Mientras tanto, corría el año de 1909 y la terrible enfermedad que
minaba el organismo de Ameghino acentuaba sus síntomas, sin que el sabio se decidiese a percatarse de ello. Continuaba haciendo de
prisa su vida intensa, investigando y produciendo. Pienso que estaba
entonces en el apogeo de sus investigaciones y sus producciones;
en la plenitud de la genialidad de su videncia. Atendía con su acos-
tumbrada regularidad ejemplar sus funciones como Director del
Museo; preparaba dos tomos de los «Anales» que edita esa institu-
ción; concurría febrilmente a la organización de algunas secciones
del Congreso Científico Internacional Americano y del de America-
nistas, que habrían de celebrarse en Buenos Aires a mediados de 1910;
redactaba una decena de monografías; contestaba la, para cualquier
otro que no fuese él, aplastante correspondencia que mantenía con
gran número de cienciados de todas partes del mundo; y se disponía
a nuevas y mayores empresas en sus estudios a propósito del orígen
del hombre.|
Spegazzini habíale revelado a Rodolfo Senet (que era otro íntimo
del sabio) la terrible persuasión que le afligía; y ambos, valiéndose de
_todo género de eufemismos en el lenguaje y de rodeos en la mani-
festación de sus propósitos, procuraban inducirlo a Ameghino a que
se sometiese a un tratamiento.
En vano. El se mostraba irreductible. No quería que se le hablase
de una enfermedad que él «no tenía».
Pero la diabetes continuaba su obra destructora. Una especie de
nueva juventud refloreciendo imperativamente y ocasionándole dia-
rios desgastes de energías físicas, pudo inducirle a creer en la nece-
sidad de segundas nupcias, mas no a ver una posible causa de lesión
orgánica. Spegazzini veía cada vez más claro en su visión dolorosa:
pero para que ni él ni Senet volviesen a la carga, Ameghino empezó
a guardar la más impenetrable reserva con respecto a las anormali-
dades orgánicas que sufría. Y si se intentaba hablarle de ellas, se
rebelaba. Un día en que Spegazzini con su estudiada y cuidadosa
cautela le-insi.uó nuevamente la conveniencia de que le permitiera
hacer un análisis de su orina, Ameghino acabó por no poder con su
genio y estalló en la amenaza de que si aquél volvía a hablarle de
eso, rompería para siempre la afectuosa amistad que los había vin-
culado durante tantos años. Spegazzini le tranquilizó y acabó por
- guardar silencio, tanto más apenado cuanto más equivocado lo veía
a su amigo.
Y llegó el año de 1910. Y las tareas de todo orden a que el sabio
vivía entregado, se multiplicaron. Produjo una docena de monogra-
fías; concurrió tan asiduamente como siempre al Museo, que empe-
zó a ser frecuentado por distinguidos hombres de ciencia lle-
gados de todas partes del mundo, para asistir a las distintas seccio-
nes del Congreso Científico de ese año; empeoró las condiciones de
su vida, porque por no quedarse a dormir en Buenos Aires se veía
obligado a viajar en el tren de las 6 y 12 de la mañana; publicó un
tomo de los «Anales»; elevó al Ministerio de Instrucción Pública su
célebre instancia sobre el desastroso estado del Museo; contestó cen-
tenares de cartas y de notas de su correspondencia oficial y privada;
se multiplicó a sí mismo para asistir a las sesiones de las distintas
secciones de aquel Congreso; en compañía de Cavazzutti hizo una
excursión al Sur de la provincia de Buenos Aires, que se prolongó
desde el 2 hasta el 12 de Abril, después de haber estado haciendo,
pocos días antes, investigaciones en General Belgrano, en el centro de
aquella misma provincia; desde el 29 de Mayo hasta el 13 de Junio,
agravada su deplorable situación física ya conocida con una fuerte -
y molesta influenza que no mereció en momento alguno sus cuida-
dos, regresó nuevamente al Sur de Buenos Aires, acompañando a
una comisión de cienciados norteamericanos, que deseaban cer-
ciorarse de visu acerca de la formación de las capas geológicas de
Necochea; desde el 10 hasta el 13 de Diciembre hizo una rápida ex-
cursión en Banderaló, y preparó sobre su mesa de trabajo una gran
cantidad de materiales de su museo particular necesarios para entre-
garse a la redacción de una gran obra sobre los peces fósiles de Pa-
tagonia.
La labor propia, la que él se imponía, febriciente y casi desespe-
rada, hecha galopantemente al son de aquel su estribillo de—«tengo
tanto que hacer !»—y el «surmenage» físico intelectual a que le obli-
garon los Congresos del Centenario que lo tuvieron por alma, pre-
cipitaron malditamente la agravación de su mal.
- En efecto: todos aquellos síntomas que desde hacía dos años ve-
nían manifestándose en él (adelgazamiento general y de un modo
especial en las piernas, hambre insólita, polidipsia, poliuria, etc.) y
que él no había tenido en cuenta para nada, empezaron a acentuarse
con rapidez y gravedad a fines del año 1910 y principios del año 1911.
Durante la noche del sábado 11 de Febrero de ese último año,
“se despertó bajo la impresión de un torpor que le había invadido
toda la pierna derecha. Con alcohol alcanforado que tenía a la mano
se dió fuertes fricciones sin que el torpor desapareciese. Como no
hubiese desaparecido tampoco al levantarse él por la mañana, y an-
tes por el contrario el pie le doliese mucho, pidió en la tarde, más o
menos a las tres, que se le diese agua caliente en una cuba y se dis-
puso a infligirle al pie un formidable baño. Colocó la cuba debajo
de su mesa de trabajo, introdujo en ella el pie y se entregó a la ta.
rea de escribir. Escribió como dos horas, sin acordarse para nada
del baño que estaba dándole al pie. Allá cuando se dispuso a calzarlo
no fué chica su sorpresa viendo que en el dorso de aquél aparecía
una gran mancha violada, cuyos límites se delineaban con un borde
perfectamente marcado. El día después, o sea el lunes 13 de Febrero,
decididamente ya no pudo trasladarse al Museo. Pocos días basta-
ron para que aquella mancha que él creyó de origen traumático fue-
se poco a poco poniéndose negra y el borde pronunciándose de un
modo tal que se distinguía netamente que ella interesaba todo el
espesor de la dermis. Por la solución de continuidad que se formó
entre la piel normal y los bordes de dicha mancha, salía un pus san-
guinolento. No era otra cosa que una escara gangrenosa diabé-
tica, que cayó dejando una gran llaga.
Y bien: o Ameghino deseaba evitar a los suyos la aflicción dé sa-
berlo enfermo y gravemente enfermo o su testarudez genuinamente
lígur no quiso que él viese claro. Ni aun en presencia de semejante
manifestación trágica de su enfermedad se avino a la idea de estar
enfermo. Les decía a sus hermanos Juan y Carlos que una vez des-
aparecida aquella llaga, habría desaparecido el dolor de su pierna y
desapareciendo éste, ya estaría él completamente sano. En la llaga
se aplicaba Dermatol! |
Pocos días antes, el jueves 2 de Febrero, almorzando con su pri-
mo hermano el doctor Arturo Ameghino (que el sábado 4 de di-
cho mes embarcaríase en viaje a Europa), entre broma y broma le
había dicho que estaba enfermo; y su primo, que es médico y no te-
nía noticia alguna de su enfermedad, viéndole de tan de buen color |
y tan de buen humor como de costumbre, echó a-broma la afirma-
ción y tomándole risueñamente el pulso le dijo que si todo el mundo
hubiera estado como él los médicos no tendrían nada que hacer. Ha
de verse más adelante como la poderosa naturaleza del sabio no le
rindió a la enfermedad que lo llevó a la tumba todos los tributos
sintomatológicos que ella reclama. Y de ahí el fácil engaño de su
primo el médico.
Corría Febrero y el estado del enfermo se agravaba, sin que hu-
biese fuerza humana capaz de convencerle de que debía someterse
a un tratamiento. Condenado a no poder calzarse, y, por lo tanto, a
estarse prisionero en su casa, no por eso se daba sosiego. Sólo por
momentos y sin duda cuando los dolores eran más acerbos, guar-
aba cama. Y conste que digo guardaba cama, por mero modo de
decir, porque se recostaba completamente vestido o quitándose
apenas el saco. Como su dormitorio y su comedor sólo estaban sepa-
rados por un zaguán, cada vez que abandonaba la cama se trasla-
daba junto a la mesa y sentándose en una mecedora se entregaba a
la tarea de continuar su obra Origen poligénico del lenguaje o a
la revisión de la traducción de su Filogenia al francés. Sus herma-
nos procuraban inducirle a que siquiera usase un bastón para cami-
nar, mas no pudieron lograr que lo usase. Hubo momentos en que
no pudo escribir por su propia mano y no tuvo más remedio que
valerse de su hermano Juan para hacer cualquier enmienda.
Peor fué Marzo. Tanto que la intervención amistosa de
Spegazzini y el deseo de los suyos acabaron por obtener que el día
21 de ese mes, consintiese que su hermano Carlos fuese en busca:
de Cavazzutti, (que acababa de regresar de una larga excursión al
Sur), ya no en su calidad de excelente amigo, según lo había visita-
do siempre, sino en su carácter de médico.
Frente a frente los dos amigos, uno tal vez dispuesto a continuar
disimulando su mal y el otro firmemente dispuesto a no dejarse en-
gañar, Cavazzutti obtuvo que Ameghino asintiese ¡pon fin! a que se
hiciese un análisis químico de su orina.
Ante el «caso» y antes de que ese análisis fuese hecho, Cavazzutti
se quedó perplejo. Todos los autores tratadistas de la diabetes es-
tán concordes en admitir que las personas afligidas por esa enfer-
medad se adelgazan de un modo tal que la delgadez suele alcanzar
los límites de la más extremada flacura y por consecuencia se va
produciendo una carencia general de fuerzas especialmente en el
sistema nervioso central. Von Noorden sostiene que el coma es la
consecuencia definitiva de las condiciones de debilidad del cerebro.
Y nada de todo eso sucedía en Ameghino. Aún cuando el adelgaza-
miento de sus extremidades inferiores había empezado dos años y
medio antes, a raíz del fallecimiento de su esposa, su madre y uno
de sus amigos, la delgadez, muy lejos de alcanzar un grado apre-
-ciable, más bien pasaba desapercibida. La debilidad general no se
había producido en él y tanto menos la cerebral. Otro de los sín-
tomas que acompaña comúnmente a la diabetes es la carie de “los
dientes y a veces hasta la caída total de ellos. Y en Ameghino solo
se advirtió una leve estomatitis, a pesar de la cual conservaba una
dentadura de acero. Otro síntoma, en fin, el de la pérdida de la po-.
tencia viril, admitida indiscutidamente por todos los clínicos, tam-
bien faltó en él; y faltó hasta tal punto que sufrió en sus noches
verdaderos accesos atormentadores, que le obligaron a recurrir a
hurtadillas, para eso, nada más, a la existencia de un médico amigo.
Ni palidez, ni disturbios digestivos, ni furunculosis, ni cesación de
la producción del sudor. En una palabra: faltaban en nuestro enfer-
mo casi todos los síntomas más desveladores de la terrible enferme-
“dad que ya lo tenía doblado. El mismo fenómeno clínico por el cual
hizo su explosión la enfermedad,—y bien se entiende que me refie-
ro a la zona gangrenosa del pie derecho,—tuvo un proceso a todas
luces anómalo; a tal punto que ese fenómeno, según se verá más ade-
lante, es siempre el último síntoma somático que anuncia la muerte.
Cavazzutti, intrigado, pero dispuesto a ver claro, se trasladó en
seguida a casa de Spegazzini (cuya íntima amistad con Ameghino
conocía), movido por el deseo de obtener mayores datos, durante
se producía el examen químico de la orina.
Las observaciones cuidadosas y persistentes que tenía hechas
Spegazzini acerca del estado de salud del común amigo, bastaron
para convencerle de la existencia real de la diabetes; pero se resol-
“vió a esperar el análisis para proceder con absoluta certidumbre.
El análisis, producido el día 24, reveló todo el terreno que la im-
placable enfermedad tenía ganado. Ya con él en la mano, Cavazzutti
tuvo un rasgo de profunda lealtad y de modestia.
—Amigo mío—le dijo al enfermo—yo sé la poca o ninguna con-
fianza que le merecemos a usted los médicos. He tenido ocasiones
para saber su último pensamiento al respecto, oyéndole hacer afir-
maciones que me llenaron de asombro. En todas ellas guardé si-
lencio por deferencia para con el amigo y por no entrar en discusio-
nes inútiles. Pero ahora que he venido por primera vez a su casa en
mi carácter de médico, mi deber es decirle a usted que vive funda-
mentalmente equivocado por todo lo que se refiere a su enferme-
dad. No hay para qué referirla a ninguna mordedura de perro hi-
drófobo sufrida por usted en su niñez. Usted está seriamente mal y
su estado no permite ni hablar con subterfugios, ni perder tiempo.
La gravedad de su estado, infortunadamente, es manifiesta. Usted,
como se lo tiene dicho tantas veces nuestro común amigo el doctor
Spegazzini, está enfermo de diabetes; y su diabetes, que es de ori-
gen central, avanza con síntomas alarmantes. No tiene usted más
remedio. que someterse a un tratamiento higiénico-dietético y entre-
garse a un reposo intelectual absoluto, que dure por lo menos seis
meses. Deploro profundamente que el viaje que tengo resuelto ha-
cer a Europa no me permita continuar siendo su médico. ¿Qué he
de hacerle? Usted sabe que yo partiré dentro de pocos días. Llame
al médico en quién tenga usted más confianza y haga al pie de la
letra lo que él le ordene. Ese es el precio de su vida.
Ameghino pareció convencerse. Oyó, calló y recibió de labios del
- médico, más que médico amigo, el tratamiento que debía seguir.
Prometió que lo seguiría... Cavazzutti se sintió un poco feliz cre-
yéndolo así. No hubo tal. El hombre de trabajo no se dejaba doblar
por el cuerpo enfermo. Siguió, es verdad, en cuanto le fué posible el
régimen higiénico-dietético, pero siguió también los impulsos de su
impenitente actividad y a tan gran prisa como en los mejores días
de su vida. No perdonaba siquiera la correspondencia. Leía y con-
testaba. Contestaba con mano ajena, pero contestaba. Sin duda, vis-
to que a pesar de todo no se moría, se sintió fuerte.
Como Cavazzutti lo tenía todo preparado para embarcarse en viaje
a Europa el día 4 de Abril, el día 2, visto que el mal estaba estacio-
nario, después de despedirse de Ameghino en la tarde, prometién-
dole que le enviaría por escrito amplias instrucciones, para que si-
guiese al pie de la letra un régimen y prometiéndole asimismo que
se llevaría una copia de ese régimen para consultarlo con el ilustre
Murri, tan pronto como llegase a Italia con cargo de escribirle
desde allá lo que Murri aconsejase, bien quitando, bien agregando
instrucciones. |
Y en la noche de ese mismo día, antevíspera del de su partida,
Cavazzutti, en efecto, le escribió a Ameghino, cuanto paso a trans-
cribir:
La Plata, Abril 2 de 1911.
Doctor don Florentino Ameghino: :
Carisimo amigo:
Vi en el Museo, en el laboratorio de con Carlos, el pan de gluten
que él había comprado para usted. Esta muy bien. Eso me demuestra
que usted está dispuesto a atenderse debidamente. Así debe de ser.
Su vida, más que a usted mismo, le pertenece a la ciencia, a la cual
usted se la ha consagrado con rara genialidad desde niño. Tiene, pues,
que dedicarse a conservar su preciosa salud, porque es necesario que
su existencia siga siendo grandemente eficaz y productiva como ha
sido hasta ahora. |
El hecho de que usted se haya decidido a someterse a tratamiento,
me ha inducido a redactar las reglas que le adjunto por que de
scripta manent... con lo que le sigue.
Adjúntole una receta, de la cual he hecho uso, desde
hace quince años, con verdadera eficacia, en los casos de depresión
intelectual, y que también es indicada contra la diabetes.
Está formada, como usted ve, de glicerofosfatos y de nuez vó-
mica, con otros ingredientes secundarios. Tengo la plena seguridad
de que si usted hace uso de mi receta, le sentará muy bien y usted
quedará muy satisfecho de ella.
Por supuesto, usted me producirá una profunda satisfacción es-
cribiéndome a Ravenna, enterándome de su salud, que confío, estará
pronto restablecida. E
Lo que será una gran alegría para quien, despidiéndose nueva-
mente de usted, lo saluda muy afectuosamente.
ESTEBAN CAVAZZUTTI.
Para lograr buen éxito en el régimen del diabético es necesario
tener sumo cuidado de no hacer trabajar el órgano afectado: su
descanso es elemento esencial en el tratamiento de la enfermedad.
Y en el caso de que la enfermedad haya estallado de una manera
rápida, brusca y con caracteres de gravedad, entonces el descanso
absoluto de él, por un tiempo relativamente largo, se impone como
conditio sine qua non. Hay que reintegrar las funciones del ór-
gano afectado, para que el organismo marche fisiológicamente; y
luego, cuando el análisis de las orinas indique una diminución no-
table de «glucosa», entonces y sólo entonces se recomenzarán (para
venir al caso concreto) los trabajos intelectuales con un sistema
metódico, sin excederse nunca y alternando los paseos higiénicos
a los estudios, y los estudios mismos cambiando los asuntos.
Trabajo intensivo, nunca, jamás.
Y ahora he aquí dicho régimen:
La indicación principal consiste en evitar todo lo que pueda ex-
citar la producción del azúcar y su acumulación en la sangre. La
supresión de los hidratos de carbono no tarda en realizar en los
diabéticos la diminución considerable y hasta la desaparición com-
pleta de la glucosa.
Luego:
1° Suprimir todo alimento que produzca azúcar.
2° Combatir la azoturia por un régimen apropiado.
Según Gautier, puede tolerarse la «Levulosa», que es un azúcar
especial, pues no pasa a la orina, o, por lo menos, su presencia no es
apreciable en ella.
También pueden permitirse ciertas legumbres que, según Kúlz,
son ricas en «Inulina» e «Inosina», no en almidón ordinario, y cuyas
substancias no pueden trocarse en glucosa; tales son por ejemplo,
los garbanzos, alcachofas, judías verdes, achicorias, lechugas, car-
dos, cebollas, puerros, hongos y salsifíes (estos son exquisitos san-
cochados y luego saltados con manteca y condimentados con queso
rallado). 7
Igualmente se le pueden consentir a los diabéticos algunos otros
alimentos vegetales cuya riqueza en almidón varia de 1 a 7 por
ciento y determinadas frutas: espárragos, rábanos, berros, espina-
cas, pepinos, coliflores, repollos, choucroute, membrillo, damascos,
almendras, nueces, frambuesas, grosellas y aceitunas.
La cocción hace perder a las legumbres una parte del azúcar y de
sus hidratos de carbono.
El pan de trigo contiene 45 por ciento de almidón. Esto es dema-
siado y se ha tratado de reemplazarle por diversas preparaciones:
pan de glúten, de almendras, de inulina y de avena. El enfermo se
cansa generalmente muy pronto de estos productos, de los cuales
algunos contienen almidón en excesiva cantidad. Es preferible a to-
dos el pan de avena y la papa cocida para reemplazar el pan común,
lo cuál es menos penoso para el diabético y así no se aumenta sen-
siblemente la cantidad de azúcar de la orina. |
En los diabéticos se reemplazan los hidratos de carbono por cuer-
pos grasos: mantequilla, tocino (mejor es la gordura del jamón),
grasas y aceite. La crema de leche centrifugada contiene muy poco
azucar y puede prestar grandes Servicios. |
La leche debe ser tomada con moderación.
Las especias y los condimentos suelen ser necesarios para la diges-
tión de las grasas y se pueden consentir principalmente la canela, lo
mismo que el te, el café y el vino puro, a condición de regular bien
la cantidad.
He aquí, según Lyon, el régimen de los diabéticos:
Potages — Permitidos: Todos los grasos, el caldo sin huevos bati-
dos, la sopa de hierbas (sin nabos ni zanahorias) y los caldos de
puerros y papas.
Prohibidos: Sopas de pan, fideos, (a excepción de los de glúten),
guisantes partidos y sopas de leche.
Grasas: (Estas reemplazarán a los alimentos hidrocarbonados) :
tocino, manteca, caviar, atún al aceite, sardinas, gordura del jamón,
gordura de aves, pasteles de «foie-gras» y médulas de vaca.
Carnes: Todas pueden permitirse, muy moderadamente, pero a la
parrilla, asadas o cocidas; nada de salsas con harina.
Pueden permitirse los huevos en cualquier forma.
Los moluscos y crustáceos son consentidos, excepto las ostras.
Todos los pescados pueden permitirse a condición de no estar re-
vestidos de pasta.
Legumbres: Se podrán comer espinacas, coles, coliflores, judías
verdes, apio, lechuga, escarola, salsifíes, berros, alcachofas, rábanos
berengenas. Exclúyanse las remolachas, acederas, zanahorias, na-
bos y tomates. y
Prohibense toda clase de pasteles y confituras. Puede tolerarse
algunas veces el cacao sin azúcar.
Prohibese el pan común, que puede-ser reemplazado por las pa-
pas o el pan de gluten, etc. (las variedades anteriormente indica-
das). No se autorizan ni los harinosos ni las pastas alimenticias.
Las bebidas azucaradas también se prohiben. El enfermo beberá
agua (mejor sería de San Pellegrino), te o café sin azúcar.
Postres: Permítense quesos fermentados, nueces, almendras, gro-
sellas, manzanas, peras, naranjas, membrillos, cocidos sin azúcar.
Gautier, hace el cálculo siguiente para un régimen de diabético
que pierde de 40 a 42 gramos de azúcar por día.
Este régimen, según Gautier, sólo introduce 45 gramos 4 de ma-
terias amiláceas, o azucaradas, en vez de 300 gramos, que es la ra-
ción ordinaria; y sin embargo produce 3,227 calorías en veinticuatro -
horas. Estos regímenes pueden variarse hasta el infinito.
Y por último, como nociones generales, tengo que añadir que no
se debe comer demasiado, sino muy despacio, absolutamente despa-
cio y masticando mucho. El antiguo precepto de que para conservar
la salud sería menester levantarse de la mesa con el deseo de vol-
verse a sentar, es santo precepto para los diabéticos.
Sólo siguiendo estas indicaciones se podrán conservar íntegras las
funciones del hígado y las gastrointestinales y preservarse de las auto-
infecciones, tan perjudiciales para todos y particularmente para los
diabéticos.
Y, sobre todo: guardarse de los alimentos averiados: voilà l'ennemi.
Ameghino siguió ese régimen en todo cuanto fué compatible con
su inquietud por hacer. Y es menester no olvidar que la primera
prescripción médica, era precisamente la que le imponía la más
absoluta inacción mental. El mal parecía estacionario, mas no era
así, ni podía serlo tampoco, sea por la naturaleza misma del mal,
de suyo incurable, sea por el estado avanzadísimo en que ya estaba,
tal como habría sido imprescindiblemente necesario. Tanto, que, el
26 de Abril, Senet, sintiéndose alarmadísimo- después de visitar al
enfermo, se trasladó a casa de Spegazzini para decirle que, en su
opinión, las cosas andaban muy mal y para ponerse de acuerdo con
él acerca del modo cómo podría obtenerse que Ameghino permitiese
que le asistiera alguno de los mejores médicos metropolitanos. Am-
bos amigos, afligidísimos, llegaron a ponerse de acuerdo en la nece-
sidad de apelar a una mentira piadosa para obtenerlo. Y esa men-
tira santa consistiría en hacerle creer al enfermo que los amigos
de la Sociedad Científica Argentina, alarmados ante la persistencia
del mal que le tenía alejado del Museo, habían resuelto instar ante
él para que permitiese que se le trasladara a un sanatorio bonae-
rense, donde sería cariñosa y esmeradamente atendido y donde po-
dría ser frecuentemente visitado por sus amigos. Puestos así de
acuerdo Senet y Spegazzini, le pareció a éste que el médico a quien
debía apelarse era el doctor Wernicke, distinguido especialista en el
tratamiento de la diabetes, con quien no tenía, infortunadamente,
mayor relación, pero hasta quien podría llegar con entera eficacia
mediante una carta del doctor Arata.
Y así se hizo. El día 29 de Abril Spegazzini, en posesión de esa
. carta, se entrevistó con el doctor Wernicke, a quien impuso del plan
combinado con Senet y quién se mostró con la mejor buena volun-
tad del mundo para secundar dicho plan.
Quedó resuelto, en. atención a que el doctor Wernicke estaba
sobrecargado de ocupaciones que él avisaría el día en que le resul-
tase posible trasladarse a La Plata, a fin de que Spegazzini fuese a
esperarle a la estación del ferrocarril. Ese día fué el 7 de Mayo.
El distinguido especialista desempeñó a las mil maravillas su do-
ble misión de embajador y de médico. Obtuvo del enfermo todo
Cuanto la piedad amistosa de Senet y Spegazzini anhelaba. La invo-
cación que hizo el doctor Wernicke del interés de todos los amigos
de la Sociedad Científica Argentina dobló todas las resistencias del
enfermo, que, después de asegurarse de que aquél le visitaría diaria-
mente—esto es: que sería su médico de cabecera—accedió a ser
trasladado el día después, al sanatorio del doctor Castro, donde
también se instalaría la señora tía del sabio que, desde que éste
dejó de hacer su diario viaje al Museo, se había instalado en su casa
para atenderle como una madre.
El señor Elías Vieyra Belén, compañero de viaje de Ameghino,
pe contrató el mismo día las dos habitaciones en aquel sanatorio; y
Spegazzini, a fin de evitarle molestias al enfermo, obtuvo que el
jefe de la estación del ferrocarril del Sud hiciese colocar uno de los
vagones de primera clase que correrían con el tren que sale a las
ry y 15 ante meridiano frente a la puerta de acceso a la oficina de
encomiendas, para que aquél pudiese llegar en pocos pasos desde la
calle hasta el vagón.
Pocos minutos antes de las 7 de la mañana del día 8
Spegazzini y Vieyra Belén, llegaron en el automóvil de éste a la
casa del sabio. Iban llenos de satisfacción y de esperanza, porque
confiaban en la buena suerte con que el doctor Wernicke, auxiliado
por otros médicos de su talla, procedería a la amputación del pie
derecho completamente necrosiado ya, operación que ya desde an-
tes de ser realizada permitía descontar un 50 por ciento de proba-
bilidades de que el sabio podría vivir diez años más y que de no
realizarse, reducía a sus más extremos límites la duración de una
vida cuya pérdida importaba una resta inavalorable para la ciencia,
para la patria y para la humanidad.
La testarudez lígur que el día anterior había tenido un minuto de
docilidad, quebrada por la ternura del recuerdo de los amigos, ha-
bía reclamado todos sus derechos. Ante el descomunal asombro
de Spegazzini y Vieyra Belén, el enfermo declaró que no se move-
ría de su casa. Se le hicieron reflexiones. Se procuró encontrar
una brecha para llegar hasta su corazón. Todo fué inútil.
—Si he de morir, quiero morir en mi casa, dijo Ameghino; y
la resolución fué irrevocable. |
Sus amigos se retiraron de su lado con llanto y desesperación
en el alma. Aquello era el principio del fin.
En la casa todo siguió después como antes de ese día. El enfermo
esperando siempre una reacción a todas luces imposible; y los su-
yos afligidos por la persistencia de un mal que no cedía, pero afe-
rrados a la áncora de salvación de la esperanza porque el sabio es-
peraba. Cruel consigo mismo en la misma proporción o en pro-
porción mayor que como había sido bueno para con todo el mundo,
confiaba en el vigor de su naturaleza extraña que burlaba hasta los
síntomas somáticos obligados en el terrible mal que lo iba minando
y trabajaba, trabajaba siempre, urgido por su estribillo:—<«Tengo
tanto que hacer!»... Y lo peor es que contemplada desde el punto
de vista de los análisis de orina, la diabetes parecía no ganar dema-
siado terreno y antes bien inducía a forjarse la ilusión de que per-
manecía estacionaria.
El 8 de Mayo, el análisis había arrojado el 21.206 por mil de glu-
cosa ;—el 22 de ese mismo mes, 20.40; la observación espectroscópica,
revelaba bandas de absorción de la urobilina; el examen microscó-
pico, regular cantidad de células epiteliales pavimentosas; bastante
cantidad de leucocitos; bastante cantidad de hematíes y regular can-
tidad de microorganismos;—el 2 de Junio, 17.67 de glucosa; pocas
Células epiteliales pavimentosas; regular cantidad de leucocitos;
algunos hematies; raros cilindros hialinos; y escasa cantidad de
microorganismos;—el 12 de Junio, 12.23 de glucosa; regular canti-
dad de células epiteliales pavimentosas; abundante cantidad de leu-
cocitos; raros hematies y regular cantidad de microorganismos;
el 22 del mismo mes, 24.01 de glucosa; pocas células epiteliales pavi-
mentosas, raras células epiteliales cilíndricas; bastante cantidad de
leucocitos; algunos hematíes y regular cantidad de microorganis-
mos ;—y el 15 de Julio, 11.95 de glucosa; pocas células epiteliales pa-
vimentosas; bastante cantidad de leucocitos; escasos hematíes; ra-
ros cilindros renales y granulosos; y regular cantidad de microorga-
nismos.
Todo el mundo podía creer en la gravedad del mal, que ninguna
fuerza humana podía ser capáz ni de dominar ni de paliar siquiera.
Todo el mundo, menos él. Su presencia de espíritu y su fortaleza
psicofísica estaban por encima de todo.
Leyendo el día después «La Reforma» del 3 de Julio, se encon-
tro con que por un malhadado error de información se había regis-
trado la noticia de su fallecimiento. Visitado en la tarde de aquel
mismo día 4 por su tía política la señora esposa de don Francisco
Ameghino, le preguntó si no se había enterado de esa noticia; y co-
. mo la señora le contestase negativamente, le dijo riéndose de buenas
ganas:
- No me acuerdo haber almorzado nunca con tanto apetito como
hoy!
Pero la muerte iba ganando terreno en aquella naturaleza robusta
de sano optimismo, que se defendía inverosímilmente. Los amigos
que iban a visitarle, se retiraban de su lado con luto en el alma.
Veían claramente el avance del mal y descontaban desesperados lo
irremediable.
Los hermanos mismos, que vivían refugiados en la inagotable cer-
tidumbre que de curarse y de sanarse mantenía el enfermo, empeza-
ron también a desfallecer, aunque sin querer confesárselo, o con mie-
do de confesárselo. Tanto, que a fines de Julio, Carlos comprometió
al doctor Nicolás Roveda, para que desde Buenos Aires se trasladase
a La Plata a visitar al enfermo.
Dicho facultativo, en consulta con el doctor Vicente Gallastegui,
(que gozaba de la confianza del sabio, por haber actuado juntos en el
Consejo Académico de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de La
Plata), tan pronto como vieron al enfermo, sin decírselo y sólo mi-
rándose, pronunciaron la cruel palabra decisiva: se trataba de un
caso perdido. Cuando entraron a revisarlo y vieron aquel pobre pie
derecho gangrenado y cadavérico, se miraron con espanto. Ni una
operación heroica habría bastado para alimentar la más leve espe-
ranza. Todo cuanto pudiera intentarse ya habría sido más que tardío,
pura y sencillamente extemporáneo. Al tomarle el pulso al enfermo,
notaron al instante que las arterias radiales ya estaban duras y dege-
neradas. La pierna izquierda estaba enteramente enflaquecida hasta
el último extremo y casi atrofiada. Todos los órganos nobles, en fuer-
za de sufrir aquella lenta agonía, se habían gastado y se habían seni-
lizado. El espíritu mismo del enfermo ya flaqueaba. Pura cuestión
de días.
Y por si los médicos hubiesen resuelto echar desesperadamente so-
bre sus hombros la responsabilidad desmedida de operar, los herma-
nos los previnieron: no había para qué pensar en operación alguna;
el enfermo no quería oir hablar de intervención quirúrgica. Lo tenía
dicho: si le cortaban el pie, él se quitaría la vida descerrajándose
un tiro. La ciencia médica tenía cerrado delante de sí hasta el más pe-
queño resquicio. El enfermo quedaba desahuciado por ella; y ella se
quedaba desahuciada por él en el último recurso heroico.
El doctor Gallastegui siguió visitándole. Sería mentira decir que
siguió asistiéndole. Llegaba al aposento en que una gloriosa vida se
iba acabando prematuramente y a pesar de llevar el espíritu caído,
“procuraba alimentar una esperanza imposible con soñaciones de una
reacción más imposible, para mantener un espíritu que también se
iba cayendo. El cuerpo era una sombra de lo que había sido. La for-
taleza de ánimo empezaba también a ser una simple máscara. La evi-
dencia debía, sin duda, estar golpeando a las puertas de aquella
alma. Nada permitía afirmarlo, pero nada autorizaba a no creerlo.
Cuestión de días o cuestion de horas... :
Hasta que ¡por fin! la presencia de ánimo y la fortaleza de espí-
ritu de aquel romano antiguo, ya a las puertas de la eternidad, aca-
bo tambien por desfallecer, por confesar que había desfallecido. Era
el 5 de Agosto y la tarde había caído. De vuelta de sus tareas en
- Buenos Aires, antes de regresar a su hogar, Spegazzini fué a visi-
tarle.
Aquellos amigos. que ignoraban lo que habría de suceder pocas
horas después y que sin embargo iban a mantener el último de sus
diálogos, se saludaron afectuosamente. Y en seguida, el enfermo,
echándose ambas manos a la cabeza, le dijo tristemente al que había
cargado tanto tiempo en silencio el descubrimiento de la enfer-
medad: |
—¿Qué será de mí, mañana?...
Spegazzini, atribulado ante aquella primera confesión inesperada
de la sospecha o del conocimiento de un estado de salud desespe-
rante, procuró tranquilizarle... No había causa alguna para alar-
marse... El lo encontraba lo mismo que de costumbre... Ni menos
mal, ni más bien... Si algo extraño sentía en su organismo, sería
tal vez que la enfermedad hacía crisis... Y eso podía ser para me-
jorar la situación.
Ameghino le miraba con sus ojos acostumbrados a las investiga-
ciones y le oía. Movió la cabeza negativamente y le dijo: |
-—No, no. Estoy perdido.
Aquel día Spegazzini, que a pesar de todo esperaba sin saber por-
qué, aun sabiendo a todo saber que contra toda evidencia, sintió que
- Su esperanza se había muerto. Huy de aquel aposento. Y mientras
iba camino de su casa, las luces de la iluminación de las calles, le re-
sultaban cirios.
El enfermo empezó a desasosegarse. Esa noche velaba su hermano.
Juan. Su hermano Carlos, que dormía en el aposento contiguo al
aposento en que empezaba a agonizar aquel hermano mayor tan
grande en el grupo de los iguales de las ciencias, a pesar de haber
velado la noche” anterior, no podía conciliar el sueño. El enfermo,
inquieto, como carente de aire, no se daba paz. Incorporado sobre
almohadones, se revolvía de un lado a otro y de vez en cuando decía
casi musitando:
—Me voy... me voy...
Para don Juan, la noche tuvo de eternidad y tuvo de infierno. Po-
nía en toda su esperanza el mandato imperativo de que no se fuera.
Pero el agonizante, que no cerraba dos minutos los ojos y que al
reabrirlos, lo buscaba, moviendo la augusta cabeza más pensativa
que nunca, repetía a flor de labio:
—Me voy... me voy...
Don Juan veía aquellos ojos tan dulces y tan hondos como si en
ellos fosforeciese un relámpago del genio vidente del sabio, de pie
entre la vida y la muerte, intentando revelarle el gran enigma. Los
labios no modulaban voces, mas no se estaban quietos. ¿Qué expli-
cación se asomaría al espíritu del Grande que «tenía tanto qué ha-
cer», que vivió tan de prisa y parecía morirse tan de prisa, que no
encontraba aire suficiente a su alcance para impresionar en la glotis
las palabras?
Desde el fondo de aquella noche, eterna para don Juan, iba sur-
giendo, mientras tanto, la sombra de la noche eterna para aquel
genial explorador e investigador de los hasta ahora más insolubles
enigmas.
Si algo veía no pudo narrarlo. Si algo sorprendió desde el linde de
la vida más allá del linde de la muerte, en los precisos momentos en
que se iba, fué la primera vez que se guardó el secreto.
¿Quería probar acaso que todas las afirmaciones de su «Credo»
son propias y verdaderas verdades substanciales ? |
No lo dijo. No pudo decirlo. Pero hay que creer que quiso decirlo. .
Es imposible que él sorprendiese el secreto del gran Misterio y que -
ro lo revelase. Aquella frente que parecía ilimitada, estaba ilumi-
nada, sin embargo. Aquellos ojos que habian visto mas que todos
los ojos de la especie humana, algo estaban escrutando. Aquellos la-
bios que habian dicho para las ciencias tantas investigaciones, algo
balbuceaban. Aquellas manos que habian escrito una entera biblio-
teca estaban agitándose...
Cuando empezaron a iluminar el infinito espacio las primeras cla-
ridades del día, el hermano que había velado martirizado en un in-
fierno, tuvo miedo por fin. Tuvo miedo de perder el último resto de
su perseverante esperanza y de verse tan solo y tan pequeño ante
aquella Grandeza que se marchaba y fué a llamar al otro hermano,
que no había velado, pero que no había dormido.
El hijo del señor Secretario del Museo Nacional de Ciencias Na-
turales de Buenos Aires, don Agustín J. Pendola, que había presen-
tido la enorme desgracia que iba a producirse y había venido a estar
al lado del enfermo; un viejito amigo del genitor de esta ilustre fa-
milia de hombres de ciencia, actualmente al servicio de la casa; y la
señora que desempeña las. funciones de cocinera en ese hogar que
iba a envolverse en sombras para siempre, rodearon junto con los
hermanos, el lecho del moribundo.
El moribundo movía los labios y la cabeza. Iba acabándose poco
a poco, serenamente, mientras los esplendores de una bella mañana
iluminaban fuera las gemas que se rompían, dentro las almas que se
quebraban. Los ojos del moribundo recogían la luz. Después que
muriese habría que cerrárselos para que no se cansasen investi-
gando en el sueño de que nunca habrá de despertarse.
- Y con los ojos abiertos, recogiendo la luz, el sabio, a las 8 y 20,
exhaló el postrer suspiro...
Pocos minutos después, en aquella casa que era un valle de lágri-
mas, entró Spegazzini.
Don Carlos, por cuyos ojos corrían inundaciones de llanto, se echó
en sus brazos.
—Ay, Spegazzini! Usted ha sido un profeta!
—; Asi no lo hubiera sido! — contesté el amigo leal que vivió du-
rante tres años como tres siglos, con la pesadilla espantosa de aque-
lla enfermedad que él había descubierto, sin poder descubrir tam-
bién el modo de influir para que fuese curada!
He dejado correr la pluma al azar de las ideas, sin plan alguno
preconcebido y derramando en cualquier forma el balde de mis re-
cuerdos. Podría habérmelo basado con poner las pocas palabras ex-
plicativas del principio de este prólogo, tendientes a prevenir el
modo como he resuelto hacer la edición, que tal vez habrían bastado.
El estudio analítico realizado por Ambrosetti y la biografía perfi-
lada por Mercante, que vienen en seguida, podrían servir para hacer
la presentación del pequeño gran hombre, que «tenía tanto que ha-
cer», a pesar de haber hecho tanto. Pero hay tanto que decir y que
hacer a su respecto, que la tentación de proporcionar materiales
para que se diga y para que se haga, me indujo a la tarea que he
realizado como en volandas y que cada cual juzgará según sus gus-
tos y sus exigencias. Cuanto había en el balde de mis recuerdos,
puesto allí por el mismo naturalista, por sus dos hermanos, por su
tío Francisco y por sus amigos Cavazzutti y Spegazzini, ha de servir
—lo espero—para que pueda conocerse un poco más que hasta ahora
la admirable personalidad de Ameghino en la intimidad de su psi-
quis tan poderosa como su ingenio. Lo que sé y no he dicho, ya está
dicho por algún otro.
El Gobierno de la provincia de Buenos Aires, ha empezado a hacer:
Esta edición oficial completa de sus obras y su correspondencia
científica, bien distribuida, como ha de ser, entre las mayores ins-
tituciones de estudio, y los mayores hombres de estudio, equivale a
un millar de monumentos del sabio, diseminados por todas partes
del mundo, con materiales de una exquisita finura por él proveídos
para gloria de la Argentina, la Humanidad y la Ciencia. Su propia
gloria, tan inmensa y tan hermosa que no parece obra de hombre,
y que se bastó para hacer resonar por el mundo el nombre argen-
tino.
Mas no es todo lo que hay que hacer en homenaje suyo, que tan
bien se lo pasó sin nada los más agitados y bellos dias de su vida.
Sus manes vagan inquietos porque aún no se ha realizado el sueño
de sus diez años postreros: el Museo Nacional de Historia Natural
de Buenos Aires, instalado en un magnífico palacio, según conviene
al que es «el mayor exponente de la intelectualidad y del estado de
civilización del país» y es hoy «un tesoro en el barro». Hay que tran-
quilizar a sus manes erigiendo ese palacio sin pérdida de tiempo; y
puesto que él atesor6 en el barro, «en pocos años y con escasos re-
cursos tanto material como en el resto del período en que fué crea-
da la institución», hay'que bautizar al palacio con su nombre, para
que en el extranjero se sepa que sabemos honrarnos.
Y hay que hacer más: en dos carpetas de Comisión del Congreso
Nacional Argentino y de la Legislatura de la provincia de Buenos
Aires existen dos proyectos de ley, ordenando la erección de dos es-
tatuas de Ameghino — en la metrópoli federal y en La Plata — que
atestigüen nuestra gratitud por el ejemplo de su vida del varón fuer-
te y la lección de su obra que por su calidad y su cantidad no es
superada por ninguna otra. Posiblemente ni igualada tampoco en
las materias que abarca. ¡Qué esas estatuas surjan!
¿Qué menos podría hacerse en homenaje de una gloria que por
su propia virtualidad será imperecedera? Poco mármol o poco bron-
ce han de ser ambas estatuas, para honrar al más genial y más vi-
dente de todos los buceadores de las entrañas de la tierra y del enig-
ma del principio de la vida.
Ni hay que olvidar tampoco que su cuerpo inanimado yace provi-
soriamente en el panteón que la Asociación de Maestros de la pro-
vincia de Buenos Aires, tiene construido en el Cementerio de esta
ciudad. La autoridad municipal podría y debería erigir a su costo
el mausoleo en que aquél eterno reposo de una vida que por ser
vivida tan de prisa fué tan intranquilamente vivida, sea tan tran-
quilo y tan definitivo como ha de serlo en el seno de la madre tierra.
Porque bueno es que se sepa que el ilustre inmortal me hizo alguna
vez la íntima confidencia de que era su voluntad ser sepultado en la
necrópolis platense. Más aún: de no haber muerto cuando él estaba
lejos de sospecharlo, habría construido en ella, una modesta bóveda
para reunir los propios con los despojos de los suyos.
La Plata, enero 25 de 1913
Ilustrción: Joseph Marie Vien

