martes, 29 de septiembre de 2026

Mark Twain: El desaforado humorista del oeste II (Amando Lázaro Ros)





Cuando aún la Medicina, en sus catas y calas por el subsuelo del cuerpo vivo, no había descubierto las hormonas, las secreciones internas y el número de glóbulos rojos, reconocía la existencia en el cuerpo humano de cuatro "humores": la sangre, la flema, la bilis amarillas y la atrabilis o bilis negra. A su respectivo predominio en el cuerpo correspondían cuatro temperamentos; el sanguíneo, el flemático, el bilioso y el melancólico. El vocablo latino umor  no iba más allá del concepto de cosa húmeda, fluida. Ninguna relación tenía con el temperamento. Y menos con la risa. Sí acaso, con las lágrimas. Umor in genas labitur. Las lágrimas (el líquido) resbalaban por las mejillas. A pesar del predominio de uno u otro de los humores, éstos vivían dentro de cada individuo en un equilibrio estable, y las proporciones respectivas de sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra eran infinitas. Como los temperamentos individuales dentro del marco genérico al que pertenecían.

La palabra latina umor se mete así, gracias a la Medicina, en dominio ocupados hasta entonces por otros vocablos. Uno de éstos, el de lo "cómico", que tenía acotado para sí el dominio del regocijo, del retozo, del hacer reír. Procedente del griego komos, regocijo, alegría. Los vocablos humorismo y comicidad, cómico y humorístico, inician entonces sus guerras imperialistas por sobreponerse el uno al otro, por digerirse mutuamente o por diferenciarse, como medio de sobrevivir en los distintos idiomas. El humour o "humor" del idioma inglés tiene idéntica raíz e historia que el "humor" o "humorismo" del castellano. En inglés, humour o "humor", nombre, es el temperamento, el genio; es decir, nuestro "humor". Humour, verbo, es el llevar a otro la corriente, el ponerse a tono con él, el congeniar.

Los médicos tiraron un día al canasto de las teorías superadas esa de los cuatro humores que, sin embargo, llevaba en germen a la Caracterología y a la Endocrinología, de la misma manera que la alquimia había sido el renacuajo de la Química. Pero en el léxico de los pueblos europeos que guarda muchos conceptos mordiscados de ratones y mohosos de tradición, quedaron varias papeletas. En castellano, por ejemplo: Humor= genio de la persona; buen humor= alegría, risa, retozonería, optimismo; mal humor= adustez, hipocondría, lo atrabiliario. La flema, la bilis amarilla y la bilis negra habían sido siempre tres humores que tenían algo de peyorativo; la alegría, la vitalidad, la euforia eran cualidades que brotaban del humor sanguíneo; propias de la sangre. ¿Cuándo y cómo se amputó al "buen humor" el adjetivo, dejándolo en puro sustantivo, en "humor"? ¿Por qué se hizo corriente la palabra "malhumorado" y no se hicieron las de "bienhumorado" o "buenhumorado"? El hecho es que el vulgo dice, desde yo no sé cuándo, refiriéndose a las personas alegres y retozonas: "Tiene humor",m "Está de humor", "¡Qué humor el suyo!", sobrentendiéndose que del bueno.

Hasta aquí el vocablo marcha paralelamente en el idioma castellano y en el idioma inglés. También en éste tenemos al good humour, es decir, el "buen humor" castellano. Y el ill-humored, equivalente a nuestro "malhumorado". Y por fin, el humour a solas, en sus diversas acepciones actuales: genio o índole; capricho (como cuando decimos de quien realiza un acto raro, "¡Ya es humor el suyo!"), y humorismo, es decir, la facultad de percibir y de expresar lo divertido o lo cómico.

Ya he apuntado que también en Inglaterra se manifiesta aisladamente la misma tentativa de reducir el alcance de la palabra; los mismos remilgos del humorista distinguido a que no lo confundan con el bufón, y la misma insistencia de los ensayistas al estilo del Calabaza Wilson, buscándole el quinto pie del dolor y de los trascendente al gato del humorismo; al que le bastan con cuatro.

Fijémonos ahora en el relato que hace Mark Twain de su primera conferencia. Ésta, según la explicación del propio conferenciante, era un centón de jokes, es decir, de chistes, de donaires de piloto del Mississippi y de cuentecillos de mineros de Nevada. Mark Twain asegura que al principio la encontró humorística...humorous...pero que luego no le vio no el menor vestigio de regocijante, de chirigotera..., es decir, que no tenía fun... ¡Historia curiosa esta de los vocablos! El idioma castellano abundaba en palabras para expresar facetas distintas de lo cómico cuando se metió tímidamente en él la palabra humor en su amplio concepto. Y a todas ellas ha desalojado la advenediza. En el prólogo que don Jusepe Antonio González de Salas puso a la Musa sexta don Francisco de Quevedo, encuentro los párrafos siguientes: 

"Pero quien me parece que aún persuade más este mi pensamiento son los dos famosos mimólogos de los latinos, Publio Siro y Laberio, de quienes nos duran hoy fragmentos festivísimos , sin que de algunos se conozca rastro de interlocutores que quiebren la contextura de su composición, siendo su argucia, su donaire y su agudeza una rara expresión de esta jocosería, mixtura y gracia incomparable." Y poco más adelante: "Los poetas cómicos (dejo aquellos que por la naturaleza de sus fábulas que arriba nombramos, attelanas, mimos y planipedias, más propio les era el estilo ludiero de los donaires), comúnmente, es cierto que todos al gracejo se legitimaban con propio derecho, pero unos lo usaban con frecuencia más natural, y otros a raras veces o nunca. Y de ambos humores son vivísimos ejemplos dos, Terencio y Plauto, en quien la disparidad de las condiciones difeesrenció tanto su propia permisión. Plauto, toda una mera gracia y sal donairosa. Lo mismo sucedió a los satíricos poetas y a los ipigrammatorios, que mucho parentesco tienen entre sí, y en esa parte del morder y picar entre sus donaires, muy emparentados fueron también con nuestro Francisco y con todo el concepto festivo de esta musa. Cuyo estilo jocoserio, que de sí promete, a dos respectos mira... Uno es aquella mezcla de las burlas con las veras, etc.

No he tropezado en las Musas de Quecedo con el vocablo humor. Quizá me haya pasado inadvertido. En los prólogos de don Jusepe Antonio lo he hallado un par de veces como acoquinado. Pero henos aquí que, al correr de tres siglos, el tal vocablo ha desplazado a todos los demás: festivo, argucia, donaire, ludiero (juguetón), gracejo, sal donairosa, jocoserio, burlas. Y alos que no desplazó, los ha absorbido. Brindo el vocablo jocoserio a los humoristas distinguidos que nada quieren saber de chistes, argucias, donaires, agudezas, luderías, gracejo y demás.

Hemos visto cómo la historia de los vocablos humour inglés y "humor" castellano los identifica a ambos en su arranque y en sus evoluciones. Hemos visto que Mark Twain establece diferencias entre el humour, el joke y el fun. Los diarios y revistas norteamericanos en que publicó sus trabajos antes que apareciesen en libro, los incluían en la clasificación general de comic copy; es decir, material cómico, festivo. De modo, pues, que todo es uno y lo mismo, a pesar de que los vergonzantes de la profesión de hacer reír, los que hacen reír y son, además, notables escritores, novelistas, etc., quieran establecer una línea divisoria y le busquen al gato del humorismo ese quinto pie de lo trascendental. Quizá al hablar del juego hallemos una explicación objetiva que justifique en parte esa pretensión de los humoristas distinguidos.




Ilustración. Jean Eugene Buland



domingo, 27 de septiembre de 2026

Adulterio (Nelly Fernández Tiscornia)

 




PROLOGO

VESTIDAS COMO PARA UNA FIESTA LUISA Y MARISA VUELVEN DE UN CASAMIENTO. LUISA ARRASTRA A MARISA A EMPUJONES. ESTA FUERA DE SI. ENLOQUECIDA. MARISA LLORA. EL ESCANDALO ESTA EN SU APOGEO. AL PARECER FUERON A UN CASAMIENTO DEL BARRIO Y DURANTE LA FIESTA MARISA FUE ABIERTAMENTE CORTEJADA POR UN HOMBRE QUE HA VUELTO AL BARRIO Y CON EL QUE LUISA LA ENCONTRO DIAS ANTES EN LA PUERTA DE LA CASA. LA PELEA NO TIENE OTRA COSA QUE GRITOS- GOLPES E INSULTOS.- 


MARISA

Bestia!!! Sos una bestia!!! Eso es lo que sos...... Pero me las vas a pagar...... Te lo juro me las vas a pagar


LUISA

Pagar..... ¿Todavía hablás de pagar? Mirá si no te rompí la jeta fue....... no se.... porque fue   Pero eso es lo que tendría que haber hecho....Romperte la jeta.


MARISA

Romperme la jeta Ja!!!! Hacéte el macho conmigo ...Dale.... No tenés perdón.....(ESTA FURIOSA) No tenés perdón!!!!


LUISA

¿Perdón? Ja!!! Vos no tenés perdón ni vergüenza. Nada tenés....Sos..... ¿Sabés lo que sos?....Una flor de puta!!! Delante de mi nariz....Como si yo fuera ciega...


MARISA

¿Qué delante de tu nariz? ¿Qué hice? ¿Qué hice?


LUISA

¿Qué hiciste? Hacéte la monjita encima ¿Qué hiciste? Darle manija a ese infeliz y no se!!!! No se que más!!!!


MARISA

Lo único que hice fue bailar con él porque me sacó.


LUISA

Si!!! Te sacó.... Si...... A mi!!!!! ¿Qué soy de campo? Te estaba esperando. .... Y se te pegó cuando llegamos....Y meta baile y charla....Y salieron al patio y dele y dele....


MARISA

¿Desde cuándo te la pasás mirándome? En todas las fiesta que fuimos juntas siempre tuve que buscar a alguien para volver a casa.


LUISA

No cambiés de conversación .....¿Quién está hablando de mi? Estoy hablando de vos.... De vos que, ahora de vieja.......


MARISA

Vieja será tu abuela.


LUISA

Mi abuela y vos.... ¿No ves que ahora de vieja se te ocurre levantar machos por ahí?


MARISA

Limpiate la boca para hablar de mi ..... Limpiate  bien la boca!!!


LUISA

¿Si? Yo me tengo que limpiar la boca y vos  te encargaste de ensuciarte hasta la manija....Hacé el Favor!!! Y encima me querés hacer pasar por boluda! A mi! Justo a mi!


MARISA

Ayy!! “A mi!” ¿Y qué te crees que sos vos? ¿Tengo que aguantar que me insultes y todavía tengo que pedirte perdón de rodillas y decirte que tenés razón? ¿De dónde? ¿Quién sos?


LUISA

Tu pareja....Eso soy, pero no se por cuanto tiempo más.....


MARISA

Eso....Yo tampoco se por cuanto tiempo. Si te crees que te voy a aguantar otra como ésta estás bien loca


LUISA

Otra¡ ¿Qué otra? Esta me la vas a aclarar bien. Me la vas a dejar bien explicadita para que la entienda


MARISA

No pienso abrir la boca


LUISA

No me provoqués porque me conocés....No te quiero matar....


SE LE TIRA ENCIMA. ELLA AGARRA UN OBJETO QUE TIENE A MANO


MARISA

Acercáte y te lo parto en la cabeza. Dale...Acercate...Vos tampoco me conocés a m i.


LUISA

Pero miráte lo que sos!!!! Pintada como una puerta!!! Con el ombligo al aire y dejando que se transparente la bombacha...Treinta años tenés!!! Mirá si podés andar disfrazada de mariposa loca y encima al lado mío.


MARISA

No estoy disfrazada y siempre me pinto así. ¿Vos que sabés lo que es la moda ni nada?.....Vos quisieras que anduviera disfrazada de musulmana vieja como tu hermana


LUISA

Mi hermana es una señora


MARISA 

Que otro remedio le queda. Si es un cacho de carne con ojos.


LUISA

¿Mejor sos vos no? Un putón de cuarta!!!


MARISA LE TIRA EL OBJETO POR LA CABEZA Y EXPLOTA


MARISA

A mi no me decís puta!!!  Callate eh!!! Calate eh!!!


LUISA

Puta Si!!! Y un Yiro!!! Y ese degenerado se pasó la noche franeleándote, curtiendo.... y yo ahí...Ahora hacéte la histérica encima. Y rompé ...Andá rompé...Total la pelotuda paga!!!


MARISA SIGUE ROMPIENDO


MARISA

Si!! La pelotuda  paga y voy a romper.romper...Porque te mataría. Vos sos la que tenés la mente podrida. No pensás nada más que en coger y coger...Sexooo Toda la vida fuiste igual


LUISA

Y casi no te gusto eh?


MARISA

Andá!! Andá!! Mejor que me calle


LUISA

No!!! No quiero que te calles!! Quiero que hables!!! Vas a hablar...Claro que vas a hablar....Porque si no voy a traer a ese tipo aquí y van a cantar los dos.


MARISA

A él no lo metás.....Ni se te ocurra...


LUISA

El!!!! El!!! No!!! A él no!!! Por favor!!!! Cómo se te pone la cara. Te estirás toda!! A él no!!!!


MARISA

Claro que no!!!


LUISA

Vos hacéte la muda y ya vas a ver si no lo traigo del forro del culo


MARISA

Dejá de hacerte el bravucón....


LUISA

Brabucón!!!! ¿Me vas a decir que ese no es el mismo que estaba el otro día en la puerta con vos? ¿Y el que la otra noche pasó por la puerta con el silbidito de levantador? ¿Eh? ¿Me vas a decir que no era? Hablá!!!!


MARISA

Era si!!! Era!!!


LUISA

¿Y fue casualidad no?


MARISA

Casualidad Si!!! Casualidad!!! Pero para que voy a perder el tiempo en decirte nada. Justo a vos!!!


LUISA

¿Pero vos te crees que nací ayer? ¿Qué no se de esto un vagón?


MARISA

Ya se que sabés un vagón. Sobre todo de lo que es casualidad!!!


LUISA

¿Y entonces, porqué me querés pasar?


MARISA

Yo no te quiero pasar....¿Quién te quiere pasar?


LUISA

Vos!!! ¿Me querés decir que hacía ese con vos en la puerta?


MARISA

Pasaba


LUISA

Pasaba!!! Estaba parado como un poste a un centímetro tuyo y mirándote como un idiota


MARISA

Tiene ojos y mira no?


LUISA

¿Y por eso estabas en la puerta pintada como una loca y con ese escote que daba calambre? ¿Por eso?


MARISA

Yo siempre me arreglo cuando termino de hacer las cosas y salgo a la puerta.... Toda la vida.....


LUISA

Mentira!!!


MARISA

Preguntále a todo el mundo


LUISA

A todo el mundo no quiero ni verle la jeta. Con vos es la cosa. No con todo el mundo


MARISA

Yo estaba en la puerta y él pasaba y se paró a charlar


LUISA

¡Qué casualidad!!! ¿No?


MARISA

Cien veces me encontraste en la puerta


LUISA

Nunca!!


MARISA

Porque cuanto te veo venir entro a poner el agua para el mate. Pero que te tengo que explicar .......si nunca te diste cuenta


LUISA

Decime que soy chicata....que no veo....-


MARISA

A mi claro que no me ves...... hace rato!!!


LUISA

¿Y qué querés que vea?


MARISA

Nada....por eso....Para que vas a mirar.....Para verme a mi....


LUISA

Pero pará Marisa! Pará. ¿Porque yo no te miró vos salís a la puerta disfrazada de putón para que te mire cualquier infeliz?


MARISA

Yo salgo a la puerta porque me gusta salir a la puerta. Toda la vida me gustó. Vos me conociste en la puerta.


LUISA

Maldito el día que pasó


MARISA

Yo también lo maldigo. No te creas que sos vos sola.


LUISA

¿Y me querés hacer creer que me esperás a mi? Qué jeta de piedra tenés!!


MARISA

Si....A vos te espero.... y querés que te diga...... Después me arrepiento de ser tan infeliz..... Me arrepiento de perder el tiempo en esperar a semejante burra  que lo único que sabe el rebuznar y quejarse y mirar solamente para donde falta algo.... y comer y dormir como una cerda.......


LUISA

Y que.... (SE CORTA) Es para reírse...... Es para matarse de risa....... Claro... Si yo vengo de un baile de disfraz.... vengo de laburar... Laburar como una degenerada y llego fundida...y.....  Vos debés creer que sos........ Todavía pretendés que haga que?


MARISA

Lo que hacías cuando la Isabel vivía acá...


LUISA

Isabel..... Qué isabel?.... ¿Qué decís?


MARISA

Hacete el boluda!!! Hasta colorada te pusiste. Sabés muy bien de que hablo!!!


LUISA

Pero qué decís!!!!


MARISA

Hace tres años oís!!! Tres años!!! De Isabel hablo!!!


LUISA

¿Y qué? ¿Qué decís?  Isabel era una vecina....La saludaba.... por....educación.


MARISA

Mirá al embajadora!!! Educación!!! Hacéte hervir!!! Educación!!!


LUISA

Pará...pará....pará....¿Quién me presentó a Isabel? ¿No era tu amiga? ¿No estaban siempre juntas?


MARISA

Yo creía que era mi amiga y que porque era mi amiga estaba siempre a la hora justa acá........ 


LUISA

Uyy!!! Ahora te sigo!!! Vos si que estás loca!!!!....Reventada estás!!! Isabel!!!  Yo!!!! ....Por favor!!!


MARISA

Si!!!! Isabel..... Te pasabas una hora en el espejo mirándote, y meta peinar y sacar pecho. Y yo ahí con el mate en la mano.....Cómo para no saber vos lo que es la casualidad. Siempre que vos salías ella estaba regando las plantas. Gracias a la casualidad se le pudrieron todos los helechos a esa.....puta


LUISA

Qué cerebro podrido tenés!!


MARISA

Decime que no!!! Decimie que no fuiste capaz y en mis propias narices!!


LUISA

Pero Shht!!  Para qué?....... shst!!! Si total!!!!! Shhht!! 


MARISA

Dale shhht! Parecés  un sifón. Porque no podés decir nada. Por eso Y yo me la tragué. Todo lo que hice fue reventar para adentro.... Porque.....Claro era una canita al aire de la patrona  de la vereda. ...


LUISA

Mejor me voy a bañar...... No hablemos más............ Si tenés ganas haceme un café si no me da lo mismo.


LAS DOS SALEN DE ESCENA DANDO FIN A LA PRIMERA PARTE.




Ilustración: Wouter Pietersz Crabeth el Jóven




: 

sábado, 26 de septiembre de 2026

El lobisón (Manuel Mujica Lánez)







Por el camino de la costa, viene la cabalgata. Pica el sol. Pican también los terciopelos fatigados. La polvareda hace toser a los viajeros. El calor cruel del mediodía, los tábanos voraces, la reverberación de la planicie, la vegetación calcinada, prolongan la tortura. No ha llovido en dos meses. A la izquierda, el río del cual les separa la altura de la barranca, parece de estaño. Se dijera que vibra, con sorda crepitación de lava. Los caballeros han encontrado pobre socorro en su líquido fangoso, tibio, impuro. Callan todos. Don Pedro Esteban Dávila, gobernador del Río de la Plata, se desabrocha el jubón en el que la cruz de la orden de Santiago añade su llama roja a la hoguera del estío.


Todavía faltan cinco leguas, cinco mortales leguas, para alcanzar el alivio de tapias y aleros en la ciudad. Han andado desde la madrugada por el lado del río de Luján, donde cuentan que hay cuatreros. En Buenos Aires se susurra que el viaje obedeció, en verdad, a contrabandos del propio gobernador, avezado mercader. ¡Tantas cosas se dicen de Don Pedro, que si las consignáramos tendríamos para rellenar varios memoriales! Que si tiene cinco mujeres, que si introduce esclavos sin permiso, que si las matemáticas de su administración han revolucionado las cuatro operaciones… A Don Pedro no le hacen mella los escándalos. ¿Acaso no es hermano del Marqués de las Navas y pariente de los Alba de la casa ducal? ¿Acaso no ha luchado treinta años por el Rey, en Italia, en Flandes?


Ahora, mientras el sudor le empapa el cuello rígido, sus pensamientos vuelan hacia esas comarcas de frescura. Negros cipreses, fontanas con estatuas mitológicas, se levantan en la carretera, en vez de los espinillos inflamados. ¡Y aquellos mesones, en los caminos de Holanda, aquellos jarros de cerveza helada que se bebían de un golpe! ¡Y las hembras, las mozas de Nápoles, de Sicilia, de Amberes! Sobre todo las italianas… Le enloquece la tez levantina, dorada por el Mediterráneo. Se pasa la lengua por los labios secos. Prefiere no pensar en su hermano, el Marqués, porque entonces todo se le antoja más negro y más rojo. Estará muy repantigado, con sus pantuflos, en el palacio de Castilla. Le traerán el vino en cristales de Venecia. De nuevo la lengua moja los labios partidos. ¡Mala suerte, la de los segundones! Para eso dio treinta años de su vida a un soberano indiferente… Pero no… Esta vez se terminarán las penurias. Regresará de Buenos Aires con las arcas henchidas y ya verán quién es Don Pedro Esteban Dávila, el indiano.


En el séquito de tormentos toca el turno a los mosquitos. Una nube persigue a la tropa abrasada. Los soldados se dan palmadas feroces. El sol… el sol… Cruje el verano.


Ya van entrando en la zona de los Montes Grandes. A la vera del camino, avístase una choza de barro y paja. Más allá, los talas grises, casi neblinosos, entrecortan la lámina fluvial con su ramaje de espinas. Durazneros, algunos sauces, cuecen en la barranca. Hay una pequeña huerta junto a la habitación.


—Por aquí —dice Don Pedro a Felipe Medrano, que a su lado cabalga— debió darse el combate en el cual murió Don Diego de Mendoza, ha medio siglo.


El otro no lo cree. Para él, el combate contra los querandíes se libró más arriba, en la ribera del Luján, aunque hay quien sostiene que tuvo lugar en la región de la Matanza.


Una mujer, que ha salido a la puerta de la casa atraída por el estrépito de las armas y de los caballos, pone punto a la conversación. Es una mestiza, casi una adolescente. Va medio desnuda, con la ropa llana desceñida por el calor. Queda inmóvil, pues no imaginó que toparía con tantos hombres. Por lo menos son quince, entre caballeros y soldados. Sus mosquetes y sus lanzas llamean sobre los morriones.


Don Pedro ha quedado atónito también. Le parece que esa visión es trampa de la temperatura y de la sed que le quema la garganta. ¿No será un espejismo como los que acosan a las caravanas en los arenales? Jamás ha visto mujer tan bella. Ni en Portugal, ni en Sevilla, ni en Siracusa. Acaso la fiebre le haga desvariar así. Ya ha olvidado las mujeres que poblaron sus noches italianas. El deslumbramiento se las oculta. No tiene ojos más que para esa muchacha de hombros morenos, de labios como frutas. Quizá sea el frescor que la envuelve el que le engaña. En medio de la vegetación desmayada y como agonizante, fórjase la ilusión de que la mestiza permanece intacta en su gracia aérea. Si hasta se diría que una brisa leve le hace temblar los pliegues del vestido para mostrar mejor la hermosura de su cuerpo.


Con un ademán del brazo arqueado, Don Pedro detiene a la tropa. A la urgencia de pedir agua se suma ahora la de otras sedes. Detrás, la soldadesca se inquieta, azuzada por la aparición excitante. Si no hubiera estado ahí el gobernador cuya cólera temen todos, hubiérase desatado en torno de la mocita el incendio de los requiebros desvergonzados. Pero el caballero de Santiago no tolera la familiaridad. Desterrado en el Río de la Plata, fin del mundo, mantiene en su Fuerte mísero una apariencia de corte. Sigue siendo el hermano del Marqués de las Navas, el pariente de los duques, con trece roeles en el blasón. Sin embargo, presiente el bullir de las ansias de su milicia. Aunque los bravos no lo manifiestan, eso le irrita, sin considerar que no arde menos su deseo. Por ello extrema la ceremonia señoril cuando, inclinándose sobre el cuello de su cabalgadura, interroga:


—¿Podríais procurarnos algunos cántaros de agua? Mi tropa anda sedienta.


Ella ensaya una reverencia torpe y entra en la casa. Vuelve con un cuenco y lo ofrece. El movimiento grácil le afloja más aún la ropa, de tal suerte que debe recogerla sobre el seno con una mano, mientras la otra tiende el recipiente tosco.


—Gracias —dice Don Pedro, campanudo, secándose las gotas que le abrillantan la barba con su rocío—. Soy el gobernador.


La confusión de la mestiza aumenta pero solo dura un instante. Instintivamente, su cuerpo esculpido, macerado para el amor, le otorga una seguridad que aflora en la picardía de sus ojos, en el mohín de su boca.


Los soldados han desmontado y beben de un cubo. El cuenco pasa entre los gentiles hombres.


Don Pedro quisiera conservar el aplomo, pero la voz le traiciona. Valora los pechos de la niña, entrecerrando los párpados. Pregunta de nuevo:


—¿Cómo os llamáis?


Y ella, con una sonrisa abierta:


—Soy la Mari-Clara, mujer de Sancho Cejas, al servicio de vuesa merced. Allá viene agora mi marido.


Añade esto último al condimento de esa charla en la que lo más importante es lo que no se dice, como un grano de pimienta, porque no se le escapan las emociones del hidalgo. Detrás de los frutales asoma un paisano, mestizo también, bastante mayor que ella y tan feo que el señor apenas disimula su asombro. Tiene las orejas separadas, en punta, mucho vello en la cara, en los brazos. Se inclina, y Don Pedro nota la aspereza de su pelambre. Como el gobernador tampoco pierde nada, percibe la mirada sumisa con que Sancho envuelve a su mujer. A no dudarlo, ella es quien da las órdenes.


Ya han apagado la sed y parten, rumbo a la ciudad. El caballo de Dávila piafa y caracolea, en alarde de gallardía.


Tan caviloso va Don Pedro, que Felipe Medrano se le acerca para distraerle. Es un muchacho de la Asunción del Paraguay, mitad bufón y mitad confidente, gran rascador de guitarra. Sus bromas no despiertan eco en el hidalgo, quien espolea el caballo andaluz como si buscara algún sosiego en la brisa candente. Pero no lo halla. En la monotonía del paisaje, baila la imagen de la mestiza tentadora. Felipe lo empareja nuevamente y, para recobrar su favor, le repite lo que se cuenta del lobisón de los Montes Grandes. Aguza la atención Don Pedro.


Los hechos extraños y oscuros siguen atrayendo, más allá de la cincuentena, a su alma milagrera, supersticiosa.


Medrano lo ha sabido por boca de campesinos. Por esa región anda suelto un hombre-lobo. Las noches de luna llena se le oye aullar y las buenas gentes desparramadas en la llanura, atrancan las puertas. Han aparecido varios carneros despedazados.


El gobernador, que desde niño se familiarizó con la conseja milenaria del ser humano que se transforma en bestia carnicera, como Nabucodonosor, el hombre que cuando ha recobrado la hechura normal, disminuida la luna, ignora sus crímenes, arguye, desdeñoso:


—En el Río de la Plata no hay lobos. Os han engañado. Esas son patrañas de viejas.


Pero Felipe no cede.


—Aquí —responde— los endemoniados trocan la catadura y se mudan en una suerte de grandes zorros que los guaraníes llaman aguará-guazú. Ya los vieron cuando Gaboto.


Reanudan el galope. A la distancia, el caserío de Buenos Aires recuerda, de tan diminuto, esas ciudades que los santos patronos abrigan en las palmas, en los cuadros del medioevo.


La figura de la mestiza, balanceada ante su marcha como un pámpano jugoso, se baraja en la mente del hidalgo con la facha torva de su marido y con la leyenda del licántropo, florecida en América como una planta dañina, toda garfios y ponzoña, cuyo germen regaron los conquistadores, sin quererlo, en la charla nocturna de las carabelas.


¿Hombres-lobos? Cervantes los cita, y ya antes, mucho antes, Homero y Plinio y Ovidio y Plauto. Don Pedro Esteban Dávila tropezó con el relato en Italia, en Flandes, en Castilla. ¿Por qué no aquí, donde los dioses caníbales acechan detrás de cada mata, donde Cristo tiene que abrirse paso duramente por selvas impenetrables como mallas de acero? El lobisón, hijo del Diablo, puede reptar entre esos árboles martirizados cuyo nombre desconoce el representante del Rey Católico para saltar cuando menos se lo aguarda, con la aureola de la luna llena al fondo. Y Don Pedro superpone a la estampa hirsuta, convencional, del maldito, la de Sancho Cejas, con las orejas triangulares separadas del cráneo, con los dientes filosos que descubrió su sonrisa esclava.


En Buenos Aires, el gobernador se hastía. Ve crecer, entre bostezos, el Fuerte de San Juan Baltasar de Austria, alzado penosamente por los vecinos para intimidar a los piratas holandeses de Pernambuco. Debe atender una retahíla interminable de quejas. La Audiencia de Charcas le escribe por esto y por aquello; los funcionarios le apremian con rendiciones de cuentas dudosas; su hermano, el Marqués de las Navas, que Lucifer confunda, no contesta los pliegos que le despacha para pedirle que interponga su influencia ante el príncipe, quien sospecha de su honestidad. Pronto, demasiado pronto, tendrá que abandonar el cargo pingüe y entonces comenzará el juicio de residencia. Que si robó… que si no robó… que si andaba amancebado… que si los contrabandistas…


Ni de noche ni de día consigue reposar. A la hora de la siesta se tiende bajo el alero débil, frente al río. En su percha calla el papagayo, ahogado por la modorra.


Una cuadrilla de negros moja las plantas del patio y las baldosas hirvientes. ¡Ah, si ese viento del Plata, a veces tan levantisco, se desperezara por fin e irrumpiera en la ciudad, golpeando puertas, arrancando la ropa tendida, azuzando el polvo de la Plaza Mayor! Don Pedro no titubearía en subir al más alto pasadizo de ronda, aunque se escandalizaran las gentes, para ofrecerse semidesnudo a su abrazo vivificador. Pero por la plaza muerta solo va, zigzagueando como una hebra de hormigas, la procesión que implora la lluvia.


De tanto en tanto, entre una y otra reclamación de los cabildantes y del deán a cargo del obispado, su imaginación huye hacia la mestiza que le embrujó en los Montes Grandes, de regreso del Luján. La ve a modo de una ninfa de cariátide, de una náyade de fuente italiana con el cántaro al hombro. Nada: lo único que podría amenguar un poco la fiebre que le consume es la Mari-Clara, con su frescor. Su hechizo se vincula, en el recuerdo, al de las viejas metrópolis europeas donde las calles angostas son frías como arroyos, donde los soportales conservan un aire húmedo, como si fueran enormes tinajas.


¿Y el marido? ¿Y el hombracho crinudo de ojos de perro? De seguro, siempre estará celándola…


Esa noche el calor agobia a Su Señoría. Ambula por su paseo del Fuerte, desde el cual observa a las mujeres que han bajado a bañarse en el río, flotantes las camisas largas. A su lado, Felipe Medrano sorbe ruidosamente una calabaza de yerba del Paraguay. El vicio ha cundido entre los españoles. Hasta se menta a un obispo a quien las libaciones abusivas enloquecieron.


Don Pedro Esteban Dávila, apretada la cruz de Santiago contra la aspereza del parapeto, escudriña en la noche iluminada. Se le van los ojos pecadores tras las mujeres que chapotean con pies y manos el agua limosa o que lanzan gritos agudos cuando alguna alimaña les roza las piernas.


—Tres días más —dice Medrado— y gozaremos el plenilunio.


El gobernador levanta la mirada hacia el disco que un cendal vaporoso vela. Poco le falta para alcanzar la redondez total, fecunda, orgullosa. Así, con su fina mordedura, se le antoja uno de los doblones que su hermano, el Marqués, dilapida. Al pasar, una nube recorta en su delgadez la silueta erizada de un hocico. Es como si el hombre-lobo se estremeciera ya, en acecho.


Pero el maese de campo no está hoy para fábulas. Aquí, entre los andamios del Fuerte San Juan Baltasar, es absurdo dar pábulo a las preocupaciones sobrenaturales. Se sonríe él mismo de sus pasados resquemores. ¿Qué? ¿No le ha enseñado nada la vida aventurera? ¿La residencia en Italia no le sirvió de cátedra de escepticismo? Trasgos y duendes y encantamientos y hombres que se mudan en tigres y en zorros, pertenecen a la leyenda dorada y a las novelas de caballerías. Denle a él un soneto de Pietro Aretino o un cuento de Boccaccio, como los que le leían las cortesanas en Florencia, ante mesas colmadas de frutas y de vinos raros. Lo otro son embustes de nodrizas agoreras, de viejas desdentadas que asustan a los niños, en el fondo de los caserones aldeanos de Castilla, sazonándoles el alma con un terror de diez centurias.


Después de tantos días de opresión, suelta una carcajada tan recia, tan rica, que el pajarraco despierta y se echa a parlotear, hamacándose en su barrote. La idea que ha cruzado por su espíritu le parece inspirada por el Decamerón. Mientras la elabora, la completa y la pule, Su Señoría piensa en lo mucho que hubieran reído sus amigos toscanos, al exponérsela. Es cuento para narrarlo en un palacio rodeado de cipreses negros, junto a un lago azul hasta el cual se desciende por escalinatas musgosas. En Buenos Aires su sabor se deslíe… ¿Quién lo comprendería? No importa. Llevará a cabo su plan estrafalario aunque solo sea por amor de la obra de arte, y también porque, de realizarse, su maquinación podrá proporcionarle el placer que ambiciona, el pámpano balanceado.


Todo depende de la astucia de Felipe, el paraguayo. Y, entre carcajadas, se lo comunica.


Al día siguiente, muy de mañana, tendrá que ir hasta la choza de la mestiza a uña de caballo. Le llevará ese collar de piedras celestes, tan diáfano, que guarda en una arqueta con otras joyas. Le dirá que el gobernador retribuye así su bondad de samaritana. Luego le insinuará que Don Pedro quiere verla a solas y aludirá a su carácter rumboso, pródigo. Si la mestiza capitula, le descubrirá los secretos de su estrategia. Sancho Cejas está tan embobado con su compañera que, si ella es hábil, hará cuanto le pida. Para alejarle por unas horas es menester un pretexto, algo que impida su regreso inopinado y peligroso. El pretexto será el lobisón. Mari-Clara deberá darle a entender, sutilmente, con argucias de que únicamente dispone una mujer ante un palurdo cegado por el amor, que en su ánimo se ha infiltrado el recelo de que él, Sancho, el propio Sancho, es el hombre-lobo. ¿Cómo? ¿Por qué? Ahí finca la ocasión de ejercer su sagacidad femenina, ducha en mañas… Que le relate, con una dosis de llanto, que cuando se eleva la luna llena le ve saltar de la cama, furioso, y lanzarse a correr por la llanura. Que agregue que vuelve cubierto de sangre y que si él no lo ha advertido hasta ahora es porque ella tuvo buen cuidado de lavarle, cuando dormía ahíto, de miedo de que los vecinos le descubrieran. El hombre-lobo, el hombre-aguará, no sabe nunca qué le ha acontecido en ese lapso de ferocidad sonámbula. Por eso no lo sabe Sancho Cejas. Pero ahora el terror empieza a ganar a Mari-Clara. No osa hacer frente a una noche más de espanto, de demencia, y la luna llena se anuncia…


Tan poseído está Don Pedro por la escena que describe, que la representa como un mimo o un actor, cambiando las entonaciones y multiplicando los ademanes. Y todo el tiempo, aun en los instantes de sugestión más siniestra, en el fondo de sus pupilas brilla una lucecita retozona con destellos verdes. Medrano no pierde palabra, arrastrado por el discurso peregrino, mezcla de tragedia y de farsa.


Don Pedro le revela lo más íntimo de su argumento, el nudo de la comedia florentina que ha urdido. Si Sancho se convence —¿y cómo no doblegarse ante la imploración de esos ojos, ante la fingida angustia de esas manos?— Mari-Clara le arrancará la promesa de que la noche en que la luna alcanza toda su opulencia se dejará ligar de piernas y brazos y amarrar con una gruesa cuerda al tronco del tala que corona la barranca del río. Sancho es un simplote, un burdo juguete para su mujer. Su estupidez le ocultará la trampa. Entonces el caballero, furtivo, podrá introducirse en la choza. A la madrugada, partido ya el gobernador, Mari-Clara deshará los nudos y el marido regresará a su habitación. Por una vez, habráse conjurado el riesgo de la bestia…


La risa sacude a Don Pedro Esteban Dávila. Se ve holgando con la suculenta mestiza, en tanto que el dueño legítimo, cien metros más allá, tirita de pavor a la sombra del tala, esperando que se le alarguen las mandíbulas y que le crezca el pelo de zorro en los pómulos deformados.


Medrano ríe también. La aventura le tienta. Apenas si opone algún reparo. ¿No sería más sencillo traerla a la fortaleza como a tantas otras? Pero el militar no le atiende. Está harto de escándalo, de habladurías. Allá, él catará la sal de la comedia, de la cosa muy civilizada, despabiladora de aburrimientos y, simultáneamente, tendrá en sus brazos a la mujer más seductora que conoce. Nublados los ojos por las lágrimas alegres, dando grandes palmadas al paraguayo, repite:


—La llamaremos “La farsa del lobo cornudo”.


 


 


Todo salió a pedir de boca. Tal vez fue demasiado fácil. La moza —según Felipe—, si bien se negó al principio, terminó aceptando.


—¡Y cómo reía! —recordaba Medrano, lisonjero—. Vuesa merced debiera escribir entremeses. Para mí que esa ladina le cobra ansí alguna cuenta antigua al cuitado Sancho Cejas.


También lo piensa Don Pedro Esteban Dávila, al par que galopan camino de los Montes Grandes. La luna no se ha mostrado aún. La verán más adelante, pues les faltan tres leguas.


¡Hela aquí, redonda, colosal, luna de encantamientos, de bebedizos; luna para que los herbolarios la saluden murmurando las fórmulas mágicas, cuando van recogiendo las raíces misteriosas; luna para desencadenar la pasión dormida del hombre fiera que aúlla a su resplandor!


Pero ni Don Pedro ni su escudero escuchan rumores alarmantes en la desierta ruta. Solo se oye el resollar de los caballos, el graznido fúnebre de las aves nictálopes, el croar de las ranas. Millares de luciérnagas guiñan las lamparitas en el campo. Bulle el calor. Alrededor del satélite se agolpan los indicios de lluvia. ¿Quién puede pensar en nada tétrico, mientras se galopa, floja la brida, hacia la promesa de un amor lujoso, desbordado, convulso sin tontos remilgos de cortesanía?


Cuando solo les separa de la cabaña una escasa legua, Felipe desmonta. Lo han concertado así, por prudencia. Aquí aguardará a su señor, acariciando la vihuela española.


Y Don Pedro atropella, delirante, sintiendo en la faz el aletazo de las primeras ráfagas de un aire nuevo, libre, que empuja los rebaños de nubes. Ha vestido un jubón modesto, sin su insignia de Santiago, para evitar que lo reconozcan si encuentra alguna partida de curiosos. Vana fue la precaución. En todo el viaje no han hallado ni un alma.


Ahora sofrena la cabalgadura y la pone al paso. El monte de espinillos desde el cual seguirá su marcha a pie se amasa a su derecha. Asegura el caballo a una rama y continúa su camino, cauteloso. A doscientos metros, la luna enfoca sobre la carretera la cabaña de paja y barro. A la distancia, en la cumbre de la pendiente, los talas se arropan en la bruma translúcida de su follaje. Son fantasmas de arboleda. Cuidando de eludir el menor crujido, el gobernador avanza, se aposta en un magro cañaveral y avista, como lo esperaba, a Sancho. Es un bulto informe, acurrucado al pie de un tronco, pero Don Pedro reconoce el pañuelo que anuda a la cabeza. Lanza un suspiro de alivio y, sigilosamente, se dirige a la casilla.


Dos horas, tres horas quedó allí. La mestiza, con el collar celeste al cuello, sobrepasa en hermosura cuanto soñó el hidalgo. En voz baja, Mari-Clara le ha detallado los ardides de que debió valerse para vencer la terquedad del marido y Dávila se asombra de su delgado ingenio. Cejas nunca ha logrado rehusarle nada y ahora, convencido de su doble personalidad truculenta, duerme bajo el tala cómplice.


Dos horas… Tres horas… Afuera, el viento aumentó su volumen, enriquecido con fuerzas robustas que vinieron de allende el río. Pronto tendrán encima la tormenta que sucede al rigor de las sequías. Entreabriendo la puerta, Don Pedro observa que la luna se ha ocultado bajo nubarrones roqueños. Mari-Clara no le deja partir. El gobernador le ha prometido ya un collar de oro con una imagen de Nuestra Señora y, con mil coqueterías, la muchacha trata de sonsacarle una ajorca que complete el aderezo.


Repentinamente, la tempestad rompe las cadenas tendidas. Un trueno sacude la casa. Por un segundo, en brazos el uno del otro, sienten que el terror les hiela la sangre. En medio del estrépito formado por las hojas desparramadas a puñados y por el choque del ramaje, han oído el grito de Sancho Cejas. La lluvia comienza a tamborilear sobre el techo de paja. Su miedo se acrece cuando creen escuchar cerca de la puerta y luego en los resquicios de la ventana, un ansioso jadear, como de bestia que olfatea.


¿Será alucinación? Don Pedro toma la espada y sale. La oscuridad ha hundido por doquier sus algodones negros. Los truenos sueltan sus carros de metal. Dávila vacila, da unos pasos y, cuando intenta volver a la choza, apenas alcanza a divisar, en la penumbra temblona de una bujía, la desnudez de Mari-Clara que está afianzando la puerta. Después, la noche, la enorme noche de lluvia, se abate sobre él. A tientas, busca la cabaña. El tablón recio resiste sus empellones. No osa golpear ni llamar. Titubea brevemente y parte en pos de su caballo andaluz. Su capa y su sombrero quedaron en la habitación.


El agua le corre por la cara, le empapa el jubón, se escurre por sus botas altas. Haciendo visera con una mano, trata de comprobar si Sancho sigue en su prisión al amparo del tala, pero la sombra y la lluvia se lo impiden.


Entonces empieza el viaje atroz que no olvidará nunca. Le fustigan los sauces. Las cañas rotas le acosan, como venablos. Cayendo aquí, levantándose allá, blandiendo el acero contra invisibles enemigos, retorna a tropezones, por el camino de la costa, hasta los espinillos donde dejó su cabalgadura. Solo encuentra un pedazo de la brida, destrozado. El enloquecido animal debió romperlo… a menos que… a menos que alguien… Y Don Pedro se afana por horadar las tinieblas que le aprisionan…


Los relámpagos le señalan el rumbo. Va, viene, el barro le salpica las barbas. Se ha hecho un tajo hondo en la frente, al caer, y la sangre le emparcha un ojo por momentos. Ahora, los resoplidos que le pareció oír en la choza resuenan a su derecha y a su izquierda, delante y detrás. Los rayos nada le muestran. Silba el viento y a sus aullidos se incorpora la algarabía de escondidos demonios. Don Pedro Esteban Dávila se imagina rodeado por una manada de lobos espectrales que husmean sus botas, que arañan sus brazos, que rechinan los colmillos. Los miedos infinitos de su infancia planean sobre él, como murciélagos, como búhos. ¡Qué lueñe, qué desvanecido está ahora el fácil paganismo de las noches de Florencia y de Roma, pantomimas del Renacimiento, en las que se blasfemaba porque sí, por hacer una frase, por enardecer la sensualidad de las cortesanas! Los monstruos de cola escamosa, los macabros duendes nacidos junto a la lumbre de sarmientos, en el sortilegio de la cocina del palacio castellano, danzan a su alrededor la zarabanda que arrastra a los muertos fuera de sus tumbas.


Corre… corre, desesperado… La espada dibuja círculos de fuego a la luz de los rayos rojos y azules. De esta suerte, gimiendo, cubre la legua que le separa de Felipe. Los ojos salidos de las órbitas, ruega a Santa Teresa de Ávila, la santa de su familia, por que el paraguayo no le haya abandonado en ese trance. Formula el voto de construir un convento bajo la advocación teresiana en el Río de la Plata. Jura solemnemente que jamás volverá a yacer con la Mari-Clara, hembra de perdición. Devolverá hasta el último ochavo de sus granjerías. El latín semiolvidado de los rezos acude a sus labios exangües. Pagaría cualquier precio por poner término a la pesadilla. Y sigue… sigue… azotado por espinas y ramas…


¡Por fin! ¡Aquí está Felipe, el buen Felipe, el generoso y fiel Felipe, calado hasta los huesos! Bajo la capa, la guitarra improvisa una joroba chorreante.


Pero Felipe al ver surgir de la maraña al esperpento horroroso, bañado en sangre, negro de fango, con la ropa hecha jirones y la espada en la diestra, se persigna demudado, prorrumpe en un alarido: ¡El hombre-lobo!, y volviendo grupas hunde las espuelas en los ijares del caballo y huye como un poseído hacia la ciudad.


Don Pedro se derrumba con la cara en el lodo. A la madrugada le recogieron unos carreteros, y, sin reconocer a Su Señoría, arrojaron al hermano del Marqués de las Navas, muñeco de trapo, sobre los fardos de cueros malolientes. Al lento paso de los bueyes le llevaron hasta Buenos Aires. Tenía el cabello blanco, los dientes le castañeteaban, temblábanle las manos febriles. El sol enjugaba los árboles castigados. Sobre la sábana verde, deslumbrante, las mariposas amarillas doraban la mañana, augurando la monarquía del calor ciego, del bochorno que trastorna los espíritus.




viernes, 25 de septiembre de 2026

El hombre que riñe con los gatos (Mark Twain)






A falta de otra cosa, contamos una vez en nuestro periódico la aventura de un desgraciado que, según nuestro relato, para poner término al infernal estrépito de unos gatos enamorados, se había encaramado en camisa en el tejado la noche del 31 de diciembre, provisto de zapatos viejos a guisa de proyectiles. Después de haber continuado la caza airadamente sobre siete u ocho tejados, el hombre se había resbalado por un tragaluz y había caído en una habitación desconocida, de la que escapó perseguido por un hombre espantado, teniendo que ocultarse tras una chimenea y esperar el alba tiritando, con miedo de que la policía lo descubriese y le descerrajase un tiro. El episodio era pura invención, y al héroe se le había dado un nombre cualquiera muy común: el de Smith; pero una semana después, entró en la redacción un anciano caballero, en cuya fisonomía se pintaba formidable ingenuidad. Se llamaba Smith, vivía en una casa como la descrita en el cuento, y venía a declarar que la anécdota era completamente falsa y extremadamente ofensiva para él.


-Cuide mucho, querido señor -le dijimos, mirándolo fríamente- cuide mucho cómo habla. Conocemos a fondo todas las circunstancias del hecho. ¿Querría usted negar, acaso, que ha andado a zapatazos con aquellos gatos?


-¡Nunca! ¡Nunca! -exclamó Smith-. En mi vida he estado sobre ningún tejado en camisa.


-Y nadie ha dicho que usted haya estado. ¿Quién diablo ha oído hablar nunca de tejados en camisa? Sería un tejado muy raro, por cierto.


-Quiero decir -replicó Smith- que no es verdad que yo haya saltado de la cama en camisa.


-Tampoco encontrará usted eso en el periódico. ¿Dónde hay camas en camisa?


-¡Pardiez! -objetó Smith-. Lo que quiero decir es que nunca he pegado a los gatos en camisa.


-Y se comprende, querido señor. Y ¡ojalá no tenga usted nunca que tratar con gatos en camisa, ni siquiera en pantalones!


-Pero, ¡por Dios! -imploró Smith, esforzándose por permanecer tranquilo-. Ustedes han escrito que yo he salido al tejado con mi camisa solamente para espantar a los gatos.


-Dispense usted. Nosotros no hemos dicho que usted se haya puesto la camisa solamente con ese objeto, ni menos nos hemos metido en si la camisa era o no la suya. Por lo que sabemos de ella, podría ser hasta la camisa de Mahoma.


-Pero si, según ustedes, yo he puesto en fuga a los gatos con zapatos viejos.


-Nosotros no hemos hablado de gatos con zapatos.


-¡No quieren entenderme! -aulló Smith, exasperado-. Nunca jamás he tenido que hacer con gatos en los tejados, ni he tirado zapatos en camisa.


-Señor Smith, ¡seamos formales! Si puede usted indicar un párrafo del periódico en que se le acuse de poner camisas a los zapatos para tirarlas a los gatos, estamos prontos a escribir una apología de cuatro columnas, y además, cuando muera, le haremos un monumento. Usted no puede ser capaz de semejantes extravagancias… ¡Oh, no!


-¡Dios los maldiga! -rugió Smith-. Yo le digo que todo el maldito relato de la caza gatuna y del tirar zapatos, y del quedarme en el tejado pegado a la chimenea para estar caliente, es una calumnia descarada.


-¿Y para qué pegarse a la chimenea sino para calentarse?


-Yo no me he pegado a la chimenea. Yo no he visto acabar el año sobre el tejado, pegado a la chimenea.


-Pero vea usted, señor Smith, vea usted. ¿Cuándo hemos dicho nosotros que el año haya concluido sobre el tejado pegado a la chimenea? Usted desvaría, señor Smith.


-¡Basta! ¡Lo veremos! -gritó Smith, furibundo-. ¡Yo no he tirado zapatos! ¡Nada es verdad! ¡Toda la noche he estado en la cama! ¡Quiero una rectificación! ¡Quiero una rectificación… sí, los acuso de libelistas! ¡Los acuso, los acuso!


Y el pobre Smith salió frenético. Queriendo darle una especie de reparación, preparamos la rectificación siguiente:


Para aquellos a quienes pueda interesar. Sepan todos por la presente declaración que si se ha hecho alguna de las siguientes afirmaciones en estas columnas, la retractamos y la declaramos inexacta. Que un hombre llamado Smith, y que vive en la calle X, tenga un tejado en camisa; que el llamado Smith tenga la costumbre de hacer frente a legiones enteras de gatos en camisa, y los desafíe y combata; que vista los zapatos con camisas; que haya visto al año último espirar adosado a una chimenea; que haya encontrado gatos en zapatos; que acostumbre a tirar tragaluces por el aire; que se haya puesto la camisa propia para combatir a los gatos, o haya hecho otra cosa durante los últimos seis meses que dormir como un lirón, excepto una noche en que le pareció sentir ladrones en casa y mandó a su encuentro a su mujer, armada con el asador, mientras él se echaba a temblar y ponía las sábanas sobre la cabeza.




Ilustración: Lilian Jackson Braun


jueves, 24 de septiembre de 2026

Papá querido (Aída Bortnik)







Una cama chica, antigua, barata, desvencijada, prolijamente tendida. Un ropero chico, antiguo y desvencijado. Un escritorio absurdo: por un lado con patas impresionantes, por el otro sostenido con ladrillos y libros. Libros por el suelo. Revistas y diarios apilados. Un fichero de oficina. Sobre el escritorio una máquina de escribir muy, muy antigua.

Clara está doblando y apilando la ropa que estaba suelta con enorme cuidado y con evidente práctica, Carlos está revisando el escritorio, pero como entreteniéndose con cualquier cosa, como si tuviera miedo de profundizar la investigación. Electra revisa los libros, mira los subrayados y las anotaciones. Sonríe de pronto.

CARLOS: ¡Viejo 'e mierda!

Las dos se dan vuelta a mirarlo, sorprendidas. Electra ha oído perfectamente, pero Clara no está segura. Se miran entre sí. Carlos se levanta y se pasea, con las manos en los bolsillos y comienza un silbidito. Se encuentra con la mirada reprobatoria de Clara. Se calla. Clara abre con enorme cuidado el ropero. Parece sorprendida. Avanza un paso y hunde la nariz entre la ropa colgada. Se vuelve a ellos.

CLARA: La ropa… tiene su olor… El mismo olor que cuando me llevaba en brazos….

Los otros dos la miran. Pausa.

CARLOS: (Riéndose de pronto) ¡Viejo 'e mierda!

CLARA: Por favor… le pido por favor… no me gustan esas cosas… No sé qué relación tendría usted con él… pero yo lo quería mucho…

CARLOS: ¡Era un viejo de mierda! (Extiende los brazos como para pararla) No hablo de tu papito, el que te llevaba en brazos… hablo del mío… ¿O.K.?

CLARA: Pero si es lo mismo…

CARLOS: No es lo mismo... no es lo mismo…

ELECTRA: ¿No podrías dejar de molestarla?

CARLOS: (La mira un momento. Sonríe) Voy a tratar…

Pausa. Las dos mujeres reinician su tarea.

CARLOS: ¿Cuántos más aparecerán?...

ELECTRA: ¿Cuántos más?...

CARLOS: Hijos… cuántos otros hermanitos nos aparecerán, digo… ¿Vos tenés idea de cuántos somos?...

ELECTRA: No.

CARLOS: Algún número entre 10 y 100, seguro... (Se ríe) Y debemos tener hermanitos coloreados, también. . . Porque el viejo viajaba. Era lo que más hacía, además de preñar minas...

CLARA: ¡Por favor!

CARLOS: Bueno, tenemos una hermanita puritana…

ELECTRA: Decíme, ¿vos para qué viniste?

CARLOS: (Se queda quieto. Sorprendido. Intenta una de sus risitas) ¡Buena pregunta! Ves, ¡ésa sí que es una buena pregunta! Pero cierto que vos sos periodista, ¿no? Como tu papito… puso bien el sello, el viejo, ¿eh? Por algo te puso Electra... ¡Mirá que se necesita ser degenerado para ponerle Electra a la hija!...

ELECTRA: Y a vos ¿cómo te puso?

CARLOS: (Se encoge de hombros. Molesto) Carlos.

ELECTRA: ¡Vamos!... Carlos y ¿qué más?...

CARLOS: (Sonrisita) Germinal, naturalmente, ¿qué querías que me pusiera el viejo con sus ideas?

ELECTRA: Y firmás Carlos G…

CARLOS: No, si querés me pongo un cartel en la frente que diga que mi Papito era muy revolucionario…

CLARA: (Principista) No es ninguna vergüenza…

CARLOS: ¿No?

CLARA: Yo estoy orgullosa de él…

CARLOS: Sí, sí… Se te nota… Les tendría que haber puesto Electra a todas… 

Carlos se pasea. Se enfrenta al fichero. Lo abre. Lo observa al descuido, Electra lo observa.

ELECTRA: No había visto ese fichero… ¿Qué hay?...

CARLOS: (Se encoge de hombros) Supongo que estaremos nosotros… Los 100 hijos quiero decir… Para acordarse… (Las mira. Se le ocurre de pronto) ¿A ustedes también les escribía?...

ELECTRA: Siempre…

CLARA: Yo guardo todas sus cartas…

CARLOS: (Curioso) Una vez por semana hasta los 18 años… ¿una vez por mes desde los 18?

CLARA: (Asombrada) ¿A usted también?

CARLOS: (Se ríe) ¡Qué idiota! ¡Mirá si seré idiota! Recién se me ocurre, ¡claro!.. Nos debía escribir a todos… Esas cartas largas y llenas de moralina barata…

CLARA: Escribía cartas preciosas…

CARLOS: Mirálo qué organizado, el viejo… ¡mirálo qué organizado!

ELECTRA: Vos creías que eras hijo único, hasta que llegaste aquí…

CARLOS: Mirá hermanita…

ELECTRA: Y después quisiste creer que por lo menos, eras el único varón, por eso lo trataste tan mal a ese pobre… Y ahora te enterás de que tampoco eras el único al que le escribía…

CARLOS: ¡Vamos! Si hace años, ¿me entendés? ¿Me oís bien? Años… casi 10 años que no le contestaba...

ELECTRA: Y él te seguía escribiendo…

CARLOS: (Se encoge de hombros) Si le daba lo mismo… ¿Acaso me escribía a mí? ¡Le escribía a la posteridad, hermanita! (Se ilumina) ¿Y sabés qué? ¿Sabes qué creo? Debía escribir con carbónico… No, que carbónico… debía tener una fotocopiadora… Nos debía mandar la misma carta a todos… No hay una fotocopiadora por acá… Busquemos, hermanitas, busquemos… yo les apuesto que encontramos una fotocopiadora…

CLARA: ¿Por qué dice todo eso? A mí me escribía sobre mis cosas… Eran cartas… completamente personales…

CARLOS: ¡Vamos! ¿Y no te citaba a los grandes pensadores de la humanidad? ¿No te hablaba de la libertad del hombre… No te decía que la independencia del espíritu era el orden natural y debía oponerse al yugo del Estado?...

CLARA: Siempre tuvo sus ideas, pero a mí hasta me preguntaba por el perro… por Caos… a mí me regaló un perrito…

CARLOS: (Riéndose) ¿Y le puso Caos?

CLARA: (Temiendo preguntar) ¿A mí me lo regaló cuando cumplí 6 años?...

ELECTRA: A mí nunca me regaló un perro…

CARLOS: (Riéndose todavía) Ah, no... no te preocupes… a mí tampoco, a mí tampoco… Debíamos entrar en distintas clasificaciones… Por ahí hubo 10 a los que le regalaba un perro, 10 a los que le regalaba un microscopio…

ELECTRA: A mí nunca me regaló un microscopio…

CARLOS: No, dejáme que lo piense… A vos te regaló biografías de grandes revolucionarios… seguro…

ELECTRA: ¿Y qué?

CARLOS: (Sorprendido a pesar suyo) ¡Pero te das cuenta, el viejo 'e mierda!

ELECTRA: ¡Acabála!

CARLOS: No, pero oíme, oíme… Vos sos inteligente… ¿No te das cuenta? A ella un perrito… a esta tierna ama de casa… A mí un microscopio y soy médico… Y a vos… ¿entendés? Nos programó, ¡ese viejo de mierda! ¡Nos programó! 

ELECTRA: ¿No es lo que hacen todos los padres con sus hijos?

CARLOS: ¿Y vos te creés que a todos le sale tan perfecto?

ELECTRA: Todos no son tan inteligentes como para apostar a lo que realmente somos…

CARLOS: Ah, sí, eso es cierto: ¡él era muy inteligente!. . . ¡Muy inteligente! ¡Mirá para lo que le sirvió!

ELECTRA: ¿Vos querés decir que no tenía plata?

CLARA: A él no le importaba la plata. . .

CARLOS: Vamos, Electritas… que una cosa es no tener plata…, y otra terminar en este pueblucho miserable, solo como un perro… y ¡pegándose un tiro en la cabeza!…

CLARA: El señor que me llamó a mí… dijo que podía haber sido un accidente…

CARLOS: ¿Y vos se lo creíste?

CLARA: (Le cuesta) No… porque si dejó dicho a quienes había que llamar… si dicen que dejó escrito… (Pausa) Pero si estaba tan enfermo… a él no le gustaba tener que depender de nadie… Dicen que apenas podía caminar... Y a él le gustaba tanto caminar… (Pausa) Yo iba a venir... tantas veces estuve por venir... Y siempre pasaba algo... Y él, cada tanto, decía que a lo mejor se hacía un viaje y nos visitaba... Nunca me voy a perdonar…  nunca me voy a perdonar no haber venido. . . 

Pausa. 

ELECTRA: Tenía muchos amigos, aquí... Jugaba al ajedrez, jugaba al truco... No debía estar muy solo…

CLARA: No, si él se hacía querer… El señor que me llamó a mí… lloraba… apenas podía hablar de lo mucho que lloraba...

Pausa.

Carlos cierra de un golpe el cajón que había abierto en el fichero.

CARLOS: Bueno, ha sido una experiencia realmente interesante… encontrarse con unas hermanitas como ustedes… y seguramente todavía se va a poner más interesante cuando lleguen los otros noventa y seis… pero yo me voy...

CLARA: ¿Pero no va a esperar el velorio, el entierro?...

CARLOS: La policía puede entregar el cadáver recién mañana... y yo tengo mucho que hacer…

CLARA: Pero lo tiene que esperar a José… él va a traer…. ese señor dijo que le iba a dar también algo que había dejado para los hijos…

CARLOS: (Risita) La herencia… se la pueden repartir ustedes… bah… ustedes y los otros… yo no quiero nada… pueden quedarse con mi uno por ciento… no voy a reclamar…

ELECTRA: A lo mejor no somos más que nosotros cuatro… 

CARLOS: No te hagas ilusiones, Electrita…

ELECTRA: Te da lo mismo, ¿no es cierto? Cuatro o cien… No le podes perdonar no haber sido el único…

CÁRLOS: Hacéme el favor… no me gusta el psicoanálisis caro, imagináte el regalado… Hace muchos años que no me importa nada de ese viejo de mierda…

ELECTRA: (Grita casi) ¿Y entonces por qué viniste?

CARLOS: ¡Y a vos qué te importa! ¿Quién te conoce? ¡Por qué te tengo que dar explicaciones!

Aparece José con una gran caja. Se detiene, sorprendido por los gritos.

JOSÉ: ¿Qué pasa?

ELECTRA: El hermanito médico, que se va…

JOSÉ: ¿Cómo se va a ir?... Dentro de dos horas lo llevan a la funeraria… ya arreglé todo… Y aquí está esto que dejó para nosotros… (Sonríe) Pesa un poco… Bueno, no tanto, pero como vine casi corriendo… Vieran la cantidad de gente que está esperando… Es impresionante… Todo el pueblo, prácticamente…

ELECTRA: Yo sabía. . .

CARLOS: Un demagogo… eso es lo que era…

Clara se acerca a la caja. La mira con cuidado. Se agacha y lee:

CLARA: Para entregar a mis hijos. (Se incorpora. Los mira)

ELECTRA: Bueno, hay que abrirlo…

CARLOS: (Sonriente) ¿Sin esperar a los otros?

JOSÉ: ¿Qué otros?

ELECTRA: Él dice que debe haber más…

JOSÉ: (No entiende) ¿Más qué? No… el señor dijo que esto era todo lo que había dejado…

CARLOS: Más hermanos… más hijos de tu papito, digo… ¿Por qué creés que no vamos a ser nada más que nosotros cuatro? ¿Por qué no 20 o 65 o 100?...

JOSÉ: (Sonrisa sorprendida) Bueno, cien no creo, no… Pero tiene razón... por ahí… somos más… Y bueno, yo, como ustedes quieran… Yo, por mí, claro…espero… Si les parece, esperamos a que llegue alguien más… (Los mira a todos) Es emocionante, ¿eh? Lástima que él no esté… ¡Cómo le gustaría vernos juntos! (Se pasea un poco) Mirá la cantidad de libros… (Advierte) No son para nosotros los libros, ¿eh? Bah, el señor dijo que si nos queríamos llevar alguno en especial… de recuerdo… pero que dejó todo para la biblioteca… Y las revistas… y su fichero... todo esto lo dejó para la gente de aquí… Lo nuestro está ahí… (Se acerca a la máquina) Miren la máquina… ¡qué vejestorio!... No la quería cambiar, ¿eh? ¡Estaba encariñado con su máquina! Saltaba la R…  y las mayúsculas siempre las marcaba fuera de la línea…

CARLOS: ¿A vos también te escribía seguido?...

JOSÉ: Siempre… me escribió siempre… Lindas cartas escribía, ¿no? Era un viejo bastante extraordinario…  Mis hermanos me lo envidiaban un poco…

Electra ha ido acercándose a la caja. Finalmente está arrodillada al lado.

ELECTRA: Yo quiero abrirlo…

CLARA: Pero a lo mejor… él tiene razón… Y después alguien se ofende.

ELECTRA: Yo quiero abrirlo… No nos vamos a quedar con nada de nadie… pero estoy segura de que adentro debe decir cómo repartirlo, para quién es, lo que sea… ¡Abrámoslo!...

CARLOS: Por mí, hagan lo que quieran…

Electra comienza a desenvolverlo, ayudada por José. Adentro hay cinco voluminosas carpetas de archivo.

ELECTRA: (lee en la cubierta de la primera que saca) Minerva…

CLARA: Esa soy yo… Clara Minerva…

José se la alcanza. Clara la mira por fuera. No se atreve a abrirla.

ELECTRA: (Sigue) Ateo.

JOSÉ: (Sonriente) Yo… él me quería poner Ateo, no lo dejaron, pero siempre me llamaba así…

ELECTRA: (Tendiéndosela a Carlos) Germinal…

JOSÉ: (Sonriente) Vos sos Germinal… ¿Y te anotaron así?...

CARLOS: Sí, me anotaron así…

ELECTRA: (Se ha quedado mirando una carpeta) Esta dice: Amanecer. (Se miran. Ella la aparta. Saca la última) Electra… ésta es para mí…

JOSÉ: Entonces somos cinco… Con Amanecer…

CLARA: ¿Es nombre de mujer o de hombre?

José se encoge de hombros

ELECTRA: Puede ser… cualquiera de los dos…

Pausa.

JOSÉ: (A Electra) Vos tenías razón, ¿eh? Él lo dejó todo bien organizado.

CLARA: Me da una impresión abrirla… Pero yo creo que sé qué es…

JOSÉ: (Entusiasmado) A ver… ¿qué? Qué creen ustedes… Esperen, no lo abramos… a ver si adivinamos qué es…

CLARA: Él estaba escribiendo un libro… ¿Les contó? A mí en las cartas me hablaba del libro…

ELECTRA: "Las revoluciones en la historia de las sociedades".

CLARA: Ese…

ELECTRA: No, no creo que sea eso…

JOSÉ: Yo creo que son sus poesías…

CARLOS: ¿Poesías?

JOSÉ: Escribía poesías…

CARLOS: Lo que faltaba…

ELECTRA: No… yo creo que deben ser .sus recuerdos… La historia de la familia… El abuelo que fabricaba plata en la cárcel… y el que contrabandeaba caballos… Yo siempre le pedía que juntara todas esas historias en un libro… Yo creo que estaba trabajando en eso, los últimos años…

Carlos empieza a reírse. Tocios lo miran incómodos.

CARLOS: Grandes obras esperan del papito… todos… todos se creyeron el mito… Y yo les digo que No… ¿Saben qué hay aquí? ¡Estoy tan seguro, tan seguro!

ELECTRA: Dejá de reírte, vamos, que no divertís a nadie, ¿Qué es lo que nos dejó, según vos?

CARLOS: ¿La herencia de nuestro papito?... Son las cartas… Las cartas que nos mandó todos estos años… otra copia de las mismas cartas… una por una… Esa es la gran obra del viejo: las cartas con las que nos llenó la cabeza y nos jorobó la vida. Sus cartas llenas de grandes palabras y grandes sentimientos... con mucha libertad y conciencia y honor y dignidad y solidaridad y todo su maravilloso vocabulario del siglo pasado… Las cartas exaltadoras que hacían que uno se sintiera heroico y especial solamente por recibirlas… hasta que uno empezaba a sentirse incómodo y después acusado y después un verdadero gusano inmundo porque uno no se merecía toda esa maravilla que era su padre…

CLARA: (Desconcertada. Herida) Yo no me sentía así…

ELECTRA: Hablá por vos…

JOSÉ: El viejo no era así… no sacaba copias… ¿cómo iba a sacar copias? Yo, igual, las guardaba todas… A mí me gustaba volver a leerlas.

Pausa.

Carlos ha estado desatando la carpeta violenta y febrilmente. Hasta que finalmente lo logra. Tiene una sonrisa crispada y segura que se le borra en cuanto la abre y comienza lentamente a hojearla. Se da vuelta de espaldas a los otros dos. Se queda muy quieto. José y Electra que lo estaban mirando se miran entre sí. Comienzan lentamente a abrir las suyas. Clara ha comenzado al mismo tiempo que Carlos y recién lo logra.

CLARA: (Sorprendida. Emocionada. Contenta) Mis cartas... son mis cartas... Están ordenadas… una sobre otra… sí… desde los dibujitos que le mandaba Mamá… Están todas… guardó todas mis cartas… Yo guardaba las de él… pero las mías eran… no eran como las suyas… y él las guardaba… Nunca me lo hubiera imaginado…

ELECTRA: Sí, desde la primera, están todas…

JOSÉ: Nos dejó nuestras cartas… (A Carlos) ¿A vos también? Yo tampoco pensé que las guardaba… ¿Él también las volvería a leer? No creo… nunca tenía tiempo para nada… Pero es, es una idea que debe haber tenido…  porque nos quería… para que viéramos que nos quería… (A Electra) ¿No es cierto?

ELECTRA: Sí.

CLARA: A mí me hubiera gustado que escribiera un libro… se lo hubiéramos hecho publicar… Pero José tiene razón… ¿no es cierto?

Pausa. Los cuatro están enfrascados en la lectura de sus cartas. Clara tiene de pronto un estallido de risitas y se tapa la boca.

CLARA: (Los mira, como disculpándose) ¡Ay, qué tonta! ¡Una dice cada cosa cuando es chica! Le decía que me iba a casar con él… mi nena mayor le dice eso a mi marido… pero yo no me acordaba…

JOSÉ: (La ha estado escuchando con una sonrisa) Yo le dibujaba historietas… le contaba todo, en historietas… (Se ríe mirando su carpeta) Dibujaba a mi hermana chiquita para que la conociera… (Pausa) Y él me empezó a mandar libros de arte… Debían ser carísimos… (Sonríe) Decía que los expropiaba... (Casi desafiante. De pronto. Mirándolos) Yo también fui expropiador… un tiempo… (Electra lo mira. José le sonríe) Hace mucho, ahora soy, casi casi, lo que el viejo llamaría un chancho burgués.

Siguen pasando las hojas. Electra no se ha detenido en las primeras cartas. Está por el medio de su carpeta cuando la cierra de pronto y se queda mirando al techo. Como si tratara de contener las lágrimas. Carlos respira agitadamente y cierra su carpeta bruscamente. Se da vuelta a mirarlos. Parece haber recibido un golpe. Está herido y desconcertado. Pero sobre todo mucho más furioso que antes.

CARLOS: (Resoplando y riéndose falsamente) ¡Linda idea! ¡Preciosa idea! ¡Solamente a él se le podía ocurrir!. . .

José y Clara lo miran asombrados. Electra prefiere no mirarlo.

CARLOS: Qué, todavía no se dieron cuenta de lo que nos hizo, ¡el viejo de mierda!

ELECTRA: ¡No grites!...  Dejálos tranquilos…

CARLOS: Vos sabés, ¿no es cierto? Vos sabés lo que nos hizo…

Electra se levanta. Busca su saco. Se lo pone.

CARLOS: ¿No se dan cuenta?

JOSÉ: Mire, yo no sé qué problema habrá tenido usted con él… pero delante nuestro… no lo insulte…

CLARA: Yo ya se lo dije…

ELECTRA: Tendríamos que ir ya… tendríamos que estar allí.

CARLOS: Vos sabés, ¿no es cierto? ¿Vos sabés por qué lo hizo?

ELECTRA: ¿Qué vamos a hacer con la carpeta de Amanecer?

CLARA: Podríamos mirar adentro, la dirección nada más… la última dirección… y mandársela, ¿no? A lo mejor no pudo venir por algo.

JOSÉ: (A Carlos) A mí me gustaría que me contara qué es eso que nos hizo… puede ser que Electra lo entienda… pero yo soy más lento… Me gustaría que me contara…

CARLOS: Decíme, ¿qué le escribías vos?... ¿qué le contestabas a esas cartas maravillosas?...

JOSÉ: Y… le contestaba… lo que sentía…

CARLOS: Eso, lo que sentías… Cuando eras un chico… y cuando eras un adolescente… y cuando eras un joven… Eso le contestábamos, lo que sentíamos cuando él nos inspiraba tanta admiración y tanto respeto…

JOSÉ: Yo todavía lo sigo admirando y respetando…

CARLOS: Pero, ¿qué le prometías en esas cartas?...

ELECTRA: Dejálo, por favor, para qué haces eso… ¿no podes dejarlos tranquilos? 

JOSÉ: Si usted me está defendiendo de algo, yo se lo agradezco… pero nuestro padre me enseñó que era yo el que tenía que defender a las mujeres… Déjelo que hable, yo también me quiero enterar… ¿Qué le prometía?

CARLOS: Sí, qué le prometías a él… ¿y qué te prometías a vos mismo? ¿Cómo apostabas por tu futuro, qué cosas decías que ibas a defender siempre? ¿Qué cosas decías que no ibas a ser nunca?...

CLARA: ¿Qué tiene de malo lo que uno escribía cuando era chico?

CARLOS: (Sigue con José) ¿Te acordás?... Te acordás qué hombre le prometías ser a ese padre maravilloso? 

José asiente.

CARLOS: ¿Y sos, ese hombre? 

Pausa.

ELECTRA: Nadie es ese hombre…

CARLOS: Tratá de leer esas cartas ahora, tratá de leerlas sin sentirte como un gusano…

JOSÉ: No tengo porque sentirme como un gusano…

CARLOS: ¿No? ¿Nunca dejaste de ser el hombre que creías que ibas a ser cuando tenías 17 años? 

ELECTRA: Nadie es ese hombre…

CARLOS: ¡Ese viejo de mierda era ese hombre! 

ELECTRA: ¿Eso creías?... ¿Justamente vos?... Claro, por eso lo odiás tanto… No, tampoco él… por lo menos no del todo… seguramente tampoco él… Pero a lo mejor ésa era la idea… A lo mejor un día se puso a pensar… en cómo se había traicionado… y quiso advertirnos…

CARLOS: ¿Advertirnos? Se tendría que haber muerto antes… Yo tengo 45 años…

ELECTRA: A lo mejor se le ocurrió hace muy poco... A lo mejor se le ocurrió justamente antes de matarse... 

JOSÉ: (Ha estado totalmente abstraído) Es una herencia rara… ¿no? La verdad que es una herencia rara…

CLARA: (Ha estado hojeando su carpeta) Yo creo que José tenía razón, yo creo que lo hizo porque nos quería… yo creo que quiere decir eso.

ELECTRA: ¿Por qué no? También quiere decir eso… (Se pone a llorar)

Pausa. 

Sin moverse de su sitio la luz baja o cambia. Comienzan y terminan a coro, el texto que recitan entre todos alternadamente:

"Querido Papá: ayer recibí tu carta y estuve pensando toda la noche en lo que me escribiste. Y quiero decirte que tengo tanto orgullo porque sos mi padre; que sé que nunca voy a olvidarme de las promesas que te he hecho, de las promesas que hice sobre mi propia vida: de vos he aprendido que cada uno es responsable por toda la libertad, por toda la solidaridad, por toda la dignidad, por toda la justicia y por todo el amor en el mundo. Y que a esta responsabilidad no se puede renunciar ni durante un solo minuto de nuestra vida y qué nadie puede cargarla por nosotros si queremos ser libres… Y yo te prometo, papá, que voy a ser capaz de recordar todo esto hasta que me muera y que nunca, nunca, voy a traicionarte o traicionarme… Lo único que quiero es crecer, crecer rápido, para convertirme en el ser humano que vos me enseñaste a ser, en alguien libre, solidario y orgulloso, que defiende sus ideas y no se inclina ante nadie, en alguien como vos, Papá querido...".

Oscuridad.





Ilustración: Konstantin Lupanov


Jornadas de lectura

    con Rubén Alberto Paz