12
Mendoza miraba
la costa, tierra adentro, adonde se habían llevado a Altea más de una semana
antes. El cabo Domínguez lo había perseguido con la mirada los dos primeros
días, luego había estado dando vueltas alrededor cuando lo veía desocupado,
alternando un saludo con algún comentario trivial. Después, se presentó una
tarde en su despacho y le había preguntado cuándo zarparían para continuar con
los compromisos comerciales. El capitán le había dicho:
- ¿A usted le parece que puedo seguir
viaje antes de que vuelva la señora Altea?
Domínguez no hizo más que callarse la
boca. ¿Quién era ese cabo, se preguntó muchas veces Mendoza, detrás de la
humilde sumisión con que se protegía? Lo había visto observar a la tripulación
y al barco como si tomara notas con los ojos, y escribiera de memoria en su
camarote en algún cuaderno ajado que escondía bajo el uniforme. Lo había visto
leer los libros que Natacha le traía, lo escuchó hablar de historia y de
política, y en alguna ocasión lo oyó enzarzarse en una discusión con Iribarne
sobre España y sus colonias. Fue la única vez cuando lo vio levantar la voz y
acalorarse. Observó el gesto de satisfacción de Iribarne al provocarlo, y la
admiración que había producido en Natacha. Hasta el chico Ruiz se había sentado
durante todo el tiempo que duró la discusión atenta a cada palabra y gesto del
cabo.
Domínguez sacó un papel del bolsillo y lo
extendió al capitán. Era un telegrama del gobernador. Ya sabía que el cabo era
un esbirro de Farías, pero no esperaba que se mantuvieran tan cuidadosamente
comunicados.
- ¿Y para qué me muestra esto? Con
decirme que Farías manda esto o aquello…-La ironía nunca caía bien en el gesto
de Mendoza, pero siguió porque necesitaba desahogarse - ¿No será usted algún
pariente del gobernador, porque me parece raro que en sus filas tenga a alguien
tan…cómo podría decirle…tan culto, tal vez? Es usted un hombre educado, cabo, y
si continúa en ese rango no es porque no lo hayan querido ascender, sino porque
sirve más de esta forma.
Domínguez lo observaba a los ojos mientras
la sombra velada del atardecer aparecía desde atrás de los muebles y las
cortinas. El rostro del cabo era ahora severo, y parecía un escritor de esos
cuyos grabados se ven al principio de los libros de filosofía o historia del
siglo 17 o 18.
-En realidad, capitán, soy un protegido
del gobernador. Nací prácticamente huérfano en Posadas. Mi madre murió de
puérpera unos días después de mi alumbramiento, y mi padre, quién sabe, dicen
por ahí que fue un jesuita, de los pocos que quedaban por acá. A lo mejor, ya
ni siquiera era un cura porque la orden había sido prohibida en todo el mundo,
como ya sabe. Era un hombre, solamente, y mi madre, quién sabe…El gobernador
dijo que era medio india, pero una vieja dice haberla conocido y me contó que
era uruguaya, de una familia acomodada, qué sé yo, durante el sitio de
Montevideo. El señor gobernador me mandó a estudiar a Córdoba, leyes y
teología. Estuve en Buenos Aires recibiendo clases de Gutiérrez sobre historia
y literatura. Cuando me vine de vuelta a Posadas, el gobernador me agarró de
los hombros y me dijo: “Muchacho, no te puedo tener a mi servicio, ya sos
demasiado inteligente para servirme”.
El capitán Mendoza no pudo evitar una sonrisa.
- ¿Y
por qué le sirve de espía, entonces?
- ¡Qué
sé yo! A lo mejor mientras más se sabe más se duda. Una cosa es saber y otra
aprender. Ya me di cuenta de que se aprende en la vida y no en los claustros.
- ¿Y está dispuesto a arrestarme, o hasta
ejecutarme, como dice acá, si me resisto? Disculpemé, cabo, pero no lo veo a
usted como un militar muy avezado. Y es raro que Farías lo haya mandado con una
orden tan terminante.
-Mi trabajo era mantenerlo a usted dentro
del río, capitán. Un disparo es una advertencia. Tengo experiencia de caza,
capitán, y ya le demostré mi puntería cuando pasó lo de Iribarne.
- ¿Pero está dispuesto a ejecutarme? No
es lo que los Oro o los Funes le enseñaron…
Domínguez
se rio.
- ¿De
qué se ríe, cabo? - Mendoza quería aparentar enojado para ocultar su inquietud.
-Es que, bueno, capitán, se dice desde hace
tiempo que Funes fue uno de los que traicionó a Liniers y a los otros que
fusilaron en Córdoba.
El cabo tomó su arma que hasta entonces
tenía en bandolera y presentó armas frente al capitán Mendoza, quien intentaba
escrutar en cada acto de ese hombre que era una mezcla de muchos hombres, el
cura sabiondo y el militar corrompido, especialmente. Pero a la vez no era
ninguno de los dos. Había dicho, un momento antes, que se aprende en la vida, y
el cabo, además de observar, actuaba.
Se despidieron esa tarde, casi anochecida,
en una despedida de silencio que implicaba conformidad. El capitán en su barco,
el barco en el río, y el río que continuaba ya no como el Paraná, sino como Paranaiba.
Hacia el este estaba la confluencia del Río Grande, pero los negocios que había
contratado estaban del otro lado, el oeste más oculto y propicio para los
tratos de Farías, que parecía extender su influencia cada vez más. Y había
demostrado una inteligencia mayor a la que cualquiera esperara al conocerlo, al
no mandar asesinos o ejércitos sino hombres diestros. Un abogado con aires de
santurrón y un fusil en las manos le era más útil, sin duda. ¿Estaba él
dispuesto a obedecerlo, o a arriesgarse a ser fusilado sin que nadie lo
extrañara ni reclamase por su muerte?
Pero antes de la de visita del cabo, lo
había mantenido en un estado de irritación la presencia constante de Iribarne.
Iba y venía por la cubierta con el chico en brazos. Aún no le había puesto
nombre porque se esperaba que lo hiciera la madre cuando regresara. Pero José
no demostraba impaciencia por Altea, sino por algo que parecía llamarlo desde
el norte, hacia donde llevaba su mirada cuando estaba distraído y con el bebé
en brazos. Por más que fuese su sobrino, se dijo Mendoza, no comprendía esa
ansiedad que le veía en la cara, en los gestos del cuerpo cuando sostenía al
chico, y en los movimientos de las manos cuando lo mecían o le daba leche de
cabra con una tetina de tela.
-El tiempo está espléndido por esta zona-
dijo Iribarne una tarde, sentado en la mecedora que había estado en la
habitación de Altea y que sacó para dormir al bebé al calor de la siesta.
Natacha y Carmen habían reclamado el cuidado del recién nacido, pero más allá
de cambiarle los pañales o bañarlo, Iribarne se había apropiado casi todo el
tiempo de él. De noche dormía en su camarote, en una cuna junto a la cama. Carmen
se encargó de que todos supieran que lo había escuchado hablarle al chico, a
veces canciones de cuna, otras oraciones católicas en latín, otras, quién
sabe…Todo le parecía raro, y había desistido de entrometerse. Por esos mismos
días había ya tomado la decisión de dejar el barco.
-Capitán, si ya no me necesitan, quiero
irme…
- ¿Y va
a volver a las suyas?
Carmen se rio, y la carne que escondía bajo el
vestido y que tanto había dado que hablar tiempo antes, se agitó con su risa.
- ¡Ya estoy vieja para eso, y muchas pestes me
pesqué de ustedes, dicho de paso! Me refiero a los hombres en general, capitán...
-Desvió la mirada, y alguien que no la conociera podría haber visto algo de
rubor en sus mejillas.
-Es que tengo primas y primos por acá en
Brasil. Es cuestión de buscarlos, y mientras, ya me arreglaré.
-Es usted libre, Carmen.
Quiso
continuar, y como no podía la mujer lo ayudó.
-Nada de eso, capitán, nada de
sentimentalismos. Necesito sentirme útil, sino siento que se me acaba la vida.
Incluso siendo una puta…ya sabe lo que quiero decir…la sonrisa de un hombre en
esos momentos es algo difícil de olvidar. Lo que ustedes nos dicen casi siempre
son pavadas, y lo que hacen y construyen es admirable, porque lo hacen con el
sentimiento transformado. Son ingenieros del cielo, ustedes, y cuando lo ven
realizado, tienen una mirada de éxtasis absoluto. Convierten el sentimiento en
pensamiento, y ese pensamiento entonces es casi celestial.
En eso pensaba cuando se encontró con
Iribarne una tarde sobre cubierta. Tenían la vista puesta sobre el noreste,
sobre el Paranaiba.
- ¿Cuándo cree que retomemos camino,
capitán?
-Ya le dije que cuando Altea regrese.
José estaba seguro de que no regresaría,
y probablemente Mara tampoco. Tenía que volver a España, y en estas latitudes
era más práctico llegar lo más que pudiese al norte y la costa del Atlántico.
Se levantó de la mecedora y se acercó al capitán, que miraba la costa con los
brazos apoyados en la baranda, una bota metida entre las maderas, y fumando una
pipa que tal vez había pertenecido a su padre o alguno de los otros famosos
Hurtado de Mendoza.
-No veo el motivo de que se comporte como
un marido preocupado, capitán. Usted ya tiene una mujer, y Altea no es su
esposa, ni este chico es suyo.
Mendoza tranquilamente vació la pipa
haciéndola percutir en la baranda, la metió en su estuche y guardó éste en un
bolsillo.
-Yo creo que tampoco suyo.
Iribarne sostenía al bebé dormido con
ambas manos, pero desprendió una para secarse el sudor de la frente y se limpió
en los pantalones. Ahora sonreía con sorna.
-No me haga hablar, capitán, porque nos
iremos a las manos.
-Si se escuda con un bebé seguramente que
no…
Iribarne se dio vuelta para dejar al chico
en la mecedora.
-Ahora nada se interpone...-Apenas lo
dijo, Mendoza le dio un puñetazo que lo derribó al piso. Hacía mucho tiempo que
tenía ganas de hacerlo. Algunos hombres habían visto pero no se acercaron.
Iribarne se secó la sangre del labio e
intentó parase con dificultad, todavía le dolía la pierna. Cuando estuvo de
pie, dijo, levantando las manos:
-Está bien, usted gana la pelea, pero
déjeme hacerle saber que en ese chico corre sangre mía, capitán. Ese chico me
pertenece por derecho, y sin su madre…
Mendoza lo agarró de la ropa.
- ¿Y usted qué sabe?
-Lo mismo que usted, querido, si tuviese
tanto valor de mirarse a sí mismo como el que tiene al enfrentarme.
Mendoza lo soltó y vio al cabo observando
todo desde lejos, casi desde la otra punta del barco. El chico Ruiz estaba con
él, y el perro Max.
Finalmente, los dos, Domínguez e Iribarne
lo convencieron a retomar el camino hacia el Paranaiba. Mientras daba la orden,
no sabía si eran su boca y su voz las que pronunciaban las palabras, sino algo
más que llamaría fatalidad si no fuese católico, o culpa si seguía las
creencias en las que había sido formado. En el norte está el principio, y en el
principio las causas. Buscando los motivos de las cosas, exploramos hacia la
profundidad, pero no es el sur adonde llegamos, sino al norte: el hueco oscuro
del cráneo lleno de anfractuosidades, como lo había visto en los libros de
anatomía en la biblioteca de Aurora Valverde. Le había hablado de grietas y
canales por donde pasan nervios y arterias, de fracturas que parecían haber
estado desde el inicio del hombre, como si el cerebro humano fuese un mar
sometido a inagotables torbellinos de viento, formando esas playas de huesos
como rocas deformes. Y entre todos ellos el os
sphenoidale igual a un pájaro de alas petrificadas que ha encontrado una
única manera de levantar vuelo: creando un espacio vacío por donde hacer pasar
todo lo creado. Y con ese fermento, emprender el vuelo hacia las zonas
profundas donde ya no haya huesos ni sangre, sino el sepulcro del olvido.
*
El Paranaiba era
estrecho, y era muy probable que encallaran. Sin embargo, luego de mantener la
guardia las veinticuatro horas, comprobaron que el cauce era suficientemente
profundo para el “Juan Manuel”. Durante varias noches, mientras acompañaba la
vigilia de sus hombres, y esperando sentir en cualquier momento el roce de una
roca o el sordo freno de un banco de arena, o quizá el detritus de troncos y
ramas que se acumulaban en todo río de corrientes lentas, pensaba si valía la
pena lo que estaba haciendo. ¿Pero acaso era ese viaje una obligación contraída
por la extorsión de Farías, o no era ya su objetivo desde que había comprado el
barco? Había sabido, desde Buenos Aires, que la empresa no sería fácil, que
encontraría escollos en cada kilómetro del recorrido, que no podría conocer la
realidad del río antes de haber hecho el recorrido completo, que encontraría
desastres naturales, que habría negocios que no podría cumplir. Y allí estaba,
en Brasil, con el barco casi intacto. No eran el dinero ni el éxito de los
negocios lo que lo había impulsado, esas eran excusas.
El barco ascendía hacia el norte a lo
largo de uno de los ríos más extensos del mundo, lleno de infructuosidades, de
recovecos, de múltiples climas, costas, pueblos y gente. Pero el capitán y su
barco estaban intactos, por lo menos a la vista de aquellos que los veían pasar
desde las riberas empobrecidas. Un velero francés con una gran chimenea a
vapor, una especie de monstruo que no pertenecía a ninguna época, sino a una
peculiar transición, como el otoño que recientemente habían dejado atrás. Y el
invierno al que habían entrado era más caluroso que aquel. El sol refulgía en
los metales de las escotillas y la chimenea, y la madera de cubierta lucía
pulcramente brillante y limpia. Los hombres habían aprendido, por fin, lo que
él deseaba, y ellos deseaban, ahora, lo mismo. Sin mujeres, ellos eran los
dueños de casa. El barco era únicamente suyo. Con excepción de la mujer del
capitán, que se había eclipsado, encerrada en su camarote, dedicada a su culto
por el hijo muerto, o a rezar a los fantasmas que veía en los rincones del
barco.
Mendoza extendió los mapas sobre el
escritorio frente al timonel. Aníbal Molina había crecido en estatura y
experiencia. El cargo que ocupaba desde la muerte de Márquez no le había
quedado grande. De pronto, luego de vacilar al principio varios días, se había
vuelto inquieto y atento a todo lo que pasaba. Ahora tenía los ojos puestos en
la guardia de proa, los oídos desdoblados para sorprender cualquier ruido bajo
quilla o cualquier indicación del capitán, que a sus espaldas consultaba la
cartografía que él recién estaba comenzando a entender.
Era de noche, pero la luna era grande y
la luminosidad dejaba ver cualquier escollo que pudiera interponerse en el
camino. La luz de la luna penetraba las aguas y se perdía hasta morir. Y fue
esa noche cuando escucharon los primeros cañoneos. Ambos levantaron las cabezas
y miraron a los guardias, que señalaban hacia la costa del Brasil. Destellos de
luz aparecían unos segundos antes de escucharse el cañoneo. Era una
conversación monótona: disparaban de un lado, desde el sudeste, y respondían
desde el noroeste luego de un rato. Parecían dos enemigos que cumplían una
rutina, o dos amigos que se contestaban con pereza.
Apareció Domínguez con el rifle bajo el
brazo.
- ¿Sabe algo de eso, cabo? -preguntó
Mendoza.
-Son los rebeldes, no se rinden desde la
asunción de la República.
El capitán agarró los binoculares y
exploró la costa.
-Se ven soldados a la luz de la pólvora,
parecen republicanos.
- ¿Muchos?
Mendoza notó preocupación en la voz del
cabo.
-No puedo saberlo desde acá, pero se
mueven con rapidez hacia el sudeste.
Fue recorriendo la costa, sentía la
ansiedad de Domínguez para que le cediera los binoculares. Tal vez pudiera
utilizar esa ansiedad para sonsacarle más de lo que ya había dicho. El cabo era
una cebolla con incontables capas. O una caja de Pandora.
Cuando dejó los binoculares, Domínguez
estaba mirando el mapa y señalaba un recorrido con un dedo a lo largo del río.
Tenía un lápiz y marcaba un itinerario que no representaba más de cinco
kilómetros.
- ¿Hay algún negocio del que no esté enterado?
-preguntó Mendoza.
-A estas latitudes, capitán, ya se habrá
dado cuenta que no podemos avanzar más. El río termina, o nace en realidad, en
grandes lagunas que cambian todos los años. Usted no conoce mucho por estos
pagos, pero yo conozco todo esto desde que era chico.
- ¿Y para qué me obligó a venir hasta acá
a riesgo de encallar? Si era por el dinero, mire que todavía tenemos que
encontrarnos con unos negreros de Bom Jesús. - Pensó en Tomasa, y era mejor que
se hubiera muerto antes de escucharlo ahora.
-Porque en realidad no es necesario que
lleguemos a la ciudad. En la costa podemos encontrarnos con los pasajeros.
- ¿Pasajeros a dónde?
-A seis kilómetros sobre la costa
brasileña nos espera un bote con una pasajera. Es una misión diplomática,
capitán, aunque no oficial.
Otra capa descubierta, se dijo Mendoza.
Farías y su hermano en Buenos Aires eran partidarios del imperio, eso decían en
todas partes. Y aunque era seguro que el gobierno de Buenos Aires los apoyaba,
no podía aprobarlo oficialmente. Las tramoyas con el Imperio durante y después
de la guerra eran más complejas que un juego de ajedrez, y los argentinos
siempre reclamaban la honra después de perder la dignidad.
-Así que esa siempre fue su misión al
acompañarnos-dijo Mendoza-. Rescatar a algún miembro de la familia de Don
Pedro, ¿no es cierto?
-Lo que ellos hagan no nos interesa, sólo
son favores diplomáticos que se devuelven.
- ¡Pero la puta madre que lo parió,
Domínguez! ¡Hable sin rodeos de una buena vez!
La
voz del capitán había sonado tan fuerte como el golpe sobre la mesa. Los
guardias miraron desde la proa, Molina escuchaba sin dejar de vigilar la
superficie del río.
-La quieren ayudar a recuperar el trono,
a Isabel, la hija mayor. Dicen que no está segura y quieren llevara a Portugal.
Desde allá, quién sabe…
- ¿Y debemos llevarla a Buenos Aires?
-Eso es, capitán. Pero nadie debe saberlo,
por supuesto.
-Bueno, supongo que el Imperio es
suficientemente rico como para pagarnos este favor. ¿O yo sigo con el yugo al
cuello y debo convertir a mi barco gratuitamente en una carroza imperial?
-Nada es gratuito, capitán. Lo que dijo el
gobernador sigue en pie. No hace falta que entregue nada de lo que ganó, pero
debe llevarnos a Buenos Aires.
Los
cañonazos volvieron a sonar durante el resto de la noche. A veces más fuertes y
seguidos, otras como toses de perros.
Al amanecer todos seguían en sus puestos.
Mendoza estaba parado con los brazos cruzados, pero los ojos se le cerraban.
Molina, como atado al timón, no relajaba su voluntad. Su cuerpo se había hecho
tan resistente como ella. Se había dejado la barba más larga, porque lo hacía
sentirse más capitán que timonel, se había sacado la camisa y exponía su pecho
y los músculos de sus brazos porque así se sentía más seguro de sí mismo. Sus ojos,
sin embargo, estaban cansados. Los guardias eran otros ya al comenzar la
mañana.
Les llevaron la comida del mediodía. Apartaron
las cartas, los compases y brújulas. Pusieron los platos sobre la mesa y se
sentaron en cajones. Comieron en silencio hasta que apareció Iribarne con
Bernardo. Habían intentado que el chico no estuviera todo el tiempo con ellos,
pero qué otra cosa podía hacer. No había más niños y a veces se cansaba de
jugar con el perro, o Max lo dejaba y se acostaba en un rincón sin hacerle
caso.
- ¿Son esos lo putos brasileños que se
pelean entre ellos? -preguntó José.
Mendoza asintió con la cabeza.
-
¿Tenemos negocios con los monárquicos, no es cierto?
Como
no le respondieron, se dio por afirmado.
-Me imaginaba. ¿Y cuál será nuestro rumbo,
capitán? ¿Volver a Buenos Aires? Yo me bajo en el próximo puerto, le aviso.
-Mejor para todos, Iribarne-dijo Mendoza.
- ¿Y qué va a hacer? -. La pregunta de
Domínguez, como siempre, parecía casual.
-No sé qué le puede importar a usted,
querido-dijo Iribarne, señalándose la pierna. Pero no podía dejar de jactarse
frente al tipo que lo había disparado, y siguió diciendo: - Tengo muchos
conocidos, negociantes en todos los ramos, ya ustedes saben, me imagino. Tal
vez puede sacar unos cuantos reales.
-Con su labia tal vez les venda a unos
los que les compró a los otros. De negocios sabemos todos, Iribarne, desde el
Gobierno hasta el último peón.
Mendoza
hablaba sin soltar el tenedor, moviendo la mano en cada énfasis. Mirando luego
a Domínguez, le dijo:
-No se preocupe, cabo, este hombre es un
camaleón. Para él tomar partido es ponerse una cuerda al cuello. Pero el señor
se mueve como un elefante en una cristalería, nadie lo escucha ni nota nada.
-Gracias por el cumplido, capitán. Es lo
mejor que me han dicho en mucho tiempo. De todos modos, no se preocupe, cabo,
no voy a arruinar sus planes, tengo otros negocios menos lucrativos, pero
más…cómo diría, sentimentales y duraderos en vista. ¡Bueno! -dijo frotándose
las manos y con una gran sonrisa. -Iré diciéndole a la señora Natacha que
prepare las cosas del niño.
Mendoza miró a Bernardo, pero comprendió
enseguida su error, y se levantó.
-No pensará llevarse al hijo de Altea,
¿no?
-Me llevaré a mi sobrino, capitán, se lo
recuerdo una vez más, y no veo que nadie en este barco tengo más derecho que
yo.
Mendoza entendía, por supuesto. El
presentimiento ya no lo era, pero decirlo en voz alta habría sido como decir al
viento que él era un asesino, que era un infiel, que era un cobarde. Era todo
eso, y aún seguía siendo un hombre. Eso que lo molestaba no podía decirse en
voz alta: la hipocresía que echaba en cara a Domínguez e Iribarne, a él le
nacía desde el fondo de su alma.
-Mandaremos una esquela a la estancia de los
Ansaldi, preguntaremos por Altea. - Su voz era calma y razonable.
-Usted está mal de la cabeza, capitán. Lo
comprendo, la culpa…-dijo, golpeando una mano sobre el pecho. -Si Manuel
viviera, habría sabido qué versículo citarle, pero yo sólo me acuerdo de esa
frase que decía: propter culpam mean, tres
veces.
Sonaron tres cañonazos, sin intervalo. Y
la iniquidad que adivinaban en ese número se confirmó cuando otros muchos
respondieron. Miraron hacia la costa del Brasil, que en pocas horas se había
transformado en un campo de batalla muy cerca del río.
Donde antes había sol, ahora estaba
encapotado por nubes que no eran nubes, sino humo de chozas y bosques
incendiados, y sobre todo del cañoneo constante de los cuales no se veían más
que chispas en la humareda densa que avanzaba sobre el río.
Los guardias de proa habían desaparecido
de su puesto y corrieron a esperar órdenes.
- ¡Nos están disparando capitán!
Mendoza exploró con los binoculares una
vez más. Esperaba estar seguro de lo que sus hombres le decían. Hasta ahora no
habían recibido ningún daño y el agua estaba tranquila.
- ¿Qué espera para responder, capitán? -dijo
Iribarne.
- ¿Cree que con rifles y pistolas vamos a
vencer a esos cañones?
- ¿Y para qué tiene esas antiguallas
abajo?
-Están desensamblados, Iribarne. ¿Usted
cree, Domínguez, que van a atacarnos?
-El aspecto del barco es confuso,
capitán. Es un barco francés y con todo el aspecto monárquico. Los republicanos
parecen estar ganando allí en la costa. Arríe la bandera argentina.
Sí, debió haberlo hecho en cuanto
entraron en zonas de fronteras, Mendoza lo sabía. Mandó a uno de los hombres, a
uno de los más viejos, Antúnez, pero ya era tarde. Antúnez cayó sobre cubierta
casi partido en dos por las esquirlas del primer disparo certero desde la
costa. Todos los hombres corrieron a refugiarse, con rifles en las manos,
disparando sin esperar órdenes de capitán. No eran soldados, y muchos ni
siquiera marineros. Mendoza y los otros se tiraron al piso. Se miraron,
confundidos, porque bien sabían que no podían hacer nada. De todos modos, mandó
preparar los botes.
Los hombres fueron en grupos de tres o
cuatro. Desde su puesto, Mendoza veía que antes de desanudar las cuerdas y
bajar los botes nuevos cañonazos destruían todo. El bombardeo era incesante y
el humo no dejaba ver poco más que los escombros de los mástiles inútiles.
Escuchó un estruendo de metal que se venía abajo, y luego los gritos. La
chimenea cayó sobre cubierta y se hundió hasta el segundo subsuelo. La caldera
había estallado y ahora el humo y el fuego se sumaban a la violencia de los
cañones.
Mendoza, Domínguez y Molina buscaron uno
tras otro los botes de cubierta que aún estaban sanos. El cabo llevaba a
Bernardo en brazos.
- ¡Iribarne, vaya a buscar a Natacha y al
chico y póngalos en este bote! Nosotros los bajaremos, pero tenemos que
preparar el otro-dijo Mendoza.
José Iribarne corrió bajo cubierta, pero
de pronto un nuevo cañonazo estalló a su lado y lo vieron hundirse junto con
todo el piso.
Natacha estaba junto a la cuna. Escuchó
los cañones y los estallidos. Por la ventana entraron esquirlas. Las paredes
del casco resistían, pero por la ventana entraba agua. Era el primer subsuelo
bajo cubierta, y pronto se inundaría. Luego fue el estruendo, como si el cielo
se estuviese viniendo abajo. El techo se quebró sobre ella y parte de la
chimenea se hundió en el camarote. Natacha se tiró al piso, y miró hacia el
inmenso edificio de hierro que estaba a sus espaldas. Vio la cuna, con las patas
rotas y la madera humeante. El chico aún sin nombre, sin embargo, seguía vivo y
lloraba a gritos. Primero intentó arrastrarse bajo el hierro para alcanzarlo,
pero entonces vio que desde el mueble donde estaban sus reliquias, una luz se
movía entra el polvo y el humo. Vio la sombra de Ariel una vez más. ¿Él la
salvaría, o vendría a buscarlo? Ojalá fuese lo último. De pronto se dio cuenta
que su apego a la vida no era más que la inercia del deber, o la tenebrosa
amenaza que le había dado la tía Clotilde sobre la condenación del suicidio. Se
sintió aliviada. El edificio de hierro que había caído como del cielo era el
símbolo más adecuado para todo aquello en lo que había creído: Dios era una
construcción tan perfecta que únicamente el fuego podría dañarla, y sólo un
poco. Nunca el fuego sería tan intenso como para llegar al punto de fusión que
convirtiese las moléculas de Dios en un líquido parecido a la lava, que corría
sobre el mundo y quemaba todo lo que encontrase en su camino.
Sintió el olor de lo quemado. El fuego de
la caldera desde el fondo del barco, el hierro ardiente sobre ella.
Vio la figura de Ariel como el ángel al
que siempre lo había comparado, un ángel incompleto porque le faltaban las alas
y la espada. Y una mano.
Se quedó quieta, esperando la sentencia,
que imaginaba de mil formas según lo había leído en tantos libros. Esperó que
un ángel de hierro la tocase, ese ángel tan parecido a su padre, de cabello y
barba rubia, pero ya estaba segura que no era hierro lo que sentiría en su
mano, sino el oro.
Ariel se acercó al mueble roto, agarró la
mano muerta, seca como una momia, y se la colocó en su muñón. Entonces apareció
la espada en esa mano, pero no hubo alas. Y vio cómo lloraba el ángel que nunca
podría serlo. Lloraba y la miraba. Y el agua de las lágrimas fue tanta, que fue
como verla entrar por las grietas de las paredes, cubriendo el piso, subiendo y
subiendo.
Natacha no podía levantarse sin lastimar
su espalda contra el hierro. El chico seguía gritando. Volvió a intentar llegar
a él cuando vio que al agua empezaba a taparlo, pero de pronto pensó que, si
las lágrimas de Ariel habían creado ese mar, ¿por qué ella debía evitarlo? Si
su hijo sufría aún en la muerte, no había motivo para que el hijo de Altea no
lo hiciese. Ambos eran bastardos, esa palabra que los hombres habían inventado
para oscurecer lo que no querían ver. Y sin embargo estabas los hombres como
Mendoza o Manuel, que aceptaban hijos ajenos. ¿Pero eso era un mérito, o
simplemente un remedo de la culpa?
Ella no se movería. El hierro de Dios no
la atemorizaba, ya bastante había soportado y construido en su alma un edificio
lo suficientemente fuerte para contrarrestarlo. Sabía, sin embargo, que en
algún lado había un hueco, y en ese espacio estaba el oro de Ariel, que tal vez
no fuese más que el color de las espigas de trigo, tan débiles que irían a deshacerse
con cualquier viento fuerte. Y el polvo del trigo simularía el polvo de oro. El
mismo polvo que bañaba los cristos indios que tanto la atraían, esos cristos de
miembros flacos, cuerpos tullidos y caras leprosas.
Ahora la cuna flotaba sobre el agua, y
Natacha, protegida aún por el espacio estrecho en donde el hierro evitaba que
el agua la ahogase, vio que el perro iba hacia la cuna. Max medio nadaba y
medio caminaba cuando sus patas llegaban a tocar el piso. El colchón ya estaba
empapado y empezaba a hundirse. Max agarró con la boca las sábanas y se llevó
al chico hacia la única la vieja puerta que aún estaba intacta, por la que nada
salía ni entraba más que el agua y el ruido de los cañones.
Vieron salir a Max desde los restos de la
escalera de escotilla. Arrastraba un bulto hecho de sábanas mojadas.
Mendoza agarró al perro y a punto estuvo
de abandonar los trapos, cuando escuchó el llanto. Vio al chico que gritaba con
gemidos entrecortados, gris de ceniza mojada pegada a la piel.
- ¡Cabo, llévelo con Bernardo y baje en
cuanto el bote esté seguro!
Iba a agarrar a Max. El perro estaba
quieto. Tantos de sus perros de crianza habían visto de la misma manera. Le
acarició el lomo, sólo un poco. Apoyó la mano sobre el cráneo, cerrándole los
párpados.
Vio que el agua subía por la escotilla, y
el barco se inclinaba. Los cañoneos eran menos frecuentes y solamente sacudían
en agua del río. Iría a en busca de su esposa, como aquella vez en Polonia
cuando la había rescatado del fuego de las armas de los cosacos.
Natacha escuchó los chapoteos y la voz de
Iribarne llamándola. José estaba en la puerta, tratando de buscar en la
humareda la cuna del chico.
- ¡Natacha!
Entonces la vio casi tapada por el agua,
del otro lado de varios hierros retorcidos. Se agachó y estiró los brazos para
agarrarla. Ella lo miraba, pero no intentaba salir.
- ¡¿Qué le pasa, mierda?! ¡Agárreme
fuerte las manos!
Pero ella no le hacía caso. No tuvo más
alternativa que sujetarle las muñecas y arrastrarla como peso muerto. Cuando
estuvieron cerca de la puerta la apoyó en sus rodillas y le despejó la cara del
cabello mojado.
- ¿Dónde está el chico? -preguntaba,
mirando alrededor sin poder ver más que humo, hierro y agua. El olor a quemado
era intenso, pero al agua iba enfriando el hierro. Creyó sentir el olor de la
carne quemada.
- ¡¿Dónde está el chico?!-volvió a
preguntar, esta vez gritando desesperado, apretando la cara de Natacha entre
sus manos y sacudiéndola. Los ojos de Natacha tenían la inteligencia de
siempre, pero había indiferencia.
José ahora estaba seguro de lo peor que
imaginaba. El chico que él había creado debía estar muerto. Por primera vez lo
veía con tal claridad, que se preguntó qué se lo había impedido tanto tiempo.
Lo había creado como un símbolo de Manuel: si no podía tener a uno, tendría al
otro. Y debía nacer de la mujer de su hermano. La Santísima Trinidad era tan
clara como si ahora estuviese en una Catedral hecha de hierro y madera, el
fuego del incienso siempre encendido y el agua bendita desbordando. Recordó los
pesebres vivos que armaban en Cádiz cada navidad. José y Manuel Menéndez
Iribarne participaban como un personaje igual o distinto según iban creciendo.
Manuel había sido el niño Jesús, aunque José apenas lo recordaba. Luego fueron
pastores, y ya de grande José había sido José el esposo de María, pero se
sentía incómodo, y al año siguiente fue el Espíritu Santo que en forma de llama
había engendrado al niño. Y Manuel no había tenido más opción que ocupar el
papel de José carpintero.
Iribarne sintió un dolor intenso en el
pecho al recordar todo eso. La cara de Manuel, joven y vestido con ropa de
pastor y carpintero, la cara casi lampiña. Ya no lo vería más. Pensó en el
chico, seguramente muerto. Uno enterrado en un cementerio perdido, sin cruz ni
señal. Otro quemado, tal vez, en expiación de su culpa.
La culpa de José.
Sintió el aleteo de los murciélagos, y
mirando el humo blanco a su alrededor, vio sombras negras alargadas que iban y
venían.
Pero ya no lo asustaban. El miedo y a la
ira se habían unido engendrando la amargura.
Levantó a Natacha y caminó por los
pasillos hasta encontrar una escalera sana.
Mendoza no podía bajar por donde había subido el
perro, así que corrió hasta la escotilla de estribor. Vio las caras de sus
hombres, que esperaban en los botes. Lo llamaban, pero no les hizo caso. Bajó
la escalera y en la oscuridad chocó con Iribarne y ambos cayeron al suelo.
Natacha se quejó y gritó. Ambos habían caído sobre ella y tenía un brazo
quebrado.
- ¡Buena la hicimos! -dijo Mendoza
entablillando a su mujer e intentando calmarla. Entonces se dio cuenta que José
Iribarne había salvado la vida de su esposa. El otro estaba extrañamente
callado y con la mirada perdida.
Levantó a Natacha y la subió por la
escalera. Iribarne los seguía con lentitud. Cuando ya estaban en el bote, le
gritó:
- ¡Rápido carajo, que esto se hunde de un
momento a otro! ¡Vamos!
Pero José Iribarne caminaba cojeando, no de la
pierna herida, como si su mente enturbiada por visiones y recuerdos confundiera
deliberadamente a su cuerpo. Una mente extraviada que se regocijaba en volver
locos a quienes dependían de ella: los ojos que veían murciélagos por todas
partes, surgiendo del humo que encapotaba el cielo, de las maderas rotas, del
hierro retorcido, del agua que se elevaba en olas con cada cañoneo. Y el ritmo
de los cañones se iba acomodando al ritmo de los aleteos, regulares, monótonos
y obsesivos.
Desde el bote lo vieron alzar los brazos
y sacudirse presencias que ellos no veían. Natacha alzó la cabeza y dijo algo.
- ¿Cómo, querida? -le preguntó Mendoza,
como antes, como en Europa. Miraba a Iribarne y no se atrevía a dar la orden de
bajar el bote.
-No lo apures, Máximo. Hace lo que puede
con tanto peso. Es por el chico.
Mendoza volvió a ver otra vez a José, que
se acercaba espantando fantasmas. Pero antes de poder gritarle que el chico
estaba vivo, de pronto un nuevo cañonazo destruyó el puente de mando y el humo
envolvió a Iribarne.
- ¡Vámonos! -ordenó el capitán.
Cuando
estaba ya por descender, Natacha lo agarró del brazo con su mano sana, y señaló
a cubierta.
Iribarne había aparecido una vez más, como una
figura insistente y obstinada, con la misma obstinación de los que no desean vivir,
pero tienen miedo de matarse. La contradicción de los cobardes, tal vez, tan
parecida a la suya. Ahora José tenía un brazo levantado apoyando la mano en la
nuca, y el otro brazo en la espalda. ¿Levaba una carga? ¿Había encontrado a
alguno de los hombres?
Entonces vio que en la espalda tenía un
tablón chamuscado que aún despedía humo y debía estar quemándole.
- ¡Qué hermoso! - escuchó decir a Natacha.
Mendoza fue a buscarlo. José lo miró con
la expresión de quien ha transformado su desesperación en un lago muerto donde
flotan los cuerpos de hombres y perros, y las moscas vuelan en enjambres como
tormentas. En sus ojos se habían formado dos grandes lagos.
Lo agarró de los hombros, sacudiéndolo,
intentando desprenderse de toda la ira que antes le había provocado, diciendo:
- ¡El chico está vivo!
José lo miró, y las moscas atormentaron el
aire, despedidas por el viento. El olor a podredumbre se esparció por todo el
río porque los murciélagos ahora volvían raudos a cumplir con su papel.
Pero José Iribarne abrazó a Mendoza; y
lloraba, como si intentase secar el agua estancada de sus grandes lagos
muertos.