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jueves, 5 de noviembre de 2026
miércoles, 4 de noviembre de 2026
Historia de Maruf el zapatero (de "Las mil y una noches")
Se cuenta, ¡oh rey feliz!, que en la ciudad de El Cairo —la bien protegida— vivía
un hombre que remendaba zapatos viejos. Se llamaba Maruf. Tenía una mujer
llamada Fátima y apodada al-Urra. Se le dio este apodo porque era libertina,
pérfida, desvergonzada y muy intrigante. Dominaba a su marido, y no perdía
ocasión para cubrirlo de injurias y maldiciones. El marido temía su maldad y se
asustaba de sus malas artes, pero como era hombre inteligente se avergonzaba
por su honor. Si ganaba mucho, lo gastaba para su mujer, y si ganaba poco, se
vengaba en su propio cuerpo la misma noche, destruyendo su salud y haciendo
de la noche una de las páginas del libro del destino. Era, tal como dijo el poeta:
¡Cuántas noches he pasado con mi mujer del peor modo posible!
¡Ojalá antes de presentarme ante ella le hubiese dado un tóxico y la
hubiese envenenado!
He aquí una de las muchas cosas que le ocurrieron con su mujer. Ésta le dijo:
« ¡Maruf! Quiero que esta noche me traigas kunafa con miel de abejas» . Le
contestó: « ¡Ojalá Dios (¡ensalzado sea!) me facilite su adquisición y pueda
traértela esta noche! Hoy no tengo dinero; pero nuestro Señor proveerá» . « ¡No
entiendo esas palabras!
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche novecientas noventa, refirió:
—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [la mujer de Maruf prosiguió:] » …
Tanto si lo facilita como si no, has de traerme kunafa, la que tiene miel de abeja;
si vienes sin la kunafa he de hacer que tu noche sea como la suerte que tuviste
cuando te casaste conmigo y caíste en mi mano.» Él replicó: « ¡Dios es
generoso!» Salió con miedo en el cuerpo, rezó la oración de la mañana y abrió
la tienda, mientras decía: « Te ruego, Señor mío, que me concedas algo con que
comprar la kunafa, librándome del daño de esa libertina en la próxima noche» .
Permaneció sentado en la tienda hasta el mediodía, pero no recibió ningún
encargo. Se llenó de terror al pensar en su esposa. Se puso en pie, cerró la tienda
y quedó perplejo ante lo que le sucedía por culpa de la kunafa, ya que no tenía ni
para comprar un pedazo de pan. Pasó ante la tienda de un pastelero, quedó
estupefacto, y sus ojos se cubrieron de lágrimas. El pastelero, al verlo, le
preguntó: « ¡Maestro Maruf! ¿Qué te ocurre, que lloras? ¡Cuéntame lo que te
sucede!» Le explicó la historia y añadió: « Mi esposa es una fiera y me ha
pedido kunafa. He permanecido en la tienda hasta medio día, pero no he ganado
ni para un pedazo de pan, y le tengo miedo» . El pastelero se echó a reír y dijo:
« ¡No temas! ¿Cuántas libras quieres?» « ¡Cinco!» Le pesó las cinco libras y le
dijo: « Tengo la manteca, pero no dispongo de miel de abejas; en cambio tengo
caramelo, que es mejor que la miel de abejas. ¿Qué inconveniente hay en que,
en vez de miel, sea caramelo?» Maruf se avergonzó, pues tenía que pedirle que
esperase a cobrar. Le dijo: « Dame el caramelo» . El pastelero frió la kunafa con
la manteca, la sumergió en caramelo, y el guiso quedó dispuesto para servirse a
los reyes. Le preguntó: « ¿Necesitas pan y queso?» « ¡Sí!» Tomó cuatro medios
dirhemes de pan, uno de queso y la kunafa, que valía diez. Le dijo: « Maruf: te
llevas quince medios dirhemes. Ve junto a tu esposa, disfruta y quédate este
medio dirhem para los gastos del baño; ya me darás el dinero dentro de uno, o
dos o tres días o cuando puedas. No seas severo con tu mujer, pues yo esperaré
hasta que los dirhemes que tengas sean superiores a tus gastos» . Maruf cogió la
kunafa, el pan y el queso, y se marchó haciendo votos por él y con el espíritu
tranquilo. Decía: « ¡Gloria a Ti, Señor mío! ¡Cuán generoso eres!» Se presentó
ante su mujer, y ésta le preguntó: « ¿Has traído la kunafa?» « Sí» . Y se la dio. La
mujer la miró y vio que era caramelo. Le dijo: « ¿Es que no te he dicho: “Tráela
con miel de abejas”? Has hecho todo lo contrario de lo que deseaba, y la has
traído con caramelo de azúcar de caña» . Se excusó y le dijo: « La he comprado
a crédito» . « ¡Son vanas palabras! ¡Sólo comeré la kunafa si está hecha con miel
de abejas!» La mujer, indignada con la kunafa se la arrojó y le dijo:
« ¡Levántate, espíritu de contradicción, tráeme de la otra!» Le dio un puñetazo
que le hizo saltar un diente. La sangre corrió hasta el pecho, y se puso tan furioso
que golpeó a su mujer en la cabeza. Ella lo agarró por la barba y empezó a
gritar: « ¡Musulmanes!» Los vecinos entraron, libraron sus barbas de las manos
de la mujer y cubrieron a ésta de injurias e improperios. Le dijeron: « Todos
nosotros nos conformamos con comer kunafa hecha de caramelo de azúcar. ¿Por
qué te muestras tan dominante con este pobre hombre? Esto es una falta de tu
parte» . Siguieron insistiendo hasta que reconciliaron a los dos esposos. Pero en
cuanto se hubo marchado la gente, la mujer juró que no comería kunafa. El
hambre dominaba al remendón, quien se dijo: « Ella ha jurado que no la comerá
pero yo sí me la comeré» . La mujer, al verlo comer exclamó: « ¡Ojalá se
convirtiera en veneno y te estropeara el cuerpo!» Él replicó « No será como
dices» . Siguió comiendo, riéndose y diciendo: « Tú has jurado que no comerás
de esto. Pero Dios es generoso, y si Él lo quiere, mañana por la noche te traeré
kunafa con miel de abejas y te la comerás tú sola» . Siguió consolándola,
mientras ella lo maldecía, no paró de injuriarlo e increparlo hasta la mañana. Al
amanecer se dispuso a pegar al marido. Éste le dijo: « Espera a que regrese sin la
kunafa» . Salió hacia la mezquita, rezó, se fue a la tienda, la abrió y se sentó.
Apenas acababa de instalarse cuando aparecieron dos alguaciles enviados por el
juez. Le dijeron: « ¡Ven a hablar con el cadí! Tu mujer ha presentado una
querella contra ti. Ella es así y asá» . La reconoció y dijo: « ¡Que Dios
(¡ensalzado sea!) la castigue!» Se puso en pie y los acompañó hasta encontrarse
ante el cadí. Vio allí a su mujer con el brazo vendado y el velo teñido de sangre.
Estaba en pie, llorando y secando sus lágrimas. El juez le dijo: « ¡Oh, hombre!
¿Es que no temes a Dios? (¡ensalzado sea!) ¿Cómo apaleas y partes el brazo a
esta mujer? ¿Cómo le arrancas un diente y la tratas así?» El marido replicó: « Si
le he pegado y arrancado un diente, condéname. Pero la historia es ésta y ésta, y
los vecinos nos han reconciliado» . Le refirió todo desde el principio hasta el fin.
El cadí era un hombre de bien: sacó un cuarto de dinar y le dijo: « ¡Oh, hombre!
Coge esto dale la kunafa con miel de abejas y reconciliaos» . « ¡Entrégaselo a
ella!» Ella lo cogió, y el juez dijo: « ¡Mujer! Obedece a tu marido. ¡Hombre!
Ten compasión con ella» . Salieron reconciliados de delante del cadí, y la mujer
tomó un camino y el marido otro, que lo condujo a la tienda. Se sentó. Poco
después aparecieron los alguaciles, que le dijeron: « ¡Paga nuestros honorarios!»
« El cadí no me ha cobrado nada antes, al contrario, me ha dado un cuarto de
dinar» . « Nosotros nada tenemos que ver con lo que el cadí te haya dado o te
haya quitado. Si no nos pagas nuestros honorarios, los cobraremos a la fuerza.»
Lo arrastraron al zoco, vendió sus utensilios, les entregó medio dinar y entonces
se marcharon. El remendón apoyó la mejilla en su mano y se sentó, triste, ya
que carecía de instrumentos con que trabajar. Mientras se encontraba así, se le
presentaron dos hombres de mal aspecto, que le dijeron: « ¡Hombre! Ven a
hablar con el cadí: tu mujer ha presentado una querella contra ti» . Les replicó:
« ¡El juez nos ha reconciliado!» « Nosotros venimos de parte de otro juez; tu
mujer se ha querellado ante el nuestro» . Se puso en pie mascullando injurias
contra su mujer. Al verla, le dijo: « ¡Hija legítima! Pero, ¿es que no nos hemos
reconciliado?» « ¡Entre nosotros dos no hay reconciliación posible!» El marido
se acercó al juez, le refirió la historia y añadió: « El juez Fulano nos ha
reconciliado hace un momento» . El cadí la increpó: « ¡Desvergonzada! Si os
habéis reconciliado, ¿por qué has venido a querellarte ante mí» ? « ¡Es que
después me ha vuelto a pegar!» « Bueno: reconciliaos, tú no volverás a pegarle,
y ella no volverá a desobedecerte.» Se reconciliaron. El juez añadió: « ¡Paga los
honorarios a los alguaciles!» Él los pagó y regresó a su tienda. La abrió y se
sentó como un beodo, pues estaba completamente trastornado. Mientras se
encontraba así, acudió un hombre, que le dijo: « ¡Maruf corre, escóndete! Tu
mujer ha presentado una querella ante el Tribunal Supremo, y sus esbirros
vienen en tu busca» . Cerró la tienda y huyó en dirección a Bab al-Nasr. De la
venta de sus enseres e instrumentos le habían quedado cinco medios dirhemes de
plata. Compró cuatro de pan y uno de queso, mientras huía. Todo esto ocurrió en
invierno, al mediodía. Cuando ya se encontraba entre los montículos de
desperdicios, lo sorprendió una lluvia torrencial que empapó su ropa. Entró en al
Adiliyya y encontró un lugar en ruinas y un depósito destrozado y sin puerta.
Penetró en él para resguardarse de la lluvia, ya que todas sus cosas estaban
empapadas de agua. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas; deprimido por lo
que le había pasado, decía: « ¿Adonde huiré para escapar de esta desvergonzada?
¡Te ruego, Señor mío, que me conduzcas a alguien que me lleve a un remoto
país, de modo que ella no conozca mi camino!» Mientras se encontraba sentado
llorando, se hendió la pared y salió de ella una persona de elevada estatura y de
un aspecto tal que producía escalofríos. Le preguntó: « ¡Oh, hombre! ¿Qué te
sucede para intranquilizarme así esta noche? Yo habito este lugar desde hace cien
años, y jamás he visto a nadie entrar en él y hacer lo que tú has hecho. Exponme
tu deseo y yo satisfaré tus necesidades. Mi corazón siente compasión por ti» .
Maruf preguntó: « ¿Quién y qué eres?» « Soy el habitante de este sitio.» El
remendón le explicó todo lo que le había sucedido con su esposa. El otro le
preguntó: « ¿Quieres que te lleve a un país cuyo camino sea desconocido por tu
esposa?» « ¡Sí!» « Súbete en mis hombros.» subió y lo transportó desde el ocaso
a la aurora, hasta dejarlo en la misma cima de un monte elevado.
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche novecientas noventa y una, refirió:
—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [después] le dijo: « ¡Ser humano!
Desciende de la cima de este monte; te encontrarás en el umbral de una ciudad:
entra en ella; tu mujer no sabrá el camino ni podrá alcanzarte» . Lo dejó y se
marchó. Maruf se quedó perplejo y aturdido hasta la salida del sol. Se dijo: « Me
pondré en marcha y bajaré del monte a la ciudad. Seguir aquí no tiene interés
alguno» . Bajó a la falda del monte y se encontró ante una ciudad de altas
murallas, elevados alcázares y lujosos edificios: constituía el encanto de todos los
que la contemplaban. Entró por la puerta de la misma y vio que ésta regocijaba
el corazón entristecido. Recorrió el zoco. Los habitantes de la ciudad lo miraban.
Formaron círculo en torno a él y examinaron sus vestidos, ya que no se parecían
a los de ellos. Uno de los habitantes le preguntó: « ¡Oh, hombre! ¿Eres
extranjero?» « ¡Sí!» « ¿De dónde?» « De la feliz ciudad de El Cairo.» « ¿Hace
mucho que la has dejado?» « Ayer al mediodía.» Aquel hombre se echó a reír y
clamó: « ¡Gentes! ¡Venid! ¡Ved a este hombre! ¡Oíd lo que dice!» Preguntaron:
« ¿Qué dice?» « Asegura que es de El Cairo y que ayer al mediodía salió de la
ciudad.» Todos se rieron y las gentes se aglomeraron. Dijeron: « ¡Hombre!
¿Estás loco para decir tales palabras? ¿Cómo aseguras que dejaste El Cairo ayer
al mediodía si ahora estás aquí? Entre nuestra ciudad y la de El Cairo hay un año
entero de marcha» . Les replicó: « Yo no estoy logo; lo estáis vosotros. Yo he
dicho la verdad: este pan es de Egipto, y aún está fresco» . Les mostró el pan y
empezaron a examinarlo y admirarlo, ya que no se parecía al pan de su país. El
gentío iba en aumento. Decían: « Esto es pan de El Cairo, miradlo» . Maruf se
hizo célebre en aquella ciudad: unos lo creían, mientras que otros se burlaban de
él. Entonces se acercó un comerciante; iba montado en una mula y lo seguían
dos esclavos. Lo dejaron pasar y dijo: « ¡Gentes! ¿No os avergonzáis de reuniros
en torno a este hombre forastero y de burlaros y reíros de él? ¿Qué os sucede con
él?» Siguió riñéndolos hasta que los grupos se disolvieron sin que nadie se
atreviese a contestarle. Luego dijo a Maruf: « ¡Acércate, amigo mío! Ésos no
han de causarte ningún daño, no tienen vergüenza» . Lo llevó consigo y lo
condujo a una casa amplia y lujosa. Le hizo sentarse en un estrado regio y dio
órdenes a los esclavos. Éstos abrieron una caja, sacaron una túnica de
comerciante muy valiosa y se la hizo poner. Maruf era de buen ver, y con ella
daba la sensación de ser el síndico de los mercaderes. Después, el comerciante
pidió la mesa y la colocaron ante él; contenía preciosos platos y guisos de todas
clases. Comieron y bebieron. Le preguntó: « ¡Hermano mío! ¿Cómo te llamas?»
« Me llamo Maruf, y soy zapatero remendón.» « ¿De qué ciudad eres?» « De El
Cairo.» « ¿De qué barrio?» « ¿Es que conoces El Cairo?» « Soy uno de sus
hijos.» « Soy de Darb al-Ahmai.» « ¿Y a quién conoces de ese barrio?» « A
Fulano y a Zutano» , y le citó a mucha gente. Le preguntó: « ¿Conoces al jeque
Ahmad al-Attar?» « Somos vecinos, pared por pared.» « ¿Está bien de salud?»
« ¡Sí!» « ¿Y cuántos hijos tiene?» « Tres: Mustafá, Muhammad y Alí.» « ¿Y qué
ha hecho Dios de sus hijos?» «Mustafá está bien, es un sabio maestro;
Muhammad es droguero y ha abierto una tienda al lado de la de su padre; se ha
casado, y su mujer ha dado a luz un hijo que se llama Hasán.» « ¡Que Dios te
alegre siempre con buenas noticias!» , interrumpió el mercader. Maruf siguió:
« Alí fue mi compañero de infancia, y siempre jugábamos juntos, nosotros
íbamos, disfrazados de cristianos, a las iglesias de éstos; robábamos sus libros y
los vendíamos; con lo que sacábamos comprábamos cosas. Una vez los cristianos
nos vieron y nos cogieron con un libro. Se quejaron a nuestras familias y dijeron
a su padre: “Si no impides que tu hijo nos perjudique, nos quejaremos al rey”.
Los tranquilizó y dio a Alí una soberbia paliza que fue causa de que huyese y no
se supo adonde había ido. Hace ya veinte años que está ausente, y no se sabe
nada de él» . El mercader le replicó: « Pues yo soy Alí, el hijo del jeque Ahmad
al-Attar; tú, Maruf, eres mi amigo» . Ambos se saludaron. El mercader siguió:
« ¡Maruf! Cuéntame la causa de tu venida desde El Cairo a esta ciudad» . Le
refirió la historia de su esposa, Fátima al-Urra, y lo que había hecho con él, y
añadió: « Cuando sus malas artes se abatieron sobre mí, huí en dirección a Bab
al-Nasr. La lluvia me mojó, y me metí en un almacén en ruinas situado en al
Adiliyya. Me senté a llorar. El habitante de aquel lugar se presentó ante mí: era
un efrit de los genios. Me interrogó y le expliqué mi situación. Me hizo subir en
sus hombros y voló conmigo durante toda la noche entre la tierra y el cielo.
Después me depositó en el monte y me informó de la existencia de la ciudad.
Entré en ella, la gente se agrupó a mi alrededor y me interrogó. Les contesté:
“Yo salí ayer de El Cairo”. No me querían creer. Pero llegaste tú, alejaste a la
gente que tenía a mi alrededor y me trajiste a esta casa. Tal es la causa de mi
marcha de El Cairo. ¿Y tú, por qué has venido aquí?»
Refirió: « El atolondramiento —tenía siete años— se apoderó de mí. Desde
entonces voy dando vueltas de país en país y de ciudad en ciudad. Así llegué a
ésta, que se llama Ajtiyan al-Jatán. Vi que sus habitantes son personas generosas
e indulgentes, que conceden sus favores al pobre, lo auxilian y dan crédito a todo
lo que dice. Les dije: “Soy comerciante y he llegado antes que mis mercancías.
Deseo un lugar en el que poder depositar mis efectos”. Me vaciaron un almacén.
Añadí: “¿Hay alguno de vosotros que pueda prestarme mil dinares hasta que
lleguen mis mercancías? Le devolveré lo que me haya prestado, pues ahora
mismo necesito algunas cosas”. Me dieron lo que quería. Me dirigí al zoco de los
comerciantes y allí vi algunas mercancías, que compré. Al día siguiente las vendí
y gané cincuenta dinares; compré otras. Empecé a frecuentar el trato de la
gente, me mostré generoso, me gané su aprecio y me dediqué a comprar y
vender. Mis riquezas crecieron. Sabe, hermano mío, que el autor de los refranes
dice: “El mundo es engaño e intriga: en los países en que nadie te conoce, puedes
hacer lo que quieres”. Si tú dices a todo aquel que te lo pregunte que eres pobre y
remendón, que has huido de tu mujer y que sólo ayer saliste de El Cairo, no te
creerán y te tomarán a chacota mientras permanezcas aquí. Si dices: “Un efrit
me ha transportado” huirán de tu lado y nadie se acercará a ti. Dirán: “Éste es un
hombre embrujado, y todo el que se acerque a él recibirá daño”. Esta
propaganda nos perjudicará a los dos, pues saben que yo soy de El Cairo» .
Maruf preguntó: « ¿Qué he de hacer?» « Yo te enseñaré, si Dios (¡ensalzado
sea!) lo quiere, cómo te has de comportar. Mañana te daré mil dinares y una
mula, en la que montarás: un esclavo te precederá hasta que llegues a la puerta
del zoco de los mercaderes. Entrarás. Yo me encontraré sentado entre los demás.
En cuanto te vea, me pondré en pie, te saludaré, besaré tu mano y te trataré con
todos los honores. Cada vez que yo te pregunte por una clase de telas y te diga:
“¿Has traído de tal clase?”, contestarás: “¡Muchísima!” Si me preguntan por ti,
yo te alabaré y te haré aparecer como persona importante ante sus ojos. A
continuación les diré: “Alquiladle un depósito y una tienda”. Te describiré como
persona rica y generosa. Si se te acerca un pobre, le das cuanto puedas. Creerán
mis palabras, quedarán convencidos de tu importancia y de tu generosidad y
alcanzarás aprecio. Después te invitaré a ti y a todos los comerciantes, para que
te conozcan y tú los conozcas…
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche novecientas noventa y dos, refirió:
—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [Alí prosiguió:] » ”…así podrás
vender y comprar, tomar y dar, y al cabo de poco tiempo serás dueño de
grandes riquezas.» Al día siguiente por la mañana le entregó mil dinares, le hizo
ponerse una túnica y montar en un corcel, y le entregó un esclavo. Le dijo:
« ¡Que Dios te libre pronto de todo! Ya que tú eres mi compañero, debo tratarte
con honor. No te preocupes, deja de pensar en la conducta de tu mujer y no la
menciones a nadie» . Maruf le replicó: « ¡Que Dios te pague tanto bien!» Montó
en la mula, y el esclavo lo precedió hasta dejarlo en la puerta del zoco de los
comerciantes, lodos éstos se encontraban sentados, y Alí, entre ellos. Al verlo, se
puso en pie y se arrojó en sus brazos exclamando: « ¡Qué día bendito es éste,
comerciante Maruf! ¡Haces buenas obras y traes favores!» Le besó la mano
delante de todos los comerciantes, y exclamó: « ¡Hermanos míos! ¡Os presento
al comerciante Maruf!» Lo saludaron, y Alí empezó a hacer su elogio y a darle
importancia ante sus ojos. Lo hizo bajar de la mula y todos lo saludaron. Alí fue
hablando a solas con cada mercader, haciendo el elogio de su compañero. Le
preguntaron: « ¿Es un mercader?» « Sí, es uno de los mayores; no hay ninguno
tan rico como él, ya que sus bienes, los de su padre y los de sus abuelos, son
famosos entre los comerciantes de El Cairo. Tiene socios en la India, el Sind y el
Yemen, y es famoso por su generosidad. Reconoced su valor y colocadlo en su
puesto; poneos a su servicio. Sabed que no ha venido a esta ciudad para
comerciar, sino para distraerse viendo los países de la gente. Él no necesita ir al
extranjero para obtener beneficios y ganancias, ya que el fuego no puede
destruir los bienes que posee. Yo soy uno de sus criados.» Siguió haciendo su
elogio hasta que los comerciantes lo consideraron muy superior a ellos y
empezaron a contarse sus cualidades unos a otros. Luego se acercaron y le
ofrecieron bocadillos y sorbetes, hasta que llegó el síndico de los mercaderes. El
comerciante Alí empezó a decirle, delante de los demás: « ¡Señor mío! ¿Has
traído tal tipo de tela?» Él contestó: « ¡En gran cantidad!» Aquel mismo día, Alí
había mostrado a Maruf distintas clases de telas de gran valor, y le había
enseñado los nombres de los tejidos caros y baratos. Uno de los comerciantes le
preguntó: « ¡Señor mío! ¿Has traído tela amarilla?» « ¡En gran cantidad!» « ¿Y
de color rojo como la sangre de gacela?» « ¡En gran cantidad!» A todos los que
le preguntaban por algo, les contestaba: « ¡En gran cantidad!» Entonces dijo uno:
« ¡Comerciante Alí! Si tu compatriota quisiera traer mil piezas de telas valiosas,
¿las traería?» Y Alí replicó: « Las traería de uno cualquiera de sus depósitos y no
se notaría en él disminución alguna» . Mientras se encontraban sentados, pasó un
pobre, el cual dio la vuelta al ruedo de comerciantes: unos le dieron medio
dirhem; otros, una moneda, y la mayoría no le dio nada. Así llegó hasta Maruf, el
cual cogió un puñado de oro y se lo entregó. El mendigo hizo los votos de rigor y
se marchó. Los comerciantes se quedaron admirados y dijeron: « Éstos son
dones propios de reyes: le ha dado oro sin cuento. Si no fuese una persona que
vive en el mayor bienestar y dispone de grandes riquezas, no habría dado al
mendigo un puñado de oro» . Al cabo de un rato se le acercó una mujer pobre.
Maruf cogió otro puñado de oro y se lo entregó. La mujer se marchó haciendo
los votos de rigor y lo refirió a los pobres. Éstos acudieron ante él, uno después de
otro. Cada vez que se le presentaba un pobre, cogía un puñado de oro y se lo
entregaba. Así terminó con los mil dinares. Entonces dio una palmada y
exclamó: « ¡Dios nos basta, pues es el mejor de los intercesores!» El síndico de
los comerciantes le preguntó: « ¿Qué te ocurre, mercader Maruf?» Él contestó:
« La mayoría de los habitantes de esta ciudad son pobres y miserables. Si lo
hubiera sabido, me habría traído en la alforja una gran cantidad de dinero para
dárselo a los pobres. Temo que mi ausencia se prolongue, y no es propio de mi
natural el no responder a los pobres. Pero ya no me queda más oro. Si se
presenta un pobre, ¿qué le diré?» Le replicó: « Dile: “Que Dios te ampare”» .
« No es ésta mi costumbre, y la pena me embarga por ello. ¡Si tuviera mil
dinares para hacer limosna hasta que lleguen mis cosas!» El otro dijo: « ¡No hay
inconveniente!» , y mandó a uno de sus criados que le llevase mil dinares. Se los
entregó, y él siguió dando limosnas a todos los pobres que pasaban por su lado,
hasta que el almuédano llamó a la oración del mediodía. Entraron en la mezquita,
rezaron la oración y Maruf arrojó lo que le quedaba de los mil dinares, por
encima de la cabeza de los que rezaban. La gente lo miró e hizo los votos de rigor.
Los comerciantes estaban admirados de su desprendimiento y generosidad.
Luego se dirigió a otro comerciante, le pidió prestados otros mil dinares y los
distribuyó también. El comerciante Alí observaba lo que estaba haciendo, pero
no podía hablar. Esta situación siguió así hasta que el almuédano anunció la
oración de la tarde. Entró en la mezquita, rezó y distribuyó el resto de dinero.
Cuando cerraron la puerta del mercado, había tomado en préstamo cinco mil
dinares. Todo aquel que le había prestado decía: « Si quieres más dinero mientras
llegan tus mercancías, yo te lo prestaré, y si quieres telas puedes disponer de
ellas, ya que tengo muchas» .
Por la noche, el comerciante Alí lo invitó a él y todos los comerciantes; le
hizo sentar en la presidencia y sólo le habló de telas y joyas. Cada vez que le
citaban algo, contestaba: « Lo tengo en abundancia» .
Al día siguiente se dirigió al mercado y empezó a visitar a los comerciantes;
tomó dinero en préstamo y lo distribuyó entre los pobres. Siguió haciendo lo
mismo veinte días, durante los cuales llegó a recibir en préstamo sesenta mil
dinares; pero no llegaban las mercancías ni la ardiente peste. La gente empezó a
preocuparse por sus bienes, y dijo: « Las mercancías del comerciante Maruf no
llegan. ¿Hasta cuándo tomará en préstamo para darlo a los pobres?» Uno de ellos
dijo: « Lo mejor es hablar con su compatriota, el comerciante Alí» . Corrieron a
éste y le dijeron: « ¡Comerciante Alí! Las mercancías de Maruf no han
llegado» . Él contestó: « Esperad, pues no cabe duda de que llegarán dentro de
poco» . Luego, se quedó a solas con su amigo y le dijo: « ¡Maruf! ¿Qué significan
estas acciones? ¿Te he dicho que tostases el pan o que lo quemases? Los
comerciantes están inquietos por sus bienes, y me han dicho que te llevan
prestados sesenta mil dinares, que tú has tomado y distribuido entre los pobres.
¿Cómo liquidarás a la gente si no compras ni vendes nada?» Maruf le replicó:
« ¿Qué ocurre? ¿Qué son sesenta mil dinares? Cuando lleguen las mercancías, les
daré lo que quieran, oro o plata» . « ¡Dios es grande! ¿Pero es que tienes
mercancías?» « ¡Muchas!» « ¡Que Dios y los hombres te castiguen por tu
frescura! ¿Es que te he enseñado tales palabras para que me las repitas a mí? Lo
explicaré a la gente.» « Ve y no hables en demasía. ¿Es que acaso soy un pobre?
Mis mercancías ascienden a mucho. Cuando lleguen, cada uno tomará el doble
de lo que me ha prestado. Yo no las necesito.» El comerciante Alí, exasperado,
exclamó: « ¡Mal educado! Te haré ver lo que cuesta mentirme sin
avergonzarse» . « Haz lo que te parezca; ellos esperarán hasta que lleguen mis
mercancías, y recibirán sus préstamos con los intereses.» Dicho esto, Maruf lo
dejó y se marchó. Alí se dijo: « Antes lo he elogiado. Si ahora lo vitupero,
quedaré como un embustero, por lo que me podrán aplicar el proverbio: “Quien
alaba y luego vitupera, miente dos veces”» . Quedó perplejo sobre lo que debía
hacer. Los comerciantes acudieron a él y le preguntaron: « ¡Alí! ¿Le has
hablado?» « ¡Gentes! Tengo vergüenza. Yo le he dejado mil dinares y no puedo
pedírselos. Vosotros, al darle el dinero, no me habéis consultado ni me habéis
dicho palabra. Reclamádselo, y si no os lo devuelve, quejaos al rey de la ciudad.
Decidle: “Es un insolvente y nos ha engañado”. El rey os librará de él.»
Corrieron ante el soberano y lo informaron de lo ocurrido. Dijeron: « ¡Rey del
tiempo! Estamos perplejos ante lo que nos sucede con ese comerciante cuya
generosidad va en aumento. Hace tal y tal cosa. Reparte a puñados entre los
pobres todo lo que toma en préstamo; si se tratara de un pobre, no se hubiese
permitido dar el oro a manos llenas a los indigentes; y si fuera un hombre de
buena posición, la llegada de sus mercancías nos lo habría confirmado. Pero
nosotros no hemos visto sus mercancías, a pesar de que él pretende tenerlas y
dice que sólo se ha adelantado a su llegada. Cada vez que le citamos una clase
cualquiera de ropa, dice: “¡Tengo muchísima!” Ha transcurrido ya un plazo
prudencial sin que aparezcan sus mercancías, y él nos debe sesenta mil dinares,
que ha repartido, íntegramente, entre los pobres, que le dan las gracias y hacen el
elogio de su generosidad» . Aquel rey era avaro, más codicioso que Ashab. Al oír
mencionar la generosidad y el desprendimiento de Maruf, la codicia lo cegó y
dijo a su visir: « Ese comerciante ha de tener grandes riquezas, pues de lo
contrario no sería tan generoso. Sus mercancías llegarán sin duda alguna;
entonces reunirá a esos comerciantes y los colmará de bienes. Pero yo tengo
más derecho que ellos. Quiero tratarlo bien y demostrarle afecto hasta que
lleguen sus mercancías. Así, lo que hayan de quitarle esos comerciantes se lo
quitaré yo y lo casaré con mi hija; de esta forma juntaré sus bienes a los míos» .
El visir le dijo: « ¡Rey del tiempo! Yo creo que es un impostor; el impostor es
quien arruina la casa del codicioso» .
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche novecientas noventa y tres, refirió:
—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [el rey dijo:] « Lo pondré a prueba
y sabré si es impostor o persona sincera; si ha sido educado en el desahogo, o
no.» « ¿Cómo lo probarás?» « Tengo una gema. Lo mandaré a buscar y haré
que comparezca ante mí. Cuando esté sentado, lo trataré con honor y le
entregaré la gema. Si la reconoce y sabe su precio quiere decir que es persona
de bien y de posición desahogada. Si no la reconoce, sabremos que es un
impostor y un charlatán y lo mataré del modo más infame.» El rey mandó
buscar a Maruf y lo hizo presentar. Una vez ante él, lo saludó y le devolvió el
saludo; luego lo hizo sentar a su lado. Le preguntó: « ¿Eres tú el comerciante
Maruf?» « ¡Sí!» « Los comerciantes aseguran que les debes sesenta mil dinares.
¿Es verdad lo que dicen?» « ¡Sí!» « ¿Y por qué no les das su dinero?» « Que
esperen hasta que lleguen mis mercancías, y les daré el doble: si quieren oro, les
daré oro; si prefieren plata, se la daré, y si desean mercancías, las tendrán; a
quien me haya prestado mil, le daré dos mil como recompensa por haberme
salvado la faz ante los pobres, pues yo tengo grandes riquezas.» El rey le dijo a
continuación: « ¡Comerciante! Coge esta gema, mira de qué clase es, y tásala» .
Le entregó una piedra del tamaño de una avellana, que el rey había comprado
por mil dinares; como no tenía otras, la sobrevaloraba. Maruf la cogió con la
mano, la estrujó entre el pulgar y el índice y la rompió, ya que la gema era
delicada y frágil. El rey le preguntó: « ¿Por qué has roto la gema?» Maruf
rompió a reír y replicó: « ¡Rey del tiempo! ¡Esto no es una gema! ¡Esto es un
pedazo de mineral que vale mil dinares! ¿Cómo puedes decir que es una gema?
Una gema cuesta, cuando menos, setenta mil dinares, y esto no es más que un
pedazo de piedra. Todo aquello que no llega al tamaño de una nuez, carece de
valor para mí y no me interesa. ¿Cómo tú, que eres rey, dices que esto es una
gema cuando en realidad es un pedazo de mineral que vale mil dinares? Pero
tenéis disculpa, ya que sois pobres y no poseéis tesoros de valor» . El rey le
contestó: « ¡Comerciante! ¿Tienes gemas como ésas de las que hablas?»
« ¡Muchas!» La avaricia del rey fue en aumento, y le dijo: « ¿Me darás gemas
verdaderas?» « Cuando lleguen mis mercancías te daré muchas, de cualquier
clase que me las pidas; te las regalaré.» El rey se alegró y dijo a los
comerciantes: « Id a vuestros quehaceres y esperad hasta que lleguen las
mercancías. Entonces volved: yo os daré lo que os pertenezca» . Los
comerciantes se marcharon. Esto es lo que hace referencia a Maruf y a los
comerciantes.
He aquí ahora lo que se refiere al rey: recibió al ministro y le dijo: « Trata
con miramientos al comerciante Maruf. Tómalo contigo, habla con él y dile que
se podría casar con mi hija: así nos haremos con los tesoros que posee» . El visir
objetó: « ¡Rey del tiempo! El aspecto de este hombre no me gusta, y creo que es
un falsario y un embustero. Quítate eso de la cabeza y no pierdas a tu hija en
vano» . El visir, con anterioridad, había pedido al rey que lo casase con su hija. El
rey había querido casarla, pero la muchacha, al enterarse, no había accedido. El
rey lo increpó: « ¡Traidor! Tú no quieres mi bienestar porque anteriormente me
pediste a mi hija y ella no aceptó casarse contigo. Por eso ahora quieres cortar el
camino de su matrimonio. Tú querrías que mi hija quedase en barbecho hasta
que tú pudieras casarte con ella. Pero oye esto: tú no tienes nada que ver en este
asunto. ¿Cómo puede ser impostor y embustero si ha tasado la gema en el mismo
precio en que la he comprado, y la ha roto porque no le gustaba y porque dispone
de muchas otras gemas? Cuando se presente ante mi hija, verá que es bella, le
sorberá el seso y le dará gemas y tesoros. Tú quieres impedir que mi hija y yo
nos hagamos con esos tesoros» . El visir calló, pues temía que el rey se
encolerizase con él. Se dijo: « Azuza los perros contra el rebaño» . Fue en busca
del comerciante Maruf y le dijo: « La majestad del rey te ama; tiene una hija
muy hermosa y bella y quiere casarla contigo. ¿Qué opinas?» « Que no hay
inconveniente alguno en ello, pero ha de esperar hasta que lleguen mis
mercancías, pues la dote de las hijas de los reyes es crecida, y su rango exige
que dicha dote sea apropiada a su categoría. En este momento no tengo dinero.
Que espere hasta que lleguen las mercancías, pues tengo grandes riquezas y he
de gastar en la dote cinco mil bolsas; además, necesitaré otras mil para
distribuirlas entre los pobres y los indigentes la noche en que consume el
matrimonio; mil más para darlas a los que formen parte del cortejo, sin contar
las mil que he de emplear en dar comidas a los soldados y otras personas.
Necesito, además, cien gemas para dárselas a la princesa el día siguiente de la
noche de bodas, y otras cien para distribuirlas entre criados y eunucos; a cada
uno le daré una. Y todo esto para enaltecer el rango de la novia. Quiero, además,
vestir a mil pobres desharrapados y hacer limosnas. Todo esto es imposible si no
me llegan las mercancías. Yo tengo bienes tan grandes, que una vez aquí mi
equipaje, no me preocuparán esos gastos.» El visir corrió a informar al rey de lo
que había dicho. El soberano le replicó: « Si tal es su intención, ¿cómo puedes
decir que es un impostor y un embustero?» « ¡Pues sigo diciéndolo!» El rey se
enfadó con él, lo reprendió y le dijo: « ¡Por vida de mi cabeza! Si no dejas de
decir esas palabras, te mataré. Ve a su lado y tráelo ante mí, pues yo me
entenderé con él» . El visir fue a buscarlo y le dijo: « ¡Ven a hablar con el rey!»
« ¡Oír es obedecer!» Una vez ante el soberano, este le dijo: « No te disculpes de
esa manera, pues mis tesoros están repletos. Quédate con las llaves, gasta lo que
necesitas, da lo que quieras, viste a los pobres, haz lo que te plazca y no te
preocupes por mi hija y las esclavas. Cuando lleguen tus fardos, darás a tu esposa
lo que tu generosidad te aconseje. Nosotros esperaremos que lleguen tus efectos
para recibir la dote nupcial. Entre nosotros dos no hay diferencia alguna» . Luego
ordenó al jeque del Islam que escribiese el contrato de matrimonio de la hija del
rey con el comerciante Maruf. Después se dedicó a preparar la fiesta y mandó
engalanar la ciudad y redoblar los tambores; se pusieron las mesas con toda clase
de guisos y acudieron los músicos. El comerciante Maruf se encontraba sentado
en una silla frente a los músicos, juglares, bufones, ilusionistas y magos. Daba
órdenes al tesorero, diciéndole: « ¡Trae oro y plata!» Le llevaban lo que él pedía,
y él recorría las filas de los espectadores y daba un puñado a cada músico; era
generoso con pobres e indigentes y vestía a los desharrapados. Era una fiesta de
campanillas en la que el tesorero apenas tenía tiempo para ir del tesoro a la casa.
El corazón del visir estaba a punto de estallar de ira, pero no podía hablar. El
comerciante Alí estaba admirado del despilfarro de tanta riqueza. Dijo al
comerciante Maruf: « ¡Que Dios y los hombres caigan sobre tu sien! ¿Es que no
te basta con haber dilapidado los bienes de los comerciantes? ¿Tienes que acabar
ahora con las riquezas del rey?» El comerciante Maruf le replicó: « ¡Nada te
importa! Cuando lleguen mis mercancías, se lo devolveré al rey con creces» .
Siguió despilfarrando el dinero y se dijo: « ¡Maldita peste! Lo que sea, será. No
puede escaparse al destino» . Las fiestas duraron cuarenta días. El día
cuadragésimo primero se formó el cortejo nupcial para acompañar a la novia.
Delante de ella iban todos los emires y soldados. Al llegar ante Maruf, éste
empezó a arrojar oro a manos llenas por encima de las cabezas de las personas.
Se formó un cortejo enorme, al cual distribuyó gran cantidad de dinero. Lo
condujeron ante la reina. Maruf se sentó en un estrado alto. Quitaron los velos,
cerraron las puertas, salieron y lo dejaron a solas con la novia. Maruf dio una
palmada y se sentó, triste, durante un rato, mientras daba palmadas. Decía: « ¡No
hay fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el Grande!» La reina le preguntó:
« ¡Señor mío! ¡Ten tranquilidad! ¿Por qué estás preocupado?» « ¡Cómo no he de
estar preocupado si tu padre me ha puesto en un aprieto y me ha hecho una
faena igual a la de aquel que quema la cosecha estando verde!» « ¿Qué es lo que
te ha hecho mi padre? ¡Dímelo!» « Me ha presentado a ti antes de que lleguen
mis mercancías. El menor de mis deseos consistía en distribuir cien gemas a tus
esclavas, a una por cabeza, de modo que se alegraran y dijesen: “Mi señor me
ha dado una gema la noche en que ha consumado el matrimonio con mi señora”.
Con ello pretendía aumentar tu prestigio y acrecentar tu nobleza. No tengo por
qué ser parco en dar joyas, desde el momento en que dispongo de muchas.» La
princesa le replicó: « No te preocupes ni te entristezcas por esta causa. Por mí no
te aflijas, pues esperaré a que lleguen tus mercancías. No te atormentes por mis
esclavas: quítate los vestidos y disfruta. Cuando lleguen las mercancías nos
haremos con esas y otras gemas» . Maruf se puso de pie, se quitó los vestidos, se
sentó en la cama, buscó la excitación y empezó a entusiasmarse: colocó la mano
en la rodilla de la muchacha y ésta se sentó en su regazo y le colocó los labios en
la boca. Así llegó la hora en que el hombre olvida al padre y a la madre; Maruf
la estrechó, la abrazó contra su pecho y le chupó los labios hasta que corrió la
miel de su boca. Colocó la mano bajo el axila derecha y los miembros de los dos,
todos, temblaron ansiando la unión; la acarició entre los senos, se desplazó entre
sus muslos, se hizo ceñir con sus piernas, realizó las dos operaciones y chilló:
« ¡Oh, padre de los dos velos!» Frotó la yesca, encendió la mecha y la apuntó
hacia la brújula; prendió fuego, y derribó la torre por sus cuatro costados. Así
tuvo lugar el acontecimiento por el cual no se pregunta. La muchacha exhaló el
alarido de rigor…
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche novecientas noventa y cuatro, refirió:
—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [la muchacha exhaló el alarido de
rigor] y el comerciante Maruf le arrebató la virginidad. Aquella noche no puede
contarse entre las vividas porque juntó la unión con la bella, abrazos,
excitaciones, besos y caricias hasta la mañana. A la mañana siguiente, Maruf se
dirigió al baño, en el que se puso una túnica regia, y al salir se dirigió a la
audiencia del rey. Todos los presentes se pusieron de pie ante él y lo recibieron
con respeto y honor; lo felicitaron y pidieron para él toda suerte de bendiciones.
Se sentó al lado del rey y preguntó: « ¿Dónde está el tesorero?» Le contestaron:
« Aquí, ante ti» . Dirigiéndose a él, añadió: « Trae trajes de Corte y dáselos a los
visires, a los emires y a los altos funcionarios» . El tesorero le llevó todo lo que le
había pedido y se sentó; daba a todo aquel que se le acercaba y regalaba a cada
persona según su rango. En esta situación siguió durante veinte días, sin que
llegaran sus mercancías ni cosa alguna. Entonces, el tesorero, puesto en el
máximo aprieto, aprovechó una ausencia de Maruf para presentarse ante el rey.
Éste y el visir estaban sentados. El tesorero besó el suelo ante el soberano y le
dijo: « ¡Rey del tiempo! He de informarte de algo, pues me reprenderías si no lo
hiciera: sabe que el tesoro está exhausto, que no quedan riquezas, salvo unas
pocas, y que dentro de diez días se habrán terminado por completo» . El rey dijo:
« ¡Visir! Las mercancías de mi yerno se retrasan, y no tenemos noticias de
ellas» . El visir se echó a reír y exclamó: « ¡Que Dios sea indulgente contigo, rey
del tiempo! Ignoras voluntariamente el modo de obrar de ese impostor
embustero. ¡Juro por vida de tu cabeza que no hay mercancías ni peste que nos
libre de él! Te ha ido engañando hasta gastar tus riquezas y casarse con tu hija,
sin tener nada. ¿Hasta cuándo te despreocuparás de ese embustero?» « ¡Visir!
¿Qué hay que hacer para saber la verdad?» « ¡Rey del tiempo! El secreto del
hombre sólo lo conoce la mujer. Envía a buscar a tu hija para que se coloque
detrás de la cortina y yo pueda interrogarla sobre la verdad, para que ella lo
examine y nos informe de su situación.» « ¡No hay inconveniente! ¡Por vida de
mi cabeza! Si se comprueba que es un impostor y embustero, le daré una muerte
infamante.» Tomó consigo al visir, entró con él en el salón y mandó a buscar a
su hija. Ésta fue a colocarse detrás de la cortina. Todo ocurría en ausencia del
esposo. Cuando llegó, preguntó: « ¡Padre mío! ¿Qué quieres?» « ¡Habla con el
visir!» « ¡Visir! ¿Qué pretendes?» El ministro contestó: « ¡Señora mía! Sabe que
tu esposo ha dilapidado los bienes de tu padre y se ha casado contigo sin pagar la
dote; siempre nos hace promesas y retrasa su cumplimiento; de sus mercancías
no tenemos ni noticia. En resumen: queremos que nos informes» . La princesa
replicó: « Palabras le sobran, en todo momento se acerca a mí y me promete
joyas, tesoros y telas preciosas, pero yo no he visto aún nada» . « ¡Señora mía!
Esta noche puedes decirle: “Infórmame de la verdad y no temas, pues ya eres
mi esposo y yo no haré nada contra ti. Dime cuál es la situación verdadera y yo
idearé algún medio para que salgas con bien de ello”. Muéstrale gran amor y
cariño. Ya nos informarás del resultado» . Contestó: « ¡Padre mío! Yo sé cómo he
de ponerlo a prueba» . Y se marchó.
Después de la cena entró su marido, Maruf, como tenía por costumbre. La
princesa se puso en pie, lo cogió del brazo, le sedujo de manera completa y lo
engañó con las mil tretas que las mujeres emplean cuando quieren algo de un
hombre. Siguió deslumbrándole y dirigiéndole palabras más dulces que la miel
hasta que le robó el entendimiento. Cuando se dio cuenta de que Maruf estaba
completamente embobado, le dijo: « ¡Amigo mío! ¡Refresco de mis ojos! ¡Fruto
de mi corazón! ¡Que Dios no me atormente privándome de ti, y que el tiempo no
nos separe jamás! Tu amor reside en mi corazón y el fuego de tu pasión abrasa
mis entrañas. Jamás te he desobedecido. Desearía que me informases de la
verdad, ya que los engaños de la mentira no son útiles y no perduran a todo lo
largo del tiempo. ¿Hasta cuándo engañarás y mentirás a mi padre? Temo que
descubra tu asunto antes de que nosotros hayamos podido urdir una treta. Te
maltratará. Cuéntame la verdad, y sólo te sucederán cosas que te alegren. Una
vez me hayas referido cuál es la verdadera situación, no habrá nada que te
perjudique. Tú pretendes ser un comerciante rico y con mercancías; pero ya
hace mucho tiempo que dices: “Mis mercancías, mis mercancías”, sin que
tengamos ninguna otra noticia de ellas. Tu cara refleja tu preocupación por esta
causa. Si tus palabras no son verdad, dímelo y yo idearé un medio con el cual
puedas salvarte, si Dios lo quiere» . Maruf le contestó: « ¡Señora mía! Yo te diré
la verdad, y luego haz lo que quieras» . « Dime la verdad, pues la verdad
constituye el navío de la salvación. Guárdate de mentir, pues la mentira infama a
su autor. ¡Qué bien dijo el poeta!:
Debes decir la verdad, aunque la verdad te abrase como el fuego
prometido.
Procura que Dios quede contento de ti, pues la criatura más estúpida es
aquella que irrita al Señor y contenta al siervo.»
Maruf refirió: « Sabe, señora mía, que yo no soy comerciante ni tengo
mercancías de ninguna clase. En mi país era un remendón y tenía una esposa
llamada Fátima al-Urra, con la cual me ha sucedido tal y tal cosa» . Le contó
toda la historia, desde el principio hasta el fin. La princesa se echó a reír y le dijo:
« ¡Eres muy experto en el arte de mentir y enredar!» « ¡Señora mía! ¡Que Dios
(¡ensalzado sea!) te conserve la vida para esconder las faltas y desligar las
penas!» La princesa le dijo: « Sabe que has enredado a mi padre y lo has
deslumbrado por completo, hasta el punto de que me ha casado contigo por
avaricia. Tú has dilapidado sus bienes, mientras el ministro te ha censurado.
¡Cuántas veces ha hablado contra ti a mi padre, diciendo!: “¡Es un impostor, un
embustero!” Pero mi padre no daba crédito a lo que decía, porque él me había
pedido en matrimonio y yo no había aceptado. Pero ha transcurrido bastante
tiempo y mi padre se encuentra incómodo. Me ha dicho: “¡Confiésalo!”, y yo lo
he hecho y he descubierto lo que estaba oculto. Por esta causa, mi padre quiere
castigarte. Pero tú eres mi esposo y yo no te perjudicaré. Si contase tu historia a
mi padre, quedaría convencido de que eres un embustero y lioso y de que buscas
a las hijas de los reyes y dilapidas sus riquezas. Tu falta no obtendría su perdón,
te mataría sin remedio, y las gentes se enterarían de que yo me había casado con
un impostor y embustero. Esto constituiría una ignominia para mí. Si mi padre te
matara, es posible que necesitara casarme con otro, y esto yo no lo consentiría,
aunque tuviese que morir. Levántate, ponte un traje de mameluco, coge de mi
dinero cincuenta mil dinares, monta en un corcel y márchate a un país al que no
alcance la autoridad de mi padre. Dedícate al comercio, escríbeme una carta y
mándala con un correo para que me la entregue en secreto. Así sabré en qué país
estás y te enviaré cuanto pueda para aumentar tus bienes. Si muere mi padre, te
enviaré un mensajero y entrarás aquí con pompa y honor. Y si mueres tú o
muero yo y pasamos a la misericordia de Dios (¡ensalzado sea!), el día de la
Resurrección nos reuniremos. Esto es lo más indicado. Mientras tú y yo estemos
bien, no cortaré la correspondencia ni el envío de bienes. Levántate antes de que
amanezca: no sabrías qué hacer, y la ruina se abatiría sobre ti» . Maruf contestó:
« ¡Señora mía, dame el abrazo de la despedida!» « ¡No hay inconveniente!» Se
unió a ella, se lavó, se puso un traje de mameluco y mandó a los caballerizos que
le ensillaran uno de los mejores caballos. Le ensillaron un corcel. Maruf se
despidió de la princesa y salió de la ciudad al fin de la noche. Todos los que lo
veían creían que era uno de los mamelucos del sultán que salía de viaje por
razones de servicio. Al amanecer acudieron al salón el rey y el visir. Aquél
mandó buscar a la princesa, la cual acudió y se colocó detrás de la cortina.
Preguntó: « ¡Hija mía! ¿Qué dices?» « ¡Que Dios ennegrezca el rostro de tu visir,
pues el propósito de éste era ennegrecer el mío ante mi esposo!» « ¿Y cómo es
eso?» « Ayer, antes de que yo pudiera decirle esas palabras, entró Farach, el
eunuco, con una carta, y dijo: “Al pie de la ventana del alcázar esperan diez
mamelucos, que me han dado esta carta. Me han dicho: ‘Besa las manos de mi
señor, Maruf, el comerciante, y entrégale esta carta. Nosotros somos los
mamelucos que acompañaban las mercancías. Nos hemos enterado de que se ha
casado con la hija del rey y hemos venido a informarlo de lo que nos ha
sucedido en el camino’ ”. Maruf la ha leído. Decía: “De los quinientos esclavos, a
la excelencia de nuestro dueño, el comerciante Maruf. Y despierte, pues hemos
de informar: Cuando nos abandonaste, los beduinos nos atacaron y nos
combatieron. Disponían de dos mil caballos, mientras que nosotros sólo éramos
quinientos. La lucha que sostuvimos con los beduinos fue tremenda; ellos nos
impedían seguir el camino, y hemos empleado treinta días en combatirlos. Ésta
es la causa de nuestro retraso.
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche novecientas noventa y cinco, refirió:
—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [la princesa dijo: » ”…la carta
proseguía:] ”…Se han apoderado de doscientos fardos de telas y han matado
cincuenta mamelucos”. Al leerlo exclamó: “¡Que Dios los defraude! ¿Por qué
habrán combatido a los beduinos por doscientos fardos de mercancías? ¿Qué
importan doscientos fardos? Por eso no tenían que haberse retrasado. Doscientos
fardos cuestan siete mil dinares. He de ir a su lado para darles prisa. Lo que han
cogido los beduinos no disminuye en nada el valor de la caravana y no me
perjudica en absoluto; podía haberlo dado de limosna”. Dicho esto, se ha
marchado, riendo, de mi lado, sin preocuparse por los bienes perdidos ni por los
mamelucos muertos. Mientras se marchaba, he mirado por la ventana del
alcázar y he visto a los diez mamelucos que le llevaron la carta: parecían lunas.
Cada uno de ellos vestía una túnica que costaba mil dinares. Mi padre no tiene
mamelucos que puedan compararse a aquéllos. Después se marchó a reunirse
con la caravana, acompañado de los mamelucos que le han traído la carta.
¡Loado sea Dios que me ha impedido pronunciar las palabras que me mandaste!
Se hubiera burlado de mí y de ti, y quizá me hubiera mirado con desprecio y
odiado. La falta, por entero, es de tu visir, que ha hablado acerca de mi marido
con palabras inconvenientes» . El rey le contestó: « ¡Hija mía! Los bienes de tu
esposo son inmensos, y no piensa en esto. Desde el día en que entró en nuestro
país, da limosna a los pobres. Si Dios quiere, dentro de poco llegará con la
caravana y recibiremos grandes bienes» . Empezó a tranquilizar a su hija y a
reprender al ministro. El engaño se prolongaba. Esto es lo que hace referencia al
rey.
He aquí ahora lo que se refiere al comerciante Maruf: montó a caballo y
cruzó tierras y desiertos. Estaba perplejo y no sabía a qué país dirigirse. El dolor
de la separación le hacía sollozar; la pasión y el sufrimiento lo atormentaban.
Recitó estos versos:
El tiempo ha traicionado nuestra unión: nos hemos separado; el corazón se
desgarra y arde por la crueldad.
Los ojos lloran por la separación de los amados. Esto es la separación;
¿cuándo se producirá el encuentro?
¡Oh, tú, cuyo rostro brilla como la luna resplandeciente! Yo soy aquel a
quien vuestro amor ha desgarrado el corazón.
¡Ojalá no hubiese estado unido a ti ni un momento! Después de nuestra
bella unión, he probado la miseria.
Maruf no ha dejado de amar a Dunya. Aunque tenga que morir de
pasión, ¡viva ella muchos años!
¡Oh, resplandor del Sol luminoso! Aproxímate al corazón de Maruf, que
arde de amor.
¿Volverán a reunimos los días y disfrutaremos de la alegría y del encanto?
¿Nos reunirá el alcázar de la amada y abrazaré en él la rama que crece
sobre la duna?
¡Oh, tú, hermoso rostro de luna que resplandeces cual sol! ¡Ojalá tu rostro
brille siempre con sus galas!
Estoy contento con el amor y su peso, puesto que la felicidad en el amor
es, al mismo tiempo, dolor.
Una vez hubo terminado de recitar estos versos rompió a llorar
amargamente: todos los caminos se cerraban ante su casa; prefería la muerte a
la vida; estaba tan perplejo, que andaba como un borracho. Avanzó sin cesar
hasta el mediodía, en que llegó a un pueblo pequeño. Vio allí a un labrador que
araba la tierra con dos bueyes. Maruf tenía mucha hambre. Se dirigió al labrador
y le dijo: « ¡La paz sea sobre ti!» Él le devolvió el saludo, y añadió: « ¡Bien
venido, señor mío! ¿Eres uno de los mamelucos del sultán?» « ¡Sí!» « Apéate
aquí para que te conceda hospitalidad.» Maruf comprendió que se trataba de una
persona generosa, y replicó: « ¡Hermano mío! Veo que no tienes nada para
darme de comer. ¿Cómo, pues, me invitas?» El labrador le contestó: « ¡Señor
mío! Los bienes se encuentran. Apéate; la aldea está cerca: iré y te traeré la
comida y el pienso para tu caballo» . « Desde el momento en que el pueblo está
cerca, yo mismo me llegaré hasta él en el mismo tiempo que tú; en el zoco
compraré lo que desee para comer.» Le replicó: « ¡Señor mío! El pueblo es muy
pequeño y no tiene zoco ni hay compraventa en él. Te ruego, por Dios, que te
hospedes en mi casa. Yo iré y volveré en seguida.» Maruf se apeó. El campesino
lo dejó y fue al pueblo en busca de comida. Maruf se sentó para esperarlo. Se
dijo: « He distraído a este pobre hombre de su trabajo. Pero ya que me quedo,
labraré la tierra en su lugar hasta que vuelva, y así recuperará el tiempo que le
hago perder» . Cogió el arado, guió a los bueyes y aró poco, porque el arado
tropezó con algo. Los animales se pararon. Los azuzó, pero no pudieron seguir
avanzando. Se fijó en el arado y vio que estaba enredado en una anilla de oro.
Quitó la tierra que la cubría y vio que la anilla estaba sujeta al centro de una losa
de mármol que tenía el tamaño de una muela. Se esforzó hasta conseguir
levantarla del sitio en que se encontraba: apareció un piso con una escalera. Bajó
por ella y se encontró en un lugar que parecía un baño con cuatro pabellones. El
primero estaba repleto, desde el suelo hasta el techo, de oro; el segundo estaba
lleno de esmeraldas, perlas y coral, desde el suelo hasta el techo; el tercero
estaba repleto de jacintos, rubíes y turquesas; el cuarto estaba lleno de diamantes,
de las más preciosas gemas y de toda clase de joyas. En la cabecera de aquel
sitio había una caja del cristal más puro, llena de joyas sin par; cada una de ellas
tenía el tamaño de una nuez. Encima de la caja había un pequeño estuche, del
tamaño de un limón, que era de oro. Al verlo quedó admirado y se alegró
muchísimo. Exclamó: « ¡Ojalá supiera qué es lo que hay en esa caja!» La abrió
y encontró un anillo de oro en el cual estaban escritos nombres y talismanes que
parecían trazos de hormiga. Frotó el anillo y oyó a alguien que decía: « ¡Heme
aquí, heme aquí, señor mío! ¡Pide y te será dado! ¿Quieres construir un pueblo o
arruinar una ciudad? ¿Matar a un rey o excavar el curso de un río, o alguna cosa
por el estilo? Todo lo que desees ocurrirá, con el permiso del Rey Omnipotente,
del Creador de la noche y del día» . Le replicó: « ¡Criatura de mi Señor! ¿Quién
eres? ¿Cuál es tu historia?» Explicó: « Yo soy el criado de este anillo y estoy al
servicio de su dueño. Realizaré cualquier deseo que tengas, y no intentaré
disculparme de lo que me mandes. Yo soy el sultán de gentes de los genios, y mis
ejércitos suman setenta y dos tribus, cada una de las cuales cuenta con setenta y
dos mil individuos; uno de cada mil manda a mil genios; cada genio manda a mil
criados; cada criado manda a mil demonios, y cada demonio manda a mil
duendes. Todos están a mis órdenes, y nadie puede contradecirme. Yo estoy
sujeto a este anillo y no puedo desobedecer a su dueño: tú lo posees, y, por tanto,
soy tu criado. Pide lo que quieras, pues escucharé tus palabras y obedeceré tus
órdenes. Siempre que me necesites, sea en tierra o en mar, frota el anillo y me
encontrarás a tu lado. ¡Guárdate de frotarlo dos veces consecutivas! Me
abrasarías con el fuego de los hombres, me aniquilarías y te arrepentirías. Te he
explicado mi situación. Y la paz» .
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche novecientas noventa y seis, refirió:
—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que Maruf le preguntó: « ¿Cómo te
llamas?» Abu-l-Saadat.» « ¡Abu-l-Saadat! ¿Qué lugar es éste? ¿Quién te ha
encantado en este estuche?» « ¡Señor mío! Este lugar es un tesoro que se llama
tesoro de Saddad b. Ad, el cual construyó Iram dat al-Imad[282]; en ningún país
se ha construido otra ciudad parecida. Yo fui, mientras vivió, su criado. Éste fue
su anillo, que depositó en su tesoro. Y te ha tocado en suerte.» Maruf le preguntó:
« ¿Puedes sacar lo que hay en este tesoro a la faz de la tierra?» « ¡Sí! Es la cosa
más fácil.» « ¡Pues saca todo lo que hay en él y no dejes nada!» El criado
señaló con la mano al suelo y éste se hendió. Aquel ser desapareció bajo tierra y
permaneció ausente un pequeño espacio de tiempo. Luego pajes jóvenes,
graciosos y de rostro hermoso, salieron llevando a cuestas cestos de oro
completamente repletos de oro. Los vaciaron, se marcharon, regresaron con
otros y siguieron transportando oro y gemas sin interrupción. Aún no había
pasado una hora cuando dijeron: « ¡Ya no queda nada en el tesoro!» Luego
reapareció Abu-l-Saadat, quien dijo: « ¡Señor mío! Me he convencido de que
hemos trasladado todo lo que había en el tesoro» . Maruf le preguntó: « ¿Quiénes
son estos hermosos muchachos?» « Mis hijos. Este trabajo no exigía el tener que
reunir a los criados, ya que mis hijos han podido satisfacer tu deseo y se han
honrado sirviéndote. Pide lo que quieras, además de esto.» « ¿Puedes traerme
mulos y cajas, colocar estas riquezas en las cajas y trasladar las cajas a lomos
de los mulos?» « ¡Es la cosa más fácil!» Lanzó un grito estridente, y sus hijos se
volvieron a presentar. Eran ochocientos. Les dijo: « Metamorfoseaos unos en
mulos y otros en bellos mamelucos, de tal modo que el menor de vosotros no
tenga par junto al rey de reyes; otros se transformarán en arrieros, y otros, en
criados» . Hicieron lo que les había mandado. Luego llamó a los siervos y éstos
acudieron ante él. Ordenó que unos se transformasen en caballos con arreos de
oro incrustados de aljófares. Maruf, al ver aquello, exclamó: « ¿Y dónde están las
cajas?» Las colocaron delante. Añadió: « Colocad el oro y las gemas
debidamente ordenados» . Le obedecieron y lo cargaron en trescientos mulos.
Maruf preguntó: « Abu-l-Saadat, ¿puedes traerme fardos de las telas más
preciosas?» « ¿Las quieres egipcias, chinas, bizantinas, indias o persas?» « Trae
cien fardos de telas de distintos países, cargados en cien mulos.» Le contestó:
« Concédeme un plazo, a fin de que prepare a mis servidores para hacerlo y dé
orden a los distintos grupos para que vayan a las ciudades y traiga cada uno los
cien fardos de tela. Luego se metamorfosearán en mulos y transportarán las
mercancías» . « ¿Qué plazo de tiempo?» « ¡Las tinieblas de una noche! Antes de
que aparezca el día, tendrás todo lo que has pedido.» « ¡Te concedo el plazo!» A
continuación les mandó que levantasen una tienda. Así lo hicieron. Se sentó y le
sirvieron la mesa. Abu-l-Saadat dijo: « ¡Señor mío! Siéntate en la tienda. Estos
hijos míos, los que tienes ante ti, te guardarán. No temas nada. Yo voy a reunir a
mis vasallos para enviarlos a cumplir tu deseo» . Abu-l-Saadat se marchó a sus
quehaceres.
Maruf se sentó en la tienda. Tenía ante sí la mesa y a los hijos de Abu-l
Saadat, que habían adoptado figura de mamelucos, criados y eunucos. Mientras
estaba sentado de esta manera, llegó el campesino con una gran cazuela de
lentejas y un saco lleno de cebada. Vio la tienda levantada y los mamelucos de
pie y con las manos sobre el pecho. Creyó que había llegado el sultán y
acampado en aquel lugar. Se quedó perplejo y se dijo: « Si lo hubiese sabido,
habría degollado dos gallinas y las habría asado con grasa de vaca para honrar al
sultán» . Quiso volver atrás para degollar a las dos gallinas y hacer con ellas los
honores al sultán. Pero Maruf lo vio y gritó a los mamelucos: « ¡Traédmelo!» Lo
llevaron con la cazuela de lentejas y lo colocaron ante él. Maruf preguntó:
« ¿Qué es esto?» Le contestó: « Tu almuerzo y el pienso de tu caballo. No me
reprendas, pues yo no sabía que el sultán iba a venir a este lugar. Si lo hubiese
sabido, habría degollado mis dos gallinas y habría preparado un magnífico
festín» . Maruf replicó: « El sultán no ha venido, pero yo soy su yerno. Como
estaba enfadado con él, me ha mandado a sus mamelucos. Éstos nos han
reconciliado y ahora voy a volver a la ciudad. Tú me has preparado esta comida
sin saber quién era, y yo acepto la invitación aunque se trate de lentejas: sólo
comeré aquello a que me invites» . A continuación mandó que colocasen la
cazuela en el centro de la mesa y comió hasta quedar harto. En cambio, el
campesino se llenó el vientre de todos los exquisitos guisos. Después Maruf se
lavó las manos y dio permiso a los mamelucos para que comiesen. Se
abalanzaron sobre lo que quedaba en la mesa y comieron. Maruf, cuando hubo
terminado con la cazuela de lentejas, la llenó de oro y dijo: « ¡Llévala a tu casa y
ven conmigo a la ciudad, en donde te honraré!» El campesino cogió la cazuela
llena de oro, azuzó a los bueyes y se marchó a su pueblo creyendo ser un rey.
Maruf pasó la noche en paz y tranquilidad. Unas muchachas, las esposas del
tesoro, tocaron instrumentos y bailaron ante él. Pasó una de aquellas noches que
no vuelve a repetirse en el curso de la vida. Al día siguiente, y antes de que
pudiera darse cuenta, se levantó una nube de polvo que, al disiparse, permitió ver
mulos cargados de fardos. En total eran setecientos, que transportaban telas. Junto
a ellos, como arrieros, había pajes, esportilleros y antorcheros. Abu-l-Saadat
apareció, como capataz, montado en una mula precedida por un palanquín con
cuatro alforjas repletas de gemas. Al llegar ante la tienda, se apeó de la mula,
besó el suelo y dijo: « ¡Señor mío! La cosa está completamente concluida y
perfecta. Este palanquín contiene una túnica que vale un tesoro y que no tiene
igual entre los vestidos de los reyes. Póntela, sube al palanquín y mándanos lo
que desees» . « Abu-l-Saadat —replicó—, quiero escribir una carta, que llevarás
a la ciudad de Jityan al-Jitán. Te presentarás ante mi tío, el rey, como si fueses un
atento correo.» « ¡Oír es obedecer!» Maruf escribió la carta y la selló. Abu-l
Saadat la cogió y corrió hasta hallarse ante el rey. Oyó que éste decía: « ¡Visir!
Tengo el corazón apenado por mi yerno, y temo que los beduinos lo maten.
¡Ojalá supiera hacia dónde ha ido para poder mandar a las tropas que lo sigan!
¡Ojalá me hubiese informado antes de marcharse!» El visir replicó: « ¡Que Dios
sea indulgente contigo por el descuido en que vives! ¡Por vida de tu cabeza! Ese
hombre se ha dado cuenta de que estábamos alerta y, temiendo una desgracia, ha
huido. Es un embustero y un impostor» . Entonces entró el correo: besó el suelo
ante el rey e hizo los votos de rigor por la larga duración de su poder, bienestar y
vida. El rey le preguntó: « ¿Quién eres? ¿Qué deseas?» Contestó: « Soy un correo
que te envía tu yerno. Está a punto de llegar con la caravana, y por mi mediación
te envía una carta. Ésta es.» El rey la cogió y leyó: « Paz completa a nuestro tío,
el rey poderoso. Me acerco con la caravana. Sal a recibirme con las tropas» . El
rey exclamó: « ¡Que Dios ennegrezca tu rostro, visir! ¡Cuánto has atentado
contra el honor de mi yerno, acusándolo de impostor y embustero! Pero ahora
llega con la caravana. ¡Tú eres un traidor!» El visir, completamente
avergonzado, bajó la cabeza. Replicó: « ¡Rey del tiempo! Si dije tales palabras,
fue debido a lo mucho que tardaba en llegar la caravana. Temía que se perdieran
las riquezas que había dilapidado.» « ¡Traidor! ¿Qué representan mis bienes
ahora que ha llegado la caravana? Me va a dar mucho más a cambio de ellas» .
El rey mandó engalanar la ciudad, se presentó ante su hija y le dijo: « ¡Buenas
noticias para ti! Tu esposo va a llegar pronto con la caravana. Me ha enviado una
carta anunciándolo. Voy a salir a recibirlo» . La hija del rey se admiró de aquella
situación y se dijo: « ¡Esto es algo admirable! ¿Ha querido burlarse y reírse de
mí, o bien me ha puesto a prueba diciéndome que era pobre? ¡Loado sea Dios
por no haber despreciado su posición!» Esto es lo que al rey se refiere.
He aquí lo que hace referencia al comerciante Alí, el egipcio. Al ver que
engalanaban la ciudad, preguntó por la causa. Le dijeron: « Maruf, el yerno del
rey, llega con la caravana» . Exclamó: « ¡Dios es el más grande! ¿Qué significa
esta astucia? a mí se me presentó huyendo de su esposa y pobre. ¿De dónde
sacará la caravana? Tal vez la hija del rey haya ideado alguna estratagema por
temor del escándalo. Nada es imposible a los reyes. ¡Que Dios (¡ensalzado sea!)
lo proteja y no lo humille!»
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche novecientas noventa y siete, refirió:
—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que los demás comerciantes se
alegraron muchísimo porque iban a recuperar su dinero.
El rey reunió a sus tropas y salió. Abu-l-Saadat había regresado al lado de
Maruf y le había informado de la entrega de la carta. Éste le dijo: « ¡Carga los
fardos!» Los cargaron. Maruf se puso una túnica que valía un tesoro y montó en
el palanquín: era mil veces más imponente y digno que un rey. Después de
recorrer la mitad del camino, el rey salió a su encuentro con las tropas. El
soberano, al llegar a su lado, vio la túnica que vestía y que viajaba en un
palanquín. Se acercó a él y lo saludó, y lo mismo hicieron todos los magnates del
reino. Quedó patente que Maruf era veraz y no había mentido. Entró en la ciudad
en medio de un cortejo que habría hecho estallar la vejiga de la hiel de un león.
Los comerciantes corrieron ante él y besaron el suelo. El comerciante Alí le dijo:
« ¡Has hecho una buena faena y la has llevado por propia mano, jeque de los
impostores! Pero te lo mereces. ¡Que Dios (¡ensalzado sea!) te acreciente sus
favores!» Maruf se echó a reír. Una vez dentro del serrallo, se sentó en el trono y
dijo: « Colocad los fardos de oro en el tesoro de mi tío, el rey. Traed aquí los
fardos de tela» . Se los llevaron, empezó a abrir fardo tras fardo y sacó lo que
contenían. Así se abrieron los setecientos fardos. Escogió las mejores piezas y
dijo: « Llevadlas a la reina para que las distribuya entre sus esclavas. Coged esta
caja de gemas para que las distribuya entre criadas y criados» . Después empezó
a repartir, entre los comerciantes que le habían prestado dinero, telas por el doble
del importe de su deuda. Si le habían dado mil, pagaba en telas por importe de
dos mil o más. Después se dedicó a repartir entre pobres e indigentes. El rey lo
veía con sus propios ojos pero no podía oponerse. Siguió dando y regalando hasta
haber repartido los setecientos fardos. Entonces se volvió hacia los soldado mil,
pagaba en telas por importe de dos mil o más, jacintos, perlas, corales, etcétera.
Daba las gemas a puñados y sin número. El rey exclamó, por fin: « ¡Hijo mío!
Basta ya de tales dones: quedan pocos fardos» . Le contestó: « ¡Pero aún tengo
muchos!» Así quedó claro que había dicho la verdad, y no hubo nadie que
pudiera desmentirlo. Maruf sólo pensaba en dar, ya que los criados le
proporcionaban cuanto pedía. Al cabo de un rato se presentó el tesorero. Se
dirigió al rey y dijo: « ¡Rey del tiempo! El tesoro está lleno y no puede contener
los fardos que quedan, ni el oro, ni las gemas. ¿Dónde lo colocamos?» El
soberano le indicó otro lugar.
Su esposa, la princesa, estaba loca de alegría al ver aquello; admirada, se
decía: « ¡Quién supiera de dónde ha sacado tantos bienes!» Los mercaderes
estaban contentos por los regalos y hacían votos por él. El comerciante Alí se
decía: « ¡Quién supiera cómo habrá intrigado y mentido para llegar a poseer
todos estos tesoros! Si fuesen de la hija del rey, no los repartiría entre los pobres.
Pero, ¡cuán bellas son las palabras de quien dijo!:
Cuando da el rey de reyes, no preguntes por la causa.
Dios da a quien quiere. Permanece, pues dentro del margen de la
educación.»
Esto es lo que a él se refiere.
He aquí lo que hace referencia al rey. Éste quedó profundamente admirado
de la generosidad y desprendimiento de Maruf. Más tarde, éste se presentó a su
esposa, quien salió a recibirlo sonriente y contenta; le besó la mano. Le preguntó:
« ¿Te burlabas de mí o me ponías a prueba al decir “soy pobre y huyo de mi
esposa”? ¡Loado sea Dios por no haber faltado a mis deberes para contigo! Tú
eres mi amado, y nadie me es más caro que tú, seas rico o pobre. Quiero que me
digas qué pretendías con tales palabras» . « Pretendía ponerte a prueba para
saber si tu amor era sincero, o si sólo se debía a las riquezas y a las seducciones
del mundo. Me he convencido de que tu amor es sinceró, y como me quieres de
verdad, sé bien venida, pues ahora conozco tu valor.» Maruf se aisló y frotó el
anillo. Abu-l-Saadat se presentó y dijo: « ¡Heme aquí! ¡Pide lo que quieras!»
Deseo una túnica magnífica para mi esposa y joyas estupendas entre las que se
encuentre un collar con cuarenta gemas sin par.» « ¡Oír es obedecer!» , y en
seguida le llevó lo que le había pedido. Después de despedir al criado, cogió las
joyas y la túnica, se presentó ante su mujer y colocó todo ante ella. Le dijo:
« Cógelo y póntelo. Es un regaló de bienvenida» . La princesa, al verlo, perdió la
razón de alegría. Entre las joyas se encontró dos ajorcas de oro cuajadas de
gemas, que habían sido hechas por magos; pulseras, pendientes y anillos de gran
valor. Se puso la túnica y las joyas y dijo: « ¡Señor mío! Quiero guardarlo para
las fiestas» . « ¡Póntelas para diario! ¡Tengo tantas!» Las criadas la vieron una
vez vestida. Se alegraron mucho y fueron a besar las manos de Maruf. Éste las
dejó, y cuando estuvo a solas, frotó el anillo. Apareció el criado, a quien dijo:
« Tráeme cien túnicas con sus adornos» . « ¡Oír es obedecer!» Y le llevó las
túnicas, con sus correspondientes adornos. Las cogió y llamó a las criadas. Éstas
se acercaron a él. Dio una túnica a cada una de ellas; se las pusieron y quedaron
como huríes: la reina, entre ellas, parecía la Luna, y sus esclavas, las estrellas.
Una de las criadas explicó al rey lo ocurrido. Éste acudió a visitar a su hija y
la contempló: quedó absorto al ver a la princesa y a sus esclavas. Estaba
profundamente admirado. Salió, mandó llamar al visir y le dijo: « ¡Ha ocurrido
tal y tal cosa! ¿Qué dices del asunto?» « ¡Rey del tiempo! Esta situación no es
propia de los comerciantes. Los comerciantes guardan las piezas de algodón
largos años, y sólo las venden para obtener beneficios. ¿Desde cuándo los
comerciantes tienen una generosidad como la suya? ¿Desde cuándo pueden tener
riquezas y gemas tales que no se encuentran sino en pequeña cantidad junto a los
reyes? ¿Cómo se han de encontrar tales fardos entre los comerciantes? Esto tiene
que tener una causa, y si me haces caso, se te hará patente la verdad del
asunto.» « ¡Te haré caso, visir!» « Ve con él, trátalo con afecto, habla y dile:
“¡Yerno! Tengo intención de ir contigo y el visir, sin nadie más, a un jardín para
distraernos”. Una vez en el jardín, serviremos la mesa del vino, yo me las
ingeniaré y le serviré de beber. Cuando haya bebido el vino, perderá la razón y la
discreción. Le preguntaremos por la verdad, y él nos informará de sus secretos.
El vino es un traidor. ¡Qué bien se dijo!:
Cuando lo bebimos y él reptaba en su marcha hacia la sede de los
secretos, le dije: “¡Detente!”
Temía que sus rayos se enseñoreasen de mí, y mi oculto secreto se
hiciese patente a mi contertulio.
» Cuando nos haya contado la verdad de su asunto, nosotros estaremos por
encima de él y haremos de él lo que queramos. Yo temo que su modo de obrar
sea perjudicial para ti. Tal vez aspire al poder; una vez conseguido el ejército con
la generosidad y la dádiva, te destituirá y te arrebatará el reino.» El rey le
replicó: « Dices verdad» .
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche novecientas noventa y ocho, refirió:
—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que aquella noche quedaron de acuerdo
sobre el asunto.
Al día siguiente por la mañana, el rey se dirigió al salón y se sentó. Los
criados y los palafreneros acudieron, preocupados, ante el rey. Éste les preguntó:
« ¿Qué os ha sucedido?» Le contestaron: « ¡Rey del tiempo! Los palafraneros
han almohazado los caballos y han dado el pienso a éstos y a los mulos que
trajeron los fardos. Pero al amanecer hemos visto que los mamelucos han
robado los caballos y los mulos. Hemos registrado los establos, pero no hemos
encontrado ni caballos ni mulos. Hemos entrado en la sala de los mamelucos y
no hemos encontrado a nadie en ella. No sabemos cómo han podido huir» . El
rey se admiró de esto, ya que creía que eran auténticos caballos, mulos y
mamelucos, e ignoraba que eran siervos del criado encantado. Exclamó:
« ¡Malditos! ¿Cómo mil bestias y quinientos mamelucos, sin contar los criados,
han podido huir sin que os enteréis?» « No sabemos qué es lo que nos ha ocurrido
para que pudieran huir.» Dijo: « ¡Marchaos y en cuanto salga vuestro señor del
harén, dadle la noticia de ello!» Abandonaron al rey y se sentaron, perplejos
ante el asunto. Mientras se encontraban sentados en esta posición, Maruf salió del
harén. Al verlos entristecidos, les preguntó: « ¿Qué noticias hay?» Le contaron lo
que había ocurrido. Les replicó: « ¿Y qué valor tienen para que os aflijáis?
¡Seguid vuestro camino!» En vez de enfadarse y preocuparse, se echó a reír. El
rey clavó la mirada en el visir y le dijo: « ¿Qué clase de individuo es éste para
quien el dinero no tiene ningún valor? Esto ha de tener, necesariamente, una
causa» . Hablaron con Maruf un rato, y el rey dijo: « ¡Yerno! Con el fin de
divertirnos, quiero ir a un jardín contigo y el visir, ¿qué dices?» « ¡No hay
inconveniente!» Se pusieron en camino y se dirigieron a un jardín, en el que
había toda clase de frutos en sus dos especies, ríos que corrían, árboles esbeltos,
pájaros que cantaban. Entraron en un palacio que quitaba las penas del corazón,
y se sentaron a hablar. El visir contaba magníficas historias y refería graciosas
anécdotas y relatos impresionantes. Maruf lo escuchó con atención hasta que
llegó la hora de comer. Colocaron la mesa con la comida y sirvieron el jarro de
vino. Comieron, se lavaron las manos, y el visir llenó la copa y se la entregó al
rey. Éste la vació. La llenó por segunda vez y dijo a Maruf: « Toma la copa de
licor ante la cual se humilla con respeto el inteligente» . Maruf preguntó: « ¿Qué
es esto, visir?» « La joven canosa, la soltera virgen; la que trae la alegría al
pensamiento, y sobre la cual ha dicho el poeta:
Los pies de los infieles la han estrujado en redondo, y ella se ha vengado
en la cabeza de los árabes.
Te lo escancia un incrédulo que es la Luna llena en las tinieblas, cuyas
miradas constituyen la máxima incitación al pecado.
» ¡Qué magníficamente dijo uno!:
El vino y el copero, cuando éste se incorporaba descubriéndolo ante los
contertulios, parecían
El Sol que danza en la aurora y al cual la Luna de la tiniebla puntea con
las estrellas de los Gemelos.
Era tan fino y delicado, que parecía correr, como el espíritu, por los
miembros.
» ¡Qué bello es lo que dijo otro poeta!:
Una Luna perfecta pasó conmigo la noche abrazándome; el Sol no se puso
en la esfera de las copas.
Yo pasé la noche contemplando cómo el fuego, ante el cual se inclinan los
magos, se inclinaba, ante mí, desde el jarro.
» Otro ha dicho:
Corre por sus miembros como corre la salud cuando vence a la
enfermedad.
» Otro ha dicho:
Me maravilla que hayan muerto sus exprimidores dejándonos, a nosotros,
agua de vida.
» ¡Qué estupendas son estas palabras de Abu Nuwás!:
¡Deja de censurarme, pues la censura constituye un estímulo, y cúrame
con aquello que es causa de mi enfermedad!
Es un líquido amarillo, al que nunca alcanzan las tristezas: si una piedra lo
tocase, se llenaría de alegría.
Mientras la noche cerraba, la muchacha se puso en pie con la jarra, y el
resplandor de su luz iluminó toda la casa.
Circuló entre jóvenes ante los cuales se humilla el destino y a quienes éste
sólo acomete como quieren.
Lo servía la mano de una mujer vestida de hombre y que tiene dos
amantes: el invertido y el adúltero.
Di a quien pretende conocer la ciencia: “Has aprendido una cosa, y has
prescindido de muchas”.
» Pero el más estupendo de todos es el poema de Ibn al-Mutazz:
Que una lluvia densa y pertinaz riegue la Chazira, rica en sombras y
árboles, y el convento de Abdún.
Frecuentemente me desvelaban para la bebida matinal, cuando aparecía
el fleco de la aurora y el gorrión no volaba.
Las voces de los monjes del convento en sus plegarias, metidos en sus
hábitos negros cantaban en la aurora.
Entre ellos, ¡cuántas figuras hermosas con ojos alcoholados que
coquetamente bajaban los párpados sobre la pupila negra!
Me visitó uno, envuelto en camisa de noche; apresuraba el paso por temor
y discreción.
Tapicé con mi mejilla humildemente el camino que seguía, y arrastré mis
faldones en pos de sus huellas.
Brillaba la luna del menguante hasta casi descubrirnos; la Luna parecía el
recorte de una uña.
Ocurrió lo que ocurrió; no he de recordarlo. Piensa bien y no preguntes
nada.
» ¡Qué bien dijo uno!:
He pasado a ser el hombre más rico del género humano con la alegría de
una nueva.
Tengo oro fundido y lo mido a copas.
» ¡Qué bien dijo el poeta!:
¡Juro por Dios que no existe más alquimia que la del vino! Todo lo que se
diga acerca de ello es mentira.
Un quilate de vino sobre un quintal de penas, transforma y cambia la
tristeza en alegría.
» Otro ha dicho:
Las copas de cristal que trajeron vacías, pesaban hasta que fueron
llenadas del vino puro.
Entonces se hicieron tan ligeras, que casi volaban con el viento. Así los
cuerpos se aligeran con el espíritu.
» Otro ha dicho:
La copa y el vino tinto tienen gran virtud y merecen que no se olviden sus
derechos.
Cuando muera, enterradme junto a una cepa, para que después de mi
muerte sus raíces rieguen mis huesos.
No me enterréis en un desierto, pues temo, una vez muerto, no volver a
probarlo.»
El visir lo incitaba a que bebiera, le hizo la apología del vino y le recitó los
versos que conocía y las anécdotas de bebedores, hasta que inclinó a Maruf a
sorber del borde de la copa. No tuvo necesidad de más explicaciones: siguió
llenando la copa, y el otro, bebiendo, disfrutando y alegrándose, hasta que perdió
la razón y no pudo distinguir lo falso de la verdad. El visir, al comprobar que la
embriaguez había alcanzado el máximo y excedía de todo límite, dijo:
« ¡Comerciante Maruf! ¡Por Dios que estoy admirado! ¿De dónde te vienen tales
gemas, que ni los reyes ni los Cosroes tienen iguales? Jamás en nuestra vida
hemos visto un comerciante que tenga mayores riquezas o que sea más generoso
que tú. Obras con acciones propias de reyes, y no de comerciantes. ¡Te conjuro
por Dios a que me lo expliques, para que yo conozca tu poder y tu rango!»
Siguió azorándolo y engañándolo, hasta que Maruf, que tenía el entendimiento
ausente, declaró: « Yo no soy comerciante ni hijo de reyes» , y le refirió toda la
historia, desde el principio hasta el fin. El visir exclamó: « ¡Te conjuro, por Dios,
señor mío, Maruf, a que me muestres ese anillo, para que pueda ver cómo está
hecho!» . Maruf, completamente borracho, se quitó el anillo y dijo: « Cogedlo y
examinadlo» . El visir lo cogió, lo manoseó y preguntó: « Si lo froto, ¿acudirá el
criado?» « ¡Sí, frótalo! Se presentará ante ti y lo verás.» Lo frotó, y una voz dijo:
« ¡Estoy ante ti, señor mío! Pide y se te dará. ¿Quieres destruir una ciudad, o
fundarla, o matar a un rey? Ejecutaré, sin rechistar, cualquier cosa que pidas» .
El visir señaló a Maruf y dijo al criado: « Coge a ese perdido y abandónalo en la
tierra más salvaje y desierta, para que no encuentre qué comer ni beber, y
muera de hambre y perezca de pena sin que nadie se entere» . El criado lo
agarró y se echó a volar entre el cielo y la tierra. Maruf, al verse así, quedó
convencido de que iba a morir y de que se encontraba en pésima situación.
Rompió a llorar y dijo: « Abu-l-Saadat, ¿adónde me conduces?» « Voy a
abandonarte en un lugar desierto, hombre poco instruido. Quien posee un
talismán como ése, ¿permite que la gente lo examine? Te has ganado lo que te
sucede. Si no temiese a Dios, te dejaría caer desde una altura de mil brazas, y no
llegarías a tierra sino después de haber sido desgarrado por los vientos.» Calló y
no le dirigió la palabra hasta llegar a una región desierta. Allí lo abandonó,
regresó y lo dejó solo en una tierra inhóspita.
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche novecientas noventa y nueve, refirió:
—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que esto es lo que a él se refiere.
He aquí ahora lo que hace referencia al visir: Una vez se hubo apoderado del
anillo, dijo al rey: « ¿Qué piensas? Te dije que éste era un embustero e impostor,
pero no me quisiste hacer caso» . « Tenías razón, visir mío. ¡Que Dios te conceda
salud! Dame el anillo para que lo examine.» El visir se volvió hacia él,
encolerizado, le escupió en la cara y lo increpó: « ¡Tonto! ¿Cómo he de dártelo
para seguir siendo tu criado, ahora que me he convertido en tu señor? ¡No te
dejaré con vida!» Frotó el anillo y apareció el criado, a quien dijo: « ¡Carga con
este estúpido y arrójalo en el mismo sitio en que abandonaste al impostor de su
yerno!» El criado lo cogió y remontó el vuelo. El rey le dijo: « ¡Criatura de mi
Señor! ¿Cuál es mi culpa?» « No lo sé. Mi dueño me ha mandado que lo haga y
no puedo desobedecer al que posee el anillo del talismán.» Siguió volando hasta
dejarlo en el mismo sitio en que se encontraba Maruf. Lo abandonó y se marchó.
Maruf lo oyó llorar; se acercó al rey, éste le explicó lo sucedido y ambos se
sentaron a llorar por lo que les sucedía; no encontraron ni comida ni bebida. Esto
es lo que a ellos se refiere.
He aquí ahora lo que hace referencia al visir. Después de haberse deshecho
de Maruf y del rey, salió del jardín, mandó buscar a todos los soldados, convocó
una audiencia, explicó lo que había hecho con Maruf y el rey e informó de la
existencia del anillo. Les dijo: « Si no me nombráis sultán, mandaré al criado del
anillo que os ataque y os abandone en una tierra inhóspita, en la cual moriréis de
hambre y de sed» . Le replicaron: « No nos causes daño, pues nos satisface el
que seas nuestro sultán, y no desobedeceremos tus órdenes» . Bien a pesar suyo,
se pusieron de acuerdo para nombrarlo sultán. Éste les concedió trajes de honor
y empezó a pedir a Abu-l-Saadat todo lo que quería. El genio se lo llevaba en el
acto. Luego se sentó en el trono, y los soldados le prestaron acatamiento. Mandó
decir a la hija del rey: « Prepárate, pues esta noche te poseeré ya que estoy
enamorado de ti» . La princesa se echó a llorar por la pérdida de su padre y de su
marido, y le mandó decir: « Espera a que haya transcurrido el plazo legal de
viudedad. Después se formalizará el contrato matrimonial y dispondrás de mí de
modo lícito» . Le contestó: « Yo no conozco ni plazo legal ni dilación alguna. No
necesito ningún contrato ni distingo entre lícito e ilícito. Esta misma noche he de
poseerte» . La princesa le respondió: « ¡Sé bien venido! ¡No hay inconveniente!»
Pero era sólo una treta. Al recibir la respuesta, se alegró y su pecho se dilató, ya
que amaba mucho a la princesa. Luego mandó distribuir alimentos entre toda la
gente. Les dijo: « Comed estos alimentos, que son un banquete de bodas, ya que
me propongo poseer esta misma noche a la reina» . El jeque del Islam objetó:
« ¡No te es lícito poseerla hasta que haya transcurrido el plazo legal de viudedad
y se haya formalizado el contrato matrimonial!» Él replicó: « Yo no conozco ni
plazo legal ni demora alguna. ¡No hables en demasía!» El jeque del Islam se
calló, pues temía su maldad. Dijo a los soldados: « Éste es un incrédulo, que no
tiene ni religión ni rito» . Al llegar la tarde se presentó a la princesa. La encontró
vestida con sus más preciosos trajes, y engalanada con sus mejores joyas. Al
verlo salió a recibirlo sonriendo y le dijo: « ¡Qué noche bendita! Si hubieses dado
muerte a mi padre y a mi marido hubiese sido aún más hermosa para mí» . Le
replicó: « ¡Los he de matar sin remedio!» Le hizo sentar y empezó a bromear
con él fingiendo tenerle cariño. El visir perdió la razón al ver sus caricias y
sonrisas cuando ella lo engañaba con sus gracias para lograr apoderarse del
anillo, y transformar su alegría en pena que cayese sobre su cabeza. Hacía con
él estos hechos siguiendo la opinión de quien dijo:
Con mi astucia he obtenido lo que no se alcanza con las espadas.
Y he regresado con un botín de dulces frutos.
La pasión se apoderó de él con estas caricias y sonrisas y ansió unirse a ella.
Pero cuando se aproximó, la princesa se alejó y rompió a llorar diciendo:
« ¡Señor mío! ¿No ves al hombre que nos está mirando? Te conjuro, por Dios, a
que me ocultes ante sus ojos. ¿Cómo vas a unirte conmigo si alguien nos mira?»
El visir se puso furioso y preguntó: « ¿Dónde está el hombre?» « ¿Es que no ves
cómo saca la cabeza por la gema del anillo y nos mira?» Creyendo que el criado
los estaba mirando, se echó a reír y dijo: « ¡No temas! Éste es el criado del anillo
y está bajo mis órdenes» . « ¡Tengo miedo a los efrits! Quítatelo y arrójalo lejos
de mí.» Se lo quitó, lo dejó encima de la almohada y se acercó a la princesa;
ésta lo rechazó de un puntapié en el corazón y lo tumbó por el suelo, desmayado:
llamó a los criados, que acudieron al momento, y les dijo: « ¡Sujetadlo!»
Cayeron sobre él cuarenta esclavos, y la princesa corrió a coger el anillo que
estaba sobre la almohada. Lo frotó y apareció Abu-l-Saadat, quien dijo: « ¡Heme
aquí, señora mía!» Le dijo: « ¡Coge a este descreído, mételo en la cárcel y pon
le grillos bien pesados! » Lo encerró en la cárcel del tormento y al regresar
preguntó ella: « ¿Adonde has llevado a mi padre y a mi esposo?» Contestó: « Los
he dejado en una tierra inhóspita» . « ¡Te mando que me los traigas ahora
mismo!» « ¡Oír es obedecer!» Remontó el vuelo y cruzó los aires hasta llegar al
país desierto. Descendió y los encontró sentados, llorando y quejándose el uno al
otro. Les dijo: « ¡No temáis! ¡Os traigo una alegría!» Les refirió lo que había
hecho el visir y añadió: « Lo he encarcelado yo mismo obedeciendo órdenes de
la princesa. Luego ésta me ha ordenado que os lleve» . Se alegraron con sus
palabras. Los cogió y remontó el vuelo con ellos. Antes de que hubiese
transcurrido una hora, los dejaba ante la hija del rey. Ésta se puso de pie, saludó a
su padre y a su esposo, los hizo sentar y les ofreció comida y dulces. Al día
siguiente le puso a su padre una túnica preciosa e hizo vestir a su esposo con otra
igual. Dijo: « ¡Padre mío! Siéntate en tu trono de rey conforme hacías antes, y
nombra a mi esposo tu visir de la derecha; informa a tus soldados de lo que ha
ocurrido, saca al visir de la cárcel, ajustícialo y luego incinéralo; es un incrédulo,
que ha querido poseerme como diversión, prescindiendo del rito del matrimonio,
y se ha declarado incrédulo, sin profesar religión alguna. Tú ama a tu yerno y
nómbralo tu visir de la diestra» . Le contestó: « ¡Oír es obedecer, hija mía! Pero
dame el anillo o entrégalo a tu esposo» . « No te conviene ni a ti ni a él. El anillo
se quedará conmigo. Es posible que yo lo proteja mejor que vosotros. Pedidme
cualquier cosa que deseéis y yo la solicitaré, para vosotros, del criado del anillo.
No temáis nada en absoluto mientras yo viva; una vez muerta, podéis hacer lo
que queráis con el anillo.» El padre replicó: « Es una idea muy acertada, hija
mía» . Tomó consigo al yerno y se dirigió a la sala de audiencias. Los soldados
habían pasado la noche muy tristes pensando en la hija del rey dado lo que había
hecho con ella el ministro que la había poseído por placer, sin casarse con ella, y
por el daño que había causado al rey y su yerno. Temían que la ley del Islam
fuese violada, ya que era patente para ellos que se trataba de un incrédulo. Se
reunieron en la audiencia y acometieron al jeque del Islam diciendo: « ¿Por qué
no le has impedido poseer a la reina por placer?» Les contestó: « ¡Gentes! Es un
hombre incrédulo y posee el anillo. Ni yo ni vosotros podemos hacer nada contra
él. Dios (¡ensalzado sea!) le dará lo que se merece. Gallaos para que no os
mate» . Mientras los soldados, reunidos en la audiencia, pronunciaban estas
palabras, el rey y su yerno Maruf entraron en la sala.
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche mil, refirió:
—Me me enterado, ¡oh rey feliz!, de que los soldados, al verlos, se alegraron
muchísimo de su llegada, se pusieron en pie y besaron el suelo ante ellos. El rey
se sentó en el trono, les refirió la historia y desapareció la angustia que sentían.
Mandó engalanar la ciudad y ordenó que le llevasen al visir, que estaba en la
cárcel. Al cruzar ante los soldados, éstos lo maldijeron y lo insultaron; lo
reprendieron hasta que llegó ante el rey. Éste lo mandó ejecutar. Así lo hicieron,
y luego lo quemaron: corrió al infierno en el peor de los estados. ¡Qué excelentes
son las palabras de quien dijo!:
¡Que el Misericordioso no se apiade del polvo de sus huesos, y que
Munkar y Nakir lo conserven siempre!
A continuación el rey nombró a Maruf su visir de la diestra. El transcurso del
tiempo les fue favorable, y la vida les trajo alegrías. Así vivieron durante cinco
años. Al sexto murió el rey, y la princesa nombró sultán a su esposo en sustitución
de su padre, pero no le entregó el anillo. Durante este tiempo había quedado
encinta y había dado a luz un muchacho de prodigiosa hermosura,
espléndidamente bello y perfecto. Siguió en el seno de las nodrizas hasta que
cumplió cinco años. Entonces su madre contrajo una enfermedad mortal. Mandó
llamar a Maruf y le dijo: « Estoy enferma» . Le contestó: « ¡Curarás, amada de
mi corazón!» « Tal vez muera: no necesito recomendarte que cuides de tu hijo,
pero en cambio sí he de decirte que guardes el anillo, por ti y por el muchacho.»
« ¡Aquel a quien Dios guarda, no sufre ningún daño!» La princesa se quitó el
anillo y se lo entregó. Al día siguiente fue a la misericordia de Dios (¡ensalzado
sea!). Maruf, que era rey, se dedicó al gobierno. Cierto día agitó el pañuelo, y los
soldados salieron de su presencia para marcharse a su casa. Maruf entró en el
salón y se sentó hasta que hubo terminado el día y llegó la noche con sus
tinieblas. Entonces, según tenían por costumbre, se presentaron ante él los
grandes del reino, sus contertulios, y pasaron la velada con él disfrutando y
distrayéndose hasta la medianoche. Entonces le pidieron permiso para retirarse,
y él se lo concedió. Se marcharon a su casa, y luego se presentó ante él una
esclava destinada al servicio del lecho; le preparó el estrado, le quitó la túnica y
le puso el traje de noche. Maruf se acostó, y la mujer empezó a hacerle masaje
en los pies hasta que el sueño lo venció. La esclava salió, se dirigió a su habitación
y se durmió. Esto es lo que a ella se refiere.
He aquí lo que hace referencia al rey Maruf. Mientras dormía, notó que tenía
algo a su lado, en la cama. Se despertó aterrorizado y exclamó: « ¡En Dios busco
refugio frente a Satanás (¡lapidado sea!)!» . Abrió los ojos y vio a su lado una
mujer de mal aspecto. Le preguntó: « ¿Quién eres?» Le contestó: « ¡No temas!
Yo soy tu esposa, Fátima al-Urra» . La miró a la cara y la reconoció por lo sucio
de la misma y por los largos colmillos. Le preguntó: « ¿Por dónde has llegado
hasta mí? ¿Quién te ha traído hasta este país?» « ¿En qué país estamos ahora?»
« En la ciudad de Jityan al-Jitán, pero tú, ¿cuándo has dejado El Cairo?»
« ¡Ahora mismo!» « ¿Cómo ha sido?»
Le refirió: « Sabe que después de haberme querellado contigo —pues Satanás
me incitaba a causar tu pérdida— y de haberte acusado ante los jueces, éstos
mandaron buscarte, pero no te encontraron; preguntaron por ti, pero nadie te
había visto. Al cabo de dos días me arrepentí y comprendí que la culpa era mía;
pero de nada me servía ya el arrepentimiento. Esperé unos días, llorando por
encontrarme separada de ti. Disponía de poco, por lo cual me vi obligada a
mendigar para conseguir alimento. Pedí a todos, ricos y pobres. Desde el
momento en que me abandonaste, sólo he comido el pan de la humillación y me
he encontrado en el peor de los estados. Todas las noches me sentaba en el lecho
a llorar, por encontrarme separada de ti y por las muchas humillaciones,
desprecios, dificultades y fatigas que sufría desde el momento de tu partida» .
Siguió contándole todo lo que le había sucedido, y él la escuchaba absorto. Ella, al
fin, dijo: « Deambulé todo el día pidiendo, pero nadie me dio nada. Cuando me
acercaba a alguien y le pedía un pedazo de pan, me insultaba y no me daba
nada. Al caer la noche me fui a dormir sin cenar. El hambre me abrasaba y me
afligía lo que había sufrido. Me senté a llorar. Entonces apareció ante mí una
persona, que me dijo: “¡Mujer! ¿Por qué lloras?” Contesté: “Tenía un marido que
se preocupaba por mí y atendía a mis deseos. Pero ha desaparecido, y no sé
dónde está. Desde entonces he soportado las durezas de la vida”. Preguntó:
“¿Cómo se llama tu esposo?” “Maruf.” “Lo conozco. Sabe que tu esposo es ahora
el sultán de una ciudad, y si quieres que te conduzca a su lado, lo haré.” “¡Estoy
bajo tu custodia! ¡Condúceme hasta él!” Me cogió, remontó el vuelo entre el
cielo y la tierra y me trajo a este alcázar. Aquí me ha dicho: “Entra en esa
habitación. Encontrarás a tu esposo durmiendo en el lecho”. He entrado y te he
visto con todo este rango. Tenía la esperanza de que no me hubieses abandonado,
ya que soy tu compañera. ¡Loado sea Dios que me ha reunido contigo!» Maruf
replicó: « ¿Yo te he abandonado, o tú? Has ido querellándote de juez en juez y has
acabado por querellarte ante el mismísimo Tribunal Supremo, lanzando en pos
mío, desde la ciudadela, a Abu Tabaq. Huí, bien a pesar mío» . Siguió contándole
todo lo que le había ocurrido hasta llegar a Sultán y casarse con la hija del rey.
Le explicó que ella había muerto y le había dejado un hijo de siete años de edad.
La mujer le dijo: « Ha sucedido lo que Dios (¡ensalzado sea!) tenía decretado. Yo
me he arrepentido y confío en ti. No me olvides y permite que coma en tu casa
el pan de la limosna» . Siguió humillándose ante él, hasta que consiguió
enternecer su corazón. Le dijo: « ¡Arrepiéntete del mal y quédate conmigo! Sólo
recibirás cosas que te alegren. Pero si cometes alguna fechoría, te mataré sin
piedad. No pienses en querellarte ante el Tribunal Supremo o en despachar tras
de mí, desde la ciudadela, a Abu Tabaq. Soy sultán: las gentes me temen, y yo
sólo temo a Dios (¡ensalzado sea!). Tengo un anillo a mi servicio: en cuanto lo
froto, se presenta ante mí el criado, que se llama Abu-l-Saadat, y me trae cuanto
le pido. Si quieres volver a tu país, te daré lo suficiente para toda la vida y te
enviaré en seguida a tu patria. Si quieres permanecer a mi lado, te encerraré,
sola, en un alcázar, que recubriré con tapices de seda, y pondré veinte criadas a
tu servicio. Te daré exquisitos alimentos, telas preciosas, y serás una reina que
vivirás el mayor bienestar hasta que mueras tú o muera yo. ¿Qué prefieres?»
Contestó: « Quiero quedarme contigo» . Le besó la mano y se arrepintió del mal
hecho. Él destinó un alcázar para ella sola, le asignó esclavas y eunucos y se
transformó en una reina.
El muchacho iba a verla con frecuencia. Pero la mujer lo detestaba porque
no era hijo suyo. El muchacho, al darse cuenta de que lo despreciaba y lo
miraba encolerizada, dejó de ir a verla y la despreció.
Maruf se dedicó a amar a las esclavas hermosas y no volvió a pensar en
Fátima al-Urra, ya que ésta era una vieja con canas, de mal aspecto, fría y más
fea que una serpiente estriada pero, en especial, porque le había hecho mucho
daño. El autor del proverbio dice: « La maldad corta de raíz el deseo y siembra el
odio en la tierra del corazón» . ¡Qué bien dice el poeta!:
Procura guardar de la ofensa los corazones pues es difícil que vuelvan
después de haberlos apartado.
Si el amor desaparece de un corazón, es como el vidrio: una vez roto, no
tiene remedio.
Maruf le había concedido hospitalidad por su buen natural y se había
mostrado generoso con ella buscando la satisfacción de Dios (¡ensalzado sea!).
Entonces, Dunyazad dijo a su hermana Sahrazad: « ¡Qué hermosas son estas
palabras, que absorben el corazón de las miradas encantadoras! ¡Qué estupendos
son estos libros prodigiosos y estas anécdotas admirables!» Sahrazad contestó:
« ¡Pues eso no es nada en comparación con lo que os contaré la próxima noche,
si vivo y el soberano me concede la vida!»
Al día siguiente, la aurora difundió su luz y el rey se levantó, con el pecho
dilatado, en espera del resto de la historia. Se dijo: « ¡Por Dios! No la mataré
antes de haber oído el resto de su historia» . Se dirigió a la audiencia, y el visir,
como tenía por costumbre, acudió con la mortaja debajo del brazo. El rey se
dedicó a gobernar a la gente durante todo el día, y después se marchó al harén y
entró en la habitación de su esposa Sahrazad, la hija del visir, como tenía por
costumbre.
Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual
le habían dado permiso.
Cuando llegó la noche mil una, que es la última del libro, el rey se fue a su
harén y entró en la habitación de su esposa Sahrazad, la hija del visir. Su hermana
Dunyazad le dijo: « ¡Termina de contarnos la historia de Maruf!» « ¡De mil
amores, si el rey permite que hable!» El soberano le dijo: « Te permito que la
cuentes, pues estoy ansioso de oír el resto» .
Sahrazad refirió: « Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que Maruf no se
preocupaba personalmente de su esposa para la práctica del matrimonio y sólo le
pasaba alimentos por respeto a la faz de Dios (¡ensalzado sea!). Fátima, al ver
que se abstenía de tener relaciones conyugales con ella y que en cambio se
aficionaba a otras, lo odió y se llenó de celos. El demonio la tentó sugiriéndole la
idea de apoderarse del anillo, matarlo y proclamarse reina en su lugar. Cierta
noche salió y se dirigió desde su alcázar al de su esposo, el rey Maruf. El destino
y los hados ineludibles quisieron que lo encontrara durmiendo con una de sus
favoritas, muy hermosa, bella y bien proporcionada. Su piedad era tan grande
que se quitaba el anillo del dedo, por respeto a los nobles nombres que tenía
grabados, cuando quería cohabitar, y no se lo volvía a poner hasta después de
haberse purificado. Su esposa, Fátima al-Urra, no se había movido de su
departamento hasta saber que cuando cohabitaba se quitaba el anillo y lo dejaba
encima de la almohada hasta después de purificarse, y que tenía por costumbre,
una vez realizado el acto sexual, mandar a la favorita que se marchase para
salvaguardar el anillo. Al entrar en el baño cerraba la puerta de sus habitaciones
y no las abría hasta haber salido del baño, recogido el anillo y colocado éste en el
dedo. Después de esto podía entrarse en el alcázar sin dificultad. Fátima se había
enterado de todo esto. Salió por la noche dispuesta a entrar en su habitación
mientras estuviese sumergido en el sueño y robar el anillo sin que la viera. Pero
en el momento en que ella salía, el hijo del rey entraba en el retrete, a oscuras,
para satisfacer una necesidad: se había sentado, en la oscuridad, en la tabla y
había dejado la puerta abierta. Cuando Fátima abandonó sus habitaciones, la vio
andar precipitadamente en dirección a las de su padre. Se dijo: « ¡Ojalá supiera
para qué sale esta bruja de sus habitaciones, en medio de las tinieblas nocturnas y
se dirige al alcázar de mi padre! Debe haber alguna causa» . Salió en pos de ella
y siguió sus pasos sin que lo viera. El muchacho disponía de una pequeña espada
de joyas, y siempre que iba a la audiencia de su padre, la llevaba ceñida porque
estaba orgulloso de ella. El padre, al verlo, se reía de él y le decía: « ¡Sea lo que
Dios quiera, hijo mío! Tu espada es grande, pero no la has utilizado en el
combate ni has cortado con ella ninguna cabeza» . El muchacho le contestaba:
« ¡Cortaré algún cuello que lo merezca!» El padre se reía de sus palabras.
Mientras andaba detrás de la esposa de su padre desenvainó la espada y la siguió
hasta que entró en una habitación. El muchacho se quedó en la puerta y empezó
a observarla mientras ella buscaba y decía: « ¿Dónde habrá puesto el anillo?»
Entonces comprendió lo que buscaba. El muchacho tuvo paciencia hasta que ella,
una vez lo hubo encontrado, exclamó: « ¡Aquí está!» Lo cogió y se dispuso a
salir. El príncipe se escondió detrás de la puerta. La vieja, una vez hubo cruzado
la puerta, examinó el anillo, empezó a manosearlo y quiso frotarlo. Pero el
muchacho levantó la mano con la espada y la decapitó; lanzó un grito y cayó
muerta. Maruf se despertó y vio a su esposa tumbada y sangrando; su hijo traía
en la mano la espada desenvainada. Le preguntó: « ¿Qué ha pasado, hijo mío?»
« ¡Padre mío! Cuántas veces has dicho: “Tu espada es grande, pero no la has
utilizado en el combate ni has cortado con ella ninguna cabeza”. Yo te contestaba:
“¡Cortaré el cuello de quien lo merezca!” Y he cortado un cuello que merecía
ser cortado» , y le contó toda la historia. El padre buscó el anillo y no lo encontró;
siguió buscándolo en el cuerpo de la muerta, hasta encontrarlo dentro de la mano
crispada. Lo cogió y dijo: « ¡Tú, sin duda ni vacilación, eres mi hijo! ¡Que Dios
te conceda felicidad en ésta y en la última vida, del mismo modo que me has
librado de esta desvergonzada! Sus propios esfuerzos han causado su pérdida.
¡Qué bien dijo el autor de estos versos!:
Si Dios presta su auxilio al hombre, éste obtiene su deseo en todas las
cosas.
Si el hombre no obtiene el auxilio de Dios, lo primero que lo perjudica es
su propio esfuerzo» .
El rey Maruf llamó a gritos a sus servidores, y éstos acudieron corriendo. Les
explicó lo que había hecho su esposa, Fátima al-Urra, y les mandó que la
cogieran y la depositasen en cualquier lugar hasta que llegara el día. Hicieron lo
que les había mandado. Luego la confió a unos criados. Éstos la lavaron, la
amortajaron, le abrieron una tumba y la enterraron: así, había venido de El Cairo
para morir y ser enterrada. ¡Qué bien dijo el poeta!:
Marchamos según lo que nos ha sido prescrito, y aquel a quien se le ha
prescrito una suerte, la sigue.
Aquel que debe morir en una tierra, no morirá en otra distinta.
¡Qué hermosas son estas otras palabras del poeta!:
Cuando me dirijo a un país en busca de bienes, no sé la suerte que me
cabrá:
Si el bien al que aspiro, o el mal que me busca.
Después, el rey Maruf mandó buscar al labrador que le había concedido
hospitalidad mientras él huía. Cuando llegó, lo nombró su visir de la diestra y el
primero de sus consejeros. Se enteró de que tenía una hija, de prodigiosa
hermosura y belleza, de buenas costumbres, de ilustre origen y de excelentes
dotes. Casó con ella, y al cabo de cierto tiempo, casó a su hijo. Y pasó el tiempo
en la más dulce de las vidas; el destino les fue favorable, y gozaron de alegrías
hasta que les llegó el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos, el que
aniquila las ciudades más florecientes y deja huérfanos a muchachos y
muchachas. ¡Gloria al Viviente, al que no muere! ¡En su mano están las llaves
del reino y del poderío!
Durante este período, Sahrazad había dado al rey tres hijos. Al terminar esta
historia se puso en pie, besó el suelo ante el rey y dijo: « ¡Oh, rey del tiempo!
¡Oh, tú, que eres único en esta época y momento! Yo soy tu esclava, y llevo ya
mil y una noches contándote las historias de las generaciones pasadas y las
amonestaciones de los antiguos. ¿Puedo manifestar un deseo a tu majestad?»
« ¡Pide y te será dado, Sahrazad!» Ésta llamó a las nodrizas y a los eunucos y les
dijo: « ¡Traed a mis hijos!» Los llevaron inmediatamente: eran tres varones; uno
andaba solo; otro, a gatas, y el tercero era un lactante. Sahrazad los cogió y los
colocó ante el rey, besó el suelo y dijo: « ¡Rey del tiempo! Éstos son tus hijos. Te
pido que me dejes vivir en atención a estas criaturas. Si me matas, estos niños
quedarán sin madre y no encontrarás una mujer que los eduque como se debe» .
El rey se puso a llorar y estrechó a sus hijos contra el pecho. Dijo: « Sahrazad.
Ya te había perdonado mucho antes de que viniesen estos niños, pues he
comprobado que eres casta, pura, noble y digna. ¡Que Dios te bendiga a ti, a tu
padre, a tu madre, a tus antepasados y a tus descendientes! Dios es testigo de que
yo te libraré de cualquier cosa que pueda disgustarte» . Sahrazad besó las manos
y los pies del rey, se puso muy contenta y le dijo: « ¡Que Dios prolongue tu vida
y acrezca tu poder y dignidad!» La alegría se propagó por palacio y se difundió
por toda la ciudad. Fue una noche que no se cuenta entre las terrenales, y más
radiante que la luz diurna. Al día siguiente, el rey, contento y feliz, mandó llamar
a todas las tropas. Éstas acudieron. Regaló un magnífico y estupendo traje de
Corte a su visir, el padre de Sahrazad, y le dijo: « ¡Que Dios te proteja!, ya que
me has dado por esposa a tu noble hija, la cual ha sido causa de que me
arrepienta de haber dado muerte a las hijas de la gente. Me he dado cuenta de
que es pura, casta, noble y digna. Dios me ha dado con ella tres hijos varones.
¡Loado sea Dios por tan grandes bienes!»
Regaló trajes de Corte a visires, emires y grandes del reino. Mandó engalanar
la ciudad durante treinta días y eximió a los habitantes de la ciudad de nuevas
contribuciones: todos los gastos corrieron a cargo del tesoro del rey. Engalanaron
magníficamente la ciudad como jamás se había hecho hasta entonces.
Redoblaron los tambores y sonaron las flautas y todos los demás instrumentos. El
rey hizo grandes dones y regalos; dio limosnas a pobres e indigentes y extendió
su generosidad a todos los súbditos y habitantes de su reino. El rey y sus estados
vivieron en el bienestar, la felicidad, las dulzuras y la paz, hasta que compareció
el destructor de las dulzuras, el que aniquila a las comunidades.
¡Gloria a quien no muere en el transcurso del tiempo, Aquel a Quien no
alteran los cambios, que no sufre vicisitudes y es único en los atributos de la
perfección!
¡La bendición y la paz sean sobre el imán de su señorío, el escogido entre sus
criaturas, nuestro señor Mahoma, Señor de los hombres! ¡Le rogamos, por su
mediación, que nos conceda un buen fin!
S
HISTORIA DE ALÍ BABA Y DE LOS CUARENTA LADRONES
E cuenta —pero Dios conoce mejor los sucesos ocurridos a las naciones de lo
pasado y a los pueblos de lo pretérito— que en un tiempo remoto y en una época
lejana vivían en una ciudad del Jurasán persa, dos hombres que eran hermanos
uterinos. Uno de ellos se llamaba Qasim, y el otro, Alí Babá. Al morir el padre de
ambos les dejó una pobre herencia, y escasos bienes. A pesar de la pequeña
cuantía del legado de su padre, se lo repartieron con equidad y justicia, sin
querellas ni discusiones. Después de haber realizado la partición de la herencia de
su progenitor, Qasim contrajo matrimonio con una mujer rica, dueña de fincas,
jardines, viñedos y tiendas repletas de preciosas mercancías, de numerosos
objetos de valor. Empezó a tomar y a dar, a vender y comprar, y su situación se
fue haciendo cada vez más desahogada. Los hados le fueron favorables, y
alcanzó renombre entre los comerciantes y rango entre las personas más
acomodadas de la ciudad.
Alí Babá casó con una mujer pobre, que no poesía ni un dirhem ni un dinar, ni
casas, ni tierras. En poco tiempo perdió todo lo que había heredado de su padre,
con lo que llegaron la estrechez con sus angustias, la pobreza con su agobio, y las
preocupaciones. Abatido por su situación, se veía incapaz de encontrar un medio
con el que poder recuperarse y atender a sus necesidades. Era un hombre sabio,
juicioso, instruido y educado. Recitó estos versos:
Me dice: « Gracias a tu ciencia, estás entre los seres humanos, como si
fueras la noche de la luna llena» .
Respondo: « Dejaos de habladurías, pues no hay ciencia sin poder» .
Si me hipotecaran con toda mi ciencia, con todos mis cuadernos y el
tintero por el sustento de un solo día, se rechazaría la hipoteca y me
tirarían los cuadernos y el tintero.
La situación y la vida del pobre está llena de disgustos:
En verano no encuentra sustento; en invierno se calienta al lado del
brasero.
Los perros se encaran con él en el camino, y los más viles lo rechazan.
No puede quejarse a nadie de su situación, pues en toda la tierra no se
encuentra quien lo comprenda.
Si tal es la vida del pobre, lo mejor es que transcurra en el cementerio.
Cuando hubo terminado de recitar, meditó acerca de su situación, en el lugar
en que debía buscar apoyo y a recapacitar en lo que debía hacer para atender a
sus necesidades y en el medio con el cual iba a obtener su sustento. Se dijo: « Si
compro, con el dinero que me queda, un hacha y un asno, me marcho al bosque
y corto leña que después traigo y vendo en el mercado de la ciudad, tal vez
consiga, con su precio, lo que ha de poner fin a mi miseria y lo que me ha de
permitir atender a las necesidades de mi familia» . Y como esta idea le pareció
buena, decidió comprar el asno y el hacha. Al día siguiente llevaba tres asnos,
cada uno de los cuales parecía una mula. Se dirigió al bosque, pasó el día entero
cortando leña y haciendo hatos, y al llegar la tarde la cargó en los asnos,
emprendió el camino de la ciudad y se dirigió al zoco. Vendió la leña, y con su
importe atendió a sus necesidades y a las de su familia. Su tristeza se disipó, y su
preocupación disminuyó. Dio gracias a Dios, lo alabó y se durmió con el corazón
contento, tranquilo y confiado. Al día siguiente por la mañana fue de nuevo al
monte e hizo lo mismo que el día anterior. Cada día, al amanecer, se dedicaba a
este trabajo: se dirigía al monte, y al anochecer iba al zoco de la ciudad en el que
vendía la leña, y con su importe atendía a las necesidades de su familia. Llegó a
tomarle cariño a este oficio.
Siguió este estado de cosas hasta que cierto día, mientras estaba en el monte
dedicado a hacer leña vio que se levantaba una nube de polvo que cubría el
horizonte. Al disiparse vio unos jinetes que parecían fieros leones, cubiertos de
armas, vestidos con cotas de malla, espada al cinto, lanza en ristre y arcos en la
espalda. Alí Babá temió que le ocurriese algo, se aterrorizó, se asustó, corrió
hacia un árbol muy elevado, se encaramó en él y se ocultó entre sus ramas para
escapar de ellos, pues le habían parecido ladrones. Oculto entre las frondosas
ramas clavó en ellos la pupila.
El narrador añade, al referir esta historia prodigiosa y este asunto
impresionante, maravilloso: Una vez estuvo Alí Babá en la copa del árbol
contempló a los jinetes con ojos expertos y se dio cuenta de que eran ladrones,
salteadores de caminos. Los contó y vio que eran cuarenta, todos montados en
magníficos corceles. El temor y la ansiedad de Alí Babá fueron en aumento, la
yugular le palpitó, tragó saliva y no supo qué hacer.
Los caballeros se detuvieron, descabalgaron de sus corceles y les dieron de
comer a cada uno de éstos un saco de cebada. Luego, cada uno cogió el saco,
que llevaba atado a la grupa, y se lo cargó a la espalda. Todo esto ocurría bajo la
mirada de Alí Babá, que los estaba contemplando desde la copa del árbol. El jefe
se dirigió hacia un recoveco del monte. Había allí, en un lugar cubierto de
vegetación, una puerta de acero, que no se veía por la gran cantidad de arbustos
y espinas, de tal modo que Alí Babá ni tenía noticia de su existencia ni la había
visto ni tropezado con ella jamás. Los ladrones se detuvieron al llegar a la puerta.
El jefe dijo, con su voz más fuerte: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» En el mismo
instante en que pronunciaba estas palabras, se abrió la puerta, y luego entró el
capitán, seguido por los ladrones que llevaban los sacos. Alí Babá se admiró de lo
que hacían, y empezó por deducir que aquellos sacos debían estar llenos de plata
pura y de oro amarillo acuñado. Y así era, puesto que los ladrones constituían una
pandilla de salteadores de caminos que asaltaban alquerías y poblachos vejando
a sus habitantes. Cada vez que se apoderaban de una caravana o asaltaban una
alquería, llevaban el botín a aquel lugar apartado, oculto y disimulado. Alí Babá
siguió encima de la copa del árbol en que estaba escondido y no hizo movimiento
alguno; al contrario, siguió con la vista fija en los ladrones y observando todo lo
que hacían. Los vio salir, precedidos por su jefe, con las alforjas vacías, que
ataron a la grupa del caballo respectivo, tal como la habían traído; luego les
pusieron las riendas, montaron y se fueron por el mismo camino por el que
habían llegado, corriendo sin cesar hasta alejarse y perderse de vista. Todo había
ocurrido sin que Alí Babá rechistase; no bajó de la copa del árbol hasta que se
hubieron alejado y perdido de vista. Refiere el narrador: cuando Alí Babá estuvo
seguro de sus maldades, cuando se hubo tranquilizado y perdido el miedo, bajó
del árbol, se acercó a la pequeña puerta y se detuvo ante ella, meditando y
diciéndose: « Si digo: “¡Sésamo, abre tu puerta!”, del mismo modo que lo ha
hecho el jefe de los ladrones, ¿se abrirá la puerta o no?» Se adelantó, pronunció
aquellas palabras, y la puerta se abrió. Y esto ocurría porque aquel lugar había
sido construido por los genios, por los marid, y estaba encantado y sujeto a
grandes talismanes. Por ello, las palabras « ¡Sésamo, abre tu puerta!» , eran el
conjuro que acababa con el encantamiento y abría la puerta. Alí Babá, al ver que
se había abierto, entró. Apenas acababa de cruzar el umbral, la puerta se cerró
detrás de él. Esto lo asustó, le aterrorizó y pronunció aquellas palabras que no
hacen enrojecer a quien las dice: « ¡No hay fuerza ni poder sino en Dios, el
Altísimo, el Grande!» En seguida recordó la fórmula: « ¡Sésamo, abre tu
puerta!» y cedió el miedo y el pánico que se habían apoderado de él. Se dijo:
« No me preocupa que se cierre la puerta, mientras conozca el conjuro para
abrirla» . Avanzó un poco, creyendo que todo estaría a oscuras, pero se encontró
en una amplia e iluminada habitación de mármoles, bien edificada, sostenida por
columnas, y de hermosa construcción. Había allí todos los guisos y bebidas que
pudieran apetecerse. Desde esta sala pasó a una segunda, más grande y amplia
que la primera, en que se encontraban tales riquezas, prodigios y maravillas, que
quien las hubiera visto se habría quedado estupefacto. Los propios narradores se
habrían cansado de describirlos, dadas las grandes cantidades de lingotes de oro
puro, de plata, de dinares acuñados y de dirhemes, que contenía. Todo en
montones, como si se tratase de arena o guijarros que no se pueden contar.
Después de haber recorrido esta sala prodigiosa, descubrió otra puerta, que daba
acceso a una tercera habitación, más hermosa y más linda que la segunda.
Contenía los mejores trajes, y estaban representados los de todas las regiones y
países; había además las piezas de algodón más caras y de mejor calidad; trajes
de seda y de estupendo brocado. Pero no se trataba de una sola clase, sino que en
aquel lugar se encontraban reunidas telas de todas las regiones de Siria o de los
más remotos países de África, e incluso de China, del Sind, de Nubia y de la
India. Después llegó a la sala de las gemas y de las piedras preciosas, en la que
había perlas y pedrerías cuyo número no se podía evaluar ni contar, ya fuesen
jacintos o esmeraldas, turquesas o topacios; las perlas formaban verdaderas
montañas, los rubíes al lado del coral. Pasó luego a una sala, la última, que
contenía especias, sahumerios y perfumes. Estos productos estaban
representados en las mejores variedades y calidades. Se notaba el olor del áloe y
del almizcle; el aroma del ámbar y de la algalia era fuerte; el de las especias y el
ámbar gris, penetrante; el perfume de las colonias y del azafrán, intenso; el
sándalo estaba abandonado como leña de quemar, y las raíces aromáticas,
arrinconadas como madera sin valor.
Alí Babá, al ver tales riquezas y tesoros, quedó estupefacto y perplejo.
Permaneció inmóvil y pensativo durante un rato, y luego se dedicó a examinar
detenidamente las perlas, y tan pronto cogía las más hermosas como las dejaba
por las gemas, al ver que eran mejores; otras veces apartaba pedazos de brocado
o el brillante oro; ora se entretenía ante los juegos de lisa seda, ora en aspirar el
aroma del áloe y los perfumes. Pensó que aunque aquellos ladrones hubiesen
dedicado largos años en acumular aquellas riquezas, no era posible que hubieran
logrado reunir ni siquiera una ínfima parte de las que allí se encontraban. No
cabía la menor duda de que aquel tesoro era anterior incluso a la misma
existencia de los ladrones, y a su hallazgo por éstos. Sea como fuere, lo poseían
de modo ilegal e injusto. Si aprovechaba la ocasión y se apoderaba de una parte
de aquellos bienes no cometería ningún delito ni podría ser censurado, y mucho
menos siendo tales las riquezas que no podían contarse ni evaluarse, por lo cual
no advertirían nada. Resuelto ya a ello, empezó a coger parte del oro y a llevar
afuera sacos de dinares. Cada vez que quería entrar o salir decía: « ¡Sésamo,
abre tu puerta!» y la puerta se abría. Cuando hubo terminado de acarrear las
riquezas, las cargó en sus asnos, cubrió las bolsas de oro con un poco de leña y
guió los animales hacia la ciudad, hasta que llegó a su casa, lleno de alegría, con
el pensamiento tranquilo. El narrador refiere: una vez en ella, Alí Babá cerró la
puerta, para estar seguro de que no entraría la gente, ató los asnos en el establo y
empezó a descargar un saco, lo subió hasta donde se encontraba su esposa y lo
colocó delante de ésta; después bajó y regresó con otro, y así saco tras saco,
hasta que los hubo subido todos. La mujer estaba perpleja al ver lo que hacía. Al
tocar una de las bolsas y ver que estaba llena de dinares de color amarillo, se
descompuso, pues creyó que su esposo había robado aquellos bienes. Lo increpó:
« ¿Qué has hecho, desgraciado? Para nada necesitamos lo que no es nuestro, ni
hemos de apetecer los bienes de los demás. Yo estoy contenta con lo que Dios
me ha concedido, y satisfecha de ser pobre y agradecida por lo que me ha dado.
No apetezco lo de los otros, ni deseo poseer bienes ilícitamente» . « ¡Mujer!
¡Tranquilízate y alégrate, pues yo tampoco apetezco lo que está prohibido! Todas
estas riquezas las he encontrado en un tesoro, y he aprovechado la ocasión, las he
cogido y me las he traído.» Le explicó todo lo que le había ocurrido con los
ladrones, desde el principio hasta el fin, pero de nada serviría volver a repetirlo.
Después, cuando hubo terminado de contárselo, le recomendó que tuviese
cuidado con la lengua y guardase el secreto. La mujer, al oír esto, se admiró
muchísimo de ello, perdió el miedo, se le dilató el pecho y se puso alegre. Alí
Babá vació las bolsas en medio de la habitación, y el oro formó una verdadera
montaña. La joven quedó estupefacta y empezó a contar los dinares. Él le dijo:
« ¡Ay de ti! No acabarías de contarlos ni en dos días. Eso no sirve para nada ni es
necesario hacerlo ahora. Me parece que lo mejor que podemos hacer es cavar
una fosa y enterrar esta fortuna, pues temo que esto se descubra y se divulgue
nuestro secreto» . « Si no quieres contarlos, es en cambio necesario que los
pesemos para saber aproximadamente su cuantía.» « Haz lo que te parezca, pero
temo que la gente se entere de ello y que nos pese cuando de nada nos sirva el
arrepentimiento.» La mujer no le hizo caso, ni se preocupó de sus palabras; al
contrario: salió a pedir prestadas unas medidas pues ella, dada su pobreza y la
insignificancia de su situación, no las tenía. Se dirigió a casa de su cuñada, la
esposa de Qasim, para pedirle prestada una medida. « ¡De mil amores!» , le
contestó. Cuando se levantó para ir a buscarla, pensó: « La mujer de Alí Babá es
pobre, y no tiene costumbre de medir. ¡Quién supiera qué granos tiene hoy que
necesita medirlos!» Quiso enterarse, y para ello colocó un poco de cera en el
fondo de la medida, a fin de que quedasen pegados algunos granos. Luego se la
entregó. La mujer de Alí Babá la cogió, dio las gracias a su cuñada por el favor
que le hacía y se marchó corriendo a su casa. Al llegar a ésta, empezó a medir el
oro y vio que había diez medidas. Se alegró mucho de ello e informó a su
marido. Entretanto, éste había cavado una amplia fosa, enterró en ella el oro y la
volvió a cubrir de tierra. La mujer de Alí Babá se apresuró a devolver la medida
a su cuñada.
He aquí lo que hace referencia a la mujer de Qasim: Cuando se hubo
marchado la mujer de Alí Babá, dio vuelta a la medida y descubrió un dinar, que
había quedado pegado en la cera. Se maravilló mucho de ello, pues sabía lo muy
pobre que era Alí Babá. Permaneció un rato perpleja, y cuando se convenció de
que lo que habían medido era realmente oro, dijo: « ¿Alí Babá pretende ser pobre
y cuenta el oro con medidas? ¿De dónde ha sacado tales bienes? ¿Cómo ha
podido hacerse con tan grandes riquezas?» La envidia entró en su corazón y le
abrasó las entrañas. Cuando llegó su marido, la encontró abatida. Qasim tenía por
costumbre el ir todos los días a su tienda y pasar en ella la tarde, ocupado en
vender y comprar, tomar y dar. Aquel día su esposa creyó que se retrasaba, de
tan grande como era su preocupación, pues la envidia la mataba. Finalmente,
cuando cayó la tarde, y la noche desplegó sus tinieblas, Qasim cerró la tienda y
se marchó a su casa. Al entrar vio a su esposa sentada, con el ceño fruncido y
llorando. Como la quería mucho, le preguntó: « ¿Qué te ha sucedido, alegría de
mis ojos, fruto de mis entrañas? ¿Por qué estás triste y lloras?» « ¡Tú eres corto,
careces de valor! ¡Ojalá me hubiese casado con tu hermano, pues aunque
aparenta ser pobre, se finge desamparado y pretende carecer de bienes, tiene
riquezas cuya cuantía sólo Dios conoce, ya que sólo los cuenta por medidas! Tú,
en cambio, pretendes vivir bien y desahogado y te vanaglorias de ser rico,
cuando, en realidad, en comparación con él no eres sino un pobre, ya que
cuentas tus dinares uno a uno, te contentas con pocos y dejas para él el mayor
número.» Le refirió todo lo que le había ocurrido con la esposa de Alí Babá;
cómo ésta le había pedido en préstamo una medida y cómo se la había dado, no
sin antes poner en el fondo un poco de cera, a la cual había quedado adherido un
dinar. Qasim, al oír aquello y ver con sus propios ojos el dinar pegado en el fondo
de la medida, se convenció del bienestar de su hermano y no se alegró, antes al
contrario, la envidia se apoderó de su corazón y lo inclinó hacia el mal, ya que el
envidioso se parece a un negro malvado. Él y su esposa pasaron la noche
preocupados, de tan grandes como eran su pena, su aflicción y su preocupación
no pegaron el párpado ni el ojo. El sueño no se les acercó y no durmieron; todo lo
contrario, permanecieron desvelados y dando vueltas toda la noche, hasta que
llegó la mañana; hasta que aclaró y se hizo de día. Qasim, después de haber
rezado la oración de la aurora, se dirigió a casa de su hermano y entró de
improviso en ella. Alí Babá le dio la bienvenida y lo acogió de la manera más
atenta, mostrándose alegre y afable. Lo hizo sentar en un lugar preferente.
Qasim, cuando hubo ocupado el sitio, le preguntó: « ¡Hermano mío! ¿Por qué
aparentas ser pobre y mísero, si posees riquezas que no las puede destruir el
fuego? ¿Cuál es el motivo de tu aislamiento y de tu vida humilde, a pesar de que
dispones de tantos bienes y puedes hacer mayores gastos? Las riquezas sólo
tienen utilidad si el hombre las aprovecha. ¿Acaso no sabes que la avaricia está
considerada como un defecto y un vicio, y es propia de las naturalezas más viles
y censurables?» « ¡Ojalá fuera como dices! Pero soy pobre, y todos mis bienes
se reducen a mis asnos y mi hacha. Tus palabras me maravillan. Desconozco su
causa y no comprendo nada.» « ¡No vengas con argucias y mentiras! —replicó
Qasim—. ¡No puedes engañarme, pues se ha descubierto tu asunto y hecho
público lo que ocultabas!» Le mostró el dinar que había quedado pegado en la
cera, y añadió: « Hemos encontrado esto en la medida que nos pedisteis. Si no
fuesen muchos vuestros bienes, no la hubieseis necesitado ni contaríais el oro por
medidas» . Alí Babá comprendió que se había descubierto lo que ocultaba, a
causa del poco conocimiento de su mujer, que se empeñó en medir el oro. Había
obrado mal al hacerle caso, pero, ¿qué corcel no se cae?, y ¿qué espada india es
la que nunca falla? No podía negar lo que por negligencia se había divulgado. En
aquellas circunstancias lo correcto era revelar el misterio y explicar a su
hermano lo que le había sucedido, máxime teniendo en cuenta que las riquezas
eran tales que superaban la más desbordada fantasía, y que su parte no iba a ser
menor aunque la dividiese con su hermano y asociado, pues no conseguirían
agotarlo aunque vivieran cien años y gastaran sin cesar. Por ello, contó a su
hermano la historia de los ladrones, y le refirió todo lo que le había ocurrido con
ellos, cómo había entrado en el tesoro y cómo había transportado parte de la
riqueza y todas las gemas y ropas que había querido. Luego añadió: « ¡Hermano
mío! Todo lo que traiga pertenecerá a los dos y lo repartiremos por igual. Si
quieres mayor cantidad te la daré, pues tengo la clave del tesoro. Sacaré todo lo
que me plazca, sin que haya quien se oponga o me lo impida» . Qasim replicó:
« Esta partición no me satisface. Quiero que me indiques el sitio en que está el
tesoro y me enseñes el conjuro que lo abre, ya que me has intrigado y deseo
verlo, entrar como tú y coger todo lo que me plazca. Iré, veré lo que hay y
cogeré lo que me guste. Si no satisfaces mis deseos, te denunciaré al gobernador
de la ciudad, lo informaré de toda tu situación y éste hará lo que no te ha de
gustar» . Alí Babá, al oír estas palabras replicó: « ¿Por qué me amenazas con
llevarme ante el gobernador de la ciudad? Yo no te contradiré y te enseñaré lo
que quieras conocer. Mi única preocupación la constituyen los ladrones, ya que
temo que te causen daño. Pero el que tú entres en el tesoro no me perjudica ni
me favorece. Coge todo lo que te guste, pues aunque te cargases a reventar no te
llevarías todo lo que contiene, y lo que en él quede será muchas veces mayor
que lo que cojas» . Le enseñó el camino del monte, el lugar en que se encontraba
el tesoro, y las palabras del conjuro: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» Luego añadió:
« ¡Aprende bien estas palabras y procura no olvidarlas, pues temo que los
ladrones te tiendan una trampa como consecuencia de este asunto!» . Cuando
Qasim conoció el lugar del tesoro, aprendió el camino y supo las palabras para
abrirlo, se separó muy contento de su hermano, sin pensar más en sus consejos y
advertencias. Regresó a su casa con el rostro sereno y lleno de alegría. Contó a su
mujer lo que le había sucedido con Alí Babá, y añadió: « Mañana por la mañana,
si Dios quiere, iré al monte y volveré a tu lado con riquezas mayores que las que
trajo mi hermano, ya que tus reproches me han herido e intranquilizado. Quiero
hacer algo que te satisfaga plenamente» . Preparó diez muías, colocó encima de
cada una de ellas dos cajas vacías y cargó los instrumentos y cuerdas que iba a
necesitar. Se durmió con la intención de dirigirse al tesoro y apoderarse de todas
las riquezas y bienes que contuviera, sin dar participación a su hermano. Al
despuntar la aurora, se levantó, preparó sus muías y se echó a andar delante de
ellas, hasta llegar al monte. Entonces se guió por las señales que le había descrito
su hermano para encontrar la puerta, hasta que la descubrió en un recoveco del
monte, entre hierbas y plantas. En cuanto la vio, apresuróse a decir: « ¡Sésamo,
abre tu puerta!» La puerta se abrió, y se admiró muchísimo por ello. Se lanzó
precipitadamente al interior del tesoro ansioso de apoderase de las riquezas. En
cuanto hubo cruzado el umbral, la puerta se cerró detrás de él, como de
costumbre. Qasim recorrió las tres salas, y no paró de ir de una a otra hasta que
hubo pasado por todas. Se quedó estupefacto de los prodigios que veía y absorto
ante las maravillas que encontraba, tanto, que por poco perdió la razón de alegría.
Ansió apoderarse de todas las riquezas sin excepción, y después de haber andado
de derecha a izquierda y de haber revuelto un rato los utensilios y los dirhemes
que deseaba, quiso marcharse. Cogió un saco de oro, se lo cargó y se dirigió con
él hacia la puerta. Intentó pronunciar las palabras clave para que ésta se abriera,
quiso decir: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» , pero su lengua no pudo articular la
frase, pues la había olvidado por completo. Se sentó para recordarla, pero no
consiguió dar con ella, ni verla en su imaginación: la había olvidado por
completo. Dijo: « ¡Cebada, abre tu puerta!» La puerta no se abrió. Dijo:
« ¡Trigo, abre tu puerta!» La puerta no se movió. Siguió: « ¡Guisante, abre tu
puerta!» , pero la puerta siguió cerrada. Siguió citando nombres de granos hasta
que hubo pasado revista a todos los cereales, sin que la expresión « ¡Sésamo, abre
tu puerta!» acudiera a su mente. Cuando vio que de nada le servía citar todas las
clases de granos, tiró el oro que llevaba a cuestas y se sentó para tratar de
recordar el nombre que le había dicho su hermano. Pero no acudió a su
memoria. Transcurrió un rato, durante el cual fue presa de gran inquietud y
preocupación. Y todo sin conseguir que el nombre acudiese a su memoria.
Empezó a entristecerse y a arrepentirse de lo hecho, cuando de nada le servía la
contrición. Exclamó: « ¡Ojalá me hubiese contentado con lo que me ofrecía mi
hermano y no hubiera dado cabida en mi pecho a los ambiciosos deseos que
ahora son la causa de mi perdición!» Se abofeteó la cara, se mesó la barba,
desgarró sus vestidos y se cubrió la cabeza de polvo, mientras lloraba a lágrima
viva; ora gritaba y sollozaba con su voz más fuerte, ora lloraba silenciosamente.
Pasaron las horas sin que él cambiase de situación, el tiempo siguió su curso, los
minutos que transcurrían le parecían siglos. Permanecía inmóvil, lleno de miedo
y terror, y así llegó a desesperar de la salvación. Exclamó: « ¡Estoy perdido sin
remedio, pues no hay modo de escapar de esta estrecha prisión!» Esto es lo que
a él se refiere.
He aquí lo que hace referencia a los ladrones: encontraron una caravana en
la que viajaban los comerciantes con sus mercancías, la atacaron y robaron
grandes riquezas. Inmediatamente después se dirigieron al tesoro para depositar
en él el botín, según tenían por costumbre. Al acercarse descubrieron los mulos
cargados con las cajas, y sospecharon algo. El capitán dio órdenes, y cargaron
contra ellos como si fuesen un solo hombre. Los animales huyeron y se
dispersaron por el monte y los ladrones ya no se preocuparon más de ellos.
Detuvieron sus caballos, echaron pie a tierra y desenvainaron las espadas, para
hacer frente si era necesario, a los dueños de los mulos. Al no ver a nadie en la
puerta del tesoro, se acercaron a ésta. Qasim, al oír el trote de los caballos, prestó
atención a las voces y comprendió que eran los ladrones de que le había hablado
su hermano. Con la esperanza de poder escapar, se preparó a huir y se ocultó
detrás de la puerta, dispuesto a echar a correr. El capitán de los ladrones se
adelantó y dijo: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» . La puerta se abrió en seguida, y
Qasim arrancó a correr para huir de la desgracia en busca de la salvación. En su
escapada tropezó con el capitán y lo derribó por el suelo; siguió corriendo entre
los ladrones y esquivó al primero, al segundo y al tercero, pero como eran
cuarenta, no pudo escapar a todos. Uno de ellos lo alcanzó y le dio tal lanzada en
el pecho, que la punta del arma apareció brillando por la espalda. Qasim murió
en medio de estertores. Ésta es la recompensa del ambicioso, del que emplea con
sus amigos la traición y el engaño. Los ladrones entraron en el tesoro, y al
advertir que había sido tocado, se indignaron terriblemente y creyeron que
Qasim, el asesinado, era su enemigo, y que él había cogido lo que faltaba. Sin
embargo, no acertaban a explicarse cómo había conseguido llegar hasta aquél
lugar desconocido, apartado y oculto a los ojos de la gente; ignoraban cómo
había descubierto el conjuro que abría la puerta, ya que ellos, aparte de Dios
(¡loado y ensalzado sea!), eran los únicos que lo conocían. Al ver a Qasim
tendido, muerto, sin movimientos se alegraron y desapareció su inquietud, ya que
nadie más que él podía haber entrado en el tesoro. Exclamaron: « ¡Alabado sea
Dios, que nos ha librado de este maldito!» Después, y con la intención de
escarmentar con él e intimidar a cualquier otro, cortaron su cuerpo en cuatro
partes y las colgaron detrás de la puerta, para que sirviese de ejemplo a todos
aquellos que se atrevieran a penetrar en dicho lugar. Luego se marcharon, y la
puerta se cerró detrás de ellos. Montaron a caballo y emprendieron su camino.
Esto es lo que a ellos se refiere.
He aquí lo que hace referencia a la esposa de Qasim: estuvo todo el día
esperando el regreso de su marido, impaciente y deseosa de conseguir todo lo
que apetecía de la vida mundanal, y dispuesta a recrearse palpando y
contemplando el dinero. Al atardecer, y en vista de que no regresaba, se dirigió a
casa de Alí Babá y le explicó que su esposo se había marchado al monte muy de
mañana, y que aún no había regresado, por lo que temía que le hubiera pasado
alguna desgracia. Alí Babá la calmó y le dijo: « No te intranquilices. Cuando
tarda, por algo será. Tal vez no quiera entrar de día en la ciudad por temor a ser
descubierto. Ya verás como viene por la noche. No tardarás mucho en verlo
llegar a tu lado con el dinero. Por mi parte, cuando vi que estaba resuelto a ir al
monte, me abstuve de subir, conforme tengo por costumbre, para no cohibirlo
con mi presencia, pues habría creído que quería espiarle. Nuestro Señor le
facilitará lo difícil y todo terminará bien. Vuelve a tu casa y no temas nada. Si
Dios quiere, sólo te sucederán cosas buenas, pues lo verás regresar a tu lado salvo
y rico» . La esposa de Qasim regresó a su casa sin demasiadas esperanzas, y se
sentó, meditabunda, con el corazón lleno de pesares por la ausencia de su marido.
Negros presentimientos la asaltaron, y sólo pensó en calamidades hasta la puesta
del sol, hasta que se hizo oscuro y la noche desplegó sus tinieblas pero Qasim no
regresaba. La mujer se mantuvo en silencio, despierta y esperando inútilmente.
Cuando hubo transcurrido el primer tercio de la noche, desesperó de su regreso y
empezó a llorar y a sollozar aunque absteniéndose de los gritos y de los alaridos
que dan las mujeres por temor a que los vecinos se enteraran y le preguntasen el
porqué de su llanto. Pasó toda la noche en vela, sollozando, inquieta, intranquila,
preocupada, desesperada, triste, en el peor de los estados. Al llegar la aurora
corrió a casa de Alí Babá y le dijo que su hermano no había regresado. Le habló
llena de tristeza, llorando a lágrima viva y en un estado que no puede describirse.
Alí Babá exclamó: « ¡No hay fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el
Grande! Hasta ahora había dudado del motivo de su ausencia. Iré a ver qué le ha
ocurrido, y te diré la verdad. ¡Quiera Dios que aquello que lo retiene no sea un
daño o una desgracia, sino un bien!» Preparó en seguida sus asnos, cogió el
hacha y salió al monte, como todos los días. Al aproximarse a la puerta del
tesoro, no ver los animales y encontrar, en cambio, manchas de sangre, perdió la
esperanza que tenía de encontrar a su hermano y se convenció de que había
muerto. Se acercó, aterrorizado, a la puerta, sospechando lo que había ocurrido.
Dijo: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» Al abrirse, vio el cuerpo de Qasim partido en
cuatro trozos, colgados detrás de la puerta. Se le puso la carne de gallina, le
castañetearon los dientes, los labios se le contrajeron, y por poco se desmaya. Se
entristeció muchísimo, por lo ocurrido a su hermano y exclamó: « ¡No hay
fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el Grande! ¡Somos de Dios, y a Él
volvemos! ¡No hay modo de escapar a lo que está escrito! Aquello que se ha
dispuesto, en lo oculto que ocurra al hombre, le ocurre» . Pero como vio que el
llanto y la tristeza no servirían de nada en aquellas circunstancias, y que lo mejor
sería tomar una resolución y llevarla a cabo, decidióse a amortajar y enterrar a
su hermano, pues era un deber para él y, además, una de las obligaciones
canónicas del Islam. Tomó los cuatro pedazos en que estaba dividido el cuerpo,
los cargó en los asnos, los cubrió con algunas ropas y tomó los objetos del tesoro
que más le gustaron, precisamente los de menos peso y más valor. Después
completó la carga con leña y esperó hasta que se hiciera de noche. Entonces se
dirigió a la ciudad, y entró en ella en un estado más lamentable que el de la
madre que acaba de perder a su hijo, pues no sabía qué hacer con el muerto ni
qué era lo mejor. Sumergido en un mar de ideas, siguió avanzando con sus asnos
hasta llegar a la casa de su hermano. Llamó a la puerta y le abrió una esclava
negra, abisinia, que servía como criada. Era una de las esclavas más guapas, y
por el talle la más esbelta; sus dientes eran pequeños; su aspecto dulce; tenía los
ojos negros, y era perfecta en todas sus partes. Pero lo mejor de todo es que era
mujer de buen consejo, de entendimiento penetrante, de gran resolución, y de un
valor igual al del hombre cuando era necesario, e incluso superaba en inventiva
al hombre más experto y avisado. Realizaba a plena satisfacción los trabajos
domésticos que le estaban confiados.
Alí Babá, al entrar en el patio le dijo: « Ha llegado tu hora, Marchana,
necesitamos tu consejo en un asunto que te explicaré delante de tu señora.
Acompáñame para oír lo que voy a decirte» . Dejó los asnos en el patio y subió a
ver a la esposa de su hermano. Marchana lo siguió, perpleja e intrigada por lo
que acababa de oír. La mujer de Qasim, al verlo, le dijo: « ¿Qué traes, Alí Babá?
¿Buenas o malas noticias? ¿Dejó alguna huella o no dejó rastro de sí? ¡Apresúrate
a tranquilizarme y a apagar el fuego que hay en mi corazón!» Al ver que
tardaba en contestarle, comprendió la verdad y empezó a sollozar. Alí Babá le
dijo: « ¡Contén los gritos y no levantes la voz! Temo que la gente oiga nuestra
historia y sea la causa de la perdición de todos» . Le explicó todo: cómo había
encontrado a su hermano muerto, con el cuerpo partido en cuatro pedazos,
colgados detrás de la puerta del tesoro. Luego añadió: « Hazte cargo de que
nuestros bienes, nuestras personas y nuestras familias son un pequeño don que
Dios nos ha concedido. La suerte y la desgracia van con nosotros. Es necesario
que le demos las gracias cuando da, y que tengamos paciencia cuando nos pone
a prueba. La desesperación no devuelve la vida al muerto ni soluciona la tristeza.
Has de tener paciencia, pues sólo así alcanzarás el bien y la salud. Es preferible
resignarse a las disposiciones de Dios, a desesperarse y oponerse a ellas. Ahora,
la mejor solución, la más apropiada, consiste en que yo sea tu marido, que entres
en mi familia y te cases conmigo. Mi mujer no te causará enojos, ya que es
inteligente y modesta, piadosa y temerosa de Dios. Todos formaremos una sola
familia. Gracias a Dios, poseemos tales riquezas que estamos a cubierto del
trabajo, de la preocupación y de la búsqueda de nuestro sustento cotidiano.
¡Gracias sean dadas al Generoso por lo que da, y loado sea por lo que concede!»
La mujer de Qasim, al oír las palabras de Alí Babá, dejó de desesperarse,
abandonó su profunda aflicción, cortó el llanto y se secó las lágrimas. Le
respondió: « Seré tu esclava obediente y tu criada servicial. Te haré caso en todo
lo que creas prudente, pero ¿qué hemos de hacer con este muerto?» « Deja que
del muerto se encargue tu criada Marchana, pues conozco la rapidez de su
pensamiento, la agudeza de sus ideas y su certera opinión. Ya ideará algo.»
Después de esto, Alí Babá se separó de ella y se marchó a sus quehaceres.
La joven Marchana al oír las palabras de Alí Babá y percatarse de que su
señor estaba muerto y cortado en cuatro pedazos descubrió con su agudeza la
causa de todo y tranquilizó a su señora, diciéndole: « No te preocupes. Confía en
mí, pues ya idearé algo que permita conservar nuestro secreto» . Salió y se
dirigió a la tienda de un farmacéutico que vivía en la misma calle. Era éste un
jeque muy anciano, célebre por sus conocimientos en las distintas ramas de la
Medicina y de la Ciencia; decían que era muy experto en la preparación de las
medicinas, y que conocía a la perfección los medicamentos simples y
compuestos. Le pidió una pomada que sólo se recetaba en caso de enfermedades
graves. Le preguntó: « ¿Quién de tu casa necesita este ungüento?» « Mi señor,
Qasim. Ha cogido una grave enfermedad que lo ha postrado en cama; está
completamente imposibilitado.» El especiero se levantó, le entregó el ungüento y
le dijo: « Tal vez Dios, con este remedio, le devuelva la salud» . La joven cogió la
pomada, le pagó generosamente y regresó a su casa. Al día siguiente, por la
mañana, volvió a la farmacia y pidió una medicina que sólo se administraba
cuando ya se habían perdido todas las esperanzas. El farmacéutico le preguntó:
« ¿No hizo efecto el ungüento de ayer?» « ¡No, por Dios! Mi señor se encuentra
en las últimas, y lucha entre la vida y la muerte. Mi señora no hace más que
llorar y gemir.» El hombre le entregó la medicina, y ella la cogió, le pagó su
importe, y se dirigió a casa de Alí Babá, al que puso al corriente de la
estratagema que había ideado. Recomendó a éste que multiplicase las visitas a
casa de su hermano y que diera muestras de tristeza y dolor. Alí Babá lo hizo así,
y cuando los vecinos lo vieron entrar y salir de casa de su hermano dando
muestras de gran tristeza, le preguntaron qué le pasaba. Les explicó la
enfermedad de su hermano, la gravedad en que estaba. La noticia se esparció
por la ciudad, y la gente la comentó. Al día siguiente, antes de que amaneciera,
Marchana recorrió las calles de la ciudad hasta pasar junto a un hombre que era
cordonero, llamado el jeque Mustafá; era muy anciano, de cabeza gorda, bajo, y
con barba y bigotes largos. La gente sabía que tenía la costumbre de ser el
primero en el zoco en abrir la tienda. La joven se acercó a él, lo saludó con
corrección y respeto y le puso un dinar en la mano. El jeque, al ver el color de la
moneda, lo acarició un rato con la mano y le dijo: « ¡Señora de las esclavas!
Explícame cuáles son tus deseos, para que los realice» . « ¡Jeque! Coge hilo y
aguja, lávate las manos, ponte las sandalias, deja que te vende los ojos, echa a
andar y ven conmigo a hacer un trabajo delicado, que te permitirá ganar los
bienes de este mundo y del otro y que no te va a causar el menor daño.» « Si me
pides algo que ha de ser del agrado de Dios y de su Enviado, lo haré con gusto y
no te contradiré; pero si se trata de algo incorrecto, de un delito, de un pecado o
de una falta, no te pienso hacer caso, y ya puedes buscar a otro para que te
satisfaga.» « ¡Por Dios, jeque Mustafá! Es algo lícito y permitido. Nada has de
temer.» Y al decir esto, le puso en la mano otro dinar. El hombre, al verlo, se
sintió ya incapaz de negarse o poner peros. De un salto se puso en pie y le dijo:
« Estoy a tu servicio y haré todo lo que me mandes» . Cerró la puerta de la
tienda, cogió todo lo que necesitaba: hilo, aguja y demás útiles de coser mientras
Marchana preparaba un trapo para vendar al hombre, a fin de que no supiera
adonde lo llevaba. Lo cogió de la mano y empezaron a andar por calles y
callejas; el cordonero iba ligeramente rezagado, como el ciego. No sabía adónde
lo llevaban ni para qué. Anduvieron juntos sin parar. La joven doblaba unas veces
a la derecha y otras a la izquierda, y alargaba el camino con el fin de
desorientarlo y de que no supiese adonde lo llevaba. Así anduvieron hasta llegar a
la casa del difunto Qasim. Llamó suavemente a la puerta y abrieron en seguida.
Entró acompañada del jeque Mustafá, subió con él y lo dejó en el lugar en que
estaba el cadáver de su señor. Entonces le quitó la venda que cubría los ojos del
viejo Mustafá. Éste al tener destapados los ojos vio que se hallaba en un lugar
desconocido; al contemplar el cuerpo del asesinado, se llenó de temor y empezó
a temblar. Marchana le dijo: « No temas, jeque, pues no te ha de suceder nada
malo. Lo único que te pedimos es que cosas de la mejor manera posible los
miembros de este cadáver y que unas sus partes hasta formar un todo con el
cuerpo» . Le ofreció tres dinares, que el jeque Mustafá cogió y se metió en el
bolsillo, mientras se decía: « Ha llegado el momento de tener valor y actuar con
acierto. No sé dónde estoy ni conozco las intenciones de esta gente; si
desobedezco, me castigarán; lo más prudente es hacer lo que ellos quieran. Sea
como fuere, soy inocente de la sangre de este hombre asesinado, y la venganza
le incumbe a Dios (¡glorificado y ensalzado sea!) Al coser un cuerpo no se
comete ningún pecado ni se es merecedor de castigo» . Se sentó y se puso a
coser las distintas partes del muerto y a unirlas hasta formar un cuerpo entero.
Marchana, tan pronto como el hombre hubo terminado el trabajo, se puso de pie,
le vendó los ojos de nuevo y bajó con él a la calle. Fue de calleja en calleja, dio
vueltas de un lado para otro, lo llevó a su tienda antes de que la gente, empezara a
salir de sus casas. Nadie los vio. Al llegar a la tienda, le quitó la venda de los ojos
y le dijo: « Calla este hecho: Ten cuidado y no expliques a nadie lo que has visto;
no hagas el indiscreto en aquello que no te incumbe, pues podría ocurrirte algo
desagradable» . Le dio otro dinar y se marchó. Al llegar a su casa dijo que le
trajeran agua caliente y jabón y se dedicó a lavar el cuerpo de su señor hasta
dejarlo limpio de sangre; después le puso un vestido y lo tendió en su lecho.
Entonces mandó llamar a Alí Babá y a su esposa. Cuando los tuvo delante, les
explicó lo que había hecho y les dijo: « Ahora anunciad la muerte de mi señor,
Qasim, e informad de ella a la gente» . Las mujeres empezaron a llorar, a gemir,
a prorrumpir en ayes, a sollozar, a lamentarse, a gritar y a abofetearse la cara,
hasta que los vecinos las oyeron. Los amigos acudieron a dar el pésame, y el
llanto y los sollozos fueron en aumento los gritos crecieron y el barullo subió de
punto. Por toda la ciudad se extendió la noticia de la muerte de Qasim. Los
allegados se condolieron por su pérdida, y los enemigos injuriaron su memoria.
Al cabo de un rato llegaron, según es costumbre, los lavadores del cadáver, pero
Marchana les dijo que ya estaba lavado, embalsamado y amortajado, si bien les
pagó más de lo que habrían cobrado por su trabajo. Se marcharon tranquilos, sin
entender aquello, aunque también sin preguntar lo que no les importaba. Más
tarde llevaron las parihuelas, bajaron el cadáver, lo colocaron en ellas y lo
llevaron al cementerio. Las gentes asistieron al entierro y Marchana y las
mujeres fueron detrás, llorando y sollozando hasta llegar al camposanto. Cavaron
una fosa y lo enterraron (¡apiádese Dios de él!) La gente regresó, se separó y
volvió a sus quehaceres. Así pudo ocultarse cómo había muerto Qasim, y nadie
sospechó la verdad, pues la gente creyó que había sucumbido de muerte natural.
Transcurrido el plazo legal de viudedad, Alí Babá se casó con la mujer de su
hermano, se escribo el contrato de matrimonio, y éste fue consumado. La gente
encontró bien este acto, y lo atribuyeron al mucho cariño que Alí Babá tenía a su
hermano. Alí Babá trasladó sus enseres y riquezas a casa de su nueva mujer, y
se quedó a vivir en ella con sus dos esposas, también trasladó allí las riquezas que
había sacado del tesoro. Para atender la tienda de su difunto hermano pensó en el
hijo que Dios le había concedido, y que ya tenía doce años. El muchacho había
servido a un comerciante, había aprendido el oficio con él, y era ya persona
entendida. Entonces el padre necesitó alguien a quien confiar la tienda, le retiró
del lado de aquel comerciante y se la entregó para que vendiese y comprase,
todas las mercancías y los objetos con que la había dejado su tío prometiéndole
que lo casaría si andaba por el camino del bien y del éxito, si seguía la senda de
la justicia y de la bondad. Esto es lo que a ellos se refiere.
Veamos ahora qué hacían los ladrones. Después de un corto lapso de tiempo
volvieron al tesoro, entraron y, al no encontrar el cuerpo de Qasim
comprendieron que más de uno conocía aquello, que el difunto tenía
compañeros, y que su secreto se había divulgado entre la gente. Esto les llenó de
preocupación y pena. Comprobaron si se habían llevado algo del tesoro, y vieron
que les faltaba una gran suma. Fuera de sí por la ira, su jefe les dijo: « ¡Héroes!
¡Paladines de la guerra y del combate! Ha llegado el momento de la venganza.
Creíamos que había entrado aquí un solo individuo, pero lo cierto es que se trata
de varios, cuyo número y morada desconocemos. Hemos expuesto nuestras
vidas y nos hemos lanzado al combate para reunir estas riquezas, y ahora otros se
aprovechan de ellas sin fatiga. Esto es algo enorme, intolerable. Hay que idear
algo que nos permita apoderarnos de nuestros enemigos y vengarnos
terriblemente de ellos: les he de matar con este sable aunque ello me cueste la
vida. Ha llegado el momento de actuar, de mostrar la hombría, la audacia y la
actividad. Dividíos en grupos, entrad en la ciudad y los pueblos, recorred las
poblaciones y las comarcas, buscad noticias y preguntad si hay algún pobre que
se haya enriquecido o algún occiso que haya recibido sepultura. Tal vez
encontréis indicios que os lleven hasta vuestro enemigo y Dios os reúna con él.
Necesitamos especialmente uno que sea astuto y falso, que esté orgulloso de ser
hombre, para que marche solo a la ciudad, ya que nuestro enemigo es, sin duda
ni vacilación uno de sus habitantes. Uno de vosotros se disfrazará de mercader, y
entrará en la ciudad en busca de noticias; preguntará por los sucesos y
acontecimientos recientes; por los que han muerto o han sido asesinados en este
pequeño lapso de tiempo, por sus familiares, por sus casas y cómo han ocurrido
las desgracias. Tal vez encuentre indicios que lo lleven a lo que busca, pues un
asesinato no se oculta. Es seguro que la noticia se habrá extendido por el país, que
se hablará de ello entre grandes y chicos. El que capture a nuestro enemigo o nos
informe del lugar en que se halla, se habrá hecho acreedor de una magnífica
recompensa. Lo ascenderé, le aumentaremos de grado y lo nombraré mi
sucesor. Pero si fracasa en su intento y no consigue lo que prometa, frustrando
con ello nuestras esperanzas, lo tendremos por tonto, ignorante, corto de
entendederas, inhábil e irreflexivo, lo castigaremos por haber actuado mal, por el
fracaso de sus esfuerzos, y le daremos muerte, pues no necesitamos un hombre
que carece de hombría, y no nos es útil quien no es perspicaz, pues sólo puede ser
un ladrón hábil el hombre de entendimiento despierto, que domina todas las
ramas del engaño; no digáis de ése, “¡Qué valiente!” ¿Quién de vosotros se
ofrece para tan difícil y peligrosa misión?» Sus hombres, al oír la arenga del
jefe, aprobaron su idea y aceptaron las condiciones que había expuesto, sin
contradecirlo y jurándose que las respetarían. Uno de ellos, alto y grueso se
ofreció a recorrer ese camino complicado y peligroso y aceptó explícitamente
las condiciones aprobadas por todos. Lo honraron, elogiaron su valor y su
ofrecimiento, alabaron sus nobles propósitos y su resolución, le agradecieron su
hombría y su coraje y se admiraron de su fuerza y audacia. El jefe le
recomendó tranquilidad y resolución en el obrar, y habilidad en las tretas,
engaños y añagazas. Le explicó que debía entrar en la ciudad disfrazado,
exteriormente, de comerciante que va en busca de negocios, aunque en su
interior llevase la firme resolución de espiar. Cuando el jefe hubo terminado de
hacerle sus recomendaciones, él y los ladrones lo dejaron solo y se marcharon.
El ladrón que se había ofrecido a librar a sus compañeros se vistió de
comerciante, adoptó el aspecto de éstos y esperó que llegara el día para dirigirse
a la ciudad. Al descorrerse las tinieblas y aparecer la aurora fue con la bendición
de Dios (¡ensalzado sea!) hacia la ciudad, entró en ella, recorrió sus calles y
plazas y cruzó sus zocos y sus callejas cuando la mayoría de gente estaba aún
sumergida en las delicias del sueño. Anduvo sin parar hasta que fue a
desembocar al zoco del hach Mustafá el cordonero, que ya había abierto la
tienda y estaba sentado, cosiendo unas sandalias puesto que, como hemos dicho,
se levantaba temprano, bajaba al zoco y tenía la costumbre de abrir antes que los
demás vecinos. El espía se acercó a él, lo saludó con buenas palabras y lo trató
con delicadeza y respeto. « ¡Dios te bendiga en tu ocupación y aumente el
respeto que se te debe! —le dijo—. Eres el primero de los inquilinos del zoco que
abre la tienda.» El jeque Mustafá le replicó: « ¡Hijo mío! Vale más ser diligente
en la busca del sustento que en el sueño. Ésta es mi costumbre de todos los días» .
« Pero jeque, me maravilla lo bien que coses a esta hora, antes de la salida del
sol, a pesar de tu poca vista, de tu mucha edad y de la escasez de luz.» El jeque
Mustafá, al oír estas palabras, se volvió, enfadado, hacia él, lo miró con dureza y
le dijo: « Creo que no eres de esta ciudad. Si fueses uno de sus habitantes no
habrías dicho tales palabras, puesto que ricos y pobres me conocen por la
agudeza de mi vista, y soy célebre entre grandes y pequeños por lo bien que
conozco el oficio de cordonero, hasta el punto de que un grupo me escogió ayer
para que les cosiera un muerto, en un lugar en que apenas había luz. Y lo cosí a la
perfección, lo cual me hubiera sido imposible sin mi agudeza visual» . El ladrón,
al oír estas palabras, se alegró de haber conseguido su propósito, y comprendió
en seguida, que el decreto divino lo había conducido hasta tropezar con lo que
buscaba. Le dijo, aparentando sorpresa: « ¡Te habrás equivocado, jeque! Habrás
cosido una mortaja, ya que jamás he oído decir que se cosa a los muertos» .
« ¡No he dicho sino la verdad! Pero veo que te propones fisgonear los secretos de
la gente; si tal es tu intención, apártate de mí y tiende tus trampas a otro. Tal vez
creas que hablo mucho, pero me llaman « El callado» , y no pienso revelar lo
que quiero guardar secreto; no te contaré nada más de este asunto.» El ladrón
acabó de convencerse de que aquel muerto era el hombre al que habían matado
en el tesoro. Dijo al viejo Mustafá: « ¡Jeque! Para nada me interesa tu secreto, y
es preferible que guardes silencio, ya que se dice: “Guardar el secreto, es propio
del carácter de los píos”. Lo único que quiero es que me indiques la casa del
muerto. Tal vez sea uno de mis parientes o conocidos, y en ese caso es necesario
que yo dé el pésame a la familia, ya que he estado mucho tiempo fuera de esta
ciudad, e ignoro lo que ha ocurrido en ella durante mi ausencia» . Metió la mano
en el bolsillo, sacó un dinar y lo colocó en la mano de Mustafá. Éste lo rechazó,
diciendo: « Me preguntas algo que no puedo contestar, ya que me condujeron a
la casa del difunto después de haberme tapado los ojos con una venda, e ignoro el
camino que conduce a ella» . « Yo te he dado ya el dinar, tanto si puedes
satisfacer mi deseo como si no. Cógelo y Dios te lo bendiga; no tienes por qué
devolverlo. Pero entre las cosas posibles está el que tú te sientes un rato a meditar
en el camino que te hicieron andar mientras tenías los ojos tapados.» « No puedo
hacerlo, a menos que me tapes los ojos con una venda, del mismo modo que me
hicieron entonces. Me acuerdo cómo me cogieron por la mano, me condujeron,
me hicieron dar vueltas y me hicieron detener. Así quizá pueda guiarte al lugar
que deseas.» El ladrón se felicitó al oír estas palabras, dio otro dinar al jeque
Mustafá y le dijo: « Haremos lo que has dicho» . Ambos se pusieron en pie. El
anciano cerró su tienda, y el ladrón le vendó los ojos y, tomándolo por la mano,
empezó a andar con él. El jeque Mustafá iba unas veces hacia la derecha, otras
hacia la izquierda, y a ratos lo precedía. Hizo lo mismo que había hecho con la
joven Marchana, hasta llegar a una calle, en que dio unos cuantos pasos y se
detuvo, diciendo al ladrón: « Creo que fue aquí» . El bandido le quitó la venda de
los ojos. El hado quiso que el cordonero se detuviera delante de la casa del
difunto Qasim. El ladrón le preguntó: « ¿Conoces al dueño de este edificio?»
« ¡No, por Dios! Esta calle se halla lejos de mi tienda, y no conozco a la gente del
barrio.» El ladrón le dio las gracias, le entregó otro dinar y le dijo: « ¡Vete con
Dios!» El jeque Mustafá regresó contento a su tienda por haber ganado tres
dinares. El ladrón examinó la casa y vio que la puerta se parecía a las de todas
las casas del barrio. Temiendo confundirse, cogió yeso e hizo en ella una pequeña
señal blanca que le sirviera para identificarla. Contento, seguro de que había
cumplido la misión encomendada y que sólo faltaba tomar venganza, regresó
junto a sus compañeros, que estaban en el monte. Esto es lo que a él se refiere.
He aquí lo que hace referencia a la joven Marchana: Cuando se hubo
levantado y rezado la oración de la aurora, como tenía por costumbre, arregló
sus cosas y salió a comprar los alimentos y bebidas que necesitaba. Al volver del
mercado vio que en la puerta de la casa había una señal blanca. La contempló, le
extrañó y la intrigó. Se dijo: « Es posible que sea un juego de niños o una marca
hecha por los muchachos del barrio, pero también puede ser una señal puesta por
un antiguo enemigo o un vil envidioso, con mala intención y con un propósito
vituperable. Lo mejor será confundirlo y frustrar su nefasto plan» . Cogió un
pedazo de yeso y trazó en la puerta de sus vecinos señales parecidas a la que el
ladrón había hecho. Así señaló unas diez puertas del barrio. Después entró en su
casa y no dijo nada de lo que acababa de hacer. Esto es lo que a ella se refiere.
En cuanto al ladrón, al reunirse con sus compañeros en el monte se mostró
contento y les dio la buena noticia de que había realizado sus deseos al descubrir
a su enemigo, y que pronto podrían vengarse de él. Les refirió cómo había
encontrado, de paso, a un cordonero que había cosido a un muerto, y que aquél lo
había conducido a la casa de éste; cómo había señalado a ésta para evitar
confusiones y quedar más tranquilo. El jefe le dio las gracias, lo alabó por su
valor y se alegró mucho. Dijo a los ladrones: « Dividíos en grupos, poneos trajes
de ciudadanos corrientes, esconded vuestras armas, dirigíos a la ciudad, entrad en
ella por distintos lugares y reuníos en la mezquita mayor. Entretanto, yo y este
hombre, quiero decir el espía, buscaremos la casa de nuestro enemigo. Cuando la
encontremos, y nos cercioremos volveremos a reunimos con vosotros en la
mezquita y celebraremos consejo en ella para resolver lo que hay que hacer.
Nos pondremos de acuerdo acerca de lo que sea mejor: asaltar la casa de noche
o lo que sea» . Los ladrones, al oír sus palabras, las encontraron apropiadas y
justas y aceptaron sus deseos. Se dividieron en grupos, se pusieron trajes
corrientes y bajo ellos ocultaron la espada, tal como les había mandado el
capitán. Entraron en la ciudad por distintos lugares, temerosos de que sus
habitantes los descubrieran, y se reunieron en la mezquita principal, de acuerdo
con lo convenido. El capitán y el espía se dirigieron a la calle en que vivía su
enemigo, y al llegar a ella, el capitán vio una casa concuna señal blanca.
Preguntó a su compañero si era aquélla la que buscaban, y él le contestó que sí.
El capitán se volvió hacia otra casa y vio también una señal blanca. Le preguntó:
« ¿Cuál de las dos es la que nos interesa? ¿La primera o la segunda?» El ladrón
quedó perplejo y no supo qué responder. El capitán dio entonces unos cuantos
pasos y vio varias puertas más con la misma señal. « ¿Has sido tú quien ha
señalado todas estas casas, o sólo has marcado una?» « ¡Sólo he marcado una!»
« ¿Y cómo es que ahora hay diez?» «¡No comprendo cómo puede ser!»
« ¿Puedes distinguir entre todas estas casas la que has señalado tú?» « No; ahora
se parecen todas las casas; todas las puertas tienen el mismo aspecto, y todas las
señales son iguales.» El capitán, al ver que era inútil continuar allí, y que aquella
vez no había medio de vengarse, y que su esperanza se había frustrado, regresó
con aquel hombre a la mezquita y mandó a sus compañeros que volviesen al
monte, recomendándoles que fuesen por distintos caminos, tal como habían
hecho a la ida. Al encontrarse todos en el monte, en el lugar de costumbre, les
explicó todo, y cómo aquel compañero había sido incapaz de distinguir la casa de
su enemigo. Añadió: « Ahora es necesario que cumplamos la sentencia dictada,
de acuerdo con las condiciones estipuladas» . Lo aceptaron sin pestañear, y el
propio ladrón, que era valiente y duro de corazón, no se volvió atrás al oír
aquellas palabras ni se mostró cobarde. Al contrario: avanzó, resuelto y sin
temor, y dijo: « En realidad soy merecedor de la pena de muerte; éste es el
castigo de mi poca previsión y escasa astucia, ya que he sido incapaz de cumplir
lo que se me había pedido. No me apetece continuar viviendo y prefiero morir
que vivir infamado» . El capitán desenvainó la espada, y, de un golpe, le cortó el
cuello. La cabeza cayó, separada del tronco. Luego dijo: « ¡Hombres de guerra
y de combate! ¿Quién de vosotros es el valiente, el bravo, el de corazón resuelto
y cabeza serena que se ofrece ahora para realizar esta difícil empresa? Que no
se ofrezca el incapaz ni el débil, pues no he de aceptarlo. Debe presentarse el
avispado, el muy bravo, el de pensamiento recto y gran habilidad» . Uno de
aquellos hombres, llamado Ahmad « el encolerizable» , muy alto, grueso, de
aspecto aterrador, mala catadura, rostro moreno, de mala figura, con bigotes
semejantes a los del gato cuando se apresta a caer sobre el ratón y barba
parecida a la de un chivo cuando está entre la cabra y el cordero, se adelantó y
dijo: « ¡Comunidad de mis iguales! ¡Para tal hazaña, sólo yo os convengo! Si
Dios quiere os traeré noticias seguras y os conduciré al domicilio del enemigo» .
El capitán dijo al que se ofrecía para realizar la hazaña: « No irás si previamente
no aceptas las condiciones ya establecidas. Si fracasas, serás decapitado. Si
vuelves victorioso, te aumentaremos el rango, te honraremos, te ascenderemos,
te daremos mayor importancia y tendrás toda clase de bienes» . A continuación
Ahmad «el encolerizable» , se disfrazó de mercader, entró en la ciudad antes de
que amaneciera y se dirigió directamente al barrio del jeque Mustafá el
cordonero, pues ya iba orientado gracias a las palabras de su compañero. Lo
encontró sentado en la tienda. Lo saludó, se instaló a su lado, le habló con
amabilidad y dirigió hábilmente la conversación hasta hacerle explicar el asunto
del muerto y cómo lo había cosido. Ahmad « el encolerizable» le pidió que lo
guiase a la casa. El jeque Mustafá se negó, y rehusó continuar hablando; pero
cuando vio el dinero no pudo contrariarlo, ya que las monedas son una flecha
certera y un intercesor al que no se rechaza. Entonces se dejó vendar igual que
anteriormente, lo condujo hasta la casa del difunto Qasim y se detuvo delante de
ella. Le quitó la venda, que le cubría los ojos, le entregó el dinero prometido y
dejó que se marchara. Ahmad «el encolerizable» al encontrarse ante su
objetivo, temió confundirse más tarde, y, en previsión de ello, marcó la puerta de
la casa con una pequeña señal roja, que pintó en un lugar poco visible, pensando
que nadie la vería. Después regresó junto a sus compañeros y les contó lo que
había hecho, lleno de alegría, sin dudar del éxito y convencido de que nadie vería
la señal, por ser pequeña y estar muy disimulada. Esto es lo que a ellos se
refiere.
He aquí lo que se refiere a la joven Marchana: Se levantó temprano y, como
de costumbre, salió a comprar carne, verduras, frutas, frutos secos y demás
cosas necesarias para la casa. Al regresar del mercado la señal roja no le pasó
inadvertida, antes al contrario, cayó bajo su vista y la contempló. La encontró
rara, le llamó la atención y pensó con su agudeza y mucho entendimiento que la
había hecho algún enemigo o un vecino envidioso, para hacer daño a la gente de
la casa. No vaciló en marcar de rojo, con señales de la misma forma, las casas
de los vecinos, y las pintó en el mismo sitio que había elegido Ahmad « el
encolerizable» . La joven no dijo nada para no intranquilizar o perturbar a su
señor. Esto es lo que a ella se refiere.
Entretanto, el ladrón, que se había reunido con sus compañeros, les refirió lo
que le había ocurrido con el cordonero, y cómo éste lo había guiado hasta la casa
de su enemigo, cuya puerta había marcado con una señal roja para poder
reconocerla. El capitán ordenó a sus hombres que se vistieran como el vulgo, que
escondiesen las armas debajo de los trajes, y que entraran en la ciudad por
distintos caminos. Añadió: « Os reuniréis en tal mezquita, y permaneceréis en
ella hasta que nos unamos a vosotros» . Él se marchó con Ahmad «el
encolerizable» en busca de la casa en cuestión, para ver cuál era. Al llegar a la
calle ya sabida, Ahmad « el encolerizable» fue incapaz de reconocerla dado el
gran número de señales colocadas en las puertas. Al comprobarlo se avergonzó y
no supo qué decir. El capitán, al darse cuenta de que era incapaz de encontrar la
casa, bajó la cabeza, frunció el ceño y se enojó terriblemente. Pero la necesidad
lo obligó a disimular, de momento, su enfado. Regresó con el ladrón, que
marchaba cabizbajo, a la mezquita. Al reunirse con sus compañeros, les ordenó
que regresasen al monte. Se separaron, y, en distintos grupos, regresaron a su
feudo. Se sentaron en consejo, y entonces el capitán les refirió lo sucedido, y que
los hados no les habían ayudado a tomar venganza, pues aquel día se había puesto
al descubierto la vergüenza e incapacidad de Ahmad « el encolerizable» , el cual
se había demostrado incapaz de reconocer la casa de su enemigo. Luego
desenvainó la espada, y de un mandoble en el cuello echó a rodar su cabeza, la
separó del cuerpo, y Dios despachó su alma a toda prisa hacia el fuego (¡qué
pésima morada!). El capitán meditó en el asunto y se dijo: « Mis hombres son
buenos para combatir, alancear, saquear, verter sangre y hacer incursiones, pero
no tienen idea de lo que son las tretas y las añagazas. Si los mando uno detrás de
otro para solucionar este problema, los perderé a todos sin utilidad ni beneficio.
Lo mejor es que vaya yo personalmente a solucionar este difícil asunto» .
Informó de ello a los ladrones, y les dijo que iba a ir él, personalmente, a la
ciudad. Le contestaron: « Este asunto es tuyo, y la autoridad también. Haz lo que
te parezca» . Entonces se cambió de vestidos, y al amanecer se dirigió a la
ciudad en busca del jeque Mustafá el cordonero, del mismo modo que habían
hecho sus dos mensajeros. Al encontrarlo, se acercó a él, lo saludó, le habló de
buena forma y llevó la conversación hasta comentar lo acaecido al asesinado, y
no paró de tirarle de la lengua y ofrecerle dinero hasta que el jeque Mustafá se
avino a su deseo, y el capitán obtuvo lo que deseaba, o sea, el conocimiento del
domicilio de su enemigo por el procedimiento ya citado. Cuando el viejo lo dejó
ante la casa, le dio una recompensa mayor que la que le había prometido y lo
despidió. Después se fijó en el edificio, lo examinó y no le fue necesario poner
ninguna señal, puesto que contó las puertas que había en la calle, hasta llegar a la
de la casa que le interesaba; se aprendió el número de memoria, examinó sus
ventanas y sus arcos y se fijó en todos los detalles hasta conocerla a la
perfección. Entretanto, se paseaba por la calle para que sus vecinos no se
extrañaran al verlo allí tanto rato. Luego volvió junto a sus compañeros, les
explicó lo que había hecho, y les dijo: « Sé cuál es la casa de nuestro enemigo, y,
si Dios lo quiere, ha llegado la hora de nuestra venganza. He meditado acerca de
cómo hemos de entrar y atacarlo. Os lo voy a contar. Si os parece bien lo
pondremos en práctica, y si no lo aprobáis, el que tenga algo mejor que lo mío,
que lo exponga y explique lo que bien le parezca» . Les refirió lo que había
pensado y lo que quería hacer. Los ladrones lo aprobaron, se pusieron de acuerdo
y prometieron, bajo juramento, que ninguno de ellos quedaría rezagado respecto
a su compañero en busca de la venganza. Entonces envió un grupo de ellos a un
pueblo cercano y les mandó comprar cuarenta grandes pellejos de cuero.
Despachó el resto de sus hombres a las aldeas vecinas para que comprasen
veinte mulos. Cuando hubieron adquirido todo lo que les había mandado, se
presentaron ante él. Hicieron en cada pellejo una hendidura suficiente para que
pudiese entrar un hombre, y cada ladrón se metió en un odre con un puñal en la
mano. Una vez estuvieron todos dentro, metidos en esa cárcel tan estrecha, cosió
el capitán las aberturas, las dejó como habían estado, ensució los pellejos con
aceite, para que quienes los vieran pensasen que estaban llenos de este líquido y
los cargó de dos en dos a lomos de una mula. Los dos pellejos restantes los llenó
de aceite verdadero y los colocó en uno de los animales. En total había veinte
muías cargadas: diecinueve de hombres, y una de aceite, ya que los ladrones,
después de la pérdida de sus dos compañeros, a los que dio muerte el capitán,
habían quedado reducidos a treinta y ocho. Cuando terminó estos preparativos, se
puso al frente de la recua de mulos y entró en la ciudad cuando ya había caído el
sol, cuando era tarde y había desaparecido la luz. Buscó la casa de Alí Babá y la
reconoció en el acto. Al llegar ante ella tropezó con Alí Babá, el cual estaba
sentado en un banco en la calle; en el banco había un tapiz, y se apoyaba en una
magnífica almohada. Se fijó en él y vio que estaba contento, feliz y tranquilo por
el bienestar y desahogo en que vivía. Al llegar junto a él lo saludó correctamente,
con educación, humildad y respeto. Le dijo: « No soy de este país, mi patria está
lejos, y mi morada apartada. He comprado aceite, y espero venderlo en esta
ciudad. Pero he entrado tarde, me ha sido imposible llegar antes, a causa de la
distancia y el mal estado del camino, y he encontrado cerrados los mercados.
Me he puesto en marcha, perplejo, en busca de un lugar o refugio en que poder
pernoctar con mis animales, pero no lo he encontrado; he andado hasta pasar,
ahora, por tu lado. En cuanto te he visto, he dado gracias a Dios, porque ha
solucionado mi problema y me ha hecho conseguir mi propósito. La generosidad
se hace bien patente en tu gracioso rostro, y la hombría brilla en tus ojos
honrados. No cabe duda de que eres hombre de bien y de mérito, piadoso y
bueno. ¿Puedes darnos cobijo por esta noche a mí y a mis muías? Te harás
merecedor de que te recompense y que te haga un buen regalo. Además, serás
recompensado por el Generoso, el Favorecedor, el que paga un bien con otro
bien, el que borra las maldades con el perdón. Mañana por la mañana, si Dios
quiere, bajaré al mercado, venderé mi aceite y me separaré de ti,
agradeciéndote el favor y alabándote» . Alí Babá replicó: « ¡Bien venido sea el
caminante! ¡Hoy eres nuestro huésped bendito, y nos satisface esta noche feliz!»
Alí Babá era noble y generoso, magnánimo, de buenas costumbres y cualidades.
De intenciones puras, sólo pensaba bien de la gente. Creyó lo que había inventado
el falso comerciante; no se le ocurrió que pudiera ser el capitán de los ladrones
del monte, ni lo reconoció, a pesar de haberlo visto una vez, aunque con un
aspecto distinto. Llamó a su esclavo Abd Allah y le mandó que hiciese entrar las
muías. Éste cumplió su orden, y el capitán entró en pos de sus animales para
descargar los odres. Él y Abd Allah los bajaron de las muías y los alinearon junto
a la pared en el patio de la casa. Después, el esclavo cogió las mulas, las metió en
el establo y les dio cebada. El capitán quería pasar la noche en el patio, junto a
los odres, negándose a entrar en la habitación con la excusa de que temía causar
molestias a las gentes de la casa cuando en realidad era para poder llevar a cabo
su propósito y poder realizar la perfidia que le había llevado junto a Alí Babá.
Pero éste no le consintió que lo hiciese, lo conjuró a que entrase, y lo hizo de tal
forma que casi lo arrastró. Al ver que era imposible seguir negándose, entró con
él. El capitán se encontró en una amplia y espaciosa sala, cuyo suelo era de
distintas clases de mármol. A su alrededor, unos enfrente de otros, había divanes
recubiertos con los más preciosos tapices y tapetes, y en la testera del salón, un
diván, mayor que los demás, cubierto de regia seda; sus peldaños estaban
plateados, y las cortinas, bordadas. Alí Babá lo hizo sentar en este diván, mandó
encender las velas y envió recado a Marchana, informándola de que tenía un
huésped y ordenándole que preparase los mejores alimentos para la cena.
Después se sentó junto al recién llegado, le hizo compañía y le dio conversación
hasta que llegó la hora de la cena. Entonces pusieron los manteles y sirvieron los
guisos en vasos de plata y de oro. Colocaron la mesa delante del capitán y éste
comió de todos los guisos en compañía de Alí Babá. Luego quitaron la mesa,
sirvieron vino añejo, y la copa fue pasando de una mano a otra. Cuando hubieron
terminado y estuvieron hartos de comer y beber, reanudaron la charla y así
estuvieron parte de la noche. Llegada la hora de dormir y de acostarse, el capitán
se levantó y bajó al patio, diciendo que antes de retirarse quería tapar a sus
animales, si bien lo que quería era hablar con sus hombres. Se acercó al primero,
que estaba, como ya hemos dicho, en el interior del primer pellejo, y le dijo en
voz baja: « Cuando os tire, desde la ventana, un guijarro, desgarrad el pellejo con
el puñal y reuníos conmigo» . Dijo Jo mismo al segundo, al tercero y a los demás
hasta terminar con el último.
Alí Babá se proponía ir al baño a la mañana siguiente, por lo que recomendó
a Marchana que le preparase la toalla que le era necesaria y que se la diera a
Abd Allah, así como que le hiciera caldo de carne para bebérselo al salir del
baño. Le recomendó, asimismo, que tratase bien al huésped, que le mullese la
cama y que lo atendiese personalmente, de acuerdo con las reglas de la
hospitalidad. Le contestó que así lo haría, y Alí Babá se fue a la cama, se acostó
y se durmió.
Veamos ahora lo que hacía el capitán de los ladrones y digamos que es Dios
quien concede la ayuda. Cuando se hubo puesto de acuerdo con sus compañeros
y cómplices y hubo maquinado con ellos lo que había que hacer, subió en busca
de Marchana y le preguntó por su dormitorio. Ésta tomó una vela y le condujo a
una habitación llena con los más hermosos tapices, con el lecho, las sábanas y
todos los objetos que podía necesitar durante la noche. Marchana se fue luego a
la cocina para hacer lo que la había mandado su señor: preparó la toalla y los
objetos necesarios para el baño, y los entregó a Abd Allah. Después encendió el
fuego debajo de la cacerola. Mientras hacía esto, la luz del candil iba
disminuyendo poco a poco por falta de aceite, hasta que se apagó por completo.
Buscó la aceitera y vio que estaba vacía; además, se había terminado la cera.
Quedó perpleja, ya que necesitaba luz para terminar de preparar el caldo. Abd
Allah, al verla así, le dijo: « No te inquietes ni te preocupes porque se haya
terminado el aceite de la casa, pues lo tenemos en abundancia. ¿Has olvidado que
los pellejos del comerciante forastero están llenos de aceite? Los han puesto en el
patio. Baja, coge lo que quieras, y por la mañana le pagaremos su importe» .
Marchana, al oír estas palabras, encontró que la idea era buena, le dio las gracias
por el magnífico consejo, bajó con la jarra y se acercó a los pellejos. Los
ladrones estaban ya hartos de la larga permanencia en tan estrecha prisión,
estaban fatigados de tener la espalda doblada; respiraban fatigosamente y tenían
los miembros descoyuntados y los huesos molidos; no podían aguantar más esta
situación y les era imposible continuar encerrados. Al oír la voz de Marchana
creyeron, en su ignorancia, que era la de su jefe, puesto que la flecha del destino
iba a alcanzarlos y la orden de Dios iba a cumplirse. Uno de los ladrones
preguntó: « ¿Ha llegado el momento de salir?»
Refiere el narrador de esta historia admirable, de este relato emocionante,
extraordinario: Marchana, al oír la voz de un hombre que hablaba en el interior
del odre, se asustó muchísimo; tembló de terror y se aterrorizó de mala manera.
Otra mujer se habría desmayado o gritado, pero ella tenía un corazón valiente y
una imaginación rápida. Se dio cuenta en seguida de lo que sucedía y pensó, en
menos de un abrir y cerrar de ojos, que aquellos hombres iban con mala
intención. Ideó en seguida lo que le convenía hacer, puesto que si gritaba o se
movía moriría sin remedio, así como su señor y todos los moradores de la casa.
Se abstuvo de lamentos y algazara y empezó a poner en práctica la trampa que
se le había ocurrido: bajó la voz y contestó al primer ladrón: « Espera un
momento. Falta muy poco tiempo» . Se acercó al segundo odre, y el ladrón que
lo ocupaba le preguntó lo mismo que el primero. Le contestó de la misma forma
que al anterior. Los ladrones le preguntaban el uno detrás del otro y ella les
contestaba y los invitaba a tener paciencia. Así llegó hasta los pellejos que
contenían el aceite, y que eran los últimos de la fila. Cuando vio que éstos se
empeñaban en seguir callados pensó que no debían contener hombres. Los
movió, y al convencerse de que estaban llenos de aceite, abrió uno, llenó la jarra,
volvió a la cocina y encendió el candil. A continuación preparó un gran caldero
de cobre rojo, bajó con él al patio, lo llenó de aceite, lo colocó sobre el fuego y
puso mucha leña debajo, hasta que el aceite hirvió. Entonces bajó con el caldero
y fue vertiendo una jarra de aceite en la boca de cada pellejo; el líquido fue
matando a los ladrones en cuanto les llegaba a la cabeza. Así los aniquiló a todos.
Al comprobar que todos habían muerto, regresó a la cocina y terminó de hacer
el caldo de carne que le había mandado su señor. Concluido su trabajo, apagó el
fuego y la lámpara y se sentó a espiar al capitán.
Éste, al entrar en la habitación que se le había preparado, cerró la puerta,
apagó la vela y se tendió en la cama como si durmiera, a pesar de que seguía
despierto, en espera del momento oportuno de caer sobre los habitantes de la
casa. Cuando le pareció que todos estaban durmiendo, se levantó en silencio y se
asomó a observar. Al no ver luces ni oír ningún ruido, creyó que los moradores
de la casa dormían. Cogió un guijarro y lo tiró al patio, de acuerdo con lo
convenido con sus compañeros. Esperó un poco para dar tiempo a que salieran
de los odres; pero como siguieron callados y no se movían ni se oía rumor
alguno, quedó perplejo. Desde la ventana tiró otro guijarro sobre los pellejos,
pero éstos siguieron mudos y sin hacer ningún movimiento. Esto lo intrigó, y
volvió a tirar, por tercera vez, otra piedra. Esperó, sin resultado, la salida de sus
ladrones. Perdió la paciencia, el miedo hizo mella en su corazón, y bajó a ver
qué les había ocurrido y el porqué de su silencio. Percibió un olor desagradable y
el tufo de aceite quemado, con lo que aumentaron su terror y su miedo. Recorrió
la fila, dirigiendo la palabra a uno después de otro, pero no contestó ninguno.
Entonces movió los pellejos, los agitó y miró en su interior: vio a sus hombres
achicharrados. Al comprobar que alguien había sacado aceite de uno de los
odres, comprendió la manera cómo habían muerto y la causa de su
fallecimiento. Esto lo afligió mucho y lloró copiosamente por haber perdido a sus
compañeros. Temiendo que lo detuviesen, se decidió a huir y a escapar antes de
que le cerrasen el camino. Abrió la puerta del jardín, trepó por la pared, saltó a la
calle y huyó como alma que lleva el diablo. Iba cabizbajo, fatigado de pena y
con el corazón lleno de mil pesares.
Marchana lo observaba desde su escondrijo. Al comprobar que había huido,
cerró la puerta del jardín que había abierto el ladrón y regresó a su habitación.
Esto es lo que a ella se refiere.
He aquí lo que se refiere a Alí Babá: Cuando Dios hizo aparecer la mañana y
ésta iluminó con su luz y se hizo claro y el sol saludó a la más hermosa de las
criaturas, Alí Babá despertó de su sueño y de las dulzuras del reposo. Se vistió y
se dirigió al baño. Su esclavo Abd Allah iba detrás de él con los útiles para el
lavado y la toalla que le era necesaria. Entró en el baño, se lavó y descansó en la
más completa satisfacción y felicidad, sin saber lo que había pasado en su casa
durante la noche ni el peligro del que Dios le había salvado. Al terminar de
lavarse se puso otra vez los trajes y regresó a su domicilio. Al entrar en el patio
vio que los pellejos seguían en el mismo sitio, y se admiró. Preguntó a Marchana:
« ¿En qué piensa ese comerciante forastero, que tarda tanto en marchar al
mercado?» « ¡Señor mío! Dios te ha destinado para una larga vida y te ha dado
mucha suerte, pues esta noche te has salvado de un gran peligro, y Dios te ha
librado a ti y a tus familiares de la destrucción y de una muerte vil, gracias a tu
pureza de intención. Ha hecho caer en una fosa a aquellos que la habían cavado
para sepultarte en ella, castigando sus malas intenciones. La falsedad trae
siempre consigo la desgracia y la muerte prematura. He dejado todas las cosas
tal como estaban, para que veas con tus propios ojos lo que te había preparado, a
traición, aquel fingido comerciante, y el valor de tu esclava Marchana. ¡Anda,
contempla lo que hay en el interior de esos pellejos!» Alí Babá se acercó, y al
ver en el interior del odre que tenía más próximo un hombre que empuñaba un
puñal, palideció, cambió de humor y se echó atrás del susto. La joven le dijo:
« No temas, pues ese hombre está muerto» . A continuación le mostró los
restantes pellejos, en el interior de cada uno de los cuales había un hombre
muerto, con un puñal en la mano. Quedó un rato atemorizado, mirando unas
veces a Marchana y otras a los pellejos. Estaba estupefacto, amilanado, sin saber
lo ocurrido. Exclamó: « ¡Apresúrate a explicármelo todo! ¡Sé breve! Lo que he
visto me ha llenado de temor» . « Espera un poco y no levantes la voz, para que
los vecinos no se enteren de aquello que no interesa que se difunda. Tranquilízate,
ve a tu habitación y siéntate en tu sillón para descansar. Yo te llevaré el caldo de
carne que te he hecho, te lo beberás y desaparecerá el terror que te ha
sobrevenido.» Después se dirigió a la cocina, le llevó el caldo, se lo dio, y él se lo
bebió. Luego empezó a hablar: « Ayer me mandaste que te preparase los útiles
propios del baño y que te hiciera caldo de carne. Mientras estaba ocupada en
cumplir tus órdenes, se apagó la lámpara por falta de aceite. Busqué la jarra del
aceite, la encontré vacía y me quedé perpleja, sin saber qué hacer. Pero Abd
Allah me dijo: “No te preocupes por eso, pues tenemos mucho aceite en casa.
Baja, coge lo que necesites de los pellejos del comerciante que duerme en
nuestro domicilio, y mañana le pagaremos su importe”. Considerando que su
consejo era bueno, bajé con la jarra. Al acercarme a los pellejos, oí en su
interior la voz de un hombre, que preguntaba: “¿Ha llegado el momento de salir?”
Comprendí en seguida que aquello era una trampa, y le contesté, sin temor: “Ya
falta muy poco”. Recorrí todos los pellejos y vi que en el interior de cada uno de
ellos había un hombre, que me preguntaba exactamente lo mismo o me dirigía
palabras semejantes. Yo iba dando la misma contestación y así llegué a dos
pellejos que estaban llenos de aceite. Llené la jarra, encendí la lámpara, cogí un
gran caldero, lo llené de aceite y lo puse al fuego; cuando hubo hervido, lo vertí
por la boca de cada odre hasta que murieron todos los ladrones, a consecuencia
del aceite caliente, conforme tú has podido comprobar. Luego apagué la lámpara
y me senté a observar lo que hacía aquel comerciante traidor, pérfido y
embustero. Vi que desde su ventana tiraba piedras para despertar a sus hombres,
y que repetía esto varias veces. Pero como no se decidían a salir y él quería
verlos, bajó a averiguar la causa por la que seguían quietos, y los encontró a
todos muertos. Entonces, temió que a él le detuviesen o le matasen, por lo que
trepó por la pared del jardín, saltó a la calle y huyó. Yo no quise despertarte para
no alborotar a la gente de la casa, y he esperado a que regresaras del baño para
explicártelo todo. Esto es lo que me ha sucedido con esos traidores, pero Dios es
más sabio. Ahora es necesario que te diga algo que me ocurrió hace poco y que
hasta ahora te he ocultado. Hace unos días, al volver del mercado, vi que en la
puerta de nuestra casa había una señal blanca. Al contemplarla me intranquilicé,
me inquieté y me di cuenta de que la había hecho un enemigo, con la idea de
hacernos daño. Para confundirlo, pinté la misma señal en la puerta de las casas
de nuestros vecinos. Al día siguiente vi que habían hecho una señal roja en la
puerta de nuestra casa, y yo puse una señal idéntica en la puerta de nuestros
vecinos. Te he ocultado esto por temor a alarmarte. Es seguro que las señales las
pusieron los hombres que están muertos: son los ladrones con los que tropezaste
en el monte. Desde el momento en que supieron el camino de nuestra casa, no
nos han concedido reposo ni descanso y mientras quede sobre la faz de la tierra
uno solo, correremos el riesgo de caer en sus trampas. No cabe duda de que ese
que ha huido se esforzará en darnos muerte. Es necesario que vigilemos. Yo
permaneceré despierta y alerta» .
Refiere el narrador: Alí Babá, al oír las palabras de su esclava Marchana se
maravilló muchísimo de lo que les había ocurrido, del extraordinario suceso que
habían vivido. Dijo a Marchana: « He escapado de este peligro y me he salvado
de este riesgo gracias al Creador, al Favorecedor, al Benefactor, que nos protege
con su gracia, y a tu inteligencia penetrante, a tu buen entendimiento» . Le dio las
gracias por lo bien que había obrado, por su valor, por su reflexión penetrante y
por su buen consejo. Le dijo: « Desde este instante eres completamente libre ante
la faz de Dios, pero siempre te seremos deudores y te recompensaré por todo.
Como has dicho bien, no cabe duda de que ésos son los ladrones del bosque.
¡Loado sea Dios, que nos ha salvado de ellos! Ahora es necesario enterrarlos y
ocultar lo que nos ha ocurrido» . Llamó a su esclavo Abd Allah y le mandó que le
llevasen los picos. Cogió uno, dio otro al esclavo y empezaron a abrir una gran
fosa en el jardín; luego trasladaron los cuerpos de los ladrones, los arrojaron a la
fosa y los cubrieron de tierra hasta que desapareció su rastro por completo.
Vendió los mulos en el mercado en distintas fechas, y lo mismo hizo con los
pellejos. Esto es lo que a ellos se refiere.
En cuanto al capitán de los ladrones: al escapar de la casa de Alí Babá huyó
al bosque y entró en el tesoro en el más lamentable de los estados, llorando su
soledad y su aislamiento. Se sentó, triste, a reprenderse por el fracaso de sus
esperanzas, por la derrota de su plan, por la pérdida de sus hombres. La vida se le
hizo aborrecible y deseó la muerte, diciendo: « ¡Ay de vosotros! ¡Ah héroes del
tiempo, hombres de combate y de lucha! ¡Ah, caballeros en la lid de la guerra!
¡Ojalá hubieseis muerto en medio del combate y de la batalla! ¡Habríais
encontrado digno fin, en la liza! Pero haber muerto de este modo infame
constituye una ofensa, y yo, desgraciado de mí, soy el causante de la muerte de
aquellos a los que rescataría, si pudiera, con mi propia vida. ¡Ojalá se me hubiese
escanciado el vaso de la muerte antes de tener que presenciar esta calamidad! El
Señor —Todopoderoso y excelso— sólo me concede la vida para tomar
venganza, lavar la afrenta y vengaros terriblemente, de un enemigo al que he de
hacer probar el mal de la tortura y el castigo más grande. Yo me bastaré para
hacer esto, a pesar de mi soledad. Aquello que no pueden conseguir muchos
hombres, he de realizarlo yo solo si Dios quiere» . Pasó toda la noche en un caos
de ideas, preocupado y buscando el engaño que le había de permitir alcanzar su
objetivo. Veló sin gozar de las dulzuras del sueño, y amaneció sin tener apetito.
Siguió esforzando su mente para idear una trampa, pensó en cómo había de
conseguir su objeto, meditó en lo que debía hacer en esta coyuntura para
alcanzar su deseo y curar su enfermedad. Cuando se hizo de día se vistió de
comerciante y se dirigió a la ciudad para alquilar una habitación y abrir una
tienda en el zoco de los mercaderes. Trasladó a ésta, desde el tesoro, en varias
veces, objetos de mucho valor, hermosas y magníficas telas, bordadas en oro,
entre las cuales había piezas de tela india, paños sirios, vestidos de brocado,
preciosos trajes, aderezos de seda y gemas. Todo ello había sido robado en
distintos países. Procedía de los bienes de las criaturas de Dios que habían sido
depositados en el tesoro. Después se sentó en su tienda y se dedicó a vender y a
comprar, a tomar y a dar a la gente. Empezó vendiendo a precios bajos, a
rebajar el importe, a aceptar lo que la gente le ofrecía y a complacerla en lo que
pedía. Así se hizo célebre, se divulgó su nombre, se difundió su manera de actuar,
se hizo notoria su conducta, acudieron a su tienda las personas importantes, y se
aglomeraron ante ellos los humildes. Él recibía a la gente con amabilidad y
cortesía, la trataba con dulzura y afabilidad, le mostraba un rostro sonriente,
buenas costumbres, graciosas palabras y hermosas respuestas. Así consiguió que
todos lo apreciasen. Pero todo ello era contrario a su natural, puesto que era duro,
grosero, ignorante e inhumano; que estaba acostumbrado al combate, al saqueo,
a la matanza y al robo. Pero la necesidad tiene sus leyes, y lo forzó a hacer esto.
El Todopoderoso —excelso y grande—, que dispone lo que quiere y ordena sus
deseos a las criaturas, quiso que la tienda de este traidor estuviese frente a la del
hijo de Alí Babá, que se llamaba Muhammad. Como eran vecinos, los vínculos
de la convivencia nacieron entre ambos, y, a causa de esto, se conocieron e
intimaron, sin que el uno supiese quién era el otro ni de dónde procedía. Entre los
dos se estableció una corriente de afecto y cariño, y llegaron a no poder estar
separados.
Un día, Alí Babá fue a visitar a su hijo Muhammad y a ver el zoco de los
comerciantes. Encontró al mercader forastero sentado al lado de su hijo. El
capitán le reconoció desde el momento en que lo vio y estuvo seguro de
encontrarse en presencia del enemigo en cuya búsqueda había ido. Se alegró
mucho, y entonces tuvo la seguridad de que conseguiría su deseo y alcanzaría su
propósito: tomar venganza. Pero ocultó sus intenciones, procurando permanecer
inmutable y cuando Alí Babá se fue, interrogó sobre él a su hijo, aparentando que
no lo conocía. Muhammad le contestó: « Es mi padre» . Al enterarse de esto, fue
a sentarse más frecuentemente aún en la tienda del muchacho, multiplicó sus
atenciones para con él y se esforzó en tratarlo bien, aparentando tenerle afecto,
cariño, amor y amistad. Lo invitaba a comer, le daba banquetes y fiestas y lo
llevaba a sus veladas. No soportaba el estar separado de él en las tertulias y en las
fiestas, le regalaba objetos preciosos y le hacía magníficos presentes. Todo lo
hacía en vistas a conseguir lo que tenía pensado y para realizar el engaño y la
traición que meditaba. Muhammad se dio cuenta de sus muchos favores, de lo
agradable de su compañía, de su amistad, de su incesante cariño, de que el afecto
que le profesaba había alcanzado su grado sumo, y de que el amor que le tenía
era muy grande. Creía que todo ello procedía de su buena intención, que era
sincero, y que no podía prescindir de él ni de día ni de noche. Refirió a su padre
los favores que debía al comerciante forastero, el mucho amor y cariño que éste
le mostraba; que era un hombre rico, generoso, magnánimo y uno de los
principales personajes. Excediéndose en su apología, le dijo que lo invitaba a
comer guisos exquisitos en cualquier momento, y que le hacía costosos regalos.
Su padre le dijo: « Pues es necesario, hijo mío, que tú le correspondas, que le
prepares un banquete y que lo invites. Lo harás el viernes, cuando salgáis juntos
de la mezquita, después de la oración del mediodía, y paséis por delante de casa,
invítalo a entrar. Yo habré preparado lo necesario para hacer agradable la
estancia a tan ilustre huésped» .
El viernes al mediodía, el capitán se dirigió a la mezquita en compañía de
Muhammad. Una vez rezada la oración colectiva, salieron juntos, dispuestos a
visitar la ciudad. Pasearon sin descanso hasta que llegaron a la calle de Alí Babá.
Al cruzar ante la puerta de la casa, Muhammad invitó a su compañero a que
entrase a comer, diciéndole: « Ésta es nuestra casa» . El capitán rehusó
esgrimiendo varias excusas, pero el muchacho lo insistió, lo conjuró y no cejó
hasta conseguir que aceptara. « Complaceré tu deseo por exigirlo así las leyes de
la amistad y para darte gusto; pero ha de ser con una condición: no has de poner
sal en la comida, puesto que aborrezco mucho este condimento y no puedo
comerlo ni aspirar su olor.» « Esto es muy fácil, y si tu estómago no la soporta,
se te ofrecerá únicamente comida sin sal.» El ladrón se alegró al oír esto, ya que
su mayor deseo consistía en entrar en aquella casa, y todo lo que hacía era pura
comedia, a fin de conseguir mejor su propósito y alcanzar su objetivo. Entonces
estuvo seguro de que iba a tomar venganza; se cercioró de que iba a aplicar el
talión. Se dijo: « Dios los ha hecho caer, sin remedio, sin duda, en mis manos» .
En cuanto pisó el umbral y entró en la casa, Alí Babá salió a recibirlo, lo saludó
con la mayor corrección y cortesía, lo hizo sentar en la testera del salón, pues lo
tenía por un distinguido comerciante, y no podía sospechar que era el dueño del
aceite, ya que había cambiado de aspecto y de figura. No le pasó por la mente
que había metido al lobo entre el ganado, al león entre las ovejas. Se sentó a
hablar con él y a hacerle los honores.
Entretanto, su hijo, Muhammad, iba a ver a Marchana y le recomendó que
no pusiese sal en los guisos, ya que su huésped no podía soportarla. Esto la
contrarió, pues ya tenía hecha la comida, y la obligaba a guisar de nuevo para
que no hubiese sal. Esta circunstancia la extrañó y la inquietó. Quiso ver quién
era aquel hombre que no necesitaba la sal, que no tenía el mismo paladar que los
demás mortales, puesto que una cosa parecida no se había oído contar jamás.
Atardecía cuando acabó de cocinar. Marchana y Abd Allah llevaron la mesa y la
colocaron delante de los reunidos. Entonces dirigió una mirada al comerciante
forastero y lo reconoció en seguida, ya que era muy buena fisonomista y tenía
una excelente memoria. Se cercioró de que era el capitán de los ladrones.
Mirando atentamente, descubrió debajo de sus faldones la empuñadura de una
daga. Se dijo: « Ahora comprendo por qué este maldito se ha negado a compartir
la sal con mi señor. Quiere darle muerte, pero le parecería mal y le repugnaría
hacerlo después de haber compartido la sal. Pero, con el permiso de Dios
(¡ensalzado sea!), no conseguirá su propósito, pues no permitiré que lo lleve a
cabo» . Volvió a sus quehaceres, y Abd Allah se encargó del servicio. Comieron
todos los platos, y Alí Babá hizo los honores a su huésped y le invitó a comer.
Cuando estuvieron hartos se llevaron la mesa y les sirvieron el vino, las tapas, los
dulces, la fruta y los licores; comieron pasteles y frutas, y después se pasaron la
copa de uno a otro. El maldito les servía de beber, pero él se abstenía de
acompañarlos, pues quería emborracharlos y él estar sereno, sin emborracharse,
con todo su entendimiento, para poder llevar a cabo su propósito. Cuando
estuvieran ebrios y se quedaran dormidos, aprovecharía la ocasión para
derramar su sangre y matarlos con el puñal. Después escaparía por la puerta del
jardín, como había hecho anteriormente. En esto aparecieron Marchana y Abd
Allah. La muchacha llevaba una camisa de tejido de Alejandría, una aljuba de
regio brocado y otros preciosos vestidos; un cinturón de oro, trenzado con joyas,
ceñía su talle y hacía resaltar las caderas; llevaba una redecilla de perlas en la
cabeza, y alrededor del cuello un collar de esmeraldas, jacintos y coral. Debajo
aparecían sus senos, semejantes a dos frutos de granados. Las joyas y los trajes
realzaban su belleza, que parecía el capullo de una flor de primavera o la luna en
la noche del plenilunio. Abd Allah vestía también regiamente y llevaba en la
mano una pandereta que tocaba, mientras la joven bailaba como las gentes del
oficio. Alí Babá, al verla, se alegró y sonrió. Le dijo: « ¡Bien venida la bella
muchacha, la criada preciosa! ¡Por Dios, que has hecho bien! Ahora nos
apetecía ver bailar para dar completo término a nuestra satisfacción y a nuestra
alegría, para distraernos y hacernos felices. Luego dijo al capitán: « Esta
muchacha no tiene par. En todo es experta; excelente en el servicio, no hay nada
que se le oculte en las distintas ramas de la buena crianza. Es guapa, encantadora,
de certera opinión y rapidez de pensamiento. No hay ninguna que se pueda
comparar con ella en nuestro tiempo. Le debo grandes favores, y me es más
querida que una hija. Fíjate, señor, en la belleza de su cara, en la elegancia de su
talle, lo bien que baila, la gracia de sus inflexiones y en la agilidad de sus
movimientos» . El capitán no escuchaba sus palabras, pues estaba fuera de sí,
encolerizado y triste, por la entrada de aquellas dos personas, que estropeaban la
maquinación que había preparado contra los habitantes de aquella casa y hacían
fracasar la traición y la villanía en que había pensado. Marchana bailó tan bien
como una bailarina profesional. Llevó las cosas hasta el punto de sacar el puñal
que llevaba en el cinto y seguir danzando con él en la mano, tal como es
costumbre entre los árabes. Unas veces ponía la punta encima de su pecho, otras
en el de Alí Babá, en el de su hijo Muhammad o en el del capitán. Luego,
tomando la pandereta de las manos de Abd Allah, se la presentó a Alí Babá,
haciéndole señas para que le diese algo. Él le puso un dinar. Luego la pasó a su
hijo, Muhammad, quien le dio otro dinar. Se aproximó al capitán con la pandereta
en una mano y el puñal en la otra. El hombre quiso darle algo y metió la mano
en el bolsillo. Mientras se encontraba en esta posición, ocupado en sacar los
dirhemes necesarios, la joven le clavó el puñal en el pecho, y el bandido murió
en medio de estertores. Dios se apresuró a enviar su alma al fuego (¡qué pésima
morada!). Alí Babá y su hijo, al ver lo que había hecho, se levantaron
apresuradamente y gritaron: « ¡Traidora! ¡Hija adulterina! ¡Pérfida! ¡Innoble!
¿Por qué has cometido esta vituperable acción? ¿Qué te ha incitado a este acto
miserable? Nos afliges de tal modo que no lo olvidaremos jamás, que será causa
de nuestra muerte, de la pérdida de nuestra vida. Pero antes he de castigarte,
maldita, y si escapas con vida del juez, no escaparás de nuestras manos» . Ella
replicó inmutable: « Tranquilizaos, no tengáis miedo. Si tal hubiera de ser la
recompensa por haberos salvado, no habría quien se ofreciese a hacer el bien.
No os apresuréis a malpensar de mí para que luego no tengáis que arrepentiros.
Oíd mi relato, y después haced conmigo lo que queráis. Ese hombre no era un
comerciante, según afirmaba y vosotros creíais. Era el capitán de los ladrones
del bosque, el que antes había pretendido ser vendedor de aceite y metió aquí
hombres en pellejos para daros muerte y exterminaros. Al fracasar en su treta,
al perder la esperanza y la confianza en el éxito, tuvo que huir y abandonar la
casa. Pero esto no le sirvió de escarmiento ni lo amilanó, sino que aumentó su
rabia y odio contra mí y contra vosotros, y siguió resuelto a hacer el mal. Para
conseguir su propósito y llegar a su meta, abrió una tienda en el zoco de los
mercaderes y la llenó de mercancías preciosas, caras. Por medio de malas artes,
de trampas ocultas, de acciones descreídas enredó y engañó a mi señor
Muhammad, mostrándole un falso cariño y un amor insincero. Fue tras él con
disimulo hasta que le fue posible entrar en vuestra casa y sentarse con vosotros a
la mesa. Entonces se dispuso a aprovechar la ocasión para traicionaros, para
daros la peor de las muertes y borrar vuestro rastro, confiando en conseguirlo
gracias a lo bien afilado de sus armas y a la fuerza de su brazo y de su mano.
Pero no hay fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el Grande. ¡Loado sea
Dios, que lo ha hecho morir prematuramente por mis manos! Registradlo, y
veréis si son ciertas mis palabras» . Le levantó los faldones y les mostró el puñal
que llevaba escondido entre sus ropas. Ambos, al oír su respuesta y el discurso
con que les contestaba observaron con mucha atención la faz del pérfido y
embustero comerciante, y reconocieron en él al vendedor de aceite y al ver el
puñal se convencieron de que Dios los había salvado de un gran peligro y que
había hecho perecer aquel cuerpo por mediación de su esclava Marchana.
Seguros ya de la veracidad de las palabras de ésta, aumentó en ambos la estima
en que la tenían. Le dieron las gracias por una acción tan noble y alabaron la
actitud de su intuición. Alí Babá le dijo: « Anteriormente te he abrazado y te he
prometido una recompensa mayor. Éste es el momento de cumplir lo prometido,
y de llevar a buen término mi juramento si es que a ti te place lo que ha tiempo
traigo pensado para recompensarte el bien que nos has hecho y pagarte tus bellas
acciones. Quiero casarte con mi hijo Muhammad. No me contradigáis» . El
muchacho aceptó: « ¡Oír es obedecer lo que has pensado y decidido! No te
contradiré en lo que has dispuesto, aunque fuese algo que me disgustase o
molestase. Pero el matrimonio con Marchana constituye mi máximo anhelo, el
colmo de mis deseos» . Y así era en realidad, pues él la amaba desde hacía
tiempo, su pasión por ella había alcanzado el punto culminante, pues era
hermosa, bella, bonita y perfecta; poseía talento natural, buenas costumbres y
era de origen noble y buena ascendencia.
Se dispusieron a enterrar al capitán: le cavaron una amplia fosa en el jardín,
lo depositaron en ella y así se reunió con sus criminales y malditos compañeros.
Ninguna de las criaturas de Dios se enteró de estas cosas tan extraordinarias, de
estos acontecimientos portentosos.
He aquí lo que ocurrió con su tienda: la hacienda pública, al ver que estaba
ausente largo tiempo y que no se sabía nada de él, ni se encontraba rastro, se
incautó de los bienes que contenía y de los objetos que guardaba.
Cuando quedaron tranquilos y confiados, cuando estuvieron seguros en su
casa y se arreglaron los asuntos; cuando volvió la alegría y se marcharon los
pesares, Muhammad casó con la joven Marchana, se extendió el contrato
matrimonial ante el cadí de los musulmanes, le hizo el primer regalo de bodas y
se obligó a entregarle el segundo. Las gentes acudieron a porfía, se celebraron las
fiestas, permanecieron sin dormir en las noches de algazara y dieron grandes
banquetes y convites. Acudieron los principales juglares, cantores y cómicos
hasta que al fin la dejaron a solas con él y la desfloró. Las fiestas duraron tres
días.
Un año después de estos acontecimientos, Alí Babá se decidió a volver al
tesoro, que no había querido visitar de nuevo después de la muerte de su
hermano, por temor a que los ladrones le tendiesen una emboscada. Dios había
aniquilado a treinta y ocho hombres por mediación de Marchana, además del
capitán. Pero Alí Babá creía que aún quedaban dos hombres, puesto que en el
monte había contado cuarenta. Por ello se abstuvo de ir durante todo este lapso de
tiempo, temiendo que los dos restantes le tendiesen una trampa. Pero como no
supo más de ellos ni dieron señales de vida, se convenció de que habían muerto y
se decidió a volver en compañía de su hijo, para mostrarle el tesoro y enseñarle
el secreto mediante el cual podía entrarse en él. Al llegar a sus inmediaciones vio
que había mucha hierba, que los arbustos y espinos habían crecido en la vecindad
de la puerta y borrado el camino. Dedujeron de ello que hacía mucho tiempo
que no entraban en el tesoro hombres ni genios y que nadie lo había tocado desde
entonces, así como que habían muerto los otros dos ladrones. Desapareció el
miedo que aún tenían y siguieron acercándose. Alí Babá cogió el hacha y cortó
la hierba y los espinos, hasta que consiguió abrir un paso y pudo llegar a la
puerta. Entonces dijo: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» La puerta se abrió, y Alí Babá
entró en el tesoro con su hijo y mostró a éste las riquezas, maravillas, prodigios y
objetos que contenía. El muchacho se quedó completamente admirado.
Recorrieron las salas, dieron vueltas y más vueltas por ellas y se hartaron de
tocar las joyas y las gemas. Luego regresaron, llevándose lo que más les
gustaba, o sea, lo de poco peso y mucho valor. Volvieron a su casa contentos y
satisfechos por los bienes adquiridos y sucesivamente fueron llevándose del
tesoro lo que era más de su agrado.
Vivieron en la más dulce y feliz de las vidas hasta que les visitó el destructor
de las dulzuras, el separador de las multitudes, el aniquilador de los palacios y el
constructor de las tumbas.
Ilustración: Hans Gartmeier
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Del barrio mishio donde el sabalaje tiró la bronca por cualquier zoncera, viene tu pinta que lucís diquera por esas calles del camandulaje. ...
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—Jean, ¿dónde estás? Le oía respirar. Encendió entonces la luz y lo vio, de rodil...
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Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada ...
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