jueves, 5 de febrero de 2026

Castillos en el aire (José Alberto García Gallo)






Quiso volar igual que las gaviotas,

libre en el aire, por el aire libre

y los demás dijeron, ""¡pobre idiota,

no sabe que volar es imposible!"".

Mas él alzó sus sueños hacia el cielo

y poco a poco, fue ganando altura

y los demás, quedaron en el suelo

guardando la cordura.

Y construyó, castillos en aire

a pleno sol, con nubes de algodón,

en un lugar, adonde nunca nadie

pudo llegar usando la razón.

Y construyó ventanas fabulosas,

llenas de luz, de magia y de color

y convocó al duende de las cosas

que tiene mucho que ver con el amor.

En los demás, al verlo tan dichoso,

cundió la alarma, se dictaron normas,

""No vaya a ser que fuera contagioso...""

tratar de ser feliz de aquella forma.

La conclusión, es clara y contundente,

lo condenaron por su chifladura

a convivir de nuevo con la gente,

vestido de cordura.

Por construir castillos en el aire

a pleno sol, con nubes de algodón

en un lugar, adonde nunca nadie

pudo llegar usando la razón.

Y por abrir ventanas fabulosas,

llenas de luz, de magia y de color

y convocar al duende de las cosas

que tienen mucho que ver con el amor.

Acaba aquí la historia del idiota

que por el aire, como el aire libre,

quiso volar igual que las gaviotas...,


pero eso es imposible..., ¿o no?...




Ilustración: Pieter Francis Peters


miércoles, 4 de febrero de 2026

Significación histórica de Artigas (Ricardo Levene)







Aún no se ha hecho justicia suficiente acerca de la je- 

rarquía de los hombres representativos de la generación de 

Mayo. 


De la concepción genética del movimiento emancipa- 

dor de 1810 resulta claramente establecido que nuestras 

instituciones no son imitaciones foráneas sino expresiones 

vivas y encendidas de nuestra Historia. 


Es necesario pues, conocer en profundidad la Revolu- 

ción de Mayo para valorar la historia americana porque 

las formas brillantes del movimiento de Mayo son de na- 

turaleza política y militar, pero además, su naturaleza en 

trañable es de esencia institucional, económica, jurídica, cuLtural, administrativa, social, 



El 25 de Mayo fué el día elegido por Artigas para fuu- 

dar la Biblioteca Pública de Montevideo conmemorando la 

efemérides en 1816, y ese es el día de América, como lo ca- 

lificó después Andrés Lamas al erigir el Instituto Históri- 

eo y Geográfico del Uruguay el 25 de Mayo de 1843, fun- 

daciones trascendentales como exponentes de la civilización 

de la patria uruguaya, realizadas en días de Mayo. 


La generación revolucionaria estaba formada de hom- 

bres de acción y de pensamiento al mismo tiempo, de modo 

que la Independencia, que les dió una nueva vida espiri- 

tual, es la fuente donde nace la corriente realista del pen- 

samiento rioplatense. En las reformas revolucionarias sur- 

gidas como remedio y en los planes constitucionales y le- 

gislativos, para regularizar el funcionamiento político, he- 

mos imitado y copiado mucho menos de lo que comúnmen- 

te se afirma. Han existido momentos dramáticos de nuestro 

común pasado en los que chocaron en contradicción violen- 

ta la realidad y la idealidad, pero superada esa etapa, la 

corriente histórica ha concluido por derramarse fecunda: 

mente, vivificando y ennobleciendo, con el dolor de la ex- 

periencia en carne propia, el pensamiento político rector. 


Por eso ereo en el carácter intransferible de nuestro 

acaecer histórico y en los antecedentes nacionales de nues- 

tras instituciones vernáculas formadoras de las nacionali- 

dades, 


Artigas es un hombre de Mayo, dotado de excepciona- 

les calidades como guerrero y estadista y como todos los 

hombres superiores de 1810 es un espíritu eminentemente 

republicano y americano. 


Los hombres de Mayo fueron republicanos en su ma- 

yoría, afirmación que se sustenta en el conocimiento de la 

naturaleza democrática de la sociedad de estas Provincias 

y en el carácter popular de la Revolución de 1810, 


Recuérdase que con la Petición del Pueblo, firmada por 

más de 400 personas, de los distintos sectores sociales en 

la que no se invoca el nombre de Fernando VII y se consig- 

nan los nombres del Primer Gobierno Patrio como expresión 

de la voluntad popular, fué derribada la monarquía española - 

en el Rio de la Plata y nació el gobierno republicano repre- 

sentativo. 


El monarquismo de algunos hombres antes y después 

de la Revolución de Mayo, fué un recurso político para pro- 

mover la Independeneia o dominar la anarquía o un ardid 

diplomático, para demorar o detener el envío de las expe- 

diciones de España y Portugal, pero fué también una orien 

tacién politica avasalladora y amenazante contrarrestada 

a tiempo por los avances republicanos y las revoluciones 

populares.


Mariano Moreno defendió la unidad e individualidad 

del sistema revolucionario escribiendo esta página, que con- 

tiene una admirable visión politica, publicada en la Gaze 

ta de 1810: “No solamente los habitantes de los pueblos 

han acreditado el patriotismo que no se detiene en sacrifi 

cios pecuniarios ni personales, sino también los moradores 

de nuestras campafias, que con ofrecimientos sencillos y pu- 

ros como sus corazones, descubren la ternura y el recono- 

cimiento más respetuoso cuando hablan de la Junta y de 

sus providencias. De aquí nace esa abundancia de recur- 

sos que se multiplican por mil maneras para llenar las ur- 

gentes atenciones que nos han rodeado. De aquí esas mar- 

chas rápidas de nuestras tropas, que en una semana tran- 

sitan espacios que los antiguos Virreyes no podían vencer 

en mes y medio. Los paisanos de la campaña franquean sus 

ganados sin interés aleuno, ceden a los soldados los caba- 

llos de su propio uso y nada conservan de la pequeña for- 

tuna de sus hijos, pidiéndoseles a nombre de la Patria y 

del gobierno”. : 


Las autoridades españolas de Montevideo manifestaron 

a la Junta de Buenos Aires que se separaban de la Capital, 

hasta que ésta reconociera el Consejo de Regencia establecido 

en España y entonces se trataría de la unión. Además, esas au- 

toridades españolas de Montevideo pedían socorros de tropas 

portuguesas y auxilios pecuniarios a la Cort edel Brasil. El ar- 

tículo de la ‘‘Gazeta” de Buenos Aires, con aguda penetra- 

ción se preguntaba: %‘Quien podria proveer el último resulta- 

do de aquel socorro? ¿Ni quien podrá guardar dignamente el 

grave crimen de unos jefes subalternos que introducen en el 

territorio del Rey tropas extranjeras... ?” 


A estas preguntas inquietantes de Mariano Moreno, 

daria la respuesta muy pronto, con igual precisión José Ar- 

tigas. 

En el 5 y 6 de abril de 1811, quedó establecido que el 

pueblo sería consultado en el caso de producirse vacantes en el 

Gobierno Patrio y en las Provincias se realizaron los plebisci- 

tos que dieron por tierra con los Gobernadores Intendentes 

de Córdoba y Salta, nombrados desde Buenos Aires. 


Aparece así en aquella asonada, la primera división poli- 

tica entre sectores sociales, la ciudad y la campaña, la Capital 

y las Provincias, que los sucesos posteriores harian profunda 

e irreparable por un tiempo. 


Un documento debido a la pluma del Dean Gregorio 

Funes, el “Manifiesto sobre los antecedentes y origen del su- 

ceso de la noche del 5 y 6 del corriente””, contiene reflexiones 

sobre las formas rudimentarias de la sociedad política de en- 

tonces, observando, que en nuestra Revolución como en todas, 

habían aparecido '“hombres fanaticos’’, que quebrantaban los 

límites de la moderación a pretexto de su celo ardiente, pro- 

pagándose dominante “una furiosa democracia”, desorgani- 

zada, sin forma, sin sistema ‘ni moralidad”, es decir se asistia 

según Funes a la crisis demagógica. 


El suceso extraordinario para la marcha de la Revolu- 

ción de 1810, prodújose el 15 de febrero de 1811, en que el 

Capitán de la 8a. Compañía de Blandengues de la frontera 

de Montevideo, pasaba a Buenos Aires con el Teniente Rafael 

Ortiguera y el presbítero Enrique de la Peña para incorpo- 

rarse activamente en la rebelión contra el gobierno español. 

Apenas entrevió el sol de la libertad que alboreaba sobre las 

cabezas republicanas de la América, no trepidó un momento 

—ha escrito Mitre en su ensayo sobre Artigas— y con voz es- 

tentórea lanzó el grito de Independencia o Muerte. (“Obras 

Completas de Mitre”, T. XII, págs. 261 a 293, Primer y se- 

gundo original, Buenos Aires, 1949, dados a conocer por Ma- 

riano de Vedia y Mitre). El Gobierno lo condecoró y le dió 

todos los elementos para hacer efectiva y levantar una sólida 

resistencia contra los dominadores de la Banda Oriental. A 

partir de este momento, la obra de Artigas en el seno del 

pueblo y principalmente en la campaña, alcanzó proporeio- 

nes extraordinarias. 


En las ‘‘Gazetas” extraordinarias de 4 de mayo y la Mi- 

nisterial del 9 del mismo mes, los artículos publicados revela- 

ban que todo había cambiado en la Banda Oriental. En con- 

testación a las amenazas del que se titulaba Virrey y Capitán 

General de las Provincias del Río de la Plata, Xavier Elío, 

Buenos Aires le advertía que las gentes de Montevideo tanto 

tenían de “prudentes y sufridas como de nobles y valerosas”” 

y que aún no habían perdido “la esperanza de romper sus ca- 

denas y unirse a sus hermanos”? en un día próximo, ‘‘grande 

e inmortal para ambos pueblos” de Montevideo y de Buenos 

Aires. “El déspota y sus secuaces no saben ya dónde poner 

el pie con seguridad —decía el redactor de la “Gazeta” — 

una incesante deserción de los más adictos se le mostraban; 

una escasez notable ya de todo mantenimiento en la desgra- 

ciada ciudad que ocupa y mantiene aislada en su fanatis- 

mo... y en una palabra la prozimidad ya de nuestras parti- 

das a las mismas murallas de que se parapetan los guapos, 

sin que se atrevan ni puedan resistirlo: todo es obra de los 

valerosos habitantes de la Banda Oriental y un anuncio de 

los pocos momentos que restan de posesión al engaño”. 


La vibrante proclama de Artigas al Ejército de la Banda 

Oriental del 11 de abril publicada en la “Gazeta” de Buenos 

Aires, es uno de los primeros documentos de nuestra común 

historia militar, demostrativo además de las muy buenas re- 

laciones iniciales entre la Junta Gubernativa y el caudillo 

libertador. En ella expresaba Artigas su agradecimiento al 

Gobierno que enviaba todos los auxilios, ‘‘desmintiendo— 

dice— las fabulosas expresiones con que os habla el fatuo 

Elio””, en su Bando, pues nada era más doloroso para él ‘‘que 

el ver marchar (con pasos majestuosos) esta legión de valien- 

tes patriotas que acompañados con nosotros van a disipar sus 

ambiciosos proyectos y a sacar a sus hermanos de la opresión 

en que gimen bajo la tiranía de su despótico Gobierno’’. Por 

eso recomendaba ““una unión fraternal y ciego obedecimiento 



a las superiores órdenes a los Jefes que os vienen a preparar 

laureles inmortales”. Artigas repite que el objetivo superior 

sería logrado mediante la unión y entonces “estad seguros de 

la victoria”. Había convocado a todos los patriotas caracteri- 

zados de la campaña y todos se ofrecían con su persona y 

bienes a defender la justa causa. “El triunfo es nuestro, 

vencer o morir es nuestra cifra”, terminaba. 


‘La victoria decisiva de “Las Piedras”, de 18 de mayo fué 

la revelación del valor y el poder de Artigas que sólo en tres 

meses desde el 15 de febrero, había conseguido tan extraordi- 

nario resultado. Pero era también la prueba experimental 

como en Suipacha del sentimiento patriótico encendido de los 

pueblos, que triunfaban holgadamente— en el norte y en el 

este-— no obstante la posición ventajosa del enemigo y su supe- 

rioridad en la organización y en su técnica. Al describir la 

batalla, Artigas destaca el hecho de que eran tantos “los sol- 

dados con que puede contar la patria cuantos son los ameri- 

canos que habitan en esta parte de ella”. 


El primer cumpleaños de la Revolución de Mayo, se ce- 

lebró con la victoria de “Las Piedras”, cuya noticia había lle- 

gado la mañana del 24, y en la Gazeta siguiente al día del 

aniversario se recuerda que el déspota había sido totalmente 

derrotado: “su artillería, sus soldados, sus oficiales, sus fa- 

mosos marinos, todo viene a poder de nuestros generales... 


como el guapo, el soberbio Elio llora ya materialmente, sin 

poder remediar su ruina...” pues como se sabe en efecto se 

le vió “verter un torrente de lágrimas" en el Patio del Fuer- 

te, con motivo de las disidencias que surgían entre sus parti- 

darios. 


El levantamiento del sitio de Montevideo y el Tratado 

de Pacificación con el Virrey Elio de 20 de octubre de 1811, 

son hechos históricos trascendentales. Están estrechamente 

vineulados— en una relación de causa y efecto —con la de- 

rrota y pánico de Huaqui de 20 de junio de ese año, cuya no- 

ticia se conoció en Buenos Aires un mes después, golpe terri- 

ble que provocó la salida al interior del Presidente Saavedra 

para reorganizar el ejército disperso y en seguida trajo con- 

sigo la crisis del gobierno, con la revuelta electoral del 23 de 

setiembre y el establecimiento de Primer Triunvirato. 


La verdad es, que en el agitado escenario de la Banda 

Oriental se originaba con la entrada de los portugueses la 

convulsión de la campaña y la insurrección de 1811. Artigas 

pudo decir con fundamento que al ratificarse el Tratado de 

Pacificación, (por él se entregaron pueblos enteros a la do- 

minación de aquel mismo señor Elio bajo cuyo yugo gimie- 

ron. Dura necesidad!" 


He ahi el momento crucial, en que la emigración en masa 

del pueblo uruguayo acusaba su vigorosa personalidad y Ar- 

tigas se erigió en el caudillo representativo que al frente de 

sus huestes asigna un carácter eminentemente popular a la 

Revolución de 1810. 


Artigas es un hombre de Mayo —como he dicho —por- 

que lucha esforzadamente por los ideales comunes de esa ge- 

neracion: la independencia, la libertad republicana y la or- 

ganización federal y como los hombres de más significación 

fué soldado y estadista. Pero además Artigas es su primer 

caudillo porque encarna el sentimiento de las masas y será 

desde entonces, la figura más entrañablemente popular de 

los primeros años de la Revolución de Mayo. Artigas vive la 

vida identificado con las masas en su campamento de Ayuí, 

con las familias emigradas de Montevideo que constituían 

una aglomeración de 15 a 20.000 personas según la descrip- 

ción de un testigo, “unas bajo las carretas, otras bajo los ár- 

boles y todas bajo la inclemencia del tiempo, pero con tanta 

conformidad y gusto que causa admiración y da ejemplo””. 

Contra la apasionada opinión que presentaba al campamento 

de Ayuí como un centro de corrupción y despotismo, ha po- 

dido demostrarse que Artigas en persona tomaba medidas 

para evitar toda clase de males y exaltaba en las gentes los 

sentimientos del honor, patriotismo y humanidad, persua- 

diendo “que la inflexible vara de la Justicia puesta en mi 

mano —aseguraba Artigas— castigará los excesos en la per- 

sona que se encuentre””. 


Hago mia esta observación de Arturo Capdevila: ‘Hay 

un hervor de creación en aquel campamento andante; algo 

está deshaciéndose allí... pero aleo está también allí en co- 

mienzo de rehacerse con lo deshecho. ..?


No es necesario anotar la circunstancia singular de que 

el levantamiento de la campaña era una reacción contra la 

entrada de los portugueses en las Provincias Unidas y la 

pasión de Artigas al defender la integridad del territorio, era 

una muestra del sentimiento de Mayo concretado en la ‘‘re- 

pugnancia” del pueblo contra toda dominación extranjera, 

como escribió Mariano Moreno en las Instrucciones por él 

redactadas que llevaba para actuar en Rio de Janeiro y como 

también dijo Belgrano en carta a Moreno —de 17 de octubre 

de 1810, desde la Bajada de Paraná —refiriéndose a los in- 

gleses: ‘‘Pero esté usted siempre sobre sus estribos con todos 

ellos; quieren puntito en el Río de la Plata y no hay que ceder 

ni un palmo de grado". 


Precisamente la intervención portuguesa que se corría 

desde 1811 encontró en Artigas su invencible antemural y tal 

hecho es el punto de partida, que explica el proceso que con- 

duce a la Independencia Uruguaya. Este es también el sólido 

antecedente de la amistad y unidad de miras sobre la Inde- 

pendencia, entre el caudillo uruguayo, autor del plan de 

emancipación de 1813 y el guerrero libertador que acaba de 

crear el Regimiento de Granaderos a caballo y la Logia Lau- 

taro en Buenos Aires. 


En cuanto a la representación de la campaña cuyo ca- 

rácter asumía Artigas, pronto demostraría San Martín en 

Mendoza, las simpatías que profesaba a los gauchos y su ad- 

hesión fervorosa para constituir Regimientos compuestos de 

los naturales del campo. 


La revolución del 8 de octubre de 1812, destinada a ter- 

minar con el gobierno del Primer Triunvirato, que tuvo en 

San Martín su principal ejecutor, contó con la adhesión de 

Artigas. La significación política de la Revolución de 1812 

es la vuelta a Mayo, aunque a poco de establecerse la Asam- 

blea General Constituyente de 1813 surgió un conflicto ab- 

surdo y se resolvió el rechazo de la Diputación artiguista, a 

pesar de las gestiones pacifistas de su comisionado Dámaso 

Larrañaga ante el gobierno de las Provincias Unidas. ‘La 

Provincia Oriental —dijo Artigas— no pelea por el restable- 

cimiento de la tiranía en Buenos Aires”. 


Cobran especial interés histórico los dos primeros congre- 

sos de la Provincia Oriental, convocados por Artigas el 4 y 

el 20 de abril de 1813, que continúan en la dirección de los 

Congresos de ciudades que se convocaban en algunos distri- 

tos de Indias durante el Período Hispano. 


En ambos Congresos se afirmó la necesidad de adoptar 

una Constitución y de erigir una autoridad local, es decir, se 

proclamaron los ideales de Mayo oue Mariano Moreno regis- 

tré en sus famosos escritos de 1810 en la “Gazeta” de Bue- 

nos Aires, entre otros, “Sobre la miras del Congreso que 

acaba de convocarse y constitución del Estado”. El historiador : 

Eduardo Acevedo, enseñaba con razón en su “Manual de 

Historia Uruguaya” que el Jefe de los Orientales daba pues 

el brazo a Mariano Moreno al levantar la bandera de las ins- 

tituciones en el Congreso de abril, en los congresos de abril, 

agrego el plural por mi parte pues hoy se conoce toda la ae- 

tuación eficiente de Moreno, al igual que Artigas, en defensa 

de los Cabildos como habría de darlo de nuevo al fundar la 

Biblioteca de Montevideo reanudando otro gesto del numen 

de la Revolución de Mayo’. 


El pliego de las instrucciones de Artigas, como conse- 

cuencia de lo resuelto en los dos Congresos de abril, contenían 

las declaraciones, de la Independencia de estas Provincias, la 

confederación, el derecho de cada Provincia a establecer su 

gobierno propio y la obligación del gobierno republicano de 

asegurar su autonomía a los Estados Confederados. 


La acción de Artigas adquirió carácter trascendental 

frente a la incomprensión de un sector político de Buenos Ai- 

res, ideales del pueblo de Mayo, que volvieron a alentarle lo 

mismo a San Martín que al Jefe de los Orientales en la Revo- 

lución Federal de 1815, que puso fin a la Asamblea General 

Constituyente y al Directorio de Alvear. El Cabildo de Bue- 

nos Aires hizo objeto a Artigas de un desagravio público, 

dando un testimonio irrefragable del aprecio que le ha mere- 

cido su conducta ‘‘acordando que los ejemplares de la procla- 

ma contra el Jefe de los Orientales existentes en el Archivo” 



sean quemados públicamente por mano del verdugo en medio 

de la Plaza de la Victoria... y que este acto que presenciará 

en la galería del Cabildo el Excmo. Director reunido con esta 

corporación, se ejecute con auxilio de tropa, asistencia del Al- 

guacil Mayor y Escribano de este Ayuntamiento”. El nombre 

de Artigas llegó a adquirir un prestigio irradiante en las 

Provincias de las que era Protector: Montevideo, Santa Fe, 

Córdoba, Entre Ríos y Misiones. El Gobernador Intendente 

de Córdoba, coronel José Javier Díaz, tributó un homenaje a 

Artigas, consistente en la entrega de una espada con vaina de 

oro que lleva la siguiente leyenda: “Córdoba en sus primeros 

ensayos a su Protector el inmortal General don José Artigas. 

Córdoba Independiente a su Protector José Artigas. 1815”. 


La actitud de Artigas al no enviar los diputados urugua- 

yos al Congreso de Tucumán se comprende ante el nuevo pro- 

ceso histórico que se abre en agosto de 1816 con la invasión 

portuguesa, que no termina sino con la batalla de Cepeda el 

1 de febrero de 1820. A ese ciclo pertenece el conocido pero 

notable documento de Artigas al Director Pueyrredón, de 13 

de noviembre de 1817, cuya copia fotográfica tengo el agra- 

do de obsequiar al señor Presidente del Instituto, y que Co- 

mienza así: “¿Hasta cuando pretende V. E. apurar mi su- 

frimiento?” 


En su correspondencia con Tomás Guido, San Martín se 

refiere constantemente a Artigas. 


E] 20 de septiembre de 1816 le decía: “‘Si los portugueses 

vienen a la Banda Oriental, como usted me dice, y Artigas les 

hace la guerra que acostumbra, no les arriendo la ganancia”. 

Y poco tiempo después, el 1.0 de noviembre: ‘“Yo opino que 

Artigas los friega completamente” (a los portugueses). El 15 

de diciembre del mismo año de 1816 declaraba: “Lo de los 

portugueses es algo formal; si estos demonios se posesionan 

de la Banda Oriental, tenemos mal vecino”. Y agregaba pocos 

días después (el 22 de diciembre) : ‘Veo que tenemos que 

emprender una nueva guerra con los portugueses. Veo tam- 

bién que cuasi es necesaria, pero V. que está en la fuente de 

los recursos, me sabrá responder...'' No terminó ese año de 

1816 sin que San Martín manifestara a Guido que los portu- 

gueses avanzaban con pies de plomo, esperando su escuadra 

para bloquear Montevideo por mar y tierra. 


"El ministro inglés en Rio de Janeiro, Henry Chamber- 

lain, les daba noticias al Ministro de Relaciones Exteriores de 

su país, Vizconde Castlereagh, sobre San Martín y Artigas. 

Le decía el 14 de julio de 1818 que la oposición de San Martín 

a cualquier arreglo con España era decidida como siempre 

“y no tiene predilección por los portugueses. Se cree que ha 

eserito para proponer un arreglo amistoso con Artigas, que 

éste, en su actual estado precario, probablemente estaría dis- 

puesto a escuchar; se sabe que tiene gran confianza en San 

Martín, lo que sin duda apresurará una buena inteligencia 

entre él y Buenos Aires". (C. K. Webster. “ Gran Bretaña y 

la Independencia de la América latina””, Buenos Aires, T. I, 

pág. 148). 


Contra la tendencia monarquista y unitaria de los Con- 

gresistas de Tucumán, autores de la Constitución de 1819, se 

levantaron los caudillos. 


Además de obedecer a los dictados de un elevado con- 

cepto político, San Martín tenía por norma someterse a las 

decisiones de la voluntad del Pueblo, porque juzgaba que los 

caudillos eran la personificación de una democracia con aspira- 

ciones a integrar la unidad de la Nación. Con su actitud his- 

tórica al no intervenir militarmente en la guerra civil, resol- 

vió una grave situación política. San Martín al confirmar las 

noticias sobre esa grave situación en las Provincias Unidas 

expresó a O'Higgins que como “ciudadano interesado en la 

felicidad de la América”? estaba dispuesto a tomar parte 

activa “a fin de emplear todos los medios conciliatorios” a su 

aleance para evitar una guerra que podía tener la mayor re- 

percusión en la libertad de los Pueblos de este Continente. 

Con este fin resolvió pasar a Cuyo, para poner esa Intenden- 

cia a cubierto del contagio anárquico, como el de interponer 

su crédito ante Buenos Aires, Santa Fe y la Banda Oriental, 

con el fin de tranzar en la contienda. 


San Martín aseguraba que luego de realizadas estas ges- 

tiones con su consejo y su autoridad volvía a Chile. Cuando el 

gobierno del otro lado de los Andes designó una comisión es- 

pecial para que entrevistara a los caudillos, con el fin de evitar 

la guerra civil. San Martín .le prestó todo su auspicio. Tomás 

Guido le encarecía a San Martín que interviniera para formali- 

zar una transacción, pues si conseguía que los partidos se dieran 

la mano, será **más glorioso a Ud. que el triunfo de Chacabuco 

y Maypü’’. 


Explícitas son las cartas de San Martín, fechadas el 

mismo dia 13 de marzo, a Artigas y a Estanislao López. 


En la carta a Artigas, San Martín comenta las noticias 

que tenía de la ruptura de relaciones de la Banda Oriental y 

Santa Fe, con Buenos Aires, y de la venida de Belgrano con 

su ejército a la Provincia de Córdoba. El movimiento de este 

ejército habría desbaratado sus planes, pues debía cooperar 

con el de su mando, suspendiéndose entretanto todo procedi- 

miento. Grandes males traían aparejados estos hechos en mo- 

mentos en que iba a verse terminada la guerra con honor. 

Además, por noticias de Cádiz y de Inglaterra se conocía la 

pronta venida al país de una expedición de 16.000 hombres 

contra Buenos Aires. “Bien poco me importaría el que fue- 

ran 20.000 —declaraba San Martín— con tal que estuviése- 

mos unidos; pero en la situación actual. ¿qué debemos pro- 

meternos?”” Reitera sus ideas sobre la necesidad de terminar 

nuestras diferencias, “sin que haya un tercero en discordia 

que pueda aprovecharse de estas críticas circunstancias”; de 

que cada gota de sangre americana que se vierta “por nues- 

tros disgustos, me llega al corazón”, y agregaba esta expresión 

que sin cesar aflora en sus escritos, como garantía de su im- 

parcialidad y buena fe: ‘No tengo más pretensiones que la 

felicidad de la patria: en el momento que ésta sea libre re- 

nunciaré al empleo que obtenga, para retirarme, teniendo el 

consuelo de ver a mis conciudadanos libres e independientes”. 


En su breve respuesta de 27 de diciembre de 1819, Arti- 

gas aseguraba a San Martín que los pueblos de la Banda 

Orienta! y los de la Nación en contra del Poder directorial, 

estaban alarmados por la seguridad de sus intereses. El se 

disponía a defenderlos ‘‘mientras no desaparezca, decía, esa 

pérfida coalición eon la Corte del Brasil". Sería inexorable 

en el cumplimiento de ese deber, y dejaba en manos de San 

Martín “la resolución del problema”. 


San Martín había intervenido, a título de simple ciuda- 

dano, sin resultado práctico, porque la guerra civil estalló; 

pero debió ser impresionante su situación en ese momento 

pavoroso de la política nacional, mientras el Ejército Liber- 

tador se preparaba para la expedición al Perú y la Banda 

Oriental reclamaba su defensa contra el invasor portugués. 


Es decir, no se trataba únicamente de la guerra entre di- 

rectoriales y montoneros, sino que estos últimos aparecían 

luchando por la integridad del patrimonio territorial. Es in- 

teresante recordar que en carta de López a José Elías Galín- 

dez de 25 de noviembre de 1819, le hablaba precisamente de 

la combinación del Gobierno de Buenos Aires, con el portu- 

gués para dominar la Banda Oriental y después Paraná y 

Santa Fe. 


El armisticio de San Lorenzo firmado con los emisarios 

del caudillo López el 13 de abril de 1819, fué rechazado por 

Artigas, pues consideraban que la base de la conciliación era 

declarar la guerra al portugués. 


Tal la gigantesca lucha contra el general Lecor en que 

Artigas sufrió una sucesión de desastres, en guerra de exter- 

minio hasta la derrota final de Tacuarembó (enero de 1820) 

y días después triunfaban los caudillos López y Ramírez con- 

tra el Directorio y el Congreso que habían proyectado los 

planes monarquistas. 


En el Tratado del Pilar se instauraba el Federalismo y 

la República en un Pacto interprovincial y por uno de sus ar- 

tieulos se invitaba especialmente al “Excelentísimo señor Ca- 

pitän de la Banda Oriental don Jos& Artigas’’ a adherir al 

mismo con la Provincia de su mando ‘‘y cuya incorporación 


a las demás se miraría como un digno acontecimiento”, pero 

el Jefe de los Orientales no lo aprobó. 


Artigas inmortalizó su nombre porque ha desempeñado 

una misión histórica en América. 


En el orden exterior sin quebrar la unidad política de 

las Provincias Unidas contribuyó decididamente a destruir el 

poder español en la Banda Oriental, y fué el antemural — 

inconmovible en sus convicciones— que defendió el territorio 

de la nación contra el invasor lusitano, como caudillo de la 

Independencia. 


En el orden interno se debe en gran parte, a este adalid 

de la democracia, que la revolución emancipadora y republi- 

cana se haya nutrido en las fuentes de la soberanía popular, 

así como también a él se deben principalmente las bases de su 

estructuración federal a las que imprimió su sello propio de 

caudillo de la libertad. 


América fué el escenario de la generación de Mayo y el 

alma de un Nuevo Mundo alentó a sus próceres, en la guerra 

de la Independencia que se hizo con la opinión pública y la 

lucha- por la libertad que se hizo con la auto determinación 

de los Pueblos. 


Artigas es uno de esos próceres de Mayo que combaten 

por la Independencia y la libertad de los hijos de la tierra, 

pero que calificaba severamente al criollo “que degradase el 

honor americano” (“Correspondencia del General José Arti- 

gas al Cabildo de Montevideo...” Montevideo, 1940, pág. 20). 


Proclamé que era ''preciso que los americanos desplega- 

ran sus sentimientos y se hagan admirar de sus propios ene- 

migos”. (“Correspondencia del General José Artigas...”, 

cit. pág. 85), y desafiaba a los adversarios dispuesto a luchar 

'eon energía y ostentar todas las virtudes que deben hacer 

glorioso el nombre americano’’, (oficio de Artigas a Puey-. 

rredón de 13 de noviembre de 1817). 


Era americano con fe acendrada en la dignidad y sobe- 

ranía del Pueblo y con respeto reverencial por sus virtudes. 


““La grandeza de los orientales —dijo en uno de sus do- 

cumentos, escrito en 1817 en lo más delicado de la guerra 

exterior e interior— sólo es comparable a sí misma; ellos sa- 

ben desafiar los peligros y superarlos; reviven a la presencia 

de sus opresores. Y a su frente marcharé donde primero se 

presente el peligro”. 


El caudillo Artigas es la figura representativa de la 

personalidad de un pueblo, en ese ciclo que se abre en la 

jornada de “Las Piedras” en 1811 y culmina en la Cruzada 

Libertadora de los 33 orientales de Juan Antonio Lavalleja 

que salió de Buenos Aires el año 1825. 


Tal es el legado de Mayo— un tesoro de ideas y de idea- ' 

les vigentes— que las nuevas generaciones de la Argentina y 

del Uruguay han recibido de los antepasados, mostrando a la 

luz de las investigaciones históricas como lo reclamaba Tito 

Livio en la Historia de Roma “sin oscurecer con las galas del 

estilo la ruda sencillez de la antiguedad”. 


La estatua de Artigas en Buenos Aires será el símbolo 

` más elevado de la solidaridad indestructible de los Pueblos 

ríoplatenses por encima de las divergencias episódicas, de los 

odios incoercibles y del tumulto de las pasiones de esa etapa 

histórica, y será también su glorificación en la patria de San 

Martín, el Libertador de Naciones y Protector del Perú que 

siempre había recordado con simpatía la tierra de la otra 

Banda, que mantuvo con el Protector de los Pueblos Libres 

la unidad fundamental de miras sobre la Libertad y la Inde- 

pendencia de América contra toda intervención extranjera, 

y que en 1829, en Montevideo, vió enarbolada desde a bordo, 

en los mástiles del Fuerte San José, la primera bandera 

oriental y rodeado después de las atenciones de pueblo, de la 

sociedad, de hombres públicos de distintas tendencias políti- 

cas como Rondeau, Rivera, Lavalleja y de parientes de Arti- 

gas, asistió al nacimiento de la nueva patria uruguaya. 





Ilustración: Rodolfo Ramos



martes, 3 de febrero de 2026

La universidad nueva (Alfredo L. Palacios)






Hace algunos años escuché en el Instituto Popular de Confe- 

rencias la palabra vigorosa y sabia del profesor Ortega y Gasset, 

quien considera a la Universidad como instrumento incomparable pa- 

ra la labranza de los pueblos. Decía, sin embargo, el maestro, con. 

amargura, que este vocablo “Universidad ”” suscita, al ser oído, imáge- 

nes sórdidas e inelegantes de aulas tristes y prosaicas, de dómines 

solemnes y cejijuntos, de palabras frígidas y pedantes... 


Bien se ve que el filósofo hablaba en nuestro país, antes de 

la reforma universitaria, implantada por una juventud pujante, de 

espíritu inquieto y expansivo, que hoy la defiende ahincadamente —, 

de la reforma universitaria, que después del caos, consecuencia ine- 

vitable de toda gran conmoción, se ha concretado, debido a la in- 

gerencia estudiantil, que es la garantía, en estos dos postulados, 

enunciados por mí, en distintas oportunidades: Primero: Renova- 

ción de métodos en el sentido de que éstos se basen en la observa- 

ción y el experimento, e impidan así, el cultivo de la vulgaridad, la 

elorificación del lugar común y el verbalismo. Segundo: La afir- 

mación y el propósito firme de seguir el ritmo de los problemas so- 

ciales, adaptando las universidades a las nuevas ideas y haciendo 

que las verdades puedan servir para aumentar el bienestar de los 

hombres. 


- Tenía razón Ortega y Gasset, cuando todavía nuestras univer- 

sidades no habían sido renovadas. 


La asistencia obligatoria y el monólogo, a veces elocuente, ca- 

si siempre vacío e inútil, del magister pedante, entristecían las au- 

las, ““porque apagaban la lámpara del alma””. | 


Pero la reforma trajo la asistencia libre, y obligó así a los 

“maestros” a que estudiaran, pues, de lo contrario, corrían el ries- 

go de no tener discípulos; permitió el contralor de los estudiantes, 

fuerza sana y sincera, que era indispensable porque había profe- 

sores ““elocuentes””, pero casi analfabetos, aleunos de los cuales, 

por desgracia, aún quedan en las casas de estudio. 


Es verdad que los jóvenes, en ciertas ocasiones, se excedieron; 

permitiendo, en otras, que penetrara en sus filas la política subalter- 

na; pero, en gran parte, eso se debe a la actitud repudiable de algu-. 

nos profesores, que desorientaron deliberadamente a la juventud. En 

cambio, realizó ésta, una eran obra. Puso un contenido social en 

la reforma y se acercó al pueblo. Las universidades eran, antes, 

claustros cerrados. La reforma las convirtió en organismos abiertos, 

expansivos, sociales. Así, en más de una ocasión hemos visto a los es- 

tudiantes fraternizando con los obreros, en defensa de ideales comunes. 

Es éste un hecho que todavía no han podido comprender los reaeccio- 

narios. Cuando la masa popular irrumpió en las calles, exteriorizando 

sus simpatías por la juventud renovadora, se habló de indisciplina 

anarquizante y se pretendió desprestigiar el movimiento. Hubo una 

verdadera conspiración contra la libertad de las almas; se invocó la 

tradición, para laminar el espíritu, y también la disciplina, en su peor 

sentido de regimentación, la disciplina enemiga, tiranía contra la cual 

Carlos Wagner, amigo generoso de la juventud, quería levantar todos 

los estandartes de todas las rebeliones. 



La juventud, para quien la evolución implica la incesante re- 

novación de ideales, luchó, con éxito, primero contra la indiferen- 

cia, después contra la incomprensión, el más erande de los obs- 

táculos, demostrando que Schiller no tuvo razón cuando afirmó que 

contra ella hasta los dioses luchan en vano. 


Y así, ha echado las bases de la universidad nueva que realiza 

el proceso científico, laboratorio de experiencias, que aspira a la 

Implantación de una cultura original, que se adapta a la nueva 

ideología y que sugiere ideales, 




La Universidad de La Plata, cuyo ilustre fundador era un 

hombre ““nuevo””, había realizado, antes de la reforma, progresos 

extraordinarios con relación a las viejas casas de estudio. Siguió 

después el ritmo de los acontecimientos, al producirse la reforma, 

pero el espíritu científico renovador, no penetró en la Facultad de 

Ciencias Jurídicas y Sociales, no obstante los esfuerzos realizados 

por los hombres eminentes que ocuparon el decanato antes que yo. 


Es que el empirismo y la metafísica, arrojados de todas las 

demás ciencias físicas y naturales, propiamente dichas, se han re- 

fugiado Y atrincherado — lo dijo ya De Greef — en esa última y 

formidable ciudadela, donde están los juristas, los legistas, los po- 

líticos, fortaleza que no caerá sino cuando todas las ciencias socia- 

les, comprendidos naturalmente, el derecho y la política, hayan ad- 

quirido de las ciencias antecedentes, las armas, es decir, los méto- 

dos positivos que dieron la victoria a sus “hermanas mayores?”. 


Por eso, en ninguna parte se ha resistido tanto a la reforma, co- 

mo en las Facultades de Derecho. Aun después del esfuerzo de la 

juventud, en Buenos Aires y en Córdoba sólo se ha implantado en 

lo que se refiere a sus aspectos externos. 


Lo mismo sucedió en La Plata hasta que la acción mancomuna- 


da de todas las fuerzas vivas de la Universidad efectuó una labor 

de juventud; renovando métodos e intensificando estudios. En la 

Universidad de La Plata, para completar la obra, tuvimos la ven- 

taja de no estar amarrados a la tradición; no torturaba nuestro 

espíritu la filosofía de la sutileza; no fué menester que rodaran 

aquí por el suelo a impulsos de la insolencia juvenil, bulas de pon- 

tífices ni cédulas de reyes; los Píos, los Urbanos, los Carlos y los 

Felipes, que para algunos son ““preeclara estirpe””, no podían im- 

ponernos ningún respeio. Nada teníamos de común con la Univer- 

sidad colonial, vivero de clérigos que retardó la evolución, como 

he de probarlo. 

- Hemos tomado la ““fortaleza””, y hoy en la Facultad de Cien- 

cias Jurídicas y Sociales se investiga con eriterio experimental y 

científico, realizando el esfuerzo para encontrar la verdad, Recl- 

bimos el concurso del pasado, ya que hay una elaboración sucesiva 

de las ideas, pero sólo del pasado en que se ineubaron ideas. 


Conversando cierto día con el doctor Eleodoro Lobos, eminen- 

te decano de la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Altres, 

especto de mis investigaciones de laboratorio, que determinaron 


mi libro “La fatiga y sus proyecciones sociales”, editado por esa 

casa de estudios, expresé, al referirme a los métodos nuevos, la 

continuidad del pensamiento argentino en las distintas épocas, que 

hov eulmina con el reconocimiento de la justicia social; y siento 

placer al recordar que el doctor Lobos, de acuerdo con mis ideas, 

me dijo que ampliaría esa opinión desde la tribuna universita- 

ria, lo que hizo al poco tiempo en uno de sus mejores discursos, con 

estas palabras: “Las enseñanzas de Dafinur y de Alcorta, en lo 

filosófico, como la tesis optimista de Belgrano y de Moreno en lo: 

económico, en la primera época de nuestra Universidad, han con- 

certado con las ideas y necesidades de la segunda, representadas 

por Alberdi, Vélez, Mitre y López, en un ambiente nacional menos ru- 

dimentario, y del acuerdo común, ha surgido la reforma lenta, 

pero efectiva, de los últimos tiempos, en que, a la armonía espon- 

tánea de los intereses de la escuela individualista y liberal, que 

tardaba en demostrar su eficacia, ha seguido la intervención que se 

inicia, del Estado, de la asociación, de la solidaridad, de las fuer- 

zas industriales y de la justicia social, en el régimen del trabajo y 



de la propiedad””. 



En la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales que dirijo, se 

investiga con criterio experimental y científico, en un ambiente 

de trabajo que hace honor a la Universidad; en Seminarios y La- 

boratorios, de los que me ocuparé con detenimiento, en otros Ca- 

pítulos, no en su faz teórica, sino en su funcionamiento, en su ad- 

mirable dinamismo.


Estos centros de investigación personal disciplinan la volun- 

tad, permiten que cada joven sea el “escultor de su propio cere- 

bro””, y que hasta los peor dotados, según lo afirma el maestro Ra- 

món y Cajal, sean susceptibles al modo de las tierras pobres, pero 

bien cultivadas y abonadas, de rendir copiosa mies. 


Se trata de centros de impulsión intelectual, donde la juven- 


tud agitada por una honda inquietud, investiga, realizando el es- 

fuerzo del espíritu, y sintiendo la alegría de conocer, la alegría de 

comprobar. 

- La transformación operada en los métodos de estudio de nues- 

tra Facultad, tiene una importancia nacional. Sus resultados se ha- 

rán sentir ventajosamente cuando se discutan los problemas socia- 

les que afectan directa e intensamente a los intereses del país. 


Este acontecimiento universitario es de mayor importancia que 

cualquiera de los acontecimientos políticos producidos en la mis- 

ma época. 


No exagero, Los asuntos relativos a la cultura tienen una tras- 

- cendencia que, desgraciadamente, no es apreciada en su verdadero 

valor, sino por espíritus superiores. 


Recuerdo que la cátedra de Economía Política en el Departa- 

mento de Jurisprudencia de Buenos Aires, aun cuando formaba 

parte del plan general de estudios adoptado por la Universidad, no 

fué dictada, según lo hace notar Juan María Gutiérrez en su li- 

bro Origen y desarrollo de la enseñanza pública superior, por fal- 

ta de profesor, hasta 1823, en que el Gobierno nombró al doe- 

tor Pedro José Agrelo. En el mensaje de 3 de mayo de 1824, Ri- 

vadavia y Manuel José García, ministros encargados del Poder 

Ejecutivo, al abrir las sesiones de la Legislatura de la provincia de 

Buenos Aires, señalaban el acontecimiento: “La juventud — de- 

cían esos estadistas — adquiere nuevos medios de adelantar en las 

ciencias morales y naturales; ella, ciertamente, no dejará infrue- 

tuosos los esfuerzos del Gobierno ni el celo de sus maestros. La eco- 

nomía política ha empezado a enseñarse en este año, y sus luces 

difundidas, procurarán a nuestra patria administradores inteli- 

gentes””. 


Hace algún tiempo — era el año 1909 — cuando en la Facul- 

tad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, por iniciativa 

del doctor Antonio Dellepiane, nobilísimo espíritu, se crearon los 

cursos intensivos que permitirían efectuar investigaciones persona- 

les, el autor del proyecto sancionado, decía, en su discurso pronun- 

ciado en la colación de grados, que el acontecimiento culminante 

no era de carácter político, sino universitario: el voto unánime 

dado por el Consejo Directivo al proyecto, que transformaba, se- 

gún él, la Facultad en un alto centro de investigación científica, 

en un instituto superior de estudios jurídicos y sociales, el primero, 

decía el doctor Dellepiane, con explicable y sano optimismo, entre 

los establecimientos hispanoamericanos que cultivan estas disei- 

plinas.

Creyó Dellepiane que esa medida importaba la liberación del 

profesor de la Facultad, amarrado hasta entonces al duro banco 

de la galera universitaria, condenado a trabajos forzados, obligado 

a redecir todos los años las mismas generalidades, a abocetar gro- 

seramente el cuadro de su asignatura, a realizar una obra rutina- 

ria, sin horizontes, sin ambiciones, sin ese vigoroso acicate de la 

libertad, que es la primera y gran condición del trabajo humano y 

de la labor científica. 


Con un entusiasmo mal controlado, creyó el maestro que la 

enseñanza implantada en la Facultad de Buenos Aires se aplicaría 

a encontrar fórmulas concretas de solución de todos nuestros pro- 

blemas sociales, suprimiendo el verbalismo y las fórmulas hue- 

cas. 


Dellepiane exageraba la importancia de los cursos Intensivos, 

que fracasaron estruendosamente, porque la casa de estudio, foco 

reaccionario, necesitaba, antes, una transformación de su más ín- 

tima estruetura. Aún después de la gran agitación estudiantil de 

1918, la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Alres 

carece de Seminarios de investigación personal, y en ella son ha- 

bituales, según lo acaban de afirmar sus alumnos, los cursos in- 

completos, así como los profesores que glosan en las cátedras, el 

contenido insubstancial de textos elementales. | 


Reivindico para la Universidad de La Plata el honor de haber 

realizado 'el gran acontecimiento universitario de renovación de 

métodos en las aulas que parecían consagradas al verbalismo, per- 

mitiendo así que, con los cursos de investigación, en los cuales 

alumnos y profesores se familiarizan con los métodos elentíficos, 

edifiguemos el instituto superior de estudios Jurídicos y sociales, 

que es parte de la universidad científica, experimental, creada pa- 

ra fines de la vida moderna, y que ha aparecido sin reatos histó- 

ricos. 





Ilustración: Juan de Valdés Leal



lunes, 2 de febrero de 2026

Modos de ver (John Berger)






La vista llega antes que las palabras. El niño mira y ve antes de hablar.

Pero esto es cierto también en otro sentido. La vista es la que establece nuestro

lugar en el mundo circundante; explicamos es mundo con palabras, pero las palabras

nunca pueden anular el hecho de que estamos rodeados por él. Nunca Se ha establecido

la relación entre lo que vemos y lo que Sabemos. Todas las tardes vemos ponerse el Sol.

Sabemos que la tierra gira alrededor de él. Sin embargo, el conocimiento, la explicación,

nunca se adecua completamente a la visión. El pintor surrealista Magritte comentaba

esta brecha siempre presente entre las palabras y la visión en un cuadro titulado La

Clave de los Sueños.

Lo que sabemos o lo que creemos afecta al modo en que vemos las cosas. En la

Edad Media, cuando los hombres creían en la existencia física del infierno, la vista del

fuego significaba seguramente algo muy distinto de lo que significa hoy. No obstante, su

idea del infierno debía mucho a la visión del fuego que consume y las cenizas que

permanecen, así como a su experiencia de las dolorosas quemaduras.

Cuando se ama, la vista del ser amado tiene un carácter de absoluto que ninguna

palabra, ningún abrazo puede igualar: un carácter de absoluto que sólo el acto de hacer

el amor puede alcanzar temporalmente. Pero el hecho de que la vista llegue antes que el

habla, y que las palabras nunca cubran por completo la función de la vista, no implica

que ésta sea una pura reacción mecánica a ciertos estímulos. (Sólo cabe pensar de esta

manera si aislamos una pequeña parte del proceso, la que afecta a la retina.) Solamente

vemos aquello que miramos. Y mirar es un acto voluntario, como resultado del cual, lo

que vemos queda a nuestro alcance, aunque no necesariamente al alcance de nuestro

brazo. Tocar algo es situarse en relación con ello. Cierren los ojos, muévanse por la

habitación y observen cómo la facultad del tacto es una forma estática y limitada de

visión.) Nunca miramos sólo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y

nosotros mismos. Nuestra visión está en continua actividad, en continuo movimiento,

aprendiendo continuamente las cosas que se encuentran en un círculo cuyo centro es ella

misma, constituyendo lo que está presente para nosotros tal cual somos.

Poco después de poder ver somos conscientes de que también nosotros podemos

ser vistos.

El ojo del otro se combina con nuestro ojo para dar plena credibilidad al hecho de

que formamos parte del mundo visible.

Si aceptamos que podemos ver aquella colina, en realidad postulamos al mismo

tiempo que podemos ser vistos desde ella. La naturaleza recíproca de la visión es más

fundamental que la del diálogo hablado. Y muchas veces el diálogo es un intento de

verbalizar esto, un intento de explicar cómo, sea metafórica o literalmente, ‛‛ves las

cosas'‛, y un intento de descubrir cómo "ve el las cosas".


Una imagen es una visión que ha sido recreada o reproducida. Es una apariencia,

o conjunto de apariencias, que ha sido separada del lugar y el instante en que apareció

por primera vez y preservada por unos momentos o unos siglos. Toda imagen encarna

un modo de ver y Incluso una fotografía, pues las fotografías no son como Se Supone a

menudo, un registro mecánico. Cada vez que miramos una fotografía somos conscientes,

aunque sólo sea débilmente, de que el fotógrafo escogió esa vista de entre una infinidad

de otras posibles. Esto es cierto incluso para la más des- preocupada instantánea

familiar. El modo de ver del fotógrafo se refleja en su elección del tema. El modo de ver

del pintor se reconstituye a partir de las marcas que hace sobre el lienzo o el papel. Sin

embargo, aunque toda imagen encarna un modo de ver, nuestra percepción o

apreciación de una imagen depende también de nuestro propio modo de ver.

Las imágenes Se hicieron al principio para evocar la apariencia de algo ausente.

Gradualmente se fue comprendiendo que una imagen podía sobrevivir al Objeto

representado; por tanto, podría mostrar el aspecto que había tenido algo O alguien, y

por implicación como lo habían visto otras personas. Posterior- mente se reconoció que la

visión específica del hacedor de imágenes formaba parte también de lo registrado. Y así,

una imagen se convirtió en un registro del modo en que X había visto a Y. Esto fue el

resultado de una creciente conciencia de la individualidad, acompañada de una creciente

conciencia de la historia. Sería aventurado pretender fechar con precisión este último

proceso. Pero sí podemos afirmar con certeza que tal conciencia ha existido en Europa

desde comienzos del Renacimiento.

Ningún otro tipo de reliquia o texto del pasado puede ofrecer un testimonio tan

directo del mundo que rodeó a otras personas en otras épocas. En este sentido, las

imágenes son más precisas y más ricas que la literatura. Con esto no queremos negar las

cualidades expresivas o imaginativas del arte, ni tratarlo como una Simple prueba

documental; cuanto más imaginativa es una Obra, Con más profundidad nos permite

Compartir la experiencia que tuvo el artista de lo visible.

 




Ilustración: Nicolas Poussin

domingo, 1 de febrero de 2026

Oceánida (Leopoldo Lugones)

 





El mar, lleno de urgencias masculinas,

bramaba en derredor de tu cintura,

y como un brazo colosal, la oscura

ribera te amparaba. En tus retinas,


y en tus cabellos, y en tu astral blancura

rieló con decadencias opalinas

esa luz de las tardes mortecinas

que en el agua pacífica perdura.


Palpitando a los ritmos de tu seno

hinchose en una ola el mar sereno;

para hundirte en sus vértigos felinos


su voz te dijo una caricia vaga,

y al penetrar entre tus muslos finos

la onda se aguzó como una daga.




Ilustración: Elizabeth Gadd

sábado, 31 de enero de 2026

Prólogo a "Alimentar a las moscas"








He dudado mucho antes de emprender la labor de editar estos poemas de Cecilia. Durante largo tiempo no creí ser merecedor de valorar, y menos de juzgar, la calidad de su obra poética o literaria en general.

     La he visto inmersa en la lectura y escritura de sus textos durante nuestra vida juntos, sentada en una mecedora de mimbre en el patio trasero de la casa de Barracas que alquilamos durante cuatro años, o acostada en la cama del departamento de la calle Sarmiento, cuando ya casi no podía caminar. En cada una de esas ocasiones, ella apoyaba la carpeta de tapas raídas, -porque no dejaba de usar cada objeto hasta no aprovechar cada una de sus posibilidades-, sobre las rodillas y escribir casi siempre con lápiz y goma de borrar. Las hilachas de goma quedaban sobre la sábana o el piso, y luego las levantaba con parsimonia.

      A veces me daba a leer sus escritos, sobre todo las crónicas o ensayos, otras los cuentos o relatos, pero rara vez los poemas. Tal vez no me considerase capaz de entenderlos, y era verdad, pero quizá también, y esto lo he aprendido luego de mi constante insistir en su lectura, porque ella misma no estaba segura de su valor.

      Siempre dudaba de cada palabra y cada frase, y cuando la duda no se resolvía casi de inmediato, eliminaba ese objeto de controversia. Por eso sus poemas, a diferencia de su narrativa, son austeros en expresiones inútiles, pero no en palabras. A veces son versos largos, casi narrativos en algunas ocasiones, pero en otras tienen la extensión propia de un concepto o una definición.

      Recuerdo que una vez estaba muy angustiada mientras escribía en su cama. Fue en los últimos tiempos antes de nuestra separación. La pierna fantasma bajo la sábana le seguía molestando con sus cosquilleos imaginarios, mientras la luz del sol penetraba por el ventanal del balcón que daba sobre Sarmiento a las tres de la tarde. A eso de las seis ya oscurecía y la sombra del edificio de enfrente había ensombrecido el departamento. Yo cerré la ventana apenas llegué del hospital. Preparé un mate y me senté a su lado. Me miró con angustia, sin soltar el lápiz cuya punta estaba sobre el papel en blanco de la carpeta que apoyaba sobre la pierna sana.  

    Le pregunté qué sucedía, y sin contestarme, la expresión de su mirada giró de la angustia a la inquietud, como de quien ve algo nuevo. Y luego sus ojos mostraron una exaltación que se fue calmando lentamente. Sin mirarme ya, comenzó a escribir, casi sin tachar o borrar. En la noche, antes de dormirse, me mostró cuatro poemas que forman parte del ciclo dedicado a la ciencia incorporados en esta colección. Al leerlos me di cuenta de lo que he expresado en el párrafo anterior sobre la característica tal vez predominante de su estilo: la peculiar destreza que tenía en concentrar en sus versos un concepto, como si definiese didáctica y alegóricamente al mismo tiempo un problema abstracto. La ciencia es abstracción hasta que es comprobada técnicamente, pero también la técnica es una invención para demostrar lo que hasta entonces ha sido una teoría. Eso ella lo sabía muy bien, y por eso se mostraba condescendiente cuando le explicaba los casos clínicos que me había tocado resolver  en el hospital.

     Pero sobre todo, su escepticismo provenía de su propia enfermedad., del cuerpo que tanto tiempo le llevaba cuidar. Esa cosa tan concreta como es la carne y los fluidos, para ella no había llegado a ser, al final, más que una cosa que no tenía otra realidad que su propio pensamiento elaborado en frases concretas que, al ser capaces de repetirse una y otra vez en su mente y en el papel, formaban otro cuerpo más factible que el supuestamente real. Porque ese cuerpo que ella había creado no sufría los embates del tiempo ni el emponzoñamiento de los venenos internos. Admiraba la química por su obstinación en entender, -ella pensaba que inútilmente-, los recovecos infinitos de las combinaciones del mundo, pero más que nada por crear esas fórmulas representadas en gráficos que eran como inmensas arquitecturas sin fin: un ingeniería comparable a la astronomía, quizá.

    ¿Eso era Dios?, se preguntaba.

     La he visto, en plena noche, dar vueltas en la cama, hasta que la inquietud la hacía levantarse, cuando aún podía hacerlo, e ir hasta nuestra biblioteca. Yo seguía durmiendo, por supuesto, pero en la mañana encontraba un libro de anatomía abierto sobre la mesa de la cocina, como si ella hubiese buscado una receta, -una fórmula-, que explicase la fabricación del mundo que la hastiaba.

      Somos nuestro cuerpo, porque en él está nuestra alma. Somos el alma que construye nuestros huesos.

      La carne que se pudre persiste un tiempo tan largo como su obstinación. Y la obstinación es una virtud que tal vez provenga de Dios. Y Dios también tiene su decrepitud, porque está encerrado en un cráneo.

      Estos poemas fueron terminados y agrupados por Cecilia en vistas a una publicación.

      Ella ha muerto, sin embargo el cuerpo escrito que nos ha legado no sucumbirá a los rigores de la muerte, aunque sufra los rigores de la mezquindad, cuya fuerza a veces es mayor que la obstinación de Dios.

 

Bernardo Ruiz





Ilustración: Max Pam

viernes, 30 de enero de 2026

La literatura como subversión



 



Yo he conocido a casi todos estos personajes, a veces por conversaciones con amigos, otras por confidencias recibidas en plan de confesor involuntario. Porque un periodista es una espécimen de confesionario que vive a cielo abierto y con micrófonos que nunca se apagan.  He conocido hombres, como decía, capaces de matarse por desamor, aún en esta época de psicologías de bar y colectivo, si consideran que el amor de una mujer es tan importante como para no saber vivir sin él. También a otros que desarrollaron planes de venganza como quien teje una red de pesca, anudando cada hilo roto, tejiendo pacientemente estrategias que intentan formar el edificio de una justicia de la cual están convencidos, sea para vengar a un hijo o a un hermano muertos. Me hablaron de hombres que han matado sin desearlo, y cuya consecuente culpa se transformó en una obsesión más traumática que el mismo asesinato. Hubo quienes mataron para sobrevivir, y cuando pienso en ellos me pregunto la cantidad de veces que me he adjudicado esta excusa. Sobrevivir no es lo mismo que escapar. A veces se mata con la tinta de una birome o de una máquina de escribir. El papel de un diario siempre ha ocultado muchas cosas: en ocasiones una botella escondida, otras un trozo de carne muerta.


     Debería decir que esta colección de cuentos es para Gloria, pero no es necesario. Para quienes me conocen, está implícito en el epígrafe, y aún así no me creerían. La extraño como se extraña algo entregado en una casa de empeño, y luego uno se da cuenta que en el fondo de esa tienda no hay más que cachivaches inservibles y restos de cosas muertas. Un desarmadero es también un matadero. 


      Necesito mencionar a gente que he conocido y que ya no está, como Cecilia Taboada, por ejemplo. La he tomado como personaje de uno de estos relatos, y he abusado de la confianza que mi amigo Leandro me ha otorgado. Debe estar enojado conmigo, lo sé. No sólo por adjudicarme esta confianza, sino por tomar algunos de sus personajes para desarrollar mis tramas. Tantas veces hemos conversado hasta altas horas de la noche en ese viejo bar de la avenida Corrientes cerca del Abasto que nos gustaba tanto, porque cerca estaban las paradas de colectivos y un par de puteros a los que fuimos juntos hasta la puerta y luego nos separamos en el interior, perdiéndonos hasta la madrugada, y saliendo por separado sin vernos sino hasta días después. En esas ocasiones hablábamos de libros y de autores, de la realidad que se arrumbaba en los rincones de ese bar durante la noche. Los ruidos de la calle, las bocinas, los gritos, las risas y las tragedias que no mueren, sino que se esconden en las casas y lugares que no les corresponden, como si se confundieran de domicilio. O quizá lo hacen a propósito, porque en la mañana salen tímidamente, como quien sale de un antro en el que pasó la noche. Y hablamos mucho de Cecilia, por supuesto, cuando aún vivía, de sus crónicas que no quería publicar, de su enfermedad. Hablábamos, también, de Gloria, de cuando se escapaba de mi cama para poner bombas cerca del Congreso, y de su belleza que parecía acrecentarse cuando la policía y los milicos la seguían. 


       Debo decirle y otorgarle mi permiso, que ya conoce aunque pretenda hacerse el melindroso, para utilizar mis personajes en su literatura, si es que ya no lo ha hecho. Por eso, no existe sólo una conexión entre los cuentos de este libro, como puede encontrarse, por ejemplo, en "Los chicos de la plaza", "La patria del sábado" y "Cecilia",  o entre los cuentos "El viejo David" y "El estuche de la tuba", donde hay personajes que reaparecen y ambientes que se repiten. Yo creo que de esta manera se acentúa la relación entre libros por encima de la relación entre los cuentos de una misma colección. Por lo tanto, en el relato "El mar" encontramos un personaje que es hijo del protagonista de "El enterrador", relato de Los seres intermedios de mi amigo Mallea. "El balneario" retoma la misma playa que ya vimos en sus relatos, y la playa donde ocurren los sucesos de "Max" de Los Casas. En "El rostro de los monos" se desarrolla un caso policial mencionado en "Los oscuros". "El asilo" retoma, en tiempo pasado, el lugar de "Los dirigibles". Pueden hacerse otras muchas relaciones entre estos y otros cuentos no mencionados. Como se ve, el objetivo es crear no mundos independientes, sino un mundo que contenga múltiples y dispares conexiones, lazos determinados a la vez por la lógica como por el azar. Esta tendencia no fue intencional, sino que se dio paulatinamente a medida que los personajes surgían en el proceso creativo y ellos mismos iban exigiendo nuevos espacios, llamando a nuevos personajes, reclamando contar sus historias inconclusas. En cuanto a contenido y tono, estos cuentos se acercan más al desarrollo psicológico, a través de historias concretas y trágicas en relatos contemporáneos y realistas, aunque en un par de ellos pueden advertirse ciertos elementos levemente fantásticos, pero que fácilmente son factibles de adjudicarse a la psicología alterada de los protagonistas. Estos cuentos nos traen personajes perturbados por sus propias limitaciones, obsesiones y odios, celos y amores incestuosos, deseos de venganza, inseguridades, traiciones. Todos estos elementos eminentemente humanos nunca se dan por sí solos ni explican por completo su conducta, sólo son clasificaciones que utilizamos para comprender hasta cierto punto algunas motivaciones. Pero los cuentos no son historias clínicas, sino meras historias que cualquiera podría contar en la vereda de su casa, comentando un hecho policial del barrio, o en la sobremesa de un domingo en la reunión familiar. La razón del título del libro, además de ser el de uno de los cuentos, estima que todos los personajes de esta colección se encuentran en situaciones donde la parte primitiva, instintiva y casi siempre violenta se manifiesta de manera espontánea y otras veces planeada. Esta mezcla de animalidad y razón lleva a los personajes a actuar contra otros o contra sí mismos, no siendo sus conductas sólo una manifestación patológica de su psiquis, sino una muestra de la naturaleza humana en general.


      No hay tiempos determinados para que se desarrollen ciertas tramas. La época que transitamos es muy propicia, por supuesto. La ilegalidad parece la única regla certera, y la violencia es tan común como tomar el colectivo para ir al trabajo. ¿Será, quizá, que algo nos atrae de ese colectivo que tal vez no llegue porque en medio de la calle habrá una manifestación o desde el edificio de algún ministerio salgan despedidos los fragmentos de vidrio y concreto? O los Falcon que corren por avenida La Plata, o los obuses que obstruyen Juan B. Justo puedan detener la vida de uno de los chicos que camina hacia una escuela que pronto ya no existirá.


       La muerte a veces no es una afrenta, sino una vecina malhumorada con la que nos cruzamos en la vereda al salir de casa o de un negocio, y cuando la vemos venir ya no hay tiempo para cruzar la calle. Y a veces, incluso, por la vereda de enfrente camina su avejentada hermana, la desgracia. Entonces uno no sabe cuál elegir, porque una trabaja rápido pero dolorosamente, y la otra es tan lenta, que nos consume sin darnos cuenta hasta exponer nuestros huesos sobre los adoquines de la calle. 


     Originalmente, esta colección tenía como epígrafe una frase de Juan Carlos Onetti, que se refería a un olor evidente que los personajes fingían no sentir. Era un símbolo del contenido de los textos y del cuento "La memoria" en particular, que entonces encabezaba la obra, porque, como ya hemos hecho referencia, los personajes están en medio de situaciones trágicas, y la idea general del libro era una pregunta: si no hay memoria, ¿hay culpa? Pero poco tiempo antes de la publicación hallé una frase de Abelardo Castillo en el que es, si no me equivoco, el último cuento de El espejo que tiembla, y como ya había decidido que el libro llevaría su título actual, me pareció una frase contundente y terriblemente exacta para poner como encabezamiento, porque de esta manera título y epígrafe coincidirían de manera prácticamente directa. Esto no es dejar de lado al gran Onetti, al cual considero más trascendente que Castillo, sin desvalorar los enormes méritos de éste último, sino simplemente adecuar lo más cercanamente posible entre sí los diversos y múltiples elementos que constituyen la publicación de una obra literaria.


     Vayan estas palabras como compensación y desagravio para las posibles ofensas que puedan producir estos relatos a mentes apoltronadas en los cojines de los barrios afortunados de Buenos Aires, o que sirvan de cálido reproche a los que duermen junto al cordón de la vereda. Porque si sobre errores de interpretación se trata, los escritores somos expertos malversadores.


          Bautista Beltrame

Prólogo a la 2da edición de "El rostro de los monos" 





Ilustración: Ulrich Seidl 


 

Castillos en el aire (José Alberto García Gallo)

Quiso volar igual que las gaviotas, libre en el aire, por el aire libre y los demás dijeron, ""¡pobre idiota, no sabe que volar es...