viernes, 10 de julio de 2026

Post Operatorio (Adolfo Bioy Casares)





-Fueran cuales fueran los resultados -declaró el enfermo, tres días después de la operación- la actual terapéutica me parece muy inferior a la de los brujos, que sanaban con encantamientos y con bailes.




Ilustración: Thomas Eakins






jueves, 9 de julio de 2026

El descubrimiento de la circunferencia (Leopoldo Lugones)






Clinio Malabar era un loco, cuya locura consistía en no adoptar una posición cualquiera, sentado, de pie o acostado, sin rodearse previamente de un círculo que trazaba con una tiza. Llevaba siempre una tiza consigo, que reemplazaba con un carbón cuando sus compañeros de manicomio se la sustraían, y con un palo si se hallaba en un sitio sin embaldosar.


Dos o tres veces, mientras conversaba distraído, habíanle empujado fuera del círculo; pero debieron de acabar con la broma, bajo prohibición expresa del director, pues cuando aquello sucedía, el loco se enfermaba gravemente.


Fuera de esto, era un individuo apacible, que conversaba con suma discreción y hasta reía piadosamente de su locura, sin dejar, eso sí, de vigilar con avizor disimulo, su círculo protector.


He aquí como llegó a producirse la manía de Clinio Malabar:


Era geómetra, aunque más bien por lecturas que por práctica. Pensaba mucho sobre los axiomas y hasta llegó a componer un soneto muy malo sobre el postulado de Euclides; pero antes de concluirlo, se dio cuenta de que el tema era ridículo y comprendió la maldad de la pieza apenas se lo advirtió un amigo.


La locura le vino, pensando sobre la naturaleza de la línea. Llegó fácilmente a la convicción de que la línea era el infinito, pues como nada hay que pueda contenerla en su desarrollo, es susceptible de prolongarse sin fin.


O en otros términos: como la línea es una sucesión de puntos matemáticos y estos son entidades abstractas, nada hay que limite aquella, ni nada que detenga su desarrollo. Desde el momento en que un punto se mueve en el espacio, engendrando una línea, no hay razón alguna para que se detenga, puesto que nada lo puede detener. La línea no tiene, entonces, otro límite que ella misma, y es así como vino a descubrirse la circunferencia.


Tan pronto como Clinio realizó este descubrimiento, comprendió que la circunferencia era la razón misma del ser, realizando, también simultáneamente, este otro descubrimiento: Que la muerte anula el ser, cuando este ha perdido el concepto de la circunferencia.


Así explicaba el médico interno, el caso de Clinio Malabar.


Este sostenía aún un complemento de su idea. Todo ser, decía, es una convicción matemática. Para la inmensa mayoría, esta consiste en la unidad, o sea la evidencia abstracta de la línea limitada por sí misma. Esto que es un puro instinto, pues viene por transmisión hereditaria, sin necesidad alguna de formularse, no mortifica naturalmente. Los seres «unitativos», mueren por la convicción correlativa de la finalidad, que adoptan cuando son incapaces de concebir la perfección de la circunferencia; porque una circunferencia perfecta no tiene fin, y la muerte carece entonces de razón.


Los que comprenden el problema, muy pocos, necesitan vigilar su circunferencia. Es lo que hacía Clinio Malabar.


Proponíase, en esta forma, ser inmortal; y es tan poderosa la sugestión, decía el médico interno, que en veinte años de manicomio aquel sujeto no había presentado el más leve signo de vejez.


Caminaba lo menos posible, con el objeto de no permanecer «ilimitado», y dormía en el suelo. Todos se habían acostumbrado ya a respetar su manía.


Pero cierta vez, ingresó a la clínica un nuevo practicante, a quien chocó aquello extraordinariamente.


Empezó a hostilizar al loco, sin que este se ofendiera. Solo cuando intentaba borrarle su circunferencia, daba gritos tales, que era necesario suspender la operación. Desde aquel día, el loco empezó a describir en todos los parajes ocultos de las oficinas y de los patios, círculos de repuesto para usarlos en un caso de apuro.


Una noche, el practicante se propuso salirse con la suya, pues como buen aficionado del manicomio, era a su vez un poco maniático; y mientras el loco dormía borró cuidadosamente su circunferencia. Algunos locos, puestos al tanto de la travesura, buscaron y borraron a su vez las circunferencias de repuesto.


Clinio Malabar no se levantó. Había muerto, al desvanecerse su limitación geométrica.


El incidente hizo algún ruido si bien no se le dio la ulterioridad judicial que reclamaba, en homenaje al decoro profesional; pero los locos quedaron tan impresionados, que desde ese día empezaron a oír por todas partes la voz de Clinio Malabar.


Por la noche habló más de dos minutos debajo de una cama; a poco se hizo oír en varios puntos de la huerta. Los locos sabían algo, pero no querían decirlo.


Lo curioso es que el fenómeno contagió a los ayudantes, quienes juraban haber oído también hablar al loco muerto.


Un día a las once de la mañana más o menos, comentábamos esto con el médico interno en la galería que rodeando el patio del hospicio nos protegía del bravo sol estival.


De repente bajo un tarro que cubría puesto boca abajo no se qué plantitas exóticas, allí, a veinte pasos de nosotros estalló sonora una frase. ¡La voz de Clinio Malabar!


Antes que volviéramos de la impresión los locos acudieron aullando, como vacas al sitio de un degüello. Todo el personal se conmovió. Allá bajo el sol clarísimo, en el patio raso, bajo el tarro aquel, sonaba con las mismas frases que tanto conocíamos, la voz de Clinio Malabar. De Clinio Malabar enterrado hacía una semana, previa la más completa autopsia.


Los locos nos lanzaban miradas feroces; el personal tiritaba horrorizado y nosotros mismos no sé adónde hubiéramos ido a parar si el médico, en un supremo arranque de energía, no vuela el tarro de un puntapié.


La voz cesó bruscamente, y sobre el cuadro mohoso que la boca del recipiente formara apareció inscripto con tiza uno de los círculos de Clinio Malabar.




Ilustrción: Jusepe de Ribera

martes, 7 de julio de 2026

Prefacio a "Batallas contra los muros"







Estamos en guerra. 

     Publicar un libro de relatos en estos tiempos puede ser, para algunos, un acto de jactancia tan flagrante como ignorar, y hasta despreciar, el sacrificio último que están haciendo los combatientes en el Atlántico sur. Para mí, sin embargo, ya no son causas de miedo ni de remordimiento ninguno los motivos que puedan oponérseme. El gobierno militar caerá, tarde o temprano, y ya es nada más que una parodia, por no decir caricatura, triste y ofensiva, de lo que intentó ser. Y por parte de aquellos que durante todos estos años han estado en mi contra, por mi posición oficialista, hasta por mis crímenes, según han dicho, puedo recibir aún más golpes por esta publicación, pero una mancha más no le afecta al tigre, y tampoco le viene mal. Uno es lo que es, uno es lo que decidió ser. 
     Si este libro fuese un testimonio, un documento, un ensayo sobre la realidad, nadie me atacaría. Pero es un libro de ficción, por lo menos hasta cierto punto. Por lo tanto, publicar ficción, supuestamente pasatista y de entretenimiento, en estos meses, merecería la reprobación de todo ciudadano consciente de su deber civil y moral en una nación que se ha jactado desde su independencia de ser una de las más cultas de América.
     Hace poco más de un mes, una mujer fue violada y asesinada en Buenos Aires. Ocurrió precisamente el 2 de abril, el día de la supuesta recuperación de las islas. De este caso, como otros tantos, se ocupó la prensa durante unos días, para luego olvidarlo. Sobre ella escribí ya un breve relato hace muchos años. Esa mujer murió sola en su departamento, mientras gran parte de la población del país festejaba las fanfarronadas de un borracho. Ese fue el motivo que me decidió a publicar el resto de los cuentos.
     Pero precisamente por tratarse de un libro de ficción, la temática que abarca, la totalidad de los conflictos, la amplitud de sus referencias sociales, históricas y psicológicas involucra todo lo que a la humanidad se refiera, la guerra y el conflicto social, incluyendo, también, los límites de la moral y la falacia de los sentimientos.
     Siento que debo justificarme, y así lo estoy haciendo, aunque nadie me lo pida. La culpa es un cuervo que no puede matarse, es una mancha imborrable en una prenda de la que no podemos desprendernos sin quedar desnudos. Y la desnudez, en este caso, es más terrible que la mancha. 
     La ficción literaria es una especie de expiación. Veamos la biblia, por ejemplo. ¿Qué es, si no, un conjunto de alegorías y fábulas, símbolos que intentan explicar lo que sólo puede ser comprendido por las leyes no escritas? Estos relatos son, también, como cuentos para niños que han crecido sin madurar, porque los personajes crecen sin resolver ninguno de sus conflictos. Viven con ellos, los evaden, los arrastran, los dominan, en escasas ocasiones, hasta que son vencidos por ellos. 
     Mis crímenes escritos están en estos cuentos. 
     Sólo una persona pudo haberlos comprendido y apreciado, y para ella los he escrito. Gloria Sanmarco desapareció hace varios años. Era maestra de escuela, aunque pudo ejercer muy poco tiempo. Un auto se la llevó, desapareciendo en la soleada calle de una ciudad. 
     Desde entonces el sol es una sombra, y la paz es una guerra.
     En ese lugar vivo desde entonces. Por eso, este libro de cuentos es la expresión de las guerras del hombre. Es un homenaje, ni frívolo ni ficticio. Decadente, tal vez. Cobarde, seguramente. Porque hasta los sentimientos claudican en las redes de la hipocresía. La mente humana es un cementerio, decía una poeta amiga. 
     Expongo mi alma al castigo. Vengan entonces los detractores del sentimentalismo a atacarme, tendrán razón. Vengan los defensores de la realidad, y serán bienvenidos. Pero yo les daré mi bienaventuranza a los mediocres, a los fracasados y a los criminales, que no han podido ser otra cosa, en la perpetua guerra cotidiana, en los perennes dolores que corroen los cimientos de la individualidad.
     Para ellos he escrito este libro, los hipócritas a pesar de sí mismos, los mentirosos inmersos en el interminable ciclo del arrepentimiento, los asesinos rodeados de columnas de fuego. Porque no hay escape, los suelos son de fango y no hay pasamanos que bajen del cielo. Una bala mata un cuerpo que se pudre, su epitafio es el recuerdo. Una palabra causa estragos, deja la infamia como heredera, y la infamia nunca muere.
     El único sitio donde no es posible engañarse, es la imaginación luminosa. Ella tolera y lo abarca todo. La imaginación es un nido de halcones que dan caza a las ratas de la incertidumbre, sobrevolando en círculos concéntricos que giran a veces en forma centrífuga o centrípeta, pero de ambas formas se expande hacia el infinito exterior o el infinito interior.           
     La imaginación no es algo que se inventa, sino algo que puede verse en las interfaces de la cotidianeidad.
     Quien bien lee, bien entiende que en los claroscuros nacen los conflictos, que en los grises está el caldo de cultivo de las tragedias, que, del fondo de un calmo pozo oscuro, resurgen los traumas de los que intentamos deshacernos. 
     Yo los invito a asomarnos a ese mundo, y a quienes no teman ser aniquilados, a adentrarse y ser parte de él.


 Bautista Beltrame
“El Radar de Buenos Aires” 






Ilustración: Phil Hale

domingo, 5 de julio de 2026

Sobre la muerte de Ameghino IV (Salvador Debenedetti)

 





Analizando, en conjunto, la monumental obra de Ameghino se ve 

“claramente que predominó en el sabio una franca tendencia hacia los 

estudios paleontológicos y antropológicos. Y es en ese sentido que ha 

sido sintetizado por todos los conferencistas que después de su muer- 

te han hecho el panegírico del hombre y han comentado su obra. Ha 

sido, pues, acto de justicia y reconocimiento encarar la síntesis de la 

ciencia de Ameghino en la forma en que se ha hecho. Sin embargo, 

hay en la obra del maestro algo más sobre lo cual no se ha insisti- 

do lo suficiente, y que, si no es de la importancia trascendental de las 

disciplinas paleontológicas y antropológicas, constituye un timbre de 

gloria no menos verdadero ni menos merecido. Me refiero a la pro- 

ducción de carácter arqueológico del ilustre sabio cuya desaparición 

prematura lamentamos, por cuanto ella significa una pérdida nacional 

para nuestra ciencia, una desgracia irreparable y un vacío que difícil- 

mente podrá llenarse. 


Ameghino empezó su vida científica como arqueólogo: es decir, es- 

tudiando los restos de la industria humana prehistórica en sus relacio- 

nes con la fauna pampeana extinguida. Su primer trabajo, en 1875, 

así lo demuestra. Posteriormente, la enorme serie de sus obras, folle- 

tos, artículos, notas y comentarios parecen indicar un desvío de la orien- 

tación en que se había iniciado. Pero tal desvío no es más que aparen- 

te, puesto que, en-total, los trabajos de Ameghino forman un conjunto 

homogéneo, uniforme, perfectamente relacionado, tendiente a un úni- 

co fin, sospechado genialmente primero y comprobado después en to- 

dos sus detalles. Casi puede afirmarse que la geología, la paleontolo- 

gía y la antropología no han sido para él más que ciencias auxiliares, 

coadyuvantes en la demostración de sus especulaciones de orden ar- 

queológico.| 


Tanto en la arqueología prehistórica, como en la propiamente dicha, 

Ameghino puede ser considerado como un iniciador en esta clase de 

estudios entre nosotros. En casi todos sus trabajos, a veces de paso, a 

veces extensamente, se encuentran esparcidos los chispazos de su ge- 

nialidad entregada por entero al descubrimiento de la verdad que se 

oculta en los espesos sedimentos de la tierra y a encontrar las huellas 

del ser humano de las pasadas edades geológicas. Y, precisamente, por 

ser tan vasta la labor del sabio, tan compleja, tan llena de detalles y 

correlaciones, tan genial y tan discutida en ocasiones, resulta tarea 

“abrumadora abordar la síntesis de inducciones formalizadas en más de 

treinta años de trabajo no siempre coronado con la gratitud que me- 

recia. 



Ameghino consideraba la ciencias que cultivó como un conjunto in- 

pensables para la determinación de la época de las distintas formaciones 

y las conexiones geográficas de las tierras y de los mares de las pasa- 

das épocas». La antropología, por su parte, no se concibe inseparable 

de ambas sobre todo en lo que al hombre y sus precursores se refiere. 

Y, por fin, quien piensa en antropología piensa tácitamente en arqueo- 

logía pues ésta es un simple desprendimiento de aquélla. Se entiende 

que así, en líneas generales, la afinidad de estas ciencias sea estre- 

chísima; cada una de ellas, con el acumulamiento de observaciones, 

con los resultados indiscutibles como corolario de sus especulaciones, 

puede ser considerada como dotada de relativa independencia. Para 

Ameghino fueron siempre ciencias inseparables, tan inseparables que 

cualquiera de ellas implicaba a las demás. | 


Naturalmente que por cualquiera de estas ciencias y por todas a la 

vez Ameghino tuvo que caer fatalmente en el problema del hombre 

americano, problema que constituye la genial finalidad de sus estudios. 



El precursor del hombre más antiguo, hasta ahora conocido, es, según 



Ameghino, el Tetraprothomo, cuyos restos óseos y vestigios de- la in- 

dustria que poseyó fueron descubiertos en Monte Hermoso, en capas 

“geológicas correspondientes al período mioceno. Los restos de indus- 

trias de un ser inteligente consisten: en huesos con evidentes señales 

de choques o partidos longitudinalmente, bastante parecidos a los que 

suelen descubrirse en los paraderos modernos, tan abundantes en toda 

la región patagónica y aun en la cuenca del Rio de la Plata; guijarros 

y pedernales trabajados con caracteres de talla tosca, pero intencional 

y grandes fragmentos de tierra cocida que han hecho suponer que se 

trata de restos de verdaderos fogones o incendios. provocados en las: 

cortaderas y marañas de aquel lejano horizonte geológico. A veces, eni- 

butidos en las mismas escorias y tierras cocidas se han encontrado frag- 

mentos de esqueletos de paquirrucos, esos pequeños animalitos tímidos, 

astutos, pobladores de cuevas entre los espesos pajonales y persegui- 

dos tenazmente por el remoto precursor del hombre. : 


Correspondiente a este mismo horizonte y a este mismo yacimiento — 

paleolítico, descansando sobre capas de arenas y areniscas que consti- 

tuyen el piso pulchense, Ameghino descubrió los restos de una anti- 

quísima industria lítica que llamó «industria de la piedra quebrada» y 

que, según sus observaciones y estudios, representa la faz más primiti- 

va de los trabajos ejecutados en piedra por el hombre o sus precur- 

sores.

 El geólogo belga Rutot ha sostenido evidentemente que el hombre 

antes de comenzar a tallar la piedra se sirvió para sus usos de guijarros 

apropiados y seleccionados. Cuando no fueron aptos para los fines a 

que fueron destinados eran arrojados, pero conservaron en su superfi- 

cie rastros visibles, desgastes o gólpes que denuncian el empleo que 

tuvieron. Estas piedras han recibido el nombre de eolitos y han sido 

descubiertas en el cuaternario inferior de Europa y últimamente en 

Egipto debido a los trabajos de Schweinfurth. Sergi sostiene que 

la industria del cuaternario debe comenzar con el estudio de los eolitos 

y no de las piedras talladas que representan una época más avanzada 

o sea la paleolítica. | 


Como los descubrimientos de Ameghino, las «piedras quebradas» de 

Monte Hermoso fueran puestas en duda, el sabio no vaciló en dar las 

explicaciones necesarias para ventilar este asunto, para lo cual presen- 

tó una breve pero interesante Memoria al Congreso Científico Inter- 

nacional Americano de 1910 donde defendió con calor su doctrina y su 

profunda convicción. Se declaró en dicho trabajo, con valentía, «único 

responsable de la interpretación» que data a los restos de la industria 

de la «piedra quebrada» descubiertos en Monte Hermoso y sin vincu- 

laciones con la industria eolítica. Cuando sea preciso entre nosotros — 

trazar el cuadro de la marcha que ha seguido la industria de la piedra 

en América, será necesario dar comienzo con este precioso hallazgo, — 

sin precedentes en la historia del hombre, inconfundible, único. 

 Otro descubrimiento destinado a marcar época en los estudios de 

nuestra arqueología preshistórica ha sido el de la «piedra hendida», 

ocurrido en 1908 en las inmediaciones de Mar del Plata. La industria 

de la «piedra hendida» «procede del pampeano inferior y de la parte

media del ensenadense, de las cavernas eolo-marinas correspondientes 

 a la transgresión marina interensenadense». 



Según Ameghino, ésta ha sido una de las manifestaciones industria- 

les del Homo pampeus que en aquella época habitaba sobre las orillas 

del mar. 


Como ocurre con las industrias primitivas, el hombre no ha hecho más 

que utilizar, aprovechar el material más fácilmente a su alcance y en 

este caso lo fueron los cantos rodados de las inmediaciones. La caracte- 

rística de esta industria es que la piedra aparece hendida, en general, 

en uno de sus lados, indicando así. un nuevo procedimiento de técnica 

en la confección del instrumento y una etapa más avanzada en la evo- 

lución de la industria de la piedra. : 


Otros vestigios industriales del hombre o su precursor de la época 

del eoceno superior de la Patagonia y del oligoceno superior o mioceno, 

el más inferior de la formación entrerriana, han sido’ estudiados en 



toda su amplitud, por Ameghino en dos curiosas Memorias leídas en 

1910 ante el Congreso Científico Internacional Americano. 



‘En el primer caso se trata de un fragmento de mandíbula derecha 

de un Proterotherium encontrada por don Carlos Ameghino en la for- 

mación santacruceña de Monte Observación, localidad donde se han 



hallado restos de Anthropops. Esta mandíbula presenta incisiones trans- 

versales cuyo estudio practicado por Ameghino, lo ha llevado a sen- 



tar la conclusión que se trata de un vestigio industrial «de un precur- 



sor humano sumamente alejado del hombre actual tanto en el tiempo 



como en su conformación». Dentro de la misma formación geológica, 

debajo de las capas subaéreas, en la ribera norte del Río Gallegos se 

han descubierto masas de tierra cocida que presentan idéntico aspecto 

al de los fogones fósiles de la formación pampeana. Ameghino cree 

que son vestigios industriales de un ser que conocia el fuego, hacía 


uso de él y probablemente trabajó la piedra y el hueso en la forma 



rudimentaria y tosca que dejamos consignada. 

En el segundo caso se trata de una muela de Toxodontherium pro- 



cedente de depósitos terciarios del Paraná. De su estudio prolijo, Ame- 



ghino constató que las incisiones que presenta la muela son de origen 


intencional, hecho que no puede negarse, aunque se ignore con qué 


fin fué ejecutado aquel trabajo. | 

En el cuadro cronológico de las industrias aras predominaba 



hasta hace poco la clasificación de Mortillet; pero las investigaciones 



de Hoernes en sus tentativas de hacerla extensiva en la región de Aus- 

tria Hungría y los trabajos de Rutot, han aportado tal cúmulo .«de cono- 

cimientos nuevos y nuevas generalizaciones, que hoy la clasificación de 

este autor es la más aceptada. La industria eolítica aparece en Europa, 



en Thenay (Francia) en el oligoceno superior, y se prolonga, con des-- 

arrollos más o menos locales, hasta el plioceno superior ya próximo a 

la primera época glacial del cuaternario donde se insinúa la industria 

reuteleana. Los descubrimientos de Ameghino modificarían totalmente 


esta clásica clasificación de las industrias, pues desde el terciario en- 

contramos en la Patagonia vestigios del trabajo del hombre o de su 

precursor, denotando ello una más remota antigüedad del hombre en 

América y de su industria, por lo tanto. 


Pasando a los tiempos relativamente cercanos a nosotros y ‘dejande 

de lado la evolucién de los seres humanos en las distintas edades 

geológicas, así como sus migraciones al través.de tierras que emergie- 

ron en épocas lejanas, como fué Arquelenis, por las cuales el precur- 

sor del hombre pasó de América a los otros continentes, acercándonos 

a los tiempos de nuestra protohistoria, tendremos, en su estudio, que 

considerar la personalidad de Ameghino, quien en su obra colosal no 

dejó de tratar estos problemas cuyas soluciones son hoy la preocupa- 

ción de los arqueólogos. 


Y no menos fecunda y grande es la labor del sabio en esta serie de 

investigaciones, teniendo además en su favor el alto mérito de haber 

dado en una obra de carácter general todas las noticias referentes a res- 

tos arqueológicos descubiertos en la República Argentina hasta el 

ano 18890. 


La antigiiedad del hombre en el Plata, es una de las obras funda- 

mentales de Ameghino. Están expuestas en ella sus teorías sobre el 

poblamiento de América y discutidas en toda su amplitud las distintas 

hipótesis emitidas desde los escritores paganos hasta los que siguen 

la tradición bíblica. Con el ardor, la convicción y la vehemente argu- 

mentación que caracterizaba al sabio, sostiene sus teorías sobre el 

hombre autóctono americano y pasa en revista la obra de los viajeros 

anteriores a Colón, la de los geógrafos y cosmógrafos anteriores al 

descubrimiento de América. 


El cuadro de las civilizaciones americanas, el desarrollo de las cui- 

turas, la acción robusta del hombre dominando la naturaleza en sus 

distintas manifestaciones, los restos desarticulados de ruinas ciclópeas 

que delatan el florecimiento de civilizaciones ya extinguidas, llevaron 

a Ameghino a sentar conclusiones, buscando las distintas pruebas para 

demostrar la autonomía de ciertas civilizaciones americanas, su área 

de influencia y sus probables desarrollos. A su criterio nada escapó; 

ninguna cuestión pasó por alto; no omitió detalles; y de comparación 

en comparación, de inducción en inducción y- llenando con geniales 

intuiciones los claros abiertos en sus investigaciones, sentó la teoría 

de la marcha de la civilización prehistórica, ay ando desde la Patagonia . 

al norte del continente. 


Por el tamiz de su crítica, formidable por lo severa, pasaron todas 

las cuestiones de nuestra arqueología desde el problema étnico hasta 

el linguístico, desde las más remotas manifestaciones industriales del 

hombre hasta las recientes migraciones, desde las religiones, ritos y usos 

de sus pueblos hasta el estudio del carácter de las razas. 



Imposible es seguir la obra del sabio encerrándose en el estrecho 

imite de un artículo, pues fatalmente se cae en la escueta rigidez de 

un sumario. El estudio de Ameghino en lo que a arqueología se refie- 

re, es de por sí vasto y puede sintetizarse afirmando que su importancia 

no es menor que como paleontólogo, geólogo y antropólogo.


A los discípulos actuales y a los venideros con más razón tocará 

realizar la magna tarea del examen completo de la obra científica, vas- 

ta y sin igual entre nosotros del sabio, del maestro y del amigo cuya 

desaparición cierra un paréntesis en el mundo de la ciencia.





Ilustración: Cándido Portinari

Post Operatorio (Adolfo Bioy Casares)

-Fueran cuales fueran los resultados -declaró el enfermo, tres días después de la operación- la actual terapéutica me parece muy inferior a ...