Hay que tomar una. chica, El padre sabe por qué. Porque la hija
no soporta más los trabajos de la casa que ensucian excesivamente
las manos. La hija sostiene otros motivos y el padre no los cree,
tampoco los discute.
Desde que el padre quedó impedido de las piernas, la hija supo
organizar tiempo y fuerzas para cuidarlo, hacer las comidas y la
limpieza del hogar, vigilar y atender la tienda. La tienda, la tien-
dita, podía estar abierta de esa manera las ocho horas con un solo
dependiente. Hacía de esto unos quince años, la misma época en
que el padre se convenció de que la hija estaba desilusionada de los’
hombres. Después sólo la oyó hablar de ellos para censurar los der
fectos vulgares y los defectos menos evidentes que les descubría.
Cuando emplearon al nuevo dependiente, que al padre no le
impresionó bien porque carecía de eso que manifiesta a las personas
trabajadoras y parecía demasiado acicalado y compuesto, comenza¬
ron en la hija los primeros signos de la evolución.
Ahora hay que tomar una chica.
El cartelito de la vidriera convoca una cantidad considerable, a
lo largo del día. En definitiva queda Rosa Esther. La ha traído el
padre, viejo criollo, lo cual puede aceptarse como una garantía.
Tal vez durante los quince años la hija deseó ir sola al cine, después
de cenar.
-Ahora que tiene a la chica que lo acompañe... -dice, una noche
tras otra, y para cada una encuentra un programa de películas que le
interesa, que naturalmente no podrá dejar de ver.
Regresa temprano, apenas pasadas las doce. Sólo una vez se demora.
-Encontré a Manuel. Me invitó a tomar chocolate. No me pareció
mal. No porque una sea la patrona tiene que mostrarse orgüllosa.
En otra oportunidad puede decir con anticipación que volverá
tarde. Y al decirlo parece que pidiera permiso:
-Manuel me ha invitado al casino. Yo no conozco el casino,
papá. Y si no acepto, ¿cuándo tendré otra oportunidad? ¿Quién
me va a llevar?
El padre comprende. Pero no le gusta: la hija tiene cuarentisiete
años y el empleado veintitrés.
Rosa Esther es resignada y pasiva. Vela al amo en silenció. Si
él llena con radio las horas de ausencia de la hija, acepta la música
clásica sin insinuar la menor preferencia personal. Él la estudia: ella
se absorbe eñ algo que no es la música y prescinde por completo de
los sonidos que vienen del aparato. Si maneja las piezas de ajedrez
después de concentraciones tan rigurosas como para enfrentar a un
sabio jugador, ella se mantiene calladita, en su rincón, mirándolo
ó mirando quién sabe qué. Entonces, si la observa, él piensa: “Des¬
cansa”. A veces se dice: “Descansa, la pobre. Cada vez trabaja más”.
Nunca se ha acercado a ver cómo juega, solo, el amo. Seguramente
ignora de qué se trata y lo considera una operación personal.
Una noche visita al amo un anciano que es como él, con la dife¬
rencia de que puede caminar. Hacen una partida. Rosa Esther los
mira, todo el tiempo, desde lejos'.
En la noche siguiente, cuando se quedan solos, ella se atreve a
preguntar:
-Señor, ¿qué es eso?
-¿No lo sabes?
Se asombra y también se enorgullece de haber provocado curiosidad.
Fue un jugador difícilmente batible, “cuando -ha sostenido alguna
vezr- los ocios de la juventud eran más intelectuales”. Él leía.
Revela a Rosa Esther qué es el ajedrez: un juego, pero un juego-
ciencia.
-¿Me comprendes? No como los demás. No es como el de barajas, o da¬
dos. Para jugarlo, hay que tener un cerebro desarrollado y pensar mucho.
En la joven ha encarnado la primera parte de la instrucción: es
un juego.
-¿Yo también podría jugar?
-No, no -dice con toda la aristocracia de su veteranía; pero se
arrepiente del impulso negativo que rebaja a la muchacha y atenúa la
respuesta-: Bueno, no creo que puedas hacerlo, siendo tan joven.
Rosa Esther no protesta. No pide más. ¿También a eso se re¬
signará?
El amo no quiere negarse del todo:
-Hay una solución. Un juego más simple. Sirve el tablero de
ajedrez.
“Busca allí”, le indica, y Rosa Esther, guiada por éb encuentra
una caja con fichas de madera, rojas y verdes.
Le enseña la técnica. La chica aprende pronto. Alamo se le llena el
rostro de satisfacción. Podrá alternar sus solitarios de ajedrez con parti¬
dos de damas frente a una persona que mueva las piezas de verdad.
Rosa Esther aprende pronto. En la noche siguiente gana tres
partidos sobre cuatro.
La hija anuncia:
-Manuel me ha invitado de nuevo al casino.
-Sí, sí. Está bien -contesta el padre, apurado porque no vaya a
rechazar la salida.
A la hora indicada nota que ella no se ha vestido como para entrar
a una sala de juego elegante, sino de modo mucho más común, con
ropas ligeras que no le conocía. Esto lo deprime un poco. Pero no
se cree con derecho a hablar.
Rosa Esther lo vence de nuevo, partido tras partido y noche tras
noche. Entonces el amo advierte que el juego perderá seducción si
el resultado es abiertamente previsible.
-Tienes mucha suerte, hijita. Veremos si en el ajedrez es lo
mismo. Porque el ajedrez -y agita el dedo de la superioridad y la
seguridad- es un juego-ciencia, y con él de nada vale la fortuna.
La chica se informa del movimiento y el valor de las piezas. Él le en¬
seña algunas partidas fundamentales; naturalmente, las más sencillas.
Naturalmente, la derrota. Rosa Esther aplica con extrema habilidad
lo que ha captado, pero él sabe más, y puede sorprenderla siempre.
Sin embargo, ella asimílalas partidas con que él corta sus avances,
aunque no le sean explicadas. Esto tiene su placer para el veterano y el
juego vuelve a ser en él, como en la juventud, una ardiente vocación.
Rosa Esther intenta trayectorias que no le han sido marcadas.
El amo se inquieta:
—¿Por qué mueves la reina de esa manera?
-¿Está mal? -pregunta azorada la chica, dispuesta a retirar la
pieza.
-rNo, no; pero...
La mano de la chica sigue en el aire, sobre la reina, pronta a
corregir el error si se lo dicen.
-¿No se corre así?
-No, no es eso. Es que...
-¿La saco, entonces?'
-No. Puedes seguir, pero... ¿quién te ha enseñado a mover así?
La niña retrae la mano. Con los ojos dice: “¿Enseñado...? Nadie.
¿Quién me va a enseñar a mí?”.
Antes de un mes, Rosa Esther pierde muy escasos partidos.
El amo se apasiona. Ganar —“ganarle a esa chica — es una nece¬
sidad que lo domina.
La hija vuelve tarde. Ya no explica que va al casino. Saluda. El
padre le contesta abstraído, molesto a veces porque le perturba el
itinerario ideal de una torre.
-¿Cómo ha estado, papá?
-Bien, bien. No me distraigas.
Más adelante, Manuel pasa a la sala comedor a las dos de la
madrugada. Se queda hasta las tres.
En la mañana viene tarde. Un día el negocio se abre a las diez. Ma¬
nuel no ha llegado, la dueña ha conseguido despejar la cabeza sólo a
esa hora, y la chica también duerme. El amo no se da cuenta. Todos se
han acostado pasadas las cuatro. No obstante, la hija, reta a la chica.
-Mucha confianza, mucha confianza te estás tomando.
-¿Tienes cincuenta centavos...?
— Sí, la mamá me dejó cinco pesos del sueldo.
-Te gustará más si jugamos por plata.
El amo sabe que está contraviniendo ciertos principios del ajedrez,
que se toma de los placeres y las tentaciones de los otros que no son
“juego-ciencia”, y es que percibe que le gustará más, a ¿1, no a Rosa
Esther como dice.
Ha imaginado bien. Con un jaque devastador se apropia de los cin¬
cuenta centavos y eso le produce una satisfacción tan ávida y sensual
que decide hacerla secreta. Pasa el día siguiente con una alegría y un
optimismo que no consigue atenuar el estado de cuentas de fin de mes.
-<Tan poco, hija, tan poco...? ¿Es que ya.no entra nadie a esta
tienda?
-No tenemos novedades, papá, y la gente busca colores modernos.
-Nunca hemos trabajado con el público de las novedades.
El padre dice verdades y entiende que debieran gravitar para un
cambio en la vida de la hija, que represente además una mejora en
la actividad del negocio. Pero también considera que la marcha de la
tienda ya no es problema suyo. Suyas son las noches, actualmente,
después de años y años de monotonía junto a la hija, olvidado de
los amigos que fueron o existieron.
-Un peso, ¿te animas?
-Sí.
Gana él.
-¿Otro?
-Sí.
Gana ella.
-¿Dos?
-Sí.
Gana ella.
-¿Los dos que me ganaste anoche?
-Bueno.
Él los recupera.
En un mes la chica se hace de un capital de setenta pesos. Él le ha
enseñado a jugar el todo por el todo y necesita que ese dinero, desme¬
nuzado partido tras partido, vuelva repentinamente a su caja de ma¬
dera. Es el fondo de sus reservas personales, para Jos gastos chicos, de
tabaco, de periódicos, y esta vez se ha agotado excesivamente pronto.
-¿Todo lo que me has ganado hasta hoy?
Rosa Esther vacila:
-¿Ya...?
-No, no. Mañana.
Si ella hubiera contestado que sí, sin titubear, él habría temido
tanta seguridad. Pero ella ha dudado. Si él hubiera tenido los setenta
pesos en su caja de la mesa de luz, los habrían disputado esta noche.
Tendrá que pedirlos.
-Hija, debes darme setenta pesos;
-¿Y lo que tenía...?
-Se me ha terminado.
-¿Para qué los quiere?
El padre se enardece:
-¿Tengo que explicarte?
Si la hija dice que sí, si de algún modo pretende desconocer, en
ese punto, su autoridad de padre, será ella quien tenga que explicar
muchas cosas.
Pero ella declina una discusión. Sin embargo, al decir que está
bien, mientras se retira de la habitación, declara:
-Tendré que pedírselos a Manuel.
¡Pedírselos a Manuel...! El. padre está abochornado por esa con¬
fesión de la hija. Una herida que pudo evitarle. Ah, ni piedad tiene
ya el único ser de su sangre que le queda. Sólo püede contar con
esa chica, su compañía verdadera.
Recibe los setenta pesos. En la noche pasan a ser de Rosa Esther.
Está confundido. Retoma a las cautelosas apuestas de un peso.
El experimentado jugador de ajedrez desea entender lo que ocu¬
rre. En muchas ocasiones aprovecha las horas del día para meditar
alguna jugada que hizo Rosa Esther, mientras la chica está lavando
los pisos, seguramente ajena a esc tipo de preocupaciones que tienen
tomado al amo.
Le desconcierta que las jugadas sean tan correctas.
Su propia mente no da luz al caso. Traca de recordar la escasa
bibliografía del juego que ha pasado por sus manos. Ya no cuenta
con los libros, que fueron de préstamo.
Cuando no está pensando en eso repentinamente se le aparece
con cierta nitidez un párrafo, que en otro tiempo le impresionó. Está
en un libro... de un autor de nombre francés.
Con ayuda de la hija lo consigue. Relee, rebusca.
Da con ello: “Van Duscn demostró que mediante la lógica inevi¬
table un novicio en el juego de ajedrez podía llegar a derrotar a un
campeón que le hubiera dedicado toda su vida”.
Eso según Van Dusen. Ahora bien, ¿quién era Van Duscn?, se
pregunta el anciano. Un sabio, según el libro. Pero el libro es de
ficción, aunque no dice si también lo es Van Duscn o si realmente el
personaje existió. El amo no se siente muy firme en materia literaria
y no acierra a interpretar de modo que quede convencido en algún
sentido. Busca una nota de editor, un prólogo que lo oriente. Sólo
halla una referencia biográfica del autor: "Jacques Futrellc. Autor de
ascendencia francesa. Nació en Estados Unidos de Norteamérica.
Pereció en el naufragio del ‘Titanic, en 1912".
“Bueno, por lo menos el autor era una persona concreta”, se
dice el amo, satisfecho de su ironía. Entonces vuelve al texto: “Van
Duscn demostró que mediante la lógica inevitable...”. Suspende
la lectura y se consagra a la reflexión: “La lógica inevitable". Rela¬
ciona la frase con Rosa Esther. Concluye quitándose de encima la
preocupación: “¿Pero es que puede haber una lógica inevitable en
esa criatura...?”.
No mucho después, en esa hora de la madrugada en que se
perciben los pasos tenues, el padre nota que por el patio circula
alguien. No es un ladrón, no. ¿Cómo pensarlo? La hija ha vuelto
diez minutos antes y está en el dormitorio.
Entonces en el padre se produce un ahogo de indignación. Se le
ocurre probar si la hija está en situación de escuchar ruidos extraños.
Le dice a la chica, que se halla absorta en un problema del tablero
y no se ha dado cuenta de nada:
-Vas al negocio. Enciendes las luces. Buscas la pieza de género
que más te guste. No te asustes de hacer ruido, mover la escalera ni
abrir las puertas del mostrador. Eliges y traes lo que más te convenga
para un vestido.
Rosa Esther obedece. Produce ruido como mandada a hacerlo.
La hija no muestra enterarse. ¡Y la luz del dormitorio está en¬
cendida!
Rosa Esther vuelve con un corte estampado, de variados valores
fuertes de azul y amarillo. El amo está enceguecido de dolor, pero
deriva hacia la otra parte del plan que se ha propuesto:
-Fíjate en la etiqueta. ¿Cuánto vale el metro?
-Treinta pesos.
-¿Cuántos metros precisas para hacerte un vestido?
-No sé. Unos tres...
-Eres muy delgada. ¿Cuántos años tienes?
-Dieciséis.
-Bueno. No importa la edad. Tres metros, dices. Son noventa
pesos. ¿Los juegas?
-¿Yo apuesto plata y usted la tela...? Bueno.
El amo juega con pasión y en un estado nervioso que le hace
equivocar hasta el ejercicio de las intenciones.
No obstante, llegado el momento toma sus precauciones:
-Lo cortaré yo. Trae el metro de hule y las tijeras. Mi hija no tiene
que enterarse. Después dejarás todo en orden y apagarás las luces.
Manuel da la pista:
-Ayer teníamos seis metros. Esa señora quedó en volver hoy.
Pidió cuatro. No quedaban más que tres. No los hemos vendido.
¿Dónde están?
La dueña se enciende. Allana la pieza de Rosa Esther. En apa¬
riencia es el cuarto humilde, con sólo lo indispensable, de una
muchacha a la que no se reconoce necesidades. Debajo del colchón,
en paquetes detrás del baulico, en el baulito mismo, hay cortes de
tela, ropa interior, puntilla, botones forrados...
La saca de un brazo de la cocina, sacudiéndola:
-¡Ladrona! ¡Porquería! , . .
-Yo no he robado nada. No he robado nada, lo juro por Dios
-y llora, debatiéndose por zafarse de la mano que la aprisiona y de
la acusación que la humilla.
La mujer la arrastra ante el padre.
-Mírela. Es una ladrona. ¡Lo que he descubierto...! ¡Y lo que
tendrá en su casa...! . , , ,
El padre está desesperado. Quiere hablar, no acierta a hacerlo y la
hija, profiriendo insultos, no se interesa por lo que él pueda decir.
La niña llora y le ruega:
-Por caridad, señor... Cuéntele... Dígale que no...
-Está bien -el hombre hace por delante de sí, con una mano,
el gesto del que ha sido descubierto, a la hora de las confesiones
expiatorias. Sólo consigue tranquilizar medianamente a la chica, que
sofrena el llanto. La hija no contiene el vendaval de las imputaciones
y las suposiciones.
-No la maltrates. La culpa es mía.
Ahora sí, la hija se queda quieta. La ha congelado la declaración.
-Me lo ha ganado honestamente, jugando al ajedrez, en to o
este tiempo.
La hija averigua, con la palabra y con los ojos:
-Papá... ¿está loco, usted?
-No, no estoy loco. Y lo que tiene no es todo. También me ha
ganado la vitrina alta.
-Sí, hija. Esperaba recuperarlo esta noche. Ya lo has malogrado
y no sé qué haremos. ,
Manuel, con una actitud de hombre tranquilo, ha estado en la
puerta escuchando sin ostentarse.
Ahora interviene y decide. Cuando el amo confiesa: No sé qué
haremos”, él sentencia:
-Quitarle todo y echarla,
El padre lo mira, con la serenidad del que está resignado a dia¬
logar con los intrusos:
-No es posible.
-¿Por qué no es posible?
-Si somos honestos...
-Ja -la media risa le descuelga a Manuel un costado del labio.
La muchacha vuelve en la tarde detrás del padre, con un miedo
espantoso de volver. Ha tenido que enterarlo sin reservas porque, de
otro modo, ¿cómo explicar la pérdida del trabajo? ¿Cómo hacerle en¬
tender, a la familia, que le haya sido negado hasta el baulito con su pro¬
pia ropa? “Que venga tu padre”, le ha dicho el ama, y ahí está el padre.
Manuel no le da paso:
-La señorita no está y el señor está en cama. Tiene que enten¬
derse conmigo.
-¿Y usted quién es?
-Manuel Gutiérrez, nada más. Pero usted tiene que entenderse
con Manuel Gutiérrez.
Al padre de Rosa Esther le viene la gana de darle Un manotazo.
-Su hija ha robado.
-¿Qué dice, mocito atrevido?
Pero una mano, muy joven y muy poderosa, lo agarra de la
solapa.
Tiene que contentarse, después, con gritarle desde la puerta:
-El asunto ño termina aquí. ¡La policía va a venir! ¡Y la justicia!
El padre de Rosa Esther conoce algunos procuradores. Repasa
los rostros -y los hechos que a ellos se refieren- mientras se va
tragando el frentazo. Sabe que existen procuradores de los pobres
y que existen procuradores de los pobres que se han equivocado a
propósito. A él le parece que su caso es limpio; sin embargo, como
hay juego por medio y su apellido no constituye una recomenda¬
ción... elige un pillo.
El pillo le dice:
-No tiene ninguna prueba... Y ella és menor...
El padre le hace notar:
-Mire que hay muchos pesos sobré la mesa. Y las deudas de
juego son deudas de honor.
Entonces el procurador sospecha la posibilidad de un arreglo
extrájudicial.
-Bueno. Si voy y lo asusto con una amenaza de embargo... ¿Dice
que es un viejo...? Le prevengo que precisaré la firma de un abogado.
Y si perdemos eso costará plata.
El padre de Rosa Esthcr ha puesto en marcha la venganza. Respira tran¬
quilo y puede olvidar la ofensa de Manuel Gutiérrez. Además su cabeza
nene espacio para otro tipo de consideraciones. Las masculla. Despacito.
Al entrar, los recibe la averiguación de la madre de Rosa Esther.
-¿Y...? ¿Qué hubo...?
No hace falta respuesta.
Entonces quiere vengar en las carnes de la hija la pérdida de la ropa y
el baulito. Alcanza a darle un bofetón, pero el padre la ataja con firmeza:
-Dejala. Ella no tiene la culpa. Al contrario... -dice y se interna
de nuevo en su meditación.
Pide mate y sigue pensando.
Después llama a Rosa Esther.
-¿Así que tenés mano con suerte?
-Y... no sé -responde la muchacha, modosa y encogida, porque
desconoce si la atropellará un reto o la consolará un halago y considera
más posible lo primero.
-¿Qué jugaste, ajedrez no más?
-Y damas.
-¿Qué?
-A las damas.
-¿Y baraja?
-No, eso no, papá. Se lo juro -con dos dedos hace una cruz
sobre los labios.
Recela de haber llegado al punto más peligroso del interrogatorio.
No obstante, el padre pronuncia palabras insospechables:
-Bueno, eso se arregla. Yo te voy a enseñar.
El tono lleva algo de lamentación y de conformidad.
La niña mira al padre. El padre no sonríe, no sé burla. Ha ha¬
blado con toda seriedad.
Le da la impresión de que estuviera cansado a cuenta. Como
siempre que tiene que trabajar.
Le enséñala escoba de quince. Lo más sencillo, piensa. Resulta
excesivamente rudimentario para la chica. Tute, brisca, truco. Rosa
Esther no puede decir todos los versos que rima el padre, como un
floreo del juego. Ella no tiene memoria. Pero tiene lo que el padre
quiere: el camino siempre fácil para el triunfo. En la mesa de la
cocina el padre padece tantas derrotas juntas como no ha, experi¬
mentado en mucho tiempo de ronda por los boliches.
-Para el domingo hacé pasteles, Teresa.
Ha llegado el día señalado para la prueba. Invita a tres amigos.
Comen los pasteles con ensalada y vino tinto, en el patio, debajo
del parral.
Después Teresa pasa un paño húmedo al hule y el marido aparece
con el mazo de naipes y una cajita de granos de maíz. Arman el tute
de cuatro. El padre pierde. A cierta altura, socarrón, les confía:
—Para. el truco tengo otra flor.
Y presenta a la hija.
Se ríen. ¿Qué pretende? El truco no es juego de chicos, menos de
chicas. Pero le hacen lugar. Y ponen el pesito que no puede hurtarse
al partido aunque vaya en broma”. Al perder se dan cuenta de que
no es broma. Ellos no son jugadores novatos y no cualquiera les
gana de primera intención. A menos —se consuelan- que sea con
mucha suerte.
Como la.suerte se despega de ellos toda la tarde y no se resignan
a esa pérdida afrentosa— unos quince pesos por cabeza—, combinan
otra partida, por el desquite.
Al desquite acude un curioso.
La curiosidad, en la segunda ocasión, sale a la calle y gana el boliche.
Algunos amigos incitan al padre a que la lleve. Determinan una
noche de mirad de semana, con ciertas precauciones, para no llamar
la atención. Esa noche el bar tiene más gente que los sábados. Todos
hombres, ella sola mujer. De este lado del mostrador, porque del
otro está la esposa del dueño, indispensable para enjuagar tantos
vasos, mordida de curiosidad, ella también, por entrever el juego
de “esa negrita que arrea con todos”.
No pasa de ser la primera noche. Tendrá muchas.
Después, en cada oportunidad, al entrar en el callejón que termi¬
na con su casa al fondo, Rosa Esther saca del bolsillito desvestido
treinta, cuarenta pesos, que el padre recibe y cuenta, a la luz del
farol, antes de entrar.
-A tu mamá decile, si te pregunta, que no te fue muy bien. Que
ganabas veinte y perdiste diez.
El recelo del padre es de que siempre gane. Por fortuna, a veces
pierde. De lo contrario sólo la vanidad de algún jugador podría man¬
tener la aceptación de una muchachita en la mesa de .los varones.
El miedo de la madre es diferente. Teme por los hombres. No
faltará alguna mano...
La mano que una noche se desliza hacia Rosa Esther no va para
acariciar subrepticiamente, no va a despertar ladinamente la mujer.
Lesaca el rollito del bolsillo. Es el último partido y ella pierde: no
tiene por qué, al levantarse, poner la mano de nuevo allí.
En el callejón, sin el requerimiento del padre, ya innecesario,
busca el fajo. No está. Mira el suelo.
-Papá, se me ha caído.
Recorren el callejón, ayudándose con fósforos para descubrir la
huella de las pisadas, para buscar justo, justo, por donde vinieron.
Llegan al boliche. Hacen levantar al dueño. Revisan el piso.
-A la policía, habría que avisar. ¡Sinvergüenzas! Aprovecharse
así de una criatura.
El padre siempre amenaza con la policía, pero ni acude a ella ni
acudirá. Sabe que ningún policía que lo conozca “le hará justicia”,
“Como si lo hubiera llamado”, se dice mentalmente, en la noche
que sigue, cuando en la puerta del boliche aparece un vigilante. No es
el único que se intimida ante la presencia policial. En la mesa no hay
dinero, sólo porotos para marcar los tantos. Sin embargo, hay que bo¬
rrar de los ojos, de la nerviosidad de las manos, el indicio de las apuestas.
-Buenas, agente.
-¿Gusta de algo?
-¿Una copita...?
Con la mano dice que no y avanza mientras contesta.
El partido no se interrumpe, porque sería traicionar algo escon¬
dido. Rosa Esther no comprende en todo su alcance el peligro de
un policía en la mesa de juego. No se preocupa. Baraja ella. Los
dedos se je lian puesto muy ágiles.
El policía comenta: “¡Una luz...!”, mientras, de pie no más, ocupad
hueco que le han abierto en la rueda. Todos asienten con un murmu¬
llo, no arriesgan otro comentario. Ignoran a qué ha venido él vigilante.
Él incita: “¿Y...? ¿No hay plata?”. Algunos dicen que no con la
cabeza. Uno lo niega abiertamente, con tranquilidad, como cosa
demasiado sabida: “No, agente. Qué va...”. El padre se cree obligado
a una información más clara: “Gusto no más agente. A los amigos
les gusta ser testigos del caso”. La llama el caso, porque no puede
negarlo y hasta huele que el policía ha venido justamente a constatar
la fama. Por eso esgrime la osadía como un reto: “Caso de suerte,
no más. Tanta que, por plata, no se le anima nadie”.
El vigilante lo mira. Ha recibido la insinuación y le parece que
hay una sobra de coraje. Tiene que achicarlo. Y para eso ya no es
cuestión de uniforme. Saca un billete de cinco pesos. Lo pone a una
carta. La muchacha corta y da. Recoge el billete de cinco pesos. El
policía le estudia el semblante. Le recuerda ese tipo de jugadores
que no se entusiasman con la ganancia. Rosa Esther rti siquiera le
devuelve la mirada.
El policía lleva la mano al pantalón. Busca un solo billete. No
quiere arriesgar demasiado. Dice: “Aquí hay otro”, y observa con
disgusto que ha sacado uno de diez.
Hace tres tiros más.. No consigue , retener ningún papel.
Entonces deja las manos quietas, sin confesar si no tiene más o
noi quiere seguir jugando, y opina:
-Caso de suerte, no más.
Se produce un momento de incertidumbre. Lo salva alguien con
un envite de escoba. Y para no pecar por exageración de pureza,
apuesta una vuelta de caña.
Da vuelta los ojos hacia el agente, mientras baraja, y le explica:
-Cañita dulce, de duraznito. Por la chica, usted sabe, agente.
No ha sido una buena noche. El padre de Rosa Esther sabe que ha
dejado un encono. Todo el tiempo estuvo deseando que cada mano
se le diera en contra, a la hija. Si hubiera conseguido prevenirla...
Pero la chica veía el billete y adelantaba porotos, estaba claro que
con el respaldo del padre, y éste no podía decir que no.
Deja en blanco cuatro días.
Visita al procurador. El procurador le confiesa que un empleado,
un tal Gutiérrez, no lo ha dejado hablar con el dueño de la tienda.
Habrá que hacer un amago de demanda. Hace falta plata.
El padre de Rosa Esther se sulfura: “¿Otra vez el metido ese? Yo le
voy a enseñar”. Pregunta: “Cuánto”. Cuánto dinero hace falta.
El procurador no sospechaba un acuerdo táñ candoroso y rió
tiene pensada la cantidad que puede obtener. Vacila:
-Y... a ver, unos cien, ciento veinte pesos.
-Le voy a traer cincuenta.
-A ver... puede andar, si es pronto. ¿Mañana...?
-Mañana.
Hay que ganar cincuenta pesos.
No cree haber entrado, otra vez, con el pie debido. Al primero
que descubre, el padre de Rosa Esther, es a ese que no conoce, que
había aparecido la noche que apostó el vigilante. Le cayó mal, aquella
vez. Tiene aire de compadre, pero compadre joven, que ahí está lo
malo. Y no es de la zona, ni de todo lo que él conoce en la orilla del
zanjón. Y no hizo apuestas, ni espiaba el juego. Sobraba, no más,
sin ofender. Pudo pasar, si era de pasada. Pero ha vuelto.
Antes de sentarse, el padre de Rosa Esther se acerca al mostrador
y hace una seña al bolichero.
-¿Quién es?
-¿No se acuerda? El hijo de doña Cristina Leyes, que era lavan¬
dera.
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-Sí, es cierto. Como se ha estirado, no lo reconocía. Pero, ¿cuánto
hace de eso?
Además la condición humilde de la madre no es una garantía de
lo que pueda ser el hijo. Por eso el padre de Rosa Esther, disimu¬
lando que habla, por si el aludido le mira la boca en ese momento
y reconoce la palabra, pregunta al bolichero:
-¿Batidor...?
De atrás del mostrador sale una mirada inquieta, la de un hombre
que hasta esc momento no había pensado que ahí está alguien que
representa un peligro. Lo observa bien, antes de contestar, y da un
argumento, para tranquilizarse:
-No creo. Mírele las manos. Ha trabajado. No mucho, pero...
A su vez el padre de Rosa Esther lo analiza. Resume sus conclusiones:
-Mucha ropa para tan poco trabajo.
-Y... a lo mejor... -y el bolichero hace el ademán de vistear las cartas.
Esto convence, aunque no del todo, al padre de Rosa Esther, por*
que es un argumento razonable y combina bien con la curiosidad que
provoca su hija. Está preparado, pues, para recibir sin sobresalto las
palabras que; con aire de sugestión y complicidad, le hace llegar en la
primera ocasión, con muchas pausas y hablándole muy cerca de la cara:
-Una joya, la chica. Lástima que no sepa el poker.
—¿Lástima...? —dice lentamente el padre, pero en voz alta, para
que alguno más atienda, por si hay provocación-. ¿Y por qué, si se
puede saber?
El otro lo mira sonriente, aunque sin pelea. Le descubre la des¬
confianza y lo quiere ganar:
-Porque es una pena que no salga del barrio. Yo sé de un café...
El padre se engalla ligeramente, como si atajara una insinuación
sucia. El otro lo comprende todo muy rápidamente y lo serena de
nuevo, con la sonrisa y con. el gesto:
-No se incomode, pues. Escúcheme un poquito no más. Yo sé
de un café, le decía, donde el poker llama mucho de esto -y se frota,
expresivamente, el pulgar con el índice.
La seña se ha quedado en el aire, encandilando al padre.
Convenido. Leyes le enseñará el poker. Él conseguirá que entre
sin revuelo en el café. El padre podrá cuidarla en todo momento.
No han hablado de la distribución de beneficios. Evitan hablar,
todavía, de ese. juego como de un negocio. Un pudor que aún se
puede sostener un tiempo. Hasta que sea necesario concretar.
Leyes se queda en camisa y Cuelga el saco con determinadas
precauciones. Luce bien, pero es siempre el mismo, y lo cuida.
Enseguida comienza la lección. Lo hace en serio, sin permitirse
distracciones ni bromas.
Doña Teresa, canta en el patio, mientras jabona la ropa.
Sin despegarse el cigarrillo del labio ni sacar la mirada de sus
cartas. Leyes indica:
-Por favor, don, dígale que...
El padre de Rosa Esther lo mira sin saber al principio qué quiere;
otra mirada y un movimiento de cabeza le ayudan. Sale al patio y
enseguida el canto se corta.
El hombre vuelve a la silla, junto a la mesa, y no atiende el juego por
un rato. No está muy seguro de haber acertado. No le gusta obedecen
Menos a alguien más joven que él. Menos, en su propia casa.
Más le fastidia la invasión de doña Teresa. Pero al marido no
puede protestarle. Se le atreve al mozo porque fue vecina de la madre:
-¿Y usted no trabaja en nada?
-¿Por qué lo pregunta, señora? -responde muy tranquilo y muy
pausado, sin molestarse.
-Como viene todas las tardes.
-Observadora, ¿no? -sonríe-. Da la casualidad que estoy de
licencia.
-¿Y dura siempre esa licencia? -pregunta Rosa Esther riéndose
con simpatía.
Él la mira y enseguida le ayuda a reírse. Se han entendido.
Hasta ese momento, Rosa Esther nunca había dicho, para él, una
frase ajena a los temas del juego. Nunca habla en lá mesa. Nunca
habla con los hombres. Lleva semanas de alternar con ellos y nada
ha conseguido perturbarla. Ni las malas palabras.
-¿No le parece que ya sabe bastante la muchacha? -reclama el pa¬
dre cuando el aprendizaje ha cubierto todos los días de una semana.
-Todavía no, don... El poker, usted sabe, es una historia que
tiene muchas historias.
El padre está por contestarle: “Más historias tenés vos”, pero se
contiene, porque reconoce que anda demasiado quisquilloso, por
culpa de un dolor reumático que le permite decir: “Ya ve amigo, el
trabajo al final lo mata, a uno”.
Leyes manosea, dueño de la situación:
-Para el poker hay que hilar fino, don.. No se apure por ser rico.
Ya llegará. Tenga paciencia.
Pero antes de llegar, el padre se enferma. “Un mal de cama”,
dictamina la esposa, y él acata, porque no puede resistir en pie.
Como es un mal de cama, sólo ál lecho se confía y no a médico ni
remedio alguno. Se deja estar.
Leyes se asoma a la pieza.
-Buenas... ¿Cómo anda hoy ese ánimo...?
-Así, así, no más. Bien, mejor dicho. Pero si me muevo, grito.
-¿Quiere que le llame la Asistencia?
-¡Hospitales, a mí, no! A mí no me encierran así como así.
-No se enoje. La Asistencia he dicho, no hospitales.
Y a los tres días:
-¿Y don...? ¿Se decidió?
-Venga, Leyes. Acérquesc.
Y cuando Leyes está parado junto a la cabecera, barajando el
mazo para la lección puntual, el enfermo le dice, con ese tipo de
pregunta que es un pedido.
-¿Usted no tendría.,.?
Con Leyes no es necesario hablar todas las palabras. Leyes no
precisa saber, siquiera, cuánto:
-No, don... Conmigo no cuente para eso. Voluntad no falta,
pero...
El padre sabe que no sacará nada de provecho con insistir. Echa
la cabeza sobre la almohada y con la mirada en el techo se queda
masticando la caída de una esperanza.
Leyes no se va. Sonríe.
-Hay una solución -Leyes habla con muchas pausas, hasta para
decir tres palabras: —“Hay una solución”.
Lo repite con un campaneo insinuante.
El padre mira a Leyes. Ve una sonrisa. Le desconfía, sin embargo,
se aviene a preguntar:
-¿Cuál...?
-X... usted sabe -Leyes arrastra las sílabas.
-¿Qué sé yo? -el padre está por enojarse, pero no lo hará mientras
no sepa bien de qué se trata.
-Usted lo sabe. La chica está lista para el café.
-¿Y ahora me lo dice?
-Ahora está lista y ahora le hace falta a usted -Leyes ha hablado
con mayor rapidez que de costumbre. Es una de esas conclusiones
suyas que no se pueden discutir.
El padre se toma un tiempito para dar su asentimiento. Como
demora, el otro lo impulsa:
-Ahora le hace falta a usted, ¿no...? -ha vuelto a demorar las
sílabas.
El padre accede con una queja:
—Justo ahora, que estoy en cama, que no puedo ir yo.
-¿No me tiene confianza, don...?
El padre lo mira y se silencia.
Es sábado. Rosa Esther se ha puesto lo mejor de su ropa. La ma¬
dre la ha ayudado a vestirse. Eso no sucedía desde que era chiquita.
Se ha fijado en los detalles: “Mirare esas mechas”. Y ella misma ha
metido el peine en la cabeza de la hija.
Al desembocar del callejón, Leyes la toma del brazo. A Rosa le
gusta. Le agradaría estrenar, esta noche, zapatos altos.
Toman un tranvía.
-¿Dónde es?
-Calíate. No preguntés. Te va a gustar.
La lleva aun baile. Hay mascarones pintados a un lado y otro de la
boca de entrada, que revienta de luces. Entran mujeres con vestidos
de telas brillantes, morochas en el fondo sencillas, como ella. Rosa
Esther descubre esa semejanza por debajo de la diferencia de los trajes.
- ¿Te gusta?
-Sí.
-¿Sabés bailar?
-Un poco.
-Vení. Yo te enseño lo demás.
Leyes vuelve solo a la casa de la muchacha. Pero dos meses des¬
pués de haber salido con ella.
La madre está sola. Lo recibe hosca, a la defensiva* como si te¬
miera que ese hombre pueda hacerle más daño. No puede mirarlo
dé frente, ni siquiera al hacer la pregunta:
-Ella, ¿dónde está?
Él la observa despreocupado, sin concederle mayor importancia.
Contesta con otra pregunta:
-¿Su marido, doña Teresa? A él lo busco -y condesciende a
explicar algo-: Tenemos que conversar,
-Ya va a venir. Ha salido -a su vez, explica-: Ya camina.
Se arrepiente de hablarle así a ese hombre. Entonces se anima a
mostrar la rabia. Le sale:
-Ya está avisada la policía. Le va a costar caro: es menor. Suerte
ha tenido hasta ahora. Quién sabe dónde la habrá escondido. Pero
se le acabó, ¡se-le-a-ca-bó! ¡Sofito tenía que caer!
Leyes no se afecta. Cuando ella termina el párrafo, se vuelve y
camina hacia la puerta.
Ella quiere atajarlo, con un grito:
-¡No se vaya! ¡Espérelo!
Sin detener su paso lento ni acompañar las palabras coa úna
mirada, él le Concede:
-No se asuste. No me voy.
Desde la boca del callejón, el padre lo descubre ante la puerta
de su casa.
Va diciéndose: Lástima de Colt que me dejé quitar”. Pero de
eso hace muchos años.
Desde que se ha levantado lleva en la cintura un cuchillitó corto,
de cocina, de hoja triangular y muy filoso y puntiagudo, que el saco
no deja ver.
No sabe si Leyes está armado.
Cuando lo tiene más cerca y lo ve tan sereno y sólido, considera que
será prudente parlamentar. “Pero si hace falta...”-, se dice, y acom¬
paña la reserva con un juramento, para comprometerse a no aflojar.
-Buenas, don...
El padre no recoge el saludo más que para advertirle:
—Usted sabrá si son buenas.
-Creo que sí, digo yo.
El padre se ha detenido, a dos metros, y espera.
—Vengo a decirle que nos vamos a casar.
Más de lo que el padre esperaba. Mucho más. No puede decirlo.
No quiere confesarlo. Se calla y sigue mirando¡ como diciendo: “Más.
Más cosas, para que yo entienda mejor. Esto no está muy claró”.
Leyes comprende la ansiedad y dice todo con franqueza:
-Me la llevé a prueba. Estoy conforme. La Esther va a tener uñ
chico -sonríe—. Cuando sea el tiempo, se entiende.
En la mesa de la cocina, el padre recobra la palabra:
-¿Dónde está?
-En una pensión.
La madre quiere saber:
-¿Cómo está?
Leyes vuelve la cabeza hacia ella. Se asombra de la pregunta:
-Bien. ¿Cómo va a estar?
Y dirige la mirada al padre, considerando que sólo de él espera
preguntas sensatas. El padre recoge con gravedad la distinción:
-Bueno, ahora quiero saber yo, ¿cuándo se van a casar?
-¿Casarnos...? En cuanto arreglemos. Yo, por mí... Y ella está
de acuerdo.
-Pero es menor.
-Claro -Leyes acepta que es menor, sin decir más, por no des¬
tapar. que teme mayores exigencias de los padres para otorgar el
consentimiento.
Sin embargo, el padre no le plantea directamente la cuestión.
-¿Dónde van a vivir, si se puede saber?
-Aquí no.
-¿Cómo, aquí no? -el padre se levanta.
Leyes recibe el disgusto sin alterarse, Se flama a una cautelosa
espera. Cuando el padre ha cesado de barbotar el enojo, hace escu¬
char su palabra pacífica que no se le importa mucho de la opinión
del prójimo.
-Yo le dije recién: “Me la llevé a prueba y estoy conforme".
Entiéndame. Si se enoja y no da la venia, me voy y no nos ven
más. No se la voy a devolver. No se haga ilusiones. Si me la llevé a
prueba era para ver cómo andaba en el poker con su suerte famo¬
sa. Si estoy conforme es porque anda bien. Además, me gusta. Es
flaquita, pero aceptable. Si la traigo acá, el negocio no anda, para
mí, se entiende.
Hace una pausa y pregunta:
-¿Estamos?
El padre comprende. No sacará nada de ese hombre. Nada.
Sin embargo las ilusiones, cuando se apagan, a veces dejan rescoldos.
Antes de comprometerse con una respuesta, deja caer algo que
parece preocupación paternal:
-¿Tendrán un chico? ¿Ya lo saben?
-Sí claro. Seguro.
-¿Ve...? -se lamenta el padre, como dirigiendo la queja a sí
mismo-. Me queda una sola hija. Se va. A los dos meses, ya está
casada y por tener un hijo. Al año ya tendrá su propia familia,
bien completa, y los viejos... solos, machucados y tristes -hace que
su mirada resplandezca como ante un hallazgo súbito-. ¿Y si nos
dieran el chico...?
-¿Darle el chico? ¿Y por qué? -con la sorpresa y la pregunta va
el rechazo; pero Leyes se consulta y halla que puede decir-: Yo, por
mí... ¿Pero la madre...? No va a querer, no.
El padre ha dado el consentimiento, a cambio de nada. El do¬
mingo vendrá a almorzar Rosa Esther con Leyes.
La madre espera el domingo.
Le pregunta al marido:
-¿Para qué querías el chico? Hay que criarlo, ¿sabés, ño?
El marido se fastidia por la pregunta:
-Es hijo de la Rosa, ¿no?
-Sí, es hijo, ¿y qué?
-¿Y si sacara la suerte de ella? Unos años de pobreza, pero después...
¿te das cuenta? A ése no se lo iba a llevar ningún compadrito.
La mujer se convence: hombre con mañas, el suyo. Medita un
rato el plan del marido.
-¿Qué estás pensando?
-Que Leyes tenía razón: que ella no iba a querer.
-¿Quién no iba a querer qué?
-Mi hija. No iba. a querer dártelo a vos.
Usa la voz de no ofender. Pero dice: “Mi hija”, y dice: “Dártelo
>»
a vos .
Llama, en la abierta puerta de calle, un par de manos.
La mujer obedece. El marido queda exigiendo jugo al mate.
La mujer regresa.
-Es el procurador, otra vez. Dice que si no le das algo el juicio
no puede seguir.
Ilustración: Eugenio Viti

