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Por eso, el rancho viejo que ocupaba toda
la cuadra de los Funes era habitado sólo por Fabio Funes y su hija Inés. El
abuelo había muerto antes de que ella naciera, y la madre, quién sabe. Algunos
decían que era una mocita de la estancia de los Sanhueza, que cosechaban
aceitunas, novedad en la época. El olor del olivar debía estar impregnado en la
piel también color aceitunada por lo oscura, de la adolescente o poco más que
Fabio conoció en el campo. ¿Y cómo resistirse? Nadie supo su nombre, nadie, tampoco,
que estaba embarazada. Hubo un tiempo en que no había médico en el pueblo, y
para los partos estaba la comadrona. Pero ni eso tuvo ella. Dio a luz,
probablemente, en el campo, entre los rastrojos de la última cosecha. Sin
embargo, no estuvo completamente sola.
Fabio Funes era un hombre raro.
Campechano a veces, compartía los mismos vicios y defectos que los otros, pero había
manías que lo distanciaban de los demás. Su afán por hacerse la señal de la
cruz cada vez que escuchaba una puteada, o cuando él mismo las pronunciaba. En
ocasiones, lo hacía sin causa aparente, o quizá a algún oculto pensamiento se
debía. Eso era, la religión, extraña en hombres como él, reservada a las
mujeres o a las beatas concurrentes los domingos a la iglesia, y sus
soliloquios cuando caminaba solo. ¿Rezaba? Seguramente rumiaba sus pensamientos
repetidos, obsesivos, intentando encontrar en esa letanía una explicación y un
sentido que apaciguara su alma. De eso se tratase todo, tal vez, de curar el
alma que había heredado enferma. La psiquis, como bien diría un facultativo de
ciudad pudiente, o el alma de los oprimidos, en palabras de un socialista, o nada
más que la transformación de la pena en un cáncer latente que crece y crece en
el corazón de los hombres, y toma los huesos, y los nervios, y el cerebro. Y
los ojos ya son otros.
Fue lo que debió haber visto ella en el
rostro de Fabio esa tarde en el campo, mientras intentaba no gritar de dolor de
parto, porque él le apretaba la boca con la mano con fuerza. Él miraba y
vigilaba por si alguien venía. Era vergüenza, sí, y la culpa lo hacía estar en
ese lugar, arrodillado, con la cabeza y la espalda de ella sobre las piernas,
diciéndole “pujá, pujá” como había escuchado decir a las comadronas. Hasta que
Inés no estuvo afuera, ella no cesó de llorar en silencio, con la boca tapada.
Fabio agarró a la nena, la limpió con su boina y la envolvió en el chal tejido
que llevaba la madre, que ya no lo necesitaba porque estaba muerta. Le había
tapado la boca, tal vez demasiado, le había impedido respirar en el afán por
mantener el silencio.
Se llevó a la nena al rancho. La limpió en
la pileta de agua fría, sólo entibiada por el sol de esa tarde y la lengua y el
aliento de los perros y el caballo que bebían allí. Le puso ropa que encontró
en los viejos armarios tantos años cerrados de las dos habitaciones de la casa.
Ropa de la abuela, apolillada, pero aún resistente a la costura. Sabía coser, porque
¿qué tela podía resistirse a sus manos hechas a trabajar el cuero o el lanar de
las ovejas que ya no tenía? Todo un ganado muerto con la endemia de ántrax diez
años antes. Eso fue lo que lo arruinó, se había dicho muchas veces para
explicar sus aparentes sinrazones, sus locuras que lo perturbaban de noche,
sobre todo, pero que invadían su día sin saber cómo ocultarlas.
Compró leche en el almacén, lo miraron
raro. Para disimular, llevó también aguardiente y yerba. Armó una tetina y le
dio a chupar a la bebé. Ella bebió y bebió como sin consuelo hasta rabiar de
hastío. Y se puso a llorar cuando debió haberse callado. ¿Qué debía hacer,
entonces?
Se acordó de la madre muerta entre los
yuyos y rastrojos. Salió con la bebé envuelta en un trapo, al anochecer.
Esperaba que nadie hubiese escuchado el llanto. En un brazo cargaba a la hija,
en el otro apretaba una pala. Encontró el cuerpo en la niebla incipiente. Dejó
a la hija sobre un montoncito de pajas tibias, que pareció calmarse un poco.
Cavó lo suficiente, enterró el cuerpo de la madre. Hizo la señal de la cruz, y
encomendó su alma a Dios en un rezo que intentaba asemejarse al sermón del día
de Todos los Difuntos, pero el latín no era lo suyo. Vergüenza y remordimiento
era lo que sentía. Miró a la bebé, ahora dormida entre la niebla, el cuerpo
entibiado por la leche reciente, el exterior acechando por matarla con la
humedad de la intemperie. La levantó y regresó a la casa. Hizo fuego en el
fogón de piedra que echaba humo por una corta chimenea que apenas sobrepasaba
el tejado. Ese día era Viernes Santo. Inés había nacido en ese día atroz. ¿Era
un deber que Dios le mandaba?
El domingo se presentó en la iglesia del
pueblo, de la santa patrona de la Merced, antes de la misa. El padre Macabeo
era un hombre joven, fornido, medio rubio, nadie sabía si era extranjero. De
barba abundante, a veces se afeitaba y parecía entonces un hermoso ejemplar de
galán de cine de voz abaritonada alrededor del cual solían apelotonarse las
chicas solteras y mujeres que ya no lo eran. Decían que perdonaba todo en sus
confesiones, o más bien que todo lo comprendía.
- ¿Qué traés ahí, Funes? - le dijo,
viéndolo entrar en el dormitorio donde el cura todavía se estaba afeitando con
una navaja y poco jabón frente a un espejo. Vivía solo en un cuartito detrás
del altar, del que lo separaba un muro ancho que parecía impenetrable a la
vigilancia del Cristo.
Fabio abrió las telas y mostró a la
criatura.
-La pucha- dijo el cura. - Ya algo sabía
de esto, ¿la mocita de los Sanhueza? Esa, que nadie sabía de dónde la sacaron,
sin familia, como nacida del polvo. Y vos te aprovechaste, Funes, la llenaste
de polvo, ¿no?
Fabio se arrodilló ante el cura y hundió
la cara en la misma tela que envolvía a la bebé.
El padre Macabeo le puso firmemente una mano sobre un
hombro.
-Todos somos débiles, Funes, te comprendo.
Pero no es excusa. ¿Dónde está la madre?
Fabio se encogió de hombros.
-Entiendo, ¿y a qué venís entonces?
Levantó la cabeza para mirar al cura. Una
especie de aurea dorada parecía envolver la cabeza rubia. Era un hombre como
todos los otros, sin sotana, con un pantalón rústico y en camiseta que dejaba
ver los hombros anchos y el pelo en pecho. Aún llevaba la navaja en la mano
derecha. Parecía ser un ángel vengador. Se preguntó si lo exterminaría ahí
mismo, tras el altar. Como si fuese el encargado de los negocios sucios del
Salvador.
-A que la bautice, Padre.
Entonces el cura se lavó la cara, se frotó
parsimoniosamente con una rancia colonia, se puso la sotana desgastada, luego
el cuello blanco y un paño rectangular sobre los hombros. Agarró su biblia
ajada, y dijo:
-Lo haremos acá nomás, para que no hablen
las viejas sentadas en el atrio.
Sacó de un cajón un frasco con agua
bendita, roció a la niña en la frente e hizo la señal de la cruz, impartiendo
la bendición en latín ordinario.
-Ya está, Funes, podés irte en paz.
Fabio agradeció en silencio, y estaba por
salir cuando el cura le preguntó:
- ¿Y qué debo decir si me preguntan,
Funes, sobre el origen de la criatura?
- ¿Cómo, Padre? Que es mi niña ¿qué otra
cosa va a contar? La madre se murió al dar a luz, está en el campo.
Hallaron el cuerpo unos peones, una
semana después. El cabo Prilidiano Saldívar se encargó del caso durante unos
diez días. No sabía mucho, el pobre, lo habían cambiado de destacamento varias
veces, unas por encontrarlo borracho en noches donde se lo había requerido en
faenas políticas, otras por fraudes de poca monta con los comerciantes del
lugar. Llamó al médico antes que al juez, y el doctor Hermes Farías exhumó el
cuerpo, lo revisó en su consultorio del hospital, con su enfermera de siempre,
vieja y gorda, cansada siempre, ansiosa de jubilarse. Determinó la asfixia como
causa de muerte, postparto.
En la comisaría, fumando a ambos lados
del escritorio, ellos conversaron sobre lo que iban a hacer. El cabo era el
encargado en ausencia del comisario, que era su padre, de licencia por
enfermedad, decían.
- ¿Y cómo anda su viejo, Saldívar?
-Mal, doctor, respira como un motor, me
cuenta la vieja, y en cualquier momento estira la pata.
-Lo lamento, amigo.
El doctor Farías era una de las ovejas
negras de su familia, aborrecía de las influencias de sus familiares conocidos
por saberse incapaz de emularlos. ¿Era adicto a la cocaína? Así contaban,
porque las enfermeras que solían acostarse con él hablaban, y el chismorreo
había desbordado el hospital y corrido por las calles del pueblo, diluyéndose
hasta licuarse en una noticia de poca monta.
- Ya sabe quién es el sospechoso, ¿no?
-Funes es un chiflado, doctor- dijo,
girando un dedo sobre la sien. - Pero inofensivo, ya sabe que se encargó de la
criatura…
-Eso me han dicho, ¿quién iba a decirlo?
Se ha portado bien. ¿Avisó al juez, Saldívar?
-Hablé con el cura, doctor. Es un gran
tipo, ¿sabe?, para ser cura…
Farías
ya lo sabía, no necesitaban decírselo, y de varias otras cosas podría
informarle al cabo. De los abortos de mocitas de las estancias vecinas, por
ejemplo, que visitaban la sacristía tan frecuentemente.
- ¿Y qué le ha dicho?
-Toda la monserga de siempre sobre la
culpa y el castigo.
Se quedaron en silencio al caer la tarde
en la oficina. El sol estaba muriéndose de aburrimiento tras los álamos
plantados cien años antes frente al camino. Los motores de los camiones en la
ruta a lo lejos se escondían ante el graznido de los caranchos que sobrevolaban
el campo en busca de alimento.
-Ni familia ni conocidos, ni los Sanhueza
reclaman.
-Claro- dijo Saldívar- mientras menos
barullo, mejor. ¿Cuántas han pasado por la estancia en los últimos años? Más
son, menos gasto.
-Así hacen plata, amigo. - Farías
hablaba, como siempre, resentido, él, que tenía que limpiar el pus y meter los
dedos en la mierda para ganarse la vida.
Se estrecharon la mano, dando el asunto
de Funes por terminado.
Así fue como Inés se crio con su padre.
Desde chiquita iba con él al campo, porque no podía dejarla sola. En las épocas
de seca, se pasaban el día en el rancho o en el patio junto al viejo aljibe, o
lo venían a buscar para hacer changas en la estancia de los Sanhueza. Quienes
conocían la historia miraban a la nena como a bicho raro. Y ella se crio
pensando que era distinta. De tez clara y cabello oscuro y lacio, caminaba
torcida por costumbre de evitar las miradas de los demás.
Cuando fue más grande, ayudaba al padre en
las faenas, rastrillando los rastrojos de la cosecha que fuese, y ese olor,
incluso el polvillo se le quedaba pegado al pelo y a la piel, y entonces los
chicos de la escuela le aplicaron el apodo por el que fue conocida toda su
infancia. Inés de los rastrojos, la llamaban, y se reían. Ella bajaba la cabeza
y se iba corriendo, o si estaba en el campo con el rastrillo en mano, en lugar
de amenazar, se ensimismaba en la tarea, porque su padre le había dicho que el
trabajo lo es todo, y porque había visto a Cristo en la iglesia con la cabeza
gacha colgando de clavos.
El silencio ante el graznido de los
caranchos.
Se sabía fea, se sabía tonta. En casa
apenas hablaba con su padre, que de la mañana a la noche trabajaba y luego
llegaba y se ponía a fregar los pisos y lavar la ropa en la pileta. Después,
como un descanso, se sentaba a fumar diez minutos mirando hacia el ocaso al
fondo de la calle empedrada, y en seguida tiraba el pucho y se ponía a cepillar
al tordo cabizbajo y ciego que ya no servía más que para arrastrar el carro del
campo al hangar donde estaban los fardos que luego el tren se llevaría a la
ciudad, porque ni eso desperdiciaban los patrones, los Sanhueza, hasta de los
rastrojos sacaban provecho. Y eso estaba bien, se decía Funes, la ciencia está
para aprender, no era cuestión de tirar la plata al fuego, como hacían en los
viejos tiempos, si hasta la bosta sirve en estos días. Todo se procesa y se
rehace, como la muerte y resurrección del Salvador.
¿De dónde venía esa fe de Funes? Nadie en
la familia había sido tan afín a la iglesia y sus preceptos. La manía
persecutoria, tal vez, lo había hecho refugiarse en sus creencias. La vastedad
de la tragedia que había hecho sucumbir poco a poco la rústica, la campesina
alcurnia de los Funes durante el siglo XIX, fue siempre un salvaguardia para
protegerlo de toda culpa, para exigir compensaciones y solicitar préstamos.
Hasta que no quedó más que el viejo, senil y consumido por el cáncer de
próstata, que terminó de consumir también el patrimonio de su herencia. Sólo el
rancho, grande y averiado, y los terrenos lindantes. Ni siquiera la manzana
completa, porque habían tenido que vender, y tan sólo quedaban los baldíos de
alrededor, que nadie adquiría para evitar la vecindad de tanta mugre y
decadencia.
Los vecinos se acostumbraron a Inés, que,
si no era amable, era apocada y silenciosa, simulando una educación que no
tenía. Las mujeres la veían entrar al almacén y cuchicheaban, las otras chicas
se reían, y los varones le tiraban del pelo y todo el comadreo se alborotaba
cuando caía el polvillo de los rastrojos al suelo. Ella aguantaba, no se iba
sin conseguir lo que pagaba con los billetes arrugados que le había dado su
padre.
Santos, el almacenero, entonces, le
preguntaba desde el otro lado del mostrador alto, al que apenas ella asomaba la
cabeza:
- ¿Cómo anda tu viejo? Decíle que pase
mañana, tengo un par de cosas que encargarle. - Y le regalaba uno o dos
caramelos que ella siempre miraba con envidia en los frascos transparentes de
la vitrina.
Cuando Inés cumplió los once años y medio,
tuvo su primera menstruación. ¿Qué era eso que le estaba pasando?, se preguntó,
asustada, cuando en medio del rastrillaje vio que le corría sangre por los
muslos. Era sangre caliente que pronto fue tornándose pegajosa. Se levantó la
pollera. Tenía la bombacha sucia de sangre pura. No era de las que lloran con
facilidad, pero esta vez se le formó un nudo de angustia en la garganta. El
problema es que asistía a la escuela día sí y día no, más cuando a ella le daba
la gana que por imposición de su padre. No tenía amigas, el asilamiento a la
que su aspecto la relegaba, ella lo aumentó con su rencoroso orgullo. No pedía
favores, como el padre, no rogaba cariño. Por eso no hablaba ni le hablaban,
casi. Y Fabio, ¿qué iba a contarle de los cambios biológicos de la adolescencia?
Apenas los conocía, tal vez, los aceptaba simplemente como se acepta la fe en
el médico o en los milagros de la Virgen. Porque de eso algo había, en su
opinión. Cuántas veces había escuchado en los sermones del Padre Macabeo la
extraña, la maravillosa concepción virginal de María. Si las mujeres sufrían
cada treinta días ese desgarro, esa herida, era para recordarles su condición
de parias. Todas, incluso la madre de cada uno, decía el Padre en su sitial de
madera que crujía al subir, tenían la misma condición. Por eso su vida era
expiación con el dolor.
Inés fue corriendo a donde estaba Fabio,
junto al carretón, paleando parvas de heno y rastrojos.
- ¿Qué te pasa? - le preguntó, secándose
la frente con la boina y volviéndosela a poner.
Ella
intentó no llorar, y le salieron esos pucheros con el labio inferior saliente, tragándose
los mocos y las lágrimas. Entonces vio las piernas.
-Vení acá.
Le puso las manos en los hombros y desde
su altura, le dio un beso en la frente.
-Ya te has hecho mujer, Inesita. Vamos a
casa para limpiarte.
Durante todo el trayecto de vuelta al
pueblo, mantuvieron la vista fija al frente, sin responder a los saludos. Ella
asustada, él pensativo. Entraron y la llevó de la mano al baño. Era amplio,
como en los viejos tiempos, de paredes frías y musgosas, de cielorraso con
telarañas, una pileta con un solo grifo de agua fría, una mesa chica para
apoyar cualquier cosa, una bañera que desentonaba con el resto por su
incongruencia temporal, y sobre todo con esa letrina que estaba en un rincón,
limpia, pero tan añeja que para ellos era el único sistema conocido por la
humanidad para descargar la mierda. Quien los hubiese visto a uno o a otra
acuclillados en esas huellas marcadas en el piso y el agujero oscuro abierto
como un pozo peligroso que conducía a extraños mundos, habría pensado que eso
les gustaba. La parsimonia con que ambos aceptaban su condición era más
admirable, quizá, que su mezquindad o su obstinación.
Fabio llenó la bañera con baldes de agua
tibia que traía desde la cocina, mientras ella esperaba desnuda recostada en el
fondo. Cada baldazo caía lento y con delicadeza, ocupando los espacios libres
entre sus piernas, sus brazos, su cuerpo y las paredes de losa. El agua se fue
tiñendo de rojo, primero, luego de rosa.
Fabio dejó el último balde de agua que
cubrió el cuerpo de Inés hasta el cuello. Se sentó en el borde y comenzó a
fregarle la piel con una esponja vieja que ya no lastimaba.
-Te
va a pasar siempre, Inesita- le dijo. -Así son las mujeres, ¿qué le vas a
hacer?
-Pero… ¿y si me muero?
-No te va a pasar nada, es un poquito de
sangre nomás. Diosito así lo decidió y por lo tanto debe estar bien, ¿no es
cierto?
Ella se encogió de hombros. Entendía, tal
vez, pero el que siguió rumiando sus pensamientos fue su padre. Otra más, se
decía, que cuidar de los sementales que rondan el pueblo y el campo, que, a
diferencia de él, no se harían cargo de los engendros de sus simientes. ¿Cómo
quitarle esa maldición a Inés?, se preguntó. Al Padre Macabeo le gustaba un
versículo de San Mateo donde se hablaba de la tentación, si algo te hace caer,
córtalo.
Se inclinó sobre Inés, y empezó a secarla.
-Me pica- dijo Inés, señalando su sexo.
Todavía quedaban coágulos de sangre seca
que no habían salido. Él los restregó, y como eran rebeldes, frotó un poco más,
hasta que la piel de Inés se puso roja. Ella no lloró, lo miraba a los ojos. Él
la lavó entonces como lo hizo con el resto del cuerpo, sin precauciones, tan
naturalmente como lo hacía con el pelo. La mano de Fabio era un instrumento de
cinco apéndices flexibles y suaves, pero con la consistencia para no romperse y
penetrar sin claudicar.
Desde ese día y cada vez que pasaba lo
mismo, ella se metía en la bañera y esperaba la llegada del agua tibia, y las
manos de su padre que la limpiaban de la maldición, por lo menos hasta la
siguiente vez. Y como eso seguramente duraría toda su vida, se sintió, por
primera vez, en una especie de equilibrio que le daba paz. Esa seguridad en la
repetición de un hecho cierto y su consecuente resolución le daba un ritmo que
era más personal que la rutina en la que había vivido hasta entonces. El
despertarse, el comer, el rastrillar, el lidiar con la gente. Todo eso era
externo. Pero lo que ahora le pasaba, era íntimo y único, una especie de
secreto que la identificaba ante sí misma. Y para que fuese un secreto se
necesitaban dos, la protagonista y su cómplice. Ahora estaba unida a su padre
de una forma que antes no había conocido. Los besos y los abrazos de una niña
podían ser dirigidos a cualquiera, pero el contacto con Fabio era único.
Dormía con él. Ella preguntaba, él
respondía, a veces cansado y entre sueños.
Luego, ya no fue sólo la mano, fue el
cuerpo de Fabio sobre el suyo, y el dolor que sintió lo ofreció a la cruz que
colgaba en la pared sobre la cabecera de la cama. El dolor fue tornándose
costumbre hasta el punto de creer que lo necesitaba, y después, que lo amaba.
Sin embargo, Inés era demasiada chica
todavía. Fabio empezó a lastimarla. Sangró y se desgarró la vulva
probablemente. Varias veces. Las primeras, se cicatrizaron solas. Pero un día
Inés tuvo fiebre todo el día. La dejó en la cama y se fue al campo. Cuando
volvió, la encontró desnuda y sudando con escalofríos. La cargó y la llevó al
doctor Farías.
El médico, esa noche, pasó un brazo sobre
los hombros de Fabio y lo llevó al patio de su consultorio. Fumaba, y echándole
humo a la cara, le dijo.
-Pare un poco, compadre.
Está demás decir que no podía hacer nada.
El pueblo y sus habitantes estaban bajo un manto de cuero por debajo del cual
convivían todos los permisos. El cuero difícilmente se desgarra, y si lo hace
es a expensas de dunesmero resistente a toda corrupción. Nadie podía tirar la
primera piedra, y eso fue lo que pensó Farías en ese momento. No era la primera
vez que veía eso, ni era la más grave, tampoco, pero cada vez pensaba en la
misma frase.
Fabio se sentó, se tapó la cara con las
manos. No lloraba.
- ¿Por qué no me ayuda?
- ¿En qué pensás, Funes, en esos momentos?
-No sé, es lo que siento.
- ¿Y qué sentís, además de placer, hijo de
puta?
- Que no quiero, que sé que está mal, pero
no puedo evitarlo.
-Esas son monsergas de psicólogo, Funes,
alguien te las metió en la cabeza.
Funes pensó, escarbando en sus
sentimientos con el escalpelo del pensamiento.
-La limpio, doctor.
-Eso me parecía, Funes. ¿Por qué te pensás
que el mundo es tildado de machista y patriarcal, y se nos reprocha tanto? El semen,
Funes, engendra la vida. Las mujeres ponen lo suyo, por supuesto, ponen la
casa, ese espacio tan grande para que uno solo de los nuestros viva allí,
solitario. Vivimos dentro de ellas, siempre, y limpiamos la casa que ellas
descuidan. La blancura del semen es como la blancura de un vestido de novia.
Se paró a mirar el cielo en la bocacalle
silenciosa de las dos de la mañana. Inés dormía en la camilla del consultorio
particular de Farías. con menos fiebre y mayor serenidad.
-Un pinchazo, mi amigo, es suficiente
para manchar de rojo todo eso. No me preguntes por qué lo hacemos, es la
esencia de nuestra naturaleza, a lo mejor. ¿Malicia? No sé. A pesar de tanto
intelecto, los hombres somos animales, Funes, y contra eso, no basta la
sapiencia, ni siquiera la sabiduría de un filósofo, ni la abnegación de un
santo. ¿Por qué creés que se flagelan tanto esos pobres diablos con sotana? El
Padre Macabeo parece haber encontrado el equilibrio justo para tener la
conciencia tranquila.
¡Qué iba a entender ese palurdo de Funes!,
se dijo. Esa noche el padre se fue con su hija en brazos y una bolsita con
remedios.
Durante los siguientes tres años, hubo
épocas austeras, y otras tempestuosas. Farías se encargaba de todo. En
ocasiones, habría optado por llevar a Inés al hospital, pero era impensable. Un
día de diciembre, ella estuvo por morirse. No habría sido la primera, y Fabio
velaba junto a su hija, agarrándole la mano, lloriqueando sobre la palma de la
nena que ya tenía quince años. Desnuda en la cama, estaba llena de cicatrices
en los muslos y en la pelvis, y su vulva era una especie de costra dura y a la
vez suave al tacto, como una ostra, precisamente. Inés había cambiado algo en
su aspecto. No era del todo fea de cara ahora, y el cabello se le había
enrulado naturalmente, y era oscuro y brillante como azabache.
Dos veces, quizá tres, había abortado.
Pero esta vez Farías tuvo que encargarse personalmente. Inés ya no tenía un
útero sano, y cualquier embrión no alcanzaba a adherirse y se moría, y ella se
infectaba. Cuando Funes la llevó con Farías ese diciembre, tenía dos meses de
embarazo. Ella no se había dado cuenta o no había querido decir nada. Inés se
había establecido en esa especie de equilibrio sin sentimientos, esa paz áurea
tan parecida a Dios, que todo lo aceptaba, así la vida como la muerte. No había
posibilidad de cambio porque no existían alternativas.
El embrión se había enquistado cerca de un
ovario, como una más de esas capas de cicatriz protectora que su cuerpo había
aprendido a formar a especie de una coraza, el caparazón interno del escarabajo
en el que se había convertido su útero. Escarbar en esos tejidos fue cruento y
difícil para Farías, pero al fin pudo extraer el embrión muerto. La infección,
sin embargo, no se detuvo, y hasta comienzos del nuevo año Inés permaneció en
su cama del rancho. Fabio velaba, ya no trabajaba y la comida era escasa.
Farías le conseguía los remedios en la farmacia de Valverde en La Plata, único
con el que podía transar sin miedo.
-Se muere, ¿no? - preguntaba Fabio,
levantando la vista, sin separar las manos con las que rezaba.
-No hay nada seguro, Funes.
El cinco de enero la fiebre cedió. Inés
abrió los ojos, y vio a su padre con la cabeza sobre la cama, la barba crecida
de muchos días, la camisa transpirada. Con una mano, le acarició el pelo
enrulado, del que había heredado el suyo.
Fabio se despertó, sobresaltado.
- ¡Ay, dios! ¡Ay, dios mío!
La abrazó y la besó hasta lastimarla,
porque otra forma no conocía.
Farías dio un suspiro de alivio.
-Esta tarde te la llevás a casa.
Funes, sin embargo, bajó la cabeza,
pensando en algo, como tratando de recordar.
-Tengo que hacer algo antes, doctor.
Abrazó a Farías, volvió a estrujar a Inés
entre sus brazos, que reía. Y salió a la calle.
Fue directamente a la iglesia. El Padre
Macabeo estaba dando misa de siete. Esperó que finalizara y se le acercó cuando
terminó de saludar al enjambre de madres e hijas que se apelotonaban a su
alrededor.
- ¿Me confiesa, Padre?
Macabeo se metió en el confesionario con su
casulla blanca y Fabio se arrodilló del otro lado. Los separaba el entretejido
de mimbre confeccionado por los indios más de ciento cincuenta años antes.
-He pecado, Padre.
- ¿Desde cuándo no te confesás, hijo?
-Desde chiquito, Padre.
Entonces comenzó la larga letanía de
crímenes y pecados que recitó con interrupciones y toses y lloriqueos a
mansalva que hastiaron al cura.
-Basta ya, hijo. Yo te absuelvo en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Funes se quedó esperando.
- ¿Y cuál es mi penitencia, Padre?
- Vos ya la sabés, por eso viniste.
Al día siguiente, Farías mandó buscarlo
para que se llevara a Inés a casa, ya que no había aparecido en todo el día ni
la noche. Lo encontraron en el campo de los Sanhueza, bajo la trilladora. Tenía
el cuerpo, lo que quedaba por lo menos, destrozado y en pedazos dispersos
alrededor de la máquina. ¿Cómo había sucedido esto?, preguntó el juez de paz al
médico.
-Probablemente puso a funcionar la máquina
y se quedó dormido- respondió-. La hijita estuvo enferma y la veló muchos días
sin dormir.
-Muy encomiable- dijo el juez, y cerró el
caso como un lamentable accidente.
Farías, sin embargo, mirando el cuerpo
acribillado de Fabio Funes, imaginaba la atroz escena del suicidio. El subir a
la cabina de la máquina, ponerla en funcionamiento y, de pronto, saltar delante
de ella. Se necesitaba mucho valor para eso, los últimos vestigios de un alma
en pena.
- ¿Qué vamos a hacer con vos? -dijo
Farías, mirando a la chica con la ropa de luto que le había prestado la dueña
de la funeraria, y que le quedaba grande. Con las manos en los bolsillos del
traje y un papel arrugado en el que había escrito unas palabras de despedida
para Funes, la contempló allí parada en el cementerio, frente a la cruz.
-Puedo quedarme con usted, doctor. Sería
su enfermera…puedo aprender y hacer de todo…ya va a ver usted…
De eso no cabían dudas, se dijo él. Si la
abandonaba al estado, la llevarían a un orfanato, y saldría peor de como
entraba. Lo pensó durante un rato. Se aflojó la corbata y se secó la frente. El
sombrero le daba calor, pero lo protegía del sol sobre el cementerio. Los
muertos no se quejaban, y los envidió.
-Está bien, pero tenés que ir a la
escuela y terminarla. Sin esa condición, te vas al orfanato.
Ella prometió que lo haría, y lo hizo muy
bien. Era inteligente y aplicada. Se esmeraba en explorar los libros que Farías
tenía en su casa y el consultorio, también le compró más cada vez que iba a
Buenos Aires. Durante los años que vivió con él hasta terminar la escuela, se
metió en su cama varias veces, pero él le decía:
-Rajá de acá…
-Pero papá me dejaba…
-No soy tu papá. Cuando tengas marido te
vas a dar cuenta…
- ¿Y no quiere serlo usted?
El doctor se rio.
-Me llevarían preso, Inesita. Anda, rajá a
tu cama…-y la empujaba entonces cariñosamente, pero con firmeza.
A
los dieciocho años, había terminado la escuela con buenas notas. Quien la viera
así nomás no podría reconocer a la chica desprolija y sucia que había trabajado
en el campo. Ayudaba de enfermera al doctor, y ni se inmutaba ante la sangre o
los gritos de dolor de los pacientes. Le había preguntado si quería estudiar
para ser enfermera o médica, tenía temple para eso, al fin de cuentas. Ella se
encogió de hombros.
-Solamente quiero quedarme con
usted-dijo.
Sí,
la obsesión no había terminado. La metió en el Liceo de Maestras, y ella hizo
como hacía todo, con esmero y esfuerzo, como si le gustara, y sin embargo,
parecía simplemente obedecer a un automatismo que la hacía seguir las reglas
impuestas por el hombre que estaba por encima de ella.
No alcanzó a verla terminar el curso ni
recibirse de maestra. El doctor Hermes Farías murió un invierno en medio de los
estragos que la sífilis había hecho en sus huesos. La había adquirido treinta
años antes de una puta india en el Brasil.
Pero nunca tocó a Inés. El doctor sabía
lo que hacía.
2
Empezó
a trabajar en escuelas provinciales como reemplazante durante casi un año, luego
le llegó el nombramiento para maestra del quinto grado en una escuela de La
Plata. Tenía veintidós años, y cuando atravesó por primera vez ese portón de
chapa que más daba la impresión de entrar en un galpón o taller que en una
escuela, no sabía que pasaría allí la mayor parte de sus días. Formó parte de
la historia de esa escuela, en la que ella puso ideas, esfuerzo físico y mucha
de su salud perdida para siempre. Y por, sobre todo, donde había germinado la
ensoñación de amores que había creído existían únicamente en los libros.
Pero los primeros años no fueron fáciles.
Ella era extremadamente dura con sus alumnos. Los chicos no la querían, los
padres y madres se quejaban a la directora por la manera despótica con que los
chicos decían que ella los trataba. Era alta, de pelo abundante y negro,
prolijamente atado por encima de la nuca en un rodete con múltiples hebillas.
Nunca se maquillaba, por lo menos en ese tiempo. Su tez era muy blanca y los
ojos muy negros. Las cejas eran finas y la forma de la cara recta. Sólo sus
caderas anchas y los vestidos o polleras tendían a moverse demasiado con su
paso por el patio, sobre todo con las ráfagas del invierno, cuando iba de un
aula a la otra, supervisando, hablando con las otras maestras. Encima del
vestido, el guardapolvo, y además el Montgomery que le había regalado el doctor
Farías.
Las colegas tampoco la apreciaban
demasiado por su carácter austero, seco, más bien, autoritario casi siempre.
Pero ella no se veía de esa manera, era simplemente la manera en que había
aprendido a actuar con los demás según la forma en que se había sentido
tratada. Del rechazo en su infancia y adolescencia, había tomado la austeridad
y la distancia necesaria. Ella continuaba en su limbo, aquel en que había
hallado refugio en el comienzo de su secreto, el que había compartido con su
padre. Aunque él ya no estaba y la vida que con él llevaba se había terminado,
esa habitación de su mente seguía abierta, cálidamente entibiada por un sueño
que se mantenía humedecido quién sabe por qué secreciones del alma. Si en su
cuerpo sentía todos los días las secuelas de lo que le había sucedido, si su
mente insistía en demandarse y denunciarse continuamente contra todas esas
noches que el bien pensante bien común llamaba execrables, ella no tenía más
que refugiarse en esa habitación, que podía abrir donde estuviese: el comedor o
el patio de su casa, la sala de maestras o el aula de la escuela, o en el
colectivo que la llevara a donde fuese.
La trasladaron de grado en grado varias
veces, a causa de las quejas. Ella, en silencio, salía de la oficina de la
dirección y tomaba su nuevo curso. Se llevaba mejor con los chicos más grandes.
Esa personalidad rayana con la fuerza, apenas a un paso de la violencia, se
encabritaba con los varones de doce o trece años, y ellos le respondían, y de
una manera curiosa y extraordinaria para aquella época, terminaban, de algún
modo, reconciliándose en el sinsabor más que en el sentimentalismo. Y fue de
esa manera que los cursos que ella dictaba y los grados de los que se
encargaba, eran los que a fin de año tenían las mejores notas. Y la directora,
entonces, de la vieja escuela, debió reconocer que Inés Funes era una maestra
innata. ¿Qué es eso y de dónde viene? De cualquier parte de la personalidad,
puede ser de una vocación, de un gusto por la docencia o determinada
asignatura, por el amor a los chicos, de la plenitud por encontrar en el otro
la comprensión de una sabiduría propia. Todo es egoísmo, aún el amor, la
directora, vieja solterona, lo sabía bien. Pero Inés aplicaba otra forma de
sapiencia, el desafío, la exigencia, la dureza. Y a los chicos de tales edades,
acostumbrados a las realidades de sus familias, desarmadas, violentas,
promiscuas, seguramente, los excitaba encontrar en esa maestra de escuela una
contrincante de iguales o más fuerzas. Ella era un continuo reflujo de
insistencias y reprobaciones que no hacían más que provocar la rebeldía de
ellos. Unos días o varios meses de resistencia no eran nada cuando al final los
chicos despertaban, y, de pronto, una ecuación escabrosa y retorcida, o una
frase poética o filosófica, se dejaban desmembrar para revelar sus secretos a
esas mentes nuevas, asombradas por primera y única vez, hasta el próximo
descubrimiento.
Organizó
las kermeses de diciembre para recolectar fondos para el siguiente año, que se
utilizaban para remodelar la escuela. Se cambió el portón de chapa por uno de
buena madera, se pintó el frente, se embaldosó el patio, se compraron libros
para la biblioteca que no existía cuando ella llegó, se consiguieron mapas para
las clases de geografía que ella colgaba de un gancho por encima del pizarrón y
luego desplegaba ante la fascinación de los chicos. Y luego de permitir esa
breve muestra de sentimentalismo, los hacía callar con dos golpes del borrador. Hasta un esqueleto consiguió, pero como era
demasiado caro, fue a buscarlo al osario del cementerio, lo limpió, lo armó y
lo pintó. Un año después, una inspectora se dio cuenta del origen, y le dieron
una reprimenda que a punto llegó de expulsarla, pero la directora intercedió
por ella. Fue un año antes de que la vieja se jubilara, y a consecuencia de ese
episodio la descartaron como sucesora para la dirección, que era lo que se
venía hablando desde un tiempo antes.
Pero un día la señorita Inés empezó a
cambiar. Las breves ensoñaciones en que muy contadas veces los alumnos la
sorprendían en plena clase, mirando por la ventana mientras ellos hacían sus
tareas sobre los pupitres, o las colegas cuando entraban en la sala de maestras
y la veían con un codo sobre la mesa y el mentón apoyado en la palma de la
mano, se hicieron más frecuentes y prolongadas. Ella se deshacía de esos
intervalos como sacudiéndose del polvo sobre un mueble viejo, y, sorprendentemente,
se disculpaba y hasta sonreía. Lo dejaron pasar al principio, como
distracciones de un alma dura y austera, que también podía cansarse. Durante
esos último cinco años, habían aprendido a no combatir con la señorita Inés.
Quienes no la aborrecían, habían llegado a respetarla, y muchos ni siquiera se
atrevían a reconocer una cierta y recalcitrante admiración. ¿Quién querría ser
como ella? Nadie, por supuesto.
Sabía que era para siempre estéril, que
nunca podría tener hijos. Quizá por eso no le agradaban los niños pequeños. En
cambio, con los más grandes amenizaba de una forma sin preámbulos ni permisos
previos, como una lucha encarnizada que se daba naturalmente porque cada
contrincante había hallado a su oponente adecuado. Los varones que despertaban al
sexo, sin saber todavía del todo de qué se trataba, imaginando más de lo que
habían visto u oído, no veían en ella una mujer, sino una especie de compinche con
la que no podían hablar como lo hubiesen hecho con un hombre, pero de quien
podían aprender con la intuición. En medio de las hostilidades, estaba
implícita la atracción de los sexos, pero también una sapiencia que transcurría
por canales subyacentes.
Tenía períodos, a veces, porque uno de los
ovarios aún funcionaba a regañadientes, como a ella le gustaba pensar. Eso era
lo único que le quedaba de una mujer, se decía. Tenía infecciones urinarias con
mucha frecuencia, las cicatrices de los abortos y los desgarros perineales eran
casi insensibles al tacto y retenían orina y bacterias. La higiene diaria era
todo un problema cada mañana, no por el dolor, sino por su ausencia. Cualquier
día, al desnudarse, podía descubrir una mancha que ayer no estaba. Por eso iba
regularmente a hacerse chequeos y controles con el doctor Ruiz. No conocía a
nadie en La Plata, y Farías se había muerto como si él fuese el único médico
del mundo. Adalberto Ruiz, sin embargo, era un hombre campechano que no hacía chistes malos ni bromeaba con la sexualidad de las mujeres. La
primera vez que la revisó, la vio desnuda de la cintura para bajo en la
camilla, y debió pedir disculpas por su breve entorpecimiento, que ella ni
siquiera había notado. No le preguntó nada, no era necesario. Desde entonces
fue con regularidad, y hablaban sin pelos en la lengua de lo que había pasado.
Lo mejor que encontró en Ruiz, según ella, no fue tanto su ciencia, sino la
discreción.
Fue en una de esas consultas cuando
conoció a Bruno Méndez. Ruiz, como médico general, atendía cualquier consulta.
No había muchos en la zona, y con el tiempo y su campechanía fue absorbiendo la
clientela de varios otros que intentaron instalarse por ahí cerca. Incluso
tenía pacientes que tenían plata y podían darse el lujo de atenderse en Buenos
Aires en las mejores clínicas. Méndez era uno de ellos. Pero Méndez era de la
zona, había pasado la mayor parte de su infancia entre Buenos Aires y La Plata,
yendo y viniendo en tren y luego en auto, hasta que abrió el taller en esta
última ciudad. Poco después tuvo el accidente por el que tuvieron que amputarle
una pierna. Así, con una pierna protésica y dura, aunque no tanto como una pata
de palo, lo conoció Inés, entrando al consultorio con su inconfundible y
ruidoso paso. Primero la pierna sana, y luego el otro par de los zapatos que, a
pesar de tener la misma suela, repercutía en el como un ladrillo caído de
dos metros de altura. En la sala de espera del consultorio, todos se daban
vuelta al verlo entrar, pero como era tan conocido pronto se distraían o lo
saludaban, según el caso. La única ignorante era Inés, que se le quedó mirando
con las manos en la falda y estrujando un pañuelo con el que se sonaba la nariz
a causa del resfrío.
Era invierno, y Méndez había entrado con
bufanda tejida a mano y un sobretodo de piel de camello, muy fino. Se sentó a
su lado, en la única silla vacía. La saludó con cortesía, sacándose el sombrero
y luego el sobretodo, que apoyó en sus rodillas. El muslo izquierdo era el de
un hombre fuerte, pero debajo de la rodilla, el pantalón quedaba flojo hasta el
zapato. Ella no pudo ver la prótesis ese día, pero miró el rostro de Bruno, y
lo sorprendió observándola con una sonrisa que consideró encantadora.
-Usted disculpe- dijo ella. ¿Por qué lo
había dicho? ¿Acaso todas esas idioteces de la cortesía y la amabilidad no eran
puras monsergas que había aprendido en el liceo. El le había
sonreído mientras ella lo catalogaba como un lisiado, y sin embargo esa sonrisa
no era despectiva. Era algo así, se dijo, como estar viendo a uno de sus
alumnos cuando ambos se reían por cansancio luego de una larga
lucha de palabras y tizas en la clase.
Bruno Méndez tenía su estatura, ambas
miradas coincidían con exactitud. Tenía ojos azules muy oscuros, como el
Atlántico, el cabello castaño oscuro, la barba mal afeitada, la frente ancha.
El cuello velludo se hundía bajo el cuello de la camisa blanca con corbata
negra.
-No hay por qué, señorita- contestó él. -
¿Usted es una nueva paciente del doctor?
-No, hace un tiempo ya, pero no hemos
coincidido con usted, señor…
Le dijo su nombre, y ella el suyo.
-Es que vengo cada varios meses, cuando me
duele el muñón, para acolcharlo. La prótesis se me rompe y tengo que cambiarla,
y es un platal que me lleva un ojo de la cara. Y no quiero que me saquen nada
más.
Nadie se rio, porque los demás
escuchaban, por supuesto. Repetía lo mismo en cada ocasión.
-Perdone usted, mal chiste.
-No
se preocupe, estoy acostumbrada, por los chicos…
-Ah,
¿cuántos tiene, si me permite?
Inés
no se avergonzó ni se ofuscó como cuando otras tantas veces le habían preguntado lo
mismo, sobre todo las mujeres.
-Lo
digo por mis alumnos, soy maestra.
Esa tarde fueron los últimos en ser
atendidos. Todos fueron entrando y saliendo del consultorio hasta que casi se
hizo de noche, y la enfermera encendió las luces. Ellos parecían olvidados en
ese rincón donde ocupaban dos sillas rodeadas del vacío. Conversaban, se reían,
a veces cuchicheaban como viejos conocidos. ¿De qué hablaron? De sus
enfermedades, claro, lo que se habla siempre en el consultorio del médico, pero
ninguno habló muy profundamente del tema, si no como se habla del clima.
Conversaron del país, de la situación económica, del mundo en general. Ella le
habló un poco de la escuela, él de su taller mecánico. Méndez tenía manos
grandes y fuertes, con cicatrices y piel endurecida, pero de algún modo
resultaban atractivas. Ella pensó en las manos de su padre, parecidas en las
secuelas de la experiencia.
Entonces apareció el doctor en la puerta del
consultorio y la llamó. Inés se levantó, indecisa en cómo despedirse de Méndez.
Él le ahorró la incertidumbre cuando dijo:
-Uno de estos días nos veremos, señorita
Inés.
-Con todo gusto, Bruno.
Se dieron un suave apretón de manos.
Cualquiera que la conociera de tiempo antes, no la habría reconocido en sus
palabras ni en su expresión cuando entró al consultorio.
Para aquellos que quisieron componer un
melodrama de amores traicionados, Inés no se enteró que Bruno era casado hasta
que fue demasiado tarde, pero no es factible que no lo supiera desde el
principio. Si no fue él quien se lo dijo, siempre hubo muchos que se encargaran
de hacerlo. Méndez era muy conocido en el barrio y más allá de sus límites por
casi toda la ciudad cuando se vieron por primera vez. Si al principio fue por
la bondad de su trabajo, pronto se extendió a consecuencia del accidente, que lo
convirtió casi en un mártir durante un tiempo. Pobrecito, decían las mujeres de
los que habían llevado sus autos a reparar alguna vez, y los vecinos, y así en
ondas de expansión que fue llevando la leyenda de un Juan el hospitalario
local. Porque daba la casualidad de que el pobre Bruno, de familia complicada,
tan averiada que no estaba en él reparar, perdió su pierna izquierda bajo el
peso del motor de una camioneta que la grúa vieja que había comprado de segunda
mano no supo sostener. Echaron la culpa no al revendedor, sino al banco que no
quiso darle el crédito, y tampoco el préstamo para costearse la prótesis, y el
periodismo se encargó de dispersar los rumores en la forma adecuada. Pero como
se trataba de una noticia suburbana, pronto cayó en el olvido, aunque en el
ámbito local se transformó en un mito cuidadosamente adornado y protegido como
un relicario. A eso colaboró, por supuesto, la fama que se hizo Bruno cuando él
solo, y con el muñón aún con los puntos de sutura, redobló sus horas de trabajo
para conseguir dinero. Tenía una esposa y dos hijos muy pequeños, uno recién
nacido y otro de un año. El pobre tipo estaba acabado, decían todos, y sin
embargo, reparó cualquier cosa que le traían y podía sostener en la silla de
ruedas, y luego en su mesada del taller, ya vacío de autos. Del diario local,
entonces, llegaron a entrevistarlo y el trabajo aumentó en consecuencia.
Para cuando se conocieron, los hijos de
Bruno ya eran adolescentes, el taller tenía varias sucursales en La Plata y
otra en Temperley. Tenía buen pasar, también, con la casa que se había comprado
y los autos que les regaló a los hijos. Los chicos salieron un tiro al aire,
pero esa ya es otra historia. La cuestión es que se sabía que tal pasar no lo
había conseguido reparando autos ni gracias a la piedad que provocaba su drama
personal, aunque muchos insistieran en verlo casi como un santo de estampita
parado en una pierna y acodado sobre el motor de un auto. Si hasta hicieron,
alguna vez, unos almanaques con esa imagen que todavía debe seguir pegada en la
pared de algún viejo taller abandonado. Fue, al mismo tiempo que se forjaba esa
leyenda, que se supo de los negocios que Bruno escondía bajo la manga, que ya
no era el overol grasiento sino un sobretodo de camello. Los negocios de los
desarmaderos, por supuesto, de eso se trataba. Pero no se podía ensuciar a un
apostolado, a un candidato a santo, a un esposo y padre dedicado cuyos hijos ya
comenzaban a ser ingratos. Los miles de pesos de los que se hablaban en la
prensa se quedaban cortos, seguramente, porque el dinero iba y venía tan rápido
como los camiones podían ir de ciudad en ciudad de la provincia. El general
Justo había tomado el poder en esa época, y el renacimiento económico estaba
representado por el progreso de un simple mecánico de autos. Si él podía… era
la frase tácitamente inscripta en el consciente colectivo del suburbio. Los
tiempos del pueblo venían creciendo, y pronto llegarían a la mayoría de edad.
Empezaron a salir. Al principio a sitios
apartados de sus lugares de trabajo. Los que los habían visto en la sala del
médico no se asombraron de nada, si solo faltaban los arrumacos y los besos
para que todo quedase finalmente liquidado. Pero ellos aparentaban no enterarse
de lo que los demás hablaban, y se iban a algún cafetín en las tardes, cuando ella
salía de la escuela, o en algún bodegón entre diagonales mal numeradas de las
afueras, donde el frío húmedo provocaba carne de gallina en la piel de Inés, y
el aguacero era peligroso para los endebles pasos de Bruno. Ambos, sin embargo,
llegaban puntualmente a sus citas, y las prolongaban hasta muy tarde. Por eso
no se creía que ella no supiera que era casado, porque él seguía viviendo con
su mujer, y de algún modo debía justificar esas salidas y llegadas tarde.
De eso hablaron, quizá, una noche, a las once
o más tarde. Ella medio tiritando, él a su lado abrazándola y compartiendo el
anís que a ella le agradaba tanto. La primera vez que él la hizo probarlo, lo
miró, extasiada, como si hubiese probado un elixir.
-¿Tenés que irte?- le preguntó.
Se encogió de hombros.
-Ya sabés, no quiero escenas a esta hora.
-¿Y qué hace cuando llegás?
-Duerme, o hace que duerme. Me tiro al
lado y chau…
Así terminaban los diálogos cuando de la
“otra” se trataba, ni nombre al principio, ni sentimientos.
Todo era negocio, decía él en casa.
Reuniones a destiempo y a escondidas, por la policía, que a pesar de todo siempre
intenta aparentar ante la opinión pública que hace algo. La mujer lo sabía,
claro, no por nada había ayudado a construir el altar financiero con Bruno y
los autos. Inés la había imaginado cientos de veces, rubia, morena, pelirroja,
gorda, flaca, mala, buena, estúpida, y nunca pudo embocar en la descripción
exacta porque él nunca quiso hablar más de dos palabras sobre ella. Inés
evitaba los sitios donde la otra podría concurrir, pero cuando le dijeron que
se había ido a Buenos Aires y que se llevaba a uno de los hijos, se sintió por
primera vez libre de toda hipocresía.
Lo llamó al taller en plena mañana,
mientras ella aún estaba en la escuela.
-Vení, que tengo algo importante que
decirte, es una sorpresa.
Él dio excusas, no le gustaba mostrarse ahí.
Ella no comprendía, y sin embargo esperó toda la tarde, hasta que casi se hizo
de noche. Las maestras se fueron y les extrañó que ella, ahora tan diferente y
sociable, se quedara casi sola en la escuela, a excepción del portero y su
perro. Inés aguardó en la sala de maestras, y escuchó los pasos desarticulados
de Bruno. Se imaginó, de pronto, los pasos de un criminal que llegaba al fin de
la tarde, quizá con una guadaña o una hoz entre las manos. Qué tontería, se
dijo, cuando lo vio aparecer en la puerta de la sala de maestras, enmarcado
casi por los dibujos de los chicos que merecieron algún premio o los diagramas
escolares. Se levantó a abrazarlo y se besaron.
-¿Qué
te pasa, mi amor?- le preguntó él, en medio de los besos.
-Que
te extraño, demasiado, Bruno.
-Y me deseás, ¿también?
- Mucho.
-¿Tanto como para al final dejarme…?
Sin que ella lo soltara, estiró un brazo,
dejó caer el sombrero y apagó la perilla de la luz junto al marco y la empujó
sobre la mesa. Inés se resistió, de pronto, asustada.
-¿Y para esto me llamaste?- dijo él. Era
la primera vez que escuchaba insolencia en su voz. Estaba excitado, y era culpa
de ella. No había sabido cuidar los pormenores adecuados.
-Perdonáme, estoy demasiado contenta, y me
dejé llevar.
-Ya entiendo. ¿Querés venir a casa esta
noche?
-¿Y tu otro hijo?
-El tarambana de Oscar no tiene sitio
fijo, ahora está con el tío, creo, o haciendo que trabaja en una panadería.
Subieron al auto, recién comprado, si aún
podía oler ella el tapizado nuevo. Le gustaba, por supuesto, pero no era el
dinero lo que la atraía, ni tampoco le importaba que no fuera bien avenido.
Deseaba a Bruno, pero tenía miedo de cuando la viese desnuda.
Mientras iban en camino en medio de la
noche, ella dijo:
-Sé
que no soy muy linda, Bruno. Tal vez te lleves una decepción.
-No me vengás con eso, sabés que te
quiero…
-Ya
lo sé, sino no perderías tu tiempo con una maestrita como yo, pero podrías
tener mujeres más lindas, y tengo miedo de que te canses…
-Dejá que yo me encargue de eso a su
tiempo, si llega.
Era una respuesta propia de Fabio Funes,
pensó Inés.
Se detuvieron en una esquina, frente a la
casa. Una vieja casa que tal vez había diseñado el mismo Dardo Rocha por el
aspecto y la simetría de sus formas. Entraron sin detenerse en las salas a
oscuras que creyó adivinar eran el vestíbulo apenas iluminado por los cristales
esmerilados a cada lado de la puerta, o el comedor donde la mesa grande era una
sombra inmensa y el living donde el hogar brindaba frías brasas como estrellas
en un cielo caído. Subieron a una habitación que no era, seguramente, la del
matrimonio. Era fría, las paredes vacías, la lámpara escuálida colgando del
techo. Era un cuarto muerto, donde la madera del piso no daba calidez porque
los ventanales no tenían personalidad, no había cortinas, los vidrios mostraban
signos de débiles lengüetazos de paños sucios, y el techo inclinado en vez de
proporcionar cobijo aparentaba nada más que un muro apoyado que estuviera a
punto de derrumbarse.
Pero no importaba, ella sólo tenía ojos
para los hombros de Bruno, que se había desprendido de la camisa y mostraba los
músculos de un hombre de treinta y pico de años, acostumbrado a levantar
herramientas pesadas. Lo abrazó entonces, poniendo las manos sobre su espalda,
firme, de vello espeso, y de pronto se dio cuenta que él se había sacado la
prótesis junto con el pantalón, y se tambaleaba.
-Yo te sostengo, mi amor-dijo ella,
porque lo adivinó vulnerable. Bruno se sujetaba a Inés con casi todo su peso, y
para ella no era nada, una simple flor de amor cruda y esbelta, media salvaje,
crecida entre los yuyos de un baldío de barrio junto a un galpón que
sucesivamente ha servido de taller mecánico, de depósito o de simple nido del
vacío.
Entonces no tuvo miedo. Se sacó la ropa mientras
él se sujetaba a ella, besándole el cuello y los hombros, y luego los senos. Lo
ayudó a llegar a la cama, y de pronto se cayó sobre la rodilla sana junto al
colchón, con la cara justo en la entrepierna desnuda de Inés. Se rieron, pero
él empezó a acariciarla con los labios.
Y se detuvo.
-Parece que el pasado se empecinó en
jodernos, ¿no es cierto?
La miraba desde esa distancia tan inmensa
que era el asombro, o la interrogación.
-Así es, Bruno. Estamos hechos el uno para
la otra.
Él hizo un respingo despectivo, bruto,
incrédulo.
-No me vengás con esas idioteces. Somos
sobrevivientes, nada más.
Sí, tenía razón, eso es más digno que el
sentimentalismo. ¿Porque cuántos hombres y mujeres estarían como ellos, en una
habitación muerta, moviendo sus cuerpos como esas figuras de madera con que el
psicólogo prueba la destreza de un paciente? Ellos, los diferentes a todos los
otros, y entre sí. Sus cuerpos incongruentes se miraban, se olían, se probaban
mentalmente. Y no hubo caso, las combinaciones eran asimétricas y forzadas.
Pero no importaba.
El torso de Bruno tenía la suficiente
fuerza en sus brazos para levantarla a ella en la cama y deslizarla hasta las
almohadas. El cuerpo de Inés tenía la dureza de una corteza y también su
flexibilidad. A él le gustaba esa piel lastimada, donde cada cicatriz era un
pliegue donde susurraba un secreto. Apoyó el oído, y sonrió.
Ella no veía su cara, pero la barba le
hacía cosquillas, y era la primera vez en mucho tiempo que no sentía tal
sensibilidad. Por eso extendió sus brazos y deslizó las manos desesperadamente
por la espalda de Bruno, hasta tocar sus glúteos, y ver, en el espejo inclinado
del cielorraso, imaginado por ella, la forma del cuerpo incompleto de ese
hombre que era el más completo que hubiese visto. La asimetría era la simetría
de sus contornos proyectados sobre los de ella. La pelvis ancha de Inés lo
protegía, y fue allí donde él se refugió, como un chico avergonzado y a la vez
funesto, porque él estaba condenado desde que era un niño a ver las mitades de
los hombres: su padre, por ejemplo, el medio hombre que vivió en una silla de
ruedas arrastrada por el otro medio padre que no era su padre.
De eso le habló esa noche, entre jadeos y
ojos cerradas, con la voz que nacía de la barba mal cuidada pero que ella había
aprendido a besar como quien se abandona para ser rastrillada por un arado de
alambres de púas.
El dolor fue tanto, que ambos lo
sufrieron. El de las caras rozadas y besadas, el de los cuerpos penetrados y
que penetraban.
Las cicatrices abiertas y los muñones
informes.
La herencia de los cuerpos era lo único
que tenían como suyo, y lo entregaron esa noche, confiadamente como quien
comparte por primera vez el estigma de su alma sin vergüenza.
Recostados, desnudos, y en plena
madrugada, cuando el sol crecía y se asomaba como un vecino curioso por la
ventana, hablaron de los padres. Cómo compararlos si ambos compartían la misma
diferencia, y los diferenciaba la igualdad del carácter. Entonces, palabra va,
palabra viene, apareció Dios. Se miraron a los ojos, verdaderamente asustados
de la coincidencia, tal vez la única verdadera semejanza que hallaron esa noche.
El Dios de sus padres eran dioses con el
mismo nombre, y por sobre todo la misma culpa. Demasiado altos, sus pies caminaban
sobre charcos. Por eso sus viejos se tropezaban siempre, uno rodando en una
silla de ruedas, como el de Bruno, el otro zigzagueando ante las piedras del
campo, como el de Inés.
-Pero tu pierna, Bruno, no fue culpa de tu
viejo. En cambio el mío, mirá lo que me hizo.
Ya había mucha luz en la habitación. No
había forma de fingir ocultamientos, ni siquiera con las sábanas.
-Mi viejo- dijo él-, pobre tipo, me formó
a su imagen y semejanza. Se amputó una pierna él sólo, sabés. Yo así lo conocí.
Nunca tuve otro dios que ese que vivía en una silla de ruedas.
Inés se puso a fumar, pocas veces lo
hacía. ¿Era feliz en su infelicidad?, se preguntó. ¿Qué era lo que Bruno
sentía? ¿Amor? ¿Frustración? ¿O simplemente una encamada más? Mirando el muñón
seco de la pierna que terminaba en una especie de hueso puntiagudo cubierto de
piel apergaminada y endurecida, supo que él no se consideraba un hombre más que
cuando hacía un buen negocio. Había podido verlo cuando hablaban de la pequeña
empresa de repuestos para autos que iba creciendo y se expandía.
Cuando se vistieron, hablaron de negocios
como quien habla de la compra del día y las personas con que se encontraron en
la calle. De las travesuras de los alumnos de Inés, de la personalidad de uno o
la desfachatez del otro, pasaron a hablar de bulones, de bujías y líquidos para
frenos que a oídos de Inés sonaron como piezas de un ensamblado extraordinario,
maravilloso, lleno de secretos que ella adivinaba por su propia perspicacia. La
camioneta vieja de Fabio Funes, la que se compró poco antes de matarse, era una
orquesta de ruidos raros y un simulacro de mecánica.
Y mientras lo escuchaba hablar de los
precios de los repuestos, de las subidas de los costos, de los quebraderos de
cabeza que últimamente le estaba provocando el gobierno, ella lo miraba desde
el otro lado de la mesa en una cocina que no era la de su casa. Y sin embargo,
esa mesa era un puente que trascendía los espacios reales e inventaba otros.
-¿Sabés, Inés? Me preocupa que todo se
venga abajo…
Entonces ella se levantó de la silla, se
paró a su lado, lo obligó a dejar el mate que fue su único desayuno esa mañana,
y lo abrazó tan fuerte como si no sólo hubiese querido sujetar su cuerpo, y con
él todo el ensamblaje de empresa y negocio sobre el que Bruno fundaba su alma,
sino también, y precisamente, toda el alma de ese hombre que, ella ya lo sabía,
era un bastión inexpugnable en su vida, y que como tal y como hombre, sólo
podía ser abatido derribándolo o matándolo. No se daba cuenta, la pobre ilusa
de Inés, en ese tal enamoramiento de carne y alma, que estaba hablando de lo
mismo, como una pitonisa aún a su pesar.
3
Llegaron
los malos tiempos, aquellos de las crisis económicas. ¿Pero a cuáles, si cada
década ha tenido los suyos en abundancia? Casi podría decirse, que es un estado
crónico para el país. Sin embargo, veníamos de una década próspera, donde se nos
consideraba el granero del mundo, y los ingleses nos compraban carne vacuna en
grandes cantidades, salvo por el ganado ovino, que el macho argentino
consideraba, quizá, una debilidad, y porque los campos ingleses lo criaban de
mucho mejor forma y oficio. Por eso exportábamos materia prima, y luego
comprábamos, a triple de costo, los productos terminados. La mentalidad del
sabio, porteño, criollo o español, qué más da, nos embaucó como un diablito en
nuestros oídos, echándonos el acre aliento que pudrió nuestros cerebros. ¿Y
cómo reemplazarlos? Con la tecnología de los Ford, por supuesto. Máquina y humo
es la postal de nuestras pampas que los turistas envían a sus parientes en el
exterior. Detrás de la foto, unas palabras de cariño, y en el medio: el cartón
amarillento.
Bruno tenía socios en su empresa:
Talleres S.R.L. Así nomás, para evitar confusiones. Inés los había visto un par
de veces en que pasó por el taller ese en que tuvo el accidente. Benítez se
llamaba el principal, pero Bruno le había comentado que sólo ponía dinero, ya
que era casi un potentado con sus papeleras por todo el litoral y el norte de
Buenos Aires. Benítez vestía de traje y manejaba una estanciera que se había
traído de Estados Unidos. El otro, sin embargo, un tipo bajo, fornido y
barbudo, con un cigarrillo siempre en la comisura izquierda de la boca, era
Rinaldi, una especie de mafioso, así lo llamaba Bruno, porque era bruto y
oportunista, oscuro como muchas mentiras juntas, pero que era necesario en esos
trajines donde debía lidiar con los tránsfugas de siempre.
Los repuestos de autos, recitaba Bruno en
ocasiones, son un quebradero de cabeza.
Con esa frase, Inés se conformaba. Lo
esencial era estar a su lado en el auto y en la cama. Ya no se ocultaban,
porque él estaba prácticamente separado. Bruno la iba a buscar a la escuela, y
ella se levantaba, recogía sus libros cuando le avisaban su llegada o ella
misma escuchaba el inconfundible repiquetear de sus pasos, y saludaba a las
envidiosas de las otras maestras con descaro.
Los titulares de los diarios eran
alarmistas. Se comparaba la crisis con el derrumbe de la bolsa de Wall Street
más de una década antes. De lo que no se hablaba en los diarios era de los
planes para traer de vuelta a Perón, pero ahí estaba la cuestión. El gobierno
aprovechaba la crisis en su favor, adjudicándola a los opositores, y éstos la
ponían como excusa para la revolución.
-Benítez dice que el general no nos
conviene- dijo Bruno en el auto, la tarde del 25 de mayo luego de los actos
escolares que tanto cansaban a Inés.
-No sé, Bruno. Yo veo a los chicos como
zaparrastrosos. Muchos de los padres perdieron el trabajo.
-¿Y qué, Inesita? Los socialistas se
llenan la boca con mierda y la escupen, y a eso llaman hablar de la realidad.
-No sé, Bruno.
Él, puteando de lo lindo al conductor de
otros autos y a un par de peatones, dijo:
-Lo peor es que nos están matando. Y algo
hay que hacer, si no, quebramos.
-¿ Te parece, Bruno, que es para tanto?
-Hacé números, Inés. Los proveedores
retiran la mano esperando qué va a pasar. A lo mejor y con suerte, no pasa
nada, pero mientras, ¿qué hacemos?
Así pasó el tiempo y llegó el fin de año.
Bruno estaba cada vez más preocupado. Se descuidaba la prótesis que se había
fisurado, y decía que encargar otra en Europa era demasiado caro. Iba y venía
por la habitación, y el ruido de los pasos se hizo más extraño aún. El zapato
con la prótesis rechinaba, imitando el sonido de una puerta que se traba y se
destraba en sus goznes. Eso la exacerbaba cuando quería concentrarse en la
corrección de las pruebas que se llevaba a casa o a lo de Bruno. Conocía el
auto como su propia cama, tantas veces se habían tirado en el asiento posterior
para besarse, sobre las carpetas de los chicos que ella cargaba de una casa a
otra. No podía mudarse, todavía, no hasta que saliera el divorcio, no en el
país, claro, pero todo estaba en manos de unos abogados norteamericanos que
cobraban un platal. Cuando le dijo que había tenido que suspender el trámite
por un tiempo, se le vino el alma al piso, y lo miró con ira.
-¿Y qué te pensás, que me regalan la
guita? Andá a cagar…
Bruno no hablaba así, Bruno solía ser un
caballero. Entonces se dio cuenta, los días de la siguiente semana, que llegaba
tarde con olor a tabaco intenso. Se reunía con Benítez y Rinaldi, y con alguno
más, probablemente, por asuntos de negocios. No hablaban de pasta de papel ni
de repuestos, eso seguro, el tema no daba para más. Algún que otro artículo
sobre la “Papelera Benítez” dejaba en claro que iba a declararse en quiebra. Pero
Bruno tenía el conocimiento en su cabeza, era como un médico, podía llevar su
destreza a cualquier parte, en cualquier barrio o ciudad donde hubiese autos,
¿y dónde no los hay?
Pero Bruno sufría, tan acostumbrado estaba
al status quo de nuevo rico, que sentía como un abismo el volver a
meter las manos en un motor. Eso decía, pero la verdad era que la mujer le
pedía plata, y los abogados también. Inés temía que fuera a abandonarla.
-Yo te ayudo- le dijo Inés, cándidamente
mientras comían en casa, porque ya no salían.
-¿Con tu sueldo de maestra, Inesita? - le
contestó sorbiendo la sopa con ruido, muy a propósito para acentuar el
sarcasmo. Su cara era más amarga que la hiel.
Entonces estalló la noticia del atraco.
Habían robado una financiera en el Partido de la Costa. Nadie le dio
importancia al principio, tratándose de una casa que ofrecía préstamos a
obreros y jubilados en un local alquilado de 2 x 5 y a una tasa incluso
superior a la bancaria. Puros usureros, era obvio. Pero luego se dijo que era
una fachada para negocios más turbios. Ése es el término menos comprometedor
que encontraba la prensa para dar a entender lo que todo ciudadano inteligente
daba por sentado. La cuestión es que se armó todo un revuelo cuando se filtró
el monto del botín: 16 millones de pesos. Imposible para una financiera de tal
calaña, comenzó a expandirse un tácito permiso para hablar de lo que
habitualmente se escondía. Los desarmaderos eran el tema en controversia, y la
cortina de humo, por supuesto. De algún lado había que sacar el dinero, y si
entraba por debajo del escritorio de la aduana, que fingiera, también, haber
provenido de un negocio mal habido. Los dueños de la financiera, apellidos de
paja, con alguna foto filtrada en la prensa que podía ser de cualquier tipo con
bigotes, fueron procesados y encarcelados, según decían. ¿Dónde estaban?, quién
podía saberlo. ¿Y el dinero? En manos de los ladrones. Obedeciendo la sabiduría
popular, que los intereses de afuera habían sabido imitar y explotar, los
ladrones tenían la amnistía del pueblo, y para eso las manos de los tribunales
y los policías fueron suficientemente untadas.
Lo que sucedió en seguida después del robo
fue muy rápido, cuestión de tres días, tal vez. Mientras en la prensa se
cocinaba la noticia, Bruno estaba nervioso. Llamaba a Inés a la escuela cada
media hora, y cuando se encontraban a la tarde insistía en que fuera en la casa
de ella. Inés se había acostumbrado, demasiado, quizá, a la casa grande de
Bruno. Estaba convencida de que tarde o temprano se mudaría y que ya no tendría
que esconder la cabeza o aparentar con los demás. Cuando Bruno consiguiera el
divorcio, por supuesto.
Esa tarde, después de haber leído toda la
edición de La Prensa para el mediodía, él se puso a dar vueltas por la
cocina, pequeña, con las manos en los bolsillos o fumando un cigarrillo tras
otro.
-¿Qué te pasa? -le preguntaba ella, pero
él se limitaba a echarle miradas ofuscadas, sobre todo despreciativas. Las
mujeres no entienden de esas cosas, podía leer ella en sus ojos. Está bien,
pero con tal de que la amara como esos últimos meses, y nunca la dejara, era
suficiente para ella. Era lo único necesario, en realidad.
Recién a la tarde siguiente, cuando estaba
anocheciendo y los últimos resabios del sol se escapaban por las rendijas de la
persiana baja en la habitación, él le dijo lo que venía rumiando. Estaban en la
cama, él con el calzón blanco, ella con la enagua negra y un seno afuera a
causa de un bretel roto. Cómo le gustaba que él le besara el pezón tan
delicadamente como solía hacerlo, igual que un niño de pecho pero de manos
grandes, y luego el cuerpo del hombre se le pusiera encima, y que entonces
entre él y la cama no fuese ella un pedazo de carne con cicatrices, sino una
nada, mero espíritu capaz de todas las sensaciones. Había llegado a la
conclusión, luego de tanto tiempo de escarbar en su psiquis, alma o ese cerebro
duro y sufrido en que se había convertido su útero, que no era su cuerpo lo que
importaba, sino el de Bruno. Sin él, ella era nada más que una maestra sin
vocación ni gusto siquiera por lo que hacía. Volcar palabras en los oídos de
los chicos era fácil, lo difícil era que no rebalsaran de esos cráneos, y entonces
se enojaba porque no le era dado expandir esos recipientes diminutos y
frágiles. Cómo le hubiese gustado romperlos a martillazos y volverlos a amasar
más grandes, o ni siquiera eso, dejar los fragmentos para que los padres
viniesen a buscarlos. “Señor y Señora X, tengan a bien retirar a su hijo de la
escuela el día de hoy, se le rompió la cabeza”. Cómo se reía con esa idea, tan
graciosa.
-Inesita, tengo que pedirte un favor muy
grande.
-Lo
que quieras, Bruno.
El rostro de Inés se iluminó, pero fue
pasando por distintos estados a medida que escuchaba el relato de Bruno. Le
estaba contando todo, casi al detalle, poniendo énfasis en los motivos, o más
bien en las excusas. El pergeñar del robo, los otros tres socios que no nombró, y
su propia responsabilidad: el temporario tesorero de lo mal habido. Sus socios
confiaban en él, Inesita, habían puesto el esfuerzo y la esperanza, o más bien
la desesperación de todo esto en sus manos. Debía esconder el dinero, Inés, en
un lugar seguro, en donde a la policía no se le ocurriera buscar ni de lejos.
-Entonces pensé- dijo, apoyando la palma
de su mano sobre el vientre de Inés, como la mano protectora de Dios sobre su
cuerpo hecho raíces duras y muertas- ¿qué mejor que en la escuela? No será por
mucho tiempo, hasta que las cosas se calmen. No sabés, querida, el favor que me
harías. Sé que te pido mucho, que voy contra tus valores, mi amor, pero vos
sabés que te amo con locura.
Ella lo miraba, estimando que las palabras
eran sólo eso, pero también veía la desesperación en el rostro de Bruno.
Adivinaba que él pretendía quedarse con todo, y en ese rasgo de culpabilidad
que él no podía evitar a pesar de sí mismo y su esfuerzo por evadir el
remordimiento, ella vio el rostro de su padre. Fabio Funes pidiendo perdón a
Dios al mismo tiempo que pecaba.
Inés era, en este caso, la sacerdotisa de
Bruno Méndez.
La que escondería el secreto de su
confesión para toda la vida.
Al día siguiente, a las diez de la noche,
cuando el barrio estaba a oscuras y el portero de la escuela se había ido a su
casa en el colectivo de las nueve, ella entró con la copia de la llave que
desde hacía mucho tiempo había pedido para entrar una noche de fin de año para
preparar las mesas de la kermesse. Caminaron en silencio por el pasillo y
frente a las aulas vacías. Los carteles y dibujos en las paredes resaltaban
blancos como manchas pálidas que despertaban ante los pasos secos y torcidos de
Bruno, que cargaba con la valija pesada bajo un brazo. Llegaron frente a una
puerta al final del pasillo, daba a un patio chico que se usaba para los
enseres de limpieza o tirar cosas viejas. Un metro más allá, había otra puerta,
de la que solamente ella tenía la llave. Tanto tiempo había pasado, que los
demás se habían olvidado del pequeño inconveniente que había tenido Inés por el
esqueleto que su esmero le había procurado. El esqueleto seguía ahí, envuelto
en telas sucias.
-¿Acá?- preguntó Bruno.
-Acá nadie busca, y el que lo haga,
preguntará por la llave.
Bruno dudó, pero al fin de cuentas dejó la
valija vieja, que no pesaba tanto, los billetes y los fajos eran muchos, pero
eran simplemente papel.
Pasó un tiempo. Ellos cumplieron con su
tarea de todos los días, la escuela y el taller. Se reunían en la casa de Inés,
una casita al final de un pasillo largo y destemplado que intentaba defenderse
del baldío y la basura del otro lado. Casi no había vecinos, el predio estaba
en litigio y por eso Inés pagaba un alquiler muy bajo. Se reunían, hacían el
amor, hablan del “muerto” y se reían. Pero era tiempo de hacer despertar el
cadáver, dijo él, tumbado en la cama, desnudo y fumando. La ceniza caía en su
panza de varón de treinta y pico que intenta cuidarse en vano, entremezclándose
en el vello castaño y espeso.
-Bueno, Bruno, decime…
-Ya te voy a contar, Inesita.
Aplastó el faso en el cenicero de la
mesita de luz y se llevó una mano al miembro, fláccido ahora, pero al que
quería darle trabajo.
Ella pensó en la noche y los golpes, los
bocinazos en el vecindario oscuro, y las luces de un auto iluminando la persiana
brevemente. Todo eso que había ocurrido de vez en cuando en los últimos meses.
¿Quiénes eran?, le había preguntado a Bruno. Sin responderle, él se limitó a
calmarla con su indiferencia. ¿Los socios? ¿Los milicos? Pero volvía el
silencio y la oscuridad, cómplices seguros de esa tranquilidad maquillada como
salida a escena en un teatro de aficionados.
Pero esa noche ella se quedó pensando.
Bruno se levantó temprano, antes de las cinco. Nunca la saludaba para dejarla
dormir, pero ella casi siempre abría los ojos y lo veía vestirse, salir y
cerrar la puerta, y cuando el motor del auto se perdía en la mañana, ella
cerraba los ojos hasta la hora en que debía ir a la escuela.
Esa noche, entonces, ella tampoco dijo
nada, pero se quedó pensando en que a él le pasaba algo más. Debía estar
preocupado por esos socios de los que tanto hablaba. Algo tenía que hacer para
evitar una tragedia.
Pasó toda la mañana en la escuela,
distraída. Se quedaba pensando con la cabeza apoyada en una mano y acodada en
el escritorio. Sonaba el timbre del recreo y los chicos salían sin que a ella
pareciera importarle esta vez el desorden y el barullo. La atizaron un par de
veces, como tiros de prueba, y recién en la tercera vez se levantó, enojada,
pero no tanto como otras veces.
Cuando salió, a las cinco de la tarde, fue
directamente al taller de Bruno Méndez.
Estaba cerrado. Era tan raro eso, que
sintió palpitaciones y empezó a golpear la cortina de metal, llamando. Se
acordó de la puerta del costado, y gracias a Dios la encontró sin llave.
Adentro, había un solo auto, el de Bruno, y él estaba cargando valijas en el
baúl.
-¿Qué hacés acá?- dijo al verla.
-Estaba preocupada por vos. ¿Adónde vas?
-Mirá, Inés, no te dije nada porque no
quiero meterte más en el quilombo. Me voy un tiempo al exterior hasta que todo
se calme.
-Le metiste el perro a tus socios, Bruno,
ya lo sé, y te van a matar.
-No si vos no decís nada.
-¿Y vos te creés que yo voy a hablar?
Ofendida, hizo silencio, mirándolo cargar
el baúl.
-¿Y por qué tantas valijas?
No le contestó. Ella le puso una mano en
el brazo y lo forzó a detenerse. Eran valijas finas, y olían a ropa de mujer,
de esas que siempre tienen el perfume que ellas usan.
-¿Te vas con tu mujer?
Bruno se encogió de hombros.
-¿Qué querés, Inesita? Me tiene los huevos
atados con lo del divorcio y los abogados. Cuando llegue, te escribo para que
me envíes la plata de a poco, cuando sea seguro.
Ella se quedó pensando. Todavía no se daba
cuenta, exactamente, de lo que escuchaba, por eso pasaron los minutos, mientras
en la calle pasaban los colectivos y se detenían en la esquina para recoger a
los chicos que salían de la escuela del turno tarde.
Y se vio allí parada, en medio de un
taller de pisos manchados de aceite y grasa, con almanaques de mujeres en ropa
de baño, de herramientas tiradas o colgadas de clavos en las paredes, de
neumáticos pinchados. El olor del caucho la hizo recordar.
El olor del caucho de la camioneta de
Fabio Funes en su último año, cuando llegaba del campo y se le tiraba encima y
ella lo dejaba hacer porque ya no sentía nada. Y luego, en la madrugada, le
hacía café porque lo había visto llorar toda la noche. Pobre viejo Funes, con
la cabeza tan enmarañada de pesares y remordimientos. Y un día le dijeron que
se había matado. Se había ido sin despedirse.
Como ahora lo hacía Bruno.
Nunca había sentido furia, sólo la bronca
contra los chicos, las exigencias de respeto y de silencio, las abrumadoras
palabras de desprecio y desafío, y esas múltiples imágenes de martillazos en
las cabezas duras de los chicos para hacerles entender lo que ella quería que
entendiesen. La ignominia de la vida. ¿Y cómo hacerles entender palabra tan
enrevesada de significados filosóficos y morales?
Todo entra por la fuerza, pensaba ella,
aunque destruya las paredes del oscuro limbo en que intenta entrar. Ya se
construiría otro alrededor.
Viendo a Bruno con esa especie de cinismo,
supo que no era tal. Era la simbiosis de culpa y de una estrecha mentalidad que
no había madurado. Era un chico en su forma de robar y esconder, como si
estuviese jugando a la mancha. Pero apenas la mujer lo llamaba, él obedecía,
compungido. Para eso era la esposa, no la compañera de juegos como Inés.
No supo nunca de dónde surgió tanta ira,
porque de haberla analizado se habría detenido. Simplemente la obligó a agarrar
la llave inglesa que colgaba de un clavo y empezó a darle en la cabeza a Bruno
mientras colocaba la tercer y última valija en el auto.
La
sangre salpicó el maletero y el cuerpo cayó, y volvió a golpearle el cráneo
para ver, quizá, lo que tenía adentro, como queriendo reconstruir con esa herramienta
los engranajes averiados.
O tal vez fuese nada más que venganza
alimentada a lo largo del tiempo.
Pero la mente de la señorita Inés era
demasiado compleja para reducirla a sentimientos tan trillados.
4
La
señorita Inés, como la llamaban siempre, y con más razón desde entonces, como la
solterona ejemplar y empedernida, se convirtió en el alma mater de la
escuela. Nunca fue directora, pero dirigía. Conceptuaba a las maestras y a los
profesores cuando se incorporó el secundario, gracias a sus insistentes
instancias en el ministerio. Todo el personal reconocía los méritos de la
señorita Inés, pero nadie la quería. Eso sí, era respetada y se hacía silencio
apenas estando a dos metros de su presencia, apenas ella pasaba con su libro de
notas y el cabello que lentamente fue cambiando en un rojizo primero pálido y
luego intenso a medida que sus canas se acentuaban. Con los años, los que conocían
la historia de su romance, ya habían renunciado o cambiado de escuela, o ella
se había encargado de sacarlos.
Del crimen del taller, se habló unos días
y luego se olvidó. Sin huellas en el arma homicida, ni testigos que viesen
entrar o salir a nadie del taller cerrado esa tarde, en pleno bullicio de
chicos excitados y madres nerviosas que intentaban tomar el colectivo para
volver a casa. El asunto cayó en los legajos de casos abiertos que pronto
prescribirían bajo el nombre de los tantos negocios turbios del conurbano. Así
habla la prensa, la mala prensa, la que no sabe porque no quiere, o tiene
miedo.
De lo que pasó esa tarde, ella mucho no
pensaba. Con los años, fueron cambiando las versiones en su recuerdo, como si
de esa manera fuese todo algo visto, muy vívido y sentimental, en una novela de
la televisión. A veces pensaba en un cuchillo clavado en el pecho, y el
escenario era una cocina, otras en un tiro pegado a quemarropa. Pero sobre todo
eso, los motivos fueron convirtiéndose en latiguillos de telenovelas, la
maestrita engañada por el galán casado. En ocasiones pensaba en la valija
olvidada en el galponcito del patio, nunca había vuelto a abrirlo, y es más, la
puerta del pasillo había sido tapiada por un albañil, así que el patiecito era
ahora una especie de pozo de aire sin utilidad alguna. Un vacío.
Un día, un año después, fue a visitarla a
la escuela un hombre rubio, de aspecto muy atildado. Parecía un político
norteamericano, le dijeron las compañeras. Lo recibió en la sala de maestras,
cuando las otras estaban en clase. Imaginó que era el padre de algún alumno
nuevo, y por la pinta quizá tendría plata.
-¿En qué puedo servirle, señor...?
-Benítez, señorita Inés.
-¿Tengo el gusto de que le hablaran de mí,
señor Benítez?
- Así es, señorita. Un socio mío, Bruno
Méndez, me habló de usted hace tiempo.
La señorita se quedó pasmada, pero no dio
paso a torcer.
-Lo lamento por su amigo, me enteré de las
terribles circunstancias de su fallecimiento.
-Se lo agradezco, pero hay amigos que más
vale perder que encontrar, ya me entiende. Pero para ir al grano, señorita,
tengo la intención de hacer entrar en el colegio a mis dos hijos. Son gemelos,
y muy revoltosos.
-Pero señor, debería hablar con la
directora para esos trámites…
-Bueno, la verdad es que me han dicho que
usted es la que manda, y la reputación de su disciplina ha trascendido, con
todo respeto, por supuesto.
-Lo tomo como un halago, entonces…
-Así debe ser, en estos tiempos tan
permisivos, es una satisfacción encontrar a alguien con sus ideas sobre la
educación de nuestros hijos.
Los gemelos Jorge y Daniel Benítez
eran muy chicos en ese entonces, entraron a mitad del curso de primer grado, y
durante diez años fueron el mayor dolor de cabeza de la señorita Inés, una
puntada permanente en su recuerdo. Porque Marcelo Benítez usaba a sus hijos
como instrumento de tortura en un interrogatorio que duró todos esos años, en
busca de lo que quería saber, al principio como necesidad imperiosa, luego como
obstinación. El paradero del dinero que se había apropiado Bruno Méndez. A
nadie podía haberse confiado a ese respecto, excepto, quizá, a esa desconocida
maestrita de escuela con la que se acostaba. La misma nimiedad de este
personaje la hacía adecuada para confiar secretos que ni siquiera entendería.
Pero cuando Bruno murió asesinado, se preguntó quién lo había hecho, si el
bruto de Rinaldi, el otro socio, tratando de sonsacarle la información, u otra
persona. Eso ya no le importaba tanto como encontrar el dinero. El tiempo pasó,
y la inflación fue haciendo estragos en la cotización del peso argentino. Esa
plata, si bien mucha, ya no valía nada. ¿Entonces por qué siguió insistiendo
con los años?
Esta es la equivocación. Benítez tenía ya
otras preocupaciones como para seguir pensando en desagraviar el engaño de
Méndez. Fueron los chicos los que tomaron la posta, por diversión seguramente.
La cuestión es que la asediaron según su edad y sus
posibilidades. Primero con travesuras que no tenían consecuencias, pero que
provocaban sinsabores y complicaciones en la escuela. Como los padres estaban
separados, no había con quién quejarse más que con el padre que era con el que
vivían. Al principio los apañaba, pero luego empezó a delegar la
responsabilidad del castigo en la escuela. Los chicos preguntaban e
interrogaban a la señorita Inés con preguntas insidiosas o directamente
relacionadas con la muerte en general. Podría tratarse de un asesinato en el
barrio o un robo, y le preguntaban si se había casado y tenía hijos. Cuando
alguien estaba presente, un adulto sobre todo, adjudicaba la curiosidad a la
inocencia de los chicos, y sonreía a la señorita Inés para que tomara las cosas
con calma. Pero ella los castigaba con penitencias casi todos los días, los
dejaba sin recreos, les daba tareas extras o los dejaba en la escuela dos o
tres horas después de clase, hasta los hizo limpiar el salón.
Cuando ya fueron grandes, empezó a
reprobarlos, y ellos atacaron aún más encarnizadamente. La balaceaban con tizas
en plena clase, y ella no podía hacer nada más que dejar el aula y evitarlos.
La comisión y la cooperadora querían que los expulsaran, pero ella se negaba.
Ante esa negativa tan difícil de comprender, se callaron la boca, porque el
ambiente no estaba como para contrariar a la señorita, que tenía el poder de
despedir a cualquier maestro o profesor antes que a los gemelos Benítez.
Ya no era maestra de grado, ahora daba
clases de literatura en el secundario. Los gemelos fueron sus alumnos en cada
curso, porque ella cambiaba a medida que ellos crecían. Los buscaba con ese
contrataque, y ellos, al comprenderlo así, supieron que debían recrudecer el
asedio. Ya tenían dieciséis años, y los hizo repetir el curso. Era la primera
vez que sucedía, nunca ella se había atrevido a tanto. La impunidad de la que
alardeaban los hacía planear el futuro en alguna universidad de Europa o en
alguna empresa. Ellos no tenían pasta para eso, luego se vio, pero en aquella
época soñaban con eso porque las promesas del futuro permitían sus “proezas”
del presente.
Ese invierno atropellaron a la señorita
Inés frente a la puerta de la escuela. Abogados astutos y pendencieros lograron
exonerarlos, por la minoría de edad y por sobre todo la imposibilidad de
identificar cuál de los dos manejaba el auto. En el ínterin, y mientras uno de
los dos cumplía su tiempo de yeso en la pierna con motivo del choque, se
encargaron de asediarla en el hospital, mientras ella se recuperaba lentamente
del estado de confusión en la que la había sumido el accidente. Se despertaba y
hablaba con los chicos, con uno y otro, porque nunca iban juntos. A veces uno
tenía un yeso y el otro no, pero confundía sus nombres. Recordaban sus tiempos
de escuela, y ellos le preguntaban por su familia. Ella hablaba de su infancia
en el campo, de su padre. Sonreía al techo, y ellos la empujaban a hablar de
sus novios. Inés pensó en Bruno, creyó hablar, pero los sedantes la hacían
dormirse, y enseguida llegaba el sueño.
Fue así como ellos se enteraron. Inés
hablaba dormida como si hablase con ellos, ya no enemigos, sino confidentes.
Mencionó, claro, al Padre Macabeo, esos chicos rubios eran bellos como el cura,
por eso se confiaba ahora tan desapaciblemente.
Al fin, después de tantos años, Marcelo
Benítez supo la verdad. Y entonces me llamó.
Aquí es donde entro en esta historia. Yo
venía haciendo lo que podía, nada me asustó nunca, como nada me satisfizo,
tampoco. En esa época me conocían en círculos cerrados, llamo a eso los grupos
de familia con extensiones en ambientes sociales más o menos marginados. La
plata viene de cualquier parte, y no hay por qué hacerle remilgos. Trabajé en
los ferrocarriles, en los talleres y hasta como maquinista poco antes de lo que
relato. Cuando me echaron, yo andaba dando vueltas por La Plata a ver si mi tío
Antonio volvía a darme algún trabajito, y también para ver a mi hijo, por lo
menos de lejos, porque la madre no me dejaba visitarlo. Eso es hacerse mala fama…
¡qué más da! Uno es lo que es, y mientras más grande uno se hace, más se
acepta, hasta el punto de cumplir con esa fatalidad, y ayudarla, encima.
No sé lo que el viejo Benítez esperaba de
mí, o esperaba ver en mí. A lo mejor, una dignidad filial conciliada con una
personalidad sin escrúpulos. ¿Dónde se ha visto eso? Sólo en las películas.
Como dije, me tenía en su agenda, los
contactos con los milicos, tal vez, o con mi tío, seguramente. Supo que andaba
por la zona. Uno de los pibes que laburaban con mi tío me buscó y me pasó el
mensaje. Me citaba en una confitería. Me contó lo que le habían dicho los
chicos. Me preguntó si quería vengar la muerte de mi viejo, y encontrar el
dinero. Él, a la escuela, no podía entrar, y menos encargar de eso a sus hijos.
Bien, dije. Pero la vida de mi viejo tenía
un precio, que estaba bien que yo cobrara. ¡Qué se le va a hacer!
Esa semana espié los horarios de salida
del personal del colegio. Cuando estuve seguro de no ser molestado en toda la
noche, entré y empecé a buscar. Sin mucho ruido y con mucho orden, como había
aprendido a trabajar en la panadería de Casas. Estuve a punto de desistir e
irme con las manos vacías. Me paré en el pasillo, con las manos en la cintura,
pensando en dónde más buscar, cuando sentí una corriente de aire frío. Las
ventanas de las aulas estaban cerradas, incluso las estufas mantenían la
tibieza para recibir a los chicos en la mañana. Miré al techo en busca de algún
tragaluz. Ninguno. Me fui hasta el final del pasillo, donde había nada más que
una pared blanca. Me di cuenta de que había sido construida y revocada no mucho
tiempo antes. Me metí en el aula más próxima y salí por la ventana. Me asomé
por la tapia y me encontré con el patiecito sucio y lleno de yuyos. Me trepé y
salté. Los cardos me asediaron, pero el hallazgo del viejo galpón me hizo dar
un respingo de esperanza. La puerta de chapa estaba con llave. Iba a hacer
ruido, pero qué más daba. Rompí el picaporte, la cerradura se cayó, desarmada
por el óxido que la había corroído. Iluminé el interior con la linterna. Mucha
humedad, extrema acaso, invadía las paredes y el piso. El agua de la lluvia
había entrado durante años y se estancaba por semanas antes de secarse. Había
sábanas llenas de moho, y un esqueleto adentro, medio podridos los huesos. Al
lado, una valija grande, blanca de hongos. La abrí, como pude. Parecía tan
frágil, pero la humedad había endurecido los goznes y la cerradura. Vi los
fajos de billetes, que ya eran nada más que puñados de engrudo. ¿Ese material
le entregaría a Benítez, semejante a la pasta de papel con el que había hecho
su fortuna?
Me fui a la clínica donde estaba internada
la señorita Inés. La enfermera de la recepción estaba dormida, nadie había para
recibirme a las cuatro y media la mañana. Le daría un susto a la señorita, le
hablaría de mi padre, por supuesto. Subí las escaleras con paso de rengo,
rememorando el repiqueteo de su prótesis que lo caracterizaba desde antes de
que yo naciera. Mi padre, el rengo. Mi padre, el medio hombre que prefería a su
hijo mayor porque era inteligente, porque era obediente, porque era atlético.
Cuando llegué a la habitación en sombras,
la cama se iluminó con la luz del pasillo. La señorita Inés me miraba desde la
cama, con el pelo revuelto, los brazos extendidos y el horror en la cara.
Luego, cuando me fui acercando, se tapó la cara para protegerse del regreso de
mi padre. Y se murió.
No necesité más para eso. Sólo dejarme
confundir con la sombra de un hombre.
A propósito, ya deben haberse dado cuenta,
pero yo soy Oscar, ese tarambana, como él decía, que no sirve para nada.
Ilustración: Vasily Vasilyevich Vereshchagin
