jueves, 5 de marzo de 2026

Los mundos paralelos

 



 

 

 

 

 

“Es el mundo un viejo hospital de incurables.”

 

Emilio Carriere

 

 

 

 

 

 

 

Bautista Beltrame

 

 

 

El rostro de los monos (1978)

 

¿Qué es el rostro de los monos? ¿O mejor, de quién es el rostro de los monos? Tal vez de Bautista Beltrame, quien ha creado esta escandalosa y multifacética galería de personajes que van de lo absurdo a lo patético, exceptuando lo normal, por supuesto. ¿Y qué sería lo normal para el autor? De imposible definición, Beltrame no conoce más que los extremos de la balanza y las gamas de los colores del hombre en su generalidad.

      Y está bien que así sea, porque sin ese desprejuicio y el tal desprecio por lo que piensen los mediocres que se regodean, se zambullen y se revuelven en el barro de la mediocridad, no dispondríamos de este libro donde el autor ha podido adentrarse en zonas demasiado oscuras, tanto que ni él mismo sabe los límites de tales lugares, ni su profundidad. Cuando escribe, es que está explorando a ciegas la mayor parte de las veces, y cuando no lo hace, sólo ve penumbras y figuras indelebles, deformes o informes, a las cuales nombra por azar.

     Por lo tanto, los ambientes de estos relatos, por más que sean concretos, comunes y corrientes, una playa, una biblioteca o un hospital, sucumben ante la incertidumbre y la ambivalencia de las miradas, y se transforman, de tal manera, en una extensión de la personalidad del que observa. De ese modo, los simbolismos, por más que sean evidentes, se escabullen de los cánones trillados y toman una realidad construida con los elementos de la psiquis que los enuncia, y al pronunciarlos, los crea.

      El problema es cuando Beltrame peca de histrionismos egocéntricos. Todos los personajes son él, porque se apropia de ellos por más que los secuestre de la realidad cotidiana, de la realidad no literaria, estoy hablando. El clima de los relatos es homogéneo, una virtud halagadora para todo autor porque el estilo es un ancla que evita el desenfoque de los desenfrenos y la arbitrariedad de lo anímico. Y, sin embargo, el olor de la tragedia sofoca al lector, no da respiro a recuperar el equilibrio de la parsimonia, de la piedad, siquiera.

     Beltrame es cruel con sus personajes, como debe serlo, sin temor de en caer a un paso de los melodramático. La tragedia griega es su modelo, la fatalidad su guía, la desesperación su camino, único y lleno de cardos.

      Un atentado terrorista tiene el mismo valor que el desprecio amoroso de una mujer, ambos, por ejemplo, llevan al suicidio. La política es tan macabra en su determinación de las conductas como la génesis de una enfermedad en un cuerpo humano. Y la culpa de los crímenes no se contrapone sino que se compara con la venganza por de la víctima.

     Beltrame pone en jaque, de esta forma, nuestras ideas preconcebidas, desarma la construcción de la moral endeblemente edificada a lo largo de los años. Y nos preguntamos: ¿qué autoridad tiene el autor para hacerlo?

      Se ha hablado de las ideas políticas y morales de los escritores y la relación con su obra. ¿Pueden, acaso, separarse? Si contestamos negativamente, entonces tendremos derecho a boicotear la literatura o los literatos que no coincidan con nuestra forma de pensar y sentir, que en la mayoría de los casos está fundamentada en prejuicios y valores aprendidos de falsas buenas costumbres. ¿Y qué son éstas? Aquellas que supuestamente nos permiten convivir en sociedad.

     Pero Beltrame nos habla de los discursos callados o apenas insinuados en murmullos entre dientes, nos describe de las miradas ofuscadas y los gestos desairados y, sobre todo, los actos irreversibles e irreconciliables con cualquier convivencia. La frustración deviene en odio. El fracaso en ira. En esto se resume la naturaleza y la calidad de estos relatos.  

     Aborrezcamos a Beltrame por sus ideas o su conducta, pero no esquivemos su mirada, que nos abre en dos con su escalpelo de artista y estampa en nuestra piel el informe patológico que nos define con la tinta de su máquina de escribir.

 

                       

 

 

 

Cecilia Taboada

 

 

 

Alimentar a las moscas (1973)

 

La autora nos entrega un libro de poemas agrupados por temas o ejes temáticos, pero en todos ellos hay una concatenación de sentidos. ¿Cuáles son éstos? Difícil es especificarlos, pero la estilización de los poemas nos da una idea y una guía. La austeridad de adjetivación, las pausas determinadas por el corte de los versos y los casi ausentes signos de puntuación son, en mi opinión, los parámetros estilísticos que marcan una identidad al conjunto del poemario.

     Puede hablarse de sexo, de guerra o de la pena de muerte, pero estas realidades son tomadas con la misma importancia que adentrarse en una obras filosófico-literarias o Dickens, Kant o Shakespeare. La poesía, para Cecilia Taboada, es una interpretación que recrea la realidad y la lleva a un plano abstracto que la ennoblece porque, al desnudarla, le arrebata las costras sucias con que intenta sobrevivir al tiempo. El cuerpo, máxima representación de lo concreto fisiológico, de lo meramente temporal sometido a los parámetros de la destrucción, se eleva al rango del espíritu cuando su sustancia es extrapolada a la idea de los fines de su creación. Una criatura, un animal cualquiera, no es sólo cuerpo, es también instinto, y el instinto crea reflejos y asociaciones que representan la semilla del pensamiento.

     Los poemas de Cecilia Taboada son despojados de palabras inútiles pero están repletos de conceptos, y ese es el objeto, pienso, de la autora, su misma idea y concepción de la poesía. La emoción fermentada por el encomiable trabajo del pensamiento, y el resultado es mayormente amargo, acre, a veces, que nos hace apartar la mirada de la página escrita para recuperarnos del triste encuentro, hasta darnos cuenta, entonces, que una sola palabra suya fue suficiente para disparar en nosotros un universo de ideas emotivas. La inteligencia emocional, dirían algunos, con que ella contempla los múltiples planos de la realidad simultáneamente.

     Yo, en cambio, calificaría a este poemario como un perturbador sueño en plena vigilia.

     

 

 

La guerra (1976)

 

Resulta, por lo menos, curioso adjudicar esta novela a la misma autora de los poemas antes considerados. Más allá de las características correspondientes a cada género, aquellos que determinan los límites, o las idiosincrasias, si se quiere, de cada uno, hay, sin embargo, una afinidad de objetivos y temáticas en la novela y el poemario.

      Claro que para quien empieza a leer la prosa intensamente descriptiva, la cruenta narración de batallas, las descripciones esmeradamente detalladas de paisajes, atavíos, lugares, personas, el resultado es apabullante, si además consideramos los saltos en el tiempo, aunque ordenados por capítulos que corresponden, también, a cada uno de los personajes principales.

      El resultado es, en suma, una saga y una epopeya que tomas elementos de diversas mitologías, predominantemente nórdicas, aunque no únicas, y las entrelaza con elementos psicológicos que incorporan y permiten interpretaciones realistas que no descartan los factores fantásticos. Pero la fantasía, de este modo, colinda con lo religioso, por eso se mantiene dentro de un plano humano, acentuado además por la constante insistencia en los objetos concretos de la realidad en que se mueven estos personajes, es decir, lo ofrecido por la naturaleza en la que sobreviven: la caza, la carne, los huesos, los preparados alquímicos obtenidos con productos vegetales o animales, las armas de madera o hueso. Todos estos elementos son meros instrumentos puestos al servicio de diversos planos que vamos descubriendo a medida que la complejidad de la trama aumenta.

     De lo meramente catastrófico de la erupción de un volcán, vamos adentrándonos en los recovecos de las intensiones y conflictos emocionales de los protagonistas. El personaje en el que confluyen las diferentes tramas y que a su vez es aquel en que se amalgaman las múltiples ambigüedades de los personajes, que se pierden entre el bien y el mal porque ese eje que mencionamos está precisamente en el límite entre realidad y fantasía, entre la fantasía y lo real. Lo religioso, aquí, es lo establecido, lo que podríamos llamar real, lo que la sociedad en la que viven nuestros personajes acepta como cierto. Lo fantástico es aquello que está fuera de la comprensión adocenada y permitida.

     Por un lado, la voz de los dioses que dictan una política y una conducta social en la cual el Brujo, o jefe, o presidente (para hacer equivalencias simbólicas) es la voz de la razón y la conducta a seguir indefectiblemente, a riesgo de las consecuencias de la desobediencia. Por otro, la rebelión de los que piensan diferente en base a una realidad diferente comprobada por ellos mismos, el hambre y el castigo por obedecer leyes establecidas por dioses que nadie ve y que obligan a la hambruna y la muerte.

     Cada parte tiene sus instrumentos y sus creencias: la oficialidad con sus armas y sus leyes impuestas por sacerdotes y soldados; los rebeldes con sus minorías intelectuales de aristocracias elegidas. Cada una se va elevando a planos superiores del pensamiento a medida que elementos sobrenaturales se suman a las fuerzas individuales: los dioses por un lado, las almas de los muertos por otro.  Y uniendo ambas ideas, amalgamando los puntos coincidentes, está el factor de la trasmigración de las almas.

      Y el botín de guerra es, finalmente, los cuerpos vivos. La carne como trofeo.

      ¿Existen los dioses, o son nada más que los hombres los que pelean por volver a la única forma de vida? Pero los cuerpos mueren, también, son destruidos. La desolación final de la novela es una muestra de cualquier batalla.

      Las ideas de Cecilia Taboada siempre giran alrededor de conceptos, que son pensamientos, que son productos de intercambios químicos y neuronales, que son resultado del intercambio d ellos sentidos con el medio que rodea a los hombres. Como dice ella en uno de sus poemas: “sexo y músculos crearon la idea, las manos formaron el mundo”.

      Las asociaciones sociopolíticas son evidentes pero no necesarias para apreciar la novela. Dan una connotación extra, y quizá también acerquen la trama a hechos contemporáneos para aquellos más interesados en la literatura como arma que como arte. Pero las profundidades del texto se adentran en lugares más densos y complejos de la naturaleza humana. La vida y la muerte, al fin, más que el bien o el mal, que no existen por sí mismos, que son meros engendros transitorios de una psiquis constantemente diferente y que ambiciona la unidad sin conseguirla nunca.

        




Ilustración: Jonathan Wolstenholme

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

Más que una economía de mercado, tenemos una economía de casino (Noam Chumsky - Miguel Durán)

 




Desde el comienzo de la invasión rusa, Occidente ha dotado de armas a Ucrania y ha emprendido severas sanciones económicas. ¿Qué puede hacer ahora?


La respuesta de Occidente ha consistido en lidiar con la guerra militarmente, olvidándose de la otra dimensión: la diplomacia. Una guerra termina ya sea por resolución diplomática o por la capitulación. La resolución diplomática implica que ambas partes estarán dispuestas a poner fin a la guerra, aunque ninguna de ellas obtenga lo que quería.


¿Qué condiciones debería incluir un supuesto acuerdo de paz entre Ucrania y Rusia?


Fundamentalmente dos condiciones. La primera es la declaración de Ucrania como un país neutral. Esto significa que no podría formar parte de la OTAN, hecho que a Rusia le inquieta y que ha constituido uno de los motivos aparentes de la invasión. En segundo lugar, se debería celebrar un referéndum supervisado por la comunidad internacional en el que se establezca la soberanía de las repúblicas del Donbás. Quedaría excluido del tratado el asunto de Crimea. Este debería ser abordado en el futuro, una vez la situación se haya apaciguado.


¿Qué opina sobre el suministro de armamentos a Ucrania?


Un país que está bajo ataque tiene derecho a recibir armas para defenderse. Ahora bien, el envío debe calibrarse cuidadosamente. Se debe enviar aquellas armas destinadas a la defensa y no aquellas que intensifiquen la situación y ter- minen por dañar a Ucrania y, lo que es más probable, conducir a una tercera guerra mundial. Pero reitero que eso es solo una parte del problema. La otra parte y la más significativa es poner fin al conflicto rápidamente por medio de la diplomacia. Y, de nuevo, la diplomacia no le da a nadie sus objetivos perfectos; les da a las partes contrincantes algo con lo que pueden vivir.


¿No hemos aprendido nada de la Guerra Fría?


Muy poco. Muy pocas personas saben que estuvimos muy cerca del desastre total repetidamente durante la Guerra Fría. Mira el registro: es solo un milagro que hayamos sobrevivido. Constantemente nos enfrentábamos a un escenario de conflagración que podría haber desembocado en una guerra terminal. Desafortunadamente, la situación ha empeorado mucho desde antes de la invasión de Ucrania. Las últimas administraciones republicanas han desmantelado progresivamente el control armamentista a nivel internacional. Trump casi termina también con el último acuerdo restante en armas nucleares. Simplemente no tuvo tiempo para hacerlo. Biden pudo salvarlo a los pocos días de su vencimiento.


¿A qué cree que responde la carrera armamentística de la OTAN?

Creo que a lo que George Orwell describió en su novela 1984 como doublethink: la capacidad de tener dos ideas contradictorias en la mente y creer en ambas al mismo tiempo. En Europa coexisten dos ideas opuestas sobre Rusia. Por un lado, los europeos muestran un gran regocijo ante la idea del ejército ruso incapaz de conquistar una ciudad a pocos kilómetros de la frontera aun contando con unos recursos importantes. Pero, por otro, esos mismos europeos afirman sentir temor y creen que debe aumentar el gasto militar.


George Orwell consideraba este doble pensamiento como algo propio de un estado distópico y ultratotalitario.


Es cierto. Pero en la actualidad se da la paradoja de que también ocurre en sociedades democráticas. Eso me lleva a suponer que, aparte de la seguridad, hay algo más de por medio en la escalada bélica actual. En ese sentido, me pregunto por el ascenso del fascismo. Recientemente, la Unión Conservadora Estadounidense celebró su cumbre anual en Hungría, un estado cuasi fascista, donde hay una democracia iliberal que aplasta el pensamiento independiente y somete los medios de comunicación al control del líder máximo. El evento reunió a todos los grupos de extrema derecha de Europa, pero la estrella invitada fue Donald Trump, quien expresó su admiración por Viktor Orbán, el primer ministro húngaro. Esta es la situación actual del Partido Republicano, que probablemente se hará cargo del Senado en un par de meses. Esta es la atmósfera de Estados Unidos. No es un país pequeño en alguna parte del mundo. Es el más poderoso de la historia. ¿Existe la amenaza del ascenso del fascismo? Lamentablemente, sí.


¿Qué opina sobre el bloqueo al acceso a los medios de comunicación rusos?


La prohibición de la información no puede nunca mejorar el conocimiento ni la comprensión política. Es importante que los occidentales sepamos qué es la propaganda rusa y cuál es la política oficial rusa, y eso solo nos puede llegar a través de los medios de comunicación rusos. Si los eliminas, simplemente no sabes con qué estás lidiando. Tal vez esas propuestas resulten inaceptables, pero al menos deberíamos escucharlas. La guerra no se puede resolver en condiciones de secretismo y supresión de información. Puede que no te guste la información, pero deberías conocerla de todos modos.


Si la propaganda no se debe combatir por medio de la censura, ¿qué alternativas propone?


A través de la discusión y el debate abierto, que es como debemos combatir también nuestras propias fake news y propaganda. Es fácil en el caso de la propaganda rusa. No pasa desapercibida y, a veces, hasta resulta cómica. Pero nuestra propia propaganda es mucho más difícil de percibir y eso siempre ha sido cierto.


Usted ha criticado el movimiento woke y la cultura de la cancelación.


Desde luego, lo que uno no puede hacer es luchar contra ninguna ideología reprimiéndola. No solo la censura está mal por principio, sino que simplemente no funciona y acaba generando el efecto contrario. A los racistas, por ejemplo, les gusta que les cancelen porque les permite construir una historia en la que ellos son los buenos, quienes defienden la libertad y los derechos humanos. Algo igual ocurre cuando evitas que alguien acu- da a tu campus universitario a impartir una charla. Su cancelación es maravillosa porque aumenta su prestigio. De hecho, el Partido Republicano hizo de esto uno de los ejes de su campaña en las últimas elecciones. La cancelación, por un lado, está mal y, por otro, es estúpida.


Usted también es crítico con la evolución del liberalismo, pero según Hayek las ideologías basadas en el concepto de sociedad han sido las responsables de los totalitarismos del siglo XX: el fascismo y el comunismo.


En primer lugar, nunca hemos tenido nada que se parezca al comunismo; ni siquiera tenemos capitalismo. Lo que tenemos es un conjunto de variedades de capitalismo de Estado. El mundo de los negocios nunca ha estado dispuesto a aceptar el libre mercado: es demasiado destructivo para ellos. Por esta razón, el mundo de los negocios ha pedido continuamente al estado que intervenga para protegerlo de los estragos del mercado. En realidad, esto ya era obvio en los días de Adam Smith. Ahora no son los comerciantes y fabricantes de Inglaterra quienes controlan el gobierno, sino las corporaciones multinacionales y las grandes instituciones financieras internacionales como el FMI o el Banco Mundial. Las modalidades han cambiado, aunque sigue sin haber capitalismo, como tampoco hay comunismo. Las organizaciones populares están comprometidas con el humanismo, pero no es el caso de las principales instituciones de la sociedad que parecen motivadas por otros intereses.


Hace un año, Estados Unidos retiró sus tropas de Afganistán. ¿Qué lectura hace del poder de este país en la actualidad?


Conviene saber que existen muchas dimensiones del poder. Si tomas la dimensión militar, el poder de Estados Unidos no está en disputa. Sin embargo, si tomas el poder político observas un Estado débil. En lo que respecta al poder económico, el panorama no es más alentador. Durante los años neoliberales ocurrió un esfuerzo consciente para desindustrializar el país. Se externalizó la mano de obra en el extranjero porque era más barata, generaba mejores ganancias y no había que enfrentar presiones medioambientales. Además, tras la desregulación emprendida por Reagan, la economía se convirtió en un conjunto financiero de juegos que dio alas al robo puro y duro. En consecuencia, no tenemos una economía de mercado, sino una de rescate donde las principales entidades pueden tomar los riesgos que deseen porque saben que el contribuyente de a pie le pagará el rescate amigablemente. Es, por así decirlo, una economía de casino. Como resultado, encontramos un país que en la dimensión social está en desmoronamiento.


No parece ser el caso de China, que desde 1980 experimenta el mayor crecimiento del mundo.


Efectivamente, China se va a convertir en la próxima superpotencia económica. Está extendiendo sus relaciones comerciales a gran parte del mundo a través de la Nueva Ruta de la Seda. Ahora bien, esto, ¿a quién le afecta? Desde luego resulta bueno para China, pero será malo para nosotros si no podemos competir. Estados Unidos no sabe cómo actuar. Se han esforzado en impedir que otros países utilicen la tecnología china para evitar el desarrollo tecnológico chino, pero han logrado el efecto contrario. En este sentido, lo que debe hacer Estados Unidos es competir, que no significa destruir a tu competencia, sino construirte a ti mismo.


¿Cree que, pese a todo, el mundo es ahora un lugar mejor para vivir que en el pasado?


Cuando era un niño en los años 30 había una depresión profunda. Ahora, el mundo es mucho mejor gracias a la labor de las organizaciones populares. Sin embargo, desde hace cuarenta años atravesamos un período de regresión.




Ilustración: John Sloan

martes, 3 de marzo de 2026

Falla (William Faulkner)

 





El grupo sigue su avance sorteando el límite que alcanza el fuego graneado de la artillería enemiga, bajando por cráteres viejos y nuevos hasta salir por el otro lado a gatas. Dos de los hombres a medias arrastran y a medias sostienen entre sí a un tercero, mientras otros dos portan los tres fusiles. El tercero lleva la cabeza cubierta por vendas ensangrentadas; trastabilla al caminar sin propósito, se le balancea la cabeza, el sudor le cae a chorros, lentamente, por la costra de barro que le cubre la cara.


El fuego de artillería se extiende sin cesar por la llanura, distante e impenetrable. De vez en cuando se levanta una racha de viento desde ninguna parte, que avienta momentáneamente el humo pardo sobre los álamos mordidos. El grupo entra en un campo que hace un mes estaba sembrado de trigo, donde todavía hay espigas que crecen y se aferran con terquedad a la tierra revuelta, entre esquirlas de metal y bultos de tela podridos.


Atraviesan el campo y llegan a un canal flanqueado por tocones de árboles cortados a la misma altura, a menos de dos metros. Los hombres se dejan caer y beben el agua contaminada y llenan las cantimploras. Los dos que llevan al herido lo dejan deslizarse a tierra; queda inerte en la orilla del canal, con ambos brazos en el agua y la cabeza también, de no habérsela sujetado los otros. Uno de ellos saca el casco lleno de agua, pero el herido no es capaz de tragar. Así pues, lo sostienen erguido y el otro le arrima a los labios el borde del casco, y lo vuelve a llenar y vierte el agua sobre la cabeza del herido, empapando el vendaje. Saca un trapo sucio del bolsillo y seca la cara del herido con torpe amabilidad.


El capitán, el suboficial y el sargento, todavía en pie, examinan un mapa sucio. Al otro lado del canal el terreno se eleva gradualmente; el tajo del canal revela la formación caliza de la tierra en pálidos estratos. El capitán guarda el mapa y el sargento ordena a los hombres que se pongan en pie, pero sin gritar. Los dos que llevan al herido lo enderezan y siguen la orilla del canal, hasta llegar al cabo de un rato a un puente formado por una barcaza cuyo casco está lleno de agua, amarrada por proa y popa a ambas orillas. Pasan al otro lado. Allí se detienen de nuevo el capitán y el suboficial a consultar el mapa.


El fuego de las ametralladoras llega con el pálido mediodía de primavera como el prolongado tableteo del granizo sobre una techumbre de metal interminable. Según siguen su avance, el terreno de piedra caliza se eleva poco a poco. El terreno es de una seca aspereza y se desmiga, con lo que la marcha es aún más ardua para los dos que portan al herido. Pero cada vez que se detienen el herido se esfuerza, se suelta a tirones, trastabilla al caminar solo, con las manos en la cabeza, y termina por caer. Los dos que llevan al herido lo alcanzan, lo sujetan, lo levantan, murmuran entre sí, le retuercen los brazos. El herido murmura «… la boina…» y libera una mano y vuelve a tirar de las vendas. La conmoción alcanza a los de delante. El capitán se detiene y se vuelve a mirarlos. Se frena el grupo entero sin que nadie lo haya ordenado; bajan los fusiles.


—Se da tirones del vendaje, señor —dice al capitán uno de los dos que lo llevan. Permiten que el hombre se siente entre ellos; el capitán se arrodilla a su lado.


—… la boina… la boina —murmura el hombre. El capitán le afloja el vendaje. El sargento le pasa una cantimplora y el capitán humedece el vendaje y pone la mano en la frente del herido. Los otros permanecen en pie, observan la escena con una suerte de interés sobrio y distanciado. El capitán se pone en pie. Los dos que llevan al herido lo levantan de nuevo. El capitán ordena que reanuden la marcha.


Alcanzan la cima de la loma, una loma cuya ladera opuesta desciende por el oeste hacia una meseta levemente ondulada. Por el sur, a su parda sombra, siguen oyéndose enfurecidas las descargas de artillería; al norte y al oeste, en el fulgor de la llanura desierta, el humo asciende perezoso aquí y allá, entre las arboledas. Pero es el humo de la quema, de la madera que arde, no de la pólvora, y los dos oficiales lo escrutan cubriéndose los ojos con las manos, y los hombres de nuevo se detienen sin que medie una orden, y bajan las armas.


—Por Dios, mi capitán —dice el suboficial de pronto con una voz muy aguda—. ¡Son casas que se queman! ¡Se baten en retirada! ¡Qué animales! ¡Qué animales!


—Es posible —dice el capitán, y mira en derredor con los ojos apantallados por una mano—. Ahora sí podremos sortear el fuego de artillería. Tendría que haber un camino poco más allá —y echa a andar de nuevo.


—March… —dice el sargento no demasiado alto. Los hombres de nuevo se echan las armas al hombro con la docilidad de quien no se hace preguntas.


La loma está cubierta por una hierba áspera, resistente, como el tojo. Zumban en la hierba los insectos, se escabullen ante sus pies, caen con fuerza bajo el resplandor de mediodía. El herido vuelve a balbucear. De vez en cuando paran y le humedecen las vendas; otros dos relevan a los que lo llevan y apremian al hombre para que siga adelante y se acercan al grupo.


Se detiene la cabeza de la fila; los hombres chocan unos con otros como los vagones de un tren de mercancías que frenase en seco. A los pies del capitán se abre una hondonada amplia, pero de escasa profundidad, en la que crece una hierba rala, exánime, como si fuesen amontonamientos de bayonetas cuyas puntas asomaran de la tierra. Es demasiado grande para que la haya hecho un obús pequeño; demasiado superficial para que la haya hecho uno grande. No presenta rastro de que la haya hecho nada semejante. La observan en silencio.


—Qué raro —dice el suboficial—. ¿Qué le parece que puede haber causado esto?


El capitán no responde. Se vuelve. Bordean la hondonada y la miran en silencio al pasar, pero en cuanto la han rodeado topan con otra igual, tal vez no tan grande.


—No sabía yo que tuvieran nada con lo que hacer una cosa así —dice el suboficial. El capitán tampoco contesta. La rodean y siguen recorriendo la loma. Por la vertiente contraria, la loma cae bruscamente en sucesivos estratos de piedra caliza, pálida y erosionada.


Un barranco de escasa profundidad corta en un tajo abierto su camino. El capitán vuelve a cambiar de rumbo en paralelo al barranco, hasta que poco después el barranco traza un ángulo recto y reanudan la misma dirección que llevaban antes. El fondo del barranco queda en sombra; el capitán encabeza el descenso por el tajo que forma repisas, adentrándose en la sombra. Bajan al herido con cuidado y siguen la marcha.


Al cabo de un tiempo se abre el barranco. Descubren que han desembocado en otra de esas hondonadas de escasa profundidad. Ésta no se halla definida con la misma precisión, y la pared de enfrente parece horadada por lo que a todas luces debe de ser otra depresión, como si fuesen dos discos superpuestos. Atraviesan la primera hondonada, donde esas hierbas exánimes, como bayonetas, les rozan secamente las perneras, y pasan por la oquedad a la siguiente hondonada.


Ésta es como un valle en miniatura entre riscos en miniatura. En lo alto se ve tan solo el amodorrado y vacío cuenco del cielo, con unas tenues pinceladas del color del humo por el noroeste. El ruido de la artillería es ahora muy distante: una vibración en la tierra que más que oírse se percibe. No hay cráteres de obuses recientes, no hay marcas de ninguna clase. Es como si se hubiesen extraviado de pronto en una región, en un mundo al que no hubiera llegado la guerra, en donde no hay vida, en donde hasta el silencio está muerto. Dan agua al herido y siguen adelante.


El valle, la hondonada, se difumina vagamente ante ellos. Ven que forma una serie de cuencas superpuestas, más o menos circulares, debidas a ningún agente comprensible o deducible a simple vista. Las pálidas bayonetas de la hierba les rozan la pernera, y al cabo de un tiempo vuelven a encontrarse entre viejas y ya curadas cicatrices de árboles, a los que se aferran unas cuantas hojas ni verdes ni muertas, como si también hubiesen caído en poder de un hiato en el tiempo y parloteasen secamente entre sí aun cuando no sople el viento. El lecho del valle no es llano. Desciende formando vagas depresiones, se eleva con vaguedad entre las paredes que lo encajonan y forman repisas sucesivas. En el centro de estas hondonadas menores sobresalen de la fina capa de tierra algunas rocas blanquecinas, bultos redondeados de piedra caliza. El terreno posee una curiosa elasticidad; es como si caminasen sobre un suelo de corcho. No hacen ruido sus pasos.


—Bendita caminata —dice el suboficial. Aunque no ha levantado la voz, llena del todo el pequeño valle con la brusquedad de un trueno y colma el silencio; las palabras parecen suspendidas alrededor de ellos, como si allí el silencio llevara tanto tiempo sin perturbación ninguna que hubiera olvidado cuál es su finalidad. Todos a una miran callados y sobrios en derredor, las paredes que forman repisas, los tercos espectros de los árboles, el cielo blando y silencioso—. Un sitio estupendo para un pájaro que quiera emboscarse —añade el subalterno.


—Pues sí —dice el capitán. Su voz queda en suspenso en el aire antes de desvanecerse. Los hombres que marchan al final de la hilera se acercan, su movimiento se transmite a los que van delante, miran callados y sobrios en derredor.


—Pero aquí no hay pájaros —dice el subalterno—. Ni insectos quedan.


—Así es —dice el capitán. Sus palabras, a su vez, se desdibujan en el aire, vuelve a caer el silencio, soleado y profundamente inmóvil. El suboficial se detiene y mueve algo con el pie. Los hombres también hacen un alto; el suboficial y el capitán, sin llegar a tocarlo, examinan un fusil semienterrado y ya herrumbroso. El herido ha vuelto a balbucear.


—¿Qué es eso, señor? —dice el suboficial—. Parece uno de esos trastos que usaban los canadienses. Un Ross, ¿no es así?


—Es francés —dice el capitán—. De 1914.


—Ah —dice el suboficial. Vuelve el fusil de costado con la punta de la bota. Aún lleva la bayoneta calada en el cañón, pero la madera de la culata se ha podrido hace mucho tiempo. Siguen adelante, atraviesan el terreno desigual, entre los bultos de piedra caliza que sobresalen en el terreno. La luz, la luz apagada y amodorrada del sol de mediodía, se estanca en el valle, incorpórea, sin despedir calor. Las briznas de hierba como sables surgen rígidas, a trechos, del terreno. Vuelven a mirar las paredes de la roca que se descama, y los que van en cabeza del grupo ven entonces al suboficial detenerse e hincar el bastón en una de las rocas calizas, y le da la vuelta con la contera, poniendo a la vista las órbitas de los ojos, sucias de tierra, y la mueca sin fondo.


—Adelante —dice el capitán con voz autoritaria. El grupo reanuda la marcha; los hombres miran en silencio y con curiosidad la calavera a la vez que siguen camino. Continúan adelante entre otros bultos blancuzcos, como canicas, encajados al azar en la superficie del terreno.


—Todos en la misma postura. ¿Se ha dado cuenta, señor? —dice la voz del suboficial, en tono animado y conversador—. Todos bien tiesos. Qué raro, enterrar así a esos tíos. Parece que estén sentados. Y a escasa profundidad.


—Pues sí —dice el capitán. El herido balbucea ahora sin cesar. Los dos que lo llevan se detienen con él, pero el resto, adelantándolos, se apiña tras los oficiales.


—No nos paremos a darle agua —dice uno de los que lo llevan—. Ya beberá andando.


Toman de nuevo al herido por las axilas y aprietan el paso con él, mientras uno trata de acercar el cuello de una cantimplora a la boca del herido, haciéndola entrechocar contra sus dientes y derramando el agua por su pechera. El capitán se vuelve a mirarlos.


—¿Qué sucede? —pregunta bruscamente. Los hombres se apiñan. Tienen los ojos muy abiertos, la mirada sobria; el capitán mira los rostros callados, atentos—. ¿Qué es lo que está pasando ahí, sargento?


—Son los nervios —dice el suboficial. Mira las paredes erosionadas, los bultos blancuzcos que asoman callados de la tierra—. Se palpa la tensión —dice, y la risa le traiciona, enflaquece, cesa—. Salgamos de aquí —dice—. Volvamos a donde da el sol.


—Aquí da el sol —dice el capitán—. Tranquilizaos, muchachos. No os juntéis tanto. Pronto saldremos de aquí. Encontraremos el camino, pasaremos de la zona que barre el fuego enemigo, haremos contacto con las tropas —se da la vuelta y echa andar, y el grupo se pone en marcha de nuevo.


Entonces se detienen todos a una en la actitud de seguir caminando, en completo suspenso, y se miran unos a otros. De nuevo se mueve la tierra bajo sus pies. Un hombre da un chillido agudo, como una mujer o un caballo; al hundirse la tierra firme por tercera vez bajo sus pies, los oficiales se dan la vuelta en redondo y ven más allá del hombre que se hunde un agujero abierto, cuyos bordes siguen siendo de polvo seco, antes que el orificio se desmigue de nuevo bajo los pies de otro hombre. Una grieta como el tajo de una espada se abre entonces por debajo de todos ellos; la tierra se quiebra bajo sus pies y se ladea como cuadrados mal cortados de un pastel pálido y terroso, enmarcando un bostezo negro del cual, como en una explosión silenciosa, emana en un estallido el olor inconfundible de la carne podrida. Mientras se afanan y saltan (ahora en silencio; no se ha oído nada desde que gritó el primero) de un terrón a otro, los trozos de tierra suelta se ladean y se deslizan hasta que todo el lecho del valle se precipita lentamente bajo sus pies y los sumerge en la negrura. Un grave rumor se propaga en la luz del sol con una estampida de putrefacción y de fino polvo que queda en suspenso y a la deriva en el aire tenue, sobre el orificio negro.


El propio capitán siente como si se precipitase por una pared cortada a pico, desplazándose, de tierra removida, de sonidos de terror, de lucha en la negrura de tinta. Otro ha dado un alarido. Cesa el grito; oye la voz del herido que llega inaudible casi, reiterativa, en las entrañas de la putrefacción y las paredes hundidas.


—¡Que no estoy muerto! ¡Que no estoy muerto! —y calla con la misma brusquedad, como si una mano le hubiera tapado la boca.


La pared móvil por la que el capitán se ha precipitado amortigua la caída moderando gradualmente la vertical hasta dejarlo, ileso, sobre un terreno más duro, en donde yace unos momentos de espaldas, mientras por encima de su rostro corre veloz el estallido hacia la luz, hacia el aire, de la muerte y la descomposición. Ha ido a dar contra algo que cae despacio, liviano, encima de él, con un apagado estrépito, como si se hubiera hecho pedazos.


Empieza entonces a ver la luz, el borde irregular de la boca de la cueva por encima de su cabeza, y ve al sargento inclinado sobre él con una linterna de bolsillo.


—¿McKie? —dice el capitán. Por toda réplica, el sargento enfoca la linterna sobre su propio rostro—. ¿Dónde está McKie?


—Ya no está, señor —dice el sargento en un susurro, con ronquera. El capitán se incorpora.


—¿Cuántos quedan?


—Catorce, señor —susurra el sargento.


—Catorce. Hemos perdido a doce. Vamos a tener que cavar deprisa —se pone en pie. La tenue luz que llega desde arriba cae fríamente sobre la avalancha amontonada, sobre los trece cascos y el vendaje blanco del herido, acurrucado al pie de la pared—. ¿Dónde estamos?


Por toda respuesta, el sargento mueve la linterna. Roza lateralmente la oscuridad a lo largo de una pared, de un túnel, adentrándose en la negrura, las paredes con facetas en las que destella más pálida la roca caliza. A la entrada del túnel, sentados, o apoyados contra las paredes, se ven los esqueletos con el oscuro uniforme y los pantalones abolsados de los zuavos, las armas herrumbrosas a su lado; el capitán los reconoce, son las tropas senegalesas de la batalla de mayo de 1915, sorprendidas y asesinadas probablemente por el gas en las mismas actitudes que adoptaron al refugiarse en las cuevas de roca caliza. Toma la linterna que empuña el sargento.


—Veamos si queda alguien más —dice—. Que saquen los hombres las herramientas de trinchera —alumbra el precipicio. Se eleva hacia la penumbra, hacia la oscuridad, hacia el tenue rumor de la luz diurna que llega desde arriba. Con el sargento a su espalda trepa por el inestable amontonamiento de tierra, la tierra que suspira bajo su peso y se desmorona. El herido vuelve a gemir a voz en cuello.


—¡Que no estoy muerto! ¡Que no estoy muerto! —hasta que su voz se diluye en un alarido prolongado. Alguien le tapa la boca con la mano. La voz, amordazada, se torna una risa en tono más agudo, se torna alarido otra vez, se apaga otra vez.


El capitán y el sargento suben todo lo que pueden subir por la rampa, sondeando la tierra que se desmorona bajo su peso en suspiros largos, amortiguados. Al pie del precipicio se acurrucan los hombres las caras vueltas hacia lo alto, pálidas, tenues, pacientes, mirando hacia la luz. El capitán barre con la linterna toda la pared. No hay nada, no se ve un solo brazo, una mano. El aire va despejándose despacio.


—Saldremos de ésta —dice el capitán.


—Sí, señor —afirma el sargento.


En ambas direcciones la cueva se diluye en la oscuridad, insondable y profunda, llena de callados esqueletos, sentados y apoyados contra las paredes, cada uno con el arma al lado.


—El derrumbe nos precipitó hacia delante —dice el capitán.


—Sí, señor —murmura el sargento.


—Hable más alto —dice el capitán—. Esto no es más que una cueva. Si los hombres han entrado en ella, podremos igual salir.


—Sí, señor —murmura el sargento.


El capitán alumbra el camino. Los hombres se ponen en pie y se agrupan en silencio tras él, el herido entre ellos. Solloza. La cueva se prolonga y despliega sus paredes con brillos en la negrura; las siluetas acuclilladas sonríen en silencio, a la luz, a medida que pasan. El aire se adensa; no tardan en continuar al trote, jadeando, y luego el aire se adelgaza y la linterna barre otra pendiente de tierra que cierra el túnel. Los hombres se detienen y se apiñan. El capitán asciende por la ladera. Apaga la linterna y gatea despacio sobre la cresta del corrimiento de tierra, en donde se une al techo de la cueva. Olisquea. Vuelve a encender la linterna.


—Dos hombres con herramientas de trinchera —dice.


Dos hombres suben hasta él. Les muestra la fisura por la cual se cuela el aire en lentas, continuas bocanadas. Comienzan a cavar con furia, echando la tierra hacia atrás. Al cabo les relevan otros dos; poco a poco la fisura se ha convertido en un túnel en el que ya pueden faenar cuatro hombres al tiempo. El aire es más fresco. Cavan con furia, con chillidos cortos, como los perros. El herido, tal vez al oírles, tal vez al captar la emoción, se echa a reír otra vez, sin sentido, en voz alta. Por fin el hombre que está en cabeza rompe la pared del túnel. Entra la luz de golpe como si fuese agua; cava como loco; silueteado, ven los demás sus nalgas desaparecer e irrumpir de golpe la luz del día.


Los demás dejan al herido y suben la pendiente a trompicones, deprisa, luchando y gruñendo al acercarse a la abertura. El sargento salta tras ellos y los aparta a empujones de la abertura, blandiendo una pala de trinchera, maldiciendo con voz ronca.


—Déjelos, sargento —dice el capitán. El sargento desiste. Se hace a un lado y mira a los hombres afanarse por el túnel. Desciende y con ayuda del capitán acompañan al herido en la subida de la pendiente. En la boca del túnel el herido se rebela.


—¡Que no estoy muerto! ¡Que no estoy muerto! —gimotea empeñándose en no salir. Con buenas palabras y a la fuerza lo introducen en el túnel, donde vuelve a ser dócil, y gatea veloz hacia la salida.


—Fuera, sargento —dice el capitán.


—Usted primero, señor —murmura el sargento.


—¡He dicho fuera, hombre! —dice el capitán.


El sargento entra en el túnel. El capitán lo sigue. Asoma por la rampa exterior de la avalancha que había cerrado la cueva, al pie de la cual los catorce hombres se arrodillan en grupo. A cuatro patas, como un animal, el capitán respira, y su respiración emite un áspero sonido. «Pronto llegará el verano —piensa a la vez que el aire entra en sus pulmones a mayor velocidad de lo que logra vaciarlos para respirar de nuevo—. Pronto llegará el verano, los días serán largos». Al pie de la pendiente, los catorce hombres se arrodillan. El del centro tiene una Biblia en la mano, de la que lee con monótona entonación. Por encima de su voz se alza el farfullar del herido, sin sentido, sin énfasis, sostenido.





Ilustración: Edvuard Munch

sábado, 28 de febrero de 2026

Mirar el mundo como acto de conciencia (Elizabet Bishop - Arantza Garcìa)





La vida de Elizabeth Bishop (1911 – 1979) fue una sucesión de desplazamientos, pérdidas y búsquedas de refugio, una experiencia que, lejos de anularla, templó su mirada poética. Criada con familiares en Nueva Escocia y luego en Massachusetts, tras la temprana muerte de su padre y el internamiento de su madre en un sanatorio, Bishop desarrolló una sensibilidad particular hacia la fragilidad del mundo y la transitoriedad de los lugares.


Esa infancia marcada por la inestabilidad se convirtió en materia prima de su poesía: la necesidad de pertenencia, la conciencia del exilio, la memoria de lugares que dejan de existir o que ya no nos pertenecen. Pero su creación no fue un testimonio directo. Bishop nunca adoptó la voz confesional, sino que transformó su experiencia vital en un arte de la atención. Su poesía no grita; susurra, describe, observa. Y en esa observación radica su fuerza.


Durante su vida publicó varios libros de poesía —entre ellos North & South (1946), A Cold Spring (1955), Questions of Travel (1965), y Geography III (1976)— y su obra fue reconocida con premios como el Pulitzer Prize (1956), el National Book Award (1970) y el Neustadt International Prize for Literature (1976). Pero, más allá de esa nómina de reconocimientos, lo que distingue a Bishop es la coherencia de su poesía: una voz que conjuga precisión, duelo, paisaje y contemplación con una ética silenciosa, una ética del detalle, del cuidado, de la compasión por lo vivo.


Lo que distingue a Bishop es la coherencia de su poesía: una voz que conjuga precisión, duelo, paisaje y contemplación


El exilio interior de Bishop, la pérdida de un hogar estable, la oscilación constante entre lugares, la maternidad truncada, atraviesa muchos de sus poemas. Pero ella no busca la autocompasión ni el dramatismo. En cambio, pule la forma, reduce lo sentimental a lo mínimo, construye con la palabra un refugio para la memoria. Su poesía no está reñida con la belleza, la reclama para lo frágil, lo ordinario, lo olvidado. Su escritura parece decir: mirar con atención es un acto de reparación.


Ese estilo cristalino y sobrio tiene una dimensión ética: al retratar con solemnidad algo tan cotidiano como un pez, una mañana de niebla o un viaje en autobús, Bishop reivindica el valor intrínseco de los seres, de los paisajes, de los momentos.


En un mundo habituado a la prisa, su poesía propone desacelerar, observar, detenernos. Esa pausa puede ser el inicio de una responsabilidad. En un momento como el actual, marcado por crisis ecológicas, pérdida de biodiversidad y desarraigo, su voz resuena con una claridad renovada.


Uno de sus poemas más emblemáticos, One Art (1976), parece un ejercicio sobre la pérdida, que repite un consejo en apariencia trivial: «La habilidad de perder no es difícil de dominar». En su contención, late una dolorosa conciencia: la acumulación de pérdidas (casas, ciudades, amores) y la necesidad de aprender a convivir con ese vacío. No es resignación, sino honestidad. No es un lamento, sino la serenidad de quien sabe que el mundo cambia, que lo perdido deja huella.


En otros trabajos como The Moose, Bishop vuelve la mirada hacia lo salvaje y lo inesperado que acecha en lo cotidiano. Este poema cuenta un viaje en autobús por la costa de Nueva Escocia; por la ventanilla se suceden paisajes familiares de casas, granjas, caminos polvorientos, hasta que, de pronto, aparece un alce en medio de la carretera. Ese instante interrumpe la rutina y rompe la tranquilidad del viaje. La naturaleza irrumpe, poderosa y silenciosa: «Un alce ha salido del bosque impenetrable y se queda allí, o más bien se alza, en medio del camino». Con esa aparición, Bishop nos recuerda que compartimos el mundo con otras formas de vida que no obedecen a nuestra lógica.


Ese choque entre lo doméstico y lo salvaje, entre la seguridad humana y la presencia alteradora de lo no humano, es paradigmático de su poética: entiende el mundo como red de coexistencias, y reclama humildad, respeto, asombro.


La vida de Elizabeth Bishop fue un viaje continuo: Nueva Escocia, Nueva Inglaterra, Key West, Brasil, San Francisco, Río de Janeiro, Petrópolis, Boston… Este desplazamiento de unos sitios a otros representó tanto una huida como un descubrimiento, ya que encontró la forma de construir un hogar en pleno desarraigo.


Su obra es precursora de la la ecopoética, una escritura que profundiza en la relación entre lo humano y lo no humano, que cuestiona la idea de dominación y que reivindica la Tierra como sujeto vulnerable y digno de atención. Sus descripciones de paisaje, agua, viento, flora y fauna, sin antropocentrismos, invitan a una mirada responsable. No reclama la naturaleza como escenario, sino como comunidad. Leerla desde ese ángulo permite conectar su legado con debates contemporáneos como la crisis ambiental y la necesidad de recuperar una relación respetuosa con todos los seres vivos.


El mejor resumen de lo que es su obra lo hizo Octavio Paz: «El enorme poder de la reticencia es la gran lección de la poesía de Elizabeth Bishop».




Ilustración: Goran Djurovic

viernes, 27 de febrero de 2026

Stefan Zweig, un autor para navegar por las turbulentas aguas europeas (Gonzalez Cachero)

 





Stefan Zweig tenía 60 años cuando lo encontraron envenenado junto a Lotte, su esposa. Él, camisa de manga corta y corbata bien anudada; ella, ligeramente ladeada, como si estuviera por despertar. Era 1942, estaban en Brasil y habían huido del nazismo, como hicieran tantos otros. Zweig era un blanco ideal para los criminales por judío pero, sin ser abrahámico, uno también podía serlo por ser homosexual, o gitano, o discapacitado, o por tener problemas mentales. También los que creían que estaban a salvo –de estos hubo muchos–, o simplemente algunos que pasaban por allí. Sin aparente advertencia, el mundo conocido se venía abajo y los hubo que no lo soportaron. El suicidio de Zweig se ha interpretado como la trágica constatación de esa realidad y, por esa vinculación a la historia europea, no es extraño que, cuando el continente se pregunta por su más profunda identidad, resurja su figura, la de un europeísta como pocos. No habría sido posible en el paradigma bifronte de la Guerra Fría, donde un burgués liberal próximo a la socialdemocracia como él, que además era algo reminiscente del Imperio austrohúngaro, parecía una cosa tan anquilosada como los ropajes que vestía.


De no haber sido por las guerras mundiales que siguieron, de Zweig podría decirse que fue un afortunado por crecer en la Viena de principios del siglo XX, el lugar donde mejor se podían cultivar las aspiraciones artísticas. Sus amistades –Rilke, Mann, Rolland…– sorprenden menos si se tiene en cuenta el ambiente: allí tenía Freud su diván y visitaban sus salones grandes compositores de la talla de Mahler o Brahms, como cuenta Alexander Waugh en La familia Wittgenstein (Lumen), una crónica centrada en la familia del filósofo sobre el refinamiento y la neurosis de aquel período. A su vida en la capital austríaca debe Zweig las primeras páginas de una obra ingente, próxima al centenar de volúmenes, pero pronto la ciudad se le queda pequeña. No en vano, fue también uno de los grandes escritores viajeros del pasado siglo, una faceta paralela a las de biógrafo –de María Estuardo, María Antonieta, Erasmo, Dostoievski, Dickens o Stendhal–, novelista –firmando obras como Novela de ajedrez o Veinticuatro horas en la vida de una mujer–, dramaturgo, periodista, ensayista o libretista de ópera.


Su nombre, sin embargo, estará siempre ligado a El mundo de ayer, su autobiografía póstuma y un panegírico a la cultura europea desaparecida en el fragor de la guerra, un esplendor que amargamente consideró que nunca regresaría. Zweig convierte en ella el relato de su persecución en una crónica de la «desaparición de todas las certidumbres», como explica Carlos Fortea, doctor en Filología Alemana y profesor de la Universidad Complutense. «El siglo XIX había hecho creer a los europeos que su mundo estaba construido sobre cimientos sólidos y no podía más que progresar. La llegada de los fascismos y del estalinismo rompió ese equilibrio de manera brutal», afirma, y cree necesario tener presente este eurocentrismo al leer a Zweig, más allá de que el «quiebre de las certezas» sea una de las experiencias humanas de primer orden en cualquier época o situación. «En el sustrato desde el que escribe están las experiencias de los muchos judíos alemanes que salieron a la puerta de sus casas pretendiendo parar a la Gestapo con la cruz de hierro que habían ganado luchando por Alemania en la Primera Guerra Mundial», añade Fortea, traductor de varias obras del austriaco.


El suicidio de Zweig se ha interpretado como la trágica constatación de la realidad de Europa en la Segunda Guerra Mundial


Zweig era en su tiempo un intelectual de primer orden y contaba con centenares de miles de lectores. Se posicionó públicamente contra el nazismo, pero lo hizo a su manera timorata y una parte del antifascismo lo señaló por considerarlo demasiado tibio. «Ayudó a mucha gente, pero siempre tratando de que no se supiera, siempre intentando esquivar el posicionamiento público, lo que pudo convertirlo en una figura un poco trágica a sus propios ojos y contribuir a su suicidio», constata Fortea, que cree que la angustia que sufrió el novelista le impidió un posicionamiento más claro. «La necesidad de estar a la altura del personaje público que uno mismo ha creado puede ser conflictiva. Todos pensamos en qué habríamos hecho, pero raras veces nos planteamos qué nos habría exigido la circunstancia, pues no nos consideramos relevantes. Zweig lo era, y sabía que sus palabras tenían trascendencia. No es imposible que viviera el conflicto entre la necesidad de tomar un partido contundente y la incapacidad, por carácter, por hábito, para hacerlo así. Él tenía miedo de que lo acusaran de traicionar a su país, como le había ocurrido a Thomas Mann, que sí tuvo el valor de arrostrar ese riesgo», explica.


Es su caso el de un intelectual que, pese a la comentada tibieza en cuanto a sus posicionamientos públicos, acaba sacando la cabeza en un mundo que se cae a pedazos. Es posible que no pudiera hacerlo de otro modo, pero ello no ha evitado que, entre las loas, en los últimos años se intente también impugnar parte de su figura. Se apela a menudo a su trabajo en el Archivo de Guerra, un órgano creado para que varios escritores realizaran una tarea propagandística de incitación a los jóvenes alemanes a ir a la guerra. Zweig habría sucumbido –según esta discutida interpretación, que cuenta con el respaldo de varias anotaciones en sus diarios– al entusiasmo bélico sobrevenido en Europa tras el asesinato en Sarajevo del pretendiente al trono austrohúngaro y el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial. Le habría ocurrido como a casi todos y eso no le quitaría mérito, en cualquier caso, a la escritura antibelicista que practicó más adelante.


No obstante, donde seguro no puede contarse a Zweig es entre esos pocos tahúres que anticiparon a ver la realidad que se acercaba. Más que vislumbrar, la suya es una escritura que atestigua. El escritor Antonio Muñoz Molina, cuyo libro de relatos Sefarad es casi una tipología de los múltiples exilios posibles, dijo a propósito del renacimiento del escritor vienés en un artículo en 2017 en El País: «Cada año que pasa está más presente Stefan Zweig, con una fuerza simbólica muy anclada en la calidad de su literatura, pero que irradia más allá de ella, porque tiene que ver con la ruina de sus ideales y su destino de exilio: unos ideales que ahora se nos han vuelto mucho más cercanos; un destino al que cada vez más gente se va volviendo vulnerable». La pandemia no parece haber cambiado eso.




Ilustración: Andreas Achenbach

Los mundos paralelos

            “Es el mundo un viejo hospital de incurables.”   Emilio Carriere               Bautista Beltrame...