martes, 10 de febrero de 2026

Cassandra desencadenada

 

 




 

1

 

 

¿Por qué una pareja se separa? Las respuestas no existen, solamente quedan los individuos que la conformaron. Uno de un lado, otro del otro, en el mismo espacio, mirándose a la cara. Uno abriendo los ojos y observando al otro, mientras ese otro mantiene los ojos cerrados sabiéndose observado. Hasta que le toca el turno de hacer lo mismo, abrirlos y mirar el rostro aparentemente dormido del que tiene al lado. Y mientras tanto, ambos planeando las estrategias de la guerra que comienza.

     La cara del que hemos amado es el mapa del territorio que iremos a destruir, porque en los recovecos de los pliegues, en las trincheras de la piel, en los pozos del recuerdo sin fondo hemos dejado pedazos de nuestro ejército, los trozos del alma que son cada uno de los días que hemos pasado juntos, cada palabra y gesto o caricia y cada cimbronazo de puertas golpeadas y ecos de risas y carcajadas esparcidas en el universo de una casa que alguna vez fue un hogar.

     Bernardo y yo somos enemigos sin planearlo, como líderes de esas revoluciones que surgen casi espontáneamente luego de una gran crisis de la economía. Y nuestra infausta desgracia fue el pasado que se escabulle como serpientes en medio de un desierto, buscando ratas en las madrigueras, mientras que las aves rapaces sobrevuelan el polvo y los cardos, buscándolas. Enemigo sobre enemigo, en una cadena que es a la vez un círculo, como el símbolo del amor. Porque se sabe que donde hubo amor, suele haber odio, o por lo menos esa criatura que se conforma con ser un dios menor, ayudante sumiso del otro, especie de rastrero con hocico corto y pronunciados dientes, que se hace llamar resentimiento. Y que muerde, Dios lo sabe, tremendamente.

     Ya no vivimos juntos, pero tampoco podemos separarnos. Valga la paradoja, somos amantes irreconciliables. Nos aborrecemos porque no podemos dejar de amarnos, pero como ya no nos amamos, lo que nos une no es el mismo sentimiento, sino dos criaturas que cada uno ha gestado en su pecho. Él, la culpa, por eso no puede dejarme del todo, alternando días o noches en el departamento y otras en su casa del pueblo, consciente de que debe cuidarme, que necesita protegerme, insobornable en su utopía de mi curación. Yo, mi desesperación, nueva metamorfosis de la angustia existencial que mi padre Tejada sembró en los pocos años que vivimos juntos. La tristeza, cuando no tiene donde escapar, se desespera, y la desesperación, cuando se calma, toma las formas de un roedor que se roe a sí mismo. Mi inclaudicable pensamiento rondando en el mismo departamento lleno de viejas cosas: la frustración de la impotencia, la decepción de la esperanza. Mi departamento es mi cuerpo, que se viene derrumbando.

         Me ha dicho Bernie que debe operarme la pierna. Por más que continúe con mis dosis diarias y obligadas de insulina, y que salga y entre de los sinuosos valles de los antibióticos, mi pierna no tiene salvación. Pero no tengo medio de vida ni cómo mantenerme. Escribo para revistas del interior, independientes algunas, otras atadas al compromiso gubernamental de municipios perdidos en los antiguos pasillos de ideologías pasadas de moda. Yo escribo como quien sueña en el pasado, no me molesta cumplir ciertos requisitos, porque con ellos no se extravía mi alma ni hipoteco mis ideas. Escribo y cumplo exactamente como cuando hago literatura de ficción. Todas estas colaboraciones, que son muchas y sin embargo representan una economía lúgubre, las debo a Braulio y a Leandro, que renuncian a ellas en bien de nuestra amistad.

      El departamento en el tercer piso de la calle Sarmiento es de Bernardo Ruiz, por supuesto, lo poco que yo aporté a la compra fue durante mis buenos tiempos en “El Radar”.  Pero no puedo irme con esta pierna que es una bolsa de gusanos fantasmas, que están siendo engendrados lentamente, y que pronto saldrán. Él no me dejaría ir, y yo no estoy en condiciones de contradecirlo, o más bien, siento la obligación de regodearme de su sensación de culpa. Por eso digo que todos somos enemigos, lo que llamamos amor la mayoría de las veces no es más que la utilización de las debilidades de los otros. Hay competidores por la fuerza, pero muchos de nosotros competimos por quién es el más débil, y los débiles ganan. Los fuertes rapiñan a quienes no son como ellos, pero los débiles se rapiñan entre sí.

     Leandro me llamó por teléfono. Conversamos como hacía mucho que no lo hacíamos, con hipocresía. Sentada en la cama, rascándome la pierna incluso sabiendo que me lastimaba, escuchaba la desastrosa mentira que me contaba sobre su trabajo en el suplemento literario, los caprichos de los escritores consagrados y sus escuetos relatos de pesadillas políticas, los educados cachetazos gramaticales que se daban los mecenas literarios uno a otro desde Belgrano a San Isidro. Todos los escritores somos expertos malversadores, bien se lo escuché decir alguna vez a Beltrame.

      - ¿Y qué es de Bautista? -le pregunté.

     -Qué sé yo, hace su larga penitencia de silencio, pero ya saldrá con algún libro nuevo para excusarse.

     Entonces, como ya no había más mentiras que decir, me comentó que había algo que podía interesarme. Podía sacarle jugo, me dijo, y hacer asociaciones políticas y sociales como acostumbraba a hacerlo. El caso era trivial, como esas notas de color o sensacionalismo adocenado que solía hacer Dora Cifuentes en su suplemento. Yo, sin embargo, sabría convertir a cualquier aburrido oficinista en una gigantesca y monstruosa cucaracha.

     Dios te oiga, le dije, sin creer en Dios. Las supersticiones persisten, la necesidad las hace imperecederas. Colgué, con la sensación entre los dedos de que iría a hacerse realidad la alegoría kafkiana. Pero no se trataba de un oficinista, por su puesto, ni de un hombre, sino de una mujer, y más precisamente una que tenía fama de bruja.

    

     Cuando le dije a Bernardo, discutimos. ¿Cómo iba a arreglármelas sola en La Plata? A lo mejor tenía que caminar cuadras y cuadras buscando la casa, y quién sabe quién me recibiría, y si me iban a alojar ahí o tenía que buscarme un hotel, y quién sabe a qué hora del día o de la noche. ¿Y si me descompensaba, y si me dolía mucho la pierna? ¿Llevaba todo lo necesario? Para qué decirle que ya había pensado en todo eso y mucho más que él ni siquiera imaginaba, probablemente. En vez de agradecerle, lo miré con encono, sentada en la cama con las manos entre mis piernas cruzadas, mientras él hablaba con los gestos y la entonación de su padre, que ahora surgían desde las tinieblas de la muerte para asentarse en su hijo, que tanto lo había combatido.

    -Todavía no soy una inválida-le dije. -Y si lo fuera, aún puedo pensar y hablar por mi cuenta.

    - ¿Pero si te desmayás en plena calle, y si nadie te encuentra en muchas horas, y…?

    - ¿Y qué tal si me muero? -lo interrumpí.

     Se fue dando un portazo. Me habría gustado que me abrazara.

     A la tarde tomé el colectivo a Constitución y me senté en el andén a esperar la salida del tren de las 3 y diez. Casualidad, como esas cosas que no nos explicamos porque preferimos ver el misterio de la providencia que nos evita el esfuerzo de pensar y nos entretiene ahogando nuestras neuronas. La vieja película western destelló en mi memoria: imágenes y música, sobre todo, porque eso es el cine, me parece. Más que palabras, gestos y rostros. Como la ópera es más música que palabras. Ellas pertenecen a la literatura y están en los libros, esos amigos que dan una paz que quizá sea la única verdad posible.  La múltiple verdad que es una sola y muchas al mismo tiempo. Todas congeniando en un mismo cuerpo, que a veces se pelea consigo mismo, como el mío.

      Esperé en el andén, mirando los altos techos, las columnas, los resabios de viejos tiempos trasladados a estas tierras que quisieron ser lo que no podían ser. Hombres y mujeres que contemplamos el futuro desde el pasado, viviendo en tiempos que no existen. Países que se han construido inmensas celdas preciosas con la utópica certidumbre de que el pasado fuese el mismo que el futuro. Tal incongruencia es de necios, por supuesto, pero los idealistas suelen pecar de necedad cuando no tiene un presente que los encandile y los sumerja en la quietud de la nada. Porque eso es el presente, la nada hecha ley. La abolición de lo necesario. La inmersión en las aguas del silencio. El mar se parece un poco a eso, por eso me gusta. Debería preguntárselo a mi prima Leticia, pero no sé si volveré a verla.

      El tren estaba ahí, vacío, como un dinosaurio acostado y sedado dentro del enorme galpón de un laboratorio sudamericano. Pensé en Ameghino, claro, y en el museo de La Plata. Asociaciones que me abrieron las puertas del tren poco antes de las tres de la tarde. Poca gente había, se iría llenando seguramente en las estaciones sucesivas. Me senté en uno de los asientos de respaldos intercambiables, donde una podía sentarse mirando en la dirección del tren o en la opuesta. Mirando al destino o hacia el sitio abandonado. Elegí mirar atrás, quién sabe si porque aún quería aprobar asignaturas pendientes, que es nada más que entender las actitudes de los demás, y que al fin de cuentas son las respuestas a las nuestras. Pero sobre todo no quería dejar mi cuerpo atrás, todavía. Partes de él se me estaban quedando en el camino, y no les había dicho adiós.

     Pasó el tiempo y la marcha del tren por paisajes urbanos: paredones a los costados, puentes peatonales, pasos a nivel con barrera inútiles, edificios que aparecían cortados por las vías. Luego el paisaje de la provincia y el conurbano en camino al sur, estaciones cada vez más chicas, mucha pobreza adocenada, casas, negocios, gente que iba y venía por las calles. Chicos con guardapolvos en su marcha a la escuela con hombros caídos, o de regreso a casa, intercalando juegos. Después, el campo y los pastizales, grandes extensiones de arboledas intercaladas con cultivos imprecisos o tierras abandonadas. Pasamos cerca de viejos talleres ferroviarios. Las estaciones se sucedían, y no tardaríamos en llegar. Creo que me quedé dormida.

     Desperté con la conversación entre dos hombres que estaban sentados a mis espaldas. Hablaban en voz demasiado alta aun para vencer el traqueteo del tren. Uno de ellos, el que estaba junto a la ventanilla, se hacía repetir las cosas de vez en cuando. ¿Era medio sordo? Tal vez. Su voz era oscura, levemente ronca, su tono escéptico, desencantado. La voz del otro, sin embargo, era amena, despreocupada, fuerte y clara porque quería hacerse entender por el otro. No sabía cómo era el aspecto de cada uno porque no podía verlos, aunque me hice una impresión al escucharlos. Las mujeres solemos hablar de pavadas tejidas con los cimbronazos de la cotidianidad, son conversaciones aparentemente superficiales como mantelitos blancos que cubren mesas de madera rayada y vieja. Los hombres conversan de estupideces o del origen de Dios, no tienen intermedios, y cuando hablan de mujeres, reúnen ambos aspectos. Van de una idea a la otra, inconciliables, confundidos, apesadumbrados. Las mujeres terminamos encogiéndonos de hombros y nos despedimos con un beso. Los hombres terminan acongojados y torpes, abrazándose para sostenerse hasta el próximo encuentro.

     Estos dos hablaban como si estuviesen solos en el tren. Yo tenía enfrente a una pareja encariñada en sí misma y no hacía caso de nada más. Del otro lado del pasillo, la gente leía o conversaba, o simplemente miraba por la ventanilla. Uno dormía con la gorra sobre la cara, roncando, aunque el traqueteo del tren tapaba el ruido. Pero la conversación a mis espaldas era clara, casi como si me estuviese dedicada, y por tal motivo, tuve la necesidad de prestarle atención.

 

     - ¿Qué te pasa, che?

     -Nada.

     - ¿Estás nervioso por tus viejos?

     -Algo así.

     Creo que debió hacer un gesto despectivo con una mano y luego juntarla con la otra entre los muslos como si tuviese frío.

      -No te hagás mala sangre, eso pasa siempre cuando volvemos a la casa de los viejos después de mucho tiempo.

     -Vos no los conocés.

     -No, pero supongo que son como todos, hincha pelotas.

     Debió esperar una reacción cómplice y amistosa, no la obtuvo, o porque no lo escuchó o porque no le hizo caso. Eso pasa a veces con los que no oyen bien, suelen ser un misterio. Pocos como ellos abusan de su deficiencia, como si los otros les debieran algo. No escuchan o hacen que no escuchan. No se puede ver su impotencia, no se la puede palpar ni clasificar certeramente, y los que oyen bien son como ciegos ante los que no oyen. Mi pierna, en cambio, se huele, se ve y se palpa. Mi impotencia en el fingir me impide el resentimiento, pero no la autocompasión. En cambio, ellos engendran el resentimiento como un monstruo invisible que ataca de todas partes.

     -Mirá, Juan. Me acuerdo cuando me fui a Buenos Aires por primera vez. Era un chico, un pibe de quince años más o menos. No sé si te acordás de esa casona que está cerca de la panadería de los Casas. Tenía fama. Algunos decían que era un putero, pero solamente veíamos perros en el baldío y mucha gente que entraba y salía, mujeres, sobre todo. Vivían la madre y la hija, y a nosotros, los de la escuela, nos gustaba la chica. No era extremadamente linda como una modelo, por supuesto, y era rara. Callada, casi hermética. No le podíamos sacar una palabra de su familia o de lo que hacía la vieja. Y eso que nosotros nos burlábamos y la jodimos muchas veces de mal modo, tengo que reconocerlo. La seguíamos por la calle hasta la casona, y recién cuando entraba tirábamos piedras a los perros o a las paredes. Las veces que rompimos vidrios nuestros viejos tuvieron que pagarlos, y para qué te voy a contar. Una vez, con la hija del panadero y otro amigo nos propusimos hacer una obra de misericordia, así la llamamos…

    El que hablaba se rio, y quizá se tapaba la cara con las manos, abstraído en ese recuerdo que debía resultarle entrañable.

     - ¿Me escuchás? -preguntó. El otro miraba por la ventanilla, probablemente.

     - ¿Qué?

     - ¿Estás distraído o te hacés? ¿No escuchaste nada de lo que te conté?

     -Perdoná, sí, te escuché. ¿Y cómo se llamaba esta mina?

     -Lidia, se llamaba. Era una adolescente como nosotros, pero parecía mayor, y a veces más chica, qué sé yo. Todo en esa familia era raro. Decían que al padre lo tiroteó la policía, y que la vieja era adivina y todo eso. La vez que te contaba, quisimos rescatar a los perros, porque decían que la bruja se los comía. Bueno, salió todo mal. Es raro que no te hayas enterado, bueno…ya sé, perdóname, a veces me olvido de lo tuyo. La cuestión es que la madre quedó con secuelas de una embolia. No nos metimos más con esa casa, teníamos prohibido pasar ni por enfrente. Después, cuando me fui a Buenos Aires por un tiempo, me encontré en el tren con Lidia. Ella iba a hacerse la vida en la ciudad, como quien dice. Sé que son prejuicios innatos, pero así nos enseñaron a pensar. Estábamos sentados como vos y yo ahora, hablando, y yo la miraba pensando en su cuerpo y en lo que le haría, porque no dudaba ahora que era una puta.

      El que hablaba bajó la voz y lo escuché moverse un poco, tal vez acercándose al oído del otro. Volvió a hablar.

     -Ya sabés, Juan. Hablábamos de cualquier pavada, pero yo sentía las pelotas llenas, ¿me entendés? Se me estaba parando y no podía contenerme. Le miraba los labios al hablar pero no la escuchaba, yo solamente imaginaba las tetas bajo el vestido de viaje de verano y la bombacha que apenas debía taparle la concha. Todavía me calienta cuando me acuerdo.

     Un silencio fue la respuesta del otro, sólo el traqueteo del tren como una patética reminiscencia del recuerdo. Luego dijo:

     - ¿Y qué pasó?

     - ¿Y qué iba a pasar? Me la cogí en el tren, en el baño. No era una puta como otras, alegre y demostrativa. Era tranquila, incluso indiferente, cuando se la trataba simplemente en la calle o en la escuela. Cogiendo era diferente, como todas las mujeres, me parece.  Nos separamos en Constitución, no quiso que fuésemos a un hotel por esa noche ni ninguna otra. No quiso verme más, y yo no la busqué más. 

     -Pero no la olvidaste, ¿no? Así son ellas, las que merecen que se piense en ellas y que las amen. No son putas, Eduardo. Son mujeres como nosotros somos hombres. Nos enseñaron, incluso nuestras viejas, que ellas están para nosotros. ¿No se te pasó por la cabeza alguna vez que, si nosotros no estuviésemos, ellas estarían igual? ¿Quién dice que nos necesitan?

    - ¿Estás hablando de lesbianismo?

     Escuché un chasquido de hastío que coincidió con el mío, silencioso.

    - ¡No digás pelotudeces! No hablo de sexo, sino de sentido existencial. ¿Cuántas formas tiene la naturaleza para sobrevivir? Ese no es el problema. Esa chica a lo mejor veía el futuro…

    - ¿Cómo la madre? Sí…seguramente era así, no lo pensé en ese momento.

    -Tenías el cerebro en la cabeza de la poronga…

    El otro se rio, y sentí que se movía, probablemente pasando un brazo por sobre los hombros del amigo.

    -Ya sé que te hacés el remilgado y el intelectual, pero en el fondo sos como todos nosotros…

    - ¿Y cómo somos? - le preguntó.

    Me interesaba la respuesta, pensando en Bernardo.

    -Sabés que la calentura es tan pasajera como una exhalación, que dura tan poco que a veces te preguntás si vale la pena tanto esfuerzo. Pero seguimos pensando en ese infinitesimal instante por el resto de nuestra vida, porque es lo que nos mantiene en pie. Todo el resto, la inteligencia o como quieras llamarlo, es el infructuoso intento por entender eso que nos pasa.

     - ¿Y qué nos pasa, Eduardo?

     -Las estaciones, Juan. Ya llegamos a La Plata.

 

     El pasillo empezó a llenarse aun cuando el tren no se había detenido. Acomodé las cosas de mi cartera, la cerré y me levanté para agarrar el bolso del portaequipaje.

     - ¿La ayudo, señorita?

     Justo al darme vuelta para mirarlo, el tren se detuvo definitivamente con una sacudida, y perdí el equilibrio. El hombre que había hablado me sujetó de la espalda. Era alto, delgado, con un traje de viajante de comercio, sin corbata y un sombrero oscuro que dejaba ver el cabello claro y ensombrecía los ojos azules. Reconocí la voz del que se llamaba Eduardo. Miré al otro, que acomodada las muestras de dos grandes valijas y levantó la mirada un par de veces.

     -Gracias, le agradezco mucho.

     -No es nada, por suerte la agarré a tiempo…-dijo, mirando la muleta apoyada en el asiento.

     -No se preocupe, estoy acostumbrada.

     No insistió, por suerte. Cuando bajamos, caminé por el andén. Con un brazo llevaba el bolso pequeño, la cartera al hombro y me ayudaba con la muleta. Caminé despacio, acostumbrada a precaverme de las multitudes que no se fijan por dónde van o a quiénes atropellan. No quería caerme, no debía, sobre todo, lastimarme. Me había jactado ante Bernardo de arreglármelas sola, y no estaba dispuesta a regresar lastimada tanto en mi cuerpo como en mi ego.

       La calle estaba oscureciéndose. Me senté en el banco duro de una parada de colectivo y revisé mis papeles en busca de la dirección a donde tenía que ir. Era la casa de los Cortéz. Leandro me había dicho que ya había hablado con la familia. Le pregunté por qué habían aceptado, me dijo que estaban en apremios económicos por el alquiler de la casona y el diario les había prometido un pago. ¿Y en dónde encajaba yo, le pregunté? No te preocupés, me había dicho, si sale bien, entrás al diario. Entrar en La Prensa o en La Nación era algo que ya había descartado mucho tiempo antes, y casi maldije a Leandro por volver a regar mis esperanzas muertas. De todos modos, no perdía nada, y allí estaba. Perdida, creo, y más convencida cuando vi a los hombres en la esquina, que hablaban con una pareja de viejos no tan viejos, que debían ser los padres de Juan, el hombre taciturno, bajo y de hombros anchos, de rostro y barba oscura. Hacían una pareja extraña, el uno optimista y despreocupado, pero también desencantado y como de vuelta de algunas desilusiones, el otro serio, obsesivo y apesadumbrado. Uno alto y otro bajo, como un par de cómicos del cine haciendo su rutina de peleas y reconciliaciones. Subían a un auto, pero el alto me vio antes de subir, dijo algo a los de adentro y corrió hasta donde yo estaba.

     - ¿A dónde va, señorita? ¿Quiere que la alcancemos a algún lugar? Mire que está oscureciendo…

     Me iba a negar, pero de pronto me sentí desvalida y cansada. Los ojos claros y la espléndida sonrisa de ese hombre me convencieron.

    -Mire, no sé dónde es esto, creo que no es en el centro, así que no sé el colectivo.

    -No se amilane por nada. Mi amigo y yo nos criamos acá, y las diagonales no tienen secretos para nosotros.

      Leyó el papel con la dirección. Me miró, de pronto, con seriedad.

     -Disculpe que le pregunte-me decía mientras caminábamos hacia el auto, llevando el bolso, sin dejar que me ayudase con la muleta. - ¿Usted va a visitar a las Cortéz?

     -Es para una entrevista, ¿los conoce?

     -Sí, pasaremos por enfrente porque la casa de Juan está muy cerca.

     Entramos al auto. Me presentó y vi cara de pocas migas, pero nadie dijo nada. Se miraron todos cuando mencioné la dirección, el silencio podía cortarse como papel. Cuando llegamos, el viejo dijo:

    -Puede bajarse.

     La madre me miró, quería preguntarme algo, pero el viejo le puso una mano en el hombro y ella desistió. Juan estaba del lado de la vereda, así que bajó y me ayudó. Miró hacia la casa, ya oscura la calle y la vereda. Escuché ladridos, y entonces me di cuenta. La casona y la chica de la que ellos habían hablado era esta frente a la que estábamos. Había luz en el porch y en una habitación de arriba.

     - ¿Quiere…?  empezó a decir Juan.

     - ¡Vamos! - gritó el padre.

     El hijo volvió al auto y arrancó sin que yo tuviese tiempo de agradecer y saludar. Los perros, cuyos ladridos llegaban desde el patio del costado y del fondo, continuaban persistentes. De pronto, la puerta del frente se abrió y salió una chica flaca, y algunos los perros fueron corriendo, y otros seguían dando vueltas tras la cerca que los separaba de la vereda, tan baja que podrían haberla saltado, pero no lo hacían. Ella dejó unas cacerolas en el pasto. Los animales iban y venían, alternando la comida y los ladridos.  Ella me miró, yo fui hasta la cerca, vigilando la actitud de los perros. Ella estaba lejos, en la puerta, quince metros tal vez nos separaban, y no sabía si iba a escucharme con tanto ladrido y ajetreo de ollas volcadas.

    - ¿Está la señora Cortéz?

    - ¿Quién la busca?

    -Cecilia Taboada, por la entrevista.

     Entonces entró por un momento y encendió luces. El camino de entrada era de lajas rodeadas de pasto y heces de perro. La chica se quedó seria y quieta donde estaba, junto a la puerta. Vio mi esfuerzo por subir los cinco escalones esquivando a los perros que me observaban y olisqueaban dificultándome el paso. Finalmente, ante ella, le dije:

     -Lamento la hora, creo que el señor Mallea ya habló con la señora por mi alojamiento. Pido disculpas, pero ya se habrá dado cuenta de mis dificultades.

     -No se haga mala sangre, querida- dijo una voz desde la oscuridad de la sala interior. Lidia, no te quedés parada y ayudá a la señorita con sus cosas.

    Así que esa era Lidia, la chica de la que hablaban en el tren. Pero si era una nena, no podía tener más de trece años, catorce a lo sumo. Tenía que tratarse de otra, sin duda.

     Entramos, ella llevando mi bolso, mientras yo daba la mano a la mujer que estaba en silla de ruedas. Era vieja y joven al mismo tiempo. Parecía no tener más de cuarenta y cinco años, tal vez, pero estaba demacrada y flaca, la piel llena de arrugas y con un maquillaje que parecía más macabro que otra cosa. La sala en la que entré, ahora iluminada, estaba despojada de muebles. Pensé en la sala de Graciela, tan llena que cachivaches, y esta me resultó un desierto. No pude dejar de mirar alrededor, ni cuadros había. Simplemente una mesa y dos sillas. Y un armario tan pesado que parecía empotrado en el piso y las paredes.

     -Mi hija le va a mostrar la habitación después de que coma algo, le preparamos una cena liviana, ya me contó el señor que usted es diabética.

     Gracias, Leandro, pensé, como siempre que se me adelantaban a anunciar mis discapacidades y  los cuidados que debían tenerse conmigo, sin embargo, todos levantaban más alto las paredes de los prejuicios que intentaban evitar.

     Miré la escalera, en eso sí me habría gustado ayuda. Pero la mujer no apreció darse cuenta, tal vez porque dormía en la planta baja. La chica regresó y desapareció en el fondo. Un rato después trajo un mantel y el plato de comida. Una lúgubre sopa de tomate, una hogaza de pan y un vaso de agua.

    -Disculpe, señorita, pero no tenemos muchos recursos. El señor ya le habrá explicado nuestra situación.

     -Si, me explicó-dije, sentándome y probando la sopa, desabrida y sin sal, pero al fin algo para mi austero día de viaje- Espero que no le moleste mi presencia, entiendo que estas notas son molestas.

    -Sí, para los que no somos famosos son molestas, salvo a los buscadores de quince minutos de fama en la televisión o en los diarios. Pero ya sabe, el señor Leandro nos conoce de siempre, tan joven y es como nuestro padre, puede decirse, nos conoce a todos. Está en todas partes, aunque no se lo vea, como a un dios creador, por eso no puedo enojarme con él. Nos provee de todo, aun cuando sea muy cruel con nosotros de vez en cuando.

     -No le entiendo muy bien…si se refiere a que él escribe.

     -A eso me refiero, y que a veces exagera. Pero no importa. Usted es diferente, es una mujer, y nos entenderemos a las mil maravillas, ¿no es cierto Lidia?

    -Sí, mamá-contestó, parada a su lado, con las manos en la espalda, moviéndolas, y aunque yo no la viese adivinaba los gestos que debía estar haciendo. Tenía la cara blanca y pálida, los ojos oscuros como la madre. Por momentos me parecía estar viendo a la una en la otra, con los rostros superpuestos: la hija en la silla y la madre parada. Lidia debía ser el retrato de la madre a su edad. ¿Qué edad tenían?

    - ¿Yo? -preguntó la chica.

    -No seas tarada y no le hagas repetir a la gente, para sordos tenemos de sobra.

    Me quedé con la cuchara a medio camino, que desistió de continuar. No había preguntado nada, por lo menos en voz alta, y aquella referencia a la sordera, me hizo acordar al hombre bajo del tren.

    -Tengo diecinueve, señorita.

   Casi me reí, pero lo evité simulando una tos que ninguna me creyó.

    -Sí, es muy joven todavía.

    -Es que parece una nena…

    -Es una niña, por supuesto-dijo la madre, acariciando el brazo de Lidia, pero apenas tocándola. -Ha hecho de las suyas, pero está aprendiendo.

     No quise continuar, me sentía desubicada en tiempo y espacio. Tal vez fuesen los niveles de azúcar de mi sangre y la crisis previa a una nueva descompensación que Bernardo no me perdonaría, y yo menos aún.

    -Me iré a dormir, estoy muy cansada.

    Lidia me acompañó a subir la escalera. Noté que me observaba sin resquemor, pero con la congoja de un rito que la hastiaba. ¿Desde cuándo cuidaba a su madre inválida? Y mientras subía la escalera, escuché los crujidos de los peldaños.

    -Lamento tanto ruido, son las muletas.

    Desde abajo y sin esperar que me hubiese escuchado, la madre dijo:

    -No se haga mala sangre, la casa se queja porque es una vieja cascarrabias a la que no le gustan los extraños.

 

 

 

2

 

 

En la mañana me desperté con mi reloj biológico en perfecto funcionamiento, sin sobresaltos y sin inquietudes. Una alarma que me hizo abrir los ojos exactamente a las ocho. “Qué mierda”, fue mi único pensamiento, más bien una decepción que verdadero lamento o hastío de existir, estados con los que me había acostumbrado a convivir como con un marido del que no podría deshacerme nunca, estados en los que me acostaba y despertaba, viendo la cara de la muerte maquillada de actriz de teleteatro a mi lado en la cama, y enseñándome las posturas de la eternidad como si me estuviese enseñando un Kamasutra de tal ridiculez que era como estar viendo dos huesos que chocan y se rompen. El resultado del sexo no es la vida sino el polvo de la nada que se asienta en la habitación del recuerdo como manchas de placer formando oasis donde creemos ver puertas de entrada al universo, y sin nada más que manchas planas, duras e irrevocables, iguales a los ladrillos al descubierto en las paredes de los cementerios.

     Pero esa mañana, como todas, lo que apenas fue una decepción, fue alimentándose de pena y se acicaló en el baño de la casa vieja, de pisos con tablas crujientes y puertas que no cerraban del todo. Ni la del dormitorio ni la del baño o las ventanas. Marcos apenas torcidos, milímetros de diferencia con los mismos que se mide la diferencia entre la vida y la muerte: el umbral de espacio tan incierto que no se ve, que no puede medirse, pero que sin embargo se calcula con la medida exacta no del instinto, que está demasiado apegado a lo biológico, sino la premonición.

     Y esta palabra me llegó desde abajo, de la planta baja. ¿Cómo lo sé? Simplemente porque apareció en la puerta del baño, que se fue abriendo porque, como dije, no había podido cerrarla, dejando ver a María Cortéz. Al principio pensé que se trataba de la hija: se veía joven, parada tranquilamente con un vestido verde de entrecasa que llevaba con elegancia porque su cuerpo era delgado y las formas del sexo insistían en permanecer. Era la misma que yo había visto en silla de ruedas y con la cara pintarrajeada, con la voz ronca dando órdenes imperiosas. Pero la que me observaba mientras yo me peinaba luego de lavarme los dientes, aunque tenía la misma edad, alrededor de esos cuarenta y cinco años que se suelen nombrar cuando las fronteras son inciertas, no estaba maquillada, hablaba en voz baja y tranquila, como pensando cada una de sus frases, y todavía era hermosa, con el cabello castaño claro a leves ondas que jugaban alrededor de sus orejas. Tenía las manos tras la espalda, y no sé qué hacía con ellas (esas cosas siempre me preocuparon, como me preocupa lo que no puedo ver).

      -Venga a desayunar, Cecilia.

     Bajamos juntas la escalera. Ella incólume, un paso tras otro con sus zapatos de taco bajo, yo haciendo estruendo con mis muletas. Fruncí la cara, avergonzada. Ella me dedicó una sonrisa que creció en una breve carcajada.

      -Anoche me hizo enojar, la casa, me refiero, es que ella también, como nosotras, tiene sus ritmos circadianos. Envejecemos y no irritamos, chillamos, rompemos cosas, nos enfadamos con los que más queremos, y hasta somos capaces de cualquier cosa. Usted lo comprende, ¿no es así?

¿Se colocó la insulina esta mañana?

     Negué con la cabeza. En la cocina, nos sentamos a la mesa donde Lidia colocó tres tazas de vajilla vieja, un plato con terrones de azúcar y una tetera que contenía café. Luego trajo una caja de metal con la propaganda de un pan dulce del año cincuenta, tal vez, donde conservaban galletitas de miel. Me ayudaron a inyectarme. No las impresionó.

      -Apenas medio terrón o una galleta de miel para usted-me decía ella, atendiéndome como a una reina o a una inválida. -Ya sé lo que está pensando, pero tenemos que cuidarla. Usted es nuestro último recurso.

     Que del resultado de la entrevista dependía salvar la casa, no necesitaba decírmelo. El diario ya había acordado un mínimo, seguramente, pero ella parecía estar escondiendo algo con su sonrisa velada y la extremada atención que me dedicaba.

     -Cuando terminemos el desayuno empezamos la entrevista, si le parece. ¿Dónde le gustaría sentarse? ¿Afuera, en el patio de los perros? Pero no, la pueden lastimar sin intención, y sobre todo…-. Obvio mencionar el olor de la herida en mi medio pie. - En la sala mejor, allí hay un silencio después del mediodía que a veces me parece que la casa duerme, aunque me consta, después de tantos años, que solamente está pensando nuevas formas de molestarnos.

     Ahí estaba mi primera pregunta.

     - ¿Y por qué quieren quedarse en una casa que las odia? Si hasta parecen vivir en constante estado de mudanza, porque no hay más que los muebles esenciales, como empotrados, y si hasta las sillas clavarían ustedes si pudieran.

     Se largó a reír con una carcajada entrecortada. Cuando se contuvo, me dijo:

     -Usted es una de nosotras, sin duda. Pero déjeme hacerle una comparación. Usted sabe de medicina, por supuesto, y le consta que los tejidos que han sufrido suelen endurecerse y adherirse a lo que tiene alrededor. Cicatrices o quistes o como se llamen, son las consecuencias menos temibles de algo que pudo matarnos. La casa es como el cuerpo. Pablo, mi marido, pasó meses enteros clavando los muebles y las tablas para intentar que dejaran de moverse, y lo único que logró fue que continuaran rechinando y crujiendo. Casi todo está adherido a las paredes o al piso, salvo las pequeñas cosas inservibles e inevitables, estas tazas, por ejemplo, o un cepillo de dientes. Y nosotras, claro, que nos quedaremos quietas en algún momento.

     -Entiendo la psicología de la casa. Pero ustedes, con ese criterio, ¿no tienen miedo cuando duermen?

     -El contrato tácito es distinto al que tenemos escrito con el dueño y en manos de un escribano. A ella- e hizo un gesto de una mano señalando los techos y las paredes- la mantenemos viva con lo que a ella le gusta, y a cambio nos deja tranquilas, salvando los quejidos de vieja a los que ya nos acostumbramos.

    -Por eso usted trabaja de adivina, entonces.

    María se encogió de hombros, y me ofreció el otro medio terrón de azúcar como si premiara a un perro inteligente. Lidia se había sentado casi junto a la madre, y las vi tan parecidas, que pensé en una superposición de rostros. No dejaba de inquietarme ese repentino rejuvenecimiento de la madre, pero sospechaba que era una actuación que acostumbraba dar a los extraños o a su clientela para adaptar su aspecto a la escenografía de la casona. Una vieja bruja concordaba con una casa de espectros. Sería un buen título para el artículo, pensé.

     Salimos al patio. La mañana era lúgubre, con el cielo tapiado de gris y una garúa que me llenó los pulmones con un vaho de humedad que creí me invadía las venas y acentuaba el olor de mi herida. Los perros, diez, quince, veinte, llegaron corriendo apenas pisé el entablado tras la puerta. Un grito de María fue suficiente para que simplemente se detuvieran a olerme. No nos saltaron, aunque todos estaban nerviosos, conteniéndose.

    - ¡Ya basta! ¡Fuera! Quería que supieran que se trata de una amiga, así ya no la molestarán. Entremos.

     Fuimos a la sala y nos sentamos en dos sillas junto al hogar apagado. Afuera se escuchaban los ruidos de la ciudad. Bocinas de autos, motores de colectivos, gritos de chicos, y algún choque con el sonido metálico que desentonaba con el sonido de la madera del interior.

    - ¿Y por qué estos ruidos?

    Esperó a que sacara mi libreta de notas del bolsillo de mi pantalón.

     -Ya le dije, la casa es un cuerpo vivo, como todas las casas, ¿no le parece? Sobre todo, las que son muy viejas y han sido construidas con un objetivo, para alguien o para una familia en partícular, no como esas de ahora que hacen para vender a cualquiera, como una fábrica de tornillos fábrica tornillos, todos iguales, ¡y si hasta éstos son diferentes!

     - ¿Quién la construyó?

     -No sé, ni sé lo que pasó. Yo veo el futuro, Cecilia, no el pasado. El pasado me llega por indicios, como a todos, t me sugiere cosas, como a todos. Yo solamente conozco mi propio pasado, y hasta ahí nomás, por supuesto. Hay cosas que se olvidan, otras que creen recordarse. Lo que es mi pasado en esta casa simplemente fue el futuro cuando Pablo y yo llegamos por primera vez. Sé que la casa estaba enferma, con todos esos ruidos que al principio me espantaban y a Pablo lo hacían sufrir como requiebros. ¿Cómo explicarle la diferencia? Son solamente sensaciones que luego se convierten en convicciones. Como le decía, primero les tuve miedo, porque yo misma no comprendía del todo mis capacidades, si así puedo llamarlas, esas que eran maldiciones y tortuosidades de mi espíritu, y que con el tiempo fui aprendiendo a domesticar, como a esos perros, ¿me entiende?

     Asentí con la cabeza. Hablaba de cosas tan etéreas como mi exacerbada imaginación, que a veces me agrada más que la realidad.

     -A Pablo lo atormentaban porque sentía culpa. Eso es lo malo de los hombres, se dejan avasallar por ese sentido del deber que sin embargo no pueden cumplir. Y la educación católica que recibió de sus abuelos en Tandil no le ayudó en nada. Nos conocimos en Mar de Ajó, él hacía trabajos de albañilería y yo me había ido de la casa de mis viejos en Madariaga y hacía de sirvienta para los turistas del verano. El contratista de Pablo era Octavio Rinaldi…-. Se detuvo para confirmar a que yo anotara el nombre. - Fue el único que lo contrató allá en la costa porque Pablo había cumplido un tiempo en la cárcel. Estaba tan agradecido con el tipo que se deshacía en elogios. Gracias a eso pudimos alquiler un departamento y yo quedé embarazada. No tenía tres meses cuando me enteré del robo. El tipo lo había embrollado para un nuevo trabajito en una financiera de pacotilla en Mar Chiquita. Pero los de la financiera también habían embaucado a muchos, y tenían más plata de la que declaraban. Era todo un entramado que incluía a la policía de la provincia que hacía la vista gorda y a los intendentes de la zona. Eso fue lo que leí en los diarios después del robo. Pablo me dijo que teníamos que irnos. Rinaldi le había dicho que un tercer socio se había llevado más de la mitad de lo robado. Estaba enfurecido y amenazaba matarlo cuando lo encontrara, pero mientras tanto Pablo, pobre diablo peón de obrero devenido en peón de pobres, tenía que esconderse. Cuando supiera algo, le avisaría. ¿Sabe usted adónde vinimos a parar? A donde estamos, esta ciudad de La Plata, que por ser grande pensamos íbamos a pasar desapercibidos, pero que es el nido de arañas de donde nació Rinaldi y los otros, los supuestos socios de Pablo. Todos, fuesen cuantos fuesen, se aprovecharon de él. Pablo no terminó el sexto grado, Cecilia, y apenas sabía leer los carteles de las calles o las oficinas. En la cárcel lo trataron peor que a un perro, y cuando nos conocimos en la playa, me decía que el mar era como un muro más de su prisión. Pensó en matarse una vez. Sí, ya veo en su cara que todos los hombres son iguales, que Pablo me quería conmover haciéndose la víctima. Que yo lo amaba y no veía la realidad. Le digo una cosa: yo veía la realidad porque veía resabios del futuro. Fue eso lo que vi, o más bien escuché en esta casa. Los tiros empezaron a abrumarme. Los escuchaba en la calle, y acá dentro, la casa me advertía con su forma tan poco sutil. Entonces, lo que para mí fue incomprensible espanto se tornó en absoluta culpa: tenía qua advertirle a Pablo lo que sobrevendría. Poco a poco fui testigo de que la culpa que él sentía al principio, esos ruidos que para él eran como quejidos del Cristo en la cruz, fue transformándose en espanto, hasta moldear su cara en esa expresión con la que lo vi morir. El espanto de ver la traición de la mujer que amaba con el mismo valor de la traición de los otros hombres.

    - ¿Quiere decir que usted sabía que vendrían a matarlo sus socios?

    - ¡No, no! Usted no sabe nada de lo que pasó. No fue así, voy a contarle. Yo no sabía quiénes serían, solamente escuchaba los disparos del futuro. ¿Cómo decirle y advertirle? Él en esa época no sabía mucho de mis tormentos porque se los ocultaba. Prefería pasar por loca, y eso era lo que creía la mayoría de la gente. Pablo sólo creía, un poco al menos, en lo que llamaba mis sueños, porque yo disfrazaba con esa palabra lo que no entendía, lo que me estaba pasando desde chica en los campos de Madariaga, en donde tantas veces enterraban muertos desconocidos, desde siempre, fuese en los años treinta durante la dictadura, o con Perón después, y más tarde en las fosas comunes donde los militares hacen desaparecer a los muertos. Yo escuchaba, aun cuando esto último no hubiese sucedido todavía, los quejidos de los muertos como si hubiesen sido enterrados vivos. ¿Se imagina usted a una nena de ocho años, de imaginación exacerbada y encima con esa capacidad que la superaba en comprensión? Cuánto sufrí, no lo imagina. Les decía a mis padres, un criador de pollos y una maestra de escuela, lo que me pasaba, y se miraban como lamentándose de que la única hija que habían podido tener fuese como la tía abuela encerrada en un manicomio hasta que se murió. La que veía sombras en las paredes y monstruos en los platos de sopa, la que se rapaba el cráneo para asemejarla a una bola de cristal. Entonces un día agarré una pala y me fui muy temprano a desenterrar a los muertos. Me encontraron desvanecida de cansancio en plena tarde de verano junto a un montón de pozos de donde salían gusanos y escarabajos, nada más. Me sacaron de la escuela, me pusieron a trabajar en el campo con las aves de corral. Cuando tuve catorce años me fui de casa, sola. Trabajé de sirvienta, y un par de tipos me mantuvo unos meses uno, unos meses otro. No era puta, no, era solamente una mujer. Las imágenes que me torturaban fueron sembrando semillas de sosiego en mi mente. Sólo lo que amaba me angustiaba, y a esos hombres yo no los amaba. Por eso, cuando conocí a Pablo, no pude decirle lo que presentía. Debía hacerlo, tal vez hubiese evitado esa forma del futuro. Es un absurdo para alguien como yo, pero aún pienso en eso: las formas son únicamente formas, la esencia de un objeto no determina la forma en que está contenido, eso me lo dicen las metáforas de los sueños, los símbolos en que me hablan. Las palabras son intercambiables, son nada más que formas, pero el concepto no cambia.

    -Algo así decía Kant en sus premisas.

    - ¿Así? Entonces no se necesita ser filósofo para interpretarlo. Las pitonisas no son infalibles, sin embargo. Cuando no nos esquivamos sobre el futuro, lo hacemos con el presente. Este cuerpo y esta carne que nos define nos condena, usted bien lo sabe, Cecilia. Somos egoístas por naturaleza, el cuerpo teme el dolor. Y mi dolor era salir de esta casa, que, siendo mi agobio, era mi útero. ¿Cómo explicarle? Decirle a Pablo que iban a matarlo, era igual que pedirle que nos fuéramos. Y yo no podía dejar la casa en la que al fin había encontrado mi paz. Usted me preguntará: ¿paz? Y yo le respondo: el desvanecimiento de aquella tarde en Madariaga entre los pozos fue la tarde más pacífica de mi vida. Nunca se lo dije a nadie, pero antes de dormirme por largas horas, los espectros me tocaron al ser liberados. Cada uno se despidió con un leve roce que fue como el beso de una mosca.

     Se habían hecho las dos de la tarde, la hora en que muchos emprenden la tarea de la siesta. Qué aburrimiento, Dios mío, yo no acostumbrarme a hacerlo, me parecía que era perder un tiempo precioso. Me pondría a pasar las notas, en mi habitación  había una vieja Remington a la que había que poner unas gotas de aceite para que comenzara a correr como un hermoso gamo por el bosque de letras. Por lo menos ocultaría por un largo rato los ruidos de la casa que se destacaban por su tenaz insistencia ni por su originalidad, aunque a veces ésta también aparecía en la forma de un sonido extraño que no era el de la madera, sino una especie de aliento de un chico con asma, o lo que es lo mismo, que ya no podía mantener la respiración mucho tiempo más.

     Pero mis planes para la tarde se vieron turbados cuando apareció Juan, el del tren. A él se refería la madre de Lidia cuando la noche anterior habló de las visitas de los sordos. Juan, por supuesto, no lo era del todo, paro le costaba escuchar frases largas o en voz baja. Entró en la sala cuando Lidia le abrió la puerta de calle, sin que tocara el timbre. Debía estar esperándolo, porque cuando llegaron juntos, sin agarrarse de la mano, pero tácitamente unidos, María dio un respingo, levantándose de la silla, y diciendo:

     - ¿Qué te dije Lidia? No quiero verlo más, y vos insistís en frotármelo en la cara.

     Pero Lidia había aprovechado que estaba yo, una visita ante la que debían quedar bien, o por lo menos la oportuna testigo de lo que ella necesitaba que se supiera. Porque ambas tenían diferentes motivos para desear mi presencia. La madre por el dinero para conservar la casa, tal vez también por resarcirse de un resentimiento largamente acumulado, y la hija por defender lo único que creía podría salvarla del destino que ya estaba inmerso en sus propios huesos, de manera que extirparlo era como amputarse.

     -Usted disculpe, Cecilia-me decía la madre, recuperando los tonos de una vieja regañona y sarcástica de barrio de medio pelo. - Aquí como lo ve usted, este chico no es bienvenido. Su padre mató a mi Pablo, y ¿usted podrá creerlo? Mi Lidia insiste en traerlo como si fuera su novio.

    -Es mi marido-dijo la chica, que parecía una nena de trece años hablando de matrimonio.

    - ¡No digas estupideces! El matrimonio ya se anuló hace mucho, pero parece que ninguno de los dos quiere darse cuenta.

     -Yo me retiro- dije, pero entonces Juan habló, como sujetándose a mí como un salvavidas.

     -Ya nos conocemos, señorita, ¿se acuerda, del tren?

     -Claro que me acuerdo, es que no quiero meterme en cuestiones familiares.

     -Es que no existen tales cuestiones, Cecilia-dijo la madre. -Todo se ha acabado entre ellos. Lidia y éste se casaron de adolescentes, a pesar de lo que ya ella sabía de la familia Rinaldi. Porque este tarado que no escucha nada, o hace que no escucha porque no le conviene, es el hijo de Octavio Rinaldi, el socio de mi marido que le mencioné, que sigue libre porque vendió a Pablo.

     Lidia y Juan hicieron los gestos de hastío que debían hacer siempre que escuchaban lo mismo a lo largo de los años. Se fueron al patio, los perros ladraron alrededor de Juan, pero ante una orden breve de Lidia, se callaron y se sentaron alrededor de ambos.

    María miraba desde la sala, impotente y llorosa.

     -No puedo hablarle de eso ahora-dijo. - Lo dejamos para otro momento. Tengo trabajo a las cinco.

     Me fui a la cocina y busqué algo de comer en la heladera. Fideos fríos, restos de una pascualina de acelga, un pedazo de pastel de carne. Ninguna se preocupó en almorzar ni ofrecerme nada, las atenciones del desayuno habían desaparecido, reemplazadas por la ofuscación y la sensación de vejez que iba tiñendo la casa y el cielo de La Plata. La sombra de la tarde, precoz, oscureció la cocina. Escuché un par de veces el timbre, y el rechinar de la silla de ruedas hacia la puerta de entrada y luego de vuelta hacia la sala, seguidos de un taconeo inseguro, que se repitió varias veces hasta cerca de las nueve de la noche.  Cuchicheos, unos grititos templados de mujer se mezclaban con la penumbra de la casa.

      Juan y Lidia seguían en el patio, sentados en dos mecedoras. Los perros acostados, como adoradores de la diosa pagana que tenía a su lado al concubino que los súbditos aborrecían, pero toleraban por orden de su dueña. Durante esas horas que me quedé en la cocina, escribiendo en papeles que encontré en los cajones, escuché fragmentos de la conversación entre ellos, que me llegaba con el acre olor de lo viejo y enclaustrado, como si ambos intentaran conservar ese amor que se tenían igual que quien intenta conservar una rosa dentro de un libro. Luego de un largo tiempo, la flor seguirá estando, completa como una pieza de museo que está prohibido tocar, a riesgo de que se deshaga en pedazos y se haga ceniza.

    A eso de las ocho de la noche entraron y Lidia encendió las luces.

    - ¿Qué hace en la oscuridad, y escribiendo? Se va a lastimar los ojos, señorita.

    -Ya tengo la vista acostumbrada, y la diabetes aún no la afectó. Espero no quedarme ciega antes de morirme.

     No sé por qué hice ese comentario tan horripilantemente pesimista y mortuorio. ¿La casa empezaba a conocerme y me lo estaba dictando? Tal vez María tenía razón, las paredes eran parte de un cuerpo con vida propia, ¿y dónde estaba el cerebro?

     -Voy a preparar la cena, mamá está por terminar sus consultas. Cenamos tarde.

     Juan se sentó y puso los codos sobre la mesa.

     - ¿Usted se queda? -le pregunté, asegurándome de hablarle fuerte y de frente.

     -No, aprovecho los últimos minutos, nada más.

     -Tienen pocas oportunidades de verse, ¿no es cierto?

     - ¿Y qué le parece? Con mi trabajo, vengo sólo cuando me designan la zona.

     -Así que se casaron…

     Lidia estaba de espaldas, abriendo frascos, cortando verduras, con la atención puesta en la cocina y la vista en los azulejos antiguos, pero escuchaba, sin embargo.

     -Mis padres nos separaron porque no era legal, según dijeron, ambos éramos chicos.

     -Creía que había sido María…

     -Mi madre…- dijo Lidia desde su puesto junto a la mesada de la cocina, con un delantal de hace treinta años que la hacía lucir aún más grande, casi como si fuese la madre de su amante. Esa casa tenía la virtud de envejecer, a ciertas horas, a las mujeres. Pero el hombre seguía joven, y únicamente su resentimiento envejecía su alma. -…ella hace lo que le conviene, y muchas veces no sabe qué es. Aunque protestara, creo que habría cedido a nuestro matrimonio al final, porque lo que ella quiere es que no la molesten. Mamá se desvive porque la dejen en paz en esta casa, es su refugio, la que la mantiene. Come ve, protestó cuando Juan vino, pero al final se resigna.

     Dos amantes que valoran los minutos, los anocheceres lentos y ensombrecidos en una calle triste de La Plata. Arrinconados, esperando pasar desapercibidos todo el tiempo que puedan, que nunca es mucho, porque siempre hay alguien que está ahí afuera, acechando.

      - ¿Puedo preguntarle algo, Juan?

      -Sí, señorita. ¿Es para la entrevista? Ya Lidia me contó…

      -Es sobre el papel de su padre en el robo. Mire, no lo tome a mal, ya eso es viejo y ha prescrito.

      Se puso nervioso y se levantó. Si, evidentemente lo había tomado mal.

     -Pregúntele a él, si se anima. Tengo que irme, me esperan en casa.

     Se fue sin despedirse de nadie.

     Vi a Lidia con la mirada acongojada y lejana, fija en la puerta de calle. Tenía un cuchillo con el que estaba cortando una zanahoria sobre la tabla de madera. Pedí disculpas.

      -Usted pregunte, nomás. Para eso vino. Nosotras seguimos viviendo acá, y nada cambia. El padre es peor que mi madre, por si quiere anotarlo. El viejo es una bestia. Es alcohólico, pero ese no es problema. Una vez golpeó a Juan hasta dejarlo sordo, y la madre… ¿cómo decirle? Es una rata que secunda las acciones del viejo, se esconde en su ratonera cuando lo ve violento, y sale para hacerse su protectora cuando lo acusan. Entre esos dos se crio Juan. Tiene un alma de cristal que transparenta todo, pero es un cristal que no se rompe…

    -Hay vidrios templados, Lidia, que años y años se exponen a todo, y un día estallan…

    Esa noche cenamos las tres. Lidia era como el ama de casa que iba de la mesada a la mesa trayendo los platos. María en su silla de ruedas en su papel de bruja vieja. Yo en silencio, llevando mi tenedor a la boca con tallarines teñidos de una salsa insípida con carne. Los perros ladraban, esperando su turno.

    -Ahora-dijo María, dejando los cubiertos sobre el plato vacío. Lidia se levantó y salió a alimentar a los animales.

    - ¿Qué les dan? -pregunté.

     La vieja apoyó los codos en la silla, mientras se escarbaba los dientes con un palillo. ¿Cuántas mujeres había en esa casa? Una multitud que aún me faltaba conocer.

    -Su propia bosta-me contestó.

     No sabía si dejarme llevar por la risa. Como lo notó, dijo:

    -No es broma. La bosta seca y los huesos de los que se mueren.

     - ¿Me lo dice en serio?

     - ¿Qué? ¿Va a denunciarme como las vecinas? Ya lo hicieron y no les sirvió de nada. ¿Usted cree que con lo que gano con la bola podemos mantenernos? ¿Qué cree que comió, querida?

      Mis ojos se llenaron de lágrimas que no quise liberar. Me tragué la bronca y la humillación. Me levanté e hice todo el ruido que pude con las muletas en todo el camino hacia mi habitación. El pasillo y la escalera se convirtieron en cavidades de trueno. Competiría con la casa en escándalo e ignominia, no me amedrentaba la pelea. La vieja debía estar contenta, probablemente, ya me había atenazado lo suficiente para sacar lo peor de mí. La chica, afuera, arrojaba a los perros los restos de los muertos, y así aprendía a ser mujer en esa casa, donde las brujas eran legión.

 

 

 

3

 

 

Mi segunda mañana en la casa desperté tarde. Creí escuchar varias veces golpes en la puerta, pero entre sueños, no les hice caso. Había dormido mal por la bronca de la noche anterior. Fui al baño, sin cerrar la puerta y en cuanto me levanté del inodoro vi a Lidia, apoyada en el marco y con los brazos cruzados. No sé si la describí antes. Era delgada pero esmirriada, de cara flaca y sin embargo era bella por sus rasgos definidos y esos pómulos marcados que tan preciados son en las modelos de alta costura. El cabello era largo, hasta por debajo de los hombros, y siempre suelto, de color castaño claro y leves rizos naturales en las puntas. Los ojos verdes me miraban con encono.

     - ¿Va a bajar a desayunar?

     Me pregunté a qué venía ese tono, y aún la falta de intimidad, pero en ella había nada más que molestia por las veces que debió subir a avisarme, como si simplemente le hubiese ocasionado trabajo extra.

      -Ya voy-dije, y me paré frente al espejo, lavándome la cara y peinándome. Ella me seguía mirando, esperando. Y me di cuenta de que esa era su forma hostil, porque no conocía otra, quizá, de querer hablar.

     -Decime un poco, ¿vos no trabajás, no estudiás?

     - ¿No le parece que trabajo?

     -Ya sabés a qué me refiero, a ganar tu propio sustento. ¿Terminaste el secundario?

     Se encogió de hombros y escondió la cara con el pelo.

     -Me fui a Buenos Aires hace unos años. Ya sabe, para apartarme de mamá.

     - ¿Y qué hiciste?

     -Limpie casas, bares, me metieron de prostituta, pero a los hombres no les gustaba, parecía muy chica, y les daba miedo la policía que hacía allanamientos de vez en cuando.

     -Tuviste suerte-dije. Me lavé los dientes y la agarré de una mano para sentarnos en la cama. - ¿Y por qué volviste?

     -Por Juan. Él me buscó por toda la ciudad cuando hubo todo ese lío de la anulación del matrimonio. Yo odiaba a mamá, no quería ser como ella, pero…

    -Entonces volviste y te dedicaste a cuidarla.

    -No tengo alternativas.

    - Y con Juan, ¿qué?

    -Nada, supongo. Pasamos tiempo juntos. A él le hace bien venir a verme, aunque me duele darle ilusiones. Con mamá ningún hombre está bien, los odia a todos porque ninguno es como mi padre. Cuando viene a la ciudad tiene que quedarse en su casa porque si no sus padres se enojan, y viene a acá a escondidas, aunque me imagino que ellos ya lo saben.

    - ¿Y vos qué pensás del trabajo de tu mamá?

    Me miró sorprendida, como si no creyera lo que escuchaba. Y sonrió por primera vez.

    -No es un trabajo, señorita. Es un don maravilloso. ¿Usted no cree en eso?

    -Me cuesta reconocerlo, mi madre era una escéptica completa, y mi padre un católico.

    -Entonces mi madre la convencerá.

    -Vos la admirás, me parece.

    -Es lo único bueno de ella, lo que la hace especial. No es buena mujer, no es buena madre, todo eso lo sé. Pero es una profetiza…Y lo malo es que la gente del barrio la odia porque no quiere escuchar lo que quiere saber. Y mi madre no quiere decir lo que no le preguntan para que ellos no se asusten y la dejen. Sin embargo, tiene tantas cosas que decir, como cuando murió papá…

    -Ya me contó, pero ahora ya todos la conocen, y halló un medio de vida para eso.

    - ¡Bah! Por lo que cobra…

     Bajamos a desayunar. La mesa estaba intacta, el café con leche frío y las tostadas quemadas. Las raspamos con el cuchillo y la untamos de mermelada. María estaba en su sala de consulta, leyendo, me dijo Lidia. Me ayudó con la insulina como una enfermera profesional.

     -Por fin se levanta-dijo María, entrando a la cocina con el mismo aspecto rejuvenecido de la mañana anterior. - Lidia, encárgate de la planta alta, después limpiá el patio de los perros.

    Nos fuimos a la sala.

    - ¿No es mucha tarea para ella sola?

    - ¿Y cómo quiere que paguemos una sirvienta? ¿O lo dice por mí? Yo hice lo mismo a su edad y después, hasta que conocí a Pablo. Él me prometió vivir como una reina, y me lo mataron.

     -Se aferra a ficciones que no le dan de comer, María.

     -Las ficciones, como las llama, alimentan el alma, y es ella la que sostiene el esqueleto y la carne. En fin, como sea, no nos morimos de hambre…

    -Ya lo sé-dije, pensando en los perros.

    -Siempre están los que quieren saber sobre la muerte, pero no tanto sobre la propia, sino sobre la de los demás. Son los que más pagan, y eso da para vivir…

     - ¿Cómo se enteró que fue Rinaldi el que delató a su marido?

     María se acomodó en su silla, apoyó las manos en las rodillas y suspiró.

     -Eso fue mucho después del tiroteo, cuando los chicos se casaron…Qué barbaridad, que estupidez, se pensaban que ese matrimonio iba a valer, aunque lo hubieran consumado, cosa que ya habían hecho antes de casarse, por supuesto. Eran unos adolescentes pavotes que querían independizarse de los padres. Con Juan Rinaldi lo entiendo, el padre es un borracho violento y la madre una bruja, de las malas, por supuesto. Pero no podía creerlo de mi Lidia, a la que dediqué mi vida después de la muerte del padre.

    -A lo mejor le dedicó demasiado tiempo a su culpa-dije.

    Las bocinas del mediodía y los gritos de los chicos que salían o entraban a las escuelas de los alrededores eran un marco inadecuado para la conversación, lo mismo que la luz intensa que llegaba del ventanal principal, sin cortinas, como en toda la casa.

     -No le viene mal a un periodista una amplia cultura en psicología, me agrada eso-contestó. -Conozco mis defectos, pero sobre todo mis errores, y nunca encontré nada para solucionar el pasado. El futuro, Cecilia, puede ser atroz, pero su belleza está en que aún no ha llegado.

     La luz se había hecho tornasolada y resplandeciente a pleno mediodía. Tal vez sería el reflejo plateado en los paragolpes de los autos o los camiones, pero la casa había perdido el aspecto lúgubre. María supo que pensaba en eso al verme levantar la cabeza y dirigir la mirada hacia la ventana y el techo. No había telarañas en los altos cielos rasos y la madera del piso había hecho silencio.

     -Es el único momento del día en que la casa no habla, como si hiciera un minuto de silencio por Pablo. Para mí es un martirio, porque me recuerda lo que pude haber evitado, pero la luz es espléndida, y a veces él me visita, o más bien escucho su voz como antes escuchaba los tiros que lo mataron.

    -Hábleme de los socios y del dinero. -Preparé mi libreta de notas sobre la falda. La pierna enferma hervía de dolor, pero no me importaba. Con la insulina, había mezclado un poco de aquel elixir cubano que González me había vendido.

     -Rinaldi fue el que se deschavó un día que se le fue la mano con la borrachera. Fue hace unos años, nomás, cuando los chicos se juntaron. Hasta ese momento yo no sabía nada de por qué la policía lo buscó a él y no a los otros. Yo no sabía los nombres, los fui averiguando con el tiempo, y todo se armó a las mil maravillas. Era un plan que desde el principio salió mal, porque los socios eran unos hijos de puta, excepto Pablo, que era un pavote. Por eso Juan les tiene tanto encono a sus viejos, no porque le importara mi marido, sino por Lidia, por supuesto.

    -Me dijeron que la causa de su sordera fueron unos golpes…

    -Sí, además de eso, claro, ya me había olvidado. Pero no me da lástima eso, ¿sabe? Los sordos, como los ciegos, tienen una capacidad exquisita para percibir otras cosas. Su vida interior es mucho más rica.

    - ¿Entonces por qué no quiere que vuelva con Lidia?

    -Porque hay cosas que no se perdonan. Llámelo vendetta, por mis ancestros italianos, o como le guste. Pero Juan es demasiado oscuro para mi Lidia. Las oscuridades no se mezclan, no sé si me entiende, Cecilia. La luz y la sombra son el par necesario para la vida y la muerte. La oscuridad completa es estéril, y ni siquiera engendra la muerte necesaria.

     Me quedé pensando. No entendía nada, claro, y ella lo sabía. Pero también estaba al tanto de que no había nada que entender, sino percibir. Toda esa casa era un ente de percepción, y ahora entendía el porqué de la fidelidad de María Cortez a esa casona. Ambas eran una.

      -Rinaldi estaba tan enfurecido por que su hijo se había juntado con una familia de putas locas, como nos llamaba, que se le fue la lengua. Se jactó de haber mandado matar a Pablo, lo que no le costó mucho porque los canas también estaban al tanto de todo. Le había dicho que se viniera a La Plata, que acá lo protegería hasta que supiera el paradero de Méndez.

    - ¿Y quién era ese?

    -Bruno Méndez era el tercer socio del robo que tenía una concesionaria de autos y trabajaba a veces con los de la financiera y sabía de los fraudes. Todos lo consideraban un buen tipo, tranquilo, inteligente, bien vestido siempre y con mucha facha.  Era casado y con hijos, pero todos le conocían romances, el más famoso de los cuales fue con una maestrita o una profesora, qué sé yo. La cuestión es que la mayoría le tenía lástima, sobre todo las mujeres. Es que cuando era joven se le cayó un motor encima y tuvieron que amputarle una pierna. Usted ya sabe cómo son esas cosas. En fin, Méndez se quedó con todo el dinero, o por lo menos con la mayoría, lo escondió y desapareció por mucho tiempo.

    - ¿Cuánto robaron?

    -Dieciséis millones de pesos ¿puede creerlo? Era mucha, mucha plata. Así que Rinaldi fue a buscar a Méndez, pero como sabía que era muy probable que no lo encontrara, por si acaso se deshizo de Pablo. Porque la mitad de un poco siempre es algo, ¿no es cierto? Unos meses después de todo eso, ya no me acuerdo, pero creo que fue el mismo año, encontraron muerto a Méndez en su taller. Tenía la cabeza destrozada por una llave inglesa grande y pesada. La policía investigó, pero todo muy superficial, claro. Oficialmente se habló de un robo o de alguna venganza de negocios porque se sabía que Méndez estaba metido con los desarmaderos y todo eso. Más adelante, sucedió algo que muchos relacionaron con la muerte de Méndez. A la maestra que le dije antes, la que se sabía era su amante, la atropelló un auto. Fueron unos chicos, hijos de Marcelo Benítez, dueño de varias papeleras, un tipo de mucha plata pero que desde hacía un tiempo había tenido que cerrar un par a causa de la economía durante el gobierno de Illia. Uno de sus depósitos se incendió, y se habló de que fue intencional. El seguro se lo negó, parece, y ya se hablaba de que iba a quebrar. Entonces todos relacionaron eso con el robo de la financiera. Además, los militares estaban haciendo presión, y pronto apareció Onganía.

     -Espere un poco, María. Vamos por parte. Me estaba hablando de la maestra…

     -Ah, sí. Los chicos eran unos malcriados, y se decía que la atropellaron por la señorita Inés los había hecho repetir todo un año del bachillerato. Terminaron rompiéndole una pierna y estuvo más de una semana en el hospital. Pero resulta que un día se murió.

    - ¿Por las heridas?

    -Dijeron que sí, pero las que fueron a visitarla dijeron que estaba bien, menos por la pierna rota. Los periodistas, que siempre especulan mucho pero que nunca terminar por definir nada, convirtieron la muerte de la maestra en una escena macabra. Dicen que la oyeron gritar y manotear en el aire en la oscuridad de la habitación de la clínica como si se defendiera de un fantasma, y que la oyeron confesar y pedir perdón a ese tal fantasma. ¿Había matado a Bruno Méndez? Así decían, por despecho. Méndez tenía familia, y ella lo sabía, por supuesto, pero quién sabe qué historias se habían formado en su cabeza. ¿Le prometió divorciarse? No creo. ¿La engaño con otras amantes? Puede ser. Después vinieron las versiones más realistas, pero nunca comprobadas. La versión más creíble era que ella lo había matado, y que después alguien la mató a ella.

    - ¿Y por qué, si era una simple maestra?

    -Precisamente por eso, Cecilia. Benítez, que veía cómo poco a poco todo su imperio papelero, las vacaciones en Europa, los autos, las casas en la costa y todo lo que tenía iba desapareciendo, no podía dejar que una simple maestra de escuela le hubiese hecho perder dieciséis millones de pesos. Porque cuando ella mató a Méndez, tiró a la basura la más mínima posibilidad de saber dónde Bruno había escondido el dinero. Imagínese, Benítez debía haber contado con quedarse más del cincuenta por ciento, porque al no estar Pablo y después de deshacerse de Méndez, claro, él podría manejar como quería a Rinaldi, que es violento pero una bestia para pensar.

     -Pero todas son conjeturas, ¿no?

     -Claro, pero la mayoría de las verdades lo son. Usted, querida, debería saberlo. La verdad no es una sola. Y cuando tenemos la ilusión de encontrar la versión más verosímil, vemos que está construida con una inmensidad de pistas que en su mayoría no pueden comprobarse, suposiciones acaso ellas mismas. Y con esas piezas tranquilamente pueden ensamblarse diversas formas, todas posibles, y por eso, desconcertantes.

     La verdad es más desconcertante que la fantasía, sin duda. La imaginación usa los elementos que la realidad le otorga y siempre es resultado de una deliberación poética: el creador que se pone a pensar es un obrero. ¿Pero quién construye la realidad, dónde está el creador que ensambla los elementos, múltiples, desconocidos e inmensamente falaces en su determinación? ¿Cómo encontrar la punta del ovillo si los hilos que lo conforman son incontables?

 

     Esa tarde, o las que la siguieron, fueron una especie de tranquilo paseo por las calles de La Plata. Comencé dando vueltas a la manzana, conociendo el barrio. Una panadería antigua con el típico nombre de “La Colonial”, un bar viejo o bodegón donde un hombre con delantal gris esperaba a sus parroquianos habituales, obreros, oficinistas, esposas que aguardaban a sus maridos a la salida de las fábricas. Los chicos salían la escuela a media tarde, y las maestras pasaban hablando y protestando, pero con agobiadas sonrisas de descontento pintadas en el cuerpo, sus manos trabajadas con libros y acuarelas, los tobillos hinchados en zapatos de tacón bajo. Los chicos me miraban con curiosidad por las muletas, algunos se reían.

      Esa tarde vino Juan, y como le comenté como me cansaba ir más lejos, se ofreció a llevarme en el auto a dar unas vueltas. Íbamos callados, pero yo preguntaba a veces por un sitio u otro. Una farmacia abría sus puertas de metal, altas y adornadas con orfebrería de bronce opaco. Un tal Valverde era el dueño, me dijo, dando un chasquido de desprecio. Pasamos delante de un hotel chico, de fachada angosta y de no más de tres pisos. Hotel Ansaldi, mencionó, como de pasada, casi escupiendo el nombre. No tenía muy buena opinión del vecindario, evidentemente, y le pregunté.

      -Qué quiere que le explique, acá son todos como en todas partes. En cuatro manzanas puede encontrar un muestrario del mundo. ¿Volvemos?

     Miré mi reloj, eran las seis de la tarde. Faltaban dos o tres horas para que María terminara sus consultas.

    -Si no está ansioso por volver con Lidia, me gustaría charlar con usted.

    Me echó una rápida ojeada y volvió su vista a la calle empedrada de adoquines. El Fiat en el que íbamos era del padre, me había dicho. Por un momento lo vi preocupado, pero dio un fugaz respingo y un chasquido de lengua con los cuales enviaba todo al diablo, y dijo:

     -Vamos a lo de Santos, es lo más cerca por si…

     -Está bien, no se preocupe, si no quiere…

     -No es que no quiera, sino lo que tengo que hacer.

      Esas horas de la tarde, esos días que pasaba en la ciudad, eran robadas a su familia. Él era un miembro inútil por lo rígido de toda la estructura familiar. Daba la impresión de una pieza rota, y no de aquellas retiradas de un engranaje o de una estructura ensamblada, que al ser retirada puede afectar el funcionamiento del todo. Esa era su frustración, me parece, o su irresoluble conflicto: ser un pedazo de cemento que no tiene más importancia en la estructura de la que forma parte que cualquier otra pieza. Pero fuera de ella, tampoco era nada, simplemente un pedazo de cemento que se desmenuzaría lentamente con el tiempo: los chicos que patearían el cascote, los indiferentes golpes de los peatones o la acción de la lluvia. Esas horas robadas junto a Lidia, y presumo que durante su trabajo en Buenos Aires o las provincias, le daban la ilusión del perpetum movile, que sin embargo se iría deteniendo hasta que el cascote que llevaba en su pecho no fuese más que polvo disperso en el aire.

     Estacionamos justo frente a la puerta del bar donde estaba el hombre que había visto otras veces, con el delantal gris y un repasador blanco en una mano o la otra, o a veces sobre el hombro. Debía tener casi treinta y pico de años, flaco, no muy alto, de bigotes negro y voz alta y levemente gangosa cuando saludó a Juan.

     - ¡Rinaldi, tanto tiempo que no lo vemos por acá!

     En el barrio no solían tutearse, parece, por más que se conocieran desde que eran chicos. Se abrazaron un rato como quienes no se ven en años.

    - ¡Juana, vení! Mirá quién está acá.

     Una mujer pelirroja apareció de entre las mesas y las sillas y llegó a la vereda. Abrazó a Juan, pero no llegó a hacerlo del todo porque la panza de un embarazo de ocho o nueve meses se lo impedía.

    - ¡Pero qué sorpresa!

    - ¿Vio? -dijo el hombre, estrujando el repasador seco con ansiedad-. Se hace lo que se puede.

    - ¿Ya tienen decidido en nombre?

    -Juana.

    - ¿Y si es varón?

    -No lo va a hacer, ya nos dijeron-contestó la mujer.

    - ¿Quién?

    - ¿Y quién va a hacer? ¡Me extraña, Juan!

     Entramos y nos sentamos a una mesa junto a la vidriera. El sol entibiaba y daba de lleno sobre la mesa con un mantel de hule floreado. Había gente que nos miraba y saludaban a Juan.

    -Espero no comprometerlo-dije.

    -No se preocupe, acá estamos todos clasificados desde hace mucho, cada uno entra en un casillero del que no sale más. Yo, por ejemplo, soy el eterno novio de Lidia, sea lo que sea lo que nos pase. Mire a ese tipo de allá, ¿lo ve?

     -Intenté mirar el rincón del fondo, junto a la puerta del baño. Era joven, con la cabeza apoyada sobre un puño, acodado en la mesa. Con el otro codo empujaba un vaso vacío y lo hacía chocar con otro que Santos le traía lleno.

    - ¿Qué hace? -pregunté, ¿Brinda consigo mismo?

     -Al contrario, lo que hace es intentar explicarse las leyes de la mecánica, que le fallaron hace un tiempo. Mató a su hijo, chiquito. Fue un accidente, por supuesto. ¿Pero usted piensa que se lo perdona? Así como él, esto es un zoológico.

     - ¿Y usted qué es?

     - ¿Eso quería preguntarme?

     -En realidad, quería preguntarle si realmente cree que María tiene alguna capacidad sobrenatural.

     - ¿Y qué importa lo que yo crea? ¿No ve que todos lo creen? Si Santos, un ex milico, fue a preguntarle por el embarazo de su mujer, no hay perro que no lo crea.

     -Hablando de perros…-dije, y de pronto las manos velludas de Santos apoyaban las tazas de café con leche y el plato con medialunas. Debió escucharme, porque dijo: -A los perros a veces hay que matarlos, se reproducen como conejos y toman las calles.

     Cuando se fue, Juan se rio.

     -Un obsesivo…

     Revolví mi café con leche, y me permití una media luna. Miré la calle, el tráfico que había crecido y de pronto se lentificaba y se iba haciendo cada vez más esporádico. Las agujas del reloj de pared con la propaganda de Cinzano marcaban casi las siete de la tarde.

     -Necesito saber una cosa, Juan. Por favor, no lo tome a mal, o tómelo así, si quiere, no lo puedo evitar. Vine como periodista, al final de cuentas.

    -Pregunte nomás. Ya sé que no vino para hacer una nota sobre la bruja de la calle 47 en la ciudad de las diagonales.

     -Precisamente, pero no puedo dar nada por sentado con el relato de María. Todo encaja demasiado, como inventado. ¿Usted puede confirmarme algo de la participación de su padre en el robo?

     - ¡Qué sangre fría tiene usted! Me pide que delate a mi viejo porque sabe que lo odio. Se habrá dado cuenta con solo mirarnos ese día en el auto cuando la trajimos.

     -Está bien, no le pido disculpas. A mí también me pasan cosas, y todo esto me ha hecho olvidar un poco las miserias que me asedian.

     Me miró frunciendo las cejas, buscando sinceridad en mi cara, ya que mis palabras sonaban construidas. ¿Era así?

     -Las mujeres-dijo, suspirando fuerte. Golpeó los puños contra la mesa, el mantel no llegó a arrugarse, estaba viejo y duro. -Un whisky, patrón-gritó hacia el mostrador.

     Esperé a que se lo trajeran. Bebió dos sorbos seguidos, apoyó el vaso, y metió su mirada en mis ojos. Me aborrecía. No era desprecio, sino el más determinante odio que vi en mi vida. Yo no era más que un objetivo al cual dirigirlo, pero su odio ya estaba construido, ya había sido engendrado en su cuerpo como la criatura que estaba creciendo el vientre de la mujer de Santos. Pero el odio de Juan Rinaldi no era una criatura sino un ser maduro, potente y calculador, porque aún no se había desatado.

     -Las mujeres, ¿qué? -pregunté, desafiándolo. A riesgo de una palpable violencia, me sentía más viva que desde hacía mucho tiempo.

     -Lastiman, como mi vieja. O mienten, como Lidia. Mi padre es un perro rabioso, pero no esconde sus dientes.

     - ¿Y en qué le miente Lidia, se puede saber?

     -Su amor está detrás de una lápida, y cada vez que vengo la visito. Esa casa es un cementerio, ¿no se dio cuenta todavía, Cecilia? ¿Qué cree que son los ruidos? ¿Ratones? Esa casa sabe todo, es como un universo encerrado, es como si Dios la hubiese elegido para depositar sus restos.

     Terminó el vaso, pidió otro. La luz decrecía y se encendieron las luces de la esquina y de algunos negocios. Una barbería, a media cuadra, dejaba entrar hombres y chicos que gritaban por un club de fútbol. Una ráfaga de viento fresco entró por la puerta.

      - ¿Volvemos? -dije.

      - ¿Qué? ¿Ya se asustó? ¿Me tiene miedo? No se haga malasangre, soy un tipejo inofensivo, ladro, pero no muerdo, no tengo colmillos suficientes, eso se lo dejo a mi viejo.

      Había respondido a mi pregunta, finalmente. 

      No lo esperé. Me fui sola a caminar las pocas cuadras, seguida por un par de perros que pronto me abandonaron cuando los ruidos de la casa se fueron haciendo más fuertes.

   

 

 

4

 

 

Los días que siguieron no me dieron ninguna información nueva. María Cortéz me saludaba en las mañanas y luego se iba a hacer compras o se metía en su sala de consultas. De los protagonistas de la historia, no quedaban más que Rinaldi y los hijos de Benítez. Del primero, por supuesto no podía esperar nada, y a los segundos no los conocía. Lidia me dijo que eran gemelos, uno tenía un hijo muy chico y vivía en la vieja casa de los padres en una de las calles alejadas del centro. El otro era soltero, mujeriego y malhumorado, y manejaba un Torino. Pero ninguno me hablaría del padre, que había muerto hacía unos años, después que una apoplejía lo postrara en cama mucho tiempo.

      Me puse a ordenar las notas y hacer un esbozo del artículo. Imaginé escribir algo interesante, bien redactado y que no ofendiera a nadie. Pero únicamente me salía un panfleto sociopolítico sobre la corrupción de los funcionarios públicos dentro de un entramado policial y psicológico que no preocuparía a ninguno de los interesados, pero que incomodaría al diario y a las buenas costumbres de sus lectores. De todos modos, lo escribí, y era muy parecido a una crónica o aguafuerte arltiana. Lo pasé en limpio en la máquina de escribir. A las tres de la mañana puse el punto final a las cinco carillas y puse todas en un sobre que al día siguiente llevaría a Buenos Aires. Leandro tal vez considerara publicarlo en “El Conciliábulo”, una especie de magazine cultural independiente que no descartaba ensayos sobre política, economía y sociedad entre textos puramente literarios. Abarcaba demasiado, y aunque no se lo dijera por teléfono, él sabía que el proyecto había nacido para una vida intensa pero probablemente muy corta.

      Ya era tiempo de irme, me dije el sábado al mediodía. Pedí a Lida el teléfono de la terminal para saber el horario de trenes. Cuando colgué el tubo del teléfono que estaba en la mesita junto a la escalera, María Cortéz apareció a mi lado sin haberla escuchado acercarse.

     - ¿Alguna noticia?

      Se refería al cheque, por supuesto. Leandro le había prometido que el diario pagaría bien, pero ahora que había cambiado el destino del artículo, no sabía cómo arreglaría tal embrollo.

     -Tiene que hablar con el señor Mallea, yo no estoy a cargo del asunto económico.

     -El señor Mallea acomoda los acontecimientos a su gusto. Promete, no cumple, y nosotros somos los que sufrimos las consecuencias de sus veleidosas ambiciones de intelectual frustrado.

     Estaba parada con su aspecto de las mañanas, madura y sin embargo atractiva con un vestido blanco y el pelo recogido en un rodete. La piel cetrina parecía estar tostada por el sol, aunque la había visto salir muy poco, a una cuadra a lo más, o al patio de los perros.

     -A veces prefiero la jactancia de los Benítez, que, creyéndose más, son iguales a nosotras.

     -En serio lo lamento, María, sé que contaba con ese dinero para salvar la casa.

     Entonces subió la escalera y la escuché recorrer el pasillo dos o tres veces, y me resultó extraño ese titubeo. Fui a la cocina y le dije a Lida que me iría esa tarde, y si Juan vendría para llevarme a la estación. Dejó la olla en la hornalla, se limpió las manos con el repasador y me dijo:

     -No sé, señorita. Ayer a la noche se peleó con el padre…

      De pronto, giró la cabeza en dirección a la calle. Escuchaba algo repentino, probablemente, pero yo no percibía más que los sonidos habituales del mediodía. Cuando iba a decirme algo más, otra vez se interrumpió y casi corrió saliendo de la cocina, atravesó el pasillo hacia la sala y se asomó por la ventana abierta. La seguí, despacio.

     - ¿Qué pasa, Lidia?

     - ¿No escuchó el auto?

     - ¿Cuál? Pasan muchos…

     -El motor del Torino de Benítez, las frenadas y los giros al doblar las esquinas. Siempre lo hace los sábados en la noche, cuando se va de farra, y los domingos cuando va a la cancha con el hermano.

    -Pero es temprano…

    -Por eso me pareció raro…a menos que…

    Ya me veía venir esa pantomima.

    -Así que lo escuchó, ¿y eso qué quiere decir?

     -A lo mejor nada, pero Jorge Benítez no es de pasar por este barrio y menos a esta hora del mediodía.

     -Entonces no pasó…

    -No, señorita, seguro que no va a pasar sino hasta muy entrada la noche, probablemente-dijo, condescendiendo como hablando con una idiota.

    Subí a mi habitación a terminar de armar mi bolso. Pediría un taxi para ir a la estación. Me dolía la cabeza y revolví todo en busca de caja de remedios. No estaba, ni tampoco la caja de ampollas de insulina. Busqué una y otra vez, estaba segura de que jamás la había sacado del bolsillo izquierdo del bolso.  Revisé el armario y el cajón de la mesita de luz, luego el piso bajo la cama y en los rincones. Tampoco estaba en el baño. Pensé en los pasos inciertos de María Cortéz en el pasillo media hora antes. No podía ser cierto lo que pensaba. Y si fuera así, ¿cuál era el motivo? Qué idea tan absurda e infantil se le había ocurrido si fuese cierta. Me enfureció tanto que salí al pasillo y golpeé la puerta de su habitación, pero entonces escuché el motor de un auto yendo y viniendo por la calle justo frente a la casa, a toda velocidad, con el ruido de las frenadas en el adoquinado, y la aceleración y desaceleración bruscas de un motor de alta cilindrada. Era pleno día, con un sol espléndido que entraba por las ventanas abiertas porque era día de limpieza.

     Fui a la ventana del pasillo que daba a un costado de la casa. No había autos, y sólo pasó un colectivo. Pero yo escuchaba los rugidos del motor, como si estuviese enfurecido. Bajé a la cocina.

    - ¿Dónde está tu mamá?

    -En su sala de consulta.

    -Ya pasé y no está.

    -Entonces en la puerta, mire…

     María Cortéz estaba en el umbral de la puerta de calle, apoyada en el marco, con los brazos cruzados, moviendo la cabeza de un lado a otro, como si viera un partido de tenis.  Yo sé lo que veía, lo mismo que yo escuchaba. Un auto que recorría la calle, como si vigilara. Pero no lo hacía, estaba asechando sin esconderse. ¿Dónde estaba el auto bajo el sol de la tarde que empezaba con su soñolencia de siesta de provincia?

      -Nos vigilan, Cecilia. Tendrá que quedarse-me dijo al darse vuelta y cerrar la puerta. La luz se escapó de la casa, y supe entonces que había finalizado el plazo para negociar y comenzado el tiempo del requiebro.

 

     Se levantó tormenta, pero sólo fue un viento que fue formándose con ráfagas intensas y breves al principio, que sacudían los postigos y golpeaban las puertas al atravesar los pasillos porque aún no habían sido cerradas las ventanas. Lidia recorrió cada habitación y las fue cerrando, y a medida que el viento era rechazado, la casa se estremecía con quejidos de angustia. Eso fue lo que escuché, gritos y sacudir de alas. Algo había pasado mucho tiempo antes, cuando la casona se estaba construyendo, y los vientos habían tenido que ver en todo aquello. Alas y vientos estaban enlazados por íntima necesidad, pero por sobre todo eso sobrevivía una simbología que los obligaba a persistir en la forma de una tragedia. Un chico, me habían dicho en el barrio una de esas tardes, había sido aplastado por el derrumbe de una pared, el hijo del dueño del almacén de la esquina, tapiado desde entonces como una tumba.

       Yo me sentía en una tragedia de Esquilo, expuesta a una Casandra furiosa.

     Cuando María Cortéz cerró la puerta de calle al ruido del motor del Torino, yo seguía junto a la mesita del teléfono. Estaba atrapada, lo sabía muy bien, amedrentada por la sinrazón y el capricho de esa bruja que estaba exponiendo su verdadero rostro a medida que se acercaba la noche. La luz del exterior sucumbió con las nubes que los vientos habían traído, construyendo un cielo acorde a la escenografía de la penumbra y los malos augurios. La casa se oscureció, nadie encendió las luces. Lidia había terminado de a cerrar todas las ventanas, y cuando la casa pudo emitir sus ruidos característicos, María Cortéz se me acercó, sonriendo con cinismo en una tan extraña mueca que nunca pensé que alguien fuese capaz de formar con los músculos de su cara. Como si tales músculos estuviesen conformados sobre una constitución diferente del cráneo. Recordé fugazmente algo leído alguna vez: las cisuras del cráneo se cierran en la infancia, pero algunos adultos tienen la capacidad de expandir, o quizá de abrirlo, como si necesitaran expulsar o recibir los elementos del cielo, las brumas de las nubes y los gritos de la tierra.

       Levanté el tubo del teléfono.

      - ¿A quién va a llamar, Cecilia? -me preguntó- ¿A la policía? A estas alturas ya debería haber aprendido. Pero usted se esmera en reprimir lo que la asemeja a nosotras, y eso no es bueno.

      Tenía razón, nunca reconocería aquello que debió enquistarse para permanecer como un cáncer, y luego estallar en las habitaciones donde el suicido vive empotrado.

      Me agarró de un brazo, con firmeza, pero sin violencia. Su mano era casi una muleta para mi cuerpo, así que quedaron en el suelo. Me llevó a la cocina, oscurecida por las sombras inquietas de los árboles del patio. No encendió las luces. Luego vino Lidia, salió a alimentar a los perros, pero tardó menos de lo acostumbrado. Los animales recomenzaron sus ladridos cuando entró, se limpió las manos con el repasador, miró alrededor tal vez pensando en si quedaba algún quehacer, y luego se sentó a la mesa con nosotras. Las tres nos quedamos ahí, esperando, porque eso era lo único que yo sabía. La vida de esas mujeres era la continua espera por lo acontecimientos que sabían que vendrían. Cuando no se sabe lo que será de nuestra vida, cuando el futuro es tan certero como un enigma, el presente es lo único que nos queda, y el pasado una pesadilla que, cumpliendo el papel de lo esotérico, nos consuela de la mediocridad, único nombre que podemos darle al presente: esa cosa que no existe, ese engaño de la mente, oasis sucio en el que nadamos hacia orillas que se alejan.

     Yo lloraba, pero, aunque trataba de ocultar mis tontos gemidos, mi cara se convirtió en un estropajo donde el pelo caído sobre mi cara se embadurnaba de lágrimas. Me miraban sin decir nada. Pasaron horas, tal vez dos, y el tiempo y el silencio me resignaron. Sólo los perros me acompañaron realmente, y por instantes creí entender palabras en sus variables formas de congoja, porque eso eran los ladridos y los aullidos que emitían a esa noche ventosa y sin lluvia, extraña noche de la pampa bonaerense que parecía renacer de vez en cuando para recuperar el terreno perdido ante la construcción de la ciudad.

     Miré el reloj de pared sobre la pileta de la cocina. Eran las diez de la noche. Habían seguido escuchándose los rugidos del auto en la calle, mezclados con muchos otros, lo que era de esperarse un sábado a la noche, así que intenté racionalizar todos esos indicios que ameritaban volverme loca. No podía salir corriendo, y no tenía sentido hablar ni pedir nada, sólo aguardar la concreción de los planes de María Cortéz.

     Sonó el timbre. Las tres caras giraron hacia la puerta. Lidia se levantó. La escuché abrir la puerta, cerrarla, y luego el taconeo suave de sus zapatos acompañado de pisadas fuertes. En la puerta de la cocina estaba ella tomada de un brazo de Juan. Él olía a colonia barata y tenía el pelo engominado en una raya al costado. De pronto, lo noté viejo y vencido, vestido, como no acostumbraba, con un traje de oficinista solitario que sale un sábado a la noche al putero al que entra a escondidas. Entonces me di cuenta de los planes para esa noche, y lo que dijo María después no necesitaba escucharlo. Ellos se fueron cuando ella hizo un gesto de desprecio y resignación, enarcando las cejas y deformando sus labios en una expresión tan plástica que me hizo preguntarme si su rostro tenía huesos.

      -Conciliaremos la opinión que tiene la tradición popular del barrio sobre nosotras, con la realidad. Si somos putas, esto será un putero.

    Se levantó y revolviendo en una alacena en la oscuridad, sacó una botella que puso sobre la mesa. Trajo dos vasos y los llenó hasta la mitad. El olor del alcohol dulce recorrió la cocina, donde le viento había sido apresado y atado. Yo me solidaricé con el viento, mis cadenas eran la invalidez y la enfermedad.

    -Tome un poco, Cecilia, es licor que hago yo misma, de una vieja receta de mi abuela. Ella se murió cuando yo era muy chica. Mis padres no entendían cómo yo podía recordar tanto sobre ella. Si les hubiera dicho todo lo que sabía, la historia completa de mi abuela, que ellos no habían escuchado ni remotamente. Era la madre de mi padre. Era italiana, de Sicilia, pura cepa sureña, obstinada y malvada. Vivió en Buenos Aires un tiempo, y no la vi morirse, sólo me dijeron que se había ido para siempre. La última vez que la vi estaba en cama, con su cuerpo flaco pero firme como un tronco, de piel cetrina y cabello trigueño lleno de canas. Su cabello me fascinaba por los extraños giros del dorado, desde el opaco hasta el brillante, y las manchas blancas que eran como sombras luminosas en una pintura. No recuerdo las palabras con que me explicó todo lo que sabía, sólo la sustancia. Esa herencia que me destruyó la vida que intenté formar cuando conocí a Pablo. Esa herencia de la que no puedo renegar sin perder la esencia de lo que soy.

     - ¿Y qué es?

     -Soy una puta bruja, si le gusta llamarme así, porque eso es lo que está pensando.

     Bebí de mi vaso. Era un licor tan dulce como un elixir. Unos segundos después, sentí que me recorría el cuerpo usando los caminos de mis venas. ¿Era un dulce veneno? Lo habría deseado, quizá, pero no era esa la forma en que ella actuaba. Si veneno, lo era por los estragos que haría a mi cuerpo sin el consuelo de la insulina.

     - Le gusta, ¿no? Es una maravilla lo que sabía Marietta Sottocorno.

     ¿Iba a hablar sobre la abuela, sobre la sustancia de su esencia ancestral? No hubo tiempo, y nunca más habría necesidad. Sonó otra vez el timbre, y presentí, o más bien supe quién podía ser. El motor ya se había detenido un rato antes, el tiempo suficiente para que un hombre caminara media cuadra por una vereda vacía, pateara a algún perro entrometido y se parara unos segundos ante la puerta de la casa para encender un cigarrillo. Luego, tocó el timbre, que sonó igual que un cuerno de caza en medio de un bosque oscuro en una noche de tormenta. La casa tenía las paredes de madera, y los viejos árboles parecieron revivir su ignominia al ser hachados y vencidos. Los que no fueron convertidos en ataúdes, fueron usados en la casona. Acaso, el mismo destino.

    Ella fue a abrir. Volvió con un hombre joven, de rostro varonil, pero de expresión seca. La cara parecía cortada con un cuchillo a medio afilar: el cabello rubio oscuro y la barba apenas crecida que daba sensación de rispidez aún a la vista, la nariz recta, el mentón cuadrado con cicatrices, las cejas aparentemente sedosas sobre los ojos grises. No eran verdes, aunque alguna vez lo fueran por efecto de la luz, sino grises como llenos de taciturna melancolía e implacable desencanto. Se quedó parado en la puerta de la cocina, mirándome. El cigarrillo entre los labios, las manos en los bolsillos de la campera de cuero.

      -Esta es-dijo María Cortéz, dirigiendo un par de miradas a ambos. Luego se sentó, puso las manos sobre la mesa, moviéndolas como si contara dinero.

     El hombre, que sin duda era Jorge Benítez, sacó un fajo de billetes del bolsillo y lo dejó en la mesa.

     -El resto el lunes-dijo.

     Ella me miró.

    -Vayan para arriba. Ya ves, querida. No será suficiente, pero algo es algo.

     Benítez se me acercó y me agarró de un brazo. Me resistí pero no quise darle el gusto a ella de verme llorar y rogar. Ni mi poca fuerza ni mi escasa voluntad fueron suficientes para evitar que él me obligara a caminar como podía, sin muletas, obligándome a apoyarme en el mismo brazo que me lastimaba. Era un dolor y un castigo que sin embargo me hacían mantenerme de pie. Subimos la escalera lentamente, él empujándome si era necesario, yo lentificando mis pasos para inventar palabras que lo hicieran desistir, pero mi mente era estéril como mi cuerpo.

     Llegamos a la habitación. Quién sabe si ya no la conocía, si tal vez me había estado observando desde la vereda de enfrente. Quizá fuese el anónimo que pasaba por la vereda, paseando después de la cena y fumando. Me empujó a la cama, sin fuerza, sólo fue un impulso. Mientras me miraba allí parado junto a la cama, con el cigarrillo en la boca y sacándose la campera y la remera, debía estar pensando en lo que significaban mis palabras, las que ahora yo lograba decir con voz entrecortada.

    -No, por favor.

    -Así que querías denostar el nombre de mi viejo, ¿no?

    Fue directamente hacia el bolso que estaba en el piso. Se agachó y empezó a revolver. Le vi la espalda ancha y los hombros moviéndose como si escarbara en la tierra. Se levantó con el manuscrito del artículo y fue hacia la luz de la mesita al lado de la cama. Estaba tan cerca que sentí el olor del vello claro de su pecho, y el aroma a tabaco y cerveza de su aliento cuando dijo:

     -Me contó Juan Rinaldi, ¿sabés? No voy a dejar que embarres la memoria de mi viejo.

     - ¿Y por qué le interesa a Rinaldi defender al padre? -dije, envalentonándome, sintiendo que la bronca me ayudaba a resistir.

     Se encogió de hombros.

    -Son muchos los que aman a quienes los lastiman.

    Rompió las hojas en dos, luego en cuatro, y después en cuantos pedazos pudo. Las tiró sobre la cama, a mi lado.

    -Estaban muy bien escritas-dijo, al sentarse.

     Dejó el cigarrillo sobre la mesa, sin cenicero. Se sacó los pantalones. Acomodó su cuerpo junto al mío y empezó a acariciarme los senos.

     -Te ayudo.

     La voz era baja y ronca, como si hubiese gritado en la cancha esa misma tarde. Pero seguramente el domingo iría, hoy era únicamente consecuencia del fresco repentino que había traído el viento desde regiones gélidas parecidas a la muerte. Cerré los ojos, sabiendo que lo único que estaba en mis manos evitar era que me lastimara, o que me matase. No quería morir de esa forma, destrozada tal vez, sobre una cama ensangrentada.

     Me besó en los labios, pero no respondí. Sentí el alimento del alcohol y el cigarrillo. Sentí algo diferente. No era el aliento doméstico de Bernardo, poblado de salud con el que pretendía curarme.

    Jorge Benítez sabía que no existen curaciones, y que el barro se moldea con barro.

    No fue una violación, ni tampoco un deseo explícito. Simplemente sentí su cuerpo encima y dentro de mí, escuché su voz pausada, madura y sabia. Él sabía del dolor, y lo compartía conmigo, y por eso yo le entregué mi dolor.

      A diferencia de Bernardo, él lo aceptaba.

      Cuando terminó, se sentó en la cama. El cigarrillo se había acabado, dejando una pequeña huella de ceniza en la madera. Encendió otro, se dio vuelta para mirarme.

    - ¿Querés?

     Sin esperar respuesta, apoyó la punta encendida en mi pie enfermo. Un olor a carne quemada fue lo único que sentí. Ya no había dolor, pronto podrían amputarme aun sin anestesia, me dije. Escondí la cara entra las manos y me largué a llorar.

     Lo escuché vestirse, después las pisadas sobre el piso. Las tablas parecían callarse en lugar de resonar y quejarse como hacían siempre.

    -Chau-dijo.

     El silencio repleto de ruidos me ensordeció. Mi cuerpo desnudo era una piltrafa sobre la cama.

 

     No dormí, por supuesto. Estaba estancada sobre el colchón de sábanas arrugadas y sudadas, con los pedazos del artículo como papel confite de una fiesta que ya se había acabado porque amanecía. Era la mañana que intentaba tomar la habitación por las ranuras de los postigos, con paciencia, porque la casa cerraba sus ventanas como un ciego sus ojos. Fui al baño, me metí en la vieja bañera vacía y abrí los grifos, que rechinaron y escupieron chorros como siempre hacía la vieja plomería averiada. Me lavé, me vestí y volví a juntar los pedazos de papel más grandes para guardarlos en el bolso. Lo arrastré por el piso y salí al pasillo. Me sostuve de las paredes yendo hacia la escalera, y pasé frente a la puerta de Lidia. Estaba entreabierta y escuché voces.

     Miré por la rendija. Lidia estaba en la cama, sentada contra el respaldo, acariciando la espalda de Juan, sentado en el piso, denudo y con las manos tapándose la cara. La pieza esta iluminada con un resplandor curioso, mezcla de la luz artificial del velador sobre la mesita y del sol que se había arreglado para escabullirse con éxito a los pies de la cama.

     Juan lloraba, o por lo menos era un gemido inarticulado en el que intentaban sobresalir monosílabos sin sentido. Lidia hablaba, como consolándolo. Juan se descubrió el rostro y llevó las manos a las rodillas. Se dio vuelta para mirarla, y a la luz vi la expresión desesperada.

   - ¿Y ahora qué voy a hacer? -dijo.

    El tono era de una angustia apremiante, como si hubiese matado a alguien.

    Lidia encerró la cara de Juan con sus manos, y con sus pulgares le secaba las lágrimas.

     -No lo mataste vos-dijo.

     -Pero yo lo llevé al hospital, ¿te das cuenta? ¿Y qué va a pensar mi vieja?

     El hombre que odiaba a sus padres se sentía perdido sin ellos.

 

     Durante toda la mañana del domingo caminé por las veredas de La Plata, tratando de conseguir un taxi que me llevara a la estación, pero no fueron muchas cuadras las que pude hacer sin muletas y con el bolso. Había ramas en las veredas, los cordones cubiertos de hojas y basura esparcida en las calles. La tormenta había hecho estragos, y todos estaban aparentemente ocupados en barrer frente a sus casas, mientras los perros buscaban entre los restos. Nadie me ayudó, me miraban pasar como una indigente con la cara de enferma que tenía y mis pasos vacilantes de borracha.

     Un auto que pasaba tocó la bocina y se detuvo.

    -Buenos días, señorita. ¿Se siente bien?

     Era Eduardo, el amigo de Juan. Le conté lo que necesitaba, y se ofreció a llevarme. En el camino y después de un rato, me dijo:

    -La pasó mal, me imagino. Nadie sale sano de esa casa.

    - ¿Sabe lo del padre de Juan?

    -Sí, esta mañana cuando se despidió. No se va a quedar al funeral, no puede enfrentarse al reproche de la madre.

     Llegamos a la terminal, me ayudó con el bolso y esperó conmigo hasta la salida del tren.

    El tráfico de gente en los andenes era escaso y el servicio reducido. Tuvimos que esperar un largo rato.

     -Le agradezco mucho. Lamento interrumpir su domingo-le dije, sentados en uno de los bancos duros de la sala de espera.

     -No es nada. Tengo todo el día para ir…

    - ¿A dónde? -pregunté.

      Me miró y sonrió como avergonzado.

     -Una novia, no me cuente…-dije, evadiendo toda confidencia.

     Se encogió de hombros, resignado, y en él la resignación era un acto elegido.

     - ¿Qué quiere que haga? Siempre estuve enamorado de Lidia.

     Nunca publiqué el artículo. Lo reescribí en detalle, agregando muchas reflexiones, convirtiéndolo casi en un relato. Lo guardé en un cajón, donde se abandonan los muertos.

  




Ilustración: Dave McKean

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