viernes, 15 de mayo de 2026

Tranvía (Andrea Bocconi)






Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos”, pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.


Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.


Dudó. Ella bajó.


Se sintió divorciado: “¿Y los niños, con quién van a quedarse?”




Ilustración: Carlos Franken

jueves, 14 de mayo de 2026

En la sierra (Arturo Barea)







Esto fue en el primer otoño de la guerra.


El muchacho -veinte años- era teniente; el padre, soldado, por no abandonar al hijo. En la Sierra dieron al hijo un balazo, y el padre le cogió a hombros. Le dieron un balazo de muerte. El padre ya no podía correr y se sentó con su carga al lado.


-Me muero, padre, me muero.


El padre le miró tranquilamente la herida mientras el enemigo se acercaba. Sacó la pistola y le mató.


A la mañana siguiente, fue a la cabeza de una descubierta y recobró el cadáver del hijo abandonado en mitad de las peñas. Lo condujo a la posición. Le envolvieron en una bandera tricolor y le enterraron.


Asistió el padre al entierro. Tenía la cabeza descubierta mientras tapaban al hijo con la tierra aterronada, dura de hielo.


La cabeza era calva, brillante, con un cerquillo de pelos canos alrededor. Con la misma pistola hizo saltar la tapadera brillante de la calva.


Quedó el cerquillo de pelo gris rodeando un agujero horrible de sangre y de sesos.


Le enterraron al lado del hijo.


El frío de la Sierra hacía llorar a los hombres.




Ilustración: Jorge Frasca

miércoles, 13 de mayo de 2026

La partida (Leónidas Barletta)







Trajeron agua del río, y se lavó, despacio.


-Mire, Adelina, deme una camisa limpia -dijo con voz ahogada-, quiero irme decente.


La mujer le anudó el pañuelo al cuello y le peinó el cabello largo alrededor de las orejas.


-Bueno; me voy -dijo con una exaltación ahogada-. Tráigame el rebenque grande, ¿quiere?


Los ojos, chiquitos, con un anillo de agua en la pupila, brillaron agudos por un instante.


-Bueno; me voy -repitió, ensimismado.


La mujer se movió; fija la mirada triste, las manos, cruzadas sobre el vientre.


-Bueno; me voy -tornó a decir, y agregó con cierta firmeza: -Déjela entrar nomás a la Elenita.


La muchacha entró, demudada. Quedó inmóvil junto a su padre y gruesas lágrimas empezaron a mojarle la cara.


-¿Por qué llora, pues? -dijo él suavecito-. Enjúguese. Acérquese a besar a su padre. No pierda el tiempo. Ya tendrá ocasión de llorar. Béseme de una vez y hágalo entrar al Emilio.


La separó despacito de su rostro y la muchacha salió, hipando.


Afuera se detuvo frente a su hermano y a su madre y dijo, aspirando las sílabas:


-¡Se va!


La puerta del rancho volvió a chirriar y entró el varón, serio, indeciso, mirando con insistencia al suelo, balanceándose como si tuviese que tomar impulso para dar un salto.


El padre lo miró de hito en hito, y de repente, exclamó con la voz alterada:


-Vea, muchacho… Deme su mano… ¡Qué embromar…! ¡Si es un alivio…! -y al apretar la mano, añadió…-: ¡Esto me basta!


Y como sabía que su hijo no iba a soltar palabra, dijo por él:


-¡Y que me vaya lindo!


Fue un apretón de manos corto, firme.


-Deje entrar ahora a su madre, que está esperando.


Salió el mozo, con la boca apretada, respirando fuerte y esquivando los ojos. Se plantó frente a su madre y a su hermana y masculló entre dientes, como con rabia:


-¡Se va!


Y entró la madre. Se aproximó lentamente al hombre; los ojos colorados, la boca estremecida.


-Siéntese -murmuró él-. Quédese un ratito así. No me diga nada. ¿Comprende?


Varillas de luz caían desde el techo del rancho. Oían distintamente el ruido que hacían los dos al respirar.


Él no necesitó mirarla para saber que tenía los ojos llenos de lágrimas. Le dijo con dulzura:


-Mire, Adelina, usté no pudo ser mejor de lo que fue… Mire… ¡y ojalá yo hubiese sido como usted quiso que fuera…! ¡Verdá…! ¡Verdá…!


Hizo un instante de silencio y luego:


-¡Está bueno…! Mire, Adelina, prepárese nomás. Y déjese de andar lloriqueando. Todas las partidas son lo mesmo. Verdá. Y ahora, con su licencia, déjeme que me vaya.


Entonces la mujer se arrodilla y barbota entre sollozos:


-No, Bautista, si usté no se me va. ¡Qué se me va a ir! ¡Cómo me va a dejar a mí solita! ¡Hemos andado tanto tiempo acollarados! ¡No, si usté no se me va!


Pero se interrumpe de golpe porque la mano de su hombre ha caído inerte fuera del camastro.


Ahora se enjuga los ojos, sale del rancho, enfrenta desesperada a sus hijos y dice con voz ronca:


¡Se jue!




Ilustración: Balthazar Klossowski de Rola

martes, 12 de mayo de 2026

Los mareados (Enrique Cadícamo - Juan Carlos Cobián)

 





Rara..

como encendida

te hallé bebiendo

linda y fatal...

Bebías

y en el fragor del champán,

loca, reías por no llorar...

Pena

Me dio encontrarte

pues al mirarte

yo vi brillar

tus ojos

con un eléctrico ardor,

tus bellos ojos que tanto adoré...


Esta noche, amiga mía,

el alcohol nos ha embriagado...

¡Qué importa que se rían

y nos llamen los mareados!

Cada cual tiene sus penas

y nosotros las tenemos...

Esta noche beberemos

porque ya no volveremos

a vernos más...


Hoy vas a entrar en mi pasado,

en el pasado de mi vida...

Tres cosas lleva mi alma herida:

amor... pesar... dolor...

Hoy vas a entrar en mi pasado

y hoy nuevas sendas tomaremos...

¡Qué grande ha sido nuestro amor!...

Y, sin embargo, ¡ay!,

mirá lo que quedó...





Ilustración: Jack Vettriano

domingo, 10 de mayo de 2026

A un domador de caballos (Leopoldo Marechal)

 






1


Cuatro elementos en guerra

forman el caballo salvaje.

Domar un potro es ordenar la fuerza

y el peso y la medida;

es abatir la vertical de fuego

y enaltecer la horizontal de agua;

poner un freno al aire, dos alas a la tierra.


¡Buen domador el que armoniza y tañe

las cuatro cuerdas del caballo!

(Cuatro sonidos en guerra

forman el potro salvaje).

Y el que levanta las manos de músico y las pone

sobre la caja del furor

puede mirar de frente a la Armonía

que ha nacido recién

y en pañales de llanto.

Porque domar un potro

es como templar una guitarra.


2


¡Domador de caballos y amigo que no pone

fronteras a la amistad,

y hombre dado al silencio

como a un vino precioso!

¿Por qué vendrás a mí con el sabor

de los días antiguos,

de los antiguos días abiertos y cerrados

a manera de flores?

¿Vienes a reclamar el nacimiento

de un prometido elogio,

domador de caballos?


(Cordajes que yo daba por muertos resucitan:

recobran en mi mano el peligroso

desvelo de la música).


3


Simple como un metal, metal de hombre,

con el sonido puro

de un hombre y un metal;

oscuro y humillado

pero visible todavía el oro

de una nobleza original que dura

sobre tu frente;

hombre sin ciencia, mas escrito

de la cabeza hasta los pies con leyes

y números, a modo

de un barro fiel;

y sabio en la medida

de tu fidelidad;

así vienes, amigo sin fronteras,

así te vemos en el Sur:

y traes la prudencia ceñida a tus riñones.

Y la benevolencia

como una flor de sal en tu mirada

se abre para nosotros, domador.


4


¡Edificada tarde!

Su inmensa curva de animal celeste

nos da la tierra;

somos dos hombres y un domador de caballos,

puestos en un oficio musical.

Hombre dado al silencio como a un vino precioso,

te adelantas ahora:

en tu frente la noble costumbre de la guerra

se ha dibujado como un signo,

y la sagacidad en tu palabra

que no deshoja el viento.


5


¿Qué forma oscura tiembla y se resuelve

delante de nosotros?

¿Qué gavilla de cólera recoge

tu mano, domador?

(Cuatro sonidos en guerra

forman el potro salvaje.)

Somos dos hombres y un domador de caballos

puestos en un oficio musical.


Y el caballo es hermoso: su piel relampagueante

como la noche;

con el pulso del mar, con la graciosa

turbulencia del mar:

hecho a la traslación, a la batalla

y a la fatiga: nuestro signo.


6


El caballo es hermoso como un viento

que se hiciera visible,

pero domar el viento es más hermoso

y el domador lo sabe.


Y así los vemos en el Sur: jinete

del río y de la llama;

sentado en la tormenta

del animal que sube como el fuego

que se dispersa como el agua viva;

sus dedos musicales afirmados

en la caja sonora

y puesta su atención en la Armonía

que nace de la guerra, flor de guerra.


7


Así lo vimos en el Sur. Y cuando,

vencedor y sin gloria,

hubo estampado en el metal caliente

de la bestia su sello y nuestras armas,

¡amigo sin riberas! lo hemos visto

regresar al silencio,

oscuro y humillado,

pero visible todavía el oro

de una realeza antigua que no sabe

morir sobre su frente.


Su nombre: Domador de Caballos, al Sur.

Domador de caballos,

no es otra su alabanza.




Ilustración. Aldo Chiappe


sábado, 9 de mayo de 2026

Vienen (Samuel Beckett)






vienen

diferente e iguales

con cada una es diferente y es igual

con cada una la ausencia de amor es diferente

con cada una la ausencia de amor es igual


vienen

diferentes e idénticas

con cada una es diferente y es lo mismo

con cada una la ausencia de amor es diferente

con cada una la ausencia de amor es la misma




Ilustración: Joseph Stallaert


Tranvía (Andrea Bocconi)

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos”, pensó. La sal...