miércoles, 22 de abril de 2026

Elegía para una yunta brava (Pedro Orgambide)







Ustedes dirán qué hace Santiago Cruz en el cementerio de los rusos; esas son cosas de él y uno no es nadie para meterse en su vida. Habrá ido a tomar sol entre las tumbas, digo yo. Pero no, si sabe quedarse hasta que el sol baja por el muro de La Tablada, entre esas piedras llenas de ganchitos que, según dicen, son letras, nombres de difuntos. Solo, apoyado en un árbol, ve pasar a la gente que llora a sus muertos detrás del cura de ellos, un tipo que va cantando a lo loco, como perro en pena, con un libro en la mano. Respetuoso, Santiago Cruz se toca el ala del sombrero, baja los ojos hasta sus zapatos, mira una hormiga con un palito a cuestas. Va cayendo la noche y Santiago Cruz sigue allí, hasta que alguien le dice que es tarde, que van a cerrar el camposanto. Se va y toma una ginebra en el primer boliche y otra un poco más lejos y otra al llegar a su casa. Da lástima verlo, a él, que fue un taura, achicarse como pasa de uva en el crepúsculo, acariciando un perro.

Porque Santiago Cruz, allá por el veinte, cuando ustedes no habían nacido, supo ser una luz en la milonga, un beneficio para el hembraje. Era el mimado del quilombo. No había cumplido veinte años y ya tenía más historia que San Martín. Bien trajeado, con un reloj y cadena de oro, recuerdo de una de sus mujeres (que fueron muchas) llegaba a eso de las seis, a matear con las pupilas, a tomar una copita con la madama, que lo quería como a un hijo. Servicial, él retribuía las atenciones, y cuando una de ellas cumplía años, arrimaba al quilombo un paquete de merengues de El Molino. Así como lo oyen. Sabía ser dulce y cariñoso, cosa que las hembras agradecen, y nunca hizo alarde de guapeza aunque debía, a su edad, varias muertes.

Entonces, se llegaba al quilombo en carro. Así venían los matarifes y cuchilleros, aquí a Mataderos, que es el barrio de Santiago Cruz, aunque él supo alternar en San Fernando y también en la Boca y la isla Maciel, de putañero y curioso que era. Llegaban los carros, digo, con su gente mamada y ruidosa, y estas calles eran un carnaval, señores, con farolitos y guitarras. Todavía, en los patios, era costumbre bailar con las muchachas y ahí se lucía Santiago Cruz, un tigre en la milonga, y un junco, una vara florida en aquel vals criollo que tocaba el violinista ciego. Bailaba como un dios, perdonando a los presentes, como ya no se baila. Una de sus mañas era dejar a la mujer pidiendo, soltarla un poco, aflojarle la rienda, para después darle en las ancas, la mano abierta como una cachetada, el cuerpo distante, medio echado hacia atrás, adonde ella iba a parar al fin, arrinconándose en el pecho. Entonces Santiago Cruz, siempre bailando, se apartaba del barullo, cruzaba con la mujer por el patio de ladrillo. Ella alzaba la cortina de junco, entraban en la pieza, y allí se quedaba, caballeros, hasta que cantara el gallo.

Por menos de una noche jamás tuvo una mujer y ese fue su arte, andar sin apuro en el hembraje. No cualquiera se quedaba a nochear en el quilombo, a oír el canto de la calandria abrazado a una mujer. Para él fue costumbre. Después, se iba a refrescar con el agua de la bomba, a oír el silencio de la casa, a esa hora en paz como un convento. En la higuera ya estaban alborotando los pájaros, y en las calles, en estas calles, señores, que antes eran de tierra, ya se oían los carros que iban para el matadero.

Un olor de sebo y sangre, de bosta y de matanza, se le metía en las narices que un rato antes olfateaban el agua florida de la hembra. Por el oeste se levantaba una polvareda, un mugido de pampa. Pero ya Santiago Cruz rumbeaba para el centro, y el oeste eran las casas bajas a un costado de las vías y él, sentado en el banco de madera, entre los infelices que iban al trabajo, en el tren de los ganapanes, cabeceaba un sueñito porque le molestaba la fealdad. Si el guarda lo golpeaba en el hombro como si fuera un borracho, Santiago Cruz le daba un chicotazo de colmillo o le bajaba la gorra hasta los ojos o le decía ¿qué hacés gallego?, aunque el otro recién dejara el chiripá. Pero eso rara vez ocurría porque de sólo verlo, aunque estuviera dormido, se le adivinaba el coraje.

El resplandor de la ciudad le pegaba de frente. Quizá por eso requintaba el ala del chambergo y se iba contoneando sobre sus tacos militares, arrimado a la pared, por las calles laterales del ruido. Era hombre de noche y el día le parecía un desperdicio, una insolencia. Hasta que se abrían los quilombos era hombre perdido. Toleraba, apenas, el boliche donde otros se entreveraban en el truco, en inútiles pendencias, en aspavientos y empujones. Poco amigo de las confidencias, prefería la ginebra en el estaño, la solitaria contemplación de una moldura, de un angelito de yeso. A veces, con desgano, caía por el comité.

No iba para servir, aunque el doctor le era tan aficionado. No; si caía por allí, era sólo por despuntar un monte, para tirar la taba o palpitar una riña de gallos. Supo tener un bataraz, mañero y bravo como él solo. Verlo pelear era una fiesta. Astuto como un cristiano, esquivaba el ataque encogiendo el cogote, dando saltitos, como de miedo, como de puta en la milonga. El otro se envalentonaba y se venía caliente y ciego picoteando a bulto. Para qué. Ahí nomás el cogote del bataraz se estiraba como un brazo, se le abrían las alas (de águila parecía, che) y entraba a picotear los ojos del infeliz, que sangraba en el ruedo. Y ahí el bataraz se iba de un salto (volaba, señores, volaba para matar) y el otro caía hecho un montón de plumas y miseria. Santiago Cruz, displicente, juntaba los pesos de la apuesta y se iba con el bataraz hacia el quilombo.

Porque allí lo tenía, en una jaula, junto al loro y los patos de la madama. Cuando curaba al gallo, las pupilas se alborotaban imaginando ese derroche de pelea y de sangre, sin comprender. Un día el gallo amaneció muerto, envenenado. Una de ellas lo mató. De celos, señores, como oyen. De celos por el bataraz que Santiago Cruz llevaba bajo el brazo.

Infeliz, le dijo. Y la sopapeó con tristeza. La otra, de rodillas, lloraba como una Magdalena. Él se fue, sin rencor. La madama no le vio más el pelo. Esperó, inútilmente. Decía, a quien quería oírla, que el quilombo se había quedado huérfano.

Es que gaviones como Santiago Cruz no hubo muchos en Buenos Aires. Las mujeres pagaron sus favores, trabajaron para él, para sus vicios. Sin embargo, no fue un cafiolo organizado. Nunca anduvo en la trata ni en los negocios raros. Canfinflero, bailarín, guapo, se prodigaba en los quilombos, en las fiestas, en el asado electoral. De gusto nomás, sin otras intenciones. Cuando se alzaba con una dama no era pensando en la ganancia; nunca sacó el cuchillo para pelear un peso como otras ratas del suburbio. No fue un rufián, señores, sino un hombre que se dejaba querer.

Les digo esto porque ahora hay gente sonsa que habla de lo que no sabe y confunde a un compadre con cualquiera. Santiago Cruz mató, es cierto, pero nunca de vicio. Fue siempre en defensa propia, siempre por envidia de otro que no pudo soportar su pinta, su altivez, su suerte. Muy instruido, verseador, tenía conversación y unas manos finas para la caricia y el naipe.

Les digo esto también para que sepan qué hembra merecía ese hombre. Porque un día, señores, hizo yunta.

Pero ahora voy a tomar un trago, a aclararme el garguero. Tengo que hablar de la Berta.

¿Qué? ¿Quién fue la Berta? Fue una reina, señores. Una yegua de piel blanca, diosa de los quilombos. Alta, grande, generosa, tenía la melena negra, los ojos verdes, los pies chicos y una risa que hacía temblar de gusto a la clientela. Todos esos desgraciados se morían por la risa de ella, por que les dijera querido alguna de esas noches, por besarle la trompa. Número fuerte de la casa, ambición del pobre que se encerraba con una triste turra, la Berta supo tener tratos con ministros que le bancaban la noche. ¿Para qué hacer nombres, señores? Pero más de un bacán putañero, más de uno que ahora es calle o estatua de plaza, fue a pedir los favores de la Berta.

Todo eso es historia, y ustedes, por cachorros, saben poco de eso. Pero en ese entonces había una punta de rusos caralisas, minos canfinfleros, que laburaban en la trata. Se tomaban el barco e iban a buscar mercadería a Polonia o a Marsella y se traían a las potrancas con el cuento del casorio. Uno de esos cosos se trajo a la Berta cuando tenía quince años.

No estoy bolaceando, compañero. Si no me cree pregúntele al de la tiendita, que las sabe todas. El puede contarle cómo la yuta de los polacos sacaba carpiendo a los judíos de las casas y los cagaba a palos y sablazos. Hasta les tiraban chicos al fuego, mientras incendiaban las iglesias de ellos. ¿Que no? Vayan, pregúntenle a él, que lo dejaron tuerto en el entrevero. ¿O se creen que lleva el ojo de vidrio por joder nomás? Bueno, como les decía, la yuta los corría, y ellos se caían del mapa. Así era fácil pescar a esas pobres desgraciadas que soñaban con venir a América.

Dicen que cuando la Berta estaba en el Hotel de Inmigrantes y vio a los bichitos de luz en el baldío, creyó que era el oro que flotaba en el aire. Pobre gringa. Apenas el cafishio la metió en el mateo, ya la estaba sobando, ya la estaba entregando a la madama. Contenta, la Berta se quitó las pilchas, tomó una sopa de remolacha, se zampó un vestido de seda y esa noche nomás ya estaba en la catrera con un negro. Así es la vida, amigo. Peor es la muerte.

Ella lo supo pronto. Nunca lloró la carta, se aficionó al trabajo, aprendió con los reos esos tangos de antes. Cantaba lindo la Berta. En el patio, rodeada por la clientela, sabía enloquecer de gusto a los compadres.

Cuando Santiago Cruz entró, allá estaba cantando uno de esos tangos reos, con una voz gangosa y arrastrada, la mano en la cintura, una gamba adelante, la otra apoyada, con todo lo demás, en la columna de la galería. Verla y desearla fue uno, desde la blusa que le apretaba esas tetas de reina, hasta la panza curvada en la pollera negra como diciendo: tócame. Fue verla y desearla cuando ella estiró el cogote, insolente, cantando, desafiando al recién llegado que le sostuvo la mirada. Allí estaba Santiago Cruz, impasible, pero con los ojos queriendo y la sonrisa, decente como siempre, pero saliéndose de la vaina por morder esa boca que cantaba aquello de la mina derecha y del purrete de puente Alsina. Fue un segundo nomás, lo que dura un relámpago. Pero bastó y sobró para entenderse.

Cantás lindo —le dijo—, cantás con sentimiento. Le miraba los ojos, tan verdes como esa hoja de la higuera con su gotita de agua, y la gota caía, pero ahora en la comisura de los labios de Berta, mientras hablaba y se reía y mostraba los dientes. A él, que era un experto, le tembló el zurdo, se quedó mirándola como un sonso, como un chico que ve pasar una nube en el potrero y la va siguiendo con los ojos.

¿A Santiago Cruz quién no lo conoce? —dijo ella. Pero él estaba aspirando ese perfume de la piel y la blusa, tan cerca, y tuvo miedo de contestar —¡Él, justamente!— y la Berta se calló también y dio un paso atrás cuando el hombre se inclinó, buscándola.

Yo no sé explicar eso, señores. No sé tampoco qué se dijeron esa noche, en la galería de la casa. No sé si la Berta se negó a entrar en la pieza o si él no se lo pidió; dicen que estuvieron sin tocarse, durante horas, mirándose, en el fondo, bajo la luna.

A la mañana, la Berta dejó la casa. Pagó la libertad para servir al hombre. Todo lo que había ganado, que era mucho, quedó en manos de la madama. Hasta esa estrellita de oro que ella llevaba sobre el pecho, donde otras llevan la cruz. En su valija de fibra fue poniendo las pilchas, no las de lujo, que quedaron en la casa, sino esas de la decencia que ahora eran su ajuar. Como una novia la miraban las pupilas. Tan blanca, con la melena hecha trenza sobre el pecho, parecía una virgen. Cruzó el patio, entre saludos y besos de hembras, entró al zaguán de mosaicos, y corrió a la puerta donde Santiago Cruz la estaba esperando.

En tranvía llegaron a la pensión. Casi se echa a llorar cuando Santiago Cruz dijo “mi mujer” al presentarla, cuando entró en la pieza de su hombre. Fue vichando todo de a poco, pasando la mano por el tualé con palangana, por la pared, por la silla donde él dejó el saco, su cuchillo, su lengue. Iba como bailando sola mientras él la besaba, mientras la desnudaba frente a la luna del ropero. Las manos del hombre la iban llevando como en el tango y ella se sentía sonsa, nada, nadie, hasta que él la volteó en la catrera. Ella lo veía (lo mismo que la primera vez en el quilombo) con los ojos queriendo y la sonrisa, y luego en esa confianza de la boca, en esa osadía de la lengua, mientras los dos se iban conociendo. Sin apuro, Santiago la fue buscando, chamuyándole en la oreja, esquivando, como un bataraz, los picotazos, los besos a lo loco. Como su gallo también, se alzó de pronto como un dios, y ella supo lo que un hombre puede cuando quiere. En el revuelo se le había desatado la trenza en esa piel blanca, como leche: una crin negra, una melena de sudor y deseo que le caía hasta las ancas. A él le pareció que se escapaba. La apretó contra los fierros de la cama, contra su pecho, contra su cosa de hombre, y entonces ella se dejó hacer, peleando todavía, gimiendo, con los ojos cerrados.

No hay nada más lindo que un animal cansado por el amor, y así estaba ella, a la mañana, dormida como un ángel. Sin querer, como jugando, él le picoteaba la nariz, los labios gruesos, las piernas tan grandes para esos pies chiquitos, de bataclana, que tenía la Berta. Sin querer, como jugando, le hurgaba los rincones, la sobaba, hasta que ella lo empujó con sus piernas, sin querer, como jugando, como si lo peleara y después le pidiera perdón con el regalo de sus pechos. Y quién iba a decir que no con esa fiesta, tan luego él, Santiago Cruz, él que la venía buscando en tanta noche de quilombo. Aunque ahora era distinto, ahora —recordaba la Berta— él había dicho “mi mujer” al presentarla.

Linda yunta. En los bailongos, donde habían juntado su fama, solían caer con un aire de dicha que contagiaba a los presentes. Bailaban enlazados, como si fueran un solo cuerpo, un mismo tango, una reunión donde el resto no contaba, sólo ellos, la yunta, entre tantos mirones. Para qué más, si los dos se bastaban. Para qué más, si verlos era una ceremonia, compañeros. Él la llevaba, sin exigir, sabiéndola, y ella lo seguía, volcada sobre el pecho.

La Berta dejó la vida, Santiago Cruz no pisaba un quilombo. Hacía algunas changas en Barracas con el carro florido de un vasco; traía, creo, tierra negra de unas quintas de Quilmes.

Por la noche, ella cantaba en “Balalaika”, un cafetín ruidoso del Bajo, una cantina de gringos, de rusos y polacos en pedo, que después de tomar vodka, la ginebra de ellos, tiraban el vaso sobre e hombro. Subida a una mesa, la Berta cantaba esquivando los manotazos de los parroquianos; los hacía desear y los dejaba pagando. Calientes por el vodka y por ella, los gringos chillaban como locos. Cuando se ponían cargosos, cuando ya se iban al humo, ella se ponía a berrear el Ochichornia, el Volga, y otras tristezas que dejaban planchados a los rusos. Había que verlos llorar como criaturas a esos brutos, goterones así les salían de los ojos. Apenas clareaba, usted los veía tirados sobre las mesas, durmiendo la mona. Los mozos despertaban a los sin patria que sacaban unos billetes arrugados. Y allá se iban: los estibadores al puerto, los changadores a Constitución y a Retiro, y un ruso funebrero… a “las pampas fúnebres”, como él decía.

Santiago Cruz estaba allí, esperándola. La Berta le apoyaba la cabeza en el hombro, y juntos volvían al bulín, sin hacer caso de tanta marinería borracha, de tanto gil en curda, de tanto minaje reo que, a la luz del día, con el revoque a la miseria, se arrastraba de los piringundines de la noche a los hoteles y pensiones del Bajo. Algún turco en camiseta, alguna paica en bolas se asomaba a un balcón de 25 de Mayo, puteando por no poder dormir. Se habían apagado los letreros, y en esa luz lechosa de la primera mañana, las hembras pintadas parecían mascaritas.

Menos Berta, vestida de negro y dignidad. La yunta volvía a casa, tomaban unos mates y cuando los otros rajaban pa el laburo, ellos se iban derecho a la catrera.

Linda vida. Después de comer, tenían la tarde para sacarse el gusto. La Berta, que había llenado la pieza de cortinitas y chirimbolos, soñaba ahora con la casita de ladrillo y cal y parras y jazmines. Además había bordado un almohadón de plumas. Allí recostaba la cabeza Santiago Cruz; a veces, dormido, soñaba una pelea, una milonga, un quilombo perdido. No es que despreciara los primores de la Berta. Al contrario. Pero la cabra al monte tira, compañeros.

Así fue cómo una noche pasó, como al descuido, por una de esas casas de placer, que le dicen, y se quedó arrimado. La Berta lo esperó. Y lloró como una perra perdida. Ella, que fue una diosa. No es de macho dar explicaciones, así que Santiago Cruz no dijo nada. Ni esa noche ni otras.

Hembras como la Berta no lloran porque sí. Una loba de esas clava los dientes para pelear lo suyo. Cuando la vio entrar, la madama abrió los ojos como el dos de oro. La Berta se abalanzó hacia la negra, la agarró de los pelos y empezó a zamarrearla; tomá, le decía mientras la cacheteaba; tomá, piojosa, tomá, tomá… y ella estaba llorando, ella, la Berta, de vergüenza por haberlos seguido, porque Santiago le jugara sucio, a ella que lo quería… te quiero… te quiero… te quiero…, oía que decía Santiago mientras la otra le desgarraba la blusa… ¿o era él que la andaba buscando, otra vez?… Sí, era Santiago Cruz que apareció de pronto y dijo basta, y separó a las mujeres que rodaban, arañándose como gatas por el suelo.

Lo mismo que al bataraz, Santiago Cruz le curó las heridas. Después le besó las marcas como quien besa un crucifijo. Tirada en la cama, llorando todavía, ella lo recibió.

Esa noche soñó con su patria; soñó un incendio, un grito, un atropello, se despertó temblando, llamó a Dios en su idioma.

Santiago Cruz la abrazó. Siempre en yunta, le dijo.

El hombre propone y Dios dispone, compañeros. Fue a la noche siguiente, en el “Balalaika”, cuando ocurrió eso que no debió pasar, cuando uno de esos mamados se puso a joder. No, no fue un gringo; fue un mal compadre, un cuchillero que la había deseado, un envidioso de la suerte de Santiago Cruz. “Cantate la Morocha, gringa”—gritaba desde la mesa. Y ella, como si no lo oyera. Ella cantaba un tango si quería; o; mejor, si Santiago Cruz se lo pedía con los ojos, como aquella vez en el quilombo. Más temprano que de costumbre, apareció en el boliche el marido de la Berta. Se hizo un silencio respetuoso. Entonces ella cantó; para él. Cantó aquello de la mina derecha y el macho de Puente Alsina, cantó para su hombre, no para el insolente que se levantó de la mesa y quiso ponerla la zarpa en su cuerpo de diosa. Fue un momento, nomás. Pero la vida también es un momento. Rápido salió el cuchillo del maula; rápido también el de Santiago Cruz. Entre los dos, como un relámpago, se interpuso la Berta. Confundido, rabioso, el otro le tiró una puñalada.

Se le cayó en los brazos, como bailando. Santiago Cruz la sostuvo, las manos inútiles para la venganza. Ella lo vio como en un sueño. Venía caminando hacia ella entre los gritos y sablazos de la infancia, venía caminando por su pueblo de Polonia con una flor en la mano; desde allí ella le pidió que la enterraran en el cementerio de los gringos; vio un barco que volvía, el mar que Santiago Cruz no conoció.

Así terminó la yunta compañeros. Durante un tiempo, el hombre fue buscando en los boliches a ese que le debía su muerte. Lo encontró en un quilombo. Sin cuidarse (ya era la mitad de sí mismo) lo peleó sin arte, sin respeto. Lo dejó tirado, despatarrado, con los ojos abiertos.

Ojalá hubiera muerto. Entonces no estaría condenado a juntar tanta basura del corazón, a contarles, como ahora, esta historia.





Ilustración: Asit Kumar Patnaik

martes, 21 de abril de 2026

Patrón (Abelardo Castillo)







La vieja Tomasina, la partera se lo dijo, tas preñada, le dijo, y ella sintió un miedo oscuro y pegajoso: llevar una criatura adentro como un bicho enrollado, un hijo, que a lo mejor un día iba a tener los mismos ojos duros, la misma piel áspera del viejo. Estás segura, Tomasina, preguntó, pero no preguntó: asintió. Porque ya lo sabía; siempre supo que el viejo iba a salirse con la suya. Pero m'hija, había dicho la mujer, llevo anunciando más partos que potros tiene tu marido. La miraba. Va a estar contento Antenor, agregó. Y Paula dijo sí, claro. Y aunque ya no se acordaba, una tarde, hacía cuatro años, también había dicho:

–Sí, claro.

Esa tarde quería decir que aceptaba ser la mujer de don Antenor Domínguez, el dueño de La Cabriada: el amo.

–Mire que no es obligación. –La abuela de Paula tenía los ojos bajos y se veía de lejos que sí, que era obligación. –Ahora que usté sabe cómo ha sido siempre don Antenor con una, lo bien que se portó de que nos falta su padre. Eso no quita que haga su voluntad.

Sin querer, las palabras fueron ambiguas; pero nadie dudaba de que, en toda La Cabriada, su voluntad quería decir siempre lo mismo. Y ahora quería decir que Paula, la hija de un puestero de la estancia vieja –muerto, achicharrado en los corrales por salvar la novillada cuando el incendio aquel del 30– podía ser la mujer del hombre más rico del partido, porque, un rato antes, él había entrado al rancho y había dicho:

–Quiero casarme con su nieta –Paula estaba afuera, dándoles de comer a las gallinas; el viejo había pasado sin mirarla. –Se me ha dado por tener un hijo, sabes. –Señaló afuera, el campo, y su ademán pasó por encima de Paula que estaba en el patio, como si el ademán la incluyera, de hecho, en las palabras que iba a pronunciar después. –Mucho para que se lo quede el gobierno, y muy mío. ¿Cuántos años tiene la muchacha?

–Diecisiete, o dieciséis –la abuela no sabía muy bien; tampoco sabía muy bien cómo hacer para disimular el asombro, la alegría, las ganas de regalar, de vender a la nieta. Se secó las manos en el delantal.

El dijo:

–Qué me miras. ¿Te parece chica? En los bailes se arquea para adelante, bien pegada a los peones. No es chica. Y en la casa grande va a estar mejor que acá. Qué me contestas.

–Y yo no sé, don Antenor. Por mí no hay... –y no alcanzó a decir que no había inconveniente porque no le salió la palabra. Y entonces todo estaba decidido. Cinco minutos después él salió del rancho, pasó junto a Paula y dijo "vaya, que la vieja quiere hablarla". Ella entró y dijo:

–Sí, claro.

Y unos meses después el cura los casó. Hubo malicia en los ojos esa noche, en el patio de la estancia vieja. Vino y asado y malicia. Paula no quería escuchar las palabras que anticipaban el miedo y el dolor.

–Un alambre parece el viejo.

Duro, retorcido como un alambre, bailando esa noche, demostrando que de viejo sólo tenía la edad, zapateando un malambo hasta que el peón dijo está bueno, patrón, y él se rió, sudado, brillándole la piel curtida. Oliendo a padrillo.

Solos los dos, en sulky la llevó a la casa. Casi tres leguas, solos, con todo el cielo arriba y sus estrellas y el silencio. De golpe, al subir una loma, como un aparecido se les vino encima, torva, la silueta del Cerro Negro. Dijo Antenor:

–Cerro Patrón.

Y fue todo lo que dijo.

Después, al pasar el último puesto, Tomás, el cuidador, lo saludó con el farol desde lejos. Cuando llegaron a la casa, Paula no vio más que a una mujer y los perros. Los perros que se abalanzaban y se frenaron en seco sobre los cuartos, porque Antenor los enmudeció, los paró de un grito. Paula adivinó que esa mujer, nadie más, vivía ahí dentro. Por una oscura asociación supo también que era ella quien cocinaba para el viejo: el viejo le había preguntado "comieron", y señaló los perros.

Ahora, desde la ventana alta del caserón se ven los pinos, y los perros duermen. Largos los pinos, lejos.

–Todo lo que quiero es mujer en la casa, y un hijo, un macho en el campo –Antenor señaló afuera, a lo hondo de la noche agujereada de grillos; en algún sitio se oyó un relincho–. Vení, arrímate.

Ella se acercó.

–Mande –le dijo.

–Todo va a ser para él, entendés. Y también para vos. Pero anda sabiendo que acá se hace lo que yo digo, que por algo me he ganao el derecho a disponer. –Y señalaba el campo, afuera, hasta mucho más allá del monte de eucaliptos, detrás de los pinos, hasta pasar el cerro, abarcando aguadas y caballos y vacas. Le tocó la cintura, y ella se puso rígida debajo del vestido. –Veintiocho años tenía cuando me lo gané –la miró, como quien se mete dentro de los ojos–, ya hace arriba de treinta.

Paula aguantó la mirada. Lejos, volvió a escucharse el relincho. El dijo:

–Vení a la cama.


II

No la consultó. La tomó, del mismo modo que se corta una fruta del árbol crecido en el patio. Estaba ahí, dentro de los límites de sus tierras, a este lado de los postes y el alambrado de púas. Una noche –se decía–. muchos años antes, Antenor Domínguez subió a caballo y galopó hasta el amanecer. Ni un minuto más. Porque el trato era "hasta que amanezca", y él estaba acostumbrado a estas cláusulas viriles, arbitrarias, que se rubricaban con un apretón de manos o a veces ni siquiera con eso.

–De acá hasta donde llegues –y el caudillo, mirando al hombre joven estiró la mano, y la mano, que era grande y dadivosa, quedó como perdida entre los dedos del otro–. Clavas la estaca y te volvés. Lo alambras y es tuyo.

Nadie sabía muy bien qué clase de favor se estaba cobrando Antenor Domínguez aquella noche; algunos, los más suspicaces, aseguraban que el hombre caído junto al mostrador del Rozas tenía algo que ver con ese trato: toda la tierra que se abarca en una noche de a caballo. Y él salió, sin apuro, sin ser tan zonzo como para reventar el animal a las diez cuadras. Y cuando clavó la estaca empezó a ser don Antenor. Y a los quince años era él quien podía, si cuadraba, regalarle a un hombre todo el campo que se animara a cabalgar en una noche. Claro que nunca lo hizo. Y ahora habían pasado treinta años y estaba acostumbrado a entender suyo todo lo que había de este lado de los postes y el alambre. Por eso no la consultó. La cortó.

Ella lo estaba mirando. Pareció que iba a decir algo, pero no habló. Nadie, viéndola, hubiera comprendido bien este silencio: la muchacha era una mujer grande, ancha y poderosa como un animal, una bestia bella y chucara a la que se le adivinaba la violencia debajo de la piel. El viejo, en cambio, flaco, áspero como una rama.

–Contesta, che. ¡Contesta, te digo! –se le acercó. Paula sentía ahora su aliento junto a la cara, su olor a venir del campo. Ella dijo:

–No, don Antenor.

–¿Y entonces? ¿Me querés decir, entonces...?

Obedecer es fácil, pero un hijo no viene por más obediente que sea una, por más que aguante el olor del hombre corriéndole por el cuerpo, su aliento, como si entrase también, por más que se quede quieta boca arriba. Un año y medio boca arriba, viejo macho de sementera. Un año y medio sintiéndose la sangre tumultuosa galopándole el cuerpo, queriendo salírsele del cuerpo, saliendo y encontrando sólo la dureza despiadada del viejo. Sólo una vez lo vio distinto; le pareció distinto. Ella cruzaba los potreros, buscándolo, y un peón asomó detrás de una parva; Paula había sentido la mirada caliente recorriéndole la curva de la espalda, como en los bailes, antes. Entonces oyó un crujido, un golpe seco, y se dio vuelta. Antenor estaba ahí, con el talero en la mano, y el peón abría la boca como en una arcada, abajo, junto a los pies del viejo. Fue esa sola vez. Se sintió mujer disputada, mujer nomás. Y no le importó que el viejo dijera yo te voy a dar mirarme la mujer, pión rotoso, ni que dijera:

–Y vos, qué buscas. Ya te dije dónde quiero que estés.

En la casa, claro. Y lo decía mientras un hombre, todavía en el suelo, abría y cerraba la boca en silencio, mientras otros hombres empezaron a rodear al viejo ambiguamente, lo empezaron a rodear con una expresión menos parecida al respeto que a la amenaza. El viejo no los miraba:

–Qué buscas.

–La abuela –dijo ella–. Me avisan que está mala –y repentinamente se sintió sola, únicamente protegida por el hombre del talero; el hombre rodeado de peones agresivos, ambiguos, que ahora, al escuchar a la muchacha, se quedaron quietos. Y ella comprendió que, sin proponérselo, estaba defendiendo al viejo.

–Qué miran ustedes –la voz de Antenor, súbita. El viejo sabía siempre cuál era el momento de clavar una estaca. Los miró y ellos agacharon la cabeza. El capataz venía del lado de las cabañas, gritando alguna cosa. El viejo miró a Paula, y de nuevo al peón que ahora se levantaba, encogido como un perro apaleado–. Si andas alzado, en cuanto me dé un hijo te la regalo.


III

A los dos años empezó a mirarla con rencor. Mirada de estafado, eso era. Antes había sido impaciencia, apuro de viejo por tener un hijo y asombro de no tenerlo: los ojos inquisidores del viejo y ella que bajaba la cabeza con un poco de vergüenza. Después fue la ironía. O algo más bárbaro, pero que se emparentaba de algún modo con la ironía y hacía que la muchacha se quedara con la vista fija en el plato, durante la cena o el almuerzo. Después, aquel insulto en los potreros, como un golpe a mano abierta, prefigurando la mano pesada y ancha y real que alguna vez va a estallarle en la cara, porque Paula siempre supo que el viejo iba a terminar golpeando. Lo supo la misma noche que murió la abuela.

–O cuarenta y tantos, es lo mismo.

Alguien lo había dicho en el velorio: cuarenta y tantos. Los años de diferencia, querían decir. Paula miró de reojo a Antenor, y él, más allá, hablando de unos cueros, adivinó la mirada y entendió lo que todos pensaban: que la diferencia era grande. Y quién sabe entonces si la culpa no era de él, del viejo.

–Volvemos a la casa –dijo de golpe.

Ésa fue la primera noche que Paula le sintió olor a caña. Después –hasta la tarde aquella, cuando un toro se vino resoplando por el andarivel y hubo gritos y sangre por el aire y el viejo se quedó quieto como un trapo– pasó un año, y Antenor tenía siempre olor a caña. Un olor penetrante, que parecía querer meterse en las venas de Paula, entrar junto con el viejo. Al final del tercer año, quedó encinta. Debió de haber sido durante una de esas noches furibundas en que el viejo, brutalmente, la tumbaba sobre la cama, como a un animal maneado, poseyéndola con rencor, con desesperación. Ella supo que estaba encinta y tuvo miedo. De pronto sintió ganas de llorar; no sabía por qué, si porque el viejo se había salido con la suya o por la mano brutal, pesada, que se abría ahora: ancha mano de castrar y marcar, estallándole, por fin, en la cara.

–¡Contesta! Contéstame, yegua.

El bofetón la sentó en la cama; pero no lloró. Se quedó ahí, odiando al hombre con los ojos muy abiertos. La cara le ardía.

–No –dijo mirándolo–. Ha de ser un retraso, nomás. Como siempre.

–Yo te voy a dar retraso –Antenor repetía las palabras, las mordía–. Yo te voy a dar retraso. Mañana mismo le digo al Fabio que te lleve al pueblo, a casa de la Tomasina. Te voy a dar retraso.

La había espiado seguramente. Había llevado cuenta de los días; quizá desde la primera noche, mes a mes, durante los tres años que llevó cuenta de los días.

–Mañana te levantas cuando aclare. Acostate ahora.

Una ternera boca arriba, al día siguiente, en el campo. Paula la vio desde el sulky, cuando pasaba hacia el pueblo con el viejo Fabio. Olor a carne quemada y una gran "A", incandescente, chamuscándole el flanco: Paula se reconoció en los ojos de la ternera.

Al volver del pueblo, Antenor todavía estaba ahí, entre los peones. Un torito mugía, tumbado a los pies del hombre; nadie como el viejo para voltear un animal y descornarlo o caparlo de un tajo. Antenor la llamó, y ella hubiera querido que no la llamase: hubiera querido seguir hasta la casa, encerrarse allá. Pero el viejo la llamó y ella ahora estaba parada junto a él.

–Ceba mate. –Algo como una tijera enorme, o como una tenaza, se ajustó en el nacimiento de los cuernos del torito. Paula frunció la cara. Se oyeron un crujido y un mugido largo, y del hueso brotó, repentino, un chorro colorado y caliente. –Qué fruncís la jeta, vos.

Ella le alcanzó el mate. Preñada, había dicho la Tomasina. Él pareció adivinarlo. Paula estaba agarrando el mate que él le devolvía, quiso evitar sus ojos, darse vuelta.

–Che –dijo el viejo.

–Mande –dijo Paula.

Estaba mirándolo otra vez, mirándole las manos anchas, llenas de sangre pegajosa: recordó el bofetón de la noche anterior. Por el andarivel traían un toro grande, un pinto, que bufaba y hacía retemblar las maderas. La voz de Antenor, mientras sus manos desanudaban unas correas, hizo la pregunta que Paula estaba temiendo. La hizo en el mismo momento que Paula gritó, que todos gritaron.

–¿Qué te dijo la Tomasina? –preguntó.

Y todos, repentinamente, gritaron. Los ojos de Antenor se habían achicado al mirarla, pero de inmediato volvieron a abrirse, enormes, y mientras todos gritaban, el cuerpo del viejo dio una vuelta en el aire, atropellado de atrás por el toro. Hubo un revuelo de hombres y animales y el resbalón de las pezuñas sobre la tierra. En mitad de los gritos, Paula seguía parada con el mate en la mano, mirando absurdamente el cuerpo como un trapo del viejo. Había quedado sobre el alambrado de púas, como un trapo puesto a secar.

Y todo fue tan rápido que, por encima del tumulto, los sobresaltó la voz autoritaria de don Antenor Domínguez. 

–¡Ayúdenme, carajo!


IV

Esta orden y aquella pregunta fueron las dos últimas cosas que articuló. Después estaba ahí, de espaldas sobre la cama, sudando, abriendo y cerrando la boca sin pronunciar palabra. Quebrado, partido como si le hubiesen descargado un hachazo en la columna, no perdió el sentido hasta mucho más tarde. Sólo entonces el médico aconsejó llevarlo al pueblo, a la clínica. Dijo que el viejo no volvería a moverse; tampoco, a hablar. Cuando Antenor estuvo en condiciones de comprender alguna cosa, Paula le anunció lo del chico.

–Va a tener el chico –le anunció–. La Tomasina me lo ha dicho.

Un brillo como de triunfo alumbró ferozmente la mirada del viejo; se le achisparon los ojos y, de haber podido hablar, acaso hubiera dicho gracias por primera vez en su vida. Un tiempo después garabateó en un papel que quería volver a la casa grande. Esa misma tarde lo llevaron.

Nadie vino a verlo. El médico y el capataz de La Cabriada, el viejo Fabio, eran las dos únicas personas que Antenor veía. Salvo la mujer que ayudaba a Paula en la cocina –pero que jamás entró en el cuarto de Antenor, por orden de Paula–, nadie más andaba por la casa. El viejo Fabio llegaba al caer el sol. Llegaba y se quedaba quieto, sentado lejos de la cama sin saber qué hacer o qué decir. Paula, en silencio, cebaba mate entonces.

Y súbitamente, ella, Paula, se transfiguró. Se transfiguró cuando Antenor pidió que lo llevaran al cuarto alto; pero ya desde antes, su cara, hermosa y brutal, se había ido transformando. Hablaba poco, cada día menos. Su expresión se fue haciendo cada vez más dura –más sombría–, como la de quienes, en secreto, se han propuesto obstinadamente algo. Una noche, Antenor pareció ahogarse; Paula sospechó que el viejo podía morirse así, de golpe, y tuvo miedo. Sin embargo, ahí, entre las sábanas y a la luz de la lámpara, el rostro de Antenor Domínguez tenía algo desesperado, emperradamente vivo. No iba a morirse hasta que naciera el chico; los dos querían esto. Ella le vació una cucharada de remedio en los labios temblorosos. Antenor echó la cabeza hacia atrás. Los ojos, por un momento, se le habían quedado en blanco. La voz de Paula fue un grito:

–¡Va a tener el chico, me oye! –Antenor levantó la cara; el remedio se volcaba sobre las mantas, desde las comisuras de una sonrisa. Dijo que sí con la cabeza.

Esa misma noche empezó todo. Entre ella y Fabio lo subieron al cuarto alto. Allí, don Antenor Domínguez, semicolgado de las correas atadas a un travesaño de fierro, que el doctor había hecho colocar sobre la cama, erguido a medias podía contemplar el campo. Su campo. Alguna vez volvió a garrapatear con lentitud unas letras torcidas, grandes, y Paula mandó llamar a unos hombres que, abriendo un boquete en la pared, extendieron la ventana hacia abajo y a lo ancho. El viejo volvió a sonreír entonces. Se pasaba horas con la mirada perdida, solo, en silencio, abriendo y cerrando la boca como si rezara –o como si repitiera empecinadamente un nombre, el suyo, gestándose otra vez en el vientre de Paula–, mirando su tierra, lejos hasta los altos pinos, más allá del Cerro Negro. Contra el cielo.

Una noche volvió a sacudirse en un ahogo. Paula dijo:

–Va a tener el chico. El asintió otra vez con la cabeza.

Con el tiempo, este diálogo se hizo costumbre. Cada noche lo repetían.


V

El campo y el vientre hinchado de la mujer: las dos únicas cosas que veía. El médico, ahora, sólo lo visitaba si Paula –de tanto en tanto, y finalmente nunca– lo mandaba llamar, y el mismo Fabio, que una vez por semana ataba el sulky e iba a comprar al pueblo los encargos de la muchacha, acabó por olvidarse de subir al piso alto al caer la tarde. Salvo ella, nadie subía.

Cuando el vientre de Paula era una comba enorme, tirante bajo sus ropas, la mujer que ayudaba en la cocina no volvió más. Los ojos de Antenor, interrogantes, estaban mirando a Paula.

–La eché –dijo Paula.

Después, al salir, cerró la puerta con llave (una llave grande, que Paula llevará siempre consigo, colgada a la cintura), y el viejo tuvo que acostumbrarse también a esto. El sonido de la llave girando en la antigua cerradura anunciaba la entrada de Paula –sus pasos, cada día más lerdos, más livianos, a medida que la fecha del parto se acercaba–, y por fin la mano que dejaba el plato, mano que Antenor no se atrevía a tocar. Hasta que la mirada del viejo también cambió. Tal vez, alguna noche, sus ojos se cruzaron con los de Paula, o tal vez, simplemente, miró su rostro. El silencio se le pobló entonces con una presencia extraña y amenazadora, que acaso se parecía un poco a la locura, sí, alguna noche, cuando ella venía con la lámpara, el viejo miró bien su cara: eso como un gesto estático, interminable, que parecía haberse ido fraguando en su cara o quizá sólo en su boca, como si la costumbre de andar callada, apretando los dientes, mordiendo algún quejido que le subía en puntadas desde la cintura, le hubiera petrificado la piel. O ni necesitó mirarla. Cuando oyó girar la llave y vio proyectarse larga la sombra de Paula sobre el piso, antes de que ella dijera lo que siempre decía, el viejo intuyó algo tremendo. Súbitamente, una sensación que nunca había experimentado antes. De pronto le perforó el cerebro, como una gota de ácido: el miedo. Un miedo solitario y poderoso, incomunicable. Quiso no escuchar, no ver la cara de ella, pero adivinó el gesto, la mirada, el rictus aquel de apretar los dientes. Ella dijo:

–Va a tener el chico.

Antenor volvió la cara hacia la pared. Después, cada noche la volvía.



VI

Nació en invierno; era varón. Paula lo tuvo ahí mismo. No mandó llamar a la Tomasina: el día anterior le había dicho a Fabio que no iba a necesitar nada, ningún encargo del pueblo.

–Ni hace falta que venga en la semana –y como Fabio se había quedado mirándole el vientre, dijo: –Mañana a más tardar ha de venir la Tomasina.

Después pareció reflexionar en algo que acababa de decir Fabio; él había preguntado por la mujer que ayudaba en la casa. No la he visto hoy, había dicho Fabio.

–Ha de estar en el pueblo –dijo Paula. Y cuando Fabio ya montaba, agregó: –Si lo ve al Tomás, mándemelo. Luego vino Tomás y Paula dijo:

–Podes irte nomás a ver tu chica. Fabio va a cuidar la casa esta semana.

Desde la ventana, arriba, Antenor pudo ver cómo Paula se quedaba sola junto al aljibe. Después ella se metió en la casa y el viejo no volvió a verla hasta el día siguiente, cuando le trajo el chico.

Antes, de cara contra la pared, quizá pudo escuchar algún quejido ahogado y, al acercarse la noche, un grito largo retumbando entre los cuartos vacíos; por fin, nítido, el llanto triunfante de una criatura. Entonces el viejo comenzó a reírse como un loco. De un súbito manotón se aferró a las correas de la cama y quedó sentado, riéndose. No se movió hasta mucho más tarde.

Cuando Paula entró en el cuarto, el viejo permanecía en la misma actitud, rígido y sentado. Ella lo traía vivo: Antenor pudo escuchar la respiración de su hijo. Paula se acercó. Desde lejos, con los brazos muy extendidos y el cuerpo echado hacia atrás, apartando la cara, ella, dejó al chico sobre las sábanas, junto al viejo, que ahora ya no se reía. Los ojos del hombre y de la mujer se encontraron luego. Fue un segundo: Paula se quedó allí, inmóvil, detenida ante los ojos imperativos de Antenor. Como si hubiera estado esperando aquello, el viejo soltó las correas y tendió el brazo libre hacia la mujer; con el otro se apoyó en la cama, por no aplastar al chico. Sus dedos alcanzaron a rozar la pollera de Paula, pero ella, como si también hubiese estado esperando el ademán, se echó hacia atrás con violencia. Retrocedió unos pasos; arrinconada en un ángulo del cuarto, al principio lo miró con miedo. Después, no. Antenor había quedado grotescamente caído hacia un costado: por no aplastar al chico estuvo a punto de rodar fuera de la cama. El chico comenzó a llorar. El viejo abrió la boca, buscó sentarse y no dio con la correa. Durante un segundo se quedó así, con la boca abierta en un grito inarticulado y feroz, una especie de estertor mudo e impotente, tan salvaje, sin embargo, que de haber podido gritarse habría conmovido la casa hasta los cimientos. Cuando salía del cuarto, Paula volvió la cabeza. Antenor estaba sentado nuevamente: con una mano se aferraba a la correa; con la otra, sostenía a la criatura. Delante de ellos se veía el campo, lejos, hasta el Cerro Patrón.

Al salir, Paula cerró la puerta con llave; después, antes de atar el sulky, la tiró al aljibe.





Ilustración: Louie Van Patten


domingo, 19 de abril de 2026

El dia de Nahum Wentworth (August Derleth - H. P. Lovecraft)








Al norte de Dunwich hay un vasto territorio abandonado que, tras sucesivas

ocupaciones por gente de Nueva Inglaterra, canadienses de origen francés que

vinieron después de ellos, italianos, y finalmente polacos, ha recuperado en gran

parte su estado salvaje. Los primeros habitantes vivieron de la tierra pedregosa y de

los bosques que, entonces, cubrían aquella tierra. Pero no se cuidaron de repoblarla,

ni de conservar su recursos, y las generaciones sucesivas acabaron con la poca

riqueza que quedaba. Los que vinieron después, pronto se cansaron de intentar

hacerla fértil y se marcharon a otros lugares. Es una parte de Massachusetts que no

atrae demasiado a la gente. Las casas que un día se levantaron orgullosas están hoy

tan abandonadas que resultaría imposible vivir en la mayoría de ellas con una cierta

comodidad. En las laderas menos abruptas quedan algunas granjas con tejados a la

holandesa, viejos edificios que, encaramados sobre plataformas rocosas, meditan

acerca de los secretos de muchas generaciones de Nueva Inglaterra; pero las huellas

del abandono se ven por todas partes: en las desmoronadas chimeneas, en las

abombadas paredes, en las ventanas rotas de las casas y los establos. Varias

carreteras cruzan aquel territorio, pero nada más desviarse de la general, que

atraviesa el gran valle al norte de Dunwich, se encuentra uno con caminos que no

son más que sendas surcadas, tan poco utilizadas como la mayoría de las casas del

territorio. Se respira en este lugar una inconfundible atmósfera de vejez y soledad,

pero también de maldad. Existen zonas de bosque jamás tocadas por el hacha;

existen sombrías cañadas con enredaderas y arroyos sumidos en una oscuridad

ininterrumpida, incluso en días de deslumbrante sol. En todo el valle brotan pocas

señales de vida, aunque existen unos cuantos habitantes recluidos en algunas de las

granjas ruinosas. Incluso los halcones que vuelan a lo lejos en las alturas, nunca se

entretienen demasiado en el lugar, y las grandes bandadas de cuervos atraviesan el

valle sin descender a buscar una presa. Hace mucho tiempo, tenía fama de ser un

territorio en el que se practicaba el Hexerei (ceremonias religiosas dedicadas

supersticiosamente a las brujas), y aún en la actualidad perdura esa triste fama. No es

un territorio para detenerse en él demasiado tiempo, ni tampoco el más apropiado

para atravesarlo de noche.

      Pero fue precisamente de noche, en el verano de 1927, cuando hice mi último

viaje al valle, a la vuelta de Dunwich, adonde había ido a llevar una estufa.. No

hubiera pasado por la zona situada al norte del pueblo abandonado de no haber

tenido que hacer otra entrega, y al caer la tarde decidó internarme en el valle en lugar

de rodearlo para alcanzar el otro extremo. La poca luz que había alumbrado

Dunwich era ya prácticamente nula al llegar al valle, y pronto oscurecería por

completo: el cielo estaba nublado por unas nubes muy bajas, casi a la altura de las

colinas, de modo que me encontraba, por así decirlo, en una especie de túnel.

      Muy poca gente transitaba por aquella carretera: podían tornarse otras para

llegar al otro lado del valle, y estaba ésta tan abandonada, y los matorrales tan

crecidos, que pocos conductores se arriesgaban a utilizarla. Todo habría ido bien,

puesto que la carretera me llevaba en línea recta hasta mi punto de destino, y no

había necesidad de abandonar la carretera general, de no haber sido por dos hechos

inesperados. Empezó a llover poco después de dejar Dunwich. Había estado muy

nublado durante toda la tarde, y ahora por fin se abrió el cielo y empezó a jarrear. La

carretera brillaba bajo las luces de mi coche, y esas luces pronto iluminaron algo más.

había recorrido unas quince millas cuando me tropecé con una pequeña barrera en la

carretera cuya señal me obligaba a desviarme. Más allá de la barrera se podía ver que

la carretera estaba tan destrozada y en tan mal estado que era imposible circular por

ella. Me desvié con cierto recelo. Si hubiera hecho caso a mi impulso de volver a

Dunwich para coger otra carretera, me habría librado de las malditas pesadillas que

desde aquella noche de horror me han inquietado.

      Pero no lo hice. había recorrido demasiado camino como para perder el tiempo

volviendo a Dunwich. La lluvia seguía cayendo torrencialmente, y era arduo y

penoso conducir. Me desvié de la carretera y enfilé un camino cubierto parcialmente

con gravilla. Habían limpiado los bordes y cortado ramas y árboles para hacer

transitable el desvío, pero poca cosa habían hecho por la carretera en sí, y a los pocos

metros, llegué al convencimiento de que iba a tener problemas.

      La carretera empeoraba progresivamente a causa de la lluvia; mi coche, a pesar

de ser un Ford muy duro, con ruedas relativamente altas y estrechas, se hundía y

marcaba el hendido de sus huellas a su paso y, de cuando en cuando, se metía en

grandes charcos de agua, lo que ocasionó los primeros fallos del motor. Sabía que no

pasaría mucho tiempo antes de que el agua entrase en el motor e hiciera que se

parase del todo, así que me puse a buscar por los alrededores alguna señal de vida, o

por lo menos algún cobijo para el coche y para mí. Conociendo la soledad de este

valle hubiera preferido un establo abandonado, pero en la oscuridad era imposible

distinguir algo más que siluetas. Finalmente llegué hasta el pálido recuadro de luz de

una ventana, no lejos de la carretera. Los faros del coche me permitieron encontrar el

camino que llevaba hasta la casa.

      Al entrar pasé cerca del buzón con el nombre del dueño toscamente pintado;

estaba algo borroso, pero aún podía leerse: Amos Stark. Los faros del coche

iluminaban la vivienda, y pude ver que se trataba de una casa antigua, una de esas

casas que incluían todo —casa, establo, cocina— en un único bloque, con tejados de

diferentes alturas. Afortunadamente el establo estaba abierto a la intemperie, y al no

encontrar otro refugio para el coche, lo metí bajo el cobertizo. Esperaba hallar vacas y

caballos, pero se percibía una atmósfera de abandono, y no había ni vacas ni caballos,

y el heno que impregnaba el ambiente con el aroma de viejos veranos debía de llevar

allí varios años. No me entretuve en el establo, y me dirigó a la casa a través de la

lluvia. Por lo que se podía observar desde el exterior, la casa aparecía tan

abandonada como el establo. Era de una sola planta con una galería baja a la entrada;

no tardé en descubrir que el suelo estaba lleno de negros agujeros donde una vez

hubo tablones de madera. Encontré la puerta y llamé. Durante un largo rato no

escuché otro sonido que el de la lluvia que caía sobre el techo de la galería y luego

sobre los charcos que había debajo. Golpeé otra vez la puerta y alcé la voz para decir;

      —¿Hay alguien en la casa?

      Entonces una trémula voz que venía del interior preguntó:

      —¿Quién es?

      Dije que era un vendedor que buscaba guarecerme de la lluvia. La luz empezó a

moverse en el interior, al compás de alguien que portaba la lámpara. La ventana se

ensombreció, y una línea amarilla cada vez más intensa asomó por debajo de la

puerta. Se oyó el sonido de candados y cerrojos, y entonces se abrió la puerta, y

apareció mi anfitrión ante mí, con la lámpara en alto; tenía aspecto de hechicero, con

una barba desigual que le cubría el cuello. Llevaba gafas, pero me miraba por encima

de ellas. Tenía el pelo blanco y los ojos negros; al verme, abrió los labios en una

especie de sonrisa animal y me enseñó los pocos dientes que tenía.

      —¿El señor Stark? —pregunté.

      —Le ha pillado la tormenta, ¿eh? —me dijo—. Pase adentro y séquese. No creo

que la lluvia vaya a durar mucho.

      Le seguí hacia el cuarto interior desde donde se había dirigido a la entrada.

Primero había cerrado la puerta con candados y cerrojos, cosa que me llenó de

inquietud. Debió de haber notado mi mirada inquisitiva, puesto que tras depositar la

lámpara sobre un libro que había en la mesa de la habitación, se dio la vuelta y dijo

con una risotada fría:

      —Es el día de Nahum Wentworth. Pensé que sería Nahurn.

      La risotada decayó hasta convertirse en espectro de una risa.

      —No señor, mi nombre es Fred Hadley. Soy de Boston.

      —No he estado nunca en Boston —dijo Stark—. Nunca he ido más allá de

Arkham. El trabajo de la tierra me retiene aquí.

      —Me he tomado la libertad de dejar el coche debajo de su cobertizo. Espero que

no le importe.

      —A las vacas no les importará —se río de su propia broma, pues sabía

perfectamente que no había vacas en su establo—. Yo no conduciría uno de esos

cacharros de ahora, pero ustedes, la gente de ciudad, ya se sabe. No pueden vivir sin

automóvil.

      —No me imaginaba que se me notase que era un hombre de ciudad —dije, con

ánimo de seguirle la corriente.

      —Puedo distinguir a un hombre de ciudad al primer golpe de vista. De vez en

cuando se instala alguno en el distrito, pero pronto se van; supongo que esto no le


gusta. Nunca he estado en una gran ciudad. De todas maneras, creo que no me

gustaría.

      Siguió divagando de esta forma durante tanto tiempo que pude dedicar mi

atención a observar cuanto me rodeaba y a hacer una especie de inventario de la

habitación. Por aquel entonces, cuando no me hallaba al volante en la carretera,

pasaba el tiempo en el almacén de Boston, y había pocos con tanta práctica como yo

para inventariar cuanto veía; de modo que no me llevó tiempo hacer el inventario de

la habitación de Amos Stark, y ver que estaba llena de cosas que un anticuario

pagaría bien. Había muebles de hacía casi dos siglos, si no me equivocaba, y bonitos

adornos, cristalería y porcelana de Haviland en un rincón. Y había piezas hechas a

mano —badilas, tinteros de madera con tapón de corcho, candelabros, un atril—,

como aquellas que se encontraban en las casas de Nueva Inglaterra de hace varias

décadas, lo que también evidenciaba que la casa se mantenía en pie desde hacía

muchos años.

      —¿Vive usted solo, señor Stark? —le pregunté interrumpiéndole.

      —Ahora sí. Antes estaban Molly y Dewey. Abel se fue cuando era un niño, y

Ella murió de una pulmonía. Estoy solo desde hace cerca de siete años.

      Mientras hablaba, pude observar en él un aire de espera, como si estuviera

pendiente de algo. Parecía estar constantemente a la escucha de algún sonido distinto

del de la lluvia. Pero no se oía nada; sólo el crepitante ruido de un ratón que

mordisqueaba en alguna parte de la vieja casa; nada más que eso y la incesante

lluvia. El seguía escuchando, con la cabeza ligeramente inclinada, los ojos

empequeñecidos como si le molestase la luz de la lámpara. En su cabeza brillaba la

calva de la coronilla, rodeada de un estrecho círculo de pelo blanco y alborotado.

Tendría unos ochenta años, quizá eran sólo sesenta y la vida de reclusión le había

avejentado.

      —¿No vio a nadie en la carretera? —preguntó de repente.

      —De Dunwich aquí no me tropecé con nadie. Cerca de diecisiete millas, creo.

      —Media milla más o menos —dijo. Y empezó de nuevo con sus risotadas,

mostrando un regocijo que ya no podía contener—. Hoy es el día de Wentworth,

Nahum Wentworth —sus ojos se empequeñecieron de nuevo por un instante—. ¿Ha

sido vendedor por esta zona durante mucho tiempo? Tiene que haber conocido a

Nahum Wentworth.

      —No señor. No lo conozco. Me dedico a vender en las ciudades, muy pocas

veces en el campo.

      —Casi todo el mundo conocía a Nahum —continuó—. Pero ninguno le conocía

tan bien como yo. ¿Ve aquel libro de allá? —señaló un libro forrado con papel, que se

apreciaba difusamente a causa de la mala iluminación—. Es el Séptimo Libro de

Moisés. Se aprende más en él que en cualquier otro libro que haya visto jamás. Era el

libro de Nahum. —Se río de algún recuerdo y prosiguió—: Oh, ese Nahum era un

tipo extraño. Y además malo y mezquino. No me explico cómo no llegó a conocerle.

       Le aseguré que nunca, hasta entonces, había oído hablar de Nahum Wentworth.

Pero empecé a sentir curiosidad por él, y mi curiosidad aumentó todavía más al ver

que era dado a la lectura del Séptimo Libro de Moisés, una especie de Biblia para

brujos que ofrecía todo tipo de hechizos y encantamientos. Un libro que deleitaba a

todo aquel lector lo suficientemente crédulo para pensar en su veracidad. Vi también,

dentro del círculo alumbrado por la lámpara, algunos otros libros conocidos: una

Biblia, igual de vieja que el libro de magia, una selección de las obras de Cotton

Mather, y unos ejemplares del Arkham Advertiser encuadernados en un solo

volumen. Quizá éstos también pertenecieron en su día a Nahum Wentworth.

       —Veo que está mirando sus libros —observó mi anfitrión, como si me hubiera

adivinado el pensamiento.

       Dijo que podía quedármelos; y los cogí.

       —Buenos libros. Sólo que necesito gafas para leerlos. Puede mirarlos si lo desea.

       Se lo agradecí, y le recordé que me estaba hablando de Nahum Wentworth.

       —¡Oh, ese Nahum! —dijo enseguida, y se rio de nuevo—. No creo que me

hubiese dejado todo ese dinero de saber lo que le ocurriría. No señor, no creo que lo

hubiese hecho. Y sin un recibo, ni nada. Eran cinco mil. Y me decía que no necesitaba

pagaré o papel alguno, de modo que no existían pruebas de que hubiese tomado ese

dinero, ninguna, sólo nosotros dos lo sabíamos, y fijamos una fecha de pago, un día,

cinco años más tarde, para que viniese a buscar su dinero. Cinco años, y este es el día,

hoy es el día de Wentworth.

       Hizo una pausa, y me dirigió la mirada con unos ojos alegres que reflejaban un

regocijo contenido, y al mismo tiempo, sombríos, porque también reflejaban miedo.

       —Sólo que él no puede venir, porque dos meses escasos después de ese día, le

mataron en una cacería. Un tiro en la nuca. Un accidente. Por supuesto hubo quien

murmuró que el disparo había sido mío, pero tuvieron que callarse, porque me fui

directamente a Dunwich, al banco donde hice y deposité un testamento para que su

hija, la señorita Genie, heredase todo a mi muerte. Y no fue un testamento secreto. Se

lo hice saber a todos para que dejasen de hablar tanta tontería.

       —¿Y el préstamo? —no pude evitar la pregunta.

       —El plazo no vence hasta la medianoche de hoy —dijo con su risa entrecortada

—. Y no parece que Nahum pueda ahora cumplir con su cita, ¿verdad? Supongo que

si no viene, el dinero será mío. Y no puede venir. De lo cual me alegro, porque no lo

tengo.

       No pregunté por la hija de Wentworth, ni de cómo le iba. A decir verdad,

comenzaba a sentir el cansancio del día, después de tantas horas de coche y de lluvia.

Mi anfitrión debió de notármelo, pues se calló, me observó, y luego me preguntó,

después de una pausa que me pareció bastante larga:

       —Tiene mala cara. ¿Está cansado?

       —Me temo que sí. Pero me marcharé en cuanto amaine un poco la tormenta.

      —Le diré una cosa. No tiene necesidad de quedarse aquí sentado

escuchándome, Le daré otra lámpara, y puede ir a recostarse en el sofá que hay en la

otra habitación. Si deja de llover, le llamaré.

      —No quiero quitarle su cama, señor Stark.

      —Me acuesto tarde por las noches —dijo.

      Habría sido inútil protestar. Se había puesto de pie para encender otra lámpara

de petróleo, y minutos después me llevaba a la habitación donde estaba el sofá. De

paso cogí el Séptimo Libro de Moisés, movido por la curiosidad de las maravillosas

cosas que, según había oído contar, en él se hallaban; aunque mi anfitrión me miró de

un modo extraño, no hizo ninguna objeción, y volvió a su mecedora de mimbre en el

cuarto de al lado, sin importunarme. Afuera seguía lloviendo torrencialmente. Me

acomodé en el sofá, un mueble anticuado, cubierto con una extraña pieza de cuero y

con un respaldo alto.

      Acerqué más la lámpara, porque su luz era muy tenue, y empecé a leer el

Séptimo Libro de Moisés. Pronto me di cuenta de que era un interesante batiburrillo

de hechizos y conjuros que apelaban a “príncipes” de los infiernos, como Aziel,

Mefistófeles, Marbuel, Barbuel, Aniquel y otros. Los hechizos eran de varios tipos;

unos para curar enfermedades, otros para conceder deseos; algunos con objeto de

alcanzar el éxito en las empresas, y otros para vengarse de los enemigos. A menudo

se prevenía al lector de lo maléfico de algunas expresiones, con tanta insistencia que

quizá por ello precisamente tomé nota de la peor de ellas y a la vez la que más me

llamó la atención “Aila himel adonaij amara Zebaoth cadas yeseraije haralius” y que era

nada menos que el hechizo para reunir a todos los demonios y espíritus, o para

revivir a los muertos. Una vez copiada, no dudé en repetirla varias veces en voz alta,

sin esperar que ocurriese nada malo. Y así fue. Cerré el libro y miré el reloj. Las once.

Parecía que llovía menos ahora: la lluvia no era tan torrencial; había comenzado ese

aminoramiento que siempre anuncia el final próximo de una tormenta. Observé bien

la habitación para no tropezar con algún mueble cuando regresara a la habitación

donde estaba mi anfitrión, apagué la luz y me dispuse a descansar un rato antes de

ponerme otra vez en carretera. Pero a pesar de mi fatiga, no lograba descansar. No se

debía sólo a que el sofá era duro y frío, sino también a que la atmósfera de la casa me

oprimía. Al igual que su dueño, había en ella un no sé qué de resignación. Parecía

esperar lo inevitable, como si ella también supiese que antes o después sus cimientos

batidos por el viento harían abrirse las paredes, se hundiría el techo y se pondría fin a

su precaria existencia. Pero hab a algo más que esta atmósfera... común a todas las

casas viejas: era una resignación mezclada con aprensión, la misma aprensión que

había hecho titubear al viejo Amos Stark cuando llamó a la puerta; y pronto me

encontró escuchando, al igual que Stark, algo más que aquel goteo de la lluvia

menguante y aquel incesante roer de los ratones. Mi anfitrión no se estaba quieto.

      A cada rato se levantaba de la silla; le oía deslizarse de un lado a otro: ahora a la

ventana, ahora a la puerta. Iba a mirarlas, se aseguraba de que estaban cerradas y

volvía a sentarse. Algunas veces murmuraba entre dientes. Quizá había vivido

demasiado tiempo solo y había caído en el hábito, común a las personas solitarias, de

hablar consigo mismo. Casi todo lo que decía era incomprensible, apenas audible,

pero en un momento dado logré captar algunas palabras. Me di cuenta entonces que

una de las cosas que ocupaban su mente eran los intereses del préstamo que debía a

Nahum Wentworth, caso de que fueran reclamados. “Ciento cincuenta dólares al año

vienen a ser setecientas cincuenta”. decía en un tono que denotaba espanto. Añadió algo

más respecto a lo mismo, y luego algunas palabras sueltas que me preocuparon más

de lo que estaba dispuesto a admitir. Después de atar ciertos cabos, algo que había

dicho el viejo me resultaba incómodo. Y sin embargo, no había dicho nada más que

“Me caí”, había farfullado, y después siguieron una o dos frases más sin sentido. “Eso

fue todo”. Y de nuevo una retahíla de palabras incomprensibles. “Se disparó en un

santiamén”. Más palabras sin sentido o inaudibles. “No sabía que apuntaba a Nahum”. A

continuación farfulló otra vez sin que se le entendiese nada. Quizá al viejo le

aguijoneaba su conciencia. En verdad, la triste resignación de la casa era suficiente

para invitar al viejo a rememorar sus más negros recuerdos. ¿Por qué no habría

seguido a los otros habitantes del valle cuando se marcharon de aquel territorio?

¿Qué le había impedido hacerlo? había dicho que estaba solo, y por supuesto estaba

solo en el mundo al igual que en la casa. De otro modo, no hubiera habido razón

alguna para convertir a la hija de Nahum Wentworth en su heredera. Sus zapatillas

se arrastraban por el suelo. Sus dedos removían papeles. Fuera, los pájaros

engañapastores empezaban a oírse, señal de que en algunas partes el cielo empezaba

a clarear; y pronto sonó una algarabía de ellos, suficientes para ensordecer a un

hombre.

      Escuché a mi anfitrión. “Oigan a los engañapastores. Están llamando a un alma.

Clem Whateley se está muriendo.” Al disminuir el ruido de la lluvia, el de los

engañapastores aumentaba en volumen, pero pronto me adormecí y caí en un leve

sueño. Me aproximé a una parte de mi historia que me hace poner en duda la

fidelidad de mis sentidos, puesto que al mirar hacia atrás pienso que algo así es

imposible que ocurra. Muchas veces, ahora, pasados los años, pienso si no habrá sido

todo un sueño. Pero conservo aún algunos recortes de periódicos que prueban que

no ha sido así, recortes que hablan de Amos Stark, de su legado a Genie Wentworth

y, lo más extraño de todo, del infernal destrozo de una tumba medio olvidada en una

colina de aquel valle maldito. No había dormido mucho cuando de pronto me

despertó. había dejado de llover, pero los engañapastores se habían acercado a la

casa y su algarabía era ensordecedora. Algunos de los pájaros estaban debajo de la

ventana donde me encontraba, y el techo de la galería debía de estar cubierto por

estas criaturas nocturnas. No cabe duda de que fue su clamor el que me despertó de

ese ligero sueño que me adormecía. Esperé un momento a despabilarme, y luego me

incorporó: había dejado de llover y me sería más fácil conducir; ya no corría peligro

de pararse el motor de mi coche. Pero nada más ponerme en pie, alguien golpeó la

puerta de la calle. Me sentó, inmóvil, sin hacer ruido, y sin escuchar ningún ruido de

la otra habitación. Golpearon de nuevo, esta vez con más fuerza.

      —¿Quién es? —preguntó Stark.

      No hubo respuesta.

      Vi moverse una luz y pude escuchar la triunfante exclamación de Stark:

      —¡Ya ha pasado la media noche! —había mirado su reloj, y al mismo tiempo

miré yo el mío. El suyo estaba adelantado diez minutos. Fue a abrir la puerta.

Adivinó que dejaba la lámpara en el suelo para poder quitar los candados. No podía

saber si pensó en volver a cogerla, como había hecho cuando me abrió a mí. Oí que

alguien abría la puerta: él u otra persona. Y entonces resonó un terrible alarido, el

grito de Amos Stark, preso de furia y terror:

      —¡No! ¡No! ¡Vete! No lo tengo, no lo tengo, te digo. ¡Vete!

      Tropezó y se cayó, y casi inmediatamente pude escuchar... un grito sofocado, el

ruido de una respiración entrecortada, el murmullo de un suspiro... Me puse en pie y

me dirigí hacia la puerta de esa habitación. Entonces, por un momento me quedé

clavado, incapaz de moverme, de gritar, ante el espeluznante espectáculo que

presenciaron mis ojos. Amos Stark estaba tendido en el suelo, boca arriba, y sentado

a horcajadas sobre él, un esqueleto, con sus huesudos brazos sobre la garganta, sus

dedos en el cuello. Y detrás del cráneo, los destrozados huesos por donde una vez

penetró una bala. Esto vi en ese terrible momento. Luego, afortunadamente, me

desmayé. Cuando recobré el sentido algo después, todo estaba en silencio en la

habitación y la casa llena del húmedo aroma de la lluvia que entraba por la puerta

abierta. Fuera, los engañapastores aún cantaban y el reflejo de la luna se extendía en

el suelo como pálido vino blanco. La lámpara todavía alumbraba, pero mi anfitrión

no se encontraba en su silla. Yacía en el mismo sitio donde lo había visto por última

vez, en el suelo. Mi impulso, en aquel momento, fue escapar de aquella horrible

escena lo antes posible. Un sentimiento de piedad me hizo acercarme a Amos Stark,

para asegurarme de que no había nada que hacer.

      Fue esa desdichada pausa la que me trajo el momento de mayor terror, terror

que me hizo huir de aquel lugar maldito como si me persiguiesen todos los

demonios.

      Porque cuando me inclinó sobre él, para asegurarme de que estaba muerto,

pude ver incrustados en la descolorida piel de su cuello los blanquecinos huesos de

los dedos de un esqueleto humano, y, mientras los observaba, los huesos sueltos se

separaron del cuello, y se alejaron del cuerpo, corriendo por el pasillo y adentrándose

en la noche para reunirse con el espantoso visitante que había acudido desde su

tumba a la cita con Amos Stark.





Ilustración: Juan Rizi


sábado, 18 de abril de 2026

Los amados muertos (Howard Phillips Lovecraft)







Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.


Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero capitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud -terrorífica quietud-, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.


De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante… ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí!


Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y “vieja” porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.


Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maldicientes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tíotatarabuelo que había sido quemado en la hoguera por nigromante.


De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.


Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.


Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía y captó mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.


Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.


Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.


Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir… alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era la total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maldicientes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.


Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.


Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza más inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.


Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.


Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.


El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!


También él murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.


Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande -con mucho- que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.


Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuanto a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.


La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Corporación Gresham, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos… porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.


Me apliqué a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.


Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación… aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.


Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.


Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres -donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos- abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble y postrer placer tenía lugar…¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!


Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba… ¡los muertos que me daban vida!


Una mañana, el señor Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual… llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de una mezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.


Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo lo reafirmaría en su creencia de mi potencial locura… resultaba mucho mejor marcharse que invitarlo a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.


Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio… cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.


Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado… nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia… mortales explosiones de histéricas granadas… el monótono silbido de balas sardónicas… humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton1… letales humaredas de gases venenosos… grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados… cuatro años de trascendente satisfacción.


En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenham. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.


Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un “Sucesor de” sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa del señor Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.


Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo el señor Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a la tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.


Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado a la ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues… ¡nada!


Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.


Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás… no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.


Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar los arrabales de Fenham. Si podía llegar a esa meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.


Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.


Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.


El hambre roía mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.


Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.


Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos me indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño -¿dónde estarían?-, bueno, podían esperar. Mis engarfados dedos se deslizaron hacia su garganta…


Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención de alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad… las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución… el distante ladrido de los sabuesos.


Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.


¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!


Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos para que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!


¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor -mucho mejor- que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.


¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada… cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas… hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición… dedos espectrales me llaman por señas… etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo… distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento… un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro… fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla… abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma… no puedo… escribir… más…





Ilustración: Giulia Lama

Elegía para una yunta brava (Pedro Orgambide)

Ustedes dirán qué hace Santiago Cruz en el cementerio de los rusos; esas son cosas de él y uno no es nadie para meterse en su vida. Habrá id...