miércoles, 3 de junio de 2026

Carta a Paul Claudel (Jacques Riviere)








Burdeos, 10 de marzo de 1907.


No puedo esperar tu respuesta . Debo gritar . Me estoy asfixiando , hermano . Por favor , no te tomes a mal nada de lo que parezca decir , nada de lo que me destroza tan terriblemente .​


Dos cosas siempre me impedirán ser cristiano : la sensación de la realidad de la nada y la complacencia en mi desesperación.


La nada . Eso es lo que me envenena . No la tengo , como Besme , constantemente presionada contra mi rostro; no estoy en perpetua confrontación con ella . La mayor parte del tiempo no pienso en ella , la olvido . Pero, en ciertos momentos , de repente siento su presencia , percibo su presencia , y todo mi ser se perturba. Es algo que no es y que de repente, sin una palabra , me dice :


Aquí está . Detrás de lo que veo , de repente el horrible rostro de lo que no es . Monstruo, forma informe , presencia que quisiera repeler y no puedo , no puedo . — A veces, más a menudo , el mal es más insidioso , siendo más gentil . Esto es especialmente cierto cuando intento disfrutar de una gran paz dispersa por un paisaje :


Mañanas de verano , claras, susurrantes, todas resplandecientes con una novedad inmortal .


Tarde de invierno , donde, más allá del río oculto , azul, veo las queridas colinas que están allí.


Crepúsculos primaverales , donde bandadas de golondrinas pasan volando sobre el pequeño patio de pizarra , mientras en la plaza de Saint - Pierre se oyen los gritos de los niños jugando .


En las noches de verano , en cuanto se pone el sol , oigo pasos en la carretera y la campana del Ángelus , que, suspendida por un instante, se deja caer.


Domingos en pleno otoño . En el aire denso y el cielo gris , el zumbido de la catedral sobre la ciudad.



Justo cuando la gran paz que describes en octubre está a punto de envolverme, surge el mal , una herida imperceptible al principio , pero que pronto me infesta por completo . Una puñalada que asalta mi corazón, una infiltración en mi alma de una desesperación tan sutil como una espada , pero mortal como una espada. Sufro , hermano mío . Entonces mis brazos caen a mis costados; ni siquiera tengo ganas de llorar . Estoy derrotado y completamente abrumado por una dulzura terrible . Siento que " todo esto " es vano , sin sentido , no tuvo nada , tiende a la nada, simplemente está ahí , colocado sin intención, sin propósito, sin deseo ; está ahí, e incluso entonces de una manera tan precaria , ¡ apenas cubriendo la horrible presencia de lo que no es !


Mi aflicción, hermano mío , es mi propia aflicción. Es la aflicción de Cebes , en quien me reconocí por primera vez ; y esperé un remedio. Pero comprendí que no podía curarme , porque mi aflicción es más profunda , más incurable que la suya ; tiene esta cualidad atroz : que me regocijo en ella , que la amo , que la convierto en toda mi vida , mi única alegría . En el fondo , no querría dejar de sufrirla . "Querido Cebes ...Él estaba, interrogando , tomando las rodillas de Simon ." Parece que te estoy implorando . Pero no quiero curarme . Ahí reside el horror ; me regocijo en mi angustia, estoy cautivado por mi abyección , beso mi terror. Entiende . Cuando te grité : " La respuesta, quiero la respuesta " , estaba mintiendo. O mejor dicho , solo la pedí para descartarla con risa , para burlarme de ti . Desde mi primera carta , el remordimiento por esta hipocresía me ha traspasado ; es para enmendar que te escribo de nuevo . Conoce , comprende bien mi aflicción . Es que quiero curarme , pero no librarme de ella . Esta alegría que me prometes , solo deseo que me la ofrezcas para poder rechazarla . Me has molestado tanto que te guardo rencor , que no tendré paz hasta que hayas infligido esta afrenta . Para castigarte por preocuparme , quiero demostrarte que no me preocupas .​​​ No destruirás la calma de mi angustia .​


¡Oh ! ¡ Me encanta esta ansiedad ! Te dije que era toda mi vida . 


Cada herida me ocupa todo el día ; después de haber sufrido por un paisaje , me siento completamente extasiado. Y así , el dolor y el amor por él se mezclan constantemente en mi interior . Si un admirador tranquilo aparece , lleno de placer en una hermosa tarde, y de repente siento mi angustia , me transporto , despreciando a mi vecino. Sé que esto es vil e infantil , pero no puedo reprimir esta alegría .


 Hermano mío, ves cuán atormentado estoy . No creas lo que te acabo de decir . Sí , quiero sanar , quiero paz .  Pero con qué súplicas y con qué delicadeza tendrás que concedérmela . Has sentido todo mi pobre orgullo vuelto contra ti , has visto mi condenación , y ahora, de nuevo, con un grito más doloroso , más desolado, con la asfixia de quien se ahoga , con las manos de quien se hunde , me aferro a ti , a ti, contra ti. ¡ Oh ! Líbrame de toda esta vileza, de todas estas estúpidas niñerías , dime la palabra pura con la que mi lengua pueda soltarse , con la que mi corazón se llena con un ritmo libre , para que mis oídos se abran al sonido de las aguas eternas .


Y sin embargo , no . Ya no digo : « No quiero curarme », sino que digo : « No me curaré, sé que no me curaré , no sé por qué , pero sé que no me curaré » . Mi separación del cristianismo estuvo marcada por demasiada indiferencia ; tengo dentro de mí una especie de cansancio imperceptible pero profundo que envenena todos mis esfuerzos , especialmente los de creer . Este cansancio es quizás todavía , ahora una conciencia confusa pero latente , la sensación de la realidad de la nada , la habituación secreta pero invencible a la presencia de lo que no es . No tengo esperanza , y esta vez lo digo con lamento y lágrimas.





Ilustración: Laurits Andersen Ring


martes, 2 de junio de 2026

El tiempo recobrado (Marcel Proust)






Si era esta noción del tiempo evaporado, de los años transcurridos no separados de

nosotros, lo que ahora tenía yo la intención de poner tan fuertemente de relieve es porque

en este mismo momento, en el hotel del príncipe de Guermantes, aquel ruido de los pasos

de mis padres despidiendo a monsieur Swann, aquel tintineo repercutiente, ferruginoso,

insistente, estrepitoso y fresco de la pequeña campanilla que me anunciaba que monsieur

Swann se había ido por fin y que mamá iba a subir, volví a oírlos, eran los mismos,

situados sin embargo en un pasado tan lejano. Entonces, pensando en todos los

acontecimientos que se situaban forzosamente entre el momento en que los oí y la fiesta

de los Guermantes, me aterró pensar que era verdaderamente aquella campanilla la que

aún tintineaba en mí, sin que me fuera posible modificar en nada el tintineo de su badajo,

puesto que no recordaba ya bien cómo se paraba, y, para aprenderlo de nuevo, para

escucharlo bien, tuve que esforzarme por no oír el son de las conversaciones que las máscaras sostenían en torno mío. Para intentar oírlo de más cerca tenía que descender dentro

de mí mismo. Luego aquel tintineo era allí donde estaba, como estaba también, entre él y

el momento presente, todo aquel pretérito indefinidamente desarrollado que yo no sabía

que llevaba en mí. Cuando la campanilla sonó, yo existía ya, y desde entonces para que

yo oyese aún su tintineo, era necesario que no hubiera habido discontinuidad, que yo no

hubiera dejado ni un momento de existir, de pensar, de tener consciencia de mí, puesto

que aquel momento antiguo estaba aún en mí, que pudiera todavía volver hasta él, con

sólo descender más profundamente en mí. Y porque así contienen las horas del pasado,

pueden los cuerpos humanos causar tanto daño a quienes los aman, porque guardan tantos

recuerdos de alegrías y de deseos ya borrados para ellos, pero tan crueles para el que

contempla y prolonga en el orden del tiempo el cuerpo querido del que está celoso, celoso

hasta desear su destrucción. Pues, después de la muerte, el Tiempo se retira del cuerpo, y

los recuerdos tan indiferentes, tan empalidecidos, se borran en la que ya no existe y

pronto se borrarán en aquel a quien aún torturan, pero en el cual acabarán por perecer

cuando deje de sustentarlo el deseo de un cuerpo vivo.

Me producía un sentimiento de fatiga y de miedo percibir que todo aquel tiempo tan

largo no sólo había sido vivido, pensado, segregado por mí sin una sola interrupción,

sentir que era mi vida, que era yo mismo, sino también que tenía que mantenerlo cada

minuto amarrado a mí, que me sostenía, encaramado yo en su cima vertiginosa, que no

podía moverme sin moverlo. La fecha en que yo oía el sonido de la campanilla del jardín

de Combray, tan distante y sin embargo interior, era un punto de referencia en esta

dimensión enorme que yo no me conocía. Me daba vértigo ver tantos años debajo de mí,

aunque en mí, como si yo tuviera leguas do estatura.

Acababa de comprender por qué el duque de Guermantes, que, mirándole sentado en

una silla, me impresionó por lo poco que había envejecido, aunque tenía debajo de sus

pies tantos años más que yo, al levantarse e intentar mantenerse en pie vaciló sobre unas

piernas temblonas como las de esos viejos arzobispos sobre los cuales lo único sólido es

la cruz de metal y hacia los que se precipitan unos seminaristas grandullones, y avanzó,

no sin temblar como una hoja, sobre la cima poco practicable de ochenta y tres años,

como si los hombres fueran encaramados en unos zancos vivos que crecen

continuamente, que a veces llegan a ser más altos que campanarios, que acaban por

hacerles la marcha difícil y peligrosa y de los que de pronto se derrumban66. Me daba

miedo que mis zancos fueran ya tan altos bajo mis pasos, me parecía que no iban a

conservar la fuerza suficiente para mantener mucho tiempo unido a mí aquel pasado que

descendía ya tan lejos. Si me diese siquiera el tiempo suficiente para realizar mi obra, lo

primero que haría sería describir en ella a los hombres ocupando un lugar sumamente

grande (aunque para ello hubieran de parecer seres monstruosos), comparado con el muy

restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin

límite en el Tiempo, puesto que, como gigantes sumergidos en los años, lindan

simultáneamente con épocas tan distantes, entre las cuales vinieron a situarse tantos días.





Ilustración: Saturnino Herrán


lunes, 1 de junio de 2026

Diario de un hombre de treinta años (Francois Mauriac)





Alegría pueril de tener una barraca para mí solo. Deseo de soledad en la soledad. Soy muy distinto al hombre, según Pascal, y toda mi desgracia viene de verme obligado a salir de mi habitación.

*

Como en los días mas desolados de mi juventud el silencio y el vacío de las habitaciones son la réplica al vacío y al silencio interno. Y en este desierto que hay en mi interior sólo ha crecido la cizaña. Sobre esta roca de mi ser ya no hay más vida que esta vegetación.

*

Soledad finalmente consentida, soledad que ya no intentaré eludir, soledad que me ha vencido. Como un moribundo, ante la inevitable muerte, hace el sacrificio de su vida, renuncio al amor, a la amistad, incluso al compañerismo. Consiento al silencio, me trago las palabras, ya sólo frecuentaré a los muertos y a los seres inventados.




Ilustración: Jerry Uelsmann


domingo, 31 de mayo de 2026

El verdugo (Arthur Koestler)








Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.


Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:


-¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!


Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:


-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.




Ilustración: Rose Cecil O'Neill

sábado, 30 de mayo de 2026

La obra maestra (Álvaro Yunque)





El mono cogió un tronco de árbol, lo subió hasta el más alto pico de una sierra, lo dejó allí, y, cuando bajó al llano, explicó a los demás animales:


-¿Ven aquello que está allá? ¡Es una estatua, una obra maestra! La hice yo.


Y los animales, mirando aquello que veían allá en lo alto, sin distinguir bien qué fuere, comenzaron a repetir que aquello era una obra maestra. Y todos admiraron al mono como a un gran artista. Todos menos el cóndor, porque él era el único que podía volar hasta el pico de la sierra y ver que aquello solo era un viejo tronco de árbol. Dijo a muchos animales lo que había visto, pero ninguno creyó al cóndor, porque es natural en el ser que camina no creer al que vuela.




Ilustración: Domenico Morelli

viernes, 29 de mayo de 2026

Una sola rosa y una mandarina (Osvaldo Trejo)






En donde de cada ser dos, de cada cosa dos exactas, una para sí y otra para alguien. Siendo así, de algunas, una a la memoria y otra dejable en el lugar, ya el barrio en el caserío o el caserío en el barrio, ya los árboles frutales, las puertas, el automóvil entrando a contravía y el automóvil llegado por el otro lado, ambos con movimiento y ruido de carro.


Tocar una puerta y abrirse dos. ¡Oh, entrar!, ¡oh, el recibo más allá!, con dos Gonzalos, dos Ercilias, dos Rafaeles, dos Julietas, y después del saludo y los besos de rigor, hablando todos a la vez y, de los ocho, escuchando atentamente a ocho. Distinto todo, de como era antes de volver.


De la cocina, la sirvienta con tazas de café, de las diez una para ella y, en el momento de pasarlas, ni señas, ni morisquetas, ni palabras, sino ella y ella o Carmenza y Carmenza. Mientras en la memoria abarrotada aquellas grandes limas en sazón, aquellas roliverias mandarinas y, afuera, las rosas, las grandes rosas. Una sola rosa y una mandarina. Con una y otra para sí y una y otra para él, despidiéndose.




Ilustración: Francisco Zurbarán

jueves, 28 de mayo de 2026

Vietnam (Wislawa Szymborska)






Mujer, ¿cómo te llamas? —No sé.


¿Cuándo naciste, de dónde eres? —No sé.


¿Por qué cavaste esta madriguera? —No sé.


¿Desde cuándo te escondes? —No sé.


¿Por qué me mordiste el dedo cordial? —No sé.


¿Sabes que no te vamos a hacer nada? —No sé.


¿A favor de quién estás? —No sé.


Estamos en guerra, tienes que elegir. —No sé.


¿Existe todavía tu aldea? —No sé.


¿Estos son tus hijos? —Sí.




Ilustración: Dang Van Can

Carta a Paul Claudel (Jacques Riviere)

Burdeos, 10 de marzo de 1907. No puedo esperar tu respuesta . Debo gritar . Me estoy asfixiando , hermano . Por favor , no te tomes a mal na...