Víctor Justino Orellana - Ricardo Curci
ARCHIVOS DE LITERATURA
lunes, 20 de abril de 2026
domingo, 19 de abril de 2026
El dia de Nahum Wentworth (August Derleth - H. P. Lovecraft)
Al norte de Dunwich hay un vasto territorio abandonado que, tras sucesivas
ocupaciones por gente de Nueva Inglaterra, canadienses de origen francés que
vinieron después de ellos, italianos, y finalmente polacos, ha recuperado en gran
parte su estado salvaje. Los primeros habitantes vivieron de la tierra pedregosa y de
los bosques que, entonces, cubrían aquella tierra. Pero no se cuidaron de repoblarla,
ni de conservar su recursos, y las generaciones sucesivas acabaron con la poca
riqueza que quedaba. Los que vinieron después, pronto se cansaron de intentar
hacerla fértil y se marcharon a otros lugares. Es una parte de Massachusetts que no
atrae demasiado a la gente. Las casas que un día se levantaron orgullosas están hoy
tan abandonadas que resultaría imposible vivir en la mayoría de ellas con una cierta
comodidad. En las laderas menos abruptas quedan algunas granjas con tejados a la
holandesa, viejos edificios que, encaramados sobre plataformas rocosas, meditan
acerca de los secretos de muchas generaciones de Nueva Inglaterra; pero las huellas
del abandono se ven por todas partes: en las desmoronadas chimeneas, en las
abombadas paredes, en las ventanas rotas de las casas y los establos. Varias
carreteras cruzan aquel territorio, pero nada más desviarse de la general, que
atraviesa el gran valle al norte de Dunwich, se encuentra uno con caminos que no
son más que sendas surcadas, tan poco utilizadas como la mayoría de las casas del
territorio. Se respira en este lugar una inconfundible atmósfera de vejez y soledad,
pero también de maldad. Existen zonas de bosque jamás tocadas por el hacha;
existen sombrías cañadas con enredaderas y arroyos sumidos en una oscuridad
ininterrumpida, incluso en días de deslumbrante sol. En todo el valle brotan pocas
señales de vida, aunque existen unos cuantos habitantes recluidos en algunas de las
granjas ruinosas. Incluso los halcones que vuelan a lo lejos en las alturas, nunca se
entretienen demasiado en el lugar, y las grandes bandadas de cuervos atraviesan el
valle sin descender a buscar una presa. Hace mucho tiempo, tenía fama de ser un
territorio en el que se practicaba el Hexerei (ceremonias religiosas dedicadas
supersticiosamente a las brujas), y aún en la actualidad perdura esa triste fama. No es
un territorio para detenerse en él demasiado tiempo, ni tampoco el más apropiado
para atravesarlo de noche.
Pero fue precisamente de noche, en el verano de 1927, cuando hice mi último
viaje al valle, a la vuelta de Dunwich, adonde había ido a llevar una estufa.. No
hubiera pasado por la zona situada al norte del pueblo abandonado de no haber
tenido que hacer otra entrega, y al caer la tarde decidó internarme en el valle en lugar
de rodearlo para alcanzar el otro extremo. La poca luz que había alumbrado
Dunwich era ya prácticamente nula al llegar al valle, y pronto oscurecería por
completo: el cielo estaba nublado por unas nubes muy bajas, casi a la altura de las
colinas, de modo que me encontraba, por así decirlo, en una especie de túnel.
Muy poca gente transitaba por aquella carretera: podían tornarse otras para
llegar al otro lado del valle, y estaba ésta tan abandonada, y los matorrales tan
crecidos, que pocos conductores se arriesgaban a utilizarla. Todo habría ido bien,
puesto que la carretera me llevaba en línea recta hasta mi punto de destino, y no
había necesidad de abandonar la carretera general, de no haber sido por dos hechos
inesperados. Empezó a llover poco después de dejar Dunwich. Había estado muy
nublado durante toda la tarde, y ahora por fin se abrió el cielo y empezó a jarrear. La
carretera brillaba bajo las luces de mi coche, y esas luces pronto iluminaron algo más.
había recorrido unas quince millas cuando me tropecé con una pequeña barrera en la
carretera cuya señal me obligaba a desviarme. Más allá de la barrera se podía ver que
la carretera estaba tan destrozada y en tan mal estado que era imposible circular por
ella. Me desvié con cierto recelo. Si hubiera hecho caso a mi impulso de volver a
Dunwich para coger otra carretera, me habría librado de las malditas pesadillas que
desde aquella noche de horror me han inquietado.
Pero no lo hice. había recorrido demasiado camino como para perder el tiempo
volviendo a Dunwich. La lluvia seguía cayendo torrencialmente, y era arduo y
penoso conducir. Me desvié de la carretera y enfilé un camino cubierto parcialmente
con gravilla. Habían limpiado los bordes y cortado ramas y árboles para hacer
transitable el desvío, pero poca cosa habían hecho por la carretera en sí, y a los pocos
metros, llegué al convencimiento de que iba a tener problemas.
La carretera empeoraba progresivamente a causa de la lluvia; mi coche, a pesar
de ser un Ford muy duro, con ruedas relativamente altas y estrechas, se hundía y
marcaba el hendido de sus huellas a su paso y, de cuando en cuando, se metía en
grandes charcos de agua, lo que ocasionó los primeros fallos del motor. Sabía que no
pasaría mucho tiempo antes de que el agua entrase en el motor e hiciera que se
parase del todo, así que me puse a buscar por los alrededores alguna señal de vida, o
por lo menos algún cobijo para el coche y para mí. Conociendo la soledad de este
valle hubiera preferido un establo abandonado, pero en la oscuridad era imposible
distinguir algo más que siluetas. Finalmente llegué hasta el pálido recuadro de luz de
una ventana, no lejos de la carretera. Los faros del coche me permitieron encontrar el
camino que llevaba hasta la casa.
Al entrar pasé cerca del buzón con el nombre del dueño toscamente pintado;
estaba algo borroso, pero aún podía leerse: Amos Stark. Los faros del coche
iluminaban la vivienda, y pude ver que se trataba de una casa antigua, una de esas
casas que incluían todo —casa, establo, cocina— en un único bloque, con tejados de
diferentes alturas. Afortunadamente el establo estaba abierto a la intemperie, y al no
encontrar otro refugio para el coche, lo metí bajo el cobertizo. Esperaba hallar vacas y
caballos, pero se percibía una atmósfera de abandono, y no había ni vacas ni caballos,
y el heno que impregnaba el ambiente con el aroma de viejos veranos debía de llevar
allí varios años. No me entretuve en el establo, y me dirigó a la casa a través de la
lluvia. Por lo que se podía observar desde el exterior, la casa aparecía tan
abandonada como el establo. Era de una sola planta con una galería baja a la entrada;
no tardé en descubrir que el suelo estaba lleno de negros agujeros donde una vez
hubo tablones de madera. Encontré la puerta y llamé. Durante un largo rato no
escuché otro sonido que el de la lluvia que caía sobre el techo de la galería y luego
sobre los charcos que había debajo. Golpeé otra vez la puerta y alcé la voz para decir;
—¿Hay alguien en la casa?
Entonces una trémula voz que venía del interior preguntó:
—¿Quién es?
Dije que era un vendedor que buscaba guarecerme de la lluvia. La luz empezó a
moverse en el interior, al compás de alguien que portaba la lámpara. La ventana se
ensombreció, y una línea amarilla cada vez más intensa asomó por debajo de la
puerta. Se oyó el sonido de candados y cerrojos, y entonces se abrió la puerta, y
apareció mi anfitrión ante mí, con la lámpara en alto; tenía aspecto de hechicero, con
una barba desigual que le cubría el cuello. Llevaba gafas, pero me miraba por encima
de ellas. Tenía el pelo blanco y los ojos negros; al verme, abrió los labios en una
especie de sonrisa animal y me enseñó los pocos dientes que tenía.
—¿El señor Stark? —pregunté.
—Le ha pillado la tormenta, ¿eh? —me dijo—. Pase adentro y séquese. No creo
que la lluvia vaya a durar mucho.
Le seguí hacia el cuarto interior desde donde se había dirigido a la entrada.
Primero había cerrado la puerta con candados y cerrojos, cosa que me llenó de
inquietud. Debió de haber notado mi mirada inquisitiva, puesto que tras depositar la
lámpara sobre un libro que había en la mesa de la habitación, se dio la vuelta y dijo
con una risotada fría:
—Es el día de Nahum Wentworth. Pensé que sería Nahurn.
La risotada decayó hasta convertirse en espectro de una risa.
—No señor, mi nombre es Fred Hadley. Soy de Boston.
—No he estado nunca en Boston —dijo Stark—. Nunca he ido más allá de
Arkham. El trabajo de la tierra me retiene aquí.
—Me he tomado la libertad de dejar el coche debajo de su cobertizo. Espero que
no le importe.
—A las vacas no les importará —se río de su propia broma, pues sabía
perfectamente que no había vacas en su establo—. Yo no conduciría uno de esos
cacharros de ahora, pero ustedes, la gente de ciudad, ya se sabe. No pueden vivir sin
automóvil.
—No me imaginaba que se me notase que era un hombre de ciudad —dije, con
ánimo de seguirle la corriente.
—Puedo distinguir a un hombre de ciudad al primer golpe de vista. De vez en
cuando se instala alguno en el distrito, pero pronto se van; supongo que esto no le
gusta. Nunca he estado en una gran ciudad. De todas maneras, creo que no me
gustaría.
Siguió divagando de esta forma durante tanto tiempo que pude dedicar mi
atención a observar cuanto me rodeaba y a hacer una especie de inventario de la
habitación. Por aquel entonces, cuando no me hallaba al volante en la carretera,
pasaba el tiempo en el almacén de Boston, y había pocos con tanta práctica como yo
para inventariar cuanto veía; de modo que no me llevó tiempo hacer el inventario de
la habitación de Amos Stark, y ver que estaba llena de cosas que un anticuario
pagaría bien. Había muebles de hacía casi dos siglos, si no me equivocaba, y bonitos
adornos, cristalería y porcelana de Haviland en un rincón. Y había piezas hechas a
mano —badilas, tinteros de madera con tapón de corcho, candelabros, un atril—,
como aquellas que se encontraban en las casas de Nueva Inglaterra de hace varias
décadas, lo que también evidenciaba que la casa se mantenía en pie desde hacía
muchos años.
—¿Vive usted solo, señor Stark? —le pregunté interrumpiéndole.
—Ahora sí. Antes estaban Molly y Dewey. Abel se fue cuando era un niño, y
Ella murió de una pulmonía. Estoy solo desde hace cerca de siete años.
Mientras hablaba, pude observar en él un aire de espera, como si estuviera
pendiente de algo. Parecía estar constantemente a la escucha de algún sonido distinto
del de la lluvia. Pero no se oía nada; sólo el crepitante ruido de un ratón que
mordisqueaba en alguna parte de la vieja casa; nada más que eso y la incesante
lluvia. El seguía escuchando, con la cabeza ligeramente inclinada, los ojos
empequeñecidos como si le molestase la luz de la lámpara. En su cabeza brillaba la
calva de la coronilla, rodeada de un estrecho círculo de pelo blanco y alborotado.
Tendría unos ochenta años, quizá eran sólo sesenta y la vida de reclusión le había
avejentado.
—¿No vio a nadie en la carretera? —preguntó de repente.
—De Dunwich aquí no me tropecé con nadie. Cerca de diecisiete millas, creo.
—Media milla más o menos —dijo. Y empezó de nuevo con sus risotadas,
mostrando un regocijo que ya no podía contener—. Hoy es el día de Wentworth,
Nahum Wentworth —sus ojos se empequeñecieron de nuevo por un instante—. ¿Ha
sido vendedor por esta zona durante mucho tiempo? Tiene que haber conocido a
Nahum Wentworth.
—No señor. No lo conozco. Me dedico a vender en las ciudades, muy pocas
veces en el campo.
—Casi todo el mundo conocía a Nahum —continuó—. Pero ninguno le conocía
tan bien como yo. ¿Ve aquel libro de allá? —señaló un libro forrado con papel, que se
apreciaba difusamente a causa de la mala iluminación—. Es el Séptimo Libro de
Moisés. Se aprende más en él que en cualquier otro libro que haya visto jamás. Era el
libro de Nahum. —Se río de algún recuerdo y prosiguió—: Oh, ese Nahum era un
tipo extraño. Y además malo y mezquino. No me explico cómo no llegó a conocerle.
Le aseguré que nunca, hasta entonces, había oído hablar de Nahum Wentworth.
Pero empecé a sentir curiosidad por él, y mi curiosidad aumentó todavía más al ver
que era dado a la lectura del Séptimo Libro de Moisés, una especie de Biblia para
brujos que ofrecía todo tipo de hechizos y encantamientos. Un libro que deleitaba a
todo aquel lector lo suficientemente crédulo para pensar en su veracidad. Vi también,
dentro del círculo alumbrado por la lámpara, algunos otros libros conocidos: una
Biblia, igual de vieja que el libro de magia, una selección de las obras de Cotton
Mather, y unos ejemplares del Arkham Advertiser encuadernados en un solo
volumen. Quizá éstos también pertenecieron en su día a Nahum Wentworth.
—Veo que está mirando sus libros —observó mi anfitrión, como si me hubiera
adivinado el pensamiento.
Dijo que podía quedármelos; y los cogí.
—Buenos libros. Sólo que necesito gafas para leerlos. Puede mirarlos si lo desea.
Se lo agradecí, y le recordé que me estaba hablando de Nahum Wentworth.
—¡Oh, ese Nahum! —dijo enseguida, y se rio de nuevo—. No creo que me
hubiese dejado todo ese dinero de saber lo que le ocurriría. No señor, no creo que lo
hubiese hecho. Y sin un recibo, ni nada. Eran cinco mil. Y me decía que no necesitaba
pagaré o papel alguno, de modo que no existían pruebas de que hubiese tomado ese
dinero, ninguna, sólo nosotros dos lo sabíamos, y fijamos una fecha de pago, un día,
cinco años más tarde, para que viniese a buscar su dinero. Cinco años, y este es el día,
hoy es el día de Wentworth.
Hizo una pausa, y me dirigió la mirada con unos ojos alegres que reflejaban un
regocijo contenido, y al mismo tiempo, sombríos, porque también reflejaban miedo.
—Sólo que él no puede venir, porque dos meses escasos después de ese día, le
mataron en una cacería. Un tiro en la nuca. Un accidente. Por supuesto hubo quien
murmuró que el disparo había sido mío, pero tuvieron que callarse, porque me fui
directamente a Dunwich, al banco donde hice y deposité un testamento para que su
hija, la señorita Genie, heredase todo a mi muerte. Y no fue un testamento secreto. Se
lo hice saber a todos para que dejasen de hablar tanta tontería.
—¿Y el préstamo? —no pude evitar la pregunta.
—El plazo no vence hasta la medianoche de hoy —dijo con su risa entrecortada
—. Y no parece que Nahum pueda ahora cumplir con su cita, ¿verdad? Supongo que
si no viene, el dinero será mío. Y no puede venir. De lo cual me alegro, porque no lo
tengo.
No pregunté por la hija de Wentworth, ni de cómo le iba. A decir verdad,
comenzaba a sentir el cansancio del día, después de tantas horas de coche y de lluvia.
Mi anfitrión debió de notármelo, pues se calló, me observó, y luego me preguntó,
después de una pausa que me pareció bastante larga:
—Tiene mala cara. ¿Está cansado?
—Me temo que sí. Pero me marcharé en cuanto amaine un poco la tormenta.
—Le diré una cosa. No tiene necesidad de quedarse aquí sentado
escuchándome, Le daré otra lámpara, y puede ir a recostarse en el sofá que hay en la
otra habitación. Si deja de llover, le llamaré.
—No quiero quitarle su cama, señor Stark.
—Me acuesto tarde por las noches —dijo.
Habría sido inútil protestar. Se había puesto de pie para encender otra lámpara
de petróleo, y minutos después me llevaba a la habitación donde estaba el sofá. De
paso cogí el Séptimo Libro de Moisés, movido por la curiosidad de las maravillosas
cosas que, según había oído contar, en él se hallaban; aunque mi anfitrión me miró de
un modo extraño, no hizo ninguna objeción, y volvió a su mecedora de mimbre en el
cuarto de al lado, sin importunarme. Afuera seguía lloviendo torrencialmente. Me
acomodé en el sofá, un mueble anticuado, cubierto con una extraña pieza de cuero y
con un respaldo alto.
Acerqué más la lámpara, porque su luz era muy tenue, y empecé a leer el
Séptimo Libro de Moisés. Pronto me di cuenta de que era un interesante batiburrillo
de hechizos y conjuros que apelaban a “príncipes” de los infiernos, como Aziel,
Mefistófeles, Marbuel, Barbuel, Aniquel y otros. Los hechizos eran de varios tipos;
unos para curar enfermedades, otros para conceder deseos; algunos con objeto de
alcanzar el éxito en las empresas, y otros para vengarse de los enemigos. A menudo
se prevenía al lector de lo maléfico de algunas expresiones, con tanta insistencia que
quizá por ello precisamente tomé nota de la peor de ellas y a la vez la que más me
llamó la atención “Aila himel adonaij amara Zebaoth cadas yeseraije haralius” y que era
nada menos que el hechizo para reunir a todos los demonios y espíritus, o para
revivir a los muertos. Una vez copiada, no dudé en repetirla varias veces en voz alta,
sin esperar que ocurriese nada malo. Y así fue. Cerré el libro y miré el reloj. Las once.
Parecía que llovía menos ahora: la lluvia no era tan torrencial; había comenzado ese
aminoramiento que siempre anuncia el final próximo de una tormenta. Observé bien
la habitación para no tropezar con algún mueble cuando regresara a la habitación
donde estaba mi anfitrión, apagué la luz y me dispuse a descansar un rato antes de
ponerme otra vez en carretera. Pero a pesar de mi fatiga, no lograba descansar. No se
debía sólo a que el sofá era duro y frío, sino también a que la atmósfera de la casa me
oprimía. Al igual que su dueño, había en ella un no sé qué de resignación. Parecía
esperar lo inevitable, como si ella también supiese que antes o después sus cimientos
batidos por el viento harían abrirse las paredes, se hundiría el techo y se pondría fin a
su precaria existencia. Pero hab a algo más que esta atmósfera... común a todas las
casas viejas: era una resignación mezclada con aprensión, la misma aprensión que
había hecho titubear al viejo Amos Stark cuando llamó a la puerta; y pronto me
encontró escuchando, al igual que Stark, algo más que aquel goteo de la lluvia
menguante y aquel incesante roer de los ratones. Mi anfitrión no se estaba quieto.
A cada rato se levantaba de la silla; le oía deslizarse de un lado a otro: ahora a la
ventana, ahora a la puerta. Iba a mirarlas, se aseguraba de que estaban cerradas y
volvía a sentarse. Algunas veces murmuraba entre dientes. Quizá había vivido
demasiado tiempo solo y había caído en el hábito, común a las personas solitarias, de
hablar consigo mismo. Casi todo lo que decía era incomprensible, apenas audible,
pero en un momento dado logré captar algunas palabras. Me di cuenta entonces que
una de las cosas que ocupaban su mente eran los intereses del préstamo que debía a
Nahum Wentworth, caso de que fueran reclamados. “Ciento cincuenta dólares al año
vienen a ser setecientas cincuenta”. decía en un tono que denotaba espanto. Añadió algo
más respecto a lo mismo, y luego algunas palabras sueltas que me preocuparon más
de lo que estaba dispuesto a admitir. Después de atar ciertos cabos, algo que había
dicho el viejo me resultaba incómodo. Y sin embargo, no había dicho nada más que
“Me caí”, había farfullado, y después siguieron una o dos frases más sin sentido. “Eso
fue todo”. Y de nuevo una retahíla de palabras incomprensibles. “Se disparó en un
santiamén”. Más palabras sin sentido o inaudibles. “No sabía que apuntaba a Nahum”. A
continuación farfulló otra vez sin que se le entendiese nada. Quizá al viejo le
aguijoneaba su conciencia. En verdad, la triste resignación de la casa era suficiente
para invitar al viejo a rememorar sus más negros recuerdos. ¿Por qué no habría
seguido a los otros habitantes del valle cuando se marcharon de aquel territorio?
¿Qué le había impedido hacerlo? había dicho que estaba solo, y por supuesto estaba
solo en el mundo al igual que en la casa. De otro modo, no hubiera habido razón
alguna para convertir a la hija de Nahum Wentworth en su heredera. Sus zapatillas
se arrastraban por el suelo. Sus dedos removían papeles. Fuera, los pájaros
engañapastores empezaban a oírse, señal de que en algunas partes el cielo empezaba
a clarear; y pronto sonó una algarabía de ellos, suficientes para ensordecer a un
hombre.
Escuché a mi anfitrión. “Oigan a los engañapastores. Están llamando a un alma.
Clem Whateley se está muriendo.” Al disminuir el ruido de la lluvia, el de los
engañapastores aumentaba en volumen, pero pronto me adormecí y caí en un leve
sueño. Me aproximé a una parte de mi historia que me hace poner en duda la
fidelidad de mis sentidos, puesto que al mirar hacia atrás pienso que algo así es
imposible que ocurra. Muchas veces, ahora, pasados los años, pienso si no habrá sido
todo un sueño. Pero conservo aún algunos recortes de periódicos que prueban que
no ha sido así, recortes que hablan de Amos Stark, de su legado a Genie Wentworth
y, lo más extraño de todo, del infernal destrozo de una tumba medio olvidada en una
colina de aquel valle maldito. No había dormido mucho cuando de pronto me
despertó. había dejado de llover, pero los engañapastores se habían acercado a la
casa y su algarabía era ensordecedora. Algunos de los pájaros estaban debajo de la
ventana donde me encontraba, y el techo de la galería debía de estar cubierto por
estas criaturas nocturnas. No cabe duda de que fue su clamor el que me despertó de
ese ligero sueño que me adormecía. Esperé un momento a despabilarme, y luego me
incorporó: había dejado de llover y me sería más fácil conducir; ya no corría peligro
de pararse el motor de mi coche. Pero nada más ponerme en pie, alguien golpeó la
puerta de la calle. Me sentó, inmóvil, sin hacer ruido, y sin escuchar ningún ruido de
la otra habitación. Golpearon de nuevo, esta vez con más fuerza.
—¿Quién es? —preguntó Stark.
No hubo respuesta.
Vi moverse una luz y pude escuchar la triunfante exclamación de Stark:
—¡Ya ha pasado la media noche! —había mirado su reloj, y al mismo tiempo
miré yo el mío. El suyo estaba adelantado diez minutos. Fue a abrir la puerta.
Adivinó que dejaba la lámpara en el suelo para poder quitar los candados. No podía
saber si pensó en volver a cogerla, como había hecho cuando me abrió a mí. Oí que
alguien abría la puerta: él u otra persona. Y entonces resonó un terrible alarido, el
grito de Amos Stark, preso de furia y terror:
—¡No! ¡No! ¡Vete! No lo tengo, no lo tengo, te digo. ¡Vete!
Tropezó y se cayó, y casi inmediatamente pude escuchar... un grito sofocado, el
ruido de una respiración entrecortada, el murmullo de un suspiro... Me puse en pie y
me dirigí hacia la puerta de esa habitación. Entonces, por un momento me quedé
clavado, incapaz de moverme, de gritar, ante el espeluznante espectáculo que
presenciaron mis ojos. Amos Stark estaba tendido en el suelo, boca arriba, y sentado
a horcajadas sobre él, un esqueleto, con sus huesudos brazos sobre la garganta, sus
dedos en el cuello. Y detrás del cráneo, los destrozados huesos por donde una vez
penetró una bala. Esto vi en ese terrible momento. Luego, afortunadamente, me
desmayé. Cuando recobré el sentido algo después, todo estaba en silencio en la
habitación y la casa llena del húmedo aroma de la lluvia que entraba por la puerta
abierta. Fuera, los engañapastores aún cantaban y el reflejo de la luna se extendía en
el suelo como pálido vino blanco. La lámpara todavía alumbraba, pero mi anfitrión
no se encontraba en su silla. Yacía en el mismo sitio donde lo había visto por última
vez, en el suelo. Mi impulso, en aquel momento, fue escapar de aquella horrible
escena lo antes posible. Un sentimiento de piedad me hizo acercarme a Amos Stark,
para asegurarme de que no había nada que hacer.
Fue esa desdichada pausa la que me trajo el momento de mayor terror, terror
que me hizo huir de aquel lugar maldito como si me persiguiesen todos los
demonios.
Porque cuando me inclinó sobre él, para asegurarme de que estaba muerto,
pude ver incrustados en la descolorida piel de su cuello los blanquecinos huesos de
los dedos de un esqueleto humano, y, mientras los observaba, los huesos sueltos se
separaron del cuello, y se alejaron del cuerpo, corriendo por el pasillo y adentrándose
en la noche para reunirse con el espantoso visitante que había acudido desde su
tumba a la cita con Amos Stark.
Ilustración: Juan Rizi
sábado, 18 de abril de 2026
Los amados muertos (Howard Phillips Lovecraft)
Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.
Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero capitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud -terrorífica quietud-, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.
De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante… ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí!
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y “vieja” porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.
Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maldicientes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tíotatarabuelo que había sido quemado en la hoguera por nigromante.
De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.
Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.
Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía y captó mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.
Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.
Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir… alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era la total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maldicientes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.
Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.
Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza más inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.
Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.
El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!
También él murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.
Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande -con mucho- que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.
Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuanto a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.
La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Corporación Gresham, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos… porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.
Me apliqué a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.
Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación… aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.
Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.
Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres -donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos- abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble y postrer placer tenía lugar…¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!
Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba… ¡los muertos que me daban vida!
Una mañana, el señor Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual… llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de una mezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.
Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo lo reafirmaría en su creencia de mi potencial locura… resultaba mucho mejor marcharse que invitarlo a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.
Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio… cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.
Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado… nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia… mortales explosiones de histéricas granadas… el monótono silbido de balas sardónicas… humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton1… letales humaredas de gases venenosos… grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados… cuatro años de trascendente satisfacción.
En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenham. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.
Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un “Sucesor de” sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa del señor Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.
Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo el señor Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a la tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.
Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado a la ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues… ¡nada!
Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.
Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás… no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.
Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar los arrabales de Fenham. Si podía llegar a esa meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.
Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.
Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.
El hambre roía mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.
Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.
Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos me indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño -¿dónde estarían?-, bueno, podían esperar. Mis engarfados dedos se deslizaron hacia su garganta…
Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención de alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad… las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución… el distante ladrido de los sabuesos.
Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.
¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!
Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos para que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!
¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor -mucho mejor- que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.
¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada… cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas… hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición… dedos espectrales me llaman por señas… etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo… distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento… un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro… fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla… abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma… no puedo… escribir… más…
Ilustración: Giulia Lama
viernes, 17 de abril de 2026
As (Antonio Di Benedetto)
Hay que tomar una. chica, El padre sabe por qué. Porque la hija
no soporta más los trabajos de la casa que ensucian excesivamente
las manos. La hija sostiene otros motivos y el padre no los cree,
tampoco los discute.
Desde que el padre quedó impedido de las piernas, la hija supo
organizar tiempo y fuerzas para cuidarlo, hacer las comidas y la
limpieza del hogar, vigilar y atender la tienda. La tienda, la tien-
dita, podía estar abierta de esa manera las ocho horas con un solo
dependiente. Hacía de esto unos quince años, la misma época en
que el padre se convenció de que la hija estaba desilusionada de los’
hombres. Después sólo la oyó hablar de ellos para censurar los der
fectos vulgares y los defectos menos evidentes que les descubría.
Cuando emplearon al nuevo dependiente, que al padre no le
impresionó bien porque carecía de eso que manifiesta a las personas
trabajadoras y parecía demasiado acicalado y compuesto, comenza¬
ron en la hija los primeros signos de la evolución.
Ahora hay que tomar una chica.
El cartelito de la vidriera convoca una cantidad considerable, a
lo largo del día. En definitiva queda Rosa Esther. La ha traído el
padre, viejo criollo, lo cual puede aceptarse como una garantía.
Tal vez durante los quince años la hija deseó ir sola al cine, después
de cenar.
-Ahora que tiene a la chica que lo acompañe... -dice, una noche
tras otra, y para cada una encuentra un programa de películas que le
interesa, que naturalmente no podrá dejar de ver.
Regresa temprano, apenas pasadas las doce. Sólo una vez se demora.
-Encontré a Manuel. Me invitó a tomar chocolate. No me pareció
mal. No porque una sea la patrona tiene que mostrarse orgüllosa.
En otra oportunidad puede decir con anticipación que volverá
tarde. Y al decirlo parece que pidiera permiso:
-Manuel me ha invitado al casino. Yo no conozco el casino,
papá. Y si no acepto, ¿cuándo tendré otra oportunidad? ¿Quién
me va a llevar?
El padre comprende. Pero no le gusta: la hija tiene cuarentisiete
años y el empleado veintitrés.
Rosa Esther es resignada y pasiva. Vela al amo en silenció. Si
él llena con radio las horas de ausencia de la hija, acepta la música
clásica sin insinuar la menor preferencia personal. Él la estudia: ella
se absorbe eñ algo que no es la música y prescinde por completo de
los sonidos que vienen del aparato. Si maneja las piezas de ajedrez
después de concentraciones tan rigurosas como para enfrentar a un
sabio jugador, ella se mantiene calladita, en su rincón, mirándolo
ó mirando quién sabe qué. Entonces, si la observa, él piensa: “Des¬
cansa”. A veces se dice: “Descansa, la pobre. Cada vez trabaja más”.
Nunca se ha acercado a ver cómo juega, solo, el amo. Seguramente
ignora de qué se trata y lo considera una operación personal.
Una noche visita al amo un anciano que es como él, con la dife¬
rencia de que puede caminar. Hacen una partida. Rosa Esther los
mira, todo el tiempo, desde lejos'.
En la noche siguiente, cuando se quedan solos, ella se atreve a
preguntar:
-Señor, ¿qué es eso?
-¿No lo sabes?
Se asombra y también se enorgullece de haber provocado curiosidad.
Fue un jugador difícilmente batible, “cuando -ha sostenido alguna
vezr- los ocios de la juventud eran más intelectuales”. Él leía.
Revela a Rosa Esther qué es el ajedrez: un juego, pero un juego-
ciencia.
-¿Me comprendes? No como los demás. No es como el de barajas, o da¬
dos. Para jugarlo, hay que tener un cerebro desarrollado y pensar mucho.
En la joven ha encarnado la primera parte de la instrucción: es
un juego.
-¿Yo también podría jugar?
-No, no -dice con toda la aristocracia de su veteranía; pero se
arrepiente del impulso negativo que rebaja a la muchacha y atenúa la
respuesta-: Bueno, no creo que puedas hacerlo, siendo tan joven.
Rosa Esther no protesta. No pide más. ¿También a eso se re¬
signará?
El amo no quiere negarse del todo:
-Hay una solución. Un juego más simple. Sirve el tablero de
ajedrez.
“Busca allí”, le indica, y Rosa Esther, guiada por éb encuentra
una caja con fichas de madera, rojas y verdes.
Le enseña la técnica. La chica aprende pronto. Alamo se le llena el
rostro de satisfacción. Podrá alternar sus solitarios de ajedrez con parti¬
dos de damas frente a una persona que mueva las piezas de verdad.
Rosa Esther aprende pronto. En la noche siguiente gana tres
partidos sobre cuatro.
La hija anuncia:
-Manuel me ha invitado de nuevo al casino.
-Sí, sí. Está bien -contesta el padre, apurado porque no vaya a
rechazar la salida.
A la hora indicada nota que ella no se ha vestido como para entrar
a una sala de juego elegante, sino de modo mucho más común, con
ropas ligeras que no le conocía. Esto lo deprime un poco. Pero no
se cree con derecho a hablar.
Rosa Esther lo vence de nuevo, partido tras partido y noche tras
noche. Entonces el amo advierte que el juego perderá seducción si
el resultado es abiertamente previsible.
-Tienes mucha suerte, hijita. Veremos si en el ajedrez es lo
mismo. Porque el ajedrez -y agita el dedo de la superioridad y la
seguridad- es un juego-ciencia, y con él de nada vale la fortuna.
La chica se informa del movimiento y el valor de las piezas. Él le en¬
seña algunas partidas fundamentales; naturalmente, las más sencillas.
Naturalmente, la derrota. Rosa Esther aplica con extrema habilidad
lo que ha captado, pero él sabe más, y puede sorprenderla siempre.
Sin embargo, ella asimílalas partidas con que él corta sus avances,
aunque no le sean explicadas. Esto tiene su placer para el veterano y el
juego vuelve a ser en él, como en la juventud, una ardiente vocación.
Rosa Esther intenta trayectorias que no le han sido marcadas.
El amo se inquieta:
—¿Por qué mueves la reina de esa manera?
-¿Está mal? -pregunta azorada la chica, dispuesta a retirar la
pieza.
-rNo, no; pero...
La mano de la chica sigue en el aire, sobre la reina, pronta a
corregir el error si se lo dicen.
-¿No se corre así?
-No, no es eso. Es que...
-¿La saco, entonces?'
-No. Puedes seguir, pero... ¿quién te ha enseñado a mover así?
La niña retrae la mano. Con los ojos dice: “¿Enseñado...? Nadie.
¿Quién me va a enseñar a mí?”.
Antes de un mes, Rosa Esther pierde muy escasos partidos.
El amo se apasiona. Ganar —“ganarle a esa chica — es una nece¬
sidad que lo domina.
La hija vuelve tarde. Ya no explica que va al casino. Saluda. El
padre le contesta abstraído, molesto a veces porque le perturba el
itinerario ideal de una torre.
-¿Cómo ha estado, papá?
-Bien, bien. No me distraigas.
Más adelante, Manuel pasa a la sala comedor a las dos de la
madrugada. Se queda hasta las tres.
En la mañana viene tarde. Un día el negocio se abre a las diez. Ma¬
nuel no ha llegado, la dueña ha conseguido despejar la cabeza sólo a
esa hora, y la chica también duerme. El amo no se da cuenta. Todos se
han acostado pasadas las cuatro. No obstante, la hija, reta a la chica.
-Mucha confianza, mucha confianza te estás tomando.
-¿Tienes cincuenta centavos...?
— Sí, la mamá me dejó cinco pesos del sueldo.
-Te gustará más si jugamos por plata.
El amo sabe que está contraviniendo ciertos principios del ajedrez,
que se toma de los placeres y las tentaciones de los otros que no son
“juego-ciencia”, y es que percibe que le gustará más, a ¿1, no a Rosa
Esther como dice.
Ha imaginado bien. Con un jaque devastador se apropia de los cin¬
cuenta centavos y eso le produce una satisfacción tan ávida y sensual
que decide hacerla secreta. Pasa el día siguiente con una alegría y un
optimismo que no consigue atenuar el estado de cuentas de fin de mes.
-<Tan poco, hija, tan poco...? ¿Es que ya.no entra nadie a esta
tienda?
-No tenemos novedades, papá, y la gente busca colores modernos.
-Nunca hemos trabajado con el público de las novedades.
El padre dice verdades y entiende que debieran gravitar para un
cambio en la vida de la hija, que represente además una mejora en
la actividad del negocio. Pero también considera que la marcha de la
tienda ya no es problema suyo. Suyas son las noches, actualmente,
después de años y años de monotonía junto a la hija, olvidado de
los amigos que fueron o existieron.
-Un peso, ¿te animas?
-Sí.
Gana él.
-¿Otro?
-Sí.
Gana ella.
-¿Dos?
-Sí.
Gana ella.
-¿Los dos que me ganaste anoche?
-Bueno.
Él los recupera.
En un mes la chica se hace de un capital de setenta pesos. Él le ha
enseñado a jugar el todo por el todo y necesita que ese dinero, desme¬
nuzado partido tras partido, vuelva repentinamente a su caja de ma¬
dera. Es el fondo de sus reservas personales, para Jos gastos chicos, de
tabaco, de periódicos, y esta vez se ha agotado excesivamente pronto.
-¿Todo lo que me has ganado hasta hoy?
Rosa Esther vacila:
-¿Ya...?
-No, no. Mañana.
Si ella hubiera contestado que sí, sin titubear, él habría temido
tanta seguridad. Pero ella ha dudado. Si él hubiera tenido los setenta
pesos en su caja de la mesa de luz, los habrían disputado esta noche.
Tendrá que pedirlos.
-Hija, debes darme setenta pesos;
-¿Y lo que tenía...?
-Se me ha terminado.
-¿Para qué los quiere?
El padre se enardece:
-¿Tengo que explicarte?
Si la hija dice que sí, si de algún modo pretende desconocer, en
ese punto, su autoridad de padre, será ella quien tenga que explicar
muchas cosas.
Pero ella declina una discusión. Sin embargo, al decir que está
bien, mientras se retira de la habitación, declara:
-Tendré que pedírselos a Manuel.
¡Pedírselos a Manuel...! El. padre está abochornado por esa con¬
fesión de la hija. Una herida que pudo evitarle. Ah, ni piedad tiene
ya el único ser de su sangre que le queda. Sólo püede contar con
esa chica, su compañía verdadera.
Recibe los setenta pesos. En la noche pasan a ser de Rosa Esther.
Está confundido. Retoma a las cautelosas apuestas de un peso.
El experimentado jugador de ajedrez desea entender lo que ocu¬
rre. En muchas ocasiones aprovecha las horas del día para meditar
alguna jugada que hizo Rosa Esther, mientras la chica está lavando
los pisos, seguramente ajena a esc tipo de preocupaciones que tienen
tomado al amo.
Le desconcierta que las jugadas sean tan correctas.
Su propia mente no da luz al caso. Traca de recordar la escasa
bibliografía del juego que ha pasado por sus manos. Ya no cuenta
con los libros, que fueron de préstamo.
Cuando no está pensando en eso repentinamente se le aparece
con cierta nitidez un párrafo, que en otro tiempo le impresionó. Está
en un libro... de un autor de nombre francés.
Con ayuda de la hija lo consigue. Relee, rebusca.
Da con ello: “Van Duscn demostró que mediante la lógica inevi¬
table un novicio en el juego de ajedrez podía llegar a derrotar a un
campeón que le hubiera dedicado toda su vida”.
Eso según Van Dusen. Ahora bien, ¿quién era Van Duscn?, se
pregunta el anciano. Un sabio, según el libro. Pero el libro es de
ficción, aunque no dice si también lo es Van Duscn o si realmente el
personaje existió. El amo no se siente muy firme en materia literaria
y no acierra a interpretar de modo que quede convencido en algún
sentido. Busca una nota de editor, un prólogo que lo oriente. Sólo
halla una referencia biográfica del autor: "Jacques Futrellc. Autor de
ascendencia francesa. Nació en Estados Unidos de Norteamérica.
Pereció en el naufragio del ‘Titanic, en 1912".
“Bueno, por lo menos el autor era una persona concreta”, se
dice el amo, satisfecho de su ironía. Entonces vuelve al texto: “Van
Duscn demostró que mediante la lógica inevitable...”. Suspende
la lectura y se consagra a la reflexión: “La lógica inevitable". Rela¬
ciona la frase con Rosa Esther. Concluye quitándose de encima la
preocupación: “¿Pero es que puede haber una lógica inevitable en
esa criatura...?”.
No mucho después, en esa hora de la madrugada en que se
perciben los pasos tenues, el padre nota que por el patio circula
alguien. No es un ladrón, no. ¿Cómo pensarlo? La hija ha vuelto
diez minutos antes y está en el dormitorio.
Entonces en el padre se produce un ahogo de indignación. Se le
ocurre probar si la hija está en situación de escuchar ruidos extraños.
Le dice a la chica, que se halla absorta en un problema del tablero
y no se ha dado cuenta de nada:
-Vas al negocio. Enciendes las luces. Buscas la pieza de género
que más te guste. No te asustes de hacer ruido, mover la escalera ni
abrir las puertas del mostrador. Eliges y traes lo que más te convenga
para un vestido.
Rosa Esther obedece. Produce ruido como mandada a hacerlo.
La hija no muestra enterarse. ¡Y la luz del dormitorio está en¬
cendida!
Rosa Esther vuelve con un corte estampado, de variados valores
fuertes de azul y amarillo. El amo está enceguecido de dolor, pero
deriva hacia la otra parte del plan que se ha propuesto:
-Fíjate en la etiqueta. ¿Cuánto vale el metro?
-Treinta pesos.
-¿Cuántos metros precisas para hacerte un vestido?
-No sé. Unos tres...
-Eres muy delgada. ¿Cuántos años tienes?
-Dieciséis.
-Bueno. No importa la edad. Tres metros, dices. Son noventa
pesos. ¿Los juegas?
-¿Yo apuesto plata y usted la tela...? Bueno.
El amo juega con pasión y en un estado nervioso que le hace
equivocar hasta el ejercicio de las intenciones.
No obstante, llegado el momento toma sus precauciones:
-Lo cortaré yo. Trae el metro de hule y las tijeras. Mi hija no tiene
que enterarse. Después dejarás todo en orden y apagarás las luces.
Manuel da la pista:
-Ayer teníamos seis metros. Esa señora quedó en volver hoy.
Pidió cuatro. No quedaban más que tres. No los hemos vendido.
¿Dónde están?
La dueña se enciende. Allana la pieza de Rosa Esther. En apa¬
riencia es el cuarto humilde, con sólo lo indispensable, de una
muchacha a la que no se reconoce necesidades. Debajo del colchón,
en paquetes detrás del baulico, en el baulito mismo, hay cortes de
tela, ropa interior, puntilla, botones forrados...
La saca de un brazo de la cocina, sacudiéndola:
-¡Ladrona! ¡Porquería! , . .
-Yo no he robado nada. No he robado nada, lo juro por Dios
-y llora, debatiéndose por zafarse de la mano que la aprisiona y de
la acusación que la humilla.
La mujer la arrastra ante el padre.
-Mírela. Es una ladrona. ¡Lo que he descubierto...! ¡Y lo que
tendrá en su casa...! . , , ,
El padre está desesperado. Quiere hablar, no acierta a hacerlo y la
hija, profiriendo insultos, no se interesa por lo que él pueda decir.
La niña llora y le ruega:
-Por caridad, señor... Cuéntele... Dígale que no...
-Está bien -el hombre hace por delante de sí, con una mano,
el gesto del que ha sido descubierto, a la hora de las confesiones
expiatorias. Sólo consigue tranquilizar medianamente a la chica, que
sofrena el llanto. La hija no contiene el vendaval de las imputaciones
y las suposiciones.
-No la maltrates. La culpa es mía.
Ahora sí, la hija se queda quieta. La ha congelado la declaración.
-Me lo ha ganado honestamente, jugando al ajedrez, en to o
este tiempo.
La hija averigua, con la palabra y con los ojos:
-Papá... ¿está loco, usted?
-No, no estoy loco. Y lo que tiene no es todo. También me ha
ganado la vitrina alta.
-Sí, hija. Esperaba recuperarlo esta noche. Ya lo has malogrado
y no sé qué haremos. ,
Manuel, con una actitud de hombre tranquilo, ha estado en la
puerta escuchando sin ostentarse.
Ahora interviene y decide. Cuando el amo confiesa: No sé qué
haremos”, él sentencia:
-Quitarle todo y echarla,
El padre lo mira, con la serenidad del que está resignado a dia¬
logar con los intrusos:
-No es posible.
-¿Por qué no es posible?
-Si somos honestos...
-Ja -la media risa le descuelga a Manuel un costado del labio.
La muchacha vuelve en la tarde detrás del padre, con un miedo
espantoso de volver. Ha tenido que enterarlo sin reservas porque, de
otro modo, ¿cómo explicar la pérdida del trabajo? ¿Cómo hacerle en¬
tender, a la familia, que le haya sido negado hasta el baulito con su pro¬
pia ropa? “Que venga tu padre”, le ha dicho el ama, y ahí está el padre.
Manuel no le da paso:
-La señorita no está y el señor está en cama. Tiene que enten¬
derse conmigo.
-¿Y usted quién es?
-Manuel Gutiérrez, nada más. Pero usted tiene que entenderse
con Manuel Gutiérrez.
Al padre de Rosa Esther le viene la gana de darle Un manotazo.
-Su hija ha robado.
-¿Qué dice, mocito atrevido?
Pero una mano, muy joven y muy poderosa, lo agarra de la
solapa.
Tiene que contentarse, después, con gritarle desde la puerta:
-El asunto ño termina aquí. ¡La policía va a venir! ¡Y la justicia!
El padre de Rosa Esther conoce algunos procuradores. Repasa
los rostros -y los hechos que a ellos se refieren- mientras se va
tragando el frentazo. Sabe que existen procuradores de los pobres
y que existen procuradores de los pobres que se han equivocado a
propósito. A él le parece que su caso es limpio; sin embargo, como
hay juego por medio y su apellido no constituye una recomenda¬
ción... elige un pillo.
El pillo le dice:
-No tiene ninguna prueba... Y ella és menor...
El padre le hace notar:
-Mire que hay muchos pesos sobré la mesa. Y las deudas de
juego son deudas de honor.
Entonces el procurador sospecha la posibilidad de un arreglo
extrájudicial.
-Bueno. Si voy y lo asusto con una amenaza de embargo... ¿Dice
que es un viejo...? Le prevengo que precisaré la firma de un abogado.
Y si perdemos eso costará plata.
El padre de Rosa Esthcr ha puesto en marcha la venganza. Respira tran¬
quilo y puede olvidar la ofensa de Manuel Gutiérrez. Además su cabeza
nene espacio para otro tipo de consideraciones. Las masculla. Despacito.
Al entrar, los recibe la averiguación de la madre de Rosa Esther.
-¿Y...? ¿Qué hubo...?
No hace falta respuesta.
Entonces quiere vengar en las carnes de la hija la pérdida de la ropa y
el baulito. Alcanza a darle un bofetón, pero el padre la ataja con firmeza:
-Dejala. Ella no tiene la culpa. Al contrario... -dice y se interna
de nuevo en su meditación.
Pide mate y sigue pensando.
Después llama a Rosa Esther.
-¿Así que tenés mano con suerte?
-Y... no sé -responde la muchacha, modosa y encogida, porque
desconoce si la atropellará un reto o la consolará un halago y considera
más posible lo primero.
-¿Qué jugaste, ajedrez no más?
-Y damas.
-¿Qué?
-A las damas.
-¿Y baraja?
-No, eso no, papá. Se lo juro -con dos dedos hace una cruz
sobre los labios.
Recela de haber llegado al punto más peligroso del interrogatorio.
No obstante, el padre pronuncia palabras insospechables:
-Bueno, eso se arregla. Yo te voy a enseñar.
El tono lleva algo de lamentación y de conformidad.
La niña mira al padre. El padre no sonríe, no sé burla. Ha ha¬
blado con toda seriedad.
Le da la impresión de que estuviera cansado a cuenta. Como
siempre que tiene que trabajar.
Le enséñala escoba de quince. Lo más sencillo, piensa. Resulta
excesivamente rudimentario para la chica. Tute, brisca, truco. Rosa
Esther no puede decir todos los versos que rima el padre, como un
floreo del juego. Ella no tiene memoria. Pero tiene lo que el padre
quiere: el camino siempre fácil para el triunfo. En la mesa de la
cocina el padre padece tantas derrotas juntas como no ha, experi¬
mentado en mucho tiempo de ronda por los boliches.
-Para el domingo hacé pasteles, Teresa.
Ha llegado el día señalado para la prueba. Invita a tres amigos.
Comen los pasteles con ensalada y vino tinto, en el patio, debajo
del parral.
Después Teresa pasa un paño húmedo al hule y el marido aparece
con el mazo de naipes y una cajita de granos de maíz. Arman el tute
de cuatro. El padre pierde. A cierta altura, socarrón, les confía:
—Para. el truco tengo otra flor.
Y presenta a la hija.
Se ríen. ¿Qué pretende? El truco no es juego de chicos, menos de
chicas. Pero le hacen lugar. Y ponen el pesito que no puede hurtarse
al partido aunque vaya en broma”. Al perder se dan cuenta de que
no es broma. Ellos no son jugadores novatos y no cualquiera les
gana de primera intención. A menos —se consuelan- que sea con
mucha suerte.
Como la.suerte se despega de ellos toda la tarde y no se resignan
a esa pérdida afrentosa— unos quince pesos por cabeza—, combinan
otra partida, por el desquite.
Al desquite acude un curioso.
La curiosidad, en la segunda ocasión, sale a la calle y gana el boliche.
Algunos amigos incitan al padre a que la lleve. Determinan una
noche de mirad de semana, con ciertas precauciones, para no llamar
la atención. Esa noche el bar tiene más gente que los sábados. Todos
hombres, ella sola mujer. De este lado del mostrador, porque del
otro está la esposa del dueño, indispensable para enjuagar tantos
vasos, mordida de curiosidad, ella también, por entrever el juego
de “esa negrita que arrea con todos”.
No pasa de ser la primera noche. Tendrá muchas.
Después, en cada oportunidad, al entrar en el callejón que termi¬
na con su casa al fondo, Rosa Esther saca del bolsillito desvestido
treinta, cuarenta pesos, que el padre recibe y cuenta, a la luz del
farol, antes de entrar.
-A tu mamá decile, si te pregunta, que no te fue muy bien. Que
ganabas veinte y perdiste diez.
El recelo del padre es de que siempre gane. Por fortuna, a veces
pierde. De lo contrario sólo la vanidad de algún jugador podría man¬
tener la aceptación de una muchachita en la mesa de .los varones.
El miedo de la madre es diferente. Teme por los hombres. No
faltará alguna mano...
La mano que una noche se desliza hacia Rosa Esther no va para
acariciar subrepticiamente, no va a despertar ladinamente la mujer.
Lesaca el rollito del bolsillo. Es el último partido y ella pierde: no
tiene por qué, al levantarse, poner la mano de nuevo allí.
En el callejón, sin el requerimiento del padre, ya innecesario,
busca el fajo. No está. Mira el suelo.
-Papá, se me ha caído.
Recorren el callejón, ayudándose con fósforos para descubrir la
huella de las pisadas, para buscar justo, justo, por donde vinieron.
Llegan al boliche. Hacen levantar al dueño. Revisan el piso.
-A la policía, habría que avisar. ¡Sinvergüenzas! Aprovecharse
así de una criatura.
El padre siempre amenaza con la policía, pero ni acude a ella ni
acudirá. Sabe que ningún policía que lo conozca “le hará justicia”,
“Como si lo hubiera llamado”, se dice mentalmente, en la noche
que sigue, cuando en la puerta del boliche aparece un vigilante. No es
el único que se intimida ante la presencia policial. En la mesa no hay
dinero, sólo porotos para marcar los tantos. Sin embargo, hay que bo¬
rrar de los ojos, de la nerviosidad de las manos, el indicio de las apuestas.
-Buenas, agente.
-¿Gusta de algo?
-¿Una copita...?
Con la mano dice que no y avanza mientras contesta.
El partido no se interrumpe, porque sería traicionar algo escon¬
dido. Rosa Esther no comprende en todo su alcance el peligro de
un policía en la mesa de juego. No se preocupa. Baraja ella. Los
dedos se je lian puesto muy ágiles.
El policía comenta: “¡Una luz...!”, mientras, de pie no más, ocupad
hueco que le han abierto en la rueda. Todos asienten con un murmu¬
llo, no arriesgan otro comentario. Ignoran a qué ha venido él vigilante.
Él incita: “¿Y...? ¿No hay plata?”. Algunos dicen que no con la
cabeza. Uno lo niega abiertamente, con tranquilidad, como cosa
demasiado sabida: “No, agente. Qué va...”. El padre se cree obligado
a una información más clara: “Gusto no más agente. A los amigos
les gusta ser testigos del caso”. La llama el caso, porque no puede
negarlo y hasta huele que el policía ha venido justamente a constatar
la fama. Por eso esgrime la osadía como un reto: “Caso de suerte,
no más. Tanta que, por plata, no se le anima nadie”.
El vigilante lo mira. Ha recibido la insinuación y le parece que
hay una sobra de coraje. Tiene que achicarlo. Y para eso ya no es
cuestión de uniforme. Saca un billete de cinco pesos. Lo pone a una
carta. La muchacha corta y da. Recoge el billete de cinco pesos. El
policía le estudia el semblante. Le recuerda ese tipo de jugadores
que no se entusiasman con la ganancia. Rosa Esther rti siquiera le
devuelve la mirada.
El policía lleva la mano al pantalón. Busca un solo billete. No
quiere arriesgar demasiado. Dice: “Aquí hay otro”, y observa con
disgusto que ha sacado uno de diez.
Hace tres tiros más.. No consigue , retener ningún papel.
Entonces deja las manos quietas, sin confesar si no tiene más o
noi quiere seguir jugando, y opina:
-Caso de suerte, no más.
Se produce un momento de incertidumbre. Lo salva alguien con
un envite de escoba. Y para no pecar por exageración de pureza,
apuesta una vuelta de caña.
Da vuelta los ojos hacia el agente, mientras baraja, y le explica:
-Cañita dulce, de duraznito. Por la chica, usted sabe, agente.
No ha sido una buena noche. El padre de Rosa Esther sabe que ha
dejado un encono. Todo el tiempo estuvo deseando que cada mano
se le diera en contra, a la hija. Si hubiera conseguido prevenirla...
Pero la chica veía el billete y adelantaba porotos, estaba claro que
con el respaldo del padre, y éste no podía decir que no.
Deja en blanco cuatro días.
Visita al procurador. El procurador le confiesa que un empleado,
un tal Gutiérrez, no lo ha dejado hablar con el dueño de la tienda.
Habrá que hacer un amago de demanda. Hace falta plata.
El padre de Rosa Esther se sulfura: “¿Otra vez el metido ese? Yo le
voy a enseñar”. Pregunta: “Cuánto”. Cuánto dinero hace falta.
El procurador no sospechaba un acuerdo táñ candoroso y rió
tiene pensada la cantidad que puede obtener. Vacila:
-Y... a ver, unos cien, ciento veinte pesos.
-Le voy a traer cincuenta.
-A ver... puede andar, si es pronto. ¿Mañana...?
-Mañana.
Hay que ganar cincuenta pesos.
No cree haber entrado, otra vez, con el pie debido. Al primero
que descubre, el padre de Rosa Esther, es a ese que no conoce, que
había aparecido la noche que apostó el vigilante. Le cayó mal, aquella
vez. Tiene aire de compadre, pero compadre joven, que ahí está lo
malo. Y no es de la zona, ni de todo lo que él conoce en la orilla del
zanjón. Y no hizo apuestas, ni espiaba el juego. Sobraba, no más,
sin ofender. Pudo pasar, si era de pasada. Pero ha vuelto.
Antes de sentarse, el padre de Rosa Esther se acerca al mostrador
y hace una seña al bolichero.
-¿Quién es?
-¿No se acuerda? El hijo de doña Cristina Leyes, que era lavan¬
dera.
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-Sí, es cierto. Como se ha estirado, no lo reconocía. Pero, ¿cuánto
hace de eso?
Además la condición humilde de la madre no es una garantía de
lo que pueda ser el hijo. Por eso el padre de Rosa Esther, disimu¬
lando que habla, por si el aludido le mira la boca en ese momento
y reconoce la palabra, pregunta al bolichero:
-¿Batidor...?
De atrás del mostrador sale una mirada inquieta, la de un hombre
que hasta esc momento no había pensado que ahí está alguien que
representa un peligro. Lo observa bien, antes de contestar, y da un
argumento, para tranquilizarse:
-No creo. Mírele las manos. Ha trabajado. No mucho, pero...
A su vez el padre de Rosa Esther lo analiza. Resume sus conclusiones:
-Mucha ropa para tan poco trabajo.
-Y... a lo mejor... -y el bolichero hace el ademán de vistear las cartas.
Esto convence, aunque no del todo, al padre de Rosa Esther, por*
que es un argumento razonable y combina bien con la curiosidad que
provoca su hija. Está preparado, pues, para recibir sin sobresalto las
palabras que; con aire de sugestión y complicidad, le hace llegar en la
primera ocasión, con muchas pausas y hablándole muy cerca de la cara:
-Una joya, la chica. Lástima que no sepa el poker.
—¿Lástima...? —dice lentamente el padre, pero en voz alta, para
que alguno más atienda, por si hay provocación-. ¿Y por qué, si se
puede saber?
El otro lo mira sonriente, aunque sin pelea. Le descubre la des¬
confianza y lo quiere ganar:
-Porque es una pena que no salga del barrio. Yo sé de un café...
El padre se engalla ligeramente, como si atajara una insinuación
sucia. El otro lo comprende todo muy rápidamente y lo serena de
nuevo, con la sonrisa y con. el gesto:
-No se incomode, pues. Escúcheme un poquito no más. Yo sé
de un café, le decía, donde el poker llama mucho de esto -y se frota,
expresivamente, el pulgar con el índice.
La seña se ha quedado en el aire, encandilando al padre.
Convenido. Leyes le enseñará el poker. Él conseguirá que entre
sin revuelo en el café. El padre podrá cuidarla en todo momento.
No han hablado de la distribución de beneficios. Evitan hablar,
todavía, de ese. juego como de un negocio. Un pudor que aún se
puede sostener un tiempo. Hasta que sea necesario concretar.
Leyes se queda en camisa y Cuelga el saco con determinadas
precauciones. Luce bien, pero es siempre el mismo, y lo cuida.
Enseguida comienza la lección. Lo hace en serio, sin permitirse
distracciones ni bromas.
Doña Teresa, canta en el patio, mientras jabona la ropa.
Sin despegarse el cigarrillo del labio ni sacar la mirada de sus
cartas. Leyes indica:
-Por favor, don, dígale que...
El padre de Rosa Esther lo mira sin saber al principio qué quiere;
otra mirada y un movimiento de cabeza le ayudan. Sale al patio y
enseguida el canto se corta.
El hombre vuelve a la silla, junto a la mesa, y no atiende el juego por
un rato. No está muy seguro de haber acertado. No le gusta obedecen
Menos a alguien más joven que él. Menos, en su propia casa.
Más le fastidia la invasión de doña Teresa. Pero al marido no
puede protestarle. Se le atreve al mozo porque fue vecina de la madre:
-¿Y usted no trabaja en nada?
-¿Por qué lo pregunta, señora? -responde muy tranquilo y muy
pausado, sin molestarse.
-Como viene todas las tardes.
-Observadora, ¿no? -sonríe-. Da la casualidad que estoy de
licencia.
-¿Y dura siempre esa licencia? -pregunta Rosa Esther riéndose
con simpatía.
Él la mira y enseguida le ayuda a reírse. Se han entendido.
Hasta ese momento, Rosa Esther nunca había dicho, para él, una
frase ajena a los temas del juego. Nunca habla en lá mesa. Nunca
habla con los hombres. Lleva semanas de alternar con ellos y nada
ha conseguido perturbarla. Ni las malas palabras.
-¿No le parece que ya sabe bastante la muchacha? -reclama el pa¬
dre cuando el aprendizaje ha cubierto todos los días de una semana.
-Todavía no, don... El poker, usted sabe, es una historia que
tiene muchas historias.
El padre está por contestarle: “Más historias tenés vos”, pero se
contiene, porque reconoce que anda demasiado quisquilloso, por
culpa de un dolor reumático que le permite decir: “Ya ve amigo, el
trabajo al final lo mata, a uno”.
Leyes manosea, dueño de la situación:
-Para el poker hay que hilar fino, don.. No se apure por ser rico.
Ya llegará. Tenga paciencia.
Pero antes de llegar, el padre se enferma. “Un mal de cama”,
dictamina la esposa, y él acata, porque no puede resistir en pie.
Como es un mal de cama, sólo ál lecho se confía y no a médico ni
remedio alguno. Se deja estar.
Leyes se asoma a la pieza.
-Buenas... ¿Cómo anda hoy ese ánimo...?
-Así, así, no más. Bien, mejor dicho. Pero si me muevo, grito.
-¿Quiere que le llame la Asistencia?
-¡Hospitales, a mí, no! A mí no me encierran así como así.
-No se enoje. La Asistencia he dicho, no hospitales.
Y a los tres días:
-¿Y don...? ¿Se decidió?
-Venga, Leyes. Acérquesc.
Y cuando Leyes está parado junto a la cabecera, barajando el
mazo para la lección puntual, el enfermo le dice, con ese tipo de
pregunta que es un pedido.
-¿Usted no tendría.,.?
Con Leyes no es necesario hablar todas las palabras. Leyes no
precisa saber, siquiera, cuánto:
-No, don... Conmigo no cuente para eso. Voluntad no falta,
pero...
El padre sabe que no sacará nada de provecho con insistir. Echa
la cabeza sobre la almohada y con la mirada en el techo se queda
masticando la caída de una esperanza.
Leyes no se va. Sonríe.
-Hay una solución -Leyes habla con muchas pausas, hasta para
decir tres palabras: —“Hay una solución”.
Lo repite con un campaneo insinuante.
El padre mira a Leyes. Ve una sonrisa. Le desconfía, sin embargo,
se aviene a preguntar:
-¿Cuál...?
-X... usted sabe -Leyes arrastra las sílabas.
-¿Qué sé yo? -el padre está por enojarse, pero no lo hará mientras
no sepa bien de qué se trata.
-Usted lo sabe. La chica está lista para el café.
-¿Y ahora me lo dice?
-Ahora está lista y ahora le hace falta a usted -Leyes ha hablado
con mayor rapidez que de costumbre. Es una de esas conclusiones
suyas que no se pueden discutir.
El padre se toma un tiempito para dar su asentimiento. Como
demora, el otro lo impulsa:
-Ahora le hace falta a usted, ¿no...? -ha vuelto a demorar las
sílabas.
El padre accede con una queja:
—Justo ahora, que estoy en cama, que no puedo ir yo.
-¿No me tiene confianza, don...?
El padre lo mira y se silencia.
Es sábado. Rosa Esther se ha puesto lo mejor de su ropa. La ma¬
dre la ha ayudado a vestirse. Eso no sucedía desde que era chiquita.
Se ha fijado en los detalles: “Mirare esas mechas”. Y ella misma ha
metido el peine en la cabeza de la hija.
Al desembocar del callejón, Leyes la toma del brazo. A Rosa le
gusta. Le agradaría estrenar, esta noche, zapatos altos.
Toman un tranvía.
-¿Dónde es?
-Calíate. No preguntés. Te va a gustar.
La lleva aun baile. Hay mascarones pintados a un lado y otro de la
boca de entrada, que revienta de luces. Entran mujeres con vestidos
de telas brillantes, morochas en el fondo sencillas, como ella. Rosa
Esther descubre esa semejanza por debajo de la diferencia de los trajes.
- ¿Te gusta?
-Sí.
-¿Sabés bailar?
-Un poco.
-Vení. Yo te enseño lo demás.
Leyes vuelve solo a la casa de la muchacha. Pero dos meses des¬
pués de haber salido con ella.
La madre está sola. Lo recibe hosca, a la defensiva* como si te¬
miera que ese hombre pueda hacerle más daño. No puede mirarlo
dé frente, ni siquiera al hacer la pregunta:
-Ella, ¿dónde está?
Él la observa despreocupado, sin concederle mayor importancia.
Contesta con otra pregunta:
-¿Su marido, doña Teresa? A él lo busco -y condesciende a
explicar algo-: Tenemos que conversar,
-Ya va a venir. Ha salido -a su vez, explica-: Ya camina.
Se arrepiente de hablarle así a ese hombre. Entonces se anima a
mostrar la rabia. Le sale:
-Ya está avisada la policía. Le va a costar caro: es menor. Suerte
ha tenido hasta ahora. Quién sabe dónde la habrá escondido. Pero
se le acabó, ¡se-le-a-ca-bó! ¡Sofito tenía que caer!
Leyes no se afecta. Cuando ella termina el párrafo, se vuelve y
camina hacia la puerta.
Ella quiere atajarlo, con un grito:
-¡No se vaya! ¡Espérelo!
Sin detener su paso lento ni acompañar las palabras coa úna
mirada, él le Concede:
-No se asuste. No me voy.
Desde la boca del callejón, el padre lo descubre ante la puerta
de su casa.
Va diciéndose: Lástima de Colt que me dejé quitar”. Pero de
eso hace muchos años.
Desde que se ha levantado lleva en la cintura un cuchillitó corto,
de cocina, de hoja triangular y muy filoso y puntiagudo, que el saco
no deja ver.
No sabe si Leyes está armado.
Cuando lo tiene más cerca y lo ve tan sereno y sólido, considera que
será prudente parlamentar. “Pero si hace falta...”-, se dice, y acom¬
paña la reserva con un juramento, para comprometerse a no aflojar.
-Buenas, don...
El padre no recoge el saludo más que para advertirle:
—Usted sabrá si son buenas.
-Creo que sí, digo yo.
El padre se ha detenido, a dos metros, y espera.
—Vengo a decirle que nos vamos a casar.
Más de lo que el padre esperaba. Mucho más. No puede decirlo.
No quiere confesarlo. Se calla y sigue mirando¡ como diciendo: “Más.
Más cosas, para que yo entienda mejor. Esto no está muy claró”.
Leyes comprende la ansiedad y dice todo con franqueza:
-Me la llevé a prueba. Estoy conforme. La Esther va a tener uñ
chico -sonríe—. Cuando sea el tiempo, se entiende.
En la mesa de la cocina, el padre recobra la palabra:
-¿Dónde está?
-En una pensión.
La madre quiere saber:
-¿Cómo está?
Leyes vuelve la cabeza hacia ella. Se asombra de la pregunta:
-Bien. ¿Cómo va a estar?
Y dirige la mirada al padre, considerando que sólo de él espera
preguntas sensatas. El padre recoge con gravedad la distinción:
-Bueno, ahora quiero saber yo, ¿cuándo se van a casar?
-¿Casarnos...? En cuanto arreglemos. Yo, por mí... Y ella está
de acuerdo.
-Pero es menor.
-Claro -Leyes acepta que es menor, sin decir más, por no des¬
tapar. que teme mayores exigencias de los padres para otorgar el
consentimiento.
Sin embargo, el padre no le plantea directamente la cuestión.
-¿Dónde van a vivir, si se puede saber?
-Aquí no.
-¿Cómo, aquí no? -el padre se levanta.
Leyes recibe el disgusto sin alterarse, Se flama a una cautelosa
espera. Cuando el padre ha cesado de barbotar el enojo, hace escu¬
char su palabra pacífica que no se le importa mucho de la opinión
del prójimo.
-Yo le dije recién: “Me la llevé a prueba y estoy conforme".
Entiéndame. Si se enoja y no da la venia, me voy y no nos ven
más. No se la voy a devolver. No se haga ilusiones. Si me la llevé a
prueba era para ver cómo andaba en el poker con su suerte famo¬
sa. Si estoy conforme es porque anda bien. Además, me gusta. Es
flaquita, pero aceptable. Si la traigo acá, el negocio no anda, para
mí, se entiende.
Hace una pausa y pregunta:
-¿Estamos?
El padre comprende. No sacará nada de ese hombre. Nada.
Sin embargo las ilusiones, cuando se apagan, a veces dejan rescoldos.
Antes de comprometerse con una respuesta, deja caer algo que
parece preocupación paternal:
-¿Tendrán un chico? ¿Ya lo saben?
-Sí claro. Seguro.
-¿Ve...? -se lamenta el padre, como dirigiendo la queja a sí
mismo-. Me queda una sola hija. Se va. A los dos meses, ya está
casada y por tener un hijo. Al año ya tendrá su propia familia,
bien completa, y los viejos... solos, machucados y tristes -hace que
su mirada resplandezca como ante un hallazgo súbito-. ¿Y si nos
dieran el chico...?
-¿Darle el chico? ¿Y por qué? -con la sorpresa y la pregunta va
el rechazo; pero Leyes se consulta y halla que puede decir-: Yo, por
mí... ¿Pero la madre...? No va a querer, no.
El padre ha dado el consentimiento, a cambio de nada. El do¬
mingo vendrá a almorzar Rosa Esther con Leyes.
La madre espera el domingo.
Le pregunta al marido:
-¿Para qué querías el chico? Hay que criarlo, ¿sabés, ño?
El marido se fastidia por la pregunta:
-Es hijo de la Rosa, ¿no?
-Sí, es hijo, ¿y qué?
-¿Y si sacara la suerte de ella? Unos años de pobreza, pero después...
¿te das cuenta? A ése no se lo iba a llevar ningún compadrito.
La mujer se convence: hombre con mañas, el suyo. Medita un
rato el plan del marido.
-¿Qué estás pensando?
-Que Leyes tenía razón: que ella no iba a querer.
-¿Quién no iba a querer qué?
-Mi hija. No iba. a querer dártelo a vos.
Usa la voz de no ofender. Pero dice: “Mi hija”, y dice: “Dártelo
>»
a vos .
Llama, en la abierta puerta de calle, un par de manos.
La mujer obedece. El marido queda exigiendo jugo al mate.
La mujer regresa.
-Es el procurador, otra vez. Dice que si no le das algo el juicio
no puede seguir.
Ilustración: Eugenio Viti
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THE INTERMEDIATE BEINGS Ricardo Gabriel Curci PROLOGUE by Walter Iannelli When my first daughter wa...
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Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada ...





