viernes, 14 de agosto de 2026

La edad de la inocencia (Edith Wharton)






La señora Archer, viuda desde hacía mucho tiempo, vivía con su hijo y

con su hija en la calle Veintiocho Oeste. Uno de los pisos superiores estaba

dedicado a Newland mientras que las dos mujeres se apretaban en las

habitaciones, más pequeñas, del piso inferior. En una clara armonía de gustos

e intereses, ambas cultivaban helechos en terrarios, hacían macramé,

bordaban piezas de lino con lana, coleccionaban cerámica de la época de la

Guerra de la Independencia, estaban suscritas a Good Words y leían las

novelas de Ouida por el ambiente italiano en que se desarrollaban (preferían

las que trataban de la vida campesina por las descripciones de paisajes y la

bondad de los sentimientos que reflejaban, aunque en general les gustaban las

novelas con personajes de la alta sociedad porque sus motivos y costumbres

les resultaban más comprensibles, censuraban severamente a Dickens, que

«nunca había retratado a un caballero», y consideraban a Thackeray menos

versado en lo referente al gran mundo que Bulwer, a quien, sin embargo,

empezaba a considerarse anticuado).

La señora y la señorita Archer eran grandes amantes del paisaje. Era eso

lo que buscaban y admiraban especialmente en sus raros viajes al extranjero,

por considerar la arquitectura y la pintura temas apropiados para los hombres

y, especialmente, para personas cultas que leían a Ruskin. La señora Archer

era una Newland de nacimiento, y madre e hija, que se parecían como

hermanas, eran ambas, como todos decían, «auténticas Newlands», altas,

pálidas, con los hombros ligeramente caídos, de nariz larga, una sonrisa dulce

y una especie de distinción lánguida como la que aparece en algunos retratos

desvaídos de Reynolds. El parecido físico habría sido completo si el

sobrepeso que acompañaba a la edad en la señora Archer no tensara sus

vestidos de brocado negro, mientras que los vestidos de popelín marrones y

morados de la señorita Archer colgaban cada vez más flojos, conforme

pasaban los años, de su esqueleto virginal.

Mentalmente, la semejanza entre ambas mujeres, como Newland sabía

muy bien, era menos completa de lo que sus idénticos modales hacían pensar.

La larga convivencia en una intimidad basada en una mutua dependencia les

había proporcionado el mismo vocabulario y la misma costumbre de empezar

con la frase «mamá cree» o «Janey cree» cada vez que la una o la otra

deseaba dar a conocer una opinión, pero, en realidad, mientras que la serena

falta de imaginación de la señora Archer descansaba cómodamente en lo

admitido y familiar, Janey estaba sometida a los sobresaltos y las aberraciones

de una imaginación que surgía de un manantial de romanticismo reprimido.

Madre e hija se adoraban y ambas veneraban a su hijo y hermano, y

Archer las quería con una ternura que la admiración de las dos mujeres y la

secreta satisfacción que ésta le producía convertían en culpable y acrítica.

Después de todo creía que era bueno que la autoridad de un hombre fuera

respetada en su propia casa, aunque su sentido del humor le llevaba a veces a

cuestionarse la fuerza de su autoridad.




Ilustgración: Pentti Sammallahti



jueves, 13 de agosto de 2026

El alma se apaga (Lajos Zilahy)






Hay en la vida ciertos instantes que sería imposible olvidar, instantes que se enganchan en la carne y los nervios de uno cual minúsculas agujas, y se hunden tan profundamente en nuestra memoria, que ni el tiempo logra hacerlos desvanecerse. Son instantes silenciosos y modestos, pues tan sólo éstos logran penetrarnos tan hondamente. Los momentos sensacionales y ruidosos de nuestra vida, solemos evocarlos con demasiada frecuencia, coloreándolos y retocándolos de nuevo en cada ocasión; de esta manera desmayan poco a poco y agonizan lentamente en medio del humo de los cigarrillos que flota sobre las mesas de las tertulias. No son eternos más que aquellos instantes desnudos; se esconden, púdicos, en lo hondo del corazón y llevan allí su vida solitaria. También en mí tiembla aún el recuerdo de un instante de esta clase. El instante cuando vi a mi madre sentada en el umbral de nuestro viejo caserón. Justamente el de la puerta que daba acceso a la galería. ¿Recordaría aún todos los recovecos, todos los muebles de nuestra antigua casa? Al cerrar los ojos ahora, aquí, en la isla de Oahú, ¿sería aún capaz de mirar sin pestañear en la luz de petróleo de aquellos aposentos, contemplar las cortinas iluminadas por el sol, o la penumbra de las tardes de otoño? ¿Conseguiría evocar aún el lugar que ocupaba tal mesa o tal armario? Las habitaciones van cayendo en la oscuridad; cierta penumbra como de anochecer está ahogando en ellas la claridad de antaño. Pero en ese rincón, allí en el comedor… ¿qué había allí? Ya no lo sé, ya no lo veo. Traedme una lámpara; aquí hace falta una lámpara, encended la luz… pero en vano brilla, en vano penetra por la ventana el sol: en ese rincón del comedor voy tanteando completamente ciego. Los perfiles y las formas de tal o cual mueble se volatilizan de mi alma, como el murciélago escapa del techo, desapareciendo en la parda noche, sin voces ni ruidos.




Ilustración: Stuart Luke Gatherer


martes, 11 de agosto de 2026

Las colecciones del Doctor Ameghino (Francisco Pascasio Moreno)






En la sesión que la Cámara de Diputados de la Nación celebró el 

día 23 de Agosto de 1911, fué presentado por el doctor Francisco P. 

Moreno, el siguiente proyecto de ley: 




Das fundamentos de este proyecto fueron expuestos por su autor 

en la forma siguiente: 


Señor Presidente: La Cámara tiene a despacho un proyecto de ley 

enviado por el Poder Ejecutivo, en el que se propone la erección de. 

un monumento en el Museo Nacional a la memoria de su último ilus- 

tre Director, el sabio doctor Florentino Ameghino. 


El doctor Ameghino, con constancia ejemplar, reunió durante cua- 

renta años enorme caudal de conocimientos y de objetos sobre el pa- 

sado de este extremo de América. Sus observaciones de la evolución 

biológica, a través de los tiempos geológicos, de las modificaciones de 

los suelos en que tuvo lugar, de la presencia del hombre en éstos y 

“de las manifestaciones de su vida precolombina, las expuso en cente- 

nares de publicaciones, algunas de gran volumen, sobre las que se han 

emitido muchos juicios y opiniones, habiéndose aceptado unas, discu- 

tido otras y rechazádose algunas de las ideas sustentadas en ellas 

Tanta labor, para ser juzgada con seguridad de criterio, requerirá 

el estudio detenido de esos trabajos científicos y será indispensable 

el conocimiento de los datos y objetos que le sirvieron para fundarlos, 

y para fijar el justo mérito del sabio, cuya muerte se ha producido 

cuando iba a dar forma definitiva a tanto como produjo su cerebro 

 privilegiado. Ese estudio será el que determinará, a la vez que el valor 

de su obra colosal, todo su merecimiento de la gratitud nacional, ma- 

terializada en el mármol o en el bronce proyectado. 


Pero, lo que no debe demorarse un momento, es la adquisición por 

el Estado de todo cuanto sirvió a esa noble actividad, para aumentar 

los conocimientos humanos en las ramas que cultivara con tanto amor 

y talento: sus colecciones privadas, su biblioteca y sus manuscritos. 


Contentarnos con su monumento y consentir que se extraigan del pais 

esas colecciones, sería causar serios perjuicios a la Nación. 


Deseamos los argentinos que esta Capital sea la gran Capital del 

hemisferio sur, en todo cuanto abarque la actividad humana; y uno de 

los factores necesarios para conseguirlo será el Museo Nacional. 


Ningún país al sur del Ecuador está en mejores condiciones para 

poseer un centro de estudios americanos que abarque el completo 

conocimiento de esta América. Situación geográfica, clima, elementos 

étnicos y sociales; facilidades de comunicación y de penetración, todo 



le favorece; y estas condiciones son ya tan apreciadas, que los hom- 



bres de todo el mundo que estudian la naturaleza con mayor éxito, 

algunos de los cuales han visitado esta capital, extrañan que la Re- 

pública Argentina no haya dado ya principio a crear una gran institu- 

ción científica, que adaptando a sus caracteres físicos, económicos y 

políticos de la.región, el plan seguido en los Estados Unidos por su 

servicio geológico, su Institución Smithsoniana y su Museo Nacional de 

Wáshington, facilite el conocimiento del dominio nacional a propios y 

extraños y haga converger en Buenos Aires los elementos que faciit- 

ten el de las otras naciones sudamericanas y su intercambio científico, 


Y es propicio el momento para iniciar un movimiento activo en este 

sentido. Dentro de cinco años celebraremos el centenario de la declaración 

de nuestra Independencia Nacional; y si en 1910 nuestras Exposiciones 

Internacionales y Nacionales han mostrado cuánto ha aumentado la Na- 

ción en un siglo, y cuánto de la industria nacional y extranjera puede apro- 

vechar la*Nación para su desarrollo, podríamos presentar en 1916, a 

la observación de nativos y extranjeros, lo que casi no se tuvo presente 

en 1910: el retrospecto de nuestro suelo y de nuestra historia a tra- 

vés de los tiempos, el relieve de la tierra y las condiciones de las 

aguas, las riquezas naturales en sus propios ambientes y en sus va- 

riadas aplicaciones, todos los elementos de fuerza nacional, todo. cuan- 

to revele la seguridad del porvenir argentino, el derecho de esta Na- 

ción a ser considerada como una de las privilegiadas del globo, con 

los deberes que este privilegio comporta. Los americanos del Norte 

dicen que la nación más próspera de hoy es los Estados Unidos; nos- 

otros podemos agregar, sin temor, que la nación más próspera del he- 

misferio sur es la Argentina: y la demostración de esta verdad en 

1916 sería el mejor homenaje a la gran fecha histórica. Para ese 

centro de investigaciones, que tanto puede influir en nuestros des- 

tinos, son indispensables las colecciones del doctor Ameghino, que 

reunen cientos de miles de piezas geológicas, paleontológicas y an- 

tropológicas, las que tendrán que ser examinadas por todo estudioso - 

del pasado en esta América. | 


En estas colecciones están representados casi la totalidad de todos 

los mamíferos fósiles argentinos y todas las piezas sobre las que 

el doctor Ameghino fundó su vasta nomenclatura paleontológica. Na- 

- die que deba estudiar la organización de los seres desaparecidos, des- 

de la más remota antigiiedad, del suelo austral americano, podrá hacer- 

lo sin consultar esas. colecciones. Su biblioteca, en cuanto se refiere 

a obras geográficas, geológicas y paleontológicas relacionadas con 

esta parte de América, no tiene igual; y los manuscritos del doctor 

Ameghino contienen toda la obra de su espíritu, el embrión y el 

desarrollo de sus ideas y teorías, con sus modificaciones últimas, 

hasta la víspera de su muerte, y entre ellos, me consta, hay algu- 

nos inéditos que son producciones de aliento, cuya publicación agre- 

gar más renombre al que ya corresponde a nuestro eminente com- 

patriota. 


Muchos años, mucha suerte y mucho dinero se necesitaría para re- 

hacer. esas colecciones y biblioteca; pero si se consiguiera rehacerlas, 

i los estudiosos argentinos lamentarian siempre que las piezas tipos del 

doctor Ameghino no se encontraran al lado de las piezas tipos del 

doctor Burmeister, en el Museo Nacional de Buenos Aires y se hubiera 

cedido al extranjero e incorporado a las colecciones del Museo Nacio- 

nal de Wáshington, al Museo de Historia Natural de Nueva York, al 

Museo Británico, al Museo de Paris, al Museo Real de Berlín, o a 

otros de andloga importancia. 


A que tal cosa no suceda, a que las colecciones, libros y manus- 

critos, la otra toda del doctor Ameghino quede en esta capital, en 

el Museo Nacional, y sirva en éste a todos los estudiosos del mundo, 

con lo que la gran Capital del Sur llenaría uno de sus fines y debe- 

res, tiende el proyecto de ley que dejo fundado. 


(Pasó el proyecto a la Comisión de Instrucción Pública). 




Ilustración: Nikolaos Gyzis



lunes, 10 de agosto de 2026

Sobre la muerte de Ameghino VIII (Agustín Péndola)







En representación de mi señor padre y demás empleados del Mu- 

seo Nacional de Buenos Aires, y conmovido por mis propios senti- 

mientos, deshojo las aromáticas, aunque humildes flores de nuestro 

dolor, ante los restos mortales del doctor Florentino Ameghino. 


Todos veíamos en nuestro ilustre Director un ser extraordinario, 


ya comprendiendo y admirando al sabio grande y genial, ya haciendo 

objeto del más respetuoso cariño al hombre sencillo, magnánimo y 

justo.

Testigos fuimos, llenos de asombro y pasmo, de su gloriosa labor 

científica, durante casi una década, luchador sin tregua, ajeno a toda 

fatiga, eterno perseguidor de un ideal noblemente desinteresado, en 

perpetuo olvido de sí mismo. Y en ese constante batallar, origen de 

su grandeza y su victoria, se originó también el mal traidor que fué 

causa de su desaparición prematura, motivo de tristeza y luto para 

cuantos le quisimos y admiramos, y para la Patria, y para la Ciencia. 


Nosotros, sus modestos colaboradores del Museo, encontramos, en su 

labor constante y magnífica, una enseñanza inolvidable y un ejemplo 

imperecedero; ejemplo y enseñanza que nos alentarán en el futuro 

La sombra venerada del que fué nuestro ilustre Director se alzará siem- 

pre en las salas del Museo, recordándonos que no hay satisfacción 

que iguale a la que produce el sentimiento de una labor realizada, den- 

tro de la propia esfera, con invencible constancia y noble altura. Y así 

en esta hora solemne, deudores llenos de gratitud ante esa alma gran: 

de que iluminó las nuestras con sus virtudes, al par del homenaje sen- 

sible de estas sencillas palabras, depositamos en la última morada del 

doctor Ameghino, dándole envuelto en lágrimas el adiós eterno, todas 

las flores de nuestras almas conmovidas. 




Ilustración: Georges Rochegrosse



domingo, 9 de agosto de 2026

Abelardo Castillo: Las maquinarias/ El espejo (en Juan Botana.com)

https://juanbotana.com/abelardo-castillo-por-ricardo-curci/