miércoles, 17 de junio de 2026

Made in Lanús (Nelly Fernández Tiscornia)






Se abre el telón sobre el patio de la casa del Negro y Yoly. En este patio estará la síntesis

de la vida de los dos. El amor de una mujer hacia su casa y la derrota de lo precario y lo

que falta por la escasez de dinero. Sobre el patio se abrirá la puerta de la cocina de la

que se verá la punta de la mesada. Otra puerta se abrirá dejando ver el baño. Luego, la

entrada desde el exterior y una salida hacia el taller del Negro.

Son las cinco de la tarde de un día de calor. La máquina de coser de Yoly abierta sobre

un rincón. Sobre ella, algunas prendas de confección a las que ella da el terminado como

costurera con trabajo a domicilio. Sobre la mesa en la que Yoly plancha, se enciman

prendas terminadas que ella plancha febrilmente, apartándolas y separándolas como si

las numerara.

Una tapia baja separa la casa de al lado, dejando llegar parte de la vida de los vecinos, a

través de una radio que va y viene con el viejo Joaquín, recién jubilado y pegado a la

radio como a un hilo que lo conecta con el mundo y lo aísla del resto al mismo tiempo.

En un momento dado, Yoly hablará por la tapia con Don Joaquín, pidiéndole algo para

preparar la cena.

Yoly plancha entregada con toda el alma a lo que hace. La música de la radio del vecino

que para Yoly es un ruido más de los tantos que acompañan su vida de iodos los días.

Desde afuera, se anuncia la excitación del Negro que viene entremezclado con estribillos

y viejas canciones y todo eso no es nada más que una manera de tirar líneas sobre su

mujer sobre el secreto que lo tiene en vilo y fuera de sí.

Negro (en todo momento cantará, se moverá y hará todo aquello que el actor

sienta que puede movilizar al Negro): ¡Se va a acabar! ¡Se va a acabar! ¡La

mishiadura nacional! ¡Se va a acabar! (De pronto, deja el estribillo y la emprende

con una canción de Sinatra al que imita burdamente. Es toda una sinfonía en

clave. Haciendo todo eso se acerca a Yoly y le palmea el traste.)

Yoly (nerviosa): Salí... (El Negro la sigue jorobando cantándole, jodiéndola porque

no puede con su alma.) Vos... no sé... ni que estuvieras mamado. Estás hecho

un... (En ese momento Yoly sin darse cuenta se imagina al Negro buscando

comida en la cocina.) No busques nada porque no hay nada. (El Negro sigue

revolviendo y Yoly le sigue adivinando.) Total... la Patri no está. Se queda a cenar

en lo de Andrea... (El Negro levanta la tapa de una olla despacio y encuentra el

relleno de las empanadas; mete el tenedor o un pedazo de pan.) No te comas el

relleno de las empanadas que son para mañana. (El Negro se queda con el pan en

el aire.)

Negro: Vos no me jodés a mí... Vos tenés ojos en el culo.

Yoly: Son veinte años... Si te conoceré. Ni que tuvieras la lombriz solitaria. (Se vuelve

nerviosa.) Comiste como un chancho al mediodía. Aflojá un poco, ¿eh? (El Negro se

le acerca mordiendo un pedazo de pan. Se acerca a Yoly que lo mira de reojo sin

dejar de planchar.) Jo. Sacate ese mameluco que lo tengo que poner en remojo. ¡Mirá

lo que es!

Negro: ¿Qué me dijiste que la Patri no viene a cenar?

Yoly: Vos parecés sordo o... no sé qué. Veinte veces te dije que el padre de

Andrea las llevaba al centro a las dos por el asunto de la libreta cívica. Porque lo

que es vos, mijito.

Negro (se le escapa): ¿Qué libreta cívica? ¿Para qué?

Yoly: Pero vos estás mamado en serio... ¿Cómo para qué? ¿No sabés que tiene

seis meses y que después... no sé la multa que le cobran?

Negro (se le acerca, le pellizca la cara, le palmea el traste, le canta en inglés y

entre canto y canto): Vos ni te la imaginás... ni por putas te la imaginás.

Yoly (se lo saca de encima): ¡Má, sí... che! No sé para qué pierdo tiempo con vos, si

cuando te ponés en boludo, no te gana nadie.

Negro (medio agrandado): Mirá vos... yo hoy estuve en el centro.

Yoly: ¿En qué centro?

Negro: ¿Y qué centro querés que sea?

Yoly: ¿Cuándo fuiste?

Negro: ¿Y no viste que me vine a empilchar después de comer? ¿No lo viste al

Quique que se quedó solo en el taller?

Yoly: ¿Qué querés que vea, si me pasé la tarde en la calle? No sabés que fui al

cementerio y después a la fábrica a retirar la costura y encima... (Nota que el

Negro ni la escucha.) No sé para qué tanta explicación... Ni me oís. (Lo mira y

algo se le cruza.) ¿Y a qué fuiste al centro?

Negro (mintiendo): Fui a... fui a buscar unos repuestos para el camión del

Polaco.

Yoly (estallando): ¿El Polaco otra vez? ¿Y te fuiste a gastar plata al centro para el

Polaco que te va a pagar cuando Dios quiera?

Negro: Es un amigo, che... (Se corta.) ¿Y quién la va a traer a la Patri?

Yoly: La va a buscar el novio.

Negro (como si le metieran un cohete): ¡Novio! ¡Hacé el favor! ¡Novio! Ese

pedazo de malaria... Melenudo de... (Se corta, se afiebra.) Me tiene tan podrido

que el día menos pensado le meto una patada en el tujes.

Yoly: Vos, mejor... ¡callate! Si te oye la Patri, te mata, mirá...

Negro: Mejor que me vaya oyendo porque... lo tengo acá al pendejo. (La mira

con rabia. Celoso. Además es el padre de la nena. No se banca al rival.) ¡Novio! Y

vos sos capaz que le das manija. Porque sos así de inconsciente.

Yoly: Yo no le doy nada... la oigo, che. Y es mi hija. (Se corta. La quiere

terminar.) Y andá, ¡por favor! Sacate ese mameluco que dejás grasa por donde

pasás. (Ella siempre está como queriendo hacer brillar de limpio lo que no

puede brillar porque es pobre y triste.)

Negro (caliente): Novio. (Se hunde feliz en su fantasía.) Suerte que... (y

empieza de nuevo como un monito feliz) ¡Se va a acabar! ¡Se va a acabar!

Yoly: Acabala ¿querés? Estás así desde que te levantaste y son como las cinco

de la tarde. ¿Sabés cómo me tenés de podrida?

Negro (como si de pronto tomara conciencia de algo): ¿Qué cinco?... ¿Las cinco?... ¿Ya?

¡Qué bolas!... Me olvidé.

Yoly: ¿Qué te olvidaste?

Negro: Me reventás.

Yoly ¿Qué te olvidaste?

Negro: Nada... que la Mabel me dijo que venía ahora con el Osvaldo.

Yoly (deja la plancha como electrizada): Pero... pero si venían mañana a

almorzar. Si yo tengo todo listo... y me estaba apurando para...

Negro: No pueden... no pueden y por eso me avisó Mabel. (Miente como

loco.) Esta mañana, cuando la llamé. (Yoly empieza a enloquecer. Quería darles

lo mejor y está todo en veremos. Empieza a moverse arreglando, escondiendo

todo junto.)

Yoly: Yo te mato, mirá... ¡te reviento! Sos la última porquería. Mirá lo que es

esto... ni barrer pude hoy. Todo el día como loca en la calle. Salí... salí del medio,

¿querés? (El Negro la ve enloquecer y se ensombrece dolido por ella que todo

ésto lo sufre como una afrenta.)

Negro: Eh... qué tanto, che. Es mi hermana y el marido. Ni que fueran visitas.

Yoly: Para vos, todo es lo mismo, pero para mí, ¡no! ¡Para mí son visitas! Después

de diez años en Yanquilandia...

Negro (la mira): ¿Qué?

Yoly (desafiante): Así lo dice el novio de la Patri. ¡Yanquilandia!

Negro: No me digas... ¡El jetón zurdo!... Yanquilandia.

Yoly (siempre hundida en ella): Vos sabés cómo vive tu hermana allá, y los viste,

lo que eran en Ezeiza... parecían qué sé yo qué. (Se corta, se enerva.) ¿Y qué

hacés ahí parado? Andá... comprá algo. No sé... algo hay que darles.

Negro (siempre queriendo rebajar la tensión): Cortá ese queso que quedó en la

heladera y poné la damajuana. ¿No leíste en la revista que trajo la Patri? Ahora

es rebacán cortar queso y vino y chau.

Yoly (que muy adentro siempre se defiende): Sí... si lo hacen ellos, será rebacán.

Pero si lo hago yo, soy una mersa mostrando la hilacha.

Negro: Osvaldo todo lo que quiere es que le cebes mate. Mirá... y vos

haciéndote la histérica.

Yoly: Mate... (Nerviosa va hacia la cocina y pone la pava.) Mirá si le voy a dar

mate. (Vuelve de la cocina con la bolsa de red de los mandados y se la encaja.)

Negro: Qué... ¿qué querés con esto?

Yoly: Tomá... andá a lo de Don Samuel. Traé... qué sé yo... algo para hacer

una picada. Vos tenés plata ahí.

Negro: ¿Dónde?

Yoly: Ahí... en el bolsillo.

Negro: Mirá... yo no tengo guita ni en el bolsillo, ni en el cajón del taller, ni... (Se

corta.) Vos pasás el rastrillo que da calambre y ¿encima me preguntás si tengo

guita? (Yoly toma su monedero y se lo encaja. El Negro se mira con la bolsa y el

monedero.) Oíme... ¿Vos te creés que yo voy a ir al almacén así? ¿Vos querés

que todo Lanús empiece a temblar por la peste rosa? (Se hace el marica. Yoly

pasa como una ráfaga. En la cocina limpia el mate. Prepara la azucarera. El Negro

abre el monedero.) Aquí no hay nada... la estampita de San Cayetano... ¿Vos

querés que le pague a Don Samuel con la estampita de San Cayetano?

Yoly (a los gritos): Andá... que te fíe. Yo mañana cobro en el taller y le pago. Y

movete, Negro... por favor.

En ese momento se sienten golpes de mano en la puerta. Yoly corre a la

cocina y se quita el delantal y trata de arreglarse el pelo. Osvaldo y Mabel

que golpearon como quien golpea en su casa sin esperar que le abran

entran felices y riendo. El saludo debe ser robustecido y entonado por los

actores.

Mabel (abrazando al Negro): ¡Hola!...

Negro: Hola... ¡qué suerte que llegaron!... pasen, che. ¿Qué decís, Osvaldo?

Osvaldo: Hola, Negro... esperá que se me cae.

Negro: ¿Qué te trajiste? Yoly... dale.

Yoly (sale de la cocina, Osvaldo está mirando todo como si lo estuviera

reconociendo): ¡Hola!

Mabel: ¿Qué tal, Yoly?...

Osvaldo: Hola, Yoly... ¿Qué tal? ¿Dónde puedo dejar esto?

Negro: Esperá... ¿Pero qué te trajiste ahí? Yoly (diligente): Dame, Osvaldo...

Mabel: Abrilos... son unos regalos que trajimos.

Negro: Yo abro no más.

Mabel: Esperá... éste es para vos y éste para Yoly. (Toma el otro y lo deja sobre

la máquina.)

Osvaldo mira todo. Parece que cada cosa fuera algo que lo convoca

suavemente desde adentro. Está con todos pero también está con él y

con cosas que se le remueven adentro. Está bajo los efectos de su

relación con el viejo profesor al que no pudo todavía decirle que no;

esperando con su corazón lo que ya sabe que no pasará con su

razonamiento. Todo esto hace que Osvaldo esté como prendido de las

cosas y de las palabras en un entrar y salir de él que lo lleva y lo trae de

todas maneras. La autora aconseja enriquecer el saludo con todo aquello

que los actores sientan en la elaboración de sus criaturas. El Negro abre

su regalo como un chico, se encuentra con una pelota de básquet que lo

lleva a sus tiempos de básquet en el Sportivo.

Negro:. ¡Fa... qué! (Se corta y empieza a jugarla como un chico.)

Osvaldo (sonríe mirándolo): Tiene la firma de los campeones del año pasado. Te

la compré para que la pongas en el taller.

Negro: ¿Qué taller? Me la llevo el domingo al club. Organizo un solteros contra

casados. (Se queda haciéndola picar. Mabel lo mira enternecida.)

Negro (a Osvaldo): Son medio pataduras para el fútbol ¿no?

Osvaldo: De fútbol, nada...

Negro: Mirá vos... así que de Maradona... ni saben.

Osvaldo: Nada... de eso, nada.

Negro: Pero ¿si por ahí, les da por meterle? Si nosotros, en cien años, tuvimos

un Maradona, ellos, en dos, tienen cien. ¿No?

Osvaldo (mirándolo y palmeteando la pelota): No... no es tan fácil, Negro... no

es tan fácil. (Vuelve a mirar la pelota y quiere leer.)

Negro: ¡Qué nombres! Como para nombrar el equipo de corrido...

Osvaldo (sonríe): Allá la locura es el... (El nombre que corresponda. Mientras

tanto, Yoly está abriendo el suyo despaciosamente ante la mirada de Mabel)

Mabel: No sabés lo práctico que es. Es eléctrico.

Negro (se acerca y abraza a Yoly): Mirá... te trajeron una herramienta nueva...

justo lo que necesitás.

Yoly (mirándolo rabiosa): Vos no me hables. (Sonríe a los demás.) Lo quisiera

reventar a tu hermano. ¿Vos sabés que recién me dijo que venían?

Mabel (abrazándola): No te enojes... no tiene la culpa. Lo que pasa es que...

pensábamos venir mañana. Yo te dije en Ezeiza que íbamos a venir a almorzar.

Pero, mañana tenemos un día de locos.

Osvaldo parece que en cada momento se hunde todo en el sobre, al oír la

palabra mañana.

Yoly (de pronto): Esperá... me va a hervir el agua. (Se vuelve.) ¿Vos querías

mate, no, Osvaldo?

Osvaldo: Quería, sí.

Yoly: Lástima que yo casi no tengo mano ya. Con la costura y todo eso... ni

tiempo para el mate.

Osvaldo: No importa... por mucho que hayas perdido la mano... cebabas muy

buenos mates.

Mabel (a Yoly): ¿Dónde dejo esto? Es para Patri.

Yoly: Ahí... sobre la máquina. (Entra y sale de la cocina.) Pero sentate, Osvaldo.

(Osvaldo se sienta en el banquito.) No... ahí, no... Esperá que traigo una silla de

adentro.

Osvaldo: No, Yoly... dejá. Estoy fenómeno aquí. Dejá, en serio. (Yoly sonríe.)

Yoly: ¿Y las chicas? (Osvaldo, no dice nada y Mabel salta rápida.)

Mabel: ¿Sabés que pasa, Yoly? Tienen unas amigas de Filadelfia que ahora están

acá... El padre está agregado a la embajada. Y son muy amigas... Y ahora que

tienen la posibilidad de estar con ellas, no se despegan... No hay caso. (Como

queriendo refirmar algo que necesita refirmar.) Extrañan una barbaridad.

Osvaldo: No les gusta nada... Esa es la verdad.

Negro: Oíme... ¿Y qué les puede gustar? De donde vienen... a esto.

Yoly (rápida): Y claro... acostumbradas a otra cosa.

Negro: ¿Qué decís otra cosa? ¡Norteamérica! ¡Otra cosa!

Mabel (que todo le viene bien para apoyarse y darle mensajes en clave a

Osvaldo): Lo que pasa es que... claro. Tenían dos y cuatro años cuando nos

fuimos... Para colmo, el lugar donde estamos es hermosísimo y... ustedes vieron

las fotos de la casa y el parque ¿no? Te imaginás... No entienden nada.

Negro (sigue haciendo picar la pelota de vez en cuando, perdido en él): Y allá...

(Lo mira y sonríe.)

Osvaldo: ¿Qué?

Negro: Te salvaste de la malaria de Racing. Te digo que están... ahí... ahí no más. Meta

respiración artificial.

Osvaldo: Y vos no andás mejor...

Negro: Pero no podés comparar, hermano... nosotros... cómo te podría decir...

Yoly: Sí que las vimos... son hermosísimas.

Mabel: Les decía de las fotos.

Negro: ¿Sabés lo que fueron las fotos? Hasta los perros las vieron en Lanús.

Después te llevo al taller y vas a ver... Tengo dos o tres pegadas con tachuelas.

(Sonríe.) Pensar que antes, esas cosas eran como las fotos de los almanaques.

Siempre era otro lado... no sé dónde. Y ahora. (Se ilumina.) ¡Mi hermana,

carajo! Se pasea por ahí como si nada. Lo que es la vida, ¿no?

Osvaldo: ¿Y Patricia?

Mabel: ¡Cierto! Ahí está el regalo para ella.

Yoly: Mirá qué lástima... Justo se quedó en casa de una compañera. Se fueron

a sacar el documento de identidad. Ya tiene diecisiete años.

Mabel (sin darse cuenta): ¿Y para qué? (El Negro le hace una seña pero Mabel ya

cayó en la cuenta y se cubre.)

Yoly: ¿Cómo para qué?

Mabel: No, perdoname... Como allá no se usa. Me olvidé. Ya casi me olvidé de

todo lo que se hace acá. (Osvaldo la mira.)

Yoly (a Osvaldo): Ya traigo el mate, ¿eh? Osvaldo (sonríe): Eso... el mate.

Mabel: No sé cómo te va a caer el mate. (Los mira a todos como buscando la

confirmación. Yoly vuelve con la pava y las cosas del mate.) Vos sabés que allá

en Filadelfia ni se acordaba que tenía hígado. Y acá... Anoche en el hotel, ya no

sabía qué tomar.

Osvaldo (que está sentado bien adelante en el patio): ¡Qué fresquito lindo que

corre acá!

Yoly: Sí... cuando baja el sol...

Negro: Ah... cierto que anoche fue el casorio de la hija del tano Faccio. Me

imagino lo que habrá sido.

Osvaldo: No... (Toma el mate que le da Yoly.) Ah... gracias...

Yoly: Decime si está muy caliente o muy dulce.

Osvaldo: Está... no sabés... (Se vuelve hacia el Negro.) Mirá... yo comí, chupé

y me reí... como ¡Qué se yo! Como hacía años que... (Yoly le tomará el mate y le

seguirá cebando.)

Mabel: ¿Sabés lo que fue Negro? Una tanada con todas las de la ley.

Osvaldo: Y ¿qué querés? Son tanos.

Mabel: Sí... son tanos con toda la guita, y con un miedo bárbaro de que no se

les note.

Negro: En serio... el tano tiene toda la guita.

Mabel: Andá a saber con la ayuda de quien.

(Osvaldo la mira pero no dice nada.)

Negro: Macana... el tano laburó. Laburó en serio y agarró la buena.

Mabel: Vos también laburaste. No es laburar nada más.

Osvaldo: Agarró los mejores años. Fue en el cincuenta.

Mabel: Y se prendió en todas... eso también.

Negro: Escúchame, Flaca... acá... no sé... pero si no le agarrás la punta al hilo,

aunque sea de una hilacha. Ya se sabe ... y el tano agarró... y agarró bien.

Cachó la recta... enganchó.

Yoly: ¿Y cómo estaba Lidia? Porque Lidia se casó ¿no? Ah, Perdón... ¿Vos

tomás, Mabel?

Mabel: No, gracias, Yoly.

Osvaldo: Sí, Lidia... la menor, la rubiecita: mi ahijada.

Yoly: Yo me acuerdo qué linda era esa chica. De chiquita no más.

Osvaldo: Estaba hermosa... Yo mucho de eso no entiendo, pero...

Mabel (cortante; los Faccio son una llaga en su vida): Tenía puesto todo lo que

se puede poner encima una mujer. Pero todo, ¿eh? (Lo mira a Osvaldo.) Como

ven, parece que no estuvimos en el mismo casamiento.

Negro: Dame un mate, che.

Yoly: Si vos tomás amargo... esperá.

Osvaldo: Sí... así parece... parece que no estuvimos en el mismo casamiento y

que no estamos en el mismo lugar...

Mabel: Y ¿qué querés? ¿Qué culpa tengo yo si, desde que llegamos, parece que

perdiste el gusto, el olfato?

Yoly: Andá, Negro, por favor.

Mabel: Los cinco sentidos parece que perdiste.

Negro (parándose): Che... hablando en serio. ¿Qué quieren comer?

Mabel: Nada, Negro... por favor.

Yoly: ¿Cómo nada?... no... eso, no. Andá, Negro.

Negro (que se le enciende la lamparita): ¡Ah! ¿Sabés qué? El yerno de la

Graciana tiene unos salamines... se los traen no sé de dónde. No sabés lo que

son.

Osvaldo (oye el nombre de Doña Graciana y eso lo convoca muy adentro):

¿Graciana, dijiste? ¿Qué Graciana?

Negro: ¿Y qué Graciana querés que sea en Lanús? La única... Doña Graciana.

(Lo mira, lo palmea.} ¿Te acordás todavía?

Osvaldo (que se ilumina volviendo muy atrás): Pero... ¿Cómo me voy a

olvidar? ¿Te acordás, Mabel?

Mabel (miente, pero se defiende): No me acuerdo... Para nada.

Negro: Dale, Flaca... ¿pero cómo no te vas a acordar?

Yoly (que se ha ido a la cocina se asoma): Sí, Mabel... si cuando volvíamos del

colegio siempre nos esperaba.

Negro: La que tenía !a casilla frente al potrero de la vía. La de la higuera.

Osvaldo (la siente hablar adentro de él y la imita): Osvaldín... ¡Qué blanco

estás! Tanto estudio. Tenés que comer higos.

Yoly: Los famosos higos. ¡Cómo hinchaba con los higos! (Se vuelve a Mabel.)

Acordate el día de la tormenta cuando se inundó la calle y nos puso el tablón para

cruzar.

Mabel (suave pero honda): No me acuerdo... pero no pierdan tiempo... porque

ni me acuerdo, ni tengo ningún interés en acordarme.

Osvaldo: ¿Vive ahí todavía?

Negro: Y ¿qué te parece? Firme la vieja. No se muere más.

Osvaldo (se para y se acerca al Negro): Yo voy con vos... de paso, vamos hasta

el potrero. Ahí me puse la camiseta de Racing por primera vez. ¡Si habremos

jugado picados!

Negro (entristecido): Si querés, vamos. Pero ya... es distinto. Bah... el potrero

está, pero... le hicieron un paredón y no se puede entrar. Todo el mundo tira la

basura y no sabés lo que es.

Mabel (usa cada cosa para reafirmar su defensa): Como siempre... ¡Qué

novedad! ¡La vieja historia! Aquí,... arreglar, nada... Cambiar, nada; hacer nada...

Pero tapar todo para que no se vea. Como cuando le hicieron el paredón a la villa.

Atrás toda la miseria pero no se veía.

Yoly (nerviosa): Traé queso, salamín, aceitunas; algo para picar... y vino... algo

un poco mejor.

Osvaldo (ya está en la puerta): Dale, Negro... vamos así de paso estiro un poco

las piernas.

Mabel (a Osvaldo despacio): Paga vos... No lo dejes pagar al Negro.

Osvaldo: ¿Y para qué te crees que voy?

Mabel (mirándolo): Vos no vas para eso. Yo sé para qué vas.

Osvaldo (mirándola): ¿Y?

Mabel (mirándolo): Nada...

Osvaldo (a Yoly): Y no dejes enfriar el agua. Mirá que yo la sigo.

Yoly: Pobre Osvaldo... El mate está asqueroso.

Osvaldo: Pobre de vos...

Mabel: Y no se queden a vivi r mirando el potrero. Si los agarra Doña Graciana y

empieza con los higos...

Osvaldo (más hondo): Entonces, te acordás.

Mabel: No hace falta que me acuerde de ella... Me acuerdo de las viejas

costumbres. Aquí, cuando se trata de charlar, podés perder la vida.

Yoly: Ah... y papas fritas.

Negro (ya saliendo y jorobando a Osvaldo): Osvaldín... comé higos que te

engordan la sangre.

Osvaldo: ¿Y cuando se cruzaba al potrero con los higos? Decía que nos íbamos

a debilitar de tanto transpirar.

Negro: Y sigue igual... No cambia más.

Ya se van yendo y quedan solas Yoly y Mabel Cae el silencio entre las dos.

Yoly (de pronto): ¿Sabés lo que voy a hacer? Voy a poner a hervir el agua y en

una patada preparo un tuquito.

Mabel (la mira con ternura y tristeza): Dale... Yo te ayudo.

Yoly: ¡Estás loca! Con esa ropa... Te podés ensuciar.

Yoly va hacia la cocina y Mabel la sigue. Mabel queda casi en la

puerta. La radio de pronto se hace más intensa trasmitiendo una

audición de la tarde. Yoly revuelve adentro de la cocina y casi no se la

ve. Mabel, ahí, parada, sola, recién en ese momento se deja llevar y

mira largamente las cosas. Sus ojos se llenan de una triste ternura.

Algo que la envuelve desde adentro y que jamás dirá cuando habla.

Sobre ese dolor y esa saudade, Mabel reconstruyó una mujer.

Yoly: No tengo ají. (Sonríe mirando el tapial.) Ya está Don Joaquín con la radio.

(Son comentarios que ella hace como para ella misma de las cosas con las cuales

convive habitualmente. Se sube a un macetero bajito y se asoma por el tapial hacia

el otro lado. Mabel la mira callada. Entrañable. Está mirando a su vieja vida de

alguna vez en aquel lugar y entre esas costumbres.) Don Joaquín... hola... no,

no... no es por la radio... ¿Le puede decir a Doña Elvira si no me presta un

cachito de ají? Gracias, Don Joaquín. (La radio se aleja con Don Joaquín que va

hacia su casa.)

Yoly (a Mabel): ¡Pobre! Tiene como una manía con la radio... ¡Los vuelve locos!

Se viene acá, al fondo, cuando no lo aguantan. Está así desde que se jubiló. No

encuentra acomodo en ningún lado. (La radio se acerca y Yoly se asoma

nuevamente al tapial. Toma lo que le da Don Joaquín.)

Yoly: Gracias, Don Joaquín... mañana voy a la feria y se lo devuelvo. Chau... (Se

vuelve y entra rápida en la cocina.)

Mabel (desde la puerta): Dame que te ayudo. (Yoly le alcanza la lata de tomates

y el abrelatas. Mabel se apoya en la mesa del patio y se pone a abrir la lata que

después le alcanzará a Yoly.)

Yoly: ¡Pobre Osvaldo! Lástima que yo ya perdí la mano para el mate.

Mabel: ¿Y vos te creés que él se acuerda de lo que es un mate? ¡No! Es

manía... Allá, en diez años, ni se le ocurrió... ¡Nunca! (Parece que se desquita

haciendo fuerza con la lata.) Está así desde que llegamos... ¡bah! La verdad...

está así desde que supo que podía volver. (Honda, hundida en ella.) Fue otro.

Yoly: ¡Qué bien que está Osvaldo! ¿no? Yo lo veo muy bien. (Se acerca, la

mira.) Y vos... Vos estás tan linda, tan... (Se corta.) Te juro que cuando los vi en

Ezeiza... me parecían... no sé. Que eran otros. Bah... Que no había pasado ni un

día.

Mabel (enderezándose dentro de ella): Es que estamos muy bien.

Yoly: Ya sé... Si vos siempre lo decías en las cartas. Y desde que se fueron.

Enseguida... vos contabas que...

Mabel (honda adentro sincera): Era mentira. (Yoly se queda mirándola.)

Mabel: No fue desde el principio. (Se hunde en aquella pesadilla.) No sabés las

que pasamos, Yoly. Solos, sin nada, sin... (Se corta.) Las noches enteras

tratando de que Osvaldo aprendiera inglés. El inglés que la vieja me enjaretó a la

fuerza. ¿Te acordás? Un poco de inglés, un poco de máquina, para ganarse la

vida. (Se corta, se rehace.) Fue... (No quiere más, se serena.) Ya pasó.

Yoly (dolida hasta la médula): Yo... yo no sabía. Yo creí que desde que habían

llegado... Por las cartas...

Mabel (ahí está la llaga): ¿Y vos te creés que después de la canallada que nos

hicieron, yo les iba a dar el gusto de escribir contando miserias? ¡No! ¡Ni que nos

hubieran comido los piojos! Nunca. (De pronto parece que el mismo silencio y la

voz de la radio que narra un noticiero las convoca a los recuerdos.) Pero...

enseguida Osvaldo se relacionó. Y allá, en cuanto hacés pie, ya. Todo es una maravilla.

No te podés imaginar. (Engranó y se da manija.) Osvaldo es un capo en

lo suyo. Sí... Estamos muy bien. (De pronto, como si necesitara explicar lo que

más le duele del regreso.) Lo que pasa es que Osvaldo desde que llegó... no sé...

le falta la banderita, el himno y colgarse uno de los cartelitos famosos. (Se

vuelve mirándola a Yoly.) Vos sabés que allá, ... allá se sabía todo lo que pasaba

acá. Pero se sabía la verdad... no el verso que te recitan acá. Yo me acordaba...

¿vos te acordás cuando mi viejo nos contaba lo del cincuenta y cinco? Cuando

ponían Radio Colonia para enterarse de la verdad y después, para no creerla

terminaban diciendo que los uruguayos eran unos hijos de puta, que nos

odiaban. Yo no me olvido más cuando el viejo contaba que aquí la radio decía:

"Siguen las operaciones de barrido en Córdoba". Y en Córdoba ya no quedaba

nada. Bueno. (Se afiebra, se conforta.) Con todo esto, fue lo mismo. Un día, me

entero que aquí, en los coches ponían unos cartelitos... "Los argentinos somos

derechos y humanos" y "Argentina Potencia". O ese otro que dijo que se

pegaba un tiro antes de... (Se muerde y en el fondo se conduele.) ¡Qué asco! Y

uno que lo sufrió en carne propia. Te juro que... (Yoly se mueve, se crispa, la

escucha pero va hacia la cocina y vuelve y parece que adentro hirviera un

volcán.) A mí, te juro que me daba tanta vergüenza. Por los amigos que tenemos

allá. Te juro que me daban ganas de decir: yo soy argentina, pero les juro que

no tengo la culpa.

Yoly (sale de la cocina): Ya está listo.

Mabel (que sigue en la suya): Anoche, en el casamiento, parecía un loco, un

desaforado. Los abrazos, las lágrimas.

Yoly (se deja caer en una silla cerca de Mabel): Y... es la familia. El tano Faccio

siempre tuvo locura con Osvaldo. Fue el sobrino que estudió... Hay que ver que él

lo ayudó mucho.

Mabel (enardecida): ¿Sabés qué lo ayudó a Osvaldo? La cabeza que tiene y el

sacrifico que hizo. Y eso vos lo sabés mejor que yo.

Yoly: Ya sé, Mabel... Pero lo que pasa es que...

Mabel (no quiere seguir): El Negro me dijo que habían agrandado.

Yoly: ¿Qué agrandado? ¡No! Lo único que hicimos, fue una piecita arriba para la

Patri. Pensábamos hacer… (Se corta. Le pasa también la película de los sacrificios

que nunca alcanzan.) Pero, al final... no se pudo. Todo lo pusimos en el taller.

Mabel: Después le voy a decir al Negro que me lleve al taller...

Yoly: Si querés, subimos y te muestro la pieza de Patri... pero la verdad que...

mostrarte a vos... yo le decía al Negro. Si no fuera que uno vive como vive. A mí,

me hubiera gustado de alma que vinieran a parar acá. Pero, la verdad... es para

pasar vergüenza.

Mabel (sincera, honda): Por favor, Yoly... por favor. Vos no tenés nada que

explicarme. Vos y el Negro fueron los únicos que corrieron y nos dieron hasta el

último peso que tenían.

Yoly: Pesos... Nada.

Mabel: Mucho... No sabés lo que fueron para nosotros. No... Ustedes, no...

Otros tendrían que habernos ofrecido la casa. Los Faccio, por ejemplo. Vos te

creés que alguno abrió la boca para decir: vengan, vengan a parar a casa. No...

boca chiusa. Todavía les dura. Como decía un amigo: están con dos jetas...

porque todavía no saben si la libertad vino a quedarse o está de visita. Y así

estamos nosotros, bien de visita.

Yoly (queriéndola y queriendo que entienda): ¿Sabés qué pasa, Mabel? Aquí todo

parece poco para gente que viene de vivir como viven ustedes. Uno será bruto y

todo lo que quiera pero de eso, se da cuenta. Yo me acuerdo, cuando era chica...

Por ahí, alguien decía que venía de Europa o de Norteamérica. Y uno... ya no

sabía qué hacer... Parecía que eran... (Se corta.) No sé. ¿Qué sé yo?

Mabel (de pronto, sincera): Yo no quería volver... Volví por... (Se corta a tiempo.)

Volví por ustedes. Cuando la hija de Faccio empezó a volverlo loco a Osvaldo

para que viniera para el casamiento. Yo... (Se corta, se abisma, juega con el cuchillo

que quedó sobre la mesa.) No les hubiera pisado la casa, pero estaban el Negro y

vos y la Patri, y... (Se corta.) Si no... no vuelvo ni atada. ¡Nunca más! Aquí...

aquí ya no hay nada que me importe. Para mí... se murieron todos. No veo la

hora de estar en el avión.

Yoly (la mira tristemente): Y... ya les falta poco.

Mabel: Sí... unos días. Y nos quedamos un poco más por el asunto... (Se corta

en seco, rápida cambia.) Por unas cosas que tenía que hacer Osvaldo. (Quiere

cambiar.) Che, Yoly... Pero qué idéntica es Patri al Negro. Mirá... Cuando la vi

en Ezeiza... ¡Es el Negro! Esos ojos tan... (Sonríe).

Yoly (sonríe también): Vos sabés que el Negro está... que revienta.

Mabel: ¿Por?

Yoly: Porque la Patri está de novia. Y el Negro no quiere ni que se lo nombren.

Está de celos que revienta. Porque son celos... Porque el chico es divino... Tan

bueno. ¡Y de inteligente!... estudia y...

Mabel: ¿Pero es tan seria la cosa?

Yoly: ¡Qué sé yo! La Patri está enamorada.

Mabel: Pero dejá de jorobar, Yoly. Patri es tan chica. Le faltan tantas cosas por

ver y por...

Yoly (enchufada): Y qué querés... Eso no se elige. Yo tenía más o menos esa edad

cuando me enamoré del Negro.

Mabel: ¡Pero... no podés comparar! En esa época, para nosotros, no había otra.

Casarnos era la idea fija. Ahora... la Patri estudia... es otra vida. (De pronto como

al pasar.) Estudia inglés, ¿no?

Yoly: ¿Por?

Mabel: Digo... porque en nuestra época se podía elegir. Yo me acuerdo que

estudié inglés hasta tercero.

Yoly: Y cómo te gustaba... en serio ... sí... la Patri también estudia inglés. Le tocó

inglés ... y ella quería también.

Mabel: ¡Y claro! ¡Si ése es el futuro! Dentro de poco, el que no sepa inglés, va a

hablar con los indios no más.

Yoly va a decir algo pero en ese momento entra Osvaldo con los

paquetes y la cara de un chico que ha presenciado una especie de

milagro. Osvaldo, la mira a Yoly que se acerca a sacarle los paquetes.

Osvaldo (sonríe, pero está tocado): ¡Me reconoció! Por la voz. Estaba sentada

debajo de la higuera, de espaldas. ¿Viste cómo se sentaba siempre ella? Y yo

entré... y le hablé de atrás, y... me oyó.

Mabel (mientras se para y va hacia la puerta esperando que entre e¡ Negro):

Igual que el tango... El viejo criado era ¿no? (Tararea.) Tan sólo por la voz. (Se

queda mirando hacia la puerta de entrada.)

Yoly está prendida de Osvaldo, mirándolo.

Osvaldo: Yo le dije: Doña Graciana... ¿Puedo entrar? Se quedó quieta y sin darse

vuelta. (Se quiebra pero sonríe.) "Osvaldín... volviste. Yo creí que me iba a morir

sin verte."

Negro (entra gritando, cargando otros paquetes y las botellas de vino. La

hermana lo recibe): Agarrá que se me cae. (Mabel lo ayuda y trae las cosas a la

mesa.)

Osvaldo: La higuera... Es un milagro...

Mabel: Una higuera es una higuera. No sé dónde está el milagro.

Osvaldo (dolido): ¿Sí, no? Tenés razón... Una higuera es una higuera.

Yoly: Vos sabés que es una de las pocas que quedan... Yo siempre digo que el

día que se seque la higuera, Doña Graciana se muere.

La radio sigue sonando a un costado del patio. Es la audición de la tarde

donde de pronto se escuchará la voz de Fontana. El Negro mientras

deja las cosas y busca cosas para poner en la mesa.

Negro: No me dejó pagar... peló la cartera... a lo tío Patilludo.

Yoly: Yo te dije.

Mabel (al Negro): No pongas tantas cosas. Dame los vasos.

El Negro se mueve. Yoly va hacia la cocina. Osvaldo se queda como

ajeno a todo, metido en él. Mabel se le acerca.

Mabel: ¡Qué razón tienen los que dicen: Argentino... el lamento de un llorón!

Osvaldo (tristemente metido adentro de él): Eso no lo dicen de los argentinos, lo

dicen del tango.

Mabel: Y entre el tango y vos... contame cuál es la diferencia.

El Negro a los manotazos con Yoly sobre el cuchillo eléctrico.

Yoly: Dejá... Si ni sabés cómo se usa.

Negro: Qué no sé... qué no sé...

Yoly: Acabala, Negro... trae la cuchilla y listo. (Yoly ya se va para la cocina.)

Yoly: ¿Querés más mate Osvaldo?

Osvaldo: No, Yoly... Gracias.

Yoly: Vos, ¿querés? Ahora está amargo.

El Negro está estudiando la cuchilla como un chico. Yoly espera y como no le

contesta sigue.

Osvaldo (se vuelve hacia Mabel que está al lado de él): ¿Por qué no la aflojás,

Mabel? ¿Eh? (Se queda en él. Se sincera hondamente.) Es cierto... Uno siempre

piensa lo que realmente quiere que sea, no lo que ya sabe que es. Yo estaba

seguro, pero seguro que... (Se corta.) No sé... que cuando llegáramos te iba a

pasar lo mismo que a mí.

Mabel: Entonces, todavía no me conocés.

Osvaldo: Te conozco... a lo mejor por eso no entiendo. Ese veneno que tenés.

Mabel: Ese veneno me lo hicieron tomar de un saque, sin comerla ni bebería.

Porque sí. Y lo tomamos juntos.

Osvaldo: Pasaron diez años, Mabel. ¡Diez años!

Mabel: Para mí, como si no hubiera pasado un día. Lo tengo acá, y lo estoy

tragando siempre.

Osvaldo: Yo no te pido que... (Se corta.) No te pido nada, Mabel. Lo único que te

pido es que, por cuatro días locos que estamos acá, tratés de disimular.

Negro (cruza hacia la salida que va hacia el taller, silbando, de pasada): Ya

viene la vianda.

Osvaldo: Aunque sea eso no más... Disimular.

Mabel: No puedo y no quiero... y no tengo por qué disimular.

Osvaldo: Sí, tenés. Por mí, hacelo por mí.

Mabel: ¿Sabés lo que tendría que hacer por vos? Hacerte acordar de todo lo que

parece que te olvidaste. Eso tendría que hacer, para que dejes de hacer el papel

de argentinito llorón, con la higuera y el mate y el "te acordás". No sé cómo

podés. ¡Qué mala memoria tenés!

Osvaldo: Yo no me olvidé, Mabel. (Por dentro de Osvaldo pasan muchas cosas. La

decisión que está postergando y que lo lleva y lo trae desde la cabeza al

corazón.) Ese es el problema. No me olvidé de nada.

Mabel: Y si no te olvidaste de nada, ¿me querés decir por qué carajo andás

como andás, como si hubieras vuelto al paraíso terrenal?

Osvaldo: Yo sé dónde volví. Sé donde estoy. Estoy en casa... con mi gente.

Mabel: ¡Tu casa!... ¡tu gente! ¿Qué gente y qué casa me querés decir? La casa

de la que nos fuimos los dos, como dos asesinos, como dos criaturas, sin saber

adonde ni por qué... Solos como dos perros... sacando mi hermano todo el mundo

se borró cuando empezaron las amenazas y caímos en la volteada, nos quedamos

sin gente, sin casa, sin patria y sin nada. Se borraron, no querían ni nombrarnos

en voz alta.

Osvaldo: Fue... fue un vendaval, Mabel... Un vendaval que nadie sabía bien de

dónde soplaba. Cada uno se agarró de donde pudo. Nadie sabía dónde estaba

parado. Precisamente eso era lo que ellos querían.

Mabel: Sabían... sí que sabían... y una noche te acostaste como un sicoanalista

de lujo y al día siguiente eras un indeseable al que ni nombraban por miedo a

ensuciarse. Esa es tu casa y ésa es tu gente.

Osvaldo: ¿Y qué querías que hicieran? A ver... explícame. ¿Qué tendrían que

haber hecho? ¿Cómo se hacía eso que vos querés?

Mabel: Gritando... poniendo el cuerpo. Si treinta millones de argentinos se ponen

delante de un montón de facinerosos aunque tengan los cañones... tené la

seguridad que treinta mi l desgraciados no hubieran muerto, o disparado o... (Se

corta, se ahoga.) ¿Sabés lo que hicieron? Nos echaron. Ellos también nos

echaron. "Andate... y si te morís mejor, nos hacés un favor'.

Osvaldo (revuelto. Ha estado elaborando diez años intelectualmente todas sus

llagas): No fue así, Mabel... no fue así. Todos... (Se corta.) Se ve que vos no los

mirás... porque no querés. Pero... ellos también sufrieron y lloraron.

Mabel: ¿Sufrieron? No se les nota ... les besaron los pies, le hicieron la venia, se

acostaron al pie del cañón, les escribieron versitos y les chuparon las botas.

¡Sufrieron! Muchos se llenaron de guita y dale que va. Sufrieron... ninguno se

murió, ¿no?

Osvaldo (hondo, sangrando): Mi viejo. Mi viejo se murió. Y lo lloré a diez mil

kilómetros. Y sentí que... un poco se había muerto de mí... de sus nietas y de

vos. Pero... ya pasó... ya pasó y yo... (Se muerde, la mira y se calla con algo

por decirle.) Ya pasó, Mabel.

Mabel: ¿Pasó? Un carajo pasó. Ahora gritan y nos abrazan y qué suerte que

volvieron. Y qué injusticia... Parece que todos recobraron la memoria y la lengua.

¡Manga de chantas!

El Negro como un chico vuelve con un alargador desde el taller. Lo trae

para el famoso cuchillo. La radio otra vez se escucha más fuerte. Yoly

tiene el salamín y el queso y está esperando para cortar.

Negro: Acá está... ahora vas a ver. (Mabel y Osvaldo se recomponen. El Negro

escucha la radio.) Ya está... ya lo echaron de la cocina al viejo. ¡Se viene al fondo

el viejo! Vos sabés que se prende a la radio y la hincha tanto a la vieja que lo

manda al fondo.

Suena la radio. Quiero que se elija una música que puede haber estado

de moda, pegadiza, bailable, de esas que quedaron (pegadas) en la

lengua casi porque sí. El Negro comienza a tararear. El Negro sonriendo

la sigue. Osvaldo empieza despacio y Yoly también y de pronto casi sin

darse cuenta están todos en una escena muda en la que el Negro

convocado por esa especie de regresión abraza a su hermana y la

hace bailar. En ese momento Mabel casi se enreda con el cable.

Mabel: Negro... ¡El cable!

Negro: ¡Cierto! El cable... ahora estrenamos el cuchillo.

Mabel: ¿Tenés transformador?

Negro (está colgando el cable en un clavito para poder sacarlo de la mesa):

¿Qué transformador?

Yoly (nerviosa): Dale, Negro... si tengo la cuchilla.

Osvaldo: Claro... para el cambio de enchufe. ¿No ves? Es otro tipo de enchufe.

Negro: Ah. (Se baja del banquito y queda con el cable enredado y además

pasando por arriba de la mesa.) ¡Made in Lanús!

Yoly: Acabala, Negro... estás pasando el cable roñoso por toda la comida.

Mabel: Lo comprás en cualquier ferretería.

Yoly (queriendo terminar): Sí. Mañana yo compro uno, dejá.

El cable entre todos y todos saliendo del cable. El Negro sigue mirando el enchufe

decepcionado. Yoly se agacha y empieza a recoger el cable.

Osvaldo: Dejá, Yoly... dejá... dejame a mí.

Negro (se resigna, se acerca a, la mesa, con esa inocencia y ternura con que se

prende a todas las cosas): Mirá... ¿Qué me decís? La gran comilona7.

Osvaldo: Hay una película... ¿La dieron acá?

Yoly: Coman, che... Van a ver qué rico es este salamín... En serio... (Siempre

rápida y nerviosa.) Ah... falta el pan. (Va hacia la cocina.)

Negro: ¿Qué película? Acá, viejo... la den o no la den... es lo mismo... (La radio a

ochenta.) Aflojala, Joaquín.

Mabel: Dejalo, pobre. (Osvaldo la mira como si ese gesto de ternura para alguien

de alrededor lo hiciera sentir mejor. A Osvaldo.) Me contó Yoly que se pegó a la

radio desde que lo jubilaron.

Negro (comiendo): ¿Sabés los años que hace que no vamos al cine?

Yoly que trae el pan. Osvaldo que le prepara un pedazo de salamín a

Mabel y después mientras se sirve, la voz de Fontana suena nítida

desde la radio de Don Joaquín. Osvaldo se queda con el salamín en la

mano. Osvaldo medio se incorpora en el banquito.

Osvaldo: Cacho... Cacho Fontana... ¿No? Claro... es Cacho... como el Gordo

Muñoz,... es uno... no hay más.

Yoly (al Negro): ¿Qué decís?... al cine, vamos...

Negro: ¿Qué cine? La piojera del Select... el Negro Bertone te pasa la película

hasta que lo llaman a jugar al truco. Ahí te encaja... "fin"... y chau.

Yoly: No seas charlatán, che.

Mabel: Eso lo hacía siempre... Negro: En serio... lo sigue

haciendo.

Osvaldo (prendido a él mismo): Así que era Fontana, no más. (De pronto,

reacciona.) En serio, ¿qué?... ¿qué dijiste?

Negro: No... le decía que... que no vamos al cine. Pero al cine, cine, eh. Cine al

centro, empilchado, ¡¡¡puff!!!

Negro: Si te descuidas, para salir una vez por mes... qué digo por mes... por

año... le tenemos que romper el chanchito a la Patri.

(Sirve vino. Osvaldo paladea el salamín y Yoly lo mira.)

Osvaldo: En serio... ¡Qué buen salamín!

Negro (que sigue enchufado describiendo una malaria que ya cree que se

terminó): ¿Y al teatro? Para qué te cuento...

Yoly: ¿Y desde cuándo a vos te gusta el teatro?

Negro; ¿Cómo desde cuándo? A quién no le gusta empilcharse una noche y

sentarse ahí, como un bacán.

Yoly: A vos... a vos nunca te gustó el teatro. Si lo dijera yo... todavía. Siempre

me gustó el teatro y... (Se queda.) Más de una vez, tengo ganas.

Negro (medio caliente): ¡Ah! ¡Tenés ganas!

Yoly: Sí... Tengo ganas. ¿Y?

Negro: ¿Y qué hacés con las ganas?

Yoly: ¡Me las trago! ¿Qué querés que haga?

Negro: Ah... Ahora me gusta más. ¡Te las tragás! (Más hondo, más adentro de

él.) Así estamos... hace no sé los años que lo único que hacemos es tragar. ¡Meta

tragar! Lo que venga. ¡Y quieto que todavía encima, te hacen bolsa! (Nervioso.) Y

laburando dieciocho horas para correr una coneja que parece que... (Se corta.)

Y te digo una cosa. Esta mishiadura, ya nos tiene de hijos. Ni en pedo se arregla.

Yoly (nerviosa): Bueno, che. ¡Acabala!... cuando te ponés a llorar...

Mabel: Déjalo, pobre. Si tiene razón.

Osvaldo calla y Mabel no hace más que mirarlo. Osvaldo está

pendiente de la radio y comiendo se acerca al tapial.

Negro: ¿Y vos... tanto hablar... y vos?

Yoly: Yo, ¿qué?

Negro: Vos, ¿no llorás?

Yoly: No... no lloro... no tengo tiempo.

Mabel: Aquí, siempre es la misma milonga. ¿Qué querés que te diga? Desde que

me acuerdo, siempre fue lo mismo. Das un paso adelante y cien para atrás.

Negro: Pero sí, Flaca. Cuando ya te parece que salís... chau. Te cambiaron el

libreto, la marchita y cuando no es el orejón es el rodrigón. Y... chau... a la

lona.

Yoly: Abrí ese vino de una vez.

Osvaldo: Dame a mí, Yoly.

Negro (a Osvaldo): Dejá. (A Yoly.) ¿Qué querés tanto joder con el vino?

Yoly: Que te calles un poco, porque aturdís. Déjalos hablar a ellos que por lo

menos tienen cosas mejores que contar.

Negro: Tenés razón... Justo el otro día se lo decía al Quique.

Osvaldo: ¿Qué le decías?

Negro: Eso... todo lo que me contó la Mabel. (El Negro entra en una especie

de éxtasis de quien se imagina una especie de paraíso que ya tiene casi a un paso.

Ya casi está hablando de lo que será su vida. No piensa, sueña. Siempre se

enganchó así en la vida y en la política y en todo lo que tuvo a mano para creer y

soñar. Si de algo está borracho es de esa sensación.) Yo... ¿qué querés?... no lo

podía creer cuando Mabel me lo contaba. Y cuando se lo conté al Quique, el pibe

del taller, el loco abría los ojos y la boca al mismo tiempo. ¿Si? ¡No! ¿Sí? ¡No! Yo

le decía... ¿Sabés Quique que allá...? ¡No arreglan nada! ¡Nada! ¡No zurcen, no

remiendan, no emparchan, nada! ¡Tiran! (Los ojos y la voz tocando el paraíso.)

¡Tiran! La ropa, la plancha, los... (Se corta, se acuerda de él.) Los coches. (La mira

a Mabel.) Los coches, no tanto pero... ¡todo tiran! ¡tiran...! chau... ¡a la lona! Y..!

(Quiere cosas más gráficas que redondeen su propia mishiadura y la que le duele

más, que es la de Yoly.) Y eso que me decía Mabel... de los repasadores. Los

repasadores no se lavan; se ensucian y los tiran. Los tiran... acá, cuando ésta...

Yoly: ¡Tengo nombre, che!

Negro: Decime que es mentira. (Los mira a los demás.) Se enchincha porque lo

cuento. Pero es la verdad. Cuando se pone a hervir los repasadores en lavandina,

la cocina parece que tiraron la bomba atómica. Hiroshima parece. (Mira

triunfante.) ¡Los repasadores! ¡Haceme el favor! Y allá... Shist... los tiran. Y lo que

se rompe... ¡Shist! Lo tiran.

Yoly: ¡Acabala con el shist! Pareces un sifón. No sé qué querés con tanto shist.

Negro: Te explico.

Yoly: ¿Qué?

Negro: Eso. Cómo viven. Eso es vivir. Eso es la vida.

Yoly (sin cambiar el tono): ¿Qué vida?

Negro (explota porque lo embronca no hacerla enganchar): ¡Acabala de

preguntar! Yo parezco un sifón pero vos pareces la Pioja.

Osvaldo (el recuerdo lo convoca, enternecido): ¡La Pioja! ¡Qué maravilla! Te

veía venir y empezaba: ¿Dónde vas? ¿Quién sos? ¿De dónde venís? No

esperaba que le contestara nadie. Seguía y seguía.

Negro: Y vos estás igual... Parece que no entendés. Yoly: ¿Y qué querés que

entienda?

Mabel (segura de lo que dice porque sabe la carta que tiene en la manga):

Cómo se vive, Yoly... Eso quiere que entiendas. El Negro tiene razón. Yo sé cómo

laburaron el Negro y vos toda la vida y mira cómo están. ¡Te juro que yo me

quiero morir!

Osvaldo (no puede tolerarlo porque él tampoco sabe): Escúchame, Mabel...

frená. Cada uno vive como vive y tampoco es cuestión de hacer planteos tan

idiotas y comparaciones que no vienen al caso.

Mabel (excitada ya se sale de la vaina): Yo sé porqué lo digo, ¿sabés? (Se

contiene. De pronto, al mirarlo a Osvaldo algo le duele.) Y decime, a ver. Pero sin

ponerte en argentinito potencia, llorón y tanguero. ¿Se puede comparar aquella

vida con ésta?

Osvaldo: Nadie habla de aquella vida.

Mabel: Contéstame... ¿se puede comparar? ¿Sí o no?

Osvaldo (se queda en él y después serenamente pero ajeno y sin tono): No. No

se puede comparar.

Mabel: Lo decís como si dijeras...

Osvaldo: Lo digo como lo digo... no se puede comparar. ¿No era eso lo que

querías que dijera? Ya está... Ya lo dije.

Negro (se para exultante): Bueno. (Mira a su hermana.) ¿Eh, Mabel? Yo creo

que llegó la hora de la gran noticia.

Osvaldo lo mira.

Mabel: Para vos también, Osvaldo. Es una sorpresa. (Lo dice como una chica,

como una hermana llena de amor que estopor cumplir un sueño de toda la vida.)

No sé cómo aguanté sin decirte nada. Pero aguanté.

Osvaldo, que no entiende pero que en el fondo al ver la sonrisa y la

alegría de Mabel siente algo así como una loca esperanza de algo que

está esperando desde que llegó. Un milagro en el corazón de sus hijas y

de su mujer aunque intelectualmente sabe bien que no es posible.

Osvaldo: ¿Qué?... ¿qué sorpresa?

Mabel: Vení... ya vas a ver.

Negro (a Yoly que lo está mirando sentada junto a la mesa, exultante): Sentate.

Yoly: ¿Qué sentate? ¿Estás chicato encima? ¿Cómo estoy?

Negro: Sentate bien, porque te podés caer. Nos vamos a Norteamérica... ¡a

Filadelfia!

Osvaldo lo mira y la mira a Mabel.

Mabel (mirándolo): Sí... era eso...

Osvaldo: Vos decís que...

Mabel: Yo... (Se corta.)

Yoly (se para): Yo ya te dije hace un rato que vos hoy te mamaste desde la mañana.

Así que me voy a ver la comida.

Negro (la agarra del brazo): Nos vamos.

Yoly: ¿Pero vos estás loco?

Osvaldo: ¿Vos sabés lo que hacés, Mabel?

Mabel: Sí... sé... arreglamos todo con Susan, la mujer de Morris...

Osvaldo se queda como si estuviera metido adentro de su fantasía, la

de volver, entrecruzada con la de su mujer, llevarse lo que resta para

no volver más. La mira. La mira como queriendo entender lo que ya

sabe desde hace años.

Yoly: Loco, sí... ¿qué me mirás? No tenemos plata ni para pagar el viaje de Patri

a Bariloche y nos vamos a ir a pasear a Norteamérica.

Negro: ¿Qué pasear?... ¿quién dijo pasear? ¡Nos vamos... para siempre!

Osvaldo: ¿Y por qué no me dijiste?

Mabel: Y si vos sabías que es todo lo que quería.

Osvaldo: Pero no me dijiste...

Mabel: Porque... (Se corta.)

Negro: A eso fui al centro... ¡qué repuestos! Fui a hacer los trámites... ya

tengo trabajo allá. Me lo consiguió Mabel.

Mabel: Es cierto... y por eso yo quise venir hoy. Porque hay que ganar tiempo.

Y queríamos darle la sorpresa a los dos juntos.

Osvaldo (mirando a Yoly): Sí... a los dos. Yo también me enteré recién.

Mabel: No sé cómo no te diste cuenta. Si la mujer de Morris y yo no hacíamos más

que meter la pata. Porque tenemos unos amigos allá... los Morris... Susan es mi

mejor amiga y el marido tiene un gran centro mecánico.

Osvaldo: Y no me dijo nada... Morris no me dijo.

Mabel: Porque Susan lo mataba... era una sorpresa... (A Yoly.) Así que... no es

más que llegar y ya tiene trabajo y... ya está todo arreglado.

Ha cambiado. Toda ella parece haberse convertido en una fibra tensa

que está enfrentando al enemigo al que no ve pero que desde alguna

parte de ella la acosa.

Yoly: ¿Qué está arreglado?

Mabel: Eso... que el Negro ya tiene trabajo y se van.

Yoly (se empieza a endurecer desde adentro): Y... ¿quién se va?

Negro: Vos decís que yo estoy mamado pero vos estás marmota.

Osvaldo: Escuchame, Negro.

Negro (sin oírlo enfrentando en Yoly al pedazo más sólido y entrañable de él

mismo aún sin saberlo): Estás ahí... Te estoy dando la mejor noticia que te pude

dar en la vida y me mirás como si te hubiera pisado un callo. ¡Dejame de joder,

che! (El Negro se enturbia.)

Mabel: ¿No entendiste, Yoly?... los tres.

Osvaldo: Callate, Mabel... por favor.

Mabel: ¿Por qué? (Se miran, se miden, Mabel vuelve a mirar a Yoly.)

Escuchame, Yoly. Yo me pasé diez años con una sola cosa en la cabeza. Y Osvaldo

lo sabe... Llevármelo al Negro y a ustedes. Porque yo sé cómo pueden vivir allá.

No estoy hablando por hablar. (Osvaldo se aleja, se encrespa y se queda mirando

la jaula donde el jilguero salta dentro de su cárcel.) Miranos a nosotros, Yoly.

Salimos con una mano atrás y otra adelante. No teníamos a nadie... y ahora...

(Mira a Osvaldo.) Yo ya soy de allá... y las chicas también. Y en diez años

tenemos todo lo que soñamos. Y no nos falta nada. Y Osvaldo... (Se queda, lo

mira, se revuelve adentro llena de miedo por el estado en el que está Osvaldo).

Aunque tenga esa cara de enfermo desde que llegamos, él te puede decir cómo

vivimos y cómo pueden vivir ustedes. (Lo busca como incitándolo. Osvaldo

mira al jilguero, perdido en él como si adentro se revolvieran las contradicciones

entre su corazón y su mente.)

Mabel: Decime que miento. Negame que vivimos como ni siquiera lo soñamos.

Osvaldo (como quien repite una triste verdad): Vivimos como nunca lo soñamos.

Es cierto... es así.

Mabel (de pronto se aleja de Yoly y el Negro y se le acerca. Osvaldo se ha

pegado al tapial como enroscado en la radio): Vos... (Temblando.) ¿Vos volverías

a vivir acá?

Osvaldo: ¿Por qué no me dijiste lo del Negro?

Mabel: Vos contestame, Osvaldo... te pregunté algo.

Osvaldo: Yo también... ¿Por qué no me lo dijiste?

Mabel: Porque... (Se corta, se busca adentro, no le quiere mentir.) Porque tenía

miedo... en el fondo fue eso. Tenía miedo que no entendieras... (Se corta.) No sé

por qué. (Lo mira; lo que la enciende se revuelve dentro de ella.) ¿Vos volverías a

vivir acá? ¿Volverías, Osvaldo?

Osvaldo (de pronto parece que de adentro se corporiza algo que lo puede): No

puedo volver.

Mabel: ¿Cómo no podés? Ahora podés. Ahora sos otra vez un argentino de

lujo.

Osvaldo: Hace rato que aprendí la diferencia entre querer y poder. Y yo... (Se

queda.) Pero tenés razón, desde que llegué, me pudieron muchas cosas y estoy

como esperando un milagro. (Se hunde y se rehace pero le abre el corazón a su

mujer. Luego, sincero, enchufado en él, vomitando lo que calló.) ¿Querés creer? En

el avión venía temblando. Mirando todo el tiempo a las chicas. ¿Sabés qué

pensaba? Que por ahí, cuando bajaran en Ezeiza... (Sonríe con los pedazos.)

¡Mirá qué idiota! Pensaba que me iban a mirar y a abrazar y me iban a decir:

Papá... por fin nos trajiste a casa. (Se queda.) Todo el tiempo estuve así. Y yo

sé... yo sé. Ya sé que la casa de ellas es otra... (Se endereza, se hace cargo.)

¡Pobrecitas! Se fueron porque el padre tenía la manía de creer en cosas que ellas

ni entendían. Inocentes de todo... como te fuiste vos, con la única culpa de ser

mi mujer y mis hijas... porque yo siempre viví queriendo desafiar a los matones y

los fascistas. Pero eso era yo... nada más que yo. Y ahora... (Tiembla adentro.)

Ahora... qué querés... estoy acá ... y espero... no sé. Ya te dije... un milagro.

Ayer se lo decía al Dr. Pacheco.

Mabel (oye ese nombre y se eriza hasta la médula): ¿El doctor Pacheco?

¿Cuándo lo viste? ¿Por qué no me dijiste nada?

Osvaldo: A lo mejor... por la misma razón que vos no me dijiste lo del Negro. El

pobre Pacheco está desesperado por convencerme que me quede. Nos ofrece la

posibilidad de un gran trabajo en equipo.

Mabel (sin poder contenerse): ¡Ahora! Viejo tránsfuga. Ahora te ofrece.

Osvaldo (enardecido): Sí, Mabel... ¡ahora! ¡ahora!

Mabel: Quisiera saber debajo de qué cama se metió cuando nos fuimos, el ilustre

doctor Pacheco.

Osvaldo: Estaba acá... con su mujer, sus hijos, con una posición profesional

brillante a la que le dedicó la vida... la vida. Estaba acá y se calló. Se calló y... yo

creo que hizo bien.

Toda esta escena transcurre mientras Yoly que se ha quedado muda, se

ha puesto a levantar algunas cosas de la mesa y va hacia la cocina

mientras el Negro, mudo y metido adentro de él, con todo el rollo

todavía por largar, se mueve acomodando el cable que trajo del taller y

llevándoselo de nuevo al taller.

Mabel: Eras su discípulo más brillante, su brazo derecho y se calló.

Osvaldo: Y ¿qué querías que hiciera? ¿Qué? ¿Que saliera con un cartel a la

calle? ¿Que se jugara la vida y su prestigio? ¿Y si se hubiera querido jugar?

¿Cómo...? ¿Con quién? ¿Dónde? ¿Qué diario le hubiera publicado una

solicitada? ¿Quién le hubiera dado un micrófono para que hablara? ¿O cuántos lo

hubieran seguido a Plaza de Mayo? ¿Quién era yo? ¿Por qué se iban a jugar por

mí? ¿Por qué?

Mabel: Tenés razón... ya no eras nada. En cuanto estuviste en una lista fuiste

un perro sarnoso y nada más. Me gustaría que me viniera a decir a mí que

vuelva. Como anoche... la mujer de Faccio. Me miró de arriba a abajo como

diciendo: Mira ésta... al final... flor de negocio hicieron con la persecuta. ¡Manga

de hijos de puta!

Osvaldo: Por eso no te dije nada de Pacheco ¿Para qué? La verdad que ya...

(Se corta, se hunde.) Ya no tiene ninguna importancia.

Mabel: Sí, tiene. Claro que tiene. Porque andás como una sombra buscando no sé

qué.

Osvaldo: ¿Sabés lo que ando buscando? Vos te equivocás, Mabel. Vos decís, el

tango, el mate, la banderita, argentinito llorón. Y, sí... a lo mejor; pero yo... yo

estoy buscando... (Parece que confiesa su llaga.) Mi olor... Mi olor... Ese olor

a... a tantas cosas! (Se corta, se confiesa.) le estoy buscando. Es eso... porque

aquí... aquí se quedaron muchas cosas que no se pueden meter en una valija.

Están aquí... siempre van a estar aquí. (Lentamente se ¿hace. Yoly está pasando

un trapo por la mesa como si descargara en los gestos la tormenta. El Negro

vuelve del taller pateando y golpeando mudo y tenso.) Ayer se lo decía a

Pacheco... y lloramos los dos. Y no había ninguna razón para llorar, porque él está

muy bien aquí. Y yo... yo estoy muy bien allá. Pero... son esas cosas...

argentinito llorón, como vos decís.

Mabel (tensa, mirándolo): ¿Y qué le contestaste a Pacheco?

Osvaldo: Nada... todavía, nada... (Se vuelve y se acerca a Yoly; va mirándolo

todo. Algo se revuelve en él.) Mabel tiene razón, Yoly. Es la oportunidad, la gran

oportunidad le su vida.

Mabel (lo oye y se acerca y no afiebra intentando convencer a Yoly): Mirá,

Yoly... cuando veas lo que son las cosas allá. Las casas, las cocinas, los coches,

la ropa, Yoly... y las posibilidades para Patri. Y vas donde querés. Un fin de

semana, te vas a Miami como si nada. Allá todo está al alcance de la mano.

Negro (que se larga a la pileta con todo): Yo ya hablé con todo el mundo. Ya está.

Yoly (que parece una cuerda tensa): ¿Qué... ya está?

Negro: ¡Todo! En dos patadas, vendo el taller de mierda y esta ratonera y

chau... A la lona.

Yoly: ¿Y yo?

Negro: ¿Vos? ¿Pero vos no me oís? ¿Estás boluda o qué tenés en la cabeza?

¿No escuchás lo que estamos diciendo?

Yoly: Ya escuché todo lo que estás diciendo.

Negro: Y entonces... ¿qué te hacés la estúpida?

Yoly (de pronto, sin que se le mueva un pelo): Yo no voy.

Negro: ¿Qué decís?

Yoly: Yo no voy.

Negro: ¿Cómo que no vas?

Yoly: No voy... y desde ya te digo que la Patri va a ir, ¡si quiere! ¡Si quiere!

Negro: Patri es mi hija y me la llevo.

Yoly: Si quiere.

Negro: Me la llevo.

Yoly: Si quiere.

Negro: Quiera o no quiera, me la llevo.

Yoly: Te la vas a llevar si quiere. Porque si no, vos vas a salir con las patas para

adelante porque ¡te mato!

Osvaldo y Mabel están como petrificados. No hay cabida para nadie en

este enfrentamiento.

Negro: ¡Te mato! Mirala... ¡amenazá que es gratis! ¿Sabés lo que sos? Sos...

mirá... sos una mersa que está metida en la mierda hasta acá. Vos ya ni podés

imaginarte la buena. No tenés con qué. Ya estás así... no la ves más. Pero la

Patri... ¡ojo! Patri estudia y sabe bien lo que es bueno. Mira si la Patri no va a

querer ir... ¡pobre de vos!

Yoly: Si la Patri sale a mí... chau, Negro... ¡que Dios te ayude! Anda. Quemá,

vendé, tirá. Tirá todo. Así también te van a tirar un día a vos. Andá. Pero yo no

voy.

Negro: ¡Quedate! Morite sin conocer la buena. Quedate pero te la bancás. Yo

vendo todo y vos agarrá para la villa o parate con la Pioja o andate derecho al

Borda porque estás loca. Solamente así. (Mira desesperado, el sueño de darle a

ella una vida mejor le duele hondo.) Mirate. Mirate un poco. Y mirala a Mabel.

Nacieron a dos cuadras, tienen la misma edad... Y parecés la abuela.

Osvaldo (sin poder contenerse): ¡Negro!

Yoly: Dejalo Osvaldo. Si yo me miro al espejo. Yo sé cómo estoy, estoy como estamos

todos acá. Y ya la miré a Mabel... y es la verdad. Parezco la abuela.

Mabel: No digas pavadas, Yoly. ¡Por favor! El Negro todo lo que quiere es...

Yoly: Perdé cuidado, Mabel. Yo lo conozco bien. Cuando dice una cosa, sabe bien

lo que quiere decir. (Empieza a sacar de adentro lo que nunca dijo y lo que no

volverá a decir nunca más.) Tiene razón. Hay que estar acá, peleando de la

mañana a la noche. Sin saber qué más poder hacer, ni de dónde sacar las ganas

para no pegarte la cabeza contra la pared. Se te va gastando todo... hasta el

alma. Todo nos pasó... lo que se dice ¡todo! Sin saber por qué, sin... (Se corta,

se ahoga un llanto tan viejo como sus ancestros.) Yo antes... creía... iba a la iglesia

y ahora, ni eso. Perdí hasta... (Se corta, las lágrimas la pueden.) Pero éste es mi

lugar. Acá... y acá. Vos podés decir lo que quieras, hacé lo que quieras, andate,

ahora mismo si querés. Por mí, y por la Patri, no te preocupes. Andate.

Mabel (que está tocada hasta la médula): Yoly... escuchame, por favor. (Tierna,

honda.) Pero escuchame bien. Vos no tenés por qué hipotecar tu vida porque

naciste acá. Yo te juro Yoly que allá, hasta el último de los obreros, el que hace no

sé... lo peor, vive mejor que ustedes. Con trabajo... ya está. Y eso me revienta, me

enferma. Porque yo lo vi laburar al Negro desde los doce años. Son casi treinta

años. Treinta años y ¿para qué? ¿Para esto? ¿Y si estuviera allá, un gran

mecánico? ¡Cómo podrían vivir los tres! ¡cómo!

Negro: Dejala... dejala ... si ya te oyó. No hay caso. No la entiende. Acá... acá ...

acá. Como si dijera... el palacio de los Anchorena. Acá... (Se va afiebrando,

enfermando, hundiendo en la amargura de haber creído mucho y ya no creer.)

¡Acá todo es mierda! Eso es. Acá... hay cuatro o cinco que tienen la guita y todos

los demás vivimos de las sobras. Ellos comen y nosotros la yugamos. Y cuando hay

que pasar hambre te dicen "Al gran pueblo Argentino, salud". Y si los llegás a

molestar te sacan del medio con el cuento de que querés reventar el orden

sagrado. Y te dejan patalear hasta que les conviene. ¡Qué me vas a contar de

acá! Y cuando te querés acordar, tenés las botas encima, haciéndote un versito

y mandándote al frente a poner las bolas para que un mamado juegue a la

guerra.

Yoly (llorando): Ya sé... ya sé. ¿O dónde te crees que estuve toda mi vida? Pero

yo nací acá y me quiero morir acá.

Osvaldo siente las lágrimas de Yoly. Las palabras de Yoly le dibujan sus

contradicciones entre el corazón y sus hijas.

Negro: Acá... acá.

Yoly: Acá... Yo digo acá y digo mi país.

Negro: Ya está... ya salió el versito. Te falta la marcha de San Lorenzo y estás

hecha. ¡País! Yo sí que me las tragué todas con ese verso. Todas... desde que

nací... meta creer. Hasta fui con la banderita a gritar. ¡Las Malvinas son Argentinas!

(Los ojos se le llenan de un viejo dolor.) Y lloraba... y quería un inglés

para hacerle vomitar cada cacho de mapa... (Se corla.) Creí... grité... Fui y volví...

Siempre me bajaron de la nube de una patada. País... Y vos todavía querés más.

Yoly: No. No quiero más. (Mira, no puede más.) No quiero hablar más. ¿Para qué?

Si vos ni me conoces y hace rato que ya ni me oís.

Negro: ¡Mejor! ¡Si no te oigo, mejor! Para lo que decís. Yoly: Por eso... ¡A quién

le importa lo que yo diga!

Osvaldo: A mí... a mí me importa, Yoly... me importa mucho.

Yoly: A él le tendría que importar.. Osvaldo: ¿Y vos te crees que no le importa?

Yoly: Si le importara, ni borracho me hubiera hablado de

ir a vivir a Norteamérica.

Mabel: ¿Por qué? Yoly: No importa. Mabel: Sí que importa.

Osvaldo: Aquí todo el mundo dijo lo que se le dio la gana, sin asco y sin lástima.

Yoly: Yo sé que ustedes viven allá y que están muy bien. Y que se fueron.

Mabel: No nos fuimos... Nos fueron que es otra cosa.

Yoly: Y yo lloré mucho por eso... Te lo juro, Mabel... mucho. Y nunca lo pude

entender. Yo no quisiera... (Se corta.) Me duele que estén allá. No quisiera que

ninguno de nosotros estuviera allá. Será que desde que nací, ya lo mamé. Digo

yanquis y el veneno se me atraganta. Los tengo acá. (El asco la puede.) Acá los

tengo.

Negro (rabioso): Los tenés acá... ¡Mirá vos! ¿Y vos sabés cómo sufren los yanquis

por eso? ¡Uf! Todos los días se reúnen dos horas a llorar porque la Yoly de Lanús

los tiene acá.

Yoly (revienta el odio en pedazos): Ya sé... ya sé que ni saben que existo. Ni

mamados se imaginan a Lanús ni a mí. Para ellos, de las patas de ellos para

abajo, todo lo que hay es mierda. Negros muertos de hambre, patasucias,

¡basura! Eso somos... Está bien. ¡Que hagan y piensen lo que quieran! Pero yo, la

Yoly de Lanús, no les voy a ir a pedir la escupidera para vivir apretando botones y

tirando los repasadores. ¡No!... ¡Yo, no! Perdé cuidado. Yo sé bien lo que soy y

de dónde vengo. Nací entre el barro, hasta sirvienta fui y apenas si llegué a

sexto grado. Todo lo que hice en mi perra vida fue pelear y llorar y tragar. Pero

tengo una hija, ¿sabés? (Es una leona afiebrada y fanática.) Una hija que si Dios

quiere y me da fuerza va a tener un título y va a vivir como yo no pude vivir. Y si

ella no llega, llegarán sus hijos. Porque alguna vez... algún día. Y va a ser acá...

acá. (Lo mira entre lágrimas como si no pudiera entender.) Vos parece que te

olvidaste, Negro. Vos te olvidaste de tu viejo y del mío.

Negro (el último dolor): No... no me olvidé... Me acuerdo bien. Los enterré sin

que se les hiciera una... eso hice. Ni una. Pusieron el "pecho por creer" en el

cuarenta y cinco y casi los fusilan por creer en el cincuenta y cinco. Siempre

fueron a poner... (Se corta.) ¡Qué me hablás de los viejos!

Yoly: Vos no te acordás... no te acordás de cómo eran. De cómo querían cada

pedazo de Lanús, cada metro de asfalto... cada piedra que pusieron. Meta

sociedad de fomento y cinchar y dele sangre y laburo. Y así se gastaron la vida.

Pero no pararon... y llegó el agua y las cloacas. Y el día que llegó la luz... (Es un

recuerdo que la enciende.) La luz... Bailaron en la calle, con todas bombitas de

colores y ¡eran felices! Cada cachito que... Y siempre eran viejos para disfrutarlo.

Pero bailaban igual, porque era para los hijos. (Debe parar, es una especie de

grito de vida desde las entrañas.) Y sábado y domingo, de a ladrillo se levantaron

la casita. Y... (Lo mira, lo reclama desde adentro.) Y tu taller, Negro... tu taller.

Vos vas a vender tu taller. Acordate el día que se incendió, vos no te acordás...

Todo Lanús corrió. ¡Se incendia el taller del Negro! ¡El Taller del Negro! Y te lo

salvaron. Porque era tu taller. Porque acá, sos el Negro. El Negro sos. Y ¿qué

vas a ser allá? ¿Qué?

Doblada en dos sin poder más con su alma sale corriendo para la

cocina. El Negro está como muerto. Mabel quieta, los ojos muy

abiertos. Osvaldo, que tiene las lágrimas en la cara, se pasa las manos

fuertemente y luego se para y busca el baño. Sin decir nada, entra en el

baño. Quedan solos los hermanos.

Mabel de pronto es otra mujer mucho más honda, más ella, tiene la

tristeza de la realidad.

Mabel: Perdoname, Negro. Yo tuve la culpa.

Negro (también es otro, lo bajaron de la nube): Má... ¿qué culpa? ¿Qué decís

culpa? Si vos lo que querías era... (Se corta.)

Mabel: No pensé... Pensé en mí, nada más. ¿Sabés, Negro? Lo que pasa es que

hace tanto tiempo que no pienso en mí. Que tuve que hacer todo lo posible por

olvidarme. Osvaldo llegó allá... sin el alma. Estaba... estaba muerto. Yo... (Se

enternece hasta la médula.) ¡Yo lo quiero tanto, Negro... tanto! Que no sé... hice

un nudo con el corazón, los ovarios y las tripas. ¿Y sabés lo que hacía? Hablaba

inglés... todo el tiempo... como una máquina. Me hacía doler la boca tratando de

poner la lengua... (Se corta.) Y... cuando me quise acordar, era como si aquí, no

hubiera quedado nada, nada más que vos, Negro. Yo te extraño tanto... Tenía

tantas ganas de que volviéramos a vivir a la vuelta, como acá. Poder decir

hermano y que te contesten.

Negro (casi llorando pero haciéndose de piedra): Y ¿quién te dice?... A lo

mejor. Algún día. Ustedes.

Mabel (lo mira, no dice nada. Todavía tiene como miedo): No... no. Nosotros,

no...

Negro (va creciendo Yoly dentro de él): Vos la oíste... la Yoly es así... y ¡qué

querés! No va a cambiar. Y la oís... y te hace poner la piel de gallina. (Yoly lo bajó a

tierra y está tocando tristemente su realidad.) ¡Qué sé yo! Estamos como estamos

pero... es así. Capaz que ya está escrito, que estamos enyetados. Pero... es así y

no hay otra. (Saca los papeles del bolsillo y los rompe mientras los mira caer a

los pies.) ¿Viste, Flaca? Siempre lo mismo. ¡Qué fácil parece todo en los papeles!

Mabel (agarrándolo fuerte del brazo): Escribime, Negro... Cualquier cosa que

necesites. Para ustedes dos... para la Patri, lo que sea. Yo cuando llegue te voy a

mandar...

Negro (firme también el orgullo): No... no, no... Vos, vivila... vivila, Flaca. Para

mí, si vos la vivís, es como si la viviera yo también. ¿Sabés cómo me leo las

cartas? Y las fotos... ya te dije. Las tengo pegadas en el taller.

Mabel (mirándolo como si quisiera metérselo dentro de ella): ¿Te acordás las

mufas que te agarrabas cuando me tenías que llevar al baile y no podías franelear

a pata ancha?

Negro: También... toda la noche cuidando la mercadería. Suerte que Osvaldo, un

sábado, dejó los libros y se vino al club. (Sonríe sin poder casi sonreír. De pronto.)

Avisame cuando se van así voy a Ezeiza.

Mabel (rápida): No... no, Negro... por favor. A Ezeiza, no. Nos despedimos acá.

Si tengo que subir al avión dejándote ahí parado. No. (Lo mira, lo mima de pronto

quiere llevárselo con ella a estar los dos solos.) Vení... Vamos a ver el taller. (Salen

juntos hacia el taller.)

Osvaldo sale del baño, camina y se para en la mitad de la escena.

Luego va hacia el tapial y se queda oyendo. Yoly sale callada de la

cocina con un café que le apoya en la mesa. Osvaldo, la ve se le cerca

y sin poder contenerse la toma de los hombros. Él también parece otro.

Como si ya hubiera resuelto su conflicto corazón y mente. Más entero,

más viejo, más triste pero definitivamente colocado en su lugar.

Osvaldo: ¿Sabés, Yoly? Me hiciste acordar...

Yoly (con mucha vergüenza): Perdoname, Osvaldo. Perdónenme los dos.

Osvaldo: ¿Y qué se supone que te tengo que perdonar? (Sonríe.) No tengo

nada que perdonar. Lo que te quería decir es que me hiciste acordar a mi abuela.

Vos, creo que no la conociste. Era la madre de mi viejo. Era alta, fuerte, morocha.

Y tenía... ¿cómo te podría decir? Tenía la tierra, sus cositas, como metidas en la

sangre. Y cuando éramos chicos, nos contaba cuentos. Pero no eran cuentos.

Eran recuerdos... y tristes. La pobre, todo lo que había hecho en la vida era tocar

miseria y lucha. Pero ella las contaba como si fueran cuentos de hadas, de reyes.

Porque ella las sentía así. Tenía un orgullo... (La mira.) Un orgullo como el tuyo,

Yoly. (Le acaricia la mano.) Mirá... hay muchas clases de gente. Hay gente que

está orgullosa de la guita que tiene. Otra del apellido que heredó. Pero hay otra

que está orgullosa de lo que es... de su sangre. Esa es la gente que yo admiraré

toda la vida. (La abraza con gran ternura.) Sos una gran tipa, Yoly... yo... yo

apenas si te conocía.

Yoly (que todavía deambula con la sensación de haberlo herido): No sé lo que

dije... me volví loca. Yo nunca hablo... y no tenía derecho a hablar. Ustedes

viven allá y después de todo, se tuvieron que ir porque...

Osvaldo: No digas nada. No tenés nada que explicar. (Suspira hondamente

mirando todo.) Acá era la cosa. Yo sé que era acá. (Se rehace.) Yo estoy seguro

que algún día, tu hija va a ser lo que vos soñás. Y va a ser acá. (Se pierde en él.)

Vos sabés que mi viejo... era un albañil peleador y... (Se queda y el viejo se le

viene a la garganta y a los ojos.) Y un día, yo era médico y él... (Se queda.) No

me voy a olvidar nunca de su cara el día que me recibí. La tengo siempre acá, o

acá... No sé dónde se quedan esas caras. No me dijo nada... No era un hombre de

decir. Me miró... (Se corta, se pierde.) Por lo menos, alcancé a verle la cara que le

puso mi título. (Se hunde.) Aunque después... también se murió. (Se corta.)

Yoly (que parece entender lo que Osvaldo no dice): Yo no quisiera que tuvieras

que irte Osvaldo. Y te juro que no sé por qué tienen que pasar estas cosas.

Osvaldo: Olvidate de nosotros, Yoly. No pensés más. La cosa para nosotros se

jugó así y fue así y ya no hay otra. (Pronto, como si tomara la resolución en ese

momento.) Creo que acá, acabé de entender que yo no tengo otra que irme. Y

traté de olvidarme, de imaginarme... (se conduele), de jugar un poco a que todo

era mentira... Que... (Se corta. Se hunde en Yoly, mirándola serenamente.) Yo

la entiendo a Mabel. La entiendo y la quiero mucho... Y ella fue la que me puso de

pie. Me dio cuerda... me apuntaló. Hasta me enseñó a que no me doliera la

lengua al hablar en inglés. Le debo... todo. (Se hunde, ahí está la verdad) Y

están mis hijas. Cuando te oía recién decir... Este es mi lugar... Pensé en ellas.

Osvaldo (como si creciera su serenidad y su convicción): Ellas también tienen su

lugar. Y no entienden... y yo no quiero que para entender, tengan que irse de su

lugar. Porque es así... empezaron a vivir allá. Lo primero que vieron y entendieron

está allá. Y allá... allá está su olor... y yo no quiero un dolor más... aunque...

aunque me duela. Está bien. (Sonríe tristemente.) La vida no se rehace, Yoly... se

vive... nada más. (Se endereza, sonríe.) Me va a ayudar mucho acordarme de vos.

Es como si, como si alguien se hubiera quedado cuidando lo que yo no me puedo

llevar. Como decía mi abuela cuando la invitaban a salir. Vayan no más, yo me

quedo a cuidar el fuego. No sé qué fuego... Con vos acá, la parra seguro que no

se seca, y los yuyos nunca van a tapar el nombre de la tumba de mi viejo.

Yoly lo mira y de pronto sus manos se aferran en un entendimiento

mudo y fraternal. Osvaldo ya entendió. Ajustó cuentas con él mismo y

aceptó. Entran Mabel y el Negro desde el taller. Mabel también ya no

es la misma. Lo mira a Osvaldo. Osvaldo le sonríe.

Mabel (dulce, la esposa de todos los días): ¿Vamos, Osvaldo?... Hay que pasar a

buscar a las chicas.

Osvaldo: Sí... vamos.

Yoly: Pero ahora ¡No!... Ya está la comida. Un ratito.

Osvaldo: No, Yoly... Mañana tenemos un día de mucho trajín. (Se acerca a

Mabel. La mira.) Es el último día y... (Mabel lo está mirando). ¿No, Mabel?... Nos

vamos pasado mañana...

Él no mira. No dice nada y empieza la ceremonia de la despedida. Un

noticiero es la música de fondo de la despedida. Las palabras son

livianas, alegres, saludos.

Negro: ¡Suerte, hermano! Nos vemos en Ezeiza. Avisen con tiempo a qué hora

sale el avión. Vamos a ir con la Patri. Un beso grande a las chicas.

Los abrazos cruzados de todos que se despiden aferrándose, diciéndose

un adiós mucho más profundo y desgarrante. Como si no fueran a

verse más mientras las palabras y el noticiero de la radio dicen lo

anecdótico. Por último las últimas palabras son con un Osvaldo

abrazando a Mabel y Yoly muy pegada al Negro.

Se van. El Negro sale con ellos hacia la puerta, Yoly queda sola.

Empieza a llorar, pero sin decir nada, mientras con una fuerza increíble

pone de nuevo la mesa y toma la plancha. Y se entrega llorando a la

tarea. El Negro entra y se queda parado mirándola. Es otro. Le cuesta

retomar el ser habitual y todo lo que hace es mirarla. Después empieza

a acercarse lentamente mirándola, admirándola, empieza a hablar ya

junio a ella.

Negro: ¡La Yoly, carajo! La polenta que tenés. (Quiere que Yoly vuelva a ser la

misma. La necesita.) A vos... Mirá. Yo le voy a escribir a Alfonsín. Y le voy a llevar

la carta, yo mismo. Le voy a decir que no se equivoque. Que a vos te tiene que

mandar a esa cosa. Como es... La ANO... La ONU... Esa que todos van y uno

habla y los demás parece que duermen. Vos tenés que ir. Diputada por Lanús. Así

no más, como estás. Te parás ahí... empezás a hablar. Y no duermen más. Los

despertás para toda la siesta.

Yoly (lo mira apenas. Sigue en lo suyo): Al final, todavía tenés puesto el

mameluco. (Más animado porque la recobra en su ser habitual, el Negro va hacia

la cocina.) Andá, Negro... Sacatelo. Tengo que dejarlo en remojo.

Negro: Pero si no comí todavía.

Yoly: Sacate el mameluco... después hacé lo que quieras. Ya te dije que se rompió el

lavarropas, ¿no?

Negro (queda inmóvil): ¿Esa también?

Yoly: ¡Esa, nada! No quiero que lo arregles más. Esa porquería no hace más que

romper la ropa. Y aquí... Aquí hay que cuidar las cosas. Aquí, las cosas tienen que

durar. Durar... Durar...





Ilustración: José Desiderio Rosso




martes, 16 de junio de 2026

Romeo y Julieta (William Shakespeare)

 




Ya veo que te ha visitado la reina Mab,


la partera de las hadas. Su cuerpo


es tan menudo cual piedra de ágata


en el anillo de un regidor.


Sobre la nariz de los durmientes


seres diminutos tiran de su carro,


que es una cáscara vacía de avellana


y está hecho por la ardilla carpintera o la oruga


(de antiguo carroceras de las hadas).


Patas de araña zanquilarga son los radios,


alas de saltamontes la capota;


los tirantes, de la más fina telaraña;


la collera, de reflejos lunares sobre el agua;


la fusta, de hueso de grillo; la tralla, de hebra;


el cochero, un mosquito vestido de gris,


menos de la mitad que un gusanito


sacado del dedo holgazán de una muchacha.


Y con tal pompa recorre en la noche


cerebros de amantes, y les hace soñar el amor;


rodillas de cortesanos, y les hace soñar reverencias;


dedos de abogados, y les hace soñar honorarios;


labios de damas, y les hace soñar besos,


labios que suele ulcerar la colérica Mab,


pues su aliento está mancillado por los dulces.


A veces galopa sobre la nariz de un cortesano


y le hace soñar que huele alguna recompensa;


y a veces acude con un rabo de cerdo por diezmo


y cosquillea en la nariz al cura dormido,


que entonces sueña con otra parroquia.


A veces marcha sobre el cuello de un soldado


y le hace soñar con degüellos de extranjeros,


brechas, emboscadas, espadas españolas,


tragos de a litro; y entonces le tamborilea


en el oído, lo que le asusta y despierta;


y él, sobresaltado, entona oraciones


y vuelve a dormirse. Esta es la misma Mab


que de noche les trenza la crin a los caballos,


y a las desgreñadas les emplasta mechones de pelo,


que, desenredados, traen desgracias.


Es la bruja que, cuando las mozas yacen boca arriba,


las oprime y les enseña a concebir


y a ser mujeres de peso. Es la que…



¡Calla, Mercucio, calla!


No hablas de nada.



Es verdad: hablo de sueños,


que son hijos de un cerebro ocioso


y nacen de la vana fantasía,


tan pobre de sustancia como el aire


y más variable que el viento, que tan pronto


galantea al pecho helado del norte


como, lleno de ira, se aleja resoplando


y se vuelve hacia el sur, que gotea de rocío.







Ilustración: James Tissot

lunes, 15 de junio de 2026

La sombra (Francois Mauriac)








En los días en que el calor detenía toda vida,

cuando el sol, sobre las labores extenuadas,

oprimía contra su corazón el viñedo mudo,

en la hora en que el ejército aniquilado de los segadores

aplastaba la hierba bajo cuerpos crucificados,

solo, de pie, en esos días de fuego y de polvo,

frente al sueño abrumado de la tierra,

ensordecido por el grito de innúmeras cigarras

buscaba tu corazón cuando buscaba la sombra.





Ilustración: Salvador Salazar Arrué


domingo, 14 de junio de 2026

Prólogo para discernir la realidad


 




Muchas veces me he preguntado la razón de editar un libro. Cuando era muy joven, cuando recién había publicado mis primeros cuentos en revistas literarias, o incluso mi primer libro, con la evanescente jactancia de los recién iniciados, juzgaba lo que creía yo la imprudencia de los ya consagrados en crear meros remedos de la obra de cada uno. Porque consideraba, en el repentino y abundante fluir de la propia inspiración, que todo estaba en crear un texto tras otro, esmerándose en corregir, publicar y darlos a conocer. Incluso esperar la respuesta del público, y también aceptar el hecho de ser ignorado por los jurados de los concursos literarios como un mérito que nos relegaba al afortunado limbo de los talentosos e incomprendidos por los que consumen la supuestamente fácil literatura comercial.

     Los motivos son tan variados como autores hay, multiplicados por las incontables características personales de cada uno y las circunstancias en que se encuentren. Por supuesto, las variables se multiplican si la selección es de textos propios, porque ya no hay parámetros externos que especifiquen y limiten nuestro trabajo. En el primer caso, pueden influir los aspectos económicos y los egocéntricos, en su mayor parte, y ambos confunden la calidad de los textos fingiéndolos seleccionados por el buen gusto, y sólo a veces condescendiendo en reconocer motivos sentimentales. Casi siempre nos equivocamos, o más bien nos engañamos, y la selección desentona en la mayoría de los casos con los gustos de cada lector, y casi invariablemente también con el del propio autor, tarde o temprano. El motivo principal es que la subjetividad, siempre inevitable, está más enraizada en nuestra psiquis que la utilizada para opinar sobre los demás, donde pueden y deben influir los factores de la educación para cambiar las costumbres aprehendidas. La selección, por lo tanto, debería hacerse, si el autor se obstina en realizarla por sí mismo, en una etapa de la carrera literaria donde se haya asentado tanto una valorada experiencia como una cantidad considerable de textos que representen las variantes dentro de un estilo, y sobre todo haber logrado la suficiente distancia entre el autor y su obra. Si este auto-reconocimiento no es del todo acertado, por lo menos debería prevalecer el sentido común que introduce la duda, elemento tan encomiable como poco estimado en general. Instalada la duda con el rango de única certeza, ella determina a la arbitrariedad como el solo factor común de la selección. Entonces sí podemos hablar de los textos sin compromisos predeterminados, dejando fluir los recuerdos y las circunstancias en que fueron creados, que a la  altura de los años transcurridos pueden ser o no ciertos, pero tienen el sabor de lo entrañable, sensación que incluye tanto la satisfacción de lo realizado como el remordimiento por lo incumplido. Felicidad y dolor, en diferentes dosis o matices. Creo que eso es la virtud principal, y tal vez la gloria, de cualquier arte, su fin y su principio.

     El tiempo, sin embargo,  todo lo invalida, o lo revalida.

     Las rotundas afirmaciones se desvanecen, o se convierten en pedantescas frases que no significan nada. El tiempo va decantando los hechos, formando una capa de valores que puede apreciarse como aquellos frascos que nos hacían preparar en la escuela primaria en la asignatura de biología. Capas profundas que no desaparecen, sino que se consolidan, haciéndose pétreas y persistentes. Y a medida que ascendemos la vista, el resto toma colores más vistosos, atribuyéndolo equivocadamente a la mejor calidad de las sustancias. Por encima, y casi en la superficie, se sustentan los cambiantes productos de la cotidianeidad. Lo que cambia de un momento a otro, lo que por la mañana tiene el aspecto de lo nuevo, por la tarde se enturbia emitiendo un aroma nauseabundo.

     El fondo, en cambio, permanece incólume. Lo que se ha formado en las primeras etapas de cualquier organismo, no tiene adonde ir más que ese último espacio que no deja salida. Bueno o malo, no tiene lugar por el cual escapar, y entonces, con el tiempo, ha aprendido a convertirse. La química es resultado de un aprendizaje, la física es la aplicación de esa experiencia, la psicología la metamorfosis de lo inerte en conductas futuras.

      Lo inconsciente freudiano es un coágulo latente que dura toda la vida. Alguien, con una sola palabra como un filoso escalpelo, puede hacerlo estallar, y el resultado es la definitiva libertad o la locura, y ambos estados quizá representen lo mismo, si bien lo pensamos.

      Con este material trabajan los escritores.

      Las imágenes de la infancia, los recuerdos que imperceptiblemente se van metamorfoseando según lo vivido en el resto de los años, van tomando un sentido de irrealidad que para nosotros es absolutamente la más exquisita realidad. No hay tiempo mejor que el tiempo pasado, nos decimos, incluso tenemos resabios inclasificables de olores, sensaciones, imágenes, sonidos, armonías de tiempos que nos fue del todo imposible haber vivido, porque aún no habíamos nacido. Pero hablamos del cuerpo material, este que nos somete al tiempo y a la intemperante desarmonía de lo meramente exterior: el hierro de los edificios, el concreto de las calles y la irreverente meteorología de lo caprichoso.

      Yo hablo de los golpes iniciales, de las primeras caricias y los incipientes besos. De los paseos por la tarde en un barrio tranquilo, casi desierto a la hora de la siesta, caminando por veredas soleadas, viendo los negocios cerrados, las puertas de las casas entornadas para dejar entrar la brisa del verano, la ventanas abiertas por las cuales puede verse a un chico sentado a una mesa, dejado en penitencia porque no ha querido terminar su almuerzo. Gritos de una madre protestona por sobre el sonido de un televisor siempre encendido. El sonido de un disco girando, y el de una púa que se atasca. Y tal vez, una cama vacía y desordenada junto a la ventana, y también otro chico que desde la puerta de la habitación, nos sorprende espiando por la ventana, con cara de miedo, lento en sus movimientos pero astuto en su reveladora mirada de congoja. Él escucha, como nosotros, la música amarga del corazón humano que llena esa habitación, como si el corazón tuviese la forma y el aspecto de un cuarto de casa vieja, con paredes húmedas y piso descolorido, con una lámpara casi inútil intentando iluminar a regañadientes los rincones donde se esconde todo aquello que no quiere ser visto.

      En esos rincones está el material con el que trabajan los escritores.

 



Leandro  Mallea

“El conciliábulo” Ediciones





Ilustración: Jean Genet

sábado, 13 de junio de 2026

Poema conjetural (Jorge Luis Borges)





El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22 de setiembre de 1829

por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:



Zumban las balas en la tarde última.

Hay viento y hay cenizas en el viento,

se dispersan el día y la batalla

deforme, y la victoria es de los otros.

Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.

Yo, que estudié las leyes y los cánones,

yo, Francisco Narciso de Laprida,

cuya voz declaró la independencia

de estas crueles provincias, derrotado,

de sangre y de sudor manchado el rostro,

sin esperanza ni temor, perdido,

huyo hacia el Sur por arrabales últimos.

Como aquel capitán del Purgatorio

que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,

fue cegado y tumbado por la muerte

donde un oscuro río pierde el nombre,

así habré de caer. Hoy es el término.

La noche lateral de los pantanos

me acecha y me demora. Oigo los cascos

de mi caliente muerte que me busca

con jinetes, con belfos y con lanzas.

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre

de sentencias, de libros, de dictámenes

a cielo abierto yaceré entre ciénagas;

pero me endiosa el pecho inexplicable

un júbilo secreto. Al fin me encuentro

con mi destino sudamericano.

A esta ruinosa tarde me llevaba

el laberinto múltiple de pasos

que mis días tejieron desde un día

de la niñez. Al fin he descubierto

la recóndita clave de mis años,

la suerte de Francisco de Laprida,

la letra que faltaba, la perfecta

forma que supo Dios desde el principio.

En el espejo de esta noche alcanzo

mi insospechado rostro eterno. El círculo

se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.


Pisan mis pies la sombra de las lanzas

que me buscan. Las befas de mi muerte,

los jinetes, las crines, los caballos,

se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,

ya el duro hierro que me raja el pecho,

el íntimo cuchillo en la garganta.





Ilustración: Germán Gárgano

Made in Lanús (Nelly Fernández Tiscornia)

Se abre el telón sobre el patio de la casa del Negro y Yoly. En este patio estará la síntesis de la vida de los dos. El amor de una mujer ha...