domingo, 15 de marzo de 2026

Un vagabundo toca con sordina (Knut Hamsun)





Se presenta un buen año de frutos silvestres: acerolas, uvas y zarzamoras. No es

que podamos vivir de ellos, pero son un encanto en medio de la tupida vegetación y

una alegría para los ojos.

Y muchas veces se anima uno al encontrarlos, cuando tiene sed y hambre.

En eso pensaba ayer tarde.

Ya sé que los tardíos frutos del otoño no madurarán antes de dos o tres meses.

Pero el campo da otras alegrías que los frutos. En primavera y en verano, los frutos

no son aún más que flores. Pero hay campánulas azules y tréboles puntiagudos,

bosques frondosos donde el viento no penetra, olor de árboles, calma. Desciende del

cielo un murmullo como de río lejano. Es el sonido más prolongado que existe para

medir el tiempo y la eternidad. A veces canta un zorzal. ¡Cómo se eleva su voz, Dios

mío! Al llegar a lo alto del agudo, hace de pronto un quiebro en su melodía, tan claro

y tan puro, que parece tallado en diamante.

A lo largo de las playas también existe la vida: el guillemote brincotea, y el

ostrero y la golondrina de mar. La aguzanieves va de caza y busca su alimento: con

el pico puntiagudo, distinguida y oscilante, se mueve a sacudidas; después se posa en

una rama, y también canta. Cuando el sol se ponga, acaso el somormujo entone sus

melancólicos hurras desde un apartado lago de la montaña. Es el final. Ya no queda

más que el grillo. No tiene ningún interés: se oculta a la vista y no sirve para nada.

Diríase que hace rechinar la resina.

Pensando en todo esto, saco en consecuencia que el verano tiene tantos encantos

para el vagabundo, que no hay razón para esperar el otoño.

Pero se me ocurre pensar que me refiero a estas cosas apacibles con palabras

serenas… como si nunca tuviera que llegar a sucesos violentos y peligrosos. Es una

habilidad que me enseñó un hombre en el hemisferio austral: Rug, el mexicano.

Alrededor de su inmenso sombrero refulgían diminutas lentejuelas de cobre.

Nunca lo olvidaré Pero lo que mejor recuerdo es la calma con que contó su primer

asesinato. «Tenía yo una buena amiga, llamada María —contaba Rug con aire

resignado—, y hay que decir, para que se comprenda mejor lo sucedido, que ella no

había cumplido aún los dieciséis años ni yo los diecinueve. Sus manitas eran tan

pequeñas que, cuando me tendía la diestra para saludarme o agradecerme algo, temía

se quedara deshecha entre mis dedos. Así era ella. El amo la recogió una noche en el

campo y la llevó a su casa para que le hiciera un zurcido. No había manera de

impedírselo. Por otra parte, apenas pasaba día sin que él la fuera a buscar al campo

para que cosiera en su casa. Así pasaron varias semanas; luego, todo se acabó. Siete

meses después murió María y la enterraron, y sus manitas chiquitinas también fueron

enterradas. Fui a encontrar a su hermano Inez, y le dije: “Mañana por la mañana, a las

seis, el amo parte para la ciudad a caballo y va solo”. “Lo sé —me contestó—;

podrías prestarme el rifle para matarle mañana”. “Lo utilizaré yo”, contesté. La

conversación giró en torno a otras cosas: a la cosecha y un gran pozo que acabábamos

de abrir. Al salir, descolgué el rifle y me lo llevé. Apenas había llegado al bosque,

Inez, que venía siguiéndome, me gritó que le esperase. Tras un rato de porfía, Inez

me quitó el rifle y volvió a su casa. Al día siguiente, por la mañana temprano yo

estaba en la barrera para abrir al amo. Inez también estaba allí, oculto entre la maleza.

Entonces le dije: “Empieza por largarte de aquí; no vayamos dos contra uno”. “Lleva

pistolas al cinto. Y tú ¿qué llevas?”, preguntó Inez. “¡Oh, nada! —contesté—. Una

plomada, que no hace ruido”. Inez contempló la plomada, reflexionó un instante, y

moviendo la cabeza, regresó a su casa. Entonces llegó el amo a caballo. Era canoso y

estaba muy envejecido: sesenta años, por lo menos. “¡Abre la barrera!”, ordenó. Pero

yo no abrí la barrera. Quizá creyendo que me había vuelto loco de repente. Me

descargó un latigazo. Fingí no darme por enterado y le obligué a echar pie a tierra y a

que abriese él mismo la barrera. Entonces le di el primer golpe que le alcanzó cerca

del ojo y le abrió un boquete. “¡Oh!”, exclamó, y se desplomó boca arriba. Le

descargué otros golpes hasta que lo rematé. Llevaba mucho dinero encima; tomé una

pequeña parte para las necesidades personales de mi viaje, monté a caballo y partí.

Inez estaba en pie junto a la puerta de su casa, cuando llegué. “En tres días y medio

estás en la frontera”, me dijo».

Así me contó Rug aquel suceso y, mientras lo contaba, me miraba a los ojos con

toda tranquilidad. No son asesinatos lo que propongo relatar, sino alegrías, y penas, y

amor. Y el amor es tan violento y peligroso como la pasión homicida. Esta mañana, al

vestirme, pensaba: «Ya verdean todos los bosques. Ya la nieve se funde en las

montañas; los rebaños encerrados en los establos quieren salir y en las casas de los

hombres las ventanas se abren de par en par». Entreabro yo mi camisa y dejo que el

viento acaricie mi piel y siento que el influjo de las estrellas y una turbulencia

desenfrenada se adueñan de mi alma. Es un momento como yo he vivido otros hace

muchos años, cuando era joven y más fogoso que hoy. Acaso exista en el Este o en el

Oeste, he pensado hoy, un bosque en que un viejo pueda sentirse tan feliz como un

joven. Hacia allí voy.

Alternan lluvia, sol y viento; he caminado ya durante muchos días; hace aún

demasiado frío para acostarse al aire libre durante la noche; pero encuentro

fácilmente refugio en las granjas. Alguien se asombra de que yo camine y camine sin

objeto; debe de tomarme por un personaje disfrazado que pretende ser original, como

Wergeland. Ese tal ignora mis proyectos, mi deseo de llegar a ciertos lugares

conocidos donde hay personas que quiero volver a ver. Pero no le falta sentido

común, y moviendo la cabeza, le doy a entender que no está del todo equivocado.

¡Una de las tonterías más corrientes en los hombres es la satisfacción de que alguien

nos tome por más de lo que somos! Pero la mujer y la hija salen en mi defensa y lo

acorralan con su charla cordial y vulgar: «No ha pedido limosna y ha pagado su

comida». Entonces me acobardo y apelo a la astucia: no contesto y dejo que el

hombre descargue contra mí nuevas acusaciones a las que tampoco replico. Y los tres,

almas sencillas, triunfamos del sentido común del hombre, que se ve obligado a

confesar que bromeaba. ¡Ya sabíamos que bromeaba! Permanecí en la granja un día y

una noche, engrasé mis zapatos con desusado esmero y repasé mi traje.

Pero el hombre concibió de pronto nuevas sospechas: «Al despedirte, darás a mi

hija una buena propina», dijo. Fingí que aquello no era cosa de mi incumbencia, y

pregunté riendo: «¿Usted cree?».

«Sí —me contestó—, y así nos convenceremos de que eres un personaje».

¡Qué antipático me era! Pero me hice el sordo a sus burlas y le pedí trabajo. «Me

gusta mucho el lugar —le dije—, y ya que me necesita, puede emplearme en lo que

quiera en esta época de trabajos penosos». «Lo que yo quiero es verte lejos —me

contestó—. Eres un loco».

Sin duda me había tomado ojeriza, y en aquel momento ninguna de las mujeres de

la granja estaba presente para defenderme. Lo miré de pies a cabeza, sin comprender

su conducta. Su mirada era firme, y tuve de pronto la impresión de no haber visto

jamás unos ojos tan inteligentes. Pero exageró su malquerencia, superándose a sí

mismo. «¿Cómo diremos que te llamas?», me preguntó. «No tienes por qué hablar de

mí», le contesté. «¿Un Eiber Sunt ambulante?», agregó él. Le seguí el humor y

contesté. «Sí, eso es». Pero el hombre se moría por sonsacarme algo y la lengua se le

desataba por momentos. «¡Qué lástima me da la señora Sunt!», exclamó. «Te

equivocas. No tengo señora». Y, sin más, me alejé; pero él, con una acometividad

afectada, gritó a mis espaldas:

«Eres tú quien se equivoca. Quise decir la madre que te echó al mundo».

Abajo, en la carretera, me volví y vi que el hombre era alcanzado y reconducido

por su mujer y por su hija.

Y pensé para mis adentros:

«No, no siempre camina sobre rosas el vagabundo».

En la granja vecina me dijeron que aquel hombre era un antiguo sargento furriel

que estuvo recluido algún tiempo en un manicomio, a causa de un pleito perdido ante

el Tribunal Supremo. En aquella primavera, la enfermedad volvió a apoderarse de él

y acaso mi llegada fue el último empujón que le hizo caer por la borda. ¡Pero, Dios

mío, qué muestras de lucidez, precisamente cuando la locura se cebaba en él! Lo

recuerdo de vez en cuando como una lección; es difícil conocer a los hombres y saber

quién está loco y quién está cuerdo.

¡Dios nos libre de ser adivinos!

Aquel día pasé por delante de una casa, en cuyo umbral se sentaba un joven

tocando la armónica. Nada tenía de músico; pero debía de ser un temperamento

alegre, puesto que tocaba para sí. Le saludé en silencio, llevándome la mano al gorro,

para no distraerle, y me detuve lejos. Sin hacerme el menor caso, siguió tocando la

armónica, y, cuando la apartó de sus labios para descansar, aproveché la ocasión para

toser.

—¿Eres tú, Ingeborg? —preguntó.

Creí que hablaba a una mujer que estaría detrás de él en la casa, y no contesté.

—¿Qué haces ahí parada?

Pregunté desconcertado:

—¿Yo? ¿No me ves, pues?

No contestó.

Hizo algunos movimientos tanteando a su alrededor, y comprendí que era ciego.

—Sigue tranquilamente sentado. No te asustes por mí —le dije.

Y me senté a su lado.

Hablamos de muchas cosas. Tenía dieciocho años, estaba ciego desde los catorce,

era corpulento y fuerte, y sombreaba su rostro una barba incipiente. «A Dios gracias

—dijo—, tenía buena salud». «Pero ¿y la vista? —le pregunté—. ¿Se acordaba aún

del aspecto que tenía el mundo?». «¡Oh, por aquella época!». En resumen, estaba

satisfecho y alegre. Aquella misma primavera iría a casa de un profesor de Cristianía

para que le operasen; recobraría la vista; en todo caso, lo necesario para poder andar.

Esto sería fácil. Sus facultades eran muy limitadas; debía de consumir mucho

alimento, a juzgar por su gordura y su vigor bestial. Pero diríase que había en él algo

de malsano, algo de idiota; la resignación con su suerte parecía demasiado absurda.

«Tal plenitud de esperanza presupone cierta tontería —pensaba yo—. Hay que ser

algo imbécil para estar siempre satisfecho de la vida y esperar por añadidura algo

bueno y nuevo».


Pero yo estaba dispuesto a aprender un poco de todo en mis peregrinaciones: aun

aquel desgraciado, sentado ante el umbral, me iluminó respecto de una particularidad

al parecer insignificante.

¿Cómo pudo confundirme con Ingeborg, la mujer a quien llamó? Debí de llegar

muy silenciosamente, me había olvidado de conducirme como lo que era, y además

mis zapatos eran demasiado ligeros.

Estaba echado a perder por las prácticas delicadas a que me había entregado

durante tantos años; tenía que ejercitarme en los trabajos duros si quería volver a ser

un campesino.

Faltaban tres días para llegar a donde mi curiosidad se había propuesto: a

Oevreboe, a casa del capitán Falkenberg. Era el momento oportuno para pedir

trabajo: se trataba de una gran propiedad y en tiempo de primavera no faltaban

trabajos que realizar.

Seis años hacía que estuve allí, y varias semanas que me dejaba crecer la barba

para que nadie me reconociese.

Estábamos a mitad de semana y quería llegar el sábado por la noche.

Así me permitiría el capitán pasar provisionalmente el domingo y reflexionar

sobre mi petición: el lunes me diría sí o no.

Lo curioso era que no experimentaba impaciencia alguna ante lo que me

esperaba. No, ninguna inquietud.

Iba paseando muy despacio, de granja en granja, entre bosques y prados. Pensaba

en mi interior: «¡Y, sin embargo, en ese mismo Oevreboe viví en otro tiempo algunas

semanas ricas de emociones; allí llegué a estar enamorado de la señora, de la señora

Luisa!». ¡Sí, lo estuve! Sus cabellos eran rubios y sus ojos de un gris oscuro; parecía

una muchacha. Hace seis años de esto, ¡cuánto tiempo! ¿Habrá cambiado mucho? A

mí el tiempo me ha consumido, me ha vuelto tonto, indolente e indiferente: ahora

miro a una mujer como si fuese literatura. Es el fin. Bueno, ¿y qué? Todo ha de tener

su fin. Al principio de esta frase, experimentaba el sentimiento de haber perdido algo;

como si me hubiera pasado rozando un carterista.

Y me puse a examinar si podría soportarme a mí mismo después de esto, si

realmente podía sostenerme.

¡Oh, sí! Ya no era como antes. Todo había pasado sin ruido, tranquila, pero

seguramente. Todo ha de tener su fin.

En la vejez, no se vive la vida; sólo nos mantenemos de pie por los recuerdos.

Somos como cartas que se han expedido: no estamos ya en circulación, hemos

llegado al destinatario. Queda por saber si nuestro contenido ha desencadenado

tempestades de alegrías y de penas o si no hemos dejado impresión alguna. ¡Gracias a

la existencia que se vivió alegremente!

La mujer es tal como la han descrito todos los sabios: infinitamente mediocre en

sus facultades, pero rica en irresponsabilidad, en vanidad, en ligereza.

Tiene mucho del niño, excepto la inocencia.

Me detengo cerca del poste donde se bifurca el camino para subir a Oevreboe. No

me agita ninguna emoción.

La claridad del día se extiende por prados y por bosques, acá y allá, en los

campos, se ara la tierra y se rastrilla; todo se hace suavemente, casi sin moverse; es

cerca del mediodía, y el sol quema.

Voy más allá del poste, para ganar algo de tiempo antes de llegar a la granja.

Cerca de una hora me entretengo por el bosque y vago un poco entre los arbustos en

flor y aspiro el perfume de las tiernas hojas verdes. Bandadas de zorzales persiguen

por el cielo a una corneja y hacen un ruido del demonio; es como una cencerrada

de castañuelas que tocasen a destiempo. Me tiendo boca arriba, con el saco bajo la

cabeza y me duermo.

Al cabo de un rato, me despierto y me dirijo al labrador más próximo: deseo

informarme un poco de los Falkenberg, en Oevreboe; si viven aún, si todo marcha

bien en la hacienda. Me encuentro ante un hombre que me da respuestas

circunspectas.

Allí está, lleno de astucia, con los ojos pequeños, y dice: «Falta saber si el capitán

está en casa». «¿Suele ausentarse?». «No, debe de estar en casa». «¿Ha hecho ya las

labores de primavera?». El hombre sonríe. «¡Oh, no! No debe de haberlas hecho».

«¿Tiene bastante gente?». «Esto sí que no lo sé. ¡Oh! Sin duda. Y las labores están

hechas. Por lo menos, el estiércol está acarreado. Sí, ya lo creo».

Después el hombre arrea los caballos dando un chasquido con la lengua y

continúa arando y yo le sigo. No puede sacarse de él gran partido. Apenas se paran

los caballos para respirar, le arranco hábilmente nuevas contradicciones sobre la

gente de Oevreboe: el capitán pasaba casi todos los veranos en el campo de

instrucción, y la señora se quedaba sola. ¡Oh! Tenía siempre forasteros en casa, claro;

pero el capitán estaba ausente.

Sin duda, se encontraba mejor en casa, desde luego; pero tenía la obligación de ir

al campo de instrucción. No, no tenían hijos todavía, y no parecía que ella hubiera de

tenerlos. «Pero ¿qué digo? Aún puede tener muchos hijos, un montón, ya lo creo.

¡Arre, caballo!».

Labramos y respiramos de nuevo. No quería llegar a Oevreboe como un

aguafiestas, y pregunté al hombre si había aquel día reunión de forasteros en casa del

capitán. Creía que no. Sin embargo, podría suceder que hubiese reunión. Y música, y

pianos, e invitados; en aquella época, siempre los había; pero… Los Capitanes eran

gente «chic», no tenían dificultades, les sobraban recursos, con la riqueza y el

esplendor que había en su casa.

Aquel labrador era un suplicio. Quise entonces saber algo referente al otro

Falkenberg, mi antiguo compañero en la tala de árboles, aquel que afinaba los pianos

en un periquete. Lars Falkenberg. Los informes fueron en este caso más precisos.

¿Lars?

Sí, estaba allí.

Podía creer que conocía a Lars.

Había dejado de servir en Oevreboe, pero el capitán le había cedido un pedazo de

tierra labrantía que le producía lo bastante para vivir; se había casado con Emma, la

criada, y tenía dos hijos. Era gente activa y laboriosa, que mantenía ya dos vacas en

su pequeña propiedad.

Al llegar aquí, acabó el surco y el hombre hizo dar la vuelta a sus caballos.

Entonces me despedí, y me alejé. En el patio de Oevreboe reconocí todas las

dependencias; pero la pintura estaba muy gastada.

El asta de la bandera que ayudé a levantar seis años antes, aún estaba en su

puesto; pero observé que no tenía cuerda y que la bola de arriba se había

resquebrajado.

Había llegado al punto de destino. Eran las cuatro de la tarde del 26 de abril.

Los viejos conservan el recuerdo de las fechas.




Ilustración: Guy Pene du Bois

sábado, 14 de marzo de 2026

Los murciélagos del Brasil (Capítulo 12)









 ¿QUÉ VEN LOS OJOS DE LOS MURCIELAGOS?

 

 


12

     

 

 

Mendoza miraba la costa, tierra adentro, adonde se habían llevado a Altea más de una semana antes. El cabo Domínguez lo había perseguido con la mirada los dos primeros días, luego había estado dando vueltas alrededor cuando lo veía desocupado, alternando un saludo con algún comentario trivial. Después, se presentó una tarde en su despacho y le había preguntado cuándo zarparían para continuar con los compromisos comerciales. El capitán le había dicho:

     - ¿A usted le parece que puedo seguir viaje antes de que vuelva la señora Altea?

     Domínguez no hizo más que callarse la boca. ¿Quién era ese cabo, se preguntó muchas veces Mendoza, detrás de la humilde sumisión con que se protegía? Lo había visto observar a la tripulación y al barco como si tomara notas con los ojos, y escribiera de memoria en su camarote en algún cuaderno ajado que escondía bajo el uniforme. Lo había visto leer los libros que Natacha le traía, lo escuchó hablar de historia y de política, y en alguna ocasión lo oyó enzarzarse en una discusión con Iribarne sobre España y sus colonias. Fue la única vez cuando lo vio levantar la voz y acalorarse. Observó el gesto de satisfacción de Iribarne al provocarlo, y la admiración que había producido en Natacha. Hasta el chico Ruiz se había sentado durante todo el tiempo que duró la discusión atenta a cada palabra y gesto del cabo.

      Domínguez sacó un papel del bolsillo y lo extendió al capitán. Era un telegrama del gobernador. Ya sabía que el cabo era un esbirro de Farías, pero no esperaba que se mantuvieran tan cuidadosamente comunicados.

      - ¿Y para qué me muestra esto? Con decirme que Farías manda esto o aquello…-La ironía nunca caía bien en el gesto de Mendoza, pero siguió porque necesitaba desahogarse - ¿No será usted algún pariente del gobernador, porque me parece raro que en sus filas tenga a alguien tan…cómo podría decirle…tan culto, tal vez? Es usted un hombre educado, cabo, y si continúa en ese rango no es porque no lo hayan querido ascender, sino porque sirve más de esta forma.

     Domínguez lo observaba a los ojos mientras la sombra velada del atardecer aparecía desde atrás de los muebles y las cortinas. El rostro del cabo era ahora severo, y parecía un escritor de esos cuyos grabados se ven al principio de los libros de filosofía o historia del siglo 17 o 18.

      -En realidad, capitán, soy un protegido del gobernador. Nací prácticamente huérfano en Posadas. Mi madre murió de puérpera unos días después de mi alumbramiento, y mi padre, quién sabe, dicen por ahí que fue un jesuita, de los pocos que quedaban por acá. A lo mejor, ya ni siquiera era un cura porque la orden había sido prohibida en todo el mundo, como ya sabe. Era un hombre, solamente, y mi madre, quién sabe…El gobernador dijo que era medio india, pero una vieja dice haberla conocido y me contó que era uruguaya, de una familia acomodada, qué sé yo, durante el sitio de Montevideo. El señor gobernador me mandó a estudiar a Córdoba, leyes y teología. Estuve en Buenos Aires recibiendo clases de Gutiérrez sobre historia y literatura. Cuando me vine de vuelta a Posadas, el gobernador me agarró de los hombros y me dijo: “Muchacho, no te puedo tener a mi servicio, ya sos demasiado inteligente para servirme”.

      El capitán Mendoza no pudo evitar una sonrisa.

      - ¿Y por qué le sirve de espía, entonces?

      - ¡Qué sé yo! A lo mejor mientras más se sabe más se duda. Una cosa es saber y otra aprender. Ya me di cuenta de que se aprende en la vida y no en los claustros.

      - ¿Y está dispuesto a arrestarme, o hasta ejecutarme, como dice acá, si me resisto? Disculpemé, cabo, pero no lo veo a usted como un militar muy avezado. Y es raro que Farías lo haya mandado con una orden tan terminante.

      -Mi trabajo era mantenerlo a usted dentro del río, capitán. Un disparo es una advertencia. Tengo experiencia de caza, capitán, y ya le demostré mi puntería cuando pasó lo de Iribarne.

      - ¿Pero está dispuesto a ejecutarme? No es lo que los Oro o los Funes le enseñaron…

      Domínguez se rio.

      - ¿De qué se ríe, cabo? - Mendoza quería aparentar enojado para ocultar su inquietud.

      -Es que, bueno, capitán, se dice desde hace tiempo que Funes fue uno de los que traicionó a Liniers y a los otros que fusilaron en Córdoba.

      El cabo tomó su arma que hasta entonces tenía en bandolera y presentó armas frente al capitán Mendoza, quien intentaba escrutar en cada acto de ese hombre que era una mezcla de muchos hombres, el cura sabiondo y el militar corrompido, especialmente. Pero a la vez no era ninguno de los dos. Había dicho, un momento antes, que se aprende en la vida, y el cabo, además de observar, actuaba.

     Se despidieron esa tarde, casi anochecida, en una despedida de silencio que implicaba conformidad. El capitán en su barco, el barco en el río, y el río que continuaba ya no como el Paraná, sino como Paranaiba. Hacia el este estaba la confluencia del Río Grande, pero los negocios que había contratado estaban del otro lado, el oeste más oculto y propicio para los tratos de Farías, que parecía extender su influencia cada vez más. Y había demostrado una inteligencia mayor a la que cualquiera esperara al conocerlo, al no mandar asesinos o ejércitos sino hombres diestros. Un abogado con aires de santurrón y un fusil en las manos le era más útil, sin duda. ¿Estaba él dispuesto a obedecerlo, o a arriesgarse a ser fusilado sin que nadie lo extrañara ni reclamase por su muerte?

 

      Pero antes de la de visita del cabo, lo había mantenido en un estado de irritación la presencia constante de Iribarne. Iba y venía por la cubierta con el chico en brazos. Aún no le había puesto nombre porque se esperaba que lo hiciera la madre cuando regresara. Pero José no demostraba impaciencia por Altea, sino por algo que parecía llamarlo desde el norte, hacia donde llevaba su mirada cuando estaba distraído y con el bebé en brazos. Por más que fuese su sobrino, se dijo Mendoza, no comprendía esa ansiedad que le veía en la cara, en los gestos del cuerpo cuando sostenía al chico, y en los movimientos de las manos cuando lo mecían o le daba leche de cabra con una tetina de tela.

      -El tiempo está espléndido por esta zona- dijo Iribarne una tarde, sentado en la mecedora que había estado en la habitación de Altea y que sacó para dormir al bebé al calor de la siesta. Natacha y Carmen habían reclamado el cuidado del recién nacido, pero más allá de cambiarle los pañales o bañarlo, Iribarne se había apropiado casi todo el tiempo de él. De noche dormía en su camarote, en una cuna junto a la cama. Carmen se encargó de que todos supieran que lo había escuchado hablarle al chico, a veces canciones de cuna, otras oraciones católicas en latín, otras, quién sabe…Todo le parecía raro, y había desistido de entrometerse. Por esos mismos días había ya tomado la decisión de dejar el barco.

    -Capitán, si ya no me necesitan, quiero irme…

    - ¿Y va  a volver a las suyas?

     Carmen se rio, y la carne que escondía bajo el vestido y que tanto había dado que hablar tiempo antes, se agitó con su risa.

     - ¡Ya estoy vieja para eso, y muchas pestes me pesqué de ustedes, dicho de paso! Me refiero a los hombres en general, capitán... -Desvió la mirada, y alguien que no la conociera podría haber visto algo de rubor en sus mejillas.

      -Es que tengo primas y primos por acá en Brasil. Es cuestión de buscarlos, y mientras, ya me arreglaré.

      -Es usted libre, Carmen.

      Quiso continuar, y como no podía la mujer lo ayudó.

      -Nada de eso, capitán, nada de sentimentalismos. Necesito sentirme útil, sino siento que se me acaba la vida. Incluso siendo una puta…ya sabe lo que quiero decir…la sonrisa de un hombre en esos momentos es algo difícil de olvidar. Lo que ustedes nos dicen casi siempre son pavadas, y lo que hacen y construyen es admirable, porque lo hacen con el sentimiento transformado. Son ingenieros del cielo, ustedes, y cuando lo ven realizado, tienen una mirada de éxtasis absoluto. Convierten el sentimiento en pensamiento, y ese pensamiento entonces es casi celestial.

     En eso pensaba cuando se encontró con Iribarne una tarde sobre cubierta. Tenían la vista puesta sobre el noreste, sobre el Paranaiba.

      - ¿Cuándo cree que retomemos camino, capitán?

      -Ya le dije que cuando Altea regrese.

      José estaba seguro de que no regresaría, y probablemente Mara tampoco. Tenía que volver a España, y en estas latitudes era más práctico llegar lo más que pudiese al norte y la costa del Atlántico. Se levantó de la mecedora y se acercó al capitán, que miraba la costa con los brazos apoyados en la baranda, una bota metida entre las maderas, y fumando una pipa que tal vez había pertenecido a su padre o alguno de los otros famosos Hurtado de Mendoza.

     -No veo el motivo de que se comporte como un marido preocupado, capitán. Usted ya tiene una mujer, y Altea no es su esposa, ni este chico es suyo.

     Mendoza tranquilamente vació la pipa haciéndola percutir en la baranda, la metió en su estuche y guardó éste en un bolsillo.

      -Yo creo que tampoco suyo.

      Iribarne sostenía al bebé dormido con ambas manos, pero desprendió una para secarse el sudor de la frente y se limpió en los pantalones. Ahora sonreía con sorna.

     -No me haga hablar, capitán, porque nos iremos a las manos.

     -Si se escuda con un bebé seguramente que no…

     Iribarne se dio vuelta para dejar al chico en la mecedora.

      -Ahora nada se interpone...-Apenas lo dijo, Mendoza le dio un puñetazo que lo derribó al piso. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de hacerlo. Algunos hombres habían visto pero no se acercaron.

      Iribarne se secó la sangre del labio e intentó parase con dificultad, todavía le dolía la pierna. Cuando estuvo de pie, dijo, levantando las manos:

     -Está bien, usted gana la pelea, pero déjeme hacerle saber que en ese chico corre sangre mía, capitán. Ese chico me pertenece por derecho, y sin su madre…

     Mendoza lo agarró de la ropa.

     - ¿Y usted qué sabe?

     -Lo mismo que usted, querido, si tuviese tanto valor de mirarse a sí mismo como el que tiene al enfrentarme.

     Mendoza lo soltó y vio al cabo observando todo desde lejos, casi desde la otra punta del barco. El chico Ruiz estaba con él, y el perro Max.

  

     Finalmente, los dos, Domínguez e Iribarne lo convencieron a retomar el camino hacia el Paranaiba. Mientras daba la orden, no sabía si eran su boca y su voz las que pronunciaban las palabras, sino algo más que llamaría fatalidad si no fuese católico, o culpa si seguía las creencias en las que había sido formado. En el norte está el principio, y en el principio las causas. Buscando los motivos de las cosas, exploramos hacia la profundidad, pero no es el sur adonde llegamos, sino al norte: el hueco oscuro del cráneo lleno de anfractuosidades, como lo había visto en los libros de anatomía en la biblioteca de Aurora Valverde. Le había hablado de grietas y canales por donde pasan nervios y arterias, de fracturas que parecían haber estado desde el inicio del hombre, como si el cerebro humano fuese un mar sometido a inagotables torbellinos de viento, formando esas playas de huesos como rocas deformes. Y entre todos ellos el os sphenoidale igual a un pájaro de alas petrificadas que ha encontrado una única manera de levantar vuelo: creando un espacio vacío por donde hacer pasar todo lo creado. Y con ese fermento, emprender el vuelo hacia las zonas profundas donde ya no haya huesos ni sangre, sino el sepulcro del olvido.

 

 

 

*

 

 

 

El Paranaiba era estrecho, y era muy probable que encallaran. Sin embargo, luego de mantener la guardia las veinticuatro horas, comprobaron que el cauce era suficientemente profundo para el “Juan Manuel”. Durante varias noches, mientras acompañaba la vigilia de sus hombres, y esperando sentir en cualquier momento el roce de una roca o el sordo freno de un banco de arena, o quizá el detritus de troncos y ramas que se acumulaban en todo río de corrientes lentas, pensaba si valía la pena lo que estaba haciendo. ¿Pero acaso era ese viaje una obligación contraída por la extorsión de Farías, o no era ya su objetivo desde que había comprado el barco? Había sabido, desde Buenos Aires, que la empresa no sería fácil, que encontraría escollos en cada kilómetro del recorrido, que no podría conocer la realidad del río antes de haber hecho el recorrido completo, que encontraría desastres naturales, que habría negocios que no podría cumplir. Y allí estaba, en Brasil, con el barco casi intacto. No eran el dinero ni el éxito de los negocios lo que lo había impulsado, esas eran excusas.

      El barco ascendía hacia el norte a lo largo de uno de los ríos más extensos del mundo, lleno de infructuosidades, de recovecos, de múltiples climas, costas, pueblos y gente. Pero el capitán y su barco estaban intactos, por lo menos a la vista de aquellos que los veían pasar desde las riberas empobrecidas. Un velero francés con una gran chimenea a vapor, una especie de monstruo que no pertenecía a ninguna época, sino a una peculiar transición, como el otoño que recientemente habían dejado atrás. Y el invierno al que habían entrado era más caluroso que aquel. El sol refulgía en los metales de las escotillas y la chimenea, y la madera de cubierta lucía pulcramente brillante y limpia. Los hombres habían aprendido, por fin, lo que él deseaba, y ellos deseaban, ahora, lo mismo. Sin mujeres, ellos eran los dueños de casa. El barco era únicamente suyo. Con excepción de la mujer del capitán, que se había eclipsado, encerrada en su camarote, dedicada a su culto por el hijo muerto, o a rezar a los fantasmas que veía en los rincones del barco.

       Mendoza extendió los mapas sobre el escritorio frente al timonel. Aníbal Molina había crecido en estatura y experiencia. El cargo que ocupaba desde la muerte de Márquez no le había quedado grande. De pronto, luego de vacilar al principio varios días, se había vuelto inquieto y atento a todo lo que pasaba. Ahora tenía los ojos puestos en la guardia de proa, los oídos desdoblados para sorprender cualquier ruido bajo quilla o cualquier indicación del capitán, que a sus espaldas consultaba la cartografía que él recién estaba comenzando a entender.

      Era de noche, pero la luna era grande y la luminosidad dejaba ver cualquier escollo que pudiera interponerse en el camino. La luz de la luna penetraba las aguas y se perdía hasta morir. Y fue esa noche cuando escucharon los primeros cañoneos. Ambos levantaron las cabezas y miraron a los guardias, que señalaban hacia la costa del Brasil. Destellos de luz aparecían unos segundos antes de escucharse el cañoneo. Era una conversación monótona: disparaban de un lado, desde el sudeste, y respondían desde el noroeste luego de un rato. Parecían dos enemigos que cumplían una rutina, o dos amigos que se contestaban con pereza.

      Apareció Domínguez con el rifle bajo el brazo.

      - ¿Sabe algo de eso, cabo? -preguntó Mendoza.

      -Son los rebeldes, no se rinden desde la asunción de la República.

      El capitán agarró los binoculares y exploró la costa.

      -Se ven soldados a la luz de la pólvora, parecen republicanos.

      - ¿Muchos?

      Mendoza notó preocupación en la voz del cabo.

      -No puedo saberlo desde acá, pero se mueven con rapidez hacia el sudeste.

      Fue recorriendo la costa, sentía la ansiedad de Domínguez para que le cediera los binoculares. Tal vez pudiera utilizar esa ansiedad para sonsacarle más de lo que ya había dicho. El cabo era una cebolla con incontables capas. O una caja de Pandora.

     Cuando dejó los binoculares, Domínguez estaba mirando el mapa y señalaba un recorrido con un dedo a lo largo del río. Tenía un lápiz y marcaba un itinerario que no representaba más de cinco kilómetros.

      - ¿Hay algún negocio del que no esté enterado? -preguntó Mendoza.

      -A estas latitudes, capitán, ya se habrá dado cuenta que no podemos avanzar más. El río termina, o nace en realidad, en grandes lagunas que cambian todos los años. Usted no conoce mucho por estos pagos, pero yo conozco todo esto desde que era chico.

      - ¿Y para qué me obligó a venir hasta acá a riesgo de encallar? Si era por el dinero, mire que todavía tenemos que encontrarnos con unos negreros de Bom Jesús. - Pensó en Tomasa, y era mejor que se hubiera muerto antes de escucharlo ahora.

      -Porque en realidad no es necesario que lleguemos a la ciudad. En la costa podemos encontrarnos con los pasajeros.

      - ¿Pasajeros a dónde?

      -A seis kilómetros sobre la costa brasileña nos espera un bote con una pasajera. Es una misión diplomática, capitán, aunque no oficial.

      Otra capa descubierta, se dijo Mendoza. Farías y su hermano en Buenos Aires eran partidarios del imperio, eso decían en todas partes. Y aunque era seguro que el gobierno de Buenos Aires los apoyaba, no podía aprobarlo oficialmente. Las tramoyas con el Imperio durante y después de la guerra eran más complejas que un juego de ajedrez, y los argentinos siempre reclamaban la honra después de perder la dignidad.

      -Así que esa siempre fue su misión al acompañarnos-dijo Mendoza-. Rescatar a algún miembro de la familia de Don Pedro, ¿no es cierto?

      -Lo que ellos hagan no nos interesa, sólo son favores diplomáticos que se devuelven.

      - ¡Pero la puta madre que lo parió, Domínguez! ¡Hable sin rodeos de una buena vez!

      La voz del capitán había sonado tan fuerte como el golpe sobre la mesa. Los guardias miraron desde la proa, Molina escuchaba sin dejar de vigilar la superficie del río.

      -La quieren ayudar a recuperar el trono, a Isabel, la hija mayor. Dicen que no está segura y quieren llevara a Portugal. Desde allá, quién sabe…

     - ¿Y debemos llevarla a Buenos Aires?

     -Eso es, capitán. Pero nadie debe saberlo, por supuesto.

     -Bueno, supongo que el Imperio es suficientemente rico como para pagarnos este favor. ¿O yo sigo con el yugo al cuello y debo convertir a mi barco gratuitamente en una carroza imperial?

     -Nada es gratuito, capitán. Lo que dijo el gobernador sigue en pie. No hace falta que entregue nada de lo que ganó, pero debe llevarnos a Buenos Aires.

     Los cañonazos volvieron a sonar durante el resto de la noche. A veces más fuertes y seguidos, otras como toses de perros.

      Al amanecer todos seguían en sus puestos. Mendoza estaba parado con los brazos cruzados, pero los ojos se le cerraban. Molina, como atado al timón, no relajaba su voluntad. Su cuerpo se había hecho tan resistente como ella. Se había dejado la barba más larga, porque lo hacía sentirse más capitán que timonel, se había sacado la camisa y exponía su pecho y los músculos de sus brazos porque así se sentía más seguro de sí mismo. Sus ojos, sin embargo, estaban cansados. Los guardias eran otros ya al comenzar la mañana.

       Les llevaron la comida del mediodía. Apartaron las cartas, los compases y brújulas. Pusieron los platos sobre la mesa y se sentaron en cajones. Comieron en silencio hasta que apareció Iribarne con Bernardo. Habían intentado que el chico no estuviera todo el tiempo con ellos, pero qué otra cosa podía hacer. No había más niños y a veces se cansaba de jugar con el perro, o Max lo dejaba y se acostaba en un rincón sin hacerle caso.

       - ¿Son esos lo putos brasileños que se pelean entre ellos? -preguntó José.

       Mendoza asintió con la cabeza.

       - ¿Tenemos negocios con los monárquicos, no es cierto?

       Como no le respondieron, se dio por afirmado.

       -Me imaginaba. ¿Y cuál será nuestro rumbo, capitán? ¿Volver a Buenos Aires? Yo me bajo en el próximo puerto, le aviso.

      -Mejor para todos, Iribarne-dijo Mendoza.

      - ¿Y qué va a hacer? -. La pregunta de Domínguez, como siempre, parecía casual.

      -No sé qué le puede importar a usted, querido-dijo Iribarne, señalándose la pierna. Pero no podía dejar de jactarse frente al tipo que lo había disparado, y siguió diciendo: - Tengo muchos conocidos, negociantes en todos los ramos, ya ustedes saben, me imagino. Tal vez puede sacar unos cuantos reales.

      -Con su labia tal vez les venda a unos los que les compró a los otros. De negocios sabemos todos, Iribarne, desde el Gobierno hasta el último peón.

      Mendoza hablaba sin soltar el tenedor, moviendo la mano en cada énfasis. Mirando luego a Domínguez, le dijo:

       -No se preocupe, cabo, este hombre es un camaleón. Para él tomar partido es ponerse una cuerda al cuello. Pero el señor se mueve como un elefante en una cristalería, nadie lo escucha ni nota nada.

      -Gracias por el cumplido, capitán. Es lo mejor que me han dicho en mucho tiempo. De todos modos, no se preocupe, cabo, no voy a arruinar sus planes, tengo otros negocios menos lucrativos, pero más…cómo diría, sentimentales y duraderos en vista. ¡Bueno! -dijo frotándose las manos y con una gran sonrisa. -Iré diciéndole a la señora Natacha que prepare las cosas del niño.

     Mendoza miró a Bernardo, pero comprendió enseguida su error, y se levantó.

     -No pensará llevarse al hijo de Altea, ¿no?

     -Me llevaré a mi sobrino, capitán, se lo recuerdo una vez más, y no veo que nadie en este barco tengo más derecho que yo.

     Mendoza entendía, por supuesto. El presentimiento ya no lo era, pero decirlo en voz alta habría sido como decir al viento que él era un asesino, que era un infiel, que era un cobarde. Era todo eso, y aún seguía siendo un hombre. Eso que lo molestaba no podía decirse en voz alta: la hipocresía que echaba en cara a Domínguez e Iribarne, a él le nacía desde el fondo de su alma.

      -Mandaremos una esquela a la estancia de los Ansaldi, preguntaremos por Altea. - Su voz era calma y razonable.

      -Usted está mal de la cabeza, capitán. Lo comprendo, la culpa…-dijo, golpeando una mano sobre el pecho. -Si Manuel viviera, habría sabido qué versículo citarle, pero yo sólo me acuerdo de esa frase que decía: propter culpam mean, tres veces.

      Sonaron tres cañonazos, sin intervalo. Y la iniquidad que adivinaban en ese número se confirmó cuando otros muchos respondieron. Miraron hacia la costa del Brasil, que en pocas horas se había transformado en un campo de batalla muy cerca del río.

      Donde antes había sol, ahora estaba encapotado por nubes que no eran nubes, sino humo de chozas y bosques incendiados, y sobre todo del cañoneo constante de los cuales no se veían más que chispas en la humareda densa que avanzaba sobre el río.

      Los guardias de proa habían desaparecido de su puesto y corrieron a esperar órdenes.

      - ¡Nos están disparando capitán!

      Mendoza exploró con los binoculares una vez más. Esperaba estar seguro de lo que sus hombres le decían. Hasta ahora no habían recibido ningún daño y el agua estaba tranquila.

      - ¿Qué espera para responder, capitán? -dijo Iribarne.

      - ¿Cree que con rifles y pistolas vamos a vencer a esos cañones?

      - ¿Y para qué tiene esas antiguallas abajo?

      -Están desensamblados, Iribarne. ¿Usted cree, Domínguez, que van a atacarnos?

      -El aspecto del barco es confuso, capitán. Es un barco francés y con todo el aspecto monárquico. Los republicanos parecen estar ganando allí en la costa. Arríe la bandera argentina.

      Sí, debió haberlo hecho en cuanto entraron en zonas de fronteras, Mendoza lo sabía. Mandó a uno de los hombres, a uno de los más viejos, Antúnez, pero ya era tarde. Antúnez cayó sobre cubierta casi partido en dos por las esquirlas del primer disparo certero desde la costa. Todos los hombres corrieron a refugiarse, con rifles en las manos, disparando sin esperar órdenes de capitán. No eran soldados, y muchos ni siquiera marineros. Mendoza y los otros se tiraron al piso. Se miraron, confundidos, porque bien sabían que no podían hacer nada. De todos modos, mandó preparar los botes.

      Los hombres fueron en grupos de tres o cuatro. Desde su puesto, Mendoza veía que antes de desanudar las cuerdas y bajar los botes nuevos cañonazos destruían todo. El bombardeo era incesante y el humo no dejaba ver poco más que los escombros de los mástiles inútiles. Escuchó un estruendo de metal que se venía abajo, y luego los gritos. La chimenea cayó sobre cubierta y se hundió hasta el segundo subsuelo. La caldera había estallado y ahora el humo y el fuego se sumaban a la violencia de los cañones.

     Mendoza, Domínguez y Molina buscaron uno tras otro los botes de cubierta que aún estaban sanos. El cabo llevaba a Bernardo en brazos.

    - ¡Iribarne, vaya a buscar a Natacha y al chico y póngalos en este bote! Nosotros los bajaremos, pero tenemos que preparar el otro-dijo Mendoza.

     José Iribarne corrió bajo cubierta, pero de pronto un nuevo cañonazo estalló a su lado y lo vieron hundirse junto con todo el piso.

 

      Natacha estaba junto a la cuna. Escuchó los cañones y los estallidos. Por la ventana entraron esquirlas. Las paredes del casco resistían, pero por la ventana entraba agua. Era el primer subsuelo bajo cubierta, y pronto se inundaría. Luego fue el estruendo, como si el cielo se estuviese viniendo abajo. El techo se quebró sobre ella y parte de la chimenea se hundió en el camarote. Natacha se tiró al piso, y miró hacia el inmenso edificio de hierro que estaba a sus espaldas. Vio la cuna, con las patas rotas y la madera humeante. El chico aún sin nombre, sin embargo, seguía vivo y lloraba a gritos. Primero intentó arrastrarse bajo el hierro para alcanzarlo, pero entonces vio que desde el mueble donde estaban sus reliquias, una luz se movía entra el polvo y el humo. Vio la sombra de Ariel una vez más. ¿Él la salvaría, o vendría a buscarlo? Ojalá fuese lo último. De pronto se dio cuenta que su apego a la vida no era más que la inercia del deber, o la tenebrosa amenaza que le había dado la tía Clotilde sobre la condenación del suicidio. Se sintió aliviada. El edificio de hierro que había caído como del cielo era el símbolo más adecuado para todo aquello en lo que había creído: Dios era una construcción tan perfecta que únicamente el fuego podría dañarla, y sólo un poco. Nunca el fuego sería tan intenso como para llegar al punto de fusión que convirtiese las moléculas de Dios en un líquido parecido a la lava, que corría sobre el mundo y quemaba todo lo que encontrase en su camino.

     Sintió el olor de lo quemado. El fuego de la caldera desde el fondo del barco, el hierro ardiente sobre ella.

      Vio la figura de Ariel como el ángel al que siempre lo había comparado, un ángel incompleto porque le faltaban las alas y la espada. Y una mano.

      Se quedó quieta, esperando la sentencia, que imaginaba de mil formas según lo había leído en tantos libros. Esperó que un ángel de hierro la tocase, ese ángel tan parecido a su padre, de cabello y barba rubia, pero ya estaba segura que no era hierro lo que sentiría en su mano, sino el oro.

      Ariel se acercó al mueble roto, agarró la mano muerta, seca como una momia, y se la colocó en su muñón. Entonces apareció la espada en esa mano, pero no hubo alas. Y vio cómo lloraba el ángel que nunca podría serlo. Lloraba y la miraba. Y el agua de las lágrimas fue tanta, que fue como verla entrar por las grietas de las paredes, cubriendo el piso, subiendo y subiendo.

     Natacha no podía levantarse sin lastimar su espalda contra el hierro. El chico seguía gritando. Volvió a intentar llegar a él cuando vio que al agua empezaba a taparlo, pero de pronto pensó que, si las lágrimas de Ariel habían creado ese mar, ¿por qué ella debía evitarlo? Si su hijo sufría aún en la muerte, no había motivo para que el hijo de Altea no lo hiciese. Ambos eran bastardos, esa palabra que los hombres habían inventado para oscurecer lo que no querían ver. Y sin embargo estabas los hombres como Mendoza o Manuel, que aceptaban hijos ajenos. ¿Pero eso era un mérito, o simplemente un remedo de la culpa?

      Ella no se movería. El hierro de Dios no la atemorizaba, ya bastante había soportado y construido en su alma un edificio lo suficientemente fuerte para contrarrestarlo. Sabía, sin embargo, que en algún lado había un hueco, y en ese espacio estaba el oro de Ariel, que tal vez no fuese más que el color de las espigas de trigo, tan débiles que irían a deshacerse con cualquier viento fuerte. Y el polvo del trigo simularía el polvo de oro. El mismo polvo que bañaba los cristos indios que tanto la atraían, esos cristos de miembros flacos, cuerpos tullidos y caras leprosas.

     Ahora la cuna flotaba sobre el agua, y Natacha, protegida aún por el espacio estrecho en donde el hierro evitaba que el agua la ahogase, vio que el perro iba hacia la cuna. Max medio nadaba y medio caminaba cuando sus patas llegaban a tocar el piso. El colchón ya estaba empapado y empezaba a hundirse. Max agarró con la boca las sábanas y se llevó al chico hacia la única la vieja puerta que aún estaba intacta, por la que nada salía ni entraba más que el agua y el ruido de los cañones.

 

      Vieron salir a Max desde los restos de la escalera de escotilla. Arrastraba un bulto hecho de sábanas mojadas.

      Mendoza agarró al perro y a punto estuvo de abandonar los trapos, cuando escuchó el llanto. Vio al chico que gritaba con gemidos entrecortados, gris de ceniza mojada pegada a la piel.

     - ¡Cabo, llévelo con Bernardo y baje en cuanto el bote esté seguro!

     Iba a agarrar a Max. El perro estaba quieto. Tantos de sus perros de crianza habían visto de la misma manera. Le acarició el lomo, sólo un poco. Apoyó la mano sobre el cráneo, cerrándole los párpados.

     Vio que el agua subía por la escotilla, y el barco se inclinaba. Los cañoneos eran menos frecuentes y solamente sacudían en agua del río. Iría a en busca de su esposa, como aquella vez en Polonia cuando la había rescatado del fuego de las armas de los cosacos.

 

      Natacha escuchó los chapoteos y la voz de Iribarne llamándola. José estaba en la puerta, tratando de buscar en la humareda la cuna del chico.

     - ¡Natacha!

     Entonces la vio casi tapada por el agua, del otro lado de varios hierros retorcidos. Se agachó y estiró los brazos para agarrarla. Ella lo miraba, pero no intentaba salir.

      - ¡¿Qué le pasa, mierda?! ¡Agárreme fuerte las manos!

      Pero ella no le hacía caso. No tuvo más alternativa que sujetarle las muñecas y arrastrarla como peso muerto. Cuando estuvieron cerca de la puerta la apoyó en sus rodillas y le despejó la cara del cabello mojado.

     - ¿Dónde está el chico? -preguntaba, mirando alrededor sin poder ver más que humo, hierro y agua. El olor a quemado era intenso, pero al agua iba enfriando el hierro. Creyó sentir el olor de la carne quemada.

      - ¡¿Dónde está el chico?!-volvió a preguntar, esta vez gritando desesperado, apretando la cara de Natacha entre sus manos y sacudiéndola. Los ojos de Natacha tenían la inteligencia de siempre, pero había indiferencia.

      José ahora estaba seguro de lo peor que imaginaba. El chico que él había creado debía estar muerto. Por primera vez lo veía con tal claridad, que se preguntó qué se lo había impedido tanto tiempo. Lo había creado como un símbolo de Manuel: si no podía tener a uno, tendría al otro. Y debía nacer de la mujer de su hermano. La Santísima Trinidad era tan clara como si ahora estuviese en una Catedral hecha de hierro y madera, el fuego del incienso siempre encendido y el agua bendita desbordando. Recordó los pesebres vivos que armaban en Cádiz cada navidad. José y Manuel Menéndez Iribarne participaban como un personaje igual o distinto según iban creciendo. Manuel había sido el niño Jesús, aunque José apenas lo recordaba. Luego fueron pastores, y ya de grande José había sido José el esposo de María, pero se sentía incómodo, y al año siguiente fue el Espíritu Santo que en forma de llama había engendrado al niño. Y Manuel no había tenido más opción que ocupar el papel de José carpintero.

       Iribarne sintió un dolor intenso en el pecho al recordar todo eso. La cara de Manuel, joven y vestido con ropa de pastor y carpintero, la cara casi lampiña. Ya no lo vería más. Pensó en el chico, seguramente muerto. Uno enterrado en un cementerio perdido, sin cruz ni señal. Otro quemado, tal vez, en expiación de su culpa.

     La culpa de José.

     Sintió el aleteo de los murciélagos, y mirando el humo blanco a su alrededor, vio sombras negras alargadas que iban y venían.

     Pero ya no lo asustaban. El miedo y a la ira se habían unido engendrando la amargura.

     Levantó a Natacha y caminó por los pasillos hasta encontrar una escalera sana.

    

     Mendoza no podía bajar por donde había subido el perro, así que corrió hasta la escotilla de estribor. Vio las caras de sus hombres, que esperaban en los botes. Lo llamaban, pero no les hizo caso. Bajó la escalera y en la oscuridad chocó con Iribarne y ambos cayeron al suelo. Natacha se quejó y gritó. Ambos habían caído sobre ella y tenía un brazo quebrado.

     - ¡Buena la hicimos! -dijo Mendoza entablillando a su mujer e intentando calmarla. Entonces se dio cuenta que José Iribarne había salvado la vida de su esposa. El otro estaba extrañamente callado y con la mirada perdida.

     Levantó a Natacha y la subió por la escalera. Iribarne los seguía con lentitud. Cuando ya estaban en el bote, le gritó:

     - ¡Rápido carajo, que esto se hunde de un momento a otro! ¡Vamos!

     Pero José Iribarne caminaba cojeando, no de la pierna herida, como si su mente enturbiada por visiones y recuerdos confundiera deliberadamente a su cuerpo. Una mente extraviada que se regocijaba en volver locos a quienes dependían de ella: los ojos que veían murciélagos por todas partes, surgiendo del humo que encapotaba el cielo, de las maderas rotas, del hierro retorcido, del agua que se elevaba en olas con cada cañoneo. Y el ritmo de los cañones se iba acomodando al ritmo de los aleteos, regulares, monótonos y obsesivos.

      Desde el bote lo vieron alzar los brazos y sacudirse presencias que ellos no veían. Natacha alzó la cabeza y dijo algo.

     - ¿Cómo, querida? -le preguntó Mendoza, como antes, como en Europa. Miraba a Iribarne y no se atrevía a dar la orden de bajar el bote.

     -No lo apures, Máximo. Hace lo que puede con tanto peso. Es por el chico.

     Mendoza volvió a ver otra vez a José, que se acercaba espantando fantasmas. Pero antes de poder gritarle que el chico estaba vivo, de pronto un nuevo cañonazo destruyó el puente de mando y el humo envolvió a Iribarne.

     - ¡Vámonos! -ordenó el capitán.

     Cuando estaba ya por descender, Natacha lo agarró del brazo con su mano sana, y señaló a cubierta.

      Iribarne había aparecido una vez más, como una figura insistente y obstinada, con la misma obstinación de los que no desean vivir, pero tienen miedo de matarse. La contradicción de los cobardes, tal vez, tan parecida a la suya. Ahora José tenía un brazo levantado apoyando la mano en la nuca, y el otro brazo en la espalda. ¿Levaba una carga? ¿Había encontrado a alguno de los hombres?

     Entonces vio que en la espalda tenía un tablón chamuscado que aún despedía humo y debía estar quemándole.

     - ¡Qué hermoso! - escuchó decir a Natacha.

     Mendoza fue a buscarlo. José lo miró con la expresión de quien ha transformado su desesperación en un lago muerto donde flotan los cuerpos de hombres y perros, y las moscas vuelan en enjambres como tormentas. En sus ojos se habían formado dos grandes lagos.

      Lo agarró de los hombros, sacudiéndolo, intentando desprenderse de toda la ira que antes le había provocado, diciendo:

     - ¡El chico está vivo!

     José lo miró, y las moscas atormentaron el aire, despedidas por el viento. El olor a podredumbre se esparció por todo el río porque los murciélagos ahora volvían raudos a cumplir con su papel.

     Pero José Iribarne abrazó a Mendoza; y lloraba, como si intentase secar el agua estancada de sus grandes lagos muertos.








Ilustración: Franz Von Stuck






viernes, 13 de marzo de 2026

Lamento por el sur (Salvatore Quasimodo)







La luna roja, el viento, tu color

de mujer del Norte, la llanura de nieve…

Mi corazón está ya en estas praderas,

en estas aguas anubladas por la niebla.

He olvidado el mar, la grave

caracola que soplan los pastores sicilianos,

las cantilenas de los carros a lo largo de los caminos

donde el algarrobo tiembla en el humo de los rastrojos,

he olvidado el paso de las garzas y las grullas

en el aire de las verdes altiplanicies

por las tierras y los ríos de Lombardía.

Pero el hombre grita en cualquier parte la suerte de una patria.

Ya nadie me llevará al sur.


Oh, el Sur está cansado de arrastrar muertos

a la orilla de las ciénagas de malaria,

está cansado de soledad, cansado de cadenas,

está cansado en su boca

de las blasfemias de todas las razas

que han gritado muerte con el eco de sus pozos,

que han bebido la sangre de su corazón.

Por eso sus hijos vuelven a los montes,

sujetan los caballos bajo mantas de estrellas,

comen flores de acacia a lo largo de las pistas

nuevamente rojas, aun rojas, aun rojas.

Ya nadie me llevará al Sur .


Y esta tarde cargada de invierno

es aún nuestra, y aquí te repito

mi absurdo contrapunto

de dulzuras y furores,

un lamento de amor sin amor.





Ilustración: Aleksei Shovkunenko

jueves, 12 de marzo de 2026

miércoles, 11 de marzo de 2026

El miedo (Alejandra Pizarnik)








En el eco de mis muertes

aún hay miedo.

¿Sabes tú del miedo?

Sé del miedo cuando digo mi nombre.

Es el miedo,

el miedo con sombrero negro

escondiendo ratas en mi sangre,

o el miedo con labio muertos

bebiendo mis deseos.

Sí. En el eco de mis muertes

aún hay miedo.




Ilustración: Karl Pavlovich Briulov

lunes, 9 de marzo de 2026

¿Cómo voy a leer un libro si no entiendo la mitad? (John Tones)






Un vídeo viral donde una joven española se queja de la dificultad para leer el clásico del romanticismo 'Cumbres Borrascosas' ha desatado un debate generacional sobre comprensión lectora. Pero más allá de la polémica, los datos muestran un problema real: las competencias lectoras están cayendo en todas las generaciones, siendo los nativos digitales el sector de la población más especialmente afectado.


El vídeo. Dura apenas dos minutos, pero lleva días generando debate. Una joven de 25 años se queja, con su ejemplar de 'Cumbres Borrascosas' en mano, de que el lenguaje le resulta arcaico, necesita consultar el diccionario constantemente para entender términos como "estaño" o "por antonomasia", y calcula que tardará meses en terminarlo. El vídeo ha acumulado millones de visualizaciones y ha desatado una guerra generacional en redes sociales: ¿cómo es posible, dicen los más veteranos, que una universitaria no conozca palabras de uso relativamente común o no esté habituada a consultar un diccionario? 


La conversación no debería limitarse a señalar culpables y diferencias entre niveles educativos. Estamos ante un cambio generacional que alude a cómo se procesa el lenguaje escrito, y 'Cumbres Borrascosas' se ha convertido en el campo de batalla accidental donde explorar esa transformación.


Nuevos tiempos. Existe una brecha entre la narrativa contemporánea dirigida a audiencias jóvenes y los clásicos literarios. La prosa del Young Adult (YA), género que arrastra a millones de lectores en redes sociales (un dato: el 55% de los lectores que rondan por TikTok tienen entre 18 y 34 años, y el 78% son mujeres) prioriza la inmediatez, los diálogos ágiles y las descripciones directas. Es literatura diseñada para el consumo rápido, en sintonía con ritmos digitales. Emily Brontë, por su parte, escribía para lectores victorianos habituados a largas subordinadas, descripciones detalladas y un vocabulario que asumía cierta educación formal. La distancia es tanto temporal como estructural: arquitecturas narrativas distintas para cerebros entrenados de forma diferente.


Las mujeres leen, los hombres van al gimnasio: la brecha del entretenimiento se está haciendo cada vez más grande 


Los datos. El viral de TikTok podría interpretarse como anécdota aislada, pero un estudio reciente de la Fundación BBVA elaborado por investigadores españoles con datos internacionales del Programme for the International Assessment of Adult Competencies (PIAAC). Revela una caída progresiva en las competencias lectoras y numéricas desde la generación de los Millennial: los nacidos a partir de 1980 muestran habilidades cognitivas significativamente inferiores a las de Baby Boomers y la Generación X cuando tenían la misma edad.


Según el estudio, la Generación Z obtiene puntuaciones en comprensión lectora hasta 20 puntos por debajo de la Generación X en pruebas estandarizadas PIAAC, que evalúan la capacidad para entender, interpretar y utilizar información escrita. La brecha se amplía en competencias numéricas: los jóvenes nacidos después de 1995 muestran dificultades para interpretar gráficos, calcular porcentajes o resolver problemas matemáticos básicos aplicados a situaciones reales. El deterioro es sistemático, y afecta también a países desarrollados con sistemas educativos avanzados.



Ojos que no ven. Los estudios de eyetracking del Nielsen Norman Group documentan cómo los usuarios leen en internet siguiendo un patrón en F: dos barridos horizontales en la parte superior, seguidos de un escaneo vertical rápido por el lado izquierdo. La lectura se convierte en rastreo selectivo de palabras clave. Este comportamiento, propio de la navegación por internet, resulta inadecuado para textos complejos que requieren seguir argumentos desarrollados a lo largo de múltiples páginas. La arquitectura de la atención cambia: pasamos de inmersión profunda a ojeo superficial.


La culpa de las redes sociales. Las plataformas digitales están diseñadas para capturar atención mediante contenido breve y dopamínico. Los algoritmos premian vídeos de 15 segundos, imágenes impactantes, textos que se consumen de un vistazo. La economía de la atención no incentiva la profundidad y leer 'Cumbres Borrascosas' exige lo contrario: concentración sostenida, tolerancia a la ambigüedad, capacidad para memorizar información mientras se construye un significado acumulativo. Son habilidades que se atrofian sin entrenamiento.


Si las nuevas generaciones muestran déficits sistemáticos en estas áreas, las consecuencias trascienden el debate sobre si alguien puede o no leer un clásico victoriano. Afectan a cómo procesamos información de todo tipo: médica, legal, financiera, política... La joven del vídeo viral puede ser síntoma de algo más preocupante que la incapacidad para leer textos con vocabulario poco frecuente.



¿Facilitar el acceso? Esta polémica abre multitud de subpolémicas tremendamente fascinantes: ¿educar mejor o facilitar el acceso a textos complejos? Por ejemplo, Penguin Random House lanzó en 2019 en Reino Unido su colección Penguin English Library con traducciones actualizadas de clásicos, manteniendo el sentido original pero eliminando giros lingüísticos obsoletos que frenan la lectura. La también británica The School of Life publicó versiones "traducidas al inglés moderno" de filósofos como Schopenhauer o Nietzsche. Y al parecer, estas ediciones vendieron un 40% más que las versiones tradicionales entre lectores menores de 30 años durante el año 2020-2021.


Pero también existe el contraargumento de que simplificar el lenguaje empobrece la experiencia de leer. Los clásicos no son solo argumentos o temas transportables a cualquier envoltorio. Por ejemplo, la prosa de Brontë, con sus subordinadas laberínticas y su vocabulario alambicado, construye atmósfera y ritmo. Eliminar esa complejidad para "facilitar" la lectura es como reducir la duración de una sinfonía de música clásica porque los oyentes actuales prefieren canciones de tres minutos. La búsqueda debería estar quizás en mejorar la formación lectora, no en ajustar los textos al lector menos preparado.




Ilustración: Giuseppe Arcimboldo

Un vagabundo toca con sordina (Knut Hamsun)

Se presenta un buen año de frutos silvestres: acerolas, uvas y zarzamoras. No es que podamos vivir de ellos, pero son un encanto en medio de...