domingo, 26 de abril de 2026

El cuento del niño malo (Mark Twain - Samuel Clemens)






Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno es observador advertirá que en los libros de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño que este se llamara Jim, pero qué le vamos a hacer si así era.


Otra cosa peculiar era que su madre no estuviese enferma, que no tuviese una madre piadosa y tísica que habría preferido yacer en su tumba y descansar por fin, de no ser por el gran amor que le profesaba a su hijo, y por el temor de que, una vez se hubiese marchado, el mundo sería duro y frío con él.


La mayor parte de los niños malos de los libros de religión se llaman James, y tienen la mamá enferma, y les enseñan a rezar antes de acostarse, y los arrullan con su voz dulce y lastimera para que se duerman; luego les dan el beso de las buenas noches y se arrodillan al pie de la cabecera a sollozar. Pero en el caso de este muchacho las cosas eran diferentes: se llamaba Jim y su mamá no estaba enferma ni tenía tuberculosis ni nada por el estilo.


Al contrario, la mujer era fuerte y muy poco religiosa; es más, no se preocupaba por Jim. Decía que si se partía la nuca no se perdería gran cosa. Solo conseguía acostarlo a punta de bofetadas y jamás le daba el beso de las buenas noches; antes bien, al salir de su alcoba le halaba las orejas.


Este niño malo se robó una vez las llaves de la despensa, se metió a hurtadillas en ella, se comió la mermelada y llenó el frasco de brea para que su madre no se diera cuenta de lo que había hecho; pero acto seguido… no se sintió mal ni oyó una vocecilla susurrarle al oído: “¿Te parece bien hacerle eso a tu madre? ¿No es acaso pecado? ¿Adónde van los niños malos que se engullen la mermelada de su santa madre?”, ni tampoco, ahí solito, se hincó de rodillas y prometió no volver a hacer fechorías, ni se levantó, con el corazón liviano, pletórico de dicha, ni fue a contarle a su madre cuanto había hecho y a pedirle perdón, ni recibió su bendición acompañada de lágrimas de orgullo y de gratitud en los ojos. No; este tipo de cosas les sucede a los niños malos de los libros; pero a Jim le pasó algo muy diferente: se devoró la mermelada, y dijo, con su modo de expresarse, tan pérfido y vulgar, que estaba “deliciosa”; metió la brea, y dijo que esta también estaría deliciosa, y muerto de la risa pensó que cuando la vieja se levantara y descubriera su artimaña, iba a llorar de la rabia. Y cuando, en efecto, la descubrió, aunque se hizo el que nada sabía, ella le pegó tremendos correazos, y fue él quien lloró.


Una vez se encaramó a un árbol de manzana del granjero Acorn para robar manzanas, y la rama no se quebró, ni se cayó él, ni se quebró el brazo, ni el enorme perro del granjero le destrozó la ropa, ni languideció en su lecho de enfermo durante varias semanas, ni se arrepintió, ni se volvió bueno. Oh, no; robó todas las manzanas que quiso y descendió sano y salvo; se quedó esperando al cachorro, y cuando este lo atacó, le pegó un ladrillazo. Qué raro… nada así acontece en esos libros sentimentales, de lomos jaspeados e ilustraciones de hombres en levitas, sombrero de copa y pantalones muy cortos, y de mujeres con vestidos que tienen la cintura debajo de los brazos y que no se ponen aros en el miriñaque. Nada parecido a lo que sucede en los libros de las clases de religión.


Una vez le robó el cortaplumas al profesor, y temiendo ser descubierto y castigado, se lo metió en la gorra a George Wilson… el pobre hijo de la viuda Wilson, el niño sanote, el niñito bueno del pueblo, el que siempre obedecía a su madre, el que jamás decía una mentira, al que le encantaba estudiar y le fascinaban las clases de religión de los domingos. Y cuando se le cayó la navaja de la gorra, y el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como sintiéndose culpable, y el maestro ofendido lo acusó del robo, y ya iba a dejar caer la vara de castigo sobre sus hombros temblorosos, no apareció de pronto un juez de paz de peluca blanca, para pasmo de todos, que dijera indignado:


-No castigue usted a este noble muchacho… ¡Aquel es el solapado culpable!: pasaba yo junto a la puerta del colegio en el recreo, y aunque nadie me vio, yo sí fui testigo del robo.


Y, así, a Jim no lo reprendieron, ni el venerable juez les leyó un sermón a los compungidos colegiales, ni se llevó a George de la mano y dijo que tal muchacho merecía un premio, ni le pidió después que se fuera a vivir con él para que le barriera el despacho, le encendiera el fuego, hiciera sus recados, picara leña, estudiara leyes, le ayudara a su esposa con las labores hogareñas, empleara el resto del tiempo jugando, se ganara cuarenta centavos mensuales y fuera feliz. No; en los libros habría sucedido así, pero eso no le pasó a Jim. Ningún entrometido vejete de juez pasó ni armó un lío, de manera que George, el niño modelo, recibió su buena zurra y Jim se regocijó porque, como bien lo saben ustedes, detestaba a los muchachos sanos, y decía que este era un imbécil. Tal era el grosero lenguaje de este muchacho malo y negligente.


Pero lo más extraño que le sucediera jamás a Jim fue que un domingo salió en un bote y no se ahogó; y otra vez, atrapado en una tormenta cuando pescaba, también en domingo, no le cayó un rayo. Vaya, vaya; podría uno ponerse a buscar en todos los libros de moral, desde este momento hasta las próximas Navidades, y jamás hallaría algo así. Oh, no; descubriría que indefectiblemente cuanto muchacho malo sale a pasear en bote un domingo se ahoga: y a cuantos los atrapa una tempestad cuando pescan los domingos infaliblemente les cae un rayo. Los botes que llevan muchachos malos siempre se vuelcan en domingo, y siempre hay tormentas cuando los muchachos malos salen a pescar en sábado. No logro comprender cómo diablos se escapó este Jim. ¿Será que estaba hechizado? Sí… esa debe ser la razón.


La vida de Jim era encantadora, así de sencillo. Nada le hacía daño. Llegó al extremo de darle un taco de tabaco al elefante del zoológico y este no le tumbó la cabeza con la trompa. En la despensa buscó esencia de hierbabuena, y no se equivoco ni se tomó el ácido muriático. Robó el arma de su padre y salió a cazar el sábado, y no se voló tres o cuatro dedos. Se enojó y le pegó un puñetazo a su hermanita en la sien, y ella no quedó enferma, ni sufriendo durante muchos y muy largos días de verano, ni murió con tiernas palabras de perdón en los labios, que redoblaran la angustia del corazón roto del niño. Oh, no; la niña recuperó su salud.


Al cabo del tiempo, Jim escapó y se hizo a la mar, y al volver no se encontró solo y triste en este mundo porque todos sus seres amados reposaran ya en el cementerio, y el hogar de su juventud estuviera en decadencia, cubierto de hiedra y todo destartalado. Oh, no; volvió a casa borracho como una cuba y lo primero que le tocó hacer fue presentarse a la comisaría.


Con el paso del tiempo se hizo mayor y se casó, tuvo una familia numerosa; una noche los mató a todos con un hacha, y se volvió rico a punta de estafas y fraudes. Hoy en día es el canalla más pérfido de su pueblo natal, es universalmente respetado y es miembro del Concejo Municipal. Fácil es ver que en los libros de religión jamás hubo un James malo con tan buena estrella como la de este pecador de Jim con su vida encantadora.






Ilustración: Sebastian Luczywo

sábado, 25 de abril de 2026

Voz en poesía (Pier Paolo Pasolini)







Si no se grita viva la libertad humildemente,

no se grita viva la libertad.

Si no se grita viva la libertad riendo,

no se grita viva la libertad.

Si no se grita viva la libertad con amor,

no se grita viva la libertad.

Ustedes, hijos de hijos, gritan

con rabia, gritan con odio, con desprecio

viva la libertad.

Hay una libertad verdadera y una libertad engañosa,

pero es mejor ser héroes de la verdadera libertad.

Sepan esto, hijos de hijos,

ustedes que gritan viva la libertad

con desprecio, con rabia, con odio.


(Manifestaciones anticomunistas juveniles en Roma)




Ilustración: Davide Bombonato

viernes, 24 de abril de 2026

Mark Twain: El desaforado humorista del oeste (Amando Lázaro Ros)








El matrimonio Mark Twain embarcó con su hija Clara rumbo a Londres, dando por terminada su jira de conferencias. No pensaba regresar a Norteamérica hasta haber liquidado todas sus deudas. Quedaban ya pagadas en gran parte con los beneficios obtenidos en las conferencias y con el producto de sus artículos;pero Mark Twain había hecho de ello cuestión de honor. Miraba esperanzado el porvenir. Tenía la certeza de que reharía su fortuna, a fuerza de trabajo y de economía. Dispusieron todo para que sus hijas Susan y Jean se trasladasen a Londres, donde ellos calculaban estar para el mes de agosto de 1896. Irían acompañados de su fiel doncella irlandesa, Catalina Leary.  No bien desembarcados en Inglaterra, alquilaron los Mark Twain una linda casita en Guildford, en los alrededores de Londres. con el propósito de pasar en ella el verano, reanudando su vida hogareña. Pero cuando esperaban la llegada de las hijas, recibieron cables de Estados Unidos anunciándoles que Susana se hallaba enferma de algún cuidado...

     La hija mayor delo matrimonio Clemens tenía entonces veinticuatro años. Era una joven de gran personalidad; parecía haber heredado el temperamento artístico y el talento literario de su padre. A la edad de catorce años escribió una encantadora biografía de éste y, con posterioridad, hizo algunos ensayos literarios. Mark Twain, inflexible en sus normas, no quiso poner en juego su influencia, y animó a su hija a que los enviase a los editores de revistas, sometiéndose a su fallo como cualquier otra principiante. Susan completó su cultura en Europa. Mark Twain estaba muy orgulloso de su hija. Durante una pequeña fiesta a la que asistió en una escuela de jóvenes, dijo en broma a las muchachas que se veía obligado a embarcar para Europa, porque tenía allí estudiando a una hija tan inteligente y que realizaba tales progresos en sus estudios, que si la dejaba por más tiempo, corría el peligro de que supiese muy pronto más que él.

     Susan no se conformaba con el orgullo de oírse llamar la hija de Mark Twain. Creía tener alas propias y aspiraba a volar con ellas. Pero había heredado también el espíritu inquieto de su padre; sentíase atraída tan pronto por la literatura como por el canto y el teatro. La inestabilidad de su temperamento se fue acentuando durante le viaje de sus padres por el Asia y Oceanía, y llegó a adquirir caracteres morbosos. Mark Twain procuraba animarla con cartas cariñosas, y le aconsejó que practicase el método de curación mental, puesto en boga por la secta llamada Ciencia Cristiana. Poco antes de la fecha en que Susan y Jean debían embarcar para Inglaterra, cayó Susan gravemente enferma, mostrando síntomas de perturbación mental. La joven, firme en sus doctrinas de la Ciencia Cristiana, se negó a recurrir a médicos. Sólo la terquedad cariñosa de Catalina Leary consiguió que se dejase examinar por el médico de la familia. Este diagnosticó que se trataba de un caso de meningitis cerebroespinal.

     El instinto de madre hizo comprender a Olivia, por entre las vaguedades d los cablegramas, el peligro en que se encontraba su hija. Embarcó en Southampton, con Clara, el día 15 de agosto con destino a Nueva York. Mark Twain quedó en Londres, retenido por compromisos insoslayables. Mientras tanto, Susana, ya en pleno delirio, se paseaba por la casa que la familia Clemens tenía en Farmington Avenue, imaginándose tener de compañera a la célebre cantante española la Malibrán. La infección fue avanzando, y Susana perdió la vista. La noche del 18 de agosto, mientras Olivia y Clara navegaban por el Atlántico, Susana murió en brazos de la fiel Catalina.

     La muerte de Susan fue un golpe terrible para Mark Twain, hombre todo ternura con su familia, y en especial con su hija Susan. Remontando en los acontecimientos con una lógica extraña, culpábase de la desgracia a sí mismo y se censuraba acerbamente por el supuesto abandono en que había tenido a su hija. Solo en Londres, sin poder desahogar su pena en el corazón de Olivia, desbordábale aquella en cartas en que mezclaba su dolor con los consuelos que su cariño le dictaba pare el dolor de la madre, que no era menor que el suyo. "Tú la verás. ¡Ojalá pudiese verla yo, y ojalá pudiese acariciar su cara insensible, y besar sus labios, que no responderían al beso mío! Pero yo no la devolvería a este mundo aunque pudiese...¡No, no haría eso ni por todas las riquezas de un millar de mundos! Ella ha encontrado el don más generoso que este mundo puede ofrecer; yo no la despojaría de él."

    Eso escribía Mark Twain a su esposa, junto con esta otra exclamación de un tremendo patetismo: "¡Me parece estar viéndola en el ataúd!...¡Ojalá se alineasen cinco ataúdes, el uno al lado del otro! Es un deseo que me sale de lo más hondo del corazón..." "Aunque siento mi corazón destrozado, insisto en decir que ella ha tenido suerte; y que no la devolvería a este mundo, aunque pudiese hacerlo...Como, porque así lo deseas tú; sigo viviendo, porque así lo deseas tú; y juego al billar, juego al billar, y sigo jugando al billar, hasta que ya casi no me tengo en pie...Y lo hago para no volverme loco de dolor y de pensamientos rencorosos." Y más adelante: "¡Pobre Susan! Han pasado ya once días...Tras la fiebre azarosa de la vida, ella duerme tranquila. Y ya no volverá a despertarse...¡Qué año de desastres! Hace muy poco tiempo teníamos tres hijas, y hemos perdido ya dos. Susan salió de nuestra vida hacia otra cosa mejor; Clara se dispone salir hacia otra vida distinta y dudosa...,que yo habría impedido si hubiese podido hacerlo." Mark Twain se refería probablemente a los propósitos de estudiar para dedicarse al canto que abrigaba Clara.

     La muerte de Susan marcó huella profunda en la producción literaria de Mark Twain. Ciertas tendencias pesimistas que afloraban de cuando en cuando en su obra anterior, por entre sus risas ruidosas y su retozonería constante, toman ahora un impulso súbito y salen al primer plano. El humorismo de Mark Twain pierde gran parte de su timbre cristalino y adquiere un fondo de tristeza, desilusión y rebeldía contra lo absurdo de la vida humana. Lentamente, sin embargo, las aguas vuelven a su cauce, y aquel desborde de pesimismo acaba serenándose y clarificándose.

    



Ilustración. José Vela Zanetti

jueves, 23 de abril de 2026

Ferias






Lorena Paola Silva (centro)  Ricardo Curci (der)          Ricardo Curci (izq) Alicia Cristofalo (der)
Stand Editorial IDL (Imprenta de libros.com)              Stand SADE (Sociedad Argentina de Escritores)

                            






miércoles, 22 de abril de 2026

Elegía para una yunta brava (Pedro Orgambide)







Ustedes dirán qué hace Santiago Cruz en el cementerio de los rusos; esas son cosas de él y uno no es nadie para meterse en su vida. Habrá ido a tomar sol entre las tumbas, digo yo. Pero no, si sabe quedarse hasta que el sol baja por el muro de La Tablada, entre esas piedras llenas de ganchitos que, según dicen, son letras, nombres de difuntos. Solo, apoyado en un árbol, ve pasar a la gente que llora a sus muertos detrás del cura de ellos, un tipo que va cantando a lo loco, como perro en pena, con un libro en la mano. Respetuoso, Santiago Cruz se toca el ala del sombrero, baja los ojos hasta sus zapatos, mira una hormiga con un palito a cuestas. Va cayendo la noche y Santiago Cruz sigue allí, hasta que alguien le dice que es tarde, que van a cerrar el camposanto. Se va y toma una ginebra en el primer boliche y otra un poco más lejos y otra al llegar a su casa. Da lástima verlo, a él, que fue un taura, achicarse como pasa de uva en el crepúsculo, acariciando un perro.

Porque Santiago Cruz, allá por el veinte, cuando ustedes no habían nacido, supo ser una luz en la milonga, un beneficio para el hembraje. Era el mimado del quilombo. No había cumplido veinte años y ya tenía más historia que San Martín. Bien trajeado, con un reloj y cadena de oro, recuerdo de una de sus mujeres (que fueron muchas) llegaba a eso de las seis, a matear con las pupilas, a tomar una copita con la madama, que lo quería como a un hijo. Servicial, él retribuía las atenciones, y cuando una de ellas cumplía años, arrimaba al quilombo un paquete de merengues de El Molino. Así como lo oyen. Sabía ser dulce y cariñoso, cosa que las hembras agradecen, y nunca hizo alarde de guapeza aunque debía, a su edad, varias muertes.

Entonces, se llegaba al quilombo en carro. Así venían los matarifes y cuchilleros, aquí a Mataderos, que es el barrio de Santiago Cruz, aunque él supo alternar en San Fernando y también en la Boca y la isla Maciel, de putañero y curioso que era. Llegaban los carros, digo, con su gente mamada y ruidosa, y estas calles eran un carnaval, señores, con farolitos y guitarras. Todavía, en los patios, era costumbre bailar con las muchachas y ahí se lucía Santiago Cruz, un tigre en la milonga, y un junco, una vara florida en aquel vals criollo que tocaba el violinista ciego. Bailaba como un dios, perdonando a los presentes, como ya no se baila. Una de sus mañas era dejar a la mujer pidiendo, soltarla un poco, aflojarle la rienda, para después darle en las ancas, la mano abierta como una cachetada, el cuerpo distante, medio echado hacia atrás, adonde ella iba a parar al fin, arrinconándose en el pecho. Entonces Santiago Cruz, siempre bailando, se apartaba del barullo, cruzaba con la mujer por el patio de ladrillo. Ella alzaba la cortina de junco, entraban en la pieza, y allí se quedaba, caballeros, hasta que cantara el gallo.

Por menos de una noche jamás tuvo una mujer y ese fue su arte, andar sin apuro en el hembraje. No cualquiera se quedaba a nochear en el quilombo, a oír el canto de la calandria abrazado a una mujer. Para él fue costumbre. Después, se iba a refrescar con el agua de la bomba, a oír el silencio de la casa, a esa hora en paz como un convento. En la higuera ya estaban alborotando los pájaros, y en las calles, en estas calles, señores, que antes eran de tierra, ya se oían los carros que iban para el matadero.

Un olor de sebo y sangre, de bosta y de matanza, se le metía en las narices que un rato antes olfateaban el agua florida de la hembra. Por el oeste se levantaba una polvareda, un mugido de pampa. Pero ya Santiago Cruz rumbeaba para el centro, y el oeste eran las casas bajas a un costado de las vías y él, sentado en el banco de madera, entre los infelices que iban al trabajo, en el tren de los ganapanes, cabeceaba un sueñito porque le molestaba la fealdad. Si el guarda lo golpeaba en el hombro como si fuera un borracho, Santiago Cruz le daba un chicotazo de colmillo o le bajaba la gorra hasta los ojos o le decía ¿qué hacés gallego?, aunque el otro recién dejara el chiripá. Pero eso rara vez ocurría porque de sólo verlo, aunque estuviera dormido, se le adivinaba el coraje.

El resplandor de la ciudad le pegaba de frente. Quizá por eso requintaba el ala del chambergo y se iba contoneando sobre sus tacos militares, arrimado a la pared, por las calles laterales del ruido. Era hombre de noche y el día le parecía un desperdicio, una insolencia. Hasta que se abrían los quilombos era hombre perdido. Toleraba, apenas, el boliche donde otros se entreveraban en el truco, en inútiles pendencias, en aspavientos y empujones. Poco amigo de las confidencias, prefería la ginebra en el estaño, la solitaria contemplación de una moldura, de un angelito de yeso. A veces, con desgano, caía por el comité.

No iba para servir, aunque el doctor le era tan aficionado. No; si caía por allí, era sólo por despuntar un monte, para tirar la taba o palpitar una riña de gallos. Supo tener un bataraz, mañero y bravo como él solo. Verlo pelear era una fiesta. Astuto como un cristiano, esquivaba el ataque encogiendo el cogote, dando saltitos, como de miedo, como de puta en la milonga. El otro se envalentonaba y se venía caliente y ciego picoteando a bulto. Para qué. Ahí nomás el cogote del bataraz se estiraba como un brazo, se le abrían las alas (de águila parecía, che) y entraba a picotear los ojos del infeliz, que sangraba en el ruedo. Y ahí el bataraz se iba de un salto (volaba, señores, volaba para matar) y el otro caía hecho un montón de plumas y miseria. Santiago Cruz, displicente, juntaba los pesos de la apuesta y se iba con el bataraz hacia el quilombo.

Porque allí lo tenía, en una jaula, junto al loro y los patos de la madama. Cuando curaba al gallo, las pupilas se alborotaban imaginando ese derroche de pelea y de sangre, sin comprender. Un día el gallo amaneció muerto, envenenado. Una de ellas lo mató. De celos, señores, como oyen. De celos por el bataraz que Santiago Cruz llevaba bajo el brazo.

Infeliz, le dijo. Y la sopapeó con tristeza. La otra, de rodillas, lloraba como una Magdalena. Él se fue, sin rencor. La madama no le vio más el pelo. Esperó, inútilmente. Decía, a quien quería oírla, que el quilombo se había quedado huérfano.

Es que gaviones como Santiago Cruz no hubo muchos en Buenos Aires. Las mujeres pagaron sus favores, trabajaron para él, para sus vicios. Sin embargo, no fue un cafiolo organizado. Nunca anduvo en la trata ni en los negocios raros. Canfinflero, bailarín, guapo, se prodigaba en los quilombos, en las fiestas, en el asado electoral. De gusto nomás, sin otras intenciones. Cuando se alzaba con una dama no era pensando en la ganancia; nunca sacó el cuchillo para pelear un peso como otras ratas del suburbio. No fue un rufián, señores, sino un hombre que se dejaba querer.

Les digo esto porque ahora hay gente sonsa que habla de lo que no sabe y confunde a un compadre con cualquiera. Santiago Cruz mató, es cierto, pero nunca de vicio. Fue siempre en defensa propia, siempre por envidia de otro que no pudo soportar su pinta, su altivez, su suerte. Muy instruido, verseador, tenía conversación y unas manos finas para la caricia y el naipe.

Les digo esto también para que sepan qué hembra merecía ese hombre. Porque un día, señores, hizo yunta.

Pero ahora voy a tomar un trago, a aclararme el garguero. Tengo que hablar de la Berta.

¿Qué? ¿Quién fue la Berta? Fue una reina, señores. Una yegua de piel blanca, diosa de los quilombos. Alta, grande, generosa, tenía la melena negra, los ojos verdes, los pies chicos y una risa que hacía temblar de gusto a la clientela. Todos esos desgraciados se morían por la risa de ella, por que les dijera querido alguna de esas noches, por besarle la trompa. Número fuerte de la casa, ambición del pobre que se encerraba con una triste turra, la Berta supo tener tratos con ministros que le bancaban la noche. ¿Para qué hacer nombres, señores? Pero más de un bacán putañero, más de uno que ahora es calle o estatua de plaza, fue a pedir los favores de la Berta.

Todo eso es historia, y ustedes, por cachorros, saben poco de eso. Pero en ese entonces había una punta de rusos caralisas, minos canfinfleros, que laburaban en la trata. Se tomaban el barco e iban a buscar mercadería a Polonia o a Marsella y se traían a las potrancas con el cuento del casorio. Uno de esos cosos se trajo a la Berta cuando tenía quince años.

No estoy bolaceando, compañero. Si no me cree pregúntele al de la tiendita, que las sabe todas. El puede contarle cómo la yuta de los polacos sacaba carpiendo a los judíos de las casas y los cagaba a palos y sablazos. Hasta les tiraban chicos al fuego, mientras incendiaban las iglesias de ellos. ¿Que no? Vayan, pregúntenle a él, que lo dejaron tuerto en el entrevero. ¿O se creen que lleva el ojo de vidrio por joder nomás? Bueno, como les decía, la yuta los corría, y ellos se caían del mapa. Así era fácil pescar a esas pobres desgraciadas que soñaban con venir a América.

Dicen que cuando la Berta estaba en el Hotel de Inmigrantes y vio a los bichitos de luz en el baldío, creyó que era el oro que flotaba en el aire. Pobre gringa. Apenas el cafishio la metió en el mateo, ya la estaba sobando, ya la estaba entregando a la madama. Contenta, la Berta se quitó las pilchas, tomó una sopa de remolacha, se zampó un vestido de seda y esa noche nomás ya estaba en la catrera con un negro. Así es la vida, amigo. Peor es la muerte.

Ella lo supo pronto. Nunca lloró la carta, se aficionó al trabajo, aprendió con los reos esos tangos de antes. Cantaba lindo la Berta. En el patio, rodeada por la clientela, sabía enloquecer de gusto a los compadres.

Cuando Santiago Cruz entró, allá estaba cantando uno de esos tangos reos, con una voz gangosa y arrastrada, la mano en la cintura, una gamba adelante, la otra apoyada, con todo lo demás, en la columna de la galería. Verla y desearla fue uno, desde la blusa que le apretaba esas tetas de reina, hasta la panza curvada en la pollera negra como diciendo: tócame. Fue verla y desearla cuando ella estiró el cogote, insolente, cantando, desafiando al recién llegado que le sostuvo la mirada. Allí estaba Santiago Cruz, impasible, pero con los ojos queriendo y la sonrisa, decente como siempre, pero saliéndose de la vaina por morder esa boca que cantaba aquello de la mina derecha y del purrete de puente Alsina. Fue un segundo nomás, lo que dura un relámpago. Pero bastó y sobró para entenderse.

Cantás lindo —le dijo—, cantás con sentimiento. Le miraba los ojos, tan verdes como esa hoja de la higuera con su gotita de agua, y la gota caía, pero ahora en la comisura de los labios de Berta, mientras hablaba y se reía y mostraba los dientes. A él, que era un experto, le tembló el zurdo, se quedó mirándola como un sonso, como un chico que ve pasar una nube en el potrero y la va siguiendo con los ojos.

¿A Santiago Cruz quién no lo conoce? —dijo ella. Pero él estaba aspirando ese perfume de la piel y la blusa, tan cerca, y tuvo miedo de contestar —¡Él, justamente!— y la Berta se calló también y dio un paso atrás cuando el hombre se inclinó, buscándola.

Yo no sé explicar eso, señores. No sé tampoco qué se dijeron esa noche, en la galería de la casa. No sé si la Berta se negó a entrar en la pieza o si él no se lo pidió; dicen que estuvieron sin tocarse, durante horas, mirándose, en el fondo, bajo la luna.

A la mañana, la Berta dejó la casa. Pagó la libertad para servir al hombre. Todo lo que había ganado, que era mucho, quedó en manos de la madama. Hasta esa estrellita de oro que ella llevaba sobre el pecho, donde otras llevan la cruz. En su valija de fibra fue poniendo las pilchas, no las de lujo, que quedaron en la casa, sino esas de la decencia que ahora eran su ajuar. Como una novia la miraban las pupilas. Tan blanca, con la melena hecha trenza sobre el pecho, parecía una virgen. Cruzó el patio, entre saludos y besos de hembras, entró al zaguán de mosaicos, y corrió a la puerta donde Santiago Cruz la estaba esperando.

En tranvía llegaron a la pensión. Casi se echa a llorar cuando Santiago Cruz dijo “mi mujer” al presentarla, cuando entró en la pieza de su hombre. Fue vichando todo de a poco, pasando la mano por el tualé con palangana, por la pared, por la silla donde él dejó el saco, su cuchillo, su lengue. Iba como bailando sola mientras él la besaba, mientras la desnudaba frente a la luna del ropero. Las manos del hombre la iban llevando como en el tango y ella se sentía sonsa, nada, nadie, hasta que él la volteó en la catrera. Ella lo veía (lo mismo que la primera vez en el quilombo) con los ojos queriendo y la sonrisa, y luego en esa confianza de la boca, en esa osadía de la lengua, mientras los dos se iban conociendo. Sin apuro, Santiago la fue buscando, chamuyándole en la oreja, esquivando, como un bataraz, los picotazos, los besos a lo loco. Como su gallo también, se alzó de pronto como un dios, y ella supo lo que un hombre puede cuando quiere. En el revuelo se le había desatado la trenza en esa piel blanca, como leche: una crin negra, una melena de sudor y deseo que le caía hasta las ancas. A él le pareció que se escapaba. La apretó contra los fierros de la cama, contra su pecho, contra su cosa de hombre, y entonces ella se dejó hacer, peleando todavía, gimiendo, con los ojos cerrados.

No hay nada más lindo que un animal cansado por el amor, y así estaba ella, a la mañana, dormida como un ángel. Sin querer, como jugando, él le picoteaba la nariz, los labios gruesos, las piernas tan grandes para esos pies chiquitos, de bataclana, que tenía la Berta. Sin querer, como jugando, le hurgaba los rincones, la sobaba, hasta que ella lo empujó con sus piernas, sin querer, como jugando, como si lo peleara y después le pidiera perdón con el regalo de sus pechos. Y quién iba a decir que no con esa fiesta, tan luego él, Santiago Cruz, él que la venía buscando en tanta noche de quilombo. Aunque ahora era distinto, ahora —recordaba la Berta— él había dicho “mi mujer” al presentarla.

Linda yunta. En los bailongos, donde habían juntado su fama, solían caer con un aire de dicha que contagiaba a los presentes. Bailaban enlazados, como si fueran un solo cuerpo, un mismo tango, una reunión donde el resto no contaba, sólo ellos, la yunta, entre tantos mirones. Para qué más, si los dos se bastaban. Para qué más, si verlos era una ceremonia, compañeros. Él la llevaba, sin exigir, sabiéndola, y ella lo seguía, volcada sobre el pecho.

La Berta dejó la vida, Santiago Cruz no pisaba un quilombo. Hacía algunas changas en Barracas con el carro florido de un vasco; traía, creo, tierra negra de unas quintas de Quilmes.

Por la noche, ella cantaba en “Balalaika”, un cafetín ruidoso del Bajo, una cantina de gringos, de rusos y polacos en pedo, que después de tomar vodka, la ginebra de ellos, tiraban el vaso sobre e hombro. Subida a una mesa, la Berta cantaba esquivando los manotazos de los parroquianos; los hacía desear y los dejaba pagando. Calientes por el vodka y por ella, los gringos chillaban como locos. Cuando se ponían cargosos, cuando ya se iban al humo, ella se ponía a berrear el Ochichornia, el Volga, y otras tristezas que dejaban planchados a los rusos. Había que verlos llorar como criaturas a esos brutos, goterones así les salían de los ojos. Apenas clareaba, usted los veía tirados sobre las mesas, durmiendo la mona. Los mozos despertaban a los sin patria que sacaban unos billetes arrugados. Y allá se iban: los estibadores al puerto, los changadores a Constitución y a Retiro, y un ruso funebrero… a “las pampas fúnebres”, como él decía.

Santiago Cruz estaba allí, esperándola. La Berta le apoyaba la cabeza en el hombro, y juntos volvían al bulín, sin hacer caso de tanta marinería borracha, de tanto gil en curda, de tanto minaje reo que, a la luz del día, con el revoque a la miseria, se arrastraba de los piringundines de la noche a los hoteles y pensiones del Bajo. Algún turco en camiseta, alguna paica en bolas se asomaba a un balcón de 25 de Mayo, puteando por no poder dormir. Se habían apagado los letreros, y en esa luz lechosa de la primera mañana, las hembras pintadas parecían mascaritas.

Menos Berta, vestida de negro y dignidad. La yunta volvía a casa, tomaban unos mates y cuando los otros rajaban pa el laburo, ellos se iban derecho a la catrera.

Linda vida. Después de comer, tenían la tarde para sacarse el gusto. La Berta, que había llenado la pieza de cortinitas y chirimbolos, soñaba ahora con la casita de ladrillo y cal y parras y jazmines. Además había bordado un almohadón de plumas. Allí recostaba la cabeza Santiago Cruz; a veces, dormido, soñaba una pelea, una milonga, un quilombo perdido. No es que despreciara los primores de la Berta. Al contrario. Pero la cabra al monte tira, compañeros.

Así fue cómo una noche pasó, como al descuido, por una de esas casas de placer, que le dicen, y se quedó arrimado. La Berta lo esperó. Y lloró como una perra perdida. Ella, que fue una diosa. No es de macho dar explicaciones, así que Santiago Cruz no dijo nada. Ni esa noche ni otras.

Hembras como la Berta no lloran porque sí. Una loba de esas clava los dientes para pelear lo suyo. Cuando la vio entrar, la madama abrió los ojos como el dos de oro. La Berta se abalanzó hacia la negra, la agarró de los pelos y empezó a zamarrearla; tomá, le decía mientras la cacheteaba; tomá, piojosa, tomá, tomá… y ella estaba llorando, ella, la Berta, de vergüenza por haberlos seguido, porque Santiago le jugara sucio, a ella que lo quería… te quiero… te quiero… te quiero…, oía que decía Santiago mientras la otra le desgarraba la blusa… ¿o era él que la andaba buscando, otra vez?… Sí, era Santiago Cruz que apareció de pronto y dijo basta, y separó a las mujeres que rodaban, arañándose como gatas por el suelo.

Lo mismo que al bataraz, Santiago Cruz le curó las heridas. Después le besó las marcas como quien besa un crucifijo. Tirada en la cama, llorando todavía, ella lo recibió.

Esa noche soñó con su patria; soñó un incendio, un grito, un atropello, se despertó temblando, llamó a Dios en su idioma.

Santiago Cruz la abrazó. Siempre en yunta, le dijo.

El hombre propone y Dios dispone, compañeros. Fue a la noche siguiente, en el “Balalaika”, cuando ocurrió eso que no debió pasar, cuando uno de esos mamados se puso a joder. No, no fue un gringo; fue un mal compadre, un cuchillero que la había deseado, un envidioso de la suerte de Santiago Cruz. “Cantate la Morocha, gringa”—gritaba desde la mesa. Y ella, como si no lo oyera. Ella cantaba un tango si quería; o; mejor, si Santiago Cruz se lo pedía con los ojos, como aquella vez en el quilombo. Más temprano que de costumbre, apareció en el boliche el marido de la Berta. Se hizo un silencio respetuoso. Entonces ella cantó; para él. Cantó aquello de la mina derecha y el macho de Puente Alsina, cantó para su hombre, no para el insolente que se levantó de la mesa y quiso ponerla la zarpa en su cuerpo de diosa. Fue un momento, nomás. Pero la vida también es un momento. Rápido salió el cuchillo del maula; rápido también el de Santiago Cruz. Entre los dos, como un relámpago, se interpuso la Berta. Confundido, rabioso, el otro le tiró una puñalada.

Se le cayó en los brazos, como bailando. Santiago Cruz la sostuvo, las manos inútiles para la venganza. Ella lo vio como en un sueño. Venía caminando hacia ella entre los gritos y sablazos de la infancia, venía caminando por su pueblo de Polonia con una flor en la mano; desde allí ella le pidió que la enterraran en el cementerio de los gringos; vio un barco que volvía, el mar que Santiago Cruz no conoció.

Así terminó la yunta compañeros. Durante un tiempo, el hombre fue buscando en los boliches a ese que le debía su muerte. Lo encontró en un quilombo. Sin cuidarse (ya era la mitad de sí mismo) lo peleó sin arte, sin respeto. Lo dejó tirado, despatarrado, con los ojos abiertos.

Ojalá hubiera muerto. Entonces no estaría condenado a juntar tanta basura del corazón, a contarles, como ahora, esta historia.





Ilustración: Asit Kumar Patnaik

martes, 21 de abril de 2026

Patrón (Abelardo Castillo)







La vieja Tomasina, la partera se lo dijo, tas preñada, le dijo, y ella sintió un miedo oscuro y pegajoso: llevar una criatura adentro como un bicho enrollado, un hijo, que a lo mejor un día iba a tener los mismos ojos duros, la misma piel áspera del viejo. Estás segura, Tomasina, preguntó, pero no preguntó: asintió. Porque ya lo sabía; siempre supo que el viejo iba a salirse con la suya. Pero m'hija, había dicho la mujer, llevo anunciando más partos que potros tiene tu marido. La miraba. Va a estar contento Antenor, agregó. Y Paula dijo sí, claro. Y aunque ya no se acordaba, una tarde, hacía cuatro años, también había dicho:

–Sí, claro.

Esa tarde quería decir que aceptaba ser la mujer de don Antenor Domínguez, el dueño de La Cabriada: el amo.

–Mire que no es obligación. –La abuela de Paula tenía los ojos bajos y se veía de lejos que sí, que era obligación. –Ahora que usté sabe cómo ha sido siempre don Antenor con una, lo bien que se portó de que nos falta su padre. Eso no quita que haga su voluntad.

Sin querer, las palabras fueron ambiguas; pero nadie dudaba de que, en toda La Cabriada, su voluntad quería decir siempre lo mismo. Y ahora quería decir que Paula, la hija de un puestero de la estancia vieja –muerto, achicharrado en los corrales por salvar la novillada cuando el incendio aquel del 30– podía ser la mujer del hombre más rico del partido, porque, un rato antes, él había entrado al rancho y había dicho:

–Quiero casarme con su nieta –Paula estaba afuera, dándoles de comer a las gallinas; el viejo había pasado sin mirarla. –Se me ha dado por tener un hijo, sabes. –Señaló afuera, el campo, y su ademán pasó por encima de Paula que estaba en el patio, como si el ademán la incluyera, de hecho, en las palabras que iba a pronunciar después. –Mucho para que se lo quede el gobierno, y muy mío. ¿Cuántos años tiene la muchacha?

–Diecisiete, o dieciséis –la abuela no sabía muy bien; tampoco sabía muy bien cómo hacer para disimular el asombro, la alegría, las ganas de regalar, de vender a la nieta. Se secó las manos en el delantal.

El dijo:

–Qué me miras. ¿Te parece chica? En los bailes se arquea para adelante, bien pegada a los peones. No es chica. Y en la casa grande va a estar mejor que acá. Qué me contestas.

–Y yo no sé, don Antenor. Por mí no hay... –y no alcanzó a decir que no había inconveniente porque no le salió la palabra. Y entonces todo estaba decidido. Cinco minutos después él salió del rancho, pasó junto a Paula y dijo "vaya, que la vieja quiere hablarla". Ella entró y dijo:

–Sí, claro.

Y unos meses después el cura los casó. Hubo malicia en los ojos esa noche, en el patio de la estancia vieja. Vino y asado y malicia. Paula no quería escuchar las palabras que anticipaban el miedo y el dolor.

–Un alambre parece el viejo.

Duro, retorcido como un alambre, bailando esa noche, demostrando que de viejo sólo tenía la edad, zapateando un malambo hasta que el peón dijo está bueno, patrón, y él se rió, sudado, brillándole la piel curtida. Oliendo a padrillo.

Solos los dos, en sulky la llevó a la casa. Casi tres leguas, solos, con todo el cielo arriba y sus estrellas y el silencio. De golpe, al subir una loma, como un aparecido se les vino encima, torva, la silueta del Cerro Negro. Dijo Antenor:

–Cerro Patrón.

Y fue todo lo que dijo.

Después, al pasar el último puesto, Tomás, el cuidador, lo saludó con el farol desde lejos. Cuando llegaron a la casa, Paula no vio más que a una mujer y los perros. Los perros que se abalanzaban y se frenaron en seco sobre los cuartos, porque Antenor los enmudeció, los paró de un grito. Paula adivinó que esa mujer, nadie más, vivía ahí dentro. Por una oscura asociación supo también que era ella quien cocinaba para el viejo: el viejo le había preguntado "comieron", y señaló los perros.

Ahora, desde la ventana alta del caserón se ven los pinos, y los perros duermen. Largos los pinos, lejos.

–Todo lo que quiero es mujer en la casa, y un hijo, un macho en el campo –Antenor señaló afuera, a lo hondo de la noche agujereada de grillos; en algún sitio se oyó un relincho–. Vení, arrímate.

Ella se acercó.

–Mande –le dijo.

–Todo va a ser para él, entendés. Y también para vos. Pero anda sabiendo que acá se hace lo que yo digo, que por algo me he ganao el derecho a disponer. –Y señalaba el campo, afuera, hasta mucho más allá del monte de eucaliptos, detrás de los pinos, hasta pasar el cerro, abarcando aguadas y caballos y vacas. Le tocó la cintura, y ella se puso rígida debajo del vestido. –Veintiocho años tenía cuando me lo gané –la miró, como quien se mete dentro de los ojos–, ya hace arriba de treinta.

Paula aguantó la mirada. Lejos, volvió a escucharse el relincho. El dijo:

–Vení a la cama.


II

No la consultó. La tomó, del mismo modo que se corta una fruta del árbol crecido en el patio. Estaba ahí, dentro de los límites de sus tierras, a este lado de los postes y el alambrado de púas. Una noche –se decía–. muchos años antes, Antenor Domínguez subió a caballo y galopó hasta el amanecer. Ni un minuto más. Porque el trato era "hasta que amanezca", y él estaba acostumbrado a estas cláusulas viriles, arbitrarias, que se rubricaban con un apretón de manos o a veces ni siquiera con eso.

–De acá hasta donde llegues –y el caudillo, mirando al hombre joven estiró la mano, y la mano, que era grande y dadivosa, quedó como perdida entre los dedos del otro–. Clavas la estaca y te volvés. Lo alambras y es tuyo.

Nadie sabía muy bien qué clase de favor se estaba cobrando Antenor Domínguez aquella noche; algunos, los más suspicaces, aseguraban que el hombre caído junto al mostrador del Rozas tenía algo que ver con ese trato: toda la tierra que se abarca en una noche de a caballo. Y él salió, sin apuro, sin ser tan zonzo como para reventar el animal a las diez cuadras. Y cuando clavó la estaca empezó a ser don Antenor. Y a los quince años era él quien podía, si cuadraba, regalarle a un hombre todo el campo que se animara a cabalgar en una noche. Claro que nunca lo hizo. Y ahora habían pasado treinta años y estaba acostumbrado a entender suyo todo lo que había de este lado de los postes y el alambre. Por eso no la consultó. La cortó.

Ella lo estaba mirando. Pareció que iba a decir algo, pero no habló. Nadie, viéndola, hubiera comprendido bien este silencio: la muchacha era una mujer grande, ancha y poderosa como un animal, una bestia bella y chucara a la que se le adivinaba la violencia debajo de la piel. El viejo, en cambio, flaco, áspero como una rama.

–Contesta, che. ¡Contesta, te digo! –se le acercó. Paula sentía ahora su aliento junto a la cara, su olor a venir del campo. Ella dijo:

–No, don Antenor.

–¿Y entonces? ¿Me querés decir, entonces...?

Obedecer es fácil, pero un hijo no viene por más obediente que sea una, por más que aguante el olor del hombre corriéndole por el cuerpo, su aliento, como si entrase también, por más que se quede quieta boca arriba. Un año y medio boca arriba, viejo macho de sementera. Un año y medio sintiéndose la sangre tumultuosa galopándole el cuerpo, queriendo salírsele del cuerpo, saliendo y encontrando sólo la dureza despiadada del viejo. Sólo una vez lo vio distinto; le pareció distinto. Ella cruzaba los potreros, buscándolo, y un peón asomó detrás de una parva; Paula había sentido la mirada caliente recorriéndole la curva de la espalda, como en los bailes, antes. Entonces oyó un crujido, un golpe seco, y se dio vuelta. Antenor estaba ahí, con el talero en la mano, y el peón abría la boca como en una arcada, abajo, junto a los pies del viejo. Fue esa sola vez. Se sintió mujer disputada, mujer nomás. Y no le importó que el viejo dijera yo te voy a dar mirarme la mujer, pión rotoso, ni que dijera:

–Y vos, qué buscas. Ya te dije dónde quiero que estés.

En la casa, claro. Y lo decía mientras un hombre, todavía en el suelo, abría y cerraba la boca en silencio, mientras otros hombres empezaron a rodear al viejo ambiguamente, lo empezaron a rodear con una expresión menos parecida al respeto que a la amenaza. El viejo no los miraba:

–Qué buscas.

–La abuela –dijo ella–. Me avisan que está mala –y repentinamente se sintió sola, únicamente protegida por el hombre del talero; el hombre rodeado de peones agresivos, ambiguos, que ahora, al escuchar a la muchacha, se quedaron quietos. Y ella comprendió que, sin proponérselo, estaba defendiendo al viejo.

–Qué miran ustedes –la voz de Antenor, súbita. El viejo sabía siempre cuál era el momento de clavar una estaca. Los miró y ellos agacharon la cabeza. El capataz venía del lado de las cabañas, gritando alguna cosa. El viejo miró a Paula, y de nuevo al peón que ahora se levantaba, encogido como un perro apaleado–. Si andas alzado, en cuanto me dé un hijo te la regalo.


III

A los dos años empezó a mirarla con rencor. Mirada de estafado, eso era. Antes había sido impaciencia, apuro de viejo por tener un hijo y asombro de no tenerlo: los ojos inquisidores del viejo y ella que bajaba la cabeza con un poco de vergüenza. Después fue la ironía. O algo más bárbaro, pero que se emparentaba de algún modo con la ironía y hacía que la muchacha se quedara con la vista fija en el plato, durante la cena o el almuerzo. Después, aquel insulto en los potreros, como un golpe a mano abierta, prefigurando la mano pesada y ancha y real que alguna vez va a estallarle en la cara, porque Paula siempre supo que el viejo iba a terminar golpeando. Lo supo la misma noche que murió la abuela.

–O cuarenta y tantos, es lo mismo.

Alguien lo había dicho en el velorio: cuarenta y tantos. Los años de diferencia, querían decir. Paula miró de reojo a Antenor, y él, más allá, hablando de unos cueros, adivinó la mirada y entendió lo que todos pensaban: que la diferencia era grande. Y quién sabe entonces si la culpa no era de él, del viejo.

–Volvemos a la casa –dijo de golpe.

Ésa fue la primera noche que Paula le sintió olor a caña. Después –hasta la tarde aquella, cuando un toro se vino resoplando por el andarivel y hubo gritos y sangre por el aire y el viejo se quedó quieto como un trapo– pasó un año, y Antenor tenía siempre olor a caña. Un olor penetrante, que parecía querer meterse en las venas de Paula, entrar junto con el viejo. Al final del tercer año, quedó encinta. Debió de haber sido durante una de esas noches furibundas en que el viejo, brutalmente, la tumbaba sobre la cama, como a un animal maneado, poseyéndola con rencor, con desesperación. Ella supo que estaba encinta y tuvo miedo. De pronto sintió ganas de llorar; no sabía por qué, si porque el viejo se había salido con la suya o por la mano brutal, pesada, que se abría ahora: ancha mano de castrar y marcar, estallándole, por fin, en la cara.

–¡Contesta! Contéstame, yegua.

El bofetón la sentó en la cama; pero no lloró. Se quedó ahí, odiando al hombre con los ojos muy abiertos. La cara le ardía.

–No –dijo mirándolo–. Ha de ser un retraso, nomás. Como siempre.

–Yo te voy a dar retraso –Antenor repetía las palabras, las mordía–. Yo te voy a dar retraso. Mañana mismo le digo al Fabio que te lleve al pueblo, a casa de la Tomasina. Te voy a dar retraso.

La había espiado seguramente. Había llevado cuenta de los días; quizá desde la primera noche, mes a mes, durante los tres años que llevó cuenta de los días.

–Mañana te levantas cuando aclare. Acostate ahora.

Una ternera boca arriba, al día siguiente, en el campo. Paula la vio desde el sulky, cuando pasaba hacia el pueblo con el viejo Fabio. Olor a carne quemada y una gran "A", incandescente, chamuscándole el flanco: Paula se reconoció en los ojos de la ternera.

Al volver del pueblo, Antenor todavía estaba ahí, entre los peones. Un torito mugía, tumbado a los pies del hombre; nadie como el viejo para voltear un animal y descornarlo o caparlo de un tajo. Antenor la llamó, y ella hubiera querido que no la llamase: hubiera querido seguir hasta la casa, encerrarse allá. Pero el viejo la llamó y ella ahora estaba parada junto a él.

–Ceba mate. –Algo como una tijera enorme, o como una tenaza, se ajustó en el nacimiento de los cuernos del torito. Paula frunció la cara. Se oyeron un crujido y un mugido largo, y del hueso brotó, repentino, un chorro colorado y caliente. –Qué fruncís la jeta, vos.

Ella le alcanzó el mate. Preñada, había dicho la Tomasina. Él pareció adivinarlo. Paula estaba agarrando el mate que él le devolvía, quiso evitar sus ojos, darse vuelta.

–Che –dijo el viejo.

–Mande –dijo Paula.

Estaba mirándolo otra vez, mirándole las manos anchas, llenas de sangre pegajosa: recordó el bofetón de la noche anterior. Por el andarivel traían un toro grande, un pinto, que bufaba y hacía retemblar las maderas. La voz de Antenor, mientras sus manos desanudaban unas correas, hizo la pregunta que Paula estaba temiendo. La hizo en el mismo momento que Paula gritó, que todos gritaron.

–¿Qué te dijo la Tomasina? –preguntó.

Y todos, repentinamente, gritaron. Los ojos de Antenor se habían achicado al mirarla, pero de inmediato volvieron a abrirse, enormes, y mientras todos gritaban, el cuerpo del viejo dio una vuelta en el aire, atropellado de atrás por el toro. Hubo un revuelo de hombres y animales y el resbalón de las pezuñas sobre la tierra. En mitad de los gritos, Paula seguía parada con el mate en la mano, mirando absurdamente el cuerpo como un trapo del viejo. Había quedado sobre el alambrado de púas, como un trapo puesto a secar.

Y todo fue tan rápido que, por encima del tumulto, los sobresaltó la voz autoritaria de don Antenor Domínguez. 

–¡Ayúdenme, carajo!


IV

Esta orden y aquella pregunta fueron las dos últimas cosas que articuló. Después estaba ahí, de espaldas sobre la cama, sudando, abriendo y cerrando la boca sin pronunciar palabra. Quebrado, partido como si le hubiesen descargado un hachazo en la columna, no perdió el sentido hasta mucho más tarde. Sólo entonces el médico aconsejó llevarlo al pueblo, a la clínica. Dijo que el viejo no volvería a moverse; tampoco, a hablar. Cuando Antenor estuvo en condiciones de comprender alguna cosa, Paula le anunció lo del chico.

–Va a tener el chico –le anunció–. La Tomasina me lo ha dicho.

Un brillo como de triunfo alumbró ferozmente la mirada del viejo; se le achisparon los ojos y, de haber podido hablar, acaso hubiera dicho gracias por primera vez en su vida. Un tiempo después garabateó en un papel que quería volver a la casa grande. Esa misma tarde lo llevaron.

Nadie vino a verlo. El médico y el capataz de La Cabriada, el viejo Fabio, eran las dos únicas personas que Antenor veía. Salvo la mujer que ayudaba a Paula en la cocina –pero que jamás entró en el cuarto de Antenor, por orden de Paula–, nadie más andaba por la casa. El viejo Fabio llegaba al caer el sol. Llegaba y se quedaba quieto, sentado lejos de la cama sin saber qué hacer o qué decir. Paula, en silencio, cebaba mate entonces.

Y súbitamente, ella, Paula, se transfiguró. Se transfiguró cuando Antenor pidió que lo llevaran al cuarto alto; pero ya desde antes, su cara, hermosa y brutal, se había ido transformando. Hablaba poco, cada día menos. Su expresión se fue haciendo cada vez más dura –más sombría–, como la de quienes, en secreto, se han propuesto obstinadamente algo. Una noche, Antenor pareció ahogarse; Paula sospechó que el viejo podía morirse así, de golpe, y tuvo miedo. Sin embargo, ahí, entre las sábanas y a la luz de la lámpara, el rostro de Antenor Domínguez tenía algo desesperado, emperradamente vivo. No iba a morirse hasta que naciera el chico; los dos querían esto. Ella le vació una cucharada de remedio en los labios temblorosos. Antenor echó la cabeza hacia atrás. Los ojos, por un momento, se le habían quedado en blanco. La voz de Paula fue un grito:

–¡Va a tener el chico, me oye! –Antenor levantó la cara; el remedio se volcaba sobre las mantas, desde las comisuras de una sonrisa. Dijo que sí con la cabeza.

Esa misma noche empezó todo. Entre ella y Fabio lo subieron al cuarto alto. Allí, don Antenor Domínguez, semicolgado de las correas atadas a un travesaño de fierro, que el doctor había hecho colocar sobre la cama, erguido a medias podía contemplar el campo. Su campo. Alguna vez volvió a garrapatear con lentitud unas letras torcidas, grandes, y Paula mandó llamar a unos hombres que, abriendo un boquete en la pared, extendieron la ventana hacia abajo y a lo ancho. El viejo volvió a sonreír entonces. Se pasaba horas con la mirada perdida, solo, en silencio, abriendo y cerrando la boca como si rezara –o como si repitiera empecinadamente un nombre, el suyo, gestándose otra vez en el vientre de Paula–, mirando su tierra, lejos hasta los altos pinos, más allá del Cerro Negro. Contra el cielo.

Una noche volvió a sacudirse en un ahogo. Paula dijo:

–Va a tener el chico. El asintió otra vez con la cabeza.

Con el tiempo, este diálogo se hizo costumbre. Cada noche lo repetían.


V

El campo y el vientre hinchado de la mujer: las dos únicas cosas que veía. El médico, ahora, sólo lo visitaba si Paula –de tanto en tanto, y finalmente nunca– lo mandaba llamar, y el mismo Fabio, que una vez por semana ataba el sulky e iba a comprar al pueblo los encargos de la muchacha, acabó por olvidarse de subir al piso alto al caer la tarde. Salvo ella, nadie subía.

Cuando el vientre de Paula era una comba enorme, tirante bajo sus ropas, la mujer que ayudaba en la cocina no volvió más. Los ojos de Antenor, interrogantes, estaban mirando a Paula.

–La eché –dijo Paula.

Después, al salir, cerró la puerta con llave (una llave grande, que Paula llevará siempre consigo, colgada a la cintura), y el viejo tuvo que acostumbrarse también a esto. El sonido de la llave girando en la antigua cerradura anunciaba la entrada de Paula –sus pasos, cada día más lerdos, más livianos, a medida que la fecha del parto se acercaba–, y por fin la mano que dejaba el plato, mano que Antenor no se atrevía a tocar. Hasta que la mirada del viejo también cambió. Tal vez, alguna noche, sus ojos se cruzaron con los de Paula, o tal vez, simplemente, miró su rostro. El silencio se le pobló entonces con una presencia extraña y amenazadora, que acaso se parecía un poco a la locura, sí, alguna noche, cuando ella venía con la lámpara, el viejo miró bien su cara: eso como un gesto estático, interminable, que parecía haberse ido fraguando en su cara o quizá sólo en su boca, como si la costumbre de andar callada, apretando los dientes, mordiendo algún quejido que le subía en puntadas desde la cintura, le hubiera petrificado la piel. O ni necesitó mirarla. Cuando oyó girar la llave y vio proyectarse larga la sombra de Paula sobre el piso, antes de que ella dijera lo que siempre decía, el viejo intuyó algo tremendo. Súbitamente, una sensación que nunca había experimentado antes. De pronto le perforó el cerebro, como una gota de ácido: el miedo. Un miedo solitario y poderoso, incomunicable. Quiso no escuchar, no ver la cara de ella, pero adivinó el gesto, la mirada, el rictus aquel de apretar los dientes. Ella dijo:

–Va a tener el chico.

Antenor volvió la cara hacia la pared. Después, cada noche la volvía.



VI

Nació en invierno; era varón. Paula lo tuvo ahí mismo. No mandó llamar a la Tomasina: el día anterior le había dicho a Fabio que no iba a necesitar nada, ningún encargo del pueblo.

–Ni hace falta que venga en la semana –y como Fabio se había quedado mirándole el vientre, dijo: –Mañana a más tardar ha de venir la Tomasina.

Después pareció reflexionar en algo que acababa de decir Fabio; él había preguntado por la mujer que ayudaba en la casa. No la he visto hoy, había dicho Fabio.

–Ha de estar en el pueblo –dijo Paula. Y cuando Fabio ya montaba, agregó: –Si lo ve al Tomás, mándemelo. Luego vino Tomás y Paula dijo:

–Podes irte nomás a ver tu chica. Fabio va a cuidar la casa esta semana.

Desde la ventana, arriba, Antenor pudo ver cómo Paula se quedaba sola junto al aljibe. Después ella se metió en la casa y el viejo no volvió a verla hasta el día siguiente, cuando le trajo el chico.

Antes, de cara contra la pared, quizá pudo escuchar algún quejido ahogado y, al acercarse la noche, un grito largo retumbando entre los cuartos vacíos; por fin, nítido, el llanto triunfante de una criatura. Entonces el viejo comenzó a reírse como un loco. De un súbito manotón se aferró a las correas de la cama y quedó sentado, riéndose. No se movió hasta mucho más tarde.

Cuando Paula entró en el cuarto, el viejo permanecía en la misma actitud, rígido y sentado. Ella lo traía vivo: Antenor pudo escuchar la respiración de su hijo. Paula se acercó. Desde lejos, con los brazos muy extendidos y el cuerpo echado hacia atrás, apartando la cara, ella, dejó al chico sobre las sábanas, junto al viejo, que ahora ya no se reía. Los ojos del hombre y de la mujer se encontraron luego. Fue un segundo: Paula se quedó allí, inmóvil, detenida ante los ojos imperativos de Antenor. Como si hubiera estado esperando aquello, el viejo soltó las correas y tendió el brazo libre hacia la mujer; con el otro se apoyó en la cama, por no aplastar al chico. Sus dedos alcanzaron a rozar la pollera de Paula, pero ella, como si también hubiese estado esperando el ademán, se echó hacia atrás con violencia. Retrocedió unos pasos; arrinconada en un ángulo del cuarto, al principio lo miró con miedo. Después, no. Antenor había quedado grotescamente caído hacia un costado: por no aplastar al chico estuvo a punto de rodar fuera de la cama. El chico comenzó a llorar. El viejo abrió la boca, buscó sentarse y no dio con la correa. Durante un segundo se quedó así, con la boca abierta en un grito inarticulado y feroz, una especie de estertor mudo e impotente, tan salvaje, sin embargo, que de haber podido gritarse habría conmovido la casa hasta los cimientos. Cuando salía del cuarto, Paula volvió la cabeza. Antenor estaba sentado nuevamente: con una mano se aferraba a la correa; con la otra, sostenía a la criatura. Delante de ellos se veía el campo, lejos, hasta el Cerro Patrón.

Al salir, Paula cerró la puerta con llave; después, antes de atar el sulky, la tiró al aljibe.





Ilustración: Louie Van Patten


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