sábado, 25 de julio de 2026

LA GUERRA (2da Edición)



Novela épica y mitológica que explora la lucha del ser humano contra fuerzas naturales, espirituales y sociales en un mundo ancestral. A través de una historia rica en simbolismo, se abordan temas como la guerra, la supervivencia, la traición, la redención y la conexión entre vivos y muertos, en un contexto de catástrofes, rituales y conflictos de poder.

La erupción de un volcán que destruye un pueblo fuerza a Tol, el protagonista, a huir con su familia mientras es acusado de maldición por el brujo Reynod, líder espiritual y político. La familia es exiliada y sometida a sacrificios para apaciguar a los dioses, enfrentando rechazo y fatalidad. Tol y su familia luchan por sobrevivir enfrentando la persecución de Reynod. Su hijo Zaid sufre una iniciación traumática, mientras la hechicera brinda guía espiritual a Sila, esposa de Tol, quien protege a su hijo Sigur de sacrificios rituales. La resistencia se mantiene pese a la brutalidad y la traición. A través de estos personajes, se exploran la memoria, la identidad, el poder y la esperanza en un mundo donde lo mítico y lo real convergen.


Dora Cifuentes




Ilustración: Barry Cleaven



viernes, 24 de julio de 2026

Las doctrinas antropogenéticas de Ameghino (Rodolfo Senet)

 




 

Pocos hombres han provocado en el mundo cientifico tantas contro- 

versias como el sabio Florentino Ameghino. Consecuente con su méto- 

do, llega a las inducciones más radicales sin temores ni vacilaciones, y 



arrostrando prejuicios e ideas arraigadas, lanza sus conclusiones al cam- 

po de la crítica. Pocos sabios orientados en la fecunda labor de las 

obras originales, han tenido que distraer tanta actividad en discusiones 

y polémicas con la altura y el temple que forjan el desinterés y la sin- 

ceridad. 


La vasta obra de Ameghino en el inmenso campo de las ciencias na- 

turales, echa hondas raíces en la paleontología, en la geología, en la 

anatomía comparada, en la antropología, en la arqueología, en la etno- 



grafía y hasta en la filología. 


Tratar su obra, analizar siquiera someramente sus doctrinas en este 

amplísimo campo de su fecunda actividad, es tarea demasiado amplia 

para una conferencia. Limito, pues, mi tema exclusivamente a sus doc- 

trinas antropogenéticas, que son las que, provocando más violentas dis- 

cusiones, han conmovido hondamente al mundo científico. 


Actualmente Ameghino suscita las más acaloradas discusiones. Su 

Diprothomo platensis es la reproducción de la historia de todos los 

grandes acontecimientos en cuestiones antropogenéticas y marca una 

nueva etapa en el filum del género humano. 


Sus atrevidos conceptos, en pugna con algunos principios dentro del 

evolucionismo y darwinismo, llegan hasta apasionar a los hombres de 

ciencia... Ameghino va demasiado lejos... ¡visionario! 


Desde que Lamarck y Darwin orientaron con sus geniales doctrinas 



al mundo científico, los paleontólogos y antropólogos, dirigieron sus 



pesquisas en el sentido de reconstruir el ignorado árbol genealógico del 

hombre, y los descubrimientos se sucedieron en el viejo mundo. 

Mientras tanto, nadie sospechaba que las viejas cápas geológicas de 

la América del Sur encerraran escondidas en sus estratos, el secreto de 

los ascendientzs del género Homo; y Ameghino, en un medio menos que 

propicio, hostil, en el silencio de la inmensa llanura pampeana, en mudo 

diálogo con los documentos testimoniales que los siglos respetaron, 

arranca el secreto de la serie sucesiva de nuestros ascendientes. El hom- 

bre fué contemporáneo de grandes mamíferos extinguidos; vivió en la 

llanura pampeana; y la Patagonia es la más vieja de las tierras emer- 

gidas. 


Llegado a esta constatación, sostiene que, por el momento, nada se 

opone para que la América del Sur pueda haber sido el centro de irra- 



diaciôn de la especie humana. 



Sus inducciones no van por ahora mucho más allá. 


En su obra Filogenia, aplicando al hombre su método general que 

denomina de la seriación, llega a establecer el árbol genealógico del … ‘ 

hombre, donde, entonces, cada rama representaba un antecesor hipoté- 

tico que predecia, debian encontrarse en tales o cuales horizontes, el 

dia en que éstos se explorasen, el dia que se conociesen sus faunas. Ame- 

ghino presentia ya los descubrimientos posteriores; sabia que riquisimas 

faunas debieron sucederse en estas viejas tierras y que, por tanto, en- 

tre ellas debian encontrarse también nuestros remotos antepasados. 


El árbol genealógico que entonces trazara, arranca del tronco común 

Proanthropomorphus en la forma que lo indica el esquema precedente. 

Los seres teóricos de entonces han sido hallados en su mayor parte: 

y los conceptos atrevidos de Ameghino, sus predicciones y clarividen- 

clas, se han realizado sucesivamente, poco a poco, pero quizá en menos 

tiempo que el que presumía el sabio tardaría en comprobarse. 


Una de las más formidables objeciones que siempre preocupaban a 

Ameghino, era la de no haberse hallado aquí ningún resto de mono fósil 

y que, por otra parte, no existían tampoco antropomorfos y que, por 

tanto, la América del Sur, no podía erigirse en cuna de los antecesores 

del hombre. Ameghino contestaba que ya se encontrarían monos fósiles y 

que el hecho de no tenerlos aún, se detía al poco conocimiento de las 

faunas mamalógicas de los diversos terrenos. 


Especialmente las pesquisas de Carlos Ameghino se encargaron de 

levantar la objeción y Clenialites minusculus, Pitheculites minimus, Ho- 

munculites pristinus, Notopithecus adapinus, Henricosbornia lophodonta, 

vinieron a comprobar que en los viejos estratos del eoceno y del cretá- 

ceo había existido una rica fauna simia. Pero aún es más: Homunculus 

patagonicus y Anthropops perfectus permitieron establecer los remotísi- 

mos antecesores más directos del hombre y diseñaron la gran familia 

de los Hominidae. 


Largo sería entrar en el análisis de los caracteres que permiten esta- 

blecer o fundar las familias, géneros y especies; baste por el momento 



saber que en sus rasgos generales, que es lo que importa por ahora, estos 



caracteres son suficientes. 


Como se ve, pues, Ameghino sostiene que, dados los documentos pa- 

leontológicos y su antigüedad, la América del Sur fué el centro de dis- 

persión del género humano. E 


Veamos, entretanto, su último cuadro publicado en Diprothomo pla- 



tensis y comparémoslo con el primitivo teórico de Filogenia. 



Prothomo corresponde a Homo pampaeus; Diprothomo queda llenado 

con Diprothomo platensis; Triprothomo es laguna en ambos cuadros, 

pero de él se conocen sus industrias; y las faunas correspondientes a los 

horizontes en que debió vivir, son desconocidas; Tetraprothomo queda 

llenado con Tetraprothomo argentinus; Collensternum corresponde a la 

laguna que figura bajo el nombre de Hominidae primitivos; Coristernum 

corresponde a Anthropops (Anthropops perfectus); Anthropomorphus 

corresponde a Homunculus (Homunculus patagonicus); y por último, 

Proanthropomorphus equivale a Pitheculites (Pitheculites minimus). 



Como se ve, el árbol filogenético que trazara Ameghino hacen ya 

veintiocho años, ha venido a llenarse casi por completo y sus predic- 

ciones a cumplirse. 


En lo que respecta a los antropomorfos, Ameghino concluye en su 

obra Tetraprothomo argentinus que los caracteres diferenciales que 

permiten establecer la familia de los Hominideos y la de los Antropo- 

morfideos se deben a adquisiciones relativamente recientes en los an- 


tropomorfos y que, por tanto, las arcadas superciliares elevadas, las 

fuertes líneas temporales, las crestas elevadas, etcétera, de los últi- 

mos, no son caracteres primitivos, sino adquiridos y productos de una 


diferenciación especial. En consecuencia, los antropomorfos represen- … 

tan una diferenciación independiente que tendió, con la adaptación a 

la vida arboricola, a suprimir la lucha por la existencia, gracias a las - 

facilidades de vida que procuraba ese nuevo ambiente. El resultado Ñ 

fué la detención del desarrollo del encéfalo, detención que permitió se 



establecieran las crestas, los arcos elevados, etc., es decir: todos los ca- 

racteres de inferioridad que distinguen a los antropomorfos y que son el 

resultado de un proceso de bestialización. Mientras tanto, el hombre, de- 

biendo luchar constantemente contra la influencia del medio, aguzando 

su ingenio, desarrollé su cerebro, no pudiendo, en consecuencia, adquirir 

caracteres bestiales, sino al contrario, su evolución lo dirigió hacia la po- 

sesión de caracteres de mayor humanización. De ahí infiere que no es 

el hombre el que aparece como un. antropomorfídeo perfeccionado, sino 

el antropomorfo come un hominídeo bestializado. Esta genial interpreta- 

ción del sabio, es la única de acuerdo con el paralelismo filogenético y 

ontogénico, dejando de ser los antropomorfos excepciones de la ley ge- 

neral biológica. 


Estas vistas traen como consecuencia inmediata una nueva orienta- 

ción en el estudio de los caracteres. No existe, en realidad, regresión; 



lo que palpamos son evoluciones estacionadas en cualquier etapa (carac- 



teres atávicos, procesos de evidente progreso (para el hombre de huma- 

nización), procesos que indican un progreso superior a la etapa actual 

(caracteres proféticos); y, por último, evoluciones desviadas en el sen- 

tido de la inferioridad (caracteres de bestialización). 


Lo que distingue al hombre de los antropomorfos es el resultado de su 

evolución divergente, diremos así; el primero, en el sentido del perfec- 

cionamiento o mayor humanización; los últimos, en sentido desviado, de 

inferioridad o de bestialización. 


Surgidos de un tronco comtin menos, mucho menos evolucionado que 

el Homo actual, no poseian no obstante caracteres bestiales. Los antece- 

sores del hombre, gracias a su adaptación, gracias a la lucha, perfeccio- 

naron los caracteres que estos antepasados les legaran, llegando a un 

aumento progresivo de su sistema nervioso central. Los antecesores de 

los antropomorfos los degradaron, llegando con la adaptación a la vida 

arborícola, a bestializarse, y cuyo proceso creciente, encuentra su más 

alto exponente en el gorila, y su menor exponente en el gibón. 


A este respecto conviene recordar la opinión de los naturales de Bor- 

neo, Sumatra, Java, etc., lugares en que habita el orangután, sobre este 

animal. Curiosa es por demás la relativa coincidencia de apreciación. 

Para los naturales, el orangután es sencillamente un haragán. Si se les 

dice que es un animal, contestarán riendo que no es tal, que se trata de 



un hombre que, por no trabajar, invadió las selvas y como consecuencia 



se cubrió de pelos y adquirió los demás caracteres productos de su hol- 

gazanería. Orangután quiere decir hombre del bosque y para ellos se 

trata de un hombre muy inferior y nada más. El orangután es para los 

naturales de las regiones por él habitadas, lo que el atorrante es para nos- 

otros. . 


Y el concepto de la bestialización no sólo es aplicable a los antropo- 

morfos; no toda la especie humana tiende a la mayor humanización;



muchos núcleos tienden a la bestialización, a la degeneración, si se quie- 

re usar otros términos; y aun en las colectividades cultas, no todos tien- 

den hacia el progreso; muchos sujetos, desgraciadamente, se bestiali- 

zan. El alcohol es uno de tantos agentes eficaces. 


Estas vistas de Ameghino no son en manera alguna antidarwinistas, 

ni mucho menos antievolucionistas. Se trata de nuevas interpretaciones 

dentro de la doctrina general y no levanta, pues, el sambenito de la des- 

cendencia del hombre, puesto que, necesariamente siguiendo el filum, 

llegaremos a nuestros lejanos ascendientes Anthropops, Homunculus, 

Pitheculites, muy inferiores, y si se quiere más, a los prosimios y aun 

a los Microbiotherios que eran didelfídeos. i 


La doctrina evolucionista no sufre un rudo golpe con estas nuevas 

interpretaciones de Ameghino, como algunos han creído; lejos de eso, 

la aclara y la robustece, la cimenta y la apoya, agregándole nuevos ma- 

teriales y conceptos más precisos. ; 


Veamos rápidamente cómo explica Ameghino el proceso evolutivo del 

cráneo desde Diprothomo hasta Homo sapiens. 


El cráneo, o mejor dicho, la calota craneana de nuestro segundo ante- 

cesor genérico, se caracteriza por poseer un frontal sumamente fuyente, 

por la situación de los puntos craneométricos denominados bregma, na- 

sión, glabela, metopión, ophryón y obelión. El nasión coincide con la 

glabela y la sutura naso-frontal, se encuentra a la altura de las arcadas 

superciliares. Las órbitas, poco, muy poco profundas, permiten orientar 

la calota. 


La reconstrucción de Ameghino establece que la nariz debió salir 

recta, siguiendo la dirección del frontal y que el rostro presentaría un 

prognatismo muy acentuado sin que existiera prognatismo dentario. 


El índice cefálico muy bajo da un cráneo completamente dolicocéfalo 

y presentaría, completando la calota (siguiendo la dirección indicada por 

su curvatura), el mayor desarrollo en la región occipital. El


Diprothomo platensis, visto de frente, recordaría a un microcéfalo por. 

el fuerte predominio del cráneo facial sobre el cráneo cerebral. 


Nuestro primer antecesor Prothomo representado por Homo pam- 

paeus, se caracteriza por poseer un frontal mucho más elevado que Di- 

prothomo; la situación relativa de los puntos craneométricos, ya enu- 

merados, es diferente: el bregma cae más adelante, el metapión y el 

ophryón no ocupan una posición casi en plano horizontal, como ocurre : 

en la calota de Diprothomo; el vertex, que en este último cae en pleno 

hueso frontal, en Homo pampaeus coincide casi con el obelión. 


El mayor desarrollo del cráneo de Homo pampaeus corresponde a la 

región lambdoídeo-obelíaca, desarrollo que le da un carácter resaltante. 

Esta peculiaridad ha motivado objeciones. Se ha dicho que se trata de 

una deformación étnica y también de una deformación patológica. No me 

Cetendré en la primera objeción; y en lo pertinente a la segunda, baste

recordar que cabía mientras no se poseía más que un solo ejemplar de 



ese tipo; pero hoy que existen cuatro, es menester admitir que esa era 



la forma normal del cráneo, sin entrar a considerar, por otra parte, que 

tal deformación no se aproxima siquiera a ninguna de las deformaciones 

conocidas. 


En Homo pampaeus se conserva la fuerte dolicocefalía. Visto de 

frente recuerda también a un microcéfalo, por más que su capacidad 

craneana corresponda a la semicrocefalía. El prognatismo facial es mu- 

cho menor que en Diprothomo platensis y no existe tampoco en él prog- 

natismo dentario. Y, en fin, los caracteres de Homo pampaeus permiten 

colocarlo como intermediario entre Diprothomo y Homo sapiens; y Ame- 

ghino le da esa ubicación. 


La interpretación del Autor de estos documentos paleontológicos, en: 

lo que respecta al proceso evolutivo, es una concepción génial. 


 Dice Ameghino: 



Si al cráneo de Diprothomo le agregamos la región lambdoídeo-obe- 

líaca desarrollada de H. pampaeus, tendremos reproducido el cráneo del 

último; y si al de éste le agregamos en la región parieto-frontal un cas- 

quete equivalente a la diferencia entre el cráneo de H. pampaeus y Homo 

sapiens, obtendremos exactamente la forma del cráneo de H. sapiens. 


A la inversa: si al H. sapiens le quitamos su mayor desarrollo fronto- 

parietal, obtendremos el cráneo de H. pampaeus, y si al cráneo de éste 

le rebajamos la parte lambdoídeo-obelíaca, tendremos el cráneo de Di- 

prothomo. 


El mayor desarrollo de la región occipital de Diprothomo y de la lamb- 

doídeo-obelíaca de H. pampaeus, es aparente y se debe a la falta de 

desarrollo de las regiones adyacentes. H. sapiens se diferencia, pues, 

sólo por haber completado el proceso, por haber alcanzado mayor des- 

arrollo de la región frontal que ha originado la diminución del des- 

arrollo aparente de las regiones mencionadas en el cráneo de H. pam- 

paeus y Diprothomo. 



El cráneo con la línea fuerte de puntos corresponde a H. sapiens. Si a 

éste se le quita la porción frontoparietal 4, se obtiene pues el cráneo de H. 


pampaeus y si al último se le rebaja la porción B, se reproduce el cráneo 



del Diprothomo. Al mismo tiempo el prognatismo habría disminuido, 

según lo indican las líneas m n y m r. 

La evolución se habría efectuado en el sentido de la adquisición de 



lóbulos parieto-frontales cada vez mayores, o lo que fisiológicamente 

corresponde a la adquisición de mayor inteligencia. : 



Desde Prothomo hasta el Homo actual, la gradación la establecen los 



restos de Fontezuelas, Arrecifes, Arroyo Frías, Samborombón, Bara- 



 dero, etc. 



 Ameghino hace derivar a los tipos negro-negroide-australoide del 

Triprothomo que vivió hacia las postrimerías de la época miocena; emi- 


gró al Africa donde se diferenció o adquirió los caracteres que lo dis- 

tinguen como raza, diferenciación variada que ha dado lugar, por ejem- 



plo, a las mayores diferencias en lo que respecta a la talla. 


Pero la diferenciación de los tipos caucasoide y mongoloide no puede 

ser tan antigua y, por tanto, debe haberse operado en épocas mucho más 

recientes. | 


Si analizamos los caracteres del tipo mongoloide, del americano y del 

caucásico, llegamos a concluir que nada se opone para considerar al 

primero como un término de transición entre los dos últimos. Dice Ame- 


ghino que, durante la última emigración de la fauna mamalógica sud- 

americana, o sea la mioceno-plioceno-cuaternaria, el Prothomo pasó de 

la América del Sur a la América del Norte. Entonces las dos Américas 

estaban unidas por un vasto territorio, del cual sólo queda el istmo de 

Panamá como una antigua reliquia; la emigración de Homo pampaeus 

debió efectuarse antes de los comienzos de la época cuaternaria, con 

toda probabilidad en la segunda mitad de la época pliocena. Al terminar 

esta misma época, fué cuando debió emigrar al Asia, donde algunos 

grupos continuaron su evolución diferenciándose hasta constituir la raza 


mongólica, mientras otros invadieron el continente europeo donde una 

diferenciación particular los condujo a adquirir los caracteres de la raza 

caucásica. 

De esa manera, el centro de irradiación del género humano habría 



sido la región sur de la América del Sur, que es, en definitiva, la que 


presenta no sólo los restos humanos fósiles más antiguos, sino también 

la de los precursores der hombre y aun la de antecesores más lejanos, 



como son el Homunculus y el Anthropops. 


No terminaré esta breve exposición de las doctrinas antropogenéticas 

de Ameghino sin antes indicar brevemente las inducciones a que lo ha- 

cen arribar estos mismos restos humanos fósiles, respecto del polige- 

nismo del lenguaje, que es el último trabajo del sabio. 


Ameghino sostiene que el lenguaje se debe a diferenciaciones o evo- 

luciones independientes del hombre, realizadas en distintos continentes, 

pudiendo haberse efectuado simultánea o sucesivamente. 


Apoya su doctrina en el estudio de los maxilares inferiores, en las 


épocas de que éstos datan y por último en su procedencia. 


Si se estudia el maxilar inferior del H. primigenius, de H. pampaeus, 


de H. sinemento y de H. cubensis, se constata que la apófisis geni falta 



por completo (H. cubensis) o es completamente rudimentaria. Por otra 



parte, la estrechez del arco mandibular no debió permitir los libres 

movimientos de la lengua para la articulación. También los músculos, 

insertandose en toda la región sinfisaria, embridaban la lengua; sólo 

la inserción en la apófisis gen permite la articulación. En consecuencia, 

H. cubensis, H. primigenius, H. sinemento y H. pampaeus, sólo podrían 

emitir sonidos inarticulados. Pero todos estos vivían ya en regiones muy 

distantes (Cuba, Europa, América del Sur en la región sur), y no po- 



dían aún hablar; luego habían realizado sus emigraciones hacía ya mu- 

cho tiempo, sin que hubiesen llevado un idioma. Los idiomas, pues, no 



pueden derivar de un tronco común, sino que se deben a formaciones 



independientes realizadas en épocas relativamente recientes. 

La doctrina de un idioma tronco común del que proceden todos los 



idiomas, es insostenible en presencia de esos datos anatómicos, dado que 



el hombre era incapaz de emitir los sonidos articulados que exige un 

idioma y ya se encontraba dispersado en toda la superficie de la tierra. 


En esta conferencia sólo he podido tratar rápidamente una de las 

orientaciones del sabio; mucho faltaría para siquiera diseñar las múlti- 

ples que abarca su magna obra; pero no quiero terminar sin antes re- 



cordar un nombre que no puede, por modesto que sea, ampararse al 

abrigo del silencio, sin que dejaran de lesionarse los principios más ele- 

mentales de justicia y equidad. Me refiero al ilustre colaborador del 



maestro, a su hermano el distinguido géologo y paleontólogo Carlos 

Ameghino, que ha arrancado a los mudos estratos de nuestro suelo, el 

ríquisimo material que ocultaban en su.seno el secreto de las épocas 

remotas. Más de veinte años, toda una vida, todo el período de su mayor 



actividad ha transcurrido en las inmensas soledades de la Patagonia, la- 



bor que representa una abnegación y amor a la ciencia verdaderamente 

sorprendentes. Sin Carlos Ameghino, la obra de Florentino Ameghino se 

hubiera necesariamente reducido, no en términos pequeños sino en 

grandes proporciones. 


Al recordar, pues, a este ilustre colaborador, no se hace mâs que rendir 

un pequeño homenaje a la justicia. 





Ilustración: Victor Popkov


jueves, 23 de julio de 2026

Homenaje a Ameghino (Tomás Puig Lomez)

 






El culto a los sabios es el homenaje más justiciero de la inteligencia. 



Ellos representan la flor de la especie. Somos felices por ellos. Son hom- 



bres, luz y fruto, de los que todos participamos, grandes y pequeños; y 

sus vigilias y sus esfuerzos, forjan esa cadena misteriosa que uniéndonos 



a todos los seres creados, desde el infusorio hasta el sol, hacen estrecho 

el molde del cristianismo que reune sólo a los hombres, para plasmar 



otro más magnífico, porque es inconmensurable: el amor de todas las 

criaturas, bajo las mismas leyes de la vida en la patria común del uni- 

verso. | 


Hoy vamos a honrar un sabio nuestro: argentino por el polvo de sus 

huesos y argentino por el color que en su frente alabastrina reflejó el 

lampo de nuestra bandera inmortal. El debe censtituir nuestro orgullo, 

porque es un timbre de honor en la estirpe. Ya podemos exhibir al mundo 

esta trilogía que es el Orión del cielo de nuestra historia: San Martín, el 

genio de las batallas; Andrade, el númen de la belleza; Ameghino, el 

prócer de la ciencia. Y pueblo en que tal constelación fulgura, no es un 

pueblo de mercaderes, una factoría de Londres o Hamburgo, sino una 

Nación genial que enseña con sus estrategas, arrulla con sus poetas, ilu- 

mina con sus sabios, dando así el pan del alma al mismo tiempo que el 

pan del cuerpo, a todos los hombres del mundo que quieran cobijarse 

bajo el labaro de oro de su munífica grandeza. 


Y hoy venimos a honrarlo con el remordimiento de no Hs hon- 

rado en vida, tanto como por su valer mereciera. Fué necesario que la 



muerte lo ocultase para siempre, que se apagara la aureola de la vida en 



su hermosa cabeza de pensador, para que nos diéramos cuenta de lo que 

habíamos perdido, a la manera del ciego que sólo estima los encantos 

de la visión, cuando la fatalidad lo sepulta perpetuamente en una no- 

che sin estrellas. 


Todo lo que es verdaderamente grande, realiza en silencio su obra fe- 

cunda. Sólo lo vacuo e inútil es ruidoso y llamativo. La luz que trae la 

vida en sus ondas, ¡cuán silenciosamente desciende del astro!; el oxígeno 

que la purifica, ¡cuán en secreto rejuvenece la materia!; el pensamiento 

que redime, ¡cuán misterioso se elabora en el cerebro!; ¡con qué so- 

lemne y quieta majestad se hunde el sol en el dorado ocaso! 


Así, la obra del sapiente. Bástale con la armonía interior que escuchan 

los hombres predilectos; huye del ruido estéril, porque ve muy pe- 

queña la vanagloria desde la cumbre excelsa en que el destino lo un- 

giera príncipe indiscutido de la inteligencia. | 


Conocí a Ameghino en mi niñez: era maestro de escuela en mi pue- 

blo. Tenía, empero, su leyenda: se decía de él que tenía ideas peregri- 

nas; que miraba mucho hacia lo alto; que sus lecturas eran continuas y 

esotéricas. Preocupábase más de sus estudios que de su indumentaria. 

Recuerdo que habia en su fisonomía ese no sé qué místico de los sa- 

cerdotes de la ciencia. Un día viéronle vagar por la cuenca del Luján. 

Llevaba un martillo en la mano. Juntaba huesos. — ¡ Buen negocio va 

a hacer éste! — decía maliciosamente la nesciencia procaz y esta vez 

no se equivocaba por cierto; allí a orillas del Luján su martillo de pa- 

leontólogo descubrió un día esos huesos enigmáticos que le sirvieron”: 

de lente para descubrir parte de la fauna cuaternaria cuyo estudio cons- 

tituye su mejor título a la celebridad. científica. Después escribió un 

libro lleno de ideas propias. Era un libro de combate, que le atrajo la 

mirada de los sabios. Luego se fué con sus osamentas a Europa. Más 

tarde con sus nuevas obras, se incorporaba gallardamente a esa brillante 

legión formada por Buffon, Cuvier, Burmeister, Owen, Lamarck, Dar- 

win y Haecktl, que han reconstruido y calificado una fauna muerta. 

Pero la pobreza, la maldita pobreza, le limitaba el horizonte. Tuvo que 

repartir su actividad entre sus meditaciones de sabio y sus quehaceres 

de mercader. Nuevas conquistas fueron el fruto de ese dolor fecundo. 

La notoriedad se impuso al fin: su nombre atravesó los mares y los libros 

de Ameghino se leían en todas las bibliotecas del mundo. Su patria le 

dió entonces un puesto de trabajo y de honor: desempeñándolo le sor- 

prendió la muerte cuando todavía habia mucho que esperar de su inteli- 

gencia privilegiada. 


Quede para otros panegiristas más familiarizados con la ciencia que 

cultivó nuestro sabio, el estudio analítico de sus producciones. A mí 

sólo toca entregar a sus manes el laurel olímpico y rociar sus despojos 

con la ofrenda de nuestras lágrimas. 


Ameghino: sabio maestro: tu vivirás en el corazón de tu estirpe; en 

las brisas de esta Pampa silenciosa; en el perfume de sus flores silves- 

tres; en las melancolías de sus puestas de sol; en la pupila de sus vír- 

genes morenas; porque amaste mucho la tierra embellecida también 

por los esplendores de tu genio; porque es mucha la deuda que tenemos 

contigo, los que creemos que debemos ser grandes, no por el estrépito 


de las armas, no por la riqueza del suelo, sino por la cultura de sus 

hijos, por el amor desinteresado a la ciencia, ese beso de Dios en la 

frente del hombre. 




Ilustración: Liza Sivakova



miércoles, 22 de julio de 2026

Los epónimos del agro: Ameguinia (Ricardo Rojas)





Se ha publicado la noticia de que el Gobierno Nacional, con motivo 

de la muerte del sabio Ameghino, proyecta la fundación de una colonia 

que perpetúe en los campos del sur, el nombre del explorador iluminado 

que arrancó a sus entrañas el secreto científico de nuestra génesis. Tal



iniciativa ha merecido el aplauso de la prensa, y ha menester de todos 

los estímulos que aceleren su realización. Hay en ella una ofrenda de 

la gratitud nacional hacia la memoria de un sabio esclarecido y de un ciu- 

dadano eminente, cuyo fallecimiento ha sido luto de América y de la cien- 

cia; pero hay en ella, asimismo, un loable acierto, por la forma elegida 

para honrar oficialmente aquella gloriosa memoria, vinculando su nom- 


re a la geografía del propio territorio que el ciudadano amó como solar 

de su patria y el sabio como documento de su doctrina genial. Mas al 

anunciar este pensamiento, se ha anticipado también el nombre de 



Colonia Ameghino que a la nueva fundación se impondría, y como ve- 



mos al Gobierno incurrir con ello, sin duda por rutina, en el error peli- 

groso de otros bautismos análogos, nos atrevemos a formular en estas 

páginas una advertencia que si fuese escuchada, podría redundar en aus- 

picio feliz para la formación de la conciencia argentina. 


Yo he tenido oportunidad de señalar, en un libro afortunado, lo que 



significa la nomenclatura geográfica en la conciencia colectiva de una 



nación. Creo haber sido el primero que entre nosotros lo señalara, y el 



primero que protestase, por razones de esa índole, contra la instabilidad 



que dejaba los nombres de nuestros lugares a merced. de la irreverencia 



pública o de la vanidad personal. Aquella protesta, por ventura, ha pros- 

perado, y la casi totalidad de la prensa tiene ahora sus cien ojos alertas 



sobre tamaña forma de profanación. Hoy ya no pasan en silencio, como 

hace años pasaban, las sustituciones que cambiaron Arbolito por General 

Villegas, Floresta por Vélez Sarsfield, Mar del Plata por General Puey- 

rredón, Miramar por General Alvarado, Ajó por General Lavalle, Carhué 

por Adolfo Alsina. So capa de civilización, cualquier edil en trance de 

snobismo, o legislador en busca de notoriedad, o especulador en tierras 

enamorado de esa gloria sin angustias, creíase con derecho a suplantar 

por un nombre de capitalista extranjero, de héroe discutible o de magis- 

trado actual, el viejo nombre, secular como el burgo que designaba, o 

descriptivo como el paraje que sugería. Este abusivo error comienza a 

desaparecer. Para evitarlo, aconsejábamos una ley, hace tres años. La ley 

no se dictó, mas la conciencia social, que genera costumbres, comienza a 

dar sus resultados. Los nombres de nuestro mapa, amenazaban caer en 

el mismo vaivén que el catastro de nuestras especulaciones agrarias. Y 

el mapa, que es la imagen de la tierra, debe tener la estabilidad de la 



tierra: madre venerable. Mala patria es aquella cuyo suelo es tómbola 



de ganancias, que va de mano en mano; pero es peor aquella donde su 



suelo es lote de vanidades, que va de nombre en nombre. 



Tener mapa inmutable, como de pueblo viejo, es imposible’ en una de 

rra nueva. La nación creciente sobre el desierto, va con sus ferrocarriles, 

con sus pueblos, con sus siembras, pidiendo nuevos nombres. De ahí que 

hayamos podido entendernos sobre la necesidad de respetar los nombres 

viejos ya existentes; pero sin que ésta haya suprimido la necesidad de 

crear nombres nuevos, lo cual requiere la adopción de un criterio que 

nacionalice y ennoblezca los nombres que elijamos para los nuevos lu- 

gares. Fué la primera faz de este problema lo que señalé en «La Restau- 

ración Nacionalista»: es la segunda lo que el bautismo de la Colonia 

Ameghino me da ocasión de señalar en estas páginas. Dije en aquel libro 

que los nombres humanos debían adoptarse tan sólo para la designación 

de creaciones humanas: calles, plazas, monumentos, escuelas e institu- 

ciones análogas. Afirmé que debían ser castizas, impersonales y descrip- 

tivas las designaciones de pueblos, ejidos o jurisdicciones rurales. Condú- 

jome a una regla tan absoluta, no solamente la necesidad, probable en 

tales casos, de derivar gentilicios, sino el temor a la deformidad en que 

nosotros habíamos caído, de designar los agros por fechas, como Veinti- 

cinco de Mayo y Nueve de Julio; o por nombres exóticos, así Wheel- 

wright y Koslowsky o por apellidos acompañados de su título jerárquico o 

de su apéndice comercial, tales como general Baldissera, o Peña y Com- 

pañía (sic). Poner nombres de fechas, que son porciones del tiempo, a 

parajes que son porciones del espacio, es un absurdo tan evidente, que 

su antinomia excluye la imagen concreta que es inherente a substantivos 

de cosas, y hasta diría que la razón de su existencia. Poner asimismo, 

nombre de familias o de individuos a lugares, es también otro absurdo, 

puesto que convierte las comarcas en personas; y si ocurre que un ape- 

llido pierde su primitiva significación humana, para ser ante la memoria 

popular, simple nombre geográfico, habrá perdido entonces el valor epó- 

nimo que se pretendía, y el propósito de glorificación personal quedará, 

como se ve, malogrado. Es la revancha que a la larga toman el buen sen- 

tido y la farftasía popular, según se ve no sólo en substantivos propios 

como Juárez y Mercedes, sino igualmente en substantivos comunes como 

Buenos Aires y Santa Fe. Pero en el caso de Ameghino, comparecemos 

en presencia de un nombre que fuerza con su gloria a la excepción, y por 

ahí a la solución racional del problema. ' 



Si hay entre nuestros próceres alguno que imponga con su gloria se- 

mejante excepción, ése es Ameghino. Hay en la historia nacional glorias 

más altas, más sonoras, más resplandecientes; pero digo que pocos tienen 

como aquél, ese género de gloria que identifica con la tierra y que hace 

pasar a ella su nombre, como en una trasmigración. Quizá la tenga San- 

Martín, nombre como de santo, por ser el libertador del territorio; tal 

vez Sarmiento, nombre como de raíz, que tuvo puesta en el territorio pa- _ 

trio la cenestería de su propia carne; también entre ellos Mitre, nombre 

como de numen viviente en la memoria de los hombres que el territorio 

de la patria crea. Como ellos, Ameghino se identifica con el suelo natal. 

Se identifica por la carne, y por el espíritu. Argentino es por la cuna, 

pero lo es también por la gloria. Polvo pampeano era su cuerpo y en 

polvo pampeano se convertirá, como los huesos del hombre antiguo que 

él descubrió, junto al hogar apagado, en la cáscara de glyptodonte donde 

moraba. Esta es su gloria, y por ella el sabio muerto ha dejado su nom- 

bre, no ya en la superficie de la tierra argentina, sino en la substancia 

misma de la tierra argentina, donde sus manos se hundieron como en un 

vientre materno, a buscar el secreto de sus entrañas. Hasta lo profundo 

se hundieron, hasta dar con el barro hecho piedra ya, de Atlántidas y 

Gonduanas predecesoras; y su genio volvió a prestar carne y vida a los 

huesos de hominídeos y lemures, y a su fauna de monstruos caudales, 

monstruos tenebrosos y largos, como lentos ríos. Aquel Homo pampaeus 

que él descubriera y que según su hipótesis partió de aquí a poblar la tierra 

toda, era el hombre pampeano, el primer «argentino» de esta pampa que 

los hombres del mundo vuelven ahora a poblar para un destino que 

ha de durar más siglos que su larga prehistoria. Hipótesis estupenda, que 



si fuese verdad, sería de por sí un signo de Dios sobre nuestra tierra, y 

que si fuera sólo la quimera de un argentino genial, sería ya de por sí 



un signo de grandeza humana sobre nuestro pueblo. Debemos a Ame- 

ghino el saber que nuestra pampa terciaria ha sido cuna de la humani- 

dad primitiva: merece, pues, la gloria de que su nombre esté sobre un lu- 

gar de esta pampa que aspira a ser hogar de la humanidad, ya reducida 

por la civilización. 


Tales predicamentos afirman que se necesita de gloria tan excepcio- 

nal para que el propio nombre humano y perecedero deba perpetuarse 

en la geografía de una patria. Pero esto nos coloca ante otra cuestión: el 

saber si el epónimo ha de pasar al mapa tal como e! héroe lo llevaba, o 

si ha de modificárselo para darle un significado territorial. Creo que se 

debe, sin vacilación alguna, preferir lo segundo. Lo primero, además de 

absurdo, según lo he señalado, ofrece el inconveniente de que, a fuerza 



de querer perpetuar más íntegramente un nombre individual, lo hace más 

fácilmente olvidable. En cambio, al derivar del nombre del héroe un 

nuevo nombre, uniendo a su raíz una desinencia que signifique pueblo o 

territorio, se crea una denominación que da, por dicha desinencia la ima- 



gen de un epónimo geográfico, indicando que se ha de buscar en la raíz 



que la precede el nombre de la gloria o tradición que en él se perpetúa. 

Es el valor que en inglés tienen los subfijos «town» y «shire», «ville» o 

«fort» en francés, y «burg» en los idiomas teutónicos, terminaciones fre- 



cuentes en las nomenclaturas geográficas de Europa. Verdad que dichos 

nombres han ido formándose al azar de la costumbre, por sedimentación 

anónima y secular; pero cuando los pueblos a que ellos pertenecen, se 

hicieron conquistadores, y fueron a colonizar la tierra de los continentes 

vírgenes, supieron valerse de ese resorte de sus idiomas para crear arti- 



ficialmente las denominaciones de los pueblos que fundaban, — así la 

Brazzaville del Congo, ciudad de Brazza, el explorador; o la Georgetown


de América, pueblo de Jorge, el rey de su metrépoli. Paréceme, sin em- 

bargo, que si tal resorte no hubiera existido en dichos idiomas, no hu- 

biese faltado al ingenio libre, espontáneo y fecundo de aquellos pueblos, 

el medio de crearlo, como lo probarían estos dos hermosos ejemplos que 

me pone a la mano el mapa de los Estados Unidos: Carolina, región de 

Carlos, y Peensylvania, selva de Peen. 


Quédanos solamente a resolver si nosotros tenemos en el idioma nacio- 

nal los medios de crear nombres similares. Mi contestación es afirmativa. 

Raro es el recurso de sintaxis o de vocabulario que yo conozca en otras 

lenguas de la Europa occidental que el castellano no los tenga también. 

Las desinencias de substantivos y adjetivos son en nuestro idioma va- 

riadamente expresivas, y es a los que manejan el caudal de la lengua pa- 

tria, y no a la lengua misma, a quienes debemos culparles de languidez 

o de pobreza. Yo creo que hay en castellano una desinencia que llamaré 

de «substantivos geográficos o territoriales». Los textos usuales de gra- 

mática no nos hablan de ella, aunque sí de los patronímicos en «ez»; de 

los gentilicios como «eño», «es»; de los profesionales, como «ero», «ista». 

Si alguna desinencia existe en castellano para designar jurisdicción de 

pueblos o naciones, en la terminación «ia» no diptongada, unida a una 

raíz, muchas veces de origen obscuro, que designó el epónimo del héroe, 

de la raza o del solar primitivos. Para comprobar tal aserto, bastaría fi- 

jar la atención en la siguiente lista de nombres ,eográficos, formada 

sólo de los más conocidos e importantes: Britan-ia, Escoc-ia, Iber-ia, 

Ital-ia, Lusitan-ia, Suec-ia, Gal-ia, Rus-ia, Franc-ia, Austr-ia, Grec-1a, 

As-ia, Galic-ia, Aleman-ia, Beoc-ia, German-ia, Polon-ia, Ind-ia, Pers-ia, 

Alban-ia, Georg-ia, Mesopotam-ia, Argel-ia, Sicii-‘a, Arab-ia, Emil-ia, 

Fenic-ia, Babilon-ia, Venec-ia, etc. En la América española, los nombres 

de los países han venido a ser, en su mayoría, los que antes de la con- 

quista daban los indígenas a ciertas porciones del territorio. En tal caso 

estan Chile, Méjico, Perú, Nicaragua, Paraguay; pero los epónimos que 

los hispano-americanos hubimos de crear para comarcas o naciones, los 

derivamos, por idiomática analogía, uniendo la terminación «ia» a la raíz, 

de los héroes elegidos, y así Bolívar dió Boliv-ia, como antes Colón había 

dado Colombia. Subordinándome a esta misma ley de las analogías idio- 

máticas, yo propondría el nombre de «Ameguin-ia» para la porción de 

territorio patrio que haya de designarse con el nombre del sabio argen- 



tino que acaba de fallecer. Así quedaría su gloria perpetuada en la raíz, 



pero ya no sería el nombre de una persona, siño algo más duradero: el 

epónimo de un territorio glorificado por el nombre del héroe generador. 



Se habrá notado que escribo Ameguinia y no Ameghinia, como hubiera M 



debido hacerlo si mantuviese la ortografía italiana. He cambiado la «gh» 

por «gu», para hacer lo que el pueblo espontáneamente haría, pues me 

propongo, con las presentes líneas, señalar los inconvenientes del artifi- — 

cio burocrático en estas materias. Escritos Ameghinia en mapas y carte- 

les, el pueblo de los futuros argentinos, leerá Ameginia, cambiando el 

sonido de la gutural «gui» por «gi», con lo cual, por conservar el verda- 

dero nombre, nos alejaríamos de él. Es lo que ya ocurre entre las gentes 

de la provincia de Buenos Aires, con localidades como Wilde y Torn- 

quist, que los colonos y paisanos designan oralmente como Ubilde y 

Torquin, con lo cual el pueblo que los nombra empieza — ¡ay, demasiado 

pronto! — a deformar y obscurecer el nombre de los héroes que buscan 

inmortalizarse en ese fácil olimpo de las estaciones ferroviarias. Ni la 

imprenta, ni la escuela primaria, evitarán esta obra de la prosodia po- 

pular con ciertos nombres extranjeros. Apenas una generación nos ha 

bastado para ver aqui ese proceso, y podemos calcular lo que será cuando 

hayan transcurrido los siglos que la boca de los íberos necesitó para 

convertir en «Zaragoza», la «César - Augusta» del fortín romano, o en 

Mérida, la «Augusta Emérita» de Publius Carioius. Pues si sabemos que 

en la voz viviente del habla popular, los nombres extranjeros van a ar- 

gentinizarse, no debemos crear esta diferencia entre el nombre oral y el 

escrito, ni accidentar el mapa con esa anarquía babélica de tan diversas 

lenguas. ¿Por qué no optar, para la nomenclatura del territorio, que es 

parte y fundamento de la patria, por la prosodia del himno y el idioma 

de la constitución? Tanto mejor hubiera sido que deriváramos de los 

epónimos citados, «Wildia» y «Torquinia», más eufónicos y castizos. 

No creo que por negarnos a deformar la raíz de un apellido extranjero, 

optemos por seguir deformando las raíces mismas de la patria. 


El nombre de Ameguinia que propongo para la proyectada «Colonia», 

viene a darnos, con un ejemplo oportuno, la práctica del criterio con que 

debemos proceder en casos análogos. Muchos han de presentarse aún, 

en la continua génesis de los progresos argentinos, sobre el desierto que 

nos tocó por heredad. Y cuando la desinencia territorial que he seña- 

lado no se adapte al epónimo elegido, busquemos otras dentro de nuestro 

idioma, así la de Judea o de Platea que nos dará Mitrea; o el «polis» de 

los griegos, que dará Sarmientópolis; como a los norteamericanos India- 

nópolis; o el burgo de los godos, como en Sáenzburgo y Burgoroca; o aun 

las partículas similares que usaron con sus epónimos los indios de Nono- 

gasta y Chicligasta, de Colalao y «de Pilciao... Pues créase que con 

todo esto abordamos problemas de nacionalidad, y que tal advertencia 

no obedece tan sólo a esparcimientos de imaginación literaria. Procure- 

mos substituir por el esfuerzo del espíritu la tradición que nos falta, y 

anticipar por el trabajo de la inteligencia, el proceso azaroso de los siglos 

que han de venir. Con esa mira señalaba yo al Gobierno y a la opinión 

en 1909 la necesidad de una ley que protegiese las nomenclaturas geo- 

gráficas en un país librado a la inmigración, a la especulación y a la 

irreflexión. Nuevas meditaciones me han permitido ver más tarde la 

solución total de este problema. 


Han de respetarse los nombres viejos ya existentes, si fuesen indíge- 

nas sobre todo, porque entonces parece trascender en ellos el áspero mis- 

terio de las tierras vírgenes. He ahí lo primero que esa ley debería pres- 

cribir. Los nombres que los naturales dan a esas tierras, son sagrados, y 

forman parte de ellas como sus árboles y sus aves, también por ellos bau- 

tizadas. Por eso los conquistadores los respetaron en Tucumán, en Cata- 

marca y en Jujuy. Lo que no hizo el conquistador que ocupaba la tierra 

con riesgo de su vida, no ha de poderlo el burócrata sedentario, ni el 

afortunado burgués. Por lo tanto esa ley ha de prescribir, lo segundo, 

que los nombres viejos borrados por legislaturas, municipalidades, mi- 

nistros o directorios de ferrocarril, sean devueltos para siempre a sus 

respectivos lugares. Y queda así, como tercera resolución de la ley, lo 

pertinente al bautismo de fundaciones nuevas, únicas que son derecho 

de las nuevas generaciones. 


Imponer nombre a lugares, es por sí mismo un acto sacerdotal. Los li- 

bros santos lo mencionan, al rememorar las creaciones de sus dioses; los 

libros épicos al glorificar las conquistas de sus héroes. Bautizar las tie- 

rras O las cosas, es derecho exclusivo de quien las crea, o de quién pri- 

mero las ocupa y las entrega al dominio de todos. El descubridor de una 

tierra, le impone nombre, como un padre a su hijo. El fundador de un 

pueblo se lo impone también, como un artista a su obra. Los cuatro tienen 

ese derecho, porque obran como ministros de Dios; y lo tienen los pueblos 

como atributo de su soberanía, y los poetas como don de su sensibilidad. 

Poetas, es decir: vates, sacerdotes, evocadores, profetas; por eso ellos 

debieran ser los bautistas de los lugares en las repúblicas de paz. ¿Qué 

descubridores van a ir a bautizar nuestro territorio que ya conocemos” 

¿Qué colonizadores van a serlo, sobre él, con riesgo de su sangre? Y si 

las fundaciones son ahora pacíficas, burocráticas, legislativas, como esta 

de la colonia Ameghino que se proyecta, es necesario que con unción 

sacerdotal tengamos la sabiduría de poner en nuestros nombres geográ- 

ficos el misterio que no les puede venir ya, como a los viejos nombres, 

de lo desconocido en el espacio, de lo remoto en el tiempo, de lo heroico 

en el ánimo de quienes desafiaron, sobre un lugar de la tierra, las ace- 

chanzas de la muerte. De ahí que a los nombres los prefiera tomados a las 

viejas lenguas americanas, sobre todo si fuesen armoniosos, como Tucu- 

mán y Tandil. De ahí que si han de ser castellanos, los prefiera impersona- 

les y descriptivos, como Floresta y Miramar. De ahí que cuando hayan de 

ser epónimos, no los acepte sino por excepción, en el caso de una gloria 

singular y evidente, como Solís y Garay. Es en este último caso donde co- 

mienzan a salirnos al paso las dificultades mayores. Por eso la ley de que 

hablamos, debiera prescribir que no se pueda imponer a los lugares nom- - 

bres de personas, sino en el caso de que, por voto expreso del parla- 

mento, esa persona hubiera comprometido la gratitud nacional, por su 

heroísmo o simplemente por el desinterés de su labor. Establecida la jus- 

ticia de la elección, un poeta debiera ser el asesor que propusiese para 

el epónimo elegido, su derivación territorial. No olvidemos que poner 

mbre a las tierras es un acto sagrado. Las cosas existen en la subs- 

cia del que las crea, y de ahí en la forma que las encarna, y de ahí 

la imagen de quien las contempla, y de ahí en el nombre que les 

resta el humano que las invoca o las evoca. De esas cuatro existencias 

primera es oculta; la segunda y tercera se confunden en los actos del 

conocimiento; la cuarta vuelve a libertar en las cosas por el misterio de 

la palabra. Y tratándose de nomenclaturas geográficas, el sencillo verbo 

egido para una patria que soñamos bella y gloriosa, ha de equilibrar en 

fuerza de la historia colectiva, la tradición y perpetuidad de la tierra, 

dole del idioma cívico, y la sugestión de justicia, de arte y naciona- 

que de ese mismo verbo se desprenda. 


si se nutre, alimentado hasta por las raíces más tenues de su suelo, 

píritu de las patrias predestinadas. Así las nombran con amor sus 

hijos, y así las cantan, por sus nombres bellos, el verso de sus églogas y 

sus odas. 




Ilustración: Evsey Evseevich Moiseenko




 

martes, 21 de julio de 2026

Dándole a un pueblo el nombre de Ameghino (Valentín Graciano)

 






En la sesión que el día 5 de Julio de 1912 celebró la Cámara de Dipu- 

4 tados de la provincia de Buenos Aires, el miembro de esa Cámara, señor 

Valentin M. Graciano, presentó y fundó el siguiente proyecto de ley: 




Sr. Graciano — Pido la palabra. 


Para fundar brevemente el proyecto de que acaba de darse lectura. 


Paulatinamente se van agotando los nombres con títulos más o menos 

legítimos a la consagración nacional. 


El escalafón de nuestra antiguo ejército, de glorias compartidas a 

varias naciones sudamericanas, ha dado ya todo lo mejor que podia dar; 

y desde San Martin hasta el negro Falucho, cuyos extremos ocupan por 

orden jerárquico, los oficiantes en la tarea de nominar pueblos no van 

encontrando tipos suficientes con que llenar un nuevo componedor de la 

historia. 


Y los guerreros de nuestra unificación, y los del Paraguay, y los Cor:- 

gresos y gobiernos provinciales, y hasta nuestra incipiente diplomacia, 

ven agotarse sus reservas después de haber dado contribución copiosa 

a la nomenclatura de pueblos, calles y plazas, mientras nuevos pueblos, 

con nuevas calles y nuevas plazas, surgen a diario como por generación 

espontánea sobre nuestros dilatados campos, con esa vitalidad asombrosa 

que emerge de la tierra vírgen, y con las energías que parecen infundirle 

en su aliento de fuego las usinas o fábricas en ellos levantadas. 


No es de extrañar, entonces, señor Presidente, si en el partido de Ge- 

neral Pinto, de nuestra Provincia, existe una población de porvenir ase- 

gurado por su situación topográfica, por la bondad del suelo y la pureza 

de las aguas, por la subdivisión de la propiedad y por sus industrias flo- 

recientes, que aún no tiene nombre a pesar de los 4.000 habitantes apro- 

ximados de su planta urbana. 


A este pueblo las gentes lo conocen por «Halsey», porque la empresa 

del Ferrocaril Oeste puso tal nombre a la estación ubicada en una de sus 

calles, rindiendo homenaje, supongo, al introductor de los carneros meri- 

nos traídos al país; y para que esa personalidad merezca perpetuarse 

por nosotros, sería necesario saber primero si los merinos se introdujeron 

con el deliberado propósito de beneficiarnos, o si nos beneficiamos al 

prosperar nuestra industria lanar por la importación de esa raza, hecha 

con fines especulativos, con proyecciones puramente comerciales...; 

pero no estamos discutiendo nombres de estaciones, facultad que compete 

a los directorios de ferrocarriles y Ministerio Nacional de Obras Públicas. 


Quien fundó el pueblo conocido por Halsey, lo denominó «Las Medias 


Lunas», como figura en su plano primitivo y correspondiente decreto, por- 

que así designaban popularmente a unas lagunas que allí existieron y 

han desaparecido ya; por consiguiente, este nombre tampoco tiene ra- 

zón de ser, ni lo han querido usar nunca los habitantes de ese paraje. 

Como el vecindario necesitara la creación de un Juzgado de Paz, y me 

encargase de presentar el correspondiente proyecto en nuestra Cámara, 

parecióme bien aprovechar la oportunidad para bautizar al pueblo con 

un nombre digno de perpetuarse, como el de Ameghino, conocido donde 

quiera la ciencia moderna alcance, y aun no honrando como merece el 

gran sabio cuya vida y obras es innecesario aquilatar, porque pasaron, 

resistiendo todas las pruebas, por el tamiz de la crítica, no argentina, 

quizá sospechada de orgullo legítimo, sino por la de los hombres inte- 

lectuales del mundo. 


Alguna vez, en las incursiones históricas que emprendemos, a caza de 

nombres dignos de cimentar con su fama la unidad nacional en un pasado 

de gloria común, debemos abandonar los trillados rumbos donde se en- 

cuentran militares victoriosos, eximios gobernantes, o sagaces políticos, 

piedras labradas cuyas múltiples facetas no siempre ocultan a la inspec- 

ción con lente fallas naturales o dejadas por el pulso inseguro del orfe- 

bre; y marchando con distinto norte, buscar esas piedras lisas del saber, 

muy raras, que no fulguran chispas de gloria, pero reflejan en su faz 

única la luz diáfana de las ciencias, como refleja el amatista en su azul 

nitidez la claridad del cielo. 


Excluyendo a San Martín y a Wáshington, quienes a su dualidad de 

guerreros y libertadores unían grandeza de alma nada común — y sin dis- 

cutir siquiera que dicha grandeza sea incompatible con los demás hom- 

bres que ejercen el oficio de las armas — bien sabemos que si las espa- 

das victoriosas enceguecen con su brillar efímero, no alumbran en sus 

reflejos más de una nación y a lo sumo un continente, como el relám- 

pago no alcanza a iluminar más que el determinado radio de horizonte 

que la tormenta abarca; pero las luces de esas piedras lisas que llama- 

mos sabios, son blancas y tranquilas, son faros alumbrando derroteros a 

la humanidad, por siglos y por siglos. | 

Y pienso que sus nombres tienen tanto, sino mejor derecho a ser per- 

petuados, aunque en ambos casos lo mismo se ha servido a la patria; pero 

bien puedo afirmar, porque es convicción en mí, que más fama nos ha 

dado en el mundo Ameghino con sus estudios sobre antropología, con sus 

colecciones de restos antediluvianos desenterrados pacientemente durante 

años para estudiar nuestra fauna prehistórica, y con sus teorías sobre el 

origen del hombre, que cuanto han logrado por sus negociaciones nues- 

tros diplomáticos. Una verdad comprobada en el mundo de la ciencia, 

señor Presidente, no se extingue; y los tratados felices no son más de 

un momento en la vida de las naciones. | 


No entra en mis propósitos seguir molestando la atención de la Cámara 

con el elogio del que empezará sus servicios a la Provincia con el humil- 

de empleo de maestro de grado en una escuela de Mercedes, desde cu- 

yas puertas tal vez le gritamos siendo niños «loco Ameghino», viéndolo 

llegar embarrado y bolsa al hombro repleta de fósiles extraídos a las 

márgenes del Luján. El monitor de entonces, había iniciado ya silencio- 

so por empinado y desierto camino su marcha ascensional hacia las cum- 

bres de la ciencia, y holló con su planta las más altas, pontificó desde 

ellas para los demás sabios del orbe, y confirmó con su propia existencia 

la posibilidad de que puedan salir de este inmenso crisol, donde se fun- 

den y amalgaman todas las razas, cerebros bien organizados, capaces de 

destacarse entre los demás cerebros humanos con lineamientos y relieves 

tan vigorosos como el suyo. 


Estas son las razones que puedo aducir en pro de mi proyecto, en 

cuanto se refiere al cambio de nombre; y en lo referente a la necesidad 

de crear el Juzgado de Paz, fluye clara de los datos estadísticos que he 

dejado en Secretaría para la Comisión que entienda en el asunto.




Ilustración: Andrey Zadorine




lunes, 20 de julio de 2026

Monumentos a Ameghino II

 






Sesiones del Senado de la Provincia de Buenos Aires del 13 de mayo de 1913


Sr. Pinedo Oliver — Pido la palabra. | 

Este proyecto de ley es un trasunto del que amplia y luminosamente 

fundara otrora el ex senador Atencio, y que más tarde lo informara a 

nombre de la comisión respectiva, el señor senador que nos preside. 

Importa, pues, reproducir la idea que por prescripción reglamentaria 

ha pasado al archivo, de erigir a la entrada del Museo de esta ciudad un 

monumento que perpetúe la memoria del sabio Florentino Ameghino. 

No necesita indudablemente, señor Presidente, ninguna palabra de 

elogio la obra de este gran compatriota, que era una honra nacional, que © 

yo recuerdo como una de esas vidas ejemplares que podría muy bien pa- 

rangonarse con alguna «paralela» de los eximios varones argentinos; 

porque la vida de este asceta de frente iluminada, de este apóstol de la 

nueva era que predicaba con la palabra y con el ejemplo el evangelio de 


la ciencia, merece todos los homenajes de los hijos de este país.


Era Ameghino un exponente grandioso de nuestra raza; y digo gran- 

dioso, porque hasta la misma humildad en que vivía proyectaba sobre su 

obra una luz más diáfana que la hacía más resplandeciente aún. 


Entre mis lecturas hechas así, al azar, recuerdo algunas palabras del 

viejo Renán, cuando pletórico de ciencia y de talento ingresaba a la Aca- 

demia de los cuarenta inmortales de Francia. 


Decía Renán: «Nosotros los sabios — y a fe que decía bien — no so- 

mos sino el eslabón de una cadena. Nosotros pasamos y queda el eslabón 

que hemos forjado: el hijo, el nieto, el biznieto, el tataranieto, de una 

generación futura arrancará de ahí construyendo el otro eslabón que lle- 

ve a la humanidad a los grandes destinos que imaginó el Creador al po- 

sar su labio divino sobre la frente del hombre.» (¡Muy bien! ¡Muy bien! 

Aplausos). 


Este hombre, señor Presidente, nos vinculó aun a los que no lo he- 

mos conocido personalmente, con una deuda intensa de gratitud. 


Nuestra patria ha producido guerreros inmortales, algunos de los cua- 

les, a mi juicio, no han sido superados por hombre alguno de la tierra, 

como San Martín; ha producido estadistas de la virtuosidad y del saber 

de Mitre; hombres de gobierno como Sarmiento y Avellaneda; pero toda- 

vía no había engendrado al verdadero asceta de la ciencia da 

en la figura luminosa del gran Ameghino. 

 Que quede ahí, a la entrada de nuestro parque, a la entrada del Museo, 

donde las generaciones del porvenir han de ir a buscar inspiraciones 

científicas, la estatua de ese gran hombre, para que el niño de mañana 



que hoy se educa en nuestras escuelas vaya a buscar a su pie los altos 



Ideales científicos que confortan, que ennoblecen y que alientan. 

Que quede ahí, a la puerta del Museo, ya que a los hombres no nos es 

dado reanimar a los muertos, su efigie mecida por el viento, adornada por 

las flores con sus perfumes y colores, arrullada por el canto de las aves, 

iluminada por la luz esplendente de las estrellas, plateada por la luz de 

la luna y bañada por ese sol vivificante que da vida al ambiente y magni- 

fica la atmósfera. Q : 

Queda así explicado ligeramente el propósito de los firmantes de este 



proyecto que hace un momento me encargaron lo fundara con las pala- 



bras improvisadas que acabo de pronunciar; y digo improvisadas, por- 



que la improvisación es siempre una confidencia en que la mente calla 



para dejar al corazón y a las fibras sensibles del alma que expresen sus 

sentimientos. 


Pido a mis honorables colegas, ya que estamos en número reglamen- 

tario. para tributar honores, que nos pongamos de pie para discernir este 

homenaje de justicia a un hombre tan humilde como sabio. 



Sr. Presidente —- Advierto que no hay en la casa el 1 número de senado- 

res que la Constitución reclama en este caso. 


Sr. Pinedo Oliver — Lo lamento. 


Que quede entonces mi moción pendiente para cuando se obtenga a 

número constitucional. 

Sr. Presidente — Sin are de eso, pasará a la Comisión respec-

tiva.  




El proyecto fué sancionado por el Honorable Senado de la Provincia 

en su sesión del día 17 de Junio de 1913, previo el siguiente diálogo: 



Sr. Pinedo Oliver — Pido la palabra. 

Desearía saber si hay número constitucional en el recinto para poder — «4 

tributar honores. 

Sr. Prosecretario Rocha — Hay veintinueve señores senadores Y 

sentes Y 

Sr. Pinedo Oliver — Hago moción para que se trate en particular el 

proyecto que autoriza a gastar una suma de dinero para construir la es- i 

tatua del sabio Ameghino, que ya esta aprobado en general. | 

Pido el apoyo de mis honorables colegas. 



— Apoyado. 


Sr. de la Riestra — Voy a agregar, señor Presidente, al pedido de mi, 

distinguido colega el señor senador Pinedo Oliver, que se trate también — 

en particular el proyecto de ley sobre subsidio por una sola vez a la se- 



ñora viuda del ex Gobernador de la Serna. 

— Apoyado. 



Sr. Presidente — Se votarán estas dos indicaciones, si 

no hay oposición. 



— Se vota y se aprueba. 



Sr. Presidente — ¿La moción es para que se aten estos asuntos en 

el acto? | 

Sr. Pinedo Oliver — Sí, señor Presidente. 


— Se pone en discusión el artículo 1° del proyecto que autoriza ai 



Poder Ejecutivo a invertir la suma de 20.000 pesos moneda nacional 

en la erección de un monumento al doctor Florentino Ameghino. D 



Sr. Pinedo Oliver — Pido la palabra. 


Me informa la Comisión encargada de correr con todo lo relativo a la 

erección de este monumento, que la suma de veinte mil pesos no alcan- 

zará según los presupuestos aprobados, a pesar de que un ne 

en el Museo, del ilustre sabio, ha prometido donar toda la piedra nece- 

saria.



En consecuencia, la Comisión del monumento cree que no se puede 


construir con la suma de veinte mil pesos y hago indicación para que se 


autorice al Poder Ejecutivo a invertir hasta cuarenta mil pesos en la 

construcción de esta obra, a fin de que llene los propósitos de erigir un 

monumento realmente digno de la personalidad que se trata de honrar. 


Por otra parte, la premura con que me he ocupado de este asunto es 

motivada por el justo deseo de que la provincia de Buenos Aires, donde 

nació el doctor Ameghino, sea la primera que levante su estatua, rindien- 

do así homenaje a uno de sus hijos más preclaros. | 


Así, pido a mis honorables colegas el apoyo necesario para aumentar 

la cantidad de veinte mil pesos a cuarenta mil pesos. 


Sr. Presidente — ¿El señor senador expresa que _ Comisión está 

conforme con el aumento que propone? 


Sr. Pinedo Oliver — No me he referido a la Comisión del Honorable 

Senado, sino a la Comisión encargada de llevar a la práctica la idea del 

monumento. 


Sr. Quesada — ¿El señor senador propone hasta cuarenta mil pesos? 


Sr. Pinedo Oliver — Sí, señor senador. 


Sr. Quesada — Apoyado. 


Sr. Presidente — Tendría que votarse primero el artículo como está en 

el proyecto"primitivo y si fuera rechazado... 


-Sr. Pinedo Oliver — Hago moción para que se rechace ese artículo. 


Sr. Quesada — Yo creo que habiendo asentimiento en la Cámara po- 

dría votarse la cantidad que propone el señor senador. 


Sr. Presidente — Si esa es la voluntad de la Cámara, así se hará. 


Sr. Harósteguy — Pido la palabra. 


Desearía conocer del señor senador cuáles son las razones que hay para 

aumentar esta suma a cuarenta mil pesos. 


Sr. Presidente — Acaba de expresarlas el señor senador Pinedo Oli- 

ver. 


Sr. Harósteguy — No las he oído. 


Sr. Pinedo Oliver — De los presupuestos que ha solicitado la Comisión 

para hacer un monumento realmente digno de la memoria de este ilustre 

sabio, resulta que no alcanza la suma votada. Poniendo una cantidad 

autoritativa hasta cuarenta mil pesos, se podría hacer una obra realmente 

hermosa y eso teniendo en cuenta que uno de sus colaboradores, en el Museo, como he dicho, ha manifestado que entregará gratuitamente la 

cantidad de piedra necesaria, sacada de una cantera que ha descubierto, 

para que el monumento sea realmente digno del doctor Ameghino. 


Pero, repito, a pesar de eso la suma presupuesta no alcanzará. 


En consecuencia, y sin tener mayores antecedentes, son estas las razo- 

nes porque pido el aumento de esa partida. 


Sr. Presidente. — Se va a votar, previniendo que para ser aprobado este 

artículo necesita dos tercios de la totalidad de los señores senadores: 

presentes. 



— Se vota y resulta afirmativa por unanimidad. 



Sr. Gascón — Pido la palabra. 

Voy a proponer un artículo nuevo que figuraría con el número 2. Es. 

este: La erección del monumento será confiada a un escultor argentino. — 

Ya pueden darse cuenta los señores senadores de cuál es el propósito 

que informa este artículo, máxime cuando se han revelado varios escul- 

tores argentinos que están haciendo furor en la misma Europa. 

Creo que este artículo merecerá la aprobación de los señores senadores.

 

— Apoyado. 



Sr. Quesada — Pido la palabra. 


Voy a apoyar la indicación del señor. senador, aunque si es cierto que 

el pais debe recordar con satisfacción y orgullo algunos artistas argenti- 

nos, también podríamos decir que deberíamos olvidarnos de otros, por- 

que hay algunos monumentos que se exhiben en nuestras plazas públicas, 

que son verdaderos adefesios; algunos de ellos el pueblo no los ha queri- 

do recibir y han tenido que echarlos abajo. 


A pesar de esto, haciendo honor al pensamiento que anima al señor 

senador y al tino que creo tendrá la Comisión para elegir el escultor que 

ha de consagrar en el mármol inmortal al doctor Ameghino, voy a prestar 

mi voto al artículo que se propone. 3 


Sr. Gascón — Me he querido referir a artistas ilustres: a Irurtia, a 

Dresco, etc.


Sr. Quesada — Comprendo el objetivo del señor senador... 


Sr. de la Riestra — Pero, si esos artistas no quieren hacer el monu- 

mento, caeremos en algún marmolero cualquiera que lo hará. 


Sr. Pinedo Oliver — Lo hará Lola Mora. 


Sr. de la Riestra — Puede no querer hacerlo ningún artista argentino, 

por cualquier razón; y creo que se consultaría el pensamiento del señor — 

senador, poniendo una pequeña restricción a la Comisión; es decir que 

dará preferencia en todo lo posible a un escultor argentino, porque, re 

pito, puede no querer un escultor argentino hacer el monumento. 


Sr. Gascón — Es dificil que un escultor argentino no acepte hacer un 

monumento como este. 


Sr. de la Riestra — Pero poniendo en la forma que propongo, la Co-  

misión en todo lo posible tratará de hacer Ba un escultor argentino séq 

encargue del monumento. 


Sr. Pinedo Oliver — Es una observación juiciosa la del señor senador . 

de la Riestra. Así se dará más amplitud al pensamiento. 


Sr. Gascon — Bien, puede ponerse: encargarä, en cuanto sea posible, 

el monumento a un escultor argentino. |  



Sr. Llobet. — Mejor quedaría «con preferencia», que es más conciso. 

Sr Quesada — Me parece, señor Presidente, interpretar el pensa- 

miento del señor senador de la Riestra, agregando algo que queda ro- 

oo también por la indicación que me hace un colega, el señor se- 

nador Oliver; y es, que creo que cabe bien poner dentro del artículo 

propuesto lo siguiente: un escultor argentino o extranjero, residente en 

el país. 


Aquí tenemos un artista, que no lo quiero nombrar, que obtuvo en 

concurso público el premio adjudicado, autor de la cuádriga que va a 

adornar el tímpano del Congreso; obra de arte, a estar a lo que se dice. 

Por consiguiente a estos escultores extranjeros que residen en nuestro 

país, muchos de ellos casados, que tienen hijos argentinos, creo que se- 

ría un acto de estricta justicia incorporarlos también a este concurso. 


Sr. Llobet — No se les excluye. 


Sr. Quesada — Mi objeto es que no se haga exclusión de ningún escul- 

tor 6 Mano o extranjero, residente en el país, que pueda tener apti- 

tudes geniales. 


Sr. Gascón — Creo que podrían conciliarse las opiniones vertidas, con 

redacción: «La ejecución del monumento será confiada preferente- 

mente aun escultor argentino o extranjero residente en el pais.» 



— Suficientemente apoyada esta redacción, se vota y es aprobada. 



-Sr. Pinedo Oliver — Voy a proponer un nuevo artículo, a fin de que 

pe gasto, que es urgente, se haga consultando la ley de presupuesto: 

«El gasto que demande la ejecución del artículo anterior se hará de 

Las generales imputándose a la presente ley.» | 


Sr. Secretario del Carril — El artículo anterior se puede redactar 

así: «El gasto que demande la ejecución del artículo anterior, y los que 

supere a las obras de Ameghino, que se declaran de urgencia, se pa- 

arán de rentas generales y se imputarán a la presente ley.» 


-Sr. Pinedo Oliver — Perfectamente. 



— Se vota el artículo en la forma leída y es aprobado. 

— El artículo es de forma. 



— Pasado en revisión este proyecto de ley a la Honorable Cámara de 

Diputados de la Provincia, éste le prestó por unanimidad su sánción en 

general en la sesión que celebró el día 13 de Agosto de 1913 y en 

particular en la sesión que celebró el día 22 del mismo mes, dejando 

así el proyecto convertido en ley. | 


__ Esta fué promulgada por el Poder Ejecutivo el día 27 del mismo. 




Ilustración: Manuel Rodríguez Lana



domingo, 19 de julio de 2026

Monumentos a Ameghino (Lucía Artieda)

 





La Revista que publica mensualmente en La Plata el Círculo «Ars» (año II, número 19, 

página 28), registró con respecto a este proyecto la siguiente carta: 


«El monumento a Ameghino debe ser esculpido por Irurtia.—La muerte de Ameghino no puede 

pasar desapercibida para el Círculo «Ars», así sea al solo título de que no ha pasado desaperci- 

bida para nadie. 


«No es menester ser poeta para saber quién fué Dante, ni pintor para saber quién Rafael, 

ni erudito para saber quién Leonardo. La humanidad en sí misma aún está lejos del discerni- - 

miento necesario para tener nociones exactas acerca de esos prototipos de la especie que sobre- 

viven en el seno de ella, dentro de su cariño y por arriba de su admiración, singularizados como 

noble intensificación de algunas de las facultades y actividades nobles de la especie. 


«Asi nosotros, cuantos formamos parte del Círculo «Ars» y cuantos fuera de él cultivan alguna 

de las bellas artes, por cuanto se refiere a Ameghino, sabemos que fué un sabio. Y lo sabemos 

porque todos los demás especialistas dedicados a los mismos estudios geológicos, paleontológicos 

y arqueológicos, que él vivió consagrado toda su vida, lo han reconocido así, soberanamente 

en el primer plano. E


«Establecido ese hecho, surge de él, como una consecuencia ineludible, el de que su patria, 

entre los homenajes que tribute a la perpetuación y glorificación de su obra en los tiempos, 

encomendará a los estatuarios la reproducción de su imagen en la nobleza del mármol o en la 

austeridad del bronce. 


«Pienso que los adherentes del Círculo «Ars», colectivamente, están llamados a intervenir para 

que los Poderes públicos rindan ese homenaje del modo más propio y adecuado posible en el 

actual momento artístico nacional. 


«No porque lo sugiera un espíritu mordido por el egoísmo, sino porque lo sugiere un sereno 

sentimiento de justicia, el Círculo «Ars», que está en condiciones de no ignorar cómo generalmente 

ha fracasado el arte extranjero en la estatuaria de nuestros próceres, también está en cond:ciones 

de afirmar que el arte nacional cuenta con el escultor capaz de erigir el monumento de Ameghino 

en forma tal que perdure victoriosamente en los tiempos. 


«A pesar de su origen ligur, Ameghino es la eminencia c'entífica nacional más herméticamente 

y más rigurosamente argentina. La índole de sus investigaciones, el carácter de sus obras y la 

misma genialidad de todas sus síntesis, le han colocado por consenso unánime en ese rango. Y 

bien está entonces, que quien interpretó mejor que nadie — aun a pesar del fallo de un Jurado - 

el sentimiento nacional en la manifestación exultante de la Revolución emancipadora, sea quien 

desbroce, labre y cincele el mármol, si es posible, de Córdoba, que perpetúe la efigie del sabio, 

que el Gobierno de la provincia natal se prepara a consagrarle. 


«Queda así manifestada mi opinión: materia prima argentina y artífice argentino para el monu- 

mento del sabio argentino. 


«Mis consocios del Círculo «Ars», y especialmente aquellos que constituyen la Comisión Directiva del Círculo, están llamados a pronunciarse en cuanto al mérito de 

la iniciativa que dejo entregada al juicio y al amor del arte nacional de todos ellos. 


«Si no me ofusca demasiado el cariño por mi propia iniciativa, opino que hecha suya por el 

Círculo y realizada la gestión justiciera y desinteresada que ella importa, sería el mejor tributo que 

los adherentes del Círculo podríamos rendir a la memoria del sabio en la esfera de acción que 

nos es propia.  




Ilustración: Glenn Brady



LA GUERRA (2da Edición)

Novela épica y mitológica que explora la lucha del ser humano contra fuerzas naturales, espirituales y sociales en un mundo ancestral. A tra...