amigo incondicional, porque estará en todos los libros, siempre.
Para Esteban Curci, mi hermano, porque nos une el lazo
más indisoluble, la infancia.
Para Laura, mi mujer, una vez más y como siempre, por
darme todos los días las agridulces sobredosis del verdadero amor.
“Cada uno es su niño y su cadáver.”
César Fernández Moreno
PREFACIO
Las espirales
convergentes
“Las espirales convergentes” es la denominación de la obra completa conformada por varios libros, entre relatos, novelas, poesía y ensayo. El plan fue conformándose con el tiempo y el sucesivo desarrollo de las tramas, cuyos protagonistas fueron expandiéndose en complejidad e historias, y reclamando, por lo tanto, mayor espacio para contarlas.
El título general simboliza estos múltiples factores -personajes, destinos y eventos- en otros tantos espirales que entrelazan sus hilos -los diversos textos en los cuales se entrecruzan-, y que además tienen a converger en un mismo mundo o centro creativo.
Adentrándose en la estructura de este pequeño universo creativo, vemos que hay tres personajes ficticios que también son escritores, a los cuales se les adjudica la autoría de los libros. Este símil de cábala numérica no es casual, está relacionado especialmente con lo religioso, uno de los elementos fundamentales de la obra completa de la que hablamos. Pueden encontrarse otras constantes en los diversos textos, como la insistencia en el número Pi, por supuesto asociado con la geometría circular y la naturaleza áurea de las espirales. Otro factor constante son los personajes gemelos, de los que pueden inferirse referencias simbólicas a la doble personalidad, al otro o doppelganger, lo mismo que la repetición de nombres en una misma familia, de abuelos a nietos, como ciclos historicos que se repiten en un entrelazamientos de espirales.
Pero todo esto es secundario y subsecuente a la búsqueda de simbologías que resuman las historias contadas y sus protagonistas.
Quizá, el elemento fundamental, incluso de aquellos relatos de características fantásticas o futuristas, sea el psicológico, determinado por las conductas. Los lectores no podemos hablar con los personajes, pero podemos escucharlos y verlos actuar. La conducta de unos influye en los otros, casi siempre indirectamente, y de tal característica surge el motivo del epígrafe de Eduardo Mallea que abre el primer libro, “Los Casas”.
Múltiples escritores han intentado y logrado universos creativos semejantes, más o menos coherentes, incompletos o inconclusos. Difícil, si no imposible, es abarcar la totalidad de estos mundos inventados, tanto como lo es hacerlo con el llamado mundo real. Los lazos son infinitos, se rompen y se forman constantemente, más si el objetivo del escritor es no sólo recrear el pasado, sino también el presente y el futuro de esos personajes, como un Dios omnisciente.
La cuestión mayor y última es en dónde se ubica el relator de estas historias. Muchas veces no interviene, otras, es un personaje más. Los personajes-escritores son una muestra de este caso. Los que relatan, en ocasiones son protagonistas de sus historias, en otras son simples cronistas. Ellos se cuelan en las historias de los otros autores, como personajes y como escritores a la vez. Lo que parece confuso, no lo es tanto si consideramos los diversos planos de la realidad.
Las mentes estrechas separan la realidad concreta, la tan llamada historicidad, de los planos oníricos, y más todavía, de las creaciones del arte. Los sueños han sido reivindicados durante un largo tiempo para explicar las teorías de la realidad concreta, pero la práctica mezquina de lo económico y social los ha marginado a las regiones del arte. Los artistas, entonces, se han apropiado y se han enriquecido, a expensas, por supuesto, de los descubrimientos de la ciencia. El peligro yace, en los tiempos donde la tecnología y la inteligencia artificial crea realidades ficticias, en no saber discernir la realidad de la fantasía. Lo patológico es no reconocer lo ambivalente como una parte o una visión más de la realidad. Cuando lo ficticio se cree real a expensas de lo histórico o material, el equilibrio se rompe y los fragmentos se mezclan.
El arte es un desprendimiento de la realidad creado por la capacidad gnoseológica de hombre, el cual requiere de esos mundos imaginativos para equilibrar las incongruencias y las violentas embestidas sin explicación de lo real. Lo que la ciencia se esmera en justificar va creando múltiples nuevas preguntas que requerirán nuevas explicaciones para formar nuevos interrogantes. ¿Y con qué construye los múltiples aparatos para investigar la realidad? Con el soplo imaginativo. Casos paradigmáticos son, por ejemplo, la teoría de la relatividad de Einstein, el inconsciente freudiano y la crítica de la razón pura de Kant, para explicar las supuestas incongruencias y complejidades del mundo físico, la conducta humana y la indiscernible existencia de Dios. No hay ciencia que no utilice el arte para desarrollarse o explicarse. También los inventos nacen, a veces, de la nada, y la docencia que intenta transmitir los logros científicos, es una disciplina que utiliza el arte al enseñar. Los extremos, por lo tanto, se tocan, sin cerrarse, formando una espiral que avanza hacia lo convergente y lo divergente. La magnitud del universo exterior al hombre, y la magnitud del cerebro humano. Dos embudos cuyos vértices se comunican. El símbolo del reloj de arena, que alternativamente se balancea de un extremo al otro, hasta que llegue el equilibrio adecuado: el signo del infinito, quizá.
¿El número Pi?
Arte y ciencia, la eterna dicotomía que a tantos han desvelado, o su paralelo de etapas románticas o post románticas. Las únicas certezas son el arte y la realidad. ¿A qué conclusiones han arribado? A que no hay conciliación posible: ambas, hablando de lo mismo, son dos sordos que hablan sin detenerse, mientras se roban las franquicias y las patentes de los productos de cada uno.
La supuesta esquizofrenia de los que intentan practicar ambas, no es más que una lúcida locura que produce mucho y se desgasta otro tanto.
“Las espirales convergentes” son tanto una alegoría como una realidad.
Basta mirarse en un espejo para convencerse. Aquel que vemos reflejado es una ficción que se destruye al romper el cristal. Pero casi siempre, el espejo persiste en la misma pared de la misma habitación, aún cuando el cuerpo reflejado hace ya mucho que ha desaparecido.
LOS CAMPOS INGLESES
1
Ibáñez estacionó el Falcon junto al Mercedes del
doctor Farías, pero esta vez no sintió su crónica envidia por el ministro de
Salud. Se había levantado a las cinco de la madrugada para realizar una
autopsia que cualquiera de sus colegas podría haber realizado. Pero el ministro
lo había llamado exclusivamente a él.
-Trasladaron el cuerpo desde Londres. Ya le explicaré el asunto
mañana-le había dicho por teléfono la noche anterior.
Y aquí
estaba ahora, en el estacionamiento detrás del edificio de la morgue, frente a
la pared que ocultaba el crematorio, bajo un cielo nublado y frío de agosto.
Dejó las manos quietas sobre el volante, y en pocos segundos ya las tenía
insensibles. Había olvidado los guantes, así como también encender la
calefacción del auto. Incluso tenía la ventanilla abierta y casi no se había
dado cuenta. Porque su atención estaba puesta en esa pared, y la observaba como
si la viera por primera vez. No como si estuviese viendo un muro de ladrillos y
cemento, sino un cristal tras el cual el fuego del crematorio amenazara con
estallar el vidrio y las llamas lo tomaran a él y a todo lo que a él concernía.
-Pero
mañana me entregan los resultados de mi hijo, usted sabe que está internado
hace diez días…-le había contestado Ibáñez.
-Que se
encargue alguien más de la familia, doctor…
Mateo
Ibáñez se sintió humillado. Una respuesta como esa habría originado en él una
reacción muy distinta si otras preocupaciones no lo hubieran tenido abstraído y
distante. Pero no iba a explicarle a Farias lo que éste ya sabía, por más que
el ministro se adjudicara una confianza que nadie le había otorgado, que la
madre de Blas estaba muerta desde que el chico tenía dos años. Ahora Blas lo
necesitaba más que nunca, sin duda mucho más que aquel muerto tras el muro.
Pensó en su hijo de ocho años, acostado en una cama de la clínica a la espera
del resultado del laboratorio. Recordó las bolsas bajo los ojos, el cabello
ralo y despeinado, y entre las sábanas el cuerpo fláccido y las costillas
marcadas, las venas formando un mapa de caminos sinuosos, de valles y montañas.
Pero aquí
estaba él, presente a la hora justa para cumplir con su trabajo. Un cuerpo lo
esperaba con su olor de siempre, la piel morada y esa enorme quietud que tanto
lo tranquilizaba al contemplar a los muertos. Una terapia más eficaz que el
psicoanálisis, se había dicho muchas veces.
Cerró el
auto y miró con desprecio la brillante estructura del Mercedes. Entró por la
puerta posterior del edificio y lo recibió el aroma amoniacal de los
quirófanos, el olor a lavandina que la gente de limpieza dejaba en los
pasillos, y más lejos, hacia la salida por la otra calle, el aroma del café en
la confitería.
-Buenos
días, doctor Ibáñez. ¿Cómo está su hijo?-preguntó la secretaria.
-Por ahora
sin novedad, gracias.
Siguió
caminando hasta el vestuario. El encargado lo saludó y le entregó el ambo.
Nadie había llegado todavía.
-¿Dónde
están todos?
-Creo que
no va a venir nadie más que usted y su enfermera, doctor-le contestó el otro.
Farias se
estaba desquitando con él, no cabían dudas, pero no recordaba nada pendiente
con el ministro. Fue saboreando la bronca mientras se ataba con dificultad las
tiras del pantalón sobre un abdomen que había aumentado más de lo esperado en
los últimos cinco años, y se anudaba la cinta del gorro y el barbijo en la
cabeza de cabellos y barba pelirrojos. Sus manos grandes y pecosas, con dedos
de espeso vello en el dorso, se entorpecían con esos nuevos uniformes que
alguien del ministerio había decidido cambiar sin consultar a quienes iban a
usarlos y que siempre resultaban chicos para él. Cerró con un estrépito el
armario de metal y salió por la puerta que conducía al quirófano.
La
enfermera ya estaba cambiada y lo saludó con una sonrisa que adivinó tras el
barbijo. Soledad era una bella mujer, soltera según decían, pero ella nunca
hablaba de eso.
-Nos
levantaron temprano hoy, doctor. Ni siquiera el sol salió del todo.
-Apropiado
para el gusto por los muertos. ¿No es cierto?
Soledad no
le contestó, habituada a su cinismo, a esa mezcla de tristeza y amor por la
profesión, quizá también de odio y resignación con que sus manos actuaban sobre
los cuerpos. Ibáñez se lavó las manos y volvió al quirófano, se dejó colocar el
camisolín y los guantes. Sintió el aroma de Soledad cuando ella se acercó a
pocos centímetros de su cara. Ella no usaba perfume, pero era el olor de una
mujer de treinta años bajo la luz de las lámparas que iluminaban las puntas del
cabello castaño saliendo de los bordes de la cofia. Luego miró el cuerpo sobre
la mesa, desnudo y con los brazos a los costados, las palmas hacia arriba, los
pies algo inclinados hacia fuera, la boca abierta, los párpados cerrados, y el
color amarillento de la piel. Había manchas de tierra apelmazada, especialmente
en los cabellos negros y algo largos. Un hombre de quizá treinta y cinco años,
no mayor que él mismo, delgado y de altura media. Entonces preguntó:
-¿Qué
tenemos hoy, Soledad?
Pero antes de esperar respuesta o siquiera de escucharla, al acercarse
al cuerpo vio que entre los dientes había con hebras de pasto.
2
Como
todas las mañanas, discutí con Cintia antes de salir al trabajo, aunque ya no
recuerdo si el motivo fue distinto al de todos los días. Revisé el buzón, y
junto a las boletas de servicios encontré una carta con sello del correo
inglés. Me pareció extraño que alguien, aparte del estudio de abogados que
trata el asunto de la herencia, me escribiese desde allí. Al volver a casa la
dejé junto al teléfono. Creí que Cintia ya se había acostado, pero cuando
terminé de comer y me disponía a abrir la carta, ella vino a interrumpirme,
protestando por todo lo ocurrido durante el día, la rutina insoportable que la
exacerbaba, sin saber que a mí el aturdimiento de su voz también me exasperaba
cada vez más. Estaba en bata y despeinada. Nada quedaba en ella de lo que había
visto alguna vez. En su cara y en su voz persistían restos que aún brillaban,
sin embargo, como fragmentos de metal cobrizo que me recordaban lo que había
amado en Cintia, y que no podía dejar de lado, como ese amor asentado y firme
en el sitial de la costumbre.
Amenazó con dejarme. Al principio no supe
contestar. Muchas veces antes lo había dicho, así que no le hice caso. Pero
ella es capaz de hacer siempre lo contrario a lo que los demás esperan.
Al día siguiente discutimos otra vez, y
creo haberla golpeado. No sé, estaba tan enojado con ella y también conmigo,
que no recuerdo si levanté la mano antes o después de haber dicho tal o cual
cosa, o si fue ella o yo quien habló justo antes del golpe. Sí recuerdo la
palma de mi mano enrojecida durante algunos minutos después. Esa noche ya no
hablamos. Dormimos en la misma cama, y como siempre me pregunté qué nombre
ponerle a esa actitud tan fría como el hielo de acostarnos aborreciéndonos.
Porque hasta el hielo puede provocar dolor, y esa cama era ya tan insensible
como una piedra, éramos una pareja de inválidos sobre un lecho de sacrificio.
3
Soledad comenzó a leer el informe de
la policía y a traducir los tecnicismos que a Mateo le desagradaban.
-Lo encontraron en un campo en las afueras de Londres. Según calculan
los peritos, expuesto durante cinco días al aire libre.
-¿Cuándo llegó?
-Ayer a la noche, y el viaje debió durar doce horas, cuando menos, más
los retrasos en bromatología.
-Y a eso hay que sumarle dos días como mínimo de trámites en Londres.
-Aquí dice que tardaron cuatro en identificar las huellas dactilares.
-¿Pero esperan que crea que este cuerpo lleva más de diez días y que aún
se mantenga así? Si apenas tiene casi olor.
Ibáñez pasó al otro lado de la mesa de disecciones. El cadáver se
extendía plácido y hermético a su inquietud. Trató de bloquear la sensación,
creciente como un vértigo, de que su hijo resultaba demasiado parecido en esa
posición, y se dijo que no era la similitud de estar acostados lo que los
asemejaba, sino la circunstancia, no la causa de enfermedad o muerte, sino algo
que los relacionaba en forma indirecta, enlazados por una lógica que aún no
encontraba. Él sabía que la lógica a veces carece de sentido común, austera e
inclaudicable en su camino hacia la comprobación de algo que quizá fuese la
nada o el universo del cero.
-Empecemos-dijo, mientras Soledad tomaba un grabador y apretaba el botón
de encendido. El punto rojo titiló, y los carreteles de la casete giraron. Ella
se puso los guantes y le pasó el bisturí.
-Piel escoriada en cabeza y cuello. Elasticidad conservada. Hematomas
retroauriculares. Tierra en las comisuras de los labios. Tórax depresivo
esternal, pectum excavatum congénito. Vamos a ver la espalda.
Soledad movió la manija que levantaba la camilla hacia un lado. Ibáñez
giró el cuerpo hacia un costado y lo ató. La piel allí sí tenía signos del
tiempo transcurrido. Estaba húmeda y se desprendía con facilidad.
-Proceso de descomposición habitual por contacto con tierra y barro.
Debió morir de espaldas y estar así los cinco días en el campo. Hay larvas
debajo de la piel.
Hizo un corte bajo el omóplato izquierdo. Comenzó a salir sangre
coagulada con diminutos parásitos blancos. Tomó una muestra para el
laboratorio. Siguió cortando más profundo, pero los músculos eran tan blandos que
escapaban al filo. Dejó el bisturí a un lado y palpó con los dedos. Fragmentos
de músculos se deshicieron en sus manos.
-No entiendo, parece que de este lado el cadáver tuviese en realidad más
tiempo del que calculamos, parece tener más de treinta días de descomposición.
Soledad lo miró como si bromeara, a veces no sabía si el doctor hablaba
en serio o sólo era ironía. Pero esta vez ella se limitó a escucharlo y
alcanzarle los instrumentos que pedía.
-¿Sabe que hoy me entregan los resultados de Blas?
-Sí, doctor. Por delicadeza no quise preguntar pero...¿por qué no pidió
el día libre?
-Porque el ministro me tiene resentimiento, y esta vez encontró la
oportunidad para joderme. Si hay que hacerle un trasplante a Blas, me lo llevo
a Estados Unidos, sin dudarlo, y necesito plata y recursos. Farias es un
salvoconducto para mí en este momento.
4
Cintia me
dejó. Anoche la vi hacer sus valijas, guardar las cosas rápida y
escrupulosamente, como si planeara un
viaje de por vida. La vi salir de casa sin una palabra ni una mirada de
más. Me quedé parado en la cocina, observando la taza de café que ella había
tomado diez minutos antes, aún con la marca de sus labios. Miré el teléfono,
pensando que tal vez debía llamar a alguien, como si el aparato fuese lo único
fijo en esa casa que giraba como un trompo, y entonces volví a ver la carta. La
abrí por primera vez desde que llegó casi una semana atrás. Pero no pude leerla
porque está escrita en inglés. Además, mi mente se hallaba fuera de mi cuerpo,
tal vez recorriendo la casa y dándose cuenta de la ausencia de Cintia.
Me levanté tarde y no fui al trabajo.
Intenté localizarla sin éxito. Sólo logré que nuestros conocidos se enteraran
antes de lo ocurrido. Volví a ver el sobre abandonado junto al teléfono, pero
no me dediqué a la carta hasta después del almuerzo. No sé por qué me empeciné
en dar vueltas las hojas buscando alguna palabra entendible para mí. Realmente
nunca me importó aprender inglés, y siempre supe que mi vida no es de aquellas
que llevan a sus dueños lejos del lugar de su nacimiento. Porque creo que mi
vida hace lo que quiere conmigo. Yo soy sólo un hombre y mi vida es mi mujer.
Pensé que debía llevar la carta a mis
abogados. No parecía haber relación entre ésta y la herencia, pero tal vez
ellos pudiesen traducirla. Llamé al despacho y me dijeron que estaban en
Londres. Me ofrecieron ayuda, contesté que no valía la pena, esperaría su
regreso.
Al otro día tuve que ir a trabajar. Llevé
la carta para que el jefe la tradujera. Al terminar mi turno golpeé a su puerta
y entré al despacho. Nunca tuve problemas con él, -aunque a veces me resultara
engreído-, así que me atreví a pedirle ese favor con cierta confianza. Tomó la
carta y se puso a leerla bajo la luz del escritorio. Estaba en mangas de camisa
y con la corbata floja. Sus anteojos ocultaban una mirada dirigida a mí de
tanto en tanto, y creí ver señales de resentimiento. Luego me miró abiertamente.
No me equivoqué, había cierto recelo en sus ojos. Me dijo que me ofrecían
trabajo allá en Europa, luego sonrió diciendo frases ociosas, y me palmeó la
espalda con sus manos sudadas.
Regresé a casa pensando en la carta
durante todo el camino. Sentí el sobre doblado en mi bolsillo, e imaginé las
figuras de las palabras inglesas dibujadas en el pavimento, en la vereda y las
paredes de las casas.
5
Voltearon nuevamente el cuerpo boca
arriba. Ibáñez hundió el bisturí en el pecho, bajo la orquilla del esternón.
Extendió el corte. La sangre fluyó abundante al principio, cayó al piso y sobre
las botas de goma. Ibáñez se mostró confundido. La sangre no se había coagulado
en ese sector. Pidió compresas y gasas para secar el charco que se formaba
sobre la mesa.
-Creo que no me equivoqué en venir, no me perdonaría haberme perdido
esto, mientras le hallemos explicación.
Siguió hablando para el grabador, describiendo la consistencia y el
estado de la piel del abdomen. Pidió un costótomo y comenzó a cortar el lado
izquierdo. El ruido de los huesos sonó opaco, hundió compresas y volvió a
retirarlas. El corazón estaba morado y casi negro, con signos de necrosis. Con
la mano derecha lo apartó y comenzó a seccionar las arterias con las tijeras.
La aorta estaba casi vacía, con paredes de coágulos oscuros. Le entregó a
Soledad el órgano y ella lo puso en una bolsa negra que luego iba a etiquetar.
El interior del tórax ya estaba seco, y los pulmones parecían gastadas esponjas
de goma luego de muchos años de uso. Presionó un poco sobre ellos, y salieron
dos chorros de sangre oscura por la nariz.
Soledad se sobresaltó, sabía que Ibáñez se había puesto a jugar otra
vez.
-No vuelva a hacer eso, doctor.
-Es sólo un truco que aprendí en la facultad, pero no debía haber dado
resultado en un cuerpo de tantos días.
A veces le gustaba bromear con los muertos, sentir que sus manos podían
manipular cadáveres porque ellas estaban vivas todavía. Era jactancia, quizá,
un tonto orgullo de niño sabio e ingenuo que provoca sonrisas en lugar de
odios. Lo mismo que las risas mientras se opera un cáncer o las bromas groseras
cuando se asiste a una amputación. Era difícil resistir la tentación de
manifestarse vivo frente a la muerte. Como una afirmación, una necesidad
imperiosa y teñida en realidad de amargo miedo.
Y Blas en la clínica, acostado como un muerto que respira. Su pequeño
riñón casi inservible funcionando a medias, descansando en su lecho de sangre y
membranas mientras el cuerpo que lo contenía se consumía y deshidrataba como
una esponja al sol. Las vísceras del muerto que estaba abriendo podrían haber
sido para su hijo, pero él sabía que las cosas no eran así de simples. Sin
embargo, no había podido evitar ese pequeño juego, ese infinitamente pueril
castigo hacia un cuerpo que no servía para salvar la vida de Blas.
6
Ha pasado
una semana desde que ella se fue. Pude localizar a Cintia en la casa de su
madre, después de muchos fallidos intentos para que mi suegra reconociera que
estaba allí. Por fin le hablé. Pero no fui lo suficientemente convincente al
pedirle que regresara. Una parte de mí lo sabía mientras le hablaba, viendo su
expresión de terrible hastío, como cuando hacíamos el amor y ella me miraba
como si fuese una carga o una bolsa sobre su cuerpo. Nada de lo que pudiese
decir iba a convencerla. Ella sólo mencionó el asunto del divorcio y preguntó
si mi abogado sería el mismo que trataba el asunto de los campos. Pensé, por un
instante, que tal vez esa herencia inesperada podría atraerla, como si una
probable y pequeña fortuna aún imprecisa pudiese hacer que cambiara de opinión.
Pero la desesperación nos hace cómplices de ideas mezquinas, y dibuja en otros
las propias faltas e iniquidades.
Esta conversación con Cintia me perturbó
más que su abandono. Tal vez porque su voz me resultaba irreal y tuve la exacta
noción de lo que era estar sin ella.
Continué trabajando sin mencionar la
carta. Dejé de afeitarme cada mañana y se me hizo una costumbre comer afuera. A
veces me acostaba sin haber cenado, y sin hambre.
El 1ro de mayo me levanté muy tarde. Me
puse a revisar los papeles de la herencia después del almuerzo. Esta vez, como
la primera, me seguí preguntando de dónde podrían haber salido estos tíos de
los que nunca había escuchado. Dijeron los abogados que eran mellizos, tenían
más de ochenta años cuando murieron en su casa, serenamente y cada uno en su
cama, porque eran solteros. Se habían acostado luego de trabajar en los campos
y recibir las visitas de sus vecinos antes del anochecer. Bebieron su última taza
de té con el veneno que utilizaban para matar las plagas de su jardín. Dos días
después, hallaron dos pozos removidos junto a la casa. Ellos, quizá, habían
trabajado cavando y ensuciándose con la tierracomo si ahí hubiese un mensaje, o
tratando de escuchar un llamado profundo que no podían desconocer.
No tengo a mi madre ni a mi padre para
preguntar, pero sí recuerdo que cuando era chico, ellos me contaban historias
de Europa. Incluso creo recordar imágenes evocadas por esas palabras, mesas con
tortas y dulces en reuniones de té entre señoras viejas y jóvenes casaderas en
sus jardines de invierno, contemplando a través de ventanales con puertas
mosquitero a las víctimas marchitas del frío otoñal de Gales. Espectadoras que
observaban a un cartero entregar de casa en casa las encomiendas que ellas mismas
habían enviado. No necesitaban ver para saber lo que ocurría tras las paredes
cuando la puerta se cerraba y el cartero se alejaba, así como sabía lo que me
sucede aquí y ahora, a miles de kilómetros de distancia y de tiempo.
Creo que me quedé dormido, pero al
despertar aún tenía en mis oídos el zumbido en que se habían transformado los
murmullos y las voces de esas mujeres mencionando hechos y apellidos. El
apellido Martins, levemente insinuado, me confirmó que a veces los recuerdos
tienen más vida que la realidad, porque están más allá de la voluntad de quien
quiere traerlos. Ellos regresan como accidentes, sin piedad.
Levanté la vista y me froté los ojos.
Junto al teléfono volví a encontrarme con la carta, y esta vez me aferré a
ella. Me puse a observar primero el sobre, a darle vueltas como si fuese un
espécimen de laboratorio. Entonces recordé que Cintia había estudiado inglés, y
aunque hacía mucho que no practicaba, tal vez podría aclararme ciertas dudas
que no me atrevía a preguntarle a mi jefe. Llegué al departamento y ella me
recibió con menos disgusto del que había esperado. Por suerte su madre no
estaba. Cuando le di la carta se puso a leerla. Mientras lo hacía, le pedí
detalles sobre el trabajo que me estaban ofreciendo, pero apenas unos segundos
después arrugó el papel y me lo puso en el bolsillo, temblorosa de rabia. No
comprendí hasta que me habló de la mujer que había escrito la carta y los
detalles obscenos que allí describía. No tuve tiempo de decir otra cosa porque
me despidió del departamento.
Caminé por el barrio antes de volver a
casa. Al acostarme desarrugué el sobre y me pregunté una y otra vez qué era lo
incomprensible. Pero estaba demasiado cansado para pensar en lo realmente
extraño de todo eso.
7
Ibáñez tomó otra vez el bisturí en
su mano derecha y abrió el abdomen. Pidió separadores y exploró la cavidad.
Diez centímetros de tejido graso separaban la piel de los músculos, volvió a
abrir más profundamente, pero esta vez salió poca sangre.
-Estado normal del tejido periférico-dijo para el informe.- Hemorragias
leves a la incisión y músculo con necrosis inicial.
Pero al hundir la mano un poco más, tocó algo que no alcanzaba a ver.
Amplió el corte y separó más los bordes. Entonces vio que había estado palpando
vísceras duras como piedra, aunque no era ésa la sensación exactamente.
-Estómago endurecido, de paredes exteriores tensas, color negro vinoso,
con venas colapsadas. Cardias dilatado, píloro obstruido. Deme las tijeras,
Soledad.
Disecó el esófago y lo cortó a la mitad de su longitud. Luego exploró
hacia el intestino, y encontró la misma consistencia en casi todo su largo.
-Voy a cortar.
Soledad le alcanzó las tijeras gruesas, luego el bisturí cuando él halló
mayor resistencia. Levantó su mano izquierda con el estómago completo. Dejó la
víscera sobre la mesa y comenzó a abrirla por una de sus caras. Los bordes de
la pared se distendieron y quedó expuesta una masa de barro con la forma exacta
del estómago.
-¿Pero esto es no es tierra, doctor?
-Sí, tierra común y corriente.
Hundió una pinza en la masa y ésta se rompió como una vasija antigua.
Los pedazos de barro comenzaron a disolverse en el suero con que Soledad limpió
la superficie de la mesa. Ibáñez volvió a buscar en el cuerpo. Cortó y sacó el
resto del intestino. Más de un metro de vísceras comenzó a enrollarse sobre la
mesa, y de cada corte brotaba el barro, disolviéndose y esparciéndose en el
espacio que había ocupado la sangre, envolviendo la silueta del cadáver hasta
volverse a secar. Como si la naturaleza del hombre fuese acorde a las
enseñanzas de
La frente le comenzó a sudar bajo la luz intensa del quirófano. Regresó
al cuerpo como si fuese una fuente de maravillas, casi redescubriendo la
anatomía que creía saber de memoria. Rememorando sus años de estudiante
disector en las cámaras de la morgue en la facultad de medicina. Pensando, con
la música de Beethoven en la memoria de sus oídos, en el placer de abrir las
elásticas membranas de las arterias y los bellos caminos de los tendones.
Mientras un cuarteto de cuerdas sonaba en su cabeza, el olor del formol
acompañaba el descubrimiento del cuerpo abierto como un libro único y sin
repetición, un libro que podría volver a abrir al día siguiente, y al otro.
Único pero repetible, como morir y volver a nacer.
Sacó el hígado. Extrajo los riñones y el bazo. No eran órganos huecos,
pero cuando los abrió, vio que habían sido vaciados como si se tratase de la
pulpa de una fruta, y vueltos a llenar con tierra.
-Veamos el corazón.
Soledad lo trajo de la mesa donde lo había dejado. Ibáñez lo cortó y
encontró lo mismo, tierra y coágulos en cada cavidad.
-Tengo miedo, doctor-dijo ella.
Él la miró por primera vez a los ojos en toda esa mañana. Unas lágrimas
amenazaban con caer sobre el borde del barbijo. Es una hermosa mujer, pensó
Mateo Ibáñez, una mujer sensible al fin de cuentas.
-No se preocupe. No es nada más que un caso de tráfico de órganos.
Después le voy a explicar.
Pero él dudaba de sus propias palabras. No era miedo, ni siquiera
extrañeza, sino la sensación de vacío en un camino de asfalto que de pronto se
interrumpe en medio de una llanura y se hace de barro, de tierra inestable
después de una lluvia de tres días. Algo así como dudar de someter al auto a
tal extremo, pensando si las ruedas se estancarán, si tendrá que bajarse y
hundir los mocasines para empujar, o si deberá llamar a un remolque desde un
teléfono inexistente en pleno campo. Hasta quizá pasar toda la noche a oscuras
en el frío y el barro, escuchando la radio y con las luces encendidas hasta que
tal vez también se agotase la batería. Era la inquietud, molesta e irritante,
de no estar seguro de nada más que de los posibles errores de la noche.
8
Anoche
estuve pensando en las tan opuestas versiones que originó la carta. Desayuné y
fui a la oficina con la misma inquietud. Traté de evitar encontrarme a mi jefe.
No tenía sentido hablar con mis abogados ahora, jamás los había visto
personalmente y sentí vergüenza de preguntarles por algo que me estaba
resultando una broma de muy mal gusto. En casa me puse a trabajar en lo que
había ideado durante todo el día. Busqué mis viejos libros de la secundaria.
Junto a un diccionario que saqué de la biblioteca, los puse sobre el
escritorio. Decidí que no podía ser tan difícil traducir un texto tan breve.
Estuve trabajando casi toda la noche, pero estaba cansado y con sueño. Las
letras comenzaron a borrarse en un fondo marrón oscuro, y cuando levantaba la
vista veía puntos verdes en las paredes, a veces líneas como hebras de pasto.
Al otro día fui a la oficina. Ningún
recuerdo preocupante me distrajo, y estuve menos apartado que de costumbre de
mis compañeros. Sabía que la carta me esperaba en casa, y que por la tarde iba
a trabajar en ella. Pero en la noche comencé a sentirme mal. Tuve náuseas, y
luego la sensación de un vacío en el estómago que no satisfacía con nada que
encontrara en la heladera y la despensa. Entonces me di cuenta que venía de la
incertidumbre que me provocaba el texto de la carta. Logré traducirlo, finalmente,
pero no comprendí su significado en ese momento. Todo estaba silencioso a mi
alrededor, como si la casa fuese un desierto vacío de arena y viento, aún del
sol, y por eso era imposible hacer alguna pregunta o siquiera pensarla.
Dos días después, había logrado obtener un
texto de cierta coherencia. Es verdad que me sorprendió su contenido, pero
sobre todo que contrastara tanto con las otras versiones. En resumen, allí me
hablaban de haber sido elegido entre un centenar de nombres para recibir una
oportunidad única e irrepetible, y que no podía desaprovechar. Aparentemente
son un grupo social, seudo-religioso en mi opinión, que me ofrece una nueva
visión de mi vida. Nada es concreto en su discurso. Primero hacen una breve
referencia a su historia, nombrando las pestes y las guerras en Europa y su
función de salvadores de almas.
Nunca me hablan de dinero, y de esto
también desconfío. Sin embargo, lo que más me atrajo fue su descripción de los
campos ingleses. Imaginé las praderas extensas, siempre cubiertas de un verde
tan indefinido como hermoso. Un verde homogéneo, interrumpido por la sombra de
las nubes que pasan como islas de lento movimiento, semejantes a barcos a la
deriva ensombreciendo el mar verde y ocultando el sol por instantes. Y en esos
espacios de sombra, yo alcanzaba ver los cascos de aquellas naves, limpios de
algas porque eran no de madera, sino de vapor concentrado en cúmulos, en globos
de atmósfera encerrada. Casi como almas girando en el aire luego de su
desprendimiento. Las bases de las nubes tenían caras que miraban los campos cuyo verdor protegían del sol del mediodía, y
allí estaba yo, mirándolas con la cabeza inclinada hacia atrás y una mano en la
frente.
Ellos aseguran que un lugar así podría
salvar mi vida de la pesadumbre cotidiana. Dicen que sólo es necesario imaginarlo.
9
-Vamos a trepanar, Soledad.
Ella fue a buscar la caja con el perforador y se lo entregó. Ibáñez hizo
dos orificios en los parietales. Luego cortó el cráneo con la sierra en una
circunferencia exacta y abrió una ventana en los huesos. El cerebro estaba
intacto, por lo menos en su superficie. Metió la mano derecha desprendiendo las
meninges. Cuando la retiró, tenía tierra en los guantes. Miró a Soledad pero no
dijo nada. Continuó trabajando y sacó con facilidad el cerebro. Sólo quedaba un
fragmento, quizá la tercera partes de su masa normal, el resto del cráneo
estaba ocupado por tierra.
-Esto es horrible…-dijo ella.
-No se asuste. Roban las células corticales para pacientes neurológicos.
Acá no tenemos tecnología todavía, pero pueden hacerlo afuera y nosotros somos
proveedores de la materia prima.
Ibáñez no lo mencionó, sin embargo imaginó otro cuerpo fragmentado en
decenas de pedazos repartidos en otros tantos laboratorios y clínicas capaces
de pagar en todo lo extenso del mundo. Otro cuerpo demasiado conocido, y
rechazó la idea como se rechaza el filo de un cuchillo helado en la piel.
-Pero las cicatrices...-dijo, sorprendido.-No hay cicatrices.
Debía encontrarlas. Tuvo que rapar todo el cuero cabelludo para buscar
los más mínimos orificios que pudiesen guiarlo en cómo habían extirpado el
cerebro. Sólo detrás de las orejas encontró una cicatriz que no era reciente,
pero que era la vía más probable de acceso.
-Parece una cicatriz de la infancia, doctor.
-Ya lo sé, aunque se puede disimular con bisturís de láser. En el cuerpo
tampoco las hay, pero debieron sacar los órganos por vía posterior y ya vimos
que es la zona más descompuesta.
Por qué pusieron tierra, se preguntó él. Quizá para distraer la atención
de los peritos del seguro, pero los traficantes de órganos no abandonan los
cuerpos, los hacen desaparecer, simplemente. Y ésta vez habían imitado el
procedimiento de sectas cuyos ritos incluían hallazgos como éstos: cuerpos
mutilados y casi sin cicatrices.
Ibáñez hizo largos cortes en las piernas y brazos. Habían también robado
tendones, y los huesos tenían perforaciones que llegaban a la médula. Sí, era
lo que había pensado desde un principio; pero por qué, se preguntaba, le era
tan difícil aceptar sus propios argumentos, como si la simple y evidente
observación de Soledad fuese más verdadera que toda su sapiencia recogida en
años de estudio y experiencia. Como si los cuerpos fuesen misterios que él
todavía no había llegado a comprender. Masas de tejidos mudos que hablaban sólo
cuando les convenía, como niños caprichosos cuya mente nunca lograría penetrar
del todo. Ni con clavos, mechas o martillos. La mudez de los cadáveres es un
silencio más atroz que el silencio del cielo o la monótona estridencia del mar.
Se parece a la vacuidad de la nada, donde ni siquiera el vacío puede llamarse
así porque la nada carece aún del vacío.
Meter las manos en ese cuerpo, fue para él, por primera vez en su
profesión, tocar dos mundos fusionados, dos realidades que viajan paralelas y
que se juntan en esas ocasiones frecuentes pero negadas a los demás. Ocasiones
donde un cuerpo muerto, sobre una mesa de disección, es penetrado no por
instrumentos de metal, sino por manos que conservan el recuerdo vital del
movimiento. Y esas manos eran las de Mateo Ibáñez, cuya mente viajaba en la
tercera realidad de aquel instante, la vista puesta en el cuerpo moribundo de
su hijo sobre sábanas manchadas por secreciones.
10
La carta no tiene despedida, así que la consideré un hecho aislado, un
intento por atraer mi atención, que desistiría si yo no contestaba. Durante los
siguientes días pensé muy poco en todo esto. Mi mente tampoco retuvo a Cintia
por mucho tiempo, y la llamé una sola vez sin lograr que me hablase. Después de
traducir la carta tuve la necesidad imperiosa de pensar en aquellos campos
ingleses. Los había visto únicamente en películas, y por eso una imagen siempre
igual y repetida se me presentaba en la memoria. Pero cada vez que veía la
carta sobre mi escritorio sentía la urgencia de releerla, y mi imaginación
entonces parecía ampliarse. Comencé a ver bosques lejanos más allá de las
tierras, luego otros inmediatos a mi vista en ese paisaje sin perspectiva exacta.
La extensión de mis campos nunca disminuía, iba creciendo cada tarde que
dedicaba a su contemplación.
Empecé a soñar con ese lugar, no sólo
imaginándolo durante el día, sino que se metió también en mis sueños nocturnos,
y ya no sé si lo que he visto, si cada detalle y cada metro de mis tierras los
he reconocido dormido o despierto. Sólo estoy seguro de que se hace
irreversiblemente nítido y claro a medida que pasan los días. En especial desde
que puedo visualizar mi propio cuerpo en aquellos campos, parado en medio de la
nada o acostado en el pasto y mirando el cielo.
Cada mañana me cuesta más levantarme, y lo
hago con lo minutos exactos para llegar a la oficina. Hay días que no soporto
la idea de encerrarme en un despacho con una única ventana al tráfico de la
ciudad. En el piso arriba de nosotros están las oficinas de una empresa de
recolección de residuos. A veces encuentro a uno de los empleados en el
ascensor, y conversamos sobre su hermano, un encefalítico al que visita los
fines de semana en el asilo. Es un tipo triste y acabado, y yo voy en camino de
parecerme a él. Por eso levanto la vista al espejo del ascensor y en lugar de
verme, veo la carta, y tras ella el espejo se ilumina con espacios verdes.
No sé si extraño a Cintia o mi vida con
ella. Ahora odio mi trabajo tanto como no lo había hecho desde que me
inicié. Sé que no soy un viejo, pero he
llegado casi a la mitad de mi vida y creo que todo lo he aprendido mal. El
mundo que soy capaz de percibir parece lleno de defectos, y a veces pienso que
mi visión está distorsionándolo. Debo reconocer también que soy extraño, algo
así como un ser que se siente más cerca de un pensamiento que de una realidad.
Decidí enviar una contestación a
Inglaterra. Copié cuidadosamente la dirección en un sobre y escribí la carta en
castellano. Escribí pensando en los campos ingleses. Creo haber sentido su luz
brillante sobre mi cabeza, y en las piernas la sensación de tenerlas extendidas
sobre el césped.
Empecé a pasar el día fuera de casa. Pedí
licencia en la oficina. Tampoco he vuelto a hablar con Cintia. Recibí varios
llamados de mi abogado, que no respondí.
Han pasado dos semanas. Volví al trabajo. En realidad ya no me molesta
estar en la oficina ahora. Al principio salía porque el aire libre me ayudaba a
imaginar el campo. Pero después noté que había demasiados estímulos que
terminaban distrayéndome. Desde hace días soy capaz de pensar en mis tierras
dentro de este ambiente rutinario y mecánico, con las mismas voces que de tan
familiares ya no noto, y sirven de acolchado sendero a mi imaginación.
No soy yo, me parece. Ya no distingo mi
viejo nombre de este cuerpo que arrastro sobre los verdes campos. Sigo
caminando con el pasto crecido en mis talones y el sol sobre la espalda, aún
cuando estoy en casa y solo. De alguna manera disfruto de todo esto, pero otra
parte de mi mente se siente apresada por el delirio. Por eso he aprendido a no
resistirme. De una forma inaudita, estar allá es lo único que me permite seguir
aquí, caminando en mi ciudad.
Hoy recibí la contestación a mi carta. Es
una pequeña caja que dejé sobre la mesa, y fui a la oficina. No olvidé pasar
por la biblioteca. Cuando regresé la abrí y preparé los libros.
Ellos me invitan a su país. Les ha
gratificado mi actitud predispuesta y tan sensible. La precariedad de mi
sistema de traducción hace que sus palabras sean ambiguas, o quizá lo son
originalmente, no tengo manera de comprobarlo. Aún cuando entienda su
significado, sigue escapando a mi comprensión el objetivo que buscan. La letra
esta vez es más prolija y se me ocurre que debe ser de una mujer. Los giros
gramaticales son típicos de una mujer mayor, pero expresados en plural. Me
invitan a ir a su tierra, y sé que muy pronto seré dueño de un puñado de
hectáreas heredadas. Pero la tierra no se hereda, dicen sus palabras, como si
leyeran mis pensamientos mientras leo. Uno es dueño de la tierra, siempre.
Venimos al mundo rodeados de ella, y envueltos en la sustancia que la alimenta:
el agua. Somos barro y el barro regresará a nuestros cuerpos, y el alma se
desprenderá como una nube de vapor cálido y asfixiante.Nosotros debemos entrar
al barro para que él entre en nosotros. Hombre y tierra, como marido y mujer.
Pienso en la descripción detallada que
hacen de sus campos, que es nueva para mí a pesar de todos mis esfuerzos para
que nada falte. Entonces, pude sentir el aroma de la tierra negra en el papel.
Busqué en la caja en que venía la carta y encontré una pequeña bolsa de nylon.
La abrí y cayeron varios terrones secos. Era ése el aroma que le faltaba a mi
pintura imaginada. Un perfume que le da coherencia y una historia a los objetos
que he puesto cuidadosamente en mi paisaje.
Pero sobre todo, abandoné la idea de mi
yo, sea cual fuese el nombre de mi conciencia. Estoy en mi campo, lleno de
verde y de luz, y me siento ciego. Acostado en el pasto, y suspirando. Leo en
voz alta la frase con que finaliza la carta, la que dice que moriré en los
campos de Inglaterra.
11
-Dejemos esto como está, no voy a
suturar. Ya debe ser más de mediodía. Mande las muestras al laboratorio.
Soledad asintió e Ibáñez salió del quirófano. Las puertas se cerraron
tras él y entró al vestuario. Se frotó los ojos cansados. Tal vez necesitara
anteojos a partir de hoy, se dijo. Frente a él estaba el ministro Farias,
sentado en uno de los bancos frente a los armarios. El ayudante había salido
recién por la otra puerta.
-Buenos días, Ibáñez.
Mateo emitió un gruñido casi sin levantar la vista del suelo. Estaba
irritado y confuso, pero no buscó la discusión que había planeado esa mañana
temprano. Comenzó a sacarse el camisolín y el ambo. Agarró una toalla de los
estantes sobre los armarios. Mientras se secaba el sudor, oyó que Farias
preguntaba:
-¿Qué te parece?
Entonces Ibáñez no pudo retener su bronca contenida.
-Escucháme, esto no era urgente, podía haber esperado hasta mañana u
haberlo hecho otro.
Farias miraba alrededor con insistencia como para comprobar que nadie
más hubiera entrado al vestuario.
-La ex mujer de este tipo es hermana de un coronel de la armada. Ella
pidió la autopsia cuando lo encontraron en Inglaterra. Desapareció del país
hace un mes sin pasaporte, y están buscando registros de algún vuelo, y ya los
encontrarán.
Pero Ibáñez pensaba en otra cosa. Cómo podía el tipo haber salido del
país sin pasaporte, o incluso el cuerpo llevado al extranjero, sin algún
conocido en la fuerza, quizá su propio cuñado. Entonces se avergonzó de haber
sido tan ingenuo. Demasiado apegado a los libros, no había querido levantar la
vista.
-Ahora decíme qué vas a escribir en tu informe.
Mateo rescató su serenidad profesional del fondo donde la había hundido
al encontrarse con Farias.
- Parece un caso más de tráfico de órganos, sumamente profesional esta
vez, casi artesanal por el trabajo que se tomaron. Han simulado los ritos de
algunas sectas que rellenan los cuerpos con tierra para desalojar el alma.
-Magnífico-dijo Farias, con una sonrisa que no podía ser más ancha ni
más satisfecha.
Al ver la expresión interrogante de Ibáñez, comentó:
-Ahora, amigo mío, cumplimos con nuestro deber al asentar que el pobre
hombre ha sido otra víctima de elementos foráneos. Tu informe quedará
registrado oficialmente y yo lo avalaré.
Luego apoyó una mano sobre el hombro desnudo de Ibáñez.
-Sé lo de tu hijo, pero yo también tuve uno que no vivió más de quince
días. Y aquí me ves, vivo y cuerdo todavía.
Sí, pensó Ibáñez. Es resentimiento.
-Lo que hacemos, amigo mío, los sufren nuestros hijos-dijo el ministro.
-¿Pero qué hice de malo para que mi hijo esté enfermo?
Farias no contestó mientras miraba a Ibáñez señalarse el pecho con la
mano derecha, como si dijese yo y mi culpa. Mateo sintió en la boca el verdadero
sabor de formar parte de un sistema. Él había puesto un ladrillo más en la
pared de la fachada, primo facto de cualquier forma de gobierno, y sus propias
manos habían actuado incluso por placer profesional. No le quedaba por eso
siquiera la posibilidad de arrepentirse.
Terminó de cambiarse y salió dejando la puerta abierta. No volvió la
vista a Farias. Miró el reloj: la una y media de la tarde. Los resultados de
Blas ya debían estar listos. Puso la llave en la puerta del auto, y de pronto
oyó la voz de Soledad desde la entrada de la morgue. Dejó que el sol de la
tarde acostumbrara sus ojos al reflejo sobre el muro, donde la silueta de ella
era como un maniquí de cera, bello y muerto.
No quería escuchar. No deseaba sentir pasar el tiempo tan rápidamente
que ni sus propios pensamientos, con toda su carga de piedad a cuestas, podrían
alcanzarlo. Pero sus ojos ahora contemplaban con claridad los ojos de Soledad,
que lo habían recibido con su brillo cada mañana. No podría confundir entonces
el mensaje que leía en ellos, igual que había leído la irreprochable y serena
muerte de aquel hombre en el exacto y
lejano lugar designado para su fin. Había sentido ese olor en la tierra
del cadáver, ese aroma que no era aroma, sino un llamado.
-Llamaron de la clínica, doctor.
La cara de Soledad no dejaba lugar a dudas.
EN
1
Ibáñez se sacó los anteojos de marco plateado y fino,
redondos y algo pequeños para su cara ancha y sonrosada, de barba encanecida
que una vez fue pelirroja. Se frotó primero la base de la nariz, recta,
mediana, luego las orejas, donde las patillas de los lentes ajustaban
demasiado, pero eran los únicos anteojos que podía usar todo el día sin que se
le cayeran al inclinar la cabeza sobre el escritorio o la mesa de la morgue.
Encendió un
cigarrillo. La llama del fósforo iluminó los bigotes levemente teñidos de
amarillo por el tabaco, y ensombreció su rostro con las formas confusas de los
dedos. Sus amigos lo vieron parpadear, pero fue inevitable que el brillo de los
ojos se delatara con la luz de la llama. Ni siquiera el punto rojo del
cigarrillo bailoteando frente a su cara logró distraerlos de aquella amargura
que Ibáñez estaba expresando sin querer.
-Por ser tu
cumpleaños, te vamos a dejar fumar tus Benson -dijo Walter, haciendo un guiño a
los demás.
Ellos lo
cargaban por fumar esa marca desde que era joven. Cigarrillos para mujeres, le
decían. Pero él no se enojaba y reía con ellos. Esta vez, sin embargo, fue una
excusa para romper el silencio que se había formado luego de la cena donde los
cuatro, hombres casi viejos y costumbres moderadas, no habían hecho más que
comer y beber muy poco.
La araña
del comedor de Ibáñez no tenía más que dos bombillas funcionando, y desde la
calle entraba el parpadeo de las luces de neón de los negocios de enfrente. La
ventana daba a
Mateo se
acercó a la ventana, que no había dejado de mirar desde que comenzaron a tomar
el café. Suspiró profundo y su aliento
formó un halo opaco en el vidrio. Dibujó algo con el dedo índice de la mano
izquierda, con la que sostenía el cigarrillo. Su amigo Alberto le tocó la
espalda y murmuró algo que Ibáñez interpretó como un ofrecimiento de coñac, o
un aperitivo, tal vez.
-No tengo
ganas de tomar nada, gracias.
-Sinceramente, viejo, este es el cumpleaños más triste que he visto
-dijo Ruiz. -Debimos contratar algunas chicas.
Los otros
sonrieron pero no dijeron nada. Sabían que eso era solamente una broma. Quizá
recordaran todavía las fiestas en la facultad, las noches largas bajo los tubos
fluorescentes en las aulas y las salas de la morgue convertidas en cenáculos de
placeres privados y compartidos con amigos íntimos, nunca menos que íntimos.
Porque sólo ellos podían comprender que alguien brindara por la vida mientras
los cadáveres esperaban en las piletas de formol, escuchando con oídos sordos
el sonido perfecto de una voz de mujer llamando, exigiendo el sentido de la
vida en esos hombres que llevaban libros en lugar de cabezas sobre sus hombros.
Hasta que ya no fue necesario anunciar el cese definitivo de aquellas fiestas,
y los números de las agencias de acompañantes se perdieron para siempre.
Ahora
Ibáñez cumplía cincuenta y siete años, y los demás no estaban demasiado lejos
de esa edad. Walter Márquez, el arquitecto, el doctor Bernardo Ruiz y Alberto
Cisneros, el anestesista. Sólo tres amigos quedaban, y eran suficientes para
escuchar y ver la tristeza en su semblante. Esa marca que resurgía de tanto en
tanto en la cara redonda y siempre impecable de Ibáñez. Y no era porque nunca
hubiese sufrido, sino porque esta vez, la bella mensajera de ojos transparentes,
esa a quien llaman melancolía, y que poco se diferencia de su hermana, la
angustia, estaba mirándolo desde el fondo de esa ventana, e incluso imaginó
verla caminar por la vereda frente al edificio, bajo la lluvia y sin importarle
el tráfico escaso de la una de la mañana.
-¿Querés
que te acompañe a visitar a Blas?
Mateo miró
a Ruiz por un momento. Se frotó los párpados y volvió a colocarse los anteojos.
Dio la espalda a la ventana, tosió, no a causa del tabaco sino como un gesto de
desaire. Se sentó en el sofá de pana que había sido de sus padres. Allí él
reinaba como un viejo y sabio médico, una imagen que le agradaba proyectar,
aunque sabía que estaba lejos de la realidad. El humo casi llenaba la
habitación y apagó el cigarrillo en el cenicero del apoyabrazos. Bajó la tapa
cubierta de la misma tela del sofá, ocultando varias cerillas y cigarrillos a
medio terminar. Tenía por costumbre dejarlos por la mitad, como si se cansara
de un sabor que en un tiempo había encontrado placentero.
-Tenés que
ir alguna vez, aunque él no te reconozca.
-Ya lo sé,
pero no quiero verlo así. No estoy preparado.
Walter se
levantó de la silla junto a la mesa que estaba llena de platos y cubiertos,
servilletas arrugadas y vasos que brillaban con destellos opacos bajo la araña.
-Sos un
boludo, si me permitís que lo diga. Es tu hijo, después de todo, y cosas más
difíciles hiciste por él.
Mateo
levantó la vista y dijo:
-Si no
tenés hijos, no entendés.
Walter se
alejó y volvió a sentarse. Esta vez fue él quien encendió un Jokey Club que no
ofreció a nadie más. Alberto eructó, dejó el vaso de coñac en la mesa y se
rascó la barba espesa y negra a pesar de los años.
-Sos un
hijo de puta-fue lo único que dijo, sin mirar a nadie en particular, solamente
al cielo raso y a esa araña que luchaba con la noche para que ellos no se
extraviaran en las sombras de sus propios cuerpos. Porque él, Mateo Ibáñez,
sabía que los cuerpos son menos que el agua que fluye de una canilla. El agua
recorre cañerías y vuelve al río y luego al mar, pero los cuerpos se hacen
sombra, y en ella el viento se encarga de arrastrar los restos, como esos vientos
de invierno que se escuchan durante la noche, en la seguridad de nuestra cama,
protegidos por mantas junto a una estufa. Pero en la mañana, algo en el paisaje
del mundo ha cambiado, algo ya no está que ayer estaba, y se siente un vacío
tan cortante como el contacto de los dedos congelados con un metal en una
mañana escarchada.
Lo que
creía seguro, había desaparecido irreversiblemente. Su hijo Blas estaba
extraviado en los umbrales de la locura, en un hospital de alienados. Y él
sabía que de esos lugares nunca se vuelve; aunque el cuerpo regrese, la mente
es otra, y es tan fácil confundir la mente con el alma, como hacían lo antiguos
médicos, que la diferencia entre ser y estar se convierte más que en un abismo,
en una distancia sólo comparable a la vida eterna. Paralelas que jamás se
juntarán, por más que se miren una a la otra con extrañeza y desesperación,
como se observa una parte del cuerpo cortada para siempre. Mateo Ibañez sabía
todo eso, así como tenía la certeza de que los cuerpos sólo persisten un tiempo
en el formol, convertidos ya no en cadáveres, sino en preparados anatómicos
para vivir breves vidas eternas, modelos en miniatura de lo que Dios siempre ha
prometido a costos demasiado altos.
Los cuatro
estaban en mangas de camisa. Sólo el arquitecto conservaba puesta la corbata
sobre la camisa azul oscura, la barba bien cortada porque se había afeitado
antes de ir al departamento de Ibáñez. Ruiz estaba arremangado hasta los codos,
la camisa abierta hasta la mitad del pecho; era delgado y de pelo castaño, ojos
marrones en una cara redonda y pequeña como su estatura. Alberto tenía dos
grandes manchas de sudor bajo las axilas de camisa blanca, salida de los
pantalones sucios de ceniza y manchas de vino. Ibáñez se había sacado la
corbata recién ahora, abriendo los tres primeros botones de la camisa de seda
que Blas le había regalado el último cumpleaños. Pero no pensó en esto sino
hasta este instante, entonces se dejó caer en el sofá y metió la cabeza entre
las manos, mientras una mosca sobrevolaba los restos de comida sobre la mesa.
-Desde
hace muchos años que no piso esos hospitales. Me recuerdan a una mujer que
conocí cuando era muy joven. Fue uno de los primeros casos que tuve, y me
cuesta, no soporto en realidad, relacionar a Blas con el recuerdo que tengo de
ella. La creía enterrada para siempre, y cada vez que paso frente a esos sitios
me parece ver la entrada de un cementerio.
-¿Qué caso
fue ese?-preguntó Walter.
-Tenía
veinticinco años, ni siquiera los había conocido a ustedes todavía. Me llamaron
un día de la morgue para hacer la autopsia de un chico de quince años. Yo era
un aprendiz, no había hecho más que dos autopsias en los últimos seis meses. Me
dijeron que era de rutina, porque la forma de muerte era evidente: le habían
dado dos puñaladas en el pecho.
Ibáñez se
apoyó en el respaldo y aspiró profundo. Sus lágrimas, si eso llegaron a ser,
habían desaparecido. Volvió a encender un cigarrillo y arrojó el paquete sobre
la mesa. Se veía ya no triste, sino enojado. Sus ojos celestes brillaban como
dos lagos en el tapiz sonrosado de su cara.
Dijo que
pensó, en aquel tiempo, mientras viajaba en el colectivo hacia la morgue, que
debía tratarse de una pelea callejera. Pero cuando vio el informe, se quedó
sorprendido. Era un chico normal de clase media, y había sido su madre quien lo
había matado con un cuchillo de cocina, después de apuñalar también al padre.
-Un
cuchillo de los grandes, para cortar el asado. Fui hasta la mesa de disección y
lo vi allí desnudo, flaco como todo adolescente de su contextura, con dos
orificios largos y transversales en el pecho, uno debajo del otro, a no más de
cinco centímetros de distancia. Los bordes estaban desparejos, con astillas del
esternón sobresaliendo de la piel. El cuchillo había entrado entre las
costillas, por eso la posición transversal. Dios mío, pensé en ese momento, porque
entonces no tenía experiencia y no imaginaba lo que llegaría a ver más
adelante, esa impronta característica de los humanos, esa marca invisible que
nos hace capaces de todo, absolutamente.
-Demasiado
pesimista para mi gusto, Mateo, ya lo discutimos muchas veces -dijo Walter. -Yo
creo en un único absoluto, Dios, todo lo demás es relativo.
-Yo hago
correspondencias con lo que observo, nada más.
-Tu ciencia
se jacta de no ver con turbiedades, pero tiene un ojo bloqueado por el
escepticismo.
-Lo mismo
que vos sos escéptico para aceptar lo que te incomoda. Si hay alguien en este
mundo que mata a su hijo o a sus padres, vos y yo también somos capaces. No me
desligo de esa posibilidad, y trato de no olvidarla cuando pateo una mesa por
bronca en lugar de agarrar un arma.
-Pero seguí
contando-dijo Ruiz- creo que alguna vez leí del caso.
-Hice la
autopsia, y fue como les conté. El arma entró entre los espacios intercostales
directo al corazón. Fueron dos golpes limpios, y ya con el primero el chico
había muerto. El resto fue papelerío de rutina. Estampé mi firma y sello en el
informe y nos fuimos a almorzar con dos colegas mayores que yo.
Pero esa
tarde, dijo Ibáñez levantándose y caminando alrededor de la mesa, volvió a la
morgue porque había una enfermera que le gustaba y había decidido invitarla a
salir. Habló con ella un rato, la invitó a tomar un té a las cinco y media en
Harrod’s, pero ella tenía que ir a trabajar a un neurosiquiátrico.
-Decidí
acompañarla. Había terminado mi trabajo del día y planeaba pasar la noche con
ella.
-Estabas
más caliente que de costumbre -dijo Ruiz con una sonrisa tan suave que excluía
toda obscenidad.
Los demás
rieron, pero callaron al ver que Mateo tenía una expresión de angustia mezclada
con ira.
-Yo era
virgen en ese entonces-dijo Ibáñez, sin mirar a los ojos a sus amigos.-Era un
joven remilgado tal vez, demasiado tímido también, pero ahora que lo pienso,
desde esa época ya sabía que el sexo es tan fugaz como los momentos que
tardamos en realizarlo. Y la desilusión es mayor al placer cuando en los ojos
del otro no están los restos de piedad y de dolor que sospechamos en los
nuestros.
Cuando
llegaron al hospital, había algunos periodistas de
-Esta idea
quedó flotando por encima de mi cabeza, supongo. Como esas briznas de otoño que
se enganchan en el pelo y uno no se da cuenta hasta que alguien nos avisa. Pero
al llegar al final del pasillo, vi a dos mujeres policía junto a una puerta. En
ese momento salieron dos médicos y un hombre con traje, tal vez un abogado. Fue
suficiente escucharlos hablar un poco para saber que allí estaba la mujer que
había matado a su hijo. Me paré cerca de la escalera, simulando buscar algo en
los bolsillos, y miré de reojo hacia la habitación abierta. Allí estaba ella,
sentada en la cama, con las persianas a medio cerrar y las manos sobre la
falda. Tenía las piernas cruzadas, y me pareció que jugaba con sus dedos, o
quizá tamborileaba con ellos sobre la pollera. No parecía ansiosa ni triste,
tampoco lloraba ni hacía escenas. Poco más logré ver antes de que se cerrara la
puerta. Entonces, cuando los otros dejaron el piso al tomar el ascensor, me di
vuelta hacia una de las guardianas y dije: “Perdón por llegar tarde, soy el doctor Ibáñez, forense”.
Ellas lo miraron
sin expresión casi, y enseguida abrieron la puerta. Ibáñez vio a la mujer
observándolo mientras entraba, quizá algo sorprendida por un segundo. Separó
los labios para decir algo, aunque desistió.
Él se
presentó sin extender la mano ni acercarse a menos de cinco metros de ella.
Ahora que estaba allí dentro, se preguntó por primera vez por qué había actuado
tan impulsivamente. Si era descubierto pasaría vergüenza, se enterarían en su
trabajo e incluso quizá mereciera dos renglones en una columna del diario
matutino. Pero no se detuvo a meditar sobre esto, no tenía tiempo. Más adelante
se diría que el miedo y la curiosidad lo llevaron a ese cuarto, actuando juntos
y coordinadamente, porque no es cierto que uno previene al otro, sino que la
curiosidad es la bisagra del miedo, el resquicio entre la puerta y el marco
para ver la verdad. Más adelante también sabría que otra cosa lo había
arrastrado hasta ese lugar, como manos gruesas nacidas del pasillo y que se
parecían lejanamente a las de la mujer. Sin embargo, cuando presentimos el
arrepentimiento, incipiente e inevitable, cuando quisiéramos largarnos a llorar
como niños en espera de que alguien venga a rescatarnos y decirnos que todo ha
pasado, ya es demasiado tarde.
-La miré a
los ojos, y pensé que ya no podía echarme atrás como cuando era un chico y
salía corriendo cuando algo me avergonzaba demasiado como para enfrentarlo.
Ella se levantó y caminó hasta la ventana. Era una habitación pequeña, con una
cama y dos sillas. El blanco de las sábanas era lo único que contrastaba con su
ropa negra. Llevaba una blusa de hilo y una pollera de seda. Cuando levantó los
brazos para separar las cortinas, su figura se marcó frente a la ventana. La
blusa se pegó a sus senos y pezones, la pollera dejó ver las rodillas y marcó
la forma de las nalgas. Debía tener más de cuarenta años, pensé en ese momento,
después habría de decirme que recién los había cumplido ese año. Era madura, y
hermosa todavía. Tenía las caderas algo anchas, pero sólo lo suficiente para
dejar demostrado que el tiempo no sólo le había dado experiencia, sino belleza.
Su cabello, negro y levemente ondulado en las puntas que rozaba sus hombros. Lo
llevaba suelto, y se sacudió al darse vuelta otra vez.
Siéntese,
doctor, le había dicho ella. Él acercó una de las sillas y ella trajo la otra y
la puso enfrente. Se sentó suave, casi sensualmente, cruzando las piernas.
Ibáñez miró el muslo que se asomaba, y ella lo sorprendió en ese instante. Él
desvió los ojos hacia la ventana y tosió. Parecía un joven inexperto que se
presentaba por primera vez con una prostituta. Pero ella ignoró esto con
sutileza, y preguntó el motivo de la visita. Su tono no era afectado y no
aparentaba estar fingiendo. Tampoco tenía esa mirada ausente de los
esquizofrénicos o los psicópatas, que a pesar de su rigurosa lógica, en algún
momento suelen traicionarse a sí mismos.
“Soy Mateo
Ibáñez, señora, y acabo de hacer la autopsia de su hijo.”
Ella movió
los ojos en un arco que abarcaba el techo y las paredes, frunció los labios y
suspiró, como quien se dispone a repetir por enésima vez el mismo argumento.
“Ya les
dije a todos que no era mi hijo.”
-No había
el más mínimo rasgo de tristeza, no hubo quebrantamiento en su voz ni en sus
ojos, hasta creo que brillaron, quizá excitados por la situación en la que
estaba involucrada. Nunca me negó el asesinato, únicamente las identidades, las
que todos, inclusive yo hasta ese momento, creíamos conocer sin equivocarnos.
2
La primera vez que ellas se encontraron fue una
ocasión confusa para ambas. Ana viajaba en taxi hacia su casa después del
trabajo. Eran las nueve de la noche y se sentía cansada. La primavera estaba
terminando, y el atardecer se había postergado hasta pasadas las ocho. A medida
que el auto iba dejando atrás la zona céntrica de edificios altos, pudo
reconocer en el cielo los colores del crepúsculo que siempre le gustaron tanto.
El viento suave entrando por la ventanilla le dio escalofríos.
Miguel ya
debe haber vuelto de la casa del padre, pensó. Entonces, en el intervalo entre
dos parpadeos, vio aquella figura en el asiento contiguo. Cuando volvió a
mirar, había desaparecido. Se sintió mareada por algunos segundos, pero estaba
segura que el cansancio de sus ojos había provocado esa imagen transitoria.
Olvidó el asunto mientras veía pasar las casas, cada vez más ensombrecidas.
Cuando llegó, las luces de mercurio eran las nuevas dueñas de las calles. Cenó
sola, mirando el reloj de vez en cuando, extrañando la cara de Miguel, que
aunque ya casi no le hablaba, era una compañía. Luego se cambió y comenzó a
quitarse el maquillaje, y frente al espejo recordó de pronto algo muy preciso
de esa figura que creía haber visto fugazmente en el taxi: se trataba de una
mujer de una edad cercana a la suya.
Con el
segundo encuentro comenzó su temor. Esta vez vio todo tan claramente que no
pudo dudar de ello, aunque fuese absurdo concederle un segundo de certeza.
Había terminado de cenar con su hijo, que a diferencia de otras veces estuvo
hablando todo el tiempo del padre, y ella ya estaba cansada de escucharlo. Se
había arrepentido muchas veces de permitir que lo visitara después de la
separación, y ahora había llegado a una etapa en que no se animaba a
prohibírselo por miedo a ponerlo en su contra.
Miguel
encendió el televisor después de la cena,
las voces estridentes desde el aparato la asustaron. Fue en ese
instante, tal vez más extenso que la vez anterior, cuando vio de nuevo a esa
figura. Sin saber cuánto tiempo había pasado mirándola, gritó. Miguel se dio
vuelta, y ella intentó ocultar la inquietud que le había producido esa imagen
tan semejante a sí misma, no en la pantalla del aparato, sino junto a él, a su
hijo. La vio parada mirándolos a ambos, con la misma forma de su cuerpo, pero
con otra cara que más tarde no pudo recordar con precisión. Ni siquiera estaba
segura de qué tipo de rasgos la formaban, sólo que era fea, aunque no supo
explicarse por qué. Tuvo incluso la sensación de que su propia voz había sonado
diferente al gritar. Se levantó y pasó junto a Miguel sin mirarlo, hacia su
habitación, escuchando las voces y la música que habían vuelto a absorber la
atención de su hijo.
Durante
dos semanas nada parecido volvió a pasar. Casi había olvidado aquellos
episodios. Una mañana decidió arreglarse un poco más, quería verse distinta de algún
modo, por más que fuese pueril intentarlo. Iba a cambiarse el color del pelo y
el peinado. Sabía, sin embargo, que a su hijo no iba a agradarle. No recordaba
desde cuándo el chico había comenzado a hablar y decir las mismas cosas que su
padre.
Al volver
de la peluquería él no estaba, y fue a acostarse. Mientras se desvestía frente
al espejo del baño, pensó en las posibles críticas de Miguel, en la manera
brusca que tenía para decir las cosas más inocentes, y era casi como continuar
viviendo con su marido. Ellos se parecían tanto, que casi no era posible
diferenciar sus voces por teléfono. Los gestos y ademanes que alguna vez la
hicieron enamorarse de su esposo y que había llegado a odiar años después,
ahora estaban también en su hijo. Se le ocurrió que si Miguel no hubiese
nacido, su cuerpo no habría sufrido ni se hubiese deformado de esa manera,
porque desde el embarazo no había podido recuperar la estrechez de su cintura
ni la forma original de sus senos. Había entregado su juventud por su hijo, el
cuerpo y la belleza que sabía eran el único consuelo frente a la insatisfacción
del amor. Había dado años y llanto por el padre, y lo único que recibía eran
críticas y soledad.
3
-Ella dejó de hablar, bajó la mirada, se arregló la
blusa y se arremangó. Parecía incómoda con su propio cuerpo. No se veía
acalorada, pero su frente estaba sudando. Se levantó y abrió un poco la ventana
tras la cual las rejas eran el solo signo que marcaba el sitio donde estábamos.
Ibáñez miró
el reloj. Había pasado casi una hora sin darse cuenta, debía irse pronto. Dio
un vistazo a la puerta, como esperando que fuese a abrirse de un momento a
otro.
“Tengo que
irme, señora.”
“Llámeme
Moira”, dijo ella.
Mateo no
comprendió. Estaba seguro de que le habían dicho que se llamaba Ana, y ella
misma pronunció ese nombre en el relato. De pronto sintió más vergüenza que al
entrar, tenía que salir de allí antes que alguien se diese cuenta. Se dijo que
tenía derecho a hacer esa visita siendo el forense de la víctima, pero él sabía
que eran excusas, no motivos justificados. La verdad a medias es únicamente
mentira, se dijo. Caminó hacia la puerta y tocó el picaporte, pensando que no
había hecho la pregunta que hasta allí lo había arrastrado, el por qué, la
razón, la causa y objetivo de matar a alguien, si ese alguien además ha sido
engendrado por uno mismo. Salió pensando en quién estaría esperando en el
pasillo, olvidando ya de saludar a la mujer que dejaba atrás. Volvía a ser el
doctor Ibáñez, alto y de pelo castaño rojizo, de barba recortada y traje gris.
Sólo quedaba una oficial en la puerta. Saludó y bajó las escaleras. Olvidó a la
enfermera que quizá lo esperaba, y se encontró en la calle con la claridad cegadora
que sin embargo siempre ocultaba la verdad. Pensó en el relato de la mujer, en
las alucinaciones que tal vez fuesen el principio de todo aquel drama. Nunca
volvería allí, no era su trabajo, insistió en convencerse mientras caminaba
hacia su casa.
4
-Pero me imagino que volviste a verla al otro día
-dijo Ruiz.
-Sí, y me
pasé toda la noche pensando en ella. No pude dejar de imaginarla desnuda,
porque el negro de su ropa no hacía más que mostrarla tal como era. Me sentí un
desgraciado por pensar así cuando era yo quien había puesto las manos en el
cuerpo del hijo que ella había matado a sangre fría. Traté de dormir, pero me
fue imposible. No tuve más remedio que desahogarme contra las sábanas. Recién a
la madrugada concilié el sueño. A la tarde siguiente, fui hasta el hospital. Me
presenté con los psiquiatras que la trataban y me recibieron con cordialidad.
Iban a tenerla internada una semana para estudiarla. Después me dejaron solo y
caminé por los pasillos, haciendo tiempo hasta las tres de la tarde.
A esa hora
el hospital parecía muerto. El sol entraba como un sedante por las ventanas
cuadriculadas de hierro. Un sol cortado en dosis exactas para cada enferma,
cada médico y enfermera o personal de aquel lugar. Una luz que adormecía las
paredes y cerraba los ojos dibujados en los revoques rotos y en las manchas del
techo. Las camas eran una extensión del cuerpo, y la mente se hundía en los
colchones para formar parte de la languidez de la tarde, donde hasta las
bocinas de la calle y los ruidos del patio se convertían en senderos de plumas
para transportar la conciencia hacia abajo, lentamente, y perderse en el
olvido.
-Era como
si la nada se hiciera cargo del hospital a esa hora, y en tal anonimato llegué
a la puerta de la habitación. La oficial estaba dormida en la silla. Abrí la
puerta y entré. La mujer estaba acostada, con la misma ropa, sobre la cama aún
sin hacer entre las sombras del cuarto. Iba a irme cuando noté que tenía los
ojos abiertos. Doctor Ibáñez, siéntese, me dijo, dando golpecitos sobre la cama
con la mano.
Mateo se
acercó y miró la ventana.
“No abra,
por favor, me duele la cabeza”. Ella le agarró una mano y lo hizo sentarse a un
lado en el colchón. No se levantó, sólo un poco la cabeza para colocar otra
almohada. Ibáñez se estremeció al sentir
su contacto.
“Lo picó la
curiosidad, ¿no es cierto, o es sólo profesionalismo? Es raro que un carnicero
como usted se interese en las cosas de la mente”.
Ibáñez se dio cuenta que aquello era cierto.
Esa mujer, con sólo verlo, lo había comprendido mejor que él a ella con todo su
relato de una hora. Él era eso, un carnicero curioso y excitado por la carne
que se ponía a su disposición: carne muerta. Pero mejor era la carne viva que
allí estaba tendida, capaz de provocarle escalofríos con solo tocarlo.
5
Entonces la extraña figura apareció otra vez, no en el
espejo sino a su lado. Se estaba viendo a sí misma, con asombro y perplejidad,
sonriendo de la manera reconocible en que siempre lo había hecho. Le era
tangible la sensación de que no habitaba su cuerpo, y sus sentidos recibían
estímulos externos. Era como si formara parte de otro cuerpo. Pero lo más
inquietante fue descubrir, saber en realidad como se sabe lo que conocemos
desde antes de la memoria, que en ese momento ella se llamaba Moira, que no tenía
hijos ni estaba casada. Una mujer que se creía fea y sin atractivos, y que
pocos años antes había engordado sin motivo. Ana estaba en un cuerpo habitado
por una especie de sabor amargo y de repulsión eléctrica. Moira tenía los
miembros tensos e inquietos, no dejaba de mover cosas de un lugar a otro de una
casa que Ana no reconoció, pobre y de mal gusto, donde la luz de la calle
entraba cargada de humedad y smog. La habitación estaba llena de objetos y
adornos de toda clase, puestos uno junto al otro sin armonía de tamaños o
colores. Había muebles toscos y sin lustre, cubiertos de polvo. Creyó ver una
alfombra y una puerta abierta que conducía a un baño, entrevió una toalla de
dibujos obscenos. Pero algo la atraía, sin embargo, la certeza de que esa casa solo
podía pertenecer a Moira, donde nadie más que ella decidiría quién iba a entrar
ni con qué objetos debía adornarla.
Pero todo
se detuvo de pronto. Ana estaba nuevamente en su departamento, y una calidez
extrema vino de sus cosas familiares. Ya no pudo pensar si era locura o algo
más parecido a la muerte. Sintiéndose agotada, fue a su habitación y cayó en la
cama sin sentido.
6
La mujer tocó
el muslo de Ibáñez. Ella tenía ahora los párpados cerrados, como las persianas
de ese cuarto, capaces de ocultar la luz del sol y los secretos tras los ojos.
Por eso su voz sonaba hueca a veces, sin expresión, casi como una cronista y no
una protagonista de su relato. Pero la mano sí temblaba, o simulaba un temblor
que a Ibáñez le pareció verdadero. La mano subió hasta su entrepierna y él
sintió el comienzo de una erección. Se levantó enseguida y retrocedió hasta la
puerta, mirando el picaporte sin llaves. No, se dijo él, no puedo hacerlo, no
debo.
Ella abrió
los ojos.
-Estoy sola
hace mucho tiempo-y su voz sonó quebrada entre las sombras.
Algunos
rayos del sol entraban por las rendijas de la persiana y formaban pecas
amarillas sobre la ropa y las sábanas. Parecía la placa negativa de la foto de
un tigre.
-No puedo,
señora.
-Ya te dije
que me llames Moira.
-Disculpe,
pero creo que ya no debo volver. Espero lo mejor para usted. Buenas tardes.
Cuando
salió al pasillo, no había nadie, pero vio que una de las policías subía la
escalera con una taza de café humeante.
-¿Listo por
hoy, doctor?-le preguntó.
-Sí-se
limitó a decir Ibáñez, que esperaba no se notara el sudor en su frente y el
brillo de sus ojos frente a la luz intensa del pasillo.
Bajó las
escaleras y caminó a su casa. Había olvidado completamente que tenía
compromisos para esa tarde, un consultorio que ya no deseaba atender y dos
visitas en el hospital.
7
Mateo fue hasta la cocina y trajo una botella de vino
fino. La descorchó y sus amigos lo miraron en silencio. Walter seguía fumando,
los otros dos fueron a buscar algo de comer.
Ruiz
regresó y palmeó la espalda de Ibáñez.
-Esta noche
es la noche de las equivocaciones, amigo mío. Confesaremos nuestros errores
hasta la madrugada. Es la única forma de conocer la causa del fracaso.
-Pero el
error es origen de la verdad. Nos equivocamos porque sólo queremos ver
claramente aún con los lentes sucios.
-A veces no
hay paños limpios a mano, y casi siempre tenemos las manos sucias-dijo Alberto.
-¿Entonces
qué hacer? ¿Caerse continuamente en la oscuridad, quizá matar al que tenemos al
lado, porque no lo vimos?
Mateo
sirvió las copas y levantó la suya. Ofreció otro brindis por su cumpleaños:
-Cada
tantos años enterramos a alguien ¿no es cierto? En ocasiones a nuestro yo
anterior, que no volverá aunque lo llamemos a gritos, e incluso desaparece del
recuerdo como un hijo ingrato.
Se sentó en
el sofá y eructó.
-Voy a
seguir contando antes de que esté demasiado borracho para hablar con
coherencia. La noche después de mi segunda visita intenté distraer el insomnio,
que veía venirme encima como una manada de elefantes. Quería leer cualquier
cosa que no fuese sobre medicina. Estaba harto de los hospitales, a pesar de
estar recién recibido, y me sentía confundido por mi pretensión ya no de curar,
sino de entender siquiera el objeto de mis estudios. Pero a las doce de la noche
saqué de un estante casi por azar, si debo llamar de alguna forma a los
movimientos más triviales, hasta esos que nos hacen elegir el bien o el mal, un
libro del que ya no recuerdo el nombre. Me puse a hojear las páginas, leyendo
el comienzo de cada una para ver si me interesaba. La luz de la mesita junto a
la cama alumbraba y calentaba el dorso de mi mano derecha. El techo continuaba
negro como la noche de afuera. Los motores de los autos en la calle se fueron
pareciendo a rugidos de animales que pelean. Entonces leí por primera vez en mi
vida sobre las sefirot, esas cábalas que definen el destino del hombre, pero
que cada uno es libre de tomar o dejar. Sin embargo, ¿ es posible elegir si la
misma posibilidad de elección ya es algo convenido?
Eran las
tres de la mañana. Mateo había cerrado el libro y apagado la luz. Esta vez
durmió, pero en su sueño aparecieron Moira y Ana. Las dos le hablaban al mismo
tiempo, las dos le acariciaban el pelo y le besaban el pecho. Una lengua era
suave, la otra áspera. Una lo mordía y otra lamía el vello de su cuerpo. Ibáñez
no se despertó hasta las diez, cuando los pliegues de la sábana le lastimaban
la piel y la garganta seca le pedía algo de beber. Tomó un café e hizo unas
llamadas para cancelar citas. Estaba enfermo, con gripe, dio como excusa. Y la
verdad era que se sentía así, afiebrado, quizá obnubilado por un halo de
incongruencias y ensoñaciones. Si así iban a ser todas las mujeres por las que
sentiría atracción, no iría a vivir mucho tiempo, pensó, mientras miraba por la
ventana con la taza de café en una mano y el plato en la otra, el tráfico de
colectivos y coches, tan inocentes e inofensivos comparados con la humanidad.
Dejó pasar
la mañana sin vestirse. Contempló desde la cocina la parte de su dormitorio que
se veía por la puerta entreabierta. Las sábanas colgaban de los bordes de la
cama, allí donde había dormido un hombre solo, la almohada y la frazada
apiladas sobre el colchón, medias sueltas y
un calzoncillo olvidado en el piso. Entonces Mateo se sintió más solo
que en toda su vida, tanto como nunca lo había estado antes, porque carecía de
amigos íntimos, porque no tenía mujer, porque ni siquiera un perro lo acompañaba,
ni la radio sonaba con la música de Beethoven o el pronóstico del tiempo.
Únicamente la claridad metálica de la mañana, el ruido acolchonado de los
motores y el silencio abrumador de su tristeza. Y se preguntó por qué recién
hoy se daba cuenta.
Aunque
fuese una asesina, ella era una mujer al fin de cuentas, diferente a las otras,
quizá destinada a él por motivos que no estaban a su alcance. No era amor, se
dijo, tal vez obsesión, o la excitación que dura unos pocos días y necesita,
imperiosamente, ser satisfecha. Ningún ritual solitario ni reemplazar el objeto
deseado por otro equivaldría a lo mismo, no hasta que ella estuviese contra su
cuerpo y sintiera sobre su piel las formas de ella anunciadas bajo la ropa.
Dios mío,
se dijo Ibáñez en voz alta, con sorpresa y desamparo al mismo tiempo. Alegría y
desesperación en la misma frase que
clamaba por quien él no confiaba del todo, porque no sabía decir si no estaría
hablándole al vacío, tan parecido al que habitaba ese cuarto.
A las dos
de la tarde se vistió y fue al hospital. Encontró la misma calma que solía
haber en las tardes, pero cuando subió las escaleras, cuatro médicos salían de
la habitación de Ana. Dos eran conocidos que lo saludaron mientras continuaban
hablando. Desde adentro se escucharon un par de gritos, luego las guardias
salieron y se pararon a cada lado de la puerta.
Ibáñez
recorrió el pasillo hasta asegurarse que los demás habían bajado. Regresó y vio
que no eran las mismas vigilantes de la vez anterior.
-Soy el
doctor Ibáñez, y trato a la señora-dijo él. No fue su intención dar una
interpretación distinta a sus palabras, pero las policías debieron entender que
se trataba de un psiquiatra y lo dejaron pasar.
Ana estaba
llorando con la cara contra la almohada, mientras su espalda se movía con
gemidos. Le habían sacado la ropa y tenía un camisón blanco de hospital. Él se
acercó y la tocó, ella se dio vuelta sin brusquedad.
-No sabés
lo que me hicieron, me pusieron aparatos en las muñecas y en la cabeza, sentí
como electricidad recorriéndome el cuerpo. ¡Fue horrible!
Ella se
abrazó a la cintura de Ibáñez, la cabeza contra su pelvis, las manos enlazadas
en la espalda. Lloraba, y sus lágrimas mojaban la camisa y el pantalón. Ibáñez
trató se separarla, pero no pudo o no quiso, entonces empezó a acariciarle la
cabeza. Parecía tan vulnerable como una niña a la que han castigado
excesivamente por motivos triviales. Su pelo despedía un olor a desinfectantes,
a algodones con agua oxigenada. Era bello estar así, pensó Mateo, solo con una
mujer que lo necesitaba tanto como necesitaba el aire, sentada a sus pies y
abrazándolo como a un dios, en una habitación en penumbras y lejos del mundo
que presentía allá fuera como algo prescindible.
Pero ella
entonces colocó la boca sobre su entrepierna. Mateo no se sorprendió, el
contacto de su cara ya había comenzado a excitarlo. Miró la puerta, se separó
de Ana y trabó una silla contra el picaporte. Volvió con ella y la abrazó.
Ambos se tendieron sobre la cama, él levantándole el camisón, ella abriendo los
botones de la camisa. No se desnudaron del todo, sólo se habían sacado lo
necesario para sentir que el cuerpo de uno era el cuerpo del otro.
Ella gemía
con un susurro en sus oídos. Le lamía y mordía los lóbulos de las orejas,
apretaba las uñas sobre la espalda de Mateo. Él la besaba con desesperación,
como si toda la experiencia humana se hubiese filtrado a través de la
intrincada trama de su conciencia para ayudarlo a disfrutar de lo que no
volvería a repetirse.
“Moira”,
murmuró él. Y ella rió al escuchar que pronunciaba su verdadero nombre por
primera vez. “Moira”, repitió varias veces hasta que su jadeo llegó adonde el
corazón humano es capaz de soportar, y luego fue calmando lentamente el ritmo
de sus latidos. Volvió a decir su nombre mientras seguía respirando sobre ella
y sintiendo la humedad de los cuerpos que los unía como si estuviesen bajo el
agua.
-Dijiste mi
nombre siete veces-dijo ella.
Ibáñez se
apartó, de pronto, cuando pensó en el libro que había leído la noche anterior.
Era esa la tercera vez que la visitaba, y había dicho ese nombre siete veces.
Números en los que él nunca había creído y que ahora se presentaban como
cábalas. La miró de costado. De algún modo ella había rejuvenecido, o por lo
menos así le pareció.
-Hacía
tanto tiempo que estaba sola. Ana tenía todo lo que yo quería. Belleza, un
esposo y un hijo. Un gusto exquisito en la elección de su ropa y cosas para la
casa. Hubo veces que pensé que yo también merecía tenerlas, después me resigné
a que sólo podría conseguirlas robándoselas. Pero la barrera que nos separaba
era casi imposible de romper. Y la ira que nació al darme cuenta, fue el
cuchillo que desgarró la tela y abrió el espacio que me hizo ver la vida de Ana
como en un microscopio, al alcance de mis manos. Pero las cosas que yo tocaba
se rompían, entonces me dije: si no puedo tenerlas, ella tampoco.
8
Habían pasado dos meses desde el último encuentro, y
Ana terminó por aceptar que todo había sido una crisis pasajera. Pero cuando
esa visión volvió a sorprenderla una mañana al despertar en su cama, como si
toda su vida pasada hubiese sido nada más que un sueño, no se sintió demasiado
sorprendida. Ahora habitaba el cuerpo de Moira, y supo que era una mujer llena
de recuerdos trágicos, de resentimientos que le provocaban dolores en la
espalda y la sensación de haber dormido con las manos y las piernas atadas.
Aunque no pudo comprender al principio la estética extraña de ese mundo, era
indudable el sentimiento desbordante de furor en el cuerpo de Moira.
La nueva
experiencia la atrapó en la confitería en la que almorzaba. Había aprendido a
estar más atenta durante aquellos estados, y se dio cuenta de que Moira también
estaba asustada. Ambas se miraban una en el cuerpo de la otra, como si
estuviesen sentadas en mesas contiguas del mismo comedor. Ana miró el espejo a
tres metros de distancia, que aparentaba ampliar el local al doble. Allí estaba
Moira, obesa en las caderas, de cabello pelirrojo teñido y desprolijo, con
mechones que colgaban de la nuca y la frente con equívoca intención de
elegancia. Se había maquillado de manera excesiva, con rouge intenso, carmín en
las mejillas y azul en los párpados. La cara era obtusa y de expresión
furibunda, grotesca cada vez que abría los labios para comer una porción de tarta y beber un vaso de vino
barato. Entonces Ana sintió en la boca el agrio sabor del vino viejo. Miró su
propio plato y vio la tarta, luego levantó la vista otra vez al espejo. Moira
la estaba observando. Los ojos fijos de cada una en el rostro de la otra. Ana
movió los labios para hablar, y Moira hizo lo mismo, exactamente, y ya no tuvo
dudas al respecto, aunque un vértigo la amenazara con hacerla desmayar allí
mismo, en medio de gente que parecía existir más en los espejos que en la
realidad. Los mozos pasaban sin percibir la incongruencia, la tez pálida en la
cara rubicunda, las manos temblorosas cuyas pulseras bailaban y sonaban sin
llamar la atención de los demás. Ella se estaba mirando a sí misma, no a Ana,
sino a Moira, pero ella seguía pensando como Ana, mientras el sentimiento de
furia comenzaba a invadirla como desde un piso embarrado. Era algo parecido a
un intercambio de espacios raramente entrelazados, se dijo. Un lazo intemporal
tal vez, porque cuando ambas miraron el reloj de la pared, notaron que el
tiempo no transcurría. Fue por eso que nadie a su alrededor descubrió las
muecas grotescas y dolorosas que Moira hizo con el rostro de Ana, burlándose de
ella desde el fondo del salón. Allí estaba su propio cuerpo, junto a la puerta
del toilette, en una posición de mal gusto que ella nunca hubiese adoptado. Era
grotesco verse a sí misma actuando como una borracha en un salón elegante,
expuesta a las miradas reprobatorias de los otros. Nunca nadie había hablado
mal de ella, nadie se había avergonzado de estar a su lado, excepto su marido y
su hijo. La angustia de Ana se perfiló en el rostro de Moira. Le habría gustado
lastimarla ahora que estaba en su cuerpo, y sin embargo, a la vez se dio cuenta
que el cuerpo de Moira era un refugio y un disfraz, como el que utiliza quien
quiere escapar sin ser reconocido, o está dispuesto a cumplir sus deseos no
confesados con el nombre y la cara de otro.
Cuando todo
terminó, su propio cuerpo estaba dolorido y cansado, y Ana se dio cuenta de la
vulnerabilidad que había expuesto. La otra estaba al tanto de su vida y de su
familia, pero ella no había podido descubrir más que un estado de inabordable
soledad y desesperación permanente en el cuerpo de Moira. Intentó recordar
dónde había visto esa cara antes. Quizá en las calles del barrio, o el
supermercado, pero era imposible saberlo. Tantas personas con las que uno
apenas cruza una mirada o un roce de la ropa, pueden convertirse en pesadillas.
En los
siguientes encuentros establecieron una especie de lucha en la que cada una
intentó dañar el cuerpo de la otra. Ana se sentía agotada después, y más
irritable que de costumbre. Un día al regresar del trabajo, encontró a Miguel y
al padre conversando en la cocina. Intentó evitar la discusión habitual con su
marido, pero le fue imposible pasar por alto su carácter pasivo y sin
ambiciones. Él siempre había insistido en ser diferente a lo que Ana quería, la
escuchaba pero nunca le había hecho caso cuando ella hablaba de buscar la
extrema calidad de vida que pensaba debía obtenerse. La idea invariable de
mediocridad era la definición de su marido, con una serena y hasta raramente
feliz falta de ambición, pero mediocridad al fin.
Esa noche
pelearon porque no le había avisado de su visita. Miguel se encerró en su
cuarto, enojado, y su esposo se fue. Ana estaba resentida hacia el chico porque
él no era capaz de ver la diferencia entre ellos. Miguel se había transformado
en un hombre casi tan lamentable como su padre.
Los
encuentros con Moira continuaron para convertirse en una costumbre. Moira le
hablaba despectivamente, insinuando que su esposo y su hijo estaban conspirando
en su contra. Ana intentaba no escucharla, pero ya había agotado los escasos
recursos que conocía para hacerla callar. Moira se burlaba de su debilidad.
“Tu marido
va a llevarse a Miguel para siempre”, le decía, llamándola estúpida.
Ahora los
encuentros sucedían en cualquier momento y lugar, duraban tanto como un vértigo
y regresaba de ellos mareada y confundida, insegura de su nombre. Escuchaba
voces, a veces el sonido de una radio distorsionada que transmitía la música
estridente que a Moira le gustaba. Entonces iba en busca de un espejo o una
ventana para asegurarse dónde estaba, no el lugar de su cuerpo en el espacio,
sino en cuál cuerpo.
Una semana
después, regresaba a casa y se miró al espejo junto a la puerta mientras
cerraba. Por un momento creyó ver a Moira . Enseguida escuchó las voces de
Miguel y su padre, que había regresado otra vez sin pedirle permiso. Ellos
reían y sus voces sonaban felices por encima del sonido de la televisión. Pero
Ana sintió pánico porque esta vez Moira se había aferrado a su cuerpo con más
fuerza que la habitual. Hizo esfuerzos por hablarle, pero Moira no le hizo
caso. Fue hacia la cocina mirando el reloj,
que esta vez no se había detenido. De alguna forma Moira había hallado la
perpendicular en la que sus caminos iban a confluir tarde o temprano, como en
una esquina de una ciudad muerta. Tan cerca siempre, que no había sabido verla.
Ella debía haber planeado todo aquello para que sus vidas fuesen iguales: para
anular la diferencia era necesario quitar.
Llegó a la
cocina y le pidió a Miguel que saliera.
-¿Me hacés
el favor de ir a pagarle al taxista, querido?
Cuando
estuvo sola con el marido de Ana, abrió un cajón de la cocina y sacó un
cuchillo. Él seguía mirando la televisión, dispuesto como era habitual a callar
para no discutir. Moira se acercó por detrás y lo apuñaló en la espalda.
Ana creyó
por un momento dominar de vuelta su propio cuerpo. Al ver los ojos de Miguel
mirándola con el arma en la mano, supo que se había equivocado.
Después ya
no le resultó extraño el deseo de matar también al chico al verlo acorralado,
gritando:
-¡No, mamá,
por favor!
Pero ella
le exigió llamarla con el nombre que todos deberían utilizar desde entonces.
-¡Me llamo
Moira!- dijo, clavándole el cuchillo en el pecho dos veces. -¡Mi nombre es Moira!
9
Al terminar de escucharla, Ibáñez se levantó de la
cama y se abrochó el pantalón y la camisa. Sus manos temblaban y confundían los
botones. Miraba a Moira como si de un momento a otro fuese a atacarlo, porque
ella seguía acostada boca arriba, desnuda, moviendo los brazos en vaivén como
si tuviese un puñal en cada mano, golpeándose los muslos. Pero no gritaba, sólo
murmuraba su nombre continuamente.
“Dios mío”
pensó él, “¿qué hice?” Se miró las manos y se restregó la cara. Escupió para
quitarse el sabor y la saliva de Moira. Era un engendro de hombre, se dijo, un
monstruo más horrible que el que estaba sobre la cama, que al fin de cuentas
seguía siendo tan hermoso como todo lo terrible y lo definitivo.
10
Ibáñez estaba rodeado por sus tres amigos. Él sentado
en el centro del comedor, ellos parados a poca distancia. Habían dejado sus
vasos en la mesa, y lo escuchaban uno con las manos en los bolsillos, otro con
los brazos cruzados, el tercero jugando con su barba.
-Tuve
ganas de matarla. Me tiré sobre ella y puse las manos en su cuello. Pero
entonces me miró de una forma distinta. Esta vez había tristeza, y entonces
comprendí que quien me miraba no era Moira. Pero tampoco era una mirada
inocente, ni siquiera dulce, sino llena de espanto por lo que había pasado,
quizá por lo que había permitido que pasara. El rencor y la furia abren caminos
y desgarran los velos de las sombras ignorantes. A veces los deseos que esconde
la virtud en la noche son tan deformes como los que grita la maldad a pleno
día.
-Pero
Mateo, no me vas a decir que creés en las cábalas, que Gebura y Tifferet
estaban en esas mujeres- dijo Ruiz.
Ibáñez
levantó la vista hacia su amigo. Tenía lágrimas que no intentó ocultar, y una
expresión de reproche que Ruiz no olvidaría.
-¿No
entendiste nada de lo que dije? ¿Ninguno entendió una mierda de lo que acabo de
decir? ¿No se dan cuenta de que no eran la buena y la mala, sino una sola?
Ambas eran Gebura.
Ninguno de
los tres había visto a Mateo Ibáñez hablar de esa forma. Lo conocían desde
hacía más de veinte años como un escéptico. Ibáñez siempre había dudado de
todo, incluso de la sospechosa simplicidad de los hechos.
-Pero Mateo
-dijo Walter, poniendo una mano en su hombro-Nnca nos dijiste que creías en
estas cosas.
-No creo.
Soy médico, como lo era en esa época, y les conté lo que vi así como escribo
mis informes desde que tengo memoria, con total sinceridad.
Se restregó
la cara y miró el reloj de pared. Eran las tres y media. El aroma del vino
volaba encerrado en el comedor. Fue a abrir una ventana y el aire fresco de la
noche movió las cortinas. Las cenizas volaron pero las colillas resistieron en
los ceniceros.
-Creo que
ya es tiempo de irse a dormir. Si quieren pasar la noche acá, les traigo unas
frazadas y puede tirarse en la alfombra del living.
Ellos
asintieron. Mañana sería feriado y podrían levantarse más tarde. Ibáñez fue
hasta su dormitorio y revolvió en la parte superior del armario. No sé por qué
les conté todo eso, no me entendieron, pensó
Cómo iban a comprender la forma en que lo peor de cada uno brota como el
maíz en pleno campo y bajo el más espléndido sol del año. Que el mal puede
recogerse como la mejor y más abundante cosecha de la vida, tanto que nuestras
manos no dan abasto y las parvas nos ocultan la vista mientras recorremos el
sendero hacia los silos. Y las semillas quedan en las uñas, y sembramos muerte
en cada surco arado, hasta que el campo que contemplamos orgullosos es un
sembradío de frutos verdes y sin sabor, de hojas anchas pero duras como el
cuero, y son plantas que nunca mueren.
Miró el
retrato de Blas sobre su mesa de luz. Una foto de cuando era pequeño y había
salido indemne del transplante. Su sonrisa era la misma de cuando el chico se
había recibido de médico, posando junto al padre en una fotografía de tres años
atrás. Pero ésta la había roto, porque no quería recordar que su hijo había
dejado morir a un paciente. Mateo Ibáñez, eminencia forense, no perdonaba la
negligencia. El doctor Ibáñez tenía el suficiente orgullo para no tolerar en su
familia a los locos y asesinos.
Volvió al
comedor y tiró al suelo las frazadas que había cargado como fardos, como parvas
de maíz.
-Aquí
tienen, muchachos. Si quieren usar el baño, no me lo dejen sucio, por favor.
Buenas noches.
-Mateo-dijo
Alberto- ¿Qué pasó con la mujer?
-Me dijeron
que se mató en el hospital diez años después. Trataron su esquizofrenia pero
nunca mostró mejoría. Algunos la
escucharon simular voces cuando estaba sola. Bueno, ya estoy cansado de hablar
de esto. Además, mañana tengo que levantarme temprano para ir a lo de Blas.
Ellos se
miraron extrañados.
-Sé lo que
dije antes, pero ya no puedo sostenerlo después de esta noche.
Se fue a su
cuarto, abrió las ventanas y apagó las luces. El olor a cigarrillo y a vino
inundó la almohada y las sábanas. Sabía que no lograría dormir, pero ya no
quería seguir viendo las caras de compasión de sus amigos. Ese era también su
carácter, el aislamiento ante lo que sabía de antemano un fracaso.
Un mosquito
se posó en su mano derecha sobre la almohada. La mano que exploraba y leía en
los cuerpos, así como sus ojos hoy leían en la noche del barrio y sus oídos
adivinaban el origen de los ruidos de la calle.
Las mismas manos que encontraban la verdad en los cuerpos muertos habían
perdido su belleza y todo derecho de expiación una tarde de muchos, demasiados
años antes. Porque no hay redención para quien después de tocar el cadáver
virgen de un muchacho, toca el cuerpo de las sombras sin nombre.
A
DÓNDE VAN LAS ALMAS DE LOS NIÑOS
1
Hay alguien aquí
conmigo. Lo siento respirar con un aliento que no parece, sin embargo, ser el
aliento de un ser humano. No quiero abrir los ojos todavía, y sé también que
aunque quisiera no podría hacerlo. Prefiero adormecerme en la memoria que llega
como olas embistiendo la playa sin dejarme avanzar. Como si las olas fueran
piadosas advertencias, las últimas palabras antes del mar profundo.
Recuerdo haber estado escuchando la
discusión de mamá y papá durante todo el día. Después del almuerzo ella comenzó
a levantar los platos de la mesa, mientras recriminaba a mi padre las cosas
hechas y las que nunca terminaba de hacer. Siempre era igual. Me despertaba con
la voz de mamá hablando en la cocina mientras tomaban mate, y la voz de mi
padre, parsimoniosa y sombría, contestando con monosílabos. Al principio creía
que se trataba de sueños, porque la voz de ella tenía la virtud exasperante de
la monotonía. Esa tensa cuerda del sonido que nos mantiene en el umbral de lo
conciente, esa voz que no permite que vayamos a ningún lado hasta terminar de
oírla, como el hilo de Ariadna pero con un nudo que ni los dioses podrían
desatar.
Papá aguantó toda la tarde. Luego protestó
él también, levantó la voz varias veces e insultó a mamá otras tantas. Pero
ella era fría como el hielo. Lloraba muy seguido, pero sólo logró lo que al
pastor del viejo cuento infantil que daba avisos falsos sobre el lobo: cuando
realmente sucedía, ya nadie le hacía caso. Salía de casa golpeando las puertas,
y me hacía acompañarla como si yo fuese su escudo, incluso a veces me acostaba
a su lado en la cama matrimonial para que papá no la molestara. Y en la oscuridad
yo escuchaba sus protestas contra él como si intentase sembrar en mí la semilla
de un odio que quizá ni ella sentía, pero que creería su deber cosechar en mi
persona años después.
Ayer domingo a la noche papá se fue de
casa. No lo vi salir, sólo oí el motor del auto. Volvería poco después, pensé.
No podía imaginar siquiera su ausencia por más de un día, no era posible según
las reglas que habían gobernado mi vida hasta entonces, la familia y la casa,
ambas formando un entramado tan estable en que no existían roturas o
desgarrones que no pudiesen ser cosidos, aunque dejasen marcas o rugosidades, que
al fin de cuentas también constituyen recuerdos. Esto lo puedo comprender muy
bien. Porque tengo doce años, y miro atrás mi vida, que choca contra mí como si
yo fuese un auto que ha frenado abrúptamente.
2
Ruiz levantó la
vista del suelo. El sudor le caía por la frente y la cara, corría por el cuello
y mojaba su camisa. Tenía el cuero de los mocasines manchados de sangre y las
suelas llenas de barro. Le pesaban al despegarlas de la tierra irregular
alrededor de las vías. Casi no había asfalto en cien metros cuadrados, sólo en
el paso a nivel un pavimento de más de veinte años, maltrecho y roto por el
tránsito incesante de camiones y colectivos.
El tren estaba detenido en el medio. La
locomotora a más de doscientos metros, lo más cerca que había podido frenar, la
cola al final de quizá otros diez o quince vagones. Ruiz escuchaba lo que
sucedía del otro lado. Los autobombas, los patrulleros de la policía de la
provincia, los autos que llegaban y eran desviados, los gritos de los
familiares, las bocinas, el zumbido de las grúas que recién ahora arribaban.
Habían estado dos horas buscando
sobrevivientes. Él se hallaba a más de veinte metros del tren, y aún allí
seguían encontrando ropa de niños, mocasines escolares, restos de guardapolvos.
Pero lo que él buscaba eran cuerpos, y tenía la increíble, la virginal
confianza de que encontraría alguno vivo. Para eso estaba, era médico y no
funebrero. Y bajo el cielo encapotado por nubes de tormenta, el aire extático
lleno de electricidad en esa hora catorce de un lunes de noviembre, fueron
muchas las cosas que encontró en el barro, entre las vías y bajo la estructura
del tren, pero fue al levantar el zapato de cordones todavía atados a un
fragmento de pierna cuando se clavó una astilla de hueso en un dedo. No sintió
dolor, únicamente un nudo en la garganta, tan duro como el cordón que intentó
desatar, porque de tan mojado le fue imposible. Sus manos temblaban, sucias.
Los demás no lo miraban. Quien mira al piso en busca del pasado, extravía el
presente, se dijo él. Logró desatar el nudo al final, aflojó el cordón, sacó el
zapato, deslizó la media con la marca Ciudadela
estampada en la etiqueta, y liberó el pie. Un pie pequeño de un niño de diez
años tal vez, cuya planta se conservaba limpia y con restos del talco que su
madre misma debió ponerle luego del baño. Pero por encima del tobillo no había
nada más que un hueso expuesto y quebrado como un tronco hachado.
Dios es un leñador sin experiencia, pensó
el doctor Ruiz.
3
Mateo detuvo el
auto frente al cordón policial.
-Soy el forense-dijo al oficial que se
acercó a su ventanilla.
-¿Apellido?
-Ibáñez-contestó, mirando al policía
consultar la lista que le habrían preparado tal vez sólo diez minutos antes.
Luego vio que éste le hacía la silenciosa señal de permiso, y avanzó. La cinta
blanca con rayas rojas en espiral cayó bajo las ruedas del auto, y sólo
entonces se dio cuenta de qué recuerdo le traían: las espirales luminosas
frente a las peluquerías infantiles. Vio las sirenas de los patrulleros girar
en silencio, ensombrecidas por el ruido de las orugas que movían los escombros
de metal, esos restos del micro que habían quedado esparcidos a lo largo de
doscientos metros, alejados de las vías o junto a las rejas que las separaban
de la calle paralela, otros aplastados bajo los primeros vagones o consumidos
por el fuego al estallar el tanque de nafta. El olor a quemado no era
desagradable al principio, a Ibáñez le gustaba ese aroma que de algún modo
representaba el punto cero después de un incendio, el blanco inherente bajo el
negro de la combustión. Pero no le gustaba cuando el agua se entrometía en el
proceso, ni siquiera la amenaza del agua como ahora ocurría. Pronto iba a
llover, y la humedad insoportable estaba acelerando la descomposición de los
cadáveres e impidiendo que los cuerpos chamuscados se secaran como la
naturaleza lo considera correcto.
No había visto a los muertos todavía, pero
tras el caparazón de acero de su Fiat, con el aroma de su hijo recién nacido
aún intacto en la nariz, y el recuerdo de su mujer durmiendo serenamente en la
cama del hospital todavía fresco en su memoria, imaginaba la escena del
accidente con más detalles de los que en realidad veía. Porque él hoy se sentía
inmune a la muerte, como un capellán que con su mitra y agua bendita bendice a
los soldados caídos.
Después escuchó los gritos, más cercanos a
medida que avanzaba hacia las vías. Su corazón sintió un sobresalto cuando vio
las manos y la cara de una mujer sobre la ventanilla cerrada del costado
derecho de su auto. Por un momento pensó que la había golpeado, pero después un
hombre, quizá el esposo, la apartó agarrándola de la cintura, y casi
levantándola en brazos se la llevó hacia una ambulancia. Ella vestía un
impermeable verde musgo y tenía el cabello revuelto, pero Ibáñez la recordaría
más tarde por su rostro y su expresión de completo terror.
Ya no pudo seguir. Bajó del auto y lo
recibió una llovizna tenue. Caminó hacia el tren sobre el barro que cubría el
viejo pavimento. Evitó las esquirlas de metal y los vidrios esparcidos a todo
lo largo y ancho del predio, fragmentos que podrían haber atravesado las suelas
de sus botas. Lo habían llamado poco después del accidente, y se había vestido
con cuidado para la escena, botas altas y negras de goma, un impermeable azul
oscuro con capucha, pantalones anchos y una camisa blanca. Ibáñez se sentía joven
y fuerte para su trabajo, como un guerrero con escudo y armadura, un casco bajo
el brazo izquierdo listo a ser colocado, y una lanza o ballesta en la mano
derecha.
-¿Quién es usted?-le preguntó un policía.
Tenía el uniforme roto en las mangas y los hombros, debía haber estado agachado
tratando de retirar cadáveres entre los hierros. El policía se sacó los
guantes, sus manos estaban llenas de ampollas.
-Soy el forense-dijo Ibáñez.
El policía ya no le hizo caso, ocupado en
apretarse las manos doloridas contra el cuerpo. Ibáñez siguió caminando hacia
un grupo alrededor de la locomotora, pero alguien lo llamó. Giró la vista sin
descubrir quién.
-¡Acá, del otro lado del tren!
Mateo se arrodilló y miró por debajo. Un
hombre le hacía señas para que diera la vuelta. Dio un largo rodeo alrededor de
los restos del micro escolar. De la chapa color naranja no quedaban más que
retorcidos hierros quemados. En algunos fragmentos podía verse alguna letra o
leerse alguna sílaba del rótulo de los costados, pero lo demás eran pedazos de
asientos, alfombras de goma y barras de metal. Allí había habido niños
sentados, mirando por las ventanillas y sujetos a aquellas barras alguna vez
firmes. Seguros de esos hierros que creían tan eternos como sus vidas.
Vio al hombre a veinte metros saludándolo
con un brazo en alto. Ese lado de las vías era diferente. No había vehículos de
rescate ni gente interponiéndose en el camino, sólo unos pocos hombres mirando
hacia el suelo, buscando lo que Mateo ya sabía. Pero su aspecto distaba de eso,
más bien lucían como agotados campesinos escarbando la tierra en busca de
alimañas. Los muertos no siempre son alimentos del suelo, se dijo Ibáñez, a
veces los huesos lastiman los pies desnudos de los campesinos y provocan infecciones.
A veces los muertos exigen compañía.
Llegó hasta donde estaba el otro, que le
extendió una mano sucia y con sangre seca. Pero Ibáñez evitó tocarlo cuando vio
que con la otra mano arrojaba algo a la distancia, algo que parecía parte de un
muñeco roto.
-Soy el doctor Ruiz, doctor. Lo escuché
presentarse con la policía hace un rato.
-¿Desde allá lejos y con el ruido de las
grúas?
-Tengo muy buen oído, doctor. Soy músico
aficionado y escucho notas que la gente pasa por alto.
Ambos se miraron por un instante y luego
giraron para observar el paisaje. A un costado del tren había una pequeña
montaña de objetos cubiertos de barro y telas.
-No encontramos sobrevivientes todavía,
pero tengo la esperanza de hallar alguno dentro de lo que quedó más completo
del micro-comentó Ruiz.
Ibáñez lo miró, incrédulo. Cómo un médico
que estaba allí, en medio del desastre, podía hablar aun de ese modo. De
pronto, Ruiz se le apareció como una figura extraña con aquella sonrisa melancólica,
el cuerpo esmirriado y la mirada pensativa. Pero descubrió que el otro también
lo estaba mirando con curiosidad.
-Si me permite que le pregunte, ¿qué hace
acá, doctor?
-Me avisaron del accidente. Quieren que
haga la autopsia del chofer. Piensan que estaba enfermo o borracho, algo para
que el seguro pueda evadirse. Decidí ver la escena yo mismo.
-No es común esa preocupación en un médico
de laboratorio, doctor.
Ibáñez no pasó por alto la ofensa.
-¿Llama laboratorio a la sala de
disección? ¿Al escalpelo y la sierra? Yo lo llamaría taller, doctor Ruiz.
Ibáñez le dio la espalda a Ruiz y se puso
a caminar a lo largo de la vía. Luego regresó y preguntó:
-¿Se sabe algo de la causa?
-Oí decir que el micro se paró. Tal vez
tuvo una avería. Algunos vecinos dicen que vieron al chofer forzar la palanca
de cambios. Los chicos trataron de ayudarlo. La gente dice que escuchó los
gritos desesperados de los chicos, pero el tren estaba tan cerca que…
-Nadie pudo hacer nada, lo imagino.
Ibáñez caminó hacia el montón junto al
tren. Levantó las telas y las moscas salieron espantadas, pero otras regresaron
a posarse sobre los cuerpos. Había torsos quemados, brazos completos, pies con
zapatos, guardapolvos envolviendo formas de cabezas sueltas. El hedor era
dulce, tan dulce que no parecía el olor de los muertos sino el perfume de los
cementerios hastiados de flores.
-Si el chofer hubiese revisado el motor
antes de salir…-dijo Ibáñez-. ¿Era un vehículo viejo, no?
-Un colectivo reformado para micro escolar,
lo más barato que una escuela de clase media puede comprar. Pero si vamos a los
si, doctor, no terminaríamos nunca de
plantearnos hipótesis. Dios ya arrojó sus dados, y el conocer la causa es
sabiduría bella pero inútil.
Seguía lloviznando, y las grúas
continuaban su trabajo. Habían despejado el lado norte de las vías, pero debían
esperar el lento cavar de las palas y el retiro de los fragmentos. Ibáñez puso
una mano sobre el hombro de Ruiz.
-¿Usted cree en Dios, doctor? ¿Y si juega a
los dados, en qué se diferencia de nosotros? Yo también puedo arrojarlos y
llamarme Dios.
-Creo en lo imperativo de los hechos.
-Y si ahora mismo, junto a nosotros, las
vías estuviesen libres y el tren hubiese seguido su camino, y el micro
atravesado las vías y los chicos en sus casas…
-Si no lloviera y hubiese sol… Esa es
esperanza aferrada a la fantasía.
-Yo llamo esperanza fantasiosa a su idea
de encontrar a alguien vivo. Hablo de autodefensa, la forma de caminar por este
sitio sin perder la razón.
Ibáñez escuchó su nombre desde el otro
lado. Se agachó y vio que un bombero lo reclamaba.
-¡Encontramos el cuerpo del chofer,
doctor!
-¡Llévenlo a la ambulancia! Yo los sigo
hasta la morgue en mi auto.
Luego se irguió y extendió la mano a Ruiz,
había olvidado que no había estrechado la que el otro le había ofrecido antes.
Ruiz le volvió a mostrar sus palmas sucias.
-No importa, doctor. Fue un honor llegar a
conocerlo.-Y le estrechó la mano.
-Si no hubiese sido por el accidente no
nos habríamos conocido…-dijo Ruiz, pero no había cinismo en el tono, sino un
torpe ofrecimiento de mutua confianza.
4
Eran las nueve de
la noche cuando mamá y yo nos quedamos solos. Como todos los domingos, me di el
baño semanal. Esta vez ella no preguntó por qué había tardado tanto, yo salí
con el pijama y encontré la mesa de la cena servida. Mamá se me acercó, se arrodilló
y ajustó los botones de mi chaqueta. Había llorado, se notaban las ojeras, y la
imaginé haciendo esas rápidas cenas dominicales que la rutina me había hecho
odiar: huevos fritos y sándwiches de paleta y queso. Comida sin esmero ni
preocupación, comida para despedir el fin de semana, hecha con las pocas ganas
que la idea de una nueva jornada de trabajo ofrecía. Pero en casa se sumaba la
tristeza del domingo luego de las discusiones habituales, la sombra tras el
halo de luz de las tardes de verano.
El sonido del televisor retumbaba en las
paredes de la antecocina, con empapelado de rayas naranjas y blancas. La luz de
la lámpara también era típica de domingo a la noche, intensa pero amarga, una
luz amenazada permanentemente por la hora próxima del lunes, el reloj con la
alarma puesta para las seis de la mañana, esperando sobre la mesa de luz del
dormitorio, como un monstruo o una gran boca somnolienta sin dientes. El peligro
no era la muerte sino la perdición, el completo extravío en el oscuro pasaje de
los días laborales, al final de los cuales aguardaba el cadáver maltrecho y
hediendo de otro domingo.
Mamá se acercó y dijo:
-Ahora sos el hombre de la casa y tenés
que ayudarme.
Fue esa la primera vez que me di cuenta de
lo que ella había hecho. Yo siempre la defendía. Me repetía a mí mismo los
argumentos que ella utilizaba: papá que llegaba tarde, que no hacía lo que
debía hacer, que no ganaba suficiente plata, papá esto y papá aquello. Pero la
voz de mamá era la única presente, siempre. Aún la música más amada puede ser
odiada cuando suena a destiempo.
-Se fue por tu culpa-le contesté.
Entonces descargó su rabia contra mí. Fue
hasta la mesa, recogió mi plato intacto y tiró el contenido a la basura. Sentí
que las lágrimas iban a brotarme pronto, pero un nudo en la garganta me lo
impidió. A mí nunca me gustó llorar delante de los otros, sólo lo había hecho
silenciosamente en mi habitación.
-Andáte a la cama-me dijo, pero siguió
hablándome, yendo y viniendo desde la cocina a la puerta del dormitorio. Yo
apagué la luz, me cubrí con las sábanas y traté de no escuchar. Sin embargo hay
voces que dejan su sonido en la mente como campanillas. Continúan sonando en
sueños y vigilias, en medio de una ruta desierta o en una multitud.
Y yo no sentía culpa, sino mucha ira.
Por eso, esta mañana en la escuela, me
senté en el último banco y evité a mis compañeros. Me ensimismé en la prueba de matemáticas,
tratando de descifrar cálculos que me resultaron imposibles de realizar, raíces
cuadradas, teoremas o fracciones. Números que flotaban en los ventanales que
daban al patio de recreo. Allí donde el timbre lanzaba su desafío lacerante, el
filo que acortaba el plazo de un examen para el que no tenía resolución. Dios
mío, pensé, no sé qué va a hacer mamá cuando vea el cero en rojo encabezando la
hoja de examen.
Los chicos se fueron levantando uno a uno
y entregando las pruebas en el escritorio de la maestra. Quedábamos pocos,
sentados. Ella nos miraba con impaciencia, los demás jugaban en el patio,
corriendo, mientras yo usaba el tiempo extra y perdía mi recreo. Finalmente me
di por vencido. Creo que estaba pálido, pero me propuse no llorar. Entregue la
hoja y vi la cara desaprobadora de la maestra. Eso es lo que yo veo en ellas
todo el tiempo, la cara ofuscada de mamá.
Me fui a un rincón del patio y me senté
agarrándome la cabeza entre las manos. Pensé en papá, en si había vuelto a
casa, en dónde había dormido, o si lo vería a la noche. Volví a clase y soporté
las bromas de mis compañeros. Me robaron la comida que llevaba, pero no dije
nada. Mancharon de tinta mi carpeta, y me quedé callado.
La maestra se acercó y puso una mano en mi
frente.
-¿Te sentís bien? Estás ojeroso.
Dije que sí con la cabeza y me aparté,
tiré los libros al suelo, pero nadie notó en eso algo más que una torpeza
innata. Los demás rieron, hasta la maestra.
-Está bien, está bien, te dejo en paz…
Y así fue que llegó el mediodía, y luego
las doce y media y la hora final de la escuela. Salimos del aula y formamos.
Bajamos la bandera del mástil con la rápida ceremonia habitual. Abrieron las
puertas. Los que regresamos a casa en micro escolar debemos hacer otra cola a
un costado, apretujados contra las paredes del vestíbulo mientras los chicos de
otros grados salen o esperan que los vengan a buscar sus padres. Mi casa no
está muy lejos, creo que son casi veinte cuadras después de las vías. Soy el último
que sube a la mañana temprano y el primero que baja en el regreso. Creo que soy
como un mojón en nuestro itinerario, cuando subo los chicos me miran con
desagrado, pensando en qué poco falta para llegar al colegio, cuando bajo, no
he tenido tiempo para conversar con ellos. Por eso casi siempre me siento al
fondo del micro, junto a la ventanilla izquierda para ver pasar a las chicas
mayores que salen de la escuela después que nosotros. Eso es lo que hago ahora,
y me pregunto si ellas también serán algún día como mamá.
Abro la ventanilla para que entre la
brisa. Hace calor y está nublado. Espero la lluvia como espero a papá. Ojalá
estuviera de regreso esta noche. Pero cómo pasar el día con esa duda. Miro a
todos lados, sin embargo él no está esperándome en la calle. Esto por lo menos
me daría la seguridad de que me extraña, de que quiere hablar conmigo. Pero si
no vino es quizá porque vamos a vernos más tarde en casa. Sí, entonces es una
buena señal que no esté aquí, me digo.
El micro va a arrancar. El chofer ha
cerrado la puerta, pero le cuesta encender el motor. Escucho las protestas de
don Oscar. Su chomba gris tiene dos grandes manchas de transpiración en las
axilas, y otra más grande en su espalda. Rollizo y casi calvo, su voz es gruesa
como la de cantante de ópera. Pero su voz no conoce más que insultos, lo que le
gana reprimendas de la directora. A nosotros no nos importa. Aprendemos de él
lo que debe o no decirse en caso de furia. Y yo estoy atento a sus palabras. Muchas
veces las he pensado en casa, otras tantas en la calle, y practico mentalmente
las obscenidades.
Nos sacudimos con un traqueteo y un
rítmico sonido de válvulas gastadas. Una columna de humo que sale del caño de
escape rodea la parte izquierda del micro al entrar en segunda. Pero pronto
debemos dejar paso a los chicos que cruzan a mitad de cuadra y luego nos
detenemos ante el semáforo en rojo. Algunos nos saludan, dos maestras dicen
algo a don Oscar. Una de ellas es mi maestra, y me agacho para que no tenga
oportunidad de recriminarme con la mirada. Cuando tenga el resultado del examen
va a citar a mamá. Sé lo que va a suceder.
Y sin pensarlo, doy un codazo a uno de mis
compañeros. Me ha estado molestando toda la mañana y ahora se acerca a tirarme
del guardapolvo, riendo como un retrasado mental. Me doy cuenta que he estado
soportando sus empujones mientras yo pensaba en papá, en las mujeres y en las maestras, mirando al
mismo tiempo la espalda de don Oscar en sus esfuerzos por poner en marcha el
micro.
Pablo me mira con rabia, cubriéndose el
mentón con una mano. Le rompí un diente, quizá. Se me tira encima y los demás
vienen a separarnos. Pero ya es tarde.
Sus manos sucias me tiran del pelo y del guardapolvo, y siento su saliva en mi
cara. Dice algo, pero su ortodoncia no le deja insultar con claridad. El micro
sigue detenido, aún cuando se encendió la luz verde. Escucho las bocinas. Yo
sólo estiro los brazos para protegerme. Pablo parece un cachorro que intenta
rasguñar y morder. No es más grande que yo, y sus movimientos torpes. Entonces
la voz y las manos de don Oscar interrumpen la pelea.
-¡Pero dejen de hacer quilombo, la puta
madre! ¡Hace una semana que no tengo celador ni una maestra que los cuide
mientras manejo!
Me mira un momento, pero enseguida levanta
a mi compañero del brazo casi hasta su altura. Pablo llora y grita para que lo
baje. Los demás lo observan como si estuviera a punto de arrancarle el brazo.
Después lo suelta en el asiento y me agarra de la mano.
-Vení para acá vos.
Me lleva hasta el frente y dice:
-Sentáte y dejá de provocar a los otros.
Caigo en el primer asiento detrás del
conductor. Lo miro por el espejo, y él me dirige un vistazo. No dice nada más,
pero yo quisiera preguntarle qué hice, más que sentarme como siempre a mirar
por la ventanilla. A veces pienso que el mundo es una gran ficción que todos
actúan para mí. Que hay algo más grande que todos me esconden, algo que todos
cuchichean para que yo no escuche. Así como detrás de las fachadas de las casas
hay habitaciones que uno nunca imaginó, las caras de la gente me parecen mentiras
creadas para mantenerme aislado. No soy lo suficientemente grande, me dirían si
pudiesen confesarme la farsa, ni soy lo suficientemente listo para entender.
Eso dice mamá, porque mis calificaciones distan de ser las mejores. Son apenas
correctas, notas dignas del montón, números en una libreta de ejecuciones. Cada
cosa fluye como el agua y desaparece como ella, y sin embargo todo duele más
que el agua hirviente. Es igual al ácido que se usa para destapar las cañerías,
tan fuerte que carcome la piel y nos dejaría ciegos con sólo percibir su vaho.
Por eso cada palabra me hiere.
En esto pienso cuando veo la espalda del
chofer. Quisiera preguntarle qué hice para que me hable como lo hizo recién, yo
que tanto quisiera parecerme a él, fuerte y seguro de sí mismo, un hombre que
ya es un hombre a pesar de todos sus defectos. Pero me quedo callado, y miro
las vías del ferrocarril a las que nos acercamos. Las barreras están bajas,
tiemblan un poco con la lluvia, y las rayas amarillas y negras juegan un baile
de espejos con la niebla y los charcos sobre el pavimento. Hay una luz roja en
un costado, como las de las sirenas de ambulancias y policías. Pero esta
muerta, apagada quiero decir. Me quedo mirándola mientras nos detenemos frente
al paso a nivel, y sigo pensando en qué pasará en casa en estos momentos, tras
estas vías que ahora me separan de ella.
5
Dios es un hombre
alto y fornido que camina por un sendero de grava. Viste pantalones de pana
negra con bocamangas metidas en las botas. Tiene una chaqueta sin mangas ni
cuello, de cuero marrón, desabotonada por delante. Camina con cierta torpeza
porque la suela izquierda está rota y atada con una cuerda, las piedrecillas
del camino se le meten entre los dedos y de vez en cuando debe detenerse para
sacarlas. Su brazo izquierdo se balancea a un costado, salvo cuando tiene que
ajustarse la suela. El brazo derecho está alzado por encima del hombro,
sujetando el mango de un hacha cuya hoja brilla en esa tarde que acaba. El
hombre tiene la cabeza gacha, como mirando su pecho de vello crespo, pero quién
sabe lo que está mirando en realidad, porque sus ojos van entrecerrados, aunque
adivinamos que son marrones como su barba corta y el cabello enrulado.
A veces eleva la mirada hacia el frente,
pero no parece ver más que la base de los troncos, ni siquiera dirige un
vistazo hacia el verdor que se oculta en lo oscuro como lo hace el sol tras la
línea de la tierra. El hombre no gastará miradas a lo inútil, sabe que de la
oscuridad nada puede rescatarse. Sus pasos disminuyen el ritmo, luego reanudan
su velocidad. Giran un poco hacia la derecha, hacia una fila de árboles que
parecen haber sido plantados deliberadamente, porque han crecido en dos líneas
paralelas. El leñador se detiene frente al primer tronco. Lo mira ahora con
absurda atención. Sus ojos, nos damos cuenta recién entonces, son de idiota.
Son los ojos de un niño grande que nada entiende, que sabe que el hacha está
para cortar el tronco, pero tal vez olvide levantar la leña y llevarla luego a
quemar en su hogar.
Asienta firmemente las botas en el suelo,
hundiéndose un poco en el barro entre las raíces que sobresalen de la tierra.
Está frente a un árbol joven, el diámetro del tronco no es mayor al del cuerpo
del leñador. Empuña el hacha, levanta los brazos y hace caer el filo sobre la
corteza. Vuelve a hacerlo una y otra vez, pero no avanza mucho. Lastima la
superficie con crueldad sin avanzar demasiado. En lugar de cambiar el ángulo de
la hoja, da siempre el mismo hachazo con el lado que quizá tiene menos filo. Si
un leñador veterano lo viese en estos momentos, le daría un golpe en la cabeza
y lo apartaría, enojado y desilusionado de ese torpe aprendiz.
Sin embargo, sabemos que no hay nadie más
en este bosque. El leñador no es joven ni demasiado viejo. Es el dueño de estas
tierras desde siempre, desde que él tiene memoria, aunque ésta es precaria y
falla en ocasiones, confundiendo los tiempos, los senderos y los árboles que
debe cortar.
Ruiz escuchó el ruido del hacha que
llegaba desde veinte metros, frente a él. Eran los bomberos que abrían los
restos del micro, que todavía humeaban bajo la llovizna. Y entre los golpes oyó
un bullicio que fue creciendo muy rápido entre el chapoteo sobre los charcos y
el barro. La lluvia se detuvo, pero caía aún una cortina hiriente como agujas
de sal.
-¡Doctor Ruiz!-gritó alguien entre el
gentío de alrededor.
-¡Doctor Ruiz!-volvieron a reclamarlo
varias voces.
Él corrió hacia allí junto a otros
rescatadores, policías y bomberos con impermeables, padres en mangas de camisa,
con los cabellos pegados a la frente y la ropa empapada.
El doctor Bernardo Ruiz se abrió paso
entre ellos. Pisó fragmentos de hierro, tropezó con otros y se hizo un corte en
la rodilla con una chapa. Los bomberos habían abierto una puerta en el techo
del micro, como la tapa de una enorme lata volcada. Despejaron la abertura y le
mostraron lo que habían encontrado.
Había asientos de cuero quemado y resortes
salidos. Había un olor insoportable a goma y a combustible. Entonces le pareció
ver, bajo el volante que todavía se mantenía en el tablero, el cuerpo de un
chico vestido con el guardapolvo. Y en la oscuridad, bajo lo que quedaba del
tablero, descubrió dos luces. Pero era imposible que los indicadores siguiesen
funcionando, y no era eso por lo que los otros lo habían llamado. Las pequeñas
luces se apagaban por unos segundos y volvían a encenderse a ritmo irregular.
No titilaban, sino que mostraban el brillo de unas lágrimas.
Ruiz sintió temblar sus muslos, y pensó
que iría a desmayarse allí mismo como un estudiante de medicina en su primer
día. Pero se agarró la cabeza y detuvo su vértigo, avanzó a gachas, gateando
entre los hierros y los bultos de goma blanda y caliente como brea.
-Dios mío-dijo, y de atrás le respondieron
gritos de alegría.
-Tengan listo el oxígeno-pidió alzando la
voz lo más que pudo. Después tocó un brazo del chico. Sintió el temblor, pero
no lloraba ni gemía. Su respiración era muy lenta. Le agarró la mano y le tomó
el pulso.
-Te vas a poner bien-susurró a lo que
todavía era una sombra para él.-Te vamos a sacar. Pero no te duermas, escucháme
y no te duermas.
Siguió hablando mientras intentaba sacar
al niño, que estaba recostado sobre los pedales. Ruiz necesitaba que retiraran
un poco más el asiento del conductor. Un bombero entró con un soplete y cortó
lo que quedaba del asiento. Después agarraron al chico de las piernas y lo
deslizaron lentamente. Aunque tuviera fracturas, pensó Ruiz, no eran nada
comparadas con la asfixia. No había suficiente espacio para levantarlo en
brazos.
-¡La mascarilla!-pidió, mientras apoyaba
la cabeza del chico en su regazo. Luego lo alzó un poco más para abrazarlo
contra su costado como a un bebé.
El bombero salió y un enfermero le alcanzó
la máscara de oxígeno. De afuera llegaban las voces de la gente, pero Ruiz sólo
tenía oídos atentos al rumor del aire corriendo por el interior del tubo.
Colocó la mascarilla sobre la cara del niño.
Debía tener doce años, quizá. Era delgado
y de ojos claros. El pelo estaba ennegrecido por el humo y la cara llena de
grasa y hollín. Ruiz vio cómo los dedos temblaban mientras los músculos
lentamente se iban recuperando, como animales que en algún momento hubiesen
estado muertos. Como cadáveres que recuperaban el rosa pálido de la piel, como
bocas que se llenaban de aire y exhalaban gemidos luego del silencio. El calor
tras el frío.
Los brazos dejaron de moverse,
descansaban. Las piernas entonces se contrajeron en convulsiones suaves. Empezó
a toser. Ruiz le sacó la mascarilla y le acomodó la cabeza de costado por si
llegaba a vomitar, pero no lo hizo. Volvió a darle oxígeno y ajustó el elástico
de la máscara detrás de la cabeza.
-Voy a salir-avisó. Escuchó los
movimientos de la gente que se apartaba para que ampliaran un poco más la
abertura. El aire allí dentro se estaba volviendo irrespirable para él también.
A los olores anteriores se sumaba el del metal recién fundido por el soplete.
Al fin el aroma de la lluvia entró como un
vaho fresco. La humedad del exterior no lo molestó luego de diez minutos en
aquel encierro. Era aire libre, agua caída del cielo para apagar las cenizas y ahuyentar el hedor en aquel
cementerio de metal.
6
Ibáñez vio
arrancar la ambulancia que llevaba el cadáver del chofer del micro, con las
luces bajas encendidas pero sin la sirena. No sabía él en qué estado lo habían
encontrado, ni si la autopsia sería difícil o no. En ese momento sólo pensaba
en sacudirse el barro del calzado para no ensuciar el auto, luego subió y
prendió el motor. No hizo veinte metros cuando volvió a aparecer a su costado
la cara de la misma mujer que había visto al llegar, con las manos y los dedos
contra el vidrio, como esos muñecos con manos de ventosa. Pero su mueca no era
divertida, ni siquiera grotesca, sólo atrozmente dolorida, como si hubiese
avanzado un paso en su ánimo desde la última vez que la había visto. Ya no era
horror, sino el dolor de las llagas que no pueden verse a simple vista. Y otra
vez las manos del hombre la tomaron por los hombros y la arrancaron con un
sonido parecido al de una estructura que se quiebra. No vidrio ni madera, sino
metal cuyo estruendo fuese un equivalente exacto del accidente, como si ella estuviese
recreando el desastre con sus gritos, una reminiscencia que iría a repetirse
una y otra vez en el mismo sitio, hubiera lo que hubiese en ese lugar después
de hoy. Porque los recuerdos, piensa Ibáñez, son frutos maduros del tiempo,
frutos que se independizan de los días y no se pudren nunca, y en sí mismos
llevan las semillas de su reproducción.
Detuvo el auto lo suficiente para que la
pareja de padres se alejara. Sintió que su corazón se había acelerado y bajó la
ventanilla que la mujer había ensuciado. Respiró profundo y recordó a su hijo
en brazos de su esposa, allá lejos en el hospital. Un niño nacía mientras otros
veinte morían. ¿Era posible esa paradoja? El tiempo y el espacio no siempre
corren juntos. Las vías y los muertos eran lo único que podía verse allí.
Entonces, ¿podía existir al mismo tiempo un lugar donde la vida floreciera más intensamente
que un rosal al comienzo de la primavera? A veces Mateo Ibáñez pensaba que la
realidad era una ilusión de los sentidos, un escenario proyectado por la mente.
Sólo los recuerdos de otros lugares y tiempos nos rescatan de la locura, de ese
estado de pérdida y extravío que es la locura verdadera.
Miró adelante. La ambulancia había doblado
la esquina y desaparecía en la avenida. Arrancó y siguió el mismo camino. Los
policías lo saludaron, y echó un último vistazo a la silueta del tren bajo la
llovizna, al reflejo de las luces rojas de los autobombas sobre el metal, a las
columnas de humo que se desprendían de los restos torcidos del micro. Prendió
la radio. Sonaba un be-bop que le
pareció blasfemo para ese momento,
cambió el dial y lo dejó en una emisoria de música clásica. Dos minutos después
reconoció el primer movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven. En poco
tiempo más comenzaría el segundo, una marcha fúnebre que siempre lo había
fascinado, un tempo con el cual
Beethoven lo había conquistado desde que era un niño y escuchaba los registros
de las nueve sinfonías por Toscanini en los discos 78 que tenía su padre.
Alcanzó a la ambulancia y se mantuvo
detrás. Era media tarde y las calles lentamente iban borrando los recuerdos de
lo que había visto en las vías. Los chicos corrían por las veredas o iban de
las manos de sus madres. El agua caía del cielo con menos dolor, y un reflejo
estridente se colaba por las nubes para dar al asfalto un tono deslumbrante
pero opaco. Charcos aquí y allá deleitaban a los niños que jugaban después de
clase y antes de empezar sus tareas cuando anocheciera. Antes de la merienda
con café con leche o un vaso de cocoa, con galletitas dulces y mermelada,
mirando los dibujos animados en la televisión. Ibáñez sentía que estaba allí
afuera, mirándose a sí mismo pasar por la calle tras una ambulancia que hoy
cumplía el rol de coche fúnebre, en su Fiat rural perlado de gotas de lluvia,
de donde brotaba una marcha triste, demasiado para que algunos lograran
comprenderla. Un ritmo cuya melancolía parecía nacer de raíces arraigadas a
través del pavimento en la vieja tierra que alguna vez había visto el cielo con
ojos de barro. La antigua tierra que habían cubierto con ropa de brea o
adoquines, haciéndola muda, sorda y ciega, pero aún con manos suficientes para
desgarrar en ocasiones el manto y atrapar cuerpos con qué alimentarse.
Esas calles eran caminos, transitaban la
ciudad, y como tales eran etapas solamente, transiciones. Le era más fácil
imaginar a su hijo, ahora que la séptima sinfonía había capitulado su tristeza
y llegado al final con una típica apoteosis beethoveniana. Pero el rigor del
destino que la música había insistido en proclamar se parecía demasiado al rigor mortis, imposible de revertir y
únicamente reemplazado por la podredumbre, el reblandecimiento del cuerpo y la
emisión de excrecencias: una apoteosis también, quizá, que la música intentaba
convertir en otra cosa más bella para nuestra consuelo. Las artes son piadosas,
los médicos somos carniceros, se dijo Ibáñez.
Llegaron a la morgue y la ambulancia
descendió la rampa de la entrada subterránea como hundiéndose en una tumba.
Pero Ibáñez dio la vuelta a la esquina y estacionó en el lote para el personal.
Tras la puerta de entrada lo esperaba un vigilante de seguridad.
-Buenas tardes, doctor.
Él saludó y siguió de largo hasta el
vestuario. Mientras se vestía con la ropa para el quirófano, preguntó si había
llegado su ayudante.
-Hoy empieza una enfermera nueva,
doctor-le dijo el encargado-. Una chica muy bonita -agregó con una sonrisa.
Ibáñez no le respondió, no estaba de humor
para hablar de mujeres después de lo que había visto. Atravesó la puerta que
daba directamente al quirófano. El cadáver ya estaba tendido desnudo sobre la
mesa de mármol. Dos hombres de limpieza estaban pasando un trapo al piso, y el
olor a desinfectante fue casi un alivio luego del hedor en el lugar del
accidente.
-Buenos días, doctor-le dijo la enfermera.
Era joven, de cabello castaño recogido
bajo la cofia, pero dos mechones se escapaban en la nuca. Tenía ojos claros e
inteligentes.
-Buenos días, señorita. ¿Cómo se llama?
-Soledad, doctor.
Ella se dio vuelta. Ibáñez no había
logrado ver si le sonreía, tenía puesto el barbijo.
Se volvió a
acercar para colocarle los guantes, y él sintió el perfume de la piel mezclado
con el aroma del barro y el cabello quemado que brotaba del cuerpo junto a
ellos. Entonces miró el cadáver por primera vez con la atención que su trabajo
le exigía. Un hombre de casi cincuenta años, obeso y alto. Calvo excepto por
finos cabellos negros en los costados y la nuca. Tenía una barba de dos días y
un bigote desprolijo, manchado de nicotina. De pecho ancho y abdomen
pronunciado, boca arriba la grasa abdominal parecía disimularse. El brazo
derecho estaba fracturado en varias partes, con los huesos expuestos. La pierna
izquierda tenía una herida que circundaba el muslo y descendía hasta la parte
posterior de la rodilla. La pierna derecha estaba fracturada y los fragmentos
del hueso sobresalían por delante. El pie derecho estaba rotado hacia fuera en
más de noventa grados. En la cara había varios cortes profundos, hematomas en
la frente, y la oreja izquierda había sido arrancada. Ibáñez dio la vuelta a la
mesa buscando el brazo izquierdo, pero sólo encontró un muñón donde el hueso se
asomaba con un extremo astillado. Apoyó las manos en el pecho Sintió que las costillas crepitaban como si
flotaran sobre un colchón de aire.
-Fracturas costales múltiples con
neumotórax masivo-dijo, mientras la enfermera tomaba nota-. Vamos a abrir, pero
antes haremos una punción para tomar muestras.
Mateo hundió la aguja entre las costillas.
La jeringa se llenó de sangre rápidamente.
-Hemotórax con probable ruptura aórtica.
Luego usó la sierra para cortar el
esternón y separó las costillas. La sangre fluyó hasta detenerse un minuto
después, corriendo por las ranuras de la mesa y desapareciendo en el orifico
central que drenaba en un balde de metal.
Amplió la incisión hasta el abdomen. La
grasa dificultaba agarrar las vísceras.
-No parece haber daños. Pero…-Ibáñez
siguió explorando a ciegas con sus manos.-Hay desgarro severo de la vejiga y
fractura de pelvis.
Volvió al tórax y sacó el corazón. Lo
observó unos minutos.
-Formas normales, sin alteraciones
congénitas evidentes. Lo dejaremos para anatomía patológica.
Soledad asintió y puso el órgano en una
bolsa.
Ibáñez se puso a revisar las fracturas
expuestas. El brazo amputado no le interesó, tenía un corte evidentemente
realizado por alguno de los hierros del micro. El brazo derecho estaba quebrado
en cuatro partes. Limpió la sangre y encontró un apósito protector color piel
en el dorso de la mano. Lo retiró con cuidado porque era casi el único sitio
que se conservaba casi completo. Vio un corte pequeño y dos signos de
mordedura. Pero no eran las que dejan los incisivos de un perro, como pensó
primero, sino dos frontales. Era típicamente una mordedura humana.
-A lo mejor el hombre se peleó con
alguien-dijo la enfermera.
-Pero debió ser esa misma mañana, mire la
mancha de yodo, y además no hay cicatriz ni se desarrolló la infección todavía.
Pidió bisturí y abrió más la herida. El
tercer hueso metacarpiano estaba fracturado a la mitad.
-Anote, Soledad. Herida reciente en mano
derecha por mordedura humana en dorso, con fractura única de tercer
metacarpiano. Probable agresión de no más de tres horas de evolución.
Ibáñez se quedó pensando antes de comenzar
a suturar.
-Esto debió hacerle difícil manejar-decía,
mientras aceptaba el hilo y la pinza de manos de la enfermera-. Tener que
maniobrar o hacer los cambios de la palanca al piso con la mano fracturada es a
veces casi imposible.
-¿Cree que el seguro cubrirá esta causa,
doctor?
-Si el motivo es lo que hizo el chofer
antes de empezar a trabajar, no lo creo. Incluso si se peleó con alguien, a lo
mejor estaba ebrio también. Hay que esperar los resultados de la alcoholemia y
el peritaje de los mecánicos, si es que encuentran algo entre esos restos.
-Dios mío, todos esos pobres chicos…-dijo
la enfermera.
Ibáñez la miró por un instante. Si sólo
una cosa hubiese sido distinta esa mañana, todos esos chicos estarían en sus
casas, y el cadáver que ahora estaba en sus manos tal vez habría comenzado a
cebar un mate para su mujer en algún barrio del conurbano en esos momentos. Tan
seguro se sentía Ibáñez de eso como de que en la clínica su esposa y su hijo
dormían mientras aguardaban que los llevara a casa. Qué era realidad y qué
parte de una ilusión creada por la mente de un dios de humor cambiante. Tal vez
todo fuese el resultado de un dios esquizofrénico o psicópata. Cuál diagnóstico
sería el más correcto para esa entidad que jugaba con el azar y el destino
arrojando los dados sobre un tapete de piel humana, cuyo número podía cambiar
el color de ese tapete a un rojo sangre. Sangre que necesitaba salir alguna vez
para conocer la arquitectura del mundo y así formar su trama interna.
7
El chico respiraba
a ritmo regular, pero había que llevarlo al hospital lo más pronto posible.
Miró hacia fuera y unos destellos lo enceguecieron por un instante. No era el
sol, ni siquiera el reflejo entre las nubes después de la lluvia, suficiente
para lastimar unos ojos acostumbrados a la claustrofóbica oscuridad del micro
reducido a la forma de una araña muerta. Eran los flashes de las cámaras
fotográficas y las luces de las cámaras de televisión que los buscaban como a
dos ratones a punto de salir de su escondite.
Levantó al chico entre los brazos igual
que lo habría hecho con un muñeco de papel crepé que él hubiese construido o
por los menos reparado, y que el más mínimo roce podría estropear. Algo que él
había rescatado de un rincón parecido al círculo negro por donde dicen que
entran los muertos, y que ahora lentamente, trabajosamente había vuelto a
respirar con un sonido crepitante que no le gustaba, pero que sin embargo era
un sonido humano, y eso era suficiente a esa altura de los hechos: un signo de
vida, porque el resto es siempre un eterno silencio que moldea, lima y frota la
superficie de las cosas para hacerlas entrar en el enorme espacio de la nada.
Sólo de eso Ruiz ha tenido miedo siempre.
No de las alturas o los abismos, del encierro o la amplitud desmesurada, sino
miedo a imaginar la nada como un vacío que ha saltado sin darse cuenta, o
rozado como quien pasa sobre el borde de un precipicio a alta velocidad. Un
espacio hueco que estará siempre allí delante y ni siquiera se puede ver.
Por eso levantó al chico como la única
joya construida con huesos que había rescatado viva del accidente, pasó
agachado por la abertura que habían ampliado y se arrodilló junto a la tabla
para inmovilizar el cuerpo. Se aseguró que la mascarilla estuviese ajustada y
el tubo de oxígeno indicara la presión correcta. Ruiz parecía encargarse de
todo, de controlar los signos vitales, de colocar las tiras de velcro en las
piernas y el tórax y el collar de goma. Pidió el estetoscopio y escuchó los
latidos. Controló el pulso y la tensión arterial. Iba a decir que estaba listo
para subir a la ambulancia cuando auscultó una arritmia. La presión disminuía y
el corazón se aceleraba a ritmo irregular. Dos enfermeros lo miraban sin saber
qué hacer.
-¡Se nos va!-lo oyeron decir.
Ruiz dejó el estetoscopio y apoyó el oído
sobre el pecho del chico. Luego puso las palmas sobre el esternón y empujó una
y otra vez. A cuántos había recuperado de esa manera, no lo recordaba. Quizá a
ninguno en toda su carrera. Métodos ortodoxos que eran eficaces en escasas
ocasiones. Rudimentos de la medicina frente a la fuerza centrípeta de un
tornado que conducía hacia las aguas del río Estigia. Aguas turbulentas y
enturbiadas por el fango.
Sintió a su alrededor las luces de los
flashes como relámpagos en una noche que se avecinaba tormentosa y fría. Los
murmullos de la gente eran iguales a pequeñas olas rompiendo en la playa
alrededor de las vías. Una playa de barro donde un gran animal de hierro yacía
detenido como un rey que había atropellado a sus súbditos sin malicia ni
intención, y que esperaba dormido a que separaran los restos para continuar su
camino.
Mientras empujaba el pecho del chico para
hacer que el pequeño corazón volviera a hablar, él sabía que cada segundo se
estaba llevando un puñado de posibilidades, y que sus gestos iban en camino de
convertirse en una caricatura de médico de hospital pobre.
Se detuvo un instante para descansar y
desentumecer las manos. No supo cuánto tiempo, sólo recordaría después que
levantó la mirada a los que lo rodeaban y vio una docena de caras que lo
miraban a los ojos. Las cámaras aprovecharon la ocasión y lanzaron su vaho
luminoso. Hasta pudo apreciar el calor de las luces, ensuciando el aire ya
hastiado de humedad y sudor. Pero las caras eran tantas, que no habría podido
encontrar la de los padres del chico, si es que estaban allí. Porque habría
querido deshacerse del niño de una vez por todas. Dejar la responsabilidad que
él mismo se había impuesto. Entregar el cuerpo junto con la cruz. No sabía por
qué pensaba en esto, no era un hombre religioso. Sólo asociaba a la cruz con su
significado pre-cristiano: cruz y castigo.
Cruces de caminos, exactamente como aquel
paso a nivel. Como así lo ilustran los carteles viales amarillos, ahora sucios
de mugre y olvido, a los costados de la calle.
8
Sé que hay alguien
más a mi lado. No es un hombre, estoy seguro de eso. Es una cosa imprecisa sin
cuerpo ni mente, sólo fuerza sin dientes pero que aprieta con tanto filo como
si los tuviese. Está cerca, pero aún prefiero no mirar. Doy vuelta la cara hacia
los recuerdos, y pienso en la última vez que hablé con don Oscar. Lo miré
durante un largo rato. Contemplé el triángulo de su espalda, su nuca ancha
girando nerviosa y sin compás, sin un ritmo que identificara sus pensamientos.
Me habría gustado preguntarle qué había hecho yo de malo para que me tratara
así un rato antes, si al fin de cuentas Pablo me había provocado. Sentí que era
más que injusto. Siempre me inquietó la falta de lógica en los actos de los
adultos, aquellos razonamientos que podrían hacer más fáciles sus vidas. Llegué
a imaginar las peleas de mis padres como las voces de dos pequeños cánceres que
estuviesen creciendo en sus cerebros, obstruyendo la coherencia y la armonía de
los hechos. Mi abuela había muerto de un derrame cerebral, y aunque entonces no
entendía qué significaba, lo imaginé como un accidente de tránsito donde un
camión se salía de la ruta y volcaba su contenido en la banquina.
Entonces, como un líquido que se vuelca,
no pude contenerme, y pregunté con toda la bronca que durante aquella mañana
había acumulado:
-Don Oscar, ¿por qué me dijo eso?
El hombre me miró por el espejo
retrovisor. Acabábamos de detenernos frente a las barreras del paso a nivel. El
timbre sonaba pero la luz no se encendía. Algunos peatones cruzaban mirando a
ambos lados. Teníamos una corta fila de tres coches y un camión detrás.
-¿De qué estás hablando, pibe?
-¿Por qué me retó si yo no hice nada?
Él hizo un gesto de cansancio y furia a la
vez. Se dio vuelta y me dijo:
-Vení acá.
Había algo que no me gustaba en su cara y
su voz. No fue un grito ni una amenaza directa, pero yo sentí que esta vez
sería diferente al simple estallido de hacía un rato. Me levanté y quedé parado
a su lado, casi rozando con mi brazo izquierdo su hombro derecho. Mantuve la
mirada baja, haciendo círculos con mi dedo índice sobre la palanca de cambios.
-No te hagás el boludo que de eso no tenés
nada-me dijo don Oscar.-Los pibes calladitos como vos son los peores, provocan
a los demás con solamente estar delante. Son lepra, si sabés lo que es eso.
Ustedes tienen llagas que les crecen en los intestinos y cagan algo peor que la
mierda.
Sé que todos los chicos lo escucharon
porque oí el silencio que se formó en el micro. Afuera el timbre seguía
sonando, el rumor de los motores y el repiqueteo del tren que salía de la
estación. Alcé la vista para verme en el espejo. Tenía las mejillas coloradas
pero sin signos de lágrimas. De algún modo sabía que no iba a llorar. Algo era
más fuerte que el dolor, una barrera más alta y ancha que las del paso a nivel
me había protegido de don Oscar. Un represa de cemento y hierro que levantó mis
puños y los llevó contra el cuello del chofer. Me arrojé a él con los ojos
cerrados, pero sentí que sus manos fuertes me separaban con facilidad mientras
yo manoteaba en la oscuridad. Sólo logre golpearme con el tablero y el volante,
y una vez con el parabrisas sin dañarlo.
-¡La puta que te parió!-gritó don Oscar
mientras me separaba.
Yo abrí los ojos justo a tiempo para ver
al tren pasar, por eso no escuché sino el eco de la última palabra y sólo vi
los gestos de los chicos que se levantaban de los asientos sin atrever a
acercarse. Y por eso tampoco escuché el sonido del cachetazo de don Oscar en mi
cara. No solamente la mejilla izquierda, sino toda mi cara quedó marcada por el
golpe de su palma de piel endurecida. Una mano que había tocado válvulas y
bujías, cambiado neumáticos y engrasado motores. Una mano que debió haber
tocado mujeres con cierta suavidad alguna vez.
Tampoco lloré. Vi cómo se levantaban las
barreras, pero don Oscar no miraba adelante, sino afuera, como si temiera que
lo hubiesen visto. Se veía nervioso, y volvió a mirarme.
-¡Andá a sentarte!-dijo, levantando otra
vez la mano derecha, y pensé que iba a intentarlo de nuevo, y que ahora su mano
me lastimaría definitivamente. Y sin saber cómo ni haberlo pensado antes,
detuve su mano con las mías y la mordí.
Don Oscar lanzó un grito sin insultos,
hizo una mueca más que desagradable en su cara sin afeitar. Se agarró la mano
con la otra y la apretó contra el cuerpo. Escuché su lamento de dolor
contenido, como si el orgullo le apretara también la garganta. Retrocedí unos
pasos, pero sabía que mis compañeros no iban a hacerme nada. Los chicos miraban
boquiabiertos desde sus lugares y un par de chicas lloraban.
Mi pelo estaba mojado de transpiración. El
guardapolvo se me había pegado como una camisa de fuerza. No me moví. Observé
la cara de don Oscar, a la vez sorprendida y llena de dolor. Cuando se miró la
mano, vi la sangre que le brotaba de una vena del dorso y me asusté. Di otro
paso atrás hasta ubicarme a la altura del primer asiento. Don Oscar se levantó
para buscar algo en la guantera. Revolvió entre un montón de objetos viejos,
pero no encontró lo que buscaba.
-¡La reputísima madre que te parió! ¡Voy a
buscar una venda en el kiosco, y que nadie baje!
El tren ya había pasado y las barreras se
elevaron. La fila de autos había aumentado. Los conductores tocaban bocina, se
asomaban y gritaban obscenidades al chofer. Él se limitó a mirarlos con furia y
dirigirse directamente al kiosco de la esquina. Algunos autos nos pasaban por
el costado, pero pronto la barrera volvió a bajar. Hacía calor, y la situación
era más que complicada, yo era conciente de eso. Pero no sentía miedo más que
de mi madre.
Pablo se me acercó de atrás. Me golpeó la
cabeza y retrocedió riendo con su risa tonta.
-¡Qué boludo, qué boludo!-no dejaba de
repetir señalándome con el dedo.
Dios, pensé, era hora de demostrar lo que
yo escondía. Era hora de apartar la vergüenza. Avanzar sin piedad sobre los
otros. Tal vez no existan métodos intermedios, ni justicia ni caballerosidad. A
los doce años estaba completamente seguro de que sólo hay dos bandos en el
mundo: los que avasallan y los que se dejan avasallar.
Se tiró entonces sobre mí, y otros dos
chicos se animaron a seguirlo. Yo caí en el asiento del chofer, pero logré
escabullirme de a poco bajo el peso de los tres, que no podían sujetarme bien
porque la palanca de cambios y el volante los entorpecía. Me metí entre los
pedales, les golpeé las piernas y me deslicé hacia un costado. Usé la palanca
para agarrarme, y sentí que algo se rompía. El motor había estado en marcha
todo ese tiempo, don Oscar había olvidado apagarlo después de lo que sucedido.
El micro dio un traqueteo y el motor se apagó. Los chicos se detuvieron al ver
a don Oscar regresar por la vereda amenazándolos con el puño sano. Ya estaban
en sus asientos cuando él subió.
-¡Sentáte!-dijo casi sin mirarme.
Me fui a mi asiento y todos hicimos
silencio. Afuera los bocinazos continuaban, algunos se habían detenido a mirar
y se reían de nosotros. Yo estaba agitado y con miedo, porque mi pensamiento
estaba más allá de las vías. Cuando llegara a casa, mamá estaría tan
ardientemente hostil como la humedad de aquel mediodía. Imaginaba a don Oscar
bajar del micro agarrándome de una oreja hasta la puerta de mi casa, y a mi
madre echándome miradas silenciosas de reproche mientras escuchaba al chofer.
Más allá del río de acero estaba el campo
de batalla. Era un río que de alguna manera no valía la pena cruzar. Pero el
tiempo es su propio enemigo, como un hombre que llevase en su mano izquierda un
puñado de semillas y en la derecha una pistola .45.
Don Oscar giró la llave de encendido. El
motor funcionó perfectamente. Las barreras se estaban levantando otra vez, pero
el micro no respondió a la primera marcha. Otra vez los bocinazos sonaron
exigentes, y un par de personas se acercaron a preguntar si necesitábamos
ayuda. Don Oscar negó con la cabeza, estaba demasiado ofuscado y confundido.
Pasaron varios minutos, pero finalmente
el micro avanzó y ascendió la leve loma en las vías. Estábamos en medio de
ellas cuando algo se atascó en la palanca de cambios. Don Oscar hizo intentos
por mover la palanca mientras apretaba el embrague. El motor se apagó varias
veces y logró encenderlo otras tantas. Cuando quiso volver a la primera marcha
el micro no respondió. Don Oscar aceleró pero el motor pareció ahogarse
definitivamente.
Yo veía que la mano le dolía y el apósito
comenzaba a mancharse de sangre. Se estaba poniendo nervioso y ahogaba el dolor
mirando a los costados. Habíamos perdido mucho tiempo, y las barreras empezaron
a bajar delante y detrás de nosotros. Los autos retrocedieron y los conductores
bajaron. Varios vecinos corrieron para ayudarnos. Entre todos comenzaron a
empujar mientras otros nos decían que bajáramos. Don Oscar miró a la derecha y
se quedó absorto unos segundos. El tren que se dirigía a la estación se
acercaba con demasiada rapidez.
Mis compañeros gritaron y corrieron por el
pasillo, unos pocos lloraron en sus asientos. Varios hombres subieron al micro
y comenzaron a bajarnos a uno por uno, pero éramos veintisiete chicos para
salir por la única puerta estrecha de adelante.
El tren seguía avanzando, y comenzó a
tocar con insistencia la estridente bocina. Avisando lo que no necesitaba
anunciarse, y no sé por qué justo en ese momento me acordé de una historieta
del oeste donde el tren atropellaba a una chica atada a las vías y el conductor
gritaba: ¡Fíjese por donde va!.
La gente trató de empujar el micro, pero
la caja de direcciones se había trabado. Lo incuestionable era que el micro se
había atascado igual que una ballena moribunda en una playa, dispuesta a
dejarse morir. Los esfuerzos de varias criaturas parecidas a hormigas no
podrían apartarlo, sólo otras máquinas como ella lo harían, y no había tiempo
para eso.
El tren estaba a menos de una cuadra.
Me paré junto a don Oscar, que no se había
separado del asiento, tratando de recuperar el control de su vehículo. No pensé
entonces si era porque únicamente le importaba salvar al micro, o porque no
quería entregarse a la verdad inevitable. Podría habernos ayudado a bajar, un
chico más a salvo era mejor que nada. Pero a mí no me importaba todo eso. Me
abrazó de la cintura y se puso a llorar. Me miró por un segundo y entonces me
empujó hacia abajo para ocultarme entre sus piernas.
9
Eran las ocho de
la noche. Había dejado de llover y las nubes se estaban retirando hacia el sur,
impulsadas por un viento de cuya verdadera fuerza sólo se daba una pequeña
muestra en las calles de la ciudad. Una brisa fresca que parecía un regalo y un
consuelo que un Dios pobre o avaro entregaba a sus criaturas luego de un
desastre.
Ibáñez contempló el arco iris, por lo
menos una parte entre dos altos edificios. Caminó una cuadra y llegó a la
plaza. Allí pudo ver casi el arco completo. Llevaba el impermeable doblado
colgando de su antebrazo derecho. Prendió un cigarrillo y miró a un par de
perros jugando y bebiendo en los charcos de agua. Se acercaron para olfatearle
el pantalón y movieron las colas, pero enseguida se fueron al oír el llamado de
una vieja que traía una bolsa. Los perros saltaron a su alrededor y ella
lentamente se sentó en un banco y sacó dos huesos de espinazo, todavía con
carne cruda y roja. Se pusieron a comer uno cada uno, sentados a cada lado del
banco.
Mateo Ibáñez entonces pensó en los niños
de las vías.
Dios mío, se dijo, maldita la profesión
que me hace pensar así. Tenía un hijo recién nacido esperándolo. Se restregó la
cara tensa de cansancio. Volvió al auto y condujo hacia la clínica. Ya había
oscurecido cuando llegó, y las luces de la entrada eran como un pequeño paraíso
para dormir. Luces blancas pero tenues, propias de los hospicios y los
hospitales psiquiátricos.
Cuando entró, las recepcionistas lo
saludaron con una sonrisa sin dejar de atender los teléfonos. Había dos o tres
personas esperando su turno en la sala de espera. Tomó el ascensor al tercer
piso. La puerta se estaba cerrando cuando el doctor Cisneros entró.
-¿Qué tal Ibáñez?
-Bien, Alberto. ¡Pero qué digo, Dios mío!
Muy bien. Hoy mi mujer dio a luz un varón.
-¡Pero muchas felicidades!-dijo
estrechándole una mano fuertemente.
Cisneros llevaba el guardapolvo con el
logo de la clínica bordado en el bolsillo superior izquierdo. Estaba peinado a
la gomina, un bronceado le resaltaba sus ojos celestes.
-Estoy un poco distraído. Tuve trabajo
toda la tarde y vengo a ver a mi familia. Hubo un accidente en un paso a nivel…
-Sí, oí las noticias en la televisión del
cuarto del chico que estuve atendiendo. El oncólogo me llamó hace dos horas. Es
un caso terminal, Mateo. La última semana estuvo gritando como un perro
apaleado, pero pude sedarlo un poco. El padre está histérico y la madre es una
zombi. Pero por lo menos el chico ya no grita y se despierta para hablar con
ellos de a ratos.
El ascensor se detuvo y bajaron a la
planta del tercer piso. Ibáñez recordaba a ese chico, la última vez que lo vio
le impresionó su aspecto. Mateo sintió que algo de pronto se asentaba en sus
espaldas, como una carga de bolsas con huesos, o el peso del hierro tan
parecido a la incontenible marcha del recuerdo. Pero por qué en aquel lugar, se
preguntó, donde su hijo recién nacido lo esperaba, por qué allí donde la vida
brotaba de las habitaciones con llanto vital. Sin embargo, el llanto es llanto,
y quién podría distinguir de lejos y a simple oídas si es de alegría o dolor.
Miró a Cisneros, que continuaba hablando, pero escuchó únicamente las últimas
palabras.
-…Martín murió esta tarde a las tres. Si
lo hubieras visto, flaco y amarillo.
Ibáñez se despidió prometiendo mantenerse
en contacto. Caminó por el pasillo hacia la habitación 21. Golpeó y abrió la
puerta. El cuarto estaba iluminado por la lámpara de mano junto a la cabecera
de la cama, donde su mujer dormía. El cuerpo daba sombra el bebé que reposaba a
su lado. Después de cerrar la puerta para evitar la luz del pasillo, Mateo se
acercó en silencio. Tocó la cabeza de su hijo.
El niño dormía. Sus bracitos se movieron
en el sueño que Ibáñez imaginó plácido y celestial.
Pero pueden los
bebés soñar con otras cosas, se preguntó. Le habría gustado interrogar a su
hijo Blas sobre el destino de las almas de los niños. Sin embargo, por ahora se
trataba de una posibilidad tan remota como la de combatir la muerte.
10
-Tres minutos y
medio-dijo el enfermero.
Ruiz dejó de mirar la cara de los curiosos
que rodeaban el lugar como uno de los círculos del infierno. El chico llevaba
muerto tres minutos y medio. Ya era tiempo de dejar transcurrir el tiempo, se
dijo. De nada valía retener los segundos cuando todo acostumbra a fluir con más
facilidad que el áspero pensamiento humano, que como un tosco papel matamoscas,
intenta convertir el mundo en un museo de insectos, en una morgue donde reina
el formol y el silencio es roto únicamente por el zumbido de las nuevas y
jóvenes moscas.
Sus manos se detuvieron sobre el pecho del
chico. Los flashes continuaban estallando como relámpagos retrasados de una
inmensa cámara en mal funcionamiento. Ruiz recordó las luces blancas del
hospital donde trabajaba, y ahora le parecieron tan semejantes a las que se
utilizan en los frigoríficos, que un temblor le recorrió la espalda. Cerró los
ojos. Qué era la morgue del hospital, sino, más que una cámara de enfriamiento.
Una habitación soberbiamente iluminada por focos que jamás molestarán a los
muertos.
Se puso a palpar el cuerpo como si no
creyera que estuviera entero, preguntándose por qué el desastre había respetado
ese cuerpo sólo para matarlo por asfixia poco después. Pero de pronto vio que
algo salía por la comisura de los labios del chico, deslizándose por la
barbilla. Vio la lenta caída de la saliva y se dijo que aún los muertos
eliminan secreciones por un tiempo. Y sin embargo, al sujetar la cabeza del
niño creyó percibir un leve aliento sobre el dorso de la mano. Le abrió los
párpados, iluminó los ojos con la linterna y encontró el reflejo intacto. El
pecho se movía ahora a ritmo regular y firme.
Volvió a colocar la mascarilla y aplicó
dilatadores en la vía endovenosa. La gente que se había alejado regresó, y un
murmullo extraño comenzó a crecer alrededor de Ruiz y los demás. Él no miró,
así que no supo si se trataba de aprobación, sorpresa o quizá desilusión. Había
sido testigo muchas veces de que la muerte era un asesino por encargo que no
cobraba nada. Una aliada que se llevaba los molestos fardos de los cuerpos
enfermos. Pero más molesto aún es verlos regresar. Si se fueron llevándose todo
recuerdo y todo amor, o todo recuerdo y todo odio, que al volver no esperen que
el mundo sea el mismo. El vacío de su partida es como un globo roto, no puede
rellenarse de aire, no puede repararse ni reconstruirse. Sólo arrojarse en un
baldío junto a otros desechos que están esperando desde quién sabe cuánto
tiempo.
Ruiz se quedó quieto un instante, como si
su sangre aguardase que la mente se adaptara a lo que estaba viendo. El niño se
había recuperado y respiraba casi normalmente, frunciendo la cara y llorando,
emitiendo gemidos inarticulados que pretendían formar palabras, tal vez su
nombre.
Un instante después abrió los ojos por
unos segundos. Eran marrones, y miraron a Ruiz sin miedo ni dolor o
agradecimiento, simplemente como quien observa un instrumento que ha sido de
gran utilidad.
Pero Ruiz no llegó a pensar en esto. Sólo
dijo:
-Cerrá los ojos y respirá tranquilo. Ya
estás bien, hijo, ya estás bien del todo.
Le acarició suavemente la cabeza de pelo
duro y chamuscado, levantando la vista al cielo de la tarde que comenzaba a
caer, la noche que avanzaba desde el horizonte como cientos de pájaros oscuros
sobre las vías.
11
Hay alguien aquí,
conmigo. No es el hombre que me ha levantado y coloca una mascarilla de
plástico en mi cara, y que me hace respirar mejor. Mis pulmones se están
liberando del humo estancado, como si el aire nuevo fuese un torrente de agua
arrastrando el polvo y las cenizas de una devastación.
Hay alguien que respira conmigo,
ayudándome a controlar el ritmo. Conozco mi propio cuerpo, intento decirle,
pero él me aconseja en silencio y con una sonrisa que adivino a pesar de mis
ojos cerrados. Es el tono de su voz sin sonido lo que me consuela y me perturba
a la vez. Se parece a esos insistentes vendedores ambulantes que pasan casa por
casa, y sus palabras son tan abrumadoras que convencen no por cansancio, sino
por la lenta transformación que ha ocurrido en nosotros, nos convertimos en
arcilla moldeada por sus manos. Sospechamos, allí en el fondo mismo de la
situación, que hay un interés subrepticio en sus palabras, y nos arrepentimos
de haberles abierto la puerta.
No sé cómo se llama todavía. No quiere
decirme su nombre.
Es un chico de mi edad, o apenas más
grande, tal vez. Tiene ese engreimiento típico que nos hace actuar como
mayores, pero cuyas palabras y giros revelan la ficción. Yo también he
inventado novias ante mis compañeros, he relatado aventuras y anécdotas que
nunca me han pasado, y mejoré la realidad para satisfacción de mi ego
maltrecho.
Eso es lo que él hace, me envuelve con
palabras de aliento que se convierten lentamente en un resquebrajado tono de
amenaza. Hay grietas en la superficie de su tersa mansedumbre, agujeros por los
que sale una oscuridad más profunda que la que ahora conozco, la de los ojos
cerrados. La penumbra de él tiene olor a tierra podrida, a esos campos junto a
las rutas donde la gente arroja a los perros atropellados.
El aire nuevo me ha ayudado mucho. Siento
que avanzo hacia atrás. Las olas me llevan hacia la playa nuevamente. Abro los
ojos por un instante, y veo los haces de luz que penetran por aberturas hechas
en el hierro del micro. Todo está negro y chamuscado, todo yace invertido,
excepto nosotros. El hombre que me tiene abrazado en su falda y yo. Sus manos
me sujetan para que no me caiga, sus ojos miran hacia la luz y gritan algo que
no entiendo. Los oídos me arden y zumban. Entonces me levanta un poco, arrastrándome
por el estrecho espacio entre hierros torcidos.
Cierro los ojos otra vez porque la luz
intensa me lastima. Sé que he sobrevivido a lo que fuese que hemos pasado.
Recuerdo el tren viniendo hacia nosotros, la cara de espanto de don Oscar, el
líquido del miedo endurecido como mercurio congelado, formando las esferas de
sus ojos.
Por eso sé de qué se trata el miedo. No el
trivial temor frente a un examen desaprobado, ni siquiera la incertidumbre que
sentí frente a la separación de mis padres. Sólo se le parece lejanamente
aquella inquietud que tuve una vez al ver el cadáver de mi abuelo en su ataúd.
Mamá me había alzado un poco para despedirme de él, y vi que algo se lo estaba
llevando. Algo que lo arrastraba con quejidos por el piso sin que nadie más lo
viese, y ese arrastrar era tan lento y tan insoportable que cerré los ojos, me
tapé los oídos y me puse a gritar.
Tengo los párpados abiertos, pero los
demás no se dan cuenta. Veo, sin embargo, tras el velo de las lágrimas opacas
de hollín y suciedad, la luz triste de este día nublado, y centelleos
esporádicos como relámpagos. Oigo voces, un murmullo creciente que se apaga
apenas siento el dolor fuerte en mi pecho.
“Dios mío, se nos va”, me parece haber
escuchado. Me están pinchando los brazos, y las venas me arden.
El mar comienza a calmarse, ya no hay olas
que me empujen de regreso. Levanto la cabeza y veo las nubes sobre el agua.
Llueve y yo floto a la deriva. Tengo miedo, no pánico. Únicamente ese miedo
cosechador de angustia y desolación. Nado un poco como un perro, pero mis
brazos y piernas se están cansando. No tengo dolor, sólo una sensación de
extrema pesadumbre, de irremediable pena. Todo lo mío ha quedado en la playa,
lo que me ha pertenecido y lo que ya nunca tendré. Hasta la memoria de mi padre
y el recuerdo de mi madre cuando era más
joven y más buena, se esfuman. Los días en la playa y los paseos en auto, las
calles de camino a la escuela, los juguetes rotos y las imágenes vistas en un
cine una tarde de domingo. Todo se hunde tras las olas ya tan lejanas, como si
la playa fuese una estación de peaje que hemos pasado tras pagar el precio.
Entonces veo una balsa, de color
amarillo, más adelante. Es un punto de color en la penumbra del mar. Veo que
alguien levanta la mano y me saluda. No logro verlo del todo, pero pronto se
acerca y estira los brazos para alcanzarme.
-¡Agarráte!-me dice, y reconozco su voz.
Es él quien me ha estado acompañando desde
hace rato.
Intento avanzar hacia la balsa y
finalmente llego a agarrarme del borde, pero me resbalo y él me sujeta de la
mano. Con dificultad logro subirme mientras él me levanta de la ropa. Qué
extraño, pienso, no me había dado cuenta que aún llevaba el guardapolvo de la
escuela, y las ropas mojadas eran más pesadas que mi propio cuerpo. Me dejé
caer al piso de la balsa, respiré profundo varias veces y luego me senté. Miré
al otro chico con atención por primera vez. Estaba vestido con una camisola de
hospital. Era extremadamente flaco y tenía la cara demacrada con ojeras
profundas, el cabello ralo y con mechones desparejos, como si se le hubiese
caído durante los últimos tiempos. Sin embargo su mirada desmiente el aspecto.
-Me llamo Martín-me dice con una sonrisa
parecida a la de una hiena, pero inmediatamente después su boca se tuerce en
una mueca que me recuerda a un perro herido.
-Gracias por ayudarme.
Pero él no me contesta, se limita a
levantarse la camisola con la mano izquierda y meter la derecha debajo. Saca
una escopeta corta. Al principio se me ocurre que es de juguete, pero enseguida
me doy cuenta que es de esas que venden en las armerías para los niños.
-Me la regaló mi papá. Vamos juntos a
cazar una vez por año a los bosques.
-¿Sabés usarla?
Él se ríe y levanta el arma, la pone en
posición y me observa a través de la mirilla. Yo no entiendo su juego. La
presencia del chico me había tranquilizado, pero ahora vuelvo a tener miedo.
Por reflejo, levanto los brazos y pongo las manos delante como si con eso
pudiese detener una bala. El chico se ríe todavía más.
-Necesito tu cuerpo-dice sin dejar de
apuntar.
No comprendo a qué se refiere.
-Tenemos que volver a la playa-insisto yo.
-¿Todavía no te diste cuenta?
Mueve la cabeza, como resignado ya a no
tratar de explicarme nada.
-¿Dónde estamos?-pregunto.
-No sé, pero no nos queda mucho tiempo.
Mientras más nos alejamos de la playa nuestros cuerpos se pierden. Es decir, tu cuerpo se está perdiendo. El mío ya
es carne de cementerio.
Yo miro la nada líquida y gris a nuestro
alrededor, un escalofrío me recorre la espalda.
-¿No tenés miedo?-digo temblando.
-Vos sos el único que tiene miedo. Como un
conejo en la trampa.
Entonces baja el percutor y yo grito de
pánico.
-¡No, por favor, por favor!
No sé por qué lo hago. Si he visto la masa
inmensa del tren abalanzarse sobre el micro, y ni siquiera grité, por qué ahora
tengo tanto miedo. Me siento desnudo a pesar de estar vestido con ropas
empapadas, solo y desamparado en un lugar del que no hay posible rescate, y mi
alma está expuesta como un hueso roto a través de la piel.
Entonces me doy cuenta de todo, como
cuando se descorre un vidrio esmerilado y vemos el claro paisaje de una guerra
nuclear.
Me pregunto si las almas de los niños
siempre carecen de guías como me está sucediendo ahora, si deambulan perdidas
en balsas endebles sobre el mar, caminan sin agua en los desiertos o descalzos
y desnudos en medio de la selva. Tal vez las almas tampoco son inmortales,
quizá deban pelear para sobrevivir. Las almas de los niños a lo mejor también
sangran y se ahogan.
El chico baja el arma, y su mirada implica
que desde el principio no ha tenido intención de usarla. Se me acerca casi
arrastrándose en el pequeño espacio del que disponemos, y me agarra de los
hombros. Yo intento acurrucarme contra un extremo, temblando. Él debe tener
apenas un año más que yo, y está débil. Pero la amenaza de su postura y su
sonrisa desarman mis defensas. Me empuja sobre el borde. Intento agarrarme de
la balsa, trato incluso de empujarlo en sentido contrario, y logro detener sus
movimientos por unos instantes. Está más débil aún de lo que parece, y necesito
aprovechar eso para salvarme. Pero entonces él hace algo inesperado.
-¡Por favor, necesito tu cuerpo!-me grita
con una voz desesperada, la cara contrahecha de dolor. Igual que las caras y
las voces de los chicos del micro.
Ya no puedo pelear, entonces. Debo
reconocer que me ha vencido.
Y quién me espera en casa, me pregunto.
Quizá el llanto de mi padre y el amargo remordimiento de mi madre.
El mundo parecido a lo que siempre ha
sido.
-Ya es tiempo-reflexiono en voz baja.
No sé si él me escucha, pero renueva de
pronto su fuerza y me golpea en el pecho. Caigo al agua, y el guardapolvo y los
zapatos de la escuela se convierten en un ancla. Mis ojos lentamente abandonan
la línea del mar, mientras observan cómo la balsa se aleja hacia la playa.
He despertado, por fin. Miro la cara del
médico que me observa con ojos en lágrimas, y el hermoso reflejo del sol entre
las nubes después de la tormenta, limpiando las sombras sucias del desastre. Sé
que mi cuerpo, aunque golpeado, está sano. Y sé también, aunque insistan en
darme otro nombre, que me llamo Martín.
EL HOGAR
1
Apoyó el codo en la almohada
y su cabeza descansó sobre la mano derecha. Fumaba un cigarrillo y la ceniza
caía sobre las sábanas. Pero él no alcanzaba a ver más que la lucecita roja en
la punta, iluminando humildemente la habitación en sombras. Porque no podía
esperar que un simple cigarrillo fuese capaz de alumbrar la belleza del cuerpo
de Nadia, que dormía de espaldas a él en esa misma cama. Desnuda, traicionada
por las sábanas que él había retirado para observarla una vez más, a la luz
impotente de aquel cigarrillo.
Con la mano izquierda sacudió la ceniza
sobre la cadera izquierda de Nadia. Ella se movió un poco, y aunque no
alcanzaba a ver su cara, sabía que ella había hecho una mueca de placer más que
de disgusto. El calor compensaba ahora el fresco de la noche que había
comenzado a cubrirla como una sábana congelada, y del que ella intentaba
protegerse en sueños colocando las manos entre los muslos.
Él pudo ver el movimiento de los dedos
sobresaliendo entre las piernas, un temblor la recorrió sin que despertara.
Entonces volvió a sentirse excitado, a pesar de que habían hecho el amor dos
veces antes de que ella se durmiera. Él no había conciliado el sueño pensando
siempre en la casa, en la puerta de la casa de sus padres. La doble puerta de
madera con aldabas y una mirilla con forma de óvalo. La casa a la que nunca
podría entrar otra vez, ni siquiera pidiendo permiso como lo hacía cuando su
hermano vivía allí con su familia.
Él, Jorge Benítez, que había nacido y
vivido allí por veinte años, ya no tenía derecho más que a contemplarla desde
la vereda de enfrente, como un ladrón o un fisgón, casi como un pervertido del
que cualquiera sospecharía algún delito a perpetrarse muy pronto.
Y también era verdad que él actuaba acorde
a esa sospecha, incapaz de explicar el por qué de su paso lento y ensimismado
frente a la casa, si ni siquiera él sabía la razón de que sus ojos se desviasen
hacia ella, o más bien su mente se concentrara tan fijamente en esa fachada a
la que un corto alero de tejas españolas daba sombra y ayudaba a alimentar el
musgo en las paredes, a embeber de humedad y muerte la puerta de entrada que
tantas veces lo había dejado pasar cuando era un niño.
Pero hay puertas, se dijo muchas veces,
que únicamente permiten el paso de la infancia, como si el crecer fuese un
delito obligado, inevitable. Una condena en una cárcel sin rejas donde se está
solo, un completo desierto donde las puertas no pueden ser concebidas porque
irían contra su propia naturaleza. El vacío, que casi todo lo abarca, incluso
el cielo y el suelo que pisamos, no concibe el material para construir una
puerta y un techo.
-El infierno es eso-murmuró Jorge,
exhalando humo sobre la nuca de Nadia.
-¿Qué cosa, querido?-dijo ella entre
dientes, apenas girando la cabeza.
-Dije que el infierno debe ser algo
parecido al cielo, allí no hay lugar adonde escapar, no hay puertas ni
escondites. Dios te puede ver en todas partes. Imagináte un día eterno, sin
noches, donde el sol te dé de lleno siempre en la cabeza, llegarías a ver la
cara de Dios en ese sol, haciéndote muecas de burla, apiadándose y riéndose de
vos al mismo tiempo.
-Creo que soñaste, querido-contestó Nadia,
y volvió a esconder la cara sobre la almohada. Pero su espalda quedó dando
frente al cielo raso, escondido en la sombra protectora de esa noche, que
gracias a Dios, se dijo Jorge, aún permanecía, alterada y corrupta comparada
con las ancestrales noches del principio del tiempo, pero todavía digna y
misteriosa.
Cómo penetrar el cuerpo de Nadia, ya que
sus sentidos eran impenetrables a los pensamientos que él necesitaba
expresarle. Atravesar su espalda con lacerantes esquirlas de ideas para que
ella comprendiese lo que él sentía: la suprema impotencia para regresar, para
sentir otra vez el absoluto abandono del mundo. Porque él tenía miedo desde que
había nacido. Quizá a todos les pasaba lo mismo, pero cómo hacérselos reconocer
sin pasar por loco, sin que lo mirasen por la calle y murmuraran “ahí pasa el
raro”. Un mujeriego soltero a los cuarenta años, sin hijos y sin casa. Un auto
deportivo, un Torino que tronaba las
calles cada vez que corría los domingos a la cancha. Un motor que gritaba como
él en las noches de
-Nadia, escucháme-murmuró, pero sabía que
ella apenas lo oía cubierta su cabeza de cabello negro por la almohada.
Entonces pegó su cuerpo contra el de ella, frotando su pelvis contra la pelvis
de Nadia, luego sacó el cigarrillo de sus labios con la mano izquierda,
sujetándolo entre el dedo índice y el medio, mientras acariciaba con los otros
los muslos de Nadia.
Ella gimió al sentir el calor, pero no
abrió los ojos. Lo dejaba hacer como tantas otras veces, cuando simplemente le
frotaba la espalda o le besaba el cuerpo durante minutos, durante horas, hasta
a veces el amanecer, cuando finalmente se dormía y ella se levantaba.
Como si él viviera feliz durante la noche,
protegido por las paredes cuyo color no importaba porque eran como una
extensión de la piel de la mujer. Como si al moldearla con sus manos amasara la
arcilla para construir la tienda que lo aislara de las estrellas, que al fin de
cuenta eran soles, millones de mirillas por las cuales Dios atisbaba y vigilaba
las acciones de un teatro viejo y pobre. Paredes de piel que irían creciendo
hasta hacerse anchas y fuertes como la casa de sus padres. Esa casa en la que
nunca lo dejarían entrar otra vez.
Jorge apoyó la punta del cigarrillo en un
glúteo de Nadia. Ella giró sobresaltada y lo miró sin decir nada, pero sabía lo
que él estaba pensando. Era demasiado fácil darle a entender lo que deseaba,
meras insinuaciones de cosas y actos fútiles, vislumbres que hasta un perro
apaleado sabría comprender.
-No, Jorge, esta vez no, por favor.
-Pero si te gusta...
Ella iba a contestar, sin embargo su cara
demostraba que no podría defender una negativa rotunda. Había accedido ya
demasiadas veces antes para negarse ahora.
-Es tarde para empezar otra vez, tengo
sueño y mañana hay que levantarse temprano-. Encendió la luz de la mesita.
-Pero si faltan apenas dos horas, Dios mío, y me caigo de sueño.
El humo ascendía sobre ellos como una
espiral, envolviendo los cuerpos. Él la besó en la boca, el cuello y las
clavículas, lamió los pechos de Nadia mientras ella gemía rindiéndose al calor,
al roce del cuerpo de Jorge, a los vellos del pecho que la rozaban como una
suave corteza con musgo. A eso olía él cuando transpiraba, al aroma escondido
bajo las hojas secas en el bosque, al barro oculto bajo las piedras. Ella se lo
había dicho una vez mientras hacían el amor, mientras él le susurraba en los
oídos un tenue ritmo de “eses” entrecortadas que se parecía mucho a la música
del viento entre los árboles. Porque las copas de los árboles son también un
techo que protege no sólo de la mirada de Dios, sino de la saliva con que
pretende comprobar la humana naturaleza de tierra, como un científico temeroso
de que su descubrimiento se malogre al día siguiente, o no sea más que un
sueño.
-A veces Dios también sueña-dijo Jorge
cuando llegó en su camino de besos hasta la entrepierna de Nadia-. Él también
debe ser un macho cabrío, a veces, si es verdad que te creó, amor mío.
Entonces apoyó el cigarrillo sobre la piel
del muslo derecho de Nadia. Ella se agitó como si hubiese tenido un orgasmo.
Luego hizo lo mismo sobre el otro muslo, más cerca del sexo, y ella volvió a
gemir. Pero se dio cuenta que lloraba. Era un gemido diferente, porque sus
pechos se agitaban como los de una vieja enferma que llora extraviada en la
calle donde siempre ha vivido. Nadia perdida en sus propias creaciones, o más
bien en las paredes dolorosas que ella llegó a construir con el material del
que él la había provisto.
-Algunos levantan y otros destruyen
paredes-dijo Jorge mientras regresaba sus manos hacia los senos de Nadia,
lamiéndolos hasta dejar un hilo de saliva en la que apagó finalmente el último
cabo del cigarrillo.
Ella gritó esta vez, pero él ahogó la voz
penetrándola con fuerza, hasta notar la leve transformación del dolor en
placer, y diciéndose a sí mismo, como si rezara, que a veces Dios era más que
un hombre: era un gran inventor.
2
Tengo que llamar a la vieja.
Hace tres días fue su cumpleaños y otra vez lo olvidé. Y cuántos cumple no lo
recuerdo si no saco la cuenta del año en que nació. Dios mío, setenta y nueve.
Sí, setenta y nueve años. Tengo que conseguir un teléfono y llamarla antes del
domingo. Siempre se enoja si lo hago el domingo de Pascua. Es la resurrección
del Señor, me dice, mi cumpleaños fue hace una semana. La hace sentir culpable
esa veta, esa pátina de pintura religiosa con que la barnizaron en la escuela
de monjas, de pequeña, allá en Junín. Un convento de carmelitas en medio del
campo, rodeado de pastizales quemados por el sol del verano, mientras los
coches pasaban por la ruta de tierra levantando polvo y olor a bosta hasta
invadir las aulas y los patios, sembrando el aroma de los animales en las
narices de niñas y mujeres vírgenes.
Ese paisaje, o ese olor, había prevalecido
en la mente de mamá, aún luego de haber venido a la ciudad y haberse casado con
un hombre que nada tenía que ver con el campo. Un hombre como mi padre, que
despedía aliento a café con coñac bebido en los bares de la ciudad, teñido su
bigote rubio por el tabaco de cigarrillos fumados hasta la colilla. Hombre de
ojos enternecidos por el alcohol o por la vista de esa mujer que había venido
del interior de la provincia y que miraba con ojos vírgenes el perfil huesudo
de la cara de quien iba a ser mi padre, la gorra inclinada a un costado y el
olor al puerto, el tufo a pescado que nunca pudo sacarse de encima en toda su
vida. Recuerdo, como si fuera hoy, el olor que despedía su féretro cuando lo
enterramos, era como estar sepultando una bolsa de pescados viejos.
Los ojos celestes de mi vieja.
Dios mío, por qué estaré pensando en
pasado. Debo llamarla aunque no me recuerde, aunque el Alzheimer la lleve y la
traiga de lugares imprecisos en donde se refugia para esquivar la realidad. Si
yo pudiera evadirme también, pero no puedo porque en cualquier momento me
caerán encima, ellos, los abogados y los juicios, los demás periodistas y la
mala opinión pública. Sé que mi nombre ha sido manchado y pisoteado en muchas
ocasiones, han hablado de mi colaboración con el gobierno de facto, de los
hombres y mujeres que he entregado en mis artículos. Por eso estoy aquí, para
sumar un eslabón en la cadena de mi reivindicación, un punto a mi favor que
pueda borrar lo otro. Eso que ni siquiera recuerdo con precisión porque nunca
archivé los nombres que mis manos escribieron, como si algo en mi cabeza se
hubiese puesto inmediatamente en funcionamiento cuando mencionaba nombres y
hechos o apenas sospechas. Un factor defensivo, lo sé, porque si no eran ellos,
habría sido yo a quien hubiesen arrancado de la cama una noche cualquiera, a
punta de pistola y secundado por tres hombres de civil, para ser subido a un
Falcon verde que se perdería en barrios que nunca vería por tener los ojos
vendados, que nunca escucharían mi voz por estar amordazado con un pañuelo, que
sin verlo, imaginaba blanco.
Porque blanca es la suma de todos los
colores que anula y absuelve, como la conjunción de positivo y negativo, como
el encuentro de fuerzas opuestas, como la ira y el perdón. El blanco es el
color del olvido, me parece. Lavado de memoria con ácido clohídrico, hasta
lograr que el mundo exterior se esfume en vapores irrespirables que obligan a
usar mascarillas como vendas del olfato. Caminando entre tufos que no huelen a
nada, paradoja propia de las buenas costumbres. Máscaras parecidas a esas que
están usando los soldados que se han rebelado en Campo de Mayo, a las órdenes
de oficiales levantados en armas contra la democracia reestablecida hace ya
tres años, este bebé que más parece un muñeco de paja y trapo porque en
realidad nadie lo ha concebido. Yo más bien creo que es un muerto que alguien
sacó de cementerios clandestinos y maquilló con suma destreza para presentarlo
en televisión -medio de doble filo que puede levantar o hacer caer a los dioses
del momento-. Porque la prensa, los periodistas gráficos como yo, somos apenas
unas putas o unas vírgenes, extremos ambos merecedores de la misma piedad y la
misma desgracia, del mismo perdón y del inmediato revocamiento de ese perdón.
La verdad no llega a la tinta de un diario, se queda pegada en la conciencia, y
ella se quema con ácido clohídrico, se transforma en vaho que oculta el olor de
los cadáveres.
-¿Qué hacés acá?-me preguntó Mario, el
fotógrafo. Tiene, como yo, alrededor de cuarenta y cinco años, barba canosa y
pelo largo y enrulado. Lleva un piloto azul abultado con lentes y cámaras, un
bolso negro con más equipo fotográfico, las manos sudadas, donde un anillo de
casamiento ha quedado para siempre a pesar de una ya larga separación. Las
leyes no toleran el divorcio, por ahora.
-No me hagás preguntas idiotas...-le
respondo.
Me mira por la ventanilla que yo mantengo
cerrada no sé por qué, como si pudiese detener una bala perdida. Me hace una
señal obscena y luego se ríe. Da la vuelta y entra del otro lado.
-¿En serio querés tener la exclusiva? Los
pendejos lameculos te van a ganar de mano.
-Ya lo sé, pero no hay ninguno con mi
experiencia...
-Doble experiencia, en eso tenés razón.
No me molesto en contestarle. Siempre me
hace esas observaciones que en los demás son más parecidas al odio que al
sarcasmo. Prefiero este último, al menos existe un resto de aprecio escondido
en su estructura, semejante al reproche de una amante humillada. Sin embargo,
no puedo jactarme ni contestar todas las veces que quisiera. Debería ir por la
calle caminando con la frente en alto, pero enseguida la imagen de un militar
con su uniforme y la gorra bajo el brazo entrando a tribunales se me aparece en
la memoria, y bajo la cabeza y acepto las bofetadas y los golpes verbales.
No puedo decir que lo que hice estuvo
bien, ni puedo decir que volvería a hacerlo. El recuerdo de Gloria me aterra,
me despierta con el chirrido de los Falcon en el empedrado o el asfalto en un
barrio recorrido por colectivos repletos de gente, testigos de secuestros,
testigos de desapariciones propias de magos expertos en la muerte. No hay
magia, pienso, sólo la biología utilizada a favor de un principio. Gloria
capturada porque yo decidí seguirla, yo como un cebo tras el cual los perros
corren en un silencio aprendido con estricta disciplina siguiendo las leyes del
hambre. Para que me perdonara, así como ahora hago esto para atenuar los
rigores y los castigos que se me vienen encima.
Tres años, Dios mío, y si tengo trabajo,
es por las migas de pan duro que me arrojan los viejos compañeros como Mario,
que aún sin perdonarme, me miran a los ojos y ven lo que yo no sé si todavía
conservo. Eso que no quiero nombrar por no caer en el facilismo y el lugar
común en que sin embargo he caído al escribir las novelas por las me hice
conocido. Eso que los hombres conservan hasta un tiempo después de muertos, y
que después desaparece en los vacíos rasgos del rigor mortis.
-Así que el viejo Bautista Beltrame hace
méritos para reivindicarse-dice Mario palmeándome la rodilla y haciéndome un
guiño cómplice.
Esta vez soy yo quien lo mira con
sarcasmo.
-Por lo menos vas a tener material para
una nueva novela.
Le convido un Camel, y le digo:
-Conozco a muchos que en los próximos
meses van a publicar novelas sobre los años de plomo, y no quiero ser el único
chivo expiatorio.
Él me entiende. Nadie mencionará mi
nombre, probablemente, no con absoluta certeza todavía, en ninguna novela o
ensayo. La resaca del miedo, como quien dice, de aquellos años, todavía va a
persistir por mucho tiempo. Pero si yo vuelvo a publicar, no será ya con esa
seguridad de quien se mete de lleno en el mercado con un material a toda
prueba, esas novelas de fácil lectura, una aceptable intriga y algo de sexo que
los censores decidieron pasar por alto. Porque al fin de cuentas fui yo quien
las había escrito, un periodista de renombre de un diario importante de la
tarde. Un intelectual que, sin mencionarlo ni gritarlo a voces, dio su apoyo a
la realidad. Alguien que siempre se ajustó a las leyes y a los patrones
dictados por las necesidades de urgencia.
Mis dos novelas habían vendido mucho, y
habían recibido frías pero ponderables críticas de algunos comentaristas -si lo
hicieron llevando las manos a los bolsillos o no, no me interesó saberlo es
esos días-. Pero después aparecieron las demandas por plagio. Una por la trama
del primer libro, y dos por dos relatos publicados en una revista de
actualidad. Banalidades judiciales, dicen mis abogados, nadie puede probar
nada. Eso es lo que digo yo, y podría darle también el nombre de venganza si me
considerara un ingenuo, pero el nombre verdadero es oportunismo. La oportunidad
es aprovechar los rasgos laterales de una verdad. Como esas roturas que se
producen en los costados de un auto cuando una moto pasa demasiado cerca, no se
notan a simple vista, pero con el tiempo la pintura se resquebraja y aparece el
óxido. Es allí, como sobre una llaga, donde ellos ponen el dedo.
-No, Mario. Tengo en mente otra novela
diferente a las anteriores. Algo de policial con rasgos más psicológicos.
Quiero alejarme de lo social por un buen tiempo, por lo menos en la ficción.
Él se ríe y empieza a toser. Yo abro las
ventanillas.
-Pero si estás enterrado en la realidad,
Beltrame. A vos no te sacan ni con palas ni azadones del pozo en el que te
metiste.
Mira más allá del parabrisas, los soldados
cambian la guardia frente al cuartel. Llevan las caras embadurnadas de negro,
ramas cortas con hojas verdes en los cascos, las botas resuenan en el suelo
hasta donde estamos sentados nosotros, a más de cincuenta metros detrás de las
verjas de la base. Un oficial de rango menor dirige el cambio de pelotones.
Pero todo esto se hace detrás de dos filas de bolsas apiladas hasta poco más de
un metro de altura. Las cámaras de televisión están sobre las verjas, algunos
transmiten en directo. La rebelión y la toma del campamento militar ha
comenzado recién hace unas horas.
-¿Sabés algo, te dijeron algo?
-¿Qué voy a saber?
-Digo, nomás, son tus amigos...
Entonces le doy una trompada en la nariz
que me sale mal por el poco espacio y por tener que usar la izquierda. Mario se
lleva una mano a la cara y comprueba si sangra. Al fin de cuentas sólo logro
magullarlo nada más que un poco.
-La puta madre que te parió...-me dice.
Yo pienso en mi vieja, la de los ojos
celestes perdidos en el cielo del Alzheimer. Miro adelante la cara embadurnada
de los soldados, que se asoman como orugas negras por encima de las
empalizadas. Afuera hace frío, pero en el auto está cálido. Me siento bien
acompañado, aún con este tipo a quien finalmente no sé si considerar amigo o
enemigo.
-Esta semana mi vieja cumple setenta y nueve
años. Para ella el mundo se detuvo hace quince. Lo votó a Perón en el setenta y
tres, y a veces me pregunta, cuando está más lúcida, en qué año estamos.
Mario me está mirando.
-Perdonáme.
-Ya me golpearon otros tipos peores que
vos, Beltrame. No te preocupés.
Se pone a armar su cámara. Yo empiezo a
tomar notas en mi libreta, levantando la vista de vez en cuando hacia el
cuartel. La luz de la tarde sobre Campo de Mayo, las luces de los camiones
militares encendidas. El humo de los caños de escape formando una cortina de
humo frente al edificio principal. Los flashes de las cámaras como relámpagos
rompiendo el silencio del Jueves Santo.
A veinte metros a mi izquierda, un grupo
de periodistas muy jóvenes ceban mate y comparte sus sandwiches. Anoto esto
también, la forma en que parten el pan en trozos iguales y lo pasan de mano en
mano. No había nadie en el centro de esa ronda, sólo la luz alerta de una
cámara de televisión, como un fuego fatuo fijo y sereno en su cruel y constante
verdad.
3
Jorge Benítez caminaba con las manos en los
bolsillos del jean. Calzaba unas sandalias de cuero negro, y vestía una remera
blanca de mangas cortas. Iba con la vista ensimismada en las baldosas de la
vereda. Los sábados a la tarde no trabajaba, así que se entretenía en caminar
por las calles de
Se miraba los pies al caminar, observaba
el paso cadencioso de las sandalias sobre la vereda, a veces rota, desnivelada
en ocasiones, interrumpido por algún perro acostado que levantaba la mirada
como quien comparte un sentimiento, quizá hasta un destino común. No había
nubes y eran las tres de la tarde, a quién se le ocurría salir a esa hora en
pleno verano. Pero Jorge Benítez nunca acostumbró a dormir la siesta. En casa,
su madre se acostaba de dos a cinco de la tarde, invariablemente, costumbre que
le había sido legada por su infancia en el campo. Su padre también descansaba
las tardes de los fines de semana. Después del almuerzo con pastas o asado, el
aroma errante del vino de damajuana se escabullía de sus labios y se iba
adormeciendo sobre el mantel que la madre dejaba intacto hasta que se levantaba
de la siesta. Sobre todo los domingos el tiempo parecía detenerse para siempre,
pero jamás estaban exentos del miedo. Porque todos sabían que se acabaría, que
aún la eternidad tiene un fin y un lunes que le sigue. La mañana siguiente y el
trabajo eran relojes despertadores no sólo de la conciencia cívica, sino de la
conciencia moral del hombre. El remordimiento de la pereza, pensó Jorge
mientras recorría el barrio.
Sabía que mañana sería domingo, y que no
podría llevar a Gabriel a la cancha. Su hermano y su sobrino se habían alejado
de él, con seguridad para siempre. No podía culparlos. Jorge Benítez era una
amenaza cuando la ira hacía presa de él, cuando de la melancolía, como la que
hoy experimentaba, pasaba a arrebatos delicadamente planeados.
-Soy un hombre peligroso-dijo en voz baja,
sólo para saber si todavía era capaz de algún rasgo de ironía y complacencia
consigo mismo. Un perro lo miró, levantando la cabeza e irguiendo las orejas.
Era un animal de raza incierta, lanudo y color pardo, acostado en el umbral de
la casa de la familia Cortéz. Siguió de largo, sintiendo que ese perro
continuaba mirándolo como si de un momento a otro fuese a perseguirlo para
morderlo. Deseó, por un instante, por un brevísimo momento que podría haber
llevado también el nombre de eternidad, que lo hiciera. Porque así no habría
continuado su camino a lo largo de la calle, ni habría doblado la esquina hasta
ver, poco más allá, la fachada incólume y perfecta de la casa de sus padres.
Jorge Benítez siguió caminando, entonces,
hasta pasar frente al bar de Santos. El dueño estaba sentado en una silla de
madera, justo en la puerta de su negocio, leyendo el diario.
-Buenas tardes, Santos-dijo él, apenas
disminuyendo un poco el paso. No tenía intención de detenerse a charlar.
-Buenas tardes, Benítez-contestó el otro.
Jorge notó cierto alejamiento en el trato,
el mismo que había sentido en los demás vecinos desde el episodio en la cancha
con su hermano y su sobrino. Quizá habían llegado rumores, con seguridad algo
se sabía. Por eso desvió la mirada hacia su vieja casa y se dispuso a continuar
el paseo, pero entonces escuchó la voz de Santos preguntándole:
-¿Sabe que se mudan vecinos nuevos?
Jorge se dio vuelta. Presentía algo malo.
-¿A dónde?
-A la casa de tus viejos. Dicen que es un
oficial de policía retirado y su familia.
Jorge había aceptado que ya no podría
entrar en esa casa. Estaba cerrada desde hacía meses por orden de su hermano,
clausurada y puesta a la venta. Pero había casas que tardaban años en venderse,
y mientras ese estado de las cosas persistiese, él podría seguir pasando frente
a la casa sin vergüenza ni pudor, podría tocar la madera de la puerta y sentir
el musgo de las paredes en las palmas de sus manos. Ver la sombra del alero
sobre la vereda y recordar su propio cuerpo sentado en el umbral, con pantalones
cortos y el torso desnudo y transpirado luego de jugar a la pelota, mientras su
madre lo miraba desde la puerta, con el delantal y el cabello atado en la nuca
con mechones ensortijados y levemente manchados de harina. Las nubes pasando
con signos del próximo otoño en sus vientres de niebla, la sombra de los
árboles de la vereda dejando libre a la brisa que refrescaba los cuerpos
sudados de un sábado a las cinco de la tarde. Un niño sentado en el umbral,
bebiendo un vaso de leche con chocolate, observando el transcurrir de los autos
y el inquebrantable paso de la nada y el vacío como una amenaza aún lejana
avanzando desde el fondo de la calle, quizá desde el baldío o paredón donde
nacía o moría. Y él, el chico, levantaba la mirada por encima del borde del
vaso hacia la vereda de enfrente de vez en cuando, como si compartiese con el
otro Jorge Benítez, el hombre, que también mira ahora hacia allí, el mismo
miedo y el mismo presentimiento.
Pero mucho antes del final de la calle,
apenas a un centenar de metros, una nueva familia iba a mudarse a la vieja
casa, y Jorge pudo ver el camión de la mudanza que acababa de llegar.
-¿Cómo le va a tu hermano en Buenos
Aires?-preguntó Santos.
Jorge sintió la ira acrecentándose a cada
minuto. La casa invadida por extraños, la pregunta malsana y cruel de Santos.
-Supongo que bien-contestó, como si esa
pregunta necesitase una respuesta amable.
-Gabriel y me hija eran compañeros de
escuela, eran noviecitos, me parece. No creo que tu hermano logre retenerlo
mucho tiempo por allá.
Jorge lo miró a lo ojos, y por un momento
creyó ver un atisbo de comprensión.
-Ojalá vuelva-dijo Jorge-. Lo dejo
tranquilo, voy a conocer a los nuevos vecinos.
Se despidieron con un gesto de la cabeza,
y Jorge siguió caminando en dirección a la esquina. Cruzó la calle, llegó a
mitad de cuadra y se detuvo. El camión llevaba en los costados el nombre de la
empresa de mudanzas. Había tres hombres jóvenes que debían ser los empleados y
el chofer. Bajaban muebles de comedor, un armario ropero demasiado grande,
sillas de cocina, lámparas de pie, camas y una heladera. Las canastas, donde
debía haber ropa, libros, cosas de cocina, fueron bajadas en último término. Cuando
ya estaban entrando las canastas de mimbre, llegó un Chevrolet rojo. Bajó un
hombre de cuerpo fornido y cabello oscuro, con barba de pocos días, una mujer
rubia, delgada y un chico de no más de diez u once años con un perro ovejero.
El hombre saludó a los empleados y entró a la casa. La mujer comenzó a bajar
las valijas del baúl. El chico, siempre acompañado del perro, corrió hasta la
casa y desapareció.
Jorge observaba todo esto desde enfrente.
Algunos vecinos también habían salido al ver la mudanza. Lo saludaron y
comentaron algo que Jorge no entendió porque estaba demasiado atento a lo que
veía, anulando todo estímulo fuera de aquel acontecimiento. Como si estuviese
viendo la llegada de una carroza fúnebre y los muebles fuesen ataúdes en
realidad. Cuatro ataúdes que regresaban a la casa. Porque allí morían lo que
habían vivido en ese lugar alguna vez. Los antiguos habitantes de cada casa de
cada barrio en todas las ciudades del mundo pueden irse por sus propios medios,
o pueden desaparecer incluso sin que nadie los haya visto mudarse, pero todos
inevitablemente mueren para la casa, para el hogar que la casa y ellos
formaron, constituyeron a lo largo de los años.
-Los cuatro hemos muerto-dijo Jorge.
-¿Qué...?-preguntó la vieja vecina sentada
en una silla en la vereda cuando él pasó. Ella vivía en la casita con rosal de
la esquina, y que tantas veces había cuidado de él y su hermano cuando sus
padres se ausentaban.
-Nada, no dije nada.
Jorge se fue caminando sin mirar atrás.
Esa noche tomó el teléfono y marcó el
número de Nadia. El tono daba ocupado. Hizo varios intentos durante media hora.
Ella no podía estar hablando tanto, la línea debía estar descompuesta o el
teléfono descolgado por error. Iría a verla, necesitaba tenerla en brazos y
hundir su cara en el pliegue del cuello de Nadia. Era imprescindible para la
salud del alma de Jorge recorrer ese cuerpo como había recorrido las calles del
barrio, y luego llegar al centro no de la ciudad, sino al agujero negro que el
cuerpo de Nadia utilizaba como centro del vértigo y de la perdición, el sitio
que absorbía el mundo de los hombres. Hundirse en los pliegues de Nadia era
como regresar a la pileta de aguas cálidas donde él y su hermano pasaban los
veranos. Esas aguas que le recordaban lo que no era posible que recordara y sin
embargo presentía al sacar la cabeza de la superficie y encontrarse con la cara
de su madre, que los aguardaba en el borde de la pileta con una toalla seca.
Se puso una campera y salió a la calle.
Subió al Torino y recorrió las treinta cuadras que lo separaban de la casa de
la hermana de Nadia. Bajó del auto, tocó el timbre y esperó. Eran las once de
la noche. La calle estaba desierta, el barrio era triste, de casas a medio
construir o abandonadas. De vez en cuando se escuchaba el rugido del caño de
escape de una moto a la distancia. Gritos imprecisos llegaban desde alguna casa
cercana. Una luz se encendió en el porche y alguien corrió la cortina de la ventana.
Era Mariana. Enseguida abrió la puerta y se tiró contra él.
-¡Maldito hijo de puta!-decía mientras lo
golpeaba.
Jorge tardó en reaccionar, pero cuando
pudo sujetarla de las muñecas le preguntó qué le pasaba.
-¿Qué le hiciste a mi hermana, hijo de
puta? ¡Se lo estuviste haciendo todos estos meses y ella nunca me dijo nada!
Ahora sabía de qué estaba hablando. Las
quemaduras eran el problema. No podía soltarla porque insistía en golpearlo.
-¡Pará un poco! ¡Dejáme hablar! ¡Era un
juego, ella siempre estuvo de acuerdo!
Mariana lo miró a la cara y del llanto
pasó a la risa histérica.
-¡¿Así que estuvo de acuerdo en que la
quemaras, la golpearas y le hicieras perder al chico?!
-¿De qué hablás? ¿Qué chico?
-¡Estaba embarazada! ¡No sé qué le
hiciste, pero tuvo una hemorragia y lo perdió! Ahí llega mi marido. Te va a
cagar a trompadas.
El cuñado de Nadia lo sorprendió de atrás
y lo empujó al suelo. Después se le subió encima y comenzó a golpearle la cara.
Jorge se protegía con un brazo, pero sin atacar porque recordaba un episodio
parecido, un domingo afuera de la cancha: él tirado de espaldas en el barro,
vencido por su hermano, luego de que él hubiese intentado matarlo para
apropiarse del hijo, de la casa, de la vida que él no poseía.
Mariana agarró a su marido de un brazo.
-¡Dejálo, va a venir la policía! Lo que
falta es que te lleven preso cuando deberían llevárselo a él.
Ella y el marido entraron a la casa y
cerraron la puerta. Las luces se apagaron. Escuchó pasos y voces de vecinos que
no se atrevieron a acercarse. Sintió la sangre en la boca. Se limpió la nariz
con un pañuelo. Un perro se acercó para lamerle la cara. Él se levantó y lo
pateó. El perro salió corriendo con la cola entre las patas.
-¡Agarráte con uno de tu tamaño!-le gritó
alguien desde la esquina, y se dio cuenta que muchos lo estaban mirando.
Pero Jorge Benítez era una silueta oscura
que se tambaleaba en la vereda. Quizá por eso nadie quiso acercarse para
ayudarlo ni para terminar lo que otro había empezado. Subió al auto, encendió
el motor y las luces. Se alejó acelerando a fondo y dejando un chirrido de
ruedas en el asfalto. Sintió el golpe de una botella sobre el baúl. Pero ya se
había alejado de ese barrio, y se acercaba a las calles en las que había
crecido. Veía levantarse a sus costados las familiares fachadas de casas y
almacenes que había recorrido y visitado cuando niño. Con su hermano en su
bicicleta, o de la mano de su madre o su padre.
Paredes que lo protegerían definitivamente.
4
Es noche de Jueves Santo.
La noche de los traidores. La noche en que
Judas se ha escondido entre los olivos, espiando desde las sombras el arresto
de Jesús el Cristo. No todos pueden ser tan afortunados, pienso ahora, mientras
observo las luces imprecisas e inútiles desde la base militar, luces que
parecen estrellas inmensamente lejanas cuyos puntos luminosos son restos
moribundos de algo que ya lleva muerto más tiempo del que puedo imaginar.
Cadáveres que fosforecen en la oscuridad de un campo, un campo de batalla,
quizá. Porque toda base militar es una imitación, un espacio fabricado para
simular la guerra cuya amenaza yace latente y crece desde las grietas en el
asfalto que cubre precariamente el alma de los hombres.
No todos son tan afortunados, es verdad.
Algunos debemos conformarnos con entregar a seres que ni siquiera conocemos,
nombres de una lista robada por informantes que deben permanecer anónimos. Sólo
un hombre, Judas Iscariote, puede firmar al pie de una roca en el monte de los
Olivos, así como Bautista Beltrame ha sabido firmar durante años al pie de su
columna dominical en uno de los diarios más importantes de Buenos Aires.
A veces, solemos entregar mercadería
especial. Seres humanos bellos como debió ser Cristo, pero no santos ni
vírgenes, sino sólo bellos porque los hemos amado. Como Gloria, por ejemplo,
cuyo rastro seguí como un animal tras el perfume de su hembra para que al final
otras bestias me la arrebataran. Bautista se he quedado solo con su culpa y su
remordimiento, y nadie más que él puede apiadarse de sí mismo. Porque hasta
ahora no ha habido un solo libro ni una sola frase en todo lo escrito, que
mencione o sugiera apenas una cierta piedad hacia Judas Iscariote. Ha cumplido
su rol en la historia, se ha dicho, es un eslabón necesario en la cadena, han
afirmado otros. Pero la tolerancia o el análisis no atenúan el rencor ni
contemplan el perdón.
-Noche de Jueves Santo-dice Mario a mi
lado, ofreciéndome un trago de su botellita de Fernet.
Tomo un trago y afirmo con la cabeza. Sé
adónde se dirige con esas palabras.
-Nos espera una larga noche, mi querido J.
I.
Este es el único humor que él sabe
utilizar. Ni siquiera cambia sus bromas de año en año.
-Creí que renovarías tu repertorio esta
Pascua.
-¿Para qué? Los cadáveres son siempre los
mismos, y no se quejan.
Lo miro en la casi completa oscuridad del
auto. Su sonrisa es penosa, sus ojos brillan por un instante como si estuviese
a punto de llorar. Quizá ve el odio en mis ojos, el tremendo odio que puede
llegar a sentirse por un amigo. Y ese quizá es su papel, me digo, el
acicatearme constantemente hasta lograr que yo haga algo que ni él ni yo
sabemos todavía qué será.
Cuando se llevaron a Gloria en el Falcon,
yo me quedé mirando como un chico que ha visto a su madre atropellada en el
tráfico de la ciudad, y sólo pude hacer lo único que sabía hacer, escribir lo
que el miedo me dictaba. Seguí publicando nombres, sugiriendo siempre,
analizando la situación política del país cada domingo. Y cada lunes los
noticieros de la televisión me invitaban a ampliar el tema en horarios
centrales, para que la familia entera escuchase la amenaza que representaban
los guerrilleros. Debíamos terminar con las explosiones en las escuelas,
debíamos liberar las calles de los peligros que amenazaban a nuestros hijos. Yo
era un bien para el país, así lo dijeron durante mucho tiempo.
Pero yo seguía teniendo miedo. Salía con
mi auto, y cada que vez que colocaba la llave de encendido, no sabía si ese
giro me llevaría expulsado hacia el infierno o al cielo de los imprescindibles
Judas. Si en cada esquina me esperaba un disparo, si un coche se detendría
mientras caminaba por la calle para raptarme. O simplemente, al tomar mi café
matutino, un leve desvanecimiento me llevaría a la frontera que linda con el
terreno donde crece el antiguo árbol de la horca. El que es culpable muere tres
veces: primero cuando mata, segundo cuando lo castigan, tercero cuando se mata.
Algunos pueden matarse antes de ser castigados, y entonces mueren sólo dos
veces. Pero así queda un margen de odio esparciéndose en el mundo, el de aquel
que no puede satisfacer la venganza. Por eso es mejor morir tres veces,
mientras más se muere más limpia queda el alma, más transparente y diáfana como
una tela vieja o un velo incalculablemente antiguo cubriendo el pubis de Dios.
De todos modos, la gente comenzó a
apartarse de mí. Un par de mis informantes murieron y de los otros ya no supe
más. Llegó un domingo que nada tuve que informar, y de pronto me encontré
escribiendo un artículo sobre el general que tomaría el mando de la república
el próximo mes. Pensé que esa semana yo pasaría casi desapercibido, lo que
escribía no era más que lo que se decía en otros medios y en la calle. Al día
siguiente me llamaron de la oficina del redactor.
-Óigame, Beltrame-dijo el jefe apoyando las
manos en mi hombros.
Sentí el aliento a cigarrillo calentándome
la cara.
-Usted escribe bien ciertos temas, pero no
otros. Hay gente especializada para eso. Unos se dedican a deportes, otros a
espectáculos. Algunos hacen política, y usted logró destacarse en una rama
hasta ahora inédita. Lo suyo es la política ciudadana. Usted logró apelar al
sentir del hombre medio para hacerle conciente del peligro. Delatar no es
delinquir, eso es lo que usted les dijo. Pero por favor, amigo mío, no se meta
con los peces gordos.
Mi jefe volvió a sentarse y me dijo que a
partir de ahora dejaría mi columna dominical para pasar a formar parte de la
edición del sábado. Seguiría mi columna social, pero apuntando a otras cosas:
denuncias de baches en las calles, accidentes, perros perdidos, lo que se me
ocurriera o viera en mis recorridos por Buenos Aires. Me despidió gentilmente,
y cuando me di vuelta escuché una palabra murmurada al cerrase la puerta. No
dicha a mí, sino a alguien más en la oficina, aunque yo no había visto a nadie
más. Entonces recordé que el aroma que había sentido no era a cigarrillo, sino
a tabaco de pipa. Imaginé la pipa primero, luego los labios y una cara curtida
por el sol en un campo de entrenamiento.
Esa noche no pude dormir. Dejé las luces
encendidas en todo el departamento. Levanté el volumen del televisor, prendí la
radio y cerré las persianas. Prendí la estufa y los quemadores de la cocina, y
me acosté vestido y acurrucado como un feto apretando la almohada. Fue la única
manera de sentirme a salvo, por lo menos sabía que mientras estuviese conciente
de la luz y el ruido, la vida no se me escaparía mientras durmiese. La vida era
tan frágil a veces, tan susceptible a las más leves influencias, que no quise
pensar qué sucedería si de un momento a otro cortaban la electricidad y sólo
quedaban las llamas de los quemadores en la cocina. No me permití el
pensamiento ni el recuerdo de lo que las llamas significaban.
Me tomé cuatro semanas de vacaciones.
Escribí artículos inocentes y superfluos para los sábados que estaría ausente.
Tiré a la basura las tapas de las revistas en las que yo aparecía como el
destacado periodista del momento. Recordé las revistas que había en casa de mi
madre. Todas dedicadas a la cocina, la decoración y el cuidado de los hijos y
el hogar.
-El domingo es el cumpleaños de mi
vieja-le digo a Mario.
-Ya me lo dijiste. Llamála mañana.
-A ver si me acuerdo. Esta noche dormí
vos.
-Como quieras-. Mario bosteza, baja el
respaldo del asiento y cierra los ojos. Aprieta el impermeable con las manos
sobre el pecho. Después de un rato abre los ojos otra vez.
-No puedo dormir, este café de mierda que
tomamos me deja insomne.
-¿Querés una pastilla?
-No, gracias. Y decíme, ¿de qué va a
tratar tu próxima novela?
-Tengo unas ideas sobre una historia
policial de hace algunos años. Un par de putos en un barrio de
Mario me mira con una expresión en la que
creo leer admiración más que sorpresa.
-Siempre supe que tenías más instinto para
las noticias que muchos de los mejores. Talento para intuir la polémica sin
caer en el amarillismo-me dice.
-¿Un intelectual popular?
-Eso comentan las revistas, ¿no? Y un
escapista, agregaría yo. Te abriste camino como escritor para zafar de los
peces gordos.
-Soy un cornalito, entonces.
-Uno inteligente, hasta que te atrapen con
un medio mundo. Por eso no te conviene acercarte demasiado a los muelles.
Nos reímos juntos por primera vez en mucho
tiempo. Afuera, de tanto en tanto, relampaguean los flashes sobre el asfalto
cubierto de humedad. Se escuchan cambios de guardia y algunas órdenes
castrenses. La niebla se ha asentado sobre el auto y sobre el campo.
-Las revistas. Si no fuera por ellas... Mi
vieja compraba “El hogar”
cuando era joven. Tenía toda la colección y la guardaba apilada en el estante
superior del ropero. Yo de chico revolvía todo cuando no tenía nada que hacer,
y me gustaba mirar las fotos y dibujos de esas mujeres de peinados perfectos y
ropa impecable.
-Nunca existieron-dice Mario.
Yo no estoy tan seguro de eso. En alguna
parte debían estar en ese entonces, fuera de mi casa de barrio, donde las
figuras de Perón y Evita colgaban en un rincón del comedor, donde mi vieja
planchaba casi todas las tardes escuchando la radio o mirando la novela en la
televisión, mientras caía la lluvia de invierno tras las ventanas, y yo me
quedaba mirando la calle pensando en esas casas que nunca había visto. Casas
con jardines delanteros de pasto cuidado y un auto impecable estacionado al
frente. Hogares donde los niños siempre sonreían con las manos a la espalda y
mirando a sus madres y a sus padres que los reconvenían con un dedo alzado y la
mirada amable. Padres de traje y pelo engominado, madres de vestidos claros y
faldas con delantales limpios y cabellos recogidos en la nuca. Casas de aspecto
implacablemente perfecto, donde no podía concebirse algo roto ni dañado, y
donde nada faltaba.
-Lo curioso es que quienes redactaban esas
revistan sabían identificarse con la gente común. Junto al aviso del último
modelo de una heladera había recetas y secretos para quitar las manchas de la
ropa usada o para mantener más tiempo la vieja heladera.
-En mi casa se compraban revista de autos,
mi viejo era mecánico...
Mario se pone a hablar de su infancia,
pero casi no lo escucho. Soy yo entonces quien se va durmiendo con el sabor
agrio del café instantáneo que él preparó para los dos. Soñaré esta noche como
todas las noches, probablemente. Sobre la nueva novela que tengo en mente, tal
vez. Pero cuando sueño con el pasado siempre aparece Gloria, mirándome desde la
ventanilla de un Falcon verde, amordazada y llorando.
5
Se acostumbró a pasar tres
veces por día frente a la casa, a veces cuatro. Primero a las siete de la
mañana, camino al trabajo. A esa hora todavía no había movimientos ni señales
de vida adentro. Ni siquiera la luz del umbral estaba encendida. Quizá no funcionara,
o no fuese la costumbre de los nuevos dueños dejar una luz en la puerta,
costumbre ancestral de guía para los viajeros nocturnos en los antiguos
poblados y convertida en estos tiempos en una inútil forma de desalentar a los
ladrones. Su madre jamás habría dejado pasar una sola noche sin encender la
lámpara y apagarla a las siete de la mañana siguiente, mientras veía a su
esposo alejarse por la vereda, ya sin el auto en la época que Jorge recordaba,
acompañado por los dos hijos ya grandes, resignados los cuatro a la decadencia
económica, a los tristes designios que los había hecho perder, entre otras
cosas más importantes, el viejo Valiant blanco. El hombre cabizbajo, los hijos
altos y delgados.
Y aunque su madre no podía verle las caras
mientras ellos se alejaban, ella sin duda sabía que los rostros de sus hijos
tenían una sonrisa extraña, maliciosa e inocente al mismo tiempo. Tan iguales,
Dios mío, se decía ella en voz alta, pero diametralmente diferentes a la vez,
como desconocidos. Luego cerraba la puerta y regresaba al comedor para levantar
los restos del desayuno, limpiaba el mate y las tazas de café con leche, y como
poco tenía que hacer ahora que sus chicos habían crecido, a veces se ponía a
leer la vieja colección de El hogar, de la que se sentía orgullosa. La
abuela le había dejado los ejemplares más antiguos, y más tarde ella había
coleccionado la revista hasta su desaparición. Había construido el interior de
su hogar pensando en las fotos de esa revista durante cada día y noche desde
que se había casado. Pero los miembros de una familia no son objetos de
decoración, lo sabía muy bien. Los hombres de una familia son animales
imposibles de domesticar. Ellos arrasan con los pequeños adornos, ellos devoran
las delicias que las delicadas manos de una mujer confeccionan, ellos usan y
tiran, sin mirar atrás. A veces acarician, pero no saben si lo hacen por amor o
necesidad. Los hombres son perros que no pueden llevarse en las faldas por mucho
tiempo. Ellos crecen y se vuelven duros y ásperos, silenciosos y distantes. Y
no son capaces de llorar.
Jorge trabajaba en la ferretería por la
mañana. Al mediodía regresaba a almorzar al departamento, y pasaba de vuelta
frente a la casa. Como siempre, el sol caía a pleno sobre el alero, haciendo
brillar el pequeño jardín delantero como dispuesto a quemar el pasto y los
arbustos que apenas sobrevivían al calor del verano y el abandono reciente.
Allí se había sentado él cuando era chico casi todas las tardes después de
comer, con una naranja entre sus manos. Su hermano se unía a él a veces, pero
casi siempre prefería dormir la siesta. Daniel era aplicado en la escuela, más
centrado, decía su madre. Jorge así también lo entendía, pero lo enojaba esa
manera que tenía Daniel de retarlo, de ordenarle cosas como si fuese mayor.
Eran gemelos, y sin embargo la ventaja de su hermano siempre estaba allí,
latente y funcionando eficazmente a su beneficio. Cómo lo había logrado, Jorge
no lo sabía. Pero su hermano había hecho que
Su sobrino Gabriel se parecía mucho a él,
y casi podía verlo otra vez sentado en el umbral esperándolo para ir a la
cancha. Pero sabía que la imagen que el sol del verano ahora le estaba
provocando era no del chico ni la suya cuando era pequeño. Sino otro niño
diferente, de cabello oscuro, más delgado y bajo. Y junto al niño había un
perro, el mismo que había visto bajar del auto la vez anterior. Ambos lo
observaban, porque Jorge se había parado justo enfrente, con las manos en la
espalda, las cejas fruncidas, la cara casi deformada en el esfuerzo intenso por
discernir qué clase de alucinaciones le estaba produciendo el sol del verano.
El chico miró atrás, al interior de la casa. ¿Llamaría a alguien?, pensó Jorge.
Era mejor irse antes que sospecharan y llamasen a la policía. Debía tener más
cuidado, le habían dicho que el nuevo dueño era un policía retirado. Lo había
visto, alto y fornido, aún joven, de rostro no amigable entre de la barba
crecida. Había visto los modales bruscos y la fuerza con que levantaba los
canastos de la mudanza. Son tipos susceptibles, se dijo él, y suelen llevar
armas.
Por eso, a la noche decidió pasar más
temprano. El tipo no trabajaba pero siempre regresaba a las diez. Jorge
recorrió la cuadra a las siete y media. Había chicos en bicicleta, aunque
ninguno se detuvo a conversar con el vecino nuevo. Éste leía con la espalda
apoyada en la pared del jardín, mientras el perro le lamía los pies. De vez en
cuando el niño se reía y retaba al animal.
-¡No Duque, ya basta!
Jorge y Daniel nunca tuvieron un perro.
Cuando la casa y la familia estaban en sus mejores tiempos, su madre decía que
los animales ensuciaban mucho, que eran un problema constante para la higiene.
Patas sucias, saliva y excrecencias, tres puntos en contra de los cuales no
había argumentos posibles. Eran verdades inevitables a las que habría que ceder
si se decidía tener un perro. Entonces nunca fue posible. Su padre estaba
demasiado ocupado con la papelera, viajando de fábrica en fábrica, haciendo constantemente
tratos con distribuidores amigos y controlando que el depósito en Paraná
estuviese debidamente cuidado. No eran tiempos fáciles. El gobierno de Illia
estaba dejando de tener apoyo. La economía se estancaba y los militares daban
señales de descontento. El viejo Benítez llegaba a su casa preocupado,
ignorando las alfombras que su mujer había hecho colocar a los costados de la
cama matrimonial, pasando por alto la cortina de la ducha que ella había
elegido con su color favorito. Comía con desgano, y había comenzado a tomar más
vino en la mesa. Nunca se pasaba de los cuatro vasos, pero era más de lo que
estaba habituado.
Jorge levantó la vista de su recuerdo y vio
el auto del nuevo dueño estacionarse enfrente. El hombre bajó y el chico corrió
hacia él, hablándole pero sin tocarlo. El padre siguió caminando hasta entrar a
la casa, salió poco después con una manguera y un balde. Se puso a lavar el
auto. De tanto en tanto miraba hacia la esquina, donde Jorge se había sentado
en un banco como si esperase el colectivo.
Por qué había llegado tan temprano, se
dijo. Quizá la mujer había llamado a su esposo al sospechar del hombre que los
observaba todos los días y a cualquier hora. Sin embargo, él no sintió
preocupación. Esa era su casa, al fin de cuentas, allí había vivido la
mayor parte de su vida. Qué podía haber de extraño en contemplar la casa en que
uno había vivido su infancia.
El hombre pasaba un trapo mojado al auto,
luego arrojaba agua con la manguera. El chico lustraba el cromado de los
paragolpes. El perro corría alrededor o ladraba a los chicos que pasaban en
bicicleta. La noche estaba ensombreciendo la calle, formando pozos oscuros en
los charcos. A veces el hombre los pisaba, pero no se hundía, y esto era
curioso y peculiar para Jorge. Porque la lógica era contraria a lo que estaba
sucediendo. En un pozo uno debe hundirse siempre, para eso existen, para eso
son abismos que Dios pone para desafiar la inteligencia del hombre. Dios sabe
que el hombre es suspicaz o es estúpido, sabe que no hay puntos intermedios.
Por eso ha construido el cielo y el infierno. Y esa calle era un sueño. Todo el
mundo es un sueño de quienes viven en alguno de esos dos sitios. El perro es un
sueño, el auto que ahora brilla con la luz de los faroles es una brillante
pesadilla de acero, el hombre de barba que ignora a su hijo es un personaje de
características indefinidas, un molde donde un autor aún no ha colocado las
debidas peculiaridades de carácter. Jorge sabe que por tal razón ese hombre es
peligroso, no por lo que él sospecha a partir de lo que le han contado, sino
por las múltiples posibilidades de lo que ignora.
Y sobre todo de lo que ambos, Jorge y el
otro, ignoran de sí mismos.
Tanto como lo que él desconocía de su
padre. Cuando el escándalo del incendio de la papelera y el juicio hubo pasado
y pudo hablar con Daniel por primera vez de sus sentimientos, supo que su
hermano tampoco conocía a su padre realmente. Pensaba que como Daniel se
interesaba más en el negocio, y que el viejo lo tenía casi como su favorito,
sabría más de su carácter. Sin embargo fue una sorpresa para todos cuando
después del incendio del depósito, el cual pensaron accidental, los del seguro
presentaron una demanda y llevaron al viejo Benítez a juicio por incendio
intencional. Así fue cómo la mujer y sus hijos se enteraron que el golpe de
Onganía había terminado por romper el equilibrio en las cuentas, y el viejo no
tuvo mejor idea que jugar su última partida. El incendio fue el 25 de abril,
pero esa noche estaba toda la familia en casa. Benítez debió arreglar con
alguien el comienzo del incendio, una braza arrojada por una ventana rota para
la ocasión, una colilla de cigarrillo mal apagada. Ni Jorge ni Daniel podían
saberlo, ellos estaban acá en
El viejo Benítez enfrentó el juicio, la
familia tuvo que esquivar a los vecinos y las cuentas impagas. Meses después lo
exoneraron. Un diputado de apellido Farías lo ayudó, decían que era una vieja
deuda entre amigos. Farías pagó o habló, nadie lo sabía con certeza, con la
gente adecuada. Ofreció al padre un trabajo a sueldo fijo en un ministerio como
empleado de escritorio. Daniel dio los exámenes antes de fin de año y recibió
el título de bachiller. Entró en una oficina del ministerio y le dieron tiempo
para estudiar en la facultad. Jorge siguió el curso regular y se recibió al año
siguiente, cuando abrió el primer negocio de muchos otros que tendría, un local
de venta de cigarrillos y golosinas.
Ambos regresaban a casa muy tarde a la
noche. Daniel a veces llegaba con la novia, con quien se casaría y sería la
madre de Gabriel. Jorge se sentaba a la mesa, silencioso, escuchando la voz de
su hermano, el nuevo dueño de la casa, contando cosas de su trabajo y la
facultad. El padre los miraba a ambos, destrozando la comida con sus cubiertos,
sin comer. Bebía vaso tras vaso de vino fino, delicadamente, hasta quedarse
dormido. La madre era demasiado educada para enojarse frente a la novia de su
hijo. Con el pelo de color rubio ceniza atado en un rodete sobre la nuca, una
mancha de harina en la mejilla que la hacía parecer adorable y jamás
desprolija, apoyaba sus manos sobre los hombros de su marido, y susurrándole
algo al oído lo hacía levantarse.
Pero Jorge no podía soportar verlo así,
entonces arrojaba los cubiertos y la servilleta y se iba a la calle. El ruido
de su auto, el primer Torino que se compró usado, arrancó a toda velocidad.
Daniel y su novia se quedaban solos para terminar de comer, comentando sin
demasiado énfasis lo que había pasado.
6
Escuché un disparo, los
siguientes se sucedieron unos segundos después sin interrupción, como un largo
rosario rezado continua y circularmente a la largo de las veinticuatro horas de
cada día de Semana Santa. Ristras de balas de ametralladoras, ristras de ajos
para espantar a los vampiros, granos de arroz unidos por hilos formando
rosarios. Círculos que no tienen límites por la propia definición de su
concepto, capaces de confundir sus inciertas fronteras y unirse. La eternidad.
Por eso la muerte también es otro círculo.
El sueño es uno más de esos entramados.
Por tal razón, ahora que estoy despertando, los disparos de mi sueño, los tiros
mezclados al chirrido de los Falcon en el asfalto, continúan sucediéndose en la
vigilia matutina. Deben ser las seis de la mañana, y desde Campo de Mayo se
escuchan disparos cada vez más alejados, menos frecuentes con el correr de los
minutos, hasta que cesan del todo.
Mario me sacude del brazo y despierto
sobresaltado. Me golpeo la cabeza con la ventanilla y miro afuera. Los
fotógrafos corren hasta la cerca de alambre y disparan sus propios haces
luminosos, tiros que en cierta forma también matan, según las leyendas de
algunos viejos pueblos, porque roban el alma para atraparla en un papel. Y ésta
también es una forma de eternidad.
Mario sale del auto y prepara su cámara
sobre el capot. Me mira con esa sonrisa incierta y despectiva, calma y serena,
observando con desprecio a los fotógrafos jóvenes ansiosos por documentar lo
que está pasando. Por la expresión de Mario, sé que todo es falsa alarma. Es un
simple simulacro, un entrenamiento quizá, o una forma de distraer la atención.
Allí dentro, en las oficinas o pabellones donde se reúnen los oficiales
amotinados, pasan cosas que no podemos imaginar. Ellos tienen las armas, y eso
es lo único importante es este momento.
Salgo del auto, bostezo, miro el cielo
nublado, me seco el sudor de la frente. Siento mi propio aliento agrio, el olor
a transpiración en mis axilas.
-Me gustaría darme un baño.
-Preguntáles a tus amigos si te dejan
pasar. Ya es tiempo de usar tus influencias si querés una primicia real.
Esta vez le sigo la corriente. Si quiere
hablar de eso, vamos a hablar hasta hartarnos.
-Hace mucho que dejé de tener importancia
para ellos-le digo.
-Ya lo sé, te usaron un tiempo y ya no les
servís. Tuviste suerte que no te tiraran a la basura.
-Mi nombre todavía perdura. El nombre
sobrevive. Por eso soy escritor, soy un best seller, ¿no lo sabías?-comento con
ironía.
-¡Cómo no lo voy a saber! Y fue una buena
táctica, te lo dije antes. Pero por eso tenés que seguir usándola.
-¿Hasta qué punto? Hasta los nombres
desaparecen si se convierten en una amenaza. Más ahora, cuando ellos están
escondidos por miedo. Son más peligrosos. Antes llegaban en autos fácilmente
identificables, podías oler incluso el olor de las armas, de los cuerpos
sudados. Porque por más que estén acostumbrados, siempre se transpira cuando se
va a matar, el cuerpo traiciona.
Como ya no se escuchan disparos, los
colegas regresan a sus puestos y nos saludan.
-No pasó nada-dice uno.
Nosotros afirmamos nuestra previa
suposición.
-Voy a buscar algo para desayunar-me dice
Mario.
Media hora después, regresa al auto con un
termo de agua caliente, un mate, yerba y un paquete de medialunas. Se pone a
cebar en silencio, mirándome de vez en cuando. Afuera está tranquilo, caluroso,
el cielo amenazando lluvia. El parabrisas está sucio pero no me molestaré en
limpiarlo. Tras la cerca de alambre, vemos un pelotón haciendo cambio de
guardia. Tienen las caras pintadas, los fusiles en posición de descanso,
marchando rítmicamente y en perfectas filas y columnas.
-¿Cuánto pensás que va a durar?-me
pregunta.
-Hasta el domingo seguramente.
-Si vos lo decís...
Me pongo a mirarlo con fijeza mientras le
devuelvo el mate.
-¿Vas a estar a cada minuto diciendo lo
mismo?
-Hoy es Viernes Santo, mi querido Judas
Iscariote. La noche de los mártires.
No puedo evitar reírme.
-No me vengás con boludeces, por favor.
¿Mártires los que pusieron bombas en los colegios?
-Y también en las casas de los milicos, no
te olvides.
-Sí, ¿y...? ¿A dónde querés llegar?
-A ningún lado. Si pensás que todos se lo
merecían, me pregunto por qué entonces extrañás tanto a Gloria.
Durante diez segundos me quedo en
silencio. Cuento los segundos uno por uno porque fue la única manera de
controlarme, de intentar hacerlo por lo menos. Cierro la ventanilla, luego la
del lado de Mario. Levanto el seguro de las puertas. La ira me come el pecho y
tengo ganas de vomitar. Me acerco a él, lo agarro del cuello del piloto. Siento
su aliento casi en mi cara. Él no se mueve. Simplemente sonríe con desgano,
casi resignado, a qué, me pregunto.
-Claro que extraño a Gloria, pero su nombre
es demasiado grande para tu boca, pedazo de mierda. Tu boca llena de basura no
merece pronunciar su nombre. Maldito hijo de puta. Si la volvés a nombrar te
mato. Te lo juro por mi vieja.
Mario suelta una risa tonta, rara en él.
Está nervioso, o comenzando a ponerse nervioso. Sé que de afuera pueden vernos,
pero no hay nadie cerca por ahora. Y para mi sorpresa, pensando que he logrado
controlarme, siento que mi corazón se acelera y que mis puños no quieren
soltarlo.
-¡Claro que extraño a Gloria! Quisiera
devolverle la vida, ¿me entendés? Me acuerdo de su mirada la última vez que la
vi. Me tenía miedo. Yo, que la había amado, que había entrado en su cuerpo
tantas veces y la tuve en mis brazos para protegerla, era a quien tenía más
miedo.
De pronto me encuentro apoyando la cara en
un hombro de Mario, con los puños temblando. Lloro, y a pesar de estar haciendo
el ridículo, no puedo controlarme. Creo que es la primera vez que lloro en toda
mi vida, y ese nombre es el único que ha podido lograrlo. Aún escuchándolo en
boca de un desgraciado, es demasiado hermoso para no emocionarse al escucharlo.
Es el sonido de un laúd tocando compases compuestos por Bach. Y nadie puede
destruir tanta belleza. Su nombre sobrevive, y tiene además la poderosa virtud
de destruir las barreras emocionales de quien lo oye o lo pronuncia.
Gloria, me digo, y siento un filo en la
garganta, un corte y luego un nudo que detiene la hemorragia de arterias rotas
por la cruda belleza de ese nombre.
Entonces le hablo a Mario de cosas que él
ha presenciado, pero que no conoce del modo en que yo las he vivido. Pasa su
brazo izquierdo sobre mis hombros y me da pequeñas palmaditas como si consolase
a un niño que confiesa sus travesuras. Le cuento del día que presenté mi
primera novela, una ficción basada en un caso policial que había leído en un
diario de algunos años antes: la muerte de un niño a manos de su madre y el
posterior asesinato de ésta por el marido. La llamé El dibujo, y la editorial organizó la presentación en una librería
de la calle Corrientes. Eran un viernes a la noche. Fui con el auto y lo dejé a
dos cuadras, en una playa de estacionamiento sobre Talcahuano. Las veredas
estaban repletas de gente esperando lugar en las pizzerías, o entrando y
saliendo de las librerías de usados. Las luces de neón del cartel de Coca Cola,
a unas pocas cuadras, era un eterno parpadeo, casi como los imperecederos
labios de una puta abriéndose y cerrándose hacia el gran símbolo que el
Obelisco, obscena y equívocamente, representaba. Su verdadero origen olvidado,
perdido por el tiempo y ganado por la imaginación, siempre más fuerte que la
memoria, y la imaginación vencida a su vez por la libido. Qué fantasías son más
fuertes y más rápidas que las sexuales, me pregunté en ese momento. Surgen de
algún lugar en nuestras mentes y dejan un rastro más fuerte que un arado, más
imborrable que la marca de un cuchillo en la carne.
Las marquesinas de los teatros rebalsaban
de luces de neón iluminando las enormes figuras de las vedettes, las caras de
los capocómicos y los tristes rostros de las actrices viejas. Las bocinas de
los autos sonaban frente a los semáforos, y éstos cambiaban uniéndose al juego
de las marquesinas. Yo había llevado a mamá conmigo. Caminamos juntos hacia la
librería, ayudándola a esquivar a la gente en la vereda, cuidando que nadie la
empujara. Ella se distraía mirando las vidrieras y las puertas de los teatros
con las fotos de los artistas.
-Vamos mamá, que llegamos tarde-le dije,
sabiendo que hacía años que no venía por el centro, y que aquel paseo era quizá
más importante para ella que la presentación de mi libro.
Ella giró la cabeza y elevó la mirada
hacia mí. Me sonrió sin decir nada. Vi en sus ojos un brillo que no había visto
en mucho tiempo. Pensé en el efecto que producen las luces y el ruido del
centro, especialmente a la noche y aún cuando no se trate de un fin de semana.
Son embriagadoras, me dije, uno se olvida de todo en esas calles, el pasado no
existe y el día siguiente es una cifra tan lejana como el año próximo. Sólo la
música del ruido, el esplendor de las mujeres bellas, los chistes subidos de tono
ocupan el mismo sitio que los buenos libros, y el aroma de la pizza, la cerveza
o el café es más difícil de contrarrestar que el delicioso perfume de la más
delicada gastronomía.
Y allí estábamos, junto a la vidriera de
la librería, abriéndonos paso entre la gente que había ido a verme. Saludé a
muchos conocidos, otros que no había visto en mi vida me pidieron autógrafos.
Había muchos colegas del diario, incluso aquellos que ya no me saludaban. El
editor me vio entrar y caminó entre la gente para llevarme hasta el fondo del
local. Ubicamos a mamá en un asiento de la primera fila, ella comenzó a hablar
con los demás, como si los conociera de toda la vida. Su sacón de piel era el
mismo que mi viejo le había regalado hacía treinta años, y sólo se lo ponía
cuando venía al centro. Era una ocasión especial para ella, tanto como aquellos
sábados en que los tres salíamos al cine y a comer afuera, ocasiones para
ponerse el sacón y las pulseras. Pero hoy esas pulseras ya no existían, las
había vendido cuando murió papá.
-Beltrame, querido, tenemos mucha gente y
todos los medios de Buenos Aires. Mire allá...
Me señaló a un viejo crítico de un
suplemento literario. Luego me fue mostrando a los periodistas de una revista
de actualidad hablando con un par de escritores conocidos. Los llamó y se
acercaron. Nos saludamos con el respeto debido entre escritores que se
desconocen personalmente y cuya obra quizá apenas hemos leído. Yo, sin embargo,
sentía admiración por ellos dos. De pronto me di cuenta que algo raro vibraba
en el aire, una cierta tensión que salía de las miradas y las bocas de la gente
al dirigirse a mí. Miré alrededor, había varios hombres junto a las paredes y
estanterías, solos. Yo sabía quiénes eran, y también estaba seguro que los
demás lo sabían. Era esa una gran reunión social, los que deseaban figurar en
los medios y las fotos otorgando su apoyo a un evento que contaba con el aval
oficial representaban la mayoría. Los otros, aquellos amigos o interesados en
el libro, eran pocos, o ninguno. Y también estaban los escritores que habían
hablado y escrito pestes sobre mí, pero que necesitaban estar presentes para
continuar publicando, o por lo menos para seguir estando vivos.
El dueño del negocio era un viejo librero
que no parecía a gusto esta vez con brindar espacio para una presentación. Me
acerqué a saludarlo y apenas se dignó a estrecharme la mano. Luego desapareció
tras una puerta del fondo y no volví a verlo.
El editor había pedido a los dos
escritores de renombre que comentaran el libro. Los cuatro nos sentamos tras el
escritorio. Frente a cada uno había un micrófono y un vaso de agua. Los
ejemplares de mi novela estaban apilados en un extremo. A un costado del local,
una mesa exhibía los ejemplares a la venta.
El que habló primero, de voz suave y
dicción cuidada, se explayó durante veinte minutos. Fue preciso y ambiguo a la
vez. Destacó la prosa elegante y eficaz, alabó la verosimilitud de la trama y
la exactitud de las descripciones. El otro tomó el micrófono y dijo que no
había tenido tiempo de leer la novela. Todos rieron porque conocían la filosa
ironía de este escritor. Repitió que no había tenido el placer de leerla, pero
que descontaba que iba a agradarle conociendo la destreza de Bautista Beltrame
en el arte de la prosa.
-Todos hemos disfrutado de sus deliciosos
artículos dominicales, y no dudamos que el arte de la narrativa se vea
beneficiada por su enorme fidelidad a la verdad.
El público aplaudió y una sonrisa se
desprendió de los labios de todos. Entonces me di cuenta de que estaba punto de
desvanecerme, porque vi enormes bocas de neón con labios rojos tras las manos
que aplaudían. Yo estaba sudando, y los dos escritores me miraron, luego el
editor también lo hizo, y me hice conciente del silencio recién entonces, sin
saber si me había desmayado y vuelto a despertar, o simplemente los aplausos
habían cesado sin darme cuenta. Me vi tomar el micrófono y agradecer las
palabras de tan autorizadas eminencias. Dije cuánto me satisfacía haber llegado
al objetivo propuesto: escribir ficción era una forma de deshacerse de los
propios demonios. Así había hecho el protagonista de mi novela, matar es
limpiarse, lo malo es que uno vuelve a ensuciarse por fuera, y después la
sangre penetra nuevamente, se agria como leche cuajada, y el olor se hace
insoportable.
-No es sangre coagulada y seca, es un
hematoma que se infecta y luego se abre.
Se me quedaron mirando un rato, no sé si
sorprendidos o esperando que siguiese hablando. Yo había devuelto lo que me
habían entregado esa noche aquellos famosos escritores, me sentía conforme a
pesar de estar como en una cárcel llena de libros, lleno el aire con aroma a
pipas y cigarrillos, encerrado con un montón de gente que compartía mi
aflicción y mi condena, pero que de todos modos no se perdonaban uno al otro.
-Ahora, y antes del refrigerio que nos
espera para brindar con un vino de honor, leeremos algunos de los telegramas
que ha recibido nuestro homenajeado.
Mi editor leyó frases de felicitaciones y
deseos de éxito de varias personalidades, después sonrió consecuentemente, y
dijo:
-Aquí tenemos una sorpresa muy agradable.
El flamante presidente de la república envía un mensaje de congratulaciones.
No recuerdo las palabras exactas, pero el
tono y la forma eran algo así como “deseamos el mayor éxito a quien ha
demostrado ser un fiel defensor de la república, y esperamos que desde su
flamante actividad no deje de cumplir con el eficiente servicio que ha brindado
al actual proceso de reconstrucción nacional.”
Hubo más aplausos, los flashes de las cámaras quemaron
el aire viciado. La gente se levantó y muchos se acercaron a la mesa. Los dos
escritores se colocaron uno junto al otro y se dejaron fotografiar. Se
sirvieron canapés y vino fino. Comencé a firmar ejemplares, y de tanto en tanto
dirigí miradas hacia los hombres parados junto a los estantes, que parecían
estarme esperando como en un relato kafkiano. Pero yo sabía que siempre
estarían allí así como siempre lo habían estado aunque no los viese. Era sin
embargo ese un lugar tan pequeño que resultaba inevitable descubrirlos tarde o
temprano. Y de un modo inesperado, dejé de sudar, firmé los libros con una
sonrisa más fresca y mi tensión se fue aflojando hasta comenzar a verme más
sereno y espontáneo. Noté en los ojos de mi editor que me agradecía tal cambio
de actitud, y me abandoné al clima íntimo de la librería, a ese tono donde cada
carácter parece armonizar con el otro, porque todos han llegado a la misma
conclusión. Ese era mi hogar, me dije. Allí estaba mi vieja, recibiendo
felicitaciones por ser la madre del escritor, mirándome extasiada porque nunca
antes había sido testigo de mi éxito como profesional. Tras las puertas estaba
la calle Corrientes, que aunque trivial en su maquillaje, era una arteria del
cerebro del país, y no podía abstraerse del todo de lo que estaba sucediendo.
Pero adentro yo firmaba ejemplares con
palabras dedicadas a cada lector, como si hubiese escrito el libro para cada
uno de ellos, como si viviese en un pueblo cuyos habitantes se hubiesen reunido
alrededor de un hogar para escucharme leer historias de fantasmas o de niños
muertos, de amores frustrados o amantes traicionados, de las exaltaciones de la
vida y de lo que conduce a la muerte.
7
Antes había notado ya que la
puerta transpiraba. Cuando él llegaba los domingos después de almorzar para
buscar a Gabriel e ir a la cancha, sentía la madera cubierta de sudor al pasar
la palma de la mano sobre la superficie. No era extraño, los domingos de verano
son extremadamente calurosos, y la madera es una sustancia que siempre conserva
algo vivo, y en invierno, el calor interior de las estufas produce el mismo
efecto pero en sentido inverso. Por eso ahora tampoco le extrañaba demasiado
ver cómo la puerta de la casa había comenzado a abombarse hacia fuera. Efectos
de la humedad en las puertas viejas, dilataciones de la madera que continúa
viva a pesar de haber sido cortada de sus raíces mucho tiempo antes. Así
también como los cadáveres tienen memoria de lo que alguna vez fueron, porque
persisten en sus formas aún enterrados, y los huesos deciden mantenerse
incólumes durante años.
Y ahora la puerta crecía en una convexidad
quizá excesiva, amenazando con romperse en cualquier momento. Vio salir y
entrar a los miembros de la familia durante toda la semana, y a pesar de que
esperaba que la puerta se trabase, ellos abrían y cerraban sin dificultad. Pero
hoy domingo la puerta estaba más hinchada que nunca, parecía una mujer
embarazada de ocho meses, ese período donde la ansiedad por el parto llega a
sus límites y un mes más ya no parece tolerable. Jorge había visto a su cuñada
sufrir el calor y la extrema pesadez durante aquel verano en que esperaba a
Gabriel. Y así parecía sufrir ahora la puerta de la casa, hasta creyó verla
respirar. Esa puerta era un vientre, los ojos eran las ventanas, las manos los
dos arbustos en el jardín delantero, dispuestos a secarse el sudor de la
frente, ese alero de tejas que dejaba gotear los restos de lluvias y humedad.
Se preguntó si Nadia se habría visto así
también, esperando al hijo de Jorge, al único hijo que ya nunca tendría. Si a
los ocho meses de gestación Nadia caminaría por la calle abanicándose con las
cuentas de la luz en la mano y una bolsa de compras en la otra, dirigiéndose a
la casa donde Jorge la estaría esperando. Una casa como ésa, la que fue suya.
Un hogar como aparecía en la vieja revista que su madre coleccionaba en un
estante de la biblioteca. De esa revista emanaba el cálido hálito de las estufas
en las tardes de invierno, o la sombra tenue de la siesta en los jardines de
verano.
Era una buena oportunidad para presentarse
a aquella nueva familia. Tocar el timbre y ofrecerse para arreglar la puerta.
Conversar con el dueño e ir llevando la conversación hacia el tema de la
infancia. Seguramente lo habrían invitado a pasar, y él podría entonces ver
nuevamente el interior, recordar lo que temía estar olvidando hasta convertirse
en algo irrecuperable. Estaba seguro que podría ver de nuevo a su padre a la
cabecera de la mesa del comedor, ese hombre fuerte y seguro como un Virgilio
que los conducía a salvo entre los senderos del infierno. Aquel maestro que
había intentado salvarlos y sin embargo se había condenado a sí mismo,
hundiéndose en lagos de alcohol casi imperceptibles durante las cenas. El vino
tinto es oscuro como la noche, y los lagos de vino son espejos del cielo sin
estrellas. Hasta a veces parece verse una luna rojiza en las vetas líquidas del
vino. Y el alcohol es combustible para el fuego. Allí, en la casa también
estaba la madre de Jorge. Ella era como la legendaria Beatrice, una esposa que
sabía hacerlo todo: mantener el hogar perfecto aún en las condiciones no
ideales, que disimulaba las falencias con una tela o un lustre bien aplicado,
la misma que hacía silencio cuando el viejo se derrumbaba, limitándose a
ayudarlo a levantarse e ir a la cama.
Jorge necesitaba entrar.
No era un deseo solamente, sino una de
esas pulsiones definidas en los libros de psicoanálisis como imperiosas
necesidades cuya frustración podría destruirlo por dentro, o convertirse en
algo tan monstruoso que no podría controlar.
Pensó en Nadia, pero nadie le diría dónde
encontrarla.
Pensó en entrar a la casa por la fuerza,
maltratar al chico que llamaban Tomás, matar al perro y violar a la esposa.
Nada de esto le parecía posible para ver
la casa por dentro una vez más. Porque lo que buscaba era la paz del hogar
antes del derrumbe.
Las tardes y la siesta del verano, los
anocheceres tras las ventanas del invierno.
La voz de su madre canturreando en la
cocina. La silueta de su padre lavando el auto con el torso desnudo.
Había alejado a su hermano y su familia.
Había destruido la única posibilidad de un futuro hogar.
Pero él todavía conservaba las llaves de
la casa.
8
Es sábado a la mañana. Abro
los ojos y me encuentro solo en el auto. Mario está junto al alambrado de la
base. Hay mucho movimiento de periodistas y curiosos que corren hacia allí, y
de pronto todos se tiran al suelo o se dispersan hacia la calle o corren a
esconderse tras los autos. Una fotógrafa joven, de cabello rubio atado en cola
de caballo se refugia junto a la puerta del auto. Como no escuché el primer
disparo, en cuanto bajé la ventanilla oí claramente los que lo siguieron, una
salva continua de ametralladora.
-¡Escóndase!-me grita ella, pero es
demasiado tarde.
Veo el orificio de bala en el parabrisas,
perfectamente limpio y perfecto, del cual parten las telas de una araña de
vidrio. La bala entró justo por debajo del techo; miro atrás, no hay orificio
de salida, pero quizá se incrustó en el tapizado. No tengo miedo, sólo asombro,
hasta hago un comentario estúpidamente banal sobre la suerte y el destino.
Los disparos han cesado, pero yo no puedo
creer que nos hubiesen disparado realmente a nosotros, periodistas, porque de
algún modo todo esto va a terminar bien, el domingo de Pascua. Yo así lo creo,
porque es costumbre del orgullo castrense dar estas demostraciones de poder de
tanto en tanto, para mantenernos adiestrados, para enseñar al perro de la
democracia quién es el dueño de la situación. La mano con el arma es como la
mano con el látigo, o con la comida, en caso de los perros domesticados.
Por eso, pienso que esa bala que ha pasado
tan cerca no me estaba destinada a mí ni a ninguno de mis colegas, sino que se
trató de una bala perdida, una de tantas cuyo trayecto no puede calcularse por
más que se tengan todas las precauciones posibles. Hay un margen de error,
siempre, una zona ingrávida donde lo imposible gana terreno y se convierte en
soberano. Una zona entre la vida y la muerte, como el útero materno, o más
exactamente como el canal de la vagina. Un pasillo donde podemos perdernos antes
de surgir a la vida definitiva o regresar al bienestar de la ingravidez. Pero
ambos son extremos tan parecidos, que se anulan entre sí. La vida no se suma a
la vida, es simplemente una energía que se desgasta desde el mismo instante en
que nace.
Los disparos no se repiten. Hay
movimientos tras el alambrado, algunos soldados corren entre las trincheras de
bolsas de arena hasta el pabellón principal. Algunos periodistas aprovechan
para fotografiarlos, zoom mediante y con lente de alta velocidad. Veo a Mario
acercarse al auto y palpar con dos dedos la superficie del parabrisas.
-Hoy sí puedo decir que he nacido de
vuelta...-me dice.-Justo salí a mear ahce dos minutos.
Pero el orificio estaba sobre mi asiento,
le hago notar. No sé si me escucha.
-Tendremos que hacer la denuncia-sugiero.
-¿Para qué? ¿Cuántas balas se dispararon
hoy? Cientos, miles. Nadie murió por lo que vi hasta ahora. Otro truco de la
pantomima...
Le doy la razón. Noto, sin embargo, que
está transpirando. Se pasa un pañuelo por la frente, se saca la corbata que ha
llevado floja durante dos días. Dejándose caer en el asiento, agarra la botella
de agua mineral del bolso y bebe por dos minutos completos.
-¿Te sentís bien?
Me mira y escupe por la ventanilla de mi
lado. Su cinismo ha regresado intacto, así que no necesita contestarme.
-¿No tuviste miedo?-pregunta.
-Lo habría tenido si hubiese visto al que
disparó. Pero sin tiempo a pensar es difícil que el miedo sea eficaz. Es
extraño eso, ¿no? ¿Acaso conocés algún filósofo que haya hablado del tema?
-Maldito hijo de puta-murmuró.
No tengo miedo ahora. Hubo un tiempo
cuando el miedo me crecía como la barba, se asomaba todas las mañanas y debía
cortármelo al ras para que no se notara, para que no me produjese cosquilleos y
escalofríos, para saberme prolijamente atildado sin los residuos negros del
temor. Pero siempre nos alcanza, crece en la noche y allí está, a veces en el
espejo, a veces en una vidriera, otras ni siquiera lo vemos, pero lo palpamos.
Es una pátina en la cara, como las que usan los soldados amotinados este fin de
semana. Porque ellos se pintan para ocultarse, actuar sin ser vistos. Y qué es
eso sino producto del miedo.
El día que sentí más terror en toda mi
vida fue la noche de la presentación de mi segunda novela. La intención era
realizarla en la misma librería que la anterior, pero el dueño se había negado.
Se habían esparcido rumores sobre mí, no por mis columnas en el diario, que ya
habían pasado de moda, sino sobre el debilitamiento en el apoyo oficial que se
me otorgaba. Un apoyo que yo nunca pedí, y que sin embargo era como la espada
de Damocles sobre mi espalda. El hecho de estar al margen de las noticias políticas
bajaba mi perfil socialmente, pero el oficialismo me mantenía vigilado, y
sentía además que otros también me seguían. Tal vez amenazaron al dueño de la
librería: si prestás lugar a ese tipo, vas a terminar mal, le habrán dicho. Ésa
era la fórmula universal, válida en Buenos Aires como en Madagascar. Nada
nuevo, en realidad, tampoco el miedo, pero éste tiene la peculiaridad de
transformarse eficazmente en algo siempre renovado, nunca acogedor, pero
reluciente como una cocina que se regala a mamá, brillante como un cuchillo
recién comprado, espléndido como una bomba entre las manos.
Se hizo la promoción y llegado el día,
llevé a mi vieja en el auto a la confitería de San Telmo donde se había
preparado la presentación. Había mucha gente en la puerta, a pesar de ser las
ocho de la noche de un invierno especialmente lluvioso y frío. Me había
resignado a que esta novela tuviese menos repercusión que la anterior, el tema
era difícil y extraño, y tenía tintes alegóricos que podrían interpretarse
políticamente, en diferentes sentidos. Cada uno, según qué ideas preconcebidas
tuviese del autor, podría llegar a conclusiones de conveniencia.
Los adoquines brillaban en la noche con la
luz de la vidriera y los faroles en la puerta. Los flashes se encargaban de
testimoniar las presencias de algunos funcionarios de la cultura, algunos
colegas escritores y un montón de desconocidos. Sobre una mesa, vi ejemplares
de El rostro de los monos, todavía solitarios y resignados. Vi el rostro
de la portada, al protagonista enfermo y aislado que intentaba poblar el mundo
con seres como él. Era un asesino múltiple, como yo lo había sido. Y no podía
decirse que no habíamos podido elegir. Su eterno miedo era ser distinto al
resto, mi miedo era el mismo, y nadar contra la corriente es imposible.
Esta vez no vi hombres extraños, pasaban
desapercibidos o quizá no habían venido, como si para eliminarme el bando
contrario fuese un buen instrumento para eso, sobre todo porque ahorra tiempo y
municiones al propio interesado. La disposición de las mesas dispuestas en
forma irregular me puso nervioso, no alcanzaba a ver quién estaba detrás de
quien. La gente se levantaba para buscar cosas en el bar, los meseros iban y
venían con bandejas repletas. Los fotógrafos no dejaban de estorbar en los
espacios vacíos.
-¡Qué éxito Beltrame! ¡Cuánta gente ha
venido a verlo!-dijo el editor.
Mis viejos conocidos, los dos escritores
de la primera presentación no estaban. Uno se había excusado por hallarse
enfermo, y era un secreto a voces que el otro había desaparecido seis meses
antes. El editor organizó el desorden y todos se sentaron o hicieron silencio
mirando hacia el escritorio tras el cual un colega del diario, el editor y yo
nos habíamos sentado. El ambiente no era intimista y nostálgico como la vez
anterior. Había demasiadas luces, olor a comida que contrastaba con el ambiente
literario, y las estufas estaban innecesariamente encendidas considerando la
humedad ambiente. Yo me secaba el sudor de la frente, no sólo por sentirme
tenso, sino también por aburrimiento y sopor. Mi amigo de la prensa estaba
cumpliendo con el objeto para el que se lo había traído, daba su opinión
positiva sobre la novela. El acto fue breve, pocos comentarios seguidos por el
inmediato brindis y el servicio del lugar. La gente comió, fue en busca de su
ejemplar del libro y yo los firmé. Todo esto metódicamente, con una parsimonia
que me sorprendió. Había sido una presentación más concurrida y sin duda el
libro tendría más éxito aún que el anterior. Incluso las críticas más serias me
lo confirmaron después. Sin embargo, algo me inquietaba. Tanta serenidad, es decir,
tanta civilizada servidumbre no amenizaba con la conocida rebeldía de los
escritores. Si por algo ellos se caracterizan, es por su constante falta de
ubicuidad. Esa sensación de sentirse fuera de lugar en todo momento.
Y eso era lo que yo sentía, sabiéndome el
único con esa sensación esa noche, lo cual me incomodaba por la jactancia que
implicaba. Aunque nadie podía ver mi interior, yo sentía vergüenza de llamarme
escritor en ese lugar donde no podía sentirse la más ligera pizca de arte. Como
si todos fuesen actores contratados para aquella función. Me parecía estar
narrando, a la vez que viendo, la presentación de una novela de autor
desconocido. Perdí de vista a mi vieja, mezclada entre el bullicio de los que
recién llegaban. Tuve que saludar a cada uno de los que habían llegado tarde,
aceptando sus disculpas. Yo decía que no importaba, y señalaba la mesa donde se
vendían los ejemplares. Todo se resumía en eso, me parece: un ritual comercial.
Nada de misticismo literario, de conversaciones entre intelectuales, de
controversia sobre corrientes y estilos. No había ningún escritor de relieve,
sólo artistas y periodistas.
Entonces miré afuera, un solo instante, y
vi las pancartas que un grupo llevaba en alto frente a la confitería. No se
escuchaba nada desde adentro, pero ellos gesticulaban con los brazos alzados y
caras enojadas. Los carteles decían simplemente la única palabra que nunca, en
todos esos años, me atreví a pronunciar, sino siquiera a pensar. La había leído
muchas veces, la había relacionado con locos, drogadictos y amantes frustrados.
Cualquiera menos yo. Porque yo era un hombre común y corriente, acostumbraba a
decirme a mí mismo cada mañana al levantarme y cada noche antes de dormir. Yo
había nacido en una familia normal, me había criado en un barrio común de clase
media, mi madre cocinaba y leía El hogar, mi padre trabajaba y pagaba
sus impuestos. Ni siquiera habíamos protestado cuando el cadáver de mi viejo
tuvo que esperar siete días en la morgue antes de ser enterrado, porque había
tenido la desgracia de morir el mismo día que Perón.
Yo escribía, no portaba armas. Pensaba, no
salía a la calle a matar.
Pero las armas son muchas, tuve que
reconocer finalmente. Y allí estaban ellos, llamándome asesino.
Un vidrio estalló con una piedra arrojada
desde la calle. Algunos gritaron, otros se tiraron al piso. Hubo un revuelo de
platos caídos y botellas rotas. Escuchamos el canto de los manifestantes en la
puerta, mientras hacíamos un silencio acorde a un himno.
-¡Qué vergüenza!-decía el editor, yendo
hacia la puerta para enfrentarlos.
Le arrojaron otra piedra y regresó a mi
lado con la frente cubierta de sangre.
-¡Que alguien llame a un médico!-grité.
-No es nada, Beltrame...no se preocupe.
Nadie quiso enfrentarse a los de afuera.
Sin embargo, estos no entraban. Iban de un lado a otro a lo largo de la vereda,
con las pancartas en alto y gritando “asesino”.
Todo esto no duró más de media hora, la policía llegó para reprimirlos.
Dos patrulleros detuvieron el tránsito, seis hombres aporrearon a los
manifestantes y éstos se desbandaron. Dejaron los carteles en el piso, y cuando
salimos, ahí estaban, como señales en el asfalto para peatones perdidos. Muchos
me miraron con resentimiento, como si no hubiesen sabido que asistir a tales
eventos era un riesgo en esa época, o quizá esperaban otra cosa, tal vez habían
venido a ver mi sangre y ahora se retiraban sintiéndose traicionados en sus
expectativas.
Agarré a mi madre del brazo y la llevé
hasta el auto. Ella temblaba, así que me despedí lo más rápidamente posible.
-Mañana nos vemos en la editorial...-me
dijo mi editor secándose la sangre con un pañuelo.
Yo asentí y subimos al auto. Puse las manos
al volante, y me di cuenta que no podía manejar todavía, mis manos temblaban y
mi corazón sonaba como una bomba. Y no sé por qué pensé en esa palabra. Lo
único de lo que estoy seguro es que la red del lenguaje es un entramado que
intenta dar sólo una idea del intrincado funcionamiento de los hechos. Yo
pienso esa palabra, y en algún lugar el artefacto estalla, alguien muere o
queda sordo, alguien pierde una pierna o simplemente llevará el recuerdo del
sonido por el resto de su vida.
Doce horas después, el editor me llamó a
casa. Me dijo que habían puesto una bomba en la oficina de la editorial. Sólo
había muerto la mujer que hacía la limpieza.
9
Todavía conservaba las llaves
de la casa. Seguramente habían cambiado la cerradura, pero qué perdía con
intentar, se dijo Benítez. Era domingo y toda la familia había salido. Miró el
reloj. Las tres de la tarde, el sol cayendo a pleno sobre la calle, ni un auto,
ni un perro pasando por la vereda, sólo el aullar de una ambulancia a muchas
cuadras de allí. Y él era un habitante más del barrio desde hacía cuarenta
años, y ya todos estaban acostumbrados a verlo deambular sin motivo ni
propósito por los alrededores. Se estaba convirtiendo en un loco inofensivo,
eso era lo que debían estar pensando los demás. Por eso, sabía que no tenía
mucho tiempo, que algo, tarde o temprano, iba a pasar. Era esa angustia de las
tardes de domingo, el remordimiento junto con la desesperación formando una
sustancia de impredecibles efectos. Un vacío, quizá, en medio de la calle,
frente a la puerta de la casa. Como una fosa defensiva semejante a la de un
castillo feudal. Atravesarla era entrar en una trampa, casi con seguridad, pero
la cabeza le pesaba como si tuviese piedras, y a pesar de estar parado bajo el
sol, creía estar corriendo impulsado por el peso de su cabeza. Si se detenía,
moriría, si continuaba, caería en la fosa. Y no había otras alternativas.
Subió al Torino y regresó al departamento,
buscó las llaves en el cajón de la mesa de luz. Las mismas viejas llaves con el
llavero de cuero raído que había puesto cientos de veces en sus pantalones
cuando era adolescente. Jorge regresó y estacionó el auto justo frente a la
puerta. Quizá no pensaba en lo que hacía con claridad, como si tuviese la
certeza de que el tiempo había vuelto atrás y adentro lo esperaba su familia.
Abrió la verja y se detuvo frente a la entrada principal con la aldaba. Algo le
decía que si intentaba abrir fallaría, y eso significaba el derrumbe mismo del
sol que mantenía la alucinación con su inmensa esfera de energía radiante.
Además, había sido su costumbre entrar por la reja del costado, por el pasillo
que llevaba al patio posterior.
El ladrido de un perro lo sobresaltó.
Entonces se dio cuenta que había olvidado al perro de la nueva familia, que
seguramente habían dejado cuidando la casa. Pero el ladrido no venía del fondo,
sino de la calle. Miró atrás y vio al animal que lo había seguido hacía unos
días, salido de la casona de las Cortéz.
-Hola-dijo.
El perro movió la cola, la lengua le
colgaba a un costado de la boca abierta. Luego se le acercó y se sentó a su
lado. Gemía muy suavemente. Le lamió la mano y la agarró entre los dientes sin
morderlo. Tiró de él, como si quisiese sacarlo de allí.
-No, viejo amigo, vos te quedás acá y me
avisás si viene alguien.
Entonces Jorge colocó la llave en la
cerradura de la reja verde. Era una puerta de hierro, endeble y oxidada en las
bisagras. A nadie habría podido detener si la hubieran forzado, y tal vez por
eso no habían cambiado la cerradura todavía. La llave funcionó, y el corazón de
Jorge Benítez se aceleró cargando toneladas de sangre para alimentar un cuerpo
que se estaba estremeciendo de alegría y estupor. Entrar a la casa luego de
tanto tiempo, sentir el olor que había experimentado durante más de la mitad de
su vida, ese aroma al que había contribuido con las secreciones de su propio
cuerpo mientras crecía. El olor a sudor, el aroma de la piel, el aliento. El
aroma de las comidas cada mediodía, cada cena y desayuno y merienda, leche
hervida y chocolate caliente, canela y asado. El olor de la cerveza en los
vasos abandonados sobre la mesa del patio los sábados a la noche. El perfume
del viejo jazminero del fondo. El aroma de los fuegos de artificio en las
navidades y fines de año.
Sintió un breve vértigo que lo hizo
apoyarse contra la pared de la derecha, la que lindaba con el comedor. Hasta el
áspero contacto de esa pared en la palma de su mano le era familiar, como si la
memoria hubiese estado esperando a ras de piel para aflorar completa e
intensamente.
La casa lo estaba esperando.
La casa era una madre, al fin de cuentas,
que aguardaba libre de las fatigas humanas, el regreso del hijo pródigo.
Las cosas son más fieles que los hombres,
eso lo sabía muy bien. Las cosas permanecen, mientras que los hombres mueren e
incluso los recuerdos se convierten en restos que empalidecen cada día un poco
más.
Llegó al patio, caminó sobre el pasto,
tocó la vieja mesa de metal, que no había sido cambiada. Entró a la casa por la
puerta de la cocina. La llave esta vez no le había servido, pero él sabía cómo
abrir la ventada del costado. Eso era lo que había hecho cuando de chico
regresaba tarde de jugar a la pelota y no quería que su madre se enterase.
Entraba por la ventana y se sentaba a la mesa, como si hubiese estado allí toda
la tarde. Entonces ella lo veía tan tranquilo e inocente, que no podía hacer
más que sonreír y revolverle el pelo con una caricia.
Allí estaba la vieja pileta de la cocina,
las mismas alacenas, el armario de la limpieza. La mesa era otra, redonda y de
un solo pie. Pero recordaba la mesa de roble, rectangular, que podía extenderse
con un mecanismo de bisagras que pocas veces habían usado. Siempre estaba
cubierta con un mantel de tela fina. Su madre había protestado infinitas veces
cuando se manchaba, pero eso era parte del ritual, ella lo sabía, la suciedad
es parte inconmovible de las cosas. La mugre viene implícita con la belleza que
se adquiere.
Atravesó el pasillo, ocupado por un
armario grande que pertenecía a los nuevos dueños. Entró al comedor. La vieja
mesa de su familia estaba intacta. No habían cambiado el mobiliario, quizá no
disponían del dinero para hacerlo. Le habían dicho que el hombre era un policía
retirado, todavía joven, quizá estaba enfermo, aunque su contextura física no
lo delataba, o probablemente lo hubiesen desafectado por algún problema legal.
Los adornos de las paredes eran nuevos. Ya
no estaba el viejo cuadro al óleo del barco anclado junto a un puerto, ni los
platos de figuras chinas dispuestos en líneas inclinadas. Tampoco las
porcelanas sobre los estantes, esas figuras de pastorcitas y ovejas que tantas
veces se había puesto a observar con admiración cuando tenía menos de diez
años. Era imposible tocarlas si no quería merecer los retos de su madre. Sólo
una vez había roto una, y fue suficiente para no atreverse a tocarlas de nuevo.
Fue una noche trágica para él, ella lo había mirado con odio, con un rencor que
mucho después supo reconocer como verdadero al volver a verlo en otras caras
extrañas. Fue entonces cuando aprendió que los lazos familiares no son garantía
de nada, que el amor no está necesariamente implícito, que son muy delgados y
su fragilidad es inversamente proporcional a la necesidad que se tiene de
ellos.
Fue una lección, lo mismo que aquella
bofetada que su padre le dio en plena calle una única vez, frente a muchos
extraños testigos de la humillación, sobre todo testigos de su propio fracaso
como niño. Porque ahora lo reconocía, el fracaso no es la pérdida de una
siembra, sino que es otra planta sembrada junto a las demás. Con una mano
arrojamos unas semillas, con la otra las semillas del fracaso. Pero son tan
iguales, tan idénticas, que es imposible reconocerlas sino hasta que crecen. Y
ya es tarde, entonces. Se han formado como se modela la forma de nuestro
cuerpo, el tamaño de nuestra nariz, la forma de los ojos y la aspereza o la
suavidad de las manos.
Pero el aroma continuaba ahí, la humedad
de los cuerpos que se impregna en las paredes y la madera, las tonalidades de
la luz por las ventanas, las largas sombras sobre el piso o los haces del sol
descubriendo las motas de polvo del aire. La brisa que ahora entraba por la
ventana era la misma de mucho tiempo antes, porque estas cosas no cambian
demasiado. El sol parece eterno, y la luz más sabia que la endeble memoria
humana. Y los objetos que el hombre crea para que lo sobrevivan entienden de
estas cosas, porque su sustancia reconoce los átomos del aire y el sol, los
aullidos del viento y el aroma de una tormenta, la electricidad inmanente en
una leve brisa de verano.
La madera y el sol. Las cortinas de lino
movidas por el viento que acarició alguna vez los maizales. El cemento de las
paredes y la sustancia calcárea de las rocas de un acantilado. El aroma de la
pintura y los excrementos de las palomas en el patio.
Jorge Benítez era sustancia de esa casa.
Sus huesos habían crecido bebiendo el aroma de la mañana, la calidez de las
estufas y el sonido del agua que fluye de los grifos. Las voces de su familia
le llegaban nítidas, porque hay sentidos que se equivocan, como la vista, tan
confiada a veces, como el tacto, ingenuo en ocasiones. Pero el olfato y el oído
requieren de la oscuridad, y allí estaba la oscuridad que exige la memoria como
resultado final. El recuerdo no como un fin, sino como un camino. Y Jorge se
daba cuenta de esto, y presentía que ese domingo, como muchos otros, no
terminaría bien.
Escuchó ladrar al perro. Corrió apenas la
cortina del comedor y miró hacia la calle. El auto de los nuevos dueños se
había estacionado detrás del suyo. Recién se dio cuenta que ya era casi de
noche. Había pasado más de cinco horas dentro de la casa, se había dormido
sobre el sillón y había soñado y recordado. Por eso estaba tan oscuro afuera, y
apenas reconoció la cara del hombre bajando del auto y observando el Torino con
curiosidad. La mujer y el chico se quedaron parados en la vereda, mientras el
hombre les decía algo. Luego abrió de vuelta la puerta del auto e hizo bajar al
perro, que corrió hacia donde estaba el otro perro vagabundo. Empezaron a
pelear, pero el que había seguido a Jorge estaba en desventaja, y pronto quedó
de espaldas pataleando para deshacerse del otro que lo retenía e intentaba
morderle el cuello.
-¡Duque!-gritó el chico para separarlos,
pero el más pequeño logró soltarse y huyó corriendo con la cola entre las
patas.
-Habría que haber dejado al perro cuidando
la casa. Hay ladrones. Quédense acá. Yo voy a ver-dijo el hombre.
Jorge pudo escuchar muy claramente la
conversación, y al mirar otra vez el comedor sintió como un golpe de realidad,
por lo menos del plano tangible y concreto de la realidad que toda la jactancia
de la que son capaces nuestros ojos puede apreciar. El interior de la casa
ahora le resultaba extraño, lleno de objetos y muebles, que exceptuando la mesa
del comedor, eran diferentes y con el sello personal de otras personas. Otros
cuadros colgaban de las paredes, fotos de artistas o reproducciones baratas de
cuadros famosos. Adornos comprados en balnearios, portarretratos con gente que
no conocía, jarrones y platos de pésimo gusto. Y sobre todo ese olor a incienso
que tanto despreciaba.
Oyó el golpe de la reja y el paso apurado
del hombre a través del pasillo. El nuevo dueño se había dado cuenta que la
puerta principal estaba intacta, así que si él entraba por allí el intruso
huiría por detrás. Jorge estaba atrapado. Resolvió enfrentar la situación, fue
hasta la cocina y llegó justo cuando el hombre entraba y lo apuntaba con una
.38 que había sacado de la campera.
-¡Quédese quieto o lo mato!
Jorge levantó los brazos e intentó
explicar.
-Escúcheme, por favor. Yo soy vecino del
barrio, todos me conocen, nací acá. Viví en esta casa casi treinta años...
-¡Al piso, cabrón de mierda!
Jorge comenzó a arrodillarse, sin bajar
los brazos, e intentó seguir hablando.
-Está bien, tiene razón. No debí entrar.
Pero entiéndame, por favor. No vine a robar.
-Explicále eso a la policía, viejo.
-¡Por favor, no me denuncie! Yo sé que
usted es policía también, ¿cree que me habría arriesgado a tanto si fuese un
ladrón? Hasta dejé el auto en la puerta...
El hombre lo miró con una mueca
lejanamente parecida a una sonrisa de sorna, por lo menos eso fue lo que él
creyó ver.
-Es la primera vez que me vienen con esas
excusas tan pelotudas. ¿Y para qué viniste, entonces?
-Ya le dije, necesitaba ver la casa de
nuevo. No se lo puedo explicar mejor...
Jorge se daba cuenta que estaba a punto de
llorar. Había caído demasiado bajo y ni siquiera se dio cuenta de cuándo había
empezado a derrumbarse. Los ataques de ira eran como ataques de epilepsia,
habían degradado su mente de a poco, borrando el límite ya de por sí inexacto
entre realidad y ensoñación, realidad y recuerdo, entre lo que debe y no debe
hacerse si esperamos vivir en paz con los demás. El problema es, se dijo, que
ya no podía vivir en paz consigo mismo.
-Por favor, no me denuncie.
El hombre bajó el arma y esta vez sonrió
con toda la boca. Jorge sabía que era desconfiado y suspicaz, pero esperaba que
dijese algo totalmente diferente a lo que finalmente dijo e hizo mientras
sonreía.
-Quedáte de rodillas.
Salió y cerró la puerta de la cocina. Lo
escuchó hablar con su familia, y luego el auto volvió a arrancar. El hombre
regresó. Ahora estaban realmente solos. Cerró la puerta, bajó las persianas.
-Así que tenemos a un cagón que no quiere
enfrentar a la policía. ¿Y tu familia no sabe nada?
-No tengo familia-dijo Jorge.
-Entonces, además de cobarde, maricón.
Porque conozco algunos maricones que tienen más pelotas que vos.
Jorge se dio cuenta que se había
encontrado con algo más difícil de traspasar que una pared de diez metros de
alto. Un hombre peligroso con un arma en la mano. Alguien acostumbrado a
salirse con la suya.
-Mire, esto se está poniendo raro. Si
quiere avisar a la policía, hágalo.
El hombre ahora se puso a reír.
-Así que para vos se está poniendo raro.
Yo vengo de pasear con mi familia y encuentro a un tipo en mi casa, que entró
por la fuerza, y para vos se está poniendo raro. Estás más loco que una cabra,
viejo.
Jorge bajó la cabeza y los brazos. Apoyó
las manos en las rodillas.
-No te dije que bajaras los brazos.
Jorge volvió a levantarlos, pero le
pesaban. Dios mío, pensó, Dios mío.
-Tenemos toda la noche para que pienses
qué es lo que te conviene.
El hombre se le acercó, con el arma en la
mano derecha, y apoyó el cañón en el oído de Jorge.
-¡No, por favor! ¡Se lo ruego por
Dios!-dijo Jorge con las manos juntas, temblando. Escuchó el sonido del
percutor y entonces gritó. Pero un segundo después todavía seguía vivo,
abrazado a la pierna del hombre, llorando.
-Me estás empapando la ropa, maricón.
Seguro que te measte encima, además.
Agarró a Jorge del pelo y lo hizo mirarlo
a la cara.
-Te dejo ir si antes arreglamos algo. Te
dejaría ver la casa cuando quieras, venir a visitarme a mí y a mi familia. ¿Qué
te parece? Entonces nosotros podemos encontrarnos en alguna parte, un par de
veces por semana.
El hombre lo miraba con un brillo que
relucía en la penumbra. Era alto y fornido, la pierna a la que Jorge se había
aferrado era fuerte y firme como un árbol. La mano que lo sujetaba tenía dedos
que sabían también cómo acariciar, porque habían comenzado a tocarle la cabeza
con suavidad, empujándola como a una oveja descarriada hacia el lugar donde se
sentiría protegido.
La mano derecha del hombre, sin soltar el
arma, se abría el cierre del pantalón y con la otra mano acercaba la cabeza de
Jorge a la entrepierna. Jorge se resistió, pero el otro volvió a apoyarle el
arma en la cabeza. Durante treinta segundos forcejearon, pero el hombre tenía
más fuerza que él, y Jorge se sintió igual que el perro vagabundo bajo el poder
del otro más grande. Sólo que él no tenía la oportunidad de huir, sólo de
rendirse.
Pensó en Nadia, en la casa que lo había
cobijado, la calidez del hogar que lo había protegido. Donde podía esconderse
de la calle y cubrirse la cabeza con las manos. Cerrar los ojos y sentir la
oscuridad que borra los peligros del mundo mientras la tibia calidez del hogar
acaricia la espalda así como el líquido amniótico filtra lo que amenaza a los
aún no nacidos.
Y por un instante que nunca sería capaz de
medir, sintió algo parecido al placer y al dolor simultáneos, alternándose en
un juego más cruento que la guerra entre Dios y sus demonios, que se burlan uno
del otro sin piedad ni descanso durante siglos, amputándose partes del cuerpo y
volviéndolos a reconstruir para tener con quien luchar, matándose uno al otro
para revivirlo inmediatamente después. Formando el número cero del espacio sin
tiempo.
Donde nace todo. El origen.
La casa es como un número cero, un útero
de cemento y ladrillos.
Jorge logró apartarse y vomitó en el suelo
de la cocina. Manchó las zapatillas del hombre y se quedó con la boca sobre
ellas.
-Sucio hipo de puta-protestó el otro.
Jorge alzó la cabeza, logró erguirse un
poco apoyando las manos en el piso, sin poder pararse del todo, y le dio un
golpe en el abdomen.
El hombre no pareció sentir nada, ni
siquiera se movió. Lo agarró otra vez del pelo hasta elevarlo hasta su cara.
Jorge sintió el aliento a cigarrillo, vio la barba negra y espesa, los ojos
oscuros y las facciones tan fuertemente formadas que era imposible la
resistencia. El otro lo acercó más a su cara y le dio un beso en la boca que
duró diez segundos. Después le torció la cabeza hacia la derecha hasta un
ángulo que lo habría hecho ver su propia espalda de haber sobrevivido. Su
propia espalda, antes de la original y la abismal oscuridad.
El cuerpo tembló dos veces antes de
entregarse como un muñeco. El hombre lo levantó en hombros y lo llevó hasta la
puerta. Varias cosas cayeron al piso, pero la calle estaba en silencio. Lo dejó
junto a la puerta principal, abrió, miró afuera, y volvió a levantarlo,
poniendo un brazo bajo la axila del cadáver y poniendo un brazo de Benítez
sobre sus hombros. Quien los viera salir de la casa, habría dicho que Jorge
Benítez estaba ebrio y que su vecino lo ayudaba a regresar a casa. Pero
probablemente nadie los haya visto, porque nunca se supo que alguien informara
nada sobre las horas previas a su muerte.
Puso el cuerpo en el asiento del Torino,
dijo algo, como dar a entender que le hablaba por si alguien los estaba
observando, luego subió al asiento del conductor y encendió el motor. Las luces
delanteras iluminaron la calle y comenzó a conducir hacia el sur. Cuando llegó
al barrio de las putas, estacionó el auto en una esquina y apagó las luces. Vio
a varias mujeres en la esquina próxima. Habló en voz baja al cuerpo de Benítez,
luego se bajó y lo puso en el asiento del conductor. Frotó con un trapo el volante
y las manijas de las puertas.
Se fue caminando de vuelta a su casa.
10
Ése podría ser un final
apropiado para mi tercera novela. Lo que ocurrió realmente más tarde, no era
necesario explicarlo. El doctor Ibáñez, que estaba por esos días en
El caso se archivó bajo el rótulo de
crimen pasional. Algunas prostitutas fueron interrogadas, algunos vecinos que
habían conocido a Benítez desde la infancia, incluso los escasos miembros de su
familia tuvieron que presentar su testimonio. El cuerpo fue enterrado, el
expediente archivado en el cajón de casos no resueltos, y el recuerdo de un
hombre llamado Jorge Benítez se fue diluyendo en medio de hechos más
importantes. Porque lo que estaba sucediendo en el país sobrepasaba los
crímenes pasionales. Eran bombas y asesinatos en masa, una guerra que los
subversivos habían declarado a la patria, y por eso el gobierno de
reorganización nacional había venido para rescatarnos a todos.
-Eso fue lo que escribí el día siguiente
al golpe. Fue una sensación de alivio, me parece. Quién no sintió en ese
momento que el ejército llegaba así como habíamos visto en las películas del
oeste llegar a la caballería para salvar al pueblo del ataque de los apaches.
Éramos jóvenes, Mario. El ejército era una institución, y lo creíamos incólume
e incorruptible.
Mario se ríe. Es el atardecer del sábado
Santo. Hay mucho movimiento de periodistas alrededor de la base. El tiroteo de
la mañana no se ha repetido, pero dejó los ánimos candentes y expectantes.
Esperamos, incluso yo, que se repita, porque de algún modo eso rompería la
insoportable rutina de una vigilia a la cual no vemos objetivo ni utilidad. Si
todo está preparado para terminar el domingo de Pascua con la rendición de los
oficiales sublevados, por qué esta pantomima que puede provocar una muerte. A menos
que las balas sean de fogueo, y no es así, porque el orificio en el parabrisas
de mi auto fue hecho por una bala verdadera.
Es como si la función montada para la gran
alegoría de la resurrección de la democracia sea al mismo tiempo irreverente
para con lo sagrado y demasiado insultante para la mentalidad castrense. No
somos prostitutas, y si nos vendemos, nos venderemos caro, parecen haber
manifestado con aquel despliegue de esta mañana. Como yo siempre dije, ellos
tienen las armas, ellos deciden.
-Me admira tu lucidez, Beltrame. Esta
novela que me contaste parece ser mejor todavía que las otras. En serio te lo
digo, aunque me mires como si me estuviese burlando de vos. Siempre envidié tu
capacidad de reflexión sobre la política y lo social. Lástima que te
prostituiste tan pronto, y te vendiste tan barato a los peores tipos.
Nunca me había hablado tan directamente, y
menos con aquella tranquilidad que daba todo por sentado, como si él hubiese
vivido mi vida.
-No sabés ni la mitad del infierno que
tuve que pasar...
Me interrumpe con otra risa que le cuesta
reprimir.
-Parecés uno de esos peleles de la
película sobre los juicios de Nuremberg.
No le contesto. Decido esperar que siga
hablando, que sus insultos sean mayores para acabar de una vez con esta noche.
Está oscuro y las luces en la base
continúan apagadas. Las luces de las cámaras de televisión son como hogueras en
el Monte de los Olivos. Pasan dos helicópteros registrando la zona con
enceguecedores haces de luz blanca, tan bajos que levantan nubes de polvo sobre
hombres y máquinas. Se oyen protestas. Yo cierro las ventanillas y quedamos
casi aislados.
-No me considero un criminal-digo,
desafiando a Mario.
-Eso ya lo sé, sino te habrías pegado un
tiro cuando entregaste a Gloria.
Dios mío, pienso en el profundo silencio
dentro del auto, en el centro de mi mente, que como una nuez partida es el
punto siempre firme de un poder inclaudicable: yo. Mi conciencia y Dios. Y
alrededor el vacío y la nada. El silencio como un enorme hueco donde el nombre
de Gloria sólo es admitido para ser pronunciado en compañía de plegarias y la
adecuada ordalía de beatas admoniciones y juramentos, de ritos sacros y
promesas virginales.
El auto se está rompiendo por dentro. Un
líquido parece escaparse por el orificio de la bala. Lo que alimenta a los
hombres es lo mismo que alimenta a los embriones. Mañana es el cumpleaños de mi
madre, me digo.
-Te advertí que no ensuciaras su nombre
con tu boca de mierda.
Mario no me hace caso. Sigue mirando hacia
más allá del parabrisas con los brazos cruzados, pero de pronto pregunta:
-¿O qué? ¿Me vas a mandar a uno de tus
muchachos?
Me tiro contra él y empezamos a forcejear.
No hay mucho lugar, menos con las cámaras de Mario, los restos de papeles y
bolsas de comida y los abrigos que llevamos a pesar del calor, y nuestros
cuerpos son robustos además. Yo simplemente lo sacudo de la solapa del piloto
tratando de sacarle de encima esa pátina de cinismo con que se ha cubierto el
jueves antes de encerrarnos en este auto. Él opta entonces por tratar de
apartarse, como quien intenta sacarse de encima a un cachorro malhumorado.
-¡Pará, pará un poco! ¿Me querés morder,
cachorro de bulldog? O preferís que te llame perro policía, o doberman de las
fuerzas armadas.
-¡¿Pero qué mierda te pasa, se puede
saber?! ¿Por qué te la agarraste conmigo justo estos días? ¿Si tanto me odiás
por que no lo dijiste en todos estos años?
-Porque recién hace tres meses me enteré
lo que le pasó a Gloria. Tu bendita y amada Gloria, de la que me contabas las
más excelsas virtudes cuando éramos más que íntimos amigos. Las noches que
pasaban juntos, lo que le gustaba que le hicieras y lo que te gustaba que ella
te hiciera.
Le agarro la oreja izquierda y la retuerzo
en mi mano con toda mi fuerza. Él empieza quejarse de dolor pero no deja de
sonreír.
-¿Qué sabés de Gloria?
-Primero soltáme...
Así lo hago. Mario se frota la oreja y
empieza a contarme.
-Hace tres meses llegó a la oficina un
tipo, uno de los arrepentidos, ya sabés. Vino diciendo que quería hablar, que
le hiciéramos un reportaje. Dijo su nombre con toda tranquilidad, él pensaba
que si salía en el diario los milicos no podrían tocarlo ahora. Tenía como
veintipico de años, pero parecía mayor a cuarenta. Estaba arruinado, demacrado,
medio calvo y fumaba como una chimenea. Era 31 de diciembre, me quedé para
hacer unas fotos del festejo en la 9 de Julio, y no había ningún redactor. El
hombre estaba algo bebido, pero lo suficientemente lúcido para hablar con
coherencia. Ya no aguantaba más, me dijo. Quería confesar lo que había visto.
-¿Y qué vio, por Dios, qué sabía de
Gloria?
Mario enciende un cigarrillo y me convida
uno con sarcasmo. Le arrebato el paquete y lo destrozo en mi puño.
-Seguí hablando, pelotudo.
-Era un cadete en ese entonces. Le habían
dicho que no servía para entrenar. Tenía problemas en una pierna o algo por el
estilo. Lo habían puesto entonces a limpiar el cuartel, pasar el trapo, limpiar
los baños y letrinas, lo de siempre. Un día lo trasladaron a
“A la noche escuchaba gritos, y a veces
no podía dormir bien, pero incluso a esto se acostumbró. Algunas noches los
tiros lo despertaban, y una vez lo obligaron a levantarse para ayudar a
controlar un motín de unos detenidos. Esa fue una noche complicada, me dijo.
Cinco detenidos se habían rebelado y costó reprimirlos. Hubo sangre en los
pasillos, luego cada uno fue arrastrado hasta las celdas de castigo. Él ayudó a
abrir las puertas, que no eran de rejas, sino puertas como de habitaciones
comunes de un hotel, pero al abrirlas salía olor a fermentos humanos. Los
detenidos fueron arrojados dentro y él volvió a la sala principal del cuartel.
Pasó por la puerta, esperando órdenes. Debían ser las tres de la mañana, y aún
había mucho movimiento. Tenía sueño y los ojos se le cerraban de cansancio,
irritados por las luces y el olor a mierda que había salido de las celdas.
Entonces empezó a oler aroma a alcohol, a whisky y cerveza. Venía de la sala de
oficiales, y cuando de vez en cuando alguno entraba y salía podía ver las luces
encendidas y varios hombres que iban y venían de una habitación más al fondo.
Uno de ellos se asomó a la puerta que daba al pasillo y le ordenó que trajese
toallas. Fue al depósito y volvió con varias bajo los brazos. Golpeó varias veces
y recién le contestaron cinco minutos después. Que pasara, le dijeron, y cuando
abrió escuchó un grito de mujer. Era inequívoco. Sólo una mujer podría haber
dado ese grito entre tantas voces masculinas. Venía de la habitación del fondo.
Atravesó la sala, donde varios oficiales estaban dormidos en las sillas, con
las cabezas inclinadas sobre el pecho o apoyadas sobre la mesa. Tenían los
uniformes desabrochados, dos de ellos estaban en camiseta y algunos pantalones
tirados en el piso.
“Él pasó directamente al fondo. Nadie le
dijo que se detuviera en la puerta, que de todos modos estaba abierta. La luz
que llegaba de adentro titilaba como cuando baja la tensión eléctrica. Escuchó
un zumbido continuo o intermitente, coincidiendo con las voces destempladas de
los oficiales. Había una mesa en el centro, grande y ancha. Una mujer desnuda
acostada encima. Los restos de la ropa interior habían caído bajo la mesa. Él
miró allí abajo, porque no se atrevía a fijar la mirada en lo que sucedía sobre
de la mesa. Nadie lo había autorizado a hacerlo, y a él le habían enseñado a
temer lo que no comprendía, a huir y negar lo que le producía miedo. Los
oficiales insistían en que la mujer hablase, en que dijese algo que ellos
necesitaban saber, pero la mujer estaba amordazada. El pibe seguía parado a un
costado de la puerta, de uniforme, así que pasaba desapercibido casi como uno
más de ellos, porque había notado que casi todos estaban borrachos, y que las
voces y gritos eran a veces incoherentes y se alternaban con risas o bromas
obscenas. Levantó entonces la mirada como uno más de todos ellos, y observó con
creciente... ¿interés?...le pregunté yo, y él bajó la mirada al piso y me
contestó que sí. Se puso a mirar, siguió diciéndome, cómo los oficiales se
abrían la bragueta y se frotaban contra la cara de la mujer. No pudo verle la
cara a ella, pero escuchaba su llanto, y el pibe era un chico, al fin de
cuentas, y era un varón que casi no había conocido mujer. Sintió mojarse sus
propios pantalones mientras miraba, sin soltar las toallas de los brazos.
Mario se interrumpe para encender otro
cigarrillo de un nuevo paquete. Yo bajo la ventanilla de mi lado, mirando el
campo y el cuartel como amortajados por la oscuridad de esa noche nublada y sin
luna.
-¿Era Gloria?-pregunto, sin énfasis de
ninguna clase, en voz baja, porque temo que algo en la oscuridad me esté
vigilando, y que de pronto vaya a atraparme si me oye hablar.
-Sí, era Gloria. Para antes de las seis de
la mañana, le habían aplicado la picana cinco veces. Primero en los senos,
luego en el cuerpo, como para divertirse, para estimularla casi. Fue después de
violarla varias veces cuando le colocaron la picana en la vagina...
-Calláte… -le digo.
-...y un rato después en la boca,
también...
-Calláte de una vez…-intento gritarle, pero
la garganta me duele tanto como si estuviese hablando contra un tornado. Mi voz
no alcanza a salir del ámbito de mis manos. Estas manos que han tecleado en la
máquina de escribir más nombres que el número de células que las conforman. Y
sin embargo ellas viven, y los nombres han desaparecido para siempre.
-...la quemaron, Bautista, la quemaron
toda, y después quién sabe qué hicieron con ella…
Me pongo a llorar ahogando mi grito entre
las manos.
-…porque al fin de cuentas era peligrosa,
¿no es cierto? Había puesto una bomba en la casa de un general, y había que
tratarla de acuerdo a ello. Un mes después de que el tipo se esfumara, me
pasaron un informe de buena mano. Una lista de los arrestados el día del motín.
El nombre y el apellido estaban ahí, junto a su edad y la profesión que apenas
ejerció. Gloria Sanmarco, 28 años, maestra de escuela.
Abro la puerta porque me ahogo. Camino
agitado de un lado a otro junto al auto, mientras Mario me mira. Cruzo frente
al parabrisas muchas veces, hasta que dejo de contar porque no sirve de nada.
La ira me está dañando el corazón, un dolor intenso me oprime el pecho y
únicamente sé que quiero seguir viviendo. Que la lógica y la razón están de
acuerdo con la piedad, que la muerte parece incluso razonable después de ver y
escuchar el inmenso paisaje de aquella habitación perdida en el tiempo. Pero yo
aún amo mi vida. Por eso el dolor es demasiado para soportarlo, y como siento
que me muero, sólo sé correr hacia delante, dispuesto a terminar con el origen
del dolor.
Veo a Mario, ese cáncer de indescriptible
dolor creciendo en el auto como un feto deforme en el útero de su madre. Un
feto que sin hablar vomita gérmenes teñidos de pestes y sufrimientos. Por eso
abro la puerta y agarrándolo de la ropa lo tiro al suelo. Busco desesperada,
febrilmente algo, no sé qué, en la guantera, pero mis manos sí lo saben. Ellas
son, desde siempre, mis mejores armas, las más valiosas amantes que han salido
airosas en defensa de mi vida. Las manos saben, por eso encuentran el destornillador
y lo empuñan temblando no de debilidad, sino de tanta fuerza, que temen
descontrolarse y errar. Entonces clavo la herramienta en el pecho de Mario,
varias veces, hasta asegurarme que el respirar es un recuerdo, un gesto
olvidado, una manía caprichosa y obscena que el ser humano debe desterrar de su
cuerpo para siempre.
1
Regresaron caminando del cementerio.
Era la una de la tarde del tercer domingo de junio. Un día soleado, pero el
frío golpeaba las caras de quienes iban y venían por las veredas de la avenida,
envueltos en abrigos y bufandas. El aire tenía esa peculiar iluminación de las
tardes invernales, cuando hasta la luz parece congelarse y tomar tintes opacos
o refulgentes como la nieve. En Buenos Aires es muy difícil que nieve, sería
una ocasión tan excepcional como la invasión de una plaga de langostas.
Ruiz levantó la mirada al cielo, como si
esperase ver esa plaga, pero en realidad estaba mirando la nada que tan bien es
capaz de simular el vacío allí arriba. El azul del cielo siempre le pareció una
pared, y le costaba imaginar que podría apoyar las manos y jamás encontrar
nada. Un color siempre es algo, la manifestación de algo, y era inconcebible
que no existiera nada más allá. Había visto las ilustraciones del sistema
solar, había contemplado extasiado las fotografías tomadas desde un telescopio,
y la oscuridad del universo se le antojó desde entonces un artificio, un
esquema que toda ciencia necesita crear para explicarlo de algún modo. Hay
lagunas tan grandes en la ciencia, que son aún más extensos los puentes de la
imaginación que las pequeñas islas de la certeza.
Él quizá se había hecho médico únicamente
para confirmar las dudas que había descubierto mientras crecía. Las dudas son
también un sistema útil de supervivencia, lo único seguro en un camino tan
inestable como la vida. Por lo menos para quienes ven en ella algo más que el
sólo hecho de comer, respirar y procrearse. La duda como pensamiento esencial,
cimiento y cadena entre el cielo y la tierra, soporte mínimamente seguro sobre
un bote en mares turbulentos.
Cómo, si fuese de otra forma, explicarse
la huída de Cecilia. Ese escape rápido por un atajo que nunca imaginó para
ella. Ni él ni su padre habían podido concebirlo. Ahora ambos iban juntos,
Bernardo Ruiz y el padre de Cecilia, el viejo tomando el brazo del doctor,
apenas un poco más alto, recorriendo, porque no podría decirse que caminaban,
la vereda de la concurrida avenida. Porque cuando uno camina va a alguna parte,
y ellos sólo recorrían como quien tiene el día libre, y así era en realidad.
Ruiz había pedido licencia por dos días, y éste era el último. En cuanto al
padre de Cecilia, se había jubilado hacía diez años, y nada tenía que hacer. Su
mujer había muerto en el mismo hospital donde habían operado varias veces a
Cecilia. Mientras ella vivía en el departamento de Ruiz, el viejo había vivido
con ellos.
-¿Y ahora adónde voy a ir?-dijo Renato Taboada.
Ruiz lo miró, pero el viejo tenía la
mirada perdida en un vacío que había creado para sí mismo entre toda aquella
gente en la calle. Llevaba un sobretodo
negro de piel de camello, con el cuello levantado y una bufanda muy gastada.
Usaba una gorra de corderoy gris y guantes de lana verde. Tenía el olor
peculiar de los viejos, mezclada con la lavanda que se aplicaba después de
afeitarse. Esa mañana se había afeitado muy mal. Bernardo dejó de desayunar y
se levantó para ofrecerle ayuda. Ambos se miraron al espejo: uno no muy joven
ya, con la camisa blanca sin abotonar, el otro viejo, con una camiseta sin
mangas que dejaba ver el cuerpo huesudo y cubierto de escaso vello blanco en el
pecho. Las manos de Renato temblaban y apenas ponía la hoja de afeitar sobre su
mejilla se hacía un corte pequeño.
-Déjeme ayudarlo-le había dicho, pero no
quería ofender la dignidad del hombre que podría haber sido su suegro. Quizá en
realidad lo era, porque él así lo sentía. Entonces comenzó a afeitarlo. Renato
se abandonó a los cuidados que el otro le hacía, como un perro que se deja
limpiar sumisamente. Ruiz pasó la hoja filosa sobre la barba aún abundante y
blanca de Renato, pero las sinuosidades de la piel de un anciano son un camino
difícil de recorrer. Hay surcos, hay recovecos e interrupciones como en un camino
de montaña.
Ahora Bernardo lo miraba en la calle y
descubrió, con la luz intensa del sol, lo que la precaria lámpara del baño le
había ocultado, la mediocridad de su tarea al afeitar al viejo. Miró los ojos
azules de Renato, claros como el agua, ojos que Cecilia no había heredado,
porque ella tenía los ojos marrones de la madre.
-¿Qué está diciendo, Renato? Usted sigue
viviendo en mi casa.
El viejo le dedicó una sonrisa que pronto
desapareció.
-¿Vos creés que se mató, Bernardo?
-No sé.
Era una respuesta estúpida. Él sabía que
una sobredosis de heroína nunca es un accidente.
-Pero vos sos médico... ¿qué te dijeron
los forenses?
Por qué mentir, se dijo Ruiz. El hombre
con quien hablaba era viejo, pero al fin de cuentas era un hombre que había
vivido su tiempo y su experiencia, y era también y sobre todo el padre de
Cecilia. Le pareció que mentir era más complicado y sucio que decir la verdad.
La ridícula estratagema de Cecilia había
sido una función de teatro para sí misma: poner heroína en las ampollas de
insulina. Ella sabía que no engañaría a nadie, fue simplemente su vanidad. Casi
como la puesta en escena de uno de sus poemas, aunque esta vez era un poema
para ser representado, no escrito. Una escena que se repetiría en la mente de
todos sin que la hubiesen presenciado
jamás. Únicamente el hombre que había dormido con ella esa última noche.
Ruiz lo había buscado en el funeral, pero
no lo encontró. Hablando con Ibáñez sobre la autopsia, había preguntado por
aquel sujeto, pero debía estar en la comisaría en averiguación de antecedentes.
Saldría libre, nada había tenido que ver, y Bernardo no era celoso. Cecilia
había abandonado el departamento de Ruiz casi seis meses antes, dejando al
viejo como una valija rota junto con esas cosas que decidimos dejar atrás.
-Creo que fue así, Renato. Lo lamento.
-Está bien, no te preocupes. Si la hubiese
visto ayer nomás, pero hace tantos meses que no la veía, que me fui
acostumbrando. Cualquier separación es como una muerte.
Hice bien en decirle la verdad, se dijo
Ruiz. Sintió, sin embargo, cómo el cuerpo del viejo se sacudía un poco bajo su
brazo. No quiso mirarlo otra vez para no avergonzarlo, sabía que el viejo
lloraba, mojándose la cara mal afeitada. Ruiz sacó un pañuelo del bolsillo,
pero Renato ya se estaba secando con los guantes de lana. Sintió un nudo en la
garganta, y habría querido decir algo, pero estaba seguro que el silencio siempre
es más digno que cualquier palabra premeditada. Incluso el bullicio y el ruido
de la avenida conformaban un marco más bello que el sonido de una frase
artificiosa. Como un pintura de arte contemporáneo, donde una calle concurrida
no es una calle, sino la proyección del alma de cada hombre y mujer que ha
dejado restos y fragmentos de piel y cabello que construyen la figura de un
hombre solitario bebiendo a solas, sentado en un taburete de un bar frente a un
mostrador, contemplando en el espejo las monstruosas figuras de los hombres
comunes.
Caminaron diez cuadras. Esperaron en cada
esquina el cambio de las luces en los semáforos y el paso de cada auto, incluso
permitieron que mujeres con niños en brazos cruzaran la calle antes que ellos.
Ruiz iba lentamente, extrañado de ser el mismo que hacía unos días corría
abrumado por la falta de tiempo. Mañana regresaría al ritmo habitual, el
hospital por la mañana y el consultorio privado por la tarde. Pero hoy
prevalecía el ritmo que los muertos se empecinan en hacer llevar también a los
vivos por un tiempo. Se observa el paso del ataúd cargado por cuatro hombres en
el cementerio, y ese ritmo deja caer muchas piedras en muchas bolsas que cada
uno, incluso los niños, arrastrarán durante todo el día. Algunos más, otros
menos tiempo, pero nadie se salva de la pesadumbre. Y en cada funeral nos
cargan con nuevas bolsas de piedras; por más que hayamos abandonado las
anteriores en el camino, las nuevas se suman a los restos. Mucho después, las
bolsas serán tan grandes y el peso tan insoportable, que deberemos detenernos.
Pero como no se nos permite salir del cementerio sin ellas, tendremos entonces
que quedarnos, ahora definitivamente quietos, quizá acostados, o tal vez
parados para contemplar nuestro propio cuerpo sumiéndose en la tierra; y
entregaremos después las pesadas bolsas a quienes vinieron a despedirnos.
El sol del invierno forma sombras largas
y precoces en la ciudad. Ruiz estudió su propia sombra en la vereda, deformada
al subir y bajar los cordones. El viejo trataba de seguirle el paso, pero sus
pies se tropezaban, así que disminuyó su ritmo.
-¿Se siente bien, Renato?
El otro contestaba que sí, pero tenía un
poco de hambre. Esa mañana no había querido desayunar más que un mate.
-Vamos a almorzar algo liviano en ese
restaurante que le gusta a Cecilia.
No está bien nombrar a los muertos como si
todavía estuviesen vivos. Hay algo de mala suerte en eso. Dicen que al
pronunciar sus nombres no se los deja descansar en paz, porque el pasillo que
deben recorrer es como todo pasillo de un edificio deshabitado, tiene un eco
más intenso que cualquiera que pudiésemos imaginar. Un nombre es siempre un
llamado, y ellos se dan vuelta para mirar a quien los llama desde el lugar que
dejaron.
El viejo se dio cuenta, pero no dijo nada.
Le apretó el brazo y siguieron caminando. Dos esquinas más adelante, llegaron
al bar. Era un local donde almorzaban oficinistas en su gran mayoría, se notaba
en los gestos lentos y preocupados, queriendo hacer del escaso tiempo que les
quedaba un elástico que ya no resistía mucho más. Miraban la hora en los
relojes de pulsera, fumaban un último cigarrillo mientras sorbían someramente
de un pocillo de café. Allí él había citado con Cecilia por primera vez, cuando
ella trabajaba para la revista, y luego también, cuando había aceptado aquel
puesto en la empresa de heladeras. Él le había aconsejado que no lo hiciera,
que si iban a vivir juntos no necesitaba aquel trabajo de oficinista. No le
convenía a sus piernas estar tanto tiempo de pie, caminando casi en círculos en
esos despachos pequeños y atiborrados de archiveros y escritorios. Ruiz la
imaginaba atendiendo teléfonos que nadie quería atender, yendo de escritorio en
escritorio con papeles y carpetas, haciendo sufrir sus piernas, y encima
comiendo mal. Incluso ella le había confesado que en ocasiones hasta se
olvidaba de colocarse la ampolla de insulina. Cecilia nunca se atrevió a
reconocerlo, pero él sabía por el médico de la empresa, que ella se había
desmayado dos veces. Se olvidaba de la medicación y creía compensarla no
comiendo nada. Había intentado explicarle que el cuerpo no funcionaba de esa
manera, que la lógica matemática no podía aplicarse al metabolismo.
-Ella me miraba entonces como si yo fuese
un chico y ella mi maestra, y me decía: “yo podría enseñarte más de mi
enfermedad que todo lo que vos aprendiste en los libros”.
Renato sonrió, pero no llegó a reírse como
otras veces. Bernardo sacudió las cenizas del cigarrillo en el cenicero y apoyó
los codos en la mesa. Estaban sentados junto a la ventana, y desde allí miraba
de tanto en tanto el rincón donde estaba la mesa que Cecilia acostumbraba
ocupar. A ella le agradaba esconderse ahí, donde pasaba desapercibida. Ya era
bastante con que la mirasen llegar cojeando, con sus zapatos especiales para
reemplazar lo que le habían quitado en el hospital.
-La conociste cuando tenía dieciocho años,
Bernardo, y le amputaste el dedo gordo del pie, si no recuerdo mal. Fueron diez
años, no es poco.
Ruiz se quedó pensativo. Era verdad. Había
comenzado quitándole el dedo del pie, y había terminado la relación justo
después de amputarle la pierna. Entre ambos hechos habían pasado muchas cosas,
y se habían perdido también como esa pierna que ya no estaba en ninguna parte.
Es curioso, se dijo él, mientras el mozo extendía el mantel sobre la mesa,
luego el plástico transparente, los cubiertos, las servilletas, los vasos, que
casi nunca hubiese pensado qué sucedía con aquellos fragmentos amputados. Habitualmente
se los cremaba como residuos patológicos, porque jamás había sabido de nadie
que los reclamara. Además, eran partes gangrenadas en su mayoría. Eran, sin
embargo, como enviados que se adelantaban para explorar la muerte, y aunque no
regresaban, se convertían en pequeños
nichos donde la muerte se regodeaba como en un pequeño teatro de títeres. No
los grandes escenarios de las muertes colectivas: accidentes, catástrofes
naturales, tampoco la íntima escena del que muere en una habitación de tres
metros por cuatro, solo y estremecido por el pánico. Sino una muerte de
juguete, pero sin duda real, porque la podredumbre es tan asfixiante como en
sus hermanas mayores, y las larvas crecen tan precozmente como en las otras.
-¿Se acuerda de cuando usted y su esposa
me la trajeron al consultorio? Tenía el pelo peinado en una cola de caballo,
los ojos marrones más tristes que había visto en mi vida, y la espalda
encorvada.
-Vos la palmeaste y le dijiste: “las chicas
tan lindas nunca tienen que estar con esa cara, las hace verse feas”.
-Pero ella me contestó con su perspicacia
de siempre: “las chicas lindas se ven más lindas si piensan”.
-Cómo lloró cuando le dijimos que debían
amputarle el dedo...
-Sí, me acuerdo. Apoyó la cabeza en mi
guardapolvo, y nunca, se lo confieso, ningún paciente había hecho eso. Cómo no
enamorarme de su hija, entonces.
Cecilia tenía el cuerpo y la mente de una
mujer incluso en esa época. No parecía una adolescente, sino una mujer casi
vieja por momentos. Su tez blanca y pálida, los ojos pequeños y de tonalidad
amarronada, a veces verde oscuro según la luz que la alumbraba en determinado
momento.
-¿Era necesario cortarle la pierna ahora?
La habríamos tenido en casa hasta ayer mismo si no se hubiesen peleado.
Ruiz miró a Renato y no pudo evitar el
reproche.
-Ya se lo dije a usted y a ella, se estaba
gangrenando. Habría muerto en menos de quince días.
-Pero habría muerto con nosotros...
Ruiz no contestó. Para hacerlo hubiese
tenido que recordar cada instante pasado con Cecilia, cada discusión y cada
beso. No quería pasar por eso de nuevo. Sólo deseaba almorzar liviano, quedarse
en silencio y mirar cómo el mundo que lo rodeaba continuaba su camino sin
necesidad de él. La calle y la gente que no lo aguardaban, los autos que iban y
venían como carros fúnebres o ambulancias. Todos estaban enfermos y no lo
sabían, todos viajaban desde o hacia el cementerio o el hospital. En el medio,
había casas, refugios donde dormir y protegerse del clima, camas donde el vivir
se confunde con la satisfacción del instinto, libros en los que algunos viajan
más allá o más acá del tiempo real. La vida es tan extensa como los límites de
un campo de juego, puede ser una cancha de béisbol o un tablero de ajedrez.
Pero es tan difícil recordar la reglas, se dijo Ruiz, que algunos abandonan
antes del fin del partido.
-No creí que ella fuese tan cobarde...
Renato lo miró a los ojos, por primera vez
enojado. Las manos venosas y llenas de pecas le temblaban de repente. Volcó la
copa de vino sin querer y se puso a llorar.
-Nunca fue cobarde, hijo de puta, soportó
todo lo que pudo soportar. La cortaste una y otra vez y se aguantó siempre...
Ruiz le agarró las manos con fuerza y le
pidió perdón. La gente de las otras mesas los miraba. Justo bajo la luz de la
ventana, al sol intenso de la primera tarde, parecían dos contrincantes de una
pulseada.
El viejo se calmó, pero Ruiz ya no estaba
tranquilo. Le soltó las manos y se dispuso a comer su plato de carne, entonces
notó que tenía mal olor. Le dio la vuelta y vio las larvas grises.
-La puta madre, qué restaurante de mierda.
Renato lo miró sorprendido, pero Ruiz ya
había llamado al mozo.
-Mire esta carne, jefe, ¿le parece que
puedo comer esto?
El mozo miró el plato y no entendía.
-¡Está llena de gusanos!
El otro se llevó la comida. Le trajeron
otra y esta vez no encontró nada extraño.
Ruiz había perdido su habitual
tranquilidad. Su figura menuda, de espaldas firmes y brazos fuertes, no
necesita de muchos ejercicios pera mantenerse bien. El cabello castaño y rizado
combinaba agradablemente con su nariz recta y el mentón delicado. Parecía más
joven que su edad, y quizá por eso, a los veinticinco años y recién recibido de
médico, había hecho que Cecilia se enamorase de él.
Ahora, sin embargo, tenía diez años más,
algunas canas y una expresión tensa que llevaba varios años formándose,
moldeándose a su rostro como si no naciera de su propio estado anímico, sino
que fuera una máscara fraguando a medida que el líquido que la constituía se
esparcía sobre él. Cayendo desde algún lugar del cielo, tal vez desde los
infiernos que casi siempre nacen como mundos condensados de las nubes de
nuestros pensamientos.
-¿Un
café, Renato?-preguntó, pero el viejo negó con la cabeza, cavilando con la
mirada perdida tras la ventana y tamborileando los dedos en la mesa. La melodía
que llevaba era inventada, Ruiz lo había sabido por Cecilia, y era una
costumbre que la irritaba. Pero a él le era indiferente, y hasta a veces le
agradaba. Al escuchar los golpecitos de los dedos del viejo sobre la mesa de
madera, su imaginación, o más bien su alma, se transportaba a patios y cocinas
de barrios suburbanos, a mesas y sillas de mimbre y gente tomando mate en las
tardes de verano. Recuerdo de gente y tiempos que no creía haber conocido y sin
embargo añoraba. Arbustos en los jardines donde los perros corrían y dormían
tirados en el césped, viejas mujeres que se levantaban de sus sillas de cocina
y se colocaban los sweters de hilo al sentir la primera brisa fresca de la
tarde.
El viejo estaba enojado con él, y Ruiz se
recriminó haber dicho lo que dijo. Se preguntó si lo pensaba realmente, pero en
ese momento prevalecían la ira y los celos. Cecilia lo había abandonado, y poco
tiempo después moría en la cama con otro hombre. Le había dejado a cargo al
viejo y toda una carga de culpa y recriminaciones. Y ella ahora estaba libre, y
él atado a lo que siempre había estado atado. Ella se había quitado las cadenas
de su cuerpo enfermo, y él seguía amarrado al mundo no por cadenas, sino por el
peso de una idea inmensa. Una idea hecha de carne y de huesos, de sangre y
entrañas capaces de fermentar todas las criaturas imaginadas. Una idea de plena
felicidad o de completo horror.
Eso era el cuerpo para Cecilia. Por eso se
había complementado tan bien juntos, viviendo aquellos años casi sin necesidad
de explicarse o decirse cosas. Sólo acciones había entre ellos, hacer el amor,
preparar las jeringas, comer y acariciarse, y sobre todo mirarse. Seres que
utilizaban la voz para el mundo exterior, el trabajo y la rutina social. La
única comunicación verdadera es con el cuerpo, le decía ella cuando estaban en
la cama, mirando el cielo raso. Él observaba los dibujos de las moscas caminando
en el techo, ella buscando aquello a lo que aseguraba haber renunciado.
-Un café-pidió Ruiz al mozo.
Le trajeron el pocillo. Vertió un poco de
azúcar. Sonrió para sí mismo, sin mirar a nadie, y menos al viejo. Pobre
Cecilia, el azúcar era veneno para ella. Entonces siguió vertiendo más en la
taza, y el líquido rebalsó y la taza se convirtió en una taza de azúcar húmeda.
Pero continuó volcándola hasta que el frasco se terminó y levantó la mirada.
Todos lo estaban observando. Dejó tranquilamente el recipiente vacío, sacó la
billetera, dejó más que lo suficiente para pagar la cuenta y se levantó. Creyó
ver, por un instante, unas muletas apoyadas en el rincón tras la mesa de
Cecilia. Se detuvo en la puerta un momento, lo vieron mirar al piso y pisotear
algo, como si estuviese matando insectos. Lo oyeron pronunciar un par de
obscenidades y luego detenerse en la puerta.
-Vamos, viejo.
Renato se levantó sin aceptar ayuda del
mozo y tomó del brazo al hombre que podría haber sido su yerno. Los vieron
alejarse por la vereda azotada por el sol, caminando lentamente como si
estuviesen recorriendo no la calle de una ciudad, sino un camino de tierra,
arbolado y frío en un día nublado.
Eran las tres de la tarde cuando llegaron
al departamento. Subieron en el ascensor en silencio y con las miradas de cada
uno puestas en los pisos que se sucedían uno tras otro. A través de las rejas
se veían los palieres vacíos y las puertas cerradas. Escucharon el eco de una
que acababa de cerrarse abrúptamente, quizá por la corriente de aire, y luego
la voz de una mujer joven llamando a alguien, quizá a un niño, y ambos sabían
lo que el otro estaba pensando en ese momento. Demasiadas veces habían oído la
voz de Cecilia sonando en el pasillo, y el repiqueteo de la suela de sus
zapatos especiales haciendo eco a través de todo el edificio.
Entraron, y Ruiz cerró la puerta. Habían
cerrado las persianas al salir y todo estaba oscuro. Encendió la luz del
vestíbulo y fue a levantar la persiana del ventanal que daba al balcón. Renato
se dejó caer en el sillón, sin sacarse el abrigo. Ruiz lo miró mientras se
deshacía del sobretodo y luego del saco y la corbata. Se sentó y desató los
cordones de los zapatos. Cuando se liberó de ellos, arrojándolos a un lado, dio
un suspiro de alivio.
Se dio cuenta del silencio, del frío y
del odio que los separaba en ese instante, invasores que amenazaban con
instalarse definitivamente si no los expulsaba ya, ahora mismo, con palabras y
acciones que demostrasen que allí había gente que aún estaba viva.
-Voy a encender la estufa-dijo Ruiz.
Se levantó y fue hasta la cocina a buscar
fósforos. Cuando regresó al living Renato estaba sacando su pipa del bolsillo
interior del saco y la llenaba con tabaco. Cuando la estufa estuvo encendida,
se acercó al viejo y le dio fuego para su pipa.
-Gracias, hijo.
El viejo lo sujetó de una mano.
-Está bien, Renato, todo va a estar bien.
Yo voy a cuidarlo, no se preocupe.
Pero confiaría el viejo en él realmente, o
era sólo porque no tenía a nadie más en quien confiar su debilidad creciente, y
esos diminutos insectos de la vejez que van surgiendo para arrugarnos la piel,
hacer de los huesos un tejido de cristal y convertir la maquinaria del cuerpo
en una chatarra irreparable. Dónde mejor iba a estar que en la casa de un
médico, para recibir las sustancias que difícilmente repararían los estragos de
aquellos seres que se adelantaban, como mensajeros, desde la tierra que despide
los vahos de estiércol del futuro.
-Cuando quiera unos mates, avíseme. Voy a
ducharme y luego a leer algo en el estudio.
Renato asintió con la cabeza. Lo dejó en
el living saboreando su pipa. Ruiz se desnudó en su cuarto, tiró la ropa sobre
la cama, esa cama donde hacía seis meses Cecilia no dormía. Agarró una toalla y
entró al baño. Se miró al espejo. Se sentía despejado, pero aún así no tenía
deseos de ir a trabajar mañana. Sin embargo, tenía una cirugía programada desde
hacía un mes, que no admitía postergaciones. Se metió bajo la ducha de agua
caliente y permaneció casi media hora, sin pensar en nada, sólo dejando correr
el agua por su cuerpo, sintiendo el vapor intenso que inundaba el baño,
sabiendo ya entonces que así como estaba, desnudo y sin nada más que su propio
cuerpo, era el hombre más pobre del mundo. Porque el cuerpo no es una
pertenencia, es simplemente nosotros. A menudo discutía con Cecilia por este
hecho. Ella pensaba que el cuerpo nos esclavizaba, que era una cadena con el
mundo del que sin embargo no podemos desprendernos sin pagar un precio. La vida
y el cuerpo son cosas diferentes, pero la mayoría de las veces se entremezclan
como aquellos microorganismos que emiten seudópodos para desplazarse o invadir
otros seres. Ruiz decía que somos uno, cuerpo anatómico indivisible que se
deshace en la tumba. La vida, para él, es la vida del cuerpo, e incluía, por
supuesto, la mente, sólo una parte más de sus diferentes compartimientos y
funciones.
La teoría de Ruiz carecía, por definición,
de conflictos.
Pero la teoría de Cecilia era, entonces,
algo muy parecido a una guerra.
Cerró la llave de paso y comenzó a
secarse. Con la toalla limpió el espejo empañado, y vio una cucaracha
atravesando el techo. Se subió a la tapa del inodoro e intentó matarla con la
toalla, pero se resbaló y cayó al piso.
-¿Estás bien?-le preguntó Renato desde el
otro lado de la puerta.
-Si, me resbalé, nada más.
Miró hacia arriba y la cucaracha seguía
allí. Volvió a levantarse. Arrojó de nuevo la toalla hecha un bollo contra el
techo, dio en el blanco y cayó otra vez. Revisó la tela en busca del insecto,
pero estaba limpia. Buscó en el piso, y no encontró nada. Se olvidó del asunto
para untarse un desinfectante en el raspón de la rodilla. Cuantas veces, pensó,
le había dicho a Cecilia que se cuidara de las heridas. Cualquier moretón podía
convertirse en una úlcera. Así había pasado la primera vez que tuvo que amputarla;
la segunda vez, ella se había lastimado la planta del pie con un alambre, y
cuando recurrió a él, la infección estaba demasiado avanzada. No la había
vuelto a ver desde la primera hospitalización. Durante esos tres años ella se
había cuidado. Era la época de su trabajo en la revista, y se sentía feliz.
Pero cuando entró al consultorio con el piel vendado y oliendo a putrefacción,
él ya adivino, sin necesidad de abrir las vendas, que el pie era insalvable.
Ella lo miró ese día como si le rogase que
no hiciera lo que estaba pensando. Esta vez había venido sin sus padres. Él la
recordaba bien, era difícil olvidarse de una adolescente que llora sobre el
guardapolvo de su médico. Hablaron un rato, entonces ella se calmó y comenzó a
contarle sobre su trabajo, sobre los artículos que escribía.
-¿De qué tratan?-preguntó Ruiz, mientras
curaba la herida y envolvía el pie en vendas como si se tratase de un bebé
recién nacido.
-De cosas que veo en la calle,
situaciones, de todo un poco. Pero hay cosas que no me dejan publicar.
Opiniones, ¿entiende? con las que la editorial no está de acuerdo.
-¿Y puedo preguntar cuáles opiniones?
-Críticas del mundo, de la gente. Hay algo
aborrecible en la gente ¿no le parece, doctor?
Ruiz se dedicó a mirarla como si estuviese
viendo una mente soberbia. Él había llegado a la misma conclusión que ella
recién después de ciertos años de trabajo, lectura y experiencia. La confianza,
o más bien la esperanza, es difícil de perder en ocasiones, se aferra al
temperamento de algunos y no quiere morir en el camino. Pero hay pieles, como
la de Cecilia, donde resbala, hace esfuerzos por sujetarse con pequeñas patitas
de insectos, pero finalmente muere aplastada.
-Ya deberías tutearme, Cecilia, no tengo
muchos años más que vos.
Ella le sonrió, como si ya no le doliese, como
si ya no tuviera el pie que pronto iba a morir. Un pie que estaba tomando una
tonalidad oscura y que debía ser eliminado para preservar al resto que aún
continuaba vivo.
Bernardo salió del baño y vio a Renato
colocando un disco en el equipo de música. Para algunos, habría sido un signo
de insensibilidad. Para el padre de Cecilia, era un homenaje. Mientras se
vestía, Ruiz escuchó la obertura de una ópera. Pasó tras el sillón de Renato y
le preguntó si estaba bien. El olor a tabaco y la música eran un consuelo para
el viejo. Fue al estudio, dejó la puerta un poco abierta, no le molestaba la
música para estudiar. Se preguntó cuál era el consuelo para él. Miró la
vacuidad de su cuarto de estudio. A pesar de estar repleto de estantes en las
cuatro paredes, el escritorio cubierto de papeles, libros abiertos y una
lámpara, alfombras verdes y molduras de madera bordeando el cielo raso, apoya
libros de mármol, los cuadros con el título de médico y los certificados de los
cursos de postgrado, sólo el olor del tabaco y la música de Verdi fueron
capaces de hacerlo llorar, mientras escuchaba el aria de Margarita de La
traviata. Esa oscura y serena languidez de una voz que se pierde en el tono
medio del registro de la cantante, acolchada por los violonchelos y el suave
murmurar de los fagotes. Una voz que sabe que va a morir.
Se sentó tras su escritorio, se secó la
cara y abrió el libro que tenía frente a él. En la página 304 del libro de
anatomía había un papel con un nombre y una cita. Mañana es la cirugía, pensó
Bernardo, tengo que prepararme, por lo menos leer un poco. Había postergado la
operación de ese paciente por dos días a causa del funeral de Cecilia. El
hombre tenía pólipos malignos en el intestino e iba a extirparlos. Corrigió la
posición de la luz sobre el libro. De pronto vio sombras que revoloteaban sobre
la página. Eran polillas de la luz. Aplastó unas cuantas entre las manos y fue
a cerrar las ventanas. Estaba atardeciendo prematuramente. Se preguntó si
Renato querría tomar unos mates, pero decidió dejarlo en paz con su música.
Verdi continuaba su obra de redención y perdón, su trabajo interminable de
rescatar las almas llevándolas de un sitio a otro, de tristeza en tristeza, de
furia en furia, de dolor en dolor. Y el resultado era la gran melancolía de sus
sopranos y sus barítonos, la ira de sus bajos y la congoja de sus tenores.
Vertió su mirada sobre las páginas de
anatomía. Releyó lo que ya sabía de memoria, contempló la roja estampa de los
músculos, los blancos huesos como piezas de fina arquitectura, el enramado
tortuoso de los árboles de arterias y venas. Pasó las páginas como si estuviese
desplazando membranas que se deshacían en sus manos. Y dentro de la belleza
convivían los incansables gusanos. Esperando, pacientes como vagabundos,
insistentes como detectives, invisibles como espías. Ocupantes de todos los
cargos porque toda forma y tejido les son gratos. Ubicuos y competentes como
Dios.
A las ocho de la noche Renato lo encontró
dormido, con las manos sobre el libro y la cabeza apoyada en ellas. La música
había terminado una hora antes. La protagonista moría y dos hombres se
lamentaban. Pero Ruiz no sabía que el viejo lo observaba dormir, él ahora
estaba parado en una llanura, contemplando la fachada de una casa de campo. La
casa parecía una cabeza humana, no porque tuviese la forma, sino que cada parte
podía imaginarse como las partes de una cara. Por ejemplo, se dijo Ruiz,
hablando en voz alta, aunque nadie había para escucharlo, la puerta sería la
boca, vertical en lugar de horizontal, como si hiciese una histriónica mueca de
asombro, amanerada, quizá infantil (bien podría tratarse de una cabeza de
niño). Las ventanas, simétricas, a los lados de la puerta, eran los ojos, pero
los postigos de madera blanqueada a la cal estaban cerrados. El techo, a dos
aguas, con tejas españolas oscurecidas, podría representar un peinado uniforme
y conservador. El pequeño alero que sobresalía por encima de la puerta, la
nariz, respingada casi. Ahora estaba mejor orientado, fácilmente podría ser la
cabeza de un chico.
Se acercó un poco a la casa, miró hacia el
lado derecho para ver si había patio trasero. Vio un jardín lateral, pero que
no era del todo un jardín. Había una cerca de alambres de púa con postes de
madera a cada metro, una plantación estrecha de hortalizas, una pileta de lavar
junto a la pared y dos palanganas. Algunas sogas y sábanas se asomaban de más
atrás, en lo que sí debía ser el patio trasero. En el jardín, había un viejo
sentado en una silla de madera con asiento de paja entretejida. Estaba con los
ojos cerrados, igual que la casa. Pero en la pared lateral había una puerta que
se agitaba aún cuando había muy escasa brisa. En realidad era la puerta
mosquitero la que se sacudía, golpeándose una y otra vez contra el marco y
luego contra la pared, en un viaje ida y vuelta de 180 grados. Y con cada
golpe, el viejo parecía sobresaltarse, porque levantaba la cabeza un poco y
luego volvía a dejar caer el mentón sobre el pecho. Pero no abría los ojos.
Entonces Ruiz descubrió al perro entre las
piernas del viejo. La decadente luminosidad de la tarde, la sombra de la casa,
el cuerpo y las ropas grises del hombre lo habían ocultado hasta entonces.
Tampoco el perro se movía, y era extraño. Pero de pronto se escuchó el sonido
de un motor. Ruiz se dio vuelta. Un colectivo se acercaba por la carretera de
tierra, levantando una gran cola de polvo. Entonces el perro ladró. Ruiz lo vio
levantarse y correr hacia el colectivo, que todavía estaba lejos. El viejo
abrió los ojos y gritó el nombre del perro, llamándolo para que volviese. Se
levantó y comenzó a caminar torpemente hacia la salida del jardín. El perro
saltó el alambre de púas y corrió hacia la carretera. Era un perro blanco,
robusto, pero Ruiz sólo alcanzó a verlo de atrás mientras se alejaba. Pudo, sin
embargo, ver bien al viejo, que caminaba sujetándose al alambre como si fuese
una baranda, pero no parecía darse cuenta que las manos le sangraban. Luego se
tropezó y cayó lastimándose la cara. Se levantó y continuó caminando hacia la
carretera. El perro ya había llegado hasta el árbol que marcaba la parada del
colectivo. Era un olmo, grande y esbelto, piadosamente envuelto por un aura de
niebla y los suaves tonos de grises del anochecer. Había pasado muy rápido el
tiempo, el viejo seguía caminando y el colectivo continuaba acercándose al
árbol. El perro no dejaba de ladrar, pero parecía ciego, porque ladraba al aire
en lugar de al vehículo. Parecía reconocer las distancias grandes pero no las
pequeñas. Entonces la nube de polvo se acercó, porque el colectivo se estaba
deteniendo. La nube continuaba a la misma velocidad y envolvió todo hasta
ocultar incluso al micro. El perro desapareció en la nube, pero siguió ladrando
hasta que su voz fue tragada por el ruido del motor. Luego el colectivo emergió
otra vez y se detuvo, llevando esta vez en la rueda delantera derecha un
fragmento de piel blanca.
El polvo de la carretera comenzó a
asentarse. El chofer no descendió del colectivo. En realidad Ruiz no alcanzaba
a ver si había alguien más en el vehículo, y ni siquiera veía al chofer tras el
parabrisas sucio.
El viejo se detuvo de pronto, hizo la
señal de la cruz sobre su cara lastimada y manchada con sangre. Estaba a diez
metros del árbol, y no intentó acercarse más. Luego cayó rígido sobre el pasto,
duro como si ya hubiese estado muerto desde antes y sólo aguardase la muerte de
su perro para rendirse definitivamente.
Nada se movía ahora, ni las hojas del
árbol, ni el viejo, ni el micro. Únicamente la tierra que volvía a postrarse en
su elemento, luego de haber sido perturbada. Regresaba para acomodarse en su
hogar ancestral, ubicando sus miembros a todo lo largo y ancho del campo. La
tierra extendía sus brazos para recostarse luego de las caprichosas molestias
de los hombres, y esta vez se llevaba dos prendas a cambio de aquel
atrevimiento.
Se llevaba a un perro ciego.
Y cargaba a un hombre en su regazo.
2
Ruiz se despertó a la mañana
siguiente, sólo con el dudoso recuerdo de haber dejado su estudio muy entrada
la madrugada para después desvestirse y acostarse. Incluso la luz de la mañana
y las cosas de su habitación parecían más irreales que el sueño que había
tenido. Se deshizo de las sábanas y la frazada de estampado floreado que
Cecilia había elegido para festejar el quinto años de vivir juntos. Ahora él
cambiaba las sábanas recién una vez por mes, cuando venía una mujer a limpiar
el departamento. Hoy era el día indicado, probablemente, no estaba seguro. De
todos modos arrancó de la cama las sábanas transpiradas y las dejó hechas un
bollo sobre el colchón. Levantó las persianas y abrió las ventanas. Oyó el
tráfico matutino, y ladrar a un perro. Pensó en el perro de su sueño, tan
parecido a aquellos extraños animales que había visto en
Se dio una ducha. Mirándose al espejo,
apenas se peinó con las manos, los rizos cortos siempre se acomodaban solos.
Luego se afeitó y se vistió. Preparó el maletín. Renato ya se había levantado y
preparaba el desayuno, café con leche y tostadas. La pava con el agua caliente
sobre la hornalla. Estaba cebando mate para Ruiz, que no tomaba lácteos.
-Estoy atrasado, tengo cirugía y llego
tardo. Unos mates nada más...
Renato le alcanzó uno, y mientras él lo
tomaba, sus miradas se cruzaron en silencio.
-¿Durmió bien?
-Más o menos. ¿Vos tuviste pesadillas? Te
hoy quejarte.
-Un
suelo malo y estúpido, qué se yo. La verdad es que no tengo ganas de ir a
laburar, pero creo que me va a hacer bien para distraerme.
Se despidió luego del primer mate. No
quería hablar con el viejo. Su cara le hacía acordar al hombre del sueño.
Dejó el auto en el estacionamiento del
hospital y entró directamente hacia la recepción. Las secretarias lo saludaron.
Algunos, que sabían la causa de su ausencia, le dieron el pésame. Otros, que
también se habían enterado pero no eran más que conocidos del trabajo, lo
miraron mientras caminaba algo encorvado hacia el ascensor. Tenía la vista fija
en la puerta de metal, contemplando el número de piso del indicador. Se daba
cuenta que la gente quería acercarse a él para charlar, pero no se animaban, él
siempre fue escurridizo para hablar de sus sentimientos. Tenía el aspecto de un
chico desamparado con sus ojos marrones y pequeños, los rizos sobresaliendo del
contorno de su cabeza fina y de tez clara. Cuando usaba anteojos, lucía aún más
indefenso. Pero él arruinaba toda iniciativa de piedad por parte de los demás
con sus juicios cortantes y sus exabruptos. Cuando se enojaba, optaba por
callarse la boca y no dirigir más la palabra a nadie en todo el día. Pero el
resto del tiempo demostraba una paciencia extrema.
Llegó al tercer piso y entró al vestuario
del quirófano. Había dos colegas que iban a ayudarlo.
-¿Trajeron al paciente?
-Sí, Ruiz. Me contaron lo que pasó, lo
lamento mucho...-dijo uno.
-Si hubieras avisado, te acompañábamos un
rato en el funeral..-.dijo el otro.
Él agradeció mientras se colocaba el ambo.
-Era una chica muy valiente-dijo Cisneros.
Alberto Cisneros, el anestesista, lo había
ayudado en la amputación de Cecilia. Esa vez le había aconsejado que no la
operara él, sino otro. Pero ella había insistido, no quería otro cirujano que
no fuese Ruiz. Si no, no se operaba. Había internado a Cecilia el día anterior
para que pasara la noche en el hospital. Era lo habitual para preparar los
estudios previos, pero también fue un alivio para Ruiz. No habría soportado
dormir en la misma cama con la mujer a quien iba a amputar. Todos esa mañana en
el quirófano lo habían mirado como si viesen a alguien más que un simple
hombre. Él vio a Cecilia salir del vestuario acompañada por dos enfermeras. Se
dio vuelta antes que ella le dirigiera una mirada. La escuchó hablar con el
anestesista, que le pedía que se acostara en la camilla. Luego colocaron los
campos estériles tapando la visón de ella, y entonces recién pudo acercarse a
la mesa de operaciones y mirar la pierna pintada con yodo. Esa pierna que olía
terriblemente mal y era como un perro muerto descomponiéndose lentamente. Como
si Cecilia hubiese estado llevando un cadáver adherido a su pierna por meses.
Bernardo volvió a la realidad.
-Vamos a operar-dijo él, y entró al
quirófano. El paciente estaba despierto todavía.
-Quiere hablar con vos-le comentó Cisneros
al oído.
-¿Qué pasa, Vicente?
-Doctor, si algo me pasa, dígale a mi
hermano que se cuide de los pájaros.
Ruiz miró a Cisneros, luego a las
enfermeras, pero nadie entendió a qué se refería.
-Debe ser efecto del sedante,
seguramente-dijo Ruiz-. Está bien, Vicente. Todo va a salir bien, no se
preocupe.
Vicente Larriere era un hombre de cuarenta
años, y durante los últimos cinco meses los pólipos habían estado creciendo de
manera muy rápida. Cerró los ojos, las manos le temblaban. Le pusieron la
mascarilla de oxigeno y se adormeció.
Ruiz se lavó las manos y regresó al
quirófano. La enfermera y la instrumentadora charlaban de sus cosas, Cisneros
observaba el ritmo cardíaco del paciente en el monitor. Ruiz se puso el
camisolín, los guantes estériles, se acercó a la mesa y pidió el bisturí. Hizo
una incisión transversal en el abdomen, sobre el lado derecho. Extendió el
corte oblicuamente hacia el centro. Pidió gasas, secó la herida, profundizó
hasta atravesar el tejido graso y llegó a la membrana del peritoneo.
-Separadores anchos.
El ayudante, un residente avanzado, abrió
los labios de la herida y los revistió con gasas. Coagulaba los vasos
sanguíneos menores que Ruiz iba cortando. Llegó hasta el duodeno y metió la
mano derecha para palpar las adherencias. Sintió un pinchazo y retiró la mano
bruscamente.
-¿Se cortó, doctor?
-No sé, y además con qué, si no usé más
que mis manos.
Se cambió los guantes. Tenía un pequeño
punto rojo en el dedo índice. Se lavó con desinfectante y volvió a calzarse
guantes nuevos. Metió otra vez la mano. Esta vez palpó varias protuberancias
duras como piedras. Siguió el trayecto del intestino delgado. Allí no había
pólipos pero le preocupaban esas protuberancias.
-Hay unas tumoraciones muy raras. Necesito
tijeras.
La instrumentadora se las alcanzó y él
comenzó a disecar las membranas de los epiplones. Cuando liberó casi un metro,
levantó las vísceras. Brillaron bajo la luz. Observó las paredes y sintió que
estaban repletas de esas mismas tumoraciones, adheridas a la cara interna.
-Pueden ser metástasis...
Ligó las arterias del sector que iba a
seccionar, y hundió el bisturí. Entonces de la herida brotó una fila de
insectos que se diseminaron cubriendo el resto de las vísceras, metiéndose en
las partes inaccesibles del abdomen abierto, esparciéndose por las manos de
Ruiz y las telas que cubrían al paciente. Eran negros, parecidos a escarabajos,
pero no hubiera sido capaz de clasificarlos por más que hubiese tenido tiempo
para observarlos como un entomólogo. Y mientras estos pensamientos volaban
vertiginosamente por su cabeza, los insectos se multiplicaban a una velocidad
mucho mayor, porque no dejaban de salir de la herida.
-¡Dios mío!-decía Ruiz, pero no pudo ver
las caras de su ayudante o del anestesista, y ni siquiera miró a las
enfermeras, dando por supuesto que se habían desmayado o alejado. Sólo atinó,
como un chico, como un hombre cualquiera y no con la experiencia de un
cirujano, a aplastar los insectos como si estuviese en el jardín de su casa y
una plaga hubiese brotado de un hormiguero inundado de agua.
No supo qué dijo después, quizá hizo
preguntas a nadie en particular, posiblemente al dios que nombró, porque a
alguien hemos de llamar cuando vemos lo que nunca supusimos podría existir,
porque no era posible que existiera. Un hombre lleno de insectos era una buena
pregunta para hacerle a Dios.
Golpeó el cuerpo del paciente buscando
aplastar el mayor número de insectos, puso gasas cubriendo la herida. Las manos
no le bastaban para abarcar a todos los que seguían saliendo del cuerpo. Vio
que caían al piso y se dispersaban por el suelo. Creyó ver que las enfermeras
los pisoteaban y que Cisneros estaba en la puerta, como paralizado. Nadie
monitoreaba el corazón del paciente, y entonces sintió que el típico sonido del
monitor se interrumpía con una alarma.
-¡Cisneros! ¡Se muere, venga rápido!
Lo vio volver saltando porque no parecía
atreverse a pisar los insectos.
Pero Ruiz no sabía qué hacer. Era
imposible suturar, los insectos seguían saliendo y toda la mesa era una capa
crepitante de membranas rotas entre las cuales salían los que aún estaban
vivos. Ruiz sentía náuseas. Pidió agua para irrigar el cuerpo, y apenas logró
despejar un poco la herida. Fue entonces cuando vio las arañas. Los insectos se
estaban dando vuelta y sus vientres se abrían y dejaban salir arañas que se
desplazaban rápido por la mesa. El cuerpo del paciente estaba envuelto
completamente de arañas, las manos y brazos de Ruiz cubiertos de escarabajos.
Las arañas de patas largas y muy delgadas comenzaron a balancearse en telas
desde la lámpara hasta el suelo.
Ruiz oyó gritos, golpes y un estruendo que
no supo si se había producido en el hospital o en el interior de su cabeza.
Porque su conciencia colapsó de un inclasificable asombro y de asco. Cómo
nombrar lo que había visto. La comprensión humana avanza a pasos cortos en
escalones oscuros, cada paso es una lenta y débil iluminación. Llegado a este
escalón de su vida, Ruiz creyó, por un instante, que la muerte es más que un
infierno, y que el destino de las almas era convertirse en arañas.
Entonces todo se oscureció. La luz del
quirófano se apagó como un estallido y el olor a quemado de un músculo cortado
con un coagulador eléctrico. Le dolía la cabeza y ya no podía tenerse en pie.
Se palpó los brazos y comenzó a sacudirse las arañas.
-¡Sáquenmelas de encima!-gritaba.
Dos personas lo retenían de los brazos.
Abrió los ojos. Al mirarse las manos, vio que estaban libres de insectos, y que
vestía un pijama, y ya no estaba en el quirófano. Reconoció una de las
habitaciones del hospital, pero siempre había estado del otro lado, al pie de
la cama, observando el espacio que él ocupaba ahora.
-Doctor, ¿se siente mejor?
Sentía que los insectos aún estaban en su
piel, recordaba cómo habían saltado a su cara y él se había restregado con asco
y náuseas. Retiró las sábanas de la cama y miró, estaban inmaculadamente
limpias, oliendo todavía a almidón y desinfectante.
-Dios mío. ¿Qué pasó? Los insectos… ¿cómo
los mataron?
Miró a cada uno de los que lo acompañaban.
La enfermera de sala, canosa, obesa y de mediana edad, lo miraba con tristeza
desde la puerta de la habitación. Cisneros estaba al pie de la cama,
inexpresivo, alto y rígido como siempre. Un ayudante de sala lo observaba sin
entender nada. La instrumentadora estaba llorando, sentada en una silla junto a
él, y lo tomaba de la mano.
-Tuvo un shock, doctor. El paciente entró
en paro cardíaco y usted perdió el conocimiento. Le hicimos análisis, mire...
Cisneros le alcanzó un papel con los
resultados.
-Viniste a trabajar por lo menos con
veinticuatro horas de ayuno. Estabas hipoglucémico. ¿Cómo se te ocurre? Eso y
el susto por lo del paciente te hicieron colapsar, Bernardo.
-El paciente falleció, doctor Ruiz-dijo
ella.
Él no entendía de qué estaban hablando.
Suponía que de lo que había ocurrido hoy, pero quizá hablaran de cualquier otro
día, porque nadie mencionaba el principal desastre de aquella mañana.
-¡Pero los insectos, carajo! Las arañas
que salían de los escarabajos, como si fueran reservorios…tantas y tantas
dentro del abdomen, Dios mío, no puedo creerlo…
Ruiz hablaba con los ojos fijos en la
blancura de las sábanas, creando una teoría, imaginando una disposición y un
proceso evolutivo de cierta lógica. Era atractivo pensar en eso, aunque no
pudiera explicarse todavía cómo habían entrado al intestino del paciente, cómo
se habían desarrollado.
Me estoy volviendo loco, pensó Ruiz.
-Estuviste delirando toda la tarde con
insectos y arañas-dijo Cisneros.
Ruiz se levantó y lo agarró de los brazos.
Lo sacudió de una forma que no era violenta, sino desesperada.
-Pero si te vi casi escapando del
quirófano, y no te animabas a pisarlos...
Cisneros miró a los demás con cara
compungida. Ruiz se dio vuelta y observó a cada uno. La instrumentadota lloraba
y él la tomó de los hombros y preguntó:
-¿Vos también me vas a decir que soñé todo
esto?
Ella asintió.
-¿Y el paciente dónde está?
-En la morgue.
-¿Y los familiares?
-Está su hermano solamente. Ya le dimos la
noticia. Mañana a la mañana vienen a buscar el cuerpo.
Ruiz miró a Cisneros con la expresión de
quien cree haber descubierto a otro en un error.
-¿Pero quién cerró la herida, quién limpio
el cuerpo? ¿No van a hacer autopsia?
-Tu ayudante cerró la herida después del
deceso, las enfermeras limpiaron el cadáver. No es necesario hacer autopsia, yo
firmé el certificado de defunción por paro cardíaco. Hay tres testigos, vos
incluido.
Ruiz se cubrió la cara con las manos y
volvió a sentarse en la cama. Cisneros se le acercó y puso una mano en su
hombro.
-Tenés que descansar. Estás estresado por
todo lo que pasó en estos días. Todos conocíamos a Cecilia, era una excelente
chica. Tendrías que tomarte un par de semanas de vacaciones.
Bernardo levantó la vista hacia su amigo.
Movió la cabeza con un gesto afirmativo. Cisneros era demasiado distinguido,
como un caballero inglés, la presencia de la estampa médica casi perfecta con
su ambo impecable y su serenidad. Pero lo había visto desesperado hacía apenas
unas horas, aunque ya no estaba seguro. La habitación era real, la tarde
cayendo sobre el estacionamiento bajo la ventana del cuarto, las ambulancias,
las cortinas blancas balanceándose con la brisa de la ventana. Sintió escalofríos,
tenía el pijama empapado en sudor.
La enfermera trajo el termómetro y lo
colocó en su axila. Un minuto después estudió la columna del mercurio.
-Algo de fiebre, no mucha, doctor.
Necesita comer y descansar.
-Tengo que volver a casa, mi suegro está
solo.
-Ya le avisamos por teléfono. Viene para
acá a visitarlo. Pueden comer en el comedor del hospital esta noche.
-Pensaron en todo...-dijo Ruiz, sin
intención.
Los otros tres se miraron sin pronunciar
palabra, luego salieron del cuarto y lo dejaron solo.
Siempre se había considerado un hombre que
nunca podría ser capaz de llegar a los extremos de la alucinación. La
enfermedad mental, para él, era no algo que podía resolverse extirpando o
medicando una dieta apropiada y una droga que compensara la acción de un
metabolismo alterado, sino como una debilidad de carácter. Era médico, es
verdad, pero por eso se había dedicado a una especialidad donde casi no
existían controversias ni interpretaciones erróneas. Los tumores deben
extirparse, las enzimas alteradas deben revertirse en su mal funcionamiento.
Pero la mente es un área que él no comprendía, así como no entendía la
sustancia del alma. De lo único que estaba seguro era que la mente era capaz de
todo, absolutamente, incluso de esconderse de sí misma. Huir de los
perseguidores que ella había creado, por laberintos y escenarios inventados
para ese objetivo, sin olvidar colocar una venda sobre los ojos de aquellos
policías inventados.
La duda como parte del juego llamado
certeza.
Y el sueño era el ambiente más grande, un
sitio ilimitado donde la mente del hombre vivía más tiempo y con mayor
comodidad. La vigilia es una cárcel, como lo era el cuarto donde ahora estaba.
Mirando por la ventana las ambulancias estacionadas mientras el atardecer hacía
caer la sombra desde el techo del mundo. Como si los grandes ojos del cielo se
cerraran, o quizá las compuertas de la gran fábrica del mundo, donde de
construyen y desarman permanentemente hechos destinados a un único fin: la
fugacidad, el olvido como la más perfecta obra de arte.
Los engranajes nunca se rompen, y si lo
hacen, hay suficiente tiempo para modificar las estructuras de la mente y
corroborar que nunca hubo tal desperfecto, y que si existió, nada ha
sobrevivido de éste. Pero la mente humana está en un cuerpo que es como el
tronco de un árbol. Las cicatrices quedan, la sangre, como la savia, brota, y
la piel es una corteza que cura con rugosidades e imperfecciones. Eso es lo que
el alma o la mente no quieren, residuos y cicatrices, por eso se empeñan en que
el cuerpo dure lo menos posible, pero la carne y los huesos resisten a pesar de
los insectos y los gérmenes. El cuerpo soporta y es más fuerte que un dios cuya
sustancia estuviese formada con los elementos de la roca volcánica.
Por eso Ruiz recordaba lo que había pasado
esta mañana no como una alucinación, ni siquiera como una ilusión, si cabía la
diferencia, sino con el sabor amargo de los insectos que habían rozado sus
labios y la sensación de sus patas recorriéndole los brazos.
-Tengo que ver el cuerpo-dijo, y se dio
vuelta para ver que nadie lo hubiese escuchado.
Sólo estaba Renato, en la puerta de la
habitación. No lo había visto llegar, y quién sabe cuánto tiempo llevaba ahí.
-¿Cómo estás?-le preguntó.
-Mejor.
El viejo acercó una silla y se sentó junto
a la cama. Ruiz se recostó después de elevar la cabecera y poner un par de
almohadas.
-Me dijeron que te desmayaste.
-Creo que sí, no me acuerdo bien.
Solamente que entré al quirófano y después me desperté acá. En el medio creo
que soñé, supongo...
No tenía sentido explicarle al viejo.
Además de preocuparlo, perdería la poca confianza que aún le tenía. Necesitaba
protegerlo como a un niño cuyas expectativas no quería defraudar.
-Dígame, Renato. Esta mañana quería
preguntarle algo y me olvidé. Tuve un sueño anoche, y bueno...quería saber si
Cecilia tuvo mascotas alguna vez.
El viejo frunció las cejas mirando al
vacío, tratando de recordar.
-No, no me acuerdo que hayamos tenido.
Solamente una vez se entusiasmó con un hormiguero, de esos que vienen entre dos
láminas de vidrio. Ella tenía una prima, Leticia, de parte de la familia de mi
mujer. Pasaron un verano juntas en la playa, y la primita, que tenía la afición
de coleccionar insectos, le regaló un hormiguero de esos que te digo. Se podían
ver los pasillos como diferentes pisos de un edificio de departamentos. Cecilia
alimentaba a las hormigas con hebras de pasto y hojas trituradas. Un día se le
cayó de la mesa de luz al despertarse y todas las hormigas se esparcieron por
el piso. Durante semanas encontramos hormigas por todas partes. Pero el primer
día fue un drama, Cecilia lloraba por su pérdida, mi mujer y yo corríamos
tratando de matar a las hormigas. Eran imposibles de detener. A la noche nos
acostamos, riéndonos de lo que había pasado, y entre las sábanas seguíamos
encontrando hormigas.
Renato rió por primera vez desde el
funeral.
-Esas fueron las primeras y únicas
mascotas que tuvo Cecilia. ¿Pero por qué me lo preguntás?
-Por nada en especial. Ya le dije, tuve
un sueño...
Desde ayer a la noche los acontecimientos
se precipitaban como en esos sueños donde el despertar es sólo una parte más
del sueño. Un estado más superficial en apariencia, pero tal vez más profundo
en realidad, donde cada despertar es un hundimiento mayor, un desgarramiento
más extenso de las imprecisas membranas que separan la vigilia y el sueño.
Membranas iguales a las que envuelven los músculos o a aquellos capullos de los
gusanos. Debía ver el cuerpo del paciente y comprobar por sí mismo que lo que
recordaba con todo detalle no era más que una muestra de la perfecta ingeniería
de las pesadillas.
Cecilia le había contado una vez sobre la
prima Leticia. Fue después de la segunda cirugía, cuando le amputaron una parte
del pie. Ella estaba en la cama del hospital, mirando hacia el techo. Cuando
Bernardo se acercó y la tomó de la mano, ella la retiró de él y señaló el cielo
raso. En ese entonces recién empezaban su relación. Los padres de ella no se
habían acostumbrado todavía a la idea de verlos juntos, así que no les gustaba
hacerse demostraciones de afecto en su presencia ni frente al personal del
hospital.
-Un verano mi prima me llevó a la
playa-comenzó a decir ella-. Tenía dos frascos de vidrio que había sacado del
estante donde guardaba su colección de insectos. En uno había una araña, en el
otro una langosta. Leticia abrió uno, agarró la langosta y la puso en el frasco
con la araña, y lo cerró. Entonces las dos nos dedicamos a mirar cómo la araña
iba envolviendo a la langosta con sus patas, a pesar de que era tres veces su
tamaño. La langosta, débil como un vegetal, se doblaba y se alejaba hacia la tapa
del frasco. Pero la araña la seguía sin apuro, primero atrapándola con las
patas, y después empezó a atraerla. No sé cómo hacía, pero de ese cuerpo
chiquito salieron como dos patas con tenazas que comenzaron a masticar a la
langosta. Ésta se movía a pesar de que había perdido partes del cuerpo, pero al
final se quedó quieta cuando la araña le comió la cabeza.
Cecilia continuaba señalando el techo.
-Era una araña como esa-dijo.
Bernardo miró, había una telaraña en el
rincón entre el techo y la pared. Algo se movía pero no alcanzó a distinguirlo,
y tampoco le importaba.
-Todo salió bien, mi amor. Tenés que
cuidarte.
-Ya lo sé, para eso te tengo a vos. ¿Pero
no es curioso, querido, cómo los hombres y los insectos se parecen?
-No te entiendo, ¿en qué sentido se
parecen?
-Unos comen a otros, a pedazos. Y es
curioso como una puede permanecer viva aún sin partes del cuerpo.
Esto había ocurrido cinco años antes.
Luego, ella accedió a mudarse al departamento de Ruiz, y durante tres años y
medio, la pierna y el pie permanecieron indemnes.
Preguntó al viejo si había cenado, y lo
invitó a comer juntos en el buffet del hospital. Ruiz se puso una bata que
Renato había traído, junto con el cepillo de dientes y ropa interior. Bajaron
la escalera y llegaron al comedor. Había sólo una pareja sentada a una mesa. Le
dijo a Renato que se sentara mientras él iba a comprar comida para ambos. Buscó
una bandeja y escogió de las fuentes dos supremas de pollo y dos ensaladas.
Sacó de la heladera dos gaseosas y pasó por la caja para pagar. Al darse vuelta
chocó con alguien que esperaba detrás.
-Perdón-dijo. Al principio no había
reconocido al hombre, pero mientras regresaba a la mesa se dio cuenta de que
era el hermano de su paciente. Se sentó y miró atrás, el hombre también lo
estaba observando mientras pagaba su cena. Lo vio sentarse cerca de la puerta.
-¿Qué pasa?-preguntó Renato.
-Es un conocido...
No tenía ganas de charlar ni dar
explicaciones. Intentó olvidarse, pero sentía la mirada del otro sobre él.
Cinco minutos después lo vio a su lado.
-¿Usted es el doctor Ruiz, no es cierto?
Él lo miró y asintió.
-Soy el hermano de Vicente.
-Ah, ya lo recuerdo. Siento mucho lo que
pasó. Supongo que le habrán dicho que sufrió un paro cardíaco.
-Sí, pero fueron ellos quienes lo mataron.
-No entiendo.
-Ellos, los que viven en los sitios
oscuros, bajo las rocas, en las cañerías, en los techos.
Si el hombre estaba loco, no fue esto lo
que llamó la atención de Ruiz, sino que era el único que hablaba de lo que
nadie parecía dispuesto a hablar.
-Pero no es eso por lo que lo molesto,
doctor. Quería saber si mi hermano le dijo algo...
-No me acuerdo, pero sí...déjeme
pensar...antes de dormirse me recomendó que le dijera que se cuidara de los
pájaros.
El hombre sonrió. Sus dientes cariados no
lograban enturbiar una sonrisa asimétrica en un rostro delgado y de piel
resquebrajada prematuramente. Era alto, con un abdomen pronunciado que
deformaba su figura espigada. El hombre le extendió la mano. Ruiz se la
estrechó. Inmediatamente reconoció la sensación que había sufrido esa mañana al
contacto con los insectos. Entonces apartó la mano con rapidez pero el otro no
pareció notarlo. Saludó a Renato con un “buenas noches” y salió del comedor.
Terminaron de comer en silencio. No
respondió a una sola de las palabras del viejo.
-Vaya a casa y duerma. Mañana al mediodía
seguro que estoy allá-le dijo al despedirse.
No se acostó. Miró el estacionamiento por
la ventana, a la izquierda estaba el pasillo que llevaba a la morgue. Dejó la
habitación y pasó frente al office de enfermería.
-Voy a la guardia a conversar con unos
colegas-dijo a la enfermera.
Ella asintió.
En la guardia había poco movimiento. En
la sala de médicos no había nadie. Entró y buscó unas llaves en el escritorio.
Salió por la puerta de emergencias y recorrió el pasillo que había visto por la
ventana. Era la una de la mañana de un jueves. Estaba fresco y húmedo. La
humedad de las paredes y el olor a basura lo rodeaba. Abrió la puerta de la
morgue y entró. Encendió las luces. Pasó a un lado de las piletas y las mesas
de disección. Se paró frente a la cámara frigorífica donde estaban los cadáveres.
Había tres columnas de tres pisos. Todas carecían de rótulos o indicaciones en
las puertas. Probó con la primera, estaba vacía. La segunda a la derecha,
tampoco había nada. La tercera igual.
Comenzó con la segunda fila. Allí estaba
su paciente. La piel morada con rastros de sangre seca en la cara. Vio las
costuras que su ayudante había hecho en el abdomen. No había rastros de
insectos en la superficie de la piel. Fue a buscan una tijeras en el armario
del instrumental y regresó junto al cuerpo. Cortó las costuras, y lo único que
salió fue una mosca. Una mosca verde y grande que había sobrevivido a la baja
temperatura del frigorífico, aún cuando era casi imposible que lo hiciera. Pero
había resistido el frío escondiéndose en la calidez que aún emanaban las
vísceras del hombre. Vio también algunas hormigas muy pequeñas en la camilla,
sobrenadando en las secreciones que habían filtrado sobre la camilla.
Sin embargo, nada de esto era extraño en
un sitio como ese. La vida se abre paso de la manera más insensata posible en
los lugares más inadecuados. Nada de esto le servía para confirmar que lo de
esa mañana hubiera sido más que una pesadilla. Sólo las palabras del hermano de
Vicente, y ya se sabe que las palabras son susceptibles a múltiples
interpretaciones, sobre todo si provienen de un hombre afectado por la muerte
de un pariente tan cercano.
Cuando salió de la morgue vio una sombra
que se escabullía por la salida del pasillo. Era alta, y creyó ver también que
tenía un abdomen prominente. Corrió hasta allí y lo vio agazapado en un rincón
junto a las bolsas de residuos. La sombra no se movió, pero él sabía de quién
se trataba. Escuchó un llanto muy suave, luego notó que levantaba un brazo y lo
apoyaba en la pared, como si fuese a levantarse. Entonces Ruiz se alejó para
dejarlo solo. Pero se dio cuenta, justo un segundo después de alejarse, que la
mano había atrapado algo contra la pared. Una pared sucia en un rincón lleno de
basura, dónde únicamente viven a gusto las ratas y las moscas.
Esa
noche se acostó finalmente en su cama de hospital, bajo la luz amarillenta y
escuchando el goteo constante de un grifo del baño. Se puso de costado y estuvo
un rato con los ojos abiertos, mirando el suelo de ese lado de la cama. Después
se durmió, o creyó dormir, porque lo que había comenzado a imaginar estando
despierto continuaba en el sueño. Caminaba por el campo hacia el mismo árbol de
la vez anterior. El colectivo se estaba alejando, sin interesarse por los dos
muertos que quedaron atrás. Ruiz primero se acercó al perro, casi aplastado y
con los huesos desarmados flotando como dentro de una bolsa de cuero. Quiso ser
metódico y no gastar fuerzas de más, por eso había planeado enterrar a los dos
al mismo tiempo. Levantó al perro de las patas y lo llevó hasta el cadáver del
viejo. Éste yacía boca abajo, lamiendo el rocío del atardecer en el pasto. Ruiz
sacó una cuerda del bolsillo, no sabía por qué la llevaba encima, pero no pensó
mucho en eso. Se dedicó a atar las patas del perro a los pies del viejo, luego
le ató las manos dejando un largo lazo
que anudó alrededor de su cintura. Cuando estuvo listo, empezó a caminar
arrastrando a los dos cadáveres desde la carretera hasta la casa. Era una
sendero en subida, ahora que llevaba peso recién se daba cuenta. Se encorvó un
poco para hacer fuerza, mirando de tanto en tanto su carga. Había un rastro
limpio detrás del perro, un nuevo sendero marcado para otros, quizá.
Llegó al patio de la casa. Pasó la verja
de madera y alambres de púa. Se detuvo y buscó con la mirada alrededor.
Encontró una pala apoyada contra la pared. Se desató y se puso a cavar allí
mismo donde se había detenido. Estaba oscureciendo, pero no necesitaba luz.
Cavar un pozo lo puede hacer cualquiera que tenga brazos y una herramienta,
incluso un ciego sólo necesita palpar el nivel de la tierra para saber cuándo
detenerse. El sol se ocultaba detrás del árbol, y el humo del colectivo formaba
una columna densa frente al sol débil. Del otro lado, la luna pálida se asomaba
sobre la casa.
Cavó y cavó durante lo que le pareció más
de media hora. Se metió en el pozo y comprobó la profundidad, llegaba hasta su
cuello. Era más que suficiente. Buscó la sombra del cuerpo del viejo y encontró
el extremo libre de la soga. Tiró con fuerza y logró arrastrarlo hasta el borde
y hacerlo caer. El perro lo siguió, atado siempre a los pies de quien había
sido su dueño.
Apenas veía donde arrojar la tierra
cuando se puso a devolver ésta a su lugar. Quedó un montículo elevado, y
después de dos o tres golpes, dejó la pala en la tierra removida. Se dio vuelta
hacia la casa. No veía absolutamente nada. Me habré quedado ciego, se dijo.
Pero pronto alcanzó a ver una línea de luz en el horizonte, muy delgada, y las
estrellas que recién nacían. Entonces la luna salió de atrás de una nube y lo
iluminó, viéndose ahora a sí mismo parado de espaldas junto a la tumba. Levantó
la vista hacia la luna y retrocedió, cayó de espaldas al tropezar con algo.
Buscó el objeto sobre la tierra oscura. Encontró algo cubierto de pelo, lo
levantó y lo expuso a la fría luz de la luna.
Era la cabeza del perro. Debió quedar casi
decapitado por el accidente, y él no lo había notado. La cabeza había resistido
todo el camino, hasta que justo antes de caer al pozo se desprendió. La miró
con atención. Los párpados estaban cerrados, las orejas habían perdido su
rigidez, la boca dejaba ver los colmillos fuera y la lengua sobresalía. Todavía
estaba caliente. Agarró la cabeza y la llevó bajo su axila derecha hacia la
casa. Esperaba que adentro hubiese agua con que lavarla, algo con que cubrirla
para que no tuviese frío.
Una parte del cuerpo es el cuerpo mismo,
pensó. Un ser dividido en dos no son dos, sino siempre la mitad de uno.
Y su voz se confundió con el zumbido de
los mosquitos que comenzaron a rodear la casa, mensajeros de la helada
certidumbre de la sangre.
3
Abrió los ojos y lo primero que vio fue su
mano derecha sobre la almohada. La palma hacia arriba como una mujer acostada
de espaldas que muestra el vientre y el sexo. Los dedos flexionados y
aparentemente relajados. Pero se dio cuenta que no era así, estaban tensos y la
forma que tomaban era como si estuviesen reteniendo algo. Algo con la forma de
una calavera de perro.
Bernardo recordaba que Cecilia le había
mostrado una cabeza de animal el día que se mudó a vivir con él. Cecilia tocó
el timbre igual que una visitante cualquiera y penetró en su vida con una
valija en cada mano, balanceándose con el vaivén característico de su andar, de
la qué él era responsable. No de la enfermedad, porque ésta es sólo una
manifestación, un conjunto de hechos inaccesibles a la lógica de la culpa.
El hombre, sin embargo, tiene un alma
indivisible, una sustancia que no puede analizarse porque nada la conforma y
todo a su vez forma parte de ella. No fragmentos, sino una entera, pétrea,
indestructible unidad que con todo el peso de lo posible y lo imposible actúa
aún sobre el más pequeño grano de sal. Puede destruirlo o puede fecundarlo.
Capaz de lo probable como también capaz de lo improbable. Fecundar una piedra
es un trabajo que le concierne. Por eso, el alma, tan fecunda y poderosa, se
parece a un niño jactancioso y a la vez ingenuo. Actúa sin darse cuenta, y mata
a veces sin intención. ¿Pero es el alma un hueso crecido de ingenuidad o un
tumor alimentado por el mal?
Ruiz la había operado por segunda vez y
ella entonces decidió mudarse con él.
Enamorada o agradecida, quizá ambas cosas al mismo tiempo, junto a una tercera
posibilidad haciendo equilibrio sobre ellas: el resentimiento.
Cecilia deshizo las valijas, llenó los
estantes vacíos y un lado del placard. Ella no lo invadió, simplemente ocupó
los espacios que él le había designado. Luego se desnudó y entró a la bañera.
La vio sumergirse en el agua tibia, subir las piernas y colocarlas sobre el
borde.
Me duelen, le dijo ella. Él se acercó para
hacerle masajes y palpó la cicatriz del muñón.
Te duele todavía, le preguntó. Ella negó
con la cabeza. Insensibilidad, pensó él, neuropatía por diabetes. Pero la
insensibilidad estaba también en las manos y la mente de Ruiz, eso era lo que
ella estaba diciendo ahora con los ojos. Me mudo con vos y ni siquiera me
besás. Y qué excusas tenía él, quizá su propio cerebro era también una masa
putrefacta de nervios descompuestos, incapaces de sentir piedad o amor. Esos
dos extremos de la condición humana.
Entonces, casi desesperadamente, Bernardo
comenzó a desnudarse, y sin hacerlo del todo, se metió en la bañera y se puso a
besarla. Diciendo perdonáme, mientras lo hacía.
Esa tarde ella desenvolvió la calavera de
perro que su prima le había regalado cuando eran chicas. La habían encontrado
en la playa, la estudiaron juntas, y cuando se despidieron al regresar a la
ciudad, su prima le dejó en obsequio aquel conjunto de huesos. Cecilia estiró
los brazos sujetando la calavera en las manos, para que Bernardo la viese
mejor, pero ese primer día no le permitió tocarla. La puso sobre el televisor y
luego pareció olvidarla. De vez en cuando la movía al limpiar, pero sin mirarla
siquiera. Otras veces él había notado, sin embargo, cómo ella apartaba sus ojos
de la pantalla y su mirada se perdía en la superficie ósea de la calavera.
Podía estar así una hora sin decir nada, sólo tocándose la pierna enferma para
rascarse, porque ella sentía que cientos de hormigas se paseaban por el
interior de sus huesos.
Ruiz ahora se levantó de la cama de
hospital y corrió las cortinas. Eran las diez de la mañana. La enfermera debía
haber pasado varias veces, pero nadie se molestó en despertarlo. Tenía dos
semanas libres, según le habían dicho. Ni siquiera estaba seguro si el día
anterior había pasado en realidad todo lo que recordaba. El día lucía
espléndido por la ventana, y mientras se duchaba y afeitaba rogó a su imagen en
el espejo del baño que todo hubiese sido producto de su imaginación. Sabía que
la mente es tan fértil como Dios en crear invenciones, y que incluso esa misma mente era capaz de haber creado al Dios
que a su vez la había creado a ella. Todo eso, la existencia del creador y las
connotaciones en torno a éste, no era algo que ahora tuviese que preocuparle.
Su inquietud se centraba exclusivamente en salir de ese cuarto de hotel para
enfermos, desayunar y comprobar después que el cuerpo de su paciente seguía
siendo un cadáver con las características propias de cualquier otro, es decir,
la inmovilidad y el silencio, porque sólo la muerte concilia ambas virtudes en
su significado absoluto.
Se cepilló los dientes, se pasó loción por
la cara recién afeitada, se vistió con lentitud y se miró al espejo una vez
más. Todo estaba listo. El reloj marcaba las once de la mañana. Bajó al comedor
del hospital y todos lo saludaron como si hubiese llegado de su propia casa.
-¿Se siente bien, doctor?-preguntó la
enfermera de la sala mientras ambos se sentaban a tomar un café.
-Mucho mejor, gracias.
-Coma unas medialunas, doctor. Está
ojeroso, parece más flaco que ayer.
Él aceptó. Varios pasaron por su mesa para
saludarlo. La instrumentadora que lo había asistido el día anterior lo miraba
fijo mientras le hablaba. Con la boca decía una cosa, con la mirada otra. Él no
quiso preguntar nada. Cisneros pasó apurado hacia el quirófano y lo saludó de
lejos. Ruiz miró el techo del comedor, hacia el lado de la cocina vio dos
cucarachas desfilando lentamente hacia el centro del cielo raso. Bajó la vista,
justo debajo había dos personas sentadas, vestidas de negro, un hombre de sesenta
años aproximadamente, de barba y cejas espesas, que parecía no sentirse cómodo
con el traje que llevaba. La otra era una mujer joven, quizá la hija, vestida
con una blusa negra y un par de pantalones grises; sus dedos jugaban con un
collar dorado de metal barato, mientras miraba hacia donde estaba Ruiz.
Los insectos se habían quedado quietos, y
Bernardo tuvo la curiosa sensación, si debía definírsela a sí mismo con el
término menos atroz posible, de que parecían sombras proyectadas. No era
posible que las hubiese en ese ambiente iluminado por luces fosforescentes a
los cuatro costados y en plena mañana. Ni podría decir si los insectos eran
sombras de las personas o las personas sombras de los insectos. Pero mirar
hacia arriba era como ver algo tan humanamente común como un miembro más de los
cuerpos que allí abajo estaban sentados, quietos y sin casi moverse. Y mirar a
la mujer era como contemplar dos moscas verdes que hubiesen usurpado el lugar
de los ojos. Eran bellos, sin embargo, y
no contrastaban con la tez blanca y el cabello castaño. Entonces el reloj de la
pared dio las doce del mediodía y ellos se levantaron y fueron hacia la salida.
Las cucarachas ya no estaban.
Cuando pasó la puerta trasera del
hospital, la luminosidad del patio lo encegueció por un instante. Las paredes
blancas de cal, el metal blanco de las ambulancias haciendo destellar el
reflejo del sol, que no era amarillo sino blanco, filtrándose dificultosamente
a través de una suave nieblas de invierno. La oscuridad a veces es más pacífica
que la luz, más piadosa también, porque permite la esperanza aún dentro de lo
desconocido; en cambio la extrema luminosidad reduce todo a una tosca ceguera
dolorosa y sin esperanza. No hay redención ni paz entre las fronteras
verticales de una luz que todo lo cubre y lo funde en una blancura inerte,
estéril. Vida eterna, sí. Inmovilidad y silencio constituyen la vida eterna.
Bernardo vio cómo sacaban el ataúd de la
morgue, y retrocedió para dar paso al cortejo. Cuatro ancianas acompañaban a
los cargadores del féretro. Salieron del patio hacia la calle y pusieron el
cajón en un coche fúnebre. Las viejas subieron al coche siguiente. El hermano
de Vicente, la chica del comedor y el hombre viejo subieron al tercero. La
mujer debía ser la esposa o la pareja del paciente, no lo sabía con seguridad.
El hombre, el padre o quizá el suegro. No se atrevió a preguntar al hermano
cuando pasó cerca de él, rozándole el codo y sin darse cuenta de quién era.
Porque la luz extraña de ese mediodía daba la sensación de estar en la pantalla
blanca de un televisor interferido, y las figuras de las ancianas parecían
puntos negros, moscas caminando sobre el vidrio de la pantalla.
Cuando los ojos de Ruiz se habituaron a la
luz, buscó su auto estacionado en esa misma cuadra y siguió el cortejo. No
sabía a dónde sepultarían a Larriere, pero nada más tenía que hacer él ese día,
así que fue tras ellos a lo largo de muchas cuadras, y las cuadras se
convirtieron en kilómetros hasta salir de la ciudad y tomar la ruta hacia
Miró por el espejo retrovisor, y comprobó
que él era el último de la caravana. Únicamente cuatro coches la conformaban,
viajando a no más de cuarenta kilómetros por hora. Pasaron los límites de
Llegaron al centro del pueblo, o lo que
debía ser el centro a juzgar por lo que se veía: una plaza chica sin árboles,
unos asientos de madera astillada, un busto colocado sobre un pedestal de
cemento y un mástil oxidado sin bandera
alguna. Del otro lado, un almacén con ladrillos de adobe cuya puerta daba a la
esquina, dos mujeres viejas conversaban envueltas por un enjambre de moscas
negras. A la izquierda, una ferretería y forrajería, con dos ventanas estrechas
a los costados de la puerta desvencijada, y en cuyo umbral había dos sillas
vacías con asientos de paja y almohadones. Un perro ladraba sentado en la
vereda, sin levantarse siquiera, con un ladrido ronco, cansado y viejo. A la
derecha había una panadería, con vidrieras donde la mercadería parecía haber
estado expuesta desde hacía más de cuarenta años. Latas de sardinas, de
embutidos y fiambres, y al fondo el pan que no debía tener ya olor a pan,
porque un aroma a humedad invadía todo
el lugar.
Estacionaron unos minutos junto a otro
local cuadrado, con paredes encaladas de rosa oscuro, una puerta alta de dos
hojas y una lámpara oscilando con la brisa, aún encendida como señalando el
paso entre las nubes de polvo que lentamente iba asentándose o esparciéndose
con la leve brisa de la media tarde. Era una papelería, al parecer, pero
también había rollos de telas, estantes con libros apilados, algunas botellas
de vino vacías y viejas planchas de sastre.
Una de las ancianas bajó del auto y entró
allí. Diez minutos después volvió a salir, y en ese tiempo los autos esperaron
con el motor encendido. Cuando ella salió, hizo una señal a los demás coches y
los choferes apagaron los motores. Ruiz los imitó. Las puertas se abrieron y
los ocupantes bajaron. Los cuatro cargadores descendieron el ataúd y lo
llevaron en hombros hacia la plaza. Las viejas los siguieron, caminando
despacio, con las manos enlazadas sobre el pecho como en una plegaria, pero
algo le decía a Ruiz que no se trataba precisamente de un rezo. Los zapatos de
tacones bajos casi se deslizaban sobre la tierra y las piedrecillas. La familia
del muerto comenzó a caminar detrás, la mujer en medio de los hombres, tomada
del brazo de cada uno. El hermano de Vicente miró a Ruiz al bajar del auto. Le
sonrió amablemente y continuó su camino. Bernardo iba a seguirlos, pero sintió
deseos de orinar, y se dio cuenta que no aguantaría mucho más. Decidió pedir
permiso en esa especie de bazar, así que entró y golpeó palmas porque no había
nadie a la vista. El interior estaba escasamente iluminado por unas aberturas
en lo más alto de las paredes, que carecían de revoque. Estaban, además,
cubiertas de estantes con innumerables objetos, herramientas, telas viejas,
ruedas dentadas, planchas de papel madera, neumáticos, llantas, y muchas cosas
más que él no tuvo tiempo de distinguir, porque de pronto apareció un hombre de
baja estatura, calvo y una barba espesa, con un libro en las manos. Sin hablar,
lo interrogó con la mirada.
-Disculpe-dijo Ruiz-. ¿Me permite utilizar
el baño?
El hombre señaló un pasillo al fondo. Ruiz
agradeció y fue hacia allí. El mismo olor y una penumbra más densa habitaban el
pasillo. El piso era de tierra. Pasó junto a la puerta de una cocina, la cual
miró de costado, era amplia y muy vieja, con una mesa grande en el medio,
cuatro sillas alrededor y un horno de metal negro y redondo como el caparazón
de un enorme escarabajo muerto. La siguiente puerta era la del baño. La misma
antigüedad en las instalaciones. un lavatorio amplio de porcelana blanca y marcada
de rayas verdes por donde el agua se había estancado a lo largo de los años, un
espejo con manchas de óxido, un inodoro blanco sin tapa y una larga cadena que
colgaba del depósito. Orinó durante tres minutos bajo la luz mortecina que
pendía del techo. Cuando terminó, sintió un cosquilleo en los pies. No me habré
meado encima, supongo, se dijo a sí mismo. Era una sensación caliente y
hormigueante que pronto le provocó ardor. Se subió el cierre del pantalón y se
miró los zapatos. Estaban cubiertos de hormigas. Comenzó a sacudir los pies, y
tuvo la mala idea de sacarse los zapatos. De esa manera tuvo que apoyarse sobre
el piso lleno de hormigas. La puta madre que lo parió, dijo varias veces
mientras saltaba, sin querer hacer mucho ruido porque le daba vergüenza que el
dueño del lugar llegase y lo viese saltar como un marica. Abrió la canilla del
lavatorio y levantó un pie a la vez para ponerlo bajo el agua. Así, de a poco,
pudo liberarse de las hormigas. Se colocó otra vez los zapatos y salió del baño.
En el pasillo se encontró con el hombre.
-¿Todo bien, señor?
-Sí, un problema con unas hormigas-dijo,
rascándose sin darse cuenta una pantorrilla después de la otra.
-Sí, usted sabrá disculpar, pero es un
problema común en este pueblo.
Ruiz miró hacia la puerta de calle y pensó
que el cortejo ya debía haberse perdido de vista.
-¿Podría indicarme cómo llegar al
cementerio?
-¿Al camposanto? Sigua el camino de la
plaza y después el camino de tierra, no hay otro y no se va a confundir.
Ruiz saludó y salió a la calle. Subió al
auto y se puso en marcha por el camino indicado. Después de la plaza había un
descampado con arbustos y matorrales, entre los cuales se abría el sendero por
el que apenas entraba el ancho de un auto. Pronto se encontró con el cortejo,
que iba a pie con el mismo paso en que los había visto partir. No había espacio
para adelantarse, si dejaba el auto ahí
interrumpiría el camino, y aunque no estaba muy seguro que alguien más fuera a
pasar por allí, decidió seguirlos a marcha lenta. Pero a los quince minutos
poco habían adelantado y el motor comenzaba a recalentarse. Se detuvo, abrió el
capot y echó agua al tanque de refrigeración. Mientras, el cortejo continuaba
avanzando lentamente entre los arbustos y bajo el sol de la tarde. Volvió a
subir, puso la radio y trató de sintonizar las noticias, pero había
interferencias que no dejaban escuchar nada claro. Cambió el dial hasta
encontrar la única estación libre de intermitencias. Estaban pasando una ópera,
y entonces pensó en Renato. Tenía que haberle avisado a dónde iba, o por lo
menos que se ausentaría por algún tiempo. Más tarde lo llamaría de un teléfono
público. Intentó identificar la música, y reconoció el aria del Macbeth de Verdi donde Banquo y su hijo
son emboscados en el bosque. La honda belleza de la voz del bajo repercutió en
el espacio estrecho del auto, y saliendo por las ventanillas, pareció rebotar
entre los arbustos para regresar a sus oídos con otro tono, doble, pero no como
un eco, sino como otra voz del mismo cantante, esta vez más oscura y triste.
Como si el bajo cantase con otro que fuese él, también, pero mucho más
adelante, ya muerto. Entonces Ruiz tuvo la extraña idea de que la voz llegaba
desde el cortejo, abriéndose paso entre el silencio que parecía querer dominar
el camino al cementerio.
Puso en marcha el motor y se adelantó
hasta justo detrás de los familiares. Ni siquiera se dieron vuelta para
observarlo. Le molestó un poco esa indiferencia, porque al fin de cuentas era
el único, además de la familia, que había asistido al sepelio. Supuso que eso
no debía importarles mucho, era evidente que aquel cortejo tan extraño, esas
viejas que debían haber organizado todo el funeral, y aquel sitio tan peculiar
para enterrarlo, era ya suficiente evidencia de que no se trataba de gente
común y corriente. Y casi había olvidado lo que había vivido ayer en el
quirófano, como si en lugar de un día hubiesen pasado meses o años.
El cortejo se detuvo en un claro del
camino. No había un solo árbol, sólo arbustos de toda clase y llenos de flores
de colores múltiples, hojas de formas diversas, bajos o altos, algunos de
diámetro estrecho y otros de varios metros, extendiéndose todos a lo largo del
camposanto. Las lápidas estaban entre los arbustos, sobresaliendo como pequeños
mojones de señalización en un camino abandonado. El mismo paisaje se extendía
hasta mucho más allá de lo que Ruiz podía ver. No formaban un verde parejo, pero
sí parecía un mar de oleaje congelado. Más tarde, ya después del funeral, Ruiz
descubriría que a medida que el sol iba cayendo y la penumbra comenzaba a
descender desde el cielo, el mar de arbustos tomaba un tono grisáceo del cual sobresalían
las lápidas, no como tumbas, sino como piedras indicadoras.
Pero aún eran las cinco y media de la
tarde, y el cortejo se adentró entre las plantas. Ruiz dejó el auto y los
siguió. Fue leyendo la inscripción de las lápidas, y sólo pudo distinguir
fechas y nombres que nada en absoluto le decían. No había retratos ni signos
religiosos, no había ofrendas ni señal alguna de pertenencias personales. Nadie
parecía visitar a los muertos, y sin embargo el lugar aparentaba cuidadosamente
mantenido. Los arbustos no tenían podas artificiales, pero habían crecido con
una armonía curiosa en su disposición. De pronto, Ruiz tropezó con algo. Miró
atrás y vio el tronco de un árbol cortado. Mientras continuaba, notó que había
muchos más ocultos entre los arbustos. Todos los árboles habían sido cortados,
incluso la plaza carecía de ellos. Entonces se dio cuenta que sin árboles
tampoco podía haber aves, y notó el silencio de todo trino desde que había
llegado, no había visto ni un solo pájaro en todo ese tiempo.
“Que se cuide de los pájaros”, le había
encomendado Vicente que le dijese al hermano. Porque las aves habitan en los
árboles, y comen, entre otras cosas, insectos. Donde no hay pájaros, los
insectos pueden vivir. Pero Ruiz no había visto nada extraño, ni podía llamar
así al episodio de las hormigas en el baño. En un lugar de campo es común que
haya insectos.
El cajón había sido depositado a un
costado de la fosa ya abierta. No había cavadores ni palas a la vista. La
tierra removida estaba seca y agrietada a un costado así que debió haber estado
preparado desde días antes, quizá. Pero Vicente había muerto sólo hacía
veinticuatro horas. Las viejas se detuvieron junto al féretro, y una después de
otra, dieron una patada a la madera. Fueron ocho golpes de sus zapatos grises
de taco bajo y punta redondeada, zapatos de anciana, tan inocentes como cabía
esperarse de sus dueñas. Ruiz no sabía si reírse o indignarse de aquella
ceremonia. Nadie pronunciaría palabras de despedida, ni un párroco hablaría
sobre la vida más allá de la muerte o recordaría el repetido polvo somos y
al polvo volveremos. Por qué romper la elocuencia del silencio o desconocer
la evidente supremacía de la tierra. Eso estaba bien, de algún modo, pero...
¿patear el ataúd? Como si hubiesen tenido la intención de despertar al muerto.
Y entonces Bernardo se dio cuenta de que aquellas patadas no tuvieron otro
objetivo que hacer salir a los insectos que estaban adentro. Por la ranuras
entre la tapa y el resto del ataúd comenzaron a salir los escarabajos de la
misma clase que él había visto en el quirófano. Los insectos brotaban de a
cientos, y durante diez minutos continuaron saliendo, bajando al piso y
descendiendo a la fosa.
Las manos de Ruiz estaban temblando, por
la cara le caía un sudor frío. Creyó que iba a desmayarse, pero entonces
comprendió la lógica de lo que veía, esa lógica invertida. Los insectos deben
ir al cuerpo muerto para carcomerlo, eso es lo normal. Esta vez, sin embargo,
habían estado en el cuerpo vivo, comiéndolo, y ahora lo abandonaban.
Los cargadores pasaron dos sogas bajo el
ataúd, y colocándose dos de cada lado, lo levantaron sobre la fosa y lo
hicieron descender. Un enjambre de moscas se levantó en ese instante de todos
los arbustos. Ruiz se tapó la cabeza con el abrigo, buscando alrededor un sitio
dónde refugiarse, pero obviamente no había ninguno. Los demás no se movieron,
dejándose envolver por las moscas que producían el zumbido más horrible que él
hubiese escuchado alguna vez. La luz había menguado, porque el enjambre parecía
cubrir también el cielo, pero al mirar arriba vio que no eran moscas, sino una
inmensa plaga de langostas que llegaba desde el ancho río y la laguna de
Samborombón. Pasaron sobre ellos, golpeándose contra los cuerpos de los hombres
y mujeres junto a la fosa. Cuando las langostas desaparecieron y sólo pasaban
algunas rezagadas, Ruiz contempló el cielo nublado.
Los insectos huían de una tormenta. La
lluvia comenzó a caer con gruesos goterones que embistieron la tierra al
costado de la tumba. Luego la lluvia se hizo más fina pero constante. Ruiz
corrió al auto cerró las ventanillas, habían quedado moscas y langostas muertas
sobre el tapizado, pero nada podía hacer más que aguantarse. Puso el
limpiaparabrisas y contempló la forma en que el agua ablandaba la tierra seca y
cumplía con el papel que debían haber cumplido los cavadores. La tierra ahora
reblandecida por el agua comenzó a caer en la fosa, primero de manera lenta,
luego como una avalancha que cubrió el cajón definitivamente.
Las viejas, los cargadores y la familia
se dieron vuelta y caminaron de regreso hacia el pueblo. Pasaron junto al auto.
El hermano de Vicente dijo algo que él no entendió con el ruido de la lluvia.
La mujer lo observó por un instante, y Bernardo creyó ver que le dedicaba una
sonrisa. Pero quizá fuese la forma en que el agua, al correr por el lado
externo del vidrio, deformaba las caras.
Esperó a que la lluvia amainara un poco
antes de emprender la vuelta al pueblo. Esperaba llegar antes que el camino
estuviese tan enlodado que le fuese imposible pasar sin quedarse estancado.
Aunque ya era tarde para prevenirse de eso, de todos modos no podía quedarse en
el camposanto. Era curioso que el tipo del bazar lo hubiese corregido cuando él
dijo cementerio. Camposanto era una palabra afín con lo religioso y lo
cristiano más específicamente. En aquel cementerio no había signos religiosos,
y ahora que lo pensaba mejor, no había visto ninguna iglesia en el pueblo.
Debía buscar alojamiento para pasar la
noche, no tenía la menor intención de tomar la ruta con esa lluvia y ya casi
era de noche. Pero así como no había visto un templo, tampoco un hotel. Llegó a
la plaza. Los coches fúnebres estaban tomando el camino de salida a la ruta. Si
ellos se animan… se dijo. Pero él no había comido nada desde el desayuno,
estaba hambriento, cansado y con la ropa empapada. Bajó del auto y fue hasta el
bazar. Había dejado de llover y el aire tenía una tonalidad casi verdosa, como
si la humedad ambiente tomase color. El hombre estaba en la puerta, con la pipa
en los labios, sentado con un libro abierto sobre los muslos. Ahora que lo veía
con más luz y sentado, notó el abdomen prominente, contrastando tanto con la
figura esmirriada y la estatura baja. El hombre le sonrió mientras lo miraba
acercarse.
-¡Qué chaparrón les agarró!
-Un diluvio me pareció a mí.
-Es verdad.
Se quedaron en silencio un minuto, sin
saber cómo continuar, o más bien fue Ruiz el que se sentía cohibido en ese
lugar.
-¿No hay un hotel por aquí? Tengo hambre y
quiero secarme la ropa. Creo que tendré que pasar la noche en el pueblo.
El hombre se rió.
-¿Un hotel? Nunca tuvimos nada parecido.
-O una posada, una habitación en casa de
familia, podría ser. No me gustaría pasar la noche en el auto. Entraron
insectos y huele horrible.
Entonces se le ocurrió que podría preguntar
a la familia de Larriere, pero no sentía que fuese apropiado molestarlos en su
día de duelo, y menos por quien había sido parte en la muerte de Vicente. Y el
hombre le dijo, como si le hubiese leído el pensamiento:
-Por qué no pregunta a los Larriere, ellos
tiene casa grande a cinco kilómetros de aquí.
Señaló, con la pipa, hacia el camino que
pasaba junto al almacén. Ruiz no tuvo más que aceptar esa alternativa.
-Bueno, le agradezco el consejo. Voy a
molestarlo con otra inquietud. ¿Por qué el pueblo tiene ese nombre tan raro?
-¿Le coeur antique? Llevaría mucho
explicarle, pero se lo resumiré. Los fundadores del pueblo llegaron de Francia
hacia más de ciento cincuenta años, los Larriere, se entiende, y bautizaron el
pueblo con el nombre de su aldea natal allá en Europa.
-No habría imaginado que este pueblo
llevara tanto tiempo de existencia.
-Es de los primeros fundados en la
provincia. Tuvimos nuestros buenos tiempos, lo que queda son restos, señor,
esqueletos más bien.
Ruiz quiso dar su nombre y preguntar el del
otro, pero un estornudo lo interrumpió.
-Se va a resfriar. Vaya con los Larriere,
lo van a recibir bien. No son nada resentidos.
Ruiz lo miró con sorpresa.
-¿Por qué lo dice?
-Porque usted es el médico que no pudo
salvar a Vicente, ¿no es cierto?
Ruiz habría querido preguntar cómo se
había enterado, pero probablemente la
vieja que bajó del auto cuando llegaron se lo había dicho. Lo que lo molestó
fue que no se trató de una pregunta, en realidad, sino de una afirmación que
además conllevaba la verdad. Y ésta no admite más que el silencio y ese inmenso
conjunto de sentimientos contradictorios que lo sigue de cerca, esa una maraña
de hilos, pelusa e insectos muertos que habitan los antiguos desvanes
abandonados.
Se fue sin despedirse. Se sentía enfermo,
confundido y malhumorado como para respetar la buena educación que había
aprendido. A quién debía respeto en ese pueblo que empezaba a desaparecer en la
penumbra de la noche, porque ni siquiera alumbrado público había en las calles.
Él también tenía miedo de desaparecer, por eso se habría ido si hubiese tenido
el valor de enfrentar la ruta y la lluvia aún con la fiebre que ya lo estaba
acosando.
Siguió el camino que el hombre le había
indicado, pasó junto al almacén, donde un cartel de chapa oxidada decía Larriere
y Cia. Encendió los faros delanteros para guiarse en ese camino oscuro
hasta encontrar una casa que nunca había visto, pero que debía reconocer porque
era la única según el tipo del bazar. Leyó el cuentakilómetros, llevaba ya
cinco y aún no había nada. Todo el paraje era de una oscuridad total, la
llovizna se había reanudado y las luces únicamente alumbraban matas de arbustos
a los lados. Entonces, bastante lejos todavía, vio una luz sobre el camino, que
fue agrandándose a medida que avanzaba. El sendero hacía una lomada, y tras
ella estaba la casa de los Larriere. Cuando ya estaba muy cerca vio que era una
estancia bastante grande. Sin límites de demarcación en el terreno que rodeaba
la casa, llevó el auto hasta la entrada y tocó bocina. Algunas luces se
encendieron además de las que iluminaban las ventanas. Un hombre, que reconoció
entonces como el hermano de Vicente, fue hasta el auto.
-¡Doctor Ruiz, creímos que se había ido!
Venga, entre a la casa para secarse.
Bernardo bajó del auto y se dejó guiar
hasta la puerta principal. El vestíbulo estaba alumbrado por una lámpara
amarilla, con un perchero y un paragüero de madera de caoba. Se limpió las
suelas en un felpudo estampado.
Las dos personas que ya conocía fueron a
su encuentro desde el living.
-Doctor, ella es mi hermana Natalia, y éste
mi papá, Gustave Larriere.
Ella le sonrió, y apenas movió los labios
con un saludo que él no entendió. El viejo dijo, con un acento francés
inconfundible:
-Lamento la lluvia y los inconvenientes,
doctor. Usted ha sido el único amigo que se ha molestado en acompañar a mi hijo
en sus últimos pasos.
-Pero por favor, sáquese ese abrigo sucio
y mojado. Natalia, traé ropa de mi habitación. Doctor, lo acompaño al baño para
cambiarse. Mientras mi padre le prepara una bebida caliente, ¿qué prefiere?
-Sinceramente no he comido nada en todo el
día.
El otro se golpeó la frente con un gesto
desmedido.
-Pero doctor, llámeme Norberto. Viejo,
calentá la sopa de verduras que comimos hoy y un par de sándwiches de jamón
crudo y queso de cabra.
Norberto lo acompañó hasta el baño. Ruiz
se sacó la ropa y se secó con una tolla, aún tibia por haber estado junto a la
estufa. Golpearon a la puerta, Norberto la entreabrió y las manos de Natalia le
alcanzaron la ropa.
-Espero que le vaya bien, doctor, disculpe
los colores, pero no soy menos que un
clásico al vestirme.
Eran una camisa y un pantalón negro de
buena confección. Le pasó también un calzoncillo y un par de medias. Ruiz
comenzó a vestirse y sintió que debía romper el incómodo silencio.
-Curiosa ceremonia la del camposanto...
El otro lo miró con las cejas fruncidas,
como si se hubiese enojado. Pronto sonrió al preguntar:
-¿No habrá estado hablando con el viejo
Hernán Aranguren, por casualidad?
-Si así se llama el hombre del bazar, sí.
¿Por qué?
-Ya lo imaginaba, él lo llama camposanto
para llevarnos la contra. Viejas rencillas de familia, ya sabe.
No dijo más sobre el tema.
-Vamos a la mesa, doctor.
Ruiz se tomó otro minuto para lavarse la
cara y peinarse. Por el espejo echó una mirada a Norberto, que aparentaba
observar el suelo, o quizá su abdomen abultado bajo el casimir abotonado.
Los cuatro se sentaron a la mesa, él con su
plato de sopa, la fuente con sándwiches, un vaso, una botella de vino fino y
pan recién calentado en el horno. Los demás tomaban una taza de café acompañada
por una copita de jerez.
-Gracias otra vez por venir, doctor-dijo el
viejo.
Ahora que estaba afeitado, el hombre se
veía más joven, pero debía tener más de setenta años.
-Mi papá llegó de Francia hace muchísimos
años, pero no ha perdido su acento-dijo Norberto-. Yo no sé ni una palabra,
pero mis hermanos sí. Natalia y Vicente tenían planes de viajar para el próximo
año, y creo que eso precipitó su ruina.
Ruiz no comprendía la relación.
-No entiendo, disculpe.
-No importa, doctor. Se me fue la
lengua-dijo, mirando a su hermana y a su padre como disculpándose.
El comedor era amplio, alfombrado de pared
a pared, con un hogar cuyos leños crepitaban y despedían un inconfundible olor
a cedro.
-¿Y cuál es su medio de vida?-preguntó.
-Campos, doctor-respondió
Norberto.-También tenemos los negocios alrededor de la plaza, excepto, por
supuesto, el bazar de Aranguren.
Ruiz sintió una picazón en el oído derecho
y no tuvo más remedio que rascarse. En la punta del dedo le quedaron los restos
de una mosca.
Ellos se rieron.
-Inconvenientes de vivir en el campo,
doctor. Nosotros somos sus víctimas desde toda la vida. Puede decirse que
vivimos y morimos por sus efectos.
Todos sonrieron, amargamente. Sus caras
eran patéticas en el sinsentido que expresaban, en la melancolía y la
desesperación que brillaba en los ojos con la luz del hogar reflejada en ellos.
Parecían luciérnagas inocentes expuestas al peligro de una gran araña colgando
del techo. Más arriba de la lámpara, el cielo raso estaba oculto en la
oscuridad, las vigas de madera no podían verse para nada, y desde allí llegaba
un zumbido que Ruiz no pudo identificar.
Bostezó.
-Les agradecería si me prestasen
alojamiento por esta noche...
Los tres reaccionaron como insultados en su
honor.
-Usted se queda a dormir en la habitación
de Vicente. Lamento que no tengamos otra libre.
Sin darle tiempo a reaccionar, Norberto lo
agarró del codo con amabilidad y lo llevó hasta la habitación.
-Cualquier cosa que necesite, golpee en la
puerta de al lado, ahí duermo yo. Ya sabe donde está el baño. Buenas noches,
doctor.
El viejo y la hermana pasaron a despedirse
también. Estrechó la mano a cada uno. La piel de ella era suave, pero la del
viejo parecía estar seca como una membrana fibrosa. Era la misma sensación que
había tenido al recibir a Vicente en su consultorio la última vez antes de la
operación.
-¿Puedo usar el teléfono? Tengo que avisar
a mi suegro, debe estar muy preocupado.
El viejo señaló el aparato sobre una mesita
de cedro con patas moldeadas y un mantelito de hilo tejido.
-Hola Renato... Perdóneme que no le haya
avisado, pero salí del hospital apurado y… bueno, estoy un pueblo cerca de
Chascomús...No sé cuándo vuelvo, supongo que mañana. No se preocupe.
Escuchaba una música en el auricular.
Reconoció la música de Verdi y su Macbeth.
-¿Está escuchando la radio?... ¿No?
¿Cuándo puso el disco? ¿Esta tarde?
Colgó el tubo y volvió pensativo a su
cuarto. Se desnudó y se metió entre las sábanas. El olor del campo húmedo era
bello y estremecedor al mismo tiempo. Era como dejarse adormecer sobre un
colchón de pasto, pero desprotegido. Había estado tan tenso en la ciudad, tan
seguro de que el continuo estado de alerta lo defendería de todo, que si ahora
se relajaba y se dejaba mecer por el sonido de la lluvia sobre los arbustos tal
vez no volvería a despertarse. Porque el dormir es morir, es rendirse frente a
la muerte cotidiana de cuya lástima dependemos como pecadores sumisos y
cobardes.
A
las doce y media de la noche, el chirrido de las cigarras lo despertó hasta el
límite entre la vigilia y el sueño leve, o quizá, quién podría negarlo con
absoluta certeza, entre el sueño profundo y la muerte verdadera.
Y soñó que se conducía por el camino de
tierra hacia la puerta lateral de la casa, con la calavera del perro sostenida
en sus manos y los zapatos embarrados. Adentro estaba oscuro porque el viejo
había salido antes de que cayera la noche. Buscó a tientas, sobre las paredes,
la perilla de la luz. Al prender la lámpara del techo, vio una telaraña de
sombra envolviendo el comedor. Miró al techo, donde en lugar de una lámpara
colgante había una araña de metal y vidrios esmerilados. En la sala había una
mesa negra de cuatro patas, gruesas como muslos que se adelgazaban como
tobillos hacia los extremos, y cubierta con un mantel de hilo blanco. Las
sillas tenían respaldos altos y las patas con la misma forma de la mesa. Un
armario de estantes estaba empotrado en la pared del fondo, con vajilla de
porcelana con imágenes de pastorcillas arriando ovejas junto a un lago de
Ruiz caminó hasta el televisor, dejó la
calavera encima y lo encendió. La imagen era pura intermitencia y el sonido
nulo. El vidrio de la pantalla estaba cubierto con heces de mosca. Fue hasta la
cocina, angosta y larga, con la mesada, la pileta, el horno y la heladera
dispuestas en fila contra una de las paredes. Buscó un trapo, lo mojó bajo el
agua de la canilla y volvió al comedor. Limpió la pantalla del televisor y
devolvió el trapo a la cocina. Mientras estaba ausente, la pileta se había
llenado de hormigas. Abrió otra vez el grifo para que el agua las arrastrara.
Volvió al comedor, sintonizó el único canal que transmitía a esa hora. Era un
programa para el hogar. Una mujer de mediana edad comenzó a preparar la comida,
tenía cabello enrulado, corto y prolijamente peinado, y un vestido de mangas
cortas con el delantal blanco. Ruiz se sentó en una silla. La mujer, en lugar
de mostrar los ingredientes y los utensilios de cocina, comenzó a acomodar
huesos sobre un mostrador.
-Hoy vamos a aprender, mis queridos
televidentes, a armar un esqueleto.
Ruiz se sintió entusiasmado, como si de
repente recordara a lo que había venido, luego de todas aquellas postergaciones
que habían representado el accidente del perro, la muerte del viejo y su
posterior entierro. Entonces se levantó para ir a la habitación contigua, donde
había una cama matrimonial con el colchón desnudo, que olía a formol, una
mesita de luz con las mismas patas del resto del mobiliario, y una cómoda de
color negro. Buscó en los cajones, llenos de ropa interior de hombre, papeles
amarillentos, bolsas con elementos que no podía dedicarse a mirar porque la
mujer de la televisión no iba a esperarlo mucho tiempo. Al fin, encontró un
papel en blanco y un lápiz.
De regreso al comedor, se sentó y apoyó el
papel sobre su muslo derecho, dispuesto a tomar notas.
-Ahora que están provistos de papel y
lápiz -dijo la mujer- empezaremos.
Entonces comenzó a explicar cómo realizar
primero un bosquejo del cuerpo. Se necesitaba primero un papel grande, de
tamaño natural. Luego dibujaríamos el esbozo de la figura sobre él. El
siguiente paso era hacer un catálogo de los huesos necesarios, y si ya se
disponía de todos ellos, habría que abastecerse de mucho alambre y pegamento.
Una buena provisión de tornillos también era necesaria, lo mismo que su
correspondiente destornillador, alicate para cortar alambre y pinzas de punta
fina.
La mujer mostró todos estos elementos
sobre el mostrador. Entonces, de una caja, sacó los largos y delgados arcos de
veinticuatro costillas, dejándolos a un lado. Luego sacó de otra caja, uno por
uno, como si levantase entre sus dedos la débil fibra de un tejido recién
nacido, los cuerpos de las vértebras. Algunos eran anchos y fuertes, otros
pequeños y delgados, con espinas laterales y posteriores o sin ellas, pero
todos con un orifico como un pozo de aire, como un ascensor donde suben y bajan
los fluidos, pero encargado de transportar otros seres más grandes que los
habituales elementos de la sangre. De cada una de las vértebras, de su trama
ósea excavada con pasadizos y pozos irregulares, comenzaron a salir hormigas.
Entonces la mujer se puso a recitar un
poema. Algo que Ruiz conocía de memoria y que ahora, cuando lo necesitaba, no
recordaba con precisión. Porque la memoria es como un edificio de
departamentos, muchos están cerrados, pero no por eso dejan de ocupar un
espacio que se llena de polvo y arañas, hasta que alguien un día vuelve a abrir
la puerta.
4
Despertarse
en la habitación de un hombre muerto, es como haber compartido la cama con ese
hombre, haber usado las mismas sábanas y compartido las frazadas bajo las
cuales el sudor y la respiración, incluso los olores y las secreciones, se han
visto mezcladas por el contacto mientras se duerme. Despertar con la boca del
otro junto a nuestra cara y el aliento de la noche rodeando la cama.
Si uno es un hombre, lo mismo que el
muerto, es como una comunión con uno mismo. Mirarse al espejo de una sábana
gastada por el roce de nuestra piel a lo largo de los años. Es mirar la piel
que tendremos en ese lecho o en cualquier otro, pero siempre en la misma
posición, porque siempre hay que morir en posición horizontal. El cuerpo no es
una columna, ni siquiera es madera, es carne que sin la electricidad vital no
es capaz de mantenerse erguida. De ahí nuestra debilidad, la tristeza de lo
pobre por endeble y por viejo. Todo cuerpo humano es antiguo, por más que se
trate de un recién nacido, porque todo cuerpo lleva encima la carga de todos
los muertos desde el principio del mundo. Cada uno pone sus bolsas y sus fardos
encima del bebé que ha nacido hace diez segundos, y cuyo llanto no es de
alegría, sino de sorpresa, de amarga sorpresa que se convierte en aguda
desesperación, y luego, mucho tiempo después, en esa palabra tan manida y sucia
por manos precoces de pretendidos santos: la palabra resignación acompañada por
el signo de la cruz. La cruz y la rendición, la sumisa costumbre de los
pacifistas, los que ofrecen la otra mejilla al insalubre viento de la nostalgia
y la melancolía. Elementos éstos de los cobardes, que sobreviven, que
persisten, que vencen, quizá, por un tiempo, las tremendas acometidas de los
infames hijos de la atrocidad y la
destrucción. Ellas, más temibles que la muerte, porque la muerte al fin es un
fin, un instrumento de bienestar, un vehículo adecuadamente condicionado para
el innombrable estado en que el alma se sumirá un día, al final de los tiempos,
en un espacio donde el número cero tendrá más valor que todos los demás números
sumados, multiplicados y consumidos por la voraz boca de Dios.
Si despertar en el lecho de un muerto
tiene estas consecuencias para los pensamientos, Ruiz no dejó de
experimentarlas. Por eso, frente al espejo del baño se lavó y restregó la cara
hasta sacarse de encima las marcas y los surcos
que el sueño va sumando noche a noche sobre la piel cada vez menos
elástica de los vivos, cada vez más lastimosa y pétrea como la de los
escarabajos.
Bajó a desayunar. Se encontró en el
comedor con los dos hombres.
-Buenos días, doctor-dijo el viejo,
levantándose efusivamente de la mesa para estrecharle la mano.
Ruiz pensó por un instante, que el anciano
no estaba lo suficientemente triste como era de esperarse de alguien que ha
perdido a su hijo sólo un día y medio antes. Es más, no había visto a ninguno
de los tres llorar. Pero cada familia tiene su carácter, sus modos y sus duelos
internos.
Norberto Larriere lo saludó mientras se
secaba los labios con la servilleta, luego le sirvió una taza de café con
leche, le ofreció miel, azúcar y jugo de frutas. Todo el servicio de mesa
estaba impecablemente puesto, como si hubiese personas de servicio, pero no
había nadie más. La chica no había bajado a desayunar aún, dijo su hermano.
-Ella nunca se levanta antes de las nueve.
Ambos sonrieron, mirándose uno al otro,
sin involucrar a Ruiz en su complicidad. El sol entraba radiante por el
ventanal, y la sala lucía mucho más bella que la noche anterior. Incluso podían
verse las vigas de madera lustrada y la gran lámpara colgando del techo con una
cadena dorada muy corta. Era de gran diámetro, con salientes y rebordes de
metal que parecían patas queriendo adherirse al cielo raso.
-Espero que no se vaya hoy, doctor, con
este día espléndido. Quiero mostrarle nuestros campos-dijo Norberto.
-Mi hijo lo llevará a dar una vuelta,
espero que disfrute de nuestra hospitalidad. Es un honor para nosotros.
Luego, cuando los tres se levantaron de la
mesa, el viejo apoyó sus manos sobre los hombros de Ruiz.
-Usted intentó salvar a mi hijo, eso me
consta. Así que no se sienta mal. Sería tan hermoso que se sintiera parte de
nuestra familia.
Mientras decía esto, echó una mirada por
encima del hombro derecho de Ruiz. Norberto estaba detrás. Bernardo no supo qué
decían los álgidos ojos azules dirigidos al hijo, pero como desde hacía
cuarenta y ocho horas, muchas cosas le pasaban por encima, como si él fuese un
pequeño insecto esquivando la muerte entre pisadas de gigantes.
Los tres salieron juntos, pero el viejo se
separó de ellos para dirigirse a un galpón al otro lado del camino. Ruiz no
había podido ver nada de todo esto al llegar. El campo era muy verde alrededor
de la casa, una inmensa alfombra verde interrumpida por el camino de tierra. No
había árboles, y sin embargo no parecía haber necesidad de ellos. Era pura
llanura. El sol resultaba espléndidamente adecuado como adorno más que como
esencia. Es verdad que sin el sol nada se habría desarrollado, pero Ruiz sabía
que aún en las más oscuras grutas crece la vida. Formas de vidas no
necesariamente dependientes de la luz. Los humanos son quienes necesitan ver
para quitarse el miedo, y el calor del sol es como un abrigo y una caricia
materna. Pero debajo de las rocas, en los mares más profundos y bajo la tierra
la vida se reproduce aún más intensamente, quizá. Por eso él miró el sol como
quien mira a un subalterno, a un molesto servidor que trae una lámpara útil
pero prescindible.
Norberto y Ruiz subieron al jeep. Larriere
condujo a lo largo del camino alejándose del pueblo. Había visto a un par de
personas en la plaza, pero éstos que ahora encontraban el el camino eran
trabajadores de los campos, gente que vivía en los alrededores.
-Pasan la mayoría del tiempo en sus
tierras, algunos trabajan para nosotros-dijo Norberto.
Cuando llegaron, unos hombres se acercaron
al jeep y se pusieron a hablar con Larriere. Le ofrecieron condolencias por la
muerte de Vicente, pero en seguida cambiaron de tema. Hablaron de cultivos, de
semillas, de un par de trabajadores que habían caído enfermos. Todos tenían
caras curtidas por el sol y espaldas anchas cubiertas de camisas de algodón,
pañuelo al cuello, sombrero y pantalones con botamangas.
El capataz apoyó un codo en el auto,
mirando a Ruiz de tanto en tanto, mientras hablaba con Larriere. Ruiz contempló
el movimiento de trabajadores. Unos se dirigían hacia los campos de la
izquierda, sembrados de amarillo. Otros ya trabajaban en unas hectáreas de
color verde intenso. En el centro había unos viveros cubiertos.
-Bueno, los dejo laburar...-oyó decir a
Larriere, y volviéndose hacia el doctor, dijo:
-Vamos a visitar los viveros. Le gustarán.
Hicieron un par de kilómetros más hasta la
puerta de los galpones. Bajaron y caminaron unos metros entre macetas viejas
arrumbadas a los costados del camino estrecho y aromático. Una vez dentro, Ruiz
se quedó parado ante lo que veía, más de quince filas de canteros con flores de
todas clases. No habría sabido clasificarlas aunque hubiese tenido semanas para
hacerlo. Cada fila tenía un cartel clavado con el nombre en latín, pero esto
nada le decía. Sólo identificó las rosas, los crisantemos y las gardenias.
Norberto lo acompañó recorriendo los senderos entre las plantas, hasta que
llegaron al sector de las calas, que se abrían como enormes campanas blancas
cuyo péndulo amarillo se mecía casi con obscenidad. A muy pocos les agradan
estas flores, brutales en cierto sentido, no demasiado bellas y para nada
delicadas ni exquisitas. Norberto se dio cuenta que él se había detenido
expresamente ante ellas.
-Somos pocos los que cultivamos y vendemos
calas, doctor.
-Son casi indeseables, Larriere. En la
quinta de mi tía había una planta enorme de calas. En verano yo no podía
acercarme. Tenía miedo de las avispas y abejas que permanentemente la rodeaban.
-Es verdad, doctor. Pero no tiene por qué
tener miedo. Nosotros también somos apicultores.
Salieron por la puerta del fondo y se
encontraron con hombres vestidos con mamelucos blancos y las cabezas cubiertas.
Manipulaban panales y miles de abejas volaban alrededor. Ruiz no quiso
acercarse más. Norberto se rió.
-Ay, doctor. Se pasa la vida entre sangre
y cadáveres, y tiene miedo de unas simples abejas.
Ruiz no contestó, se sentía en situación
de inferioridad. Recordaba los veranos en casa de su tía. Los domingos por la
tarde escuchaba el zumbido de los enjambres invadiendo el jardín, y él se veía
obligado a permanecer encerrado en casa.
-¿Tiene miedo de los insectos, doctor?
Bernardo Ruiz recordó lo que había visto
en el quirófano. Si hubiese tenido pánico, habría muerto de un infarto. Pero no
era eso, sino un temor que iba creciendo como bajo tierra. Abultando la
superficie de su conciencia.
Entonces pasaron frente a ellos dos viejos
con el torso desnudo, los pantalones desabrochados y descalzos. Venían de las
letrinas, y se veían excesivamente delgados. Pero no podían dejar de notarse
los vientres abultados, iguales al que Vicente Larriere había tenido. Por
primera vez en varios días, Ruiz se puso a pensar como médico. Una enfermedad
estaba afectando a los habitantes de ese lugar. No eran pólipos lo que había
sufrido Vicente, sino parásitos. Algo en el agua o la alimentación los
diseminaba. Pero si lo pensaba mejor, lo que había salido del abdomen de
Vicente no podía clasificarse de ese modo. Y quizá, también, no había hecho más
que soñar.
-¿Esos son los hombres enfermos de los que
habló el capataz?
-Sí, doctor.
-Podría analizar su sangre y secreciones,
si me lo permite.
-Para qué, doctor. Ellos ya no tienen
salvación, ya lo saben y por eso no se quejan, como lo hizo mi hermano.
-No entiendo.
-Mire a su alrededor, doctor Ruiz. Mire la
belleza de las flores, mire los campos cultivados con trigo y girasoles. Mire
el maíz, doctor. La vida crece en ellos, pero debajo quedan los restos muertos.
Lo que se seca cae y pasa a formar parte de lo que las raíces toman para
alimentarse. Todos vamos a morir, doctor. Estamos sumidos en la muerte desde el
nacimiento, y ellos, los seres pequeños, crecen dentro, y somos sus servidores.
Pero de algún modo la belleza de las flores y la música del viento sobre los
campos nos compensan.
-No hay árboles, ni pájaros. Esto no es
normal.
-Sí lo es, depende de qué parte de la
naturaleza quiera hacer prevalecer. Lo llevaré a ver a nuestras ovejas.
Volvieron a Jeep y recorrieron diez
kilómetros hacia el sur. Llegaron a unos campos donde pastaban ovejas blancas.
Bajaron y caminaron hasta las cercas. Larriere saltó y arrastró a una de ellas,
sujetándola de la lana del lomo. Los perros que las cuidaban ladraron, saltando
y moviendo la cola alrededor de su dueño.
-Toque, doctor.
Ruiz acarició al animal. Le pareció sucio,
áspero y desagradable. Cuando retiró la mano, estaba llena de pulgas. Se
sacudió y se restregó las manos en la ropa, pero no sabía cómo sacárselas de
encima. Mientras Larriere no dejaba de reírse de él, intentaba aconsejarle:
-No se desespere, doctor. En unos minutos
se irán solas. La temperatura del cuerpo humano no les conviene.
Entonces Ruiz vio a las pulgas saltar de
sus manos hasta el suelo o hasta la oveja que estaba junto a ellos. Los perros
también recibieron algunas, se rascaron desesperados por unos momentos contra
el suelo, y luego se acostumbraron.
-Dios mío, ¿y cuándo las esquilan?
-¿Esquilarlas?
Norberto Larriere seguía riendo. A no más
de dos días de la muerte de su hermano, él reía a pleno bajo el sol y en medio
del campo. Rodeado de lo que amaba, en medio de millones de criaturas que sin
ser notadas, salvo cuando lo deseaban, decidían la forma de vida y la muerte de
los hombres que allí vivían. Ellos eran dos, nada más. Incluso los perros y las
ovejas los superaban en número. Y qué decir, entonces, se dijo Ruiz, de las
bestias pequeñas que el ojo humano apenas alcanza a percibir, y que lo dominan
todo, invadiendo y carcomiendo los cuerpos. Tal vez incluso antes de la muerte.
-No las esquilamos nunca, doctor.
Y regresaron a la casa justo al mediodía.
Estaba insolado y le dolía la cabeza. No quiso almorzar y se quedó en su cuarto
con una botella de agua. Se quedó dormido con la cabeza de costado sobre la
almohada, mirando a su lado la jarra sobre la mesita de luz, intentando
vislumbrar los seres que habitaban el agua. Seres que no tienen cara. Porque
aunque los insectos tienen una parte del cuerpo que podría llamarse anterior, y
a veces, no siempre, llevan allí los órganos de los sentidos, no puede
denominarse cara, y mucho menos rostro.
Y el agua puede convertirse en viento. El
doctor Bernardo Ruiz sabía que los elementos del agua cambian su estado líquido
por uno gaseoso, siendo arrastrados, envueltos y sometidos a merced del viento,
que es otro elemento más de la naturaleza, otra fuerza que utiliza para dominar
el mundo. Entonces el viento que ahora escuchaba podría haber nacido del agua
quieta de su jarra de vidrio transparente. Un viento que se parecía mucho a la
música de Debussy, sus arpegios, sus armonías, los sutiles toques del teclado
en las notas bajas y agudas imitando el sonido etéreo del viento sobre un
templo abandonado en un noche de luna, o aquel que sopla como una brisa suave
entre los maizales.
Un piano. Pero no recordaba haber visto
anoche ni esta mañana ningún piano en la sala. Se levantó y se lavó la cara.
Tenía hambre. No había almorzado, y por suerte ya le había pasado la náusea que
había sentido al volver del campo. Bajó a la sala, no había nadie. El piano
seguía sonando un poco más fuerte. Siguió el camino del sonido, como una rata
hubiese seguido la música del flautista de Hamelin. Atravesó el comedor, entró
a un pasillo, pasó delante de dos puertas abiertas que llevaban a una biblioteca
y una sala de juegos. En el fondo había una luz que salí por debajo de una
puerta. La música sonaba más fuerte. Llegó y golpeó con los nudillos. La música
se detuvo.
-Pase-dijo la voz de Natalia Larriere.
Bernardo entró y la vio sentada en la
butaca frente al piano. Llevaba el cabello negro recogido en una cola de
caballo y un mechón cayéndole sobre la frente. Con una de sus manos, que eran
muy blancas y pálidas, de dedos largos y delicados, ella se apartó el pelo de
la frente y sonrió.
-Me dijeron que no comió nada. ¿Se siente
mejor?
-Sí, gracias.
-Entonces acompáñeme a la cocina y le
preparo algo.
Sin darle tiempo a negarse, ella se
levantó, pasó su brazo derecho bajo el izquierdo de Ruiz y lo condujo a la
cocina. Sacó de la heladera unos restos de carne asada y preparó dos
emparedados. Sirvió una copa de vino blanco frío y puso todo en una bandeja.
-Volvamos a la sala de música-dijo,
llevando la bandeja e indicándole que lo siguiera.
Ella se sentó otra vez frente al piano,
pero no antes de haber puesto el plato sobre la mesa baja frente al sofá donde
estaba Bernardo. Mientras él comía, la escuchó tocar. Era una buena ejecutante.
Debió haber estado tocando por quince minutos, cuando se detuvo.
-Es una gran pianista.
-No exagere, doctor. Regular, diría yo.
Estudio música desde los cinco años, así que no tuve más remedio que aprender
algo. ¿Qué música le gusta?
-La que usted tocaba. También la ópera, mi
suegro es un gran aficionado.
-¿Quiere escucharme cantar algo? Las pocas
veces que tengo auditorio, trato de aprovecharlas. Acá nunca viene nadie nuevo.
-Así que también canta…
-De nuevo, regular.
Ella comenzó a cantar una melodía
acompañándose en el piano. Tenía un bella voz de contralto, profunda y tersa.
Era como el viento que había escuchado antes, húmeda como una brisa que trajese
rumores de tormenta. Cantaba en francés, y había un estribillo de cuatro versos
que se repetía. Ruiz reconoció, aunque sus nociones del francés fuesen casi
nulas, el verso que enunciaba el nombre del pueblo. Fueron casi diez minutos de
esa larga balada, que subía de tono y se aceleraba en su parte media, pero volvía
a decrecer y hacerse triste en cada estribillo. En el último, el piano se fue
apagando, como si literalmente desapareciese de la sala, llevándose no sólo la
música sino incluso el recuerdo del tiempo. Dejando únicamente una angustia y
una premonición, o primero la premonición y luego la desesperación consecuente.
Natalia se dio vuelta y preguntó si le
había gustado.
-Me pareció estremecedor.
Ella sonrió con una ingenuidad que fue
como una trampa y un par de tenazas que atraparon el corazón de Bernardo Ruiz.
-Es una antigua balada francesa. Pasó de
generación en generación, y la trajo mi abuela cuando emigró y llegó al país.
Durante más de trescientos años no tuvo música escrita, la cantaban los
trovadores en las ciudades y los campesinos en el llano. Hace casi cien años
escribieron la música, dicen que el mismo Debussy fue quien la compuso, pero
eso nunca se comprobó.
-Tiene ciertas reminiscencias del Debussy
maduro, me parece.
-Así es, y me alegra que sea usted un
hombre tan sabio, doctor.
-Para nada, Natalia.
-No sea modesto, apuesto que también
escribe poemas.
-No, no soy capaz. Pero...ya que lo
menciona, mi mujer, mi pareja, en realidad, era poeta. Y anoche estuve
recordando un poema suyo. No sé por qué ese especialmente...pero, en fin.
-Recítelo, doctor.
-No me avergüence...
-No es mi intención, y no debe sentir
vergüenza.
Entonces Ruiz comenzó a recitar el
poema de Cecilia tal como lo recordaba, y no creía apartarse mucho de las
palabras exactas. Era un poema que hablaba de las hormigas que entran en el
cuerpo de un hombre, suben por las vértebras y anidan en la base del cerebro.
Era una temática y un clima típicos de Cecilia, su obsesión por la anatomía y
la degradación de los cadáveres. Lo había escrito antes de mudarse con Ruiz,
pero a ella le gustaba recitarlo mientras estaba en la cama, revisando sus
escritos. Él, entretanto se duchaba, oía su voz, que sonaba como una fila de
hormigas en un bosque bajo la lluvia. Cecilia había pasado por la segunda
cirugía cuando comenzó a recitar ese poema más frecuentemente, intentando
corregirlo en base a cómo sonaba en voz alta. Como si esperase que alguien más,
en algún momento, lo fuese a cantar.
-Es muy hermoso, doctor. Me
gustaría conocerla.
-Murió hace tres días, Natalia.
-Lo lamento. Debió ser una mujer muy
sensible, muy perceptiva, sobre todo.
-Lo era, ¿pero por qué lo dice?
-Porque ese poema es muy similar, en
sentido por lo menos, a los versos de la balada que le canté. Es muy extensa,
pero trataré de resumirla. La canción dice que el corazón humano tiene pilares
de diferentes grados, y estos pilares forman cavidades, como grutas. En una
anidan los seres que hacen sentir al hombre amor u odio, en otra los que lo
hacen bueno o malo, y en la tercera habita el destino de cada uno. Estas
criaturas viven entre los pilares como entre los troncos de los árboles de un
bosque donde siempre es de noche. Y los pájaros nocturnos salen de caza y
atrapan a las pequeñas criaturas del corazón. Las que sobreviven, entonces, son
las que conforman la naturaleza de cada uno.
-¿Y el estribillo?
-Dice más o menos así: “Si acercas tu oído
a una piedra, escucharás una vieja melodía; es el antiguo corazón de los
malvados, más eterno que la roca del mundo”.
-Y qué quiere decir eso, no entiendo.
-Doctor, las criaturas que sobreviven son
siempre las más listas, aún más que los pájaros que intentan cazarlas, porque
entregan a las otras a los picos de esas aves. No hay forma de supervivencia
sin un rasgo de cruel astucia, ¿no está de acuerdo?
-No puedo decir que sí, Natalia. ¿Qué hay
de la piedad?
-Es para los débiles, doctor. O más bien
para los cobardes, porque la debilidad no implica necesariamente falta de
valor, en cambio los cobardes son un absoluto en sí mismos. Como mi hermano.
Era la segunda vez ese día que escuchaba
hablar despectivamente de Vicente Larriere, y ella había sido aún más lapidaria
que su hermano.
-Me gustaría pedirle un enorme favor,
doctor.
-Cómo no.
-Sería un honor para mí ponerle música al
poema de su mujer. Le prometo tenerlo listo antes de que se vaya y lo cantaré
para usted. ¿Qué me dice?
-Creo que Cecilia se sentiría muy honrada.
Ella formó una sonrisa completa, no sólo
con la boca, sino que los ojos y el leve enrojecimiento de sus mejillas
participaron para darle esa expresión de belleza intacta, apenas tocada, virgen
en cuerpo y en alma. Pero no una virginidad enferma o víctima de represiones,
sino como un campo de césped jamás pisado que esconde sonidos, agua y sangre.
Un campo cuyo mayor miedo es siempre el de ser arrasado por las agudas aspas de
las hélices del tiempo.
Durante el resto de la tarde, hasta casi
las seis, tomaron un té en el comedor y continuaron hablando del campo que Ruiz
había visitado. También hablaron del pueblo, y Natalia le habló de los vecinos
como quien cuenta anécdotas sin importancia. Luego llegaron Norberto y el
padre. Venían sucios de polvo y transpiración, y riendo.
-Así que mientras trabajamos, mi hermanita
toma el té con el doctor.
-Alguien tiene que dedicarle tiempo a
nuestro huésped.
-Me parece muy bien, hija-dijo el viejo.
Luego miró a Ruiz. -¿Tocó para usted?
-Sí, y también cantó con exquisitez. Debe
estar orgullosa de su hija, señor.
-Lo estoy, de eso no puede tener dudas. Hay
hijos e hijos, doctor, no sé si me entiende.
Ruiz creyó haber entendido perfectamente.
-Tenemos que asearnos y cambiarnos para la
festival. Nos va a acompañar, doctor.
-¿Qué festival?
-Hoy sábado a la noche tenemos un festival
en la plaza del pueblo. Hay feria, quermeses, espectáculos que le interesarán,
seguramente.
-No sé si estoy con ánimos para una fiesta,
ustedes saben que hace unos días perdí a quien fue mi pareja.
Era la primera vez que alguien insinuaba
la más leve necesidad de duelo o de tristeza después de las exequias.
-Por eso mismo, doctor, ¿me comprende? Por
eso mismo, se lo repito-dijo el viejo poniendo una mano en el hombro derecho de
Ruiz, como un padre, como si fuese más cercano a su corazón que Renato, cuyo
distanciamiento y acrimonia lo había malherido como un resabio inquebrantable
de resentimiento por lo que Ruiz le había hecho a la hija.
Entonces aceptó.
Norberto le prestó un pantalón y una
camisa nueva, además de los que ya tenía. Ropa interior y botas de cuero.
-La plaza va estar enlodada después de la
lluvia del otro día, tarda más en secarse que el resto de las tierras. Hay una
declinación en esa zona, y no es raro que se inunde cuando llueve mucho.
-¿Y no es un impedimento para el
festival?-preguntó él mientras se vestía.
-Para nada. Verá, doctor. Los festivales
se hacen después de lluvias como la que pasamos ayer. Es un renacimiento,
¿sabe?
Ruiz no entendía nada. Pero aquel ambiente
nuevo y a su vez extraño en cuanto rarezas se refiere, levantaba su ánimo y lo
hacía olvidar la vida que lo aguardaba en Buenos Aires.
A las ocho de la noche se pusieron en
camino hacia el centro del pueblo. Los cuatro subieron al jeep y recorrieron el
camino que Ruiz había hecho también de noche hacía apenas un día. La misma
disposición que llevaban en el vehículo, la mantuvieron mientras caminaban
hacia la plaza, el viejo Gustave y su hijo Norberto adelante, detrás Natalia y
Bernardo Ruiz tomados del brazo. Ambos se miraban de tanto en tanto, comentando
con escasas palabras la vida agitada de esa noche alrededor de la plaza. Ella
llevaba un vestido negro de terciopelo, ajustado a la forma de su cuerpo
delgado, cerrado casi hasta el cuello, con un collar de perlas color azabache
que brillaban más que las perlas blancas con la luz de las guirnaldas que
habían colocado sobre los postes montados específicamente para ese día.
-Está muy atractivo con esa camisa blanca
de mi hermano, doctor.
La camisa era de seda, de un tejido fino
que dejaba transparentar levemente el vello oscuro y crespo del pecho. Se había
puesto una fragancia peculiar que Norberto le había prestado con un guiño de
ojos después de afeitarse.
-Gracias, Natalia. Pienso que es usted
quien merece los halagos, no yo.
-Entonces cumpla, doctor.
Ruiz sonrió, bajando la mirada como un
adolescente. De pronto, no sabía qué decir. Ella se estrechó más a él y
continuaron juntos, sabiendo que no había necesidad de decir más. Los otros
Larriere, habían desaparecido entre el resto y ya no los veían.
Ahora, el bullicio de la plaza requería su
atención. Los negocios de alrededor estaban iluminados, por las ventanas y
puertas viejas salía una luz amarilla y fuerte interrumpida por sombras de
gente que entraba y salía. Por las calles pasaban bicicletas y mucha gente
caminando. Ruiz veía por segunda vez a algunos de los chicos que habían salido
de las construcciones abandonadas cuando llegó al pueblo. Había muchos perros,
casi tantos como personas. Eran mansos, caminaban a la par de sus dueños, a
veces se olían uno al otro al cruzarse. Casi no ladraban. El bullicio venía de
la gente, campesinos que trabajaban sus propias tierras, probablemente, pero la
mayoría debían ser empleados de los Larriere. Desde la panadería llegaba un
olor intenso a pan recién horneado, a tortas y galletas con aroma a anís. La
forrajería era un lugar de reunión, muchos se daban cita allí y luego salían
hacia la plaza. El bazar de Aranguren, en cambio, estaba cerrado, y esa cuadra
parecía no existir, porque la oscuridad era una mancha, como un sector borrado
en una pintura.
No preguntó la causa, y sabía que no
encontraría a Aranguren entre los asistentes al festival. Durante el día habían
colocado postes alrededor de la plaza, y de ellos colgaban guirnaldas con
lámparas de pocos batios de potencia. Había luna, y gracias a ella la plaza
resultaba más iluminada que por la luz artificial. Pero entre los arbustos que
proliferaban irregularmente había superficies de sombra donde se escondían los
perros asustados por el paso continuo de la gente. Hoy la plaza parecía más
grande que cuando él la había visto al llegar, tal vez la oscuridad colaboraba
a esta impresión. Las sombras, como los espejos, a veces dilatan las
distancias.
Había música también. Un sonido como de
organillo venía de todas direcciones. Ruiz, cuyo recuerdo de los circos había
quedado agradablemente prendido a su memoria, intentó buscar el origen, y
llevaba a Natalia hacia una u otra dirección.
-¿Qué busca, doctor?
-Al organillero.
Ella sonrió y señaló con el brazo un puesto
justo frente a ellos, apenas iluminado por el reflejo de la luz de la luna en
la madera del puesto. Había un viejo de barba larga, calvo, tocando el
acordeón. La melodía era desconocida, pero similar a la música monótona y
envolvente de las calesitas de una plaza de barrio suburbano.
Se acercaron. El viejo levantó la vista
hacia Bernardo. La cabeza salió de la sombra para entrar en el halo de luz de
una lámpara que se mecía con la leve brisa de esa noche. Ruiz no se había
equivocado al verlo de lejos, era calvo y de larga barba canosa. Pero el olor
de su ropa era insoportable. Ni siquiera las parrillas, junto a la plaza donde
se asaban carne y achuras, lograba hacer pasar desapercibido el olor de aquel
hombre. Entonces el viejo pidió:
-Una colaboración, por favor.
Su acento era francés, como el del viejo
Larriere. Debía tener su misma edad, tal vez más. Y cuando Bernardo estaba por
sacar una moneda del bolsillo, vio los pies del viejo. Estaban descalzos y
hundidos en el barro, donde algunos escarabajos se desplazaban con dificultad
para subirse a las piernas. Las pequeñas patas de los insectos se adherían a la
piel ulcerada del viejo y ascendían, lentamente, pero ascendían.
Ruiz dejó dos monedas en la palma del
anciano.
-Merci-lo
oyó decir.
Natalia se acercó al organillero y le dio
un beso en la mejilla.
-Adiós, tío.
Ruiz se quedó parado mirándola como si
viese a una extraña.
-Es primo de una tía que vive en Buenos
Aires.
-Y por qué...
-¿Por qué... qué?
-Nada. ¿Querés algo para tomar?
-Un vaso de vino dulce, por favor.
Fueron caminando hacia el puesto de
bebidas. Era una mesa larga muy bien puesta, con un mantel color crema,
botellas abiertas y vasos de cristal. La gente se acercaba, elegía su bebida,
el encargado servía, daba el vuelto y el cliente se retiraba complacido. Los
chicos tenían jugos de frutas, y curiosamente, café caliente.
Ruiz pidió vino dulce y le sirvieron dos
vasos. Bebieron caminando hacia uno de los puestos cercanos. Unos chicos
pasaron corriendo y casi les hicieron volcar los vasos. El vestido de Natalia se
manchó, pero casi no se veía en la tela oscura.
-No
se nota sino en el aroma. Mi padre y mi hermano van a pensar que querés
embriagarme-dijo ella, con una sonrisa tan dulce como el vino que humedecía sus
labios.
Ruiz la retuvo del brazo y no pudo evitar
el impulso besarla en los labios. Ella no se resistió, su boca incluso pareció
intentar seguir la boca de Ruiz cuando él se apartó unos centímetros. No se
dijeron nada, ni siquiera sonrieron. Volvieron la mirada adelante y se
encontraron de pronto mirando lo que los demás también observaban con atención.
Un hombre sentado tras una mesa de chapa
cubierta con una tela, bastante sucia por lo que tenía encima, varias fuentes y
recipientes pequeños sin tapa, de cuyos bordes salían gusanos, larvas blancas,
cucarachas que caminaban por los bordes de las fuentes y por el mantel,
hormigas y un par de arañas grandes como un puño. El hombre tenía las manos
ocupadas sacando de una y otra fuente el alimento que llevaba a su boca,
también demasiado ocupada en evitar que los insectos se escaparan de los labios
antes de ser molidos y muertos. No miraba a los demás, sino que estaba
concentrado en controlar todo aquel zoológico que no pretendía escapar, sino
sólo mantenerse en movimiento. Y ese hombre utilizaba su inteligencia para
mantenerlos juntos, diciendo de tanto en tanto, y con la boca llena, algo así
como “mis pequeños, no huyan, mis pequeños”.
Eso fue lo que Ruiz creyó entender, y el
vino en su vaso se movía con una leve vibración de su pulso mientras él veía,
extasiado, cómo el hombre se alimentaba de insectos no por diversión, aunque
fuese esa la intención de montar tal espectáculo, sino por necesidad. Como si
su sistema digestivo lo impeliera a satisfacer el hambre no con las bellas y
aromáticas preparaciones que halagan habitualmente al paladar humano. El hambre
de aquel sujeto tenía otra clase de satisfacción, evidentemente.
Ruiz comenzó a sentir náuseas, pero tragó
saliva y se contuvo. Sin embargo, se sentía pálido y la frente le transpiraba.
Tal fue el primer espectáculo de la feria
que ambos visitaron. Natalia, sin soltarlo del brazo, unida a él ahora también
por ese beso que constituía un lazo más fuerte que enlazar las manos, porque
involucraba complicidad. Luego vieron a unos perros correr hacia un espacio
abierto, y se dirigieron hacia el puesto que se levantaba allí. Una luz caía
directamente sobre el lugar, y a medida que se acercaban se abrieron paso entre
los que regresaban de aquel sector. Natalia saludó a unos conocidos y presentó
a Bernardo. Lo saludaron como si ya hubiesen oído hablar de él. Continuaron
hasta encontrase con el hombre delgado y oscuro que yacía acostado sobre una
frazada. Ruiz no encontraba nada especial, el hombre parecía estar durmiendo.
Tal vez se ha aburrido de esperar espectadores, estaba por decirle a Natalia.
Entonces se dio cuenta que la ropa se movía, pero no así el hombre. Se
desplazaba como si hubiese viento, pero no había, además el movimiento no
producía pliegues sino un deslizamiento continuo. El hombre abrió los ojos en
su cara oscura, y eran claros. No era ropa la que llevaba, sino una capa, tal
vez varias, de hormigas que caminaban encima suyo cubriéndole el cuerpo
completamente, salvo los ojos ahora abiertos como dos vasijas vacías. Estaba
acostado de espaldas, y poco después cambió de posición, entonces las hormigas
se desplazaron hacia los espacios que se separaban del suelo. Cada unos minutos
el hombre se movía un poco, luego se sentaba, después se paraba o daba vueltas
como si estuviese desfilando. Las hormigas se excitaban y se desplazaban con
mayor rapidez. Cuando el hombre abría la boca, ellas entraban. Ruiz pudo ver el
sinuoso movimiento de la nuez de Adán al tragar.
Ruiz se dio vuelta y se colocó una mano
sobre la boca. Natalia le frotó la espalda, consolándolo.
-Ya te vas a acostumbrar, Bernardo.
La miró y volvió la vista hacia el hombre.
Esas olas de hormigas le provocaban un vértigo semejante al de un mar
embravecido en una noche tormentosa y sin luna, donde cielo y mar se confunden,
donde pies y cabeza cambian posiciones y el vértigo es el amo del mundo.
Se vio solo por un instante, ella regresó
con un vaso de agua fresca. El bebió de un solo trago y la transpiración de su
frente comenzó a secarse.
-Ya estoy mejor.
-Entonces sigamos. Sería una lástima que
te perdieras el festival.
Natalia se sujetó otra vez al brazo de él,
empujándolo, obligándolo con una ternura que hacía parecer esas fuerzas las más
débiles estratagemas del mundo. Y sin embargo eran las más fuertes, porque si
no de qué otro modo Bernardo hubiese podido erguir la cabeza como si nada
pasara, como si esa feria fuese una feria común y corriente, como la que puede
hallarse en cualquier pueblo o barrio de una ciudad cualquiera. Pero él no
había visitado todas las ferias, así que no podía saber lo que el mundo podía ocultar
tras la apariencia de lo que se suele llamar normal.
De los ojos de Natalia, de su voz segura,
firme y hueca como un ánfora, una vasija de barro construida por manos nativas
y colocada en una vitrina de la estancia que acababan de dejar, se desbordaba
la verdad. Y la verdad es simplemente eso, carne desnuda mostrando el vello
crespo de un pubis desprovisto de maldad o perversión. La verdad del mundo es
bella como el vientre de una niña de doce años que ha tenido su primera
menstruación. Es bella y es terriblemente dura, dolorosa e insoportable.
Eso era lo que ahora veía, parados ambos
frente al siguiente puesto. Una mujer obesa, excesivamente, casi desnuda si no
fuera por el cabello largo que formaba un velo triste y desgarrado sobre sus
senos. Estaba sentada sobre una silla que apenas sujetaba el peso de su cuerpo,
pareciendo balancearse sobre un bastón. Pero no era esto lo peculiar, sino las
características de su piel, o más bien la carencia de ella. Estaba cubierta de
llagas de color rojo vinoso y morado, otras de color blanco donde algo se
movía. La mujer tenía los brazos extendidos y abiertos como si mostrase
tatuajes, pero en realidad eran sus úlceras las que intentaba mantener
desplegadas como si todas formasen parte de una sola figura, y cuyo conjunto
sólo pudiera contemplarse abriendo los brazos y extendiendo las piernas
completamente. En las llagas vivían gusanos grises, y algunos capullos se
rompían y dejaban libre a innumerables mariposas que salían volando y se
perdían en la oscuridad o morían poco después sobre la luz de las lámparas.
Era hermoso ese espectáculo, Ruiz debía
reconocerlo. Miró a Natalia, que lloraba ante tanta belleza, entonces él no
pudo dejar se sentir un enternecimiento que nunca había sentido por Cecilia.
Cecilia era fuerte y no lloraba, Cecilia necesitaba consuelo pero nunca lo
había aceptado, así como no aceptaba la lástima ni reconocía al perdón como
parte de su vocabulario. La ironía era el instrumento de los ojos y la lengua
de Cecilia, sólo en sus manos había algo de poesía.
Miraron alrededor y buscaron el siguiente
puesto. Un hombre parado con los pies juntos y las manos pegadas a los costados
del cuerpo. Al principio Ruiz no alcanzó a distinguir sus facciones. Parecía
tener la cabeza gacha mirando al suelo. Estaba vestido con un traje gris, la
camisa era oscura. Los zapatos lustrados eran lo único que brillaba. Emitía un
zumbido intenso, y Ruiz se acercó un poco más para escuchar, asomándose por
encima de los chicos que miraban. Natalia lo retenía del brazo como si de ese
modo gentil evitara que se cayera en un abismo.
Bernardo se dio cuenta que la cabeza del
hombre allí parado era un cráneo abierto con carne desgarrada y los restos de
una cara desvanecida, arrugada como una máscara de látex que se apoyaba sin
vida sobre el pecho. Del cráneo abierto sobresalía el borde superior de un
panal, y en él entraban y salían y rondaban cientos de avispas, rodeando
también el cuerpo del hombre, que de algún modo inexplicable se sostenía en
pie, porque sin duda debía estar muerto.
Frunciendo las cejas y entornando los
ojos, Bernardo intentó ver mejor el panal. Natalia le susurró que no se
acercara mucho, las avispas no eran confiables, ni aún para ellos. No preguntó
qué quería decir con eso, si jamás eran confiables para nadie, pero la
curiosidad lo dominaba. Había visto un parpadeo en la cara muerta, y el
movimiento de un dedo de la mano derecha. Quizá habían sido las avispas las que
lo provocaran tales movimientos, pero un rato después, cuando estaban irse,
escucharon la voz del hombre, diciendo:
-Gracias.
Dos chicos le estaban entregando monedas y
dos billetes de bajo valor, mientras él extendía la mano con la palma hacia
arriba. Y Ruiz vio la cara del hombre, ahora claramente, los ojos inmensamente
acongojados de quien no tiene más esperanza que una vida no más amplia ni menos
ruidosa que una habitación repleta, completa y absurdamente, de avispas.
Bernardo Ruiz bajó la mirada al suelo y se
llevó las manos a la cara. Natalia se las apartó y lo hizo mirarla a los ojos.
Eran un consuelo, un bálsamo refrescante para lo que había visto recién, y
cuando Natalia hubo curado así sus ojos lastimados, retomaron el paseo. No
habían terminado de ver ni siquiera la mitad de los puestos, y la noche del
festival recién comenzaba.
Pasaron delante de un coro de voces mixtas
que cantaba una canción de cuna en alemán. La iluminación allí era mayor y los
cantantes estaban parados en dos filas, las mujeres delante y los hombres sobre
una tarima detrás. Ruiz reconoció algunas caras que había visto en la mañana en
el campo. Las voces eran agradables y no destempladas como cabía esperarse de
un coro de aficionados.
Volvieron a pasar delante del puesto de
bebidas.
-¿Querés otro vaso de moscato?
-No, querido. Nada por ahora, gracias.
Él le agarró la mano con fuerza y
siguieron su camino por la plaza ya repleta de gente, esquivando perros,
saludando conocidos, estrechando manos que dejaban en las palmas de Ruiz una
sensación pegajosa. Llegaron al cordón de la vereda y bajaron a la calle. Algo
aislado del resto, había un puesto poco visitado, pero no por eso carente de
algunos curiosos. No había niños, sólo ancianos, varones todos, mirando como de
pasada y ajustando sus anteojos para ver mejor. Tenían el vientre abultado pero
eran extremadamente flacos. Entre ellos debían estar los dos viejos que habían
dejado el trabajo esa jornada, y otra vez Ruiz se dijo que como médico debió
haberse mostrado más interesado, haber insistido en hacer un examen físico a
los afectados. Sin embargo nadie se quejaba ni buscaba asistencia médica. La
enfermedad es parte de la salud, se había dicho él muchas veces. No una entidad
que debe ser eliminada como un insecto aplastado por un pie o muerto por un
insecticida. La salud, como la muerte, son estados de un único lapso de tiempo
continuo.
Un hombre es irrepetible, un hombre muere
y se pierde para siempre. Los insectos mueren y nacen a millones. Son eternos
por eso, son inmortales porque el número y la cifra está de su parte. Dicen que
Dios es un verbo, y es también una cifra. Existe porque un número lo determina.
No el número uno, tampoco el cero como muchos dicen, sino siempre más que el
número dos. Dos es poco, tres ya es un todo. Y en el todo, el absoluto, yace la
razón de la existencia de Dios.
Porque un hombre que muere es un único
irrepetible, somos los que sobrevivimos quienes lo envolvemos en una mortaja,
para que la tierra no lo golpee tan brutalmente, no lo lastime tan prontamente
como los dientes de un perro loco. Así, entonces, como los hacemos nosotros, lo
hacen las arañas, de quienes hemos aprendido a construir mortajas porque ellas
saben tejer el material exacto para el descanso de la carne.
Allí, delante de todos los que se atrevían
a mirar, sobre la tierra apisonada de la calle justo frente al bazar, estaba el
cuerpo de un hombre sacudiéndose la mortaja prematura que cien, quizá mil
arañas estaban tejiendo para envolverlo, desplazándose por su cuerpo como
viejas y sabias tejedoras de una fábrica cerrada hace ya mucho tiempo y que se
han quedado para siempre porque nada las espera en casa. Sólo sus manos, sus
patas, les siguen siendo fieles, sólo la idea de cumplir su ancestral trabajo
las consuela de la soledad y el vacío de sus vientres incapaces ya de
engendrar.
-Papá-dijo Natalia.
Ruiz reconoció a Larriere en uno de los
ancianos que les daba la espalda.
Cuando se dio vuelta, ellos vieron que
tenía los ojos enrojecidos y le caían gotas de la nariz. Su hija se le acercó
para limpiarlo.
-Gracias-dijo, y miró a Bernardo con una
triste sonrisa-. Sepa disculpar estas chocheras de viejo, doctor.
Bernardo le palmeó la espalda con
confianza, el otro agradeció aquella muestra de afecto.
Los tres volvieron a la plaza. Ahora había
muchas personas arrimadas al centro, y muchas más iban en la misma dirección,
comentando entre ellas. Los chicos corrían adelantándose a sus padres,
acompañados por los perros. Norberto se reunió con su familia, venía del puesto
de la mujer obesa, y comentaba que había conversado con ella unas palabras.
Alguien se subió al entarimado que ocupaba
el centro de la plaza, junto al mástil, que era utilizado para colgar lámparas
e luminar el escenario improvisado. Había llegado la hora del espectáculo
mayor, pensaba Ruiz. Tal vez un discurso de apertura y luego la presentación de
algún conjunto de música. No fue nada de eso, sin embargo. El hombre se limitó
a dar la bienvenida a todos. Era bajo de estatura, delgado y de hombros anchos.
Vestía un saco de color verde sobre una camisa sin cuello. Sus pantalones eran
ajustados y calzaba botas. Parecía un maestro de ceremonia levemente afeminado,
porque su cara brillaba con un polvo acumulado en las mejillas y alrededor de
los ojos. Se movía como un artista de variedades, como un mimo, haciendo el
gesto de sacase una galera que no tenía.
-Damas y caballeros-dijo, cuando el coro
dejó de cantar una melodía sin palabras, sólo un coro mudo de voces guturales
como pájaros estrangulados-. La principal voz de nuestro pueblo, hoy nos
cantará una canción nueva.
Extendió su brazo hacia donde los Larriere
se habían parado a observar. Todos aplaudieron. Eran a Natalia a quien
buscaban. Ella pronto se separó de él sin antes olvidar darle un pequeño
pellizco en el brazo, haciéndolo cómplice de la alegría que sentía, luego,
mientras el maestro de ceremonias la ayudaba a subir al escenario, ella se dio
vuelta un instante para mirarlo y le guiñó el ojo izquierdo.
Se quedó parada en medio del escenario,
se alisó la falda del vestido y apartó el cabello de su frente. Se veía
realmente simple y hermosa, se dijo Ruiz. Pero fue al cantar cuando el
verdadero significado de la palabra hermosura abarcaba todo lo que Natalia
representaba. Porque su voz no era un complemento a su belleza, sino lo
esencial. Su voz de contralto parecía formarse y madurar con cada segundo que
duraba y cada nota que pronunciaba. Y no salía sólo de su boca, sino de la
oscuridad que envolvía la plaza, del espacio sin árboles y las calles con olor
a tierra húmeda, venía de aquel cementerio cercano semejante a un mar de
arbustos.
Ella cantaba el poema de Cecilia, y Ruiz
se preguntó cómo había podido ponerle música tan pronto, con tan poco tiempo
entre esa misma tarde y esa noche que ahora transcurría. Ningún instrumento la
acompañaba, era un canto a capella,
pero nunca había escuchado Ruiz una voz tal que no necesitara nada más su
propia compañía, porque ella era el viento que soplaba en su garganta, el eco y
el hueco de la boca, caja de resonancia más fiel y más grande que cualquier
gruta enterrada a cientos de metros e inexplorada por hombre alguno.
El poema de Cecilia adquirió entonces un
significado que no había visto antes, que él no había entendido y que quizá
Cecilia había estado buscando cuando lo recitaba una y otra vez en su cama, con
un lápiz en la mano, revisándolo, corrigiéndolo, buscando en los versos el
secreto de las palabras, y en las palabras el simbolismo de las letras. Y más
allá aún, la música que no sabía crear porque le estaba vedada, y que ahora
surgía por medio de otra mujer cuyo talento difería del suyo, pero igualmente
revelador. Una y otra, y tal vez una tercera, la mujer que había enseñado a
Cecilia a contemplar la belleza de los insectos y la armonía subyacente en los
contornos de un hueso.
La canción duró varios minutos. Las
lámparas colgando del mástil se mecían con el viento suave que se había
levantado hacía poco, e iluminaban con
movimientos y juegos la figura de Natalia, proyectando el sonido, moldeándolo a
la forma de las manos del viento, hasta dispersarlo a todo lo ancho de la
plaza. Ruiz sintió que todos los presentes se conmovieron al escuchar, incluso
los fenómenos y las criaturas extrañas que no se habían movido de sus puestos
tenían la mirada o el oído atento hacia quien cantaba. Los chicos estaban
quietos junto a sus padres, las cabezas en alto, la mirada curiosa sobre la
mujer del escenario, los perros se habían sentado y un par de ellos aullaba con
un tenue quejido más triste que el canto de un lobo extraviado.
Entonces Natalia miró hacia esos dos
perros a diez metros de distancia. Su voz se detuvo, muriendo suavemente con la
última palabra del poema. Y esa última palabra era un nombre, un distintivo
aplicado a un hueso del cuerpo humano que hacía referencia a un dios mitológico
que era capaz de sujetar el peso completo del mundo en sus espaldas.
La base de un cráneo. El sostén del mundo.
Como si todo aquel peso pudiese ser
soportado incluso por el agua como una esfera, un globo lleno de sonidos y de
música, de voces que transcurren por las autopistas del viento.
Un dios que fuese capaz de descansar por
instantes y depositara su carga sobre un débil soporte más etéreo que el aire.
Como un irresponsable que se distrae y descansa, y dispuesto a recoger otra vez
la carga, ve que ésta ha desaparecido, arrastrada por las manos del viento con
voces lóbregas y aullidos funestos.
La fuerza necesaria para mantener en
equilibrio al mundo en un punto estático, es la misma que si permanece en
movimiento continuo. Ruiz sabía esto, algo de física y su lógica se lo habían
enseñado. Los misterios del mundo, la lucha entre el bien y el mal, las grietas
que se hunden en la cotidianeidad y desprenden los despreciables vahos de la
podredumbre y la muerte corporal, muchas veces responden a los mismos
principios de la precaria ciencia inventada por el hombre.
El cerebro inventa su propia muerte, la
explicación de la vida y la misma vida nacen simultáneamente. La muerte está en
el cerebro humano. Su propio dios creador y su destructor.
Quienes se asoman a las grietas abiertas
en las plazas de esos pueblos como el que Ruiz ahora visitaba, ven las
caravanas y las carretas de los que recogen cadáveres de casa en casa para
llevarlos a sitios donde se amontonan como montañas, que luego arderán hasta
convertirse en cenizas perdidas, arrastradas e inutilizadas por el viento.
Natalia bajó del escenario, y Ruiz ni
siquiera se daba cuenta de que él mismo era quien se había acercado y le
extendía una mano para ayudarla. Nadie aplaudió, porque el silencio era más
satisfactorio en ese caso.
El viejo Larriere abrazó a su hija.
-¿Cómo pudiste encontrar esa canción,
hija? La creía perdida...-dijo él.
-Es un poema de quien fue mujer del
doctor, papá…
El viejo miró a Ruiz con asombro, con
admiración.
-Dígame, doctor. ¿Cuál era el apellido de
su mujer?
-Taboada.
-¿Y el de la madre?
Ruiz hizo memoria por unos segundos.
-Gonçalvez.
El viejo pareció reconocer el apellido y
pasó un brazo encima de los hombros de Ruiz.
-Doctor, no se imagina cuán acertado
estuve cuando le dije que me gustaría tenerlo en la familia. Hay gente que sabe
más que los demás, ¿comprende? Personas que intuyen lo que hay en un hueco sin
luz, y aún lo que se esconde y se palpa sobre el asfalto a pleno mediodía de un
verano cualquiera. Las mujeres son especialmente susceptibles a eso. Su mujer,
que en paz descanse, lo intuyó al componer ese poema. E imagino que otras más
de su familia también fueron capaces de ver, por ejemplo, el miedo o el espanto
que avanza como un enjambre de avispas.
Ruiz imaginó a Cecilia y a su prima Leticia
en una playa, de pequeñas, mirando, acostadas en la arena, cómo una araña
devoraba a una langosta.
Regresaron a casa en silencio, escuchando
la música de las cigarras, rodeados por las luciérnagas que huían de los
enjambres de mosquitos nocturnos que brotaban de la maleza junto al camino. Los
varones Larriere se fueron cada uno a sus habitaciones y dejaron solos a Ruiz y
Natalia en el living de la estancia, frente al hogar que crepitaba y atraía
mosquitos en vez de espantarlos.
Ambos tenían la vista en el fuego,
silenciosos y pensando quizá en lo mismo. Buscaban algo para decir que
significase un paso irreversible, algo del cual no pudiesen volver atrás. Por
eso optaron por continuar en silencio y acariciar uno la mano del otro sobre el
respaldo del sofá, luego las manos tocaron las del otro, después el cuerpo,
hasta llegar a los hombros y acercar las cabezas mutuamente hasta que sus
labios se encontraron.
Se besaron muchos tiempo, respirando sólo
lo necesario para continuar en ese estado, liviano como el humo desprendido del
fuego junto a ellos, protegidos por el cielo raso cuyas vigas no veían, pero
entre las cuales se habían formado nuevas telarañas durante el día. Y en el
momento en que ellos se abandonaban al sentimiento del cuerpo entregado al otro
cuerpo, mientras los labios de ella besaban las orejas de él, y él besaba el
cuello y el nacimiento de los senos de ella, las arañas consumían su ración
diaria de moscas atrapadas en las telas.
Bernardo y Natalia se levantaron del sofá
y caminaron tomados de la mano hacia el pasillo que llevaba a los dormitorios.
Sus labios casi no se desprendían y caminaron por la sala prácticamente a
ciegas. Llegaron a la puerta del cuarto de ella. Él hizo un muy pequeño gesto
de apartarse, como una concesión a las buenas costumbres. Al fin de cuentas, se
decía, él era un intruso en una casa de buena familia. Pero ella lo retuvo de
la mano, entraron juntos a la habitación y cerraron la puerta.
Ella se asentó en la cama sobre la colcha
de lana de oveja. Él se sentó a su lado y comenzó a desprenderle el cierre del
vestido, besando al mismo tiempo los centímetros de piel que iba descubriendo.
Natalia se bajó el vestido hasta la cintura. Luego él desprendió el broche del
corpiño y ella se dejó caer sobre la cama.
Bernardo se arrodilló entonces frente a
ella y comenzó a besarle los senos como si fuese un dios al que rezara. Ella se
acostó, él le quitó el resto de la ropa. Se quitó la camisa y los pantalones, y
ya no fue necesario ninguna luz ni ningún sonido para saber que lo que estaban
haciendo había sido decidido tal vez muchos tiempo antes, quizá siglos antes,
por una antigua tradición que no sólo incluía tristes deberes sino también
sucesos como el que ahora estaba sucediendo: el éxtasis y el placer, efímeros y
fugaces, pero no menos imprescindibles para después cumplir con los otros con
la mente lúcida y la sangre a una temperatura acorde con los cadáveres que se
recogen de casa en casa, de pueblo en pueblo.
Natalia tenía el corazón repiqueteando
con un tamborileo parecido al de un niño tambor tocando en plena batalla. Era
dulce y excitante al mismo tiempo. El cuerpo de Ruiz, en cambio, era una suma
de cuerpos de muchos hombres cayendo con todo su peso luego de ser derribados
por cañones y balas sobre los duros antebrazos de la tierra. Eso era ella,
tierra donde él caía, y la tierra se moldeaba a su forma, lo envolvía.
Ella ahora tenía las piernas atrapando las
piernas de él. Ruiz las sentía subir y bajar hasta apretarse y cerrarse sobre
sus glúteos. Un brazo de Natalia apretaba la cabeza de Bernardo contra su
cuello, el otro brazo empujaba su cuerpo contra el suyo. Ella lo había atrapado
y no lo dejaría ir. Pero él no tenía deseos de huir de esa cama. Ella era como
una mantis religiosa, cuya triangular cara verde en cualquier momento devoraría
la cabeza del macho.
Él lo sabía, y sin embargo tenía que
terminar lo que había empezado. Hay cosas que no pueden detenerse, flujos que,
como oraciones, no deben quedar truncos si no se quiere caer en la blasfemia o
en un sincope cardíaco. Momentos como esos son los contados instantes donde el
cuerpo y la llamada alma son una sola cosa, más consistente que el aire, más
sustancial que cualquiera de los elementos que conforman el mundo, algo
indivisible, aunque por sí sola fuese tan inútil como una piedra.
Cuando él sintió que ya todo se acababa,
gritó sintiendo un hormigueo recorriéndole la espina dorsal. Comenzó en la base
de la espalda, allí donde ella había apoyado sus pies, luego subió hasta la
cuello y la cabeza. Ruiz se acostó a un lado, agitado y con un zumbido extraño
en los oídos.
Natalia apoyó la cabeza sobre su abdomen,
acariciándolo, jugando con el vello de su pecho mientras decía algo, pero no
logró entenderla. Ella cantaba, tal vez, por eso no se dio cuenta de los
calambres que él sufría en los músculos del abdomen. La boca de Natalia seguía
habitada por el canto, poblada de vidas que ella creaba con esa balada cuyos
acentos extranjeros resultaban melancólicos.
Entonces Bernardo vio en el cielo raso de
la habitación, las telarañas pendiendo de viga en viga, y las pequeñas figuras
de las arañas desplazándose en muchas direcciones como sobre carreteras que
conducían a los sitios del alimento, la reproducción y la muerte.
Ruiz se quedó dormido mientras su corazón
disminuía sus latidos hasta el límite exacto de lo normal. Y en esa frontera se
trasladó al ámbito del sueño, a esa casa de campo donde él continuaba armando
un cuerpo con el material indicado por un programa de televisión. Pero ya no
había ningún televisor, y el cuerpo estaba casi construido, a excepción de la
cabeza.
A eso se dedicaba ahora. Sentado frente a
la mesa del comedor, moldeaba con sus manos sucias de arcilla, barro y
pegamento, la forma de una cara sobre el hueso todavía desnudo. A medida que
ponía capa sobre capa de arcilla y luego pegaba briznas de pasto mezcladas con agua
y pedruscos, la piel iba tomando un color amarronado. Pero era sólo parte del
cuero cabelludo, la cara en sí misma todavía era un esbozo apenas descifrable.
No sabía cuánto tiempo llevaba trabajando sin dormir, y sintió que debía bajar
los brazos por un momento y descansar.
-¿Qué creés que estás haciendo?-dijo
alguien.
Ruiz miró a todos lados, pero estaba solo.
-¿A dónde mirás, soy yo la que te habla?
Entonces vio que los labios de la figura,
formados solamente por dos cilindros, se movían. Era la cabeza la que hablaba.
El resto del cuerpo seguía parado en un rincón. La cabeza se dirigía a Ruiz con
voz de mujer, amable pero firme, levemente despectiva o enojada.
-¿Cuál es tu nombre?-preguntó ella.
Él, de pronto, dudó. No sabía quién le
hablaba, así que también había perdido la noción exacta, quizá, de quién era
él. Luego de pensarlo un rato, contestó:
-Hamlet. ¿No ves acaso cómo te he sujetado
entre mis manos, preguntándome sobre la vida y la muerte?
-Bien, entonces, querido Hamlet, te darás
cuenta que estos labios son molestos y demasiado carnosos. Creo que deberías
diminuir su grosor.
-Tal vez tengas razón.
Se dedicó a aplastar un poco los cilindros
de caucho que los formaban.
-¿Están mejor así?
-Sí, mucho mejor, querido Hamlet.
-Creo que se equivoca, me llamo Victor
Frankenstein.
Ella frunció la piel de la frente, y el
barro reseco se quebró y cayó en la mesa.
-Es tu culpa, me habías dicho otro nombre
hace un rato.
-Yo lo arreglaré, no te preocupes.
Preparó una nueva mezcla. Ella observaba
los dedos que trabajaban sobre su frente.
-¿Vas a tardar mucho? Creo que voy a
transpirar y otra vez se me caerá el maquillaje.
-La humedad es buena para la mezcla.
-Si lo decís vos, Victor...
El retiró las manos, casi enojado.
-¿Por qué insistís en llamarme de otra
manera? Mi nombre es Yepetto.
-Bueno, esta vez es un poco más simpático.
Quiero un espejo, por favor.
Él trajo un espejo ovalado. Lo puso frente
a la cabeza. No sabía qué podía estar pensando esa cabeza viéndose a sí misma
con la cara a medio construir, pero no pareció desagradarle.
-Vamos bien, Yepetto.
Él arrojó el espejo sobre la mesa y se
cruzó de brazos mirándola fijamente.
-¿Qué pasa ahora?
-Pasa que me llamo Michelangelo.
La cara se deformó con una sonrisa irónica,
y lucía tan horriblemente absurda como el motivo por el que reía.
-Bueno, bueno...hemos avanzado en
pretensiones. Cada vez te exigiré más, entonces.
-Lo que desees, y mejor aún. Soy tu
creador.
Ella puso una expresión de duda.
-¿Estás tan seguro, Miguel Ángel?
Él levantó la silla y amenazó con arrojarla
sobre la cabeza.
-¡Un error más y no me contengo! Me estás
provocando llamándome siempre por nombres diferentes.
Ella, resignada, preguntó cuál era su
verdadero nombre.
-Leonardo.
Entonces ella asintió, porque comenzaba a
tener miedo de la cordura de su creador. Lo vio acercarse y ponerle las manos
encima, moldeando otra vez la arcilla con mayor brusquedad que antes. Decidió
mantenerse callada, a pesar del olor horrible que él tenía en la ropa, sudada y
sucia de tierra. Debía haber estado enterrando gente poco tiempo antes. Ella no
recordaba haber tenido una vida, pero a medida que su cara se iba formando, y
especialmente al mirarse al espejo, encontró semejanza con alguien que conocía,
sin saber de cuándo o dónde.
Luego, él se detuvo. Sus manos se quedaron
quietas y miró hacia la puerta. Ésta se había abierto y una brisa fresca
entraba desde el anochecer inminente. Ella también escuchó la música, pero
creía que era el viento, porque sus oídos aún eran rudimentarios.
-¿Qué es eso, Leonardo?
Él la miró con una expresión de intenso
desprecio.
-Me llamo Giuseppe Verdi. Y ese es el coro
de mi Nabucco.
Diciendo esto, salió. La puerta quedó
abierta, así que ella pudo ver el campo por el que ahora él caminaba, tranquilo
y seguro de adónde se dirigía. Al fondo había un árbol, grande, y las ramas se
movían, y alrededor el césped no era verde sino negro.
El camino que él recorría era un campo
sembrado de escarabajos, y el cielo había sido invadido por langostas. El cielo
se movía de costado, tenía profundidad y cimas como un mar verde. El suelo
parecía haber ascendido y el cielo nocturno bajado. Pero él caminaba firme,
seguro hacia el árbol cuyas ramas se extendían como brazos con manos y dedos
ofreciendo arañas, como un dios que reparte alimento a sus súbditos.
Iba
en su busca, hacia esas manos y ese techo de telarañas que lo protegerían. Y el
mundo se balanceaba al ritmo de un coro sobre un mar levemente agitado. En
medio de una noche que empezaba, en ese espacio donde el tiempo es sólo una
idea rota colgando en hilachas de ramas filosas que lo desgarran mientras
corre, huyendo, aunque jamás sepa de qué puede escapar él, el tiempo, dueño y
señor de todo, excepto de aquellos pasos que ha dejado atrás y lo persiguen,
siempre.
5
En la
mañana, a Ruiz lo despertaron unos gritos que venían de la habitación de al
lado. Los postigos estaban abiertos y era ya de día, quizá las nueve o diez de
la mañana. Miró el reloj de la mesa de luz, recién eran las siete. Era raro que
Natalia se hubiese levantado tan temprano. Los gritos, que ahora se daba cuenta
eran gemidos de dolor, tenían la voz del viejo Larriere. Se levantó, pero no
tenía para vestirse más que la ropa de anoche. Entonces vio, sobre la colcha a
los pies de la cama, una bata de hombre. Seguramente de Norberto, y ella se la
había dejado ahí para cuando despertara. Se puso la bata y abrió la puerta del
cuarto. El pasillo estaba vacío, y los gritos se escuchaban más fuertes. Sin
duda venían de la habitación del viejo. Salió y tropezó con Norberto que
llevaba una taza humeante con un líquido de fuerte olor.
-Buen día, Ruiz-dijo simplemente, y entró
en el cuarto de su padre cerrando la puerta.
Bernardo fue hasta la cocina y encontró a
Natalia sentada a la mesa, desayunando.
-¿Qué le pasa a tu padre?
-Lo que esperábamos desde hace un tiempo,
mi amor. Es el proceso.
-¿Qué proceso?
-El desprendimiento, querido. Ya lo viste
con Vicente en el quirófano.
Ello tomó de una mano y lo hizo sentarse a
su lado. La mañana del domingo era soleada, una intensa luz penetraba por el
ventanal que daba al jardín.
-Sentáte y dejáme que te explique. Ellos
están por salir, ¿sabés?
-¿Ellos?
Natalia hizo un gesto de fastidio, los
gritos de su padre la alteraban, aunque pretendía mostrarse despreocupada.
-Bernardo, no digas que no entendés
después de todo lo que viste en la feria. Ellos, querido, salen cuando vamos a
morir. Están en la sangre de nuestras madres, crecemos con ellos, los
alimentamos. Luego, cuando nos llega la hora, salen porque ya no les servimos.
Y para salir deben romper las vísceras y la piel.
Mientras hablaba, miró a Ruiz como si
tuviese enfrente a un niño ingenuo y asustado. Parecía una maestra, una madre
paciente que hablaba tranquila pero con tristeza.
-Es doloroso, lo sé. Todos nosotros
tenemos miedo, es inevitable. ¿Quién no tiene miedo de morir con dolor?
Apretó la mano de Ruiz cuando uno de los
gritos se hizo más estridente, más agudo que los anteriores, casi un llamado
agobiante de desesperación y piedad. Entonces él no pudo evitar el reflejo de
protegerla y consolarla, la abrazó y sintió cómo la cabeza de Natalia
descansaba en su pecho, respirando agitadamente, pero a salvo de todo lo que
estaba sucediendo en la otra habitación.
Norberto regresó con la taza vacía, la
dejó sobre la mesada y se sentó frente a ellos.
-No se preocupe por él, Ruiz, papá sabía
que esto llegaría. Se estaba preparando para soportar el dolor.
-Pero está sufriendo...
-Ya lo sé, y es lo que debe hacer. Gritar
y sufrir. ¿Acaso no nacemos de la misma forma? ¿Quién dice que la muerte debe
ser apacible, silenciosa y medicada? Ellos lo saben, esa es su función, aunque
no sean concientes de eso.
-Es el proceso, querido-agregó Natalia sin
separarse de él, y la voz repercutió en
su cuerpo como si recorriese los espacios vacíos de sus pulmones. Se preguntó
si realmente estaban vacíos.
-¿Le sirvió la tizana?-preguntó ella a su
hermano.
Él asintió. Se quedaron en silencio,
tomando unos mates para calmar los nervios y dejar que el tiempo pasara. Los
tres estaban todavía con ropa de cama. Él con la bata de Norberto, ella con un
camisón blanco y una bata de seda, su hermano con un pijama a rayas.
-¿Por qué Vicente fue a verme, entonces?
Cómo pudo arriesgarse a que todos supieran lo de ustedes...
-Vicente era un cobarde-dijo Norberto-.
Desde chico tenía miedo. No soportaba el dolor, y después de ver cómo nuestros
abuelos y tías morían, él decidió que lo haría con anestesia. Por eso tuvimos
que acompañarlo al hospital, al fin de cuentas era nuestro hermano.
Ruiz recordó las primeras consultas, el
amable optimismo que había tratado de infundirle para que no se preocupara por
aquellos supuestos quistes intestinales. Acostumbraba a ir solo, mirando atrás
antes de entrar al consultorio, como si tuviese miedo de que lo siguieran o
alguien lo viese hacer lo que no debía.
-La gente del hospital ya lo sabe, Ruiz.
Por lo menos los que estuvieron en el quirófano con vos. Son de los nuestros.
-¿Pero cuántos son, entonces?
Ellos sonrieron, pero los gritos
interrumpían todo gesto que no fuese solemne.
-Imposible que nosotros lo sepamos,
querido-contestó ella, acariciándole una mejilla-. Miles, millones, tal vez.
Miró a su hermano buscando aprobación.
Norberto asintió.
Las agujas del reloj en la pared de la
cocina avanzaron lentamente, marcando primero las ocho, luego las nueve y las
diez de la mañana. Casi al mediodía, los tres ya estaban vestidos y daban
vueltas por la casa sin saber qué hacer para distraerse de los gritos del
viejo. Cada vez que alguno de los hermanos entraba al cuarto con la tizana, los
gritos disminuían por un rato, pero luego volvían a acrecentarse, a veces más
fuertes.
Los tres se sentaron en la sala. Norberto
en un sillón individual, Natalia y Bernardo agarrados de la mano en un sofá
grande.
-¿Cuánto más va a durar?-preguntó Ruiz.
-No hay reglas para esto. Debe entender,
Ruiz. Es un proceso natural, usted como médico debe comprenderlo. ¿Cuánto dura
un parto desde que comienzan las contracciones? ¿Acaso hay un tiempo fijado?
Esto es lo mismo. Ellos nacen cuando nosotros morimos, ¿pero ellos nacen porque
nosotros morimos, o nosotros morimos porque ellos nacen?
-¿No lo saben? ¿Son de su raza y no lo
saben?
-Acaso usted, doctor, que ha leído sobre el
cuerpo humano y sobre los hombres en general, ¿sabe la razón de la vida, el por
qué hemos nacido para irnos no mucho después? Además, está equivocado si piensa
en nosotros como de otra raza. Somos humanos, por eso ellos nos pueblan. Somos
un hábitat más, un ambiente para cumplir con el proceso de sus vidas.
Miraron la puerta de la habitación del
viejo, hubo un golpe. Natalia se levantó del sofá.
-¡No vayas!-la previno su hermano-. ¿Por
qué no va usted, Ruiz? Llévele la tizana y véalo, hable con él si puede.
Pero no hubo tiempo para responder. Un
estruendo de objetos caídos vino del interior del cuarto y un grito profundo y
largo desgarró la estabilidad del aire dentro de la casa, partió la luz del
mediodía en dos fragmentos irreconocibles. Un antes y un después del lapso de
tiempo cortado con un cuchillo de sonido se estableció para siempre en medio
del pasillo, y por allí ellos deberían seguir pasando durante toda la tarde y
la noche, hasta que finalmente los gritos se acallaran y el espacio sin tiempo
frente a la puerta fuese recorrido por aquello que habitan en las entrañas.
Los dos hermanos corrieron a la puerta,
pero Norberto llegó y entró antes que ella. Natalia golpeó la puerta y dijo:
-¿Está bien? ¿Qué le pasó?
Pero no le respondieron. Ruiz intentó
apartarla del pasillo. Ella no se resistió, mientras lloraba otra vez con la
cabeza apoyada sobre el pecho de Bernardo. Era la primera vez que la veía tan
insegura y asustada, no parecía la misma mujer que la noche anterior cantaba de
manera tan segura y orgullosa, y que lo había sostenido mientras recorrían los
puestos de fenómenos en la feria.
Norberto salió.
-No pasó nada, quiso levantarse y se cayó
de la cama. Pero por lo menos el susto sirvió de algo, ahora está durmiendo.
Norberto suspiró profundo. Se veía agotado,
pero no quería dejar de atender a su padre.
-¿Por qué no salen? Vayan a almorzar al
pueblo-dijo, y mirando a Ruiz, agregó: -Llevála, distráela un poco, por favor.
Bernardo estuvo de acuerdo. Natalia iba a
hacer lo que le dijera su hermano, pero antes le dio un beso en la mejilla y
fue hacia su cuarto a cambiarse.
Norberto apoyó las manos en los hombros de
Ruiz. Se puso a lagrimear.
-Gracias que estás vos para ayudarnos. Vas
a ser mi hermano desde ahora. A veces siento que solo no puedo, yo también
tengo miedo, pero otro hombre joven en la familia es una gran ayuda para
resistir.
Abrazó a Ruiz, y éste se sintió aturdido.
Cuando estuvo dispuesto a abrazarlo él también, Norberto ya se había separado y
le decía que se tomaran toda la tarde libre. Él cuidaría del viejo hasta que
regresaran. No había que preocuparse porque muriera mientras estaban ausentes,
el proceso, aseguró, iba para largo.
Entonces Ruiz y Natalia subieron al jeep y
tomaron el camino al pueblo. En la plaza, estaban levantando los entarimados y
varias mujeres barrían las veredas. Había restos de papeles, vasos de plástico,
botellas rotas. Unos perros mordisqueaban algunos huesos pelados del asado.
Caminaron por la plaza cambiando saludos con algunos vecinos. Enfrente estaba
Aranguren, sentado en el mismo lugar y posición donde lo había visto el
viernes. Ruiz lo saludó y cruzaron la calle.
-¿Cómo está, doctor?
-Bien, gracias.
Aranguren no miró a Natalia, ni ella le
dirigió la palabra.
-Voy a la panadería, querido, te espero
ahí-dijo ella.
Ruiz asintió, y mientras la miraba
alejarse, Aranguren le dijo:
-Ya ve que no nos llevamos bien. Viejas
rencillas familiares, querido doctor. Y ahora que parece que va a formar parte
de la familia...no pude evitar verlos tomados de la mano, usted disculpe...no
sé si seguirá frecuentándome.
-Me gustaría saber el motivo del problema.
No creo que ellos quieran contarme, por eso se lo pregunto a usted.
-Mire, doctor. Nos hemos peleado por
intereses laborales, podríamos decir. Tenemos áreas comunes de dominio, y
aunque con medios diferentes, nuestro fin es común. La familia Larriere es
representante de una forma de morir, invasora y bestial, repugnante en mi
opinión. Las otras familias, a la que pertenezco, nos dedicamos a distribuir
otras formas de muerte, la peste, por ejemplo, las ratas y sus túneles.
¿Entiende? No somos invasores, somos mensajeros. Ellos, en cambio, llevan la
muerte dentro de sus cuerpos, nosotros simplemente la distribuimos.
Ruiz miraba hacia el cementerio mientras
escuchaba el relato de Aranguren. Había visto un movimiento como de olas de
mar, pero se dio cuenta que era el reflejo dorado del sol sobre los arbustos.
-Entremos, doctor. Lo invitaré con algo
fresco. ¿Le gustan los aperitivos?
Ruiz contestó que sí y lo siguió. Una vez
dentro, escuchó música que llegaba de un tocadiscos en un rincón. Era Va pensiero de Verdi, y pensó en su
sueño de aquella noche.
-Le gusta la ópera, ¿no es cierto, doctor?
Ruiz pensó en Renato Taboada, el hombre que
había considerado su suegro hasta tan poco tiempo antes. Él también debía estar
escuchando aquel coro en ese momento en el departamento de Buenos Aires, podía
asegurarlo.
Aranguren trajo dos vasos altos y sirvió
una medida de Fernet para cada uno, luego lo diluyó con soda y levantó su vaso.
-A su salud, doctor.
Ruiz miró el abdomen del viejo. Estaba tan
hinchado como el de Vicente o el de Larriere.
-Yo también, doctor. Los que vivimos en
este pueblo estamos expuestos a ellos, mi madre lo estuvo y por eso yo estoy
obligado a vivir acá. Si vuelvo con mi familia, contagiaré a mi gente. A su
salud, doctor. Por que viva mucho tiempo.
Ruiz levantó su vaso y brindó.
Por la ventana del costado se alcanzaba a
ver sólo una parte de un jardín de césped cuidado, con arbustos dibujando un
laberinto. Muy cerca de la ventana, unos chicos jugaban a perseguirse. Sus
risas se oían claras y felices, pero Ruiz creyó escuchar unos insultos que no
coincidían con esas risas. Se levantó a mirar. A más de diez metros había un
bulto tirado en el pasto. Parecía un paquete de basura, envuelto en una bolsa
de arpillera. Pero se movía, como zigzagueando, luego rodando a trechos.
Entonces Ruiz reconoció a uno de los capullos que la noche anterior estaban
envueltos con telas de araña.
Los niños se habían acercado y lo
insultaban. Corrían alrededor, saltando y burlándose con palabras soeces que
resultaban grotescas en sus bocas. Ruiz no era remilgado ni demasiado
conservador, pero sintió que esos chicos estaban repitiendo palabras enseñadas,
como si alguien les hubiese dicho que si encontraban a seres como aquel, debían
actuar y decir lo que estaban diciendo, aún sin saber lo que significaba
Luego, se dispersaron, y Ruiz pensó que
lo dejarían en paz, pero regresaron con ramas y palos. Comenzaron a pegarle con
fuerza, y le pareció que ellos disfrutaban, que habían sabido todo el tiempo el
verdadero sentido de sus insultos. No eran niños ya, porque ellos miraban como
los hombres que llegarían a ser, hombres que sabían que ellos, como ese capullo
en su mortaja de telas de araña, así morirían alguna vez.
Los palos bajaban y subían mientras el
cuerpo en el capullo se sacudía y se estremecía con cada golpe. Alcanzaba a
escucharse un zumbido o un quejido por encima de los gritos de lo chicos.
Ruiz dejó el vaso en la mesa y se dirigió a
la puerta. Aranguren lo detuvo de un brazo.
-No, doctor. Déjelos jugar, así se
entretienen los chicos acá.
Pero él se desprendió de la mano que lo
retenía y salió. Dio la vuelta a la esquina del edificio y entró el jardín. Vio
que varios perros ahora mordían el capullo, disputándose la presa. Los chicos,
al verlo venir dejaron de golpear y esperaron que se acercara. No parecían
temerle, tal vez ni siquiera esperaban que él los retase, debían imaginar que
deseaba unirse a ellos. Pero cuando agarró una rama del suelo y comenzó a
amenazarlos, se apartaron. Luego espantó a los perros lo suficiente para
arrodillarse junto al capullo. Rompió una parte de las telarañas que cubrían la
cabeza del hombre, vio los ojos abiertos y cubiertos de una pátina transparente
de secreciones que olían horriblemente. Cargó el cuerpo en brazos y caminó
hacia la plaza, mirando atrás a los chicos que lo seguían, a los perros que le
ladraban, a Aranguren que intentaba detenerlo, a muchas personas que lo miraban
sorprendidas.
No había planeado esto, ni siquiera sabía
por qué razón lo hacía. Sólo estaba seguro de sus actos, del reflejo de su
cuerpo que había reaccionado tan rápido como cuando hacía guardias en el
hospital y debía salvar la vida de alguien.
Ya había cruzado casi toda la plaza cuando
se encontró frente a Natalia. Ella lo observaba muy seria.
-¿Qué estás haciendo?
-Lo estaban matando...no puedo dejarlo
aquí.
No se detuvo al contestar, siguió caminando
hasta el jeep mientras ella lo agarraba de la ropa, exigiéndole que se
detuviera.
-No entendés, Bernardo. Así debe morir...
-No así...nadie tiene que morir así.
Dejó el cuerpo en la parte de atrás del
jeep y subió al asiento del conductor.
-Vamos...
Ella dudó, mientras los vecinos los
miraban. Los perros ladraban y uno se animó a saltar al jeep y morder el
cuerpo. Ruiz arrancó y el animal cayó al suelo. La gente se apartó de su
camino, Natalia les echó una mirada que parecía pedir perdón. Se restregó la
cara, nerviosa, y dijo:
-Creí que habías entendido...
-¿Entender qué? Este pueblo está enfermo y
voy a tratar de curarlo. No sé en qué estuve pensando en todos estos días. Como
si hubiese vivido en un sueño y recién ahora me despierto para ver que es real.
-Una realidad que no vas a cambiar en nada.
Te lo aseguro.
Llegaron a la estancia. Llevó el cuerpo
hasta el depósito y lo protegió con mantas. Natalia lo dejó hacer sin decir
nada, luego se dio vuelta para entrar a la casa. Ruiz intentó sacar el resto de
las telarañas, pero parecían formarse de nuevo a medida que sacaba capa tras
capa. Al fin desistió, y después de asegurarse que el hombre respiraba, lo dejó
allí, cerrando la puerta con trancas.
En la casa se encontró a los dos hermanos
hablando. Ella debía haberle contado a Norberto lo que él había hecho.
-¿Qué esperabas lograr, Bernardo?-dijo
Norberto.
-No lo sé. Tal vez ustedes me lo digan.
-Me sorprendés. Te fuiste hace unas horas
siendo una persona y volvés siendo otra.
-Cuando vi a los chicos y a los perros
destrozando al hombre, no pude quedarme quieto. Si lo hubiesen dejado solo,
cumpliendo su ciclo, me habría resultado algo natural, pero no del modo en que
lo estaban atacando.
-¿Y qué diferencia hay entre que lo hagamos
nosotros cuando ya viste cómo ellos nos usan? Ellos no tienen piedad por
nosotros.
-Pero es un hombre...
-Pronto dejará de serlo.
Ruiz se sentó. Estaba cada vez más
confundido, y comenzaba a sentir toda la desesperación que había dejado atrás
esos días. Pero ahora se daba vuelta y veía que esa desesperación era una
montaña que amenazaba no con aplastarlo, sino con meterse en su pecho y
ahogarlo.
Empezó a llorar. Natalia se arrodilló a su
lado y lo besó. Sus besos eran dulces, y él le habría entregado a ella su alma,
si se lo hubiese pedido en ese momento.
-Hace un rato-dijo Norberto-te pedí que me
ayudaras a resistir, y ahora hacés sufrir más todavía a Natalia.
Piedad, se dijo Ruiz. ¿Debo sentir piedad
por ellos?
Escuchó otra vez los gritos del viejo.
Natalia lloraba y él la abrazó con fuerza. Afuera estaba oscureciendo y ya
llevaban más de diez horas soportando esos gritos.
-Voy a entrar a hablar con él. A lo mejor
logro entender lo que tengo que hacer.
Los hermanos estuvieron de acuerdo.
-Pero llamános para despedirnos, si ves
que...
Él dijo que sí y entró al pasillo. Se paró
frente a la puerta, golpeó con los nudillos, abrió la puerta y se asomó. La
pieza estaba oscura. Las cortinas se balanceaban en la ventana abierta con la
brisa. Vio la cama y el cuerpo del viejo acostado. Cerró la puerta.
Escuchó los gemidos, los movimientos del
cuerpo dando vueltas sobre las sábanas arrugadas. Larriere estaba cubierto
solamente con un calzoncillo largo de algodón. El sudor hacía brillar su cara y
el torso de vello lacio y blanco. Giraba de un lado a otro en la cama, y de
tanto en tanto se agarraba el vientre como si lo atacara un espasmo
insoportable. Era entonces cuando gritaba más fuerte, y luego se iba serenando
de a poco, hasta recostarse otra vez de espaldas, abriendo los brazos en cruz.
-Señor-dijo Ruiz.
Larriere abrió los ojos.
-Hijo...
-Soy el doctor Ruiz, señor...
-Ya lo sé, por eso te llamo hijo. Por lo
menos mi yerno...
Ruiz no estaba tan seguro que las cosas
sucederían de esa manera, pero no quiso contradecirlo.
-¿Necesita compañía?
-Sí, hablemos antes que me ataquen de
nuevo.
Ruiz se sentó en la cama y vio el vientre
extremadamente abultado, aún más que el que había visto en Vicente.
-No hagas sufrir a mi Natalia...
-Señor Larriere, yo no estoy tan seguro de
que nos casaremos...
-Yo sí lo estoy. No hay forma en que puedas
evitarlo. Sos uno de nosotros.
Ruiz sonrió, creía escuchara a un niño
cuyos padres estuviesen por separarse.
-No soy como ustedes...
El viejo lo agarró de la mano y la apretó
con fuerza, como si así contuviese todo el dolor que debía estar sintiendo otra
vez. Luego se relajó un poco, y dijo:
-Te pinchaste en el quirófano. Así me
contaron.
Bernardo recordaba.
-Y varios insectos se te subieron a la
cara, y tocaron tus labios.
Eso también estaba bien presente en su
memoria.
-Entraron, Bernardo, hijo mío. No lo dudes.
Y la memoria de su piel rescató el
escalofrío que había sentido esa vez, la repulsión y la náusea.
-Le aseguro por Dios que esta vez usted se
equivoca...
-No me equivoco, aunque Dios existiera.
Ruiz comenzó a caminar por la habitación.
Tropezó con cosas que se habían caído esa tarde cuando el viejo quiso
levantarse. Se agarró la cabeza con las manos y repitió una y otra vez que no
podía ser cierto. Él no iba a morir como ellos.
-Cuando mi muerte quede atrás, te vas a
acostumbrar a olvidar por un tiempo. Vas a vivir tu vida como cualquier otro.
Pero en momentos como éste, serás diferente al resto.
-¡Pero tiene que haber alguna forma de
curarme!
-Yo no la conozco, sólo ellos podrían
decírtelo. A mí nunca se me ocurrió preguntar. Me enseñaron a aceptar este
destino como cualquier otra forma de muerte.
-¿Cómo hago para preguntarle a ellos?
-Son muchos más que nosotros, nunca pueden
poblarnos de manera suficiente para sobrevivir todos. Algunos se han adaptado a
crecer fuera de los humanos. Crecen y se transforman. Parecen hombres, pero son
insectos. Justo al revés que nosotros.
La voz del viejo se había ahogado una vez
más en otro ataque. Era admirable la forma en que se contenía para no perturbar
más de lo necesario a su familia. Ruiz lo agarró de las manos y lo ayudó a
hacer contenerse.
-Aguante. Vamos, aguante un poco más...
El viejo asentía con la cabeza hasta que
volvía a sentir alivio.
-¿Pero dónde están...?
-Ni siquiera yo los reconocería. Usan
lugares cerrados y abandonados, como galpones viejos cerca de lugares húmedos.
-¿Pero dónde...?
-Me han dicho, quienes los vieron, que en
los depósitos de las dársenas de Buenos Aires.
Entonces Ruiz ya sabía qué hacer. Llevaría
el capullo a la ciudad, junto a los otros. Y vería la transformación. Si todo
lo que el viejo decía resultaba verdad, no le quedaba otro camino más que
matarse.
Larriere gritó tan fuerte esta vez que su
voz se rompió y desapareció en el silencio, pero en la penumbra iluminada sólo
por la luz tenue del atardecer que entraba por la ventana, sintió una multitud
de insectos invadiendo la cama. El vientre del viejo finalmente se había
abierto como una cáscara seca, y de allí brotaban los escarabajos y las arañas.
Ruiz quiso escapar hacia la puerta pero el
piso ya estaba cubierto de insectos, y
comenzaban a subir por las paredes. Se le trepaban por las piernas y él intentó
inútilmente sacárselos de encima. Expulsaba cientos y muchos más volvían a
treparse. Pidió ayuda a gritos, oyó que golpeaban la puerta. Recordó que había
puesto el seguro del picaporte al cerrar, entonces contuvo las náuseas y fue a
abrir. Cuando se entreabrió, los insectos se filtraron como agua por la
abertura. Los dos hermanos lo esperaban en el pasillo.
Natalia lo agarró de una mano. Norberto
volvió a cerrar la puerta. Los tres corrieron afuera de la casa y se quedaron
en el jardín, agitados, en silencio y esperando. Entonces vieron cómo por las
ventanas y las puertas salían olas de insectos. Arañas de patas largas y
delgadas que formaban rápidamente telarañas en los techos y paredes.
Escarabajos cuyas pinzas se adherían a la madera de muebles y puertas y
comenzaban a carcomerlas. Las lámparas se apagaron, y la casa parecía una gran
gruta donde los insectos formaban sus nidos, creaban su progenie y se esparcían
para invadir el mundo.
Esa noche dormirían en la casa de un
vecino. Ruiz siguió a los hermanos, que caminaban juntos delante de él, tomados
del brazo. Natalia había querido caminar junto a él, pero Ruiz se resistió a
volver a tocar a cualquier miembro de esa familia. Dejó que ellos siguieran
caminando. Norberto se daba vuelta de tanto en tanto para ver si los seguía, ya
no tenía esa mirada amable que le había dedicado siempre, sino una expresión
furiosa. Era verdad que había perdido a su hermano y a su padre en menos de una
semana, y que ahora quedaba como único responsable de la familia y los
negocios. Pero Ruiz presentía que había más que todo eso, la desilusión de que
él no era lo que el otro esperaba.
Ruiz se detuvo en medio del camino de
tierra, escuchó que los pasos de los hermanos también se habían detenido. Él
comenzó a correr de vuelta hacia la casa, mientras Norberto lo llamaba y corría
detrás. Pronto lo alcanzó y lo agarró de un brazo.
-¿A dónde vas?
-A recoger mi auto para volver a la ciudad.
-Sos un pobre pelotudo, y yo que pensé que
tenías más valor que Vicente.
No esperó respuesta, le dio un golpe en la
mandíbula y se fue hacia donde había dejado a Natalia. Ruiz se frotó la boca,
sintió el gusto de la sangre en un par de dientes flojos y se fue caminando a
la casa. No iba a entrar, pero se dijo que el galpón no debía estar ocupado por
insectos. Desatrancó la puerta y vio que el capullo seguía allí. Descolgó unas
mantas que se reservaban para las monturas y se acostó sobre el piso.
Se durmió en seguida, porque el golpe lo
había entumecido, anestesiando su cara y sus sentidos ya de por sí embotados
por el cansancio de todo aquel día de vigilia. Entonces regresó al sueño, al
campo de su sueño donde el suelo estaba formado por escarabajos, el cielo
oscurecido por langostas que no acababan nunca de pasar, y un único árbol en
toda aquella extensión.
El árbol de las arañas.
Podía escuchar el zumbido de las
langostas, y el crepitar constante de los escarabajos. Giró la cabeza hacia la
casa. Por la puerta salía una mujer, que iniciaba el camino hacia donde él
estaba.
Era el cuerpo de Cecilia reconstruido por
sus manos de cirujano, pero a medida que ella se acercaba vio que no tenía
cabeza, sino que la llevaba bajo el brazo izquierdo, como un casco. Él había
olvidado colocársela antes de que la música llamara su atención. Ella,
seguramente, venía a reclamarle aquel descuido.
Caminaba por un sendero imposible de
diferenciar del resto del campo, todo era una superficie plana y crepitante que
se desplazaba continua y lentamente. Él no se movió de su lugar junto al árbol.
Cuando Cecilia estuvo a un metro de él, la cabeza le dijo:
-Por favor, doctor, termine su trabajo.
Entonces él levantó los brazos y dos patas
de arañas le extendieron agujas e hilo. Otras dos bajaron de las ramas y se
posaron sobre los hombros de Cecilia. Ruiz comenzó a hilvanar las agujas,
diciéndole que apoyara la cabeza sobre el cuello, y comenzó a coser. Las arañas
daban vueltas alrededor del cuello y sobre los hombros, sus patas trabajaban
más rápidamente que las manos de un cirujano. Iban y venían, paseaban por la
espalda y el pecho, pero lo suyo era trabajo únicamente. Habían tejido una tela
que descendía de las ramas y por allí subían y bajaban nuevos miembros de
aquella comunidad de tejedoras. Ruiz les agradecía la ayuda, sin dejar de mirar
los puntos que iba dando con extremo cuidado.
Finalmente la cabeza estaba cosida al resto
del cuerpo. Cecilia probó su nuevo estado haciendo girar o inclinando la cabeza
a un lado y a otro. Parecía estar feliz de poder ver tanto con simplemente
mover un poco la cabeza. Ella sonrió, pero sintió de pronto un dolor que la
hizo arrodillarse.
-Mi pierna-dijo.
Ruiz se dio cuenta que la pierna izquierda
se le había desprendido y yacía en el piso.
-Cósala, doctor, por favor.
Pero él sabía que no podría hacerlo. Sus
manos habían perdido su habilidad en esos segundos, como si hubiesen nacido
para reconstruir a Cecilia una sola vez.
-No puedo-contestó.
Ella lo miró con tristeza y un cierto
resentimiento.
-Pero tus manos...-dijo ella, mientras
intentaba levantarse sujetándose de las manos de Ruiz-…tus manos tienen la
poesía de una araña.
Él la cargó en brazos y se quedó esperando,
no sabía qué.
Un colectivo apareció por la ruta. No
levantaba polvo como la primera vez, sino olas de escarabajos muertos. Las
langostas formaban una aureola alrededor, entraban y salían por las
ventanillas.
El colectivo se detuvo junto al árbol. Él
subió con Cecilia y la dejó en un asiento. Adentro estaba oscuro, porque era la
hora del último servicio. El chofer lo miró, pero él no supo contestar porque
no hablaba el idioma de los insectos. Miró al resto de los pasajeros, eran
delgados y de miembros largos, parecían sufrir en esos asientos estrechos. Los
ojos eran grandes y no lo miraban a él, sino a las langostas que invadían el
interior dejando una pátina verde y pegajosa en todas partes.
Bajó del colectivo y lo observó marcharse
por el mismo camino. De abajo del chasis apareció un perro, que se acercó a
Ruiz. Era blanco, de constitución robusta, no muy alto, sin orejas, y parecía
ciego, porque apenas abría los párpados, levantando la cabeza y olisqueando el
aire. Pronto pareció orientarse y salió corriendo tras el colectivo. Ambos
desaparecieron entre las nubes verdes y el suelo negro.
La poesía de una araña, le había dicho
ella. Pero él no sabía si ero era un mérito o un insulto. Cecilia siempre había
estado dispuesta a la ironía elegante y filosa, sutil y cruel al mismo tiempo.
Él sabía que ahora su mente se estaba abriendo como con un bisturí muy afilado,
porque esas palabras eran armas más eficaces que todo lo inventado por el
hombre. Y quién le había dado el lenguaje al ser humano, ¿él mismo lo había
creado o le había sido otorgado por Dios?
Un dios que fabrica sus criaturas con un
manual, un código incorporado, un sistema de signos que ellas deberán
desentrañar lenta, parsimoniosa y obsesivamente durante toda la vida, sólo para
descubrir una frase al final del camino, quizá una sola palabra que no leerán,
que ni siquiera escucharán. El recuerdo de un eco, una adivinanza, una
premonición.
La única certeza, la del sueño.
Ruiz se desnudó. Sus plantas pisaron la
superficie membranosa de los insectos, estrujó en sus manos las langostas que
pasaban en ese momento a su alrededor. Sus manos y pies se cubrieron con la
sustancia que formaba a esas criaturas. Entonces se apoyó contra el tronco y
comenzó a trepar, adhiriéndose a la corteza.
Y mientras ascendía hacia la alta y amplia
copa del árbol, primero unas y luego muchas patas de arañas grandes y fuertes
se asomaron de las ramas para ayudarlo, pendientes de su avance, vigilando que
no cayera, cuidándolo como si él fuese uno de sus miembros, tal vez el más
importante, y estuviese regresando a su hogar.
6
Despertó
empujado, tironeado de la ropa, llena la cara de pelos y saliva. Escuchó entre
sueños los ladridos de los perros, y entonces abrió los ojos a la realidad como
había abierto sus oídos un poco antes. Por lo menos a la realidad de ese pueblo
en el que había encallado como un náufrago siguiendo un barco fúnebre.
Estaba junto al capullo que los perros
habían comenzado a destrozar luego de entrar por la puerta que él había dejado
abierta por descuido. Ni siquiera recordaba si la había entornado por lo menos,
tan cansado estaba anoche.
Se levantó para separarse de la jauría que
tiraba de la carne del hombre envuelto en telas de araña, pero de las telas
poco quedaba, y de la carne sólo había jirones deshechos. Había cinco o seis
perros, unos se habían llevado pedazos a los rincones del galpón, otros
insistían en arrancar lo que quedaba. Debió haber sabido que tarde o temprano
así terminaría todo. Natalia tenía razón. No podía irse contra la naturaleza.
Él se había obstinado siempre en revelarse, en extirpar y combatir lo que la
vida se empecinaba en deformar o maltratar. Pero el olor de la sangre es
siempre el acre y severo olor de la sangre, fin último del atento olfato, del
sensible poder de penetración de los sentidos de cada especie carnívora del
mundo.
Hombres o perros, el aroma de la sangre
siempre satisface.
Se levantó y retrocedió hacia la puerta
vigilando que los perros no lo siguieran. Abrió un poco más la puerta y la luz
de la mañana iluminó el interior. Los perros, agazapados sobre los fragmentos
de su presa, levantaron la cabeza y lo miraron, pero él se dio cuenta de que no
lo veían. Eran perros ciegos, blancos, de pelo corto, cuerpo robusto y no muy
alto, de cola corta, que ahora tenían erectas y muy tensas, y sin orejas, sólo
un orificio a ambos lados de la cabeza gruesa y el hocico ancho.
Ruiz salió rápido y cerró la puerta con la
tranca exterior. Miró hacia la casa. Había gente entrando y saliendo, trabajadores
que llevaban baldes y cepillos. Vio a Natalia con un delantal de limpieza y el
pelo recogido, cubierta la cabeza con un pañuelo rojo. Ella lo saludó y él
caminó hacia ella, cabizbajo, agotado y hambriento. Tenía la ropa sudada y olía
horriblemente a saliva.
Ella fue a su encuentro y lo abrazó.
-Estás terrible, querido. Tenés que darte
un baño antes de desayunar.
-Me voy...-la interrumpió él. No deseaba
verla ni escucharla, porque eso significaba ceder, verse vencido y obligado a
quedarse.
Ella lo miró sin soltar los brazos de su
cuello, sin desprender el cuerpo apretado contra el suyo.
-Estás asustado por lo de anoche, pero ya
pasó. Vienen tiempo mejores, mi amor. Fue un tiempo de mala racha, como dicen.
Ahora quedamos los tres, y somos jóvenes.
-Tengo una vida en Buenos Aires. Un trabajo
que no puedo dejar...
-Está bien, pero podés ir y volver. Es un
viaje de dos horas, apenas...
-Escucháme, por favor. No sé si quiero
volver con vos…
Natalia se sentó en la silla de mimbre
donde solían pasar la tarde mirando el campo.
-Querido, los que somos diferentes
solamente tenemos alguna oportunidad con los que son diferentes. Si no, qué nos
queda...
-Eso es lo que tengo que averiguar. No
estoy seguro si hay un lugar donde pueda seguir viviendo. Primero tengo que
saber si soy uno de ustedes o no.
-¿Y cómo pensás averiguarlo? ¿Haciendo tus
benditos análisis de sangre?
La ironía no tenía cabida en ella, porque
carecía del cinismo de Cecilia. En Natalia esas palabras eran crueles por sí
mismas, carentes de toda elegancia y sutileza. Su belleza se deformaba,
ensombrecía su rostro y la voz, dulce y oscura, se hacía áspera y muerta.
Ruiz no respondió. Fue hasta su auto, que
había quedado estacionado desde el viernes junto a la puerta principal. Retomó
el camino hacia la ruta. No miró atrás, aunque sabía que el polvo ocultaba la
estancia y la figura solitaria de Natalia sentada en esa silla, mirándolo
partir, alejarse, como un desgarramiento.
Sintió que algo sobrevolaba el coche,
mientras recorría el mismo camino de tierra a cuyos lados se sucedían las
construcciones abandonadas. Los mismos niños y los mismos perros lo miraban
pasar, pero esta vez, curiosamente, no salían, sino que entraban a sus ruinosas
casas. Como si él fuese el protagonista de una película cuya cinta estuviese
siendo rebobinada.
Esa sombra, sin embargo, lo acompañaba.
Miró el cielo por el parabrisas. Algo pasaba por encima suyo, pájaros, tal vez,
pero le parecía que hacía tanto que no veía uno, que no estaba seguro ya de
reconocerlos. Y tuvo miedo, de repente tuvo terror de ver un pájaro rondándolo,
escuchar su graznido hambriento, y se dijo, en voz alta, que de ahora en más
debía cuidarse de ellos. Este pensamiento no lo sorprendió en lo más mínimo,
fue natural, espontáneo, pero no por ello dejó de sentirlo como una sentencia
irrevocable.
Llegó a la ruta y tomó la dirección a
Buenos Aires. Tenía la sensación de haberse ausentado del mundo durante una
semana, y ahora que veía la ruta y otros autos como el suyo, otras casas y los
invariables puentes sobre los canales o ríos de la provincia, se preguntó si no
habría soñado todo lo sucedido. Excepto la muerte de Cecilia, de la cual hoy se
cumplía exactamente una semana. Porque ella había muerto un lunes a la noche en
un departamento con un hombre que según la policía, ella conocía del colegio
secundario. Muerta con una sobredosis de cocaína.
-Tenés la poesía de una araña-le había
ella dicho al despertar de la anestesia luego de la amputación, mientras le
cambiaba las vendas. Había sangrado mucho y la cama empapada en sangre.
-¿Cómo?-preguntó él, sin mirarla siquiera,
atento a controlar la hemorragia.
-Sos como las arañas, querido. Suave pero
tosco, inocente pero cargado de horror.
Él la miró, entonces, y se formó un nudo en
su garganta. Su labio inferior tembló, por eso se dedicó a seguir curándola,
colocando las gasas y las vendas, envolviendo el muñón con telas nuevas.
Fue en esa época cuando él hizo que se
acostumbrara a los ansiolíticos, luego a los antidepresivos. Y cada mañana,
antes de despedirse de ella para ir al hospital, le dejaba las pastillas sobre
la mesa de luz con la indicación exacta de cuándo debía tomarlas. Después ella
comenzó a regularlas por sí misma, y unos meses más tarde él creía que las
había abandonado. Pero pronto llegó el tiempo del resentimiento y la tristeza
que ninguno de los dos supo afrontar, y un día ella decidió irse.
Debería matarme, dijo Ruiz en voz alta,
mirando cada coche que venía en dirección contraria como un arma disparada
hacia sí mismo. ¿Pero por qué matar a otro inocente? Tendría que conducir hacia
la baranda de un puente y acelerar hasta caer al río. ¿Pero si todo fue un
sueño, si aquel pueblo fue una pesadilla provocada por la muerte de Cecilia? Él
sabía que no era así. Si estoy infectado, si soy uno más de ellos, debo
terminar con mi vida. Se dio cuenta que lo único que lograría con eso sería
esparcir sus engendros antes de tiempo. Se imaginaba el coche desbarrancado y
él partido en dos, mientras los insectos se diseminaban por la ruta y el campo,
inundando el segmento del mundo hasta ahora libre de la plaga.
Abrió las ventanillas y aspiró profundo el
aire húmedo de esa mañana de lunes. Debía haber llamado a Renato antes de
salir. Paró en una estación de servicio. Dejó el auto para que llenaran el
tanque y entró a tomar algo. Eran las diez y no había desayunado aún. Estaba
sucio y los empleados lo miraban con recelo. Se lavó en el lavatorio del baño
lo mejor que pudo. Volvió a la cafetería y pidió un café con leche. Luego llamó
al departamento, pero nadie contestó. Era raro que Renato no estuviese en casa
a esa hora. Tuvo un mal presentimiento, no podía dejar se sentirse mal por
haberlo dejado solo tanto tiempo, justo después de la muerte de su hija. Cómo
pude irme así, se recriminó, dejarlo todo para pasar esos días en un sitio que
más parecía un nido de arañas que un pueblo.
Volvió a sentarse y el empleado del surtidor
entró a avisarle que el coche estaba listo. Antes de subir al auto, leyó el
cartel que prohibía fumar. Como si nunca lo hubiese visto antes, como si
estuviese dirigido a él especialmente.
Cigarrillos y combustible.
-Disculpáme, me olvidé pedirte que me
llenes un bidón, por si me quedo en el camino-le dijo al empleado.
Abrió el baúl y sacó un bidón de plástico.
Mientras esperaba que lo llenara, Ruiz regresó a la cafetería y compró un atado
de cigarrillos y un paquete de fósforos. Regresó al auto, pagó la cuenta, subió
y retomó el camino. Ahora tenía un plan: llegar a un descampado, rociar el auto
y su propio cuerpo con nafta y encender un cigarrillo. Los insectos no podrían
sobrevivir al fuego, nada lo hace, excepto las piedras, y aún ellas quedan
manchadas.
Pasó la laguna de Chascomús. Vio un recodo
a la derecha, con una serie de árboles solitarios cuyas ramas se movían con la
brisa. Se desvió hacia allí y paró el auto. Sacó el bidón del baúl y abrió la
tapa. Olió el aroma penetrante del combustible, y de pronto tuvo miedo de lo
irreversible. ¿Y si él no estaba infectado?, por qué terminar su vida, que al
fin de cuentas amaba a pesar de todo.
Debía asegurarse que lo que había dicho el
viejo fuese verdad antes de matarse. Escuchó unos trinos y una bandada de
gorriones salió de aquellos árboles y retomó el vuelo hacia el sur. No lo
perseguían, ni siquiera habían volado por encima de él, y eso lo hizo sentirse
mejor. Paranoia, se dijo. Entonces volvió a arrancar, tiró los cigarrillos por
la ventanilla, pero guardó los fósforos en la guantera.
Cuando llegó a Buenos Aires, sintió que
volvía a su hogar. Las calles cuyo ruido había llegado a odiar, incluso el
tráfico incesante que lo asfixiaba, eran ahora signos inconfundibles de que
estaba en el camino correcto hacia el sitio que le había sido destinado para
vivir. No el campo ni el silencio sepulcral de esas noches donde sólo había
oscuridad y la nada espantosa delante de los ojos. Donde incluso el chirrido de
los grillos parecía un llamado más lejano que la propia eternidad. Aquí, en
cambio, los ruidos y las luces tenían un motivo y una causa, algo palpable que
limitaba las explicaciones a lo claro y simple.
Simple y claro. Esa era una cuestión
esencial para sobrevivir. Descartar lo complejo para avanzar. Dejar los fardos
de tierra detrás, abandonarlos como se abandona a los muertos, y continuar el
camino olvidándose que uno también es y será tierra alguna vez. Porque la mente
sabe volar, debe ejercer ese poder para levantar el cuerpo que insiste en
adherirse a la tierra como si llevase en el vientre miles de insectos que
insisten en regresar al humus, a la negra tierra siempre fértil que engendra
las criaturas que matan para alimentarse.
Por eso la ciudad, el cemento y el asfalto
eran no un sacramento de esclavos sino una hostia de libertad, porque sólo
desde el hueco de las calles entre dos edificios altos puede apreciarse y
amarse la estrecha franja de cielo asomado entre ellos. Qué mérito puede haber
en amar un cielo que día y noche está allí, aplastándonos, haciéndonos recordar
que la tierra es el único camino para huir de él. Dios y el cielo, prensas que
utilizan el vértigo como trampa, armas para amedrentarnos, para ponernos un pie
sobre la nuca y fregarnos la cara contra el suelo.
Estacionó el auto junto al cordón de la
vereda del viejo y querido edificio de departamentos donde vivía desde hacía
casi diez años. El portero lo saludó con amabilidad, dándole el pésame que no
había tenido oportunidad de ofrecerle antes.
-¿Cómo está Renato?-preguntó él.
-Lo vi ayer, estaba bien, pero un poco
triste, como es de comprender.
Ruiz se sintió aliviado. Tomó el ascensor y
entró al departamento. Las persianas estaban cerradas, pero la luz del baño
estaba encendida y corría el agua de la ducha. Renato se estaba bañando, se
dijo, voy a prepararle el desayuno mientras tanto.
Prendió la hornalla, calentó agua para el
café y el mate. Sacó mermelada y manteca de la heladera. Untó varias tostadas y
las puso en un plato. Esperó. El agua seguía corriendo. Fue hasta la puerta del
baño y golpeó:
-Renato, soy yo, recién volví. Le preparé
el desayuno.
No recibió respuesta. Abrió la puerta
entornada. El vapor apenas dejaba ver el espejo del botiquín empañado y la
toalla colgando de la barra de la cortina de la ducha.
-Renato, ¿está bien?
Nada más que el agua le contestó. Corrió la
cortina y vio el cuerpo de Renato tirado en la bañera, boca abajo, la pierna
derecha torcida y quebrada. Lo sacó de la bañera y lo levantó en brazos. Llevó
el cuerpo desnudo a su cuarto y lo acostó en la cama. Buscó el pulso, apoyó el
oído en el pecho del viejo. Aún estaba cálido. Intentó masajes cardíacos y
respiración artificial. Buscó su maletín, buscó las ampollas, pero estaba
nervioso como un inexperto y no pudo control su temblor. Finalmente se sentó en
la cama y se dijo que ya no tenía sentido intentar nada. El viejo estaba
blanco, debía llevar muerto varias horas. Sólo el agua caliente había mantenido
cálido el cuerpo.
-Dios mío-dijo en voz baja, mirando los
ojos cerrados de ese hombre que no sólo le había confiado a su hija, sino que
también le había entregado su vida para que lo cuidase en la vejez.
Y él había hecho estragos con ambos.
Cubrió el cuerpo con la colcha y salió de
la habitación. Mecánicamente fue al baño y cerró la llave de la ducha. Tiró al
piso unas toallas para secarlo un poco. Fue hasta su estudio y lo encontró como
lo había dejado, los libros de anatomía sobre el escritorio, la lámpara de mesa
aún encendida. Guardó los libros en el estante, apagó la luz y levantó las
persianas. El sol de la tarde entró fuerte y abrumador, no como luz, sino como
una fuerza sólida semejante a una legión de bárbaros avanzando, siempre avanzando
por la estepa desierta de un país lejano. Así le parecía ahora la ciudad que
contemplaba por la ventana, el hogar que un rato antes había creído reencontrar
ya había perdido sentido, porque quien conformaba ese hogar ya no lo esperaría
nunca más.
Un departamento es aire entre cuatro
paredes, son libros y muebles, pero una vida que espera la llegada de otra es
la esencia, la definición, la unidad indivisible que constituye un hogar.
Él lo había destruido.
Fue hasta la cocina y abrió las llaves del
gas. Dios, se dijo, me estoy pareciendo demasiado a una actriz de telenovela.
Qué pretendo hacer, se preguntó, volviendo a cerrar las llaves. La idea del
suicidio volvía una y otra vez, y sin embargo la raíz que alimenta el árbol de
la lógica insistía en llevar la savia virgen y refrescante a su mente
confundida. Si tanto desastre he creado, pensaba, por qué aún quiero seguir
viviendo. Entonces sintió pena por el desesperado espíritu humano que siempre
desea sobrevivir a pesar de todo, luego sintió desprecio, y más tarde creyó
necesario demostrarle odio, pero no pudo. Amaba su cuerpo como amaba los ojos
que veían la luz del día. Aborrecía el dolor, y por eso había intentado
combatirlo durante su vida y con su profesión como arma de fuego e instrumento
de remodelación. Extirpar lo que no sirve y moldear el hueco. Y sin embargo en
ese vacío, en esas heridas, siempre pugnaban por surgir las larvas, y las
moscas insistían en posarse para sembrar sus huevos.
No existen los vacíos blancos, sólo los
oscuros, porque el vacío es profundidad, hacia arriba o hacia abajo, pero
siempre y nada más que un hundimiento perpetuo donde no penetra la luz.
Debía saber, antes de matarse. Comprobar
lo que Larriere le había dicho. Si en realidad ellos existían, si estaban
caminando entre el resto del mundo, nada podría hacer él más que ocultarse y
callar. Si él era uno más de ellos, entonces sí tendría que terminar con su
vida. El modo lo decidiría después.
Larriere había mencionado que se escondían en lugares húmedos y
abandonados. Mencionó las dársenas del puerto. Allí iría entonces. Miró el
reloj, eran las tres de la tarde. Debía hacer algo con el cuerpo de Renato,
pero no podía esperar. No podría, en realidad, soportar la espera de los
empleados de la funeraria, preparar los papeles, aguardar las horas de velorio
y entierro. No estaba dispuesto a tolerar siquiera una sola repetición de aquel
rito que había presenciado menos de una semana antes.
Salió del departamento y bajó a la calle.
Subió al auto y arrancó sin mirar más que adelante, la vista puesta en el
parabrisas y pensando qué calle le convendría tomar para llegar más rápido.
Hizo varias cuadras, tomó la avenida Rivadavia, luego giró a la izquierda en
Gascón, tomó Corrientes y siguió derecho hasta el puerto.
Cuando llegó a la zona de las dársenas, se
encontró con las barreras de la aduana, con el tráfico y la gente que iba y
venía de los edificios administrativos. El cielo estaba claro y el sol se
reflejaba en el río. Varios barcos anclados eran indicios de que allí podían
estar ellos, entre esos escombros de hierros oxidados, sitios adecuados para su
crecimiento. De chico había visitado con sus padres el puerto de
Allí debían estar creciendo,
desarrollándose con la humedad de la noche y con el rocío de la madrugada como una cuna nacida en las
sombras. Los insectos al sol de la mañana, dispersándose entre los adoquines,
mezclándose entre los pedruscos y la basura, asimilados así al ambiente,
mimetizados mutuamente, la ciudad y los insectos. De la tierra nacen, es
verdad, pero el cemento y el acero les ofrece recovecos que difícilmente
podrían hallar en el campo. Así como el hombre siente vértigo del vacío, ellos
huyen de los grandes espacios. Todos necesitamos un techo que nos oculte de la
mirada inquisidora de Dios. Y ellos tienen sus dioses, también. Ruiz había
comenzado a intuirlo.
El sueño, se dijo, es como la promesa de
un paraíso.
Caminó varias cuadras, hasta que decidió
esperar la noche en un bar cerca del Luna Park. Era un lugar viejo, descuidado
a pesar de la cercanía con el centro de la ciudad. Tenía dos vidrieras a los
costados de la entrada, con persianas de metal levantadas poco más de la mitad,
ocultando el nombre. Las mesas eran de madera oscura, pintadas, y las sillas
incómodas y duras, algunas con cojines viejos de tela verde. Se sentó junto a
la ventana, apartó el cenicero, el salero y el frasco de azúcar, y apoyó los
codos. Pidió un café doble, se lo trajeron en una taza con el asa rota. No
había servilletas de papel y fue a buscar algunas en la mesa de al lado.
-¿Me permite?-le dijo al hombre que leía el
diario.
El otro levantó la vista y asintió. Ruiz se
quedó unos segundos mirándolo a los ojos. Luego pidió disculpas y regresó a su
mesa. No había visto nada extraño, pero se dio cuenta que estaba buscando
indicios, alteraciones de la realidad que le confirmaran lo que venía pensando
desde hacía tiempo: que él se estaba volviendo loco, o que el mundo se estaba
abriendo a sus ojos. Y quizá, pensó, ambas cosas fuesen las dos caras de lo
mismo.
Entró una mujer alta, espigada, de cabello
oscuro y lacio, largo hasta los codos, con impermeable blanco, botas negras y
una cartera de cuero. Tenía las manos en los bolsillos. Cuando ella se sentó
junto a la otra pared del bar y apoyó las manos sobre la mesa, Ruiz vio que
tenía dedos largos y las uñas pintadas de color azabache. Tan parecida a una de
esas arañas que cuelgan de las vigas en las casas o galpones de techos altos,
ocultas en la oscuridad, tranquilas porque los hombres no suelen mirar hacia
arriba cuando hay un techo que los protege.
Más tarde llegó un hombre gordo, con un
traje marrón, corbata haciendo juego y camisa blanca. Tenía anteojos de carey
de lentes gruesos que deformaban sus ojos. Era casi calvo, excepto por la
medialuna de pelo en las nuca y encima de las orejas. Se sentó justo enfrente a
Ruiz. Él escuchó la voz aflautada pidiendo un café y tres medias lunas de
manteca. Cuando lo sirvieron, el hombre comenzó a comer con voracidad,
sumergiendo la medialuna en el café y llevándosela a la boca casi entera. Las
mangas de la camisa dejaban ver el vello negro del dorso de las manos y las
muñecas, entonces Ruiz imaginó que así debía ser todo su cuerpo, negro y
oscuro, donde el pelo espeso formaba una costra semejante a las caparazones de
los escarabajos.
Y así fue analizando a cada hombre, mujer
o niño que entraba o salía del bar, encontrando en todos algún signo, bien
marcado o apenas perceptible, de que pertenecía a la raza de los que había
dejado en el pueblo. Miró el reloj pulsera, eran las siete de la tarde. Ya la
aduana debía estar cerrada, y la vigilancia mínima, si es que había alguna en
esos depósitos abandonados. Sabía por los diarios que el gobierno de la ciudad
tenía planeado remodelarlos, impulsar mejoras en la zona, vender los terrenos a
particulares. Pero hacía años que los galpones de las dársenas permanecían
cerrados, con las puertas clausuradas, rodeadas de cajas enormes bajadas de los
barcos, esperando meses la aprobación de la aduana o que los dueños viniesen a
buscarlas.
En esto pensaba cuando vio entrar a un
hombre que no habría confundido con ningún otro, como si la vista de Ruiz se
hubiese vuelto experta en distinguir los signos de esa nueva enfermedad que
necesitaba diagnosticar no para erradicarla, sino para dejar asentada en los
libros de la mente y las cuentas de su alma que se sentía culpable. El hombre
tenía un vientre abultado, como una prominencia deforme e incongruente con el
resto de su cuerpo. Era bajo de estatura, de hombros estrechos y espalda
encorvada, pero el abdomen se veía bien marcado bajo la camisa de hilo.
El hombre se detuvo en la puerta, miró el
interior, buscando una mesa libre. Después entró y se sentó junto a la pared
del fondo. Había dos mesas libres más cerca de la vereda, pero él había optado
por sentarse en el sitio más oscuro, junto a la puerta que conducía a los baños
y al depósito del bar. El mozo se le acercó. El hombre levantó una mano con
hacienda la seña de un café cortado. Ese signo parecía la señal de la cruz que
los curas hacen en la bendición final de la misa. Ruiz recordó esa imagen de la
última vez que había entrado a una iglesia, cuando era un chico. Ahora el
recuerdo era una despedida, lo sentía así, algo que vuelve de la memoria sin
fuerza ni sentimiento, algo filtrado por un error del mecanismo de la vigilia.
Dios estaba ausente en ese bar, porque el
polvo y la vejez no necesitan de nada para existir, ellos son la quietud que
los sostiene, son inmovilidad y serena complacencia. A sí mismos se bastan, y a
veces crían huéspedes, porque su propia forma es capaz de cobijarlos sin
perturbar su crecimiento, como cualquier dios lo haría con sus criaturas.
La vejez y el polvo, son los dioses de los
insectos. Son el padre y la madre de los redentores del hombre. La vejez,
estéril, cría huéspedes; el polvo, infértil, los protege.
Los insectos sostienen la vida de los
hombres y se la llevan al abandonarlos. Luego se convierten otra vez en
hombres, como acostumbran hacerlo los todos los cristos. Luego mueren y vuelven
a los cuerpos de los hombres.
Un ciclo evolutivo.
Y Ruiz, en esa señal de la cruz creada en
el aire indicando un pocillo de café, hecha por las manos de un hombre que
debía, sin duda, ser uno de ellos, descubrió que comenzaba a creer en algo por
primera vez. No en la salud ni en la enfermedad, ni siquiera en la anatomía,
única deidad en la que pensó confiaría por el resto de su vida. Sino en un
paraíso que había apenas vislumbrado en el sueño de aquellas últimas noches.
Ruiz transpiraba, de su frente caían
gotas. Se secó con una servilleta de papel, y vio el nombre del bar impreso en
el papel.
“El corazón antiguo. Bar, Café. Minutas”
Levantó la vista al vidrio que tenía justo
al lado. Medio tapado por la cortina de metal, la parte inferior de las letras
grandes de color verde dejaba deducir el mismo nombre. Y él pensó que estaba
soñando otra vez. No era extraño, en pleno sueño, especialmente en los que
suceden en las últimas horas de la noche, decirse a uno mismo que está en un
sueño, y cuando cree despertar sigue sin embargo soñando, diciéndose que es un
sueño, y así se repite el engaño, o la percepción de un engaño que quizá sea simplemente
la disolución de un entramado en otro, del sueño y la vigilia entremezclándose,
confundiéndose para hacer del hombre una víctima del caos en que ambos, sueño y
vigilia, suelen vivir. No hay manera de escapar de una realidad cuyo sustrato
es tan volátil como los átomos del aire, que en un momento son agua, y al otro,
hielo. Cada uno un sueño del otro.
El hombre pidió al mozo el diario del
día, se puso a hojearlo despreocupado, ajeno a la desesperación que Ruiz estaba
sintiendo y lo hacía sudar como un afiebrado, moviendo inquieto los pies bajo
la mesa. La gente lo miraba, pero no el hombre con quien él quería hablar. ¿Y
qué iba a decirle entonces: discúlpeme, no es usted un insecto? Debía esperar,
tener paciencia. Cuando saliera a la calle, en plena noche, lo encararía.
Por eso aguardó, serenándose con el paso
del tiempo marcado por el reloj viejo que colgaba de la pared y promocionaba
una bebida gaseosa que ya no existía hacía muchos años. Sintió cómo el sudor de
sus axilas se iba secando con el fresco de la noche, y sólo quedaba un aroma
seco a ropa transpirada. Se puso el pulóver que había dejado en el respaldo de
la silla. Entonces el hombre se levantó, fue hasta el baño, regresó cinco
minutos después y fue hasta el mostrador a pagar su consumición.
Ruiz llamó al mozo para pedir la cuenta.
El hombre pasó frente a su mesa. Él lo siguió con la mirada mientras se alejaba
por la vereda, llamó otra vez al mozo porque tardaba. Pagó con rapidez, sin
esperar el vuelto, y salió a la calle buscando al hombre cuya pista había
perdido. Se quedó parado con las manos sobre la cabeza y una expresión llorosa
en la cara. Una mujer le preguntó si se sentía bien. La miró sin entender y
corrió a la esquina, entonces exhaló un suspiro de alivio al ver al otro
cruzando la avenida en dirección al puerto.
Los autos se habían detenido frente al
semáforo. Ruiz cruzó corriendo porque justo se estaba poniendo la luz amarilla.
El hombre pasó el primer puente hacia la zona de las dársenas. Ruiz pensó que
el hombre debía estar por morir. Iría allí para dejar a sus criaturas. Por eso
el aspecto demacrado que le había notado en la cara, y a pesar de eso, la
resignación ser un rasgo constante en todos ellos.
Tomar un café y leer el diario del día
antes de morir.
Pero lo que Ruiz buscaba era la raíz de un
espanto demasiado conocido. La muerte de lejos es un monstruo atrayente, pero
al fin de cuentas un monstruo. La muerte, de cerca, es un columpio donde nos
mecemos cada vez más alto, más alto, hasta que la vuelta de 360 grados es un
paseo sin vértigos, un escalofrío en la espalda y un entumecimiento piadoso de
la voluntad.
El hombre siguió caminando hacia la
dársena 7. No había vigilancia, únicamente un vagabundo con sus bolsas y dos
perros que lo seguían. El hombre llegó a la entrada del enorme galpón de
ladrillos rojos, empujó la puerta y desapareció en el interior.
Ruiz lo seguía a una cuadra de distancia.
Se cruzó con el vagabundo que le pidió una limosna. Le dio unas monedas y el
otro siguió su camino. Los perros ladraron a un hombre en bicicleta, y el tenso
silencio anterior se le hizo evidente por el sobresalto que le produjeron los
ladridos. Sólo el ruido del tráfico llegaba ahora, atenuado, y las bocinas
parecían un chirrido de grillos en la distancia. El río era silencioso como el
campo, oscuro en la superficie y en el cielo que lo cubría. El puerto estaba
iluminado más al norte, pero en esa zona las luces de mercurio estaban casi
todas apagadas.
Llegó a la puerta y empujó. No esperaba
que la hubiesen cerrado por dentro, quién más iba a seguir a un hombre tan anónimo
y común como ése. Si yo fuese uno de ellos, se dijo Ruiz, ya estaría tan
acostumbrado a la idea de mí mismo, que pensaría en todos como mis iguales. No
me seguiría alguien que no sospecha, sino quien sospecha de sí mismo como de
alguien afectado por la misma circunstancia. Es decir, yo soy el que sigue y a
quien un día algún otro seguirá.
Penetró en la sombra y cerró la puerta, y
de pronto ya no le parecía estar en Buenos Aires, sino en la orilla de un
pantano, donde los árboles son tan altos que ocultan la luz de la luna, y la
humedad tan densa que obstruye el paso de los sonidos del campo y los gritos de
las bestias en la noche. De allí cerca venían los gemidos, de la oscura
profundidad de un sitio donde no había pozos ni ciénagas, sino un suelo de
cemento que no alcanzaba a ver, pero que allí estaba. Sus pies pisaban
concreto, pero había tierra y polvo, incluso pedazos de arenisca y cascotes.
Una corriente de aire venía de los altos techos, y un escabroso goteo de agua
pesada fluía dura, abriéndose paso difícilmente entre cañerías y canaletas.
Escuchó unos lengüetazos salpicando agua, e imaginó a los seres que debían
estar bebiendo.
Caminó en esa dirección, sin que nadie lo
detuviese, sin que manos o brazos intentasen agarrarlo o empujarlo hacia la
puerta. Ni siquiera un llamado de advertencia, sólo un gemido que de a poco se
fue multiplicando, no porque fuese uno solo al principio, sino porque sus oídos
se fueron acostumbrando igual que los ojos se habitúan a la oscuridad. Entonces
presintió, supo, en realidad, que había muchos, quizá decenas de ellos
esparcidos por el suelo, uno al lado del otro, desconociéndose entre sí, cada uno
entregado a su propia tragedia y su íntimo dolor. Un dolor igual en uno y en
otro, pero separados, imposibilitados de compartirlo y por eso atenuarlo o
soportarlo.
Ruiz olió el aroma de la podredumbre, el
olor que surge del barro acumulado bajo las piedras, del agua estancada.
Escuchó un zumbido que creció tan rápido, que no tuvo tiempo de protegerse la
cara, y los mosquitos lo atacaron durante uno o dos minutos, pero no lo
picaron. Como si lo explorasen y hubiesen comprobado que era uno de ellos, lo
dejaron en paz y regresaron de donde habían venido, de las aguas estancadas
allí delante, tan cerca de él, y que sin embargo no veía.
Dio otros pasos, vacilante, estirando los
brazos como un ciego, pero ahora se guiaba por el olfato, percibiendo el aroma
de los cuerpos que sin duda yacían junto a la orilla a la que aún no había
llegado.
Tropezó con algo. Metió la mano en un
bolsillo y sacó la caja de fósforos que había comprado en la ruta. Encendió uno
y la llama iluminó el espacio alrededor suyo. Había cuerpos envueltos en
capullos, que se movían zigzagueando, arrastrándose en busca de agua. Algunos
eran como el que había visto en el pueblo, otros todavía no se movían, quietos
y duros como escarabajos muertos. Pero éstos estaban detrás, en una fila que se
continuaba con los que iban desplazándose, ya maduros y casi convertidos en hombres.
La
llama se apagó y encendió otro fósforo, y luego otro, hasta que completó
el panorama a retazos. Los cuerpos que estaban junto a las paredes eran
insectos todavía, pero iban creciendo con lentitud. Más al centro seguían los
que habían adquirido movilidad e intentaban llegar al agua. Cerca de la orilla
estaban los capullos erguidos, extendiendo los miembros, brazos y piernas que
luchaban contra la tela. Caminó entre ellos, viendo cómo un hombre desnudo
surgía del capullo y se dejaba caer otra vez junto al agua podrida, sin abrir
los ojos, como un bebé recién nacido pero silencioso, cubierto de una baba seca
que eran los restos de las telarañas.
Miró atrás, con un fósforo encendido en
la mano. Reconoció al hombre que él había seguido, tirado junto a una pared,
gimiendo de dolor mientras su vientre se abría y dejaba salir nuevas criaturas
que se unían a las otras y se detenían en un montón que crecía rápidamente,
hasta asentarse en un flujo continuo, lento, como las aguas servidas en las
cloacas de la ciudad. Y de allí venía el agua de la que se alimentaban. No del
río, tan cercano, sino del agua muerta que volvía al río.
Entonces Ruiz pensó en el pueblo, a pleno
mediodía de domingo, sereno y estable como un paraíso del que había sido
expulsado por negarse a creer.
Durante toda su vida no había tenido
pruebas de Dios, sólo el dolor y la inútil lucha que había entablado contra él.
Pero allí estaban ellos, los insectos,
buscando el agua y la vida, sabiendo que cuando salieran de ese lugar, los
aguardaba ese campo de suelos en movimiento, como mares negros de escarabajos
desplazándose bajo un cielo verde de langostas hacia un árbol prometido, de
tronco fuerte y ancha copa. El árbol de donde brotaban las arañas que tejían el
entramado que sostenía al mundo.
Ruiz
supo, ya definitivamente, que no se mataría.
Salió
del lugar, y regresó caminando al departamento, ya muy tarde en la noche. Se
acostó junto al cuerpo de Renato y se durmió. Esta vez no tuvo sueños.
Al
despertar, vio la luz del día entrando por las rendijas de la persiana. Se
levantó y abrió la ventana. La luz penetró bella y serena a la habitación.
Fue a la cocina, puso a calentar agua y
aguardó. Se asomó al pasillo y vio dos o tres moscas caminando sobre el cuerpo.
Volvió a la cocina, puso el agua en el
filtro y el café comenzó a caer en la taza. La llevó, humeante, hasta su
estudio. Levantó el tubo del teléfono y marcó un número. Esperó cuatro tonos, y
cuando contestaron, dijo:
-Natalia, soy yo. Esta noche regreso.
Sonriendo, colgó y fue hasta la puerta de
la habitación. Vio que las moscas habían cubierto el cuerpo por completo y
muchas más volaban alrededor. Y mientras más entraban, más denso se hizo el
enjambre, más amplio, hasta que pronto toda la habitación fue tomada por ellas.
Las sabias moscas, imperecederas
mensajeras e incansables mercaderes de la muerte y la resurrección.
LOS SEGADORES
1
No diré cuál de nosotros mató a nuestro padre. Pero
así como compartimos la culpa, compartimos el trabajo de enterrarlo. Puede
decirse que cada uno de los tres fue el creador de una idea en la maquinaria
que habíamos inventado. La máquina que debía matar a papá al final del
invierno, para que la primavera nos encontrase libres del yugo de su poderosa
debilidad: la terca mansedumbre de Don Pedro Espinoza a la tierra, porque lo
mismo que ella lo tenía atrapado de pies y manos, él lo hacía con nosotros. Como
si la sangre no fuese el lazo más débil, y él estuviese obligado a responder
con solícita obediencia a esa entidad innominada que los seres humanos han
decidido apodar con el llamativo y extraño nombre de tierra. De tierra es el suelo que pisamos y donde crecen los
cultivos, de tierra es el hábitat donde yaceremos para la eternidad de los
tiempos, como dice mi madre que lo ha escuchado decir al cura del pueblo. Pero
me pregunto si puede llamarse tierra a esa mano negra de barro que se levanta
de la conciencia, desgarrando las membranas del cerebro, rompiendo los huesos
del cráneo y reclamando la sumisión por parte de los que encuentra a su paso. Y
éstos a su vez se sienten obligados a entregar su hacienda y sus pertenencias,
sus ropas y sus animales, y cuando están desnudos van en busca de sus hijos y
también los entregan.
La entidad tierra no es un espectro, es una semilla
que vuela con el viento que se levanta cada tarde en los campos, toma
tonalidades doradas al mediodía y se envuelve de sombras ocres por la tarde.
Huele a nada cuando es joven, a rancia podredumbre cuando ha muerto. La tierra
muere, también, y hemos aprendido, gracias a nuestro padre, que la tierra tiene
un enemigo. No el agua, según dirían las mentes estrechas, no el viento, como
pensarían los espíritus poéticos, sino el fuego.
Nuestra
madre lo supo desde siempre, ella fue el lazo conectivo entre la ciencia de
Dios, que ella recibía de los curas cada domingo en cada pueblo por los que
pasamos, y mi padre. Él encontró su justificación en este parentesco entre su
necesidad y las razones de Dios.
Quemar los
campos para revivir la tierra. Matar los viejos vicios para que renaciesen las
nuevas virtudes. En cada grano de polvo él veía una oportunidad, la semilla de
una casa donde asentarse definitivamente. La lluvia y el granizo se lo
impidieron, los precios de las cosechas y los grandes compradores ajustaron sus
cuentas para sumarse al quiebre de mi padre. Así debo llamarlo, quiebre,
desequilibrio, aunque todos en el pueblo hubiesen comenzado a llamarlo loco
chiflado, y el comisario, que tantas veces le aconsejó detenerse, decía a
quienes nos conocían que Don Pedro Espinoza era un delincuente.
Por eso
hoy, en esta mañana de septiembre, apenas sale el sol, subiendo y encajándose
en el horizonte como una piedra más dura que una roca volcánica, nosotros tres:
Raúl, Pedro y yo estamos llevando el cadáver de nuestro padre hacia el campo de
girasoles. Allí, en esa última locura, porque no más que eso fue la ilusión que
tuvo de cultivar girasoles luego de tantos y tan rotundos fracasos, él
encontraría su morada final.
-¿Por qué
habremos recorrido tantos pueblos, si al final el viejo iba a terminar en el
único lugar que quería? La tierra es la misma en todas partes.
Mis
hermanos me miraron. Raúl tenía veinte cinco años, Pedro veinte uno. Yo acababa
de cumplir los dieciocho. Ninguno de los dos pareció siquiera intentar
responderme. Íbamos los tres en la
cabina de la camioneta, herrumbrosa y destartalada, que tenía más de veinte
años y el viejo había conseguido cuatro meses antes a cambio de los dos únicos
caballos que teníamos. El parabrisas estaba trizado y parecía quebrarse un poco
más en cada salto del camino. Raúl conducía, se había apropiado de la camioneta
sin preguntarle a nadie. Pedro estaba a mi otro lado, mirando fijo hacia
delante, con su pelo crespo y su bigote espeso, oscuros ambos. Sentí el olor a
transpiración de las camisas viejas, usadas todos los días en el campo durante
los últimos diez meses, sembrando las semillas de esos girasoles a los que nos
dirigíamos.
-Ahora va a
tener dónde revolcarse a gusto-dijo Pedro.
Raúl le
dirigió una mirada corta antes de regresar la vista al camino y decir:
-No quiero
escuchar nada más…
-Entonces
decile a Nicanor, que fue el que habló primero.
Yo iba a
defenderme, pero Raúl me echó una mirada dura, y entonces vi en sus ojos la
mirada de nuestro padre. Era el que más se parecía a él, la misma altura, la
forma del cuerpo, cuadrado y de hombros anchos y brazos fuertes, los ojos
verdes, casi marrones, el cabello lacio que ya comenzaba a ralear, tan
precozmente como en papá, según nos había dicho la vieja. Ya de joven se había
quedado calvo, dijo ella, persistiendo únicamente esa aureola de pelo firme y negro,
que jamás se dio por vencida. Recuerdo haberlo visto con ese escaso pelo largo
algunas veces, porque no tenía tiempo más que de arar, sembrar y cultivar
durante dieciocho horas al día. Llegaba del campo muy entrada la noche, se
dejaba caer en la cama y mi vieja le llevaba la comida en una fuente y le daba
de comer en la boca como a un bebé. Sopa principalmente, mucho caldo caliente
de verduras, gallina y puerco. Después nosotros lo oíamos levantarse de la
cama; el rechinar del colchón de mis viejos era característico, cumplía las
funciones de despertador en las mañanas, o nos avisaba cuando papá o mamá se
levantaban a retarnos por quedarnos despiertos hablando o haciendo aquello que
los adolescentes hacen cuando descubren que sus cuerpos cambian.
Mi padre se
daba un baño después de comer. Mi vieja le decía que no hacía bien, pero él lo
había hecho durante cuarenta años, y aún estaba vivo, le decía. Yo alcanzaba a
ver su sombra desnuda desde mi cama, sumergiéndose en la palangana grande que
todos usábamos para bañarnos. Por eso digo que Raúl es tan parecido a él, hasta
tiene la misma disposición del vello del pecho, la misma coloración terrosa de
la piel. A veces, mi padre se quedaba dormido allí, con los brazos colgando de
los bordes y la cabeza caída sobre un hombro. Entonces escuchábamos sus
ronquidos y nosotros reíamos. Mi madre nos retaba por seguir despiertos.
-Mañana tienen que madrugar-decía con un
repasador en las manos, yendo luego hasta donde estaba él. Dejaba el repasador
a un lado, agarraba una toalla y le secaba la cabeza, despertándolo suavemente.
-¿Qué hora
es?-preguntaba mi padre.
-Todavía no
canta el gallo-respondía ella.
Yo me
preguntaba por qué no era más precisa. Lo que papá necesitaba saber era que aún
le quedaban varias horas de sueño, y uno no logra dormirse del todo si sabe que
en cualquier momento cantará el gallo. Pero las mujeres, escuché decir a él en
ocasiones, lo tienen todo organizado, tanto, que ni siquiera se dan cuenta de
lo crueles que pueden llegar a ser.
Yo podía
entender eso aún cuando era chico, viendo a mamá trabajar de sol a sol todos
los días durante años, siempre con los mismos movimientos de sus manos
inquietas, jamás sentada ni siquiera para coser. Incluso los domingos mantenía
una rutina que no varió más que dos o tres veces, quizá. Su silencio era a la
vez alentador y agobiante. Jamás levantaba la voz para retarnos, se limitaba a
decir sin pelos en la lengua lo que no le gustaba, y luego regresaba a ese
silencio más esclarecedor que un golpe o que un azote en la espalda. A veces,
lo habríamos preferido.
-¿Le
dijeron algo a mamá?
-Ya sabés
que estuvimos de acuerdo en no contarle. Si este pelotudo no nos
traicionó…-dijo Pedro, mirándome.
-Nicanor
ya es un hombre-me defendió Raúl.-Por eso está acá. Si no, lo habríamos dejado
con Clarisa y con la vieja, durmiendo.
-A esta
hora ya debe estar despierta, preguntándose a dónde nos fuimos-dijo Pedro-.
Pensará que la abandonamos…
Hubo un
esbozo de sonrisa en los tres, como si esa idea fuese tan absurda que hasta el
cadáver de nuestro padre podría entenderla. El cuerpo estaba en la parte
trasera de la camioneta, envuelto en una manta que mamá había tejido muchos
años antes. La misma con la que el viejo durmió cada noche de invierno, desnudo
o en calzoncillos, pero protegido por esa lana que había conseguido después de
vender la cosecha de dos hectáreas de trigo.
Dos
hectáreas, y me reí para adentro, porque eso era más de lo que había conseguido
en toda su vida. Me refiero a la tierra que alguna vez fue de su propiedad y
rindió frutos. Después, como tantas veces antes de que yo naciera o pudiese
recordar, toda tierra que cultivó fue ajena, luego de firmar un acuerdo y un
porcentaje siempre humillante con el dueño, obligado a aceptar porque tenía
mujer y cuatro hijos que mantener.
Yo pensaba
en nuestra hermana menor, mientras la camioneta se tambaleaba, saltando sobre
los guijarros cuando Raúl no lograba esquivarlos. Habíamos atado el cuerpo con
una rienda vieja que había quedado en el galpón después de vender los caballos.
Luego lo pusimos en la camioneta. Digo que pensaba en Clarisa porque al salir
en la mañana antes del amanecer, pasé por delante de su cama y me pareció verla
despierta. La cama de mis viejos es la única más escondida, pero nosotros
cuatro dormimos en una sola habitación. Clarisa ya es una mujer, pero a ella no
la intimida dormir tan cerca de nosotros. Es una chica con la cabeza bien
puesta, como dice mamá. Ella va a casarse pronto. Tiene quince años pero ya el
viejo había estado de acuerdo en que se juntara con Lisandro, el hijo de
nuestro vecino. Una boca menos que alimentar, y nosotros tres ya podíamos
mantenernos solos. Quizá eso fue lo que llevó a nuestro padre a cultivar
girasoles. Estaba de moda el aceite de girasol, y comenzaba a exportarse más
frecuentemente desde hacía un par de años. Clarisa se entusiasmó con la idea, y
nos acompañaba todos los días, haciendo cualquier tarea, llevándonos comida,
yendo y viniendo desde la casa hasta el campo por cualquier cosa. Nunca la
había visto tan activa, y a veces se quedaba sentada mirándonos trabajar hasta
bien entrada la noche. Luego nos acompañaba en el camino de regreso, hablando
para distraernos del cansancio que sentíamos. Y a poco de llegar a casa, se
adelantaba corriendo para preparar el agua que ya nuestra vieja había puesto a
calentar para el baño. Cuando llegábamos, nos desnudábamos y cada uno a su
turno se metía en la gran palangana, mientras el otro se secaba o se afeitaba.
Hacíamos mucho ruido, pero papá, aguardando su turno en la cama, tomaba la comida
que mi vieja le ofrecía. Tal vez el cansancio es también silencio; así como los
músculos débiles ya no pueden alzarse, los oídos cansados dejan de escuchar o
atenúan los sonidos molestos. Debía ser una bendición para mi viejo aquel ruido
de risas y obscenidades desde el otro lado de la estrecha casa.
En unos
meses iba a cumplir cincuenta años, y no tenía nada. La tierra en que vivimos
no es nuestra, sino de un estanciero que posee títulos de ciento doce hectáreas
a la redonda. El campo de girasoles está allí, todavía florecientes y en alto,
pero quién sabe por cuánto tiempo. Mañana comenzaremos a recoger la cosecha. Sé
lo que dirá la vieja, pero no creo que Clarisa extrañe tanto a papá. En los
últimos meses se hicieron más unidos, pero únicamente como dos desconocidos que
saben que no se verán por mucho tiempo, sólo lo que duraría la temporada de los
girasoles.
Cuando ella
nació, la familia había comenzado a entrar en la peor época, pero no puedo
decir que las anteriores hubiesen sido menos terribles. Cuando uno es muy
chico, piensa que las cosas siempre han sido así, y es feliz no extrañando lo
que no se ha conocido. Pero quienes sí lo hicieron, llevan en sus caras la
indeleble señal de la ofuscación y la ira. Yo crecí viendo eso en la cara de
mis hermanos y mi padre. Cada uno la sobrellevaba como podía, a veces ocultándola,
otras sacándose la máscara como quien expone una úlcera que no quiere cerrarse.
Pedro era el más disconforme, el que más demostraba su ira. Sin embargo, cada
mañana se despertaba con el canto del gallo, sin protestar, y tomaba el rumbo
hacia el campo casi sin tomar más que dos mates y sin decir ni los buenos días.
Llegamos al
campo de girasoles. La camioneta no iba a entrar por el sendero entre las
plantas, así que Raúl la puso de culata y bajamos. Pedro se subió atrás para
desatar las cuerdas. Raúl y yo tiramos de las piernas y recogimos el cuerpo. Lo
alzamos sobre los hombros como una bolsa de papas. Raúl lo sostenía de la
espalda, yo de las piernas. Esa mañana al salir de casa no parecía pesar tanto.
Llevaba unas pocas horas de muerto, su carne todavía estaba cálida a través de
la manta. Pero el viaje hasta el campo pareció haberlo enfriado, y con el frío
había aumentado el peso muerto. Quién sabe si el frío no es también algo
parecido al tiempo. Igual que cada hora aplasta un poco más la corva espalda de
un anciano, el frío convierte el gaseoso vaho de la carne cálida en la dura
escarcha del músculo inerte destinado a petrificarse. El invierno tiene esa
peculiaridad, hace persistir las formas, congela e inmortaliza la apariencia de
las cosas, sean éstas el agua encharcada en una pileta abandonada o las manos de
un hombre acariciando a un perro.
Elegimos el
invierno porque así su cuerpo se conservaría más tiempo, y él podría, entonces,
contemplar la forma en que todo seguiría creciendo y muriendo a pesar suyo. Era
una manera de decirle que las alternativas siempre estaban allí, lejos de sus
manos, pero brillando como soles crueles sobre cultivos hastiados de calor y
anhelantes de agua fresca. Eso somos nosotros, queríamos decirle, formas
creadas por vos, viejo, bolsas de papas que un día otros cargarán, pero
mientras tenemos vida, queremos ver tu cuerpo conservarse hasta que la
primavera haga su tarea, su deber, un acto obligado, como si hasta la primavera
tuviese miedo o resquemor o presintiese que aún tu cuerpo, mi viejo, merece
conservarse un poco más como un signo de piedad y como un signo de castigo
también.
Pedro bajó
y ayudó a Raúl. Ambos tomaron el sendero entre girasoles llevando sobre sus
hombros la espalda de nuestro padre. Yo iba atrás, sosteniendo las piernas. El
viejo no era obeso, salvo el bulto del abdomen. Sus piernas, sin embargo,
parecían haber enflaquecido al envejecer. Debían ser las seis y media de la
mañana. El sol estaba un cuarto por encima del horizonte. Los girasoles
parecían estar girando hacia allá, aunque muchos nos miraban a nosotros, tres
hombres y un muerto sobre una superficie de tierra seca, rodeados de abejas y
avispas que iban y venían de las flores grandes, abiertas como pozos negros con
bordes de metal dorado. La combinación de negro y amarillo me resultaba más
contrastante que nunca antes. Luces conteniendo la negrura, limitándola para
que absorbiese la estructura del mundo, dosificándola pero siendo servidumbre y
dueña a la vez de esa oscuridad en su centro.
Alcé la
mirada hacia el sol, por un momento negro, rodeado por el borde dorado de sus
rayos. Sabía que era una de esas trampas de los ojos, trucos ópticos a los que
la luz tiene acostumbrados a nuestros ojos, pequeños y endebles órganos
limitados en su eficacia y su sabiduría. Defensas que ellos utilizan para que
la luz excelsa no se transforme en negrura permanente, ni la oscuridad se
habitúe demasiado a habitarlos.
Términos
medios, eso somos, creo. Cuerpos estacionarios como el que ahora será mi padre
en la tierra que aún necesita arrancarse del invierno. Todavía cubierta de
cierta escarcha cubriendo las hojas y los pétalos dorados de estos girasoles
que han sobrevivido al frío más crudo, como milagreros, como hacedores de
fenómenos, como manos no de Dios, sino del sol creado a semejanza del
todopoderoso.
El padre
Macabeo a veces intuía los resabios de la antigua idolatría pagana en los
rezos, o más bien en los labios de los campesinos que iban a misa. Leía en los
labios que rezaban el padrenuestro, otras palabras que él no entendía, y por
eso creía saber que se trataba de los espíritus de los antiguos idólatras que
permanecían en los sucesores así como permanece el color de los ojos en una
misma familia generación tras generación.
Mis
hermanos se detuvieron.
-Aquí
cavaremos-dijo Raúl.
Dejamos el
cuerpo en el suelo y cada uno se frotó la cintura como si hubiésemos estado
trabajando en el campo. Y eso era lo que íbamos a hacer, nada más que ni
siquiera habíamos empezado todavía.
-Andá a
buscar las palas-me ordenó.
Obedecí e
hice el camino de vuelta a la camioneta. Saqué las tres palas y las cargué en
hombros. Cuando regresé al claro, mis hermanos no estaban solos.
2
No lo había visto ni escuchado llegar, debió entrar
por otro sendero. Pero la cuestión era desde cuándo nos había visto, porque
después de entrar al campo de girasoles era difícil que nos hubiese descubierto
desde afuera. El viejo doctor Ruiz estaba montado en su alazán negro, de pelo
brillante en las ancas y los flancos, mirándonos a todos con su pose altiva,
orgullosa y despectiva. La montura tenía una manta de lana a colores, muy fina,
y él estaba vestido con su habitual traje color crema, pantalón metido en las
botas, saco, chaleco y corbata, guantes negros y un rebenque de cuero marrón,
elegante, que llevaba inscripto las iniciales de su nombre: Adalberto Ruiz.
Era normal
verlo recorrer los campos tan temprano, a veces uno se lo encontraba camino a
la cosecha, de regreso a su casa luego de velar toda la noche a un enfermo. Era
un buen médico, excelente en opinión de algunos. Grande de cuerpo, casi obeso,
su carácter concordaba con su aspecto. Todos le temíamos a sus arranques de
ira, traducidos en gestos bruscos, golpes de puertas, gritos furiosos. No le
importaba hacer padecer de dolor si tenía que corregir una pierna o un brazo
torcidos, si debía arrancar una astilla o suturar una herida sin anestesia.
Muchas veces, y era casi siempre en realidad, no disponía de elementos en su
maletín, y no era de perder el tiempo mandando a buscar lo necesario a su
consultorio o trasladando al paciente. Si podía resolver el asunto allí y
ahora, él lo hacía.
Y eso nos
gustaba, pero también era su forma de imponer respeto. Como ahora nos estaba
mirando, yo veía venir muchos problemas.
-¿Qué están
haciendo, muchachos?-preguntó, llevándose una mano a la frente para apartarse
la gorra y rascarse la cabeza de pelo blanco y corto.
Mis hermanos
se miraron, yo permanecí algo apartado con las palas al hombro. El cuerpo
estaba junto a ellos en el suelo. Ruiz me miró, yo dejé caer las palas.
-Papá murió
anoche-dijo Raúl.
Ruiz esperó
que continuara, pero ese silencio había comenzado a ponerlo nervioso, se notaba
en sus piernas, que golpeaban los flancos del caballo. El animal resopló, se
movió inquieto, pero Ruiz lo controló.
-¿De qué
mierda están hablando? Si lo vi ayer y estaba lo más bien.
Esta vez los
tres nos miramos.
-Estaba
comiendo, doctor, y de repente se atragantó, se agarró el pecho y se cayó al
suelo. La vieja le trajo ese remedio que usted le dio para el asma, pero ya
estaba muerto.
Ruiz
frunció las cejas y murmuró una obscenidad que no escuché. Luego dijo en voz
alta:
-¡La puta si
les creo! Me parece raro que
Otra pausa
de ambas partes. Se oía el chillido de algunos pájaros, el zumbido de las
abejas sobrevolando los girasoles. Debían ser casi las siete de la mañana. Aún
estaba frío. Nosotros transpirábamos.
-La vieja
está triste, pero qué se le va a hacer…-dijo Raúl, tranquilo, como si no notase
lo creciente ofuscación del doctor.
Ruiz ya
estaba del todo encabronado:
-¿Pero vos
te pensás que soy un pelotudo? Aquí pasó algo raro y me lo van a decir ahora…
-Tenemos
que enterrar al viejo, doctor-dijo Pedro.
Ruiz lo
miró asombrado. No era común ver a Pedro hablar, aunque sí era esa el tipo de
respuesta que acostumbraba dar.
-Así que los
chicos Espinoza se creen mayorcitos y van a sepultar a su viejo sin cajón, sin
velorio, sin certificado de defunción. En fin, sin nada.
Se bajó del
caballo y dijo:
-¡Abran ya
ese bulto y muestren lo que traen!
Y fue al
verlo desmontar que decidí hacer algo por mis hermanos. Ellos me habían
defendido muchas veces, me habían protegido, y de alguna manera habían evitado
que creciera, o madurase. Era su culpa que yo fuese todavía un chico, y que me
tratasen como tal. Por eso agarré una pala, y aunque estaba lejos, arrojé una a
mis hermanos. Raúl la atrapó en el aire, y sujetándola como una escopeta, se
interpuso en el camino de Ruiz.
El doctor
se paró sorprendido. Estaba acostumbrado a salirse con la suya y hacer lo que
quería, la mayoría de las veces porque lo dejaban. Esta vez no parecía esperar
encontrarse con resistencia, y menos con esa clase de obstáculo. Los hermanos
Espinoza estaban dispuestos a cualquier cosa, creí leer en su expresión.
-Esto es
asunto nuestro, doctor. Nadie lo ha llamado, así que no se meta-dijo Pedro.
-Vaya a
atender enfermos, doctor. Nuestro viejo ya está muerto-dijo Raúl, casi
conciliador y razonable.
Pero el
doctor Ruiz era una persona importante en el pueblo. Tenía su hacienda propia,
donde hacía trabajar a unos cuantos peones cultivando sus campos y criando
ganado. Cultivaba vides y mandaba la cosecha a su pequeña fábrica de vinos en
las afueras de
-No se
preocupe, doctor, su hijo nos firmó el certificado de defunción.
El doctor
se echó a reír, no con sarcasmo, sino que interpretó lo que yo le dije como una
broma inocente, como la que puede decir un chico que no alcanza a captar la
seriedad de la situación.
-Es
verdad-insistí-. Tengo el papel en casa, abajo del colchón de mi cama.
-Pero
ustedes se piensan en serio que yo soy un viejo señil me parece… Sacá esa pala
de acá…-dijo empujando a Raúl.
Esta vez los
tres nos interpusimos delante, y las tres palas formaron una estrella frente al
doctor. Forcejeó un poco para no aparentar que se daba por vencido tan rápido,
y dijo:
-Así que
éstas tenemos, ¿no? Ustedes hagan lo que quieran, pero yo no me muevo de aquí.
Tendrán que matarme y enterrarme con el viejo, pero yo no me voy.
Se cruzó de
brazos y esperó.
Ahora nos tenía en jaque. Yo no sé jugar al
ajedrez, pero así escuché decir al mismo doctor muchas veces cuando contaba
cosas en el bar del pueblo, o cuando venía a vernos cuando nos enfermábamos.
Vamos a jaquear a la gripe, decía, o al empacho, según se tratara.
-Andá
buscar al doctorcito, Nicanor-me dijo Raúl-. Así se convence. Porque no creo
que lo haga ni siquiera si le mostramos el papel.
-Ahora sí
están pensando, pero de todos modos esto es una mierda. Voy va a traer al
comisario…
-Por ahora
no, doctor…
Pedro habló
así, sin disimular su amenaza. El doctor lo miró con miedo por primera vez. Yo
me di vuelta y retomé el sendero. Subí a la camioneta y me dirigí hacia la casa
de los Ruiz.
3
La estancia estaba a diez kilómetros al sur. Aunque
tenía una ranchera y un auto para ir a la ciudad, el doctor Ruiz hacía sus
visitas a caballo. Le gustaba criar y mantener su cuadrilla de alazanes,
siempre bien alimentados y cuidados por el doctor Dergan, el veterinario del
pueblo.
Yo me
acordaba, mientras conducía hacia la casa de los Ruiz, la expresión en la cara
de joven doctor cuando los tres fuimos a hablar con él. Lo encontramos la tarde
anterior en el campo, cuando hacía su caminata de después del almuerzo.
-Buenas,
doctor-había dicho Raúl.
Bernardo
Ruiz se paró en seco, sorprendido de vernos a los tres, o tal vez sobresaltado
al verse apartado de sus pensamientos. Llevaba pantalón de montar, una camisa
de hilo negra, una gorra verde y un cigarrillo entre los labios. Era muy joven
todavía, no debía tener más de veintitrés años y se había recibido con los
mejores promedios, según decían en el pueblo. Nicanor pensaba, y fue una
suposición que se confirmó con lo que después sucedió, que se trataba de
un hombre demasiado dominado por la personalidad
del padre. Cada vez que estaban juntos, el chico se convertía en una sombra, a
veces en un títere que repetía lo que el viejo le indicaba. Sólo al encontrarlo
solo lo veían más relajado, y se expandía más en su conversación. Pero cuando
alguien mencionaba al padre, aunque no estuviese allí, volvía a su actitud
esquiva y avergonzada. Y en ese pueblo, donde el viejo doctor Ruiz era más
conocido que la yerba, era imposible que al ver al hijo no le mandasen saludos
para el viejo.
-¿Qué andan
buscando, muchachos?-preguntó él.
-A usted,
doctorcito. Necesitamos que nos haga un favor.
Pedro y yo
nos apartamos un poco, simulamos conversar entre nosotros. Raúl se acercó más a
Ruiz y le dijo algo al oído.
El doctor
se apartó, dejó caer el cigarrillo de la boca, se sacó la gorra y se frotó los
ojos. Miró alrededor. Nos miró a Pedro y a mí. Sabía que los tres habíamos
venido para apuntalarnos uno al otro. Uno solo habría sido intimidad confundida
con complicidad hacia él, pero los tres constituíamos una exacta balanza entre
la confianza y la amenaza. No lo habíamos ideado de esa forma, para nosotros ir
juntos era nada más que una costumbre, una garantía de apoyo incondicional. Eso
lo habíamos aprendido de nuestro padre, no porque él nos lo hubiese enseñado
con esas palabras, sino como resultado y consecuencia de su vida, de la vida
que había elegido para él y para nosotros. No había otra manera de defendernos
de la destrucción en la que estaba obstinado a seguir sirviendo, como si fuese
una diosa más poderosa que Dios mismo porque era tan atractiva, emitía tal
aroma de mujer a pesar de las derruidas ropas y su cara extraña y siniestra,
que le resultaba imposible resistirse a ella.
Por eso,
los rezos de nuestra madre, su apego a la religión, la estricta obediencia a la
moral cristiana que sin embargo eran más una costumbre que una creencia, nada
pudieron mellar aquella obstinación, aquel enamoramiento. Mi madre rezaba, iba
a misa, cumplía con los mandamientos, tenía imágenes y estampas, se ponía una
gota de agua bendita en la frente todas las noches, y hacía lo mismo con cada
uno de nosotros antes de acostarnos. Pero también sonreía escondiendo los
labios con una mano cuando el veterinario daba sus habituales discursos
blasfemos y despotricaba contra los curas y la iglesia.
-Lo vimos
con el doctor Dergan-dijo Raúl-. Estaban con una de las putas, con
El doctor
Ruiz estaba nervioso, sus manos tenían un leve temblor que intentaba ocultar
sujetándose una con otra. Encendió otro cigarrillo, pero no pudo. Raúl encendió
un fósforo y le acercó una llama firme.
-No hay
problema, doctor. Entre nosotros, sabemos que eso se hace de vez en cuando…
Lo
conocíamos desde chico, habíamos jugado juntos un par de veces cerca del río,
habíamos pescado algunos domingos. Pero esto fue antes que lo mandaran al
colegio privado y después a la universidad. Pero Raúl había entendido cómo era
la relación entre el chico y su padre. Cualquier cosa, deseo o palabra que se
apartase de los que el viejo Ruiz consideraba correcto, era motivo de castigo.
Entonces el chico se retraía, obediente y hasta consumido por la pena de una
vida propia que estaba desapareciendo.
Él sabía
ahora, como nosotros desde siempre, que el más leve rumor que llegase a los
oídos de su padre, sería no sólo una catástrofe familiar, sino un ajuste más
tenso y más enervante de la cadena con que lo ataba el viejo.
-Pero fue
solamente una vez…
Raúl no
contestó, decidido a negar haber escuchado aquella respuesta tan infantil de un
hombre que había pasado por la universidad. Si allí enseñaban a ser tan
ingenuo, era mejor quedarse en el campo y aprender sobre relaciones humanas con
las bestias, las plantas y las putas. Eso fue lo que yo me dije al escuchar los
balbuceos del joven doctor, hasta que sentí náuseas por su estupidez, y su
cobardía.
-Con
nosotros está seguro, doctor, de eso no tiene que dudar. Somos hombres y lo
entendemos. Pero si llega a saberse, si por casualidad Doña Eva se entera…
Doña Eva era
la costurera del pueblo. Su casa era como el centro del mundo para las mujeres
del lugar. Allí se sabía todo, absolutamente, de lo que pasaba en el pueblo y
los alrededores. Si queríamos estar seguros de algo sobre alguien, no hacía
falta más que mandar a esa casa a nuestra madre o nuestra hermana para
enterarnos.
Ruiz
retrocedió, mirándonos como si estuviésemos a punto de matarlo. Se adentró en
el yuyal detrás de él, pero vimos su cabeza por encima de las plantas,
retrocediendo por miedo a darnos la espalda.
Pedro y yo
íbamos a buscarlo, pero Raúl dijo que no hacía falta. Con sólo una palabra más
de su parte, logró convencerlo para que volviera.
-Sólo le
pedimos el favor que le dije hace un rato, doctor. Una firma en un papel y todo
va a ser legal.
Esa tarde,
el joven doctor Ruiz regresó con nosotros. Nuestro viejo estaba en cama desde
el mediodía, cuando volvió del trabajo en el campo de girasoles sintiéndose
mal. Nos sentamos los cuatro a la mesa, el doctor sacó de su maletín un fajo de
papeles, nos pidió los datos del viejo para llenar el formulario y estampó su
firma y sello. Levantó la vista al vaso de vino que Pedro le estaba ofreciendo.
Ambas miradas eran serias, pero me pareció que escondían una sonrisa, o quizá
lo imaginé. Ruiz rechazó el vaso, cerró el maletín y salió.
Llegué a la
estancia. Unos diez perros me recibieron, ladrando y siguiendo a la camioneta.
Me estacioné frente a la entrada y pregunté al capataz por el joven doctor.
Entonces vi a Ruiz asomarse por la puerta, luego salió y se acercó.
-Su padre
lo manda llamar, doctor.
Puso una
expresión de enorme pena, casi pude verlo llorar allí mismo, bajo el sol
matutino y frente a su capataz. Pero no lo hizo, sólo se subió a la camioneta y
me miró como un chico avergonzado.
-¿Qué pasó?
-Nada,
doctor. Su padre quiere confirmar que usted haya firmado el certificado. No nos
cree. Está en el campo de girasoles…
-¿Cómo en el
campo, y por qué esta ahí con ustedes?
No quise
explicarle más; conociéndolo, lo creí capaz de bajarse y escapar a esconderse.
Cuando
llegamos, vi cómo cambiaba su expresión del miedo más irracional a un absoluto
asombro al ver el bulto con el cuerpo y las palas en las manos de mis hermanos,
que ya habían cavado más de la mitad de la fosa.
-Por fin-
dijo el viejo Ruiz-. Estos delincuentes quieren enterrar al padre sin ataúd. No
me sorprendería que lo hayan matado.
El viejo
agarró a su hijo del brazo y le palmeó la espalda, haciendo ver el orgullo que
sentía por su excelente hijo, a nosotros, los desagradecidos, los descastados
hijos de mala madre.
-Dicen que
firmaste el certificado de defunción- se rió mientras lo decía.
Pero el
joven Ruiz no compartió su risa. Ese universitario que era médico y había visto
en la facultad muerte y cadáveres, parecía un chico de cinco años paralizado
por la inminente amenaza que veía llegar de su padre. Entonces el viejo cambió
su risa de complacencia y burla por un gesto de desaprobación absoluta. Pero
antes de condenar, se ofreció dudar por un instante.
-¿No lo
hiciste, no es cierto?
Bernardo
Ruiz bajó la vista a la tierra removida. Sus pies parecían buscar apoyo firme
sobre la irregularidad del terreno, pero no lo hallaban. De pronto el viejo le
dio una bofetada y el chico se tambaleó. Pareció estar a punto de caer en la
fosa, pero por suerte no lo hizo. Yo sentí lástima por él. Debería matarlo, me
dije; deberías deshacerte del viejo, le habría dicho de haberme atrevido. Pero
el doctor Ruiz también me intimidaba, y era un problema que todavía estaba
lejos de ser resuelto.
-¿Cómo
pudiste, sin consultarme? ¡Pedazo de pelotudo!- volvió a pegarle y lo sacudió
de un hombro-. ¡Contestáme!
-Fue anoche,
papá. Yo volvía del pueblo con Dergan…
-Sí, del
putero, como todas las noches, y borracho además.
El viejo se
cruzó de brazos y lo escuchó con arrogancia y desprecio.
-Pasé cerca
de la casa de los Espinoza, estaban todas las luces prendidas, como cuando hay
velatorio. Me fui derecho allí para preguntar si pasaba algo, y me dijeron que
Don Pedro había muerto mientras cenaban. Me llevaron a donde estaba el cuerpo y
comprobé la muerte. No había señales de violencia ni nada parecido, papá. La
cara todavía estaba algo morada, y me di cuenta que había sido que una ataque
cardíaco. Entonces fui a casa, vos ya estabas durmiendo, no quise despertarte
por un trámite de rutina. Agarré los papeles y se los llevé firmados.
-¡¿Pero si
estabas en pedo cómo podés estar seguro, pedazo de mierda?!
Volvió a
sacudirlo de un hombro y finalmente lo dejó en paz. Bernardo Ruiz ni siquiera
intentó levantar la vista otra vez. El padre nos dirigió una mirada como si nos
disparase.
-Así que
ganaron esta, pero no voy a dejar de insistir para que lo entierren como es
debido. No sé que les está pasando por la cabeza a ustedes, y ni siquiera me
importa por qué lo hacen. Pero esto no está bien, y me voy a encargar de traer
al comisario. Ahora que está mi hijo, no pensarán matarnos a los dos para
evitarlo, supongo. ¡Vamos!- le dijo al chico. Volvió a montar y le dijo que
subiera al alazán con él. El joven lo hizo a regañadientes y los vimos partir a
trote rápido.
Mis
hermanos seguían con las palas apoyadas en la tierra, luego me alcanzaron la
tercera y comencé a cavar con ellos. No dijeron nada, yo esperaba que
sonrieran, por lo menos; sentía que habíamos obtenido un triunfo soberbio sobre
el viejo engreído. Pero entonces vi el bulto justo junto a mis pies, y supe que
todo recién empezaba. Supe que la risa es tan efímera como la vida de un
hombre, que la tierra en donde intentábamos penetrar era no una puta que cada
noche del mundo hacía remilgos de virgen ingenua, que todo hombre debe llorar
para arrancarse su olor y rogar toda la vida para disminuir la cuota de intensa
pena cuando regrese a ella.
Cuando
terminamos, el cuerpo de nuestro padre yacía bajo dos metros de tierra húmeda,
todavía fría de la mañana. Dimos varios golpes de pala para aplastar la tierra.
Luego regresamos por el sendero hasta la camioneta. Allí estaba, sentado en la
cajuela, el joven doctor Ruiz.
-No pude
irme con él –nos dijo-. Me quedé a mirarlos cavar. Ustedes parecían tres
ángeles segadores fuertes y sucios, con las camisas abiertas, manejando sus
guadañas en la cosecha. Sólo esperé escucharlos silbar mientras trabajaban,
pero no lo hicieron. Habría sido un detalle interesante, sin duda.
El joven
doctor Ruiz se fue del pueblo pocos días después. Supimos que discutió con su
padre a los gritos durante dos noches, después ya no se lo vio más. Algunos
dijeron que se había ido a ejercer a Buenos Aires.
Pero el
viejo Ruiz decidió hacernos la vida imposible.
4
Eran casi las nueve de la mañana cuando volvimos a
casa. Regresamos en completo silencio. En medio de mis hermanos, e igual que
ellos, mantuve la vista fija en el camino. La tierra se levantaba a los
costados de la camioneta y el polvo entraba por las ventanillas rotas. Aunque
el invierno terminaba, nosotros teníamos las camisas empapadas en las axilas y
la espalda, el polvo se nos metía en los ojos y lo sentíamos pegarse en
nuestros cuerpos como si quisiese llevarnos antes de tiempo. Ya que han estado
escarbando en mi vientre, parecía decirnos, vayan sintiendo el sabor de mi
lengua. La tierra tiene su aliado, el viento. El viento es el arquitecto y las
manos de la tierra, forma y conduce los instrumentos que invaden los ínfimos
recovecos del mundo. Tuve miedo, porque sentí en mis propias manos algo más que
el olor de la tierra que habíamos estado removiendo. Percibí el olor de los
deshechos con que alguna vez habían abonado el campo de girasoles.
¿Por qué
llevamos a mi padre allí? Era su último sueño de loco, su postrero delirio de
fracasado. El más importante esfuerzo, quizá, por continuar fiel a sí mismo. Si
todo lo que había intentado antes, los cultivos inundados en Santa Fe, la
cosecha perdida por el temporal en Junín, el incendio en el campo del sur de
Córdoba, fue un continuo golpearse contra un muro invisible en pleno llano, el
campo de girasoles sería, entonces, su canto del cisne. Él no lo habría pensado
así, con esa figura retórica que yo utilizo ahora, porque no tenía la educación
para crearla, pero si la sensibilidad para formar y hacer germinar la semilla
de su nacimiento. Porque un acto nace, no se inventa ni se programa,
simplemente nace de una voluntad espontánea. Tan íntima e incierta como la
voluntad de Dios al crear el primer átomo de la vida.
El padre
Macabeo decía que nuestro padre era un irresponsable con su familia y un
pecador para la ley de Dios. Lo que a él le molestaba era que no concurriese a
su iglesia los domingos. La fama y el ascenso en la iglesia dependen de la
cantidad de feligreses, supongo, y los que faltaban a misa debían ser asustados
y amenazados con el fuego del infierno, para que así volviesen al camino
correcto, que era el camino del pueblo que terminaba en la calle donde estaba
la capilla y la feligresía.
Recuerdo
cuando llegamos a Los perros luego de haber recorrido más de veinte pueblos y
tres provincias. Yo apenas recordaba la mitad de todos, porque en aquellos
donde mis padres y mis hermanos intentaron asentarse, fueron anteriores a mi
nacimiento. De cualquier modo, alcancé a ver el abatimiento de mi padre, la
abrupta caída de su ánimo antes siempre firme. Vi el silencio dominándolo día a
día, haciendo de su cara una mueca curtida por el sol, de su cabello una
cáscara que poco a poco se iba cayendo, de sus piernas un par de postes flacos
y astillados. El día que llegamos con la carreta, porque entonces no teníamos
siquiera una camioneta, entramos a la casucha abandonada que olía a bosta de
caballo y perros muertos. Una semana después, nuestra madre había logrado
limpiar lo suficiente para poder dormir, y nuestro padre, luego de cortar el
yuyal de los alrededores, se había ido a explorar el campo que pensaba
cultivar.
Durante dos
meses, lo vi ir todas las mañanas y regresar al mediodía para sentarse en un
tronco cortado frente a la casa. Se arremangaba los pantalones y yo podía ver
sus piernas flacas, que no mucho tiempo antes eran gruesas y fuertes. Él no
sabía que lo estaba mirando, sacaba del bolsillo de la camisa una pipa rústica
que había encontrado tirada en el suelo una vez y la encendió con la llama que
obtuvo frotando un fósforo contra la corteza del tronco viejo.
Yo tenía
nueve años, y fue la primera vez que vi la pasión que había en sus ojos al
mirar la llama. El fuego lo despertaba. Era como el alcohol para un alcohólico.
Sabía, por lo que había escuchado a mi vieja y a Raúl, que desde que había
nacido yo, mi padre no había vuelto a devorar los campos con el fuego.
Porque mi
padre quemaba los campos que habían fracasado en sus manos, para limpiar la
podredumbre de su inutilidad y renovar la tierra. Él decía, porque lo había
escuchado de su propio padre y de muchos hacendados y expertos, que la tierra
vieja necesita renovarse, y para ello el fuego, al destruir todo menos las
raíces, hace que tomen nuevas fuerzas y la vegetación crezca más verde y más
fuerte. Fue una tarea que decidió adjudicarse como si Dios mismo se la hubiese
encargado. Incluso así lo daba por entendido cuando iba al pueblo y relataba
sus anécdotas, sus trabajos fracasados en los campos de todos aquellos pueblos
por los que había pasado. La gente lo escuchaba como quien cuenta verdades a
medias, simplezas contadas como proezas para ocultar con decorativos colores lo
que no tiene más que las tonalidades de la ceniza.
Debíamos
regresar a casa antes que el doctor Ruiz llegara con el comisario, teníamos que
poner a mamá al tanto de lo que había pasado. Ya antes de llegar a cincuenta
metros de la puerta, vimos a Clarisa y a mamá esperándonos inquietas, dando
vueltas sobre la tierra reseca, las gastadas alpargatas de nuestra hermana
levantaban polvo y los zapatos bajos de la vieja intentaban resistir un poco
más los pasos bruscos y nerviosos de esa mujer que no pesaba demasiado, pero
con una fuerza concentrada en músculos cortos y tensos como nudos, como raíces
de una árbol más que centenario. Y fue entonces que, aún de lejos, y más por
imaginación que por haberla visto realmente, descubrí a la distancia que la
cara de mi madre había envejecido de repente.
Cuando nos
vieron llegar, caminaron hacia nosotros. Nos bajamos y la vieja se aferró a los
brazos de Raúl y Pedro, sujetando a cada uno con sus manos firmes igual que las
garras de un aguilucho hembra. Su rostro, incluso, parecía el de un pájaro en
su extrema curiosidad por saber qué había pasado.
-Me
desperté y su padre ya no estaba en la cama. Me levanté y ustedes habían
desaparecido. La única que estaba era ésta -dijo, señalando a
-Vieja
-empezó a decir Raúl-. El viejo se nos fue anoche.
Se hizo un
silencio que necesitaba ser roto de algún modo, porque era intolerable, era
completamente fuera de lo que puede concebirse como silencio. Una ausencia de
sonido que más se asemejaba al concepto erróneo de la nada, porque en la nada
tampoco hay silencio, sólo algo muy remotamente parecido, como una imitación.
Cuando el completo, el absoluto y enorme silencio invade los oídos, ya no hay
corazón que resista, porque éste ya se ha vaciado de flujos y de sangre, y hace
un tiempo que se ha detenido. La carne hace silencio, honra esa nada a la que
irá muy pronto, sobre las ruedas inquebrantables del olvido.
En ese
momento supe que yo también podría ser un profeta si me lo propusiera, no un
adivino, sino profeta. Yo no sabía el futuro, sólo las consecuencias del
futuro. Vi la cara de nuestra madre envejecer veinte años en medio minuto. Vi
sus ojos observándonos a cada uno de los tres, detenidamente, con una cautela
que más aparentaba terror que suspicacia. Yo conocía su forma de mirarnos
cuando sospechaba que le escondíamos algo, una travesura cuando éramos chicos,
o un error muy cercano a lo imperdonable cuando nos convertimos en hombres. Lo
notaba en nuestras expresiones, el sentido y la mueca de la culpa que no
podíamos evitar al encontrarnos con ella. Sentíamos que llevábamos el olor del
equívoco impregnado, prendido en la frente como una garrapata que no nos
podíamos desprender. Y sin embargo, cuando ella nos miraba, y luego de un
intenso dolor, la garrapata comenzaba a aflojarse.
Cuando su
mirada llegó a mí, me di cuenta de que iba a ponerse a llorar. Pero como quería
evitarlo, respiró profundo y se dejó caer al suelo, sentada, retorciéndose las
manos sobre el delantal. Todos nos reunimos con ella para ayudarla a
levantarse. Preguntamos si se sentía bien, y a pesar de conocer lo tonto de la
pregunta, por lo menos logramos romper ese silencio que la mirada de mamá no
había hecho más que llevar a un nivel tan alto de pesadumbre y desesperación,
que yo, por lo menos, y quizá mis hermanos, no habríamos soportado sin
confesar. Me refiero a la verdad. La confesión, como el pecado, es una parte,
un fragmento más del entramado de la verdad, que no soporta los
desprendimientos ni las fisuras, porque ya dejaría de llevar tal digno nombre.
Lo que
siguió, y lo que dijo antes y después, fueron versiones, ni siquiera esas
variaciones musicales que tanto agradan a los músicos cultos. Fueron
invenciones que iban tomando el tinte irritante del original, exabruptos de un
psicópata, delirios violentos de un loco que no sabe más que inventar
realidades para sobrevivir.
Sé lo que
iba a explicar Raúl. Diría que papá despertó antes de la madrugada y fue a
buscarlo a su cama. Tenía la cara más oscura que la noche y le costaba
respirar. Diría que el viejo murió sobre su cuerpo, con los brazos agarrados a
los hombros de su hijo, el pecho seco como un tronco derribado sobre su propio
pecho, y las piernas tiradas, ya no podía decirse que apoyadas, al costado de
la cama. Como no queríamos que ella sufriera, habíamos decidido actuar por
nuestra cuenta. Hasta habíamos ensayado nuestras muecas de arrepentimiento.
Pero no fue necesario nada de todo esto.
-Ustedes…-dijo mamá, sin énfasis, sin una exhalación mayor o menor de
aliento en la palabra. Quizá por eso sonó tan impersonal, fría y férrea como si
hubiese escupido un pedazo de riel de ferrocarril, y lo estuviésemos viendo
frente a nosotros, recién caído de la boca de nuestra madre. Ella, que nos
había besado apenas la tarde anterior, era capaz de proferir obscenidades y
crueles sentencias con sólo decir un pronombre, y además sin atisbos de
exaltación o furia.
Levantó
los brazos automáticamente, como si aceptase la ayuda que le ofrecíamos, sin
darse cuenta que quienes eran sus hijos eran también lo probables asesinos de
su esposo. Probables porque quizá aún conservaba la débil, inútil y utópica
esperanza no de que fuese otra la causa de la muerte, sino de que estuviese
soñando. Hay pesadillas que son bienvenidas, benditas pesadillas que merecen
llamarse ensoñaciones de Dios, si cumplen con el requisito indispensable de
terminarse con el alba, de esfumarse con la luz del día y echarnos de sus
oscuras habitaciones repletas de cadáveres hacia la luminosa calle de la
realidad. El presente como un regalo, un sueño de paréntesis invertidos entre
las intermitentes y obligadas visitas a
esos cuartos. Quién nos arrastra y quién nos hecha, me he preguntado muchas
veces, mientras caminaba por los campos recién devorados por el fuego que mi
padre había encendido poco tiempo antes. La puerta entre la vigilia y el sueño
es como esos senderos que recorría para contemplar las devastadas tierras de
cultivos convertidos en ceniza, de tierra cubierta de ceniza, de brazas echando
humo espeso como si el propio infierno se hubiese asomado durante algunos días.
El padre
Macabeo lo dijo un par de veces en misa. Nosotros lo escuchamos sabiendo que se
refería a papá.
-Hay
lugares donde el techo del infierno es muy fino. No hay más que pararse
descalzo y sentir el fuego en la tierra. Hay peones del demonio aquí en los
campos.
Mamá no
había hecho ni una mueca esa mañana de domingo en la iglesia. Cuando terminó la
misa, la vimos levantarse y recorrer el pasillo sin darse vuelta para hacer la
genuflexión. Daba la espalda a Dios delante del propio cura, y fue aquella la
mejor respuesta que yo he visto en mi vida.
Ella era
así, con la elocuencia del silencio antes y después de una palabra sola, si de
alguna había llegado a necesitar, decía todo lo que tenía para decir. Por eso
durante un rato nos quedamos parados, aunque sabíamos que de un momento a otro
llegarían el doctor y el comisario, y que debíamos indicarle a mamá lo que
habíamos planeado decir. Pero también eso estaba de más. La expresión de la
vieja no era un elemento extático y útil para una sola respuesta, como todo lo
breve o todo lo que generalmente repercute en el silencio, era más extensa, y
traía consigo su propia capacidad de procreación. No necesitábamos decirle que
debía cubrirnos.
Antes, sin
embargo, pasó algo que no esperábamos. No porque fuese inesperado, sino porque
nos habíamos olvidado de que Clarisa era ya una mujer, y subestimamos su
inteligencia y su sentir.
Mientras el
motor de la camioneta seguía en sus esfuerzos por mantenerse firme, y una bandada de pájaros pasaba rauda e
indiferente por encima de nosotros, dejando su sombra, enfriando un poco más el
hielo que lentamente se iba formando entre nosotros, Clarisa dio un grito. Los
pájaros huyeron más rápido, los perros acostados acurrucados en sus mantas
junto a la pared de casa levantaron la cabeza, tensaron las orejas y ladraron.
Clarisa dijo:
-¡Sé donde
lo llevaron!
Salió
corriendo hacia el campo de girasoles. Estaba en ropa de dormir todavía, un
camisón de algodón que le llagaba por encima de las rodillas. Mamá la llamó,
Pedro fue tras ella. Los vimos desaparecer tras la loma que nos separaba del
campo de girasoles.
Casi al
mismo tiempo, por el otro lado, desde el camino que atraviesa la hondonada
detrás de la casa, vimos una nube de polvo levantándose hacia el cielo. No
mucho después, apareció la camioneta del comisario completamente sucia, con
barro seco tapando el escudo de la policía y los parabrisas mugrientos. Se
detuvo a diez metros de nosotros, de un lado bajó el comisario, del otro el
doctor Ruiz. No habían traído refuerzos, así que no era probable que fueran a
arrestarnos. Miré a mis hermanos y ellos compartieron esa certidumbre, entonces
nos sentimos más seguros, más intocables, quizá, y si el orgullo es también un
aura sé que nuestros cuerpos estarían brillando en ese momento. Tal vez alguien
lo notaba, los perros, a lo mejor, o miradas menos instintivas pero más
profundas, como la de Dios o la mirada de los demonios que viven en el campo y
salen sólo de noche, escondidos durante el día tras los hombres.
-Buenas,
Doña…-dijo el comisario. Era un hombre de estatura baja, rollizo, con un
uniforme gris que adaptada a las necesidades del campo, como utilizar un
pañuelo al cuello para el sudor, botas con espuelas, porque a pesar de andar en
camioneta a veces montaba a caballo. Varias veces lo vimos en invierno con una
campera de piel de cabra que su mujer le había confeccionado, y era raro
entonces considerarlo un policía con esa ropa. No era mal tipo, había optado por
hacerse ver y reprimir ciertos hechos cuando no tenía más alternativa. El
intendente y la gente del concejo vecinal lo apretaban de ambos lados, y él,
lejos ya de hacerse malasangre, se limitaba a cumplir.
-Doña
Clotilde-dijo el doctor-. ¿Está al tanto de lo que le pasó a su esposo? ¿Sabe
lo que hicieron sus hijos?
El viejo
nos había ignorado y se dirigía directamente a nuestra madre, con el sombrero
en una mano y un cigarrillo negro en la otra. De tanto en tanto daba una
pitada, y sus reclamos eran seguidos por una columna de humo que exhalaba hacia
arriba, para no molestar a mi madre.
Ella
asintió con la cabeza. Tenía ahora las manos ocupadas jugando nerviosas con el
delantal, la mirada algo perdida entre la figura obesa y enorme del doctor y el
campo de girasoles a lo lejos.
-¿Es cierto
lo que me contaron, Doña Clotilde?
El doctor
preguntaba de manera pausada, calculada quizá en la conversación que
seguramente había tenido con el comisario mientras venían hacia acá. Esperaba
encontrar disidencias, contradicciones.
Mamá
asintió otra vez, en silencio, esta vez mirándonos, pero lo que nosotros
leíamos en sus ojos de ninguna manera era lo que debía estar viendo el doctor.
Ciertos resentimientos, débiles aún, ciertos reproches que nacen con
dificultad, por ser de quien vienen y por tratarse de seres queridos aquellos a
quienes van dirigidos. No siempre es así, los sentimientos más cruentos suelen
procrearse entre los miembros de una misma familia, pero en el caso de mi vieja
era distinto. Ella, de algún modo, tenía un rasgo, una zona de su corazón donde
no crecía más que la dura roca de su pensamiento. Amaba, pero no por eso creaba
ídolos; podía odiar, pero no llegaba a pisar el ardiente páramo del rencor.
-¿Qué le
pasó a don Pedro, doña?-intervino el comisario.
-Raúl,
contále vos, Yo no me siento con ganas.
-No, no… no
quiero escuchar a estos mocosos irrespetuosos, cuéntenos usted -dijo Ruiz.
Raúl se
adelantó y se paró entre el doctor y nuestra madre.
-Si el
problema es con nosotros, llévenos a la comisaría a nosotros, pero no moleste a
mi vieja. Tengan un poco de respeto, carajo.
-Nadie va a
ir a la comisaría hasta que yo lo diga.
El
comisario abrió los brazos para acentuar sus palabras, parecía un pacificador.
No creo que fuera sincero, pero tampoco daba la impresión de dar mucho crédito
al doctor Ruiz.
-Vamos,
Raúl, cuente usted lo que pasó, y su madre nos dirá si es verdad. ¿Está de
acuerdo, doctor?
Ruiz aceptó
a regañadientes, pero se puso justo al lado de la vieja para captar cualquier
gesto extraño. Estaba en la busca de algún signo de remordimiento, tal vez, o
esperaba que ella se quebrara durante el relato de mi hermano y finalmente
confesara la verdad. Es decir, lo que el doctor Ruiz consideraba cierto.
-Mire,
comisario. Ayer el viejo volvió del campo al mediodía. Yo estaba en el pueblo.
Cuando volví me lo encontré tirado en la cama. Había vomitado en la puerta, y
los perros se estaban comiendo el vómito. ¿Qué le pasa, viejo?, le pregunté. Se
señaló la panza, y estaba más pálido que la cera. Mi mamá y mi hermana se
habían ido temprano a la casa de Doña Eva, para preparar los vestidos para el
festival de la semana que viene, ¿vio? Todas las mujeres se la pasan ahí todo
el día. Puse un cacho de carne al fuego y limpié lo que el viejo había
ensuciado. Le hice una sopa, pero no quiso tomarla.
-¿Y por qué
no me mandaste llamar?
Raúl se
limitó a alzar lo hombros, con cara de nada, como un chico que no sabe que hizo
mal. Qué parecido es a papá, pensaba yo al escucharlo, hasta tiene su misma
voz.
-Seguí…-dijo el comisario.
-Eran como
las cinco cuando mis hermanos volvieron del campo, ellos trabajan para un
vecino algunos días, por lo menos hasta que llegue el tiempo de cosechar los
girasoles. Así que les conté lo del viejo, y nos sentamos los tres a pensar si
era mejor llamar al doctor o esperar a mamá. Estaba casi anocheciendo cuando el
viejo se levantó de la cama y apareció al lado de la mesa, apoyando las manos y
reclamando comida. Estaba erguido y se frotaba la panza. Ya estoy mejor, me
dijo, esa sopa que me hiciste ya estaba fría, pero igual me cayó bien. Me
alegro, le dije, así que nos pusimos a hacer cada uno sus cosas hasta que
llegaron las mujeres y mamá preparó la cena. Entonces pasó lo que le conté
antes, doctor, mientras comía se puso morado y se agarró el pecho. Y se
derrumbó en el piso.
-Hay un
certificado de defunción, tengo entendido, ¿no?
-Sí,
comisario. Nicanor, andá a buscarlo.
Corrí a la
casa y volví con el papel que Raúl había puesto bajo el colchón de mi cama. El
doctor estaba por protestar, pero el comisario le hizo callar mostrándole la
firma de su hijo.
-Ya lo sé,
mi hijo me lo confirmó, pero estaba en pedo, no vale firmar un certificado de
muerte en ese estado.
El
comisario lo miró fijo, le hizo una señal de que apartarse un poco para hablar
en privado. Pude escuchar el murmullo sólo porque los perros habían decidido
hacer silencio después de un rato largo de ladrar a nuestros visitantes. Quizá
ellos, los perros, eran también nuestros cómplices. Eran familia, quién podía
negarlo.
-Doctor,
si lleva esto más lejos, va a tener que desacreditar también a su hijo, y
pueden sacarle la matrícula al muchacho. Piénselo un poco.
Ruiz nos
miró con bronca contenida. Luego se dirigió a mi vieja:
-Pero Doña
Clotilde, cómo va a dejar que lo entierren sin un ataúd...
Ella nos
miró, confusa y con miedo, por un instante.
-¿Por qué,
doctor? Yo les dije que lo hicieran así. Sólo sigo los preceptos del Padre
Macabeo, doctor. El nos leyó partes del Antiguo Testamento donde se dice que
venimos de la tierra y a la tierra volveremos. Mi esposo amó la tierra y por
eso la quemó tantas veces, para volver a verla nacer. La amaba tanto que nos
sacrificó a todos, doctor, a mí y a mis hijos. La amaba porque sabía que la
tierra es lo único que no muere.
Era la
primera vez que la escuchábamos decir tantas palabras seguidas, salvo cuando
rezaba. Y eso parecía estar haciendo ahora.
-Hago lo
que él hubiera querido, doctor. Le dije a mis hijos que llevaran a su padre a
dormir para siempre con su amante, su madre, su hermana. Yo no estoy celosa
ahora, en un tiempo sí lo estuve, pero ya no. Mis hijos me aman como él lo
hacía con su tierra, fuera donde fuese. Aquí, en el Chaco o en
Tenía las
manos aferradas al delantal, y su frente traspiraba a pesar del frío. Las
mejillas acaloradas, la piel del cuello algo pálida. Pero quizá fuera el
viento, que al arrastrar el llanto de Clarisa desde el campo de girasoles,
provocaba esos cambios en su cuerpo siempre recto e incólume, y no lo que
acababa de decir. Porque fue como escuchar a un predicador o a un profeta.
El doctor
Ruiz presentó su saludo de despedida en silencio, pero lo escuché decir por lo
bajo:
-Todos
están locos, en esa familia todos están locos…
El
comisario esperó que subiera a la camioneta, y se quedó con nosotros para
aclarar ciertas cosas, según dijo.
-Mire,
Doña, si se arrepiente, porque ha puesto a sus hijos en problemas, podemos dar
marcha atrás y hacer el funeral como se debe. Yo me comprometo a hacer la vista
gorda a lo que pasó hoy. Pero ya sabe, el doctor puede seguir adelante con su
propósito, y yo no puedo hacer nada…
-No voy a
desenterrar a mi esposo, comisario. Eso es sacrilegio. Es peor, y sé lo que
digo, que dejarlo incluso sin sepultura.
-Pero…
En ese
momento se escuchó un grito de Clarisa, fuerte, y la voz de Pedro diciéndole
que se callara.
-Ya lo ve,
comisario. No voy a hacer que mi hija llore más de una vez por su padre. ¿Usted
haría eso con sus hijos?
-No tengo
hijos, Doña Clotilde, a Dios gracias -dijo, mirándonos a Raúl y a mí.
5
Yo tenía ocho años el día que vinieron a buscar a
papá. Nos habíamos establecido cerca de Coronda, en unos campos que mi viejo
logró arrendar con lo que había obtenido de la cosecha anterior en Córdoba.
Allá nos había ido bien, creo recordar, o por lo menos eso dijo él. Yo
solamente me acuerdo de haber dejado la chacra cordobesa una mañana de sábado,
con nosotros y nuestras escasas pertenencias en un camión. El chofer era
conocido del viejo, y como tenía que ir a Buenos Aires vía Santa Fe, papá le
pidió que nos llevara. Fue así que luego de subir las cosas de cocina que mi
vieja arrastraba de un lugar a otro, las valijas de cuero, viejas y de cintas
gastadas, donde llevábamos la poca ropa de invierno, porque en el verano
usábamos nada más que pantalones a veces. Pero como cambiábamos de lugar
permanentemente, y por lo tanto de clima, la ropa se estropeaba con rapidez
bajo la lluvia inesperada que nos esperaba en un pueblo dos días después de
haber dejado el anterior bajo un sol ardiente de pleno verano.
Ahí, cerca
de Coronda, estuvimos un año. Cultivamos trigo, pero mi viejo se había quedado
desilusionado con la experiencia de sembrar cebada en Córdoba. No sé quien se
lo había recomendado, pero él se había encaprichado en reservar por lo menos un
sector para este experimento. Resultó que debió dedicar más tiempo a este
sembradío que al resto de los cultivos comunes que nos iban a dar de comer. No
llovió, no hubo granizo ni inundación esa temporada, pero el tiempo de mi padre
era como el de todos los hombres, duraba nada más que veinticuatro horas, y él
no se abstenía de dormir. Fue descuidando los otros campos a expensas de la
cebada, iba y regresaba de la ciudad con folletos y papeles donde anotaba lo
que le recomendaban en la forrajería. Se pasaba horas parado frente a las
plantas de cebada, que se estaban muriendo y él no sabía cómo evitarlo. Mi
madre ya lo conocía y no decía nada. Raúl trabajaba en los otros campos, pero
sólo no podía hacer mucho. Peones no podíamos pagar, y Pedro, que tenía once años,
regresaba cansado y mamá le prohibió volver a salir al campo. Yo recién había
cumplido los nueve años, y fue la primera vez que descubrí el fuego que papá
creaba.
Fue más
que una revelación, porque hasta entonces había escuchado conversaciones que
nada significaban, vi caras enojadas que no me llamaron la atención. Mi vida
transcurría en alguna otra parte, allí pero en otro plano más inocente, un
sitio intocable, tal vez, a pesar de la pobreza de la que no me daba cuenta. Yo
comía y jugaba con los perros, tenía ropa para abrigarme y una cama caliente
que compartía con mis hermanos. Tenía una madre y un padre, e incluso a veces
recibía un regalo, un muñeco confeccionado con madera y trapos, o una pelota de
tela que me llevaba al llano para patear, mientras los perros me seguían,
corriendo y ladrando. Yo pescaba en los arroyos o jugaba en el barro mezclado
de estiércol entre los caballos que mi viejo usaba para arar.
Había un
establo lleno de herramientas viejas, arados oxidados, palas rotas, gomas de
autos, donde yo me pasaba horas enteras, explorando los espacios entre aquellos
objetos amontonados. Era un mundo especial para mí, lejos de la casa y el sol,
lejos de las discusiones entre el viejo y Raúl, que en ese entonces empezaban a
ser más frecuentes.
De allí
salí cuando escuché que alguien gritaba “¡fuego!”. Al asomarme vi las llamas a
no más de tres kilómetros, justo en el campo de cebada. Estaba anocheciendo,
pero parecía hacerse nuevamente mediodía con la luminosidad y el calor de las
llamas. Mi familia estaba reunida en la puerta de la casa vieja, excepto papá,
que apareció por el camino que conducía al campo, con la cara llena de hollín,
la ropa chamuscada y unas lágrimas que formaban surcos claros en el rostro curtido por el sol.
-¡¿Otra
vez?!-dijo mamá.
Papá no
contestó. Ella ya sabía la respuesta, la misma que ya le había dado muchas
veces antes de que yo naciera. Conocí esa respuesta un tiempo después, y era
algo más parecido a un epitafio que a una explicación. Ni siquiera una excusa,
sólo una razonable cuestión de principios que nadie podría refutar desde el
punto de vista que el viejo tenía, y sin embargo todos sabían que era
insostenible, como insostenible es mantener en pie un cuerpo que no se alimenta.
Porque él
decía que la tierra pobre y desnutrida se adelgaza como un hombre que sólo se
nutre de vegetales verdes. El caso era que los vegetales terminaban con la vida
de la tierra en lugar de alimentarla, entonces se convertía en simple polvo sin
capacidad de procreación. La tierra es como la carne, se alimenta y a su vez
crea. Es como el músculo, crece y se mueve, y al moverse pone en marcha los
procesos mecánicos y biológicos que crean nuevas fuentes de vida.
Y mi vieja
también tenía su parte de culpa en eso. Le gustaba leerle pasajes de
Sí, mi
vieja tenía su parte de culpa, también, así que no podía decir más que lo que
siempre decía: ¡otra vez!, y quedarse callada, contemplando las llamas que
avanzaban destruyendo no sólo los cultivos fracasados, sino también los
humildes y obedientes hijos de la buena cosecha, siempre tan escasos, difíciles
de obtener contra las inclemencias del tiempo. El viento, aunque suave, sabe
transportar el fuego, y parece divertirse más que al esparcir semillas o traer
las nubes que las alimentarán. El viento se divierte a expensas del corazón de
los hombres, y disfruta ofuscando y exacerbando el hastío y la furia en los
pechos que observan el paso incesante del fuego que arrastra y alimenta.
De ese
fuego escuché hablar en el camión que nos dejó cerca de Coronda. El camionero
amigo de mi viejo conversaba con él en la cabina, donde Raúl y yo estábamos
también. Yo miraba los aguaceros precoces del otoño, mientras ellos decían que
habíamos huido con suerte, porque el dueño de los campos vivía en la ciudad y
no se enteraría del incendio hasta dos días después. Entre la tarde que comenzó
el incendio y nuestra partida, no pasó más que medio día. Así que teníamos un
día y medio de ventaja, aunque entonces no lo sabíamos todavía. Mi viejo miraba
atrás sacando la cabeza por la ventanilla, como si pudiera ver si lo
perseguían. Era la primera vez que yo pasaba por eso, pero en la noche escuché
a Raúl y a Pedro hablando de las veces anteriores, y supe que siempre ocurría
lo mismo: el asentamiento, el tiempo de sembrar, luego el incendio y la huida.
El viejo siempre miraba atrás durante algunos días, pero no dejaba más huellas
que el fuego, y el fuego tiene la encomiable destreza de no dejar nada tras su paso,
lo borra todo, y como un dios protector oculta entre los velos negros de su
humo, las manos que lo han creado.
Yo entonces
entendí que mi viejo se sentía protegido por el fuego.
Cada
comienzo en un nuevo pueblo era un desafío que le daba fuerzas, no por el hecho
del nuevo sitio, sino por estar en camino hacia algo nuevo, y mientras iba
deshaciéndose y arrojando en los caminos los residuos del temor, una sonrisa
iba ganando terreno en su cara, antes oculta por la barba que se había dejado
crecer en señal de tristeza y fracaso. Se ponía charlatán y chistoso, nos
palmeaba las espaldas y nos abrazaba más seguido. Besaba a mi vieja y se ponía
pesado con ella con tanto mimo y atención.
Entonces
ella también era feliz, y nosotros más aún. Mi padre se acercaba en esos
momentos a ser el hombre a quien nosotros habríamos deseado tener como padre.
Pero los recuerdos de las épocas grises son como un mosaico, un tablero de
damas. Saltamos de uno a otro y perdemos piezas irrecuperables.
6
Fue una noche del mes de agosto, excepcionalmente
fría. Ya desde la tarde se veían nubes oscuras que amenazaban con lluvia, pero
todavía a las nueve de la noche no había llovida, sólo se había intensificado
el frío y aumentado el viento que traía ráfagas heladas desde el sur. Papá
regresó de su sexta incursión en el campo de trigo, y volvió con la misma
expresión preocupada de las otras cinco.
-No hay
nada que hacer, la helada va a podrir la tierra.
Habíamos
logrado una buena cosecha al final del verano, y esperábamos que las plantas
resistieran el invierno para la próxima. Pero según lo que anunciaba la radio,
se avecinaba aguanieve y alguna nevada breve, suficiente, sin embargo, para
matar lo cultivado.
-Es tierra
agotada -dijo papá, sentándose a la mesa, donde lo esperaba un plato de sopa de
gallina.
Mamá servía
con el cucharón, y luego pasaba el plato hondo de la vajilla de metal,
ennegrecido por el uso. Se escucharon truenos y dos relámpagos iluminaron el
interior de la casita. Los dos perros que teníamos en ese entonces reaccionaron
de manera distinta a los truenos: el macho se escondió bajo la mesa, temblando
entre nuestras piernas, la hembra dio vueltas alrededor, agitada y ladrando, a
veces aullando. Clarisa tenía cinco años y jugaba con la sopa, volcando la
cuchara en la mesa cuando intentaba seguir las corridas de la perra. Mamá la
retaba, pero se había resignado a soportar con tranquilidad las pequeñas
complicaciones domésticas, porque veía venir algo más importante en la cara de
su esposo. Yo todavía no alcanzaba a verlo, pero creo que mis hermanos mayores
ya lo habían notado. Sobre todo Raúl, cuya cara triste estaba en completo
acuerdo con el silencio que había decidido adoptar como réplica. Papá esperaba
que él dijese algo, al fin de cuentas era el mayor, y desde hacía mucho tiempo
era su único ayudante en las tareas de siembra y cosecha. Pedro había empezado
con trabajos de arreo, cuidado de los caballos, compras en el pueblo. Yo era el
único que iba a la escuela, tres veces por semana. Cerca de Coronda había una
vieja escuela rural a la que asistían casi cien chicos. Era la primera vez que
mi familia se había asentado tan cerca de un distrito escolar, así que mi vieja
habló con papá sobre su idea de mandarme a aprender. Era una oportunidad,
después de todo, que podría servir para hacer que nos quedáramos más tiempo que
otras veces. Pero ahora, viéndolo a la perspectiva, resultó ser una tremenda
inocencia por parte de mi madre. Era como retener al viento en un sitio, era
como controlar el fuego, pero sólo es posible dejarlo seguir hasta que acaba
con uno.
Mi viejo
aceptó, y no cambió mucho la rutina diaria. Sabíamos que no duraría mucho el
cambio, o más bien aquella extraña falta de cambios que era nuestra permanencia
en un mismo lugar por más de unos cuantos meses. Lo disfrutamos de algún
curioso modo, conscientes de que todo pronto acabaría, pero no por eso mis
hermanos dejaron de hacer amigos y conseguir un par de noviecitas con las que
iban a esconderse entre el sembradío para besarse, para tocarse de una forma
que yo en esa época no entendía. No servía de nada que mamá los previniese, los
veía lavarse y salir corriendo cuando terminaban la tarea en el campo, y nos
miraba a Clarisa y a mí como si fuéramos todavía sus bebés.
-Ustedes se
quedan conmigo-nos decía.
A ella no
iríamos a perderla porque alguna vez se iría con nosotros, cuando papá y el
fuego lo decidiesen. La cuestión es que no fue él quien esta vez nos obligó a
dejar el lugar, sino la policía. Dos hombres abrieron la puerta con una sola
patada, y un tercero entró empuñando un arma.
-¡No se
muevan!-decía, apuntándonos. Los otros lo siguieron y también nos apuntaron.
Nos
quedamos sentados como estábamos, al principio más sorprendidos que asustados.
Cuando Clarisa comenzó a llorar a chillidos, mi madre se levantó para
consolarla y la apretó contra su pecho.
-¡Dije que
no se movieran!
Mi padre,
que todavía tenía la cuchara en la mano, miraba a los policías con una
expresión que no supe interpretar. No le dieron tiempo a hacer nada. Dos de
ellos lo golpearon mientras estaba sentado y lo maniataron en el piso. El
cuerpo de papá empujó la mesa al caer y la sopa de cada plato se volcó en la
mesa y chorreó en el suelo. Nuestros perros ladraban juntos, excitados,
gruñendo y mostrando los dientes a los intrusos, sin dejar por eso de lamer un
poco de la sopa que había caído. No me atreví a mirar a mi padre allí tirado,
babeándose mientras intentaba hablar, aplastado por las rodillas de los
policías. Fue como si supiera que él no quería que lo viesen así, casi como si
lo viesen desnudo, flaco, pálido y tembloroso. Absolutamente desprotegido por
el fuego y abandonado por la tierra. Habría deseado morirse en ese momento,
quizá, pero la tierra estaba bajo las tablas del piso y no lo aceptaba, y el
fuego era una débil llama servil en la cocina.
Pedro se
había quedado mirando fijo a los intrusos, con una mirada de odio que no le
conocía y que desde entonces me resultaría familiar. Raúl se había parado
apenas entraron, pero se quedó quieto y contemplaba a nuestro padre con una
inmensa piedad, clara y abrumadora en sus ojos brillantes. Ya en esa época
comenzaba a parecerse mucho a papá, y pienso que debía estarse viendo a sí
mismo en el futuro. Y también había otra cosa en su mirada, había rencor. Más
tarde aprendí que el rencor puede ser más fuerte que el odio, más persistente y
obstinado, capaz de hacer cosas que el odio envidiaría.
Entonces
uno de los perros se abalanzó contra uno de los policías. Apretó los dientes
sobre el brazo que tenía la pistola y no quiso soltarlo por más que el tipo
gritó intentando sacárselo de encima. Uno de los otros golpeó al animal, pero
el que parecía ser el jefe hizo algo mucho más rápido y eficaz. Le pegó un
tiro.
Nuestro
perro, que apenas hacía un rato temblaba a causa de los truenos bajo la mesa,
estaba muerto ahora sobre el piso, con la mitad de la panza abierta por el
estallido de la bala. Clarisa gritó aún más fuerte. Yo me arrodille junto al
cuerpo. La hembra olvidó a los intrusos y comenzó a dar vueltas alrededor,
lamiéndome la cara, empujándome con el hocico, oliendo el cadáver de su
compañero. Parecía decirme que hiciera algo para curarlo. Yo lloraba, no podía
hacer más que eso.
Pedro
empezó a golpear al policía que lo había matado. Mamá le gritaba:
-¡Basta,
Pedro, basta!- con lágrimas que apenas se veían, pero su mentón temblaba
mientras intentaba consolar a nuestra hermana.
Raúl no se
movió. Observó cada uno de los hechos sin cambiar de sitio. Transpiraba, se
frotaba la frente con el dorso del antebrazo, se lamía el sudor sobre el labio
superior, los cortos pelos que formaban su incipiente bigote.
Se llevaron
a nuestro padre esa noche a la comisaría de Coronda. Vino el comisario, que se
dignó mirar el lío de cosas tiradas, de sopa volcada, la sangre en el piso, el
cadáver del perro que yo me negué a enterrar hasta la mañana siguiente. Tuvo
que escuchar el llanto de Clarisa, que no cedería hasta al amanecer, y los
insultos de Pedro, los cuales tuvo que aguantarse sólo porque era un chico de
once años, antes de explicar a mamá de qué se acusaba a mi padre.
-Llegó una
orden de arresto esta tarde, doña. Lo van a juzgar por incendio de propiedad
ajena. Hay dos denuncias en Córdoba, hace rato que lo andan buscando…
Luego
saludó con gentileza a mamá, pero ella se limitó a su silencio habitual.
Después, dio la mano a Raúl, que debió parecerle mayor a su edad por su
comportamiento tranquilo y su respetuoso acatamiento a la autoridad. Yo lo
miraba y sentí vergüenza de mi hermano. Pero uno se equivoca al interpretar las
actitudes y las miradas. Qué lejos estamos de conocer a la gente que más cerca
está de nosotros.
Yo tenía
entonces nueve años. Poco y nada sabía aún de las amargas semillas que cultiva
el corazón de un hombre.
7
El llanto de Clarisa era el mismo, pero un poco menos
chillón. Esta vez parecía más doloroso, porque la vez anterior era más parecido
a un ataque de histeria, esa imposibilidad de parar de llorar que sienten los
niños cuando ven algo que los asusta. De nada vale explicarles o intentar
calmarlos, ellos seguirán hasta que se cansen y caigan dormidos.
Ahora, sin
embargo, cuando Pedro apareció de vuelta en casa después del mediodía,
cargándola en brazos, casi dormida y abrazada a su cuello, creí ver a la
hermanita pequeña que había visto llorar en los brazos de mi madre.
Igual que
aquella vez, se consoló en brazos de la vieja, que la acurrucó a pesar de que
tenía ya quine años y estaban planeando casarla. Pedro la llevó después a la
cama y la vieja se quedó a cuidarla.
-Calentá un
poco de leche -le dijo a Raúl.
Él obedeció
y esperó junto al fuego. Luego le preguntó a Pedro:
-¿Qué hizo?
Pedro
estaba sentado, limpiándose las uñas con una astilla del reborde de la mesa.
-Llorar y
gritar, qué otra cosa iba a hacer…
-La
escuchamos…-dije.
-Se puso
loca al principio. Me costó alcanzarla, pero como no sabía dónde lo habíamos
enterrado, se paró un momento y la agarré. Soltáme,
hijo de puta, me decía-. Pedro bajó la voz, mirando de reojo hacia el
rincón donde estaba la cama de Clarisa.- Los
tres son unos hijos de puta, gritaba, tratando de soltarse. Si te quedás quieta te llevo a ver la tumba,
le dije. Qué tumba, pozo de perros le
hicieron, me contestó. Pero se quedó quieta y la llevé. Se tiró sobre el
montoncito de tierra y se puso a llorar gritando y aullando. Después la tiré de
los brazos para arrancarla, pero estaba como pegada con la cara y todo el
cuerpo contra la tierra. Papito,
decía-. Pedro imitó con desprecio la voz de nuestra hermana.- Me dieron ganas
de pegarle ahí mismo, de azotarla hasta que no tuviera fuerza para levantarse.
Quedáte con el viejo ahora, le habría dicho.
Pedro se
había puesto nervioso y vi que se había lastimado el dedo con la astilla.
-Por qué
tanto drama con el viejo, si al fin de cuentas lo conoció menos que nosotros.
-Lo conoció
quine años -dije.
-Pero sabía
engatusarla -dijo Raúl.
Lo miramos
y supimos que era verdad. El encanto del viejo era indiscutible cuando se
trataba de mujeres. Sino cómo habría hecho para que la vieja no lo abandonara.
No era un mujeriego, sino que tenía un encanto de difícil clasificación, era
más bien como si provocara una mezcla de lástima y amor al mismo tiempo, y lo
curioso es que ambos sentimientos sobrevivían sin matarse uno al otro, como es
costumbre. La lástima suele ser más insistente, menos fuerte pero sí más
persuasiva para hacer su trabajo de humillación. La pena es contradictoria, bella
y fea a la vez, alegre y desesperada. Es un regalo finamente envuelto que
esconde una caja vacía.
Pero Don
Pedro Espinoza, con toda su obstinación tan semejante a la maldad, con todo su
fracaso a cuestas que disfrazaba de insobornables principios e ideales humanos,
supo acreditarse el amor incondicional de todos nosotros.
Sus tres
hijos varones lo veneramos a lo largo de la vida de cada uno. Lo seguimos y
soportamos la lluvia, el fuego y la fuga de cada pueblo que dejábamos tras una
cortina de humo que escondía nuestra angustia y nuestra vergüenza. Éramos como
un cuerpo cuya cabeza a veces se perdía en delirios que nunca se apartaban del
todo de la realidad, como si sus ojos viesen en el desierto las futuras
construcciones, los futuros edificios o cultivos. Allí estaban, él los veía,
como un nuevo Moisés arrastrando a su pueblo hacia un lugar que sólo él podía
ver, y del cual tampoco debía estar muy seguro.
El olor de
la leche hervida inundó la casa. Se escuchó el reclamo de mamá y Raúl se puso a
verter la leche en una taza. La llevó a nuestra hermana y volvió para limpiar
lo quo se había volcado sobre el horno a leña. Era un viejo horno de metal que
el Padre Macabeo nos había conseguido luego de preguntar por las estancias de
los alrededores. Una familia de Le coeur antique, el pueblo vecino, estaba
regalando cosas viejas y él nos avisó. Fuimos el viejo y yo a buscarlo. El
pueblo era raro, no había árboles en los alrededores, y la casa grande de una
familia de apellido francés estaba cerrada, de vacaciones en Europa, nos dijo
el cura. Nosotros desconfiábamos que alguna de aquellas cosas abandonadas en el
patio de la casona sirviera de algo, pero el cura se había preocupado por
nosotros y no podíamos negarnos.
Al final,
le dimos buen uso. El viejo y Raúl lo repararon. Tenía las tapas del horno sin
bisagras, óxido por todas partes y le faltaba una pata. Pero consiguieron
prestado un soldador y se pusieron a arreglarlo. Cuando estuvo listo, mamá se
paró delante del horno, secándose las manos en el delantal y con una sonrisa de
satisfacción que yo veía por primera vez en mi vida. Papá abrió la puerta del
horno y metió la leña, luego encendió el fuego y en media hora la casita era un
hervidero.
-Gracias,
Padre -le había dicho mamá al cura, como si él hubiese inventado aquel
artefacto, como si no supiera que aquel empecinamiento del cura con nosotros
tenía otras intenciones que no conocíamos con certeza, pero sobre todo que no
entendíamos o no queríamos comprender.
Y como
dicen que cuando se piensa en alguien se lo está llamando, golpearon a la
puerta.
Era el padre Macabeo, con su sotana desteñida, sus
cuarenta años a cuestas, fornido y de hombros anchos, pelo rubio tirando a
pelirrojo y con canas en las raíces, una corona calva que trataba de cubrirse
dejándose crecer el poco pelo que le quedaba un más de lo común para su oficio.
Tenía ojos celestes, agrisados, usaba anteojos redondos solamente para leer en
misa.
-¿Pero qué
es lo que me han contado?-dijo al entrar, mirándonos a cada uno más con
sorpresa que enojo. Sin esperar contestación, fue directamente a donde estaban
mamá y Clarisa.
-Padre…
Mamá se
levantó y lo abrazó. Parecía llorar sobre el pecho del cura, pero yo no podía
creer que lo estuviera haciendo. Un segundo después la vi levantar la mirada,
límpida y fría, pero ella siguió agradeciéndole la visita con toda
condescendencia.
Estuvo allí
un rato y después nos miró. Movió las manos como si fuese a retar a chicos de
diez años.
-¿Pero cómo
se los ocurrió eso? Enterrar a su padre en la tierra, como a los perros. ¿Qué
clase de hijos son? O será cierto lo que el doctor Ruiz me ha contado esta
mañana…
-¿Y qué le
contó? -dijo Pedro.
Debí
imaginar que él sería el primero en enfrentarlo. Desde que lo habíamos conocido
en Coronda, le tenía resentimiento. El padre Macabeo era entonces el párroco de
la iglesia, después nos fuimos y pasamos por varios pueblos, hasta que caímos
en Los perros, y encontramos al cura otra vez, asignado aquí por la curia.
Decían las malas lenguas que lo habían echado de Santa Fe un tiempo después de
irnos, aunque oficialmente había cambiado de parroquia por designación del
clero. La verdad era que se había venido a menos, si la jerarquía de los curas
se mide por la cantidad de feligreses y el tamaño de su templo. Yo supongo que
es así, porque los asuntos humanos, aunque estén vestidos con telas
celestiales, tienden siempre a dejarse tentar por la fascinación de los
números. Hay sabios que aseguran que Dios tiene un nombre cuyo número de letras
es una cifra tan exacta y definitiva, que no puede conocerse, porque conocerla
sería nombrar la propia muerte, y con ella la muerte del mundo. Quizá sea así,
porque la incapacidad que tenía el padre Macabeo para enrolar en sus filas
nuevos feligreses era sólo comparable a su capacidad de hacer sentir culpable a
cualquiera con sólo mirarlo.
Tenía una
feligresía muy limitada, pero fiel y constante, sin embargo no dejaba de
recorrer cada pueblo vecino o de visitar a alguna familia nueva para sumar
adeptos. Era una entrometido para algunos, casi un santo para quienes lo vieron
pasar noches enteras curando gangrenas, o un filisteo para otros, que no iban a
su iglesia porque no les gustaba su insistencia de citar el Antiguo Testamento.
Mamá se
había apegado también a esa costumbre. Veía en el viejo libro una constancia de
la que carecían los evangelios. Jesús era un revolucionario, era un chico en el
cuerpo de un hombre. Un hombre en el camino de un dios. No podía haber lógica y
cordura, sólo contradicción. Y según mi padre,
-Me
contaron que ustedes lo mataron.
Pedro
sonrió.
-¿Espera
confesión, Padre?
-¡Pedro!
-gritó mamá.
-No
importa, Doña Clotilde. Sus hijos son grandes, han crecido mucho desde que nos
conocimos en Coronda. Son hombres, y tienen derecho a pensar. Su padre, en
cambio, no merecía este trato. El entierro en lugar santo es un derecho de
Cristo. Su padre lo sabía y lo honraba.
Pedro se le
acercó a no más de diez centímetros. Eran de la misma altura, pero mi hermano,
veinte años más joven, de pelo rizado y oscuro, delgado y de brazos fuertes. Lo
vi levantar las manos y apretar el cuello de la sotana.
-Usted le
metió en la cabeza al viejo eso del fuego y la zarza…-de pronto no supo cómo
seguir, temblaba.
-Pero Don
Pedro ya venía quemando los campos desde antes…
-Para dar
fuerza a la tierra, ¿no es cierto, vieja?
Mamá tiraba
a Pedro de la ropa para que soltara al cura.
-Ayuden -nos
dijo a Raúl y a mí, pero no lo hicimos.
-¡Contestáme,
vieja!
-¡Sí!
-Pero
después de que usted le hablara de Abraham y la zarza de fuego, del sacrifico
del hijo, ya no paró. Quemaba y se iba. Usted lo volvió loco.
Pedro soltó
al cura y comenzó a empujarlo hacia la puerta. El padre Macabeo nos miró a cada
uno. Ninguno, ni siquiera la vieja, intentó ayudarlo. Lo mirábamos a su vez sin
llorar, sin piedad, así como nos había enseñado no tenían piedad los viejos
patriarcas. Ojo por ojo, diente por diente. Si un miembro del cuerpo te hace
doler, córtalo. Obedece la ley de Jehová: sacrifica a tus hijos si él te lo
pide.
El padre
Macabeo se paró en la entrada, bajo la luz radiante de la tarde. Era una figura
oscura y sin detalles interiores, sólo contornos parecidos a la piedra
volcánica. Se arregló la sotana y se fue caminando, seguido por los perros que
lo olían y ladraban, jugando a tirar de los bordes de la sotana. Hasta que
ellos también lo dejaron en paz.
8
Cuando se llevaron a papá era de noche. La vieja quiso
ir, pero no la dejaron.
-Mañana lo
van a visitar, doña, si el juez permite visitas. Buenas noches-dijo uno de los
policías.
Fue mejor
así, pienso. Clarisa no paraba de llorar y nosotros no habríamos sabido
consolarla. Yo no me moví de al lado del cadáver de mi perro, y aunque tenía la
cara bañada en lágrimas, pude ver cómo los policías levantaban a papá con las
manos esposadas a la espalda y desaparecían en la noche. Pedro corrió tras
ellos pero manteniendo la distancia hasta un poco más allá del umbral de la
puerta. Raúl se había sentado y tenía la cabeza escondida entre los brazos
cruzados apoyados en la mesa, y los puños cerrados, tensos.
-Dios mío
-murmuraba mamá, caminando de una pared a otra, intercalando mimos y palabras
que intentaban consolar a Clarisa
-Sabía que
iba a pasar esto un día, lo sabía, lo sabía…
Era la
primera vez que la veía tan nerviosa, y nunca antes la había escuchado hablar
tanto.
Pedro
volvió y ella se desquitó con él.
-¡¿Querés
que te lleven también?! -le gritaba, pegándole en la cabeza con la mano que le
quedaba libre. Clarisa empezó a llorar más y ella volvió a dedicarse a nuestra
hermana. Pedro estaba furioso, pero lloraba en silencio.
Después ya
no me acuerdo de nada. Sólo que amanecí en la cama, abrazado a mis hermanos. En
la mañana enterramos a mi perro, mientras la perra nos acompañaba. Mamá se
quedó en casa, Clarisa tenía fiebre. Raúl cavó el pozo, yo envolví el cuerpo en
una manta y lo dejé caer allí. La perra se asomó, olisqueó y se sentó a mirarnos. Pedro devolvió la tierra al pozo y
yo puse una piedra donde grabé el nombre de mi perro. Pancho, se llamaba.
Esa tarde,
igual que lo haría casi diez años después, el padre Macabeo, más joven, con
casi todo su pelo todavía, con la misma sotana pero más nueva, apareció en
nuestra casa, atravesando el umbral con la puerta rota. Miró lo que habían
hecho los policías con una expresión de leve superioridad.
-Yo le
avisé a Don Pedro, no son maneras de vivir las que estaba llevando…-dijo, aún
antes de saludarnos.
-Pase,
Padre.
Mamá le
acercó una silla. Puso un almohadón, le sacudió el polvo y lo invitó a
sentarse. Todavía había manchas de sangre en el piso y de sopa en la mesa. El
cura miró al suelo.
-No lo
hirieron, Padre, la sangre es del Pancho. Lo mataron por defender al patrón…
El cura me
miró, porque sabía que el perro era mío más que de la familia. Me sacudió el
pelo mientras yo lo miraba, parado junto a la mesa. Me sonrió, supongo que por
amabilidad, pero yo en ese momento me pregunté de qué se sonreía.
Mi padre
estaba preso, mi perro muerto. Mi madre desesperada, aunque lo ocultara, Pedro
enojado y Raúl encerrado en sí mismo como si estuviera en un bastión a
kilómetros de distancia. Mi hermana estaba en cama, entre fiebre y sollozos. Y
casi no teníamos para comer. El trigo estaba listo para ser cosechado, pero no
nos bastábamos para hacer la cosecha nosotros solos. Si el tiempo empeoraba,
perderíamos todo.
-Vengo del
pueblo, Doña Clotilde. Vi a su marido. Manda decir a los chicos que empiecen a
cosechar, que no pierdan tiempo. A usted le dice que no vaya a verlo, pronto
saldrá. Le dieron un abogado de oficio, y con suerte cumple tres meses
solamente.
Mamá abrazó
al cura y lo besó.
-Déje,
nomás, Doña Clotilde, me va a hacer poner colorado.
-Vieron,
chicos, el Padre Macabeo siempre nos trae buenas noticias -se secó las lágrimas
y se puso a calentar agua caliente para unos mates.
Entonces el
padre Macabeo empezó a venir dos veces por día. Los fines de semana él se
quedaba toda la tarde después de misa. Raúl y Pedro se pasaban horas en el
campo, cosechando. Algunos vecinos venían a ayudar, pero era un trabajo lento.
Ellos volvían cansados, se bañaban y se dormían casi sin comer. A las cuatro de
la mañana estaban otra vez en pie. Yo fui a ayudarles, por más que mamá no
quería. Los tres salíamos antes del amanecer, y al mediodía volvíamos para
comer algo. Entonces nos encontrábamos con el cura sentado a la mesa, nos
lavábamos las manos y luego nos sentábamos para hacer la bendición del
alimento.
El padre
Macabeo nos miraba, mientras él levantaba delicadamente el tenedor, cortaba con
suavidad la carne o bebía con lentitud. Cada vez que elevaba el vaso, yo lo veía levantar el cáliz
con la ostia, entonces me daba vergüenza estar comiendo en una mesa tan sagrada
que el mismísimo cura había bendecido. Pero mi visión de ese entonces no era
compartida por mis hermanos, y más adelante yo también cambié de opinión.
Después del
primer mes, el cura se ofreció a darnos lecciones de catecismo. Habíamos
vendido la cosecha a un precio mucho más bajo del que esperábamos. Era una
cosecha débil, y habíamos logrado recoger apenas la mitad antes de que el resto
se echara a perder por una plaga que empezó a comerse el cultivo desde un mes
antes. Papá no nos había dicho nada, y recién nos dimos cuenta que había
mantenido a Raúl, el único que lo ayudaba hasta entonces, lejos de esa zona.
Cuando poco después de que lo arrestaran, entramos al campo, vimos a los
insectos proliferar sobre las espigas del trigo, consumiéndolas con un líquido
pegajoso que las hacía pudrirse en pocos días.
Cuando
vendimos, el padre Macabeo nos acompañó hasta el pueblo, en la forrajería donde
habitualmente se reunían los compradores y los dueños de los campos o sus
arrendatarios. Si no hubiese sido por el cura, que aún sin decir nada cohibía
en cierto extraño modo a los duros comerciantes, que trataban por cualquier
medio de comprar al menor precio. Los compradores tenían su lista mental de
cuáles eran las mejores tierras y cuáles los campesinos más diestros o más
sagaces. Mi padre tenía mala fama, y la tierra que trabajaba era aún peor que
su reputación. Por eso, cuando se corrió la voz de que sus hijos estábamos
solos con lo que quedaba de la cosecha, y que el mayor no tenía más que quince
años, murmuraron frases de satisfacción entre sonrisas burlonas. No teníamos
mucho de lo que ellos pudieran aprovecharse, nada muy valioso para esforzarse
por obtener el precio más ventajoso. Simplemente actuaron como benefactores,
como si nos arrojasen una limosna por lástima. Monedas.
Pero si el
cura no hubiese estado allí, no siquiera eso habríamos obtenido.
Tal vez por
eso, o quizá lo planeara de antes, o simplemente fuese su buena voluntad, quién
sabe, que entonces se creyó con el derecho de adiestrarnos. Nos tomó a su cargo
como alumnos, ya que no teníamos nada más que hacer hasta el próximo cultivo, y
eso todavía estaba por verse, porque el asunto de papá no parecía ir por buen
camino.
Una tarde,
el padre Macabeo nos reunió fuera de la casa. Mi madre cocinaba y Clarisa la
ayudaba en las tareas más simples, limpiar papas, barrer el piso. Mis hermanos
y yo nos sentamos en la tierra libre de pasto junto a eucalipto. El cura se
sentó en una de las raíces sobresalientes, se secó la transpiración de la
frente con la manga y se acomodó la falda de la sotana entre las piernas
abiertas.
-Sé que no
son muy creyentes, muchachos, pero voy a enseñarles algunas cosas para que vean
qué beneficios trae confiar en Dios.
Abrió
-Su padre,
muchachos, es un hombre bueno con ustedes, pero es también un hombre
equivocado. Los quiere, estoy seguro, pero los está llevando por caminos
errados. Miren dónde ha ido a parar, y
no sabemos por cuánto tiempo.
Nosotros lo
mirábamos en silencio, sin mover un músculo de la cara. Raúl estaba en
cuclillas, como apenas dispuesto a escuchar por un rato porque tenía cosas que
hacer. Pedro arrodillado, la espalda erguida y los brazos cruzados. Yo acostado
de panza contra el suelo, los codos en la tierra y la cabeza apoyada en las
palmas de mis manos. Hacía calor, así que los tres estábamos desnudos del
cuerpo para arriba, refrescados por la brisa que corría entre las ramas del
eucalipto y nos envolvía con su aroma.
-Su madre
está cansada, muchachos. Es joven todavía como para estar manteniendo a cuatro
hijos sin ayuda del padre.
-Pero papá
no está muerto…-dijo Pedro.
El cura lo
miró, tal vez sorprendido de aquella interrupción.
-Ya sé,
hijo, pero deberían considerarlo…
Nos miró a
cada uno por un instante, esperando ver algo más que la fría recepción que
recibieron sus palabras.
-…ausente
por un largo tiempo. Por el bien de su madre, se los digo, y por el de ustedes.
Deberían alejarse de su padre ahora que tienen oportunidad. Me van a mandar en
unos meses a una parroquia cerca de Esperanza. Tengo conocidos. Le ofrecí a su
madre conseguirles un terrenito para sembrar, y a medida que crezcan, ustedes
se harán cargo.
Un ladrido
nos llegó desde la casa. Clarisa estaba riendo, jugando con la perra. El padre
Macabeo sonrió mientras la observaba.
-Su
hermanita necesita un mejor guía que su padre -dijo, y cuando se dio vuelta
otra vez hacia nosotros, se encontró con Raúl, que sin hacer un solo ruido se
había levantado y acercado al cura. Parado frente a él, lo miraba con rencor.
Era como ver a nuestro padre, la misma forma de cara de mandíbulas fuertes y
delicadas al mismo tiempo, la nariz recta, los ojos marrones, las cejas
pronunciadas, la frente ancha y el pelo negro ondulado apenas peinado hacia la
izquierda. Era también de la misma altura, y como dije antes, la forma del
cuerpo era exactamente igual a la que debía tener nuestro padre cuando era
adolescente, y que todavía se mantenía casi indemne a pesar de los años. Papá
tenía en ese entonces cuarenta y tres años, aunque cierto debilitamiento y el
escaso pelo encanecido lo hacían parecer mayor. Yo lo imaginaba en una celda,
sentado en el piso de tierra, la espalda contra la pared, las piernas dobladas
contra el pecho y el mentón sobre las rodillas. Pensando, tal vez adivinando lo
que sucedía esa misma tarde en las tierras de las que lo habían sacado. Viendo,
quizá, con esos ojos cuyo color marrón era una mezcla de los tonos cambiantes
del tiempo, una mezcla de tierras que el viento arrastra de lugar en lugar, la
escena que nosotros estábamos viviendo en ese momento.
-Vamos a
esperar a papá -dijo Raúl.
El padre
Macabeo asintió, con una sonrisa que me pareció construida como una casita de
naipes. Por eso pronto se borró cuando dijo:
-Querido
Raúl. Vos fuiste su primer hijo. Para nosotros, y aún para la gente de la
ciudad, el primer hijo es más que un orgullo, no te lo puedo explicar mejor.
¿Nunca te preguntaste por qué no te bautizó con su nombre? ¿Por qué le puso
Pedro a su segundo hijo?
Raúl
retrocedió y miró a Pedro, luego volvió la vista al cura.
-¿Y usted
qué sabe?
-Los curas
somos confidentes, hijo. Soy confesor de tu madre.
Yo dudaba
que fuera cierto, y si lo era, no creía que mamá llegara a contarle muchas
cosas de nuestra familia. No lo pensé de esa forma en ese momento, pero era
como una certeza sin explicación racional todavía.
-Entre
marido y mujer se dicen cosas. Los hombres hablan con sus mujeres a la noche.
Dicen cosas como si hablaran con sus madres o sus curas confesores. Cuando tu
mamá le dijo que vos vendrías en nueve meses, él dijo estar contento. Pasado
ese tiempo, siguió diciendo estar contento. Pero siempre tuvo esa mirada de
sorpresa y de miedo cuando te miraba. Como si se estuviese viendo a sí mismo.
Ése era su mayor miedo, creo. Un orgullo que no se permitía sentir.
Pedro se
levantó, como dispuesto a enfrentarse al cura. No se atrevió a decirle nada,
pero en su mirada reconocí el nacimiento de su ira.
-Se
acuerdan de la historia que le les conté de Abraham y su hijo. El viejo profeta
habría sin duda sacrificado a su hijo. Dios se lo había pedido, y él confiaba
en Dios por sobre todas las cosas. Es un asunto de fe incuestionable, pero
también está la cuestión de la naturaleza humana. Somos semejantes a Dios, pero
también semejantes al demonio. El orgullo no siempre es un pecado, a veces nos
salva. Pero el miedo es el lazo más fuerte del mal, matamos a lo que tememos.
Cuando crecías en la panza de tu madre, él sabía que estaba creciendo su miedo
a no saber criarte, el temor de engendrar alguien tan terriblemente triste y
destinado al fracaso como él. Se vio como en un espejo. Pero el miedo es como
una víbora que se enrosca en un círculo hasta comerse a sí misma, se alimenta
de su propio miedo. Uno termina por no matarse porque aprende a vivir con sus
propios fracasos, son dulces a veces, son como palancas o cuerdas que nos
mueven o evitan que nos caigamos. Ayuda, cuando no tenemos nada más que esas
cuantas piedras rotas recogidas en la cosecha. Cuando naciste, allí estabas, el
objeto terrible de su miedo, el espejo vibrante del futuro. Ponerte su propio
nombre habría sido demasiado para su pobre corazón cobarde.
Pedro se
le tiró encima. Apenas era un chico, así que el padre Macabeo lo sostuvo
apretado contra su cuerpo como un cachorro enojado, hasta que se le pasara la
ofuscación. Soportó las patadas y los golpes de puño que Pedro le daba, y que
no hicieron más que hacer sonreír al cuerpo fuerte del cura.
Raúl
lloraba.
Yo no sabía
qué hacer, dudando de que lo que acababa de escuchar hubiese sido realidad o un
sueño. Ahora que recuerdo aquel monólogo, no estoy seguro si fue pronunciado de
esa manera o yo he agregado mis palabras de adulto al sermón apocalíptico y
tenebroso a que el padre Macabeo nos tenía acostumbrados.
9
En la noche del día en que enterramos a nuestro padre,
llegó la señora Valverde. Entró cuando estábamos cenando. Mis hermanos y yo
habíamos empezado a hablar de qué hacer con el cultivo de girasoles. No
teníamos ninguna experiencia con ese tipo de cultivos, así que debíamos
consultar primero en el pueblo. Pero entonces llegó la señora Valverde, gorda,
mejillas rosadas y lisas como una manzana. Tenía más de cincuenta años, pero
disfrutaba de una agilidad envidiable. El pelo blanco y liso era largo, aunque
lo mantenía recogido con más de diez hebillas, y los ojos verdes, color que
también su hijo había heredado.
-Pero
Clotilde…-dijo, uniendo las manos delante de los pechos anchos como todo su
cuerpo. No era alta, así que su gordura se repartía como un globo inflado.- Por
qué no me avisaste antes…
Ella vivía
a cinco kilómetros. Su estancia pequeña conservaba cierto fulgor económico a
pesar de llevarla adelante sin ayuda. Era viuda desde muy poco después de dar a
luz a su único hijo. Gustavo Valverde era un tipo extraño, solitario y
experimentaba con crías de animales. No mucho después tendría problemas con los
gendarmes y se iría a
-Sé lo que
se siente, desde que perdí a mi hombre el único consuelo es mi hijo, y ya sabés
los problemas que me trae…
Mamá la
miraba por respeto, pero no parecía escucharla. La señora Valverde siguió
hablando, continua e ininterrumpidamente por más de dos horas. Eran casi las
once de la noche y estaba muy oscuro dentro de la casa. No teníamos
electricidad, y como mamá no quiso que encendiéramos las lámparas de petróleo,
sólo la luz de la luna alumbraba por la ventana la mesa junto a la que ella y
su vecina seguían conversando. Mamá respondía con monosílabos, con la mirada
perdida en la luz blanca que alumbraba las vetas de la madera. ¿Veía, tal vez,
manchas de sopa? ¿Recordaría ella lo mismo que yo recordaba en el mismo
momento? No me extrañaría que, de pronto, hiciera un ademán para apartar las
moscas, igual que lo había hecho con aquellas que daban vueltas sobre la cara
llorosa de Clarisa el día que arrestaron a papá. Pero esta noche no había
moscas, y se dio vuelta para mirar a mi hermana, que dormía en su cama.
-¿Cómo
está?
Mamá volvió
a mirar a la señora Valverde.
-¿Cómo lo
tomó, la pobrecita? Estaba muy encariñada con su padre.
-Ya la ve,
amiga mía, estuvo llorando todo el día hasta que se durmió. No quiso comer
nada.
-¿Y se sabe
qué le paso? ¿Fue así nomás, de repente?
Mamá miró
hacia la ventana. Raúl y Pedro conversaban afuera, yo estaba acostado pero
despierto.
-El campo
lo mató, me imagino-dijo mamá.
-Como a
todos, querida, como a todos tarde o temprano.
Fue lo
último que dijo la señora Valverde antes de irse. Pasó junto a mis hermanos y
les dijo algo, el pésame, supongo. Pero estuvo distante, tal vez le habían
contado lo que el doctor Ruiz sospechaba.
Escuché a
mamá lavarse la cara en la palangana, luego su ropa deslizándose en la
oscuridad a pocos metros de mí. Su cama estaba contra la pared opuesta a la
ventana por la cual entraba la luz de la luna. La sombra de mis hermanos se
movía gigante sobre el piso, hasta llegar a las sábanas. Mi madre se acostó,
escuché el rechinar del colchón. Cuando el ruido se detuvo, oí el llanto
contenido de mi vieja. No había llorado en todo el día, y creí que nunca iba a
hacerlo. Y eso me parecía bien: por qué necesitaba llorar por un hombre que no
hizo más que darle problemas que nunca tendrían solución más que desapareciendo
bajo las cenizas que toda la familia dejaba atrás al mudarse de pueblo en
pueblo. Problemas y fuego eran una fórmula más que eficaz para mi viejo, era
una revelación de santidad que le había sido revelada quizá en algún sueño, o
en alguna vigilia donde el insomnio tenía la virtud de hacer ver las auras y anticipar con profecías el devenir de los
hechos y la fatalidad del tiempo. Más adelante diré cuándo y cómo me pareció
ver que él leía aquellas oraciones místicas en los renglones del cielo de
invierno sobre los campos recién cultivados.
Pero esta
noche estuve pensando en la razón del llanto de mi madre. Por qué una mujer más
fuerte que su hombre y que todos sus hijos varones, necesitaría lamentar la
pérdida de aquel que no hizo más que opacar el brillo que ella habría podido
revelar por sí misma. Una mujer es un misterio. Una cueva y un océano, amplia y
honda como ellos. Si mi vieja había hecho caso a los sermones del padre
Macabeo, y los transmitía a papá, no era, seguramente, con la intención de que
él tergiversara las enseñanzas del Antiguo Testamento según su peculiar
interpretación. Una interpretación que luego sabríamos de una consistencia tan
rígida como la lógica de un muro de barro seco. Ella le hablaba en las noches
de cada domingo sobre los versículos de
Se quedaban
hablando hasta las dos de la madrugada, a pesar de que a las cuatro él tendría
que levantarse para trabajar el campo, y ella también, pero para preparar el
desayuno, ordeñar a la vaca, alimentar a las gallinas y evitar ese pensamiento
que la golpeaba como una piedra en la sien, esa idea constante e insobornable
de que su hombre no era, a pesar de todo, un fracasado, un pobre tipo que no
había hecho más que engendrar hijos fuertes y conservar para sí mismo una
figura endeble pero singularmente bella para un hombre tan viril como él. El
pensamiento que le decía que un hombre no es una escoria despedida de la suela
de las botas de Dios, sino un instrumento, una joya que debe ser pulida para
recordar la esencia en su centro. Sólo el fuego podía sembrar con humo la
superficie, pero no el centro de una piedra preciosa. Porque las piedras
brillantes son, lo mismo que las piedras de un campo infértil, productos de la
tierra.
-Las
zarzas, Pedro –le decía mamá antes de hacer un silencio que era como un bálsamo
para mis oídos-. Las zarzas son la lengua de Dios.
10
En la mañana, llegó Lisandro para llevarse a Clarisa.
Ellos se
conocieron un domingo diez meses antes, cuando pasamos por Le coeur antique por
primera vez. Nosotros acabábamos de llegar a Los perros y nos enteramos que el
padre Macabeo hacía visitas de cortesía en el pueblo vecino para atraer
feligreses. Allí no había iglesia, tampoco esperaba convencerlos de recorrer
casi treinta kilómetros cada domingo para ir a la iglesia de Los perros, pero
continuaba insistiendo. Mamá quiso ir a visitarlo, ya que no lo veíamos desde
que dejamos Coronda. Y entonces nos cruzamos en la plaza del pueblo con una
familia que tenía una estancia cerca, los Gonçalvez. Era gente de dinero, nos
dijeron. Los parientes de Buenos Aires eran socios de una empresa recolectora
de residuos, y también de una funeraria. Pero la familia parecía sencilla y
amable. Habían venido en una furgoneta nueva a pasar el día en el pueblo. La
madre era una señora delgada y piel curtida por el sol, de modales finos,
rasgos simples y distinguidos. El hombre era corpulento, de hombros anchos,
bigotes y barba espesa, ojos verdes como el césped que cubría el cementerio del
pueblo. El hijo se llamaba Lisandro, un chico de veinte años, alto y muy
parecido a su padre, pelo corto pero muy rizado y oscuro.
Las miradas
de Clarisa y él se cruzaron e inmediatamente cambiaron saludos, luego palabras,
luego juegos aparentemente inocentes, empujones leves, excusas para breves
roces que el tiempo fue prolongando y convirtiendo en una especie de amor que
mis hermanos y yo no habíamos conocido. Luego hablaré de nuestras relaciones
con las mujeres, ahora es tiempo de hablar de Clarisa y de la forma en que nos
abandonó. Porque esta mañana fue la última que pasamos juntos, la última vez
que la familia durmió bajo un mismo techo. Es curioso, ya la noche anterior mi
padre no estaba, y sin embargo no lo pensé de esa manera. Quizá el viejo había
desaparecido antes de que nosotros lo enterráramos. De algún modo, su muerte
fue no una muerte, sino la desaparición de un cadáver que desde hacía un tiempo
antes, y contra toda lógica, arrastraba a los vivos en lugar de dejarse
arrastrar.
Los vivos
somos los títeres de los muertos. Algunos ya están muertos por más que luzcan
con vida todavía. Son como Cristo, me parece. Llevan una sombra al lado, como
todos, pero ellos se han fijado en esa sombra desde que nacieron. Ella les
habla y ellos escuchan. No entienden, pero escuchan como quien oye el sonido
del viento que crece y avanza, trayendo el olor de la lluvia, las hojas
arrancadas con crueldad de los árboles, y más tarde las manos huracanadas de un
tornado nos levantan de la tierra como un símbolo incontestable, irreversible
de nuestro final.
Pensándolo
de tal modo, mis hermanos y yo no hemos hecho más que ser sepultureros.
Levantar un cuerpo muerto y llevarlo a enterrar en un sitio apartado, lejos del
ruido y cerca del perfume denso de las flores podridas. Sólo en ese olor somos
capaces de hundirnos sin pelea ni rencor, es un océano de aguas espesas y
calmas que nos recibe como las manos suaves de una madre o un padre que aún no
sabe lo que vendrá: el miedo al futuro instalado en ese presente intacto y
enorme como un universo encerrado en una piel casi transparente: el niño recién
nacido, el hijo que ha empezado a morir, sin saberlo.
Nadie se lo
dirá todavía, tal vez nunca se lo digan, porque de tales cosas no se habla.
Por eso la
muerte no es comprendida por quienes tienen, como mi hermana, la mente clara y
liviana como el agua de un arroyo que se junta en un claro de un bosque. Es tan
limpia y superficial, tan etérea su visión de las cosas, que no habría sabido
ver la sombra de nuestro viejo aunque el sol más grande se hubiese ubicado
junto a él para demostrar que una sombra es más que un reflejo en negativo, es
una compañera, una amante que nos abandona al acostarnos, sea en el sueño o en
la muerte.
Clarisa vio
entrar a Lisandro entrar mientras tomábamos mate sentados a la mesa. Mamá
estaba parada frente a la cocina a leña, esperando que hirviera la leche. Pedro
se acababa de lavar y estaba en calzoncillos largos. Raúl cebaba y yo tenía el
mate en la mano derecha.
Mi hermana
corrió a él y se abrazaron. Ella tenía su camisón viejo de algodón, limpio y
largo. No le gustaba porque la hacía parecer vieja, pero la abrigaba en las
noches de invierno. Ahora no parecía sufrir de frío ni tenía los temblores con
que se había levantado un rato antes. Pronto tendría quien cuidara de ella sin
miedo ni temores. Alguien que se acuestara a su lado y cubriera su cuerpo con
su propio cuerpo. No debió ser fácil para Clarisa crecer y hacerse mujer con
tres hermanos varones. En los últimos tiempos la habíamos notado cada vez más
distante, más desconfiada, como si cada uno de nosotros fuese un violador. No
sé de dónde sacaba esas ideas, no sé cómo pudo haber imaginado tales cosas, a
menos que el padre Macabeo le hubiese hablado alguna vez. ¿Le habría dicho que
tuviese cuidado, que no nos provocara, que todo hombre es un animal que no sabe
cómo controlar la salida del semen que fabrica sin darse cuenta, como un animal
prehistórico, como un asesino compulsivo?
Tal vez sea
cierto si lo dijo el cura, algo sabrá de todo eso. Yo recién sabría que tenía
razón un tiempo después. Cuando la familia ya no era una familia, cuando Pedro
mató a su propio hermano y yo fui responsable de la muerte de mi hijo. Pero me
estoy adelantando demasiado.
Esta mañana
Lisandro llegó con su camioneta Ford, estacionada entre una nube de polvo
levantada al estacionar frente a la entrada. Debió llegar a ochenta kilómetros
por hora, apenas se enteró de lo que había pasado. No iba a esperar que Clarisa
se hiciera mayor. Todos lo leímos en su cara. Mamá lo sabía aún antes de que mi
hermana se levantara de la mesa para abrazarlo.
-Me la
llevo, Doña Clotilde -dijo él. Consideró mantener un cierto respeto sólo por la
vieja, aunque por su cara no parecía ni siquiera dispuesto a concedérselo. En
cuanto a nosotros, evitó mirarnos hasta el momento en que se hizo necesario.
Pedro
arrancó a Clarisa de sus brazos y la empujó contra una silla. Lisandro se le
tiró encima y empezaron a pelear. Raúl intentó separarlos, pero sólo logró
sacarlos de la casa. Mamá también intentaba separar a Pedro. Clarisa salió
detrás y todos estábamos afuera ahora.
-¡Es menor
de edad, hijo de puta! -decía Pedro.
-¡Una
mierda son ustedes! ¡Asesinos! ¡No la voy a dejar acá para que la maten
también!
Mamá dejó
de forcejear y agarró a Clarisa.
-Hija, por
favor.
Ellos
pararon y escucharon lo que mi hermana intentaba decir entre lágrimas.
-¡Lo
mataron! ¿Entendés, mamá? Y vos los ocultás.
Mamá le dio
una bofetada en la mejilla. Clarisa la miró con ojos grandes, asustada, luego
corrió hacia Lisandro. Empujó a Pedro, diciendo:
-Corréte,
hijo de puta…-y se protegió entre los brazos de su novio. -Me voy, mamá. Les
tengo miedo. ¡Mataron a papito!
Raúl agarró
a Clarisa de un brazo, y me sorprendió. Siempre tan tranquilo, era poco
habitual en él aquel arranque de ira contenida. Clarisa lo miró y creo que
entendió lo que él quiso decirle en silencio. Papá ya está muerto, le decía con
los ojos, ha llegado a su campo de girasoles. Vos lo ayudaste a sembrarlos más
que nosotros, aunque no hicieras más que traerle el almuerzo y acompañarlo, lo
ayudaste a conservar la fuerza de su furia, la ira de su fracaso y el rencor
nacido de sus miedos en el punto justo: el nacimiento de las flores que miran
al sol. Porque el sol es fuego y quemará las flores que miran a su verdugo cada
día de su vida. Evitaste que terminara matándonos, por lo menos a mí, su
primogénito. Sólo yo estaba destinado al sacrificio.
Abraham y
su hijo.
Dios y
Jesucristo.
Los
espantapájaros crucificados en el campo.
Lisandro se
sacó la campera y abrigó a Clarisa. Ella escondía la cara en el pecho de su
novio, abrazándolo de la cintura como si él fuese a dejarla de un momento a
otro. Pero nada más lejos que esto, él estaba dispuesto a llevársela consigo
para siempre, y de algún modo todos sabíamos que no volveríamos a ver a Clarisa
nunca más.
La subió a
la camioneta y dijo:
-Hoy mando
un peón por sus cosas. ¡No se les ocurra venir a buscarla o mando a la policía,
carajo!
Y después
de gritar esta advertencia, la camioneta arrancó entre nubes de polvo,
ocultando la figura esmirriada, quejosa y pequeña de nuestra hermana apenas
entrevista tras la ventanilla.
Mamá ya no
pudo más y se largó a llorar. Lo curioso es que me agarró de los hombros y se
me colgó del cuello. Yo sentía su temblor y el olor acre de sus lágrimas. Yo
era su bebé ahora, pensé en ese momento. Y justo me crucé con la mirada de
Raúl. Sentí su rencor más claramente que veía el sol de la mañana. Desde hacía
varios años Raúl se volvía transparente a medida que dejaba de expresarse con
palabras. Claro que había que haber convivido con él un tiempo para conocer sus
expresiones, los más leves gestos de su cara, la posición de sus manos, las
palabras no dichas en medio de largos párrafos de irreprochable y serena
lógica.
Por qué a
vos, decía esa mirada. Por qué no me abraza a mí, que soy el mayor. Soy el
hombre de la casa ahora, mamá. ¿Por qué? Era lo mismo que creí haber escuchado
la vez que papá me regaló la escopeta hace dos años. Le habían dado esa
escopeta usada a cambio de unos pesos que le debían por un trabajo. Se apareció
una noche con la escopeta al hombro, seguido de los perros y con la cara
repleta de esa sonrisa que guardaba para las buenas cosechas, y por eso tan infrecuente.
-Miren,
muchachos…-nos dijo, y los tres nos acercamos a ver y palpar el arma. Era vieja
y tenía manchas de óxido.
Raúl la
agarró en sus manos, la observó con gestos de experto, lo cual no era y se
notaba en su exagerada jactancia. Pedro se la quitó y la apoyó en su hombro,
apuntando donde estaba Raúl. Entonces papá se la arrebató y sorprendió a los
dos, diciendo:
-Tomá,
Nicanor, ahora que sos un hombre, te la merecés.
Me quedé
duro del asombro, Pedro protestó y se largó a caminar con los perros. Pero
quien me preocupó fue Raúl, porque miró fijo a papá, y creí por un momento que
se pondría a lagrimear. Los ojos le brillaban, sus labios se abrieron un poco
para decir algo y luego se arrepintió. Metió las manos en los bolsillos y se
sentó. Yo tomé el arma y le dije a mi hermano:
-Mirá,
Raúl, está buena, ¿no? ¿Me ayudás a limpiarla? ¿Vamos a practicar mañana?
Él me miró
y supe para siempre que ya no era solamente mi hermano mayor. Era un hombre que
miraba a otro hombre con infinito rencor. Me acordé, de pronto, del padre
Macabeo y de aquella tarde bajo el eucalipto. El nombre del padre le había sido
negado, lo mismo que el regalo más importante para un hombre. Él trabajaba con
el viejo desde los diez años, él cargaba y descargaba la camioneta, cuando
disponíamos de una, en cada mudanza. Él había encendido las antorchas que luego
pasaban a las manos de papá, porque debía ser el viejo quien comenzara el
fuego, no otro. Ni su hijo, aunque se tratase del primero.
El
primogénito era la bendición y la maldición. El futuro y el pasado
irrecuperable. El éxito y el fracaso aunados, caminando juntos, anulándose
mutuamente. Tocarlo significaba amarlo y perderlo. Hablarle era como anudar un
alambre que sólo podría cortarse para separarlos. Si debía sacrificarlo, era
mejor evitar los regalos, que después de todo son símbolos de las palabras que
no pueden ser dichas de uno a otro hombre. Símbolos de símbolos que expresan
precariamente lo que tal vez se está sintiendo por el otro.
Y si uno
ve en ese otro a sí mismo, si uno se odia, sabiendo que más tarde deberá
sacrificar-expulsar-arrancar las profundas raíces de la ira y los amargos
olores de la frustración enterrada en el propio corazón, lo mejor es ignorar.
Detener la mirada en el límite exacto de la zona del amor-odio, la zona de
conflicto donde quien se descuida, pierde siempre una parte de sí mismo.
Porque un hijo, si además es el primero, es también un
miembro de nuestro propio cuerpo. Un fragmento cortado que extrañaremos con
dolorosa desesperación por el resto de nuestras vidas. Un pedazo de ira tomando
forma propia, creciendo y asemejándose demasiado a su origen.
Y eso es
demasiado intolerable, sobre todo si lo que se aborrece de uno mismo es más de
lo que se ama.
11
Durante todo el día nos quedamos en casa con mamá,
esperando con paciencia que nos pidiera llevarla a donde estaba enterrado el
viejo. Pero después de que se fue Clarisa, se dejó caer en la cama. Una hora
más tarde, se levantó, se lavó la cara y se cambió la ropa de dormir por el
vestido que usaba para ir a misa. No era domingo, sin embargo, así que sospechamos
que saldría al pueblo.
Nosotros
estábamos sentados alrededor de la mesa, compartiendo miradas y sospechas. No
sabíamos qué haríamos si ella salía camino al pueblo. No queríamos pensarlo
siquiera. Pero mamá se puso a preparar el almuerzo. Llenó una olla con agua y
la puso a hervir. Luego puso el arroz y esperó a que estuviera listo. Ella iba
y venía de la cocina a la mesa, trayendo platos y pan, pero sin mirarnos y en
completo silencio. Después sirvió los platos brusca y rápidamente con el
cucharón, como si fuese la cocinera de una prisión y estuviese sirviendo a reos
con desgano y malhumor.
-Si querés
ver al viejo…-empezó a decir Raúl.
Ella no lo
dejó terminar, le dio una bofetada.
-Justo
vos…tan parecido…
No sé por
qué utilizó esas palabras, si fueron espontáneas o planeadas, si quisieron
expresar otra cosa que la simple fachada de furia que denotaban. No se sentó
con nosotros, volvió a la cocina y se quedó parada comiendo un pedazo de pan.
Creí que esperaba que termináramos de comer, pero enseguida pasó junto a
nosotros y salió. Antes de darnos cuenta, nos había pasado una mano por el
pelo. No fue un golpe, aunque intentara serlo, sino una caricia brusca, quizá
más sincera que una hecha con suavidad. Fue como una ráfaga que atravesara la
casa por un instante, despeinándonos y provocando un escalofrío seguido de una
tibia sensación de abandono. Algo así como si hubiesen sido los años que
pasaban, arrastrados en el aire por puños cerrados sobre las mechas canosas que
el tiempo suele peinar.
Pedro se
levantó y siguió a mamá con la vista, parado en la puerta. Ella no había tomado
el camino del pueblo, sino el del campo, pero igual sospechábamos.
-¿Y si va a
hablar con el comisario? -dijo él.
-No va a
hacerlo -dije, y ambos me miraron como si yo fuese otro, el mismo pero más
crecido. En lugar de convertirme en el menor de la familia ahora que Clarisa ya
no estaba, me había hecho mayor. Yo habría querido decirles que eso es lo que
sucede cuando uno envuelve el cuerpo de su propio padre en una bolsa de
arpillera, lo carga en la parte posterior de una camioneta y luego lo lleva en
hombros. Eso pasa cuando uno cava y maltrata la tierra para que deje paso libre
a quien mucho tiempo antes la misma tierra expulsó con desprecio. Uno crece, o
más bien se transforma en algo que no queremos ver en los espejos, cuando
dejamos a los muertos arreglarse por sí mismos, acostumbrándose al silencio que
adivinamos eterno, y mientras pensamos, con la pala al hombro y de espaldas a
la tierra siempre inquieta del pasado, que la vida es un hueso que roemos como
perros acostumbrados al hambre, un hueso seco y blanco, que resulta ser una
parte de nuestro propio esqueleto.
Uno,
finalmente, debe crecer para ser padre de su padre, porque quien mata, aunque
sea con el pensamiento, adquiere una dimensión semejante a la de quien
engendra.
En la tarde
fuimos al pueblo. No era tiempo de venta de cosecha. Aún no había terminado el
invierno. Los girasoles habían sobrevivido por casualidad, por así decirlo, y
si papá no los recogió antes fue por esa obsesión que en los últimos meses lo
dominaba más que nunca. Intentamos por un tiempo convencerlo para que se
aconsejara con expertos. Que viera cómo podía vender lo mejor posible a los
fabricantes de aceite. Pero él no quiso, y Raúl y Pedro se resintieron con él
al punto de enfrentarlo varias veces en casa y en el campo. Había gastado lo
poco que teníamos en ese cultivo. Antes de llegar a Los perros pudimos vender
en Bragado una buena cosecha de papas. Teníamos dinero y no hubo necesidad de
quemar nada, ni para ocultar los cultivos fracasados ni para renovar la tierra
en la que nos habíamos asentado. Siempre fueron terrenos abandonados, tal vez
confiscados y olvidados por gobiernos cambiantes, más preocupados por los
avatares políticos que por mantener cuidadas tierras viejas, agotadas y sin valor.
Pasaban de mano en mano como si fuesen juguetes, cuando eran los hombres los
que se desplazaban sobre ellas. Es curioso cómo la perspectiva se modifica y
ningún punto de vista llega a ser más real que otro. La tierra nos ve como
hormigas, nosotros la vemos como una sirvienta que puede ser violada en muchas
oportunidades. Cuando logramos preñarla, da hijos sanos unas cuantas veces,
luego los hijos son enfermos, deformes y asesinos.
La tierra y
papá tenían una relación compleja. Él regresaba y ella lo recibía, él la mataba
y ella regresaba. La tierra lo amaba pero le daba hijos feos y malos. Él
insistió, sin embargo, en cultivar las flores que miran al sol. Le ofreció
flores a su extensa amante siempre rendida a sus pies. Por eso no quiso
privarla de flores aquel invierno.
En el
pueblo, dejamos la camioneta frente a la forrajería. Había un par de vecinos
saboreando sus pipas en la puerta. Nos saludaron en silencio, sin dejar de
mirarnos como bichos raros.
-Buenas
tardes -dijo Raúl a Don Jacinto, el dueño.
-Buenas-contestó el otro.
Raúl apoyó
las manos en el mostrador, Don Jacinto miraba esas manos de vez en cuando,
dando vistazos por encima del hombro de mi hermano para ver qué estábamos
haciendo Pedro y yo.
-Sabe, Don
Jacinto, que mi viejo cultivó girasoles. No tenía experiencia, y nosotros
tampoco. Vamos a recogerlos pero necesitamos saber a qué precio vender.
Había dos
hombres y una mujer que conocíamos de vista. Estaban escuchando con más
atención que la acostumbrada en pueblos como ese. Era evidente que el doctor
Ruiz había hablado con casi todos, y el rumor se había esparcido con una
fertilidad mayor que la que cualquier hombre habría podido desear para sus
cultivos.
-No sé
decirles, muchachos. Yo que ustedes me llevaría a la vieja, recogería mis cosas
y me largaría.
Pasó un
trapo al mostrador, como si las manos de Raúl lo hubiesen ensuciado. Se dio
vuelta para seguir con sus cosas, clasificar repuestos, preparar encargos. Por
un momento creí que Raúl iba a agarrarlo de la ropa para golpearlo, pero me di
cuenta que la pesadumbre era mayor que la bronca. Supe leer en los ojos de mi
hermano que hay una herencia que a veces llega junto con el aspecto físico,
otras no, pero en su caso él parecía formar parte de un círculo. Estaba dando
la vuelta después de los 180 grados. Regresaba al punto de origen y allá lejos,
en el mismo punto de su nacimiento, lo esperaba el viejo Don Pedro Espinoza,
con otro nombre, pero no era necesario un nombre para constituir una esencia.
Raúl veía
el fuego, entonces, al final del camino. Como diez o veinte años antes, un
hombre y su familia se marchaban dejando un campo arrasado por llamas que
intentaban borrar los rastros de un fracaso que daba todo los signos de estar
predeterminado desde siglos antes. Pensar esto y ver entrar al padre Macabeo al
negocio fue casi un mismo hecho. Saludó a todos y puso una mano sobre mi
hombro.
-Buenas
Nicanor, ¿cómo está tu vieja?
-Más o menos
-contesté. Él sonrió y me palmeó la espalda.
-Siempre me
caíste bien, Nicanor.
Pedro lo
miró con bronca pero no se atrevió a hacer nada. Raúl salió del almacén. Los
demás salimos y el cura nos acompañó. Raúl subió a la camioneta y arrancó a
toda velocidad. Pedro lo corrió unos metros, después se metió las manos en los
bolsillos, mirándonos al cura y a mí, después se fue caminando al bar.
-Me
gustaría hablar con vos, Nicanor. Me parecés más razonable que tus hermanos.
Me sacudí su
mano de la espalda, como si me hubiese agraviado.
-Está bien,
no quiero ofenderlos. Sé que los querés mucho. Pero hay que ser razonables y no
actuar como delincuentes. Le están haciendo mucho daño a tu vieja, ¿te das
cuenta?
No esperó
que yo contestara, me agarró con suavidad de un codo y me hizo acompañarlo
hasta la iglesia. Era una capilla más que una iglesia, en realidad. Tenía un
arco oval, una escalinata de diez escalones, un campanario en la única torre
central, no más alta que un álamo carolina. Siempre había olor a humedad en el
interior, ni siquiera el incienso que la vieja beata encargada de la limpieza
lograba vencerlo. La cruz del altar estaba sobre una pared invadida de moho, y
las imágenes de los santos y las estaciones del calvario estaban incompletas,
rotas y sucias. Durante un tiempo, nos contaron, habían estado robando las
únicas cosas valiosas de la iglesia, los cálices de plata, la estatua de mármol
de la virgen. Cuando ya no quedaba más que la madera de los bancos y el altar
de cemento, el cura anterior al padre Macabeo había optado por reemplazar
aquellos objetos por otros baratos, de cerámica o barro, incluso había mandado
traer de Buenos Aires una serie completa del calvario hecha en plástico y acrílico.
Cuando
entramos, vi esos cuadros colgando de las paredes laterales, de colores
chillones pero ya deslucidos, desgastado el plástico por las manos devotas de
los feligreses. Caminamos entre ellos hasta la pequeña puerta que se habría
detrás del altar. Era de marco oval, de madera gruesa, con una única cerradura
antigua y dos cerrojos agregados recientemente. Quizá el padre Macabeo los
había hecho poner. Era la única cosa bella en esa iglesia, la puerta antigua, que
a pesar de su deslucido brillo y su rústica prestancia, parecía una reliquia
rescatada del tiempo. Sus goznes resonaron al abrirla, y me pareció escuchar
entonces el coro de las misas de antaño, en los antiguos mediodía de domingo,
cuando el pueblo no era siguiera eso, sino una acumulación incongruente de
gente de campo reunida por un rito común y cristiano, alegre más que triste.
Creí escuchar también los gritos y el juego de los chicos afuera, penetrando al
abrirse las puertas después de la ceremonia, junto al sol que despeja las
sombras fúnebres del rito y las ahuyenta hacia donde pertenecen, su encierro en
el cáliz y entre las sombras de los ojos de Cristo en la cruz.
Vi la luz
del sol inundar el pasillo central entre los bancos, y caminé con la
imaginación hacia fuera, ansioso de jugar con los demás en esa tarde inmemorial
de domingo, que duran tanto como la vida, hasta que el sol va cayendo y el frío
anuncia el fin de las cosas con una congoja que crece en el pecho de cada chico
y cada perro. Los árboles participan de esa muerte con su sombra enorme y su
frío bajo las ramas.
Y veo, al
fin de la tarde, los caranchos sobrevolando los campos, cubriéndolos poco a
poco con la sombra de sus alas. Como sembrando frío y muerte, noche y silencio,
sobre la tierra.
El padre
Macabeo me invitó a sentarme. Era una habitación estrecha aquella donde él
vivía. Toda una pared estaba cubierta de estantes con libros, sobre otra había
arrimada una mesa y dos sillas. Junto a ella había una puerta que imaginé
conducía al baño. Otra puerta, sólo un poco más lejos, debía llevar a otra
habitación más chica donde él dormía.
-¿Querés
una vaso de limonada? Acaba de hacérmela Doña Gervasia.
-No, Padre.
-Ayer no me
dejaron hablar, así que escucháme con atención. No quiero darte un sermón, nos
conocemos hace muchos años.
Esperé la
pregunta inevitable, intenté leer en sus labios lo único que me interesaba
escuchar: la pregunta. Todo lo que empezó a decir creí no haberlo escuchado,
aunque resultó lo contrario, como me di cuenta poco después de salir de la
iglesia.
-Vos sabés
que tu padre y yo nos hicimos amigos. A lo mejor vos no te acordás, eras muy
chico. Él no frecuentaba mucho la iglesia, pero tu madre sí, y ella sirvió de
puente entre nosotros. A veces yo iba a visitarlo al campo, mientras ustedes
estaban en casa o tus hermanos trabajaban. Ellos nos vieron conversar, sentados
entre los surcos, viendo crecer los cultivos. Preguntáles si no me creés. Pero
hay cosas que no puedo contarte de él porque nadie lo conocía a fondo, ni
siquiera tu madre, y ella sólo lo hizo por intuición, me imagino.
-Pero mi
viejo no creía…
-¿Y eso
qué tiene que ver? ¿Para ser amigo de un cura es imprescindible creer en Dios?
Para algunos puede ser, para tu viejo no era así.
Acercó su
silla hasta donde yo estaba e inclinó el cuerpo, como si fuese a decirme una
confidencia al oído.
-Era mi
amigo, es verdad, pero después de que lo arrestaron se enojó conmigo, no sé por
qué. Yo quise encaminarlos a ustedes. Veía a Don Pedro en la cárcel por mucho
tiempo y a ustedes en la miseria, eso me ponía furioso. Tu madre no se lo
merecía. Te voy a contar una cosa que ni tus hermanos saben, y creo que
Clotilde tampoco. Antes de que Raúl naciera tu abuela todavía vivía. En ese
entonces tenían una chacrita en las afueras de Venado Tuerto. Tu padre era hijo
único, y como a tu abuelo lo mataron una noche en medio del campo cuando él
tenía ocho años, tuvo que convertirse en el hombre de la casa. La vieja era muy
gorda y apenas podía moverse, pero se arregló para mantener la chacra con lo
que ganaba como adivina. Después tus padres se conocieron y Clotilde quedó
embarazada de Raúl. Lo que quería contarte es esto: cuando faltaban dos meses
para que él naciera, tu padre pasó toda una noche fuera de casa. Llovía, me
dijo, los caminos estaban intransitables y el campo inundado. La madre estaba
enferma, y la visitaba casi todos los días. Esa noche decidió quedarse en la
vieja chacra de sus padres. Entonces la madre le leyó el futuro. Nunca lo había
hecho con su familia, cuestión de superstición, supongo. Pero la vieja estaba
por morirse, tenía fiebre, y a lo mejor tenía miedo de no sobrevivir a esa
noche. Tu padre se había sentado al lado de la cama, mirando a su madre,
enorme, rebalsando de los bordes como una bolsa de papas.
“Alcanzáme
el hueso”, le dijo a tu padre. Él fue a buscarlo en el cajón donde lo guardaba.
Era un hueso de muerto, un hueso del talón. Es el que ella usaba para adivinar
el futuro, según decía. Cuando él se lo entregó, ella se lo puso en la boca y
cerró los ojos. Tu padre estaba acostumbrado a eso, así que no se asombró. Para
él ése era el trabajo de su madre, y no se había puesto a pensar si creía o no.
Pero cuando ella escupió el hueso sobre la cama, tenía los ojos abiertos como
platos y una expresión de miedo que nunca le había visto, salvo, quizá, la
noche que los gendarmes trajeron el cuerpo del viejo. El hueso rebotó de la
cama y cayó al piso, junto a los pies de tu padre.
“Qué pasa,
vieja”, preguntó. Ella lo miró, y con esa brusca animosidad de los gordos le
apretó la cara entre las manos, haciéndole mimos torpes, y se puso a llorar. Tu
padre le preguntó varias veces qué había visto, pero ella se negó a
contestarle.
Cuando
amaneció, él ya se había olvidado casi del asunto, y cuando se acercó a la cama
de la vieja, ya estaba muerta. Le cerró los párpados y la cubrió con las
sábanas. Al correr la silla donde estaba sentado golpeó el hueso de muerto. En
ese momento sintió que algo le pasaba a su mujer. La vio parada, con el vientre
pesado junto a la ventana, mirándolo en silencio, como de muy lejos, como en
realidad estaba. Dijo él que la vio estirar un brazo y pedirle ayuda. Algo le
pasaba al chico por nacer. Faltaban dos meses pero sentía que su mujer iba a
dar a luz. Entonces salió de la casa de su madre, se subió a un caballo y
cabalgó por lodazales, atravesó terrenos inundados y llegó a su casa. Clotilde
estaba levantada, tomando mate.
“No te
esperaba, tan temprano con esta lluvia. ¿Cómo está tu mamá?”, le preguntó. Tu
padre se quedó aturdido, movió la cabeza con asentimiento y se sentó.
“Estuve
pensando toda la noche un nombre para el bebé”, le dijo ella, “ojalá salga como
vos”. Entonces supo lo que su madre había visto. Se acordó de la cara de la
vieja al escupir el hueso, y ya no tuvo valor para esperar un futuro mejor que
el pasado.
No hay
nada sobrenatural en eso, me parece, le habría dicho yo al padre Macabeo cuando
terminó. La vida es un círculo. Padres e hijos no hacen más que dar vueltas
unos sobre otros, mirándose y odiándose hasta el punto exacto donde todo
recomienza, donde el amor se renueva sin saber en qué está destinado a
transformarse.
El padre
Macabeo me dejó ir al renunciar a saber lo que deseaba. Esa pregunta que yo
había esperado con miedo, pero a veces el miedo, como le pasó a mi padre, es un
oráculo, una grieta que rompe la superficie de lo cotidiano y ventila, además
de revelar, los tristes y húmedos recovecos del entramado celestial. Entonces
se me ocurrió pensar que el corazón de Dios debe ser como ese hueso de mi
abuela. Pero no se lo dije al cura, me dio la impresión que, de haberlo
escuchado, se habría puesto a llorar. Yo no quería eso, todavía.
Con mis
hermanos, más tarde haríamos otros planes para él.
13
Regresé caminando a casa, pensando en lo que me había
dicho el cura. Pensé en mi madre, tan esperanzada cuando conoció a mi padre,
tan orgullosa seguramente. No lograba entender del todo aquel miedo que el
padre Macabeo adjudicaba al viejo. Cómo un hombre, me pregunté, a mis dieciocho
años de edad, podía tener miedo a tener hijos. Entonces me rectifiqué, como un
estúpido había comprendido mal. El miedo que sentía era hacia su hijo, fuese cual fuese, tuviese el
aspecto que tuviese. Pero él quizá presentía, o sabía con esas certezas que
nuestra mente lúcida no se atreverá jamás a reconocer abiertamente a la luz del
día, que su primer hijo, como el primogénito de cualquier hombre, no sería
solamente una casualidad, una convergencia de factores tomados al azar por las
inclasificables leyes del tiempo y la herencia, sino la prolongación más exacta
de sí mismo. Todo hombre es un ensayo de Dios, y como Dios mismo, el hombre
ensaya al engendrar. Hay errores, hasta que se aprende a no volver a
cometerlos. El primer hijo es el espejo de uno mismo, luego iremos
perfeccionando los productos. Nunca habrá un último producto totalmente
perfecto, pero nos iremos acercando. Era posible, me preguntaba, que papá
considerase a Clarisa, su última hija, como el producto más perfecto, por ser
la última. Si es por el cariño que le demostraba, así debía ser.
Me puse a
caminar más despacio aquella tarde en que el sol de invierno daba una piadosa
calidez al aire frío. Apenas hacía un día que habíamos enterrado a papá.
Arrastré las suelas de las botas por la tierra al caminar, retrasándome
deliberadamente, deteniéndome en el pensamiento de Raúl. Mi hermano mayor, el
más exacto reflejo de mi padre. Y me di cuenta de que así debía ser siempre. Un
hermano menor siempre será el menor. La figura del primogénito, por más que
éste sea amable y no autoritario con sus hermanos, siempre es poderosa. No hay
cosa que no debamos consultarle, no hay hecho del que no tengamos la más mínima
sospecha de que podrá no gustarle. Habrá cosas que debemos esconderle por miedo
a su desaprobación. Porque a veces más que el padre, del cual es representante
y a cuya autoridad él también está sometido, debe ser rígido, no sólo por temor
a verse retado por incumplimiento de su deber, sino porque la inexperiencia y
la juventud producen una inseguridad traducida en insobornables actitudes donde
no existe el perdón ni la piedad. Sólo el padre, como Dios, puede permitirse a
condescender con ciertas debilidades de sus súbditos, porque él es otorgador de
la misericordia.
Raúl era
cada vez más parecido a nuestro viejo. Por más que él no lo deseara, estaba
siguiendo su camino. Él debía ya no presentirlo, sino saberlo. La imposibilidad
casi concreta de sacar provecho por la plantación de girasoles había provocado
su silenciosa furia de aquella tarde. Si no era el destino, me dije yo, sería
el doctor Ruiz quien nos impediría vender. Hay hombres que son instrumentos,
que han nacido para ser apoderados y abogados sin poder, sólo máquinas que
llevan a otros a determinados lugares y allí los abandonan. Son máquinas que
procesan el alma y el cuerpo de sus víctimas, y los depositan en páramos
yermos, donde el humo es la única cortina que separa el castigo del sol y los
insectos son diminutos instrumentos de tortura. Lugares donde no hay espejos,
donde no está dios-padre para venir a rescatarnos. Como un trago de agua ácida
en el desierto, descubrimos que nuestros padres fueron esos instrumentos, esas
máquinas, que una vez, hace mucho tiempo, se fueron alejando con sus pies de
bronce, sus pies de oruga como tanques de guerra, su destartalada estructura
donde el sentimiento crece y muere como las estaciones a lo largo del año.
Vi la
camioneta vieja al llegar a casa, tan semejante a la imagen que recién había
tenido. Por eso Raúl se había adjudicado casi su exclusivo uso, acorde con mis
ideas, encajando perfectamente en el diagrama del rompecabezas que se estaba
armando en mi mente.
Mamá
estaba en la huerta, cuidando de su pequeña plantación de hortalizas.
-¿A dónde
fuiste, vieja?- le pregunté.
-Ya sabés,
Nicanor. Me costó encontrarlo, pero al final lo hice. Está rodeado de flores,
hijo, es lindo eso. ¿Quién tuvo la idea?
Yo tendría
que haberle dicho que no era esa la idea, que ninguno había pensado en las
flores precisamente como una ofrenda, pero no importaba. Mi vieja, como suelen
hacerlo las mujeres, casi siempre, son capaces de pasar del austero juicio al
extremo perdón en poco tiempo. Ven flores donde antes había escarcha.
-De Raúl
-le contesté.
Me miró
como si no le extrañase, pero al mismo tiempo sorprendida. ¿Redescubría, tal
vez, a su hijo mayor? ¿Estaría viéndolo como veía a su esposo?
Me acordé
entonces de un día en que mis hermanos y yo estábamos jugando fuera del rancho
donde vivimos dos años después de dejar Coronda. Era un pueblo sin nombre, o
por lo menos no lo recuerdo, estuvimos apenas dos meses, y las semillas de
zapallos que papá sembró fueron abandonadas ya muertas. Una plaga de moscas fue
el resultado del verano más caluroso que vivimos por esos tiempos, moscas que
se asentaban en los campos y no dejaban trabajar, parecían morder la piel y
dejaban ronchas grandes que a veces supuraban. Clarisa se enfermó por esa
causa, llegó a tener fiebre y mamá estaba preocupada. No había medio de
conseguir un médico. El viejo abandonó el campo, olvidó el riego de las
condenadas calabazas y marchó en busca de un doctor en un pueblo más grande, a
casi cincuenta kilómetros. No teníamos más vehículo que un viejo alazán blanco
con manchas té con leche. Tenía sus años y no era muy rápido. Papá tardó dos
dias en ir y volver, regresó en la camioneta del doctor, ya sin el alazán. Lo
había hecho sacrificar por el veterinario allá en el pueblo. Pedro lo miró
cuando lo dijo, pero antes de ponerse a reclamarle, porque quería mucho al
caballo, escuchó los gritos de Clarisa y se fue corriendo a ocultar su pena en
los descubiertos desamparos del campo, rodeado de las moscas insoportables de
aquel verano. El médico revisó a mi hermana y drenó los abscesos. Nos regaló
unas muestras de antibióticos y le indicó a mamá que debía curarle las heridas
una vez al día.
Y mientras
Clarisa se curaba, papá preparó las cosas para nuestra partida. Había
averiguado adónde ir, así que ya estaba todo listo. No quedaba más que esperar
que mi hermana estuviera bien para viajar. Fue el domingo antes de irnos,
cuando mis hermanos y yo estábamos en el campo, a un kilómetro del rancho,
espantándonos las moscas, con el torso desnudo y oscurecido por el sol ardiente
de aquel mes, jugando con tres perros que nos habían seguido en nuestra última
mudanza. Papá apareció desde el camino del pueblito, que no consistía más que
en un almacén, y nos tiró unos huesos. Era frecuente que jugáramos con
cualquier cosa, y el juego de la taba, aunque ya en desuso para nuestra época,
aún podía encontrarse en aquellos lugares.
-Me los
dieron en el almacén -dijo, mientras los perros se abalanzaban sobre los
huesos.
-¿Sabés
jugar, pa?-pregunté.
-No, ya no
me acuerdo.
Tal vez,
pensara, como yo lo hice muchos años después al recordar ese día, en el hueso
que su madre utilizaba para adivinar el futuro.
Raúl, que
ya tenía casi dieciséis años, miró los huesos que los perros intentaban
mordisquear.
-Pero,
viejo, ¿la taba no se juega con vértebras?
-Casi
siempre, pero cualquiera sirve.
Les robé
los huesos a los perros y me puse a observarlos. Eran huesos largos cortados al
través. Eran huesos de tibias.
Entonces
los cuatro, sin pensarlo, nos sentamos en la tierra, en círculo, dejando a los
perros afuera. Tiramos los huesos al centro y nos pusimos a jugar. Nadie sabía,
pero de algún modo inventamos un juego que los cuatro podíamos comprender con
facilidad. Mi viejo nos contemplaba fascinado, pero ya invadido por esa
tristeza del fracaso que nos haría irnos en pocos días. Yo adivinaba el fuego
en sus ojos, y las moscas, sobrevolando los campos abandonados, lo confirmaban.
Éramos cuatro hombres jugando como niños, manipulando entre sus manos el
producto residual de la muerte de algún otro.
-Me dijeron
que son los huesos de una vieja.
Lo miramos
sin comprender.
-Los traje
por eso. Son los huesos de una vieja que murió sola en su rancho hace como
cinco años. Tenía más de noventa, y como no tenía familia la encontraron varios
meses después.
Nosotros
seguimos jugando. Fue la última vez que papá y Raúl se miraron con aprecio,
tocándose el cuerpo en juegos rudos, palmeándose el pecho y la cara sin
sonrisas. Tal vez, sólo quizá, porque yo también lo sentí, el polvo, aunque
seco, de aquellos huesos, fueron capaces de hermanarnos, a padre e hijos. La
cal ósea tiene afinidad con la sequedad de la piel ardida del verano. Las
vísceras se secan y se pudren, y las uñas y el pelo siguen creciendo por un
tiempo después de la muerte. Pero los huesos persisten. Son eternos como
dioses, más que ellos probablemente. Los huesos llevan huellas, son atemporales
porque son iguales en el pasado y en el futuro. ¿Papá lo sabía? Yo creo que no.
La casualidad es una máscara más de la causalidad. El recuerdo es una simbiosis
de deseos y rechazos. Lo que papá necesitaba recordar, como todos necesitamos
recordar el dolor algunas veces, era la identificación con sus hijos, y con el
primero en particular.
Después nos
fuimos al rancho, donde mamá y Clarisa nos esperaban. Papá y Raúl regresaron en
silencio, uno al lado del otro, pensando a lo mejor en los huesos que quedaron
en el campo, abandonados incluso por los sarnosos perros que nos
acompañaban.
14
A la noche nos fuimos los tres al prostíbulo del
pueblo. Dejamos la camioneta al costado de la casita, de techo a dos aguas,
revoque roto y una puerta de metal robada de alguna parte y que no tenía nada
que ver con el origen de la casa. Era de dos plantas, y había pertenecido
alguna vez a una familia de clase media. Pero ya hacía quince años que allí
funcionaba el prostíbulo, según decían. Un par de veces, coincidiendo con
elecciones, había sufrido allanamientos y arrestaron a las putas y a los
clientes. En una de esas ocasiones derribaron la puerta original y debieron
reemplazarla, quizá fue el encargado que hacía los arreglos para las mujeres
quien robó la puerta de alguna fábrica abandonada. Pero habitualmente volvían a
abrir dos días después, cuando el transitorio furor de honestidad y decoro se
veía olvidado o consumido por otra satisfacción no menos instintiva e intensa
que la del éxito político.
Los
clientes eran gente de la zona, y sólo unos pocos viajeros ocasionales pasaban
por allí. Algún camionero, algún borracho de paso. Por eso, los clientes eran
casi fijos, y cada uno tenía su mujer predilecta. Ahora que lo pienso, era casi
como tener una esposa, porque cada cual se acostaba con la misma durante meses
y años, si la mujer duraba tanto en el lugar. Por supuesto, las chicas
cambiaban, algunas eran echadas por la matrona, a veces entraban nuevas, y
éstas eran probadas por cada uno de los clientes fijos. La matrona sabía que la
novedad daba dinero rápido pero que también era efímera. La nueva, entonces,
entraba a formar parte del plantel fijo y permanente, dejando su lugar a otra
que vendría no mucho tiempo después. En quince años, debían haber pasado
muchas, quién sabe cómo se verían ahora las primeras. En eso pensaba yo a
veces, en la cama con la puta que había elegido cuando fui por primera vez.
Probé con otras, pero ninguna me satisfizo como ésta.
Se llamaba
Nicolasa. Nombre curioso, me dije la primera vez. Me sonaba extraño, mayor para
la edad que ella representaba.
-Cómo
serán las putas viejas -pregunté, mirando al techo despintado y oscuro, a donde
la luz opaca de la mesita de luz no podía llegar. Estaba desnudo y cubierto por
la sábana que olía a semen y humedad. Ella estaba de rodillas en la cama,
desnuda y peinándose después de haber hecho el amor.
-Fijáte en
Doña Úrsula y te vas a dar cuenta.
Úrsula era
la matrona. Nicolasa dejó el peine y agarró una toalla. La metió en una
palangana con agua que no debía estar muy limpia y se pasó la toalla húmeda por
el sexo. Se limpiaba, probablemente, la costra de semen seco en los muslos, el
mío o el de otro tipo. Porque debo explicar que si bien cada uno de los
clientes habituales tenía su favorita, a veces varios tenían la misma favorita.
Y eso no me molestaba, era una sensación extra que incitaba al sexo. Poseer lo
que otro había poseído, penetrar lo que otro había penetrado, sentir que otro
antes y después disfrutaría de lo mismo hermanaba a los hombres de una manera
fuera de toda lógica. En los momentos donde el hombre olvida todo,
absolutamente, excepto el instante en que su cuerpo es un cuerpo, cuando el
dolor es un placer más, la mente y el alma se van, se suspenden en un limbo
oculto en la oscuridad de esos techos de prostíbulos viejos, mirando cómo el
cuerpo se hunde y se mueve en las aguas gaseosas de una cama llena de
fantasmas, de hombres y mujeres que dejaron sus restos, porque las secreciones
son cosas muertas, fragmentos que parecen haberse adelantado en nuestro camino
hacia la muerte.
En otras
habitaciones debían estar Raúl y Pedro. Pedro era el único que tenía
novia. Se llamaba Dominga, la había
conocido en Coronda. Ella estaba con su familia, mientras él esperaba juntar
dinero para casarse y asentarse. Pasaría mucho tiempo, es verdad, pero parecía
realmente enamorado. A veces pasaban semanas sin hablarse, porque Pedro casi no
sabía escribir, así que tenía que ir a algún pueblo con teléfono para llamarla.
Eso no quitaba, sin embargo, que necesitara desquitarse con alguna puta de vez
en cuando. Y las que mis hermanos habían elegido eran…no sé cómo
describirlas…ahora me doy cuenta que casi no las recuerdo.
Doña Úrsula
insistía con la higiene, pero era raro que los hombres le hicieran caso. Venían
muchos borrachos, pero con su puñado de billetes, y ella debía cumplir. Durante
esos quince años, hubo enfermedades, me contaron, hubo chicas que se fueron
porque ya no podían trabajar. Hubo un escándalo tres años antes. Un camionero
llegó un sábado a la noche, se metió en un cuarto con una de la chicas, y diez
minutos después se escuchó un grito. Fue un grito de hombre. Lo vieron salir
desnudo rascándose la entrepierna.
-¡La puta
se está pudriendo! -dijo mientras los demás hombres que esperaban en la sala lo
veían salir.
Pero la
matrona no rió. Entró al cuarto y sacó arrastrando a la puta. La escondió en un
baño trasero y estuvieron media hora adentro. Dicen que la lavó de arriba
abajo, pero el olor podía sentirse saliendo del baño y del cuarto de donde la
habían sacado. Se estaba muriendo, seguramente.
Salí de la
habitación y entré a la sala. Raúl bebía vino de una botella, con una de las
chicas sentado en su falda. Otros hombres bailaban sin música con varias
chicas. Doña Úrsula miraba desde atrás del mostrador que estaba cerca de la
puerta de entrada. Un velador de luz mortecina iluminaba su cara vieja y seca.
Su mano iba y venía del cajoncito donde guardaba el dinero. Era la caja chica,
decía ella.
-¿Dónde
guarda sus millones? -le pregunté un día, cuando ya era uno de los clientes
regulares. Ella me miró desconfiada, como si me estuviese tomando en serio.
-Eso a vos
no te importa -me dijo.
Las chicas
me sonrieron, serían ellas más inteligentes que la vieja, tal vez. Pero uno se
equivoca a la edad que yo tenía entonces. Las cosas son más complicadas que
echarse un polvo dentro de una mujer sin otro olor que el aliento acre de sus
dientes amarillos.
Eran las
doce de la noche, temprano todavía. No sabía que íbamos a hacer mañana. El
campo de girasoles esperaba, y nosotros no sabíamos o no queríamos saber lo que
se avecinaba.
-Tiempo de
duelo -dijo Raúl, como si hubiese leído mi pensamiento en la expresión de mi
cara-. Después de tanto trabajar para el viejo, unos días de descanso no nos
viene mal.
Sé que era
ironía, pero no podía contraponerla con una lógica que en ese lugar y en ese
momento parecían tan ridículas como decir un sermón al estilo del padre
Macabeo.
Entre la
nube de humo de cigarrillos y la penumbra que la lámpara del techo no se
esmeraba en disipar, vi al doctor Dergan, el veterinario. Intentaba seguir un
ritmo imaginario, guiando a una de las chicas, que se dejaba llevar, casi
arrastrando los pies, abandonada al cuerpo alto y delgado del doctor. Era un
hombre peculiar, poco se sabía de él. Había llegado una noche, nos contaron,
después de caminar dos días desde la estación del pueblo más cercano, con un perro
siguiendo sus pasos y una valija de cuero fino. Llevaba sombrero gringo, un
pañuelo al cuello y un cigarrillo largo y delgado. El aroma del cigarrillo,
ahora como entonces, era tan intenso y agradable que nadie se quejaba de verlo
fumar todo el día, incluso cuando atendía a los animales. Por donde él pasaba,
quedaban colillas de cigarrillos y fósforos quemados. Eran cigarrillos
europeos, porque él había nacido en Francia, pero nunca habló de eso. Por qué
emigró, nadie lo sabía, y aunque el padre Macabeo intentó averiguarlo, se
encontró con un silencio más cerrado que la extraña lengua francesa que el cura
desconocía por completo. El doctor le tenía bronca por haber querido meterse
con él, por hablar a sus espaldas. Un día se le encaró en la puerta de la
iglesia y le dijo:
-A mí
ningún cura me pisa los talones…
Dicen que
el padre Macabeo al principio no entendió de qué le hablaba. El acento francés
y esa poco sutil indirecta parecían haberlo confundido. Tampoco tuvo tiempo
para reaccionar, el doctor le dio la espalda después de echarle una bocanada de
humo en la cara, que esta vez, dijeron, olió rancia, como si la bronca se
tradujese de esa forma más expresiva que las palabras.
-El curita
sabrá mucho de latín, si sabe…, pero de discreción, no sabe nada.
Se alejó
por la calle diciendo esto, mientras las viejas que salían de misa lo miraban
asombradas. Murmuraron una evidente desaprobación y se acercaron al padre
Macabeo. Él sonrió enseguida, reponiéndose de la sorpresa. Tal vez fuese verdad
que no había entendido nada, pero de a poco iría entendiendo a lo largo de ese
domingo. Entonces dejó en paz al doctor Dergan.
El
veterinario estaba borracho esta noche. Casi se cayó de espaldas contra la
mesa. La chica le rodeó la cintura y le dijo que se apoyara en ella. Tenía la
mitad de la altura que él, pero sin duda su fuerza no le iba en saga. Lo ayudó
a sentarse en el sillón donde yo me había sentado a mirarlos.
-Buenas,
Nicanor.
-Buenas,
doctor.
Dergan pasó
su brazo sobre mis hombros y me ofreció un vaso de ginebra que acababa de
traerle la chica. Le di las gracias, pero lo rechacé. A pesar del cigarrillo
entre los labios, se le entendía perfectamente.
-¿A cuál
te culeaste hoy? -preguntó, pasando la mirada por las chicas sentadas y las que
iban y venían de las habitaciones.
-A la de
siempre,
Dergan me
sonrió y me codeó en las costillas con fuerza.
-Buena boca
y buen culo, sos más vivo de lo que parecés, vos. Todos los Espinoza se guardan
cosas. Mansitos…pero por dentro, viejo…
Yo debí
poner cara seria, porque él me miró fijo y de repente se largó a reír.
-¡Es una
chanza! -y me dio una palmada en la cara con fuerza pero con un cariño que
pocas veces sentiría en mi vida.
-Buena la
que le hicieron al joven doctor Ruiz -tomó un trago y dejó el vaso en el piso-.
Ahora se debe estar peleando con el viejo, y pasado mañana se va a Buenos
Aires.
No sé si
esperaba algo de mí. No era tipo de estar escarbando en la vida de los otros.
Tal vez sentía curiosidad por lo que se debía estar diciendo de nosotros en el
pueblo, pero su interés nunca llegaba a tanto. Su vida parecía tener límites,
muros de tablas ente las que veía y dejaba ver sólo algunas cosas, las
suficientes para dejar libradas a la imaginación, creo. El misterio siempre es
más interesante que la verdad. Eso no podrían entenderlo Doña Eva y las viejas
chismosas, ni tampoco el padre Macabeo con toda su jactancia de sentimentalismo
piadoso. Tanto ellas como el cura escupían sus propias miserias para ablandar
la tierra que intentaban explorar. Pero el doctor Dergan actuaba como un buen
científico debe hacerlo, como un paleontólogo que con guantes limpios y
pinceles finos rebusca en el pasado sin romper las frágiles hebras muertas con
que cada uno de nosotros intenta cubrir sus secretos.
Un rato
después se me acercó y sentí su aliento sobre el lado derecho de mi cara. Por
un momento me dije si me propondría lo que habíamos visto hacer a él y al joven
doctor Ruiz.
-Ya sos
grande, Nicanor. Te voy a mostrar algo que te va a interesar.
Miré
alrededor en busca de mis hermanos. Raúl estaba dormido en una silla, roncando.
Pedro debió haberse ido sin que lo viera, a veces se llevaba a una de las
chicas al campo, o se iba con una botella a caminar solo, durante toda la
noche.
-No te
aflijás por ellos. Van a dormir la mona. Vení…
Nos
levantamos. Se paró ante el mostrador de Doña Úrsula, le tiró unos billetes.
Cuando fui a pagar lo mío, dijo:
-Yo invito,
pibe…
Dejamos el
cálido interior del prostíbulo y tomamos la calle. La iglesia estaba oscura,
excepto por la ventana de la sacristía. No sabía que me conducía hacia allí,
pero fue lo primero que vi al salir.
-Vamos a oír
misa nocturna, al curita le gusta mucho más que las que da a las viejas en el
día.
Puso un
dedo sobre sus labios indicándome silencio. Miró alrededor como un ladrón, ni
los perros estaban despiertos a esa hora de la madrugada. Nos acercamos hasta
la iglesia y dimos la vuelta hacia la puerta trasera. Por allí entraba el padre
Macabeo cuando la iglesia estaba cerrada. Había una ventana con postigos
endebles. Líneas de luz amarilla y sucia caían sobre el piso bajo la ventana.
El doctor Dergan movió el dedo índice llamándome para mirar. Nos asomamos por
la rendija entre las tablas rotas del postigo. No había cortinas, así que vi
claramente la cama del padre Macabeo, iluminada por una lámpara junto a la
mesita de luz.
El cura no
estaba solo. Primero debí acostumbrarme a reconocer en el cuerpo desnudo y de
carnes flojas al hombre que siempre había visto de negro y de sotana. Mantenía
un cuerpo esbelto pero con sobrepeso, cubierta la piel blanca por el vello
espeso y rojizo, encanecido en el pecho. No escuché lo que decía, porque se dio
vuelta boca abajo acariciando con todo su cuerpo a otro cuerpo que yacía
tendido sobre la cama, bajo él, y cuyas piernas apenas alcanzaba yo a ver. Fue
cuando se movió y se recostó de espaldas cuando vi a una mujer muy joven, de
piel oscura y pelo largo y lacio. No era ninguna de la putas, de eso estaba
seguro.
Dergan me
miró y me indicó que nos alejáramos un poco para hablar.
-El curita
no visita el putero, Nicanor. Él las consigue en el pueblo.
Yo debí
seguir con la cara de asombro que el doctor me había visto antes.
-De qué te
asombrás. ¿Pensabas que los curas se sacan las ganas con la mano solamente? -
se rió, pero enseguida se tapó la boca. Sus hombros se movían como si no
pudiera contener la risa.
-¿Querés
seguir mirando? -me preguntó.
Negué con
la cabeza.
-Entonces
vamos.
Aunque
estaba borracho, el alcohol debía estar disipándose en su sangre. Cuando nos
separamos, lo miré entrar a su consultorio. Siempre había un par de perros que
lo aguardaban en la puerta para que les diese de comer. Se levantaron y
menearon la cola al verlo. Él entró, volvió a salir con un par de huesos con
carne y se los tiró. Los animales corrieron y se tendieron a morder cada uno su
pedazo con entusiasmo. La puerta se cerró y supe que el doctor Dergan dormiría
el resto de la noche solo, y en la mañana lo despertaría únicamente el ladrido
suave de los perros agradecidos.
Mientras me
alejaba, me dije que algunos hombres siempre estarán solos, tienen la fuerza
suficiente para buscar la soledad como otros desesperan por perderla.
15
De camino a casa, contemplé la luna sobre el sendero.
Debían ser más de las tres de la mañana. No me dolía la cabeza como otras veces
después de salir del prostíbulo, no me ardían los ojos ni me sentía sucio como
otras veces. No hablo de moralmente sucio, sino de esa suciedad de cenizas,
manos que han tocado cuerpos transpirados, la sensación de que uno se lleva
como algo más que recuerdos, porque el olor de las secreciones humanas es tan
concreto y tan eterno como una fotografía. Casi no había comido y no tenía
hambre. Sólo pensaba en lo que había visto hacía un rato, y me di cuenta que ya
lo sabía, aunque no lo hubiese visto con mis propios ojos. Lo había oído decir
a mis hermanos, a los hombres del pueblo, mi propia imaginación había
pronunciado mucho tiempo antes que un hombre no puede aguantarse la vida sin
otra persona durmiendo a su lado en la cama. A veces una noche, a veces dos,
pero la tercera es imposible de soportar.
¿Y eso
estaba mal?, me pregunté. Por más que se tratara del cura del pueblo, ¿estaba
mal?
Depende de
quien se trate, me habría contestado Raúl. La chica que había visto esa noche
en la cama del padre Macabeo, ¿era ya una mujer? En las sombras apenas pude
verle la cara. Parecía mayor, pero quizá era una adolescente. A todos nos
gustan las mujeres jóvenes, hay que reconocerlo. Y qué mejor que un hombre de
Dios para pecar y perdonar al mismo tiempo. El gran placer de penetrar el
cuerpo de una mujer implica un dolor y una reconvención, un secuestro y una
recompensa. Quitar la vida a esa persona con solo llevarla a otro lugar por un
instante, y luego regresar a esa misma cama, que lenta y subrepticiamente se va
llenando de culpa y un cierto hastío que deberá ser confesado si no deseamos la
locura. Confesión y castigo, luego expiación con un par de rezos matutinos
frente al altar de la iglesia.
Cuando
estaba a no más de cien metros de casa, vi un halo de luz blanca que se asomaba
tras el campo de girasoles. Era el incipiente amanecer. Entonces me acordé del
día que encontré a papá en el campo, luego de salir de prisión. Yo era tan
chico que amaba a mi padre a pesar de todo lo que nos había hecho pasar, así
que lo seguí por todas partes. Era de noche cuando lo seguí hasta el campo. Los
cultivos se habían echado a perder, mamá estaba preparando las cosas para la
partida del día siguiente. Ella había estado débil durante un tiempo, sé que
estuvo en cama dos meses después de que arrestaran a papá. Luego se recuperó,
pero estaba flaca y pálida, sin brillo en los ojos.
Mi viejo
caminó con las manos a la espalda, sin saber que yo lo seguía no demasiado
lejos. El rocío nocturno era fresco, los grillos chirriaban frenéticos. Él
atravesaba los campos de cultivos muertos, mirando al piso. Casi parecía un
general recorriendo el campo después de la batalla. Supe, como una certeza
irrefutable, que esos cultivos, fuesen cuales fuesen, eran hijos para él. No
los amaba como podría amar a hijos de carne y hueso, sino como fragmentos que uno
crea con sus propias manos, con el esfuerzo del cuerpo y la inteligencia de la
mente. Un hijo no necesita engendrarse más que con semen y un claro esfuerzo
que dura no más de un instante. Después vendrá la tarea de criarlo, pero criar
no es precisamente crear. Si algo nos emparienta con Dios es únicamente la
capacidad de creación. Dios, como nosotros, no opta siempre por criar luego a
quienes ha engendrado. El padre Macabeo lo sabe, supongo que por estar tan
cerca de la casa de Dios, por lo menos de las dependencias que él, como hombre
religioso, administra. Si una parte de tu cuerpo te hace doler, córtalo. Algo
así dice el Antiguo Testamento. Un hombre no debe dejar fragmentos inútiles, no
debe procrear partes inconexas, deformes o incapacitadas. No debe dejar pistas
de su fracaso en el mundo. Por eso el fuego, la bendición del fuego para el
alma de mi padre. Cada partida no era un fin, sino un comienzo, una génesis que
él creía tener el privilegio de recomenzar. Esa noche haría fuego, yo lo sabía,
y quería ver cómo empezaba. Me lo habían contado, pero nunca visto.
Papá caminó
más de una hora. Decía algo entre dientes, pero yo no le entendí. Parecía
cavilar, a veces hablaba con alguien más, tal vez con Dios. Me hizo pensar en
Cristo luego de la última cena, en el campo de olivos, esperando el beso de
Judas. Pero a veces el viento tiene la cualidad de simular acariciarnos,
incluso de besarnos cuando sopla tan suave como el silbido de un hombre en la
noche, depositando su chasquido, el trino y la percutida sonoridad de dos labios
dejando el espacio necesario para que pase el infinito beso.
Llegamos
hasta donde se suponía era el límite de nuestro campo. Había un tractor viejo,
que debía ser del vecino. Nunca habíamos tenido un tractor, aunque a mi viejo
le habría gustado. De algún modo habría sido como triunfar, instalarse
definitivamente en una tierra. ¿Eso no era también morir?, me pregunté,
mientras recordaba aquella vieja noche de diez años antes.
Subió al
tractor. Lo escuché encender el motor. Avanzó con la máquina sobre los cultivos
muertos y pasó sobre ellos una y otra vez. Una columna de humo salía del escape
hacia las estrellas y la luna que iluminaba el paisaje extraño de ese hombre
que parecía trabajar su sueño nocturno. Soñar es eso también, me parece,
sembrar y cosechar, pero casi siempre segar lo que hemos sembrado en el día. Lo
que él hacía todas las noches en su sueño, lo estaba realizando ahora. Parecía
no querer esperar que otras fuerzas, las que manan del sueño, hicieran el
trabajo esta vez. Se lo veía nervioso ahora, y maldecía sin que yo pudiera
entenderlo con el motor de la máquina. Creí escuchar casi un alarido de rabia,
o tal vez me confundió el cansancio y la situación, quizá eran sólo aullidos de
perros cercanos.
Entonces mi
viejo paró el tractor, bajó, sacó algo del bolsillo y de pronto vi una luz, una
pequeña llama. Pero en ella descubrí el futuro de esa llama, el fuego grande y
abarcador. Arrojó el fósforo en el tanque de combustible del tractor, y huyó.
El estruendo y su figura corriendo y casi volando por el campo fueron un mismo
y un único fragmento del tiempo. Un espacio perdido por el triunfo casi eterno
del tiempo. El fuego se extendió por el campo seco, el fuego corrió, se
dispersó entre las plantas antiguas como los siglos, poderosas de alimento para
el más ancestral de los elementos de la creación.
Yo lloré.
Yo grité llamando a mi padre. Creía que había muerto, pero apareció a mi lado
unos minutos después, todo negro de hollín, lleno de quemaduras en las manos y
la espalda, la cara negra y roja, hinchada. Se parecía tremendamente a esas
imágenes sagradas de los cristos indígenas, o incluso al Cristo sucio y viejo
de la iglesia del padre Macabeo. Me tocó la cabeza y se desmayó. Al día siguiente vino el médico y tuvo que
quedarse dos días seguidos cuidándolo. Mamá cubría las llagas de papá con paños
fríos embebidos en savia fresca.
Le dieron
inyecciones. En diez días ya estaba en pie.
16
Casi no dormimos ninguno de los tres. Luego sabría que
mamá tampoco. Cuando llegué en la madrugada estaba despierta, sentada en una
silla, un codo apoyado en la mesa. En la otra silla estaba la señora Valverde.
-¿Qué pasa?
-pregunté, porque me parecía raro que mamá nos hubiese esperado despierta, y
sobre todo que la vecina hiciese una visita tan temprano.
-Tu madre
se sintió mal anoche. Como ninguno de ustedes estaba para cuidarla, se fue
caminando hasta mi casa. No habría llegado si no se hubiera encontrado con mi
peoncito en el camino. Le dije que fuera conmigo, pero insistió en venirse para
acá. Tenía miedo que ustedes se fueran a asustar si no la veían. Qué les
importás vos, le dije, se fueron de putas y van a volver borrachos, ¡Qué hijos!
-terminó de sentenciar, juntando las manos y mirando al cielo.
Mamá me
dijo que no le hiciera caso. Ya estaba bien.
-Vos andá a
dormir un poco, Nicanor. Estás más ojeroso que un mapache.
Le hice
caso. Ellas se pusieron a conversar mientras preparaban mate. Yo las escuché
como la noche anterior, pero ahora ya estaba amaneciendo, y aunque no alcancé a
dormirme del todo, no estoy seguro si las escuché realmente o fue un sueño. Por
un momento pensé que la señora Valverde corría la silla para levantarse e irse.
Pero un ratito después escuché su voz gritona, preguntándole a mamá cosas que
yo no entendía. Y mi vieja contestaba sobre un tiempo pasado que yo no
recordaba, pero que debía ser, por lo que decía, sólo unos años antes.
-Hace como
diez años que no me sentía tan mal…
-Con lo
que le pasó estos días, y las amarguras que dan los hijos…como para menos.
-Me sentí
morir, le juro, doña. Una sola vez me sentí así…
-¿Y qué
tenía entonces?
Mamá no
contestó por un rato que me pareció demasiado largo.
-Ya sabe
usted, estaba en estado, Doña Valverde. Me tuve que hacer un trabajito, yo misma.
-¡Pero cómo
no pidió ayuda, para eso estamos nosotras! En ese entonces usted no vivía por
acá, ya se sabe, pero hay muchas como nosotras en los pueblos.
-Está bien,
doña, pero por donde estábamos en esa época no había nadie cercano. Yo no podía
pedir ayuda, mi Pedro estaba en la cárcel, y usted comprenderá…
Esta vez
fue la señora Valverde quien tardó en contestar. La escuché sorber la bombilla
del mate un largo rato. Debió hacer un gesto que mi vieja entendió, porque no
necesitó decir nada. Siguieron conversando un largo rato. Pero yo me quedé
pensando en cuándo mi madre se había sentido tan mal que estuviese a punto de
morir. Sólo podía acordarme de la vez que estuvo en cama después del arresto de
papá. Fue cuando el cura Macabeo empezó a venir más frecuentemente. Se puso a
cocinar, a cuidar un poco de los contados animales que teníamos, y sobre todo
de Clarisa, tan chiquita entonces. Fue en esa misma época, aunque mamá ya
estaba mejor, cuando decidió catequizarnos, y nos dio aquel sermón bajo el
eucalipto. El padre Macabeo y mi vieja, tanto tiempo juntos durante aquellos
meses en ausencia de mi padre.
Dios mío, murmuré, entre sueños. Y entre sueños creí
ver a la señora Valverde darse vuelta en al umbral al escucharme, y hacer un
descarado gesto de desprecio, sin olvidar santificarse.
Era casi el
mediodía cuando desperté, y gracias a las sacudidas de mi vieja.
-Despertáte,
Nicanor…-me decía.
Abrí los
ojos. Sentados a la mesa encontré a la autoridad de Los perros a pleno: el
comisario, el viejo doctor Ruiz y el padre Macabeo. Me levanté sobresaltado.
Estaba en calzoncillos largos y camiseta. Me puse los pantalones y me lavé la
cara en la palangana que mamá había llenado.
-Buenas
tarde -dijo el padre Macabeo, con un sonrisa.
-Buenas…-dije yo, saludando en general.
-¿Sabés
dónde están tus hermanos?
-Supongo
que en el campo. Raúl dijo que hoy echaría un vistazo a los girasoles.
Ruiz y el
comisario se miraron con complicidad.
-No los
protejás, Nicanor. No te conviene. Si te obligaron a participar, nadie te va
culpar. Además, tu vieja necesita un hombre en la casa-dijo el doctor, esta vez
más conciliador, pero no me fiaba, sobre todo porque no entendía lo que se
proponían.
-Nicanor
-dijo mamá-. Esta mañana vino Gustavo Valverde. Vino corriendo a avisarles a
los muchachos que el comisario venía para acá. Ellos salieron para el campo
mientras vos dormías. Se escaparon. No quise que te despertaran, insistieron,
pero yo me negué.
-La
cuestión, Nicanor –dijo el comisario- es que le traje a Doña Clotilde una orden
del Juez del distrito para exhumar el cuerpo de tu viejo.
-Van a
hacerle una autopsia, querido.
Entonces
entendí todo. El joven Ruiz se iría a
-¿Estamos
arrestados, entonces? -pregunté.
-No -me
contestó el comisario-. Hasta que tengamos los resultados de la autopsia. Pero
el doctor Ruiz presentó una acusación a través del departamento de sanidad.
-Los
cuerpos de muerte dudosa no deben sepultarse sin estudios previos -lo
interrumpió el doctor Ruiz.
Luego el
comisario siguió diciendo:
-Así que
estamos obligados a vigilar a toda la familia. Tienen que quedarse en casa
hasta nuevo aviso. Ahora que tus hermanos escaparon, tengo que ficharlos como
fugitivos y sospechosos.
Mamá
estaba quieta, sentada en la silla de paja a un par de metros de todos
nosotros. Yo seguía parado en medio de la habitación, confundido por la luz del
mediodía que caía intensamente fulgurante sobre las caras de los tres hombres.
Miré a la puerta, había un policía parado dando la espalda a la casa. El padre
Macabeo se levantó y me tomó de los hombros.
-Vos sos un
chico inteligente, sos el único que fue a la escuela. Tu madre y nosotros
confiamos en que tengas un poco de seso y lo uses bien.
El cura
puso un dedo de su mano derecha en mi frente y me dio suaves golpecitos de
reconvención. Me acordé de cómo lo había visto anoche, y me habría gustado
mencionarlo delante del comisario y el doctor. Pero era inútil, me dije, los
hombres somos hombres, y bajo las caras de piedra todos tenemos crías
ponzoñosas.
-¿No sabés
en dónde pueden haberse escondido?
Negué con
la cabeza y me separé bruscamente. Me tiré en la cama y mi vieja fue a
consolarme creyendo que lloraba. Y mientras tenía la cara contra las sábanas,
recordé la escopeta bajo la cama. Fue entonces que decidí hacerlo. Era la única
oportunidad. Empujé a mamá y la tiré al piso. El cura y el doctor fueron a
ayudarla a levantarse. Le corría un hilito de sangre de la frente por golpearse
contra un reborde de la cama. El comisario se acercó también para ayudar, y por
suerte no intentó agarrarme. Esa era mi ventaja, todos me creían un chico
todavía, y chico asustado, confundido por la muerte de mi padre y la influencia
malsana de mis hermanos. Mamá parecía más enferma de lo que el golpe
justificaba. ¿Estaba fingiendo, quizá? ¿Sabría lo que yo planeaba? ¿Recordó
también la escopeta que papá me había regalado y que yo escondía bajo la cama?
No lo sé ni nunca pude preguntárselo en los pocos años que vivió después de
esto.
El
comisario me dio la espalda un minuto, ayudando a levantar a mi vieja, entonces
saqué el arma y golpeé con la culata al comisario. Los otros no alcanzaron a
reaccionar porque sostenían a mamá. Corrí a la puerta justo cuando el guardia
entraba, le apunté y se detuvo. Le puse el cañón sobre el pecho y me miró
asustado, era un muchacho que no debía ser más que un año mayor que yo. Después
escapé corriendo con todas mis fuerzas.
Seguí
corriendo por la tierra seca alrededor de la casa, me introduje en el campo de
girasoles y lo atravesé completo. Llegué a los campos de la chacra vecina y huí
por los cultivos de calabazas, de papas y hortalizas. Los espantapájaros me
observaban pasar con ojos contemplativos y serenos, ojos de paz absoluta. Los
había envidiado cuando era chico, ellos vivían en el campo y los pájaros se
asentaban sobre ellos, como hacían con San Francisco de Asís. El cura nos había
hablado del santo en las clases de catequesis que nos dio aquel tiempo, y por
algunos días yo también soñé, crédulamente, con hacerme cura, con convertirme
en el santo de los pobres. Era un chico entonces, y se sabe que la mente de un
chico abarca todas las posibilidades como certezas absolutas.
Corrí más
de una hora seguida, y tuve que detenerme. Había atravesado dos puentes y
cruzado dos arroyos. Debía estar a
varios kilómetros del pueblo. Reconocí el lugar, allí íbamos a pescar a
veces los domingos. No era lugar de sembradíos sino de yuyos y árboles. Era una
especie de bosque con algunos animales salvajes, comadrejas, muchas serpientes.
Eran los terrenos lindantes con la chacra de Valverde. No sé por qué mis pasos
me llevaron hasta ahí, fue lo primero que se me ocurrió al huir, meterme por
los sitios menos transitados, lugares por donde el comisario no buscaría al
principio porque estaban fuera de su juridicción. Tenía poco tiempo para
encontrar a mis hermanos, por eso debía utilizarlo con inteligencia. Pensé en
Valverde llegando a casa, agitado, avisando a mis hermanos la llegada del
comisario después de ver la camioneta atravesando el puente a dos kilómetros de
casa. Yo sabía que Gustavo Valverde solía pasarse mucho tiempo por estos lados.
Decían que usaba animales, que los mataba o los hacía cruzar con otros para
experimentar. Nada de esto era cierto, probablemente. Era un buen muchacho,
algo raro, es verdad, en su elegida soledad, pero yo no podía imaginarlo
haciendo aquellas cosas.
Había un
rancho abandonado en la cercanía. Con mis hermanos habíamos pasado un par de
veces para protegernos de alguna lluvia repentina. Tenía las paredes de adobe
muy debilitadas y el techo de paja y madera estaba abierto en varias partes.
Una vez habíamos encontrado a Valverde adentro, reparándolo. Iba a usarlo de
laboratorio, dijo. Nos reímos de él, y se enojó. Quiso que nos fuéramos y lo
mandamos al carajo. “El pibe está loco”, comentó Raúl mientras nos alejábamos.
Pero loco o no, había sido él quien nos había prevenido del comisario ahora, y
quizá también les había dicho a Raúl y Pedro que se escondieran en el ranchito.
No me
acordaba exactamente del lugar exacto, así que fue abriéndome paso entre las
plantas altas. Habría necesitado un machete en lugar de la escopeta, pero por
lo menos ésta me sirvió para golpear a un par de víboras con las que me
encontré en el camino. No se oían más los pájaros ni el rumor del agua en el
arroyo. Escuché ladrar a un perro, y me pregunté si los gendarmes nos estarían
buscando. Al final de dos horas me encontré frente a la puerta del rancho. Era
media tarde, y el silencio desde adentro era completo.
-¡Raúl,
Pedro!-dije sin alzar demasiado la voz. Me acerqué a la puerta, luego pegué la
oreja a la madera, y de repente la puerta se abrió y caí al suelo. Adentro
estaba oscuro y una mano me agarró de un brazo sin darme tiempo a levantarme.
Escuché unos bisbiseos y reconocí la voz de Pedro. Cerraron la puerta y
encendieron una lámpara de petróleo.
El lugar
olía a animales sucios, pero estaba vacío. Algunas cagadas viejas y secas
habían impregnado el lugar con un tufo a establo. Vi las caras de mis hermanos,
observándome con ansiedad.
-¿Qué pasó?
-preguntó Raúl.
-¿Cómo te
escapaste? -dijo Pedro.
Les
expliqué lo que había sucedido. Me miraron con confianza, y sentí que había
ganado valía como hombre ante ellos. Empezaron a pegarme sin brusquedad, como
cuando éramos chicos y nos peleábamos en el campo, revolcándonos en la tierra y
el heno, sobre la bosta de los caballos sin darnos cuenta. Terminábamos
completamente sucios y no nos soportábamos a nosotros mismos, entonces nos
tirábamos desnudos al arroyo. Luego lavábamos la ropa un poco para que la vieja
no se enojara, y regresábamos a casa en calzoncillos, secándonos con el sol del
camino y la ropa mojada sobre las espaldas.
Aunque
ahora éramos grandes, y era comprensible que nos sintiésemos un poco
avergonzados, la misma conciencia de que nos estábamos comportando como en
nuestro común recuerdo, justificaba y enaltecía el juego. Nos reímos mientras
luchábamos. Teníamos casi la misma estatura y forma, pero Raúl era un poco más
atlético y pesado, Pedro ágil como un boxeador, y yo demasiado flaco. En esa
pelea ninguno intentó dañar realmente al otro, caíamos al piso, uno trataba de
escapar, el otro lo agarraba del talón mientras el tercero a su vez lo retenía
contra el piso. De qué había valido conservar tanto silencio antes si ahora
cualquiera que se acercara al ranchito podría escucharnos. Pero de algún modo
no podíamos detenernos, como si supiésemos que nunca más volveríamos a estar
los tres juntos.
De pronto,
Raúl se quedó quieto, sentado en el suelo. Pedro y yo lo miramos, todavía
agitados y con los músculos tensos por el forcejeo. Mi hermano mayor puso un
dedo sobre los labios, y nosotros también tratamos de oír.
-Creo que
escuché algo -dijo en voz muy baja, y enseguida oímos un golpeteo en la puerta.
Los tres nos levantamos, apagamos la lámpara y yo le entregué la escopeta a
Raúl. Él se colocó justo frente a la puerta, Pedro la retenía porque intentaban
empujarla.
-¿Espinoza?
Era una
voz conocida y joven, yo no la reconocí al principio, pero Pedro abrió la
puerta y Raúl bajó el arma. Entró Valverde y se abrazó a Pedro.
-Buen
refugio, ¿no es cierto?
-Gracias,
viejo, nos salvaste por ahora.
-Buenas,
Nicanor.
Me acerqué
a saludarlo y le agradecí lo que había hecho por nosotros.
-No me
deben nada -dijo. No era un tipo que tuviera contacto con los demás muy
asiduamente, y muchos se burlaban de él. Pero como nosotros nunca nos habíamos
metido con lo suyo, ni nos había interesado lo que se decía sobre los animales
que criaba, tal vez nos apreciaba precisamente por eso. A falta de amor, es
frecuente confundir la indiferencia con cierta clase de afecto, y a veces eso
es todo con lo que podemos conformarnos.
-¿Sabés
algo? -preguntó Raúl.
-Nada, pero
mandaron a buscarme a mi casa, como saben que yo les avisé…
-¿Y no te
habrán seguido? –Pedro se acercó a mirar por las rendijas de la ventana
entablada.
-Muchachos,
vivo acá desde que nací, conozco a los animales y cada árbol. Sé cómo llegar y
cómo hacer que pierdan mi rastro. Pero igual no creo que vuelva, porque eso les
traje esto.
No habíamos
visto la bolsa que cargaba tras la espalda. La puso en el piso y la abrió.
Había carne y bebidas, pan y algunas frutas.
-Alcanza
para un día y medio, si la cuidan, pero tendrán que salir de acá para mañana a
la noche a lo sumo. Tarde o temprano van a encontrar el lugar.
-Tenés
razón…-dijo Raúl.
-¿Y qué
tienen planeado?
Lo miramos
y no pudimos evitar una risa general.
-Nada.
Comer y ponernos en pedo para olvidar en lo que nos metimos, si es que trajiste
algo de vino.
Valverde se
agachó y sacó dos botellas del único vino que se conseguía en el almacén de Los
Perros. Pedro se apropió de una y la descorchó con los dientes. Bebió un largo
trago y se la pasó a Raúl. Él hizo lo mismo y me la pasó. Bebí con esmero y con
sed. Había corrido casi tres horas seguidas y me lo merecía. Le ofrecí la
botella a Valverde y tomó un trago. Sus ojos brillaban, y sentí lástima por él.
Fuimos quizá los únicos amigos que tuvo en toda su vida, los únicos reales que
tendría, seguramente, por más que esa amistad durase unos pocos minutos en un
rancho oscuro, encerrados y perseguidos por la policía. Es probable que la
amistad no sea más que eso, unos instantes de común acuerdo, de absoluta
complacencia y entrega, sin resquemores, prejuicios ni miedos. Incluso el miedo
es un benefactor para la amistad, el miedo que amenaza desde afuera es un
monstruo colectivo que nos hace unirnos momentáneamente. Provoca encuentros que
brillan como chispas en la noche, primero amarillas, luego rojizas como el color
del vino a trasluz, ese vino que como una comunión pasó de mano en mano y de
boca en boca. Hasta que los cuatro tuvimos el mismo aliento, y los cuatro
fuimos sacerdotes de la misma secta destinada a desaparecer.
17
Nadie nos avisó cuando papá salió de prisión. Llegó un
día cuando estaba anocheciendo, a pie desde el pueblo. Había hecho dedo hasta
que un camionero aceptó llevarlo hasta Coronda. Luego tuvo que caminar hasta
nuestro rancho. Se lo veía mucho más flaco, el pelo lacio, canoso y sucio, las
mejillas contraídas y una barba espesa. Llevaba la misma ropa con que se había
ido, pero obviamente no la usó en todos esos meses. Como equipaje cargaba sobre
los hombros una bolsa de cuero que le habían dado en la cárcel para la comida y
un par de botas usadas para cambiarse en el camino.
Yo estaba
jugando con la perra que nos había quedado. Ahora tenía cachorros ya grandes,
los hijos del macho que había muerto por la pistola del policía. Entre mis
hermanos y yo intentábamos ubicarlos entre los vecinos, excepto Clarisa que
había querido quedarse con todos. Nos quedaban tres por repartir, y los cuatro
perros, Clarisa y yo lo vimos llegar desde la sombra naciente del anochecer. Al
principio no imaginábamos de quién podía tratarse, ya nos habíamos resignado a
la ausencia de mi viejo. La perra se levantó cuando aún él estaba un poco lejos
y corrió moviendo la cola. Entonces presentí de quién se trataba, y el corazón
me latió con tanta fuerza que llegó a dolerme. Sólo cuando estuvo tan cerca que
fue imposible no verle la cara, me atreví a decirme que era verdad, no un
sueño. Clarisa dudó un poco, no es que lo hubiese olvidado, pero su mente vivía
más en el presente que en el pasado. Cuando el recuerdo se hizo carne en su
memoria, no pudo evitar su habitual llanto, el que utilizaba casi constantemente
para todo, fuesen alegrías o tragedias. Lloró y los perros comenzaron a dar
vueltas alrededor y a lamerle la cara. Papá se le acercó y la levantó. Los
perros le olieron las botas y los pantalones, poco a poco los cachorros lo
fueron aceptando.
-¡Papá!
-grité, y me acerqué a abrazarlo. Él me apretó la cara contra su vientre flaco,
y escuché el ruido de su estómago pidiendo comida.
Entonces
salió mamá, con el repasador en la mano y secándose las manos mojadas después
de lavar los platos. Esperó un momento, creo que aguardaba a que papá se
acercara más a la luz del interior para verlo bien antes de abrazarlo. No
porque dudara de que fuese él, sino del aspecto que presentaría. Seis meses es
mucho tiempo, casi el límite en el que muchos de nosotros empezamos a
acostumbrarnos a la idea de que los muertos no regresarán jamás. Y creo que él
se estaba convirtiendo para ella en eso, un muerto. Papá se le acercó con mi
hermana, y yo lo agarré de la mano. Mamá entonces le pasó los brazos por el cuello y se quedó así, prendida
al cuerpo de su esposo por varios minutos.
Raúl y
Pedro salieron y se quedaron en la puerta, mirándonos.
-¿Cómo
están, muchachos? -dijo papá.
Ellos no
dijeron nada. Pedro sonrió y se acercó a darle un beso. Raúl simplemente
saludó:
-Buenas,
viejo.
Creo que
papá se sintió dolido, porque lo vi lagrimear un poco cuando Raúl le dio la
espalda y regresó adentro.
Esa noche
ya habíamos comido, pero mamá le preparó un algo que había sobrado de la cena.
-Parece que
comida no les falta…me alegro que no hayan pasado hambre.
-A veces
viene el padre Macabeo a comer, por eso hago de más, pero hoy tuvo que ir a dar
la extremaunción al rancho de los Gómez.
-El cura
fue a visitarme, pero no lo recibí.
-Hiciste
mal, él nos ayudó mucho mientras estabas ausente.
-Me imagino
-dijo, y no sé cuánto de ironía o de incredulidad había en su tono.
Pedro y
Raúl se miraron y bajaron la cabeza.
Yo me
dediqué a observarlo comer en silencio, tratando de encontrar en sus gestos y
maneras, incluso en su silencio, al hombre que habíamos perdido en esa misma
habitación seis meses antes. Creí verlo de nuevo con la cuchara en la mano,
sorbiendo con ruido y riéndose de la protestas de mi madre, justo antes de que
la puerta se abriera con fuerza y las botas de los policías irrumpieran a
destruir la precaria y sutil paz que habíamos alcanzado como un descanso, un
paréntesis estival dentro del largo invierno de nuestro fracaso familiar.
Después
mamá nos mandó a dormir, y ellos se quedaron solos, conversando, supongo, pero
no alcancé a escuchar nada de lo que dijeron.
En la
mañana, papá nos reunió a los tres y quiso saber qué había pasado con los
campos.
-Nada,
viejo. Está todo en ruinas. Vivimos de la caridad que nos da el padre Macabeo
-dijo Raúl.
-¿Y por qué
mierda no se les ocurrió sembrar algo? Si vos sabés, carajo, Pedrito podía
ayudarte.
-Pero,
viejo, no teníamos plata para las semillas, y no nos querían dar fiado. Se
llevaron los caballos y el arado por las deudas en el almacén y la forrajería.
Papá se
rascó la barba, pensando.
-¿Y el cura
ese no se ofreció de garantía? Ya que tanto los ayudó.
No supimos
qué contestar. Alguna vez, en todos esos meses, escuché a mamá sugerirle lo
mismo al padre Macabeo, pero no sé qué pasó después. Fue antes de que ella
enfermara, y ya no se volvió a hablar del asunto cuando se recuperó. El padre
Macabeo empezó a venir menos seguido, dejó de darnos catequesis y cada vez que
lo veíamos tenía mal humor y evitaba encontrarse a solas con mamá. Decían que
tenía problemas en el pueblo, que querían sacarlo de la parroquia, y eso se
traducía en su continuo malhumor y en los sermones que cada domingo eran más
duros, más severos, hasta crueles. Perdió a muchos feligreses en ese tiempo,
incluso a varias de las eternas viejas fieles que lo seguían a sol y sombra,
tanto en misa como en sus tareas de caridad.
-Bueno,
vamos a ver un poco cómo está la tierra.
Él fue
delante y nosotros lo seguimos en fila india, de mayor a menor. Ahora que lo
pienso esa disposición debió significar algo, porque habitualmente íbamos los
cuatro en una misma línea de frente, uno junto al otro. Pero esta vez papá
había tomado la delantera y nosotros nos ajustamos a este dictamen con la que
parecía retomar su autoridad perdida. ¿O quizá fuera para ocultarnos de él,
para no ver lo que pronto veríamos? Porque a medida que nos adentramos en el
campo, abandonado y sin riego, fuimos descubriendo los montículos de piedras
que un camión había traído hacía tres meses desde una construcción en Coronda.
Más allá había montones de basuras y latas que los vecinos habían tirado
durante casi medio año. Seguimos caminando y encontramos esqueletos de autos
quemados, y los restos de algunos otros robados.
Era un
paisaje desolador, pero reconocido para mis hermanos y para mí. Habíamos jugado
entre aquellos restos, despreocupados absolutamente por los surcos de la tierra
que nuestro padre había arado poco antes de que lo arrestasen. A cada momento
se paraba a contemplar como si no viese una devastación común y corriente, sino
un paisaje lunar. No nos decía nada, sólo se detenía con las manos en la
cintura, las cejas fruncidas, y el corazón temblando. Y sé que su corazón se
estremecía porque sus labios se estaban moviendo con ese característico gesto
que le conocíamos desde siempre. Un frotar de labios, un mordérselos continua y
febrilmente.
Nos paramos
junto a él, aún cuando teníamos la cabeza gacha, avergonzados sin duda por
aquel descuido que iba a adjudicarnos. Lo mirábamos de reojo, presintiendo la
llegada de su ira como un volcán en erupción que estuviese surgiendo de aquel
paisaje muerto. No un campo en llanura entrerriana, sino un vasto espacio de
placas tectónicas desplazándose, dejando fluir hacia arriba la presión
ingobernable de la lava.
Cuando
llegamos al último sector, papá se agachó y se puso a excavar en la tierra. No
sé cuál era su objetivo, tal vez sólo hacer algo con sus manos mientras se daba
tiempo para pensar. Entonces, de una madriguera, salieron varias ratas, que no
estuvieron lejos de morderle la mano. Él estaba de cuclillas y al retroceder
cayó de cola. Se quedó sentado viendo a las ratas alejarse. Nos miró con una
furia que no me produjo miedo sino una inmensa lástima, porque sus ojos
lloraban mientras declaraban la ira.
Se levantó
y agarró a Raúl de la ropa, luego a Pedro y después a mí, pero enseguida nos
soltaba y se dedicaba a sacudir a otro, mientras iba diciendo:
-¡Pero
mierda carajo! ¡Cómo no hicieron algo! ¡Por qué no lo cuidaron! ¡La tierra es
para
darles de comer, pelotudos de mierda! ¡Mal nacidos!
¡Hijos de mil putas!
-¡Pero,
viejo! -dijo Raúl-. ¿Qué podíamos hacer? Empezaron a tirar cosas, nos quejamos,
nos peleamos un montón de veces, pero no nos hicieron caso porque somos chicos.
-¡No
hicieron nada porque les convenía, vagos de mierda! ¡Tenían al curita ese que
les traía comida y se conformaron hasta que el pelotudo de su padre volviera
para seguir matándose trabajando!
-¡Pero,
viejo…! -empezó a decir Pedro.
Papá no lo
dejó terminar, le dio una bofetada. Raúl no se quedó callado.
-¡¿Entonces
por qué te fuiste, carajo?! ¡¿Por qué dejaste que el cura de mierda viniera
todos los días y se quedara solo con la vieja?!
Papá lo
miró en silencio sin reaccionar. Raúl estaba más enfurecido de lo que lo había
visto nunca. Ví que mamá se acercaba, todavía lejos, y creo que oyó nuestros
gritos porque empezó a acercarse casi corriendo. Pero papá no la había visto. Agarró a Raúl de un brazo
y comenzó a golpearle la cara con puñetazos limpios, contundentes. Pedro se le
colgó del otro brazo para separarlo, y también recibió lo suyo. Raúl quedó en
el piso, despierto pero perdido en el dolor
y la hinchazón que se le estaba formando en la cara. Entonces mamá llegó
y dijo:
-¡Qué estás
haciendo!
Pero ya lo
había soltado y ahora miraba a mi madre como si viera a otra persona. Como
diciendo: ¿Vos?, de igual forma y
tono al ¿ustedes? que mi madre
pronunciaría algunos años después. Hay ciclos temporales, sin duda, hay
historias que se repiten sin importar los tiempos y sus protagonistas.
Cuando
ella fue a agacharse junto a Raúl, él la agarró del pelo y empezó a sacudirla
de un lado a otro, la tiró al piso y la arrastró, yendo y viniendo sobre la
tierra sucia bajo cuya superficie vivían las ratas. Pedro quiso evitarlo y no
pudo, yo salté a la espalda del viejo, pero él sequía maltratando a mi madre
sin molestarse por mí. Raúl seguía en el piso, la cara roja y sangrante. Pedro
se fue corriendo pero enseguida volvió con un pedazo de hierro que sacó del
basural. Mi padre no lo vio.
-¡Soltáte,
Nicanor! -me dijo.
Entonces me
dejé caer y él golpeó a papá con el fierro cerca de la nuca. El viejo dio un
grito y soltó a mamá. Cayó de rodillas, agarrándose la cabeza con las manos.
-¡Lo
mataste! -le dije.
Pedro me
miró, y leí el pánico en sus ojos. Entonces tiró el fierro y salió corriendo.
Raúl se había levantado y decidió escaparse. Yo sentía un nudo en la garganta y
me costaba respirar. Sentí que el corazón me latía en las muñecas y la cabeza
con tremenda fuerza. Me fui siguiendo a mis hermanos, como todo hermano menor
sabe hacer.
En la
tarde mamá y papá volvieron. Él caminaba arrastrando los pies, apoyando su
cuerpo en el de ella, que tenía el pelo revuelto y la cara sucia de tierra y
lágrimas. El viejo se dejó tirar en el jergón y mamá le llevó una palangana. Le
sacó la ropa, comenzó a lavarlo con una esponja con agua y jabón.
Durante
toda la noche papá estuvo delirando. Yo no podía más que llorar. Pedro no quiso
acostarse, se sentó en un rincón con las rodillas dobladas y la cabeza entre
las piernas. Raúl estaba en su cama, con una bolsa de hielo en la cara.
Escuchamos al viejo decir miles de cosas. Recuerdos de la cárcel, quizá,
nombres de compañeros de celda, a lo mejor, pero repetía una frase sin sentido,
casi como todo el resto, pero a la que aún yo, con mis diez años recién
cumplidos, le adjudicaba un significado vergonzoso y terrible.
-En esta
cama -repetía- en esta cama…
Estuvo tres
días acostado. El padre Macabeo no se presentó en todo ese tiempo. Sin duda
sabía que papá había salido de prisión. Mamá no quiso que fuéramos a buscar al
médico, por más que Pedro se ofreció incontables veces. Tampoco intentó
consolar a su hijo.
La tercera
noche, yo salí a orinar y miré el campo. Era bello y triste al mismo tiempo. Sabía que pronto tendríamos que
irnos. Ví el fulgor del amanecer a lo lejos, o quizá fueran las luces de la
ciudad más cercana, que sin embargo estaba muy distante. Yo pensé en el fuego,
que es más eterno que el agua y el aire. El fuego es atemporal y puede cruzar
los espacios vacíos, las grietas, los intervalos del no tiempo, y presentirse
claro y fuerte en un sitio en el que aún no puede verse, pero en el que alguna
vez estuvo o en el que muy pronto estará.
18
El sol estaba cayendo, pero de esto sabíamos poco
dentro del ranchito de Valverde. Gustavo no había querido irse, de pronto le había
agarrado miedo. Si por casualidad lo veían, todo estaba perdido. No había más
remedio que esperar hasta la noche.
-Pero van
a desenterrarlo…-dijo Pedro.
Apenas lo
veía ya, la lámpara de petróleo se estaba agotando y nuestras cuatro caras eran
menos que espectros, eran rayas hechas con tiza por un niño mogólico sobre el
pizarrón de la oscuridad.
-¿Y qué?
-dijo Raúl
-¿Cómo…y
qué? Van a saberlo todo.
-No si no alcanzan a llevarlo a la ciudad.
-Y cómo
mierda se los vamos a impedir acá sentados.
-Cuando
oscurezca del todo salimos. Ya les contaré qué vamos a hacer.
-Pero
muchachos -dijo Valverde-. Tenemos una escopeta y ellos son muchos más, además
de las armas…
-No digas
tenemos, no es tu asunto…
-Están en
mi refugio, ¿no? Es mi asunto ahora.
-Se
agradece…pero como decía, tenemos el fuego, esa es la lección que aprendimos de
nuestro viejo. No se puede quemar lo que hay bajo la tierra, pero sí lo que
está encima.
Yo estaba
empezando a entender lo que Raúl planeaba. Nunca estuve seguro de cómo
aparecían esos destellos de ideas en la cabeza de mi hermano, parecían surgir inesperadamente,
sorprendiéndonos a todos, porque su habitual gesto de desgano y seriedad lo
hacía parecer más bien retraído, lejano, ausente de todo lo que sucedía a su
alrededor. Pero con los años me acostumbré a darme cuenta que él rumiaba sus
ideas y sus rencores durante días y semanas, durante años también. Un día,
cuando los necesitaba, los exponía sin más, como algo común y corriente en el
devenir del mundo, y ya no había vuelta atrás. Uno podía estar seguro que
cumpliría con eso a rajatabla.
Por eso,
el día que papá murió, habíamos salido como todas las mañanas a las cuatro.
Trabajamos dos horas antes de que amaneciera. Debíamos desbichar gran parte del
campo, fumigar las hojas de los girasoles que se estaban cubriendo de
parásitos. Por suerte las plantas resistían a todo eso y al frío del invierno.
Todos trabajábamos enojados. La noche anterior, como todas esas noches,
habíamos discutido con el viejo por negarse a haber cosechado mucho antes. No
sabíamos qué buscaba, era absurda su obstinación. No dudábamos que su natural
locura se estaba yendo fuera de sus carriles habituales. Nosotros ya éramos
grandes, y queríamos independizarnos, pero mamá y Clarisa nos daban lástima, no
queríamos dejarlas solas con el viejo.
Sin
embargo, cada noche nos íbamos a acostar convencidos de que en la mañana nos
levantaríamos con él, nos lavaríamos la cara con la misma agua que él usaba,
tomaríamos del mismo mate, para salir no mucho después caminando hacia el
campo, protegidos precariamente del frío por los sacos de lana que el padre
Macabeo nos había conseguido. Eran los ojos de papá, creo, o su figura
mortecina, su voz gradualmente acongojada, sus gestos de lenta parsimonia lo
que nos decía que al fin de cuentas el viejo no viviría mucho más, y nosotros,
sin darnos cuenta, queríamos estar a su lado. Porque así seguíamos siendo hijos
y hombres al mismo tiempo. Él, cuya figura habíamos envidiado cuando era joven,
aquella tenaz obstinación teñida de enorme orgullo, si bien rayana en la locura
y el sinsentido, era el hombre que habríamos deseado ser. A quién más podríamos
imitar, a quién seguirle los pasos, con quién comparar sus botas gastadas
pisando el barro de los surcos donde los caballos habían dejado su bosta
mientras araba. Los cabellos de mi viejo al sol, largos, oscuros y entrecanos,
las orejas que de niño yo apretaba mientras jugábamos en su cama los domingos a
la mañana, los ojos negros que parecían castañas quemadas, su olor después de
bañarse, su barba suave que mamá le colocaba al afeitarlo. El viejo se rasuraba
una sola vez a la semana, los sábados a la noche. No le gustaba perder mucho
tiempo en su cuidado personal, y el hecho de levantarse sólo quince minutos más
temprano para afeitarse le producía pereza. Entonces los sábados a la noche se
desnudaba, se quedaba con los calzoncillos largos solamente, se sentaba en una
silla y dejaba que mamá lo afeitara con la navaja que usó durante más de veinte
años. Él ni siquiera se molestaba en hacerla afilar, era ella quien cada quince
o veinte días lo hacía sobre una piedra de afilar tan vieja como dos
generaciones de Espinozas.
Nos
pusimos a comer algo poco después de salir el sol. El viejo escupió sangre, que
a pesar de la escasa luz del amanecer, se veía bien roja sobre la tierra.
-¿Qué pasa,
viejo? -pregunté.
Él
carraspeó y volvió a escupir.
-Nada
-contestó.
Mis
hermanos no hicieron caso. Se levantaron para volver al trabajo. Los vi
perderse entre los altos girasoles que parecían estar moviéndose, girando esas
cabezas floridas hacia el sol naciente. Papá y yo nos levantamos y los
seguimos. Cerca del mediodía escuchamos más carrasperas y toses. Trabajábamos
en lugares diferentes, así que no nos veíamos.
-¿Oyeron?
-grité.
-Como para
no oír -dijo Pedro.
Luego
escuché a Raúl:
-Voy a ver
si necesita ayuda.
Sus pasos
se alejaron. Seguimos trabajando. Durante media hora no pasó nada, incluso me
pareció que había demasiado silencio. Sentí que el sol era demasiado fuerte
para ser invierno, me sequé la frente y decidí tomarme un descanso.
-¡Pedro! ¡Raúl!
No me
contestaron. Fui hacia la salida del campo y me los encontré camino a casa.
Corrí tras ellos, que llevaban al viejo casi cargándolo, los brazos de papá
sobre la espalda de cada uno y los pies arrastrando el polvo.
-¡¿Qué
pasó?!
-Lo
encontramos desmayado, corré a casa a avisarle a la vieja.
Iba a
hacerlo cuando me acordé que ni ella ni Clarisa estarían en todo el día, pronto
sería el festival y se habían ido a la casa de la costurera por los vestidos.
Raúl lo sabía, Pedro lo sabía, no era posible que lo olvidaran.
-No va a
estar -les dije.
-Tenés
razón. Entonces ayudanos a cargarlo.
-¿Voy a
buscar al doctor Ruiz?
-No creo
que haga falta, le preparo una sopa y se va a poner bien.
Ayudé a
levantarlo y me pareció demasiado pesado. Creí al principio que estaba lúcido
aunque débil, pero sus ojos parecían muertos, tenía la cabeza pendiendo sobre
el pecho, completamente carente de fuerza. Fue cuando lo dejamos en la cama
cuando me di cuenta que estábamos depositando el cadáver del hombre que había
sido nuestro padre.
-Pero…-dije-…ya está muerto.
Pedro miró
a Raúl:
-Parece que
se nos murió mientras lo traíamos…
Raúl
asintió con un gesto.
-Dios mío
-dije-. Cuando se enteren la vieja y Clarisa…
-Sí -dijo
Raúl, con una expresión que en ese momento no supe nombrar, pero en la que más
adelante encontraría las características del cinismo-. Dios lo tenga en su
Santa Gloria.
Pedro hizo
una mueca de burla y se cubrió la boca con una mano.
-Esta vez el
padre Macabeo va a llegar tarde -dijo.
Yo los
miraba y no lograba entender. El cuerpo del viejo todavía olía a suciedad y
transpiración. Entonces Raúl sacó un tema que no tenía nada que ver con lo que
nos pasaba.
-Nicanor,
¿te acordás de a quién vimos el otro día en el putero?
Puse cara de
no entender una jodida mierda de lo que hablaba. El viejo estaba muerto, Dios
santo, y no sabíamos qué le había pasado. Sólo un rato antes Raúl había dicho
que iba a ver qué le pasaba y ahora lo traían muerto. Eso era lo único que yo
recordaba con precisión.
-Lo que
hablamos a la salida, sobre el joven doctor Ruiz y el veterinario. ¿Te acordás?
Contesté
que sí, tratando de concentrarme en lo que me preguntaba a la vez que dirigía
miradas al cuerpo, como si quisiera asegurarme que no se había movido, que tal
vez yo me equivocaba y de un momento a otro fuera a levantarse y preguntar qué
hacía a esa hora en la cama todavía.
-Bueno,
entonces vamos al campo de los Ruiz.
-Pero ya es
tarde para un médico -dije.
Pedro apoyó
una mano en mi hombro, con esa sonrisa extraña que lo caracterizaba, y ante la
cual uno nunca sabía si sentir paz o miedo.
-Necesitamos un certificado de defunción, ¿no es cierto?
19
Era ya de noche. Sólo se escuchaban las cigarras y los
grillos atronando el vacío fuera del rancho. Daba la impresión de ser un lugar
sin nada allí afuera, donde lo negro era no una concentración de la densidad de
las cosas, sino una parábola de la ausencia, un eterno eco de lo que las cosas
fueron alguna vez y perdieron para siempre.
-¿Ustedes
lo mataron? -preguntó Valverde.
Los grillos
le contestaron, y él parecía llevarse bien con los insectos y la noche.
Nosotros no le responderíamos, y él lo sabía. Pero quizá necesitaba preguntar,
para deshacerse de esa inquietud parecida a una babosa en la boca. Y a lo
mejor, por casualidad, uno de nosotros llegaba a responderle. Pero ninguno lo
hizo.
-Voy a
salir esta noche a echar un vistazo al campo.
-¿Estás
seguro que no van a verte?
-Más que
seguro, de noche los perros ni siquiera me van a ladrar.
Estuvimos
de acuerdo y él salió. La sensación que tenía se vio confirmada cuando abrimos
la puerta. La oscuridad de adentro parecía estar más viva y ser más cálida que
la de afuera. Sentí que Valverde caía en un pozo mientras se alejaba,
perdiéndose en la espesura. Cerramos y volvimos a sentarnos en el suelo. No
queríamos encender ninguna luz, incluso nos abstuvimos de hablar en voz alta
por miedo a que alguien estuviese acechando junto a la puerta o a las ventanas
tapiadas. Yo escuchaba la respiración de mis hermanos, la de Raúl casi
imperceptible, serena, increíblemente controlada, la de Pedro más vibrante,
casi como un suave silbido.
-¿Qué
planeás hacer? -le pregunté a Raúl.
-Ya te
dije, mañana salimos antes de que amanezca y quemamos el campo.
-¿Para qué?
-Para
deshacernos del cuerpo, para que el viejo sea ceniza en la tierra. ¿Eso era lo
que quería, no? No solamente cogerse a la tierra, sino meterse en ella como
agua en la sangre.
Pedro
emitió un pequeño gemido que creí era una risa, o tal vez lamento. Yo casi no
veía la cara de mis hermanos, siluetas oscuras cuyas voces las creaban y
destruían al hablar y al callar. Luego Raúl prendió cigarrillos y nos dio uno a
cada uno. Ahora las lucecitas de los cigarrillos se desplazaban como
luciérnagas. Pensé en Clarisa, que de chica le gustaba jugar a cazarlas. Nunca
atrapó ninguna, pero mamá jugaba con ella y hacía que atrapaba varias en su
mano. Entonces se agachaba para mostrarle la palma abierta, ocultándose de
nosotros, de los varones de la familia. Las dos cuchicheaban y se reían. No
había nada en la palma de mamá, pero Clarisa fingía que había luciérnagas
atrapadas, o quizá lo creyera de verdad. Mamá tenía la capacidad de apartar las
zonas oscuras y resaltar lo que quería que viésemos: el campo muerto pero
pronto a renacer, la obstinación de papá como un mérito otorgado por Dios, las
mudanzas como un viaje de experiencia.
Incluso
cuando ella se enfermó casi no notamos su ausencia. Fue dos meses después del
arresto del viejo. No sabíamos cuándo volvería papá, así que Raúl había
empezado a trabajar el campo para mantenernos, pero pronto lo dejaría
abandonado ante su fracaso. Mientras tanto, el padre Macabeo venía todos los
días, y los domingos se pasaba casi toda la tarde en casa. Tomaba mate, comía
con nosotros, nos leía versículos de
Al final
de esos dos meses, mamá empezó a sentirse enferma una noche. Nos servía la
comida y su andar era lento, la frente le brillaba de transpiración. El cura le
preguntó qué le pasaba. Ella contestó que no era nada importante. La vimos
agarrarse la panza como si tuviese retortijones, y un rato después la oímos
vomitar en el patio de atrás.
El padre
Macabeo quiso ir a buscar al médico, y aunque ella insistió desde la cama que
no lo hiciera, él salió a caballo. Nos quedamos solos con mamá. Ella tenía
fiebre, pero no dejaba de indicarnos cosas. Que Pedro cuidara de Clarisa, que
yo limpiara las cosas de la cena. Raúl se quedó a su lado, y él también nos
mandaba. Después escuché a mi hermano decirle algo a mamá en el oído, y ella
asintió con la cabeza. Me pregunté si Raúl sabría lo que le estaba pasando a la
vieja. Mandó a traer agua caliente para preparar una tizana. Se la aplicó como
si supiera.
Recién al
amanecer llegaron el médico y el cura. El doctor revisó a mamá a solas, después
habló con el padre Macabeo y salió sin dirigirnos la palabra.
-Su mamá
va a estar en cama unos días, así que van a tener que colaborar todos en
ayudarla a cuidar la casa y el campo -dijo. Luego apretó los cachetes de
Clarisa, que estaba junto a la cama de mamá. Mi hermana sonrió, mamá sonrió.
Raúl salió corriendo golpeando al cura de costado, sin darse cuenta, creo.
-¿Qué le
pasaba a la vieja? -le pregunté a Raúl, esta noche de casi once años después,
encerrados en un rancho abandonado y perseguidos por la policía.
-¿Qué le
pasaba cuándo?
-Cuando se
enfermó.
Sé que mis
hermanos se miraron a la lumbre tenue de los cigarrillos.
-Nunca se
lo contamos, ¿no es cierto? -Raúl le dijo a Pedro. Éste negó con la cabeza.
Entonces mi
hermano mayor empezó a contarme lo que había visto el día anterior al que mamá
cayera enferma. Los tres estábamos en el campo. Raúl arando lo poco de la
tierra que aún parecía fértil, Pedro sacando piedras de los surcos, yo
esparciendo las semillas de una bolsa que arrastraba por el suelo. Era un día
muy caluroso, de eso me acuerdo muy bien. Los tres transpirábamos a mares. Raúl
dejó el arado atado a los caballos y dijo que iba a buscar agua a casa. Pedro y
yo nos quedamos allí sentados, esperando.
Dijo Raúl
que cuando llegó al rancho al principio no vio a mamá por ninguna parte, pero
toda la casa estaba cerrada, puerta y ventanas, así que la oscuridad adentro
era casi completa.
-¡Vieja!
-llamó. Aparecieron los perros desde el rincón donde estaba el jergón de mamá.
Rodearon a Raúl y lo miraron como pidiéndole ayuda.
Escuchó un
ruido de latas que se caían al suelo. Sintió un olor a fermentos, a líquidos, a
alcohol quemado. Después fue a abrir la ventana, pero oyó un grito de mamá.
Corrió a la cama, y apenas viendo lo que tocaba, sintió el cuerpo tembloroso de
la vieja, que tenía la ropa desarreglada. Sus manos tocaron sin querer la piel
desnuda de mamá. Ella tenía las piernas abiertas y las rodillas levantadas.
Cuando los ojos de Raúl se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver que estaba
inclinada en la cama y con las manos sobre
el bajo vientre. En las manos tenía algo metálico. Raúl se dio cuenta de
que era algo punzante, un destornillador, tal vez, pero no era eso. Lo había
hervido en la fuente de agua que se había caído al suelo un rato antes, y mamá
intentaba colocárselo ahora dentro del sexo.
No sé si
mi hermano comprendía lo que pasaba. Era la primera vez que lo veía, pero no
era un tonto. Pronto debió darse cuenta, pero sin duda no sabría qué hacer.
Dijo que mamá lloraba y ni siquiera se había sorprendido de verlo ahí. Estaba
demasiado dolorida.
-¡Ayudáme!
–gritaba en voz baja, pero con todo la fuerza de su garganta contenida.
Pero qué
iba a hacer mi hermano sino más que mirar al principio. Las manos le temblaban,
el cuerpo alto y flaco de adolescente también le temblaba de escalofrío como si
afuera no hubiese más de 30 grados. Cuando vio que mamá seguía intentando sola
e inútilmente colocarse aquel elemento en el cuerpo, él se acercó y se puso a
llorar.
-¡Ahora no,
hijo! Ayudáme…
Y mientras
lo decía hizo un esfuerzo mayor y metió con todas sus fuerzas el metal en su
vagina. Raúl lo vio entrar y salir varias veces, con sangre primero, luego con
unos pedazos de carne, según a él le pareció, que le dieron náuseas. Luego la
vieja sacó el metal y lo tiró al piso. Le dijo a Raúl que limpiara todo y se
fuera. Que no volviéramos hasta muy entrada la noche.
Raúl
regresó al campo. Le preguntamos por el agua y no nos contestó. Ya no queríamos
trabajar pero el nos golpeó a cada uno y no tuvimos más que seguir. Nos
prohibió volver a casa antes de que él lo ordenara. Dijo que nos mataría, y en
su cara había tal expresión que no nos atrevimos a dudar que por lo menos iba a
darnos una paliza de las peores.
-Cuando
volvimos, le pregunté a la vieja quién había sido.
-¿Qué te
contestó?
-Nada, pero
yo ya lo sabía. No se necesita ser muy inteligente para adivinarlo.
Yo
recordaba bien que el padre Macabeo vino a cuidar de mamá mientras ella
permaneció en cama, pero un mes después empezó a venir menos. Nosotros
notábamos que mamá y el cura se hablaban poco, manteniendo a veces un silencio
que duraba toda la tarde mientras cebaban mate mirando el campo que jamás se
recuperaría, que se iba llenando de basura, de chatarra que se herrumbraba como
los corazones de ellos.
Raúl se
sentaba en el suelo, no lejos de los dos, y los miraba de reojo de vez en
cuando, ella sabiendo que él conocía la verdad, y el cura tal vez ignorándolo,
pero viendo que algo brillaba en los ojos de mi hermano. Raúl le contaría a
Pedro recién un tiempo después todo lo que había visto, por eso Pedro todavía
jugaba con Clarisa y conmigo en los campos muertos donde aún permanecían los
viejos espantapájaros. Esos simulacros de hombres que ya no asustaban a nadie,
víctimas de los caranchos que se asentaban en sus brazos flacos.
20
Valverde regresó después de medianoche. Dio dos
golpecitos en la puerta, no más fuertes que el picoteo de un pájaro en la
madera.
Yo era el
único que estaba despierto. Mis hermanos se había adormecido porque no se
habían acostado desde hacía dos noches. Valverde murmuró su nombre al golpear,
así que abrí la puerta y lo dejé entrar. Los otros se despertaron
sobresaltados.
-Tranquilos, muchachos. Traigo noticias.- Levantó una lámpara de
petróleo y se dispuso a encenderla. Raúl lo detuvo.
-No se
preocupen, no hay policías en la zona. Esta noche podemos dormir tranquilos.
-¿Pero qué
sabés?
-Vengo de
su campo, pusieron a vigilar la tumba. En el pueblo me enteré que el juez
autorizó la exhumación recién para mañana a la madrugada.
-Entonces
mañana salimos antes que el sol y vamos al campo. Tenemos que prender el fuego
cuando hayan desenterrado el cuerpo.
-Pero Raúl
-dije yo-. ¿No vamos a matarlos, no?
Mi hermano
se sonrió.
-Los vivos
tienen piernas para escapar, Nicanor. Pero el muerto es quien nos interesa.
Tenemos que evitar que hable, porque hasta los muertos dicen lo que les pasó.
Valverde
asintió, quizá él lo sabía por haber disecado cadáveres de animales. Yo me
preguntaba si a Raúl no le preocupaba algo en particular.
-Pero si va
la vieja…
-No va a ir
-me aseguró mi hermano.- Ya dijo que no quería que lo desenterraran. Solamente
van a estar los policías, el doctor y el comisario. Y ellos se van a escapar
del fuego como las ratas del campo.
Decidimos
dormir por lo menos durante tres horas antes de salir. Valverde se ofreció a
hacer guardia. Nosotros depositamos nuestra confianza y nuestras vidas en él.
Me despertó
el canto del gallo, pero aún no había amanecido del todo. Raúl y Pedro ya
estaban levantados y lavándose la cara con al agua que salía de una bomba
dentro del rancho.
-¿Por qué
no me despertaron antes? -protesté yo, creyendo por un momento que querían
dejarme afuera del asunto.
Pedro se
rió y me dio una patada en el brazo.
-No te
preocupés, Nicanor. Vos también tenés laburo que hacer.
Me levanté
y saludé a Valverde, que no parecía agotado ni cansado después de la noche de
guardia.
-Me
gustaría ayudarlos -dijo.
-No es tu
asunto -contestó Raúl.
-Vamos…eso
ya lo discutimos…
-Tu laburo
no es quemar campos sino criar bestias, que te persigan por eso y no por lo
nuestro, ¿me entendés? Cada uno a lo suyo y no hay deudas que pagar…
-Pero
entonces dejen que les caliente agua para un matecito.
-Eso sí
podés -dijo Pedro.
-¿A qué
hora era el asunto?
-Lo más
probable es que a las seis y media estén en el campo. Para la siete ya todo
habrá terminado.
Decidimos
apurarnos. Me lavé la cara y oriné en un tacho en un rincón. Volví al grupo que
se había reunido alrededor de una fogata suave que Valverde encendió con
rapidez. Hicimos tres rondas de mate y comimos unos cachos de carne con cuero
que sobraron del asado que habían hecho en su casa dos días antes. Estaban
duros y fríos, pero nos sirvieron para reponer fuerzas.
Antes de
salir, Raúl nos alcanzó a Pedro y a mí dos antorchas que había preparado
durante el día con ramas. Había encontrado alquitrán que Valverde usaba para
aislar el techo de la lluvia, y untó con él un extremo. Nos dio fósforos a cada
uno y los cuatro salimos. Era la última vez que veríamos esa casa, y de algún
modo sentí aprehensión de dejar aquel refugio por el sitio desconocido que era
el mundo exterior. Un mundo que conocía pero que ahora me era agresivo y
amenazador. La niebla de la mañana daba un tono extraño, más bien irreal al
pequeño bosque junto al río. Recorrimos todo el camino que yo había hecho
corriendo. Estaba amaneciendo y no debían ser más de las cinco de la mañana.
Llegamos
al límite de nuestro campo. Nos escondimos entre los girasoles altos, que ya
habían comenzado a marchitarse y encorvarse. El peso de las flores era
demasiado para los tallos debilitados por el bicherío. Pensé en el viejo y su
esperanza, en la cara que había puesto cuando vio que los girasoles crecían y
que cada mañana dirigían sus caras sonrientes al sol. Pero el sol es fuego, es
amigo de las llamas. Es el padre bienhechor de los incendios que nuestro padre
creaba para borrar la muerte y preparar el terreno para la procreación.
La tierra
es un vientre que el viejo quería engendrar, y del cual no pudo obtener más que
productos degenerados y deformes. Pero él insistía, preparaba la tierra,
cultivaba el vientre de la tierra así como engendraba en el vientre de nuestra
madre. Y en cada nacimiento había un fracaso que no quería ver, que desechaba
con el fuego. Por eso no deshicimos de él antes que él de nosotros. Era un
Cristo que necesitaba la sangre de los corderos del sacrificio.
Allí puedo
verlo, surgiendo entre los altos girasoles que se resisten a morir, lo mismo
que se resistieron los ladrones que acompañaron al cristo. Pero es solamente
uno de los tres espantapájaros crucificados, asomándose en la niebla y
proclamando su inutilidad. Su docta tarea de engendrar el miedo se ha
convertido en la grotesca labor de un bufón envejecido.
Nos
asomamos a un sendero y vimos los autos de la policía y una camioneta. Junto a
la tumba estaban dos guardias, el doctor Ruiz, el comisario y el padre Macabeo.
Raúl me agarró de un hombro y lo miré, pero él tenía los ojos puestos en el
grupo reunido alrededor de la fosa abierta. Sonreía, hasta dio un respingo de
jactancia, de orgullo por sí mismo, tal vez, como si estuviese viendo la
confirmación de algo que esperaba con ansia.
-Está el
cura también -dije.
Me apretó
el hombro con fuerza y con cariño.
-No podía
faltar, ¿no es cierto? -después le dijo a Valverde:- Andáte, gracias por todo.
Nos dio un
abrazo a cada uno y se fue corriendo. Nunca más volvimos a encontrarnos.
Raúl
encendió un fósforo y cada uno acercó la antorcha alquitranada. Las llamas se
encendieron y los tres nos separamos como habíamos planeado en la noche. Raúl
se quedó allí, en la salida principal por donde los demás escaparían. Si era
necesario, detendría a cualquiera que intentase llevarse el cuerpo. Él nos
había asegurado que sin duda nos adjudicarían el incendio, pero que no podrían
probar nada. Unos meses de cárcel, tal vez, si nos veían, pero nada concreto
para poder probar que nosotros habíamos empezado el fuego.
Pedro
corrió hacia el sector este, que era la espalda de los que allí se habían
reunido. Yo fui hacia el campo noroeste, el lado más extenso del sembradío.
Empecé a quemar los tallos secos de los girasoles y rápidamente las llamas
subieron y se extendieron hacia los costados y hacia el interior del campo. Vi
que otras llamas iguales ascendían desde donde estaban mis hermanos.
Escuché
voces de alarma y dos disparos, pero los policías habían tirado al aire para
avisar seguramente a la gente del pueblo. Yo corrí de vuelta hacia donde estaba
Raúl y me quedé con él, cubriéndolo con la escopeta por si intentaban
atraparlo. Sabía que Pedro tendría que dar toda la vuelta al campo y no era
seguro que pudiera llegar con ese fuego. Entonces Raúl y yo nos escondimos
entre las filas de girasoles todavía indemnes y vimos salir al grupo uno detrás
de otro. El primero fue el doctor Ruiz, luego un hombre que no habíamos visto
antes, quizá un abogado o un secretario del juzgado. Decían cosas a gritos,
pero no alcancé a entenderlos. El crepitar de las plantas al quemarse era más
fuerte de lo que yo esperaba.
El humo
comenzó a hacerse tan denso que no pude ver si salía más gente por el sendero
principal. Raúl me hizo señas de que esperara donde estaba y no me expusiera.
Él se asomó al sendero a mirar si faltaba alguien. Un tipo gordo lo tiró al
suelo en su corrida. Me di cuenta que era el comisario, pero no creo que el
oficial se diera cuenta de con quien había tropezado. El humo era muy denso y
yo mismo me puse a toser, con miedo a ahogarme. Entonces también salí al camino
e intenté sacar a Raúl que estaba en el piso, como atontado por el golpe.
Él se
levantó y escupió saliva con sangre. Me hizo señas de que me fuera, pero no lo
hice. Me quedé atrás de él por si me necesitaba. Raúl tenía la antorcha en la
mano derecha, y con ella intentaba iluminarse mientras entraba al sendero que
llevaba a la fosa. Lo agarré de la ropa e intenté detenerlo, pero él no me hizo
caso. No sabía qué intentaba hacer, tal vez ver si quedaba alguien.
Escuché una
voz pidiendo auxilio. La voz se acercaba, entrecortada, perdida entre el
crepitar de las llamas. Creí reconocer de quién se trataba, y no mucho después
vi entre el humo la sotana y la figura del padre Macabeo. Se cubría la nariz
con una manga, tenía la cabeza cubierta de hollín. No miró hacia adelante sino
cuando estaba cerca de la salida y casi frente a Raúl.
Entonces
supe que mi hermano no lo dejaría salir.
Raúl arrojó
la antorcha sobre el breve trecho de camino que los separaba, y se levantó una
nueva barrera de llamas que impidió que el cura pudiese escapar. Lo vimos
correr de un lado a otro. Debía tener una expresión de terror en el
rostro, pero sólo pudimos adivinarla por
la desesperación de sus brazos agitados y los gritos parecidos a aullidos de
animal acorralado.
Luego el
padre Macabeo cayó al suelo y no lo vimos más.
Pero tras
él apareció corriendo otra persona. Alguien que habíamos olvidado porque no
sospechábamos siquiera que podría presentarse aquella mañana. Alguien que había
ido a honrar al viejo porque quizá lo amaba más de lo que mi hermano Raúl había
podido amarlo en toda su vida.
Detrás,
estaba nuestra hermana Clarisa.
LOS PERROS CIEGOS
1
Probablemente, se dijo él, cuando el presidente se
miró al espejo esa misma mañana mientras se afeitaba y contempló la mitad de su
cara cubierta de jabón y la otra limpia y rasurada, ya se sabría abandonado por
los hombres de su gabinete. Lo demás, como había dicho Hamlet al morir
escuchando la llegada del ejército de Fortinbras, es sólo silencio alimentado
por las armas.
-No es buen
momento para viajar, Mateo –dijo Alma, mientras daba el biberón a su hijo de
casi dos años.
Ibáñez
cambió el dial de la radio. Era la caída de la tarde y todos los noticiarios
continuaban transmitiendo por red nacional. Buscó algunas estaciones de su
preferencia, pero estaban muertas o sonaba el ritmo marcial de una marcha
militar, y en algunas otras se escuchaban los estridentes y discordes bronces
del himno tocado por una banda de colegiales. Hacía cuarenta y ocho horas del
golpe, y él imaginaba al ahora ex presidente el día de ser derrocado. Había confiado
en él, lo había votado, incluso consideró correcto, por algunos meses,
compararlo con Kennedy. Y por más que no hubiese cumplido sus expectativas y
sólo había muerto políticamente, la comparación le resultó válida de un modo
más intimista y humano, más cercano a
una estrecha complicidad que a los azarosos avatares de los factores políticos.
Mateo
Ibáñez se preguntó si existe la casualidad en la política. No, no era posible.
Sólo los militares creen en la casualidad, porque ellos se dejan regir por sus
corazones. El problema es que confunden las voces de su corazón con la gélida
razón de sus cerebros. El entrenamiento es eso, tal vez, acostumbrar al músculo
al hambre y al frío, avasallarlo como a un perro vagabundo, apalearlo hasta que
la piedad no sea más que un cadáver y la dudosa virtud de la fuerza se vea
impulsada, empujada y revivida por las motivaciones del corazón.
Como
médico, no creía en las ridículas localidades que los románticos adjudican a
los sentimientos. Él sabía que a veces la razón es un impulso más virtuoso que
lo que el cerebro es capaz de crear, y entonces proviene de un lugar
inexplorado del pecho, una región entre los caminos de la sangre, allí donde
los arbustos y los árboles de los huesos forman casas bellas como mansiones
celestiales. También sabía que lo que llamamos corazón en ocasiones se centra
en un punto del abdomen, como un cosquilleo que indica el crecimiento, quizá el
traslado, la mudanza de las vísceras, tratando de acomodar el amueblamiento de
las habitaciones humanas para hacerlas acordes a la conducta, tal vez a la
íntima información que cada uno hereda, la particular constitución y la
peculiar síntesis de toda una vida encerrada en los códigos de una célula.
Para eso
lo habían llamado a
Ibáñez
aceptó. Le dijeron que formaría parte de una comisión junto a un veterinario,
otro doctor de la zona y un arquitecto. Para qué el arquitecto, había
preguntado. Los perros, si eso eran, le dijeron, se escondían en lugares
diversos a lo largo y ancho de la ciudad, en refugios y escondites que debían
constituir madrigueras transitorias porque cuando las brigadas llegaban no
quedaba más que un nauseabundo olor a orina y carne podrida.
Después de
un largo rato y varios kilómetros, en los que vio pasar pueblos chicos,
estaciones de servicio y mojones indicadores de la distancia desde Buenos
Aires, Mateo le contestó a su mujer:
-¿Cuáles
son, entonces, los buenos tiempos, mi amor?
-Hablo de
lo que está pasando, ya oíste lo que dijeron en la radio. Hay militares por
todas partes.
Él ya lo
sabía, no había más que mirar los puestos de patrullas y los camiones militares
a los costados de la ruta. Paraban a algunos autos, pero a ellos todavía no le
habían hecho ninguna señal. Quizá, se dijo, su Falcon recién comprado fuese una
insinuación para aquellos caballeros vestidos de verde musgo, imponiendo una
moda que él adivinaba duraría mucho más que una temporada. Pero todo esto eran
especulaciones, laberintos de su mente por donde lo llevaba la inquietud y la
fantasía melancólica por la que sentía una inevitable atracción. Es verdad, le
habría reconocido a Alma, son tiempos para quedarse en casa y ver el
espectáculo del mundo como quien ve los preparativos de una guerra que recién
comienza. Recordaba haber leído un poema con esa frase, de una tal Cecilia Taboada.
Lo había impresionado esa visión trágica como un poema épico. Era sólo cuestión
de supervivencia, más aún si se tenía una mujer y un hijo pequeño a quien
proteger. Pero los hombres, se dijo, siempre han salido a luchar. Han encerrado
a sus mujeres bajo cuatro llaves para salir a campo abierto y matar al enemigo.
No
estamos, sin embargo, insistió en decirse mientras conducía, en
Mateo y
Alma vieron con miedo creciente la señal que un militar les estaba haciendo
justo frente al auto, moviendo sólo el brazo izquierdo, mientras sujetaba el
fusil con la derecha. Mateo se detuvo a la vera de la ruta y lo observó
acercarse a la ventanilla. Sabía él que debía bajarla, pero había una aprensión
que lo hizo prolongar su decisión todavía unos segundos más, como si ese vidrio
fuese una última barrera de protección. Tenía miedo. Solo, habría sentido esa
extraña vergüenza que surge en los hombres comunes y corrientes ante cualquier
clase de poder. Pero allí estaban su mujer y su hijo, y no sólo temía por
ellos, sentía una furia incierta, de origen desconocido y causa inmotivada.
El militar
dijo algo, apenas moviendo los labios porque la cinta del casco en la barbilla
sólo permitía una leve mueca de la boca. De todos modos, él comprendió, porque el
soldado con un movimiento fusil hacia arriba y abajo le estaba indicando lo
mismo. Giró la manija y bajó la
ventanilla.
-Buenas
tardes, oficial –dijo, forzándose a una sonrisa que creía necesaria para
intentar borrar esa leve sospecha que había visto surgir en la cara del
soldado, y para espantar también el miedo que veía surgir desde atrás de los
campos que la ruta atravesaba, desde más allá incluso de la costa que adivinaba
a cientos de kilómetros a su izquierda. Como si el ancho se levantara para
advertirle, como si el cielo del incipiente crepúsculo fuese un espejo especialmente
creado para anunciarle la llegada de un dios menor, pero no menos poderoso que
las fuerzas que ahora parecían crecer desde la tierra con la forma de hombres,
simplemente hombres pero portadores de máquinas que podían matar como los
dientes de un animal.
El soldado
no dijo nada, o si algo dijo él no lo entendió con esa incomprensible forma de
hablar. Era curioso cómo los militares se gritan entre sí al entrenar, pero
cuando hablan con civiles su voz suena gangosa, casi inaprensible al oído, como
voces guturales, palabras breves y aisladas, inconexas a veces.
Mateo sacó
la cartera de mano de la guantera. Miró de reojo a su mujer, que le devolvió la
mirada con ojos irritados mientras intentaba calmar el llanto de Blas. Su hijo
ahora lloraba más fuerte, pero él intentó dominarse al buscar el registro y los
papeles del auto. Los entregó al soldado, éste los miró largo rato, como si le
costara leer. Pero sabía que no se trataba de eso. Era parte del teatro, se
dijo, los ritos de una secta, la paciencia llevada al límite esperando signos
de temor. El soldado dio la vuelta al auto, no una sino dos veces. En la
segunda Ibáñez no ocultó su inquietud, mientras el llanto del niño lo irritaba
y le impedía pensar. Qué pasa, carajo. Qué mierda pasa. Pensó en los
funcionarios que conocía, en a quién podría llamar en caso de presentarse
problemas. Nada en su vida indicaba algún delito ni ocultamiento. Era médico,
era padre de familia. Tenía un auto en regla y un departamento que pagaba a
plazos. No se metía en política, y sus opiniones siempre fueron de puertas
adentro. Pero las paredes oyen, los vecinos tienen oídos, y cualquier palabra,
cualquiera, carece de toda inocencia, siempre.
El soldado
regresó.
-¿A dónde
se dirige, doctor?
-A
Justo al
terminar de hablar se arrepintió de haber dicho lo último. Quien no tiene cola
de paja no necesita dar referencias. Pero ya estaba dicho, y de todos modos
quién podría entender las reglas de ese instante.
-Buenas
tardes –fue lo único que respondió el oficial, haciendo la venia después de
devolverle los papeles, alejándose después hacia otro auto que habían detenido
atrás.
Ibáñez
cerró la ventanilla y miró a Alma. Se
sonrieron y él puso la primera marcha y retornó a la ruta. Blas seguía
llorando. Alma rebuscó en el bolso el termo con leche tibia. Llenando el
biberón, se lo ofreció a su hijo, que primero se rehusó y Alma le gritó.
Mateo sacó
la mano derecha del volante y se puso a acariciar el pelo de su mujer.
-Tranquila,
amor, no pasó nada, ya lo ves.
Ella
abrazaba a Blas con más ahínco, ansiosa por ser perdonada, mientras el niño
comenzaba a beber nuevamente y el llanto a convertirse en un gorgoteo plácido y
sereno, un ruido con olor a leche tibia que invadió el interior del auto como
una sustancia más endeble y sin embargo
más persistente que el hierro.
2
Faltaban no más de veinte minutos para llegar a la
entrada de la ciudad. Estaba oscureciendo y las luces de los autos se encendían
como lámparas que viejas máquinas usaban para abrirse paso en bosques oscuros.
De pronto, los autos le parecían tan antiguos como las legendarias máquinas de
guerra de
Quiso
apartar tales pensamientos. Volvió a encender la radio. Pasó uno tras otro el
dial, tratando casi con desesperación hallar otra cosa que no fuesen discursos
y marchas militares. En Radio Nacional esperaba encontrar más de lo mismo, pero
era sábado a la noche y a esa hora acostumbraba a escuchar el programa de
música clásica. Para su sorpresa, allí estaba: música en lugar de palabras, el
tenue sonido del fagot en lugar de las carrasperas de viejos militares.
-¿Le
gustará a Blas? –preguntó, mirando un segundo a su mujer a los ojos.
Ella le sonrió
y bostezó, sin dejar de apretar con suavidad a su hijo contra el pecho.
-Sí, lo va
a serenar hasta que lleguemos al hotel. Gracias –dijo, rozando su hombro contra
el de su esposo, apoyando la cabeza y cerrando los ojos.
No era
Beethoven, pero no importaba. No reconocía aún la melodía, el tono, los giros y
las sombras del autor. Parecía ser algo ruso, en eso estaba seguro de no
equivocarse. Era una soprano la que cantaba, pero no una ópera, sino un lieder
orquestal. Escuchó el sonido de la púa del disco saltar y retroceder un par de
veces. Ibáñez no tuvo más que reírse, y vio que Alma también lo hacía sin abrir
los ojos.
-Lamentamos la interrupción, estimados
oyentes. Luego de esta falla técnica, retomamos la audición de Las danzas y
canciones de la muerte, de Modesto Mussorgsky. En primer término,
Entonces la soprano volvió a cantar
luego de un muy breve preludio orquestal. Esta vez la púa recorrió el surco
estropeado con un leve chasquido al que Mateo ni siquiera prestó atención.
Tenía frío, cerró la ventanilla de su lado y pasó su mano derecha sobre los
hombros de su esposa. No había una oscuridad completa todavía, pero la sombra
ganaba el campo y la ruta, y la moribunda luz del sol era un signo más triste
que la absoluta oscuridad. Las luces de la ciudad estaban surgiendo, formando
todas juntas una luna enorme sin forma definida, humillando al sol que se
ocultaba como un perro apaleado.
Había
escuchado varias veces esas canciones, pero siempre en la voz de un barítono.
Hoy, en cambio, la voz de una mujer le daba un aspecto más escalofriante a la
breve trama de aquellas canciones.
-Dios
mío…-dijo Ibáñez.
-¿Cómo…?
–preguntó Alma.
¿Ella no
se daba cuenta? ¿Acaso la voz de esa mujer era tan semejante a la suya que no
reconocía los matices trágicos, premonitorios, tal vez? Mateo solamente sabía
que se le había formado un nudo en la garganta y no pudo pronunciar lo que
necesitaba preguntar. ¿Es la muerte una mujer, al fin de cuentas? ¿Somos los
hombres simples sementales que engendran cuerpos para que ellas los expulsen al
mundo y luego se los lleven otra vez?
Dios mío,
pensó, sin atreverse a quitar aquella canción de cuna que parecía estar siendo
dedicada a su hijo.
-Estás
temblando –dijo Alma.
-Un
escalofrío, nada más. Andá preparando al bebé que en un rato llegamos.
Ella se
restregó los ojos con una mano y se puso a poner de vuelta en el bolso las
cosas del café y el mate, los baberos y el biberón de Blas.
Entraron a
la ciudad ya de noche. Casi no conocía, pero la numeración de las calles lo
ayudó a encontrar el hotel donde el municipio había reservado habitaciones para
la los miembros de la comisión. Pasaron por calles de adoquines, rodeadas de
árboles cuyas copas se entrelazaban por encima, incluso más alto que las casas
tradicionales. Era una bella ciudad, se dijo Ibáñez.
-¿Te
gustaría vivir aquí? –le preguntó a su mujer. Varias veces habían hablado de
eso, pero él tendría que dejar el empleo del estado para pasarse al ámbito
provincial, y el sueldo era algo menor. Sin embargo, había compensaciones, un
lugar más tranquilo y familiar, más limpio seguramente, que las calles de
Buenos Aires y el conurbano.
Las luces
de mercurio se asomaban entre las ramas, y las ruedas del auto repiqueteaban
sobre los adoquines. Las cunetas en las esquinas eran profundas, pero invitaban
a un viaje tranquilo. Las luces de las casas alumbraban las veredas donde los
chicos jugaban corriendo alrededor de las madres que conversaban, o cruzando la
calle en bicicleta. Unas viejas salían de un almacén con bolsas tejidas llenas
de mercadería, otras se asomaban a un ventanal y miraban pasar los coches cuyos
dueños regresaban a casa luego del trabajo. Había un olor a madreselvas, a
veces a eucaliptos, a veces a carne asada que venía desde los patios.
-Creo que
me gustaría –contestó ella.
-Mientras
estemos acá, podemos consultar con algunos martilleros…
-¿Sabés
cuánto tiempo va a durar la investigación?
-No tengo
idea, mi amor. Me parece de lunáticos esta idea de animales desconocidos.
Espero que mis colegas estén en su sano juicio.
-¿Los
conocés?
-Ni
siquiera me dijeron los nombres, todo esto me parece improvisado, y justo ahora
con lo del golpe…
Sabía que
nada tenía que ver una cosa con la otra, lo mismo que la canción de la radio.
Era una sensación exclusivamente suya la que intentaba relacionar las cosas por
sus extremos más delgados, más tendientes a deshilacharse cuando las pinzas de
la razón intentaban atraparlos. Había bajado el volumen a un límite casi
inaudible, pero Blas se despertó llorando otra vez. Entonces apagó la radio y
se detuvo frente al hotel.
-Llegamos.
Era un
hotel chico, de tres estrellas según constaba en la vidriera. Un vestíbulo con
un televisor y tres sillones. Más atrás, un comedor con mesas y manteles de
hilo blanco y sillas de respaldo alto que parecían muy incómodas.
El conserje
lo recibió tras el mostrador.
-¿Qué se
les ofrece a los señores?
-Somos el
Dr. Ibáñez y señora. Tenemos reservaciones.
El hombre
consultó una lista y sonrió.
-Así es,
doctor, es un placer tenerlo con nosotros, lo mismo que a su encantadora señora
y al precioso bebé.
Alma no
pudo evitar una mueca de burla, que intentó ocultar. Yo la miré y le guiñé un
ojo. El conserve era un tipo bajito, esmirriado y zalamero en su forma de
hablar. Tenía un atenuado amaneramiento que contrastaba con unos bigotes
varoniles y espesos que resultaban falsos en su cara de niño. Tenía canas y
debía tener más de cincuenta años, pero seguía conservando la expresión de un
adolescente tímido y envejecido antes de tiempo.
-Sírvase
firmar aquí, doctor. Todo está pagado ya, incluye todas las comidas y el
servicio completo de habitación.
Ibáñez hizo
lo que se le pedía y el conserje le dijo que el botones le llevaría el
equipaje. Todo eso resultaba artificioso dentro de aquel hotel pequeño y
simple.
-¿Sus
maletas, doctor?
-En el
auto.
El hombre
hizo chasquear dos dedos y el chico corrió hasta la puerta para que Ibáñez lo
acompañara.
-El botones
le indicará el estacionamiento. Sírvase acompañarme, señora doctora.
Alma
estalló en una risa y yo me di vuelta para salir de allí antes de que el
conserje se sintiera humillado del todo.
-Disculpe,
señor –dijo ella, no fue mi intención, pero no soy doctora, solamente la
esposa.
El hombre
tosió y se llevó una mano al pecho, a la vez que hacía una leve reverencia.
-Mil
perdones, señora de Ibáñez, ha sido una equivocación imperdonable de mi parte.
-No se
preocupe.- Ella le apretó un brazo, breve pero cariñosamente, y el conserje la
miró con expresión en la que parecía querer decirle que de ahora en más
dedicaría su vida a ella.
Alma lo
siguió hasta la habitación, sin poder dejar de sonreír. Cuando se lo cuente a
Mateo, nos vamos a parar de reírnos en toda la noche, era lo que debía estar
pensando. Entró al cuarto sobrio, de cortinas blancas que el conserje corrió
con un gesto amplio, como si corriera el telón de un teatro.
-Espero que
sea de su agrado, señora de Ibáñez.
-Sí lo es,
me parece familiar, íntima, ¿no?
El conserje
sonrió tan satisfecho que parecía estar conteniendo sus ganas de saltar
alrededor de Alma como un perro salvado de la lluvia y el hambre por la más
caritativa mujer del mundo.
-Es usted
una entendida, señora. Los colegas del doctor han venido solos, así que usted y
su hijito son un toque ameno entre tantos científicos.
Para no
volver a reírse, Alma preguntó:
-Pero
imagino que no seremos los únicos huéspedes.
-En esta
época del año, debo reconocer que así es. Mea
culpa –dijo cerrando los ojos por un instante y golpeándose el pecho con un
puño.-Si no fuera porque soy un cabeza dura… Mire, señora de Ibáñez, soy un
hombre chapado a la antigua. Este hotel es mi vida, y aunque me han ofrecido
venderlo, no me atrevo a desprenderme de estas paredes. Quieren construir un
hotel más lujoso, más grande, saben que mis cuentas tienden cada mes a tomar
tintes rojos, usted me entiende. Pero voy sobreviviendo, y aquí me encontrarán
cuando me llegue la muerte.
El hombre
volvió a cerrar los párpados y a golpearse el pecho, pero esta vez con la
cabeza erguida, como un militar que escucha por última vez los marciales
tambores del himno nacional.
Luego se despidió, sin aceptar propina. Levantó las
manos y sacudió la cabeza varias veces, hizo varias reverencias antes de cerrar
la puerta, levantando tímidamente la vista para
llevarse un último recuerdo del bello rostro de su bienhechora.
Alma se
sentó en la cama y no pudo evitar largar una carcajada. Blas se despertó y
empezó a llorar, entonces se dio cuenta que el conserje podría haberla oído y
sintió vergüenza, pero el llanto debía haber ocultado su risa. Comenzó a
cambiar la ropa del niño. Le cantó una canción infantil que solía serenarlo, el
bebé sonrió y gateó sobre la cama. El edredón tenía olor a humedad, como casi
todo el hotel, pero no había ni una sola mota de polvo. Revisó el baño y estaba
limpio, miró dentro del placard empotrado, y el olor a naftalina la hizo
estornudar. Blas le gritó algo, ella corrió a abrazarlo.
En ese
momento se abrió la puerta y entró Mateo con las valijas. Detrás venía el chico
con los bolsos donde Mateo tenía sus papeles del trabajo y algunos instrumentos
quirúrgicos. Ella le había preguntado antes de salir para qué los llevaba, sin
en la ciudad le darían todo lo necesario. Pero él estaba acostumbrado a sus
cosas, sus escoplos, sus sierras para huesos, los mangos de bisturí, las pinzas
y tijeras con los que mejor trabajaba. Mateo se detuvo a mirar el cuarto,
pareció conforme y miró a su mujer.
-¿Qué te
parece?
-Bien…
-Si no te
convence nos vamos a otro hotel. Mirá que podemos pasarnos aquí varias semanas.
-Pero si
nos pagan todo, Mateo. Encima de lo poco que te van a compensar, ¿vas a
gastarlo en estadía?
-Deberían
pagarme el lugar que yo decida…
Alma lo
miró como una madre que no sabe si su hijo es estúpido o demasiado ingenuo.
-Ya sé, ya
sé…-dijo Mateo.-Entonces la abrazó y la besó.
Blas
estaba en cuatro patas, mirándolos atento. De pronto se acordaron que tenían
otro espectador, el chico de las maletas.
-Perdoname,
pibe. Dejá los bolsos en la cama. Tomá…- le dijo, poniéndole unas monedas en el
bolsillo del chaleco.
El chico
dejó caer los bolsos en el colchón, y no pareció darse cuenta de Blas. El bebé
quedó encerrado, sin mostrar más susto que sorpresa. Mateo y Alma se miraron,
pero decidieron pasarlo por alto. El chico resultaba tan iluso como el viejo.
-Me voy a
duchar, estoy cansado del viaje.
-Yo desarmo
las valijas, amor.
-Sólo lo
que necesitemos para cenar, mañana hay tiempo.
Entonces
Alma comenzó a contarle la conversación con el conserje, mientras ella iba y
venía colgando las camisas y pantalones de Mateo, ordenando la ropa interior en
los cajones y los zapatos al pie de la cama. Desde la ducha se escuchaba la
risa de Mateo Ibáñez, fuerte y densa, gorgoteando por el agua que se le metía
en la boca.
-Si te vas
a ahogar, no te cuento más -dijo ella, asomándose a la puerta del baño.
Mateo abrió
la cortina de la ducha y dijo:
-No te
atrevas a privarme de eso, se lo contaremos a todos cuando volvamos a Buenos
Aires.
Salió y se
sacudió el pelo, Alma protestó y él la agarró de una mano, la apretó contra su
cuerpo y la besó.
-No, Mateo,
ahora no, tenemos que vestirnos para cenar. Recién llamé y me dijeron que en
media hora cierran la cocina.
Él se
resignó.
-¿Conociste
a alguno de la comisión? –le preguntó ella mientras él se afeitaba.
-Me dijo el
conserje que todos llegaron ayer, pero no vi a ninguno. Están en sus cuartos o
de paseo por la ciudad.
-Somos los
únicos en todo el hotel, ¿no lo sabías?
Mateo salió
del baño con media cara cubierta de jabón y una toalla alrededor de la cintura.
Seguía rasurándose mientras preguntaba:
-¿Estás
segura?
-Me lo dijo
mi pretendiente -y se echó a reír. –Dice que vinieron sin sus familias, o son
solteros
-Qué raro
-dijo él, volviendo al baño y con expresión inquieta.
Ella no se
dio cuenta de eso, y comenzó a elegir algo que ponerse para cenar.
-Necesito
el baño, amor.
-Ya te lo
dejo…
-Todo
sucio, seguro.
Mateo salió
y se encogió de hombros.
-Por lo
menos cuidá de Blas mientras me cambio –dijo ella.
Él se sacó
la toalla y buscó ropa interior en el la maleta.
-Tu madre
ya lo guardó todo en el placard, Blas, me lo imaginaba –murmuró.
Eligió un
calzoncillo, un par de medias y una camiseta sin mangas. Se puso el pantalón y
la camisa. Buscó un espejo por todas partes, hasta que se le ocurrió mirar en
la cara interna de una de las puertas del placard. Tenía manchas marrones y los
bordes rotos y afilados, pero de todos modos servía. Buscó un saco sport y se
miró al espejo. Todavía no tenía la panza que mucho después lo caracterizaría,
sino una leve prominencia en su cuerpo alto y desgarbado. Llevaba el cabello
rojizo algo largo, pero le gustaba como se veía. Se contempló las ojeras de
cansancio. Tenía todo el domingo antes de comenzar el trabajo. Tal vez me
habitúe a esta ciudad, se dijo.
Se dio cuenta que Blas lo observaba atento desde la
cama. Era un niño tranquilo para su edad. Salvo cuando algo lo irritaba, solía
quedarse quieto varias horas seguidas, aunque no durmiese. Siempre tenía los
ojos atentos y con un brillo que recordaban a los de su madre. Mateo se sentó
en la cama y puso a Blas sobre sus rodillas. Comenzó a mecerlo levantando los
talones, llevando un ritmo al que no prestó atención al principio, luego se dio
cuenta que era la melodía de
Alma salió
del baño con un vestido rojo de mangas cortas. La falda era algo estrecha
aunque no demasiado. El escote dejaba ver el collar de perlas que él le había
regalado para la boda. Se había lavado la cabeza y sus rizos castaños lucían
brillantes.
-¿Cómo me
veo para tus colegas?
Ella no
necesitaba preguntarlo, sabía que él la amaba, y eso era suficiente. No se
trataba de sentimentalismo ni toda esa enjundia rosa de enamorados, sino una
sabiduría que ninguno de los dos había aprendido en ninguna escuela ni nadie
les había mencionado, De todos modos, hay cosas que deben decirse, porque
incluso lo que implica el silencio puede ser confundido, transformado por las
pequeñas semillas de maldad que habitan el aire que respiramos.
-Más
hermosa que cuando nos casamos.
Ella sonrió
y se acercó a besarlo. Cayeron de espaldas en la cama y Blas los contemplaba
serenamente.
Mateo se
dio cuenta que Alma miraba a su hijo como otras veces la había notado hacerlo.
-Nunca te
fijaste cómo nos mira, especialmente a mí –dijo ella.
-Ya me di
cuenta, hace un rato me miraba fijo mientras me vestía.
-No me
refiero a eso. Parece no pensar en nada cuando me mira, sonríe, se ríe incluso,
me dice mamá y después se distrae con otras cosas. Pero
cuando me mira fijo le tengo miedo.
-No digas
tonterías…
-Es en
serio. A veces se me ocurre que ve algo en mí, algo que yo no sé. Cuando estoy
sola me miro al espejo y trato de encontrar ese algo que él sí puede ver.
Mateo no
sabía qué decir, le acariciaba los rizos, tiraba de los tirabuzones y los veía
volver a formarse. Hundió la cara en los cabellos de Alma y comenzó a
levantarle la falda.
-No Mateo,
ya te dijo que no.
-Pidamos
algo para comer en la habitación…
-Tenés que
cenar con tus colegas…en serio, soltáme, por favor, me vas a arrugar el
vestido.
No tuvo más
remedio que hacerle caso. Ella comenzó a vestir a Blas. El niño se bajó de la
cama y se puso a gatear hacia el baño.
-Quiere
hacer pis… -dijo Mateo, levantándolo para llevarlo.
Cinco
minutos después, apagaron la luz de la habitación, cerraron la puerta y bajaron
la escalera que conducía al comedor. Había tres hombres cenando cada uno en una
mesa distinta. Se dieron vuelta cuando oyeron la aguda voz de Blas intentando
decir algo que sus padres sólo después entendieron con precisión, cuando
escucharon los ladridos de los perros en la calle. Blas señalaba con su bracito
estirado hacia la vereda y decía: los
perros, los perros.
3
Los tres hombres los miraron. Uno estaba en una mesa
junto a la pared, era el único que no daba la espalda a los Ibáñez. Era algo
bajo, robusto pero no gordo, cara redonda y rubia, ya de escaso cabello aunque
no debía tener más de treinta años. Llevaba un traje azul oscuro, su
correspondiente chaleco de incontables botones, una camisa blanca y una corbata
de color que completaba un conjunto pulcro y excesivamente cuidado. Al verlos,
levantó la cabeza un poco y se limpió los labios con la servilleta que había
puesto en su regazo.
Los otros
dos estaban de espaldas y se dieron vuelta al escuchar al niño. Uno era alto,
muy flaco, de pelo encrespado y castaño claro, patillas largas y una barba de
pocos días. Vestía una camisa negra y un jean, sobre los hombros un pulóver.
Los miraba con esos ojos que los escritores hallan grato llamar achispados, con
una mezcla de diversión y leve malicia, sarcasmo o desencanto, tal vez. Al
tercer hombre Mateo creyó reconocerlo. Era un tipo pequeño, de cuerpo
proporcionado a su estatura, cara delgada y blanca, cabello con rizos cortos,
oscuros, barca bien rasurada. Llevaba un sweter verde que parecía tejido a
mano, una camisa de corderoy y pantalones pinzados de la misma tela. Daba la
impresión de que la ropa le quedaba grande, no se veía mal pero si
incongruente, no demasiado acorde con su forma de cuerpo, o como si alguien
más, quizá la esposa, le hubiese dicho cómo hacerlo, sin importarle a él demasiado
cómo salía a la calle. Este fue quien primero se levantó de la silla, muy
rápido, haciendo tambalear el vaso sobre la mesa y se acercó a Mateo.
-¡Doctor
Ibáñez, es un gusto verlo otra vez!
Mateo trató
de recordar, el otro se dio cuenta de su duda, y esperó.
-¡Doctor
Ruiz! ¿Nos conocimos en el accidente del paso a nivel, no es cierto?
Ambos se
estrecharon las manos durante casi un minuto, sonriéndose con complicidad y una
extraña felicidad a la que los otros estaban ajenos.
-No me
dijeron que se trataba de usted, si lo hubiera sabido habría venido con más
ganas. Tuve que cancelar consultorios y trabajos en el campo -dijo Ruiz.
-Tiene que
contarme de su vida desde que no nos vimos, pero déjeme presentarle a mi
familia. Ella es mi mujer, Alma, y mi hijo Blas. –Luego le dijo a Alma:-
Bernardo y yo nos conocimos el día que nació Blas, cuando tuvo que irme para lo
de aquel accidente, ¿te acordás?
Ella
asintió y dio la mano a Ruiz.
-Es un
gusto conocerla, señora Ibáñez.
-Llámeme
Alma, por favor.
Luego se
acercó el hombre alto. Lucía raro en medio de la luz tenue del comedor (el
conserje y dueño parecía ansioso por hacer economías poniendo lamparillas de
escasa potencia), alto y algo encorvado, miraba a los demás con la alegría de
un chico y la sonrisa desencantada de un anciano.
-Este es el
doctor Dergan, el veterinario.
-Mauricio
para todos, ya que vamos a trabajar juntos por un tiempo.- Y dio un apretón de
manos a Ibáñez y su esposa.
-Dergan y
yo venimos del mismo pueblo, pero hacía unos años que no nos veíamos. Fue un
gusto encontrarnos aquí –dijo Ruiz.
-¿Por qué
no nos dijeron quiénes eran los miembros de la comisión antes de venir?
-Supongo
que porque no sabían, parece todo muy improvisado.
-Eso mismo
le decía yo a mi mujer.
Ruiz se
alejó un poco y llamó:
-Arquitecto, por favor, acérquese.
El hombre
del traje se levantó y caminó hacia ellos con más confianza. Ruiz lo presentó.
-El
arquitecto se siente algo aislado entre nosotros, según me dijo.
Márquez se
sonrojó. Era más tímido de lo que parecía. Su voz era dulce y muy tenue. Había
que prestarle mucha atención cuando hablaba.
-Colaboraré
con ustedes tanto como pueda, doctores. Les dije a quienes me convocaron que
quizá fuera mejor un ingeniero, pero en fin, si nos pagan…
Todos se rieron,
aunque no parecía ser la intención del arquitecto hacer una broma. Era de esos
tipos introvertidos y serios, que en las pocas ocasiones en que intentan ser graciosos o unirse a un
grupo tienen la triste virtud de sonar desubicados o hasta ridículos. Esta vez
no fue así del todo. Su respuesta sirvió para romper un poco el hielo de las
presentaciones en ese comedor penumbroso, donde el silencio de la calle por la
hora avanzada era sólo interrumpido de vez en cuando por el ladrido de los
perros.
-Vamos a
sentarnos, por favor –dijo Ruiz.
Entonces se
encontraron con el conserje, parado en medio del comedor y con las manos a la
espalda.
-La cocina
se ha cerrado, caballeros.
-Pero no
venga con tonterías –dijo Dergan.- El doctor y su familia no han cenado
todavía.
-Pero los
empleados tienen su horario...
-Entonces
sirva lo que haya.
-No es
nuestra costumbre rebajar la calidad de nuestra gastronomía.
Ruiz dio
una mirada cómplice a Mateo, como diciendo: usted
ve, doctor, a qué clase de tipos y lugares nos entregan.
Ibáñez tuvo
una idea. Le habló al oído a su mujer y ella le guiñó un ojo. Alma se acercó
con el niño en brazos hasta el conserje.
-Sé que es
un inconveniente, pero mi hijo tiene hambre, no tomó más que su biberón. –Luego
apoyó una mano sobre el antebrazo del hombre.
Entonces el
otro bajó la cabeza, y como un sirviente avergonzado, dijo:
-No podría
perdonarme ese descuido, mi querida señora. Le ruego que disculpe mi enorme
estupidez ante tan graciosa dama. Iré a preparar yo mismo algo para usted y el
estimable doctor.
Cuando se
metió en la cocina, todos estallaron en risas solapadas. Márquez reía sin
sonido, Ruiz sacudía los hombros y Dergan llevaba la cabeza hacia atrás.
-Espero que
no nos haya escuchado, me da lástima –dijo Alma.
-No te
preocupes, o está acostumbrado o no se da cuenta. ¿Pero por qué cenaban todos
separados, Bernardo?
-Porque el
conserje así lo decidió. Dijo que son las normas del hotel. Las mesas las
comparten sólo las familias. –Se encogió de hombros, resignado.
-Pero vamos
a solucionar el asunto ahora mismo –dijo Dergan. Se puso a acomodar las mesas y
las sillas. Cuando los demás vieron lo que deseaba hacer, lo ayudaron. Márquez
levantó sin esfuerzo su mesa y la unió a las otras dos. Ibáñez trajo
servilletas y vasos de una repisa. No esperaban demasiado del conserje, y ya
era bastante que les trajese la comida.
Los cuatro
hombres y Alma se sentaron alrededor de las mesas, y el niño en una silla alta
que Mateo halló arrumbada en un rincón del comedor. Debió sacarle el polvo
antes de sentar allí a su hijo. En seguida se escucharon algunas quejas desde
la cocina, pronto acalladas. No sabían si había cocinero, pero la voz con la
que el conserje discutía era la del botones.
-¿Será el
chico el que cocina? –preguntó Alma
-Espero que
no, parece un bobo –dijo Mateo.-Hace un rato casi aplasta a nuestro con las
valijas. ¿Y qué es de su vida, Bernardo?
-Me casé
hace un año, ahora paso la mitad de mi tiempo en
-Lo
felicito, Bernardo –dijo Alma.
Ruiz
agradeció, devolviendo una sonrisa en la que se leía un apacible y triste
sentimiento de congoja, como si de pronto deseara salir de ese hotel y regresar
al pueblo.
-No soporto
estar mucho tiempo lejos de ella, por eso no estaba seguro de aceptar.
El conserje
apareció con un plato de spaghetti que sirvió a Alma. Luego volvió con otro
para Ibáñez.
-¿Y para el
niño?- dijo Dergan.
El conserje
tosió.
-No sé qué
come un niño de esa edad…–reconoció el conserje
Nadie dijo
nada, aunque hubo sonrisas escondidas. Veían que el hombre estaba avergonzado.
Abrumado, también, por un hotel en decadencia, deudas impagables, la amenaza de
cierre, el personal que renunciaba, y ahora ellos, huéspedes pagados por el
estado que venían a perturbar el orden que él había creado y mantenido durante
años.
-Por favor,
señor Ansaldi, prepare un puré de calabaza, si es posible, ¿y tendrá acelga
hervida?
-Por usted
lo haré ahora mismo –y se fue corriendo.
-Menos mal
que la tenemos usted, señora Ibáñez…-dijo Márquez.
-Walter, no
sea tan formal, estamos entre amigos. Debemos conocerrnos más ya que vamos a
pasar juntos un tiempo.
El
arquitecto miró a Ruiz con
agradecimiento.
-Tiene
razón el doctor…quiero decir Bernardo…-dijo Alma, y se rió de sí misma.-Llámeme
Alma, arquitecto…digo…Walter.
Los hombres
celebraron la equivocación, y Blas los miraba a todos, atreviéndose también a
emitir algo parecido a una risa entrecortada. Apareció el conserje con la
comida para el niño. Dejó el plato en silencio, hizo una reverencia y se
retiró, no a la cocina, sino hacia la recepción. Lo vieron luego cerrar las
puertas del hotel y apagar las luces principales del vestíbulo. Sólo quedó una
lámpara de pie iluminando los sofás que miraban uno hacia el televisor apagado
y otro hacia la calle.
-¿Sabés
algo de lo que tenemos que investigar? –preguntó Mateo a Ruiz.
-No
hablemos de trabajo, señores, tenemos el fin de semana para descansar –dijo
Dergan.
Ruiz lo
miró con frialdad, y sin hacerle caso, le respondió a Ibáñez.
-Me dijeron
que se trata de animales parecidos a perros, aunque dudo mucho que sean algo
más que perros hambrientos, una especie de jauría que va de un lugar a otro de
la ciudad buscando comida. Como nadie los alimenta, supongo comen ratas, gatos
y otros animales. Han encontrado tachos de basura revueltos por todas partes,
pero eso lo hace cualquier perro perdido de la calle.
-¿Pero
atraparon a alguno? – preguntó Márquez.
-Dicen que
sí, aunque yo no vi el cuerpo. Los encargados del instituto antirrábico lo
cremaron después de hacerle una disección. Uno es conocido mío, y según él el
perro era blanco, sin orejas, sólo el orificio del oído externo, no muy alto,
robusto como un bull dog.
-Creo
haberlos visto en alguna parte antes…-dijo Dergan, pensativo, y miró a Ruiz
buscando una señal de asentimiento, quizá. No obtuvo nada, salvo que éste lo
mirase con recelo.
-Lo que no
entiendo es cómo vamos a atrapar alguno –preguntó Márquez.- Espero que la
policía o la perrera nos ayuden.
-Están
fumigando e inundando las cloacas con gas tóxico. Esta mañana vi los camiones
mientras llegaba al hotel.
La puerta
principal se abrió. Pero no fue la entrada de un probable nuevo huésped lo que
sorprendió a todos, sino el ruido que entraba desde la calle. El ladrido de los
perros era ahora intenso, de tonos graves y profundos, casi formando un eco
encima del otro, acrecentados y prolongados por esas calles cuyo diagrama en
diagonal comenzaba a formarse lentamente en la imaginación de cada uno. Como si
los ladridos fueran una marca de lápiz sobre un plano de esa ciudad de
diagonales, desplazándose y creando calles que no parecían existir antes, o por
lo menos carecer de importancia antes de que los perros llegasen.
Entonces
Alma se dio cuenta de que Blas se había bajado de la silla.
-¡Blas!
–Buscó bajo la mesa, luego alrededor, y se levantó asustada. Miró hacia la
recepción y lo vio caminar tambaleándose hacia la puerta de calle. Mateo le
dijo a su mujer que no se preocupara.
-No suele
escaparse como otros chicos, pero a veces no podemos sacarle los ojos de encima
–dijo a sus colegas.
Alma levantó
al niño pero éste lloraba y gritaba. Extendiendo su bracito decía algo que ella
no entendió al principio. Cuando Mateo se acercó, ella dijo:
-Sí, mi
amor, los guau-guau están afuera,
pero vos tenés que ir a dormir ahora, mañana los vas a ver.
El chico
dejó de llorar y estiró los brazos hacia su padre. Alma se lo entregó y el niño
se abrazó al cuello de Mateo. Seguía diciendo guau-guau.
-Los pichichos te pueden morder, mi
amor. Tu papá los va a ver mañana y te va a decir si podés tocarlos- dijo Alma.
-Nos vamos
a la cama, lástima que no podamos quedarnos de sobremesa…
-No se
preocupen –dijo Ruiz, aunque podríamos tomar un café después de que acuesten al
chico, ¿qué les parece?
-Pero la
cocina está cerrada…
-Yo me
ofrezco prepararlo -dijo Márquez en voz baja, para que el conserje no los
escuchara.
El hombre
que había entrado con una valija se fue con actitud hostil. Ansaldi se acercó a
ellos para despedirse.
-¿Qué le
pasaba a ese hombre? –preguntó Alma.
-Quería una
habitación, pero las únicas en buen entado son las suyas. Parece que el señor
se ofendió, qué le vamos a hacer. Si necesitan algo por la noche ya saben que
el botones está disponible. Yo cierro con llave la entrada, pero si por alguna
emergencia, Dios no lo quiera, deben salir, pueden disponer de ella en el
mostrador. Buenas noches.
Se fue,
ocultando un bostezo, hacia una pieza que estaba detrás de la recepción.
4
Los Ibáñez subieron a su cuarto y acostaron a Blas. El
niño seguía murmurando guau.-guau aún
medio dormido. Alma no quiso
acompañar a Mateo para el café. Estaba cansada y le preocupaba que Blas se
despertara. Mateo bajó al comedor. Encontró a los demás fumando. Márquez
regresaba de la cocina con tazas todavía vacías, pero ya podía olerse el aroma
del café.
-¿Tienen
una excelente máquina de café express, a alguno le gusta especial?
-Un café
moka, garçon –bromeó Dergan.
Ibáñez ya
había notado el intenso acento francés del veterinario.
-¿Hace
mucho que estás en el país? –le preguntó.
-Hace casi
veinte años. Nos conocimos con Ruiz en el pueblo.
Mateo miró
a Bernardo, éste confirmó en silencio. No insistió.
-¿Y vos
Walter?
-Yo soy de
Buenos Aires, pero tengo un par de obras acá en
-Ayer el
arquitecto me llevó a una mansión que construyó, es enorme. Pero tuvo
problemas…
Márquez
parecía incómodo con ese comentario.
-Bueno, sí,
hubo un derrumbe en un sector…
-Y el
arquitecto quedó atrapado…
-Bueno, sí,
pero no me pasó nada.
-Salvo la
pierna coja…
Márquez se
llevó una mano a la pierna derecha, como un reflejo.
-Pero se me
está curando…
Todos se
quedaron en silencio. No esperaban eso cuando planearon el café de sobremesa.
-Vamos a la
calle…-propuso Dergan.- El taxista que me trajo desde la estación me habló de
unas casas de putas.
-¡Sos un
pelotudo, Mauricio!-dijo Ruiz. -¿No te das cuenta que Ibáñez está con la
familia?
Dergan se
llevó el cigarrillo a la boca e hizo un gesto de disculpa, pero era evidente
que no veía el inconveniente.
-Agradezco
la intención, Dergan –dijo Mateo.-Vayan ustedes, si quieren.
-Nada de
eso, Mateo.- Salgamos a tomar un poco de aire. Te va a servir para conocer un
poco los alrededores.
Se
levantaron y buscaron la llave de la entrada. Estaba con una cinta roja
colgando de un gancho en la pared. Salieron y Márquez se encargó de cerrar la
puerta. Afuera pasaba un camión recolector. Cuando se alejó, escucharon los
ladridos, aunque más lejanos. Estaba frío y Mateo no había traído abrigo. Los
cuatro encendieron cigarrillos y se pusieron a caminar en silencio. Bernardo le
fue señalando algunas casas y negocios conocidos del barrio. Algunas familias eran
sus pacientes y él atendía un consultorio cerca de allí. Caminaron cinco
cuadras y llegaron a la esquina de una plaza chica pero acogedora, con bancos
de madera, luces de mercurio que daban una luz lúgubre a pesar de la
intensidad.
-Ésa es la
panadería de los Casas, más allá está la farmacia de Valverde. Es otro vecino
de mi pueblo que se mudó hace un tiempo. La mujer está enferma pero no me deja
atenderla, él dice que se las arregla solo, pero yo dudo que tenga título.
-Estoy
seguro que no lo tiene –agregó Dergan.
Mateo habría
querido preguntar por qué no lo denunciaban, pero creía que eso era hacerse
inamistoso demasiado pronto. Primero necesitaba saber más.
-De todas
maneras, no suele meterse demasiado con mis pacientes, y eso es lo que me
interesa, ¿no es cierto, Ibáñez?
-Supongo que
sí.
-Este es el
bar de Santos, tranquilo para pasar la tarde. Suelen reunirse Valverde, Casas y
el mecánico algunas veces. Les gusta ver pasar a las maestras cuando salen del
colegio.
Sus risas
resonaron en la calle vacía. Sólo pasaba una moto de vez en cuando, algún auto
o una ambulancia. Eran las doce y media de la noche, y habían caminado casi
diez cuadras más. Entonces comenzaron a sentir algo parecido a un tronar en el
asfalto. Todos lo notaron y miraron alrededor. Sólo había rocío sobre las
veredas de baldosas acanaladas, delgados arroyos de agua en las cunetas,
débiles luces desde los porches de las casas que apenas sobrevivían hasta el
cordón. Se dieron cuenta que el centro de las calles descansaba en una absoluta
oscuridad. El barrio donde estaba el hotel no era céntrico, sino un barrio
suburbano, y además estaban ya en un barrio más alejado aún. El ruido provenía
desde el fondo de la calle donde ellos se habían parado, esperando ver a
aparecer algún auto, aunque estaban seguros que no se trataba de eso. Eran como
pisadas fuertes, como de una manada, y alguno de ellos habrá pensado, por más
que no se atreviese a decirlo en voz alta, en que pronto verían una manada de
búfalos.
Qué
absurdo, fue lo que se dijo Ibáñez en ese momento, porque fue el único que se
animó a traducir su presentimiento en palabras silenciosas que sólo a él mismo
se confesó. Pero tampoco era tan fuerte ahora el sonido sobre las calles, sino
que parecía de pronto llegar por el aire, como un sonido hueco, un sonido de
instrumento de viento, quizá un aullido. ¿Podría ser eso, tal vez?
Entonces
Dergan dijo:
-Son los
perros, puedo olerlos. Conozco el olor de cualquier perro, lo trae el viento
hasta nosotros.
Ibáñez vio
cómo el veterinario olfateaba el aire como un cazador. Iba a decir algo pero en
seguido vieron aparecer una sombra blanca desde la siguiente esquina. Ellos
estaban parados en la intersección de dos calles, cada uno de los cuatro
vigilando una de las cuatro posibles amenazas. Porque de eso se trataba, de
amenazas que se vieron confirmadas en aquella extraña sombra blanca que
avanzaba entre la escasa neblina de la noche. Ya no tenían dudas, eran perros,
y sus ladridos se hicieron claros y estridentes, secos como sonidos de corno a
través del aire húmedo de un bosque inexplorado. Llegaban de la calle que
Ibáñez vigilaba, y gritó:
-¡Ahí
vienen!
Ellos no
sabían qué hacer. ¿Debían escapar corriendo, acaso? ¿No eran nada más que
perros callejeros? Los cuatro miraron hacia alrededor pero no vieron más que
esa jauría que se acercaba corriendo. Podían ver el vaho de su aliento en el
frío nocturno, y los ladridos eran a la vez amenazantes e hipnóticos. Los
hombres se quedaron parados todavía unos segundos más, pero Márquez estaba ya
tirando de las mangas de los otros para huir.
-¡Qué les
pasa, la puta madre! ¡Vámonos de aquí!
-¡Esperen nn poco, si corremos nos van a
perseguir! ¡La única oportunidad es quedarse quietos! –dijo Dergan.
-¡Dios
Santo, pero nos van a morder! –insistió Walter.
-Dergan
conoce a los animales, Walter –dijo Ruiz.- Esperemos que tenga razón.
Entonces se
quedaron parados y quietos, arrojaron los cigarrillos al piso y se unieron
hombro con hombro. La jauría ahora estaba a mitad de cuadra, y avanzaba con
rapidez hacia la intersección. El olor a pelo sucio y heces, a orina y mugre
apelmazado no hizo más que adentrar su imaginación en viejos bosques y tiempos
remotos, donde generaciones antiguas habían labrado largas rencillas y
sangrientas cacerías con perros salvajes. Ellos, los animales, eran los intermediarios
entre los cazadores y las presas. Sintieron que los perros pasaban junto a
ellos, rozándoles los pantalones, pisándoles los zapatos. Márquez dijo:
-¡Me
mordieron!- pero no estaba seguro, había sentido el tirón del pantalón pero
nada más. Quizá lo habían olfateado y huido.
Vieron
pasar quizá cuarenta perros. Todos iguales por lo que habían alcanzado a
ver. Blancos, sin orejas y sin cola.
Como había dicho Ruiz, tenían la constitución de bull-dogs pero no exactamente
iguales. Cuando todos pasaron, los cuatro hombres suspiraron de alivio.
-Si
hubiéramos corrido, estaríamos corriendo por cuadras, y seguro que nos
alcanzaban –dijo Dergan.
-Dejame ver
ese tobillo- dijo Ruiz a Walter.
El
arquitecto se sentó en el cordón de la vereda y se arremangó el pantalón. No
tenía nada.
-Te habrá
olisqueado un poco, nomás.
Ibáñez
miraba alrededor, a las casas.
-¿Pero
nadie salió a ver qué pasaba? No entiendo.
-Están
acostumbrados, Mateo. Conozco a la gente de este barrio, son mis pacientes. Me
han estado preguntando por los perros desde hace mucho, y ya no se despiertan
cuando los oyen pasar.
-¿De qué
clase son, parecen mestizos?
-Sí -dijo
Dergan.- Pero tienen deformidades, como mutilaciones de nacimiento. Son todos
iguales, ¿se dieron cuenta?
-¿Pero a
dónde fueron ahora?
-Para allá,
de donde vinimos.
-Dios mío
–dijo Ibáñez.- El hotel.- Empezó a caminar hacia allá, pero Ruiz lo detuvo.
-Está
cerrado, Mateo, Walter tiene la llave, no suelen entrar a la casas tampoco.
-Mi familia
está ahí, quiero estar seguro.
-Entonces
vamos todos.
Los cuatro
empezaron a correr hacia el hotel. Eran hombres poco habituados al deporte y
tres cuadras después ya estaban cansados. Aminoraron el ritmo pero aún así
sudaban y respiraban con dificultad.
-Maldito
cigarrillo –dijo Ruiz, que se llevó la mano al pecho y tosió una flema de color
opaco.
-Ni en pedo
vamos a alcanzarlos, si hubiera un teléfono cerca.
-Ni
siquiera hay un boliche abierto…ahí hay un teléfono público.
Dergan
corrió y les dijo que siguieran. Al poco rato los alcanzó:
-Está sin línea,
tiene los cables carcomidos.
Ellos lo
miraron sin cejar en su paso rápido, como preguntándole si era posible que lo
hubieran hecho los perros.
-Lo
destrozan todo, tachos de basura, cables, neumáticos, plantas. Hasta mataron a
un vagabundo en la plaza hace dos meses.
Ibáñez miró
a Ruiz y preguntó:
-Nunca supe
de eso.
-No salió en
los diarios, por lo menos. El ministerio no quería que se supiese.
Mateo
Ibáñez volvió a correr. Los demás trataron de seguirle el paso. Márquez iba a
buena distancia de ellos, cansado, con la corbata floja, el saco colgando de su
brazo y la camisa transpirada. Se habían alejado demasiado del hotel y todavía
faltaban más de cinco cuadras, por lo menos.
5
Alma se había desvestido y puesto el camisón diez
minutos después de que Mateo bajara al comedor. Escuchó las voces de los
hombres abajo, corriendo las sillas. Luego la puerta de calle que dejó entrar
el ruido del motor de un camión recolector de residuos. Saldrán a caminar,
pensó ella. Besó a Blas, que se arrebujó en su cuna, sin despertar. Luego se
acostó. No le gustaban los hoteles, las sábanas frías y extrañas le provocaban
escalofríos aún en pleno verano. La habitación a oscuras era todavía más intrigante,
con esa humedad que impregnaba los muebles y las cortinas viejas. Los postigos
de metal estaban oxidados y rechinaban con el viento. Había una corriente de
aire que llegaba de alguna parte, y ella se levantó para ajustar las hojas de
la ventana. Antes de cerrar miró hacia la calle y vio venir a un chico
corriendo, un adolescente, que se agarraba la mano y parecía gritar, aunque muy
quedamente. Luego escuchó el golpeteo en la puerta de calle, y reconoció al
botones del hotel en aquel muchacho vestido como cualquier otro con vaqueros y
remera.
Cerró
nuevamente la ventana y se colocó una bata. Echó una rápida mirada a Blas, que
seguía dormido. Salió al pasillo y miró hacia la puerta. Se veía la sombra del
chico golpeando. Del cuarto tras el mostrador salió el conserje con una
linterna, con el cabello despeinado y una bata a cuadros verdes y rojos.
-¡¿Quién
es?! ¡¿Qué pasa?!
-¡Soy yo,
tío! - gritaba el muchacho.
Ansaldi fue
a abrir, pero se dio la vuelta, regresó al mostrador y buscó la llave. No la
encontró. Rebuscó luego en los cajones y halló una copia. Mientras tanto, Alma
bajaba las escaleras.
-¿Qué pasó?
-Es mi
sobrino, no sé que le ha sucedido. Lamento que la despertara.
-No
importa, ábrale.
-Espero que
esta llave funcione, es una copia vieja, la otra se la di a los doctores para
que entraran al volver de su paseo
Metió la
llave en la cerradura y costó abrir, pero finalmente lo hizo y el chico entró
directamente para sentarse en el sillón del vestíbulo. Tenía la cara fruncida
de dolor y se sujetaba la mano derecha con la izquierda.
-¡Me mordió
un perro!
-¡Pero
dónde!
-A dos
cuadras de aquí,
-¿Y qué
hacías a estas horas en la calle cuando te mandé a la cama?
-Señor
Ansaldi, por favor, deje eso para después, no ve que está sangrando. ¿Donde
tiene un botiquín?
-Dale
gracias a la señora que por ahora te salvás. Voy por el botiquín, mi querida
señora.
El conserje
se metió en su cuarto, cuya luz iluminaba apenas el vestíbulo. Alma trató de
calmar al chico y ver la herida, pero apenas podía. Buscó el interruptor y no
funcionaba. Encontró la caja principal está atrás del mostrador. Alma probó y
se encendieron todas las luces de la planta baja. Por qué Ansaldi había cortado
todas las luces de ese sector a la noche. ¿Habría llegado a ese colmo en su
necesidad de ahorro? Volvió adonde estaba el chico y revisó la herida, era
amplia y tenía un hueso del pulgar expuesto.
-¡Señor
Ansaldi, rápido, hay que llevarlo al hospital!
El conserje
dijo que no encontraba el botiquín, y al salir de la pieza se sorprendió de ver
todas las luces prendidas.
-¿Quién las
encendió?
-Fui yo, y
es absurdo cortar la corriente de noche, más en un hotel.
-Mi querida
señora, hay razones para eso, y usted no las conoce, si me permite decirlo.
-No conozco
ninguna razón más que su tacañería. Pero ahora hay que llevar el chico al
hospital. Por lo menos llamar a una ambulancia.
Ansaldi
fue a llamar por teléfono, ofendido pero con gestos dignos.
-¡Qué
hombre tan estúpido es tu tío! Disculpame, pero es así como se porta. ¿Por qué
corta las luces?
El chico la
miró un momento, como decidiendo si contestar o no, por fin dijo:
-Por lo
perros, si hay luces no se acercan.
-¿Y por qué
iba a querer que se acerquen al hotel?
-Los echan
de todas partes, señora. En cambio acá a veces duermen en el umbral hasta antes
que amanezca. Mi tío les da de comer si lo ve muy famélicos.
Es una
locura, se dijo Alma, están todos locos en este lugar.
Ansaldi
volvió diciendo que en el hospital no había ambulancias disponibles, que tenían
que llevarlo ellos mismos.
-Dios mío,
y quién sabe cuándo volverá mi marido. Me voy a cambiar y saco nuestro auto.
Haga el favor de envolver con una tela limpia esa herida, ¿quiere?
Cuando Alma
volvió a su cuarto, Blas seguía dormido. Dio gracias al cielo y esperó que no
se despertara. Pero si salía tenía que dejarlo solo con aquel viejo, y eso ni
pensarlo. No tenía más remedio que llevarlo con ella al hospital. El viejo
seguro que no querría dejar solo el hotel. Y Mateo que no llega, de paseo con
amigos después de tanto tiempo de vida austera en Buenos Aires, y justamente
hoy.
Terminó de
vestirse y envolvió a Blas con su abrigo. Bajó las escaleras.
-Ya estoy
lista.-Se detuvo y recordó que había olvidado los papeles y las llaves del
coche.-Téngame al niño un momento, por favor.
Ansaldi no
sabía cómo agarrarlo. Alma hizo un gesto de hastío y lo apoyó en el sillón,
junto al chico.
-Entonces
por favor vigile que no se caiga, por lo menos eso-. Subió corriendo y buscó
los papeles en la valija, era lo único que había dejado sin desempacar porque
no creyó que los necesitaría tan pronto. No encontró las llaves, y se asustó al
pensar que quizá Mateo se las había llevado consigo. Al final las halló en la
campera de viaje de su marido y respiró aliviada. Luego escuchó uno ladridos
que se acercaban. Salió al pasillo y bajó las escaleras, pero a mitad de camino
se dio cuenta que las luces estaban otra vez apagadas.
-¿Pero qué
mierda….? –comenzó a decir, antes de ver que casi diez perros entraban al
vestíbulo a oscuras, adonde llegaba desde la calle una escasa luz de mercurio.
Más de diez perros quedaban afuera, dando vueltas frente al hotel. Los que
habían entrado recorrían el vestíbulo, y ella alcanzó a ver la sombra del
conserje y el chico sentados en el sillón. Pensó en su hijo y se desesperó. Corrió
hasta allí sin ver que dos de los perros estaba al pie de la escalera, o si lo
vio no le prestó atención en realidad. Porque estaba seguro de lo que había
visto sólo un segundo antes. El señor Ansaldi había empezado a levantar al niño
y lo acercaba a uno de los perros.
-¡No! –gritó
lo más fuerte que pudo, y su grito se hizo más fuerte todavía cuando sintió la
mordedura profunda, limpia y exacta de los colmillos de uno de los perro que la
aguardaban al pie de la escalera.
Alma cayó
al piso. Intentó zafarse, sacudirse al animal de su tobillo izquierdo, pero
éste se aferraba cada vez más fuerte, mientras el otro la agarraba de la otra
pierna. Pronto comenzó a no sentir dolor, sino una anestesia profunda, como si
ya no tuviese piernas. Entonces tuvo que ir arrastrándose con el peso de ambos
animales para llegar al sillón, donde Ansaldi, contradiciendo lo que ella había
visto sólo un instante antes, se había
acurrucado con las rodillas dobladas para protegerse. El chico comenzó a
defenderse con los almohadones y tirándoles cosas de la mesa junto al sillón.
Alma se
agarró del apoyabrazos y rogó ayuda al conserje. Éste la miraba como si la
viera por primera vez. Ella se dio cuenta que nada podría obtener de él, y
creyó estar desangrándose por ya casi no sentía las piernas. Buscó a su hijo,
pero al no encontrarlo pensó que debía estar tapado entre el conserje y el botones.
Éste ya no tenía qué arrojarles, así que se puso a llorar, sin darse cuenta de que
la sangre que le salía de la mano manchaba el sillón. Los perros ahora estaban
más furiosos que antes. Olían la sangre, y Alma también podía sentirla, pero su
vista se nublaba y sabía que estaba por morir.
Mateo, murmuró, y si imaginación
confundía la cara de su esposo y la cara extraña de aquellos animales. Los
perros no parecían ver nada, los ojos eran claros como los de los ciegos. Eso
fue lo último que vio antes de dormirse, porque eso es lo que suele suceder
cuando la sangre brota de una arteria principal. Un cuerpo sin sangre es como
una caldera sin agua. La presión se enfría y la vida se pierde, lentamente.
6
Los cuatro llegaron a la vereda del hotel, pero ya
desde la cuadra anterior vieron a los perros frente a la puerta dando vueltas y
ladrando. Algunos vecinos habían abierto las ventanas y se asomaban para mirar,
ninguno se atrevió a salir.
Cuando se
dieron cuenta que los animales estaban entrando, Ibáñez hizo todo el esfuerzo
que pudo por llegar. Ruiz y Dergan no le iban en saga, incluso Márquez, bufando
como un buey, apuró el ritmo. Pero tuvieron que detenerse ante los perros que
les impedían el paso, gruñendo y salivando intensamente. Ahora pudieron verlos
bien de cerca. Blancos y de pelo muy corto, sin orejas, sólo un orifico a cada
lado del cráneo, hocico corto y ancho, cuerpo robusto y patas cortas. Pero
sobre todo se dieron cuenta que los perros no los miraban directamente, los
párpados estaban casi cerrados, como caídos por falta de uso o una parálisis
facial. Lo que podía alcanzarse a ver de los ojos, era solamente un brillo
opaco de las órbitas con pupilas claras. Los perros movían la cabeza de un lado
a otro como si temblaran, pero no era eso, sino que se guiaban por el olfato y
movían el hocico hacia todas partes, constantemente. Eran igual a lo que hace
un hombre ciego cuando intenta distinguir de donde proviene un sonido en particular.
-Están
ciego, Ruiz –dijo Dergan.- Tenías razón, son los mismos.
Ibáñez no
entendía a lo que se refería, pero no era eso lo que le importaba ahora.
-¿Cómo
vamos a pasar entre ellos?
-Tengo una
idea –dijo Márquez. Sacó el encendedor del bolsillo y empezó a prenderle fuego
a su saco. Luego lo agitó frente a los
perros y éstos empezaron a escapar.
-Estupendo,
Walter – lo felicitó Dergan, y los cuatro se abrieron paso en la brecha que
abría el arquitecto.
Cuando lo
cuatro entraron, el último cerró la puerta dando una patada al último perro que
intentó seguirlos. Adentró había otros cuatro alrededor del sillón. Ibáñez vio
a su mujer en el piso, con uno de los animales aferrado a la pierna.
-¡Alma!
–gritó, yendo hacia ella.
-¡Cuidado!
–le advirtió Ruiz cuando dos de los perros iban a atacarlo, pero Bernardo
levantó una silla y comenzó a golpearlos.
Ibáñez
llegó hasta donde estaba su mujer, los dos perros seguían vivos y aferrados a
las piernas, entonces él agarró otra silla y se puso a golpearlos con todas su
fuerza, una y otra vez, con asco e ira al mismo tiempo.
-¡Mateo,
basta! –escuchó decir a Bernardo, que lo agarró de los brazos y lo detuvo.
Entonces Mateo se dio cuenta que el perro estaba destrozado, pero no había
soltado la pierna de Alma. Tanta era la fuerza, que había quebrado el hueso.
-¡Dios mío,
mi Alma! ¡Mi querida Alma! –dijo, arrodillándose junto a ella y levantándole la
cabeza.
El conserje
seguía acurrucado en el sillón, el chico los miraba quieto y sin saber qué
hacer. Blas lloraba manchado de sangre. Mateo oyó el llanto y se dio cuenta que
su hijo también estaba lastimado. Pero ya Ruiz lo había levantado en brazos y
lo estaba revisando.
Sólo
quedaban otros dos perros vivos, que Márquez intentaba espantar con la chaqueta
en llamas. Dergan trató de golpearlos por la espalda, pero eran demasiado
ágiles. Los animales intentaron buscar una salida que no veían, como moscas
sobre el vidrio de una ventana. Walter miró afuera y vio que los otros ya no
estaban. Abrió la puerta y dijo:
-¡Empujalos
afuera, Mauricio, que se vayan!
Los perros
escaparon enseguida y Walter cerró la puerta. El vestíbulo estaba oscuro y
buscó el interruptor que no funcionaba. El chico se levantó del sillón y fue
hasta el mostrador. Las luces se encendieron y vieron entonces todo el panorama
de mugre y sangre sobre la alfombra y los sillones. Había tres perros muertos,
Alma y Mateo en el piso. Ansaldi seguía mirando impávido desde el sillón, siempre con las rodillas
dobladas junto al mentón. El chico tenía la mano destrozada y aún le sangraba.
-Mateo –
dijo Ruiz.-Blas se manchó con la sangre del chico, pero no veo heridas, no te
preocupes.
Ibáñez no
mostró alivio, quien sabe si estaba escuchando.
-¡Mi Alma!
–decía, meciendo la cabeza de su mujer contra su pecho.
Ruiz decidió
tomar las riendas del asunto porque no esperaba lucidez de parte de su amigo.
-Dejame
verla, por favor.
Mateo lo
dejó acercarse.
-Tiene
pulso, débil, pero está viva, Mateo, hay que llevarla al hospital.
-Y a este
chico también –dijo Dergan.
-Voy a
buscar el auto.-Márquez salió por la puerta del estacionamiento.
Ruiz
intentó separar las mandíbulas de los perros de las piernas de Alma.
-Ayudame,
Mauricio.
Entre los
dos intentaron abrirles las bocas, mientras Ibáñez sujetaba las piernas.
-La puta
madre…-decía Bernardo forcejeando de las mandíbulas e intentando al mismo
tiempo no destrozar más las piernas de la mujer. Mauricio dijo que sabía cómo
hacerlo.
-La quijada
se les traba, como una luxación, ¿entendés? No se pueden desprender cuando
muerden algo de mayor diámetro que su boca.
Dergan
corrió hasta su cuarto y trajo el maletín. Sacó una pinza y apretó las
mandíbulas de los perros por debajo de las orejas hasta quebrarlas. Entonces
lograron soltarlos con facilidad.
El auto
esperaba en la puerta tocando bocina. Ibáñez levantó a su mujer en brazos, pero
antes de salir le dijo a Dergan:
-Quedate acá
a cuidar a mi hijo, por favor, cuidalo con tu vida.
Mauricio le
dijo que no se preocupara.
-Vamos
–apuró Ruiz.
Acostaron a
Alma en el asiento de atrás, con la cabeza sobre la piernas de Ibáñez. Él le
acariciaba la cabeza, alisándole el cabello sucio y transpirado. El chico se
sentó adelante entre Márquez y Ruiz, ahora lloraba y Bernardo le pasó un brazo
por los hombros e intentó consolarlo.
-Me duele
–decía el muchacho.
-¿Cómo te
llamás? – preguntó Bernardo, mientras las luces de las calles se hacían más
frecuentes a medida que se acercaban al hospital.
-Manuel
Ansaldi, señor.
-¿El
conserje es tu pariente?
-Mi tío,
señor. En realidad, es como mi tío abuelo, creo. Es tío de mi abuelo.
Márquez y
Ruiz se miraron con asombro.
-Pero si no
tiene más de cincuenta años.
El chico no
contestó. Ya se veían las luces blancas de la entrada a la guardia.
7
Mauricio cerró la puerta al ver alejarse al auto.
Levantó a Blas en brazos.
-Voy a
lavar al chico, viejo. Usted levántese y caliente algo de leche y comida.
Como no se
movía, lo sacudió de un brazo para hacerlo reaccionar.
-Ya sé que
fue todo un shock, viejo, pero no veo que haya hecho usted nada por impedirlo.
Después me va a decir quién abrió la puerta si nosotros la habíamos cerrado con
llave. ¡Vamos, mueva el culo de una vez!
Subió hasta
la habitación de los Ibáñez, le sacó las ropas manchadas al niño y lo metió en
la bañera con agua tibia. Blas no había dejado de llorar en todo ese tiempo,
pero al sentir la calidez del agua comenzó a apaciguarse. Dergan le cantaba una
canción de cuna de su país, en francés, y el ritmo suave y delicado de sus
palabras, el dulce amaneramiento ds su voz hicieron que Blas sonriese mientras
lo enjabonaba.
Luego lo
levantó en brazos y lo secó con la toalla. Lo llevó a la cama y le puso la ropa
que su madre pocas horas antes había acomodado en un cajón del placard. Lo
acostó, salió al pasillo y gritó:
-Viejo, ¿y
la leche?
Como no
recibió respuesta bajó corriendo y lo encontró en la cocina, parado junto a la
hornalla, esperando que hirviera.
-¿Es sordo
además de estúpido? Tuve que dejar al chico solo. Súbala en cuanto esté lista.
Volvió
corriendo al cuarto. Blas ya no lloraba. Un rato después el conserje subió con
el biberón y se lo entregó a Dergan. Blas tomó su leche y comenzó a
adormecerse. Cuando estuvo seguro que dormía completamente, lo metió entre las
sábanas y las ajustó a los costados del colchón. Controló que la ventana
estuviese bien cerrada. Luego salió cerrando la puerta con llave. Bajó al
comedor y se encontró con el viejo sentado a una de las mesas, tomando un té.
Seguía con la misma bata y el mismo olor a perro sucio.
-¿Por qué
no se lavó un poco? –dijo Dergan, más conciliador. No entendía la participación
del viejo en aquel desastre. Si no hubiese abierto la puerta…
-Cuénteme
que pasó.
Ansaldi lo
miró con esos ojos marrones que parecían color café con leche. De dónde viene,
se preguntó Dergan. No parece argentino, me da la impresión que viene de mis
tierras, del viejo continente quiero decir. Es como si alguna vez lo hubiese
visto, o a su familia tal vez. Tiene esos ojos lúgubres y vivaces al mismo
tiempo, tristes y furiosos. Son ojos que esconden demasiado, como la tierra.
-Mi sobrino
empezó a golpear la puerta de calle. Estaba herido, entonces busqué la copia de
la llave que hace mucho que no uso. Pude abrirle y lo dejé entrar. La señora
Ibáñez se había despertado y me acompañó. Dijo que había que llevarlo al
hospital y que iba a usar su auto. Fue a cambiarse y a buscar las llaves,
supongo. Pero cuando bajó lo perros ya habían entrado.
-¿Pero
entonces no cerró usted la puerta cuando dejó entrar al pibe?
Ansaldi se
encogió de hombros y contestó:
-No se me
ocurrió en el momento, Manuel se quejaba de dolor y no sabíamos qué hacer.
Dergan se
frotó la cara con las manos, cansado y furioso de ver tanta estupidez.
-Pero por
qué estaban a oscuras, con el interruptor general apagado. Con las luces
grandes los animales no suelen acercarse.
-Las apago
de noche en la planta baja, doctor, para ahorrar, usted sabe que el hotel no
anda bien en los últimos tiempos.
-Déjese de
doctor, soy veterinario.
-Como
quiera, monsieur Dergan.
Mauricio
entonces percibió en aquel acento italiano un residuo de viejas épocas. Ya no
dudaba, el viejo había venido de Italia mucho tiempo antes, y conocía su tierra
de Bretaña.
-¿Cuándo
vino usted de Europa?
Ansaldi
sonrió.
-Oh, monsieur, hace tanto tiempo que ya no me
acuerdo.
-¿Pero
cuántos años tiene?
El viejo no
contestó, era muy mal actor y se notaba que se hacía el sordo a conveniencia.
-¿No me
escuchó?
-¿Qué cosa, monsieur?
-Le
pregunté cuántos años tiene.
Ansaldi se
levantó y Dergan lo retuvo.
-Estoy
cansado, monsieur, por favor, tenga
piedad de un viejo como yo. Mañana tengo que tener este hotel en condiciones
para ustedes.
-¿Dé qué
ciudad viene, por lo menos conteste eso?
-De Firenze, monsieur.
Luego se
levantó, se fue hacia su pieza y cerró la puerta, pero antes volvió a apagar
las luces, sin hacer el más leve movimiento para limpiar el vestíbulo o sacar
los cuerpos de los perros. Mauricio dio un sobresalto cuando se quedó a
oscuras, y de pronto recordó que antes de venir de Francia su abuelo le contaba
historias, leyendas de la vieja Europa medieval, algunas alegres trasmitidas
por trovadores, pero otras, del siglo dieciocho y diecinueve, más siniestras.
Le había contado una vez una historia de una tal Alicia de Trieste, de gran
belleza, que había muerto de sífilis, pero se contaba que en realidad la había
matado su esposo con un aparato mecánico que había inventado. Era una historia
fantasiosa que involucraba a un autómata y una imaginación inmoderada. No supo
por qué pensó en tal historia en ese momento, quizá fuese porque era la única
de origen italiano que su abuelo francés le había contado, o quizá porque el
apellido Ansaldi sonaba con reminiscencias acordes a ese nombre de mujer y a
esa ciudad en particular. Pero aquella Alicia había muerto sin descendencia,
según creía.
Fue a
buscar una bolsa de arpillera en el baúl de su auto. Regresó con ella, recogió
los cadáveres y los metió dentro. Dejaría que los empleados de Ansaldi
limpiaran el resto. Él cargó la bolsa hasta su cuarto y allí la dejó, cerrando
con llave, aunque no pensaba que fuese inviolable. Volvió a la habitación del
niño, que seguía durmiendo, y se acostó en la cama en la que los Ibáñez no
dormirían juntos nunca más.
8
El domingo en la mañana, Ibáñez se despertó sentado en
una silla de hospital, con la cabeza entre los brazos y el cuerpo recostado
sobre el colchón donde estaba su mujer. Levantó la mirada, sobresaltado al
sentir que ella lo tocaba. La mano de Alma acariciaba la suya.
-¿Cómo te
sentís? –le preguntó, besándole la frente.
-Mal.
Mateo no
pudo más que besarle lo labios, la cara y el cuello. No tanto para consolarla,
sino para asegurarse que no la había perdido, que era ella, su mujer, su Alma,
la que estaba en esa cama.
-¿Y Blas?
–preguntó ella.
-Está bien,
por suerte no le pasó nada. Está en el hotel con Dergan.
-¿Y el
viejo…?
-Tampoco lo
mordieron…pero el chico casi pierde un dedo de la mano. Qué se le va a hacer…
-Dios mío…
-Por favor,
mi amor, no te preocupes, ya pasó todo.
-Pero vos y
los demás, tienen que estudiarlos, a esas bestias…
-Ya
encontraremos alguna solución. Por favor, no te agites, no te preocupes por
nosotros. Dedicate a sanarte.
-Me duelen
las piernas…
Mateo miró
hacia el pie de la cama. Cómo iba decírselo, por Dios, cómo le diría a su mujer
que probablemente perdería la mitad de la pierna, o ambas quizá. La habían
operado anoche, incluso Ruiz estuvo en el quirófano, pero a él le prohibieron
entrar. Y ahora ella tenía las piernas con dos semicírculos de tutores externos
y con vendas que cubrían la falta completa de músculos y tendones.
Alma
levantó un poco la cabeza y notó el bulto bajo las sábanas.
-¿Aparatos?
-Tutores
externos, tenés fracturas expuestas, pero ya te limpiaron anoche y estás con
antibióticos. Ahora tratá de dormir.
Alma cerró
lo ojos, no porque lo obedeciera sino por cansancio. En el suero que alimentaba
su sangre había sedantes, analgésicos y antibióticos. Todo un coctel que no
muchos resistirían largo tiempo. Pero ella es fuerte, se dijo. Le habían
aplicado las vacunas apenas llegó al hospital. Alma abrió otra vez los ojos y
le dijo:
-El viejo…
-Ya te dije
que no le pasó nada…
-No,
Mateo…el viejo quiso matar a Blas…
-¿Qué decís,
no entiendo?
Alma respiró
profundo para elevar su voz pero la sacudió un ataque de tos. Mateo le alcanzó
un vaso de agua y la ayudó a beber. Ya no pudo hablar mejor.
-Quiso
entre…entre…garlo…
Luego cerró
los ojos y su cabeza cayó sobre la almohada.
-Alma…
Alma.
Mateo le
tomó el pulso y no lo encontró.
-¡Enfermera!
Apoyó el
oído en el pecho de Alma y no escuchó latidos. Comenzó a hacer la maniobra de
resucitación mientras la enfermera lo miraba desde la puerta. Poco después
entraron los médicos con el aparato de electroshock y lo separaron de la cama.
Mateo se quedó en un rincón, observando, tratando de entrever entre los cuerpos
de los médicos y enfermeras a su esposa. Se dio vuelta contra la pared,
abrazándose a sí mismo, raspando su frente sobre la pared. Dios mío, no dejes que se vaya, no dejes que se vaya, no dejes que se
vaya…
-Doctor…
Mateo se
dio vuelta. Era el médico que la había operado.
-Doctor, lo
lamento mucho, un coágulo debió producir el paro. Hicimos todo lo necesario.
Mateo apoyó
su mano derecha sobre el hombro del médico. Asintió con la cabeza pero no se
atrevió a acercarse a Alma. Temblaba, y el médico lo ayudo a caminar hasta la
cama. Ella era otra, no su esposa, no la mujer con quien se había casado. Él
había visto muertos toda su vida, por eso sabía que ellos son fragmentos de
anatomía, cuerpos cuyos nombres ya no les pertenecen. Ellos adquieren un nuevo
estado sin particularismos no excentricidades. Un nombre como un adjetivo ya no
les es útil, sólo un sustantivo: cadáver. Una palabra que resume un estado
permanente, una situación que no implica circunstancias ni condiciones.
Aislados y protegidos de los vaivenes y las amenazas de la vida, para siempre
ignorantes como niños bobos del amor y la pena. Ellos son cosas que miramos
descomponerse con el tiempo, a los que metemos en cajones y sepultamos o
escondemos en departamentos abovedados de ciudades que crecen hacia arriba y
abajo. Cementerios donde los muertos ni siquiera saben que a su lado hay otro
muerto tan solitario como él. Donde el silencio es a la vez una congoja y un
alivio, una desesperada búsqueda y un vacío sin vértigo. Donde la oscuridad no
es temor sino abandono, espacio inabarcable y estrechos límites sin movimiento.
Donde el todo es a la vez la nada, donde se anulan los contrarios, la luz y la
sombra, el ruido y el silencio. Allí se logra convivir por la sabia disposición
de Dios que ha decidido borrar los contrastes para permitir el descanso de los
humanos atiborrados de angustia y terror. Los ojos que han visto el desastre de
la vida, necesitan ver la paz de la oscuridad.
Mateo
lloró sobre la cara de Alma, sobre lo que fue la cara de esa mujer con la que
él tuvo un hijo que sobrevivía en un hotel, cuidado por las manos inexpertas de
un veterinario y junto a un viejo que le resultaba más peligroso que los mismos
perros. Cobijó la cabeza de Alma entre sus manos, revolviendo el pelo en el que
tantas veces había metido su cara mientras hacían el amor, volviendo a oler el
intenso aroma de esa mujer que ahora se estaba perdiendo entre el olor a
remedios y alcohol. Sus lágrimas tenían olor también, las lágrimas de él,
porque ella no había alcanzado a llorar antes de morir. Las lágrimas de Mateo
Ibáñez mojaron la cara de un cadáver ya sin nombre. Un resto de huesos y carne
al que ya no le importarían los gestos desesperados de un hombre ni las
lágrimas que él pudiese derramar. Un cuerpo que alguna vez había respondido a
sus caricias y sus palabras después de mucho tiempo de pensar que nadie en el
mundo lo haría alguna vez por él. Y ahora resultaba insensible tanto a su amor como
a su desesperación, a su súplica como a su íntimo ofrecimiento de entregarse él
también a ese estado sólo adivinado, sólo irrisoriamente presentido por
aquellos que no han pasado ese límite, tan fino y delgado, tan transparente,
pero que tiene la imperecedera, la inviolable, la inescrutable virtud del
máximo secreto. La nada y la oscuridad.
Lo llevaron
a un cuarto contiguo y le dieron un calmante. Una enfermera se quedó a
cuidarlo. Ruiz entró después y se paró junto a la cama. Mateo estaba mirando
fijo el techo del cuarto, luego estrechó la mano de Ruiz y se sentó.
-¿Qué voy a
hacer? –murmuró.
Bernardo no
lo escuchó y se inclinó para oírle mejor. Mateo le susurró al oído la misma
pregunta, y luego se aferró a su amigo. Lo abrazó con todas sus fuerzas y Ruiz
lo dejó hacer, no apretándolo contra él sino acariciándole la espalda, la
cabeza y los hombros. Porque ese hombre necesitaba el consuelo de una caricia y
no la fuerza de un abrazo solamente. La fuerza estaba en la ira de Mateo
Ibáñez, estaba en el dolor que provocaba en el frágil cuerpo de Bernardo Ruiz,
que a pesar de todo no se quejó, porque al fin de cuentas él también era un
hombre y se sentía capaz de entender y soportar, de ser el blanco de la ira que
su amigo necesitaba descargar y compartir. El dolor como un abrazo y su
correspondiente respuesta, las caricias en la espalda y la cabeza. Una mano que
sacuda el pelo como lo hizo nuestro padre cuando éramos chicos, una mano que
palmee la espalda como lo hizo nuestro abuelo cuando probamos nuestro primer
trago de alcohol. Un par de manos que nos sostuviera la cabeza para reconocer
de frente la verdad ante un par de ojos amigos, y recibir el beso en la
mejilla. Un beso que incluye también el beso de Judas porque eso también fue
amor y amistad, porque la amistad incluye al amor y el amor a la irremediable
traición. Uno y otro separados por abismos, enlazados por puentes quebradizos
con palabras pusilánimes y muertas antes de tiempo. Palabras como cadáveres.
Por eso
Bernardo Ruiz se dejó abrazar con cierto dolor y él no tuvo que hacer más que
apoyar su barbilla en la cabeza de Mateo Ibáñez, que lloraba mojándole la ropa
que no se había cambiado desde anoche.
-Llorá todo
lo que quieras. ¿Sabés que a pesar de conocernos desde hace mucho no hemos
pasado más que dos días juntos? Es curiosa la amistad, Mateo, ¿no es cierto?
No esperaba
respuesta, era sólo conversación, tiempo perdido dentro de una habitación de
hospital mientras afuera, tras las ventanas de vidrios esmerilados, ambos
sabían que la mañana seguía transcurriendo también con conciente y deliberada
desesperación, en busca de algo que nadie más que ella, quizá, conocía.
Olvidando en el camino el peso muerto que impediría su paso más acelerado,
cosas y hombres, todo aquello cuya sustancia requiere del tiempo como forma de
vida y ritmo natural de permanencia. Dejando de lado lo que no sirve, pateando
los obstáculos del camino y avanzando sin querer mirar atrás, aunque a veces lo
haga. Pero a ella, la mañana luminosa, no le gusta hacerlo, mirar atrás. Porque
cuando eso sucede, por las tardes suele arrepentirse de su ritmo, suele dolerle
su cabeza de sol y su espalda de caminos. Entonces no tiene más que agachar la
cabeza mientras sus piernas siguen, las bellas piernas sostenidas por dos pies
enormes calzados en sendas lunas llenas. Deslizándose siempre, arrepentida cada
noche y estimulada cada mañana. Pero atada a un fin que ella, tal vez, ni
siquiera conoce.
9
Cuando abrió los ojos, Mauricio tenía al pequeño Blas
sobre su pecho. Quién sabe desde cuándo el niño se había deslizado desde su
lugar y se había acurrucado contra y sobre él para abrigarse. Echó una ojeada al reloj despertador de la
mesa de luz. Eran casi las nueve de la mañana del domingo. Bostezó, se fregó la
cara con las manos. Había dormido vestido y tenía la ropa arrugada. Se
encontró, de pronto, con los ojos abiertos de Blas.
-Buenos
días – le dijo.
-Hola –le
contestó Blas.
-¡Qué chico
tan bien educado, dormiste como un lirón toda la noche y ahora me saludás como
un caballero! Vamos a hacer pis…
Lo levantó
en brazos y lo llevó al baño. Lo sentó en una pelela que Alma había traído.
Mauricio orinó en el inodoro. El chico, sentado desde su lugar, miraba con
asombro el chorro fuerte de aquel hombre que no era su padre, pero que sin
embargo lo trataba bien y con el que parecían sentirse a gusto.
-¿Ya
hiciste? –preguntó Mauricio, tirando de la cadena del baño. Levantó a Blas y
vio el charquito de orina en la pelela.- Buen chico. Ahora vamos a desayunar.
Bajaron al
comedor. Un hombre estaba limpiando la suciedad del vestíbulo.
-Buen día
–dijo Dergan.- ¿Y el conserje?
-Se levantó
temprano para visitar a su sobrino en el hospital, señor.
Mauricio
sentó a Blas en la sillita alta. La cocinera se acercó a tomarles el pedido.
-Leche
tibia con azúcar para el chico, agua, jugo de naranja y vainillas. Ya sabe, lo
que toma un bebé –dijo, sonriendo, como disculpándose de su ignorancia en esas
cosas.
La mujer
entendió.
-¿Y para
usted?
-Café con
leche, nada más. Pero antes quiero cambiarme de ropa, así que cuídemelo
mientras se desayuna, por favor.
-Está bien,
señor, me lo llevo a la cocina mientras preparo el desayuno.
Mauricio
volvió a subir y abrió la puerta de su cuarto. Entonces recién recordó, al
notar su ausencia, la bolsa con los perros. Buscó en todas partes por si había
olvidado que las escondiera en algún sitio en especial, pero era un cuarto
estrecho. Se golpeó la frente con la palma de una mano y se llamó estúpido.
Anoche estaba cansado con todo lo que había sucedido, y a pesar de que al
cerrar la puerta con llave tuvo el fugaz pensamiento de que esa no era la única
copia, no había tenido ganas de tomar precauciones. No podía cuidar al chico y
a los perros al mismo tiempo, no en el mismo cuarto, por lo menos. Alguien
debió entrar durante la noche, y obviamente no podía tratarse más que de
Ansaldi. Ahora el viejo no estaba, y aunque posiblemente fuese verdad que
estuviese en el hospital, no podía hacer nada hasta que Ibáñez regresara.
Decidió
llamar por teléfono, por lo menos hablaría con Márquez o Ruiz para no molestar
a Mateo, que suficiente tenía ya con lo de su mujer. Bajó, levantó el tubo del
aparato de la recepción y marcó el número del hospital. Mientras esperaba a que
lo atendieran, miró a los dos empleados trabajar tranquilos, el hombre
limpiando y la mujer dándole el desayuno al chico. No tenía sentido enojarse
con ellos, eran simples asalariados del conserje.
-Buenos
días, ¿me podría comunicar con el doctor Bernardo Ruiz, por favor?
-¿De parte…?
-De Mauricio
Dergan, es importante, gracias.
Esperó un
momento. Miró el reloj de pared, eran las diez de la mañana.
-¿Hola, Mauricio?
-Sí. Walter, ¿sos vos?
-Sí, ¿pasó algo con Blas?
-Nada, está
desayunando ahora. Pero tengo noticias importantes. ¿Cuándo vuelven? ¿Cómo está
Alma?
Hubo un
breve pero demasiado elocuente silencio para que Dergan no se diese cuenta,
para que no adivinase lo que Walter iría a decirle, y como un reflejo ante lo
que presentía, miró a Blas en su sillita, con una vainilla mojada en una mano,
mientras la cocinera intentaba darle en la boca una cucharada de crema de
leche.
-Es una tragedia, Mauricio. Alma falleció
hace quince minutos. Bernardo está con Mateo, tratando de consolarlo. No sé
cuándo vamos a volver al hotel. Si querés paso por allá…
-¡La puta madre que lo parió, Dios mío! ¡Qué mierda es
ésta en la que nos metimos! ¡Dios santo, mi Santo Dios de las mil putas!
Mauricio
Dergan no sabía si pensaba en voz alta o era simplemente la voz de su
pensamiento, más fuerte que lo habitual. A nadie le decía todo esto, pero los
empleados lo miraban. Se frotó los párpados con la mano libre, sus dedos se
humedecieron, y se quedó en silencio. Del otro lado del teléfono hubo un corto
lapso de absoluta nada, donde ni siquiera el zumbido de la línea interrumpía el
respeto debido, como si hasta los dioses que rigen los saberes de la técnica
compartiesen con los hombres el mismo miedo y la misma servidumbre ante aquella
otra diosa más fuerte e impredecible. Esa que no guía por hipótesis ni puede
resumirse en tratados ni someterse a pruebas, porque los experimentos siempre
terminan en el fracaso o quizá el triunfo ya previsto por su misma sustancia.
El silencio como prueba y manto protector, como mortaja e incienso de respeto,
como un fin en sí mismo.
Márquez
entendió lo que estaba pasando por la cabeza de Mauricio.
-No hace
falta que vengas…
-Si por ahora te las arreglás solo…Mateo
necesita apoyo, hay un montón de cosas que solucionar, ya sabés. Pero contame
si pasó algo importante en el hotel.
-¿Viste a
Ansaldi en el hospital?
-Sí, está en la habitación del sobrino.
Espera que le den el alta al mediodía.
-Macanudo,
entonces tengo tiempo.
-¿Para qué?
-Ya te voy a
contar después.
-¡Decime ahora!
-Se robaron
los cuerpos de los perros para la autopsia. Y estoy seguro que fue el viejo.
Pero no le digas nada. Solamente asegurate que vuelva para acá no antes del
mediodía.
-Está bien.
-Chau, y
dale mi pésame a Mateo, si sirve de algo…
-Lo haré, cuidate.
Colgó el
tubo y miró a la calle. Había el habitual trajinar de los domingos por la
mañana. Gente que iba o volvía de la panadería de los Casas con facturas, otros
con periódicos bajo el brazo, o leyéndolos distraídos mientras caminaban,
tropezando con aquellos vecinos que les daban los buenos días. Se olía ya el
humo de algún fuego que alguien estaba preparando para el asado del domingo en
algún patio de una de esas casonas anónimas y corrientes. Gente que pronto
moriría, porque los años no son más que pasos en una vereda. Mañana alguno de
ellos ya no estaría, y pocos o nadie se darían cuenta de su ausencia. Y los
perros saldrían por las noches, realizarían su cometido para esconderse antes
del amanecer, antes de que alguien pudiese o siquiera se atreviese a intentar
atraparlos. Y lo más curioso es que la gente se había acostumbrado, lo mismo
que la mayoría se había habituado ya a nuevo régimen de estado, a los soldados
en las rutas y los uniformes militares en el gobierno. Qué importaban los
avatares políticos cuyos informes conformaban titulares en la prensa de todos
los días, con mayor o menos dosis de engaños, si alguien que él había conocido
por menos de un día, había muerto. Si alguien que ya jamás regresaría había
dejado a otro ser abandonado a su propia suerte, que no podría valerse por sí
mismo y que necesitaba cuidados permanentes. Un niño de casi dos años por el
que cuatro hombres debían velar día y noche, porque ahora representaba más que
el hijo de una mujer muerta, más que un chico al que educar. Era ya casi un
símbolo al que había que rescatar de cada próximo ataque, así como su madre lo
había salvado del primero.
-Señor, el
chico ya terminó su desayuno. ¿Le sirvo el suyo? Mire que ya es tarde y tengo
que empezar a preparar el almuerzo.
-Está bien
–contestó, sentándose junto a Blas.
-Mamá,
papá…- dijo el chico, jugando con una cuchara y golpeándola sobre el mantel. La
leche se había derramado y un entrañable olor sacudió la memoria de Dergan.
Pensó en su infancia en su tierra, en el aroma de la leche que traía el lechero
cada mañana en su tarro abollado por el uso. Venía cada amanecer en su
camioncito blanco y su delantal también blanco, su gorra gris y las botas
manchadas de leche. Se bajaba del vehículo, llenaba las botellas que en cada
casa dejaba en la puerta desde la noche anterior y las depositaba de vuelta
tocando el timbre o golpeando. Pensó en las tostadas untadas con la manteca que
el mismo lechero proveía los lunes a quienes se la encargaban cada viernes.
Mercí, madame, decía el hombre, luego de
cerrar su mano sobre las monedas que la madre de Maurice Dergan le entregaba,
mientras con la otra sacudía el pelo del chico, despidiéndose hasta el día
siguiente, hasta esa repetida eternidad del día siguiente, y al otro, y al
otro, hasta que la propia eternidad demostraba tener un fin porque un día el
lechero ya no regresó. Es verdad que vino otro hombre, pero otro hombre es como
otro universo y otra eternidad completamente distinta. Y luego ya no volvió ni
siquiera éste, ni el camión, ni esas mañanas ni su madre. Ni siquiera el chico
que había visto en un espejo cada día al despertarse.
Apretó la
cabeza de Blas contra su pecho y le besó la cabeza. Era tan parecido a Mateo
que lo sorprendía haberlo notado recién ahora. La carita redonda, el cabello
tan rojizo como debió tenerlo el padre cuando era chico, las pecas en las
mejillas, los labios rosados. Blas era robusto pero no gordo, de carnes firmes
y miembros fuertes para su edad. Sin embargo, demostraba una serenidad extraña,
una mirada peculiar cuando se dedicaba a observar a los adultos que lo
rodeaban. ¿Dónde estaban, entonces, las señales de Alma? No se veían señas
externas, pero seguramente permanecían escondidas, ocultas hasta que las
circunstancias lo requiriesen, cuando llegase el tiempo adecuado para
expresarse.
La cocinera
le trajo el café con leche.
-¿Algo más,
doctor? Mire que ya cierro.
Mauricio no
se molestó por aquella insistencia.
-Rien. Merci, madame.
La mujer lo
miró sin entender, pero sacudió el repasador como quien espanta una mosca y se
metió en la cocina. Dergan, al ver el gesto de ella, se dio cuenta que había
hablado en su idioma sin darse cuenta.
-Et bien, mon petit, tout revient.
Blas lo miró como si comprendiese, pero era el sonido de
aquel idioma lo que parecía encantarlo. Su carita se llenó de una sonrisa
grande y estiró la mano para tocar el rostro de Dergan, cuya barba ensuciaba la
cara con un matiz entre negro y agrisado. Mauricio dejó la taza sobre el plato
y sonrió al bebé.
Dios mío,
pensaba. La madre está muerta y nosotros jugamos. Ya tendrá tiempo para llorar,
supongo. De inmediato pensó en Ibáñez, en la soledad y el vacío que debía estar
sintiendo, y se dio cuenta que él jamás llegaría a sentir algo así. Se supo,
por un momento, más vacío, más estéril que un ánfora llena de aire. Una vasija
de barro mal confeccionada y por eso jamás usada, que el tiempo iba cubriendo
de grietas, que tarde o temprano ni siquiera serviría de adorno sobre un
estante. El camino de las cosas inútiles es tan predecible que resulta
patéticamente desolador pensar en ellas.
El hombre
había salido a limpiar el jardín posterior. La mujer seguía en la cocina. La
puerta de calle estaba abierta, y lo que anoche era un símbolo de peligro, hoy
el luminoso sol y la plácida serenidad del domingo a la mañana colaboraron para
adormecer su reticencias y sospechas, sobre todo ese miedo impreciso que se
apodera subrepticiamente a medida que pasa el último día antes de la jornada
laboral. Esa inquietud que quizá nace de niño cuando la idea de volver el lunes
a la escuela nos hacer pensar que el domingo es una playa al borde de un
abismo, una campo cultivado con girasoles, un sembradío de trigo cuyas espigas
se mecen con la brisa bajo el sol de primavera, en fin, un refugio que
perderemos así como el pequeño Blas perdió a su madre. Y como él, que ni
siquiera sospechaba, pronto, tal vez en las primeras horas de la tarde, vendría
una sombra encarnada en la figura de su padre para decirle, con tímida congoja,
con la desvalida impotencia que a su vez cargaba con todo el peso del futuro
que sembraría en el chico con tal noticia, que su madre no se levantaría más a
hacerle el desayuno, que ni lo vestiría ni bañaría, que ya no escucharía esa
voz cuyas palabras aún no comprendía pero sí el tono, la suavidad o el enojo, y
sobre todo, que no olería nunca más el perfume de esa mujer que era capaz de
resumir el perfume de todas las mujeres que un hombre puede llegar a conocer a
lo largo de toda una vida.
Cargó al
chico con un brazo y fue hasta la recepción. Cerró la puerta principal, regresó
al mostrador, hizo que curioseaba sin ninguna intención en particular, por si
alguien lo veía, echó una ojeada alrededor y luego intentó abrir la puerta de
la pieza del conserje. Estaba cerrada con llave. Buscó en los cajones del
mostrador. Blas observaba todo con curiosidad, sin duda era todo aquello nuevo
para él, por lo menos distinto a los hábitos de cama, comida y juegos
corrientes a la que la vida de una familia común lo había expuesto hasta
entonces. Mauricio le canturreaba una canción en francés, en voz muy baja, y
mientras revolvía con cuidado en los cajoncitos y estantes para papeles, el
chico le acariciaba el pelo y reía.
Al fondo
del cajón inferior encontró un manojo de llaves. Decidió probar con cada una.
Las llaves se sucedían una tras otra pero ninguna abría. Eran como veinticinco
o treinta llaves. El hotel estaba silencioso, nadie intentaba entrar. Sólo un
par de personas miró de soslayo a través del vidrio de la puerta. Si nadie
venía a saludar en un barrio donde todos se conocen luego de tantos años, sobre
todo una mañana de domingo, ¿era porque el viejo no les agradaba? Ni siquiera
el diariero había traído el periódico dominical. Si habían reservado el hotel
para ellos solos, ¿no tendrían que haber planeado también el traerles el
diario? ¿O acaso Ansaldi lo había suspendido?
Mientras se
hacía estas preguntas, una de las llaves finalmente abrió la puerta. En un
descuido, la llave volvió a perderse entre el resto del manojo cuando él entró
y cerró. Después se preocuparía por eso, se dijo. Prendió la luz de la pieza
que no tenía ventanas, y era más pequeña de lo que había esperado. Era oficina
y dormitorio al mismo tiempo. Había un escritorio contra una de las paredes,
una cama junto a la pared contraria y un armario. Una cómoda servía de apoyo a
archiveros y carpetas. No quería soltar a Blas, así que tuvo que buscar con una
sola mano, descartando todo lo que fuese papelería burocrática o exclusivamente
del hotel. Fue hasta el armario y revisó entre la ropa. Era vieja y con un olor
a humedad más insoportable que el de las habitaciones de arriba. Revolvió entre
la ropa blanca, ropa interior de viejo, de algodón, remeras de mangas largas y
calzoncillos largos, medias de lana y fajas. Había fotos antiguas, manchadas y
color sepia la mayoría, donde Ansaldi aparecía casi igual que ahora, sólo un
poco más joven. Dergan reconoció lugares del viejo continente. En una, Ansaldi
estaba en Firenze, se veía la réplica del David
de Michelangelo al fondo. Debía ser de los años de posguerra, pero entonces se
preguntó si realmente era la réplica, como le constaba que debía ser por esa
época, o el original. En todas las fotos Ansaldi aparecía en primer plano y
nunca de cuerpo entero, y no había hombres ni mujeres, ni otras cosas que
delatasen el año en que había sido tomada la fotografía.
Blas se
entretuvo con esa foto mientras él seguía buscando. Encontró unos documentos
viejos, de tapa dura. Abrió uno de ellos, las hojas, de tan quebradizas se
partieron al querer plegarlas. Algunas ya estaban rotas, e intentó
reconstruirlas sentándose en la cama. Allí no había fotos, pero intentó leer el
italiano en esas letras prolijas que habían pertenecido a algún dedicado
empleado de registro civil. Estaban borroneadas y distorsionadas por la vejez y
la humedad. Pero alcanzó a leer el nombre: Gregorio
Ansaldi. El lugar de nacimiento confirmaba lo que ya sabía. Leyó la fecha
de nacimiento: 11 di Giulio di 1870.
Era
imposible, se dijo, que el hombre que conocía tuviese noventa y cuatro
años.
Siguió
leyendo: …figlio di don Gregorio Ansaldi
e donna Marietta Sottocorno. Él conocía el apellido de la mujer, no
recordaba cuándo ni donde lo había escuchado, pero le resultaba familiar. Se
puso a pensar en eso a la vez que guardaba los papeles en donde las había
encontrado. Conozco ese apellido, se dijo, buscando otra vez la llave adecuada,
tardando sus buenos minutos en hallarla. Pero no fue tan rápida la búsqueda del
origen de tal nombre. Se fijó, casi sin mucha atención, si alguien lo veía
salir de la pieza, luego salió a la calle y se puso a caminar, ensimismado en
su idea, de pronto obsesivo por encontrar un recuerdo perdido en una laguna
enorme de su memoria que le sorprendió hallar justo cuando menos la esperaba.
Son esas lagunas más bien lagos, o a veces océanos que nos vemos obligados a
cruzar, impotentes, con las piernas acalambradas y casi ahogados, en busca de
un dato que de un instante a otro se nos hace imprescindible como el hecho
mismo de respirar. Avergonzados y heridos en nuestro orgullo, buscamos el dato
preciso que nos salve ya no sólo de la situación que requirió aquella
información, sino de la humillación de la desmemoria. El olvido a veces es
disculpable, otras irrisorio, pero nunca tan degradante como ese fragmento de
memoria que se ha desprendido de nosotros como un hijo que en un momento
tuvimos aferrados a la mano y al otro, ya libre, se acerca a la orilla de un
mar encrespado, al borde un acantilado o a los límites abismales más allá del
cordón de una vereda.
De repente
recordó que seguía cargando a Blas en su brazo izquierdo. Estaba tan
ensimismado en los documentos que acababa de ver, tan compenetrado por
descubrir de dónde conocía aquel apellido, que el niño era menos que una cosa
que llevaba encima por mero automatismo, sobre todo ese niño tan callado y
observador como era Blas. ¿Se comportaba Mauricio como un padre, quizá? Había
visto en sus amigos ya casados y con familia, esa actitud distraída con que
ellos llevaban a los niños de la mano por la calle, los levantaban para cruzar
de vereda a vereda, o lo subían o bajaban del auto para dejarlos o recogerlos
de la escuela. Automatismos que se adquieren para realizar tareas que de tan
rutinarias toman el cariz de meros reflejos, donde el pensamiento conciente ya
no participa porque el cuerpo lo exceptúa, le da un descanso, le ofrece
vacaciones a la preocupación. Pero a veces, los actos reflejos son pequeños
traidores, unos nos salvan la vida, otros la destruyen para siempre. Y cuando
el pensamiento conciente abre sus ojos, puede encontrarse al fin de cada día
con las tareas cumplidas o con el caos y la tragedia.
Por eso,
Mauricio miró a Blas, y dijo:
-Espero que
te guste el paseo… - Parecía pedirle disculpas, excusarse sin hacerlo del todo,
compensar una distracción con un acto que tenía la dudosa pretensión de ser
planeado.
Él sabía
que algo lo estaba llevando por esa calle, la necesidad de recordar era sólo un
motivo menor, aunque no por eso menos válido, para aquel deambular por las
veredas matutinas de un domingo en
Dergan
pasó frente a la panadería de los Casas. Vio a un hombre joven en la puerta,
con delantal blanco, sacudiéndose las manos enharinadas. Una niñita de no más
de tres años jugaba en la vereda, llamándolo papá. Saludó al panadero; aunque
no lo conocía, el otro le respondió con la mano. Siguió hasta la vereda
siguiente, mirando la plaza donde los dueños habían llevado a sus perros. Los
animales corrían, se olisqueaban entre sí, jugaban con chicos, ladraban a los
gorriones que se posaban en el suelo a recoger las migas que un par de viejas
les tiraban. Entonces persiguió con la mirada a uno de los animales. No se
trataba de uno de los perros salvajes, pero se dio cuenta que no tenía dueño.
El animal daba vueltas, tratando de inmiscuirse en el juego de los otros, pero
los perros domesticados lo evadían. El animal finalmente se separó y se alejó
de la plaza.
Mauricio
fue tras él, tratando de seguirle el paso. Aunque creía que le iba a ser
difícil, el animal se paraba cada pocos pasos a oler algo en la vereda, los
umbrales donde habían orinado otros perros, las baldosas rotas donde se habían
formado charcos, los troncos de los árboles en las aceras. Fue tras el perro
durante dos cuadras, hasta que llegó a una casona que ocupaba casi la mitad de
la cuadra. Como un ruido que nos despierta en medio de la noche, o quizá sea
más apropiado compararlo con una pesadilla que nos sacude el cuerpo con un
escalofrío, recordó lo que ya esta comenzando a resignarse a considerar un
fracaso más de su memoria.
La casona
que estaba viendo era la casa que Walter había edificado, y donde vivían una
mujer con su hija. Lo peculiar, le había dicho el arquitecto, era que esa mujer
se decía adivina, y así se ganaba la vida desde que mataran a su esposo.
Dergan, por curiosidad, porque esa extraña profesión era para él motivo de
sarcasmo y aprensión a la vez, le había preguntado cómo se llamaban ellas.
Las Cortéz,
había contestado Márquez, pero un rato después dijo que el apellido de soltera
de la madre era Sottocorno.
Mauricio
sabía que tenía que entrar a esa casa. ¿Para preguntar qué? ¿Si ese era el
apellido de la mujer? ¿No era ridículo tocar el timbre y hacer esa pregunta a
una completa extraña en plena mañana de domingo?
Sí lo era,
pero también era imperiosa la necesidad de satisfacer esa curiosidad que
abarcaba mucho más lo que tal palabra es capaz de definir. Pero incluso las
palabras pueden ser más de lo que el significado corriente les asigna. La
curiosidad involucra el azar y la suerte, y con ellos llega uno a los límites
remotos de lo desconocido. Y tal era la casona para él: terreno que se explora
como quien se adentra en un bosque del que sabe, de antemano, que no conoce el
camino de salida, si es que lo tiene.
Cruzó la
calle y abrió la verja de madera del jardín. Un sendero de tierra apisonada con
pasto crecido alrededor daba un aspecto descuidado pero no sucio. Las paredes
de la casona tenían manchas de humedad, sometidas al viento del sur. En ese
momento el viento soplaba allí de un modo distinto al resto del barrio. Como
era la única construcción alta, quizá el paso del viento entre los aleros y
tejados, con su evocativo sonido de aullido contenido y hasta extrañamente
lejano por más que llegase de apenas unos metros, daba esa impresión de mayor
brusquedad y desolación. Por momentos, Mauricio creyó encontrarse en una
pradera africana, a pleno sol junto a una roca que carecía de sombra, al
instante siguiente creía estar bajo la fría penumbra de un caserón cuyas
paredes crujían ocultando gritos. ¿O eran ladridos? De lo que estaba seguro era
que se trataba nada más que de sensaciones.
Golpeó la
puerta. Mientras esperaba, escuchó a Blas decir:
-Mirá el guau guau…
Mauricio
bajó la mirada y se encontró a un perro gris medio pelado oliéndole los
zapatos. A cinco metros, sobre el vestíbulo, había otros tres o cuatro perros
mestizos, observándolos. No parecían peligrosos, simplemente esperaban, como él.
Tal vez sabían que cuando la puerta se abría ellos recibirían algo de comida.
- ¿Qué
necesita?
Mauricio
volvió la vista a la puerta y apenas vio una media cara de mujer entre el marco
y la puerta entornada.
-Disculpe
la molestia, señora Cortéz. El doctor Ruiz me habló de usted, y quisiera
hacerle una consulta, si es tan amable.
El aparecer
a esa hora de domingo con el chico en brazos debió dar confianza a María
Cortéz, porque enseguida lo dejó pasar y le ofreció su mano frágil, de piel
clara como su cara. Llevaba el cabello negro recogido con una hebilla endeble,
y algunos mechones le caían en la frente. Parecía que recién se hubiese
levantado, pero no había signos de sueño en su cara. Estaba vestida con una
bata de hombre, quizá del marido muerto, pensó Dergan. Se sorprendió pensando
en lo hermosa que era ella. Una belleza simple pero curiosamente individual,
frágil e inteligente a la vez, con una nariz que no era ni respingada ni
demasiado recta, unos ojos verdes que tendían levemente al marrón, una
mandíbula que parecía ser el complemento perfecto para un par de pómulos marcados
pero no excesivamente. A Dergan, demasiado alto en realidad, ella no le llegaba
a los hombros, pero a él eso no le resultaba incómodo como con otras mujeres.
-Siéntese,
por favor. No acostumbro hacer sesiones a esta hora, pero si lo mandó el
doctor…
Mauricio
pensó por un momento que debía decir la verdad, pero ésta era demasiado
rebuscada para resultar creíble. Decidió inventar algo que justificara su
presencia.
-He estado
teniendo algunos sueños raros, y bueno… aquí estoy. Soy veterinario, señora
Cortéz, así que deberá disculpar cierto escepticismo de mi parte.
Ella ahora
lo miraba con mayor interés. Se había sentado en un sillón de respaldo alto y
apoyabrazos anchos. Recién entonces él se fijó en los muebles. Eran finos en su
mayoría, no caros sino de cierta antigüedad, como si hubiesen sido comprados de
a poco pero con un afán de elegancia y solidez.
-Su hijo
puede jugar con mi hija mientras tanto, ¿no le parece? ¡Lidia, vení por favor!
Una niña de
no más de cinco años se presentó en el living desde la cocina. Era más bella
aún que su madre.
-No es mi
hijo –se apresuró a aclarar él.-Es de un amigo, se lo estoy cuidado porque la
madre está en el hospital.
-Bueno, lo
mismo da doctor.- Agarró a la niña de una mano y le dijo:- Querida, llevate al
chiquito al cuarto de juguetes, por favor.
La niña
asintió sin decir nada y Dergan dejó a Blas en el suelo. Lidia lo agarró de la
mano y pacientemente esperó a que el chico tomara su ritmo tambaleante e
inmaduro.
-¿Quiere
tomar algo?
-No,
gracias.- Miró el reloj de pulsera.- Quisiera estar de vuelta en el hotel antes
del almuerzo.
-Entonces
empecemos…
Dergan
observó alrededor, como si esperase aparecer una mesa y una bola de cristal.
Ella tal vez lo percibió, esbozó una leve sonrisa y dijo que allí estaban bien.
Cualquier lugar era adecuado, mientras fuese dentro de la casa.
-¿De qué se
tratan sus sueños?
Empezó a
explicar una escena que creía estar inventando, pero una parte de sí mismo
sabía que no era totalmente una invención, era verdad que había soñado con
escenas parecidas hacía algunos años, que luego no habían vuelto a presentarse.
-Estoy en
una cacería, en
Se detuvo y
no supo más qué decir.
-Eso es
todo... tal vez es muy tonto de mi parte preguntar algo tan obvio.
Ella se
acomodó en el sillón, donde escuchaba atentamente con la espalda en el
respaldo, un codo en el apoyabrazos y un dedo sobre en posición horizontal
sobre los labios.
-¿Qué
quiere decir con “obvio”? –Al preguntar, se irguió un poco.
-Bueno, ya
sabe, “el perseguidor perseguido”, cualquiera diría que tengo miedo de algo.
Ella se
rió, no con sarcasmo sino como se hubiera reído de la ocurrencia de su propia
hija. Él así lo entendió, y lo hizo sentirse un poco más cerca de esa mujer,
cuya bata de hombre no hacía más que acentuar la extrema feminidad no sólo de
su cuerpo, sino de una especie de seguridad que parecía reciente en ella, como
si hubiese nacido de nuevo poco tiempo antes, liberada, tal vez, de una culpa o
de una opresión. ¿Acaso la muerte del marido tenía que ver con eso?
-Doctor,
nada es tan simple, y menos en los sueños. Los conceptos que aparentemente
sirven para aplicar a los hechos de la vida son casi siempre erróneos, y en los
sueños son total y absolutamente equivocados.
-Disculpe,
creí que me toparía con lo que los médicos llaman “las resacas de Freud”.
-No
desmerezco esa hipótesis, pero mi conocimiento no se basa en ellas. Incluso
debo confesarle que las desconozco, si
vamos a ser sinceros. No he tenido tiempo ni interés en estudiarlas. Lo
que yo sé me llega por signos directos… ¿cómo podría explicarle?
-No tiene
que hacerlo…-dijo él, levantándose para tocarle una mano. Lo conmovió aquel
esfuerzo de su frente blanca por encontrar las palabras que le hicieran
comprender lo que ella misma no parecía entender con plenitud. Él se dio cuenta
apenas la tocó, pero ella retiró la mano como si la hubiese golpeado, y la vio
girar la cabeza y prestar atención a un sonido o algo que él no había podido oír.
-¿Qué pasa?
No quise ofenderla.
Ella lo
miró y le tapó la boca con una mano. Seguí prestando atención a algo que
ocurría fuera de la casa, porque su mirada estaba puesta ahora en la ventana.
-Disparos…-
dijo.
María
Cortéz escuchaba disparos en la calle. Sólo ella podía escucharlos, y tales
disparos aparecieron cuando Mauricio Dergan la tocó. Ella ahora sabía la causa
de los sueños, y tenía una respuesta para aquel veterinario que venía a
consultarla un domingo, con un chico ajeno y con motivos tan sospechosos como
triviales.
Fuera lo
que fuese lo que había venido a buscar, ella tendría que ofrecerle algo mucho
mayor, por más que él no quisiese aceptarlo o lo tomase a risa. Ella había
aprendido que esas eran las dos actitudes más frecuentes cuando les decía a los
demás cómo iban a morir. Pero ocultárselos era peor que mencionarlo, porque
entonces aquello orbitaría sobre la vida de María Cortéz como una cosa a medio
engendrar, como el aborto de un monstruo
que sin embargo continuaba con vida. En cambio, luego de decirlo, los
turbulentos fluidos del miedo cambiaban de mano y ella se quedaba con aquella
cosa más calma entre las manos, como un bebé que ha muerto pero que continúa
bello, y sobre todo sereno. La verdad tiene ese mérito, ese silogismo que la
excusa ante todo, ante los dioses e incluso ante la muerte.
Mauricio
estaba parado frente a ella, las manos sobre el apoyabrazos, formando una jaula
alrededor de esa hermosa bruja cuya adoración había comenzado apenas entró a la
casa y que ya no resistía. Acercó los labiosy la besó.
Ella se lo
permitió, sin devolverle el beso, por lo menos al principio. Él sabía cómo
huelen las mujeres que han estado sin un hombre por mucho tiempo. Hay un olor
que podría definirse de mil maneras, algunas obscenas y otras con nombres
peyorativos y también otros de elegante sonido. Lo que él sabía, sin embargo,
lo sentía en su cuerpo como se siente ante una mujer que, aunque vestida,
parece desnuda a los ojos de un hombre. Son los labios que esconden un cierto
perfume, los ojos tan bellos como son estremecedores cantos de crueldad y
piedad simultánea, de pedido y rechazo, de rechazo e implorante desesperación.
Y
justamente un instante antes de que los labios de ella se posaran otra vez en
los suyos, ahora por propia voluntad y sin una pizca de miedo, ella dijo:
-Morirá
asesinado en la calle, como los perros.
Debió
escucharla, sin duda, pero esas palabras supusieron, quizá para él, algo menos
que un una mota de polvo frente a lo que estaba sintiendo al besarla. El olvido
absoluto es probablemente la virtud más excelsa cuando el cuerpo penetra en ese
simulacro del amor que todos llaman con el plural pronombre de besos, caricias
y sexo. No es aquello con que se define el amor, ni esa morbosidad de
promiscuos representantes del tedio convertido en obsesión. Es algo que sólo
puede surgir entre pares, es decir, personas que no necesariamente deben
complementarse, entre quienes el silencio es más eficaz que la palabra, y el
tacto es no sólo un barrera fácilmente deshecha, sino un emblema, una bandera
que ambos, como soldados penetrando a grito de guerra en campo enemigo, llevan
tanto como signo de batalla como de incondicional rendición.
Una hora
después, Mauricio Dergan salía corriendo de la habitación de María Cortéz. La
camisa apenas abotonada fuera de los pantalones, saltando con un pie a la vez
para ponerse los mocasines. Tenía una expresión demasiado asustada para un
hombre que ha estado haciendo el amor con una mujer sólo cinco minutos antes.
Bajó la escalera y entró en la sala en donde había dejado a Blas y a la niña.
Los encontró jugando en el suelo con unos ladrillos de plástico, construyendo
algo que intentaba parecerse a la casa en la que estaban. Levantó al chico y se
lo llevó cargando como un fardo bajo el brazo, mientras corría como un
desesperado hacia la puerta de calle, la abría y se alejaba, sin detenerse sino
hasta llegar a la vereda, maldiciendo en voz alta, pero con palabras en su
idioma natal, la puta suerte que lo había llevado hasta esa casona.
Dejó un
momento a Blas en el suelo, se acomodó la camisa dentro de los pantalones, se
restregó la cara como si quisiese deshacerse del aroma, la saliva y el olor de
los besos de la bruja que le dijo cómo iba a morir él. Porque fue recién
después de penetrarla, tal vez justo en ese instante, cuando sintió que lo que
ella le había dicho sólo un rato antes era la completa verdad. No porque ella
lo dijese, sino por la razón de que lo que creyó haber inventado para entrar a
la casa, era en realidad un recuerdo, no sólo una pesadilla.
El pequeño
Maurice solía salir con su padre de cacería. Los tíos Martins, hermanos de su
madre, los acompañaban. El bosque era niebla con manchones verdes y manos de
leña rozando las casacas olivas. Él, como los otros, llevaba botas negras y
gruesas para protegerse de las serpientes, pantalones de sarga y una casaca
haciendo juego con su gorra de boina. Le habían regalado un rifle para su
cumpleaños, y era la segunda vez que la usaba. Los perros ladraban a veinte
metros de distancia, sin alcanzar a verlos. Su padre llevaba la delantera, con
el rifle bajo el brazo, sus tíos mellizos iban siempre juntos, tan blancos que
eran casi albinos, silenciosos como acostumbraban serlo. Maurice pensaba en la
familia de su madre, tan grande, que en las fiestas de navidad, a pesar de ser
casi cincuenta personas las reunidas en la granja, más del doble permanecía
desperdigada por el resto del país. Hermanos, primos, cuñados, abuelas y
bisabuelos que ni remotamente llegaría a conocer. Tal vez eso lo distrajo, como
si pensar en la familia formara fantasmas mientras los seres reales
desaparecían en la neblina que invadía el bosque esa mañana de domingo. No
debieron salir, se dijo, al darse cuenta por fin que estaba perdido.
-¡Pére! –llamó. Nadie le respondió más que
los perros, y los ladridos no veníande adelante, sino de atrás.
Como si su
voz no fuese la de un humano, o si esa voz de niño que estaba cambiando se
pareciese a los oídos de los perros como el grito de un ave herida, los
ladridos avanzaron hacia donde él estaba. Y los cuerpos de las bestias
siguieron el paso del sonido, ya él podía sentir el resonar de las patas,
veinte patas de cinco perros avanzando con rapidez hacia él. Maurice corrió, se
tropezó con las enredaderas del suelo, con las raíces que sobresalía, dejó caer
el arma, chocó contra un tronco y por un momento perdió la conciencia. Regresó
a la realidad y se encontró parado, con la frente hinchada y dolorida, pero
continuaba escuchando a los perros tras él, acercándose. Volvió a correr, sin
dirección determinada, esta vez cuidándose de los árboles, sintiéndose
estúpido, avergonzado de lo que diría su padre cuando se enterase, porque aquel
moretón en la cabeza no podría ocultarlo. ¿Pero regresaría a la granja? ¿No lo
alcanzarían los perros? Eran de su familia, él había jugado con ellos, pero
cuando corrían tras una presa lo despedazaban todo, incluso eran capaces de
atacar a sus dueños sin se interponían entre ellos y las presas.
Hacía frío
esa mañana de otoño, un domingo que no pretendía ser más que eso, un fin para
la semana, y como todo fin una muerte. De ahí, probablemente, esa congoja, esa
angustia del domingo después de cada almuerzo. Sólo la mañana es una joya de
cristal que está a punto de romperse cerca del mediodía. Maurice olía el aroma
de la carne de ave en su granja, dorándose, embebiéndose con los aceites y
aderezos. Carne y mediodía. Otro mundo que surgiría de las tinieblas matinales
en las que él estaba sumergido. Y como si pensar en el fango hubiese concretado
las ideas en una realidad, se sintió caer en un pozo. Ahora estaba de espaldas
contra el fondo, rodeado de paredes de tierra y cubierto de hojas secas. Miró
arriba, la niebla era como una tapa densa, pero pronto llegaron los perros,
asomándose al borde de la fosa que era una trampa para animales. Los perros
ladraban, sus patas resbalaban del borde fangoso dejando caer guijarros sobre
el chico. Él apenas los veía, sólo sus dientes. Olía la baba que caía en hilos
delgados, escuchaba el sonido estridente de cinco perros. Escuchó luego los
tiros, sin duda de su padre y sus tíos, yendo en busca de lo que ellos creían
una presa acorralada por los perros. Cuando lleguen, pensó él, se darán cuenta.
Se asomarán al borde de la trampa y apuntarán, aunque no estén seguros de lo
que estén viendo en la oscuridad. Verán dos ojos brillantes, , y eso será
suficiente para ellos. Los ojos de una víctima brillan igual, se trate de un
hombre o de un ciervo.
Cuando
Mauricio llegó a la puerta del hotel, se dio cuenta que no había hecho la única
pregunta por la cual había entrado a la casona. Todavía el miedo recorría las
calles colgantes de sus nervios, y miró por primera vez a Blas desde que había
salido. El chico estaba llorando. Qué le habría dicho la nena esa, pensó
Mauricio.
Blas dijo:
-Mamá…
No dijo ni
mami, ni mamita, sólo esto:
-Mamá se
murió, ¿no es cierto?
10
Eran más de las doce y una sábana cubría completamente
el cuerpo de Alma. Mateo estaba sentado en una silla, con los brazos aferrados
al cadáver, la cara hundida en esa sábana que era ya parte del cuerpo de su
mujer, como si carne y tela se hubiesen fundido, lo mismo que más tarde, en
algún lugar de algún cementerio, la carne se fundiría con la madera del
ataúd.
Pero Ibáñez
aún no sabía qué iba a ser del cuerpo de Alma. Ruiz le había advertido que los
médicos del hospital, luego de hacer la denuncia al ministerio de salud, habían
recibido orden de llevar el cadáver a la morgue para esperar la autopsia. Había
él recibido tal noticia sin alterarse, y Ruiz no sabía si estaba comprendiendo
lo que le decía. Sí, lo había entendido, pero su mente estaba demasiado cansada
como para pensar en dos cosas a la vez. El dolor predominaba, era un peso mayor
que la ira provocada por la sola idea de que tocaran y abrieran el cuerpo de
Alma. Suelen los médicos tener un espíritu dividido: provocan dolor para curar
si no hay más alternativa, pero no saben soportarlo en ellos mismos, y aunque
obligan a sus pacientes a seguir el tratamiento prescrito, son reacios a
ajustarse al mismo cuando de ellos se trata. Mateo Ibáñez no habría dudado en
hacer una autopsia en tal caso, pero lucharía contra todos para evitar que
abrieran el cuerpo de Alma.
Alejandro
Farías, por entonces ministro de salud de la provincia, entró a la habitación
donde Ruiz e Ibáñez estaban a cada lado la cama. Echó un vistazo al cuerpo,
luego ofreció sus condolencias.
-Gracias
–dijo Ibáñez.
Farías
preguntó a Ruiz con la mirada si había transmitido su orden. Ruiz asintió.
-Doctor
Ibáñez, lamento profundamente que su esposa haya sido una de las víctimas que
intentábamos evitar trayéndolos a ustedes para la investigación.
No recibió
respuesta. Mateo seguía sentado mirando la sábana blanca.
-Doctor,
por favor, debe entender la necesidad de la autopsia. Sé que le estoy pidiendo
un esfuerzo más que humano…
Ibáñez
levantó la cabeza y le dijo:
-Váyase al
carajo.
Farías se
acercó a Ruiz y le habló al oído. Ibáñez captó esa complicidad, y se avergonzó
de su amigo.
-Váyanse
los dos al carajo, ahora mismo.
Farías
salió del cuarto y Ruiz se acercó.
-Mateo…
-Ya tienen
los cuerpos de los perros, ¿para qué quieren abrir a Alma?
-Márquez
habló con Mauricio esta mañana, se robaron a los perros, Mateo, por eso no
tenemos nada.
Ibáñez se
levantó de repente y dijo:
-¿Cómo? La
reputísima madre que los parió a todos, ¿cómo dejó que se los robaran? ¿Y mi
hijo?
Bernardo le
pidió que se calmara, el chico estaba bien.
-Dios
mío…-repetió Ibáñez una y otra vez, yendo y viniendo de una pared a otra del
cuarto. Pateó las sillas, se restregó la cara transpirada y agotada, volcó las
cosas de la mesa de luz. Las cosas que Alma ya no usaría nunca: su cartera con
el lápiz de labios, el espejito de mano, el pañuelo, el perfume.
Ruiz lo
dejó hacer, no encontraba más remedio que ese. Entró un guardia de seguridad y
Bernardo le dijo que todo estaba bajo control, que por favor los dejara solos.
-Mateo
–intentó decirle.
Ibáñez
lloriqueaba como un chico. El pañuelo estaba mojado y Ruiz le ofreció el suyo.
Mateo leyó el pequeño rótulo con el nombre que casi toda la ropa de Ruiz
llevaba. Era un detalle delicado que aún conservaban ciertas familias de
ascendencia europea. Seguramente la familia de su esposa se lo había
transmitido. Se sonó la nariz y se lo devolvió con una leve sonrisa.
Bernardo le
palmeó la espalda, y sintió un nudo en la garganta cuando sintió que recuperaba
la complicidad de Mateo Ibáñez, ese hombre que lo unía al resto del mundo de
una manera que nadie más supondría. Lejos de su mujer y el pueblo, a los que
estaba unido de una manera indisoluble, su contacto con el mundo solía verse
restringido a esos lazos breves pero fuertes, a la forma en que los hombres
suelen mirarse sin necesidad de decirse nada.
A su vez,
Mateo Ibáñez envidiaba a Ruiz. Su amigo tenía a su esposa, y esperaba un hijo
de ella. Lo envidaba hasta el punto de que sabía que podría llegar a odiarlo
muy pronto si tal sentimiento continuaba. Pero aquella pequeña broma de
devolverle el pañuelo sucio fue un alivio, como si una pluma fuese capaz de
romper, en ocasiones, la dura piedra de la mezquindad.
Media hora
más tarde estaban los tres en el auto de Márquez, él conduciendo, Ibáñez al
lado y Ruiz en el asiento posterior. Mateo miraba por la ventanilla,
ensimismado en pensamientos que los otros dos suponían de qué trataban pero
lejos estaban de acercarse a la verdad. Atrás, en la morgue del hospital, había
él abandonado a su mujer. Eso era lo que había hecho, abandonado el cuero que había prometido, es más, que se había
jurado no dejar por el resto de su vida. Pero esas promesas no toman en cuenta la
descomposición de la carne cuando son hechas en el éxtasis del amor, cuando la
carne está más viva que nunca y ni siquiera ella piensa en lo que siempre ha
sabido, más conciente que nuestra mente en no olvidar la futilidad y la
vulnerabilidad de la sustancia del hombre. Las promesas hechas en consonancia
con el amor se evaden concientemente
de la presencia de los gusanos, sabe y finge que no los ve, y por un tiempo la
comedia funciona. Pero llega un día, un domingo soleado, cuando Dios es hecho
presencia en la jactanciosa trivialidad de los ritos cristianos, en que alguien
interrumpe su paso y se detiene para ya no moverse, hecha esa persona carne y
huesos, lo cual fue siempre, pero moldeada por la forma del espíritu, alma,
sustancia o como quiera llamársele. Ya no es nada más que un pedazo de carne,
ni siquiera un cuerpo, porque hasta un cuerpo requiere y necesita del concepto
de persona, del recuerdo de quien lo ha visto moverse y hablar alguna vez.
Ya no
cuerpo, ya no Alma.
Mi alma, dijo Mateo en voz tan baja que
los otros ni siquiera se dieron cuenta, menos ahora que Márquez había encendido
la radio.
-Walter… –
lo recombinó Ruiz.
-Perdón…
-No
importa, dejá la radio, así me distrae…-dijo Ibáñez.
Entonces
Márquez movió el dial hasta hallar un noticiero. Luego de la consabida marcha
militar, otro comunicado por red nacional. Nada nuevo bajo el sol, los
habituales informes diciendo que apenas unos pocos incidentes han molestado el
traspaso al nuevo gobierno. Algunas manifestaciones aisladas en Córdoba, otras
en Tucumán, varios encarcelados, unos cuantos heridos sin gravedad. ¿Muertos?
Tal vez, o seguramente, pero de eso no se informaba nada todavía.
-Cambiá…
Walter
volvió a girar el dial. Música.
-Dejá eso
–dijo Ibáñez. Reconoció otra de las Danzas
de
Abrió la
ventanilla y respiró profundo el aire que llegaba a bocanadas contra su cara.
Se abrió los botones de la camisa y sacó la cabeza. Ruiz lo agarró de un
hombro, pero él no le hizo caso. Estaba llorando, tal vez, o sentía náuseas,
quizá. Lo más probable fuese que se tratara de ambas cosas, porque la canción
lo estremecía. Él, prisionero de la burocracia primero, luego de un régimen que
descendía desde las altas esferas con el poder de las armas, luego prisionero
de un trabajo que le había hecho perder la sensibilidad y olvidar que los
cuerpos de los otros son nuestros mismos cuerpos. Finalmente, prisionero de una
ausencia, y eso era lo único que no se podía remediar. Una presencia o una
barrera son siempre eliminables, pero cómo deshacernos de una ausencia, cómo
sacarnos de encima la nada cuando ella misma es la causa, la forma y el motivo
de nuestra cárcel.
La música y
la voz de la soprano se confundían con el silbido de la brisa dominical
agigantada en un viento extraño y frío por mérito de la velocidad del auto y el
escozor del miedo y la angustia. La transpiración de la carne es el mejor signo
de la vida, más que un latido o un movimiento, porque éstos pueden ser resacas.
Pero la transpiración es la traducción exacta de que un cuerpo respira y sufre
el cálido rasguño de la sangre.
Por eso, a
pesar del dolor que la música le hacía revivir, él se sintió mejor. Llorar
ahora era mejor y más sincero que hace un rato, frente a su esposa muerta. Ante
los muertos se llora, a veces, por compromiso, otras por impresión. Pero llorar
lejos de ellos es comenzar a darnos cuento que la ausencia no es meramente una
palabra, sino un mundo que se está instalando alrededor nuestro sin pedirnos
permiso, un mundo que no sólo está cambiando sino que se asienta con toda su
brutalidad y su prepotencia. Abusando de su tamaño y de su fuerza, haciendo uso
de las armas del miedo, estableciendo leyes nuevas y arbitrarias. Empequeñeciendo
el mundo que conocimos, desarmándolo, convirtiéndolo en fragmentos hasta que
deja de ser un mundo -un cuerpo-, para pasar a llamarse con todos los nombres
que merecen los restos de la carne.
En la
puerta del hotel, se acordaron de Ansaldi. Lo habían visto un par de veces por
los pasillos del hospital. Casi una hora antes Ruiz lo vio salir con el
sobrino. Ya debía estar en el hotel, así que Márquez dejó el auto estacionado
junto a la acera y Ruiz ayudó a Ibáñez a salir del auto, porque Mateo se había
quedado sentado después de haber estacionado, mirando por la ventanilla hacia
donde no había más que las baldosas de las veredas y la pared del hotel.
Los tres
encontraron a Dergan en la vereda con el chico en brazos. Se notaba agitado y
transpirado.
-¿A dónde
fuiste con mi hijo? - preguntó Mateo, despertando de pronto de su
ensimismamiento. Le sacó a Blas de los brazos y
abrazó a su hijo, lo besó varias veces con desesperación.
Dergan
comenzó a balbucear un pésame por lo de Alma, pero Mateo no lo dejó terminar.
-¿A dónde
lo llevaste?
-A dar
un paseo, nada más.- No tenía sentido dar explicaciones para lo que él mismo no
sabía explicarse.
-Mamá se
murió…-oyeron decir, de pronto, a Blas.
Mateo
escuchó esas palabras de su hijo con una sorpresa grande como enorme era el
hecho que expresaban. Pero como no tenía palabras ni respuestas acordes al
dolor que engendra esa vergüenza frente a los que amamos, se dedicó a dirigir
su furia hacia Dergan.
-¿Cómo te
atreviste a decírselo? Soy yo el que tenía que hacerlo, maldito hijo de
puta.-Mateo se enfrentó a Mauricio sin soltar a Blas, empujándolo con el pecho.
Ruiz lo
separó, mirando a Dergan con bronca
El
veterinario iba a decir algo, necesitaba defenderse, pero qué diría: ¿que la
hija de una bruja le había dicho a Blas la verdad? Entonces hizo silencio y se
aguantó los insultos.
-¿Cómo
mierda te atreviste, pelotudo? Y además dejaste que se robaran a los perros,
sos un inútil de mierda.
Mateo
caminaba por el vestíbulo nervioso y abrazando a Blas. El chico se había puesto
a llorar al ver así a su padre. Lo asustaban los gritos.
-Los dejé
bajo llave en mi cuarto. A la mañana ya no estaban, pero la puerta seguía
cerrada con llave –intentó Mauricio una explicación.
Mateo no
parecía querer escuchar razones.
-¿Entonces
por qué no te quedaste cuidándolos?
-Porque
tenía que cuidar a tu hijo, o querías que él y los perros durmieran en la misma
habitación.
Ibáñez no
respondió. Dergan creyó recuperan puntos a favor y se enfrentó a Ruiz.
-¿Y vos por
qué no le dijiste que ya conocías a los perros? Sabés que son los mismos.
Ruiz miró
a ambos, desconcertado al principio.
-¿Los
mismos de cuándo? –preguntó Ibáñez.
-Mirá,
Mateo. Hace algún tiempo vi unos perros parecidos en el pueblo de mi mujer. Me
parecieron raros, pero no creí importante mencionarlo ahora.
-¿Sabías
que eran tan peligrosos y no dijiste nada? Alma podría estar viva ahora si no
la hubiera dejado sola.
-Fuiste
vos el que los trajo a ambos, nosotros vinimos sin familia –dijo Ruiz.
Ibáñez lo
miró no con rencor sino como un condenado. Dergan intentó cambiar el tema.
-Ansaldi es
el único que tiene copias de las llaves, él debió llevárselos. No sé por qué,
no tuve ocasión de hablar con él todavía, pero entré a su pieza….- Se calló al
ver entrar al viejo.
-Mi
estimado doctor –dijo Ansaldi, acercándose a Ibáñez.- Le doy mi más sincero
pésame por la pérdida irreparable de su encantadora esposa…
-Cállese la
boca…¿Qué hizo con los perros?
Ansaldo
arqueó las cejas y se llevó una mano al pecho.
-¿Cómo
dice?
-No se haga
el estúpido –dijo Mauricio.- Usted sacó los cuerpos de mi cuarto, no se moleste
en mentir.
El sobrino
apareció desde la cocina con platos en las manos. El viejo le hizo una señal de
que se fuera. El chico llevaba una mano vendada y estaba pálido. Ruiz se le
acercó y le revisó los ojos.
-¿Está
seguro que le dieron el alta?
-Está acá,
¿no? –contestó el viejo, olvidando su retórica.
-Eso no me
dice nada, se pueden haber fugado del hospital. Este chico no está bien, voy a
llamar para confirmar.
Ansaldi lo
detuvo cuando iba hacia el teléfono.
-Doctor,
Manuel se recuperará solo, y yo necesito ayuda en el hotel.
Ruiz se
desprendió y tomó el teléfono. Dergan se acercó.
-Usted
esconde muchas cosas, viejo. Va a tener que dar explicaciones. ¿A dónde llevó
los cuerpos?
Ibáñez
dejó a Blas en el sofá y le hizo una señal a Walter de que lo cuidara. Luego,
fue adonde estaban los otros y repitió la pregunta de Dergan. Como no obtuvo
respuesta, agarró al viejo de la ropa y lo sacudió. Nadie hizo nada por
detenerlo, excepto su sobrino. El chico dijo, justo antes de desmayarse entre
una pila de platos rotos:
-Valverde.
Ibáñez no
soltó al viejo mientras Dergan y Ruiz iban a ayudar al chico, pero éste ya
estaba inconciente.
-¿Quién es
Valverde?
-El
farmacéutico, Mateo. Ruiz y yo lo conocemos de nuestro pueblo.
-¿Y para
qué quiere a los perros?
Ambos se
miraron. Ibáñez estaba cansado de esas
miradas cómplices.
-Ustedes me
ocultan cosas y mi familia se muere, ya estoy harto. Voy yo mismo a averiguar
con ese tipo.
Ruiz le
dijo:
-Mateo,
por favor, esperá que te acompañamos. Valverde es un tipo raro. Ya lo conozco
de mi pueblo...
-¿Para qué
quiere a los perros? –insistió Ibáñez en preguntarle al viejo.
Ansaldi se
acomodó la ropa, como si recuperara la dignidad perdida.
-Al fin de
cuentas, es su padre –contestó.
Walter se
quedó cuidando a Blas. Dergan llevó otra vez al chico al hospital, en el auto
de Márquez. Bernardo y Mateo salieron caminando hacia la farmacia de Gustavo
Valverde.
Eran las
tres de la tarde.
11
Ibáñez caminaba tan rápido que Ruiz apenas alcanzaba a
seguirle el paso. Decidió retenerlo de un brazo para darse un respiro.
-Pará un
poco, por favor. Pensá lo que vas a hacer.
Mateo lo
miró con bronca.
-Lo que
tenía que haber hecho es haber matado a ese viejo.
Mateo
recordaba esos ojos al escucharlo decir que Valverde era el padre de los
perros. Cuando todos se separaron, había visto a Ansaldi quedarse parado e
inconmovible, como si ese hotel fuese algo más que su hogar, tal vez un sitio
de permanencia a lo largo ya no de años, sino de siglos. Era absurdo pensar tal
cosa, pero el viejo le había dado la impresión de ser tan longevo como una
roca.
-¿Y qué
vas a decirle a Valverde si te niega tener a los perros?
-A lo
mejor ya los disecó o los quemó, quien sabe. Si lo que me dijiste es verdad el
tipo está chiflado.
-Lo está,
pero no deja de ser inteligente. Fuimos juntos a la primaria, pero ya era el
mejor en la escuela. Me superaba en todo, y eso que su familia no tenía plata
para comprar libros.
-¿Y cuándo
estudió farmacia?
-Creo que
nunca, pero en el barrio eso no importa.
Llegaron a
la farmacia, que estaba cerrada. Era justo en una esquina frente a la plaza.
Tenía una puerta antigua de dos hojas estrechas, de metal y vidrio. La fachada
central era alta, con un arco modelado en yeso. A un costado había un baldío y
al otro una casa particular. Ibáñez golpeó la puerta varias veces, y el ruido
resonó por las calles silenciosas de aquel domingo por la tarde. Un par de
perros se pusieron a ladrar, pero eran simplemente perros vagabundos e inofensivos,
despertados de su siesta en el umbral de una casa.
-¡Valverde! –gritó Mateo.
Ruiz, que
ya conocía el lugar, hizo a un lado a Ibáñez con tranquilidad y tocó el timbre.
Dos minutos después se abrió la puerta. Un hombre de estatura mediana, joven,
de cabello castaño abundante y ojos verdes preguntó:
-Doctor
Ruiz, ¿qué es lo que pasa?, ¿alguna urgencia?
-Sí, pero
no del tipo que usted piensa.
Ibáñez ya
había entrado rozando al Valverde, casi sin prestarle atención. Se había puesto
a buscar con la mirada en la penumbra de la farmacia. Las ventanas estaban
cerradas.
-Él es el
doctor Ibáñez. Viene a estudiar lo de los perros salvajes.
-Ah –dijo
Valverde, pasándose una mano por el pelo y restregándose los ojos. Debía haber
estado durmiendo la siesta, quizá, pero los ojos lucían más cansados que
soñolientos. Lo más probable era que estuviese estudiando en su microscopio, o
seguramente disecando, pensó Ruiz.
Gustavo
Valverde había dejado la puerta abierta y la luz del sol permitía ver sus manos
y sus ojos con extraña distinción. Ruiz siguió el movimiento de las manos, que
se limpiaba en el delantal celeste, que estaba sucio. Era difícil distinguir
una aroma del otro en aquella farmacia, los olores inconfundibles solían allí
confundirse por el encierro. ¿Había olor a formol, si no se equivocaba? Vio que
Ibáñez también levantaba la cabeza un poco, como todos hacemos, como también lo
hacen los perros, cuando olfateamos algo. Se dio cuenta que Mateo iba a hablar,
pero no confiaba en su amigo en ese estado. Le hizo una señal y se puso a
hablar antes que él.
-Valverde,
esos perros mataron a la esposa del doctor. Usted comprenderá que es una
tragedia que mi amigo no está dispuesto a pasar por alto. Está enojado, y
espero que entienda nuestra irrupción.
Ibáñez se
preguntó por qué tanta amabilidad con ese tipo. Quién era sino más que un
fraude.
-Anoche desaparecieron
los cuerpos de los perros que matamos. Ansaldi reconoció que usted los tiene.
Valverde
cerró la puerta. Sin responder, caminó casi en la oscuridad hasta un pasillo
desde donde llegaba una luz muy tenue, proveniente de alguna de las
habitaciones.
-Pasen por
acá, doctores –dijo, señalando el pasillo.
Mateo y
Bernardo pasaron junto a él. Había olor a formol claramente discernible, y cada
vez se hacía más fuerte a medida que avanzaban. Fueron sólo unos pocos metros,
y en la última puerta, que estaba abierta, vieron un laboratorio. Valverde los
seguía, pero luego se les adelantó pasando entre ellos y la pared del pasillo y
entró primero.
-Este es mi
lugar de trabajo.
Se quedaron
sorprendidos de ver aquel lugar tan completo en instrumental y equipo médico.
Había una pileta con formol, una mesa de disección, un lavatorio con cajas de
metal llenas de pinzas, tijeras y bisturís. De las paredes colgaban
reproducciones de los dibujos de Vesalio, y muchas otras láminas anatómicas.
Sobre una pared había una biblioteca que llegaba hsta el techo. No había
ventanas, y a Ibáñez se le ocurrió que quizá la biblioteca estaba tapiándolas.
Sólo una gran lámpara colgaba del techo, suficiente para toda la habitación.
Varios ganchos servían de perchero para delantales de goma y guardapolvos.
Había tachos de lata de cuyos bordes colgaban pedazos de piel con tejido graso,
oscuro y amarillento. Sobre la mesa de disección estaba uno de los perros. Era,
tal vez, uno de los animales que había matado a Alma.
-Como ve,
doctor Ruiz, Ansaldi les dijo la verdad. Me llamó por teléfono anoche y me dijo
que fuera al hotel. Cuando llegué, me hizo esperar en el vestíbulo. Lo vi
subir, y después de un rato regresó arrastrando una bolsa. La abrí y vi a los
perros.
-¿Pero qué
tiene usted que ver con ellos? –preguntó Mateo.
-Son míos,
doctor. Bueno, yo los creé, por lo menos a los primeros. Luego ellos se han
reproducido por su cuenta.
-¿Quiere
decir que usted provocó ese mestizaje?
-Así es,
doctor Ibáñez. Déjeme contarle toda la historia, si quiere.- Se dio cuenta que
Ibáñez estaba impaciente, y agregó:- Me imagino lo que usted debe estar
pasando, pero para que entienda tengo que tomarme mi tiempo.
Ruiz creyó
mejor decir algo también para convencerlo:
-Mateo, hoy
es domingo, hasta mañana no van a tocar a Alma, y a lo mejor lo que nos dice
Valverde puede evitarlo.
Ibáñez
cedió. Valverde fue a buscar dos taburetes y se sentaron alrededor de la mesa
de disección. La lámpara iluminaba con una tonalidad artificiosa el cadáver del
perro. El farmacéutico ya había despellejado al animal y había llegado a
disecar las capas musculares. Entonces empezó a contar desde el principio, la
historia de los perros ciegos.
12
Cuando uno todavía es un chico, y su padre se le muere
en sus brazos, hay algo que empieza a engendrarse en ese momento. Yo tuve a mi
padre acostado sobre mis piernas. Mis piernas cansadas luego de dragar durante
horas en la laguna, de músculos agotados luego de nadar en busca del cuchillo
con que debía abrir la herida de la picadura para drenar el veneno. Veneno de
alacrán.
Fue en la
orilla donde el alacrán picó a mi padre en una mano. Pocos minutos antes
habíamos estado hablando, preguntándonos de dónde venía la vida. Él me había
dicho que del agua, pero olvidó, o quizá no sabía, que en la zona intermedia en
la que nos hallábamos, a semejanza de un estado intermedio en el desarrollo de
los seres vivos, los que allí viven no son nada más que intentos fallidos,
experimentos abortados y engendros que muchas veces resultan difíciles de
matar. Pero sobre todo su peligro consiste en el engaño y la hipócrita
pasividad. Son alimañas horribles, pero su pequeño tamaño en relación al hombre
logra confundir a los tontos y a los distraídos.
Eso éramos
nosotros, a pesar de haber vivido mi padre en esta zona toda su vida. En la
orilla de esa laguna había estado viendo nacer y morir generaciones de estos
seres que agarraba con las manos y arrojaba a un lado para que no lo
molestasen. Si debía matarlos, lo hacía, si podía evitarlo, mejor. Cangrejos,
cuyas tenazas pequeñas apenas producían un pellizco que nos hacía reír,
tortugas, a las que dábamos vuelta para verlas patalear panza arriba con esa
lentitud tan exasperante. Y alacranes. No se dejaban ver demasiado
frecuentemente, así como nosotros nos alejábamos de ellos, ellos también
intentaban evitarnos. Pero ese atardecer mi padre no había decidido, o había
olvidado, la hora de terminar nuestro trabajo. Estaba con la espalda torcida,
dolorido y una expresión de sueño y hambre. Sin embargo siguió dragando,
mientras yo lo ayudaba como podía. ¿Por qué dejó pasar la hora del poniente? Ya
la luna se asomaba sobre los álamos y se reflejaba en las aguas que mi padre
agitaba creando círculos de la nada, del punto cero de su propio mundo, del
centro de sus manos como si fuesen un núcleo de poder más grande que el de
Dios. Yo no sé si Dios tiene manos, o si es incorpóreo como dicen, ¿entonces
cómo creó el mundo? Un poder debe estar concentrado en algo, debe tener un
continente que evite su dispersión. Las manos de mi padre, por ejemplo.
De ellas
yo veía nacer los círculos de agua que crecían y se reproducían, hasta hacerse
tan grandes y lentos como hombres viejos. Los ancianos de las aguas son como
hombres viejos, abarcan tantos años que se les escapan de las manos. Incluyen
dentro de su circunferencia tanta animosidad y tanto contenido múltiple, que
sus fuerzas se agotan y finalmente mueren siendo nada, sólo aguas tranquilas,
tan iguales a como lo fueron en aquel lejano centro de su origen. Antes de que
las manos de mi padre se sumergieran en ellas.
A veces,
Dios se equivoca, se introduce en una trampa que el hombre le ha preparado. Y
si Dios cae como una rata, incapaz de demostrar quién es, cómo mi padre no iba
también a equivocarse e introducir sus manos en aquel sitio donde, según me
diría muy poco después y antes de morir, había un montículo de fango que creyó
necesario limpiar, porque para eso le pagaban los dueños del lugar. Mientras
más metros cuadrados librase de obstáculos, más obtendría para su familia. Ese
montículo era el último de la noche, y fue a descubrirlo justo un instante
antes de abandonar el trabajo.
-Iba a
decirte que nos fuéramos, y justo lo vi y me callé, la puta…-me dijo cuando ya
el veneno se estaba distribuyendo por su organismo como la savia por las ramas
de un árbol.
Mi viejo
era un árbol enorme y bello, rústico y fuerte, ancho como los álamos que
rodeaban la laguna y servían de escalones a la luna, alto como los cipreses que
rodeaban nuestra estancia, balanceándose con el viento con una elasticidad
envidiable y conmovedora, fuerte como los robles que crecían a los costados del
camino que llevaba al pueblo, protegiéndonos de la lluvia y el viento sur. Pero
más que todo eso, lo recordaré por su aroma, no su aroma de hombre de campo, su
transpiración y el olor de su pelo sucio y las ropas embarradas, sino ese aroma
que tenía cada noche después de cenar, cuando encendía su pipa vieja antes de
acostarse. El olor de los eucaliptos del bosque adonde él me llevaba los
domingos a caminar, recogiendo las semillas y las hojas caídas, arrancando la
corteza desprendida de los eucaliptos, sintiendo ese olor tan penetrante que
era como dejarse llevar, no hacia lo alto, sino a ras de tierra. Sentirse
arrastrado de narices sobre la tierra húmeda cubierta de hojas verdes o marrones,
alargadas, formando un colchón más confortable que el de mi propia casa.
Ya dije
que no creo en Dios, pero hubo veces que sentí no la idea sino su presencia.
Esos domingos en el bosque de eucaliptos, fue una de ellas.
Pero si
Dios se esfuma tan rápidamente de la vida de las personas, cómo no iba a
hacerlo mi padre, que era apenas un hombre. Más tarde me haría el razonamiento
inverso: si mi padre, siendo un hombre, no logró sostener en pie el ensamblaje
de su cuerpo ni pudo mantener en equilibrio el juicio de su amor por mí, para
que yo no llorara, para que yo no me quebrara como un cántaro vacío en medio de
una tormenta, cómo entonces, el mismísimo Dios, que carece de manos y de
cabeza, del juicio y de la lógica para sobrevivir en esta tierra que él creo
más como una casualidad que como una creación de amor, no iba a dejar caer en
el barro de los cielos negros de esa noche toda la estructura de su propia
existencia, de toda la sinrazón con que los teólogos creen que Dios necesita
construir la idiota lógica inmutable de sus desvaríos. Los caprichos de un
chico que mata sin darse cuenta son más entendibles, más humanos que los hechos
que se le adjudican a Dios.
Si mi
padre se estaba muriendo en mis brazos, me decía yo, entonces el mundo se
hundiría esa misma noche en el fango hecho de tierra y carne, de agua y
lágrimas, de sangre y veneno, todo mezclado en un mortero en el que alguna
bruja, quizá, ha trabajado día y noche por mucho tiempo, moldeando la sustancia
que seríamos mi padre y yo, diseñando la arquitectura de esa noche, la
ingeniería de la luna columpiándose tan asombrosamente como lo ha hecho desde
el principio de los tiempos. Soñando el entramado de secuencias: mi padre en el
trabajo, sus pequeñas decisiones, los montículos sobre los que ponía la vista,
el dejar ahora o después su tarea. Y al mismo tiempo las secuencias y acciones
del alacrán, acercándose, alejándose, finalmente defendiéndose al atacar una
mano de un hombre tan inocente como la huella de una mosca sobre esa misma luna
que nos estaba observando.
Luego el
grito de mi padre, su desgarrado dolor al estremecerme como si el grito fuese
viento frío o una pinza invisible que me retorcía el estómago. Cuando levanté
la vista, él se estaba agarrando la mano herida con la otra, apretando ambas
contra el cuerpo, mientras caía sentado sobre el barro. Intentó contener el
grito al verme, atenuarlo fue lo único que logró.
-¡Papá!-dije al agarrarlo, yo lo había visto todo, menos el alacrán
hundido en el agua.
Luego me
tocó a mí gritar, Pero el grito de un chico suele ser agudo y puede confundirse
con el mismo miedo de lo que está viendo: su padre deshecho de dolor, e
intentando hablar, diciéndole que busque algo. Sí, quiere que busque el
cuchillo. Y yo, con la picadura del alacrán en uno de mis pies, me interné en
las barrosas aguas. Fue todo eso nada más que inútil. Lo sabía desde el
principio, pero no podía decírselo a él. Mientras buscaba, me reprochaba no
tener la valentía de dejar esa tarea y acompañarlo hasta que muriera. Me sabía
asustado, conciente de que me alejaba porque tenía miedo a verlo morir, y la
obediencia era una buena excusa para hacerlo. Él, más tarde así lo pensé,
probablemente ya sabía de antemano que no encontraría el cuchillo, y me había
hecho alejarme para evitarme la pena, por lo menos inmediata, de su muerte.
Fuera como
fuese, regresé a su lado, hastiado del agua sucia y el barro. Mi padre seguí
vivo. Me senté y le acomodé la cabeza sobre mis piernas estiradas. Yo lo
acariciaba, avergonzado de que mis manos temblaran. Por un momento, lo vi girar
la mirada hacia mis pies, entonces los escondí en el barro. No me dolía para
nada la picadura, casi la había olvidado, pero me pregunté cuándo empezaría a
afectarme. En mi viejo el efecto había sido inmediato. Tal vez, al picarme a
mí, le quedara poco veneno, o a lo mejor fuese porque una mano está más cerca
del corazón que un pie. Dispuesto a esperar toda la noche, fui testigo de la
lenta cesación del respirar de mi padre. Parecía hundirse aunque su cuerpo
siguiera allí. Como si el aire de su pecho lo hubiese mantenido erguido y en
pie mientras estaba sano, y como un globo que se va desinflando de a poco, su
cuerpo ahora se inclinaba con leves temblores y un sonido muy semejante a un
soplido, que no parecía venir de él sino de un sitio más lejano. Levanté la
vista al cielo y vi la luna, porosa, reflejándose en las aguas de la laguna,
deformándose, fragmentándose igual que debía estar sucediendo con el alma de mi
padre.
Cuando
volví a mirarlo, ya no respiraba, y su rostro era una curtida máscara de piedad
y de bondad, de barba crecida y sucia, marcada con los surcos que sus lágrimas
habían creado igual que caminos zigzagueantes entre los desfiladeros de sus
arrugas precoces. Una cara cuyos ojos, de párpados abiertos a pesar de la muerte,
eran bálsamos plateados igual al agua que venía a morir en pequeñas olas a la
orilla. El agua que venía a buscarlo, reclamando, como una diosa resentida, los
hijos que la yerta y envidiosa tierra le había arrebatado.
Llegó la
mañana cuando mis ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra de los ojos
entornados, a esa sombra que de pronto se ha ido sin despedirse, esa piadosa
sombra amiga que envuelve con las manos tibias del consuelo y la mansedumbre.
Creo haber visto la cara de la oscuridad, creo haber visto sus dientes blancos
como el hielo del ártico. Pero los labios se cerraron y sólo quedó el frío
transformado en rocío matutino, creando un sol pequeño todavía, surgiendo desde
los pantanos más allá del mundo conocido. Yo tenía a mi padre muerto sobre mis
muslos, aún los párpados abiertos, como si estuviese ansioso por el ver el sol
que nacía. Los cerré con violencia, asustado de esos ojos tan claros y casi
blancos como los dientes de una sombra. Vi venir, a lo lejos, a mi madre, su
cuerpo voluminoso esforzándose por llegar a un paso intermedio entre la
caminata rápida y la carrera. Podía sentir su respirar agitado, ver su cara
transpirada, la expresión preocupada y una mueca de precoz reproche en sus
labios. Toda una economía de recursos para los vastos pensamientos de
posibilidades que debía estar esgrimiendo su mente en esos momentos.
Esa tarde y
la noche siguiente, velaron a mi viejo. Lo enterramos en la mañana del otro
día. Vinieron muchos a despedirlo. Todos preguntaban por mi pie, y los escuché
cuchichear frases ininteligibles. El doctor Ruiz, padre, me obligó a guardar
cama por unos días, esperando verme enfermar. Sin embargo, no tuve ni siquiera
fiebre. La inflamación de la herida fue cediendo hasta quedar sólo un piquete
morado que también desapareció poco después. El doctor me dijo, cuando me
permitió levantarme, que tuve suerte, pero las viejas vecinas del pueblo
comenzaron a decir que yo era una especie de brujo. Según ellas, debía estar
muerto, pero estaba jugando y caminando como si nada me hubiese pasado. No
extrañé asistir al funeral de mi padre, yo ya lo había honrado durante toda
aquella noche en la laguna. No me vieron llorar, porque no lo hice. Cuando no
hay nada dentro de uno, de la nada surge la nada, porque yo no tenía las manos
poderosas de mi padre. En eso me parezco a Dios. Soy un cuerpo hueco con una
reseca cobertura de hombre.
Y como un
dios fortuito, un dios mendigo que pasea su vida por las calles del ensueño,
pensando en un pasado inexistente que proyecta al porvenir, yo crecí inventando
poemas de naturaleza. Poemas científicos sin la ciencia convencional. Sabía que
algo me había pasado: yo era un sobreviviente por alguna causa en especial. No
la conocía, pero sí fui conciente de la agudeza de mi mente. Soy hijo único de
padres no más inteligentes que la mediocre medianía de las personas. No
adjudiqué mi descubierta habilidad a factores sobrenaturales ni misteriosos,
sólo al veneno de un alacrán. La química es un dios, sin duda. Una ciencia que
abarca la alquimia de los magos y las rigurosas, arbitrarias leyes de los
científicos de guardapolvo blanco. Yo he tomado de cada una los valores que
consideré mejores, y me dispuse a crear en vivo lo que ya mi mente había
diseñado por los vertiginosos desfiladeros de la imaginación.
Déjenme
explicarlo mejor, si puedo. No me considero un genio, ni ahora ni en aquel
entonces. Pero en esa época era joven, y mi jactancia, enfrentada al rechazo de
los demás, que me consideraban raro y solitario, se vio reforzada en su
orgullo, como típicamente se dice: en una torre de marfil. Mi torre era de
paredes de adobe y a ras del suelo, pero yo lograba ver mucho más que los
demás. Por ejemplo, que las especies son simplemente variaciones de un mismo
origen, ramas que se han ido dividiendo y diversificando, amalgamándose muchas
veces para desistir de esas uniones transitorias y fallidas. La naturaleza
también experimenta y se equivoca; por qué no, entonces, yo no podía intentarlo
sin riesgos ni culpa. Los monstruos pueden matarse y enterrarse, cuando yo me
equivocase, haría lo mismo. Nadie más que yo sabría de ellos, y únicamente los
daría a conocer cuando fuesen exitosos.
Pero qué
me llevaba a todo esto, se preguntarán. Por un lado, la necesidad. Como algunos
sienten la pulsión imperiosa del sexo, yo necesitaba inventar, crear, en
realidad, porque ya hace mucho que dejé de usar aquel eufemismo con que
pretendía subestimar mi talento. Así como algunos escriben y otros pintan para
expresar algo, para sacarse de encima una idea que hiere como el roce de una
piedra sobre una llaga, yo tenía que hacer esto.
Sin
embargo, la principal razón, la que yo consideraba desde todo punto de vista la
más lógica, era la necesidad de prolongar la vida. Viendo a mi viejo esa noche
acostado en la orilla, sintiendo que la vida se le iba irremediablemente, yo
imaginé, por primera vez en mi vida, lo que me llevaría a estos límites en los
que ahora estoy. Suspender la muerte, por lo menos eso, me dije. Si pudiese
detener la muerte así como se puede detener la vida, estaría satisfecho.
Entonces leí todo lo que pude, pregunté al viejo doctor Ruiz, a las comadronas
que encontraba en el pueblo, a los veterinarios, a todos aquellos que de un
modo u otro habían visto cómo la vida nace y muere. Hasta pregunté en el
cementerio a los sepultureros, que me llevaron a ver a los hombres que
maquillan a los muertos, que amortajan los cadáveres antes de cerrar la tapa de
los ataúdes y enterrarlos. Ellos saben que hay una zona donde la muerte todavía
está indecisa, donde se ha instalado pero desconoce el barrio al que se ha
mudado. Es una muerte nueva, desconoce las calles y se siente tímida. Alguien,
con la suficiente fuerza y la inteligencia necesaria, podría atraparla,
engañarla cuando se asome a la puerta de su nueva casa, y entonces expulsarla
luego de haberla violado sobre la cama de aquel recién muerto, en la que ella
ha asentado su figura de piedra blanda, sus miembros hechos de hoces quebradas,
sus manos dulces como el acre sabor de un cuerpo descompuesto.
Arreglé
una choza vieja en medio del bosque. Traje animales, sacrifiqué algunos,
experimenté con la sangre. Hice mezclas, sumergí los cuerpos en piletas que
eran como caldos de cultivo para la vida. Y luego de varios meses ellos
crecieron, algunos extrañamente deformes pero nuevos, tanto como para que el
mismo Dios me envidiase. Cuando saqué el primer ejemplar de aquella choza
vieja, y lo llevé al pueblo, no me entendieron. Comenzaron a hablar mal de mí,
y mi madre llegó a pedirme que me fuera del pueblo, porque la gente iba a
llamar a los gendarmes. Ellos vinieron a buscarme, y las criaturas intentaron
protegerme, pero las mataron a todas, excepto a una.
Rosa, que
era mi novia en ese entonces, se fue conmigo y vinimos a esta ciudad. Trajimos
a la criatura con nosotros. Rosa está enferma desde entonces, el animal le
mordió una mano. Tal vez tengan que amputársela, y ante mi fracaso para curarla,
me he dado cuenta que todo este tiempo ha sido un prólogo estéril. Prolífico en
criaturas pero inútil en resultados. Ellas han empezado a aparecer en las
calles de
Mi mujer
se irá alguna vez como se fue mi padre. Así que yo me he propuesto una tarea
cuyo fracaso conozco de antemano: prolongar la vida de los seres que se van de
mi lado. Mi padre, mi esposa. Y lo que queda, como un resto de sabor amargo en
la boca luego de una noche de ebriedad, es una música que acompaña la resaca de
los años, hasta convertirse en un monótono organillo de calesita, girando y
girando, hasta transformar la fuerza centrípeta en su contrario, atrayendo las
fuerzas del mundo para cometer un solo acto, una sola gran actuación, un
espectáculo de feria de ciencias en una plaza de pueblo. Esos pueblos donde los
perros son los únicos dueños porque habitan las calles con su ladrido, donde
sólo se sabe que todavía hay alguien vivo, porque ellos, los perros, anuncian
con su aullido acongojado que aún hay alguien que respira.
13
-Vamos, doctor Ibáñez. Estudie usted mismo a estos
perros.
Valverde lo
invitó a sentarse frente a la mesa de disección. Ibáñez, que lo había estado
escuchando como quien oye a un contador de historias, casi a un trovador no
dedicado a los romances sino a historias fantásticas, se levantó también,
extrañado de su sumisión, asombrado de que la ira se hubiese agazapado como un
perro con la cola entre las patas. Ahora sólo prevalecía la curiosidad y la
sorpresa.
-Mire,
doctor –dijo Valverde, separando la piel del animal con dos pinzas. Ya había
estado trabajando todo el día, y casi todo el pellejo estaba desprendido. La
capa de tejido adiposo no era blanca sino amarilla. Valverde tomó el bisturí y
lo hundió en la grasa hasta tocar la aponeurosis. Metió la tijera y cortó.
Luego, las capas musculares quedaron libres. Le ofreció las tijeras a Ibáñez,
diciendo:
-Conozco
su renombre, doctor, es usted un profesional. Sería un honor para mí que me
aconsejara.
Ibáñez se
puso los guantes e hizo una incisión en el abdomen del perro. Dejó los
instrumentos y utilizó sus manos. Sintió, al principio, una rigidez extraña,
como si las vísceras se hubiesen endurecido.
Valverde
se dio cuenta de su expresión.
-Cálculos, doctor Ibáñez. Uno de los problemas de estos perros es la
función renal. No viven más de un año porque no metabolizan el calcio. Fíjese
en los huesos.
Ibáñez
disecó los músculos de las patas traseras, llegó al hueso y probó la
consistencia del fémur. Se partió en dos fácilmente.
-No soy
veterinario –dijo Mateo- pero parece que sufren de algo parecido a la
osteogénesis imperfecta de los humanos.
-Pienso lo
mismo, doctor.
-Deberíamos llamar a Dergan…-dijo Ruiz.
Ibáñez
estuvo de acuerdo.
-¿Me
permite el teléfono? –preguntó Ruiz a Valverde.
Ruiz lo
siguió hasta la farmacia. Miró la hora en su reloj de pulsera, eran las ocho de
la noche. No se había dado cuenta de cuántas horas habían estado escuchando la
historia de Valverde. Mauricio debía estar de vuelta en el hotel y llamó. Le
contestó la voz de Ansaldi.
-El doctor Dergan salió de vuelta hace un rato –le informó el viejo.
-Cuando
vuelva, dígale que venga a la farmacia.
-Ya ha ido para allá, doctor.
La voz de
Ansaldi le sonó mucho más joven esta vez, no sólo por el tono, sino por la
forma de hablar. Había una jactancia, un desprecio evidente en esa voz. Si no
lo hubiese reconocido apenas levantó el tubo, habría asegurado que otra persona
había tomado el teléfono en su lugar. En ese momento sonó el timbre. Valverde
pasó a su lado en la oscuridad y abrió la puerta de calle. Había tres personas
afuera. Ruiz escuchó que una le pedía un remedio para el dolor de muelas, y
Valverde regresó dejando la puerta abierta. Sacó un frasco de un estante detrás
del mostrador. Volvió a la puerta y le
entregó el frasco a la mujer.
-Mañana me
paga… - dijo él, y la mujer se fue agradeciéndole con fervor.
Ahora era
un hombre el que hablaba:
-Deme algo
para la constipación, por favor.
Valverde
volvió a buscar otro frasco de vidrio verde con una etiqueta indescifrable.
-Tómese
esto, don Casas, pero vaya a ver mañana al doctor.
Ruiz no
pudo más que reírse, y vio cómo Valverde giró la cabeza a un lado con expresión
no avergonzada, sino condescendiente.
La tercera
persona no era un cliente sino Mauricio Dergan.
-Pase, los
doctores lo estaban esperando.
Ruiz
salió a su encuentro.
-El
sobrino de Ansaldi está con mucha fiebre, lo llevan al quirófano esta noche
para limpiarle mejor la herida.
-Estamos disecando a uno de los perros, a lo
mejor sacamos algo en limpio de todo esto.
Ruiz
miró a Valverde con reproche, pero no se atrevió a decir más. Sabía que cuando
Ibáñez saliera de ese estado en el que la historia del farmacéutico lo había
metido, haría mucho más que eso, por lo menos lo esperaba. Porque él, Bernardo
Ruiz, no se consideraba con derecho a hacerlo. No sólo porque su esposa aún
vivía, y eso, para muchos, ya era algo que lo excluía de toda comprensión de lo
que estaba pasando Ibáñez, sino que había algo que lo emparentaba con Valverde.
No lazos de sangre, sino un factor común relacionado con los animales. Gustavo
Valverde parecía comprenderlos de una manera inusual, y ellos tenían la
tendencia a protegerlo, a cobijarse entre sus piernas, a dejarse acariciar por
él y gruñir a cualquier extraño que intentara interponerse. Y Ruiz estaba
sintiendo algo parecido, una especie de lástima, una cierta pena, una clase
especial de amor. Cuando miraba al farmacéutico las muchas veces que le
recriminaba cambiar sus recetas o dar remedios a sus pacientes sin su
consentimiento, terminaba por dejarse convencer al sentir un estremecimiento en
el estómago. Había cosas que Ruiz creía olvidadas, pero esos espasmos en su
vientre le recordaban que él había dejado de ser como había sido alguna vez,
antes de conocer a su esposa, antes de ir al pueblo de Le coer antique. De allí había salido siendo un hombre a medias, un
hombre habitado por una especie de calidad animal, un hombre que los insectos
habían convertido en hábitat.
Pero nada
de esto pasaba por la cabeza de Ruiz literalmente, sólo lo presentía como se
intuye algo que sabemos remotamente lejano, incorporado a uno mucho tiempo
antes aunque haya ocurrido el día anterior. Cuando las cosas antiguas, los
viejos mitos y las viejas leyendas entran a un cuerpo joven, entregan su
ancestral memoria a las nuevas células. Entonces ocurren episodios, eventos,
donde esa memoria surge no como algo que debamos considerar ajeno y extraño, sino
como una tradición que no necesariamente debe gustarnos, y que sin embargo hay
que cumplir a rajatabla. Y mientras su mente se desenvolvía con fina agudeza en
los laberintos de la realidad cotidiana, sus insectos marchaban como un
ejército, preparándose, entrenándose, reproduciéndose en un campo fértil que
daría sus frutos en algún momento de su vida. No sabía cuándo, y jamás se lo
preguntaría a sí mismo.
Cuando
entraba en la farmacia de Valverde, sentía que su estómago tomaba la forma de
un miedo que no podía clasificar, como si el aroma de los remedios y el olor
del formol desde el fondo de ese ambiente despertaran a los seres que lo
habitaban, así como se despierta a quien se ha desvanecido con un perfume
fuerte o incluso alcohol. Y con el despertar viene el recuerdo, y casi siempre
el dolor.
Se dio
cuenta cómo Dergan miraba a Valverde con desconfianza. Ambos lo precedieron en
el pasillo donde Ibáñez los esperaba. Lo encontraron aún dedicado a disecar.
Era asombrosa esa especie de obsesión que dominaba a Mateo cuando de medicina
se trataba. Parecía haber olvidado la hora, a su mujer muerta, incluso a su
hijo. Pero aquí Ruiz se equivocaba. Lo vio darse vuelta y peguntar:
-¿Cómo está
Blas?
-Bien,
Walter lo cuida. No te preocupes.-Dergan le apoyó una mano en un hombro y le
dedicó una sonrisa.
Mateo no
preguntó más. Volvió a dedicarse al perro. Valverde se colocó otra vez los
guantes.
-Acérquese, doctor Dergan, como veterinario seguro que esto le
interesará.
-Mirá
Mauricio –dijo Ibáñez, indicando el hueso quebrado.-Deformidades similares al
raquitismo y la artrosis degenerativa. –Levantó la vista hacia Valverde, y
preguntó: -¿Cuál fue la falla?
El
farmacéutico se encogió de hombros.
-Una falla
enzimática, seguramente, algún gen defectuoso. Los perros que utilicé para las
cruzas eran mestizos, pero a las crías que obtuve al principio les inyecté
sangre de otras especies.
Mauricio
ahora también exploraba los planos musculares que Ibáñez levantaba con
delicadeza.
-¿De
cuáles? –preguntó.
-De
otros…-dijo Valverde, pero pronto decidió decir algo más, porque de todos modos
su respuesta sería inútil para ellos.- De los otros que creé en el pueblo…
Aquella
imprecisión no pareció molestar a nadie. Valverde sabía convencerlos a todos
con sus ojos claros y su voz serena y calma. Ruiz creía recordar las
habladurías los domingos en su pueblo, incluso su padre le había comentado que
los gendarmes habían perseguido a
Valverde, hasta que luego de una semana lo soltaron y él decidió venirse
a
-Monstruos
–dijo Ruiz.
Valverde
lo miró con rencor, quizá recordando esa misma palabra con que había calificado
a sus criaturas muchas veces. Ruiz no sabía por qué lo había dicho, y un sabor amargo
se le había quedado en la boca, sólo que era como esas escasas ocasiones en que
lo amargo no es un displacer sino un bienvenido cambio, casi un alivio, incluso
una breve salvación.
-Así
decían ellos, pero eran criaturas, cada una de ellas. Como estos perros. Cuando
nació el primero, por lo menos en la forma en que ahora se ven, me lamió la
mano que yo había mojado con leche. Yo era su madre y su padre a la vez.
-¿Hace
mucho que conoce a Ansaldi?
La
pregunta del veterinario cayó como un filo suave sobre la mesa. Nadie se dio
cuenta de la relación con lo que estaban hablando sino recién cuando Valverde
respondió, como al pasar, sin interrumpir su atención sobre la disección que
Ibáñez estaba haciendo.
-Ya estaba
aquí cuando llegué.
-Ah…-dijo
Dergan, como si no estuviese demasiado interesado.
-La
criatura -siguió contando Valverde- tenía nueve meses cuando nació la otra. La
primera era hembra, la segunda, macho. No lo planeé así, simplemente se dio por
las leyes del azar. Lo sé, es una fatal contradicción lo que estoy diciendo,
pero ustedes como médicos deberían estar de acuerdo conmigo. Quizá el doctor
Ibáñez, acostumbrado sin duda a la arquitectura invariable de la anatomía, no
considere al azar como un factor científico. Pero usted, doctor Ruiz, sabe que
hay tantas enfermedades como pacientes existen. Incluso usted, Ibáñez, no podrá
negarme que las variaciones anatómicas confirman lo que yo llamo la ley del
azar.
Mateo
interrumpió su labor y apoyó los codos en la mesa. Quizá pensaba una respuesta,
pero sus ojos parecían en blanco.
-El prisma del corazón humano en la
arquitectura del barroco –recitó.
Bernardo
Ruiz dijo:
-Dios
Santo…
-¿Qué pasa?
-Ese verso
es de Cecilia…
-No sé
dónde lo leí, no me acuerdo, pero me surgió de repente.- Luego volvió a su
tarea sobre el cadáver.
-¿Quién es
Cecilia? –preguntó Dergan.
-Fui mi
novia por algunos años. Era poeta, yo publiqué el año pasado sus poemas,
póstumamente, por supuesto.
Ruiz ahora
confirmaba que ese laboratorio en la farmacia de Valverde era un punto de
cierre, tal vez el punto cero en una circunferencia, o el punto de quiebre
donde el círculo se rompe en un ángulo de pocos grados para convertirse en una
espiral.
-Después,
crucé a los dos. Tuvieron cuatro cachorros. Todos tenían los mismos caracteres
físicos que los padres, pero más armoniosos, como si se estuvieran asentando.
Los padres era lo que ustedes llamarían demasiado feos y deformes. Pero en las
crías esos mismos defectos tenían la peculiaridad de ser parte de ellos desde
siempre. Era una nueva raza.
-¿Por qué
Ansaldi le entregó los perros? –preguntó Dergan.
Esta vez,
Valverde no levantó la vista. Simplemente se tomó su tiempo, y contestó:
-Porque
sabe que yo los creé.
-¿Pero por
qué lo sabe él y no los demás?
-Nos hemos hecho amigos...
-¿Y cómo,
un conserje de hotel, tiene más relación con sus experimentos que, por ejemplo,
el doctor Ruiz?
-Ya le
dije, Ansaldi es mi amigo, no el doctor.
Todos
notaron el cambio en la voz de Valverde. No había enojo, sino frialdad, quizá
crueldad. El enojo es pasión, y la voz del farmacéutico carecía de sentimiento.
-Escuche,
doctor. Cuando las crías llegaron a los tres meses de vida, una de ellas murió.
Nunca pude explicarme qué pasó. En la mañana apareció muerta en su jaula.
Entonces me quedé con tres, y me hallaba así en un círculo sin salida. El
cachorro muerto era el único macho de los cuatro. Tuve que desarrollar otro
igual los padres, que ya habían muerto, pero no podía estar seguro que naciera
macho. Hice dos intentos fallidos, el primero era hembra y había nacido sin
patas traseras, el segundo era un macho de pelo completamente blanco. Yo los
veía dar vueltas en su jaula, intentando decidir qué hacer. Mirando a la hembra
arrastrarse y gemir, no tuve más remedio que agarrarla y ahogarla en la pileta.
Después me dediqué a mirar al macho. No llegaba a tener diez días. Era robusto,
de pelo corto y muy blanco, casi me sentí orgulloso de ese único aspecto.
Caminaba a los tumbos dentro de la jaula, se tropezaba con el bebedero y la
pequeña pelota de trapo que le había dado para jugar. Chocaba con las paredes y
volvía a dar la vuelta hasta chocar con la otra. Yo lo llamaba, pero sólo
respondía cuando me acercaba mucho o cuando lo tocaba. Estaba ciego, me dije, y
además no tenía orejas. Me escuchaba cuando le susurraba cerca de los oídos,
así que no era del todo sordo. Le revisé los ojos con una linterna. Eran
oscuros y completamente ciegos.
Se escuchó
un grito muy suave, que casi parecía susurrado, desde el otro lado del pasillo.
Valverde prestó atención.
-Disculpen, es mi esposa, que me llama.
Salió y
oyeron el abrir y cerrar de una puerta, y entre medio un gemido de mujer, agudo
y ronco al mismo tiempo. Unos segundos después les llegó el olor de la
gangrena, aún más fuerte que el formol y el cadáver del perro. Ruiz, viendo
cómo todo eso afectaba a Mateo, dijo:
-Debería
dejar que yo la viera, por lo menos una vez.
-Si le
amputan la mano, por lo menos puede que le salven la vida –dijo Ibáñez.
-Pero él no
quiere, es como si reconociera su fracaso al haber querido curarla él mismo.
-Quién le
dio permiso para ejercer la medicina, deberíamos denunciarlo, por lo menos
salvaríamos a la mujer –intervino Dergan.
Se encontró
con que Ruiz e Ibáñez lo miraban con encono.
-¿Qué les
pasa a ustedes? ¡Esos perros mataron a tu esposa, Mateo, y ese fue el que los
mandó a la calle!
Ibáñez se
sacó lo guantes y se restregó los ojos. Cuando vieron otra vez su cara, tenía
un brillo de cansancio, una palidez como de cera lustrada que parecía reflejar
la escasa lámpara que colgaba del techo.
-Cuando
salga de acá, mi única labor en los próximos días será matar a todos esos
perros. Que no quede ni uno. Eso es lo que voy a hacer, sin importarme las
personas que se interpongan en mi camino. El que quiera ayudarme, bien, el que
no, fuera de mi vista. Valverde me importa un carajo.
El
farmacéutico estaba en la puerta, desde no sabían cuánto tiempo. Entró como si
no hubiese escuchado nada y se colocó otra vez los guantes.
-Crucé al
macho ciego con las otras hembras –dijo, continuando su relato interrumpido.-
Ellas tuvieron diez crías en total. Cinco machos y cinco hembras. Yo estaba muy
satisfecho, tenía la cantidad exacta para empezar toda una nueva raza. Los
perros eran todos ciegos, sin orejas, cola corta y el mismo color y tipo de
pelo. Comían con ganas y crecían normalmente. Los sacaba al patio de atrás,
porque aún no quería mostrárselos a nadie. Pero un día tuve que hacer un
trámite en el ministerio e iba a cerrar la farmacia, pero Rosa, mi mujer, me
dijo que ella atendería el negocio. No estaba tan mal en ese entonces, la
herida de la mano supuraba pero era suficiente con cubrirla con una venda.
Cuando volví, me extrañó no escuchar los ladridos de los cachorros. Los busqué
por todas partes, hasta que al final le pregunté a Rosa. Ella estaba tirada en
la cama, con fiebre y llorando. Se me escaparon cuando abrí la puerta del
patio, me dijo.
-Así empezó
todo –dijo Dergan.
-Así es,
doctor.
-Pero no
entiendo el motivo de estos experimentos, qué es lo que buscaba. No le voy a
creer si me habla de curiosidad científica y toda esa mierda…
-Ya se lo
dije hace un rato a sus colegas. Vida es lo que busco. Prolongar la vida de mi
esposa, detener su muerte, si no es posible otra cosa.
Dergan se
rió.
-Disculpe,
pero más allá del absurdo, e incluso si fuera posible, no pide poca cosa.
-Ya lo sé.
-¿Y qué
tienen que ver estos perros con evitar la muerte?
-Nada
todavía, por eso me considero un fracasado. Pero un día alguien me dijo que
estos perros, al fin de cuentas, son una forma de vida, también.
Dergan
empezaba a sospechar quién había sido.
-Fue
Ansaldi, ¿no es cierto?
Valverde no
contestó, y continuó:
-De todos
modos, no tenía forma de recuperarlos. Se escondían muy bien, hasta que me di
cuenta que habían empezado a reproducirse entre ellos. La gente que los había
visto decía que eran todos iguales, entonces supuse que los demás perros los
rechazaban.
Tenía una
expresión de triunfo en la cara, pero Dergan se preguntaba si era posible tanto
cinismo. ¿Podía aquel tipo conformarse con haber creado una raza nueva de
perros cuando decía que estaba buscando prolongar la vida humana? Se lo
preguntó, porque no lograba callarse tanta ira, que no estaba seguro de dónde
le surgía. Era una especie de miedo que había nacido en la casa de María
Cortéz, y de la que no lograba deshacerse sino en esa lógica furibunda que estaba
desatando sobre el farmacéutico. El tono y la evidente carga de desprecio
pareció un desafío a Valverde. Éste así lo entendió, y entonces una nueva forma
de ver las cosas transformó la expresión del farmacéutico de la anterior
gentileza a una inconfundible malicia y un aire de irritante superioridad. Sus
ojos verdes tomaron un nuevo significado cuando la sonrisa surgió a
continuación. Y no era una sonrisa ante la cual podían sentirse tranquilos.
Valverde
parecía dudar antes de decir algo más, como si dos fuerzas contrapuestas lo
impulsaran a la vez. El sarcasmo lo impulsaba, tal vez, a contestar cualquier
cosa, la discreción, en cambio, quizá intentara frenar su creciente
irritabilidad. Finalmente, dijo algo que sin duda lo delató a los ojos de los
demás, pero cuando se dio cuenta, no se arrepintió del todo. Esconderse no
siempre es un mérito, y llega el momento en que la verdad, de tan complicada,
forma su propia costra de protección para las mentes débiles. Él así lo
entendía, porqué así había sido siempre. Quién, acaso, lo había entendido en
aquel pueblo de donde tuvo que escapar, quién en esta barrio de
Sabiéndose
ante ingenuos, Valverde contestó:
-La vida es
una prisionera de la carne y de los huesos, ¿no saben eso todavía? La vida no
es un azar más que para la estatura mental de los peones de ajedrez. Crearla
desde la nada es imposible, por eso no hay más Dios que el que los ingenuos
necesitan para alimentarse. Creo haber intentado todo a mi alcance para que
Rosa no muera, pero hasta hace poco no me di cuenta que la vida misma se
transforma sin perder sus características. A veces, necesitamos conformarnos
con ver en la arquitectura de un perro la sustancia íntima de la mujer que
hemos amado.
14
Debían ser las doce de la noche. Hacía casi cuarenta y
ocho horas que no dormía. La noche del sábado apenas había dormitado junto a la
cama de Alma en el hospital. La luz tenue del laboratorio, el olor a formol, a
gangrena, a grasa vieja impregnada en la mesa de mármol, las caras lívidas de
los hombres que lo acompañaban, todo eso le resultaba casi una ensoñación.
Escuchaba sonidos entre los zumbidos de sus oídos cansados, pero no lograba
distinguir si eran los quejidos de Rosa Valverde o los ladridos de los perros
en la calle.
-¿Cómo un
círculo, quiere decir? Los perros son continuación de su esposa, y a su vez
ellos mataron a la mía. Pero no veo cómo ellos pueden ser fragmentos de Alma.
-Déjeme
contarle una leyenda, doctor…
Dergan se
echó a reír en respuesta, sin ironía, como si estuviese escuchando una broma
nada más.
-¿Pero no
ven que nos está tomando el pelo? ¿Dónde está la lógica científica de la que
hacen tanto alarde con sus pacientes? ¡Ruiz, por Dios santo! ¡Despertáte, mi
viejo!
Ruiz
pensaba, en cambio, en el círculo. El ciclo en el que él estaba
involucrado.
Alimentación y hábitat, hábitat y alimentación. Vida, muerte y
resurrección.
Sí, él lo
comprendía. Su amigo Ibáñez comenzaba a descubrir que pertenecía a uno de
aquellos círculos, diferente al suyo, pero al fin de cuentas uno más. Agarró un
brazo de Dergan y le dijo que lo dejara en paz.
Valverde
habló:
-Cuando yo
era chico, mi abuela, la abuela Valverde, me refiero, la mamá de mi padre,
solía contarme una leyenda muy antigua, en las tardes de verano, cuando
anochecía y nos sentábamos al borde del río, mirando el vuelo rasante de los
mosquitos sobre las aguas, o escuchando el croar de las ranas. Los animales se
despiertan, los animales cazan cuando el sol empieza a declinar. Había una vez,
me contaba, un pueblo invadido y masacrado por otro pueblo nómade. Las víctimas
tenían, sin embargo, el apoyo de una poderosa hechicera, así que sus almas
sobrevivieron en los cuerpos de los animales por mucho tiempo. El pueblo
invasor, mientras tanto, iba desarrollando su propia decadencia en manos de un
brujo falso y loco que creía escuchar las voces de los dioses, pero eran nada
más que las voces de los muertos.
Valverde
hizo una pausa, los miró a todos, y satisfecho de la atención que le prestaban,
continuó.
-No hay
más que una clase de muertos, los que desean regresar. Fueron ellos quienes le
hablaban al brujo, creando en su estado de ánimo una necesidad y una especie de
odio que lo llevaba a conducir a su pueblo hacia donde los muertos podrían
robarles los cuerpos. Se produjo una lucha, una gran guerra entre los muertos
asentados en los animales y los otros. Ambos lados querían lo mismo, al fin de
cuentas. Todos querían regresar a la vida.
-No nos
dice nada nuevo, Gustavo. ¿Acaso hay alguien que se conforma con la muerte?
–dijo Ruiz.
-Es
verdad, pero no está ahí el mensaje de mi alegoría, sino en el final de la
historia. En la batalla final, los animales se transformaron en hombres, y los
muertos recuperaron sus cuerpos. Entonces ambos bandos lucharon como simples
hombres de carne y hueso, y como toda carne es mortal, todos murieron
nuevamente. Y todo quedó hecho un páramo seco e inevitable.
-Entonces
por que no dejamos en paz a los muertos, Valverde.
La voz de
Dergan era ahora más amistosa, como si la común desilusión hubiese calmado su
ofuscación. Quizá recordaba que alguna vez le habían contado esa misma leyenda,
que recorría los tiempos y las generaciones metamorfoseando sus características
y mensajes según el lugar y la ocasión, pero siempre firme en los inmutables
hechos de sus principios.
-Porque
todos formamos parte de un círculo, de una rueda que hace girar otro círculo
más grande. Y mi deber es sentir la irremediable necesidad de detener el avance
de la nada, porque no se puede tolerar el pensamiento del cero absoluto, de la
pérdida de todo en la nada. Pensar en ese ya no ser, ¿no los hace a ustedes
agitarse, su corazón no se acelera y sus piernas no sienten la necesidad de
correr, sus manos de buscar, sus ojos de mirar algo más, su mente y su memoria
de levantarse como un monstruo para abarcarlo todo, para encontrar la razón que
atenúe el inmenso miedo? ¿No es el miedo una respuesta si no adecuada, por lo
menos transitoria y bastante satisfactoria por sí misma? La angustia que crece
al borde de ese precipicio de la nada es por lo menos un vestigio, tal vez el
último bastión de la vida.
Se oyó un
nuevo llamado de la mujer de Valverde.
-Para mí,
doctores, cualquier intento es parecido a esa angustia que con el tiempo forma
un manto piadoso, delgado pero con el brillo semejante a una coraza. Para
engaño de esa nada que arremete todos los días, insistente e inclaudicable.
Ruiz lo
comprendía muy bien. Escuchando a Valverde había sentido cómo los insectos
parecían moverse por su cuerpo, reclamando lo que él suponía la terminación de
su vida y la prosecución de su cuerpo como un desecho. ¿Podría ser que los
seres irracionales también tuviesen miedo a la muerte? ¿No es para ellos una
parte más del ciclo de la vida? ¿No será simplemente el instinto el que se
revela? Una guerra, eso es. Valverde lo había dicho bien.
-Venga,
doctor Ibáñez, quisiera que revisara a mi esposa.
Se dirigió
hacia la puerta del laboratorio y esperó a que Mateo lo siguiera. Ruiz estaba
sorprendido.
-Pero si no
me dejó…-empezó a decir, pero resignándose, detuvo a Mateo de un brazo.
-Fijate si
aún la podemos salvar, a lo mejor hay tiempo de llevarla al hospital.
Ibáñez
asintió con la cabeza y se fue con Valverde.
Entraron a
la habitación de Rosa. Estaba oscuro. Ibáñez adivinó una ventana por donde
entraba, entre las varillas de madera torcidas, la escasa luz del alumbrado de
la calle. Se quedó en la puerta, Valverde le había dicho que esperara. Éste
encendió una lámpara de pie cerca de la cama. Fue extraño, pensó más tarde,
cómo el olor surgió cuando la luz se encendió. Era un olor a gangrena demasiado
intenso para no sentirlo aún en la oscuridad. Como si antes de que hubiera luz
no hubiese nada, como si las cosas surgieran, de repente, de la penumbra
absolutamente negra que representa la ausencia de todo lo que los sentidos
pueden captar. Valverde, lo mismo que un dios creador, había dado forma y
contenido a esa habitación. Había, también, creado a esa mujer al dar la luz.
Mateo se
acercó, combatiendo internamente la repugnancia por el olor, más intenso y
repulsivo que el aroma de los cadáveres al que ya estaba acostumbrado. Dejó que
el farmacéutico liberara la mano herida de las vendas sucias y embebidas de un
líquido amarillo y sanguinolento. Entonces vio la mano enferma, hinchada, con
edemas y hematomas en el dorso y la palma, y los dedos deformados. La herida
principal estaba justo debajo del pulgar, de allí salía una secreción fétida y
rosada, a veces francamente amarillo opaca, que Valverde secaba mientras le
hablaba a Rosa, consolándola. Pero ella seguía acostada, con los ojos cerrados,
hundida en el colchón y tapada con las sábanas. Tenía un camisón rosa,
desteñido, con manchas, como si ella se hubiese restregado la mano allí en
varias ocasiones. El pelo oscuro tenía el brillo del sudor, la cara pálida y
los labios secos.
-Tiene
fiebre…
-Intermitente, doctor. Hace semanas que sube y baja. Los antibióticos la
controlan, o la controlaban, debo decir…
-Hay que
llevarla al hospital.
-No hay
nada que hacer, doctor. Usted es al único que le digo la verdad. Pronto va a
dejar de sentir este olor, y otro aroma más bello lo reemplazará. Pero de lo
que quería hablarle no es de esto, que no es sino un estado transitorio, sino
de otra cosa. ¿No nota algo más en la mano?
Ibáñez se
acercó para ver mejor a la luz de la lámpara. La mano estaba tan hinchada que
recién ahora se daba cuenta de que el pulgar no existía.
-¿Se lo
comió el animal que la mordió?
-Una parte
sí, pero el resto, junto con la secreción que salió primero, saliva y pus, fue
alimento de los perros de la segunda camada. Los que no murieron y se
desarrollaron fuertes. Los que escaparon, los que, sospecho, Rosa dejó escapar.
Al fin
comprendía del todo lo que Valverde había querido explicarle con tantas vueltas
y tanta historia en el laboratorio. ¿Quería, acaso, que él hiciese lo mismo con
el cuerpo de Alma? ¿Entregar una parte a los perros para que ella, de esa
forma, viviese para siempre? Como si Blas no fuera la decantación más perfecta
de la existencia de Alma. Entonces recordó lo que los pocos parientes que ambos
tenían habían dicho al nacer su hijo: tan parecido a Mateo, tan igual, que el
chico parecía carecer de legado de mujer. Alma sin descendencia. Alma sólo
amor, agotado en sí mismo como se agota el cuerpo. Alma como un recuerdo remoto
que desaparece sin dejar rastros en la memoria. Sin mención, sin fotografías.
Sólo Blas y su padre, dos hombres como ejes de una caravana en tránsito
permanente. Hombres y fuerza sin sentido, parangones a los lados de una ruta,
con la sola necesidad de una mirada y una presencia como armas, controlando el
paso de los otros, los habitantes débiles y sumisos de una sociedad que avala
el poder y el uso de la violencia como únicos medios, únicos requisitos, para
la tolerancia y el perdón otorgado por decreto por un dios ensimismado en el
color y prestancia de su uniforme. Un dios sentado en una silla tras un
escritorio presidencial, otorgando poderes para que actúen en su nombre, a
ellos, a los hombres que, como Ibáñez, eran el símbolo de la indiferencia, y a
Blas como futuro emblema de una patria exenta de debilidades. Todo apostado a
niños como él, liberados de las excentricidades y la cobardía de la enclenque
sinrazón de una mujer.
-Piénselo,
doctor. Su mujer sobrevivirá con fuerza, y no va a morir jamás. Mientras los
perros se reproduzcan…
Ibáñez miró a Valverde, que
sostenía la mano de su mujer como un rato antes sujetaba el cuerpo del perro,
como una cosa, un objeto de estudio, noble y respetable, pero sin el dolor ni
la piedad correspondiente. Entonces Mateo agarró a Valverde de las solapas del
guardapolvo y lo empujó contra la pared.
-Voy a
matar a esos perros, ¿me entendió? No voy a dejar a ninguno vivo.
El
farmacéutico sonrió, e Ibáñez se dio cuenta que miraba atrás de él, quizá la
mano que había soltado y ahora colgaba de la cama, dejando caer el pus sobre el
piso.
-Sabe
cuántos deben ser ahora...
-Los que
sean, no me voy ir hasta que mate a todos.
-Yo le
ofrezco una especie de eternidad, doctor, y usted me responde con venganza, que
acaso… ¿no es una especie de muerte?
-Usted es
un cadáver, Valverde, por eso no lo entiende.
Mateo
Ibáñez salió al pasillo y trató de orientarse en el vértigo que sintió al dejar
atrás el olor del cuarto. El pasillo, a oscuras como desde la tarde, sólo
dejaba ver la luz del laboratorio. Vio a sus amigos y les dijo:
-Nos vamos.
Dergan y
Ruiz lo siguieron, inquietos por saber que había pasado entre él y el
farmacéutico, pero no le preguntaron nada, ni siquiera cuando ya estaban fuera
y caminaban de regreso al hotel. Eran las dos de la mañana. Ibáñez se detenía
contra las paredes cada pocos metros, sujetándose para no caerse. No había
comido nada desde la noche del sábado, no había dormido en casi dos días.
Dergan y Ruiz lo sostuvieron uno de cada brazo y lo ayudaron a seguir. Sólo
faltaba que aparecieran los perros, pensaron los tres al mismo tiempo, sin
comunicarse ese miedo. Llegaron al hotel y Ansaldi les abrió la puerta.
-Bunas
noches, doctores.
No le
respondieron. Llevaron a Ibáñez a su cuarto, donde Márquez y Blas dormían.
Sacudieron al arquitecto y éste despertó.
-Ya
volvieron, me tienen que contar qué pasó en todo el día.
-Ya te
vamos a contar, pero vamos a acostar a Mateo. Decile al viejo que prepare algo,
un café o un té cargado, con mucha azúcar.
Walter
bajó, pero encontró a Ansaldi entrando a su pieza. Lo llamó, pero no le hizo
caso. El viejo se había despojado de toda la irritante condescendencia con que
los había tratado antes. Ya no debía considerarla necesaria. Fue a la cocina y
preparó un café caliente. En la heladera encontró sándwiches y también los
llevó arriba. Los otros ya habían desnudado y metido a Mateo entre las sábanas.
Estaba dormido.
-Dejálo que
duerma, mañana lo hacemos desayunar bien.
-Mañana va
a ser un día de mil quilombos –dijo Ruiz.- Farías va querer la autopsia de
Alma.
-Pero le
decimos lo de Valverde…
-¿Vos
creés? Conozco al tipo más que vos, Mauricio. Valverde va a hacer desaparecer a
esos perros esta misma noche.
-Pero
entonces que hacemos acá, vamos…
Ruiz lo
detuvo del brazo…
-¿Qué vas a
hacer? ¿Entrar por la fuerza? Estamos en gobierno militar, ahora. Si llamamos
la atención, nos meten presos. Yo intentaría explicarle a Farías primero, si
nos cree.
Dergan
seguía nervioso. Ruiz lo hizo salir de la habitación. Márquez los siguió,
cerrando la puerta y apagando las luces. Ibáñez parecía dormido, pero quizá
escuchó la conversación. No le importó demasiado, porque él, entre sueños,
proyectaba otros planes. Blas estaba a su lado en la cama, no se había
despertado en todo el tiempo desde que habían vuelto.
No escuches
a Valverde, le decía a su hijo en sueños, vos te vas a acordar de mamá. Pero
Blas, pensaba Mateo, no es más que un niño cuya memoria conciente es todavía
tan endeble como un vaso de barro blando y sin forma.
15
Los tres bajaron al comedor y se sentaron alrededor de
la mesa. Walter se ofreció a hacer café para todos.
-Yo tomaría
algo más fuerte…-dijo Mauricio.- ¿Habrá algún licor, coñac, whisky?
-Andá a
saber dónde guarda eso el viejo, yo no tengo ganas ni de verlo de lejos.
-¿Cómo
seguirá el chico?- preguntó Ruiz.- Mañana llamo al hospital a primera hora.
Ahora mejor me voy a dormir.
Se levantó
y se fue, apenas murmurando las buenas noches. Se veía cansado, con ojeras
moradas en la cara pálida, algo encorvado su cuerpo flaco, y se agarraba el
estómago con una mano. Mauricio hizo una mueca de alivio, necesitaba hablar con
Walter a solas. Tenía que pedirle algo, y sabía que Bernardo no entendería. Era
un tipo excelente, pero a veces demasiado rígido con lo que no comprendía o no
estaba de acuerdo, en eso había heredado el carácter de su padre. Era curioso
cómo, a medida que maduraba y el recuerdo de la figura del viejo doctor perdía
influencia, se iba pareciendo cada vez más a él.
Mauricio
buscó bajo el mostrador de la recepción, Walter en las alacenas de la cocina.
-¡Encontré
algo! –dijo Dergan. Era una botella de bourbon. Regresó al comedor observando
la etiqueta. La botella estaba abierta, pero llena todavía hasta los tres
cuartos de su contenido. La puso sobre la mesa y preguntó:
-¿Te gusta
el bourbon?
Walter dudó
antes de contestar.
-Sí y no,
sólo un vaso por la mitad, sino mañana voy a tener resaca.
Trajo dos
vasos de la cocina, Mauricio sirvió para ambos. Cuando se los llevaron a los
labios, Walter tosió y Mauricio se rió como un chico.
-¡La
reputisima madre que te parió! –decía Márquez, él también riéndose ahora.
Mauricio
le sirvió otro vaso, por más que el otro se rehusaba. Luego, Walter volvió a
beber, y lo mismo hizo Dergan. A la tercera copa, Walter sintió un vértigo y se
sujetó a la mesa por más que estaba sentado.
-Dicen que
Hemingway era asiduo al esto, debió tener un hígado grande como una bolsa de
papas de veinte kilos.
-Así murió,
pero nosotros no somos escritores, no vivimos para la posteridad.
Walter lo
miró serio, tenía una expresión entre alegre y triste a la vez, su cara se
había enrojecido y sus ojos chispeaban.
-Lo dirás
por vos, pero yo sí dejo descendencia.
-¿Pero a
vos no se te había muerto una hija?
Mauricio
no carecía de tacto generalmente, pero también estaba ya bajo los efectos del
alcohol. Walter se puso a lagrimear y de nuevo sonrió.
-Mis obras,
Mauricio, mis casas y edificios, ¿entendés?
-Tenés
razón, entonces el único pelotudo soy yo, sin hijos y solamente salvando a
putos animales.
-Pero los
perros y gatos hacen felices a la gente, las vacas nos dan alimentos, ¿o acaso
no curás vacas, vos?
-A veces,
sí …-Mauricio ahora no podía para de reírse. –Tenés razón, cuando los animales
hacen felices a la gente, ésta coje y hace chicos, y así yo soy un instrumento
de la posteridad.
-Así es…
-Qué
consuelo tan estúpido, Walter –dijo, mientras ambos se reían a carcajadas
ocultando la cara entre los brazos para no despertar a los demás.
Pero un rato
después, Dergan se puso serio y dijo:
- Tengo que
pedirte algo.
-Lo que
quieras -Walter intentó otro vaso, pero Mauricio se lo impidió.
-Quiero que
mañana vayas a la casona que diseñaste. Allí vive una mujer con su hija. Se
llama María Cortéz, y tenés que preguntarle cuál es su apellido de soltera.
Walter lo
miró con extrañeza, luego con picardía.
-No es para
eso –dijo Mauricio, recordando el displacer que de pronto había sentido
mientras hacía el amor con esa mujer, mientras recibía las palabras proféticas
de su boca, que sólo se había interrumpido en sus besos para decir aquella
oración. – Esta mañana revolví en los papeles de Ansaldi, encontré documentos
de cuando vino de Europa. Son demasiado raros, y no puedo explicarte ahora,
pero la madre se llamaba Sottocorno. Yo creo acordarme que el apellido de
-¿Y por qué
no vas vos?
No podía
decirle a Márquez lo que le había pasado en esa casa, era demasiado para que el
arquitecto lo comprendiera en ese estado de ebriedad.
-No puedo…
-¡¿Pero por
qué?! No visito esa casa desde el derrumbe…
Mauricio no
sabía exactamente lo que había pasado con la casona y el arquitecto.
Probablemente tenía su historia, pero el recuerdo del sueño al salir de la casa
le impedía siquiera volver a acercarse. Ahora se reía interiormente de esa
jactancia de racionalidad que había demostrado en la farmacia de Valverde. Les
había recriminado a los médicos el creer las insensateces del farmacéutico
cuando él mismo tenía miedo de la profecía de una adivina.
Pero hay temores que no pueden controlarse, que
encuentran alimento bajo la superficie de la lógica, y hacen crecer sus raíces,
expandiéndose hasta abarcar todo lo que constituye el volumen de los cuerpos. Y
luego florece, y sus flores son hermosas hasta el momento en que se las huele.
Un hombre con miedo es una alucinación a la distancia, un camión a alta
velocidad cuando estamos cerca, un cuchillo cubierto de una enredadera venenosa
cuando lo tocamos.
-Es
importante, Walter, por favor –dijo él, apretándole la mano, esperando, quizá,
que Walter sintiese esa especie de ásperas, lastimosas flores marchitas que
constituían su miedo. Y él sintió, en la mano del arquitecto, algo semejante.
No flores muertas, sino el olor a madera podrida, a animales muertos, quizá a
cadáveres bajo escombros.
Walter se
restregó la cara, despertando por un instante, de su somnolencia. Asintió con
la cabeza, sin decir ni prometer nada. Pero Mauricio sabía que iba a hacer lo
que le había pedido.
16
En la mañana del lunes, Walter escuchó pasos y
movimientos fuera de su habitación. Abrió los ojos y miró la hora. Eran casi
las diez de la mañana.
-Dios mío
–dijo, dándose cuenta que golpeaban a la puerta.
-¿Quién es?
-El
servicio, señor.
Walter se
había quedado dormido, justo hoy, con todo lo que se avecinaba. La autopsia de
Alma, la investigación de los perros, su propia tarea como arquitecto, es
decir, la búsqueda de los escondrijos de los animales en la estructura urbana
de
Se levantó
y se lavó la cara en el baño. Volvieron a insistir en la puerta.
-¡Vuelva en
quince minutos! –gritó, harto de esa insistencia sin sentido. Seguramente
Ansaldi, resentido con ellos, quería joderlos.
-¡Soy
Bernardo!
Walter
abrió la puerta en pijamas, la cara todavía sumida en el sueño y un cepillo de
dientes en la mano derecha. Regresó al baño y Ruiz lo siguió, hablándole.
-Pero hay
mucho que hacer, viejo –le dijo Ruiz.- Farías me llamó a las ocho de la mañana,
el muy hijo de puta. Espera que Mateo firme el consentimiento para la autopsia.
Walter lo
escuchaba mientras se lavaba los dientes.
-No me
atreví a despertarlo después de casi dos días sin dormir, y con todo lo que
pasó. Igual se levantó solo a desayunar hace una hora. No sé cómo tiene fuerza
de voluntad para aceptar todo este quilombo.
Walter lo
miraba por el espejo del botiquín, se enjuagó la boca y abrió la llave de la
ducha.
-¿Qué te
dijo de la investigación?
-Todo sigue
igual, vos tenés que pasar por la municipalidad para recoger los planos de la
ciudad, después caminar y recorrer. Ya sabés. Necesitamos averiguar dónde viven
los perros, dónde se crían.
El
arquitecto se desnudó y se metió bajo la ducha.
-Vos y
Dergan se pusieron en pedo, anoche. No los culpo, pero…
-¿Pero qué?
No seas aguafiestas. No fue mi intención ponerme en pedo, sólo hablamos y la
botella estaba ahí. Ahora me parece un sueño todo lo del fin de semana.
-Es
verdad, y eso que no estuviste en la farmacia de Valverde. Bueno, te dejo.
Mateo me espera.
-¿Y quién va
a cuidar al chico?
-Ahora
Mauricio, después, quien esté disponible. Mateo no quiere a nadie más con Blas,
y que Ansaldi no se acerque. Sobre todo que nadie saque al chico del hotel.
Ruiz se fue
y Walter cerró la llave de la ducha, se secó con la toalla blanca con un logo
anunciaba: Hotel Firenze. Recién
ahora le llamó la atención. Por qué aquel nombre tan pretencioso para ese hotel
de medio pelo. Sin embargo, no le parecía caprichoso más que en apariencia.
Se vistió
y bajó a desayunar. Dergan también bajaba en ese momento, con Blas en brazos.
Se saludaron sin hablar, confirmando su mutua jaqueca. La cocinera protestó por
la hora. Nadie se dignó a mirarla. Ansaldi estaba parado tras el mostrador de
la recepción, escribiendo en sus papeles. Por la entrada llegaba el fresco de
la mañana y el sol intenso de ese lunes que parecía ser un renacimiento, una
nueva esperanza. Pero para quién o qué, se preguntó Walter.
-¿Vas a ir?
–dijo Dergan.
-Después de
desayunar, no te preocupés. Tengo que ira a buscar los planos al municipio.
Mauricio
aceptó en silencio. Como el día anterior, tenía que hacer de niñera, pero esta
vez quería hacer las cosas bien. Se quedaría en el hotel todo el tiempo, sin
apartar los ojos de Blas, y vigilando que Ansaldi no se acercara.
Márquez
subió a su cuarto, se puso una corbata de un tenue color marrón, ajustándola
bajo el cuello de la camisa blanca, luego el chaleco y el saco del traje beige.
Miró en el espejo su cara recién rasurada, se colocó unas gotas de perfume,
agarró el sobretodo de piel de camello, comprobó que sus mocasines estuviesen
lustrados, y salió del hotel. Era un hombre pulcro, quizá excesivamente, según
su mujer, excepto cuando trabajaba en las obras. Entonces se vestía con ropa
informal para mezclarse con los albañiles y dar todas las indicaciones
necesarias sin cuidarse de la suciedad y el polvo. Pero cuando esto sucedía,
esa inveterada pulcritud, con la que tal vez había nacido y de la que no podría
deshacerse nunca, como tampoco podría evitar ser zurdo, se canalizaba en el
extremo cuidado y detallismo de lo que estaba construyendo. Porque por más que
no fuese él quien colocara ladrillo sobre ladrillo, -a veces, incluso, lo había
hecho- su mente construía con el mismo esfuerzo con que los obreros trabajaban
con la fuerza de sus músculos, de sus espaldas fortalecidas por el trabajo
rudo, pero que no mucho después sufrirían. Las neuronas, aunque diferentes, son
también células como los músculos, la energía utilizada por ellas proviene de
las mismas fuentes. Por qué, entonces, hacer diferencias, valoraciones que no
tienen más objetivo que determinar una política del trabajo, arbitraria y
singularmente injusta.
Pero el
arquitecto Walter Márquez tenía un auto último modelo, trajes que hacía
confeccionar a un sastre de Buenos
Aires. Compraba perfumes importados, y abastecía a su mujer con los mejores
vestidos y la mejor comida de los restaurantes. Tenía una casa en la costa,
lotes en Córdoba y Mendoza. Una cuenta bancaria abundante pero no
excesivamente. Los del fisco nunca lo persiguieron, nunca le reclamaron nada.
Su biblioteca estaba formada por casi cien libros de diseño y arquitectura,
mucha poesía norteamericana y una colección de long plays donde sobresalían los
registros de Miles Davis y el viejo Bach.. Para sus adentros, para el
pensamiento que sobrevenía cuando viajaba solo en su auto hacia cualquiera de
las obras que estaba construyendo, él se sabía un hombre gris, un perseguido,
como le había dicho una de sus amigas, un hombre que necesitaba de todo lo que
lo rodeaba para saberse dentro de una enorme habitación con techo y paredes
protectoras. Sentía escalofríos por las noches, aunque fuera verano, cuando se
quedaba hasta altas horas de la madrugada sentado en el taburete frente al
tablero de dibujo, los codos apoyados y las manos yendo y viniendo desde su
frente hasta el papel, como si el lápiz que sus dedos sostenían fuese un
instrumento capaz de cargar las ideas para transportarlas al papel o una
batería que se recargaba cuando los dejaba en los portalápices, -traídos por él
del exterior o regalados por amigos-, durante las horas en que no estaba en su
estudio.
Miró el
sol relumbrante de esa mañana de lunes. El hotel Firenze era una fachada plana y sin atractivos, pero las calles de
Llegó a la
esquina frente al almacén de Costa. Se detuvo, un nudo se le formó en la
garganta. Estaba cerrado, con las cortinas de metal bajadas y cubiertas de
óxido, con pintadas de partidos políticos en las paredes, y el moho creciendo
en los rincones de las paredes y el techo. Creyó ver a Costa, como la noche del
derrumbe, corriendo en calzoncillos por la vereda, buscando a su hijo. Se oyó a
sí mismo gritar, otra vez, al niño que pasaba con su bicicleta justo cuando una
de las alas de la construcción comenzó a caerse. Recordó la cara del almacenero
al abrir la puerta de la ambulancia donde Márquez esperaba para ser llevado al
hospital, preguntando por el chico, y él diciendo que había intentado gritarle,
prevenirle. Pero cómo, se preguntaría más tarde, cómo explicar a un padre que
un niño al morir ya no es más un chico. Es algo fuera de las clasificaciones y
de los nombres, algo que él, Walter Márquez, arquitecto y creador, comprendería
más tarde aquella misma noche.
En el
mismo hospital donde lo asistieron, habían llevado a su esposa, con parto
prematuro. Al despertar en su habitación, los médicos le habían dicho que la
niña era muy pequeña, que quizá el shock de su mujer ante el derrumbe había
colaborado, pero no podían asegurarlo. Era una niña, le dijeron. Y él sabía, él
pensaba mientras lo médicos seguían hablando, que una pareja de niños había
perecido por su culpa.
Se dio
cuenta que las manos le temblaban. Un sudor frío le recorrió la espalda. El
tráfico de la mañana del lunes era fluido. Los chicos ya habían entrado a la
escuela, los negocios habían renovado su mercadería de los camiones de reparto.
Sólo iban y venían los vecinos, haciendo compras, conversando en los umbrales
de las casas. Había autos que salían de los garajes, otros que se detenían
tocando bocina a alguien conocido. Había bullicio pero no era estridente, era
un caos organizado, pacífico. Una destrucción y construcción consumadas tras
las fachadas de lo aparencial, invisibles y tan perfectas que sólo podían verse
los resultados: la mañana clara y el mundo humano transcurriendo serenamente
por los rígidos rieles del tiempo.
Después
supo que Costa había comprado los restos de la casona. El almacenero la había
reparado y terminado. Y ahora allí la veía, alta y bella, con una majestuosidad
que no contrastaba con el resto del barrio porque había gran espacio de terreno
libre alrededor. Cuando Costa murió, Casas la compró, y ahora la alquilaba a
María Cortéz.
Tenía que
hacer lo que había prometido a Dergan. Parecía una estupidez, si lo pensaba,
pero el veterinario se lo había pedido con tanta insistencia, y él había visto
tanto miedo en sus ojos, que no podía hacer más que cumplir con su palabra.
Pero él también tenía temor. Esa casa era como un fantasma. La había dejado
derruida y ahora la veía completamente terminada. No estaba acostumbrado a eso.
A él le gustaba ver crecer a sus obras, como un médico que controla el embarazo
de una de sus pacientes. Así, como cuando su hija había crecido en el vientre
de su esposa, él había controlado el nacimiento de esa casona que había
abortado sin quererlo.
La casa y
la niña.
Vio salir a
una nena de pocos años por la puerta, pararse bajo el alero, observar la calle,
luego dirigirse hacia el costado de la casa y llamar con vos aguda y dulce.
Tres perros aparecieron corriendo desde el fondo. La siguieron hasta la puerta
y se sentaron a esperar. Ella salió con una bolsa que llevó hasta el jardín
delantero, mientras los animales la seguían, y luego vació la bolsa sobre el
pasto. Eran huesos con carne cruda. Los animales se abalanzaron sobre ellos y
se llevaron aparte un pedazo cada uno.
Márquez se
quedó mirando a la chica. Debía tener la edad que ahora tendría su hija de
haber vivido. Sí, se dijo, suspirando. Esa casa era mi hija, si hubiese vivido
yo habría continuado construyendo la casa. No sería como ésta, de terminación
austera y con falta de estilo, como sólo un almacenero podría haber hecho, sino
otra muy distinta. Una casa victoriana, elegante y distinguida. De paredes
blancas y ladrillos a la vista, con puertas de caoba y ventanales abiertos al
sol del este. Techos a dos aguas con tejas apropiadas, chimeneas en cada cuarto
alzándose hacia el cielo de la ciudad como en el viejo y neblinoso Londres.
Una casa
como esa le había prometido a Griselda. Cuántas veces habían hablado de la
decoración y los muebles, cuántas otras se imaginaron a si mismos sentados las
noches de sábado en la biblioteca de su nueva casa leyendo en voz alta cuentos
y poemas, para que sus hijos crecieran con el sonido de la buena gramática en
sus oídos, formando sus futuros pensamientos, haciendo distinciones y críticas,
dándoles el alimento para crear una personalidad. Pero ya no tendría hijos, y
aunque Griselda no se había rehusado, él presentía que el abatimiento de ella
jamás desaparecería, porque tal abatimiento tenía otra fuente, y era la culpa
que de él emanaba. Walter tenía un surtidor permanente de culpas, y en primer
lugar estaba la muerte del chico de Costa. Y eso era algo que él no podía hacer
que desapareciera mientras el pasado fuese lo que es, algo irremediable,
entonces el abatimiento de Griselda tampoco desaparecería. La abstinencia de un
hijo se convertía, por lo tanto, en tan inevitable como el aire que respiraban.
Lo que
ahora veía era otra casa y otra niña, por más que tuviesen la virtud de
recordarle las que había perdido. ¿Lo que se pierde tal vez se reencuentra?
¿Por más que se vea diferente? Era un bello consuelo, y su corazón comenzó a
excitarse como en el primer encuentro con alguien que desconocemos y que
deseamos amar para siempre. El encuentro con lo que hemos imaginado toda
nuestra vida.
Entró al
jardín, pasó junto a los perros, que lo miraron de costado y gruñeron. La niña
ya había entrado. Él golpeó a la puerta, luego vio el timbre a un costado. No
quiso llamar de nuevo. La chica corrió la cortina blanca de la ventana y miró a
través del vidrio. Tenía una mirada adusta y seria, pero amable. Ella le sonrió
por un momento, antes de abandonar la ventana y abrir la puerta.
-¿Buenos
días, sabrías decirme si tu mamá tendría la amabilidad de atenderme?
De pronto,
se rió interiormente de aquella excusa. No había planeado nada de antemano, ni
siquiera se le ocurrió qué diría para justificar aquella pregunta que iba a
hacer: cuál es su apellido de soltera,
señora.
La nena
retrocedió un poco dejando la puerta abierta. Desde el fondo de un pasillo
llegó una mujer muy bella, de ojos oscuros y cabello negro.
-Buenos
días, ¿qué se le ofrece?
-Disculpe,
mi nombre es Walter Márquez, soy arquitecto, y fui el que diseñó esta casa.
Ella lo
miró como si no entendiera el objetivo de tal visita.
-El
propietario es el dueño de la panadería, señor Márquez. Debe hablar con él por
cualquier asunto relacionado con la casa.
-Lamento
que me haya expresado mal, sólo ha sido una presentación, señora Cortéz.
-Entonces
no le comprendo. Mi hija tiene que almorzar temprano porque va a la escuela por
la tarde…
-Si fuera
posible que me diera cita en otro momento…
-¿Para qué?
Walter no
comprendía tal brusquedad. Se suponía que ella era vidente, o adivina, o
cualquiera fuese el nombre correcto, y ese carácter debía espantar a los
clientes. Quizá era, simplemente, una loca.
-Para ver
la casa por dentro, señora…Estoy haciendo un catálogo de mis obras y su
desarrollo con el tiempo…
-Bueno,
entonces pase y mire lo que quiera. Nosotras estamos en la cocina, si me
necesita.
Ella se
corrió a un lado para dejarlo pasar. Se veía más hosca con cada segundo, más
irritada, y Walter vio un brillo en sus ojos. Qué estaría pensando, se dijo él.
Algo importante pasaba por esa cabeza desde que lo había visto parado en la
puerta. Mientras más le dirigía la palabra o intentaba ser amable, más parecía
irritarse ella. ¿Acaso lo conocía, o sabía de él y la casa? No esperaba eso. ¿O
tal vez veía algo más que él no podía ver de sí mismo?
La mujer
se llevó a su hija a la cocina, mientras giraba la cabeza para mirarlo. Él
recorrió primero la sala principal, y era de las exactas medidas que recordaba.
Estaba casi vacía, excepto por un par de muebles viejos y pesados, un sofá
individual y sillas de madera trabajada. Parecía más grande por esa aparenta
vaciedad, y sus pasos resonaban con un eco apenas audible, pero que tomaba la
intensidad de un silbido grave hacia el hueco de la escalera que llevaba al
primer piso. Subió los escalones, oyendo el resonar de la madera, crujiente,
quejosa, como si estuviese protestando por su visita.
La casa y
la mujer.
Las dos
estaban irritadas con su presencia.
El por qué
se le ocurrió esto, no lo sabía, aunque estaba al tanto de que era absurdo. Él
había sido como el dios de esa casona, él había diseñado no solamente las
formas sino la utilidad y la disposición de los ambientes, al fin y al cabo la
esencia de una casa, que es su practicidad. La calidez del hogar aunada a la
protección del mundo exterior. Un arquitecto no decide únicamente una
estructura, sino también el aire que habitará esa casa, los vientos que recorrerán
el interior según la disposición de las ventanas, los rincones más cálidos
según la calefacción y el fuego de los hogares. Un arquitecto planea los
futuros pasos de sus habitantes, y así dispone la ubicación de la cocina, los
dormitorios, el baño, el cuarto de estudio y el de juegos. ¿No es, entonces, un
adivino, como todo creador? Tal vez la mujer le envidiara eso, pero tal idea le
resultaba ficticia.
El primero piso crujía con cada centímetro
de la suela de sus zapatos. Las puertas de las habitaciones estaban abiertas,
las camas desordenadas. Algunos cuartos estaban vacíos, con las tablas del
suelo levantadas, herramientas y clavos sueltos, que debían llevar años
abandonados allí. No reconoció el resto de la casa, porque cuando él se fue aún
no había alcanzado a terminar deconstruir el segundo piso. Costa debió
modificarla a su gusto.
Oyó
ladrar a unos perros. Se asomó a una ventana del pasillo y los vio en el jardín
trasero, corriendo y jugando. Desde la calle llegaba la voz estrangulada de un
altoparlante anunciado la próxima apertura de una barbería. Entonces tuvo una
serie de pantallazos que ocultaron por instantes la realidad y vio lo que había
visto la noche del derrumbe. Desde ese mismo lugar, nada más que aún sin techo
y conformando sólo una terraza, había visto al chico de Costa pasar con su
bicicleta. Y él había gritado justo un segundo antes de que el piso se viniera
abajo. Luego, sólo recordaba la ambulancia. Pero ahora también una parte del
presente, o del pasado inmediato, había desaparecido, porque sin saber desde
cuándo, la mujer estaba tras él y lo miraba temblar. Se secó el sudor de la
frente para ocultar el temblor de sus manos, pero sentía el olor de la
transpiración venciendo el aroma del perfume que se había puesto esa mañana.
-No es
bienvenido a esta casa –dijo ella.
-Creo
haberme dado cuenta de eso muy bien, señora.
-Hay el
alma de un niño inquieto desde que usted llegó.
Esta vez él
no respondió.
-¿Para qué
vino?
-Sólo una
pregunta, señora Cortéz. ¿Cuál es su apellido de soltera?
Ella lo
miró primero con sorpresa, después se asomó por el hueco de la escalera hacia
la planta baja. La hija salía en ese momento hacia la escuela.
-Bajemos,
señor Márquez, los ruidos se sienten menos que aquí.
Se sentaron
en dos sillas de la sala grande. Ella trajo dos tazas con té, vertió dos
cucharadas de azúcar en cada una, revolvió ambas y ofreció una al arquitecto.
-¿Para qué
quiere saberlo? –le preguntó.
-Ni
siquiera yo lo sé exactamente, pero supongo que todo está relacionado con la
investigación de los perros salvajes.
María
Cortez asintió con la cabeza y bebió un sorbo de su té. Estaba erguida en su
silla, la espalda recta, las manos ocupadas en sostener el plato y la taza como
si sostuviesen el equilibrio del mundo.
-Sottocorno, ese es mi apellido.
Walter
sentía, a la vez que todo encajaba en un orden determinado pero para él
desconocido, una especie de temor muy antiguo, primitivo incluso.
-¿Y quién
era Marietta, si me permite preguntarlo?
-Mi
bisabuela. Se casó con mi bisabuelo, Gregorio Ansaldi, en Italia, por supuesto.
-¿Conoce
al señor Ansaldi, el dueño del hotel “Firenze”?
-Cómo no
lo voy a conocer, es mi tío por tercer grado. Cuando mi esposo y yo vinimos a
vivir aquí, ni siquiera sabía que él existía. Un día, después de morir mi
esposo, vino a visitarme. Me contó sobre toda mi familia. Desde entonces, he
aceptado con más serenidad mis… habilidades. –Dejó el té sobre la mesilla y
juntó las manos sobre la falda, bajando la mirada, como una virgen avergonzada.
Walter se
decía que era una gran farsante. Pero no habría podido acusarla en voz alta.
-No me
gusta jactarme de lo que soy, señor Márquez, sólo lo acepto para mi propia
tranquilidad de espíritu. Pero no soy adepta a darme nombres o calificar lo que
hago. Ya muchas antes que yo lo han hecho, por ejemplo, mi bisabuela, ya que
viene al caso.
-Me
gustaría saber más de eso, si no le molesta.
-Ella
predecía el futuro, incluso decían que tenía visiones del pasado. Eso ahora
asombra más que en esos tiempos, porque la ciencia nos ha acostumbrado a dudar,
pero quien ve el futuro no hace más que ver los círculos y las espirales del
tiempo. Yo, al principio, cuando empecé a escuchar mis voces de chica, no lo
entendía. Me costó demasiado, porque me rehusaba a aceptarlo. Desde que estoy
en esta casa, vivo más serenamente. Y usted lo comprenderá perfectamente, me
imagino.
-¿Por qué
lo dice?
-Vamos,
señor Márquez, se lo acabo de decir hace un rato, arriba. Hay el alma de un
niño, que se mueve inquieto desde que usted entró. Ya lo había sentido antes,
pero era una de las voces dormidas entre tantas otras. Desde esta mañana está
gritando, y le juro que me está costando mucho mantener esta calma en que ahora
me ve.
Walter se
levantó de la silla y dejó caer al piso la taza de porcelana con flores rosas.
María miró los trozos con pena, luego alzó la mirada con rencor.
-No importa
la taza, pero sí que usted sea tan hipócrita.
-Usted no
sabe nada de ese chico.
María se
sonrió, y se tapó la boca con una mano.
-Disculpe,
no suelo reírme de mis clientes, pero usted no es uno de ellos, supongo. Él me
lo ha dicho todo sobre el derrumbe. Usted soñó algo demasiado ambicioso, y la
ambición nace del miedo. El miedo a morir, como usted vio morir a su padre en
una cama de hospital. El miedo nos hace cometer más crímenes que los que
deseamos evitar. Es un gran trampa para tontos.
Walter
volvió a sentarse y escondió la cara entre las manos.
-Ya he
pagado por eso…- dijo.
-Ya lo sé.
Su hijita…
María se
acercó a él y puso una mano sobre las de Walter. Cuando él miró, la vio
observándolo con piedad. Era tan bella ahora, tan maternal y amante al mismo
tiempo, que habría podido besarla.
-Voy a
contarle algo para consolarlo. Mi bisabuelo Ansaldi era inventor, era un genio
de la técnica de la época. También hubo muchos rumores de que era un
alquimista, que experimentaba con sustancias, hasta dijeron que era un mago.
Sabía de anatomía y de física. Se había propuesto prolongar la vida. Él era
mucho mayor que mi bisabuela, y ya era conocido en toda Europa por sus
experiencias y sus viajes. Incluso estuvo por estas zonas cuando no había más
que indígenas. Pero como tenía mala fama se escondía, y sólo se permitía ser
encontrado por los que le pagaban bien o realmente necesitaban de sus talentos.
No solían ser buenas personas, por supuesto, porque generalmente eran
vengativos que buscaban hacer mal a otro. Él, por supuesto, no tenía prejuicios en aceptar.
María
volvió a sentarse, tocó con una mano la tetera y preguntó:
-¿Otra
taza?
Walter la
miró con dulzura, recogió los trozos del piso y la acompañó hasta la cocina.
-¿Usted
cree en verdad en toda esa leyenda que le contó Ansaldi? –preguntó, mientras la
veía llenar la tetera con agua de la canilla y ponerla luego al fuego de una
hornalla.
Ofreciéndole galletitas dulces, contestó con otra pregunta:
-¿Por qué
no? Si dudara de eso, estaría dudando de mi propia capacidad, y eso me es
imposible. He convivido, a regañadientes y con mucho esfuerzo, con esta
habilidad desde que era una niña. Recién hace un tiempo me he aplacado, he
aceptado lo que soy porque ahora sé que no soy lo única que ha sufrido por
ello.
-¿Entonces
su bisabuela Marietta también sufrió?
-Claro, por
eso se casó con Ansaldi. Se conocieron en Florencia. Él había estado casado una
vez, y muchas versiones rodeaban ese matrimonio. Algunos decían que la había
matado, otros que ella había muerto sifilítica. Vaya a saber la verdad. No
tuvieron hijos, pero lo que nació de ese matrimonio fue la obsesión de él por
prolongar la vida. Si usted pregunta mi opinión, le diría que no sé el objetivo
de tal propósito. Eso fue lo que le dije a mi tío cuando me contó todo esto.
Entonces él me contestó con algo tan obvio que me sentí una tonta. Me dijo que
no debía sentirme así, porque yo, como mi bisabuela, al tener el futuro en mis
manos, al contemplarlo como un plano más del presente, me parecía tan natural
concebir al tiempo como una sola entidad, que no comprendía la necesidad de los
demás, o el miedo, ya se lo dije a usted, que surge ante la interrupción de la
vida, de la visión de la nada absoluta después de la muerte.
-No
entiendo…
Ella lo
miró sonriendo y le acarició el mentón. Sin responder, puso otra vez el
servicio de té en la bandeja y regresó a la sala. Walter la siguió y se dejó
servir una vez más. María fue hacia la ventana. Debían ser más de las doce.
-Mire allá.
¿Qué es lo que ve?
Walter se
levantó con la taza en una mano y corrió la cortina con la otra.
-La ciudad,
la gente…
-Muy bien.
¿Pero si no hubiera gente?
-La
ciudad…-la miró, como esperando su aprobación- …quieta.
-Muy bien.
Como una eternidad, ¿no es cierto?
-Tanto como
duren los edificios, por lo menos…
-Perfecto,
señor Márquez, y usted sabe, porque los construye, que duran más que los
hombres.
-Sigo sin
entender qué tiene que ver con…
-Mi cabeza,
como la de mi bisabuela, es una ciudad con muchas casas vacías. Esas casas,
como ésta, tienen su historia. Yo simplemente las escucho.
Walter
volvió a acercarse a ella y la contempló como si la viese por primera vez.
-Veo en
sus ojos que empieza a entenderlo. Gregorio Ansaldi se casó con Marietta
Sottocorno porque ella conocía el futuro, seguramente con muchísimo más
habilidad que yo, ¿y podría decirme qué hay mejor que eso para dominar la
muerte?
Ambos se
quedaron en silencio un rato, mirándose, pero ella, de pronto, se largó a reír.
No parecía habitual en ella esa risa, por lo menos no ese tipo de risa casi
ingenua. Sus mejillas se tornaron rosas y sus ojos brillaban, se llevó las
manos a la cara para apartarse el pelo de la frente, pero parecía avergonzada,
ansiosa por parar esa risa que la hacía sentir ridícula. Pero no era esto lo
que Walter pensaba, sino en lo hermosa que se veía en ese momento.
-Disculpe,
por favor, pero si se viese la cara en un espejo… si no la cierra le van a
entrar moscas…
Walter se
dio cuenta y cerró la boca, pero lo hizo tan fuerte que sus dientes sonaron, y
ella se rió más fuerte. Él no pudo más que hacer lo mismo, sentándose en la
silla frente a María y agarrándola de las manos.
Ella no se
resistió, las manos de ese hombre eran cálidas y genuinamente agradables, sin
segundas intenciones. Miró las palmas de Walter y pasó sus dedos pequeños sobre
las líneas de la piel.
-¿Qué ve?
–preguntó él.
-No leo las
manos, no sé hacerlo bien.
-No sea
modesta, dígame lo que ve en mi futuro.
Ella le
sonrió.
-No se
preocupe, señor Márquez, usted morirá muy viejo.
17
Walter salió de la casa. Miró atrás al llegar a la
vereda y vio que María todavía estaba en la puerta, saludándolo con la mano. Lo
había recibido con frialdad y lo despedía con calidez. Qué había hecho él por
ganarse esa confianza, se preguntaba. Tal vez ella sentía piedad por él, más
que la que podrían llevarla a sentir los muertos que escuchaba en esa casa.
Probablemente él mereciera pena y no piedad, porque no se trataba de
condolencias o redenciones de segunda mano, sino simplemente de sentir pena por
alguien. Un sentimiento incomprensible para muchos, por su falta de practicidad
y la absoluta ausencia de propósito tanto para el que la otorga como para el
objeto de esa pena. Es demasiado corta para consolarnos, y demasiado parecida a
la tolerancia y a la indiferencia para sentirnos cercanos al ser que nos la
otorga. No es amor, ni siquiera cariño, es una fría concesión de los
sentimientos, como si hasta éstos tuviesen una máscara para cubrirse cuando
salen a la calle los días de lluvia, cuando los mendigos y los niños enfermos
son más sinceros sobre su propia mediocridad.
No sabría
decir si en la cara de esa mujer había pena u otra cosa, se sentía confundido
pero no apesadumbrado, como esperaba. Tres perros corrieron hacia él y se
pusieron a ladrar sin acercarse ni tocar la verja. Él los miraba al recorrer la
vereda, buscando una vista del patio posterior. Vio dos perros más salir de un
agujero entre una pared de la casa y el jardín lateral. Era un buen lugar para
que los animales se refugiaran, pero todos los que veía eran perros comunes y
corrientes. Se alejó, echando vistazos frecuentes a la casona y a los perros,
hasta que dio vuelta la esquina del viejo almacén de Costa, y ya no pudo verla
más.
Siguió
caminando un par de cuadras, pasando la plaza. Encontró el bar de Santos,
intentó mirar por la vidriera, todas las mesas estaban vacías. Se asomó a la
puerta, y vio al dueño tras el mostrador, acodado y con la cabeza apoyada en
las manos. El bigote rubio y espeso se movía como quien ronca, y Walter se dio
cuenta que estaba adormilado. Tosió mientras entraba. La radio transmitía un
programa de tango, interrumpido por los comerciales y las noticias del nuevo
gobierno. Santos abrió los ojos, sobresaltado, e inmediatamente estiró un brazo
hacia la botella que tenía al lado. Walter no pudo evitar sonreír por ese acto
reflejo de quien ha servido bebidas desde hace años.
Había
conocido a Santos el primer día que él y Griselda llegaron a
-Buenos
días, Santos.
-¡Pero qué
gusto volver a verlo, arquitecto! No lo veía desde…
No era
ironía, sino simple confusión. Había sido uno de los pocos que no habló mal de
él cuando sucedió lo del derrumbe. Avergonzado, Santos no sabía cómo continuar.
-Está bien,
ha pasado mucha agua bajo el puente, como quien dice. ¿Y usted qué me cuenta?
-Ya me ve,
aburriéndome a más no poder. Ya pocos vienen a almorzar al mediodía, pero yo
sigo con mi costumbre de no cerrar a la tarde. De
Walter
sabía que él solo atendía el bar, hacía las comidas, limpiaba, hacía los
pedidos. No tenía familia, el bar era su esposa.
-¿Qué se
le ofrece, arquitecto? Siéntese nomás, tiene mesa para elegir hoy.
-Bueno, ya
que está, hágame un bifecito a la plancha.
-Y un tinto de buena cosecha –dijo Santos,
dándose vuelta para mirar el estante de los vinos.- Ya tengo lo que va a
gustarle.
Le mostró
un Cabernet 1962. Walter estuvo de acuerdo y se fue a sentar. Santos volvió
enseguida para poner el mantel de hule, la copa, los cubiertos y el pan. Abrió
la botella, haciendo comentarios del tiempo, sirvió la copa y dejó que Walter
lo catara. El vino era de sabor tan suave como su tinte.
-Así me
gusta, arquitecto. ¿Y qué lo trae de visita? ¿Vino con su mujer y su hijo?
Cuando lo de la casa, la señora estaba esperando, si no me equivoco.
-Sí,
Santos, pero tuvimos una niña que murió al nacer.
-¡La puta…!
-murmuró Santos de costado, se mordió los labios y trató de excusarse:- Tengo
una boca más estúpida que mi cabeza, lo lamento mucho…
-No se
preocupe, esa época ya quedó atrás. Ahora estoy acá para investigar lo de los
perros.
-Sí, los
perros blancos, esos que salen de noche. Han hecho estragos por la zona. Tuve
muchos problemas porque destrozaban las bolsas de basura que yo dejaba en la
puerta. A la mañana esto era un chiquero. Me quejé en el municipio pero no
hicieron nada. Una noche agarré un palo y me quedé en la puerta del negocio.
Cuando aparecieron salí a pegarles, a
ver si así se asustaban y no volvían más.
-¿Y qué
pasó?
Santos lo
miró unos segundos y se pasó la mano por el pelo, sonriéndose. Sus ojos claros
eran tan bellos que cualquiera podría haber sido conquistado por él en ese
momento. Walter, curiosamente, se sintió cohibido, algo nervioso, y se escondió
en el silencio donde aguardaba una respuesta.
-Si le
cuento… Tuve que salir corriendo. Eran dos los que vi cuando me les enfrenté,
pero después aparecieron varios más. Dios mío, me dije, de acá no salgo vivo.
Empezaron a rodearme, yo miraba a todos lados moviendo el palo de escoba, pero
se me acercaban sin miedo. Entonces se me ocurrió subirme al montón de basura,
y de ahí salté a la calle. Me puse a correr con todo, pero recién a las dos
cuadras me di cuenta de que no me habían seguido. Se quedaron a revolver en la
basura. Estuve más de una hora dando vueltas, hasta que vi de lejos que se
habían ido todos. Volví al negocio, y de repente tuve miedo de que se hubieran
metido, porque como un boludo dejé la puerta abierta.
Santos
miró hacia la cocina y dijo:
-¡Su
bife!
Volvió
cinco minutos después con el plato de carne jugosa y un tomate cortado en dos
con orégano y sal.
-Gracias,
pero sigua contándome.
-Bueno,
no se había metido ninguno, por suerte. Después de eso ya no volví a poner
bolsas con restos de comida, menos que menos de carne.
-¿Y
entonces dónde tira los residuos?
-Los de
la basura me dejan unos tachos de plástico con tapa, así que junto lo de un par
de días y vienen a buscarlos. Me sale extra, pero por lo menos me evito la
carnicería de todas las mañanas frente al negocio.
-¿Cree que
vienen por la carne?
Santos
seguía de pie, respetuoso de su posición y también de sus méritos como dueño de
casa.
-Seguro, a
veces he puesto bolsas con verduras, y ellos ni aparecieron. Pero…si me permite
la pregunta… ¿qué va a hacer usted, como arquitecto, digo?
-Me
invitaron para estudiar las calles, los refugios donde se puedan esconder.
Tengo que ir a buscar los planos, pero ya se me hizo tarde. –Miró el reloj,
eran las dos. Luego preguntó, mientras empezaba la segunda mitad de su bife, y
dejando que Santos le llenara la copa de vino cada vez que la veía un poco
vacía: -¿Tiene alguna idea de donde puedan esconderse?
Santos se
rascó la barbilla, luego el bigote, y mirando a la calle, como si no estuviera
seguro de lo que iba a decir fuera tomado con seriedad.
-Mire, los
de acá dicen que viene de cualquier parte, de los campos de alrededor, de las
casas abandonadas. Pero yo un día los vi en el baldío que está al lado de la
barbería de Antonio Centurión. ¿Se acuerda de él?
-Sí, un par
de veces me atendí con él.
-Bueno,
usted sabe que está metido en política, ¿no? Resulta que hace dos semanas
mataron a dos pibes de su partido en ese baldío, los fusilaron, para ser más
precisos, contra la pared que linda con la barbería. Fue a la madrugada, y una
maestra, Clara, la que se casó con Casas, los vio al pasar por la vereda. Dijo
que se dio cuenta por las manchas de sangre en la pared. Centurión cerró la
barbería y dicen que se quiere ir de la ciudad, insiste en que fueron los de la
oposición los que mataron a esos pibes. Eran chicos de quince y de dieciocho
años, no hacían más que pegar afiches y hacer pintadas. Pero a mí me parece,
Márquez, si me permite la indiscreción… -Se acercó al oído del arquitecto- Yo
creo que los mataron los milicos-. Luego se alejó otra vez y guiñó un ojo para
confirmar su complicidad. Miró alrededor, a la calle y aún dentro mismo del
negocio, como si de pronto un incierto temor hubiese hecho intriga con su
distracción y alguien que no había visto entrar lo estuviese escuchando.
Dicen que
las paredes tienen ojos y oídos, que bajo las mesas se esconden espías, y tras
las cortinas oyen los viejos alcahuetes de los gobiernos de turno. Márquez
siguió la mirada de Santos y hasta pasó fugazmente por su cabeza el recuerdo
del anciano Polonio de la tragedia de Hamlet.
Desde la radio se escuchaba la voz recia de un militar hablando por vigésima
vez desde Casa de Gobierno. Los acordes del himno, seguidos por una marcha
militar, reemplazaron los tristes, los melancólicamente indefensos ritmos de
una milonga.
Tal vez,
sólo quizá, porque nunca se sabe lo que esconden las mentes de dos hombres que
están solos y rodeados de una multitud de silencios, ambos querían hablar de
política o de la actualidad en general. Pero sabían que la política ya nada
tenía que ver con esos momentos, que aquella vieja puta que alguna vez
satisfizo los lúbricos deseos de los antiguos griegos, se había retirado ya a
una derruida casona levantada con sarcasmos y falacias, donde las ventanas
tienen vidrios oscuros y las únicas puertas que no tienen llave son falsas
puertas. Allí ella descansa, porque todavía no ha muerto, soñando con los
hermosos viejos tiempos, añorando la dorada época donde las manchas de sangre
sólo crecían en las sábanas luego de hacer el amor, y la muerte era un acto tan
natural y sereno, incluso tan raro, que la leve congoja de los dolientes era
dulcemente curada con besos y sexo.
Por eso,
ninguno de los dos dijo nada sobre la tan llamada actualidad, porque lo real
fluye por las venas entre las baldosas de cualquier casa, negocio o templo de
toda ciudad o pueblo, y no necesita traducción. Todo comentario es retórica
superflua, una repetición que es mero encanto para calmar los ánimos cobardes
de otros hombres más miedosos que ellos dos. Santos y Márquez sabían lo que
estaba en los ojos de cada uno: sólo el miedo que ninguno se sentía dispuesto a
reconocer, y por eso el silencio era el cómplice más adecuado, y a su vez el
lazo más corto para la unión de dos almas.
Márquez
terminó de comer, cruzó los cubiertos sobre el plato, tomó un último sorbo de
vino y dejó la servilleta sobre el mantel. En la botella aún quedaba la mitad
de su contenido.
-Todo ha
estado muy bien, Gaspar.
-Gracias,
¿le traigo un cafecito?
-No
–contestó.- Voy a aprovechar a recorrer un poco la ciudad antes que anochezca.
Eran las
tres y media de la tarde. Debía haber vuelto al hotel en busca de noticias, por
lo menos para acompañar a Mateo, pero no tenía ganas ni de llamar por teléfono.
Necesitaba estar solo para recorrer esa ciudad, como si la contemplación fuese
la traducción exacta y simultánea de su pensamiento completo y absoluto. Él y
la ciudad. Eso era lo que había buscado al estudiar arquitectura, ahora lo
comprendía tan sencillamente que se sintió estafado por su propia inteligencia.
Había sido imprescindible, al parecer, venir en busca de unos perros vagabundos
para comprenderlo por fin. Pero ya estaba afuera, después de pagar su cuenta y
despedirse de Santos con un apretón de manos, mientras los acordes rituales de
la marcha de San Lorenzo parecían echarlo. Sí, se sintió así, salvado a último
momento por un decreto que parecía un fruto podrido del enfermo árbol de la
misericordia. Atrás quedaba Santos, encerrado en esas cuatro paredes, sumiso el
cuerpo aunque su mente estuviese libre, resignado, tal vez, al peculiar gusto
por la tragedia, las batallas y las epopeyas que esa música esparce por el
mundo.
Se
encontró en plena vereda sitiada por el sol, aturdida la conciencia por el
cabernet y la voz de Santos aún percutiendo sus oídos sobre el metálico vals de
ancestrales metrallas. Lentamente, el silencio de la siesta, únicamente ocupado
por los motores de algunos autos, soñolientos colectivos y los gastados
neumáticos sobre los adoquines, fue limpiando aquellos ruidos de bronces
lejanos, hasta que sus pasos lo llevaron sin darse cuenta, -de ahí el
aturdimiento momentáneo de sus sentidos- al baldío junto a la barbería cerrada.
No había cercas, sólo una pared de cuarenta centímetros de alto, superada por
montículos de tierra y un pastizal más alto que él mismo. Había senderos en el
medio, casi con seguridad, algo de eso llegaba a verse desde la vereda. Se
subió a la pared baja, y vio los manchones de sangre sobre el muro del negocio.
Era un buen escondite, debía reconocerlo, entre el pastizal altísimo y espeso,
tanto para los asesinos como para los perros.
Decidió
investigar. Iba a ensuciarse lo mocasines, se lastimaría las manos y se
rasgaría el traje con las ramas o los cardos, pero no pensó demasiado en estos
pequeños inconvenientes. Sentía más curiosidad que aprehensión, más necesidad
de ver por sus propios ojos lo que le habían contado. ¿Era morbosidad en busca
de satisfacción? Algo de eso había, pero cuando sintió el comienzo de una
erección intentó reprimirse con toda la vulgar vergüenza de un adolescente expuesto
a las miradas de otros. Pero allí no había nada más que yuyos altos ocultándolo
de la calle, y por encima estaba nada más que el cielo por el que viajaba,
desde alguna radio o televisor del barrio, el imperecedero ritmo de una marcha
castrense.
Se detuvo,
se secó la frente con el sobretodo. Ya no se cuidaba de no ensuciarse él ni su
ropa. Respiró profundo, se ajustó el pantalón, y cuando se sintió con más
control sobre su persona, continuó siguiendo el sendero hacia el muro. Sabía
que no iba a encontrar los cuerpos de los chicos de los que Santos había
hablado, pero no estaba seguro de no encontrar otros. El olor a podrido era más
intenso, y no sólo por la basura que los vecinos arrojaban. Era un aroma
amargo, como de sangre fresca, mezclado con el olor del pelo mojado. Entonces
se encontró con uno de los perros ciegos, que se le enfrentaba con decisión,
gruñendo al vacío en que debía intuir con su olfato y sus oídos. En ese vacío
estaba él, Walter Márquez, por primera vez en estado de indefensión cuando
tendría que haber sido lo contrario. Pero un vidente frente a un ciego no
siempre corre con ventaja, ni el tamaño ni la inteligencia sobreviven a ciertos
factores que van más allá de toda lógica. El instinto contiene lo necesario
para sobrevivir, y él sabía que su propio instinto estaba anquilosado, viciado
incluso, por la rémora de un sueño más insípido, más claudicante y enfermizo.
Ante un
solo perro, tal vez habría podido defenderse, pero apareció otro por detrás del
matorral. Luego escuchó los gemidos de muchos más escondidos, junto al muro y
tuvo la certeza de que se trataba de cachorros. Si los que ahora veía eran los
padres, parecían dispuestos a atacarlo para evitar que se acercara. Por eso
empezó a retroceder, despacio. Ya no tenía sentido quedarse quieto como la
noche del sábado, tenía que salir de ese baldío porque sabía que ahora él
estaba en territorio de ellos. Darles la espalda o correr constituía más que
una imprudencia. Caminar para atrás en ese lugar hacía factible tropezarse y
dejar su cuerpo libre al ataque, pero no podía hacer otra cosa. Siguió
retrocediendo, y ya había hecho bastante camino, tanteando el suelo irregular y
tocando las ramas con los codos. Esperaba que los perros no lo siguieran, por
más que ladraran al verlo alejarse, pero ellos continuaron amenazándolo. Pidió
ayuda con un grito un par de veces, pero era tonto esperar algo a esa hora de
la siesta.
Entonces
tropezó con una piedra que obviamente no recordaba haber saltado antes, y cayó
de espaldas. Vio a los animales venírsele encima. Intentó protegerse la cara
con el antebrazo que donde llevaba el sobretodo. Las patas de los perros
estaban encima de él, sintió los hocicos buscando una entrada entre la tela,
los dientes tirando de la ropa. Le daban mordiscos no muy fuertes, porque
parecían obsesionados por buscarle la garganta. Pronto, Walter olió su propia
sangre, o quizá fuese el aroma del miedo y del barro. Creyó, por un momento,
estar completa y definitivamente acabado, y fue esta misma idea lo que lo
rebeló, y se levantó de repente. Los perros, que juntos no llegaban a superar
su propio peso, cayeron de costado. Uno de ellos siguió mordiendo el sobretodo,
y el otro se le unió. Walter tiró, mientras pensaba qué hacer. No le importaba
ya el abrigo, sino entretenerlos de esa forma mientras intentaba escapar.
Cuando sintió que los perros hacían más fuerza mordiendo y tirando del abrigo,
sacó su antebrazo y se alejó corriendo. Había visto, sólo un segundo antes, que
los perros caían para atrás cuando soltó el sobretodo. Pero él ya estaba en la
vereda, y los perros, por más que ladraban entre las plantas y ramas, no
salieron.
Walter se
sentó en el umbral de la barbería, se sacó el saco de mangas rotas. Tenía los
brazos lastimados con heridas punzantes y profundas que aún no le dolían
demasiado. Se levantó las bocamangas de los pantalones, las piernas estaban rasguñadas
pero sin heridas graves. Tenía el cuerpo sudado y las manos le temblaban. No
había nadie en la calle, como si la ciudad estuviese vacía, sitiada en una
especie de limbo carente de tiempo. Mientras los perros actuaban, la ciudad no
era más que concreto y adoquines.
18
Farías le extendió el papel. Ibáñez lo leyó, pero no
más que para dar tiempo a que sus pensamientos se pacificaran.
-No voy a
firmar.
Ruiz y
Farías se apartaron un poco de Mateo Ibáñez y hablaron no más de dos minutos.
Mateo estaba ensimismado en su dolor. No esperaba que desapareciese, pero no
había creído que casi cuarenta y ocho horas después fuese tan punzante como al
principio, ni que su espanto hubiese crecido hasta el límite de lo creíble.
Entonces, se dijo, cuando ya no crea en lo que soy ahora, cuando todo me
parezca una fantasía o un sueño, podré abandonarme a la tranquilidad de una
locura serena.
Ruiz se le
acercó, y poniéndole una mano en el hombro, le dijo:
-Le comenté
a Farías lo de Valverde. Está de acuerdo, pero tal vez sea una pérdida de
tiempo. Ya debe haberse deshecho de esos perros.
Farías
también se le acercó.
-Lo
lamento, doctor Ibáñez, pero si no encontramos nada, el cuerpo de su esposa es
invaluable para la investigación. Piense que ella así lo hubiese querido.
Ruiz hizo
un gesto que Farías no entendió, pero que insinuaba que esa forma de hablar
sólo provocaría que Mateo se obcecara aún más.
-¿Usted
qué sabe…? –contestó Ibáñez, poniéndose de frente a Farías.
-No
peleemos, por favor –dijo el ministro.- No fue mi intención ofender. Sólo le
digo que si no colabora, el gobierno está autorizado a actuar aún sin su
consentimiento.
Aquello no
sirvió más que para enfurecer del todo a Ibáñez, que lo agarró de las solapas
del traje. Un hombre de seguridad lo separó, y mientras Farías se arreglaba el
saco, Mateo escondió la cara entre las manos, murmurando. Ruiz lo abrazó.
-Tranquilo,
Mateo, tenés que calmarte porque si no las cosas se van a poner peor.
-¿Puede ser
pero para mí?
Ruiz miró a
Farías, que lo había escuchado.
-Creo que
sí, Mateo. El gobierno nuevo… ¿me entendés?
Ibáñez
movió la cabeza, sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la cara.
-Vamos a lo
de Valverde, entonces.
Cuando
llegaron a la farmacia, eran las once de la mañana. Había gente entrando y
saliendo. El farmacéutico vestía su guardapolvo, mientras despachaba remedios o
preparados. Cuando los vio entrar, apenas saludó, como si no los conociera.
Esperaron a que el último cliente saliera y el ministro cerró la puerta.
-Buenos
días, Valverde.
-Buenas,
señor ministro…
-Ya conoce
a mis colegas…
-He tenido
el gusto –dijo, mirándolos por encima de sus lentes, sin dejar de asentar las
últimas ventas en su libro de caja.
-Me han
dicho que usted tiene los cuerpos de unos perros que estamos buscando.
Valverde se
sacó los anteojos y sus ojos claros lucieron tan bellos en medio de aquella
farmacia vieja y polvorienta, que por un momento los otros se quedaron
observando si había algo más en esa mirada que la llana simpleza de un hombre
de campo. Sin embargo, ya lo conocían, o por lo menos intuían la extraña
personalidad de Gustavo Valverde.
-No es
verdad, señor ministro, los doctores deben haberse equivocado de farmacia.
Ibáñez
reaccionó como Ruiz lo había esperado. En completo silencio, como si la ira
fuese tanta que incluso había reservado para sí la energía que cualquier
palabra o sonido hubiese requerido, fue hacia el pasillo que la noche anterior
había recorrido más de una vez. Los demás lo siguieron, mientras él abría las
puertas una tras otra. Vieron el baño, el depósito, el laboratorio. Cuando
llegaron al dormitorio de Valverde, se encontraron con la cama sucia y maloliente
donde dormía la mujer del farmacéutico. Ella abrió los ojos por un momento y
escondió la mano bajo las sábanas, pero ellos alcanzaron a vislumbrar la carne
desnuda y deforme.
Ibáñez bajó
la cabeza, aún con una mano en el picaporte de la puerta y los pies en mitad de
un paso que nunca terminaría de realizar.
-Lo siento
–dijo a Rosa Valverde. Luego cerró y miró a los otros tres. La expresión del
farmacéutico era recriminatoria y tan sincera, que por un instante dudó si se
trataba del hombre que la noche anterior
le había propuesto usar el cuerpo de Alma para sus experimentos.
Ruiz agarró
a Ibáñez suavemente del brazo y salieron a la calle. Farías los siguió, y dijo:
-Se deshizo
de ellos, era esperable. No podemos hacerle nada porque nunca pudimos probarle
nada.
-Eso
porque no quieren… dijo Ruiz.- Ni siquiera tiene título…
-Haga la
denuncia y lo investigaremos.
-Ya la
hice. Pero unos días después me vino a ver la mujer de uno de los policías de
la seccional, que estaba embarazada. No quería tener al chico, yo le dije que
no podía hacer nada. La vez siguiente que vino a verme, ella me negó que alguna
vez estuviese embarazada. Hay trabajos que cobra, otros que hace para pagar.
Farías
dijo que no eran épocas para revolver en la basura.
-Esas cosas
las hubo siempre –agregó.
Subieron al
auto del ministro, tomando el camino de regreso al hospital.
-¿No hay
nadie a quien avisarle, Mateo? A la familia de Alma, o la tuya. Para que cuiden
a Blas, mientras tanto –dijo Ruiz.
-No tenemos
familia cercana, están en provincias, y no vale la pena hacerlos venir. Blas es
mi responsabilidad, y sólo se los confío a ustedes mientras me encargo…
-¿Encargarte de qué? –preguntó, viendo que Farías les dirigía una mirada
por el espejo retrovisor.
-Ya te lo
dije anoche…-Y Mateo no dijo más.
Llegaron
al hospital. Ibáñez firmó el consentimiento y lo entregó a Farías.
-¿Quién va
a hacer la autopsia?
-Todavía no
está decidido, para mañana a la mañana se designará un forense. ¿Los alcanzo al
hotel?
-Tengo mi
coche, ministro, gracias -dijo Ruiz.
Subieron al
auto para regresar al hotel.
-¿A qué te
referías exactamente? –quiso saber Bernardo.
-Voy a
matar a esos perros, uno por uno.
-Pero
Mateo, si ni sabemos cómo encontrarlos…
-Ellos nos
van a encontrar, o acaso cómo fue que murió Alma.
-¿Y cómo
pensás matarlos?
Bernardo
preguntaba con una media sonrisa de burla.
-Pará en un
negocio de armas.
-Sos un
boludo, disculpáme que te lo diga, pero te estás portando como un chico.
Miró a
Mateo y éste lo observaba con una expresión muy diferente a la tristeza o el
enojo al que lo tenía habituado en los dos últimos días. Siguió conduciendo en
silencio, hasta que oyó que Mateo le ordenaba:
-Pará acá.
Se detuvo,
y recién se dio cuenta que estaban frente a una armería. No tuvo tiempo a decir
nada. Mateo ya se había bajado y entraba al negocio. Bernardo salió del auto y
cerró la puerta con un golpe. Entró enojado y se acercó adonde Mateo hablaba
con el vendedor.
-No te voy
a dejar....-le murmuró al oído. Agarró a Mateo de un brazo, pero éste se le
resistió sin mucho esfuerzo. Ibáñez era más fuerte y más alto que él, no podría
hacer nada para detenerlo.
-Me
gustaría ver ese rifle –dijo Ibáñez al encargado. Mateo lo revisó, intentando
lucir como un experto, y hasta salió bien parado por un momento. Pero el
vendedor se dio cuenta y le preguntó:
-¿Tiene
licencia, señor?
Mateo lo
miró sin saber qué decir.
-Yo sí
tengo –intervino Ruiz. Miró a Mateo:- Soy del campo –dijo, devolviendo así la
mirada de agradecimiento de Ibáñez.
Salieron
con el rifle envuelto en su estuche, lo dejaron en el asiento posterior del
auto y retomaron el camino hacia el hotel.
Al llegar,
Dergan les dijo que Márquez no había vuelto. Blas estaba almorzando con la
cocinera.
-¿Cómo les
fue con el ministro?
Le contaron
lo que había pasado y Dergan miró con sorna a Mateo cuando supo lo que planeaba
hacer. Miró alrededor, pero Ansaldi había salido al hospital a ver a su
sobrino.
-¿Qué sabés
vos de disparar, me querés decir?
-Nada, pero
éste me puede enseñar.
Dergan se
puso a reír, y mientras hacías esfuerzos por parar, empezó a decirle:
-¿Pero en
serio vos pensás aprender en un día y chau perros?
Su acento
francés hacía sonar raro los modismos y disminuían el efecto que intentaba
darles.
-Entonces
enseñale vos… –le dijo Ruiz- …porque él se va a meter en un desastre y va a
matar a alguien…
-Eso me
gustaría –dijo Mateo- aunque no sé por quién empezar.
Lo que
quedaba de la risa de Dergan desapareció de pronto.
-Está bien,
yo he salido de caza con mis padres desde que tenía ocho años, así que algo sé
de esto, pero date cuenta que no va a ser fácil para un aficionado.
-Vení
conmigo, entonces. Necesito que Walter y Bernardo se encarguen de Blas y de lo
que suceda en el hospital. Matamos a los perros y nos vamos.
-¿Así de
fácil te parece? ¿Con los milicos en las rutas, y Farías vigilándonos?
-No es
delito matar perros, que yo sepa.
-Pero sí
disparar armas sin autorización de los mandamás.
Mateo se
encogió de hombros, como si eso no le importara demasiado. Mauricio dijo
entonces que había traído su rifle con él.
-Lo traje
por las dudas –agregó-. Como se trata de perros salvajes, no me pareció de más
la precaución.
Bernardo
miró a Dergan con complicidad. Los que fuera lo que los había unido y separado
en su pueblo se había apaciguado en aquella tregua establecida solamente por
esa mirada.
-Conozco
una zona en las afueras de la ciudad, está medio escondido detrás de unos
árboles, lejos de la ruta. Podemos practicar toda la tarde.
Ibáñez
estuvo de acuerdo, subió a acostar a su hijo para la siesta y se cambió de
ropa. Bajó con unos vaqueros y una remera blanca, botas y una cazadora.
Dergan y
Ruiz no pudieron evitar reírse.
-No nos
vamos al África, Mateo.
Él tenía
ahora ingenuidad en su mirada.
-Bueno, se
me ocurrió que podía servir, me la regalaron hace años, pero nunca la usé…
Ambos le
palmearon la espalda. Bernardo le prometió cuidar a Blas hasta que ellos
volvieran.
-Por favor,
tengan cuidado. Si los agarran con armas y sin licencias, por lo menos a Mateo…
-No te
preocupes –dijo Dergan, porque Ibáñez ya estaba saliendo hacia el auto. –Yo me
encargo de mantenerlo a raya.. –Guiñó un ojo a y le revolvió los rulos cortos a
Bernardo. Luego subió a su Rural y arrancaron.
Recorrieron
muchas calles que a Mateo le parecieron todas iguales. Las tardes de los lunes
era sólo un poco más agitada que las del fin de semana, incluso se iban
pareciendo a medida que se alejaban del
centro. Las casas bajas se hicieron más espaciadas, con terrenos baldíos y
árboles invadiendo las veredas anchas. Había chicos en bicicleta, la camioneta
de un pocero, y varios patrulleros y gendarmes apostados cada tanto. Estaban
llegando a los límites de la ciudad, y el campo se abría a ambos costados de la
ruta. Dergan bajó la ventanilla y encendió la radio. El noticiero informaba de
muchos incidentes en Buenos Aires y Córdoba.
-Raro que
acá no pase nada –comentó.
-Raro, sí.
Parece todo tan tranquilo en la ciudad. Salvo los perros…parece…
Mauricio
esperó que continuara.
-¿…qué?
-No sé, es
una sensación, mi imaginación, nada más. Pero es como si los perros se
encargaran de mantener la paz, ¿no sé mi me hago entender? La paz durante el
día, mientras de noche ellos hacen la guerra.
Ibáñez está
delirando, se dijo Mauricio. No sabía si dar la vuelta y regresar, pero de lo
que estaba seguro era que nunca iba a convencerlo. La única opción era dejarlo
solo, abandonarlo a esos fantasmas que estaban creciendo en la mente de Mateo.
Incluso él era capaz, si se esmeraba, de verlos dar vueltas dentro del estrecho
espacio del auto, escondiéndose de la luz cruel de la tarde, provocando las
intermitencias en la transmisión de la radio. Pero todo eso era pura
imaginación, pensó. La realidad era lo de afuera, el campo vacío, la ruta
vacía, y los gendarmes haciéndose cada vez menos frecuentes, como pilones de
señalamiento que desaparecían a medida que el campo los iba relevando de sus
funciones. La soledad y la nada a veces son más fuertes que el fuego y el metal.
Hacía media
hora que no veían a nadie, sólo unos autos pasando en dirección hacia la
ciudad.
-Es allá
–dijo Mauricio, señalando unos árboles a la derecha.
Mateo vio
un pequeño bosque de eucaliptos. Dergan tomó un sendero de tierra que ni
siquiera había visto antes de abandonar la ruta. Unos pájaros que picoteaban el
suelo levantaron vuelo cuando el auto pasó en dirección hacia los árboles.
Recién entonces Mateo vio una vieja construcción en ruinas, oculta hasta ese
momento por el pastizal. Detrás, los árboles formaban un pequeño parque con
mesas y bancos de cemento, rotos y con los alambres de acero expuestos, cubiertos
de moho y excrementos de pájaros. Estaban dispuestos en semicírculo, cuya
concavidad miraba hacia una serie de parrillas en el mismo estado. Un poco más
a la derecha, había piletas sin grifos, sólo una bomba de agua, oxidada, junto
a ellas.
Bajaron
del auto, y Mateo se puso a caminar, escuchando el trino de las aves que
llegaba desde las ramas más altas, percibiendo el aroma de los eucaliptos,
pisando las semillas y el colchón de hojas largas y finas, marrones o verde
oscuro. Dergan le hablaba, mientras tanto, contándole que allí venía cuando era
un recién llegado al país, que aquel restaurante y parrilla aún funcionaba, y
los viajeros se detenían a todas horas para comer, los chicos jugaban entre los
árboles, juntando hojas y semillas, y los perros que bajaban de los autos
corrían como locos.
-Yo apenas
hablaba español cuando llegué, pero el dueño del local había sido vecino de mi
padre en Perros-Guirec… Sí, ese es mi pueblo… -le dijo a Mateo, adelantándose a
lo que fuera a decir-…Así que me enseñaba en las tardes, a la hora de la
siesta, mientras me adiestraba en el mate, también. Yo le pagaba atendiendo a
sus animales, unos perros, un caballo. También criaba gallinas, y patos, porque
antes, allí donde está esa zanja, ¿la ves?, había un charquito de agua donde se
animaban a chapotear. Cuando asfaltaron la ruta, la gente empezó a pasar de
largo, porque el tiempo de viaje se hizo más corto y ya no necesitaban
detenerse a descansar. Don Gervaise, así se llamaba, vendió el lugar, lo
malvendió quiero decir, porque el gobierno se lo compró en la época de Perón.
Todavía debe seguir siendo del estado, supongo. Yo, hasta hace unos años, venía
acá domingo por medio para practicar tiro.
Dergan
señaló unas latas caídas sobre las parrillas.
-¿Ves allá?
Son las mismas que yo dejé hace no sé cuánto. Esperá, que voy a buscar unas
botellas.
Se metió
por una abertura entre las puertas tapiadas del viejo edificio, y salió con un
cajón, seguido de varios gatos que salieron corriendo.
-Mirá lo
que encontré –y le mostró a Mateo un cajón de madera con seis botellas de
cerveza.
-Debe estar
más rancia que la mierda…
Mauricio se
burló de esa salida ingenua.
-Pero si no
la vamos a tomar, son para que practiques.
Fue al
coche a buscar las armas del maletero, la suya y la de Mateo, que había sacado
del auto de Ruiz antes de salir del hotel. Después, llevó las botellas hasta la
parrilla, tiró abajo las viejas latas, y las colocó en fila. Volvió junto a
Ibáñez y comenzó a enseñarle las partes del rifle, lo instó a familiarizarse
con su peso y su forma. Luego, le dijo cómo debía asentar la culata en el
hombro, firmemente, para no caerse de espaldas al disparar.
Cuando
Mateo se sintió preparado, Mauricio le dijo que disparara. Ibáñez lo hizo, y
cayó de cola al piso. Las botellas no habían sido tocadas, pero algunos pájaros
salieron espantados. Dergan se reía, Mateo estaba serio y avergonzado. Lo ayudó
a levantarse. La primera vez siempre es así, lo consoló. Pero Mateo no quería
ser consolado, estaba harto de las miradas de lástima y las palabras de
condolencia. Él necesitaba el silencio del verbo y ansiaba la estridencia de la
confusión. Se paró firme otra vez, apuntó hacia la parrilla y volvió a disparar
antes que Dergan le indicara. Esta vez no cayó de espaldas, pero las botellas
seguían indemnes.
Recargó el
rifle y apuntó.
-Tranquilo,
tranquilo…-le decía Mauricio, aunque sabía que era inútil.
El tercer
disparo rompió la última botella de la derecha. Mateo alzó los brazos y gritó
de alegría, saltando, y Mauricio lo felicitaba.
-¡Pero qué
hijo de puta con suerte!
Mateo lo
abrazó.
-Sigamos
practicando, dale….
Las
botellas desaparecieron pronto y fueron a buscar más cajones de botellas vacías
o llenas. Adentro del edifico el olor a orina de gato era insoportable, como un
olor a transpiración y pelo sucio. Afuera, el olor de la cerveza vieja inundaba
el lugar, pero el aroma de los eucaliptos convertía ese vaho en un aroma
extraño, dulce y amargo al mismo tiempo. Dergan también practicó, mientras
seguía aconsejándole a Mateo muchas cosas que había aprendido con la
experiencia. Ahora Ibáñez acertaba prácticamente todos los tiros.
-Pero los
perros van a estar corriendo…
-Tenés
razón, voy a buscar latas y las tiro al aire.
Recogió las
latas viejas y las puso en una bolsa. Una por una, las arrojaba a los lejos y
Mateo les disparaba. Dominar esto le llevaría a Ibáñez un par de horas más.
Eran las seis de la tarde. La radio del auto seguía prendida, las noticias se
sucedían sin interrupción, salvo cuando llegó el programa de música.
Mateo hizo
un último tiro, y escuchó la voz de la soprano. Era una voz oscura y
apesadumbrada, que nacía de los parlantes para crecer en el espacio abierto
entre los árboles. Era la tercera canción de Moussorgsky. La canción que habla
del campesino viejo y cansado, a quien la muerte viene a darle su merecido
descanso, a interrumpir la servidumbre del trabajo y la esclavitud de la vida.
La voz llegaba fuerte, pero el volumen no era alto, si apenas un rato antes las
noticias apenas se escuchaban. Ahora ni siquiera había intermitencia, y sólo el
sonido de los disparos interrumpía el continuo fluir de la voz y la melodía.
Ambas eran una sola sustancia, no sonora, sino un aroma que lentamente iba
tomando la forma de aquel pequeño bosque, y la forma del edificio abandonado.
Miró a
Mauricio, pero él no parecía prestar atención. Desde el edifico llegaba un olor
más fuerte que el de los gatos. Era un olor con el que convivía casi todos los
días. El olor de los muertos es inconfundible. Cuando dejó de disparar, se dio
cuenta que el silencio era un pozo más ancho y profundo de lo que hubiese
alguna vez imaginado, y sus pies estaban justo al borde de ese vacío. Tuvo un
vértigo, tal vez fuese el olor de la cerveza rancia, o el no haber almorzado
ese día. Dergan también había dejado de disparar, y ambos miraban ahora hacia
el edificio.
El olor se
hizo tan intenso que tuvieron que llevarse los pañuelos a la nariz. Una brisa
fuerte se había levantado al caer la tarde, e impulsaba y arrastraba como
bolsas de aire, ese olor a podredumbre, ese olor que más que ningún otro
estimula los demás sentidos con irritante eficacia: la visión de un cuerpo, el
sabor de la sangre, la frialdad de la piel y el silencio de la muerte.
19
La caída de la tarde fue amortajada por un cielo
nublado y un aire cada vez más frío a medida que oscurecía. Las ramas de los
árboles se mecían con violencia.
Ambos se
habían sentado sobre el capot de la rural, las armas apoyadas en la puerta.
Dergan masticaba un tallo verde, con los codos apoyados en las rodillas. Ibáñez
mascando un chicle que había encontrado en la guantera. Seguramente los
pensamientos de cada uno eran muy distintos, pero sus miradas, por más que
intentasen simular desviando su dirección hacia el campo o la ruta, estaban
absorbidas por aquel olor que llegaba del restaurante en ruinas. Como si los ojos
quisieran ver los invisibles trazos de otra forma de sensibilidad, la del
olfato. Pero los sentidos, como dimensiones paralelas y por completo separadas,
no pueden comprender a su inmediato vecino, sólo un poder organizador mayor es
capaz de unirlos todos en un mismo significado. En momentos como este, donde la
razón duda y la curiosidad toma la forma inmediata de la obsesión, un hombre
tiende a comportarse como entidades separadas, y lo que una encuentra
razonable, la otra lo halla peligroso. Por eso el miedo se alterna con la
lógica irrefutable del sentido común. A veces se confunden y equilibran los
tantos, otras intentan dominar las acciones de todo ser humano que se cree
exento de aquellas peleas interiores, simplemente porque no hacen ruido.
Y ellos
eran de esa clase de hombres. Cabizbajos a veces, solitarios otras tantas,
desesperados por compañía en contadas ocasiones. Pero sobre todo hombres que
actuaban en el vértigo de una vida que los conducía sin darse cuenta hacia ese
lugar, aquel sitio en medio del campo, junto a un bosquecillo de eucaliptos,
rodeados del viento fresco y amenazador de una próxima noche de tormenta, que
traía el aroma a pasto fresco y cubría de hojas el techo del auto. Hasta que se
dijeron, para sus adentros, que tenían que entrar.
Nada había
en la ruta, sólo de muy de vez en cuando las luces bajas de algún camión. Nadie
alrededor en muchos kilómetros a la redonda. Solos completamente. Sin testigos
para lo que pudiesen ver o hacer en los próximos minutos. Una libertad que
hasta cierto punto los exaltaba lo mismo que lo estaba haciendo el miedo, el
temor que aquel olor les provocaba.
Mauricio
sacó una linterna del auto, la entregó a Mateo, y llevó su arma cargada.
Caminaron hacia la abertura por donde varias veces habían entrado. Ahora el
interior no era tan oscuro, la luz, como la densidad del aire, parecía haberse
equilibrado entre el exterior y el interior. Pasaron entre cajones y pilas de
botellas. Era un sitio que ya habían visto, pero sin notar antes aquel olor.
Incluso ahora era menos intenso que hacía un rato, como si se hubiese acrecentado
recién a plena tarde luego de varias horas de sol y calor. Un olor se atenuaba,
se depositaba como una hoja atrapada por un remolino que está muriendo.
Siguieron su rastro, entre los restos de mesas y sillas, hasta llegar al ancho
mostrador en el que Dergan recordaba haberse acodado tantas veces muchos años
antes. Pero ya no estaba la figura de Don Gervaise, sino una columna de
oscuridad esculpida delante de los estantes en la pared. Algunas ratas
corrieron a esconderse de los intrusos. Ellos siguieron camino hacia el
depósito. Había una puerta cerrada, la empujaron porque estaba trabada, quizá hinchada por la
humedad de tantos años.
Era la
cocina, y tenía enseres de todo tipo, ollas herrumbradas, piletas llenas de
tierra, platos rotos. Menos mal que llevaban botas, se dijeron uno al otro,
porque pisaban vidrios y pedazos de metal. Al fondo, había otra puerta. Ese sí
debía ser el depósito. Estaba abierta, así que solamente atravesaron el umbral
y encontraron una escalera que descendía
Dergan iba
delante, con el arma lista, Mateo lo seguía, iluminando con el haz de la
linterna que los precedía a ambos. Dudaban que la escalera fuese lo
suficientemente fuerte para soportar su peso, pero también el olor era más
concentrado y ya no podían echarse atrás. Las ratas seguían dispersándose en su
camino, pero no les tenían miedo. Escucharon aleteos en el techo, murciélagos
probablemente. Llegaron al final de la escalera. Mateo pasó de largo un escalón
y tropezó con Dergan. Pidió perdón, y Mauricio debió decirle algo, pero habló
tan bajo que no alcanzó a entenderlo. Sólo lo vio extender un brazo hacia la
pared del fondo. Él iluminó hacia allí. Había bolsas de arpillera, telas que
parecían húmedas, bidones llenos de algún líquido, tal vez kerosene o nafta. No
era eso lo importante, porque por más que el olor a combustible fuese intenso,
el aroma dulzón de los cadáveres era mucho más evidente. Ambos lo conocían por
experiencia. Era una aroma al que estaban acostumbrados, incluso dejaban de percibirlo
por varias horas durante su trabajo.
Por eso no
se asombraron demasiado cuando, al levantar esas telas que parecían húmedas,
pero que simplemente brillaban al haz de la linterna por su desgaste y su
vejez, por el acartonamiento producido por la humedad de años, no se asustaron
al ver los cuerpos en diferentes estados de descomposición. Todos estaban
vestidos con ropa de calle, camisas, pulóveres, zapatos o zapatillas, uno tenía
una bufanda y otro todavía llevaba guantes. Todos eran hombres, o tal vez había
alguna mujer debajo. Porque no estaban en fila sino amontonados. Las caras eran
casi irreconocibles, la piel arrugada y pegada a los huesos, los cabellos secos
y duros, las manos quebradas y en posiciones extrañas, como si hubiesen estado
atados hasta después de morir.
Mateo dejó
caer otra vez las telas e iluminó la cara de Dergan. Estaba pálida, y su
garganta se movía como tragando saliva. Los ojos le brillaban. Lo agarró de un
brazo, ayudándolo a que no tropezara en la escalera, pasaron por la cocina y el
comedor. Una vez fuera, la noche ya había caído, pero no estaba del todo
oscuro. Había un tinte azulado sobre el campo, y las luces de un camión
constituyeron una esperanza, un alivio que nunca pensaron podrían sentir al ver
un simple camión de transporte. Tal vez
porque representaba lo cotidiano de una realidad que podían entender y dominar,
y no aquello que acababan de dejar atrás, eso que los había hecho sentir
perdidos como niños en medio de una infinita e inabarcable oscuridad.
Más tarde,
tal vez meses después de que todo esto terminara, cuando Ibáñez recordase lo
que vieron esa tarde, se explicaría a sí mismo o a quien quisiera escucharlo,
que aquel lugar había sido alguna vez un centro clandestino de detención, que
incluso mientras Mauricio practicaba con su arma en los primeros tiempos luego
del cierre del restaurante, los cuerpos ya estaban allí. Quizá, cuando
abandonaba su práctica y volvía al pueblo, se cruzara probablemente con otro
auto en dirección contraria que recién llegaba. Y si él se hubiese detenido un
solo instante en medio de la ruta, podría, a lo mejor, haber oído algo parecido
a disparos lejanos. Pero eso Mauricio nunca lo sabría con seguridad, así como
Mateo Ibáñez tampoco supo cómo pudo sobrevivir a esa semana que pasó en
20
Walter entró al hotel a las cuatro y media de la
tarde. Venía con los brazos envueltos en el saco del traje, los pantalones a
medio arremangar, la cara rasguñada y transpirada. La corbata suelta le caía
delante del chaleco, de botones rotos. Cuando entró al vestíbulo vacío, se dejó
caer en el sofá. Nadie lo vio entrar, y pasaron diez minutos hasta que Ruiz,
bajando de su cuarto, vio una cabeza asomándose por encima del respaldo.
-Walter
–dijo. Cuando dio la vuelta al sofá, su voz se quebró por un instante con un
tono de preocupación.
-¡Dios
mío, qué te pasó!
-¿Qué te
imaginás? –dijo Walter.
-Los hijos
de puta de esos perros, ¿pero dónde te atacaron?
-En un
baldío, al lado de la barbería.
Ruiz
intentaba revisarle los brazos, pero Walter se resistía.
-Cuidado,
por favor…
Logró
desprenderle la tela pegada por la sangre seca. No eran heridas extensas pero
sí profundas. Los orificios de los colmillos eran claros y casi prolijos. Debía
agradecer que no lo hubiesen desgarrado, pensó Ruiz.
-¿Por qué
no fuiste al hospital? Me hubieras llamado para irte a buscar.
-Estaba a
diez cuadras nomás, pero se me hicieron más largas de lo que pensé.
-Entonces
vamos ahora…
-No hay
nada que coser, ¿no?
-No, pero…
-Entonces
curame y poneme las vacunas necesaria, después me voy a acostar.
-Este es un
hotel, carajo, no un hospital, no llevo eso encima, ni siquiera en el maletín.
-Pero no
podemos dejar a Blas solo con Ansaldi…
-Ya lo sé.
Pero llegó hace un rato con el chico… Voy de una corrida con el auto hasta el
consultorio y vuelvo. ¡Ansaldi!
El conserje
salió de su pieza. Tenía la mirada soñolienta.
-Atacaron a
Márquez, haga el favor de cuidarlo mientras voy a buscar las vacunas a mi
consultorio. El chico duerme en su cuarto, no lo despierte.
-No es mi
intención, doctor. Vaya sin cuidado, yo cuido al arquitecto.
Ruiz salió
y ellos se quedaron solos. Ansaldi no hizo un movimiento por cubrir o curar las
heridas de Márquez. Walter lo miraba desde el sofá, desconfiado, y de pronto la
figura de Ansaldi, menuda, medio encorvada, de hombros estrechos, con esa cara
entre joven y vieja a la vez, le recordó la forma de un pájaro. Ansaldi estaba
parado frente a él, las manos juntas delante del pecho, la cabeza media pelada
y con una corona de pelo corto entre rubio y blanco. Se preguntó cuántos años
tendría en realidad. Aparentaba cincuenta, pero a veces su voz, por teléfono,
sonaba mucho más joven, y luego, negando esa impresión, su cara parecía lucir
arrugas escondidas y una piel demasiado tersa y gastada. Otras veces parecía
tener noventa años, pero era imposible, se dijo Walter, viéndolo ahora como
quien ve un fenómeno extraño del que no puede asegurar que no sea sólo una
alucinación. Creyó hasta verlo vestir una levita, pantalones del siglo XIX y una camisa con volados. Pero Walter estaba
con fiebre, de eso era lo único que se sentía seguro. Transpiraba, y la sangre
en sus heridas parecía licuarse para dejar fluir otra vez la hemorragia. Se
miró, pero no sangraba, y por un rato se tranquilizó.
-¿Quiere
tomar algo, arquitecto?
Walter
levantó la vista y negó con la cabeza. Enseguida quiso decir que sí, necesitaba
un vaso de agua, pero tenía el paladar seco y la lengua se le trabó sin llegar
a decir nada. Ansaldi ni siquiera vio su gesto, porque ya se había dado vuelta
para regresar a su pieza. Escuchó ladridos y se sobresaltó. Pero eran perros
comunes que corrían detrás de un ciclista.
Se quedó
dormido. Cuando despertó, seguía en el sofá. Ruiz estaba a su lado, poniéndole
una inyección en el brazo. Le había sacado la camisa, y le estaba curando las
heridas con yodo. Luego lo vendó y le dio a tomar una pastilla. Walter bebió
del vaso de agua con mucha sed, y pidió otro, y luego otro más. Cuando se
sintió satisfecho, preguntó:
-¿Y
Mateo…?
Ruiz miró
la hora. Eran las seis de la tarde. Ya tendrían que estar de vuelta, no tenían
mucho tiempo más de luz para practicar.
-Se volvió
loco, se compró un arma para matar a los perros…
Walter se
empezó a reír. No había la más mínima intención de burla. La risa fue corta y
tomó el tono triste de un sonido hueco.
-Vamos a
acostarte, tenés que dormir para que se te pase la fiebre.
Lo ayudo a
levantarse y subir al cuarto. Lo dejó caer en la cama y apagó la luz al salir.
En la habitación de al lado estaba Blas, oyó ruidos y fue a verlo. El chico
golpeaba la puerta. Abrió y Blas le abrazó una pierna, llorando. Bernardo lo
alzó en brazos e intentó consolarlo.
-Dios mío,
qué te estamos haciendo. Deberías estar con alguien que te cuide bien.
Bajó con el
niño para entretenerlo mientras esperaba la llegada de los demás. Se sentó en
mismo viejo sofá, mirando la entrada. Blas apoyó la cabeza en su pecho y se
puso a jugar con una cadena de oro. Le tiró del vello del pecho y Bernardo
retuvo una breve puteada. Le apartó las manos, sonriéndole. Pensó en el
embarazo de su esposa. Natalia debía estar en esos momentos sentada en el
porche de la estancia, tomando un mate con tortas fritas que ella preparaba tan
deliciosamente. Se preguntó si su hijo, o hija, sería como sus padres. Sin duda
llevaría en su vientre lo mismo que ellos dos, el germen de una condición, de
un hábitat a ser poblado por los insectos. Entonces vio que Gregorio Ansaldi se
hallaba a su lado, ofreciéndole una taza de té.
-¿Doctor,
si le apetece…?
Otra vez
ese tono, pensó Ruiz. Él era el único con el que todavía conservaba esa
engañosa condescendencia. Aceptó la taza y la apoyó sobre la mesita junto al
sofá. Miró, por un instante, la taza de porcelana: una rajadura la atravesaba
por el medio. Bebió un sorbo, y cuando la apoyó, notó otra rajadura similar en
el plato. Por casualidad, coincidían. Era una porcelana fina, pensó, y Ansaldi
se adelantó a su pregunta:
-Veo que
aprecia lo bello, doctor. Es realmente un alivio encontrar tal sensibilidad en
un científico. Este juego es lo poco que queda de una vajilla de ciento cuatro
piezas que yo traje de mi tierra hace ya muchos años. Sólo doce de ciento
cuatro. Ha sido como ver morir a toda una ciudad, doctor, una ciudad donde
todos eran familia cercana.
-Lo lamento,
Ansaldi. Y de qué fecha data…
-Fue regalo
del Príncipe Cristian de Sajonia a mi… a un antepasado.
Ruiz notó
ese desliz, como si el recuerdo de aquellos tiempos hubiese debilitado por un
instante la barrera de equívoca apariencia con la que intentaba protegerse.
Pero protegerse de qué, se preguntaba.
-¿Qué sabe
de los perros?
-Lo mismo
que todos….
Ruiz hizo
un gesto de impaciencia.
-No insulte
mi inteligencia, Ansaldi. Usted esconde algo, no me lo va a negar.
-Ahora es
usted quien me ofende obligándome a repetir frases trilladas. Todo escondemos
algo, doctor. Usted lo sabe…-Y extendió una mano para tocar el pecho de Ruiz.
Bernardo
dejó que esa mano, que apenas lo rozaba, se deslizase con tímido sigilo hasta
la boca de su estómago. Allí se detuvo, y él sintió el habitual hormigueo de
cuando algo lo hacía sentir mal, o por lo menos incómodo. Ansaldi tenía esa
virtud, por supuesto, pero había algo más. Sintió que los insectos, dormidos o
silenciosos, como lo estarían la mayor parte de su vida hasta el momento en que
le tocara morir para expulsarlos, se movían como dispersándose. Ahogó un
espasmo intenso y apartó la mano del viejo.
-Lo
lamento, doctor, pero era la única forma de comprobarle mi veracidad.
Ruiz
estaba recuperándose cuando lo vio agarrar a Blas y sentarlo a su lado en el
sofá. El chico miraba al viejo con recelo, pero no se resistía. Sólo notó que
la frente le transpiraba y se secaba los labios con frecuencia. Se preguntó si
tendría fiebre, pero estaba del otro lado de Ansaldi, y no se sentía con
fuerzas para levantarse.
-¿Quién es
usted? –le preguntó.
El viejo le
sonrió, acomodándose mejor y poniendo al chico en sus rodillas, como dispuesto
a contarle una historia.
-Soy
Gregorio Ansaldi, y mi padre se llamaba igual que yo. Mi madre era Marietta
Sottocorno, una adivinadora del futuro. De ambos soy el producto, resultado de
la invención y de la profecía. Mi padre vivió muchos años, y tenía casi cien
cuando se casó con mi madre, que era una adolescente. Él prolongó su vida con
una mezcla de sustancias que encontró en sus viajes por estas regiones de
Sudamérica, cuando aún había indígenas que conservaban los secretos de su alquimia.
Él fue casi exitoso en combatir la muerte, y logró que yo viviera casi tanto
tiempo como él. Dos generaciones cuando debió haber por lo menos tres. Eso es
un avance muy meritorio para la humanidad.
Ruiz lo
escuchaba pero no sabía del todo si estaba comprendiendo realmente lo que le
decía.
-¿Cuántos
años tiene?
-Los
suficientes, doctor, para quien ha combatido con la muerte y sus mensajeras, en
cuya familia usted ha entrado.
Se puso a
acariciar la cabeza de Blas, que jugaba con la punta de un pañuelo que
sobresalía de un bolsillo de Ansaldi.
-Yo puedo
curarlo, doctor. Creo que tengo buenas posibilidades de hacerlo, si me lo
permite.
Bernardo se
irguió en el asiento y lo miró con las mejillas pálidas y los ojos brillosos.
-¿Cómo?
Dígame, por favor.
-Paciencia, doctor, siga los consejos que da a sus pacientes. Todo
tratamiento requiere algún sacrificio. No es mucho lo que le pido.
-¡¿Qué
cosa, por Dios, dígalo ya?!
-Sé que el
doctor Ibáñez ha decidido matar a los perros. No logrará hacerlo con todos,
pero yo no quiero que mate más de los que ya murieron el sábado. Ellos son mi
esperanza. Yo no tengo hijos, no se dio la oportunidad, supongo. Por eso
Valverde es como mi hijo adoptivo. Él tiene las mismas inquietudes que yo, el
mismo objetivo. Retardar la muerte es el paso más importante, y los perros son
parte de nuestras experiencias. Ellos deben vivir y reproducirse, porque sólo
con los años veremos si nuestra meta se ha logrado. Yo moriré tarde o temprano,
también lo hará Valverde, pero los perros continuarán viviendo.
-¿Y qué es
lo que espera que yo haga?
-Que
convenza a Ibáñez de que se vaya de la ciudad, o que por lo menos le impida
matar a los animales.
Ruiz se
levantó del sofá y apartó a Blas de Ansaldi.
-Aunque
acepte lo que me pide, no voy a convencerlo, usted no lo conoce.
-Me lo
imagino, pero está en sus manos hacer todo lo necesario, si es que quiere
liberarse de su legado.
Cuando el
viejo se levantó y pasó a su lado para volver a la pieza, Ruiz volvió a sentir
el hormigueo en su abdomen. Blas le estaba diciendo que tenía hambre. Miró al
chico, y contestó que ya le iba a dar la merienda. Fue al comedor y lo sentó en
la sillita alta. Le tocó la frente y por suerte no parecía tener fiebre. Entró
a la cocina, donde estaba el encargado limpiando el piso.
-¿No llegó
la cocinera, todavía?
-No sé,
doctor, no creo que llegue a esta hora.
-Hotel de
mierda –murmuró Ruiz, y fue directamente a la heladera a buscar leche para
hervir. Prendió la hornalla, puso el jarro con leche al fuego, buscó latas con
galletitas o vainillas. Regresó al comedor y Blas lo miró con una sonrisa.
-Acá tenés,
una vainilla para vos y otra para mí.
Blas se
reía de las migas que caían al mantel, Bernardo intentaba seguir esa sonrisa,
contagiarse de la inocencia de Blas, de la sabia ignorancia que era un
conocimiento más allá de lo inmediato. Un conocimiento de lo único importante
por lo que valía preocuparse: el final. Eso era lo que ellos, los adultos, no
sabían, lo que los hacía estremecer como viejos obligados a pasar toda una
larga noche en la oscuridad y el frío del invierno. Cuando finalmente conocemos
nuestro cuerpo como conocemos el motor de nuestro auto, sabemos qué cosas podrá
tolerar, qué caminos, qué climas y cuántos kilómetros es capaz de recorrer.
Sabemos cuándo hay que llenar el tanque de nafta porque la aguja del tablero
gira de determinara manera, si necesita agua porque suena un leve sonido de
gorgoteo, si habrá que agregar aceite porque no se desliza como es habitual.
Tememos
por nuestro auto como tememos por nuestro cuerpo, ambos nos llevan, ambos nos
dejarán clavados en un sitio aislado, y abandonados, quizá para siempre, lejos
de toda comunicación, en el silencio absoluto, un silencio incorpóreo donde ni
siquiera los ecos del viento existen porque no hay árboles ni rocas. Sólo la
tierra, piadosa, que nos mece, nos acepta. Y nuestro auto es al ataúd de
nuestro cuerpo, así como el cuerpo es al ataúd de nuestra alma.
Ruiz sabía
que su cuerpo no resistiría, y por eso la liberación que Ansaldi le estaba
ofreciendo era más que una esperanza, y aunque sus palabras no hubiesen
incluido ningún tipo de promesa, él sí la estaba sumando a la voz del viejo,
imaginando lo que no había escuchado en realidad, simplemente porque necesitaba
apuntalar la desesperación sobre una columna endeble de inventada certeza.
Casi a las
diez, llegaron Mateo y Mauricio. Estaban transpirados, y dejaron los rifles junto
a la chimenea, envueltos en sábanas para que nadie nos los viesen al bajar del
auto.
-¿Cómo
estuvo el día, Bernardo? –preguntó Mateo, bostezando.
Ruiz
pensó: se ve cansado, tal vez no quiera salir esta noche.
-Un mal
día…-y se puso a contar lo de Márquez.
Mauricio
estaba subiendo la escalera para ducharse en su cuarto y se detuvo al oír eso.
Ahora ambos lo miraban preocupados.
-¿Blas está
bien?
-Sí, no te
preocupes, está en tu cuarto durmiendo.
-La puta
que lo parió –dijo Mateo, corriendo a la escalera.
Los tres
entraron al cuarto de Walter y lo encontraron dormido. Ruiz le cambió el paño
húmedo de la frente. Le puso el termómetro en la axila y le tomó el pulso.
-¿Estás
seguro que no es para ir al hospital?
-No quiso,
y yo no pude llevarlo sin dejar a Blas solo con el viejo.
-Pero…-empezó a decir Dergan.
Ruiz lo
hizo bajar la voz y miró la columna de mercurio del termómetro.
-Ya no
tiene fiebre. Dejémoslo dormir. Vamos abajo. Tienen que contarme cómo les fue a
ustedes.
En el
comedor se sirvieron sándwiches, comida enlatada y vino. Le hablaron de la
práctica, pero no estaban dispuestos a decir nada de lo que habían visto en el
restaurante. Cambiaron de tema.
-Este hotel
se viene abajo, y al viejo ya no le importa un carajo…-dijo Mauricio.
-O más bien
somos nosotros los que no le importamos, ahora que lo conocemos mejor.
Dergan miró
a Ruiz, intrigado.
-¿Hablaste
con él?
-Más o
menos…
-¿Te contó
quién es?
Ibáñez los
miraba sin entender.
-Paren un
poco, ¿cómo quién es?
No le
hicieron caso. Mauricio y Bernardo compartían otra vez esa complicidad de la
que él estaba aislado.
-Me habló
de sus padres, me contó todo un delirio sobre postergar la muerte, algo
parecido a lo que nos dijo Valverde, pero en el viejo todo esto suena a
leyenda, a algo demasiado arcaico para ser verdad.
-Pero es
por eso que necesita de Valverde. El farmacéutico lo hace encajar con la
realidad, ¿entendés?
-No entiendo
de qué están hablando -intervino Mateo.
-El domingo
revisé la pieza, y encontré documentos del viejo. Tiene más de noventa años y
parece de cincuenta.
-Eso fue lo
que me dio a entender –siguió Ruiz.- Su padre logró prolongar su vida, y ahora
Ansaldi quiere continuar eso experimentando con los perros.- Hizo una pausa,
respiró profundo porque sabía que lo que iba a decir a continuación no
encontraría más que resistencia.- Eso es meritorio.
Los otros
lo miraron como a un bicho raro.
-¿Qué
querés decir?
-Digo que es un hallazgo enorme si fuera
verdad. Tal vez deberíamos apoyarlos con eso de los perros.
Mateo
recordaba las palabras de Valverde en la habitación de la mujer enferma. Sí,
todo eso era verdad, por lo menos la imaginación y el delirio eran más
palpables y más ciertos que muchas verdades supuestamente concretas. A veces,
lo que queremos pensar es una evidencia en sí mismo, algo tan real como un
salvavidas en un naufragio. Quizá Valverde vivía de ese modo, o tal vez fuese
él, Ibáñez, quien no estaba preparado para aceptar todo aquello como verdadero.
Fuera como fuese, las palabras de Ruiz, su cambio de actitud, lo confundieron.
Dergan se
reía, moviendo un dedo sobre la sien como atornillando un tornillo suelto.
-Me parece
que está hablando en serio –dijo Mateo, al ver la expresión de chico asustado
que tenía Bernardo.
-Sí…hablo
en serio. Creo que deberíamos dejar a los perros en paz.
Mateo se
levantó y fue a buscar su arma. Ruiz siguió diciéndole.
-Pensalo un
poco, si hay la más leve esperanza de que toda esta teoría sea cierta, la
muerte de Alma no habrá sido en vano…- Mientras le hablaba, Ibáñez recargaba su
rifle y le dirigía miradas de rencor.
-Está
bien...me rindo…-dijo Ruiz- Pero por lo menos no salgas esta noche, pensalo y
mañana vas a estar más descansado y tranquilo.
Dergan se
levantó y fue a buscar su arma.
-Me parece
que el viejo le lavó el cerebro… No le hagas caso –le dijo a Mateo.
-Estoy
tratando…-y Mateo miraba a Ruiz con furia
Bernardo
volvió a insistir.
-Piensen un
poco, un hombre de noventa que parece de cincuenta. ¿No vale la pena
investigar? Los perros son parte del experimento, ya lo dijo Valverde.
No le
hicieron caso, entonces intentó detener a Ibáñez de un brazo, y éste se dio
vuelta y lo empujó. Ruiz cayó de espaldas, pero ninguno intentó ayudarlo a
levantarse. Lo vieron hacerlo solo. Mateo lo miraba con intensa ira, el rifle
le temblaba en las manos, el cañón cruzando el frente de su cara como una
grieta en su alma.
-Sos un
hijo de puta –le dijo, apoyando el dedo índice de su mano derecha sobre el
pecho de Ruiz, golpeándolo suavemente pero con la suficiente fuerza para
hacerlo tambalear.- Más te vale que cuides de mi hijo, porque sino te juro que
te mato.
Mauricio
empujaba a Mateo para que salieran de una vez. Bernardo Ruiz los vio
salir, y supo que no había hecho lo
suficiente, que nunca tendría el valor para hacer jamás lo que era necesario
hacer.
21
Eran más de las doce de la noche. Llevaban los rifles
cubiertos y sobre los hombros como fardos de telas, por si encontraban gente o
algún policía. Caminaron varias cuadras, incluso por las mismas donde habían
visto a los perros el sábado a la noche. El cielo estaba estrellado, pero las
luces de la ciudad empalidecían el resplandor. Escucharon una sirena de
ambulancia y luego de una autobomba, lejos, muy lejos de allí. Oyeron ladridos
y aullidos respondiendo a esas sirenas. El olor de la ciudad nocturna tenía una
leve mezcla de café, anís y humedad. Algunos bares estaban abiertos.
No había
nadie en las calles. Sólo algún auto muy de vez en cuando, o algún ciclista que
ni siquiera los miraba. Pasaron frente a la casona de María Cortéz. Dergan
sintió un breve escalofrío al recordar la mañana de domingo que pasó con ella.
Había perros en el jardín, pero comunes y corrientes. Le ladraron mientras
pasaban junto a la verja. Una luz se encendió en el porche y la cortina de la
ventana se movió un poco.
Llegaron
al almacén de Costa. Estaba como siempre, cerrado y abandonado. Golpearon la
puerta y las ventanas metálicas, tal vez había algún lugar por donde los perros
salvajes pudieran meterse. No oyeron nada. Siguieron de largo. Ahora estaban en
la vereda del baldío donde Walter había sido atacado.
-Entro yo
primero, vos cubrime –dijo Mauricio.
Mateo
asintió y lo siguió. Dergan se metió entre el pastizal, alumbrándose con una
linterna. Habían desenvuelto las armas. Un perro ladró y sólo un segundo
después Mauricio sintió los dientes en la rodilla izquierda. Casi estuvo a
punto de caerse, pero recuperó el equilibrio y golpeó la cabeza del animal con
la linterna. La luz se apagó, junto con la oscuridad oyeron los gruñidos de
otro perro. Mateo buscó con torpeza su linterna, que había quedado enredada en la
sábana. Cuando logró encenderla, vieron a dos animales frente a ellos.
-No te
muevas –dijo Mauricio.- Levantá el rifle muy despacio… - Su voz se hizo suave
como un murmullo.
Mateo
intentó obedecer. Se sentía demasiado cansado para tener miedo. Para él ahora
los perros eran nada más que dos objetos que abatir, y estaba convencido que
con un par de rápidos movimientos podría dispararles con facilidad. Pero
Mauricio insistió en actuar con cautela, aún cuando los perros ni siquiera
podían verlos. Los ojos, de párpados semicerrados, lucían perdidos y casi
etéreos en las caras blancas. Las cabezas se movían guiadas por el olfato. De
los hocicos brotaba una mucosidad blanquecina. Tenían las bocas abiertas, y
Mateo vio los colmillos grandes, tal vez demasiado para el tamaño de los
perros. No habían notado eso en los cuerpos del laboratorio de Valverde.
¿Habrían cambiado, estarían evolucionando de alguna forma, con cada generación?
Porque sin duda estos perros eran más jóvenes. Y más atrás, junto al muro del
baldío, había crías.
Mientras
pensaba en todo esto, Mateo vio que Dergan ya había llevado su rifle al hombro
y apuntaba. Disparó. Uno de los animales cayó muerto, el otro corrió a
esconderse. Ellos lo siguieron.
-Despacio
–repitió Mauricio.
Despejaron
las ramas y el pasto alto con los cañones de los rifles. Iluminaron el camino
con las linternas, hasta que apareció el muro blanco devolviéndoles un reflejo
cegador No vieron que el perro sobreviviente se acercaba otra vez. Mateo sintió
la cabeza del animal sobre su cara. Luego oyó un disparo, y todavía ciego entre
el súbito resplandor y la inmediata oscuridad, creyó que era él quien estaba
herido. Pero pronto la mano de Dergan lo ayudó a levantarse. El perro estaba
tirado en el suelo.
-Gracias
–dijo. Entonces se preguntó si Mauricio le habría disparado justo cuando tenía
al perro encima. El otro adivinó lo que pensaba. La palidez en la cara de Mateo
era tan evidente que Dergan se puso a reír.
-No tenía
más alternativa…
Ibáñez no
dijo nada. Se acercaron a las crías. Eran tal vez quince o más.
-Dios mío,
si se reproducen así, no vamos a acabar más.
Mauricio
sólo respondió levantando la culata del rifle y golpeando las cabezas de
algunos cachorros.
-Eencargate
de los otros –dijo a Mateo
Ibáñez hizo
lo que le pedía. Cinco minutos después estaban todos muertos. Sólo uno se movía
un poco, y Mateo lo remató con otro golpe. Salieron del baldío, cansados pero
entusiastas, tomados de los hombros y con las armas en el brazo libre. Dergan
cojeaba un poco y se vendó con un trozo de sábana.
-¿Querés
volver al hotel? –le preguntó Mateo.
-Ni en
pedo, ahora que le tomamos el gusto. Sigamos.
Al
caminar, Mauricio mejoró su ritmo. Era una herida superficial, y no le dolía
demasiado. Pasaron frente a la panadería de los Casas, después miraron el
interior cerrado del bar de Santos. En la puerta había basura y restos de
comida. Decidieron esperar un poco, escondidos, para ver si aparecían los
perros. Cuando dieron vuelta la esquina, se encontraron con dos muchachos, de
dieciocho años más o menos. Eran gemelos. Ambas parejas se sorprendieron una de
otra primero, luego se saludaron.
-¿También de
caza, chicos? –preguntó Dergan, que había visto las ondas elásticas y las
piedras acumuladas en la vereda.
-Así es,
señor.
Dergan trató
de ocultar su sonrisa despectiva. Los chicos miraban los rifles con asombro y
admiración.
-¿Tuvieron
suerte?
Uno de
ellos contestó:
-Ya matamos
a veinte perros desde que aparecieron, y esta noche a dos.
Mauricio
los observó con sorna, pero se dio cuenta que no mentían. Esas piedras,
arrojadas con fuerza en un sitio vulnerable podían ser mortales.
-¿Pero a
dónde les apuntan? –preguntó Mateo.
-A las
narices, señor. Eso cualquiera lo sabe.
Mauricio y
Mateo se echaron a reír, y los chicos les indicaron silencio.
-Bueno,
muchachos, linda lección nos han dado. Yo soy el doctor Ibáñez, y él es
veterinario, Mauricio Dergan.
-Nosotros
somos los hermanos Benítez. Yo soy Daniel, él es Jorge.
Se
estrecharon las manos los cuatro. Luego se sentaron en cuclillas, a esperar.
-¿Viven
cerca?
-A dos
cuadras.
-¿Y salen
todas las noches de cacería?
-Unas sí,
otras no.
-¿Y no
tienen miedo?
-Al
principio un poco, pero ya los conocemos. Están ciegos, eso los limita mucho
para perseguirnos. El olor los confunde también.
-¿El olor
humano?
-Sí, doctor.
Mi hermano y yo nos separamos corriendo, entonces los perros persiguen a uno, y
el otro le dispara en las patas, entonces aprovechamos para darle en la nariz
con las ondas.
-Pero si son
varios…
-Una vez nos
atrevimos con dos al mismo tiempo, pero casi nos muerden. Por eso no hacemos
nada si son más de uno. Ahora con ustedes podemos hacer un buen equipo.
Mauricio
palmeó la espalda del chico. El hermano parecía más tímido y hablaba poco.
Casi una
hora después, aparecieron cuatro perros a husmear en la basura.
-Uno para
cada uno –dijo Daniel Benítez.
-No va a
ser tan fácil –comentó Dergan, asomándose por el borde de la pared. Le hizo una
señal a Ibáñez para que lo siguiera, los muchachos fueron detrás, pero él les
dijo que se quedaran quietos, que iba a avisarles si los necesitaba. Ellos
protestaron en voz baja.
Dos de los
perros se habían subido al montón de bolsas apiladas, los otros dos desgarraban
las que estaban debajo. Como parecían distraídos, Mateo y Mauricio se acercaron
bastante como disparar sin error. Pero entonces apareció un quinto perro
cruzando la calle y corriendo directamente hacia Mateo. Ninguno de los dos lo
vio, sólo se dieron cuanta cuando el perro cayó a medio metro de ambos, justo
cuando estaba por saltar sobre Ibáñez. El animal estaba herido por una piedra
que los chicos le habían tirado. Dergan le disparó para rematarlo. Ahora los
muchachos corrían hacia ellos, exultantes, pero no hubo tiempo de decirles nada
porque los chicos señalaban a sus espaldas. Los otros cuatro perros ahora
estaban alertas y se acercaban.
-¡Separémonos! –dijo uno de los gemelos, bajando a la calle para ver si
podía amenazar a los perros desde ese lado
-¡Mateo, a
mi derecha! –dijo Mauricio.
Ibáñez
obedeció, pero no entendía qué esperaba que él hiciera desde allí, no había más
que la pared y la vidriera del bar. Dergan desafió a los perros con gritos y
movimientos del rifle. Sabía que el olor de su rodilla herida los atraía más
hacia él que hacia los demás. El otro chico estaba cerca de él, atrás y a la
izquierda, con la onda preparada. Los perros que estaban arriba de las bolsas
bajaron, entonces Mauricio le hizo una señal al chico para que disparara. La
piedra golpeó a uno de los perros en la cabeza, y el otro muchacho le disparó a
otro en las ancas. Los dos cayeron al piso, y Dergan les disparó antes de que
se levantaran. Los dos perros que quedaban se había arrinconado entre la pared
y las bolsas, Mateo se encargó de mantenerlos allí. Pero cuando oyeron los
disparos se volvieron locos y corrieron hacia todas partes, golpeándose contra
la pared y revolcándose en la basura. Ibáñez quiso acertarles pero no tenía
suficiente puntería para darles mientras se movieran, así que Dergan se encargó
de ellos.
Uno de los
gemelos se había subido a la pila de bolsas y disparó una piedra, ya a
destiempo, rompiendo una de las vidrieras del bar. Santos apareció entonces,
mirando los pedazos rotos, rascándose la cabeza con una mano y la otra en la
cintura.
-Buenas
noches, señores…-dijo, tranquilo, resignado.
-Perdón…–empezó a decir Mateo.
-No se
disculpen, hace tiempo que intento sacarme de encima a esos perros de mierda,
pero siempre vuelven.
Los gemelos
se acercaron a pedir disculpas. Él les dio un golpecito amistoso en el pecho.
-No se
preocupen, chicos…sólo que voy a tener que decirle a su viejo, este ventanal me
va a salir mucho.
Lo
muchachos se miraron entre sí.
-Santos, por
favor, no le diga nada, nosotros se lo pagamos, usted sabe que nuestro viejo
está mal.
-Está bien,
mañana hablamos. Vayan a casa.
Ellos se
despidieron de los otros con un fuerte apretón de manos.
-Fue una
excelente cacería –les dijo Dergan.
-¿Está seguro que no quiere avisarle al
padre? –preguntó Mateo a Gaspar Santos.
-Sí. Lo que
pasa es que el negocio de su viejo quebró. Era gente de plata, que se ha venido
a menos. Además, se le ha pegado el vicio…-y empinó el codo para ser más claro.
-Déjeme que
pague por el gasto –dijo Mateo, que ya había sacado la billetera del pantalón.
Santos
sujetó el brazo de Ibáñez y lo apartó de él.
-No, por
favor, ni pensarlo. Ustedes deben ser amigos del arquitecto Márquez, ¿no es
así?
-Así es.
-Estuvo aquí
esta tarde, hablamos largo y tendido. Pero pasen un rato.
Santos bajó
unas sillas de las mesas y los invitó a sentarse. Después fue a buscar unas
tablas de aglomerado para tapiar la vidriera rota. Mateo y Mauricio se
levantaron enseguida a ayudarlo. Quiso evitarles la molestia, pero ellos
insistieron. Luego agarraron los cuerpos de los perros y los metieron en bolsas
de basura.
-Guardemos
dos para disecar –dijo Mateo.
Dergan
vigilaba la calle por si aparecían otros. Pasó una moto y el conductor se
detuvo.
-¿Qué pasó?
-preguntó
-Matamos
algunos perros salvajes –contestó Mauricio, con desconfianza.
El tipo era
robusto, con gestos y entonación de militar, pero estaba de civil. No le
preguntó nada más, sólo le deseó buenas
noches y siguió de largo. Mauricio se quedó inquieto.
-¿Quién era?
–preguntó Santos.
-No sé, un
curioso, pero no me dio confianza. Mejor terminamos rápido.
Cerraron
las bolsas y dejaron los cuerpos donde Santos dejaba los restos de carne para
tirar al día siguiente. Los cadáveres que reservaron fueron puestos contra una
pared.
-¿No hay
gatos, no es cierto? –preguntó Mauricio, medio en broma, medio en serio,
mientras se sentaba para tomar una cerveza que Santos les invitó.
Los tres se
rieron, Santos dijo:
-Tengo uno,
pero desde que están estos perros no sale del bar. –Se levantó a buscarlo, pero
no lo encontró.- Quién va a encontrarlo con estos cuerpos esta noche.
Le hablaron
del ataque a Márquez, y Santos se sintió culpable; fue él, les dijo, quien le
había indicado que podía encontrar perros en ese baldío.
-Bueno, no
se preocupe –dijo Mauricio- ya los matamos hace un rato.
Entraba una
brisa fresca por las rendijas entre las tablas y los vidrios rotos. Escucharon
una moto pasar dos veces, ida y vuelta. Sabían que era la misma, y se dieron
cuenta que desde esa noche empezarían a vigilarlos.
-Lamento
que lo hayamos metido en problemas…
-¿Qué
problemas? –dijo Santos- ¿Con los milicos? Bahhh…Yo estudié para entrar en el
ejército después de la colimba, durante tres años. Fueron los peores de mi
vida. Me jodieron hasta reventarme las pelotas, así que un día golpeé a un
sargento en un desfile del 25 de mayo. Me metieron en cana por seis meses.
Después abrí este bar. Pero vi muchas cosas durante ese tiempo, y aprendí a
quedarme callado. No se van a meter conmigo tan fácil, pero con ustedes es
diferente, con los profesionales, quiero decir. Ustedes son tipos que piensan,
y para ellos eso es lo mismo que decir reaccionarios de izquierda.
Ibáñez lo
miraba con sorpresa, y se dio cuenta que Dergan compartía esa misma y repentina
complicidad hacia aquel extraño que de repente parecía ser más que un amigo. Un
tipo de aspecto descuidado, pelo despeinado y largo, barba entrecana y rubia,
con un delantal que aún a esas horas de la noche llevaba encima, y un repasador
que metía y sacaba del bolsillo del delantal para secar la mesa cada que vez
que un vaso dejaba un círculo.
-Bueno,
creo que tenemos que irnos…-dijo Mauricio casi media hora después, Se levantó
para ir a buscar las bolsas que llevarían a la morgue a primera hora de la
mañana.
-¿Está
seguro sobre la vidriera? –insistió Mateo.
-Seguro,
doctor, no diga más.
-Entonces
déjenos pagar las cervezas…
-Está bien,
si insisten.
Los tres se
estrecharon las manos con fuerza al despedirse.
-Ha sido un
gusto conocerlos. Un abrazo de mi parte al arquitecto y al doctor Ruiz, ya veré
si me doy una vuelta por el hotel mañana.
-Lo
esperamos…Cuídese.
-Cuídense
ustedes, que tienen que caminar varias cuadras todavía.
Se saludaron por última vez. Mientras se
alejaban del bar, ambos pensaron, sin decirlo, que Santos tenía razón. Llevaban
dos perros muertos todavía sangrando en esas bolsas. Mateo decidió llevarlas
él, para que Dergan pudiese disparar si era necesario. Miraban con extremo
cuidado a todas partes al llegar a cada esquina
La noche
era húmeda y el rocío hacía brillar los adoquines con la escasa luz de los
porches. Una sirena aulló a muchas cuadras de distancia, la brisa fresca movía
las ramas de los árboles que intentaban tocarse de vereda a vereda sobre la
calle. Luego, escucharon otra vez la moto, y fue Dergan el único que se detuvo,
abruptamente, justo sobre el cordón de la vereda, prestando oídos. La moto
volvió a alejarse. Mateo llevaba las bolsas como dos fardos de papas sobre un
hombro, y como no lo vio detenerse, había seguido de largo cruzando la calle.
Mauricio retomó el andar detrás de Ibáñez, y se puso a observar su espalda,
como si no lo reconociera. Ibáñez parecía al hombre de la bolsa, aquel que aún en diferentes culturas
representaba al aborrecido extraño que venía a llevarse a los niños malos.
Mauricio
recordó el año anterior a su llegada al país, a los hombres que llevaban a sus
niños en bolsas parecidas. Los hijos que habían muerto por la rabia transmitida
por los perros que él, en el pequeño pueblo costero de
Una semana
tardó en llegar la nueva partida de vacunas, y él mismo se dedicó a ir de casa
en casa para vacunar a los perros. Dos días después, ya estaba otra vez sin
vacunas, y llamó por teléfono para pedir más. Quedaban más de la mitad de los
perros y otros animales del pueblo sin vacunar. La gente se ofreció a ayudarlo.
Cuando llegue la nueva partida, les dijo.
Entonces
fue cuando los mismos perros que él había vacunado empezaron a mostrar síntomas
de rabia. Primero llegó un hombre preguntándole cómo podía ser eso, y él
contestaba que debía tratarse de otra enfermedad. Cuando lo acompañó a su
granja, la mujer los recibió desesperada y en llanto. El perro ovejero había
mordido al hijo de ambos hacía dos horas. El chico tenía fiebre y echaba mucha
saliva por la boca.
Maurice no
podía creer que eso estuviese ocurriendo. Le mostraron al perro, que estaba
atado, ladrando como loco y con baba en la boca. Junto al veterinario, el
hombre tenía la escopeta preparada, y disparó. Soltó el arma y corrió a la
habitación de su hijo. Dergan lo siguió. El chico deliraba entre las sábanas,
la madre intentaba consolarlo. El hombro miró a Dergan con rencor y angustia al
mismo tiempo. Muchas expresiones parecidas recibiría en los siguientes días,
pero esa, por ser la primera, fue la única que jamás pudo olvidar.
Esa misma
tarde, llegaron a buscarlo varias mujeres y hombres que él conocía y saludaba
casi cada mañana en el pueblo, gente con la que se detenía a conversar y a
quienes les preguntaba por el estado de algún caballo, ternero o perro que
hubiese estado atendiendo el día anterior. Esta vez vinieron a preguntarle qué
había pasado con las vacunas, y luego las preguntas se fueron convirtiendo en
reproches, y muy pronto las acusaciones se sucedieron sin obstáculos ni
interrupciones. De pronto, se vio rodeado de gente que hablaba al mismo tiempo,
caras que gesticulaban sin poder él comprender lo que decían. Incluso creyó,
por un momento, que todos hablaban idiomas extranjeros, como una especie de
Babel luego del castigo divino contra el orgullo y la vanidad.
Intentó
explicar, pero se daba cuenta que no tenía ninguna teoría lógica, y la única
plausible -que la partida de vacunas fuese un fraude, y no era la primera vez
que ocurría-, no le serviría de nada para evadir su responsabilidad. ¿Había,
acaso, comprobado la fecha de elaboración y las marcas del departamento de
sanidad? Tal vez lo hizo, como era su costumbre, o tal vez no, apurado por
vacunar la mayor cantidad de animales en pocos días.
Se dejó
abrumar por el gentío, se dejó caer en medio del pasto con la cabeza entre las
manos. Alguno debió apiadarse de él, o quizá simplemente quisiera disponer de
él a solas para vengarse. Se le ocurrió que podía ser el padre del chico que
estaba muriendo en esa granja, pero pronto sabría que al mismo tiempo había
muchos otros chicos a los que les estaba pasando lo mismo. Así que podía ser
este hombre o cualquier otro, por esa razón o cualquier otra. Ahora sólo era
conciente de que lo empujaban y tironeaban agarrándolo de los brazos hasta una
camioneta, y luego arrancaban mientras la gente golpeaba el vidrio y los
costados del vehículo, gritando a través del imperfecto silencio de los
cristales y de su propia insensibilidad, esa capa protectora que el espanto
había creado a su alrededor.
El médico
del pueblo le dio un sedante y lo mantuvieron encerrado dos días en su casa,
con un vigilante en la puerta. Cuando lo dejaron salir, fue a su consultorio y
lo encontró destrozado. Los animales que estaban en tratamiento habían sido
asesinados, sus propios perros estaban muertos también, así como los gatos que
criaba para vender. Fue hasta la comisaría y lo trataron con educada frialdad.
-No fue su
culpa que le vendieran vacunas adulteradas, doctor, pero debió fijarse mejor
–le dijo el oficial principal.
Dergan se
preguntó si habrían comprobado los frascos de las ampollas, si habrían hecho
una adecuada investigación. Decidió no preguntar, si lo habían dejado libre era
porque no había manera de adjudicarle algún delito. Antes de salir, el
comisario le aconsejó:
-Pase por
el cementerio, doctor, y luego puede abandonar el pueblo.
Él hizo las
valijas y subió a su auto. Paró en la puerta del cementerio. Adentro todo el
campo estaba lleno de gente, parecía un hormiguero llenos de hormigas negras
cargando ramas. Pero las ramas eran ataúdes de niños.
Los niños
muertos por la rabia.
En todo
esto pensaba Mauricio Dergan cuando él e Ibáñez llegaron al hotel. Ni siquiera
se había dado cuenta por qué calles o veredas habían pasado, sólo siguió a
Mateo como aquel lejano día había seguido la columna de hombres que cargaban
los féretros de sus hijos. Se había evadido del presente y de la noche para
transportarse a otro mundo muy lejano en un soleado día de duelo. Podrían haber
sido atacados por los perros sin que él se diese cuenta siquiera, y se sintió
responsable por la confianza que Ibáñez había depositado en él, y que había
defraudado. Como aquella vez, hace mucho tiempo, en un pueblo costero de
Los perros,
sin embargo, no volvieron a atacar esa noche. Sintió al llegar a la puerta del
hotel, que lo observaban desde la calle. Como si ese algo o alguien, muchos
quizá, se estuviesen riendo de su distracción y su conciencia perdida en el
tiempo, hasta creyó haber oído gruñidos como simuladas risas de lástima y
desprecio. Como si los perros recordasen a sus ancestros a través de la distancia
y de los años, a aquellos perros que él, Maurice Dergan, había dejado
sobrevivir.
22
En la mañana, Ruiz se despertó con una fuerte sacudida
al sonar el despertador. Eran las siete, y ni siquiera se acordaba por qué
había puesto la alarma a esa hora. Mientras se cepillaba los dientes, recordó
que a las ocho empezaba la autopsia de la mujer de Ibáñez. Lo había llamado
Farías a la noche, poco después de que Mauricio y Mateo salieran. Luego, se
había acostado y no los había visto regresar. Sólo escuchó los ruidos de
puertas y suaves murmullos que se mezclaron con sus sueños. Pesadillas que volvían
cada tanto tiempo a recordarle lo que él era desde un tiempo antes, un hombre
habitado por insectos, nada más que un hábitat más para aquellos seres que
solían sobrevivir tempestades y cataclismos, sobrepasar las generaciones de los
hombres y transformarse por la simpleza de su cantidad y rudimentaria vida, en
casi tan eternos como los dioses. Y muchas veces había pensado que quizá fuesen
más duraderos que los débiles dioses creados por los hombres, dioses que
alimentaban criaturas en sus vientres.
Pensó en lo
que le había dicho Ansaldi, y se avergonzó de haber desafiado a Mateo, de
haberlo traicionado por la promesa tan estéril del viejo. Cómo pretendía ayudarlo,
por más que lo que dijese sobre su edad y origen fuese verdad. Lo que vivía en
el cuerpo de Ruiz ya era irreversible. Sacarlo era lo mismo que morir. Ellos,
los insectos, eran como una víscera más, o hasta como la misma sangre. Y de
algún modo, los perros constituían algo semejante para Dergan, porque Ruiz
sabía la causa por la que había emigrado de Francia. Los animales eran
parásitos que lentamente debilitaban los organismos que los hospedaban, haciendo
de ellos lo que querían, sometiendo sus vidas a los deseos y necesidades de los
otros.
Pasó por
las habitaciones de sus amigos. Golpeó a las puertas. Mauricio dormía. Mateo
dormía con su hijo. Márquez estaba despierto, sentado en la cama. Las vendas ya
no sangraban y se veía de mejor color.
-¿Cómo
estás?
-Mejor,
gracias.
-Quedate en
la cama un rato más, te mando subir el desayuno.
Walter no
pudo contestarle, fue corriendo al baño. Debía esta descompuesto, era frecuente
que temperamentos nerviosos como el suyo somatizaran el estrés con ese tipo de
trastornos.
Bajó al
comedor y la cocinera le trajo café con leche.
-¿Y sus
colegas van a bajar a desayunar, doctor?
-No.
Solamente llévele un té con limón al arquitecto, por favor.
Ella regresó
a la cocina. Ruiz miró la hora, ya eran las ocho menos cuarto. Se preguntó qué
habrían hecho anoche aquellos dos que intentaban jugar de cazadores. Vio venir
a Ansaldi, que se quedó parado a su lado luego de darle los buenos días.
-Cuando
termine su desayuno, doctor, debo decirle algo.
-Dígamelo
ahora, porque tengo que ir al hospital.
-Sus
colegas, doctor Ruiz, hicieron una matanza anoche. Escuché los tiros, y los vi
entrar con la ropa sucia. El doctor Ibáñez traía dos bolsas con cuerpos. Deben
estar en su cuarto.
Ruiz tomó
un sorbo de café, y esperó que continuara.
-Tiene que
llevárselos a Valverde, doctor. A mi no me deja entrar, sólo usted tiene la
oportunidad.
-No diga
estupideces. No me va a convencer como ayer.
-Doctor,
por favor. No sea temperamental y piense un poco. Aunque no confíe en mí, le
sugiero que recuerde todo lo que le he dicho, ¿acaso lo que sé no garantiza mi
promesa? ¿Puede el doctor Ibáñez decir lo mismo, por más que cuente con su
confianza?
-¿Y qué
garantía me da usted de que puede ayudarme?
-Hable con
Valverde, y lo sabrá. Pero solamente se lo dirá si le lleva los perros, será un
pago de confianza para que hable.
Ruiz se
levantó, las manos le temblaban de ira. Ansaldi retrocedió un poco.
-Sé que es
difícil la decisión que le pido, doctor, pero le sugiero que sopese –e hizo los
delicados gestos de quien maneja una balanza de platillos- los defectos de una
pequeña traición por los beneficios de que usted recupere su anterior vida.
En ese
momento se oyó el llanto de Blas. Ruiz subió la escalera y golpeó la puerta de
Mateo. Cuando se abrió la puerta, Ibáñez tenía al niño en brazos, que lloraba
sin consuelo.
-No sé qué
le pasa, me despertó gritando así. No tiene fiebre, debe estar hambriento y
aburrido de este hotel.
Ruiz se
preguntó si por fin su amigo estaba entrando en razones y decidiría irse de la
ciudad.
-Por qué no
seguís durmiendo, estás ojeroso. Yo me encargo del chico.
-Pero hoy
es…
-Ya lo sé,
no pienses en eso…
-No
entendés, tengo que llevar los perros que matamos anoche para que les hagan la
autopsia.
-No sé si
hay tiempo, pero voy a intentarlo. Yo los llevo, decime dónde están.
Ibáñez le
señaló el armario. Ruiz abrió la puerta y encontró los bultos bajo la ropa
sucia. Los sacó y los arrastró por la habitación.
-¿Vas a
poder solo?
-Sí, note preocupes. Vos y Mauricio tienen que dormir.
-Tenés
razón, esta noche tenemos que salir otra vez.
Ruiz fingió
estar de acuerdo, pero sentía que todo estaba saliendo cada vez peor. Su amigo
le daba lástima. No se había afeitado desde el sábado, y probablemente no se
había duchado al volver anoche, y tenía el cabello rojizo despeinado y sucio.
Llevaba puesto solamente el pantalón piyama medio flojo en la cintura, y
sujetaba a Blas en los brazos, balanceándolo para lograr que se durmiera otra
vez.
-Le voy a
decir a la cocinera que le dé el desayuno.
-Gracias…-dijo Mateo, y se metió en la cama otra vez, acostando al chico
a su lado.-Por lo de anoche, disculpáme, pero no se si entendí bien tu actitud,
estaba cansado…- y bostezó.
-Está
bien…-fue lo único que respondió Ruiz, luego salió del cuarto, dejando la
puerta abierta. Bajó los escalones y llegó al pie de la escalera. Ansaldi lo
miraba desde la recepción, con una leve sonrisa satisfecha.
Avisó a la
cocinera por el desayuno del chico y salió arrastrando las bolsas. Las puso en
el maletero del auto y partió hacia la farmacia de Valverde.
-Gracias,
doctor Ruiz.
El
farmacéutico estaba tras el mostrador, envolviendo en papel manteca unos polvos
que él mismo preparaba. Los dejó en un rincón de la estantería de la pared
lateral y fue a recoger las bolsas que Ruiz aún no había soltado. Al notar su
resistencia, dijo:
-Puede
soltarlas, yo las llevo al laboratorio.
Ruiz cedió
y lo miró entrar al pasillo. Enseguida lo siguió, y Valverde se dio vuelta,
preguntándole:
-¿Necesita
algo, doctor?
-Ansaldi me
dijo que usted podía responderme una pregunta.
El
farmacéutico dejó las bolsas sobre la mesa de disección, las abrió con una
trincheta y los perros muertos diseminaron su olor.
-Deben haber
estado toda lo noche encerrados…
-En un
armario del hotel…-dijo Ruiz.-Anoche los cazaron Ibáñez y Dergan.
-Es
lamentable, después de todo lo que hablamos el domingo…
-Valverde
–lo interrumpió Ruiz.- Ansaldi debe haberle hablado de mi problema…
-Así es,
doctor, la primera vez que me trajo los perros me lo dijo. Creyó que usted, en
especial, podría comprender nuestra causa común.
A Ruiz le temblaban
las manos. Sentía, además, que su estómago se contraía en espasmos cortos e
intensos.
-Me
dijo…que usted podra ayudarme a sacármelos de encima.
Valverde
era sólo un poco más alto que él, y con el guardapolvo celeste y los ojos
verdes, el pelo engominado y las manos callosas por el contacto con los
químicos y los cadáveres en formol, lucía mucho más intimidante que la figura
esmirriada, de cabello enrulado y cara casi infantil de Ruiz.
Con una
mano en un hombro del médico, a manera de gentil amistad, le contestó:
-Déjeme
mostrarle algo y le contaré mi teoría.
Lo llevó
otra vez al pasillo y se pararon frente a la última puerta. Valverde abrió con
una llave y accionó la perilla de la luz. El cuarto estaba llenos de estanterías
en las paredes, ocupadas por frascos transparentes, cuadrados, rectangulares o
cilíndricos. Casi todos tenían fetos en diferentes estados de gestación.
Ruiz
comenzó a caminar entre los preparados cadavéricos. Cada uno tenía su etiqueta
con las semanas de gestación, pero sin nombres, por supuesto. En algunos había
placentas completas o sólo fragmentos. Así que esto era lo que había estado
haciendo todos aquellos años desde su venida del campo, pensó Ruiz. Así era
como se ganaba la vida, más que lo que pudiese obtener por la farmacia. Pero
estaba seguro que no cobraría mucho por los abortos. Su propia forma de vida
desmentía cualquier ostentación de dinero o de lujo.
-Mire,
doctor. Usted sabe que la placenta es un tejido de revitalización. Si se
cultivan sus células, pueden genera cierto rejuvenecimiento, por lo menos
parcial. Bueno, yo diría que podemos hacer algo parecido. Lo que usted lleva
adentro, doctor, podría se expulsado por estas nuevas células.
-Pero…
-Ya lo sé,
no confía en mis métodos rudimentarios, pero fíjese en los perros, doctor,
¿quién los ha creado?
Ruiz se
dijo que debía estar loco para creer en Valverde. Sin embargo, toda aquella
situación ahora se le antojaba un largo sueño mientras en realidad el estaba
durmiendo en Buenos Aires, junto a su primera novia, Cecilia Taboada. Pero
recordó que incluso ella solía recitar poemas extraños que de algún modo
preanunciaban todo lo que le estaba pasando: los insectos y los perros muertos.
Entonces todo el tiempo y sus circunstancias le parecieron una inacabable
espiral que iba sumando objetos y seres vivos, involucrándolo a él en su
centro, pero no sabía si la dirección de
esa espiral era el cielo o el infierno, ni si estos parámetros eran de algún valor o significado siquiera.
Sintió
náuseas, Valverde se dio cuenta. Vio en la cara del farmacéutico una expresión
de desprecio e ironía.
-Venga,
doctor, sé que lo impresiona todo esto.
Ruiz sintió
vergüenza, y la vergüenza lo hizo sentir enojo. Se desprendió de la mano de
Valverde, que lo sujetaba de un codo, y salió del cuarto. Se apoyó contra una
pared del pasillo y respiró profundo. Se decidió a no vomitar, no quería darle
esa satisfacción al otro, pero no estaba seguro de seguir aguantando cuando lo
vio acercarse con un algodón embebido en alcohol. Se lo puso bajo la nariz y el
olor lo reanimó.
-¿Se siente
mejor?
Ruiz
asintió con un gesto de cabeza, y salió de la farmacia con paso rápido. Tropezó
con una mujer en la puerta, que lo saludó, pero él ni siquiera se fijó en ella.
Sólo se dio vuelta para decirle a Valverde que esa noche regresaría para
empezar el tratamiento.
23
El hotel pareció deshabitado hasta primeras horas de
la tarde. Ruiz había salido de la farmacia antes del mediodía, pero aún no
estaba de regreso cuando Walter se levantó. Eran casi las dos de la tarde.
Dergan seguía durmiendo, pero no entró en su habitación. Se asomó al cuarto de
Mateo por la puerta entreabierta. Ibáñez estaba boca abajo en la cama, con las
piernas abiertas, los brazos cruzados bajo la almohada y la cabeza de costado.
El niño estaba despierto y jugaba con el cabello de su padre, pero éste no
parecía darse cuenta.
Walter
entró y se llevó al chico para entretenerlo un poco. El vestíbulo estaba vacío,
lo mismo que la recepción. Durante casi media hora le enseñó a Blas a construir
aviones y autos con papel que sacó del mostrador. Tenían un tamaño ideal para
eso, de consistencia suave pero no demasiado liviana. El membrete con el nombre
del hotel era lo menos que importaba a la hora de construir esos avioncitos de
papel. No tenía hambre, a pesar de no haber almorzado. Se sentía mejor, y no
era un factor de menos el saber que los demás estaban durmiendo, fuera del
peligro que representaban los perros, incluso lejos de comenzar un trabajo que
ninguno estaba dispuesto a cumplir. El único que no estaba allí era Ruiz,
seguramente seguía en el hospital.
Vio entrar
a Santos, y se sorprendió, porque no había pensado en él desde que salió del bar
en día anterior.
-Buenas
tardes, Márquez. Me contaron lo que pasó ayer, ¿cómo se siente?
Walter le
dio un apretón de manos, y dijo:
-Bastante
mejor, la saqué barata.
-¡Que lo
diga, amigo mío! Si viera lo que los doctores hicieron ayer noche cerca de mi
negocio. Ya le cuento.
Se
sentaron. Blas se acercó gateando sobre la alfombra del vestíbulo.
-¿Y este
chiquito quién es?
-El hijo de
Ibáñez. A la madre la mataron los perros el sábado.
-¡La
pucha…! –se lamentó, golpeándose la frente con la palma de una mano.- Ahora
entiendo por qué está haciendo lo que hace. Yo me preguntaba cómo un
profesional como él…
-Así es,
Gaspar. Se está desquitando, como puede.
-Yo haría
lo mismo, supongo, pero de un tiempo a esta parte cada vez me siento más
cobarde. No sé si será el haberme asentado como un comerciante, y la verdad es
que paso solo casi todo el tiempo, excepto por los clientes, por supuesto.
Blas se
paró para apoyarse en las rodillas de Santos. Gaspar lo levantó con manos
inexpertas y comenzó a uparlo sobre las piernas.
-Es un
hermoso chico, y se parece mucho al padre. Menos mal que es un bebé todavía,
casi no debe tener conciencia de lo que le ha pasado.
-Eso creo
yo, y es un chico muy tranquilo. Se aguanta todo a pesar de que este hotel es
un caos estos días. A veces no comemos ni dormimos, o como ahora, que el padre
todavía no se ha levantado.
-Déjelo
descansar, que esta noche van a salir de vuelta de cacería. Creo que me voy a
unir a ellos esta vez, a ver si despabilo un poco mi coraje.
Santos se
reía de sí mismo, y Walter le ofreció tomar algo.
-¿Un café
con jerez?
-¡La pucha!
Gracias, arquitecto –dijo, buscando al encargado.
-No se
preocupe, Ansaldi está en su pieza, creo, no lo he visto desde que me levanté.
Pero en ese
momento apareció el sobrino desde la cocina. Llevaba la mano vendada pero tenía
buen aspecto.
-¡Manuel! –lo saludó Santos, revolviéndole el
pelo. –Me dijeron que te habían mordido…
-Ya estoy mejor, ya casi no me duele.
-¿Y tu tío? –preguntó Márquez.
-En la
pieza, mirando su álbum de fotos, como siempre. ¿Quieren que les sirva algo?
-Bueno, si
tenés ganas. Traé dos cafés cargados y una copita de jerez.
Manuel se
fue y Walter se quedó pensando en el chico. Se veía un poco más alto, con mejor
aspecto que antes de ser herido. Cuando regresó con la bandeja y los cafés, le
preguntó en broma:
-¿Qué te
hicieron en el hospital? Te ves mejor que antes.
-Nada, me
curaron la mano. Pero el tío dice que fue por la mordedura de los perros. La
saliva renueva las células de la sangre.
Los otros
se miraron con una común expresión de burla.
-¿Y vos
notás alguna diferencia?
-Bueno,
creo que me salen mejor las cuentas y las matemáticas. Yo antes dibujaba cosas,
inventos, no sé, pero ahora se me hacen más fáciles.
Le daba
vergüenza seguir hablando, y se fue a la cocina.
-Ese
Ansaldi es un tipo muy raro. Siempre lo fue.
-¿Y desde
cuando lo conoce?
-Creo que
desde siempre, ni me acuerdo cuándo abrió este hotel. Es curioso, pero no me
acuerdo…
-No
importa, es simple curiosidad…
En ese
momento entró Ruiz. Venía cabizbajo, distraído, y no se dio cuenta de ellos
sino hasta que pasó junto al sofá.
-Doctor
Ruiz…
-Buenas
tardes, Gaspar. –Miró a Walter y preguntó:
-¿Mejor?
Márquez
asintió y quiso saber.
-¿Venís del
hospital? ¿Hicieron la autopsia a Alma?
Ruiz lo
miró sin contestar, hizo un gesto de desdén con la mano y comenzó a subir la
escalera. Oyeron la puerta de su cuarto al cerrarse con brusquedad.
-Debe haber
pasado algo…
-Sí, bueno,
lo dejo Walter, tengo que atender mi negocio y ustedes tienen problemas que
resolver. Hasta luego.-Se fue, despidiéndose de Blas con un beso con olor a
jerez y saliva en la barba, que al chico pareció gustarle.
A las seis
de la tarde, Walter y Blas estaban en el sofá, dormidos e iluminados por los
últimos rayos del sol que descendía detrás de las casas de enfrente. Dergan e
Ibáñez bajaron juntos, recién bañados y despejados. Llevaban ropa limpia.
-Mirálos a
estos dos… –dijo Mauricio.
Ibáñez
levantó a Blas y lo despertó para darle la merienda. Estaba de mejor humor, la
cacería de la noche anterior había representado algo nuevo para él, quizá
porque era algo que había hecho con sus propias manos para compensar la muerte
de Alma. Y la próxima noche que se avecinaba lo haría sentir aún mejor, más
fuerte y de ánimo exultante. Walter se despertó y saludó a ambos.
-Me alegro
verlos de buen aspecto.
-¿Te dijo
algo Ruiz sobre lo perros?
-¿Qué
perros?
-Los que
matamos anoche, él los llevó al hospital para que les hicieran la autopsia. Así
evitan la de Alma. Tendría que haber ido
yo mismo, pero estaba molido de cansancio.
-Llegó hace
casi tres horas, no me dijo nada sobre eso. Se encerró en la habitación.
Los tres se
miraron, pero Mateo fue el único que corrió escaleras arriba y comenzó a
golpear la puerta de Ruiz. Los otros lo siguieron.
-¡Bernardo!
¡Abrí!
Durante más
de un minuto nadie le respondió. Dergan trataba de calmar a Mateo, pero
éste no quería.
-¡Abrí,
hijo de puta! No tendría que haberte hecho responsable a vos, justo a vos,
traidor de mierda!
La puerta
era de roble macizo, y apenas se oía el golpe insistente de Ibáñez. Blas se
había puesto a llorar, y Walter se lo sacó al padre y lo llevó abajo para
calmarlo.
-¡Pará un
poco, querés! No te adelantés sin saber…-decía Dergan.
-Pero no te
das cuenta, se esconde porque sabe que nos traicionó. Quién sabe qué hizo con
los perros…-Pensó un instante y se golpeó la frente contra la puerta- ...Seguro
se los llevó a Valverde. ¡Abrí, Bernardo, abrí que te rompo la cara!
Mauricio
empezó a tirar de Mateo para apartarlo de la puerta.
-Entonces
vamos a ver a Ansaldi, que fue el que le metió esas ideas…
-Primero voy
a cagar a trompradas este que se decía
amigo nuestro, después me encargo del viejo…-y volvió a golpear.
Pero
entonces oyeron la llave de la puerta, luego el picaporte se movió. Como fue
tan repentino, Mateo no intentó empujar. Dejó que Bernardo abriera, y lo vieron
allí parado, completamente desnudo, los rizos cortos mojados no de una ducha
sino de transpiración, los ojos llorosos. Pero sobre todo lo que los sorprendió
fue ver la figura esquelética de Ruiz, las costillas salientes, el abdomen
plano y estrecho, los huesos de la pelvis sobresaliendo como los extremos de un
arco. Sin embargo, el abdomen se movía, como si Ruiz tuviese la habilidad de
mover voluntariamente sus intestinos, en la forma de pequeños movimientos o
brotes que levantaban la piel y luego cedían. Bernardo se llevaba las manos al
vientre, frunciendo la cara como si el dolor fuese ya insoportable.
Dejó la
puerta abierta y se acostó en la cama. Los otros le preguntaron qué le pasaba.
No les contestó, qué podía decirles sin hacer que pensaran que se estaba
burlando de ellos o se había vuelto loco.
-¿Qué te
pasa? ¿Qué son esos espasmos?
-Nada que
puedas evitar, Mateo. Ya se me van a pasar. Hay épocas que me sucede más
seguido.
Dergan e
Ibáñez se miraban sin comprender.
-¿Pero
estás seguro?
Ruiz movió
la cabeza contestando que sí.
-Dejanos
solos, Mateo –le pidió Mauricio.
Ibáñez
empezaba a irse cuando escuchó que Ruiz le decía:
-No fui al
hospital.
Ibáñez se
dio vuelta con ira, pero al ver aquel cuerpo débil y desnudo en la cama no pudo
decir nada y salió. Mauricio se sentó en una silla junto a la cama. Sospechaba
que su amigo le estaba ocultando alguna enfermedad grave, quizá terminal. Le
rogó que le contase. Ruiz se decidió a decirle todo lo que le había sucedido en
Le coer antique.
Dergan no
esperaba ninguna explicación semejante,
pero de alguna forma sabía que Bernardo no le estaba mintiendo. Más que
las palabras, el cuerpo de Bernardo Ruiz se estaba confesando con el evidente y
peculiar parecido, con esa extraña manera en que el cuerpo de un hombre simula,
aunque lejanamente todavía, la figura de un insecto.
24
A las diez de la noche, Ibáñez estaba listo para
salir. Mauricio todavía cargaba su arma en silencio. No quería explicarle a
Ibáñez lo que realmente le pasaba a Ruiz, aunque fuese la única manera de
justificar lo que había hecho. Se limitó a oír los reproches y la furia de
Mateo.
-Llamé al
hospital, le hicieron la autopsia a mi mujer. ¿Te das cuenta? La abrieron toda
–dijo, aferrando el rifle y la mirada perdida en la puerta de calle. -¡Apuráte,
querés!
Se quedó en
silencio un rato, esperando que Dergan terminara de vestirse y comiera algo
antes de salir. Luego murmuró:
-Primero los
perros, después Valverde y el viejo, por último nuestro querido amigo Ruiz.
Se dio
cuenta que Mauricio lo estaba mirando.
-No me
pongás esa cara. Si se está muriendo mejor para todos, le haré un favor
rematándolo como a un perro.
Mauricio
tenía miedo de salir de cacería con Ibáñez. Ahora era un hombre más peligroso
para su propia causa que a favor de ella. En ese momento entró Santos.
-Buenas
noches. Yo los acompaño hoy.
Llevaba
vaqueros y una campera de cuero negra, el pelo engominado y un palo de madera
maciza.
-Con esto
maté un par de perros hace unas semanas. No me dejan portar armas de fuego,
pero esto puede ayudar, si me permiten.
Dergan le
dijo que sí, que estaba bien. Se sentía mejor con otra persona en caso de que
tuviese que controlar a Ibáñez.
-Afuera
están lo muchachos Benítez. Quieren acompañarnos, pero les dije que tenían que
pedirles permiso a ustedes.
Dergan
estuvo de acuerdo, Santos miraba a Ibáñez, que nada le contestaba y miraba con
obstinación hacia la puerta. Entonces se sorprendió de escucharlo decir.
-¿Estás
listo Dergan, puto de mierda? O querés pintarte y ponerte polleras para salir.
Vamos a matar, no a dejarnos culear por los malditos perros.
Walter
sostenía a Blas, que terminaba de cenar. Ansaldi se había asomado desde su
pieza. Ruiz bajaba por la escalera, con un pantalón vaquero y el torso desnudo.
Fue como si Mateo lo hubiese escuchado pisar la alfombra gastada pero todavía
mullida de los escalones, como si sus oídos hubiesen adquirido la agudeza de un
cazador experimentado. Se dio vuelta para mirarlo a los ojos, y su silencio fue
más hiriente que cualquier insulto que hubiese podido inventar.
Salieron a
la calle. En la esquina se encontraron con los Benítez. Se saludaron con un
apretón de manos, como si no hubiese diferencia de edades o profesiones. Sólo
eran cinco hombres que salían de caza, y en lugar de un bosque o una selva, era
una ciudad. Pero la oscuridad en esas calles suburbanas casi es la misma que en
un bosque cerrado iluminado sólo por la luz de la luna. Aquí, las luces de los
porches eran como luciérnagas, y las luces de mercurio pequeñas lunas con
envoltorios de vidrio.
Ibáñez
había tomado por propia iniciativa el mando esa noche. Mauricio no se animaba a
contradecirlo, temía que la furia destinada a los perros se dirigiera a
cualquiera que se interpusiese en su camino.
Esta vez,
fueron en dirección contraria a la de la noche anterior. Caminaron cuatro
cuadras sin hallar rastros de perros. Cuando iban a seguir un poco más, se
detuvo un auto a mitad de cuadra. Era un Fiat 600, blanco, y Santos reconoció
enseguida a Rodrigo Casas.
-Gaspar
–dijo el panadero.- Como me dijiste que hoy salían, vine a avisarles. Esta
tarde, cuando fui a cobrarle el alquiler a las Cortéz, escuché ruidos en el
almacén de Costa.
-Ya lo
revisamos ayer –dijo Mauricio.
-Pero a lo
mejor ayer no estaban, cambian de lugar muy seguido…
-Gracias,
vamos para allá.
-¿Puedo
hacer algo?
-¿Tiene
arma? –preguntó Mateo.
-Solamente
el palo de amasar –se rió, y los demás lo festejaron.
Pero Mateo
permaneció serio y se alejó.
-Entonces
mejor no –dijo Santos.-No queremos que haya más heridos, pero gracias por la
información.
Casas
arrancó y ello siguieron a Ibáñez. Cuando llegaron al almacén, acercaron el
oído a las puertas y ventanas clausuradas. Uno de los chicos dijo escuchar
llantos de cachorros. Aunque los demás no oyeron nada, decidieron entrar.
Buscaron en la vereda algo de metal para arrancar las maderas de la puerta.
Luego, levantaron la cortina vieja y oxidada. Santos iluminó el interior con la
linterna, mientras Ibáñez y Dergan apuntaban. Los Benítez esperaron unos metros
atrás, con las ondas preparadas.
Salieron
algunas ratas, pero sobre todo un olor a mugre y alimentos podridos. No
pudieron levantar la cortina mucho más de cincuenta centímetros, así que
Dergan, empujando a Ibáñez, se agachó y entró al almacén. Mateo lo siguió y
Santos fue tras él. Los chicos, por más que querían, no se animaban a entrar.
Por suerte, Santos les dio un motivo para permanecer afuera:
-Vigilen,
por si aparecen los canas.
Se quedaron
en la puerta, sospechando de cada luz y de cada auto cuyo motor escuchaban aún
de lejos.
Adentro,
los tres hombres avanzaron despacio, pisando con precaución por los vidrios o
metales que pudiera haber. La linterna apenas alumbraba un sector no mayor a un
metro, y no era suficiente distancia por si aparecían los perros. Sólo Santos
recordaba el interior del almacén, y aún así en la oscuridad y el abandono no
logró ubicarse bien.
-Allá al
fondo estaba el mostrador, y a la derecha un pasillo que llevaba a las
habitaciones.
-Los perros
deben haberse escondido ahí para dar a luz. Vos quedate en la entrada del
pasillo –le dijo Ibáñez a Dergan.- Si escapan, les disparás. Nosotros buscamos
adentro.
Mauricio
los vio desaparecer. El haz de la linterna desapareció tras una pared, y ya no
vio más que oscuridad. Escuchó el paso de sus amigos, arrastrando las suelas
por el piso cubierto con múltiples capas de polvo y tierra. De afuera le
llegaba el rumor de la calle, que por más leve que fuese, representaba un
alivio. Sobre todo el aire fresco combatiendo la humedad del almacén que empeoraba
el malestar de su tobillo.
Oyó, de
pronto, los gritos de los chicos. No alcanzó a entender qué le decían. Era algo
malo sin duda, porque había un tono de angustia en sus voces, que se fueron
alejando con el jadeo de quienes escapan corriendo. Entonces escuchó los
motores que se detenían en la puerta del almacén. Sabía que era la policía.
Quién podría haberles avisado, se preguntó. Casas, ni pensarlo, tal vez
Ansaldi, o el propio Ruiz, aunque le hacía mal a su alma tan solo pensarlo
capaz de eso. Pero lo más probable fuese que aquel tipo con la moto de la noche
anterior haya sido el verdadero responsable.
Corrió en
lo oscuro, tropezándose con obstáculos que él no veía, sillas, mesas, botellas.
Sabía que todo aquel ruido no haría más que indicarles a los milicos por dónde
se escapaba. Pero no tenía más alternativa que avisarles a sus amigos que
huyeran, pero por dónde se preguntó. La única salida estaba bloqueada. Llamó en
voz baja. Abrió un par de puertas antes de encontrarse con Ibáñez y Santos, que
estaban parados mirando algo en el fondo de uno de los cuartos. La luz estaba
débil, ni siquiera habían tenido la precaución de revisar las pilas antes de
salir.
-¡Los
milicos! ¡Vamos! –les dijo.
Pero ellos
no le hicieron caso. Entonces dirigió la mirada hacia el mismo lugar que ellos,
y vio los cuerpos de cuatro hombres desnudos, con la piel llena de piquetes y
quemaduras, las caras casi irreconocibles cubiertas de sangre y heridas, las
cabezas rapadas, y las manos atadas a la espalda. Escuchó el ruido que los
chicos habían oído desde afuera, un llanto parecido al gemido de animal
abandonado y moribundo. Venía de alguno de esos hombres, pero era imposible
saberlo porque las bocas tenían los labios hinchados y todos parecían iguales.
-¡Vamos!
¡¿Por dónde salimos, Gaspar?!
Santos lo
miró y pareció darse cuenta recién de los que Mauricio le pedía. Desde el
almacén, se escuchaba el ruido metálico de la cortina al ser abollada, y luego
los pasos de las botas sobre el piso.
-Dejáme
pensar…Costa tenía una salida por el fondo, hacia la casona.
Los tres
salieron al pasillo y vieron las linternas que se acercaban. La puerta del
fondo no estaba clausurada, pero el óxido había estropeado la cerradura y las
bisagras. Ibáñez disparó a la cerradura dos veces, y la puerta se abrió. Se
encontraron en el jardín de las Cortéz. El pasto estaba húmedo, y los perros
ciegos los recibieron.
Los
animales se estaban peleando con los otros perros que vivían allí, así que no
les hicieron caso al principio. Dispararon al aire para apartarlos, pero fue
otra mala decisión de esa noche. Los perros ciegos ahora estaban advertidos de
ellos, así que dejaron a los otros, que escaparon para esconderse en el
depósito del fondo. Y buscaron a los hombres.
Dergan e
Ibáñez les apuntaron, Santos se metió entre ambos con el palo preparado.
Avanzaron hacia la casa con lentitud. Desde el almacén, aparecieron los
policías. Alguien abrió la puerta de la casa y se escuchó la voz y la música de
un tocadiscos reproduciendo la última danza de Moussorgsky, la que habla de la
muerte como un mariscal de campo recorriendo el campo de batalla.
-¡Por aquí!-
dijo una voz de mujer.
Miraron
hacia el porche y vieron a María Cortez haciéndole señas para que se metieran.
-Tenemos una
sola oportunidad –dijo Mauricio. –Corramos lo más rápido que podamos.
Desde la
calle, llegaban más perros blancos.
-Dios mío
–murmuró Santos, y su palidez se hizo tan evidente que ambos tuvieron que
sostenerlo de los brazos y correr con él hasta la casa. Pero entonces
escucharon un disparo, e Ibáñez sintió que el peso que cargaba se hacía ahora
el doble. Estaban sobre los escalones del porche, él y Santos, pero Dergan
había quedado tirado en el jardín. Miró hacia el almacén, pero los policías ya
habían vuelto a entrar. Fue adonde estaba Mauricio. Le dio vuelta y miró su
cara de ojos abiertos y sin expresión. A su alrededor, los perros, más de diez,
lo amenazaban con los colmillos afuera y babeando una saliva amarillenta. María
Cortez ayudó a Santos a levantarse y ambos entraron a la casa. La puerta se
cerró. Y por un momento, Ibáñez creyó que ya ningún techo lo aceptaría, que
ninguna puerta lo protegería del peligro y del terror que había visto ya dos
veces en dos días.
Miró a los
perros que lo rodeaban, esos perros que sabían observarlo con más agudeza con
su olfato y sus oídos de lo que él, capaz de toda la potencialidad de sus ojos,
habría alcanzado a ver en toda su vida. Porque los perros eran algo más,
formados allí en círculo, casi uniformados con esa esbeltez de su pelo blanco
en sus cuerpos robustos. Y más allá de la verja, llegaban más, uno tras otro,
mientras se escuchaban sirenas en la noche. Coches que probablemente llegarían
muy pronto para llevarse todos los cuerpos, los del almacén y los de ambos. El
de su amigo el veterinario y el suyo propio, que pronto estaría entre los
colmillos de los perros, siendo tironeado y desgarrado como una presa en una
pradera africana.
Entonces
escuchó la voz de Ruiz. Levantó la vista y vio la figura débil y esmirriada de
Bernardo portando una especie de antorcha para espantar a los perros a su paso,
pero no pudo ir más allá de la verja.
-¡El rifle!
–oyó que le gritaba.
Pero él no
pudo entenderlo por encima de los ladridos. Ruiz volvió a gritarle mientras
amenazaba con la llama a los perros que intentaban acercársele. Mateo vio el
arma de Mauricio, la agarró y la arrojó hacia el jardín. Algunos perros
corrieron hacia allí, los animales olisquearon el arma y regresaron a donde
ellos estaban.
Bernardo
saltó la cerca y casi dejó caer la antorcha, pero la sostuvo a tiempo y espantó
a los perros que no dejaban de amenazarle. Luego la soltó y de inmediato agarró
el arma. Comenzó a disparar casi con más pericia que Dergan. Apuntaba y
disparaba sin fallar un solo tiro, y cuando los primeros perros comenzaron a
caer, los otros se asustaron y huyeron. Sólo algunos se quedaron dando vueltas
por el jardín sin saber por dónde escapar. Saltaban sobre los otros perros
muertos, se chocaban contra las paredes de la casa o el almacén, contra la
cerca. Ruiz volvió a disparar, parecía dispuesto a no dejar ninguno vivo.
Pronto el jardín quedó cubierto de cadáveres, y Mateo, contemplándolos, sintió
que ahora sí podía escuchar la canción que llegaba desde la casa claramente. La
música rodeaba a Bernardo mientras hacía los últimos disparos y caminaba entre
los cuerpos para comprobar si alguno continuaba vivo, como un mariscal de
campo, vencedor.
Mucho más
atrás, en la calle, estaba Ansaldi. La cara le brillaba por el sudor, y jadeaba
como si hubiese llegado corriendo. Se veía más viejo, y Mateo pensó que era
como ver a un hombre acabado ya hace mucho tiempo, mientras miraba aquella
matanza, aquel sembradío de perros que de algún modo incierto y absurdo,
constituían su descendencia.
Bernardo
llegó donde estaban sus amigos. Se arrodilló junto al cuerpo de Mauricio, y le
cerró los ojos. Miró a Mateo con pesadumbre, e Ibáñez vio que estaba llorando,
con la frente arrugada y la boca caída como si su cara fuese la de un muñeco
antiguo que se hubiese deformado por el calor del fuego y las armas. Mateo
creía que lloraba por Mauricio, pero también lo hacía, aunque Mateo aún no lo
supiera, por lo que acababa de sacrificar. Lloraba por ambas cosas,
seguramente, y también por lo que acababa de ver esa noche, la temida
inconsecuencia de cada muerte y la insobornable decrepitud del mundo.
Castelar, Mayo 2007- Diciembre
2009
Belén de Escobar, Agosto 2025
