jueves, 26 de febrero de 2026

La guerra sin nombre (Roland Barthes - Antonio Legaz)





En 1957, Roland Barthes hojea una revista y se detiene en una imagen que se haría famosa: un soldado negro, sonriente, saluda a la bandera francesa. La fotografía parece inocente, casi tierna. Para Barthes es un escándalo. No por lo que muestra, sino por lo que hace: convierte la historia colonial —la violencia, la jerarquía, la sangre— en una escena de armonía natural, de ciudadanos felices sirviendo a un imperio justo. Ese es el truco del mito moderno, dirá: transformar lo histórico en naturaleza, lo contingente en obvio.​


Si hoy mirara un informativo sobre la guerra de Ucrania, un gráfico sobre «ciberamenazas» o un tuit oficial hablando de «operaciones especiales», Barthes vería lo mismo: una avalancha de signos que pretende que el mundo «es así» y punto. La violencia se vuelve «daño colateral», la invasión se vuelve «operación militar», el odio organizado se vuelve «polarización en redes». Las palabras ya no nombran, purifican. Ese es el núcleo de su idea, el mito no niega las cosas, habla de ellas, pero las vuelve inocentes, las funda como naturaleza y eternidad.​


El problema es que ahora el mito no solo oculta, también deja zonas enteras sin nombre. Hemos inventado un tipo de conflicto que no cabe en el diccionario heredado: ni paz ni guerra, ni invasión oficial ni tranquilidad diplomática. Lo llamamos «zona gris» porque no sabemos cómo llamarlo de otra forma. No es solo un vacío técnico, es una falla en el sentido. Y Barthes nos diría que esa falla no es neutra: donde falta palabra, crece la doxa, la opinión corriente se repite y acaba decidiendo por nosotros.​


Barthes insistía en que la función del mito es la naturalización: borrar las costuras, hacer que la fabricación cultural parezca un paisaje. Cuando escuchamos una y otra vez que «la guerra es algo lejano», que «Europa está en paz aunque haya un conflicto en el este», que «esto son solo tensiones geopolíticas», no estamos recibiendo información, sino una forma de apagar la alarma. La distancia, la técnica, las categorías difusas funcionan como esa sonrisa del soldado negro que saluda a la bandera: el sufrimiento real queda fuera de plano, en los márgenes.​


Barthes insistía en que la función del mito es la naturalización


¿A qué nos afecta lo que no podemos nombrar? Barthes respondería: a todo. Afecta a cómo sentimos, porque el lenguaje es la forma en que el mundo nos llega. Si la violencia se nos presenta siempre en modo abstracto —«impacto cinético», «teatro de operaciones», «amenazas híbridas»—, la conmoción se diluye. El signo se vuelve «no sano», dirá Barthes, cuando suprime el trabajo simbólico que lo produjo, cuando se presenta como si su vínculo con la realidad fuera evidente y natural. Entonces ya no hay que pensar, solo asentir.​


Afecta también a cómo recordamos. Lo que no tiene nombre difícilmente entra en la memoria colectiva. Podemos recordar «la Guerra Civil», «la Segunda Guerra Mundial», incluso «la Guerra Fría», porque hay un rótulo que sostiene relatos, libros, discusiones familiares. ¿Cómo recordaremos dentro de veinte años este tiempo nuestro, hecho de sabotajes discretos, campañas de desinformación, presiones económicas o drones sin bandera? Sin palabra clara, quedará como ruido de fondo. Un malestar difuso que pasó. Barthes diría que esa es la victoria perfecta del mito: cuando ya ni siquiera se reconoce como tal.​


Esto afecta, sobre todo, a cómo actuamos. No solo en términos de política pública, sino en lo íntimo. Si no podemos decir «tengo miedo de esta guerra que no es guerra», lo convertimos en otra cosa: ansiedad, cinismo, chistes. Si no podemos llamar «odio organizado» a lo que vemos en redes, lo reducimos a «la típica bronca de redes». La falta de palabra nos roba el derecho a situarnos. Barthes lo habría visto con claridad: el lenguaje robado al sujeto y puesto al servicio de una doxa es una forma de desposeerlo.​


Sin embargo, uno no es nunca propietario de un lenguaje. La lengua está atravesada por ideologías, por poderes, por historias que nos preceden. Pero precisamente por eso creía en la tarea del desnaturalizador: el que pincha la burbuja, el que señala la costura, el que dice «esto que parece normal es, en realidad, una construcción interesada». Su semiología es, en el fondo, un ejercicio de higiene: sacar a la luz el trabajo invisible que hace que ciertas palabras parezcan inevitables y otras ni siquiera existan.​


Aplicado a nuestra guerra sin nombre, el gesto barthesiano sería doble. Primero, desconfiar de los rótulos brillantes que parecen explicarlo todo: «guerra híbrida», «zona gris», «competición geopolítica». Preguntarse qué esconden, a quién exculpan, a quién tranquilizan. Luego, intentar nombrar con palabras sencillas lo que de verdad está pasando: hay gente que muere, gente que huye, gente que decide desde despachos muy lejos cómo será la vida de otros. Hay países que se comen trozos de otros. Hay campañas planificadas para que odiemos al vecino o desconfiemos de cualquiera. No hace falta mucha jerga para decir eso.


Hay campañas planificadas para que odiemos al vecino o desconfiemos de cualquiera


La cuestión es que el lenguaje que falta no es el técnico, sino el humano. Sabemos decir «ciberataque» pero nos cuesta decir «esto me duele» o «esto me da miedo». Sabemos conjugar «resiliencia» pero no «duelo». Y ahí Barthes tendría la última palabra: el mito no solo añade significados, también distorsiona los originales. Si la guerra se ha llenado de palabras nuevas que no la nombran, quizá toque hacer lo contrario: vaciarla de adjetivos y devolverla a su sustantivo brutal.​


Barthes escribía que el mito es eficaz porque no argumenta, simplemente se presenta como algo que «es así». Nuestra época corre el riesgo contrario: un tiempo en el que lo peor que nos ocurre ni siquiera alcanza a ser mito, porque no sabemos cómo decirlo. Un tiempo en el que la violencia circula sin nombre claro, disfrazada de incidencia técnica, de tensión, de ruido. Un tiempo en el que el soldado ya no saluda a la bandera en una portada: está al otro lado de un cable de fibra óptica, en una imagen borrosa, en un titular ambiguo.​


Quizá la tarea sea empezar por lo más simple y lo más difícil: llamar guerra a lo que es guerra en nuestra propia vida, aunque oficialmente no lleve ese nombre. Dejar de aceptar que no pasa nada cuando sentimos que sí pasa. Mirar cada palabra con la sospecha del semiólogo y la honestidad del que no quiere autoengañarse. Y, sobre todo, recuperar el gesto de señalar la foto y decir, como hizo Barthes con aquel soldado: aquí hay algo que no cuadra. Aquí, debajo de esta sonrisa, debajo de este eufemismo, debajo de este silencio, hay historia. Esa historia, por mucho que insistan los mitos, está escrita con mano humana.




Ilustración: Gilbert Rogers

miércoles, 25 de febrero de 2026

Radiaciones (Ernst Junger)






Kirchhorst, 4 de abril de 1939. Trabajado mal, lo que era previsible por el modo como he soñado y dormido. No todos los días son jornadas de captura, mas para mí es jornada de caza cada día — quiero decir que me paso la mañana dando forma a frases y desechándolas, cual alfarero que rompe sus cacharros. De esa situación me doy cuenta muy pronto y en realidad podría salir a darme un paseo. Me quedo, no obstante, y eso me hace suponer que también este esfuerzo encierra un significado. Son pocas las cosas que hacemos en balde.


Por la tarde removido los bancales y sembrado rábanos y perifollos. Leído: Thornton Wilder: El puente de San Luis Rey. En un pasaje de este libro aduce su autor las señas características del aventurero auténtico — una de ellas es el don de saber entablar conversación con extraños. Eso podría ser efectivamente un signo de primer rango. Si pasamos revista a las personas que nos son conocidas, aparecerán muy pocas cuyo conocimiento no nos lo haya facilitado un tercero que actuó de intermediario. Las personas con que nos hemos relacionado directamente las hemos encontrado casi siempre en circunstancias inhabituales — en viajes, durante una fiesta o con ocasión de un infortunio. También en el terreno erótico lo que rige es el modo directo, el dirigir la palabra a una desconocida, por ejemplo, o el invitarla a bailar. Un rasgo aventurero es que en un sitio a oscuras, como puede ser un teatro, alargue un hombre su mano hacia una mujer a quien no conoce. Esto es, por cierto, algo que sucede con más frecuencia de lo que suele pensarse. Un experto de ese modo de actuar lo ha sido Edmond, quien en una ocasión me dio una extensa conferencia sobre la táctica que debía seguirse. Y ahora me viene a la mente que también a él lo conocí sin intermediarios; me dirigió la palabra en el metro. Tal como corresponde a seres sociales, en casi todos los grupos humanos ingresamos tan solo si alguien nos introduce en ellos. El aventurero, que es un ser no social, se las arregla con el talento que le es propio. Como una aventura espiritual cabe considerar también la autoría, y con ello está relacionado el hecho de que cada uno de los autores disponga de un número de conocidos que se ha ganado dirigiéndoles directamente la palabra.


Se considera el conocimiento directo, a lo que parece, como una forma superior de establecer contacto. Los amantes tienen así la sensación de que el azar que los reunió fue extraordinario. También en las novelas se gusta de utilizar como introducción un suceso que pone en contacto a dos extraños.


Kirchhorst, 5 de abril de 1939. La reina de las serpientes. Las anotaciones que hoy he escrito sobre los mauritanos no me dejan satisfecho; en mi cabeza tiene esa Orden una vida más nítida que en lo redactado. Lo que es preciso describir es cómo en los momentos de descomposición, durante los cuales se acumula mucha materia apática, el racionalismo representa el principio decisivo. Y esto otro: cuando en torno a una doctrina de tecnicidad amoral se forman grupos, a ellos se asociarán, en virtud de la maldad que tales grupos encierran, fuerzas autóctonas, para hacer así realidad otra vez, enganchando un nuevo tiro al carruaje, el viejo poder, la nostalgia del cual permanece viva siempre, desde luego, en el fondo de los corazones de las fuerzas autóctonas. De esa manera es como se trasluce hoy en Rusia el imperio zarista. Lo mismo ocurre con el personaje del guardabosque mayor en mi libro: el nihilismo encuentra su señor en figuras como él. Por cierto que en la relación de Piotr Stepánovich Verjovenski con Stavroguin aparece invertida la situación: aquí es el técnico el que, sabedor de su carencia de fuerza legítima, trata de aliarse con el autóctono.


Cuando escarbamos en el suelo con las manos, la tierra transmite a estas una mutación


En la descripción de proyectos de esta índole lo mejor es entregarse por completo a la fantasía creadora, pero tampoco puede causar daño ninguno el construirlos mentalmente en todos sus detalles. Lo que hay que evitar es que la narración adquiera un carácter puramente alegórico. Sin relacionarse con ningún tiempo, ha de poder vivir desde sí misma, y aun es bueno que queden en ella pasajes oscuros que ni siquiera el autor es capaz de aclarar. Tales pasajes son a menudo, y yo he tenido experiencia de ello, gérmenes de ulterior fecundidad. Así, cuando en una noche de tempestad en el Harz soñé con el guardabosque mayor, su carácter seguía estando oscuro para mí: hoy veo, sin embargo, que los rasgos que entonces anoté están llenos de sentido, en un marco más amplio.


Por la tarde en el pantano. Muy cerca de donde me hallaba ha salido volando de una estrecha zanja una parejita de patos y ha trazado un amplio círculo a mi alrededor. El macho con librea nupcial, el rizo en el obispillo — ese rizo le daba un toque de tipo insolente— y el cuello con reflejos metálicos de un verde sedoso. Muy bellos los lugares en que ese color va pasando gradualmente a un negro suntuoso y tenuísimo; tal negro es un verde elevado a la máxima potencia. Me lo imagino como ese polvo de hacer tinta que, una vez disuelto, produce grandes cantidades de una tintura admirablemente verde. Luego en el jardín. Sembrado guisantes, lechugas, cebollas, zanahorias. Los guisantes, plantados en hileras de un gris verdoso mate, cómo refulgían en los oscuros surcos. Lo muy extraño, más aún, casi mágico que es el trabajar en bancales se me ha vuelto evidente cuando he pensado, mientras miraba los guisantes, que enseguida iba a cubrirlos con tierra.


Cuando escarbamos en el suelo con las manos, la tierra transmite a estas una mutación; las hace más secas, las enflaquece y, en mi opinión, las torna más espirituales. En el suelo las manos experimentan una purificación. Mover los dedos en el terreno blando, mullido, recalentado por el sol y la fermentación — eso, qué sensación tan grata produce.


En el correo una carta de Elisabeth Brock, de Zúrich; me escribe que una de sus alumnas, para un ejercicio sobre el tema Description exacte d’un objecte, le ha entregado la descripción de una langosta cocida, que, según me dice, habría hecho mis delicias. He de conceder que en sí misma la idea me parece lograda: una pieza maestra de lucimiento.




Ilustración: Miguel Macaya

martes, 24 de febrero de 2026

Sobre el trabajo (Simone Weill)






El artesano que posee sus propias herramientas, su propia materia prima, reina en su trabajo. Moldea la materia a su gusto, utilizando las herramientas como mejor sabe, según su criterio, gracias a la habilidad que es su virtud propia. Regula el ritmo de trabajo a su conveniencia. Como ser vivo y pensante, dispone con libertad de las cosas inertes sometidas a su acción. Su inteligencia domina la materia. […]


Este dominio, que constituye la felicidad y la dignidad del trabajador, se transforma paulatinamente en una completa esclavitud, a medida que la artesanía es sustituida por la manufactura realizada con ayuda de una máquina, y que esta manufactura es sustituida por la fábrica, es decir, a medida que se desarrolla el régimen capitalista. El capitalismo se define aparentemente por el hecho de que el obrero está sometido a un capital material compuesto de instrumentos y materias primas, que el capitalista no hace más que representar. El régimen capitalista consiste en que las relaciones entre el trabajador y los medios de trabajo se invierten: el trabajador, en lugar de dominarlos, es dominado por ellos.


La historia del capitalismo es la historia del desarrollo de la cooperación en el trabajo. Las condiciones materiales del capitalismo se hicieron realidad cuando se reunió en un gran local a un gran número de obreros con el encargo de transformar una materia que no les pertenecía. Los obreros se convirtieron entonces en asalariados; debían entregar al patrón una parte de sus productos, pero en el curso del trabajo seguían siendo semejantes a los artesanos independientes. De igual manera, en nuestros días, las relaciones entre el campo, el arado y el hombre son las mismas ya sea el arado conducido por el propietario o por un asalariado.


Pero los obreros reunidos en un mismo lugar no trabajaron independientemente los unos de los otros durante mucho tiempo. La agrupación de los trabajadores condujo casi de inmediato a la cooperación y, en consecuencia, a la división del trabajo. A partir de ese momento, el trabajador independiente no fue ya el obrero, sino el taller en su conjunto. El patrón debía asegurarse de la coordinación del trabajo y, por lo tanto, cada trabajador estaba sometido a su autoridad durante el transcurso de la jornada. Pero cada obrero seguía siendo hasta cierto punto independiente en la parte del trabajo colectivo que se le había encargado. Debía saber por sí mismo lo que tenía que hacer. Poseía, si no las herramientas, al menos el manejo de las mismas. Poseía su habilidad de buen obrero. Era un elemento activo del taller.


El papel del régimen capitalista en la historia humana ha consistido en hacer pasar a la humanidad del trabajo individual al trabajo colectivo


Pero el trabajo es tanto más productivo cuanto más dividido está. Así, la división del trabajo fue llevada poco a poco hasta su grado máximo, en el que cada trabajador solo tiene un gesto que realizar. A partir de ese momento, el gesto del obrero podía ser sustituido por un movimiento mecánico. Y fue entonces cuando se desarrolló el maquinismo. La máquina tiene con respecto al obrero fabril la superioridad de asegurar una coordinación mucho más precisa de las diversas partes del trabajo colectivo, ya que los engranajes ciegos son mucho más regulares en su funcionamiento que los cuerpos humanos. Una vez que la máquina ocupó el lugar de la simple coordinación de los trabajos, el obrero se vio privado no solo de las herramientas, sino también del manejo de las mismas: esta manipulación quedaba asegurada en adelante por la propia máquina. La inteligencia, la habilidad, todas las virtudes que hacen tan valioso al artesano quedaron así ubicadas al margen del trabajador, y como cristalizadas de manera inerte, en forma de máquina.


Desde entonces, la subordinación del trabajador al capital, del ser vivo y pensante a la materia ciega, se realiza en la forma misma del trabajo; se convierte en una condición de la producción, presente en cada momento de la misma. El obrero, privado sucesivamente de la materia prima y de la instrucción de su habilidad, no posee ya más que su fuerza animal; y esta fuerza solo puede ser un elemento de la producción si se la pone al servicio de la máquina del mismo modo que el buey es puesto al servicio del labrador. […]


El papel del régimen capitalista en la historia humana ha consistido en hacer pasar a la humanidad del trabajo individual al trabajo colectivo, y en aumentar así, en proporciones formidables, la productividad del trabajo. El capitalismo ha cumplido con este papel, pero solo lo ha hecho aplastando cada vez más al trabajador, hasta reducirlo a una condición absolutamente inhumana. Los trabajadores llegados al último grado de sometimiento empiezan a tomar conciencia de esa condición inhumana en que se encuentran; y a partir de ese momento, el problema que deben resolver es el de restablecer el dominio del trabajador sobre las condiciones de trabajo, sin destruir la forma colectiva que el capitalismo ha impreso a la producción. En la solución a este problema radica toda la Revolución.




Ilustración: Harold Knight

lunes, 23 de febrero de 2026

¿Qué es la autoridad? (Hannah Arendt)







Para evitar malentendidos, quizá habría sido más prudente preguntarse en el título qué era —y no qué es— la autoridad. Porque en mi opinión nos vemos tentados de plantearnos esta pregunta, y es lícito que la planteemos, debido a que la autoridad ha desaparecido del mundo moderno. Como ya no podemos apoyarnos en experiencias auténtica e indiscutiblemente comunes a todos, el término mismo se ha visto oscurecido por la controversia y la confusión. Poco acerca de su naturaleza parece evidente o incluso comprensible para todos, dejando al margen que el científico político tal vez recuerde aún que este concepto fue en su día fundamental para la teoría política, o que la mayoría estará de acuerdo en que el desarrollo del mundo moderno en nuestro siglo se ha visto acompañado de una crisis de la autoridad, una crisis constante y cada vez más amplia y profunda.


Esta crisis, evidente desde principios de siglo, es de origen y naturaleza política. El auge de movimientos políticos decididos a reemplazar el sistema de partidos y el desarrollo de una nueva forma totalitaria de gobierno se produjeron en un contexto de colapso más o menos general, más o menos dramático, de todas las autoridades tradicionales. Este colapso no fue en ninguna parte el resultado directo de los regímenes o los movimientos mismos; más bien se diría que el totalitarismo, en forma tanto de movimientos como de regímenes, era el mejor preparado para aprovechar una atmósfera general, social y política, en la que el sistema de partidos había perdido su prestigio y ya no se reconocía la autoridad del gobierno.


El síntoma más significativo de la crisis, que indica su profundidad y su gravedad, es que se ha extendido a áreas prepolíticas tales como la crianza y la educación de los niños, donde la autoridad en el sentido más amplio siempre ha sido aceptada como un imperativo natural, evidentemente exigida tanto por las necesidades naturales —la indefensión del niño— como por necesidad política, esto es, en aras de la continuidad de una civilización asentada que solo puede asegurarse si los recién llegados mediante el nacimiento son guiados a través de un mundo preestablecido, en el que nacen como extraños. Esta forma de autoridad, por su carácter simple y elemental, ha servido a lo largo de la historia del pensamiento político como modelo para una gran variedad de formas autoritarias de gobierno; así pues, el hecho de que ya no sea firme ni siquiera esta autoridad prepolítica que regía las relaciones entre adultos y niños, profesores y alumnos, significa que todas las metáforas y modelos tradicionales de las relaciones autoritarias han perdido su plausibilidad. Ni en la práctica ni en la teoría estamos ya en condiciones de saber qué es realmente la autoridad.


La autoridad en el sentido más amplio siempre ha sido aceptada como un imperativo natural


En las siguientes reflexiones asumo que la respuesta a esta pregunta no puede radicar en una definición de la naturaleza o esencia de la «autoridad en general». La autoridad que hemos perdido en el mundo moderno no es dicha «autoridad en general», sino más bien una forma muy específica que había sido válida en todo el mundo occidental durante largo tiempo. Por lo tanto, propongo reconsiderar qué fue históricamente la autoridad y las fuentes de su fuerza y su significado. Sin embargo, en vista de la confusión actual, parece que incluso este enfoque limitado y tentativo debe ir precedido de algunas observaciones sobre lo que la autoridad nunca fue, para evitar los malentendidos más comunes y asegurarnos de que visualizamos y consideramos el mismo fenómeno, y no una serie de cuestiones ligadas o no a él.


Dado que la autoridad siempre exige obediencia, suele confundírsela con alguna forma de poder o violencia. Pero dicha autoridad excluye el uso de medios externos de coacción; donde se emplea la fuerza, la autoridad misma ha fracasado. La autoridad, por otra parte, es incompatible con la persuasión, la cual presupone la igualdad y opera mediante un proceso de argumentación; cuando se utilizan argumentos, la autoridad queda en suspenso. Al orden igualitario de persuasión se opone el orden autoritario, que es siempre jerárquico. Si se quiere definir la autoridad, entonces, debe distinguirse tanto de la coerción por la fuerza como de la persuasión mediante argumentos. (La relación autoritaria entre quien manda y quien obedece no se basa ni en la razón común ni en el poder del que manda; lo que tienen en común las dos partes de esa relación es la jerarquía misma, cuya pertinencia y cuya legitimidad ambos reconocen, y donde ambos ocupan su lugar estable y predeterminado.) Este punto es de importancia histórica; un aspecto de nuestro concepto de autoridad es de origen platónico, y cuando Platón comenzó a considerar la introducción de la autoridad en la gestión de los asuntos públicos en la polis, sabía que estaba buscando una alternativa a la habitual forma griega de manejar los asuntos internos de dicha polis, consistente en la persuasión (πєίθєιυ), así como a la forma habitual de manejar los asuntos exteriores, consistente en la fuerza y la violencia (βία).




Ilustración: Adriaen Brouwer

domingo, 22 de febrero de 2026

Lo peor de la corrupción es que te corrompe a ti (Manuel Vicent - Esther Peñas)







Manuel Vicent, ¿tiene más de radical o de libre?


Radical libre es un término de Biología, una cosa horrible, por cierto, reactivo, pero de esto me he enterado hace poco. Son dos palabras que me gustan; radical, que viene de ‘raíz’, alude a la autenticidad, al árbol (los únicos que son auténticamente patriotas, los únicos que no se mueven de su tierra) y remite a  la identidad. Libre ya se sabe. Lo radical es algo sólido, está afincado a una esencia, a una tierra, a una cosa tuya, a unos genes, a tu cultura, y la libertad, en cierto modo, te permite distancia con todo ello. Son dos palabras que suenan bien, eufónicas, da la sensación de que todo el mundo quisiera ser radical y libre.


¿Todo el mundo quisiera ser radical?


Sí, en tanto que su sentido etimológico, yo soy yo, ya sabes, todo el mundo quiere afincarse, tener sus raíces, y a la vez ser libre. Dos palabras que encienden la imaginación de la gente y dos palabras imposibles de cumplir, a la vez. Nadie es radical ni libre de forma absoluta… Todo eso…


En trescientas palabras, como en la copla, ¿cabe la vida entera?


E incluso en un silencio cabe la vida entera, un silencio es lo más imaginativo  que hay; de hecho, en la música, en una pieza musical, el silencio es lo que da la estructura, y en una conversación, en una tertulia de amigos, el más inteligente es el que calla. Claro que hay una inteligencia de callar… la vida entera también cabe en un proverbio chino, o en uno grecolatino; al fin y al cabo, un refrán o un aforismo es un gran ensayo comprimido. En tres gotas de aceite después de exprimir la oliva está todo, la esencia.


Le cito: “Tal vez haya que remontarse a 1898 para hallar una caída moral, una confusión política y un desprecio a la patria semejantes a las que atenazan en este momento”. ¿Saldremos de esta?


Algunos saldrán, otros no. Como en el viaje a cualquier frontera, como en cualquier viaje, siempre hay gente que se queda en la cuneta y que se entierra en cualquier travesía del desierto. Se sale, se llega, sí, aunque llegará un momento en que no se saldrá, porque la humanidad como especie tendrá que extinguirse, como tantas otras. Y los pájaros seguirán cantando, no pasará nada.


¿Y a qué precio saldrán los que salgan?


El capitalismo es como el mar, se purga de vez en cuando y arroja a los débiles; ese es el precio, el que el débil, por la esencia diabólica del capitalismo, se quede atrás. Siempre ha sido así. Aunque esta crisis tiene variables nuevas, por ejemplo la globalización. O nos salvamos todos o perecemos todos. Esa sensación, que puede ser un aforismo, fíjate, la gente lo está asimilando desde que contempló sentada en el sofá de su casa la imagen del planeta navegando, como una sensación extracorpórea, y se supo una ínfima parte de esa nave azul, de ese planeta que va a una velocidad de treinta kilómetros por segundo. Entonces uno tomó conciencia de que el planeta es muy bello y débil. ¿Qué saldrá de esta crisis? De momento, lo que se ve es una nueva esclavitud. Los nuevos imperios se hacen con esclavos, y ¿dónde están los esclavos? En China, pero como el sistema es planetario, los esclavos se darán en todas partes. Hoy en día de nada sirve pensar si no es a nivel planetario. Las finanzas, a través de los dedos (ya sabes, Internet) tiene una movilidad y libertad absoluta, mientras que los Estados están compartimentados. El dinero, es decir, la codicia, tiene una libertad absoluta para, en fracción de segundos, trascender las fronteras.


Volviendo al paralelismo con el 98, ¿cuál es el papel de los intelectuales? Porque entonces los había, y no estaban al servicio del poder…


Aquellos no eran intelectuales sino escritores más o menos pesimistas con unos problemas personales; ten en cuenta que hablamos de una España de alpargata. El intelectual es un ser que hoy no tiene nada que ver en la sociedad. Piensa en Voltaire, por ejemplo, un intelectual ejemplar, de los que pensaban que a partir de las ideas se podía construir un mundo, de los que ofrecían soluciones, juicios… ese prestigio ha acabado porque ningún intelectual ha acertado nunca nada, no comprendo cómo han gozado de tanto prestigio cuando los intelectuales no han resuelto nada nunca. Darle el poder a un intelectual es de un peligro increíble…


¿Es peor que dárselo a un gestor?


Por ahí… un gestor por lo menos sabe lo que quiere, robar, forrarse… pero un intelectual ni eso… puede hacer una revolución planetaria para que le lean. Es lo que decía Unamuno de Azaña: “cuidado, que Azaña es un escritor sin lectores…”, decía. Ningún intelectual, analista político acierta, Sartre también se equivocó en todo. Ahora el intelectual está disfrazado de sociólogo, de economista, de interiorista… por no hablar de la última subespecie del intelectual, el contertulio…


En ellos sí que no hay silencio posible…


“¡Déjame hablar!” “Deja que termine…” Son aburridísimos… Te pongo un ejemplo: ningún analista político, ni un sociológico o economista fue capaz de predecir una semana antes que iba a caer el Muro de Berlín. No me valen. Los intelectuales no existen, se han acabado, antes te decían cómo tenías que pensar, eran un referente, te construían por dentro, a algunas pocas élites, claro, que los demás ya tenían bastante con sobrevivir. Ahora te construyen, pero por fuera, los modistos te dicen como te tienes que vestir. La imposición de cuatro tíos que se reúnen en una suite de París, Frankfurt, Nueva York o Milán te digan lo que te tienes que poner el año que viene, y si no lo haces te sentirás desgraciada y fuera de lugar es muchísimo más dictadura intelectual que la de Sartre, que al fin y al cabo era un bizco con una pipa.


 Estos niveles obscenos de corrupción a los que asistimos ¿son endémicos?


De la corrupción tendríamos tanto de qué hablar… no es por echar la culpa a la gente, que bastante tiene encima, pero no hay que olvidar que somos un pueblo orgulloso, indomable… España es un país que ha dejado morir a Franco en la cama, no nos olvidemos, después de cuarenta años… es un país que traga con todo… tiene la posibilidad de, cada cuatro años, limpiar la cuadra, y en Madrid se han pasado más de veinte años votando a los corruptos… Lo peor de la corrupción, que es grave, no es que robe un miserable y se lleve el dinero público valiéndose de una impunidad compartida (porque esa impunidad es como un trust, yo te protejo, tú me proteges), lo peor de la corrupción es que te corrompe a ti; primero, no sacándoles a patadas del poder y, segundo, que eso te da la coartada moral para ser un pequeño corrupto. Si roba Rato, ¿por qué voy a declarar yo la reforma del cuarto del baño? Casi deseamos, hablo del inconsciente, que todo esté tan sucio para que estar mínimamente sucios… Eso es lo peor, la corrupción es como una niebla que cae hacia abajo, lo enturbia todo, lo enmascara todo… y al final, todo el mundo es igual, cada cual trata de no pagar una multa, o de colarse, o de coger lo que puede de su trabajo…


¿Habrá que legalizar la droga para que quepan esos señores trajeados que firman cheques sin fondos, tal y como propone en otro de sus artículos?


Hice un reportaje hace tiempo en la cárcel de Carabanchel; en ella había  1.800 preventivos. Según me dijo el director, si estuviera legalizada la droga, sólo habría 70… ten en cuenta que por tres casetes robados te caen quince años, como si mataras a tu madre… es un sensación de lleno como la de Ortega en ‘La rebelión de las masas’, que no es que hablase, como piensan algunos, de que las masas se echaran a la calle, sino de la sensación de que, allí donde quiera que vayas, está todo lleno, de la sensación de que la masa ha ocupado ya todo. En el Everest hay un aparcamiento, ¿te lo puedes creer? Pues lo mismo con la cárcel, no van a caber tantos políticos… Además, como comos un pueblo tan impulsivo, ahora que han cogido el tranquillo de meter en la cárcel podemos ver que de aquí a Navidad se va a ir hasta ellos mismos…


Como la película de Berlanga…


Eso mismo. Descuida y hasta el mismo Rajoy… vamos a ver cosas increíbles…


Recuerda en otro de sus artículos que cuando uno volvía a España, hace décadas, se encontraba con la solidaridad de la gente, con la pasión por vivir y con el impulso creativo de la libertad recién estrenada. ¿Qué queda de eso?


Queda poco… queda la solidaridad, somos un pueblo solidario, fíjate, líderes en la donación de órganos. En esta crisis brutal la gente se ayuda. Existe una desmoralización porque hemos tenido mala suerte con los políticos, por la misma estructura de la Transición, de cómo se hizo… y llevamos todavía el miedo en los genes, el miedo de varias generaciones marcadas por la Dictadura, el miedo de tener que agradecer a un señor que no te matase, que pudieras tomar el sol… y sin embargo es solidario… Claro que entiendo menos que no hayamos incendiado las calles a estas alturas…


¿Como en Gamonal?


Sí, pero tampoco sirve de nada más que para dar musculatura a la policía…


Si uno lee las crónicas parlamentarias de Wenceslao Fernández Flórez, de principios del XX, parece que no ha pasado el tiempo, lo digo en concreto por la cuestión catalana; ya entonces estábamos a vueltas con que si la bandera española no ondeaba en los lugares públicos, que si los muchachos no podía estudiar en castellano en las escuelas… y aquí seguimos, con las mismas…


Es una cosa endémica… España tiene unos problemas que, de vez en cuando, como determinadas enfermedades, afloran, y a veces son subrepticios; Cataluña ha aprovechado la crisis para retomar con más fuerza su discurso, pero la culpa también es de la incompetencia de los políticos, nada es por una cosa concreta, sino por un cúmulo de cosas, por una serie de variables. Lees la historia de España y te das cuenta de la reiteración de los mismos problemas.


Habla de que la educación es un tesoro que nadie te puede quitar. Eso una vez adquirido, pero ahora ese tesoro parece que nos lo están escamoteando…


Nosotros tenemos tres cerebros, el de serpiente, o reptiliano (que regula  hambre, sed, sexo, reproducción, territorio) y que cuando desaparezca seremos universales; después el cerebro de las emociones, de los sentimientos, que es el que interesa al poder, porque todo lo que se meta ahí desde el primer año hasta los siete es indeleble (el castigo, la madre, el padre, el miedo a la oscuridad, el himno, la bandera, las caricias, los sonidos, el potaje…). Por último, el cerebro de la inteligencia, que vigila al de la emociones. De ahí que la educación sea una batalla perenne en España: laica, religiosa, pública y privada. Todos quieren controlar el cerebro límbico, el de las emociones.


Sí, porque lo que es el cerebro cultural a nadie interesa…


A la derecha nunca le ha interesado, cree que la cultura es cosa de raros, de bohemios, y en cualquier caso sabe que nunca serán de los suyos, son, ya se sabe, titiriteros… Sin embargo, la inteligencia es la única fuente de energía que va a existir, porque trabajarán las máquinas; un cerebro de un chaval de cualquier pueblo miserable es igual, en energía, al de un chaval de Boston, pero hay lugares que desaprovechan esos cerebros. Es un suicidio recortar en educación, es como tener una mina de petróleo y taparla… absurdo. Pero, al fin y al cabo, la Guerra Civil se hizo para que la gente no estudiara, a los que primero represaliaron fueron a maestros de escuela, catedráticos y profesores de institutos… los plancharon.


 ¿No deberían de transcurrir parejos?


¿Eso lo he dicho yo..? Hay una moral estética que es más fuerte que la moral, es decir, hay gente que no mata por no mancharse, por no ensuciar la moqueta… en el fondo, en el desarrollo de la inteligencia y sensibilidad, ata más la estética, el no descomponer el orden de la naturaleza. La estética es la última fase de la moral. Creo yo.


De Ratzinger aseguró usted que era un huésped maleducado…


Hombre, es que vino a Valencia y no dejó de regañarnos… es como si invitas a comer a alguien y te dice que qué comida más mala… Se le invitó, se le cedieron diez mil metros cuadrados, climatizados, por cierto, que aquello parecía ‘El Corte Inglés’… ¿y me riñes? ¿Pero qué es esto? Es como cuando el papa polaco amonestó…


¿A Ernesto Cardenal, el sacerdote de la Teología de la Liberación?


No, eso aparte, pero ahí no me meto, son cosas de ellos…


¿Lo de África?


Sí, va a África, invitado por un reyezuelo que tiene cuatro o cinco mujeres, que es la costumbre por allí, y va y le dice que eso está mal…


¿Y Francisco?


(…) Hombre… siendo argentino y jesuita que lo primero que dijera fuera que era humilde ya me extrañó, porque eso imposible, son términos contradictorios… y cuando beatificó a tantos víctimas de la Guerra Civil le eché en falta que no tuviera una palabra para rememorar  a los que están en la cunetas, que también son santos, porque en las cunetas hay tantos santos como en los altares, mitad y mitad… una palabra…


Por cierto, siendo el azote por antonomasia de las corridas de toros, ¿ha tratado algún torero de que cambiase de opinión?


Sí, yo era muy amigo de los hermanos Lozano, los que llevaban la Plaza de Toros… y recuerdo una vez que me invitaron a un programa de televisión en Barcelona, donde coincidí con ‘El Niño de la Capea’, que se sentó después a mi lado en el avión. No sólo eso, también me acercó en coche hasta mi casa. La fiesta se está acabando, está muriendo, pero renacen por los pueblos esos espectáculos cutres y salvajes de los toros por las calles… erradicar eso es muy difícil, por eso hay que proponer alternativas para ver que hay otras formas de divertirse. Que las hay, desde luego.




Ilustración: Pavel Kuczynski

sábado, 21 de febrero de 2026

Los refugiados podrían ocupar zonas hasta ahora inhabitadas (Alberto Vázquez Figueroa - Esther Peñas)






Se le quitan las ganas de fumar a uno con su libro…


¡Y eso que yo fumo! Pero fumo puros, para evitar la tentación de fumar cigarrillos. Un día, al bajar a la calle, había a las puertas de una oficina una alfombra de colillas y allí empecé a darle vueltas al tema de la industria tabacalera.


¿Sus novelas surgen de una imagen?


No sé, las novelas están en todas partes, hay una novela en cada situación, en cada momento que vivimos, lo que importa es captarlo, estar atento… Fui periodista muchos años y eso ayuda. Hay novelas que surgen de la imaginación, de viajes… Incluso una la soñé y al día siguiente la escribí; fue la más rápida de todas, tardé cinco o seis días en escribirla, El perro…


Y usted, que va a cumplir 80 años, lleva, como dice el bolero, toda una vida en esto…


Sí, pero es cuestión de cómo se mira la vida. Mi primer libro lo escribí a los 16 o 17 años, pero desde que nací o desde que tuve uso de razón quería ser escritor; mi abuela decía que me metía debajo de la mesa camilla y me contaba aventuras o cuentos. Más me valdría haberme dedicado a político, hubiera ganado más dinero…


Pero acabaría en el juzgado, casi seguro. No sé si les gustaría a los políticos su libro…


A los políticos no les gustan mis libros, son incómodos, salvo a alguno. Precisamente, antes de ayer estuvo en casa el presidente de una Comunidad Autónoma casi dos horas conmigo; hay políticos, escasísimos, decentes… En toda mi vida de periodista digamos que he conocido a más de medio centenar de presidentes de Gobierno y solo encontré tres hombres honrados. A uno lo asesinaron, a otro su propio partido le dio un golpe de Estado y al otro lo desbancaron de mala manera. En cierta ocasión, un alto cargo de Hacienda me dijo: «Señor Vázquez Figueroa, ser honrado no es una buena opción».


¿No me dice los nombres de esos tres políticos ejemplares?


Te diré uno de ellos: Héctor García Godoy, presidente de la República Dominicana, muy amigo mío, un hombre extraordinario que, al año más o menos de llegar al poder, murió envenenado. Los otros dos me los reservo. Pero incluyo otro: Juan Bosch, de la República Dominicana, al que también sacaron de mala manera del poder.


¿Y españoles? ¿No salva ni al que fue jefe suyo?


Sí, a Adolfo Suárez, que fue mi jefe en TVE, lo salvo. Era un hombre cariñoso y entrañable, como Leopoldo Calvo Sotelo, un tipo muy simpático, aunque tenía fama de serio y de seco.


¿Qué sería más atroz, el comercio legal de lo que mata –el tabaco– o que se prohibiera su consumo y surgieran las mafias, como ocurre con la droga?


Hay una cuestión importante de la que nadie habla: lo que hoy en día hace más daño a la gente es el filtro, no el tabaco. El que fuma que asuma sus responsabilidades, pero a través del filtro afecta a las otras personas, contamina el medio ambiente y transmite todas las enfermedades de quien fuma. Las colillas no hay manera de destruirlas. Fuma habanos, cigarrillos sin filtros, pipa, mátate, sí, el tabaco es malo, pero el filtro es peor y así lo demuestro en la novela.


Tal vez el fin de las tabacaleras venga por el impacto de las colillas en el medio ambiente, más que por comercializar algo que mata, lo cual sería paradójico…


Se puede dar esa circunstancia, todo es tan absurdo hoy en día… Absurdo e hipócrita, porque ahora emprendemos una cruzada contra el tabaco porque mata, pero permitimos la publicidad de alcoholes. Si hiciéramos un cálculo de cuánta gente muere por causa del alcohol, tal vez tendríamos que replantearnos su consumo. Hasta las políticas se emborrachan, como hemos visto recientemente, toda una señora vicepresidenta de una Comunidad Autónoma conduciendo ebria…


Ahí lo anómalo no es que condujera bebida, sino que dimitió al día siguiente…


¡Tienes razón! Lo del alcohol es que no lo entiendo, quizás porque nunca he bebido una copa. Una vez, al terminar mi carrera, in hilo tempore, en el 59, bebí un güisqui y no he vuelto a probar el alcohol.


Cuando usted era buceador, ¿también fumaba? ¿Le dejaba Jacques Cousteau, a quien tuvo de maestro?


¡Ah, entonces no fumaba! En alguna ocasión, con filtros pequeñitos. Ahora fumo en mi casa, a la hora de jugar al dominó. Cousteau era un hombre admirable, muy rígido, muy militar, pero con una mente brillante. Pedían gente para estudiar con él, en la escuela de buceo de Valencia, y me apunté. En ese tiempo, aprendí muchas cosas, por ejemplo, que hay momentos en la vida en que tienes que hacer las cosas con mucha lentitud, aunque lo que te pida el cuerpo sea zanjarlas de golpe. Cuando buceas a mucha profundidad y tienes problemas con el oxígeno, tienes que subir a la superficie despacio, no rápido, a pesar de la sensación terrible, porque, si no, revientas.


Otro de los asuntos que aborda, de manera tangencial, en su libro, y que tiene que ver –y no– con el yihadismo, es el problema migratorio. Y parece que para los políticos el problema no es que la gente se muera por el camino, sino que llegue a nuestras costas…


Para los políticos, desde luego. Y están resolviéndolo mal. De hecho, hay una parte de Francia en la que los propios franceses no quieren vivir, porque los musulmanes están imponiendo sus leyes casi a la fuerza, y eso provoca una reacción peligrosa, la de Le Pen. Porque los musulmanes se multiplican.


Bueno, usted tiene muchos hijos y no parece una amenaza…


Sí, soy un caso excepcional, pero, de mis hijos, ninguno se quiere casar ni tener hijos. Dicen que es costoso, difícil. Una pareja tiene un hijo, a lo sumo dos, los musulmanes tienen siete, y esos siete, otros tantos… la islamización del mundo se produce no necesariamente por la violencia.


¿Tiene solución esta crisis de refugiados?


Yo ya propuse una solución, la misma que planteó hace años Herzl, fundador del sionismo. Él se dio cuenta de que había un antisionismo brutal que provocaría un holocausto, tal y como sucedió, y fundó el Consejo Judío Mundial. Una de las primeras cosas que hizo esta institución fue enviar a una serie de ingenieros, profesionales y gente con una inteligencia enorme por el mundo a buscar lugares deshabitados o poco habitados donde poder establecer un Estado israelita o judío. Palestina, como estaba entonces tomada por el poder otomano, no era viable. Esa gente encontró una serie de lugares donde establecerse, por ejemplo en Kenia, y mandaron allí a una familia judía rusa, y todavía están allí sus descendientes, y yo he estado allí, en la sinagoga que fundaron en 1914. Esta gente, los refugiados, los inmigrantes, con medios modernos pueden ocupar zonas ahora inhabitadas. Y hay quien está dispuesto a financiarlo. Yo me reuní con el bisnieto de Rothschild, en Londres, porque se interesó por mi sistema de desalinización de agua de mar. Este sistema permitiría vivir en lugares no habitables y sostener una economía. Siguiendo el ejemplo de Almería, que hace cuarenta años era un secarral que solo servía para rodar películas y que se ha convertido en el lugar en el que más frutas y verduras se producen en Europa y la zona con más riqueza en España. ¿Cómo? A base de agua e inteligencia. ¿Cuántas zonas hay en el mundo, en África en concreto, que son desérticas y que se podrían colonizar? En África hay casi diez mil kilómetros de costa utilizables, ¿por qué traer a esos inmigrantes a Europa? ¿Por qué no invertir en construirles buenas viviendas y ofrecerles una manera de trabajar y vivir? Pensemos en las costas de Somalia y Sudán, las del Mar Rojo, en Chile y Perú…


Hablando del agua, usted testificó en el juicio de Acuamed. ¿Se sintió muy defraudado por aquello?


Muy desilusionado, una gran vergüenza de este país. Me llamó Ignacio González para concertar una cita con Esperanza Aguirre, que estaba muy ilusionada con poner en marcha la desaladora, pero Aznar la hizo ministra de Cultura en vez de Medio Ambiente, y ahí quedo todo. A Isabel Tocino, por lo visto, la idea le pareció inviable. Después vino a verme el director de Acuamed (la empresa pública Agua de las Cuencas Mediterráneas) y me dijo que presentaría, junto a FCC, mi proyecto para un concurso internacional del Gobierno de Israel para llevar agua del Mar Rojo al Mar Muerto, y mira todo lo que han robado. En julio me llamó el juez Eloy Velasco para que le contara. Y mientras, unos se llevan la pasta, defraudan, y los pantanos secos, las cosechas perdiéndose… no vamos a tener agua ni para los turistas.


Usted y sus inventos, que le traen de cabeza, parecen formidables y, sin embargo, no terminan de materializarse, como aquel que hizo también público, ese proyecto para evitar incendios forestales…


Es que los políticos miran por su bien particular, no por el bien común… Lo de los incendios es algo muy sencillo. Funcionaría de un modo similar a las centrales reversibles de los pantanos. Se trata de bombear agua a lo alto de una montaña en las horas valle para que caiga por la tierra y devuelva energía en las horas punta… Se utilizaría agua de mar, que es inagotable, y gratuita.


Tal vez vengan tiempos mejores para sus inventos…


Pues espero que se den prisa, tengo ya ochenta años…



Ilustración: Safet Zec

viernes, 20 de febrero de 2026

Debemos volver al pasado con un espíritu crítico para no caer en fantasías históricas (Antonio Muñoz Molina - Carlos Madrid)






¿A dónde hemos regresado?


Hemos vuelto a muchas de las cosas que antes nos parecían normales, pero que la pandemia nos evidenció que no era necesario que fueran así. Por ejemplo, a mí me interesa mucho la ciudad como organismo, y soy muy sensible a las cuestiones medioambientales. Por eso siempre me ha generado mucha sorpresa la facilidad con la que los seres humanos a lo largo del siglo XX entregamos la ciudad al tráfico privado. Creo que es algo que en el futuro nos parecerá asombroso. Sin embargo, durante la pandemia ya vimos que la urbe podía ser más habitable y, ahora, de nuevo, hemos dejado que esa cosa tan monstruosa vuelva a degradar la vida y la convivencia. En una mentalidad cortoplacista hay tendencia a volver a lo mismo, a ese sistema económico tan endeble, basado en un turismo de masas y el consumo de bares. Pero, claro, remediar eso requeriría un debate sobre reformas profundas. Y nosotros hemos vuelto a ese sistema de fragilidad extrema que parece que es el único que hemos sabido crear en España.


¿Hemos aprendido algo de la pandemia?


Creo que ha habido un aprendizaje institucional que espero que no se olvide: el desarrollo de las vacunas en tiempo récord, la eficiencia de las campañas de vacunación o la reacción de la Unión Europea a esta crisis, que ha abordado de manera totalmente opuesta a como lo hizo en 2008, son cosas positivas que permanecerán. También hemos aprendido que no se pueden descuidar la sanidad ni los derechos de los trabajadores esenciales. Ahora bien, algo que me llama la atención es cómo suben los contagios por gente que no se quiere vacunar. ¿Por qué hay tanta propensión a la irracionalidad en el ser humano? Es algo muy difícil de responder. Y es curioso que en países como el nuestro, o como Portugal, que somos regiones que no nos consideramos ejemplares en nada, hemos mostrado una racionalidad muy superior a la de Alemania, Francia o Estados Unidos.


Siempre te has posicionado en defensa de la sanidad pública, un sector que durante la crisis sanitaria ha demostrado ser esencial. No obstante, una vez apagado el primer fuego, el sistema de salud parece estar volviendo a un segundo plano. ¿A qué crees que se debe?


El fenómeno que describes es un claro ejemplo de la fuerza terrible del dogma neoliberal, que es la búsqueda del desmantelamiento de toda institución pública para favorecer el enriquecimiento privado. Es un dogma que se impuso en el mundo desde los años ochenta y que nos ha llevado a grados de desigualdad extraordinarios. Si sigue existiendo es porque hay intereses muy poderosos que quieren que eso continúe.


El pasado, o mejor dicho, los recuerdos familiares, te sirvieron de refugio durante la crisis sanitaria. ¿Qué sentido tiene echar la vista atrás?


Es algo natural: cuando el presente se vuelve hostil y vacío, surge inevitablemente el recurso del pasado. Esto tiene una ventaja, y es que no vamos a recibir grandes sorpresas. Parece más sencillo que el presente porque ya lo hemos vivi- do. No obstante, aunque es una tendencia lógica, también es peligrosa. El examen del pasado personal debería ser tan riguroso como el que uno quiere hacer del histórico. Es muy fácil dejarse llevar por fantasías históricas sobre que nuestro país o comunidad tuvo un pasado glorioso, pero la historia real siempre muestra que esos pasados nunca existieron. La memoria personal también puede caer en esta trampa. Por eso es importante que, cuando volvamos al pasado, lo hagamos a través de un espíritu crítico.


El libro pretende hacer que nuestro tiempo permanezca en la memoria colectiva. No obstante, es también una reflexión sobre el pasado y el futuro.


Muchas historias populares se pierden con facilidad, sobre todo cuando proceden de personas trabajadoras y humildes. Aquellas personas que no dejan huella, a las que nadie se interesa por contar su biografía. Por ejemplo, mi madre, que ahora tiene 91 años, es de las pocas personas en España que recuerda cómo sonaban las sirenas cuando había bombardeos durante la Guerra Civil, pero ni ella ni su familia tuvieron convicciones ideológicas o una educación superior que les permitiera reflexionar sobre ello. Por otro lado, la predicción hacia el futuro fue saliendo poco a poco mientras escribía. Mi memoria se proyectaba hacia atrás, pero mi imaginación se enfocaba hacia el porvenir, en las personas más jóvenes. Esa visión más amplia es un antídoto contra el egocentrismo: te da la conciencia de que tú vas a desaparecer, pero el mundo va a seguir, y esto implica responsabilidades… también políticas.




Sirve también para esclarecer que vivimos en comunidad, que no somos individuos independientes.


En el libro se refleja la necesidad de superar el atomismo al que nos ha traído el modelo económico ultraliberal, que se ha conjugado con una deriva del mayo del 68. Estas dos ideas juntas lo único que han hecho es poner por delante de todo la libertad y el deseo personal. Es algo muy egocéntrico, pero también muy conveniente para el comercio: si lo más importante para ti es la satisfacción de tus deseos, estos se acaban comercializando y volviéndose muy rentables. Afortunadamente, la pandemia nos ha recordado que individualmente no somos nada, que necesitamos redes de solidaridad, ya sean de la familia, del barrio o de la fraternidad.


Según relatas en tu obra, el hecho de poder cuidar un pequeño huerto te permitió conectar con tu pasado familiar. Pero ¿de dónde surge esa relación?


En el huertecillo tenía una conexión sentimental con mi pasado, con mi familia campesina, pero también un compromiso ambiental, una unión con el mundo natural. Creo que tener una dedicación material es muy importante para no perder la cabeza. Los que nos dedicamos a labores abstractas, como los que trabajamos con las palabras, estamos acostumbrados a las elucubraciones. Por eso, hacer cosas concretas y físicas, como cuidar de una planta o cocinar, es tan educativo: nos ata a lo real.


¿Por qué crees que ese compromiso medioambiental no acaba de calar en el conjunto de la sociedad?


Porque el sistema económico se basa en la explotación y el despilfarro de recursos naturales que no son renovables. Cuando miras a tu alrededor, lo único que ves es que la quema de combustibles fósiles es algo normal, mientras que las temperaturas que está alcanzando ahora el planeta no se han registrado en la Tierra desde hace tres millones de años. ¿Cómo se lucha contra esto y contra la inercia privada de cada uno, contra un sistema económico basado en el despilfarro continuo? Piensa en los vuelos baratos, en el usar y tirar, en cuántos modelos de móvil puede tener una persona a lo largo de los años. Es una dinámica muy difícil de cambiar. Hace falta reformar el modelo, no basarlo en la austeridad máxima, pero sí que necesitamos menos cosas de las que tenemos. Hay gente que tiene mucho menos de lo necesario, claro, pero también hay muchísima que tiene demasiado.


La pandemia nos empujó a buscar nuestros propios refugios personales. ¿Dónde encontraste tu «escondite»?


En la cultura. ¿Dónde si no? La cultura es el mejor lugar en el que uno puede resguardarse; es un alimento fundamental para la conciencia humana. Cuando abres un libro o empiezas a ver una película, te sumerges en otro mundo. La cultura es algo que siempre me acompaña, en situaciones de emergencia es cuando te das más cuenta del valor que tiene.


¿Hacia dónde crees que está derivando la cultura en la actualidad, ahora que los referentes no son tanto un libro o una película, sino plataformas como Netflix o Spotify?


Es muy difícil saber hacia dónde va eso. Creo que es algo que podremos analizar en el futuro, no ahora que todo está en un proceso de cambio. Lo que sí que creo es que la cultura está cada vez más precarizada, algo que podemos ver en gremios como el de los músicos. Toda esta nueva cultura ha favorecido la precariedad en los oficios culturales, y eso es algo que me produce mucha tristeza. El problema no es hacia dónde se dirige la cultura, sino que en este país no hay interés por ella. Sobre todo por parte del Estado, que debería ser su máximo defensor y, en cambio, no se esfuerza en favorecer la cultura ni el conocimiento. Lo vimos claramente en la pandemia.


Como miembro de la Real Academia Española, ¿en qué situación crees que se encuentra ahora mismo la institución?


Por motivos personales no paso mucho por allí, y desde hace un tiempo estoy algo desvinculado de ella. Sin embargo, defiendo el principio de la Academia, es decir, su función de registro de la lengua. Ahora bien, el idioma nunca se puede imponer, por lo que no creo que la institución deba ejercer como vigilante del buen uso: la RAE debe atender a los procesos naturales de la lengua, a su evolución. Las lenguas son libres y ninguna tentativa de organizarlas ha funcionado nunca.


Durante sus más de 300 años de historia, la RAE ha contado con cerca de 500 académicos, entre los que solo 11 han sido mujeres. ¿Qué piensas sobre el papel que ocupan las mujeres en la Academia?


La única forma de poder entrar en la RAE es que uno de sus académicos deje un sillón vacío porque ha fallecido o porque se retira. Y en efecto, desde su creación y hasta nuestros días, la mayoría de las letras han estado ocupadas por hombres. Sin embargo, creo que algo está cambiando poco a poco. Su tipo de estructura hace que todo vaya más lento, pero se están produciendo ciertos avances. Cuando yo entré, creo que solo había una mujer, así que, comparado con entonces, creo que ha mejorado.


Volver a dónde está escrito con cierta perspectiva y reflexión. En un mundo que prima la instantaneidad, ¿crees que estos ingredientes son fundamentales para la creación literaria?


Las cosas tienen su ritmo natural. El libro no responde a ningún plan, no tiene un propósito. Surge de la experiencia cotidiana. Pareciera que se fuera escribiendo solo, que me lo dictaban las cosas que me ocurrían. Ha ido madurando a su manera. La obra la tenía terminada a principios de este año, pero, por razones de calendario editorial, la aparición se retrasó, algo que me vino bien para someterlo a correcciones. Si yo te enseñara los primeros borradores, verías que son muy diferentes respecto al resultado final. Me he dedicado durante meses a escribir quitando páginas, un proceso de depuración que ha sido lo más radical posible.




Ilustración: Paul Cezanne

La guerra sin nombre (Roland Barthes - Antonio Legaz)

En 1957, Roland Barthes hojea una revista y se detiene en una imagen que se haría famosa: un soldado negro, sonriente, saluda a la bandera f...