lunes, 18 de mayo de 2026

El mito de Sísifo (Albert Camus)





Cuando estaba a punto de morir, Sísifo quiso poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí, irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por el cuello, lo apartó de sus goces y lo llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.




Ilustración. Odd Nerdrum

domingo, 17 de mayo de 2026

Tren de la mañana (Thomas Bernhard)






Sentados en el tren de la mañana, miramos por la ventanilla precisamente cuando pasamos por el barranco al que, hace quince años, cayó el grupo de colegiales con el que íbamos de excursión a la cascada, y pensamos en que nosotros nos salvamos pero los otros, sin embargo, están muertos para siempre. La profesora que llevaba a nuestro grupo a la cascada se ahorcó inmediatamente después de la sentencia de la Audiencia de Salzburgo, que fue de ocho años de prisión. Cuando el tren pasa por ese sitio, oímos, con los gritos del grupo, nuestros propios gritos.




Ilustración: Francis DiFronzo

viernes, 15 de mayo de 2026

Tranvía (Andrea Bocconi)






Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos”, pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.


Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.


Dudó. Ella bajó.


Se sintió divorciado: “¿Y los niños, con quién van a quedarse?”




Ilustración: Carlos Franken

jueves, 14 de mayo de 2026

En la sierra (Arturo Barea)







Esto fue en el primer otoño de la guerra.


El muchacho -veinte años- era teniente; el padre, soldado, por no abandonar al hijo. En la Sierra dieron al hijo un balazo, y el padre le cogió a hombros. Le dieron un balazo de muerte. El padre ya no podía correr y se sentó con su carga al lado.


-Me muero, padre, me muero.


El padre le miró tranquilamente la herida mientras el enemigo se acercaba. Sacó la pistola y le mató.


A la mañana siguiente, fue a la cabeza de una descubierta y recobró el cadáver del hijo abandonado en mitad de las peñas. Lo condujo a la posición. Le envolvieron en una bandera tricolor y le enterraron.


Asistió el padre al entierro. Tenía la cabeza descubierta mientras tapaban al hijo con la tierra aterronada, dura de hielo.


La cabeza era calva, brillante, con un cerquillo de pelos canos alrededor. Con la misma pistola hizo saltar la tapadera brillante de la calva.


Quedó el cerquillo de pelo gris rodeando un agujero horrible de sangre y de sesos.


Le enterraron al lado del hijo.


El frío de la Sierra hacía llorar a los hombres.




Ilustración: Jorge Frasca

miércoles, 13 de mayo de 2026

La partida (Leónidas Barletta)







Trajeron agua del río, y se lavó, despacio.


-Mire, Adelina, deme una camisa limpia -dijo con voz ahogada-, quiero irme decente.


La mujer le anudó el pañuelo al cuello y le peinó el cabello largo alrededor de las orejas.


-Bueno; me voy -dijo con una exaltación ahogada-. Tráigame el rebenque grande, ¿quiere?


Los ojos, chiquitos, con un anillo de agua en la pupila, brillaron agudos por un instante.


-Bueno; me voy -repitió, ensimismado.


La mujer se movió; fija la mirada triste, las manos, cruzadas sobre el vientre.


-Bueno; me voy -tornó a decir, y agregó con cierta firmeza: -Déjela entrar nomás a la Elenita.


La muchacha entró, demudada. Quedó inmóvil junto a su padre y gruesas lágrimas empezaron a mojarle la cara.


-¿Por qué llora, pues? -dijo él suavecito-. Enjúguese. Acérquese a besar a su padre. No pierda el tiempo. Ya tendrá ocasión de llorar. Béseme de una vez y hágalo entrar al Emilio.


La separó despacito de su rostro y la muchacha salió, hipando.


Afuera se detuvo frente a su hermano y a su madre y dijo, aspirando las sílabas:


-¡Se va!


La puerta del rancho volvió a chirriar y entró el varón, serio, indeciso, mirando con insistencia al suelo, balanceándose como si tuviese que tomar impulso para dar un salto.


El padre lo miró de hito en hito, y de repente, exclamó con la voz alterada:


-Vea, muchacho… Deme su mano… ¡Qué embromar…! ¡Si es un alivio…! -y al apretar la mano, añadió…-: ¡Esto me basta!


Y como sabía que su hijo no iba a soltar palabra, dijo por él:


-¡Y que me vaya lindo!


Fue un apretón de manos corto, firme.


-Deje entrar ahora a su madre, que está esperando.


Salió el mozo, con la boca apretada, respirando fuerte y esquivando los ojos. Se plantó frente a su madre y a su hermana y masculló entre dientes, como con rabia:


-¡Se va!


Y entró la madre. Se aproximó lentamente al hombre; los ojos colorados, la boca estremecida.


-Siéntese -murmuró él-. Quédese un ratito así. No me diga nada. ¿Comprende?


Varillas de luz caían desde el techo del rancho. Oían distintamente el ruido que hacían los dos al respirar.


Él no necesitó mirarla para saber que tenía los ojos llenos de lágrimas. Le dijo con dulzura:


-Mire, Adelina, usté no pudo ser mejor de lo que fue… Mire… ¡y ojalá yo hubiese sido como usted quiso que fuera…! ¡Verdá…! ¡Verdá…!


Hizo un instante de silencio y luego:


-¡Está bueno…! Mire, Adelina, prepárese nomás. Y déjese de andar lloriqueando. Todas las partidas son lo mesmo. Verdá. Y ahora, con su licencia, déjeme que me vaya.


Entonces la mujer se arrodilla y barbota entre sollozos:


-No, Bautista, si usté no se me va. ¡Qué se me va a ir! ¡Cómo me va a dejar a mí solita! ¡Hemos andado tanto tiempo acollarados! ¡No, si usté no se me va!


Pero se interrumpe de golpe porque la mano de su hombre ha caído inerte fuera del camastro.


Ahora se enjuga los ojos, sale del rancho, enfrenta desesperada a sus hijos y dice con voz ronca:


¡Se jue!




Ilustración: Balthazar Klossowski de Rola

martes, 12 de mayo de 2026

Los mareados (Enrique Cadícamo - Juan Carlos Cobián)

 





Rara..

como encendida

te hallé bebiendo

linda y fatal...

Bebías

y en el fragor del champán,

loca, reías por no llorar...

Pena

Me dio encontrarte

pues al mirarte

yo vi brillar

tus ojos

con un eléctrico ardor,

tus bellos ojos que tanto adoré...


Esta noche, amiga mía,

el alcohol nos ha embriagado...

¡Qué importa que se rían

y nos llamen los mareados!

Cada cual tiene sus penas

y nosotros las tenemos...

Esta noche beberemos

porque ya no volveremos

a vernos más...


Hoy vas a entrar en mi pasado,

en el pasado de mi vida...

Tres cosas lleva mi alma herida:

amor... pesar... dolor...

Hoy vas a entrar en mi pasado

y hoy nuevas sendas tomaremos...

¡Qué grande ha sido nuestro amor!...

Y, sin embargo, ¡ay!,

mirá lo que quedó...





Ilustración: Jack Vettriano

El mito de Sísifo (Albert Camus)

Cuando estaba a punto de morir, Sísifo quiso poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de...