los hombros, y siempre
suelto, de color castaño claro y leves rizos naturales en las puntas. Los ojos verdes
me miraban con encono.
- ¿Va
a bajar a desayunar?
Me pregunté a qué venía ese tono, y aún la
falta de intimidad, pero en ella había nada más que molestia por las veces que
debió subir a avisarme, como si simplemente le hubiese ocasionado trabajo
extra.
-Ya
voy-dije, y me paré frente al espejo, lavándome la cara y peinándome. Ella me
seguía mirando, esperando. Y me di cuenta de que esa era su forma hostil,
porque no conocía otra, quizá, de querer hablar.
-Decime un poco, ¿vos no trabajás, no
estudiás?
- ¿No
le parece que trabajo?
-Ya
sabés a qué me refiero, a ganar tu propio sustento. ¿Terminaste el secundario?
Se
encogió de hombros y escondió la cara con el pelo.
-Me
fui a Buenos Aires hace unos años. Ya sabe, para apartarme de mamá.
- ¿Y
qué hiciste?
-Limpie casas, bares, me metieron de prostituta,
pero a los hombres no les gustaba, parecía muy chica, y les daba miedo la
policía que hacía allanamientos de vez en cuando.
-Tuviste suerte-dije. Me lavé los dientes
y la agarré de una mano para sentarnos en la cama. - ¿Y por qué volviste?
-Por Juan. Él me buscó por toda la ciudad
cuando hubo todo ese lío de la anulación del matrimonio. Yo odiaba a mamá, no
quería ser como ella, pero…
-Entonces volviste y te dedicaste a
cuidarla.
-No tengo alternativas.
- Y con Juan, ¿qué?
-Nada, supongo. Pasamos tiempo juntos. A él
le hace bien venir a verme, aunque me duele darle ilusiones. Con mamá ningún
hombre está bien, los odia a todos porque ninguno es como mi padre. Cuando
viene a la ciudad tiene que quedarse en su casa porque si no sus padres se
enojan, y viene a acá a escondidas, aunque me imagino que ellos ya lo saben.
- ¿Y vos qué pensás del trabajo de tu mamá?
Me miró sorprendida, como si no creyera lo
que escuchaba. Y sonrió por primera vez.
-No es un trabajo, señorita. Es un don
maravilloso. ¿Usted no cree en eso?
-Me cuesta reconocerlo, mi madre era una escéptica
completa, y mi padre un católico.
-Entonces mi madre la convencerá.
-Vos la admirás, me parece.
-Es lo único bueno de ella, lo que la hace
especial. No es buena mujer, no es buena madre, todo eso lo sé. Pero es una
profetiza…Y lo malo es que la gente del barrio la odia porque no quiere
escuchar lo que quiere saber. Y mi madre no quiere decir lo que no le preguntan
para que ellos no se asusten y la dejen. Sin embargo, tiene tantas cosas que
decir, como cuando murió papá…
-Ya me contó, pero ahora ya todos la
conocen, y halló un medio de vida para eso.
- ¡Bah! Por lo que cobra…
Bajamos a desayunar. La mesa estaba
intacta, el café con leche frío y las tostadas quemadas. Las raspamos con el
cuchillo y la untamos de mermelada. María estaba en su sala de consulta,
leyendo, me dijo Lidia. Me ayudó con la insulina como una enfermera
profesional.
-Por fin se levanta-dijo María, entrando a
la cocina con el mismo aspecto rejuvenecido de la mañana anterior. - Lidia,
encárgate de la planta alta, después limpiá el patio de los perros.
Nos fuimos a la sala.
- ¿No es mucha tarea para ella sola?
- ¿Y cómo quiere que paguemos una
sirvienta? ¿O lo dice por mí? Yo hice lo mismo a su edad y después, hasta que
conocí a Pablo. Él me prometió vivir como una reina, y me lo mataron.
-Se aferra a ficciones que no le dan de
comer, María.
-Las ficciones, como las llama, alimentan
el alma, y es ella la que sostiene el esqueleto y la carne. En fin, como sea,
no nos morimos de hambre…
-Ya lo sé-dije, pensando en los perros.
-Siempre están los que quieren saber sobre
la muerte, pero no tanto sobre la propia, sino sobre la de los demás. Son los
que más pagan, y eso da para vivir…
- ¿Cómo se enteró que fue Rinaldi el que
delató a su marido?
María se acomodó en su silla, apoyó las
manos en las rodillas y suspiró.
-Eso fue mucho después del tiroteo, cuando
los chicos se casaron…Qué barbaridad, que estupidez, se pensaban que ese
matrimonio iba a valer, aunque lo hubieran consumado, cosa que ya habían hecho
antes de casarse, por supuesto. Eran unos adolescentes pavotes que querían independizarse
de los padres. Con Juan Rinaldi lo entiendo, el padre es un borracho violento y
la madre una bruja, de las malas, por supuesto. Pero no podía creerlo de mi
Lidia, a la que dediqué mi vida después de la muerte del padre.
-A lo mejor le dedicó demasiado tiempo a su
culpa-dije.
Las bocinas del mediodía y los gritos de
los chicos que salían o entraban a las escuelas de los alrededores eran un
marco inadecuado para la conversación, lo mismo que la luz intensa que llegaba
del ventanal principal, sin cortinas, como en toda la casa.
-No le viene mal a un periodista una
amplia cultura en psicología, me agrada eso-contestó. -Conozco mis defectos,
pero sobre todo mis errores, y nunca encontré nada para solucionar el pasado.
El futuro, Cecilia, puede ser atroz, pero su belleza está en que aún no ha
llegado.
La luz se había hecho tornasolada y
resplandeciente a pleno mediodía. Tal vez sería el reflejo plateado en los
paragolpes de los autos o los camiones, pero la casa había perdido el aspecto
lúgubre. María supo que pensaba en eso al verme levantar la cabeza y dirigir la
mirada hacia la ventana y el techo. No había telarañas en los altos cielos
rasos y la madera del piso había hecho silencio.
-Es
el único momento del día en que la casa no habla, como si hiciera un minuto de
silencio por Pablo. Para mí es un martirio, porque me recuerda lo que pude
haber evitado, pero la luz es espléndida, y a veces él me visita, o más bien
escucho su voz como antes escuchaba los tiros que lo mataron.
-Hábleme de los socios y del dinero. -Preparé
mi libreta de notas sobre la falda. La pierna enferma hervía de dolor, pero no me
importaba. Con la insulina, había mezclado un poco de aquel elixir cubano que
González me había vendido.
-Rinaldi fue el que se deschavó un día que
se le fue la mano con la borrachera. Fue hace unos años, nomás, cuando los
chicos se juntaron. Hasta ese momento yo no sabía nada de por qué la policía lo
buscó a él y no a los otros. Yo no sabía los nombres, los fui averiguando con
el tiempo, y todo se armó a las mil maravillas. Era un plan que desde el principio
salió mal, porque los socios eran unos hijos de puta, excepto Pablo, que era un
pavote. Por eso Juan les tiene tanto encono a sus viejos, no porque le importara
mi marido, sino por Lidia, por supuesto.
-Me dijeron que la causa de su sordera
fueron unos golpes…
-Sí, además de eso, claro, ya me había
olvidado. Pero no me da lástima eso, ¿sabe? Los sordos, como los ciegos, tienen
una capacidad exquisita para percibir otras cosas. Su vida interior es mucho
más rica.
- ¿Entonces por qué no quiere que vuelva
con Lidia?
-Porque hay cosas que no se perdonan. Llámelo
vendetta, por mis ancestros italianos, o como le guste. Pero Juan es demasiado
oscuro para mi Lidia. Las oscuridades no se mezclan, no sé si me entiende,
Cecilia. La luz y la sombra son el par necesario para la vida y la muerte. La
oscuridad completa es estéril, y ni siquiera engendra la muerte necesaria.
Me
quedé pensando. No entendía nada, claro, y ella lo sabía. Pero también estaba
al tanto de que no había nada que entender, sino percibir. Toda esa casa era un
ente de percepción, y ahora entendía el porqué de la fidelidad de María Cortez
a esa casona. Ambas eran una.
-Rinaldi estaba tan enfurecido por que su
hijo se había juntado con una familia de putas locas, como nos llamaba, que se
le fue la lengua. Se jactó de haber mandado matar a Pablo, lo que no le costó
mucho porque los canas también estaban al tanto de todo. Le había dicho que se
viniera a La Plata, que acá lo protegería hasta que supiera el paradero de
Méndez.
- ¿Y quién era ese?
-Bruno Méndez era el tercer socio del robo
que tenía una concesionaria de autos y trabajaba a veces con los de la
financiera y sabía de los fraudes. Todos lo consideraban un buen tipo,
tranquilo, inteligente, bien vestido siempre y con mucha facha. Era casado y con hijos, pero todos le
conocían romances, el más famoso de los cuales fue con una maestrita o una
profesora, qué sé yo. La cuestión es que la mayoría le tenía lástima, sobre
todo las mujeres. Es que cuando era joven se le cayó un motor encima y tuvieron
que amputarle una pierna. Usted ya sabe cómo son esas cosas. En fin, Méndez se
quedó con todo el dinero, o por lo menos con la mayoría, lo escondió y
desapareció por mucho tiempo.
- ¿Cuánto
robaron?
-Dieciséis millones de pesos ¿puede
creerlo? Era mucha, mucha plata. Así que Rinaldi fue a buscar a Méndez, pero
como sabía que era muy probable que no lo encontrara, por si acaso se deshizo
de Pablo. Porque la mitad de un poco siempre es algo, ¿no es cierto? Unos meses
después de todo eso, ya no me acuerdo, pero creo que fue el mismo año, encontraron muerto a Méndez
en su taller. Tenía la cabeza destrozada por una llave inglesa grande y pesada. La policía investigó, pero todo muy superficial, claro. Oficialmente se
habló de un robo o de alguna venganza de negocios porque se sabía que Méndez
estaba metido con los desarmaderos y todo eso. Más adelante, sucedió algo que muchos
relacionaron con la muerte de Méndez. A la maestra que le dije antes, la que se
sabía era su amante, la atropelló un auto. Fueron unos chicos, hijos de Marcelo
Benítez, dueño de varias papeleras, un tipo de mucha plata pero que desde hacía
un tiempo había tenido que cerrar un par a causa de la economía durante el
gobierno de Illia. Uno de sus depósitos se incendió, y se habló de que fue
intencional. El seguro se lo negó, parece, y ya se hablaba de que iba a
quebrar. Entonces todos relacionaron eso con el robo de la financiera. Además,
los militares estaban haciendo presión, y pronto apareció Onganía.
-Espere un poco, María. Vamos por parte.
Me estaba hablando de la maestra…
-Ah, sí. Los chicos eran unos malcriados,
y se decía que la atropellaron por la señorita Inés los había hecho repetir
todo un año del bachillerato. Terminaron rompiéndole una pierna y estuvo más de
una semana en el hospital. Pero resulta que un día se murió.
- ¿Por las heridas?
-Dijeron que sí, pero las que fueron a
visitarla dijeron que estaba bien, menos por la pierna rota. Los periodistas,
que siempre especulan mucho pero que nunca terminar por definir nada, convirtieron
la muerte de la maestra en una escena macabra. Dicen que la oyeron gritar y
manotear en el aire en la oscuridad de la habitación de la clínica como si se
defendiera de un fantasma, y que la oyeron confesar y pedir perdón a ese tal
fantasma. ¿Había matado a Bruno Méndez? Así decían, por despecho. Méndez tenía
familia, y ella lo sabía, por supuesto, pero quién sabe qué historias se habían
formado en su cabeza. ¿Le prometió divorciarse? No creo. ¿La engaño con otras amantes?
Puede ser. Después vinieron las versiones más realistas, pero nunca
comprobadas. La versión más creíble era que ella lo había matado, y que después
alguien la mató a ella.
- ¿Y por qué, si era una simple maestra?
-Precisamente por eso, Cecilia. Benítez,
que veía cómo poco a poco todo su imperio papelero, las vacaciones en Europa,
los autos, las casas en la costa y todo lo que tenía iba desapareciendo, no
podía dejar que una simple maestra de escuela le hubiese hecho perder dieciséis
millones de pesos. Porque cuando ella mató a Méndez, tiró a la basura la más
mínima posibilidad de saber dónde Bruno había escondido el dinero. Imagínese,
Benítez debía haber contado con quedarse más del cincuenta por ciento, porque
al no estar Pablo y después de deshacerse de Méndez, claro, él podría manejar
como quería a Rinaldi, que es violento pero una bestia para pensar.
-Pero todas son conjeturas, ¿no?
-Claro, pero la mayoría de las verdades lo
son. Usted, querida, debería saberlo. La verdad no es una sola. Y cuando
tenemos la ilusión de encontrar la versión más verosímil, vemos que está construida
con una inmensidad de pistas que en su mayoría no pueden comprobarse,
suposiciones acaso ellas mismas. Y con esas piezas tranquilamente pueden
ensamblarse diversas formas, todas posibles, y por eso, desconcertantes.
La verdad es más desconcertante que la
fantasía, sin duda. La imaginación usa los elementos que la realidad le otorga
y siempre es resultado de una deliberación poética: el creador que se pone a
pensar es un obrero. ¿Pero quién construye la realidad, dónde está el creador
que ensambla los elementos, múltiples, desconocidos e inmensamente falaces en
su determinación? ¿Cómo encontrar la punta del ovillo si los hilos que lo
conforman son incontables?
Esa tarde, o las que la siguieron, fueron
una especie de tranquilo paseo por las calles de La Plata. Comencé dando
vueltas a la manzana, conociendo el barrio. Una panadería antigua con el típico
nombre de “La Colonial”, un bar viejo o bodegón donde un hombre con delantal
gris esperaba a sus parroquianos habituales, obreros, oficinistas, esposas que
aguardaban a sus maridos a la salida de las fábricas. Los chicos salían la
escuela a media tarde, y las maestras pasaban hablando y protestando, pero con
agobiadas sonrisas de descontento pintadas en el cuerpo, sus manos trabajadas
con libros y acuarelas, los tobillos hinchados en zapatos de tacón bajo. Los
chicos me miraban con curiosidad por las muletas, algunos se reían.
Esa tarde vino Juan, y como le comenté como
me cansaba ir más lejos, se ofreció a llevarme en el auto a dar unas vueltas.
Íbamos callados, pero yo preguntaba a veces por un sitio u otro. Una farmacia
abría sus puertas de metal, altas y adornadas con orfebrería de bronce opaco.
Un tal Valverde era el dueño, me dijo, dando un chasquido de desprecio. Pasamos
delante de un hotel chico, de fachada angosta y de no más de tres pisos. Hotel
Ansaldi, mencionó, como de pasada, casi escupiendo el nombre. No tenía muy
buena opinión del vecindario, evidentemente, y le pregunté.
-Qué quiere que le explique, acá son
todos como en todas partes. En cuatro manzanas puede encontrar un muestrario
del mundo. ¿Volvemos?
Miré mi reloj, eran las seis de la tarde.
Faltaban dos o tres horas para que María terminara sus consultas.
-Si no está ansioso por volver con Lidia,
me gustaría charlar con usted.
Me echó una rápida ojeada y volvió su vista
a la calle empedrada de adoquines. El Fiat en el que íbamos era del padre, me
había dicho. Por un momento lo vi preocupado, pero dio un fugaz respingo y un chasquido
de lengua con los cuales enviaba todo al diablo, y dijo:
-Vamos a lo de Santos, es lo más cerca por
si…
-Está bien, no se preocupe, si no quiere…
-No
es que no quiera, sino lo que tengo que hacer.
Esas horas de la tarde, esos días que
pasaba en la ciudad, eran robadas a su familia. Él era un miembro inútil por lo
rígido de toda la estructura familiar. Daba la impresión de una pieza rota, y
no de aquellas retiradas de un engranaje o de una estructura ensamblada, que al
ser retirada puede afectar el funcionamiento del todo. Esa era su frustración,
me parece, o su irresoluble conflicto: ser un pedazo de cemento que no tiene
más importancia en la estructura de la que forma parte que cualquier otra
pieza. Pero fuera de ella, tampoco era nada, simplemente un pedazo de cemento
que se desmenuzaría lentamente con el tiempo: los chicos que patearían el
cascote, los indiferentes golpes de los peatones o la acción de la lluvia. Esas
horas robadas junto a Lidia, y presumo que durante su trabajo en Buenos Aires o
las provincias, le daban la ilusión del perpetum movile, que sin embargo
se iría deteniendo hasta que el cascote que llevaba en su pecho no fuese más
que polvo disperso en el aire.
Estacionamos justo frente a la puerta del bar
donde estaba el hombre que había visto otras veces, con el delantal gris y un
repasador blanco en una mano o la otra, o a veces sobre el hombro. Debía tener
casi treinta y pico de años, flaco, no muy alto, de bigotes negro y voz alta y
levemente gangosa cuando saludó a Juan.
- ¡Rinaldi, tanto tiempo que no lo vemos
por acá!
En el barrio no solían tutearse, parece,
por más que se conocieran desde que eran chicos. Se abrazaron un rato como
quienes no se ven en años.
- ¡Juana, vení! Mirá quién está acá.
Una mujer pelirroja apareció de entre las
mesas y las sillas y llegó a la vereda. Abrazó a Juan, pero no llegó a hacerlo
del todo porque la panza de un embarazo de ocho o nueve meses se lo impedía.
- ¡Pero qué sorpresa!
- ¿Vio? -dijo el hombre, estrujando el
repasador seco con ansiedad-. Se hace lo que se puede.
- ¿Ya tienen decidido en nombre?
-Juana.
- ¿Y si es varón?
-No lo va a hacer, ya nos dijeron-contestó
la mujer.
- ¿Quién?
- ¿Y quién va a hacer? ¡Me extraña, Juan!
Entramos y nos sentamos a una mesa junto a
la vidriera. El sol entibiaba y daba de lleno sobre la mesa con un mantel de
hule floreado. Había gente que nos miraba y saludaban a Juan.
-Espero no comprometerlo-dije.
-No se preocupe, acá estamos todos
clasificados desde hace mucho, cada uno entra en un casillero del que no sale
más. Yo, por ejemplo, soy el eterno novio de Lidia, sea lo que sea lo que nos
pase. Mire a ese tipo de allá, ¿lo ve?
-Intenté mirar el rincón del fondo, junto
a la puerta del baño. Era joven, con la cabeza apoyada sobre un puño, acodado
en la mesa. Con el otro codo empujaba un vaso vacío y lo hacía chocar con otro
que Santos le traía lleno.
- ¿Qué hace? -pregunté, ¿Brinda consigo
mismo?
-Al contrario, lo que hace es intentar
explicarse las leyes de la mecánica, que le fallaron hace un tiempo. Mató a su
hijo, chiquito. Fue un accidente, por supuesto. ¿Pero usted piensa que se lo
perdona? Así como él, esto es un zoológico.
- ¿Y usted qué es?
- ¿Eso quería preguntarme?
-En realidad, quería preguntarle si
realmente cree que María tiene alguna capacidad sobrenatural.
- ¿Y qué importa lo que yo crea? ¿No ve
que todos lo creen? Si Santos, un ex milico, fue a preguntarle por el embarazo
de su mujer, no hay perro que no lo crea.
-Hablando de perros…-dije, y de pronto las
manos velludas de Santos apoyaban las tazas de café con leche y el plato con
medialunas. Debió escucharme, porque dijo: -A los perros a veces hay que
matarlos, se reproducen como conejos y toman las calles.
Cuando se fue, Juan se rio.
-Un obsesivo…
Revolví mi café con leche, y me permití
una media luna. Miré la calle, el tráfico que había crecido y de pronto se lentificaba
y se iba haciendo cada vez más esporádico. Las agujas del reloj de pared con la
propaganda de Cinzano marcaban casi las siete de la tarde.
-Necesito saber una cosa, Juan. Por favor,
no lo tome a mal, o tómelo así, si quiere, no lo puedo evitar. Vine como
periodista, al final de cuentas.
-Pregunte nomás. Ya sé que no vino para
hacer una nota sobre la bruja de la calle 47 en la ciudad de las diagonales.
-Precisamente, pero no puedo dar nada por
sentado con el relato de María. Todo encaja demasiado, como inventado. ¿Usted
puede confirmarme algo de la participación de su padre en el robo?
- ¡Qué sangre fría tiene usted! Me pide
que delate a mi viejo porque sabe que lo odio. Se habrá dado cuenta con solo
mirarnos ese día en el auto cuando la trajimos.
-Está bien, no le pido disculpas. A mí
también me pasan cosas, y todo esto me ha hecho olvidar un poco las miserias
que me asedian.
Me miró frunciendo las cejas, buscando
sinceridad en mi cara, ya que mis palabras sonaban construidas. ¿Era así?
-Las mujeres-dijo, suspirando fuerte.
Golpeó los puños contra la mesa, el mantel no llegó a arrugarse, estaba viejo y
duro. -Un whisky, patrón-gritó hacia el mostrador.
Esperé a que se lo trajeran. Bebió dos
sorbos seguidos, apoyó el vaso, y metió su mirada en mis ojos. Me aborrecía. No
era desprecio, sino el más determinante odio que vi en mi vida. Yo no era más
que un objetivo al cual dirigirlo, pero su odio ya estaba construido, ya había
sido engendrado en su cuerpo como la criatura que estaba creciendo el vientre
de la mujer de Santos. Pero el odio de Juan Rinaldi no era una criatura sino un
ser maduro, potente y calculador, porque aún no se había desatado.
-Las mujeres, ¿qué? -pregunté,
desafiándolo. A riesgo de una palpable violencia, me sentía más viva que desde
hacía mucho tiempo.
-Lastiman, como mi vieja. O mienten, como
Lidia. Mi padre es un perro rabioso, pero no esconde sus dientes.
- ¿Y en qué le miente Lidia, se puede
saber?
-Su amor está detrás de una lápida, y cada
vez que vengo la visito. Esa casa es un cementerio, ¿no se dio cuenta todavía,
Cecilia? ¿Qué cree que son los ruidos? ¿Ratones? Esa casa sabe todo, es como un
universo encerrado, es como si Dios la hubiese elegido para depositar sus
restos.
Terminó el vaso, pidió otro. La luz
decrecía y se encendieron las luces de la esquina y de algunos negocios. Una
barbería, a media cuadra, dejaba entrar hombres y chicos que gritaban por un
club de fútbol. Una ráfaga de viento fresco entró por la puerta.
-
¿Volvemos? -dije.
- ¿Qué? ¿Ya se asustó? ¿Me tiene miedo?
No se haga malasangre, soy un tipejo inofensivo, ladro, pero no muerdo, no
tengo colmillos suficientes, eso se lo dejo a mi viejo.
Había respondido a mi pregunta,
finalmente.
No lo esperé. Me fui sola a caminar las
pocas cuadras, seguida por un par de perros que pronto me abandonaron cuando
los ruidos de la casa se fueron haciendo más fuertes.
4
Los días que siguieron no me
dieron ninguna información nueva. María Cortéz me saludaba en las mañanas y
luego se iba a hacer compras o se metía en su sala de consultas. De los
protagonistas de la historia, no quedaban más que Rinaldi y los hijos de
Benítez. Del primero, por supuesto no podía esperar nada, y a los segundos no
los conocía. Lidia me dijo que eran gemelos, uno tenía un hijo muy chico y
vivía en la vieja casa de los padres en una de las calles alejadas del centro.
El otro era soltero, mujeriego y malhumorado, y manejaba un Torino. Pero
ninguno me hablaría del padre, que había muerto hacía unos años, después que
una apoplejía lo postrara en cama mucho tiempo.
Me
puse a ordenar las notas y hacer un esbozo del artículo. Imaginé escribir algo
interesante, bien redactado y que no ofendiera a nadie. Pero únicamente me
salía un panfleto sociopolítico sobre la corrupción de los funcionarios
públicos dentro de un entramado policial y psicológico que no preocuparía a
ninguno de los interesados, pero que incomodaría al diario y a las buenas
costumbres de sus lectores. De todos modos, lo escribí, y era muy parecido a
una crónica o aguafuerte arltiana. Lo pasé en limpio en la máquina de escribir.
A las tres de la mañana puse el punto final a las cinco carillas y puse todas
en un sobre que al día siguiente llevaría a Buenos Aires. Leandro tal vez
considerara publicarlo en “El Conciliábulo”, una especie de magazine cultural independiente
que no descartaba ensayos sobre política, economía y sociedad entre textos
puramente literarios. Abarcaba demasiado, y aunque no se lo dijera por
teléfono, él sabía que el proyecto había nacido para una vida intensa pero
probablemente muy corta.
Ya era tiempo de irme, me dije el sábado
al mediodía. Pedí a Lida el teléfono de la terminal para saber el horario de trenes.
Cuando colgué el tubo del teléfono que estaba en la mesita junto a la escalera,
María Cortéz apareció a mi lado sin haberla escuchado acercarse.
- ¿Alguna noticia?
Se refería al cheque, por supuesto.
Leandro le había prometido que el diario pagaría bien, pero ahora que había
cambiado el destino del artículo, no sabía cómo arreglaría tal embrollo.
-Tiene que hablar con el señor Mallea, yo
no estoy a cargo del asunto económico.
-El señor Mallea acomoda los
acontecimientos a su gusto. Promete, no cumple, y nosotros somos los que
sufrimos las consecuencias de sus veleidosas ambiciones de intelectual
frustrado.
Estaba parada con su aspecto de las
mañanas, madura y sin embargo atractiva con un vestido blanco y el pelo
recogido en un rodete. La piel cetrina parecía estar tostada por el sol, aunque
la había visto salir muy poco, a una cuadra a lo más, o al patio de los perros.
-A veces prefiero la jactancia de los
Benítez, que, creyéndose más, son iguales a nosotras.
-En serio lo lamento, María, sé que contaba
con ese dinero para salvar la casa.
Entonces subió la escalera y la escuché
recorrer el pasillo dos o tres veces, y me resultó extraño ese titubeo. Fui a
la cocina y le dije a Lida que me iría esa tarde, y si Juan vendría para
llevarme a la estación. Dejó la olla en la hornalla, se limpió las manos con el
repasador y me dijo:
-No sé, señorita. Ayer a la noche se peleó
con el padre…
De pronto, giró la cabeza en dirección a
la calle. Escuchaba algo repentino, probablemente, pero yo no percibía más que
los sonidos habituales del mediodía. Cuando iba a decirme algo más, otra vez se
interrumpió y casi corrió saliendo de la cocina, atravesó el pasillo hacia la
sala y se asomó por la ventana abierta. La seguí, despacio.
- ¿Qué pasa, Lidia?
- ¿No escuchó el auto?
- ¿Cuál? Pasan muchos…
-El motor del Torino de Benítez, las
frenadas y los giros al doblar las esquinas. Siempre lo hace los sábados en la
noche, cuando se va de farra, y los domingos cuando va a la cancha con el
hermano.
-Pero es temprano…
-Por eso me pareció raro…a menos que…
Ya me veía venir esa pantomima.
-Así que lo escuchó, ¿y eso qué quiere
decir?
-A lo mejor nada, pero Jorge Benítez no es
de pasar por este barrio y menos a esta hora del mediodía.
-Entonces no pasó…
-No, señorita, seguro que no va a pasar
sino hasta muy entrada la noche, probablemente-dijo, condescendiendo como hablando
con una idiota.
Subí a mi habitación a terminar de armar mi
bolso. Pediría un taxi para ir a la estación. Me dolía la cabeza y revolví todo
en busca de caja de remedios. No estaba, ni tampoco la caja de ampollas de
insulina. Busqué una y otra vez, estaba segura de que jamás la había sacado del
bolsillo izquierdo del bolso. Revisé el
armario y el cajón de la mesita de luz, luego el piso bajo la cama y en los
rincones. Tampoco estaba en el baño. Pensé en los pasos inciertos de María
Cortéz en el pasillo media hora antes. No podía ser cierto lo que pensaba. Y si
fuera así, ¿cuál era el motivo? Qué idea tan absurda e infantil se le había
ocurrido si fuese cierta. Me enfureció tanto que salí al pasillo y golpeé la
puerta de su habitación, pero entonces escuché el motor de un auto yendo y
viniendo por la calle justo frente a la casa, a toda velocidad, con el ruido de
las frenadas en el adoquinado, y la aceleración y desaceleración bruscas de un
motor de alta cilindrada. Era pleno día, con un sol espléndido que entraba por
las ventanas abiertas porque era día de limpieza.
Fui
a la ventana del pasillo que daba a un costado de la casa. No había autos, y
sólo pasó un colectivo. Pero yo escuchaba los rugidos del motor, como si
estuviese enfurecido. Bajé a la cocina.
- ¿Dónde está tu mamá?
-En su sala de consulta.
-Ya pasé y no está.
-Entonces en la puerta, mire…
María Cortéz estaba en el umbral de la
puerta de calle, apoyada en el marco, con los brazos cruzados, moviendo la
cabeza de un lado a otro, como si viera un partido de tenis. Yo sé lo que veía, lo mismo que yo escuchaba.
Un auto que recorría la calle, como si vigilara. Pero no lo hacía, estaba
asechando sin esconderse. ¿Dónde estaba el auto bajo el sol de la tarde que
empezaba con su soñolencia de siesta de provincia?
-Nos vigilan, Cecilia. Tendrá que
quedarse-me dijo al darse vuelta y cerrar la puerta. La luz se escapó de la
casa, y supe entonces que había finalizado el plazo para negociar y comenzado
el tiempo del requiebro.
Se levantó tormenta, pero sólo fue un
viento que fue formándose con ráfagas intensas y breves al principio, que
sacudían los postigos y golpeaban las puertas al atravesar los pasillos porque
aún no habían sido cerradas las ventanas. Lidia recorrió cada habitación y las
fue cerrando, y a medida que el viento era rechazado, la casa se estremecía con
quejidos de angustia. Eso fue lo que escuché, gritos y sacudir de alas. Algo
había pasado mucho tiempo antes, cuando la casona se estaba construyendo, y los
vientos habían tenido que ver en todo aquello. Alas y vientos estaban enlazados
por íntima necesidad, pero por sobre todo eso sobrevivía una simbología que los
obligaba a persistir en la forma de una tragedia. Un chico, me habían dicho en el
barrio una de esas tardes, había sido aplastado por el derrumbe de una pared,
el hijo del dueño del almacén de la esquina, tapiado desde entonces como una
tumba.
Yo me sentía en una tragedia de Esquilo,
expuesta a una Casandra furiosa.
Cuando María Cortéz cerró la puerta de
calle al ruido del motor del Torino, yo seguía junto a la mesita del teléfono.
Estaba atrapada, lo sabía muy bien, amedrentada por la sinrazón y el capricho
de esa bruja que estaba exponiendo su verdadero rostro a medida que se acercaba
la noche. La luz del exterior sucumbió con las nubes que los vientos habían
traído, construyendo un cielo acorde a la escenografía de la penumbra y los
malos augurios. La casa se oscureció, nadie encendió las luces. Lidia había
terminado de a cerrar todas las ventanas, y cuando la casa pudo emitir sus
ruidos característicos, María Cortéz se me acercó, sonriendo con cinismo en una
tan extraña mueca que nunca pensé que alguien fuese capaz de formar con los
músculos de su cara. Como si tales músculos estuviesen conformados sobre una
constitución diferente del cráneo. Recordé fugazmente algo leído alguna vez: las
cisuras del cráneo se cierran en la infancia, pero algunos adultos tienen la
capacidad de expandir, o quizá de abrirlo, como si necesitaran expulsar o
recibir los elementos del cielo, las brumas de las nubes y los gritos de la
tierra.
Levanté el tubo del teléfono.
- ¿A quién va a llamar, Cecilia? -me
preguntó- ¿A la policía? A estas alturas ya debería haber aprendido. Pero usted
se esmera en reprimir lo que la asemeja a nosotras, y eso no es bueno.
Tenía razón, nunca reconocería aquello
que debió enquistarse para permanecer como un cáncer, y luego estallar en las
habitaciones donde el suicido vive empotrado.
Me agarró de un brazo, con firmeza, pero
sin violencia. Su mano era casi una muleta para mi cuerpo, así que quedaron en
el suelo. Me llevó a la cocina, oscurecida por las sombras inquietas de los
árboles del patio. No encendió las luces. Luego vino Lidia, salió a alimentar a
los perros, pero tardó menos de lo acostumbrado. Los animales recomenzaron sus
ladridos cuando entró, se limpió las manos con el repasador, miró alrededor tal
vez pensando en si quedaba algún quehacer, y luego se sentó a la mesa con
nosotras. Las tres nos quedamos ahí, esperando, porque eso era lo único que yo
sabía. La vida de esas mujeres era la continua espera por lo acontecimientos
que sabían que vendrían. Cuando no se sabe lo que será de nuestra vida, cuando
el futuro es tan certero como un enigma, el presente es lo único que nos queda,
y el pasado una pesadilla que, cumpliendo el papel de lo esotérico, nos
consuela de la mediocridad, único nombre que podemos darle al presente: esa
cosa que no existe, ese engaño de la mente, oasis sucio en el que nadamos hacia
orillas que se alejan.
Yo
lloraba, pero, aunque trataba de ocultar mis tontos gemidos, mi cara se
convirtió en un estropajo donde el pelo caído sobre mi cara se embadurnaba de
lágrimas. Me miraban sin decir nada. Pasaron horas, tal vez dos, y el tiempo y
el silencio me resignaron. Sólo los perros me acompañaron realmente, y por
instantes creí entender palabras en sus variables formas de congoja, porque eso
eran los ladridos y los aullidos que emitían a esa noche ventosa y sin lluvia,
extraña noche de la pampa bonaerense que parecía renacer de vez en cuando para
recuperar el terreno perdido ante la construcción de la ciudad.
Miré el reloj de pared sobre la pileta de
la cocina. Eran las diez de la noche. Habían seguido escuchándose los rugidos
del auto en la calle, mezclados con muchos otros, lo que era de esperarse un
sábado a la noche, así que intenté racionalizar todos esos indicios que
ameritaban volverme loca. No podía salir corriendo, y no tenía sentido hablar
ni pedir nada, sólo aguardar la concreción de los planes de María Cortéz.
Sonó el timbre. Las tres caras giraron
hacia la puerta. Lidia se levantó. La escuché abrir la puerta, cerrarla, y luego
el taconeo suave de sus zapatos acompañado de pisadas fuertes. En la puerta de
la cocina estaba ella tomada de un brazo de Juan. Él olía a colonia barata y
tenía el pelo engominado en una raya al costado. De pronto, lo noté viejo y
vencido, vestido, como no acostumbraba, con un traje de oficinista solitario
que sale un sábado a la noche al putero al que entra a escondidas. Entonces me
di cuenta de los planes para esa noche, y lo que dijo María después no necesitaba
escucharlo. Ellos se fueron cuando ella hizo un gesto de desprecio y
resignación, enarcando las cejas y deformando sus labios en una expresión tan
plástica que me hizo preguntarme si su rostro tenía huesos.
-Conciliaremos la opinión que tiene la tradición
popular del barrio sobre nosotras, con la realidad. Si somos putas, esto será
un putero.
Se levantó y revolviendo en una alacena en
la oscuridad, sacó una botella que puso sobre la mesa. Trajo dos vasos y los
llenó hasta la mitad. El olor del alcohol dulce recorrió la cocina, donde le
viento había sido apresado y atado. Yo me solidaricé con el viento, mis cadenas
eran la invalidez y la enfermedad.
-Tome un poco, Cecilia, es licor que hago
yo misma, de una vieja receta de mi abuela. Ella se murió cuando yo era muy
chica. Mis padres no entendían cómo yo podía recordar tanto sobre ella. Si les
hubiera dicho todo lo que sabía, la historia completa de mi abuela, que ellos
no habían escuchado ni remotamente. Era la madre de mi padre. Era italiana, de
Sicilia, pura cepa sureña, obstinada y malvada. Vivió en Buenos Aires un
tiempo, y no la vi morirse, sólo me dijeron que se había ido para siempre. La
última vez que la vi estaba en cama, con su cuerpo flaco pero firme como un
tronco, de piel cetrina y cabello trigueño lleno de canas. Su cabello me
fascinaba por los extraños giros del dorado, desde el opaco hasta el brillante,
y las manchas blancas que eran como sombras luminosas en una pintura. No
recuerdo las palabras con que me explicó todo lo que sabía, sólo la sustancia.
Esa herencia que me destruyó la vida que intenté formar cuando conocí a Pablo.
Esa herencia de la que no puedo renegar sin perder la esencia de lo que soy.
- ¿Y qué es?
-Soy una puta bruja, si le gusta llamarme
así, porque eso es lo que está pensando.
Bebí de mi vaso. Era un licor tan dulce
como un elixir. Unos segundos después, sentí que me recorría el cuerpo usando
los caminos de mis venas. ¿Era un dulce veneno? Lo habría deseado, quizá, pero
no era esa la forma en que ella actuaba. Si veneno, lo era por los estragos que
haría a mi cuerpo sin el consuelo de la insulina.
- Le gusta, ¿no? Es una maravilla lo que
sabía Marietta Sottocorno.
¿Iba
a hablar sobre la abuela, sobre la sustancia de su esencia ancestral? No hubo
tiempo, y nunca más habría necesidad. Sonó otra vez el timbre, y presentí, o
más bien supe quién podía ser. El motor ya se había detenido un rato antes, el
tiempo suficiente para que un hombre caminara media cuadra por una vereda
vacía, pateara a algún perro entrometido y se parara unos segundos ante la
puerta de la casa para encender un cigarrillo. Luego, tocó el timbre, que sonó
igual que un cuerno de caza en medio de un bosque oscuro en una noche de
tormenta. La casa tenía las paredes de madera, y los viejos árboles parecieron
revivir su ignominia al ser hachados y vencidos. Los que no fueron convertidos
en ataúdes, fueron usados en la casona. Acaso, el mismo destino.
Ella fue a abrir. Volvió con un hombre
joven, de rostro varonil, pero de expresión seca. La cara parecía cortada con
un cuchillo a medio afilar: el cabello rubio oscuro y la barba apenas crecida
que daba sensación de rispidez aún a la vista, la nariz recta, el mentón
cuadrado con cicatrices, las cejas aparentemente sedosas sobre los ojos grises.
No eran verdes, aunque alguna vez lo fueran por efecto de la luz, sino grises
como llenos de taciturna melancolía e implacable desencanto. Se quedó parado en
la puerta de la cocina, mirándome. El cigarrillo entre los labios, las manos en
los bolsillos de la campera de cuero.
-Esta es-dijo María Cortéz, dirigiendo un
par de miradas a ambos. Luego se sentó, puso las manos sobre la mesa, moviéndolas
como si contara dinero.
El hombre, que sin duda era Jorge Benítez,
sacó un fajo de billetes del bolsillo y lo dejó en la mesa.
-El resto el lunes-dijo.
Ella me miró.
-Vayan para arriba. Ya ves, querida. No
será suficiente, pero algo es algo.
Benítez se me acercó y me agarró de un
brazo. Me resistí pero no quise darle el gusto a ella de verme llorar y rogar.
Ni mi poca fuerza ni mi escasa voluntad fueron suficientes para evitar que él
me obligara a caminar como podía, sin muletas, obligándome a apoyarme en el
mismo brazo que me lastimaba. Era un dolor y un castigo que sin embargo me
hacían mantenerme de pie. Subimos la escalera lentamente, él empujándome si era
necesario, yo lentificando mis pasos para inventar palabras que lo hicieran desistir,
pero mi mente era estéril como mi cuerpo.
Llegamos a la habitación. Quién sabe si ya
no la conocía, si tal vez me había estado observando desde la vereda de
enfrente. Quizá fuese el anónimo que pasaba por la vereda, paseando después de
la cena y fumando. Me empujó a la cama, sin fuerza, sólo fue un impulso.
Mientras me miraba allí parado junto a la cama, con el cigarrillo en la boca y
sacándose la campera y la remera, debía estar pensando en lo que significaban
mis palabras, las que ahora yo lograba decir con voz entrecortada.
-No, por favor.
-Así que querías denostar el nombre de mi
viejo, ¿no?
Fue directamente hacia el bolso que estaba
en el piso. Se agachó y empezó a revolver. Le vi la espalda ancha y los hombros
moviéndose como si escarbara en la tierra. Se levantó con el manuscrito del
artículo y fue hacia la luz de la mesita al lado de la cama. Estaba tan cerca
que sentí el olor del vello claro de su pecho, y el aroma a tabaco y cerveza de
su aliento cuando dijo:
-Me contó Juan Rinaldi, ¿sabés? No voy a
dejar que embarres la memoria de mi viejo.
- ¿Y por qué le interesa a Rinaldi
defender al padre? -dije, envalentonándome, sintiendo que la bronca me ayudaba
a resistir.
Se encogió de hombros.
-Son muchos los que aman a quienes los
lastiman.
Rompió las hojas en dos, luego en cuatro, y
después en cuantos pedazos pudo. Las tiró sobre la cama, a mi lado.
-Estaban muy bien escritas-dijo, al
sentarse.
Dejó el cigarrillo sobre la mesa, sin
cenicero. Se sacó los pantalones. Acomodó su cuerpo junto al mío y empezó a
acariciarme los senos.
-Te
ayudo.
La
voz era baja y ronca, como si hubiese gritado en la cancha esa misma tarde.
Pero seguramente el domingo iría, hoy era únicamente consecuencia del fresco
repentino que había traído el viento desde regiones gélidas parecidas a la
muerte. Cerré los ojos, sabiendo que lo único que estaba en mis manos evitar
era que me lastimara, o que me matase. No quería morir de esa forma, destrozada
tal vez, sobre una cama ensangrentada.
Me
besó en los labios, pero no respondí. Sentí el alimento del alcohol y el
cigarrillo. Sentí algo diferente. No era el aliento doméstico de Bernardo,
poblado de salud con el que pretendía curarme.
Jorge Benítez sabía que no existen
curaciones, y que el barro se moldea con barro.
No fue una violación, ni tampoco un deseo
explícito. Simplemente sentí su cuerpo encima y dentro de mí, escuché su voz
pausada, madura y sabia. Él sabía del dolor, y lo compartía conmigo, y por eso
yo le entregué mi dolor.
A diferencia de Bernardo, él lo aceptaba.
Cuando terminó, se sentó en la cama. El
cigarrillo se había acabado, dejando una pequeña huella de ceniza en la madera.
Encendió otro, se dio vuelta para mirarme.
- ¿Querés?
Sin esperar respuesta, apoyó la punta
encendida en mi pie enfermo. Un olor a carne quemada fue lo único que sentí. Ya
no había dolor, pronto podrían amputarme aun sin anestesia, me dije. Escondí la
cara entra las manos y me largué a llorar.
Lo escuché vestirse, después las pisadas
sobre el piso. Las tablas parecían callarse en lugar de resonar y quejarse como
hacían siempre.
-Chau-dijo.
El silencio repleto de ruidos me
ensordeció. Mi cuerpo desnudo era una piltrafa sobre la cama.
No dormí, por supuesto. Estaba estancada
sobre el colchón de sábanas arrugadas y sudadas, con los pedazos del artículo
como papel confite de una fiesta que ya se había acabado porque amanecía. Era
la mañana que intentaba tomar la habitación por las ranuras de los postigos,
con paciencia, porque la casa cerraba sus ventanas como un ciego sus ojos. Fui
al baño, me metí en la vieja bañera vacía y abrí los grifos, que rechinaron y
escupieron chorros como siempre hacía la vieja plomería averiada. Me lavé, me
vestí y volví a juntar los pedazos de papel más grandes para guardarlos en el
bolso. Lo arrastré por el piso y salí al pasillo. Me sostuve de las paredes
yendo hacia la escalera, y pasé frente a la puerta de Lidia. Estaba
entreabierta y escuché voces.
Miré por la rendija. Lidia estaba en la
cama, sentada contra el respaldo, acariciando la espalda de Juan, sentado en el
piso, denudo y con las manos tapándose la cara. La pieza esta iluminada con un
resplandor curioso, mezcla de la luz artificial del velador sobre la mesita y
del sol que se había arreglado para escabullirse con éxito a los pies de la
cama.
Juan lloraba, o por lo menos era un gemido
inarticulado en el que intentaban sobresalir monosílabos sin sentido. Lidia
hablaba, como consolándolo. Juan se descubrió el rostro y llevó las manos a las
rodillas. Se dio vuelta para mirarla, y a la luz vi la expresión desesperada.
- ¿Y ahora qué voy a hacer? -dijo.
El tono era de una angustia apremiante,
como si hubiese matado a alguien.
Lidia encerró la cara de Juan con sus manos,
y con sus pulgares le secaba las lágrimas.
-No lo mataste vos-dijo.
-Pero yo lo llevé al hospital, ¿te das
cuenta? ¿Y qué va a pensar mi vieja?
El hombre que odiaba a sus padres se
sentía perdido sin ellos.
Durante
toda la mañana del domingo caminé por las veredas de La Plata, tratando de
conseguir un taxi que me llevara a la estación, pero no fueron muchas cuadras
las que pude hacer sin muletas y con el bolso. Había ramas en las veredas, los
cordones cubiertos de hojas y basura esparcida en las calles. La tormenta había
hecho estragos, y todos estaban aparentemente ocupados en barrer frente a sus
casas, mientras los perros buscaban entre los restos. Nadie me ayudó, me
miraban pasar como una indigente con la cara de enferma que tenía y mis pasos
vacilantes de borracha.
Un auto que pasaba tocó la bocina y se
detuvo.
-Buenos días, señorita. ¿Se siente bien?
Era Eduardo, el amigo de Juan. Le conté lo
que necesitaba, y se ofreció a llevarme. En el camino y después de un rato, me
dijo:
-La pasó mal, me imagino. Nadie sale sano
de esa casa.
- ¿Sabe lo del padre de Juan?
-Sí, esta mañana cuando se despidió. No se
va a quedar al funeral, no puede enfrentarse al reproche de la madre.
Llegamos a la terminal, me ayudó con el
bolso y esperó conmigo hasta la salida del tren.
El tráfico de gente en los andenes era
escaso y el servicio reducido. Tuvimos que esperar un largo rato.
-Le
agradezco mucho. Lamento interrumpir su domingo-le dije, sentados en uno de los
bancos duros de la sala de espera.
-No
es nada. Tengo todo el día para ir…
- ¿A dónde? -pregunté.
Me miró y sonrió como avergonzado.
-Una novia, no me cuente…-dije, evadiendo toda
confidencia.
Se encogió de hombros, resignado, y en él la
resignación era un acto elegido.
- ¿Qué
quiere que haga? Siempre estuve enamorado de Lidia.
Nunca publiqué el artículo. Lo reescribí
en detalle, agregando muchas reflexiones, convirtiéndolo casi en un relato. Lo
guardé en un cajón, donde se abandonan los muertos.
Ilustración: Dave McKean

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