viernes, 20 de marzo de 2026

El olvido (Roberto Payró)

  






— ¡Sonríes! exclamé tristemente al ver que su rostro se iluminaba, contrastando con el mío, pálido y demudado. ¡No has sufrido nunca como yo, cuando te muestras tan indiferente á mi desgracia! — ¡Bah! dijo Armando. ¿Es eso, acaso, una desgracia? Esa mujer no te ha engañado, no te ha mentido ¿qué más quieres? El tiempo se encargará de curarte, puesto que vas ya en camino de convalecer, gracias á ella. En cuanto á que yo sonría.... no lo tomes á mal; no se trata de tus recientes penas: evoco un recuerdo, y él me hace sonreir. — Perdona; sé que no eres egoista, que me amas; pero, en el estado de espíritu en que estoy, se desea ver el semblante de los demás tan compungido como el nuestro. ¡Una de tantas locuras! Por otra parte, sufro mucho.... á veces temo volverme loco!... — He experimentado esos síntomas, dijo él; he sufrido los mismos dolores, y sin embargo... ¡ya me ves! -tú dices que soy el más alegre de todos tus amigos, y lo decías hace dos años también, cuando, al retirarme, por la noche, en la soledad de mi aposento, me anegaba en lágrimas abrasadoras, y mordía las almohadas en paroxismos de rábia... Porque cada cual tiene su pequeña historia ¿Quién puede decir que no lleva una espina clavada en el corazón? Se detuvo un instante. Se habia puesto sério, y sus ojos brillaban más que de ordinario -Despues continuó: — Déjame que te cuente esa historia: por ella verás que he sufrido más que tú, si el que sufre puede admitir alguna vez que el sufrimiento de los demás sea mayor que el suyo. Escúchame atentamente. Había vuelto á su anterior jovialidad: sonriente me relató esta historia de lágrimas, que yo escuché conmovido. II La locura gobernaba como reina absoluta de la tierra: era Carnaval. Los hombres habían arrojado sus caretas. De esto hace dos años. Recordarás que en aquellos dias me; desconociste: había abandonado yo mi calma proverbial, para entregarme al placer ¡si aquello fué placer! Tú entonces eras un furioso: no había fiesta en donde no se te encontrase, y en donde no fueras el más loco de toda la reunión. Yo solía reconvenirte por ello; de modo que no sin placer me viste abandonar mis antiguas costumbres, para seguir tus huellas, y hasta para llegar á vencerte más de una vez. He observado que los hombres somos así: cuando obramos mal, es para nosotros un grande alívio ver que nos imitan los que teníamos por mejores. ¡La virtud es siempre irritante para el vicio! Aquel cambio radical tenía - como debes comprender - una causa oculta y poderosa. Verás cual era esa causa. Tú sabes que yo quería á Laura con locura. ¡Te lo repetí tantas veces, con esa crueldad del enamorado que hace á sus amigos víctimas de sus confidencias! ¡Tántas veces te hice su verdadero retrato físico, embellecido algo, sin embargo; y su falso retrato moral, disfrazado, sin un ápice de verdad, imposible de reconocer! ¿Lo recuerdas? Con una paciencia digna de objeto más útil, escuchabas mis interminables conversaciones sobre el color de su cabello, las gracias de su fisonomía, lo espiritual de su palabra ... "¡Es un ángel!" exclamé en mas de una ocasión, en un arranque de lirismo. ¡Un ángel! ¡Deja que me ria á carcajadas de semejante sarcasmo!... Quizá lo habrás olvidado: el domingo, primer dia de ese carnaval, me hallaste á las dos de la mañana en el vasto salón de la Ópera, con los ojos brillantes y tambaleándome tomo un ébrio; y no estaba ébrio, te lo juro! no había bebido casi... pero en cambio sufría horriblemente. Desde aquel día no volví á hablarte de Laura, y cuando me preguntabas por ella, mi respuesta era siempre evasiva. Tú debes haberte dicho que la había olvidado. ¡Error! Su recuerdo palpitante laceraba mi corazón, me hacía padecer infernales suplicios que yo soportaba sin quejarme, pero loco de dolor, justamente así, como te encuentras tú ahora, pero con mayor motivo, y mayor intensidad también ... Desde entónces te acompañé á todos tus paseos, á todas tus fiestas, á todas tus bacanales, hasta que, al cabo de un año, fatigado, descontento, enfermo, repugnándome á mí mismo, volví á hacer la vida tranquila que había abandonado, y á reir como ántes. Entonces fué cuando tu corazon despertó, haciéndote también huir, como á mí, de esa desastrada vida en que íbamos, poco á poco, perdiendo la salud del cuerpo conjuntamente con la del espíritu... Entre tanto habian sucedido muchas cosas. III El domingo de carnaval, por la tarde, estuve con Laura. Ya sabes que era huérfana, y que vivía sola! Estúdia todo el peso de la frase. Huérfana: sin apoyo; sin la mirada vigilante de la madre querida; sin ese muro casi inexpugnable, levantado entre el mal y ella. Sola: es decir á merced de todas las pasiones, de todos los apetitos; al alcance de todas las manos! Más: había una circunstancia aún mas terrible: la configuración de su alma... Yo, soñador, joven, lleno de ilusiones, la quería y la veneraba al propio tiempo; la quería como se quiere cuando el alma bien templada no ha tenido contacto con el mundo; la veneraba, como se venera á la mujer que se ama pura, inmensamente... ¡La deseaba como esposa, y hubiera podido poseerla como querida! ... Porque era carne, solo carne, un montón de carne liviana, llena de apetitos, de pasiones odiosas, de deseos nunca saciados ... Pero no me arrepiento: al amarla no la he amado á ella, sino á un ensueño, á una ilusión que se ha desvanecido como un fantasma, después haber dejado una honda herida en mi espíritu... Hoy ella no es para mí más que una imájen entrevista en sueños... En tu caso puedes reflexionar del mismo modo, y creer que Enriqueta es un ser ideal aparecido á tí en horas de fiébre, cuando todo es bello ó todo es horrible... Al entrar en casa de Laura la hallé sentada en su salita de costura ya sabes que ganaba la vida cosiendo) con un libro en la mano. El libro era Pablo y Virginia, una de las obras más casta mente apasionadas que conozco. Al verme, la jóven corrió á mí, dando muestras de la mayor alegría. Charló por los codos, con esa gracia infantil que añadía - tantos encantos á su adorable persona, hasta que yo la interrumpí: — Es hora, Laura, la dije, de que nos ocupemos de asuntos más sérios: necesario es abandonar la broma, para hablar del porvenir. Sabe Vd. cuánto la quiero, y qué feliz soy con su cariño. Comprenderá, así, mi deseo de acelerar mi dicha completa... Además, sola, sin familia, sin amigos casi, Vd. necesita una persona en quién confiar, un apoyo que nunca le falte ... Esta persona no pude ser más que su esposo ... ¿Quiere Vd. que nos unamos?... Palideció, sus ojos se llenaron de lágrimas, y, como por instinto, sus manos adoradas tomaron las mias, mientras que sus lábios murmuraban con pasión esta frase, que tanto dice en su sencillez: — ¡Oh!.. Armando!.. No pude contenerme, y mi boca sedienta depositó un beso en su frente; una ola de fuego subió á su rostro; se estremeció, febríl, y se puso pálida de nuevo, pero con una palidez de mármol.. ¡Oh! no son los cómicos más perfectos los que aplaudimos en el teatro; hay otros mas merecedores de los laureles y de los aplausos que se les tributan!.. IV Pasamos toda aquella tarde contándonos nuestros proyectos para después de la boda, que debía celebrarse á los dos meses. ¡Qué dichoso fui durante aquellas horas! ¡Cuántos risueños cuadros de felicidad se presentaron á mi imaginación! ¡Cuántos castillos en el aire forjé en mi locura, castillos que se desvanecieron bien pronto, como esos portentosos alcázares qué las nubes presentan á nuestra vista, y que luego un ligero soplo disuelve en la atmósfera azul!... Cuando salí de casa de Laura estaba loco: loco de dicha. ¡Así fué de terrible el despertar!... En las calles reinaba un bullicio inusitado. Numerosas máscaras las cruzaban en todas direcciones, esperando la hora de ir á formar parte del corso ... y yo caminaba sin rumbo, embriagado de felicidad, sin oir los gritos de los vendedores de pomos, que atronaban los aires; ni las alegres frases de los enmascarados; ni las cien piezas de música que en otros tantos puntos de la ciudad ejecutaban las bandas y orquestas de las sociedades. La tarde caía, y al acercarse la noche el murmullo iba en crescendo. ¿Te acuerdas? Aquel carnaval fué uno de los más alegres. Buenos Aires todo se había echado á la calle, sacando á relucir sus mas brillantes galas: trajes lujosísimos, carruajes espléndidos, flores en todas partes, brillantes, plumas, luces, hermosuras... La calle de la Florida, con sus numerosisímos arcos de gas, presentaba un aspecto asombroso en cuanto el corso comenzó. En una y otra vereda la multitud apeñuscada miraba curiosamente los carros adornados de cintas, hojas y flores, y llenos de jóvenes ó niñas, cada cual con su correspondiente disfraz, ya ridículo, ya elegante; los coches en que se paseaban hermosas mugeres (cuando eran hermosas), y caballeros vestidos de particular; las sociedades carnavalescas que marchaban á pié, al son de músicas entusiastas; los falsos gauchos con sus descomunales facones de plata, su rico chiripá, su poncho de vicuña, su guitarra encintada, sus hirsutas barbas postizas, su hermoso pingo, cuidadosamente ensillado, con plata en el apero y en las riendas, y en el freno, y en los estribos: una mina entera en cada caballo. Y luego todo lo que la locura humana puede inventar: deformidades ridículas, trajes imposibles , voces ultra terrestres, agitándose en una atmósfera perfumada con mil fragancias distintas... La ciudad, desde su último arrabal hasta el centro, hasta el corazón, lanzaba un grito continuado y formidable, que comenzó en la mañana con un murmullo, y que á esa hora era ya un clamor; el grito de todo un pueblo olvidado de sus penas, en el que hay carcajadas y burlas, frases soeces y bromas espirituales, sarcasmos y exclamaciones crédulas, suspiros de satisfacción, y quizás, quizás algún ¡ay! ahogado entre tantas vociferaciones nunca concluidas... De pronto me encontré en aquel hormiguero humano, y desperté de mi éxtasis cuando cayó sobre mi rostro el agua perfumada de un pomito; iba á demostrar mi enojo de una manera inconveniente, cuando el corso que se habia detenido, continuó, y la autora de mi repentino despertar desapareció en su coche, arrastrado por dos rarísimos caballos blancos. De otro carruaje que marchaba inmediatamente detrás, partió entonces la voz de un amigo que me invitaba á acompañarle: — Ando solo, me dijo, y me aburro soberanamente ¿Quieres tomar asiento á mi lado? No me pude negar á ello, y subi al carruaje. De estos dos nimios sucesos depende el drama que ha ido desarrollándose en mi espíritu durante el año más largo de mi vida: el agua del pomito, y mi paseo en carruaje por el corso. Me preocupé de mirar de atrás á la mujer que me habia mojado. Iba disfrazada, y la acompañaba un joven, disfrazado también, que se entregaba á la alegría más bulliciosa. — ¿Quiénes son esos? pregunté á mi amigo. — Sin duda ella es una de tantas, y él... uno de tantos tambien: una mujer alegre y un calavera. La máscara llevaba un dominó adornado con camelias blancas, y en toda la noche -nota el detalle- no encontré otro traje igual; él vestía un dominó blanco, adornado con camelias artificiales, negras, traje único también. Ambos iban elegantísimos, y parecían haberse disfrazado el uno para el otro, en ese contraste de los dominós. — Me aburre esto, dijo mi compañero al cabo de un rato. — A mí me sucede lo mismo, repliqué, lleno de dicha por otra parte, á causa de mi feliz entrevista con Laura, y de la reciente resolución de casamiento. — ¿Vámonos? Asentí al punto, tanto más cuanto que mi estómago, con esa importunidad de la materia, me gritaba que, en mi dicha, me había olvidado de comer. Las nueve y media de la noche acababan de sonar en el Cabildo, y el corso estaba en todo su esplendor; sin embargo lo abandonamos sin pesar. —¿Dónde te dirijes ahora? preguntó mi acompañante. —Me voy á comer, le contesté. Por la tarde no tuve apetito, (no queria revelarle mi romántico olvido), y he esperado á la noche para hacerlo. Acompáñame y charlaremos un rato. Fuimos á Filip, y hablando de todo un poco -de todo menos de lo que para mi era el todo- pasó el tiempo sin sentirlo casi. Necesario es advertirte que yo jamás iba de noche á casa de Laura. ¿Por qué? La razón es sencilla: celoso de su honra, no quería que fuese el tema de las conversaciones de todo el barrio... ¡Hay dias en que me arrepiento de haber sido tan caballero!.. Tan tonto, como hubieras dicho tú hace dos años... Cuando salimos del café era más de las once. Los bailes de máscaras comenzaban; mi amigo me tentó y -sólo por contemplar el magnífico golpe de vista que presentan los teatros en las noches de Carnaval- no me negué á acompañarle al de la Ópera, que tenía fama de ser el más concurrido. Allí fué donde me encontraste á las dos de la mañana, con los ojos brillantes y tambaleándome como un ébrio. V ¿Para qué describirte el aspecto del teatro? Tu has asistido á aquel baile, que terminó con una cuadrilla bastante exajerada, y en el que no se perdió ocasión de reir, sobre todo á costa de los demás; viste el salón lleno de una multitud compacta, bulliciosa, enloquecida; escuchaste esas conversaciones banales y venales, que se oyen en casos así, y tomaste parte en la locura general. Yo también, pero ¡de cuán diferente manera!.. En medio del tumulto perdí mi acompañante, que no resistió al contagio de movimiento, lanzándose con una pareja cualquiera en los giros vertiginosos de un wals; é iba á retirarme, cuando la máscara de dominó negro con camelias blancas llamó mi atención: bailaba alegremente con el joven que paseaba en el corso con ella. Si me preguntas por qué traté de colocarme cerca de ambos, no te sabré contestar: hay acciones que se llevan á cabo sin premeditación, sin causa aparente; la causa, sin embargo, tiene que existir, existe. ¿Cuál es? La respuesta se presenta fácil: el instinto, cierto don de clarovidencia que tiene el hombre en general -la intuición de las desgracias ó de las dichas... El hecho es que yo me acerqué á ellos ... Ya habrás adivinado tú, desde el momento en que subí en el carruaje -como entonces lo adiviné yo, aunque con menos claridad que aquella mujer era Laura. ¡Laura!... Pero yo no me daba aún cuenta exacta de ello... . Terminó el wals, y ambos fueron á sentarse á pocos pasos de donde yo estaba. Ella encontrábase fatigada: se conocía en la agitación de su pecho; él la hablaba en voz baja, suavemente, con el rostro tan cerca del suyo, que sus alientos debían confundirse. De pronto la joven, sofocada, se quitó la careta de raso ... Ya te he dicho que yo adiviné quien era, que yo lo sabia desde que la ví en el corso... Sin embargo, el efecto que me produjo el reconocimiento definitivo, es imposible de describir. Ruégote, pues, que cierres los ojos, que te abstraigas un instante, y que reproduzcas la escena creyéndote tú el protagonista: es el medio mejor de que te formes una idea de los mil encontrados sentimientos que experimenté en ese punto; es, por otra parte, el sistema que adoptan algunos escritores para narrar lo que han imaginado, dándole tintes de verdad. En cuanto á mí, me abstengo de decir una palabra á ese respecto; perdería el tiempo sin tener resultado alguno, y te fastidiaría á fuerza de ser pesado. Lo que sí te diré, es que estuve á punto de arrojarme sobre·ambos, con la intención de matarles. ¿Qué me detuvo? No he llegado á esplicármelo jamás... Quedé, pues, clavado en mi sítio, hasta que -¡admírame!- en un instante en que el joven del dominó blanco se apartó de Laura, me acerqué á ella y la invité á bailar. Disfrazando la voz, segura de no ser conocida -se había puesto ya la careta- aceptó y se apoyó en mi brazo, que un segundo ántes temblaba. Sin duda, al acercarme á ella, vió en mis ojos, en la expresión general de mi fisonomía, un destello, un relámpago fugitivo, que la puso en guárdia, y no quiso negarse á bailar conmigo, por no acrecentar mis sospechas. Ponía en práctica -sin saberlo quizá- el procedimiento empleado por un personaje de La Carta Robada de Poe: se mostraba, para que no diesen con ella... Yo estaba ya en aparente serenidad absoluta. La orquesta comenzó á tocar una habanera, la música más incitante y voluptuosa. ¡Cómo la bailó Laura!.. Hubiera sido capaz de enloquecer al hombre más indiferente; pero yo era de hielo. Cuando la pieza terminó, vi que los ojos de la joven brillaban entre los inmóviles párpados de la careta. — Voy á invitarte á cenar, la dije reposadamente; pero con una condición: me has ilusionado, y, aunque no trato de ofenderte, debo decir que puede que seas vieja y fea; no me agradan esos , y quiero creer que eres un portento de hermosura. Así, pues, mi condición es que no te saques la careta. ¿Aceptas? Ella vió en eso una tabla de salvación; la propuesta no había sido hecha sin habilidad. — No sé si soy fea, pero te aseguro que no soy vieja, exclamó riendo. Sin embargo, estoy convencida de que no te agradaría verme. Excitaba mi curiosidad, siguiendo el mismo peligroso método adoptado. — Es lo que yo supongo, contesté sonriendo tambien, aunque esa sonrisa me costaba un esfuerzo sobrehumano. Pero no importa. ¿Vienes ó nó á cenar conmigo? — Tengo compañero, dijo. — ¡Bah! exclamé. Yo tambien tengo compañera... aunque no aquí. Es una muchacha á quien he hecho creer que me voy á casar con ella. Sin embargo, eso no signitica que por las noches no reciba á otros galanes, según se me ha dicho por el barrio, y que no me engañe ... muy hábilmente ... como lo hago yo, por otra parte. La alusión era demasiado personal; sentí, por su brazo, que se estremecía toda; pero pronto consiguió sobreponerse á su emoción. — Así, pues, repuse, un engaño á tu compañero no será el primero ni el último en el mundo. Acepta, máscara, y nos divertiremos. — ¡Acepto! exclamó con audacia, jugando el todo por el todo. Y juntos salimos del baile, abandonando al joven del dominó blanco. VI Permíteme una nueva digresión; quiero que comprendas toda la importancia de algunos de los sucesos que acabo de relatarte y que has oido con indiferencia, creyéndolos, quizá inútiles para el desarrollo de mi historia, cuando son de la más alta necesidad. Laura habíaseme presentado esa tarde como una niña candorosa, inocente, pura: cuando la hablé de casamiento contestó turbada, cubierto el rostro de rubor; estudia bien esa apariencia, y dime si tú no te hubieras engañado como yo, si no hubieras creido que Laura era una mujer angelical, si no hubieras jurado que era incapaz de pecar, no solo de obra, sinó tambien de pensamiento... Observa todos los detalles de esa entrevista, y dime si pudo Laura desempeñar su papel mejor de lo que lo hizo; por mi parte la admiro de corazón en ese punto, porque supo engañarme por completo, mostrándoseme como el ángel entrevisto en mis ensueños. Luego -ya lo habrás advertido- ella fué quien, con cinismo extraño, llamó mi atención cuando paseaba disfrazada por el corso, volviéndome á la vida real, merced al agua de un pomito; ella fué quien, de esa manera, precipitó la catástrofe. Y digo precipitó, porque los hombres todos, cuando sabemos de un peligro, cualquiera que sea, estamos seguros de que hubiéramos escapado á él, aun en desemejantes circunstancias. Cuestión de fatuidad, mezclada con un poco de fatalismo oriental. Despues, al ser encontrada por mí en el baile, Laura no trató de huirme; se entregó en los brazos del destino, y quiso arriesgar el todo por el todo, como el jugador que, estando en pérdida, pone su último billete á una carta, corriendo el más dudoso albúr. Peligraba que yo la descubriese, pero suponía que no llegaría á conocerla; aun más: estuvo convencida de ello. Mostrábase á medias, para que no la adivinara por completo. Me decía, sin que su voz temblase: "Estoy convencida de que no te agradada verme", como diciendo: "¿Sabes? Yo soy Laura" Por otra parte, aceptando mi cena, ponia todas las probabilidades en su contra, aunque quizá pensara hacerme creer en una broma preparada de antemano ... Fíjate en estas acciones, y verás cuán antitéticos son los caracteres con los que te he presentado á Laura, y con los que también se presentó á mis ojos. Inocente -viciosa; tímida- cínica; pura-carnal. ¡Era como para enloquecerme!.. El golpe había sido rudo para mí; pero la herida estaba caliente aun, y yo no sentía los dolores; esto te esplicará mi actitud en las escenas siguientes, en las que me he mostrado todo un hombre, tengo el orgullo de decirlo. Por eso yo, que hasta entonces no me había puesto careta en ninguna ocasión, logré aquella noche desempeñar mi papel á las mil maravillas; -actor infortunado que en cada frase añadía nuevos dolores á los que ya me destrozaban...; logre tambien conocer hasta lo más recóndito del alma de Laura; logré, ocultando mis sentimientos, comprender los suyos, sin engañarme esta vez. Nadie sabe esta historia; creo que si la supieran me llamarían héroe, me creerían un personaje inverosímil; porque si Scévola metió la mano en un brasero; si Leona, la legendaria y animosa amiga de Harmodio y Aristogitón, se cortó la lengua con los dientes; si Juan Valjean, el eterno forzado, se aplicó al brazo un hierro enrojecido, - yo he dejado que mi corazón fuese quemándose á fuego lento durante una hora para mí más larga que toda una eternidad. Escucha cómo. VI Frente á la Opera hay un café, hoy ya refaccionado - el café de Repetto, si no lo recuerdo mal; —en ese café, á la izquierda, habia un saloncito particular, uno solo, cuya única puerta daba al patio donde en las noches de estío se sentaban los parroquianos á beber y á tomar el fresco. A aquel saloncito nos dirigimos Laura y yo. Hice que nos sirvieran todo de una vez, y que nos dejarán solos para poder hablar libremente, sin temer interrupciones. En un principio cambiamos pocas palabras, sin importancia alguna. Ambos temíamos, aunque de diferente manera, la situación en que íbamos á encontrarnos á los pocos instantes: yo, estando cierto de quién era ella; Laura sospechando que yo la hubiese conocido, temiendo que llegara á conocerla, si no fuese así, y diciéndose, para infundirse valor, el Alea jacta est: la suerte está echada! ... La cena estaba por terrminar. Laura no se había quitado la careta de raso negro, como quedó convenido; comía levantando la parte inferior que, siendo flexible, no presentó inconveniente para ello. Yo conservaba mi máscara de serenidad absoluta: comprendía toda la importanda de lo que iba á pasar de allí a poco y no quería poner en guardia á mi adversario , alarmándolo, ya por medio de mis palabras, ya por dejar traslucir mi agitación interior. Cuando entré en materia, lo hice decididamente. — Habrás creido que soy un extravagante, -dije sonriendo,- al escuchar mi súplica de que no te descubrieras el rostro; pero te has equivocado: yo te conozco, y no quería aparecer ante tí como cómplice de tus calaveradas; esa es la causa de mi extraño pedido. — ¡Que me conoces! exclamó lanzando una carcajada homérica. ¡No seas loco, y no digas tonterías! Nunca me has visto. — ¿Y si te dijera tu nombre? Se turbó un instante, pero luego reaccionando, creyendo sin duda que la confundía con otra: — ¡Dilo! contestó, como desafiándome. — Te llamas... Laura, pronuncié tranquilo , recalcando cada letra, mientras llenaba de champagne su copa y la mia. La ví palidecer detrás de la careta; se estremeció toda... Luego, viéndome tan tranquilo, hizo un sobrehumano esfuerzo, logró reponerse, y su primera acción fué descubrirse el rostro; yo la miré impasible. Estaba muy pálida, sus lábios temblaban, aunque casi imperceptiblemente, y sus ojos lanzaban rayos. — Sí, soy Laura, murmuró. Incliné la cabeza, como diciendo que ya estaba convencido de ello. Despues, un silencio de un minuto reinó en el saloncito particular. — Bebamos, dije con cierta indiferencia, levantando mi copa de champagne para romper las hostilidades. Ella tomó la copa del espumante vino, y llevándola á los lábios: — Bebamos... y hablemos, contestó. Hízose otra pausa, que ella misma terminó con estas palabras: — ¿Cuándo me has conocido? — Cuando te ví en el corso. Sabía que ibas á ir á él, y luego al baile, y me he propuesto encontrarte... Ya ves que lo he conseguido. Laura quería dar á aquella conversación un aspecto de frivolidad que yo tambien estaba interesado en conservar. Temía, sin duda, encarar decididamente las sérias cuestiones que estaban en tela de juicio. Al oir aquella frase enrojeció levemente, pues de seguro la avergonzaba que yo conociera su falta, ó quizás temía por el porvenir, al ver que nuestro casamiento debía romperse, aun antes que de que se hubiera realizado... — Si, lo has conseguido, murmuró. — Al querer encontrarte me guiaba un objeto de importancia; y como en estas fiestas es cuando se dice la verdad, sin ambajes ni rodeos, la ocasión ha sido bien elejida y mejor hallada... Se trata de hacerte una pregunta... Me interrumpí, sabiendo que de esa manera el golpe sería mas rudo. Ella, ansiosa, respirando agitadamente, sintiéndose algo mareada por tantas emociones, esperó, clavando en mí sus ojos, tímidamente, quizá con cierta vergüenza, y no sin algún temor. Yo proseguí, lentamente: — Sabes que no puedo casarme contigo; que eso sería absurdo, insensato... Sin embargo, hay un medio de que ese grande amor que siento por tí, y que me retribuyes, obtenga su recompensa en este mundo... A tí no te importa el qué dirán; sé que eres indiferente á la crítica, y que te muestras impávida ante todos, aunque conozcan tus costumbres... Volví á interrumpirme, añadiendo luego bruscamente: — ¿Quiéres ser mi querida?... Al pronunciar esa frase comprendí todo su alcance. Ninguna mujer, por más abyecta que sea, puede escuchar impasible esas palabras, del mismo que poco antes la juraba amor tierno, puro, sublime. ¡La mujer, eterno niño, derrama siempre lágrimas por el desvanecimiento de sus sueños!... Aquello era una puñalada, y una puñalada á traición. Para los homicidios morales no hay leyes en la tierra, y uno debe hacerse justicia por su mano. Yo, -víctima de homicidio moral- me convertía en juez y en ejecutor: sentenciaba al reo, y llevaba á cabo la sentencia. Era una venganza; por lo tanto no diré que obraba bien.... ni tú lo creerás tampoco. En cuanto á Laura, se había levantado de su asiento, ríjida y mortalmente pálida; pero volvió á sentarse, sin pronunciar una sola palabra, aturdida por el rudo golpe recibido... — ¿Quieres ó nó? la pregunté de nuevo, sonriendo implacablemente. -Supongo que no extrañas mi proposición... Permaneció un instante en silencio, pero comprendí que quería hablar; así, pues, aguardé á que dominara su emoción. — Vd, Armando, dijo por fin, tiene razón al insultarme de esa manera. (Nota que ya no me hablaba de tú). Yo lo he engañado, y eso nunca se perdona; le he hecho creer en mi inocencia que no existía, sin arrepentirme hasta ahora, en que comprendo cuánto sufre trás esa máscara indiferente... — ¡Que yo sufro! exclamé con una carcajada. ¡Mal me conoces, Laurita! — Si, Vd. sufre; no trate de hacerme creer lo contrario, dijo ella. — ¡Déjate de bromas, y vamos á lo importante. ¿Quieres ser mi querida?. Se puso aun más pálida. — ¡Oh calle Vd.! No aumente sus padecimientos... y los mios. Está Vd. sudoroso, sus ojos brillan, sus manos tiemblan, y si sonríen sus labios es gracias á un esfuerzo que denota la grandeza de su alma!... Pero si Vd. sufre, la culpa no es mia. -Escuche mi vindicación: por naturaleza, por temperamento, por instinto- no se asombre Vd. al oírme hablar así: estoy acostumbrada á decirlo todo-busco el placer en cualquier parte, hasta que le hallo; me he entregado siempre al primer hombre que me solicitaba; es una enfermedad terrible, pero es una enfermedad en la que no soy culpable... Así, por esa causa, hace dos años, desde que tenía quince, mi vida es una sucesión de amores, correspondidos siempre por mí!... Sin embargo, nunca sentí lo que he sentido por Vd.; nunca latió mi corazón como esta tarde, cuando me habló Vd. de nuestro casamiento... ¡que ya no se llevará á cabo!... De veras! me creí buena! ¡olvidé lo pasado! ¡escuché arrobada sus palabras!... Y cuando Vd. me dió un beso en la frente, ví presentarse ante mis ojos un mundo nuevo, lleno de encantos, lleno de felicidad... el mundo en que soñaba cuando mi madre posaba sus labios en esta misma frente, hoy manchada! ... Por que yo le amo... le amo... Lancé una carcajada. — ¡Oh! ¡si! continuó casi llorando. ¡Es lo que merezco! ¡Desprécieme Vd...! pero yo le amo.... Es un vicio de mi organismo, una infamia de la naturaleza hácia mí, lo que me hizo pecar antes de ahora, lo que me ha arrojado en los brazos de ese hombre que abandoné en el baile. ¡No me culpe Vd. á mí! ¡Yo soy inocente! ¡Hay una fuerza superior que me empuja; esa fuerza es la única culpable! Estaba abatida y había palidecido horriblemente! Yo, sin poder dominarme más, veía el instante en que iba á estallar en sollozos. Aquella escena me estaba matando. Sin embargo, tuve aún fuerzas para reir con sarcasmo, mientras decía: — Y hasta ahora no has contestado á mi pregunta, que es lo que más me interesa ¿quieres ó nó, ser mi querida? Dejó caer su bella cabeza sobre el pecho y permaneció silenciosa algunos instantes; luego, al levantarla, ví que su palidez había desaparecido. El rostro de Laura, cubierto de rubor, mostraba sobre su tez de terciopelo las huellas de una lágrima.... — Es Vd. cruel, muy cruel, murmuró sollozante. Pero es Vd. cruel con cierta justícia... Yo lo he engañado, me he burlado de su amor, haciéndole esperar la felicidad, cuando al lado mío solo hallaría un cúmulo de pesares... Al parecer, he tratado de mostrarme como no era, vestida con galas que no me pertenecían: con la inocencia, el pudor, la ignorancia del mal, la pureza de alma y cuerpo... Y sin embagro, no he mentido: á través de todas mis liviandades, de todas mis pasiones, he pasado sin mancharme el ropaje blanco y puro... ¡Mi alma se conserva como el primer dia, límpia de todo pecado; mi cuerpo desfalleciente, ha rodado muchas veces por el fango, pero mi espíritu es todavía digno de elevarse al cielo!... Hizo una larga pausa; luego prosiguió: — Me cuento en esa raza maldecida de mujeres que, empujadas por el instinto, por la fuerza de la carne, pertenecen á todos, ruedan en el mundo empujadas por todas sus pasiones, y caen por fin para no levantarse más, en los centros que la civilización ha creado para saciar sus apetitos, centros vilipendiados después por los mismos que cooperan á formarlos!... Una enfermedad, un defecto de organización, me lleva hácia ese extremo... Creí encontrar en Vd. una tabla de salvación, á la que me aferré desesperada, soñando con la costa apetecida... ¡Rodemos hasta su fondo, en fin!... Pero sepa Vd. que, al despreciarme, desprecia al Dios que me hizo defectuosa, como se desprecia al artífice ó al artista que no ha sabido ejecutar perfecta su obra!... ¡Que mi caida continúe!... Quizás Vd. se arrepienta alguna vez de haberme abandonado en la pendiente!.... Yo sentía cierto temor al escucharla. Hablaba, como presa de la fiebre, con acentos de inspirada. Sin embargo, llegué á dominar esa extraña emoción, volviendo á darle el golpe que tanto la hería. — ¡Vamos! ¡vamos! dije. Abandona el lirismo de una vez para siempre. ¿Es imposible pedirte una contestación categórica sin que te niegues á darla? ¡Una eternidad hace que te dirijo la misma pregunta! ¿Quieres ser mi querida? Desde aquel instante enmudeció. Ví que sus ojos se llenaban de lágrimas. Llamé al mozo que nos había servido y pagué la cena. Luego, ofreciendo el brazo á Laura: — Vamos, la dije. Te acompañare hasta tu casa; luego me contestarás. Bajó la vista, tomó mi brazo sin mirarme, y salimos. VIII Te he contado muy rápidamente esa escena, en la que apuré todos los tormentos imajinables. ¡Aún hoy me duele recordarla; tanto sufrí aquella noche!... Y con razón: había asistido al derrumbe de todas mis ilusiones, con el rostro alegre y el corazón henchido de lágrimas; había, por placer, ido rompiendo una á una las fibras de mi pecho; había revuelto con mi propia mano el filoso puñal, en la herida horrible y sangrienta... Estas grandes pruebas retemplan el espíritu, es verdad; pero hacen sufrir demasiado... y luego ¡tardan tanto en producir sus frutos! .... Desde aquella noche en que por primera vez me puse la careta, la he conservado cubriéndome el rostro durante un año entero. ¡Aquel año de locura en que juntos rodamos por el lodo, entre mujeres infames y hombres abyectos, respirando una atmósfera saturada por el hálito de todos los viciosos, de todos los seres débiles y desgraciados que esperan hallar alivio á sus pesares en medio de la degradación!.... ¡Eso es lo que nunca perdonare á Laura; eso es lo que nunca me perdonaré á mi mismo! ..... ¡Noche terrible fué aquella! Escuchaste de mi boca las palabras de esa mujer. Estúdialas, y dime si puede llegar á más alto grado el cinismo en una joven que apenas ha pisado los umbrales de la vida, cuyo corazón debía haberse apenas abierto á las pasiones, ¡Y ya abyecta, ya cínica! .... Tú te dices desgraciado, porque Enriqueta te niega su cariño. ¡Y yo, que habia visto en Laura todo lo contrario de lo que soñaba, que la quería con toda el alma, que iba á hacerla mi esposa, y me hallaba de pronto con una mujer prostituida, donde creí encontrar un ángel puro y casto, con un mónstruo, donde creí encontrar un portento de bondad y de pureza! .... Porque aquella vindicación de que me hablaba, era un nuevo escárnio hecho á mi corazón herido .... ¡Oh! Puede ser que su alma haya sido pura, que sea verdad que su organismo la impelía al vicio. ¿Pero acaso podía yo creerlo? ¿Acaso podía perdonarla? ¡Por que siempre la impureza del cuerpo trae consigo la impureza del espíritu!... ¡Que me importa que fuera enferma!... Cuando tomamos una fruta hermosa y bien sazonada al parecer, y al partirla encontramos su carne roida por los asquerosos gusanos ¿nos atrevemos á tomarla, acaso? ¿no la arrojamos con disgusto, sin averiguar la causa de su repugnante estado? Y nadie, nadie, nos echa en cara ese abandono, ni aunque la fruta se haya contaminado con un motivo justo .... ¡Lo propio debía sucederme con aquella mujer! .... Perdona si me exalto demasiado. Apesar de que todo pasó, me parece sufrir aún, como durante aquella noche, la primera de un Carnaval que duró tres dias, y de otro que duró un año... Después... ¡puede tanto la imaginación! ... IX Pocos pasos habíamos dado desde que salimos del café. Laura se había repuesto de su sobre exitación, y caminaba erguida, sin dirijirme una palabra... Comprendía que ya no le era posible convencerme, y no lo pretendió. De pronto el joven del dominó blanco, que salía de la Opera, reconoció á Laura y se colocó delante de nosotros. — ¡Detengase Vd! me gritó con enojo. — ¿Con qué objeto? pregunté. — Con el de que me entregue esa mujer, si no quiere... y no terminó su amenaza con la voz sino con el ademán. — Esta no es mujer, dije, impasible. Creyó que le oponía resistencia, y sacó un revólver, con el que me apuntó al pecho. Numerosas personas nos rodeaban. — ¡Devuélvame mi compañera, ó hago fuego! grito furioso. Sin inmutarme abandoné el brazo de Laura. -Él creyó que se la cedía, y dióme tiempo para que yo sacara mi revólver antes de que se apercibiese de ello. Y apuntándole también: — Cuide Vd. de no errar el tiro, dije friamente, porque sinó le anuncio que mi pulso estará demasiado certero, para que Vd. repita estas indignas escenas. Algunas de las personas que nos rodeaban se interpusieron. — En cuanto á esa, que llama Vd. mujer, añadí, puede, Vd. llevarla; se la cedo de buen grado; nunca lo hubiese hecho por fuerza... Por otra parte... no le arriendo la ganancia... ¡Divertirse!... Era el último bofetón; mi venganza estaba completa. Ignoro qué efecto produjo en Laura. Permanecía de pié, apoyada en la pared, temblando como una epiléptica, y horriblemente pálida; la luz de los faroles de la Ópera daba tintes extraños á su rostro. Lo que sigue ya lo sabes. Entré de nuevo en el vasto salon del baile, donde me hallaste á las dos de la mañana, con los ojos brillantes y tambaleándome como un ébrio. Pero - repetiré mis anteriores palabras - no estaba beodo porque no había bebido casi ... ¡en cambio sufría horriblemente!... En la bacanal busqué el olvido, que encontré á veces. Después el recuerdo de Laura se borró para siempre, sin que haya vuelto á evocarlo hasta ahora, para demostrarte que aún esos inmensos dolores se acaban con el tiempo. Si no quieres creerlo, vuelve á verme dentro de un año; para entonces ya te habrás convencido. No quiero hablarte de mis padecimientos, porque me sería imposible retratarlos con fidelidad. Cierra los ojos -como te he dicho ya una vez - suponte que te hallas en las mismas circunstancias, y tu imajinación te pintará, mejor de lo que yo puedo hacerlo, el estado de mi espíritu después de tan terrible golpe y durante el año más largo de mi vida ... X Armando permanecía silencioso. — ¿Y no te arrepentiste, como ella te lo anunciaba? pregunté. — Nunca. — ¿Volviste á verla? — Sí: ayer la encontré en la calle. — ¿Qué efecto te produjo su vista? — Repugnancia. — ¿Solo eso? Reflexionó un instante, diciendo por fin: — Solo eso, te aseguro. ¿Y sabes por qué? Porque con su falsía me hizo dudar de la muger, que es el ángel que nos consuela en los pesares de la vida. ¡Miserables seres que son una calumnia viviente de su sexo!... Hicimos una pausa; ambos reflexionábamos en lo mismo quizá. De pronto, como sacando una conclusión de mis pensamientos: — Sin embargo, yo no la olvidaré; dije. — ¿Por qué? me preguntó sonriente, y como si esperase mi contestación. — ¡Por que ella es digna de ser amada! murmuré suspirando.




Ilustración: Will McBride

jueves, 19 de marzo de 2026

Cita (Cristina Piña)







Porque el primero en partir


funda la casa


de la infancia


y uno a uno


la vuelven a habitar:


las tías, los abuelos,


el oro de la madre,


el rojo sangre del padre,


los hermanos.


 


Y cuando parte el hombre


amado,


llega a su propia


casa de la infancia,


y se abraza a los suyos


a ese espacio donde


soñó/besó/vibró


pudo llorar.


 


Por eso, con paciencia,


ella espera que la mano del amor


tome la suya cuando


suene la hora de partir.


 


Para esa cita se prepara


se prueba flores


estrellas


en el pelo


ensaya el esplendor


de la hermosura.





Ilustración: Jacob Collins


 


 

miércoles, 18 de marzo de 2026

Meditaciones II, 17 (Marco Aurelio Antonino)






El tiempo de la vida humana, un punto; su sustancia, fluyente; su sensación, turbia; la composición del conjunto del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su fortuna, difícil de predecir; su fama, indeterminada. En resumen: todo lo del cuerpo, un río; lo del alma, sueño y humo; la vida, una guerra y un exilio. ¿Qué puede, pues, servirnos de guía? Una sola y única cosa: la filosofía.





Ilustración: Kees Van Dongen

martes, 17 de marzo de 2026

Retrato proletario (William Carlos Williams)





Una mujer joven alta sin sombrero

y en delantal


Detenida en la calle con el pelo

hacia atrás


La punta del pie enfundada en su

media rozando la acera


Y el zapato en la mano. Examina

atenta su interior


Y saca la plantilla de papel

para buscar el clavo


Que la lastimaba




Ilustración: Stanislav Grocholski

lunes, 16 de marzo de 2026

Mujeres (Gabriele D'Annunzio)







Han existido mujeres serenas de ojos claros,

infinitas y silenciosas como esa llanura

que atraviesa un río de agua pura.


Han existido mujeres con visos de oro,

rivales del estío y del fuego, semejantes a

trigales lascivos que no hieren la hoz

con sus dientes pero arden por dentro

con fuego sideral ante el cielo despojado.


Han existido mujeres tan leves

que una sola palabra, una sola,

las convirtió en esclavas. Y existieron otras,

de manos rojizas, que al tocar una frente

suavemente disiparon ideas terribles.


Y otras cuyas manos exangües y elásticas,

con giros lentos aparentaban insinuarse

creando una urdimbre rara y fina

en que las venas simulaban

hilos de vibración ultramarina.


Mujeres pálidas, marchitas, devastadas,

ardidas en el fuego amoroso

hasta lo más profundo de sí mismas,

consumido el rostro ardiente,

con la nariz agitada por el impulso

de inquietas aletas, con los labios abiertos

como yendo hacia las palabras pronunciadas,

con los párpados lívidos

como las corolas de las violetas.


Y todavía han existido otras y,

maravillosamente, yo las he conocido.




Ilustración: Svetlana Yartavoska

domingo, 15 de marzo de 2026

Un vagabundo toca con sordina (Knut Hamsun)





Se presenta un buen año de frutos silvestres: acerolas, uvas y zarzamoras. No es

que podamos vivir de ellos, pero son un encanto en medio de la tupida vegetación y

una alegría para los ojos.

Y muchas veces se anima uno al encontrarlos, cuando tiene sed y hambre.

En eso pensaba ayer tarde.

Ya sé que los tardíos frutos del otoño no madurarán antes de dos o tres meses.

Pero el campo da otras alegrías que los frutos. En primavera y en verano, los frutos

no son aún más que flores. Pero hay campánulas azules y tréboles puntiagudos,

bosques frondosos donde el viento no penetra, olor de árboles, calma. Desciende del

cielo un murmullo como de río lejano. Es el sonido más prolongado que existe para

medir el tiempo y la eternidad. A veces canta un zorzal. ¡Cómo se eleva su voz, Dios

mío! Al llegar a lo alto del agudo, hace de pronto un quiebro en su melodía, tan claro

y tan puro, que parece tallado en diamante.

A lo largo de las playas también existe la vida: el guillemote brincotea, y el

ostrero y la golondrina de mar. La aguzanieves va de caza y busca su alimento: con

el pico puntiagudo, distinguida y oscilante, se mueve a sacudidas; después se posa en

una rama, y también canta. Cuando el sol se ponga, acaso el somormujo entone sus

melancólicos hurras desde un apartado lago de la montaña. Es el final. Ya no queda

más que el grillo. No tiene ningún interés: se oculta a la vista y no sirve para nada.

Diríase que hace rechinar la resina.

Pensando en todo esto, saco en consecuencia que el verano tiene tantos encantos

para el vagabundo, que no hay razón para esperar el otoño.

Pero se me ocurre pensar que me refiero a estas cosas apacibles con palabras

serenas… como si nunca tuviera que llegar a sucesos violentos y peligrosos. Es una

habilidad que me enseñó un hombre en el hemisferio austral: Rug, el mexicano.

Alrededor de su inmenso sombrero refulgían diminutas lentejuelas de cobre.

Nunca lo olvidaré Pero lo que mejor recuerdo es la calma con que contó su primer

asesinato. «Tenía yo una buena amiga, llamada María —contaba Rug con aire

resignado—, y hay que decir, para que se comprenda mejor lo sucedido, que ella no

había cumplido aún los dieciséis años ni yo los diecinueve. Sus manitas eran tan

pequeñas que, cuando me tendía la diestra para saludarme o agradecerme algo, temía

se quedara deshecha entre mis dedos. Así era ella. El amo la recogió una noche en el

campo y la llevó a su casa para que le hiciera un zurcido. No había manera de

impedírselo. Por otra parte, apenas pasaba día sin que él la fuera a buscar al campo

para que cosiera en su casa. Así pasaron varias semanas; luego, todo se acabó. Siete

meses después murió María y la enterraron, y sus manitas chiquitinas también fueron

enterradas. Fui a encontrar a su hermano Inez, y le dije: “Mañana por la mañana, a las

seis, el amo parte para la ciudad a caballo y va solo”. “Lo sé —me contestó—;

podrías prestarme el rifle para matarle mañana”. “Lo utilizaré yo”, contesté. La

conversación giró en torno a otras cosas: a la cosecha y un gran pozo que acabábamos

de abrir. Al salir, descolgué el rifle y me lo llevé. Apenas había llegado al bosque,

Inez, que venía siguiéndome, me gritó que le esperase. Tras un rato de porfía, Inez

me quitó el rifle y volvió a su casa. Al día siguiente, por la mañana temprano yo

estaba en la barrera para abrir al amo. Inez también estaba allí, oculto entre la maleza.

Entonces le dije: “Empieza por largarte de aquí; no vayamos dos contra uno”. “Lleva

pistolas al cinto. Y tú ¿qué llevas?”, preguntó Inez. “¡Oh, nada! —contesté—. Una

plomada, que no hace ruido”. Inez contempló la plomada, reflexionó un instante, y

moviendo la cabeza, regresó a su casa. Entonces llegó el amo a caballo. Era canoso y

estaba muy envejecido: sesenta años, por lo menos. “¡Abre la barrera!”, ordenó. Pero

yo no abrí la barrera. Quizá creyendo que me había vuelto loco de repente. Me

descargó un latigazo. Fingí no darme por enterado y le obligué a echar pie a tierra y a

que abriese él mismo la barrera. Entonces le di el primer golpe que le alcanzó cerca

del ojo y le abrió un boquete. “¡Oh!”, exclamó, y se desplomó boca arriba. Le

descargué otros golpes hasta que lo rematé. Llevaba mucho dinero encima; tomé una

pequeña parte para las necesidades personales de mi viaje, monté a caballo y partí.

Inez estaba en pie junto a la puerta de su casa, cuando llegué. “En tres días y medio

estás en la frontera”, me dijo».

Así me contó Rug aquel suceso y, mientras lo contaba, me miraba a los ojos con

toda tranquilidad. No son asesinatos lo que propongo relatar, sino alegrías, y penas, y

amor. Y el amor es tan violento y peligroso como la pasión homicida. Esta mañana, al

vestirme, pensaba: «Ya verdean todos los bosques. Ya la nieve se funde en las

montañas; los rebaños encerrados en los establos quieren salir y en las casas de los

hombres las ventanas se abren de par en par». Entreabro yo mi camisa y dejo que el

viento acaricie mi piel y siento que el influjo de las estrellas y una turbulencia

desenfrenada se adueñan de mi alma. Es un momento como yo he vivido otros hace

muchos años, cuando era joven y más fogoso que hoy. Acaso exista en el Este o en el

Oeste, he pensado hoy, un bosque en que un viejo pueda sentirse tan feliz como un

joven. Hacia allí voy.

Alternan lluvia, sol y viento; he caminado ya durante muchos días; hace aún

demasiado frío para acostarse al aire libre durante la noche; pero encuentro

fácilmente refugio en las granjas. Alguien se asombra de que yo camine y camine sin

objeto; debe de tomarme por un personaje disfrazado que pretende ser original, como

Wergeland. Ese tal ignora mis proyectos, mi deseo de llegar a ciertos lugares

conocidos donde hay personas que quiero volver a ver. Pero no le falta sentido

común, y moviendo la cabeza, le doy a entender que no está del todo equivocado.

¡Una de las tonterías más corrientes en los hombres es la satisfacción de que alguien

nos tome por más de lo que somos! Pero la mujer y la hija salen en mi defensa y lo

acorralan con su charla cordial y vulgar: «No ha pedido limosna y ha pagado su

comida». Entonces me acobardo y apelo a la astucia: no contesto y dejo que el

hombre descargue contra mí nuevas acusaciones a las que tampoco replico. Y los tres,

almas sencillas, triunfamos del sentido común del hombre, que se ve obligado a

confesar que bromeaba. ¡Ya sabíamos que bromeaba! Permanecí en la granja un día y

una noche, engrasé mis zapatos con desusado esmero y repasé mi traje.

Pero el hombre concibió de pronto nuevas sospechas: «Al despedirte, darás a mi

hija una buena propina», dijo. Fingí que aquello no era cosa de mi incumbencia, y

pregunté riendo: «¿Usted cree?».

«Sí —me contestó—, y así nos convenceremos de que eres un personaje».

¡Qué antipático me era! Pero me hice el sordo a sus burlas y le pedí trabajo. «Me

gusta mucho el lugar —le dije—, y ya que me necesita, puede emplearme en lo que

quiera en esta época de trabajos penosos». «Lo que yo quiero es verte lejos —me

contestó—. Eres un loco».

Sin duda me había tomado ojeriza, y en aquel momento ninguna de las mujeres de

la granja estaba presente para defenderme. Lo miré de pies a cabeza, sin comprender

su conducta. Su mirada era firme, y tuve de pronto la impresión de no haber visto

jamás unos ojos tan inteligentes. Pero exageró su malquerencia, superándose a sí

mismo. «¿Cómo diremos que te llamas?», me preguntó. «No tienes por qué hablar de

mí», le contesté. «¿Un Eiber Sunt ambulante?», agregó él. Le seguí el humor y

contesté. «Sí, eso es». Pero el hombre se moría por sonsacarme algo y la lengua se le

desataba por momentos. «¡Qué lástima me da la señora Sunt!», exclamó. «Te

equivocas. No tengo señora». Y, sin más, me alejé; pero él, con una acometividad

afectada, gritó a mis espaldas:

«Eres tú quien se equivoca. Quise decir la madre que te echó al mundo».

Abajo, en la carretera, me volví y vi que el hombre era alcanzado y reconducido

por su mujer y por su hija.

Y pensé para mis adentros:

«No, no siempre camina sobre rosas el vagabundo».

En la granja vecina me dijeron que aquel hombre era un antiguo sargento furriel

que estuvo recluido algún tiempo en un manicomio, a causa de un pleito perdido ante

el Tribunal Supremo. En aquella primavera, la enfermedad volvió a apoderarse de él

y acaso mi llegada fue el último empujón que le hizo caer por la borda. ¡Pero, Dios

mío, qué muestras de lucidez, precisamente cuando la locura se cebaba en él! Lo

recuerdo de vez en cuando como una lección; es difícil conocer a los hombres y saber

quién está loco y quién está cuerdo.

¡Dios nos libre de ser adivinos!

Aquel día pasé por delante de una casa, en cuyo umbral se sentaba un joven

tocando la armónica. Nada tenía de músico; pero debía de ser un temperamento

alegre, puesto que tocaba para sí. Le saludé en silencio, llevándome la mano al gorro,

para no distraerle, y me detuve lejos. Sin hacerme el menor caso, siguió tocando la

armónica, y, cuando la apartó de sus labios para descansar, aproveché la ocasión para

toser.

—¿Eres tú, Ingeborg? —preguntó.

Creí que hablaba a una mujer que estaría detrás de él en la casa, y no contesté.

—¿Qué haces ahí parada?

Pregunté desconcertado:

—¿Yo? ¿No me ves, pues?

No contestó.

Hizo algunos movimientos tanteando a su alrededor, y comprendí que era ciego.

—Sigue tranquilamente sentado. No te asustes por mí —le dije.

Y me senté a su lado.

Hablamos de muchas cosas. Tenía dieciocho años, estaba ciego desde los catorce,

era corpulento y fuerte, y sombreaba su rostro una barba incipiente. «A Dios gracias

—dijo—, tenía buena salud». «Pero ¿y la vista? —le pregunté—. ¿Se acordaba aún

del aspecto que tenía el mundo?». «¡Oh, por aquella época!». En resumen, estaba

satisfecho y alegre. Aquella misma primavera iría a casa de un profesor de Cristianía

para que le operasen; recobraría la vista; en todo caso, lo necesario para poder andar.

Esto sería fácil. Sus facultades eran muy limitadas; debía de consumir mucho

alimento, a juzgar por su gordura y su vigor bestial. Pero diríase que había en él algo

de malsano, algo de idiota; la resignación con su suerte parecía demasiado absurda.

«Tal plenitud de esperanza presupone cierta tontería —pensaba yo—. Hay que ser

algo imbécil para estar siempre satisfecho de la vida y esperar por añadidura algo

bueno y nuevo».


Pero yo estaba dispuesto a aprender un poco de todo en mis peregrinaciones: aun

aquel desgraciado, sentado ante el umbral, me iluminó respecto de una particularidad

al parecer insignificante.

¿Cómo pudo confundirme con Ingeborg, la mujer a quien llamó? Debí de llegar

muy silenciosamente, me había olvidado de conducirme como lo que era, y además

mis zapatos eran demasiado ligeros.

Estaba echado a perder por las prácticas delicadas a que me había entregado

durante tantos años; tenía que ejercitarme en los trabajos duros si quería volver a ser

un campesino.

Faltaban tres días para llegar a donde mi curiosidad se había propuesto: a

Oevreboe, a casa del capitán Falkenberg. Era el momento oportuno para pedir

trabajo: se trataba de una gran propiedad y en tiempo de primavera no faltaban

trabajos que realizar.

Seis años hacía que estuve allí, y varias semanas que me dejaba crecer la barba

para que nadie me reconociese.

Estábamos a mitad de semana y quería llegar el sábado por la noche.

Así me permitiría el capitán pasar provisionalmente el domingo y reflexionar

sobre mi petición: el lunes me diría sí o no.

Lo curioso era que no experimentaba impaciencia alguna ante lo que me

esperaba. No, ninguna inquietud.

Iba paseando muy despacio, de granja en granja, entre bosques y prados. Pensaba

en mi interior: «¡Y, sin embargo, en ese mismo Oevreboe viví en otro tiempo algunas

semanas ricas de emociones; allí llegué a estar enamorado de la señora, de la señora

Luisa!». ¡Sí, lo estuve! Sus cabellos eran rubios y sus ojos de un gris oscuro; parecía

una muchacha. Hace seis años de esto, ¡cuánto tiempo! ¿Habrá cambiado mucho? A

mí el tiempo me ha consumido, me ha vuelto tonto, indolente e indiferente: ahora

miro a una mujer como si fuese literatura. Es el fin. Bueno, ¿y qué? Todo ha de tener

su fin. Al principio de esta frase, experimentaba el sentimiento de haber perdido algo;

como si me hubiera pasado rozando un carterista.

Y me puse a examinar si podría soportarme a mí mismo después de esto, si

realmente podía sostenerme.

¡Oh, sí! Ya no era como antes. Todo había pasado sin ruido, tranquila, pero

seguramente. Todo ha de tener su fin.

En la vejez, no se vive la vida; sólo nos mantenemos de pie por los recuerdos.

Somos como cartas que se han expedido: no estamos ya en circulación, hemos

llegado al destinatario. Queda por saber si nuestro contenido ha desencadenado

tempestades de alegrías y de penas o si no hemos dejado impresión alguna. ¡Gracias a

la existencia que se vivió alegremente!

La mujer es tal como la han descrito todos los sabios: infinitamente mediocre en

sus facultades, pero rica en irresponsabilidad, en vanidad, en ligereza.

Tiene mucho del niño, excepto la inocencia.

Me detengo cerca del poste donde se bifurca el camino para subir a Oevreboe. No

me agita ninguna emoción.

La claridad del día se extiende por prados y por bosques, acá y allá, en los

campos, se ara la tierra y se rastrilla; todo se hace suavemente, casi sin moverse; es

cerca del mediodía, y el sol quema.

Voy más allá del poste, para ganar algo de tiempo antes de llegar a la granja.

Cerca de una hora me entretengo por el bosque y vago un poco entre los arbustos en

flor y aspiro el perfume de las tiernas hojas verdes. Bandadas de zorzales persiguen

por el cielo a una corneja y hacen un ruido del demonio; es como una cencerrada

de castañuelas que tocasen a destiempo. Me tiendo boca arriba, con el saco bajo la

cabeza y me duermo.

Al cabo de un rato, me despierto y me dirijo al labrador más próximo: deseo

informarme un poco de los Falkenberg, en Oevreboe; si viven aún, si todo marcha

bien en la hacienda. Me encuentro ante un hombre que me da respuestas

circunspectas.

Allí está, lleno de astucia, con los ojos pequeños, y dice: «Falta saber si el capitán

está en casa». «¿Suele ausentarse?». «No, debe de estar en casa». «¿Ha hecho ya las

labores de primavera?». El hombre sonríe. «¡Oh, no! No debe de haberlas hecho».

«¿Tiene bastante gente?». «Esto sí que no lo sé. ¡Oh! Sin duda. Y las labores están

hechas. Por lo menos, el estiércol está acarreado. Sí, ya lo creo».

Después el hombre arrea los caballos dando un chasquido con la lengua y

continúa arando y yo le sigo. No puede sacarse de él gran partido. Apenas se paran

los caballos para respirar, le arranco hábilmente nuevas contradicciones sobre la

gente de Oevreboe: el capitán pasaba casi todos los veranos en el campo de

instrucción, y la señora se quedaba sola. ¡Oh! Tenía siempre forasteros en casa, claro;

pero el capitán estaba ausente.

Sin duda, se encontraba mejor en casa, desde luego; pero tenía la obligación de ir

al campo de instrucción. No, no tenían hijos todavía, y no parecía que ella hubiera de

tenerlos. «Pero ¿qué digo? Aún puede tener muchos hijos, un montón, ya lo creo.

¡Arre, caballo!».

Labramos y respiramos de nuevo. No quería llegar a Oevreboe como un

aguafiestas, y pregunté al hombre si había aquel día reunión de forasteros en casa del

capitán. Creía que no. Sin embargo, podría suceder que hubiese reunión. Y música, y

pianos, e invitados; en aquella época, siempre los había; pero… Los Capitanes eran

gente «chic», no tenían dificultades, les sobraban recursos, con la riqueza y el

esplendor que había en su casa.

Aquel labrador era un suplicio. Quise entonces saber algo referente al otro

Falkenberg, mi antiguo compañero en la tala de árboles, aquel que afinaba los pianos

en un periquete. Lars Falkenberg. Los informes fueron en este caso más precisos.

¿Lars?

Sí, estaba allí.

Podía creer que conocía a Lars.

Había dejado de servir en Oevreboe, pero el capitán le había cedido un pedazo de

tierra labrantía que le producía lo bastante para vivir; se había casado con Emma, la

criada, y tenía dos hijos. Era gente activa y laboriosa, que mantenía ya dos vacas en

su pequeña propiedad.

Al llegar aquí, acabó el surco y el hombre hizo dar la vuelta a sus caballos.

Entonces me despedí, y me alejé. En el patio de Oevreboe reconocí todas las

dependencias; pero la pintura estaba muy gastada.

El asta de la bandera que ayudé a levantar seis años antes, aún estaba en su

puesto; pero observé que no tenía cuerda y que la bola de arriba se había

resquebrajado.

Había llegado al punto de destino. Eran las cuatro de la tarde del 26 de abril.

Los viejos conservan el recuerdo de las fechas.




Ilustración: Guy Pene du Bois

sábado, 14 de marzo de 2026

Los murciélagos del Brasil (Capítulo 12)









 ¿QUÉ VEN LOS OJOS DE LOS MURCIELAGOS?

 

 


12

     

 

 

Mendoza miraba la costa, tierra adentro, adonde se habían llevado a Altea más de una semana antes. El cabo Domínguez lo había perseguido con la mirada los dos primeros días, luego había estado dando vueltas alrededor cuando lo veía desocupado, alternando un saludo con algún comentario trivial. Después, se presentó una tarde en su despacho y le había preguntado cuándo zarparían para continuar con los compromisos comerciales. El capitán le había dicho:

     - ¿A usted le parece que puedo seguir viaje antes de que vuelva la señora Altea?

     Domínguez no hizo más que callarse la boca. ¿Quién era ese cabo, se preguntó muchas veces Mendoza, detrás de la humilde sumisión con que se protegía? Lo había visto observar a la tripulación y al barco como si tomara notas con los ojos, y escribiera de memoria en su camarote en algún cuaderno ajado que escondía bajo el uniforme. Lo había visto leer los libros que Natacha le traía, lo escuchó hablar de historia y de política, y en alguna ocasión lo oyó enzarzarse en una discusión con Iribarne sobre España y sus colonias. Fue la única vez cuando lo vio levantar la voz y acalorarse. Observó el gesto de satisfacción de Iribarne al provocarlo, y la admiración que había producido en Natacha. Hasta el chico Ruiz se había sentado durante todo el tiempo que duró la discusión atenta a cada palabra y gesto del cabo.

      Domínguez sacó un papel del bolsillo y lo extendió al capitán. Era un telegrama del gobernador. Ya sabía que el cabo era un esbirro de Farías, pero no esperaba que se mantuvieran tan cuidadosamente comunicados.

      - ¿Y para qué me muestra esto? Con decirme que Farías manda esto o aquello…-La ironía nunca caía bien en el gesto de Mendoza, pero siguió porque necesitaba desahogarse - ¿No será usted algún pariente del gobernador, porque me parece raro que en sus filas tenga a alguien tan…cómo podría decirle…tan culto, tal vez? Es usted un hombre educado, cabo, y si continúa en ese rango no es porque no lo hayan querido ascender, sino porque sirve más de esta forma.

     Domínguez lo observaba a los ojos mientras la sombra velada del atardecer aparecía desde atrás de los muebles y las cortinas. El rostro del cabo era ahora severo, y parecía un escritor de esos cuyos grabados se ven al principio de los libros de filosofía o historia del siglo 17 o 18.

      -En realidad, capitán, soy un protegido del gobernador. Nací prácticamente huérfano en Posadas. Mi madre murió de puérpera unos días después de mi alumbramiento, y mi padre, quién sabe, dicen por ahí que fue un jesuita, de los pocos que quedaban por acá. A lo mejor, ya ni siquiera era un cura porque la orden había sido prohibida en todo el mundo, como ya sabe. Era un hombre, solamente, y mi madre, quién sabe…El gobernador dijo que era medio india, pero una vieja dice haberla conocido y me contó que era uruguaya, de una familia acomodada, qué sé yo, durante el sitio de Montevideo. El señor gobernador me mandó a estudiar a Córdoba, leyes y teología. Estuve en Buenos Aires recibiendo clases de Gutiérrez sobre historia y literatura. Cuando me vine de vuelta a Posadas, el gobernador me agarró de los hombros y me dijo: “Muchacho, no te puedo tener a mi servicio, ya sos demasiado inteligente para servirme”.

      El capitán Mendoza no pudo evitar una sonrisa.

      - ¿Y por qué le sirve de espía, entonces?

      - ¡Qué sé yo! A lo mejor mientras más se sabe más se duda. Una cosa es saber y otra aprender. Ya me di cuenta de que se aprende en la vida y no en los claustros.

      - ¿Y está dispuesto a arrestarme, o hasta ejecutarme, como dice acá, si me resisto? Disculpemé, cabo, pero no lo veo a usted como un militar muy avezado. Y es raro que Farías lo haya mandado con una orden tan terminante.

      -Mi trabajo era mantenerlo a usted dentro del río, capitán. Un disparo es una advertencia. Tengo experiencia de caza, capitán, y ya le demostré mi puntería cuando pasó lo de Iribarne.

      - ¿Pero está dispuesto a ejecutarme? No es lo que los Oro o los Funes le enseñaron…

      Domínguez se rio.

      - ¿De qué se ríe, cabo? - Mendoza quería aparentar enojado para ocultar su inquietud.

      -Es que, bueno, capitán, se dice desde hace tiempo que Funes fue uno de los que traicionó a Liniers y a los otros que fusilaron en Córdoba.

      El cabo tomó su arma que hasta entonces tenía en bandolera y presentó armas frente al capitán Mendoza, quien intentaba escrutar en cada acto de ese hombre que era una mezcla de muchos hombres, el cura sabiondo y el militar corrompido, especialmente. Pero a la vez no era ninguno de los dos. Había dicho, un momento antes, que se aprende en la vida, y el cabo, además de observar, actuaba.

     Se despidieron esa tarde, casi anochecida, en una despedida de silencio que implicaba conformidad. El capitán en su barco, el barco en el río, y el río que continuaba ya no como el Paraná, sino como Paranaiba. Hacia el este estaba la confluencia del Río Grande, pero los negocios que había contratado estaban del otro lado, el oeste más oculto y propicio para los tratos de Farías, que parecía extender su influencia cada vez más. Y había demostrado una inteligencia mayor a la que cualquiera esperara al conocerlo, al no mandar asesinos o ejércitos sino hombres diestros. Un abogado con aires de santurrón y un fusil en las manos le era más útil, sin duda. ¿Estaba él dispuesto a obedecerlo, o a arriesgarse a ser fusilado sin que nadie lo extrañara ni reclamase por su muerte?

 

      Pero antes de la de visita del cabo, lo había mantenido en un estado de irritación la presencia constante de Iribarne. Iba y venía por la cubierta con el chico en brazos. Aún no le había puesto nombre porque se esperaba que lo hiciera la madre cuando regresara. Pero José no demostraba impaciencia por Altea, sino por algo que parecía llamarlo desde el norte, hacia donde llevaba su mirada cuando estaba distraído y con el bebé en brazos. Por más que fuese su sobrino, se dijo Mendoza, no comprendía esa ansiedad que le veía en la cara, en los gestos del cuerpo cuando sostenía al chico, y en los movimientos de las manos cuando lo mecían o le daba leche de cabra con una tetina de tela.

      -El tiempo está espléndido por esta zona- dijo Iribarne una tarde, sentado en la mecedora que había estado en la habitación de Altea y que sacó para dormir al bebé al calor de la siesta. Natacha y Carmen habían reclamado el cuidado del recién nacido, pero más allá de cambiarle los pañales o bañarlo, Iribarne se había apropiado casi todo el tiempo de él. De noche dormía en su camarote, en una cuna junto a la cama. Carmen se encargó de que todos supieran que lo había escuchado hablarle al chico, a veces canciones de cuna, otras oraciones católicas en latín, otras, quién sabe…Todo le parecía raro, y había desistido de entrometerse. Por esos mismos días había ya tomado la decisión de dejar el barco.

    -Capitán, si ya no me necesitan, quiero irme…

    - ¿Y va  a volver a las suyas?

     Carmen se rio, y la carne que escondía bajo el vestido y que tanto había dado que hablar tiempo antes, se agitó con su risa.

     - ¡Ya estoy vieja para eso, y muchas pestes me pesqué de ustedes, dicho de paso! Me refiero a los hombres en general, capitán... -Desvió la mirada, y alguien que no la conociera podría haber visto algo de rubor en sus mejillas.

      -Es que tengo primas y primos por acá en Brasil. Es cuestión de buscarlos, y mientras, ya me arreglaré.

      -Es usted libre, Carmen.

      Quiso continuar, y como no podía la mujer lo ayudó.

      -Nada de eso, capitán, nada de sentimentalismos. Necesito sentirme útil, sino siento que se me acaba la vida. Incluso siendo una puta…ya sabe lo que quiero decir…la sonrisa de un hombre en esos momentos es algo difícil de olvidar. Lo que ustedes nos dicen casi siempre son pavadas, y lo que hacen y construyen es admirable, porque lo hacen con el sentimiento transformado. Son ingenieros del cielo, ustedes, y cuando lo ven realizado, tienen una mirada de éxtasis absoluto. Convierten el sentimiento en pensamiento, y ese pensamiento entonces es casi celestial.

     En eso pensaba cuando se encontró con Iribarne una tarde sobre cubierta. Tenían la vista puesta sobre el noreste, sobre el Paranaiba.

      - ¿Cuándo cree que retomemos camino, capitán?

      -Ya le dije que cuando Altea regrese.

      José estaba seguro de que no regresaría, y probablemente Mara tampoco. Tenía que volver a España, y en estas latitudes era más práctico llegar lo más que pudiese al norte y la costa del Atlántico. Se levantó de la mecedora y se acercó al capitán, que miraba la costa con los brazos apoyados en la baranda, una bota metida entre las maderas, y fumando una pipa que tal vez había pertenecido a su padre o alguno de los otros famosos Hurtado de Mendoza.

     -No veo el motivo de que se comporte como un marido preocupado, capitán. Usted ya tiene una mujer, y Altea no es su esposa, ni este chico es suyo.

     Mendoza tranquilamente vació la pipa haciéndola percutir en la baranda, la metió en su estuche y guardó éste en un bolsillo.

      -Yo creo que tampoco suyo.

      Iribarne sostenía al bebé dormido con ambas manos, pero desprendió una para secarse el sudor de la frente y se limpió en los pantalones. Ahora sonreía con sorna.

     -No me haga hablar, capitán, porque nos iremos a las manos.

     -Si se escuda con un bebé seguramente que no…

     Iribarne se dio vuelta para dejar al chico en la mecedora.

      -Ahora nada se interpone...-Apenas lo dijo, Mendoza le dio un puñetazo que lo derribó al piso. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de hacerlo. Algunos hombres habían visto pero no se acercaron.

      Iribarne se secó la sangre del labio e intentó parase con dificultad, todavía le dolía la pierna. Cuando estuvo de pie, dijo, levantando las manos:

     -Está bien, usted gana la pelea, pero déjeme hacerle saber que en ese chico corre sangre mía, capitán. Ese chico me pertenece por derecho, y sin su madre…

     Mendoza lo agarró de la ropa.

     - ¿Y usted qué sabe?

     -Lo mismo que usted, querido, si tuviese tanto valor de mirarse a sí mismo como el que tiene al enfrentarme.

     Mendoza lo soltó y vio al cabo observando todo desde lejos, casi desde la otra punta del barco. El chico Ruiz estaba con él, y el perro Max.

  

     Finalmente, los dos, Domínguez e Iribarne lo convencieron a retomar el camino hacia el Paranaiba. Mientras daba la orden, no sabía si eran su boca y su voz las que pronunciaban las palabras, sino algo más que llamaría fatalidad si no fuese católico, o culpa si seguía las creencias en las que había sido formado. En el norte está el principio, y en el principio las causas. Buscando los motivos de las cosas, exploramos hacia la profundidad, pero no es el sur adonde llegamos, sino al norte: el hueco oscuro del cráneo lleno de anfractuosidades, como lo había visto en los libros de anatomía en la biblioteca de Aurora Valverde. Le había hablado de grietas y canales por donde pasan nervios y arterias, de fracturas que parecían haber estado desde el inicio del hombre, como si el cerebro humano fuese un mar sometido a inagotables torbellinos de viento, formando esas playas de huesos como rocas deformes. Y entre todos ellos el os sphenoidale igual a un pájaro de alas petrificadas que ha encontrado una única manera de levantar vuelo: creando un espacio vacío por donde hacer pasar todo lo creado. Y con ese fermento, emprender el vuelo hacia las zonas profundas donde ya no haya huesos ni sangre, sino el sepulcro del olvido.

 

 

 

*

 

 

 

El Paranaiba era estrecho, y era muy probable que encallaran. Sin embargo, luego de mantener la guardia las veinticuatro horas, comprobaron que el cauce era suficientemente profundo para el “Juan Manuel”. Durante varias noches, mientras acompañaba la vigilia de sus hombres, y esperando sentir en cualquier momento el roce de una roca o el sordo freno de un banco de arena, o quizá el detritus de troncos y ramas que se acumulaban en todo río de corrientes lentas, pensaba si valía la pena lo que estaba haciendo. ¿Pero acaso era ese viaje una obligación contraída por la extorsión de Farías, o no era ya su objetivo desde que había comprado el barco? Había sabido, desde Buenos Aires, que la empresa no sería fácil, que encontraría escollos en cada kilómetro del recorrido, que no podría conocer la realidad del río antes de haber hecho el recorrido completo, que encontraría desastres naturales, que habría negocios que no podría cumplir. Y allí estaba, en Brasil, con el barco casi intacto. No eran el dinero ni el éxito de los negocios lo que lo había impulsado, esas eran excusas.

      El barco ascendía hacia el norte a lo largo de uno de los ríos más extensos del mundo, lleno de infructuosidades, de recovecos, de múltiples climas, costas, pueblos y gente. Pero el capitán y su barco estaban intactos, por lo menos a la vista de aquellos que los veían pasar desde las riberas empobrecidas. Un velero francés con una gran chimenea a vapor, una especie de monstruo que no pertenecía a ninguna época, sino a una peculiar transición, como el otoño que recientemente habían dejado atrás. Y el invierno al que habían entrado era más caluroso que aquel. El sol refulgía en los metales de las escotillas y la chimenea, y la madera de cubierta lucía pulcramente brillante y limpia. Los hombres habían aprendido, por fin, lo que él deseaba, y ellos deseaban, ahora, lo mismo. Sin mujeres, ellos eran los dueños de casa. El barco era únicamente suyo. Con excepción de la mujer del capitán, que se había eclipsado, encerrada en su camarote, dedicada a su culto por el hijo muerto, o a rezar a los fantasmas que veía en los rincones del barco.

       Mendoza extendió los mapas sobre el escritorio frente al timonel. Aníbal Molina había crecido en estatura y experiencia. El cargo que ocupaba desde la muerte de Márquez no le había quedado grande. De pronto, luego de vacilar al principio varios días, se había vuelto inquieto y atento a todo lo que pasaba. Ahora tenía los ojos puestos en la guardia de proa, los oídos desdoblados para sorprender cualquier ruido bajo quilla o cualquier indicación del capitán, que a sus espaldas consultaba la cartografía que él recién estaba comenzando a entender.

      Era de noche, pero la luna era grande y la luminosidad dejaba ver cualquier escollo que pudiera interponerse en el camino. La luz de la luna penetraba las aguas y se perdía hasta morir. Y fue esa noche cuando escucharon los primeros cañoneos. Ambos levantaron las cabezas y miraron a los guardias, que señalaban hacia la costa del Brasil. Destellos de luz aparecían unos segundos antes de escucharse el cañoneo. Era una conversación monótona: disparaban de un lado, desde el sudeste, y respondían desde el noroeste luego de un rato. Parecían dos enemigos que cumplían una rutina, o dos amigos que se contestaban con pereza.

      Apareció Domínguez con el rifle bajo el brazo.

      - ¿Sabe algo de eso, cabo? -preguntó Mendoza.

      -Son los rebeldes, no se rinden desde la asunción de la República.

      El capitán agarró los binoculares y exploró la costa.

      -Se ven soldados a la luz de la pólvora, parecen republicanos.

      - ¿Muchos?

      Mendoza notó preocupación en la voz del cabo.

      -No puedo saberlo desde acá, pero se mueven con rapidez hacia el sudeste.

      Fue recorriendo la costa, sentía la ansiedad de Domínguez para que le cediera los binoculares. Tal vez pudiera utilizar esa ansiedad para sonsacarle más de lo que ya había dicho. El cabo era una cebolla con incontables capas. O una caja de Pandora.

     Cuando dejó los binoculares, Domínguez estaba mirando el mapa y señalaba un recorrido con un dedo a lo largo del río. Tenía un lápiz y marcaba un itinerario que no representaba más de cinco kilómetros.

      - ¿Hay algún negocio del que no esté enterado? -preguntó Mendoza.

      -A estas latitudes, capitán, ya se habrá dado cuenta que no podemos avanzar más. El río termina, o nace en realidad, en grandes lagunas que cambian todos los años. Usted no conoce mucho por estos pagos, pero yo conozco todo esto desde que era chico.

      - ¿Y para qué me obligó a venir hasta acá a riesgo de encallar? Si era por el dinero, mire que todavía tenemos que encontrarnos con unos negreros de Bom Jesús. - Pensó en Tomasa, y era mejor que se hubiera muerto antes de escucharlo ahora.

      -Porque en realidad no es necesario que lleguemos a la ciudad. En la costa podemos encontrarnos con los pasajeros.

      - ¿Pasajeros a dónde?

      -A seis kilómetros sobre la costa brasileña nos espera un bote con una pasajera. Es una misión diplomática, capitán, aunque no oficial.

      Otra capa descubierta, se dijo Mendoza. Farías y su hermano en Buenos Aires eran partidarios del imperio, eso decían en todas partes. Y aunque era seguro que el gobierno de Buenos Aires los apoyaba, no podía aprobarlo oficialmente. Las tramoyas con el Imperio durante y después de la guerra eran más complejas que un juego de ajedrez, y los argentinos siempre reclamaban la honra después de perder la dignidad.

      -Así que esa siempre fue su misión al acompañarnos-dijo Mendoza-. Rescatar a algún miembro de la familia de Don Pedro, ¿no es cierto?

      -Lo que ellos hagan no nos interesa, sólo son favores diplomáticos que se devuelven.

      - ¡Pero la puta madre que lo parió, Domínguez! ¡Hable sin rodeos de una buena vez!

      La voz del capitán había sonado tan fuerte como el golpe sobre la mesa. Los guardias miraron desde la proa, Molina escuchaba sin dejar de vigilar la superficie del río.

      -La quieren ayudar a recuperar el trono, a Isabel, la hija mayor. Dicen que no está segura y quieren llevara a Portugal. Desde allá, quién sabe…

     - ¿Y debemos llevarla a Buenos Aires?

     -Eso es, capitán. Pero nadie debe saberlo, por supuesto.

     -Bueno, supongo que el Imperio es suficientemente rico como para pagarnos este favor. ¿O yo sigo con el yugo al cuello y debo convertir a mi barco gratuitamente en una carroza imperial?

     -Nada es gratuito, capitán. Lo que dijo el gobernador sigue en pie. No hace falta que entregue nada de lo que ganó, pero debe llevarnos a Buenos Aires.

     Los cañonazos volvieron a sonar durante el resto de la noche. A veces más fuertes y seguidos, otras como toses de perros.

      Al amanecer todos seguían en sus puestos. Mendoza estaba parado con los brazos cruzados, pero los ojos se le cerraban. Molina, como atado al timón, no relajaba su voluntad. Su cuerpo se había hecho tan resistente como ella. Se había dejado la barba más larga, porque lo hacía sentirse más capitán que timonel, se había sacado la camisa y exponía su pecho y los músculos de sus brazos porque así se sentía más seguro de sí mismo. Sus ojos, sin embargo, estaban cansados. Los guardias eran otros ya al comenzar la mañana.

       Les llevaron la comida del mediodía. Apartaron las cartas, los compases y brújulas. Pusieron los platos sobre la mesa y se sentaron en cajones. Comieron en silencio hasta que apareció Iribarne con Bernardo. Habían intentado que el chico no estuviera todo el tiempo con ellos, pero qué otra cosa podía hacer. No había más niños y a veces se cansaba de jugar con el perro, o Max lo dejaba y se acostaba en un rincón sin hacerle caso.

       - ¿Son esos lo putos brasileños que se pelean entre ellos? -preguntó José.

       Mendoza asintió con la cabeza.

       - ¿Tenemos negocios con los monárquicos, no es cierto?

       Como no le respondieron, se dio por afirmado.

       -Me imaginaba. ¿Y cuál será nuestro rumbo, capitán? ¿Volver a Buenos Aires? Yo me bajo en el próximo puerto, le aviso.

      -Mejor para todos, Iribarne-dijo Mendoza.

      - ¿Y qué va a hacer? -. La pregunta de Domínguez, como siempre, parecía casual.

      -No sé qué le puede importar a usted, querido-dijo Iribarne, señalándose la pierna. Pero no podía dejar de jactarse frente al tipo que lo había disparado, y siguió diciendo: - Tengo muchos conocidos, negociantes en todos los ramos, ya ustedes saben, me imagino. Tal vez puede sacar unos cuantos reales.

      -Con su labia tal vez les venda a unos los que les compró a los otros. De negocios sabemos todos, Iribarne, desde el Gobierno hasta el último peón.

      Mendoza hablaba sin soltar el tenedor, moviendo la mano en cada énfasis. Mirando luego a Domínguez, le dijo:

       -No se preocupe, cabo, este hombre es un camaleón. Para él tomar partido es ponerse una cuerda al cuello. Pero el señor se mueve como un elefante en una cristalería, nadie lo escucha ni nota nada.

      -Gracias por el cumplido, capitán. Es lo mejor que me han dicho en mucho tiempo. De todos modos, no se preocupe, cabo, no voy a arruinar sus planes, tengo otros negocios menos lucrativos, pero más…cómo diría, sentimentales y duraderos en vista. ¡Bueno! -dijo frotándose las manos y con una gran sonrisa. -Iré diciéndole a la señora Natacha que prepare las cosas del niño.

     Mendoza miró a Bernardo, pero comprendió enseguida su error, y se levantó.

     -No pensará llevarse al hijo de Altea, ¿no?

     -Me llevaré a mi sobrino, capitán, se lo recuerdo una vez más, y no veo que nadie en este barco tengo más derecho que yo.

     Mendoza entendía, por supuesto. El presentimiento ya no lo era, pero decirlo en voz alta habría sido como decir al viento que él era un asesino, que era un infiel, que era un cobarde. Era todo eso, y aún seguía siendo un hombre. Eso que lo molestaba no podía decirse en voz alta: la hipocresía que echaba en cara a Domínguez e Iribarne, a él le nacía desde el fondo de su alma.

      -Mandaremos una esquela a la estancia de los Ansaldi, preguntaremos por Altea. - Su voz era calma y razonable.

      -Usted está mal de la cabeza, capitán. Lo comprendo, la culpa…-dijo, golpeando una mano sobre el pecho. -Si Manuel viviera, habría sabido qué versículo citarle, pero yo sólo me acuerdo de esa frase que decía: propter culpam mean, tres veces.

      Sonaron tres cañonazos, sin intervalo. Y la iniquidad que adivinaban en ese número se confirmó cuando otros muchos respondieron. Miraron hacia la costa del Brasil, que en pocas horas se había transformado en un campo de batalla muy cerca del río.

      Donde antes había sol, ahora estaba encapotado por nubes que no eran nubes, sino humo de chozas y bosques incendiados, y sobre todo del cañoneo constante de los cuales no se veían más que chispas en la humareda densa que avanzaba sobre el río.

      Los guardias de proa habían desaparecido de su puesto y corrieron a esperar órdenes.

      - ¡Nos están disparando capitán!

      Mendoza exploró con los binoculares una vez más. Esperaba estar seguro de lo que sus hombres le decían. Hasta ahora no habían recibido ningún daño y el agua estaba tranquila.

      - ¿Qué espera para responder, capitán? -dijo Iribarne.

      - ¿Cree que con rifles y pistolas vamos a vencer a esos cañones?

      - ¿Y para qué tiene esas antiguallas abajo?

      -Están desensamblados, Iribarne. ¿Usted cree, Domínguez, que van a atacarnos?

      -El aspecto del barco es confuso, capitán. Es un barco francés y con todo el aspecto monárquico. Los republicanos parecen estar ganando allí en la costa. Arríe la bandera argentina.

      Sí, debió haberlo hecho en cuanto entraron en zonas de fronteras, Mendoza lo sabía. Mandó a uno de los hombres, a uno de los más viejos, Antúnez, pero ya era tarde. Antúnez cayó sobre cubierta casi partido en dos por las esquirlas del primer disparo certero desde la costa. Todos los hombres corrieron a refugiarse, con rifles en las manos, disparando sin esperar órdenes de capitán. No eran soldados, y muchos ni siquiera marineros. Mendoza y los otros se tiraron al piso. Se miraron, confundidos, porque bien sabían que no podían hacer nada. De todos modos, mandó preparar los botes.

      Los hombres fueron en grupos de tres o cuatro. Desde su puesto, Mendoza veía que antes de desanudar las cuerdas y bajar los botes nuevos cañonazos destruían todo. El bombardeo era incesante y el humo no dejaba ver poco más que los escombros de los mástiles inútiles. Escuchó un estruendo de metal que se venía abajo, y luego los gritos. La chimenea cayó sobre cubierta y se hundió hasta el segundo subsuelo. La caldera había estallado y ahora el humo y el fuego se sumaban a la violencia de los cañones.

     Mendoza, Domínguez y Molina buscaron uno tras otro los botes de cubierta que aún estaban sanos. El cabo llevaba a Bernardo en brazos.

    - ¡Iribarne, vaya a buscar a Natacha y al chico y póngalos en este bote! Nosotros los bajaremos, pero tenemos que preparar el otro-dijo Mendoza.

     José Iribarne corrió bajo cubierta, pero de pronto un nuevo cañonazo estalló a su lado y lo vieron hundirse junto con todo el piso.

 

      Natacha estaba junto a la cuna. Escuchó los cañones y los estallidos. Por la ventana entraron esquirlas. Las paredes del casco resistían, pero por la ventana entraba agua. Era el primer subsuelo bajo cubierta, y pronto se inundaría. Luego fue el estruendo, como si el cielo se estuviese viniendo abajo. El techo se quebró sobre ella y parte de la chimenea se hundió en el camarote. Natacha se tiró al piso, y miró hacia el inmenso edificio de hierro que estaba a sus espaldas. Vio la cuna, con las patas rotas y la madera humeante. El chico aún sin nombre, sin embargo, seguía vivo y lloraba a gritos. Primero intentó arrastrarse bajo el hierro para alcanzarlo, pero entonces vio que desde el mueble donde estaban sus reliquias, una luz se movía entra el polvo y el humo. Vio la sombra de Ariel una vez más. ¿Él la salvaría, o vendría a buscarlo? Ojalá fuese lo último. De pronto se dio cuenta que su apego a la vida no era más que la inercia del deber, o la tenebrosa amenaza que le había dado la tía Clotilde sobre la condenación del suicidio. Se sintió aliviada. El edificio de hierro que había caído como del cielo era el símbolo más adecuado para todo aquello en lo que había creído: Dios era una construcción tan perfecta que únicamente el fuego podría dañarla, y sólo un poco. Nunca el fuego sería tan intenso como para llegar al punto de fusión que convirtiese las moléculas de Dios en un líquido parecido a la lava, que corría sobre el mundo y quemaba todo lo que encontrase en su camino.

     Sintió el olor de lo quemado. El fuego de la caldera desde el fondo del barco, el hierro ardiente sobre ella.

      Vio la figura de Ariel como el ángel al que siempre lo había comparado, un ángel incompleto porque le faltaban las alas y la espada. Y una mano.

      Se quedó quieta, esperando la sentencia, que imaginaba de mil formas según lo había leído en tantos libros. Esperó que un ángel de hierro la tocase, ese ángel tan parecido a su padre, de cabello y barba rubia, pero ya estaba segura que no era hierro lo que sentiría en su mano, sino el oro.

      Ariel se acercó al mueble roto, agarró la mano muerta, seca como una momia, y se la colocó en su muñón. Entonces apareció la espada en esa mano, pero no hubo alas. Y vio cómo lloraba el ángel que nunca podría serlo. Lloraba y la miraba. Y el agua de las lágrimas fue tanta, que fue como verla entrar por las grietas de las paredes, cubriendo el piso, subiendo y subiendo.

     Natacha no podía levantarse sin lastimar su espalda contra el hierro. El chico seguía gritando. Volvió a intentar llegar a él cuando vio que al agua empezaba a taparlo, pero de pronto pensó que, si las lágrimas de Ariel habían creado ese mar, ¿por qué ella debía evitarlo? Si su hijo sufría aún en la muerte, no había motivo para que el hijo de Altea no lo hiciese. Ambos eran bastardos, esa palabra que los hombres habían inventado para oscurecer lo que no querían ver. Y sin embargo estabas los hombres como Mendoza o Manuel, que aceptaban hijos ajenos. ¿Pero eso era un mérito, o simplemente un remedo de la culpa?

      Ella no se movería. El hierro de Dios no la atemorizaba, ya bastante había soportado y construido en su alma un edificio lo suficientemente fuerte para contrarrestarlo. Sabía, sin embargo, que en algún lado había un hueco, y en ese espacio estaba el oro de Ariel, que tal vez no fuese más que el color de las espigas de trigo, tan débiles que irían a deshacerse con cualquier viento fuerte. Y el polvo del trigo simularía el polvo de oro. El mismo polvo que bañaba los cristos indios que tanto la atraían, esos cristos de miembros flacos, cuerpos tullidos y caras leprosas.

     Ahora la cuna flotaba sobre el agua, y Natacha, protegida aún por el espacio estrecho en donde el hierro evitaba que el agua la ahogase, vio que el perro iba hacia la cuna. Max medio nadaba y medio caminaba cuando sus patas llegaban a tocar el piso. El colchón ya estaba empapado y empezaba a hundirse. Max agarró con la boca las sábanas y se llevó al chico hacia la única la vieja puerta que aún estaba intacta, por la que nada salía ni entraba más que el agua y el ruido de los cañones.

 

      Vieron salir a Max desde los restos de la escalera de escotilla. Arrastraba un bulto hecho de sábanas mojadas.

      Mendoza agarró al perro y a punto estuvo de abandonar los trapos, cuando escuchó el llanto. Vio al chico que gritaba con gemidos entrecortados, gris de ceniza mojada pegada a la piel.

     - ¡Cabo, llévelo con Bernardo y baje en cuanto el bote esté seguro!

     Iba a agarrar a Max. El perro estaba quieto. Tantos de sus perros de crianza habían visto de la misma manera. Le acarició el lomo, sólo un poco. Apoyó la mano sobre el cráneo, cerrándole los párpados.

     Vio que el agua subía por la escotilla, y el barco se inclinaba. Los cañoneos eran menos frecuentes y solamente sacudían en agua del río. Iría a en busca de su esposa, como aquella vez en Polonia cuando la había rescatado del fuego de las armas de los cosacos.

 

      Natacha escuchó los chapoteos y la voz de Iribarne llamándola. José estaba en la puerta, tratando de buscar en la humareda la cuna del chico.

     - ¡Natacha!

     Entonces la vio casi tapada por el agua, del otro lado de varios hierros retorcidos. Se agachó y estiró los brazos para agarrarla. Ella lo miraba, pero no intentaba salir.

      - ¡¿Qué le pasa, mierda?! ¡Agárreme fuerte las manos!

      Pero ella no le hacía caso. No tuvo más alternativa que sujetarle las muñecas y arrastrarla como peso muerto. Cuando estuvieron cerca de la puerta la apoyó en sus rodillas y le despejó la cara del cabello mojado.

     - ¿Dónde está el chico? -preguntaba, mirando alrededor sin poder ver más que humo, hierro y agua. El olor a quemado era intenso, pero al agua iba enfriando el hierro. Creyó sentir el olor de la carne quemada.

      - ¡¿Dónde está el chico?!-volvió a preguntar, esta vez gritando desesperado, apretando la cara de Natacha entre sus manos y sacudiéndola. Los ojos de Natacha tenían la inteligencia de siempre, pero había indiferencia.

      José ahora estaba seguro de lo peor que imaginaba. El chico que él había creado debía estar muerto. Por primera vez lo veía con tal claridad, que se preguntó qué se lo había impedido tanto tiempo. Lo había creado como un símbolo de Manuel: si no podía tener a uno, tendría al otro. Y debía nacer de la mujer de su hermano. La Santísima Trinidad era tan clara como si ahora estuviese en una Catedral hecha de hierro y madera, el fuego del incienso siempre encendido y el agua bendita desbordando. Recordó los pesebres vivos que armaban en Cádiz cada navidad. José y Manuel Menéndez Iribarne participaban como un personaje igual o distinto según iban creciendo. Manuel había sido el niño Jesús, aunque José apenas lo recordaba. Luego fueron pastores, y ya de grande José había sido José el esposo de María, pero se sentía incómodo, y al año siguiente fue el Espíritu Santo que en forma de llama había engendrado al niño. Y Manuel no había tenido más opción que ocupar el papel de José carpintero.

       Iribarne sintió un dolor intenso en el pecho al recordar todo eso. La cara de Manuel, joven y vestido con ropa de pastor y carpintero, la cara casi lampiña. Ya no lo vería más. Pensó en el chico, seguramente muerto. Uno enterrado en un cementerio perdido, sin cruz ni señal. Otro quemado, tal vez, en expiación de su culpa.

     La culpa de José.

     Sintió el aleteo de los murciélagos, y mirando el humo blanco a su alrededor, vio sombras negras alargadas que iban y venían.

     Pero ya no lo asustaban. El miedo y a la ira se habían unido engendrando la amargura.

     Levantó a Natacha y caminó por los pasillos hasta encontrar una escalera sana.

    

     Mendoza no podía bajar por donde había subido el perro, así que corrió hasta la escotilla de estribor. Vio las caras de sus hombres, que esperaban en los botes. Lo llamaban, pero no les hizo caso. Bajó la escalera y en la oscuridad chocó con Iribarne y ambos cayeron al suelo. Natacha se quejó y gritó. Ambos habían caído sobre ella y tenía un brazo quebrado.

     - ¡Buena la hicimos! -dijo Mendoza entablillando a su mujer e intentando calmarla. Entonces se dio cuenta que José Iribarne había salvado la vida de su esposa. El otro estaba extrañamente callado y con la mirada perdida.

     Levantó a Natacha y la subió por la escalera. Iribarne los seguía con lentitud. Cuando ya estaban en el bote, le gritó:

     - ¡Rápido carajo, que esto se hunde de un momento a otro! ¡Vamos!

     Pero José Iribarne caminaba cojeando, no de la pierna herida, como si su mente enturbiada por visiones y recuerdos confundiera deliberadamente a su cuerpo. Una mente extraviada que se regocijaba en volver locos a quienes dependían de ella: los ojos que veían murciélagos por todas partes, surgiendo del humo que encapotaba el cielo, de las maderas rotas, del hierro retorcido, del agua que se elevaba en olas con cada cañoneo. Y el ritmo de los cañones se iba acomodando al ritmo de los aleteos, regulares, monótonos y obsesivos.

      Desde el bote lo vieron alzar los brazos y sacudirse presencias que ellos no veían. Natacha alzó la cabeza y dijo algo.

     - ¿Cómo, querida? -le preguntó Mendoza, como antes, como en Europa. Miraba a Iribarne y no se atrevía a dar la orden de bajar el bote.

     -No lo apures, Máximo. Hace lo que puede con tanto peso. Es por el chico.

     Mendoza volvió a ver otra vez a José, que se acercaba espantando fantasmas. Pero antes de poder gritarle que el chico estaba vivo, de pronto un nuevo cañonazo destruyó el puente de mando y el humo envolvió a Iribarne.

     - ¡Vámonos! -ordenó el capitán.

     Cuando estaba ya por descender, Natacha lo agarró del brazo con su mano sana, y señaló a cubierta.

      Iribarne había aparecido una vez más, como una figura insistente y obstinada, con la misma obstinación de los que no desean vivir, pero tienen miedo de matarse. La contradicción de los cobardes, tal vez, tan parecida a la suya. Ahora José tenía un brazo levantado apoyando la mano en la nuca, y el otro brazo en la espalda. ¿Levaba una carga? ¿Había encontrado a alguno de los hombres?

     Entonces vio que en la espalda tenía un tablón chamuscado que aún despedía humo y debía estar quemándole.

     - ¡Qué hermoso! - escuchó decir a Natacha.

     Mendoza fue a buscarlo. José lo miró con la expresión de quien ha transformado su desesperación en un lago muerto donde flotan los cuerpos de hombres y perros, y las moscas vuelan en enjambres como tormentas. En sus ojos se habían formado dos grandes lagos.

      Lo agarró de los hombros, sacudiéndolo, intentando desprenderse de toda la ira que antes le había provocado, diciendo:

     - ¡El chico está vivo!

     José lo miró, y las moscas atormentaron el aire, despedidas por el viento. El olor a podredumbre se esparció por todo el río porque los murciélagos ahora volvían raudos a cumplir con su papel.

     Pero José Iribarne abrazó a Mendoza; y lloraba, como si intentase secar el agua estancada de sus grandes lagos muertos.








Ilustración: Franz Von Stuck






El olvido (Roberto Payró)

   — ¡Sonríes! exclamé tristemente al ver que su rostro se iluminaba, contrastando con el mío, pálido y demudado. ¡No has sufrido nunca co...