lunes, 17 de agosto de 2026

Soledad, la de Barracas (Andrés Carlos Bahr - José García Lopez)








Aunque no tuve colegio

A nadie supe faltar

Hoy ando medio animado

Con unos tragos de más

Equivocando el pasado

Se me dio por festejar

Como no tengo costumbre

Media copa me hace mal

Disculpen si me he pasado

No me gusta infortunar

Pero charlo demasiado

Cuando tomo un par de tragos

Y me da por recordar

La cosa fué por Barracas

La llamaban Soledad

No hubo muchacha más guapa

Soledad la de Barracas

Que me trajo Soledad

Para servirlo, Vallejo

Bastante mayor de edad

Conozco mejores días

Y supe andar en señor

Uno está abajo o arriba

Según mande el corazón

Todo ha cambiado en mi vida

Por una historia de amor

Disculpen si me he pasado

No me gusta infortunar

Pero charlo demasiado

Cuando tomo un par de tragos

Y me da por recordar

La cosa fué por Barracas

La llamaban Soledad

No hubo muchacha más guapa

Soledad la de Barracas

Que me trajo Soledad




Ilustración: Hanie Soltani 


domingo, 16 de agosto de 2026

Mis rincones oscuros (James Ellroy)








La encontraron unos niños.

Eran jugadores de la liga Babe Ruth que habían salido a lanzar unas cuantas bolas.

Tres entrenadores adultos caminaban detrás de ellos.

Los chavales vieron un bulto en la franja de hiedra justo al lado del bordillo. Los

hombres vieron unas perlas sueltas en la acera. Se produjo un ligero sobresalto

telepático.

Clyde Warner y Dick Ginnold hicieron que los niños se retiraran un poco para evitar

que mirasen desde demasiado cerca. Kendall Nungesser cruzó Tyler Avenue a la

carrera en dirección a una cabina de teléfonos que había junto a la lechería.

Llamó a la Oficina del Sheriff de Temple City y le contó al sargento de guardia que

había descubierto un cuerpo. Estaba allí mismo, en la carretera junto al campo de

entrenamiento de béisbol del instituto Arroyo. El sargento le dijo que se quedara allí

y que no tocase nada.

Se emitió el aviso por radio: 10.10 del domingo 22 de junio de 1958. Cadáver en King’s

Row con Tyler Avenue, El Monte.

Un coche patrulla del sheriff llegó al lugar en menos de cinco minutos. Segundos

después se presentó una unidad de la policía de El Monte.

El ayudante del sheriff Vic Cavallero reunió a los entrenadores y a los niños. El agente

Dave Wire inspeccionó el cuerpo.

Se trataba de una mujer de raza caucásica. Tenía la piel muy clara y era pelirroja.

Debía de rondar los cuarenta años. Se hallaba tendida boca arriba en un macizo de

hiedra a escasos centímetros del bordillo de King’s Row.

El brazo derecho estaba vuelto hacia arriba. La mano descansaba en el suelo, unos

pocos centímetros por encima de la cabeza. El brazo izquierdo estaba doblado por el

codo y cruzaba el cuerpo a la altura de la cintura. La mano se veía crispada; las

piernas, extendidas y abiertas.

Llevaba puesto un vestido azul marino ligero y de escote generoso, sin mangas. Un

gabán azul oscuro con forro a juego cubría la mitad inferior de su cuerpo.

www.elboomeran.com

https://www.megustaleer.com/libro/mis-rincones-oscuros/ES0128145/fragmento/

Los pies y los tobillos quedaban a la vista. El pie derecho estaba descalzo. En torno al

tobillo izquierdo tenía enrollada una media de nailon.

El vestido estaba ajado y tenía los brazos cubiertos de picaduras de insectos. La lengua

asomaba entre los labios y el rostro presentaba varias magulladuras. El sujetador

estaba desabrochado y subido por encima de los pechos. Alrededor del cuello tenía

una media de nailon y un cordel de algodón, ambos firmemente anudados.

Dave Wire habló por radio con el agente de guardia del Departamento de Policía de

El Monte. Vic Cavallero llamó a la oficina de Temple. Se dio la alerta para la recogida

del cuerpo:

Que venga el forense del condado de Los Ángeles. Que vengan los del Laboratorio de

Criminología de la Oficina del Sheriff y el fotógrafo. Llamad a la Brigada de

Homicidios y decidles que manden un equipo.

Cavallero se quedó de pie junto al cuerpo. Dave Wire se acercó a la lechería y pidió un

rollo de cuerda. Cavallero lo ayudó a extenderla para establecer un perímetro

protegido en torno a la escena del crimen.

Comentaron la extraña posición del cuerpo. Parecía caído al azar y, a la vez,

depositado con cuidado.

Empezaron a llegar curiosos. Cavallero los obligó a retirarse hasta la acera de Tyler

Avenue. Wire reparó en que había algunas perlas en la calzada y trazó un círculo de

tiza en torno a cada una de ellas.

Unos coches oficiales se detuvieron ante el cordón de seguridad. Varios agentes,

uniformados y de paisano, pasaron por debajo de la cuerda.

Del Departamento de Policía de El Monte: el jefe Orval Davis, el capitán Jim Bruton

y el sargento Virg Ervin. De la Oficina del Sheriff de Temple: el capitán Dick Brooks,

el teniente Don Mead y el sargento Don Clapp. Los ayudantes del sheriff de Temple

llamados para contener a los curiosos eran policías de servicio o fuera de él.

Dave Wire midió la ubicación exacta del cuerpo: veintiún metros al oeste de la primera

verja cerrada del recinto del instituto y medio metro al sur del bordillo de King’s Row.

Llegó el fotógrafo policial y tomó unas fotos en perspectiva de King’s Row y del campo

de deportes del instituto.

Era mediodía y el sol caía en un ángulo de noventa grados.

El fotógrafo tomó instantáneas del cuerpo desde arriba y desde los lados. Vic

Cavallero le aseguró que la gente que lo había encontrado no lo había tocado. Los

sargentos Ward Hallinen y Jack Lawton llegaron al lugar y se dirigieron de inmediato

hacia el jefe Davis.

Davis les dijo que se encargaran del asunto, en virtud del protocolo por el que todos

los asesinatos cometidos en la ciudad de El Monte eran competencia de la Brigada de

Homicidios de la Oficina del Sheriff de Los Ángeles.

Hallinen se acercó al cuerpo. Lawton dibujó un plano de la zona en su libreta de notas.

Tyler Avenue iba de norte a sur. King’s Row la cortaba en el extremo sur de los

terrenos escolares. King’s Row continuaba hacia el este unos ciento setenta y cinco

metros y desembocaba en Cedar Avenue, que marcaba el límite oriental de los terrenos

del instituto. No era más que una vía de acceso pavimentada.

El extremo de Cedar Avenue estaba cerrado por una verja. Otra valla interior

resguardaba unos bungalows cerca de los edificios principales del instituto. La única

manera de acceder a King’s Row era por Tyler Avenue.

King’s Row medía unos cinco metros de ancho. El campo de deportes se extendía a lo

largo del límite norte. Por detrás del bordillo de la acera sur había una valla de

alambre cubierta de maleza y una mata de hiedra de un metro de anchura. El cuerpo

estaba situado a setenta y cinco metros al este de la esquina de Tyler y King’s Row.

El pie izquierdo de la víctima quedaba a unos cincuenta centímetros del bordillo. El

peso del cuerpo había aplastado la hiedra.

Lawton y Hallinen contemplaron el cadáver. Empezaban a aparecer los primeros

síntomas del rigor mortis: la mano cerrada de la víctima había quedado rígida.

Hallinen observó un anillo con una perla falsa en el dedo corazón. Lawton comentó

que quizá los ayudase a identificarla.

El rostro había adquirido un ligero tono morado. Tenía toda la pinta del clásico cuerpo

tirado a altas horas de la noche.

Vic Cavallero dijo a los entrenadores y a los chavales del equipo de béisbol que se

fueran a casa. Dave Wire y Virg Ervin se mezclaron con los curiosos. Se presentó en

el lugar el sargento Harry Andre, un tipo de Homicidios impaciente por echar una

mano.

Llegaron los miembros de la prensa. Algunos agentes de Temple se acercaron en los

coches patrulla para echar un vistazo a la escena del crimen. La mitad de los veintiséis

hombres del Departamento de Policía de El Monte pasaron por allí. Las mujeres

blancas muertas eran como un imán.

Se presentó el ayudante del forense. El fotógrafo le dijo que podía examinar a la

víctima.

Hallinen y Lawton se abrieron paso hasta la primera fila para mirar. El ayudante del

forense levantó el gabán y dejó al descubierto la mitad inferior del cuerpo.

No llevaba bragas, liguero ni pantis. El vestido estaba subido por encima de las

caderas. Ni pantis ni zapatos. Esa media enrollada en torno al tobillo izquierdo.

Magulladuras y pequeñas laceraciones en la cara interna de los muslos. Unas marcas

en la cadera izquierda de haber sido arrastrada por el asfalto.

El ayudante del forense le dio la vuelta al cuerpo. El fotógrafo sacó algunas tomas de

la parte posterior de la víctima. La espalda estaba húmeda de rocío y mostraba señales

de lividez post mortem.

El ayudante del forense dijo que probablemente llevase muerta entre ocho y doce

horas. La habían tirado allí antes del amanecer; el rocío en la espalda era un claro

indicio de ello.

El fotógrafo tomó unas cuantas fotos más. El ayudante del forense y su colaborador

levantaron el cuerpo. Estaba flácido, todavía lejos del rigor mortis completo. Llevaron

a la víctima al furgón y la colocaron en una camilla.

Hallinen y Lawton investigaron el macizo de hiedra y el bordillo cercano.




Ilustración: Juárez Machado



viernes, 14 de agosto de 2026

La edad de la inocencia (Edith Wharton)






La señora Archer, viuda desde hacía mucho tiempo, vivía con su hijo y

con su hija en la calle Veintiocho Oeste. Uno de los pisos superiores estaba

dedicado a Newland mientras que las dos mujeres se apretaban en las

habitaciones, más pequeñas, del piso inferior. En una clara armonía de gustos

e intereses, ambas cultivaban helechos en terrarios, hacían macramé,

bordaban piezas de lino con lana, coleccionaban cerámica de la época de la

Guerra de la Independencia, estaban suscritas a Good Words y leían las

novelas de Ouida por el ambiente italiano en que se desarrollaban (preferían

las que trataban de la vida campesina por las descripciones de paisajes y la

bondad de los sentimientos que reflejaban, aunque en general les gustaban las

novelas con personajes de la alta sociedad porque sus motivos y costumbres

les resultaban más comprensibles, censuraban severamente a Dickens, que

«nunca había retratado a un caballero», y consideraban a Thackeray menos

versado en lo referente al gran mundo que Bulwer, a quien, sin embargo,

empezaba a considerarse anticuado).

La señora y la señorita Archer eran grandes amantes del paisaje. Era eso

lo que buscaban y admiraban especialmente en sus raros viajes al extranjero,

por considerar la arquitectura y la pintura temas apropiados para los hombres

y, especialmente, para personas cultas que leían a Ruskin. La señora Archer

era una Newland de nacimiento, y madre e hija, que se parecían como

hermanas, eran ambas, como todos decían, «auténticas Newlands», altas,

pálidas, con los hombros ligeramente caídos, de nariz larga, una sonrisa dulce

y una especie de distinción lánguida como la que aparece en algunos retratos

desvaídos de Reynolds. El parecido físico habría sido completo si el

sobrepeso que acompañaba a la edad en la señora Archer no tensara sus

vestidos de brocado negro, mientras que los vestidos de popelín marrones y

morados de la señorita Archer colgaban cada vez más flojos, conforme

pasaban los años, de su esqueleto virginal.

Mentalmente, la semejanza entre ambas mujeres, como Newland sabía

muy bien, era menos completa de lo que sus idénticos modales hacían pensar.

La larga convivencia en una intimidad basada en una mutua dependencia les

había proporcionado el mismo vocabulario y la misma costumbre de empezar

con la frase «mamá cree» o «Janey cree» cada vez que la una o la otra

deseaba dar a conocer una opinión, pero, en realidad, mientras que la serena

falta de imaginación de la señora Archer descansaba cómodamente en lo

admitido y familiar, Janey estaba sometida a los sobresaltos y las aberraciones

de una imaginación que surgía de un manantial de romanticismo reprimido.

Madre e hija se adoraban y ambas veneraban a su hijo y hermano, y

Archer las quería con una ternura que la admiración de las dos mujeres y la

secreta satisfacción que ésta le producía convertían en culpable y acrítica.

Después de todo creía que era bueno que la autoridad de un hombre fuera

respetada en su propia casa, aunque su sentido del humor le llevaba a veces a

cuestionarse la fuerza de su autoridad.




Ilustgración: Pentti Sammallahti



jueves, 13 de agosto de 2026

El alma se apaga (Lajos Zilahy)






Hay en la vida ciertos instantes que sería imposible olvidar, instantes que se enganchan en la carne y los nervios de uno cual minúsculas agujas, y se hunden tan profundamente en nuestra memoria, que ni el tiempo logra hacerlos desvanecerse. Son instantes silenciosos y modestos, pues tan sólo éstos logran penetrarnos tan hondamente. Los momentos sensacionales y ruidosos de nuestra vida, solemos evocarlos con demasiada frecuencia, coloreándolos y retocándolos de nuevo en cada ocasión; de esta manera desmayan poco a poco y agonizan lentamente en medio del humo de los cigarrillos que flota sobre las mesas de las tertulias. No son eternos más que aquellos instantes desnudos; se esconden, púdicos, en lo hondo del corazón y llevan allí su vida solitaria. También en mí tiembla aún el recuerdo de un instante de esta clase. El instante cuando vi a mi madre sentada en el umbral de nuestro viejo caserón. Justamente el de la puerta que daba acceso a la galería. ¿Recordaría aún todos los recovecos, todos los muebles de nuestra antigua casa? Al cerrar los ojos ahora, aquí, en la isla de Oahú, ¿sería aún capaz de mirar sin pestañear en la luz de petróleo de aquellos aposentos, contemplar las cortinas iluminadas por el sol, o la penumbra de las tardes de otoño? ¿Conseguiría evocar aún el lugar que ocupaba tal mesa o tal armario? Las habitaciones van cayendo en la oscuridad; cierta penumbra como de anochecer está ahogando en ellas la claridad de antaño. Pero en ese rincón, allí en el comedor… ¿qué había allí? Ya no lo sé, ya no lo veo. Traedme una lámpara; aquí hace falta una lámpara, encended la luz… pero en vano brilla, en vano penetra por la ventana el sol: en ese rincón del comedor voy tanteando completamente ciego. Los perfiles y las formas de tal o cual mueble se volatilizan de mi alma, como el murciélago escapa del techo, desapareciendo en la parda noche, sin voces ni ruidos.




Ilustración: Stuart Luke Gatherer


martes, 11 de agosto de 2026

Las colecciones del Doctor Ameghino (Francisco Pascasio Moreno)






En la sesión que la Cámara de Diputados de la Nación celebró el 

día 23 de Agosto de 1911, fué presentado por el doctor Francisco P. 

Moreno, el siguiente proyecto de ley: 




Das fundamentos de este proyecto fueron expuestos por su autor 

en la forma siguiente: 


Señor Presidente: La Cámara tiene a despacho un proyecto de ley 

enviado por el Poder Ejecutivo, en el que se propone la erección de. 

un monumento en el Museo Nacional a la memoria de su último ilus- 

tre Director, el sabio doctor Florentino Ameghino. 


El doctor Ameghino, con constancia ejemplar, reunió durante cua- 

renta años enorme caudal de conocimientos y de objetos sobre el pa- 

sado de este extremo de América. Sus observaciones de la evolución 

biológica, a través de los tiempos geológicos, de las modificaciones de 

los suelos en que tuvo lugar, de la presencia del hombre en éstos y 

“de las manifestaciones de su vida precolombina, las expuso en cente- 

nares de publicaciones, algunas de gran volumen, sobre las que se han 

emitido muchos juicios y opiniones, habiéndose aceptado unas, discu- 

tido otras y rechazádose algunas de las ideas sustentadas en ellas 

Tanta labor, para ser juzgada con seguridad de criterio, requerirá 

el estudio detenido de esos trabajos científicos y será indispensable 

el conocimiento de los datos y objetos que le sirvieron para fundarlos, 

y para fijar el justo mérito del sabio, cuya muerte se ha producido 

cuando iba a dar forma definitiva a tanto como produjo su cerebro 

 privilegiado. Ese estudio será el que determinará, a la vez que el valor 

de su obra colosal, todo su merecimiento de la gratitud nacional, ma- 

terializada en el mármol o en el bronce proyectado. 


Pero, lo que no debe demorarse un momento, es la adquisición por 

el Estado de todo cuanto sirvió a esa noble actividad, para aumentar 

los conocimientos humanos en las ramas que cultivara con tanto amor 

y talento: sus colecciones privadas, su biblioteca y sus manuscritos. 


Contentarnos con su monumento y consentir que se extraigan del pais 

esas colecciones, sería causar serios perjuicios a la Nación. 


Deseamos los argentinos que esta Capital sea la gran Capital del 

hemisferio sur, en todo cuanto abarque la actividad humana; y uno de 

los factores necesarios para conseguirlo será el Museo Nacional. 


Ningún país al sur del Ecuador está en mejores condiciones para 

poseer un centro de estudios americanos que abarque el completo 

conocimiento de esta América. Situación geográfica, clima, elementos 

étnicos y sociales; facilidades de comunicación y de penetración, todo 



le favorece; y estas condiciones son ya tan apreciadas, que los hom- 



bres de todo el mundo que estudian la naturaleza con mayor éxito, 

algunos de los cuales han visitado esta capital, extrañan que la Re- 

pública Argentina no haya dado ya principio a crear una gran institu- 

ción científica, que adaptando a sus caracteres físicos, económicos y 

políticos de la.región, el plan seguido en los Estados Unidos por su 

servicio geológico, su Institución Smithsoniana y su Museo Nacional de 

Wáshington, facilite el conocimiento del dominio nacional a propios y 

extraños y haga converger en Buenos Aires los elementos que faciit- 

ten el de las otras naciones sudamericanas y su intercambio científico, 


Y es propicio el momento para iniciar un movimiento activo en este 

sentido. Dentro de cinco años celebraremos el centenario de la declaración 

de nuestra Independencia Nacional; y si en 1910 nuestras Exposiciones 

Internacionales y Nacionales han mostrado cuánto ha aumentado la Na- 

ción en un siglo, y cuánto de la industria nacional y extranjera puede apro- 

vechar la*Nación para su desarrollo, podríamos presentar en 1916, a 

la observación de nativos y extranjeros, lo que casi no se tuvo presente 

en 1910: el retrospecto de nuestro suelo y de nuestra historia a tra- 

vés de los tiempos, el relieve de la tierra y las condiciones de las 

aguas, las riquezas naturales en sus propios ambientes y en sus va- 

riadas aplicaciones, todos los elementos de fuerza nacional, todo. cuan- 

to revele la seguridad del porvenir argentino, el derecho de esta Na- 

ción a ser considerada como una de las privilegiadas del globo, con 

los deberes que este privilegio comporta. Los americanos del Norte 

dicen que la nación más próspera de hoy es los Estados Unidos; nos- 

otros podemos agregar, sin temor, que la nación más próspera del he- 

misferio sur es la Argentina: y la demostración de esta verdad en 

1916 sería el mejor homenaje a la gran fecha histórica. Para ese 

centro de investigaciones, que tanto puede influir en nuestros des- 

tinos, son indispensables las colecciones del doctor Ameghino, que 

reunen cientos de miles de piezas geológicas, paleontológicas y an- 

tropológicas, las que tendrán que ser examinadas por todo estudioso - 

del pasado en esta América. | 


En estas colecciones están representados casi la totalidad de todos 

los mamíferos fósiles argentinos y todas las piezas sobre las que 

el doctor Ameghino fundó su vasta nomenclatura paleontológica. Na- 

- die que deba estudiar la organización de los seres desaparecidos, des- 

de la más remota antigiiedad, del suelo austral americano, podrá hacer- 

lo sin consultar esas. colecciones. Su biblioteca, en cuanto se refiere 

a obras geográficas, geológicas y paleontológicas relacionadas con 

esta parte de América, no tiene igual; y los manuscritos del doctor 

Ameghino contienen toda la obra de su espíritu, el embrión y el 

desarrollo de sus ideas y teorías, con sus modificaciones últimas, 

hasta la víspera de su muerte, y entre ellos, me consta, hay algu- 

nos inéditos que son producciones de aliento, cuya publicación agre- 

gar más renombre al que ya corresponde a nuestro eminente com- 

patriota. 


Muchos años, mucha suerte y mucho dinero se necesitaría para re- 

hacer. esas colecciones y biblioteca; pero si se consiguiera rehacerlas, 

i los estudiosos argentinos lamentarian siempre que las piezas tipos del 

doctor Ameghino no se encontraran al lado de las piezas tipos del 

doctor Burmeister, en el Museo Nacional de Buenos Aires y se hubiera 

cedido al extranjero e incorporado a las colecciones del Museo Nacio- 

nal de Wáshington, al Museo de Historia Natural de Nueva York, al 

Museo Británico, al Museo de Paris, al Museo Real de Berlín, o a 

otros de andloga importancia. 


A que tal cosa no suceda, a que las colecciones, libros y manus- 

critos, la otra toda del doctor Ameghino quede en esta capital, en 

el Museo Nacional, y sirva en éste a todos los estudiosos del mundo, 

con lo que la gran Capital del Sur llenaría uno de sus fines y debe- 

res, tiende el proyecto de ley que dejo fundado. 


(Pasó el proyecto a la Comisión de Instrucción Pública). 




Ilustración: Nikolaos Gyzis



Soledad, la de Barracas (Andrés Carlos Bahr - José García Lopez)

Aunque no tuve colegio A nadie supe faltar Hoy ando medio animado Con unos tragos de más Equivocando el pasado Se me dio por festejar Como n...