martes, 16 de junio de 2026

Romeo y Julieta (William Shakespeare)

 




Ya veo que te ha visitado la reina Mab,


la partera de las hadas. Su cuerpo


es tan menudo cual piedra de ágata


en el anillo de un regidor.


Sobre la nariz de los durmientes


seres diminutos tiran de su carro,


que es una cáscara vacía de avellana


y está hecho por la ardilla carpintera o la oruga


(de antiguo carroceras de las hadas).


Patas de araña zanquilarga son los radios,


alas de saltamontes la capota;


los tirantes, de la más fina telaraña;


la collera, de reflejos lunares sobre el agua;


la fusta, de hueso de grillo; la tralla, de hebra;


el cochero, un mosquito vestido de gris,


menos de la mitad que un gusanito


sacado del dedo holgazán de una muchacha.


Y con tal pompa recorre en la noche


cerebros de amantes, y les hace soñar el amor;


rodillas de cortesanos, y les hace soñar reverencias;


dedos de abogados, y les hace soñar honorarios;


labios de damas, y les hace soñar besos,


labios que suele ulcerar la colérica Mab,


pues su aliento está mancillado por los dulces.


A veces galopa sobre la nariz de un cortesano


y le hace soñar que huele alguna recompensa;


y a veces acude con un rabo de cerdo por diezmo


y cosquillea en la nariz al cura dormido,


que entonces sueña con otra parroquia.


A veces marcha sobre el cuello de un soldado


y le hace soñar con degüellos de extranjeros,


brechas, emboscadas, espadas españolas,


tragos de a litro; y entonces le tamborilea


en el oído, lo que le asusta y despierta;


y él, sobresaltado, entona oraciones


y vuelve a dormirse. Esta es la misma Mab


que de noche les trenza la crin a los caballos,


y a las desgreñadas les emplasta mechones de pelo,


que, desenredados, traen desgracias.


Es la bruja que, cuando las mozas yacen boca arriba,


las oprime y les enseña a concebir


y a ser mujeres de peso. Es la que…



¡Calla, Mercucio, calla!


No hablas de nada.



Es verdad: hablo de sueños,


que son hijos de un cerebro ocioso


y nacen de la vana fantasía,


tan pobre de sustancia como el aire


y más variable que el viento, que tan pronto


galantea al pecho helado del norte


como, lleno de ira, se aleja resoplando


y se vuelve hacia el sur, que gotea de rocío.







Ilustración: James Tissot

lunes, 15 de junio de 2026

La sombra (Francois Mauriac)








En los días en que el calor detenía toda vida,

cuando el sol, sobre las labores extenuadas,

oprimía contra su corazón el viñedo mudo,

en la hora en que el ejército aniquilado de los segadores

aplastaba la hierba bajo cuerpos crucificados,

solo, de pie, en esos días de fuego y de polvo,

frente al sueño abrumado de la tierra,

ensordecido por el grito de innúmeras cigarras

buscaba tu corazón cuando buscaba la sombra.





Ilustración: Salvador Salazar Arrué


domingo, 14 de junio de 2026

Prólogo para discernir la realidad


 




Muchas veces me he preguntado la razón de editar un libro. Cuando era muy joven, cuando recién había publicado mis primeros cuentos en revistas literarias, o incluso mi primer libro, con la evanescente jactancia de los recién iniciados, juzgaba lo que creía yo la imprudencia de los ya consagrados en crear meros remedos de la obra de cada uno. Porque consideraba, en el repentino y abundante fluir de la propia inspiración, que todo estaba en crear un texto tras otro, esmerándose en corregir, publicar y darlos a conocer. Incluso esperar la respuesta del público, y también aceptar el hecho de ser ignorado por los jurados de los concursos literarios como un mérito que nos relegaba al afortunado limbo de los talentosos e incomprendidos por los que consumen la supuestamente fácil literatura comercial.

     Los motivos son tan variados como autores hay, multiplicados por las incontables características personales de cada uno y las circunstancias en que se encuentren. Por supuesto, las variables se multiplican si la selección es de textos propios, porque ya no hay parámetros externos que especifiquen y limiten nuestro trabajo. En el primer caso, pueden influir los aspectos económicos y los egocéntricos, en su mayor parte, y ambos confunden la calidad de los textos fingiéndolos seleccionados por el buen gusto, y sólo a veces condescendiendo en reconocer motivos sentimentales. Casi siempre nos equivocamos, o más bien nos engañamos, y la selección desentona en la mayoría de los casos con los gustos de cada lector, y casi invariablemente también con el del propio autor, tarde o temprano. El motivo principal es que la subjetividad, siempre inevitable, está más enraizada en nuestra psiquis que la utilizada para opinar sobre los demás, donde pueden y deben influir los factores de la educación para cambiar las costumbres aprehendidas. La selección, por lo tanto, debería hacerse, si el autor se obstina en realizarla por sí mismo, en una etapa de la carrera literaria donde se haya asentado tanto una valorada experiencia como una cantidad considerable de textos que representen las variantes dentro de un estilo, y sobre todo haber logrado la suficiente distancia entre el autor y su obra. Si este auto-reconocimiento no es del todo acertado, por lo menos debería prevalecer el sentido común que introduce la duda, elemento tan encomiable como poco estimado en general. Instalada la duda con el rango de única certeza, ella determina a la arbitrariedad como el solo factor común de la selección. Entonces sí podemos hablar de los textos sin compromisos predeterminados, dejando fluir los recuerdos y las circunstancias en que fueron creados, que a la  altura de los años transcurridos pueden ser o no ciertos, pero tienen el sabor de lo entrañable, sensación que incluye tanto la satisfacción de lo realizado como el remordimiento por lo incumplido. Felicidad y dolor, en diferentes dosis o matices. Creo que eso es la virtud principal, y tal vez la gloria, de cualquier arte, su fin y su principio.

     El tiempo, sin embargo,  todo lo invalida, o lo revalida.

     Las rotundas afirmaciones se desvanecen, o se convierten en pedantescas frases que no significan nada. El tiempo va decantando los hechos, formando una capa de valores que puede apreciarse como aquellos frascos que nos hacían preparar en la escuela primaria en la asignatura de biología. Capas profundas que no desaparecen, sino que se consolidan, haciéndose pétreas y persistentes. Y a medida que ascendemos la vista, el resto toma colores más vistosos, atribuyéndolo equivocadamente a la mejor calidad de las sustancias. Por encima, y casi en la superficie, se sustentan los cambiantes productos de la cotidianeidad. Lo que cambia de un momento a otro, lo que por la mañana tiene el aspecto de lo nuevo, por la tarde se enturbia emitiendo un aroma nauseabundo.

     El fondo, en cambio, permanece incólume. Lo que se ha formado en las primeras etapas de cualquier organismo, no tiene adonde ir más que ese último espacio que no deja salida. Bueno o malo, no tiene lugar por el cual escapar, y entonces, con el tiempo, ha aprendido a convertirse. La química es resultado de un aprendizaje, la física es la aplicación de esa experiencia, la psicología la metamorfosis de lo inerte en conductas futuras.

      Lo inconsciente freudiano es un coágulo latente que dura toda la vida. Alguien, con una sola palabra como un filoso escalpelo, puede hacerlo estallar, y el resultado es la definitiva libertad o la locura, y ambos estados quizá representen lo mismo, si bien lo pensamos.

      Con este material trabajan los escritores.

      Las imágenes de la infancia, los recuerdos que imperceptiblemente se van metamorfoseando según lo vivido en el resto de los años, van tomando un sentido de irrealidad que para nosotros es absolutamente la más exquisita realidad. No hay tiempo mejor que el tiempo pasado, nos decimos, incluso tenemos resabios inclasificables de olores, sensaciones, imágenes, sonidos, armonías de tiempos que nos fue del todo imposible haber vivido, porque aún no habíamos nacido. Pero hablamos del cuerpo material, este que nos somete al tiempo y a la intemperante desarmonía de lo meramente exterior: el hierro de los edificios, el concreto de las calles y la irreverente meteorología de lo caprichoso.

      Yo hablo de los golpes iniciales, de las primeras caricias y los incipientes besos. De los paseos por la tarde en un barrio tranquilo, casi desierto a la hora de la siesta, caminando por veredas soleadas, viendo los negocios cerrados, las puertas de las casas entornadas para dejar entrar la brisa del verano, la ventanas abiertas por las cuales puede verse a un chico sentado a una mesa, dejado en penitencia porque no ha querido terminar su almuerzo. Gritos de una madre protestona por sobre el sonido de un televisor siempre encendido. El sonido de un disco girando, y el de una púa que se atasca. Y tal vez, una cama vacía y desordenada junto a la ventana, y también otro chico que desde la puerta de la habitación, nos sorprende espiando por la ventana, con cara de miedo, lento en sus movimientos pero astuto en su reveladora mirada de congoja. Él escucha, como nosotros, la música amarga del corazón humano que llena esa habitación, como si el corazón tuviese la forma y el aspecto de un cuarto de casa vieja, con paredes húmedas y piso descolorido, con una lámpara casi inútil intentando iluminar a regañadientes los rincones donde se esconde todo aquello que no quiere ser visto.

      En esos rincones está el material con el que trabajan los escritores.

 



Leandro  Mallea

“El conciliábulo” Ediciones





Ilustración: Jean Genet

sábado, 13 de junio de 2026

Poema conjetural (Jorge Luis Borges)





El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22 de setiembre de 1829

por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:



Zumban las balas en la tarde última.

Hay viento y hay cenizas en el viento,

se dispersan el día y la batalla

deforme, y la victoria es de los otros.

Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.

Yo, que estudié las leyes y los cánones,

yo, Francisco Narciso de Laprida,

cuya voz declaró la independencia

de estas crueles provincias, derrotado,

de sangre y de sudor manchado el rostro,

sin esperanza ni temor, perdido,

huyo hacia el Sur por arrabales últimos.

Como aquel capitán del Purgatorio

que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,

fue cegado y tumbado por la muerte

donde un oscuro río pierde el nombre,

así habré de caer. Hoy es el término.

La noche lateral de los pantanos

me acecha y me demora. Oigo los cascos

de mi caliente muerte que me busca

con jinetes, con belfos y con lanzas.

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre

de sentencias, de libros, de dictámenes

a cielo abierto yaceré entre ciénagas;

pero me endiosa el pecho inexplicable

un júbilo secreto. Al fin me encuentro

con mi destino sudamericano.

A esta ruinosa tarde me llevaba

el laberinto múltiple de pasos

que mis días tejieron desde un día

de la niñez. Al fin he descubierto

la recóndita clave de mis años,

la suerte de Francisco de Laprida,

la letra que faltaba, la perfecta

forma que supo Dios desde el principio.

En el espejo de esta noche alcanzo

mi insospechado rostro eterno. El círculo

se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.


Pisan mis pies la sombra de las lanzas

que me buscan. Las befas de mi muerte,

los jinetes, las crines, los caballos,

se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,

ya el duro hierro que me raja el pecho,

el íntimo cuchillo en la garganta.





Ilustración: Germán Gárgano

viernes, 12 de junio de 2026

El Duque Blanco (Francesco Gabrieli)





Sigismondo Castromediano, el patricio y patriota de Lecce, prisionero de Settembrini y Poerio durante toda su vida , cerró los ojos en su castillo ancestral de Cabailino el 26 de agosto de 1895. El autor de estas líneas , nacido a principios del siglo XX , no recordaba directamente al " Duque Blanco " , como le habían apodado sus canas prematuras . Sin embargo , un hilo emocional impalpable ha vinculado en ocasiones aquella noble vida con la mía , con un lazo de memoria, devoción y amor; y esta es mi única justificación, después de tantos años y acontecimientos , para recordar aquí su figura , con la melancólica certeza de que , para la corta memoria de más de un lector, tendré que empezar por explicar mejor " quién era " .


Castromediano era heredero de un linaje feudal itinerante que descendió de Alemania a Italia en el siglo XII y se estableció permanentemente en Puglia bajo el dominio de los angevinos. Nacido en 1811, mostró desde joven una pasión por los estudios arqueológicos e históricos , pero toda su vida se vio arrasada por la efervescencia del 48. En primera línea del movimiento constitucional en Lecce ese año , secretario del " Circolo patriottico salentino " , fue , naturalmente , una de las primeras víctimas de la reacción borbónica : arrestado e implicado en el gran juicio político de Terra d' Otranto , fue condenado el 2 de diciembre de 1850 a treinta años de grilletes . Su calvario de diez años lo llevó a Procida , Montefusco , Montesarchio, las prisiones borbónicas más atroces , que Castromediano compartió con Poerio y otros hombres generosos , culpables de haber trabajado por la libertad . Y con ellos compartió las aventureras vicisitudes de la deportación en el 59, narradas por Settembrini en las Ricordanze: el embarque forzoso a América , el desvío del barco a Inglaterra , obtenido con la astucia y la fuerza del propio hijo de Settembrini , la bienvenida festiva de la Albión libre , el regreso al Piamonte, cuando el destino de los Mil ya estaba madurando . De regreso a su patria , Castromediano fue miembro del primer parlamento italiano , pero inmediatamente después de las nuevas elecciones del 65 no fue reelegido ( la memoria corta no es del todo una prerrogativa de nuestro tiempo).


A partir de entonces se retiró a su Salento, donde se dedicó activamente a sus estudios favoritos ( entre otras cosas, fue el fundador del Museo Arqueológico de Lecce ) y trabajó en la redacción de sus Memorias .


Estos son los rasgos externos de la vida , que se pueden encontrar en cualquier enciclopedia . Pero para un pugliese , o al menos el hijo de un pugliese, es natural que los áridos datos biográficos se enriquezcan con elementos personales . Como he dicho , el duque pasó su laboriosa vejez en la pequeña patria liberada , aunque no siempre supo cómo aprovechar al máximo esa libertad , que tanto le había costado y que una vez obtenida parecía tan natural . El electorado pronto se retiró de la vida política , pero los elegidos y los espíritus no olvidadizos siempre se reunían a su alrededor con admiración y gratitud . Ilustres visitantes extranjeros a Puglia , como Bourget en 1890 , lo visitaron en su ermita de Caballino y le dedicaron conmovedoras páginas en sus memorias de viaje ; jóvenes aún desconocidos , pero en quienes florecía ese signo y presagio de nobleza que es la admiración por la verdadera grandeza , recurrían a él como a un confesor y mártir de la libertad. De ese mismo año '90 es una carta de respuesta del Duque a uno de estos jóvenes compatriotas , que encontré hace algún tiempo entre los papeles de mi padre , y me complace publicarla aquí :


Caballino, 7 de agosto de 1890 Querido y buen joven


Tu carta me ha conmovido profundamente y la atesoraré como una última sonrisa que se despide de mi vejez y de mi vida cansada. Revela tu alma noble y generosa , sensible y cortés , y quizás no exenta de algunas ilusiones ; y digo ilusión, porque realmente no me siento como el gran hombre que imaginas . Si hice algo por nuestro país , fue una nimiedad comparado con los miles que tuve como compañeros en la labor . ¡ Ay de mí! Me limité a sufrir con valentía y con la fe de que lograría mis objetivos con este acto desinteresado , pero solo .


Mi querido joven, quisiera servirte por mucho tiempo, pero no tengo fuerzas para hacerlo, ni siquiera dando órdenes a otros, porque hasta la tarea más pequeña me perjudica . Conformate con que te diga simplemente que siempre permanecerás en mi corazón . Estás en el umbral de la vida; me parece que tienes inclinaciones hacia el bien ( tu carta me lo demuestra ) ; cultiva estas inclinaciones , actúa según ellas , evita la adulación egoísta y así podrás allanar el camino hacia la gloria y la estima de la gente buena del mundo .


Como recuerdo , hoy te envío dos fragmentos , o mejor dicho , dos capítulos impresos , extraídos de mis recuerdos, que permanecerán inéditos no sé hasta cuándo , y quizás para siempre . Te abrazo y te envío mi más sentido pésame .

Sigismondo Castromediano.


Para comprender plenamente la vena de melancolía que impregna esta sincera carta del siglo XIX , más allá del cansancio natural de una vida agitada en su ocaso, hay que tener en cuenta más de una decepción que amargó los últimos años del viejo patriota . La decepción política, insinuada por la mezquina esfera electoral , se había extendido en él a esa sensación general de insatisfacción , de desproporción entre el elevado ideal que atesoraba y la prosaica realidad, que atormentaba a tantos espíritus nobles , entre los supervivientes del Risorgimento. Y quizás se sumaba algún otro pesar , más íntimo, más delicado . Los días más felices de la vida de Casiromediano siempre habían sido los que pasó en Turín , a su primer regreso de la prisión y el exilio , en la hospitalaria sociedad de la capital subalpina . El salón en particular de los barones Savio di Bernstiel había acogido y celebrado al exiliado de Salento , en ese círculo intelectual de hombres dignos que recordaría tan afectuosamente en el prefacio de sus memorias : Aleardi y Prati , Marenco y Giannina Milli , Gorresio y Peyron ... Pero sobre todo , la figura de la joven baronesa Adele Savio permaneció viva y querida para la familia Castromediano , la que lo bautizó como "el Duque Blanco ", y a quien estuvo unido hasta el final de su vida por un afecto mutuo, que una actitud delicada y reservada de su parte, arruinado económicamente por las dificultades que había sufrido , le impidió desarrollar y coronar con amor . Aunque así se mantuvo dentro de los límites de una amistad devota , ese dulce vínculo se mantuvo hasta el final de un extremo a otro de Italia , consolando pero al mismo tiempo velando el corazón de Castromediano con la tristeza de un sueño no realizado , y contribuyendo a veces a darle la sensación de una vida desperdiciada . Las " Memorias " de lo que había hecho y sufrido por Italia habían sido redactadas por él desde muy joven , y en 1886 se publicó un ensayo sobre ellas (estos son los dos capítulos mencionados en la carta ); pero quizás la Italia de Umberto ya estaba harta de historias de cadenas perpetuas. y las prisiones del Risorgimento, como la nuestra , pronto se cansaron de oír hablar de la Resistencia; y el fiel amigo de Turín se quedó solo para animar al viejo patriota a publicar la obra íntegramente . Sus recuerdos de prisión parecían destinados a permanecer inéditos "No sé hasta cuándo , y tal vez para siempre " .


Pero en los últimos años del Duque , cuatro jóvenes amigos de Lecce rompieron ese hielo, de indiferencia por un lado y de desconfianza por el otro , y valientemente asumieron el cuidado yla iniciativa de la publicación. El más activo del " cuadrilátero ", como Savio lo llamaba en broma , de esos cuatro amigos expresamente recordados y agradecidos por el autor al comienzo de su libro, estaba el entonces joven profesor Brizio De Sanctis, quien por entonces era durante muchos años director del Instituto Técnico de Lecce y luego senador (y un estrecho parentesco con él es el segundo hilo conductor de estos recuerdos ). De hecho , De Sanctis fue el único revisor y editor de las Prisiones y prisiones políticas de Castromediano , cuyo primer volumen el Duque aún tuvo tiempo de ver impreso en Lecce, en la primavera del 95 ; pero el segundo se publicó póstumamente al año siguiente , con un perfil biográfico del autor, escrito por el propio De Sanctis. La literatura conmemorativa del Risorgimento se enriqueció con esta obra con una contribución muy valiosa , aunque su notoriedad ha permanecido muy inferior a la de los Prigioni y las Ricordanze settembriniane de Pellico . Y para limitar la comparación a este último libro famoso , del compañero en el dolor y Amigo de nuestro Duque, es innegable que supera en mérito literario las memorias de Castromediano , así como la obra completa de Settembrini se eleva , en complejidad e importancia en la historia literaria y civil de Italia, por encima de nuestro memorialista de Salento , quien fue el primero, al publicar su obra , en modestamente retroceder ante esa comparación . Incluso la obra de Castromediano, a la que el editor, como sé por su propio testimonio directo , hizo solo cambios formales muy leves , es también literariamente un documento honorable del genio de ese noble hombre autodidacta , y no cede ante ninguno de sus contemporáneos más famosos en vibrante interés humano , ni en importancia histórica y social . La "negación de Dios " de los Borbones está abundantemente documentada , si aún hubiera alguna necesidad ; y solo experiencias recientes , muy recientes , que permanecieron desconocidas para el Duque Blanco , y luego completamente desconocidas incluso para su joven editor, llevarían a algún lector solitario de la época.

El nieto del primer editor de Castromediano tuvo la suerte de leer ese libro completo bastante tarde y , por una coincidencia totalmente fortuita , esos mismos días pisó por primera vez una prisión como visitante ; no una de los Borbones esta vez , sino una perteneciente al Reino de Saboya de Italia . Mucho había pasado desde que aquel viejo patriota , entregando una bandera a unos atletas en Lecce el Día de la Estatua , dijo : « Jóvenes, la generación que sufrió por el triunfo de esta bandera ya está desapareciendo de la vida: os la entrego con la condición de que la conservéis incontaminada » . Desde entonces, esa bandera , es decir, el amor a una patria libre y civilizada , había pasado a manos de otros jóvenes, a uno de los cuales, muy cercano a mí , fui a visitar a Regina Coeli durante aquella Navidad de 1941. Tampoco vi , naturalmente, los horrores de Santo Stefano y Montefusco ( que, además , habían sido resucitados y perfeccionados, en esos mismos años, en Buchenwald, Belsen , Fòssoli y otros lugares infames ), pero se me encogió el corazón al pensar que había pasado un siglo en vano , y que hombres de espíritu noble volvían a ser atormentados por el capricho de un poder despótico e irresponsable , que podía doblegarlos o perdonarlos a su antojo (porque en ese momento , en verdad , los perdonaba , y los " jóvenes recomendados" se libraban con solo unos meses de prisión). Más tarde , el recuerdo de Castromediano y su libro volvió a mí vívidamente , cuando leí la investigación de " Ponte" sobre las prisiones y el régimen penitenciario italiano de los veinte años posteriores , y vi claramente que esas humillaciones y esas inhumanidades dependían en parte de técnicas penitenciarias retrógradas (y esta es una excusa que los propios Borbones podrían haber invocado ) . pero sobre todo por la indolencia moral y la corrupción, y por una eficaz ocultación de la dignidad humana inalienable tanto en los niveles altos como bajos , desde los guardias de prisión hasta los niveles más altos de la jerarquía relativa . En los regímenes "liberales " " pero de un culto a la libertad débil y tibio , como el de la Italia prefascista y, por desgracia, me temo, también el de la postfascista. Los elementos social y moralmente degradados suelen sufrir esta oscurecimiento de la dignidad humana ; en un régimen borbónico , fascista o de cualquier otro tipo autoritario ( que no acepta ni acepta a quien toca ) , un Settembrini y un Castromediano sucumbieron a ello hace cien años , ayer nuestros mejores hermanos y amigos ; mañana será el turno de nuestros hijos . Que todo aquel que pueda mover un dedo piense en ello para evitar que esto suceda, al menos piense en ello cuando vaya a votar con una papeleta : escuchen .

Al menos ese día , su voto se lo debe , ante todo , a quienes dan menos trabajo a las cárceles y a los campos de concentración .


En cuanto pasó la tormenta y recuperé el contacto con la tierra de mi padre, un día fui a Caballino a visitar el castillo que perteneció a Castromediano . Está a pocos kilómetros de Lecce , a la que se llega fácilmente a pie . Algunos nietos supervivientes aún señalan la habitación donde murió el noble anciano , el bastón de ébano en el que se apoyaba y otras reliquias ( la cadena y la túnica de Montefusco se encuentran en el Museo de Lecce ). Pero aquella pasión y aquella gloria, a los ojos de sus indolentes sucesores , parecían ahora muy lejanas , envueltas en las fabulosas brumas del mito . Me sentí más cerca de él allí , en el pequeño cementerio del pueblo , junto a la capilla noble donde está enterrado , leyendo el austero y cristiano epígrafe que él mismo dictó :


Devuelvo a la tierra lo que es de la tierra , mi espíritu a Dios el Señor, perdona mis faltas .


Una dulce tristeza y reverencia se apoderaron de mi alma mientras conducía a mis hijos allí , ante el lugar de descanso final de aquel hombre al que mi Padre se había dirigido un día con fervor juvenil .


Uno a uno , los amigos del " cuadrilátero " se han ido marchando con el paso de los años; y, por último , incluso el tío Brizio nos dejó recientemente . Muchos otros hombres habían pasado por su vida , incluyendo algunos con los que a Duea le habría resultado difícil confraternizar .


Siempre conservé algo de aquella mañana lejana , y él fue casi un intermediario viviente que me reunió con los magnánimos héroes , nati meltoribus annis, los héroes de la patria resurgente . A menudo me encantaba oírle hablar de aquellos recuerdos lejanos suyos en sus últimos años, con la reverencia que inspira la avanzada vejez , como Hugo cantó admirablemente, y D'Annunzio interpretó admirablemente: el anciano, volviendo a los primeros orígenes, entra en los años eternos, emerge de los días inciertos:

Un anciano de 11 años, que regresa a los primeros orígenes , entra en los años eternos , emerge de los días inciertos ...


Más allá de los inciertos días de hoy, me pareció que el Duque , que iluminó su juventud, todavía lo esperaba en el paso, elevándolo a los antiguos ideales comunes ; y las dos viejas edades se confundieron en el doble misterio de la vida y la muerte .




Ilustración. David Robert Jones


jueves, 11 de junio de 2026

Historia de Abdula, el mendigo ciego (de "Las mil y una noches")






El mendigo ciego que había jurado no recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada de una bofetada, refirió al Califa su historia:


-Comendador de los Creyentes, he nacido en Bagdad. Con la herencia de mis padres y con mi trabajo, compré ochenta camellos que alquilaba a los mercaderes de las caravanas que se dirigían a las ciudades y a los confines de tu dilatado imperio.


Una tarde que volvía de Bassorah con mi recua vacía, me detuve para que pastaran los camellos; los vigilaba, sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente, cuando llegó un derviche que iba a pie a Bassorah. Nos saludamos, sacamos nuestras provisiones y nos pusimos a comer fraternalmente. El derviche, mirando mis numerosos camellos, me dijo que no lejos de ahí, una montaña recelaba un tesoro tan infinito que aun después de cargar de joyas y de oro los ochenta camellos, no se notaría mengua en él. Arrebatado de gozo me arrojé al cuello del derviche y le rogué que me indicara el sitio, ofreciendo darle en agradecimiento un camello cargado. El derviche entendió que la codicia me hacía perder el buen sentido y me contestó:


-Hermano, debes comprender que tu oferta no guarda proporción con la fineza que esperas de mí. Puedo no hablarte más del tesoro y guardar mi secreto. Pero te quiero bien y te haré una proposición más cabal. Iremos a la montaña del tesoro y cargaremos los ochenta camellos; me darás cuarenta y te quedarás con otros cuarenta, y luego nos separaremos, tomando cada cual su camino.


Esta proposición razonable me pareció durísima, veía como un quebranto la pérdida de los cuarenta camellos y me escandalizaba que el derviche, un hombre harapiento, fuera no menos rico que yo. Accedí, sin embargo, para no arrepentirme hasta la muerte de haber perdido esa ocasión.


Reuní los camellos y nos encaminamos a un valle rodeado de montañas altísimas, en el que entramos por un desfiladero tan estrecho que sólo un camello podía pasar de frente.


El derviche hizo un haz de leña con las ramas secas que recogió en el valle, lo encendió por medio de unos polvos aromáticos, pronunció palabras incomprensibles, y vimos, a través de la humareda, que se abría la montaña y que había un palacio en el centro. Entramos, y lo primero que se ofreció a mi vista deslumbrada fueron unos montones de oro sobre los que se arrojó mi codicia como el águila sobre la presa, y empecé a llenar las bolsas que llevaba.


El derviche hizo otro tanto, noté que prefería las piedras preciosas al oro y resolví copiar su ejemplo. Ya cargados mis ochenta camellos, el derviche, antes de cerrar la montaña, sacó de una jarra de plata una cajita de madera de sándalo que según me hizo ver, contenía una pomada, y la guardó en el seno.


Salimos, la montaña se cerró, nos repartimos los ochenta camellos y valiéndome de las palabras más expresivas le agradecí la fineza que me había hecho, nos abrazamos con sumo alborozo y cada cual tomó su camino.


No había dado cien pasos cuando el numen de la codicia me acometió. Me arrepentí de haber cedido mis cuarenta camellos y su carga preciosa, y resolví quitárselos al derviche, por buenas o por malas. El derviche no necesita esas riquezas -pensé-, conoce el lugar del tesoro; además, está hecho a la indigencia.


Hice parar mis camellos y retrocedí corriendo y gritando para que se detuviera el derviche. Lo alcancé.


-Hermano -le dije-, he reflexionado que eres un hombre acostumbrado a vivir pacíficamente, sólo experto en la oración y en la devoción, y que no podrás nunca dirigir cuarenta camellos. Si quieres creerme, quédate solamente con treinta, aun así te verás en apuros para gobernarlos.


-Tienes razón -me respondió el derviche-. No había pensado en ello. Escoge los diez que más te acomoden, llévatelos y que Dios te guarde.


Aparté diez camellos que incorporé a los míos, pero la misma prontitud con que había cedido el derviche, encendió mi codicia. Volví de nuevo atrás y le repetí el mismo razonamiento, encareciéndole la dificultad que tendría para gobernar los camellos, y me llevé otros diez. Semejante al hidrópico que más sediento se halla cuanto más bebe, mi codicia aumentaba en proporción a la condescendencia del derviche. Logré, a fuerza de besos y de bendiciones, que me devolviera todos los camellos con su carga de oro y de pedrería. Al entregarme el último de todos, me dijo:


-Haz buen uso de estas riquezas y recuerda que Dios, que te las ha dado, puede quitártelas si no socorres a los menesterosos, a quienes la misericordia divina deja en el desamparo para que los ricos ejerciten su caridad y merezcan, así, una recompensa mayor en el Paraíso.


La codicia me había ofuscado de tal modo el entendimiento que, al darle gracias por la cesión de mis camellos, sólo pensaba en la cajita de sándalo que el derviche había guardado con tanto esmero.


Presumiendo que la pomada debía encerrar alguna maravillosa virtud, le rogué que me la diera, diciéndole que un hombre como él, que había renunciado a todas las vanidades del mundo, no necesitaba pomadas.


En mi interior estaba resuelto a quitársela por la fuerza, pero, lejos de rehusármela, el derviche sacó la cajita del seno, y me la entregó.


Cuando la tuve en las manos, la abrí. Mirando la pomada que contenía, le dije:


-Puesto que tu bondad es tan grande, te ruego que me digas cuáles son las virtudes de esta pomada.


-Son prodigiosas -me contestó-. Frotando con ella el ojo izquierdo y cerrando el derecho, se ven distintamente todos los tesoros ocultos en las entrañas de la tierra. Frotando el ojo derecho, se pierde la vista de los dos.


Maravillado, le rogué que me frotase con la pomada el ojo izquierdo.


El derviche accedió. Apenas me hubo frotado el ojo, aparecieron a mi vista tantos y tan diversos tesoros, que volvió a encenderse mi codicia. No me cansaba de contemplar tan infinitas riquezas, pero como me era preciso tener cerrado y cubierto con la mano el ojo derecho, y esto me fatigaba, rogué al derviche que me frotase con la pomada el ojo derecho, para ver más tesoros.


-Ya te dije -me contestó- que si aplicas la pomada al ojo derecho, perderás la vista.


-Hermano -le repliqué sonriendo- es imposible que esta pomada tenga dos cualidades tan contrarias y dos virtudes tan diversas.


Largo rato porfiamos; finalmente, el derviche, tomando a Dios por testigo de que me decía la verdad, cedió a mis instancias. Yo cerré el ojo izquierdo, el derviche me frotó con la pomada el ojo derecho. Cuando los abrí, estaba ciego.


Aunque tarde, conocí que el miserable deseo de riquezas me había perdido y maldije mi desmesurada codicia. Me arrojé a los pies del derviche.


-Hermano -le dije-, tú que siempre me has complacido y que eres tan sabio, devuélveme la vista.


-Desventurado -me respondió-, ¿no te previne de antemano y no hice todos los esfuerzos para preservarte de esta desdicha? Conozco, sí, muchos secretos, como has podido comprobar en el tiempo que hemos estado juntos, pero no conozco el secreto capaz de devolverte la luz. Dios te había colmado de riquezas que eras indigno de poseer, te las ha quitado para castigar tu codicia.


Reunió mis ochenta camellos y prosiguió con ellos su camino, dejándome solo y desamparado, sin atender a mis lágrimas y a mis súplicas. Desesperado, no sé cuántos días erré por esas montañas; unos peregrinos me recogieron.




Ilustración: Abdul Mati Klarwein

miércoles, 10 de junio de 2026

La máscara sin rostro (Manuel Mujica Láinez)






El coche de Doña Leonor Montalvo entró en Buenos Aires con gran estrépito. Adentro, derrumbada en los almohadones, la gruesa señora no volvía en sí. Catalina, la mulata, le hacía aire con un abanico. Sus guantes verdes se agitaban como saltamontes. De tanto en tanto, temerosa de que su ama se muriera, asomaba la cabeza a la ventanilla e insultaba al negro Clavel. Iba este montado en una de las mulas delanteras, en el revuelo de las borlas de lana amarilla que eran su orgullo, y casi no la oía. Su traje escarlata se había manchado con el barro del camino y el tricornio se le ladeaba peligrosamente sobre una oreja. Azuzó con largo grito a las dos yuntas y el carruaje pareció cobrar bríos nuevos, mientras brincaba hacia la Plaza Mayor.


El viaje desde San Isidro había sido terrible. No tenía fin la carretera de la costa, sembrada de baches y de pantanos nauseabundos en los que flotaban los cadáveres de las vacas ahogadas. Sacudido locamente, el coche cubrió sin etapas las cinco leguas. Más de una vez estuvieron a punto de regresar a la chacra. Así lo hubieran hecho Catalina y Clavel, de no mediar la orden imperiosa de Doña Leonor.


A los setenta y ocho años, la dama había sentido como un aguijón el deseo impostergable de ver a Rosario Bermúdez, su única parienta como viuda de un sobrino de Don Francisco Montalvo. Durante la última parte de su vida de reclusión, la señora había tratado de atraer a aquella deuda por alianza sin conseguirlo. La muchacha se escurría de su abrazo fofo. En dos lustros, apenas apareció por la quinta. Para verla, Doña Leonor debía emprender el viaje de infinitos cansancios, cada vez más difícil a medida que el tiempo transcurría y aumentaban sus achaques. Esperando seducirla, la señora le había insinuado que sería la heredera de su fortuna, sin que la promesa velada contribuyera a modificar su relación. Rica ella misma, hermosa, independiente, Rosario Bermúdez eludía la intimidad. Su frivolidad y su orgullo de sangre se reflejaban en su actitud cruel hacia la hija del pulpero. Aunque no lo demostraba más que en cierto matiz del tono que enfriaba la atmósfera, cualquiera advertía que no estaban hechas para entenderse.


Pero Leonor, con un empeño que debía al linaje de mercaderes, no daba su brazo a torcer. ¡Ay! ¡Qué triste fue la vejez de Doña Leonor Montalvo! En el aislamiento del caserón aguardaba las noticias de su parienta como perfumados billetes de un amante, sin que nunca llegaran. Se las traían sus negros, que rondaban sin cesar la casa de Rosario. Cuando se enteró de la muerte de Bermúdez, por la cual vistió un luto excesivo, quiso convencerla de que fuera a vivir a San Isidro y, ante su negativa cortés, se ofreció a radicarse definitivamente en Buenos Aires, en un aposento de la casa de la Plaza Mayor. Vanas fueron sus tentativas; inútiles sus argumentos sobre las ventajas que para el buen nombre de una mujer joven y sola encerraba la presencia vigilante de una persona de edad. Doña Leonor dejó traslucir que estaba pronta a abdicar su jerarquía, y a trocarse en una acompañante, en una dueña, para su sobrina, pero no obtuvo nada.


La anciana se lamentaba estérilmente. La lejanía del objeto de su cariño avivaba el fuego de su pasión. En su vida oscura, sin amor y sin amores, caldeaba su viejo corazón la imagen distante de su sobrina. De sus visitas breves regresaba a los Montes Grandes con la visión de una belleza y una elegancia crecientes, sumada a la de un desdén que no cedía. Esas emociones la fustigaban como látigos. Rosario poseía cuanto ella no había tenido: una clara aristocracia racial que resaltaba en sus ademanes, y una vida libre, gozosa, alocada, que impulsaba las lenguas de Buenos Aires. Pocas mujeres fueron tan mentadas entonces como esta viuda temprana y opulenta. En el curso de los cinco años que sucedieron al fallecimiento de su marido, y antes de entrar en los veintiséis, la murmuración le descubrió tres enamorados felices.


Los ecos del escándalo sazonaban la imaginación de la vieja, en su propiedad de la barranca del río. Encadenada a su sillón por su inmensa gordura de hembra de serrallo oriental, pensaba en su sobrina y arrastraba una ficticia existencia de reflejos, acariciando en el aire una quimera ausente. Ni ella misma sabía cuál era la índole exacta de sus sentimientos, mezcla de envidia admirativa ante la realización en plenitud de lo que siempre había soñado; de fijación senil de una llama hasta entonces contenida; de tozudez y despecho ante el rechazo. Disfrazaba todo ello, trampeándose, con el adusto manto del deber. Desde su sillón inmóvil, anclado como un bajel en el jardín oloroso a magnolias, Doña Leonor se probaba holgadamente que su insistencia respondía a motivos altos. Hasta, ahondando el ardid, llegaba a argüirse que, al proceder así, borraba pasadas culpas y que el alma de Don Francisco se lo agradecería.


Seis meses habían transcurrido sin que viera a Rosario. Le escribió infructuosamente, mencionando su salud declinante, y le envió mensajeros, portadores de anchos cestos de naranjas y de piezas de terciopelo suave. La señora de Bermúdez garabateó por fin dos líneas en un trozo de papel. Declaraba que por el momento le sería imposible ir a la chacra. La vista de esas letras desiguales —las primeras que recibía de su parienta— obró como un resorte sobre el ánimo de Doña Leonor. Decidió viajar de inmediato a Buenos Aires. Los reclamos de Catalina, la pequeña mulata, de nada sirvieron. Con sus setenta y ocho años, con su obesidad, con su corazón débil, la señora sufría una vez más el golpe torturador.


Por eso iba desmayada en el coche mientras adelantaban por las calles riesgosas de la villa, que el virrey Vértiz se esforzaba por remendar. Tropezaba el rechinante vehículo, y los vecinos —en una época en que Buenos Aires solo contaba con dieciséis carruajes— lo atisbaban detrás de las rejas, en las casas de adobe y frágil ladrillo que coronaban los parrales, los durazneros, los olivos y los campanarios de azulejos. En el atardecer de marzo, Buenos Aires disimulaba su pobreza con la suntuosidad del cielo púrpura, decorador de tapias y tejados.


Catalina, la mulata, nació en uno de los ranchos de la servidumbre, en la quinta de San Isidro. Su padre, el negro Don Fermín, había sido esclavo de los Montalvos desde que desembarcó en el Río de la Plata. La muchacha no había conocido a su madre y Don Fermín murió cuando era muy niña. Huérfana de ternura, volcó la suya, que era muy grande, en Doña Leonor. Desde su infancia, cuando la señora no había alcanzado todavía los límites de gordura que impedían sus paseos, solía acompañarla en caminatas lentas por los senderos del jardín. La viuda la miraba como a un monito travieso de aquellos que los negreros traían de África, sobre el hombro. Le divertía vestirla y aderezarla como a una muñeca. Le envolvía el cuerpo grácil, apenas dibujado, con géneros chillones; le colgaba de los lóbulos anillos con cuentas tintinantes; le regalaba fruslerías —como esos guantes verdes que ahora pasaban y pasaban, inquietos, sobre su frente lívida—, y siempre la tenía a su lado. No se percataba del hondo cariño que había despertado en ese ser callado y sonriente que le aventaba las moscas con una hoja de palma. Cegada por la obsesión de Rosario, no sabía que Catalina hubiera hecho cualquier cosa por ella.


La mulata había seguido noche a noche el progreso del mal de su ama, con esa devoción animal de la cual solo es capaz la raza oscura. Por eso, mientras el coche se detenía con brusco tirón de riendas ante la casa de los Bermúdez, dos lágrimas temblaban en sus párpados. Sentía que su señora se le iba de entre los brazos, de entre las manecitas verdes que se aferraban a su carne blanda e impasible.


Había en la casa inusitado movimiento. Cuando Clavel empujó la puerta, el patio apareció iluminado como un altar. A su llamado acudieron dos negros bozales de jeta estúpida. Entre todos descendieron el inmenso fardo de Doña Leonor. Fue tarea complicadísima, pues apenas cabía por la portezuela. Levantándola entre los cuatro, lograron pilotear su mole hasta el zaguán. Los esclavos hacían visajes y Catalina lloraba en silencio. De un rincón surgió una sombra espectral que se adelantó hacia la extraña comitiva. Era un hombre joven, alto, erguido, cubierto hasta los pies con su capa pardusca. Un capucho, a modo de las cogullas fraileras, le caía sobre la faz. La parte inferior de la cara se ocultaba con un pañuelo sin color. Cuando alzó la cabeza se le vieron los ojos, como carbones encendidos. Alargó un muñón vendado y con voz ronca, inhumana, imploró la limosna de su señoría. Doña Leonor se recobró vagamente e hizo una mueca de espanto. La serenó la esclava niña.


—Sosiéguese su melcé mi ama. Es el malato de San Lázaro.


La señora recordó, como en una niebla, que hacía años que se hablaba de enviar al incurable a un hospital de Lima, pero que seguía andando alrededor de la Catedral y de las casas principales. Del fondo de una pesadilla, ascendió nítido, como atravesando corrientes turbias, el rostro sin nariz y sin labios que había visto una sola vez. Un segundo vahído la hizo flaquear, y apretó los puños sobre el corazón, mientras los negros sacaban del zaguán al intruso con ademanes destemplados.


A medida que recorrían los salones con su enorme carga, Catalina notaba signos de que allí se preparaba algún acontecimiento singular. La plata y los cristales arrojaban chispas. Sobre una consola, alineábanse los mates de oro. Ardían los pebeteros. Los últimos jazmines languidecían en los vasos transparentes. En una mesa larga, lujosa, aprestábase un convite para muchos invitados. Depositaron a Doña Leonor en un sillón que gimió bajo su peso. La respiración se le acortaba y una palidez letal se le extendía sobre los pómulos hinchados.


Por la puerta del estrado surgió, como en un paso de comedia, Rosario Bermúdez. Catalina, que la odiaba y celaba, pues intuía cuánto había hecho padecer a su señora, no pudo reprimir un gesto admirativo. Jamás le había parecido tan bella. Vestía a la moda de la majeza española, pues se desvivía por conocer sus mudanzas más audaces. Imitaba, como informada que estaba de las usanzas de la corte, el desplante de las duquesas amigas de cantaores y toreros, con una pimienta de garbo popular y de donaire aristocrático. Llevaba una falda con volantes de tafetán que descubría el zapato escotado. Una mantilla negra, alzada por el peinetón y adornada con flores encarnadas, le caía sobre los hombros. Tenía en una mano un antifaz y en la otra un abanico. Relampaguearon sus ojos rasgados, sensuales. En un segundo abarcó la situación. Su timbre vibró, atiplado, nervioso:


—¿Qué es esto, Leonor?


—La siñola viene enfelma —musitó la mulata.


Titubeó la presunta manola. Se mordió los labios.


—Pues es menester quitarla de aquí, Catalina. ¿Cómo pudo ocurrírsele venir en ese estado y tan luego hoy que tenemos baile? ¡A ver! ¡Álcenla ustedes!


Catalina quiso responder que su ama estaba muy mal y que lo más aconsejable sería no moverla, pero ya la habían cargado en vilo y la conducían hacia los aposentos interiores. En uno de ellos la acostaron. Salieron los negros, demudados por la vecindad de la desgracia. Agoreramente, se apiñaron en la galería. Rosario acercó el oído, con inclinación modosa al pecho de su tía. Luego curvó las cejas perfectas y volvió los ojos hacia Catalina:


—Ha muerto.


La pequeña rompió a llorar. Sin saber qué hacer, la viuda de Bermúdez contempló la figura informe que agobiaba el lecho. Le costaba discernir, perdidos en la grasa que pronto empezaría a disolverse, los rasgos que hechizaron a Montalvo hasta inducirlo a casar fuera de su medio. Se preguntó si el caballero habría sido feliz con ella y, sacudiendo los rizos, ahuyentó la imagen de lujuria que súbitamente se diseñó en su espíritu y que le mostró a la pareja enlazada, frenética, en una de las habitaciones sombrías del quintón. Ante la desaparición de su parienta no sentía ni pena ni alivio. Lo único que la desazonaba era lo inoportuno del acontecimiento. Cerró los párpados de Leonor y juntó sus manos. ¿Qué más podía hacer? Desde su marco dorado, un espejo barroco le devolvió su silueta de modelo de Goya. Halagada, distraída del percance, arqueó el talle mórbido, esbelto, y dio un toque a la mantilla.


Catalina, de hinojos junto a la cama, daba rienda suelta a los sollozos. “¡Dios mío! —pensó la señora—. ¿Quién les mandó venir aquí? ¿Por qué no quedaron en la chacra?”. Miró una vez más al cadáver grotesco y comprendió cuánto había despreciado, en su fuero íntimo, a aquella mujer vulgar. Durante los últimos ocho años había palpado su presencia en torno, sin cesar, aun desde la lejanía de San Isidro, como si Leonor la anduviera espiando siempre.


Un negro despavorido, absurdo dentro de su casaca celeste, asomó por la puerta para anunciar la llegada del virrey del Río de la Plata. Rosario golpeó con las uñas el abanico.


—Catalina —dijo con voz segura—, tendremos que dejarla así. Yo no había previsto la visita y menos tan desventurado desenlace. Hay invitados. Lo mejor será no revelarles nada. Luego velaremos a la tía. Ven conmigo.


La mulata vaciló, pero la señora la sacó afuera de un brazo. Dio una vuelta a la llave de la habitación y la guardó en el seno.


—Vete al segundo patio y come algo, mujer. Más tarde hablaremos.


Se anudó el antifaz, abrió el abanico de nacaradas varillas y entró en el salón frontero de la calle, cuyos muebles de jacarandá, de caoba y de cocobolo se desperezaban en el tiritar de las velas y de los candiles.


 


 


Aunque Don Juan José de Vértiz y Salcedo solo la honró media hora, la fiesta resultó memorable. Un viajero apicarado que anduvo por Buenos Aires a la sazón, cuenta que las cenas de máscaras se habían introducido en la ciudad a costa de mucho expendio y apoplejías. Remedábanse con ellas los saraos cortesanos de Carlos III, quien impuso en España el gusto italiano de los carnavales. La caricatura colonial no carecía de color. No faltó nadie al convite: ni Don Antonio José de Escalada, ni los Azcuénagas, ni los Balbastros, ni Don Agustín Wright, ni Don Manuel Antonio del Moral, ni el capitán de navío Pedro de Cárdenas, ni los Aranas, ni Altolaguirre, ni Doña Josefa del Rivero, ni Don Diego de Alvear y Ponce de León, quien había arrojado un dominó azafranado sobre su uniforme rojo y azul.


Rosario Bermúdez no cabía en sí de placer. Había nacido para eso, para triunfar en un mundo de elegancias y juegos sutiles. ¿Qué le importaba que bajo los antifaces venecianos se ocultaran, en la mayoría de los casos, unos honrados comerciantes lugareños, si estaba allí la flor de Buenos Aires, mimándola, adulándola con la frase y el pestañear?


Sonaban los violines no muy justos y las parejas prolongaban la danza, mientras iban de mano en mano los sorbetes y los dulces almibarados por las monjas. ¡Cómo oprimía la diestra de Rosario su cortejante de turno, en las figuras del baile! ¡Y qué bien resplandecía la cruz de Calatrava sobre el raso del virrey! Alucinada, la dama creía hallarse en una de esas mascaradas que ha pintado Tiepolo y que le había descrito un amigo vagamundo.


Había relegado a un desván de la memoria la estampa de la muerta tendida a pocos metros. Diríase que al correr el cerrojo sobre ella lo había corrido también sobre su recuerdo. Una vez en el transcurso de la noche la sobrecogió el remordimiento, pero presto lo sacudió de sí, como si alejara una mano fría que se le había deslizado en la desnudez del escote.


Cantaba en las mesas la vajilla de plata de los Bermúdez. En el patio, alrededor del aljibe, bajo las jaulas de sonora pajarería, se enlazaban las confidencias. Atmósfera y huéspedes creaban el tono que Rosario pugnaba por obtener y que resultaba tan desconcertante en el Buenos Aires pacato de los primeros virreyes. Y los negros asustados de calzón corto seguían ofreciendo las jícaras de refrescos, en bandejas grandes como escudos de guerra.


 


 


Al abrigo de la higuera del segundo patio, la morenada, excitada por el ambiente festivo, participaba de la bulla. Lo que en las salas aparatosas se trajeaba de cortesanía, tenía aquí un carácter bestial e ingenuo. Algunos, movidos por la superstición del disfraz que hervía en su sangre africana, habíanse despojado de la camisa europea para pintarrajearse el torso. Saltaban como simios, contorsionando la cara burlescamente. En tres oportunidades, Rosario mandó decir que apagaran la gritería. Callaban un momento y luego, abrasados por los licores, reanudaban la zarabanda infernal entre los repollos de la huerta.


Sentada en un banco de hierro, Catalina se tapaba los ojos. Era una muñeca curiosa, con su vestido nevado, la faja color de esmeralda que le rodeaba la breve cintura, y la mota negrísima apuntando sobre los guantes verdes. Al cabo de dos horas había cesado de llorar. No quiso probar bocado. Sentía que algo se le estaba helando dentro del cuerpo, acaso el corazón, y le dolía como una piedra afilada. El veneno del rencor sucedía a la amargura. Sus pensamientos huían hacia su dueña, abandonada como un trasto en la alcoba vacía, mientras las damas y los caballeros danzaban al compás de las cuerdas y los esclavos se desgañitaban como dementes. Su corta existencia se le representaba en escenas rápidas, y valoraba cuánto debía a Doña Leonor. Medía la injusticia de esa muerte disimulada para proteger la vanidad egoísta, y la aversión que desde niña alimentara contra Rosario crecía en su pecho, como una flor espinosa y maléfica.


Se descubrió la faz y vio, a la distancia, al joven enfermo del mal de San Lázaro. Sin duda había logrado deslizarse hasta allí aprovechando la confusión. Apoyada en un pilar, espiaba por el corredor la fiesta de los señores. El capucho le había descendido levemente sobre la espalda. Un macabro vendaje le envolvía parte del rostro, pero Catalina distinguió, sobre la nariz y la boca roídos por la corrupción que pudre la carne, sus ojos espantosamente vivos.


En ese instante Rosario despedía a los últimos convidados. Presagios de amanecer teñían el cielo. Llameaba en los adioses las gargantillas de diamantes; redondeábanse las chupas bordadas con flores; la risa cascabeleaba histérica. La esclava advirtió que el malato no perdía ni uno de los movimientos de la señora.


Ya no quedaban sillas de manos en el zaguán. Lo negros mataban las luces, ebrios, tambaleándose. Llenóse la casa con el olor de la cera. Catalina se acercó a Rosario para rogarle que le permitiera entrar en la habitación de su ama. La viuda, pálida de fatiga, arrugada la falda, deshechos los pliegues del mantón por el abrazo de su amante, cortó la súplica humilde.


—Mira, Catalina, más vale que te acuestes. Mañana traeremos al deán Andújar y tendremos el velatorio y pasado mañana los funerales, pero esta noche nada me pidas. El cansancio me rinde.


Hablando, ganó su aposento. Todavía añadió:


—Pronto será el día nuevo, Catalina. Ya nos ocuparemos… no temas… ya nos ocuparemos…


La mulata permaneció clavada en su sitio. En su interior algo se le rompía en las venas y la inundaba de fuego. Sacó la llave de la puerta de Rosario y se llegó a la estancia clausurada de Doña Leonor, frente a la cual hizo la señal de la cruz. Clavel, que oraba de rodillas, la llamó quedamente por detrás. La niña se volvió y al reconocer al criado le dijo:


—Nos vamos enseguida, Don Clavel. Plepala el coche.


Luego volvió al segundo patio en el que roncaban los negros ahítos. El embozado seguía en su apostadero, como quien sueña. Bajo el manto se le dibujaba la hechura casi adolescente. Venciendo su repugnancia, la pequeña le rozó la capa monjil. El hombre se estremeció y quiso prevenirla de que no se aproximara, pero Catalina le tomó una mano. Bajo el guante verde, palpó con horror el muñón sin dedos que luchaba por desasirse.


—Ven conmigo —susurró.


El otro, seducido por la voz autoritaria, se dejó hacer. Juntos cruzaron el corredor hacia la galería de alero. Se detuvieron ante la alcoba de Rosario. Adentro, oíanse los pasos de la señora que se desnudaba. Ahora caía sobre el piso de baldosas la falda con volantes de tafetán. Ahora se desceñía los encajes rumorosos. Ahora se quitaba las medias caladas y descubría las piernas finas como columnas. Ahora…


La mano monstruosa del muchacho temblaba en el guante de la esclava. Catalina entreabrió la puerta sin ruido y lo empujó hacia la bella mujer de pechos frescos que allá dentro se peinaba frente a un espejo sostenido por querubes. No se escuchó más que un grito ahogado. La niña dio dos vueltas a la llave en la cerradura y la guardó en el seno, tal como hiciera Rosario con la de la estancia en la cual la muerta yacía sola.


El carruaje aguardaba junto al farol del zaguán. Cuando salían de Buenos Aires, la muchacha arrojó por la ventanilla los guantes verdes como saltamontes, los guantes que habían tocado al leproso.





Ilustración: Emiliano Di Cavalcanti

Romeo y Julieta (William Shakespeare)

  Ya veo que te ha visitado la reina Mab, la partera de las hadas. Su cuerpo es tan menudo cual piedra de ágata en el anillo de un regidor. ...