sábado, 27 de junio de 2026

Vida y obras de Florentino Ameghino (Alfredo Torcelli)







Mientras tanto, corría el año de 1909 y la terrible enfermedad que

minaba el organismo de Ameghino acentuaba sus síntomas, sin que el sabio se decidiese a percatarse de ello. Continuaba haciendo de 

prisa su vida intensa, investigando y produciendo. Pienso que estaba 

entonces en el apogeo de sus investigaciones y sus producciones; 

en la plenitud de la genialidad de su videncia. Atendía con su acos- 

tumbrada regularidad ejemplar sus funciones como Director del 

Museo; preparaba dos tomos de los «Anales» que edita esa institu- 

ción; concurría febrilmente a la organización de algunas secciones 

del Congreso Científico Internacional Americano y del de America- 

nistas, que habrían de celebrarse en Buenos Aires a mediados de 1910; 

redactaba una decena de monografías; contestaba la, para cualquier 

otro que no fuese él, aplastante correspondencia que mantenía con 

gran número de cienciados de todas partes del mundo; y se disponía 

a nuevas y mayores empresas en sus estudios a propósito del orígen 

del hombre.| 

Spegazzini habíale revelado a Rodolfo Senet (que era otro íntimo 

del sabio) la terrible persuasión que le afligía; y ambos, valiéndose de 

_todo género de eufemismos en el lenguaje y de rodeos en la mani- 

festación de sus propósitos, procuraban inducirlo a Ameghino a que 

se sometiese a un tratamiento. 

En vano. El se mostraba irreductible. No quería que se le hablase 

de una enfermedad que él «no tenía». 

Pero la diabetes continuaba su obra destructora. Una especie de 

nueva juventud refloreciendo imperativamente y ocasionándole dia- 

rios desgastes de energías físicas, pudo inducirle a creer en la nece- 

sidad de segundas nupcias, mas no a ver una posible causa de lesión 

orgánica. Spegazzini veía cada vez más claro en su visión dolorosa: 

pero para que ni él ni Senet volviesen a la carga, Ameghino empezó 

a guardar la más impenetrable reserva con respecto a las anormali- 

dades orgánicas que sufría. Y si se intentaba hablarle de ellas, se 

rebelaba. Un día en que Spegazzini con su estudiada y cuidadosa 

cautela le-insi.uó nuevamente la conveniencia de que le permitiera 

hacer un análisis de su orina, Ameghino acabó por no poder con su 

genio y estalló en la amenaza de que si aquél volvía a hablarle de 

eso, rompería para siempre la afectuosa amistad que los había vin- 

culado durante tantos años. Spegazzini le tranquilizó y acabó por 

- guardar silencio, tanto más apenado cuanto más equivocado lo veía 

a su amigo. 


Y llegó el año de 1910. Y las tareas de todo orden a que el sabio 

vivía entregado, se multiplicaron. Produjo una docena de monogra- 

fías; concurrió tan asiduamente como siempre al Museo, que empe- 

zó a ser frecuentado por distinguidos hombres de ciencia lle- 

gados de todas partes del mundo, para asistir a las distintas seccio- 

nes del Congreso Científico de ese año; empeoró las condiciones de  

su vida, porque por no quedarse a dormir en Buenos Aires se veía 

obligado a viajar en el tren de las 6 y 12 de la mañana; publicó un 

tomo de los «Anales»; elevó al Ministerio de Instrucción Pública su 

célebre instancia sobre el desastroso estado del Museo; contestó cen- 

tenares de cartas y de notas de su correspondencia oficial y privada; 

se multiplicó a sí mismo para asistir a las sesiones de las distintas 

secciones de aquel Congreso; en compañía de Cavazzutti hizo una 

excursión al Sur de la provincia de Buenos Aires, que se prolongó 

desde el 2 hasta el 12 de Abril, después de haber estado haciendo, 

pocos días antes, investigaciones en General Belgrano, en el centro de 

aquella misma provincia; desde el 29 de Mayo hasta el 13 de Junio, 

agravada su deplorable situación física ya conocida con una fuerte - 

y molesta influenza que no mereció en momento alguno sus cuida- 

dos, regresó nuevamente al Sur de Buenos Aires, acompañando a


una comisión de cienciados norteamericanos, que deseaban cer- 

ciorarse de visu acerca de la formación de las capas geológicas de 

Necochea; desde el 10 hasta el 13 de Diciembre hizo una rápida ex- 

cursión en Banderaló, y preparó sobre su mesa de trabajo una gran 

cantidad de materiales de su museo particular necesarios para entre- 

garse a la redacción de una gran obra sobre los peces fósiles de Pa- 

tagonia.


La labor propia, la que él se imponía, febriciente y casi desespe- 

rada, hecha galopantemente al son de aquel su estribillo de—«tengo 

tanto que hacer !»—y el «surmenage» físico intelectual a que le obli- 

garon los Congresos del Centenario que lo tuvieron por alma, pre- 

cipitaron malditamente la agravación de su mal. 


- En efecto: todos aquellos síntomas que desde hacía dos años ve- 

nían manifestándose en él (adelgazamiento general y de un modo 

especial en las piernas, hambre insólita, polidipsia, poliuria, etc.) y 

que él no había tenido en cuenta para nada, empezaron a acentuarse 

con rapidez y gravedad a fines del año 1910 y principios del año 1911. 


Durante la noche del sábado 11 de Febrero de ese último año, 

“se despertó bajo la impresión de un torpor que le había invadido 

toda la pierna derecha. Con alcohol alcanforado que tenía a la mano 

se dió fuertes fricciones sin que el torpor desapareciese. Como no 

hubiese desaparecido tampoco al levantarse él por la mañana, y an- 


tes por el contrario el pie le doliese mucho, pidió en la tarde, más o 

menos a las tres, que se le diese agua caliente en una cuba y se dis- 

puso a infligirle al pie un formidable baño. Colocó la cuba debajo 

de su mesa de trabajo, introdujo en ella el pie y se entregó a la ta. 

rea de escribir. Escribió como dos horas, sin acordarse para nada 

del baño que estaba dándole al pie. Allá cuando se dispuso a calzarlo 

no fué chica su sorpresa viendo que en el dorso de aquél aparecía 

una gran mancha violada, cuyos límites se delineaban con un borde 

perfectamente marcado. El día después, o sea el lunes 13 de Febrero, 

decididamente ya no pudo trasladarse al Museo. Pocos días basta- 

ron para que aquella mancha que él creyó de origen traumático fue- 

se poco a poco poniéndose negra y el borde pronunciándose de un 

modo tal que se distinguía netamente que ella interesaba todo el 

espesor de la dermis. Por la solución de continuidad que se formó 

entre la piel normal y los bordes de dicha mancha, salía un pus san- 

guinolento. No era otra cosa que una escara gangrenosa diabé- 

tica, que cayó dejando una gran llaga. 


Y bien: o Ameghino deseaba evitar a los suyos la aflicción dé sa- 

berlo enfermo y gravemente enfermo o su testarudez genuinamente 

lígur no quiso que él viese claro. Ni aun en presencia de semejante 

manifestación trágica de su enfermedad se avino a la idea de estar 

enfermo. Les decía a sus hermanos Juan y Carlos que una vez des- 

aparecida aquella llaga, habría desaparecido el dolor de su pierna y 

desapareciendo éste, ya estaría él completamente sano. En la llaga 

se aplicaba Dermatol! | 


Pocos días antes, el jueves 2 de Febrero, almorzando con su pri- 

mo hermano el doctor Arturo Ameghino (que el sábado 4 de di- 

cho mes embarcaríase en viaje a Europa), entre broma y broma le 

había dicho que estaba enfermo; y su primo, que es médico y no te- 

nía noticia alguna de su enfermedad, viéndole de tan de buen color | 

y tan de buen humor como de costumbre, echó a-broma la afirma- 

ción y tomándole risueñamente el pulso le dijo que si todo el mundo 

hubiera estado como él los médicos no tendrían nada que hacer. Ha 

de verse más adelante como la poderosa naturaleza del sabio no le 

rindió a la enfermedad que lo llevó a la tumba todos los tributos 

sintomatológicos que ella reclama. Y de ahí el fácil engaño de su 

primo el médico. 


Corría Febrero y el estado del enfermo se agravaba, sin que hu- 

biese fuerza humana capaz de convencerle de que debía someterse 

a un tratamiento. Condenado a no poder calzarse, y, por lo tanto, a 

estarse prisionero en su casa, no por eso se daba sosiego. Sólo por 

momentos y sin duda cuando los dolores eran más acerbos, guar- 

aba cama. Y conste que digo guardaba cama, por mero modo de 

decir, porque se recostaba completamente vestido o quitándose 

apenas el saco. Como su dormitorio y su comedor sólo estaban sepa- 

rados por un zaguán, cada vez que abandonaba la cama se trasla- 

daba junto a la mesa y sentándose en una mecedora se entregaba a 

la tarea de continuar su obra Origen poligénico del lenguaje o a 

la revisión de la traducción de su Filogenia al francés. Sus herma- 

nos procuraban inducirle a que siquiera usase un bastón para cami- 

nar, mas no pudieron lograr que lo usase. Hubo momentos en que 

no pudo escribir por su propia mano y no tuvo más remedio que 

valerse de su hermano Juan para hacer cualquier enmienda. 


Peor fué Marzo. Tanto que la intervención amistosa de 

Spegazzini y el deseo de los suyos acabaron por obtener que el día 

21 de ese mes, consintiese que su hermano Carlos fuese en busca: 

de Cavazzutti, (que acababa de regresar de una larga excursión al 

Sur), ya no en su calidad de excelente amigo, según lo había visita- 

do siempre, sino en su carácter de médico. 

Frente a frente los dos amigos, uno tal vez dispuesto a continuar 

disimulando su mal y el otro firmemente dispuesto a no dejarse en- 

gañar, Cavazzutti obtuvo que Ameghino asintiese ¡pon fin! a que se 

hiciese un análisis químico de su orina. 


Ante el «caso» y antes de que ese análisis fuese hecho, Cavazzutti 

se quedó perplejo. Todos los autores tratadistas de la diabetes es- 

tán concordes en admitir que las personas afligidas por esa enfer- 

medad se adelgazan de un modo tal que la delgadez suele alcanzar 

los límites de la más extremada flacura y por consecuencia se va 

produciendo una carencia general de fuerzas especialmente en el 

sistema nervioso central. Von Noorden sostiene que el coma es la 

consecuencia definitiva de las condiciones de debilidad del cerebro. 

Y nada de todo eso sucedía en Ameghino. Aún cuando el adelgaza- 

miento de sus extremidades inferiores había empezado dos años y 

medio antes, a raíz del fallecimiento de su esposa, su madre y uno 

de sus amigos, la delgadez, muy lejos de alcanzar un grado apre- 

-ciable, más bien pasaba desapercibida. La debilidad general no se 

había producido en él y tanto menos la cerebral. Otro de los sín- 

tomas que acompaña comúnmente a la diabetes es la carie de “los 

dientes y a veces hasta la caída total de ellos. Y en Ameghino solo 

se advirtió una leve estomatitis, a pesar de la cual conservaba una 

dentadura de acero. Otro síntoma, en fin, el de la pérdida de la po-. 

tencia viril, admitida indiscutidamente por todos los clínicos, tam- 

bien faltó en él; y faltó hasta tal punto que sufrió en sus noches 

verdaderos accesos atormentadores, que le obligaron a recurrir a 

hurtadillas, para eso, nada más, a la existencia de un médico amigo. 

Ni palidez, ni disturbios digestivos, ni furunculosis, ni cesación de 

la producción del sudor. En una palabra: faltaban en nuestro enfer- 

mo casi todos los síntomas más desveladores de la terrible enferme- 

“dad que ya lo tenía doblado. El mismo fenómeno clínico por el cual 

hizo su explosión la enfermedad,—y bien se entiende que me refie- 

ro a la zona gangrenosa del pie derecho,—tuvo un proceso a todas 

luces anómalo; a tal punto que ese fenómeno, según se verá más ade- 

lante, es siempre el último síntoma somático que anuncia la muerte. 


Cavazzutti, intrigado, pero dispuesto a ver claro, se trasladó en 

seguida a casa de Spegazzini (cuya íntima amistad con Ameghino 

conocía), movido por el deseo de obtener mayores datos, durante 

se producía el examen químico de la orina. 


Las observaciones cuidadosas y persistentes que tenía hechas 

Spegazzini acerca del estado de salud del común amigo, bastaron 

para convencerle de la existencia real de la diabetes; pero se resol- 

“vió a esperar el análisis para proceder con absoluta certidumbre. 


El análisis, producido el día 24, reveló todo el terreno que la im- 

placable enfermedad tenía ganado. Ya con él en la mano, Cavazzutti 

tuvo un rasgo de profunda lealtad y de modestia. 


—Amigo mío—le dijo al enfermo—yo sé la poca o ninguna con- 

fianza que le merecemos a usted los médicos. He tenido ocasiones 

para saber su último pensamiento al respecto, oyéndole hacer afir- 

maciones que me llenaron de asombro. En todas ellas guardé si- 

lencio por deferencia para con el amigo y por no entrar en discusio- 

nes inútiles. Pero ahora que he venido por primera vez a su casa en 

mi carácter de médico, mi deber es decirle a usted que vive funda- 

mentalmente equivocado por todo lo que se refiere a su enferme- 

dad. No hay para qué referirla a ninguna mordedura de perro hi- 

drófobo sufrida por usted en su niñez. Usted está seriamente mal y 

su estado no permite ni hablar con subterfugios, ni perder tiempo. 



La gravedad de su estado, infortunadamente, es manifiesta. Usted, 

como se lo tiene dicho tantas veces nuestro común amigo el doctor 

Spegazzini, está enfermo de diabetes; y su diabetes, que es de ori- 

gen central, avanza con síntomas alarmantes. No tiene usted más 

remedio. que someterse a un tratamiento higiénico-dietético y entre- 

garse a un reposo intelectual absoluto, que dure por lo menos seis 

meses. Deploro profundamente que el viaje que tengo resuelto ha- 

cer a Europa no me permita continuar siendo su médico. ¿Qué he 

de hacerle? Usted sabe que yo partiré dentro de pocos días. Llame 

al médico en quién tenga usted más confianza y haga al pie de la 

letra lo que él le ordene. Ese es el precio de su vida. 


Ameghino pareció convencerse. Oyó, calló y recibió de labios del 

- médico, más que médico amigo, el tratamiento que debía seguir. 

Prometió que lo seguiría... Cavazzutti se sintió un poco feliz cre- 

yéndolo así. No hubo tal. El hombre de trabajo no se dejaba doblar 

por el cuerpo enfermo. Siguió, es verdad, en cuanto le fué posible el 

régimen higiénico-dietético, pero siguió también los impulsos de su 

impenitente actividad y a tan gran prisa como en los mejores días 

de su vida. No perdonaba siquiera la correspondencia. Leía y con- 

testaba. Contestaba con mano ajena, pero contestaba. Sin duda, vis- 

to que a pesar de todo no se moría, se sintió fuerte. 


Como Cavazzutti lo tenía todo preparado para embarcarse en viaje 

a Europa el día 4 de Abril, el día 2, visto que el mal estaba estacio- 

nario, después de despedirse de Ameghino en la tarde, prometién- 

dole que le enviaría por escrito amplias instrucciones, para que si- 

guiese al pie de la letra un régimen y prometiéndole asimismo que 

se llevaría una copia de ese régimen para consultarlo con el ilustre 

Murri, tan pronto como llegase a Italia con cargo de escribirle 

desde allá lo que Murri aconsejase, bien quitando, bien agregando 

instrucciones. |

Y en la noche de ese mismo día, antevíspera del de su partida, 

Cavazzutti, en efecto, le escribió a Ameghino, cuanto paso a trans- 

cribir:


La Plata, Abril 2 de 1911. 

Doctor don Florentino Ameghino: : 

Carisimo amigo: 

Vi en el Museo, en el laboratorio de con Carlos, el pan de gluten 

que él había comprado para usted. Esta muy bien. Eso me demuestra 

que usted está dispuesto a atenderse debidamente. Así debe de ser. 

Su vida, más que a usted mismo, le pertenece a la ciencia, a la cual 

usted se la ha consagrado con rara genialidad desde niño. Tiene, pues, 

que dedicarse a conservar su preciosa salud, porque es necesario que 

su existencia siga siendo grandemente eficaz y productiva como ha 

sido hasta ahora. | 


El hecho de que usted se haya decidido a someterse a tratamiento, 

me ha inducido a redactar las reglas que le adjunto por que de 

scripta manent... con lo que le sigue. 


Adjúntole una receta, de la cual he hecho uso, desde 

hace quince años, con verdadera eficacia, en los casos de depresión 

intelectual, y que también es indicada contra la diabetes. 


Está formada, como usted ve, de glicerofosfatos y de nuez vó- 

mica, con otros ingredientes secundarios. Tengo la plena seguridad 

de que si usted hace uso de mi receta, le sentará muy bien y usted 

quedará muy satisfecho de ella. 


Por supuesto, usted me producirá una profunda satisfacción es- 

cribiéndome a Ravenna, enterándome de su salud, que confío, estará 

pronto restablecida. E 


Lo que será una gran alegría para quien, despidiéndose nueva- 

mente de usted, lo saluda muy afectuosamente. 



ESTEBAN CAVAZZUTTI.



Para lograr buen éxito en el régimen del diabético es necesario 

tener sumo cuidado de no hacer trabajar el órgano afectado: su 

descanso es elemento esencial en el tratamiento de la enfermedad. 

Y en el caso de que la enfermedad haya estallado de una manera 

rápida, brusca y con caracteres de gravedad, entonces el descanso 

absoluto de él, por un tiempo relativamente largo, se impone como 

conditio sine qua non. Hay que reintegrar las funciones del ór- 

gano afectado, para que el organismo marche fisiológicamente; y 

luego, cuando el análisis de las orinas indique una diminución no- 

table de «glucosa», entonces y sólo entonces se recomenzarán (para 

venir al caso concreto) los trabajos intelectuales con un sistema 

metódico, sin excederse nunca y alternando los paseos higiénicos 

a los estudios, y los estudios mismos cambiando los asuntos. 


Trabajo intensivo, nunca, jamás. 


Y ahora he aquí dicho régimen: 


La indicación principal consiste en evitar todo lo que pueda ex- 

citar la producción del azúcar y su acumulación en la sangre. La 

supresión de los hidratos de carbono no tarda en realizar en los 

diabéticos la diminución considerable y hasta la desaparición com- 

pleta de la glucosa. 


Luego: 


1° Suprimir todo alimento que produzca azúcar. 


 2° Combatir la azoturia por un régimen apropiado. 


Según Gautier, puede tolerarse la «Levulosa», que es un azúcar 

especial, pues no pasa a la orina, o, por lo menos, su presencia no es 

apreciable en ella. 


También pueden permitirse ciertas legumbres que, según Kúlz, 

son ricas en «Inulina» e «Inosina», no en almidón ordinario, y cuyas 



substancias no pueden trocarse en glucosa; tales son por ejemplo, 


los garbanzos, alcachofas, judías verdes, achicorias, lechugas, car- 

dos, cebollas, puerros, hongos y salsifíes (estos son exquisitos san- 

cochados y luego saltados con manteca y condimentados con queso 

rallado). 7 


Igualmente se le pueden consentir a los diabéticos algunos otros 

alimentos vegetales cuya riqueza en almidón varia de 1 a 7 por 

ciento y determinadas frutas: espárragos, rábanos, berros, espina- 

cas, pepinos, coliflores, repollos, choucroute, membrillo, damascos, 

almendras, nueces, frambuesas, grosellas y aceitunas. 


La cocción hace perder a las legumbres una parte del azúcar y de 

sus hidratos de carbono.


El pan de trigo contiene 45 por ciento de almidón. Esto es dema- 

siado y se ha tratado de reemplazarle por diversas preparaciones: 

pan de glúten, de almendras, de inulina y de avena. El enfermo se 

cansa generalmente muy pronto de estos productos, de los cuales 

algunos contienen almidón en excesiva cantidad. Es preferible a to- 

dos el pan de avena y la papa cocida para reemplazar el pan común, 

lo cuál es menos penoso para el diabético y así no se aumenta sen- 

siblemente la cantidad de azúcar de la orina. | 


En los diabéticos se reemplazan los hidratos de carbono por cuer- 

pos grasos: mantequilla, tocino (mejor es la gordura del jamón), 

grasas y aceite. La crema de leche centrifugada contiene muy poco 

azucar y puede prestar grandes Servicios. | 


La leche debe ser tomada con moderación. 


Las especias y los condimentos suelen ser necesarios para la diges- 

tión de las grasas y se pueden consentir principalmente la canela, lo 

mismo que el te, el café y el vino puro, a condición de regular bien 

la cantidad. 


He aquí, según Lyon, el régimen de los diabéticos: 


Potages — Permitidos: Todos los grasos, el caldo sin huevos bati- 

dos, la sopa de hierbas (sin nabos ni zanahorias) y los caldos de 

puerros y papas. 


Prohibidos: Sopas de pan, fideos, (a excepción de los de glúten), 

guisantes partidos y sopas de leche. 


Grasas: (Estas reemplazarán a los alimentos hidrocarbonados) : 

tocino, manteca, caviar, atún al aceite, sardinas, gordura del jamón, 

gordura de aves, pasteles de «foie-gras» y médulas de vaca. 


Carnes: Todas pueden permitirse, muy moderadamente, pero a la 

parrilla, asadas o cocidas; nada de salsas con harina. 


Pueden permitirse los huevos en cualquier forma. 


Los moluscos y crustáceos son consentidos, excepto las ostras. 


Todos los pescados pueden permitirse a condición de no estar re- 

vestidos de pasta. 


Legumbres: Se podrán comer espinacas, coles, coliflores, judías 

verdes, apio, lechuga, escarola, salsifíes, berros, alcachofas, rábanos 

berengenas. Exclúyanse las remolachas, acederas, zanahorias, na- 

bos y tomates. y 


Prohibense toda clase de pasteles y confituras. Puede tolerarse 

algunas veces el cacao sin azúcar. 


Prohibese el pan común, que puede-ser reemplazado por las pa- 

pas o el pan de gluten, etc. (las variedades anteriormente indica- 

das). No se autorizan ni los harinosos ni las pastas alimenticias. 


Las bebidas azucaradas también se prohiben. El enfermo beberá 

agua (mejor sería de San Pellegrino), te o café sin azúcar. 


Postres: Permítense quesos fermentados, nueces, almendras, gro- 

sellas, manzanas, peras, naranjas, membrillos, cocidos sin azúcar. 


Gautier, hace el cálculo siguiente para un régimen de diabético 

que pierde de 40 a 42 gramos de azúcar por día.



Este régimen, según Gautier, sólo introduce 45 gramos 4 de ma- 



terias amiláceas, o azucaradas, en vez de 300 gramos, que es la ra- 



ción ordinaria; y sin embargo produce 3,227 calorías en veinticuatro - 



horas. Estos regímenes pueden variarse hasta el infinito. 


Y por último, como nociones generales, tengo que añadir que no 

se debe comer demasiado, sino muy despacio, absolutamente despa- 

cio y masticando mucho. El antiguo precepto de que para conservar 

la salud sería menester levantarse de la mesa con el deseo de vol- 

verse a sentar, es santo precepto para los diabéticos. 


Sólo siguiendo estas indicaciones se podrán conservar íntegras las 

funciones del hígado y las gastrointestinales y preservarse de las auto- 

infecciones, tan perjudiciales para todos y particularmente para los 

diabéticos. 


Y, sobre todo: guardarse de los alimentos averiados: voilà l'ennemi. 


Ameghino siguió ese régimen en todo cuanto fué compatible con 

su inquietud por hacer. Y es menester no olvidar que la primera 

prescripción médica, era precisamente la que le imponía la más 

absoluta inacción mental. El mal parecía estacionario, mas no era 

así, ni podía serlo tampoco, sea por la naturaleza misma del mal, 

de suyo incurable, sea por el estado avanzadísimo en que ya estaba, 

tal como habría sido imprescindiblemente necesario. Tanto, que, el 

26 de Abril, Senet, sintiéndose alarmadísimo- después de visitar al 

enfermo, se trasladó a casa de Spegazzini para decirle que, en su 

opinión, las cosas andaban muy mal y para ponerse de acuerdo con 

él acerca del modo cómo podría obtenerse que Ameghino permitiese 

que le asistiera alguno de los mejores médicos metropolitanos. Am- 

bos amigos, afligidísimos, llegaron a ponerse de acuerdo en la nece- 

sidad de apelar a una mentira piadosa para obtenerlo. Y esa men- 

tira santa consistiría en hacerle creer al enfermo que los amigos 

de la Sociedad Científica Argentina, alarmados ante la persistencia 

del mal que le tenía alejado del Museo, habían resuelto instar ante 

él para que permitiese que se le trasladara a un sanatorio bonae- 

rense, donde sería cariñosa y esmeradamente atendido y donde po- 

dría ser frecuentemente visitado por sus amigos. Puestos así de 

acuerdo Senet y Spegazzini, le pareció a éste que el médico a quien 

debía apelarse era el doctor Wernicke, distinguido especialista en el 

tratamiento de la diabetes, con quien no tenía, infortunadamente, 


mayor relación, pero hasta quien podría llegar con entera eficacia 

mediante una carta del doctor Arata. 

Y así se hizo. El día 29 de Abril Spegazzini, en posesión de esa 

. carta, se entrevistó con el doctor Wernicke, a quien impuso del plan 

combinado con Senet y quién se mostró con la mejor buena volun- 

tad del mundo para secundar dicho plan. 

Quedó resuelto, en. atención a que el doctor Wernicke estaba 

sobrecargado de ocupaciones que él avisaría el día en que le resul- 

tase posible trasladarse a La Plata, a fin de que Spegazzini fuese a 

esperarle a la estación del ferrocarril. Ese día fué el 7 de Mayo. 

 El distinguido especialista desempeñó a las mil maravillas su do- 

ble misión de embajador y de médico. Obtuvo del enfermo todo 

Cuanto la piedad amistosa de Senet y Spegazzini anhelaba. La invo- 

cación que hizo el doctor Wernicke del interés de todos los amigos 

de la Sociedad Científica Argentina dobló todas las resistencias del 


enfermo, que, después de asegurarse de que aquél le visitaría diaria- 

mente—esto es: que sería su médico de cabecera—accedió a ser 

trasladado el día después, al sanatorio del doctor Castro, donde 

también se instalaría la señora tía del sabio que, desde que éste 

dejó de hacer su diario viaje al Museo, se había instalado en su casa 

para atenderle como una madre. 

El señor Elías Vieyra Belén, compañero de viaje de Ameghino, 

pe contrató el mismo día las dos habitaciones en aquel sanatorio; y 

Spegazzini, a fin de evitarle molestias al enfermo, obtuvo que el 

jefe de la estación del ferrocarril del Sud hiciese colocar uno de los 

vagones de primera clase que correrían con el tren que sale a las 

ry y 15 ante meridiano frente a la puerta de acceso a la oficina de 

encomiendas, para que aquél pudiese llegar en pocos pasos desde la 

calle hasta el vagón. 

Pocos minutos antes de las 7 de la mañana del día 8 

Spegazzini y Vieyra Belén, llegaron en el automóvil de éste a la 

casa del sabio. Iban llenos de satisfacción y de esperanza, porque 

confiaban en la buena suerte con que el doctor Wernicke, auxiliado 

por otros médicos de su talla, procedería a la amputación del pie 

derecho completamente necrosiado ya, operación que ya desde an- 

tes de ser realizada permitía descontar un 50 por ciento de proba- 

bilidades de que el sabio podría vivir diez años más y que de no 

realizarse, reducía a sus más extremos límites la duración de una 

vida cuya pérdida importaba una resta inavalorable para la ciencia, 

para la patria y para la humanidad. 


La testarudez lígur que el día anterior había tenido un minuto de 

docilidad, quebrada por la ternura del recuerdo de los amigos, ha- 

bía reclamado todos sus derechos. Ante el descomunal asombro 

de Spegazzini y Vieyra Belén, el enfermo declaró que no se move- 



ría de su casa. Se le hicieron reflexiones. Se procuró encontrar 



una brecha para llegar hasta su corazón. Todo fué inútil. 


—Si he de morir, quiero morir en mi casa, dijo Ameghino; y 

la resolución fué irrevocable. | 


Sus amigos se retiraron de su lado con llanto y desesperación 

en el alma. Aquello era el principio del fin. 


En la casa todo siguió después como antes de ese día. El enfermo 

esperando siempre una reacción a todas luces imposible; y los su- 

yos afligidos por la persistencia de un mal que no cedía, pero afe- 

rrados a la áncora de salvación de la esperanza porque el sabio es- 

peraba. Cruel consigo mismo en la misma proporción o en pro- 

porción mayor que como había sido bueno para con todo el mundo, 

confiaba en el vigor de su naturaleza extraña que burlaba hasta los 


síntomas somáticos obligados en el terrible mal que lo iba minando 

y trabajaba, trabajaba siempre, urgido por su estribillo:—<«Tengo 

tanto que hacer!»... Y lo peor es que contemplada desde el punto 

de vista de los análisis de orina, la diabetes parecía no ganar dema- 

siado terreno y antes bien inducía a forjarse la ilusión de que per- 

manecía estacionaria. 


El 8 de Mayo, el análisis había arrojado el 21.206 por mil de glu- 

cosa ;—el 22 de ese mismo mes, 20.40; la observación espectroscópica, 

revelaba bandas de absorción de la urobilina; el examen microscó- 

pico, regular cantidad de células epiteliales pavimentosas; bastante 

cantidad de leucocitos; bastante cantidad de hematíes y regular can- 

tidad de microorganismos;—el 2 de Junio, 17.67 de glucosa; pocas 


Células epiteliales pavimentosas; regular cantidad de leucocitos; 

algunos hematies; raros cilindros hialinos; y escasa cantidad de 

microorganismos;—el 12 de Junio, 12.23 de glucosa; regular canti- 

dad de células epiteliales pavimentosas; abundante cantidad de leu- 

cocitos; raros hematies y regular cantidad de microorganismos; 

el 22 del mismo mes, 24.01 de glucosa; pocas células epiteliales pavi- 

mentosas, raras células epiteliales cilíndricas; bastante cantidad de 

leucocitos; algunos hematíes y regular cantidad de microorganis- 

mos ;—y el 15 de Julio, 11.95 de glucosa; pocas células epiteliales pa- 

vimentosas; bastante cantidad de leucocitos; escasos hematíes; ra- 

ros cilindros renales y granulosos; y regular cantidad de microorga- 

nismos. 


Todo el mundo podía creer en la gravedad del mal, que ninguna 

fuerza humana podía ser capáz ni de dominar ni de paliar siquiera. 

Todo el mundo, menos él. Su presencia de espíritu y su fortaleza 

psicofísica estaban por encima de todo. 


Leyendo el día después «La Reforma» del 3 de Julio, se encon- 

tro con que por un malhadado error de información se había regis- 

trado la noticia de su fallecimiento. Visitado en la tarde de aquel 

mismo día 4 por su tía política la señora esposa de don Francisco 

Ameghino, le preguntó si no se había enterado de esa noticia; y co- 

. mo la señora le contestase negativamente, le dijo riéndose de buenas 

ganas: 

- No me acuerdo haber almorzado nunca con tanto apetito como 

hoy! 


Pero la muerte iba ganando terreno en aquella naturaleza robusta 

de sano optimismo, que se defendía inverosímilmente. Los amigos 

que iban a visitarle, se retiraban de su lado con luto en el alma. 

Veían claramente el avance del mal y descontaban desesperados lo 

irremediable. 


Los hermanos mismos, que vivían refugiados en la inagotable cer- 

tidumbre que de curarse y de sanarse mantenía el enfermo, empeza- 

ron también a desfallecer, aunque sin querer confesárselo, o con mie- 

do de confesárselo. Tanto, que a fines de Julio, Carlos comprometió 

al doctor Nicolás Roveda, para que desde Buenos Aires se trasladase 

a La Plata a visitar al enfermo. 


Dicho facultativo, en consulta con el doctor Vicente Gallastegui, 

(que gozaba de la confianza del sabio, por haber actuado juntos en el 

Consejo Académico de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de La 

Plata), tan pronto como vieron al enfermo, sin decírselo y sólo mi- 

rándose, pronunciaron la cruel palabra decisiva: se trataba de un 

caso perdido. Cuando entraron a revisarlo y vieron aquel pobre pie 

derecho gangrenado y cadavérico, se miraron con espanto. Ni una 

operación heroica habría bastado para alimentar la más leve espe- 

ranza. Todo cuanto pudiera intentarse ya habría sido más que tardío, 

pura y sencillamente extemporáneo. Al tomarle el pulso al enfermo, 

notaron al instante que las arterias radiales ya estaban duras y dege- 

neradas. La pierna izquierda estaba enteramente enflaquecida hasta 

el último extremo y casi atrofiada. Todos los órganos nobles, en fuer- 

za de sufrir aquella lenta agonía, se habían gastado y se habían seni- 

lizado. El espíritu mismo del enfermo ya flaqueaba. Pura cuestión 

de días.


Y por si los médicos hubiesen resuelto echar desesperadamente so- 

bre sus hombros la responsabilidad desmedida de operar, los herma- 

nos los previnieron: no había para qué pensar en operación alguna; 

el enfermo no quería oir hablar de intervención quirúrgica. Lo tenía 

dicho: si le cortaban el pie, él se quitaría la vida descerrajándose 

un tiro. La ciencia médica tenía cerrado delante de sí hasta el más pe- 

queño resquicio. El enfermo quedaba desahuciado por ella; y ella se 

quedaba desahuciada por él en el último recurso heroico. 


El doctor Gallastegui siguió visitándole. Sería mentira decir que 

siguió asistiéndole. Llegaba al aposento en que una gloriosa vida se 


iba acabando prematuramente y a pesar de llevar el espíritu caído, 

“procuraba alimentar una esperanza imposible con soñaciones de una 

reacción más imposible, para mantener un espíritu que también se 

iba cayendo. El cuerpo era una sombra de lo que había sido. La for- 

taleza de ánimo empezaba también a ser una simple máscara. La evi- 

dencia debía, sin duda, estar golpeando a las puertas de aquella 

alma. Nada permitía afirmarlo, pero nada autorizaba a no creerlo. 

Cuestión de días o cuestion de horas... : 


Hasta que ¡por fin! la presencia de ánimo y la fortaleza de espí- 

ritu de aquel romano antiguo, ya a las puertas de la eternidad, aca- 

bo tambien por desfallecer, por confesar que había desfallecido. Era 

el 5 de Agosto y la tarde había caído. De vuelta de sus tareas en 

- Buenos Aires, antes de regresar a su hogar, Spegazzini fué a visi- 

tarle. 


Aquellos amigos. que ignoraban lo que habría de suceder pocas 

horas después y que sin embargo iban a mantener el último de sus 

diálogos, se saludaron afectuosamente. Y en seguida, el enfermo, 

echándose ambas manos a la cabeza, le dijo tristemente al que había 

cargado tanto tiempo en silencio el descubrimiento de la enfer- 

medad: | 

—¿Qué será de mí, mañana?... 


Spegazzini, atribulado ante aquella primera confesión inesperada 

de la sospecha o del conocimiento de un estado de salud desespe- 

rante, procuró tranquilizarle... No había causa alguna para alar- 

marse... El lo encontraba lo mismo que de costumbre... Ni menos 

mal, ni más bien... Si algo extraño sentía en su organismo, sería 

tal vez que la enfermedad hacía crisis... Y eso podía ser para me- 

jorar la situación. 


Ameghino le miraba con sus ojos acostumbrados a las investiga- 

ciones y le oía. Movió la cabeza negativamente y le dijo: | 


-—No, no. Estoy perdido. 


Aquel día Spegazzini, que a pesar de todo esperaba sin saber por- 

qué, aun sabiendo a todo saber que contra toda evidencia, sintió que 

- Su esperanza se había muerto. Huy de aquel aposento. Y mientras 

iba camino de su casa, las luces de la iluminación de las calles, le re- 

sultaban cirios. 


El enfermo empezó a desasosegarse. Esa noche velaba su hermano. 

Juan. Su hermano Carlos, que dormía en el aposento contiguo al 

aposento en que empezaba a agonizar aquel hermano mayor tan 

grande en el grupo de los iguales de las ciencias, a pesar de haber 

velado la noche” anterior, no podía conciliar el sueño. El enfermo, 

inquieto, como carente de aire, no se daba paz. Incorporado sobre 

almohadones, se revolvía de un lado a otro y de vez en cuando decía 

casi musitando: 


—Me voy... me voy... 


Para don Juan, la noche tuvo de eternidad y tuvo de infierno. Po- 

nía en toda su esperanza el mandato imperativo de que no se fuera. 

Pero el agonizante, que no cerraba dos minutos los ojos y que al 

reabrirlos, lo buscaba, moviendo la augusta cabeza más pensativa 

que nunca, repetía a flor de labio: 


—Me voy... me voy... 


Don Juan veía aquellos ojos tan dulces y tan hondos como si en 

ellos fosforeciese un relámpago del genio vidente del sabio, de pie 

entre la vida y la muerte, intentando revelarle el gran enigma. Los 

labios no modulaban voces, mas no se estaban quietos. ¿Qué expli- 

cación se asomaría al espíritu del Grande que «tenía tanto qué ha- 

cer», que vivió tan de prisa y parecía morirse tan de prisa, que no 

encontraba aire suficiente a su alcance para impresionar en la glotis 

las palabras? 


Desde el fondo de aquella noche, eterna para don Juan, iba sur- 

giendo, mientras tanto, la sombra de la noche eterna para aquel 

genial explorador e investigador de los hasta ahora más insolubles 

enigmas. 


Si algo veía no pudo narrarlo. Si algo sorprendió desde el linde de 

la vida más allá del linde de la muerte, en los precisos momentos en 

que se iba, fué la primera vez que se guardó el secreto. 


¿Quería probar acaso que todas las afirmaciones de su «Credo» 

son propias y verdaderas verdades substanciales ? | 


No lo dijo. No pudo decirlo. Pero hay que creer que quiso decirlo. . 

Es imposible que él sorprendiese el secreto del gran Misterio y que - 

ro lo revelase. Aquella frente que parecía ilimitada, estaba ilumi- 

nada, sin embargo. Aquellos ojos que habian visto mas que todos 

los ojos de la especie humana, algo estaban escrutando. Aquellos la- 

bios que habian dicho para las ciencias tantas investigaciones, algo 

balbuceaban. Aquellas manos que habian escrito una entera biblio- 

teca estaban agitándose... 


Cuando empezaron a iluminar el infinito espacio las primeras cla- 

ridades del día, el hermano que había velado martirizado en un in- 

fierno, tuvo miedo por fin. Tuvo miedo de perder el último resto de 

su perseverante esperanza y de verse tan solo y tan pequeño ante 

aquella Grandeza que se marchaba y fué a llamar al otro hermano, 

que no había velado, pero que no había dormido. 


El hijo del señor Secretario del Museo Nacional de Ciencias Na- 



turales de Buenos Aires, don Agustín J. Pendola, que había presen- 



tido la enorme desgracia que iba a producirse y había venido a estar 

al lado del enfermo; un viejito amigo del genitor de esta ilustre fa- 

milia de hombres de ciencia, actualmente al servicio de la casa; y la 

señora que desempeña las. funciones de cocinera en ese hogar que 

iba a envolverse en sombras para siempre, rodearon junto con los 

hermanos, el lecho del moribundo. 


El moribundo movía los labios y la cabeza. Iba acabándose poco 

a poco, serenamente, mientras los esplendores de una bella mañana 

iluminaban fuera las gemas que se rompían, dentro las almas que se 

quebraban. Los ojos del moribundo recogían la luz. Después que 

muriese habría que cerrárselos para que no se cansasen investi- 

gando en el sueño de que nunca habrá de despertarse. 


- Y con los ojos abiertos, recogiendo la luz, el sabio, a las 8 y 20, 

exhaló el postrer suspiro... 


Pocos minutos después, en aquella casa que era un valle de lágri- 

mas, entró Spegazzini. 


Don Carlos, por cuyos ojos corrían inundaciones de llanto, se echó 

en sus brazos. 



—Ay, Spegazzini! Usted ha sido un profeta! 

—; Asi no lo hubiera sido! — contesté el amigo leal que vivió du- 

rante tres años como tres siglos, con la pesadilla espantosa de aque- 

lla enfermedad que él había descubierto, sin poder descubrir tam- 

bién el modo de influir para que fuese curada! 


He dejado correr la pluma al azar de las ideas, sin plan alguno 

preconcebido y derramando en cualquier forma el balde de mis re- 

cuerdos. Podría habérmelo basado con poner las pocas palabras ex- 

plicativas del principio de este prólogo, tendientes a prevenir el 

modo como he resuelto hacer la edición, que tal vez habrían bastado. 

El estudio analítico realizado por Ambrosetti y la biografía perfi- 

lada por Mercante, que vienen en seguida, podrían servir para hacer 

la presentación del pequeño gran hombre, que «tenía tanto que ha- 

cer», a pesar de haber hecho tanto. Pero hay tanto que decir y que 

hacer a su respecto, que la tentación de proporcionar materiales 

para que se diga y para que se haga, me indujo a la tarea que he 

realizado como en volandas y que cada cual juzgará según sus gus- 

tos y sus exigencias. Cuanto había en el balde de mis recuerdos, 

puesto allí por el mismo naturalista, por sus dos hermanos, por su 

tío Francisco y por sus amigos Cavazzutti y Spegazzini, ha de servir 

—lo espero—para que pueda conocerse un poco más que hasta ahora 

la admirable personalidad de Ameghino en la intimidad de su psi- 

quis tan poderosa como su ingenio. Lo que sé y no he dicho, ya está 

dicho por algún otro. 


El Gobierno de la provincia de Buenos Aires, ha empezado a hacer: 

Esta edición oficial completa de sus obras y su correspondencia 

científica, bien distribuida, como ha de ser, entre las mayores ins- 

tituciones de estudio, y los mayores hombres de estudio, equivale a 

un millar de monumentos del sabio, diseminados por todas partes 

del mundo, con materiales de una exquisita finura por él proveídos 

para gloria de la Argentina, la Humanidad y la Ciencia. Su propia 

gloria, tan inmensa y tan hermosa que no parece obra de hombre, 

y que se bastó para hacer resonar por el mundo el nombre argen- 

tino. 


Mas no es todo lo que hay que hacer en homenaje suyo, que tan 


bien se lo pasó sin nada los más agitados y bellos dias de su vida. 


Sus manes vagan inquietos porque aún no se ha realizado el sueño 

de sus diez años postreros: el Museo Nacional de Historia Natural 

de Buenos Aires, instalado en un magnífico palacio, según conviene 

al que es «el mayor exponente de la intelectualidad y del estado de 

civilización del país» y es hoy «un tesoro en el barro». Hay que tran- 

quilizar a sus manes erigiendo ese palacio sin pérdida de tiempo; y 

puesto que él atesor6 en el barro, «en pocos años y con escasos re- 

cursos tanto material como en el resto del período en que fué crea- 

da la institución», hay'que bautizar al palacio con su nombre, para 

que en el extranjero se sepa que sabemos honrarnos. 


Y hay que hacer más: en dos carpetas de Comisión del Congreso 

Nacional Argentino y de la Legislatura de la provincia de Buenos 

Aires existen dos proyectos de ley, ordenando la erección de dos es- 

tatuas de Ameghino — en la metrópoli federal y en La Plata — que 

atestigüen nuestra gratitud por el ejemplo de su vida del varón fuer- 

te y la lección de su obra que por su calidad y su cantidad no es 

superada por ninguna otra. Posiblemente ni igualada tampoco en 

las materias que abarca. ¡Qué esas estatuas surjan! 


¿Qué menos podría hacerse en homenaje de una gloria que por 

su propia virtualidad será imperecedera? Poco mármol o poco bron- 

ce han de ser ambas estatuas, para honrar al más genial y más vi- 

dente de todos los buceadores de las entrañas de la tierra y del enig- 

ma del principio de la vida. 


Ni hay que olvidar tampoco que su cuerpo inanimado yace provi- 

soriamente en el panteón que la Asociación de Maestros de la pro- 

vincia de Buenos Aires, tiene construido en el Cementerio de esta 


ciudad. La autoridad municipal podría y debería erigir a su costo 

el mausoleo en que aquél eterno reposo de una vida que por ser 

vivida tan de prisa fué tan intranquilamente vivida, sea tan tran- 

quilo y tan definitivo como ha de serlo en el seno de la madre tierra. 

Porque bueno es que se sepa que el ilustre inmortal me hizo alguna 

vez la íntima confidencia de que era su voluntad ser sepultado en la 

necrópolis platense. Más aún: de no haber muerto cuando él estaba 

lejos de sospecharlo, habría construido en ella, una modesta bóveda 

para reunir los propios con los despojos de los suyos. 



La Plata, enero 25 de 1913




Ilustrción: Joseph Marie Vien

viernes, 26 de junio de 2026

Esperando la carroza (Jacobo Langsner)

 




CASA DE JORGE. LLORA UNA GUAGUA.

JORGE OFF.- ¡Susana! 

SUSANA.- No puedo dejar la mayonesa. ¿Quieres que se corte? (Aparece Mamá Cora con su aire “ido” como si flotara) 

MAMÁ CORA.- Tiene hambre. Le prepararé la mamadera. 

JORGE.- (viniendo con el bebé en brazos) Hace media hora que tomó la última. 

MAMÁ CORA.- Entonces le dolerá la guatita. Le voy a preparar una aguita de hierbas. 

SUSANA.- (molesta) No le dé nada, Mamá Cora. Métanle el chupete en la boca y déjenla tranquila. (Jorge pasea a la guagua) 

MAMÁ CORA.- Pero Susana, si le pongo el chupete lo escupe. Para mí que es tu leche. Has estado muy nerviosa últimamente. 

SUSANA.- ¡Ideas suyas! ¿Dónde me ve nerviosa? (A Jorge) Fíjate si se ensució. 

JORGE.- (fijándose) Se ensució. 

SUSANA.- Entonces cámbiale el pañal. 

JORGE.- Susana, sabes que no sé. 

MAMÁ CORA.- La cambiaré yo. 

SUSANA.- ¡No! Deje, Mamá Cora, voy yo. ( Sale con la guagua) 

MAMÁ CORA.- ¡Gran ciencia! ¡Cambiar un pañal! (Hacia adentro) ¿En qué puedo ayudarte, Susana? SUSANA OFF.- En nada. No me ayude en nada. ¿Por qué no lee el diario tranquila? 

JORGE.- (yendo hacia dentro) Susana, deja que te ayude. Haces que se sienta inútil. 

SUSANA OFF.- Prefiero que se quede tranquila. 

MAMÁ CORA.- (Mirando la mayonesa) ¡Ya sé, le ayudaré con los flancitos! (Saca leche, se la echa mientras revuelve) “no haga eso”, “no haga aquello” Como si yo nunca hubiese tenido una casa. Como si yo nunca hubiese mudado una guagua. Voy a meter estos flancitos a los moldes y al horno. (Va a la cocina con el recipiente.) 

JORGE.- Mamá Cora, ¿vio el alfiler de gancho?... ¡Bah! 

SUSANA OFF.- ¡Jorge! ¡El alfiler! 

JORGE.- No lo encuentro. Ven a buscarlo tú. 

SUSANA.- Velo debajo del sillón. 

JORGE.- Debajo del sillón, ¿de cuál sillón? 

SUSANA.- (entrando) De este sillón. (Sacando una marraqueta) ¿Me quieres explicar qué hace este pan debajo del sillón? 

JORGE.- Pero, por qué me preguntas... 

SUSANA.- Como la matamos de hambre esconde comida hasta debajo de la almohada (Saliendo). JORGE.- (Saliendo tras ella) Susana, deja que te ayude. Deja que se sienta útil.

SUSANA.- (Entrando con la guagua) No quiero que me ayude.(Suspira cansada) Bueno, tesoro, a dormir hasta la próxima mamadera, ¿me oyó? (A Jorge) ¿La acostamos en el cochecito? 

JORGE.- ¿Me estás preguntando a mí? 

SUSANA.- Mis otros maridos no están en este momento. ¿A quién quieres que le pregunte? 

JORGE.- ¡Y yo qué sé! 

SUSANA.- Arregla el asientito. 

JORGE.- Pero Susana, si sabes que no sé. 

SUSANA.- No puedo acomodar el asiento y tener a la niña en brazos al mismo tiempo. 

JORGE.- (hace los arreglos y descubre una empanada a medio comer) ¡Una empanada! ¡La niña tiene ocho meses y ya come empanadas! 

SUSANA.- ¡No seas estúpido! Esa empanada fue la que sobró anoche. Con razón que no la encontraba. A mí se me está acabando la paciencia. 

MAMÁ CORA.- (Apareciendo) ¿Se durmió? 

SUSANA.- Todavía no, pero está más calmada.(Acuesta la guagua en el coche) Jorge, llévala al cuarto y cierra la persiana.(Jorge se lleva el cochecito. Susana busca y rebusca sobre la mesa) ¡Qué raro! ¿No ha visto la fuente honda? 

MAMÁ CORA.- ¿Cuál? 

SUSANA.- La que dejé aquí. La fuente donde estaba haciendo la mayonesa. 

MAMÁ CORA.- ¿Eso era una mayonesa? 

SUSANA.- No, era cazuela. Ocho huevos tenía esa mayonesa y casi un litro de aceite. 

MAMÁ CORA.- Yo creí... 

SUSANA.- ¡Qué creyó! 

MAMÁ CORA.- No parecía mayonesa. 

SUSANA.- ¡Qué hizo con mí mayonesa! 

MAMÁ CORA.- Flancitos de chocolate. (Susana corre a la cocina) Tú hablaste de flancitos anoche.(Aparece Jorge) Tú la oíste, Jorge. ¿Iba o no iba a hacer flancitos? (Susana regresa) 

SUSANA.- (dramáticamente) Ocho huevos, litros de aceite, litros de leche, sal, mostaza y seguramente kilos de azúcar para tirar a la basura. 

JORGE.- ¿Qué quieres decir? 

SUSANA.- Quiero decir que tu mamacita me ha hecho perder la mayonesa. 

JORGE.- Mamá, ¿Por qué hiciste eso? 

MAMÁ CORA.- Es que, Jorge... No tenía cara de mayonesa. 

JORGE.- ¿Por qué no preguntaste? No hagas nada sin preguntar primero. (Susana se saca el delantal, lo arroja al suelo y sale de la casa. Jorge siguiéndola) ¿A dónde vas? ¿Susana? ¡Para!. 

MAMÁ CORA.- No tenía cara de mayonesa.




CASA DE ELVIRA Y SERGIO. ESTE EN PIJAMA, ACOSTADO EN EL SOFÁ, LEE UN DIARIO. SE OYE LA RADIO DANDO NOTICIAS) 

SERGIO.- (Suena el teléfono) ¡Matilde! (Sigue sonando el teléfono) ¡Teléfono! 

ELVIRA.- ¡Qué acaso tú no puedes atenderlo! 

SERGIO.- Elvira, por Dios. Es domingo. 

ELVIRA.- (Levantando el teléfono) Aló. ¿Qué José? (Colgando) Huevón ocioso. 

SERGIO.- Otra vez te la hicieron. 

ELVIRA.- Para la próxima contesta tú. 

SERGIO.- Ni soñarlo. Que atienda Matilde, siempre es para ella. 

ELVIRA.- Está durmiendo. No sabes que se acostó a las cuatro de la mañana la pobre. 

SERGIO.- ¿Dónde estuvo hasta esa hora? ¿La vieron entrar los vecinos? ¿Quién la trajo? ¿Tú le diste permiso? 

ELVIRA.- ¿Cuál de las cuatro preguntas quieres que te conteste primero? 

SERGIO.- Yo no pienso moverme de este sillón.

 ELVIRA.- Yo también quiero descansar, pero a ti se te ocurrió la excelente idea de invitar a tu hermano Antonio y a Nora. 

SERGIO.- Ellos nos invitaron la semana pasada.

 ELVIRA.- Nosotros los habíamos invitado la anterior. 

SERGIO.- Les hubieras dicho que no vinieran y basta. 

ELVIRA.- ¿Y privarte de los mimos que te hace? 

SERGIO.- ¿Qué mimos? 

ELVIRA.- (imitando a Nora) “Mi amante maravilloso”, “cosita mía”. 

SERGIO.- Creí que apreciabas a Nora. 

ELVIRA.- ¡A esa hipócrita! Sí. Le tengo cierta simpatía. Porque es fina y tiene clase, que es algo que no sobra en la familia. 

SERGIO.- Entonces déjate de protestar. 

ELVIRA.- Deben estar por llegar. ¿Por qué no te vistes? 

SERGIO.- ¿Tengo que ponerme smoking para comer con mi familia? 

ELVIRA.- En pijama no comes. Y anda a darte un baño que hace varios días que lo estás necesitando. SERGIO.- Por favor, me bañé la semana pasada. 

ELVIRA.- Te bañas o esta noche no entras en mi cama.(Se va a la cocina) 

MATILDE OFF.- ¡Mamá! 

ELVIRA OFF.- ¿Qué quieres? 

MATILDE OFF.- Cierra la llave. 

ELVIRA OFF.- No estoy ocupando el agua. 

MATILDE OFF.- Estoy toda enjabonada. (Aparece envuelta en una toalla, toda mojada y jabonada) Cortaron el agua. 

SERGIO.- Y después viene tu madre insistiendo en que me bañe. Sin agua no se puede. 

MATILDE.- ¿Con qué me quito el jabón?

ELVIRA.- (Viniendo de la cocina) Otra vez cortaron el agua. (Va al teléfono y marca un número) ¿Señora Juanita? Soy yo, la Elvira. ¿Qué pasa con el agua? A mí no me avisó nadie. ¡Cuatro horas! ¿Desde cuándo? ¿Desde ahora mismo? Tengo que hervir los ravioles. ¿Usted también está haciendo ravioles? ¡Qué coincidencia! ¿Le pido un favor? No bote su agua. Hiérvalos y me llama para ir a buscarla. Gracias, Juanita. Usted es un ángel.(Cuelga) ¡Vieja de mierda! Yo hago ravioles, ella hace ravioles, yo hago porotos ella hace porotos. 

SERGIO.- Vélo por el lado positivo, ella nos va a convidar el agua de sus ravioles. 

ELVIRA.- Matilde, vas a tener que ir al negocio a comprar unas botellas de agua mineral. 

MATILDE.- Estoy toda enjabonada. 

ELVIRA.- ¡Mejor! Así vas más rápido. 

MATILDE.- Me acosté a las cuatro de la mañana.

SERGIO.- De eso, casualmente, quería hablar. ¿Se puede saber donde estuviste hasta esa hora? MATILDE.- (yendo furiosa a su cuarto) En un cabaret con doscientos sicópatas sexuales. 

SERGIO.- A ésta lo que le hace falta es un puro “tatequieto” 

ELVIRA.- (Sentándose) Estoy cansada. 

SERGIO.- ¿De qué? 

ELVIRA.- ¿Acaso no sabes el trabajo que da una casa? 

SERGIO.- ¡No lo voy a saber! ¡No hablas de otra cosa! Mi pobre madre quedó viuda a los treinta y cinco años y con seis hijos... 

ELVIRA.- ¡Ese tango lo conozco! Cocinaba, zurcía, tejía, bordaba y seguramente culiaba y jamás se le oyó una queja. Me lo contaste mas de un millón de veces. Pero yo soy de carne y ella era de hierro. 

SERGIO.- ¡Pobre vieja! ¡Pobrecita! Cuando pienso en todo lo que sufrió y en la poca felicidad que tuvo... 

ELVIRA.- Cuando piensas en todo eso no pasa nada. Lo pensaste un millón de veces y jamás pasó nada. (Entra Jorge y detrás de él, furiosa, Susana) ¿Qué pasa? 

SUSANA.- Pasa que yo ya no doy más. Pasa que yo sólo tengo treinta años y que no me resigno a vivir en una casa que no es mi casa y en la que no soy nada más que una sirvienta.

 ELVIRA.- Oigan, ¿por qué no van a lavar la ropa sucia en su casa? 

SUSANA.- Porque sucede que esta ropa sucia también es de ustedes. (A Elvira) Hace cuatro años que tu suegra vive en mi casa y parece que tiene el firme propósito de no moverse de ella. 

ELVIRA.- ¡Mi suegra! 

SUSANA.- Sí, tu suegra (A Sergio, aún más furiosa) Y tu madre. 

SERGIO.- Pero, ¿en qué te molesta la pobre santa? 

SUSANA.- ¿Quieres que te diga en qué me molesta? No puedo moverme sin tenerla encima y tú me preguntas en qué me molesta.

SERGIO.- ¿Cómo puedes hablar así de una pobre anciana qué quién sabe sin le quedan unos tres años de vida? 

SUSANA.- Eso es lo mismo que me dijeron hace cuatro años cuando se vino a vivir con nosotros. Yo no quiero que se muera. ¡Que viva otros doscientos años, pero que viva en otra parte!

 JORGE.- Susana estaba preparando una mayonesa y tuvo que dejarla un rato porque la guagua lloraba. Cuando volvió se encontró con que mamá había transformado la mayonesa en flancitos de leche con chocolate. 

ELVIRA.- ¿Y por eso tanto escándalo? 

SUSANA.- (a Jorge) ¿Y lo de los merengues? (A Elvira y Sergio) Huevo que compro le quita la clara para hacer merengue. 

SERGIO.- Pero si el merengue es tan rico.

 SUSANA.- ¿Y qué hago yo con todas las yemas que se van acumulando en el refrigerador?

 ELVIRA.- ¡Mayonesa! 

SUSANA.- Mira, Elvira. Esto no es un chiste. Tráela a vivir una semana a tu casa y vas a ver si tengo o no tengo razón. 

SERGIO.- ¡Pobre mamá! 

SUSANA.- Sí, pobre mamá. Ahora más encima se ensucia. 

SERGIO.- ¿Se ensucia? ¿Cómo se ensucia? 

SUSANA.- ¿Quieres que te haga un dibujito? ¿No sabes como se hacen caca los cabros chicos? 

SERGIO.- ¿Quieres decir que... 

SUSANA.- Sí, se caga. Y no le voy a poner unos calzones de goma. Tengo que andar todo el santo día con el trapo en la mano.

JORGE.- ¡Por favor, Susana! 

SUSANA.- ¡Por favor nada! Se va ella o me voy yo. 

SERGIO.- ¡Pobrecita! 

SUSANA.- Sí. Es muy fácil decir pobrecita a cuatro cuadras de distancia. Pero ella no es mi madre y yo no tengo por qué aguantarla. Mete las manos en todas partes, manosea todo... 

SERGIO.- Te querrá ayudar. 

SUSANA.- ¡Que se quede quieta! Yo no quiero ayuda. Si agarro una olla chica, ella dice que agarre una más grande. Me quita las cosas de las manos, prueba la comida mil veces para ver si está condimentada. Hace quince días, aprovechando que nosotros no estabamos, quiso bañar a la niña. 

ELVIRA.- ¡Que ternura! 

SUSANA.- ¡Casi me la ahoga! 

JORGE.- Sergio, hazle un sitio aquí. 

SERGIO.- Pero, Jorge... 

JORGE.- Hazle un sitio. Tú también eres su hijo y tu mujer es mucho más paciente que la mía.

ELVIRA.- Paciente hasta por ahí no más, mijito. Porque yo también tengo mi genio y no estoy como para andar... 

JORGE.- Espero, Elvira, que nunca te pase ésto. Y si algún día te pasa, ojalá tu hija tenga paciencia para aguantarte. Mi madre fue una mujer tan dinámica como tú. 

ELVIRA.- ¿Por qué no hablan con Antonio y Emilia?

 SUSANA.- Emilia es viuda y trabaja como una negra para mantener al vago de su hijo. 

ELVIRA.- Miren. Hoy viene Antonio. Háganle la oferta a él, a lo mejor se tienta. 

SUSANA.- (resentida) ¿Los invitaste a comer?

 ELVIRA.- Ellos nos invitaron la semana pasada. 

SUSANA.- Evidentemente nosotros no pertenecemos a la familia. 

ELVIRA.- Pero, ¿por qué dices eso? 

SUSANA.- Desde que me casé con Jorge, comí una sola vez en tu casa. Y fue hace tres años. 

ELVIRA.- ¿Y tú? ¿Cuántas veces nos invitaste? 

SUSANA.- Más de una vez. 

ELVIRA.- No me saques en cara tus tallarines ni tu ensalada de apio que no gozan de gran reputación en el barrio. 

SERGIO.- ¡Elvira! 

ELVIRA.- ¿Y qué? Si sólo hace tallarines y ensalada de apio. (Entran Antonio y Nora. Ella viste de pieles y cuero aparatosamente, luce unas gafas oscuras que nunca se saca. Trae en la mano una bandejita muy pequeña) ¡Pasteles! Que mala eres, con lo que engordan. 

NORA.- ¿Qué le hace el agua al pescado? ¡Más invitados! ¡Qué sorpresa más agradable! (A Susana) ¿Cómo estás linda? 

SUSANA.- Mal. 

NORA.- Yo estoy muerta de calor.(A Jorge) ¿Qué tal, cariñito? Tienes la felicidad pintada en la mirada. ¡Cuánto me alegro! (Besa a Sergio) ¿Cómo está mi amante maravilloso? 

ELVIRA.- Ésta insiste mucho con lo del amante maravilloso. Está empeñada en que empiece a sospechar algo. 

NORA.- Todo es cierto, querida. Todo es cierto. ¡Pero que idea maravillosa tuviste de invitarlos Elvira! ¡Hace tanto tiempo que no nos veíamos! ¡Con lo que yo los quiero! ¡Que bien se te ve, Susana! Siempre con esa serenidad que te caracteriza. 

ANTONIO.- ¿Cómo están esos ravioles que me prometiste? 

ELVIRA.- Parece que lo único que vamos a comer son estos pastelitos. Es que nos quedamos sin agua y no tengo en qué hervirlos. 

ANTONIO.- ¡Ah, no! ¡Con la ilusión que traía! 

NORA.- ¡Antonio vive soñando con tus comidas, Elvira! Te recuerda cada vez que se ve las manchas de grasa que le quedan en las camisas. (Ríe) ¿Cuál es el secreto de tu grasa? No sale con nada.

ELVIRA.- ¿Es un halago o me estás criticando? 

NORA.- Al contrario, Elvira. ¡Halago la estupenda idea que tuviste de invitar a Jorge y a Susana! Hace siglos que no los veía. 

SUSANA.- Termina de una vez, Nora. Nosotros no estamos invitados. Hay que tener dinero para que lo inviten a uno. Nosotros somos pobres. 

ANTONIO.- Por favor, queremos pasar un plácido domingo familiar. 

SUSANA.- Entonces llegaron en mal momento. 

ELVIRA.- No, querida. Quien llegó en mal momento eres tú. 

SERGIO.- ¡Por favor! (A Nora) Me pasé toda la semana añorando que llegara el domingo y ahora, miren lo que tengo. 

ELVIRA.- Si no te gusta, ya sabes lo que puedes hacer. 

NORA.- (abrazando a Sergio) ¿Cómo te atreves a hablarle así a mi amante preferido?

ELVIRA.- ¿No te lo dije? (A Antonio) ¿No te parece que aquí puede haber algo? 

NORA.- Pero cariño, ¿qué puedo hacer para que me creas? 

ELVIRA.- Nada. No es necesario que hagas nada. 

NORA.- ¿Será posible que nadie me tome en serio? 

ELVIRA.- Dame tus cosas y siéntate. 

NORA.- Las gafas no. Odio la luz del mediodía. 

ELVIRA.- ¡Ah, sí! ¡Es cierto! (Yendo al dormitorio) Sergio, ocúpate de los drinks. 

NORA.- ¡Drinks! Parece que están funcionando las clases de idioma. 

SERGIO.- Sí. Dice “no” en cuatro o cinco idiomas. 

NORA.- Malo. Daría mi reino por un martini. A ver si así me despejo un poco. 

ANTONIO.- (A Susana) ¿Cómo está la niña? 

SUSANA.- (Agresiva) Bien. 

NORA.- Todavía no cumple el añito, ¿no? Siempre me olvido de preguntar por ella. Pero éso no significa que yo no la quiera. Ella ocupa un sitio muy importante, tanto en mi corazón como en mis pensamientos. ¿No es cierto que siempre hablo de ella, Antonio? 

ANTONIO.- (Distraído) ¿De quien? 

ORA.- De la niña. Siempre le digo a Antonio que nunca en mi vida había visto a una criatura más preciosa. ¿No es verdad, Antonio? 

ANTONIO.- ¿Qué cosa? 

NORA.- Todavía no cumple el año, ¿no? 

SUSANA.- No. Acaba de cumplir los ocho meses. (Entra Matilde vestida con un lindo vestido primaveral). 

NORA.- Contigo se completa el cuadro familiar. Sospecho que éste va a ser el día más entretenido de mi vida. Esta criatura me devuelve la juventud. 

MATILDE.- Buenos días, tío Jorge. 

JORGE.- (besándola) ¿Cómo estás? Nunca tienes un rato para ir a visitarnos. Estamos a cuatro cuadras de distancia y creo que todavía no conoces ni a tu prima.

MATILDE.- ¡Claro que la conozco! ¿No te acuerdas que fui al hospital a ver a tía Susana? (Besa a Susana) Hola, tía. (A Nora, después de besarla) ¡Qué bonito vestido! 

NORA.- ¿Te gusta? (Dando vueltas de jactancia) Fue diseñado por el mismísimo Pierre Cardín. ¿No es precioso? 

MATILDE.- ¡Un sueño! 

ANTONIO.- (Tocándole el trasero a Matilde) ¿Y a mí no me saludas, cosita rica? 

MATILDE.- ¡Ah! Disculpa tío. (Lo besa. Él le pone los labios) 

SERGIO.- (Que ha sacado varias botellas del barcito) Matilde, llévale este Martini a tu tía. (Matilde va a buscarlo) Susana, ¿Qué vas a tomar tú? 

SUSANA.- (Molesta) Si las tías toman Martini, creo que yo no voy a tomar nada. 

NORA.- ¿Por qué dices éso? 

SUSANA.- Porque mi cuñado dijo: “Matilde, llévale este Martini a tu tía” Pudo haber dicho “a tu tía Nora”. Pero no. Él da por hecho que la única tía que tiene Matilde es Nora. Después de todo, yo soy pobre. 

MATILDE.- Enseguida te sirvo, tía Susana. 

SUSANA.- ¿No sabes que no tomo alcohol? 

SERGIO.- ¿Y para qué armas tanto escándalo entonces? ¿Dónde está la botella de Cognac? 

MATILDE.- Mamá la tiene guardada. 

ANTONIO.- Sírveme un Whisky, Sergio.

SERGIO.- ¡Whisky! ¡En estos tiempos! (A gritos) Elvira, ¿dónde guardaste el cognac? 

ELVIRA OFF.- ¡En el ropero! Ven a buscar la botella, Matilde. (Matilde va al dormitorio) 

NORA.- (A Susana) ¿Cuando van a llevarme a la chicoca? ¡El jardín está tan maravilloso! Tienen que ir. ¿Cuándo van a ir? 

SUSANA.- Cuando nos inviten. (Matilde regresa) 

NORA.- Vayan mañana. (Rápidamente) ¡No! Mañana, no. Vayan el martes... ¡Ah! Tampoco, tengo un compromiso. Llámame el miércoles y nos ponemos de acuerdo, ¿o.k.? La niña podrá correr por el jardín y tomar un poco de aire puro. 

SUSANA.- Recién tiene ocho meses; todavía no corre.

 NORA.- Pero imagino que respirará, ¿no? (Ríe) Adoro a los niños. Debe ser por éso que Dios me hizo estéril.

 MATILDE.- ¿No consultaste al médico? A veces son los hombres los que no sirven. 

SERGIO.- ¿De dónde sacaste éso? 

ANTONIO.- ¡Épale! (Toma la mano de Matilde y la pone en sus genitales) Yo sirvo todavía, ricurita. MATILDE.- ¿Cómo lo sabes? El hecho de que la tengas grande no quiere decir... 

ERGIO.- ¡Matilde! ¡No estás hablando como una señorita! 

MATILDE.- Estoy hablando de cosas naturales.

SERGIO.- En mi casa no quiero que hables de cosas naturales. ¿Éso es lo que te enseñan en la escuela? 

NORA.- (Riendo) ¡Miren la cara que puso Sergio! 

SERGIO.- ¡Así no hablan las señoritas que estudian en colegios religiosos! 

MATILDE.- No pensarás que porque estudió en una escuela de monjas todavía soy virgen, ¿no? 

SERGIO.- Por tu bien, espero que lo seas. ¡Elvira! 

ELVIRA OFF.- Quiso decir que no es tonta. ¿Verdad que sólo quisiste decir éso? 

MATILDE.- Sí, mamá. 

SERGIO.- Esta mañana volvió a las cuatro de no sé dónde. 

ANTONIO.- (Acariciando las nalgas de Matilde) ¿Pero dónde estuviste hasta tan tarde? 

MATILDE.- Fuimos a una fiesta de la parroquia con una amiga y la señora Juanita. No hicimos nada malo. 

SUSANA.- ¿A qué le llamas hacer algo malo? 

MATILDE.- A dar besos con lengua y a esas cosas. (Suena el teléfono) 

LVIRA OFF.- ¡Contesten ese teléfono!

MATILDE.- (Contestando) Aló. ¿Sí? Hola, señora Juanita. Espere un ratito. (Deja el auricular descolgado sobre la mesa y se acerca a la puerta del dormitorio) ¡Mamá! ¡Es la vieja de al lado! 

SERGIO.- ¡Idiota! ¿Quieres que te oiga? (Aparece Elvira con otro vestido más a tono con los invitados) 

MATILDE.- Doña Juanita ya hirvió los ravioles, pero dice que el agua se le consumió un poco y que tiene demasiado almidón. 

ELVIRA.- Anda a buscarla y ten cuidado de no quemarte. 

MATILDE.- Siempre tengo que ir yo. (Matilde sale) 

ELVIRA.- Menos mal que esa vieja me imita en todo. Hago cazuela, hace cazuela. Hago tallarines, hace tallarines. 

SERGIO.- ¡Elvira! El teléfono. (Elvira mira el teléfono con espanto). 

ELVIRA.- ¿Habrá oído? ¡Ay, Dios mío, que no haya oído! (Toma el auricular. Se lo lleva al oído y cuelga rápidamente) Sí. Oyó. ¡Cabra estúpida! (Matilde regresa) 

MATILDE.- La señora Juanita dijo que nos fuéramos todos a la conchesu... 

ELVIRA.- (A Matilde) ¡Minusválida mental! ¿Quién te enseñó a dejar el teléfono descolgado? 

MATILDE.- Nadie. Aprendí sola. (Todos ríen menos Susana y Elvira) 

ELVIRA.- ¡Estúpida! (Disimulando) ¿Quién se iba a imaginar que el teléfono estaba descolgado? ¡Qué horror! ¡Con la lengua que tiene esa mujer! Siempre me pasan estas cosas. (Nora y Antonio ríen) 

SUSANA.- Eso te pasa por la increíble facilidad que tienes para juzgar a todo el mundo. 

ELVIRA.- Que yo sepa, Susana, a esta fiesta nadie te invitó. ¿Cómo quedarán los ravioles hervidos en agua mineral? 

ANTONIO.- Supongo que bien.

ELVIRA.- (a Matilde) Anda a comprar media docena de botellas de agua mineral. (Matilde hace un gesto de fastidio y sale) 

NORA.- Ay, Elvira, yo creo que viviría en tu casa. Me divierto tanto aquí. (Ríe) ¡Siempre pasan cosas tan descabelladas! 

ELVIRA.- Sí. Me pasan muchas cosas y ésta es la peor de todas. No conoces a mi vecina. Es capaz de decir que me vió, con sus propios ojos, en la cama con el portero. 

SERGIO.- ¡Cómo te pones el parche antes de la herida! 

NORA.- ¡Cómo se descubren las cosas! 

SERGIO.- Ya me parecía que el portero me saludaba con más amabilidad estos últimos tiempos. 

ELVIRA.- ¿Por qué no se van a la misma mierda?

 NORA.- Ay, ¡se puso colorada! (Ríe) Por fin podemos perder nuestros escrúpulos, amante mío adorado. (Abraza a Sergio. Ríen todos, menos Susana y Elvira) 

ELVIRA.- (Yendo a la cocina) Váyanse al diablo. 

ORGE.- ¿Vamos Susana? 

NORA.- ¿Qué apuro tienen? No nos vemos nunca. 

SUSANA.- Yo no tengo sirvienta. 

NORA.- (asociando) ¿Cómo está mamá Cora? 

SUSANA.- (encantada de tener una oportunidad de retomar el tema, vuelve sobre sus pasos) ¡Maravillosa! 

ANTONIO.- Después de comer la llevaré a dar un paseo en auto. El aire le va a hacer bien. 

SUSANA.- Lo que le haría bien es que la invitaras a pasar un tiempo en tu casa. 

NORA.- ¡Ay, no! ¡Pobre! Se aburriría como una ostra. (Con intención) ¿No se siente feliz en tu casa? 

SUSANA.- ¿Cómo se va a sentir feliz en esa ratonera? Sin aire, sin luz... ¡La pobre sería tan feliz cuidando las flores de tu jardín! 

NORA.- ¡Pero si nunca estamos en casa! 

ANTONIO.- Además, confieso que tengo muy poca paciencia con los viejos. 

SUSANA.- Pero con tu madre deberías tener un poco más. Hace cuatro años que vivo con ella y sé que la pobre sería muy feliz si pudiera descansar por un tiempo en la casa de otro hijo. 

NORA.- Pero, ¿cómo puedes decirle a la pobre y querida anciana que se vaya a la casa de otro hijo, sin herirla? 

SUSANA.- No tengas miedo, no se sentiría herida. 

JORGE.- Mamá cumplió la semana pasada ochenta y tres años, Antonio. 

ANTONIO.- ¡Puta! ¡Se me olvidó el cumpleaños! ¿Por qué no me llamaste para recordármelo? 

JORGE.- Tienes una sola madre y pudiste haberte acordado sin ayuda. 

ANTONIO.- Tengo otras cosas más importantes que el cumpleaños de mamá. 

JORGE.- Nada debiera ser más importante que mamá.

ANTONIO.- No digas éso. Hiciste mal, Jorge. Debiste avisarnos. Al fin y al cabo ella vive en tu casa y por esa razón tienes más obligaciones que nosotros. 

SUSANA.- Encima de que vive en casa, somos nosotros los que tenemos que cargar con todas las obligaciones. (Furiosa) En cuatro años fueron incapaces de preguntarle si necesitaba algo. 

ANTONIO.- Supongo que Jorge le dará lo que ella necesita. 

SUSANA.- ¿Sabes cuánto gana Jorge? 

JORGE.- Bueno, basta. 

SUSANA.- Me pasé todo el invierno con mi abrigo viejo, juntando peso por peso para reunir la cantidad necesaria para comprarme otro. Cuando por fin logre reunirla, tu madre tuvo un ataque a la vesícula y la fortuna se me fue al diablo entre médicos y medicamentos. A ninguno de ustedes se les ocurrió preguntarnos si necesitábamos ayuda. 

NORA.- Sí, realmente... creo que la manutención de mamá Cora, es algo que nos concierne a todos.

SUSANA.- Tampoco es sólo una cuestión de plata, Nora. No es sólo eso. Es que... bueno... yo estoy un poco cansada y quisiera vivir sola con mi marido y mi hija por un tiempo. ¿No tengo derecho a un mes de vacaciones? 

NORA.- Estoy de acuerdo, pero insisto. Creo que sería muy cruel decirle a mamá Cora que se vaya a casa de otro hijo por un tiempo. 

SUSANA.- Ella se sentiría feliz de que los hijos se la disputaran un poco. 

ANTONIO.- Yo estaría dispuesto a pasarle una plata mensual. ¿Cuánto te parece, Jorge? 

SUSANA.- No necesitamos tu dinero. Lo único que queremos es que te la lleves por un tiempo a tu casa. 

MATILDE.- (Entrando con dos botellas de agua) ¿Se puede saber qué fue lo que dijo mi madre para que la vecina me mire con ojos de asesina?(Se va a la cocina) 

NORA.- ¿Y si la lleváramos a la casa de Emilia? 

SUSANA.- Emilia vive con su hijo en una habitación. 

ANTONIO.- La pobre Emilia tiene unos problemas terribles. 

NORA.- Pero sería la solución, incluso para Emilia, que entre todos le pasáramos una mensualidad. 

JORGE.- Emilia es tan amargada. Mamá se moriría a los dos días de estar con ella. 

NORA.- Realmente. ¡Qué horrible el carácter de esa mujer! 

SUSANA.- Tiene sus motivos. 

NORA.- ¡Sí, claro, pobre! Si yo no quise decir... 

SUSANA.- Emilia es viuda y muchas veces no tiene qué comer.

 ANTONIO.- Por eso no voy a verla. No puedo soportar que pase hambre. 

ELVIRA.- (Volviendo) Ya se está quejando la mosquita muerta. No haces más que quejarte y ¿quieres que te diga algo? No tienes derecho. Tú pudiste comprarte un televisor color y nosotros no.

SUSANA.- El televisor fue un regalo de casamiento. Y maldito sea el momento en que nos lo regalaron. 

NORA.- ¿Por qué? Es una compañía maravillosa cuando uno está sola. 

SUSANA.- Gracias a él, siempre tenemos la casa a oscuras. Mamá Cora se pasa todo el día mirando esos estúpidos programas. Y a todo volumen, claro, porque como está casi sorda... (Breve silencio) Antonio, se lo pedí a Sergio y ahora te lo pido a ti. Por favor, denme unas vacaciones sin mamá Cora. Nada más que un mes. (Silencio, Susana sale) 

JORGE.- Está muy nerviosa y yo estoy desesperado. Si quieren lo pido de rodillas. Llévensela por un tiempo. Se los ruego. No aguanto más. (Sale. Silencio) 

NORA.- ¡Qué histéricos! 

ELVIRA.- ¿Ahora entiendes lo que te digo cuando hablamos de ella? S

ERGIO.- ¡Pobre Jorge! 

ELVIRA.- ¡Pobre! Es un estúpido. Un hombre de cincuenta años, en sus cabales, no se casa con una mujer veinte años más joven. Después de todo, a ella yo la comprendo. Susana es una mujer joven y no creo que Jorge la haga demasiado feliz. 

NORA.- ¿Por qué? ¡Es tan bueno! 

ELVIRA.- ¿Bueno? ¿Para qué? No precisamente para lo que ella quiere. Con el temperamento que tiene, tan volcánico, se casa con ese cadáver viviente. (Nora ríe) 

ANTONIO.- ¡Qué horrible! Llegar a cierta edad y ser nada más que un estorbo en el camino de todos. 

NORA.- ¡Pero qué estás diciendo! Mamá Cora no es un estorbo, ni nada que se le parezca. 

ANTONIO.- Llevémosla a casa, Nora. 

NORA.- ¡Claro! ¡Por supuesto! El próximo domingo la invitaremos a pasar el día. 

ANTONIO.- No me refiero a pasar un día. Sino... por un tiempo.

 NORA.- ¡Éso si que no! 

MATILDE.- (Entrando) Mamá, el agua está hirviendo. 

ELVIRA.- Voy (Sale) NORA.- Matilde, ¿tú quieres a la abuelita? 

MATILDE.- ¡Claro! 

NORA.- ¿Ven? Matilde sí tiene sentimientos y no dirá que “no” si le ponen una cama en su pieza para la pobre y querida abuela.

MATILDE.- Yo no quiero dormir con viejas. 

NORA.- ¡Ay criatura! ¡Cómo puedes ser tan egoísta! 

MATILDE.- La abuela está muy bien dónde está. 

ANTONIO.- No, no está bien. Ya oíste a Susana. La pobre está muy vieja y quien sabe cuánto tiempo le quede de vida. 

MATILDE.- ¿Y si se muere en mi pieza? ¿Quieren que me de un ataque? (Todos ríen) 

ELVIRA.- (reapareciendo) Matilde, ¿quieres poner la mesa? ¿De qué se ríen?

MATILDE.- Quieren meter a la abuela en mi cuarto. 

ELVIRA.- ¿Con qué? ¿Con fórceps? (Cambiando tema) No se hable más del asunto. El que tenga necesidad de lavarse las manos o de hacer algo parecido, que lo haga. (A Sergio) Y tú, anda a ponerte decente, ¿quieres? 

SERGIO.- Yo me siento decentísimo así como estoy. 

ELVIRA.- ¡Te digo que te cambies! (Yendo a la cocina) 

SERGIO.- (a Nora) ¿Y tú, qué opinas? ¿Me cambio? 

NORA.- ¡Ay sí! Me deprimen tanto los hombres en pijama. (Sergio alza la mirada al techo y se va al dormitorio) 

MATILDE.- Falta un cuchillo. 

ELVIRA.- (desde la cocina) Ven a buscarlo. (Matilde sale) 

ANTONIO.- ¿Por qué no lo dejaste comer en pijama? 

NORA.- Bastante me deprime la idea de comer ravioles preparados por esa arpía, como para soportar... 

ANTONIO.- Baja la voz. 

NORA.- A ti tampoco te gustan los ravioles que hace esta estúpida, pero con tal de halagarla... (Matilde vuelve con un cuchillo y una panera con pan) 

MATILDE.- Los ravioles quedaron durísimos. 

ELVIRA.- (entrando desalentada) Los ravioles quedaron durísimos. Y están pegados como con poxipol. El agua debe ser la culpable. Era poca y era con gas. Esta estúpida fue incapaz de pedir sin gas. 

MATILDE.- ¡Y qué sabía yo! 

ELVIRA.- Nunca sabes nada. (Muy preocupada) ¿Qué les doy de comer ahora? 

NORA.- Abre una lata de cualquier cosa. 

ELVIRA.- No tengo latas de cualquier cosa. Matilde... 

MATILDE.- Yo no voy... 

ELVIRA.- Matilde, anda a comprar medio kilo de... 

MATILDE.- ¡Qué no! Y esa es mi decisión final. (Se va al dormitorio. Elvira la persigue) 

ELVIRA.- (a gritos persiguiéndola) Anda a comprar vienesas y huevos. 

MATILDE.- (Reapareciendo por la puerta del dormitorio y luego se dirige a la cocina. Elvira la persigue) No voy a ir a comprar otra vez. 

ELVIRA.- ¡Matilde! ¡Qué van a decir tus tíos! 

NORA.- Y ahora va a empezar a largar una indirecta tras otra para que vayas a comprar un pollo asado o algo así. 

ANTONIO.- No seas mal pensada. 

ELVIRA.- (Entrando) ¿Antonio, no podrías ir a comprar un pollo o algo así? 

NORA.- (Aparte a Antonio) ¿No te dije? (A Elvira) No te preocupes. Comeremos la carne tal como está. A nosotros nos encantan los ravioles pegoteados. 

SERGIO.- (Apareciendo) ¿Cómo me veo ahora? 

ELVIRA.- Como para salir con Antonio a comprar un pollo asado. 

SERGIO.- ¿Qué te pasó? ¿Se te quemaron? 

ELVIRA.- Sí. ¿Y qué?

SERGIO.- Por una vez que Antonio y Nora vienen a comer... 

ELVIRA.- ¡Por una vez! Vienen domingo por medio. 

SUSANA.- (Entrando con Jorge detrás) ¿Está aquí? 

SERGIO.- ¿Buscas a alguien? 

SUSANA.- A mamá Cora. ¿Está aquí? 

SERGIO.- No. ¿Dijo que venía? 

SUSANA.- Se fue. La puerta estaba abierta y ella no estaba. 

ELVIRA.- ¿Se fue de tu casa? (Mira a Nora) 

SUSANA.- ¡Quién sabe para dónde se habrá ido! 

ELVIRA.- ¿Y ahora te preocupas? (Elvira se va para adentro) 

SUSANA.- Yo sabía que esta víbora iba a pensar lo peor. (Gritando) Nadie la echó. 

NORA.- ¡Pobre señora! 

ANTONIO.- Debe haber ido a casa de Emilia. 

JORGE.- No te quedes ahí. Toma el auto y anda a ver si está allí. 

SUSANA.- ¿Nos puedes dejar en la casa? Dejamos a la niña sóla. 

ANTONIO.- Claro. Vamos. (Los hombres y Susana salen. Nora se vuelve hacia la puerta de la cocina de donde sale Elvira) 

NORA.- ¿Qué me dices? ¿No te asusta? 

ELVIRA.- A mí ya no me asombra nada.



UNA HORA MAS TARDE. CASA DE SERGIO. 


NORA.- Mamá Cora debe estar en casa de Emilia y los hombres habrán ido a comprar algo para comer. 

ELVIRA.- Esperamos por tu bien, Susana, que no le haya pasado nada. 

SUSANA.- ¿Qué quieres decir con éso? 

ELVIRA.- Que si algo le pasó, es por tu culpa. Eso quise decir. 

SUSANA.- Si Mamá Cora hubiese vivido contigo y no conmigo la hubiéramos enterrado hace años. 

NORA.- Por favor, sean buenas. No hablemos más de Mamá Cora hasta que los hombres regresen y sepamos de ella. ¿Con quien dejaste a la niña, Susana? 

SUSANA.- (A Elvira ) Desde el primer día que te ví, supe que eras... 

JORGE.- ¡Ya basta! 

USANA.- Supe que eran una cahuinera, una chismosa, una peladora de mierda. 

NORA.- ¿Con quien dejaron a la niña? 

ELVIRA.- Yo cuando te conocí le dije a Jorge “¿Con ésto te vas a casar? Esta calentona te pone el gorro al primer mes de casados” (A Jorge) ¿Te lo dije o no te lo dije?

 JORGE.- ¿Quién habrá inventado a las mujeres? ¿Dios mío, por qué les diste lengua? 

SUSANA.- ¿Se puede saber por qué le dijiste que lo iba a engañar en el primer mes de casados? NORA.- ¡Susana, son cosas que pasaron hace cuatro años!

 ELVIRA.- En primer lugar lo dije porque tengo lengua, en segundo lugar porque somos libres y en tercer lugar... porque quise. 

SUSANA.- Si yo me aprovechara de las tres estupideces que nombraste y dijera una cosita que yo me sé, te aseguro que perderías las ganas de hablar de la gente gratuitamente. 

ELVIRA.- Si sabes algo, dilo ya.

 JORGE.- ¡Córtenla de una vez! ¡Cotorras! 

ELVIRA.- ¡Cotorra será tu abuela! 

NORA.- Susana, te lo pregunto por tercera vez. ¿Quién se quedó con la niña? 

JORGE.- Mis suegros. 

NORA.- ¿Cómo están tus maravillosos padres, Susana?

 JORGE.- Están bien. 

NORA.- Hace siglos que no los veo. ¡Con lo que los quiero! Deben estar chochos con la nieta. 

JORGE.- Los tiene hasta la coronilla, porque la niña llora. Llora todo el día, no sabemos por qué llora tanto. Yo no duermo hace ocho meses.

 MATILDE.- (Entrando) ¿Quieres que te vaya a comprar ahora, mamita? 

ELVIRA.- No. Tráeme una aspirina. 

MATILDE.- Sí, mamá. (va a la cocina)

ELVIRA.- (yendo tras Matilde) No te preocupes, Matilde. Yo voy.

JORGE.- No debiste. 

NORA.- ¡Cómo pudiste inventar una cosa así! 

SUSANA.- No inventé nada. NORA.- ¿Y con quién? 

SUSANA.- Yo sé con quien. 

NORA.- Hay que tener valor para engañar al marido. ¡Pobre Sergio! ¿Fue hace mucho? 

SUSANA.- No. 

JORGE.- No le hagas caso, Nora. ¿No ves que Susana está inventando? 

NORA.- ¡Pero Jorge! Yo no voy a contar nada a nadie. (Vienen de la calle Sergio y Antonio) 

JORGE.- ¿Y? ¡Hablen! ¿Estaba con Emilia? 

SERGIO.- No. Emilia no sabe nada. Ya hicimos la denuncia en carabineros. 

ANTONIO.- ¡Pasamos una vergüenza! No nos acordábamos del nombre. ¡Como siempre le hemos dicho mamá Cora! 

SERGIO.- Ni siquiera recordamos los años que tiene. 

ANTONIO.- ¿Cuántos dijiste que cumplió? JORGE.- Ochenta y tres. 

ANTONIO.- Yo dije noventa.

 SERGIO.- El oficial puso “tirando a vieja”. 

NORA.- ¡Qué vergüenza! 

ANTONIO.- ¿Y Elvira? 

NORA.- Se acostó un rato. No se siente bien. 

SERGIO.- ¿Le pasó algo? 

NORA.- Nada grave. ¿Por qué no vas a verla? (Sergio va para adentro. A Jorge) Tú también debieras ir a ver cómo está. Después de todo la discusión fue con tu mujer. 

JORGE.- Tienes razón. Intentaré calmarla. 

ANTONIO.- ¿Qué pasó?

 NORA.- Si quieres enterarte, anda con ellos. Además, Elvira te quiere tanto que necesita de tu compañía. (Antonio sale. A Susana, inteligentemente) Me dejaste helada con la historia de Elvira. 

SUSANA.- Yo no eché a Mamá Cora. 

NORA.- Lo sé. Lo sé. (Silencio) ¿Te dije que me dejaste helada con la historia de Elvira? 

SUSANA.- Nora, no pienso decirte nada. No pierdas el tiempo tratando de sonsacarme algo. Soy cualquier cosa, menos chismosa. 

NORA.- ¡Pero Susana! 

SUSANA.- Enviaste a todo el mundo adentro para hablar del asunto con comodidad. Pero te equivocaste. Yo no hablo. 

NORA.- Está bien. Si no quieres hablar, no hables. 

SUSANA.- ¿Para qué quieres saber con quién se acostó Elvira?

NORA.- ¡Para saber qué clase de mujer es! 

SUSANA.- ¡Vamos Nora! Las mujeres no cambiamos por ser más o menos fieles a nuestros maridos. Ya ves, tú tienes amores con Sergio y para mí sigues siendo la misma. (Nora la mira espantada) 

NORA.- ¡Cómo te atreves! ¡Esa es una infamia! 

SUSANA.- No es una infamia. Lo sabe todo el mundo. Elvira es la única que no lo sabe. Como se ocupa tanto de la vida de los demás, descuida la suya. 

NORA.- Esa es una más de tus mentiras. 

SUSANA.- ¿Mentira? Los ví salir de un motel. Ibas con lentes negros, pañuelo en la cabeza... Hace una año que lo sé y jamás dije nada. 

NORA.- ¡Pero cómo puedes insistir! Viste hace UN año a una mujer con lentes negros, pañuelo en la cabeza y una capa negra y... 

SUSANA.- Yo no dije que ví a una mujer con capa negra. 

NORA.- (Aterrorizada) Susana yo te juro que fue una sóla vez. 

SUSANA.- No jures nada (Suena el teléfono. Susana atiende.) Aló. Sí. Diga, soy la cuñada. Bueno, espere un momento. (Llama) Sergio, te llaman del retén de carabineros.(Vienen corriendo Sergio, Antonio, Jorge y Matilde. Luego aparece Elvira con el pañuelo sobre la frente. Sergio toma el teléfono) 

SERGIO.- ¿Aló? Sí, soy yo. Dígame. (Pausa dramática) ¿Dónde?

 SUSANA.- ¿Qué pasó?

SERGIO.- ¡Mamita! ¡Pobrecita! 

SUSANA.- ¿Qué pasó, Sergio? 

SERGIO.- Sí, sí, por supuesto. (Cuelga. Guarda silencio. Todos esperan que diga algo) Una anciana se tiró al tren, cerca de la estación. (Todos se remecen) Tenemos que ir a la morgue a reconocer el cuerpo. 

JORGE.- No puede ser ella, no fue para tanto. 

ANTONIO.- Sergio... 

SERGIO.- Vamos. (Se dirigen a la puerta los hermanos y Susana) 

SUSANA.- (Saliendo) ¡Qué no sea ella, Dios mío! Que no sea ella. (Salen) 

ELVIRA.- ¡Ojalá sea ella! ¡Ojalá sea ella! Sólo para que la conciencia le remuerda como se merece por haber echado a la calle a esa pobre vieja. 

EMILIA.- (Entrando desesperada) ¿Y? ¿Apareció? 

ELVIRA.- (Sin darle importancia a la recién llegada) Tus hermanos fueron a la morgue a reconocer el cadáver. (Emilia se desmaya) ¡Pero Emilia, por dios! Matilde, anda a buscar el frasco de colonia a mi dormitorio. (Matilde va. Emilia vuelve en sí) No, Matilde. Ya no vayas, no es necesario (Matilde se devuelve) 

EMILIA.- Pero,... ¿Qué pasó? 

ELVIRA.- Nada. Se tiró a la línea del tren (Emilia se vuelve a desmayar.) Ahora sí, Matildita. Anda a buscar la colonia. (Elvira cachetea a Emilia, ésta vuelve en sí desvanecida) No te pongas así. Todavía no se sabe si es ella. (Matilde vuelve con el frasco de perfume) 

EMILIA.- ¡Cuatro hijos! Y de los cuatro no hace uno. El infierno nos merecemos en el juicio final. No merecemos que Jehová nos lleve a su reino.

ELVIRA.- No nos vengas con tus prédicas que los católicos nos guardamos las palabras. 

EMILIA.- Ella. Ella que sacrificó toda una vida por nosotros. ¡Que el nazareno la tenga en su santo reino!

 ELVIRA.- (Burlándose) ¡Aleluya! (Amenazándola) ¡Ándate a canutear a otra parte! ¿Quieres? 

EMILIA.- Está bien... pero que Dios las perdone y las ampare en su santo reino. (Sale. Suena el teléfono.) 

ELVIRA.- (Contestando) Aló. ¿Quién es? Eres tú, Sergio. No te reconocí la voz. ¡Qué! 

NORA.- ¿Es ella? 

ELVIRA.- (Asiente) ¿Y no podríamos velarla en casa de Antonio? ¿Aquí? Sergio, sabes lo sensible que es Matilde. ¿Quieres traumatizarla? Sí, querido, ya sé que es tu madre. Bueno, ¡Qué le vamos a hacer! ¡Pero que Susana no me pise esta casa, eh! (Cuelga) ¡Qué vida, Dios mío! 

MATILDE.- ¿La van a traer aquí? 

ELVIRA.- Tú te callas. ¿Dónde quieres que la velen? ¿En la casa de la bruta de tu tía? Anda a comer algo antes de que lleguen, después no vas a poder. ¡Pobre Sergio! ¡Tenía una voz! Dice que quedó tan destrozada que apenas se le reconoce. Por los zapatos supieron que era ella. La traen para acá. 

MATILDE.- ¿Por qué la tienen que traer aquí? ¿No pueden velarla en la morgue? 

ELVIRA.- Es la madre de tu padre, Matildita. No seas dura de corazón. (Entran violentamente Jorge y Susana) 

JORGE.- Elvira, no pueden hacerme ésto. Vivió conmigo toda la vida. Mamá no sabía lo que hacía. Nora,... ¿Puedes imaginar lo que será de mi vida de ahora en adelante? 

ELVIRA.- Un calvario. Como debe ser. 

JORGE.- Las cosas no sucedieron como ustedes se imaginan. No pueden hacerme ésto. 

NORA.- ¿Qué te estamos haciendo, Jorge? ¿Quieres explicarte? 

JORGE.- Sergio y Antonio decidieron velarla aquí y no en mi casa. 

ELVIRA.- Se mató por culpa de ustedes, ¿no? 

SUSANA.- No sé para qué vinimos a pedir el apoyo de ésta. Tú eres el mayor y por lo tanto tienes más derechos que los otros. 

ELVIRA.- ¿Por qué no pensaron en éso antes de echarla a la calle? 

JORGE.- ¿Pero, quién la echó? (Se deja caer de rodillas, presa de la desesperación) ¿Quién la echó? Susana había preparado una mayonesa para hacer...

 ELVIRA.- Ya lo sabemos. Ahora no te molestará más. ¿No querían que alguien se la llevara por algún tiempo? Pues bien, Dios los oyó y se la llevó para siempre. ¿De qué se quejan? 

SUSANA.- ¿Por qué no te ocupas de tus asuntos, en lugar de hociconear cómo lo sabes hacer?

ELVIRA.- ¿De qué asuntos debiera preocuparme, por ejemplo? 

SUSANA.- De Nora y de Sergio, por ejemplo. 

NORA y JORGE.- ¡Susana! 

JORGE.- Debería darte una... 

ELVIRA.- ¿Qué pasa con Nora y Sergio? 

NORA.- ¿Cómo puedes inventar cosas así, Susana? Sobre todo en este momento. 

ELVIRA.- ¿Pero qué quiso decir con éso? (A Nora) Que tú y Sergio... 

MATILDE.- Yo mejor me voy, porque aquí la cosa se está poniendo negra... (Se va) 

ELVIRA.- ¿Qué quisiste decir?

 SUSANA.- Lo que dije. (Se dirige a la puerta) Vamos, Jorge. Antes que tenga que hacerle un dibujito para que se dé cuenta. 

ELVIRA.- ¿Ahora te vas? (La detiene) Arrojaste la piedra, no escondas la mano ahora. 

NORA.- Elvira, no hay que olvidar a la pobre vieja. 

ELVIRA.- ¿Qué vieja?

NORA.- Mamá Cora. 

ELVIRA.- ¡Ah! 

NORA.- ¡Pobrecita! ¿Cómo puedes ofenderte por lo que diga Susana en este estado? Yo la perdono. A mí, que me ha ofendido más que a ti, yo la perdono. 

ELVIRA.- ¿Yo soy la cornuda y a ti te ofende más? 

JORGE.- No te preocupes hoy por ti, Elvira. ¿No te das cuenta de que hoy pasaron cosas mucho más importantes? (Susana se acerca a Elvira mas calmada, pero seca) 

SUSANA.- Perdóname. Inventé esa mentira para hacerte sufrir. 

NORA.- (Rápidamente) Que no se hable más del asunto. Las palabras son sólo palabras y se las lleva el viento. 

ELVIRA.- No para mí. (A Susana) Guárdate tu perdón en un bolsillo y sal de esta casa inmediatamente. 

JORGE.- Pero ¿Qué hacemos con mamá? (Elvira va a contestar, pero Nora le tapa la boca) Nosotros no hicimos ni la mitad de lo que debimos haber hecho por la pobre vieja, pero a tu lado, Susana y yo, somos dos santos. 

ELVIRA.- Sí, pero salgan antes de que los canonice. (Antonio irrumpe violentamente) 

ANTONIO.- Ya la bajan. ¿Prepararon la pieza? 

NORA.- ¡Antonio! (Se abrazan) 

SERGIO.- (entrando) ¡Elvira! (Ella abraza a su marido. Se abrazan todos, incluidos Susana y Jorge. Hay intercambio de abrazos durante algunos segundos. Matilde viene de su cuarto) 

SERGIO.- ¡Murió la abuelita, Matilde! (Abraza a Matilde) 

JORGE.- ¡Por favor! ¡Por favor! Dejen que me la lleve a casa. 

SERGIO.- Ya es tarde. 

JORGE.- (desesperado) ¡Antonio, por favor, por favor!

ANTONIO.- (hacia afuera) ¡Apúrense con el cadáver! 

JORGE.- (enloquecido) No me hagan ésto. ¡Ladrones! (Saliendo) ¡Ladrones!

 ELVIRA.- (arreglándose el pelo) ¡Ay, todo se hace a última hora! No tuve ni tiempo de llamar a la familia! (A Nora) Hagamos la lista de invita... quiero decir... ¿a quién llamamos?



CUATRO HORAS MAS TARDE. LA PUERTA QUE COMUNICA CON LA HABITACIÓN DE MATILDE ESTÁ ABIERTA. ALLÍ VELAN AL CADÁVER Y POR LO TANTO DE ALLÍ NOS LLEGAN LOS LLANTOS Y LOS REZOS DE LOS DEUDOS. MATILDE ESTÁ SOLA. LLORA, PERO SOSPECHAMOS QUE LO HACE MÁS IMPULSADA POR EL HECHO DE QUE VELAN A LA MUERTA EN SU CUARTO, QUE POR UN AUTÉNTICO DOLOR. LA PUERTA DE CALLE ESTÁ ABIERTA. POR LAS PERSIANAS BAJAS ENTRAN LOS ANARANJADOS RAYOS DEL SOL DE LA TARDE.


VOCES.- Dios te salve María. Llena eres de gracia... (Siguen oyéndose las voces salmodiando el rezo, mezcladas con llantos. Tío Felipe viene del cuarto de Matilde y se dirige a un mueble. De allí saca una botella de Cognac. Bebe de la botella) 

TÍO FELIPE.- ¡No te pongas así, Matildita! 

MATILDE.- Pero, tío Felipe... 

TÍO FELIPE.- Que no sigas llorando, hija. 

MATILDE.- Es que los muertos me asustan, tío. 

TÍO FELIPE.- Así es la vida, ¿qué se le va a hacer? Un traguito. Con este calor uno se deshidrata y se le seca la garganta. (Vuelve a tomar, pero se atraganta porque en la puerta aparece un jovencito con una corona de flores. El viejo esconde la botella debajo del saco y se va a la cocina)

 JUNIOR.- ¿Es aquí dónde hay una dama muerta? 

MATILDE.- Una vieja muerta. 

TÍO FELIPE.- (Deteniéndose brevemente al oír a Matilde) ¡Esa no es manera de tratar a tu abuelita! (Desaparece en la cocina) 

JUNIOR.- ¿Dónde la dejo? (Matilde lo mira sin comprender) La corona. 

MATILDE.- Llévala para adentro. 

JUNIOR.- No podría. Perdóneme, pero los muertos me asustan. (Matilde gritonea un llanto) La acompaño en el sentimiento y le dejo la corona aquí, si no le importa. (Elvira viene del cuarto de Matilde) 

ELVIRA.- No llore más, m’hijita. Se va a enfermar. 

MATILDE.- ¿Por qué la tenían que poner en mi pieza? 

ELVIRA.- ¡Matilde! 

MATILDE.- Los muertos me asustan. 

ELVIRA.- ¡Es tu abuela! 

MATILDE.- Eso no impide que sea un muerto. 

ELVIRA.- Cállate de una vez. (Al jovencito) ¿No esperarás una propina en un día de dolor como el de hoy, no? 

JUNIOR.- No señora. De todos modos la acompaño en el sentimiento. 

ELVIRA.- Gracias, hijo. ¿Quieres entrar a ver a la muertita? 

JUNIOR.- No señora.

ELVIRA.- Tienes que ver cómo quedó esa pobre cristiana, toda desmenuzada. Imagínate que se tiró al tren. 

JUNIOR.- Señora, es que... 

ELVIRA.- Pero, anda, hijo. No es ninguna molestia. (Prácticamente empuja al jovencito adentro. Luego se acerca a la corona) Que haga un poco de bulto. ¡Vino tan poca gente! (Leyendo la tarjeta de la corona) Dora y Alfonsina. 

NORA.- (Viniendo de dentro) ¿Quién es ese chiquillo que acaba de entrar? 

ELVIRA.- No sé. Trajo esta corona. 

NORA.- ¡Está que vomita! ¡Tiene una cara de espanto! Tuve que interrumpir mi llanto para reírme de él. He llorado tanto que ya estoy prácticamente deshidratada. 

ELVIRA.- Es que habría que ser de piedra para no llorar. (Entra Doña Gertrudis) ¡Doña Gertrudis! ¿Qué me dice de esta tragedia? 

GERTRUDIS.- (Con leve acento francés) Aún no lo puedo creer. 

ELVIRA.- Nadie lo puede creer. (A Nora) ¿Conoces a la profesora de francés de Matilde? Esta es Nora, mi cuñada. 

GERTRUDIS.- Enchantée. 

NORA.- Enchantée. 

GERTRUDIS.- ¡Quel tragedie! Aún no lo puedo creer. 

ELVIRA.- Nadie lo puede creer. ¡Que perdida tan irreparable! 

GERTRUDIS.- Era una santa. ¡Y qué condiciones tenía para el francés! 

ELVIRA.- Estaba llena de condiciones para muchas cosas. Sí, era una santa.

 GERTRUDIS.- ¿Pero pourquoi? ¿Pourquoi? 

ELVIRA.- Es lo que todos nos preguntamos. (Llorando falsamente) ¿Sorcua? ¿Sorcua? Vaya a verla, que le dará una gran alegría. (Gertrudis se dirige al cuarto) 

GERTRUDIS.- ¡Ay, pobre mamá Cora! 

ELVIRA.- (a Nora, burlándose) ¡Pobre mamá Cora! ¡Tenía ochenta y tres años! ¡Qué querían! ¿Qué llegara a los cien? Si yo llegara a vivir un día después de los ochenta, me suicido. 

NORA.- Es lo que ella hizo. 

MATILDE.- Mamá, ¿puedo ir a la casa de la Pati? 

ELVIRA.- ¡No! ¿Qué va a decir la gente? Quédate y llora un poco más o ándate a mi cuarto y acuéstate un rato en mi cama. (Matilde sale) 

TÍO FELIPE.- (Apareciendo desde la cocina) He perdido el sentido de la orientación, Elvirita. ¿Dónde está el velorio? 

ELVIRA.- (Indicándole) Por ahí. (El tío sale) Este viejo se va a tomar hasta el agua de las flores. (Aparece Sergio, desde la pieza de Matilde) ¿Qué hace nuestra querida cuñadita?

SERGIO.- Está llorando. (Toma un vaso de agua) 

ELVIRA.- ¡Hipócrita! ¿Sabes qué me insinuó esta tarde? Que tú y Nora eran amantes (Sergio se atraganta con el agua) 

NORA.- ¿A quién le importa lo que diga? Yo tengo la conciencia tranquila.

SERGIO.- ¡Mujeres! ¿Cómo pueden ir y venir con chismes en un momento así? (Entran Doña Juanita, con un enorme recipiente de plástico con agua, y su nieta Patricia) 

JUANA.- En momentos así no hay lugar para el rencor. Te traje el agua de los ravioles. 

ELVIRA.- ¡Qué corazón el suyo, Doña Juanita! (A Pati) Patita, agarra éso y llévalo a la cocina. (La jovencita va a la cocina con el recipiente) J

UANA.- Mi más sentido pésame. 

SERGIO.- Gracias, doña Juanita. 

JUANA.- ¿Para qué nacerá uno? Es tan corto el tránsito por la vida que sinceramente no vale la pena. 

ELVIRA.- Es lo que decimos todos. No vale la pena, no. Pase, doña Juanita. Pase, que el alma de la pobre se sentirá muy reconfortada. (Juanita va adentro. Pati vuelve de la cocina) 

PATRICIA.- ¿Y Matilde? 

ELVIRA.- Matilde está en mi cuarto. Anda a distraerla un poco, tesoro. ¡Qué linda estás con ese vestidito nuevo! Pareces una modelo. (Pati sonríe y se va) ¡Qué horrible está esta cabra chica! Cada día se parece más al padre. ¡Otra vez me duele la cabeza! Voy a tomarme una aspirina.(Sale hacia la cocina) 

SERGIO.- ¿Por qué aprovecharía Susana un día como el de hoy para hablar de lo nuestro! 

NORA.- ¡Nos vió saliendo del Niágara, pero yo lo negué! Si Antonio se enterará... 

SERGIO.- ¡No! ¡Sería terrible para mi pobre hermano! ¡Con lo que yo lo quiero! 

NORA.- Parece que ella también te está poniendo cuernos. 

SERGIO.- (que hasta ahora estuvo susurrando, explota a gritos) Mi esposa jamás me ha puesto cuernos. (Emilia viene del velorio) 

EMILIA.- ¡Un poco de respeto por la madre muerta! 

JORGE.- (apareciendo con el junior desmayado en brazos) ¿Quién dejó entrar a esta criatura? Los velorios no son para niños. (Jorge lo acuesta sobre el sofá. Elvira viene de la cocina)

 ELVIRA.- (gritando) ¿Qué pasó? 

EMILIA.- No grites. J

ORGE.- (a Elvira) ¿Por qué lo dejaste entrar? 

ELVIRA.- ¡Yo no lo dejé entrar! ¡Él quiso verla! (El jovencito vuelve en sí) Bueno m’hijito, recupérate luego y ándate, que un velorio es algo serio. ¿Te sientes mejor? 

JUNIOR.- Sí. (se incorpora) Los acompaño en el sentimiento. (Sale, mientras Emilia y Jorge vuelven al velatorio y Susana viene desde allí) 

ELVIRA.- (a Nora) Explícale que ésto no es una fiesta, por si no lo sabe. 

SUSANA.- (a Nora) Dile que ya que se está dando el gusto de velarla aquí, que por lo menos traiga más sillas. 

NORA.- ¿Quieren dejarse de hueviar? Tengan piedad de mis nervios.

ELVIRA.- ¡Nora!

NORA.- (tratando de recomponer su imagen) Tengo los nervios destrozados. 

ELVIRA.- Si te sientes así, no es culpa mía. 

SUSANA.- Ni mía tampoco. Yo no eché a mamá Cora. Perdí la paciencia, eso es todo... 

ELVIRA.- Si vuelves a contarme lo de la mayonesa, te juro que pego un grito. (Suena el teléfono) ¡Qué falta de respeto! ¡Llamar en un día de duelo! (Atiende) Aló. ¿Sí? Yo soy la esposa. Hable. ¡No! Repítamelo. (Nora y Susana se le acercan. Emilia se asoma. Elvira ríe) 

EMILIA.- ¿No te da vergüenza reírte en un día como hoy? 

ELVIRA.- Pero... ¿está seguro? No, yo no me fijé y si los propios hijos no se dieron cuenta... 

EMILIA.- ¿De qué no nos dimos cuenta? 

ELVIRA.- De que se equivocaron de muerta. Ese cadáver es de otra persona. (Emilia vuelve a desmayarse, pero ya nadie le hace caso porque están acostumbrados) 

SUSANA.- tenía los mismos zapatos. 

ELVIRA.- (al teléfono) Bueno, venga a buscarla enseguida. Que la estamos velando en la pieza de mi hija y ya hemos llorado como locos. (Cuelga) 

ANTONIO.- (Viniendo del velatorio) ¿Qué pasa? (Al entrar tropieza con Emilia) ¿Emilia, qué haces aquí? ¿Te parece el momento apropiado para dormir una siesta? (Aparecen todos) 

EMILIA.- (gateando y gimiendo como una niña) ¡Mamá! ¿Dónde está mi mamá?

 ELVIRA.- ¡Que alguien le tape la boca a esa mujer! La muerta que estamos velando es una húngara que antes de suicidarse dejó una carta a la policía. 

EMILIA.- ¿Dónde está mamá? ¿Dónde? (Aparecen Matilde y Patricia) 

MATILDE.- ¿Qué pasa? 

ELVIRA.- Que esa muerta que estamos velando, no es tu abuela. Es una húngara. 

MATILDE.- (histérica) ¡Yo no duermo más en esa pieza! 

SEÑORA SORDA.- (Entrando desde la calle) ¡Que tragedia! Acabo de enterarme. ¿Por qué lo hizo? Pobre santa. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi amiga? 

ELVIRA.- No se preocupe, que no es ella. 

SEÑORA SORDA.- ¡De cuánto dolor está sembrada la vida! (Va al cuarto de Elvira, vuelve a salir y se dirige al de Matilde, ante la mirada de todo el mundo que le sigue los pasos) Tú que fuiste una santa entre todos los santos y que nos dejaste antes de tiempo para bendecirte... 

ELVIRA.- Déjenla llorar. ¿Que hacemos? Sáquenme a esa húngara de la pieza de la niña. 

JUANA.- No nos apuremos, Elvira. Quizás ese llamado haya sido una broma. Llamen a la policía, sólo así sabremos la verdad. 

MATILDE.- Yo no duermo más en esa pieza.

ELVIRA.- ¡Cállate! (Sergio busca el número en la guía) ¡Tanta lágrima inútil! ¡Tanto dolor malgastado! (A Sergio) ¿Lo encontraste? (Sergio marca un número de teléfono) 

EMILIA.- ¡Pobre mamá! Si llegara a ser ella... ni un velorio tranquilo pudo tener la pobre. 

ELVIRA.- No llores más hasta que sepamos. ¿Para qué derramar lágrimas por muertos ajenos? 

SERGIO.- (Hablando por teléfono) Aló. Buenas tardes. Mire... esta tarde denunciamos la desaparición de una señora anciana y dos horas más tarde nos llaman para decirnos que la habían encontrado y que estaba en la morgue. ¿Cómo? Sí. Muerta, claro. Entonces nos fuimos a la morgue y la reconocimos por los zapatos, porque el resto estaba desfigurado. Imagínese, se tiró al tren. Después de llenar no sé cuántos trámites, conseguimos traerla a casa con este calor. Hace cuatro horas que la estamos velando y ahora resulta que recibimos otra llamada y nos dijeron que el cadáver que tenemos en mi casa no es el de mi madre, sino el de una húngara. ¿Averigüemelo, por favor? (Tapa el auricular) Fue a ver. 

ELVIRA.- Por Dios, no se aglomeren. Hace un calor de perros. 

SERGIO.- (volviendo al teléfono) ¿Sí? Ah. Pero no sabe quién... ¿Está seguro?... Bueno. Gracias. (Cuelga) Dice que no sabe nada de ninguna húngara. 

GERTRUDIS.- Voilá. 

ELVIRA.- ¡Cuánta gente baja hay en este mundo, madre mía! Bueno, a seguir entonces con el velorio, que aquí no ha pasado nada. (todos vuelven automáticamente a llorar mientras se dirigen nuevamente al velatorio. Los únicos que quedan son Elvira, Nora, Matilde, Pati y Sergio) 

MATILDE.- Mamá, ¿podemos ir a la casa de... 

ELVIRA.- ¡Qué no! Te he dicho mil veces que no. (Matilde vuelve a la pieza de Elvira con Pati) 

NORA.- Se me parte la cabeza. Nunca había pasado un domingo más miserable.

 TÍO FELIPE.- (apareciendo desde el velatorio) Tengo la garganta seca, Elvirita. ¿No tendrás algún licorcito por ahí? 

ELVIRA.- No, ya se los tomó todos. Vaya a rezar por mamá Cora como buen cristiano. (Sergio lleva a tío Felipe al velatorio. Mientras entra mamá Cora, como si flotara en el aire. Elvira se incorpora automáticamente) ¿Qué me dice usted de esta tragedia (Nora se incorpora aterrada) Se cono... (reaccionando espantada) ¡Mamá Cora! 

MAMÁ CORA.- ¿Qué tal, hijas? 

ELVIRA.- ¿Dónde estuvo metida todo el día? ¡Qué inconsciente! Tenemos la casa llena de gente.(se escuchan los rezos desde dentro. Nora abraza a la vieja llorando histéricamente) 

MAMÁ CORA.- ¿Qué sucede? 

ELVIRA.- ¿Qué hacemos ahora? ¿Qué hacemos, Nora? 

NORA.- Llévala a tu dormitorio.

ELVIRA.- Venga, mamá Cora. ¡Pero qué inconsciente! (Elvira la guía hasta su cuarto, pero mamá Cora se detiene al escuchar los rezos y llantos) 

MAMÁ CORA.- Alguien está llorando en la pieza de Matilde. 

ELVIRA.- No se preocupe. Es la televisión. (A la vieja se le ilumina el rostro) 

MAMÁ CORA.- ¿La televisión? (Intenta encaminarse hacia el velatorio. Elvira la detiene) 

ELVIRA.- Es la tele de la casa de al lado. Venga, recuéstese un ratito en mi cama. (La lleva. Silencio. En ese momento se escuchan los gritos histéricos de Matilde y Pati. Aparecen gritando como poseídas. Corren alrededor de Nora que está al borde de una crisis. Los parientes y amigos de mamá Cora se asoman. Las niñas dan una ultima vuelta y salen a la calle, siempre gritando) 

TODOS.- ¿Y ahora qué pasa? ¿Qué es ésto? ¿Qué pasa? 

SERGIO.- ¿Qué pasa? 

ELVIRA.- (viniendo de su habitación) ¿Dónde hay un voluntario que quiera darle unas cachetadas a esas cabras? El barrio se va a alborotar. (Gritando a la calle) ¡Matilde! 

SERGIO.- ¿Qué pasa? 

ELVIRA.- Pasa que el llamado de hoy era del departamento de policía. 

GERTRUDIS.- Pero ma fille, no hagas caso de ese llamado. Deja que la pobre tenga un velorio tranquilo. 

ELVIRA.- La que tiene un velorio tranquilo es esa húngara. Mamá Cora está en mi pieza.

SUSANA.- ¡Ay Dios! (Susana, Emilia, Jorge, Sergio y Antonio corren hacia dentro) 

ELVIRA.- ¡Qué domingo! ¡Madre! ¡Qué domingo! 

TÍO FELIPE.- (Apareciendo) ¿Qué pasa? He oído gritos. ¿Pasa algo, Elvira? 

ELVIRA.- Sí. Pasa algo. (Mamá Cora vuelve con sus hijos) 

TÍO FELIPE.- ¡Dios! Este es un aviso. No tomo más. (Sale tambaleándose a la calle)

 GERTRUDIS.- ¡Mamá Cora! 

MAMÁ CORA.- ¡Gertrudis! ¿Qué pasa aquí? ¿Alguien está de cumpleaños? 

JUANA.- ¿Dónde estuvo todo el día? 

MAMÁ CORA.- En el cine. Era un programa triple con películas de Carlos Gardel. 

JUANA.- ¡Pero todo el día! 

MAMÁ CORA.- Para no molestar a Susana y a Jorge. Los pobres están nerviosos y quise dejarlos solos por unas horas. (A Elvira) ¿Por qué gritó Matilde cuándo me vió entrar? 

ELVIRA.- No sé. ¡Esa niña está tan rara! 

MAMÁ CORA.- Ni que yo fuese un fantasma. Pero,... ¿qué hace toda esta gente aquí? 

JUANA.- Venimos para ver si querías acompañarnos a un velorio. 

MAMÁ CORA.- ¿Quién murió? 

JUANA.- Una pobre húngara. 

MAMÁ CORA.- Yo conocí a una húngara hace muchos años.

JUANA.- Seguro que es la misma. 

MAMÁ CORA.- No hay que dejar de ir, entonces. ¡Ay, qué corta es la vida! ¡Dios mío! 

SEÑORA SORDA.- ¿Qué pasó? ¿No te habías muerto? 

MAMÁ CORA.- ¡Qué cosa! 

ELVIRA.- La húngara las está esperando. Vayan rápido. Si se apuran, encontrarán buenos sitios. (Los viejos comienzan a movilizarse) Adiós a todo el mundo. No se despidan que no terminaríamos nunca. Qué Dios los bendiga. (Los ancianos van saliendo) 

JUANA.- Elvira, la niña se me escapó con Matilde. Cuando vuelva la envías a casa. 

ELVIRA.- ¿Por qué no me la presta hasta mañana? Para que acompañe a Matilde. La pobre va a tener miedo de dormir sóla en su pieza. 

JUANA.- Está bien. Quédate con ella. Yo le aviso a su papá. 

MAMÁ CORA.- ¿Será la misma húngara? 

ELVIRA.- No cabe duda. (A Nora que recoge sus cosas como una zombie para irse) Nora, planeemos algo divertido para el próximo domingo. ¿Qué te parece? Cuando nos juntamos no lo pasamos tan mal, ¿verdad? (Susana ríe histéricamente) ¿Y tú? ¿De qué te ríes?

 SUSANA.- ¿De qué me río? De ti. De todos nosotros me río. (Y se echa a llorar al mismo tiempo que se deja caer sobre el sillón desesperada) 

CAE EL TELÓN


FIN




Ilustración: Paul Delvaux

Vida y obras de Florentino Ameghino (Alfredo Torcelli)

Mientras tanto, corría el año de 1909 y la terrible enfermedad que minaba el organismo de Ameghino acentuaba sus síntomas, sin que el sabio ...