domingo, 19 de abril de 2026

El dia de Nahum Wentworth (August Derleth - H. P. Lovecraft)








Al norte de Dunwich hay un vasto territorio abandonado que, tras sucesivas

ocupaciones por gente de Nueva Inglaterra, canadienses de origen francés que

vinieron después de ellos, italianos, y finalmente polacos, ha recuperado en gran

parte su estado salvaje. Los primeros habitantes vivieron de la tierra pedregosa y de

los bosques que, entonces, cubrían aquella tierra. Pero no se cuidaron de repoblarla,

ni de conservar su recursos, y las generaciones sucesivas acabaron con la poca

riqueza que quedaba. Los que vinieron después, pronto se cansaron de intentar

hacerla fértil y se marcharon a otros lugares. Es una parte de Massachusetts que no

atrae demasiado a la gente. Las casas que un día se levantaron orgullosas están hoy

tan abandonadas que resultaría imposible vivir en la mayoría de ellas con una cierta

comodidad. En las laderas menos abruptas quedan algunas granjas con tejados a la

holandesa, viejos edificios que, encaramados sobre plataformas rocosas, meditan

acerca de los secretos de muchas generaciones de Nueva Inglaterra; pero las huellas

del abandono se ven por todas partes: en las desmoronadas chimeneas, en las

abombadas paredes, en las ventanas rotas de las casas y los establos. Varias

carreteras cruzan aquel territorio, pero nada más desviarse de la general, que

atraviesa el gran valle al norte de Dunwich, se encuentra uno con caminos que no

son más que sendas surcadas, tan poco utilizadas como la mayoría de las casas del

territorio. Se respira en este lugar una inconfundible atmósfera de vejez y soledad,

pero también de maldad. Existen zonas de bosque jamás tocadas por el hacha;

existen sombrías cañadas con enredaderas y arroyos sumidos en una oscuridad

ininterrumpida, incluso en días de deslumbrante sol. En todo el valle brotan pocas

señales de vida, aunque existen unos cuantos habitantes recluidos en algunas de las

granjas ruinosas. Incluso los halcones que vuelan a lo lejos en las alturas, nunca se

entretienen demasiado en el lugar, y las grandes bandadas de cuervos atraviesan el

valle sin descender a buscar una presa. Hace mucho tiempo, tenía fama de ser un

territorio en el que se practicaba el Hexerei (ceremonias religiosas dedicadas

supersticiosamente a las brujas), y aún en la actualidad perdura esa triste fama. No es

un territorio para detenerse en él demasiado tiempo, ni tampoco el más apropiado

para atravesarlo de noche.

      Pero fue precisamente de noche, en el verano de 1927, cuando hice mi último

viaje al valle, a la vuelta de Dunwich, adonde había ido a llevar una estufa.. No

hubiera pasado por la zona situada al norte del pueblo abandonado de no haber

tenido que hacer otra entrega, y al caer la tarde decidó internarme en el valle en lugar

de rodearlo para alcanzar el otro extremo. La poca luz que había alumbrado

Dunwich era ya prácticamente nula al llegar al valle, y pronto oscurecería por

completo: el cielo estaba nublado por unas nubes muy bajas, casi a la altura de las

colinas, de modo que me encontraba, por así decirlo, en una especie de túnel.

      Muy poca gente transitaba por aquella carretera: podían tornarse otras para

llegar al otro lado del valle, y estaba ésta tan abandonada, y los matorrales tan

crecidos, que pocos conductores se arriesgaban a utilizarla. Todo habría ido bien,

puesto que la carretera me llevaba en línea recta hasta mi punto de destino, y no

había necesidad de abandonar la carretera general, de no haber sido por dos hechos

inesperados. Empezó a llover poco después de dejar Dunwich. Había estado muy

nublado durante toda la tarde, y ahora por fin se abrió el cielo y empezó a jarrear. La

carretera brillaba bajo las luces de mi coche, y esas luces pronto iluminaron algo más.

había recorrido unas quince millas cuando me tropecé con una pequeña barrera en la

carretera cuya señal me obligaba a desviarme. Más allá de la barrera se podía ver que

la carretera estaba tan destrozada y en tan mal estado que era imposible circular por

ella. Me desvié con cierto recelo. Si hubiera hecho caso a mi impulso de volver a

Dunwich para coger otra carretera, me habría librado de las malditas pesadillas que

desde aquella noche de horror me han inquietado.

      Pero no lo hice. había recorrido demasiado camino como para perder el tiempo

volviendo a Dunwich. La lluvia seguía cayendo torrencialmente, y era arduo y

penoso conducir. Me desvié de la carretera y enfilé un camino cubierto parcialmente

con gravilla. Habían limpiado los bordes y cortado ramas y árboles para hacer

transitable el desvío, pero poca cosa habían hecho por la carretera en sí, y a los pocos

metros, llegué al convencimiento de que iba a tener problemas.

      La carretera empeoraba progresivamente a causa de la lluvia; mi coche, a pesar

de ser un Ford muy duro, con ruedas relativamente altas y estrechas, se hundía y

marcaba el hendido de sus huellas a su paso y, de cuando en cuando, se metía en

grandes charcos de agua, lo que ocasionó los primeros fallos del motor. Sabía que no

pasaría mucho tiempo antes de que el agua entrase en el motor e hiciera que se

parase del todo, así que me puse a buscar por los alrededores alguna señal de vida, o

por lo menos algún cobijo para el coche y para mí. Conociendo la soledad de este

valle hubiera preferido un establo abandonado, pero en la oscuridad era imposible

distinguir algo más que siluetas. Finalmente llegué hasta el pálido recuadro de luz de

una ventana, no lejos de la carretera. Los faros del coche me permitieron encontrar el

camino que llevaba hasta la casa.

      Al entrar pasé cerca del buzón con el nombre del dueño toscamente pintado;

estaba algo borroso, pero aún podía leerse: Amos Stark. Los faros del coche

iluminaban la vivienda, y pude ver que se trataba de una casa antigua, una de esas

casas que incluían todo —casa, establo, cocina— en un único bloque, con tejados de

diferentes alturas. Afortunadamente el establo estaba abierto a la intemperie, y al no

encontrar otro refugio para el coche, lo metí bajo el cobertizo. Esperaba hallar vacas y

caballos, pero se percibía una atmósfera de abandono, y no había ni vacas ni caballos,

y el heno que impregnaba el ambiente con el aroma de viejos veranos debía de llevar

allí varios años. No me entretuve en el establo, y me dirigó a la casa a través de la

lluvia. Por lo que se podía observar desde el exterior, la casa aparecía tan

abandonada como el establo. Era de una sola planta con una galería baja a la entrada;

no tardé en descubrir que el suelo estaba lleno de negros agujeros donde una vez

hubo tablones de madera. Encontré la puerta y llamé. Durante un largo rato no

escuché otro sonido que el de la lluvia que caía sobre el techo de la galería y luego

sobre los charcos que había debajo. Golpeé otra vez la puerta y alcé la voz para decir;

      —¿Hay alguien en la casa?

      Entonces una trémula voz que venía del interior preguntó:

      —¿Quién es?

      Dije que era un vendedor que buscaba guarecerme de la lluvia. La luz empezó a

moverse en el interior, al compás de alguien que portaba la lámpara. La ventana se

ensombreció, y una línea amarilla cada vez más intensa asomó por debajo de la

puerta. Se oyó el sonido de candados y cerrojos, y entonces se abrió la puerta, y

apareció mi anfitrión ante mí, con la lámpara en alto; tenía aspecto de hechicero, con

una barba desigual que le cubría el cuello. Llevaba gafas, pero me miraba por encima

de ellas. Tenía el pelo blanco y los ojos negros; al verme, abrió los labios en una

especie de sonrisa animal y me enseñó los pocos dientes que tenía.

      —¿El señor Stark? —pregunté.

      —Le ha pillado la tormenta, ¿eh? —me dijo—. Pase adentro y séquese. No creo

que la lluvia vaya a durar mucho.

      Le seguí hacia el cuarto interior desde donde se había dirigido a la entrada.

Primero había cerrado la puerta con candados y cerrojos, cosa que me llenó de

inquietud. Debió de haber notado mi mirada inquisitiva, puesto que tras depositar la

lámpara sobre un libro que había en la mesa de la habitación, se dio la vuelta y dijo

con una risotada fría:

      —Es el día de Nahum Wentworth. Pensé que sería Nahurn.

      La risotada decayó hasta convertirse en espectro de una risa.

      —No señor, mi nombre es Fred Hadley. Soy de Boston.

      —No he estado nunca en Boston —dijo Stark—. Nunca he ido más allá de

Arkham. El trabajo de la tierra me retiene aquí.

      —Me he tomado la libertad de dejar el coche debajo de su cobertizo. Espero que

no le importe.

      —A las vacas no les importará —se río de su propia broma, pues sabía

perfectamente que no había vacas en su establo—. Yo no conduciría uno de esos

cacharros de ahora, pero ustedes, la gente de ciudad, ya se sabe. No pueden vivir sin

automóvil.

      —No me imaginaba que se me notase que era un hombre de ciudad —dije, con

ánimo de seguirle la corriente.

      —Puedo distinguir a un hombre de ciudad al primer golpe de vista. De vez en

cuando se instala alguno en el distrito, pero pronto se van; supongo que esto no le


gusta. Nunca he estado en una gran ciudad. De todas maneras, creo que no me

gustaría.

      Siguió divagando de esta forma durante tanto tiempo que pude dedicar mi

atención a observar cuanto me rodeaba y a hacer una especie de inventario de la

habitación. Por aquel entonces, cuando no me hallaba al volante en la carretera,

pasaba el tiempo en el almacén de Boston, y había pocos con tanta práctica como yo

para inventariar cuanto veía; de modo que no me llevó tiempo hacer el inventario de

la habitación de Amos Stark, y ver que estaba llena de cosas que un anticuario

pagaría bien. Había muebles de hacía casi dos siglos, si no me equivocaba, y bonitos

adornos, cristalería y porcelana de Haviland en un rincón. Y había piezas hechas a

mano —badilas, tinteros de madera con tapón de corcho, candelabros, un atril—,

como aquellas que se encontraban en las casas de Nueva Inglaterra de hace varias

décadas, lo que también evidenciaba que la casa se mantenía en pie desde hacía

muchos años.

      —¿Vive usted solo, señor Stark? —le pregunté interrumpiéndole.

      —Ahora sí. Antes estaban Molly y Dewey. Abel se fue cuando era un niño, y

Ella murió de una pulmonía. Estoy solo desde hace cerca de siete años.

      Mientras hablaba, pude observar en él un aire de espera, como si estuviera

pendiente de algo. Parecía estar constantemente a la escucha de algún sonido distinto

del de la lluvia. Pero no se oía nada; sólo el crepitante ruido de un ratón que

mordisqueaba en alguna parte de la vieja casa; nada más que eso y la incesante

lluvia. El seguía escuchando, con la cabeza ligeramente inclinada, los ojos

empequeñecidos como si le molestase la luz de la lámpara. En su cabeza brillaba la

calva de la coronilla, rodeada de un estrecho círculo de pelo blanco y alborotado.

Tendría unos ochenta años, quizá eran sólo sesenta y la vida de reclusión le había

avejentado.

      —¿No vio a nadie en la carretera? —preguntó de repente.

      —De Dunwich aquí no me tropecé con nadie. Cerca de diecisiete millas, creo.

      —Media milla más o menos —dijo. Y empezó de nuevo con sus risotadas,

mostrando un regocijo que ya no podía contener—. Hoy es el día de Wentworth,

Nahum Wentworth —sus ojos se empequeñecieron de nuevo por un instante—. ¿Ha

sido vendedor por esta zona durante mucho tiempo? Tiene que haber conocido a

Nahum Wentworth.

      —No señor. No lo conozco. Me dedico a vender en las ciudades, muy pocas

veces en el campo.

      —Casi todo el mundo conocía a Nahum —continuó—. Pero ninguno le conocía

tan bien como yo. ¿Ve aquel libro de allá? —señaló un libro forrado con papel, que se

apreciaba difusamente a causa de la mala iluminación—. Es el Séptimo Libro de

Moisés. Se aprende más en él que en cualquier otro libro que haya visto jamás. Era el

libro de Nahum. —Se río de algún recuerdo y prosiguió—: Oh, ese Nahum era un

tipo extraño. Y además malo y mezquino. No me explico cómo no llegó a conocerle.

       Le aseguré que nunca, hasta entonces, había oído hablar de Nahum Wentworth.

Pero empecé a sentir curiosidad por él, y mi curiosidad aumentó todavía más al ver

que era dado a la lectura del Séptimo Libro de Moisés, una especie de Biblia para

brujos que ofrecía todo tipo de hechizos y encantamientos. Un libro que deleitaba a

todo aquel lector lo suficientemente crédulo para pensar en su veracidad. Vi también,

dentro del círculo alumbrado por la lámpara, algunos otros libros conocidos: una

Biblia, igual de vieja que el libro de magia, una selección de las obras de Cotton

Mather, y unos ejemplares del Arkham Advertiser encuadernados en un solo

volumen. Quizá éstos también pertenecieron en su día a Nahum Wentworth.

       —Veo que está mirando sus libros —observó mi anfitrión, como si me hubiera

adivinado el pensamiento.

       Dijo que podía quedármelos; y los cogí.

       —Buenos libros. Sólo que necesito gafas para leerlos. Puede mirarlos si lo desea.

       Se lo agradecí, y le recordé que me estaba hablando de Nahum Wentworth.

       —¡Oh, ese Nahum! —dijo enseguida, y se rio de nuevo—. No creo que me

hubiese dejado todo ese dinero de saber lo que le ocurriría. No señor, no creo que lo

hubiese hecho. Y sin un recibo, ni nada. Eran cinco mil. Y me decía que no necesitaba

pagaré o papel alguno, de modo que no existían pruebas de que hubiese tomado ese

dinero, ninguna, sólo nosotros dos lo sabíamos, y fijamos una fecha de pago, un día,

cinco años más tarde, para que viniese a buscar su dinero. Cinco años, y este es el día,

hoy es el día de Wentworth.

       Hizo una pausa, y me dirigió la mirada con unos ojos alegres que reflejaban un

regocijo contenido, y al mismo tiempo, sombríos, porque también reflejaban miedo.

       —Sólo que él no puede venir, porque dos meses escasos después de ese día, le

mataron en una cacería. Un tiro en la nuca. Un accidente. Por supuesto hubo quien

murmuró que el disparo había sido mío, pero tuvieron que callarse, porque me fui

directamente a Dunwich, al banco donde hice y deposité un testamento para que su

hija, la señorita Genie, heredase todo a mi muerte. Y no fue un testamento secreto. Se

lo hice saber a todos para que dejasen de hablar tanta tontería.

       —¿Y el préstamo? —no pude evitar la pregunta.

       —El plazo no vence hasta la medianoche de hoy —dijo con su risa entrecortada

—. Y no parece que Nahum pueda ahora cumplir con su cita, ¿verdad? Supongo que

si no viene, el dinero será mío. Y no puede venir. De lo cual me alegro, porque no lo

tengo.

       No pregunté por la hija de Wentworth, ni de cómo le iba. A decir verdad,

comenzaba a sentir el cansancio del día, después de tantas horas de coche y de lluvia.

Mi anfitrión debió de notármelo, pues se calló, me observó, y luego me preguntó,

después de una pausa que me pareció bastante larga:

       —Tiene mala cara. ¿Está cansado?

       —Me temo que sí. Pero me marcharé en cuanto amaine un poco la tormenta.

      —Le diré una cosa. No tiene necesidad de quedarse aquí sentado

escuchándome, Le daré otra lámpara, y puede ir a recostarse en el sofá que hay en la

otra habitación. Si deja de llover, le llamaré.

      —No quiero quitarle su cama, señor Stark.

      —Me acuesto tarde por las noches —dijo.

      Habría sido inútil protestar. Se había puesto de pie para encender otra lámpara

de petróleo, y minutos después me llevaba a la habitación donde estaba el sofá. De

paso cogí el Séptimo Libro de Moisés, movido por la curiosidad de las maravillosas

cosas que, según había oído contar, en él se hallaban; aunque mi anfitrión me miró de

un modo extraño, no hizo ninguna objeción, y volvió a su mecedora de mimbre en el

cuarto de al lado, sin importunarme. Afuera seguía lloviendo torrencialmente. Me

acomodé en el sofá, un mueble anticuado, cubierto con una extraña pieza de cuero y

con un respaldo alto.

      Acerqué más la lámpara, porque su luz era muy tenue, y empecé a leer el

Séptimo Libro de Moisés. Pronto me di cuenta de que era un interesante batiburrillo

de hechizos y conjuros que apelaban a “príncipes” de los infiernos, como Aziel,

Mefistófeles, Marbuel, Barbuel, Aniquel y otros. Los hechizos eran de varios tipos;

unos para curar enfermedades, otros para conceder deseos; algunos con objeto de

alcanzar el éxito en las empresas, y otros para vengarse de los enemigos. A menudo

se prevenía al lector de lo maléfico de algunas expresiones, con tanta insistencia que

quizá por ello precisamente tomé nota de la peor de ellas y a la vez la que más me

llamó la atención “Aila himel adonaij amara Zebaoth cadas yeseraije haralius” y que era

nada menos que el hechizo para reunir a todos los demonios y espíritus, o para

revivir a los muertos. Una vez copiada, no dudé en repetirla varias veces en voz alta,

sin esperar que ocurriese nada malo. Y así fue. Cerré el libro y miré el reloj. Las once.

Parecía que llovía menos ahora: la lluvia no era tan torrencial; había comenzado ese

aminoramiento que siempre anuncia el final próximo de una tormenta. Observé bien

la habitación para no tropezar con algún mueble cuando regresara a la habitación

donde estaba mi anfitrión, apagué la luz y me dispuse a descansar un rato antes de

ponerme otra vez en carretera. Pero a pesar de mi fatiga, no lograba descansar. No se

debía sólo a que el sofá era duro y frío, sino también a que la atmósfera de la casa me

oprimía. Al igual que su dueño, había en ella un no sé qué de resignación. Parecía

esperar lo inevitable, como si ella también supiese que antes o después sus cimientos

batidos por el viento harían abrirse las paredes, se hundiría el techo y se pondría fin a

su precaria existencia. Pero hab a algo más que esta atmósfera... común a todas las

casas viejas: era una resignación mezclada con aprensión, la misma aprensión que

había hecho titubear al viejo Amos Stark cuando llamó a la puerta; y pronto me

encontró escuchando, al igual que Stark, algo más que aquel goteo de la lluvia

menguante y aquel incesante roer de los ratones. Mi anfitrión no se estaba quieto.

      A cada rato se levantaba de la silla; le oía deslizarse de un lado a otro: ahora a la

ventana, ahora a la puerta. Iba a mirarlas, se aseguraba de que estaban cerradas y

volvía a sentarse. Algunas veces murmuraba entre dientes. Quizá había vivido

demasiado tiempo solo y había caído en el hábito, común a las personas solitarias, de

hablar consigo mismo. Casi todo lo que decía era incomprensible, apenas audible,

pero en un momento dado logré captar algunas palabras. Me di cuenta entonces que

una de las cosas que ocupaban su mente eran los intereses del préstamo que debía a

Nahum Wentworth, caso de que fueran reclamados. “Ciento cincuenta dólares al año

vienen a ser setecientas cincuenta”. decía en un tono que denotaba espanto. Añadió algo

más respecto a lo mismo, y luego algunas palabras sueltas que me preocuparon más

de lo que estaba dispuesto a admitir. Después de atar ciertos cabos, algo que había

dicho el viejo me resultaba incómodo. Y sin embargo, no había dicho nada más que

“Me caí”, había farfullado, y después siguieron una o dos frases más sin sentido. “Eso

fue todo”. Y de nuevo una retahíla de palabras incomprensibles. “Se disparó en un

santiamén”. Más palabras sin sentido o inaudibles. “No sabía que apuntaba a Nahum”. A

continuación farfulló otra vez sin que se le entendiese nada. Quizá al viejo le

aguijoneaba su conciencia. En verdad, la triste resignación de la casa era suficiente

para invitar al viejo a rememorar sus más negros recuerdos. ¿Por qué no habría

seguido a los otros habitantes del valle cuando se marcharon de aquel territorio?

¿Qué le había impedido hacerlo? había dicho que estaba solo, y por supuesto estaba

solo en el mundo al igual que en la casa. De otro modo, no hubiera habido razón

alguna para convertir a la hija de Nahum Wentworth en su heredera. Sus zapatillas

se arrastraban por el suelo. Sus dedos removían papeles. Fuera, los pájaros

engañapastores empezaban a oírse, señal de que en algunas partes el cielo empezaba

a clarear; y pronto sonó una algarabía de ellos, suficientes para ensordecer a un

hombre.

      Escuché a mi anfitrión. “Oigan a los engañapastores. Están llamando a un alma.

Clem Whateley se está muriendo.” Al disminuir el ruido de la lluvia, el de los

engañapastores aumentaba en volumen, pero pronto me adormecí y caí en un leve

sueño. Me aproximé a una parte de mi historia que me hace poner en duda la

fidelidad de mis sentidos, puesto que al mirar hacia atrás pienso que algo así es

imposible que ocurra. Muchas veces, ahora, pasados los años, pienso si no habrá sido

todo un sueño. Pero conservo aún algunos recortes de periódicos que prueban que

no ha sido así, recortes que hablan de Amos Stark, de su legado a Genie Wentworth

y, lo más extraño de todo, del infernal destrozo de una tumba medio olvidada en una

colina de aquel valle maldito. No había dormido mucho cuando de pronto me

despertó. había dejado de llover, pero los engañapastores se habían acercado a la

casa y su algarabía era ensordecedora. Algunos de los pájaros estaban debajo de la

ventana donde me encontraba, y el techo de la galería debía de estar cubierto por

estas criaturas nocturnas. No cabe duda de que fue su clamor el que me despertó de

ese ligero sueño que me adormecía. Esperé un momento a despabilarme, y luego me

incorporó: había dejado de llover y me sería más fácil conducir; ya no corría peligro

de pararse el motor de mi coche. Pero nada más ponerme en pie, alguien golpeó la

puerta de la calle. Me sentó, inmóvil, sin hacer ruido, y sin escuchar ningún ruido de

la otra habitación. Golpearon de nuevo, esta vez con más fuerza.

      —¿Quién es? —preguntó Stark.

      No hubo respuesta.

      Vi moverse una luz y pude escuchar la triunfante exclamación de Stark:

      —¡Ya ha pasado la media noche! —había mirado su reloj, y al mismo tiempo

miré yo el mío. El suyo estaba adelantado diez minutos. Fue a abrir la puerta.

Adivinó que dejaba la lámpara en el suelo para poder quitar los candados. No podía

saber si pensó en volver a cogerla, como había hecho cuando me abrió a mí. Oí que

alguien abría la puerta: él u otra persona. Y entonces resonó un terrible alarido, el

grito de Amos Stark, preso de furia y terror:

      —¡No! ¡No! ¡Vete! No lo tengo, no lo tengo, te digo. ¡Vete!

      Tropezó y se cayó, y casi inmediatamente pude escuchar... un grito sofocado, el

ruido de una respiración entrecortada, el murmullo de un suspiro... Me puse en pie y

me dirigí hacia la puerta de esa habitación. Entonces, por un momento me quedé

clavado, incapaz de moverme, de gritar, ante el espeluznante espectáculo que

presenciaron mis ojos. Amos Stark estaba tendido en el suelo, boca arriba, y sentado

a horcajadas sobre él, un esqueleto, con sus huesudos brazos sobre la garganta, sus

dedos en el cuello. Y detrás del cráneo, los destrozados huesos por donde una vez

penetró una bala. Esto vi en ese terrible momento. Luego, afortunadamente, me

desmayé. Cuando recobré el sentido algo después, todo estaba en silencio en la

habitación y la casa llena del húmedo aroma de la lluvia que entraba por la puerta

abierta. Fuera, los engañapastores aún cantaban y el reflejo de la luna se extendía en

el suelo como pálido vino blanco. La lámpara todavía alumbraba, pero mi anfitrión

no se encontraba en su silla. Yacía en el mismo sitio donde lo había visto por última

vez, en el suelo. Mi impulso, en aquel momento, fue escapar de aquella horrible

escena lo antes posible. Un sentimiento de piedad me hizo acercarme a Amos Stark,

para asegurarme de que no había nada que hacer.

      Fue esa desdichada pausa la que me trajo el momento de mayor terror, terror

que me hizo huir de aquel lugar maldito como si me persiguiesen todos los

demonios.

      Porque cuando me inclinó sobre él, para asegurarme de que estaba muerto,

pude ver incrustados en la descolorida piel de su cuello los blanquecinos huesos de

los dedos de un esqueleto humano, y, mientras los observaba, los huesos sueltos se

separaron del cuello, y se alejaron del cuerpo, corriendo por el pasillo y adentrándose

en la noche para reunirse con el espantoso visitante que había acudido desde su

tumba a la cita con Amos Stark.





Ilustración: Juan Rizi


sábado, 18 de abril de 2026

Los amados muertos (Howard Phillips Lovecraft)







Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.


Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero capitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud -terrorífica quietud-, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.


De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante… ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí!


Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y “vieja” porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.


Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maldicientes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tíotatarabuelo que había sido quemado en la hoguera por nigromante.


De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.


Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.


Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía y captó mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.


Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.


Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.


Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir… alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era la total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maldicientes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.


Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.


Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza más inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.


Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.


Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.


El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!


También él murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.


Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande -con mucho- que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.


Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuanto a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.


La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Corporación Gresham, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos… porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.


Me apliqué a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.


Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación… aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.


Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.


Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres -donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos- abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble y postrer placer tenía lugar…¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!


Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba… ¡los muertos que me daban vida!


Una mañana, el señor Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual… llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de una mezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.


Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo lo reafirmaría en su creencia de mi potencial locura… resultaba mucho mejor marcharse que invitarlo a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.


Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio… cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.


Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado… nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia… mortales explosiones de histéricas granadas… el monótono silbido de balas sardónicas… humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton1… letales humaredas de gases venenosos… grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados… cuatro años de trascendente satisfacción.


En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenham. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.


Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un “Sucesor de” sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa del señor Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.


Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo el señor Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a la tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.


Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado a la ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues… ¡nada!


Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.


Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás… no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.


Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar los arrabales de Fenham. Si podía llegar a esa meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.


Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.


Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.


El hambre roía mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.


Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.


Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos me indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño -¿dónde estarían?-, bueno, podían esperar. Mis engarfados dedos se deslizaron hacia su garganta…


Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención de alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad… las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución… el distante ladrido de los sabuesos.


Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.


¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!


Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos para que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!


¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor -mucho mejor- que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.


¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada… cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas… hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición… dedos espectrales me llaman por señas… etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo… distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento… un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro… fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla… abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma… no puedo… escribir… más…





Ilustración: Giulia Lama

viernes, 17 de abril de 2026

As (Antonio Di Benedetto)

 







Hay  que  tomar  una.  chica,  El  padre  sabe  por  qué.  Porque  la  hija 

no  soporta  más  los  trabajos  de  la  casa  que  ensucian  excesivamente 

las  manos.  La  hija  sostiene  otros  motivos  y  el  padre  no  los  cree, 

tampoco  los  discute. 


Desde  que  el  padre  quedó  impedido  de  las  piernas,  la  hija  supo 

organizar  tiempo  y  fuerzas  para  cuidarlo,  hacer  las  comidas  y  la 

limpieza  del  hogar,  vigilar  y  atender  la  tienda.  La  tienda,  la  tien- 

dita,  podía  estar  abierta  de  esa  manera  las  ocho  horas  con  un  solo 

dependiente.  Hacía  de  esto  unos  quince  años,  la  misma  época  en 

que  el  padre  se  convenció  de  que  la  hija  estaba  desilusionada  de  los’ 

hombres.  Después  sólo  la  oyó  hablar  de  ellos  para  censurar  los  der 

fectos  vulgares  y  los  defectos  menos  evidentes  que  les  descubría. 


Cuando  emplearon  al  nuevo  dependiente,  que  al  padre  no  le 

impresionó  bien  porque  carecía  de  eso  que  manifiesta  a  las  personas 

trabajadoras  y  parecía  demasiado  acicalado  y  compuesto,  comenza¬ 

ron  en  la  hija  los  primeros  signos  de  la  evolución. 


Ahora  hay  que  tomar  una  chica. 


El  cartelito  de  la  vidriera  convoca  una  cantidad  considerable,  a 

lo  largo  del  día.  En  definitiva  queda  Rosa  Esther.  La  ha  traído  el 

padre,  viejo  criollo,  lo  cual  puede  aceptarse  como  una  garantía. 


Tal  vez  durante  los  quince  años  la  hija  deseó  ir  sola  al  cine,  después 

de  cenar. 


-Ahora  que  tiene  a  la  chica  que  lo  acompañe...  -dice,  una  noche 

tras  otra,  y  para  cada  una  encuentra  un  programa  de  películas  que  le 

interesa,  que  naturalmente  no  podrá  dejar  de  ver. 


Regresa  temprano,  apenas  pasadas  las  doce.  Sólo  una  vez  se  demora. 




-Encontré  a  Manuel.  Me  invitó  a  tomar  chocolate.  No  me  pareció 

mal.  No  porque  una  sea  la  patrona  tiene  que  mostrarse  orgüllosa. 


En  otra  oportunidad  puede  decir  con  anticipación  que  volverá 

tarde.  Y  al  decirlo  parece  que  pidiera  permiso: 


-Manuel  me  ha  invitado  al  casino.  Yo  no  conozco  el  casino, 

papá.  Y  si  no  acepto,  ¿cuándo  tendré  otra  oportunidad?  ¿Quién 

me  va  a  llevar? 


El  padre  comprende.  Pero  no  le  gusta:  la  hija  tiene  cuarentisiete 

años  y  el  empleado  veintitrés. 


Rosa  Esther  es  resignada  y  pasiva.  Vela  al  amo  en  silenció.  Si 

él  llena  con  radio  las  horas  de  ausencia  de  la  hija,  acepta  la  música 

clásica  sin  insinuar  la  menor  preferencia  personal.  Él  la  estudia:  ella 

se  absorbe  eñ  algo  que  no  es  la  música  y  prescinde  por  completo  de 

los  sonidos  que  vienen  del  aparato.  Si  maneja  las  piezas  de  ajedrez 

después  de  concentraciones  tan  rigurosas  como  para  enfrentar  a  un 

sabio  jugador,  ella  se  mantiene  calladita,  en  su  rincón,  mirándolo 

ó  mirando  quién  sabe  qué.  Entonces,  si  la  observa,  él  piensa:  “Des¬ 

cansa”.  A  veces  se  dice:  “Descansa,  la  pobre.  Cada  vez  trabaja  más”. 


Nunca  se  ha  acercado  a  ver  cómo  juega,  solo,  el  amo.  Seguramente 

ignora  de  qué  se  trata  y  lo  considera  una  operación  personal. 


Una  noche  visita  al  amo  un  anciano  que  es  como  él,  con  la  dife¬ 

rencia  de  que  puede  caminar.  Hacen  una  partida.  Rosa  Esther  los 

mira,  todo  el  tiempo,  desde  lejos'. 


En  la  noche  siguiente,  cuando  se  quedan  solos,  ella  se  atreve  a 

preguntar: 


-Señor,  ¿qué  es  eso? 


-¿No  lo  sabes? 


Se  asombra  y  también  se  enorgullece  de  haber  provocado  curiosidad. 

Fue  un  jugador  difícilmente  batible,  “cuando  -ha  sostenido  alguna 

vezr-  los  ocios  de  la  juventud  eran  más  intelectuales”.  Él  leía. 


Revela  a  Rosa  Esther  qué  es  el  ajedrez:  un  juego,  pero  un  juego- 

ciencia. 


-¿Me  comprendes?  No  como  los  demás.  No  es  como  el  de  barajas,  o  da¬ 

dos.  Para  jugarlo,  hay  que  tener  un  cerebro  desarrollado  y  pensar  mucho. 



En  la  joven  ha  encarnado  la  primera  parte  de  la  instrucción:  es 

un  juego. 


-¿Yo  también  podría  jugar? 


-No,  no  -dice  con  toda  la  aristocracia  de  su  veteranía;  pero  se 

arrepiente  del  impulso  negativo  que  rebaja  a  la  muchacha  y  atenúa  la 

respuesta-:  Bueno,  no  creo  que  puedas  hacerlo,  siendo  tan  joven. 


Rosa  Esther  no  protesta.  No  pide  más.  ¿También  a  eso  se  re¬ 

signará? 


El  amo  no  quiere  negarse  del  todo: 


-Hay  una  solución.  Un  juego  más  simple.  Sirve  el  tablero  de 

ajedrez. 


“Busca  allí”,  le  indica,  y  Rosa  Esther,  guiada  por  éb  encuentra 

una  caja  con  fichas  de  madera,  rojas  y  verdes. 


Le  enseña  la  técnica.  La  chica aprende  pronto.  Alamo  se  le  llena  el 

rostro  de  satisfacción.  Podrá  alternar  sus  solitarios  de  ajedrez  con  parti¬ 

dos  de  damas  frente  a  una  persona  que  mueva  las  piezas  de  verdad. 


Rosa  Esther  aprende  pronto.  En  la  noche  siguiente  gana  tres 

partidos  sobre  cuatro. 


La  hija  anuncia: 


-Manuel  me  ha  invitado  de  nuevo  al  casino. 


-Sí,  sí.  Está  bien  -contesta  el  padre,  apurado  porque  no  vaya  a 

rechazar  la  salida. 


A  la  hora  indicada  nota  que  ella  no  se  ha  vestido  como  para  entrar 

a  una  sala  de  juego  elegante,  sino  de  modo  mucho  más  común,  con 

ropas  ligeras  que  no  le  conocía.  Esto  lo  deprime  un  poco.  Pero  no 

se  cree  con  derecho  a  hablar. 


Rosa  Esther  lo  vence  de  nuevo,  partido  tras  partido  y  noche  tras 

noche.  Entonces  el  amo  advierte  que  el  juego  perderá  seducción  si 

el  resultado  es  abiertamente  previsible. 


-Tienes  mucha  suerte,  hijita.  Veremos  si  en  el  ajedrez  es  lo 

mismo.  Porque  el  ajedrez  -y  agita  el  dedo  de  la  superioridad  y  la 

seguridad-  es  un  juego-ciencia,  y  con  él  de  nada  vale  la  fortuna. 


La  chica  se  informa  del  movimiento  y  el  valor  de  las  piezas.  Él  le  en¬ 

seña  algunas  partidas  fundamentales;  naturalmente,  las  más  sencillas. 






Naturalmente,  la  derrota.  Rosa  Esther  aplica  con  extrema  habilidad 

lo  que  ha  captado,  pero  él  sabe  más,  y  puede  sorprenderla  siempre. 

Sin  embargo,  ella  asimílalas  partidas  con  que  él  corta  sus  avances, 

aunque  no  le  sean  explicadas.  Esto  tiene  su  placer  para  el  veterano  y  el 

juego  vuelve  a  ser  en  él,  como  en  la  juventud,  una  ardiente  vocación. 


Rosa  Esther  intenta  trayectorias  que  no  le  han  sido  marcadas. 

El  amo  se  inquieta: 


—¿Por  qué  mueves  la  reina  de  esa  manera? 


-¿Está  mal?  -pregunta  azorada  la  chica,  dispuesta  a  retirar  la 

pieza. 


-rNo,  no;  pero... 


La  mano  de  la  chica  sigue  en  el  aire,  sobre  la  reina,  pronta  a 

corregir  el  error  si  se  lo  dicen. 


-¿No  se  corre  así? 


-No,  no  es  eso.  Es  que... 


-¿La  saco,  entonces?' 


-No.  Puedes  seguir,  pero...  ¿quién  te  ha  enseñado  a  mover  así? 


La  niña  retrae  la  mano.  Con  los  ojos  dice:  “¿Enseñado...?  Nadie. 

¿Quién  me  va  a  enseñar  a  mí?”. 


Antes  de  un  mes,  Rosa  Esther  pierde  muy  escasos  partidos. 


El  amo  se  apasiona.  Ganar  —“ganarle  a  esa  chica  —  es  una  nece¬ 

sidad  que  lo  domina. 


La  hija  vuelve  tarde.  Ya  no  explica  que  va  al  casino.  Saluda.  El 

padre  le  contesta  abstraído,  molesto  a  veces  porque  le  perturba  el 

itinerario  ideal  de  una  torre. 


-¿Cómo  ha  estado,  papá? 


-Bien,  bien.  No  me  distraigas. 


Más  adelante,  Manuel  pasa  a  la  sala  comedor  a  las  dos  de  la 

madrugada.  Se  queda  hasta  las  tres. 


En  la  mañana  viene  tarde.  Un  día  el  negocio  se  abre  a  las  diez.  Ma¬ 

nuel  no  ha  llegado,  la  dueña  ha  conseguido  despejar  la  cabeza  sólo  a 

esa  hora,  y  la  chica  también  duerme.  El  amo  no  se  da  cuenta.  Todos  se 

han  acostado  pasadas  las  cuatro.  No  obstante,  la  hija,  reta  a  la  chica. 


-Mucha  confianza,  mucha  confianza  te  estás  tomando. 






-¿Tienes  cincuenta  centavos...? 


— Sí,  la  mamá  me  dejó  cinco  pesos  del  sueldo. 


-Te  gustará  más  si  jugamos  por  plata. 


El  amo  sabe  que  está  contraviniendo  ciertos  principios  del  ajedrez, 

que  se  toma  de  los  placeres  y  las  tentaciones  de  los  otros  que  no  son 

“juego-ciencia”,  y  es  que  percibe  que  le  gustará  más,  a  ¿1,  no  a  Rosa 

Esther  como  dice. 


Ha  imaginado  bien.  Con  un  jaque  devastador  se  apropia  de  los  cin¬ 

cuenta  centavos  y  eso  le  produce  una  satisfacción  tan  ávida  y  sensual 

que  decide  hacerla  secreta.  Pasa  el  día  siguiente  con  una  alegría  y  un 

optimismo  que  no  consigue  atenuar  el  estado  de  cuentas  de  fin  de  mes. 


-<Tan  poco,  hija,  tan  poco...?  ¿Es  que  ya.no  entra  nadie  a  esta 

tienda? 


-No  tenemos  novedades,  papá,  y  la  gente  busca  colores  modernos. 


-Nunca  hemos  trabajado  con  el  público  de  las  novedades. 


El  padre  dice  verdades  y  entiende  que  debieran  gravitar  para  un 

cambio  en  la  vida  de  la  hija,  que  represente  además  una  mejora  en 

la  actividad  del  negocio.  Pero  también  considera  que  la  marcha  de  la 

tienda  ya  no  es  problema  suyo.  Suyas  son  las  noches,  actualmente, 

después  de  años  y  años  de  monotonía  junto  a  la  hija,  olvidado  de 

los  amigos  que  fueron  o  existieron. 


-Un  peso,  ¿te  animas? 


-Sí. 


Gana  él. 


-¿Otro? 


-Sí. 


Gana  ella. 


-¿Dos? 


-Sí. 


Gana  ella. 


-¿Los  dos  que  me  ganaste  anoche? 


-Bueno. 


Él  los  recupera. 


En  un  mes  la  chica  se  hace  de  un  capital  de  setenta  pesos.  Él  le  ha 

enseñado  a  jugar  el  todo  por  el  todo  y  necesita  que  ese  dinero,  desme¬ 

nuzado  partido  tras  partido,  vuelva  repentinamente  a  su  caja  de  ma¬ 



dera.  Es  el  fondo  de  sus  reservas  personales,  para  Jos  gastos  chicos,  de 

tabaco,  de  periódicos,  y  esta  vez  se  ha  agotado  excesivamente  pronto. 


-¿Todo  lo  que  me  has  ganado  hasta  hoy? 


Rosa  Esther  vacila: 


-¿Ya...? 


-No,  no.  Mañana. 


Si  ella  hubiera  contestado  que  sí,  sin  titubear,  él  habría  temido 

tanta  seguridad.  Pero  ella  ha  dudado.  Si  él  hubiera  tenido  los  setenta 

pesos  en  su  caja  de  la  mesa  de  luz,  los  habrían  disputado  esta  noche. 

Tendrá  que  pedirlos. 


-Hija,  debes  darme  setenta  pesos; 


-¿Y  lo  que  tenía...? 


-Se  me  ha  terminado. 


-¿Para  qué  los  quiere? 


El  padre  se  enardece: 


-¿Tengo  que  explicarte? 


Si  la  hija  dice  que  sí,  si  de  algún  modo  pretende  desconocer,  en 

ese  punto,  su  autoridad  de  padre,  será  ella  quien  tenga  que  explicar 

muchas  cosas. 


Pero  ella  declina  una  discusión.  Sin  embargo,  al  decir  que  está 

bien,  mientras  se  retira  de  la  habitación,  declara: 


-Tendré  que  pedírselos  a  Manuel. 


¡Pedírselos  a  Manuel...!  El.  padre  está  abochornado  por  esa  con¬ 

fesión  de  la  hija.  Una  herida  que  pudo  evitarle.  Ah,  ni  piedad  tiene 

ya  el  único  ser  de  su  sangre  que  le  queda.  Sólo  püede  contar  con 

esa  chica,  su  compañía  verdadera. 


Recibe  los  setenta  pesos.  En  la  noche  pasan  a  ser  de  Rosa  Esther. 


Está  confundido.  Retoma  a  las  cautelosas  apuestas  de  un  peso. 


El  experimentado  jugador  de  ajedrez  desea  entender  lo  que  ocu¬ 

rre.  En  muchas  ocasiones  aprovecha  las  horas  del  día  para  meditar 

alguna  jugada  que  hizo  Rosa  Esther,  mientras  la  chica  está  lavando 

los  pisos,  seguramente  ajena  a  esc  tipo  de  preocupaciones  que  tienen 

tomado  al  amo. 


Le  desconcierta  que  las  jugadas  sean  tan  correctas. 


 



Su  propia  mente  no  da  luz  al  caso.  Traca  de  recordar  la  escasa 

bibliografía  del  juego  que  ha  pasado  por  sus  manos.  Ya  no  cuenta 

con  los  libros,  que  fueron  de  préstamo. 


Cuando  no  está  pensando  en  eso  repentinamente  se  le  aparece 

con  cierta  nitidez  un  párrafo,  que  en  otro  tiempo  le  impresionó.  Está 

en  un  libro...  de  un  autor  de  nombre  francés. 


Con  ayuda  de  la  hija  lo  consigue.  Relee,  rebusca. 


Da  con  ello:  “Van  Duscn  demostró  que  mediante  la  lógica  inevi¬ 

table  un  novicio  en  el  juego  de  ajedrez  podía  llegar  a  derrotar  a  un 

campeón  que  le  hubiera  dedicado  toda  su  vida”. 


Eso  según  Van  Dusen.  Ahora  bien,  ¿quién  era  Van  Duscn?,  se 

pregunta  el  anciano.  Un  sabio,  según  el  libro.  Pero  el  libro  es  de 

ficción,  aunque  no  dice  si  también  lo  es  Van  Duscn  o  si  realmente  el 

personaje  existió.  El  amo  no  se  siente  muy  firme  en  materia  literaria 

y  no  acierra  a  interpretar  de  modo  que  quede  convencido  en  algún 

sentido.  Busca  una  nota  de  editor,  un  prólogo  que  lo  oriente.  Sólo 

halla  una  referencia  biográfica  del  autor:  "Jacques  Futrellc.  Autor  de 

ascendencia  francesa.  Nació  en  Estados  Unidos  de  Norteamérica. 

Pereció  en  el  naufragio  del  ‘Titanic,  en  1912". 


“Bueno,  por  lo  menos  el  autor  era  una  persona  concreta”,  se 

dice  el  amo,  satisfecho  de  su  ironía.  Entonces  vuelve  al  texto:  “Van 

Duscn  demostró  que  mediante  la  lógica  inevitable...”.  Suspende 

la  lectura  y  se  consagra  a  la  reflexión:  “La  lógica  inevitable".  Rela¬ 

ciona  la  frase  con  Rosa  Esther.  Concluye  quitándose  de  encima  la 

preocupación:  “¿Pero  es  que  puede  haber  una  lógica  inevitable  en 

esa  criatura...?”. 



No  mucho  después,  en  esa  hora  de  la  madrugada  en  que  se 

perciben  los  pasos  tenues,  el  padre  nota  que  por  el  patio  circula 

alguien.  No  es  un  ladrón,  no.  ¿Cómo  pensarlo?  La  hija  ha  vuelto 

diez  minutos  antes  y  está  en  el  dormitorio. 


Entonces  en  el  padre  se  produce  un  ahogo  de  indignación.  Se  le 

ocurre  probar  si  la  hija  está  en  situación  de  escuchar  ruidos  extraños. 

Le  dice  a  la  chica,  que  se  halla  absorta  en  un  problema  del  tablero 

y  no  se  ha  dado  cuenta  de  nada: 



-Vas  al  negocio.  Enciendes  las  luces.  Buscas  la  pieza  de  género 

que  más  te  guste.  No  te  asustes  de  hacer  ruido,  mover  la  escalera  ni 

abrir  las  puertas  del  mostrador.  Eliges  y  traes  lo  que  más  te  convenga 

para  un  vestido. 


Rosa  Esther  obedece.  Produce  ruido  como  mandada  a  hacerlo. 


La  hija  no  muestra  enterarse.  ¡Y  la  luz  del  dormitorio  está  en¬ 

cendida! 


Rosa  Esther  vuelve  con  un  corte  estampado,  de  variados  valores 

fuertes  de  azul  y  amarillo.  El  amo  está  enceguecido  de  dolor,  pero 

deriva  hacia  la  otra  parte  del  plan  que  se  ha  propuesto: 


-Fíjate  en  la  etiqueta.  ¿Cuánto  vale  el  metro? 


-Treinta  pesos. 


-¿Cuántos  metros  precisas  para  hacerte  un  vestido? 


-No  sé.  Unos  tres... 


-Eres  muy  delgada.  ¿Cuántos  años  tienes? 


-Dieciséis. 


-Bueno.  No  importa  la  edad.  Tres  metros,  dices.  Son  noventa 

pesos.  ¿Los  juegas? 


-¿Yo  apuesto  plata  y  usted  la  tela...?  Bueno. 


El  amo  juega  con  pasión  y  en  un  estado  nervioso  que  le  hace 

equivocar  hasta  el  ejercicio  de  las  intenciones. 


No  obstante,  llegado  el  momento  toma  sus  precauciones: 


-Lo  cortaré  yo.  Trae  el  metro  de  hule  y  las  tijeras.  Mi  hija  no  tiene 

que  enterarse.  Después  dejarás  todo  en  orden  y  apagarás  las  luces. 



Manuel  da  la  pista: 


-Ayer  teníamos  seis  metros.  Esa  señora  quedó  en  volver  hoy. 

Pidió  cuatro.  No  quedaban  más  que  tres.  No  los  hemos  vendido. 

¿Dónde  están? 


La  dueña  se  enciende.  Allana  la  pieza  de  Rosa  Esther.  En  apa¬ 

riencia  es  el  cuarto  humilde,  con  sólo  lo  indispensable,  de  una 

muchacha  a  la  que  no  se  reconoce  necesidades.  Debajo  del  colchón, 

en  paquetes  detrás  del  baulico,  en  el  baulito  mismo,  hay  cortes  de 

tela,  ropa  interior,  puntilla,  botones  forrados... 


La  saca  de  un  brazo  de  la  cocina,  sacudiéndola: 





-¡Ladrona!  ¡Porquería!  ,  .  . 


-Yo  no  he  robado  nada.  No  he  robado  nada,  lo  juro  por  Dios 

-y  llora,  debatiéndose  por  zafarse  de  la  mano  que  la  aprisiona  y  de 


la  acusación  que  la  humilla. 


La  mujer  la  arrastra  ante  el  padre. 


-Mírela.  Es  una  ladrona.  ¡Lo  que  he  descubierto...!  ¡Y  lo  que 


tendrá  en  su  casa...!  .  ,  ,  , 


El  padre  está  desesperado.  Quiere  hablar,  no  acierta  a  hacerlo  y  la 


hija,  profiriendo  insultos,  no  se  interesa  por  lo  que  él  pueda  decir. 


La  niña  llora  y  le  ruega: 


-Por  caridad,  señor...  Cuéntele...  Dígale  que  no... 


-Está  bien  -el  hombre  hace  por  delante  de  sí,  con  una  mano, 

el  gesto  del  que  ha  sido  descubierto,  a  la  hora  de  las  confesiones 

expiatorias.  Sólo  consigue  tranquilizar  medianamente  a  la  chica,  que 

sofrena  el  llanto.  La  hija  no  contiene  el  vendaval  de  las  imputaciones 

y  las  suposiciones. 


-No  la  maltrates.  La  culpa  es  mía. 


Ahora  sí,  la  hija  se  queda  quieta.  La  ha  congelado  la  declaración. 

-Me  lo  ha  ganado  honestamente,  jugando  al  ajedrez,  en  to  o 


este  tiempo. 


La  hija  averigua,  con  la  palabra  y  con  los  ojos: 


-Papá...  ¿está  loco,  usted? 


-No,  no  estoy  loco.  Y  lo  que  tiene  no  es  todo.  También  me  ha 

ganado  la  vitrina  alta. 


-Sí,  hija.  Esperaba  recuperarlo  esta  noche.  Ya  lo  has  malogrado 


y  no  sé  qué  haremos.  , 


Manuel,  con  una  actitud  de  hombre  tranquilo,  ha  estado  en  la 


puerta  escuchando  sin  ostentarse. 


Ahora  interviene  y  decide.  Cuando  el  amo  confiesa:  No  sé  qué 


haremos”,  él  sentencia: 


-Quitarle  todo  y  echarla, 


El  padre  lo  mira,  con  la  serenidad  del  que  está  resignado  a  dia¬ 

logar  con  los  intrusos: 


-No  es  posible. 


-¿Por  qué  no  es  posible? 





-Si  somos  honestos... 


-Ja  -la  media  risa  le  descuelga  a  Manuel  un  costado  del  labio. 



La  muchacha  vuelve  en  la  tarde  detrás  del  padre,  con  un  miedo 

espantoso  de  volver.  Ha  tenido  que  enterarlo  sin  reservas  porque,  de 

otro  modo,  ¿cómo  explicar  la  pérdida  del  trabajo?  ¿Cómo  hacerle  en¬ 

tender,  a  la  familia,  que  le  haya  sido  negado  hasta  el  baulito  con  su  pro¬ 

pia  ropa?  “Que  venga  tu  padre”,  le  ha  dicho  el  ama,  y  ahí  está  el  padre. 


Manuel  no  le  da  paso: 


-La  señorita  no  está  y  el  señor  está  en  cama.  Tiene  que  enten¬ 

derse  conmigo. 


-¿Y  usted  quién  es? 


-Manuel  Gutiérrez,  nada  más.  Pero  usted  tiene  que  entenderse 

con  Manuel  Gutiérrez. 


Al  padre  de  Rosa  Esther  le  viene  la  gana  de  darle  Un  manotazo. 


-Su  hija  ha  robado. 


-¿Qué  dice,  mocito  atrevido? 


Pero  una  mano,  muy  joven  y  muy  poderosa,  lo  agarra  de  la 

solapa. 


Tiene  que  contentarse,  después,  con  gritarle  desde  la  puerta: 


-El  asunto  ño  termina  aquí.  ¡La  policía  va  a  venir!  ¡Y  la  justicia! 



El  padre  de  Rosa  Esther  conoce  algunos  procuradores.  Repasa 

los  rostros  -y  los  hechos  que  a  ellos  se  refieren-  mientras  se  va 

tragando  el  frentazo.  Sabe  que  existen  procuradores  de  los  pobres 

y  que  existen  procuradores  de  los  pobres  que  se  han  equivocado  a 

propósito.  A  él  le  parece  que  su  caso  es  limpio;  sin  embargo,  como 

hay  juego  por  medio  y  su  apellido  no  constituye  una  recomenda¬ 

ción...  elige  un  pillo. 


El  pillo  le  dice: 


-No  tiene  ninguna  prueba...  Y  ella  és  menor... 


El  padre  le  hace  notar: 


-Mire  que  hay  muchos  pesos  sobré  la  mesa.  Y  las  deudas  de 

juego  son  deudas  de  honor. 



Entonces  el  procurador  sospecha  la  posibilidad  de  un  arreglo 

extrájudicial. 


-Bueno.  Si  voy  y  lo  asusto  con  una  amenaza  de  embargo...  ¿Dice 

que  es  un  viejo...?  Le  prevengo  que  precisaré  la  firma  de  un  abogado. 

Y  si  perdemos  eso  costará  plata. 



El  padre  de  Rosa  Esthcr  ha  puesto  en  marcha  la  venganza.  Respira  tran¬ 

quilo  y  puede  olvidar  la  ofensa  de  Manuel  Gutiérrez.  Además  su  cabeza 

nene  espacio  para  otro  tipo  de  consideraciones.  Las  masculla.  Despacito. 


Al  entrar,  los  recibe  la  averiguación  de  la  madre  de  Rosa  Esther. 


-¿Y...?  ¿Qué  hubo...? 


No  hace  falta  respuesta. 


Entonces  quiere  vengar  en  las  carnes  de  la  hija  la  pérdida  de  la  ropa  y 

el  baulito.  Alcanza  a  darle  un  bofetón,  pero  el  padre  la  ataja  con  firmeza: 


-Dejala.  Ella  no  tiene  la  culpa.  Al  contrario...  -dice  y  se  interna 

de  nuevo  en  su  meditación. 


Pide  mate  y  sigue  pensando. 


Después  llama  a  Rosa  Esther. 


-¿Así  que  tenés  mano  con  suerte? 


-Y...  no  sé  -responde  la  muchacha,  modosa  y  encogida,  porque 

desconoce  si  la  atropellará  un  reto  o  la  consolará  un  halago  y  considera 

más  posible  lo  primero. 


-¿Qué  jugaste,  ajedrez  no  más? 


-Y  damas. 


-¿Qué? 


-A  las  damas. 


-¿Y  baraja? 


-No,  eso  no,  papá.  Se  lo  juro  -con  dos  dedos  hace  una  cruz 

sobre  los  labios. 


Recela  de  haber  llegado  al  punto  más  peligroso  del  interrogatorio. 

No  obstante,  el  padre  pronuncia  palabras  insospechables: 


-Bueno,  eso  se  arregla.  Yo  te  voy  a  enseñar. 


El  tono  lleva  algo  de  lamentación  y  de  conformidad. 


La  niña  mira  al  padre.  El  padre  no  sonríe,  no  sé  burla.  Ha  ha¬ 

blado  con  toda  seriedad. 



Le  da  la  impresión  de  que  estuviera  cansado  a  cuenta.  Como 

siempre  que  tiene  que  trabajar. 



Le  enséñala  escoba  de  quince.  Lo  más  sencillo,  piensa.  Resulta 

excesivamente  rudimentario  para  la  chica.  Tute,  brisca,  truco.  Rosa 

Esther  no  puede  decir  todos  los  versos  que  rima  el  padre,  como  un 

floreo  del  juego.  Ella  no  tiene  memoria.  Pero  tiene  lo  que  el  padre 

quiere:  el  camino  siempre  fácil  para  el  triunfo.  En  la  mesa  de  la 

cocina  el  padre  padece  tantas  derrotas  juntas  como  no  ha,  experi¬ 

mentado  en  mucho  tiempo  de  ronda  por  los  boliches. 


-Para  el  domingo  hacé  pasteles,  Teresa. 


Ha  llegado  el  día  señalado  para  la  prueba.  Invita  a  tres  amigos. 

Comen  los  pasteles  con  ensalada  y  vino  tinto,  en  el  patio,  debajo 

del  parral. 


Después  Teresa  pasa  un  paño  húmedo  al  hule  y  el  marido  aparece 

con  el  mazo  de  naipes  y  una  cajita  de  granos  de  maíz.  Arman  el  tute 

de  cuatro.  El  padre  pierde.  A  cierta  altura,  socarrón,  les  confía: 


—Para. el  truco  tengo  otra  flor. 


Y  presenta  a  la  hija. 


Se  ríen.  ¿Qué  pretende?  El  truco  no  es  juego  de  chicos,  menos  de 

chicas.  Pero  le  hacen  lugar.  Y  ponen  el  pesito  que  no  puede  hurtarse 

al  partido  aunque  vaya  en  broma”.  Al  perder  se  dan  cuenta  de  que 

no  es  broma.  Ellos  no  son  jugadores  novatos  y  no  cualquiera  les 

gana  de  primera  intención.  A  menos  —se  consuelan-  que  sea  con 

mucha  suerte. 


Como  la.suerte  se  despega  de  ellos  toda  la  tarde  y  no  se  resignan 

a  esa  pérdida  afrentosa— unos  quince  pesos  por  cabeza—,  combinan 

otra  partida,  por  el  desquite. 


Al  desquite  acude  un  curioso. 


La  curiosidad,  en  la  segunda  ocasión,  sale  a  la  calle  y  gana  el  boliche. 


Algunos  amigos  incitan  al  padre  a  que  la  lleve.  Determinan  una 

noche  de  mirad  de  semana,  con  ciertas  precauciones,  para  no  llamar 

la  atención.  Esa  noche  el  bar  tiene  más  gente  que  los  sábados.  Todos 

hombres,  ella  sola  mujer.  De  este  lado  del  mostrador,  porque  del 

otro  está  la  esposa  del  dueño,  indispensable  para  enjuagar  tantos 





vasos,  mordida  de  curiosidad,  ella  también,  por  entrever  el  juego 

de  “esa  negrita  que  arrea  con  todos”. 


No  pasa  de  ser  la  primera  noche.  Tendrá  muchas. 


Después,  en  cada  oportunidad,  al  entrar  en  el  callejón  que  termi¬ 

na  con  su  casa  al  fondo,  Rosa  Esther  saca  del  bolsillito  desvestido 

treinta,  cuarenta  pesos,  que  el  padre  recibe  y  cuenta,  a  la  luz  del 

farol,  antes  de  entrar. 


-A  tu  mamá  decile,  si  te  pregunta,  que  no  te  fue  muy  bien.  Que 

ganabas  veinte  y  perdiste  diez. 


El  recelo  del  padre  es  de  que  siempre  gane.  Por  fortuna,  a  veces 

pierde.  De  lo  contrario  sólo  la  vanidad  de  algún  jugador  podría  man¬ 

tener  la  aceptación  de  una  muchachita  en  la  mesa  de  .los  varones. 


El  miedo  de  la  madre  es  diferente.  Teme  por  los  hombres.  No 

faltará  alguna  mano... 


La  mano  que  una  noche  se  desliza  hacia  Rosa  Esther  no  va  para 

acariciar  subrepticiamente,  no  va  a  despertar  ladinamente  la  mujer. 

Lesaca  el  rollito  del  bolsillo.  Es  el  último  partido  y  ella  pierde:  no 

tiene  por  qué,  al  levantarse,  poner  la  mano  de  nuevo  allí. 


En  el  callejón,  sin  el  requerimiento  del  padre,  ya  innecesario, 

busca  el  fajo.  No  está.  Mira  el  suelo. 


-Papá,  se  me  ha  caído. 


Recorren  el  callejón,  ayudándose  con  fósforos  para  descubrir  la 

huella  de  las  pisadas,  para  buscar  justo,  justo,  por  donde  vinieron. 

Llegan  al  boliche.  Hacen  levantar  al  dueño.  Revisan  el  piso. 


-A  la  policía,  habría  que  avisar.  ¡Sinvergüenzas!  Aprovecharse 

así  de  una  criatura. 


El  padre  siempre  amenaza  con  la  policía,  pero  ni  acude  a  ella  ni 

acudirá.  Sabe  que  ningún  policía  que  lo  conozca  “le  hará  justicia”, 


“Como  si  lo  hubiera  llamado”,  se  dice  mentalmente,  en  la  noche 

que  sigue,  cuando  en  la  puerta  del  boliche  aparece  un  vigilante.  No  es 

el  único  que  se  intimida  ante  la  presencia  policial.  En  la  mesa  no  hay 

dinero,  sólo  porotos  para  marcar  los  tantos.  Sin  embargo,  hay  que  bo¬ 

rrar  de  los  ojos,  de  la  nerviosidad  de  las  manos,  el  indicio  de  las  apuestas. 



-Buenas,  agente. 


-¿Gusta  de  algo? 


-¿Una  copita...? 


Con  la  mano  dice  que  no  y  avanza  mientras  contesta. 


El  partido  no  se  interrumpe,  porque  sería  traicionar  algo  escon¬ 

dido.  Rosa  Esther  no  comprende  en  todo  su  alcance  el  peligro  de 

un  policía  en  la  mesa  de  juego.  No  se  preocupa.  Baraja  ella.  Los 

dedos  se  je  lian  puesto  muy  ágiles. 


El  policía  comenta:  “¡Una  luz...!”,  mientras,  de  pie  no  más,  ocupad 

hueco  que  le  han  abierto  en  la  rueda.  Todos  asienten  con  un  murmu¬ 

llo,  no  arriesgan  otro  comentario.  Ignoran  a  qué  ha  venido  él  vigilante. 


Él  incita:  “¿Y...?  ¿No  hay  plata?”.  Algunos  dicen  que  no  con  la 

cabeza.  Uno  lo  niega  abiertamente,  con  tranquilidad,  como  cosa 

demasiado  sabida:  “No,  agente.  Qué  va...”.  El  padre  se  cree  obligado 

a  una  información  más  clara:  “Gusto  no  más  agente.  A  los  amigos 

les  gusta  ser  testigos  del  caso”.  La  llama  el  caso,  porque  no  puede 

negarlo  y  hasta  huele  que  el  policía  ha  venido  justamente  a  constatar 

la  fama.  Por  eso  esgrime  la  osadía  como  un  reto:  “Caso  de  suerte, 

no  más.  Tanta  que,  por  plata,  no  se  le  anima  nadie”. 


El  vigilante  lo  mira.  Ha  recibido  la  insinuación  y  le  parece  que 

hay  una  sobra  de  coraje.  Tiene  que  achicarlo.  Y  para  eso  ya  no  es 

cuestión  de  uniforme.  Saca  un  billete  de  cinco  pesos.  Lo  pone  a  una 

carta.  La  muchacha  corta  y  da.  Recoge  el  billete  de  cinco  pesos.  El 

policía  le  estudia  el  semblante.  Le  recuerda  ese  tipo  de  jugadores 

que  no  se  entusiasman  con  la  ganancia.  Rosa  Esther  rti  siquiera  le 

devuelve  la  mirada. 


El  policía  lleva  la  mano  al  pantalón.  Busca  un  solo  billete.  No 

quiere  arriesgar  demasiado.  Dice:  “Aquí  hay  otro”,  y  observa  con 

disgusto  que  ha  sacado  uno  de  diez. 


Hace  tres  tiros  más..  No  consigue , retener  ningún  papel. 


Entonces  deja  las  manos  quietas,  sin  confesar  si  no  tiene  más  o 

noi  quiere  seguir  jugando,  y  opina: 


-Caso  de  suerte,  no  más. 


Se  produce  un  momento  de  incertidumbre.  Lo  salva  alguien  con 

un  envite  de  escoba.  Y  para  no  pecar  por  exageración  de  pureza, 

apuesta  una  vuelta  de  caña. 





Da  vuelta  los  ojos  hacia  el  agente,  mientras  baraja,  y  le  explica: 


-Cañita  dulce,  de  duraznito.  Por  la  chica,  usted  sabe,  agente. 


No  ha  sido  una  buena  noche.  El  padre  de  Rosa  Esther  sabe  que  ha 

dejado  un  encono.  Todo  el  tiempo  estuvo  deseando  que  cada  mano 

se  le  diera  en  contra,  a  la  hija.  Si  hubiera  conseguido  prevenirla... 

Pero  la  chica  veía  el  billete  y  adelantaba  porotos,  estaba  claro  que 

con  el  respaldo  del  padre,  y  éste  no  podía  decir  que  no. 


Deja  en  blanco  cuatro  días. 


Visita  al  procurador.  El  procurador  le  confiesa  que  un  empleado, 

un  tal  Gutiérrez,  no  lo  ha  dejado  hablar  con  el  dueño  de  la  tienda. 

Habrá  que  hacer  un  amago  de  demanda.  Hace  falta  plata. 


El  padre  de  Rosa  Esther  se  sulfura:  “¿Otra  vez  el  metido  ese?  Yo  le 

voy  a  enseñar”.  Pregunta:  “Cuánto”.  Cuánto  dinero  hace  falta. 


El  procurador  no  sospechaba  un  acuerdo  táñ  candoroso  y  rió 

tiene  pensada  la  cantidad  que  puede  obtener.  Vacila: 


-Y...  a  ver,  unos  cien,  ciento  veinte  pesos. 


-Le  voy  a  traer  cincuenta. 


-A  ver...  puede  andar,  si  es  pronto.  ¿Mañana...? 


-Mañana. 


Hay  que  ganar  cincuenta  pesos. 


No  cree  haber  entrado,  otra  vez,  con  el  pie  debido.  Al  primero 

que  descubre,  el  padre  de  Rosa  Esther,  es  a  ese  que  no  conoce,  que 

había  aparecido  la  noche  que  apostó  el  vigilante.  Le  cayó  mal,  aquella 

vez.  Tiene  aire  de  compadre,  pero  compadre  joven,  que  ahí  está  lo 

malo.  Y  no  es  de  la  zona,  ni  de  todo  lo  que  él  conoce  en  la  orilla  del 

zanjón.  Y  no  hizo  apuestas,  ni  espiaba  el  juego.  Sobraba,  no  más, 

sin  ofender.  Pudo  pasar,  si  era  de  pasada.  Pero  ha  vuelto. 


Antes  de  sentarse,  el  padre  de  Rosa  Esther  se  acerca  al  mostrador 

y  hace  una  seña  al  bolichero. 


-¿Quién  es? 


-¿No  se  acuerda?  El  hijo  de  doña  Cristina  Leyes,  que  era  lavan¬ 

dera. 



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-Sí,  es  cierto.  Como  se  ha  estirado,  no  lo  reconocía.  Pero,  ¿cuánto 

hace  de  eso? 


Además  la  condición  humilde  de  la  madre  no  es  una  garantía  de 

lo  que  pueda  ser  el  hijo.  Por  eso  el  padre  de  Rosa  Esther,  disimu¬ 

lando  que  habla,  por  si  el  aludido  le  mira  la  boca  en  ese  momento 

y  reconoce  la  palabra,  pregunta  al  bolichero: 


-¿Batidor...? 


De  atrás  del  mostrador  sale  una  mirada  inquieta,  la  de  un  hombre 

que  hasta  esc  momento  no  había  pensado  que  ahí  está  alguien  que 

representa  un  peligro.  Lo  observa  bien,  antes  de  contestar,  y  da  un 

argumento,  para  tranquilizarse: 


-No  creo.  Mírele  las  manos.  Ha  trabajado.  No  mucho,  pero... 


A  su  vez  el  padre  de  Rosa  Esther  lo  analiza.  Resume  sus  conclusiones: 


-Mucha  ropa  para  tan  poco  trabajo. 


-Y...  a  lo  mejor...  -y  el  bolichero  hace  el  ademán  de  vistear  las  cartas. 


Esto  convence,  aunque  no  del  todo,  al  padre  de  Rosa  Esther,  por* 

que  es  un  argumento  razonable  y  combina  bien  con  la  curiosidad  que 

provoca  su  hija.  Está  preparado,  pues,  para  recibir  sin  sobresalto  las 

palabras  que;  con  aire  de  sugestión  y  complicidad,  le  hace  llegar  en  la 

primera  ocasión,  con  muchas  pausas  y  hablándole  muy  cerca  de  la  cara: 


-Una  joya,  la  chica.  Lástima  que  no  sepa  el  poker. 


—¿Lástima...?  —dice  lentamente  el  padre,  pero  en  voz  alta,  para 

que  alguno  más  atienda,  por  si  hay  provocación-.  ¿Y  por  qué,  si  se 

puede  saber? 


El  otro  lo  mira  sonriente,  aunque  sin  pelea.  Le  descubre  la  des¬ 

confianza  y  lo  quiere  ganar: 


-Porque  es  una  pena  que  no  salga  del  barrio.  Yo  sé  de  un  café... 


El  padre  se  engalla  ligeramente,  como  si  atajara  una  insinuación 

sucia.  El  otro  lo  comprende  todo  muy  rápidamente  y  lo  serena  de 

nuevo,  con  la  sonrisa  y  con.  el  gesto: 


-No  se  incomode,  pues.  Escúcheme  un  poquito  no  más.  Yo  sé 

de  un  café,  le  decía,  donde  el  poker  llama  mucho  de  esto  -y  se  frota, 

expresivamente,  el  pulgar  con  el  índice. 


La  seña  se  ha  quedado  en  el  aire,  encandilando  al  padre. 






Convenido.  Leyes  le  enseñará  el  poker.  Él  conseguirá  que  entre 

sin  revuelo  en  el  café.  El  padre  podrá  cuidarla  en  todo  momento. 

No  han  hablado  de  la  distribución  de  beneficios.  Evitan  hablar, 

todavía,  de  ese.  juego  como  de  un  negocio.  Un  pudor  que  aún  se 

puede  sostener  un  tiempo.  Hasta  que  sea  necesario  concretar. 


Leyes  se  queda  en  camisa  y  Cuelga  el  saco  con  determinadas 

precauciones.  Luce  bien,  pero  es  siempre  el  mismo,  y  lo  cuida. 


Enseguida  comienza  la  lección.  Lo  hace  en  serio,  sin  permitirse 

distracciones  ni  bromas. 


Doña  Teresa,  canta  en  el  patio,  mientras  jabona  la  ropa. 


Sin  despegarse  el  cigarrillo  del  labio  ni  sacar  la  mirada  de  sus 

cartas.  Leyes  indica: 


-Por  favor,  don,  dígale  que... 


El  padre  de  Rosa  Esther  lo  mira  sin  saber  al  principio  qué  quiere; 

otra  mirada  y  un  movimiento  de  cabeza  le  ayudan.  Sale  al  patio  y 

enseguida  el  canto  se  corta. 


El  hombre  vuelve  a  la  silla,  junto  a  la  mesa,  y  no  atiende  el  juego  por 

un  rato.  No  está  muy  seguro  de  haber  acertado.  No  le  gusta  obedecen 

Menos  a  alguien  más  joven  que  él.  Menos,  en  su  propia  casa. 


Más  le  fastidia  la  invasión  de  doña  Teresa.  Pero  al  marido  no 

puede  protestarle.  Se  le  atreve  al  mozo  porque  fue  vecina  de  la  madre: 


-¿Y  usted  no  trabaja  en  nada? 


-¿Por  qué  lo  pregunta,  señora?  -responde  muy  tranquilo  y  muy 

pausado,  sin  molestarse. 


-Como  viene  todas  las  tardes. 


-Observadora,  ¿no?  -sonríe-.  Da  la  casualidad  que  estoy  de 

licencia. 


-¿Y  dura  siempre  esa  licencia?  -pregunta  Rosa  Esther  riéndose 

con  simpatía. 


Él  la  mira  y  enseguida  le  ayuda  a  reírse.  Se  han  entendido. 



Hasta  ese  momento,  Rosa  Esther  nunca  había  dicho,  para  él,  una 

frase  ajena  a  los  temas  del  juego.  Nunca  habla  en  lá  mesa.  Nunca 

habla  con  los  hombres.  Lleva  semanas  de  alternar  con  ellos  y  nada 

ha  conseguido  perturbarla.  Ni  las  malas  palabras. 



-¿No  le  parece  que  ya  sabe  bastante  la  muchacha?  -reclama  el  pa¬ 

dre  cuando  el  aprendizaje  ha  cubierto  todos  los  días  de  una  semana. 


-Todavía  no,  don...  El  poker,  usted  sabe,  es  una  historia  que 

tiene  muchas  historias. 


El  padre  está  por  contestarle:  “Más  historias  tenés  vos”,  pero  se 

contiene,  porque  reconoce  que  anda  demasiado  quisquilloso,  por 

culpa  de  un  dolor  reumático  que  le  permite  decir:  “Ya  ve  amigo,  el 

trabajo  al  final  lo  mata,  a  uno”. 


Leyes  manosea,  dueño  de  la  situación: 


-Para  el  poker  hay  que  hilar  fino,  don..  No  se  apure  por  ser  rico. 

Ya  llegará.  Tenga  paciencia. 


Pero  antes  de  llegar,  el  padre  se  enferma.  “Un  mal  de  cama”, 

dictamina  la  esposa,  y  él  acata,  porque  no  puede  resistir  en  pie. 

Como  es  un  mal  de  cama,  sólo  ál  lecho  se  confía  y  no  a  médico  ni 

remedio  alguno.  Se  deja  estar. 


Leyes  se  asoma  a  la  pieza. 


-Buenas...  ¿Cómo  anda  hoy  ese  ánimo...? 


-Así,  así,  no  más.  Bien,  mejor  dicho.  Pero  si  me  muevo,  grito. 


-¿Quiere  que  le  llame  la  Asistencia? 


-¡Hospitales,  a  mí,  no!  A  mí  no  me  encierran  así  como  así. 


-No  se  enoje.  La  Asistencia  he  dicho,  no  hospitales. 


Y  a  los  tres  días: 


-¿Y  don...?  ¿Se  decidió? 


-Venga,  Leyes.  Acérquesc. 


Y  cuando  Leyes  está  parado  junto  a  la  cabecera,  barajando  el 

mazo  para  la  lección  puntual,  el  enfermo  le  dice,  con  ese  tipo  de 

pregunta  que  es  un  pedido. 


-¿Usted  no  tendría.,.? 


Con  Leyes  no  es  necesario  hablar  todas  las  palabras.  Leyes  no 

precisa  saber,  siquiera,  cuánto: 


-No,  don...  Conmigo  no  cuente  para  eso.  Voluntad  no  falta, 

pero... 


El  padre  sabe  que  no  sacará  nada  de  provecho  con  insistir.  Echa 

la  cabeza  sobre  la  almohada  y  con  la  mirada  en  el  techo  se  queda 

masticando  la  caída  de  una  esperanza. 


Leyes  no  se  va.  Sonríe. 



-Hay  una  solución  -Leyes  habla  con  muchas  pausas,  hasta  para 

decir  tres  palabras:  —“Hay  una  solución”. 


Lo  repite  con  un  campaneo  insinuante. 


El  padre  mira  a  Leyes.  Ve  una  sonrisa.  Le  desconfía,  sin  embargo, 

se  aviene  a  preguntar: 


-¿Cuál...? 


-X...  usted  sabe  -Leyes  arrastra  las  sílabas. 


-¿Qué  sé  yo?  -el  padre  está  por  enojarse,  pero  no  lo  hará  mientras 

no  sepa  bien  de  qué  se  trata. 


-Usted  lo  sabe.  La  chica  está  lista  para  el  café. 


-¿Y  ahora  me  lo  dice? 


-Ahora  está  lista  y  ahora  le  hace  falta  a  usted  -Leyes  ha  hablado 

con  mayor  rapidez  que  de  costumbre.  Es  una  de  esas  conclusiones 

suyas  que  no  se  pueden  discutir. 


El  padre  se  toma  un  tiempito  para  dar  su  asentimiento.  Como 

demora,  el  otro  lo  impulsa: 


-Ahora  le  hace  falta  a  usted,  ¿no...?  -ha  vuelto  a  demorar  las 

sílabas. 


El  padre  accede  con  una  queja: 


—Justo  ahora,  que  estoy  en  cama,  que  no  puedo  ir  yo. 


-¿No  me  tiene  confianza,  don...? 


El  padre  lo  mira  y  se  silencia. 



Es  sábado.  Rosa  Esther  se  ha  puesto  lo  mejor  de  su  ropa.  La  ma¬ 

dre  la  ha  ayudado  a  vestirse.  Eso  no  sucedía  desde  que  era  chiquita. 

Se  ha  fijado  en  los  detalles:  “Mirare  esas  mechas”.  Y  ella  misma  ha 

metido  el  peine  en  la  cabeza  de  la  hija. 


Al  desembocar  del  callejón,  Leyes  la  toma  del  brazo.  A  Rosa  le 

gusta.  Le  agradaría  estrenar,  esta  noche,  zapatos  altos. 


Toman  un  tranvía. 


-¿Dónde  es? 


-Calíate.  No  preguntés.  Te  va  a  gustar. 


La  lleva  aun  baile.  Hay  mascarones  pintados  a  un  lado  y  otro  de  la 

boca  de  entrada,  que  revienta  de  luces.  Entran  mujeres  con  vestidos 



de  telas  brillantes,  morochas  en  el  fondo  sencillas,  como  ella.  Rosa 

Esther  descubre  esa  semejanza  por  debajo  de  la  diferencia  de  los  trajes. 


-  ¿Te  gusta? 


-Sí. 


-¿Sabés  bailar? 


-Un  poco. 


-Vení.  Yo  te  enseño  lo  demás. 


Leyes  vuelve  solo  a  la  casa  de  la  muchacha.  Pero  dos  meses  des¬ 

pués  de  haber  salido  con  ella. 


La  madre  está  sola.  Lo  recibe  hosca,  a  la  defensiva*  como  si  te¬ 

miera  que  ese  hombre  pueda  hacerle  más  daño.  No  puede  mirarlo 

dé  frente,  ni  siquiera  al  hacer  la  pregunta: 


-Ella,  ¿dónde  está? 


Él  la  observa  despreocupado,  sin  concederle  mayor  importancia. 

Contesta  con  otra  pregunta: 


-¿Su  marido,  doña  Teresa?  A  él  lo  busco  -y  condesciende  a 

explicar  algo-:  Tenemos  que  conversar, 


-Ya  va  a  venir.  Ha  salido  -a  su  vez,  explica-:  Ya  camina. 


Se  arrepiente  de  hablarle  así  a  ese  hombre.  Entonces  se  anima  a 

mostrar  la  rabia.  Le  sale: 


-Ya  está  avisada  la  policía.  Le  va  a  costar  caro:  es  menor.  Suerte 

ha  tenido  hasta  ahora.  Quién  sabe  dónde  la  habrá  escondido.  Pero 

se  le  acabó,  ¡se-le-a-ca-bó!  ¡Sofito  tenía  que  caer! 


Leyes  no  se  afecta.  Cuando  ella  termina  el  párrafo,  se  vuelve  y 

camina  hacia  la  puerta. 


Ella  quiere  atajarlo,  con  un  grito: 


-¡No  se  vaya!  ¡Espérelo! 


Sin  detener  su  paso  lento  ni  acompañar  las  palabras  coa  úna 

mirada,  él  le  Concede: 


-No  se  asuste.  No  me  voy. 





Desde  la  boca  del  callejón,  el  padre  lo  descubre  ante  la  puerta 

de  su  casa. 


Va  diciéndose:  Lástima  de  Colt  que  me  dejé  quitar”.  Pero  de 

eso  hace  muchos  años. 


Desde  que  se  ha  levantado  lleva  en  la  cintura  un  cuchillitó  corto, 

de  cocina,  de  hoja  triangular  y  muy  filoso  y  puntiagudo,  que  el  saco 

no  deja  ver. 


No  sabe  si  Leyes  está  armado. 


Cuando  lo  tiene  más  cerca  y  lo  ve  tan  sereno  y  sólido,  considera  que 

será  prudente  parlamentar.  “Pero  si  hace  falta...”-,  se  dice,  y  acom¬ 

paña  la  reserva  con  un  juramento,  para  comprometerse  a  no  aflojar. 


-Buenas,  don... 


El  padre  no  recoge  el  saludo  más  que  para  advertirle: 


—Usted  sabrá  si  son  buenas. 


-Creo  que  sí,  digo  yo. 


El  padre  se  ha  detenido,  a  dos  metros,  y  espera. 


—Vengo  a  decirle  que  nos  vamos  a  casar. 


Más  de  lo  que  el  padre  esperaba.  Mucho  más.  No  puede  decirlo. 

No  quiere  confesarlo.  Se  calla  y  sigue  mirando¡  como  diciendo:  “Más. 

Más  cosas,  para  que  yo  entienda  mejor.  Esto  no  está  muy  claró”. 


Leyes  comprende  la  ansiedad  y  dice  todo  con  franqueza: 


-Me  la  llevé  a  prueba.  Estoy  conforme.  La  Esther  va  a  tener  uñ 

chico  -sonríe—.  Cuando  sea  el  tiempo,  se  entiende. 


En  la  mesa  de  la  cocina,  el  padre  recobra  la  palabra: 


-¿Dónde  está? 


-En  una  pensión. 


La  madre  quiere  saber: 


-¿Cómo  está? 


Leyes  vuelve  la  cabeza  hacia  ella.  Se  asombra  de  la  pregunta: 


-Bien.  ¿Cómo  va  a  estar? 


Y  dirige  la  mirada  al  padre,  considerando  que  sólo  de  él  espera 

preguntas  sensatas.  El  padre  recoge  con  gravedad  la  distinción: 


-Bueno,  ahora  quiero  saber  yo,  ¿cuándo  se  van  a  casar? 


-¿Casarnos...?  En  cuanto  arreglemos.  Yo,  por  mí...  Y  ella  está 

de  acuerdo. 




-Pero  es  menor. 


-Claro  -Leyes  acepta  que  es  menor,  sin  decir  más,  por  no  des¬ 

tapar.  que  teme  mayores  exigencias  de  los  padres  para  otorgar  el 

consentimiento. 


Sin  embargo,  el  padre  no  le  plantea  directamente  la  cuestión. 


-¿Dónde  van  a  vivir,  si  se  puede  saber? 


-Aquí  no. 


-¿Cómo,  aquí  no?  -el  padre  se  levanta. 


Leyes  recibe  el  disgusto  sin  alterarse,  Se  flama  a  una  cautelosa 

espera.  Cuando  el  padre  ha  cesado  de  barbotar  el  enojo,  hace  escu¬ 

char  su  palabra  pacífica  que  no  se  le  importa  mucho  de  la  opinión 

del  prójimo. 


-Yo  le  dije  recién:  “Me  la  llevé  a  prueba  y  estoy  conforme". 

Entiéndame.  Si  se  enoja  y  no  da  la  venia,  me  voy  y  no  nos  ven 

más.  No  se  la  voy  a  devolver.  No  se  haga  ilusiones.  Si  me  la  llevé  a 

prueba  era  para  ver  cómo  andaba  en  el  poker  con  su  suerte  famo¬ 

sa.  Si  estoy  conforme  es  porque  anda  bien.  Además,  me  gusta.  Es 

flaquita,  pero  aceptable.  Si  la  traigo  acá,  el  negocio  no  anda,  para 

mí,  se  entiende. 


Hace  una  pausa  y  pregunta: 


-¿Estamos? 


El  padre  comprende.  No  sacará  nada  de  ese  hombre.  Nada. 


Sin  embargo  las  ilusiones,  cuando  se  apagan,  a  veces  dejan  rescoldos. 


Antes  de  comprometerse  con  una  respuesta,  deja  caer  algo  que 

parece  preocupación  paternal: 


-¿Tendrán  un  chico?  ¿Ya  lo  saben? 


-Sí  claro.  Seguro. 


-¿Ve...?  -se  lamenta  el  padre,  como  dirigiendo  la  queja  a  sí 

mismo-.  Me  queda  una  sola  hija.  Se  va.  A  los  dos  meses,  ya  está 

casada  y  por  tener  un  hijo.  Al  año  ya  tendrá  su  propia  familia, 

bien  completa,  y  los  viejos...  solos,  machucados  y  tristes  -hace  que 

su  mirada  resplandezca  como  ante  un  hallazgo  súbito-.  ¿Y  si  nos 

dieran  el  chico...? 


-¿Darle  el  chico?  ¿Y  por  qué?  -con  la  sorpresa  y  la  pregunta  va 

el  rechazo;  pero  Leyes  se  consulta  y  halla  que  puede  decir-:  Yo,  por 

mí...  ¿Pero  la  madre...?  No  va  a  querer,  no. 





El  padre  ha  dado  el  consentimiento,  a  cambio  de  nada.  El  do¬ 

mingo  vendrá  a  almorzar  Rosa  Esther  con  Leyes. 


La  madre  espera  el  domingo. 


Le  pregunta  al  marido: 


-¿Para  qué  querías  el  chico?  Hay  que  criarlo,  ¿sabés,  ño? 


El  marido  se  fastidia  por  la  pregunta: 


-Es  hijo  de  la  Rosa,  ¿no? 


-Sí,  es  hijo,  ¿y  qué? 


-¿Y  si  sacara  la  suerte  de  ella?  Unos  años  de  pobreza,  pero  después... 

¿te  das  cuenta?  A  ése  no  se  lo  iba  a  llevar  ningún  compadrito. 


La  mujer  se  convence:  hombre  con  mañas,  el  suyo.  Medita  un 

rato  el  plan  del  marido. 


-¿Qué  estás  pensando? 


-Que  Leyes  tenía  razón:  que  ella  no  iba  a  querer. 


-¿Quién  no  iba  a  querer  qué? 


-Mi  hija.  No  iba.  a  querer  dártelo  a  vos. 


Usa  la  voz  de  no  ofender.  Pero  dice:  “Mi  hija”,  y  dice:  “Dártelo 

>» 


a  vos  . 


Llama,  en  la  abierta  puerta  de  calle,  un  par  de  manos. 


La  mujer  obedece.  El  marido  queda  exigiendo  jugo  al  mate. 


La  mujer  regresa. 


-Es  el  procurador,  otra  vez.  Dice  que  si  no  le  das  algo  el  juicio 

no  puede  seguir. 





Ilustración: Eugenio Viti

El dia de Nahum Wentworth (August Derleth - H. P. Lovecraft)

Al norte de Dunwich hay un vasto territorio abandonado que, tras sucesivas ocupaciones por gente de Nueva Inglaterra, canadienses de origen ...