sábado, 23 de mayo de 2026

La esquina (Juan Carlos Ghiano)






Es el único café del pueblo, en la cuadra de casa; a él vamos todas las tardes y todas las noches: son las únicas reuniones del pueblo.


Se entra por una puerta de vidrios verdes; el piso de tablas anchas se ha oscurecido debajo de las mesas de hierro y del rectángulo del billar. Siempre hay nueve mesas, cinco a la izquierda, contra la pared, debajo del espejo; cuatro a la derecha, del lado de la puerta. Los parroquianos llegan a la misma hora, beben lo mismo, conversan las mismas cosas; la última, contra el rincón, se sientan hombres con mujeres vergonzosas, pintadas y con flores en el pelo. Bajo la lámpara central de pantalla verde, la mesa de billar, los tacos y las bolas de marfil; el pizarrón ha desaparecido del muro. Siempre hay muchos carteles, de cigarrillos, salidas de buques, anuncios de circos. Me los sé todos de memoria.


Allí lo vi por vez primera, la tardecita del 7 de abril.


Yo estaba con dos amigos; en otra mesa jugaban un tute, en la esquina esperaba una rubia. Entró solo, arrastrando los pasos sobre el aserrín grueso que cubría el piso. Había lloviznado toda la tarde; cuando abrió la puerta, vi las hojas secas pegadas a la vereda y el empedrado brilloso.


Sin sacarse el sombrero, secándose las manos mojadas, se acercó al mostrador y pidió un café y una caña; las bebió de golpe.


¿De dónde vendría el hombre? Nuevo en el poblado, y solo. Se van y vienen, el pueblo siempre igual.


Me acuerdo bien. A las ocho menos cinco miró el reloj que cuelga sobre la estantería de las botellas, se limpió la boca con el dorso de la mano, volvió a pedir caña y la bebió con frío. Eran las ocho: había vuelto a mirar el reloj.


El mozo le preguntó:


-¿Espera a alguien?


Esos hombres no contestan.


Apenas pasadas las ocho, dejó caer un peso en el mostrador y salió. Desde la puerta había vuelto a mirar la hora.


Ninguno lo conocía, hombres solos por los pueblos, las tardes de lluvia, hombres que no se ven más.


Salimos a las ocho y cuarto, como siempre, cada uno a su casa.


Cruzado en la esquina, boca abajo, herido de cuchillo en la espalda, allí estaba, el cuerpo sobre la vereda y la cabeza colgando en la cuneta; el traje azul se le pegaba al cuerpo, los zapatos eran negros y las medias blancas, de las que antes se ponían a los muertos, el sombrero al ladito nomás.


El farol temblaba en el cielo ceniza caído sobre el pueblo.


Cuando vino la policía, dieron vuelta al cadáver, dejándolo cara a la llovizna. La corbata roja se le había ensuciado en el barro; tenía los brazos doblados, las manos como para agarrarse en algo. El agua no acababa de limpiarle la cara y los ojos abiertos, la piel tensa que se ponía azulada, el pelo renegrido cargado de gomina.


En los bolsillos del saco encontraron seis billetes de cinco, tres de un peso, unos níqueles; ni papeles, ni tarjetas, ni pañuelos con inicial. Nadie en el pueblo sabía su nombre, en ninguna fonda ni pensión.


Me fui a comer sin olvidarlo, hombre visto en dos lugares, el café de todos los días y la esquina de mi casa.


A las diez volví a la esquina. Un perro lanudo lamía con insistencia los coágulos de sangre; de pronto se marchó. Lo estaba guiando el roce de unas plumas mojadas. Sí, el ángel amarillo de la esquina.


Me santigüé, y la noche estaba conmigo.




Ilustración: Pio Collivadino




viernes, 22 de mayo de 2026

Si hubiera sospechado lo que se oye (Oliverio Girondo)






Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido.


Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discusiones y las escenas de familia.


¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!


Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas que se producen a cada instante.


Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la tumba de enfrente.


Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre nosotros todos los habitantes del cementerio.


De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.


Aunque parezca mentira -esas humillaciones- ese continuo estruendo resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.


Por lo común, estos sobrevienen con una brusquedad de síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica, choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya va a extinguirse, y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueño para siempre.


¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!




Ilustración. Newell Convers Wyeth

jueves, 21 de mayo de 2026

El asalto (Carlos Drummond de Andrade)






La casa suntuosa en Leblon está guardada por un mastín de terrible semblante, que duerme con los ojos abiertos; o quizás no duerma, de tan vigilante que es. Por eso, la familia vive tranquila, y nunca hubo noticia de asalto a una residencia tan bien protegida.


Hasta la semana pasada. La noche del jueves, un hombre logró abrir el pesado portal de hierro y penetrar en el jardín. Iba a hacer lo mismo con la puerta de la casa, cuando el perro, que astutamente lo había dejado acercarse (para arrancarle toda la ilusión conquistada), se lanza hacia él y lo acomete en la pierna izquierda. El ladrón quiso sacar el revólver, pero no hubo ni tiempo para ello. Cayendo al suelo, bajo las patas del enemigo, le suplicó con los ojos que lo dejase vivir y con la boca prometió que jamás intentaría asaltar aquella casa. Habló por lo bajo para no despertar a los residentes, temiendo que la situación pudiera agravarse.


El animal pareció entender la súplica del ladrón y lo dejó salir en un estado lamentable. En el jardín quedó un trozo de pantalón. Al día siguiente, la criada no comprendió por qué razón una voz, al teléfono, diciendo que era de Salud Pública, preguntaba si el perro estaba vacunado. En ese momento, el perro, que estaba al lado de la doméstica, agitó la cola, afirmativamente.




Ilustración: Howard Pyle

miércoles, 20 de mayo de 2026

El gesto de la muerte (Jean Cocteau)






Un joven jardinero persa dice a su príncipe:


-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.


El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:


-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?


-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.




Ilustración: Zygmunt Andrichewicz

martes, 19 de mayo de 2026

El viento (Blaise Cendrars)






A comienzos de la estación seca ves a todos los pájaros remontarse muy alto por los aires. Dan vueltas, aletean, se abalanzan, se dejan caer, remontan el vuelo, se persiguen, infatigables, obstinados, como si quisieran despistar. Todas las mañanas se citan en el cielo, donde evolucionan por bandadas, juguetean y pían a cual más fuerte. Pero si los observas más detenidamente, verás que semejante torbellino de alas, plumas y trinos ensordecedores, que cualquiera podría tomar por una pelea, no está causado por los pájaros, sino por el viento, el viento que los lleva, el viento que los lanza, el viento que los sopla, los anima y los cansa.


Lo mismo ocurre a ras de suelo con eso que pasa levantando polvo, esa rápida bola de plumas, temblorosas, que no es el avestruz, sino el viento.


El viento.


El viento vive en la cumbre de una montaña muy alta. Vive en una gruta. Pero casi nunca está en casa, pues no puede estarse quieto. Siempre tiene que salir. Cuando está dentro, da voces y su cueva resuena en la lejanía como el trueno.


Cuando por casualidad se queda dos o tres días en su casa, tiene que dedicarse a hacer ejercicio. Baila, brinca, salta sin ton ni son; le propina grandes arañazos a las piedras de silex, picotazos a las rocas, aletazos a su puerta, aunque la tierra se estremezca a lo lejos y el monte en que habita esté lleno de barrancos. Pero no debemos creer por eso que está enfurecido o que mide sus fuerzas, no. Se divierte. Juega. Eso es todo.


Hace tanto ejercicio que siempre tiene hambre. Por eso entra, sale, vuelve a casa y sale de nuevo. Pero es todavía más impulsivo que glotón. Vuela hasta muy lejos para traer una semilla diminuta que deja caer antes de volver para abalanzarse sobre una piedra brillante que se dispone a depositar en su nido. su casa está llena de conchas, chinas, de cosas atractivas e inútiles, un viejo trozo de hierro, un espejo. No hay nada que comer, nada bueno. Fuera, se come una mosca, la emprende con un plátano, desentierra una raíz de mandioca, sacude los árboles sin recoger las nueces, salta de los arrozales a los campos de mijo, revuelve el maíz, dispersa las habichuelas y las habas. Siempre distraído, pero con el ojo encendido por la codicia, suele comisquear todo sin llegar a alimentarse de forma seria. Por eso siempre tiene hambre.


Es un ser tan atolondrado que con frecuencia ignora el porqué de su salida y llega a olvidar su hambre. Entonces se pregunta:


-¿Por qué estoy dando vueltas en el aire?


Y se enfurece y destroza todo, las plantaciones y lo demás, y aterroriza a los hombres guarecidos en sus pueblos. Una vez que ha conseguido derribar la choza de paja del jefe, ya se encuentra satisfecho y se remonta muy alto por los aires.


Entonces se dice que planea.


El agua apenas se riza.


¿Has notado que el viento no tiene sombra, ni siquiera cuando merodea en torno al sol, en pleno mediodía?


Es un auténtico mago.


Por eso es inconstante.


Es el hijo de la Luna y el Sol.


Por eso nunca duerme y nunca se sabe cuando bromea, zascandilea o se enfada.


A fuerza de ir y venir, de dar vueltas y de regresar una y mil veces sobre sus pasos, nada se mueve en torno a su vivienda. Allí no hay más que piedras, piedras, arena y piedras movedizas. Es un espantoso desierto de calor y sed, y otra vez calor. Aquí es donde el viento juguetea como si tuviera hijos pequeños. Pero no tiene hijos. Vive solo. Y todas esas señales en la arena, las grandes y las pequeñas, las ha hecho el viento, bien posándose sobre sus patas, bien con la punta de las alas al desplazarse, y si os caéis en un hoyo, es también el viento quien lo hizo a propósito con un pico.


¡Busca al viento! Pensarás que está en una duna y estará en un barranco; lo buscarás por los valles y estará en la cresta de una montaña. ¡Busca al viento! Se reirá de ti en cada desfiladero, en cada pliegue del terreno, lejos o muy cerca, detrás de ti remolinea. ¿Qué forma tiene? Si rastreas huellas en la arena, acabarás como una tortuga. Pero el viento está en la tortuga. Él ríe. Es un tambor. Y si oyes andar por las piedras, no es un lagarto, es el viento, sí, el viento.


Cuando el viento acaba por tener demasiado calor en su tierra, se marcha lejos y se deja caer en el mar. ¿Crees acaso que saltan los peces? No, es el viento. ¿Una piragua que zozobra? No, es el viento. ¿Una nube?


¡Ya está aquí la lluvia!


¡Ya está aquí la lluvia!


¡El tiempo seco ha terminado!


¡Y es otra vez el viento!


Gracias, viento.




Ilustración: Camille Corot

lunes, 18 de mayo de 2026

El mito de Sísifo (Albert Camus)





Cuando estaba a punto de morir, Sísifo quiso poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí, irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por el cuello, lo apartó de sus goces y lo llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.




Ilustración. Odd Nerdrum

domingo, 17 de mayo de 2026

Tren de la mañana (Thomas Bernhard)






Sentados en el tren de la mañana, miramos por la ventanilla precisamente cuando pasamos por el barranco al que, hace quince años, cayó el grupo de colegiales con el que íbamos de excursión a la cascada, y pensamos en que nosotros nos salvamos pero los otros, sin embargo, están muertos para siempre. La profesora que llevaba a nuestro grupo a la cascada se ahorcó inmediatamente después de la sentencia de la Audiencia de Salzburgo, que fue de ocho años de prisión. Cuando el tren pasa por ese sitio, oímos, con los gritos del grupo, nuestros propios gritos.




Ilustración: Francis DiFronzo

La esquina (Juan Carlos Ghiano)

Es el único café del pueblo, en la cuadra de casa; a él vamos todas las tardes y todas las noches: son las únicas reuniones del pueblo. Se e...