viernes, 31 de julio de 2026

Jornadas de lecturas





EDITORIAL MACEDONIA

FESTEJO DE SUS 15 AÑOS

13 DE MAYO DE 2023

LA ANTIGUA IMPRENTA

HAEDO



 

FABIAN VIQUE - NORAH LORENZO - JORGE FIGUEROA - CARLOS DARIEL


jueves, 30 de julio de 2026

He visto esa cara antes (Astor Piazzolla-Grace Jones-Barry Reynolds-Nathalie Delon)






Extraño, he visto esa cara antes

Merodeando por mi puerta

Como un halcón acechando a su presa

Como la noche esperando al día. 


Extraño, me sigue como una sombra hasta casa,

El ruido de pasos como un eco en las piedras,

Noches lluviosas en bulevares Hausmannianos

Música parisina saliendo de los bares...

 

¿Qué buscas?

¿Encontrarte con la muerte?

¿Por quién te tomas?

Tú también detestas la vida...


Baila en bares y restaurantes,

Vuelve a casa con cualquiera que acepte,

Extraño, está ahí solo,

Su mirada fija me hiela el alma. 


En su habitación

Joelle y su maleta,

Una mirada a su ropa,

A las paredes, a las fotos

Sin remordimientos, sin melodramas,

La puerta se cierra de golpe

Joelle está bloqueada.



Ilustración: Hugo Nantes



miércoles, 29 de julio de 2026

El homenaje rosarino (Francisco Podestá)

 





El martes 15 de Agosto de 1911, por iniciativa de la Dirección de la 

Escuela Normal Nacional número 2 de Rosario de Santa Fe y con el 

concurso de las Direcciones y los personales docentes de todas las ins- 

tituciones de educación nacionales y provinciales de dicha ciudad, se 

efectuó en el teatro Colón de la misma un funeral civil de homenaje a 

la memoria del doctor Florentino Ameghino. 



Fué un acto solemne que revistió caracteres de imponente duelo 

social y en el cual el profesor don Francisco Podestá pronunció la si- 

guiente conferencia: 



Señores profesores: 

Jóvenes alumnos: 


Cuando el rayo o el huracán de los cielos enojados, tronchan y des- 

gajan el árbol más soberbio, más enhiesto y vigoroso de la floresta se- 

cular, queda enorme claro, como una desolación pavorosa que la flora 

circundante mira absorta y como herida en el torrente mismo de su 

savia. Es que está allí un vacío de inmensa muerte; es que ha caído la 

vida más grande, la atracción más poderosa. El gigante se ha rendido al 

fin; la más alta cima se ha derrumbado, llevándose a lo desconocido 

todas sus energías, todos sus prestigios, todas sus culminaciones. 


- La cima ya no está allí para magnificar el triunfo más espléndido de 

la vida. La cima ya no está allí levantándose en su campo de privilegio, 

ocupando el espacio de tierra más fértil. La cima ya no está allí recibiendo 

los primeros resplandores del sol naciente y los postreros de las tardes. 

apacibles, los más sentidos cantares de las aves, los más altos besos de 

los vientos y los melancólicos efluvios del crepúsculo. | 


¡Qué asfixiante vaho de pesadumbre aprisiona todas las vidas! Hay 



algo de tumba en cada existencia; sopla un viento de orfandad en todas 



las fibras. 


La selva se recoge, como todo lo que en ella vive, para orar 

la oración más hondamente sentida. 


Es que lo grande, lo que se destaca, impone, subyuga y atrae; y cuan- 

do desaparece, se siente el vacío, se siente flaqueza, porque aquello nos 

daba cierta cantidad de fe y de confianza en la atracción que es privile- 

gio de ley superior, de lo que es soberbiamente extraordinario. 


Así acontece en las florestas humanas, cuando la muerte se lleva a los 

mejores, aquellos en quienes fincamos el orgullo de la raza y para los 

cuales quisiéramos la inmortalidad de sus formas materiales, para verlos 

siempre entre nosotros, guiándonos, enseñándonos, fortaleciendo nues- 

tros espíritus y nuestros corazones. 


Pero en vano: el adusto viejo del Aqueronte los llama también como 

a los otros para atravesar el vado fatal. — Esa es la evolución inexora- 

ble de la materia. — Pero queda en cambio, para consuelo del mundo, la 

inmortalidad de la materia viva que perfectamente se nutre de la inmor- 

talidad de la luz de la inteligencia! | 


Señores: la ciencia argentina está de duelo; el alma argentina está de 

luto. Ha caído su cerebro más culminante; se ha roto su protoplasma 

más luminoso. Florentino Ameghino ha muerto a los cincuenta y siete 

años, en medio de sus trabajos, que estaban dando luz a los hombres. 


Ameghino, apagándose como organismo material, se enciende en la 

vida de la inmortalidad espiritual. Vence muriendo, porque renace a vida 

mejor; su obra se articula en todos los espíritus, para vivir en todos como 

un supremo don de ubicuidad. 


Nació de los humildes y se agigantó hasta la región de los soles. 


Tenía genio en la célula y paciencia para caminar. Es todo lo que se 

precisa para ascender, para llegar y para vencer. 


A él se lo debió todo, porque nació pobre y tuvo por delante la indife- 

rencia. Es su vida el ejemplo más elocuente del self made man. . 


Para poder vivir, fué maestro de escuela y librero al por menor; pero 

él no vivía pará comer; comía para sostener esa cabeza llena de genia- 

les atrevimientos que pretendía nutrir con la ciencia del mundo cono- 

cido y por conocer. 


Y así fué avanzando entre los zarzales de la pobreza, que fatigan, que 

lastiman y que sangran. 


Hubo de escribir las páginas inmortales de su Filogenia, mientras 

vendía baratijas y pliegos de papel para ganarse 10 centavos. 


Pero de ese crisol de la necesidad salió el metal purísimo de la inmor- 

talidad de su talento. ¡Benditos sean estos pobres que trabajan para 

abrir el camino a los pobres y a los ricos! | 


Ameghino es una afirmación humana: ha dignificado a su especie. 


Estudiando a los muertos ha iluminado a los vivos. : 


Ha sido un minero prodigioso que ha bajado a todas las cavernas de 

la tierra, desentrañando el misterio de las edades remotas. Ha machaca- 

do todas las piedras y restaurado todos los huesos para interrogarles de 

la verdad que escondían en su silencio de muerte. 


Y siempre le respondieron con la sinceridad sin egoísmos de los 

muertos que viven. | 


Subió a todas las cumbres. y bajó a todos los abismos como un ilumi- 

nado que no teme, porque lleva dentro de si el fuego de amor que lo 

ilumina. 


Este pobre fuerte, no se arredró jamás: tenía algo de Hércules para 

sus empresas y mucho de Anteo para ver lejos al través de lo venidero. 


¡Qué ejemplo, señores, para los argentinos! Sobre todo qué ejemplo 

para estos jóvenes que están plasmando la cerebración de su voluntad! 

¡Oh! si tienen la suerte de imitarlo, esta tierra de los argentinos no mo- 

rirá jamás y triunfará siempre. 


La obra de Ameghino estaba en plena maduración y deja mucho que 

tenía entre manos para hacer. Le faltaba tiempo. Solía él mismo decir 

que necesitaba robar a sus múltiples tareas cotidianas seis meses para 

escribir una síntesis siquiera de sus teorías y conclusiones. Pero ese 

tiempo le ha faltado. La muerte lo ha sorprendido en la virilidad de su 

cerebración y acaso sea difícil encontrar el hombre que en estos mo- 

mentos lo reemplace. Sabía él muchas cosas, tenía tanto material reuni- 

do, que es obra difícil para otros revelarlas, sistematizarlas y sacar las 

conclusiones científicas y filosóficas como las sabía obtener el sabio 

malogrado que la ciencia llora. Porque, señores, Ameghino no era sola- 

mente el naturalista erudito que clasifica y conoce los objetos y los aban- 

dona a los estantes empolvados del Museo. Era eso y mucho más que 

eso: era un pensador original, un investigador genial con atrevimientos 

proféticos que nunca le faltaban. Su luminosa carrera científica está 

erizada de tales proféticos atrevimientos. 


Diríase que adivinaba, si esto no fuera absurdo ante la ciencia. 


Pero adivinaba, porque ante el más pequeño detalle, para cualquiera 

baladí y sin importancia, él entreveía toda una elaboración biológica de: 

los organismos o una evolución geológica trascendental. 


¡Qué difícil es seguirlo en su vertiginosa carrera de triunfos, a través 

de sus enormes trabajos de análisis y síntesis! Parece la obra completa 

del sabio argentino, la extraordinaria agitación de un gigante. 


El se especializó en la paleontología, sobre todo de los mamíferos, 

pero cavó tan hondo en esta rama del saber humano, que por la estrecha 

senda de la especialidad — que a otros achica en el concepto de la gene- 

ralización — él llegó a las grandes concepciones filosóficas, fundando 

hasta muy atrevidas teorías sobre el origen de la vida del universo. 



Probó así que la especialización no achica, que por el contrario, agranda 

la visión de los sentidos, pues conociendo profundamente una rama, se 



puede llegar a comprender y conocer todo el árbol, «el árbol colosal de 

la ciencia.» 


Hay que decirlo, señores: nadie entre nosotros oca como él, 

tan hondamente como él. 


No cabe en los límites de este momento, dar cuenta ni someramente 

de la obra de este gigante de la mentalidad humana. 


Sus primeros trabajos llenos de novedad, de ese atrevimiento obsesio- 

nante de su cerebro, causaron entre los viejos sabios, cierto desprecio. 

Lo miraron como un atrevido insignificante. 


Pero Ameghino no era hombre de asustarse por el orgullo y la indife- 

rencia de los otros. Siguió pensando con independencia, rebatiendo pre- 

juicios absurdos, io pra a los grandes maestros, pero atacando sus 

errores. | | 


Al gran Burmeister le observó y le criticó sus clasificaciones; dió 

contra las doctrinas de Owen y contra los maestros sostenedores de la 

Escuela Cuvierana, enemigos de la evolución de Lamarck, de Lyell, de 

Darwin, de Haeckel. Sostuvo formidables polémicas con ardor, con va- 

lentía; pero siempre basado en el inmenso material de que disponía, del 

cual deducía sus originales conclusiones. Fué triunfando y haciéndose 

respetar. 


Después de conocer la geología americana, se fué a Europa para estu- 

diar allí el inmenso caudal de los museos y en los terrenos mismos, lo 

que no había visto. Se relacionó con los sabios y volvió más vigoroso 

que nunca. Había visto y comparado. Se había nutrido. 


Las teorías que vislumbrara en los primeros tiempos, se maduraron 

con las nuevas adquisiciones científicas que había hecho. 


Ya no tuvo dudas. Estaba en el sendero cierto que debía conducirlo 

adonde él imaginaba llegar. 


No pensaba más que en las grandes reconstrucciones de la vida pa- 


sada en las agitadas heredades de la tierra. 

- Se sustrajo de la vida política, del ruido del mundo, de todas las ma- 

nifestaciones mundanas de la sociedad — raro ejemplo en esta tierra 

adolescente — y siguió cavando en los estratos de lo desconocido, para 

encontrar la corona diamantina de la verdad perdida en la noche de la 

confusión y de lo ignoto. 


Sus hipótesis, sus teorías, sus profecías, sus revelaciones, sus con- 

quistas, sus victorias, son tantas como las que pueden contener doscientos 

libros nutridos y sabios, salidos de su pluma, nunca fatigada, siempre 

empapada en la tinta de las fulguraciones del genio insaciable. 


¿De qué teoría, de qué revelación de Ameghino os debo hablar en este 

momento de duelo, de luto nacional, que mejor lo represente como sabio, 

como pensador y como genio? 


Cualquiera de ellas tiene su sello propio de atrevimiento, de rara vi- 

sión. Cualquiera de ellas lo lleva siempre a encontrar lo desconocido. 


Su teoría del universo y de la vida, la antigüedad del hombre en el 

Plata, las coordinaciones filogenéticas de los organismos, las emigracio- 

nes, evoluciones y extinciones de faunas y floras remotas, la cronología. 

estratigrafía de las formaciones geológicas, las transmutaciones, depo- 

siciones y deformaciones de los continentes, los avances y retrogradacio- 

nes de los mares sobre las tierras y de las tierras sobre los mares, el 

origen del hombre al través de los progresos milenarios de la materia 

organizada... pero ¿á qué seguir la fatigosa enumeración de los di- 



fíciles problemas que absorbieron las fuerzas psíquicas adamantinas 

del ilustre sabio argentino ? 


Fué prolífero, superabundante en todos los terrenos de la ciencia de la 

vida. 


Pero uno de los problemas que seguramente más lo preocuparon, fué 

el de la investigación del origen del hombre. 


Su teoría ha sido combatida; pero él la ha sostenido hasta con la aco- 

metividad de un La Madrid de la idea. 


Sería muy extenso este discurso, si pretendiera hacer desarrollo de 

la teoría de Ameghino sobre la ascendencia del hombre; fatigoso para es- 

te auditorio, porque si bien viene a tributar un homenaje de respeto al sa- 

bio caído en plena cosecha, más se avendría con la nota que expresara 



el sentimiento que ha despertado su muerte inesperada.  



Pero he de tratar de ella, por ser una de las que más lo preocuparon, 

sintetizando todo lo posible. 


Ameghino había vislumbrado al precursor del hombre, en la Patago- 

nia, esa Patagonia Austral, cuna de los mamíferos como el mismo sabic 

lo ha comprobado. Sus estudios y descubrimientos posteriores le dieron 

la razón de su atrevida profecía; veinte años antes, había visto al través 

de la noche de los tiempos. 


Darwin: dijo que el hombre había descendido de un mono superior del 

viejo mundo. 


Era la ley del transformismo de Lamarck, o selección de Darwin, apli- 

cada al crigen del hombre. Ameghino transformista como aquél, y evolu- 

cionista como éste, avanzé gran trecho sobre los resultados de los dos 

grandes maestros. 


Asi pudo afirmar nuestro sabio: el hombre no ha sido mono; el mono 



es un hombre bestializado. 



Los homunculideos, vetustos pobladores de la Patagonia, «son los 

que reunen mayor suma de caracteres comunes con el hombre y los que 

más se aproximan al tronco primitivo, de donde se separaron los monos 

americanos» (platirrinos), los antropomorfos (moros del antiguo conti- 

nente), y los hominídeos. El Pitheculites, que dió origen al homunculí- 

deo, es del «eoceno» como éste. 


En Patagonia, luego, es mucho más antigua la existencia del Homun- 

culus que en otras secciones de la tierra. 


En Norte América no hay fósiles simios en los períodos terciarios. 


En Europa y Asia, los fósiles simios, sólo se encuentran recién en el 

mioceno, formación más moderna que el eoceno. Y esos mismos fósiles 



no tienen representantes ancestrales en los terrenos más antiguos de las 



mismas regiones. Es decir que aquellos fósiles miocenos no han podido 

descender de otros antecesores eocenos que no existen. 

Luego, entonces, el problema no es dudoso.


En el viejo mundo no está el precursor del hombre; en América del 

Norte tampoco. ¿Dónde encontrarlo ? 


Ameghino respondió con atrevimiento de iluminado: la Patagonia 

es la cuna del género humano. 


Pero, ¿cómo ha sucedido esto? Parece un absurdo que América re- 

sulte pobladora del mundo, cuando fué descubierta por Cristóbal Colón. 


Pero la ciencia lo explica todo con satisfacción para la humanidad. 


Por evolución salió del Homunculites, la línea más avanzada de los 

hominídeos. 


El hominídeo, siguió su marcha. La América del Sur y Africa estaban 

unidas entonces por el Arquelenis (continente desaparecido). Una rama 

de los hominídeos -pasó por Arquelenis y llegó al Africa a fines del 

eoceno. Allí encontró selvas cuajadas de frutas y tuvo que subir a los 

árboles para darse la subsistencia, se hizo cuadrumano y se bestializó, 

dando origen a los monos del viejo mundo, de los cuales se encuentran 

los fósiles del Pithecanthropus erectus del cuaternario inferior de Java, 

y Pseudohomo Heidelbergensis de Alemania y los actuales gorila, chim- 

pancé y orangután. 


La otra rama de los hominídeos tuvo que vivir de otro modo, luchan- 

do por la vida, con las fieras, cazando para nutrirse y mirando lejos los 

horizontes de la llanura, su vida fué de mayor actividad intelectual. Fué . 

asi en progreso orgánicamente hasta evolucionar en Tetraprothomo (cuar-. 

to antecesor del hombre) ), cuyos restos se encontraron en Monte Her- 

moso. Su talla era la de un hombre de algo más de un metro. | 


El Tetraprethomo evoluciona hacia el Diprothomo, cuyos restos se . 

han encontrado en las capas Mo ie og de la misma ciudad de Buenos 

Aires. 


Este hominídeo, invadiendo América, encontró los últimos vestigios 

del puente guayano-senegalense, que aún unía la América con el Africa, 

tal vez a principios del plioceno, formación más moderna que el mio- 

ceno. 


En su continua evolución constituye el tipo del Homo ater que ha dado 

origen a hotentotes, bosquimanos, akas, negritos y demás negroides y 

australoides. 


À este grupo del Homo ater, Ameghino lo denomina «grupo austral», 

inferior al «grupo septentrional», del que se ER los cáucaso- 

mongoles más evolucionados. 


La parte de los hominídeos Diprothomo que siguió avanzando por las 

regiones de América, evolucionó hacia el Homo pampaeus, y una vez 

unidas por el istmo de Panamá ambas Américas, pasó a la del Norte, 

en el plioceno, constituyendo las distintas razas americanas. 


Pero no debía parar allí este ser destinado a perfeccionarse y triun- 

far, que sobrevivió a toda la fauna pampeana de megaterios, milodones, 

toxodontes, gliptodontes, que lo acompañara en este enorme y colosal 


éxodo y que se extinguió en el futuro escenario de los yanquis prodi- 

giosos. 


Este hombre nacido en las pampas argentinas, avanzó en dos grupos: 

Uno hacia el Noroeste, derramándose, como una aurora desconocida, 

por el continente Asiático, diversificándose en este nuevo ambiente para 

constituir la raza mongólica tan parecida antropológicamente con el 

hombre americano. 


El otro grupo avanzó al Nordeste, atravesando el puente postplioceno 

neocuaternario que por entonces unía el Canadá con Europa, y allí 

constituyó la raza de «Galley Hill». 


Una parte de este grupo se aisló bestializándose en Homo primige- 

nius, Neanderthal, de Spy, extinguiéndose con Krapina. La otra parte del 

grupo, más feliz, más enérgica, más plástica a la evolución, se dilató 

por toda la Europa, anunciando al mundo el génesis de una civilización 

que fincaría su grandeza, su potencialidad dominadora en el protoplas- 

ma nervioso del cerebro, capaz de producir en honor de Psiquis, el fuego 

inmortal de las ideas, y como dice el gran espíritu del sabio que lloramos: 


«fundó la raza blanca, la más perfecta y a la que está reservado el do- 

minio completo de nuestro globo». 


Tal, es señores, a grandes rasgos, sintetizada en honor a la brevedad 

del momento, la teoría de Ameghino, sobre la probable aparición del 

hombre sobre la tierra. 


Es una teoría atrevida, pero abonada por una inmensa experimenta- 

ción, basada en hechos paleontológicos, geológicos, filogenéticos y antro- 

pológicos que no se pueden poner en duda. 


Para llegar a esta síntesis, el querido sabio ha trabajado cuarenta 

años, consumiendo la energía de su vida, machacando piedras, restau- 

rando fósiles, sufriendo intemperies y pobrezas, coleccionando, meditan- 

do y escribiendo sin tregua, como si presintiera que el tiempo le era 

corto y debía faltarle. Y para hacer justicia más completa aquí, hemos de 

mencionar a Carlos Ameghino, hermano del sabio muerto, sabio tam- 

bién, incansable explorador que ha cruzado inmensas soledades para 

traer los materiales que debían servir a Florentino para sus hondas in- 

vestigaciones. 


Estos dos hermanos se han complementado y han marchado unidos 

sin envidia, animados por el sublime amor de la ciencia. 


Y a fe, que entre los dos, han levantado a la ciencia americana un mo- 

numento imperecedero alto y majestuoso, para señalar a las caravanas 

humanas en sus fatigosas travesías que aquí en esta región del Plata, ori- 

ginaria del precursor humano, patria del Homunculus, la raza del genio 

ha sido digna de la función superior de alzar la antorcha de la civili- 

zación para enseñar los caminos de la luz hacia los rumbos de la inmor- 

talidad del espíritu. 


Aquí donde, allá en las noches de los tiempos, surgió el Homunculus, 

el hombrecillo de la Patagonia, pequeño, pero erguido, que encendió el 

fuego por primera vez, precursor del fuego sagrado que debía iluminar 

- el cerebro de su posteridad lejana, ese Homunculus de pequenisimas ma- 

nos que se inició en el arte, grabando inscripciones en los huesos con el 

silex, tosco esbozo del buril futuro; aquí la patria de la infancia del. 

Homo sapiens ha tenido, agregado a ese honor de precursores, el de ser 

también la patria del homo magnus que reveló el inextricable secreto — 

del origen ancéstral de esta humanidad, que lleva, sorprendiendo a la 

misma naturaleza, las insignias más altas de todas las estirpes. - 


¡ Honor por siempre, señores, al sabio que ha caído en medio de la 

gloriosa batalla de la ciencia, que aún sin terminar su obra gigantesca, 

deja una herencia que es orgullo nuestro y honor de la humanidad! 


No olvidemos los argentinos, cómo se hizo este hombre superior, cómo 

ascendió la áspera cuesta de la vida, cómo fué pobre y humilde y se 

convirtió en gigante, cómo naciendo en la obscuridad de los anónimos, 

resplandeció como un sol en todas partes. Sírvanos de ejemplo su con- 

textura moral, porque en el hogar y en la amistad, tuvo las dulzuras de 

un niño, en el trabajo fué flexible y tenaz-como el acero, y en la acción 

del combatiente del ideal y de la ciencia, tuvo la firmeza y la pasión 

del superhombre. 


Merece el homenaje solemne de los vivos, porque su muerte, que es." 

una gran desgracia, evoca emociones de orden superior. 


En cuanto a su nombre, lo tiene ya en su seno la inmortalidad, y vivi- 

rá agrandándose, a medida que los hombres vayan conociendo mejor loz 

grandes lineamientos de la obra compleja y múltiple que realizó el sabio 

innovador y prodigioso.

Y su espíritu, como una luz diáfana, brillará en todas las latitudes - 

donde los hombres que estudian los secretos de la vida, vayan a inves- 

tigar la verdad que guardan los tiempos, para señalarles la vía que lleva 

a la revelación, y se agitará como un genio superior y benéfico en las 

rocas mil veces milenarias, en los silenciosos estratos que guardan los 

vestigios de las vidas ancestrales, en las apiñadas colecciones de los mu 

seos, en las profusas páginas de las bibliotecas, en las cátedras superio- 

res, en las asambleas de los sabios, en todas partes, en fin, su espíritu 

será luz, siempre que los hombres sientan y amen la ciencia de la verdad.





Ilustración: Jutta Hof



martes, 28 de julio de 2026

La personalidad de Ameghino (Antonio Romero)

 




La personalidad de Ameghino se destaca, sin duda alguna, como una 

de las figuras de gran relieve del mundo cientifico; tanto por las dotes 

de su talento excepcional que lo declaran, sino el primero, por lo menos 


uno de los filósofos innovadores y revolucionarios de más precisa y clara 

originalidad de la época actual, como por la inmensa labor desplegada 

y el poder de un espíritu observador y clarividente de las leyes naturales 

que rigen los fenómenos de la evolución y de la vida, vinculando en es- 

trecho e íntimo enlace la historia de la tierra desde los primeros tiempos 

de su consolidación y capacidad creadora de los organismos hasta hoy 

perceptibles y determinados, con la historia de la humanidad; some- 

tiendo a un severo análisis las leyes de transformación de todos los 

seres en el tiempo y en el espacio, y deduciendo de este conjunto de sa- 

bias orientaciones, una ciencia más completa y una filosofía más seve- 

ra, que nos conduzca más fácil y seguramente al camino de la verdad. 

Tal ha sido el afán de toda su vida, y tal fué la obra a que dedicó 

todas sus facultades y energías, consagrado en absoluto a ella con la 

obsesión del místico y la entereza del anacoreta, desde los primeros años 



de su infancia hasta horas — muy pocas horas — antes de su muerte, 



pues casi agónico replicaba con gran lucidez de espíritu a las críticas 

de algunos catecúmenos que se atrevían a censurarla, empleando en su 

dialéctica los argumentos concisos e incontrovertibles de su peculiar 



razonamiento, confirmando aquel concepto filosófico: «La naturaleza 



es ciega»; aquel cerebro requería el cuerpo vigoroso de un atleta. 


Ameghino ha sido pobre, defecto capital en todas partes y especial- 

mente entre nosotros, para merecer consideración. Desde los primeros 

años de su naturaleza tierna e infantil, ya poseía un poder razonador y 

una energía sorprendente: así lo afirman todos sus contemporáneos y 

condiscípulos. Su carácter y su condición casi bravía, singular mezcla 

de orgullo de su poder y desprecio a los oropeles, a los figurones y a la 

presuntuosa insuficiencia, no lo han hecho popular, y su memoria y su 

obra son menos familiares a las multitudes de su patria y menos conside- 

radas aún por los hombres que gobiernan, que la de cualquier especulador 

político o eminente enciclopédico. 


En el concepto filosófico más riguroso, Ameghino fué un genio, con- 

dición que no podrá negar ningún psicólogo que conozca su obra y los 

detalles de su vida, de esa vida que por más de un concepto tantos pun- 

tos tiene de contacto con la vida del ilustre filósofo Manuel Kant, por- 

que, como él, ha tenido que luchar con las estrecheces a que estaba re- 

ducido el humilde hogar de sus honrados padres; como él, necesitó ven- 



cer la indiferencia del medio; como él, ha soportado la soberbia insufi- 



ciente y presuntuosa de los grandes; y como él, afrontó la malevolencia 

de los egoístas y envidiosos, agregado al constante y mortificador zum- 

bido de los escritores parásitos que pretendían entorpecer su obra con 

fines personales, validos de su preparación literaria, pero pobres, muy 

pobres, en bagaje científico. 


La sinceridad entre las medianías del saber, es planta exótica de muy 

rara aclimatación; la justicia y el interés del progreso cultural bien en- 


tendido, es patrimonio exclusivo de los hombres de carácter y honrados 

procederes, y de los espíritus elevados que dirigen la corriente del movi- 

miento científico universal, y éstos, son para desgracia de la humanidad, 

los menos, y es de ellos de quienes recibió siempre aliento y sincero 

aplauso en su obra, porque ellos eran también los únicos que podian 

valorarla y comprenderla. 


No se crea por esto que Ameghino salió armado del ste o materno 

como saliera Minerva de la cabeza de Júpiter; él nos lo dice en su obra 

inmortal Filogenia: Surgió del llano para volver al llano. Sentimiento — 

altruísta, grande y elocuente que eleva la figura del maestro y nos de- 

muestra su desinterés, la pureza y sinceridad de su noble espíritu y la 

modalidad sin reverso de su carácter. Ese era el hombre, y esa su am- 

bición: ser útil, nada más que ser útil, remover la ceniza y sacar del 

fondo el fuego sagrado vívido y refulgente que ilumine la historia de la 

creación con esplendores de purísima verdad. 


Los primeros años de la vida del sabio Ameghino, no se especializaron 

en forma singular; fué un niño como tantos otros, sin particularidades 

que lo distinguieran; pero adolescente, se nos revela todo un carácter. 

Estudiante, era el más puntual a las clases, no se distinguía por un ta- 

lento locuaz, pero sí por su serenidad y mayor dedicación al estudio y 

una vocación decidida a la investigación y solución de problemas obscu- 

ros y difíciles, aún para cerebros mejor preparados y de evolución más 

avanzada. A los diez y ocho años, su inclinación por los temas históricos 

y su genio razonador lo llevaron a investigar la existencia de las razas 

aborígenes americanas, partiendo de la prehistoria, para deducir de su 

estudio las relaciones étnicas de todas las que poblaron el Plata y aún 

el continente de Colón. Algunas obras -de prehistoria debidas a explora- 

dores e ilustres naturalistas, le hicieron comprender que los sedimentos 

acumulados durante miles y miles de centurias, formando depósitos de 

muchos metros de espesor, en las inmensas llanuras que llamamos Pam- 

pas Argentinas, guardaban en sus entrañas las páginas históricas que él 

pretendía conocer, conjuntamente con la cronología de esas remotas 

edades. 


Para el profano, tales hechos resultan incomprensibles, pero no así 

para el que se dedica a su estudio, que no requiere para ello conoci- 

mientos extraordinarios, sino dedicación y un poco de buena voluntad 

que sobresalga de lo vulgar, para que resulten sencillos. 3 


Ameghino, así lo comprendió también, sin amedrentarse ante los 

enigmas misteriosos que se presentaban como un escollo inabordable a 

su joven inteligencia, escollo que ha sabido vencer con perseverante te- 

nacidad, para seguir sus estudios en el viejo mundo, orientados por los 

trabajos de sus maestros predilectos, Lamarck y Darwin, etc., y por la 

sabia y personal dirección del doctor Gervais y los consejos de Gaudry, 

explorando en la cuna de la geología y en el teatro de aquellas viejas


civilizaciones, las grutas y yacimientos del hombre fósil y de su indus- 

tria, especializándose en la arqueología, etnografía y antropología, pro- 



fundizando en forma descollante los conocimientos paleontológicos y es- 

tratigráficos, que son la base de la geología; realizando a su vuelta a la 

patria, la obra de reconstrucción paleontológica más grande y más ge- 

nial de la época presente, para terminar en estos últimos tiempos con 

una serie de investigaciones de un orden conexo, pero nuevas, y de altí- 

simo interés científico. 


Por la poderosa lente de su genio, pasaron en revista durante su corta 

existencia todos los fenómenos etiológicos de la vida de los seres vivos y 

el exámen de los distintos métodos de clasificación de las especies, estu- 

dio de su origen, mutación, evolución y transformismo, para llegar a 



«fundar leyes de sistemática tan completas y precisas, que no es exagerado 

afirmar que tendrán la sanción de todos los sabios del universo. No de- 

bemos dudar de estos resultados, cuando las teorías de Lamarck fueron 



en su tiempo despreciadas y amargada la vida del sabio, y las de Darwin 

que las confirmaban y perfeccionaban, han sido combatidas con todo 

ardor; y esto se concibe, porque los teoristas abundan y los dogmáticos 

aferrados a su credo son numerosos, casi la mayoría; pero nada existe en 

la naturaleza que pueda escapar a la investigación y no llegue el hombre 

algún día a conocer sus secretos más recónditos, que en resumen, no 

son tan obscuros e inabordables como se piensa. La rémora y el peligro 

existen en el egoísmo, en la insuficiencia de los que pretenden dirigir 

la educación de los pueblos, y en la falta de acuerdo por parte de los 

sabios verdaderos, de un método sintético que oriente en una dirección 

determinada el orden de las investigaciones, apreciando la importancia 



de la labor realizada por unos y por otros, libre de prejuicios y de espe- 

culaciones malsanas y deprimentes para la cultura universal. 



La obra múltiple de Ameghino es difícil de analizar, porque son pocos 

los hombres que han producido tantas ideas y abierto tantos horizontes 

la mentalidad de las generaciones contemporáneas y futuras en el 



orden de las investigaciones, y no es este el momento de hacer su sín- 


tesis, ni me considero con facultades para tanto, limitándome a cumplir 



con un deber impuesto en homenaje al ciudadano que tanto honró a su 

patria; al sabio y al amigo cuya pérdida es para mí tan sensible, enca- 



rinado como estaba desde muchos años, con su labor, con su energía y 

con la vasta y profunda ilustración de su genial espíritu. 



La ciencia no es un estudio que halague nuestro espíritu, quizá por- 

que no se sabe presentarla como un motivo de placer intelectual y de 

dignificación del alma. En Europa y en los Estados Unidos de Norte 

América, son numerosos los donativos para los trabajos científicos y 



vemos que hombres de ilustre nacimiento y muchos archimillonarios, 

se honran practicando la ciencia, realizando exploraciones y fecundos 

descubrimientos que merecen la gratitud universal. No se crea, sin em- 

bargo, que su obra responde a la ambición de popularidad; entran en 

sus propósitos sentimientos más delicados, más desinteresados; un deseo 

íntimo de refrescar el alma en las fuentes más fecundas que constituyen 

el capital intelectual de la nueva civilización, los atrae, porque en él 

cifran las verdades que dan nuevo aspecto a la historia del mundo, sin 

que sus miradas se deslumbren ante el esplendor de la refulgente luz de 

la verdad. Entre nosotros, por desgracia, se ignoran tan meritorios ejem- 

plos; son otras las preocupaciones y los deleites del espíritu que apasio- 

nan a nuestra sociedad, deleites más materialistas, pues para ella, la 

materia es todo; la vida espiritual que ella entiende se compra con una 

bula, la bendición apostólica, o con un puñado de oro para misas y res- 

ponsos; los placeres, el juego y la ambición para satisfacerlos, es lo que 

más la preocupa.  


No obstante, podemos felicitarnos que al presente la evolución de las 

ideas tiende a orientarse con marcada inclinación hacia las investigacio- 

nes científicas, revelándose con mayor impulso en la mujer, que aparece 

ansiosa de conocer la verdad, sin que la arredren los arduos problemas 

ni los escollos que asu sexo ofrece. Es que la verdad científica apasiona 

también, cuando se ha llegado a percibir su grandeza; y nuestra mujer 

dotada de un espíritu sutil e inteligente, ha comprendido que no debe 

satisfacerse con un presente breve y superficial, que la consagra en masa 

plástica apreciable, sin ideas y sin cerebro. 


Por eso nuestra admiración ha sido grande al verla marchar a pie re- 

corriendo un camino imposible, tras el cadáver del ilustre Ameghino, 

reconcentrada y embargada por el sentimiento de tan sensible pérdida; 

por eso, la hemos visto llenar casi ella sola, los paraninfos de las uni- 

versidades y salones de corporaciones estudiosas, cuando en ellos se or- 

ganizaban veladas o se daban conferencias consagradas a su memoria y 

a su obra; por eso, la vemos hoy ocupando también el sitio de honor 

entre los primeros y alentando con su ejemplo a los espíritus apocados 

o decaídos. 


¡Loor, a esta mujer, presagio de un futuro muy próximo de carácter 

y cultura, que será el timbre más glorioso de nuestra grandeza! 




Ilustración: Wojciech Weiss


lunes, 27 de julio de 2026

Ameghino (Eduardo Holmberg)



 



De la obra descriptiva de Ameghino surge una tendencia esencialmente 

filosófica. Discípulo legítimo de Lamarck, Darwin y Haeckel, tomó de 

ellos todo lo mejor y más seguro; construyó un castillo del cual nadie 

podrá desalojarlo, aunque le derrumben algunas torres y almenas en el 

ataque, y su nombre vinculado a los de aquellos ilustres sabios, será re- 

petido en esa cumbre de los iguales, de Víctor Hugo, donde todos se 

miran con mirada horizontal. 


El tiempo hará su síntesis, porque es en extremo compleja, y los ele- 

mentos que la constituyen no son todavía del dominio público. Cuando 

los Piroterios, los Paquírucos y los Megainys sean tan conocidos como 

los Megaterios y Gliptodontes; cuando hábiles restauradores nos den 

las imágenes completas del Tetraprothomo y de los Homunculídeos; 



cuando una crítica sabia y severa elimine algunos de sus errores inevita- 



bles y propios del tanteo en las tinieblas, estableciendo en forma indis- 

cutible la correspondencia de los diversos pisos -de nuestros terrenos 

terciarios, para lo cual deja él mismo un material incalculable, y esos 

conocimientos se vulgaricen — entonces Ameghino quedará definitiva- 

mente consagrado; pero, de distinta suerte que lo que ocurre con los 

grandes capitanes, los poetas, los músicos y los oradores, no será nunca 

popular, porque siempre se dirigió a lo más hondo del cerebro humano. 




Ilustración: Alexei Petrovich Tkachev



domingo, 26 de julio de 2026

La santidad moderna (José Ingenieros)

 




La gloria y la muerte acechaban juntas para disputarse el cadáver 

de Florentino Ameghino. Pocas tumbas como la suya han visto florecer 

y entrelazarse a un tiempo mismo el ciprés y el laurel, como si en el 

parpadeo crepuscular de su existencia fisica se hubiera encendido una 

lámpara votiva consagrada a la glorificación eterna de su genio. 


Toda hora, en la humanidad, tiene un clima, una atmósfera y una 

temperatura que sin cesar varían. Cada clima es propicio al floreci- 

miento de ciertas virtudes; cada atmósfera se carga de creencias que 

señalan su orientación intelectual; cada temperatura marca los grados 

de fe con que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Transfor- 

mándose el ambiente varía el concepto de la excelencia humana; la 

virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de mañana no 

serán los mismos santos de ayer. Una humanidad que progresa no pue- 

de tener ideales inmutables, sino incesantemente perfectibles, cuyo poder 

de transformación sea infinito como la vida. 


Cada momento del equilibrio entre los hombres y la naturaleza requie- 

re cierta forma de santidad, que sería estéril si no fuera oportuna, pues 

las virtudes se van plasmando en las variaciones propias de la vida 



social. 

En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando a 

brazo partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y va- 



lientes para adquirir la hegemonía o asegurar la libertad del grupo; 



entonces la cualidad suprema es la excelencia física y la virtud del coraje 

se transforma en culto de héroes, equiparados a los dioses. La santidad 

está en el heroísmo. 


Y en las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía o la de- 

cadencia amenazan disolver un pueblo o una raza, la virtud excelente 

entre todas es la integridad del carácter. La santidad está en el aposto- 

lado. | 


En las plenas civilizaciones más sirve a la humanidad el que descubre 

una nueva ley de la naturaleza, o enseña a dominar alguna de sus fuer- 

zas, que quien culmina por sus cualidades físicas o su temperamento 

de apóstol; por eso el prestigio contemporáneo rodea a las virtudes in- 

telectuales y la santidad moderna está en la sabiduría. 


Las sociedades primitivas santificaban a sus guerreros, porque les 

eran útiles; en las crisis de renovación se santifica a los apóstoles que 

saben morir por el común enaltecimiento moral; las sociedades llegadas 

a cierto nivel de cultura santifican en sus grandes pensadores a los por- 

taluces y heraldos de su grandeza espiritual.  


En la moral antigua significaban más Alejandro que Aristóteles y La 



Madrid que Ameghino. En la nueva se comprende que puede haber he- 



roísmo en morir en un campo de batalla, pero se afirma que también lo 

hay en el apostolado de un sabio o de un filósofo. Más fácil es mirar 

un instante la cara de la muerte que amenaza paralizar nuestro brazo, 

que resistir toda una vida a los prejuicios y rutinas que amenazan asfi- 



xiar nuestra mente. La moral nueva todavía nos permite admirar a los 

que tienen episodios de coraje entre el crugir de las metrallas o el lucir 

de las bayonetas; pero admiramos con más abierto entusiasmo al hombre 

conspicuo que durante medio siglo arrostra mil dificultades para arran- 

car a la naturaleza el secreto de una ley, o la más breve partícula de la 

verdad que intuye o presiente. 


Los ideales de las clases más cultas ponen la santidad en los pensa- 

dores, más bien que en los héroes y en los apóstoles; el genio, en la ci- 

vilización moderna, prefiere manifestarse como un anticipado visiona- 

rio de teorías o profeta de hechos, que la posteridad confirma, aplica 

o realiza. Así como en cada primavera vemos florecer unos árboles 

antes que otros, como si fueran los preferidos de la naturaleza que se 

transforma sonriente, en la primavera de cada acontecimiento humano 

algunos hombres excepcionales se anticipan, ven antes que todos y dicen 

‘lo que han visto, y la humanidad los oye como anunciadores o los sigue 

como apóstoles. Nos engañan esas historias que son crónicas de gober- 

nantes y de conquistadores; todos los hombres de genio marcan, por igual, 

las grandes fechas, los apóstoles y los pensadores tan significativamente 

como los capitanes y los estadistas. Unos y otros personifican los ideales 

y las aspiraciones de una raza o de un pueblo, y son igualmente repre- 

sentativos del clima moral en que florecen. Por eso la santidad marca 

cierto grado en el termómetro de la temperatura social y el genio es su 

símbolo, su exponente o su síntesis. 


El genio no es un azar, ni una enfermedad, ni una monstruosidad, ni 

un capricho intercalado por el destino en el curso de la historia. El genio 

es una convergencia de aptitudes personales y de oportunidades infini- 

tas. Cuando uma raza, tin pueblo, una doctrina, un estilo, una ciencia o 

un credo, prepara su advenimiento histórico o atraviesa por una renova- 

ción fundamental, un heraldo aparece, extraordinario, nacido en propi- 

cio clima y en hora inequívoca, para simbolizar la nueva orientación de 

los pueblos o de las ideas, anunciándola como artista o profeta, desen- 

trañándola como inventor o filósofo, emprendiéndola como conquistador 

o estadista. Sus obras le sobreviven y permiten reconocer su huella a 

través del tiempo: ese hombre extraordinario es un genio. 


¿Y por qué, ocurre preguntar, un hombre en Luján da en juntar 

huesos de fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe compuesto 

con millares de siglos, y acaba de arrancar a esos mudos testigos la histo- 

ria de la tierra, de la vida, del hombre, como si obrara por predestina- 

ción o por fatalidad? > 


Fácilmente se explica la aparición de AE EU y la 7 com- 

pleja de su vastisima labor en nuestro país y en nuestra época. 


Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la 

superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable a la nuestra; 

tenía que ser en nuestro siglo, porque antes le habría faltado el asidero 

de las doctrinas darwinistas que le sirven de fundamento; no podía ser 

antes de ahora, porque el clima intelectual del país no era propicio a tal 

obra antes de que lo fecundara el apostolado de Sarmiento; y tenfa que 

ser Florentino Ameghino, y ningün otro hombre de su tiempo, por va- 

rias razones. ¿Qué otro argentino hemos conocido que reuniera en tan 

alto grado su aptitud para la observación y el análisis, su capacidad para 

la síntesis y la hipótesis, su: resistencia para el enorme esfuerzo prolon- 

gado durante tantos años, su desinterés por todas las vanidades que 

hacen del hombre un funcionario, pero matan el pensador? Basta medi- 

tar un minuto sobre la biografía de Ameghino para comprender que la 

estructura moral del genio explica su rareza. Suele ser planta que florece 

mejor en las montañas solitarias, acariciada por las tormentas, que son 

su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos oficiales, como si 

les faltara el pleno aire y la plena luz que sólo da la naturaleza; a veces 

basta transportarla a un jardín cesáreo para que se torne raquítica y se 

marchite, como si le decretaran un invierno perpetuo. El genio no ha 

sido nunca una institución oficial. 


Y cuando todas las circunstancias convergen, el genio surge rectilíneo 

desde su origen, siempre unitario y continuo, como un rayo de luz que 

nada tuerce o empaña. Basta oírlo para reconocerlo. Todas sus palabras 

concurren a explicar un mismo pensamiento, a través de cien contradic- 

ciones en los detalles y de mil alternativas en la trayectoria, que pare- 

cen tanteos para cerciorarse mejor del camino, sin romper la unidad 

coherente y equilibrada de la obra total, esa armonía de la síntesis que 

escapa a la crítica de los espíritus subalternos. Ameghino converge a un 

fin por todos los senderos; su obra es una fatalidad irremovible y nada 

lo desvía. Mira alto y lejos, va derechamente, sin preocuparse de las mil 

prudencias que traban el paso a las medianías, sin detenerse ante los mil 

interrogantes que de todas partes le acosan para distraerlo del camino 

hacia la Verdad que le entreabre algún pliegue de sus velos. 


Y que es genio verdadero podemos deducirlo de la utilidad y la dura- 

“ción de su obra, fácil de pronosticar. 


Durará, porque es vital y fecunda, a punto de ser un hito definitivo en 

el desarrollo de las doctrinas evolucionistas; cualquiera que llegue des- 

pués de Ameghino, advertirá la huella de su paso, y nadie podrá igno- 

rarlo sin renunciar a conocer los dominios de la ciencia explorados por 

él. Por eso no importa que, en vida, los hombres de genio sean desesti- 

mados o proscriptos; su victoria no está en el homenaje transitorio que 

en vida pueden otorgarle o negarle los demás, sino en sí mismos, en su 

capacidad para efectuar su obra o cumplir su misión. ¿Importa, acaso, 

que Sócrates beba la cicuta, o César caiga bajo el puñal, o Cristo muera 

en la cruz, o Jordán Bruno agonice en la hoguera? Ellos duran a pesar 

de todo, porque fueron los órganos vitales de funciones necesarias en la 

historia de los pueblos o de las doctrinas. Y el genio se reconoce por su 

eficacia remota más que por el estruendo de los aplausos inmediatos. 


Ameghino sólo confió en su fin y en sus fuerzas, ignorando las artes 

del escalamiento y las industrias de la prosperidad material. En la cien- 

cia buscó la verdad, tal como la concebía; ese afán le bastó para vivir. 

El genio no sabe acechar riquezas ni tiene alma de funcionario; Ame- | 

ghino sobrelleva heroicamente su pobreza sin asaltar el presupuesto, 

sin vender sus libros a los gobiernos, sin vivir de comisiones oficiales, 

sin acechar jubilaciones prematuras, ignorando la técnica de esa pros- 

peridad que simula el mérito a la sombra del Estado. Fué y vivió como 

era, buscando su Verdad y decidido a no torcer un milésimo de ella; el 

que puede contemporizar con sus convicciones y rebajar sus doctrinas 

al nivel de sus conveniencias no es, no puede ser, nunca, absolutamente, 

un hombre genial. 


Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad 

moral no hay genio. El que predica la verdad y transa con la mentira, el 

que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y es cruel, 

el que predica la lealtad y traiciona, el que predica el patriotismo y lo ex- 

plota, el que predica el carácter y es servil, el que predica la dignidad 

y se arrastra, todo el que usa de dobleces, ficciones, intrigas, humillacio- 

nes, de esos mil instrumentos que son incompatibles con la visión de 

un alto ideal humano o social, ese no es genio, está fuera de la santidad: 

su voz no repercute en el tiempo, se apaga sin eco, tal como si resonara 

en el vacío. ie | 


Sin tener las violencias que necesitó Sarmiento, dada la orientación 

diversa de su genio, hay entre ambos un profundo parecido moral y de 

estilo, que se revela en todas sus polémicas. Son absolutamente since- 

ros; lo son coffsigo mismos, para poder serlo con los demás. Llaman a | 

las cosas por sus nombres: saben que a fuerza de empañar los nombres 

se pierde en los espíritus la noción de las cosas erróneas o detestables. 

De allí que, a veces, ambos parecieron terriblemente ingenuos. Esa in- 

genuidad no es, sin embargo, ignorancia de la vida o de los hombres, ni 

es la desarmada inocencia infantil; es, más bien, la peligrosa esponta- : 

neidad del que ve claro y dice sinceramente las cosas como las ve: es 

la arista personal de su estilo, ese «quid» que lo pone al descubierto en 

cada palabra, haciendo de cada frase una sentencia que lleva su firma y 

no podrá llevar ninguna otra. Todo hombre genial tiene una manera en 

la órbita de su genio; su lenguaje es siempre un estilo. Enseñando o de- 

moliendo, amenazando o acariciando, profetizando o razonando, en la 

invectiva y en la ironía, contra un hombre o contra una época, glorifi- 

cando o conmoviendo, siempre pone algo de sí mismo y dirá su pensa- 

miento como sabe decirlo. En cada palabra se le reconoce. 


Los hombres que así piensan y enseñan son los más altos ejemplares 

de la fe y de la santidad, tal como puede concebirlas nuestra moral mo- 

derna.


La cultura intelectual no hace escéptico al genio; sabedor de su mi- 

sión, él llena su vida de fe y de pasión. Pero ese misticismo sereno suele 

permanecer libre de las supersticiones corrientes en su medio y en su 

tiempo; es una simple confianza en la finalidad de su obra y en la su- 

ficiencia de sus fuerzas, que lo mantiene creyente y firme en sus doc- 

trinas, mejor que si ellas fueran dogmas revelados. Aunque empañen 

su cielo transitorias nubes pesimistas, él es, en definitiva, creyente; y 

cuando querría ser más escéptico o sarcástico, mejor se adivina la gran 

fe que alienta su propia ironía. Todas las religiones reveladas fueron 

ajenas a la mentalidad de este santo moderno; sabía que nada hay más 

ajeno a la fe que el fanatismo. La fe es de visionarios y el fanatismo es 

de ciegos; la fe es un impulso y el fanatismo es un freno; la fe es una 

dignidad y el fanatismo es un renunciamiento; la fe es una afirmación 

individual de alguna verdad propia y el fanatismo es una complicilad 

de huestes para ahogar la verdad de los demás. 

Por eso al congregarnos sus discípulos y admiradores en este homena- 

je cívico, hacemos también un acto de fe, demostrando con la acción 

que las disciplinas científicas son propicias a las más exuberantes trans- 

formaciones de ideales, en concordancia con una moral que encumbra 

nuevas virtudes y se exalta admirando estos grandes ejemplares de san- 

tidad civil. 


En nuestra nueva moral los santos no saben hacer milagros, pero 

saben buscar la verdad. Aprendamos de-ellos y seamos fieles a su en- 

señanza. Los siglos dirán cuál fué mayor santidad, si la de ayer o la de 

mañana. Pensemos que los dioses y los héroes helénicos han muerto 

hace muchos siglos, implacablemente segados por el tiempo, mientras 

todavía nos conmueven los cantos de sus poetas y nos admira la filo- 

sofia de sus pensadores. 




Ilustración: Anatoli Ivanovich Kuvin


sábado, 25 de julio de 2026

LA GUERRA (2da Edición)



Novela épica y mitológica que explora la lucha del ser humano contra fuerzas naturales, espirituales y sociales en un mundo ancestral. A través de una historia rica en simbolismo, se abordan temas como la guerra, la supervivencia, la traición, la redención y la conexión entre vivos y muertos, en un contexto de catástrofes, rituales y conflictos de poder.

La erupción de un volcán que destruye un pueblo fuerza a Tol, el protagonista, a huir con su familia mientras es acusado de maldición por el brujo Reynod, líder espiritual y político. La familia es exiliada y sometida a sacrificios para apaciguar a los dioses, enfrentando rechazo y fatalidad. Tol y su familia luchan por sobrevivir enfrentando la persecución de Reynod. Su hijo Zaid sufre una iniciación traumática, mientras la hechicera brinda guía espiritual a Sila, esposa de Tol, quien protege a su hijo Sigur de sacrificios rituales. La resistencia se mantiene pese a la brutalidad y la traición. A través de estos personajes, se exploran la memoria, la identidad, el poder y la esperanza en un mundo donde lo mítico y lo real convergen.


Dora Cifuentes




Ilustración: Barry Cleaven



Jornadas de lecturas

EDITORIAL MACEDONIA FESTEJO DE SUS 15 AÑOS 13 DE MAYO DE 2023 LA ANTIGUA IMPRENTA HAEDO   FABIAN VIQUE - NORAH LORENZO - JORGE FIGUEROA - CA...