No se puede decir qué es el amor. No se puede enseñar, ni comprar, ni vender. Nadie puede pagar por nosotros el precio de nuestro amor.
Ilustración: Raymond Leech
No se puede decir qué es el amor. No se puede enseñar, ni comprar, ni vender. Nadie puede pagar por nosotros el precio de nuestro amor.
Ilustración: Raymond Leech
Nuestro hijo, el primero, será negro.
Tendrá el color preferido de sus padres.
Será alegre, de vivir alegre siempre
con los ojos muy abiertos y muy grandes.
Cuando nazca, nacerá riendo historias
que contaremos después en sus oídos.
Y su nariz se entreabrirá a los aires
de mil trompetas que gritarán su día.
Nuestro hijo será tuyo y será mío
tendrá mirada de amanecer deseado,
todos lo desearán como hijo propio
por ser el fruto del amor santificado.
Traerá para este mundo otro mundo,
el mundo que los dos soñamos...
la bondad infinita en una mano,
y la felicidad en la otra como un ramo.
Nuestro hijo, el primero, será negro,
de una negrura pura y cristalina,
que alumbrará las almas de sus padres
con los destellos de una luz divina.
Será alto, muy alto, cuando hombre.
Tendrá alma de los pies a la cabeza
y su dulzura sin límites, su cuna,
le velará los ojos con terneza.
Nuestro hijo será tuyo y será mío
tendrá mirada de amanecer deseado,
todos lo desearán como hijo propio
por ser el fruto del amor santificado.
Traerá para este mundo otro mundo,
el mundo que los dos soñamos...
la bondad infinita en una mano,
y la felicidad en la otra como un ramo.
Nuestro hijo, el primero, será negro.
Ilustración: Albert Samuel Anker
Sólo un tango más
pera pedir por fin mi absolución
para dejar así mi berretín
de quererte encontrar
de poderte tocar
Sólo un tango más
para escribir mi única ilusión
y entristecer así mi corazón
harto de sufrir,
harto de mentirme a mí.
No me ves que estoy en la distancia
en el medio de tu vida y mis recuerdos,
no me ves que no puedo contenerlos
si se me caen sin querer del corazón.
No me ves que aun sigo enloqueciendo
por tus ojos y tus labios que hoy no tengo.
No quiero verte así, no quiero verme así
encerrado en una letra de canción.
Canta un tango más,
cierra tus ojos, así sientes mi sufrir
cierra tus manos y recuerda que hay en mí
un hilo de dolor
que une nuestro amor.
Canta un tango más
aunque el recuerdo te traicione esta vez
y luego si querés, podés retroceder
y así cerrar la puerta de los dos.
Ilustración: Joe D'Amato
La busco en el silencio de días de nostalgia
la busco en la arrogancia de noches de café
en donde cada pucho de largas madrugadas
es una puñalada de aquel recuerdo fiel.
La busco en mis caprichos de tipo malcriado
de tipo que te sigue y te mira de revés,
pensar que hay quien se muere por tenerla a su lado
y yo por trasnochado un día la dejé.
La busco en los momentos que palpito su ausencia,
busco la indiferencia que me debe tener,
no tengo casi nada para pedir por ella
aunque era la mas bella que un día yo amé.
La busco en los jardines de la casa de al lado
la busco revirado en la estación del tren
y entre tanto orgullo que he desparramado
ahora hasta embriagado la busco sin saber.
No me han visto con otra, no he matado el tiempo
no supe hacer la vida seguir sin detención
no pude resguardarme de aquellos ojos negros
y ahora entre recuerdos tengo que hacer valor.
Sabes cómo te pega la tarde y la mañana
como por la ventana me quedo a mirar yo
como pasan las horas, los días y mi vida
se va con esta herida se va sin su calor.
Ilustración: Benjamin Konig
De todo hay en la extravagante Corte de Río de Janeiro: hasta un cazador de fantasmas, hasta un hombrecito calvo, muy viejo, muy movedizo, que vive cazando fantasmas. Es un antiguo criado de la Reina doña María de Braganza, la loca. Se llama Silvestre y vino con ella de Portugal hace trece años. Ya en aquel viaje vergonzoso, en aquella fuga, dicen que cazó un espectro que se escondía en la cubierta de la nao, dentro de una de las sacudidas carrozas de la recepción de doña Mariana de Austria, bajo los almohadones de terciopelo. Lo encerró en una bolsa de esas que él mismo asegura y remienda, y durante el largo viaje lo guardó celosamente. Las infantas y los emigrados que se apretujaban en la sofocación del navío —el Rainha—, distraíanse de las incomodidades de la travesía preguntándole por su prisionero:
—¿Tienes siempre cautivo al fantasma?
—Lo tengo, Alteza; lo tengo, Serenísimo Señor.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—Pero, ¿no le hablas?
—No puedo oírle dentro del saco.
Y Silvestre reía, mostrando la boca desportillada. Luego se acercaba a la Reina demente, vestida de negro, enredado el rosario en las manos blanquísimas, que de tanto en tanto agitaba las tocas monjiles para exclamar: ¡Ay, Jesús!
Adoraba a su señora. Solo se separaba de ella para lanzarse de aventura por los puentes, a la noche, con breves pasos furtivos, lista bajo el brazo su bolsa de cazador. Durante el resto de la odisea, no consiguió nada.
Los hidalgos no paraban con sus preguntas. La broma disfrazaba su ridícula debilidad de fugitivos. Acaso Silvestre les hiciera olvidar, con su persecución de miedos fantásticos, los otros miedos, los reales: el miedo que les causara el fragor de las espuelas de Junot al entrar en los desiertos salones de Lisboa; el miedo de la sombra inmensa de Napoleón, volcada sobre la flota angloportuguesa en la que disparaban hacia el Brasil quince mil cortesanos.
—Silvestre, ¿traemos muchos duendes con nosotros?
—Silvestre, ¿vienen también los del palacio de Queluz, los del monasterio de Mafra?
—Silvestre…
El criado a todos respondía:
—Señores, los oigo alrededor como un zumbido de abejas.
Y las infantas y los nobles callaban un instante, hechizados por el tono del viejo, para escuchar el chapoteo del agua contra el casco de la embarcación.
En Río de Janeiro no cambió de tarea. Solían hallarle, a altas horas, por los corredores de Bõa Vista. Llevaba en una mano un farol de vidrios azules y en la otra su bolsa. Un día topó con don João, el Príncipe Regente. Detúvole el grueso señor, que caminaba con dificultad, arrastrando los pies. El soberano tendió hacia él su carota espesa, papuda:
—Y, Silvestre, ¿cuántos has cazado ya?
—Ocho, Alteza.
—¿Dónde los guardas?
—Arriba, Alteza, en mi desván.
—Iré a verles alguna noche.
Pero nunca fue. En el desván, alrededor del lecho del criado, pendían los ocho bultos colgados de las vigas, como perniles. Cuando entraba un soplo de aire, se balanceaban.
Otra vez, luego de un besamanos, Silvestre hizo su reverencia en el jardín de la quinta ante la infanta Carlota Joaquina, la Princesa. Llameaban en torno las orquídeas fabulosas. Eso fue el año 1809.
La española sonrió. La gente sonreía siempre, cuando se dirigía al cazador de fantasmas:
—Silvestre, ¿te gusta tu oficio?
—No, señora, no me gusta.
—¿Por qué lo haces, entonces? Nadie te obliga.
—Alguien tiene que hacerlo.
—¿Es verdad que los oyes como si fueran abejas?
—Es verdad, señora.
—Cuando yo sea reina del Río de la Plata te llevaré conmigo a Buenos Aires. Allí no hay fantasmas y podrás descansar.
El criado se pasó la diestra por la cabeza monda, de marfil chino:
—¿No los hay, Alteza?
—No. Aquello es muy joven, muy nuevo para que lo habiten las ánimas.
Desde entonces Silvestre soñó con Buenos Aires, donde podría descansar.
Transcurrió un tiempo y la Princesa le dijo:
—Las cosas andan bien; Silvestre, pronto iremos a Buenos Aires.
Y él, soñando, soñando…
Pero las cosas anduvieron mal y la Princesa no logró su trono. Opusiéronse don João —el marido receloso— y el embajador de Inglaterra. Se le esfumó entre las manos, como otro espectro. Ya nadie pensaba en esa corona mitológica y Silvestre seguía recordándola, esperándola. Nadie la recordaba, ni los conspiradores porteños de la rua do Ouvidor, a quienes traicionó la serenísima señora; ni todos aquellos con quienes mantuvo una correspondencia astuta: los Rodríguez Peña, Belgrano, Hipólito Vieytes, Beruti, Irigoyen; ni el almirante Sir Sidney Smith, ni el bello Felipe Contucci… Nadie…
Después de la muerte de la Reina loca, Silvestre creyó que él también iba a morir. Le salvó el espejismo de Buenos Aires.
—¿Cuántos fantasmas tienes ahora, Silvestre?
—Doce, Majestad.
—¿Cómo los cazas?
Él se sonreía débilmente, enseñando las desdentadas encías: —Es difícil, Majestad. Debo aguardar a que estén muy quietos.
Carlota Joaquina, feísima, hombruna, renqueante, se aventaba con el abanico:
—¿Ves alguno en este momento?
—Sí… allí… detrás del plátano…
—Cázalo para mí.
El viejo se crispaba, encendíansele los ojos bajo las cejas revueltas. Abría el bolso y daba un salto, como la Archiduquesa Leopoldina, la austríaca, la mujer del heredero, cuando cazaba mariposas.
—Se escapó…
Un silencio:
—¿Cuándo iremos a Buenos Aires, Majestad?
La nueva Reina de Portugal entrecerraba los párpados, como una gata. Ya no sería suya la corona de América:
—Pronto, Silvestre, pronto… ¿Estás cansado?
—Muy cansado, Majestad.
Por fin se resolvió el regreso a Lisboa. Napoleón no existía, el Brasil se agitaba y todo el mundo urgía la vuelta: más que ninguno la deseaba doña Carlota Joaquina, ambiciosa de reinar, harta de la mediocridad de la colonia, de la lucha sorda con el esposo, del calor, del calor terrible… Quien menos quería el retorno era Don João. Le encantaba Río de Janeiro. Nunca se fatigó de admirarlo. Por las tardes, cuando recorría la bahía en una falúa tripulada por remeros vestidos de terciopelo rojo que sudaban bajo los cascos de plata, abarcaba con la mirada los morros verdes, empenachados por la maravilla vegetal bajo el cielo puro, y suspiraba.
La Marquesa de Lumiares, la camarera mayor, se apiadó de la tristeza de Silvestre:
—¿Quién te ha dicho que vamos a Lisboa? Vamos a Buenos Aires. Prepara tus cosas, Silvestre, esta semana partimos.
La Reina fea compartía los sobresaltos de la política con las diversiones del amor. Sus amantes acudían a la quinta del arrabal, en el Engenho Velho, a solazarse entre los naranjos, los limoneros, los ananáes. Don João los hacía espiar. Sabía todo. Su ascetismo heredado del rigor materno se irritaba ante las fiestas que allí se sucedían, al claro son de panderos y castañuelas españolas. ¡Ay, no en vano su mujer era hija de María Luisa de Parma, la de Godoy! Mordíase los labios el monarca. En Portugal, las cosas cambiarían, tenían que cambiar… Pero el Brasil, su refugio, le atraía con imperiosa seducción…
—Nos vamos, Silvestre, nos vamos…
—A Buenos Aires…
En una de esas fiestas, los pajes más jóvenes susurraron a la reina, para divertirla:
—Majestad, ¿transportaremos de vuelta los fantasmas de Silvestre? Mejor sería abandonarlos aquí.
Vibró la risa de las azafatas. Iluminose la cara sin gracia de Carlota Joaquina: la nariz hinchada y roja, los ojos pequeñitos. A su lado, Marialva, el antiguo gobernador de Paraíba, le daba de comer en la boca:
—¿Qué queréis hacer, condenados?
—Ponerlos en libertad, señora. Es justo.
Aplaudió la hermana de Fernando VII:
—Haced lo que os plazca, pero a él, a Silvestre, no le hagáis mal…
Los cuatro pajes se deslizan por las calles del quintón, bajo las sombras de esmeralda, de turquesa y de ópalo. Cada uno aprieta un cuchillo. Como han bebido demasiado, titubean.
—Habrá que aguardar a que salga.
—Siempre sale por la noche, de cacería.
A la distancia le descubren. Le reconocen por el farol trémulo, de vidrios azules.
En un minuto llegan al vacío zaquizamí.
—Lo primero será clavar la ventana, para que los duendes no vuelen. ¡Menudo susto tendrá, si los halla sueltos aquí a su regreso!
La clavan y luego hienden los sacos como si fueran odres. Asustados, brincan por las galerías, llenas de insectos y de perfumes. En la escalinata se hacen a un lado y se inclinan, ceremoniosos, porque el Rey avanza pesadamente apoyado en los hombros de los dos Lobatos, los favoritos. Arden las velas en las hornacinas:
—¿Qué andáis haciendo?
—Vamos al Engenho Velho, Majestad.
Él les observa, inquisitivo, empastado en la grasa:
—¿Nunca terminará el juego? Mejor fuerais a la capilla, para que Dios os perdone.
Huyen, saltarines, como cuatro pájaros alegres.
Más adelante, el insomne don João se encuentra con el viejo cazador. Saca de la faltriquera uno de los bizcochos que tritura sin cesar y lo ofrece al criado. Es un honor insigne.
—Mañana partimos, Silvestre. Debes estar pronto.
—Sí, Majestad, a Buenos Aires, a descansar.
—¿A Buenos Aires? Si tú lo dices, así será.
Y Silvestre besa la mano gorda.
Sube ahora con lentitud las escaleras que conducen al altillo. Su farol inquieta las sombras. Los equipajes se amontonan doquier. Habrá que devolver lo que se trajo en la fuga repentina, trece años atrás: las barras de oro, las vajillas suntuosas, los muebles barrocos, los tapices, cuanto se acumuló apresuradamente el día de lluvia en que el pueblo lisboés lloraba porque perdía a su padre y le dejaban solo ante el invasor.
Silvestre entra en su habitación diminuta y atranca la puerta. Comienza a desnudarse. Murmura…
—Buenos Aires… Buenos Aires…
La luz tímida le muestra la ventana cerrada, los sacos desventrados que penden del techo como de una horca. Lívido de terror, retrocede.
Al día siguiente, la camarera mayor le halló en un ángulo del aposento, chiquito, retorcido, los ojos fuera de las órbitas. Salió dando voces, en el aleteo de las tocas de luto.
Después confesó uno de los pajes que al rasgar las bolsas había oído un ruido extraño, como si de su seno escapara un enjambre de abejas, pero que en la oscuridad no vio nada.
Ilustración Alfred Kubin
Junto a mi ventanal
no vengas a cantar
porque un perdido amor
me ha desolado.
Y si me ves sufrir,
no te acerques a mí,
porque me harás vivir
enamorado.
Cantorcita de mi vida,
cuánto te siento,
por tu dulzura,
mi pensamiento,
ensayando tus cantares,
vuelca a millares
sublimes notas, dulce amor.
Avecita cantora, el trinar
de tu voz que consuela penar
del amor que en mi poncho murió,
lo mismo que una flor
que lleva el vendaval.
Mi cariño fue aquella mujer
que en la vida cantó para mí
y en sus voces de arrullos oí
que alzaba su canción
lo mismo que el zorzal.
La dicha deshojé
con la profunda fe
que puse en el querer
de un grande anhelo.
Y nunca iba a pensar
que pudiera llorar
cuando la vi volar
como ave en el cielo.
Avecita encantadora,
aue entre las flores
como yo un día
busca amores.
Volando por los caminos
deja sus trinos
por si algún día pasa mi bien.
Si no quieres que mi corazón
se consuma de loca aflicción,
no te acerques a mi ventanal.
Porque ella aquí cantó
su ardiente juventud.
Y ya en pos de los años, se van
los suspiros que no llegarán
hasta donde un día ella se fue.
Y en mi corazón
las penas morirán.
Ilustración: Angela Moulton
Hoy que voy barranca abajo
mezclado al barro
de la miseria.
Los amigos se ha alejado
porque han calado
que sigo otro tren.
Y no manyan esos gatos
que si ando pato
no soy tan medio:
pues vivo bien, sin ese metejón
de andar como un fifí
si tengo pa'l buyón.
Hay muchos que por las esquinas
un corte rante se van largando,
y hablan de vento al ver pasar las minas,
mientras que el bagre les está silbando.
No manyan esos gilibertos
que ese aspamente no me lo trago,
y aunque los calo muy bien, me tiro a muerto,
para que esos mamertos
aumenten su ilusión.
Me dan risa esos burreros
que se ladean
porque ando pato.
Y que se olvidan que pa'l puchero
yo fui el primero
que los ayudé.
Hoy aunque me griten: ¡Pato!
gilurdo o mishio,
otario o seco.
Laburo un mes y vivo muy feliz
teniendo pa' morfar,
pa' fasos y el bulín.
Ilustración: Pedro Alxandrino
No se puede decir qué es el amor. No se puede enseñar, ni comprar, ni vender. Nadie puede pagar por nosotros el precio de nuestro amor. Ilus...