jueves, 2 de julio de 2026

Sobre la muerte de Ameghino III (Martín Doello Jurado)

 




Aunque tardíamente, la Sociedad «Physis» quiere tener el honor de 

que en la primera de sus publicaciones conste su sentimiento de pesar 

por la desaparición del sabio paleontólogo doctor don Florentino Ame- 

ghino, ex Director del Museo Nacional de Buenos Aires, muerto en 

su domicilio de La Plata el 6 de Agosto del año pasado, a los cin- 

cuenta y siete de su edad. 


La vida modesta y fecunda de este gran compatriota, vivida: con la 

misma altura en la adversidad que en el éxito, y dedicado por entero, 

con decisión y energía realmente incomparables, al cultivo de la cien- 

cia que tantos progresos le debe; no cate en las proporciones de esta 

nota, que no pretende ser una biografía. Menos aún cabría ni Siquiera 

una síntesis de la obra abundante, siempre original y atrevida, que 

todos conocemos. 


Si se ha de juzgar por el número, baste recordar que él solo ha de à 

cripto casi las tres cuartas partes de los vertebrados fósiles de la Argen-  

tina, — número enorme, que comprende no sólo especies y géneros, 

sino familias y aun órdenes antes desconocidas. Sólo esto hubiera 

sido suficiente para hacer la reputación sólida de un naturalista. Pero 

Ameghino rara vez se limitó a la simple descripción;:de él podía decirse 

como de Giard, que en cada especie veía no una forma, sino una idea. 


Era ésta la que le interesaba, desde luego por su relación con las for- 

maciones geológicas en que yacía, pero, principalmente, por cuanto se _ 

ligaba con la genealogía de los grupos, objeto, como se sabe, de mu: — 

chas de sus más brillantes concepciones y de sus más trascendentales - 

trabajos. 


Su conocimiento de los mn fósiles del país era tan vasto y tan 

profundo, que le permitió realizar verdaderas proezas. Tal es, sin duda, 

para citar uno de los ejemplos recientes, la de descubrir, como lo hizo 

en sus excursiones por la costa de Mar del Plata en 1908, no ya un nú- 

mero crecido de especies nuevas, sino una fauna entera totalmente des- 

conocida y la correspondiente formación geológica que ella venía a carac- 

terizar. Había llegado, pues, como especialista, a un dominio absoluto 

de la materia y del método, y a esta altura los descubrimientos se suce. 

dian los unos a los otros con una rapidez que tenía algo de maravilloso, 

como era también extraordinaria la facilidad con que llegaba a resulta- 

dos que para otros habrían significado quizás años de estudio. Véanse 

sus propias palabras al exponer sus observaciones en el viaje citado: 

«Cuando llegué a la Barranca de los Lobos, — dice, — me alejé a unos 

cien metros de la costa, y dirigiendo la vista al acantilado me apercibi 

inmediatamente que la barranca estaba formada por dos series de estra- 

tos muy distintos... Hecha esta primera constatación, me dirigí inme- 

diatamente a coleccionar los fósiles que abundan en ambas series, pero 

principalmente en la inferior. Pocas horas me bastaron para convencer- 

 me que las dos series representaban dos formaciones con fósiles com- 

pletamente distintos... La separación entre las dos era neta como si 

estuviera trazada con un hilo»... Así aparecería sin duda ante su mi- 

rada tan penetrante como segura; pero ¡qué enorme bagaje de conoci- 

mientos concretos para ver todo aquello con tanta prontitud y con tanta 

claridad, allí donde un ojo profano sólo ve la arcilla más o menos are- 

nosa, más o menos calcárea, con uno que otro pedazo de hueso informe‘ 

La facilidad, se comprende, es sólo aparente. En el fondo está el traba- 

jo tenaz de toda una vida que ha acumulado, una tras otra, todas las 

observaciones de detalles con que ha formado el cuantioso capital cien- 

tífico que le permite abordar las más difíciles empresas; está allí tam- 

bién el trabajo sordo de aquella poderosa máquina de inducciones... 

Pero el autor, con una especie de elegancia completamente natural, 

oculta el esfuerzo para mostrar solamente el resultado. Así descubre 

un horizonte geológico nuevo, el «chapalmalense», posterior al de Mon- 

te Hermoso y anterior al ensenadense, y su fauna que consta de unas 

setenta especies de mamíferos. Es preciso leer, a título de ejemplo, la 

monografía correspondiente (Las formaciones sedimentarias de la re- 

gión litoral de Mar del Plata y de Chapalmalán) para darse cuenta exac- 

ta del modo de Ameghino en sus trabajos paleontológicos: no le falta- 

ría sino la descripción ilustrada de las especies que menciona (tarea 

que no alcanzó a llevar a cabo), para poder considerársela un modelo 

del género, encerrado en ochenta pi Y se calcula que ha escrito 

cerca de veinte mil. 


Otra vez es, para citar un caso distinto, el descubrimiento sorprenden- 

te de la existencia de una dentición desconocida en los mamíferos, an- 

terior a la de leche. Por dos vías diferentes llegó a tan original conclu- 

sión: primero, por el estudio de los dientes de los Nesodontes, fósiles, 

de la Patagonia, en los cuales pudo comprobar la existencia de tres se- 

ries dentarias que se sucedían en una misma especie; y luego tuvo la 

más amplia comprobación de estos datos paleontológicos merced al in- 

esperado hallazgo de los restos de aquella dentición «ante-primera» en 

un ejemplar muy joven del tapiro actual. El desarrollo embriológico 

venía a ratificar así la prueba filogenética, y el hecho, con las consi- 

guientes limitaciones, quedaba definitivamente adquirido, viniendo a 

establecer de ese modo un eslabón entre las denticiones numerosas de 

los reptiles, y las clásicas dos únicas de los mamíferos, en cuyo estado 

post-embrional no se había visto nada parecido. 


Sin entrar a la cuestión, tan debatida como interesante, de las especies 

humanas o prehumanas fósiles de la Pampa, que absorbió toda la activi- 

dad del sabio durante los últimos tres años; vamos a señalar un punto de 

su obra que conviene poner de manifiesto. El implica en efecto un pro- 

greso evidente, no sólo para la paleontología, sino para la ciencia de la 

evolución orgánica en general. Nos referimos a la predicción de las espe- 

cies que debieron existir en épocas pasadas. Es bien sabido, empero, que 

tales profecías no son, en general, una novedad, después de la publica- 

ción de la «Historia de la Creación Natural» en que Haeckel se encargó - 

de divulgar y hasta cierto punto, es forzoso decirlo, de desacreditar este 

género de hipótesis. Las predicciones de Haeckel eran, en efecto de un ca- 

rácter tan vago o tan general (prescindiendo de algún caso concreto pero 

de discutible comprobación), que muy poco comprometían, o bien no 

eran, por su naturaleza, susceptibles de ratificación, 0 se vieron desmen- 

tidas por las constancias de la paleontología. Decir, por ejemplo, como 

lo hace el ilustre naturalista alemán, que en los terrenos arcaicos debie- 

ron existir organismos unicelulares privados de núcleo, que él llama mó- 

neras, es afirmar algo que los registros geológicos están muy lejos de ha- 

ber probado, y aun de poder llegar a probar.  - 


Ameghino, en cambio, procediendo de un modo: completas inde- 

pendiente, dió a sus previsiones una base más sólida, comenzando por 

referirlas a términos ya conocidos de la serie y a formaciones geológicas 

determinadas, única manera de poder arribar por este método a un re- 

sultado concluyente. Tal es el ejemplo, bien conocido entre nosotros, de 

la genealogía de los Proboscídeos. Conociendo por un lado sus ante- 

pasados remotos de la base del terciario y aun del cretáceo, los Piroterios 

de la Patagonia, y por el otro los Mastodontes de fines de aquella época y 

del cuaternario, y los Elefantes actuales del viejo continente, Ameghino 

anunció (1897) basándose en raciocinios estrictos deducidos de la com- 

paración de formas numerosas y de su distribución geográfica en aque- 

llas épocas, que debían encontrarse en el terciario medio del Africa, es- 

pecies fósiles intermediarias entre los Piroterios, que habrían emigrado 

a aquella región por el territorio que entonces la unía a la América del 

Sud, y los Proboscídeos recientes y actuales, que habrían vuelto, por la 

vía septentrional, a morir en la Patagonia bajo la forma de Mastodontes. 

Cuatro años después (1901), C: M. Andrews, paleontólogo del Museo 

Británico, encontró en el desierto de Libia, justamente en terrenos oligo- 

cenos, la forma intermediaria prevista, que designó con el nombre de 

Palaeomastodon. Esta, que aquí exponemos muy sucintamente, es 

sin duda una de las más brillantes aplicaciones de los principios trans- 

formistas al estudio de las especies extinguidas, tanto más fecunda cuanto 

que proporciona un método de trabajo que, usado con prudencia, es sus- 

ceptible de dar resultados no menos brillantes. Es extraño, por otra parte, 

que un hecho de tanta significación no se halle mencionado en obras re- 

cientes, destinadas a resumir la historia de los progresos de la paleonto- 

logía, y en las que se consagran varias páginas a la genealogía de aque- 

llos mismos mamíferos, como es la de Depéret, «Les transformations du 

Monde Animal» (París, 1907). Omisiones de esta clase perjudican al va- 

lor informativo que hay derecho a exigir de tales libros, y no se sabe si 

han de atribuirse a un espíritu poco imparcial, o al deficiente conoci- 

miento de los hechos.  

Tantos y tan trascendentales descubrimientos produjeron una verda- 

dera revolución, que, como todas, ha tenido y tiene sus adversarios, y ha 

librado batallas memorables hasta el último momento. Luchador por in- 

clinación natural y por educación, pues todo su aprendizaje de la vida 

fué una dura pelea, Ameghino jamás esquivó el encuentro; antes bien, 

gozaba en él con la satisfacción legítima de quien defiende sus más caras 

convicciones. En este terreno era un polemista formidable, aquel hom- 

bre «suave. como un niño en la intimidad» (Holmberg). Formidable y, 

en verdad, a veces despiadado; pero tampoco los fuertes usaron de 

piedad para con él. Así, distribuía entre sus contrincantes, en la defensa 

o en el ataque, verdaderos golpes de maza. Estos resultaban tales, por 

la contundencia abrumadora de sus argumentos. «Estaba, — dice, — 

ocupado en la preparación de una monografía sobre los peces fósiles 

de la Patagonia, cuando una nueva publicación sobre la geología de 

esta región viene a interrumpirme una vez más en mis investigaciones 

paleontológicas...» Con visible impaciencia abandona el trabajo co- 

menzado para atender al inoportuno adversario; pero éste resulta ser 

un geólogo renombrado, Otto Wilckens, y su extenso alegato está in- 

serto en la más importante de las publicaciones geológicas de Ale- 

mania. Hay que hacer, pues, una refutación seria. Entonces Ameghino 

se escribe, casi de un tirón, un volumen de 560 páginas, con más de la 

mitad de figuras y planos (Las formaciones sedimentarias de la Pata- 

gonia, etc. «Anales del Museo Nacional», serie 3, t. VIII), en que para 

responder a Wilckens concluye una obra que, según la alta autoridad de 

H. von Ihering, puede ser considerada como «un tratado sobre la geolo- 

gía y paleontología de la Argentina a partir del cretáceo hasta nuestros 

días». Asi eran sus armas: terribles, pero legítimas; sólidas y pesadas, pe- 

TO en sus manos semejaban un florete de esgrima. Inerte hoy el brazo po- 

tente que con tanta eficacia las manejara ¿quién se atreverá a moverlas ? 

¿Quién dispone como él, en efecto, de aquel cúmulo de datos y de 

materiales sobre la paleontología de la Argentina, y de la más completa 

bibliografía de la misma? ¿Quién podría, con el auxilio de la larga ex. 

periencia requerida, continuar su obra aunque sólo fuera en la parte 

exclusivamente geopaleontológica? La respuesta parece que debiera  

ser negativa. Un nombre, empero, viene a todos los labios: el de su cola- 

borador infatigable y abnegado, cuyo consejo tanto apreciaba él; el 

del explorador tan competente como intrépido, que recorriera la Pata- 

gonia durante cerca de veinte años, recogiendo, no sólo el material fósil 

sino los datos geológicos de inapreciable valor: el de su hermano y 

amigo don Carlos Ameghino. La colaboración eficientísima que éste 

le prestara en vida, seguirá prestándosela, a no dudarlo, después de la 

muerte de él, cuando la obra que podría llamarse común, necesita más 

que núnca de una defensa y un sostén. La honra que significa haber 

participado en ella, implica a la vez un compromiso de honor. Nos cons- 

ta a todos que el señor Ameghino lo satisfará cumplidamente, evitando 

así que el precioso patrimonio vaya a pasar a manos extrañas y de se- 

guro no tan aptas. 


En la polémica o en la simple exposición, el lenguaje de Ameghino e es 

ni más ni menos que la expresión de sus ideas. Este sabio autodidacta 

no había meditado seguramente el discurso del conde de Buffon sobre 

el estilo, ni se preocupó mucho por saber si éste debía ser «majestuoso, 

solemne, o simplemente grave»; pero la fuerza de su convicción es tan 

grande, tan bien provisto su arsenal de hechos, que lleva sin esfuerzo 

a la expresión exacta, y ésta, aunque desprovista de toda gala literaria, 

o quizás por eso mismo, es a menudo elocuente y de un gran poder de 

persuasión, sobre todo en sus escritos de polémica. El interés está en 

las cosas que dice y no en la forma como las dice. Aun despojado de las 

ocasionales e inevitables asperezas, su estilo es siempre claro, vigoro- 

so y suelto. Tan distante de la rigidez académica europea como de {a 

chabacanería criolla, hay en él la suficiente libertad de movimientos 

como para que, al cabo de pocas páginas, el lector pueda advertir que 

el autor es uno de esos temperamentos en que las ideas están susten- 

tadas por una pasión, y en que las pasiones sirven siempre a una idea. 

Actitud que escandalizó más de una vez a los que creen que el sabio 

debe despojarse del hombre, pero que debía producir al fin, por la 

energía resultante de aquella unión, esa gran fuerza moral que conclu- 

yó por imponerse a todos, aun a los que ni siquiera lo conocían. Esto es, 

y con justicia, lo que el público ha admirado mayormente en él. Así se 

explica que la noticia de su muerte produjera un sentimiento de dolor 

tan espontáneo como unánime, verdadero homenaje con que el país, 

honrándole, se ha honrado a sí mismo.


Objeto de la admiración general era también, y con igual razón, su in- M 

comparable potencia de trabajo. Realmente, aquel hombre no conocía 

el reposo, o por mejor decir, su reposo estaba en la labor. Refieren sus 



íntimos que, después de haber concluido su importante obra sobre las 



formaciones sedimentarias de la Patagonia, citada más arriba, en la 

que trabajó seis meses sin una sola tregua, reconoció la necesidad de 

tomarse un descanso para reponer sus fuerzas, — y descansó... cinco 



días. Y aun esto se lo reprochaba después él mismo como una holganza 



excesiva. 


Consecuentemente, su aprovechamiento del tiempo era tan completo 

que no le dejaba un momento desocupado. Contaba sus horas como un 

avaro cuenta sus monedas. Mientras tanto, el tiempo transcurría para 

él exactamente igual que para el que lo desperdicia o lo emplea mal, 

y este hecho perfectamente natural, le producía, según nos ha parecido, 

el efecto de una injusticia flagrante. Recordaremos siempre una vez 

que, en companía de un amigo común, fuimos a verlo al Museo. Era 

precisamente el 31 de Diciembre de 1908. Salimos juntos, y, en el ca- 

mino, alguno advirtió que aquel era el último día del año. Esta conside- 

ración, que en el común de los mortales produce más bien un senti- 



miento de melancolía o algo análogo, tuvo en él una manifestación com- 



pletamente distinta: «Un año más, — exclamó, — ¡me da una impacien- 

cia!» — y subrayó sus palabras con una actitud y un gesto que eran, no 



sólo de impaciencia bien marcada, sino de verdadera indignación, quién 



sabe contra quién; pero fué evidente para nosotros que en aquel mo- 

mento, estaba irritado con el tiempo como podía estarlo con un sujeto 

cualquiera. Esto demuestra la vehemencia de su temperamento. © 

Su gran talento natural, servido por el continuo estudio y por seme- 

jante capacidad de trabajo, disponía también (y esta era una de sus ca- 

racteristicas más salientes) de una poderosa imaginación, a cuyo influjo 



cedió más de una vez, en parte deliberadamente. Y esta facultad, que 

hace de otros hombres, artistas, hizo de él, simple hombre de ciencia, 

un creador. Ella le permitió la aplicación del gran principio gothiano 

que prescribe al sabio el dominio del conjunto por la intuición. Sus pa- 

labras mismas eran, a veces, las de un vidente: «Van para veinte años, — 

decía en 1910, — tuve una visión profética. Refiriéndome entonces a los 

Primates más antiguos y más primitivos — decía— encontraron ellos 



¿su mayor seguridad entre las selvas, subiéndose a los árboles... Pero otros 


Planungulados, por causas que no es ahora del caso averiguar, viéronse 

confinados en comarcas llanas y desprovistas de árboles como nuestras 

pampas; carecían allí de puntos de refugio, y tenían que confiarlo to- 

do a la vista y a la astucia. En la llanura, una de las condiciones esen- 



ciales a la seguridad individual es, la de poder divisar al enemigo desde 



lejos. Para observar a mayor distancia, necesitaban poder apoyarse so- 

bre sus miembros traseros que eran plantigrados, irguiéndose sobre ellos 

lo posible para luego tender la vista y escudriñar el horizonte. En este 

ejercicio, los miembros posteriores adaptábanse de más en más a la 

sustentación y a la marcha, y los anteriores a la aprehensión... La 

vista. . dominaba el espacio máximo. A la vez el cráneo, descansando 

desde entonces sobre una base vertical, permitióle un mayor ahorro de. 

fuerza, acompañado de un mayor desarrollo cerebral... y de intensidad 

intelectual, en detrimento del instinto bruto. Ese fué el antecesor del 

hombre.» 


La exposición (ya ibamos a decir la descripción), es tan animada que 

hace la impresión de una cosa vista. Tiene a la vez el tono de un rea- 

lismo que involuntariamente trae a la memoria las páginas famosas_del 

capítulo I del «Facundo» sobre el «aspecto físico de la República Argenti- 

na, y caracteres, hábitos e ideas que engendra». La comparación se jus- : 

tifica si se piensa que tanto Ameghino para explicar el origen del hom- 

bre, como Sarmiento para. explicar el origen del gaucho, invocan cir- 

cunstancias y factores análogos, en un ambiente casi idéntico (guardan- 

do las distancias) y no es extraño, por lo tanto, que sus expresiones se 

asemejen. Fíjese sino el lector en la frase de nuestro naturalista, que 

hemos subrayado, y vuelva a leer luego el capítulo I del «Facundo», y 

díganos después si aquella frase no podría ser de cualquiera de los dos. 


Ameghino, decíamos, habla como si realmente hubiera visto todo 

aquello, y de ahí que logre dar, a diferencia de Haeckel en un párrafo 

parecido, la sensación de que realmente las cosas deben haber sido así. A 

menos que al lector no se le ocurra hacerle la objeción que hemos oído 

a algunos: ¿Cómo es que la liebre, que se para continuamente sobre 

sus patas de atrás, etc., no ha llegado aún a la categoría humana? — se 

preguntan con aire de triunfo, sin advertir que siendo la liebre un ani- 

mal absolutamente distinto, por su estructura y por sus facultades, de 

aquellos Primates antiguos, semejantes a los de hoy, no tiene por qué, 

colocada en condiciones análogas, llegar al mismo resultado. Esta «ob- 

jeción» puede citarse como un ejemplo de las que en estas materias se 

oyen formular a menudo, a personas que creen que basta el «sentido co: 

mún» para resolver las más dificultosas cuestiones de ciencias cuyos 

rudimentos declaran ignorar, pero en las cuales pretenden tener una 

opinión. 


La aires de nuestro autor está allí, pues, en plena acción. El 

mismo confiesa que ha sido una visión profética. Se nos dirá que éste 

no es el método de la ciencia, que el sabio no debe creer en sus visio- 

nes, si por acaso las tuviera, sino en los hechos positivos, que, prolija- 

mente comprobados, han de conducirlo a conclusiones prudentes, fun: 

dadas y verosímiles. Sea. Pero ¿quién es el que se ha de encargar de 

fijar el límite preciso que separará los dos métodos? Más aún: ¿quién 

puede impedir al hombre de estudio, cualquiera que sea su campo, que 

haga uso de ambos? ¿Con qué derecho se ha de prohibir al sabio que 



piense como un poeta, si es que está en su poder de hacerlo, o al poeta 

que penetre en el terreno de la ciencia? Nadie pensará, seguramente, 

en reprochar a Michelet que haya escrito sus admirables libros «El 

Mar» o «El Pájaro», en que, por propia intuición de artista, se adelanta a 

ratos a los descubrimientos científicos sobre la evolución orgánica.— 

«¡Oh, — se replicará, — los errores, los extravíos, los abusos funestos que 

pueden derivar!...» No, no hay que alarmarse demasiado por ello. 

En todo caso, son preferibles los errores peligrosos, pero fecundos, 

de estos hombres, a las verdades irrefutables, pero estériles, de otros. 

Imaginación, intuición, adivinación, «videncia», llámesele como se 

quiera, pero no fantasía. Fantasía es, para citar un sabio ilustre, la de 


Sir Humphry Davy en el primer diálogo de su interesante y singular li- 

brito «Los últimos dias de un filósofo». Aquel viaje fantástico por los 

planetas, todas aquellas escapadas por el mundo de lo desconocido, no 



son más que desahogos de las aficiones literarias y filosóficas de su au- 

tor, sports de aquella mentalidad inquieta y curiosa que, dominando por 



completo una rama de la ciencia, quiere ensayar sus fuerzas en las' dé- 

más, y en la historia, la moral, la religión, el arte. 

Completamente distinto es el caso de Ameghino. En primer lugar, por- 



que carecía en absoluto de una verdadera fantasía. La única de sus pu- 



blicaciones en que puede verse algo de ella, es su conferencia Visión y 

Realidad, donde narra un ensueño, evidentemente fingido, que no 

demuestra sino la pobreza de su fantasía. En segundo lugar, porque su 

complexión intelectual lo alejaba completamente del dilettantismo cien- 


tífico, y porque además estaba totalmente desprovisto de aficiones lite- 

rarias, no como Darwin que en sus últimos años se quejaba tan amarga- 



mente de haber perdido el gusto por la literatura, sino porque jamás lo 



tuvo; al contrario, juzgaba a ésta y sobre todo a la poesía, como un pasa- 

tiempo fútil y bastante despreciable. Esto era en él una característica 



bien acentuada, que conviene tener en cuenta para no juzgar equivoca- 

damente de algunas de sus producciones. Conviene también, y por la 

misma causa, hacer notar que no había en él nada de ese esoterismo que 



se ha supuesto en otros naturalistas, como Buffon y Linneo. Se ha di- 



cho, en efecto, que éstos tenían ciertas opiniones, en forma de doc- 

trina privada o conocida sólo de sus íntimos y que no se atrevieron a reve- 



lar en su época por temor de chocar con las ideas de sus contemporáneos. 



Nada de esto, sin duda, en Ameghino. Ante todo, porque tales reticen- 



cias no hubieran entrado en sus hábitos de hombre franco y veraz, que 



consideraba la ciencia como una cosa eminentemente positiva; y luego, 



porque no tenía para qué ocultar su pensamiento, en un. país y en una 


época en que existe una tolerancia tan amplia para las ideas de todo el 

mundo, tolerancia que no será tal vez más que una de las formas 

de la indiferencia, pero que provee, como quiera que sea, una de las con- 

diciones esenciales a la libre emisión del pensamiento, 


No hay que buscar, pues, entrelíneas en los escritos de Ameghino, y 

no puede nadie, por lo tanto, fundarse en lo que en éllas crea haber leído, 

para atribuirle; por ejemplo, como se ha hecho, ideas teosóficas, absoluta- 

mente reñidas con su modo de pensar. À no ser que se haya dado a al- 

guno de los símiles usuales empleado por él alguna vez, el valor de una 



opinión personal.


Con esto aludimos ya a su opúsculo titulado Mi Credo. 


Las ciento cincuenta Memorias especiales de Ameghino sobre geología, 

paleontología, etc., se explican perfectamente como la obra positiva de un 

hombre de talento concreto y de actividad extraordinaria. Las quince pá- 

ginas del Credo también se explicarían como producto de una inteligen- 

cia esencialmente generalizadora, es decir, filosófica, prendada de los 

asuntos más abstractos y aun abstrusos, que intenta encerrar el universo 

y todo lo que contiene, en un concepto personal, y exponerlo en una di- 

sertación de una hora. Pero lo curioso es que lo uno y lo otro sean obra 

de un mismo autor. Habría que reconocer en Ameghino una verdadera 

dualidad intelectual, lo cual halagaría seguramente el prurito analítico; 

pero es mucho más natural suponer que lo primero es el fruto del razo- 

namiento inductivo aplicado, con éxito notable, a la detenida observación 

de la realidad, y ayudado a veces por la imaginación, mientras que en el 

Credo es ya el raciocinio puro que se entrega al arbitrio de esa misma 

imaginación, en un supremo esfuerzo de síntesis. 


El orden habitual de sus operaciones mentales ha sufrido con ello un 

vuelco completo: de inductivas, se han hecho deductivas. En efecto, co-

mienza por sentar unos pocos principios generales para deducir de ellos 

todo lo demás. Estos principios, no son las conclusiones resultantes de un 

gran número de hechos parciales convenientemente dispuestos según 

sus afinidades, no. Son especies de axiomas, que llevan en sí mismos su 

razón de ser. El resto debe desprenderse de allí, por una necesidad lógi-. 

ca: uno echa de menos el silogismo. | 


Hacía tanto tiempo que estábamos deshabituados a este método en las 

ciencias físicas, que la impresión primera es de ofuscación. Aquel lengua- 

je, perfectamente preciso y moderno, nos suena como si viniera del fon- 



do de edades muy remotas. Volvemos a leer con detención otra vez, una 



vez más, y recapacitando nos preguntamos luego: 


¿Qué se ha propuesto el Autor en esta publicación? El mismo nos lo 

dice muy claro: dar «una exposición sintética de lo que es el Universo 

tal cual yo lo concibo». El que así va a hablar es el mismo hombre que 

ha trabajado toda su vida, desde la infancia casi, en una especialidad de- 

terminada ¡y con qué resultado! La atención se intensifica, pues, al 


maximum. Recordamos aún el silencio casi religioso que llenó la vasta 

sala del Politeama aquella noche; pero el público heterogéneo de una 

velada no era el más adecuado para oir una lectura de este género. 


El mayor tributo que puede rendirse a un hombre que piensa, es el 

de procurar penetrar su pensamiento. Procurar, decimos, porque en 

verdad no pretendemos alcanzarle en su vuelo poderoso y audaz: nos re- 

signaremos a seguirle con la mirada, darnos cuenta del rumbo, y calcu- 

lar la altura. 


«El universo tal cual yo lo concibo». Ahora nos interrogamos 

de nuevo: ¿es posible hoy construir un «sistema del mundo» a base de 

conceptos propios? Decididamente no, y el que así quiera hacerlo, cae 

más o menos completamente, a veces sin saberlo, en las ideas de los 

que le han precedido. Ameghino no pretendía seguramente que todas las 

_ -de su Credo fueran absolutamente originales, ni se preocupó quizá de 

averiguarlo. Eso era lo que él creía, y lo decía tal como lo creía, nada 

más. | 


«Concibo el Universo como constituido por un infinito tangible: la 



materia; y tres infinitos inmateriales: espacio, tiempo y movimiento.» 



Decíamos que sus palabras nos sonaban como una voz antiquísima. En 

efecto, este es el lenguaje y la entonación misma de los filósofos griegos 

más antiguos, de los anteriores a la época clásica. Decir filósofo entre los 

griegos, y sobre todo en aquel tiempo, era decir naturalista: cada cual 

construía previamente su sistema del mundo físico, para llegar como una 

consecuencia de él, a las reglas morales, políticas, etc. Todas aquellas 

cosmogonías — desde los «elementos» de Thales, — tenían un rasgo 



común, el esfuerzo franco y vehemente por penetrar el secreto de las co- 

sas, y la confianza plena en poder realizarlo. 



Véase ahora cómo hablaba uno de ellos, Demócrito de Abdera, el fa- 



moso inventor, o si se quiere descubridor, del átomo: «El movimiento 

de los átomos en el vacío no ha comenzado nunca». No es necesario ha- 



cer un análisis muy detenido de esta frase para encontrar en ella los cua- 

tro infinitos de Ameghino: el «movimiento», que no ha comenzado nunca, 



 es eterno: aquí va implícito el infinito «tiempo». Los átomos constituyen 



la «materia», y ésta también es eterna; y en cuanto al vacío, era para 

éllos más o menos sinónimo de «espacio» . La concordancia es bas- 


tante completa. 



Se nos preguntará por qué nos hemos ido tan lejos para buscar la filia- 

ción de ideas que informan gran parte de la filosofía científica contem- 

poránea. Es que, justamente, Ameghino no se aproxima en ésto a los sa- 

bios modernos, cuyas conclusiones, aunque semejantes, revelan un pro- 

cedimiento distinto. Su concepto del átomo, por ejemplo, no es el de la 

química, tal como en ella lo introdujera Dalton: es aquel concepto pri- 

mitivo de los griegos, cuyo origen es probablemente anterior al mismo 

Demócrito. La semejanza (que aquí no hacemos más que indicar ligera- . 

mente) es, en general, más de fondo que de forma. 


Cualquiera que haya conocido a Ameghino, estará convencido, como lo 

estamos nosotros, de que no ha habido de su parte nada de imitación. Es 

solamente una coincidencia curiosa, que señalamos sin pretender dedu- 

cir nada de ella. Quizá otros, con un conocimiento serio de estas mate- 

rias, encontrarían aquí motivo para un interesante capítulo de la historia 

de las ideas científicas. 


Con sus cuatro infinitos, nuestro filósofo construye una ley «que rige. 

la universalidad del movimiento, esto es, que la intensidad del movi- 

miento está en relación inversa de la densidad de la materia». Con este 

principio se explicaría la razón y el modo de ser de todo lo que existe. 

Todo es cuestión de movimientos concentrantes y de movimientos ra- 

diantes, localizados en el tiempo y en el espacio, de los átomos; pero és- 

tos (los de los elementos químicos), no serían más que múltiplos del de - 

la materia única fundamental: el éter. 


Como se ve, sería éste un principio de carácter tan universal, y tan 

diversos los hechos que procura abarcar, que éstos parecen escapársele. 

Sin embargo, vamos a ver cómo una ley conocida de la físico-química 

podría deducirse de él, dentro del mismo orden de razonamientos. Los 

átomos, en sus movimientos sucesivamente concentrantes, habrían deter- 

minado estados singulares de equilibrio de la materia, de más en más 

densos y que constituirían los llamados cuerpos simples. El «peso ató- 

mico» de éstos mediría el grado de aquella densidad; pero como en su 

movimiento concentrante los átomos han desarrollado calor, que se ha 

perdido por radiación, a mayor peso atómico, mayor cantidad de movi- 

miento concentrado, y por tanto mayor cantidad de calor perdido: el peso 

atómico sería la expresión de esta cantidad. De ahí, pues, «se deduciría» 

que a mayor peso atómico, menor capacidad de absorción calorífica, o 

sea menor calor específico. Un trozo de cinc absorbe, colocado a la mis- 


ma temperatura durante el mismo. tiempo, tres veces más calor que un 

trozo de igual peso de plomo, cuyo peso atómico es próximamente tres 

veces mayor; este es el hecho conocido y general, que ha dado base a la 

ley de Dulong y Petit. Ahora, la causa, según Ameghino, estaría en que 

ese equilibrio atómico de la materia, que llamamos plomo, habría consu- 

mido, al formarse, tres veces más calor que el del cinc y de ahí que sea 

su peso atómico tres veces mayor y tres veces menor su calor especi- 



fico. 



Pero el Cosmos entero debe caer bajo el dominio de aquella ley n ma- 



gica, y Ameghino, con una intrepidez pasmosa, no se detiene ante nin- 

guna de sus consecuencias, Vuela tan alto, que debemos renunciar a se- 

guirle por este lado. 



Asi, cuando desciende a tratar de la cae — este gran problema! — uno 



respira: ahora va a hablarnos de algo que creemos conocer mejor. Pero, 



un poco mareados al regreso de aquel viaje maravilloso a través 

de los átomos, nuestra estupefacción renace cuando leemos: «No creo 



que la muerte deba ser siempre una consecuencia fatal e inevitable de 



la vida». ¿Qué pensarán de ésto los fisiólogos? ¿Qué dirán los discí- 



pulos de Claudio Bernard, para quienes la vida no es más que el con- 

junto de circunstancias que se oponen a la muerte? Quién sabe; pero se- 

ría interesante preguntárselo a Metchnikof... Por lo pronto, he aquí a 



un maestro reconocido en las más arduas de la mecánica de la 

vida, J. Loeb, un experimentador de primera fuerza, el cual, al final de 

una importante obra, se pregunta: «¿Hay una muerte natural? En 



otros términos: ¿es la muerte el término necesario del desarrollo del indi- 



viduo ?» Pero, más prudente y como atemorizado ante su propia pregunta, 

concluye por decir que, en tanto que continuemos absorbiendo substan- 

cias tóxicas, no podremos saber, en lo que a nosotros se refiere, cuál es 

la parte de las alteraciones del organismo en la vejez, que podría ser 

evitada. 


En estas cosas, la actitud realmente científica con- 

siste en poder suponer que las ideas ajenas son exactas, por opuestas que 

sean a las ideas corrientes, máxime cuando han sido corrientes tantas 

ideas que luego han resultado absurdas. Después de veinticinco siglos de 

estudio, la ciencia de la vida está atin en pañales. Es preciso refrescar es- 

tas nociones bien sabidas, para poder resistir a afirmaciones como la 

anterior de Ameghino que hemos citado, o como la que sigue: «La ten- 

dencia evolutiva hacia una mayor longevidad — agrega el mismo — es 

general, y muy acentuada en los organismos superiores. Pero el hombre, 

con su saber, podría hacer algo más: 1” encaminar la evolución, darle 



dirección y 2° colocarse resueltamente en el camino de la inmortalidad». 

La sonrisa de incredulidad que seguramente habrá plegado los labios del 

lector al leer lo segundo, le habrá impedido probablemente reflexionar


sobre el alcance de lo primero: el hombre podría encauzar la evolución! 

Todo este Credo está inspirado en un entusiasmo comunicativo; quizá 

por esto es que nos sentimos inclinados a creer que aquello es una de las 

cosas más trascendentales que se hayan dicho jamás. Lo que llamamos 

evolución orgánica es, por decirlo así, una fuerza natural inherente a la 

materia viva: la comprobación de su simple existencia puede decirse que 

data de ayer, y no conocemos nada o muy poco, de su mecanismo íntimo. 

¿Qué será cuando lo conozcamos? 


En cuanto a la inmortalidad... sería para la especie humana una carga 

tan pesada, que luego no sabría cómo hacer para desprenderse de ella. 


Sea lo que fuere, hay una cosa de la que no se puede hoy dudar, y 

es que Ameghino si ha entrado ya, «resueltamente», en la inmortalidad; 

pero.... franqueando la valla que él, — pobre grande hombre! — no 

creía inevitable. Y, lo que es más triste, franqueándola antes de tiempo, 

cuando aún tenía en su admirable cabeza encerradas tantas ideas. 


Voló de veras esta vez, y para siempre, aquel fuerte espíritu. Sea él el 

genio tutelar de todos nosotros. 




Ilustración: Rosario de Velasco

miércoles, 1 de julio de 2026

Sobre la muerte de Ameghino II (Carlos Gutiérrrez)







La muerte del sabio profesor, doctor Florentino Ameghino, Director 

del Museo Nacional de Historia Natural, ha enlutado la patria como ha 

enlutado la ciencia; la prensa entera ha reflejado el hondo duelo de la - 

Nación por tan irreparable pérdida. 


El Instituto Geográfico Argentino debe también agregar su palabra 

de dolor ante la desaparición no sólo del sabio sino del espíritu pode- 

roso que asimilando los conocimientos en su órbita de acción y agre- 

gando propia observación única, supo dominarlo todo y a la luz de su 

genio deducir leyes reveladoras y crear ciencia, rompiendo vallas y es- 

tableciendo escuela nueva cimentada en las capas geológicas y en el 

estudio de los seres extinguidos que habían sido un misterio hasta: él. 


El Instituto también ha perdido, en el doctor Ameghino, uno de los 

miembros de la casa, cuyo puesto estaba en la Junta Directiva así como 

en la Comisión Especial de Geografía, en la que redactó el plan de la. 

parte física en la obra que se prepara por encargo del Honorable Con- 

greso. 


El era nuestra colaborador infatigable, habiéndonos acompañado desde 

los primeros números de la publicación del «Boletín», hasta el mo-. 

mento de su muerte, pues aun desde el lecho, postrado ya, no abando- 

naba la tarea de la grande obra sobre Geografía Nacional. 


Y es que él era un gran geógrafo, tanto, que puede decirse que es el 

creador de la OS sudamericana, Se su demostrador evi-

dente.


Para ello era necesario reunir lo que sólo él poseía: el dominio com- 


pleto de nuestra geología desde las capas arcaicas hasta las formaciones -


recientes, pues las había estudiado y palpado; el dominio de la vida en 



todas esas distintas épocas, siguiendo paso a paso la evolución de los 



animales y los vegetales, y relacionando la flora y la fauna extinguidas, 

en todos los continentes, buscando los rastros de las tierras desapare- 

cidas, en el fondo de los mares, donde los moluscos remotos y la natu- 

raleza del suelo revelaban la edad y.las convulsiones sísmicas. Así, 

hallando los antecesores de las faunas que se creían típicas del Africa 

en nuestra Patagonia, comprobó la unión de los dos continentes en la 

Arquelenis. Dominando todo esto en las formaciones geológicas del glo- 

bo, en épocas, edades, cataclismos, uniones y dislocaciones, sentó las ba- 

ses de nuestra: paleogeografía, dando una síntesis de la verdadera his- 

toria natural del mundo. 


Desde las primeras formaciones, en la ciencia universales — lo que 

vemos en su Credo — hasta las últimas sobre la superficie de nuestra 



tierra actual — lo vemos en sus.últimos escritos — ha diseminado no- 



ciones y estudios profundos, que bueno es agrupar aunque más no sea 

que en resumen y rapidísimamente, para delinear su otra en la paleo- 

geografía. De aquel punto de partida, en donde hace la condensación de 



todos sus conocimientos, Li a estudiar el planeta en su forma primera. 



Recorrió la época arcaica con su inmenso mar, cuando la luz no era 



clara y la alta temperatura era igual en todo el globo, señalando las po- 



cas islas bajas que se presentaban en la vasta extensión líquida que ocu- 

paba los nueve décimos de nuestra superficie; señaló en Sud América las 



tres únicas formaciones independientes, una al Norte y dos al Sur de la lí- 



nea ecuatorial — la del Norte era la región noroeste del Brasil y la Gua- 

yana oriental; los dos macizos meridionales, uno al Este sobre el Atlán- 



tico: y otro al Oeste sobre el Pacífico, dieron origen y determinaron el 

relieve del territorio argentino. Las pequeñas sierras de Buenos Aires, 



son, pues, más venerables de lo que se creía, y en cuanto a la masa del 



Pacífico, era el bosquejo de la Cordillera de los Andes, que después ha- 



bía de agigantarse con las formaciones sedimentarias y eruptivas. 

Así,. de la época arcaica, pasa a la paleozoica, en la que apareció la 



. vida en todas las latitudes a la vez, en forma rudimentaria; la extensión 



de nuestro territorio aumenta con las erupciones submarinas que deter- 

minan el alzamiento continental y la aparición de grandes islas bajas en 



el devónico, hasta Australia. Producido un mayor levantamiento en el ju- 



rásico, se diseñó en las regiones tropicales extendiéndose hacia el sur, 



el vastísimo continente Gondwana desde las regiones occidentales de la 



Argentina hasta las orientales del Queensland y Nueva Gales del Sud, 

abarcando en su conjunto Australia, la India y la mitad austral de Áfri- 

ca y Sud América. 


Su vuelo de águila en este mundo perdido, señaló en la mesozoica 



el aumento en la profundidad del Océano y la mayor extensión de . 



la tierra, levantándose el eje de los Andes; Gondwana se despedazó ais- 

lándose la Australia y la Nueva Zelandia, iniciándose por otra parte la 

formación del Océano Indico. Sud América y Africa formaban en el ju- 



rásico un solo continente: el Etíopebrasileño, llegándose a un estado 



más definitivo en el cretáceo, con enorme desarrollo desde Bolivia, Perú 

y Brasil, hasta la Tierra del Fuego. 


En la época cenozóica, las grandes conmociones definen el continente 

del Norte, estando las dos Américas separadas. Aquí desaparece el mar 

Andino, el Océano baja su fondo 800 metros, los cataclismos se suceden, 

las aguas avanzan para retroceder después, desaparece Arquelenis, la 



tierra continental que nos ligaba al Africa, y de aquel inmenso territo- 



rio desaparecido sólo quedan como rastros visibles los picos volcáni- 

cos de las islas Trinidad, Ascensión y Santa Elena. Al final del oligo- 



ceno, las aguas del mar se retiran y se define más nuestro territorio, 



alzándose bastante el suelo de Entre Ríos y Buenos Aires, retirándose 

el Océano de la depresión del litoral. 

Desde la base del eoceno, han aparecido en nuestro suelo, los primiti- 



vos tipos antecesores del hombre y de: los antropomorfos: Homunculus, 



Anthropops y Pitheculus, cuyo hilo originario el maestro viene siguiendo 

desde el cretáceo superior, para completar más tarde la serie evolutiva 

del hombre. Al final del mioceno, halla los vestigios de la industria de 

un ser ya inteligente y sus restos mismos: el Tetraprothomo, cuarto y 

típico antecesor del hombre, el más antiguo de los que se conocen hasta 

ahora, y al que siguen Diprothomo, Prothomo y Homo; pero termine- 

mos este sensacional paréntesis, para continuar con la evolución úni- 

camente geográfica. | 


En el último tercio del período oligoceno, surge la conexión guayano- 

senegalense que permite la dispersión de la fauna, tierras que des- 

aparecen después, casi al fin del mioceno, Ea como último vestigio 

las Azores, Madera y Canarias. 

Ganando el continente en extensión, es desde entonces que datan 

nuestras formaciones araucanas y tehuelches que aparecen desde Jujuy 

hasta Monte Hermoso, alcanzando la chapalmalense, última capa deter- 

minada y estudiada en sus fósiles por el doctor Ameghino. 


Fué en esa época que Panamá y Centro América, que estaban en el 

fondo del Océano, se levantaron, uniendo las dos Américas con una 



porción territorial mucho mayor que la del actual istmo, lo que hacia . 

de la América entera una gran masa que se ex 



tendía de un polo al otro.  


La llanura de Buenos Aires se dilataba hasta la Colonia y Montevideo, 

pudiendo cruzarse a pie lo que es hoy Río de la Plata, hasta que los gran- 

des movimientos sísmicos de esa época, modificaron la superficie, pro- 

duciéndose una profunda hendidura en la provincia de Buenos Aires, 

que penetra al norte, en manera a formar por las aguas dulces que co- 

rrieron por ella, los ríos Paraná y Paraguay. Las sierras aumentaron 

su elevación. 


En la época antropozoica que abarca el cuaternario y el reciente, tu- 


vieron lugar profundos cambios. Norte América volvió a separarse por 

la inmersión de las tierras centrales, el Océano invade de nuevo nues- 

tro territorio y se forma el pampeano lacustre, la temperatura es helada 

y bajan los ventisqueros andinos con su obra doble de erosión y tectonis- 

mo, quedando definitivamente formada la Tierra del Fuego, aislada, y 

sumergiéndose el resto Sud en el Océano, determinando el Archipié- 

lago. 

Es de esa época, por el avance del Océano, que se forma el piso que- 

randino con sus enormes capas de conchilla que hoy se explotan. La me- 

seta en que debía fundarse Buenos Aires, avanzaba sobre el mar como 

una península con sus extremos norte y sur que eran los que hoy se 

conocen por barrancas del Retiro y parque Lezama; poco a poco el 

mar se retira de nuevo, se definen nuestros contornos orientales y que- 

dan cerrados los tiempos cuaternarios. 


Es en el período reciente que las aguas dulces del Paraná y Uruguay 


formaron el Delta, los últimos movimientos de depresión y alzamiento, 

modelaron nuestra superficie actual. 

El avance continental volvió a unir las dos Américas y el istmo que- 

dó hasta nuestros días como un puente que «sirvió desde entonces de 

camino a los pueblos prehistóricos de nuestro hemisferio, que sucesi- 

vamente y entrecruzándose se dirigieron de Norte a Sud y de Sud a 

Norte, sembrando el camino de ruinas, en donde la mezcla de cien pue- 

blos desorienta hoy a los más hábiles investigadores del pasado pre- 

histórico del Nuevo Mundo. El punto de partida de las poblaciones to- 

das, fueron los fogones y los toscos pedernales que nuestros lejanos as- 

cendientes dejaron sepultados en las capas miocenas y pliocenas de 

Monte Hermoso, Chapalmalán, Mar del Plata y Necochea». 


Asi, paso a paso, el maestro ha seguido la evolución del continente, y 

sus datos son tan precisos, que con ellos puede formarse una larga serie 

de mapas que serían del mayor interés. 


Esa visión magistral, desde el origen hasta nuestros días, con las 

comprobaciones de la gea, la fauna y la flora, es un inmenso capital 

aportado por la ciencia al estudio de nuestra geografía, es la revelación 


del pasado y la explicación del presente. 


Esto, entre los numerosísimos y trascendentales trabajos del profesor 


doctor Florentino Ameghino, así como su biografía ejemplar y la nó- 

mina de los honores que ha recibido, caracteriza nuestra demostración . 

de pésame por el sabio ilustre y el inapreciable compañero de tareas.




Ilustración: Albin Egger Lienz

martes, 30 de junio de 2026

Sobre la muerte de Ameghino I (Virgilio Tedeschi)





Poco más de cincuenta años han pasado desde la publication de la

obra «Origen de las especies» de Darwin, y ¡cuánto camino recorrido 

desde entonces por el pensamiento humano! La doctrina evolucionista 

no dió solamente a las investigaciones biológicas un alto y nuevo interés 

filosófico, guiándolas hacia conquistas admirables y seguras, sino com-. 

penetró casi todo el campo de los conocimientos científicos, extendiendo 

su influencia sobre las ciencias sociales, la psicología, la antropología, 

y abarcando hasta la etnografía, la ciencia del lenguaje, la historia, la 

política y la ética.  


La importancia del transformismo debía aumentar a medida que iban 

acumulándose pruebas en su favor, y tales pruebas fueron buscadas es- 

pecialmente en el dominio de la-embriologia y de la paleontología. 


Fin supremo de todo estudio de los seres, animales y vegetales, se con- 

sideró establecer su filogenia, o sea su árbol genealógico, a partir de las 

formas más sencillas, hasta llegar a la más elevada y al hombre mismo. 

La paleontología debía suministrar los documentos de las faunas y floras 

del pasado, permitiendo llenar los intervalos quedados entre las formas 

del presente; la embriología, según una idea de Müller erigida más tar- 

de en ley fundamental por Haeckel, debía presentar, en algún modo, con 

la observación de las fases que los organismos actuales recorren desde 

el estado de huevo hasta el estado adulto, un resumen de las formas por 

las cuales ha pasado la especie en las varias épocas. 


Si tentativas prematuras y arbitrarias para establecer la genealogía 

completa de los seres vivientes han desacreditado algo las cuestiones 

filogenéticas; si la solución completa del problema aparece más y más 

lejana, y para los biólogos actuales todo interés y toda esperanza de lle- 

gar a una comprobación directa del transformismo se concretan al estu- 

dio experimental de la variabilidad de los organismos y de la herencia, 

en la biometría, en el llamado mendelismo, que establece con precisión 

las leyes que gobiernan la transmisión de los caracteres que resultan del 

hibridismo, en la observación de las mutaciones de De Vries, no puede 

negarse que el convencimiento de poder encontrar pruebas de igual va- 

lor en la paleontología, en la anatomía comparada, en la "embriología, 

-constituyendo una cadena ininterrupta de formas que coligaran todas 

las espécies del presente y del pasado, fué el mayor estímulo para el 

progreso asombroso de tales ciencias. 


Los inicios de la vida en la tierra, la misma formación de los tipos fun- 

damentales no han dejado trazas, parece, en la costra terrestre, y, sin 

embargo, si el problema fundamental queda sin solución, cuántas for- 

midables y fascinadoras cuestiones particulares acerca de las relaciones 

entre las formas orgánicas no ha encarado la paleontología con éxito; 

cuántos documentos no ha dejado para la historia de la tierra; qué con- 

tribución preciosa de hechos no ha llevado a la doctrina transformista, 

contribución equivalente. a una comprobación para quien examine las 

cosas con mente serena y sin preocupaciones dogmáticas. 


La historia de las investigaciones paleontológicas y de las investiga- 

ciones geológicas, inseparablemente conexas con las primeras, registran 

el nombre de países excepcionales que en sus entrañas poseen en ma- 

yor abundancia vestigios de floras y faunas pasadas, fósiles que revelan 

la existencia en épocas remotísimas, de animales gigantescos, extraños, 

monstruosos, y el nombre de algunos hombres dotados de un extraordi- 

mario poder de inducción y de síntesis, que les permitió aprovechar en 

modo maravilloso el estudio de tales residuos para reconstruir la histo- 

ria física y biológica de nuestro planeta. Uno de tales países, el más 

típico, el más prodigioso en yacimiento de fósiles, es la Argentina; uno 

de tales hombres singulares fué ¿necesito decirlo? Florentino Ame- 

ghino.


Hablar en un artículo de diario de la obra inmensa de este sabio, dar 

en síntesis una idea de sus resultados, de manera que su alcance, su 

importancia, aparezcan a todos evidentes, es empresa sumamente difí- 

cil, y necesariamente tendré que limitarme a algunos puntos principales. 


Las investigaciones sobre las faunas de mamíferos fósiles de la parte 

austral del continente sudamericano, de su desarrollo y evolución filo- 

genética, de sus emigraciones sucesivas, interpretadas poniéndolas en 

relación con la configuración de las tierras y sus conexiones en las 'épo- 

cas geológicas pasadas, y el estudio del origen del hombre, considerado 

como último descendiente de primates aparecidos en época muy re- 

mota en el continente americano, comprenden casi toda la obra de ~ 

Ameghino. _


El más antiguo mamífero que haya dejado vestigios en las formacio- | 

nes geológicas sudamericanas, pertenece a una época remotisima: el 

cretáceo inferior; digno de especial mención un pequeño marsupial, 

el proteodidelphys, perteneciente al grupo de los microkioterios. A este 

grupo, formado de animales de talla muy reducida, y muy semejantes 

a los pequeños didelfídeos actuales, Ameghino atribuyó un papel im- 

portante: el de tronco primitivo del cual originaron casi todas las espe- 



cies de mamíferos actualmente existentes. En las formaciones del cre- 



táceo superior, que constituyen el suelo de las provincias de Corrientes 

y Misiones, y reaparecen en el territorio de Misiones, Río Negro y en el © 

Chubut, los restos de este interesante grupo son ya abundantes, y se 

“encuentran juntos con los huesos de reptiles singulares y formidables, 

con los de otros mamíferos ya diferenciados, pertenecientes a los órde- 

nes de los destentados, de los insectívoros o de los roedores, y a grupos 

que constituyen formas de transición como los esparasodontes y los pla- 

giaulacoideos, que serían el tronco del cual se separaron, según Ame- 

ghino, los marsupiales australianos. En la misma época aparecen ya nu- 

merosos los ungulados que derivarían de los protoungulados, descen- 

dientes de los microbioterios. Sud América debe considerarse centro 

de su desarrollo e irradiación, y fué guiado por esta hipótesis que Ame- 

ghino llegó a reconstruir con sorprendente evidencia la historia de al- 

gunos grupos. Notable entre todos el de los proboscídeos, que, des- 

prendiéndose del grupo de los condilartros, descendientes de los micro- 

bioterios, aumentan gradualmente de talla hasta llegar a las formas 

del grupo de los piroterios. Aquí la historia queda interrumpida en Sud 

América, pero prosigue en Africa, donde la rama había emigrado apro- 

vechando las comunicaciones continentales de aquella época remota. De 

Africa pasa al continente euroasiático, transformándose los piroterios en — 

mastodontes y dinoterios. Entretanto, habían transcurrido centenares de - 

miles o millones de años: la tierra se encontraba en la época miocénica, « 

y hallándose el continente euroasiático en comunicación con la América 

del Norte, los mastodontes pudieron emigrar a este último continente. 

Al principio de la época pliocénica los mastodontes encuentran entre 

las dos Américas un puente recientemente formado, lo cruzan, diri- 

giéndose al sur, y llegan hasta la Pampa, patria de sus remotísimos an- 

tepasados, en donde se extinguen. | 


En las formaciones del cretáceo superior de la Argentina fueron en- 

contrados también los primeros vestigios de cuadrumanos de talla muy 

reducida, y antecesores probables de los lemures y monos del antiguo 

continente. 


La hipótesis de un origen sudamericano de los mamíferos, que fué el 

eje alrededor del cual se orientaron todas las investigaciones de Ame- 

ghino y su interpretación de los- hechos paleontológicos, por arbitraria 

que pueda parecer, considerándola superficialmente, está justificada por 

la más tardía aparición de estos animales en el hemisferio septentrional, 

y por los datos geológicos que se poseen con respecto a la configuración 

de los continentes durante el período cretáceo. Los restos de los mamí- 

feros placentarios más antiguos del hemisferio septentrional pertenecen 

a la época terciaria, mientras en el hemisferio austral ya existían, desde 

el cretáceo, muchos órdenes, y hasta habían ya desaparecido grandes 

grupos representados por numerosas formas bien diferenciadas. El he- 

misferio austral era en gran parte ocupado durante el mismo período 



por un inmenso continente, del cual formaba parte el actual territorio 



argentino, mientras la mayor parte del hemisferio septentrional estaba 

cubierto por el Océano. 


Es en la época sucesiva (era cenozoica o terciaria), que se levanta 

‘el continente euroasiático, mientras el continente austral se separa en 

varias partes: Africa austral pierde su conexión perfecta con Sud Amé- 

rica y se une a Asia, quedando separada de Europa por un brazo del 

Atlántico; Australia, completamente aislada por el Océano, conserva 

la fauna primitiva de marsupiales hasta nuestros días; Norte América 

se pone en comunicación con Europa, mientras las dos Américas son 

separadas por un brazo del Océano. Los mamíferos, ya pasados al Africa 

austral, después a Asia y de aquí a Europa, evolucionan hacia las formas 

características de la fauna fósil del viejo mundo y del continente nor- 

teamericano. 


Al terciario, precisamente al eoceno superior, pertenece la formación 

santacruceña de origen subaérea, que se presenta con espesor de varios 

cientos de metros en distintos puntos de la Patagonia, en proximidad 

de los contrafuertes de los Andes. Es en las capas de esta formación, que, 

tal vez, encontró Ameghino la más rica e interesante fauna de mamí- 

feros fósiles estudiada por él. Importantísimas son también sus inves- 

tigaciones sobre los pájaros pertenecientes al mismo período.  

Observaciones de sumo interés son las que conciernen a la aparición 

durante el terciario, y precisamente al fin del período oligocénico, de 

numerosos géneros semejantes o idénticos a los europeos. El hecho, que 

toma mayor importancia en los períodos sucesivos, coincide con la apa- 

rición de formas de tipo sudamericano en Europa, obligando a admitir 

una conexión entre Africa y Sud América, de la cual, probablemente, 

las Azores, Madera y las Canarias representan los últimos residuos. 


Otro fenómeno paleontológico general sobre el cual Ameghino llamó 

la atención del mundo científico, y al cual dió con sus geniales observa- 

ciones un valor particular, es la presencia en las formaciones pliocéni- 

cas de numerosas formas extrañas a Sud América hasta aquella época: 

las formas que habrian habitado la Argentina durante el cretáceo habían 

. vuelto a la patria de sus antiquísimos antepasados, emigrando desde Nor- 

te América y desde Europa, después de una evolución que los había 

modificado haciendo difícil reconocerlos: «el ciclo zoológico, al través 

del tiempo y del espacio, estaba completo». | 


Este intercambio zoolégico de las formas emigradas de norte a sur 

o en dirección contraria a través del puente que por primera vez unió 

las dos Américas, o emigradas en las dos opuestas direcciones después 

de llegar a Sud América por el puente que en aquella época unía este 

continente a Africa, produjo una mezcla complicada de faunas que no 

pudo explicarse hasta estos últimos tiempos. 


Pertenecen a la misma época pliocénica y al período sucesivo, o sea 

al cuaternario, muchos de los más interesantes fósiles descubiertos y es- 

tudiados, después de Owen, Cuvier, Burmeister, por Ameghino, mas- 

todontes, megaterios, gliptodontes, toxodontes, etc., formas colosales, 

extrañas, desaparecidas en época relativamente reciente. — 


Indudablemente, las investigaciones de Ameghino sobre el origen del 

hombre, los descubrimientos relativos a este apasionante problema, son 

los que más han llamado la atención del mundo científico, los que más 

profunda llevan la huella de su genialidad, de su originalidad incoerci- 

ble. Se ha atribtído generalmente al hombre un origen relativamente 

reciente, suponiéndolo derivar de un antepasado común a los monos 

antropomoffos; Ameghino buscó su remoto origen en los primates apa- 

recidos al principio del terciario, y cuyos restos se encuentran en 

la formación patagónica. Estos primates, derivados de los de tipo to- 

davia primitivos del cretáceo, se dividen en los dos grupos de los 

Homunculites y Pitheculites, el primero de los cuales constituiría el 

tronco del cual han derivado los monos del viejo mundo, exceptuados 

los antropomorfos. El Pitheculites, de tamaño muy pequeño, habría ori- 

ginado los homunculídeos del eoceno superior, entre los cuales el ho- 

múnculo, a pesar de su talla reducida, presenta ya un cráneo capaz y 

probablemente poseía un embrión de industria, y conocía el fuego, 

si se juzga por los manchones aislados de tierra cocida y los huesos 

estriados con cierta regularidad que se encuentran en la misma forma- 

ción. De los homunculídeos se habrían separado, según Ameghino, 

monos platirrinos, o del nuevo continente, antropomorfos y hominí- — 

deos. 


En la formación entrerriana del Paraná, que pertenece al período 

oligocénico, se encuentran en abundancia huesos y dientes entallados, 

y en la araucana hay restos de fogones, que abundan en la formación 

de Monte Hermoso (mioceno), donde se encontraron también un fé-. 

mur y un atlas que indicarían un predecesor del hombre, al cual Ame- 

ghino dió el nombre de Tetraprothomo, o sea cuarto predecesor del 

hombre. En las capas más profundas de la formación pampeana fué en- 

contrado el segundo predecesor, el Diprothomo, un ser cuya talla supe- 

raba de poco un metro; con cráneo bajo y cara prognada. Al Diprothomo 

sucede el Prothomo u Homo pampeus, del cual fueron encontrados mu- 

chos vestigios y cráneos casi completos. El Homo pampeus, por la talla 

y la forma del cráneo, parece acercarse bastante al tipo humano, segu- 

ramente más, por la falta de bureletes superorbitarios, del famoso hom- 

bre de Neanderthal, que, sin embargo, vivió en época más reciente. 


Las producciones de la industria lítica del Homo pampeus son guija- 

rros rodados de forma alargada, tallados en una de las extremidades. 


Otros hominídeos contemporáneos o casi, como el Homo sinemento, 

el Homo caputinclinatus, se extinguen o evuelven en sentido diferente. 

En la formación pampeana más reciente, correspondiente al cuaternario, 



se encuentran representantes más elevados del género Homo, mientras 



una raza que después se extingue desarrolla caracteres bestiales que re- 

cuerdan los de los monos antropomorfos. 

Los monos antropomorfos, cuyos-restos, como lo había pronosticado 



Ameghino, se encontraron recientemente en el oligoceno del Africa 



septentrional, derivarían de algunos hominideos que pasaron al viejo 



mundo aprovechando los últimos restos de la conexión que habría exis- 

tido entre el mismo continente africano y Sud América. Allí sufrieron 



una evolución regresiva, se bestializaron, según la expresión de Ame- 

ghino, adaptándose a la vida arborícola. El Pitecanthropus erectus de 

Java, el Pseudohomo heidelbergensis de Alemania, supuestos antepasa- 

des del hombre, serían en cambio, según Ameghino, descendientes de 



los hominídeos emigrados al viejo mundo y que todavía conservaban 



caracteres del tipo primitivo. 

La prueba más convincente de que el hombre tuvo su origen en el Nue-. 

vo Mundo, sería la presencia de hominídeos en el continente sud- 



americano desde época muy remota, mientras los más antiguos del viejo 



mundo como el pitecantropo y el pseudohombre de Heidelberg no re- 



montan más allá del cuaternario inferior, a pesar de que algunos pa- 



leontólogos y antropólogos los atribuyan al plioceno. En este último 



período eran ya numerosos y evidentes los vestigios del hombre en la 

Argentina. 



Según Ameghino, las razas humanas se dividen en dos grupos prin- 



cipales, más propiamente especies: el Homo sapiens, que comprende las 



razas caucásicas-mongólicas y el Homo áter formado por las razas ena- 

nas de los akas, boschimanos, hotentotes, negritos y las razas afines, ne- 



gra, negroide, australiana. El primer ¿rupo derivaría del Homo pampeus 



que, evolucionando, pasa a Norte América, después a Asia. Una rama, 

pasando a Europa sobre el puente que unía este continente con el Ca- 

nadá, se habría transformado en el tipo de Galley-Hill, aislándose des- 

pués y «bestializändose», hasta Ilegar al Homo primigenius represen- 

tado por el hombre de Neanderthal, de Spy y de la Chapelle-aux-Saints. 

El hombre áter, en cambio, se habría desprendido de la línea principal - 

después del Diprothomo, emigrando a las regiones donde aún en el pre- 

sente habita. 


Las teorías de Ameghino en el campo de la paleontología y de la an- 

tropología prehistórica encontraron no poca resistencia en el mundo 

científico, más por chocar contra convicciones ya antiguas, aceptadas 

por muchos sabios como artículos de fe, que por encontrarse falta grave 

en la cadena de inducciones de la cual se desprenden, o una base de 

hechos insuficientes. Cualquiera que sea su futuro destino, ninguno 

podrá desconocer el valor científico extraordinario de su obra de obser- 

vación, verdadero monumento del cual podría gloriarse cualquier sabio 

y cualquier pueblo al cual éste pertenezca.




Ilustración: Manuel Rodríguez Lozano

lunes, 29 de junio de 2026

Doctor Florentino Ameghino: su vida y sus obras (Víctor Mercante)







El doctor Florentino Ameghino nació en la Villa de Luján el 18 de 

Septiembre de 1854 y falleció en La Plata el 6 de Agosto de 1911 

a las 8 y 20 de la mañana, día diáfano y primaveral. Hijo de genoveses 

Originarios de Moneglia, vecindad de Sestri, su padre era Antonio Ame- 

ghino, fallecido en Buenos Aires en 1886 a los 58 años de edad y su 

madre María Dina Armanino, fallecida en Buenos Aires en 1908 a los 76 

años de edad. En la familia fueron varios hermanos, de los que vivían 

Florentino, el mayor, Juan y Carlos, sin descendientes; este último, lo 

repetía a menudo el sabio, su brazo derecho, porque era el escrutador de 

los misterios geológicos, el desenterrador de fósiles, el gran descubri- 

dor de faunas, el que ha puesto los sedimentos patagónicos en la mesa de 

Ameghino durante 16 años (1887 a 1903) consecutivos, habiendo reali- 

zado solo, una obra superior a la de los demás exploradores juntos del 

extremo sud. Su nombre está ligado a centenares de portentosos hallaz- 



gos, como el del armadillo fósil con dientes y cuernos del monte Obser- 



vación; de los grandes pájaros fósiles de Santa Cruz; del grupo de los 



tipoterios y plagiaulacídeos; de los monos fósiles de Santa Cruz; del 



piroterio del Chubut; del astrapoterio, etc., quedando no obstante, por 

revelar tesoros incalculables, según sus propias referencias. 

Transcurrieron sus primeros años, desde 1854 hasta 1868, en el hogar 



modesto de sus padres y en el ambiente tranquilo y precario para quien  



no fuera él, de la aldea. Pero el ambiente sólo exige un genio y el genio 

un ambiente. Ameghino era un curioso, un testarudo y un tenaz, cualida- 

des que lo singularizaron hasta poco antes de fallecer, que puestas al 

servicio de sus extraordinarias aptitudes, tanto acentuaron su individua- 

lidad, substraída casi a la acción niveladora de la escuela. Estaba su 

vida, por eso, libre de esos convencionalismos y protocolizaciones esteri- 

lizadoras con que suele un hombre de importancia disfrazar la sencillez, 



la franqueza, el cariño, la autoridad, sin más consecuencias que un or- 



gullo mal interpretado y una vanidad hipócrita, fruto, por supuesto, de 

ese ambiente al que Ameghino no quiso entregarse. Nada más elocuente 

que su cámara mortuoria: estancia amplísima sin tapices, sin cortinas, 



una mesa desmimbre en el centro, cubierta de las cartas acabadas de 



recibir de las más renombradas personalidades científicas de Europa, tres 

sillas de Viena, un armario de pino enchapado, el lecho y la mesa de luz 



con una lámpara a petróleo. Sin embargo a pocos pasos, setecientas 



cajas contenían piezas que, como la del peltéfilus, hubieran bastado para 

transformar dormitorio tan indigente en la suntuosa mansión de un po- 

tentado. - 

Ameghino cuenta su iniciación. A pocas cuadras je la casa en que 

vivía, corre el Luján con sus barrancas; un día recoge en las orillas un 

puñado de caracoles, tenía entonces diez años, y, dirigiéndose a su padre, 

inquirió el origen de aquellos restos. Su padre contestó que los traía el 

río arrastrados por la corriente, desde lugares distantes de allí. La res- 

puesta no satisfizo al niño indagador, que se dijo: la corriente puede 



arrastrarlos, pero no incrustarlos en el barranco. Salió de sus dudas con 



una excavación. Notó que el terreno contenía los mismos restos y entró, 

desde entonces, en hondas reflexiones infantiles para explicar aquel 

fenómeno que le sumió en la lectura, excitó su curiosidad, le incitó a 

nuevas excavaciones, le condujo a nuevos descubrimientos, encendió sus 

entusiasmos y abrió de par en par las puertas a su destino. 


El hogar, cuya casa en la calle Las Heras a media cuadra de Colón, 

conservan los hermanos con reliquias de los primeros años de actividad 

de Ameghino, entre ellas, un violin, no fué tan propicio como el ambiente 

y la escuela, porque el padre, temiendo por su «cabeza» se oponía a que 

tomara empeño en el estudio. Ameghino era el niño más aprovechado 

(1862-1867) de la escuela de su pueblo y se distinguía por su vivacidad 

en el pensar, su prontitud en el responder, la controversia razonada, su 

gran memoria, su predilección por la geografía y el interés extraordi- 

nario que encendían en él los enigmas de las cosas, con obsesión al por 

qué. No por esto, dice su primer maestro Carlos D'Aste (1864-1867) 

quien, encariñado paternalmente con este niño singular, disuadió al 

padre, venciendo sus escrúpulos, de que debían protegerse sus inclina- 

ciones, dejaba de ser un niño taciturno, reconcentrado, retraído. Ame- 

ghino a causa de inquirir siempre razones, tuvo que dejar la doctrina de 

los domingos con satisfacción del sacerdote, porque era un indisciplinado. 

Tal vez allí, cuando el cura aseguraba que el género humano tuvo por 

padres a Adán y Eva, en la duda insatisfecha, entregado a las cavilacio- 

nes, naciera esa tenaz preocupación de toda su vida, sobre todo del 70 

al 80, por establecer la antigüedad del hombre que lo condujo, después 

de una vasta asimilación de conocimientos en prolijas y hondas consul- 

tas (véase su Diario de un Naturalista, inédito, comenzado el 1° de Enero 

de 1875- interrumpido en 1876, sugerido a no dudarlo, por el libro de 

- Darwin y completamente dedicado a la antigüedad del hombre, que 

- prueba desde la primera anotación, un cerebro formado y un completo 

dominio del asunto) a descubrimientos y a teorías que envanecen la 

ciencia. | 


Hizo sus primeras letras (1862) en la escuela municipal de Luján 

bajo la dirección de García, un año, y desde 1863 hasta 1867, bajo la 

dirección de Carlos D'Aste, el maestro solícito que cuidó con amor pa- 

terno la inteligencia de su educando, que advirtió prodigiosa, trayéndole 

consigo, a su propia casa, a Buenos Aires para que continuara sus estu- 

dios en la escuela normal de preceptores. 


La escuela municipal tenía un director y un monitor, Javier Tapie, 

recordado cariñosamente en sus cartas familiares, desde Europa. D’Aste 

la había organizado en cinco grados, más un curso secundario y fué el 

director moral de Ameghino, asimismo maestro de francés con Tapie, 

lecciones tan bien aprovechadas que permitieron al joven extraordinario, 

leer a Lyell (1871), fuerza inicial de todas sus proezas, y luego a Bur- 

meister (1872). 


 En 1867, Ameghino es nombrado ayudante y un año después, inducido 


por D'Aste, ingresa a la Escuela Normal de Preceptores de Buenos 

Aires dirigida por Luis G. de la Peña, donde sólo estudió un año, como as- 

pirante; fué suprimida en 1871, según el informe de E. Costa, por no te- 

ner alumnos. Pero, porque los estatutos lo establecían, Ameghino ob- 

tuvo su título de Subpreceptor, único adquirido en establecimientos ofi- 

ciales que no fuera por motivo honorífico. Con él asumió el cargo de 

ayudante primero (1869), gracias a una particular condescendencia de 

Estrada, de director después, de la escuela elemental de Mercedes, su 

primer centro dé actividad científica y en donde cimentó su fama de 

naturalista. En 1875 tenía listos los manuscritos de La antigüedad del 

hombre en el Plata, cuyo primer título sugerido evidentemente, por la 

homónima de Lyell fué La ancianidad del hombre y su contem- 

poraneidad con las especies de mamíferos extintos diluvianos y ter- 

ciarios (véase la cuidadosa copia de los manuscritos hecha de su 

puño y letra en un libro de contabilidad) en la que venía traba- 

jando desde 1871 — sin duda, su estadía en Buenos Aires, sus visitas 

al Museo de Historia Natural, entonces bajo la dirección de Burmeister, 

su asiduidad a la biblioteca, sus lecturas, encendieron a los 16 años aquel 

sentido que ya naciera en Luján y orientaron bien sus pasos — descu- 

briendo los primeros restos fósiles en que fijara sus ojos de investiga- 

dor (Diario de un Naturalista), a fines de 1869 en la margen izquierda 

. del Luján frente casi a la embocadura del arroyo Roque y realizando en 

1871 (véase sus artículos en «La Aspiración» de Mercedes, 18 de Sep- 

tiembre de 1875), a los diecisiete años, exploraciones y estudios estrati- 

gráficos en la villa de su nacimiento. A los veintiún años escribía perfec- 

tamente el francés y el italiano (cartas a Gervais y otros sabios franceses 

e italianos en su Diario de un Naturalista) y escribía el castellano con una 

ortografía tan perfecta, que no falta un acento en sus manuscritos, conser- 

vando hasta hoy, el tipo de letra de entonces, prueba de un sorprendente 

equilibrio môtriz, de una admirable regularidad nerviosa y de su percepti- 

vidad extraordinariamente desarrollada que concuerda con la declaración 

de D'Aste acerca de su poderosa memoria verbal mientras era alumno 

en Luján. Como todos los hombres, usaba en su juventud (hasta su viaje 

a Europa 1878) una rúbrica envolvente de su nombre y apellido, de tres 

curvas, reducidas después a una simple línea ligeramente ondulada. 

En las vacaciones de 1875 y 1876 hizo un viaje a la Banda Oriental 

del Uruguay, primera expedición que excediera los límites de lo que ha- 

bía sido hasta entonces su campo de actividad, el Luján y sus afluentes; 

fruto de ella fué su libro Antiguedades Indias de la Banda Oriental 

(1877), editado por la imprenta «La Aspiración», de Mercedes, primer 

libro que hizo imprimir Ameghino, habiendo publicado en el diario «La 

Aspiración» (18 de Septiembre de 1875) su segundo artículo bajo el títu- 

lo de Ensayos para servir de base a un estudio de la formación pampeana, 

porque el primero fué, tal vez, Notas sobre algunos fósiles nuevos de la 

formación pampeana, que tuvieron la virtud de provocar una ardiente po- 

lémica, impacientando a su principal contrincante el doctor Burmeister, 

que le llamó joven ignorante y pretencioso, a quien, Ameghino, que 

no era cojo, replicó llamándole director del Museo Biblia, despectivo que, 

. no sabemos cuando, el autor rayé con tinta en los recortes que conservan 

sus hermanos, pegados a las hojas de un cuaderno. 


En Enero de 1880 escribía: «Bien sabemos que nos exponemos a que 

alguien nos pregunte quiénes somos y con qué derecho nos atrevemos 

a sondear una cuestión de tanta importancia. Tal pregunta no nos ex- 

trañaría. Altos y egoístas representantes de la ciencia en el Plata, ya 

lo han hecho y han combatido los resultados de nuestro trabajo con 

armas nada nobles. Se nos ha tratado de explotadores, ignorantes y 

otras lindezas por el estilo, por haber cometido el inmenso delito de 

afirmar que el hombre ha habitado las pampas en plena época cuater- 

naria. Debemos, pues, una contestación anticipada a los que tal pregunta 

pudieran hacernos. Hace diez años que nos estamos ocupando del estu-

dio de la Geología, Paleontología y Arqueología de la Pampa Argentina. 

- La mitad de nuestra existencia la hemos empleado en este género de 

investigaciones. Los años de nuestra juventud, de la buena fe, de las 

agradables ilusiones, los hemos pasado recorriendo diariamente leguas 

enteras, a lo largo de las riberas de nuestros ríos, teniendo por único 

vehículo nuestras propias piernas y por compañeros una pala y un cu- 

chillo. Tanto en los fríos del invierno como en los abrasadores soles del 

verano, hemos pasado días enteros removiendo solos o con trabajadores 

constantemente vigilados por nosotros, los terrenos de las orillas de las 

lagunas, ríos y arroyos de la provincia de Buenos Aires, en busca de los 

restos de los seres que en época antiquisima en que la configuración 

del continente americano era bien diferente de la presente, poblaban el 

suelo argentino. Durante esos diez años de trabajo continuo, hemos 

estudiado los terrenos de transporte de la cuenca del Plata en sus mini- 

mos detalles. Hemos formado colecciones de fósiles interesantísimas, 

aumentando el número de animales cuaternarios de Buenos Aires, de un 

gran número de especies desconocidas antes de nuestros trabajos. Hemos 

explorado metódicamente varias estaciones o paraderos indios prehistó- 

ricos en los que hemos recogido millares de objetos de diferentes clases. 

En ese mismo espacio de tiempo hemos recogido los materiales que nos 

han traído el convencimiento de la gran antigüedad del hombre en las 

pampas. Este convencimiento no ha sido, pues, obra de un día, de se- 

manas o de meses, sino el resultado de diez años de trabajo, empleados 

en recorrer los ríos y arroyos de las pampas unos meses, otros en hacer 

remover o removiendo por nuestras propias manos, sus depósitos fosilí- 

feros, y los demás en observar, clasificar y estudiar las piezas que en — 

esas continuas excursiones y excavaciones conseguíamos. Tampoco nos 

hemos atenido a nuestro juicio exclusivo, pues hemos sometido nues- 

tros trabajos al examen de las personas más competentes de Buenos 

Aires, bien que no se encontraran acordes en sus apreciaciones. No 

contentos con esto, hemos querido consultar los sabios del otro lado del 

Océano, nos trasladamos a Europa y exhibimos nuestra colección de ob- 

jetos que fué examinada por De Quatrefages, De Mortillet, Gervais, 

Cope, Villanova, Capellini, Valdemar, Schmidt, Harry, Ribeiro, Tubino 

y los principales sabios especialistas de Europa, que, sin excepción, han 

aprobado la mayor parte de nuestras demostraciones del hombre fósil 

de la pampa». Declaraciones que subrayan, a las claras, los primeros mo- 

tivos de su vida científica y el empecinamiento con que resistía a la 

horda de enemigos y burlones que había levantado al «maniático» ayu- 

dante de escuela con sus primeras publicaciones y su cuarto de «osa- 

menta». 


Sus primeras correspondencias científicas fueron (1874) con el doc- 

tor Ramorino, de Belgrano, pues, su Diario de un Naturalista, empezado 

el 1° de Diciembre, comienza con esta anotación: | 


«El día 8 de Septiembre de 1874 vino a esta ciudad (Diario de un 

Naturalista, empezado el 1° de Enero de 1875 en Mercedes), el doctor — 

Ramorino para presenciar algunas excavaciones en el punto en que ha- 

cía ya largo tiempo había encontrado restos del hombre fósil; tomé dos 

peones y en las pocas horas que trabajé se encontraron algunos restos 

de tierra cocida, muchos trozos de carbón vegetal y la apófisis espinosa 

de una vértebra humana; al otro día, repasando la tierra removida en- 

contré 3 placas de la coraza del Hoplophorus ornatus y un escafoide hu- 

mano». | 


En Octubre de 1875 escribía su famosa carta a Gervais quien, al. dar 

cabida en su revista «Journal de Zoologie» (1875) a su trabajo, tal vez 

el primero, Nouveaux débris de P homme et de son industrie, mélés à des 

ossements d'animaux quaternaires recuellis aupres de Mercedes, encen- 

día la fe en el joven sabio que acometió resuelto por el camino que a 

su porvenir se abría. Púsose, ese mismo año, en relación con la Socie- 

dad Científica remitiendo una Memoria, hasta hoy inédita, acerca del 

hombre fósil y con ese motivo tuvo sus primeras correspondencias con 

el doctor Estanislao S. Zeballos, secretario, y con Francisco P. Moreno 

miembro, que constituyeron, ambos, la comisión examinadora del tra- 

bajo acerca del cual decidieron no pronunciarse, dado lo delicado del 

asunto. 


La segunda carta a Zeballos, pocos días después de .remitirle su tra- 

bajo, reclamando una respuesta, indica la pasión con que tomaba sus 

asuntos científicos y la impaciencia que lo acometía por la inmediatidad 

de las soluciones. | 


En 1878 partió para Europa y exhibió, en la exposición de Paris, sus 

colecciones que, al popularizar su nombre ya no de coleccionista, como 

Larroque, compañero de aldea y de estadía en París, con propósitos lu- 

crativos sino de sabio, trajeron la amistad y camaradería de los Cope, 

los Capellini, los Gervais, los Quatrefages, los Schmidt, los Mortillet, los 

Gaudry, los Flower y tantos otros, lista llegada a centenares de nombres 

con los Sergi, los Morselli, los Stoliwho, y los cooperadores como Holm- 

berg, Spegazzini, Ambrosetti, Scalabrini, Outes, Roth, tantos y tantos 

otros. 


Durante su permanencia en Europa recorrié los principales museos de 

Bélgica, Francia, Italia, Inglaterra y realizó, con Gervais, las famosas 

exploraciones a los yacimientos de Chelles acerca de los cuales escribió 

una serie de artículos en el «Bulletin de la Société d'Anthropologie» de 

París; llenó de novedades las principales revistas europeas y editó La for- 

mación pampeana, obra escasísima sobre la geología de nuestras lla- 

nuras. En colaboración con Gervais escribió asimismo, en París (1880), 

Los mamíferos fósiles de la América meridional. 


Sin recursos, porque realizó su viaje sin el apoyo oficial y dispuesto 


a editar La Antigüedad del hombre en el Río de la Plata, cuyos origina- 

les tenían ya algunos años, desprendióse por motivos forzosos, de una 

parte de su colección y con los ciento veinte mil francos de la venta, 

publicó el libro (dos tomos, 1880 y 1881) y pudo volver a mediados del 

81 a la madre tierra, cargado de honores, consagrado sabio, exonerado, 

y sin más capital que varias docenas de cajones de restos que no quiso 

dejar en los Museos del viejo continente. 

En París contrajo matrimonio con Leontina Poirier, a ella unido por 

un acendrado y recíproco cariño hasta el momento de la muerte de 

aquélla acaecida en 1908 y que le afectó profundamente. No tuvo hijos; 

se ha dicho a menudo, que los grandes hombres no dejan, por lo común, 

descendientes. El fenómeno se explica, en cierto modo, por el hecho 

de que un hombre sin familia, menos solicitado por exigencias extrañas 

al estudio, se entrega más tranquilo y empeñosamente a las especula- 

ciones intelectuales si a tal se siente inclinado. De suerte que es admi- 

sible la teoría de que el hogar prolífico es, no una prueba de que el ge- 

nio falta, sino un obstáculo para que se manifieste. Ameghino, padre 

de una numerosa prole, hubiera, tal vez, reducido a la décima parte su 

producción científica y sufrido la modestia, que era el mayor encanto 

de su persona. 


Al llegar a Buenos Aires, supo la inesperada nueva de que, caducada 

la licencia, sin consideraciones a la fama ni a la gloria, lo habían decla- 

rado, como director de la escuela «municipal» de Mercedes, cesante, 

acto que tan bien objetiviza ese espíritu pampásico con que se trataba 

entonces cualquier asunto, sin más respeto que a la «cuña». Felizmente, 

habia en Ameghino exceso de entereza, fuerza moral, ya no para no 

amilanarse sino para no desatarse en improperios y desvasarse contra 


la injusta resolución que destituía un maestro porque había, desde el 

otro mundo, proyectado un haz de gloria, el primero de un sabio argen- 

tino, sobre su país. Fué entonces que instaló una librería en la calle Ri- 

vadavia: «El Glyptodon», famosa por la coraza del monstruo, ostentada 

junto al letrero; avenido a este género de vida sin exigencias, se entregó 

como hasta entonces, placentero y completamente al trabajo con aquel 

tesón que fué la característica de su vida. «Publico, dice en el prólogo de 

su Filogenia, con Gervais, un ensayo destinado a servir de introducción 

a un estudio completo de la fauna fósil mamalógica de las comarcas del 

Plata, que pensaba emprender a mi regreso a Buenos Aires (la obra 

de 1889); me encontré a mediados del 81 en tan malas condiciones 

financieras que dieron al traste con mis proyectos. Mi viaje y la impre- 

sión de una parte de mis trabajos, los referentes a la antigüedad del hom- 

bre y a la geología de la Pampa, habían dejado exhausto mi bolsillo y 

me encontré absolutamente sin recursos tanto para proseguir la impre- 

sión de la parte paleontológica como para emprender nuevas exploracio- 

nes. Obligado a una vida sedentaria, necesitaba algún quehacer que ali- 

mentara mi espíritu y satisfaciera mis costumbres de trabajo, que, sin 

duda, habrían sufrido en la inacción. 


 «Rodeado en mi escritorio de fósiles de la Pampa, empecé a meditar — 

en esos tipos extraños llamados Toxodon y Tipoterio que no encuentran 

un lugar en las clasificaciones actuales y adquirí pronto el convenci- 

miento de que no eran aquéllos los incolocables sino éstas las deficien- 

tes. Era necesario rehacer las clasificaciones... Así nació Filogenia, en 

la que no debe verse un trabajo literario, por cuanto, viéndome en la 

obligación de procurarme el alimento cotidiano atendiendo mi negocio 

de librería, escribo cada renglón entre la venta de cuatro reales de plu- 

mas y un peso de papel, condición poco favorable para dar a mis ideas, 

formas literarias elevadas». Ameghino, sin embargo, merced a un domi- 

nio absoluto del lenguaje científico y a la vastedad de su saber, escribió 

una obra impecable. E 


Y Ameghino aleccionado por aquella inesperada cesantía, en previsión 

Ge posibles ataques a su independencia, en la que había nacido y con la 

que habia escalado uno a uno los peldaños de la sabiduría, fué librero 

hasta su muerte. Ameghino, en efecto, fué exonerado el 25 de Febrero 

de 1888 como vicedirector del Museo de La Plata y en 1910, con motivo 

del ruinoso estado del Museo Nacional y las promesas tantas veces 

defraudadas del Gobierno, estuvo a punto de renunciar, un día de No- 

viembre de 1910, según refiere Senet, día de preocupación y que sin 

el consuelo de una destitución, por primera vez desde hacía quince años, 

vagó por las calles de Buenos Aires desde las 10 de la mañana hasta las 

8 de la noche, sin escribir una letra, sin corregir una prueba, sin pensar 

una idea. 


Fué en la librería del «Glyptodón», cuenta Basaldúa, donde conocí a 

Ameghino de una manera singular. Pedía, yo, a un hombre en mangas 

de camisa, una novela expuesta en los escaparates, cuando sobre el mos- 

trador noté los restos fósiles de un ejemplar que me pareció sumamente 

raro. 


—Dígame, amigo, ¿usted es el dueño de esto? 


—Si, yo soy su dueño! 


- —¿Qué hace usted con esto aqui, démelo usted? 


—« Y usted para qué lo quiere? | 


—Pues, hombre, para llevárselo a Ameghino. 


—Pues, hombre, a Ameghino lo tiene usted aquí. 


Esta escena se produjo poco después de premiar, el jurado, con el 


gran diploma de honor y medalla de oro su gran colección nO” 

gica en la Exposición de 1882. 

_ El tiempo era, para Ameghino, realmente oro, y apremiado por el 

sinnúmero de problemas que se agitaban en su inquieto cerebro, bus- 

caba una forma que fuera breve para escribir y tomar apuntes. Entonces 

fué cuando inventó su sistema taquigráfico «único que permite seguir 

la palabra del orador más rápido, puede leerse más correctamente que | 

la escritura común y se aprende en tres horas. Es el sistema más perfecto, más lógico, más rápido, más legible y más fácil que se haya in- 

ventado hasta ahora. Se aprende sin maestro», publicado en 1880 por la 

casa Igón Hermanos y que empleó para los apuntes de su Filogenia que, 

si bien vió la luz en 1884, evidentemente, fué trabajada en 1881, 1882, 

tal vez en 1880 y 1879; su segundo libro inédito de anotaciones y ex- 

tractos, escritos estenográficamente y en tinta negra, porque sus escritos 

del 75 y 76 lo eran en violeta, contiene dichas fechas. La Filogenia es un 

monumento de la filosofía natural, la clave de la clasificación en Zoolo- 

gía, la consagración más elocuente del transformismo evolutivo, sólo 

comparable a la de Lamarck, con otro material y otros propósitos. La 

segunda edición saldrá a luz en 1912 con un prólogo escrito por Ame- 

ghino ya imposibilitado para moverse. Este libro poco leído en nues- 

tro país, como poco leídas fueron siempre las obras del gran naturalista, 

produjo tal sensación que la Facultad de Ciencias de la Universidad de 

Córdoba le llamó a dictar la cátedra de Historia Natural (1884) después 

de otorgarle el título de Doctor honoris causa y Mitre en «La Nación», 

escribió su bibliografía. 


Desde entonces colaboró, hasta hace poco, en el «Boletín de la Acade- 

mia de Ciencias», publicando numerosos estudios y monografías. Sin em- 

bargo, fué catedrático hasta 1886, porque fundado el Museo de La Plata, 

a fines de este último año, se le nombró vicedirector y director de la 


Sección Paleontológica, que, por lamentables disidencias, incompati- 

bilidades, tal vez, de caracteres, ocupó por breve tiempo. Desde enton- 

ces hasta 1902, consagrado a la Geología, a la Paleontología y a la. 

Antropología vivió en La Plata de las ventas asaz modestas de su li- 

breria de la calle 60 esquina 11, y del producto de la venta de una que . 

otra pieza, que desgraciadamente, el país ha perdido para siempre, como 

la del Phororhacus, para subvenir los gastos de sus numerosas publica- 

ciones y la Revista Argentina de Historia Natural en la que tenía de 

colaboradores a Spegazzini, a Holmberg, a Zeballos, a Linch Arribálzaga

y otros naturalistas de nombradía. En 1889 publicó, con la ayuda eficaz 

del doctor Zeballos, su Contribución al conocimiento de los mamíferos 

fósiles de la República Argentina que lo consagró el naturalista mids 

eminente de América; fué premiada con medalla de oro y diploma de 

honor en la Expusición Universal de Eon comenzada en 1882 estaba 

ya esbozada en 1884. 


Dedicado absolutamente al trabajo, se substrajo a las solicitaciones 

sociales, a la fácil popularidad y a la vida pública, a tal punto que en el 

país, en La Plata mismo, sólo era conocido, como sabio, por un reducido 

número de personas, aquéllas que lo amaban, que se habían enterado 

de su obra científica y seguían de cerca las extraordinarias luminacio- 

nes de su talento. Fué en estas circunstancias, en Abril de 1902, cuando 

el doctor González, Ministro entonces, pensó en un hombre de mérito, 

en él, para reemplazar a Berg en la dirección del Museo de Historia 

Natural de la Nación y, cosa inaudita, el doctor González tuvo que ven- 

cer formidables resistencias. Por fortuna, la justicia reivindicatoria, es 

hoy amplia, grande, inmensa. Las universidades, las escuelas, las so- 

ciedades, los gobiernos, el pueblo glorifican su nombre en conmemora- 

ciones imponentes y durables que lo señalan a la posteridad como un 

astro de primera magnitud. 


Entre sus numerosas obras de los últimos años, se destacan dos: 

Recherches de Morphologie Philogénétique sur les molaires supérieures 

des ongulés, páginas 542, publicada en 1904, un monumento de la ciencia 

trabajado sobre un sistema circunscripto de órganos, los dientes, únicos 

que en la generalidad de los casos, el tiempo ha respetado y por consi- 

guiente, únicos elementos de clasificación cuyas leyes establece el Autor 

con aquel talento probado en Filogenia y Les Formations sedimentaires 

du crétacé supérieur et du tertiaire de Patagonie, que es un estudio paleo- 

geológico de Patagonia, obra única en su género y fruto de diez y seis 

años de exploraciones y estudios continuos (páginas 565 e infinidad de 

láminas y croquis, publicada en 1906). En ella compara las faunas del ex- 

tremo sud, mamalógicas, con las del viejo continente y formula la teoría 

que ha levantado tantas tempestades, de ser el sudamericano el centro 

de irradiación de los mamíferos. 


Ameghino, contrariamente a lo que se ha dicho, no dejó testamento; 

pero sus deseos fueron, lo manifestó siempre a sus amigos íntimos, de 

que sus colecciones no salieran del país, y se incorporaran al Museo Na- 

cional. Por eso se sometió él mismo a las privaciones de una vida que 

pudo ser dulce y lujosa. El doctor Moreno acaba de presentar un. 

proyecto de adquisición, en la Cámara de Diputados, de los manuscritos 

y objetos del sabio, fundado en las más altas conveniencias del Estado. 


Sus restos yacen en el Panteón de los Maestros, porque se inició 

maestro y fué maestro de maestros. Descansa entre los maestros su sue- 

ño inmortal. 


En el país no hay quien recoja su patrimonio, porque el ambiente 

moral, sin duda, estimula poco este género de estudios. Recuérdese que 

la calota del Diprothomo estuvo diez años guardada en los depósitos del 

Museo Nacional, sin que nadie pusiera su atención en ella o atreviera a 

pronunciarse acerca de su significado paleontológico. La casualidad qui- 

so que llegara a manos de Ameghino y resultara aquel frontal, descu- 

bierto de nuevo en su pampeano de la calle Perú, con E notoriedad 

científica que acaba de asumir. 




Ameghino era de estatura mediana, 1.65; delgado; encogido de hom- 

bros, de andar rápido y nervioso; usaba barba corta, ya canosa y rala 

y anteojos cuando leía. Los bigotes caían a los costados; era blanco, . 

pero el cutis de su cara un óvalo alargado, de un rosado obscuro. La 

boca era saliente y su nariz afilada. Un gesto fuerte de reflexión había 

en sus rasgos fisionómicos y sus ojos eran una franca revelación de su 

espíritu observador. Su frente era alta, abultada en su parte superior, 

ligeramente cóncava en el centro. Expresaba una extraordinaria juven- 

tud a pesar de sus años. Vestía con una pulcritud metodista: jaquet 

obscuro para el trabajo, levita en los actos científicos, sin preocuparse 

de la moda y la corrección impecable. Pocas veces ocupaba coche, habi- 

tualmente el tranvía y no pocas veces sus piernas para recorrer el tra- 

yecto de la estación a su casa, cuando lo consideraba medio más rápido. 

Alegre, cariñoso y bromista en la intimidad, leal en sus actos, franco en 

sus juicios, opinaba sobre cualquier asunto, sin excluir al político; era 

claro, preciso, seguro. 


En el tren leía los grandes diarios de la mañana, tres o cuatro de la 

tarde, «Caras y Caretas» y «P B T», en veinte o treinta minutos; aborda- 

ba las cuestiones científicas sin vacilaciones y nunca en forma que no 

fuera reflexiva y elevada. Su respeto era tan absoluto como su fe. Su 

cara volvíase grave entonces, sus ojos se reconcentraban, su conciencia 

se iluminaba, su espíritu se encendía. 

La conversación era rápida y afirmativa. Sin dones oratorios, ner- 

vioso en exceso, en público leía sus conferencias, acompañadas de 

frecuentes tics o movimientos de hombros. Extraño a la literatura, «El 

Quijote» le era odioso; su actividad tenía una prisión; sumido en la cien- 

cia, substraerle una hora era un delito. En la comida, no prefería platos 

y le era indiferente que fueran de carne o de verdura. No obstante, du-

rante algún tiempo excluyó la sal. Bebía, en los últimos tiempos, agua 

en abundancia y no permitía que en el tren se fumara;-solía ocupar el 

compartimiento de señoras acompañado por Spegazzini, Rivera, Senet, 

Vieyra y otros amigos que tenían por él un respeto tan grande como su 

cariño. El saloncito volvíase bullanguero y expansivo: el espíritu des- 

cansaba. 


Escribía sus obras en cuartillas o cuadernos, a un lado, método adop- 

tado en los últimos años; sus originales no ofrecen, excepto al princi- 

pio, correcciones, pero sí agregados, en la otra cara de la hoja; era un 

cerebro difícil a la fatiga; antes de comenzar una obra, agotaba la biblio- 

grafía del asunto y tomaba, durante la lectura, siempre rápida, las 


anotaciones en pro y en contra de su tesis; en los primeros tiempos, en 

cuadernos, ordenados y numerados (manuscritos de la Antigiuedad del 

hombre), anotaba con prolijidad los descubrimientos que hacía: lugar, 

piezas, situación, nombres, cifrando el material al que debía referirse, 

luego, en la monografía. Por último, escribía teniendo el libro de notas 

y los ejemplares a la vista; pasaba en limpio, con frecuencia, de su puño 

y letra, los originales, costumbre de toda su vida.


Todo se conserva como la última vez. Allí está pegada a la ventana, 

sin persianas, bañada por la luz de la calle, la mesita de pino, cubierta 

de cuartillas, papeles, anotaciones, esquemas, principios de dibujo, libros 

de consultas señalados, útiles de observación y una calota de Diprotho- 

mo en yeso. Las paredes del salón, diez por cinco, con estanterías hasta 

el techo, tapizadas de cajones, cajas y cajitas (contamos 653 con 60.000 

piezas aproximadamente) junto a los letreros comerciales, Vermouth 

Cinzano, Kerosene Sol, los científicos Trigonostylops eximius, Aniso- 

lambda fissidens, Prosotherium Quartum. En el centro, un mesón cu- 

bierto asimismo de cajas, libros de consulta, revistas, fósiles ocupando 

toda la piezá, dejando poquísimo espacio para circular entre aquel abi- 



garramiento de cosas, medio predilecto del sabio para trabajar en el 



silencio y la meditación, pues para muy pocos era accesible ese recinto, 

tal vez porque en el profano pudiera producir la impresión de un extra- 

ordinario desorden. Pero los que entramos recogidos al santuario, pare- 

cíanos estar en uno de aquellos recintos medievales en donde según re- 

fieren historias novelescas, los magos develaban los misterios del Uni- 

verso. Se tiene la sensación de otra vida, de otro mundo. Algo de anti- 

guo, de sagrado, de extraño hay en todo aquello; pero, por otra parte, 

parece un taller cuya actividad se hubiera suspendido un momento an- 



tes; el pensamiento flota en el silencio, las cosas interrogan, los papeles 



hablan, la pluma conserva todavía fresca la tinta. Mas, el hombre que 

animaba, no está; es un lugar muerto. 



Seguía a este salón, el escritorio en que Ameghino acostumbraba a 



recibir y contiguo al escritorio, la biblioteca. Allí está su fichero, un cajoncito, envase de Dios sabe qué mercancías! Ese fichero, era para 

Ameghino invalorable. Resumía una labor de treinta años y todo lo que 

en el mundo se ha dicho y escrito respecto a fósiles desde los primates 

hasta los moluscos, divididos en clases y conteniendo, cada clase, 40, 50, 

100 cuartillas, en cada una de las cuales está anotada y compendiada una 

obra, un articulo, la fecha, su autor, su procedencia. Esta maravilla de 

paciencia y de constancia, era la segunda cabeza del sabio, el casillero 

de su memoria, la clasificación de sus conocimientos, su biblioteca, la 

primera y la última palabra de la ciencia. Él decía: sin esto yo no hubiera 

hecho nada. Ameghino no era bibliófilo; tal vez sus libros no sumen 600 

volúmenes, obras fundamentales de su especialidad, libros de trabajo, 

que llevan señales bien visibles de su frecuente uso; las novelas las te- 

nía en la librería para la venta; es posible que nunca haya leído una. 

Allí vimos, junto a la obra del norteamericano Cope, que es un cajón, 

la de Lyell, su primer catedrático, aunque después llamara a Gaudry su 

maestro. 


Durante su enfermedad manifestó los propósitos que tenía de escribir 

un libro que explicara su vida y cómo se había hecho paleontólogo. Des- 

graciadamente, no pudo realizar sus deseos. Dicha publicación hubiera 

suministrado valiosísimos datos al historiador y al psicólogo para ex- 

plicar formación tan extraordinaria. 


Ameghino recordaba con placer los primeros años de su actividad 

científica, mejor dicho, de su iniciación. Como Sarmiento, fué una re- 

sultante de su genio y de su ambiente. 


El ambiente ejerce, sobre las manifestaciones del genio, una influen- 

Cia innegable. Luján, dice Burmeister, -es, probablemente, el depó- 

sito más rico en fósiles de la provincia de Buenos Aires; es el mismo 

lugar donde se encontró, en 1789, el esqueleto entero del Megaterio, 

hoy el ejemplar más valioso del Museo de Madrid. Forma el suelo entre 

Luján y Mercedes, un bajío muy insensiblemente inclinado, en el centro 

del cual corre el río en una dirección de Este a Oeste, cambiando en la 

villa, el curso hacia el Norte. Parece que esta desviación indica un im- 

pedimento, obstáculos naturales que han causado una gran acumulación 

de agua en la hondura de las villas de Luján y de Mercedes, en la que 

han muerto y han quedado animales innumerables, cuyos esqueletos se 

encuentran hoy bajo las tierras depositadas por las: mismas aguas. 

La casa del niño Ameghino en la calle Las Heras, que estaba. a poca 

distancia de los barrancos del río, sobre tan extraordinario lugar, ex- 

plica cómo, sobre un joven de su temperamento, sin otras solicitaciones 

que las del ambiente, ejerciera éste tan extraordinaria orientación. En 


Luján se conocía además, la historia del Megaterio, y en aquel tiempo 

la excavación era un testimonio evidente de aquel maravilloso hallazgo. 

Pero Luján, cuando lo habitó Ameghino, hasta los diez y seis años, estaba 

lleno de algo más, de la vida y hallazgos de Francisco Javier Muñiz. Son, 

a no dudarlo, los intensos recuerdos en la población, por este hombre que 

la habitó quince años, hasta el dia en que Ameghino naciera, que influ- 

yeron de una manera poderosa sobre los destinos del sabio, interesando 

su curiosidad por la naturaleza e incitándolo a la exploración de yaci- 

mientos que nada costaba llegar a ellos y en los que tantos tesoros ha- 

bia encontrado Muñiz, cuyos méritos tanto más crecen cuanto se consi- 

dera lo descentrada de la época en que tuvo que actuar. Ameghino 

mismo, nos lo hace suponer en su carta a Lajouane con motivo de la 

edición del «Francisco J. Muñiz», de Sarmiento: «El se ocupó de las mis- 

mas ciencias que constituyen mis estudios predilectos, vivió quince años 

en donde yo pasé mi niñez y explotó los mismos yacimientos fosilíferos 

que yo debía remover treinta años después... los recuerdos de sus 

hallazgos, vueltos populares en Luján, no contribuyeron poco a que 

me lanzara tras de él, a las mismas investigaciones; no puedo, pues, 

permanecer indiferente ante la publicación de su vida y sus escritos». 


Antes de morir, evocando su niñez, narraba a sus hermanos sus pri- 

meros pasos, la anécdota de los caracoles que mostró a su padre, el inci- 

dente con el sacerdote en la basílica de Luján; como, una vez, al pene- 

trar en una especie de cueva o gruta, encontróse con un- sinnúmero de 

vértebras y algunas mandíbulas. Como, obcecado por el extraordinario 

hallazgo, lo relacionó con las figuras que acostumbraba ver, atribuyendo 

todo aquello a un gigantesco saurio. Cómo, en consecuencia, sobre una 

mesa fué reconstruyendo al reptil, enfilando una tras otra, más de cin- 

cuenta piezas. Cómo, ocupado en la afanosa tarea, llegó doña Valentina 

la carnicera y mirando toda aquella osamenta, le preguntó, llena de risa: 


—¿Qué estás haciendo muchacho ? 


—Usted no sabe doña Valentina; un saurio o de la época 

mesozoica, muy viejo, muy viejo. Usted ni se imagina estas cosas. 


—Pero, borrico, no estas viendo que son huesos de zorro? 


—jDe zorro! ¿Con que de zorro? Pues tiene usted razón, doña Va- 

lentina. 


El niño tuvo a su lado un maestro, D'Aste, cuyo principal talento es- 

tuvo en descubrirle y en quererle para estimular sus dotes. D'Aste no 

deseaba más que una cosa: que estudiara, no importaba qué; que no se 

malograra tan «lúcida memoria» en la actividad embrutecedora de los 

oficios. El no era naturalista, ignoraba tal vez que los terrenos de Luján 

contenían tesoros, indiferente al valor científico de un fósil; pero él 

sabía que en aquella cabeza fulguraba algo y que era su deber, como 

educacionista, entregarlo al estudio para que se abriera sobre los gran- 

des horizontes. Y el niño voló, voló muy lejos...» contaba el venerable 

anciano que desde lejos, desafiando las inclemencias de aquella noche 

de Agosto, vino a derramar una lágrima sobre el ataúd de Florentino, 

de quien era, medio siglo antes, tierno maestro. 


La formación de este genio resulta clara y nos interesa dejar constan- 

cia de los factores que contribuyeron a sedimentarla, porque la historia, 

algún día, necesitará de estos documentos para explicar el secreto de las. 

grandes actividades: 1° Su inteligencia natural, revelada desde su infan- 

cia y heredada de sus padres. 2° Las condiciones geológicas y geográfi- 

cas del lugar que llamaron su atención y despertaron su interés. 3° El 

intenso recuerdo dejado en el ambiente social de la villa por el doctor 

Francisco Muñiz durante sus quince años. de estadía. 4° La cariñosa 

protección de su maestro Carlos D'Aste que, prendado de su viveza 

intelectual, incitólo al estudio, le quiso a su lado, a su lado aprendió el 

francés y le condujo a Buenos Aires, propicio al despliegue de sus incli- 

naciones y a la satisfacción de sus más intensos deseos. 5° Sus frecuentes 

visitas al Museo de Historia Natural y su Biblioteca, mientras fué alum- 

no de la Escuela de Preceptores, 1868. 6° La lectura del libro de Lyell 

acerca de la antigüedad del hombre, a los diez y siete o diez y ocho 

años, que conserva en su biblioteca particular, anotado, edición francesa 

de 1870 y la lectura de la obra de Burmeister publicada ese mismo año, 

en francés, acerca de la naturaleza física de nuestro suelo, con referencia 

extensa acerca del yacimiento fosilifero de Luján y sus cercanías. Estas 

influencias fueron suficientemente eficaces para que a los diez y nueve 

años procediera por cuenta propia y, científicamente, estuviera completa- 

mente formado, al cumplir los veintiuno. 


Toda la acuidad de su dolor personal se borró, se extinguió, se calló 

ante la misión que sentía dentro de sí, fuera de los halagos, fuera de los 

demás como la roca que se expone a todos los vendavales segura de sí 

misma. Los diarios de Mercedes «El Eco del Oeste», «La Aspiración», «La 

Reforma», de 1875, 1876, 1877 y 1878 están cuajados de crónicas, artícu- 

los y referencias de la actuación del joven subpreceptor que mal se haría 

en no representárselo fogoso, tenaz, activo, lleno de aspiraciones, lleno de 

esperanzas como correspondía a un medio incrédulo y dispuesto a la 

pifía. Quien haya vivido en las villas de nuestra campaña y frecuentado 

su medio social, explicaráse cómo Florentino Ameghino era siempre un 

afilado para la polémica. Y las tuvo pequeñas y las tuvo grandes. Reñía 

con los aldeanos y reñía con Lista. | 

Se recuerda aún aquella que sostuvo con Mandinich, como presiden- 

te de una de las sociedades que dividía al elemento italiano. Los peque- 

ños odios y rivalidades se ensañaban tal vez contra lo que podía moles- 

tar más a un joven: contra la obra que podía enaltecer, contra su labor 

científica. Al estudiar esta formación al través de las publicaciones de 

aquella época, se siente al genio en un ambiente desfavorable y asfi- 

xiante, es decir, extraño a su desenvolvimiento. «La Reforma» del 13 de 

Noviembre de 1877, dice en la bibliografía de Noticias sobre la antigue- 

dad, etc.: «luchando contra inconvenientes al parecer insuperables, ha 

tenido que vencer no sólo esas exigencias sino sobreponerse a la rechi- 

fla de la ignorancia de tantos que tomaban esa noble pasión por el estu- 

dio, por monomanías caprichosas o locura naciente». Que explica por 

qué en «El Eco del Oeste» del 11 de Noviembre, dos días antes de la bi- 


bliografía a que hemos hecho referencia, en un artículo titulado Espe- 

ranzas para la Patria que no firmó, tuvo la necesidad de elogiar su pro- 

pia obra, exhibir sus propios méritos, ocuparse de sus trabajos y de los 

de Lista, Holmberg, Moreno, Zeballos, Fontana para que no se le tuviera 

por mentecato y rehabilitar su equilibrio mental bastante maltrecho con 

la publicación de aquel primer libro que con motivo de noticias acerca 

de antigüedades de la Banda Oriental hablaba del hombre que había 

convivido con los gliptodontes. 


Los aplausos vinieron sin buscarlos; vinieron las justificaciones como 

una consecuencia natural de la obra que las exigía. Llevaba en sí el 

morbus de los grandes triunfos, de todos los locos de la Historia. 


Los triunfos eran inmediatos, indiscutibles, dejaban tras sí el asombro. 

Apenas contaba veintiún años (Julio de 1875) cuando en el concurso de 

la Sociedad Científica Argentina, obtuvo mención honorífica por su Me- © 

moria acerca del hombre cuaternario de la Pampa; dos años después 

(1878) obtuvo, por su colección (Exposición de París) mención hono- 

rífica y medalla de bronce. En 1882, la Exposición Continental de Bue- — 

nos Aires le otorgaba por sus colecciones y sus obras, el primer premio 

y medalla de oro. 


La Exposición Universal de París (1889) premia con medalla de oro 

su Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles, etc: la Expo- 

sición de Chicago de 1892 premia en la misma forma sus trabajos. Sus 

títulos honoríficos son numerosos y numerosos los cargos desempeñados, 

pero de corta duración, excepto el de maestro de escuela (1867-1876, sub- 

preceptor en*Mercedes; 1876-1878 director) y el de Director del Museo — 

Nacional de Historia Natural de Buenos Aires desde 1902 hasta 1911. 

En 1884 la Universidad de Córdoba le otorga el título de doctor honoris - 

causa y le nombra catedrático de Zoología y Anatomía Comparada, pues- 

to que renuncia en 1886 para ocupar el de Vicedirector del Museo de 

La Plata de donde es exonerado en 1888; desde 1892 mantiene la li- 

brería «Rivadavia», en La Plata, calle 60 y 11. En 1897 es nombrado ca- 

tedrático de Geología y Mineralogía de la Facultad de Ciencias Físicoma- 

temáticas de la Universidad de La Plata y académico titular de la mis- 

ma; poco después, académico y vicedecano de la Facultad de Agronomía 

y Veterinaria de la provincia de Buenos Aires; en 1906 académico y pro- 

fesor de Geología de la Facultad del Museo de la Universidad de La 

Plata. Los trabajos y la dirección del Museo de Buenos Aires, le obliga- 

ron a renunciar sus cargos y, entonces el Consejo le otorga el de acadé- 

mico honorario. Además era: presidente honorario de la Sociedad Ami- 

gos de la Historia Natural del Paraná; miembro honorario de la Socie- 

dad Científica de Chile; corresponsal de la Sociedad Zoológica de Len- 

dres; de la Academia de Ciencias de Filadelfia; honorario del Instituto 

Geográfico Argentino; miembro de la Sociedad Geológica de Francia y 

Antropológica de París; de la Sociedad Científica Argentina; honorario 

de la Sociedad Cientifica «Antonio Alzate», de Méjico; de la Sociedad 


de Historia Natural de Nimes; de la de Ciencias Naturales y Matemá- 

ticas de Cherburgo; de la Academia Hippone (Argel); miembro activo 

de la Academia Nacional de Ciencias de la República Argentina; de la 

Sociedad Geográfica Francesa; correspondiente de varias academias nor- 

teamericanas, italianas, belgas, etc. de ciencias naturales. 


Fué miembro de todos los congresos científicos reunidos en el país; 

del Científico Latino Americano; pero sólo tomó parte activa en dos: 

en el que, en 1909, se reunió en Santiago de Chile, donde presentó va- 

rias Memorias sobre sus recientes descubrimientos del hombre fósil, 

eligiéndosele presidente de una de las secciones; y en el Científico In- 

ternacional Americano reunido en Buenos Aires, en 1910, de cuya Sec- 

ción de Ciencias Antropológicas era presidente. En él expuso sobre la 

cuestión de los precursores del hombre en la Argentina, la antigüedad 

| geológica del yacimiento antropolítico de Monte Hermoso, la mayor an- 

tiguedad del hombre en América según los vestigios industriales, las an- 

tiguas industrias de la piedra anteriores a la época neolítica, el homo 

cubensis, etc.; siendo la Sección por él presidida la de más representa- 

ción científica del Congreso merced a los hombres que la formaban: 

notabilidades rusas, francesas, italianas,«americanas. Era uno de los cua- 

renta miembros de la Sociedad de Psicología, de Buenos Aires; en ella 

habló por última vez en público, explicando los descubrimientos de ese 

ano (1910) acerca del hombre fósil en las pampas de Buenos Aires. 


El ojo de Ameghino era extraordinario para observar. Un día excur- 

sionábamos juntos por las barrancas de un arroyo de las cercanías de La 

Plata y, mirando al suelo como era su costumbre, comenzó a agacharse, 

recoger y mostrar: estos son los restos de tal cosa, estos de tal otra. En 

dos horas repitió once veces la misma operación. No obstante, el Ame- 

ghino escritor reemplazaba al Ameghino explorador; sólo así se explica 

que haya podido realizar una obra sin precedentes. Tenía cooperadores, 

un ejército de cooperadores. Todo el mundo era un cooperador directo 

y eficaz del sabio, desde el año 1882; profesores, maestros, estancieros, 

jóvenes aficionados, cuantos encontraban algo, ese algo era para Ame- 

ghino y allá iba en carta o en cajones; por hábito, contestaba estas mi- 

Sivas, sus cartas encendían el interés de sus exploradores oficiosos. Por 

«Otra parte, él mismo se encargaba de obtener esta colaboración. En su 

Diario de un Naturalista, hay una carta extensa dirigida a Román (Di- 

ciembre 23 de 1875) estanciero de Córdoba, en que le dice que habiendo 

sabido por «La Libertad» que en su terreno había fósiles y que siendo él 

naturalista tenía interés en conocerlos, le pedía que se los remitiera en 

cualquier forma a la brevedad posible, corriendo los gastos por su cuenta. 

La lista de esta clase de cooperadores es larga: Ambrosetti, Fontana, Julio 

A. Roca, T. Ortiz, Brackebusch, A. Lamas, A. Romero, Lavagna, Podes- 

ta, Krusech, Canesa, Guerrero, Ortiz, Gez, etc., sin contar a sus compa- 

ñeros de trabajo, a los naturalistas Gaudry, Gervais, Doering, E. Zeba- 

llos y, particularmente a Pedro Scalabrini, fundador del Museo de Histo- 

ria Natural del Paraná (1884), que puso a su disposición los valiosos 

ejemplares recogidos en las barrancas del Antoñico y otros arroyos, y a 

su hermano Carlos, explorador de ciencia dedicado exclusivamente a 

trabajar por Florentino, de suerte que ambos constituyen la misma per- 

sona: un genio que hubiera, sólo, realizado una labor intensa y sistemá- 

tica de setenta años, es decir, vivido hasta la edad de ciento diez. 


Las exploraciones más detenidas y que formaron su ojo aquilino, las 

realizó al Luján y sus afluentes Frías, Balta, Roque, etc., desde que fué | 

niño curioso, hasta 1877, descubriendo yacimientos que contenían ver- 

daderos tesoros de las faunas extinguidas. Junto a él se formó su herma- 

no Carlos que, aún pequeñito, le acompañaba a largas excursiones y en 

ellas, extraño a,la fatiga, adquirió esa pasión por la naturaleza y ese 

amor entrañable por el hermano, que será para siempre el ejemplo más 

alto de abnegación fraterna que ofrezca la historia argentina. 


Como Florentino Ameghino tenía un cargo escolar que desempeñaba 


de diez a cuatro, realizaba sus excursiones después de dicha hora, los días 

de fiesta y durante las vacaciones. Muchos, durante mi estadía en Merce- 

des, recordaban aquel joven más bien bajo, algo encorvado que, sin le- 

vantar los ojos, despreocupado de su persona, cruzaba a paso rápido, 

moviéndose mucho, las calles de Mercedes con un pico al hombro y una 

bolsa, de vuelta del río después de-una rica cosecha de huesos extraídos 

de algún yacimiento que descubriera en uno de esos días de descanso 

que los jóvenes dedican hoy al café, al teatro, al foot-ball, al hipódromo, 

al paseo del bosque, al flirteo. ¡Eh, loco!... alguno que lo saludaba y 

que desde la calle, por la ventana, había visto, días atrás, algunos estan- 

tes de libros y las paredes de la casa que alquilaba a Sorarrain, cubiertas 

hasta el techo de restos. Las gentes de. los pueblos de campaña, por lo 

común orgullosas e ignorantes, cuando no martirizan por el diario, al 

que trabaja, con pullas insolentes o irónicas, tienden a desconceptuarlo 

llamándole «loco» o «macaneador»; no conciben el éxito y cuando éste 

llega, les escoce e irrita, comenzando la envidia a levantar aquella 

atmósfera asfixiante que obligadamente respira el hombre heroico. Por 

eso’ al volver de Europa cargado de honores, perdió su puesto el ¡loco! 

Benditos sean los que se enloquecen con lo grande y con lo noble! 


En las vacaciones de 1876 realizó una excursión a la Banda Oriental; 

en 1879 a los yacimientos de Chelles (Francia) ; en 1882-1884 varias a las 

provincias de Buenos Aires y Córdoba; en 1885 al Chaco con Kurtz, - 

Holmberg y Carlos; en 1887 a Monte Hermoso; en Enero de 1903 a 

Patagonia, desde Cabo Blanco a Golfo San Jorge; en 1908 a las costas 

de Miramar y Mar del Plata; en 1909 y 1910 varias de corta duración, 

a diferentes puntos de la provincia de Buenos Aires; su deseo era enr 

prender el año próximo, una a los Estados Unidos. No obstante las ri- 

quezas y novedades que las exploraciones del Sud han puesto en evi- 

dencia, según Carlos Ameghino, apenas se ha levantado la punta del 

velo que cubre los incalculables tesoros fáunicos de las sedimentaciones 

patagónicas; el Gobierno debiera proporcionar a sus dos Museos, medios 

suficientes para mantener en aquellas regiones, permanentemente, per- 

sonas que realizaran lo que Ameghino hizo durante diez y seis años, de su 

propio peculio, porque la República Argentina debe mantener el lugar 

prominente que hoy, en las Ciencias Naturales, por sus hombres, sus pro- 

ducciones y sus ejemplares, ocupa. Ameghino era caminador incansable, 

hasta pocos meses antes de fallecer. Su andar rápido le tenía siempre 

con la vista fija sobre el suelo, cerebrando alguno de los innumerables 

problemas que agitaban dentro de su cabeza, su temperamento inquieto y 

sanguíneo. 


Su obra, hemos dicho, fué por su método, por sus descripciones, por 

sus inducciones, por sus descubrimientos, por sus teorías, reveladora de 

la fauna casi desconocida de un continente, del que se tenían grandes 

ejemplares, pero no los pequeños, y derrumba el edificio que en Europa 

y América, durante cien años se venía construyendo acerca del origen 

e irradiación de los mamíferos. : : 


Inmensa, colosal, sólo nos es posible, por ahora, enumerarla en lo que 

a publicaciones se refiere, pues quédanos por narrar su vida de clasifi- 

cador, su vida de explorador y su vida de trabajador que, como decía 

R. Senet, en su bella conferencia a los alumnos del Liceo de la Uni- 

versidad, comenzaba a las cinco y media de la mañana, escribiendo hasta 

las nueve, hora en que almorzaba; a las nueve y media tomaba el tren, 

corregía pruebas en el tren y en el tranvía; desde las once hasta las 

cinco y cuarto cumplía con sus obligaciones en el Museo, clasificando, 

anotando, escribiendo y contestando al sinnúmero de consultas que se le 

hacían; en el tren de las cinco y cuarenta y cinco volvía a La Plata; ce- 

naba y desde las nueve y media hasta las doce escribía. Esta distribu- 

ción del tiempo se repetía el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, 

el viernes, el sábado y el domingo, día en que la pluma no tenía des- 

canso. De Ameghino quedan, póstumas: Sur les édentés fossiles de PAr- 

gentine, examen crítico a la obra de M. R. Lydekker The extinct edenta- 

tes 0f Argentine, escrita en 1895 y no publicada a pedido de Mr. Flower, 

director del Museo Británico, por la situación crítica en que dejaba al 

sabio inglés que trató con demasiada ligereza los trabajos de Ameghino; 

Origen poligénico del lenguaje articulado, título no definitivo, de la que 

ha escrito varios capítulos: Anatomía comparada de los órganos de la 

articulación, Origen poligenético en el desarrollo de la apófisis genis, 

Lenguaje animal o emotivo, Lenguaje vocal o prehumano, Lenguaje 

semiarticulado, Onomotopeya, Sonidos consonantes, Consonantes dobles, 

Sílabas, en su lecho de muerte casi, pues en Mayo escribió las últimas 

cuartillas, algunas sólo esbozos, según su sistema de escribir, a causa 

de que destinó los pocos días que pudo trabajar, al prólogo de Filogenia 

y a revisar su versión al francés. Esa obra, por una particular deferencia 

de los hermanos, la publicamos en «Archivos de Pedagogía». Sobre la me- 

sa de pino blanco en que escribió desde 1892 todas sus obras, están los 

manuscritos de varios trabajos comenzados a la vez: Cráneo de Fonte-. 

zuela, Gisement de Jáuregui, Arroyo Balta, Stations on gisement, ré- 

plica, en francés, a Schwalbe respecto al Diprothomo, unas 40 cuartillas. 

Queda, además, inédita su correspondencia de treinta y seis años con las 

más altas autoridades científicas del mundo, tan original como sus obras y 

que representa varios volúmenes. Damos a continuación una lista, por 

años, casi completa, si no completa, de su producción literaria, pues al re- 

dactarla, hemos tenido a la vista el catálogo escrito de su puño y letra, en 

el que figuran 175 trabajos hasta 1910, y sus obras, en las que acostum- 

braba un índice de sus publicaciones y referencias. Faltan algunas bi- 

bliografías como la que escribiera de la «Paleontología» de Zittel y la nó- 

mina de algunos artículos y críticas con seudónimo como Esperanza de 

la Patria, sin firma, y La Pur de Luján Wire firmado doctor EN 

tecos. 


Los libros, que escribía generalmente en francés, nunca tuvieron se- 

gunda edición ni ediciones populares, razón por la que nuestras escuelas 

ignoran la geología y geografía del país, a pesar de los treinta y siete años 

que Ameghino ha escrito acerca de ella. Algunas veces hablamos de la ne- 

cesidad de que el Gobierno buscara los medios, por otra parte a la mano, 

de que las producciones científicas- llegasen a los colegios y escuelas, 

exigiendo un aumento de tiraje para sus dependencias. Si tal hubiera 

ocurrido desde algunos años atrás, no lamentaríamos esta ignorancia 

acerca de nuestros hombres y nuestras cosas. 


Ojalá, esta desgracia que enluta la ciencia, sirva para enmendarnos 

y despierte en nuestro espíritu, un sentimiento de justicia mas amplio 

para los hombres que viven entregados al silencio del gabinete y

laboratorio. 




Ilustración: Antonio Berni


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