sábado, 16 de mayo de 2026

LOS MURCIELAGOS DEL BRASIL (Libro completo - 2026)

 


 

 

 

 

                                                                                                                            

Para las tías

Hilda y Elsa que nunca me olvidaron

Rosa, a quien no conocí y tanto perdí

Perla, a quien conocí tan poco y tanto lamento

 

Todas son recuerdo, cristal más puro del afecto

 

 

 

 

 

 

                                                           

                                                                               “Se había unido con la desesperación,

                                                                                                 la más fiel de las esposas.”

                                                                                                                     “Vienen ellos,

                                                                                   con el aleteo de sus ropas negras.”

 

 

   VICENTE BLASCO IBAÑEZ

 

 

      

                                                                                                                                              

 

 

 

 

LOS HERMANOS QUE PELEAN SUELEN AMARSE

 

 

 

 

1

 

 

 

Habían estado esperando el barco que habitualmente hacía el recorrido de ida y vuelta de Buenos Aires hacia el norte, pero luego de una semana, una barca pesquera atracó en el muelle derruido. Sus dos tripulantes, un chico y un viejo, bajaron, y sin siquiera mirar a la pareja que aguardaba parada con las botas casi enterradas en el barro de la orilla, se miraron con una sonrisa de burla.

     - ¿Ustedes son los pasajeros del “Juan Manuel”? -preguntó el más viejo.

     Él se sorprendió un poco al escuchar su nombre. Tenía un brazo sobre los hombros de su mujer, que, como todas las mañanas desde que habían dejado la aldea, estaba sumida en una pesadumbre fría y hermética, puntillosamente revelada en cada uno de sus gestos lentos, estudiados y analizados casi por esos ojos claros de ascendencia escandinava.

    -Sí- respondió Manuel Menéndez Iribarne, presintiendo que aquella similitud entre el barco que debía llevarlos durante una parte del viaje de regreso a España y su propio nombre, a diferencia de lo esperado, no era de buen agüero.

     -Encalló hace quince días a muchos kilómetros río abajo. Lo están reparando. -El viejo se había quitado la gorra y comenzaba a sacarse la ropa mojada. Desnudo, se tiró al río, mientras el chico seguía descargando las redes repletas.

     La pareja se miró entre sí, en silencio. Desde que habían salido de la aldea, pocas palabras habían cruzado. Sentían, sin embargo, demasiado cerca aún la presencia de José: ella, como a una pared de hierro que le impedía ver y huir; él, como un dios aborigen que le estuviese amenazando continuamente. Pero éstas eran sensaciones que cada uno suponía en el otro, insinuaciones que sus ojos sugerían al saberse observados.

      Desde las seis de la mañana de cada uno de los últimos días, se paraban uno junto al otro, primero sin tocarse, luego ella se sujetaba al brazo de él, y después del tercer día, él pudo poner su brazo derecho sobre los hombros de ella, quien se lo permitió, temblando al principio, después ya más serena. Si estaban más unidos, no podía saberlo ninguno de los dos, ya que sólo se trataba de estremecimientos del cuerpo como manifestaciones del alma, y sentían que nada tenían que ver uno con el otro. Sus almas eran como dos figuras etruscas azotadas por carnavales mejicanos, acontecimientos desconcertantes y conflictos irresolubles, apoteosis terrenales de desesperación.    

     Y todos sus pensamientos se dirigían a un centro, precisamente el único sitio que necesitaban evitar. Por eso recurrieron al barco y al río, por eso la esperanza puesta en el mar todavía lejano, y la patria de Cádiz como un Paraíso recuperado.

     El centro era el cuerpo de ella, su vientre sereno y a la vez estremecido, porque todo lo que comía lo expulsaba otra vez por la boca. Insistía en quedarse hasta muy entrada la tarde allí parada, sometida a la brisa fría, a los posibles golpes de los pescadores que pasaban a su lado, mirándola con resquemor y enojo porque justamente estaba en el camino de muelle pequeño y semiderruido.

      Después de una semana, la noticia los desilusionó aún más de lo que ya estaban, pero por lo menos sabían ahora a qué atenerse con respecto al tiempo de espera.

     - ¿Y cuándo piensa que podrá pasar? -preguntó Manuel, acercándose a la orilla para que el viejo lo escuchase desde el agua. El otro se encogió de hombros, y saliendo un rato después para volverse a poner las ropas que ya se habían secado con rapidez al sol, le dijo:

     -No sé, patrón, qué le puedo decir. Nosotros pasamos ayer por el lugar donde encalló, y así me dijeron. Está arrimado a la orilla, levantado sobre palos, y le están reparando la quilla, uno o dos indios brutos. -El viejo se sonrió porque el chico había empezado a reírse a carcajadas al escucharlo. -Es que esos no saben nada, y el capitán debe estar en el pueblo, completamente borracho. - El chico lo empujó y le dijo algo al oído; el viejo ya no pudo dejar de reírse. -Usted sabe, señor…-y miró de reojo-…dicen que allá la chicha y las mujeres no son fáciles de dejar.

     Pero ya no les hicieron caso, peleándose entre ellos y llevándose todo el producto de su pesca en una carreta de la que tiraba un bayo enclenque y viejo. Al animal le costó mucho esfuerzo sacar las ruedas del barro en que se habían enterrado mientras cargaban. Ellos lo azotaban y lo palmeaban, lo insultaban y acariciaban, hasta que salieron a paso lento por sobre el camino que se escondía entre los árboles.

     Manuel y Altea se sentaron sobre un tronco caído. El estruendo de la corriente se había hecho más intenso luego del mediodía. Las aguas bajaban turbias, con restos de ramas y un color de barro. No era algo nuevo para ellos, desde su llegada varios años antes sabían que era temporada de tormentas y el caudal de los ríos que bajaban del Brasil era mucho más intenso. Las cataratas del Iguazú, según les contaran, aumentaban su fuerza y arrastraban árboles y hasta pequeñas aldeas enteras y puertos de sus costas. Habían visto muchos cadáveres de hombres y animales, también, luego de alguna inundación.

     -No hay más remedio que esperar- dijo él, en voz muy baja, como si le hablara al río, pero sabía que ella tenía un oído muy sensible. Tantas veces, antes, habría querido desatar su propio enojo en tímidas murmuraciones, pero se abstenía de hacerlo para que ella no oyese. Siempre lo irritaba su propia timidez, esa especie de cobardía que era más una íntima represión aprehendida, o quizá heredada. Esa vergüenza que lo enorgullecía porque hacía a su distinción, construyendo ladrillo a ladrillo esa torre de marfil en la que gustaba asilarse.

      - ¿No podrías averiguar si alguien nos alquila un bote, no sé, o llevarnos hasta donde sea? Ya no aguanto más este lugar - dijo ella.

     No era ni siquiera un pueblito, sino un paraje donde los pescadores anclaban para dejar su carga en viaje a otras costas y volver algunos días después a recogerla. Era raro que gente que no fuera indígena viviera cerca. Una pareja cuidaba el muelle, y vivían en una casilla. De día la compartían a veces, pero preferían esperar el barco en la orilla, porque no soportaban la presencia del hombre y la mujer gastados por la selva y el río. Él caminaba rengueando por una vieja fractura en una pierna, se había caído de un árbol intentando cazar un mono, según dijo, pero la mujer se había reído al mismo tiempo que mostraba con orgullo la ausencia de su mano derecha: se la había tenido que amputar por una mordedura de yarará. Les contaron todo esto justamente esa misma noche, cuando creyeron presentir el mayor desasosiego en sus huéspedes españoles. Les habían dicho que también ellos eran de la península, pero ambas parejas se aborrecían.

      La casilla estaba a oscuras. Cinco años antes el gobierno de la provincia les había reclamado el pago para instalar la electricidad, y ellos pagaron con el producto de varios meses de pesca.

     -Cuando llegó el barco con los postes, hubo una tormenta en Corrientes. La torrentada arrastró todo, y esto quedó así, como lo ven. Ni siquiera llegamos a tener más que dos casas. Esta es la única que queda. - La voz del hombre era lenta, pero había algo de jocosidad en el tono. La mujer en cambio miraba con odio a Altea, sumergiéndose en una especie de envidia por el vestido oscuro que Altea llevaba, que sin embargo era simple y adaptado a su trabajo de maestra, de cultivadora en los terrenos junto a la escuela, de carretera de provisiones desde el pueblo o de enfermera de primeros auxilios. Altea había sido todo eso, incluso una esposa, que, aunque no pudiese jactarse de apasionada o cariñosa, era exactamente el espejo de su esposo, por lo menos en cuanto a reacciones. A la introversión de Manuel correspondía la frialdad de ella. Uno no buscaba en el otro lo que ese otro no podía ofrecerle. Por eso se amaban, quizá, como un conocimiento intelectual que había devenido en una especie de amor, que nunca, sin embargo, habrían podido clasificar.

      Y en la misma noche en que les dijeron de la avería del “Juan Manuel”, el otro Manuel, el de ese islote en tierra firme, o en tierra barrosa y resbaladiza empujada por la maraña de árboles de la selva, dijo en voz alta y clara, reconociéndose en su voz un orgullo apócrifo:

     -Mi señora está encinta.

     La pareja de cuidadores levantó la vista, cada uno extrañado. Al principio no habían entendido, ellos no usaban esa palabra, pero la habían oído.

     -Ah - dijo él, mirando a su mujer con una sonrisa de burla. - Está preñada. Esta no entiende, perdonen los señores, es analfabeta.

      La mujer se levantó, agarró una sartén y le pegó al hombre en la cabeza. Todo fue sin intención, como un juego de niños que repetían muchas veces. Él se reía mientras intentaba defenderse. Ella lo perseguía por el estrecho espacio de la casilla, hasta que lo hizo caer al suelo, sin que él dejara de reírse. Mientras, lo insultaba en guaraní y español, mezclando términos portugueses, ambos estaban borrachos. Altea y Manuel se miraron, resignados a salir de allí y pasar la noche a la intemperie. Se sentaron sobre la tierra, con las espaldas apoyadas en un tronco caído. Ya tarde en la noche, se podían escuchar los gemidos de los cuidadores al hacer el amor, salpicados de golpes e insultos. Luego, casi a las dos o tres de la madrugada, se hizo el silencio absoluto desde la casilla. Sólo se escuchaba el rumor del río y el llamado de los búhos, constante, lúgubre y terso como un terciopelo oscuro que pudiese tocarse en el aire.

      Manuel y Altea se durmieron cuando casi había amanecido, ella con su cabeza apoyada en un hombro de su esposo, él cerrando los ojos cuando olió en el vestido de su mujer el aroma del sudor y del cansancio, el perfume de la vida y de la muerte, tangible e inconfundible, brotando de ella como una fruta repleta de acre humedad.

 

 

*

 

 

Al día siguiente, despertaron tarde. Como estaban de espaldas al muelle, el poco movimiento de esa mañana no había logrado despertarlos. Dos barcazas, algunos gritos, ladridos de perros que bajaban a la playa y volvían a subir antes de volver a zarpar la barca de pesca. Un perro olisqueaba los pies de Manuel cuando éste despertó, era alto y flaco, casi pelado y lleno de cicatrices. El perro, al verlo despertarse, levantó su hocico largo, lo miró con resquemor, y luego se acercó un poco más.

    - ¡Fuera! - dijo Manuel. El perro gruñó, mostró los dientes, pero se agazapó como en un juego. Él conocía esas actitudes. Allá en Cádiz la familia Menéndez Iribarne tenía extensos campos que arrendaban, y otros que reservaban para su uso particular. Bosques de caza, campos de cría de ganado lanudo, de caballos o de aves de corral. Las lanas que vendían eran de la mejor calidad, lo mismo que los faisanes, se decía en toda la provincia. Manuel se había dedicado a la crianza de perros de caza, y éste que ahora tenía enfrente era de esa clase. Una cruza, sin duda, pero que aún conservaba distinción en su postura, y sobre todo en su actitud: una amenaza velada y una defensa austera. Esa mezcla extraña, no podía concebirse más que en un animal de caza, inteligente, educado, en un equilibrio que un hombre jamás podría llegar a conseguir. Un hombre se dejaría dominar por el sentimiento o por la razón, sin saber encontrar el justo término. Un perro no se equivoca. Puede ser cruel, si su dueño es cruel.

     Un hombre llamaba al animal desde el río. No entendió el nombre, era en guaraní, tal vez. El perro prestó atención, todo su cuerpo tenso, con la cabeza dirigida hacia el llamado, pero, para asombro de Manuel, el perro no corrió. Entonces Altea despertó, y vio al animal mirándola, y luego sentarse entre ambos, sin abrir la boca ni mover la cola. Se quedó quieto como una estatua.  Altea se irguió un poco, tenía el cuerpo dolorido, pero con su cara pétrea de hielo escandinavo, sin enojo ni ira, incorporando toda la bondad que puede expresar un rostro incólume, acercó una mano hacia el perro y le acarició la cabeza.

      El animal era alto, de patas largas, y aún sentado era más alto que ellos, todavía casi acostados junto al tronco. Era como un dios que se les hubiera acercado para que lo adoraran sus fieles, pero tan sumiso como un servidor, porque al fin de cuentas, se dijo Manuel, así precisamente él había aprendido era el dios de los cristianos. Cuántas veces había reñido con su hermano José por esta causa. La familia Menéndez Iribarne tenía una ancestral historia en la práctica del catolicismo. Sitiales propios en varias catedrales de España, bancos y reclinatorios que llevaban su nombre como antiguas donaciones. Los conventos de Cádiz ofrecían una misa anual en honor de la benemérita familia, que cada año otorgaba amplios caudales de su fortuna a fines benéficos. El escudo heráldico contenía una hostia, entro otros símbolos, en señal de que cada generación había entregado a alguno de sus miembros a la Iglesia.

       Pero ya no quedaban muchos, sólo los dos hermanos, José y Manuel Menéndez Iribarne. Se habló mucho de eso en la familia, durante los años de su niñez y adolescencia. Se habló, también, de la vocación eclesiástica de Manuel, a quien se veía siempre apocado, pensativo, como si una armonía ingénita lo destinase al claustro. José, sin embargo, era violento, iracundo, apasionado. A Manuel no le gustaba salir de la casa, y José raramente volvía por las noches cuando se iba con amigos y mujeres.

      Cuando fueron ya casi adultos, José eligió la carrera de marino mercante, y entonces se habló únicamente de Manuel como un seguro candidato a la Iglesia. Pero los padres estaban preocupados por la fortuna de la familia. José rehuía al casamiento, y si tenía hijos los habría tenido en cualquier lugar y de cualquier mujer desconocida, no podía confiarse en él a ese respecto. Entonces le preguntaron a Manuel cuál era su vocación, porque él nunca había aceptado o negado que le gustara dedicar su vida a Dios.

      “Quiero casarme”, respondió, y tanto su madre como su padre lo miraron asombrados. Tenía dieciocho años y se había enamorado. Le preguntaron de quién. Él dijo que de la hija de una familia danesa. Los padres se sintieron incómodos. Habían llegado a una situación en que el futuro de la herencia tal vez caería en manos de la Iglesia, lo cual habían tratado de evitar con esa especie de pago generacional. Ahora sería despilfarrada por José, o entregada al extranjero por Manuel. El padre, Agustín Menéndez, acusó a su hijo de desconsiderado y de infantil. Todavía era un niño, y virgen seguramente, y venía a poner condiciones a sus padres con una total desvergüenza. No estaba ahí José, porque había partido hacía seis meses con la marina española para una larga circunvalación al África, así que Manuel recibió todos los reproches con una extraña resignación para su edad. La madre intentó calmar a su marido, pero éste caminó de pared a pared de la sala comedor donde los tres se habían sentado a hablar.

     Una sirvienta de vez en cuando se asomaba por puerta que llevaba a la cocina, y luego cerraba al escuchar los gritos del viejo Agustín. Si fuera una mujer de Cádiz, dijo el padre, en un nuevo argumento por convencerse de que su hijo Manuel era un estúpido tan terco y cerrado como una piedra. Pero no era estupidez, eso lo sabía bien, era una extraña especie de madurez de nacimiento. Su hijo ya había nacido viejo, y miraba todo con una absoluta sensación de tranquilidad.

      Manuel veía cómo el padre lo contemplaba con furia, y su madre ni siquiera lo miraba porque no lo entendía. Sólo había tenido amor para José, y en él se había agotado.

      “Se llama Altea, y se acaba de recibir de maestra. Nos casaremos e iremos a América. Tal vez enseñemos a los indígenas, yo también daré clases de catequesis y viviremos del comercio de la zona del litoral.”

       El viejo se largó a reír y tuvo que sentarse. Siguió riéndose mientras su hijo lo miraba desde el otro lado de la mesa. Un antiguo jarrón ya se había caído al suelo al comienzo de la discusión, así que nada estorbaba entre uno y otro.

     “Sueños”, dijo el viejo, como una triste palabra. Miró a su mujer, que estaba sentada a un costado, silenciosa, casi como si fuese un florero de adorno. “Un hijo nos salió un tiro al aire, y el otro un soñador de nubes.”

     Esa fue la última conversación que Manuel recordaba con su padre. La vida en la casa siguió como siempre, hasta que se enteró que Agustín Menéndez había empezado a vender sus campos y propiedades. Los abogados salían y entraban de la casa, hubo discusiones en el estudio del viejo, hasta el médico de la familia vino varias veces a atender a su madre. Los hermanos tenían de quien heredar su terquedad. El viejo Agustín no daría marcha atrás: vendería todo en vida antes que morirse sabiendo que su fortuna le sería robada a sus hijos por estupidez ingénita. Que por lo menos quedara en pie el prestigio, la gloria de la familia y su intachable historia. Y que, como un final digno de tal alcurnia, la disolución de la aristocrática familia quedase en un misterio del que todos hablaran con respeto, porque al fin de cuentas, eso es lo único que importa en cualquier epitafio.

 

 

*

 

 

El pesquero se había ido, el perro se había quedado. Manuel se levantó y ayudó a Altea. Ella se sacudió el barro seco de la falda y fue hasta el río para lavarse la cara. El perro la observaba, y Manuel entonces preguntó:

     - ¿Cómo lo llamaremos?

     -Eso te lo dejo a ti, el que adopta criaturas ajenas- contestó ella, ya lúcida, caminando con desgano sobre la leve inclinación de la playa. Luego se detuvo, y una mirada de espanto, que él prácticamente nunca había visto en ella, porque pocas veces surgió tan expresa y clara en su cara, se formó bajo la luz clara de la mañana, hermética y desangelada, caótica luz que trata de ordenarse luego de ser procreada por la oscuridad. Esa cara no era tanto por lo que había dicho, sino por lo que sentía tras esas palabras, y como ya no era necesario callarse, dijo, acentuando y pronunciando las palabras muy quedamente, casi a manera de exorcizarlas:

     -Ojalá se muriera.

     Se acuclilló, abriendo las piernas, la falda formándole un puente de tela entre ellas. El perro se acercó y apoyó la cabeza ahí. Altea lloraba en silencio, y lo acarició.

      Manuel puso una mano sobre la cabeza de Altea, sobre sus cabellos extremadamente claros, atados en un rodete desprolijo en la nuca. Después, se pusieron en camino a la casilla. Suponían que los otros seguían durmiendo, pero la puerta estaba abierta, los pocos muebles volteados, y el piso de tierra con manchas oscuras. Pensaron que era el vino volcado, hasta que encontraron el cuerpo del hombre bajo la tabla de la mesa. Manuel la empujó y se agachó, el hombre tenía la cabeza aplastada, y se veían fragmentos del cerebro brotando igual que esporas entre las astillas del cráneo. Altea se tapó la boca, Manuel cubrió el cuerpo con una sábana sucia. A un costado, encontró la sartén de hierro, llena de sangre seca.

        Volvieron a salir, buscando alrededor, pero la mujer seguramente había huido con alguno de los pescadores que habían pasado esa mañana.

      -Dejaron un perro y se llevaron a una mujer - dijo ella, rehecha luego de su amargura, transformada ésta en un sarcasmo salvador. Manuel sonrió.

     -Creo que salimos gananciosos. Creo que deberíamos enterrarlo primero, es lo más cristiano que se me ocurre.

     Altea asintió. Manuel envolvió el cuerpo con la sábana, y entre ambos lo arrastraron hacia afuera. La playa estaba desierta, era más del mediodía y ya no se acercaría ninguna barca hasta entrada la tarde. Buscaron con la vista un lugar adecuado para enterrarlo, y decidieron que entre los árboles era lo más adecuado. No sabían qué pasaría con las autoridades si alguien llegaba a encontrar el cuerpo, y de todos modos ellos no ocultarían la verdad. Manuel volvió a la casilla en busca de una pala.  Altea lo esperara entre los altos árboles, a pocos metros de la entrada. El lugar era fresco, el terreno leguminoso y resbaladizo, salvo en los sitios donde las enredaderas formaban una alfombra en que se tropezaban. Él le dijo a su mujer que era mejor que no continuara, por las serpientes, pero sabía que ella no le haría caso, de alguna manera estaba esperando alguna señal de la providencia que se tradujera en fatalidad.  Altea no era muy creyente, y la única seguridad que tenía era en fuerzas inciertas, que él presentía más terribles que el ya terrible Dios de los católicos.

     Los rayos del sol penetraban oblicuos entre las ramas, algunos troncos hablaban de cien o doscientos años de vida. La luz la iluminaba mientras ella caminaba tras el cuerpo que él arrastraba. La sábana seguía empapándose de sangre, y era cada vez más pesada la carga. A veces se enganchaba en las raíces sobresalientes, otras en las enredaderas. Unos pájaros chillaron ante los intrusos. Cruzaron un sendero por donde el viejo y el chico habían desaparecido con la carreta, el caballo enclenque y su carga de pescados.

     Manuel dio un bufido de cansancio y se irguió, frotándose la cintura.

     -Este tampoco es sitio adecuado.

     - ¿Por qué? - preguntó ella. - ¿Acaso nos estamos escondiendo?

     -No, pero en vistas de la situación, nos considerarían sospechosos, y el regreso a la patria se nos hará casi imposible durante un tiempo.

     Ella emitió un resoplido de hastío.

    -Esa es la enseñanza que les han inculcado a ustedes, siempre la sospecha y la sensación de culpa aun cuando nadie los acusa. - Altea tenía las manos unidas delante de la cintura, moviéndolas, restregándolas entre sí. -Quedémonos acá, justo junto al camino. Seguramente conduce a algún pueblito y alguien lo verá. Sospecharán de la mujer, con seguridad, tal vez la busquen, tal vez no. Nosotros haremos la denuncia a la primera autoridad que hallemos.

      Manuel agarró la pala y empezó a cavar, ya cansado, no era un hombre fuerte. Delgados, sus brazos y piernas tenían músculos proporcionados a su estatura media. Eso era lo que la había atraído de su cuerpo, esa belleza extraña en un hombre, el vello castaño del torso, la piel trigueña. Ella lo miraba como si quisiera ayudarlo, y preguntó cómo podía hacerlo. No esperó la negativa, buscó ramas y palmas, y con ambas empezó a apartar la tierra que él socavaba. El perro no los había seguido a la casilla, parecía tener miedo a cercarse, seguramente lo habían echado a golpes o patadas en sus anteriores visitas. Pero de pronto lo vieron aparecer, y comenzó a rasquetear la tierra al borde de la fosa que lentamente se iba formando. Ellos se miraron, y no pudieron evitar reírse a pesar del resentimiento y el rencor, a pesar de la ira y la pesadumbre que construían la fatalidad de sus vidas desde hacía largo tiempo.

     Cuando la fosa fue tan honda como la altura de Manuel, él salió y entre ambos arrastraron el cuerpo. El perro olía la tela de la sábana, excitado, le ladraba y la mordía. Sin duda, recordaba. Ya al borde, dejaron caer el cadáver envuelto. Devolvieron la tierra, y mientras él apelmazaba la superficie y la cubría de ramas y hojas secas, ella se dedicó a armar una cruz. Se la entregó y él la contempló con orgullo. Estaba formada con dos ramas rectas, afirmados sus ángulos con otras más finas, y bordeadas ellas no con flores, sino con tallos de enredadera. Recordaba, en cierto modo, las cruces de la iglesia ortodoxa. Miró a su esposa a los ojos, ella se escudó en un enfurruñamiento avieso.

     - ¿No te parece adecuada? - preguntó.

     Se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla. ¿Cuánto tiempo no lo hacía? ¿Cuánto que la ternura se había escabullido con vergüenza frente a los aleteos de la angustia? Ella se dio vuelta.

     -Voy a buscar tu devocionario.

     Manuel clavó la cruz en el suelo, la afirmó con piedras, y se quedó parado aguardando a Altea. Los pájaros habían hecho silencio, finalmente, sólo se escuchaba el rumor del viento entre las hojas. El perro había quedado indeciso durante un rato, entre seguirla a ella y quedarse con él. Finalmente se sentó a su lado, ya más tranquilo, hasta que acostó con el hocico entre la patas, echando una mirada a la tumba y a Manuel, cuando vio que él se había acuclillado, pronunciado frases que sonaban a sus oídos como arrullo de río tranquilo.

      Ella regresó y le entregó el devocionario, un libro de tapas de cuero blando, de bordes extremadamente gastados, con hojas cuyo canto dorado estaba bañado seguramente en oro. En la primera página, estaba la firma de cada uno de los miembros de la familia que habían entrado al claustro. Ella se lo dio con cuidado, porque así lo había traído, protegido por sus manos austeras y blancas, como garras de pájaros acostumbrados a la nieve. Él, sin embargo, lo recibió como un papel de escritorio al que tocaba todos los días, familiar, con el aroma de lo cotidiano y del calor de las manos que ya había penetrado en las tapas y en cada una de las hojas. Lo abrió, buscó con sapiencia, marcó el sitio adecuado con la cinta de cuero que no era la original, sino una de muchas que habían sido cosidas por alguna costurera devota de Cádiz. Comenzó a leer el oficio de difuntos, incómodo por tener que realizar una selección a la que no se creía apto, incómodo también porque la imagen que tenía en mente al leer no era la del cuerpo enterrado. Altea lo veía nervioso, quiso preguntar, pero de pronto él cerró el libro bruscamente, y comenzó a recitar de memoria, en voz alta, no ya como una plegaria, sino un reclamo.

     -Miseremini mei, miseremini mei, saltem uos, amici mei, quia manus Domini tetigit me. Quare persequimini me sicut Deus, et carnibus meis saturamini?

      A Manuel se le había acongojado la voz, y Altea vio lo que no había visto en muchos años de casada: la manera en que su esposo podía convertirse en otro hombre con solamente dejar expresar su angustia, y quizá para ello fuese necesario todo lo que había pasado. Lástima que todo aquello era irremediable, incluso lo que ella llevaba en su vientre. Un hijo de otro hombre, que además era el hermano del hombre que no había dejado de amar. Una violación que no podía ser expiada más que en el dolor de la propia víctima, un hijo del que no podría deshacerse nunca, porque allí estaba Dios, entre esos árboles, escuchando las palabras de Manuel, contemplando seguramente el alma que ascendía. Se preguntó cuánto coraje debió tener la mujer que lo mató. La había aborrecido, pero ahora se sentía subyugada por la figura de esa mujer que había golpeado una y otra vez con esa estúpida sartén a su hombre.

      Era Manuel lo que la intrigaba, el impulso contenido que creaba monstruos cada vez más grotescos en su alma. Si eso que llevaba dentro se muriera, se dijo cientos de veces desde que había pasado aquello. Si sólo se muriera, si dejara ella de alimentarse, si se golpeara lo suficientemente fuerte, si consumiera lo que tantas veces escuchó en la boca de las mujeres indígenas durante los últimos años. Sabía qué debía tomar, cuál mezcla de especias, cómo prepararlas hasta formar la dosis adecuada. Pero no lo haría porque allí estaba el rostro de Manuel, el hombre que no se separaría de ella, que no dejaría de amarla, y que incluso haría que el hijo de otro fuese para siempre su propio hijo. Si eso no era a causa de un Dios, qué otra entidad podría hacerlo. En las misas de la Catedral de Cádiz había escuchado que Dios era bondad y no terror. Pocas veces lo había entendido, y recién ahora lo comprendía. Pero la bondad en manos de los otros también era filosa como un cuchillo. El amor de los otros era cruel, y la misericordia un regalo apropiado para ser aborrecido.

      Vio cómo temblaban las manos de Manuel, apretando el devocionario con fuerza, entonces ella se acercó, le abrió los dedos rígidos, tan fuertemente asidos como nunca la habían sujetado a ella. Pensaba en su hermano, probablemente, mirando la tumba. Entonces él repitió la letanía, mientras el viento se hacía más fuerte, y el perro comenzó a gemir con desconsuelo. Altea tuvo miedo, su pecho se estremeció, y una aguda punzada le apretó el vientre. Y el temor se tornó en espanto: lo que había deseado tal vez se concretara. En su interior gritó “¡No!”, pero no sabía bien a qué: a la culpa o a la pérdida. ¿Y qué era la pérdida, sino también temor a la culpa?

     Manuel escondió su cara sobre el pecho de Altea, y sintió la cruz que le había regalado Cahrué, que ella llevaba de una cadena sobre el pecho, bajo el encaje del cuello del vestido. Por primera vez, la cruz no lo consoló, sino que irritó sus nervios hasta el punto de provocar la expansión final de su llanto. Pero pronto aquel gemido que había comenzado tan tardíamente fue ocultado por otro sonido que llegaba del río: la bocina de un vapor que se acercaba al muelle. Ambos vieron la larga sombra de humo en el cielo, que sólo podían vislumbrar entre los árboles. El perro salió corriendo hacia la playa, y ellos comenzaron a correr como pudieron, ella tropezando con su falda, él con su cansancio a cuestas. Cuando salieron de los primeros árboles a la luz intensa de la tarde, vieron el barco grande y viejo avanzando lentamente por el centro del río, rodeado del humo que una única chimenea expulsaba en densos nubarrones y con el estruendo de una maquinaria que parecía estar agonizando. En el costado del casco estaba escrito el nombre, y ellos se quedaron contemplando a ese monstruo híbrido que sea acercaba. En el costado del casco, con letras sucias y despintadas, estaba escrito el nombre. Había llegado, finalmente, el “Juan Manuel de Rosas”.

 

 

*

 

 

Cuando se dieron cuenta de que el barco llegaba desde el sur, proa al norte, sintieron que la desilusión podía ser un sentimiento más iracundo que las más grandes pasiones, incluso más que el que quizá había provocado el asesinato del hombre que acababan de enterrar. El barco era enorme aun para el ancho del río en esa zona, en el que habían visto girar muchas barcazas. Pero para un barco de tal calado, sería imposible, y se preguntaron cuánto más deberían aguardar para que regresara de vuelta al sur y a Buenos Aires. Quién sabía hasta dónde viajaría primero.

      Era un barco apropiado para viajes oceánicos, y estaba adaptado con máquinas de vapor o caldera. El humo que salía de la única chimenea era muy negro, y a medida que el estruendo de las máquinas se iba apagando, iba tomando un tono grisáceo. Un intenso olor a resina y kerosene había inundado el aire, y desde la borda comenzaron a asomarse varios hombres que agitaban los brazos en señal de saludo. Oyeron gritos y llamados, a la vez que les hacían señas que no entendían. Manuel dijo:

     -Creo que no pueden acercarse más.

     Luego alguien con gorra de oficial se acercó a la borda e hizo eco con las manos, gritando:

    - ¡¿Hay pasajeros?!

    - ¡Sí, pero en viaje a Buenos Aires! - contestó Manuel, y sintió que Altea se sujetaba a él con desesperación: - ¡Necesitamos provisiones, no se vayan!

     Vieron a los tripulantes hablar entre sí. El oficial gritó:

    - ¡Bajaremos un bote! ¡Quédese en el muelle para sujetar las cuerdas!

    Manuel asintió con la cabeza, y le dijo a Altea:

    -Será mejor que arregles un poco la casilla…

    - ¿Por qué? ¿Vamos a ocultarles lo que pasó?

    -No es mi intención, pero no sabemos quiénes son…

    Altea lo observó un instante con extrañeza, y un brillo muy leve surgió en su mirada. Se apartó de él y llamó al perro para que la acompañara.

     -Max- la escuchó decir.

     Ella ya lo había bautizado, se dijo Manuel, después preguntaría la razón del nombre.

     Los hombres habían bajado el bote a un costado del casco, de madera despintada y cubierta de moho. Era ya más de las cinco de la tarde, y el frío acrecía con la bajada del sol, que se estaba ocultando tras los árboles. La sombra ya había cubierto todo el ancho del cauce. Los pájaros de los alrededores se habían despertado ante el bullicio de las maquinarias y los gritos de los hombres. Parecían competir todos entre sí, y era como algo nuevo luego de la rutinaria quietud de todos aquellos días.

     El oficial había bajado también, y a mitad de camino se levantó para gritar hacia el barco que detuvieran definitivamente las máquinas y anclaran. El bote finalmente llegó al muelle, y un marinero le arrojó la cuerda a Manuel, que intentó atarla a un poste. Alguien le dijo que no era esa la forma, y cuando miró hacia el bote ya otros dos marineros discutían entre sí y se quejaban de su torpeza. El oficial, que sin duda debía ser el capitán, intervino, viendo que Manuel no era un hombre fuerte ni sabía de esas cosas. Se levantó y saltó al muelle luego que sus hombres afirmaron el lazo. Se acercó a Manuel con la mano extendida y una sonrisa que se notaba no tanto en sus labios, sino en los movimientos de los músculos de la cara bajo la barba oscura y tupida.

     -Soy el capitán Mendoza, para servirle señor…

     -Manuel Menéndez Iribarne.

     Se estrecharon las manos, sin soltarse durante el tiempo que duró la mirada que cada uno puso en el otro. En los ojos del capitán había una ingenua dulzura, de la misma clase que Manuel había visto convertirse en cruel acrimonia muchas veces antes, porque para el tipo de personalidad que adivinaba en el capitán, era necesario mucho temple para no convertir la tragedia en una amarga angustia. No sabía por qué pensó en todo esto al contacto de sus manos, que, con entrañable ansiedad, había sumado una a la otra al estrechar la suya.

      -Es un gran gusto, señor Iribarne, encontrar gente como usted, ya he notado su acento de la madre patria. Mi abuelo llegó a estos lugares hace más de cien años….

     - ¿Será, tal vez, descendiente de don Pedro…?

     -Abismal descendiente, así es…- afirmó, sonriendo, el capitán. -Pero ya lejos de las glorias de los antepasados. Ya me ve…- y señaló el barco y su tripulación, los dos hombres que descargaban las cajas con provisiones.

      -Capitán, me gustaría que tuviéramos tiempo para hablar, pero imagínese, mi esposa y yo estamos atrapados en este paraje hace muchos días, esperando el barco que nos lleve a Buenos Aires y de allí a España. Estamos desolados y confundidos, y luego le contaré los que nos ha pasado en las últimas horas.

      Las cajas se iban apilando y el muelle parecía empezar a sufrir el peso. Los marineros preguntaron si debían llevarlas a alguna otra parte.

     -Sí, por favor, a aquella casilla que está allá. - Señaló hacia la luz que Altea había encendido. - Es de los cuidadores, pero ambos desaparecieron anoche, ya le contaré esa tragedia. Usted pasará la noche con nosotros, pero no podremos ofrecerle mucha comodidad, todo esto es muy precario.

      El capitán lanzó una carcajada.

      -Señor Iribarne, acaso usted nos cree una tripulación de primera categoría, pero no lo engañe el tamaño del barco. Somos hombres de río, y el barco que usted ve es una reliquia de los tiempos de Rosas. Es una nave que formó parte del bloqueo francés, aunque ya tenía sus años porque la construyeron en la época napoleónica. Todavía puede leerse el nombre original bajo la pintura, se llamaba “La conquéte”. Dicen que Rosas se la apropió al levantarse el bloqueo, aunque oficialmente se la obsequiaron los franceses. Después estuvo arrumbada en Buenos Aires. Hace dos años la compré ya muy averiada, sin la aprobación de mi familia, claro, pero era una oportunidad única. La adapté para maquinaria a vapor, creí que el gasto lo compensaría con las ganancias debidas a la mayor rapidez, pero solamente he obtenido retrasos y más gastos.

     Mientras caminaban hacia la casilla Manuel quiso saber más.

    - ¿Pero no es difícil navegar por el río con tal calado?

    -También hicimos arreglos en la quilla, por supuesto, pero de todos modos debemos tener mucho cuidado, sobre todo en las épocas de pocas lluvias. Sin embargo, por el tamaño y la fuerza es el único que puede subir hasta la zona norte, incluso adentrarse en el Paraguay y el Brasil. Hacía allí vamos, o íbamos, hasta que nos ocurrieron varios percances. Uno es el que usted ya conoce, la avería que nos detuvo más de dos semanas, otro, un problema de familia. Pero ya conversaremos también de eso.

     Manuel se angustió más por Altea que por sí mismo. La llegada de aquel hombre con quien hablar y la excitación que le provocaban todas aquellas noticias luego del aislamiento obligado parecían haber renovado su espíritu. Lo que harían ellos dos era incierto, pero la idea de que debían quedarse allí por mucho tiempo ya no le resultaba tan insoportable.

      Llegaron a la casilla, apenas iluminada por dos lámparas de kerosene. Manuel presentó a Altea y al capitán. Ella se había cambiado el vestido y se había lavado la cara y arreglado el cabello, pero él se daba cuenta de que intentaba mantenerse en la sombra para que el capitán no viese su cara demacrada. El capitán era ameno y condescendiente con la informalidad.

    -No se preocupe, mi estimada señora, le hemos traído comida y kerosene.

    Los hombres habían apilado las cajas en un rincón, mientras Max olisqueaba cada una, excitado y temeroso. Habían notado las manchas de sangre, pero las cubrieron con las cajas. Uno de ellos se acercó al capitán y le habló en voz baja. Manuel se turbó como un delincuente.

     -Capitán Mendoza, le explicaré lo que nos ha pasado.

     Las sillas estaban rotas, así que los tres se sentaron en las cajas. Los hombres regresaron al barco en busca de otras cosas. La luz de las lámparas se agotaba rápidamente, y Altea se levantó para renovarlas, pero Mendoza se negó a que ella se molestara. La veía cansada, él lo haría por ellos.

    -Saben, mi mujer y mi hijo están en el barco. Ella es muy pulcra, muy rígida, y prefiere quedarse allá, pero yo pasaré la noche con ustedes si no les molesta. Tenemos mucho de qué hablar, sobre todo de lo que harán. Yo no puedo dar vuelta atrás, no ya por razones técnicas, sino por contrato. El barco es de mi propiedad, pero vivo de las mercaderías y de los pasajeros que transporto.

     Manuel y Altea se miraron en la oscuridad que de pronto desapareció cuando la luz renovada alumbró casi todo el estrecho espacio. Mendoza sorprendió esa mirada que más que triste era de ira retenida. Se preguntó qué habría pasado entre marido y mujer si él no hubiese llegado. Se preguntó de quién era la sangre en el piso.

     Entonces Manuel comenzó a contarle la historia de la noche anterior, lo que había sucedido entre los cuidadores, o más bien lo que suponía. En la mañana lo llevarían a ver la tumba del hombre. Mendoza escuchó con atención, leyendo en la voz de Manuel una especie de disculpa permanente, una insinuación de responsabilidad en el tono. En cambio, en la mirada de ella leyó altivez, desafío, y le hizo recordar a Natacha, su mujer. No había hecho bien en dejar que ella y el chico lo acompañaran en ese viaje al Brasil. Ariel aprendería lo que era el río, ya tenía quince años, pero la sobreprotección de su madre se hacía cada vez más difícil de contrarrestar. Ella se había obstinado en que no dejaría que Ariel siguiera la misma profesión del padre, pero los Mendoza no habían sido nunca otra cosa que hombres de la armada. Y cuando Ariel, levantando la cabeza por primera vez mientras comían, un mes antes, desafiando a su madre con la mirada, había dicho que sería también un marinero, ella había comenzado lo que llamaba su Via Crucis. Todo el catecismo católico surgió de ella como un escudo y un arsenal.

      El perro se había acostado junto a los pies del capitán mientras Manuel hablaba, y lentamente se había erguido para apoyar la cabeza en una de las piernas. Mendoza lo acariciaba mientras Max se iba durmiendo y deslizándose con el discurso y la voz de su nuevo dueño. La voz de Manuel era monótona pero dulce, para escucharla realmente había que prestarle mucha atención. Y eso es lo que hacía Mendoza, sin quitar su mirada del rostro de quien le hablaba medio oculto en las sombras, porque las lámparas se iban agotando con rapidez.

      Manuel se calló, y su silencio fue como una interrupción, aunque ya había terminado su relato. Simplemente fue el silencio completo luego de que las tonalidades tersas de su voz hubiesen moldeado el aire de la casilla, llenándola de un murmullo acorde a la extenuación de las lámparas. El perro era el único que se había dejado llevar por los senderos del sueño, pero hasta Mendoza y Altea sintieron un quiebre repentino al hacerse el silencio. Ella supo, por un instante, cuán sola estaría sin la voz, aparentemente siempre invisible de Manuel.

     -No se preocupe, Iribarne, cuando encontremos a las primeras autoridades, daré el parte de lo ocurrido. Mañana iremos a ver el cuerpo, sólo para que yo pueda dejar constancia escrita de que lo he visto personalmente. ¿No saben cómo se llamaban ellos?

     No, nunca habían preguntado. Se sintieron avergonzados de esa especie de desidia, pero la única excusa que podían dar era que su ansiedad por dejar el país lo más pronto posible los había hecho creer que no estarían en ese paraje por más de unas horas.

    - ¿Y por qué acá, en este lugar tan aislado?

     -Nuestra aldea, en donde estuvimos enseñando por más de tres años, está tierra adentro, cerca de un sitio que llaman Toba. De ahí nos llevaron en carreta hacia un curso paralelo del Paraná, lo cruzamos, seguimos más trecho caminando y en carreta, hasta este paraje, donde nos dijeron que pasaba un barco hacia Buenos Aires. Como ve, capitán, estamos hechos a esta vida, pero decidimos irnos…

    - Ya veo, este no es sitio para criar un hijo, lo comprendo.

     Altea se sobresaltó y no pudo evitar un grito agudo que tapó con la mano.

    -Disculpe que le pregunte, capitán Mendoza, pero cómo supo que mi señora está…

    -Vamos, Iribarne, no hay que ser tan remilgados en esta situación. Tengo esposa y un hijo de quince años, me doy cuenta de las cosas…-Y sonrió, acariciando la cabeza del perro. - Como este amigo mío, a quien reencuentro luego de mucho tiempo, y en mejores manos que las anteriores.

     - ¿Cómo...? Sólo sabemos que se escapó de unos pescadores.

     -Lo imagino, porque lo molían a palos. Son unos pescadores de Coronda, ladrones todos, viven en la miseria y crían a sus familias en la mugre. Hacen de todo, pescan, a veces cultivan en terrenos tomados. A este animal se lo robaron a unos parientes de Paraná, ellos los han criado desde que mis tíos abuelos, los Hurtado de Mendoza trajeron a la primera hembra preñada desde España. -Perdón, señora, por la palabra…

      Se rio, levantándose a reponer el kerosene. Mendoza se acercó a Altea y la tomó de las manos. Ella sonreía mientras miraba al perro.

    -Esa sonrisa es la que extraño en mi mujer, tal vez conocerla a usted le haga bien- dijo Mendoza.

    -Ojalá así fuera -contestó Altea - pero lo dudo mucho. Yo estoy muy angustiada, aunque su presencia me ha aliviado de mucho pesar. Por lo menos por esta noche, mañana quién sabe lo que nos espera. Estoy agotada, completamente.

     Manuel se apresuró entonces a reparar un poco la cama desvencijada y Mendoza lo ayudó. En diez minutos ya habían terminado de clavar las maderas. Altea arrojó afuera las sábanas sucias y sacó unas de su baúl. Los hombres la dejaron sola en la casilla y salieron a fumar. Ya no sabían, o no había qué decirse, sus mentes vagaban, uno en los cielos, otro en el río, y el humo de cada una de sus pipas parecía conducirse por los canales de sus diferentes pensamientos. Desde el otro lado del río llegaba el canto de los búhos, pero el torrente era más intenso ahora. Las olas rompían en la playa, y sólo se veía la espuma en la oscuridad. Max los había seguido, y aullaba.

     -Voy a hacerle una pregunta, capitán, y no lo tome a mal. ¿Cómo supo lo de mi esposa? Apenas tiene seis semanas y no se le nota, y para esas cosas son más sensibles las mujeres.

     Mendoza se rio, y se dio vuelta. Exhaló en su cara, sin querer, el humo de tabaco.

     -La verdad es que no lo supe hasta que el perro se me acercó, mientras usted hablaba. Yo acariciaba la cabeza del animal, y me miraba de vez en cuando. Se me ocurrieron muchas cosas a la vez, muchas preguntas. Dígame, ¿no se preguntó por qué el perro se quedó con ustedes?

    - ¿Usted me está preguntando si el animal tenía un pensamiento al venir a nosotros?

    -Tal vez, pero quizá también estoy preguntando por una función, un objetivo…

    - Capitán, no mezclemos el determinismo divino con el instinto brutal…

    Mendoza giró la cabeza para mirar al río otra vez.

     -Como quiera, amigo mío, porque así lo considero desde hoy, quédese con la excusa de que en mis viajes he ayudado a muchas parturientas, y también he sido médico a palos, oui, monsieur, si vous aimez. No sé si ha leído a Leibniz, lo deben haber obviado de su aprendizaje católico, pero no hay nada más cercano a lo religioso en la filosofía no eclesiástica que la suya. Habla del alma como células independientes que contienen cada una todo el universo. Mi explicación es elemental y equívoca, pero dice algo parecido. Incluso dice que los animales tienen alma.

      Manuel miraba el perfil del capitán, con la pipa en la boca, contra el cielo en parte estrellado, en parte nublado. ¿Cómo era que sabía tanto de ellos?, y se enfureció, de pronto, sintiendo que su cuerpo era invadido por una ira muy parecida a la que había visto siempre en su hermano José. Como Max aullaba, lo pateó, y el animal salió corriendo a esconderse. Mendoza se dio vuelta otra vez para mirar a Manuel de frente.

     - ¿Por qué hizo eso?

     Manuel se alejó hacia el río, enfurruñado consigo mismo. Ese extraño había llegado con toda su jactancia, y sabiendo todo, o casi todo, sobre ellos. Y estaban en sus manos, tanto por su futuro en ese río como por el cuerpo que habían enterrado. Sentía la ira que no había visto crecer en todos esos años, desde la partida de España, desde la negativa de su padre y la venta de la fortuna. Veía en el río el rostro despectivo de la autosuficiencia, los celos hacia su propio hermano, esa jactancia, esa prepotencia que había sufrido como una amenaza. Su hermano, a quien odiaba porque le había dejado toda la responsabilidad de un apellido y una historia. Las locuras de José con sus amigos, él las callaba, las mujeres que entraba en la casa, él las ocultaba, y cuántas veces José lo había protegido hasta con su propio cuerpo cuando Manuel, el débil hermano menor era insultado y golpeado en las calles de Cádiz por su timidez, por su complacencia, por lo que consideraban todos como su cobardía de futuro cura.

       El estruendo del río formó un fondo de imágenes violentas, de golpes en calles oscuras de empedrado y barro, donde las carretas pasaban de largo frente a las parejas de las prostitutas y los hombres y adolescentes que se escondían en las bocacalles o los zaguanes de buenas familias. La ciudad de Cádiz y el río Paraná formaban una sola noche grande, ancha y profunda en su mente, pero sobre todo en sus oídos. Porque escuchaba los gemidos de la puta con la que él estaba en ese momento, y detrás, bisbiseando en su oído izquierdo, la voz de José, aconsejándolo, jadeando como si fuera él quien estuviese penetrando a la mujer contra la pared. Las piernas inclinadas de Manuel, agotándose de subir y bajar, porque tenía casi el peso de su hermano detrás, empujándolo, sintiendo casi que José llegaba al éxtasis en el mismo momento que él lo hacía. Y cuando todo acabó, se arrodilló en el piso, con el sexo agotado y sucio, mientras la mujer le decía algo que él no entendía porque sus oídos le zumbaban. Sólo comprendió porque ella tenía la mano extendida, gritando, entonces vio el dinero que José le entregaba, y ella se fue, protestando, en la oscuridad de la calle. Manuel levantó la vista, José había puesto una mano en uno de sus hombros, apoyándose un poco, jadeando. Tenía una gran mancha de semen en el pantalón. Dijo una obscenidad, riéndose de la cara de susto de Manuel, y fue a orinar contra una pared.  Mientras lo veía de espaldas, apareció la idea: el cuerpo de José como un Cristo crucificado contra el muro, las dos líneas de la cruz: el cuerpo y las piernas, una, los brazos doblados en codo, la otra. Un Cristo escondiendo la cara, y mirando el objeto de su obsesión, que sostenía en sus manos. Entonces Manuel se acercó a su hermano mayor, por detrás, silenciosamente. Tenía en la mano la navaja que le habían regalado para sus dieciséis años. Empujó a José contra la pared, cortó con el filo los pantalones de su hermano, y metiendo la navaja entre las piernas tocó los testículos con la punta.

     “Que te vayas”, le dijo una y hasta dos veces, porque José parecía un estúpido, hasta que oyó en la voz de su hermano menor el resultado de sus extraños pensamientos, de los oscuros murciélagos que había intentado matar durante tantas y tantas noches en los que dormían en la misma habitación, viéndolo crecer hasta convertirse en un hombre que sería capaz de amar. Y ahí estaban sus perseguidores, los murciélagos cuyo aleteo era un filo de navajas.

     Entonces José Menéndez Iribarne se unió a la Marina Mercante, y comenzó a recorrer el mundo huyendo de lo que siempre volvía a encontrar, y Manuel Menéndez Iribarne se casó con una mujer que casi no conocía, y huyó con ella a América, en un patético simulacro de evangelización.

      Pensó en Altea, que ya sin duda se había acostado en el colchón viejo de la casilla, donde los cuidadores habían hecho el amor muchas veces, borrachos o sobrios, de maneras que él sólo se había animado a imaginar o soñar. Y a ella no parecía haberle importado, a pesar de su impertérrita vanidad, su frío orgullo de casta. Dios mío, se dijo Manuel, murmurando en voz baja, sin intentar vencer el estruendo del río, porque el río era como Dios, fuerte e impetuoso, que no se paraba a mirar a los costados a quiénes dejaba abandonados o a quiénes arrastraba. Unos morían antes, otros después. Siempre el mismo espíritu de resignación, que ahora no comprendía, de pronto y tan abruptamente, como si estuviese viendo que Dios mismo estaba haciendo el amor con Altea. Y pensó en el capitán Mendoza. ¿A dónde había ido? ¿Iba a regresar al barco o dormir fuera de la casilla? Pensó en el rostro de Altea: siempre el mismo, y sin embargo, había seducido a su propio hermano.

     Manuel se golpeó el pecho, fastidiado de su sacra ignorancia, sacra por ser tan alta en su apostólica testarudez. Era satisfactorio sentirse víctima, objeto de engaños y estratégicos abusos, pero también muy acomodaticio. La actitud de los santos, a veces, según los relatos de los padres de la iglesia, resultaba demasiado sencilla. Se necesitaba la resignación, y entregar la otra mejilla. Pero los santos de la iglesia también habían sentido celos, también habían sentido lujuria y una obsesión que confundía las fronteras entre la cobardía y la violencia. La razón de los santos engendraba monstruos, y los grabados de Goya aparecieron sobre el río: monstruos alados y brujas sobre escobas sobrevolando las aguas. Mujeres desnudas cabalgando sobre falos enormes, y gimiendo y llorando y gritando como en un aquelarre.

     Pensó en Altea, en que tal vez en ese mismo instante el capitán Mendoza estaba gozando de su mujer, y ella disfrutando de un cuerpo entrenado en los avatares del río, lejano al esmirriado cuerpo de Manuel, delgado y débil como el de un seminarista fracasado. Porque eso era lo que había temido en España hasta que él ya no pudo resistirse más, y cuando finalmente optó por Dios, Altea le dijo que esperaba un hijo. Tenían dieciocho años, y no se atrevió a decirles a sus padres la verdad. Les había mentido, había dejado encinta a su novia, y desde ese momento se sintió infame. Lo único que había podido hacer era casarse y huir de España, ambos, porque ella también sentía vergüenza. Pero la vergüenza de Altea era demasiado digna para ser reconocida. En el viaje en barco, y a los dos meses de embarazo, el niño murió. El médico de abordo estaba acostumbrado a esos abortos espontáneos de mujeres tan jóvenes, sobre todo en medio de una travesía por el océano. Los vaivenes del viaje, las tormentas, el cambio de climas, la comida. “No estaban preparados, muchacho, ya habrá otros”, le había dicho, fuera de la cabina donde Altea descansaba. Manuel lloró esa tarde, junto a la cama de Altea, mientras ella dormía. El barco se movía cansinamente, luego de los tremendos golpes a que había sido sometido por la tormenta en pleno Atlántico. Ambos agarrados uno al otro en la cabina, mientras la cama se movía con ellos encima, rezando él el rosario que le había regalado su madre, ella temblando, pero en un silencio que quería aparentar lo que no era. Entonces empezó a vomitar y quejarse de dolores en el bajo vientre. Manuel salió del camarote, empujado de una pared a otra del pasillo del sector de primera clase, porque no viajaban con los demás inmigrantes, esos que en la cubierta estaban atados para no caer al agua. Cuando fue en busca del médico, lo encontró inclinado cerca de un hombre al que le había caído encima una viga del mástil mayor. Varios empujaban la viga para el doctor pudiera acercarse. Una mujer, tal vez enfermera, le alcanzaba el maletín. Todo eso bajo la lluvia y el viento, y las olas que golpeaban el casco y salpicaban la cubierta. Manuel gritó, pero nadie le hizo caso. Algunos intentaron hacer que volviera a bajar, otros lo empujaron cuando agarró al médico para que fuera a ver a su mujer, pero no le hizo caso. Apartaron a Manuel, que cayó de espaldas al suelo, mientras muchos del bajo pueblo se reían de él.

      No se resignaría a dejarse vencer, entonces vio que varios señalaban hacia atrás, por donde él había venido. Altea subía a cubierta, sólo con el camisón teñido en rojo, mientras el agua de la lluvia esparcía y limpiaba la sangre. Ella le echó una mirada de dolor entre la lluvia, la misma que siguió viendo siempre después cada vez que la miraba, hasta que cayó de rodillas sobre la madera de la cubierta. Entre la sangre estaban, seguramente, los diminutos fragmentos de su hijo, y el agua se lo llevaba hacia las canaletas del barco, y las olas, golpeando el casco, parecían devolverlo o rechazarlo. Todos ellos eran como títeres sin corazón, muñecos de trapo a expensas de la voluntad de Dios.

     Nunca se preguntó qué sintió además de dolor y asombro. Odio, tal vez, ¿pero hacia quién? A Dios no se le puede odiar, pensaba él, porque Dios es, por concepto, bondad. Pero él sentía eso, y entonces, si se lo podía odiar, es porque no era Dios. ¿Por qué culparlo de los avatares del mundo? Si ayer su hijo existía y hoy no, todo entonces era tan inútil como gritar en el viento, para que nadie escuche. No le preguntó a Altea, varios días después de la tormenta, qué sentía, sólo si se encontraba recuperada. Habían muerto diez de los pasajeros. No entraba en esos números el niño muerto. No era una persona, todavía, para algunos, pero Manuel sabía que Dios mismo se había disuelto en sangre, y la sangre en agua de lluvia, y luego en agua salada. Que Dios estaba hundiéndose en las profundidades del océano, como si lo castigaran.

      Durante el resto del viaje salió a cubierta en las noches ya tranquilas, caminando entre los cuerpos dormidos de los emigrantes pobres. Escuchó que algunos lo insultaban, y un par de veces intentaron robarle. Pero él se quedaba parado a pesar de todo, contemplando la luna sobre el océano, tan plena, tan hermosa, y sin embargo desgranándose, o desangrándose, ya no distinguía la diferencia. Su hijo era polvo, como decían las Escrituras, pero también era agua. La luna era polvo de roca que se desmoronaba sobre el océano, y el último bastión de Dios, se venía abajo.

       Pero la luna sobre el río Paraná era diferente. Los espectros habían desaparecido, dejando rastros de huellas alares en el cielo de la noche, y la luna era más grande de lo habitual, una especie de inmensa melaza pegada al cielo, que bullía en su superficie cambiante, habitada por miles de pobladores que a tan larga distancia parecían manchas que se desplazaban, cambiando los tonos del amarillo al ocre. Si hasta podía escuchar el bullicio que hacían, convirtiendo la noche en una atronadora fábrica cuyas maquinarias se detenían y recomenzaban en diversos grupos a destiempo, como en una orquesta del caos. Y él, Manuel, a la orilla del río, sobre el barro y solo, sintió que nadie lo observaba, ya que todos seguían ocupados en sus propios trabajos. Las multitudes eran los mejores sitios para el anonimato, así que sintió deseos de quitarse la ropa y quedarse desnudo frente al río. Tal vez nadar de noche, iluminado por la luna. Así lo hizo, entonces, zambulléndose en la corriente, dejándose llevar a veces, y otras nadando, y el agua era tibia y dulce. No le molestaban los peces que le rozaban las piernas, ni las ramas llevadas por el agua. Salió del río y se sentó en la orilla, con las piernas dobladas y los brazos sobre las rodillas. No tenía frío. Se dio cuenta de que estaba excitado, y comenzó a frotarse el sexo, sin vergüenza esta vez, sin vigilar si alguien lo veía. En la espesura no había nadie, y si lo había, qué importaba, si nunca iba a saberlo, por más que se encontrase cara a cara con quien lo había observado. El problema del hombre era el conocimiento.

     Mirando la luna, terminó eyaculando un semen espeso cuyo olor no hizo más que excitarlo más intensamente, y pensó en Altea, acostada sola o con el capitán Mendoza, no importaba. Él se metería entre ellos y penetraría a Altea frente a él, ese hombre que se creía tan seguro de sí mismo, como su hermano José lo había hecho. Se puso el pantalón y caminó rápido hacia la casilla. El interior seguía iluminado, y estaba seguro de que alguien más estaba con ella, porque poco antes habían hablado de la escasez de combustible para las lámparas. La puerta estaba abierta y corrió la cortina que ocultaba la cama, que él había puesto para defender su intimidad, esa ingenua intención de la que ahora ella, la engañosa, la seductora, se burlaba.

      Esperó verlos juntos, uno junto al otro, desnudos, lamiéndose mutuamente, ensimismados en el placer de sus cuerpos empapados en sudor, unidos por la piel y el deseo de los huesos.

      Pero Altea estaba sola.

      No dormía. Lo vio correr la cortina con fuerza hasta hacerla caer al piso. Lo había escuchado venir por el camino, con pasos fuertes y descalzos, incluso la respiración rápida, hasta las palabras soeces que él venía pronunciando en voz alta. Lo vio frente a la cama rústica, casi desnudo, todo mojado por el agua del río, el torso con restos de barro. Abrió los labios para decir algo, pero se arrepintió. Algo le pasaba a Manuel, y tuvo miedo de que lo que iba a pasar fuese irremediable, porque nunca había visto tal mirada en los ojos de su esposo. Ya no estaba la excelsa beatitud de la que parecía querer jactarse en todo momento, esa estúpida beatitud que la había hecho llegar a aborrecer a lo largo de esos años, sino una especie de furia engendrada con resentimiento.

     Manuel se paró frente a la cama, agitado, y preguntando:

     -Siempre me culpaste por la muerte del niño, ¿no es cierto? Nunca quisiste volver a tener otro en todos estos años, conmigo por lo menos…

     Altea ahora ya sabía a qué se debía toda esa ira, y le quedaban dos caminos: no responder, como lo dictaba su orgullo, o continuar la discusión. Esto último, tal vez, y sólo tal vez, pudiese hacer razonar a Manuel. Pero no pudo dejar de ser directa y fría en su respuesta, porque estaba en su temperamento.

      - ¿Quién nos hizo salir de Cádiz cuando yo estaba encinta, sólo para evitar las malas lenguas? Yo no te lo pedí, fue tu decisión, que no tuve más remedio que seguir.

      Manuel caminó hasta a la cama, y le dio un cachetazo. Ella escondió la cara entre las manos, pero las separó enseguida.

      -No vas a verme llorar. Eres igual que tu hermano, pero él es menos hipócrita, no se esconde detrás de una máscara de santo.

      Entonces Manuel se subió a la cama y se acostó sobre Altea. Se sacó los pantalones y hurgó entre la ropa de ella. Rompió la tela y puso dos dedos en el sexo de Altea. Ella ahogó un grito, pero pronto su cara se acomodó a una sensación que Manuel debió descifrar mientras frotaba el interior con sus dedos, extasiado por primera vez de encontrar que el cuerpo de esa mujer, en el que había entrado tantas veces, esta vez no lo rechazaba. Ahora Altea tenía otro rostro, y Manuel pensaba, mientras se sacudía sobre ella como un perro desesperado, que quizá lo que ella necesitaba era odio. Como si su cuerpo fuese el canal necesario del desfogue, el instrumento para el cual hubiese sido creado. Hielo y fuego, no hielo y cenizas. Porque cada vez que Manuel se le acercaba para hacerle el amor, era ya cenizas que se estaban apagando. Muchas veces se preguntó cómo y cuándo se había encendido ese fuego, y sólo lo supo el día que José llegó en el barco por el río, al pueblo en el que ellos habían comenzado a trabajar.

       Estaba ella en la puerta de la choza que servía de escuela, rodeada de niños desnudos que correteaban entusiasmados en cada oportunidad que llegaba un barco, y Manuel estaba hablando con unos comerciantes que dejaban su mercadería en el puerto. Lo vio levantar la mirada hacia el barco, donde en la proa estaba José Menéndez Iribarne, agitando los brazos y gritando alegres obscenidades que hacían reír a la tripulación y a quienes escuchaban desde la orilla. A Manuel se le calló la pipa de la boca, y no se molestó en levantarla del barro. Devolvió unos papeles al comerciante y ya no hizo caso a nada que no fuera a la figura de su hermano en la proa, acercándose como un ídolo a través del río. Entonces Altea supo realmente por qué motivo habían huido de España, de alguien que Manuel no sabía controlar más que escapando. Y el objeto de la huida los había seguido para acompañarlos. Eso fue lo que dijo José cuando bajó del barco y ya estaba frente a ellos en la puerta de la choza. La familia debía estar unida. Habló, además, de los consabidos negocios que lo llevaban a todas partes, y por un tiempo podría utilizar el litoral como oficina central.

       Esas fueron sus palabras, mientras abrazaba a Manuel, y dándole un beso en la mejilla a su cuñada. Manuel no salía de su asombro, pero no manifestó molestia ni alegría. Todos sabían de qué se trataba: José necesitaba esconderse por un tiempo de las autoridades de España o de cualquier otro país. En el litoral correntino, ¿quién lo iba a encontrar? ¿Pero por eso, solamente, estaba en ese mismo lugar con ellos? Manuel, tal vez, no quiso expresarlo en voz alta, porque su tono era de congoja. Altea lo notó, y sintió vergüenza de su marido. José también lo vio, y en sus labios se formó una sonrisa, y no contestó, y esa silenciosa y segura respuesta permaneció latente en el aire durante aquellos años en que trabajaron juntos en el pueblo. Hasta aquella noche de los ritos.

      Altea sabía muy bien en quién pensaba Manuel mientras le hacía el amor, porque él miraba hacia los costados de vez en cuando, o hacia arriba, como si hubiese alguien por encima de la cabeza de Altea, mirando. Era, tal vez, el crucifijo, hoy ausente, que toda familia católica tenía siempre en la pared sobre la cama matrimonial, o era, quizá, la aprobación de su hermano lo que estaba buscando. Ambas cosas, finalmente, eran lo mismo. Y fue ella, esta vez, quien no sintió rencor, sino un extraño agradecimiento. Había recuperado una sensación descubierta recién pocos meses antes. La noche de los ritos, ella había recibido también una especie de exorcismo, aunque en ese momento no lo supiera. José Menéndez Iribarne la había exiliado del dominio del hielo, había roto en pedazos el cristal líquido en que estaba atrapada la libertad de su cuerpo. Supo entonces que el cuerpo lo era todo, y allí estaban los cristos, sobre la cama de cada familia católica, para recordar, para regodearse en el dolor, para decir en todo momento de la vida que el dolor del alma debe comenzar por el cuerpo, y no hay libertad antes que eso suceda. Por eso el cuerpo recibía todo primero: la sensación, la duda, la inquina y el dolor.

      Y allí estaba sobre ella Manuel Menéndez Iribarne, por fin él mismo, por fin pleno fuego, como un árbol en llamas que la penetraba y la hacía arder. Cuando él se detuvo, ella esperó más, porque comprendió que era sólo el comienzo. Manuel se quedó sobre ella, sin apartarse ni un centímetro, consciente del peso sobre el cuerpo de su esposa, pero ella le rozaba la espalda con las uñas, murmurando:

      -Cuando tengamos un hijo nuestro, le pondremos de nombre Jesús.

      Él se levantó, de pronto otra vez furibundo. Salió de la casilla, desnudo, y tropezó con el capitán, que estaba acostado en un montón de paja junto a la pared, y el perro dormía a su lado. Tenía los ojos abiertos, porque ya estaba amaneciendo. No le dijo nada, simplemente siguió caminando hacia el río. Se zambulló como en la noche, pero no nadó, simplemente se quedó quieto, haciendo pie, sin dejarse llevar por la corriente. El capitán Mendoza apareció en el sendero, junto con el perro: 

     -Parece que se hicieron buenos amigos…-dijo Manuel.

    -Después de la patada que usted le dio… pero los animales no guardan rencor, un poco de resquemor por un tiempo, nada más.

     El capitán se quitó la ropa, dejó la casaca vieja con galones, las botas y el pantalón apoyados en un tronco, y el sable y la vaina que se veía obligado a llevar. Se tiró al río y nadó hasta donde estaba Manuel. El perro les ladraba desde la orilla, y lo animaban para que se metiera al agua. Saltó y empezó a jugar con ellos, lo levantaban y volvían a tirarlo, y el perro se hundía y volvía a la superficie ladrando.

      Cuando salieron del agua, se sentaron en la orilla, viendo cómo el sol se asomaba como un chico tímido por encima de la foresta.

      -No hay nada mejor en todo el día que estos baños en el río, bien temprano-dijo Mendoza. -En el barco no puedo hacerlo con mi hijo porque mi mujer nos mira mal.

     -Capitán…-preguntó Manuel…- ¿Puede llevarnos con usted hacia el norte, o adonde piense que mi mujer y yo podamos trabajar en algo acorde a nosotros?

     Mendoza sonrió.

     -Esperaba que tomara esa decisión, Iribarne. Puede mandar alguna carta a su país con algún barco que nos crucemos.

    -No es necesario, nadie nos aguarda.

    Era verdad, o por lo menos eso esperaba. Si José pensaba ir tras ellos, como la sombra, entonces iría hacia Buenos Aires y luego a Cádiz. Y sería la primera vez que una sombra se separara del cuerpo al que pertenece.

 

 

2

 

 

 

 

Se mira al espejo hecho con fragmentos de un espejo de luna que estaba en el armario, el mismo que Manuel había roto justo al mediodía del día siguiente en que él, José, había penetrado a Altea. La había visto llorar y resistirse, pero también vio en su rostro, luego del miedo, una especie de expresión que probablemente Manuel jamás había descubierto en su esposa.

      Y mientras la penetraba, sintió ansias de que su hermano los viese, y que se masturbara mientras los veía a ambos contra la pared, ella con la falda levantada hasta los senos, él con el pantalón hasta las rodillas. Ambos jadeando, mientras José miraba hacia un costado, imaginando a Manuel, desnudo y manoseándose, eyaculando al mismo tiempo que él. Como si le estuviese agradeciendo el poder hacerlo con su esposa, o tal vez pensando en él y no en ella. Porque José pensaba en él al imaginarlo desnudo junto a ellos.

     Pero Manuel estuvo aquella noche, casi hasta la madrugada del festival en la aldea, cumpliendo su función de asistir con a los sacerdotes del pueblo en los ritos, en los exorcismos anuales. Todo eso había llegado a asquearlo al principio, pero luego se había ido acostumbrando, y los bailes, el humo y el incienso de las especias quemadas, los gritos guturales y angustiados, los rostros deformados más allá de lo que creía posible, habían comenzado a extasiarlo.

      Sabía que Manuel no estaba en esa habitación, pero también lo imaginaba donde realmente estaba, parado en el círculo de asistentes a las ceremonias de esa noche central en los ritos de los indios, cuando los demonios eran expulsados de los cuerpos y las mentes de los poseídos, que quedaban postrados sobre el barro, rasgados por uñas y garras que nadie había visto porque nadie los había tocado, como si los demonios se hubiesen abierto paso entre los pliegues de la piel, de adentro hacia afuera, dejando la marca inescrutable de su paso.

     Si Manuel hubiera estado allí parado, viendo a su hermano José y a su esposa Altea, como dos animales excitados, habría pensado, más acertadamente, que ambos estaban creando un demonio. Y esto de adjudicar pensamientos e ideas a presencias invisibles, José lo había aprendido en sus lecturas en la casa paterna. La gran biblioteca que la familia había reunido a lo largo de casi cuatro siglos de existencia en la provincia estaba tan cerca, repletas las paredes de estantes llenos de libros cuyos lomos las sirvientas no alcanzaban a limpiar cuando ya volvían a cubrirse de polvo pocos días después. A veces aparecían arañas al sacar un libro, y él las dejaba estar mientras levantaba lentamente la tapa y separaba las hojas con cuidado. Libros de alquimia, de religión, pero sobre todo de las artes de la adivinación y las supersticiones. Si ya Cicerón, cuyas obras sobre estos temas habían sido valoradas por hombres sabios, ¿por qué la religión de su familia creaba tantas represiones, tanta culpa por el simple hecho de leerlas? Sabía la respuesta: de sólo leerlas uno ya las imagina posibles. Como había dicho Leibniz, el pensar que algo es posible, incluso Dios, ya permite su existencia. 

     Y la religión de sus padres no negaba, en realidad, todo eso, sino que lo rechazaba como la parte repulsiva del universo. La Iglesia, que nunca había sido más que una institución con la cual la familia siempre había tenido relaciones que no eran, al fin y al cabo, más que comerciales, había entrado demasiado en la mente y el espíritu de Manuel. Desde que eran niños y dormían ambos en la misma cama, lo había visto despertar sobresaltado, sin querer decir qué pesadillas lo habían perturbado.

     Pero José ahora se estaba mirando en los trozos del viejo espejo de luna, al que se habían sumado muchos otros fragmentos que a veces dejaba la gente de los barcos, espejos que se les habían roto, o incluso que él mismo había robado a escondidas. Así había armado aquel espejo de cuerpo entero sobre la pared de adobe, pegado trozo por trozo con un pegamento que los indios le habían enseñado a preparar.

     Le gustaba mirarse así, como ahora lo hacía, cuando estaba solo, recorriendo cada parte de su cuerpo de treinta y cinco años: la cabeza de contornos caucásicos, de nariz aguileña, barba y bigotes oscuros, pelo crespo y abundante, el pecho ancho y velloso, el abdomen no demasiado abundante y de músculos fuertes, los genitales que ahora se manoseaba con las manos venosas, excitándolos como ya lo estaba luego de haber hecho el amor a la mujer que esa noche los acompañaba. Se miró de costado, el miembro erecto, las piernas levemente inclinadas, dispuesto a volver a penetrarla, porque la veía por el espejo, sobre la cama, aguardando con miedo. El rostro de la india le era tan conocido como si fuera el mismo que había visto desde que tuvo contacto con la primera mujer de su vida. Una expresión de disgusto que sin embargo no rechazaba el mal que le creaba. Como si cada mujer viese, al ver acercarse a José, una especie de mito encarnado que no volvería a repetirse, y por lo tanto el sólo hecho del rechazo no podía ser concebido sin el consiguiente arrepentimiento, o la frustración tan cercana a la culpabilidad.

      Entonces escuchó gemidos, y recordando que Cahrué estaba con ellos, lo miró. El chico indígena, de quien era una especie de mentor, había empezado a acompañarlo en esas noches que José pasaba con una, a veces dos mujeres. Durante el día observaba a aquellas que se acercaban a los pescadores blancos, escuchando conversaciones entre los hombres, y había recibido consejos sobre cuáles se dejaban hacer lo que ellos querían. Y no le fue difícil conseguir que vinieran a su cabaña, y en los últimos meses venía casi siempre la misma, que de vez en cuando traía a otra si él se lo pedía. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Cuando él le preguntó, ella contestó entre dientes un nombre aborigen largo, que más parecía un símbolo o una onomatopeya. No le molestaba que Cahrué los acompañase, ni que muchas veces participara. Las costumbres y los gustos de José no la asombraban.

      Pero esta noche, ella se veía angustiada. Acostada de espaldas en la cama, con las piernas abiertas, su vagina había sangrado. Ambos, José y el chico, la habían penetrado simultáneamente, y luego ambos se acariciaban y se tocaban, y la ponían a ella en el medio, empujándola, metiendo sus dedos en todas partes, introduciendo sus miembros en ella hasta convertirla en una especie de bolsa sin vida, que sin embargo jadeaba y escupía secreciones.

     Pero esta noche, ella sangró, y sabía el motivo. Después de tantos abortos desde que tenía doce años, pensaba que su cuerpo era una cicatriz interna ya estéril para siempre. Estaba embarazada, y ahora lo estaba perdiendo. Cuando vio a José volver a acercarse, excitado sin duda al ver al chico que estaba al pie de la cama, masturbándose casi sin mirarlos, ella hizo un gesto que fue un reflejo: se tapó la cara con una mano y la vagina con la otra.

      Oyó, en respuesta, una carcajada que retumbó en la cama cuando él se sentó de rodillas y las manos en la cintura. Era verdad que ella parecía una mala parodia del cuadro de Goya, en esa posición inverosímilmente púdica. Los Menéndez Iribarne tenían en su casa de Cádiz una pintura del artista, y aunque él no lo había conocido, su padre le hablaba siempre de la vez que visitó la casa cuando vivían los abuelos. Pero por supuesto, era una relación de la cual la familia no podía hacer alardes si quería mantener su buena fe con la iglesia.

      José intentó sacarle la mano de la cara, y comenzó a frotarse contra ella. Lo dejó hacer, y luego abrió su boca, pero cuando él la forzó a sacar la mano que tapaba la vagina, ella se resistió.

      - ¿Qué te pasa? - preguntó. Ella levantó la mirada.

      -Le duele- dijo Cahrué. -Está preñada.

      José se dio vuelta. El chico ya había eyaculado y tenía semen en las manos.

      -Eso no es problema desde hace mucho-dijo José. - ¿O sí?

      Se bajó de la cama y agarró las manos del chico, le limpio el semen con sus propias manos y lo hizo acercarse a la mujer. Desde hacía mucho tiempo, aún antes que Manuel y Altea se fueran, Cahrué había demostrado una gran maestría en las curaciones. Todas las mujeres de su familia era curanderas, y él había aprendido observando a cada una, y el resultado era una serie de conocimientos que se reservaba muy cuidadosamente. José lo había descubierto cuando hizo abortar a una adolescente varios meses antes.

     El cura que recorría la región para dar misa una vez al mes, había puesto el grito en el cielo cuando la madre de la chica acusó a José de dejarla embarazada. La mujer sabía quién la había llevado a la cabaña, pero no quería decir que la amante de José era de su propia familia, tal vez la hermana, quizá la prima, eso él nunca lo supo con certeza. Si se ponía a investigar los parentescos, todos tenían en esa aldea alguna relación consanguínea entre sí. Cuando el cura se fue, amenazando con hacer la denuncia con un gesto displicente, José lo despidió en la orilla con unos cuantos insultos y gestos obscenos. La madre de la chica lo miró, furiosa, pero él sabía que ese cura tan pacato también tenía hijos en ambas orillas del Paraná.

      Luego Cahrué se había ofrecido hacer algo por la chica.

     - ¿Cómo? - preguntó José, que ya había entrado de vuelta en la cabaña y comenzado a revolver en los libros de medicina que había traído de sus viajes. Cahrué regresó con una caja de madera, y al abrirla comenzó a sacar instrumentos de cirugía hechos con huesos, algunos, otros con piedras. José lo miró con asombro, luego con orgullo. Lo que los hermanos Menéndez Iribarne y Altea le habían enseñado había rendido sus frutos. Era un chico de quince o dieciséis años, pero que sabía más que muchos médicos blancos que trabajaban en la cuenca del Paraná. Eso lo descubrió al escucharlo y verlo trabajar en el cuerpo de la chica, acostada en la cama, mientras la madre observaba, con los brazos cruzados sobre los pechos, al principio ofuscada y luego asustada al escuchar los gritos de la hija. Tal vez recordada haber pasado por lo mismo más de una vez, y quizá viera en José a muchos de los hombres que había conocido. Luego, la preparación de Cahrué hizo dormir a la chica, y sólo un quejido bajo pudo escucharse mientras él trabajaba. No más de media hora después, le entregó a la madre una bolsa de tela embebida en sangre, era lo que quedaba del nieto, que ya tenía casi tres meses. La chica estuvo dormida varios días, ardiendo en fiebre y sudando en pleno invierno. Cahrué le daba medicinas con cucharas, y le enseñó a la madre a hacerlo todos los días. Una semana después, despertó y quiso levantarse. La madre estaba feliz, pero Cahrúe le dijo que se abstuviera de comentar lo que había visto.

      -Ése tiene la culpa, y no te conviene- le dijo ella en español fuerte y claro, mirando a José de reojo.

      ¿Quién seguía a quién?, era difícil de decir. José era su mentor, y por eso lo acompañaba para aprender y ayudarlo, era una cuestión de lealtad y agradecimiento. Pero José también parecía seguirlo a él, ni dejarlo solo ni aun de noche.

     Y esa noche en que ahora la mujer estaba sangrando, ambos sabían que se conocían como dos hermanos, o quizá como padre e hijo. Conocían sus cuerpos con detenimiento, las costumbres de sus cuerpos, las manías de su mente, los gustos de sus manos y las asperezas de sus temperamentos. Sabían el significado de algunas miradas, los conocimientos intelectuales de cada uno y también la esperanza en el futuro descubrimiento y el inevitable asombro en los actos y en las palabras de uno y otro. Por eso no le sorprendió a Cahrué lo que hizo José: frotarse el miembro con el semen que le había limpiado a él y dar vuelta a la mujer para penetrarla por detrás. Ambos miraron hacia el espejo fragmentado, la mujer de espaldas, gritando, aferrándose con las manos frenéticas de dolor a las telas sucias sobre el jergón; él observando su cuerpo, satisfecho del placer de la dominación. No parecía escuchar los gritos, pero ella los atenuaba contra la cama, porque no quería que nadie llegara. Siempre se las había arreglado sola, y no comenzaría ahora a pedir ayuda.

     Cahrué se acostó junto a ella, la miraba con curiosidad: el rostro oculto bañado en sudor, las manos como dos raíces enterradas en las telas, el cuerpo aún bello estremeciéndose con los movimientos de José. Vio la sangre que caía desde la vagina, acercó la mano y la tocó. Observó en el espejo, porque el cuerpo de ella lo ocultaba, la sonrisa de José al ver o creer lo que él intentaba hacer. Introdujo dos dedos, ella no hizo nada que demostrara que se daba cuenta, estaba ciega, viendo la oscuridad en el colchón, como si fuese el refugio de la paz y el alivio.

     Sólo sangre que comenzaba a coagularse, pero abundante. Sintió en el interior las paredes desgarradas, más arriba las del cuello del útero, como cuerdas rotas, telas desgarradas, similares, en la imaginación, a aquellas a las que ella se aferraba. ¿Qué estaría pensando?, se preguntó Cahrué. ¿Quizá afirmándose a su propio cuerpo, como si de un momento a otro fuese a perderlo, ese cuerpo que la alimentaba a ella y no al revés, como si fuese un dios, un dueño y un hogar al mismo tiempo? ¿O estaría intentando retener, tal vez sin saberlo del todo, aquel otro cuerpo que se había formado dentro del suyo, y ahora moría, ya irremediablemente, deshaciéndose igual que carne en descomposición?

     De pronto, ella levantó la cabeza, la giró hacia el espejo, miró su reflejo cortado. Sintió la mano de Cahrué en su vagina. Se dio vuelta con todas sus fuerzas, desprendiéndose de ambos. José se quedó sentado de rodillas, frotando su pene con sangre y semen, y en la mano de Cahrué un puñado de coágulos entre los que vio una especie de cuerpo pequeño, casi un renacuajo.

     La mujer luego no supo lo que hizo, o si lo sabía no hubo nada en toda la historia de su mente que pudiese evitarlo. Se levantó de la cama y corrió hacia el espejo, pero tropezó con las ropas tiradas y se golpeó la cabeza contra los vidrios. Arroyos de sangre mancharon los cristales, pero ella hizo el absurdo esfuerzo de sostenerse de los fragmentos rotos, que no caían porque estaban pegados. Los dedos se lastimaron, y ya no le respondían. Apoyó la cara, y los bordes la hirieron mientras ella se deslizaba.

      José fue a buscarla, la levantó y la llevó a la cama.

    - ¡Que puta más estúpida! - dijo.

     Cahrué se puso los pantalones y fue a buscar su caja de cirugía, como ambos la habían llamado. Entre ambos la lavaron y cosieron las heridas con los hilos que la madre de Cahrué tejía con fibras de hojas verdes. Pero ella ahora empezó a gemir más fuerte, llevándose las manos a la entrepierna. Cuando le apartaron las manos con fuerza, expulsó un chorro de sangre que continuó en una hemorragia constante. Cahrué abrió el vientre de la mujer mientras José la sedaba con un trapo mojado con éter. La sangre y el pus se desbordaron por los costados d ela herida. Cahrué sacó la mano, tenía otro cuerpo pequeño igual al otro. Cosió la herida. Cuando terminó, miró a José, que seguía con la mano sobre el trapo que tapaba la boca de la mujer, que ya no gemía, ni respiraba.

     José Menéndez Iribarne vio sombras que sobrevolaban la habitación, cubriendo por instantes la escasa luz que llegaba desde las lámparas de aceite junto a la puerta y sobre la única mesa de la cocina. Miró hacia arriba. Había muchas sombras que daban vueltas, rápidamente, sin poder distinguir a qué se debía aquel aleteo que ahora escuchaba, como de cuero. No eran alas que se agitaban, eran membranas, y entonces vio con extrema claridad lo que no había vuelto a ver desde su última salida de España. Los murciélagos daban vueltas alrededor de la cama, bajo el techo, y se chocaban, ciegos, contra las paredes. Luego, escuchó el ruido de vidrios rotos. Los fragmentos del espejo se estaban desprendiendo de la pared.

     -Abre la puerta, tal vez se vayan hacia la oscuridad de afuera.

     Cahrué, que se había quedado quieto, con la sangre y el segundo embrión todavía en las manos, lo miró a los ojos. José estaba atento al aleteo y las sombras.

    - ¿No me oíste?

    - ¿Qué? ¿Abrir la puerta? ¿Para qué? ¿Quiere que se enteren? 

    - ¡Por los murciélagos, hijo de puta!

    Cahrué miró al techo, sólo vio los reflejos de la luz en los trozos de espejo que caían al piso.

José buscó los pantalones bajo la cama, sin dejar de echar vistazos al techo, y apartarse de la cara las sombras encarnadas. El reflejo del espejo roto le iluminaba la cara, pero para él eran sombras sonoras, aleteos. Se sentó en el borde de la cama, se colocó los pantalones, y mirando el cadáver de esa mujer que nunca supo cómo se llamaba, espantó dos murciélagos que habían empezado a morderla. Se levantó y envolvió el cuerpo con la ropa de cama. La sangre seguía húmeda y el colchón empapado. Mientras anudaba los bordes, recordó al colchonero de Cádiz que hacía y reparaba los colchones de la familia, y cuyo arte desparecería de Cádiz con su muerte, porque el hijo había emigrado a América.

     -Don Álvaro, le traigo este colchón, a ver qué puede hacer- dijo en voz alta, sonriendo al imaginar la cara que pondría el hombre al verlo aparecer con ese ejemplar. -Lo traigo desde lejos, porque solamente en usted confío.    

     Cahrué lo escuchaba delirar, pero no lo interrumpió. Cuando terminó de anudar, levantó el cadáver envuelto en brazos y caminó hacia la puerta. El chico lo detuvo, y verificó que la noche estuviera solitaria. Apagaron las luces, y la luna tampoco iluminaba porque estaba nublado. José iba adelante, cargando el cuerpo que seguía drenando sangre desde la tela hacia la tierra del sendero por el que iban hacia el arroyo que terminaba en el Paraná, a pocos kilómetros de distancia. Aparecieron unos perros, que los siguieron, cebados por el olor. Cahrué los apedreó. Cuando llegaron a la orilla, la corriente estaba casi estancada.

     José dijo:

     -Tenemos que ir hasta el río, y escaparnos.

     El chico fue a buscar un par de caballos de una estancia. Tardó más de una hora en volver. José aguardó encendiendo fuego para espantar a los animales. Vigilando siempre alrededor de los árboles, estuvo atento al aleteo de los murciélagos.

     Cahrué volvió montando en uno de los caballos, José puso el cadáver sobre el otro y subió. Cabalgaron toda la noche. Al amanecer, estaban a orillas del río ancho y espléndido, de aguas plateadas. Se acercaron a beber los cuatro, hombres y caballos. El cuerpo se cayó del lomo, y rodó unos metros.

    -Parece que también tiene sed- dijo José - o quiere volver al agua. Las mujeres están hechas de agua, por eso cambian tan seguido. Los hombres somos duros como roca.

    Empujó el cuerpo con dos patadas, y cayó al río. La corriente pronto lo arrastró.

    -En algunos días estará en el Río de la Plata, si es que nadie lo pesca antes.

    Espantaron a los caballos para que regresaran solos. Ellos caminarían por la orilla hasta encontrar un pesquero o un bote que los llevara a algún puerto. No tenían ropa ni dinero, pero ya se arreglarían. Si algo había aprendido en la iglesia, era el santo sarcasmo del “Dios proveerá”.

 

 

*

 

 

Había amanecido prematuramente, y sólo dejó revelar una sonrisa cuando su pensamiento se reía a carcajadas: un sol prematuro, como los gemelos de la india muerta. Levantando la vista al sol, que aún no se hallaba muy alto por sobre la espesura de la selva en la costa este, se preguntó si el sol también estaba muerto hace milenios, quizá millones de años, y lo que el mundo recibía era la luz antigua que permanecía viajando. Había leído que eso sucedía con muy lejanas estrellas, pero con probabilidad estaba extrapolando conceptos en beneficio de una fantasía morbosa para la cual esa mañana era muy afín.

      El chico seguía dormido, o por lo menos lo aparentaba. Esa peculiaridad india del disimulo y la desconfianza acentuaban los rasgos de su inteligencia asombrosa. Podría hacer mucho por él, si pudiera. Viajar a España y hacerlo estudiar. Los rasgos aborígenes en Europa no serían un obstáculo, era solamente en América cuando los españoles hacían sobresalir las diferencias étnicas, porque en realidad se sentían abrumados, perdidos e inseguros. Tanto espacio inacabable, tanta riqueza de aguas doradas y verde esmeralda, de animales exóticos y hombres de costumbres incomprensibles, era contra natura. Por más que fuese todo esto manifestaciones de la propia naturaleza, era como si ésta se hubiese rebelado contra la austeridad de Dios. No de la Iglesia a la cual su familia compraba créditos de beneficios celestiales y terrenales desde hacía trescientos años, sino del Dios del Antiguo Testamento. Eso era lo que en parte lo diferenciaba de Manuel, esa sumisión a la costumbre que únicamente creaba monstruos en su interior, que no dejaba salir más que en contadas y desorbitadas explosiones de ira, que muy pocos conocían. Se preguntó si Altea alguna vez lo habría visto de esa manera, si lo hubiera hecho, quizá se hubiese enamorado realmente de su esposo.

      Los monstruos y Goya, otra vez. Extrañaba España, a veces, como ahora, mientras, sentado en la orilla cenagosa, miraba la corriente del río, impetuosamente ruidosa, el chillido de pájaros desconocidos, de nombres indiferenciables, la exuberancia de la vegetación cuyo verdor intenso se transformaba en un vaho de podredumbre al correr las horas del día. Sólo durante la mañana el aroma del río era tolerable, aún persistía en su educación elitista y monacal la alcurnia del gusto. Algo que se heredaba con el nacimiento, como las haciendas, pero éstas se perdían, y la alcurnia sólo desaparecía con la muerte. Y como se rebelaba a esta ley como a toda ley que no tuviera la flexibilidad del sentido común, se había esforzado por expresar sus instintos y reflejos, los sentimientos y los gustos del momento: dejó de lado la educación de los buenos hábitos, pero también se fue con ellos el pudor. Miedo nunca tuvo, sin embargo, el pudor, o la vergüenza, más bien la eterna culpa, había comenzado a morirse poco antes de salir de España. Él, estando lejos de la familia, lejos de la cúpula de la Iglesia, en medio del mar, rodeado de hombres diferentes a su clase, ya no sintió culpa de las necesidades. Entonces habló como los otros sin tener que hacerlo a escondidas, e hizo lo que los otros. Golpear cuando quería, arrebatarse cuando lo necesitaba, orinar desde cubierta hacia el agua cada mañana luego de una espléndida borrachera, o masturbarse en su camarote sin ocultar sus gemidos, porque todos los demás lo hacían. Sexo y fuerza bruta, primero, luego el lento y ya sin dolor nuevo aprendizaje de las condiciones necesarias.

      Eso era lo que estaba contemplando allí sentado, el río que mantenía todo un hábitat con solamente aquello: las condiciones necesarias. Pero las condiciones del río eran de una exuberancia que recién había visto en sí mismo algún tiempo antes. Los indios lo sabían, estaba en ellos como esencia de su propia naturaleza, los bailes y las ceremonias, la religión que se destacaba por su literal desnudez de arbitrariedades creadas por la filosofía. Los ritos eran la religión, para ellos, y los dioses se manifestaban en esas manifestaciones como en sus cuerpos. Si gritaban sin comprender, era por gusto de los dioses, si degollaban o sacrificaban a alguien sin culpa ni motivo humano, era porque los dioses así lo deseaban. Su cuerpo, su mente, su espíritu eran un todo, y ese todo, una parte mínima del dios de su comprensión. Porque los dejaba tranquilos el comprender que tenían la necesidad de un dios, y como las filosofías occidentales lo proclamaban, esa necesidad era imprescindible. La diferencia era que una vez aceptada, las manifestaciones del dios resultaban fáciles de encontrar. Y todas las cosas de la naturaleza representaban una forma de rito: la manera en que un pájaro construía un nido, o los cortejos previos a la cópula de cualquier animal. El hombre es un animal de costumbres, había dicho Dickens, y él agregaría, mirando la plenitud de la vida del río que actuaba inconmensurable aun dentro de sus mismos límites, que la vida es una sucesión de ritos. Y el más cómodo era Dios, porque siempre se adaptaba a la mediocridad del hombre.

     Vio venir un pesquero de río arriba. Dos hombres iban y venían por la cubierta cargando redes, uno o dos perros daban vueltas, ladrando. Fue entonces que José se dio cuenta que los animales jugaban con alguien más. El barco se fue acercando lentamente, y se aproximaba a la costa. En la margen oeste, donde ellos habían dormido, había solamente ese claro. Se preguntó si debían esconderse, y se contestó que no. Fue a despertar al chico, pero éste ya estaba mirando el barco.

      -Pediremos que nos lleve a alguna parte, les diremos que nos robaron. - Pero él intuía que a aquellos hombres no les importarían sus motivos. Lo más probable era que fuesen contrabandistas haciéndose pasar por pescadores, el comercio desde el Plata hacia el Iguazú y la triple frontera estaba infestado de ellos después de las restricciones de la guerra.

      Se levantaron y comenzaron a llamar agitando los brazos. Los tripulantes se pararon a mirar. Estaban a no más de cincuenta metros. Pudo ver claramente que el pesquero era más grande que los que habitualmente tenían los pobladores del río. Ya no le cabía duda, eran contrabandistas, así que supo que tenía entre manos hombres que podía manejar, y no esa imprecisa sustancia resbaladiza que se solía llamar hombre de bien.

      El barco tenía una chimenea, pero no echaba humo, así que comprendió por qué habían dejado las redes y tomado los remos. Una mujer apareció entonces detrás de ellos, acompañada por los perros, que ladraban a los extraños que veían en la orilla. Ella les gritó, brusca, con una expresión inconfundible, que pareció haber renacido en su boca luego de muchos años.

     - ¡A callar, follones!

     Los hombres se rieron a carcajadas, incluso uno dejó los remos y agarró a la mujer levantándole la pollera. Forcejeando, ella logró librarse y casi lo empuja por la borda. Estaban ebrios. El barco se fue acercando lentamente. La mujer tenía un aspecto bruto, de expresión ofuscada, con el pelo desgreñado y el vestido sucio. Cuando se deshizo del hombre, les ordenó seguir remando. A José le extrañó ese repentino afán por acercarse a dos extraños: un hombre blanco y un chico indígena. Tal vez fuese esa combinación lo que la atrajo, porque era ella sin duda quien mandaba en ese barco pesquero, o en esa pequeña banda de ladrones de río.

    Cuando ya no podían avanzar más sin riesgo de encallar, uno de los hombres habló:

    - ¿Qué le anda pasando, amigo?

    Era provinciano de Corrientes, el acento lo delataba a pesar de la borrachera. No era viejo, pero sí estropeado por los años. El otro era joven, no mucho mayor que Cahrué, de barba oscura, tupida y lleno de vello en los brazos y el pecho. Era el que había intentado agarrar a la mujer. Ella se apoyó en su hombro, esperando la respuesta.

     -Buenas, mi compañero y yo estamos perdidos y con hambre. Nos robaron…

     Los hombres se miraron, pero sobre todo esperaron una aprobación de la mujer.

     - ¿Y qué hacía por el río? -preguntó ella.

     -El chico es mi guía, señora, y el barco que nos robaron de mi propiedad. Soy explorador, por llamarme de alguna manera. José Menéndez Iribarne es mi gracia.

     La mujer estalló en una risa con mucho sarcasmo.

     -Así que esas tenemos…- dijo. -Un tío que viene a la América de turista.

     El viejo pareció comprender a su manera, porque dijo:

     -Acá se viene a trabajar, señores, no a vivir de nosotros…- Y se plantó en medio de la cubierta, señalando con los brazos extendidos a una multitud inexistente. -Todos ustedes vienen a quitarnos el pan, todos inmigrantes hijos de mala madre…- Estaba tan enojado que casi se cae por la borda. El más joven lo retuvo sin dejar de reírse, y la mujer se dirigió a José:

     -No lo tomen a mal…

     -Pueden subir, nomás. Los llevaremos a dónde vayan.

     -Después de espulgarnos a ver si valemos algo- le murmuró a Cahrué antes de zambullirse para recorrer a nado los pocos metros que los separaban del barco.

     No recibieron mucha ayuda para subir, sólo sacaron los remos para que se agarraran y tiraron de ellos. Ya a bordo, ambos parecían dos patos mojados, pero como no llevaban más que pantalones cortos, dijeron que con el sol se secarían rápido. Los hombres comenzaron su labor interrumpida con las redes, la mujer los observaba de manera hosca y ceñuda, las manos en la cintura, pero una de las manos era sólo un muñón. Los perros olfatearon a los extraños, y retrocedieron, gruñendo si intentaban tocarlos.

     - ¡Tranquilos!- dijo ella, pero Cahrué caminó hacia uno de los perros, y antes de que pudiera detenerlo ya le estaba acariciando el lomo, y el perro pasando la lengua por los rasguños de la pierna del chico.

     -Se ve que es un indio. ¿Y usted, señor, de dónde viene?

     -De la madre patria, compatriota, ya me di cuenta de que usted es aragonesa, de las tierras altas, si no me equivoco.

      Ella abrió los ojos con desconfianza, luego se rio.

     -Así es, pero hace seis años que me vine de allá.

     - ¿Y cuál es su gracia?

     -Menos pregunta Dios y perdona… ¿No quieren algo de comer usted y el indio?

     -En realidad comimos anoche, antes del robo, sólo le agradeceríamos que nos llevara hasta un pueblo para hacer la denuncia en la comisaría.

     Esperaba que este plan surgiera su efecto, en ese caso podrían hablar todos más abiertamente. Se dio cuenta de que los hombres giraron las cabezas hacia ellos por un instante, pero disimularon continuando su trabajo de preparar las redes. Ella miró a José sin mostrar ninguna expresión. La cara adusta, de tez oscura, recordaba a las familias aragonesas de antigua cepa que a pesar de haber perdido sus fortunas siglos antes, conservaban en su semblante un orgullo de raza que ni la pobreza ni la enfermedad podían borrar. Eran la terquedad en persona, mantenida a rajatabla con todo lo que fuese necesario, inclusive la violencia. No existían para ellos más leyes que las propias.

      -Yo no subí a bordo sino hasta ayer a la tarde, en el puertito unos kilómetros abajo. ¿Muchachos, vieron gente nueva en el río?

      -No, Mara, solamente el matrimonio que esperaba el barco a Buenos Aires.

      Ella lo golpeó en la cara, con fuerza. El estúpido había delatado un nombre que ella iba a regatear todo el tiempo que creyera necesario.

      José tenía muchas preguntas encima: ¿por qué la obedecían tan sumisamente y la llamaban por el nombre de pila si ella había subido menos de un día antes?

      - ¿Usted es de aquí, Mara? - preguntó, entonces, en voz alta y clara, seguro de sí mismo luego de esa larga noche.

      ­Ella se cruzó de brazos, silenciosa por medio minuto, luego gritó:

      - ¡Al carajo todos ustedes, debería matarlos como al otro!

      Se dio vuelta para meterse en el sucucho que servía de cocina, cuando se dio vuelta y dijo:

      -Usted venga, el indio se queda con los perros.

       José la siguió, y de pronto sus ojos se enceguecieron, tal era la penumbra que perturbó su vista luego del reflejo plateado del sol sobre el río, al que nunca se había acostumbrado del todo. Se frotó los párpados, y ella lo agarró de una mano y lo encaminó no más de un metro hacia un banquito de mimbre. El aire allí era más fresco, y la piel rasguñada de su espalda sintió un alivio. La mujer se le acercó por detrás para mirar las heridas.

    -Estas no son hechas por los golpes de un ladrón…

    -Deben ser por las ramas de los árboles en las que nos acostamos…

    -Yo diría que son por uñas de mujer, a menos que se haya acostado usted con las fieras anoche…

     La mujer se reía mientras iba hacia una despensa empotrada y buscaba una botella y un vaso.

     -Sírvase esto que le va a aliviar la sed.

     José bebió el vasito de caña, y realmente le hizo bien.

     -Ahora me va a decir la verdad. No me creo eso del robo, en esta parte del río nos conocemos todos…

     José se acomodó en el banquito desvencijado, que rechinó y crujió sin romperse. No necesitó preguntar las condiciones.

     -Y si no, los tiramos por la borda, a nosotros nos da lo mismo…

    -Lo imagino…

    -Muy bien, caballero español de antigua cepa, si sabe tanto, entonces cante, como dicen los criollos…

     -Mi compañero y yo no podemos volver al pueblo, por motivos de fuerza mayor…

     - ¿Algún quilombo de mujeres? Usted no tiene pinta de ladrón…

     José se encogió de hombros.

     -Algo así, un poco más complicado.

     -Ya me lo veo a usted metido en un tremendo lio, considerando esas heridas en la espalda, debe haber violado a alguna india, y seguro que le enseñó todo a ese indiecito que lo sigue. Ahora no hay quien lo pare al salvaje, el sexo que practican los blancos se lo aprenden como pervertidos.

      José la observó con intensa curiosidad, sus ojos ya se habían habituado a la penumbra, que no era tanta como le parecía al principio. El reflejo de las aguas formaba luces como olas en las paredes de madera de la cabina estrecha y penetrada de olor a pescado.

    -Por lo que he visto, usted es la dueña del barco y del grupo…

    -Nada de eso, el que manda es el que se sabe imponer, y a esos…- dijo haciendo un movimiento hacia afuera- la cabeza no les da para mucho.

     Entonces oyeron los gruñidos de los perros, y luego chillidos agudos. Se asomaron a la puerta y vieron que el hombre más joven había agarrado a uno de los animales por las patas de atrás, las había atado y ahora lo levantaba con el cuerpo y la cabeza colgando por fuera de borda. El perro chillaba y se sacudía desesperadamente, casi ahogándose cuando el hombre lo sumergía y lo levantaba. El viejo había interrumpido su labor de coser los agujeros en las redes para mirar y se reía. Cahrué estaba atado con una red vieja.

      -Esos hijos de puta siempre lo mismo…-dijo ella, saliendo furiosa. Sacudió al muchacho con su única mano, pero como el otro era fuerte y se resistía, ella agarró una madera y lo golpeó en el hombro con que sostenía al perro. Fue suficiente, pero el animal cayó al agua y pronto desapareció en la correntada.

       Ella comenzó a moler a palos al muchacho, y el viejo se acercó, pero se detuvo cuando le dirigió la mirada iracunda.

     - ¡Bestias, hijos de puta! - Y no se contuvo hasta que el muchacho, en el piso, dejó de protegerse la cara porque tenía un brazo partido en dos. - ¡Eso es lo que ganan! ¡Ahora van a trabajar el doble, rotos y hasta muertos van a trabajar!

     Tiró el palo, y mirando alrededor, le dijo a José:

    -Suelte al indio, va a tener que ganarse el pan en este barco si no quiere terminar como el perro…

     Era ya media mañana. El barco estaba anclado. Los dos hombres se pusieron a trabajar en completo silencio. El viejo miraba hacia la cabina de vez en cuando, con mirada torva, empujando al más joven cuando se quejaba del dolor del brazo, que había entablillado. Cahrué se unió al grupo de pesca sin quejarse, se zambullía para estirar las redes o desengancharlas del casco, luego subía sin ayuda.

      En la cabina, ella se había puesto a cocinar el pescado del día anterior, vigilando el hornito y tomándose un trago de caña de tanto en tanto, aprovechando para echar una mirada a los hombres. José se había quedado sentado en la silla de mimbre, como ella le había ordenado. No estaba dispuesto a discutir luego de lo que había visto.

      -Esos hijos de mala madre ya nos hicieron perder dos perros en dos días. Son de raza, nos conseguimos cinco hace una semana. Dos se murieron porque los hirieron al atraparlos. Otro se nos escapó ayer porque lo maleaban a palos, y ahora este de hoy.

     - ¿Y para qué los usan?

     -Para cazar, por supuesto. ¿O se cree que comemos pescado todos los días? Los bajamos a la selva y esos inútiles cazan si los perros encuentran algo.

       Cuando la comida estuvo lista, le dio un plato de hojalata. Gritó algo a los hombres, que entraron a buscar su plato cada uno. Cahrué no entró, ni ella había preparado algo para él.

      -Dele algo al chico, por favor. Si no queda, le doy mi parte…

      Ella lo miró asombrada.

     -Se ve que lo quiere mucho, pero no se preocupe, esos resisten muchos días, los conozco mucho más que usted, no tenga dudas.

     Se sentó frente a él a comer su parte con las manos.

     -Bueno, y ahora cuénteme que hacía usted en ese pueblito.

     -Llegamos con mi hermano y mi cuñada. Ellos como una especie de misioneros, armaron una escuela y enseñaban materias básicas. Yo hacía comercio por la zona, pero sobre todo con conocidos en Buenos Aires. Así nos manteníamos.

      Ella dejó el plato vacío en el suelo y fue a buscar la botella de caña. Ya estaba ebria, y echando otro trago con el ceño fruncido y la mirada otra vez desconfiada, preguntó:

      - ¿Me está hablando de un matrimonio español, muy engreídos los dos? ¿Él callado y ella fría como un témpano?

      Como José no contestó, asumió que eran los mismos.

      -Estuvieron casi dos semanas esperando el barco a Buenos Aires. Yo estaba con un tipo con el que cuidaba el embarcadero, a cinco kilómetros río abajo. Una noche…bueno…nos emborrachamos los dos, más de lo de siempre, ya casi no me acuerdo qué pasó antes o después. Nos divertimos de lo lindo al principio, después él empezó a golpearme, y yo no me quedé quieta, como ya habrá visto. Esa noche dormimos ahí, y ellos afuera, supongo, porque a la mañana no estaban. Me levanté y todo estaba hecho un desastre. Mi compañero, el tipo con el que vivía hace dieciocho años, estaba tirado en el piso, con la cabeza rota. Yo tenía la sartén todavía al lado mío cuando me desperté.

      Comenzó a reírse y no paró hasta que carraspeó y tosió. Se limpió la garganta con más aguardiente.

      -Dejé todo como estaba y salí a la playa. Ese día tenían que venir éstos a hacer las entregas, así que me subí. El perro del que le hablé se escapó tirándose al agua y nadando hasta la orilla. Cuando me subí a bordo y nos alejábamos, vi a su familia recostada junto a una roca, y el perro se les había juntado.

      José escuchó en silencio, viendo cómo paulatinamente ella iba adormeciéndose por efecto del alcohol, la comida y el sopor de la tarde que comenzaba. La botella vacía se le cayó al piso. Se levantó y apoyó su única mano en la superficie del horno que ya estaba enfriándose. Era alta y le costaba mantener el equilibrio. Con los párpados algo caídos, caminó hacia un jergón que José no había visto en la penumbra. Ella se dejó caer y pareció dormirse.    

      Él se asomó afuera. Los hombres dormían la siesta. Cahrué seguía sentado acariciando al único perro que quedaba. Agarró los restos del pescado y se los llevó al chico.

      - ¿Qué vamos a hacer?

       -Todavía nada, necesitamos que nos lleven a algún pueblo.

      Volvió a meterse en la cabina, y se sentó en el jergón, mientras la contemplaba serena y tranquila, sin aquella constante actitud defensiva que la afeaba. Pensó en el hecho de que por poco tiempo no se cruzara con Manuel y Altea, ya los creía de viaje a Buenos Aires, aguardando el regreso a Cádiz. Pero todavía continuaban en el litoral, entre ríos tan distintos a los de España. Ambos habían querido escapar buscando algo diferente, y allí estaban, atrapados por una naturaleza que parecía penetrarlos hasta hacerlos ensoberbecer sus almas quietas y subyugadas por la culpa. Habían cambiado los ancestrales muros de piedra de España por la cárcel americana de la vegetación insondable y los ríos que despedían vahos de podredumbre y hastío. De la sequedad extrema a la humedad insoportable. Cuál de las dos haría que sus cuerpos se convirtieran en esqueletos más pronto, aún estaba por verse.

       Estaban a mediados de diciembre. Debían ser las dos de la tarde. Una hora donde los hombres se ponen de acuerdo en el silencio absoluto. Sólo las cosas suenan: un reloj, el carro arrastrado por un caballo, el ladrido de un perro, pero esos eran sucesos de una ciudad. Allí, en cambio, el fluir de las aguas era constante hasta que los oídos dejaban de percibirlo, y únicamente los gritos de los pájaros, casi siempre inidentificables para su educación urbana, interrumpían el silencio, y por eso mismo, acrecentándolo. Hasta Cahrué se había adormecido, los hombres roncaban, sin darse cuenta nadie de que algunas aves se asentaban en la borda y picoteaban los viejos restos de pescados.

      Sólo él estaba despierto, contemplando cómo la mujer dormía. Se acercó más a ella, dejó que el aliento de su respiración le tocara la cara, oliendo ese aroma a aguardiente que brotaba de la ropa. Vio las formas de sus pechos, abundantes bajo el vestido, sin corpiño siquiera. Con una sola mano, desató los nudos lentamente, sin dejar de mirar su rostro, para adivinar si se daba cuenta y lo dejaba hacer, o de pronto saltaría como una furia para golpearlo. Nada de esto sucedió. Parecía dormida, y eso era suficiente para él. Metió la mano por el escote abierto y acarició los pechos, suavemente, con las puntas de los dedos, luego los pezones, sin dejar de mirarla a la cara. Sostuvo un seno con la mano abierta, haciendo una leve presión, luego con el otro hizo lo mismo. La cara de ella ya no lucía como quien duerme, sino la de quien tiene simplemente los ojos cerrados. Era claro para José que le estaba permitiendo todo aquello, pero hasta qué punto no lo sabía, por eso no apartaba la mirada de su rostro.

      Su mano derecha bajó del pecho hacia el abdomen, acariciando la piel en lentos círculos en espiral que descendían hacia el pubis. El vestido era una simple prenda que se anudaba por delante, así que cuando lo abrió del todo, pudo ver su desnudez completa, sudada y maloliente, es verdad, pero hasta el punto exacto para sentirse excitado. No le agradaba la extrema pulcritud inodora, porque no parecía humana. El olor de los cosméticos mezclado con el sudor que había sentido en las putas de Cádiz, o el olor a especias y barro en las indias, o este aroma que ahora sentía en Mara, una mezcla de aguardiente y río, lo excitaban sin ninguna duda.

     Su mano fue bajando hasta encontrar el sexo de Mara, húmedo, y entonces ella dio un respingo muy leve, sin abrir los ojos, y emitió un suspiro como de quien sueña. “Oh Dios de las putas”, rezó José, sonriendo, “cómo te gusta esto, querida mía”. Y metiendo sus dedos en la vagina de Mara, ella encogió las piernas levemente, suspirando. Entonces José se sacó los pantalones y se acostó encima de ella, al principio sin tocarla con el cuerpo, sujetándose en el jergón con las rodillas y una mano, mientras con la otra seguía acariciándola. Cuando la penetró, ella abrió los ojos, apenas, sin mirarlo, para no interrumpir el goce ni la concentración. Ella sabía que él estaba atento a sus reacciones, y no quería asustarlo, sino que continuase, que siguiese, que no interrumpiera aquel acto que extrañaba no por sí mismo, sino por la manera en que se estaba realizando.

     El jergón crujió, y la sombra de la tarde se fue metiendo en la cabina. José sabía que alguien miraba desde la puerta, cuál de los tres hombres, no le interesaba. Ella no gritaba, ni él lo hacía, sólo fueron gemidos no más fuertes que el ruido constante de la corriente. Y cuando sabían ambos que estaban por acabar, él la sujetó de ambos lados de la cabeza y comenzó a besarla mientras le mordía los labios, luego la garganta y los pechos, eyaculando y sintiendo que el cuerpo de Mara se estremecía en escalofríos de éxtasis.

      Se quedaron quietos, en silencio, y él se dio vuelta. Cahrué estaba parado en la puerta, con los ojos llorosos.

      - ¿Va a dejarme, no es cierto? - dijo con la más clara congoja que viera alguna vez. No esperó respuesta. Volvió a la cubierta, donde los otros seguían dormidos.

      Mara puso una mano sobre un hombro de José, el muñón de la otra sobre la espalda. Intentó abrazarlo de esa manera, sin decir nada, con una mirada de indefensión que pareció volver a su rostro luego de permanecer reprimida por incontables años. Era una mirada que la beneficiaba, hasta casi otorgarle una extraña belleza a su rostro curtido. Por eso intentó ocultarla abrazándolo, para que él no alcanzase a verla así, indefensa y vulnerable, por más tiempo. Eso se había acabado, hasta que ella lo decidiera, como lo había hecho esta vez.

      Había percibido el olor de ese hombre, un aroma antiguo y acre, había sentido la aspereza de su piel aún antes de tocarlo, con simplemente mirarlo, y ese olor la había invadido durante la tarde, y por eso había bebido más de lo habitual, para adormecer su furia, para que sus recelos se apartaran durante un buen rato, para que su cuerpo fuese suyo y no del eterno resentimiento. Ahora éste volvía, y la aspereza del hombre ya no le gustaba del todo, y necesitó apartarse.

      Durante el resto de la tarde no se hablaron, apenas se dignaron mirarse a los ojos. Los hombres levantaron las redes de poca pesca. El más joven la miraba porque la veía callada y no le gritaba ni a él ni al viejo. Era evidente lo que había pasado entre ella y el extraño, y pronto, quizá esa misma noche, se cobraría las cuentas. Esa hembra era suya. Si de vez en cuando la compartía con el viejo, era como una limosna, porque él quería, y lo divertía ver los esfuerzos del viejo. Pero esta noche…, pensaba, mientras levantaba las redes y las volcaba sobre la cubierta, pateando los peces que agonizaban, a veces aplastándolos de rabia. Ella lo dejaba hacer porque sabía lo que rumiaba, el viejo también, porque no había dormido durante la tarde, sino oído lo que pasaba en la cabina.

      Y fue así como el sol se ocultó tras la espesura del oeste, ocultando en una fría sombra al barco. José se sentó en el jergón, viéndola cocinar los restos de un armadillo que había cazado Cahrué esa tarde. No se hablaban, pero había una especie de comunicación silenciosa, un acuerdo tácito de mutua comprensión que ninguno se atrevía a mencionar por el miedo que sentían de romperlo.

       Ella decidió que comerían todos juntos en la cubierta, y aunque a regañadientes, aceptó también al Cahrué porque gracias a él tenían esa cena. Hizo preparar una mesa con dos caballetes y una tabla larga. Le dijo al viejo que trajera el vino que guardaba en su cubículo, bajo la cama. El otro la miró con ingenuidad, pero pronto una risa de complicidad le inundó la cara, como un chico descubierto. Por un momento, todos olvidaron resquemores, furias y venganzas. Comieron los cinco alrededor de la mesa, ella escarbando la carne en el caparazón con un cuchillo, el viejo con un cortaplumas que había comprado en Santa Fe, el joven con un puñal arrancado a un indio que había matado. Miraron a Cahrué, pero éste comía con las manos, y no levantó la vista.  El perro estaba acostado bajo la mesa.

       Mara y José se miraban de vez en cuando, y el hombre joven pescaba esas miradas y se las tragaba como veneno. El viejo hacía pasar la bota de vino y lamentaba que esa misma noche se acabara. La noche estaba estrellada, y de vez en cuando se vislumbraba la luz de alguna fogata entre los árboles. José se preguntaba si los estarían buscando la gente del pueblo, no estaba muy seguro de que extrañaran a la india, y si no fuera por la sangre que había dejado, tal vez pensaran que se había ido con ellos. Pero ya no había vuelta atrás. Miró a Cahrué, que esquivaba hablarle, y pensó en lo que había dicho esa tarde. Pero tal ensimismamiento se interrumpió de pronto por el golpe del puñal del hombre joven sobre la mesa. Había quedado clavado a menos de un centímetro de la mano izquierda de José. El hombre se había parado tirando el banco de madera al piso, y sin sacar la mano del mango del cuchillo, dijo:

      - ¡Ya me cansé, carajo! ¡A mí nadie me quita la hembra!

       Arrancó el puñal y se tiró contra José. Ambos cayeron y empezaron a pelear. Mara empujó la mesa y trató de separarlos, pero sabía que era inútil. José estaba debajo del otro, resistiendo la mano que intentaba clavarle el puñal, pero no aguantaría mucho. Iba a morir, estaba segura, no era un hombre de río. Entonces agarró el cuchillo que había usado para el armadillo, y acercándose a los que peleaban lo clavó en un costado del hombre joven.

    - ¡Hijo! - escucharon decir al viejo, pero viendo los ojos de Mara, no se atrevió a acercarse. Cahrué no se había levantado, solamente retenía al perro.

      El hombre joven cayó junto a José, con las manos en el cuchillo que le había quedado clavado, se lo arrancó y la sangre comenzó a fluir, esparciéndose por la cubierta hasta llegar a donde estaba el animal, que comenzó a lamerla. Cahrué lo dejó hacer, mientras todos contemplaban la forma en que el hombre moría. No fue mucho tiempo, sólo los minutos necesarios para verlo gritar y lamentarse, para insultarlos a todos y sobre todo a Mara. La llamó puta. La llamó bruja.

      Ella no se movió al escucharse llamar ramera, pero cuando oyó la otra palabra, miró a los otros hombres, como si de pronto alguien revelase lo que nunca había querido que se supiera. Una vergüenza que no se debía ni al sexo, ni a sus borracheras, ni a ser ladrona, ni incluso al asesinato, sino a algo que ni ella comprendía. Una marca que llevaba del lado interno de su frente, y que ella leía cada vez que cerraba los ojos.

       José y Cahrué levantaron el cuerpo y lo arrojaron al río. El viejo se permitió un par de lágrimas, con las manos aferradas a la baranda, viendo desaparecen el cuerpo río abajo. Luego agarró la bota de vino y la apretó contra el cuerpo, mirando a todos como si fuesen a robársela. Se tiró al piso y se puso a beber lo poco que quedaba.

       Mara se acercó a José, con la mano izquierda lo sujetó del pelo, luego de la barba, le recorrió el pecho y metió la mano en sus pantalones, frotándolo, excitándolo. Caminaron hacia la cabina y el jergón. Ya no necesitaron callarse esa noche.

       Cahrué se tiró al agua y pasó la noche en la orilla, tapándose los oídos. El viejo comenzó a cantar, borracho, lenta y torpemente, y agotándose su repertorio, se quedó dormido con la bota de vino, vacía, apretada contra el pecho. El perro continuó lamiendo la sangre hasta que se secó, y aun así siguió rascando la madera con los dientes y las patas, obsesivo y hambriento.

 

 

*

 

 

Ambos estaban desnudos en el jergón. No tenían frío, a pesar de la brisa del río que entraba por la abertura que no tenía puerta. Ya no necesitaban ni siquiera vestirse ahora, nadie vendría a molestarlos. José estaba acostado con las manos en la nuca, mirando al techo de la cabina, fumando el último cigarrillo que el muerto le había dado a Mara. Ella los sacó de entre los bolsillos de su vestido que estaba tirado en el piso, volvió a acostarse a su lado, y se lo encendió. Él la contempló desnuda mientras se levantaba, buscaba entre las ropas, volvía a sentarse en el jergón buscando hacer chispa en el suelo. Entonces el humo pareció nacer desde la cabeza de Mara, de sus cabellos más precisamente, y de negros que eran, parecieron convertirse en oro, y los reflejos de la luz de la luna, tenues, daban la impresión de que movían los cabellos, mientras el humo formaba una especie de planos o dimensiones en torno a Mara. Una rápida asociación se disolvió en cuanto se dio cuenta de lo absurda que era: había pensado en los cabellos de Medusa. Tal vez, en cuanto ella se diera vuelta y la mirara a los ojos…

      Ella se acostó a su lado, y le entregó el cigarrillo con una sonrisa. Su cuerpo era esbelto, de pechos grandes y caderas anchas. Era todo un espectáculo observarla caminar desnuda esos pocos metros, verla tirarse en la cama, observar sus senos moviéndose casi con alegría. Él lo aceptó, sabiendo de quién venía, y dejó que ella recostara su cabeza sobre su pecho, mientras lo acariciaba sin poder apartar las manos del sexo de José, a veces frotándolo, otras simplemente dejando su mano apoyada, y otras sujetándolo como si se agarrara al mástil de la barcaza en la que iban. Ella así lo dijo, riéndose, y él le preguntó:

      - ¿Hace mucho que no tenías hombre? - Y echó una mirada hacia la puerta, que conducía hacia la cubierta y hacia el río que se había llevado al muerto.

     - ¿Ése? La mitad del tiempo estaba borracho y no podía…Es que se emborrachaba justo cuando nos acostábamos, era como si me tuviera miedo y necesitara envalentonarse con el vino o la caña…y al final por eso mismo no podía…entonces se enfurecía, y después de un rato de putear, se quedaba dormido.

       -Puede ser que te tuviera miedo, te he visto defenderte…

       Mara escupió una carcajada corta y cínica.

      -Eso cuando quiero, ya has visto lo contrario…

      Él asintió. Hicieron el amor una vez más. El grito más agudo de Mara pareció expandirse por el río. Es muy probable que Cahrué lo escuchara porque un chillido de ave nocturna pareció responder, y la voz de ese pájaro era tan aguda como la que solía hacer el chico cuando iba de caza. José lo oyó mientras sentía que pronto iba a acabar, y pensó en Cahrué mientras lo hacía, no en ella. Pensó en Manuel, y fue como estarlo escuchando mientras hacía el amor con Altea, esta vez sí como un macho cabrío, no en la forma del tímido aspirante a seminarista fracasado. De algún modo incierto, y sin motivo, se sintió contento, y más que satisfecho, eyaculó dentro de Mara, agarrándola del cabello y sacudiéndola hasta obligarla beber el semen que aún fluía de su sexo. Y ella, tan ofuscada siempre, tan furiosa como la había conocido desde que pisaron la cubierta, era ahora una especie de arpía que disfrutaba con la fuerza a la que era sometida, como si hubiese, por fin, encontrado al hombre con el que podía compararse sin miedo a desilusión alguna.

      El jergón rechinó cuando volvieron a acostarse, uno junto al otro, esta vez sin tocarse. Ya no volverían a hacer el amor esa noche, por eso hablaron, y fue ella quien empezó. Fumaba el resto del cigarrillo, que lentamente fue agotándose hasta que no quedaba más que un pitillo que no podía sujetar, y lo tiró al suelo.

       - ¿Fumás pipa?

       -No, ¿por qué?

       -Por nada, me imaginé que un caballero español como vos tendría esa costumbre.

       José se irguió y apoyó el codo en el colchón y su cabeza en el puño, mirándola con interrogación, mientras le pasaba la yema de un dedo por los pezones.

       - ¿Hace cuánto tiempo llegaste de España? No se te nota ningún acento, sólo cuando te enojas te sale de adentro ese temperamento…

      Mara rio, esta vez con una extraña limpieza de intenciones en ella.

      -Hace dieciocho o veinte años, ya no me acuerdo bien, pasé por tantas cosas…Tenía doce años, de eso de me acuerdo bien, porque perdí mi virginidad entonces…

      Se detuvo, lo miró de reojo, como pensando si debía continuar.

      -Vivía con mis padres y ocho hermanos varones en el campo, a media distancia entre las montañas y un pueblo chico que se llama Luna. Teníamos poca tierra y poco ganado, ovejas y cabras. Mis hermanos ayudaban en todo desde que eran muy chicos. Yo era la última, mi hermano mayor tenía casi diez años más. Empecé a trabajar desde niña, al principio en el ordeñe porque no tenía fuerzas, pero después también en la esquila, y en cualquier cosa que se presentara cuando mis hermanos se fueron casando y yéndose a otros pueblos. Quedamos cinco cuando yo tenía doce años. Uno de ellos se llamaba Roberto. Tenía diecisiete, creo, más o menos, y se empezó a obsesionar conmigo. Ya sabés cómo es el asunto cuando se es la única mujer entre varios varones, unos te protegen, a otros no les importás, y siempre alguno nos mira con deseo. No se puede evitar, es así. Yo sabía que mis hermanos tenían la costumbre de ir a Luna una vez por mes a pasarse una noche completa en el putero. Se sacaban las ganas y volvían a trabajar en el campo, ya sin ganas más que de dormir para levantarse temprano al día siguiente y seguir trabajando. Yo los veía volver medio borrachos en la madrugada, y se pasaban todo el domingo durmiendo. Mis padres los dejaban tranquilos, y mi vieja entonces me acariciaba la cabeza, suspirando como si estuviese viendo a una santa de la iglesia. “Pobre niña de mis ojos”, decía…

       Mara se rio con amargura.

       -Pobre vieja, le diría ahora…si hubieras sabido. Pero yo siempre creí que ella lo esperaba todos de mis hermanos, y hasta se habría sorprendido de que no hubiera pasado antes. La cuestión es que Roberto era medio cerrado, hosco, y pocas veces acompañaba a los otros. Cuando yo tenía doce, él había quedado como cabeza de familia, porque los mayores se habían ido y mi padre estaba en un hospital de Aragón desde hacía tres meses. No iba a salir de ahí nunca más. Roberto se veía saturado de trabajo y responsabilidades. Mi vieja lo agobiaba en lugar de ayudarlo. Ahora que lo pienso, tampoco era para tanto, no pasábamos hambre y siempre había algo que hacer para ganar dinero, pero él se sentía, creo, demasiado responsable de lo que nos pasaba. Si alguien se quejaba, sobre todo los más chicos, o provocaban problemas, él se enojaba y los golpeaba. A mí empezó por negarme la salida al pueblo, sólo debía trabajar con ellos, y me hizo acompañarlo todo el día para vigilarme. Tenía miedo de que algún tipo me dejara embarazada, y zas, otro problema para él. Yo trataba de deshacerme de su vigilancia, pero mientras más me rebelaba él más se obsesionaba. Una vez, en la mesa, mi vieja notó el silencio entre él y yo. Suspiró como siempre lo hacía ante lo inevitable, y se quedó callada. A la tarde misma de ese día, Roberto levantaba fardos de heno y me los acercaba para que yo los atara. Estaba con el torso desnudo, por supuesto, y era apuesto, lo reconozco. Un hombre, ya esa edad, de pecho ancho y vello espeso, tez oscura y barba mal afeitada en una cara cuadrada y de perfil mediterráneo. Yo tenía doce años, más flaca que ahora, por supuesto, pero ya me había desarrollado. Tenía tetas firmes que se me notaban con la transpiración, y sobre todo sé que lo excitaba ese olor que hasta a mí me agobiaba en los días previos a mi sangrado. Un olor acre que no podía quitarme de encima, lo mismo que la mirada de mi hermano.

      - ¿Te violó? - preguntó José, que no ocultó su propia excitación, pero Mara no se dio cuenta esta vez.

      - ¿Violarme? Muchas veces me puse a pensar en eso durante los años siguientes. Primero me dije que no, después, ante tantos problemas que aparecieron, le eché la culpa de todo, pero ya muchos años más tarde, volví a decirme que no.

      - ¿Entonces…?

      -Fue simplemente eso, algo que él ni yo pudimos evitar. Sé cuánto sufría, lo veía en sus ojos, y fue entonces cuando empezó a enfermarse del ojo izquierdo. Decía que no veía bien de vez en cuando, y solía culparme de haberlo golpeado mientras forcejeábamos. Porque yo traté de detenerlo, sabía que estaba mal lo que hacíamos. Estábamos en pleno campo, bajo el sol de media tarde, sudorosos, pero terriblemente excitados. Dios mío, me dije, cuando lo vi acercarse medio desnudo, y cuando me apretó contra el suelo, reteniéndome las manos y abriéndome las piernas con sus rodillas. El sol de pronto desapareció, él lo cubría con su cuerpo, y me daba una sombra de alivio, una especie de fresco por el cual me vi agradecida. Entonces sentí que me penetraba. Me dolió, y mucho, por eso forcejeamos cuando pude liberar una mano, golpeándole la cara, pero por supuesto que no tenía fuerza para hacerle daño. Después sentí que me desmayaba, pero no fue así, solamente unos mareos como si me hubieran levantado por el aire para caer al suelo otra vez muy rápido. Algo había quedado dentro de mí, algo de Roberto, de ese hombre que era mi hermano, pero que finalmente era un hombre más, simplemente eso.

       Mara se levantó para buscar otro cigarrillo. Buscó en toda la cabina y no encontró nada. Salió desnuda, José la vio bajo la luz de la luna sobre la cubierta, yendo hacia el viejo dormido, rebuscar en sus bolsillos, y regresar con una bolsita de tabaco. Su cuerpo se dibujó en la claridad lunar con contornos fijos, como si la luna misma la hubiera dibujado. Volvió a acostarse, apoyando la espalda en la pared y armando unos cigarrillos con papel de diario. José los probó por primera vez en su vida, y no tenían mal sabor.

      -No dije nada a nadie. Un mes después supe que estaba embarazada. Mi vieja se dio cuenta, pero no me preguntó quién había sido. Lo imaginaba, pero no podía hacer nada. Roberto era el jefe de familia ahora que mi viejo había muerto en el hospital. Como no teníamos dinero para pagar el traslado desde el hospital al cementerio, lo llevaron los empleados municipales y lo dejaron en una fosa común. Roberto sufrió por todo eso, por no poder ir a despedirlo, por no enterrarlo dignamente, por no darle siquiera flores. Hizo trabajos extras, lo vimos volver cansado a la una de la madrugada para levantarse a la cuatro y volver a salir. Tres meses después viajó a la capital para pagar la exhumación y enterrarlo en una tumba del cementerio municipal. Volvió cabizbajo, con el ojo izquierdo que le dolía más que nunca, porque no habían podido encontrar el cuerpo de nuestro viejo, mezclado en medio de toda la podredumbre. Mamá lo hizo acostarse, poniéndole empasto sobre el ojo. Yo ya tenía casi cinco meses de embarazo. Me acercaba a él, sin reproches, y lo acariciaba como si fuese mi padre, del que nunca pude despedirme. La familia estaba mal. Roberto no podía trabajar ni la mitad del tiempo, sólo por la mañana o cuando caía el sol más intenso de la tarde. Mis otros hermanos me culpaban de ser una puta, y mi vieja empezó a enflaquecer de tanta malasangre que se hacía. Las vecinas más cercanas se enteraron, y un día hostigaron a mamá para obligarme a abortar. Yo estaba sentada en medio, con la cabeza baja, mientras ellas discutían. Unas decían que ya era tarde, otras que no importaba, decían que la Sottocorno había terminado embarazos de casi siete meses sin riego ninguno para la madre. ¿Las operaba?, preguntaba alguna. No, para nada, contestaba otra, el niño se deshace adentro, y se expulsa como si una tuviera de nuevo la menstruación. Entonces las voces se hacían menos airadas, más sombrías y secretas, acorde con el paso de la sombra de la tarde a la penumbra sutil del atardecer inminente, que sin embargo aún no era demasiado evidente afuera. Solo en la casa las mujeres comenzaron a murmurar entre ellas, tratando de que yo no escuchara, pero ellas no sabían que mi audición siempre fue muy sensible. Sottocorno era una bruja, la había visto ir y volver de los aquelarres en las montañas ciertas noches del año, llevando bolsas con niños y regresando sin ellas, muy temprano en las madrugadas, mientras se veía una columna de humo en algún lugar de la ladera de la montaña. Un día la habían molido a palos la gente del pueblo. La dejaron tirada en medio del campo, con las piernas quebradas. Al día siguiente, la vieron caminar con dos serpientes enroscadas en las piernas rotas, que le sirvieron de sostén mientras se curaban. Mi madre estuvo de acuerdo, el siguiente sábado me llevarían a verla.

       Mara se iba a levantar otra vez, pero se quedó sentada mirando hacia la pared. Tenía el pelo oscuro todo desordenado y enredado, olía a sucio, pero a José no le importaba. Dándole tiempo para recuperarse, a esa mujer que parecía ser un torbellino de acciones irreprimibles, una mujer de fuerzas impensables, observó su espalda, recta, de piel bronceada por la vida en el río, de músculos firmes que descendían desde la nuca cubierta de vello suave y oscuro hacia la cintura y los glúteos, que pudo contemplar al levantarse ella y caminar hacia la puerta. Todavía no había amanecido, la luna, sin embargo, había menguado. Ella apoyó un hombro sobre el marco derecho, con los brazos cruzados sobre el pecho. Le daba la espalda, así que no sabía qué expresión tenía ella en el rostro, pero imaginaba lo que debía estar pensando: si era necesario contarle todo eso a él, a quien no conocía más de un día, pero por el cual había matado a un hombre.

      -Aunque las mujeres sean más fuertes que los hombres, siempre terminan entregando las armas-dijo José, sabiendo que de ese modo ofendía el orgullo de Mara.

      Ella se dio vuelta, con la mirada llena de curiosidad, y tal vez fue esa frase la que la convenció. El silencio de un hombre la habría convencido de su imbecilidad, y por lo tanto no merecedor de la verdad. En cambio, él la había desafiado. Volvió a la cama, sentándose frente a él, mirándolo a la cara para contarle lo que a muy pocos había dicho.

      -Era italiana, la vieja bruja. Porque eso era, una puta bruja que tenía más años que los que aparentaba. Nadie sabía cuándo había llegado, por lo menos no con precisión. Todavía tenía el acento de un dialecto que hacía muy fina su pronunciación. Una se quedaba extasiada oyéndola hablar, aunque no se entendiera nada. La fascinación estaba en sus manos, en los gestos que hacía. Cuando llegué con mi madre y otra vecina, entramos a la casa de adobe, antiguo, pero de paredes limpias a pesar del piso de tierra. No tenía más muebles que un armario contra la pared del fondo, del que parecía sacar, inagotablemente, todo lo que necesitara, porque la vimos varias veces ir y venir trayendo tazas y jarras para darnos algo de beber, y luego telas y vasijas con las que parecía preparar algo para mí. Había sillas para sentarnos las cuatro, pero cuando entré no las había visto. Las cosas del interior parecían aparecer cuando se las necesitaba y luego desaparecían otra vez, como si esa casa fuera la mente consciente de cada uno de nosotros. ¿Me entendés lo que quiero decir?

      José asentía. Mara lo contemplaba a los ojos, juzgando a cada minuto los pensamientos del hombre a quien se entregaba. Le temía, pero confiaba, porque eran seres del mismo espectro, eso ya lo sabía.

       -“Marietta”- dijo la vecina que la conocía mejor, y que era una especie de mensajera entre la bruja y la gente común, alguien que atenuaba los temores supersticiosos del pueblo. “Ya sabes a lo que hemos venido, esta niña necesita tu ayuda”.  La vieja me miró directamente por primera vez. Tenía una mirada a veces clara, a veces oscura, desconcertante al principio para mí, pero me di cuenta de que la luz del sol de la tarde de ese sábado era parecida a la del día que mi hermano y yo estuvimos juntos, y esa casa era también un refugio de sombra, como el cuerpo de Roberto. En lugar de un torso varonil que jugaba con los colores del campo, eran los ojos y la cara de la vieja que se burlaba de las apariencias del mundo. Se levantó de la silla y caminó hacia mí. Yo bajé la vista, como queriendo ver sus piernas rodeadas de serpientes.

        - ¡Qué niña inocente! ¿No te diste cuenta de que eran todos cuentos para que la vieja se ganara la vida? - dijo José

       -No conocés a las mujeres…-dijo Mara.

       -Créeme que las conozco…-contestó él, tocando a Mara.

       -Conocer conchas no es conocer a las mujeres, eso será para los frailes reprimidos. Eran cuentos cuando a ella le convenía, porque varias veces intentaron echarla, pero nunca pudieron, porque esos cuentos provocaban miedo como los provoca la verdad. Se me acercó y me dijo que levantara la vista hacia ella. Con su mano me forzó hacerlo agarrándome del mentón. Yo temblaba. Tenía ya una panza que se notaba mucho, y pensé que ella me haría escupir al bebé, o vomitarlo, qué sé yo. Tenés razón que era una nena, todavía, pero en el sentido que me creía los cuentos falsos inventados por las viejas del pueblo. Para conocer la verdad, hace falta ser una mujer, y fue en eso en lo que me convertí ese día. La vieja apoyó una mano sobre mi cabeza y comencé a escuchar un bullicio de pájaros, luego un griterío de chillidos que se convirtió en un estruendo que azotaba la casa como un viento. Miré a todos lados, mi madre y la otra mujer seguían sentadas, sin darse cuenta de todo aquel escándalo. Quise levantarme, pero la vieja me retenía con la palma de su mano sobre la cabeza, como si hiciera toda su fuerza, sin conmover su expresión más que cerrando los ojos, como si pensara. Luego escuché ladridos de perros histéricos y alborotados, que no paraban aun cuando yo gritaba para que las mujeres en esa habitación me escucharan. Las miraba, pero de nada se daban cuenta. Habría querido levantarme y golpearlas, incluso a mi madre, por dejarme en medio de esas furias, porque de ellas provenían los ruidos: de las famosas Furias del infierno. Hablaban con esos ladridos, eran perras que ahora estaban frente a mí, alrededor de la vieja, acusándome de puta y reclamando el castigo para mi hermano. Yo les gritaba con todas mis fuerzas. ¡No! ¡No!, y les rogaba que me perdonaran la vida. Pero ellas gritaban en ladridos furibundos, y afuera, el aleteo de las aves azotaba el techo y las paredes, y comencé a ver cómo el techo de madera se combaba con el peso de los pájaros.

      Mara estaba agitada. Por primera vez desde que se había acostado, buscó una botella de aguardiente y tomó lo que quedaba, hasta dejarla vacía. La dejó caer al costado de la cama. José la miraba sin decir nada.

      - ¿Qué? ¿Te parece mal?

      -Solo me decía que, si no supiera que eras una nena de doce años, habría pensado que era todo un delirium tremens.

      -Más vale que te calles la boca si vas a seguir diciendo estupideces.

      Ella era capaz de darle un botellazo en la cabeza, José lo sabía, y por más que su intención fuese poner un poco de humor en todo ese delirio, decidió sólo escuchar, por ahora, porque a veces era lo mejor que puede hacer un hombre con una mujer.

      -Entonces ya no aguanté más, y en lugar de gritar, porque en realidad ninguna voz salía de mi garganta, moví los brazos y las piernas, y sentí que me elevaban por sobre el suelo. Olí un insoportable olor a excrementos, y me vi de pronto en el techo, con las otras aves, junto al agujero por el que yo había salido. Abajo estaban las tres mujeres, sentadas, como conversando sin notar nada raro. Pero los perros ladraban enfurecidos alrededor de ellas, dando vueltas y mirando hacia el techo, desde donde yo me burlaba. No sé cuánto duró todo eso, pero de pronto todos los pájaros levantaron vuelo, y yo no pude. Quise seguirlos, pero mi cuerpo no podía. Estaba como atada sin sogas a ese techo, condenada a un lugar intermedio entre la casa en el pueblo, y el cielo, tal vez. Escuché que la vieja me decía, sin sacar su mano de mi cabeza, “todavía no es tiempo”. Y me desperté, aunque no había dormido.  Estaba en la silla, junto a las otras. La bruja dijo algo en su dialecto, y ya no le entendí. La otra mujer tradujo: “La niña es una de nosotras, una Aranguren…”. Mi madre tartamudeó algo, dijo que mi padre le había contado que su madre tenía fama de curandera, pero nunca les había llamado la atención, cientos de mujeres en los pueblos de cualquier parte han hecho siempre lo mismo. No dijo, ni sabía más, en realidad. Mi padre había muerto, y yo debería tener a ese bebé. De alguna manera, no me molestaba. A nadie culpaba más que al sol y la lujuria. Mi panza crecía, los movimientos del feto me estremecían sin aterrarme.

       Mara buscó bajo el jergón. Encontró una botella todavía un cuarto llena.

      - ¿Cuándo empezaste a beber?- preguntó José.

      -Esa es otra historia, hidalgo caballero.

        Él se levantó, algo hastiado del siempre oportuno sarcasmo de ella, y salió a cubierta. Orinó lenta y parsimoniosamente hacia el río, mientras escuchaba el cristalino ruido del chorro sobre el agua, tratando de atisbar el cuerpo de Cahrué en la orilla, y preguntándose por el lenguaje casi culto que Mara tomaba en algunos momentos. Volvió a jergón. Ella había terminado la botella.

       - ¿Y qué pasaba, mientras, en la mente de Roberto?

       -Sufría, ¿qué más? El ojo se le fue curando, pero la culpa lo estaba matando. Me veía y se laceraba internamente, veía la mirada de mi madre, piadosa siempre, y se sentía aún más culpable. Trabajaba día y noche, no dormía más que tres horas, y aun así lo escuchábamos dar vueltas en la cama y despertarse gritando. Cuando yo tenía casi ocho meses de embarazo, nos enteramos por las vecinas que había estado yendo a la iglesia todos los días, por lo menos una hora, entre trabajo y trabajo. Lo vieron hablar con el cura de la parroquia de Luna casi todo el tiempo. Entonces una noche lo vimos llegar con el cura. El sacerdote no era viejo, debía tener la misma edad que habría tenido mi padre. Lo recibimos con respeto, pero en completo silencio. Sabíamos lo que venía a decirnos. Yo debía casarme o entregar al chico. Tenía casi trece años, y era una vergüenza y un mal ejemplo para el pueblo. Pero lo que no se atrevió a decir, fue lo que todos ya sabían, el verdadero motivo. Había un candidato para mí, un joven de veinte años de buena familia, trabajador, honesto, y todas esas pavadas de siempre. Cubriría las apariencias y acallaría la mala opinión. ¡Qué nos interesaba la opinión del pueblo!, grité yo, bien fuerte. Pero todos mis hermanos me miraron con odio, y mi madre me hizo callar. Ya sabía yo que nadie quería tratar con nosotros. Sólo por Roberto lo hacían, por su mea culpa constante, que desgarraba hasta la misma culpa, destrozándola hasta hacerla jirones sin sentido frente a las acusaciones de los demás. Si no aceptaba, nadie tendría para comer, y menos mi hijo. Cuando nació, era una niña. Fueron unos pocos días, pero fueron los únicos felices en esos tiempos. Mis hermanos la mimaban, y mi madre la alimentaba con leche de cabra porque yo tenía poca leche que darle. Roberto se veía distinto, sin esa amargura en los ojos, pero era solamente cuando la miraba a la niña. Cuando me veía, volvía la culpa, y creo que fue entonces cuando vi en su mirada el deseo de matarme. Si durante todos aquellos meses había vencido al suicidio gracias al cura, ahora que el fruto de su culpa era más hermoso que su simiente, empezó a echarme la culpa de todo. Estaba en su cara, no en su boca. Yo me acercaba y le arrancaba a la niña de los brazos, y un día el cura entró y nos vio en medio de esos forcejeos. Se hizo la señal de cruz y nos separó como a dos endemoniados. Apuró el casamiento con mi pretendiente, pero el problema ahora era que el joven no quería hacerse cargo del hijo de otro hombre. Su familia era humilde pero muy piadosa, y sus padres se habían negado a aceptar a un bastardo del incesto. Si quería casarse con Mara, ella debía demostrar su entereza entregando a la niña. Esa fue la excusa, pero yo siempre creí que fue Roberto el que convenció a Santiago para que no aceptara a mi hija. Yo lo sabía, lo escuchaba en sus murmullos nocturnos, es sus frases escondidas. Entonces Santiago Espinoza vino un día a casa, y nos dijo a todos que quería ir a América a probar suerte. Ya todos sabíamos de las emigraciones, y muchos habían viajado solos o con toda la familia. De vez en cuando llegaban buenas noticias, pero en general había silencio luego de la partida. Decían que era la tierra de las oportunidades, que aceptaban trabajadores de todo tipo porque los criollos no querían trabajar. En la reunión, me ofreció seguirlo, si yo quería. Pero en la noche, cuando nos encontrábamos a pocos metros de la casa, donde solíamos reunirnos para hablar y conocernos mejor, habló casi una hora de los paisajes de Argentina, hasta me leyó trozos de cartas de su hermano Facundo que había viajado unos meses antes a Buenos Aires. Estaba entusiasmado, y me contagió su alegría. Yo creí, por un instante, que todo iba a mejorar. Lo dejé besarme, pero cuando me levantó la falda y empezó a tocarme, retrocedí. Él me miró como dándose cuenta recién de que me tenía realmente en sus manos. Me tiró al suelo y me tapó la boca. Lo excitaba que me resistiera, me llamó puta y muchas otras cosas que entonces me dolieron más que la fuerza, porque con Roberto no había habido más que suavidad y deseo. Me arrastró hasta el río, pero como yo no quería caminar me golpeó durante casi todo el camino. En la orilla, me limpió la cara. Ya tenía la ropa rota, así que cuando me llevó a casa en la mañana, me tiró a los pies de mi madre y dijo que me había sorprendido revolcándome con un hombre. Me llevaría a América, dijo, pero sin casamiento y sin niña.

     - ¿Piensas que tu hermano tramó todo eso? -preguntó José.

     -Cuando vi la gloria en el rostro de Roberto-contestó Mara-, en el mismo instante que le dijeron que dejarían a mi hija con él, supe que sí. Toda amoratada, preparé mi valija. Mis otros hermanos no quisieron despedirme, mi madre me abrazó llorando y sin más palabras que sus gimoteos de siempre. Roberto tenía a mi hija en brazos. Me dejó darle un beso, y mientras salía de la casa hacia el camino donde la carreta de Santiago me esperaba para llevarnos en el largo viaje al puerto de Cádiz, me di vuelta y contemplé por última vez en mi vida ese panorama atroz: el padre y la hija. Mi niña Elsa.

 

 

*

 

 

José había pasado despierto casi toda la noche, pero luego durmió toda la mañana. Debían ser las nueve o diez cuando abrió los ojos. Ya hacía calor, y el sol lo abrumó hasta enceguecerlo cuando salió a cubierta. Mara estaba ayudando al viejo.

      -Estamos tratando de arreglar las máquinas del sistema de vapor, este viejo mañoso sabe mucho, aunque todo el tiempo se haga el vago. -Y le dio un empujón que quiso ser de simpatía, pero que tiró al viejo al suelo, porque estaba de cuclillas. Mara se rio. -Todavía le dura la borrachera, pero ya se le va a pasar. - No dijo nada del muerto, que era el hijo del viejo, y éste ya no parecía acordarse de la noche anterior.

       José lo vio levantarse con una sonrisa estúpida, agarrar las herramientas y retomar el trabajo, que consistía en martillear permanentemente el hierro de una especie de caldera herrumbrosa.

      -Me voy a dar un baño-dijo José, y Mara, acuclillada junto al viejo, lo vio sacarse el pantalón, restregarse los ojos y zambullirse en el río. Se levantó con rapidez y se acercó a la borda, sujetándose a la madera como si de ese modo estuviese intentando mantener un equilibrio que de pronto había comenzado a perder: la sola idea de que ese hombre desapareciera sin su consentimiento, la amedrentaba, es más, la perturbaba de una manera que no había sentido en muchos años.

       - ¡No te alejes mucho! -le gritó, porque lo veía ir río abajo, acercándose a la orilla. - Te hago algo para comer, y en la tarde salimos, si el viejo termina…

       José ya no la escuchó, porque la vio darse vuelta y volver a su mal humor habitual para descargarse sobre el viejo, seguramente intimándolo a que no dejase el trabajo en la máquina. Adónde irían, se preguntó José, pero eso no le importó mientras nadaba lentamente hacia la orilla en donde había visto desaparecer a Cahrué durante la noche. Cuando llegó a un claro en la playa, ya se sentía más fresco, y se paró bajo la sombra de unos árboles, escuchando el estruendo del río y el chillido de los pájaros mañaneros. Había un aroma a flores, intenso, casi embriagador. Parado, desnudo y mirando hacia el barco, se puso a pensar en que no tenía más remedio que seguir con Mara, fuese a donde fuese, incluso ayudarla en sus negocios, y hasta tal vez, juntos, podrían ganar bastante dinero. Mara era un espíritu rebelde, malhumorado, violento, pero él había encontrado, estaba seguro, la forma de dominarla. No se había dado cuenta exacta de eso sino hasta esta mañana, al escucharla desde la borda.

       Entonces oyó pasos sobre las hojas secas, y al volverse vio que Cahrué estaba mirándolo, bien despierto, con la mirada lúcida, y en las manos tenía cuerdas hechas con hojas tejidas. José sonrió.

     -Me alegra verte…- y se acercó al chico. - ¿Para qué son esas cuerdas?

     -Arreglé una canoa vieja que encontré cerca de acá. Me voy para el sur, a Buenos Aires.

     José lo observó con sorpresa, lo veía más que ofuscado, ofendido.

     - ¿Pero ¿qué te pasa? ¿Es por la mujer? ¿Creías que te íbamos a dejar acá? - Intentó minimizar todos esos pensamientos con su risa y apoyando las manos en los hombros del chico, y luego le acarició la cabeza y luego la cara de escasa barba.

      -Me doy cuenta de que usted debe seguir su camino, y me parece que ya lo encontró, Lo entiendo muy bien, me doy cuenta de que hay algo entre ustedes, una unión que se va a hacer más fuerte después…

     -No digas estupideces, lo que pasa es que estás celoso…

    Cahrué no respondió a eso.

    - ¿Y qué vas a hacer en Buenos Aires, se puede saber?

    -Estudiar, como usted y la señora Altea me recomendaron. Dijeron que soy muy capaz de estudiar medicina, y eso voy a hacer.

    José comenzó a reírse tan fuerte, que tuvo que sentarse. Intentó hablar, pero se ahogaba por la risa que le provocaban esas ideas del chico.

     -Eres un imbécil. ¿Crees que te van a aceptar, indio y negro?

     No lo vio venir, porque seguía atontado por la risa. El chico se le tiró encima. Cahrué era hábil y diestro con el cuerpo, José en cambio lo superaba en peso y experiencia. Le dio vuelta y lo retuvo en el suelo con brazos y piernas, como estacándolo. Lo miró un rato, mientras intentaba serenarse.

      -Pareces un Cristo indio, como el que le regalaste a Altea.

      Pensó en el crucifijo que ella debía tener sobre el pecho, y que Manuel debía estar venerando cada vez que lo veía. Ese crucifijo, de alguna manera, los unía, a través de ella, a través de Cristo, a través del chico…Una especie de orgía que los reunía a todos ellos en ese vasto país de selvas profundas y ríos con cientos de afluentes y arroyos interrumpidos, de aves exóticas que cantaban himnos matutinos como en las misas de las mañanas de Cádiz, donde el calor era, más que embriagador, una especie de síntesis exacta de la putrefacción y de la vida: muerte y resurrección.

      Acercó su rostro hacia Cahrué, y lo besó. Y de pronto el casi mediodía se ensombreció con el paso fugaz de unas nubes, que en realidad fueron tan eternas como la suspensión del tiempo bajo la sombra que los árboles acrecentaban con sus tórpidas ramas. Dio vuelta el cuerpo de Cahuré, lo apretó contra el suelo con su propio cuerpo. Su cara estaba junto a la del chico, mientras su boca blasfemaba insultos y obscenidades en el oído del indio: lo llamaba indio, lo llamaba negro, lo llamaba puto, lo llamaba ignorante de mierda. Pero al mismo tiempo que lo hacía, el sudor brotó de su piel como lágrimas, y sin dejar de forcejear, lo penetró y acabó con un grito contenido, porque tenía vergüenza a la vez que una satisfacción que no podía comparar con nada. Sabía que todo había sido un subterfugio, un reemplazo, un cuerpo en similitud con otro, un alma india que se parecía irremediablemente en sabiduría y sarcasmo a esa otra alma a la que realmente extrañaba.

       Cuando lo soltó y se dejó caer boca arriba en la playa, el chico se levantó lentamente, mirándolo sin odio y también sin consuelo, y luego alejarse por la costa, entre las ramas que intentaban hundirse en la orilla. Se levantó y lo siguió. Cahrué llegó hasta donde estaba la canoa reparada, se subió a ella, soltó las amarras y comenzó a remar. Lo vio alejarse río abajo. Haría, sin duda, lo que se había propuesto. Los demás harían pedazos de él, de su cuerpo y de su alma, durante mucho tiempo, pero el chico ya era un hombre que se reconstruiría cuantas veces fuese necesario. El sol caía a pleno sobre el río y la canoa, pero Cahrué era parte del río, y, por lo tanto, del sol, y no podría hacerse daño a sí mismo. Era un todo que se metería de lleno en la ciudad grandiosa, la ciudad de cemento con la que chocaría, hasta roer las paredes y meterse en los claustros y las aulas. Y él, como una serpiente, sabría cambiar de piel para sobrevivir.

       José se sentó en el barro junto a unas ramas podridas. Vio lo gusanos que recreaban la vida desde la muerte, los mismos que ahora se le subían a la piel atraídos por el sudor y la sal que manaba de ella. Se acostó de espaldas, dejando que le hicieran cosquillas mientras ascendían, y fue entonces cuando las nubes, tan eternas como el río, se hicieron más oscuras, y de entre los árboles que se enmarañaban sobre él, aparecieron los murciélagos. Quizás pensaran que era de noche, o tal vez fuese sólo su habitual costumbre, que él desconocía. Mientras su alma estaba hundiéndose en el barro, los murciélagos sobrevolaban por debajo de las altas copas de los árboles, yendo y viniendo de un lado a otro, chocándose con los troncos como ciegos estúpidos, chillando. El aleteo como de cuero golpeado era tan intenso que ocultó el estruendo de la corriente, hasta hacer que el río fuese un río de alas, viboreando en el aire como en el cielo. Creyó ver en el cielo negro, ya sin ramas que lo ocultaran, un río ancho de murciélagos con formas y figuras de números, tal vez un ocho, o quizá una letra.

      Se quedó dormido, porque estaba muy cansado. Cuando despertó, debían ser casi las tres de la tarde. Tenía el cuerpo lleno de barro, pero los gusanos lo habían abandonado. El calor era insoportable, pero no había sol. Pronto llovería torrencialmente, y escuchó la voz de Mara, llamándolo con una expresión acongojada, conminándolo a regresar antes de la tormenta, pero era más un ruego que una advertencia. Esa mujer lo extrañaba, y de pronto sintió necesidad de ella, de tenerla en sus brazos para obtener de su cuerpo lo que ella nunca sabría enseñarle, por más que lo quisiera: la forma de conseguir lo que se necesita, la manera de hacer que las cosas no mueran, y sobre todo la configuración exacta del poder sobre los demás. No el poder de la carne, sino del alma, el dios que necesitaba conseguir porque su propio dios así se lo pedía: el lleno lo impelía al vacío, saturado y hastiado, y el vacío, amargado de eterna ausencia, reclamaba ser llenado.

      Nadó hasta el barco. Mara lo aguardaba, apoyados los codos en la madera de la borda. Cuando lo vio llegar corrió para ayudarlo a subir, pero pronto empezó a recriminarle la tardanza, con su hosquedad habitual. José, a pesar de lo insoportable de aquel carácter, se sintió bienvenido. Esperaba verla bebida, pero no fue así. Mientras él se secaba, ella lo miró en silencio.

      - ¿Qué hay del arreglo del motor? - preguntó, mientras se vestía con las ropas que había dejado el muerto. Ella se las había dejado preparadas sobre el jergón.

      -Ya está arreglado, pero el viejo quiere probarlo durante el día, tiene miedo de que explote la caldera. Son mañas de él, yo lo conozco. Borracho y todo, es el mejor mecánico del río.

      - ¿A dónde vamos?

     -Tengo un encargo en la triple frontera, con un tipo con el que trabajo a veces. No confío mucho en él, pero nos hizo ganar mucho a Santiago y a mí durante la guerra.

     - ¿Qué tipo de trabajo?

     -Llevar chicas para un burdel en Brasil. Las levantamos en un pueblo y las llevamos a otro. Nada más.

     -Parece muy fácil…

    -Lo es, pero Valverde esconde cosas…

    - ¿Quién?

    -Valverde de Amusco, es un portugués que vive en Brasil. Tiene tierras, y familia de alcurnia, pero la deja en lugar tranquilo mientras se mezcla con toda clase de reos, como nosotros. -Miró a José con sorna. - No me refiero a usted, caballero español.

     - ¿Y cuándo partimos?

     -Mañana temprano.

     -Estuve pensando en mi hermano y mi cuñada. ¿Habrán conseguido el transporte a Buenos Aires?

     -No creo, el próximo hacia el sur pasa en un mes.

     José se sentó en el jergón, mirando hacia el río.

     -Pero no te preocupes, si son inteligentes se habrán subido al barco que va al norte para dejarlos en un pueblo o alguna ciudad con hotel, si son tan remilgados como me parecieron.

      José siguió pensando, y dijo:

     -Me gustaría ver si están bien, si necesitan algo, al fin de cuentas son mi familia.

      Mara lo miró con desconfianza, pero si había regresado después de varias horas fuera del barco, no debía preocuparse ahora.

      -Ya pasamos ese parador hace varios kilómetros río abajo. ¿Te va a acompañar el indio?

      José negó, bajó una canoa y comenzó a remar. Sabía que Mara lo observaba, que esa mujer tenía ojos en todas partes de su cuerpo. Recordó el relato de su experiencia en España, todo aquel cuento de brujas, y supo con certeza, mientras contemplaba cómo las ondas del agua que él empujaba se dirigían hacia atrás y reflejaban la figura de Mara, a tantos metros de distancia, a tan contra lógica de la física habitual.

      No tardó más de una hora en llegar al parador, era el único claro entre la espesura de la orilla. Amarró la canoa y caminó por la playa, evitando el muelle derruido, hasta una casilla. Estaba vacía, pero había restos de velas, y lámparas de kerosene. Salió y llamó a voces, pero nadie le respondió. Decidió dar unas vueltas por la zona, pero pronto se encontró con el comienzo de la selva, profusa y densa, y como empezaba a caer la tarde, no quiso seguir adelante. Sin embargo, escuchó el ruido de una carreta desde el interior, y dos voces diferentes.  Pronto vio aparecer entre los árboles, a un viejo y un chico en una carreta desvencijada arrastrada por un bayo enclenque. Al verlo, se detuvieron, y el viejo le preguntó:

      - ¿Busca algo, patrón?

      -Buenas tardes, buscaba a una pareja que esperaba el transporte a Buenos Aires.

       El viejo se rio.

      - ¿A los españoles? Se fueron esta mañana en el “Juan Manuel de Rosas”.

      Los dos se rieron como tontos, y se despidieron de José. Iban hacia la playa, donde una barcaza vieja los aguardaba anclada junto al muelle.

      José se sentó en el suelo. ¿Qué iba a hacer? Manuel se había ido, tampoco tenía siquiera a Cahrué. Ambos habían huido de su lado, y no sabía quién había espantado a quién. Sólo tenía a Mara, una especie de alma gemela, que más que amor le otorgaba una especie de éxtasis rayano con el existencialismo. Veía en ella algo que él tenía y que a veces se debilitaba: un horror carente de miedo. Esa fuerza cuya ausencia lo hacía sentirse perdido. Pero a Manuel, santo Dios, a él lo necesitaba. Era parte de su cuerpo, y se lo habían amputado el día que Cristo, la iglesia o Altea, fuera el que fuese, se lo había quitado. Y si no podía con Manuel, entonces sería su hijo. Porque él sabía que el hijo de Altea era suyo, de José Menéndez Iribarne. El hijo de Manuel era su hijo. Ambos hermanos tenían un mismo hijo. Dios santo, se dijo José, cómo llamaremos a este niño. ¿Jesús, tal vez?

      Se levantó, y sin darse cuenta se metió entre la espesura, siguiendo el estrecho sendero por el que había pasado la carreta. Estaba oscureciendo, y la sombra de los árboles daba un símil nocturno al lugar. Tropezó con algo y cayó de rodillas sobre unas piedras amontonadas. Era una tumba reciente. Salió de allí, llegó al muelle, donde el viejo y el chico estaban por salir al río.

      - ¿Pescan de noche? -preguntó él.

      -No, patrón. Vamos al pueblo para comprar algunas cosas, aprovechamos la noche para llegar temprano.

      -Pero parece que va a haber tormenta.

      Ellos se rieron en su forma habitual, y no contestaron.

      -Oigan, hay una tumba reciente por allá- dijo, señalando hacia el camino interior.

      -Es el rengo Espinoza, lo mató la mujer hace unos días.

      Los vio alejarse río arriba, mientras las nubes enormes y oscuras no parecían amedrentar a esa barcaza endeble. Ya sabía algo más de Mara, pero no lo sorprendía, sino que lo acercaba a ella como algo irremediable. Subió a la canoa y regresó al barco. Ya era de noche, y ella lo recibió con la cena hecha. Estaba algo ebria, no habría podido evitarlo por más que se hubiese empecinado. Pero se notaba pesadumbre en su rostro, tan diferente a la alegre despreocupación de cuando estaba realmente bebida. Estaba otra vez en manos de un hombre, leyó él en la cara de ella, como un lamento, pero también como un regocijo. En la mañana partirían hacia el Brasil, siguiendo al barco cuyo nombre era parecido al de su hermano. Por eso, luego de hacer el amor una sola vez, durmió plácidamente hasta cerca de la madrugada, cuando los murciélagos comenzaron a revolotear por delante de su cara, golpeándolo con sus alas y chocando con su cama, mientras él manoteaba, desesperado por sacárselos de encima.

      A su lado, Mara lo contemplaba, sin atreverse a despertarlo, porque bien sabía que las pesadillas interrumpidas se convierten en realidad. Pero al verlo lastimarse la cara tan furiosamente, no pudo evitar apoyar su única mano sobre el rostro de José, que abrió los ojos, sobresaltado, con la mirada del miedo, con la mirada del puro espanto. Supo ella que se había entregado a un hombre condenado, y volvió a acostarse a su lado, acariciándolo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL VIAJE POR LAS TIERRAS DE LOS PERROS

 

 

 

3

 

 

 

Altea despertó con una sensación de nauseas. Se tocó la frente, empapada en sudor, lo mismo que el pecho y la espalda. Era un sudor frío, y se preguntó si tal vez era presa de la fiebre. Durante sus años en el litoral, ya había sufrido varias infecciones, pero su cuerpo las había asumido como se asume un inconveniente menor. Una tarde recostada, incluso un día completo, había sido todo lo necesario para reponerse. Hoy, sin embargo, sabía que no se trataba de eso. Era el embarazo, por supuesto. Y como era la primera vez, tuvo los temores que ya antes de salir del pueblo estaba decidida a ignorar. ¿Cómo podía ser que ella, una mujer hecha y derecha, que había ayudado a parir a las mujeres del pueblo, incluso enseñado a las adolescentes lo que debían saber sobre el sexo, tuviese miedo? Pero la verdad es que se engañaba: ellas sabían más de lo que ella pudiese enseñarles. Para esas mujeres era algo común y corriente, y se reían a escondidas cuando ella les hablaba tan preocupada y seriamente. Sus gestos, que pretendían ser simplemente realistas, le salían obscenos, y las palabras que utilizaba eran tan castizas que al final las mujeres se rían y no encontraba más remedio que sonreír y disimular la humillación.

      Ahora le habría gustado preguntarle algo a ellas, pero estaba sola en medio de ese río que había aprendido a odiar porque representaba su fracaso. Venir desde España ya había constituido una ingenuidad de su parte, confiar en Manuel, una estupidez, y a eso se había sumado la tragedia de la noche de los ritos. El niño era una tragedia en sí mismo. Una cruz, como no podía evitar asociarlo; ella también tenía el culto católico impregnado en el alma, gravado a cincel en las rocas más profundas de su psiquis. “¡Oh, Psyché”, murmuró, “¿quién sabrá analizarte mejor y más profundamente que una mujer? El problema es que nuestra sabiduría es la intuición, y no sabremos explicarlo nunca. Y ellos, los hombres, quienes poseen las palabras, no serán capaces, tampoco, de hallar las correctas, porque jamás entenderán el quid de la cuestión. Para ellos los grandes temas: Dios y la muerte, para nosotras: la carne y la insatisfacción.”

       Se levantó, secándose el sudor con esa única sabana sucia. Olía a mugre, olía al semen de Manuel. Detuvo la tela un instante sobre su cara, recordó la noche y toda la ira que había sentido. Era otro hombre, pero era el mismo. Olía a José, pero no podría decírselo jamás, a menos que quisiera matarlo. Ellos dos eran uno, ¿cómo podía ser que él luchara por negarlo terminantemente, silenciarlo toda su vida hasta que ese silencio se convirtió en un grito que ahora estaba despertando?

      Tendría que bañarse en el río, se dijo. Se puso el vestido que había llevado todos esos días. Salió de la casilla y comenzó a recorrer el sendero hacia la playa. El perro se había ido tal vez con Manuel, ¿pero dónde estaban él y el capitán? Caminó lentamente, cansada. Le dolía el bajo vientre, Manuel le había hecho daño. Sentía mareos, y el sol ya comenzaba a exacerbar la humedad junto al río. Escuchó voces, eran ellos. Miró hacia el muelle derruido, pero no había nadie. Las voces y los ladridos venían de la playa hacia la izquierda, escondida entre los sauces que lamían el agua.

       Se acercó tratando de no hacer ruido, miraría si estaban lo suficientemente lejos para que no la vieran cuando se metiera. Movió unas ramas, y los vio a ambos sentados en la arena, mirando al río, desnudos y conversando. Max la había visto, pero no hizo nada por ir a buscarla. Era un macho, también, y compartía esa sociabilidad de la despreocupación. ¿Quién podía saber de lo que hablaban?, no del tiempo perdido en ese puerto abandonado, no de la falta de abastecimiento hasta que llegara el barco que los llevara a Buenos Aires. Seguramente hablaban de sus mujeres, regañándolas como se regaña al ser sin el cual no se puede vivir, hasta que ese ser desaparece. Un día antes, le habría resultado muy extraño ver a Manuel así, desnudo junto a un casi desconocido, despreocupado y tan gestual mientras hablaba. Pero después de aquella noche, ya no se preguntaría quién era él, sino qué era.

      Entonces se resbaló en el barro, y ellos se dieron vuelta.

      - ¡Altea!

      Manuel tardó menos de un minuto en vestirse y llegar a donde estaba, caída de espaldas en el suelo. La ayudó a levantarse.

      - ¿Ibas a darte un baño? Ahora no tienes excusa.

      Escuchó la risa del capitán Mendoza, que recién llegaba, y ambos la miraron con burla, pero sin ironía, lo cual habría preferido, porque la ironía implica una inteligencia por ambas partes. Hasta el perro ladraba con alegría, dando vueltas a su alrededor, oliéndole el vestido sucio. Pero ella no sonrió ni dijo nada. Los hombres interrumpieron la jocosidad para tomar un aire solemne, que contrastaba con la espléndida mañana.

       -En la tarde zarparemos hacia el norte con el capitán Mendoza- dijo Manuel. Altea lo miró, asombrada. -No regresaremos a Europa, intentaremos en el norte, con el niño.

       -No voy a seguirte, no después de lo que pasó.

       -Si me permite-interrumpió Mendoza, que ya veía venir el temporal de las cuestiones familiares. -No hay barco a Buenos Aires hasta dentro de un mes, por lo menos. Es imposible que se queden acá. Además, puedo dejarlos en algún puerto o pueblo hasta que tomen una decisión definitiva.

      -Ya lo es…-empezó a decir Altea, pero Manuel le agarró un brazo con fuerza, y le hundió la mirada como si fuese un falo que aún no estaba satisfecho.

     Ella bajó la mirada hacia el brazo, él la soltó y se fue caminado de vuelta a la casilla. Altea lo miró irse, no caminaba erguido ni impetuoso, sino cabizbajo. Max lo seguía.

      Sólo quedaba Mendoza.

      -Veo que ha convencido a mi marido…-y ella misma sabía que ese sarcasmo era demasiado barato para que saliera de sus labios.

       -Al contrario, señora Iribarne, creo que él me ha convencido a mí. Ya usted sabe que en el barco están mi esposa y mi hijo. Ella es de un carácter peculiar, y temo la influencia que está ejerciendo en Ariel. He tenido el placer de observarla, señora, y creo que usted y mi esposa tienen muchos puntos en común, y pensé que tal vez sería una buena consejera para ella.

       -Capitán, si somos parecidas, dudo que pueda ayudarla. Ya habrá visto que mi carácter es reservado, no expansivo.

     -Pero el de usted parte de su naturaleza, por lo tanto, es flexible y se acomoda a las situaciones. El de Natacha es parte de una reacción aprendida, como un muro que se construyó para sí misma, la única alternativa es derribarlo o abandonarlo.

      Lo escuchó con atención mientras él agarraba una de sus manos. Tal vez Manuel estaba mirando, escondido entre las ramas, y ella se sintió contenta de ese cortejo imprevisto. Pero seguro que todo formaba parte de su imaginación. No podía haber celos donde no había amor, y nunca pudo estar segura de lo que Manuel sintiera fuese amor o desesperación.

      Apartó la mano, y sin contestar se metió entre los sauces hacia donde ellos habían estado. No miró atrás para corroborar que Mendoza se hubiese ido. No escuchó los pasos, y si se quedó mirándola mientras ella se desnudaba y se zambullía en el río, debió haber tenido la habilidad de una estatua. Altea se rio de sí misma; si todos lo hacían, ¿por qué no ella también? Al fin de cuentas se estaba convirtiendo en una tragedia de sí misma, o degenerando en una parodia, y pronta a caer, más adelante, en una mala imitación. Si deseaba conservar la dignidad, debía hacer creer que no sabía lo que sabía, lo que acostumbraban a hacer las mujeres desde mucho tiempo antes.

      Cuando salió del rio y se vistió, solamente encontró a Max, que la aguardaba, sentado, tranquilo, con las orejas bajas. Ella lo saludó y él movió la cola. Mientras se secaba y se vestía, ella le hablaba, y el perro parecía comprenderlo todo muy exactamente. La expresión de los ojos se lo afirmaba, y le habría gustado que le dijera lo que habían conversado los hombres esa mañana. Se lo preguntó, acariciándole la cabeza. Pero su mudez, por supuesto, fue absoluta. Ni una mirada, ni un sonido, ni nada en el cuerpo reveló lo que ella, sin embargo, intuía.

 

 

*

 

 

En la tarde, cuando ya estaba el sol descendiendo sobre los árboles de la costa oeste, la sombra del barco fue avanzando lentamente sobre el ancho del río. Cuando Altea alzó la mirada luego de atenuarse el reflejo del sol de esa tarde calurosa, se quedó pensando, con la vista fija y la cabeza levantada hacia el casco de la enorme nave, que sin embargo no contrastaba con la extensión de aquellas aguas de río, tan peculiares, tan  caprichosas en sus vueltas y recovecos, brazos y arroyos que se separaban y volvían a unirse al lecho principal, a veces tan ancho que apenas lograba verse la otra orilla, otras tan angosto que era suficiente nadar para cruzarlo. Y la vegetación formaba una especie de marco acorde a la magnificencia del barco. Los árboles tupidos eran una especie de muro de color verde oscuro, casi gris a medida que se desvanecía la luminosidad, y por momentos, ella creyó ver en esas imágenes los castillos de la vieja Europa.

      En el bote que habían mandado desde el barco hasta la playa para recogerlos, estaban ella, Manuel, Mendoza, el remero, el perro y el baúl con sus pertenencias. Vio alejarse el viejo muelle, la playa y la casilla donde habían pasado diez días, por lo menos. Ya no sabía en qué día de la semana o mes estaban, había perdido la cuenta. Se lo preguntó a Manuel, en voz baja, porque le daba vergüenza reconocerlo.

      -Son las seis de la tarde del 1ero de enero de 1891.

      Ella lo miró, desconcertada, no por la exactitud de la que los hombres les agradaba jactarse sobre la cartografía y el tiempo, sino de que hubiese cambiado el año, incluso la década, sin ella saberlo. Pensó en la noche diferente pasada con Manuel, en el cambio que él había sufrido, y no se asombró, entonces, ni del tiempo ni del lugar.

       La sombra del barco ya los había absorbido con su frío. Se había levantado viento desde el sudeste, que agitaba las copas de los árboles y removía las aguas haciendo que el bote se tambaleara un poco. Pero ya junto al casco a sotavento, el bote puedo detenerse y desde la borda arrojaron varias cuerdas. El remero y el capitán las ataron con sendos nudos a varios ganchos del bote. Manuel observó la técnica de los nudos durante unos minutos, y por su cuenta comenzó a ayudarlos. Altea no podía dejar de mirarlo, asombrada pero también obstinada en no ceder a su resentimiento. Estaba dispuesta a abandonarlo, definitivamente, y el temperamento que ahora mostraba lo convertía en una especie de bestia que no quería conocer.

       El bote comenzó a ser alzado despacio, a veces se sacudía o se inclinaba y los hombres se reían de la cara de susto de Altea. Ella terminó por reírse, también, cuando ya se vio a salvo a la altura de la borda, las aguas abajo, turbulentas, golpeando el casco que era un muro de madera vieja, carcomida de algas y conchillas. Manuel la agarró y la llevó en brazos hasta la cubierta. Ella se agarró de su cuello, asustada, oliendo el aroma a sudor y agua sucia en la barba de su esposo. Ya estaba de pie, pero no atinó a soltarse, contemplando el movimiento de muchos hombres de la tripulación, yendo y viniendo, y de varias otras personas que sin duda debían ser pasajeros. Había dos mástiles altos e inútiles, y una chimenea inmensa de la que salía un vapor blanco. El estruendo de la máquina de vapor no era tan intenso como había esperado, sino un sordo rumor enterrado en el interior del casco, algo que le daba la sensación de una amenaza, como un estallido inminente.

       Manuel se burló de ella, y la obligó a soltarse, pero antes le dio una palmada en el trasero. Altea miró a todos lados, avergonzada, y vio muchas sonrisas de complicidad, incluso de las mujeres, excepto de una que estaba a pocos metros, junto al puente del castillo. Era alta y delgada, vestida de negro. Tenía las manos juntas delante del cuerpo, el cabello oscuro, que a pesar de estar atado en la nuca, se sacudía por el viento en mechones que le tapaban parte de la cara.

       Altea escuchó el ruido del bote a caer sobre cubierta, los gritos de los hombres dándose órdenes unos a otros, y riendo. El capitán Mendoza no daba más que un par de consejos mientras observaba con atención, todos sabían qué hacer y no necesitaban control. Entonces se acercó a ellos y les pidió perdón por los inconvenientes del abordaje, y le ofreció llevarlos a los camarotes para que descansaran y se cambiaran. Manuel y Altea caminaron por cubierta, mientras los hombres les daban paso, y los pasajeros, que no eran más que hombres y mujeres de los pueblos del río, los miraban con cierto respeto. “Son españoles distinguidos”, escuchaba ella que decían entre dientes. El vestido gastado de Altea conservaba su distinción, y el pantalón y camisa de Manuel, con sus restos de volados en el cuello, dejando ver el pecho, le daba aires de pirata, pero la barba crecida y los ojos claros y tristes, insinuaban una tenebrosa profundidad. Ella resultaba altiva y segura, él un animal inquieto.

       Llegaron hasta la mujer que había visto antes.

      -Natacha, te presento a don Menéndez Iribarne y su señora esposa.

      Ellos dieron la mano a esa mujer de palmas secas y duras. La manga del vestido negro le llegaba a la muñeca con una puntilla delicada. Altea reconoció un vestido de seda. El cuello era alto y la falda larga. Las puntillas eran las mismas en el cuello, en el sobre corpiño y en los bordes de la falda.

      La mujer apenas sonrió. Era muy hermosa, pero la piel de la cara, naturalmente blanco, había tomado una tonalidad algo ocre con el sol del río. No sentaba bien aquel color al rostro esquivo y la sombra amarronada de sus ojos. Entonces ella dijo:

     - ¿Por qué me mira de ese modo, señor Iribarne?

      Manuel pareció despertar de su breve ensimismamiento.

       -Le pido disculpas, pero sus facciones me parecieron conocidas.

       -Tal vez de nuestra vieja y querida Europa, he oído hablar de la familia de usted, de sus tierras, de sus relaciones con la santa Iglesia. -Y en esas palabras no había ironía, sino admiración. Fue casi la única vez donde hubo complacencia en su cara, y no el escabroso laberinto de múltiples sentidos en que habitualmente caerían sus palabras desde esa tarde.

       Pero los pensamientos de Manuel eran distintos, la cara y color de esa mujer, con la sombra de la tarde ya muerta sobre la cubierta, con las nubes que se avecinaban y el húmedo viento desde los árboles de la ribera, le recordaron las efigies de los cristos tallados en las iglesias coloniales. Eso cuerpos más deformes que realistas, frutos de artesanos donde predominaban las ideas torcidas que los jesuitas habían intentado inculcar en los nativos. Pero esas imágenes de cristos con ojos salientes, blancos como en estado de éxtasis, de caras ocres y marcadas por la viruela, en los miembros flacos de músculos como cuerdas viejas, clavados en cruces de madera de palo borracho, eran las imágenes que nunca podría exterminar, porque ese era el Cristo de aquellas zonas, uno que la Inquisición debía abolir, y entonces sintió en su interior un dolor que lo hizo bajar la cabeza y tocarse el pecho.

      Natacha lo entendió. Acercó la mano para apenas tocarle el dorso de la mano.

      -Usted sufre…-dijo.

      Mendoza lo llevó hasta el camarote. Ellas se quedaron solas, y Natacha dijo con acritud:

      -Ya conozco la intención de mi marido, cree que las mujeres somos débiles…los débiles son ellos…-Y miró la entrada a la escalera que descendía hacia el puente bajo cubierta.

      Altea sabía que no sería fácil tratar con esa mujer. Pero no pudo dejar de responderle, algo la provocaba.

      -Lo son mientras están enamorados de nosotras, pero en cuanto los volvemos en contra nuestra, son peores que animales carnívoros.

      Natacha la guio al camarote. Bajaron la escalera estrecha y en penumbras. Llegaron a un pasillo corto, pasando entre barriles junto a las paredes. De la última puerta salía un resplandor tenue, eran las dos lámparas que habían bajado Manuel y Mendoza. Altea encontró a su esposo acostado en la cama, la luz le daba de lleno sobre la cara y el pecho agitado. Mendoza estaba sentado limpiándole el sudor con un trapo.

     - ¿Dónde hay una escotilla? - preguntó Altea tanteando las paredes.

      -No abra, el viento frío le hará peor-advirtió Mendoza. - Dejemos que transpire, creo que se trata de una fiebre infecciosa, ya otro de mis hombres la tuvo.

      - ¿No hay un médico?

      -Querida señora, sepa disculparnos, pero acá todos somos nuestros propios médicos. Si hay alguno, sería algún abortista al que no le interesa más que el anonimato y un plato de comida diaria.

      Natacha hizo una especie de respingo silencioso del que los demás se dieron cuenta. A Mendoza no pareció importarle, a Altea le hizo preguntarse por qué motivo esa mujer estaba en ese barco, y entonces sintió que una mano le tocaba el cuello. No la había visto acercarse, pero sintió perfume a almendras amargas que ya había olido al acercarse a Natacha en la cubierta. Su cara estaba muy cerca, y sólo el halo de luz las envolvía como en un teatro estrecho, casi una cámara de paredes húmedas donde ambas estaban condenadas a permanecer paradas y juntas, oliéndose y odiándose.

      Natacha ahora tenía la cruz nativa en su mano.

      -Es muy hermosa- dijo. Altea no respondió. - Si me permite…-Y sin esperar respuesta, comenzó a abrir el ganchillo de la cadena. Se apartó de ella y se acercó a la cama. Junto a Manuel era como una especie de aparición mística, porque la luz de las lámparas parecía iluminar únicamente la escena importante. Altea se preguntó si Dios estaba dirigiendo ese teatro, pero en los rincones del camarote no había más que sonidos equívocos, el agua del río, las voces humanas, el crujir de la madera del casco, el rumor de la maquinaria, o los quejidos de algún demonio oculto que se metamorfoseaba en cada uno o en todos aquellos sonidos.

      Natacha apoyó la cruz sobre el pecho de Manuel. Éste se estremeció como ante algo frío, pero la cruz conservaba todavía la calidez de la piel de Altea. ¿O serían las manos frías de Natacha? Pero luego comenzó a calmarse, y abrió los ojos. Estaba lloroso y débil como cuando había salido de España, vencido y resignado. Entonces comenzó a observar alrededor y a manotear el aire.

      - ¿Qué pasa, Manuel? - preguntó Altea. Natacha le hizo una señal para que se callara. Mendoza seguía en silencio, no era conveniente contrariarla.

      Todos oyeron los aleteos y los golpes sobre el casco. Les llegaron de arriba las risas de los hombres y los gritos atenuados de algunas mujeres. Correteos sobre cubierta y puertas cerradas con fuerza. Luego, la risa del capitán, que explicó:

     -Son murciélagos. De vez en cuando al oscurecer oscurece salen en bandadas que chocan con el barco. A la mañana aparecen unos pocos muertos en cubierta, y algunos de mis hombres los comen asados.

      Pero Manuel sequía azotando el aire con los brazos.

      -Está delirando por la fiebre, hay que darle mucha agua. Hay que cuidarle el corazón, así me lo recomendó un médico de Buenos Aires.

     Ahora ellas estaban sentadas en la cama, una a cada lado de Manuel, tratando de retenerle los brazos para que no se lastimara con los bordes de metal y con los vidrios de las lámparas.

      - ¿Cuándo se irán esos murciélagos? -preguntó Altea.

      -En una o dos horas. Ya estamos acostumbrados.

      Vio la mirada reprobadora de Natacha. Sintió la despreocupación del capitán. Manuel, sin embargo, veía murciélagos en el interior, revoloteando bajo el techo, sacudiendo las luces y provocando sombras con sus alas. Debía estar sintiendo cómo las membranas le rozaban la cara porque intentaba golpearse para sacárselas de encima.

      -Capitán, por favor, ayúdenos a retenerlo.

      Manuel tenía los ojos abiertos de terror. La cruz se balanceaba sobre el pecho porque se estaba levantando y ellas ya no podían retenerlo. Mendoza lo detuvo antes de que se cayera y lo acostó, pero Manuel daba manotazos que a veces lo golpeaban, y el capitán le hablaba como a un viejo amigo ebrio. Sudaba como un mar, esa fue la expresión que utilizó cuando comenzó a desnudarlo y mandar traer paños secos.

      -Querida, que traigan hielo y más trapos.

      Natacha salió. Altea temblaba. Manuel se llevaba las manos a la garganta, parecía que se ahogaba. Entonces Altea comenzó a tantear en las paredes en busca de la escotilla. Ella también se ahogaba en ese sitio. Halló la abertura, y después de varios intentos, logró abrirla. El ruido de las aguas turbulentas entró, intenso, junto al aire fresco, húmedo y pesado. Mendoza la recriminó.

      - ¡Pero se está ahogando!

      - ¡Y lo seguirá haciendo hasta que se despeje su garganta!

      Los murciélagos entraron. Dieron vueltas por el camarote, se chocaron con ellos y los muebles, rompieron las lámparas y quedaron a oscuras. Mendoza fue a tientas para cerrar la escotilla, pero tropezó con Altea. Ella se agarró a él, sujetándose de la camisa y tratando de cubrirse. Él la abrazó y la tapó con una sábana, después cerró la escotilla, pero los murciélagos seguían dando vueltas en la oscuridad. Escucharon pasos, tal vez de Manuel. Sí, eran los suyos, ella los conocía. Daba vueltas, perdido, con un sonido de asfixia en la garganta. Luego un golpe en el suelo, y de pronto llegó la luz desde la puerta. Tres hombres y Natacha entraron, y la luz descubrió a Altea abrazada a Mendoza. Se soltaron y Mendoza levantó a Manuel. Le sangraba la cabeza por el golpe contra la mesa. Seguía ahogándose.

       Natacha acomodó varias lámparas y la luz fue suficiente para alumbrar toda la habitación. Altea observó el camarote, amplio y de muebles antiguos. Había una sensación de vieja prosapia, resabios de resplandores de lejanas épocas y lugares. Pero ella ahora sólo sentía en su nuca la mirada de Natacha, por más que ya no se observaran. La expresión de esa mujer era una especie de gancho que atraía hacia sí la atención. La recriminación permanente era su forma de vida, por eso Altea ahora comprendía la preocupación del capitán Mendoza.

      Los hombres habían espantado o matado a los murciélagos que habían quedado. Trajeron hielo y lo colocaron sobre la cama y alrededor de Manuel. Mendoza ponía hielo sobre el cuerpo, casi cubriéndolo, y comenzó a temblar y ponerse blanco.

      El capitán Mendoza, entonces, se frotó la cara con las manos, y al separarlas luego, dijo:

      -Julio, deme su navaja.

      Julio era el segundo de a bordo.

      Las mujeres vieron entonces que Mendoza hacía una punzada en la garganta de Manuel, entre unos huesos de la tráquea. Julio le había enseñado eso, era necesario saber de todo cuando no había médico, o el que hubiera era un viejo borrachín de los ríos que curaba prostitutas o sacaba balas a los contrabandistas. Mendoza miró varias veces al hombre, como pidiendo consejo. Altea lo sabía, ya. Lo que mal había hablado el capitán de los médicos, se refería a ese que era su mano derecha en el barco. Observó el rostro gastado de Julio, las manos arrugadas y dominadas por un temblor que intentaba disimular agarrando siempre algo que sujetar. No era lo suyo quedarse quieto, observando, y ahora el capitán lo necesitaba.

      -Máximo….

      Altea escuchó por primera vez el nombre de pila del capitán, lo pronunciaba el otro, y sonaba cálido y cordial. Imaginó el nombre en la voz de Natacha, y de inmediato en su propia voz, deletreándolo con la cabeza apoyada en su cuerpo y protegida por sus brazos. Tapada con una sábana como si estuviesen en la cama.

      La garganta de Manuel sangró, y la sangre se esparció sobre el hielo, y el hielo la absorbió y se fue tiñendo de rojo, hasta que se detuvo, y el pecho de Manuel se expandió por primera vez en mucho rato. Su respiración se hizo sibilante, pero había recuperado el color natural del rostro y respiraba con alivio. Retiraron el hielo. Julio dijo algo al oído del capitán. Mendoza apoyó un brazo sobre sus hombros, y ambos se quedaron mirando a Manuel. De vez en cuando hacía el gesto de espantar algún murciélago, pero ya estaba más calmado.

     -Debemos dejarlo con alguien que lo cuide esta noche.

     -Nosotras nos quedaremos-dijo Natacha.

     -No es necesario que usted lo haga, señora. Yo soy su esposa. -Percibió en la mirada del capitán que la comprensión de su sarcasmo.

     -Pero usted está encinta, señora, está agotada después de tantos días de desventura, piense en su hijo. No puedo dejarla sola- respondió Natacha.

      Altea pensó en la cruz que le había quitado para dársela a Manuel, cuando había comenzado la llegada de los murciélagos y empezado a ahogarse. Pero ahora respiraba mejores gracias el capitán, y la cruz seguía sobre su pecho.

       Los hombres salieron. Ambas se quedaron. Cuando la puerta se cerró, cada una hizo lo que creía debía hacer, en silencio. Parecían dos muñecas a cuerda, pero se parecían a dos universos encerrados en una misma habitación dispuestos a aniquilarse.

 

 

 

*

 

 

Han regresado los murciélagos. Dan vueltas y vueltas, hacen sombras interponiéndose entre las lámparas. Giran y chocan con las paredes. Me azotan la cara con las alas. El chillido es estridente, y más aún cuando pasan cerca de mis oídos. Chillan y se lamentan, y se quejan. Porque todo les duele. El cuarto en el que estoy es muy estrecho, y las mujeres hablan y se quejan, y los hombres suspiran y se lamentan. Una de ellas me ha puesto una cruz en el pecho, y ahora me asfixio, el pecho se me anuda, se estrecha a las dimensiones proporcionales de esta habitación. Un universo lleno de murciélagos que giran en sus órbitas eternas, pero rompiendo la simetría de las esferas, provocando el choque de los astros-murciélagos.

     Una cara se pone delante de la mía. La cara del Cristo crucificado, en la imagen tallada en una vieja iglesia misionera en el pueblo de Toba. Un pueblo que todavía no ha sido fundado ni nombrado, pero en el cual vivimos como dioses caídos del cielo y llegados en grandes barcos a través de ríos anchos que nacen en las grandes cumbres: el cielo es la montaña más alta, y Dios el cóndor que todo lo observa y lo vigila. Es uno y muchos, una raza de cóndores que dan caza a todos, excepto a los murciélagos. Ellos regresan, como travestidos abogados para colmar de desnudas sentencias la vida de los hombres raros, los hombres solitarios, los que van contra la corriente, los extraños. Porque son los hombres que tienen los demonios torcidos: ángeles siempre en pie de guerra.

      La cara del crucifijo es la cara de un murciélago, redonda, casi un querubín negro, y las alas extendidas y clavadas en la cruz de adobe de una iglesia misionera, pobre, oliendo a orina en las paredes y semen tras el presbiterio, a vino rancio y a carne macilenta de algún perro muerto.

      Y el único hombre en quien confío, se me acerca y me clava una navaja en la garganta. La traición es eso, el arma en las manos de un hombre que obedece a una mujer. Ellas se lo ordenan, ellas son las vírgenes resentidas de mi cielo endemoniado. Un infierno de hielo que me hace temblar, rodeado de témpanos y solo, siempre solo en ambos polos del mundo. Parado en un témpano a la deriva, que no se mueve, que se derretirá nunca: el día que la voz de Altea se transforme con el tono de la abdicación y la derrota.

      Ella conversa con palabras como filos, rodeada de hielo. Y la otra le contesta, penetrada de arañas que confeccionan la casa en la que vivirá el resto de sus días. Ambas me ignoran no más de lo necesario, ya saben de los murciélagos, y son incólumes a sus profecías.

 

 

*

 

 

Manuel se ha dormido, por lo menos en apariencia, aunque se pregunta si tal vez no está lúcido bajo esa máscara del dolor. Igual a las estampas de los santos, o quizá más propiamente al rostro de los curas durante la confesión. Eso era lo que Manuel debió haber sido, eso lo habría hecho feliz. Pero si en realidad el camino de Dios está sembrado de espinas, se dijo, tal vez el calvario para Manuel fuese este: Altea y América.

      Le habían sacado la última ropa mojada y lo habían vestido con ropa de cama del capitán. No la había molestado que Natacha viese desnudo a su esposo, se comportaba como una enfermera abnegada. Cada nuevo rasgo que veía en ella, la manera en que se dedicaba a secarle el sudor, la forma de hablarle quedamente, de tomarle el pulso, de prestar atención a cada uno de los sonidos o movimientos que él hacía, aun cuando estaba sentada con las manos sobre la falda y los ojos cerrados. Sus oídos eran instrumentos hipersensibles que captaban la ironía con la que Altea comenzó a hablarle.

      -Es usted muy experimentada en el cuidado de enfermos. ¿Acaso ha estudiado alguna ciencia?

      Natacha la observó con desprecio, pero decidió ignorar la mala intención.

     -Nada de eso, me vi obligada a atender a mi padre durante muchos años, allá en Varsovia.

     - ¿Y por qué acompaña a su marido? No es vida para una mujer de su clase, por más que el barco tenga muchas comodidades.

      -Porque mi hijo ya tiene quince años, e insistió, con la venia de Máximo, en acompañarlo para aprender el oficio. Yo no pienso permitirlo, si puedo evitarlo, además de que me moriría en Santa Fe estando lejos de él.

      -Espero conocer pronto a su hijo- dijo Altea.

      -Ya conoció a mi esposo…

      - ¿Son muy parecidos?

      -Al contrario, son muy diferentes. Lo que quise decir…

      -Entendí lo que quiso decir.

      Siguieron en silencio un par de horas. Debían ser las dos de la mañana. Natacha seguía rígida en su silla. Altea estaba acostada en la cama. Manuel carraspeó y el vendaje de la garganta se manchó de sangre. Natacha trajo una venda nueva y Altea la cambió.

     -Ya no tiene fiebre- dijo. - Pero fíjese como sigue moviendo las manos. Cree que todavía hay murciélagos.

     -Siguen estando en su cabeza. Ir más a norte no le ayudará. Cada vez se pondrá más caluroso y las alimañas más salvajes. Yo que ustedes, regresaría a Europa. Si pudiera, me llevaría a mi hijo, pero sólo haría que me odiara si lo alejo de Máximo.

      -Yo regresaré, por más que Manuel quiera quedarse. He decidido separarme.

      -Pero en su estado…

      Altea suspiró muy profundamente, sus ojos se nublaron, y ante esa mujer que más bien parecía una araña, dijo en voz alta, por primera vez:

      -Me violaron, este hijo no es suyo.

      Natacha se le quedó observando, no parecía siquiera respirar. A Altea le agradó escandalizar a esa mujer pacata y rígida. Se sintió segura de sí misma. Dejó la cama y se sentó en la silla junto a la otra.

     -No me mire así, sé que me considerará una prostituta, y más por confesarlo cuando nadie me lo ha preguntado.

     Natacha se levantó y fue hacia la cama.  Se sentó y acarició la frente de Manuel.

     -Entiendo a su marido. Es cruel lo que debe estar pasando por su alma. Lo sentí cuando le di la mano cuando llegaron.  Para mí fue un mal presentimiento, pero para él fue como toparse con una angustia imperecedera. Sí, soy muy creyente, por eso entiendo a los que se han entregado a Cristo en alma, pero no en cuerpo. ¿Sabe una cosa? A las monjas se las llama esposas de Cristo, ¿y a los curas cómo deberían llamarlos? Amigos, tal vez… los amigos tienen también su intimidad, si hay verdadera confianza. Y la confianza ciega es muy parecida a la verdadera fe. Uno se casa con Cristo en cuerpo y alma, o no se está casado en absoluto. Todo lo que sea a medias, es un adulterio.

      Altea fue a apagar dos lámparas, la que quedaba era suficiente para el resto de la noche. Vio a Natacha acomodando la cruz sobre el pecho de Manuel, y luego tocarle el pecho. ¿Creería que era Cristo, acaso? Manuel sangraba como Cristo en la cruz, y respiraba con dificultad, como cuentan los evangelios. Su rostro era sabio pero triste, la barba crecida, el pelo crespo parecido a una corona de espinas. Alguna vez, mucho tiempo antes, cuando planeaban tener hijos, antes de venir a América, él le había dicho que le habría gustado llamar Jesús a su primer hijo. 

      - ¿Es usted católica, Natacha? ¿U ortodoxa?

      - ¡Católica, por supuesto! Me desconcierta su desconocimiento de mi país.

      - ¿Y por qué vino a América?

      -Los cosacos mataron a mi padre en el levantamiento del setenta. Nosotros no teníamos nada que ver, pero arrasaron con todas las antiguas familias polacas. Algunos dejaron todo, o se llevaron lo que pudieron el año anterior. Mi padre quiso quedarse, le había costado toda una vida de trabajo el mantener lo que había en nuestra familia desde dos generaciones antes, la fábrica, la casa, la granja, el criadero de perros de caza… ¡Santo Dios, tantas cosas! Nuestra casa era Polonia, y él no estaba dispuesto a abandonarla.

      Altea se quedó pensando en el criadero de perros. Recordó que la familia de Manuel, y especialmente él, se había dedicado a esa actividad.

      -Los Menéndez Iribarne también criaban perros. A Manuel le agradaba mucho eso, pero cuando nos comprometimos, ya mi suegro había decidido venderlo todo.

      Natacha le dirigió una mirada inteligente, sin dejar de tocar el pecho de Manuel.

      - ¿Sabía usted que esta cruz tiene virtudes muy especiales?

      -Me la regaló un chico del pueblo en el que enseñaba.

      -La familia le habrá enseñado, pero él la fabricó. Tiene un algo intermedio entre lo que llamamos el curanderismo y una ciencia exacta.

      - ¿De qué habla?

      -De las proporciones que guarda la cruz con el círculo que la envuelve. Si usted la apoya sobre un papel y dibuja una circunferencia que conecte las cuatro puntas, no le dará un círculo, por supuesto, pero si un óvalo. Pero si lo hace uniendo solo tres puntas, y para la cuarta utiliza los pies del Cristo, sí tendrá un círculo perfecto. Las dos medias líneas entonces, le darán el número Pi, el número infinito.

      - ¿Pero todo eso no se anula con el óvalo, que es lo único cierto?

      - ¿Qué es lo único cierto? ¿Acaso cada punto en cualquier línea no puede servir de fin o principio? ¿Acaso porque una línea tiene un fin, es ese el fin de la línea o el principio de ella? Cada óvalo que se forme con cada punto utilizado se sobrepondrá al círculo de la eternidad. Cada óvalo, cada órbita, representa nuestra vida, a veces lenta, a veces rápida, a veces abrupta en sus vueltas. Pero todas se superponen con el círculo perfecto de la vida de Cristo. Podemos tocarlo, pero casi nunca lo hacemos. Es como las órbitas de los planetas, a veces están más cerca del sol, otras lejos.

      - “Este es el invierno de nuestro descontento, hecho glorioso verano por el sol de York”- recitó Altea.

      -Sólo Shakespeare podría haberlo expresado tan poéticamente.

      - ¿Y qué tiene que ver la cruz con Manuel?

      - ¡Por Dios! Recita a Shakespeare, pero no se lo ocurre más que ser sarcástica.

      -Así es, sólo soy una mujer…

      Natacha volvió a sentir el alejamiento.

      -La cruz es suya, usted sabrá…

      Al amanecer, Mendoza entró al camarote. Lo seguía Max, que subió a la cama, lamiendo la cara de Manuel. Altea estaba dormida y se despertó con las patas del perro encima de ella.

     - ¡Basta Max!- le decía, pero Manuel estaba despierto y le hablaba en voy baja al perro. Mendoza se les quedó mirando, mientras Julio entraba con una bandeja con el desayuno. Altea miró las tazas de café, las galletas, el queso. Hacía años que no le servían tales cosas. Se sabía conmovida, pero estaba decidida a no revelarlo. Buscó a Natacha, pero ya no estaba. Dio las gracias a Mendoza, y éste salió con Julio y cerró la puerta.

      Se quedaron solos, ella, Manuel y Max. La cruz seguía pendiendo del pecho de él, mientras ella le llevaba cucharadas de café a la boca, pero Manuel renegaba y quería levantarse. Ambos rieron, mientras Max recibía galletas, con la mirada pendiente cada vez que terminaba una.  Esa mañana escucharon el sonido de la maquinaria de vapor que funcionaba a todo poder.  Y sintieron que el barco se movía río arriba. No sabían adónde, pero en ese exclusivo momento de la mañana del segundo día del nuevo año, no les pareció importante.

 

 

*

 

 

A mediados de enero ya habían pasado Goya y estaban rumbo a la ciudad de Corrientes. Pero en la margen derecha había un pueblo que se llamaba Lavalle, donde bajaron y subieron mercancías y pasajeros, y el capitán tenía que hacer algunos tratos de negocios. Manuel no se interesó por conocer el lugar. Altea había dicho que quería estar en tierra firme, aunque fuese por unas horas, sentía ya demasiados mareos y nauseas.

      -Ve con el capitán, podrás ayudarlo como secretaria, si te sientes bien, por supuesto. -A Manuel no le iba bien la ironía, por eso su malicia resaltaba extremadamente hiriente y pocas veces la utilizaba. Altea no le respondió con palabras, sino haciendo lo que sabía que iba a molestarlo.

       Natacha los vio bajar juntos al muelle, él con su traje de costumbre, el sable que ella aborrecía y esa cordialidad dibujada en la cara. Ella de su brazo, seria y respetable, como si fuese su esposa.

       Manuel y Natacha se quedaron en el barco, y Ariel compartió con ellos el almuerzo y la cena. Para cuando eran casi las doce de la noche, no habían regresado.

        Pasarán la noche en la casa de don Fermín Valente, el de la ferretería- dijo Natacha, sentada a la mesa del comedor.

        El barco todavía conservaba la disposición original para la tripulación mayor del siglo XVIII, cuando había sido proyectado y comenzado a construirse: los camarotes privados, la sala de baile que ahora se usaba como depósito de víveres, el salón comedor, que Natacha insistió en conservar como en el pasado porque le recordaba los buenos tiempos con su padre en la vieja patria. El techo estaba rodeado de molduras de oro, una araña de veinte luces, de las cuales encendían apenas un cuarto. La sirvienta que cocinaba y les traía la comida era una vieja esclava que había huido de una plantación del Brasil y a quien los padres de Mendoza habían refugiado en su estancia de Santa Fe. El joven Máximo era su favorito, por eso se había ido con él cuando compró el barco.

      -Pero iremos cerca del Brasil, Tomasa-le había dicho Mendoza.

      -N’importa, niño, usted me protegerá.

      - ¿O será que extrañás tu tierra?

      La vieja se había encogido de hombros, sin responder. Sabía que era un riesgo para ella que alguien la reconociera, pero la servidumbre de la tierra siempre era más fuerte para personas como ella.

      Tomasa iba y venía de la cocina, mientras el silencio entre los tres iba acrecentándose. Ariel revolvía su plato sin ganas de comer, porque veía que Manuel, con el que tan bien se llevaba en los últimos días, estaba enojado, aunque intentara ocultarlo. Y su madre estaba rígida, con las manos sobre la mesa, sin probar bocado.

      -Andá a acostarte, hijo. Ya es tarde para que sigas esperando…

      Manuel arrojó los cubiertos sobre el plato de porcelana. Natacha no lo reprendió. Ariel había notado que el carácter rígido de su madre se había suavizado, se había hecho más flexible, y hasta creyó descubrir una sonrisa en su cara cuando hablaba o simplemente miraba a Manuel.   

      Ariel amaba a su padre, lo admiraba, en realidad. Esa era la palabra correcta: esa educación que lo hacía dirigirse al más leve subalterno como si fuese no su igual, sino su superior, y a pesar de eso nadie osaba faltarle el respeto o desobedecerlo. El rostro del capitán Mendoza era sincero, varonil, cordial, y en sus ojos se leía un mensaje que ni un asesino podría resistir. Lo había escuchado hablar de la única batalla en la que había participado, durante la revolución del setenta y cuatro. Había apoyado a Mitre, y hasta llegó a ser parte de su guardia personal durante esos tiempos en Buenos Aires. Había matado a algunos hombres, lo habían herido, pero él relataba esos episodios sin darles demasiada importancia.

      -Quien está en medio de un campo de batalla, no piensa que lo que está haciendo es importante. Eso se deja para los generales, sólo para algunos que solamente buscan la gloria como si fuese una mujer. Pero ella se escapa, y a veces, cuando se la alcanza, dura muy poco tiempo, el suficiente para penetrarla. Después, tenemos que bañarnos con agua abundante, es tal el olor amargo…

       Así le había hablado a su hijo apenas un años antes, cuando aún estaban en la estancia de Santa Fe. Su madre se había acostado, y ellos dos, aprovechando esos instantes donde los ojos vigilantes de Natacha se habían cerrado, caminaron hasta la arboleda que bajo la luz de la luna parecía iluminada como una cúpula azulina, y los rayos penetraban entre las copas sólo subrepticiamente. Se habían sentado en la hojarasca, el capitán encendiendo su pipa, y compartiéndola con su hijo. Lo vio fumar con tranquilidad, como si no fuese la primera vez.

      -Deberás mascar hojas de eucalipto para sacarte el aliento cuando regresemos a casa. Tu madre nos regañará a los dos.

      Ariel, de pelo tan rubio que casi parecía blanco bajo la luna, delgado, casi esmirriado, no contestó. Se sabía débil y poco inteligente, sólo conocía de sí mismo la extraña capacidad a su edad de comprender a los demás. Todo le provocaba lástima, la eterna tensión y amargura de su madre, la triste parsimonia de su padre. Veía que sólo el capitán Mendoza era feliz: el padre transformado en militar y marino sonreía y se jactaba de su alegría y de su cuerpo, se mesaba la barba, se mojaba el pelo con agua del río dejando que el pelo crespo se secara en ondas largas y mechadas de incipientes canas. El cuerpo de su padre era admirable, no demasiado alto ni musculoso, pero si fuerte y proporcionado. Tan diferente al suyo… ¿de dónde habría recibido él ese cabello tan claro y la piel tan blanca, los ojos celestes, y sobre todo el cuerpo tan flaco que le daba vergüenza. Hasta su nombre era tan etéreo.

      -Padre, me gustaría acompañarte en tu próximo viaje, quiero aprender tu oficio. -Y mientras lo decía, echaba rápidas miradas a su cuerpo, brazos, piernas, pecho.

      Mendoza comprendió. Se sentía orgulloso, y ya no le importó la segura negativa de su mujer. Pasó un brazo por sobre los hombros de Ariel.

      -Estás pasando por una edad que todos los hombres hemos pasado. Yo también era tan flaco como vos, pero todos cambiamos después.

      -Pero padre, estos cabellos rubios, la piel, tu piel es cobriza y tu pelo no puede ser más negro.

      Mendoza no pudo evitar reírse.

      -La piel la heredás de tu madre, ella es blanca como la leche, por más que tenga cabello oscuro, sino fíjate en sus ojos verdes. En cuanto a lo rubio, creo que es de tus abuelos maternos.

      - ¿Entonces de ti no tengo nada?

      El capitán Máximo Mendoza se quedó pensativo. Varias veces estuvo por comenzar alguna frase que abortó de inmediato, antes de que fuese tarde para borrarla.

      -Heredaste el deseo por el mar o por el río, eso es más importante que los rasgos físicos. Es lo que te hará feliz si sabés aprovecharlo correctamente. Yo hablaré con tu madre. Vendrás conmigo cuando me entreguen el “Juan Manuel”.

       Y ahora estaba en ese viaje, finalmente, pero su madre había exigido acompañarlos, y ya nada pudo ser como se lo había imaginado. Ella lo obligaba a permanecer en el camarote durante casi todo el día, porque el sol le haría mal a su piel delicada; no debía tener conversaciones con los marineros porque se burlarían de él hasta hacerlo cómplice de sus actos y palabras soeces; tenía prohibido empezar algún trabajo en la cubierta, era demasiado débil para eso; tampoco le era posible recorrer el interior del barco ni pasar cerca de la maquinaria a vapor ya que era muy peligrosa. Tenía muchos libros y mucho papel para escribir. Entonces se pasaba las horas leyendo, y sólo cuando tuvieron que quedarse varados en Rosario casi dos semanas comprendió los beneficios de esa parada obligada: con la maquinaria detenida, no había más trabajos que la limpieza de las diferentes cubiertas, y la mitad de los hombres estaban en la ciudad. El cielo estaba nublado, pero no llovía. Entonces salió a cubierta en pleno día, con una carpeta de hojas en blanco, se subió a la barandilla y se sentó sobre el mascarón de proa, que era el busto de una mujer de rostro gastado por las olas, pero que mantenía sus pechos esbeltos y dos alas desplegadas. Ariel recordó la figura de esa mujer en pinturas de la revolución francesa. Pensó en la Victoria de Samotracia, sin brazos ni cabeza, pero con alas. Se puso a escribir, mirando hacia delante de tanto en tanto. El río quieto y turbio de las tres de la tarde. El muelle de Rosario, agobiado de pesadumbre y hombres cansados. Miró hacia el norte, la perspectiva de un río que nunca era igual a sí mismo: curvas, brazos, islas, una profundidad de variantes más inmensa que las posibilidades del infinito. Y vio, al final del horizonte donde el río se angostaba y desaparecía a derecha e izquierda, separados ambos brazos por una isleta, oculto su tamaño por montañas de vegetación, el ensombrecimiento del cielo sobre el río. Una o varias nubes formaban una línea curva, perpendicular al lecho. Parecía una letra “eñe”.

      Fue lo primero que dibujó en su carpeta, y desde entonces llenó hojas y hojas con dibujos de todo lo que veía: naturaleza, puerto, hombres. Durante días llenó la carpeta y sumó nuevas hojas, pero todo eso se detuvo cuando supo que debían zarpar. El motor a vapor ya estaba arreglado. Unos pocos lo habían visto sentado en el mascarón de proa, pero nadie le dijo a la madre, cuyos llamados eras bajos y escasos. No le gustaba exponer ante la tripulación los miedos y la necesidad de tener a su hijo al lado. Se callaba y se encerraba en su camarote, apretando los puños contra su cara para no llorar.

      Nunca le mostró sus bosquejos a su padre, mucho menos a su madre, que aunque tal vez aprobaría la aptitud artística, no lo haría en cuanto a la temática ni a cómo los había realizado. Pero el día que supo que había pasajeros nuevos, españoles, y que uno de ellos estaba enfermo, tuvo curiosidad por conocerlos. A Altea la vio salir del camarote varias veces durante la primera semana. También su madre entraba muy seguido, y notó que la frecuencia de ambas se había invertido en la segunda semana. La esposa del enfermo salía por la mañana y no regresaba hasta entrada la noche. Su madre entraba y salía durante todo el día, llevándose vendajes y ropa sucia y regresando con ropa limpia, comida y agua para beber o renovar el lavatorio. Un día le preguntó si podía ir a visitar al enfermo, ella le sonrió y le acarició una mejilla. Ya era tan alto que esa caricia le resultó propia para un niño, no para él. Alejó la cabeza, sonrojado, ella entendió y no dijo nada. Le abrió la puerta, y cuando entró, volvió a cerrarla, dejándolos solos.

      Era media tarde, y el enfermo parecía dormitar después del almuerzo. Se veía flaco y con la cara demacrada, la barba a medio crecer, el torso desnudo y con vello castaño, con una sábana que lo cubría por debajo de la cintura. La luz entraba por la escotilla junto con el rumor del río y el chillido de algunas aves. No supo si debía decir algo, solamente se sentó en la cama, y Manuel abrió los ojos.

      -Ariel- dijo.

      - ¿Me conoce?

      -Tu madre no deja de hablar de vos…

      Ariel se sonrojó.

      Manuel apoyó una mano sobre la nuca de Ariel.

      -Eres tan hermoso como dice tu madre, no te avergüences de ella.

      Manuel sonreía, y Ariel se sintió cómodo, tal vez, por primera vez en su vida. En ese lugar, con ese hombre, no parecía haber miedo, no existían siquiera la posibilidad de fracasar en cualquier intento. Lo que su madre esperaba de él era imposible de cumplir, y aunque su padre no le exigiese nada, era precisamente ese silencio el que hablaba por él. El silencio y el ruido. Pero en ese camarote, tanto este día como en los siguientes, el silencio resultó tan natural como el sonido, fragmentos etéreos que los visitaban dejando aromas y recuerdos, sin llevarse nada. Manuel le hablaba de España, recordaba miembros de su familia que creía olvidados, tíos de Andalucía, primos que se habían ido a vivir al África.

     - ¿Y es tan peligrosa como dicen los libros?

     -No he estado más que en Marruecos, pero mi hermano José estuvo en todo el continente. Me contó de la selva y de los ríos, y todo esto se le parece un poco.

     -He leído que hace mucho tiempo el África estaba unida a la América del Sur, es por eso.

      -Así es, Ariel, eso dicen los que saben. -Y formó con las manos una concavidad y una convexidad, uniendo ambas. Ariel lo observaba, y de pronto toda ingenuidad desapareció de su mirada.

       Manuel lo contempló con miedo, pero el miedo venía de sí mismo, porque recordaba a José, y una escena muy parecida cuando ambos eran adolescentes en Cádiz. Manuel era esmirriado y de tez blanca, José ya había desarrollado su cuerpo, y ambos estaban conversando en la habitación de su hermano porque Manuel iba casi todas las noches antes de irse a dormir para escuchar sus anécdotas, las fanfarronadas, como diría después, con se jactaba ante su hermano menor. Y fue entonces cuando comenzó todo: la mirada de José, suspicaz, maliciosa, los juegos de manos con que intentaba molestarlo, los desafíos de fuerza que le demandaba no rechazar si no quería que lo llamara cobarde o mariquita. Y Manuel, que siempre perdía, se iba de vuelta a su habitación y se desnudaba frente al espejo para comparar los tristes músculos de sus brazos con los de su hermano, su cuerpo todavía medio encorvado, hasta el tímido tamaño de su pene comparado con el de José. Y no podía evitar soñar con su hermano durante la noche, porque sabía que José pensaba en él, porque reconocía que su misma aparente despreocupación y desprecio hacia el hermano debilucho era una clara expresión de su necesidad de protegerlo. Cuando eran aún más pequeños, solían dormir juntos en la misma cama, pero cuando José creció el padre los separó. La cara de José ese día, aún la cara de un chico fue de una absoluta desolación.

      Ariel lo observaba en silencio mientras Manuel recorría los bosquejos de su carpeta de dibujos.

      -Son de mano experta, no puedo creer que sean los primeros…

     -Es verdad…

     -Te creo, Ariel, pero entonces tienes un talento natural que debes desarrollar. Deberías pedirles a tus padres que te lleven a estudiar bellas artes en Europa, yo podría darte referencias. ¿Qué pintor te agrada más?

      -No he visto mucho, sólo en los libros, pero me asombra Goya. A veces me asusta, pero no puedo dejar de mirarlo.

      Otra vez José y sus gustos. Ariel a veces era uno, a veces el otro.

      -Muy buena elección, pero debes empezar por los clásicos.

      -Pero yo quiero seguir la profesión de mi padre.

      Manuel lo miró de reojo, y Ariel aspiró profundo para sacar pecho.

      - ¿Es lo que te gusta o lo que piensas que le gustaría a tu padre?

      -No creo que a mi padre le importe mucho, pero es para estar más con él…

      -Ya entiendo, tu madre puede ser muy absorbente…lo he notado.

      En ese momento entró Natacha. Ariel escondió la carpeta, pero no lo hizo a tiempo.

      - ¿Qué estás escondiendo, querido? -Su expresión era cariñosa, pero al ver que ninguno respondía, se puso rígida. Estiró el brazo con la mano abierta, sin decir nada, esperando. Y habría permanecido así días enteros si hubiese sido necesario. Ariel le entregó la carpeta. Ella pasó las hojas una por una, sin cambiar de expresión.

      -El río desde la proa, la orilla desierta, los hombres cargando, las mujeres del pueblo, las nubes, los perros, incluso el sarnoso de Max. Ah, y hay más, estos no son paisajes, son retratos. ¿De dónde sacaste los modelos? ¿O están en tu cabeza?

      Natacha no esperaba respuesta, y su tono era cada vez más sarcástico y represor.

      -Hombres desnudos bañándose en el río, pero lo que menos hay es agua. Y estas mujeres, rascándose con obscenidad, tocando a los hombres. Y estos árboles tan inocentes, tienen frutos colgando de sus ramas, vencidas por su peso, si hasta las nubes forman números extraños, ¿666, tal vez?

      Y arrojó la carpeta en la cara de Ariel, que cayó de espaldas en la cama, más por la sorpresa que por el golpe. Nunca su madre había sido tan directa, ni nunca había usado la más mínima fuerza en contra suya.

      Manuel, que seguía acostado, sí la entendía. Se levantó y fue hacia ella. Le tocó un brazo. Casi no se notaba, pero temblaba.

     -Usted y su mujer, y ese perro sarnoso, tienen la culpa. Desde que llegaron, una me quita a mi marido y el otro a mi hijo.

    - ¿Qué está diciendo, Natacha? No hable insensateces. Usted prácticamente me salvó la vida al poner la cruz en mi pecho. -No sabía Manuel hasta qué punto llegaba la verdad de su mentira, pero la belleza de la idea adornaba su hipocresía, que por lo menos sentía más tolerable que la absoluta verdad.

     -Ven con nosotros, hijo- le dijo a Ariel. Y éste se acercó, confiando en Manuel, y él abarcó con sus brazos a Natacha, que se permitió unos sollozos, y a Ariel. Olió el aroma a almendras en la piel de Natacha, y el olor acre del sudor del chico. Su barba era un refugio en donde ambos rostros parecieron encontrar alivio, como una selva cálida y sin peligros. Apta para esconderse por un largo rato, y salir con más fuerzas para soportar el peso del amargo olor de las almendras. Hizo la señal de la cruz con la mano izquierda, porque con la derecha estaba reteniendo a Ariel contra su pecho.

    

 

*

 

 

Ariel se había levantado de la mesa, cabizbajo, mirándolos de reojo mientras se alejaba hacia la puerta del pasillo. Tomasa se cruzó con él, haciendo uno de sus habituales gestos de cariño brutal y exagerado, y preguntando:

      - ¿No le gustó la cena, niño? ¿Ya se va a dormir?

      Abrazaba a Ariel por más que éste se resistía a esas ternuras porque sabía que su madre los estaba mirando. La sirvienta lo hacía adrede delante de ella, ambas se aborrecían. Cuando lo soltó, Ariel se fue y Tomasa preguntó si podía levantar la mesa. Natacha no le hizo caso, ya había desistido de discutir con la negra, que cuando se enojaba, hablaba en un portugués cerrado. Tomasa tenía escrita en su mirada el odio hacia Natacha, su presunción, su rigidez, incluso aborrecía el acento polaco que Natacha no podía evitar cuando se irritaba. Ésta sentía que la negra Tomasa la conocía mejor que muchos otros, y ella no tenía nada para contraatacar, sólo la naturaleza ignorante e instintiva de la sirvienta y la fidelidad insobornable hacia Máximo Mendoza. Era todavía una esclava, en cierto sentido, pero una liberada, y esas eran las de más temer.

      Manuel tampoco tenía el humor para aguantar esas discusiones que había presenciado desde su abordaje. Tenía la mirada torva, esquivando la mirada de Natacha, cerrando los puños sobre la mesa, que retiró solamente cuando la negra comenzó a sacar los platos sin cuidarse de él. Casi no se hablaban, pero era evidente que desconfiaba de ese extraño. Dejó el mantel y preguntó si tomarían algo.

      -El coñac del capitán, vieja…-dijo él.

      -El señor no me permite tocarlo…

      -Tomasa, yo me hago responsable- dijo Natacha, conciliadora. La negra cedió porque veía que la discusión iría de mal en peor.

      Cuando estuvieron solos, se miraron a los ojos por primera vez desde que se habían sentado a cenar.

      - ¿Creés que volverán esta noche? ¿Sos tan cínica para siquiera decirlo?

     Natacha tomó una mano de Manuel, que temblaba.

     -Sabás que no amo a mi marido, sólo a mi hijo.

     -Pero yo amo a mi esposa, y no tolero…

     -Piensa en Jesucristo y en todo en lo que debió ceder. Tenía el reino de los cielos a su disposición para salvarse, y se dejó crucificar. -Tocó la cruz sobre el pecho de Manuel, pero no se quedó en ella. Acarició la piel con el vello suave que había tocado tantas noches durante su convalecencia.

      De un modo que no se atrevía a traducir en palabras, aún, adoraba el cuerpo de ese hombre tan frágil e iracundo al mismo tiempo, como si fuese un Cristo redivivo que se empeñara en negarse a su destino, una y otra vez, y por eso sufría tanto. La manera en que miraba y trataba a Ariel era más que la de un padre, y también lo que ella no podía ceder. Ese hombre ayudaba a su hijo a sufrir menos las miradas, los actos y las palabras de la madre. Ella no podía ni quería mostrarse débil, Ariel era su tormento y su cielo, era el objeto de su amor, inclaudicable, traído por las manos del pasado en Varsovia.

     El único consuelo en la vieja y lejana ciudad había sido la Iglesia que estaba a dos cuadras de la casa de los Krakowsky, su ambiente amplio y limpio, donde las volutas del aire se tornasolaban con la luz de los vitrales, y los santos extendían sus brazos de yeso despintado, y las flores muertas olían a podredumbre en los floreros. Y en el altar estaba el Jesucristo tan parecido a los hechos por los indios en las misiones jesuíticas, cristos de caoba con grandes ojos pintados con un espeso óleo. Lo mismo que la sangre derramada a lo largo del cuerpo, sobre las heridas abiertas en la madera, con tendones y venas tallados de la manera más perfecta, como si hubieran seguido los esquemas de Vesalio, de Gonçalvez de Amusco, quizá, o copiando de los mismos cadáveres que debían tener a su lado mientras tallaban. Desde la estancia de los Mendoza en las afueras de Santa Fe, iba a la ciudad a ver esos cristos que abundaban en el atrio y las naves de la iglesia catedral. Se sentaba en un banco, contemplando el aire tan parecido al de Varsovia, por lo menos allí dentro. El ambiente de Dios era el mismo en todas partes, y los cristos tallados tomaban la forma de los recuerdos. Natacha en Santa Fe era la Natacha niña y adolescente de Polonia, que iba a la iglesia para refugiarse y rezar el rosario tantas veces como fuese necesario para que el tiempo se fugara. Pero el tiempo siempre era tan lento, que cuando se caía de sueño y sabía que era hora de regresar, todavía el sol no había bajado, y en la puerta estaba el padre, esperándola, sin dignarse a entrar al templo. Él, tan digno, dueño de mansiones y tierras, no se doblegaría ante el dios de los pobres, y cuando regresaban a casa, de la mano y en silencio, ella sabía que él se lo recordaría una vez más. Y ella odiaba y amaba esas horas luego de la escapada clandestina a la iglesia, porque los castigos de su padre se transformaban en los goces de la crucifixión.

      Los ojos iracundos de Manuel la atraían, lo mismo que los músculos poco desarrollados de sus brazos y del pecho, pero tan firmes como si estuviesen tallados. Su ira la atraía, era un remedio a la amargura que tendía a deprimirla y contra la que necesitaba combatir con la violencia de las palabras, los gestos o sólo la mirada. Ahora él le había agarrado las manos y las apretaba fuertemente entre las suyas, y Natacha sentía el aroma de Varsovia, de las calles estrechas y empedradas, con pequeños arroyos de agua estancada en las cunetas luego de las lluvias del invierno. Cerró los ojos y se dejó llevar por la piel del hombre, por el vello del dorso de esas manos. No eran rubias como las de su padre, ni como las de Ariel, sino castaño oscuras, pero no importaba, incluso era mejor porque se parecían más a la del Cristo verdadero, según la historia. Las manos la soltaron, y de pronto las tuvo en su cabeza, a ambos lados, sujetándola con fuerza, llevándola hacia él, arrugando el mantel, dejándolo caer al suelo y haciendo que ella se levantara de la silla y lo acompañara hacia donde él quería, besándola y comprimiendo sus labios con dolor, porque la mordía. Sentía que Manuel escarbaba en su cuerpo, bajo el vestido, el negro vestido de viuda de Cristo que llevaba siempre.

      Cuando abrió los ojos, estaban en el camarote de Natacha, sobre la cama. Ella de espaldas, con la parte superior del vestido roto hasta los hombros, y el corpiño rasgado en dos. Manuel estaba sobre ella, sin apoyarse, con las manos en el colchón y las piernas sin tocarla. Le besaba los senos, los lamía. Se arrodilló y la observó con ira y deseo. No, ella no se escaparía ni se resistiría. Él se sacó la camisa, y ella vio el pecho que tantas veces había acariciado, febril y con sudor, pero esta vez era el pecho ensangrentado de Cristo y los ojos bellos y celestes del viejo Krakowsky. Por un instante vio a Ariel en esos ojos, y sonrió. El padre, el hijo, y Manuel, el Espíritu Santo que venía en representación de ellos.

      Y él le sacó el vestido, lentamente, pero luego fue más brusco, levantándole las piernas, separándolas, besándole el vientre y lamiendo los muslos y la vagina, hasta que la humedad de su cuerpo era la del río, y sintió que él entraba en ella como hacía muchos años no lo hacían. No pidiendo permiso, ni a regañadientes ni con temor a lo que ella pensara o dijese. El hombre penetraba como un conquistador de la América, avasallando y destruyendo, y finalmente vencido por la naturaleza copiosa en peligros y venenos. El hombre entregó su esencia y su cuerpo quedó agotado, vencido por el esqueleto polaco que se había transportado a sí mismo a las selvas tropicales de la América del Sur. El conquistador español aniquilado por su mismo ímpetu, como un ataque al corazón luego de la picadura de una de las tantas serpientes del río Paraná.

       El esqueleto polaco era frío y reseco, pero respiraba con un aliento que él supo sustraer para alimentarse mientras duró el éxtasis de la crucifixión. Natacha era como una virgen, su cuerpo estrecho y duro, áspero, pero anhelante, y ese resquicio de humedad era suficiente para nutrir su cuerpo de hombre. Natacha había tenido a Ariel en su útero, lo había alimentado durante nueve meses, y ahora lo alimentaba a él, por lo menos durante esa noche.

      Acostado a su lado, le acarició el vientre de donde había nacido Ariel, el Cristo rubio del que tanto aprendía en ese viaje de conocimiento por el río. Ariel, el hijo. Como si Manuel estuviese destinado a ser el padre de niños que no eran suyos. ¿Pero qué son la sangre y el semen?, se preguntó, mientras recorría con la punta de los dedos todo el cuerpo de Natacha, que tenía los ojos abiertos mirando la nada sobre ella. Sangre y semen, fragmentos del cuerpo que muere. En cambio, Ariel y el otro niño, el de Altea, estaban a su cargo.

      Y Ariel ya era suyo por antonomasia.

 

 

*

 

 

Se quedó dormido. Cuando despertó, vio a Natacha en la misma posición, con los ojos abiertos mirando al techo, pero su mano derecha estaba sobre el pecho de Manuel, sujetando la cruz con el puño.

      -Natacha…-dijo.

      Ella ni siquiera parecía parpadear. Intentó abrirle el puño, aflojarle los dedos alrededor del crucifijo. No era fuerza la que hacía para cerrar la mano, solo el entrecruzamiento de los dedos, aferrados uno a otro como si cada uno fuese un desvalido miembro que intentara protegerse recurriendo al otro, actuando todos hacia el mismo objetivo: sujetar la cruz.

      Fue cediendo, lentamente, sin que ella lo mirase. Manuel se levantó, se vistió sólo con la ropa interior, un calzón largo que le había prestado Mendoza. Subió a cubierta y se asomó por la borda. El río estaba tranquilo, el aire pesado, el cielo cubierto de nubes. Pronto llovería con intensidad, el río incrementaría su caudal y el viaje corriente arriba se haría más esforzado para las máquinas. Miró alrededor, los hombres que iban de un puerto a otro, buscando trabajo, acostados en la cubierta, tirados como perros, algunos desnudos, otros tapados con frazadas sucias. Pensó en los griegos y su sabia mitología. ¿Sería posible hacer que el río Estigia fluyese corriente arriba? ¿Revertir la muerte a la que se dirigían todos esos perros humanos? ¿Acaso ese viaje hacia las fuentes del Paraná no era un intento subconsciente de esa necesidad desesperada? ¿Por qué buscábamos a Cristo al final del camino, o del río en este caso, cuando tal vez estaba en el origen, acompañándonos en el líquido del útero? Quizá el niño de Altea estuviese hablando con Dios en ese momento, quizá Manuel hubiese hablado con Dios, también, y la gran desgracia del ser humano fuese su memoria endeble. ¿Pero quién había decidido lo que debe olvidarse? La memoria está fundada en la contradicción, su esencia es una pura dicotomía. Intentó leer en la superficie del río las frases de un pensador estoico anterior a Cristo, pero las palabras se ahogaban como en su memoria, y cuando reflotaban eran nada más que cadáveres sin significado.

     Y entonces sintió que alguien lo agarraba con fuerza del cuello y lo tiraba hacia atrás. La sorpresa lo hizo perder el equilibrio y cayeron ambos en la cubierta. El brazo era débil y delgado, pero insistente como una cuerda. Reconoció a Ariel, era el color de su piel blanca, era el aroma a sudor joven, eran los pequeños quejidos del chico que tantas veces había escuchado al lamentarse de los órdenes de su madre.

      Se dio vuelta para desprenderse y quedaron enfrentados. Cara a cara, se interrogaban. Sin hablar. Los brazos del chico intentaban golpearlo, pero él los retenía. Ariel sacudía las piernas para patearlo, y Manuel apoyó las suyas contra él.

      - ¡¿Qué te pasa?!

     Ariel tenía el rostro contraído en una expresión de terror y enojo. No tenía sentido preguntar nada, había escuchado o espiado en el camarote de su madre.

     -Hijo…

     Ariel se detuvo y dejó que él aflojara su fuerza. El cuerpo de Manuel estaba sobre el suyo, tapándole la vista del cielo nocturno, del que siempre tenía miedo. Varias veces durante los primeros días de enero habían hablado del miedo a la oscuridad del cielo, que parecía aún más profunda cuando había luna o estrellas, que no hacía más que acentuar las distancias imaginadas. Porque ambos sabían que la imaginación era la culpable de la superstición, y el arte el único pasamanos para transitar por esos pasillos entre abismos laterales.

      Ahora el cuerpo de Manuel lo protegía como si estuviese en un cuarto cerrado, en un ambiente cálido, protegido de la intemperie, libre de presagios, aliviado de la rémora del tiempo. Y Manuel veía aquella cara casi infantil todavía como uno de aquellos cadáveres que reflotaban en el río: los rostros de José y Manuel invertidos. Él: su hermano. Ariel: él.

       Escuchó el aleteo de los murciélagos. Venían desde la orilla este, sobrevolando el río y asentándose en los mástiles del barco y en las cubiertas. La mayoría ya no les hacía caso, pero las mujeres se tapaban con lonas o se metían en la sala de máquinas. Los murciélagos traían un olor a excrementos en ocasiones más molesto que su presencia. Manuel se levantó y agarró a Ariel, pero se resistía. Intentó levantarlo, pero el chico intentaba huir. Decidió agarrarlo de las manos y comenzó a arrastrarlo hasta el camarote. Ariel gritaba, pero nadie le hacía caso en medio del aleteo de los murciélagos y los gritos y risas de la gente. Era un caos ordenado, por ser un caos habitual. Muchos esperaban esas ocasiones para dejarse llevar por el griterío y la violencia, los borrachos gritaban extasiados, y las mujeres querían que los hombres así excitados las poseyeran. Era un aquelarre, tal vez, la noche de San Juan en un barco viejo en medio del río Paraná. Única forma de sobrevivir, se dijo Manuel, arrastrando a Ariel por el suelo, hasta llegar al camarote y arrojarlo sobre la cama. El chico estaba histérico, y lo acusaba de violar a su madre. Manuel no pudo evitar reírse.

     - ¿Violar? No sabes lo que es eso, hijo…

     Ariel se levantó otra vez y empezó a golpearlo. Era casi tal alto como Manuel, pero aunque éste pudo contenerlo con esfuerzo, ya estaba cansado. Volvió a tirarlo sobre la cama, diciéndole que no se comportara como un imbécil. Si se quedaba quieto, le explicaría. Entonces el chico lo abrazó y se puso a llorar. Manuel también lo abrazó, y, palmeándole la espalda, hablándole con palabras de consuelo en tono suave, como si se tratase de un niño de cinco años. Pero Ariel tenía quince, y ya casi era un hombre. Sí, lo era, se dijo Manuel. Y se abrazaban como dos hombres que sentían que sus cuerpos eran más que lo que eran hasta un minuto antes: dos cuerpos separados.

      Sintió el latido de Ariel contra su pecho, la agitación de sus brazos, el llanto que le mojaba la piel. El chico tenía la cara apoyada en el pecho de Manuel, y él le dio un beso en la cabeza rubia.

       -Calma, Ariel, calma. Yo te quiero, querido mío.

       Y Ariel dejó de lloriquear, e hizo un solo acto en el cual habría pensado mucho antes, tal vez. Le dio a Manuel un beso en la mejilla.

       Y Manuel, con ese cuerpo endeble y fino entre sus brazos, sintió que ya no había motivos para los requiebros ni el remordimiento, la culpa ya no existía. El cuerpo de Cristo era esa especie de ángel entre sus brazos, susceptible a la destrucción por parte de sus manos, frágil como una espiga, suave como la piel de la musaraña.

      Los murciélagos seguían azotando la cubierta, golpeándose con las paredes del camarote. Manuel creía tener alas, pero estaba quieto. Sus brazos eran dos largas membranas que rodeaban a Ariel. Imaginó la selva a orillas del Paraná. Los murciélagos buscando alimentos, y las musarañas sucumbiendo. Y empujó a Ariel sobre la cama y puso todo el peso de su cuerpo sobre él. El chico quiso decir algo, él le tapó la boca con una mano, mientras con la otra lo desnudaba. Entonces ya no pudo detenerse, le golpeó en la cara para que dejase de llorar, y Ariel se detuvo, avergonzado. Le dio vuelta con fuerza. Recorrió con las manos todo el cuerpo del chico, sin dejar de observar el rostro amedrentado de Ariel, cuya la expresión fue cambiando lentamente, por todas las posibles contingencias de la carne, mientras él colocaba sus dedos en el interior de Ariel, y luego penetrándolo como si quisiese partirlo, igual a una estatua dividida, duplicada: dos hermanos gemelos, dos cadáveres gemelos.

      Cuando todo acabó, se quedó acostado sobre la espalda de Ariel, que respiraba agitado, con la cara contra el colchón. No eran dos, eran uno solo todavía. Manuel se irguió un poco, separando su pecho de la espalda de Ariel. El crucifijo colgaba de la cadena, y se balanceaba rozando la piel blanca de la espalda del chico. Los murciélagos se habían ido, solo quedaba el silencio de la última hora antes del amanecer. Se quedó dormido, sin separarse de Ariel. El cuerpo del muchacho era como un desprendimiento del suyo.

 

 

*

 

 

Ariel abrió los ojos a la luz del día, y lo que vio fue la almohada, arrugada y mojada, y junto a su cabeza, la cabeza de Manuel, dormido. Lo observó detenidamente, luego todo el cuerpo desnudo. Apoyó una mano sobre el pecho de Manuel, rozó el vello crespo y castaño, tocó suavemente la cara y la barba, los párpados cerrados bajo los cuales estaban los ojos claros que se parecían a los suyos. Los ojos de los Krakowsky, le había dicho su madre. Le habría agradado tanto tener los ojos del capitán Mendoza, se dijo muchas veces, y luego tantas que ya no fue necesario decirse que jamás habría podido tenerlos. De algún modo, su madre le contaba la verdad con el silencio, y con los gritos y la mirada férrea.  Por eso ambos adoraban a Manuel, para ella, quizá, era el padre, el marido, el hijo, todo junto y simultáneamente. Para Ariel, ¿qué era?

     Sin despertarlo, le tocó el pecho y el abdomen, luego el vello del pubis. Tocó, ya sin miedo, los genitales de Manuel, y sintió que el hombre se estremecía, pero no abrió los ojos. Le habría gustado verlos mientras sus manos le acariciaban el cuerpo, y entonces su mirada cayó en la cruz, que estaba inclinada sobre un costado. Sintió remordimiento y culpa, sintió la vergüenza que siempre lo había embargado desde que tenía en sus oídos la voz de su madre.

      Se levantó de la cama, su cuerpo estaba dolorido. Recordaba la noche, y no supo clasificar lo que le había pasado. Sí, lo sabía, pero no lo aceptaba, y así estaba bien. El dolor, sin embargo, fue creciendo a medida que la cruz crecía en su memoria: era como un fragmento oscuro en la visión de uno de sus ojos, una zona nublada desde la cual le brotaba un humor acuoso. Se secó los ojos, intentó mirar el camarote. La luz del día era ya plena, pero muy temprano. Sólo escuchaba los movimientos habituales de los marineros. Su madre aún no debía haberse levantado. Sin ver del todo claro, tanteó el aire hacia la cama. Manuel seguía dormido, con un suave sonido de la garganta que no llegaba a ser ronquido. Quiso tocarlo nuevamente, y eso le dolía. No debía hacerlo, aunque únicamente un beso fuese suficiente. Deseaba hacer mucho más que tocarlo, deseaba poseerlo entre sus manos. Pero no sabía para qué: tal vez para matarlo, quizá. Sus manos. Se las miró con atención, manos de niño que se estaba convirtiendo en hombre, el dorso velludo, la palma áspera.

      Con una mano tocó la cruz. Se acercó al cuerpo de Manuel, para que la cruz rozara su propio pecho. Sintió el aliento del hombre, la piel cálida de la noche. La cruz los protegía, pero de pronto sintió la voz de su madre. Giró la cabeza hacia la puerta. Ningún movimiento ni sonido. Miró la hora en el reloj de la mesa. Las cuatro y media de la mañana. Ella no se levantaría hasta las siete.

      Se sentó en la cama, y puso una mano sobre un hombro de Manuel. Volvió a contemplar el cuerpo, y lo comparó con el suyo. No era un hombre todavía, y así había sido esa noche. Un niño parecido a una mujer débil. Empezó a tocarse el cuerpo, sabía cómo hacer para estimularse a sí mismo. Lo había aprendido solo, escuchando las conversaciones de los marineros, y a veces con unas preguntas insinuantes, que terminaban con la risa de los extraños. Lo hacía en su camarote, pendiente de los pasos de su madre, de la voz que lo apremiaba. Pero ahora estaba con Manuel, eran dos hombres, y no debía sentir vergüenza. Se frotó el pene, mirando alrededor, las paredes, la escotilla, los leves movimientos del cuerpo de Manuel. Atento a los sonidos, los pasos en el pasillo, el oleaje del río. Y cuando acabó, apremiado y asustado de todo, tenía en su mano la prueba de la culpa. El líquido que había sentido en su cuerpo apenas anoche, y vio la sangre en la mano. Intentó limpiarse con la sábana, pero no salía. Se frotó las manos, ya comenzando a desesperarse, las sentía secas pero las manchas seguían. Entonces vio el crucifijo que estaba sobre la cama: el regalo de su madre. Un crucifijo de Varsovia, de la vieja casa del abuelo, una de las reliquias salvadas en el exilio. Cristo lo miraba, y él fue hacia la pared, y se limpió el semen rojo en la madera. Sin darse cuenta, estaba llorando, y la desesperación era tal, que supo de manera irreversible que ya era un hombre. Y siendo tal, podría tomar la decisión que quisiera. La culpa era su orgullo, la mirada de su madre estaba formada con esa palabra. Cada pliegue de su cara era un tallado preciso del cincel de la culpa. La culpa como consecuencia del placer, el placer como producto de la culpa. El dolor, de tan penetrante, intenso y continuo, era ya una necesidad.

      La decisión era suya. Por eso buscó en los libros de la biblioteca. Empujó los que ya nunca necesitaría, aún las carpetas de dibujos, que quedaron en el piso. Encontró la biblia, y fue hasta el libro de Mateo, capítulo 19, versículo 8. Si algo te daña, córtalo. Esas eran, más o menos, las palabras. Buscó página por página, sin encontrarlo. Temió romper las hojas, pero pronto ya no le importó. Existía, estaba seguro, tantas y tantas veces lo había escuchado, y hasta leído.

      Pero estaba decidido. Esa duda de último momento, la idea absurda de que lo recordado no existía, de que todo el mundo era una farsa, debía ser ignorada. Sus manos eran las representantes de la culpa. Pensó en la vida de los santos que su madre le leía cuando era un niño, durante las tardes calurosas del verano en Santa Fe, junto al río, bajo los sauces llorones.  Él imaginaba en ese entonces las antiguas barcas mortuorias que transportaban los cuerpos de los santos martirizados, mientras las ramas de los sauces eran lágrimas rojas que flotaban e intentaban seguir los cortejos.

      Ariel estaba en un gran barco, e imaginó la gran impresión que haría mientras su cuerpo era llevado por las aguas. La gente mirando desde las orillas, haciendo la señal de la cruz, y su propia madre, de luto y gimiendo, como una viuda desconsolada. ¿Por qué viuda? Si no era él su esposo, sino su hijo. Él la amaba, pero también la aborrecía. Odiaba sus caricias secas y obsesivas, detestaba los besos que le daba en los labios, le angustiaba la forma en que lo tocaba y lo miraba y le hablaba, amándolo y extrañándolo y dominándolo.

      Natacha era un torbellino que lo rodeaba, era un muro que amenazaba con caerse sobre él, y también un techo que lo protegía del calor, pero no de la lluvia. Era Cristo, pero no era Dios. Era el crucifijo sobre la cama, pendiendo sobre él, observándolo todo, escuchando todo, hasta sus pensamientos. Le había dicho que los muertos rodeaban a los vivos, observando cada uno de sus actos, contabilizándolos. Y la culpa entonces era una sola cosa inmensa e invisible. Impalpable y por eso invencible.

       Caminó hacia el escudo de armas, antiguo como el barco, que representaba una de las tantas ramas de la dinastía borbónica. La imagen estaba oxidada, pero tenía dos armas cruzadas: una espada y un hacha, y en el medio una antorcha tallada. Se subió a una silla e intentó arrancar alguna de ellas. La espada fue imposible de sacar, pero el hacha se desprendió con cierta facilidad. La sopesó en sus manos, palpó el filo. Ya no servía para nada. Pensó en la navaja que Manuel le había regalado. Comenzó a afilar el hacha, ingenuamente, con el filo de la navaja. Poco a poco, y casi media hora después, el hacha cortaba, aunque fuera un poco. Miraba hacia Manuel durante su trabajo, pendiente de si despertaba. Pero el hombre estaba agotado, durante todo el día debió haber juntado resentimiento hacia Altea, y luego las horas con su madre, y después él. Sin duda no despertaría hasta tarde, y Ariel tendría tiempo de hacer lo que quería.

       Se miró al espejo de luna del armario. Desnudo y con el hacha en una mano. Delgado y casi lampiño, si no fuese por el escaso vello del pubis. El cabello tan claro que era casi blanco con la luz intensa. Se sentó en la silla del escritorio de estilo francés, apoyó el brazo izquierdo con la palma hacia arriba. Miró los últimos movimientos de su mano, como observando los de un perro rabioso. Se agitaba, queriendo desprenderse de las cuerdas invisibles del silencio. Los dedos se movían, la arteria de la muñeca latía rápidamente, los tendones se tensaron hasta dolerle.

      Y entonces levantó el hacha con la mano derecha, la mano que siempre fue el verdugo de los bien pensantes, del razonamiento del iluminismo, de la altanera justicia de la ciencia, hasta el lado del buen ladrón que murió con Cristo. Y observó la cruz sobre el pecho de Manuel, luego el crucifijo en la pared. Tenía el Cristo la cabeza inclinada a la derecha, luego volvió a mirar la cama, también Manuel estaba mirando hacia la derecha, hacia él. Y él abatiría su mano izquierda, la mano del semen rojo, la mano del placer y del dolor, la mano incrédula e indecisa, la mano saboteadora y sin remordimientos, la mano libre. Sería abatida por el lado obsceno de la culpa, por la mirada que irradiaba cinismo como plegaria, caricias de águila y besos de cuervo.

       Contempló los ojos que lo miraban, justo antes de que el hacha cayera. Los ojos claros del Cristo desde la cama. Pero ya fue tarde para todo, menos para el grito de un hombre que intentó ahogar el llanto de un chico, que sin embargo no quería ser ahogado.

       La mano quedó como un pájaro muerto sobre la mesa, mientras la sangre salía del muñón izquierdo, el brazo sin cabeza.

      Manuel agarró la sábana y envolvió la herida, nervioso, asustado. Más que angustia, todavía era el asombro el que lo dominaba. Pero ya sentía crecer la fuente amarga de la desesperación. Intentó pensar qué haría. Primero era necesario contener la hemorragia, luego llamar a alguien a los gritos, porque no podía dejar solo a Ariel, que trataba de desprenderse de la tela. Debía hacer que Julio viniera y cosiera la herida antes de que terminara de desangrarse. Veía que Ariel se estaba poniendo pálido, pero debía ser más el susto que la pérdida de sangre. La sábana ya estaba empapada y el chico logró deshacerse de ella y escaparse de los brazos de Manuel. Abrió la puerta con la derecha, la mano que siempre se abre camino, que siempre toma las decisiones correctas, los atajos, que aminora el dolor cortándolo de cuajo. La que guio los pasos de Ariel por el pasillo y las escaleras hacia la cubierta, mientras Manuel detrás, sin alcanzarlo, como si Ariel tuviese las alas de un ángel, como si ya fuese etéreo como su alma.

      Ariel llegó a la cubierta, y corrió desnudo hacia la borda de sotavento. La piel transpiraba, el antebrazo izquierdo era una masa de carne y sangre coagulada sobre la que ya estaban sobrevolando las moscas. Nadie atinó a detenerlo. Los pocos marineros no actuaron a tiempo, no lo reconocieron, seguramente, ya que tan distinto se mostraba Ariel esta vez al chico atildado, prolijo y sereno que era siempre. Lo vieron saltar la borda, llorando y gimiendo, porque le dolía todo, la mano ausente, y sin duda también el alma, porque las cosas no estaban saliendo como decía el versículo de Mateo.

      Vieron caer el cuerpo a las aguas del Paraná, hundiéndose y manchando de sangre la corriente.

     - ¡Hombre al agua! - fue el llamado habitual que alguno dio. Algunos corrieron a la borda y dos se subieron para tirarse, pero el viejo Julio apareció y los detuvo aferrándolos de la ropa. Señaló los yacarés en la orilla, que ya estaban hundiéndose en el agua ante el llamado de la sangre.

      Manuel apareció de pronto y sin hacer caso a nadie se subió al barandal. Julio y los otros no hicieron nada para detenerlo. Manuel estaba desnudo, como el chico, y en la cara del hombre estaba la marca de la culpa. Era tan clara, que no hicieron el más mínimo gesto de piedad ni de odio, era una expresión que cualquier hombre podría haber tenido, y ellos no eran quienes para quitar del rostro de un hombre el placer del dolor. Sabían que el que sufre se conduele de sí mismo, con su misma desesperación, y la única piedad útil es aquella que permite lo inevitable.

      Pero otra mano detuvo a Manuel, que gritaba y se debatía en la necesidad de arrojarse al río para salvar a Ariel. Él no vio a los yacarés, y si lo hizo no les dio importancia. Pensaba en la mano muerta en el escritorio del camarote, en el cuerpo del chico, el llanto que había caído sobre su propio pecho, en el grito ahogado de Ariel, tan tenue y acongojado como las nubes que ahora estaban cubriendo el cielo sobre el río. Las manos de Natacha lo retenían con fuerza, pero de nada habrían servido si él no hubiese despertado de pronto, al contacto de esas manos, lo mismo que la primera vez que las tocó al abordar. Las manos que le habían provocado un golpe tan intenso en su interior que lo habían dejado convaleciente durante semanas. Las que habían palpado los murciélagos de su alma, y los había espantado hacia afuera, únicamente para hacerlos revolotear a su alrededor. Sólo Ariel los había calmado. Pero ahí estaban el chico y su mano, como el único murciélago muerto.

      Las manos de Natacha lo retenían, y el cuerpo de Manuel acató la razón y la resignación. Natacha lo abrazaba, muy fuertemente, mientras él gritaba y temblaba. Entre ambos estaba la cruz, formando sus cuerpos alrededor de ella una especie de muro protector. Cristo era tan débil, que muchas veces se mataba. Sus muertes eran muchas, y sin ver hacia el río, ellos dos veían lo que los ojos de los demás presenciaban.  Los yacarés comiendo, y el esqueleto de la muerte sumergiéndose en el río.

 

 

 

 

 

4

 

 

 

- ¿Por qué le pusiste mi nombre al perro?- le preguntó Mendoza.

      Iban del brazo. Como marido y mujer. Él con su uniforme de todos los días, pero con el cuello desabrochado, la gorra bajo el brazo izquierdo, los pantalones en las botamangas, sucias de polvo y barro del puerto de Lavalle, y el infaltable sable, que, aunque estorbaba para subir y bajar del bote que los transportó desde el barco hasta el muelle, no iría a dejarlo nunca, excepto en la cama y en su lecho de muerte. Si hasta se bañaba con el sable cerca, siempre al alcance de las manos, por si acaso. Él sabía que eso irritaba a Natacha, pero Altea ni siquiera parecía notarlo, y eso le agradaba de ella, esa parsimonia, que, aunque no fuese más que una fachada para esconder mucha ira, ésta se iba apaciguando, impotente por su propio peso.

      Ella iba a su lado, tomada del brazo derecho del capitán, con su esbeltez pálida y gélida, con el vestido que sacó por primera vez del baúl desde que había salido del pueblo de Toba, uno que solamente se ponía en las excursiones. Porque eso era para ella esa salida del barco luego de pocas semanas, pero tan intensas, que le parecieron varios meses. Casi todo había cambiado, y la frase de Natacha al verlos partir tomados del brazo, fue la culminación de todo aquel tiempo. Una especie de triunfo, o de venganza, quizá. Pero todo estaba por comenzar, se dijo. Lavalle era solamente el primer pueblito en su camino hacia una vida diferente. “Como marido y mujer”, había dicho Natacha, casi en un susurro, mientras bajaba la escalerilla hacia el bote, apoyada en el cuerpo de Mendoza, que la había tomado de la cintura para posarla suavemente, como un pájaro delgado y blanco, en el asiento. Ella la había escuchado claramente, pero no se dignó elevar los ojos hacia la cubierta, ya conocía la figura retórica de esa mujer agriada.

       -Lo nombré antes de saber tu nombre, no por Máximo, sino por Maximilian, un viejo rey escandinavo. Tiene la estampa de los galgos que se utilizaban en las cacerías, y me dijiste que es descendiente de los que cría tu familia.

      Altea lo miraba con dulzura, pero sus ojos no se abandonaban a la desidia ni a la estupidez. Aunque estaba comenzando a enamorarse, no por eso dejaría el sarcasmo de lado. El suyo era limpio y bienintencionado, el de Natacha oscuro y malicioso.

      Ya en tierra, Max los seguía a pocos pasos, adelantándose a veces, otras quedándose unos pasos atrás para oler algo que le llamaba la atención, luego retomaba el ritmo de ellos, dando vueltas a su alrededor, o bajando la cabeza, avergonzado, cuando lo retaban al verlo demasiado excitado. Finalmente se colocó junto al vestido de Altea, que parecía gustarle por la textura suave, pero de fuerte consistencia. Tal vez era cuero finamente trabajado y pulido en los talleres de Cádiz, ya no recordaba dónde o cuándo lo había comprado.  Se tocó el pecho para desabrocharse dos botones del cuello alto, y notó la ausencia de la cruz. Era curioso que justamente hoy la extrañara, quizá fuese el ambiente del puerto, con la escuela rural por donde salían niños indios. Pensó, y se preguntó, qué sería de la vida de Cahrué. Pero eso había quedado atrás. El cuerpo de Máximo Mendoza la dominaba, el brazo incorruptible, el torso erguido, el paso firme, el rostro oscuro de barba negra y tupida. Se puso a pensar en el cuerpo que vio por primera vez una noche en el barco, desnudo hasta la cintura, lavándose el sudor nocturno con el agua de una palangana. El vello del pecho era como un triángulo invertido, tan diferente al cuerpo de Manuel, delgado y de escaso vello, que ya no extrañaba. Se habían besado por primera vez esa misma noche, ocultos tras la puerta que los separaba del camarote donde dormía Natacha, de la cama donde poco después él debería acostarse, junto a su esposa y bajo el crucifijo sobre la pared. Un beso turbio por los pensamientos densos que se cruzaron mientras duró. Sin embargo, ya no había vuelta atrás. Pronto llegarían a algún lugar donde la mirada de Natacha estuviese lejos, y ni siquiera su Dios pudiese vigilarlos.

      Recorrieron el pueblo con lentitud, utilizando casi dos horas para llegar a la ferretería de Valente. La gente saludaba al capitán desde las ventanas, o se arrimaban desde sus puestos en las sillas desvencijadas donde estaban sentados junto a las puertas de sus casas. Lo saludaban con alegría, pero también con un esmerado respeto. Él daba la mano a todos, y los trataba con suma confianza, preguntando por algún miembro de la familia que no veía desde mucho antes, o por algún trabajo pendiente en el pueblo. Pasó una carreta con una pareja anciana, una especie de viejo sulky destartalado.

      -Máximo- dijo el viejo, de barba blanca y rizada, ojos celestes y piel curtida por la intemperie. La mujer se inclinó frunciendo los ojos y los párpados, y de pronto dio un grito de júbilo.

     - ¡Pero si es mi querido ahijado!

     -El capitán Mendoza, querida- la corrigió el hombre. -Más respeto a los galones.

     -Para su vieja tía seguirá siendo el niño Máximo.

     Mendoza se subió a la carreta y los abrazó a ambos. Vio que miraban a Altea con curiosidad.

    -Tíos, esta señora me acompaña a ver a un médico en Santa Lucía, es una pasajera.

      Altea los saludó con la cabeza, pero ellos no hicieron más que moverla de un lado a otro. Ya conocían las costumbres de su sobrino y ahijado, pero no podían reprobarla del todo conociendo a Natacha.

      - ¿Y cómo está el niño Ariel?

      -Está bien, tía, tratando de crecer, pero Natacha no lo deja.

      Guardaron silencio un rato.

      - ¿Y ustedes como están, y la estancia cómo anda?

       -Más o menos, tuvimos que vender varios animales. La política de Buenos Aires hace lo que quiere por allá, según nos enteramos, pero por acá los ladrones están en la gobernación. Son peores que los indios para robar, por lo menos éstos roban por hambre. Corrumpción y hambruna, esa es la ecuación ideal para que salgan los malandras.

     El viejo se quedó callado, y los ojos le brillaban,

     -Es que tuvo que sacrificar a Anastasio la semana pasada, estaba repleto de bichos en la panza.

     - ¿Y no lo vio el veterinario?

     Ella iba a responder, pero el viejo se le adelantó, colérico.

     - ¿Con que plata, me querés decir?

     -Pero no vendieron…

     -Se lo llevó todo el pago de los impuestos. Hace ciento cincuenta años que nuestra familia está en esta provincia, fundamos pueblos, creamos trabajo, y los hijos de la poronga nos cobran como si fuéramos uno de esos gringos jóvenes que se están asentando por acá. Ningún respeto, m’hijo, ningún respeto hay, ¡la pucha…!

     El viejo se lamentaba, sin soltar las riendas.

     -Antes de volver al barco pasaré a visitarlos…

     -No te preocupes si no podés, sos joven y nadie se divierte con un par de viejos como nosotros.

     Ella intentó calmarlo.

    -Lo dirás por vos, viejo guarango y amargado. Yo ya no veo ni un pito, pero todavía no me doy por vencida.

    Se despidieron. La carreta se tambaleaba porque tenía una rueda varios centímetros más que la otra. El caballo se había cansado de hacer fuerza hacia un lado, y cada tanto iba a paso de hombre.

     - ¿Quién era Anastasio? - preguntó Altea.

     -El caballo de mi padrino.  Este año cumplía cuarenta años, se mantenía fuerte como un roble hasta hace poco. Lo acompañó en la batalla de Caseros cuando era un potro todavía. Lo tenía en su cobertizo como a un rey, todas las mañanas lo llevaba a pasear, aunque no lo cabalgase porque tenía mal las rodillas.

      Mendoza se quedó en silencio mientras seguían caminando, pensando en otros tiempos, posiblemente. Desde el almacén principal del pueblo se acercó una mujer muy atildada, con un vestido fino cubierto por un delantal, aros color plata y el cabello recogido en un rodete prolijo. En un brazo cargaba una canasta de mimbre, pequeña, y del otro una cartera de tela.

     - ¿Otra vez quejándose el viejo general Las Heras?

     -Buenos días, Lucrecia. Te presento a la señora de Menéndez Iribarne. Esta es mi querida prima, la señora de Aráoz Urquiza.

      Las mujeres se dieron la mano, mansamente. Mendoza sabía que a nadie de su familia le caía bien verlo con una mujer que no fuese su esposa, aunque ninguno tolerara a Natacha.

      - ¿Cómo puedes decir eso del viejo tío? Deberías ayudarlo más, estás en mejor posición que él le dijo el primo.

      -Ya se lo ofrecí, pero no quiere recibir ayuda de los Urquiza. Es un viejo cascarrabias unitario, y se morirá enterrado con sus principios. No empecemos a discutir por lo mismo. Si querés venir a casa, te esperamos en cualquier momento. - Se despidió de Altea con un gesto altanero y se fue caminando hacia donde la esperaban dos negros con bolsas y cajas de las compras.

      -Ya conoces a parte de mi familia…

      -Me parece que todo el pueblo es tu familia…

      -Es casi verdad, Lucrecia está emparentada con don Justo a través de su casamiento con un sobrino, o sobrino segundo ya que es hijo de una prima del general.

     -Pero el general Las Heras, ¿qué tiene que ver con ustedes?

     - Es un sarcasmo más de la primita. En realidad, es uno de los hijos del viejo general Las Heras, y como nunca pudo pasar de su grado de coronel, el resentimiento por eso se convirtió en una broma cruel dentro de nuestra familia. No es mi tío biológico, por supuesto, sino que ambos fueron mis padrinos de bautismo.

       Era ya mediodía, y recorrían las calles soleadas, y casi solitarias, a esta hora, del pueblo de Lavalle. Las casas eran de adobe algunas, en las afueras, pero a medida que se acercaban al centro, abundaban las casas y edificios de ladrillo. Una capilla se alzaba frente a la plaza, descuidada, de pastos altos tapando los bancos de madera, y en el centro un busto del General Lavalle, cubierto de musgo y con la nariz rota. Alguien, además, había destruido el hombro derecho, donde estaban sus galones.

       Llegaron frente a la puerta de hierro forjado de una amplia casa de comercio que había en una esquina. La fachada estaba más cuidada que el resto de los edificios, incluso que la iglesia. Tenía un arco ojival y dos columnas a ambos lados. La puerta de hierro le hizo recordar a Altea los clásicos portones de los viejos patios de Cádiz. Se paró a observar con detenimiento, y leyó la leyenda escrita sobre la puerta: “Ferretería y ramos generales, de Don Fermín Valente”.

       Al entrar, la sombra fresca la alivió, pero también el contraste con la oscuridad la hizo perder el equilibrio por un instante. Se agarró al brazo de Mendoza.

      - ¿Estás bien?

       Altea asintió, otro vahído por el embarazo, pero pronto desaparecerían. Se sobresaltó al escuchar una voz de bajo profundo, y una figura rechoncha que se iba acercando con pasos fuertes sobre el piso de tierra apisonada.

       - ¡Mi querido capitán Mendoza! ¡Qué honor tenerlo de vuelta por estos pagos!

       El acento era inconfundiblemente de Cataluña. Los ojos de Altea se fueron acostumbrando, y pudo ver el enorme interior del lugar, repleto de estantes y mostradores, con herramientas de todo tipo en el piso o colgando del techo. Bolsas de arpillera, docenas de palas y zapas, arados apoyados sobre las paredes, y eso era solo lo que se podía ver a simple vista. Detrás de los mostradores había muebles con cientos de estantes y cajones.

      Los hombres se abrazaron.

      -Don Fermín, le traje a una compatriota para que compartan recuerdos.

      El hombre debía tener poco más de cincuenta años, obeso, vestido con un traje discordante con lo que delataba el ambiente de trabajo, pero Altea se dijo que debía tener muchos subalternos, siendo quizá el hombre más adinerado del pueblo.

      Se le acercó y la abrazó con fuerza.

      -No sabe cuánto me alegra conocerla, querida señora. Puedo oler el aroma de mi España, lo siento en su cabello. Es el aroma de la tierra.

       Altea olió el aliento acre del cigarro que había estado fumando don Fermín poco antes. Pero sobre todo sintió el lagrimeo del viejo que comenzaba a mojarle la mejilla. Intentó separarse de sus brazos, con amabilidad, y para eso Mendoza comenzó a ayudarla.

      -Vamos, vamos, don Fermín, no se emocione que va a maltratar a la señora.

      Altea sentía estar mostrando una situación equívoca. A pesar de su nacimiento, solo había sido una invitada en España, una danesa que había nacido allí por casualidad. Su matrimonio con un Menéndez Iribarne había sido un intento, recién ahora lo sabía, por sentirse menos ajena en ese país.

      -No sabe la alegría que significa para mí el encontrarme con alguien que viene de las Españas…

      -Pero ya hace más de cinco años que estoy en estas tierras, señor…

      -Por favor, llámame don Fermín. Pero yo hace treinta años que salí de mi Cataluña, y nunca he regresado. Eso me ha dejado mig boig, como ahora, que me porto como un desconsiderado ante una señora.

    Ella lo miró curiosa, pero comprendiendo.

       -Entrin a casa.

      Lo siguieron por un pasillo largo entre herramientas y bolsas. De vez en cuando el hombre tosía y su tos repercutía por el corredor como el de un asmático. Llegaron a una puerta que llevaba al sector donde vivía con sus hijos.

      -Antonio está recorriendo las estancias recogiendo los pedidos. Lorenzo es un desordenat. Se ocupa de las cuentas, pero me deja todos los papeles tirados.

      Se puso a levantar las carpetas con los pedidos, facturas, pagarés, cartas, que estaban sobre la mesa de la cocina. Lorenzo apareció abrochándose los botones del pantalón, y cuando vio a Altea, se quedó boquiabierto. El padre le dio una palmada en la cabeza y lo hizo huir de la cocina.

      -¡Mal educat!- le gritaba.- Disculpe la señora, esta es una casa de hombres con costumbres de hombres solos. Des que la meva dona va morir.

      -No se preocupe, don Fermín, he pasado cinco años en un pueblo toba, tratando de enseñar a niños indígenas.

     -Apuesto a que los seducía…

     Altea y el capitán se rieron.

     -Nada de eso, me di por vencida.

     -No puedo ofrecerles nada para almorzar, pero mi sirvienta, la vieja Dorotea, nos va a preparar una gran cena para esta noche. ¿Es queden, no es cert?

     Altea dudaba que las frases en catalán que se le escapaban fueran las correctas. Treinta años hacían olvidar muchas cosas.

     -Sólo esta noche, don Fermín, para hablar de negocios- contestó Mendoza.

     - ¡Dorotea! - gritó el hombre. A rato llegó una mujer muy bajita, de pelo canoso atado sobre la cabeza como si quisiera ser más alta de ese modo, pero la curvatura de la espalda no la ayudaba. Saludó cortésmente, sin hablar.

      -Prepare algo sabroso para los cinco esta noche. El pescado grande que trajo Lorenzo ayer.

      Lorenzo apareció de pronto, tal vez estaba escuchando escondido detrás del marco de la puerta. Era un adolescente todavía, y miraba fascinado al capitán y a Altea.

      -Sí, fill, comeremos de tu pitanza. Eres mejor pescador que oficinista. Por tu bien, espero que cambies.

      Pasaron toda la tarde en el patio trasero de la casa. Un muro alto con enredaderas y árboles espinosos los separaba de la calle. Don Fermín era un hombre desconfiado y celoso de lo que había logrado por sus medios. El jardín estaba muy cuidado, y él reconoció que era su afición dedicarse a cultivarlo y mejorarlo cada vez que podía.

    -Mi mujer murió aquí mismo, sembrando “crestas de gallo”. - Se levantó trabajosamente del sillón amplio y bajo en el que estuvo sentado casi toda la tarde, hasta que empezó a bajar el sol. Tomó de la mano a Altea, no como a una hija, sino como a una amante a la que se conduce para mostrarle algo muy querido. La llevó hasta un rincón del jardín donde había un gran arbusto de flores grandes y rojas.

      -Estas son las Crestas de gallo. - Se inclinó para cortar una y dársela, pero Altea cuenta intentó detenerlo.

      -No, por favor, no cometa ese sacrilegio, don Fermín. - Pero el hombre continuó su cometido, y cortó la flor, y se la entregó.

      -Només ho faig amb les dones triades.

      Altea se avergonzó por no entender. Mendoza se le acercó al oído, y le tradujo la frase.

      Fue la primera vez en muchos años, en que se sintió completamente en paz con el pequeño mundo que la rodeaba.

 

 

*

 

 

Lorenzo Valente tenía un perro. Lo llamaba Duque. Durante la tarde el chico no apareció en el jardín, mientras los adultos conversaban sentados en las sillas de metal forjado que don Fermín había hecho hacer a un herrero de Goya cuando se casó con su mujer. Ella misma había tejido la tela que forraba los almohadones de plumas. La vieja Dorotea les había traído una bandeja con la pava y el mate, y una fuente con bizcochos recién horneados. Fermín cedió la tarea de cebar a Mendoza. Altea tomaba mate por obligación social, pero no le agradaba demasiado.

     -Usted es de sangre española, como yo. No nos acostumbramos del todo a estos aires criollos.

     Altea sonrió, sin contradecirlo. Para qué desahuciar esa imagen que él se había formado de ella, si lo consolaba un poco de esa terrible nostalgia que sentía por su tierra. Sin embargo, había algo que no la dejaba tranquila: algo extraño, como si estuviera en medio de un escenario de teatro, y no se diera cuenta. Por eso, dijo:

      -Don Fermín, mi madre era española, pero mi padre danés. Él era agrónomo, y de viaje en España conoció a mi madre. Se mudaron a Copenhague. Cuando ella estaba embarazada, mi padre murió en alta mar. Ella quedó desolada, así que regresó con su familia de Cádiz, y allí nací. Pero todo en mi casa fue un culto a la memoria de mi padre, era un científico excepcional, y un aventurero, por supuesto, por eso lo perdí tan pronto…

      Mendoza apoyó una mano sobre espalda de Altea. Don Fermín, desilusionado, no volvió a pedir recuerdos de España, y la miraba ahora como a una mujer que no era una mujer, porque su mente parecía comenzar a funcionar al revés, contradictoria y a la defensiva.

       Entonces oyeron que se abría la puerta posterior del jardín, que daba directamente a la vereda y a la calle, escondida entre los arbustos, y Lorenzo entraba con el perro, que llegó corriendo y se abalanzó contra Max, que estaba sentado en sus cuartos traseros junto a la silla de Altea, esperando recibir algún bizcocho. Max había sido sorprendido, pero reaccionó a tiempo, y apenas se vio de espaldas en el suelo, saltó y se apartó del otro, gruñendo amenazante. El pelo del lomo de ambos estaba erizado, las colas tiesas, los colmillos afuera, las caras fruncidas. Los gruñidos y los ladridos se sucedían, pero no se atacaban. Lorenzo no se movió, simplemente observaba. Mendoza fue hasta detrás de Max para agarrarlo de la correa y separarlo.

      - ¡Lorenzo, agarrá a Duque! -gritó, porque temía que el perro los atacara a los dos. Tenía el sable apoyado junto a su silla, y si era necesario lo utilizaría.

      El chico no reaccionó. Altea no comprendía qué le pasaba, parecía estúpido, o con algún retardo mental, algo en sus ojos pétreos a veces, brillantes como agua en otras, le sugería eso. Pero sus rasgos eran normales y hasta inteligentes. El cabello castaño claro y rizado, la frente amplia, la tez clara, el cuerpo alto y proporcionado. Estaba con las manos en los bolsillos de unos bombachos para montar. Debió haber estado cabalgando poco antes, mientras su perro lo acompañaba trotando junto al caballo.

       - ¿No escuchaste a don Máximo?- le dijo el padre, empujándolo, y entonces Duque se dio vuelta y enfrentó a don Fermín. Solamente en ese momento Lorenzo habló:

      - ¡Quieto Duque!

      El perro se calmó, y se sentó a los pies de Lorenzo.

       -La puta mare con aquest gos-murmuró don Fermín. - Entra a la casa y quédate en la habitación hasta la cena. Tienes trabajo que terminar. - Lorenzo lo miró sin contestar, pero en la mirada era extremadamente claro el desprecio que sentía por su padre. Altea no se animó a pensar en la palabra odio, pero el desprecio que había leído en esos ojos era quizá peor. Se fue con el perro, que no miró ni amenazó a nadie más desde que iba junto a las piernas de su dueño.

      Volvieron a sentarse, pero ya había oscurecido, el mate estaba frío y la vieja no volvió para cambiar el agua.

      -A la diez cenamos. Si me disculpan, tengo algunos encargos que terminar en el negocio. –Se levantó con esfuerzo y entró a la casa.

      Altea y Mendoza se quedaron en el jardín. Max se lamía las heridas que le habían quedado del breve encontronazo. Mendoza le acariciaba, pero acostumbrado a la rutina de esa casa, había apoyado las piernas en la silla desocupada, cerrado los ojos, y con la cara al cielo violeta que se oscurecía lentamente detrás de los árboles que separaban la casa de la calle.

      Altea no sabía qué hacer. Pensó en ir a la cocina y ayudar a la vieja, aunque fuese para conversar con alguien. Pero no tenía deseos de hacer lo que creía se esperaba de ella, aunque allí no había nadie para exigírselo. No iría a la cocina, donde iban las mujeres que no sabían que otra cosa hacer, mirando la comida a medio hacer o los restos de platos sucios, y donde cada objeto emanaba un olor a suciedad e inmediata podredumbre. Los objetos de una cocina, de pronto le parecieron un cementerio. Y entonces se levantó de la silla, y llamó a Max, el perro la miró un instante e intentó levantarse, pero una de las patas traseras flojeó, y la mano de Mendoza, sobre el lomo, lo retuvo acostado. El capitán estaba dormido, Max se quedaría con él.

      Ella entonces caminó hacia la puerta trasera, abriéndose paso entre las ramas de los arbustos. Las enredaderas cubrían casi toda la puerta, y ésta se abría como una puerta vegetal, pero pesada. La calle estaba transitada. Pasaban mujeres con niños de la mano, y bolsas de compras. Algunas la miraban con desconfianza, otras le sonreían y la saludaban. Varias carretas pasaron en sentido contrario al pueblo, con hombres y niños que seguramente iban a pescar al muelle.  Los perros iban y venían, solos o acompañando a la gente. El sol ya había caído, y las luces del pueblo eran como luciérnagas, parpadeantes y débiles. Se quedó apoyada en la pared, observando la oscuridad que iba asentándose sobre las calles. La gente, lentamente, fue menguando su presencia, y sólo quedaron, claras e intensas, las luces de la fachada de la ferretería.  Un aroma a pasto húmedo y viento fresco inundó la vereda junto al jardín. Dispuesta a entrar y lavarse antes de cenar, se dio vuelta y se encontró frente a Lorenzo. Estaba vestido con un traje que debió haber sido de su padre cuando era joven y delgado, y luego de su hermano mayor, porque estaba deslucido y con un corte viejo para la época. Era una levita gris, con pantalones del mismo color, una camisa blanca y un corbatín de color indefinible. Llevaba el pelo aplastado y la cara afeitada. Olía a agua de colonia rancia. Dios mío, pensó, Altea, este chico tiene sin duda algún problema mental que lo hacía insociable y desubicado; pero se apresuró a rectificarse, personas como ella misma eran diferentes al resto, y no por eso estaban locos.

      -Estás muy buen mozo...-dijo, para conciliarse por lo que había pasado un rato antes.

      El chico no debía tener más de veinte años todavía, tosió para aclararse la voz.

      -Mi tata me pide que le pida disculpas, por lo que hizo este…-y señaló al perro, que estaba sentado junto a su pierna derecha, mirándolos alternativamente.

      -Así que lo hacés porque tu padre te lo mandó y no por lo que vos hiciste…

      El otro frunció las cejas.

      -No detuviste al perro, dejando que casi matara al mío…

      -Cada uno se defiende como puede…

      -Eso ya lo vi, querido…sos muy chico todavía para tener esas ideas tan frías de la vida. Pero dejemos eso de lado…-. Ella le tomó la mano izquierda, y escuchó el gruñido de Duque. Lorenzo chistó y el perro hizo silencio.

      -Entremos, Lorenzo. Tengo que lavarme antes de ir al comedor.

      Atravesaron el jardín, y Mendoza ya no estaba. Se escuchaban voces desde la sala donde irían a cenar. Lorenzo entró en la sala llena de luces y de voces, pero ella fue a la cocina y vio a Dorotea en su parsimonioso trabajo.

      -Disculpe que la moleste, pero quisiera lavarme un poco…

      La vieja señaló hacia un pasillo, sin más indicaciones. Altea entró en la penumbra. Era el mismo que llevaba hacia el negocio, pero logró encontrar una puerta de donde salía olor a amoníaco. El baño era grande, con un enorme espejo de pared, sanitarios de loza que parecían importados de Europa, azules y pintados a mano, y cortinas con bordados en la bañera, pero había manchas de orina en el suelo y todo estaba sucio y descuidado. El agua la refrescó, y al levantar la cabeza tuvo que sujetarse del lavabo. Otro mareo.

      Regresó por el pasillo y se enfrentó a la sala iluminada. Al verla entrar, todos hicieron silencio, y don Fermín se acercó para conducirla de la mano hacia la silla que le había asignado. A su lado estaba Mendoza, con Max acostado bajo la silla, frente al hermano mayor, Antonio, con su novia, y Lorenzo. No vio a Duque, pero adivinó que estaba bajo la silla, porque oyó lo esporádicos gruñidos que ambos perros se dirigían por debajo de la mesa.

     Don Fermín se rio de la situación.

     -Acá nos faltan los caballos y las vacas, solamente, para sentarlos a cenar.

     Todos festejaron la ocurrencia, y Antonio presentó a su novia a Altea. Era una chica de veinte años, tímida y vestida de blanco, con un cabello claro como el suyo, pero recogido rígidamente sobre la cabeza. El cuello del vestido era alto y la tela muy gruesa. Altea se preguntó si no tendría calor, porque la veía sudar, pero ella se secaba la frente con poco disimulo, o a veces lo hacía su novio, que bromeaba por esa causa. La chica, sin duda, sufría, pero no se animaba a decírselo a Antonio. Entonces éste dijo:

      -Capitán, ¿de dónde sacó a esta belleza escandinava?

      Mendoza estaba acostumbrado al carácter de esa familia, se adaptaba a ellos cuando estaban solos, pero sabía que la mente de Altea funcionaba distinta. Don Fermín refunfuñó, los hijos le daban malasangre, pero Antonio ya era mayor y era el heredero del negocio. Altea se dio cuenta que ambos manejaban a su padre. A causa del carácter expansivo y bonachón del viejo, había aprendido a ceder, aunque se empeñase en aparentar lo contrario. Porque perder a los hijos para su negocio, era perder el futuro seguro en su vejez.

      Ella notó la sonrisa escondida de Lorenzo cuando el hermano hizo esa pregunta. Mendoza lo ignoró, y sin embargo preguntó a su vez:

      - ¿Cómo estuvo el trabajo hoy?

      -Lo normal, capitán. Pero su padrino, Las Heras, me da muchos disgustos. Me debe seis meses de las cosas que usó para las reparaciones de la estancia. Sólo hemos tenido consideración hacia él por usted, claro está…

       Mendoza se puso serio.

      -No me había dicho nada…

      -Por supuesto que no, le da vergüenza…

      - ¿Y  por qué, Don Fermín, no me avisó usted de eso? Sabe que yo podría cancelar esa deuda.

      El viejo tenía la cara de la duda. Miró a Lorenzo, que llevaba las cuentas, y luego a Antonio, que era el cobrador.

     -No se lo dijimos a mi padre para no darle disgustos, sé cuánto aprecia a toda su familia-contestó Antonio en su lugar.

     - ¿Y por qué me lo decís ahora, delante de él? -preguntó Mendoza.

     Los bigotes y la barba de Antonio se mojaron de humedad. Se pasó la mano por el pelo y el mismo pañuelo con que enjugaba el sudor de su novia secó su propia frente.

     -Porque ya se ha convertido en una deuda muy considerable…

      -Y porque estando yo podrían cobrar, ¿no es cierto? -lo interrumpió el capitán. Ignorando al chico, se dirigió al viejo-. Quisiera ver las facturas esta noche, si es posible, don Fermín. -Sabía que el viejo sufría, y esperaba que no estuviesen los hijos esa noche mientras revisaban los papeles. El viejo ya no tenía el valor de negarles nada. Sin embargo, Mendoza los conocía lo suficiente para no confiar en ellos.

     -Per descomptat, per descomptat…- dijo don Fermín.

     Dorotea entró con el pescado. Todos aplaudieron y lo felicitaron. Los perros parecieron olvidar su enfrentamiento y alzaron los hocicos. Los hombres también abandonaron su riña por todo el transcurso de la cena. Bebieron del vino de Cataluña que Fermín guardaba en su bodega para ocasiones especiales, y todos alabaron el sabor de esa cosecha de 1877. El capitán había colaborado con una botella que, traída de la bodega del barco, un cabernet de Burdeos.

      - ¿Y cuándo recuperará lo invertido en ese viejo armatoste, capitán? - preguntó Antonio. De vuelta en la contienda, los hombres esta vez se rieron, porque ya el vino había pasado por sus manos para aliviar la tensión.

      -Cuando sea, no me importa, no te preocupes…

      -Si no me preocupo, capitán, eso es lo de menos para mí…-y pidió un brindis por el éxito de los viajes del “Juan Manuel”. -Si regresara el verdadero, de allá en donde lo tienen encerrado, otra cosa sería este país…-La novia de Antonio dejó caer un tenedor sobre el plato, y miró a todos, disculpándose. Él la miró con desaprobación.

       -Es que el abuelo de María Elena fue un unitario, ella es una Varela. No sé cuál de tantos hermanos fue denunciado al Legislador…

      -Lo mataron- dijo ella. Su voz se escuchó clara por primera vez en toda la noche. El novio la ignoró desde ese momento.

      Don Fermín no se metía nunca en política, ése había sido una de las causas de su prosperidad. No decía no a nadie, y luego hacía lo que a él le convenía. Pero sus hijos eran propensos a decir lo que pensaban, y temía mucho por esa causa.

     -Nada de política en esta mesa, ya saben que lo tengo prohibido.

     -No terminemos mal la noche, muchachos-dijo Mendoza, e hizo otro brindis por el gobierno del doctor Pellegrini.

      Como se vio solo alzando la copa, se rio a carcajadas. Altea quiso ayudarlo, y se sumó al brindis, entonces los demás comenzaron a reírse también, pero sin brindar, y los perros empezaron a dar vueltas alrededor de la mesa, excitados por la algarabía de sus dueños, lamiendo la mano de cada alguno de vez en cuando, esperando comida.

 

      Eran más de las doce de la noche cuando terminaron el café que Dorotea fue sirviendo de la gran cafetera que sujetaba con un repasador. Había servido más de tres tazas a cada uno, en la vajilla que les habían regalado a Fermín y su esposa el día que se casaron. El viejo se quedó un largo rato observando la pequeña taza de porcelana austríaca, teniéndola del asa delicadamente con dos de sus gordos dedos. Los hijos lo miraban con resentimiento, y Altea se preguntó qué odiaban más: al padre o al recuerdo de la madre.

       Las mujeres no se habían hablado en toda la cena, y Altea, a pesar de su parquedad natural, sintió que necesitaba solidarizarse con esa chica que esperaba, de un momento a otro y cuando estuviesen solos, la reprimenda de su novio. Intentó acercarse, pero ella no dejaba de echar miradas a Antonio, que sin embargo la ignoraba.

     -No se haga mala sangre, querida-dijo Altea, agarrándola de un codo. La chica estaba sudando, y se preguntó cuándo iría a desmayarse. Pero María Elena soportó hasta la hora en que Antonio debía llevarla hasta su casa. Ambos salieron, y Mendoza aprovecharía su ausencia. Sabía que Antonio temía eso, y dejaría a la novia con rapidez para volver.

      Mendoza estaba dispuesto a quedarse despierto para hablar de negocios con don Fermín.

      -Lorenzo, andá a acostarte, mañana tenés que llevarnos a Santa Lucía-le dijo.

      El chico miró a su padre pidiendo quedarse, pero encontró otra negativa. Debía sentir que había bebido lo mismo que los otros, y por eso era parte de la familia y del negocio. Era lo que decía su cara, pero también decía que estaba desvalido sin la inteligencia de su hermano. Su habilidad para los números era un fenómeno de circo que Antonio explotaba. Se levantó a regañadientes y se fue golpeando la puerta. Duque lo había seguido.

      -Los dejo solos…-dijo Altea.

      -Dorotea le dirá la habitación, ahí siempre duerme el capitán-dijo don Fermín.

       -Dormiré en un catre del negocio, no se preocupe por mí…- la voz de Máximo Mendoza era más cómplice que la de un amante formal, y eso la hizo sentirse bien.

     Se cruzó con la vieja que regresaba de la cocina para levantar la mesa. Sin decirle nada, la llevó hasta la habitación donde dormían los invitados. Era un cuarto amplio con muebles viejos y amontonados. Los techos altos eran frescos, la cama tenía un colchón cómodo y había una jofaina con agua fría. Un espejo de luna en la puerta de un armario reflejó su figura. Tenía el rostro cansado y ojeroso, se sintió vieja y sin futuro. Lo que poco antes había creído sentir por Mendoza, se había eclipsado ante el aspecto de esa habitación de invitados en un pueblo de provincia. Con los indios se había sentido útil, y no había buscado en ellos identificación ni consuelo alguno, sino una especie de energía que la habilitaba para seguir viviendo cada mañana. Pero frente a este espejo antiguo, alumbrada penumbrosamente por las velas, a la una de la mañana, sabiéndose embarazada y aborreciendo a su hijo, mirando su cuerpo desgastado, sintió el deseo de acabar con toda esa misma noche. ¿Qué hacía en un país desolado por los caudillos y la mala política? ¿Qué hacia ella casada con un hombre que nunca había alcanzado a amar, ahora ya estaba segura de eso, y con el hijo de una violación? Pensó en su madre, viuda y encinta, con su delicada hermosura, su tez clara y el cabello casi blanco, en la costa de Dinamarca, mirando el mar que se había llevado al único hombre que amaba. Altea había amado a su padre a través de ella, de su figura desde el retrato colgado en la pared, de sus libros en los estantes de la biblioteca, de los manuscritos científicos conservados en los cajones del escritorio, los recuerdos y las anécdotas de quienes visitaban a la viuda y su hija. El casamiento con Manuel, la llegada a América, eran un claro símbolo de que había intentado, sin método alguno, alcanzar una imitación, porque sabía desde el principio que cualquier cualidad original estaba fuera de su capacidad. Por lo menos eso fue lo que pensaba, y lo único que podría reprocharle a su madre. ¿Pero cómo acusarla de algo que estaba en su personalidad más como un mérito que como una culpa: la fidelidad a la memoria de un hombre irreprochable? Su padre había muerto antes de tiempo, pero también a tiempo, quizá, para librarse de toda oportunidad de ensuciar esa memoria que le rendirían.

      Volvió a mirarse al espejo, y de pronto vio, en el borde izquierdo y superior de la luna ovalada, una cara que la observaba, asomada a la puerta de la habitación, a casi cinco metros, porque la habitación era amplia, y separados solamente por un espacio vacío donde había una alfombra de tejido indígena sobre el piso de madera. Miró la alfombra a través del espejo, era como un pedazo de selva entre el chico menor de don Fermín, Lorenzo, y ella. Atravesar esos cinco metros era como penetrar en un cenagoso terreno donde podría hasta escuchar el canto histérico de los pájaros tropicales, y el olor a humedad y podredumbre. Ella no se daría vuelta, no haría signo alguno de que lo había visto. El perro seguramente estaba al lado del chico, aunque ella no lo viera podía olerlo, y hasta escuchar su respiración jadeante. ¿Pero era el animal o Lorenzo el que jadeaba?

      Giró un poco la cabeza, simulando que se arreglaba el cabello, y pudo darse cuenta de que Lorenzo se había asomado un poco más, apoyando una mano en el marco. Tenía medio cuerpo dentro de la habitación, el torso desnudo, y la otra mano dentro del pantalón, o quizá un calzoncillo largo, no podía asegurarlo, pero era lo más probable.

      Altea no iba a gritar ni pedir ayuda, eso ya lo había decidido.

      Se desabrochó el vestido lentamente, sin dejar de mirarse en el espejo, vigilando sus movimientos. Se descubrió los hombros y fue bajando el vestido hasta la cintura, luego la falda, levantando una pierna y luego otra, y lo arrojó al piso. Notó un movimiento brusco en la imagen del espejo, escuchó la respiración más agitada y notó el movimiento de la mano oculta.

      La luz de las velas si iba agotando, y a ella la estimulaba el hecho de verlo inquieto, atisbando en la oscuridad naciente el cuerpo que cada vez deseaba más y que quizá vería muy claramente dentro de pocos minutos.

      Altea estaba cubierta solo con las enaguas blancas, estrechas a la altura del pecho, más anchas por debajo de la cintura. La cubrían hasta por debajo de las rodillas, y entonces ella se inclinó un poco para sacarse las medias. Las fue deslizando lentamente, echando un vistazo al espejo de vez en cuando, atenta a cualquier sonido o paso de Lorenzo. El chico transpiraba, podía olerse el sudor que debía caer sobre la barba rala. Volvió a erguirse, contemplándose en el espejo, pasando sus manos por el corpiño, insinuando que muy pronto iría a quitárselo. Esperó, era como el conteo lento antes de un estallido, esperando siempre, postergando el instante preciso antes de la explosión, arriesgándose, tal vez inútilmente. Quizá perdería otra vez, pero sería ahora por su propia decisión, y con el placer de haber sometido a aquella tortura al chico. Al hombre, en realidad. Ella era una estampa de hielo veteado de azul y amarillo, por gracia de la luz de las velas. Era un témpano de sentimientos encontrados que se habían encerrado en un volcán muerto. Era de piedra, era una estatua, pero podía hacer que un hombre desatara su violencia hasta el último extremo de vida.

      Y encontró la gran idea: caminó hacia la mesa junto a la cama, donde estaba la flor que don Fermín le había regalado, esa flor que llamaban Cresta de gallo. Grande y roja, la llevó con sus manos hacia el sitio de su entrepierna, y volvió al espejo. Se miró a sí misma, quieta, segura, dominante y hermosa.       

       Oyó los pasos rápidos de Lorenzo, primero sobre la madera, luego sobre la alfombra. Como un indígena semidesnudo corriendo por la selva hacia su presa, acompañado por su perro de caza. Lo sintió correr esos pocos metros igual que vio hacerlo a los indios mientras enseñaba en Toba, rápidos, sigilosos. Sabía que en pocos segundos sería atacada. Vio acercarse el cuerpo de Lorenzo, alto, el pelo oscuro en el pecho blanco como la leche.

      Entonces ella dio un golpe fuerte con el puño sobre el espejo y cerró los ojos. El cristal estalló en añicos y se derrumbó sobre el piso, y el estruendo fue suficiente para que pronto se escuchasen los pasos de dos hombres por el pasillo. Lorenzo ya estaba sobre ella y la había agarrado de la espalda, mientras Altea se cubría el pecho y se encogía como un pájaro desprotegido. Su cabello estaba ensortijado y revuelto, igual que plumas de un ave herida. Sintió forcejeos a su alrededor, gritos e insultos de los hombres. Se sintió zarandeada de un lugar a otro de la habitación. No quiso abrir los ojos, pero veía claramente con los oídos lo que estaba pasando. Los brazos de Mendoza intentaban arrancar las manos de Lorenzo de la piel de Altea, y los dedos de ambos peleaban y se entrelazaban. Ella cayó al piso.

     - ¡No capitán! ¡Déjemelo a mí! -oyó gritar al viejo.

     Mendoza ayudó a Altea a levantarse.

     - ¿Estás bien?

       Ella asintió, pero se restregó los hombros, tenía la piel amoratada e hinchada. Mendoza la acariciaba con cariño, con una expresión de susto y rabia en la mirada. Miró alrededor. Don Fermín había agarrado a su hijo del cabello y lo sacudía con furia.

       - ¡Tenías que salir así, hijo de una puta! -dijo en catalán, pero lo repitió varias veces en español, porque parecía guardar su idioma natal para los momentos felices. Para la bronca y los exabruptos, el español era el adecuado.

       Lo abofeteó con una mano sin soltarle el cabello con la otra. El chico no se rebelaba, parecía haber perdido la fuerza y la altura frente al padre bajo, gordo y fornido. Pero por un momento logró decir:

       - ¡Vos sos un viejo puto!

       Don Fermín siguió tirándole del pelo, por un instante pareció que lo haría sangrar. Lo sacó de la habitación, casi arrastrándolo, y los escucharon gritar por el pasillo. Luego hubo el golpe de una puerta al cerrarse. Y nada más.

       Altea y Mendoza se quedaron sentados en la cama. Él intentaba consolarla, decirle algo que ella no quería escuchar. Max apareció lastimado, con parte del pelo del lomo arrancado. Se sentó a los pies de ambos, pero le costaba moverse.

      -A vos también de te dieron lo tuyo, pobre Max- dijo Mendoza, acariciándole la cabeza.- Parece que tuvo su pelea con Duque para defenderte. Los vimos en el pasillo antes de entrar.

      Altea se había acurrucado entre los brazos de él, sin llorar, sólo temblaba un poco. Seguía con las enaguas y el vestido apenas le cubría los pechos. Los sentía estremecerse contra el cuerpo del capitán. Él casi la estaba acunando, sosteniéndola, abarcando sus hombros lastimados con un brazo, mientras con el otro acariciaba al perro. Entonces se dejaron caer de espaldas en la cama. Ambos miraban el cielo raso, por donde caminaban algunas arañas, y se rieron. No se sabían de qué, pero se reían sin poder contenerse. Y Mendoza, como único medio para detener esa risa, decidió besarla. Altea sintió que su cuerpo se convulsionaba, y él se levantó y se apoyó en ella, sin lastimarla, apenas poniendo su peso como una protección. Y besó los labios y la cara, luego el cuello desnudo que olía a jazmines del jardín del viejo Fermín. Besó los pechos a través de las enaguas, pero pronto se las quitó, sabiendo que ella quería lo mismo que él, encontrar el cuerpo desnudo de uno y otro, sin permisos ni obstáculos. Cuando ambos se vieron a través de la piel y el sudor de esa noche calurosa, en penumbras, porque las velas ya se habían extinguido, oyeron los gritos de los hijos y del padre, mientras ellos dos se buscaban en el cuerpo de cada uno, delirando con imágenes que no provenían de ninguno de sus sentidos. Un éxtasis que se asemejaba a un barco en un río turbulento, sometido al rigor del viento y la tormenta, al capricho de Dios y de las obsesiones que azotan las mentes de los hombres.

      Cuando él salió de ella, la noche estaba comenzando a terminar. Altea sintió, de pronto y con un escalofrío, que alguien podía estar muriendo como moría la noche, lejos de ellos como lo estaba el barco que se balanceaba, moribundo igual a un pobre enfermo por el río Estigia. Quizá, en el mismo barco, aguardando el llamado de Aqueronte, o incluso tal vez llamándolo.  Pero ellos estaban de este lado del mundo, con las almas que reconocían la diferencia entre el día y la noche, porque habían sobrevivido una vez más al extravío de la oscuridad. Sus manos se habían tocado, cuerpo con cuerpo, poseedores del alma.  Sabían, ya, que el alma es un órgano del cuerpo, un sitio que se traslada de espacio en espacio a través de las venas. Y cuando el cuerpo moría, el alma se atrofiaba como una semilla seca. Eso era Dios cuando el hombre moría.

      Altea y Máximo se quedaron dormidos cuando amaneció. El perro se había subido a la cama, con esfuerzo, y se quedó también dormido entre los cuerpos desnudos. Apoyó por un momento el hocico sobre el muslo de Altea, luego sobre el vientre de Mendoza. Parecía estar decidido a elegir, pero esta vez no se llevó el alma de ninguno.

 

 

*

 

 

Cuando ella despertó, vio a Máximo sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared, y en las rodillas dobladas tenía una carpeta de balances. Con un lápiz corto, revisaba las columnas de números concienzudamente. Seguí desnudo, y ese cuerpo le extasiaba la vista. Le arregló el pelo y la barba, y apoyó la cabeza en el hombro. Él le sonrió y la besó, pero hizo un sutil gesto de fastidio. Altea se separó y se tapó con la sábana. Miró por la ventana, no habían cerrado los postigos en la noche, y ahora la luz de la mañana entraba intensa y plena, reflejándose en los cristales rotos, iluminando el armario abierto donde había estado el espejo. La flor estaba muerta sobre el piso.

       - ¿Son las cuentas de tu padrino? -preguntó.

       Mendoza asintió, sin mirarla.

       - ¿Has encontrado alguna irregularidad?

       Él suspiró y cerró el folio.

       -Ninguna, pero Lorenzo, a pesar de su aparente estupidez, es muy hábil para estas cuentas, y yo casi un ignorante. Y Antonio lo maneja como quiere, es la inteligencia estratégica. No sé qué esperaba encontrar, si la trampa fuera tan evidente don Fermín se habría dado cuenta, o cualquier otro.

      - ¿Cuál es el problema con esos chicos? -Altea sabía que esa conversación era una excusa, porque ambos tenían la mente puesta en otra cosa subyacente: ella en que desearía quedarse en esa cama para siempre, con ese hombre, y él en esas cuentas inconclusas.

       -Su madre es el problema.

       - ¿Cómo murió?

       -No murió, vive en Santa Lucía. Don Fermín la echó de la casa. Creo que los chicos siguen viéndola de vez en cuando, por lo menos Antonio.

       - ¿Y por qué la echó?

       -Por bruja.

       Altea se rio.

       -Es verdad, no que sea bruja, me refiero a que la echó por ese motivo. Pero en el pueblo siempre se dijo que tenía facultades especiales, y después de casarse durante casi diez años esta casa era un infierno de discusiones y peleas. Lo único cierto sobre ella es que se dedicaba a los abortos del pueblo y de los alrededores.

       Altea se inclinó en la cama, para mirarlo a los ojos.

      - ¿A ella vas a llevarme?

      -No sé si sigue trabajando, hay otra, me dijeron…

      - ¿Por eso vinimos a lo de don Fermín?

      Ella no entendía los motivos reales de la estrategia, si es que se había tratado de eso, de Máximo. Lo intuía, pero la duda la irritaba.

       -Los hombres- dijo él al verla cerrarse otra vez en la nebulosa fría que pronto se convertiría en hielo- cuando se trata de ustedes, las mujeres, sentimos una tremenda culpa, que nos hace equivocarnos. Hacemos cosas innecesarias, presentamos argumentos complicados, y finalmente damos largas e inútiles excusas. Pero la mirada reprobatoria de las mujeres es un estigma para algunos de nosotros.

       La mirada de Altea no cambió, podían estar teniendo pensamientos benévolos o el más recalcitrante rencor. Él se levantó para vestirse, silenciosamente.

       -Quisiera asearme antes de salir-dijo ella.

       -Le diré a la vieja que te prepare un baño.

       Él salió y saludó a alguien en el pasillo. Ya todos sabían que habían dormido juntos. ¿Qué cara pondría frente a esos chicos, sobre todo ante Lorenzo? Sintió vergüenza y mucha ira. Quería irse lo más pronto posible de esa casa llena de hombres que se entendían con códigos de odio, pero en una perfecta paz. Porque los golpes entre ellos no eran más que expresiones momentáneas, y en cambio sus relaciones con las mujeres sufrían del irrevocable rencor.

      Dorotea llegó. Ella la siguió hasta el cuarto de baño, donde la gran bañera estaba llena de agua tibia. La vieja dio vueltas, preparando las toallas, el jabón y los perfumes que parecían no habían sido sacados de un armario en mucho tiempo.

      -No es necesario todo esto, Dorotea.

      La vieja, siempre muda, se encogió de hombros y salió, cerrando la puerta. Altea cerró con llave. La puerta era de madera, con vidrios esmerilados en la mitad superior. Colgó una toalla contra los curiosos, y se desvistió. El agua estaba tibia y le hizo bien. Cerró los ojos, y vio el agua manchada. Los abrió, y el agua de la bañera estaba limpia. Temió por sí misma, si sangraba estando embarazada, era porque las cosas no iban bien. Pensó en sus primeros sangrados de adolescente, en el miedo atroz que le provocaban, hasta que su madre le explicó la verdad. Pero el agua de la bañera estaba clara y llena de espuma de jabón. ¿Agua y sangre? Desechó el pensamiento y comenzó a secarse y vestirse. Regresó a la habitación para preparar sus cosas. Iría a desayunar, tenía hambre.

      En el comedor estaban sentados don Fermín, Máximo y Antonio. Lorenzo no apareció en toda la mañana. El viejo se levantó con desmedido esmero y atención hacia ella. Ya no mezclaba ninguna expresión en catalán, eran curiosas esas acomodaticias personalidades del viejo: el caballero español, el poderoso comerciante, el viejo enclenque dominado por sus hijos, el padre tirano.

      -Mi querida señora, por favor, tome asiento a mi derecha. -La besó en la mano y la acompañó al asiento. Mendoza, que estaba allí, se levantó y ocupó la silla de al lado. Antonio la saludó con sorna, sin decir nada.

      -No es necesario que se mencione lo de anoche, don Fermín- dijo ella, logrando el efecto que esperaba. Vio que el padre y el hijo se miraban, oliendo algo en el aire, y se dio cuenta que era el perfume que ella llevaba. Debía ser el mismo que muchos años antes usaba la madre de los chicos.

       El viejo se aclaró la garganta, volvió a sentarse colocando la servilleta sobre la falda y continuó desayunando. Nadie dijo nada sino cuando ya habían terminado. La taza de té de Altea estaba vacía, el mate de Máximo estaba frío y la pava casi vacía, las tazas de café que Fermín y Antonio habían consumido varias veces estaban sucias y con restos de las galletas que Dorotea preparaba desde muy temprano.

     -Debemos irnos, don Fermín. Pero antes debemos arreglar unas formalidades-dijo Mendoza. Se levantó y fue a buscar la bolsa de viaje. Sacó un atado de cuero y se lo entregó a Antonio por encima de la mesa.

      -Por favor, capitán…no ensuciemos la mesa familiar con los negocios-dijo el viejo.

      -Con esto saldo la deuda de mi padrino. Considero que la deuda es con su hijo, así separamos lo blanco de lo negro.

     Antonio largó una carcajada fuerte.

     -Usted debe tener ancestros teatrales, capitán. Debe ser el gran abolengo de su familia, que le brota por la piel sin poder evitarlo. -Y se puso a aplaudir. Mendoza se inclinó sobre la mesa y comenzó a estirar los brazos hacia el chico, pero el viejo se interpuso.

     - ¡Por favor, señores!

      Antonio se levantó y recogió el dinero.

      -Le daré el recibo al coronel en cuanto lo vea.

       Don Fermín se adelantó al capitán:

      -No es preocupi, li prometto encarregar  d’això.

      Altea pensó en ese oportuno uso del catalán. Los hombres se fueron cada uno por su lado: Antonio desapareció por el pasillo interior, don Fermín salió para encargarse del transporte que les había preparado para el viaje, Máximo y Altea salieron al patio. El jardín estaba luminoso, y las Crestas de gallo permanecían enormes y siempre oscuras. El perro los acompañaba, rengueando, y Mendoza lo subió luego de ayudar a Altea, que acomodó la falda de su vestido al estrecho espacio. Max se acostó en la parte de atrás, con el bolso del capitán y la pequeña valija de mano de Altea.

       -Se lo devolveré en unos pocos días.

       Don Fermín hizo un gesto de despreocupación.

       -Quédeselo cuanto quiera, capitán, era de mi finada. - Se despidió de Altea con un beso en la mano.

       Cuando ya se habían alejado un largo trecho, ella dijo:

       -Si tuviera algo con que limpiarme…

       Mendoza, que llevaba las riendas, se rio fuerte. Max levantó la cabeza y movió la cola, acomodándose luego entre ellos en el pescante. Le hicieron espacio y Altea le acarició el lomo herido, que comenzaba a cicatrizarse.

       El caballo era un zaino ya no muy joven, iba despacio, y había que espolearlo de tanto en tanto.

      - ¿A cuánta distancia está Santa Lucía? -preguntó Altea.

       -A unas sesenta leguas más o menos.

       Ella suspiró, resignada a la incomodidad de todo aquel trayecto en ese sulky pequeño e incómodo, que les llevaría dos o tres días, por lo menos. La mañana había amanecido clara y despejada, incluso cuando partieron de Lavalle, dejando atrás el pueblo y las últimas calles, todavía había sol, pero pronto las nubes comenzaron a poblar el cielo desde el oeste, primero blancas, luego más oscuras, y para media tarde, ya cubrían todo el cielo y había comenzado a refrescar. Se dio vuelta para buscar la valija, la puso en su regazo mientras Max husmeaba en el interior.

    -¡Quieto!-le dijo ella, y él la miró con ojos tiernos y la lengua afuera. Altea no tenía humor para condescendencias, así que lo empujó hacia atrás, mientras el perro se resistía. Mendoza los miraba y sonreía, y Altea lo retaba igual que al perro. Cuando consiguió lograr que el animal se acostara, sacó de la valija un saco de lana y se cubrió.

      - ¿Querés un abrigo? -le preguntó al capitán. Éste negó, mirando al cielo de vez en cuando.

       -Va a llover antes de la noche, deberemos buscar un refugio. A pocos kilómetros está la chacra de uno de los arrendatarios de mi prima.

       Eran las cinco de la tarde, tal vez, cuando vieron aparecer desde el oeste, una línea oscura, al principio muy fina, que luego fue extendiéndose y tomando la forma de una bandada que se acercaba con lentitud. Altea le señaló aquello con una mano y la otra apoyándose en él. Eran murciélagos en pleno día, y curiosamente en víspera de una tormenta.

      - ¿Vienen desde el Paraná?

      - Sí, pero son originarios del Brasil. Bajan en esta época y dejan sus crías. Luego vuelven todos al norte en el invierno. Por eso es raro verlos tan lejos del río, por esta zona hay pocos árboles, solamente montes y cuevas.

     -Entonces huyen de la tormenta…

     -Eso parece…-dijo él, y ya no dijo más por un largo rato.

     Los murciélagos oscurecieron un poco más la luz de la tarde. Sus aleteos se escuchaban claros a la distancia.

     -Será mejor que te tapes la cabeza, van a pasar por acá. Lástima que no hayamos llegado a la chacra antes…

     -Tenés miedo por el caballo…

     Él asintió.

     -No conozco a este zaino, tal vez se asuste, tal vez no. Atá al perro, es capaz de saltar cuando lleguen.

      Altea ató a Max con una cuerda, y luego se cubrió la cabeza con el saco. Miró al cielo, ya estaban muy cerca, y descendían. Agarró un viejo poncho abandonado en la parte de atrás del sulky y cubrió la cabeza de Mendoza. Él sonrió, agradecido, y le agarró una mano, mientras con la otra conducía las riendas.

      Entonces los murciélagos comenzaron a bajar. Podían ver sus curiosas caras de pequeños monstruos, porque de noche era imposible distinguirlas. Las alas los golpearon, los cuerpos chocaron con ellos y el sulky. Altea oyó los gritos de Mendoza instando al caballo a quedarse quieto, y a éste relinchar. La carreta se sacudía, deteniéndose y tomando impulso con la inquietud del zaino. Max ladraba, pero se escondía bajo el pescante. Altea no quiso gritar, pero estaba asustada. Sintió algo así como mordiscos en los brazos, pero no creía que fuese posible. Cerró los ojos hasta que la bandada pasó. Todo fue cuestión de pocos minutos, pero la sensación mucho más larga.

      Cuando se vieron libres, alzó la mirada y los vio desaparecer hacia el este. La carreta estaba detenida en medio del campo, el caballo se sacudía la cabeza y bufaba. Miró a Máximo, que estaba con las manos sujetando las riendas con suma tensión, se notaba en las venas, marcadas como ríos en el dorso de las manos.

      -Ya pasó...-dijo ella, a modo de consuelo, pero no entendía tal temor en un hombre como él.

      -No sé…-empezó a decir Mendoza. -Sentí miedo …o me pregunto si fue terror… pero no me hagas caso…- Su cara, sin embargo, no pudo librarse de esa sensación.

       Dos horas después comenzó a gotear, y poco rato más tarde la lluvia era muy fuerte. Había cerca un pequeño bosque de eucaliptos, y aguantaron la lluvia torrencial durante dos kilómetros. Aún bajo los árboles, la lluvia se sentía con fuerza.

      -Ponete bajo la carreta-dijo el capitán. Ella lo hizo, llevándose la valija y al perro, mientras veía a Máximo sacar los arneses al caballo y atarlo a un tronco. Luego se sentó junto a ella. Estando hombro con hombro, se miraron a los ojos, sonrieron, y se besaron. Ella se rascó un brazo, luego el otro.

      - ¿Qué pasa?

      -Nada, es que por un momento creía que me habían mordido.

      -A ver...-dijo él, tratando de levantarle las mangas del vestido.

      -No vas a poder…- Se desabrochó los botones superiores del pecho y descubrió un hombro. Había dos mordeduras. Se miró en el otro, y había tres.

      -Santo Dios-dijo él. - Es muy raro que hagan esto, deben ser los myotis…

      - ¿Qué es eso?

      -Una de las especies, la descubrieron unos exploradores alemanes hace muchos años. Mi abuelo conoció a un tal Schinz allá por los años veinte, que se hospedó en Santa Fe. -Quédate quieta un poco, por favor, debo ponerte unas hojas sobre las mordeduras.

      Altea lo vio levantarse y buscar entre el pasto. Max intentó lamerle las heridas, pero ella lo ahuyentó. Todavía no sentía miedo, pero lo veía venir y crecer en su interior, así como había visto a la bandada desde el cielo del río.  Observó cada paso de Máximo, que tardaba, dedicado a buscar cuidadosamente entre el pasto.

     - ¿Qué buscas? - preguntó, irritada. Él sólo hizo un gesto de paciencia con la mano. Lo vio acercarse al caballo y revisarlo. “Ahora se preocupa por el animal mientras estoy esperándolo”, pensó, enojada.

      Al rato él regresó con un empasto de hojas que untó en las heridas, cubriéndolas con la tela de la ropa blanca que tenía ella en la valija.

     - ¿Crees que están rabiosos?

     - ¡No!- contestó él, casi en un grito con el que evidentemente intentó cubrir, echar y destruir aquella sensación de lo casi inevitable.

   

       Llegó la oscuridad y la noche. Altea estaba dormida y él la tenía abrazada contra su pecho. El perro estaba tirado junto a ellos, y temblaba. La lluvia seguía intensa y constante. Debió haber previsto el inconveniente de la lluvia y pedir un vehículo más grande a don Fermín, se dijo. Pero estaba demasiado acostumbrado a viajar solo, aguantándose cualquier precariedad y viajando grandes distancias por el campo, fuera día o noche, con únicamente su caballo. Pero lo que lo preocupaba ahora eran esos murciélagos, porque sabía que los de esa especia eran hematófagos.

      Altea tembló un segundo y él le tocó la frente. Estaba fría. Ella, antes de dormirse, había preguntado si el caballo estaba bien. “Sí”, había contestado, “es difícil perforar la piel de un bayo viejo y peludo como éste”. Pero mientras más había intentado minimizar la situación, más evidente era su temor.

      Apenas amaneció, sacó las provisiones que el viejo Fermín les había dado para el viaje, envueltas en una bolsa de tela, y se puso a preparar un fuego cerca de un árbol. Todo estaba húmedo, pero por lo menos había dejado de llover. Calentó agua y preparó un mate. La yerba estaba seca, igual que el pan. Olió el pedazo de queso que había hecho la vieja Dorotea, y cortó un pedazo. Dejó todo preparado junto al fuego.

      -No te atrevas a acercarte- le dijo a Max. El perro lo miraba con ojos tristes, todavía con aspecto lastimoso luego de la pelea con el otro, pero a salvo de los murciélagos. Fue a despertar a Altea. Ella abrió los ojos, afiebrados, pero no temblaba. Tenía los músculos entumecidos por la posición en que había dormido.

      -Preparé un desayuno campero-dijo a modo de disculpa.

      Ella lo miró con ironía, si hubiese visto lo que comía mientras estaba en Toba con Manuel. Pero al llegar junto al fuego con la vieja pava, un plato de madera con pan y queso, y al perro sentado junto a ellos, esperando un bocado, sonrió. Nunca, ni aún en Cádiz, un desayuno le había parecido más apetitoso que éste. Olió el aroma de los eucaliptos bajo los que se habían protegido, el olor del pasto y la tierra mojada. Aceptó el mate de manos del capitán Mendoza, el mismo capitán de un gran navío y miembro una añeja familia criolla le estaba cebando mate y preparando un trozo de pan con un queso cuyo aroma le trajo reminiscencias de tiempos que nunca había conocido. Ni Dinamarca ni España, únicamente el campo en el que ahora estaban, los árboles, el cielo encapotado, un perro lindo y un caballo viejo. Y frente a ella estaba un hombre en cuyo rostro encontró, por un infinitesimal instante que nunca olvidaría, una contemplativa paz.

      Poco después retomaron el viaje. A ella le dolían los brazos y piernas, así que la ayudó a subir y la cubrió con el poncho. Lo vio armar los arneses del caballo, mientras le revisaba la piel intentando disimular para que Altea no se preocupara.  El animal resistiría más que ella, si había tenido la mala suerte de infectarse.

      - ¿Cuánto falta? -preguntó, a pesar de que se había propuesto no presionarlo más.

      -Bastante, pero nos quedaremos a descansar en la estancia de don Facundo, ya te hablé de él.

      El sulky se asomó desde debajo de los árboles y se sometió al cielo rancio. Garuaba, pero era soportable. Durante la mañana Mendoza había construido un pequeño toldo sobre el pescante. Después del mediodía comenzó a llover nuevamente, y los relámpagos se sucedían igual que lámparas grandes y obsoletas que parpadeaban incansablemente en el horizonte.

       - ¿Se habrá desbordado el río?

       Él se encogió de hombros.

     - ¿Habrá pasado algo malo con el barco?

      -Basta ya de preocuparte. Estamos muy lejos como para volver a ahora, y menos en las condiciones en que estamos.

     -Lo lamento, Máximo. Yo no soy así, pero de pronto, no sé…

     Se sentía vulnerable, porque estaba con frío. Intentaba no temblar para no preocuparlo, pero con sus palabras, que no podía evitar, lograba lo contrario. No quería ser una mujercita miedosa que se colgaba del pantalón de su hombre para ser arrastrada como un fardo molesto y balbuciente, pero así se estaba comportando.

      La lluvia repiqueteaba en el toldo, que se combaba y él debía vaciarlo hacia el costado para no mojarse. A veces, el perro quedaba en medio del chorro de agua, lo veían mejor y las heridas se cicatrizaban. A media tarde, vieron la chacra. Había sarandíes y álamos rodeando el casco de la esrtancia. Cuando estaban acercándose a la tranca de entrada, le extrañó a Mendoza el abandono en que veía el terreno en los alrededores. No había perros que salieran a recibirlos, ni había peones ni movimiento alguno. La tranquera estaba abierta y rota. Pasaron hasta llegar junto al caserón, pero la soledad era tan inmensa, y sobre todo el silencio, que no tuvo más remedio que lamentar una desgracia.

       -Ha pasado algo…-dijo ella.

       Dándose tiempo para responder, él dijo:

       -Por lo menos tenemos refugio.

       La ayudó a bajar, y de pronto una voz de mujer, gritó:

       - ¡Quédense donde están!

       Una gorda con escopeta en mano los amenazaba.

       -Soy el capitán Mendoza, mujer. ¿Y usted quién es? ¿Dónde está don Facundo?

       Ella dejó caer el rifle y fue corriendo hacia ellos.

       - ¡Máximo! -dijo, abrazándolo y llorando.

       -Pero mujer…tranquila…

       Ella levantó la mirada y él reconoció a la esposa de don Facundo Espinoza. Estaba tan diferente, que sólo en los ojos y en la expresión logró encontrar la mirada tierna de esa mujer que, según decían, se había enamorado del capitán antes de casarse con el estanciero.

       - ¿Carmela…?

       -Soy yo, Máximo, aunque no puedas creerlo, pero vamos a entrar. -Miró a Altea con desconfianza.

       -Es una amiga, Carmela, a ti no puedo ocultarte nada.

       -Ni queriendo podrías. Pase, señora, no tenga miedo.

       El interior de la estancia estaba casi vacío, salvo por una mesa, las sillas y el horno a leña. Había cajas con conservas que olían mal sobre el piso y contra las paredes.

      - Pero ¿qué ha pasado?

       Mientras ella, caminando con dificultad, arrimaba las sillas y se sentaba, vieron que sus tobillos estaban sucios e hinchados.

       -Sabés que a Facundo le gustaba jugar…y bueno…teníamos una hipoteca sobre el rancho. Después empezó a sufrir mucho del hígado, por el vino, qué se le va a hacer…y dijo el doctor que no tenía que trabajar tantas horas seguidas en el campo, así que no pudimos pagar desde hace dos años.

      -Ya eso lo sabía…

      -Nos prestaste mucho dinero, aunque a vos no te caía muy bien, se entiende. En fin, gracias a eso vivimos tranquilos mucho tiempo. Pero el gobierno nos quería expropiar, así que Facundo pidió otro préstamo a los Valente. Ahora la propiedad es de ellos. A mí me dejan acá por lástima.

      - Pero cómo, ¿sola? ¿Y tu marido dónde está?

      -Facundo se mató. Se ahorcó de ese árbol…- Carmela se levantó, caminó pesadamente hacia la puerta y les mostró el tronco tronchado de un álamo que alguna vez había dado sombra a la casa.

      -Fue lo primero que vi esa mañana al levantarme para buscar agua. El cuerpo colgando, y los perros aullando. Entonces agarré la escopeta y los maté, para que dejaran de llorar. Porque si yo estaba dispuesta a no llorar, nadie más lo haría. Después, llevé la escalera grande y un cuchillo de la cocina, me subí y corté la cuerda. Entonces vinieron los peones y me miraron. Los despedí a todos a los gritos, no quería a nadie cerca. Hice un pozo, como pude, sabés que pocas fuerzas tengo, y los tiré a todos al fondo, después de arrastrarlos, a él y a sus perros.

      Altea seguía sentada, temblando, apretándose el cuerpo con los brazos y la cabeza contra el pecho. Carmela dijo:

      -Ya me ves cómo estoy ahora. Soy una ruina, Máximo, y tengo tu edad.

      - ¿Y los chicos?

      - Pasaban ese verano en Corrientes con mis suegros, por lo menos Facundo tuvo la consideración de matarse cuando ellos no estaban. Ya no tenemos casa, así que siguen allá. Son pobres como lauchas, pero no los quiero cerca. Me hacen acordar demasiado al padre, y además…qué querés que te diga…me da vergüenza que me vean así.

      Se quedaron en silencio, mirando desde la puerta el tronco tronchado del árbol que ella había hachado al día siguiente. Altea los observaba, la mujer abrazada a la cintura de Máximo, él intentando abarcar con su brazo la entrañable humanidad de Carmela.

      Esa noche, alrededor de la mesa, comieron lo que había quedado de una res que los Valente le enviaban de tanto en tanto. Hablaron de Natacha y de Ariel. Pero Altea no estaba muy dispuesta a escuchar. Carmela dormía en el galpón, el heno daba más calidez al sitio. Ellos dormirían en el rancho, sobre varias frazadas viejas que le quedaban de la cama matrimonial que habían vendido poco antes de la muerte de Facundo.

      -Fue el último mueble que vendimos. Era muy linda, nos la regalaron mis padres cuando nos casamos. ¿Te acordás cuando fuimos a buscarlo al puerto de Buenos Aires? - Se dirigió a Altea para explicarle. -Imagínese, atravesó todo el océano desde Madrid, lo bajaron del barco y entre Facundo y Máximo la pusieron en una gran carreta, porque era un mueble tallado a mano de una sola pieza. La llevamos hasta el puerto de Ensenada, y de allí río arriba hasta acá. Esa noche fue nuestra noche de bodas.

     Carmela sonreía entre sollozos, y Altea no sabía cómo consolarla. Máximo veía que una temblaba de frío, presintiendo lo peor, y que la otra, ya sin esperanza ninguna, se alimentaba de penas y de recuerdos. Decidió que no se quedarían allí más que esa noche. Huirían de la enfermedad que vivía en ese rancho, y buscarían un médico.

 

 

*

 

 

Antes del amanecer, prepararon sus cosas. Carmela les había ofrecido una carreta más grande, aunque algo desvencijada, pero no podía darles animales. El viejo zaino fue atado a la carreta que requirió solo unos pocos arreglos, y partieron sin despedirse de Carmela Espinoza. Sabían que seguramente ella los estaría viendo alejarse desde la casa, pero no se dieron vuelta. A veces la piedad está más cerca de los ojos esquivos y del silencio.

      La mañana era fría, y Altea seguía envuelta en el poncho, puesto así nomás, según los escalofríos que sintiera. Durante la noche él le había curado las mordeduras. Seguían inflamadas.

      - ¿No debería estar con sus hijos, a pesar de lo que piense ella?

      -Anoche me dijo que ellos le escribían, pero nunca les contestó. En la última carta le decían que se irían a Buenos Aires a probar suerte, pero quién sabe…

      - ¿Estabas enamorado de ella, en ese entonces, me refiero?

     El capitán le echó una mirada de reojo, satisfecho de esos celos.

     -Nunca, pero era muy linda, aún se puede ver en esos ojos celestes y las mejillas rosadas. Siempre fue un poco gordita, pero ahora…esas venas de las piernas, esas manos como rotas, y la amargura de la mirada…

      Siguió lloviendo toda la tarde. El caballo caminaba más despacio. Deberían haber encontrado puestos en el camino, pero con esa lluvia hasta las garitas estaban cerradas. Faltaba por lo menos un día para llegar a Santa Lucía con el ritmo que llevaban. Si hubiesen podido encontrar otro caballo…

       Eran más de las seis de la tarde, probablemente, cuando Altea se desmayó. Su cuerpo se venció hacia adelante y a punto estuvo de caer entre el caballo y la carreta. Máximo alcanzó a sujetarla de un brazo, detuvo la marcha y la alzó para acostarla atrás. Ya se venía sintiendo débil desde el mediodía, pero a pesar de aconsejarle que se acostara, ella se había empecinado en seguir con él en el pescante. La cubrió con una de las frazadas que Carmela les había regalado y reanudó el camino. El perro estaba acostado junto a ella, vigilando el camino y a su ama, y de vez en cuando daba un par de ladridos, que tranquilizaban los pensamientos del capitán. Él pensaba en el camino por el que transitaban, tan conocido en un tiempo, pero ahora cambiado por los acontecimientos políticos y el paso del tiempo. Estancias abandonadas, hombres muertos, rancherías levantadas o incendiadas, árboles talados, y gente extraña.

      Antes de la noche se cruzaron con unos gauchos que lo miraron con una mano en las riendas y otra en el mango del puñal junto al cinto. Él igual, pero la mano sobre el revólver. El sable seguía fiel, en la carreta, pero como un viejo estático incapaz de moverse. No podía confiar en la gente que veía, porque eran desconocidos. Y en esas tierras ya casi todos lo eran. Incluso una mirada que no agradaba podía ser motivo de una riña. Los Mendoza y Hurtado ya eran carne vieja y rancia, nadie los quería, y eso los que aún tenían recuerdo de los suyos. Para los demás, era un tipo más con el cual podían tener una gresca o del cual podían obtener algo que robar.

      Uno de los hombres con los que se cruzó, lo saludó con un gesto de la cabeza y las manos en las posiciones oportunas. El capitán saludó también, y supuso al otro dispuesto a asaltarlo. Ya estaba por sacar el revólver y disparar, sin miramientos, porque no se podía confiar en la rapidez del puñal de esos gauchos. Pero cuando ya estaba preparado, lo vio alzar la cabeza y mirar hacia la parte posterior de la carreta. Su mirada cambió, de repente. Giró los ojos hacia Mendoza, al cual sabía atento a lo que él hacía, pero abandonó la mirada tensa, y hasta se pudo percibir la relajación de sus hombros y su espalda. Cuando Máximo vio que el peligro había pasado, el gaucho ya se estaba alejando casi inclinado sobre el bayo, sometida la espalda al ritmo del trote lento, dando golpecitos mimosos al flanco del caballo, pensando quizá en ese extraño que llevaba a su mujer enferma, y un perro que lo ayudada. No iba a asaltar a ese hombre, no iba a camorrearlo. Tal vez eso pensaba, se dijo Mendoza, o quizá simplemente había tenido tanto miedo como el que él había sentido.

      Por la noche llegaron a la orilla de un arroyo. Encendió un fuego, preparó algo de carne del rancho de Carmela, y construyó un toldo para la carreta. Así cubierta, Altea se sintió más tranquila y aceptó unos sorbos de agua, pero no quiso comer. Ahora sí estaba afiebrada. El vestido ya olía mal por la transpiración, así que la cambió, secándole la piel antes de ponerle el vestido limpio. La piel blanca de Altea estaba enrojecida en la cara y en las mordeduras, pero el resto lucía pálido y frío. Ella lo miraba con terneza, acariciándole el pelo mientras él la secaba o intentaba con esmero y paciencia colocarle el vestido de botones y abrochaduras complicadas. Las manos torpes se esforzaban, pero a veces se daban por vencidas, y entonces ella le decía que no se preocupara, que tenía calor. Pero él no quería dejarla descubierta el rocío de la noche y al frescor repentino de la mañana. Se acostó a su lado y se quedó dormido apoyando un brazo sobre el pecho de Altea, cuyo respirar interrumpido por la tos, fue tomando el ritmo irregular de una música que seguramente todavía no se había inventado.

      Lo despertaron los relinchos de varios caballos, los ladridos de Max, y luego varios empujones en un hombro. El gaucho con que se había cruzado la última vez estaba parado en la carreta, empujándolo con el pie.

      -Oiga, compadre. Ya es medio día. ¿P’a dónde va? -Max le seguía ladrando. -¡Juera, pucha, si no querés un rebencazo!-Pero el perro comprendía que no lo decía en serio, y continuó ladrando y moviendo la cola.

     Mendoza se levantó sobresaltado.

     -No se haga mala sangre, amigo. Le traje un par de pingos para que apure el trance, p’a donde vaya. -Y señaló dos caballos junto al del gaucho.

     Se bajaron de la carreta. Mendoza se mojó la cabeza con agua fría y se restregó la cara.

     -Le agradezco mucho la atención, pero no tengo con qué pagarle ahora. Cuando lleguemos a Santa Lucía…

      El gaucho negó con la cabeza.

      -Nada de eso. La señora está muy enferma- dijo, señalando a Altea, que seguía dormida. - Cuando llegué a mi ranchito, le comenté el percance a mi mujer. ¿Y qué esperás?, me dijo. Entonces me traje a estos pingos, y en las alforjas hay algunas cosas que ella juntó de lo que comimos anoche.

     Máximo se quedó mirándolo. Pensaba en Altea, que parecía muerta, y en la cara del gaucho había una tristeza que le hizo un nudo en la garganta.

     - ¿Me oyó, compadre? - insistió el otro, mirándole una oreja como si no lo hubiera escuchado.

Mendoza se rio.

      -Sí, discúlpeme, amigo, es que hace mucho que no vengo por estos entornos y no estoy acostumbrado a anta amabilidad.

      El tipo se quitó el sombrero y se veía cohibido.

     -Ahora veo que hablo con un señor, perdone que lo haya tratado como a uno más, me refiero a…usted comprende.

     -No se preocupe. ¿Cuál es su gracia, compadre?

     -Gualterio Gonçalvez, para servirlo…

     Se estrecharon las manos.

     -Nombre raro para un gaucho…

     El otro se rio.

     -Cosas de mi viejo, se vino del Brasil y se juntó con mi vieja, india.

     - ¿Y cómo puedo agradecerle la atención y devolverle los pingos?

     -No se hable…solamente déjeme ayudarlo a atarlos a la carreta y si quiere, los acompaño un trecho.

     Ataron los caballos y dejaron que el viejo zaino descansara junto al del gaucho. Retomaron el camino, ya entrada la tarde. Iban en silencio. El toldo de lona se sacudía con el viento, y Gonçalvez se encargaba de evitar que se desprendiera. Iban rápido, pero apenas se sentían los trajinazos con el trote experto de los caballos nuevos y descansados. Ya no llovía, pero el cielo seguía encapotado.

      - ¿Tiene hijos, Gonçalvez? -preguntó. La voz de Mendoza fue como un trueno para el silencio impuesto del gaucho.

     -Dos, compadre, pero me los mataron, me queda un nieto.

     - ¿Y cómo fue, si puedo saber?

     -Los milicos, amigo. Trabajaban para el partido, con la misma dedicación que yo lo hice para don Justo, pero los milicos vinieron y los mataron.

     Siguió un largo silencio sólo interrumpido por el rumor del agua del arroyo al que se iban acercando. Pronto llegarían a Santa Lucía.

     - ¿Y qué le pasó a la señora? Si me permite…

     -La mordieron unos murciélagos, hace dos días. No sé si los habrá visto usted…

     El gaucho hizo memoria.

     -Raro por estos pagos, compadre. ¿Cómo eran?

     -Como los que rondan el Paraná por la noche, pero esos no muerden. Los del otro día tienen el cuerpo negro, y son grandes.

     -Ya sé, vienen del Brasil. Hace ya mucho que están bajando a estos pagos por las lluvias. Matan mucho ganado, pero nunca supe que mordieran a la gente. Hay una curandera que sana eso en el pueblo a donde van.

     Mendoza prestó atención.

     - ¿Sabe el nombre, amigo?

     -Cómo no. Aurora Valverde, se llama la mujer. Hace gualichos, pero también cura. Mi china la conoce, pero no habla de ella desde que volvió. Le hizo un trabajo, tengo entendido, compadre, usted ya sabe, cosas de hembra…

      Estaba casi oscuro cuando llegaron a las primeras calles del pueblo. Detuvo la carreta y le dijo al gaucho:

      -Ya estamos, amigazo. Devuélvame al zaino que ya está descansado, y acá no lo vamos a necesitar mucho.

      Cambiaron los arneses y los dos caballos volvieron junto al de Gonçalvez.

      -No sé cómo agradecerle…

      -Ni se hable, fue un gusto conocer a un señor como usted, capitán…

      Máximo frunció el ceño.

      - ¿Cómo sabe, si no le dije?

      -Ya le conté que fui soldado de don Justo. Conocí al coronel Las Heras en esa época, y sigo haciéndole algunas gauchadas ahora que está viejo. Yo lo vi a usted muchas veces en su estancia, cuando era un chico. Me di cuenta recién hoy de quién era usted, por su forma de hablar. Tiene el mismo señorío de ese entonces.

      Mendoza hizo memoria. ¿Podía ser este gaucho el mismo hombre que le había enseñado a cuidar los caballos enfermos, y con el que había cabalgado recorriendo las estancias de los alrededores ya siendo adolescente?

      -El mismo, compadre, para servirle-dijo el gaucho, como leyendo su pensamiento. Pero era su cara lo que había leído.

      Se dieron la mano, fuertemente, y sin soltarlo, él dijo:

      -Fue un honor volver a verlo, amigo mío. Y mis cariños a la patrona, que lo hizo volver.

     - ¡Está bien ésa, tiene razón, compadre! Ellas saben…- y mirando hacia la carreta, desde donde Altea estaba observándolos con un brazo apoyado en el borde, medio dormida pero atenta, con el perro lamiéndole la mano, él dijo: - Cuide a la señora, y despídame de ella, no soy digno…

      Y el viejo Gonçalvez se subió a su pingo, dio la vuelta, y se fue al trote. Las ancas de los tres caballos se alejaban a un ritmo sincopado, desapareciendo al paso de la noche.

 

    

*

 

 

Mendoza se acercó a Altea:

       - ¿Cómo estás?

       -Muy mal, Máximo. No tengo fuerzas para nada…

       - ¿Tenés frío? -  preguntó, buscando las frazadas que ella se había sacado de encima. Estaban mojadas.

       -No, por Dios, tengo un calor insoportable.

       Él la agarró de los hombros y ella gritó.

        - ¡No me toques!

        Ya casi era noche completa, pero con una lámpara vio los brazos hinchados y amoratados. Altea se puso a llorar, temblando de escalofríos.

        -Creo que me voy a morir. Yo que quería matarlo…él me va a llevar…

        Máximo pensaba consolarla con palabras, pero era más útil no perder más tiempo y buscar un médico. Dejó la carreta donde estaba, a un costado de la calle que llevaba al centro del pueblo. Caminó hasta encontrar la primera casa iluminada, y golpeó la puerta. Alguien, desde una ventana, preguntó quién era.

       -Necesito un médico con urgencia, por favor…

       -No hay desde hace meses- contestó la mujer desde la ventana, y estaba a punto de cerrarla cuando Máximo retuvo el postigo.

       - ¡¿Pero a quien puedo recurrir entonces?!

       La mujer se encogió de hombros. Fue inútil que él siguiera golpeando. Se fue caminando por la misma calle, y obtuvo la misma respuesta de parte de unos chicos que maltrataban a un perro para divertirse, y de unos borrachos que estaban a la puerta de una fonda.

       - ¿Para qué lo necesita al dotor si se puede saber? -preguntó uno.

       -Mi mujer está enferma…

       - ¿Quiere que la curemos nosotros, si usted no puede, compadre? - Se rieron. Máximo no estaba para perder el tiempo, pero cuando estaba por apartarse lo agarraron y se pusieron a forcejear con él.

      - ¿Qué le pasa? ¿No le puede hacer un hijo? Se lo hacemos nosotros sin cobrarle nada, compadre.

      Entonces Mendoza empezó a repartir golpes, pero ellos eran tres y pronto lo tiraron al piso. Sacó el revólver y apuntó.

      - ¡Fuera hipos de puta!

      Pero los tipos se burlaban, y Máximo disparó. Se quedaron quietos, mirándolo embobados, el susto se les pasó pronto, aunque no intentaron acercarse.

      - ¿Y qué tiene la señora, si se puede saber, compadre?

      -La mordieron unos murciélagos…

      Los hombres se miraron, y como un reflejo, se fueron apartando de Mendoza.

      -Entonces la curandera tiene que verla, compadre, si se salva…

      - ¿Y dónde está?

      - Al final de la calle, donde termina el adoquinado.

      Mendoza se levantó y comenzó a ir en esa dirección, sin dejar de vigilar a los hombres con el arma en mano. Cuando ya pensó que estaba suficientemente lejos de ellos, empezó a correr. Una, dos, tres cuadras, y el empedrado continuaba. Las casas del centro se sucedían unas tras otras, grandes o pequeñas, negocios con vidrieras oscuras o iluminadas. Todavía había gente en la calle, mujeres y hombres solos o en parejas. Lo miraron con curiosidad al verlo correr como un loco, transpirado ante la brisa fría de la noche. Los perros le ladraban, algunos chicos que jugaban en la calle se fueron de pronto a sus casas. Oyó a alguien decir: “Va a la casa de la bruja”, pero quizá fue un eco en el viento, y no podría asegurar nunca si lo imaginó o fue verdad.

      La casa de la bruja pensó. Jamás se habían atrevido ni él ni sus amigos, cuando eran chicos, ir a conocer siquiera por fuera esa casa donde la madre de la que ahora allí vivía, había matado, según decían, al marido. Eran chicos de familias patricias o españolas, que poseían tierras en casi todo Santa Fe o Entre Ríos. Iban de una estancia a otra, y hacían lo que querían. Algunas veces llegaban hasta Santa Lucía, por curiosidad por conocer el lugar donde había ocurrido el asesinato. No era común que una mujer hubiese agarrado la escopeta del marido para matarlo en la cama, mientras dormía. La prensa había hablado de ella durante varias semanas, y en las calles de toda la provincia se comentaba lo que había sucedido en el juicio. La hija era una adolescente, y se llamaba Aurora. Todos le tenían lástima al principio, pero cuando la vieron por primera vez en el ayuntamiento, con su cara repleta de orgullo y desprecio, les hizo temer que cuando ejecutaran a la madre, su alma se encarnaría en la hija. Eso era lo que contaban los ojos de Aurora, según las mujeres, porque los hombres únicamente veían la belleza de la chica, el cuerpo esbelto bajo el vestido blanco con encajes, el sombrero con velo para empalidecer aún más los rasgos de la cara. La madre fue ejecutada por fusilamiento tres meses después, en Buenos Aires. Fue en el último año de Rosas, y decían que él personalmente asistió al acto. La iglesia no quiso enterrarla en tierra bendecida, y fue el general quien autorizó que se la sepultara a un metro exacto del límite del cementerio de Flores. Nadie entendió ese rasgo de piedad por una asesina, pero sus detractores políticos encontraron una soberana coherencia en aquella actitud. Aurora se quedó con la casa, no tenía otros parientes. Nadie se ofreció a ayudarla, y el abogado de la madre cobró sus honorarios con lo que la mujer había ahorrado en el banco del Litoral. ¿Cómo se mantendría la chica?, era la pregunta obligada durante un tiempo. Poco después, ya a nadie interesó lo que ocurría en la casa. El municipio empedró las calles, pero se detuvo ante esa casa, y el pueblo continuó extendiéndose y creciendo, excepto en esa dirección.

     Máximo creció escuchando de vez en cuando sobre aquel asesinato. Era un chico todavía, y preguntaba: ¿Por qué lo mató? Los mayores se echaban miradas aunadas por el silencio. Pero los amigos de su edad decían que se había deshecho del marido cuando éste supo que Aurora no era su hija. ¿Y de quién era?, preguntaba él, entonces. Los chicos se reían y lo empujaban, diciendo. “¡Del diablo!”. En esa respuesta creyó durante mucho tiempo, pero luego se hizo hombre y creía haberse olvidado de aquel suceso. Cuando conoció a Altea, pensó de inmediato en Aurora Valverde, la mujer de Santa Lucía que adivinaba el futuro, según decían, y que realizaba curas mágicas, y que coleccionaba fetos abortados en su casa. Recordó, de pronto, no que fuese hija del demonio, sino lo que se decía de ella: su belleza, su inteligencia, su malicia, su silencio, y los extraños ruidos que hacían, según contaban, los niños abortados en las peceras con formol.

       Por eso habían atracado en Lavalle, y llevado a Altea durante todo ese viaje hacia Santa Lucía. No le había dicho de quién se trataba, sólo estaba tácitamente entendido que se dirigían a donde le harían un aborto, porque ese era el deseo de Altea. Y él, que sabía que Manuel no era el padre, sintió que debía hacer lo que no había hecho Natacha: deshacerse del engendro. Ariel no era su hijo, y sabía, aunque sin palabras, quién era el padre. Ayudar a la eliminación del hijo de Altea, era como hacer que Ariel no existiera. Ariel era un germen, Ariel era un niño enfermo, y lo amaba por acción exclusiva de la piedad. No podría rescatarlo ni hacerlo un hombre, porque de algún modo el futuro parecía nulo para el chico. La madre lo rodeaba con un muro, lo atrofiaba como si intentara devolverlo a su útero. Ariel era un animal que ella poseía. Lo devoraba con su religión, utilizaba las imágenes de Cristo como si éste fuese un caníbal o un pederasta: lo que fuese mejor para retener a Ariel bajo sus polleras. No dejarlo salir, como si su útero fuese un ataúd, o una pecera llena de formol, en donde conservar el cadáver, -un cadáver vivo-, del ser que ella idolatraba, el padre polaco. Krakowsky como el niño enfermo que había sido de niño, según los recuerdos que el viejo le había contado a Natacha. Los inviernos en Varsovia casi lo habían matado, pero también lo habían fortalecido. El íntimo calor de la casa paterna era como la calidez del alma, las habitaciones cerradas, el hogar encendido en cada una, la intimidad bajo las sábanas y colchas gruesas. Y bajo ellas, las personas. Y al lado, alguna habitación vacía.

       La casa al final del empedrado era una vieja casona colonial del tiempo de los virreyes. Se paró frente a la puerta de entrada, entre dos columnas de la recova flanqueadas por grandes macetones con plantas que no pudo distinguir, pero cuyas ramas daban sombras que se movían con la brisa nocturna sobre las ventanas enrejadas. Rejas de bordes panzudos y flores de hierro cubrían las ventanas todo a lo largo de la fachada. El techo de tejas parecía caer hasta muy cerca de la cabeza de quien se parase enfrente. Golpeó la puerta dos veces, con fuerza. Una lámpara trajo una luz bamboleante desde la ventana de la izquierda, y la puerta comenzó a abrir sus cerrojos. La lentitud de aquel trabajo lo exasperaba, pero finalmente la puerta se entreabrió, y una cara de mujer se asomó apenas iluminada.

      - ¿Qué quiere? -preguntó.

      -Busco a Aurora Valverde. Tengo a mi mujer enferma, y necesita atención.

      - ¿Qué es lo que tiene?

      -La mordieron murciélagos, creo que los myotis. Y, además, está embarazada.

      La cabeza de la mujer se movió buscando alrededor.

      -Está en una carreta en la entrada al pueblo.

      Se dio cuenta de que la mujer había fruncido el ceño.

      - ¿La dejó sola con los Benítez rondando?

      Entonces supo que hablaba de los hombres que lo habían atacado, y se maldijo a sí mismo, pero no tuvo tiempo de seguir preguntando ni de ir corriendo en busca de Altea. La cara de la mujer tenía la expresión fija en algo tras él. Máximo se dio vuelta, y vio las llamas. La carreta venía arrastrada por el caballo que corría despavorido en medio de la calle, sin poder desprenderse de lo que parecía una carroza de fuego.

 

 

*

 

 

Los gemelos Benítez eran camorreros porque no tenía otra cosa que hacer más que ir de pueblo en pueblo buscando pendencias. Hoy era Santa Lucía, ayer Goya o Lavalle, mañana Corrientes o Concordia. Eran hijos de un estanciero, y se juntaban con otros no tan ricos como ellos, pero que se les adherían como garrapatas. Además, los necesitaban. Ellos solos eran capaces de inventar cualquier cosa que molestara a los demás, pero a veces necesitaban ayuda. La gente decía que todos los de esa familia nacían con la camorra en la sangre, y que era parte de esa perversión, según la gente, que en cada generación hubiese un par de gemelos. Fuesen cuales fuesen las mujeres o los hombres con quienes se casaran, siempre nacía un par de ellos, y generalmente eran los peores, y como tradición familiar, así los trataban, desde el nacimiento.

      Entonces ellos se fueron acostumbrando a seguir la corriente de lo que debían ser según la tradición, y no les costaba demasiado porque estaba en su sangre, eso era evidente. Pelear y buscar problemas. De chicos rompían cosas, de grandes, provocaban peleas o inventaban trampas en las cuales hacer caer a cualquiera, por lo menos cuando no estaban borrachos. Si lo estaban, sus maneras se parecían a la de cualquier borracho pendenciero, y eso era mejor que verlos lúcidos, porque entonces su malicia era más subrepticia y eficaz. Cuando se metían en problemas serios y los entraban a la cárcel, el capataz de la estancia venía a sacarlos con un fajo de pesos encima, y todo se arreglaba. Los padres, generalmente, estaban en Europa, y cuando el encargado de la estancia les escribía, las novedades sobre los chicos Benítez ya eran viejas.

      La noche que se enfrentaron con el capitán Mendoza, los sorprendió el revólver. Ellos eran de usar facón en su vida cotidiana, las armas de fuego las reservaban para cazar. Como eran hombres de malicia, usaban el cerebro, y a veces las manos. Cuando vieron a Mendoza estaban plenamente borrachos, y recién habían llegado al pueblo esa tarde. Nadie les negaba nada, y aunque no tuvieran pesos con qué pagar en la fonda, los dueños mandaban las cuentas a la estancia de Concordia.

       Dejaron que el tipo, fuese quien fuese, se alejara.

       - ¿Vieron que tenía un galón en la chaqueta? -dijo Joaquín Benítez.

       -Debe ser un desertor, sino ¿qué va a estar haciendo por acá con esas fachas? - respondió Delmiro, y se puso a pensar en medio de la calle, mientras la figura de Mendoza desaparecía sobre el empedrado. -Vamos a ver a la mujercita del milico.

      El amigo que estaba con ellos esa noche dijo:

      -Pero si la mordieron murciélagos, yo no me acerco.

      Delmiro Benítez lo mandó a la mierda con un gesto. - ¿A qué tanto miedo? ¿Creés que nos va a morder? Debe estar delirando de fiebre, y de paso, nos vengamos del tipo.

      Los tres retrocedieron por la calle hacia la entrada al pueblo. Era noche cerrada, y no quedaba nadie. El cielo nublado se iba expandiendo hacia las afueras, y el viento era más fuerte. Había únicamente un punto de luz a varios metros, que fue creciendo hasta que llegaron a la carreta. Escucharon los ladridos, y luego el respirar profundo y ronco de una mujer acostada.

       - ¡Tranquilo, viejo! -dijo Joaquín al perro.

       Max estaba delante de Altea, intentando evitar que subieran.

       -A este lo despachamos…-Delmiro sacó el facón, pero la rapidez de su movimiento tropezó con la mandíbula del perro. Benítez se apartó, medio riéndose, medio dolorido. Los dientes le habían mordido los nervios de la muñeca. Mientras se la apretaba contra el cuerpo, dijo:

     - ¡Quémenla!

     Joaquín Benítez comenzó a buscar ramas y paja seca, mientras el otro los arrojaba dentro de la carreta. Casi no veían a la mujer, que no se movía, y el perro seguía ladrando, con las patas fijas en el borde y el pelo del lomo erizado.

      Entonces Delmiro sacó una petaca de un bolsillo y la tiró también. Escucharon el ruido de la botella rota, y un grito débil desde la sombra. Encendió un fósforo. Su cara se iluminó, inexpresiva, pero latente de algo que el amigo nunca habría sabido definir, pero que Joaquín comprendía. Arrojando el fósforo, el fuego comenzó, y escaparon en diferentes direcciones, pero los gemelos iban juntos.

       Altea empezó a gritar, y cuando quiso levantarse o apartarse de las llamas, tenía el cuerpo endurecido y apenas lograba mover las manos. Los brazos le pesaban y las piernas estaban casi rígidas. Max no dejaba de ladrar al fuego, y el caballo comenzó a encabritarse para liberarse de los arneses. La carreta se sacudía, y las ramas y la paja se movieron a un costado y el fuego se aportó un poco de Altea, por lo menos durante unos segundos en que Max agarró con los dientes el borde de la frazada que la envolvía y comenzó a tirar. Fue retrocediendo con esfuerzo, hasta que se cayó de la carreta. Se paró en dos patas y apoyando las delanteras en el borde, volvió a tirar de la tela con los dientes. Una y otra vez, mientras la carreta se sacudía. Ya había logrado sacar las piernas de Altea, cuando el caballo empezó a correr llevándose la carreta. El cuerpo de Altea cayó al piso porque Max seguía agarrando la tela. Cuando el caballo se alejó por la calle, el perro soltó la frazada y se acercó a su dueña. Le lamió la cara llena de hollín.

 

 

*

 

 

La carreta se acercaba al fin de la calle, percutiendo sobre el empedrado, tirada rápidamente por un caballo desesperado que intentaba huir del fuego que él mismo estaba arrastrando. Los relinchos se sucedían con el ruido de los cascos y las ruedas que aún resistían los golpes y los saltos en las piedras, hasta que llegó a pocos metros de la puerta de la casa. Máximo la vio pasar como una bola de fuego con olor a carne quemada, y sintió que de pronto estaba llegando el fin del mundo. La noche oscura estaba allá en lo alto, pero aquí en la calle había un infierno que no parecía estar siendo arrastrado por un solo animal, porque las llamas se elevaban mucho más alto que el tamaño y la altura de la carreta, y hasta creyó ver que los ojos del caballo lo habían observado en el lapso fugaz de los pocos segundos que duró su paso. Luego, la carreta siguió su camino hacia más allá de la casa, donde ya no había camino. Empezaron a abrirse las ventanas de las casas, y a salir hombres con ropas de dormir, y niños casi desnudos que se habían levantado para presenciar ese alboroto tan extraño a esas horas de la noche del pueblo. Algunas mujeres salían en camisón y el pelo entrenzado, gritando para que volvieran, pero ninguno les hacía caso.

       Máximo corrió desesperado tras la carreta, y cuando vio que se había detenido no mucho más allá, olió con extenuada claridad el aroma de la carne quemada, y lo único que atinó a hacer fue a dejarse caer de rodillas en medio de la calle, con las manos sobre la cara, tapándose la vergüenza que parecía querer mostrarse con su recalcitrante esplendor en todo el ancho de su rostro. Pero su cuerpo la expresaba, el encogimiento de sus hombros, el encorvamiento de su espalda, el temblor de sus rodillas en el barro, y hasta esas manos que parecían transparentes, traidoras, dejando ver la extrema vergüenza y el subsecuente dolor de la culpa.

       Unos dedos se apoyaron en su espalda, y decían lo mismo que la débil voz que resonaba, sin embargo, más fuerte que el crepitar de la madera devorada por el fuego:

       - ¡Estúpido! - dijo la mujer que lo había seguido.

       Pero entonces la gente fue acercándose. Algunos hombres con mantas y cueros mojados para contener el fuego pasaban por su lado, apenas dignándose a echarle una mirada de. Luego fueron los chicos los que gritaron.

       - ¡Miren! - decían, una y otra vez, muchas voces que fueron contagiándose de las voces de los hombres que habían contenido el fuego, y de otros que rodeaban a Máximo.

       Máximo Mendoza se levantó y se dio vuelta, la mujer lo observaba con ojos furiosos y despreciativos. El insulto repercutía claro y nítido en sus oídos, aunque hubiese sido pronunciado una sola vez. Las llamas que se iban extinguiendo lentamente lo seguían diciendo en un idioma tribal, con golpes secos y estallidos de astillas. Miró atrás, hacia donde todos ahora estaban mirando, y algunos brazos extendidos señalando hacia la oscura calle desde la entrada del pueblo. Y del fondo de la noche desde la que él había salido en busca de ayuda, aparecieron los perros arrastrando con sus bocas la tela sobre la que estaba Altea. Se movían lentamente, pero todos al mismo tiempo, y al frente estaba Max, como dirigiendo el trabajo. Nadie se atrevió a acercarse, ni a llamarlos, y menos a tocarlos. Eran sus perros, quizá, y otros vagabundos. Eran doce perros, incluido Max. ¿De dónde habían salido los otros para ayudarlo? ¿Cómo supieron, si no fue él mismo quien los hubiera llamado con quejidos o ladridos?

       Ellos avanzaban por el medio de la calle, mientras a ambos lados se iban formando dos desparejas filas de niños, mujeres y hombres que observaban y cuchicheaban. Algunas viejas se santiguaron. Los perros fueron acercándose hacia donde estaba Mendoza, y cuando estuvieron a pocos metros, se detuvieron y soltaron la tela. Max lo observaba con esa mirada de dulzura e indulgencia que le era conocida, esa mirada triste que iba más allá de cualquier significado. Los otros fueron apartándose, unos con sus dueños, que allí estaban entre el grupo reunido, otros se fueron esquivando las piernas y sin molestar a nadie.

       Máximo Mendoza fue hasta donde estaba Altea. Apenas se atrevió a tocarla, como si fuese un espectro. Estaba viva y respiraba jadeando, poco menos que ahogada por el humo y el hollín que había entrado en sus pulmones. Le besó la cara sucia, desesperadamente, sin saber si le hacía daño o si le estaba quitando el ansiado aire fresco que necesitaba.

      -Los perros de Lázaro-dijo Aurora Valverde, y muchos la miraron, sin preguntarle nada, simplemente alejándose para regresar a sus casas y a sus camas, porque ese asunto sin duda ya no era para que ellos se entrometieran.

      - ¿Qué? - preguntó Mendoza.

      -Los perros que rescataron a Lázaro de su primera muerte…-dijo ella. - Llévela a mi casa, yo me adelantaré-.  Se fue caminando orgullosa e indiferente a los cuchicheos de los curiosos que aún quedaban. Máximo levantó a Altea en brazos, primero con extremo cuidado para no hacerla doler, pero cuando notó el cuerpo liviano y casi rígido, caminó lo más rápido que pudo hacia la casa, trastabillando una vez en el empedrado que terminaba frente a la puerta, y seguido por Max.

       El interior era todo lo que esperaba encontrarse, aunque en este momento no le prestara atención. Una gran estancia con una mesa grande y completamente vacía, sillas de respaldos altos y ornamentos españoles, en las paredes ladrillos pintados de rojo, y varios tapices tejidos de mano indígena. El cielo raso era alto, con vigas de las que colgaban lámparas rústicas y muchas telas de araña. Al fondo, un pequeño altar con un crucifijo y un Cristo con miembros como leños. Aurora lo estaba esperando para conducirlo a la habitación donde debía acostar a Altea. Él la siguió, atravesaron un patio interno con aljibe y parras, y muchos macetones vacíos, luego entraron en una habitación que olía a humedad, fría y oscura.

      Altea abrió los ojos y la luz del patio le hizo daño.

     -Tiene los ojos quemados por el hollín. Déjela en la cama, y no abra los postigos. Traeré agua para limpiarla. Imagino que no trae otra ropa….

     -La valija debe haberse quemado…

     -Le daré algo mío. Desnúdela…

      Max se había acostado con la cabeza entre las patas, moviendo los ojos a cada movimiento a su alrededor, pero pronto se fue durmiendo, y despertó sobresaltado cuando Aurora regresó con dos fuentes de agua y carne. Le acarició la cabeza, diciendo:

      -Tuviste un mal sueño, ¿no es cierto?

      El perro tomó agua, desesperadamente, y cuando la fuente quedó vacía, rechazó la comida y volvió a acostarse.

      -Ese perro ha pasado por mucho a causa de ustedes…

      Mendoza asintió. Ya le había quitado a Altea el vestido chamuscado y comenzado a refrescarle el cuerpo con agua fresca. Lo hacía como un marido apesadumbrado, y lejos estaba del carácter seguro de un capitán de barco. Ella se veía aliviada, pero hacía gestos de dolor, sin atrever a quejarse, probablemente porque se veía en una casa extraña. Aurora agarró otra de las telas que había traído y la embebió en la palangana de porcelana. Las manos de ambos limpiaron la piel de Altea, y a veces se chocaban. Una mirada de la mujer lo alivió por primera vez en esa noche: luego del desprecio, creyó encontrar comprensión. Los ojos azules de la bruja eran oscuros, como el color del mar profundo, el cabello castaño estaba atado en la nuca, con un rodete desprolijo del que se escapaban mechones ocultándole a veces la cara. Se había arremangado, y él pudo ver los antebrazos oscurecidos por el sol del campo, y las manos férreas pero bellas como la de una pianista. Había visto el viejo piano de cola en la sala principal, y se preguntó si ella tocaría, y si ellos podrían escucharla alguna vez. ¿Pero era la misma mujer que tenía fama de bruja, y de la que todos huían como de una maldita?

      - ¿Por qué no se da un baño? Y luego descansa en la habitación de al lado. No tengo sirvientes para que lo ayuden, deberá llenar la tinaja usted mismo.

      Iba a contestar que no, pero la voz de ella no admitía respuesta. Así que se levantó, y se detuvo un instante sujetándose la cabeza.

      - ¿No comió nada, no es verdad? Le dejaré en su habitación mate y bizcochos que hice esta mañana. No se tarde porque se enfriará la pava.

       Antes de salir, se dio vuelta y preguntó:

      - ¿Piensa que se va a salvar?

      No se dignó responder más que con otra pregunta.

      - ¿Para qué vinieron hasta Santa Lucía?

      Ahora era él quien no deseaba contestar, si era evidente que ya lo sabía.

      -Por el niño. Fue violada.

      Aurora asintió.

      -Desde ya le digo, y sé que ella me está escuchando, aunque cierre los ojos, que no podré hacer nada mientras esté en este estado.

      Máximo bajó la mirada al piso.

      - ¿Puedo usar el altar, con su permiso?

        Ella sonrió.

       -Por supuesto, para eso está...-Y ya no le hizo caso, continuando en la tarea de lavar el cuerpo de Altea. Cuando él cerró la puerta, ella ya estaba eligiendo el camisón que le pondría.

       Caminó al patio, lentamente. Unas lámparas iluminaban el lugar, y pudo llenar varios baldes de agua. La manija de la bomba rechinaba con un quejido lamentable, y se preocupó estúpidamente por intentar hacer el menor ruido posible. ¿A quién molestaría? Altea estaba más allá de prestar atención a los sonidos molestos, en un estado donde las conversaciones de los que hablaban alrededor de su cama debían filtrarse como murciélagos en sueños. Y especialmente las últimas palabras de aquella mujer extraña debieron también haberla mordido con tenacidad.

      En su habitación, llenó una gran tinaja de porcelana, se desnudó y se metió en el agua fría. La sensación de bienestar fue inmediata, y también la inveterada costumbre del sueño. Pensó en que había olvidado ir al altar, pero allí mismo, en ese cuarto, sobre la pared frente a él, había una gran cruz. Los residuos de la fe inculcados en su infancia aún permanecían nítidos bajo el polvo de los años. Ni el dinero ni los desencantos, ni siquiera la desesperación habían logrado menoscabar los relieves de las palabras escritas en su memoria. Se preguntó si el alma de la que tanto hablaban era precisamente esa memoria. Mucho había leído a los filósofos de las nuevas escuelas, que intentaban destronar a Dios, y hasta el mismo Dios parecía haber abdicado en pleno siglo XIX. La ciencia lo habían desterrado, los miles de muertos insepultos en las innumerables batallas donde la sangre y la pólvora competían sin la mínima intención de rendirse.

      Miró la cruz, y extrañó a Dios. Una cruz vacía era tan impersonal como una cuna vacía, o un ataúd sin ocupante. Extrañaba los cristos retorcidos que fascinaban a Natacha, ellos sufrían con una evidencia incontrovertible. Ellos tomaban en su cuerpo los dolores de los hombres y por eso eran tan espantosos de observar. Los rezos se hacían con la cabeza gacha y la mirada al piso, no por el sumo respeto de quien no se cree digno de contemplar la pura belleza de lo divino, sino por miedo.

      La cruz vacía era sólo un pedazo de madera tallada, y luego de hacer la señal de la cruz, entrelazó las manos y las juntó sobre su vientre, comenzando a rezar. Su cuerpo desnudo le hizo recordad la noche pasada con Altea, y un remedo de excitación le recorrió el cuerpo. Pero estaba demasiado cansado, y se quedó dormido.

      Cuando despertó, seguía en el agua, y en la mesita junto a la cama había un plato con queso, vino y pan. La mujer debió haber entrado, ¿habría visto su desnudez? Qué importaba, se dijo. Se levantó y se secó. Corrió la cortinita de la puerta de entrada, seguía oscuro, pero había un levísimo claror. Ya debía ser casi la madrugada. Comió y bebió algo, y se acostó. Se cubrió con la sábana e intentó dormir. Y el sueño lo arrastró con harapos para colocarlo en medio de un sendero formado por carrozas de fuego que daban vueltas y vueltas, eternamente, hasta que el horror se transformó en costumbre, y el fuego se hizo hielo, y su cuerpo se tornó rígido como el cuerpo de Altea.

      Escuchó los golpes en la puerta. La intensa luz del mediodía entró en la habitación, pero no abrió los ojos sino cuando escuchó la voz de Aurora junto a la cama.

      -Le traje ropa limpia- y la apoyó en una silla.

      Máximo la miró, aún somnoliento.

      -Gracias- dijo. Luego ella salió y volvió a entrar justo cuando él se había sentado en la cama, sin sabanas que lo cubrieran. Traía una bandeja de plata con la pava, el mate y los bizcochos.

     Él se cubrió rápido, pero ella sonrió.

     -No se preocupe, considéreme como una enfermera.

     -Pero también es una mujer…

     -Casi nadie en el pueblo piensa así de mí, y ya me he acostumbrado. Lo dejo para que se cambie. Era la ropa de mi finado padre.

      Él hizo un gesto que no pudo evitar.

      -Ya conoce la leyenda de la familia Valverde, me imagino. ¿Acaso unas telas viejas que nadie usa hace casi veinte años deberían preocuparlo?

      Ella seguía sorprendiéndolo con ese carácter independiente e intelectual, que ante todo tenía una respuesta de practicidad y de sentido común. Estaba comenzando a darse cuenta de que había dado por sentado algo que nunca habría aceptado en el caso de cualquier otra persona. Primero había incorporado a su entendimiento la leyenda de lo sobrenatural, la misma que ahora se estaba destruyendo por sí misma. Y hasta tal vez el encanto inicial que esa leyenda le había otorgado, iría a transformarse en un desencanto.

      Se visitó y se miró al espejo de luna del armario. Una antigua levita gastada, camisa con volados de moda treinta años antes y un moño que, tras varios intentos de anudarse, dejó sobre la silla.

      Al salir para ver a Altea, se encontró con Aurora, que lo miró con asombro en los ojos azules. Parecían grandes como el cielo del mediodía sobre el patio.

      -Se parece mucho a mi padre- y se rio cuando vio la expresión de Máximo. -No se preocupe, no anda rondando el fantasma de mi madre por la casa para venir a matarlo-. Se dio vuelta para ir a la cocina, y la escuchó reír entre dientes.

      El desencanto no se estaba acercando demasiado, se dijo.

      Entró a la habitación de Altea. Seguía igual que la noche anterior, pero ahora dormía realmente. Le acarició el cabello y le habló, pero ella tenía la cara abotagada y no respondía a sus palabras.

      -Le he dado algo para que descanse- dijo Aurora, entrando con una taza humeante. -Necesita dormir mucho para recuperarse. Las toxinas de los murciélagos producen ese espasmo que usted notó en sus músculos. Es como un calambre insoportable que exaspera hasta a un santo.   

      Máximo la escuchaba hablar y tomar su taza de mate cocido con leche.

      - ¿Desayunó bien? - preguntó, abrazando el contorno de la taza ancha con los dedos y mirándolo con una expresión indefinida. ¿Quién era esa mujer? ¿Qué había detrás de la máscara de la cordialidad? ¿Burla, sarcasmo? Esas preguntas se hacía, al responder:

      - Sí, gracias.

      -Vaya a recorrer un poco el pueblo, así conoce. Y tráigame, por favor, algo del almacén, lo que a usted le guste, y lo preparo para esta noche. No se preocupe por ella…

      Mendoza salió de la casa. Había dormido profundamente, y como no estaba acostumbrado a levantarse tan tarde, seguía somnoliento y el sol le hirió los ojos. Caminó hacia los restos de la carreta. Quedaba el esqueleto de los armazones de metal y unas pocas tablas carbonizadas. Los arneses estaban quemados, y el caballo había desaparecido.

       -Lo enterramos lejos- le dijo alguien. Creyó reconocer a uno de los hombres de anoche.

       - ¿Qué puedo hacer con estos restos?

       -Déjela ahí nomás, ¿p’a qué preocuparse? En unas semanas ya no quedará nada, la gente siempre encuentra algo útil. ¿Y la señora…?

      -Sigue igual. ¿Dígame, paisano, usted cree que fueron los Benítez?

      El hombre tosió, evidentemente incómodo. No iba a hablar mal de una familia de la cual tal vez dependía la economía de toda la región. Se acercó a un oído de Mendoza, y dijo:

      -Deje las cosas como están. Un zaino muerto y una carreta perdida no valen la pena.

      Máximo se apartó con rudeza.

      - ¡Pudieron haberla matado!

      -Fue usted, mi amigo, el sacó el revólver y los provocó. Mucha gente podrá decir lo mismo…-Se dio vuelta y se fue caminando hacia la calle principal del pueblo. Mendoza esperó un rato y siguió el mismo camino. Buscó un almacén, mientras la gente lo observaba por el aspecto de su ropa. Algunos viejos debían reconocer la ropa del padre de Aurora Valverde, el hombre asesinado. Unos chicos le tiraron de la cola de la levita, pero no les hizo caso. Pasando frente a una vidriera, se miró a sí mismo, el pelo ensortijado y la barba crecida que nacía casi hasta las clavículas, la ropa antigua, las ojeras profundas bajo sus ojos. Era una mezcla extraña que provocaba respeto y conmiseración, pero el peso de cada uno de estos elementos estaba por verse.

      Compró carne, harina, papas. Debía mandar un telegrama al banco de la provincia para que le enviaran un giro de dinero, se estaba quedando con poco efectivo luego de pagar a los Valente. Regresó a la casa, seguido por unos chicos revoltosos que daban vueltas a su alrededor, gritando y cantando una canción obscena, algo referido a la bruja y a él. No se inmutó, no estaba dispuesto a entablar una querella en ese pueblo. Estaba muy cansado, y la culpa lo abrumaba.

       Era ya media tarde, dejó la mercadería en la cocina y fue al cuarto de Altea. La expresión de su rostro era más serena. Aurora estaba sentada lejos de la cama, en un rincón en sombras, no la había visto hasta que le habló.

        - ¿Compró algo?

       - Sí, lo dejé en la cocina.

       - ¿Qué le gustaría cenar?

       -Me es indiferente, lo que usted quiera.

       Ella salió y regresó poco después con otra taza humeante. Altea había abierto los ojos y lo miraba con ternura. Él la beso y se sentó en la cama.

       -Ahora va a tomar algo caliente y liviano. -Aurora le ofreció una cucharada de té con leche, mientras Máximo la ayudaba a erguir la cabeza acomodándole una almohada. Altea fue bebiendo sorbo por sorbo, lentamente, mientras Aurora le llevaba a la boca la cuchara a medio llenar, limpiándole los labios con una servilleta. -Es usted una excelente enfermita, y pronto se va a poner bien.

      Máximo contemplaba el evidente sarcasmo en la voz, pero no podía dejar de apreciar la belleza de sus rasgos, y la encomiable, aunque fuese sólo aparente o interesada, hospitalidad que les dedicaba a ambos. Altea los miraba, alternativamente, pero ninguno reparó en lo que podría estar pensando.

      Durante la tarde, Altea continuó durmiendo. Máximo se sentó en una silla del patio, a la sombra de la parra, con las piernas estiradas y las manos juntas sobre la camisa blanca. Aurora llegó para traer la pava y el mate. Mientras cebaba, dijo:

      -Lamento las burlas de la gente, yo estoy acostumbrada…

      -No se preocupe, si me voy a hacer mala sangre por unos chicos maleducados, estoy listo…

      Ella asintió, mientras le alcanzaba el mate.

      -Haré un puchero esta noche con la carne que me trajo. Le agradezco la atención, mi economía no es muy abundante…

     -Si no soy indiscreto, ¿cómo mantiene esta casa?

     -Por la herencia de mi padre…-Ella se rio otra vez, parecía que desde que ellos habían llegado su humor se explayaba en giros bruscos y sarcásticos. -Ya sé qué está pensando: “He hallado la causa del crimen de su madre”. Todos pensaron en eso, era evidente, pero a la gente de los pueblos de provincia les gusta seguir hablando siempre de los demás, porque sus propias vidas son tan…tan…estúpidas… Y bueno, se inventaron la leyenda de que soy hija del diablo, porque eso es más interesante que simplemente un crimen por dinero.

      Siguió un largo silencio interrumpido por el sonido de la bombilla en el mate vacío, el rechinar de la manija de la pava, y el paso de los carros por la calle. Algunos pájaros emitieron un canto entrecortado.

      - ¿Está esperando que le cuente el verdadero motivo del asesinato de mi padre, no es cierto?

       -No he dicho nada, disculpe…

       -Precisamente por eso…-Su voz se había tornado un poco ronca, y la belleza de su cara tomado una tonalidad veteada por el paso de la luz de la tarde entre las hojas del parral.

       -Esa madrugada, me despertó el disparo. Salí corriendo de la cama hacia la habitación de mis padres-. Fue diciendo esto mientras señalaba con el brazo izquierdo el itinerario de los acontecimientos en el mapa real de la casa. La habitación donde ella dormía de chica era la que ocupaba Altea, y la habitación de sus padres donde ella dormía ahora, del otro lado del patio. - Crucé el patio, descalza, y vi por la puerta abierta de su habitación a mi madre con la escopeta sobre el hombro. Pensé en ladrones, pero cuando entré, mi padre estaba acostado boca arriba, con el pecho desnudo y el agujero que le había hecho la escopeta disparada desde tan cerca. Los policías dijeron que había sido un disparo a quemarropa, pero yo no entendía nada. Se llevaron a mi madre, y me encerraron en un hospicio durante todo el juicio.

       La cara de Aurora en ese momento era un dechado de inocencia, y Máximo hasta imaginó tomar la mano de la adolescente que había presenciado el asesinato para consolarla.

       -Después, me restituyeron a la casa, con un tutor del estado hasta que fui mayor de edad. Tuve la suerte de que fuese un abogado decente, porque ahora no tendría nada.

       Otro largo silencio.

       - ¿Mi madre estaba loca?, me preguntaban, ¡justamente a mí! ¡Qué gente estúpida la del juzgado! Si me hubieran preguntado eso en el pueblo, lo entendería, pero la gente del pueblo es más inteligente que los funcionarios de turno. En la calle nadie me preguntaba nada, se limitaban a evitarme y condenarme, como si hubiesen leído en las entrelíneas de las crónicas que habían salido en la prensa durante todo ese tiempo. O quizá, lo descubriesen en mi cara.

      -Vamos, Aurora, no me va a hacer creer…-Y Máximo se reía, renovando su rostro en una expresión de extraño contento. Pero cuando encontró por respuesta la mirada rígida de Aurora Valverde, elevándose ofendida de la silla, y recogiendo las cosas de la merienda otra vez en la bandeja, se calló la boca, y la vio irse altanera hacia la cocina, cerrando la puerta con un portazo.

      Durante el resto de la tarde fue él quien se quedó a cuidar a Altea. Le hablaba, aun cuando estaba con los ojos cerrados, de lo que harían cuando ella sanara. Le prometía hacer un acuerdo con Natacha, ella seguramente terminaría por ceder, y el niño nacería como una bendición para la nueva pareja. Era extraño escuchar hablar a ese hombre tan práctico sobre las imposibilidades que ambos conocían. Y aunque él sabía todo eso, también estaba al tanto de cómo esos sueños ayudaban a recuperar la salud, a veces. Le alcanzaba agua y le daba a beber en cortos sorbos. Sólo una vez entró Aurora para traer leche tibia. No preguntó qué sustancia colocaba en la comida de Altea, pero ésta en seguida se veía dominada por el sueño profundo. Después de las siete de la tarde, cuando ya la luz que llegaba desde el patio era tan tenue que la habitación no era más que una penumbra triste y desolada preñada de silencio, olió el aroma del puchero que llegaba desde la cocina. Tuve el deseo imperioso de ir allá y acompañar a Aurora mientras cocinaba, charlar con ella sentado en una silla junto a la mesa, con un vaso de vino y rodajas de queso, mientras contemplaba su espalda al cocinar. Aunque ella no le contestara, era suficiente con que él supiera que allí estaba, escuchándolo. ¡Qué absurdo y débil hombre que soy!, pensó mientras salía de la habitación. No era él un hombre al que lo hicieran feliz las mujeres enfermas, ni Natacha ni Altea. Aurora Valverde tenía todo el misterio de las mujeres maliciosas, pero su espíritu era vital, y de dónde provenía esa vitalidad no era importante. Si llegaba del diablo, y se rio de sí mismo, tal vez fuese mejor pasar la eternidad en el infierno que en el cielo, donde la beatitud debía ser demasiado aburrida.

      Entró en la cocina y ella lo miró.

      - ¿Dónde quiere cenar? La mesa de la sala es más grande.

      -Pero si somos dos…

      El perro estaba sentado junto al horno de barro, mirándolos y aguardando que se cayera algún pedazo de carne.

      -Acá está bien, y está más cálido.

      Se sentó, tal cual lo había pensado, levemente apartado de la mesa para cruzar las piernas, y un codo apoyado en ella. La miraba ir a izquierda o derecha, agacharse o ponerse en puntas de pie para alcanzar algo.

      - ¿La puedo ayudar?

      -No es necesario, ya todo está listo, sólo falta la cocción. ¿Le sirvo algo? - No esperó la contestación, cuando ya tenía a su lado la tabla, el queso de campo y la copa de vino. Partió un pedazo de pan y se lo llevó a la boca.

      - ¿Cocina todo usted misma?

      -Por supuesto, trato de evitar ir al pueblo.

      - ¿Y nunca se casó?

      - ¿Sabe que hace preguntas estúpidas para tratarse de un hombre ilustrado como usted, un capitán de barco, incluso, que debiera ser más práctico?

       Mendoza se sintió ofendido, por más que ella tuviera razón. Le chocaban esas contestaciones pedantes. Se calló la boca y bebió de su copa.

       Ella estaba apoyada en la mesada, revolviendo la olla, y como todo estaba bien, se puso a preparar la mesa. No lo miró, ni él a ella. Su brazo pasaba muy cerca de su cara, podía sentir casi el olor tenue de las axilas, un aroma a ropa usada durante el día, pero con un tono de almizcle o anís.

       - ¿Cree que se podrá resolver el problema del chico, cuando ella se ponga bien?

       -Depende de cuándo sea eso. Si pasan varias semanas, ya sería complicado, y no lo recomendaría. Además…el espasmo muscular del que le hablé no es solo en los brazos y piernas, sino también en los músculos de útero. La contracción excesiva pude haber dañado al niño, o haberse desprendido, o incluso ahogado al embrión. He visto casos en donde el embrión se ha encapsulado dentro del músculo y convertido en un tumor.

      - ¿Entonces el niño puede morir por sí solo?

      -Tal vez, o nacer enfermo.

     Máximo pensaba, mientras le daba un pedazo de queso al perro y le acariciaba la cabeza.

     -Mire, no amarguemos la cena. Todo lo que le expliqué ya está hecho, y sólo nos resta ver cómo evoluciona. No hay remedios que curen, capitán, sólo alivian un poco la vida.

     Sirvió las verduras calientes en dos platos hondos con un gran cucharón. Trozó la carne como si estuviera disecando un preparado anatómico, con una expresión de extrema concentración en el rostro y los hombros contraídos. Cuando terminó, colocó un trozo en el plato de él y otro más pequeño en el suyo.

     El puchero estaba delicioso, y no recordaba él desde hacía cuánto tiempo no comía algo semejante.

      - ¿Y quién le enseño todo lo que sabe?

      -Mi madre. Era una autodidacta, leía y practicaba todas las ciencias, aunque no le estuviese permitido por ser mujer. Iba al cementerio a practicar disecciones en el edificio del osario. En casa hacía mezclas químicas. Construía elementos de física. Entendía de álgebra y de música. Venía de una familia portuguesa emparentada con otra de Italia. Hubo un anatomista famoso en su familia, Amusco se llamaba.

     -Comprendo- dijo él. -Tal vez su padre era demasiado conservador y estrecho de miras…

     - Era ciego, capitán. Tenía ojos sanos, pero era más ciego que un murciélago.

     Comieron, tratando él de evitar su curiosidad, pero no podía dejar de observarla: la forma que adoptaban sus dedos al agarrar los cubiertos, los movimientos de sus antebrazos y codos, sus hombros. La manera en que los mechones rebeldes se interponían en medio de su cara y ella los apartaba con un soplido. Formas de actuar libres de convencionalismos.

     Cuando terminaron, alabó una vez más la cena, y ella agradeció el cumplido agarrándolo de una mano luego de dejar los platos en la mesada.

     -Venga, capitán. Le mostraré la biblioteca de mis padres.

     Salieron al patio y luego de pasar antes las puertas de las habitaciones que ya conocía, entraron por otra de dos hojas, de hierro forjado y vitreaux con figuras romboidales. La estancia era grande, con un escritorio en el centro y las paredes rodeadas de estantes con libros.

      -Aquí pasaban el día después del trabajo tanto mi madre como mi padre, cuando se llevaban bien, por supuesto. Él sentado frente al escritorio, con sus libros de contabilidad. Mi madre, sentada en ese sofá de la izquierda, a veces con más de un libro a la vez, leyendo uno y buscando datos en los otros, y a veces escribiendo. Cuando él se iba a dormir, apagaba la luz del escritorio y se despedía con un beso. Para ella era una liberación. Yo me levantaba de la cama y la iba a espiar. La veía levantarse y acercarse a la biblioteca buscando libro por libro, obsesionada por encontrar un dato que le faltaba y no podía dejar pendiente para el otro día. Usaba el escritorio recién entonces, porque a mi padre no le agradaba encontrar sus cosas cambiadas de lugar. A veces hablaba o gesticulaba sola, preocupada por sus temas de ciencia. La mayoría de las veces se acostaba a las tres o cuatro de la madrugada. Ordenaba el escritorio tal como lo había dejado mi padre y apagaba las luces. Debo confesar que me atrapó muchas veces espiándola, porque yo me quedaba dormida en la puerta de la biblioteca. Y cuando ya fui mayor, me iba a buscar a la cama y me llevaba con ella, muy silenciosamente, para que mi padre no se enterara. Fue así como aprendí todo lo que ella sabía, y continúo leyendo por las noches. Practicando…

      Mendoza observó los estantes, tratando de leer los viejos lomos desgastados. Literatura, filosofía, historia, álgebra, teología, astronomía, medicina, geografía, zoología, botánica, y los estantes continuaban hasta el techo y de pared a pared. Sobre el escritorio había varias pilas de libros de contabilidad.

      -Esta era la biblioteca de mi padre- dijo ella, apoyando las manos sobre dos pilas de libros que nunca más volvieron a ser abiertos desde el asesinato. -El resto era de la familia de mi madre, y de ella, por supuesto.

     - ¿Y no tiene usted…un laboratorio, o algo semejante?

     Aurora Valverde se le quedó mirando con ojos furiosos.

     -Ya estoy convencida, es usted más que un estúpido, es un imbécil. No me resultaría extraño que sufra de algún retardo mental producto de alguna enfermedad de la infancia, o durante el período de su gestación. No puede sacarse de la cabeza lo que ha escuchado de mi familia desde que era un chico: que mi madre era una bruja, que colaboraba con el demonio, que mataba niños y los conservaba en frascos de formol a todo lo largo de los pasillos de la casa, que tenía un negocio de abortos con otra bruja como Blanca Valente, y qué sé yo cuántas otras cosas más. ¿Quiere ver la escoba que uso para volar? ¿O la olla hirviente donde meto niños vivos? Ya ha visto la cocina y no me dijo nada entonces. Ha esperado ver esta biblioteca para llegar a conclusiones precisamente contrarias a toda la lógica y al razonamiento que todos estos libros intentan clarificar. Cuando las mujeres estamos en la cocina, todo está muy bien para ustedes, pero en una biblioteca una mujer es algo extraño, una mujer no puede pensar más que sentimentalmente. Una mujer que piensa es un monstruo que tiene laboratorios escondidos en los sótanos de su casa, una mujer así no es una mujer, sino que tiene mezcladas los caracteres de un hombre. Sólo así se explica su pregunta, capitán de un barco viejo que ha pasado por las manos de dos insignes asesinos.

      Entonces Máximo Mendoza, irritado más que ofendido, confuso y nervioso, sólo atinó a agarrar a Aurora Valverde de las muñecas, y mientras ella se resistía, comenzó a besarla. Sus labios recorrieron todo el espectro de su contorno, luego el cuello, luego el pecho, siempre sujetándola de los brazos, hasta que sintió que las manos de ella se quedaban quietas. Y al mirarla a los ojos, ella lloraba, y su cuerpo comenzó a estremecerse, hablando cosas en otro idioma, uno desconocido para él. Y entonces los brazos de Aurora le rodearon los hombros, pegándose a él como un animal asustado. Le besó la boca, oliendo el aroma del almizcle. Acre a veces, cautivante siempre. Se acostaron en el sillón donde la madre estudiaba. Él sobre ella, besándola, adorándola. Ella bajo el cuerpo del hombre que se parecía a su padre, de cuerpo fuerte y formas gráciles, de pelo crespo y barba oscura. Adivinaba que bajo la antigua camisa blanca podría tocar el vello del pecho. Y él sabía que bajo el vestido de Aurora estaban los senos tal vez nunca tocados por hombre alguno, nunca vistos, dos manzanas verdes, o dos duraznos cuya pulpa se mezclaría con su saliva.

     Se sacaron la ropa y se buscaron los cuerpos. Pegándose como dos viscosidades que no necesitaran aceites para deslizarse uno sobre y alrededor del otro. Penetrando los orificios de cada uno con la lengua, lamiendo los pliegues, deslizándose por las anfractuosidades de los cuerpos, sujetándose a los miembros de cada uno. El sillón ya no fue suficiente y cayeron al piso, sobre la alfombra tejida por los indios, y creyeron estar revolcándose en un pasto virgen bajo la sombra de los árboles, los árboles que ahora pensaban porque habían sido matados para sostener las ideas del mundo.

      Después, cuando el pensamiento volvió para quedarse, él estaba sentado en el piso, con la espalda apoyada en el borde del sillón y los brazos extendidos sobre el asiento, las piernas extendidas, desnudo. Ella seguía acostada en la alfombra, de costado, casi en posición fetal, salvo que sobre un brazo descansaba su cabeza de ojos abiertos, y el otro brazo doblado sobre su pecho. Ella contemplaba la desnudez del hombre.

     -En realidad, nunca me dijo por qué lo mató. Un acto tan irracional en una mujer tan inteligente-dijo, mientras se levantaba, acodándose primero en la alfombra, luego apoyando las manos, mirando alrededor, como perdida. - Esta biblioteca es como un cerebro, contiene toda la historia y las ideas del mundo. Pero si los libros no se abren, están muertos. El cerebro humano es un cementerio…

     -Lo he leído alguna vez, me parece…

     -Puede ser, las ideas nunca son nuevas. Es el olvido el que nos salva del suicidio…-Y se acercó a Máximo, apoyando la cabeza sobre las piernas de él, acariciando el vello oscuro, y contemplando el órgano humano con el que los hombres dominaban el mundo. Lo tomó con una mano, y dijo: -Esto es más fuerte que la misma idea de Dios.

     -Todo muere, Aurora…

     -Pero Dios ha muerto mucho antes de que muera tu cuerpo.

 

 

*

 

 

No sabía qué día era ni dónde estaba. Todo el tiempo previo había estado dando vueltas en un limbo, poseída por la fiebre que la arrastraba de sueño en sueño: imágenes del campo azotado por la lluvia, el ruido de los truenos, los destellos de los relámpagos, el fuego que la rodeaba, caballos que corrían, gritos escalofriantes de hombres y mujeres, llantos que llegaban hasta el cielo encapotado. Luego de una larga pausa de sueño profundo, las conversaciones a su alrededor: un hombre y una mujer, el chocar de la vajilla, puertas que se cerraban, luces intermitentes desde la ventana que alguien abría.

      Le dolían los ojos. Se miró las manos, estaban flacas como garras de algún pájaro carroñero. Tenía tanta hambre que comenzó a revolver las sábanas como si estuviese escarbando. Una mano grácil, blanca y de uñas cuidadas la detuvo.

     -Tranquila, señora mía, ahora que por fin se ha despertado debe apetecer algo sólido.

     Altea levantó la mirada. Una mujer le hablaba lentamente, como si fuese una nena que nada comprendía. Ella lo sabía todo, ahora, de pronto, comprendía por todo lo que había pasado. La mordedura de los murciélagos y la fiebre. También recordaba que había estado a punto de morir quemada en la carreta. Se tocó la cara, aún le ardía, pero sintió la piel maltrecha o deformada.

     -No se preocupe, su cuerpo no se ha quemado, agradézcale a su perro-dijo, señalando al lado de la cama, donde Max estaba sentado, mirando fijamente a Altea con ojos ávidos de cariño.

     Por ahora, no sentía ganas de moverse, y mucho menos de levantarse. Los brazos le pesaban como troncos, pero estaban flojos, sin embargo, y muy débiles. Movió los dedos de los pies, apenas los sentía. Su expresión se transformó en uno de los rostros del pánico. Entonces el capitán Mendoza se acercó a abrazarla, sentado a su lado en la cama, para mecerla y decirle cosas cariñosas que ella no le había pedido nunca. Ni siquiera las entendía, porque sentía los sonidos atenuados o filtrados a través de una capa de algodón.

     - ¿Qué me pasa? - dijo ella, llorosa a pesar suyo, tocándose las partes del cuerpo que no le respondían, como si no fuesen suyas: las piernas, los oídos, la cara.

     Aurora Valverde, ahora ya sabía quién era esa mujer, que había esperado fuese una vieja gorda y fea, le daba palmadas estúpidas en un hombro, haciendo el sonido con que se intenta consolar a un bebé que llora. Y también se dio cuenta de la verdadera personalidad de la bruja con ese cuchicheo que nada decía y que todo pronunciaba: la mentira a rajatabla por debajo de la mísera realidad superficial. La calidez del cuerpo de Máximo Mendoza entibiaba su lado izquierdo, pero del derecho la mano fría de la bruja ensombrecía su ánimo. Y, sin embargo, la calidez aumentaba su fiebre y la enfermedad, y el frío la disminuía y la atenuaba.

     Cuando Máximo se apartó, si soltarle la mano, vio que tenía los ojos llorosos. Era sólo un remedo del hombre de naturaleza militar que había conocido. Estaba delgado y pálido, el pelo naturalmente ensortijado, desprolijo y muy largo y oscuro. Altea le acarició una mejilla, y él apoyó la cara en la mano de ella.

     - ¿Qué nos ha pasado, vida mía? - dijo él.

     Altea miró a Aurora, vio los celos plasmados en el rostro de la bruja, y luego el sarcasmo cuando él la miró, con culpa.

      Desde entonces Altea, todas las tardes, contemplaba las rutinarias costumbres dedicadas a su cuidado: la entrada de Aurora con el té con leche, el levantarse de Máximo de la silla en la que había pasado la siesta, cuidándola, y de inmediato las miradas inteligentes entre ambos, los roces de los dedos cuando ella le pasaba la bandeja, el contacto de los hombros cuando ambos se entrecruzaban para ponerse ella a un lado y tomarle el pulso en la muñeca, y él del otro para acariciarle la otra mano. Ellos dos la tocaban, pero sus miradas se tocaban entre sí, con anhelo. Era evidente que el amor del capitán Mendoza, si es que alguna vez había sido eso, se había tornado en una especie de cariño culpable, una culpa que se recreaba con otra culpa ante los ojos desaprobadores de su amante, la nueva.

      “¿Cómo es que no se da cuenta del rostro mezquino de la bruja?”, pensaba Altea. “La mira como si ella fuese una pequeña modista de Cádiz resignada al desamor y al engaño”.

      Pero las mujeres eran expertas en generar las culpas, ella lo sabía muy bien. Y los hombres, animales estúpidos, daban vueltas como perros sarnosos en espera de un hueso seco que conserve apenas un resabio del viejo y anhelado amor.

    

      Ya que le había quitado al hombre, irremisiblemente, una tarde le dijo a la bruja que se quedara en la habitación.

      -Siéntese a mi lado, Aurora.

      Ella acercó la mecedora en donde se recostaba Máximo durante la siesta.

      - ¿Dónde está él?

      -Fue a hacer unas compras, y creo que está buscando una carreta nueva.

      -Lo ha domado usted al capitán.

      - ¿Lo cree necesario? Ya alguna más lo hizo antes, pero los hombres quieren simular que son independientes, y una les concede eso de tanto en tanto.

      -Como aflojar la rienda y luego tirar de golpe.

      -Así es, pero no se debe tirar demasiado, sino se corre el riesgo de que se encabriten y corran, como caballo arrastrando el mismo fuego que lo quema.

      Ambas se miraron, y ambas miradas eran frías. Altea veía el fuego y la estéril ramazón de su paso por un estrecho desolado entres altas rocas. Aurora contemplaba los témpanos y los cielos áridos donde los días son madres que no engendran ninguna noche.

      - ¿Sabe por qué hemos venido?

      -Ya le dije al capitán que no podía hacer nada por usted en el estado en que se encontraba. Aún no puedo hacerlo sin matarla a usted.

     -Pero una simple operación…

      -La infección que le transmitieron los murciélagos, señora mía, produce un espasmo en todos los músculos del cuerpo. Su útero ha sufrido, y no me extrañaría que ahora fuese una especie de cuero rígido imposible de abrir. El niño sin duda ha sufrido…

     - ¿Es un varón…? ¿Cómo lo…?

     -Lo es, yo lo supe apenas la vi tirada en la calle, casi quemada, casi muerta. El niño me hablaba, y lo escuché claramente en medio de toda esa gente tonta del pueblo. Ha sufrido, y usted debe aceptarlo.

      - ¿Aceptar qué?

      -A él, como sea.

      -Pero lo siento como una maldición…

      -Entonces acéptelo así. No lo adore, ódielo si lo desea. No lo acaricie, aborrézcalo si eso la hace sentir mejor. Tome su vida como una transformación de la suya, adáptese al sufrimiento y al dolor como si fuera la ansiada felicidad maternal de los tontos.

     Altea no la observaba ya, solamente se tocaba el vientre por debajo del camisón.

     -Hay una vieja leyenda dijo Aurora- que sin duda alguien escribirá alguna vez. Un hombre iba caminando y se encontró con un vagabundo que cocinaba algo en una pequeña fogata. Como anochecía y tenía hambre, el hombre se paró junto al vago, y le preguntó: “¿Qué está cocinando, amigo?” El vago contestó sin levantarse ni mirarlo, siempre atizando el fuego con una vara. “Es mi corazón”. El hombre no pudo hacer más que reírse, obviamente se trataba de un loco o un borracho. “¿Y qué sabor tiene, si se puede saber?”, preguntó, medio en broma y medio en serio. “Es amargo”, dijo el vago, “pero es mi corazón”.

     

     Durante la siguiente semana, fue recuperando la fuerza de las piernas. Se levantaba con ayuda de Máximo, pero siempre estaba Aurora presente, incitándola a que caminase por sí misma. Entonces Altea se soltó bruscamente de él y se quedó parada, con el camisón sobrándole por todos lados y el cabello suelto, claro como espigas de trigo secas. Se miró al espejo que justo tenía enfrente, Aurora lo había puesto allí con toda intención, porque luego de estimularla para caminar, se había apartado de pronto, y la imagen de la convalecencia la apesadumbró. ¿Cómo podía competir ella con la belleza de la bruja? Pero no lloró. Cumplió con lo que se había propuesto, mantenerse en pie sin ayuda.

     Los siguientes días se levantaba, y después de asearse y vestirse con un vestido de Aurora que le quedaba ridículo, se sentaba a desayunar en el patio. Se quedaba casi todo el día, escuchando a las aves raras que la bruja conservaba en jaulas.

      - ¡Qué pájaros raros! - dijo una vez, mientras merendaba mate cocido y tortas fritas.

       -Fueron regalos para mi madre de amigos exploradores. Baumgarten, por ejemplo, le trajo ese papagayo que está ahí en la jaula más grande, hace quince años. Yo era una nena, y me enamoré en cuanto vi de esos colores. Cuando se enoja, abre las alas y las plumas del cuello se levantan, y entonces parece un demonio en llamas. Tiene todos los colores del infierno escondidos bajo las alas.

      - ¿Lo puedo tocar?

      -No se lo aconsejo. Sólo confía en mí.

      -No lo dudo, Aurora.

      -Si me disculpa, señora mía, tengo visitas.

      Se levantó y se fue por el pasillo hacia la puerta de entrada. Altea escuchó una conversación que no entendió, y pronto la bruja llegó acompañada por una mujer que le resultaba conocida. Era una mujer de clase, con un sombrero y un velo que le ocultaban casi toda la cara. Pero la familiaridad estaba en la voz que había escuchado, o más bien en el tono y la forma de hablar. Se dio cuenta que la mujer la había visto y le dirigió una mirada asustada a juzgar por la brusca vuelta con que intentó ocultarse. Aurora y la otra cuchichearon algo unos segundos, y entraron en una de las habitaciones. Escenas como esa había presenciado toda la semana, a diferentes horas de la mañana o de la tarde. Incluso la noche anterior, casi a las diez, oyó la campana de la puerta, los pasos inconfundibles de dos mujeres por el pasillo, y el cierre de la puerta de la habitación de Aurora. Ella nada le había preguntado, pero la bruja pasaba inmediatamente después a verla, con la excusa de si necesitaba algo. En la expresión se notaba la ansiedad por descubrir los signos del sufrimiento en el alma de Altea. Con una simple pregunta de cortesía, se esmeraba en frotarle por la cara que todas esas mujeres salían de la casa habiendo obtenido lo que buscaban. No había frascos con formol en los pasillos, no había piletas con cadáveres, no había siquiera olor a sangre, ni la más leve mancha en los impecables vestidos de la bruja. Todas, menos ella, salían satisfechas. Ella sola saldría con el niño intacto, tal como había entrado a esa casa. Con la maldición a cuestas, condenada a aceptarla como quien acepta que proviene del mismo Dios. Sí, después de todo, estaba empezando a comprender a Manuel y a toda esa cría de curas insomnes y crueles que le habían enseñado a ser como era: el calco invertido de su hermano.

      Cuando ya eran las siete de la tarde y empezaba a oscurecer, las vio salir del cuarto. Aurora ayudando a caminar a la mujer que lloriqueaba un poco, pero ya sin el velo para cubrirla. Entonces los ojos de ambas volvieron a cruzarse, esta vez sin intención, y se reconocieron. Era Lucrecia, la prima del capitán Mendoza, la bien casada con un pariente cercano al general Urquiza. Las oyó despedirse en la puerta, y después el traqueteo de un carruaje que se alejaba por el empedrado.

     Cuando Aurora regresó, sus pasos sonaban orgullosos sobre los viejos ladrillos coloniales.

      - ¿Y cómo se siente la enfermita? ¿Necesita algo antes de la cena?

      Altea hizo el gesto de desprecio más intenso y grande del que fue capaz.

      - ¿Cómo lo hace?- preguntó- ¿Hechizos, palabras mágicas, o qué?

      -Si en verdad quiere saberlo…nada de eso. Solamente la medicina, señora mía, ¿acaso los brujos no fueron siempre los médicos de los antiguos pueblos? Mi biblioteca está a su disposición, Altea. Ahora, si me permite, iré a preparar la cena.

      Evadiendo como pudo la ironía de Aurora, Altea se levantó lentamente y caminó hacia su dormitorio. Esa noche no comería nada, simplemente se acostaría, intentando no escuchar los gemidos desde el otro cuarto, luego de que Máximo se despidiera de ella con un beso. Se comería la ira, que más amarga que su propio corazón, sabía a la podredumbre de todos los abortos que habían sucedido en esa casa. ¿Dónde estaban? ¿Entre qué paredes, bajo qué pisos se escondían? Si la ira que sentía hubiese sido capaz de crear el fermento que matara a su hijo, ella habría sido una de las felices visitantes que salían satisfechas. Pero algo le decía que no era la ira la que los mataba, sino la absoluta y más flagrante indiferencia.

 

     Al fin de esa semana de enero, comenzó a hacer mucho calor. La casona tenía una bomba de agua en la cocina, y otra en el patio de atrás. El agua empezó a escasear el viernes, y el sábado por la mañana ya no quedaba nada en ninguna de los dos pozos. Sólo quedaba la que se juntaba por la lluvia en los grandes macetones vacíos.

      - ¿Qué hace en estos casos, Aurora? -le preguntó Máximo, cuando los tres estaban en la cocina.

      -Espero, nada más. Ninguna sequía puede durar tanto como para llegar a matarme.

      -Pero necesitamos agua, iré hasta el arroyo que está cerca.

      Dos horas después, había vuelto.

      -Está seco, y en el pueblo están igual que nosotros. ¿Qué tal si intentamos en el aljibe? En los viejos tiempos hacían pozos muy profundos.

      -Está clausurado, capitán. Cuando mi padre instaló las bombas anularon ese pozo. Está relleno con tierra y piedras.

       Altea y Máximo sabían que en unos pocos días podrían irse, así que decidieron aguantar y aprovechar el frescor impagable que les ofrecía la casona colonial. Pero durante la tarde Max regresó de su vuelta habitual por el pueblo con la lengua afuera. Estaba sediento, y se acostó a los pies de Altea en el patio. De pronto, alzó la cabeza, oliendo algo. Corrió hacia el aljibe y comenzó a saltar, intentando llegar al borde. 

      -Parece que el instinto perruno no falla. Ahí hay agua, Aurora- dijo Mendoza. Pero ella se levantó y lo detuvo de un brazo. Altea notó la preocupación en la cara de la bruja.

     -Con probar no se pierde nada-dijo él.

     Caminó hasta el aljibe e intentó levantar la tapa. Era una losa pesada y encajada exactamente en los bordes. Fue hasta el galpón donde se guardaban algunas herramientas y regresó con una pala y una zapa. Se esmeró en abrir un canal en la circunferencia entre la pared vieja del aljibe y la loza que lo tapaba. Las mujeres lo miraban trabajar, sentadas a la mesa, dirigiéndose miradas de socavamiento. Cuando el capitán finalmente pudo insertar el filo de la zapa en la grieta, se subió al borde del aljibe y empezó a empujar. Ellas se levantaron, curiosas, el perro saltaba de contento, pero nervioso, preocupado. Altea casi pudo leer, en los movimientos de Max, más que sed, una ansiedad salvaje.

      A medida que todo el círculo se fue agrietando, la losa se iba levantando de a poco. Barro seco y gusanos de tierra fue lo primero que vieron. Era demasiado pesada para moverla de una sola vez, así que Máximo la fue empujando lentamente, y fue entonces que, de pronto, se detuvo.

      - ¿Qué sucede? - preguntó Altea, pero ya no fue necesaria ninguna respuesta. Max saltó al borde y empezó a ladrar hacia el fondo oscuro del pozo, desesperado. Su ladrido se hizo un aullido grave de lamento. Se escuchaba, también el sonido del agua.

      -Al fin de cuentas, hay agua-dijo Aurora, con las manos cruzadas sobre la falda, porque había vuelto a sentarse. Tenía una sonrisa maliciosa, de aquellas que simplemente esperan los acontecimientos.

      Pero era el olor lo que había hecho que Mendoza se detuviera, que salía del fondo del viejo pozo. El agua pasaba por los antiguos túneles excavados por los indios, tal vez, bajo las órdenes de algún capitanejo español del siglo XVI o XVII. El agua corría con fluidez, chocando con objetos duros que golpeaban las paredes, y cuyo sonido era como el percutir de una música primitiva hecha por instrumentos confeccionados por los indios. Tal vez maderas, aunque nada podía ver, quizá huesos. Y el olor era ya inconfundible.

      Aroma a muerto.

      Ése era el laboratorio que había estado esperando ver alguna vez. Y pensando en el perfume que Aurora usaba en las noches mientras estaban juntos, tiró la pala al piso, agarró al perro y lo llevó afuera. Las mujeres lo vieron hacer, al parecer asombradas, pero Altea ya sabía de qué se trataba todo eso. Escucharon ladrar al perro atado a una rueda de la carreta. Luego Máximo volvió al patio, agarró a Altea de un brazo y la llevó a su dormitorio. Aurora adivinaba lo que se estarían diciendo: “¿Nos vamos ahora?”, preguntaría ella, agregando: “Quiero regresar con mi marido”. Y él, aceptando la definitiva condena: “Nos vamos”.

      Los vio salir, con la ropa que llevaban puesta: ella con el vestido que Aurora le había dado, y él con el traje del padre. Parecían dos muñecos disfrazados saliendo del brazo, rígidos como títeres que la bruja ya no podría manejar porque se iban de la casa. Y como iba oscureciendo, ellos penetraron el pasillo y lo atravesaron hasta llegar a la puerta, mientras el eco del zaguán repetía la risa de Aurora Valverde, envuelta por el vaho profundo de los muertos.

 

 

*

 

 

Máximo Mendoza iba pensando que el silencio era doloroso, pero se aferraba a él con uñas y garras, con tal de no mirar a la mujer que tenía al lado. Veía su falda plisada, un vestido inadecuado para el viaje que realizarían de vuelta hacia el río. Uno de un blanco sucio que Aurora Valverde le había entregado como a quien se da una limosna. Pero Altea lo llevaba con displicente orgullo, y la misma frialdad de un témpano en el rostro. Si pudiera verla a la cara por lo menos un instante, y romper ese glaciar de desprecio, porque no era odio, eso siquiera hubiera sido comprensible, y por lo tanto un consuelo para la desazón de Mendoza. Era, sin embargo, la más completa indiferencia, como si el que conducía la carreta no fuese más que un autómata de esos de los que había leído alguna vez. Unos que jugaban al ajedrez y siempre ganaban, máquinas inteligentes que en este caso servían como peones, conduciendo una carreta, nada más. ¿Qué interés podría tener esa mujer tan hermosa en un simple objeto de uso? Eso era él, un hombre para el uso de tres mujeres: Natacha, Altea y Aurora. ¿Era una víctima? Ni siquiera eso. Se había dejado llevar por su propia debilidad. Un capitán de barco nunca domina las aguas, simplemente corre por encima de ellas, y las olvida. Tal era el plan que pensaba mientras sus ojos estaban concentrados en las riendas, en el lomo del caballo, y la falda plisada, mientras el silencio de toda voz humana era un bálsamo parecido al ácido sobre una llaga, doloroso pero adecuado para regodearse en la miseria propia.

      De pronto, la voz le salió sin que lo planeara. Algo dentro de él traicionaba su omnipotente orgullo.

      -Pasaremos por la estancia de mi padrino, se lo prometí- dijo, explicando, siempre justificando sus actos ante la mirada impertérrita y vigilante de esa mujer de hielo. Porque luego del verano de su corazón, había vuelto el invierno.

      Ella no dijo nada. La voz se le había vuelto algo ronca luego de la enfermedad, y cuando hablaba un tono ocre se vislumbraba en la calidad del sonido, casi como si el otoño se dibujara en el aliento que ella exhalaba. Le habría gustado a él ver esas hojas herrumbrosas salir de la boca como de un viento tempestuoso. El otoño era triste, pero lo prefería al horror del invierno. En uno había todavía la luz ocre de la esperanza, en el otro la muerte se avecinaba con la más completa oscuridad.

      El camino sinuoso fue cálido esta vez, ni lluvia ni viento ni frío, únicamente las nubes que tapaban el sol del verano en el momento justo para protegerlos. Entonces se atrevió a mirarla, ya cuando llegaba la noche y se acercaban a Lavalle. Ella miraba al cielo, y se dispuso a hablar.

    -Parece que el cielo es benigno con nosotros, ¿no es cierto?

    ¿Ella quería que le contestara? ¿Tanto lo odiaba que necesitaba humillarlo evitando la verdadera conversación que esperaba? ¿La verdad estaba en la sinceridad o en la esquiva mentira?

      -No lo hemos sido con Dios, me parece- continuó ella diciendo.

      Máximo recordó la cruz en la habitación de la casona colonial, la noche en que se estaba bañando. Cristo era el mensajero de los hombres, el hombre que comprende al hombre: lo acomete, lo traiciona, lo condena, lo perdona. Dios padre era un símbolo beatífico, el don de los cielos, la luz del sol, el verde del campo. ¡Qué empresa la de los cielos, qué gran imperio eficazmente construido!

      Pasaron la noche en Lavalle, en la casa de Fermín Valente. Cuando el viejo lo vio, dijo unas cuantas palabras en catalán que a ninguno les importó traducir, ni él lo intentó al ver el rostro demacrado de ambos.

     - ¿Están los chicos? -preguntó Máximo mientras ayudaba a bajar a Altea.

    - No. Se fueron de pesca el fin de semana. Vuelven mañana.

    Era lo mejor. La vieja Dorotea le ofreció otra vez la misma habitación en que Altea había dormido. Nadie preguntó nada, igual que cuando el silencio es acorde al tiempo en que llega, es decir, el anochecer, el descampado, la vuelta de la gente a sus casas, el cierre de las puertas, las luces que se apagan, el sonido lento de un búho, y el viento extraño entre las hojas de los árboles.

     En la mañana, Valente quiso ofrecerles dinero para comprar ropa y comida, pero fue Mendoza el que firmó un documento en pago del caballo y del sulky que se habían llevado. Por más que se negara, él dejó el papel sobre el mostrador del negocio, y salió por la esquina bajo el cartel de la próspera empresa de Fermín Valente. Mientras se alejaban, miró atrás, y vio que los chicos llegaban a trote rápido, gritando y entusiasmados. Seguramente no habrían pescado más a unos cuantos miserables del campo, metiéndolos en la bolsa de sus negocios.

     El camino que llevaba a la estancia del coronel Las Heras era una bifurcación del que habían hecho desde el puerto. Ya sentía el olor del río, y pensó en su barco. ¿Qué pensarían de él después de tantos días de ausencia? Natacha lo regañaría más que nunca, pero ya no le importaba. La escucharía como siempre, acobijándose en su propia cáscara de indiferencia y de rencor.

      La mañana se había nublado, y los árboles a los lados del camino se veían pesados, sin que una hoja se moviera. Iban lentamente, mirando a los costados, cada uno a su lado, como si esperasen encontrar entre los árboles sin tiempo, porque la inmovilidad absoluta les otorgaba intemporalidad, al hombre y a la mujer que eran casi dos semanas antes.

      Llegaron a la tranquera, abierta por lo rota, que se mecía a expensas de una brisa que nadie sentía. Un sonido de madera quebrada que se arrastraba por el polvo. Siguieron camino hacia el casco de la estancia. Altea contempló la hermosa arquitectura de la casa, amplia, dominando el campo con sus dos pisos. Un resabio de los viejos buenos tiempos. Alrededor, no quedaba nada. Sólo arbustos que se estaban secando por falta de cuidado, un jardín de flores que ya no estaban. Una jauría salió a recibirlos, y Max se puso tieso y alerta en la parte de atrás de la carreta.

      Se detuvieron, y bajando, Máximo gritó:

     - ¡Juera, perros! -mientras descendía y los amenazaba golpeando la fusta contra el piso. La mayoría se alejó, sólo un par permaneció cerca, vigilante, cuando su madrina salió de la casa, haciéndose sombra con la mano en la frente.

     - ¡El niño Máximo! - dijo, y su voz fue ahogándose mientras corría a tropezones para abrazarlo. Altea observaba desde la carreta, y sonreía.

     - ¡Pero ¡qué le ha pasado a mi niño, que está tan flaco, por diosito! - se lamentaba, sin soltarlo de los hombros y contemplándolo de pies a cabeza.

     -Nada importante, tía, contratiempos a los que ya estamos acostumbrados, ¿no es cierto?

     -Y a mí me lo preguntás. ¿No te enteraste?

     - ¿De qué?

     La vieja ahora lloriqueaba, mirando de reojo hacia la carreta, tenía vergüenza de que la vieran así.

     -Entremos a la casa, Máximo- dijo Altea.

     Pero la vieja se puso nerviosa y se negó.

     -Pero tía Eustaquia, tranquilícese. Si no me cuenta…

     La vieja no dejaba de lloriquear, viendo que Altea se acercaba, y contemplando lo demacrada que estaba. Le tocó la cara cuando se saludaron, y fue como saber lo que le pasaba.

    -Pobrecita, te juzgué mal cuando te vi por primera vez…

    -Está bien, no se preocupe. Entremos a la sombra.

    -Pero si está nublado…-dijo la vieja, negándoles la entrada. Pero ya no pudo más y se cobijó en los brazos de Máximo.

    -Está todo vacío, no tengo nada. Duermo en un jergón en medio de la sala, justo donde estaba la alfombra donde dormías de chico, esa tan afelpada, que tenía el olor del corderito todavía, así decías vos, ¿te acordás?

     -Como no me voy a acordar…

     -Vendimos todo, querido, y después…se me fue. Se quedó tirado en la cama muchos días, y no quería levantarse. Yo me enojaba, lo hería a propósito en su orgullo, ¿podés creerlo?, al hombre que amaba desde hacía cuarenta y cinco años.

     - ¿Cómo fue?

     -Se dejó morir, las deudas, qué sé yo…

     -Pero cancelé la deuda con Antonio Valente al día siguiente de encontrarlos a ustedes en el camino.

      La tía Eustaquia lo miró a los ojos y sonrió.

     -Murió el día anterior a cuando vino ese chico. Y como todo estaba a nombre de Gregorio, me dijo que le vendiera la estancia para pagar la deuda, y yo no sabía nada, después me enteré por los peones, pero ya era tarde. Que iba a hacer yo, una vieja sola. Me dejó quedarme a vivir acá…

      Ahora sí se había levantado un viento fuerte. Altea acariciaba la espalda de la vieja, acomodándole el chal de lana, mientras Máximo la abrazaba, dejándola llorar, imaginando la muerte del coronel en la cama, él, que ya no tenía caballo ni estancia, el viejo fuerte cuyas botas ya estaban gastadas como el símbolo exacto de la muerte inminente. Se vio a sí mismo en esa cama, así terminaban todos los antiguos baluartes de la fuerza. Los muertos que uno ha matado devuelven el golpe, se ayudan uno a uno, se juntan sea el tiempo que sea en el que hubiesen muerto. No es una estrategia ni una venganza, es un pago pendiente, y la honorabilidad, siempre amenazada de extinción, necesita imponer su exigencia.

     ¿Iría a reclamar a los Valente? ¿Enfrentarlos, y hasta desafiar a un duelo callejero a Antonio? Pensando en la cara de jactancia del chico, secundado por ese animal de Lorenzo, se sintió invadido de una gran pereza. Se había convertido en un cobarde por cansancio. En quince días había viso derrumbada su personalidad. ¿Pero cuál era ésta? El capitán Máximo Mendoza y Hurtado era una ficción de abolengo.

      Abandonaron la estancia sin entrar en la casa. Hacerlo habría sido ofender los restos de ceniza del orgullo del matrimonio Las Heras. Atrás quedaba la estancia de salones vacíos, cercana, quizá, a ser demolida, porque pronto la vieja Eustaquia seguiría el camino de su esposo. Se fueron en silencio, ambos cabizbajos, en dirección al puerto, que aún distaba varios kilómetros. Llegarían en la tarde, tal vez poco antes de que oscureciera. Se sabían vencidos, y el cielo encapotado era un lúgubre manto de hastío. Uno suspiró, y el otro lo hizo inmediatamente después. Y ambos, entonces, sonrieron simultáneamente. Aún la ironía, una dulce ironía tenía cabida entre ellos, en el estrecho espacio en el pescante. Con un perro que les lamía la cara para cambiarles el ánimo. Max se había acomodado como podía, con sus huesos largos y puntiagudos, haciéndolos reír levemente, con una timidez acorde a dos adolescentes. Se miraron por encima de la cabeza del perro. Él con las manos tensas sosteniendo las riendas, ella con sus manos juntas como una roca sobre la falda. Unidos por el viento que agitaba sus cabellos y traía el aroma del río.

     Y cuando vieron el barco, enorme, hermosamente negro en la noche que caía, vieron las velas oscuras y los crespones de luto que adornaban los mástiles. La carreta se detuvo, la gente reconoció al capitán. Muchos lo saludaron con respeto y en silencio, pero lo miraban con extrañeza. ¿Qué ha pasado?, pensaba Máximo, al bajar de la carreta y ayudar a Altea. Caminaron hacia el muelle, pero antes de llegar, la gente lo rodeaba y lo miraba con inquietud. Él preguntó qué había sucedido, y como no le respondían sacudió a unos cuantos hombres de los brazos con violencia. Lo dejaban hacer, porque lo conocían desde mucho antes, y lo apreciaban.  Uno dijo:

      -Hace mucho que lo andan buscando capitán, ¿dónde se había metido? - Pero ya todos tenían la respuesta al ver a Altea. Ya todos sabían de su debilidad, conociendo a su mujer, y lo amparaban.

      -Acompáñeme al muelle, capitán-dijo después.

      Mendoza y Altea lo siguieron.

      -Tal vez la señora no deba…

      Máximo vio la aprehensión en la cara del hombre, agarró a Altea de un codo suavemente, pidiéndole que se quedara.

      -No me quedaré acá para que todos me miren como bicho raro. Si pasa algo que yo debo saber, es mejor ahora…

      Ellos se encogieron de hombros y continuaron el camino hacia el embarcadero. Había una casilla no muy grande que servía de galpón donde guardaban trastos y herramientas. Entraron y el encargado encendió unas lámparas. Era de día, pero allí no había ventanas. Junto a una pared había un ataúd, y otro justo en el centro. Había olor a podredumbre y encierro. Altea se tapó la nariz.

      -Los trajeron hace como diez días, pero no nos atrevimos a enterrarlos sin el funeral debido y sin su consentimiento, capitán.

     Mendoza se acercó con una lámpara en la mano y leyó lo que estaba escrito en la tapa de cada uno con letras grandes y a carbón. Uno decía Ariel, el otro Manuel. Luego se interpuso ante el paso de Altea, pero ella ya lo había leído.

     -Pero no entiendo, no entiendo nada…-comenzó ella a balbucir. Ya no importaba el olor.

     Mendoza intentó hacerla salir, pero Altea se desprendió y fue hacia el ataúd de Manuel. Apoyó los codos, y la cabeza en sus manos. No lloraba mucho todavía, sólo parecía empecinada en pensar, como si así pudiese comprender lo que estaba viendo.

     Mendoza le puso una mano sobre un hombro, pero su mirada estaba puesta en las letras de Ariel.

      -Al chico lo trajo la marea luego de varios días. Se cayó del barco y lo agarraron los yacarés. Todos los del muelle vimos lo que pasó esa mañana. Nosotros juntamos los restos, capitán, y los pusimos en ese cajón.

      - ¿¡Cómo que se cayó del barco?!

      El hombre inclinó la cabeza y se encogió de hombros. Tartamudeando, dijo:

      -Ya la señora Natacha le explicará…

      Sí, eso él lo sabía bien.

      - ¿Y qué le pasó a mi marido? -preguntó Altea.

      Pero Máximo no escuchó la respuesta. Salió y respiró profundo. Un intenso vahído lo obligó a sostenerse de una pared. Sintió nauseas, pero no quiso vomitar delante de todas aquellas personas que lo conocían y respetaban, porque en ellos veía lástima, y era lo último que deseaba provocar en los demás. De pronto quería que todos sintieran su ira. En realidad, su odio, eso era lo que ahora sentía, sin remordimientos ni conmiseración por nadie.

      Caminó hacia la punta del muelle y se puso a contemplar su barco anclado casi en el centro del ancho río. Y entonces vio a Natacha mirando hacia la costa, con las manos apoyadas como dos garras en la barandilla de cubierta, quizá esperándolo de esa manera desde hacía muchos días. Era una estatua vestida de negro, un dolor petrificado. Una figura más, esculpida sobre ese inmenso ataúd que era ahora el “Juan Manuel de Rosas”, su barco, su hogar y su destino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS MUJERES QUE DISPONEN LAS SENTENCIAS

 

 

 

 

5

 

 

 

La mañana resplandecía con una luz que pocas veces acostumbraba a ver en verano, un reflejo tan intenso de la madrugada sobre las aguas del río que apenas salió a cubierta tuvo que taparse los ojos. Se había levantado tarde, los movimientos de José no la habían dejado dormir con tranquilidad. Le había acariciado la cabeza y el pecho hasta que él finalmente se durmió, pero ella continuó despierta, como velándolo. No era esa la palabra, por supuesto, pero de algún modo ver dormir a ese hombre era como verlo muerto. Le había hablado de su hermano, muy poco, pero ella había adivinado lo suficiente para darse cuenta de que José no dejaba de pensar en él ni aún dormido, y de pronto se le ocurrió la imagen de que cuando uno de ellos estaba despierto, el otro dormía, o quizá, incluso, moría transitoriamente.

      Le dolía la cabeza, sacó la botella bajo la cama, bebió el último sorbo de aguardiente, salió y la tiró al río.

      - ¡Viejo! - gritó, buscándolo sobre la superficie blanca de la cubierta. Veía como destellos en la madera y el aire, y del cielo caía un torrente de luz que la enceguecía.

      -La puta madre…-murmuró, molesta de que el hombre que seguía dormido hubiese cambiado sus costumbres hasta el punto de desubicarla y hacerla sentir mal con el barco y el río, lo único que poseía. Lo único que no le había quitado eran las ganas de beber, pero hasta el sabor del aguardiente le resultaba mezquino ahora.

     Encontró al viejo acostado en el piso. Lo pateó para despertarlo, y el otro se despabiló, gruñendo y protestando.

      - ¡Qué tanto melindre, viejo! ¡Sabés que tenemos que salir hoy! ¡Vamos, levantáte de una vez! - Siguió pateándolo hasta que el viejo se levantó lentamente y caminó hacia la cocina.

     - ¿A dónde vas?

     -A hacer unos mates…

     -Andá a reparar el motor si no lo hiciste ayer…

     El viejo miró hacia el agua, tal vez pensaba en su hijo que ella había matado, pero sus ojos no tenían expresión tras las lagañas del sueño y el alcohol. Se rascó el pecho, luego la cabeza y se puso a orinar sobre la borda. Después, caminó a proa, y levantando la tapa que cubría la maquinaria, descendió la escalera bajo cubierta.

      Mara entró a despertar a José, pero lo encontró sentado en la cama, observándola.

      - ¿Qué mirás?

      -Nada, no te miraba a vos, a la luz miraba.

      Ella se dio vuelta y volvieron a dolerle los ojos.

      -Estás chiflado, anoche habrás soñado con el diablo por cómo te moviste.

       Llenó una pava con agua y la puso sobre el hornillo. Sacó yerba del mueble bajo la pileta y llenó el mate, puso la bombilla y se apoyó en la mesa a esperar.

      - ¿Qué te pasa que estás tan silencioso? ¿Extrañás al indio ese?

      -No me pasa nada, y no, no lo extraño. Solamente me pregunto qué vamos a hacer.

      -Yo sigo con mis cosas, ya bastante tiempo perdí estos días.

      José se levantó y apretó el cuerpo con el suyo. Ella se sentó en la mesa para apartarse un poco.

     -Salí, tenemos que partir antes del mediodía, río arriba, el viejo está reparando la máquina, si no está durmiendo la mona.

      Entonces escucharon arrancar el motor, fuerte y claro. Mara cebó el mate y se sentaron afuera, pero a la sombra del alero. Era las diez de la mañana, y de los árboles llegaba un ruido de bandadas que removían las ramas y de pronto salían atravesando el río sobre ellos. Las miraron contentos, y ya no se veía en los ojos de José el miedo de aquella noche. El viejo asomó la cabeza por la escotilla de cubierta, tenía una sonrisa de satisfacción que desbordaba su cara.

      - ¡Míralo al viejo, nomás! Al fin resultó un ingeniero-dijo José.

     Mara comenzó a reírse y apoyó la cabeza sobre su hombro.

     - ¡Venga acá, viejo, y tómese unos mates, que se los merece!

      El hombre terminó de subir y se les acercó, quedándose parado con el torso descubierto, porque ya hacía mucho calor. Mientras sorbía la bombilla, miraba hacia el agua.

      - ¿Usted no tiene nombre? Siempre el viejo esto, el viejo lo otro…-preguntó José.

      Mara y el otro se miraron, y ella dijo:

      -No es nadie para tener un nombre…

      - ¿Y el hijo?

      - ¿Cuál? ¿Usted tiene un hijo, viejo? Yo no veo a nadie más.

      José trató de encontrar en la cara de Mara algún signo de sarcasmo. Luego ella se rio, pero él la siguió mirando. Ya no la entendía, porque ella de pronto parecía haber recuperado un cierto dominio sobre sí misma que él no había visto hasta ese momento. Antes era una mujer dura pero perdida en la maraña de ríos y cauces de esa selva, que era como la imagen de su vida. Ahora continuaba con el mismo aparente carácter de siempre, pero había algo que escondía. No era sobre el pasado ni todo lo que le había contado, esas cosas cualquiera podría haberlas sufrido sin considerarse especial. No había creído ni la mitad de todo su relato sobre España y el supuesto incesto, y menos el episodio con las viejas que ella llamaba brujas. Mirándola fijamente, su expresión era la de siempre, brusca y enfadada la mayor parte del tiempo, pero esta mañana había algo en sus ojos que le recordó a Altea: la casi gélida expresión de su cuñada que no parecía capaz de sentir ningún tipo de pasión, ni siquiera la del cuerpo, porque estaba seguro de que no la había sentido la noche de los ritos en el pueblo de Toba.

      Giró la cabeza, mirando esta vez al río, cauce arriba, y pensó en el barco en el que iba su hermano.

      - ¿A dónde vamos?

      -Ya te dije ayer, a unas millas tenemos que encontrar a Valverde…

      -Me acuerdo, ¿un tal Amusco, ¿no? ¿portugués?

      -Brasileño nomás.  

      - ¿Y qué negocio nos trae?

     Mara se rio otra vez.

     -Ya se cree socio el señor hidalgo-dijo hablándole al viejo. -Pero yo soy la que mando acá, así que las ganancias las reparto yo.

     -Como usted diga, señora. ¿Y cuál es el negocio?

    -Sos más estúpido de lo que pensaba, o tenés el cerebro en otra parte…-Se acercó a José y se sentó en sus piernas.

     El viejo los miró un rato y luego caminó a proa. Mientras ellos estaban adentro, él sintió las sacudidas del jergón, y ya con el barco en marcha, giró timón dos o tres veces. Escuchó los insultos de Mara y la risa de José. El viejo también se reía.

      Ya era más del mediodía cuando olió el aroma del pescado que ella estaba preparando. Salió a llamarlo y le dio un par de golpes cariñosos en la cabeza.

     -Seguí divirtiéndote nomás, viejo.

     -Déjalo Mara, no lo molestes más…-dijo José, y ayudó al viejo a sentarse con ellos a la mesa.

     El día era demasiado caluroso. El sol nunca había aparecido del todo tras las nubes de la mañana, y un semitono plateado vivía en el aire viciando la luz hasta transformarla en la causa y la fuente del hastío de esa tarde que empezaba.

     Después de la comida, Mara salió y se apoyó en la baranda, observando las costas, que lentamente comenzaban a ser más frondosas, casi sin espacios de playas. El trayecto era tranquilo, pero con muchas curvas, y ella no podía dejar que el viejo se distrajera o se durmiera. Sabía que el cauce era profundo, ya lo había recorrido demasiadas veces, pero nunca se podía estar seguro. En ocasiones el río arrastraba troncos o bancos de tierra luego del algún temporal. Sabía que se avecinaba uno para esa tarde o la noche a más tardar, y por eso había intentado que saliesen lo antes posible para resguardarse en algún recodo protegido por los árboles. Desde adentro se escuchaba el ronquido de José. Se preguntó hasta qué punto ella podría confiarle su negocio. No estaba dispuesta a conceder nada, pero él había sabido arreglárselas para que ella fuese cediendo casi sin darse cuenta, primero su cuerpo, luego su confianza, y qué más le quedaba. Tal vez José siguiera el mismo camino de Santiago, y de esta manera se sintió más segura.

     Eran las tres de la tarde. El resplandor que le había herido los ojos durante la mañana se transformó en una opacidad iridiscente que atenuaba su brillo hacia el norte. Lejos en la misma dirección, el cielo estaba tan oscuro como al anochecer. Las aguas continuaban tan calmas como un manto de lava que fuese enfriándose rápidamente. Dejó caer la botella que había sacado de la cocina, y su sonido al caer en el agua fue como un estallido de vidrios sobre una superficie de hierro. El río parecía inmóvil, y Mara sintió que estaba deslizándose sobre rieles. Nunca había experimentada algo así desde que había llegado a América. Creía conocer ese río, por lo menos la mayor parte del cauce que había recorrido durante tantos años, pero jamás se encontró con una sensación semejante de incertidumbre. Conocía los preliminares de cualquier temporal: las aguas calmas, el clima tórrido, la electricidad en el aire que iba lentamente transformando aquellos signos en otros más ciertos de tormenta: el descenso de la temperatura, el viento que iba despertando de su pereza, el cielo que reclutaba nubes como soldados vestidos de negro.

      Pero esta tarde sentía miedo.

      - ¡Viejo, más velocidad! - gritó hacia la proa.

      El hombre regresó a popa y se sumergió bajo cubierta. Se sintió el rumor del motor ir en paulatino aumento, atascándose a veces, casi como tosiendo, y se escuchaban los golpes del metal con que el viejo parecía hacer revivir la maquinaria. Volvió a asomarse y preguntó si era suficiente. Mara observó las nubes hacia el norte. No llegarían a Resistencia sin soportar antes la tormenta, tardarían una semana aun manteniendo esa velocidad, lo que ya sabía era imposible. Intentó calcular cuántas millas les quedaban hasta el próximo pueblo. En realidad, ya sabía que no había otro más cercano a Las moscas, donde debía encontrarse con Valverde. El lugar estaba en un recodo con un buen muelle protegido por muchos árboles, donde el rio Mbaré descendía con suavidad sobre el torrente del Paraná. Faltaba mucho todavía, eso era seguro. Había hecho ese camino con Santiago en mejor tiempo que el de ahora, y ya le había parecido largo el viaje hacia, entre esas riveras que a veces parecían tan cercanas que apresarían al barco. Y más que la distancia, lo que la inquietaba era una sensación que le llegaba desde la selva, o quizá desde los pueblos que se escondían tras el follaje de los árboles. Miró hacia lo alto de las copas, y el cielo simuló moverse hacia el sur.

     Recordó el viaje en barco por el Atlántico, fue allí cuando comenzó ese vértigo que nunca la abandonaba, y al que sólo se había acostumbrado estando siempre a bordo. Cuando bajaba a tierra, la inmovilidad absoluta regeneraba el vértigo, y entonces veía el techo de las casas en las cuales se alojaba, o incluso al cielo mismo, moverse permanentemente. Los techos o el cielo tenían peso, y el temor al derrumbe era tan insoportable que necesitaba salir. ¿Pero cómo huir de la tierra?, si la única posibilidad del desplazamiento horizontal no era más que un desplazarse también lo que estaba encima de ella. La única salida real era la vertical, hacia arriba.

     Por eso contemplaba las aves con tanta ansiedad cuando estaba en cubierta, el aleteo de los pájaros la llenaba de un ímpetu como si ella misma tuviese alas. Necesitaba estar sobre una superficie en movimiento, y entonces el desplazamiento del cielo se convertía en un movimiento ficticio, y su quietud la tranquilizaba. No se puede volar en una superficie que se está moviendo, el viento requiere que el lugar por donde transcurre esté quieto. Ella sabía la falacia de estas sensaciones. Nada está quieto ni siquiera una vez, el mundo se mueve y nos lleva. Pero el espacio es una cosa, y el tiempo es otra dimensión que puede darle otro significado al espacio. Lo que se mueve se desplaza en el tiempo, pero si no existe el tiempo, ¿cómo podrán desplazarse las cosas?  El día que las viejas la llevaron para que abortara, y ella descubrió otra condición de su alma, supo que el centro de su vida sería aquel centro sin tiempo: ella sobre el techo de la casa, viendo a las tres mujeres sentadas en la sala.

      Pero ahora no podía subir, y contemplar el cielo que se encerraba entre nubes parecidas a piedra oscura, la calmaba, y sin embargo ahora el río comenzaba a moverse, y eso era lo que la inquietaba. Una mano se apoyó en su cintura, y se sobresaltó. José y Mara se miraron como un par de extraños enemigos. El viento se había levantado y el frío acrecía con rapidez. El cabello de Mara estaba revuelto y se sacudía sobre su cara, y el cuerpo temblaba. José la abrazó como un modo de contención, porque sintió la absurda idea de que ella podría perderse en el aire, como si pudiese levantar vuelo.

     Ella se dejó abrazar, pero recobrando su habitual temperamento, dijo:

     - ¡Fuera! ¡No ves que debemos prepararnos para el temporal!

     Ordenó al viejo que se quedara abajo para controlar el motor, y le dijo a José que controlara el timón, no tenía más que hacer que mantenerse en el centro del río. Ella comenzó a guardar lo que estaba suelto en la cubierta y a tapar las aberturas.

     Dos horas después ya el cielo se había ensombrecido completamente, y el viento era más fuerte, pero el río se conservaba con olas que apenas arremetían al barco, como empujándolo más que para dañarlo.

     Mara terminó lo que hacía y se acercó a José. Ambos no apartaban los ojos del centro del río.

     -Se está encrespando cada vez más.

     -Sos muy diestro con el timón.

     -He navegado barcos en el mar…

      Ella se quedó mirándolo, y él se dijo:

     -Hay muchas cosas que no sabes de mí, ¿dónde está la brujita de la que me hablabas?

     Mara se cruzó de brazos, ansiaba un trago, pero sabía que necesitaba mantenerse lúcida con la tormenta.

     -No sabés lo que decís- le contestó.

     -Entonces explícame, porque hasta ahora te estoy creyendo muy poco.

     Sabía que la estaba provocando, pero así era cómo le gustaba verla: ofuscada porque demostraba fuerza, y no el remedo de ama de casa en la que los abrazos y el amor comenzaban a sembrar gérmenes.

      Se escuchaba el motor traqueteando y las maldiciones del viejo arrojando paladas de carbón al fuego. La humareda de la chimenea desvencijada que salía de proa oscurecía aún más el cielo que los cubría, mientras el viento, ya más intenso pero indeciso en cuanto a su dirección, la llevaba de un lado a otro como en remolinos y la dispersaba.

      Mara comenzó a hablar, y al principio casi no la escuchaba, el viento entre el follaje de las costas hacía levantar vuelo a bandadas con ruidosos aleteos que parecían competir con las máquinas.

      -Cuando llegamos a Buenos Aires, Santiago estuvo muchos días averiguando dónde estaba su hermano. Fuimos caminando por las calles de pensión en pensión, por la zona de la ribera y luego más al oeste, donde había más campo que ciudad. Cada vez que preguntaba lo mandaban u otro lugar más lejano, y estábamos cansados de caminar. Al final, encontramos al peón de una estancia de Flores que le dijo que Facundo se había ido a Entre Ríos. Era bastante mayor que él, y se había venido a América como diez años antes. Santiago era chico cuando el otro se vino, y estuvo esperando a ser grande para viajar, pero en España tuvo que quedarse a mantener a los viejos, y todo eso lo resintió. Estaba casi siempre de mal humor, y creo que aprendió a ser hipócrita para sobrevivir. Eso fue lo que intentó conmigo, pero desde el principio se dio cuenta que no podía engañarme, por eso me trató de la manera en que lo hizo.

     -Parece que lo querías un poco…-dijo José, sin soltar el timón ni sacar la vista del centro del río. Las aguas estaban levemente encrespadas, la tormenta llegaba muy lento, hasta casi hacerse desear para terminar aquel calor pesado que traía mosquitos inquietos e insoportables.

      -Quién te dice que no fue así…era un hombre, al fin de cuentas, como todos ustedes. Son todos terribles y estúpidos y no saben explicarse más que con golpes, pero cuando se quedan dormidos y tienen pesadillas, o lloran, son como chicos desprotegidos. Son como huérfanos que nunca se consuelan.

     José la miró por un instante. Mara tenía la vista fija en el río, parecía contar las olas que golpeaban la proa y morían bajo el casco. Estaba cambiada, había cambiado la ira por tristeza y melancolía. Eso lo molestaba, porque le recordaba la angustia que necesitaba mantener débil. Habría querido tirarla al piso y penetrarla para escuchar su grito sobrepasando el aleteo de las aves que cruzaban el río, tan parecido al de los murciélagos.

     -Tomamos un barco que nos llevó río arriba en busca del hermano. Hicimos parada en varios pueblos, pero nadie nos supo decir nada. Teníamos que ganar para comer, así que nos quedamos en el último pueblo y Santiago empezó a trabajar de carrero a veces, otras de changador o leñero, lo que fuese. Nos quedamos en una casilla abandonada a orillas de un arroyo casi seco. Santiago volvía borracho, tarde, y después de gritarme se me tiraba encima y yo lo dejaba hacer, pero no lo dejaba terminar dentro de mí. Yo ya tenía una hija, y él la había rechazado, así que no le daría el gusto de darle otro. Creí que lo molestaría, pero la primera vez que lo empujé para que se saliera, se rio y me dio unos golpes que creí ser de enojo, pero que, para él, en su borrachera, eran de complicidad y de gusto. Desde entonces lo hicimos siempre de esa manera, y lo excitaba. ¿Para qué se me habrá ocurrido llevarle la corriente? creo que porque a mí también me gustaba. No extrañaba ya la tímida dulzura de Roberto, que le venía más de la culpa que de la sinceridad. Lo agreste de esta zona, el calor, la soledad entre los árboles altos me gustaba. Ya no era el campo de España, abierto y sometido al sol. Los árboles enormes me protegían, o me ocultaban. Cuando llegó el invierno, ya no hubo más trabajo. Pasamos días de hambre en la casilla. Vivíamos de la pesca, porque Santiago casi no sabía cazar, y tampoco era eso muy abundante. Una tarde llegó un vapor que ancló no muy cerca de la orilla. Era el viejo con su hijo en este mismo barco. Nos preguntaron qué hacíamos ahí, sentados en la playita junto a la casilla. Nos encogimos de hombros. Santiago estaba flaco, con el torso desnudo, la barba crecida y su pelo lacio tapándole las orejas hasta los hombros. Yo ni sé cómo me veía, creo que como una bruja sucia. El viejo estaba más contento que ahora, mucho más joven me parece, a pesar de que no pasaron muchos años. Nos gritó si queríamos acompañarlos, siempre había trabajo en algún lugar de las riberas. No llevábamos ya nada encima más que lo puesto, lo que habíamos traído de España lo empeñamos en Buenos Aires. Subimos y esa misma tarde seguimos viaje río arriba o abajo, según hubiese trabajo. El viejo traficaba con todo lo que pudiera venderse. El barco estaba lleno de mercadería de cualquier clase. Pero lo que le daba más ventajas era la yerbaluz. Los indios la sembraban y el viejo se las compraba por casi nada, o por comida o abrigo. Después iba de pueblo en pueblo y la vendía a los que la consumían o a otros que la llevaban a Buenos Aires o a Córdoba.

      - ¿Y qué es eso? -preguntó José.

      - ¿La yerbaluz?  ¿No te lo imaginás? A todos les gusta, yo la probé muchas veces, y me calma, pero otros ya no pueden sacársela de encima. Por casi dos años hicimos esa sociedad, vivíamos en el barco y conocimos casi todo el río hasta el Brasil. A eso se sumó Valverde de Amusco, que trabajaba con putas. En ocasiones llevábamos dos o tres de un pueblo a otro, pasábamos la noche hasta que ellas terminaran su trabajo y luego partíamos otra vez.

     - ¿Y a vos te ofrecieron unirte a esas?

     La estaba provocando, ver si picaba la carnada.

     - ¿Una sola mujer con tres hombres durante meses un este barco se iba a ser la remilgada? El hijo del viejo me empezó a toquetear el mismo día que nos conocimos. Desde entonces empezó la riña con Santiago. Yo disfrutaba de las peleas, me sentía mejor cada vez que terminaban cansados y molidos, ambos. Me metía entonces con el viejo, que era más tranquilo. Su barba me pinchaba la cara, pero su lentitud me hacía sentir que yo dominaba a los tres. Por eso empecé a mandarlos. Les decía a dónde ir o cuánto cobrar. Las putas confiaban en mí y me pedían consejo. Pero pronto se terminó todo eso. Santiago empezó a golpearme cada vez más seguido, y los otros dos nos miraban sin meterse. Al hijo del viejo le convenía, porque cuando yo quedaba molida en el jergón, venía a penetrarme aun cuando Santiago estuviese al lado, dormido por la borrachera. Pero un día se despertó y se pusieron a pelear. Santiago terminó perdiendo, como casi siempre, y después se la agarró conmigo. Esa noche llegamos a un pueblo, a Las moscas, a donde ahora vamos, si llegamos antes de la tormenta. Es un pueblo más grande que lo que pueden encontrase en muchos kilómetros. Hay un putero muy conocido, de ahí vienen y terminar las putas de casi todo el río. Santiago me agarró de un brazo, bajamos del barco y me arrastró como aquella noche en España. Yo me resistía y no quería caminar, pero no era tanto por la ira como por tener todo el cuerpo dolorido. Me llevó al putero y me dejó ahí. A la mañana siguiente, cuando desperté en una cama, la dueña y las mujeres me estaban cuidando. Me dijeron que el barco se había ido.

     Estaba anocheciendo muy rápido. El barco marchaba a ritmo rápido contra una oscuridad que se había asentado sobre el río como nunca había visto en esos años. El oleaje era más encrespado, y la proa subía y bajaba en bruscas sacudidas. José dominaba el timón con presteza, ella debía reconocerlo. ¿Cuándo él le contaría sobre su vida? Quizá debía adivinarlo más tarde, con el silencio del sueño mientras dormía, o creía dormir.

      -Pasé en ese lugar casi tres años. A veces Valverde llegaba, y creo que no le habría molestado llevarme con las otras a algunos pueblos para trabajar, pero supe que Santiago le había dicho que me dejara ahí. Nunca volvió a acostarse conmigo mientras estuve en el putero. Las otras me decían que rondaba la casa, y que venía a cobrar su comisión por mi trabajo. Le tenían tiña, por eso cuando iba a cobrar le decían que yo era la mejor y que todos los hombres de los alrededores me preferían. Ellas aparentaban enojo, porque él no se lo habría creído de otra manera. Pero la verdad era que yo trabajaba como cualquier otra, no podía negarme, aunque estuviera cansada y con dolor. Los tipos terminaron siendo todos iguales, y por eso ya no me buscaban tanto. Mi cara les decía que mi cuerpo estaba como muerto. Un día, uno se quejó con Tatiana, la que manejaba el lugar. La mayoría de las chicas eran inmigrantes polacas, porque las rubias o pelirrojas cobraban más, a diferencia de lo que pasa con las indias o las negras, como más al norte. El tipo salió protestando porque no quería pagar. Yo todo lo escuchaba desde la cama donde él me había dejado, desnuda y con el semen en la cara. Mientras me limpiaba, lentamente, como si fuese una actriz que estuviese desmaquillando frente a un espejo, escuchaba los gritos desde la puerta. Hubo forcejos y sillas tiradas, y luego un portazo. “Es una muerta”, lo oí gritar. No había pagado, lo sabía. Luego Tatiana entró a verme. Yo salí de mi ensoñación, y en lugar de un espejo vi el cielorraso de madera podrida, y en lugar de maquillaje los restos del semen que se endurecía. Era una máscara invisible, y sentí que mi piel era como un pergamino. “Mañana te vas”, dijo ella. En la mañana no necesité agarrar la poca ropa que había podido comprar durante ese tiempo, las chicas la habían juntado en una bolsa y me acompañaron hasta la puerta. Santiago me esperaba afuera. “La hiciste bien”, me dijo, “no servís para nada”. Caminamos uno al lado del otro, sin hablarnos. Había cortado su sociedad con el viejo, así que no teníamos ni barco ni casa. Ya todos en el pueblo nos conocían, y como éramos bichos raros, no querían saber nada de nosotros. Nos fuimos caminando hacia el sur, a veces siguiendo la ribera, otras internándonos en la selva. Cuando pasábamos por algún pueblo compraba comida con el poco dinero que le quedaba de lo que yo había ganado. Pedía trabajo con insistencia en los almacenes o en los muelles, y cuando lo empujaban para que no molestara más, se enojaba y se ponía pendenciero, sacaba un cuchillo y amenazaba a todos. La gente lo rodeaba y lo insultaba como a un perro rabioso. ¿Yo qué podía hacer…? Creo que ese día dejé de tratar de entenderlo, y me abrí paso entre la gente y me le acerqué. “Ven Santiago”, le dije, agarrándome a un brazo de él como si fuera su esposa. Nos alejamos del pueblo y seguimos caminando hacia el sur. Poco después encontramos el embarcadero donde nos dieron trabajo. Teníamos que ayudar a bajar y subir la carga de los barcos que llegaran, en su mayoría pesqueros, y también cargar las carretas que llevaban la mercadería a los pueblos. Después de arreglar con el encargado del embarcadero, que se fue en un bote río abajo, fuimos a la casilla en la que íbamos a vivir.  Ya estaba oscuro, pero yo me había acostumbrado a caminar por todos esos lugares llenos de maleza y alimañas. Adentro estaba más oscuro porque la única ventana estaba tapiada. Cuando entré, tanteé en la oscuridad, Santiago se había quedado en la puerta rota tratando de ver cómo podía arreglarla. Entonces sentí un piquetazo en mi mano derecha cuando me caí al piso luego de tropezar con unas maderas. Di un grito de dolor y al mismo tiempo escuché el silbido de la yarará que se escapaba por la puerta. Enseguida oí los pasos de Santiago y el hachazo. La víbora estaba muerta, y el muy estúpido entró contento como pocas veces lo había visto. Sólo lo alcancé a ver por la luz que entraba por la puerta, pero esa sonrisa y esa alegría le duraron poco. “Me picó”, le dije, llorando. Salimos y me miró la mano. Sólo tenía un piquetazo en el dorso, y me dijo: “No es nada”. Yo lloraba, no porque me doliera demasiado la mano, sino por la angustia de lo que sabía me iba a pasar. Le crucé la cara con mi mano izquierda, y cuando iba a reaccionar devolviéndome el golpe, se detuvo y vi en su mirada la cara de niño mimado que le había conocido en España. Niño que se había criado entre comodidades y bendecido por el cura cercano a la familia. Ese fue el hombre que me acompañó hasta la orilla del río, diciéndome que no llorara mientras me acariciaba el pelo. Nos arrodillamos en la orilla y me ayudó a lavar la herida. Me acarició el brazo como nunca lo había hecho, mientras yo de reojo observaba su cara asustada. “¿Qué vamos a hacer?”, le pregunté, moqueando. Lo pensó un rato, me hizo un torniquete y se levantó para alejarse por la orilla sin decirme nada. “¿Adónde vas?”, grité, porque lo creí capaz de abandonarme. No quiso contestarme. La mano me dolía porque se estaba hinchado, y el dolor me llegaba al hombro. Pasó el tiempo, no sé cuánto, yo creí que horas o un día entero. Me acosté en la orilla y metí la mano en al agua. Algo me refrescaba, y hasta pensé en tirarme al río y morir ahogada antes que de la otra forma. Mi corazón se aceleraba y la mano me latía como si mi corazón estuviese en esa mano obstruida por el torniquete. Llevaba mi mano izquierda hacia la enferma, pero no podía alcanzarla. El cuerpo me pesaba, y hasta los párpados me parecían dos puertas de hierro que caían sin poder levantarlas. Santiago apareció renqueando, yo lo veía al revés, porque estaba boca arriba, respirando con dificultad. Lo veía acercarse como entre sueños, un hombre flaco y encorvado, que caminaba lento como una tortuga, arrastrando un pie y conteniendo el dolor apretando los dientes tras los labios ocultos por la barba. Se arrodilló y me dijo que comiera una pasta que había traído envuelta en hojas. Me pareció que era yerbaluz, aunque nunca la había masticado, sólo la fumaba quemando las hojas secas. Era amarga, y luego ya no tuvo gusto a nada. Me dormí, aunque en ese momento creí que me estaba muriendo, y que eso era la muerte: un dolor afuera, y una serenidad adentro.

     Mara suspiró profundo y se miró el muñón derecho. Había anochecido.

     - ¿Cuánto falta para llegar? -preguntó José.

     -Por las menos cuatro o cinco horas.

     -No creo que lleguemos antes de que se ponga peor.

     -Eso es lo normal, pero esta tormenta se está tardando, y si es tan fuerte como amenaza, más vale que se retrase y lleguemos pronto a Las moscas.

     -Más vale que nos protejamos ahora mismo en algún recodo.

     - ¿Para qué? El viento va a levantar el río y nos apretará contra los árboles, y los árboles se nos caerán encima. Ya lo he visto.

     -Entonces dejemos el barco y acampemos.

     - ¿No te acabo de decir que el río de desmadrará? Quién sabe cuántos quilómetros.

     -Pero en el mar…

     -El río es otra cosa. Hace seis años que conozco este río, como a un hombre.

     -Está bien, seguí contando.

     Mara vio al viejo asomarse por la escotilla.

     - ¡Más rápido!

     Sabía que, si trataba de darle más potencia a las máquinas, corrían el riesgo de destruirlas, y entonces sí estarían a merced de la pura suerte. Se tocó el muñón, como a un amuleto. Debían ser las ocho de la noche, aún había una tenue luminosidad y el viento, aunque no muy fuerte, refrescaba las picaduras de los mosquitos.

      - ¿Qué es eso? - preguntó José, señalando a la distancia una nube que se desplazaba hacia ellos con rapidez.

      -Alguaciles- dijo Mara. Y apenas terminó de decirlo cuando las primeras libélulas aparecieron. Luego la masa completa del enjambre paso rodeándolos casi sin tocarlos. Ambos se quedaron quietos, frunciendo los párpados, sacándose del pelo y de los pliegues de la ropa los insectos que habían quedado atrapados. Mara de pronto sintió que las libélulas le hablaban con el zumbido de sus alas, hasta creyó sentir que se apoyaban en su piel y entonces se sintió liviana como ellas. Vio sus alas transparentes, su largo cuerpo como una pequeña rama que fuese levantada por cuatro frágiles cristales. Pronto, sin embargo, las últimas fueron desapareciendo y el aire se limpió. Ella se miró la ropa, estaba llena de libélulas muertas, pero sobre José no había ninguna.

     -Te aprecian- dijo él.

     Mara agarró una por una y las apoyó en una tela, luego la dobló.

     -Ellas anuncian las tormentas. Son mensajeras.

     - ¿Y qué te dijeron? -José continuaba con su sarcasmo. Eso la irritaba, y sabía que era lo que él buscaba.

     -Muchos tormentos después de la tormenta.

     Él se rio, y Mara decidió seguir contando.

     -A la noche, creo que ya era de madrugada, me desperté en la casilla. No me dolía nada, pero estaba muy cansada. Me miré la mano derecha y no la tenía. Me asusté tanto, que me puse a gritar como loca, pero ya sabía todo, como ya sabía desde el momento de la picadura lo que iba a pasarme si seguía viva. Santiago se despertó de un salto y me agarró de los hombros. Pero no para golpearme, como yo esperaba, sino que me abrazó y me apretó tanto contra su pecho que de a poco dejé de temblar y ahogué mis gritos contra él. “¡No se podía hacer otra cosa! ¿Me entendés? ¿Me perdonás?”, me repetía como un loro, mientras me tenía abrazada. Me había cortado la mano, y con eso me había salvado la vida. Cuando se levantó para alimentar con leña la fogata que nos calentaba, vi que tenía un pie vendado con telas sucias. Creo que le pregunté lo que le había pasado, pero recién me lo dijo dos días después, cuando yo ya estaba sin dolor y de mejor ánimo. Había ido al pueblo en el que se había peleado, y se encontró con el mismo hombre que lo había encarado. “¿Qué quiera ahora?”, le preguntaron. Buscaba yerbaluz, que era lo único que conocía para hacerme dormir. No le quisieron dar, porque no tenía plata, y lo golpearon para que se fuera. Se quedó en las afueras, esperando, sabiendo que yo esperaba en la orilla del río, y que mi tiempo se agotaba. Al final, pudo robar un puñado de hojas de la alforja de una silla de montar apoyada en una estaca, y mientras escapaba le dieron un tiro en la pierna. Nos quedamos todo el siguiente año en ese lugar, yo simulando los inútiles esfuerzo de amarlo por agradecimiento, pero él sólo conocía los golpes para convencerme de que lo amara verdaderamente. Fue así como nos regocijamos en aborrecernos pensando que nos amábamos. Y a todo eso se sumó la yerba, que nos hundía en tiempos tranquilos, y la alternábamos con el aguardiente. Después llegaron tu hermano y la mujer. Estábamos tan borrachos Santiago y yo, que creo que dijimos cualquier cosa, y ellos salieron de la casilla para dormir afuera. Nos quedamos solos, y le eché en cara que quisiera acostarse con la presumida de tu cuñada. No lo dije en serio, era una de las tantas provocaciones que nos alimentaba el día y la noche para seguir sobreviviendo. Él se enojó en serio, y me dijo que sí, que esa mujer era mucho más mujer que yo. Y ahí fue que yo me enfurecí de verdad. Agarré una sartén y lo golpeé en la cabeza. Y de pronto se me vino el mundo encima: a Santiago se le salía una parte del cerebro por el hueso aplastado. Me acordé de las viejas a las que me había llevado a ver mi madre. Yo soy una de ellas, sin duda. Mi fuerza es un círculo concéntrico que se daña a sí mismo. Esta vez había dañado a otro, pero el espiral me devolvía los efectos. Cómo deshacerme de esa maldición, me pregunté desde entonces. Pero como todo lo que no puedo evitar, traté de taparlo con mi enojo, que a veces me convence de que soy fuerte. Y al aguardiente también me sirve a veces para convencerme de que no soy lo que soy.

 

 

 

*

 

 

 

-Mataste al hombre que te salvó la vida.

      José habló sin soltar las manos del timón ni apartar la vista del centro del río, que había comenzado a ser cada vez más turbulento. Las olas golpeaban el casco y salpicaban sobre cubierta. Ambos se habían tapado con cueros de animales que alguna el viejo y el hijo habían cazado. ¡Cómo le gustaba provocarla e incentivar su ira! Hasta podía sentirla creciendo al mismo tiempo que la intensidad de la tormenta, pero las dos eran lentas, conteniéndose porque sabían que su furia haría estragos al embestir contra quien se pusiese delante. José lo sabía, pero iba a pelear si fuera necesario, quería hacerlo y ni iba a detener su ironía hasta que ella estallara.

     -Maté al hombre que me separó de mi hija…-la escuchó decir, sin siquiera mirarlo, puesta la mirada también en las aguas que crecían.

      -Te hizo un favor, me parece, ¿o acaso crees que ella estaría mejor acá?

      Y sin moverse, sus palabras recorrieron cada centímetro del barco: la suciedad reinante sobre cubierta, el perro que seguía lamiendo de vez en cuando la mancha de sangre, las botellas vacías con que podían tropezarse en cualquier sitio, los pobres restos de comida dejados en la mesa desvencijada o en el jergón. Supo que la mirada de Mara recorría todo esto, y se explayaba luego sobre la superficie del río, encrespado e incierto como si en cualquier momento fuese a cubrirlos, las riberas solitarias u oscurecidas por la maraña vegetal que sólo podía ser atravesada a fuerza de machete.

     El barco se sacudía hasta estremecerse todo el casco cuando las olas golpeaban la proa. Y había empezado a llover. José timoneaba con destreza, debía reconocerlo, pero no lo dijo en voz alta. Cuando comenzó el granizo, Mara corrió hasta la escotilla y pateó con fuerza.

     - ¡A toda marcha, viejo!

     Por toda respuesta, el motor se escuchó más fuerte, lo mismo que la caída del carbón de leña. El humo seguía saliendo por la chimenea corta y estropeada, pero parecía asfixiarse ante la caída de la lluvia y el azote del viento. Ahora hacía mucho frío, y Mara estaba empapada a pesar del cuero que se había atado al cuello y la cintura.

      - ¡Aguantá un poco más! Son dos millas nada más para llegar al primer recodo antes del pueblo. -Su voz apenas sobresalía por encima de los ruidos del agua, la lluvia y el motor. El granizo golpeteaba la madera. En un rincón, bajo cubierta, debía estar el perro, seguramente, acurrucado y temblando.

      - ¿Y quién te dice que estaremos a salvo?

      La voz de José era más fuerte, y por un instante ella necesitó abrazarse a él, incluso sus constantes provocaciones representaban una especia de omnipotencia, porque todo lo que ella se creía segura, se estaba derrumbando. Y en el cuerpo de ese hombre sarcástico e hiriente cuando estaba despierto, Mara a veces encontraba una extraña paz.

      El granizo acreció, rompió los vidrios del ventanal de proa, trisó algunas de las viejas tablas de la cubierta. El casco subía y bajaba con el embestir de las olas, y José se aferraba al timón, prestando atención como si estuviese en mar abierto. Las riberas ya no se veían, ocultas por la cortina de las piedras heladas y la lluvia. Luego, el granizo fue cediendo. Ella dijo algo, pero no le hizo caso, ni siquiera la escuchaba. No tenía miedo, y por primera vez en mucho tiempo, luego de esa especie de apoltronamiento en el pueblo Toba, que no había hecho más que acrecentar su ludibrio e insatisfacción, y la obstinada presencia de algo que creció hasta la noche de los ritos. La noche en que buscó a Altea pensando en Manuel. La noche que creó un hijo que nunca más sería capaz de crear. Esa noche fue una tormenta interior, más vasta que esta que ahora crecía y amenazaba con desbaratar la estructura del barco. No tenía miedo al agua ni al viento ni a las piedras. Sólo al incipiente y siempre constante recuerdo del zumbido de algo que revoloteaba y lo atenazaba con la amenaza de un alarido.

     Las piedras cesaron, pero la lluvia se hizo más fuerte. Logró estabilizar el rumbo por el centro del río. Sabía que cualquier cambio de curso, aunque fuesen unos metros hacia las costas podría hacerlos encallar. Las aguas ahora arrastraban ramas y troncos, y bancos de barro debían estar siendo llevados de un sitio a otro del lecho.

     Lo sorprendió una mancha de follaje alto y espeso que vio a través de la cortina de la lluvia. Giró a estribor con toda la rapidez que el viejo timón podía darle. Ese era el recodo que Mara le había mencionado, y ni siquiera ella había previsto encontrar tan pronto. Pero iban a encallar antes de llegar a la orilla si no giraba a tiempo. El casco sonó como si se estuviese quebrando. Mara se agarró a él, y José sintió que al fin ella le pertenecía. Se empezó a reír mientras giraba y giraba el timón a todo lo que daba su fuerza, viendo pasar la espesura a pocos metros del barco. Árboles tras árboles, pájaros que no habían podido refugiarse y morían contra el barco, ramas que cayeron sobre cubierta. Mara lo insultaba y le golpeaba el cuerpo con impotencia, pero José no podía dejar de reírse porque se sentía extasiado. Era como un dios naciente: tenía el dominio de su mundo privado, y sobre todo el poder que emanaba del cuerpo de Mara, algo de lo que ella no parecía haberse dado cuenta en toda su vida. ¿No sería ella, acaso, la creadora de esa tormenta? ¿No coincidía esa tal fuerza de voluntad de la naturaleza del río, que ella misma había reconocida no haber visto antes, con el cambio que se estaba generando en su alma? El alma de Mara, que era de lodo estancado, se había removido y ahora bullía a causa de un hombre que traía consigo todo un torbellino habitado de alimañas.

        Al fin, dejaron atrás el cerrado recodo y se encontraron con una playa libre de follaje. Algunas casas alcanzaban a verse a través de la lluvia. Las olas eran menos fuertes y altas, el barco pareció agradecer el alivio momentáneo. La madera del casco se fue callando, y de pronto se dieron cuenta que el motor se había detenido. Tal vez ya de nada servía, pero sólo necesitaban llegar lo más cerca posible de aquel pequeño cabo proverbialmente protegido del viento. El pueblo fue creciendo a la vista, pero el muelle estaba casi destrozado. Las olas golpeaban la costa y la marea ascendía.

     - ¿Qué hacemos? - preguntó José. Había salvado al barco, pero era Mara quien conocía aquella zona del río.

      Ella señaló con el brazo un rincón en el que había estado otras veces, según le dijo. El barco estaba ahora merced simplemente de la corriente, pero el viento era contrario, así que sólo atinó a manejar el timón como lo hacía en alta mar, aprovechando los cambios del viento para dirigirse con suerte hacia donde quería ir. Mara lo observaba timonear como si el cuerpo de José fuese parte de la estructura, una parte flexible pero fuerte, la parte inteligente y diestra. El cerebro que había estado faltando todos aquellos años de ida y vuelta por la pobreza del río. Se dio cuenta de que lo admiraba, pero todavía no estaba segura si era amor o claudicación. Iba a ayudarlo, desde ya lo sabía con certeza.

     Pronto el barco fue disminuyendo de velocidad. El viento venía de popa, pero insuficiente para empujarlo. La quilla había golpeado con un banco de barro a poco menos de cien metros de la costa.

    -Ya estamos listos- dijo él. -Si aumenta el viento…

     -Pero el río va a crecer…-Mara lo dijo sin enfado ni preocupación. Puso sus manos a cada lado de la cabeza de José y lo besó. Se abrazaron, empapados y ya sin las telas desprendidas por el viento. Él con el torso desnudo, el pantalón y las botas puestas. Ella con la camisa gruesa y la pollera de arpillera pegada a las piernas.

     El viejo abrió la escotilla:

     -El motor está muerto- dijo, y el perro salió. Viejo y perro los miraron abrazarse y luego ponerse de rodilla sin soltarse. Los vieron tumbarse sobre el piso y estrecharse, jadeando. Viejo y perro observaban, sin pesadumbre ni sorpresa. No eran dos cuerpos sino uno solo, sobre un cascarón de madera que se fue meciendo a medida que el río crecía. Pero ya era de noche, y la sensación de unidad de esos cuerpos se acrecentaba a medida que el ruido de gemidos contenidos los asemejaba al de un solo animal que se estuviese engendrando sobre cubierta.

      El viejo sabía muchas leyendas del Brasil, sabía que en el agua están los fundamentos de muchas vidas, y que a veces nacen seres que nadie ha visto antes, y que se esconden en la maraña de la selva o se sumergen en los recodos del río donde la corriente es menos intensa. Sitios donde pueden crear sus nidos y vivir sin que sólo unos pocos los vean, y esos pocos ni siquiera hablarán de ellos, y si lo hacen, menos aún llegarían a creerles.

      La sombra de Mara y José se movía como una de esas criaturas heridas, o tal vez como uno que se esforzara por salir de un capullo. Un gran insecto, cuya larva se estuviese transformando. No había luna, y sólo la sombra de los árboles se sacudía a merced del viento que aullaba, compitiendo victoriosamente con el lamentoso aullido del perro que ahora parecía sufrir.

El viejo se sentó a su lado y comenzó a acariciarlo. Ambos, viejo y perro sintieron el fluir del agua que crecía, levantando al barco lentamente hasta desprenderlos del banco de barro.

       La voz de Mara sonó estridente y angustiada:

       -Ya sabía…-y corrió a la borda, mirando hacia la costa.

       - ¿Qué pasa? -preguntó José.

       -El río se está desbordando, y va a inundar al pueblo.

       -Entonces nos quedamos a bordo hasta que amaine la tormenta.

       Pero no era eso lo que temía Mara. Miraba hacia el pueblo, cuyas casas dormían en la oscuridad. Sabía que todos estaban encerrados en las cabañas, incluso las putas en el pabellón viejo donde había trabajado. ¿Era eso lo que extrañaba ella? ¿Tenía miedo de que el pueblo de Las moscas y sus malos recuerdos murieran bajo el agua? Debía estar contenta, pero no lo parecía.

       La corriente se hizo sentir más fuerte a lo largo de la noche. El barco se desplazaba sin grandes sacudidas, allí las olas eran cada vez más inocentes a medida que el agua iba ganando terreno a la tierra. En medio de la oscuridad, ya casi absoluta, sentían el crujir de la madera bajo la quilla del casco. Eran los restos de cabañas destrozadas por encima de las cuales iban flotando a medida que el agua las cubría. Creyeron escuchar algunos gritos ahogados, y el perro, a bordo, gemía y temblaba acurrucado junto a los cuerpos de Mara y José, que estaban sentados en el piso, él abrazándola, ella apoyada sobre su pecho, acariciando a la vez al perro, hablándole suavemente, intentando calmar el estremecimiento del perro que era a su vez su mismo estremecimiento.

      El viejo vagaba de un sitio a otro sobre cubierta, con las manos a la espalda, sobrio por primera vez en mucho tiempo. De vez en cuando se lo escuchaba hablar en portugués, a veces detenerse y callarse, como esperando una respuesta, que quizá el percibía. Se asomaba a la borda, mirando al agua que había arrastrado el cuerpo de su hijo. Durante un momento lo oyeron levantar la voz, como en un gesto de ira, o tal vez de alegría. La lluvia intensa había amainado, y ahora era únicamente una garúa persistente que casi parecía un ronroneo, o ese ronroneo no viniese de la lluvia sino desde debajo del casco. Y tanto ellos como el perro se fueron durmiendo juntos al ritmo de los pasos que creyeron escuchar sobre cubierta. Ya no eran solamente dos pies que pisaban uno tras otro en sus casi eternas idas y venidas envueltas en incomprensibles soliloquios. Dormían cuando les pareció escuchar que eran cuatro pies los que habitaban la noche.

 

 

 

*

 

 

 

Cuando despertaron, el perro ladraba con las patas delanteras apoyadas en la borda. José intentó levantarse, pero tenía el cuerpo dolorido. Mara ya estaba despierta, observando ofuscada al perro. No pronunciaba palabra, tal vez tuviese, como él, la voz cansada por gritar para hacerse escuchar la noche anterior. Ella se levantó y caminó hacia la borda. La vio contemplar con la misma atención que el perro hacia algo impreciso en lo que debía ser la ribera más cercana. José se levantó y no vio más agua alrededor, varios kilómetros de un gran lago cuyas aguas apenas parecían moverse, solo interrumpido por las copas de los árboles que habían resistido, como islas.

     Se acercó a donde estaban, y vio que aún lejos, se venía acercando un bote con varias personas. Mará agitó los brazos y se puso a gritar, pero era evidente que ya los habían visto y remaban hacia el barco.

     - ¿Quiénes serán? - preguntó él.

     -Parecen un hombre y varias mujeres. Debe ser Valverde con las mujeres-dijo Mara, y sonreía mientras se acodaba en la barandilla.

      El bote se acercaba con el ritmo sereno sobre las aguas estancadas, donde flotaban ramas, troncos, ropas, botellas y una enorme cantidad de basura de las casas arrastradas por la inundación. Cuando el bote estuvo a escasos veinte metros, Mara gritó:

     - ¡Valverde, hijo de puta!

     El hombre dejó los remos y se levantó. Se lo veía agitado, no estaba seguramente acostumbrado a esa tarea. En el bote había cinco mujeres de diferente edad, ninguna tenía la belleza que pudiese atraer a un hombre, se dijo José, salvo para aliviar la calentura de una noche.

     - ¡Qué le voy a hacer, Mara, ¡no podía dejar a las chicas morirse ahogadas! -dijo Valverde, alzando los brazos y encogiéndose de hombros mientras hacía una mueca de irrisoria resignación.

     - ¡Lo que no querías era perder tu negocio! - le contestó ella, riendo. Y la conversación se detuvo sólo para que el viejo tomara las amarras del bote cuando ya estuvo muy cerca y Valverde se las arrojó. El viejo las ató y empezaron a ayudar a subir al hombre y a las mujeres.

     -Despacio chicas…-pero ellas se reían y no querían ser ayudadas. Llevaban polleras largas de vestidos que alguna vez habían sido finos, o por lo menos pretendido serlo. Un par de ellas tenía restos de un maquillaje corrido por las lágrimas.

       Cuando estuvieron a bordo, Mara y Valverde se abrazaron, y cuando el viejo se acercó, le estrechó la mano con efusión.

     - ¡Mi viejo Gonçalvez! Pensé que ya te habías muerto…-La risa de Valverde se extendió por el barco y las mujeres también rieron mientras intentaban arreglase los vestidos sucios.

      -Así que el viejo tiene nombre- dijo José.

      Valverde lo miró frunciendo los párpados porque el reflejo del sol sobre el agua era intenso, y extendió una mano.

     -Juan Valverde de Amusco, para servirlo. - Miró a Mara, guiñándole un ojo.

     -José Menéndez Iribarne, igualmente.

      Las manos se estrecharon, y entre ambos no hubo el forcejeo que José esperaba. Valverde no era el tipo de amante que gustara a Mara, parecía tener un refinamiento que se expresaba en las maneras con que se movía y en el velado sarcasmo con que hablaba.

      -Me han hablado de usted y de sus negocios, hace ya algunos años…-dijo Valverde.

      Mara agarró un brazo de José.

     -Así que no te dijo nada, ¿y qué esperabas? El señor fue una autoridad en Entre Ríos, traía de todo de Europa, lo que buscaras, largas y cortas, y las municiones, por supuesto, todo muy barato, pero después supe que se enclaustró en un pueblo de indios, según me dijeron.

      Mara ya no dio signos de asombro a medida que iba descubriendo las diversas caras de José. Al contrario de aclararse, se estaba convirtiendo en un enigma. ¿Cuándo le hablaría de su pasado? Seguramente debía descubrirlo por sí misma.

      - Así que éste es que reemplazó a Espinoza… ¿y qué se hizo del amigo? -dijo Valverde mirando a Mara.

      No esperó respuesta porque levantó las manos e hizo el gesto de limpiárselas.

     -No me digan nada, ya escuché lo que se dice…

     -Dejá de ser el hijo de puta de siempre y vamos a cuidar a las chicas-dijo Mara. No conocía a las mujeres, por supuesto, muchas habían pasado por el pueblo desde que ella se había ido. Les dijo que entraran al camarote, así lo llamó, burlándose de sí misma y con ellas. Rebosaba de contento por tener a esas mujeres con quienes hablar. Ellas, como no la conocían, vencieron la reticencia y se dejaron tomar de la cintura por Mara, que reía y les preguntaba cómo se habían salvado.

       Sus voces fueron desapareciendo bajo la sombra del techado. Los tres hombres se quedaron solos, y el silencio duró muy poco.

      - ¿Y dónde está Tonio? - preguntó Valverde al viejo. Gonçalvez miró a su alrededor, Valverde siguió su mirada, y entendió. No dijo nada.

      - ¿Por qué no me dijo su nombre, viejo? - preguntó José.

      -El viejo Tonio nunca fue muy comunicativo, así se crio, y es parte de lo que fue su oficio cuando era joven. Por lo menos así me lo contaron en el Brasil. ¿No es así, viejo amigo?

      Palmeó a Gonçalvez y lo abrazó, sacudiendo su modorra.

      -Siempre fue de bien beber-dijo- pero ahora está bastante sobrio, me parece. Se debe haber cagado de miedo con la tormenta que pasamos.

      -La verdad es que se portó como un experto…

      -Y vaya si lo es. Si lo hubiera visto timonear los barcos por todo el litoral, iba con su hermano recogiendo y dejando cadáveres casi en cada pueblo durante la epidemia de fiebre amarilla hace algunos años, y cuando la guerra del Paraguay, no le digo nada…

    -Mire usted- dijo José, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mano rascándose la barbilla- Quién lo iba a decir. ¿Y le pagaban bien?

     Gonçalvez se encogió de hombros.

     -No se tímido, Tonio, sabe que esas épocas convienen a su familia. Mire usted, Iribarne, los Gonçalvez se dedican a ser enterradores desde hace dos generaciones allá en Brasil, y sé que hacían lo mismo en Europa. Lo que pasa es que a la gente no les gusta tratarlos, por eso no dicen nada. Sólo a gente como nosotros, o como Mara, por ejemplo, no tenemos problema con ellos.

     - ¿Y qué fue de su hermano Lisandro? -preguntó Valverde.

     -Sé que se fue a Buenos Aires y armó una funeraria. Hasta dónde sé, le va muy bien. -Fueron las primeras palabras claras y exactas que José escuchaba del viejo.

     - ¿Y por qué no se fue con él? -le preguntó.

     -Mi hijo, Tonio, usted ya vio cómo era. Camorrero, se metió en muchos líos por esta zona. No podía dejarlo solo, y más como era, así…-e hizo un círculo varias veces repetido con el dedo índice de su mano derecha junto a la cien. De pronto el brazo se sacudió con brusquedad y el viejo miró a su lado. -No te enojes, Tonio…

      Valverde y José se cruzaron miradas.

      -De tal palo, tal astilla. Vamos a ver a las chicas. Si tenemos suerte ya deben haberse sacado la ropa sucia…

 

     Durante la tarde el calor aumentó, las nubes continuaban siendo un manto levemente denso que filtraba los rayos solares y rechazaba los mismos que se reflejaban en el agua. Las mujeres estaban casi desnudas en el interior del barco, y como Mara no los dejó entrar, ellos decidieron darse en un baño en el río. Se quitaron la ropa y se zambulleron. El agua estaba turbia, pero fresca.  Nadaron dando vueltas alrededor del barco, tratando de discernir el cauce original del rio. Sin las brújulas, no habrían alcanzado a distinguir nada más que un enorme lago con islas verdes que no eran más que las copas de los árboles más altos, y algunas veces sólo grandes arbustos o grandes ramas que flotaban a la deriva. Valverde se movía en el agua como quien ha aprendido natación en alguna piscina de cualquier ciudad, cauteloso y con las técnicas que poco le servirían para sobrevivir si no hubiese un barco muy cerca para rescatarlo. José nadaba sin técnica ni forma definida, simplemente flotaba, respiraba y se desplazaba. Él era robusto y algo musculoso, Valverde era flaco y lleno de vello claro en el pecho y las piernas. José estaba perdiendo el cabello desde hacía algunos años, pero Valverde tenía el pelo ensortijado y algo largo. Lo miró nadar, entretenido y despreocupado, y de pronto vio un cadáver que flotaba hacia donde estaba. Deliberadamente, no le advirtió nada, quería saber cómo reaccionaría. Lo había clasificado entre los hombres débiles, aquellos que viven del trabajo de las mujeres, y quería comprobarlo. Además, presentía que iba a tener una gran ocasión para reírse largamente y una buena anécdota para contar esa noche.

      Valverde seguía distraído, mirando hacia unos árboles, tal vez pensando en cómo reiniciaría su negocio, cuando las piernas del cadáver chocaron con su nuca. Se dio vuelta, sobresaltado, pero al darse cuenta, agarró uno de los pies y deslizó el cuerpo sobre el agua, palpándolo, quizá buscando algo en los bolsillos o los pliegues de la ropa. Luego de ver que no había reaccionado como lo esperaba, a José no le resultó extraño verlo hacer eso, pero esta vez fue el sorprendido cuando vio que Valverde empezó a nadar con un solo brazo, agarrando con el otro el cadáver y llevándolo hacia el barco.

      - ¡Iribarne! ¡Venga y ayúdeme!

      José nadó hasta donde estaba, y hablándole por encima del cuerpo, dijo:

      - ¿Qué mierda piensa hacer?

      -Sujételo mientras lo ato al casco. ¡Viejo, tíreme una cuerda!

      Gonçalvez, que los había estado mirando desde la borda mientras hablaba solo, le arrojó una cuerda, y Valverde ató el extremo a un pie del cuerpo. Luego subió.

      - ¿Qué espera Iribarne?

      José miraba cómo el cuerpo flotaba con las piernas abiertas, y se preguntaba qué se proponía Valverde. Los vio a ambos, al viejo y a él, asomados a la borda, esperando que subiera. Cuando lo hizo, se sentó a secarse sobre cubierta, observando el extremo de la cuerda atada a uno de los ganchos, sintiendo que el cadáver se golpeaba de tanto en tanto contra el casco.

       - ¿Qué va a hacer, Valverde?

       -Negocios, Iribarne, como usted, aunque se haya olvidado luego de ese tiempo pasado con los maestritos de los indios.

      José se levantó, desnudo y chorreando agua, empujó a Valverde con un pie, y lo mantuvo contra el piso.

       Si no le gusta la verdad, amigo, por lo menos conténgase de pisotearla. Ya mucho se sabe de ustedes por el río, y me extraña que Mara no sepa nada. Ella es así, la mitad del tiempo se la pasa borracha y se escabulle de la verdad. Son el uno para el otro, es evidente.

       José lo soltó y empezó a vestirse, Valverde hizo lo mismo. Ambos siguieron en silencio durante una larga hora en que se escucharon los cotorreos de las mujeres que despertaban luego del descanso y empezaban a ponerse otra vez los vestidos secos.  La tarde languidecía, pero no el calor.

      -Ese cuerpo va a olor muy mal…

      -No lo crea. El agua está fresca, y se va a mantener así mientras no cambie el clima por encima del agua. Los vamos a vender, amigo, Gonçalvez le puede explicar.

      El viejo se sentó detrás de ellos, hablando sin mirarlos.

      -Yo solamente los llevo- dijo.

      -Es verdad, pero sin el viejo no podríamos llevarlos hasta el hospital de Corrientes.

    

      Durante el resto de la tarde el viejo se mantuvo ocupado arreglando, o intentando hacerlo, la maquinaria. Se escuchaban los ruidos de las herramientas, y los quejidos y protestas del viejo, imprecando e insultando a alguien más.

      - ¡Qué tanto barullo!- gritó Mara, pateando la escotilla, entonces la voz vieja de detuvo y por unos segundos Mara se quedó quieta, confusa, sin duda, porque creyó haber reconocido la voz del joven Tonio.

      El río estaba lleno de peces muertos y seguramente contaminados con la basura del pueblo, así que recurrieron a las latas que llevaban más de un año en el depósito. Los hombres rescataron tablas del agua y armaron una mesa grande y varias sillas. Mientras ellos martillaban, sentían el olor de las mujeres que se estaban vistiendo. Sin perfumes ni maquillajes, ellas conseguían siempre alguna manera de arreglarse, aunque no fuesen hermosas. Cuando ya estaba oscureciendo, salieron con los viejos vestidos, pero limpios, el cabello peinado de diversas formas, incluso Mara lucía de una forma especial. Sin duda el contacto con esas mujeres la había hecho recordar que ella también lo era, y que someterse a un hombre no era claudicar su naturaleza sino resaltarla. Esto fue lo que José pensaba mientras la veía preparar la mesa. Las seis mujeres y los tres hombres se sentaron alrededor, y Valverde, el que traficaba con prostitutas y cadáveres, comenzó a contar cómo se habían salvado durante la tormenta.

     -Como veía que se venía la tormenta, les dije a éstas que se prepararan para ir al muelle, para esperarlos a ustedes….

     Las mujeres se metieron a hablar casi todas juntas: pero si no sabías cuándo iban a llegar…el hijo de puta nos quería matar… te creés que somos taradas…

     Valverde levantó las manos como un obispo para hacerlas callar.

     -Calma, mis queridas, conozco el litoral mejor que ustedes, gringas. ¿O las cinco no vienen de Europa y no hace más que unos pocos meses que están acá? Las rubias ganan más que las negritas, por eso están conmigo, y a la que no le guste, se manda a mudar. Putas se consiguen en cualquier lado.

      Entonces ellas continuaron protestando, enojadas, pero no del todo, porque esa noche se estaban divirtiendo. Había aguardiente, y la comida enlatada era mejor que lo que cocinaban en la cabaña.

      -Continúo mi relato- dijo Valverde, actuando como un fino conferenciante ante un público de ilustrados. José y Mara se divertían con las ocurrencias de los recién venidos. Ella estaba contenta y había dejado su ensimismamiento. Reía, gritaba e insultaba como cuando José la había conocido, y eso le agradaba.

      -Las convencí de ir al muelle…

      -Nos arrastraste….

      -Las convencí, etc, etc., y estuvimos toda la tarde esperando.

      -Con el calor que nos mataba y los mosquitos que nos comían…

      -Puede decirse que esa era la escenografía de nuestra espera…

      Valverde era un histrión, un actor consumado. Movía las manos en ademanes acordes a lo que iba diciendo.

      -El cielo se oscurecía y el follaje de los árboles se movía fuerte y tremendamente con el viento….

      - ¿Pero dígame una cosa? ¿Estaba tan seguro de queosotros llegaríamos pronto? -preguntó José.

      Una de las mujeres, la que José había visto con el maquillaje corrido al llegar, tenía ahora la cara limpia, pero los labios eran de un rojo intenso y las mejillas tenían un sonrosado natural. No era muy joven, ninguna parecía serlo, como si hubiesen sido sacadas de algún pueblo de la Europa oriental mientras atendían sus granjas o caminaban solas por las calles de alguna ciudad. Ella lo había estado mirando mientras él se hacía el desentendido, y la escuchó intervenir en la conversación por primera vez:

     - ¡Qué iba a estar seguro! Es un sinvergüenza. Se hace el que sabe de ríos, pero hay otros que saben del mar, que es mucho más grande…

     Después de la sorpresa, todos se rieron de ella, pero Mara y José se miraron de una forma cuyo significado ambos reconocían, y que sólo fue el primer indicio de lo que sabían que iba a crecer. Y José lo alentó.

     - ¿Cómo se llama usted, señorita? - preguntó.

     -Carla-contestó, y el rubor que había ganado con las risas a su comentario, se hizo aún más intenso.

     -Bueno Carlita, no se ruborice tanto. Si nos reímos es por su inocencia…

     Todos volvieron a reírse, y ella continuó con su cara de sorpresa hasta que sus ojos comenzaron a llorar. José le alcanzó un pañuelo.

     -Reconozco en usted el legado de una alta estirpe venida a menos. Les pido a todos que no se ensañen con esta señorita. Tal vez haya sido una maestra en su pueblo, y seducida con mentiras de prosperidad en América.

      Todos siguieron la corriente de aquel teatro de sobremesa, que Valverde había comenzado y al que José se había unido. Excepto Mara, que, sin darse cuenta, con su naciente ofuscación también estaba siendo parte del melodrama representado.

      -Ahora que la maestrita de los niños huérfanos ha sido consolada por su príncipe azul, terminaré, si me permiten el relato de nuestra afortunada aventura.

      Y entre risas y nuevas interrupciones, Valverde contó que había visto el humo desde el mediodía, y que le constaba que era el único vapor que debía pasar por esa latitud ese día. Pero sobre todo tuvo un presentimiento que él llamó raro, como si todos no lo fueran, cuando creyó ver el barco reflejado en el cielo encapotado.

      -No fue verlo realmente, lo reconozco, sino percibirlo precisamente como un reflejo de otra cosa. Vi varias bandadas que salían de las riberas y se dirigían al sur, de donde debían llegar ustedes. Me pareció extraño, pero no les hice más caso hasta después de un rato, cuando vi lo que les dije, la imagen del barco. Hasta se me ocurrió, por un segundo, que las aves estaban levantando al barco. Y me dije: ellas lo van a traer más rápido, y yo me quedé tranquilo. ¿Fue una alucinación o fue un milagro?

     Le gustaba a Valverde ver cómo las caras de las mujeres se extasiaban, y su expresión de burla se iba convirtiendo en otra de cierto convencimiento. Pero la cara de Mara estaba pálida. Ella recordaba lo que había sentido durante la tarde anterior: las bandadas y la sensación de elevarse.

      Valverde destruyó, sin quererlo, todo su fantástico castillo de hadas, cuando continuó.

     -Esa era mi esperanza, porque no soy el hombre materialista que ustedes creen…

     Las mujeres le tiraron latas vacías, riendo y ya del todo borrachas. Él se defendió como pudo, y cuando ya estaba libre de su ataque, sucio y con la mirada hastiada de aguardiente, los ademanes del conferenciante regresaron, incólumes.

      -La verdad es menos atractiva, pero debo reconocer que mi espíritu previsor, casi científico, podría decir, prevaleció por encima de todo. Yo sabía que la tormenta llegaba, por supuesto, y que iba a ser más fuerte que las habituales, los signos en la atmósfera me lo indicaban. Iba a haber una tremenda inundación. Por eso las saqué de la cabaña cuando fui al muelle y vi el bote amarrado. Si tardábamos diez minutos más, ese bote nos sería robado. Así que ellas y yo subimos y nos alejamos del pueblo. Después vino la tormenta, así que intenté llevar el bote a un recodo, y allí soportamos mientras el agua crecía. No podíamos quedarnos protegidos por los árboles, porque de un momento a otros se nos vendrían encima. Por eso tengo los brazos hechos pedazos. Remé esquivando las olas, que ahí no eran tan fuertes, y tratando de mantener el bote a flote, porque las señoritas, tan delicadas, sólo se ocupaban en gritar como si hubiese un Dios para las putas.

     Juan Valverde ya no actuaba, y sólo el sarcasmo era la evidente la esencia de su personalidad. Todos se quedaron callados, y se escuchaba el golpe del cuerpo contra el casco. Las mujeres ya lo sabían, era parte del negocio de Valverde. Los golpes eran más frecuentes, debían ser varios los cuerpos que estaban reflotando. Gonçalvez se levantó, sin necesidad de responder a la silenciosa mirada de Valverde, y fue a cubierta caminando lentamente, murmurando con alguien que estuviese a su lado. Se sacó la ropa, agarró una larga cuerda gruesa, y se zambulló en el río.

      Esa noche las mujeres dormirían bajo techo y los hombres en la cubierta. Mara les advirtió que molería a palos al que se acercara a ellas. Cerca de la madrugada, José se despertó y vio a Gonçalvez sentado junto a ellos y acercando las palmas de las manos a una fogata débil que había improvisado. Estaba tiritando. José le preguntó si la pesca había sido abundante, el otro asintió.

     - ¿Y usted, amigo? ¿Qué hace que no aproveche tantas conchas? Lo vi entusiasmado hace un rato…

      José quería esperar que Mara se durmiera. Tal vez le saliera bien, o tal vez mal, el asunto. ¿Pero qué podía pasar más que Mara se enojara como otras veces? Se levantó sin hacer ruido, pisando descalzo, pero no podía evitar que las tablas viejas resonaran casi siempre. Se acercó a la entrada, escuchó la respiración de las mujeres, y el ronquido de alguna. Esperó que sus ojos de acostumbraran a la oscuridad, y reconoció a Mara durmiendo en el jergón, y a Carla contra un rincón sobre el piso. Caminó en silencio, sus pasos ya no sonaban. Confiaba en llegar a ella, y tocarla sin que se asustara. Fue más fácil de lo que esperó, Carla estaba despierta. Le murmuró algo al oído cuando se agachó y se acostó sobre ella. Le lamió la oreja y sus manos se metían dentro de su pantalón. Y entonces todo se interrumpió, como si de pronto se hubiese dormido y se despertara sobresaltado. Mara estaba parada a su lado con una madera astillada en la mano izquierda. Intentó levantarse, pero ella lo retuvo poniéndole un pie sobre el pecho. Lo había golpeado con esa madera en la nuca.

     - ¡Hija de puta! ¡Pudiste haberme matado!

     - ¡Es lo que voy a hacer, pedazo de mierda!

      Levantó el palo otra vez, pero se detuvo. José Menéndez Iribarne estaba en el piso con el cuerpo desnudo y libre de todo sarcasmo. Las demás se habían despertado y se habían acercado, Una abrazaba a Mara, las otras lo miraban con rabia y desprecio. Estaban casi desnudas, sin corpiño y tapándose con frazadas. Olía el aroma de la orina entre las piernas sudadas.

      - ¿Querés que lo hagamos nosotras? -preguntó una. Mara no iba a responder. -Después nos encargamos de la otra.

      Entonces la que había hablado le sacó el palo de las manos y sin darle tiempo a nada, dio un golpe en la cabeza de José. La frente empezó a sangrarle, luego la boca, pero antes de poder hacer nada, siquiera de taparse con los brazos, empezaron a patearlo todas juntas y con tanta fuerza que ya no pudo más que arrastrarse hacia cubierta, mientras ellas lo seguían sin dejar de patearlo en la espalda y las costillas. Cuando intentaba levantarse le golpeaban las piernas con el palo, y si intentaba taparse la cara le golpeaban los brazos.

     No sabía cuánto tiempo había pasado, las patadas ya no le dolían tanto porque pegaban en el mismo sitio que ya tenía insensible. Sentía el gusto de la sangre en la boca, y las palabras se le empastaron cuando quiso hablar. Vio la fogata del viejo, ya estaba cerca. Y tocó los pies descalzos de Valverde. Levantó la cabeza todo lo que pudo, pero como no fue mucho se dio vuelta y vio cara con la odiosa ironía de siempre.

     -Debí advertirle antes, amigo. Sepa disculparme. Pero como ya se habrá dado cuenta, éstas no son conchas comunes y corrientes.

    

 

 

                                                                      *         

 

 

A la mañana siguiente, los hombres habían puesto a José en el jergón de la cabina. Mara los vio llevarlo uno agarrándolo por los hombros y el otro de los pies. Ella estaba en la entrada, cruzada de brazos, con la mirada ofuscada, pero en la expresión estaban las marcas del cansancio. No había dormido el resto de la noche, y sabían que había buscado botellas de aguardiente y las había bebido. Pero los dejó pasar. Las otras mujeres salieron, sin protestar, pasaron junto a ella, una acariciándole un hombro, otras diciéndole algo al oído. Luego se acodaron en la borda mirando el bote amarrado a la popa, que llevaba los cadáveres. Ellas ya estaban acostumbradas, Valverde hacía eso por lo menos dos veces al año, y si no se encontraba con Gonçalvez, lo hacía él mismo. Pero el viejo sólo se ocupaba de subirlos al bote, lo habían escuchado zambullirse, así como los golpeteos de los cuerpos duros contra el casco y la tarea pesada de subirlos al bote. El silencio de voces humanas acompañaba la noche, sin embargo, oyeron los quejidos y la respiración agitada del viejo Tonio, y de tanto en tanto su conversación con alguien que ya sin duda era su hijo, porque había mencionado su nombre varias veces.

     Por eso Mara no había podido conciliar el sueño, y había visto a José entrar y dirigirse hacia donde estaba la otra. Si hubiese estado dormida no habría pasado nada, sólo hubiese sido un polvo más en la vida de ese hombre que había invadido su vida y había empezado a cambiarla. La ignorancia a veces es una bendición, se dijo, pero de algún modo u otro se habría enterado. Estaba habituada desde chica a saber cosas que otros descubrían mucho después, y a ella le sorprendía descubrir que las había sabido desde muchos antes, sin recordar cómo ni cuándo estaban en su memoria. La mayoría de las veces eran cosas insignificantes y principalmente sobre los demás. En cuanto a lo que ella se refería, esa sensación era más obtusa e incierta.

      Vio salir a Valverde.

      -Voy a llevar uno de los barriles a la cabina, hay que lavarlo todos los días.

      -No tenemos mucha agua, y quién sabe cuándo encontraremos un pueblo…

     -Ya lo sé…

     -Y se encargarán ustedes de curarlo…las chicas y yo no vamos a tocarlo.

     -Con eso me conformo, ya lo tocaron bastante-dijo él. - ¡Vamos Tonio, ayudáme a subir un barril de la bodega!

     El viejo no salió.

     - ¡Viejo! -volvió a llamar Valverde, entonces el viejo apareció. - ¿Qué te pasa, estás sordo ahora?

     -Creí….

     -Sí, ya nos dimos cuentas que hablás solo. Pero tu hijo no está…

     El viejo miró a Mara y siguió a Valverde. Ella los vio llevar el barril y los escuchó hablarle a José, que se quejaba. Fue hasta la entrada y vio que Valverde le pasaba unos trapos con agua limpia sobre las heridas. Las mujeres lo habían golpeado con las puntas y los tacos de los zapatos, y ella lo había hecho con la madera astillada. El cuerpo estaba cubierto de moretones y heridas profundas y extensas.

      Valverde la vio asomada.

      -Tiene varias costillas rotas, y a lo mejor hemorragias internas, qué sé yo.

      Ella no preguntó, aparentando indiferencia. Valverde retiró el trapo que refrescaba la cara de José, y la vio hinchada. Casi no lo reconoció. Escuchó sus respuestas a las preguntas de Valverde, pero eran sólo monosílabos y a veces sólo unos gritos contenidos.

      Al mediodía, el viejo bajó a continuar reparando la maquinaria. Habían puesto el barco a la deriva, sabían que la corriente, aunque muy leve, podría llevarlos a algún pueblo para encontrar comida y agua. A la tarde, Valverde bajó del barco y subió al bote donde estaban los cadáveres. Mara y las mujeres lo observaron con la curiosidad y el asombro de siempre. Valverde sabía de medicina y de medicamentos. Nunca supieron cómo había aprendido todo eso, y cuando le preguntaban respondía que sus abuelos y padres le habían enseñado cuando era chico, pero el resto lo había sabido por experiencia propia. Tenía libros en la cabaña de Goya donde pasaba poco tiempo, por lo menos eso les había dicho. También se decía de él que sabía abrir los cadáveres y disecarlos. Las mujeres habían pensado siempre que eran mentiras, mucha gente era la que no quería a Valverde. En general sólo se le acercaban los que querían venderle o comprarle algo, pero daba la impresión de que era él quien los elegía.

      Lo vieron apartar la lona que cubría los cuerpos, parado en la proa y esparciendo cal para mantenerlos en el mejor estado posible hasta que llegaran a destino. Mara le había preguntado quién se los compraba, él había respondido que mucha gente: principalmente en los hospitales para que estudiaran los médicos, pero también otros que usaban partes para hacer medicinas. Los indios, sobre todo, sabían mucho de esas preparaciones. Por supuesto, también estaban los locos, pero a él eso no le importaba, mientras le pagaran. Estaba con el torso desnudo y con un pantalón negro. Parecía, por sus gestos, un sacerdote joven que llegaba de misión entre los indígenas, caminando con cuidado sobre las espaldas de los muertos y dispersando con sus manos el polvo del que todos venimos.

     Mara escuchó que algo decía. Intentó observar sus labios, pero estaban quietos. La voz, sin embargo, como un lamento in profundis, llegaba claramente a sus oídos. ¿Venía desde el río, viciado aún de tablas, ramas y suciedad, y también da algunos otros cuerpos que seguían reflotando? Entonces miró a su lado, porque creyó ver al viejo acodado junto a ella. Pero no había nadie, y desde la bodega se escuchaban los martillazos sobre la maquinaria. La oración, porque eso era, continuó molestándola, haciéndose más fuerte en su oído derecho, y hasta la voz era más clara. Era como la que recordaba haber oído en misa cuando la familia iba a veces allá en el pueblo de España. Un dejo profundo y lamentoso de oraciones en latín, incomprensibles, pero que se arraigaban en la memoria por su insistente monotonía. Y de pronto reconoció la voz de joven Tonio. Miró a su lado, exploró con la vista casi toda la cubierta, pero la voz prácticamente estaba susurrando en su oído. Hasta sintió el olor de la piel. Tonio seguía enojado, pero su voz era lacrimosa. ¿Sufría, quizá, e intentaba decírselo? ¿La estaba culpando?

     - ¿Por qué no viniste antes? ¿Qué querés? -preguntó ella en voz alta, al aire que la rodeaba.

     La brisa le contestó, trayéndole el olor desde el bote, y algo del polvo de cal que Valverde seguía tirando. Entonces parte de esa cal se depositó sobre la baranda, y luego en el aire fue formando una figura de hombre. Primero la cabeza, los hombros, los brazos apoyados, la espalda. El polvo se asentaba y dibujaba los contornos.

      Mara retrocedió. No iba a dejar que la tocara. Recordaba haber escuchado a la vieja Sottocorno, cuando la llevaron, que una cosa era contactarse con un muerto, y otra muy distinta dejar que la tocara. De eso, muchas veces no se volvía. Ellos buscan algo, ellos hablan y se comunican como pueden. Ellos sufren porque no pueden decir lo que les pasa. Necesitan aferrarse a algo, manotean en su espacio y no pueden asirse a nada de lo que antes les resultaba concreto. Pero cuando una de ellas, las brujas, los ve como si fuesen tan concretos como antes, es como si no hubiesen muerto. Por un instante se crea la íntima relación entre dos creencias basadas únicamente en la apariencia de los sentidos. Porque mientras todo es apariencia, también todo es real. La realidad se basa en la seguridad de los sentidos, los pasamanos que tranquilizan la conciencia y atenúan el miedo cubriendo con un barniz de números y colores a la ignorancia. Los colores atraen, los números explican. Y finalmente el contacto convence. Cuando nos damos cuenta, ya es muy tarde. Ellos nos han llevado al otro lado, o nos poseen irremediablemente.

    La voz de la vieja Sottocorno fluyó en su memoria con tal claridad, que fue como si hubiese regresado a esa casa sin techo en el campo de su infancia. Corrió hacia la entrada a la cabina. Las mujeres estaban acostadas sin hacer nada en la cubierta, y al verla le preguntaron si le pasaba algo. No contestó. Se apoyó en el marco, mirando alternativamente hacia adentro y hacia el río. José era un cuerpo real que calmaba su inquietud. No iba entrar, no quería ceder, pero verlo allí le hacía bien. En cambio, los cuerpos en el río aún la inquietaban. No sabía qué hacer con ellos, porque pensaba que la buscaban para pedirle algo que ella no podía o no quería entregar. ¿Cómo contestar a sus preguntas? Mara sentía que estaban más asustados que ella, y ese susto no tenía pausas. Era, quizá, como el dolor de José expresado en su cara sufriente. ¿Cómo se vería él con tal dolor durante años y años, siempre igual? El cuerpo se acostumbra, la materia es así. Pero los muertos no tenían una materia que siguiera las leyes de la fisiología, las reglas de la química o las cicatrices de la anatomía. El dolor de ellos nacía de la ausencia que todo lo abarcaba, del vacío opresivo a la vez que vertiginoso, de lo perdido y de lo amado al alcance de unas manos ya inexistentes: nunca más olido, nunca más oído, nunca más tocado. El dolor de la presencia inalcanzable, el dolor de la ausencia como una piedra filosa que no puede despegarse de la mano.

     

     Durante las noches de la semana siguiente ellas durmieron en la cubierta, no les molestaba, según dijeron, porque hacía mucho calor para dormir en la cabina. El agua se estaba agotando y el río era todavía un pequeño mar sin orillas. De vez en cuando pasaban junto a las islitas formadas por las copas de los árboles, y con suerte encontraron nidos que se habían mantenido intactos, con aves muertas que aún podía consumirse. Intentaron pescar, pero sólo levantaban pescados podridos o restos de basura.

      Las mujeres aparentaban indiferencia por la salud de José, pero Valverde sabía que si habían cedido el lugar era por algún leve sentido de remordimiento. Pasaba casi todo junto al jergón, lavando el cuerpo y cambiándole los paños varias veces al día. Le daba de beber, pero la mitad de las veces el agua se desperdiciaba porque no podía tragar. Casi no habría los labios porque estaban muy hinchados, y sólo emitía carraspeos con la garganta seca. Valverde lo revisaba con esmero: el pulso, la frecuencia de los latidos y la respiración. Le daba vuelta cada ciertas horas para que la piel no siguiera lesionándose, pero no pude evitar que se formaran úlceras en las llagas.

      En la mañana del domingo siguiente, ya llevaban ocho días a la deriva. Los pájaros carroñeros habían aparecido varios días antes, dando vueltas alrededor del barco. Los cuerpos del bote los atraían, sin duda, pero por ahora tenían suficiente con los restos que flotaban en el resto del río. Había muchos insectos que invadían el barco. Las mujeres se divertían matándolos, pero se espantaban de las arañas. Sólo Mara no les tenía miedo, las aplastaba con los pies calzados o desnudos. Hubo ratas que debieron llegar a bordo luego de viajar sobre maderas. El viejo no desperdiciaba la oportunidad de matarlas y cocinarlas. Lo hacía tranquilamente, y Valverde recuperaba entonces su sarcasmo, lo que era signo de que abandonaba por un tiempo su pesadumbre y restablecía por unas horas su buen humor. El viejo se sentaba a comer en el suelo, y extendía la mano con un pedazo de carne en el extremo de su cuchillo, para compartir con las mujeres y burlándose de ellas cuando mostraban asco.

      Ese mediodía había cocinado dos ratas grandes, y cuando estuvieron listas, preparó dos platos de lata y colocó uno a su lado con un pedazo de carne. ¿Era una invitación para alguien? Mara aceptó lo que creyó un desafío. Se sentó al lado del viejo, junto al plato. Tonio la miró con ofuscación, ella intentó reírse acercando la mano al trozo de carne. Pero ya no estaba. Sintió escalofrío, y escuchó que las mujeres la aplaudían. Festejaban su valor.

     -Pero si yo no…

     Entonces fue cuando aparecieron las moscas.

     Era el enjambre más grande que jamás hubiese visto, ni siquiera en el campo de España donde eran tan habituales los estragos hechos por las langostas. Aparecieron de repente, casi sin que se oyera zumbido alguno, como si hubiesen aparecido desde el mismo río. Rodearon el barco y todo lo que podían ver del cielo. Mara se levantó y buscó lonas y telas con las cuales taparse. Las mujeres quisieron entrar a la cabina, pero cuando ella las precedió, vio que todo el cuerpo de José estaba cubierto de moscas, atraídas por las llagas. Valverde se abrió paso entre las mujeres, pero ellas se apartaron al ver la forma en que las moscas parecían estar comiéndose a José. Mara comenzó a espantarlas con las manos, pero no podía hacerlo sin tocar y rozar el cuerpo y él comenzó a gritar de dolor. Valverde le gritó que le arrojara agua, y ambos entonces la sacaron del barril con dos recipientes y se lo arrojaban encima. Las moscas se apartaban, pero el enjambre no cedía y otras muchas volvían a asentarse sobre las úlceras. Entonces él le dijo que siguiera tirando agua mientras él le untaba el cuerpo con un ungüento. Tardaron más de media hora mientras hacían una y otra vez lo mismo. El agua del barril finalmente se acabó, pero Valverde había alcanzado a cubrir casi todas las heridas. Las moscas eran ya menos, pero daban vueltas alrededor de ellos ahora que no podían asentarse sobre el cuerpo de José.

     Mara y Valverde estaban agotados, y escuchaban afuera los gritos y las protestas de las mujeres. El viejo no se había movido de su sitio, la pequeña fogata donde había cocido a las ratas lo había protegido un poco de las moscas, pero junto a él había algo que no comprendían. Las moscas se habían asentado en el aire y formaban el contorno de un bulto impreciso. El viejo se propuso entonces espantarlas con un trapo, y ellas se desprendieron de lo que fuese a lo que estaban adheridas. Durante el resto del día hizo lo mismo una y otra vez, mientras que en la cabina casi sucedía lo mismo: las moscas insistiendo con su insobornable tenacidad para aposentarse sobre las llagas. Mara, ya cansada, se sentó en el jergón, y no pudo más que observarlas caminar sobre las úlceras y frotar las patas delanteras con fruición. Eran verdes en su mayoría, y grandes. El zumbido era insoportable. Se espantó muchas muertas metidas en su cabello, pero principalmente trató de apartarlas de la cara de José. Se embadurnó las manos con el ungüento y comenzó a cubrir la cara de José, a la vez acariciándolo y limpiándolo de moscas. El cuerpo era como el de un muerto. Pensó en Santiago Espinoza y los fragmentos de cerebro que habían salido de su cráneo. Pensó en el joven Tonio y el cuchillo en su costado. Luego, en los golpes del palo astillado sobre la espalda y la cara de José, y en las patadas. Santiago ya no tenía una mente con la cual la conciencia de sí mismo pudiese persistir, porque eso era lo que decían las brujas: el alma no es únicamente inmaterial, y lo más cercano a lo inmaterial del cuerpo mientras estamos vivos es la energía inmanente en el sistema nervioso. Por eso la capacidad de los muertos por no abandonar el ámbito de los sentidos. Según le habían contado, había sido sepultado, y eso significaba paz para ellos. Tonio, sin embargo, era un resentido, y había muerto lúcido y en una pelea alimentada por la ira. Y no tenía más sepultura que el agua del río, que hincha los cuerpos hasta convertirlos en una pulpa de la que sólo gustan los peces carroñeros.

     José Menéndez Iribarne había llegado a su barco con toda su impronta de caballero español, cerrado a los sentimientos y a la expresión, austero, cínico y mentiroso, pero todo eso era compensado con la forma en que sus manos y su cuerpo la abrazaban, con la forma en los labios de él la besaban. La barba y el pelo ensortijados, el vello del cuerpo, los contornos de sus hombros y su pelvis. El cuerpo de José hablaba por él, sin que pudiese controlarlo. Por eso durante las noches que durmieron juntos le agradaba, aunque la hiciera sufrir el escucharlo murmurar en sueños, el verlo mover las manos como su acariciara o luchara con alguien. Esos gestos y tales movimientos le hablaban más de él que todas las palabras que no quería decir. Mientras más ocultaba, más conocía ella del pasado a través de su cuerpo.

      Pero ahora no sabía lo que estaba pasando por la mente de José, ni siquiera si estaba despierto o consciente. No hablaba porque no podía, los labios estaban llagados. Las moscas habían empeorado el estado de las úlceras, y no había forma de apartarlas del todo. Daban vueltas dentro de la cabina. Valverde prendió fuego a una tela e intentó que el humo las mantuviese alejadas. Se había sentado en el cajón sobre el que había pasado la mayor parte de todos aquellos. En las noches estaba tan agotado que decidía costarse junto a José, tratando de no tocarlo, acurrucado contra el borde opuesto. Ella los había visto así al levantarse en medio de la noche, sedienta: dos hombres hastiados de su propia vida, insistiendo sobrevivir en la marea del remordimiento, y sólo descansaban dejando fluir los remotos pensamientos de inocencia y desilusión en esas horas de sueño profundo. ¿Qué soñaban?, se había preguntado ella. Y por instantes, en medio de la oscuridad y el silencio, toda una muchedumbre invadía la cabina. La obsesión, la obstinación, la inconformidad, la rebelión, la insubordinación ante la muerte: eso era Valverde. Pero en José había paz y guerra en una sucesión tan insistente que se hacía insufrible, el placer en la paz se convertía en culpa, y entonces llegaba la guerra. Y cada batalla lo endurecía más, y la dureza insensibilizaba la piel de su espíritu. El alma de José debía ser como su conciencia: irritada por el placer de pronto interrumpido por la culpa, y el displacer obligado a ser recibido como el único elemento de expiación. El alma de José era como el fruto amargo de su cuerpo.

      Durante toda la noche de ese domingo hasta el lunes a la mañana, ella se acostó junto a él. Puso su única mano sobre el pecho de José, suavemente, dispuesta a apartarla en seguida que lo viese sufrir. Lo sintió respirar muy quedo, pero sabía que él se daba cuenta de quién era la mano que se apoyaba. Quizá se muera, pensó ella. Lo habré matado, como a los otros. Ya no lo sentiría dentro suyo nunca más, cuando el éxtasis no era solo del cuerpo, sino una sensación de estar siendo habitada por toda una selva donde los árboles eran altas catedrales, y entre el verde follaje se esparcía el canto de oraciones elevadas al cielo desde la hojarasca. Cuando él se apartaba de ella, podía sentir el dulce olor de la carne antigua bajo las hojas secas: en el fondo siempre había cuerpos muertos de animales asesinados o irremediablemente enfermos.

      Pensó en Elsa. Nunca vería de vuelta a su hija, nunca tendría otra. Había aborrecido y desechado la idea. José tenía razón: Mara mataba lo que amaba.

       Durante todo el lunes las mujeres se tumbaron en cubierta, unas quejándose, otras lloriqueando porque pensaban que iban a morir. Luego se calmaban y buscaban tareas que hacer. El viejo seguía obstinado en arreglar la maquinaria. Valverde, ahora que Mara se ocupaba del enfermo, había ido hasta el bote y regresado con un cuerpo. Lo vieron subir con esfuerzo el cadáver envuelto en una bolsa de arpillera, luego abrió la escotilla y se metió en la bodega. Nadie preguntó qué iría a hacer.

      Esa noche José abrió los ojos por primera vez en muchos días. Los párpados ya no estaban tan hinchados. Mara lo vio y le sonrió.

     -José-dijo. - ¿Cómo estás?

    Conocía la necedad de la pregunta, pero qué otra cosa decir. Él intentó hablar, tosió y se contrajo de dolor.

     -Apaleado, me siento.

     Ella se rio, y se contuvo. Pero ahora sabía que él no se iba a morir.

     José tenía la vista fija en ella.

     - ¿Llorando…?

      Ella sabía que, bajo las cicatrices nuevas, él sonreía. Entonces empezó a hablarle como a un chico. No puedo evitar contarle lo que había pasado después de los golpes, y no pidió perdón por eso. Ella hablaba y hablaba, y se dio cuenta de que no podía parar. Estaba en un estado que pocas veces había conocido. Terminó diciéndole que el viejo y Valverde trabajaban uno cerca del otro: uno intentando resucitar una máquina, el otro buscando tal vez lo que quedaba vivo en un cadáver. Mencionó que Valverde les había contado que el alma está en un sitio del cerebro, como un corpúsculo. ¿Buscaría eso?

     José despertó de su silencio:

     - ¿Por qué buscar lo vivo entre lo muerto? - dijo. -Eso dicen que habló Jesús luego del resucitar al tercer día.

     Le costaba hablar, y ella le dio un sorbo de agua. Estaba flaco y le preguntó si tenía hambre.

     - ¿Ratas?

     Mara se rio. Él había escuchado mucho de todo lo que había pasado en cubierta.

     -Valverde te cuidó como un médico.

     -Es más que un médico- dijo él, y cerró los ojos, cansado.

     Durmió todo el resto del día y al siguiente. El miércoles lo despertó el ruido del motor. Miró hacia un costado y vio que el río se desplazaba y contempló la sombra del humo sobre el agua.

      Mara entró a la cabina trayendo buenas noticias. Estaba radiante y bella por primera vez en mucho tiempo. La hosquedad y el malhumor desaparecían cuando estaba con él. Ahora no lo molestaba, su cuerpo se estaba recuperando y necesitaba las caricias de ella.

     -Estamos en camino a Corrientes. El fin de semana llegamos y Valverde entrega los cuerpos, y ya tendremos comida y agua. Debemos llevarte al hospital para que te vean los médicos.

     -Quiero que me cuiden ustedes. Ya no me hace falta más.

     -Pero…

     -No quiero saber nada de eso…

    -Seguís con miedo de que te busquen, ya sé…pero en el hospital ya todos nos conocen y nadie pregunta.

     -Pero a mí no me conocen como parte su grupo, tal vez sepan algo por mi hermano.

     -Ya deben estar en Buenos Aires esperando zarpar a Europa.

     -No. Se volvieron al norte en el Juan Manuel

     - ¿Y cómo sabés?

     -Me lo dijeron el día que fui a despedir a Carhué.

     - ¿Y qué te importan ellos ahora?

     -Tengo un hijo, Mara. O pronto voy a tenerlo.

     Ella se le quedó mirando. Estaba sentada en el cajón viejo. No, no iba enojarse. Él no estaba para eso en este momento, y además la sorprendió que finalmente le hablara de su vida. José le contó y ella sólo pensó en la mujer embarazada. No sabía si ella podría tener otro hijo, y eso le resultó tan improbable que de pronto el hijo de José fue más que una idea, una concreción.

     - ¿Querés que sea nuestro? -preguntó ella.

      Mara se desnudó y se acostó a su lado. Lo besó sin lastimarlo ni hacerlo doler.

      Y de pronto oyeron el grito del viejo.

      - ¡Barco a estribor!

      Ella salió desnuda a cubierta, las mujeres se rieron y Valverde se paró de brazos cruzados, contemplándola. Mara estaba apoyada en la barandilla, con la mirada extasiada observando el inmenso barco quieto junto al que ellos pasaban. Vio la poca actividad en cubierta, nadie se asomó a verlos.

    Mara esperaba conocer a Altea. Ansiaba ver a esa mujer embarazada que llevaba al hijo de José, y se puso a reír, golpeando su única mano sobre la barandilla y agitando el muñón hacia el barco grande, desafiándolo. Habría querido abordarlo y terminar de una vez con ese asunto. No podía esperar, pero debía hacerlo. Sabía que el cielo estaba de su lado, el cielo de donde llegaban las moscas que seguían insistiendo, y que ya no eran enemigas. Ese cielo oscuro y ensombrecido de su infancia cuando los techos de las casas se derrumbaban.

     Las mujeres se unieron a ellas, desnudándose también, excitadas por la loca alegría de Mara. El cielo y el río, extensos y anchos eran como dos espejos en donde ellas parecían reflejarse, y hasta creyó ver que todas tenían alas formadas por moscas. Gritaron, intentando llamar la atención de ese barco que se jactaba orgullosamente de su importancia, que se esmeraba en ignorarlas con su silencio, insultándolas y despreciándolas, desafiándolas con la diferencia abismal que los separaba.

     Nadie, sin embargo, se asomó a observarlos.

     No fueron suficientes ni los gritos de unas cuantas mujeres desnudas saltando y riendo como desquiciadas, ni el aspecto extraño del pequeño barco que parecía habitado de moribundos y locos, y que detrás arrastraba un bote lleno de cadáveres apilados unos sobre otros, algunos con las piernas y brazos colgando a ras del agua y formando una estela turbia de agua sucia.

     Y tanto sobre el barco como sobre el bote seguían rondando las incontables y empecinadas moscas, imperecederas comerciantes de la muerte.

 

 

 

6

 

 

 

Natacha lo cubrió con la manta que uno de los hombres le había traído. Lo abrazó, frotándole los hombros que temblaban, creyendo ella que por causa del frío, pero el sol de enero era intenso y se reflejaba despiadadamente sobre el río revuelto. Todavía se veían algunos yacarés buscando algún resto del cuerpo, y la sangre se estaba diluyendo rápidamente. Ella miraba el agua, pero aún no podía angustiarse por Ariel, Manuel lo necesitaba. Ese hombre que había salido corriendo desnudo para alcanzar al chico parecía necesitarla más que nunca.

      Manuel lloraba, intentando taparse la cara con las manos, siempre temblando y sollozando con un gemido agudo que se fue enronqueciendo a medida que la garganta se lastimaba. Natacha le decía que se calmara, que por favor se tranquilizara porque se iba a enfermar nuevamente. Pero Manuel se dejó caer de rodillas y logró al fin taparse la cara con las manos fuertemente, tanto que ella no logró apartarlas ni atisbar la expresión en el rostro. La manta se deslizó por la espalda y ella volvió a acomodarla.

     -Vamos, querido, vamos adentro…-le decía suavemente, para que sólo él la escuchara. Miró de reojo a los demás, temiendo por un instante revelar algún signo de debilidad, porque estaba acostumbrada a manifestar su fuerza de una manera muy distinta. Creyó descubrir en los otros un cruce de miradas confundidas.

      Julio se acercó a y empezó a hablar a Manuel. Entre ella y Julio lo levantaron, ayudándolo de los brazos y sosteniéndolo por los hombros y la cintura. Los tres caminaron hacia el camarote. La luz del sol iluminó entonces la cara de Manuel, y entonces ella vio esa extraña expresión que no era angustia ni dolor, sino pleno terror.  Cuando entraron, vio la sangre en la cama y en el piso, y vio el hacha.

      Ella se detuvo, los hombres dieron un paso más y la miraron. Manuel sabía lo que ella estaba viendo, y el viejo Julio adivinó todo de inmediato. Manuel estaba ahora en sus manos, sólo él podría protegerlo de la ira de Natacha.

       Ella corrió hacia la mano muerta de Ariel, caída en el piso junto a la cama. Al principio no gritó ni lloró. Agarró la mano entre las suyas y apoyó la palma muerta sobre su mejilla derecha. Ahora sí lloraba y sonreía. Tenía los ojos abiertos mirando al vacío. Luego alzó la mirada hacia el crucifijo en la pared. Estaba de rodillas, y así se desplazó hasta ubicarse a sus pies. Se dio vuelta, viendo cómo Manuel era acostado en la cama manchada, con las sábanas revueltas y sudadas. Se desplazó, siempre de rodillas hacia la cama.

     -Señora, por favor…-dijo Julio, intentando ayudarla a levantarse. Ella sacudió los brazos para defenderse, mirándolo con encono. Cuando llegó a la cama, olió las sábanas, y su cara se transformó en una especie de calidoscopio de expresiones que fueron sucediéndose hasta confundirse unas con otras, pero todas llevaban el sello inconfundible de los mártires, cuyas imágenes había estudiado a lo largo de su vida en las iglesias de Varsovia y en Buenos Aires. Máscaras de porcelana, de cerámica o de madera, donde la piel agrietada de las mejillas se cuarteaba en infinitos fragmentos diminutos conteniendo cada uno la esencia del mártir. Los ojos abiertos mirando hacia un punto incierto del cielo, la mirada acongojada, melancólica, y sobre todo piadosa. Las manos de los mártires juntas o separadas en actitud de rezo, los dedos a veces trisados, y en ocasiones faltaba, también, una mano.

      El rostro de Natacha adquirió entonces el semblante de la piedad, como la de aquellas vírgenes cubiertas de un manto negro y una corona de espinas, con lágrimas de sangre en las mejillas. El olor de Ariel en las sábanas era lo único que le quedaba de su hijo, por eso puso la mano muerta sobre la cama. Se levantó apoyándose en el colchón, y rechazando la ayuda de Julio. Comenzó a recoger los bordes de la sábana y envolvió con ella la mano del chico. Cuando ya era un bulto, lo abrazó contra el pecho y apretó la cara sobre la tela.

      Manuel estaba tirado en la cama, reteniendo el llanto o cualquier ruido que llamase la atención de ella. No se atrevía a mirarla, ni siquiera sabía cómo evitar abrir los ojos, porque cada vez que los cerraba veía la cara de Ariel en el instante justo de bajar el hacha. Entonces supo que ella lo estaba mirando, y como si lo llamara, él levantó la vista hacia Natacha.

      Ella estaba al pie de la cama, con la sábana arrollada apretada fuertemente contra el pecho, y parecía la viva imagen de la Virgen de los Dolores. Pero a pesar de la máscara piadosa que se regocijaba en imponerse, había en sus ojos un remolino de viento turbio que nacía del centro del iris, creciendo como un espiral que arrastrara hojas y tierra. No había expresión en la mirada de Natacha porque estaban enturbiados por la suciedad de lo que estaba pensando.

      El olor de Ariel estaba todavía en esa cama, lo mismo que algunos de sus lápices dispersos por el piso. Manuel sintió el aleteo que otras veces había escuchado. ¿Venía de ella, de sus ojos, del remolino que dispersaba suciedad? Sintió, por un instante, el olor de la selva llena de árboles que se sacudían por impulso del viento, y todos los pájaros levantaban vuelo. Y no era de día, sino una noche oscura donde los murciélagos iban de rama en rama.

      En esa habitación era de noche, pero afuera la mañana era espléndida en resplandor. Adentro el ruido del viento y el aleteo eran inmensos, chocando contra las paredes con cuerpos invisibles quo que despedían el aroma acre de las heces. Intentó levantarse, pero no hizo más que arrodillarse sobre la cama y juntar las manos en un rezo dirigido a ella, la nueva Virgen de los Dolores, cuyas lágrimas eran de barro.

      Sintió los brazos de Julio intentando acostarlo, pero él se resistió, pidiendo perdón, aunque se hubiese propuesto no decir nada, porque sabía que toda palabra de su parte no sería más que un nuevo insulto. Y cuando la vio tan tranquila, observándolo con una indulgencia que tenía todo el entramado de lo artificioso, volvió a taparse la cara con las manos, rezando un Padrenuestro. Cuando estaba por la mitad, una mano de Natacha le tocó la cabeza, como bendiciéndolo, y Manuel levantó la vista mientras decía: “…como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden…”, pero no alcanzó a decir “amén”.

      La mano no era de Natacha.

      Ella había desenvuelto la mano muerta y la había apoyado sobre su cabeza.

 

      Durante todo el día el barco no se movió. Los hombres daban vueltas por cubierta, algunos esperando órdenes, otros bebían, y para la noche ya estaban borrachos. Habían visto a Natacha salir del camarote de Manuel con una sábana enrollada y manchada con sangre, con la cabeza baja, y hasta alguno creyó ver que caminaba por el pasillo hacia su habitación besando la sábana. Otros contaban que Manuel estaba en la cama desde el mediodía, con fiebre.

       Durante la tarde lo escucharon gritar, y cuando alguno golpeaba la puerta para preguntar, o simplemente para esperar órdenes, Julio abría la puerta y los miraba con desprecio.

      - ¿Qué quieren? - preguntaba. El que había golpeado intentaba ver el interior del camarote, pero sólo veía una luz junto a la cama. Manuel estaba acostado, dando vueltas, deshaciéndose de las frazadas y las sábanas, sudando y gimiendo. Se sacudía el pelo constantemente.

      - ¿Hay algo que podamos hacer?

      Otros dos hombres estaban detrás junto a la puerta, también atisbando lo que pasaba adentro.

     -Nada, sólo esperen y hagan su trabajo de siempre.

     - Pero ¿cuándo volverá el capitán…?

     - ¡Y yo qué sé! - dijo Julio, y cerró golpeando la puerta.

     Volvió junto a la cama, se sentó en la silla en la que había pasado toda la tarde. Limpiaba el sudor del enfermo, volvía a taparlo cada vez que se destapaba, e intentaba, también, que no se lastimara. Manuel sacudía los brazos y se golpeaba la cara, pero siempre con los ojos cerrados, como si intentara sacarse algo de la cabeza y no coordinara los movimientos. Ya lo había visto enfermo pocas semanas antes, pero ahora era peor, y en ambas oportunidades había sido después del contacto con Natacha. La primera vez, al saludarse, había visto el estremecimiento de él, por más que luego ella se hubiese dedicado a cuidarlo; y luego ahora, cuando después de que ella retirara y envolviera de nuevo la mano muerta con la sábana, él perdió el conocimiento, y desde entonces no había hecho más que tener pesadillas, gritar y sudar.

     Lo hizo beber tanta agua como pudo, sujetándole la espalda contra la pared, abriéndole la boca con una mano y dándole de beber con la otra. Manuel se sacudía y volcaba casi todo el líquido. No soportaba ninguna tela encima, la piel le ardía y sólo toleraba los paños fríos que Julio había cortado con una vieja camisa de seda del capitán Mendoza.

      Julio sabía lo que le pasaba. No era una enfermedad del cuerpo, sino que el alma que se estaba devorando a sí misma. ¿Estaba el alma en algún sitio de la mente? ¿Qué era la mente, sólo el espacio ocupado por el volumen del cráneo, o involucraba toda la funcionalidad de un hombre, su cuerpo y su conciencia? Había leído mucho sobre eso cuando era estudiante, pero luego el cuerpo y sus enfermedades ocuparon todo el tiempo de sus manos de cirujano. Demasiado para soportarlo, y por eso se convirtió en un borracho inútil que sólo servía para tratar a las putas cuando estaba en tierra, y cuando se hubo cansado de ellas, sólo sirvió para corregir los huesos rotos de los marineros y coser sus heridas. Únicamente Mendoza había confiado en él, lo mismo que hizo con Tomasa, la vieja esclava. Mendoza reunía los deshechos: hombres y mujeres que habrían muerto de hambre en alguna pocilga de pueblo, reunidos en un barco que también era viejo y declarado inservible hasta que él lo rescató del astillero en que estaba abandonado.

     Julio no abandonaría al enfermo, porque Manuel era un huésped del hombre que lo había rescatado de entre las ratas. Eso era él cuando Mendoza lo encontró en Paraná, un mendigo que había sido médico cirujano alguna vez, tirado entre botellas y con ratas dando vueltas por toda la habitación que debió haber sido su nicho mortuorio. Julio Ruiz, médico cirujano graduado con honores en La Sorbona y único alumno extranjero que Charcot había aceptado en La Salpetrierre, había olvidado la mitad de lo aprendido cuando fue nombrado médico de a bordo y segundo al mando de un barco que había pertenecido a la flota de Napoleón. ¿Qué significaba todo ese rescate del pasado en que Mendoza se había esmerado? Como si quisiese rescatar su propio abolengo ya muerto para siempre. Y a ese teatro había llevado una esposa tan extranjera como extraña, y un hijo que, por más que cualquiera intentase desmentirlo, no era suyo.

     Pero cuando Julio Ruiz usó otra vez sus manos, se dio cuenta que ellas recordaban lo que habían tocado: cuerpos muertos y vivos, pústulas y sangre, huesos y carne herida. Habían hecho callar muchos gritos y sentido mordeduras, habían sufrido como sus ojos tras horas buscando en el interior de los cuerpos las causas de la muerte. Y en ese trabajo recuperó la confianza en sí mismo.

     Por eso no abandonaría a Manuel, por más que hubiese hecho lo que hizo. No era él quien, para juzgarlo, para esa tarea estaba la esposa del capitán.

 

 

 

*

 

 

 

Natacha salió del camarote y caminó por el pasillo con la cabeza gacha. Sus labios tocaban la sábana enrollada. El pelo estaba atado pero varios mechones se habían soltado y le tapaban parte de la cara. El vestido negro estaba sucio y desgarrado en un sector bajo de la falda. Mientras caminaba, casi sin mirar adelante, porque parecía tener los párpados cerrados, la tela rota se arrastraba por el piso de madera recogiendo polvo y sombra. La misma figura de Natacha era como una sombra que se desplazara dentro de otra sombra que era el interior del pasillo, oculto al sol del mediodía. Sólo era evidente su silueta por el leve resplandor opaco que era la sábana sostenida contra su cuerpo como si fuese una reliquia.

     Eso era ahora la mano de Ariel.

     Entró a su habitación, cerró la puerta y se sentó en la cama. Aflojó los brazos y puso la sábana sobre su falda. La desenvolvió lentamente, pero la sábana era grande y la mano cayó al piso. Natacha dio un grito gutural, muy bajo, un lamento en realidad. La levantó y la llevó hasta el mueble donde estaban las imágenes de santos y de vírgenes, justo bajo el crucifijo que colgaba en la pared. Corrió con cuidado las figuras de barro y cerámica que había conseguido en Santa Fe y en Buenos Aires. Algunas eran hechas por los indios, pero a ella se las había traído Máximo, porque él sabía cómo le gustaban. Era lo único que habían compartido con su marido, momentos de paz en los que ella, aun sabiendo que él lo hacía para conformarla, los aceptaba como una comunión entra ambos. El resto del tiempo habían sido discusiones y silencio, y éste resultaba lo más hiriente de su matrimonio.

      Apoyó la mano muerta, manchada de sangre, que nunca lavaría, sobre el mueble, y vio la estatuilla de porcelana que había traído de Varsovia. Era una imagen de la virgen de Czestochowa, la virgen negra que señala el camino de cada uno. Y por eso fue casi lo único que pudo rescatar de su casa de Polonia y traerla a América cuando se casó con Máximo. La simbología podía ser controvertida, se dijo muchas veces, mientras tomaba la figurilla entre sus manos y la palpaba, pero de algún modo le había marcado el camino hacia esta tierra que tanto aborrecía, pero que se había empecinado en amar porque sus habitantes se parecían tanto a la Virgen. El mismo color cetrino de la piel era más que un símbolo, era una evidencia de que ella, Natacha Krakovsky, debía estar allí, en una tierra de selva y río, entre hombres y mujeres incultos que no sabían más que cazar y procrearse. Una tierra donde las ciudades eran una pésima imitación de Europa y donde los más civilizados eran únicamente capaces de escribir panfletos y malos versos. Allí había nacido Ariel, rubio y con una piel tan blanca como la leche. Se había dicho a sí misma, cuando lo vio en la cuna junto a su cama el día que nació, que era como un ángel. Así lo habían dicho también los peones y las sirvientas que trabajaban en la chacra de Santa Fe.

     Y la mano blanca, más pálida ahora que nunca, a pesar de la suciedad, posó desde entonces en ese mueble para que ella pudiese rezarle, y colocó la imagen de la virgen a su lado. Se arrodilló y juntó las manos, pero como estaba muy cansada las apoyó en el borde del mueble y recostó su cabeza sobre ellas. Creyó dormirse, pero no importaba, porque así le era más fácil recordar la casa de Varsovia donde vivía con su padre.

    

      El viejo Alexei Krakovsky era un hombre hermoso, así siempre lo vio ella, por además todos lo decían en la ciudad, la institutriz que la cuidaba, las señoras que venían a visitarlo en las veladas de los sábados. Natacha tenía quince años cuando comenzó a presidir esas veladas que transcurrían en la planta alta de la casa de Varsovia durante el invierno, y en la quinta en las afueras durante el verano. Fue en esa época cuando comenzaron las revueltas de los cosacos, y ella había escuchado, entre el rumor de los vestidos y la música del violín y el sello que armonizaban esas tardes, las protestas en voz baja y las malas caras de los hombres que formaban el círculo alrededor de su padre.  Pero él había decidido no hacerles caso a esas revueltas, al fin y al cabo, siempre había habido y habría revoluciones porque el pueblo polaco nunca estuvo conforme con nada, y su familia y su patrimonio siempre habían sobrevivido. Con eso terminaba su argumento, y ya ninguno de los otros se animaba a contradecirlo, por más que pusieran malas caras. Por eso, las veladas siempre terminaban bien, con ellos dos parados junto a la puerta y despidiendo a cada uno de sus invitados, como marido y mujer. Eso llegaron a ser en el concepto superficial que los demás es formaban de ellos. “Alexei y su mujer…”, decían las mujeres, y pronto se rectificaban con una sonrisa que demostraba todo menos benevolencia: “Alexei y su hija.”    

      Natacha había llegado a ocupar, a sus quince años, el puesto que su madre habría debido cumplir en esas veladas de sociedad, si no hubiese muerto cinco años después de que ella nació. Ahora que era grande, poco recordaba de su madre, sólo algunos tonos de su voz cuando le cantaba canciones de cuna, o el olor del pelo cuando se abrazaban. Ni siquiera recordaba su cara con claridad. Todo lo que sabía de ella se lo había contado su padre, y la nodriza que la había cuidado desde su muerte. “Era una mujer débil”, dijo el padre. “Era una muñeca a la que le gustaba jugar con muñecas”, dijo la nodriza. Natacha nunca preguntó más, porque no lo necesitaba. Ella era la señora de la casa, y aunque oficialmente ocupara ese puesto al cumplir los quince, ya desde siempre había sido la dueña. Los sirvientes se esmeraban en cuidarla, y ella sabía que su padre estaba detrás de todas aquellas atenciones.

     Recordaba, sí, que ella dormía con su madre todas las noches. Y haciendo memoria, a veces creía acordarse de verla en vela, mirando el vacío en la oscuridad del cuarto, a veces temblando, a veces hablando sola, o tarareando una melodía. Cuando ella murió, esa noche la dejaron sola en la habitación que le habían dado desde su nacimiento, donde jugaba y recibía lecciones, pero en la que prácticamente no había dormido.

     Tenía cinco años, eso le habían dicho, pero siempre pudo recordar con certeza el momento en que la nodriza apagó la luz y cerró la puerta. La sensación de soledad fue tan intensa, que más bien fue como caerse al vacío. Apoyó la cabeza en la almohada, y sintió hundirse mientras sus brazos intentaban agarrase a algo que no existía. Y cuando el vértigo se detuvo, sólo porque se esforzó en abrir los ojos, gritó y lloró llamado a su padre. La sirvienta llegó primero e intentó consolarla, pero fue cuando Alexei apareció en la puerta con el pelo rubio revuelto, el torso desnudo y en calzoncillos largos, cuando ella lo vio y lo llamó.

     El padre la levantó en brazos y la llevó a su habitación. Casi no tenía memoria de lo que pasó esa noche, se había dormido inmediatamente en que la apoyó en la cama y la cubrió con la manta. Al despertar, su padre no estaba, pero sentía la calidez de su cuerpo aún en las sábanas. Miró la habitación, tan diferente al cuarto de su madre. Las paredes tenían un revestimiento de colores oscuros y formas geométricas. Junto al ventanal, había un escritorio lleno de papeles y carpetas, un tintero y una lámpara. En las paredes muchos libros en estantes altos y extensos. Un sillón estaba junto a una mesita de noche. El aspecto era sobrio, aunque no lo pensó de esta manera en ese momento, sin embargo, le agradó. Todo en ese cuarto no mostraba más que una sensación de seguridad: la luz entraba de la forma adecuada iluminando los libros y el escritorio, la cama estaba muy cerca y sin embargo no distorsionaba la idea del estudio y el pensamiento. De algún modo, ya en ese entonces sabía lo que descubrió mucho después, cuando supo leer y comenzó a explorar esos libros, subiéndose a una silla, sacándolos de los estantes y hojéandolos primero, luego leyendo las primeras páginas, y después, ya sentada en el suelo, pasando una tras otra hasta el final.

       Pero aquellos que la extasiaban especialmente eran los que tenían figuras de santos y de vírgenes. En su exploración se había encontrado con libros de botánica, de astronomía, de zoología. Todos abundaban en incontables ilustraciones, pero ni siquiera las figuras de los animales exóticos atrajeron su atención demasiado tiempo. Una y otra vez volvía a los libros religiosos. No a la biblia, sino a los santorales y a las vidas de los santos. Leyó a San Agustín y a Santo Tomás, en traducciones o en latín, porque así su padre se lo había permitido. Pero lo que la atraían eran las historias de los mártires. Leía una y otra vez los encarcelamientos y las flagelaciones, las muertes en las hogueras o los desmembramientos, y buscaba con ansia las ilustraciones en las siguientes páginas, y cuando no las encontraba, apartaba la vista al vacío sobre el libro, y las imaginaba.

     La nodriza y la institutriz querían convencerla de que saliera al parque y jugara con otros niños, pero por más que intentara obedecerlas, regresaba a la habitación cuando ya nadie la vigilaba. Le contaban al padre lo que pasaba, y él iba a verla. Se sentaba a su lado en el suelo, le quitaba el libro de las manos, sin brusquedad, y lo cerraba marcando la página pendiente con una pluma o simplemente con un trozo de tela, porque eso era lo que hacía con sus propios libros.

     -Lo bueno de los libros, Nati, es que no se ofenden si los haces esperar, y siempre estarán aquí.

     La abrazaba fuerte, eso lo recordaba tan bien porque hubo ocasiones en que se sintió tan oprimida que no podía respirar, pero era solamente una idea tonta, porque en realidad lo que se sentía en esos instantes era lo que más tarde llamó éxtasis. La palabra la había encontrado en un santoral que describía las flagelaciones de algunos santos como momentos de éxtasis espiritual. El cuerpo en comunión con el espíritu, esos eran los momentos en que Dios y los hombres eran uno solo, y por eso Jesús había sufrido tales tormentos.

      Sí, su padre era como una deidad: fuerte, de piel cálida y bello como un dios escandinavo. Y ella en tales momentos, cuando se sentía abrazado hasta el punto en que su corazón se aceleraba y el miedo crecía, experimentaba lo más cercano que podía a lo que los santos habían sentido: el éxtasis de la muerte cercana, y luego el alivio, que era casi una resignación.

      Durante los siguientes diez años siguió durmiendo en la cama del padre. Su propio cuarto se había convertido en una especie de estudio al que hizo llevar algunos libros de Alexei y otros que sus amigos le regalaban. Tenía pocos, porque las niñas de su edad la evadían al consideraba extraña. Pero esta misma sensación excitaba la curiosidad de los muchachos, que veían en ella una especie de amigo con el cual podían hablar de cosas serias y a la vez podían hacer juegos de palabras que rondaban lo sensual. Cuando iban a visitarla a su cuarto, nadie se los impedía, y ni la culpa ni los resquemores brotaban entre ellos. La cama estaba siempre tendida, contra una pared, y ellos conversaban, y hasta a veces bailaban alrededor de la mesa de escritorio, al ritmo de una flauta que alguno siempre traía y tocaba.

      Las mujeres de la casa veían con malos ojos la costumbre de dormir en la cama del padre, pero pocas veces se animaron a decirlo. Alexei se reía de ellas, y mirando a Natacha, ambos se sonreían de la ingenuidad de las otras.

      Una mañana Natacha se despertó asustada. La sensación de hundirse que había tenido la noche después que murió su madre, había vuelto esa madrugada. Cuando abrió los ojos, Alexei estaba de espaldas. Contempló la piel de su padre, y extendió una mano para tocarlo, y entonces vio que tenía la palma manchada de sangre. Separó las sábanas y contempló las manchas rojas sobre las sábanas. Entonces lloró, porque había aprendido a no gritar ni quejarse innecesariamente. Alexei se dio vuelta, y supo lo que estaba pasando.

      Durante todo el día permaneció en su propia habitación. Escuchaba los pasos de las mujeres delante de la puerta. A veces golpeaban y preguntaban algo. Cuando llegó la hora de la cena, su padre entró. Ella estaba en su sillón, con un libro en las manos. Él se acuclilló a su lado, y giró la tapa para leer el título: “La circulación de la sangre” por William Harvey.  Él hizo silencio y se sentó en el apoyabrazos. Su cadera derecha se apoyaba casi sobre el hombro izquierdo de Natacha, que en ese entonces tenía doce años. Apoyó su mano fuerte sobre la cabeza de cabello oscuro de su hija. El contraste de tonos resaltó en la penumbra creciente de la habitación. El dorso de vello rubio de la mano y el cabello negro de la hija.

      Eran un complemento, no una contradicción.

     Decidió no hacerles caso a las mujeres, que lo habían molestado durante todo el día diciéndolo que la niña ya no debía dormir con su padre. Y como si ella hubiese leído su pensamiento, oyó su voz clara y serena, pero con un tono de angustia.

     -No van a dejarme dormir más en tu cuarto, ¿no es verdad?

     - ¿Qué saben ellas de lo que pasa entre nosotros? ¿Qué pueden entender? -  respondió él.

     Esa noche ella se quedaría ahí, y las mujeres cerraron la boca durante todo el día siguiente. Pero la habitación era tan fría y llena de recuerdos diurnos, que no pudo conciliar el sueño. La habitación bullía en sonidos de música y letras, y las voces de los libros hablaban al mismo tiempo. Se sentó en la cama, tapándose los oídos, luego los ojos y otra vez los oídos, y así una y otra vez. Cuando sintió frío se frotó los brazos, pero no intentó acostarse para cubrirse con las mantas. Estaba tan acostumbrada al calor humano durante la noche que la soledad de su cama era todo lo contrario al éxtasis: era el hundirse en un pozo sin fondo. Entonces se levantó, salió al pasillo y entró en el cuarto de su padre, que siempre había sido también el suyo. Se sentó en la cama. Él estaba dormido, pero pronto abrió los ojos y la miró. Su cara sonreía, y su boca decía algo así como “mi niña o mi pequeña”, pero ella sabía que tal vez lo estaba imaginando. La sombra de la noche no podía permitirle ver el rostro de su padre, pero sí podía dejarla sentir la fuerza de su mano al acariciarla, y el olor de su cuerpo que era una maraña suave de vello rubio. Se acostó a su lado, como siempre, y sintió el aliento de Alexei, y el roce de la barba en su mejilla. Y por un instante pensó que se moría, porque todo el peso del mundo estaba sobre ella. Si se había muerto, nunca lo supo, porque cuando llegó la mañana, Natacha Krakovsky había vuelto a nacer.

 

     El invierno siguiente al que cumplió quince años, Natacha tenía casi el aspecto de una señora casada. Quien no la conociera y la viera pasar casualmente por las calles de Varsovia, pensaría que era una mujer de tal vez dieciocho o diecinueve años que estuviese buscando en las tiendas de la Calle Mayor un vestido para su próximo casamiento. Pero ese invierno, las calles estaban distintas a otros años. La nieve había caído más precozmente, y una capa sobre otra iba produciendo una espesa capa de hielo sobre el empedrado. Se hacía difícil caminar, y más porque los chicos y los jóvenes daban vueltas y corridas, buscando escuchar las noticias que llegaban de las afueras. Pocas eran las mujeres que se animaban a salir de compras, y menos a pasear a tal hora de la tarde, cuando estaba por anochecer. Pero precisamente a esa hora llegaban los carros desde el campo, y los hombres se acercaban para saber qué novedades había sobre la revolución.

     Cuando llegó a casa, en la puerta había varios hombres. Muchos eran los amigos habituales de su padre, a otros nunca los había visto. Su llegada interrumpió frases inconexas y palabras que se hundieron en otras de saludo y reverencia hacia la señorita Natacha que, pidiendo permiso, se habría paso entre los cuerpos trajeados de  aquellos hombres jóvenes y viejos de la ciudad. Al entrar al recibidor, vio que otros varios estaban conversando, fumando sus pipas. Volvieron a saludarla, y sintió las miradas puestas en su espalda mientras siguió caminando hacia el cuarto de su padre. Sabía que allí él debía estar en reunión con sus amigos más íntimos, conversando seguramente sobre las últimas noticias. Se paró en la puerta, y no pudo evitar escuchar, hablaban fuerte, y a veces daban gritos airados, de ira o de impotencia. Podía hasta imaginar los movimientos de todos ellos, porque los había visto casi todas las semanas en las veladas de los sábados, y sabía la forma en que reaccionaban ante una ofensa o simplemente ante una opinión política o sobre la última obra vista en un teatro.

      Los cosacos habían tomado casi todas los todas las estancias y granjas de la región. Habían matado a los peones y vivían en las casas, violando a las sirvientas y matando al ganado. 

      Escuchó la voz de su padre, inflexible, negándose a partir de Varsovia. Había trabajado toda su vida por lo que tenía, y no iba a abandonarlo. Los instó a luchar contra la revolución, pero todos ellos no eran más que hombres de ciudad, y el resto hacendados que nada sabían de armas. La larga paz y la abundancia en la que habían vivido, escuchó decir a su padre, los había apoltronado en la comodidad, y ésta se había convertido en desidia.

      - ¡Mi hija tiene más coraje que ustedes! - dijo.

      Natacha se sobresaltó, mirando alrededor. Los que estaban cerca había escuchado. Adentro, se hizo el silencio. Seguramente, los que discutían se echaban miradas cómplices, pero no le contestarían a Alexei Krakovsky. Conocían su temperamento, y no los sorprendería verlo un día agarrar una escopeta y salir a la calle a disparar a los cosacos.

      Natacha fue a su habitación. Oyó los pasos y las voces de los hombres hasta muy tarde. Después de la cena, su vieja nodriza entró para ayudarla a cambiarse para dormir, y le dio las malas noticias: la estancia de los Krakovsky estaba en poder de los cosacos. Habían matado a varios hombres y quemado el establo. Según decían, habitaban la casa, comiendo del ganado que sacrificaban, y esperando.

     - ¿Qué esperan? -preguntó Natacha.

     La vieja se encogió de hombros, y al salir se topó con Alexei.

    -Esperan que el resto del pueblo polaco se una a ellos-dijo el padre.

    - ¿Vendrán a derrocar al rey?- preguntó ella, pero ya sabía la respuesta.

    

     Durante el siguiente mes, el padre iba y venía del campo, pero según le dijo, no había podido entrar a sus tierras. Todo estaba quieto, no se escuchaban tiros ni se veían incendios. Alexei todavía confiaba en que el ejército se levantara a favor del rey e hiciera guerra a los cosacos. Pero Natacha había escuchado a los amigos de su padre, que todas las noches venía y hablaban entre humo de pipa y vasos de vodka, que el ejército tenía miedo del pueblo.

      Apenas llegó el primer día de la primavera, el deshielo aún no daba señales de haber comenzado. El invierno se prolongaba, pero las veladas de los sábados no se interrumpieron. Eran la única familia que continuaba con sus costumbres. La gente de la ciudad criticaba aquel empecinamiento de Krakovsky. Muchos habían abandonado sus propiedades, otros aún no se animaban a dejarlo todo. Y en ese primer mes de esa precaria primavera, las reuniones continuaron haciéndose con algunos pocos cambios. Ya no había música, pero la comida no faltaba. Había menos mujeres, pero eso a los hombres les sirvió para explayarse más rústicamente, gesticulando o hablando con ciertas obscenidades que, a Natacha, anfitriona absoluta ya en esa época, no le molestaba. Ellos sabían que era una mujer diferente, y habían visto su mirada complaciente mientras los escuchaba. Soportaba el humo de las pipas y de los cigarros, incluso toleraba la forma en que algunos, algo ebrios, apoyaban discretamente una mano sobre un hombro de ella. Natacha hacía como que no se había dado cuenta, y se apartaba suavemente para no ofenderlo.

     Habían llegado algunos extranjeros, y un sábado le presentaron a un joven alto, de cabello oscuro y rizado, de tez blanca y ojos casi negros. Venía de América, de Argentina, y se llamaba Máximo Hurtado de Mendoza. Se saludaron de la mano, y ella notó la fascinación que había provocado en sus ojos. Mendoza hablaba un francés fluido y así se comunicaban sin complicaciones. A veces se separaban para conversar con otro invitado, pero en seguida volvían a reunirse. Krakovsky también estaba atraído por Mendoza. Lo había tomado de la mano y del hombro para saludarlo efusivamente. Le agradaba en grado sumo ver a un visitante tan lejano y culto. Él sabía que las pampas argentinas no eran los sitios salvajes de los que escuchaba hablar o leía en los periódicos. Mendoza así lo confirmó, pero dijo que fuera de Buenos Aires, la situación de los pueblos era muy difícil. Los malones de los indios no daban tregua, y los caudillos levantaban a la población continuamente.

     -Capitán-dijo Krakovsky. -¿Está describiendo su país o el mío?

 

     Al mes siguiente, comenzó el deshielo. El cielo permanecía despejado día tras día, y el sol entraba por las ventanas de la casa ya sin los reflejos asfixiantes sobre la nieve. Natacha seguía recibiendo a Mendoza los sábados. Él llegaba antes de las veladas y se quedaba una o dos horas después de que terminaban. Krakaovsky no se oponía a esa relación, por el contrario, se alegraba de ver al capitán, y lo saludaba con efusión, abrazándolo, estimulándolo a que fumara en pipa y dejara la actitud remilgada cuando se trataba de alcohol. Mendoza se sentaba entonces y ambos conversaban, mientras Natacha los escuchaba, observándolos en aparente paz. Pero algo le sucedía desde hacía varios días, y aunque presentía el motivo, algo más evitaba que lo reconociera, dando vueltas su razón por sitios ajenos a la verdadera explicación. Se levantaba a buscar un plato olvidado o un vaso nuevo, y al regresar al salón los hombres la veían distraída, dar vueltas innecesarias alrededor de los sillones, o alimentar el fuego del hogar cuando ya no era necesario.

      - ¿Qué le pasa, Natacha? -preguntó Mendoza. -Parece uno de mis perros, dando vueltas y vueltas antes de acomodarse.

     Krakovsky comenzó a reír. Dejó la pipa y se acercó a Mendoza para abrazarlo. Natacha se dio cuenta que estaba pasablemente ebrio, lo mismo que los últimos dos meses. Los acontecimientos lo preocupaban, y sabía que parte de su patrimonio ya estaba perdido para siempre. Habían escuchado que el rey iba a abdicar para que el pueblo no se levantara. Pero lo que no sabe el rey, había dicho Krakovsky, es que al pueblo le gusta matar, y que antes de construir, le agrada destruir.

      Natacha acompañó a su padre a su cuarto, y volvió al salón donde Mendoza lo aguardaba. Sentados frente a frente en dos sillones individuales, se inclinaron uno hacia el otro.

     -Sé que la preocupa la situación de su familia, Natacha. Se escuchan rumores muy alarmantes. Yo quisiera decirle…

     Natacha presentía cambios bruscos en su vida, y tenía miedo. Creía saber lo que le pediría Mendoza, pero pensaba en su padre y en ella.

     -No puedo abandonar a mi padre, menos ahora, por supuesto.

     Mendoza se reclinó en el respaldo, suspirando.

     -No tengo compromisos con mi familia hasta la Navidad, y puedo esperar-dijo.

     Natacha se fue a acostar junto a su padre. Krakovsky se había dormido vestido. Le sacó las botas y el saco. Le desprendió los botones de la camisa, y luego se acostó a su lado. No podía abandonarlo, y menos ahora, como le había dicho a Mendoza. Pero ambos habían entendido situaciones diferentes. Ella se refería al hijo que había comenzado a vivir.

      El sábado siguiente, casi a medianoche, la reunión se limitaba a ellos tres y dos amigos de Alexei. La vieja nodriza y la cocinera sordomuda eran las únicas que permanecían en la casa. Cerca de las doce se escucharon gritos en la calle, que iban aumentando con rapidez, y las campanas de los bomberos comenzaron a sonar con estridencia. Natacha escuchó las campanadas de la iglesia, y creyó ser la única que las había percibido. Corrió a su cuarto y buscó en el último cajón. Agarró la imagen de la virgen de Czetchowa, la envolvió en un pañuelo y la escondió bajo su vestido. Escuchó un disparo. Sabía ya que era lo único que podría llevarse de Polonia, y cuando entró al salón, las caras de los hombres que habían entrado se lo confirmaron. Había por lo menos una docena de cosacos con armas de fuego y puñales, vestidos con ropas de invierno, bufandas y gorros raídos. Gritaban, pero nada se les entendía. Krakovsky y los demás habían sido tirados al suelo. Natacha buscó a su padre y lo vio boca abajo. Los cosacos agarraron a Natacha. Mendoza intentaba levantarse, pero no podía. Los otros dos estaban quietos, tal vez muertos. Los cosacos recorrieron la casa, tirando abajo los muebles, buscando comida, ropa y dinero. Hallaron todo eso, pero antes de irse, hicieron dos tiros. Natacha no vio a quien dispararon, la habían atado en una silla con los ojos tapados. Cuando oyó el silencio en la casa, supo que la virgen la había ayudado. Así se lo diría a su padre, que tanto la había reprendido por esa devoción incomprensible para él. Sólo la nodriza compartía con ella esa costumbre, y había abusado de la ignorancia de la vieja para hacerlo sin que su padre se enterara. Natacha no había tenido tiempo de rezar, sólo había tocado la figura, y se sintió recompensada.

    - ¡Padre! -gritó a ciegas- ¡Máximo!

    Pero nadie le contestó, únicamente las campanas de la iglesia cercana que seguían llamando. A quiénes: ¿al pueblo o las víctimas del pueblo? Pero Jesús había sido uno más del pueblo, no podía estar contra ellos. Se dijo que si en la oscuridad no había nada: ni casa, ni vestidos, ni riqueza, y que aún continuaba viva la devoción y el sentimiento, y sobre todo el hijo que ella estaba creando, nada más se necesitaba. Olió el humo de los incendios que habían comenzado en la ciudad.  Y volvió a gritar:

     - ¡Carlota! - llamó a la nodriza, pero seguramente había huido o estaba muerta. La cocinera, posiblemente, seguía dormida en su imperturbable mundo privado. Entonces escuchó un gemido. Era el tono de Máximo Mendoza.

     - ¡Máximo! - llamó.

     Oyó el movimiento de un cuerpo que se movía sobre el piso. Natacha intentó mover la silla hasta que cayó al piso, y frotó la cara contra el suelo logró desprenderse de la venda, y vio a su lado el cuerpo del padre.

     Lo llamó, pero no podía tocarlo. Máximo estaba detrás de ella, desatándole las cuerdas de las manos. Luego la levantó y la abrazó. Natacha lloraba.

     -Fue al primero que mataron- dijo Mendoza, abrazándola como hacía Krakovsky.-Cuando entraron, se plantó delante de ellos con la escopeta. Le preguntaron quién vivía aquí. El conde Alexei Krakovsky y la condesa Natacha, les contestó. Te juro que tu padre sonreía, orgulloso. ¿Te imaginas diciendo eso frente a esos hombres? Dios mío, qué hombre tan corajudo, nunca había visto nada igual.

     Máximo Mendoza había dicho todo eso mezclando el español y el francés. Temblaba al hablar, y temblaba mientras abrazaba a Natacha, que hundió la cara en su camisa con sangre. Se quedaron así largo rato. La noche sería larga, y ellos sabían que habían sido exceptuados de la muerte. El miedo, sin embargo, era difícil de matar, y el abrazo era un refugio más seguro que las paredes de la casa.

 

     Al día siguiente, los amigos de Krakovsky fueron recogidos por sus familias, y Alexei fue enterrado apresuradamente en el panteón familiar, en un ataúd simple y sin adornos, que Mendoza y Natacha habían logrado conseguir luego de caminar por toda la ciudad. Las agencias de entierros estaban saturadas y no había ataúdes. Los caballos y el carruaje de los Krakovsky habían sido robados. En la noche se sentaron en medio del salón, aún devastado.

     -Tenemos que irnos Natacha…

     Ella había vuelto del cementerio en silencio, con la cabeza gacha, y apretando en sus manos la estatuilla de la virgen. Ambos habían caminado tras el féretro mirando al suelo. Mendoza había colocado su brazo por sobre los hombros de Natacha, y había sentido su llanto contenido. Se preguntó hasta cuándo aguantaría de esa manera. En algún momento, debía llorar. Pero ella parecía contener toda su fuerza en las manos con que sujetaba a la virgen.

     -Vamos querida…debes se razonable. Ya nada te ata a esta ciudad. Te llevaré a mi patria, empezaremos una vida nueva. Te olvidarás de todo…

     Natacha estaba sentada, como acostumbraba, en el sillón del cuarto de su padre. Máximo se había acuclillado como solía hacerlo Krakovsly, y le acariciaba los hombros. Como Natacha no le respondía, bajó la mano y la apoyó en una de sus rodillas. Ella entonces levantó la vista y lo miró. Él no supo cómo definir esa mirada. Más tarde recordaría que fue la primera vez que la vio. En los ojos de Natacha había ira y resignación, rencor y remordimiento. No había amor, por lo menos no como él lo había entendido en su corta vida y experiencia de romance, sexo o lo que fuese en el que consideraba el ingenuo Buenos Aires de entonces, después de haber visto y aprendido lo que había ido a ver y aprender en Europa como todo joven de buena familia.

     Nunca vio amor en los ojos de Natacha, pero sí había algo mucho más grande que el simple y tal vez sobrevalorado amor. Algo indefinible que, sin embargo, lo avasallaba como una intensa tormenta de verano en la pampa. Viento y polvo, día tras día.

     Ella lo besó de una forma muy diferente a como lo había hecho con su padre. Mendoza recibió ese beso, y supo que era muy distinto al que había recibido de cualquier mujer, y menos de una de casi dieciséis años. Durmieron en la cama del muerto, pero no hubo ocasión para ninguno de los dos para pensar en eso. El dolor era placer, y el placer una satisfacción que se alimentaba a sí misma.

      Antes del amanecer, Mendoza apartó la sábana y se levantó. Ella seguía durmiendo, o eso parecía. Había aprendido, durante la noche, a ver varias facetas en Natacha. Lo que mostraba no era siempre falso, y lo que escondía no siempre era la verdad. Pero tardaría mucho en distinguirlas, y se preguntó si le alcanzarían los años para hacerlo. Porque sabía que ya estaba unido a ella, el sexo y sus almas lo pedían. Si ella quería esconder ciertos aspectos, que lo hiciera. El cuerpo de Natacha era una reliquia fina, y su mente un laberinto de porcelana.

      Al mediodía, mientras almorzaban, le propuso matrimonio. La cocinera los servía, muda e inmutable, se diría que también ciega para otra cosa que no fuese la cocina. ¿Era como un perro inteligente?, se preguntaba Mendoza, que sabía de galgos porque los criaba. No, ni siquiera. Tal vez algo más artificiosamente complejo, como una máquina. Ni siquiera sabía su nombre.

     -Nunca lo supimos-le dijo Natacha-Y nunca la llamamos, por supuesto. Hay que ir a buscarla y escribirle todo. Yo le enseñé a leer.

     Máximo puso su mano sobre la de ella, ambas apoyadas junto a una taza de café.

     -Una tarea escabrosa, me imagino. Pero no respondiste a mi pregunta.

     Ella lo rechazó. No importaban las apariencias, le dijo, pronto viajarían. Y eso fue todo. Durante la tarde Mendoza se sentó al escritorio de Krakovsy y escribió varias cartas. Antes de la seis fue al correo. Al volver, le describió el estado de la ciudad. La mitad de las casas que seguían en pie estaban vacías y saqueadas. Las manzanas de la zona sur habían sido arrasadas por el fuego. Muchos negocios continuaban abiertos, y el correo custodiado. Decían que el rey seguía pensando en abdicar, pero a esas alturas no era un rey sino un prisionero en su propio palacio.

      Antes de acostarse, Máximo extendió un mapa sobre la cama y le mostró el itinerario que harían al día siguiente. Natacha observó el dedo que mostraba la ruta sobre el papel, pero sus ojos seguían el contorno de la mano y el brazo, luego el hombro y el torso desnudo de Mendoza. La piel clara y el vello oscuro formaban un contraste en la que ella hallaba una contradicción que la excitaba, como el frio y el calor, o el dolor y el placer.

     Harían un viaje por tierra hasta Hamburgo, y luego el barco hacia América. Natacha le preguntó si los hombres eran parecidos a él en su país, y él le siguió el juego contestando que únicamente él era así, y se acercó a besarla, pero ella lo detuvo y le preguntó algo en español. Él se sorprendió, y Natacha le dijo que había estado leyendo algunos libros.

     -A este ritmo hablarás perfecto cuando lleguemos- dijo él, acercándose de nuevo, pero ella se levantó entusiasmada como una niña que descubre un nuevo juego y fue a buscar unos libros. Los desparramó sobre la cama y le pidió que le enseñara a pronunciar correctamente. Máximo se resignó a pasar la noche de esa manera. Había novelas de Quevedo y poemas de Góngora, pero encontró el Facundo de Sarmiento. Krakovsky era un hombre notable, sin duda, se dijo. Abrió el libro y empezó a leer. Natacha lo escuchaba, sentada en la cama con las piernas cruzadas y la vista fija en los labios de Máximo. Los deseaba, pero más ansiaba aprender.

 

     El viaje duró casi cuarenta días. El recorrido por tierra polaca fue lento en el afán de evitar los caminos por donde sabían que los cosacos iban y venían. En la frontera había muchos revolucionarios que intentaban evitar la fuga de los que ellos llamaban burgueses adinerados. Pero, aunque lo que Mendoza y Natacha llevaban era nada más que ropa, algunos libros del viejo Krakovsky que su hija no quería abandonar y unos pocos relicarios, como el de la virgen de Czechoswa, sabían que a pesar de eso no los dejaría pasar si se los encontraban. Así que Mendoza, que conducía el carro de dos caballos y a cuyo lado estaba ella como una esposa de clase media, se desvió del camino principal y buscó senderos alternativos. No conocía tales regiones, pero Natacha lo fue guiando porque estaba habituada a cabalgar largos trechos cuando estaba de vacaciones en la granja. Los arrieros acostumbraban acompañarla cuando era todavía una  niña y ya de grande solo un par de veces tuvieron que ir a buscarla, encontrándola de vuelta mientras cabalgaba cansada pero sonriente hacia la casa del padre.

      -Debiste ser una niña rebelde-dijo Mendoza, con la vista puesta en los alrededores y las manos en las riendas.

     -Sólo porque yo hacía lo que quería, pero no como las demás. Me gustan los caballos y los perros, y los libros, por supuesto. Entonces ella se inclinó y se agarró la cabeza.

     - ¿Qué sucede?

     -Nada, solamente un mareo.

     Continuaron el viaje por caminos estrechos, entre árboles y rocas. Pudieron sortear las bandas de cosacos y atravesar la frontera. La llegada al puerto de Hamburgo duró pocos días. Faltaba aún una semana para la partida, así que se quedaron en una pensión pobre para no llamar la atención. Las noticias de la rebelión polaca habían llegado transformadas de boca en boca, y el terror era lo único cierto según lo que escuchaban. La gente los miraba con recelo, y los pocos que se atrevían a preguntarles algo, desconfiaban de su palabra.

     El domingo siguiente subieron al barco y partieron. La nave tenía el nombre de Federico II, era vieja y enorme, y llevaba muchos emigrantes. De los tres mástiles, sólo uno tenía las velas desplegadas mientras navegaba el Elba. Cuando salieron al Mar del Norte, Natacha se asomó a cubierta y se apoyó en la borda.

     - ¿Ya estamos en el océano?

     Mendoza se paró detrás de ella y la abrazó, apoyando la cabeza sobre uno de sus hombros. Ambos miraban el mar sin costas.

     -Todavía no.

     El barco hizo escala en varios puertos menores, en Ems y luego en Amsterdam, donde tardaron tres días en subir mercaderías y más emigrantes. Muchos eran polacos, pero cada grupo desconfiaba del otro y se mantenían.

     Al partir de Amsterdam, entraron poco tiempo después en el Canal de la Mancha, e hicieron la última escala en El Havre. Natacha vio la forma en que los franceses trataban a los emigrantes de manera arrogante y despreocupada. Durante el día que estuvieron anclados en el puerto, Mendoza le dijo que bajaría a ver si encontraba a algún amigo. Máximo hablaba en francés tan bien como su castellano natal, pero Natacha tenía resquemor de los franceses.

     -Te espero-le dijo.

     Mendoza bajó a tierra, y ella lo vio desaparecer entre la gente, los estibadores, los marineros y los comerciantes. Se metió en su camarote, un cuarto donde apenas entraba la cama que compartían. Se puso a rezar a la imagen de la virgen que había apoyado sobre el piso. Luego sacó un libro del baúl, abrió la portada y comenzó a leer el texto de medicina que había traído. Sentía nauseas, y temía que el largo viaje revelara su estado a Mendoza antes de llegar a Buenos Aires. Debía casarse con él, y lo deseaba, pero su orgullo la obligaba a esperar, a postergar su anhelo y su necesidad. Debía mantener la imagen de su aristocracia, pero sobre todo tenía miedo por lo que el alma de su padre podría decir. Porque desde que había muerto, ella pensaba que lo que antes podía ocultarle, ahora era imposible. El alma de Alexei estaba en todas partes, en la tierra que habían dejado y en el mar en el cual habían emprendido el viaje. Y en el océano tan inmenso el alma de Krakovsky tal vez tuviese el mismo tamaño de ese mar. ¿Cómo podría esconderse para que no viera el casamiento con Mendoza? Era verdad que así lo habría querido el viejo, pero era ella quien ahora se negaba a permitirse abandonarlo. El cuerpo del viejo estaba enterrado en Polonia, pero parte de él seguía en el cuerpo de Natacha, y desde allí le hablaba, y tenía mucho miedo de que en mar abierto ese fragmento de cuerpo recuperase el alma que rondaba por todas partes, buscando algo a lo cual aferrarse.

     Se imaginó por un instante que su familia era la Sagrada Familia: Dios-Krakovsky, José-Mendoza, Natacha-María. Y el hijo aún sin nombre al que no se atrevería a llamar Jesús. Cerró los ojos al libro y se abofeteó una mejilla. No debía permitir tales pensamientos nunca más.

     En la noche volvió Mendoza con un amigo. La llamó para que saliera a cubierta, y ella saludó a un hombre de baja estatura, canoso, que debía tener más de cincuenta años.

    -Natacha, es mi amigo Alberdi, diplomático ante Francia por mi país.

    El viejo era delgado, pero de manos fuertes, y besó la mano de Natacha.

    -No será por mucho tiempo más, el gobierno no me facilita las tareas.

    Máximo rio.

    -Es usted, amigo mío, quien tiene sus propias ideas y pretende hacer lo que le parece correcto. Por eso lo respeto mucho más que a los que están allá.

     Alberdi insistió en acompañarlos al camarote, el bullicio en cubierta hacía imposible hablar entre la marea de tantos idiomas emitidos a los gritos.

     Se sentaron en la cama Natacha y el invitado, y aunque éste quiso negarse, Máximo se sentó en el piso. Y comenzaron a hablar de Argentina, parte en francés y gran parte en castellano. Natacha se negó a que le tradujeran, ella quería aprender. Así fue como supo algo sobre Buenos Aires y las provincias, sobre los gobiernos y sobre el largo exilio de Alberdi, sobre una gran guerra contra el Paraguay. Escuchó las opiniones del viejo sobre hombres que ella no conocía, pero cuando escuchó el nombre de Sarmiento, sacó el libro en el que había aprendido parte del castellano. El hombre lo tomó entre sus manos, frunció los párpados, pero ambos se dieron cuenta que era sólo un gesto actuado que simulaba desprecio.

     -Siempre la misma muletilla que le sirve de presentación en todo el mundo-dijo, y dejó el libro sobre la cama.

     -Debo dejarlos, amigos. Mañana madrugo, las horas tempranas son las únicas que me permiten trabajar más descansado.

     Lo despidieron en cubierta, ya mucho después de medianoche. El puente estaba desierto, y lo vieron desaparecen en tierra francesa.

     -Es un hombre notable-dijo ella.

     Máximo la tomó de la cintura y sonrió.

     -Es una reliquia viviente, me parece.

  

     El océano era tan grande, que ella tuvo la extraña sensación de sentirse absolutamente perdida y extraviada en algo que era lo más parecido a la nada que hubiese imaginado alguna vez. No imaginaba tal inmensidad, por más que la hubiese leído en los libros. El cielo parecía más pesado que en tierra, porque el agua confluía con él y ambos eran una sola cosa que no parecía tener fin. Ella se sentaba en una silla, apartada de todos, vestida de negro como una viuda, y eso habrían pensado todos si no hubiesen visto al hombre que solía acompañarla. Su tez blanca y su cabello oscuro la hacían extraña y rara para los demás, que sólo tenían ojos y atención para las comidas diarias y los juegos para pasar el ocio de los días. Al principio intentó quedarse en el camarote, pero la vergüenza de portarse como una niña la hizo salir y sentarse con un libro en las manos, levantando la vista para ver la superficie del mar, como buscando algo. Cuando estuvo segura de que el agua no le hablaría más que con su monótona certidumbre, y que el cielo no era de piedra sino un vacío, se burló de sus temores y se unió a Máximo cuando él se sentaba junto a otras familias para conversar o caminar por cubierta.

     Pero todos los días a lo largo de esas semanas era iguales, ni siquiera hubo una tormenta que se acercara por lo menos a los incontables relatos que había escuchado de hombres y mujeres durante aquellas insoportables tardes de calor. Se estaban acercando al trópico, y el frío invierno polaco se convertía en un cálido y tórrido verano. Transpiraba y se desprendía el botón superior de la blusa para secarse con un pañuelo que en seguida escondía en el puño. Máximo estaba en mangas de camisa, pero había visto tripulantes y pasajeros con el torso descubierto, con cañas de pescar asomadas a la borda. Máximo se unía a ellos, y Natacha se resignaba a quedarse a escuchar las insípidas charlas de las mujeres, obligada a contestarles de vez en cuando, hasta que ya no le preguntaban más, y ella se veía libre entonces para pensar o leer. A veces. alguna mujer le preguntaba por el embarazo. Ella se sorprendió al principio, luego ya no se asombró que esas mujeres, cuyo único oficio era tener hijos, se dieran cuenta. Cruzaban entonces dos o tres palabras que nadie más iría a escuchar, luego la otra se alejaba como si nunca hubiesen hablado. Esa mujer que, sin haber leído un libro en toda su vida, parecía saber todo lo que se necesitaba saber. Pero la tierra no era el mar, ni ese barco era la estancia donde iría a vivir con Máximo Mendoza. El conocimiento se afirmaba en la intuición, y ésta se formaba según el lugar y el tiempo. Ella creía en lo que leía en los libros, y la duda la llevaba de uno en otro, y cuando ya no hallaba respuestas, para eso tenía sus imágenes y un crucifijo que eran su punto de anclaje en donde estuviese.

 

     Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires, Natacha estaba delgada y demacrada, había vomitado casi cada bocado que consumió los últimos diez días, desde que habían zarpado de la última escala en Río de Janeiro. Durante ese trayecto el mar estuvo casi siempre encrespado y ventoso. Las noches de lluvia se alternaban con días calurosos. El mal humor de la gente era general, y la tripulación ansiaba llegar para deshacerse de los pasajeros.

     Natacha bajó del barco y descubrió que Buenos Aires todavía era como una aldea. No había más que casas que parecían de adobe en manzanas casi desiertas rodeadas de calles enlodadas por cuales los caballos hundían las patas.

     Máximo vio la cara de desilusión de ella.

    -No es siempre así. Es la lluvia de estos días…

    No le preguntó por qué no empedraban. Mientras iban en el sulky alquilado, que se sacudía en los baches y los charcos, vio las veredas de barro y las paredes de adobe o de ladrillos rojos, con ventanas con macetas y a través de las que se veían grandes patios vacíos. Llegaron a una pensión, y la dueña salió a recibirlos.

     - ¡Mi niño Máximo! -dijo, abrazándolo. Era una matrona entrada en años, con cabello abundante sujetado con una vieja peineta de dientes rotos.

     - Natacha, ella es doña Elvira-dijo al presentarlas. -Fue mi nodriza acá en Buenos Aires cuando pasaba mis inviernos acá.

     La mujer la saludó con un beso que se inició efusivo, pero de pronto se detuvo y la miró con picardía.

    - ¡Así que esas tenemos! -le dijo a Mendoza, palmeándole una mejilla con cariñosa brusquedad, y él no pareció entender del todo. Fue hacia el sulky para bajar el baúl, pero Máximo no quiso permitirlo. Cuando las manos de ambos se encontraron en la manija, ella se le acercó al oído: -Buen trabajo-dijo.

    Él, entonces, comprendió. Doña Elvira volvió a donde estaba Natacha y la tomó del brazo. Los tres entraron a la casona colonial, y cuatro perros los recibieron ladrando y meneando las colas.

     - ¡Fuera chuchos, fuera!

     La vieja intentaba apartarlos, pero se reía. Natacha se sintió cómoda con ellos, la respetaban. La vieja se paró con los brazos cruzados, observando cómo los cuatro perros se sentaban alrededor de Natacha, esperando una caricia, pero sin exigirla.

     - ¡Mire usted, mi niña! Debió haber llegado antes para criarlos. ¡A mí me hacen salir callos de la mala sangre que me dan!

      Mendoza estaba acostumbrado a los perros, que fueron el tema de conversación durante la cena. La vieja no tenía más pensionistas que ellos dos.

     -Son malos tiempos, niño. Para mantener esta casa me veo sola. A veces viene la Tomasa a ayudarme, pero se pasa más tiempo dándome conversación que limpiando. Y tus tías que quieren todo impecable para cuando se les canta venir para darse aires de tilingas en Buenos Aires.

     Máximo no paraba de reírse de la forma descarada y sincera que tenía de hablar de su familia. Doña Elvira había notado la forma que Natacha la miraba.

     -Perdóneme, querida, si no me entiende. Nosotros respetamos mucho a los polacos, son muy trabajadores. Bueno, no me lo tome a mal, no sé hablar mejor. Digo lo que pienso y lo primero que me viene a la cabeza.

     -No te preocupes Natacha. Cuando mi familia la escucha protestar, se callan la boca y sonríen como si viesen pasar un carro.

     -Doña Elvira-dijo Natacha, la “eñe” salió con dificultad. -Entiendo casi todo, y usted es una mujer muy buena.

     - ¿Y usted cómo lo sabe? - Doña Elvira se reía, tomando un vaso más del licor dulce que le traían de Santa Fe.

    -Porque los perros la quieren…

    La vieja se levantó y la abrazó, pero Natacha no le respondió. Elvira lloriqueaba pensando que había hecho mal, tal vez en Polonia no eran tan efusivos. Entonces le pidió que la acompañara a su habitación.

     Caminaron por la galería y luego bajo el parral que cubría parte del patio, y entraron al cuarto de doña Elvira. Ella encendió una lámpara y la habitación se iluminó descubriendo la cama vieja y de madera noble, la cómoda junto a una pared con manteles de encajes, adornos de porcelana y muchos trozos de tela.

     -Disculpe el desorden, m’hija. Coso y remiendo mucho, pero ya no me dan los ojos para tanto.

     Entonces le mostró una imagen de la Virgen que estaba sobre una repisa empotrada en la pared.

     -Es la Virgen de los Dolores. Soy muy devota de ella, ¿sabe?

     Natacha levantó los ojos con ardor, y todo el cansancio pareció transformarse en una expresión de angustia que se parecía mucho al rostro de la imagen.

    -Yo sé lo que le pasa, m’hija, y que está sufriendo porque la unión no está bendecida. Acá la virgencita la comprenderá. Yo, si quiere, le hable al niño Máximo. Los hombres, por más buenos que sean no entienden nada hasta que tienen al crío en los brazos.

     Natacha, sin embargo, pensaba en la forma en que las reliquias no se apartaban de ella, y al mismo tiempo que rezaba interiormente, los números de los días y los meses fueron acomodándose en su lugar correcto.

     Sí, dejaría que doña Elvira le hablara a Máximo. Que el teatro de las buenas intenciones creara la atmósfera necesaria para que los hechos se encaminasen por los senderos naturales. Ahora sabía que no había perdido a su padre, sino que lo recuperaría para poder acariciarlo como no había podido hacerlo, en sus brazos y como a un niño.

      Esa noche durmieron en cuartos separados. La vieja había hablado con Mendoza en la cocina hasta pasada la una de la madrugada. Oyó que él levantaba la voz, y que ella protestaba con su voz chillona. Los perros estaban sentados o acostados frente a la puerta. Después lo vio salir cabizbajo y meterse en el cuarto donde había dormido de chico.

      En la mañana, doña Elvira abrió las cortinas y la hizo despertarse. Le había traído una bandeja con dulces, manteca y café.

     -No te traje el mate porque tenés que acostumbrarte, por ahora el café para la mañana y mucho dulce para recuperar peso.

      Natacha la miraba sin entender todavía. La vieja buscó en la ropa del baúl, pero nada pareció convencerla. Salió y al rato volvió con un vestido blanco.

     -Era mío-dijo, levantándolo y extendiéndolo. -Cuando era joven y flaca…

     -Pero…

     -Pero nada, m’hija, tenés que casarte como es debido. Además, no es por ustedes y el chico solamente. La familia de Máximo te miraría con muy malos ojos si se enteraran. Yo conozco a esas mujeres, te harían la vida imposible por más que fueses una santa.

     Para las diez de la mañana estaban en la calle Independencia. Entraron a la Capilla de Ejercicios Espirituales, una iglesia simple y austera con bancos de madera rústica. No era una iglesia de Varsovia, pero le agradó a Natacha aquella austeridad que jugaba con el dolor y la autocompasión.

      El vestido le sobraba por todos lados, pero la vieja se había puesto unos anteojos de gruesos lentes y lo había ajustado y cosido en menos de una hora. También había mandado a Máximo a buscar a Tomasa para que preparar la comida mientras estuvieran en la iglesia. A las nueve los escucharon entrar, junto a la voz de un chico.

     -Es el hijo de Tomasa, los va a llevar él.

    -Pero…

    -Pero nada… ¿es la única palabra que conocés en español? Mi niño no va a conducir el sulky como si fuera de una familia cualquiera.

     A las nueve y media subieron al sulky, ellos en el asiento de atrás. Natacha vestida con el vestido de hilo de falda amplia y bordada, y un velo sobre la cara. Máximo vestía un frac negro sobre un chaleco marrón y camisa blanca, con un moño marón y un sombrero de galera. La gente los miraba pasar y se hacían comentarios. Doña Elvira partió después caminando, con su mejor vestido de seda oscura, sola, intentando en las primeras cuadras que los perros no la siguieran y volvieran a la casa.

     - ¿A dónde va, doña?- le gritaban los vecinos mientras la veía espantar a los animales.

     -Se casa el niño Máximo.

     - ¿Y con quien, si puede saberse?

     -Con una condesa, ni más ni menos-contestaba, irguiendo orgullosa la cabeza, mientras alguno de los perros le mordía la falda para retenerla.

      En la iglesia había poca gente. Nadie sabía del casamiento, por supuesto, pero pronto la noticia se esparció por todo Buenos Aires. Máximo había tenido la precaución de enviar un telegrama a Santa Fe, pero sabía que tendría que afrontar las recriminaciones de su familia.

      Frente al altar, con un Cristo de madera que debía ser una reliquia tallada por los indios, ambos se comprometieron a mantenerse unidos para siempre. El cura era joven y sólo llevaba una sobrepelliz sobre una vieja sotana que debió haber pertenecido al cura que había muerto no mucho antes. Cerró la biblia y los bendijo haciendo la señal de la cruz. Se dieron un beso muy corto, y se escuchó el aplauso tímido de doña Elvira y de dos beatas que estaban la mayor parte del día en la iglesia y sirvieron de testigos. Cuando salieron a la vereda, los cuatro perros menearon las colas y dieron vueltas alrededor.

     -Esta es nuestra recepción-dijo Mendoza- lo lamento mucho.

     -Prefiero colas sinceras a sonrisas falsas-contestó Natacha.

     Doña Elvira dio una carcajada. No comprendía realmente a esa mucjer, ni sabía quién era o lo que realmente sentía. Varias veces sintió al tocarla una especie de negro dolor que su propio optimismo se encargaba de contrarrestar con alguna palabra amena, pero sobre todo con un pensamiento blanco. Le agradaba esa devoción que había visto en su cara al mirar la estatuilla de la virgen, pero no estaba segura de que el sentimiento estuviese relacionado con la fe católica. Doña Elvira sabía que todas las mujeres tienen un fondo extraño, casi un pozo sin fondo que muchas, como ella misma, se encargaban de llenar con cosas superficiales: palabras, acciones y pensamientos triviales, y a veces con algo más grande, tal vez los restos de algún derrumbe interno cuyos restos tapaban gran parte de ese extraño pozo.

      Fuese como fuese, ya no los vería más. Ella había cumplido su misión. Esa tarde comieron empanadas que Tomasa había preparado y bebieron junto a los vecinos y amigos que Máximo tenía en Buenos Aires, y que fueron llegando a medida que se enteraban del casamiento, hasta altas horas de la noche. Durmieron en el mismo cuarto en el que Máximo Mendoza había pasado muchos años de su infancia y adolescencia. Era una habitación austera, masculina, pero en los cajones del armario todavía quedaban restos de la niñez: pantalones cortos, alguna camisa de bebé, y unos muñecos de trapo. Antes del amanecer, mientras él dormía, ella sacó un viejo oso de felpa que se había mantenido libre de las polillas. Lo puso en el baúl, muy al fondo, y volvió a acostarse. En dos horas saldrían de viaje hacia la estancia.

    

     Remontaron el Paraná en una barcaza que Mendoza tenía anclada en el puerto. Casi todos conocían a Máximo, y después de abrazarlo y bromear con el capitán lo vieron subir con su esposa. La saludaron con un gesto respetuoso, no se atrevían siquiera hablarle porque les habían dicho que era condesa. Ahora tenían tres baúles, y los dos ayudantes los subieron y los acomodaron en el camarote. El capitán Mendoza piloteó él mismo la barcaza, y emprendieron el rumbo hacia el norte.

      Natacha se acodó en la borda, contemplando el paisaje de las riberas, tan distintas a sus tierras. Esto era selva densa y calurosa. Ya no tenía mareos ni vértigos, a pesar de que el río tenía una corriente fuerte. Casi todos los vestidos que había comprado en Buenos Aires eran oscuros, porque pensaba que los colores claros llamaban la atención. No le agradaba que se acercaran a hablarle, sino cuando ella lo decidía, y el color negro no era triste sino noble. Creaba distancias y tiempos necesarios.

     Se desabrochó el primer botón del vestido, y parte de su garganta y su pecho se enfrentaron con el sol del litoral. Se levantó las mangas y sus antebrazos quedaron al descubierto, delgados y blancos. Desviaba la vista desde la ribera hacia la cabina donde estaba Máximo, para preguntarle cómo se llamaba tal árbol y tales flores grandes que flotaban sobre el río. Y escuchaba la respuesta rápida y segura, vibrando en el aire estático, contemplando la exuberancia que se correspondía con los nombres exóticos. Nunca los retendría en su memoria, por más que se esforzara. Era curioso cómo su tremenda memoria para lo leído y para los idiomas, se había negado a retener los nombres de las cosas propias de aquellos lugares.

     Durante los diez días que duró el viaje, pararon en varios puertos, pero sólo para que Máximo saludara a alguien o cumpliera con algún trámite de negocios. Ella comprendía todas las conversaciones, mientras alcanzara a escucharlas desde su camarote o acodada en la borda, viendo a su esposo ya a los demás hablar y reír sin hacerle caso, a quien miraban de vez en cuando. Eran hombres rústicos que no sabían cómo tratarla, pero ella veía en ellos seres más dóciles y educados que los cosacos que habían matado a su padre.

     -Mañana estaremos en Santa Fe-le había dicho Máximo cuando dejó el timón en manos de uno de los ayudantes y entró a acostarse. Se desnudó y se metió en cama, y llevando una de las manos hacia el abdomen de Natacha. Ella lo dejó hacer, y vio la forma delicada y tímida en que él pasaba la mano por la piel, acariciándola y deslizándose centímetro a centímetro hacia abajo, y entonces ella lo detuvo.

     -Tengo miedo.

     - ¿De qué?

     -De tu familia.

     -No tendrán más remedio que aceptarte.

     -Eso ya lo sé, pero no sé si me querrán…

     - ¿Acaso te importa demasiado?

     - ¿Pero ¿cómo son ellos?

     -A mis tíos nada les importa más que las tierras, el ganado, y la política. Y las tías tendrán algo de qué alardear en la ciudad con tu título y tu ascendencia polaca. Deberías simular que no hablas español, así se esmerarán por comprenderte. Ya me las imagino alrededor tuyo como idiotas…

     -Las mujeres no somos así, ellas me reconocerán, y hablarán mal…

     -Basta de preocuparte.

     Él puso una mano sobre su boca y la otra sobre la entrepierna de Natacha. Esa noche era distinto, tal vez era la tierra que lo reconocía, o el río que hizo fluir en él algo difrente, más rústico, más fuerte. Se había dejado crecer la barba, y el vello rozaba las mejillas de Natacha, y hasta el vello del pecho ahora parecía más crespo y espinoso, rozándole los senos. Y por instantes creyó que el barco se movía al ritmo de Máximo Mendoza mientras exploraba una vez más el cuerpo de Natacha, como si fuese un brazo nuevo de aquel inmenso río rodeado de paredes de selva.

     Cuando salió a cubierta en la mañana, ya vestida y los baúles preparados para conocer a su familia política, vio que estaban a orillas de un puerto chico y casi deshabitado. Máximo estaba aparejando el barco en el muelle. La llamó para que bajara. Ella descendió por el puente y él le dio la bienvenida a la tierra de Santa Fe.

     Por primera vez, y quizá por la forma en que él había acentuado las palabras, Natacha se dio cuenta de lo que significa aquel nombre. De un modo demasiado extraño aún para ella, todas sus incertidumbres de pronto se acomodaron en sus sitios correctos, y ya no era tales. Las dudas y los temores, la inquietud de quién era ella desde la muerte de Krakovsky, de cuáles eran sus creencias, de si todo lo que había aprendido y creído de niña continuaba teniendo valor, todo eso tomó su justo espacio en ese ambiente donde ya no habría nieve, ni estepas, ni cosacos. En un lugar absolutamente diferente, la santa fe de su infancia: los libros, las imágenes, los crucifijos y el dios padre rubio y fuerte que la abrazaba continuaban firmes en un río de agua cálidas, entre altos árboles de estridentes cantos, y a la sombra de un hombre de cabello oscuro. Los contrarios se atraen, ella lo sabía, tantos las personas como los lugares. Y el tiempo era una sola continuidad que no estaba en ella definir.

     Como hormigas, de pronto aparecieron varias mujeres y hombres desde las casuchas del puerto. Todos conocían a Mendoza y se esmeraban por ofrecerle algo: una mujer llevaba un mate y una pava en cada mano, otras empanadas dulces, y los hombres arrimaban una carreta y un caballo. Subieron y emprendieron el viaje hacia la estancia. Natacha abrió la tela que una de las mujeres le había entregado y comieron pasteles. Era la primera vez que Natacha probaba aquellas cosas, y él sonrió cuando vio que a ella le había gustado. Hablaron y rieron de la gente del puerto, mientras recorrían los caminos de tierra que atravesaban puentes endebles sobre los arroyos y desviaban lagunas donde flotaban grandes bandadas de patos o teros. A Máximo le hacía gracia ver los ojos asombrados de Natacha. En esos momentos en que ella estaba en la tierra que él conocía, se sentía más seguro que los meses pasados en Europa. Polonia era la incomprensible tierra de ella, pero ese país ya no existiría en sus vidas. Sólo el río y la estancia, los caballos y los perros, y el cielo incierto serían los habitantes de sus vidas. Y ella sería arcilla en sus manos. Eso pensaba, pero también pensaba en el hijo, y esa arcilla no era suya, y ya no estaba seguro, entonces, de pensar lo que pensaba.

     Llegaron a la estancia, pero desde media hora antes estaban en los campos que pertenecían a la familia. El casco era una casona grande de un solo piso con techo colonial y completamente rodeada por una amplia recova. Un ombú estaba a más de cincuenta metros, extendiendo la media sombra de la tarde hacia la casa, y del otro lado, una corta hilera de jacarandás protegía los corrales. Desde atrás de la casa, sobresaliendo por encima de los techos, un bosque de araucarias. La carreta se detuvo a poca distancia de la entrada, y ya los perros habían comenzado a rodearlos y seguirlos hasta que se detuvieron. Eran diez o quince entre lebreles y galgos, y algunos otros mestizos más pequeños. Natacha no podía evitar reírse de esa jauría que meneaba las colas y ladraba. De la casa salió una sirvienta y detrás apreció Tomasa. A Natacha le alegró ver a alguien conocido.

      -Acabo de llegar con mi compadre, señorito-dijo la negra. Saludó a Natacha, pero a diferencia de la forma en que se habían tratado en Buenos Aires, ahora apenas la miró. Natacha presintió que tal vez las mujeres de la casa le habían prohibido la confianza.

      Entonces apareció una mujer muy joven, no muy alta, pero delgada y con un vestido de tarde. Era rubia y de caminar esbelto y cuidado. Se detuvo ante ellos y extendió la mano a Natacha.

    -Es un gusto, condesa-dijo, guiñando un ojo a Máximo.

    -Nada de títulos, Lucrecia. Natacha, ella es mi prima. De pronto salió corriendo un joven que agarró la cintura de la prima para asustarla. Ella se dio vuelta, malhumorada al principio, luego sonrió. No necesitó presentarlos. Los hombres se abrazaron.

    -Tanto tiempo, compadre, tanto tiempo…

    -Desde la revolución del setenta que no nos vemos, ¿no?

    -Te fuiste a descansar a Europa, querido, y trajiste una condesa.

    -Basta de títulos. Perdón Natacha, vas a tener que aguantarlos un largo tiempo hasta que entiendan. Este señor es mi hermano de pecho, Sebastián Aráoz Urquiza, prometido de mi prima.

     Entraron a la casa y Natacha fue presentada una por una a las tres tías. Dos casadas, cuyos maridos la saludaron cortésmente, sin dejar sus pipas. La soltera le echó una larga mirada de pies a cabeza, para la cual se tomó su tiempo. Luego extendió la mano y dijo:

     -Buenas tardes.

      Fue la única que evitó el título, y Natacha lo tomó como una declaración de guerra.

    

    Los siguientes días consistieron en acomodarse en la estancia y conocer las costumbres familiares. No deseaba desentonar tan bruscamente, no quería mostrarse altiva pero tampoco sumisa. Cuando la tía soltera, que estaba sentada en una mecedora con un mate en la mano vio que los peones bajaban los baúles, y que uno de ellos era especialmente pesado, preguntó:

     - ¿Qué es tanto bulto?

     Máximo estaba en el campo, poniéndose al día con la economía de la estancia. Los tíos eran hermanos de su madre y la propiedad no les pertenecía, así que poco habían cuidado de las finanzas. Los Hurtado de Mendoza eran los propietarios, y la familia de Máximo estaba en España.

     -Libros, tía Clotilde-dijo Natacha.

      La mujer la miró con sorna, y no dijo nada.

      A la noche, Máximo había vuelto cansado y se acostó temprano. Natacha estaba en la biblioteca, un cuarto amplio con una mesa central y un ventanal que daba hacia donde estaban las araucarias. Los muebles con libros estaban casi vacíos. Ella había estado acomodando y distribuyendo los que había comprado en Buenos Aires. Sintió un golpe tibio en la puerta, y la voz de la tía Clotilde dijo:

    -Demasiados libros para una mujer. Seguramente novelas con ideas extrañas.

    Natacha dejó lo que hacía y se acercó a la mujer.

    -Por favor, tía, siéntese.

     La mujer no le hizo caso. Comenzó a recorrer los estantes con la vista, tomó uno, lo abrió y miró a Natacha. Volvió a dejarlo donde estaba y agarró otro. Hizo lo mismo con varios, hasta que dejó el último sobre la mesa y se sentó.

     - ¿Querés decirme quién te va a enseñar a leerlos?

     -Nadie, tía, no se preocupe, no habrá que pagar ningún profesor. Aprendí antes de venir, Máximo me ayudó.

     -Así que se conocen desde hace mucho, yo tenía entendido que Máximo estaba en Varsovia sólo desde hace pocos meses.

     -Así es tía…

     -No mientas, descarada. No podés hablar tan perfecto el castellano ni leer esos libros en tan poco tiempo.

     Natacha respiró profundo porque sentía que su corazón latía aceleradamente, estaba sudando, pero confiaba en que la poca luz de lámpara no la delatara. Y menos el temblor que sentía nacer en su garganta. Cualquier contestación sería inadecuada, porque la otra no estaba dispuesta a creerle.

     -Con la ayuda de Dios, tía, y sobre todo de la virgen.

     Natacha desapareció en la sombra fuera del alcance de la luz y regresó con algo en sus manos. Se acercó a la mujer y desenvolvió la tela.

     -Es la virgen de mi patria, tía.

     La mujer no pidió permiso para agarrar la imagen. Vio que el rostro era oscuro y el vestido fastuoso y muy ornamentado. Entonces Natacha vio aclarase la expresión en la cara de tez broncínea de la vieja, que era el mismo tono de la piel de Máximo. Él debió heredarlo de la familia de su madre.

     La mujer le devolvió el ícono, y sus ojos mostraban angustia y ternura.

     -Se parece a la virgen de los Dolores. A su admonición entregamos los cuerpos de mi hermana y mi cuñado, cuando tu marido era un chico todavía.

    -Nunca me contó cómo murieron, tía.

    -Mi cuñado era un oficial de marina, y estuvo en la guerra con el Paraguay. Lo mandaron a Corrientes y después más al norte, al mando de una flota. Lo mataron en la batalla de Caaguazú. Mi hermana no era muy fuerte, Máximo fue el único hijo que tuvieron, y casi se muere en el parto. Menos pudo resistir la muerte de Nicasio. La guerra seguía, pero ella se murió antes. Era devota de la virgen de los Dolores. Yo la cuidé todo ese tiempo, mientras se moría de tristeza. Me hizo prometerle que armaríamos una capilla en la estancia en homenaje a la virgencita.

     - ¿Y usted cree, tía?

     La mujer la miró a los ojos.

     - ¿Qué te parece, m’hija? ¿Quién no cree en el dolor? Es el que construye el mundo.

     Le agarró una mano y caminaron juntas por el pasillo hacia lo que Natacha suponía el fondo de la casa, porque se detuvieron ante una abertura ojival sin puerta que dejaba entrar un tenue reflejo de la luna. Afuera se veían las araucarias, algunos restos de fogones y un viejo aljibe. Unos pocos perros ladraban, pero era más un quejido.

      Ellas entraron a un cuarto pequeño, que a la luz de la lámpara que llevaba la tía dejó ver las paredes blancas y vacías. Había únicamente un reclinatorio frente al cual estaba el altar con la virgen de los Dolores. La imagen, pequeña y oscura, resaltaba como una mancha negra en la pared.

     -Esta es la habitación que hice hacer cuando murió mi hermana. Todas las mañanas muy temprano, cuando aún nadie se ha levantado, salvo los peones y las sirvientas, vengo a rezar mi decena. Después voy a misa. Ahora vamos a dormir, mañana te llevo.

     Natacha se acercó a la imagen, que estaba más alta que ella. Sólo podía alcanzarla si levantaba un brazo y la tocaba con la mano. Eso hizo. Nunca supo por qué motivo usó su mano izquierda, si ella habitualmente era diestra. Sólo se dio cuenta cuanto sintió el dolor cuando apoyó los dedos en la estatuilla. Entonces se estremeció con un escalofrío, y la tía Clotilde se dio cuenta. La vieja la tomó de los hombros y la hizo retroceder con palabras que ella no entendió. Era latín, probablemente, o una plegaria en voz muy baja.

     Cuando salieron, Natacha le preguntó.

     - ¿Qué le ha dicho, tía?

     -Nada, m’hija, sólo una tontería en quechua, o lo que sea, porque nunca aprendí esa lengua tan enrevesada.

     - ¿Le pidió perdón?

      La vieja la miró con un dejo de asombro.

      -Llakikinum. Eso es lo que quise decir. ¿Cómo lo supiste?

      -Fue solamente una intuición, porque es lo que yo habría pedido por atréverme a tocarla. Ella sufre mucho, tía, ¿se dio cuenta?

      La vieja la llevó a su habitación. Entreabrió la puerta y vio a su sobrino dormido ya en la cama.

     -Buenas noches, tía Clotilde-dijo, besándole una mejilla.

     -Que duermas bien, m`hija. -Ya se estaba yendo cuando se dio vuelta y dijo:- No dejes que él te moleste cuando no quieres. Los hombres producen dolor.

     Natacha bajó la mirada, y contestó:

     - ¿Y si yo quiero, también?

     -Entonces matá el deseo.

     Se dieron cuenta de que estaban paradas en medio del pasillo, con la puerta entreabierta de la habitación, en la casi oscuridad de la una o dos de la mañana, hablando de Dios, probablemente.

     - ¿Y entonces qué diferencia hay entre el dolor que ellos nos infligen y el que nos provocamos nosotras?

     -La privación es un dolor más fuerte que cualquiera que puedan hacernos los demás. La prohibición, m’hija, es la ausencia. ¿Y cuál más grande dolor que la ausencia de Dios?

     -Eso dicen que es el infierno, tía. ¿Entonces es como desear el infierno?   

     -Despreciá tu vida, m’hija, porque no vale nada la de ninguno de nosotros. Mientras más grande es tu desprecio, más valiosa tu humildad.

      Durante esa noche Natacha pensó en todo eso. No alcanzó casi a dormir, mirando el cuerpo dormido de Máximo Mendoza, desnudo y cubierto por una sábana hasta la cintura. Deseó tocarlo, pero se abstuvo. Lo vio respirar profundo. Debió haber bebido de más durante aquella reunión con su cuñado y amigos, hablando de finanzas y del país. Pero más debieron haber hablado de recuerdos de la infancia, de la familia, y seguramente de mujeres que habían conocido.

     Estaba amaneciendo cuando escuchó ruidos desde afuera. Los peones ya se habían puesto a trabajar. Se escuchaba el ruido de un hacha, ladridos y mugidos. Vio pasar por la ventana la sombra de dos sirvientas que pasaban charlando hacia el pueblo, quizá, a hacer compras. Olió el aroma del pan recién horneado, y del café. Se levantó y se vistió. Máximo seguía durmiendo. Salió al pasillo y se encontró con la tía Clotilde.

     -Buenos días, m`hija. ¿Cómo dormiste?

     -Bien, tía.

     -Ya pasé a rezarle a la virgencita. Ahora vamos a misa, querida. Es a la siete y tenemos media hora de viaje.

     Natacha se puso un chal sobre los hombros, y al salir se cruzaron con uno de los tíos. El hombre bostezaba y se despabilaba, vestido con ropa para cabalgar.

     -Aquí vienen las beatas-dijo. - Te conseguiste una discípula.

     -No le hagás caso, m`hija.

     El hombre se puso la boina y salió arrastrando las suelas de las botas hasta que el ruido desapareció al pisar la tierra seca y subirse al caballo.

      Ellas subieron a una carreta que la tía conducía, atusando al caballo viejo, que hizo su acostumbrado camino matutino a la capilla. La mañana era clara y limpia, diferente a las mañanas neblinosas y frías de Polonia. Veían pasar a los labriegos y sus mujeres rodeadas de chicos, y recorrieron un largo camino sinuoso entre árboles, que se fue ampliando a medida que las casas se hacían más habituales. La capilla de la Virgen de los Milagros estaba en las afueras de Sante Fe. Cuando llegaron había muchas mujeres en la puerta, y pocos hombres. Entraron y Natacha vio la vieja construcción de los jesuitas, y la hizo sentirse como si entrase en un sitio conocido. La vetustez del edificio se mostraba en las imágenes de los laterales: santos hechos de madera cuarteada y descolorida sobre paredes de adobe pintadas a la cal.

     Cuando llegaron frente al altar, se postraron ante un Cristo que Natacha nunca había visto. Estaba tallado sobre un gran tronco único, las vetas de la madera no tenían interrupción, salvo las vueltas y pliegue de la piel y del taparrabos de Jesús, donde las sombras moldeaban los contornos entre los cuales la figura principal parecía estar inmersa, atrapada, y cobijada. Porque esa era le impresión que daba la figura de Cristo sobre la cruz: un sitio donde el dolor es un estrecho escondrijo privado. Poner los ojos sobre él, era como espiarlo.

     Natacha se quedó extasiada, sin poder desviar la vista a pesar de la vergüenza, y mientras la tía le decía que se sentaran. Retrocedieron y se ubicaron en la primera fila de asientos. Los demás continuaron entrando y se sentaron. Muchas mujeres se acercaron a saludarlas y la tía Clotilde les presentó a su nuera. Casi todos sabían que era una condesa, y no dejaron de acercarse hasta que el cura apareció por el atrio.

     Al terminar la misa, ellas salieron rodeadas de gente, y la tía intentaba no ser descortés, pero de pronto dijo:

     -Ya nos veremos, señoras, ya nos veremos…-Y agarró fuertemente a Natacha del codo y la hizo subir a la carreta.

     Al fin partieron de regreso a la estancia, quejándose la vieja de todas esas mujeres que sólo querían quedar bien con Natacha.

     -No se preocupe, tía, no me molestan.

     -Pero a mí sí.

     En la estancia Máximo y los tíos habían salido al campo. Las otras mujeres habían ido de compras al pueblo. Natacha y la tía Clotilde desayunaron solas en un solar bajo las araucarias.

     -Dígame, tía. ¿Quién hizo el Cristo del altar?

     -Los indios, m’hija. Los jesuitas tenían una misión muy grande acá, cuando los echaron quedó todo abandonado muchos años. Pero ese Cristo se mantuvo sano.

      Natacha pensaba en el rostro sufrido, donde hasta las lágrimas talladas parecían oscuras como la madera. Durante toda la misa había estado observando la figura. Las manos crispadas y enfurecidas, el cuello torcido cubierto por la sangre que caía desde la corona de espinas, el torso desnudo y flaco lleno de cicatrices que en la madera eran como grietas donde los insectos depositaban sus huevos. ¿Por qué pensaba eso, si no los había visto? ¿O creyó ver las moscas que caminaban sobre el cuerpo? Entonces vio las piernas del Cristo, huesudas, con los pies cruzados uno sobre el otro y atravesados por el mismo clavo. Y lo que le llamó la atención fue que ambas piernas estaban trisadas en diferentes sitios, una en un muslo con un corte profundo que llegaba casi hasta la mitad, y la otra en la pierna, oblicuo y más superficial.

     - ¿Usted vio, tía, el daño que le hicieron al Cristo?

     Clotilde la miró con sorna.

    -Ya entiendo, te referís a las piernas. Fue a propósito, me dijeron los indios.

    - ¿Y usted por qué los conoce tanto?

    -Porque o uno se lleva bien con ellos, o nos hacen una matanza. No digo acá, pero en los puestos de frontera todavía siguen salvajes. Además, estos fueron domesticados por los curas, y son más sumisos que nuestros perros. Ellos construyeron la capillita acá en la estancia. La familia no quería saber nada, pero yo me impuse. Al fin de cuentas era en memoria de mi hermana y mi cuñado. Y los indios son los mejor artesanos de la zona. Son artistas, y ellos crean según las visiones que tienen.

    Se quedaron en silencio, mientras la mañana avanzaba lentamente bajo un sol que delataba los árboles y sometía al casco de la estancia a un tórrido manto de calor y dolor. Los perros ladraban de tanto en tanto, y se escuchaba el trote de los caballos que los peones sacaban a caminar. Los techos de la chacra relucían y parecían estar quejándose del calor que iba a azotarlos durante el día.

     - ¿Pero por qué esos cortes?

     -Mirá, m’hija. Yo no entiendo mucho de eso, porque es todo muy enrevesado, como todo lo que los jesuitas hicieron. Ellos les enseñaron a los indios la religión mezclada con la ciencia, y todo al servicio de Dios, por supuesto, aunque los echaron por algo más terrenal, según dicen. Pero sea como sea, los indios aprendieron de matemáticas, y las aplicaron en las artes con que construyeron la iglesia.

     La vieja sacó el rosario de un bolsillo y le mostró la cruz a Natacha.

     - ¿Ves cómo tres lados de la cruz son iguales y el otro más largo? Si se acorta éste, queda una simetría casi perfecta. Y si trazás una línea entre cada punta se forma un rombo, pero si agarrás un compás y lo apoyás en el centro, formás un círculo.

     La tía respiró profundo y tomó un mate. Natacha esperó, y le pidió uno. Era la primera vez que lo probaría. La tía la felicitó cuando pasó la prueba. Le había gustado, dijo, pero luego aceptó únicamente por compromiso.

      - ¿Y después?

      -En todo círculo se calcula el número griego, el número Pi, que dicen que es infinito.

      Natacha se quedó pensando. Era necesario el dolor, cualquiera sea, y el dolor físico siempre es más evidente, y aparentemente más eficaz que el dolor espiritual, sólo porque es más inmediato. Nuestro cuerpo, se dijo, es una carga, nuestra carne está hecha para morir, pero antes debe sangrar, y ser golpeada y cortada. Sin eso, no es carne. Sin eso, sólo es un tejido sin valor porque nunca estuvo a prueba. ¿Por qué, si no, los sacrificios? Cristo había sido el cordero mayor.

     La simetría y el infinito.

     La carne perdurable.

   

     Desde entonces, la tía Clotilde fue su única aliada. Porque cuando Máximo anunció a la familia - un domingo mientras almorzaban bajo unos árboles, con el gran fogón asando la carne a unos metros de la mesa, y las sirvientas yendo y viniendo de la casa con bebidas para las mujeres y el vino para los hombres, rodeados por los perros que daban vueltas-, que Natacha estaba embarazada, todos se quedaron callados por unos segundos. Sólo para ella ese tiempo fue mucho más largo. Vio en las miradas de la familia que todos comprendían que no había pasado el tiempo suficiente desde el casamiento, pero luego estalló una carcajada en la voz rotunda del tío Álvaro, el marido de la hermana mayor. Se levantó de la silla en la que estaba como postrado por el sol del mediodía, la carne y el vino, y sacudió a Máximo de los hombros, abrazándolo y palmeándolo. Estaba borracho, y por eso había dejado de lado lo que en los demás era todavía un resquemor, por lo menos, sino tácita desaprobación.

     -Pero, en fin, muchacho, nadie tiene por qué enterarse, estas cosas son muy comunes-le dijo al oído, pero todos lo escucharon.

     Natacha bajó la mirada y puso las manos sobre la falda. La tía Aurelia se acercó a felicitarla con la mueca habitual que utilizaba para calmar los ánimos de la familia. Le dio un parco beso en la mejilla y fue a buscar a su marido para que se sentara. La otra tía, la más seria y remilgada, se levantó y se puso a hablar con Clotilde. Parecían discutir en voz baja, hasta que Aurelia se acercó a Natacha y le dijo:

     -Clotilde será su amanuense, y ella responderá por usted, querida. -Luego fue hasta donde estaba su marido, alto y flaco y un bigote cano y espeso.

     La tía Clotilde se sentó junto a Natacha y le dijo que no se preocupara. Ella ya se había dado cuenta, pero entre ambas había nacido algo que valía más que cualquier apariencia social. Máximo no creyó conveniente acercarse a su esposa. La familia lo observaba, y se sentó a conversar con el tío Álvaro y la tía Aurelia. Pasó la tarde y llegó el mate, tortas fritas y muchos dulces.

     El sol fue cayendo sobre todos ellos: el tío Álvaro acostado en el pasto, junto a dos perros que de vez en cuando le lamían la cara, las tías casadas se habían metido en la casa, Clotilde y Natacha estaban sentadas con un libro en las manos y hablaban. Las brasas se apagaban poco a poco, y una brisa fresca surgió de entre los árboles. Máximo estaba apoyado contra un tronco cortado, fumando la pipa. Miraba hacia el casco de la casa, y a los que aún estaban afuera. Miró a Natacha, cuya mirada captaba de vez en cuando. Sabía que le estaba reprochando su silencio. Le agradaba que hubiese encontrado en una de sus tías la protección que nadie más iría a darle. Antes de volver a pisar la tierra en la que había nacido, pensaba que Natacha y él serían un bastión invencible frente a la familia. Pero cuando se enfrentó con ellos, volvió a ser el chico tempranamente huérfano al que todos protegían. Fuese la guerra o las mujeres, todo era un peligro para el futuro de la familia. Veían en él la única continuación posible del alto legado que creían estar llevando sobre sus hombros. Y ahora que una descarada condesa polaca venida a menos lo había embaucado con hijo y casamiento, ya no podían dejarlo ir. Siempre había sido un chico que se rebelaba a las reglas, le gustaba esconderse o escaparse, le agradaba el río y sus peligros. Pero sabían también que era más inteligente que todos ellos, y lo había heredado de su padre Nicasio. Los Hurtado de Mendoza lo habían dejado en manos de la familia de su madre, criollos en los que no se podía confiar del todo. Ya la guerra les había quitado un hijo, y con el fin de salvar al nieto lo habían hecho viajar a Europa durante más de un año para retenerlo allí. Pero Máximo, cuando ya casi estaba convencido, había conocido a Natacha, y de pronto surgió la necesidad de comenzar otra vez, pero en la tierra en la que había nacido.

      La familia de su madre vivía de rentas que ya no rendían lo suficiente. Habían malgastado parte del patrimonio de los Mendoza, y ahora Máximo sabía que debían hacer economías. El dinero que los parientes de España podrían mandarle era un recurso que no quería utilizar a menos que fuese imprescindible. 

   

      El hijo de Natacha había nacido en octubre del año siguiente a su llegada. Eran dos meses antes de lo supuesto, pero nadie dijo nada sobre eso, porque algo era más evidente todavía. Era completamente rubio y de una piel más blanca que la leche. Máximo lo vio en la cuna junto a la cama de Natacha. Contempló ese cuerpecito frágil, que tranquilamente podía pasar por un niño prematuro. Pero cómo ocultar esa rubicundez que contrastaba con ellos. Miró a Natacha, que miraba al niño de la misma forma que cuando miraba a su padre. Era admiración, y más que eso. Tal vez una especie de sublimación.

     Lo que Máximo se había esmerado por tapar con millones de toneladas de agua del océano, con miles de kilómetros de distancia, con todo el peso de la tierra de su país, había vuelto a surgir, incólume y renacido. La rubicundez de Alexei Krakovsky el polaco en pleno campo santafecino resplandecía como un sol. Y eso ero lo que descubrió en la cara de ella: el éxtasis al ver que las sirvientas y los peones que había entrado a conocer al chico lo miraban extasiados.

     - ¡Pero si es un ángel! -dijo una, y las otras la secundaba, mientras los hombres miraban al chico y al padre, como confundidos.

     Natacha estaba en el más alto esplendor de su belleza: el cabello negro suelto sobre su cuello blanco y el camisón oscuro. Sus ojos brillaban porque su niño era el punto de admiración de toda aquella gente pobre y sencilla. ¿Había venido el chico para ser un símbolo, quizá? Eso probablemente pensaba, mientras Máximo la miraba desde el otro lado del cuarto, esperando que la adoración al niño por parte de sus trabajadores terminara de una vez. Y entonces vio que estaba viendo la escena de esa habitación como tantas veces la había visto en los pesebres de Navidad.

    -Lo llamaremos Ariel, ¿no es cierto, querido?   

    Palabra y visión coincidieron en su mente. Ella seguramente estaba pensando en eso: la virgen y el niño, José y los pastores. Sólo faltaban los reyes magos, y fue entonces cuando entraron los tíos con regalos.

     Esa noche hubo festejos para todos los adultos, excepto para Natacha, el niño y la tía Clotilde. Hasta casi la madrugada hubo música con guitarras, bailes, gritos y risas. Se carnearon y asaron dos vacas, y Tomasa tuvo que traer del pueblo a dos mocitas para que la ayudaran.

     Las tías desde esa noche se callaron. Lo evidente debía ser tapado con silencio, que suele ser más fuerte que el hierro.

    

     Durante los siguientes dos años, vendieron tierras y hacienda. El ahorro hizo que se recuperaran, pero al finalizar el décimo año de su matrimonio mataron a López y las provincias del litoral fueron intervenidas. Desde Buenos Aires llegó el ejército que se instaló en las casas de los hacendados, y como nadie pudo negarse a riesgo de ser considerado rebelde, dejaron que los meses pasaran mientras la hacienda se perdía irremediablemente.

      Pero la verdad era que Máximo veía que su matrimonio se había derrumbado desde el momento en que habían llegado a Santa Fe, y el nacimiento de Ariel no fue más que el único pretexto para que siguieran viviendo juntos. Natacha se había convertido en una devota que iba a misa todas las mañanas, y cuando la tía Clotilde se hizo más vieja y achacosa, fue la excusa inmejorable para no la dejara ni a sol ni sombra. Por las noches dormían en cuartos separados desde que el chico había nacido, pero él sabía que ella se quedaba leyendo libros de teología hasta las dos o tres de la madrugada. Lo sabía porque había tomado la costumbre de ir a la ciudad y cenar con sus amigos. A veces Aráoz Urquiza lo acompañaba, pero no siempre porque a Lucrecia no le gustaba; de todos modos, lo hacía la mayoría de las veces porque Máximo se emborrachaba y no quería dejarlo volver solo a la estancia. Pero cuando regresaba más o menos sobrio, veía la luz en la biblioteca, y a veces se asomaba a saludarla. Preguntaba cómo estaba Ariel, ella le contestaba levantando la vista del libro, y luego volvía a ignorarlo.

     Había terminado por querer al chico. Era apocado y tímido. Cuando tenía ocho años había empezado a mostrar habilidades para el dibujo, y él le traía desde la ciudad lápices y cuadernos. Se les hizo una costumbre ir a la arboleda detrás de la estancia y sentarse apoyando la espalda en un tronco y mirar el follaje alto y frondoso. Intercambiaban opiniones pueriles, y el chico se ponía a dibujar. Él no quería molestarlo, porque una sola mirada podía ser suficiente para que se sintiese cohibido y dejara de dibujar. Natacha sabía esto, y no le gustaba lo que dibujaba Ariel. Esbozaba árboles y animales del río, aves, a veces la silueta de la estancia, incluso a algunos de los peones.

     -Deberíamos traer a un maestro de dibujo- le dijo él a su esposa, la tarde que festejaron el décimo cumpleaños de Ariel.

     Pero Natacha tenía otros planes.

     Cuando llegaron los del ejército a instalarse, ocuparon los establos y las habitaciones de los trabajadores. Ya había pocos, así que las camas estaban vacías en su mayoría, y pasaban los días esperando órdenes del gobierno, consumiendo el ganado de la hacienda de los Mendoza. Decían que gobierno se lo retribuiría cuando levantaran la intervención, pero no confiaban en eso. Fueron ellos los que vieron por primera vez entrar al cura de la parroquia a la estancia. Caminaba medio encorvado, con la sotana gastada moviéndose con sus pasos rápidos y una biblia en la mano derecha apretada contra el pecho. No miró hacia los costados, donde estaban  los soldados, sentados o tirados en el piso alrededor de la estancia, ni a los oficiales que estaban a la sombra de la recova.

     Era domingo, así que Máximo estaba en la casa, y lo vio entrar.

    -Buenas tardes, ¿está la señora de la casa?

   Máximo estaba en su escritorio, dejó de lado las cuentas que no habían cerrado en todo el día, y preguntó:

    - ¿Quién la busca?

    -Soy el nuevo maestro de su hijo.

    Entonces Ariel apareció en la sala, y cuando vio al cura fue corriendo a él y se abrazó a su sotana.

     Máximo Mendoza se abstuvo de contestar lo que necesitaba contestar, y mantuvo un silencio hostil cuando Natacha recibió al cura y llevaron a Ariel a la biblioteca. Dos horas después, los vio salir. Él seguía con sus cuentas, inútiles porque ya no les prestaba atención. Saludó con indiferencia al cura. La mirada de Natacha ya había tomado el cariz del desprecio desde hacía algunos años. ¿Había sido su culpa, quizá? ¿La indiferencia, las salidas al pueblo, las mujeres, tal vez?, porque no ignoraría que él recurría a ellas. ¿O tantos libros de teología, o la iglesia? ¿A lo mejor fue el desprecio de la familia, ese desamor tan en contraste con las expansiones que veía su alrededor de él entre la gente del pueblo?

     Natacha era un cuerpo sólido y fuerte, delgado y vestido de oscuro, de rostro desaprobador y palabras secas.

     Desde que llegaron a América sólo reía cuando estaba con Ariel.

    ¿Extrañaba Polonia? ¿Extrañaba a Krakovsky?

     Una sola vez, cuatro años después de nacer Ariel, había querido preguntarle. Y entonces era una beata que se rehusaba a dormir en la misma cama que él, y sólo aceptaba un beso como saludo. Fue a la habitación de ella, entró y cerró la puerta. Natacha no lo había invitado, eso era lo que mostraba su cara. Entonces no pudo preguntarle, porque ya todo estaba dicho. Sobre la cama, en la pared, había un crucifijo de madera que los indios de la capilla de los Milagros le habían regalado. Junto a la cama había una mesa con una foto. Por un instante se confundió y creyó que era Ariel. Pero el retrato era de un joven de veinte años o poco más.

      Si tan hostil le era, se dijo Mendoza, si tanto lo despreciaba, entonces no había acto que pudiese empeorar su opinión sobre él.

      Sentía tanta ira, que no pudo detenerse, consciente en cada instante de cada movimiento que realizaba. Tiró el retrato al piso, y apretando las manos de Natacha la retuvo sobre la cama.

     -Él y yo somos el día y la noche, ¿no es cierto?

     Intentó besarla y se encontró con una cara huesuda que ni siquiera tenía olor. Intentó hallar excitación en la misma ira que sentía, incluso en volver a imaginar lo que pasaba en Varsovia cuando ella vivía con el padre. Pero ya nada lo impulsaba hacia el cuerpo de Natacha, porque el alma de ella ya no le interesaba.

      Algo de esa ira renació el domingo que los visitó el cura. Esa noche discutieron. Sus voces resonaron por toda la estancia, mucho más que de costumbre. Las sirvientas escucharon tras las puertas, y los hombres esperaban en la recova, pensando que quizá algo iba a pasar. La tía Clotide estaba en cama desde hacía diez meses por una apoplejía, y aunque escuchara, no podía moverse ni hablar. Los otros no salieron de sus habitaciones, estaban acostumbrados.

    Una semana más tarde, el cura no vino, aunque se suponía que era el primer día de lecciones de Ariel. Ese mismo domingo Máximo fue a la habitación del chico y le anunció que irían pasar el día en el río. Ambos salieron tomados de la mano. Máximo lo subió al caballo y ató las provisiones, y comenzaron a alejarse acompañados por dos perros.

      Desde ese día, todos los fines de semana, fueron a pasear en bote. Máximo le enseñaba rudimentos de náutica y de pesca. Ariel se reía más abiertamente, y ya no temía ensuciarse ni gritar, si así quería. A veces pasaban la noche en campamento, y regresaban el lunes o el martes por la mañana, sucios y cansados. Ariel observaba la expresión de su madre, que los esperaba en la puerta, silenciosa y hosca, pasaba a su lado con rapidez, y Máximo la ignoraba.

     Durante cinco años Ariel y Máximo se convirtieron en el padre e hijo que no habían sido durante los primeros diez.

     La intervención federal se había levantado, pero la economía seguía mal. Perdieron más peones y sólo quedaba Tomasa y una sirvienta para la casa. Mendoza había recurrido a su familia en España, y luego de varias cartas anunció que compraría un barco para hacer viajes de cabotaje por el Paraná.

     La familia, los pocos que quedaban, porque la tía Aurelia había muerto y el tío Álvaro estaba muriéndose por cirrosis en un sanatorio, lo miraron como si se hubiese vuelto loco.

     - ¿Pero y la familia?

     -Sólo les pedí ayuda para abrirme paso por mis medios…

     -Pero qué vergüenza…-dijo la otra tía.

     -¿Acaso prefieren perder las tierras y la casa? No tenemos más que gastos, la educación de Ariel, por supuesto, si queremos que siga teniendo maestros privados, y la enfermera para la tía Clotilde, y los gastos del sanatorio del tío, y los impuestos que nos cobra Buenos Aires, y el préstamo a los Valente…

    -Basta-dijo Natacha. -No es necesario que nos des explicaciones. ¿Y quién se va a encargar y pilotear?

     -Soy capitán, ¿no es cierto?

     - ¿Y te ausentarás mucho tiempo?

     -Tal vez todo el año-dijo. -Les mandaré las ganancias para cancelar las deudas.

 

     Cuando Ariel cumplió los quince años, ya no era tan apocado ni tímido, pero se conservaba introvertido. Todos los años en que su madre lo había llevado cada mañana a misa en el pueblo, los rezos diarios y la adoración a los crucifijos y las imágenes de la virgen habían formado en él un sentido de culpa ante todo lo que hiciera o hablara. Sólo con Máximo logró olvidarse de esa sensación, pero para eso necesitaba estar lejos de la estancia, donde cada cosa o lugar le recordaba a su madre. La noche que escuchó los planes de su padre en la mesa, él ya los conocía porque lo habían hablado durante un día de pesca. Máximo le había dicho que era necesario ausentarse, pero Ariel pensó más en el barco y el río.

    Su cuerpo alto y delgado de adolescente se había tornado un poco más grueso en los hombros y en las piernas por efecto del trabajo que ambos realizaban juntos durante los viajes por el Paraná. Mendoza lo había llevado en sus recorridos por los pueblos costeros, buscando barcos viejos que pudiese arreglar. Pensaba compray uno grande para llevar mercaderías y pasajeros, y que aguantase largos viajes hacia el norte. Esperaba también llegar hasta el Brasil. Ambos hablaban de las tierras que Máximo había visto en América y en Europa, pero cuando llegaba al recuerdo de Polonia, se callaba, por más que Ariel le preguntase.

     Finalmente, un día fueron a Buenos Aires y encontraron un viejo velero de la época napoleónica arrumbado en un muelle. Tenía un mascarón de proa estropeado, y en un costado estaba inscripto el nombre de “La conquéte”. Subieron y recorrieron la cubierta y el interior. El inmenso tamaño daba la impresión de un tiempo pasado que se había detenido. Mendoza habló con muchos hombres en Buenos Aires, y a donde iba lo acompañaba Ariel. Le dijeron que el barco era una ruina, y a él entonces se le ocurrió que la vejez y el tamaño fuesen quizá una atracción para el éxito de su negocio. Habló con un ingeniero. Tenía la idea de convertir al barco en una máquina de vapor, conservando los mástiles y adaptando la quilla para el río.

     Mandó telegramas a España, y recibió una y otra vez la suma que pedía, que cada vez era más importante a medida que pasaban los meses y los arreglos llevaban a otros arreglos. Dos veces las máquinas de vapor se estropearon en las pruebas, el barco era demasiado pesado. Finalmente tuvieron éxito, y el día que lo inauguraron los únicos de la familia que asistieron fueron Ariel y Aráoz Urquiza. El barco fue bautizado con el nombre de “Juan Manuel de Rosas”. Los que lo vieron botar en Buenos Aires se dijeron que no le vendría bien tal nombre al éxito comercial, pero Máximo sabía que en el litoral sería lo contrario.

     El primer viaje sería más tarde, aún faltaban los contratos y ultimar detalles técnicos. Los tres regresaron a Santa Fe. Natacha había estado demasiado ocupada atendiendo a la salud de la tía Clotilde, y había aflojado la preocupación que ejercía sobre Ariel. No le gustaba el apego que había crecido entre ellos, pero había cedido porque la tía Clotilde le había aconsejado que el chico necesitaba una figura paterna, que no podía seguir creciendo bajo las faldas de su madre, y menos cuando ya era un adolescente. Todo eso lo dijo poco antes de enfermarse. Y ahora la tía estaba cada vez peor. A veces parecía muerta porque apenas se sentía su respiración, otras, intentaba levantarse empujando su propio cuerpo con el único brazo en que le quedaban fuerzas, y se caía de la cama. Dos veces se fracturó una pierna y un brazo, y a la postración se sumaron los entablillados durante más de un mes. Las enfermeras que ayudaban a cuidarla iban y venían porque no toleraban el trato que les daba. Al final optó por evitarlas y hacer que Tomasa la ayudara. La vieja negra se quejó de que debía cocinar y limpiar la casa, que era demasiado trabajo. No lo decía por la tía, sino por Natacha. Para ella, Natacha había hecho infeliz a Máximo Mendoza, el niño que había ayudado a criar y cuyos padres le habían dado la libertad. Pero lo hizo, y todas las mañanas, como ya no iban a misa, ambas mujeres cambiaban la ropa de cama y lavaban el cuerpo de la tía Clotilde. Discutían, se insultaban, y la vieja las observaba sin poder intervenir.

      El día que regresaron, Ariel le dijo que quería acompañar a su padre en sus próximos viajes. Estaban únicamente los tres, los tíos que quedaban se habían mudado a Santa Fe luego de una discusión con Natacha.

     - ¡Estás loco!- dijo ella.

     -Será un período de prueba-dijo Mendoza. Sé que es chico, pero ha aprendido mucho estos años.

      - ¡Ni hablar! ¡No se hablará más de eso en esta casa! ¡Vamos Ariel, ya terminaste la cena! Vamos a tu habitación. -Se levantó y agarró al chico de un brazo. Máximo los vio desaparecer tras la puerta. Cinco minutos después, ella salió y cerró con llave. Nada se escuchaba desde adentro.

     Máximo y Natacha discutieron con gritos en el comedor. Se volcaron vasos, y los perros, como siempre que los oían, se escondían en los rincones y bajo la mesa. Tomasa escuchaba tras la puerta de la cocina, temía que el niño Máximo perdiera la razón y maltratara a su mujer. Ella era una arpía disfrazada de santa, decía la negra a quien quisiera escucharla. Atusaba al niño Máximo y había echado a perder a su propio hijo. Tomasa no confiaba en los curas ni en Dios, porque había iglesias para los blancos y otras para los negros.

     Ya se estaba durmiendo apoyada en la puerta cuando escuchó un tiro. Abrió la puerta desesperada y vio en el comedor a Natacha sentada. Buscó a Máximo y lo encontró apuntando una escopeta hacia la puerta de Ariel. Había hecho saltar la cerradura. Soltó el arma y gritó:

     - ¡Hijo!¡Andá a mi habitación, ya!

     Miró a Natacha.

     -Esta noche Ariel va a dormir conmigo.

     No vio rastros de expresión en el rostro de Natacha. Si hubiese visto por lo menos un sesgo de dolor que representara toda su vida. Pero él no se daba cuenta que ella había petrificado ese dolor convirtiendo su cuerpo y su alma en un madero tallado con los rasgos del Cristo. Había pliegues como grietas que nadie veía, pero que allí estaban bajo esos vestidos negros que la asemejaban a la virgen dolorosa.

     En la mañana, encontraron muerta a la tía Clotilde. Tomasa entró a la habitación, y vio a Natacha sentada junto a la cama, en la silla de siempre, agarrando una mano de la tía y sosteniendo el rosario que había pertenecido a la vieja.

     -Avise al patrón-le dijo a la negra.

     Tomasa fue al cuarto de Máximo, y como nadie respondía, abrió la puerta. En la cama seguían padre e hijo, dormidos y aún vestidos. El cuarto olía a sudor y orina. Vio los orinales bajo la cama y los vació. Sacudió un hombro de Mendoza, y éste abrió los ojos.

    -La tía murió-le dijo.

    Mendoza se levantó y se lavó la cara en el lavabo.

    -Usted vaya y ayude a la señora, yo me encargo del chico.

    Despertó a Ariel y le dijo lo que pasaba. Se cambiaron las ropas y fueron a la habitación de la tía. Ya había llegado el cura y el médico para el certificado de defunción. Los pocos peones que quedaban pasaron a dar el pésame.

     Velaron a la tía durante todo el día y la noche. Máximo hizo el papeleo para el funeral y el entierro en el pueblo, y en la casa entraban y salían vecinos y amigos de la familia. La única hermana que quedaba viva se sentó en la silla que había sido su preferida durante su vida en la casa, y su marido permaneció a su lado, parado. Ni lloraban ni hablaban. Simplemente estaban allí, esperando.

      El funeral y el entierro en el cementerio del pueblo fueron penosos, sobre todo por la cantidad de feligreses de la iglesia a la que la tía Clotilde había asistido por cuarenta años. Durante el servicio, Natacha observó detenidamente al Cristo del altar, de la misma forma en que lo había contemplado la mañana que fue por primera vez. El Cristo no había envejecido, pero las grietas de la madera eran más numerosas. Lo sabía porque todas las semanas las contaba desde hacía quince años. Dios era un contable que nunca se equivocaba, llevaba un libro en el que anotaba los bienes y los males de cada uno. Pero no era posible que cada grieta en el tallado fuese un nuevo mal en cada hombre o mujer, tal vez la proporción de la apertura una millonésima parte de un milímetro, pero todo eso estaba fuera de su comprensión. Lo había aceptado, o más bien se había resignado a aceptarlo luego de haber esbozado cientos de esquemas geométricos o numéricos en otras tantas páginas que guardaba en la biblioteca.

     Un esquema de los planes de Dios. Eso habría sido hermoso.

     Y sin escuchar el sermón del cura, siguió mirando el cuerpo del Cristo, sin resignarse a renunciar al orgullo de su inteligencia, que la hacía culpable, y esa culpabilidad alimentaba la vanidad del dolor: mientras más intenso más orgullo. Eso le ofrecería a la Virgen de los Dolores cuando regresara a la casa. Eso era lo que le decía cada día y cada noche desde que ya no podía ir a misa con la tía.

     Cuando regresaron a la estancia, Máximo se fue a su cuarto. Natacha fue a la capilla, y le pidió a Ariel que la acompañara.

     Se arrodillaron juntos en el reclinatorio. Luego de un rato de silencio mirando la imagen, ella preguntó:

     - ¿Qué te dijo tu padre anoche?

     -Nada, dormimos.

     - ¿Sabías que yo dormía con mi padre allá en Varsovia? Los cuerpos de los hombres son hermosos y protectores. Ojalá lo hubieses conocido, él se parecía mucho a vos.

 

     El primer viaje del “Juan Manuel” debió esperar casi tres meses a que terminaran los trámites de la herencia y sucesión de la tía Clotilde. El sábado en que se leyó el testamento, estaban la hermana y el cuñado, la prima Lucrecia y su marido, y ellos dos con Ariel. A último momento llegó el cura y se sentó cerca de la puerta.

     La tía dejaba todos sus bienes terrenales a la iglesia.

     Nadie habló, sólo el cura tosió una vez. Se firmaron los papeles y el escribano se retiró.

  

    En la mañana Máximo y Ariel sacaban sus valijas para colocarlas en la carreta. Tomasa los acompañaría. Irían a Buenos Aires para iniciar el primer viaje. Cuando iba a entrar a despedirse de Natacha, la encontraron vestida de y con una valija al lado.

     -Ya no tengo quien me retenga acá. No voy a dejar que mi hijo se convierta en un marino borracho como vos. Que cierren la estancia o que tus parientes se encarguen.

     No hubo argumentos para convencerla. Ariel los escuchó discutir durante todo el viaje. Cuando llegaron a Buenos Aires, ella contempló el barco, digno de otros tiempos y otras tierras.

Pensó en Polonia y miró a su hijo, ya más alto que ella y con una suave barba que ya comenzaba a crecerle, lo que lo hacía aún más digno de su estirpe.

     Entonces supo que no se había equivocado en ir con ellos. Subió al barco, y creyó recuperar el pasado.

 

 

 

*

  

 

 

Julio Ruiz escuchó que golpeaban a la puerta del camarote. Se restregó los ojos y se desperezó. Había dormido toda la noche en la silla junto a la cama, pero Manuel seguía acostado, desnudo y cubierto apenas por las sábanas de las que se desprendía apenas lo tapaba. A veces sus párpados se movían sin alcanzar a abrir los ojos, seguramente soñaba, y a juzgar por el rechinar de los dientes, los músculos del cuello marcados con fuerza y los puños, no era nada agradable.

     El golpe en la puerta volvió a llamar.

     Julio se lavó la cara en la jofaina casi vacía, desabrochó los botones del pantalón y orinó en la vasija que también usaba Manuel, pero éste no se había levantado en toda la noche y las sábanas estaban mojadas.

      Volvieron a golpear.

      - ¡¿Quién es?!-preguntó enojado.

      - Natacha.

      Julio levantó la vista al cielo raso y se resignó.

      -Un momento, señora…

      Se abrochó los botones, se acomodó la camisa y escondió la vasija bajo la cama. Abrió los postigos y vio que ya eran más de las diez de la mañana. El cielo estaba nublado, y en la costa se veía el movimiento típico de la ciudad y el puerto.

     Abrió la puerta, y Natacha entró, con la cara demacrada y el mismo vestido del día anterior. Aunque casi todos eran negros, él había aprendido a reconocerlos. Debió haber dormido vestida, si es que había dormido, porque era fácil imaginarla reclinada con las rodillas sobre el piso, adorando la mano que se había llevado envuelta en una sábana. ¿Qué haría hecho con ella?

     -Buenos días, señora.

     -Buenos días, Julio-contestó, sin mirarlo, porque tenía la vista fija en la cama. -¿Cómo pasó la noche?

     -Durmió, si es que puede llamarse dormir a los sueños o pesadillas que debe estar teniendo. Se mueve constantemente y de vez en cuando se queja.

     - ¿Está enfermo?

     Julio intentó percibir algún sentimiento en la pregunta.

    -Tiene fiebre, nada más.

    - ¿Nos escucha?

    -Creo que sí, pero mantiene los ojos cerrados como si no quisiera vernos. No me contesta, y si le pongo comida en la boca ni siquiera la escupe. Se queda con ella en la boca y debo sacársela para que no se ahogue.

     - ¿Es lo que se llama catatonía, Julio?

     -No precisamente. Los movimientos que tiene no deberían estar si se tratara de eso, pero cada caso es distinto. Las secuelas de un trauma emocional varían en cada persona, y puede ser que en él persistan normales los reflejos del sistema motor periférico, además del autónomo.

     -Comprendo, Julio. Usted es un hombre extremadamente inteligente que ha tenido mala suerte en la vida. Y sobre todo es muy bondadoso cuidando a este hombre que apenas conoce, y sabiendo lo que ha hecho.

     Hizo una pausa, y no hubo respuesta. Julio seguía con las manos tras la espalda y la mirada fija en la cama.

    -Debo pedirle un favor muy grande. No crea que no lo he pensado bien, lo hice toda la noche.

    Abrió la mano derecha que hasta entonces tenía escondida en puño bajo la palma de la izquierda, ambas frente a su pecho. Julio había pensado que era un gesto de rezo, pero cuando leyó lo que estaba en el papel, el significado de las manos se tornó en un símbolo de presa.

     Ella le había extendido un papel doblado en cuatro. Él lo agarró y lo desplegó. Leyó lo que ella le pedía hacer, lo dobló nuevamente y se lo devolvió.

    -Únicamente usted puede hacerlo sin que muera-dijo ella.

    - ¿Y por qué no lo mata directamente?

    -Sólo Dios puede decidir eso. Solamente soy un instrumento para el castigo.

    - ¿Dios no tiene manos? ¿Acaso no creó al hombre a su imagen y semejanza?

    Natacha se sentó en el borde de la cama, apoyó las manos en el colchón y el papel quedó abandonado junto a los pies de Manuel, que respiraba jadeando.

     -No le pido su opinión, Julio. No se trata de una discusión de principios. Si no lo hace usted, lo hago yo, y estoy segura de que en mis manos se moriría desangrado, o algo peor.

    - ¿Y qué peor que lo que me pide para un hombre?

    -Tómelo como una medida higiénica, Julio. De esta manera dejará de esparcirse el pecado. Sé que usted no es creyente, pero sí es un hombre cultivado. Debe conocer el versículo de Mateo que se refiere a extirpar lo que nos da ocasión de pecar.

     Julio se acercó a Natacha y la agarró del brazo.

    -Usted siempre me pareció una mujer enferma, señora. Le pido que salga y se encierre a llorar en su cuarto.

    Ella lo miró asustada. Cuando él la soltó, dijo:

    -Está bien, si eso sirve para que usted empiece su trabajo. Lo hará por todos nosotros, Julio, incluyéndolo especialmente a usted. Mi marido me ha contado la razón de que su carrera se haya derrumbado. Hay una orden de aprehensión contra usted, Julio. Un telegrama a Buenos Aires, donde vive el doctor Farías, y vendrían a buscarlo.

    Sus manos se abrieron con el gesto de un cura al hacer la Consagración, pero las suyas tenían la intención de mostrar lo que los rodeaba: un barco viejo y un puesto de trabajo, endebles ambos, pero lo suficientemente dignos en comparación con la cárcel, o con el fusilamiento.

 

     Julio Ruiz conocía muy bien al diputado Bartolomé Farías. Su familia tenía antecedentes patricios hasta encontrarse alguno en la Invasiones inglesas, por lo menos en los registros del Cabildo, pero se decía que ya en los tiempos de la Segunda Fundación hubo algún Farías que traqueteó por las calles de barro de la antigua Buenos Aires. Si era cierto o no, o si el tal Farías que caminara solitario por la entonces aldea de pobres era o no pariente suyo, quizá ni siquiera él lo sabía con certeza. Pero a los fines de acrecentar su prestigio, él así lo confirmaba, porque cuando el doctor Ruiz fue llamado de urgencia a la casona del diputado en el barrio de Palermo, ésta había comenzado a ocupar su segundo período en la banca de su partido. La campaña le había costado más esfuerzo que para el primer mandato. “Mucha pulla y mucha mentira”, le dijo la noche que lo hizo llamar. Ruiz se había hecho alguna fama en Buenos Aires, luego de su paso por Francia. Los médicos de Buenos Aires lo habían recibido con frialdad, pero no podían decir, como de otros, que fuese un charlatán de feria. Su título y su pasantía con Charcot no permitían esos escamoteos a su dignidad.

     -Pase, doctor-dijo Farías, estrechándole la mano con fuerza y efusividad. Era un hombre no más alto que él, pero ancho de hombros, ya calvo y con largos mostachos que terminaban en un pequeño rulo. Luego recogió la pipa que había dejado sobre la mesa.

     -Lamento molestarlo a estas horas, pero me lo han recomendado mucho, ¿sabe? Es usted una eminencia, y todavía tan joven.

     -No es para tanto, doctor.

    -No se disculpe, los que tenemos de qué jactarnos, no debemos disculparnos por eso. ¿Quién se encargaría, sino? La palabra de los lisonjeros no vale nada, y de los otros, ya nos sobra.

     Debía tener más de cuarenta años, pero era un hombre fornido y se conservaba ágil. Se notaba en la forma en que caminó por la sala comedor de la casona, esquivando las sillas de patas y respaldos tallados con figuras delicadas, y pisando con cuidado las alfombras mullidas del pasillo que llevaba al dormitorio donde estaba su mujer. Se detuvieron ante la puerta, y le dijo en voz baja:

     -Es el cuarto embarazo de mi señora, perdió los otros tres antes del parto…Bueno, en realidad, el primero nació, pero vivió sólo dos días.

     -Lo comprendo… ¿Qué edad tiene ella?

     - ¡Es muy joven! No es ese el problema. Los otros doctores dicen que su útero no está preparado, ¿cómo se dice?, adecuadamente, supongo. Esta vez me preocupa porque ya tiene nueve meses, y ella está muy ansiosa.

     -Entiendo, doctor… ¿puedo pasar?

    - ¡No faltaba más! Pero por favor, para usted soy Bartolo. Le dije a ella que era usted un amigo, porque está muy reticente a recibir más médicos desconocidos.

     Abrió y dio un vozarrón que sobresaltó a Ruiz luego del cuchicheo tras la puerta.

     - ¡Eugenia, querida! Tenemos visitas.

     Julio Ruiz se presentó ante la cama de la mujer de Farías. Era delgada y no debía tener más de treinta años. El embarazo le sentaba muy mal, se dijo él. Estaba demacrada y pálida.

    - ¿Me permite revisarla, señora?

    Ella asintió con desgano. Le hizo las preguntas de siempre, la auscultó y palpó el vientre. No tenía temperatura y el pulso era normal. Auscultó la panza de la mujer, y escuchó los débiles latidos del bebé.

     -Todo parece en orden, señora- dijo, y Farías se acercó con una gran sonrisa y palmeó a Ruiz.

    -Pero si es lo que yo le digo a Eugenia, pero ella se preocupa y no come más que un bocado de pajarito.

    La sonrisa y la expresión de Farías se esmeraban por ser optimistas, como si supiese más de lo que le había explicado a Ruiz. Cuando regresaron al comedor, se sentaron y bebieron de un licor que la madre de Farías hacía en Santa Fe.

    - ¿Sabe, Bartolo-dijo Ruiz, ¿recibiendo ahora sí el permiso tácito del diputado Farías- si la señora tiene antecedentes de familia de casos parecidos?

    -No que yo sepa. Mis suegros murieron antes de yo conocer a Eugenia, y yo ya era un hombre grande cuando la conocí. Vivía sola en una casa alquilada y se mantenía con costuras. Siempre fue muy delicada. Es como un pájaro, qué sé yo, no se ría. Aquí me ve, tan fuerte con estas manos, con este vozarrón, tanto que me tienen miedo en el Congreso cuando tomo la palabra. Pero cuando se trata de ella, estos dedos que usted ve tan groseros la tocan apenas para no lastimarla. A veces, Julio, creo que yo la he lastimado cuando, ya me entiende…

    -No se preocupe. Me gustaría saber cuál fue el diagnóstico de la muerte del primer chico…

     Farías carraspeó y dejó la pipa sobre la mesa.

     -Mire, Julio. -El hombre tenía los ojos brillantes.- ¡La pucha! ¡Mire que a mi edad me vean lloriqueando como una mujercita!

    Ruiz hizo el silencio esperado en tal ocasión.

    -Apenas nos conocemos, y ya me da confianza usted. Por eso le voy a contar Julio, lo que ni siquiera mi Eugenia sabe. Los otros doctores, los que la atendieron en los demás embarazos, eran unos tarambanas. Y yo estaba en otra cosa, con la política de Buenos Aires que me ha dado muchos dolores de cabeza. Mea culpa, lo reconozco. Cuando conocí a Eugenia, creí que ya era un solterón empedernido, de esos que picotean de aquí y allá. Usted no estaba en estos pagos en ese entonces, pero yo me hice la fama. Cuando me casé con ella, todos decían que el pajarito se había casado con el rinoceronte. ¿Y sabe usted cuál fue la ocurrencia de Eugenia cuando escuchó ese comentario? ¿Usted vio a esos pajaritos que picotean el lomo de los rinocerontes, y ambos conviven armoniosamente?

     Farías largó una carcajada que retumbó en toda la sala. Su mujer lo escuchó y preguntó que pasaba con una voz fina y apenas audible.

     - ¡No pasa nada, querida!

     Entonces Farías se levantó y fue a cerrar la puerta que separaba el comedor del pasillo.

     -Un momento, Julio.

     Desapareció por otra puerta durante algunos minutos. Ruiz miró la hora en su reloj. Eran las doce y media de la noche. En la mañana tenía que ir muy temprano para algunas consultas en el hospital Francés. Pero la confianza de Farías le resultaba agradable. Se sirvió un poco más de licor, y miró con placer la vajilla en las vitrinas, el mantel de encaje y el centro de mesa, quizá comprado en París. Del hogar salía un fuerte aroma a roble. No tenía amigos en Buenos Aires, todas sus relaciones desde su llegada habían sido compañeros y colegas de trabajo. Farías era el único hombre que le había hablado más como a un amigo que como a un profesional. El temperamento expansivo era lo que él, en su deformación profesional, habría calificado de sanguíneo. Pero Ruiz sabía que pocas veces existía una correlación exacta entre los síntomas y lo que había hallado en la anatomía. Eso era lo que lo había enemistado, o como Charcot le dijo la vez que se despidieron, lo había distanciado de la escuela de La Salpetrierre. El positivismo dominante en la escuela neurológica chocaba con los estudios psiquiátricos de los que había oído hablar a Breuer. Se había cruzado con él en varias ocasiones en los pasillos donde las enfermas iban y venían con su mirada vidriosa y perdida. Breuer era un hombre que no creía más en la anatomía que en las palabras que decían los locos. Y de pronto ya no tenía el hogar francés, y la escuela austríaca de neuropsiquiatría no lo había aceptado. Regresó a Buenos Aires luego de quince años, y la ciudad era otra. Pero el cosmopolitismo de los teatros era una cosa, y la decrepitud de los hospitales, otra, así en París como en Buenos Aires. Por eso no se sintió extraño, y su acento francés le conquistó una clientela que no habría podido ganar si se hubiese quedado. ¿Por qué había ido a Francia a estudiar?, le preguntaron muchas veces. Simplemente porque su madre era francesa, y los Larriere lo separaron de su padre criollo y lo llevaron a Europa. Ruiz padre había muerto en el campo, sobre el caballo en el que recorría las estancias y los pueblos de la provincia, visitando enfermos, recentando curas y haciendo nacer chicos, que muchas veces morían. Porque también era médico.

     El día que le mandaron una carta desde Buenos Aires para avisarle de su muerte, le llegó un paquete con las únicas cosas que su padre había dejado en la pensión donde vivía. Adentro había un estetoscopio y un martillo. Ambos estaban viejos y gastados, pero se colocó el estetoscopio en los oídos y se auscultó el corazón a sí mismo por primera vez. Tenía entonces diecisiete años. El corazón retumbaba como en una caja vacía, pero de pronto escuchó un sonido extraño que no se repetiría sino hasta mucho tiempo después, cuando otro fuese el médico que lo auscultara. Un sonido como de otra cosa viva dentro suyo, algo que no pertenecía a su cuerpo. Cuando pensó en esto, su mente proyectó en su memoria una imagen imprecisa, que con el tiempo iría amoldándose a diversas concepciones del sonido que había escuchado. Porque fue como una música muy breve que nunca más pudo -o más bien se atrevió - a escuchar con el estetoscopio que usaría durante toda su carrera. Con apoyarlo en su pecho habría sido suficiente, pero hacerlo traía consigo el hecho de develar algo a lo que tenía miedo, sin saber por qué, y cambiar la ficción por la realidad. Así había decidido actuar, de la misma forma que había visto hacer a cada uno de sus pacientes cuando ante la verdad que él estaba dispuesto a entregarles, ellos optaban por la ficción.

     Si alguna vez hubiese intentado una teoría neurpsiquiátrica, habría utilizado el absurdo como factor común, y tanto hipótesis como corolario se anularían, porque el resultado del absurdo es la continua contradicción, y el resultado final: la nada, el cero. O lo que quizá es lo mismo, el eterno círculo. Muchas patologías obsesivas tenían como leiv-motiv algo repetido, a veces una palabra o combinación de ellas, pero mucho más habitualmente se trataba de números.

     En la música que él había escuchado alrededor de los latidos de su corazón, o por lo menos la melodía cadenciosa que creía recordar haber escuchado, había también un estribillo, y como tal, el círculo era el resultado inevitable de esa geometría musical. Un círculo es una figura cerrada, que sólo aparentemente tiene límites. Pero cuando el cerebro humano decide medirlo, encuentra el absurdo del infinito.

      Todos estos recuerdos se esfumaron cuando Farías regresó con una caja que apoyó sobre la mesa. La abrió y empezó a sacar papeles viejos: cuadernos escolares, documentos, fotos. Entonces se sentó con una de ellas en las manos, mirándola detenidamente, sin levantar la vista hacia Ruiz.

     -Cuando mi primer hijo nació, y la enfermera y el médico me lo mostraron en una cunita que hice traer de París, yo no entendía lo que estaba viendo. No era un niño, doctor, sino una… cosa…un monstruo, eso es, y ya no me duele tanto decirlo. Vivió dos días, y fue una bendición de Dios que se muriera. Pero antes de enterrarlo, la noche antes del funeral cortito que le hicimos en la mañana en el cementerio, mandé buscar un fotógrafo a la casa. Será un vicio de mi profesión, pero necesitaba algo concreto del paso de ese chico por el mundo. Me enfurecí con el médico, y hasta la regañé a Eugenia, como si ambos hubieran tenido la culpa, menos yo. Estaba dispuesto a llevar a los tribunales al médico por lo que le había hecho a mi hijo. Nunca toqué al chico, por supuesto, pero desde que tengo su fotografía, no hay día que pase sin que la mire un poquito siquiera, o que por lo menos piense en ella.

     Alargó el brazo hacia Ruiz. Julio agarró la foto. Había un bebé muerto, y el bebé tenía el abdomen abierto: se veían los intestinos, el hígado y el estómago como en un preparado anatómico.

     -El chico nació así, sin coberturas tegumentarias. Esas fueron las palabras del médico. En la foto no se ve, pero en la espalda también le faltaban partes, y se veían los riñones y los huesos de la columna.

     -Lo lamento mucho. Y dígame, Bartolo, ¿alguien en su familia sufrió de alguna malformación de nacimiento?

    -No que yo sepa. Mi padre murió cuando yo tenía dos años, así que no tengo el más mínimo recuerdo de él vivo. Sólo dos fotografías muy rudimentarias. Si quiere, las busco…

     Comenzó a revolver nuevamente en la caja. Sacó uno tras otros más papeles y carpetas.

    -Aquí están…

     Ruiz vio a un hombre delgado y de bastante edad, canoso y aparentemente consumido por alguna enfermedad. La cara estada demacrada, el cabello escaso y la ropa parecía colgarle de los hombros.

     - ¿No le dijo su madre de qué murió?

     -Solamente que estaba enfermo, pero era un tema tabú. Ella lloraba cada vez que recordaba a papá, así que me crie casi sin poder preguntarle nada. Para mí fue una leyenda, prácticamente. Lo único que ella repetía con melancolía, pero sin llorar, era que a él le gustaba mucho comer cosas ricas, pero que se lamentaba tremendamente de que nada le caía bien al estómago.

    Farías se detuvo, mirando a Ruiz a los ojos.

    -Sí, entiendo lo que está pensando. Por eso dejé en paz al médico. Después, con los otros dos, ni siquiera hubo nacimiento. Pero ahora, Julio, tengo mucha esperanza. Eugenia siente que toda va bien y estoy seguro de que esa maldición se ha terminado. Yo confío en usted, Julio. Los dejo a ambos en sus manos. Usted viene de Europa, y se ha formado con gente importante. Acá todos los matasanos no saben más que recetar yuyos o amputar. No se ría, es así. Lo que no saben lo arreglan cortándolo, y chau problema, como si nada hubiera pasado.

      Esa noche siguieron conversando, y Ruiz se fue a su casa a las tres de la madrugada. En la mañana se despertó a la hora de siempre y realizó las consultas que tenía programadas como siempre, salvo que con un poco más de sueño.

     Pasó por la casona de Palermo todos los días durante las siguientes dos semanas. Farías había acordado darle honorarios más crecidos a los habituales, y aunque Ruiz intentó rechazarlos, Farías le pasó un brazo sobre los hombros y le dijo:

     - ¡Chist! Usted se lo merece, lo que sí le pido es que no se lo mencione a sus colegas.

     Luego de cada visita se quedaba conversando con el diputado, pero la mayoría de las veces era interrumpido por el secretario que lo ayudaba en el congreso, que iba y venía desde su propio escritorio en la casa hacia el estudio donde trabajaba Farías, o era el teléfono que sonaba una y otra vez. Bartolomé Farías tenía en revista veinticinco proyectos de ley en ciernes, y creía haber entendido que el que ahora estaba en estudio era una requisitoria para aceptar como prueba fehaciente contra un acusado la simple acusación y denuncia escrita. Él no entendía nada de todo eso, y sólo veía que cuando la cámara sesionaba no había hora en que Farías, su secretario o sus compañeros del partido no entraran y salieran de la casa con noticias que traían del Congreso o del bar en que se reunían.

     Ruiz se quedaba sentado frente al escritorio, observándolo mientras gritaba por teléfono y expresiones de furia y asombro se sucedías cuando preguntaba qué había dicho éste o aquel de sus opositores. Su mujer parecía desaparecer de su mente, la misma que permanecía en una habitación del primer piso, escuchando lo mismo que había oído desde que se había casado con ese hombre: leyes que nunca conocería, porque ella y el hijo estaban más allá de todo eso. Él era el hombre que se encargaba de todo: de las leyes, de la economía, del futuro del país. Todo lo controlaba, o por lo menos simulaba hacerlo. Los gritos y los golpes sobre la mesa de su escritorio intentaban distraer la atención de aquello errores que dislocaban las pautas en la que el país debía basarse, según él. Pero era en su propia casa donde la fachada debía ser mejor construida: la tragedia escondida en una habitación del primer piso.

     Únicamente una fotografía era el estrecho canal que servía para desaguar el dolor, que a veces se acumulaba tanto hasta tomar el feo olor de la podredumbre.

     Un domingo a las ocho de la noche, Ruiz escuchó el timbre del teléfono. Era la sirvienta de Farías. Lloraba y apenas lograba entenderla.

    - ¡Doctor, por favor, venga! ¡Venga!

    - ¿Es la señora, está en trabajo de parto?

    - ¡Sí, doctor! ¡Pero grita como loca y yo no sé qué hacer!

    - ¿Y el doctor Farías?

    -Está en el Congreso. No se lo puede molestar…

    Ruiz colgó. Agarró el maletín y un abrigo. Tardaría una hora en llegar a la casona desde la pensión en que alquilaba en Saavedra. Mientras el sulky traqueteaba en las calles de barro y el empedrado, pensaba en que sería inútil mandar a alguien a buscar a Farías. Toda una barrera de secretarios y partidarios evitarían que Bartolo Farías interrumpiera el largo alegato que le había escuchado practicar durante muchas tardes en su estudio.

     Llegó a la casa y subió al cuarto de Eugenia. Ella estaba abierta de piernas y con la sábana llena de sangre.

     - ¿Pero ¿cómo no me hizo llamar antes? ¿Cuándo empezó? -le preguntó a la sirvienta. La mujer lloraba y se tapaba la cara con el delantal. Julio la agarró de los brazos.

    - ¡Llame al hospital, ahora mismo! ¡Que traigan una ambulancia y enfermeras!

    La mujer salió y la escuchó hablar por teléfono mientras él intentaba detener la hemorragia. Eugenia estaba pálida, pero los brazos tensos como maderos que se sujetaban al colchón. El cuello era un nudo de tendones en los que no se podía palpar el pulso, y la cara fruncida en una expresión de dolor que pocas veces él había visto.

    Llenó una jeringa e inyectó un sedante donde pudo. Era imposible encontrar una vena adecuada. El vientre estaba tenso y levemente depresivo, como se hubiese vaciado en parte de toda la sangre que había manchado la cama. Se preguntó si el feto estaba muerto, pero apenas en un día anterior había escuchado sus latidos. El dolor de Eugenia correspondía con un aborto abrupto: la hemorragia, la contracción del útero y de los músculos abdominales.

     No podía hacer más que esperar ayuda del hospital, se dijo. Pero eso no era cierto. Tenía la posibilidad de hacer algo más que esperar, porque el tiempo, en esos casos era un espiral de muerte.

     Apartó la sábana y llamó a la sirvienta.

    -Escúcheme y tranquilícese- le dijo a la mujer. - La necesito con las manos firmes, ¿me entiende?

    Ella asintió y salió a en busca de lo que Ruiz le había pedido: sábanas limpias y jofainas con agua caliente. Se quedó parada junto a la cama, llevando la mirada muerta desde la cara de Eugenia a la del doctor Ruiz, pero evitaba ver lo que éste estaba haciendo.

    Julio sacó el bisturí del maletín. Lo limpió en el agua recién hervida, y llevó la punta hacia el vientre de Eugenia. El sedante había hecho efecto, pero ante el corte volvió a gritar y moverse.

     - ¡Sujétela bien! -gritó a la sirvienta, y ella así lo hacía, aunque cerraba los ojos a la sangre que le salpicaba la cara.

      La panza de Eugenia Costa de Farías, la hija de almaceneros del barrio de Monserrat que habían muerto y la habían dejado huérfana, la mujer que se había ganado la vida haciendo costuras hasta que un gran diputado de Buenos Aires se dignó poner los ojos en ella, ahora se abría y se desgarraba como el de cualquier perro de la calle atropellado por un carro.

      El vientre ahora flaco se había vaciado luego de expulsar toda la sangre, y lo único que Julio Ruiz tenía en la mano, porque una sólo era suficiente para sujetar a esa cosa que había extraído del útero ya roto, era un simulacro de humano, un engendro con forma de hombre pero completamente rojo, porque los músculos se movían como serpientes al contacto con el aire. No tenía piel, no tenía ojos, pero si una boca que comenzó a expulsar un llanto que fue lo único verdaderamente humano.

     Eugenia levantó la cabeza al oírlo, y lo vio en la palma derecha del doctor Ruiz. Ya no gritó. Dejó caer la cabeza en la almohada, sin cerrar los ojos, con la vista fija en el cielo raso.

     Ruiz cubrió con una sábana húmeda el cuerpo del niño. Suturó el vientre de Eugenia y volvió a inyectarla.

     Media hora después escuchó los caballos de la ambulancia. Las enfermeras entraron y vieron que ya todo estaba hecho. Se llevaron al chico y a la madre al hospital.

     La sirvienta se había sentado en la cama, toda sucia, y lloraba.

     -Yo llamaré al doctor Farías-dijo él, y bajó a la sala, donde estaba el teléfono.

 

     Bartolomé Farías no interrumpió su alegato hasta las dos de la madrugada. Nadie quería interrumpirlo, estaba espléndido y en toda su capacidad discursiva. Sus partidarios lo miraban con admiración, y hasta los opositores de la cámara, que intentaron interrumpirlo, se dieron por vencidos. Dos veces los secretarios trataron de llamar su atención, y hasta uno de ellos hizo el gesto acorde a una llamada telefónica, pero el diputado apenas apartó la mirada del gran salón de la cámara de diputados, donde era observado y escuchado con respeto.

    Después de los aplausos y de las felicitaciones, Farías logró apartarse de los hombres de saco y corbata que intentaban llevarlo hacia el salón comedor, y se encontró con su secretario personal. Entonces Bartolo vio la cara del viejo José, y creyó comprender. Pero su sonrisa no correspondía con la congoja del viejo.

      No preguntó más que si el doctor Ruiz se había encargado de todo.

     -Así es, doctor.

     Entonces subió al sulky más tranquilo.  Luego de dos cuadras vio que no iban a la casa de Palermo.

    - ¿A dónde me lleva?- preguntó al chofer.

    -Al Hospital Francés, doctor.

    Entendía. De a poco, iba entendiendo, pero no podía sacarse de encima las caras que lo observaban en el Congreso, las palmas que lo aplaudieron, y el eco de su propia voz emitiendo palabras gloriosas para el futuro del país. ¡Qué triunfo había sido el suyo el de esa noche! Nadie se olvidaría de ella, y la prensa se encargaría de perpetuarla.

     Ruiz lo esperaba en el vestíbulo. Se dieron un abrazo. La mirada de congoja del médico lo decía todo.

    -Los trajimos al hospital….

    -Comprendo, Julio, sé que ha hecho todo lo posible. Considerando los antecedentes, era esperable lo del niño. ¿Puedo ver a mi mujer?

     Julio Ruiz se paró delante justo cuando Farías daba un paso hacia el corredor que llevaba a las habitaciones.

    -Bartolo, tengo que decirle lo que ha pasado. Venga, sentémonos.

    -No necesito sentarme, Julio. Me siento acongojado por el niño, pero al ver a Eugenia me repondré, ella me necesita.

    -Soy yo, entonces, el que tengo que sentarme.

    Caminó hasta un sillón y se sentó con los codos apoyados en las rodillas y las manos juntas. Farías lo contemplaba parado. Le dijo todo lo que había sucedido.

     -El niño vive, no comprendo cómo, pero aún vive. Ella falleció poco después de las dos.

      Los aplausos repercutieron en la memoria de Farías.

      Qué sonido tan espléndido era ese, y en especial para las más largas despedidas.

  

     Dos meses después del funeral de la mujer de Farías, el niño seguía vivo. Lo tenían en una habitación aislada del hospital. Habían llegado dos o tres médicos franceses y uno alemán para estudiarlo. Se fueron sin decir nada, tal vez aparecería algún artículo en alguna revista de medicina sobre el extraño caso sudamericano.

      El proyecto de ley presentado fue aprobado por amplia mayoría, por la cual muy pronto sería admisible como prueba de culpabilidad la simple denuncia en cualquier comisaría de barrio.

      La prensa se había cruzado con encomios e insultos a la nueva ley, pero la verdad era que Bartolomé Farías adquirió mayor renombre del que ya tenía, y comenzó a especularse que quizá se postulara para el senado, o incluso para vicepresidente en el próximo período.

      Sin embargo, él se enclaustró durante todo ese tiempo en su casona de Palermo, como correspondía a la imagen del esposo apesadumbrado por el luto. No llamó ni preguntó por el doctor Ruiz, que continuó haciendo sus consultas particulares y en el hospital, donde veía al hijo de Farías casi cada día. No tenía nombre porque el padre no había querido dárselo, ni tampoco accedió a bautizarlo. Las enfermeras habían vencido su instintiva repulsión y lo trataban como a cualquier otro. Lo llamaron Justo.

     Cuando Ruiz quiso saber el motivo, ellas se encogieron de hombros, mirándose una a otra, como buscando a la culpable. Se sonrieron, simplemente.

      Un viernes a la noche escuchó que la dueña de la pensión lo llamaba.

     -Doctor, tiene visita.

     Era José Evaristo, el secretario de Farías. Le resultó muy raro que el viejo saliera de la órbita habitual del diputado.

     - ¿Qué anda haciendo por acá, viejo amigo? -le preguntó.

     El viejo se sentó en la cama, había una sola silla junta a la mesa y estaba endeble. Se sacó el sombrero y respiró profundo. Estaba agitado.

     - ¿Qué le pasa?

     -Nada, doctor. Me vine casi corriendo…

     - ¿Pero le ocurrió algo al Bartolo?

     El viejo se puso más nervioso aun cuando más se disponía a hablar.

     -Mire, doctor. No debería estar aquí, me siento un traidor. Le he sido fiel al doctor desde que se recibió de abogado. Lo conozco como a mí mismo. Por eso no me parece bien lo que está haciendo.

     - ¿Y qué está haciendo?

     El viejo se levantó y se puso otra vez el sombrero.

     -Váyase mañana, esta noche si puede. El lunes van a venir a buscarlo.

    - ¿Quién?

     -La policía. El doctor no me dijo nada, pero por casualidad vi la carta de denuncia contra usted. Ya la redactó y tiene fecha del lunes. Ya sabe de qué lo acusa.

     - ¡Pero por favor, viejo! No se preocupe. Ya me han hecho demandas y las he salvado porque la ciencia me ha dado la razón.

     -Pero es por asesinato, doctor. Mi jefe lo acusa de matar a la señora Eugenia.

     El viejo se fue casi sin saludarlo, mirando a ambos lados de la vereda.

     Todo eso era absurdo, se dijo Ruiz. Farías estaba al tanto de todos los problemas de Eugenia y el niño. Pero cuando se acostó, se puso a pensar en el resentimiento, que en este caso era una simple fachada, la cara opuesta del remordimiento.

    Farías no podía soportarse a sí mismo.

    No podía ser la gloria si al mismo tiempo era el fracaso.

    Una de las paredes tenía que ser derribada.

   

    No huyó como le aconsejaron. Vinieron el lunes muy temprano y lo llevaron preso. Se inició el proceso. Le dieron un abogado que debió haber sido elegido entre los amigos del partido. Durante seis meses salió y entró de la cárcel. No había méritos para considerar asesinato la muerte de Eugenia Costa, dijeron los jueces. Pero Bartolomé Farías apelaba una y otra vez, hasta que, luego de un año, prestó nuevo juramento la sirvienta que había presenciado la operación.

     Ruiz nunca recordaba su nombre de pila porque era un nombre indio, de esos que le costaba pronunciar. Era hija de india y de padre criollo.

    - ¿Usted cómo se llama? -le preguntaron en el juicio.

    -Itza-había contestado, y los presentes se rieron. Así fue como ese nombre se quedó grabado al fin en su memoria.

    Itza había cambiado su testimonio. Durante todo ese año había tenido que cuidar al chico enfermo. Le había cambiado las telas que lo envolvían, y aprendido a conocer los nombres de los músculos y huesos del bebé. Había superado el miedo, primero, luego la repulsión, y luego la inmensa pena que a veces la hacía llorar y la paralizaba. No podía dejarlo solo, tampoco podía estar mirándolo continuamente.  Hasta que, de ambas situaciones, la menos dolorosa era la segunda.

    Había aprendido a querer al chico.

    Cuando Farías entró un día para llevárselo, ella le preguntó qué le haría.

   -Ya sabés…-le había contestado

    Entonces ella se tiró al piso y se puso a llorar.

    Farías alzó los ojos con impaciencia y la pateó. Ella seguía sosteniendo al chico, y las telas delicadas que lo cubrían se estaban cayendo.

    - ¡Por favor, por favor, dotor! ¡Déjemelo! Yo lo cuidaré como si fuera mío.

    - ¡Hubieras tenido a los tuyos, vieja de mierda!

    - ¡Haré lo que usted quiera dotor!

    Entonces surgió la idea, que como una inspiración le había llegado de la criatura más ignorante que lo rodeaba. Ella era un instrumento, se dijo él.

    -Está bien. Es tuyo, pero tenés que hacer algo a cambio.

    Itza había cambiado su testimonio. Dijo que el doctor Ruiz había abierto a la señora Eugenia, y sin saber cómo arreglar eso, la había matado.

    Cuando ella terminó de hablar en el estudio del doctor Farías, frente a los escribanos, se emitió la orden de apresar nuevamente al doctor Ruiz. Cuando fueron a buscarlo a la pensión de Saavedra, ya no estaba. Dijo la dueña que unas horas antes había estado un viejo que lo visitaba muy seguido desde hacía un año. El viejo se había ido para el centro. Ruiz salió con su maletín, ella creía que a sus consultas.

     Lo buscaron durante varias semanas por Buenos Aires. Se mandaron telegramas a diversas provincias, con una orden de arresto.

    Julio Ruiz recorrió casi toda la provincia de Buenos Aires durante más de dos años. Había muchos pueblos chicos donde esconderse. Ya no podía ejercer, por supuesto, pero aún tenía sus manos y sus brazos para levantar cosechas o arriar ganado, o conducir carretas. Lo que fuera. Después se fue a Mendoza y estuvo a punto de irse a Chile, pero un día se dio cuenta que estaba demasiado ebrio para mantenerse en un caballo o en una mula que lo hiciera cruzar los Andes. No recordaba cómo se había convertido en eso. Un paria que recorría campos y pueblos apartados, intentando tomar el color de la tierra para pasar desapercibido. Y nada más fácil para hacerlo, que convertirse en un borracho. Nadie se fija en ellos, nadie hace caso de sus insensateces. Y todos evitan acercarse a la mugre que los cubre.

     Y un día se despertó, ya de noche, en una cuneta en la ciudad de Paraná. No tenía idea de cuándo o cómo había llegado. Se miró en el agua acumulada, a la luz de un farol. Estaba viejo, sucio y flaco. El doctor Julio Ruiz, la futura promesa de La Salpetrierre, se había convertido en un escombro. Y en un atisbo de lucidez, se puso a reír, porque se había dado cuenta de que él era ahora como los enfermos que habitaban los pasillos del hospicio. Ya no caminando sino apoyado contra una pared, y no con una bata blanca, sino con una camisa que apretaba el cuerpo hasta casi asfixiarlo.

      Más tarde, ya no sabía cuándo, despertó en una habitación llena de botellas, como un mar de vidrio. Allí lo encontró Máximo Hurtado de Mendoza.

 

 

 

*

 

 

 

Abrió la puerta del camarote y llamó:

     - ¡Tomasa!

     La voz sonó hueca en el pasillo. Ya era de noche. El barco seguía anclado y amarrado a un muelle. Todos esperaban la vuelta del capitán Mendoza.

     La vieja negra apareció protestando y se paró con las manos en su cintura ancha.

     -Traiga agua caliente, compresas de las que tengo en mi camarote, las limpias, por supuesto. También el maletín y la caja de metal que está bajo la cama.

     Tomasa miró hacia dentro.

    -Pero ¿qué pasó?

    -Nada, vieja. Es lo que va a pasar, y vas a ayudarme.

    - ¿Para qué?

    -Ya vas a saber. Hacé lo que te digo.

    Cuando ella regresó luego de dos o tres viajes e instaló todo sobre la mesa escritorio, Julio Ruiz se arremangó y se lavó las manos cuidadosamente. Tomasa vio mucho esmero en esa higiene, pero también un gran ensimismamiento.

      - ¿Me va a decir qué le va a hacer al señor Manuel?

      -Lo que ordenan las Escrituras.

      Tomasa alzó las manos al cielo, y dijo:

     - ¡Ya me lo veía venir! ¡Cosa de la señora Natacha! ¿Y usted le obedece como un perro?

     -Sí, porque soy un perro que necesita comer, y que aún quiere vivir.

     -No me venga con boberías…algo debe haberle dicho.

     Julio Ruiz ya tenía las manos limpias, pero continuó haciendo el gesto de Poncio Pilato. Tomasa comprendió y se calló la boca. Desde ese momento se mordería los labios cuando viese lo que no le agradaba, o la lengua para no gritar de horror.

      Ruiz se sentó en una silla junto a la cama. Tomó las compresas húmedas y limpió el cuerpo de Manuel. Tomasa lo ayudaba girándolo sobre la cama. Manuel estaba despierto, lo había visto abrir los ojos. Y Julio sabía que había escuchado toda la conversación con Natacha. Cuando estuvo limpio, inyectó el sedante en una vena del brazo. Esperó media hora mientras sacaba el instrumental quirúrgico de la caja y colocaba cada pieza una junto a la otra sobre la mesa a su lado. Tomasa nunca lo había visto trabajar de esa manera, en realidad nunca lo había visto operar, sólo tratar a los hombres del barco con polvos o cosiendo heridas.

     Cuando lo vio agarrar el bisturí con la mano derecha y llevar la izquierda hacia los genitales de Manuel, Tomasa lo agarró del brazo. Tenía en la cara la expresión del puro miedo.

    - ¿Qué va a hacer, por Dios Santo?

    - ¿Qué pensabas, Tomasa, cuando me veías preparar todo esto? ¿Qué le iba a drenar un forúnculo, tal vez? -Julio sonreía de la ingenuidad, quizá de la intencional ignorancia de la negra. - ¿Violó al chico? ¿Hizo que se matara? Lo justo es justo: ojo por ojo y diente por diente. Somos instrumentos de Dios, Tomasa. ¿Ves estas manos? -dijo, levantándolas, y el brillo del bisturí cruzó raudamente la cara de la negra. -Son las manos de Dios, negra. A veces los médicos somos lo más parecido a Dios que se puede encontrar sobre esta tierra.

     Hundió el filo en el cuerpo de Manuel. Hubo un sobresalto y un grito, y Tomasa apretó los puños y se los llevó a la cara. Luego, miró a Manuel, y se sentó a su lado, reteniéndole la cabeza a veces, acariciándole el pecho, pero sobre todo soportando la fuerza con que le apretaba las manos mientras el médico lo operaba.

      Ella intentaba no ver la sangre ni las manipulaciones del médico, y hablaba cariñosamente a Manuel. Aunque estaba sedado, su rostro sufría una serie continua de metamorfosis: del dolor al alivio, de la angustia a la desesperación, y luego el temblor y al final el agotamiento.

     El doctor Ruiz no había olvidado su destreza luego de tanto tiempo, y tal vez podría encontrarse en sus ojos un cierto brillo de regocijo al hacer lo que había abandonado tanto tiempo antes. Quizá la sangre que sabía contener, los músculos que exploraba, las venas que disecaba delicadamente. Cortó y retiró los tejidos que provocaban la enfermedad: eso había dicho Mateo en la voz casi sacra de Natacha Krakovsky. No podía negarlo: era una mujer más grande que cualquiera que hubiese conocido. Su inteligencia nacía de un dolor, que por ser tan profundo era inabarcable, como las raíces de un ombú. Esa mujer que no pertenecía a América era lo más semejante a una criatura autóctona. Imposible de desarraigar sin destruir la tierra.

      La sangre fluía por más que intentara retenerla. Buscó y cosió los vasos sanguíneos. Luego suturó la piel. Lavó la herida. Manuel ya estaba completamente quieto. Dormido, quizá muerto. El colchón empapado en sangre, lo mismo que las manos y la ropa de Julio Ruiz. Se levantó y sintió la sangre sobre el piso, que se iba secando. Buscó el pulso en las muñecas, y no lo encontró. Luego en el cuello. Era débil, pero el hombre estaba vivo.

     ¿Era, sin embargo, un hombre, ahora? ¿Definían al macho de la especie únicamente esos órganos de la procreación?

     Eso se lo dejaría a Natacha Krakovsky, la sacerdotisa del barco.

     Vendó la herida con ayuda de Tomasa, que lloraba mientras obedecía sus indicaciones. Cuando terminaron, ella vio el recipiente con los testículos extirpados. Lo tapó con una tela limpia, y preguntó:

     - ¿Qué haremos con esto?

     Julio se estaba limpiando las manos, de espaldas a ella y al enfermo. La luz de las lámparas de aceite le daba en la espalda, y la cara permanecía en sombras. Los hombros se movían con los gestos de las manos al lavarse, pero ella estuvo segura de haber distinguido un encogimiento de hombros. Luego, escuchó la voz que vino desde esa sombra en la que insistía en mantener la cara. Tomasa pensó, por un instante, en la cara oculta de la luna.

     -Lléveselos a la señora Natacha. Ella sabrá sumarlos a su colección de reliquias profanas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS VARIADAS MUERTES DEL RÍO PARANÁ

 

 

 

7

 

 

 

Natacha Krakovsky ya no era la misma, todos en el barco se dieron cuenta, e incluso Tomasa debió reconocerlo.

     - ¿Pero cómo es esa mujer, realmente?- decía la vieja negra, sentada en su taburete de madera preferido cuando estaba en la cocina, a las mujeres que la ayudaban y a veces  a los marineros que se quedaban a comer. Algunos simplemente permanecían escuchándola porque les servía de pretexto para holgazanear. No sabían cuánto tiempo más se quedarían en ese puerto, pero el trabajo de mantener el barco era casi el mismo que el de navegar. De todos modos, a ellos no les interesaba lo que los dueños hicieran en su vida privada. Sólo obedecían las órdenes del capitán Mendoza y esperaban su comida y su paga.

     -Yo la conocí cuando se apareció en la chacra, hace quince años. Seria, como la condesa que decían que era, modosita y callada. Se conquistó la confianza de la tía más severa de la familia, y desde entonces ha hecho lo que quiso con todos. Al capitán le hizo la vida infeliz, y a su hijo se lo comió con tantos rezos y beaterías.

     - ¿Pero no dicen que el señor Manuel…? -dijo uno de los viejos que la escuchaba.

     -Eso no lo sé-lo interrumpió Tomasa. -Solamente sé que el niño Ariel no habría sido lo que fue, ni se hubiera muerto así, si esa mujer lo hubiera educado de otra manera.

     -Es una santa- dijo otro, y las mujeres, que estaban de acuerdo con Tomasa, lo miraron, enfurruñadas.

    - ¿Porqu se viste de negro y reza todo el día? ¿O también te conquistó? -contestó la negra. Las otras rieron, y el hombre entonces se dio vuelta hacia la puerta de entrada a la cocina, donde estaba Natacha, parada y con un recipiente entre las manos.

     -Buenas noches, Tomasa. Vengo a preparar la cena de nuestro enfermo. Puede irse a dormir, y las otras también.

     A eso se referían cuando comentaban que había cambiado. Aunque seria y estricta, su lenguaje era otro.

      “A mí no me engaña”, pensó la negra.

     -No se lo voy a permitir, señora, ese es mi trabajo. - Se levantó limpiándose las manos en el delantal.

     -No se moleste, Tomasa. Deje que me encargue de mis deberes esta noche. El barco es mi hogar desde hace mucho, y a mis invitados los cuido yo. Si la necesito, la llamaré, no se preocupe.

     Si el tono hubiese sido el de antes, la vieja no habría dudado en contestarle mal, pero esa nueva forma que adivinaba hipócrita, la desconcertó. Por eso se calló la boca y salió de la cocina, no sin demostrar con sus gestos su malhumor y contrariedad, y sin dejar de echar una mirada atrás mientras salía. Los demás la siguieron.

     Natacha se quedó sola en la cocina. Muchas veces había cocinado para Ariel, porque no quería dejar en manos de la negra el estómago delicado de su hijo. Recordaba cómo se había esmerado en recordar recetas que había leído o le habían contado en Varsovia. Pocos de los ingredientes que usaban en Europa podían conseguirse en América, no sólo las costumbres eran diferentes, sino también el material con que se formaban. Pero luego de tanto tiempo en la chacra de Santa Fe, sabía a qué atenerse.

     Dejó el recipiente sobre la mesa. Se puso un delantal.  Buscó en los cajones bajo la mesa y levantó una olla vacía. La colocó en la pileta bajo la bomba de agua, y la llenó hasta la mitad. La llevó hasta el fogón, que nunca se apagaba del todo. Puso algo más de leña.

      Abrió el recipiente que había traído desde su camarote. Era una caja de metal que había cubierto con papel para que nadie la reconociera. Ni Tomasa se había dado cuenta, tal vez. Y de todos modos no importaba.

      Volcó el contenido en la olla, y escuchó el sonido al caer en el agua. No había más que esperar, así que, sin apurarse, caminó hasta la ventana y miró el río. Estaba anocheciendo, en una hora tendría preparada la cena para Manuel. De algún modo, se alegró de poder servirlo y ayudarlo como la vez anterior. La verdad era que no se había recuperado del todo desde la vez que ambos se dieron la mano en la cubierta. La cruz y el hombre formaban un todo que la inquietaban, sin saber definir el motivo. Era un éxtasis, ya lo había comprobado, pero no era todo. Luego había llegado la depresión, o el hundimiento, si se quiere. Pero ni lo uno ni lo otro eran sentimientos, sino simples sensaciones. Estados de ánimo que fácilmente podían claudicar.

     Lo único que no variaba era Ariel. Su rostro angélico, al que sólo le faltaba la barba para ser un hombre, tan parecido a su abuelo, que era como haberlo recuperado luego de verlo muerto en el comedor de la casa de Varsovia. Meses después, había renacido en otro lugar, y ahora se lo habían quitado una vez más. Y fue en ese momento cuando lo vio en la cocina. Estaba sentado como muchas veces lo había visto, en un taburete, contemplando el río y con un cuaderno sobre las piernas, trazando dibujos con un lápiz negro. ¿Tal vez le dictara los ingredientes? No hacía falta, el chico no lo haría. Su beatitud era demasiada como para hacer algo que dañara a otros. Su sacrificio había sido único, porque él era único. La convicción de lastimarse a uno mismo es la máxima bondad hacia nuestro prójimo. El daño no puede dejar de existir, y en la elección del objeto se mide la calidad de la persona.

    ¿Quién le había dicho eso? ¿O lo había escuchado? ¿Fue en algún libro de filosofía escolástica, o en boca de la tía Clotilde? La tía se había convertido en una filósofa luego de su ataque de apoplejía. Como ya no podía ir a misa, había mandado que el cura fuese casi todos los días a la casa, pero éste fue espaciando sus visitas. Un día discutieron y no fue más. Clotilde, desde entonces, había adaptado sus creencias al resentimiento, y el resultado fue una cólera que la exaltaba sin poder transmitirla completamente, porque la mitad de su cara se negaba a expresarla. Eso fue lo que la consumió, se había dicho Natacha muchas veces. No el dolor, sino la ira.

    Eso es lo que mueve al mundo, había terminado por pensar, y lo dijo entre dientes, -enojada de su impotencia y enojada con el Dios que se había construido para vivir- poco antes de su muerte.

     El agua había empezado su ebullición. Buscó en los armarios varios frascos con especias. Condimentó con tomillo y romero, sabía que a Manuel le agradaban. Luego desmenuzó trozos de pollo sobre una madera, y los agregó a la olla. Sería un caldo muy rico, le dijo a Ariel, pero el chico seguía mirando hacia el río, siempre extasiado por las imágenes que nunca pudo imitar con exactitud.

     -El arte más sublime es el que imita lo que no se ve-dijo ella, mientras revolvía el contenido de la olla con la cuchara, lenta y pacientemente. El olor del caldo inundó la cocina, y creyó ver alguna cara que se asomaba por la puerta. Si era Tomasa no se atrevería a perder su orgullo reconociendo que la espiaba, y si era otra no tenía sentido molestarse.

     Una hora después ya todo estaba listo. Había retirado la preparación del fuego, y la dejó asentarse durante unos minutos. Probó un sorbo con el cucharón, y sonrió imperceptiblemente. Ni siquiera ella sabía si lo hizo por el sabor o por algún recuerdo provocado por éste.

   Vertió una parte en la sopera y se dio vuelta para salir de la cocina. Ariel ya no estaba, pero pronto volvería.

    

     Caminó por el pasillo hacia el camarote de Manuel con la misma acritud con la que la habían visto salir no muchos días antes con una sábana arrugada y sucia. Ahora, mientras llevaba la sopera, parecía estar llevando un cáliz.

     Golpeó la puerta una sola vez. Julio Ruiz seguía cuidando al enfermo. Después de ocho días, la herida no daba muestras de estar cicatrizando, pero Manuel se mantenía despierto y tranquilo. No se quejaba de dolor, pero tampoco hablaba. Tenía la mirada fija en la pared frente a la cama, justo donde estaba la mesa en la que Ariel había apoyado la mano.

       -Traigo la sopa-dijo Natacha, y esbozó una sonrisa tan extraña a su cara, que fue como una tachadura bruta en alguno de los dibujos de Ariel. Un asincronismo, se dijo Ruiz, pensando, sin saber bien la razón, en un reloj cuyas agujas señalaban una hora y las campanas anunciaban otra. La cara de Natacha era la esfera con las agujas estancadas, atrapadas en un limbo del tiempo, y las campanas eran el sonido, quizá, de una carcajada sin alegría.

     Sí, era verdad que no sabía el porqué de esta imagen tan literario que se había creado ante sus ojos al ver a Natacha. Su misma voz era diferente, como si hubiese recuperado algo perdido, como si su hijo, lo único que había amado, hubiese vuelto para quedarse, y de una forma que ya nadie podía robárselo.

      Dejó la sopera sobre la mesa, acomodó las almohadas tras la espalda y la cabeza de Manuel. Se sentó y le colocó dos servilletas grandes. La sábana tenía sangre, pero no importaba. Ella luego la cambiaría.

    -Vaya a descansar, Julio. Yo me encargaré desde ahora, no se preocupe.

    Escuchó un resoplido del médico, más bien un gesto de desprecio, pero hizo como si no se diera cuenta. Se levantó para ir a buscar la sopera y lo miró. Ella ahora estaba levemente inclinada, revolviendo con el cucharón y la vista sobre Ruiz. Él no soportó esa mirada, murmuró algo entre dientes, y se fue sin atreverse a golpear la puerta.

     Volvió a sentarse en la cama, poniendo la falda de su vestido sobre la sábana manchada. En una mano tenía el plato en el que había vertido algo de sopa, en la otra una cuchara que llevaba a la boca de Manuel. La primera vez dijo:

    -Abra la boca, querido, por favor. La sopa está muy rica y le va a hacer muy bien. Debe recuperarse, querido, antes que vuelva su mujer. Yo lo cuidaré y se repondrá. Ariel me ha dicho que es usted un hombre muy débil, y yo creo que es usted muy sensible. Usted debió haber sido cura, Manuel, de ahí nace su tristeza. Pero ahora tendrá un hijo, querido, y el suyo será como el que yo…

     No había previsto el nudo en la garganta, pero de pronto vio la cruz en el pecho.

    -Lo ayudaré a su expiación.

    Arrancó la cruz y la dejó caer en el plato.

    -Repita conmigo: “Este es mi cuerpo” …

    Manuel abrió la boca, y tomó de la cuchara como de una hostia.  

 

 

 

*

 

 

 

Había estado entrando y saliendo del sueño y la vigilia desde el momento en que había despertado con el grito y la sangre de Ariel. Recordaba el camino por la cubierta de vuelta al camarote ayudado por Natacha y Julio. Pero luego el tiempo era demasiado impreciso, sólo el lugar permanecía estable: la cama y la habitación. Su espalda yacía sobre el colchón en el que había pasado la mayor parte del tiempo. El “Juan Manuel de Rosas” le había dado la seguridad que el nombre le adjudicaba, como si lo hubiese tomado para formar parte de su estructura, y por eso había pasado tanto tiempo en esa cama, casi convertido en una parte más del mobiliario que sobrevivía de la regencia napoleónica. Sabía que su mente continuaba atada a ciertos cánones que ya no regían el mundo, y menos en América. Su forma de ser era incongruente porque era rígida su manera de pensar. Las discusiones con Altea nacían de esa dicotomía: ella era fría e indiferente, él era obtuso y pasional. Ambos eran dobles, y el resultado eran cuatro personalidades que jugaban un juego en el que nunca se llevan de acuerdo, y en el que siempre perdían.

     Cuatro seres que ahora volvían en sus sueños como sombras, o figuras representadas en el día por otras: Julio y Natacha. Uno que lo cuidaba desde aquella mañana del despertar desesperado, limpiándolo, moviéndolo, dándole de comer, hablándole. Y la otra ausente hasta este día en que con su voz extraña parecía perdonarlo. Dándole cucharadas de caldo en la boca, hablándole parsimoniosamente de perdón y expiación.

     La veía frente a él, muy cerca, sentada en la cama, acariciando a veces una rodilla de Manuel, sin miedo a la sangre de la herida que no cerraba. Con la otra, extendía la cuchara llena de caldo, instándolo a que abriera la boca, como si fuese un chico. Tal vez había hecho lo mismo con Ariel.

     El caldo lo reanimaba, se sentía más despierto que con la comida que le traían Tomasa o Julio. Es verdad que transpiraba, el vello del pecho estaba empapado en sudor resbalando hasta las sábanas. Sentía la cruz, cuyo metal curiosamente lo refrescaba, como si le sorprendiera que el punto de aleación fuese mucho, mucho más alto que el simple calor que podía soportar un hombre. Veía que Natacha a veces desviaba la vista de sus ojos o su boca, y miraba la cruz.

     No sintió dolor cuando se la arrancó y la cadena se deslizó rota por el pecho. La cruz desapareció en el plato, y le dio otra cucharada.

     Diferente, porque de pronto escuchó un hormigueo en los oídos, y mientras su vista se aclaraba luego de tantos días de inquieta turbiedad, vio a Ariel junto a la cama. Creyó entender que madre e hijo se hablaban sin mover los labios. ¿Quizá él había tenido que ver en esa reconciliación? A veces somos instrumentos de los designios de Dios, y el personaje que nos toca en el teatro del mundo no es agradable. Judas Iscariote, por ejemplo, el melancólico traidor que nunca supo deshacerse del remordimiento, ni siquiera en su propia horca.

      El caldo le aliviaba, y la beatífica imagen de madre e hijo, uno junto al otro, le daba paz a su alma.

     Creyó morir, porque la claridad de la habitación era oscura, y la nitidez tan extrema, que era casi como ver todo en un mismo plano, una pictórica semblanza del paraíso. José, la Virgen y el Niño.

     Pero el niño era un ángel adolescente, y lo escuchó reprocharle a su madre, de pronto y luego de la beatífica sonrisa, la áspera actitud de la venganza. Ella respondió dejando la cuchara en el plato y mirando hacia Ariel, parado a su lado junto a la cama. Tenía la mano sana sujetando el muñón de la otra. Estaba desnudo y el pecho blanco y flaco era el de un esmirriado ángel enfermo.

    Manuel sabía que estaba presenciando la conversación de dos mundos, y que ambos estaban allí en ese momento. Natacha que hablaba, reprobando a Ariel, y el chico que por primera vez se rebelaba ahora, agarrando la cadena para reparar el eslabón roto. Manuel sabía que no podría hacerlo porque no era posible con una sola mano. Iba a hablar, a decirle al chico que no se preocupara, por favor, que no se preocupara. Pero entonces lo vio retroceder hacia la sombra del cuarto. Natacha había vuelto a mirar a Manuel, y recomenzó los lentos viajes de la cuchara cargada de caldo.

     Enseguida reapareció Ariel, la mano izquierda, muerta, en la mano derecha. Una llevó a la otra al muñón, y pronto comenzó a moverse como una araña moribunda. Manuel vio acercarse la mano hacia él, y quiso llorar, pero la mano simplemente recuperó la cadena, y entre ambas, repararon el eslabón roto.

     Natacha observaba, con la mirada seca.

    Cuando la cruz estuvo de vuelta en la cadena, Ariel se acercó a Manuel, que sintió el olor de la mano muerta. El chico estaba tan cercal, rodeándole el cuello para colocarle otra vez la cruz sobre el pecho, que fue casi un recuerdo exacto de aquella noche.

     Y cuando recuperó la cruz, la claridad se esfumó y la realidad se convirtió otra vez en un hálito nauseabundo, la calma comenzó a arrugarse y sus fibras se entrelazaron en nudos gruesos, y el dolor del cuerpo ya ni siquiera fue uno solo, sino múltiples dramas y tragedias que se sucedían simultáneamente, coordinando las contradicciones absurdas con los métodos del caos.

     Entonces comenzó a escuchar un aleteo, pero no sabía si antes o después de ver a Ariel retroceder hacia la sombra. Su cara, de tan escuálida, fue adquiriendo la forma de un triángulo, y ese triángulo formaba los contornos de una cara de murciélago. Vio el comienzo de unas alas tras la espalda, y de pronto toda la habitación se llenó de murciélagos.

     Ariel ya no estaba, y Natacha había dejado caer al plato al piso y se tapaba la cabeza con las manos.    

     - ¡Julio, Negra! -llamaba. Nunca se había acostumbrado a esas invasiones. Nunca había indicios de cuándo vendrían, o por lo menos ella no había sido capaz de entender porque más que los marineros se lo hubiesen explicado muchas veces.

     Manuel no podía moverse demasiado. Lo sentaban en la cama y él así se quedaba, porque en cuanto intentaba mover las piernas la herida sangraba. Pero tampoco quiso moverse. Los murciélagos daban vueltas bajo el cielo raso, y chocaban con las paredes o los muebles, volteaban las lámparas, y cuando al fin había oscuridad, muchos se quedaban quietos, colgando del techo o apoyados en la cama.

     Y fue esto lo que sucedió. Nadie entró a cerrar las ventanas, y Natacha no se movía de su sitio. Los murciélagos se desplazaban sobre las sábanas, y él sintió que eran atraídos por la herida. El dolor había recomenzado desde que le habían devuelto la cruz. Y los animales se acercaban, tímidos primero, y luego ya sin miedo porque él no hacía nada para espantarlos. Sintió las patas caminando por sus muslos, luego los dientes sobre la herida. Las alas eran suaves como cuero liso. Era un alivio, quizá, ese contacto de las alas, que eran como sus manos. A veces las manos acarician, pero el rostro muerde.

     Ellos escarbaban y mordían, y el grito de Manuel era un gemido acongojado.

     Esa era su expiación, le habría dicho a Natacha de haber podido, porque si abría la boca sería solamente para gritar.

     El dolor es la expiación, el castigo es el dolor.

     ¿La expiación es tan larga como el pecado original? Entonces nunca terminaría, como tampoco el dolor. Su intensidad sería distinta, así como la apreciación del tiempo es diferente. Nos escabullimos del tiempo, pero no del lugar. El cuerpo sufre, y el beneficio de la anestesia del inconsciente se paga con crueles resabios más adelante: la impotencia, la incapacidad, el remordimiento, la culpa. Los cuatro vértices de la cruz.

     Escuchó a Natacha gritar al mismo tiempo que la luz se expandió a su alrededor. La habitación era una red de murciélagos que seguían revoloteando alrededor de los que estaban quietos. Las sábanas eran una sola mancha roja, y la falda y las mangas de Natacha eran de un rojo escarlata que combinaba eclesiásticamente con su vestido negro. Su mirada era de espanto, pero también de orgullo.

     Las luces que Julio y Tomasa habían traído fueron suficientes para que los murciélagos comenzaran a salir por la ventana.  Ruiz empezó a arrancar a aquellos que seguían prendidos a la herida, y Tomasa obligaba a Natacha a levantarse, pero ella gritaba y se sacudía el pelo revuelto.

     - ¡Sacámelos! - decía.

     - ¡No tiene ninguno en el pelo! ¡Salga conmigo!

      Se fueron, las voces sonaban casi como reconciliadas por un instante.

     Julio Ruiz tiró las sábanas al piso. La herida era una costra sucia de sangre, rodeada de un charco de caldo rojo.

     -Santo Dios-murmuró, y era extraño escucharlo.

    Vio los labios de Manuel, mordidos y sangrantes, y el rostro fruncido de dolor contenido.

    - ¡Grite, amigo, grite si quiere! ¡No se contenga! ¡Eche todos los diablos que tiene adentro! -le dijo, casi llorando y sacudiéndolo de los hombros. - ¿Cómo voy a arreglar esto, ¡cómo voy a arreglarlo! -se lamentaba.

     Manuel abrió los ojos. Tenía espanto en la cara, pero también un sesgo de piedad compatible con la idea que Julio se había hecho alguna vez de Dios. Levantó una mano y señaló con el dedo hacia la pared de enfrente.

    -Ellos nos cuidan-dijo.  

     Ruiz miró hacia donde algunos murciélagos colgaban de la pared alrededor del crucifijo.

     Entonces desnudó del todo a Manuel y le dijo que se recostara. El agua de la vasija no estaba del todo limpia, pero ya no importaba, lo único esencial era desprender esas costras de coágulos y mugre. Ya no tenía ánimos de llamar a nadie para que lo ayudara. Comenzó a trabajar como lo había hecho en los peores momentos durante la guerra de la Triple Alianza: utilizar el agua que hubiese a mano, a veces simplemente para lavar la cara del soldado, o para limpiar la sangre que tapaba las piernas y los brazos que había que amputar, y cuando lo hacía, no encontraba más que una masa de huesos rotos.

     Había vuelto de Europa dos años antes del final de la guerra, cuando las batallas fueron más cruentas porque ya los soldados estaban cansados y casi no se cuidaban, porque habían muerto muchos y quedaban pocos para defenderse, y porque los oficiales querían terminar de una vez por todas, y mandaban al frente a sus hombres sin pensarlo mucho antes.

      Había tenido demasiado trabajo, y aunque era el jefe de cirujanos en el puesto de Ita Ibaté, él trabajaba igual o más que los otros. A veces veía que algunos de sus colegas se caían al piso y otro debía reemplazarlo, mientras el soldado gritaba, porque el éter ya no alcanzaba para todos. Esa batalla duró unas horas para los oficiales, más de un día para los soldados, y varios para los médicos. Ellos seguían amputando: apenas las enfermeras vendaban, los ayudantes lo sacaban y subían a la mesa a otro, y así hora tras hora. Cuando las telas para las vendas escaseaban, se las sacaban a los muertos antes de enterrarlos y luego de lavarlas, a veces, volvían a usarlas en los recién llegados.

     Ruiz buscó en el armario y encontró camisas y ropa blanca. Las desgarró y las usó para lavar a Manuel. Apenas desprendió las costras, la sangre brotó espesa y oscura, y olía muy mal. Entonces sí Manuel gritó, tanto que Ruiz levantó la cabeza para mirarlo, y sonrió. Que gritase todo lo que quisiera, para que todo el barco se enterase de una vez por todas, para que hasta en el puerto y la ciudad todos supieran lo que le habían hecho. Ellos: la pulcra condesa Natacha y el eminente doctor Julio Ruiz.

     Gritó hasta quedarse sin voz, y luego se desmayó. El colchón, que ya había aceptado demasiada sangre durante muchos días, volvió a empaparse hasta chorrear debajo y al pie de la cama. Ruiz puso telas sobre la herida, una sobre otra, esperando que coagulara para volver a suturar. Pero sabía que no podría solo, y aunque lo hiciera Manuel necesitaba ir a un hospital. Si no lo había hecho antes era porque conocía su propio riesgo, si al entrar en la ciudad algún policía o militar llegaba a reconocerlo. Tampoco podía encargarle la tarea a nadie del barco, todos eran unos inútiles en ese aspecto, y Manuel se desangraría antes de llegar.

     Sin dejar de hacer presión sobre las telas, las anudó alrededor de los muslos y la pelvis. Luego volvió a inyectarle un sedante y le tomó el pulso. Estaba muy bajo. Sólo tenía una mínima oportunidad de sobrevivir si lo llevaba al hospital esa misma noche, ahora mismo, incluso. Debían ser las dos de la mañana, y ese hombre no viviría ya al amanecer.

     Envolvió el cuerpo de Manuel en dos sábanas y una frazada. Al levantarlo, volvió a gritar. Una mano de Manuel se acercó a su cara y pensó que era para golpearlo, pero solamente apoyó la palma en la mejilla y apretó con los dedos su oreja y luego la nuca. Abrió los ojos, y Ruiz vio la misma expresión de Cristo en los retablos que había visto en los museos de Europa.

     Sosteniéndolo en sus brazos, Ruiz acercó la cara a la frente y le dio un beso.

     -Perdón-dijo.

    - ¿Pero por qué? -murmuró Manuel, tan quedamente, que fue más un símbolo que una pregunta. En el fondo de esa boca Julio Ruiz escuchó todos los gritos que había escuchado a lo largo de su vida, incluso los gritos de los muertos que era como una exhalación nunca interrumpida. Y escuchó el llanto de los bebés, en especial de Justo Farías, que había nacido sin piel, y que como todo justo, reclamaba el castigo.

     Cuando salió, muchos hombres obstruían el pasillo. Lo miraban sin preguntar, abriéndole paso. Tomasa lo detuvo.

     - ¿Está muerto?

     -Lo llevo al hospital.

     La vieja lo agarró de la ropa.

    -Déjeme en paz, negra. Sé lo que hago. Usted cuide a la señora, nunca la había visto como esta noche, y puede que se hiera.

     La negra estuvo a punto de reír, pero no era esa la ocasión.

    -A esa no la mata ni Mandinga…pero vaya, vaya, y haga lo que tenga que hacer para arreglar esto….

    Ruiz no la miró, sólo siguió caminando. Ya le habían preparado el bote y lo ayudaron a bajar a Manuel. Luego remó los pocos metros hasta el muelle, que anudó a un pilar y levantó al enfermo. Las piernas le dolían, pero pudo levantarse él y al otro, y empezar a caminar por el puerto en plena noche. La casilla de un policía estaba con luces, pero escuchó los ronquidos y pasó por delante. Las pocas casas del puerto estaban a oscuras. Los perros le ladraban, y una que otra linterna se encendió por unos segundos. Necesitaba una carreta, pero no se atrevía a despertar a nadie a esa hora si quería pasar lo más desapercibido posible.

     Media hora después había llegado al pueblo de Santa Lucía. Sabía que el viejo convento de jesuitas había sido convertido en un hospital de niños. Conocía al viejo doctor Martín Ibáñez, que había sido el director luego de que Ruiz viajase a Europa, porque era amigo de su padre. Por cartas de éste se había enterado de la forma en que había muerto Ibáñez: el padre de un chico enfermo lo había apuñalado. Según sabía, el médico agonizó durante una semana, y durante todo ese tiempo pudo escuchar la construcción del patíbulo en el que ahorcaron al hombre. Había venido el mismo gobernador a presenciar la ceremonia, y luego quiso visitar a Ibáñez, pero debió pasar el resto del día y la noche con una reunión del partido y la obligada cena. En la mañana le dijeron que el médico había muerto. No fue a ninguno de los dos funerales, que de todos modos fueron en el mismo cementerio y a la misma hora. El cuerpo del ahorcado esperó todo un día en la comisaría, y cuando consiguieron la autorización de la curia para enterrarlo en tierra santa, el cuerpo del médico llegó en otra carreta. Uno en un carro tirado por un solo caballo viejo, con el sepulturero y un cura. El otro en una carreta de dos caballos, seguida del obispo y de los doce hijos del doctor Ibáñez. La esposa estaba demasiado angustiada, dijeron, para asistir. Los doce chicos, todos varones, caminaban en dos filas, y parecían haberse distribuido por edad y estatura. Iban con las cabezas gachas, y sólo los dos más pequeños miraban con curiosidad y miedo todo aquel paisaje de lápidas. Detrás, iban algunas enfermeras y colegas del médico, y más atrás, algunos vecinos de Santa Lucía. Las tumbas estaban a veinte metros de distancia. Una estaba llena de flores, la otra no tenía nada. Una tenía una cruz de madera, la otra una lápida costeada por el municipio y que había sido labrada esa misma mañana. El sermón del cura sobre la tumba del ahorcado duró cinco minutos, y luego se acercó a la otra, junto al obispo, donde se sucedieron breves discursos luego del responso. El padre de Ruiz se había esmerado en describirle todo esto porque había apreciado al mucho al doctor Ibáñez. Lamentaba la forma de su muerte y la execrable pompa de su funeral de pueblo. Un año después vino la guerra y comenzaron a llegar los soldados.

      Ahora que estaba junto a la puerta de entrada, vio el viejo edificio jesuita con su oscura fisonomía de arcos y tejas, y el campanario que se ocultaba en la alta noche. Hizo una pausa para tomar aliento. No lo había revisado desde que salió del barco, y aunque escuchaba bajos quejidos, no los había escuchado en los últimos cien metros. Tomando aliento, sintió que lo tocaban en la cabeza con algo puntiagudo. Al levantar la vista, vio el cañón de un fusil que lo apuntaba.

    - ¿Qué le pasa, compadre? -dijo el policía.

    -Traigo a mi amigo…

    El otro se acercó para tocarlo.

   - ¿Está seguro de que está vivo? Venga, viejo, un dotor lo verá.

    Entre ambos entraron a Manuel, lo colocaron en una camilla y lo llevaron a una habitación. Un médico de guardapolvo sucio salió de otro cuarto restregándose los ojos.

    - ¿Qué pasa aquí? - empezó a decir, pero al ver el cuerpo, miró a Ruiz - ¿Pero ¿qué le pasó? Sí, sí, ya me doy cuenta, ¿quién es usted? - preguntó, poniéndose los antejos y mirando a Ruiz con desconfianza.

     -Soy un amigo, usted verá que lo castraron, no sé decirle…

     -Vaya con el oficial. Nosotros vemos si se puede hacer algo con este hombre. - Y se desentendió de él llamando a las enfermeras, que lo ayudaron a llevar la camilla a una habitación al fondo del pasillo.

     Las lámparas no servían para alumbrar más que unos diez metros, y ni siquiera alcanzaba a ver las paredes a sus costados. El policía se puso detrás de él y le dijo que caminara hacia el mostrador, donde una enfermera lo esperaba bajo tres lámparas colgando del techo.

     - ¿Cómo se llama el enfermo?

     -Manuel Menéndez Iribarne.

     La enfermera lo miró con el ceño fruncido.

     - ¿Extranjero?

     -Español.

     - ¿Y dónde vive?

     - No sé- dijo Ruiz en voz muy baja.

     - ¿No me escuchó?

     -No vive acá, vino a visitarme hace unos días y se quedó conmigo.

     -Deme su nombre y domicilio, por favor,

     Él no contestó enseguida, la enfermera cargó la pluma en el tintero y aguardó un rato dispuesta a escribir.

    -Julio Ruiz-dijo él. -Tengo una casilla junto al río, usted sabrá entender, no tengo trabajo.

    La mujer debió escribir “vagabundo” en el papel, y suponer que el supuesto amigo era otro de ellos, y que todo probablemente ocurrió en una pelea de borrachos. Llamó al policía, miraron juntos el formulario recién llenado, y se cambiaron miradas.

     -Venga conmigo-le dijo el policía. Lo sujetó de un codo, sin brusquedad, como si lo ayudara a caminar hasta la pared frente al mostrador, y le dijo que se sentara. Luego se paró al lado durante un largo rato. De vez en cuando se escuchaban movimientos al final del pasillo, que él conocía: los ruidos de un quirófano. Metales que se chocan, voces airadas, alguna que otra risa breve, pero sobre todo le llegó el olor del éter y los medicamentos. Vio abrirse la puerta de vez en cuando, mientras una enfermera con delantal, barbijo y cofia salía y entraba.

      Había notado que el policía cambiaba el peso de su cuerpo en un pie o en otro de tanto en tanto, debía estar cansado. Después caminó hasta el mostrador y se puso a conversar con la enfermera. Cuchichearon un rato, se sonrieron. Luego ella agarró unos papeles del mostrador y lo dejó solo. Debía ir a hacer su ronda, así que sólo quedaba el hombre, tan iluminado que difícilmente debía alcanzar a ver a Ruiz sentado junto a la pared, dónde sólo podían verse la punta de sus botas embarradas. Retrocedió los pies hasta sacarlos del halo de la luz. Comenzó a desplazarse en el banco de madera hacia la puerta.

      El policía agarró el teléfono. Al principio no alcanzó a escuchar, pero en la tercera llamada empezó a hablar fuerte, la comunicación se interrumpía o la voz del otro lado era muy baja. ¿A dónde llamaría? ¿A Santa Fe? ¿A Buenos Aires? No pudo sacar nada en claro, por más que escuchó su nombre varias veces. Luego el policía colgó con brusquedad y lo miró, pero no lo estaba mirando porque no lo veía. Entonces se acercó corriendo hacia la pared y cuando lo tocó, le dijo:

    -Quédese donde lo dejé, viejo. Si no, lo llevo a la comisaría-. Y se sentó a su lado.

    Ruiz se frotó la cara, habría querido llorar. Podría haberse escapado mientras el otro hablaba, ¿por qué no aprovechó la oportunidad? ¿Qué le interesaba a él saber lo que el otro averiguaba por teléfono, si era obvio? Supo, en ese instante, que el alcohol y la miseria que había pasado se habían cobrado su buena cantidad de neuronas. Eso ya lo había sabido el día que Mendoza lo rescató para llevarlo al barco. Pero la buena comida y la tranquilidad que desde entonces tuvo, lo engañaron como se engañan todos con la frágil fachada de la prosperidad. La operación de Manuel era el signo más evidente de que ya no era más una caricatura de lo que había sido como médico, y la oportunidad perdida esa noche le confirmaba que ya no era más que un imbécil que ni siquiera merecía la lástima del peor de los hombres.

      La puerta del fondo se abrió, y escuchó los pasos del médico por el pasillo. Las lámparas del techo lo iluminaban cada tantos metros. Primero lo vio con la cofia y el delantal, luego con el pelo revuelto y las manos desatando los nudos de las tiras, por último, con el delantal ya abierto y los vellos del pecho que brillaban como leves destellos por el sudor.

      - ¿Usted es familiar o un amigo? -le preguntó. El policía lo hizo levantarse.

      -Amigo-dijo.

      -Me imagino que no hay nadie más cercano.

      Ruiz negó con la cabeza.

      -Alguien debe quedarse a cuidarlo en la habitación.

     El médico intercambió una mirada con el policía, y ambos se hablaron en voz baja.

     -Tendrá que quedarse usted. Le diré a la enfermera.

     El médico se metió en otra habitación y el policía lo llevó sin soltarlo del codo hasta el cuarto de Manuel. Lo vio en la cama, inmaculada de blanco. Miró alrededor, y se dio cuenta cuánto extrañaba los hospitales, aún uno como aquel, armado en un convento. ¿Pero acaso no eran los conventos también hospitales del alma? Las almas de los curas debían seguir rondando por esos pasillos y habitaciones. Una cruz sobre la pared, a la cabecera de la cama, era muy parecida a la que tenía Manuel sobre el pecho. Pero se la habían sacado y estaba sobre la mesita de luz junto a la cama.

     -Siéntese, compadre. Si quiere algo se lo pide a la enfermera, luego salió y escuchó los pasos hacia la recepción.

     Si pudiese escabullirse por la penumbra de los pasillos, pensó. Pero enseguida entró una enfermera que no había visto antes. Era más vieja y gorda, sin duda más veterana que la de la recepción. Miró al enfermo, revisó las vendas y las ropas de la cama, y le tomó el pulso.

     - ¿Se va a sanar? -le preguntó Ruiz.

    - Eso tiene que decírselo el médico. ¿Usted qué es del señor?

    -Un amigo.

    - ¿Usted le hizo esto?

    Él no respondió. Ella se encogió de hombros.

    -Ya me imagino, se emborrachan y se matan entre ustedes.

    Lo observó por un momento, esperando la respuesta a la que debía estar acostumbrada, pero ante el silencio habrá pensado que Ruiz era más estúpido que los demás.

     Salió y dejó la puerta entreabierta. Apenas se asomó, vio que el policía había vuelto y estaba sentado frente a la puerta, con el pie derecho apoyado en la rodilla izquierda, y en las manos la porra que sostenía primero de un lado y luego del otro, jugando como distraído.

      Se sentó junto a la cama. Miró a Manuel y supo que estaba en buenas manos. Si vivía, sería por mérito de la gente de este hospital, si moría sería exclusivamente por el suyo.

 

 

 

*

 

 

El oficial estaba todos los días y a toda hora de guardia en el hospital. A veces venían a relevarlo los domingos, y a veces otro día de la semana, incluso, algunas noches. Pero él no sabía cuándo. No era mucho el trabajo: ayudar a entrar o salir enfermos, algún que otro borracho al que contener, en ocasiones un par de ladrones, o varias peleas de mujeres, y muchos perros rabiosos para matar. A veces estaba muy cansado, porque él se tomaba el trabajo en serio, así se lo habían enseñado en su casa. Tal vez porque aún era muy joven, como le decía el comisario Santángelo, pero sobre todo porque necesitaba trabajar y no quería que lo agarraran en algún error. Gálvez se esmeraba e intentaba permanecer despierto, y atento, lo que ya era más difícil, la mayor parte de sus guardias.

     Como esta noche, por ejemplo, que sentado frente a la puerta de la habitación donde estaba un posible asesino, los ojos se le cerraban, aunque sus manos jugaran automáticamente con la porra. Confiaba más en sus oídos en esas ocasiones, pero también muchas veces le habían fallado. Pensaba en la conversación con el comisario media hora antes. La comunicación era tan deficiente como siempre, y debía hablar a los gritos. Mirando al sospechoso desde el mostrador, o intentando verlo en la sombra junto a la pared, esperaba que fuera tan estúpido o sordo para que no se diera cuenta de que hablaban de él. En realidad, su mente se bifurcaba en dos pensamientos muy diferentes: su deber esa noche, que se presentaba algo diferente, y lo había hecho dudar de cómo lo vería su jefe, y por el otro el pensamiento de Camila, la enfermara. No podía alejarla de su mente ni de su cuerpo, sonreían y hablaban, y ese olor de ella lo excitaba. Cuando la veía pasar por el pasillo no podía dejar de seguirla con la mirada, y todas las veces que intentó tocarle las piernas, ella se escapó corriendo. Sin embargo, siempre creía verla darse vuelta un instante con una sonrisa que parecía invitarlo a perseguirla. ¿Cuándo sería su próximo relevo para poder estar con ella? Camila tenía horarios de descanso, él ignoraba los suyos, y en la mayoría de los casos no coincidían. El oficial Gálvez se tomaba su trabajo muy en serio, por eso se estaba preocupando demasiado por la llamada a la comisaría.

     - ¡Aquí el cabo Manolo Gálvez, señor comisario!

     - ¿Quién puta es? -escuchó decir desde el otro lado de la línea. Santángelo estaba soñoliento y malhumorado. Eran las tres y media de la madrugada.

     -Lamento molestarlo, comisario, pero es mi deber informarme de un hecho acá en el hospital de Santa Lucía.

    El comisario carraspeó y volvió a putear.

    -Está bien, ¿qué mierda pasó?

    -Entraron dos individuos, uno trajo al otro herido, medio muerto casi.

    - ¿Y para eso me jode a esta hora de la noche?

    -Disculpe comisario, pero me sospecho que el mismo que lo trajo lo hirió, y mire usted, comisario, le cortó los… ¿me comprende?

    - ¡¿Pero de qué me habla?! ¡Ah, ya entiendo! ¿Por qué no habla claro en lugar de como una mujercita? ¿Y son peligrosos?

    -No me parecen, uno se está muriendo, y el otro está demacrado…

     - ¿¡Y no podía esperar hasta mañana para decírmelo, carajo?!

     Gálvez tragó saliva.

     -Lo lamento mucho, mi comisario, pero me dijeron que informara de inmediato todo lo que me pareciera importante. Y cuando el tipo se muera, vamos a tener un asesinato acá.

     Se hizo una pausa desde el otro lado. En Santa Fe el comisario Santángelo debió haberse sentado para sorber un mate frío que había quedado en la mesa desde la noche.

     -Está bien, cabo. Con oficiales como usted el país tiene un gran futuro, mi querido. Deme los nombres-. Cuando Gálvez terminó, dijo: Mantenga detenido al tipo y espero órdenes.

     Ya había colgado cuando el cabo iba a preguntar cuándo vendrían a relevarlo. Pensó en Camila, que hacía su ronda, y de pronto vio que ya no veía la punta de las botas del viejo. Fue corriendo hacia el banco junto a la pared. Sí, allí estaba todavía.

 

      El comisario Álvaro Santángelo colgó el tubo y puteó al cabo. El hijo de puta parece un maricón de mierda, deben ser los fantasmas de los curas que dicen que viven en el hospital, se dijo en voz alta. El comisario vivía en la comisaría. Tenía cincuenta y cinco años y había dejado de tener más ambiciones cuando diez años antes tomó ese puesto. Debió haber sido su mal carácter, varios confusos episodios con reos muertos en sus celdas, y seguramente por la vez que lo encontraron con dos o tres mujeres del pueblo en la comisaría. Una de ellas, se decía, era la mujer del intendente. Estaba en camiseta y calzón, el escaso pelo revuelto y los ojos legañosos. De pronto su mirada se cruzó con los avisos y anuncios pegados en la pared detrás del escritorio. Todos viejos y vencidos, pero ya no se molestaba en sacarlos. Y entonces vio uno que debía tener casi diez años. “Doctor Julio Ruiz”. Lo buscaban hace mucho tiempo, ya no recordaba qué había hecho el tipo. Un nombre tan común, se había dicho muchas veces cuando posaba la vista por casualidad por ese cartel. Nunca en tanto tiempo había aparecido ni uno solo, y ahora había uno, y estaba en un hospital.

     Se rascó la entrepierna mientras pensaba que tal vez valiera la pena llamar al coronel en la mañana. Volvió al dormitorio, se tomó un sorbo de aguardiente que quedaba en el fondo de la botella y se colocó los pantalones. Fue a la cocina y puso a calentar la pava. Volvió al teléfono y levantó el tubo. Se acordó que no recordaba el número del coronel Gómez, y abrió el cajón del escritorio. Revolvió papeles una y otra vez, ya el agua había hervido. Fue a buscar el mate y la pava, se cebó uno y lo tomó. Volvió a revolver hasta encontrar la agenda, que no era más que un conjunto de papeles de bordes rotos. Se dio cuenta de que no veía un carajo, y fue al dormitorio a buscar los anteojos. Revolvió entre las sábanas un poco mojadas todavía, últimamente cuando se masturbaba le quedaban resabios de incontinencia. Cada vez le quedaban menos placeres en la vida, se dijo, ya ni las putas querían venir porque se quejaban de que les pegaba. Y qué querían que hiciera si eran ellas las que tenían la culpa de que las erecciones cada vez le duraran menos.

      Al fin encontró los anteojos y se los puso. Hizo varios intentos antes de conseguir línea, y se quedó dormido. El brazo a lo largo de la mesa, con el tubo en la mano, y la cabeza sobre el brazo. A la siete de la mañana entró la sirvienta que limpiaba, no se molestó en despertarlo, lo hizo solo con el ruido que hacía ella con los baldes y corriendo las sillas.

    -Buenas, comisario.

    Santángelo no le hizo caso. Se restregó los ojos, puteó al mate otra vez frío, y volvió a calentarlo. Mientras esperaba, se puso la chaqueta del uniforme en el dormitorio y volvió a lña mesa. Otro mate y otro intento de llamar. Al fin consiguió.

     -Buenos días, señora de Gómez. Lamento molestarla tan tempranito. ¿Está disponible el coronel?

     La mujer por toda respuesta dejó el tubo a un costado y él esperó. Escuchó algunos carraspeos y una discusión matutina entre marido y mujer.

    - ¡Hable!

     -Buenos días, mi coronel. Soy el comisario Álvaro Santángelo, de Santa Fe, señor. Lo molesto porque me creo en el deber de informarle sobre algo que usted me había recomendado con especial cuidado hace algunos años.

    - ¡¿De qué mierda me habla?!           

    -Parece que encontramos al doctor Julio Ruiz.

    Desde el otro lado de la línea se hizo una pausa, el coronel debía estar haciendo memoria.

     - ¿Ah, ¿sí? ¿Y dónde, qué han hecho con él? ¿Está seguro de que es el mismo?

    -En el hospital de Santa Lucía. No me confirmaron la descripción porque no la tenemos, pero llevó a otro tipo con los huevos cortados…

    - ¿Y el otro todavía vive?

     -Así me han dicho, pero a lo mejor no dura mucho.

     El coronel hizo otra pausa.

     -Así que le cortó los huevos y el otro sigue vivo…puede muy bien tratarse de un médico. Téngalo detenido, y espere órdenes.

     Y colgó. Santángelo tuvo que levantarse de la silla porque la mujer lo empujaba para lavar el piso.

 

      El coronel Anastasio Gómez colgó el teléfono que tenía junto a la cama. Su mujer ya se había levantado, rezongando por los subordinados que molestaban tan temprano. Él había hecho un respingo de indiferencia, pero mientras aún tenía el teléfono en una mano, con la otra palmeó el trasero de su esposa, que lo ignoró y salió de la habitación. Ese había sido el motivo, tal vez, de la pausa que había hecho mientras hablaba. Cuando colgó, pensó en lo raro que era encontrarse con el caso de Ruiz después de tantos años. La última vez que había sabido algo de él, le habían dicho que estaba hecho un borracho, rebotando de pueblo en pueblo como un vago cualquiera, y por eso no lo encontraban. Enviaría unas letras al diputado Farías, más tarde.

     Se levantó de la cama y se desperezó. Abrió el ventanal que daba sobre el parque. Tras la arboleda estaban las barrancas de San Isidro. Era alto y de un rubio que se iba encaneciendo. Tenía cuarenta y siete años, y se pasó la mano por el pecho y el abdomen. Se mantenía en forma porque cabalgaba todos los días, y los fines de semana jugaba al pato. Le gustaba hacer el amor con Delia, todavía, luego de más de veinte años. Habían tenido cinco hijos, dos se le habían muerto en la guerra, al tercero lo había salvado por ruego de su mujer, y el diputado Farías había logrado eso. Las dos hijas se habían casado y vivían una en Córdoba y la otra en Uruguay. Ellos dos vivían casi solos en la quinta. Lautaro, el menor, estudiaba, según decía, en Buenos Aires, pero era un tarambana que lo único que hacía era pedirle dinero para quedarse en un eterno primer año de abogacía.

      Desayunaron en el parque, estaba soleado y la mañana era fresca.

      - ¿Quién era? -preguntó Delia.

      - ¿Quién? ¡Ah! Un comisario de Santa Fe. Sobre el caso Ruiz

      -Estás distraído, ¿acaso es importante?

      -Tiene que ver con Farías, mi amor.

      -Entonces, sí.

      No hacía falta que le dijera más. Bartolomé había salvado al único hijo varón que les quedaba, aunque fuera un tiro al aire. Ya se asentaría, decía ella, que siempre lo mimaba y lo justificaba. El coronel callaba, pero esperaba que cualquier mañana lo llamara para pedirle ayuda. Ya conocía el tono de su hijo, entre despistado y sutil, escucharlo por teléfono le resultaba más sincero que mirarlo a la cara. Pero, en fin, estaba vivo y algún día les daría un hijo que continuara el apellido. Tal vez, un Gómez a secas.

     Como el de tantos Ruiz, salvo que quizá habían hallado, finalmente, la punta del ovillo.

     Esa mañana fue al pueblo a enviar un telegrama a Buenos Aires. No quería llamar al diputado directamente, sabía que estaba en plena campaña y además habían pasado muchos años, no sabía si Farías iba a conducirse oficial o extraoficialmente.

     “LO ECONTRAMOS EN UN PUEBLO DE LA PROVINCIA. AGUARDO SU ORDEN.”

      Eso era todo lo que se necesitaba para que Farías entendiera.

      Cuando volvió a la quinta se metió en su estudio a responder algunas cartas. Delia entró para dejarle la merienda.

      - ¿Alguna novedad, querido?

      -Nada, mi amor.

      Se dieron un beso breve, tomados de la mano, y luego ella lo soltó para que siguiera escribiendo.

 

     Bartolomé Farías ya tenía poco más de cincuenta años. Desde la muerte de su esposa había renovado su banca en diputados una vez, y ahora volvería a intentarlo. La verdad era que su hijo le hacía la vida imposible. El monstruo ese seguía viviendo, contra todo pronóstico de los médicos. Al fin de cuentas, qué sabían ellos, los matasanos. Todos no habían hecho más que matar a sus hijos y a su mujer. Y al último lo habían dejado vivo para convertirse en su calvario.

     Vivía en la planta alta de la casa de Palermo, encerrado todo el día. La sirvienta que había tomado la responsabilidad de criarlo también estaba cansada. Ella seguía sin quejarse, porque sabía que había dado falso testimonio, pero lo que más le importaba era lo que el padre haría con el chico. Durante aquellos diez años, Justo había aprendido a caminar. Se le había formado una costra de piel rugosa que duraba a veces muchos meses, y luego comenzaba a descamarse. Primero era blanca y fresca como manteca, luego iba secándose para tomar un color morado, finalmente comenzaba a tomar mal olor y era imposible entrar a la habitación sin taparse la nariz. La mujer lo limpiaba y le sacaba las costras como le habían enseñado los médicos, pero ya no pedía consejo. Ella lo conocía mejor que nadie. Había recibido golpes de parte del chico, que se hacía alto e impulsivo. No hablaba, por supuesto, sólo emitía gruñidos y quejidos. Nadie supo si tenía ojos, y en lugar de párpados había dos costras duras como hueso que nunca cambiaban. Caminaba encorvado por todo el espacio de la habitación, queriendo salir.

     Farías había pensado muchas veces enviarlo lejos, al campo, a ella y al chico, y tal vez, en algún momento, y cuando todos se hubiesen olvidado, el chico podría desaparecer. Pero cuando la prensa puso al tanto a casi todo el país sobre el hijo del diputado Farías, no se animó a hacerlo. De pronto, vio la manera en que la opinión pública había cambiado. Los colegas lo trataban con cierta deferencia que venía de la pena. Él habría mandado al carajo ese trato, pero se dio cuenta de que era más importante lo que pensaban los votantes, y la imagen que la prensa había hecho de él le había servido para volver con éxito a la política.

    Sus asesores le habían aconsejado sacarse fotos con el chico, jugando o enseñándole algo, sentados frente al escritorio. Pero él odiaba el sensacionalismo, y, además, no soportaba el olor ni el aspecto de Justo.

     El chico gritaba, como todas las mañanas. Y lo escuchaba a pesar del pasillo, la escalera y las puertas que lo separaban de su estudio. El grito de marrano aumentó y disminuyó cuando su secretario abrió y cerró la puerta trayéndole un telegrama. El viejo que había ayudado a escapar a Ruiz había muerto en un asilo.

     Leyó el texto y se apoyó en el respaldo, con la mirada fija en el papel, pensando. Recordó la cara de Julio Ruiz en esa época, el rostro de la confianza que había representado para él y su mujer. El rostro bien afeitado, de médico sereno y sabio, había generado intimidades que a nadie más había confiado. Quiso volver a verlo, ¿pero para qué? ¿Por qué quería verlo degradado? ¿O quizá porque extrañaba esa confianza para siempre perdida? Era verdad que Ruiz lo había defraudado, ¿pero era eso del todo verdad? Sea como fuere, ya no sentía nada más una renaciente necesidad de tenerlo enfrente de su escritorio, sabiendo que su silencio compartido mientras él trabajaba y Ruiz leía, era un vínculo que nunca había tenido ni volvió a tener.

    Los gritos de Justo se detuvieron. ¿Por qué le había dejado ese nombre que las enfermeras le habían dado? Justo no representaba ningún tipo de justicia, ni para el chico mismo ni para los que lo rodeaban. ¿Y dónde estaba o cuál era la justicia merecida? Los hombres de las Cámaras sólo disponían leyes que no eran más que endebles simulacros de justicia, meras cuerdas débiles a los que cada una se sujetaba hasta que se rompían.

    Bartolomé Farías tenía alta posibilidad de ser reelegido, y hasta le hablaron de postularse para presidente poco después. Estaba renaciendo, y era Justo Farías quien lo sostenía. Ya no necesitaba a nadie más.

     Levantó el tubo y pidió comunicación con el coronel Gómez. El tono llamó varias veces, hasta que atendió una mujer.

     - ¿Delia? Soy Bartolo, querida.

     -Ah, Bartolo, hoy hablábamos de vos, ¡qué gusto saber!

     -Lo mismo digo Delia. ¿Está cerca Tasio?

     -Sí, ya lo llamo. Te dejo muchos cariños.

     -Lo mismo para vos, querida.

      Tamborileó los dedos sobre la mesa, los gritos se reanudaron.

     -Hola Bartolo, querido y viejo amigo. Me han dicho que va muy bien lo tuyo, te felicito

     -Gracias Tasio, recibí tu telegrama.

     El coronel hizo una pausa muy breve, seguramente para pedirle a Delia que lo dejara solo.

     -Así es, amigo.

     - ¿Está confirmado?

     -Hasta donde yo sé. Por supuesto se corroborará sobre el campo.

     Ambos hicieron silencio, esperando la voz del otro, y pregunta y respuesta sonaron al mismo tiempo.

     - ¿Qué hacemos?

     -Fusílenlo.

      Farías miró alrededor de su escritorio. Se levantó y abrió la puerta, nadie había escuchado. Fue hacia la ventana, nadie estaba cerca. Miró hacia la silla donde Ruiz solía sentarse, y creyó verlo con un libro de anatomía en las manos, levantando la mirada de tanto en tanto, como lo hacía cuando lo escuchaba increpar por teléfono mientras trabajaba.

     Volvió al teléfono, el coronel aún aguardaba.

     - ¿Alguna pregunta, Tasio?

     -Ninguna, Bartolo. Si no te llamo, ya sabés.

     -Bien, Tasio. Dale un beso de mi parte a Delia, y un gran abrazo para vos. Decile a tu hijo que me llame, tal vez podamos encarrilarlo todavía.

      Colgó. La figura en la silla seguía ahí, y no estaba dispuesta a desaparecer.

 

      A eso de las seis de la tarde del día siguiente empezó a gotear. Estaba frío, el cielo encapotado con un aspecto de porcelana con matices de gris y negro. Desde el norte se veían nubes aún más oscuras. El cabo Gálvez continuaba en su puesto en la silla del pasillo, pero varias veces había ido y vuelto al baño, y cada vez que regresaba abría la puerta para comprobar que el viejo seguí adentro. La enfermera había llegado a su turno más temprano, y se le acercó con una silla y una bandeja. Le había traído la merienda, dijo, para compartirla juntos. Sonrió y empezaron a charlar mientras tomaban mate y tortas fritas que ella había preparado en su casa.

      -Parece que se viene una tormenta muy fea-dijo ella. -En la ciudad dicen que ya llueve mucho al norte, y el río está creciendo.

      El cabo desdeñó todo eso. Era mejor así, le dijo, tal vez ella entonces tendría que pasar la noche en el hospital y podrían estar más juntos. Ella se rio ocultando la cara en el hombro de él. De vez en cuando se escuchaba algún carraspeo desde la habitación, que era ahogado con las risas inútilmente reprimidas de los dos.

       Ya había oscurecido, y encendieron las luces del pasillo. Se oyó golpear palmas desde la entrada, y Camila fue a ver. Volvió al rato con un hombre robusto, de cabello y barba oscura y espesa. Gálvez vio que llevaba un fusil en banderola. Se paró e hizo la venia. Aunque estaba de civil, sabía que era el hombre que estaba esperando.

     -Cabo Gálvez, señor.

    -Descanse, cabo, soy el mayor González. ¿Dónde está el detenido?

    -En este cuarto, señor.

    Abrió la puerta y se asomó. Llamó a Ruiz y éste salió al pasillo.

    -Vamos afuera-dijo el mayor.

    Ruiz y Gálvez lo siguieron por el pasillo hasta la puerta. Salieron. El campo alrededor del hospital continuaba con una luminosidad tenue y sin reflejos. La lluvia había amainado, pero se sentía el olor del pasto y de la tierra mojada y caminaron no muchos metros, dando la vuelta a una esquina del edificio. El mayor miraba alrededor, como eligiendo un sitio en particular.

     -Acá está bien-dijo, y dirigiéndose a Ruiz, preguntó:

     - ¿Usted es el Doctor Julio Ruiz, hijo de Bernardo Amado Ruiz y Genoveva Beatriz Aranguren?

     -Así es, señor-respondió.

    - ¿Sabe a qué he venido?

    -Lo imagino, señor.

     Gálvez estaba en posición de firme, con las manos a la espalda, sin mirar a ninguno de los dos, con la vista fija tal vez en un árbol que estaba a veinte metros o en un perro acostado a su sombra.

      -Cabo, vende al detenido-ordenó, mientras revisaba su arma.

      Gálvez todavía no se había movido, tal vez pensaba qué tela iba usar, lo único que tenía era su pañuelo. Sin embargo, sus ojos no decían eso, en realidad trataba de no pensar.

      -Mayor, pido que se me otorgue un último deseo-dijo Ruiz.

      González apoyó la culata del fusil en la tierra.

      -Está bien, ¿qué quiere?

      -Escribir una carta.

      -Cabo, traiga papel y lápiz.

      Gálvez entró corriendo de vuelta al hospital. Tardó más de lo necesario para hallar algo que siempre estaba a mano en el mostrador de la entrada. Mientras, ellos dos permanecían en silencio, mirándose como si lo que tuvieran que soportar fuese únicamente la garúa molesta e irritante. Sin expresión alguna, sus caras eran dos rocas, o dos leyes. Ruiz, por un momento, pareció estar llorando. Tal vez viese la sombra de Farías moldeada por la lluvia en el espacio entre el mayor y él. Pero eran solamente gotas de lluvia que le chorreaban por la cara.

     Gálvez volvió con una hoja de papel y un lápiz. Ruiz los agarró y se dio vuelta para apoyar la hoja en la pared, y empezó a escribir.

     Esperaron un minuto, tal vez dos.

     -Ya basta, Ruiz. Dese vuelta.

    Julio Ruiz obedeció y devolvió el papel a Gálvez.

    -Cabo, vende al reo y póngalo de espaldas a la pared.

    Gálvez sacó un pañuelo de su bolsillo. Las manos le temblaban. Ruiz sintió la torpeza con la cual hacía el nudo, pero lo que sintió en especial fue el olor de la tela. Tenía el tenue perfume de una mujer. Tal vez la enfermera se lo había pedido prestado al cabo y se secara la frente o una mejilla esa misma tarde cuando llegó bajo la llovizna.

     Ruiz sonrió por un instante, pero pronto todo desapareció. El cabo apenas se había apartado de su lado cuando escuchó el tiro. No había alcanzado a retomar su posición de firme, ni siquiera había bajado los brazos del todo luego de hacer el nudo.

     El cuerpo estaba sentado contra la pared, con una pierna doblada y la otra extendida, y los brazos en la posición de una cruz rota. La cabeza colgaba hacia la derecha. En el pecho había un hueco grande y rojo que se iba tornando oscuro.

     Gálvez miraba todo esto, y sacó el papel del bolsillo donde lo había guardado. Se puso a leerlo, pero el mayor, gritó:

    - ¡Tire esa mierda!

     El cabo ahora tartamudeaba al hablar:

    -Es para el capitán Hurtado de Mendoza, mayor.

    González volvió a guardar el fusil en banderola y estiró el brazo, sin moverse para acercase a donde estaban el cabo y el muerto.

    - ¡Deme eso!

    El cabo caminó los dos metros que lo separaban, tropezando con uno de los pies del cuerpo.

    González empezó a leer:

    “Mi querido capitán, para cuando lea esto, ya estaré muerto. Sólo quiero encargarle a mi hijo, el que tuve en Concordia con la fulana esa, de la que le conté alguna vez. Cuídelo y hágale que estudie mi profesión. No crea que fue en vano lo que usted hizo por mí. Ahora me matan como a un perro, pero sobrio.”

      Dobló el papel en cuatro y lo guardó bajo la chaqueta.

     -Yo me encargo-dijo. -Entierre al reo.

     Luego se dio vuelta y se fue caminando hacia el pueblo.

     El cabo volvió al hospital y regresó con una pala. Arrastró el cuerpo hacia el árbol cercano. Empezó a cavar, la tierra estaba blanda, y eso era bueno. Ruiz ya había producido demasiados problemas.

     Cuando terminó, tiró el cuerpo y comenzó a llenar la fosa otra vez. Luego se quedó parado con los brazos cruzados en el mango de la pala. Murmuró algo e hizo la señal de la cruz. Después se fue caminando, encorvado. Su mente se fue deshaciendo lentamente de la imagen de muerto, y otra cara blanca y suave se fue mezclando al sueño que ya lo adormecía. Desapareció por la puerta del hospital.

     Hubo un par de relámpagos y truenos que repercutieron por el silencio. La tierra amontonada en la tumba se iría apelmazando de a poco. En la mañana nadie la notaría, incluso esa misma noche ya no habría vestigios de ella.

     El perro, que había visto todo desde la sombra del árbol, había levantado la cabeza al escuchar el tiro, luego volvió a acostarse. Cuando el hombre terminó de cavar, el perro se levantó y empezó husmear en la tierra removida, dio varias vueltas alrededor, levantó una pata y orinó . Después siguió su camino.

 

 

 

*

 

 

 

Escuchó el disparo. Fue como si hubiese sido justo contra la pared de la habitación. Abrió los ojos con un sobresalto que sacudió su cuerpo dolorido. No protestó, porque estaba la enfermera acomodándole las sábanas. Ella también se asustó, y miró hacia la ventana.

     ¿Era posible que lo mataran ahí mismo? Porque Manuel sabía de qué se trataba, había escuchado la conversación entre Julio y Natacha. ¿A qué otro motivo podía deberse tal disparo?

      -Lo mataron-dijo él en voz muy baja.

      La enfermera lo miró, levantando la vista de las anotaciones que había en su cuaderno.

      -Deben haber matado al perro ese que siempre anda dando vueltas-. Sin embargo, no sonaba convincente.

      Entonces el cabo Gálvez entró a la habitación, la buscó con ojos asustados. Se acercó a ella y la abrazó. Ella miró a Manuel, como avergonzada.

    -Salgamos-dijo en voz muy baja.

     Los escuchó cuchichear en el pasillo durante casi cinco minutos. Luego los pasos de él se alejaron de vuelta hacia la entrada, pero había un tercer paso también, como si usara algo de metal para apoyarse. Ella volvió a entrar, y se oyeron las voces de otros pacientes desde las habitaciones contiguas.

      - ¿Mataron al doctor Ruiz? -preguntó, porque necesitaba hablar después de tantos días de silencio.

      Ella asintió, secándose los ojos.

     - ¿Y al final, a usted qué le interesa? ¿No lo mata, casi? - Y volvió a salir.

     En el pasillo ella hablaba ahora con otras enfermeras, y oyó las puertas de otras habitaciones que se abrían y cerraban con celeridad. Manuel miró la cruz sobre la mesita de luz, y se estiró para alcanzarla. Tenía toda la parte inferior del cuerpo envuelto en vendas, y por debajo de ellas sentía como un caparazón que no dolía, pero daba la sensación de crujir e irse a romper en cualquier momento. Recordaba el olor de su propia sangre, y la pringosa humedad de esta en el colchón y las sábanas. Tal vez se estuviese transformando en un insecto, y la metamorfosis fuese ascendiendo lentamente, reemplazando su carne, sangre y huesos por cartílagos y membranas. Cuando la transformación fuese completa, tal vez se despertará una mañana viéndose en la cama como una cucaracha gigante patas arriba. Entonces Natacha ni Altea lo reconocerían, y sobre todo José ya no se atrevería a acercarse. ¿O quizá sí? Tal vez desease proteger a ese insecto indefenso para encerrarlo en una vitrina y observarlo todos los días, acariciar el lomo grueso y las patas frágiles, peinando las antenas como si fuesen dos largos cabellos, buscando sus ojos: los ojos de su hermano Manuel perdidos en la cabeza del insecto.

     Agarró la cruz y comenzó a atar la cadena tras su cuello. Levantar los brazos fue un triunfo de su voluntad sobre el dolor, pero pudo hacerlo. No miraría ni se tocaría bajo las sábanas, tenía miedo de dos cosas: las vendas húmedas por la orina y la sangre, o el caparazón que se estaba formando bajo ellas. Recordó a los murciélagos de la otra noche, y que si regresaban harían de él un festín inolvidable. Qué más desearían ellos, señores de la noche, más que encontrar aquel insecto gigante para solazarse con él a sus anchas. Nadie entraría en la habitación. Y cuando en la mañana entrara la enfermera o el médico, verían solo un par de antenas, tal vez algún pedazo de pata, y las sábanas manchadas con un espeso mucus negro del insecto desecho.

      Apretó la cruz con fuerza. Si hubiese estudiado para cura, a lo que su familia lo había destinado, ahora estaría en el centro de una catedral, frente a un altar, con su sotana negra. Se veía a sí mismo desde los altos techos y paredes con vitrales: un hombre solo vestido de negro, tan pequeño a la distancia, que parecía un insecto.

     Abrió los ojos ante la revelación de este pensamiento.

    Se goleó el pecho musitando mea culpa, mea culpa… hasta que la salmodia se convirtió en un rezo sin fin, que no necesitaba pronunciarse.

     Miró la cruz sobre la pared. El cuello le dolía, pero estaba bien: la vida es dolor. El Cristo de piel oscura en ese crucifico le estaba revelando precisamente esto: el color negro invierte los colores, los absorbe y los anula. Lo negro es siempre igual, lo negro no cambia, lo negro prefiere el dolor porque lo oculta en sus entrañas, profundas como la oscuridad.

     Dos o tres cucarachas caminaron por el suelo de la habitación, subieron al zócalo y ascendieron por la pared. Una llegó hasta el techo, y parecía estar mirándolo como desde lo alto de una catedral. Las otras dos se detuvieron junto al crucifijo, una a cada lado, igual a los ladrones condenados con Cristo.

     Si Natacha pudiese ver todo eso, lo disfrutaría como algo de su propia creación. Ella lo entendía, y por eso el afán de luchar contra el lado lascivo de Manuel, contra esa mitad que era su hermano José. Ella lo comprendía y por eso lo había lastimado desde el primer día que se estrecharon las manos. Si ambos se hubiesen encontrado en otro momento y en otro lugar, sus vestidos negros habrían tomado la forma de dos alas desplegadas alrededor de sus cabezas, que unidas formarían un solo rostro fino y angular.

     Entonces supo lo que debía hacer.

     Estar en esa habitación era más que una pérdida de tiempo, era una blasfemia. Debía salir y recoger los residuos del dolor y la miseria.

     Escuchó los truenos y la lluvia que había comenzado a caer torrencialmente sobre el edificio. Algunas puertas se golpeaban con el viento, dejando entrar el olor de la lluvia fría e intensa. Entraban sombras por la puerta de la habitación. No eran mujeres, no eran enfermeras. Eran las hojas arrancadas por el viento, y eran los insectos que escapaban de la tormenta y se protegían en esa habitación como en una gran entraña que comenzaba a latir con el ritmo desacompasado de la desesperación.

     Se deshizo de las sábanas. Sí, se dijo, era un ente en momificación. Las vendas ennegrecidas, endureciéndose a medida que las secreciones se secaban. Debía levantarse antes de que volviese a serle imposible. No iba a comportarse como en el barco, donde había dejado que la culpa se convirtiese en un organismo destructor, una enfermedad que tomaba cuerpo en su propio cuerpo. Ahora tenía que utilizar esa culpa como una fuerza que él manejara con sus manos. No iba a destruir, sí a reivindicar a los demás. Lo que le quedase por vivir no merecía ser vivido como un instrumento u objeto de escarnio. Ya llevaba una corona de espinas, pero esa misma corona lo hacía rey de su propia culpa. El castigo de los demás no se comparaba con el verdadero castigo del remordimiento.

    Pero aún sin saber lo que iba a haría, se levantó con todo el esfuerzo que pudo. Nadie iba a hacer caso a sus vanos quejidos. Los truenos y la lluvia tenían ocupados a todos, unos asistiendo a los enfermos temerosos, otros buscando las grietas de los techos y poniendo tachos en el piso.

     Se puso de pie, apoyándose en la mesa junto a la cama. Se colocó una bata para cubrir su desnudez. Caminó con pasos cortos, y todo fue bien hasta que llegó a la puerta de la habitación. Se asomó a la penumbra. Las lámparas que colgaban del techo se habían apagado con las ráfagas o con la lluvia filtrada. Oyó gemidos al fondo del pasillo. Prestó atención, o era alguien que estaba agonizando, o eran el cabo y la enfermera que hacían el amor esa noche de lluvia. Sí, pensó Manuel. Esos dos se merecían ese placer y ese descanso. Ambos estaban más allá de cualquier resquemor. Eran jóvenes y se ansiaban, y sobre todo habían cumplido muy bien con su trabajo, una curando a un vivo y el otro acompañando a un muerto.

      Salió al pasillo y caminó despacio, ya seguro de que no sería molestado a esa hora de la noche, cuando la lluvia continuaba haciendo caer su pretencioso diluvio para que el mundo permaneciese quieto en sus lugares: los animales en sus madrigueras y los hombres en sus cuartos. Esa noche era la del dominio del agua y de las plantas, de los árboles derrumbándose y del río que iba a crecer, del colchón de hojas cada vez más alto, alimentado de arbustos y barro. El agua era la dueña de esa noche, o quizá el cielo lo era, de donde venía esa lluvia.

      Salió y comenzó a ser azotado por la tormenta. Caminó despacio, pero cada vez más olvidado del dolor. Las vendas se empaparon y se cayeron. Quedó otra vez desnudo. No era un hombre civilizado ahora, sino una especie de salvaje de pelo largo y barba espesa, caminando encorvado, con la piel llena de una mugre que no se quitaba con el agua porque eran cicatrices. De pronto, sintió un dolor agudo en el ojo izquierdo, y vio un resplandor que confundió con un relámpago. Luego el destello desapareció, pero se dio cuenta que no veía con su ojo derecho. Se detuvo agarrándose la cabeza y tapándose el ojo izquierdo. Se palpó la cara para reconocer su rostro. El ojo derecho estaba abierto, pero ciego. Abrió el izquierdo, que, aunque seguía doliéndole, veía las cosas con una claridad que parecía prestada. Porque no era la vista del campo en una noche torrencial. Creyó ver la luna, absurdamente, en lo más alto del cielo. Quizá fuese el ojo enorme de un búho, pero tan absurdo era un búho como la luna en medio de aquella tormenta. O tal vez fuese el reflejo de los relámpagos en el río que a su vez se reflejaba en los gases acumulados por las nubes. Otro absurdo que necesitaba inventar, porque no se sentía preparado para aceptar la simpleza de su visión. Y esa simpleza era nada más que la sencillez de lo evidente, de lo que no tiene la complicación de la lógica ni los vericuetos del razonamiento. El espacio de su mente que había crecido tanto con los años, ese espacio de las congruencias necesarias iría despareciendo de a poco, acortándose hasta no requerir de esa especie de cámara de filtración de la realidad.

     Porque la realidad estaba en su ojo izquierdo sin pensamiento.

     Caminaba por un sendero muerto, cada tantos metros un tronco o el mismo viento le impedían avanzar. Se detenía entonces, temblando, apretándose el cuerpo con los brazos cruzados, viendo que las cicatrices no se abrían, y que el dolor iba concentrándose únicamente en el fondo del ojo. Luego continuaba, el camino se fue despejando o inbterrumpiéndose por los continuos cambios de la tormenta. Relámpagos que iluminaban lo que estaba hacía solo un segundo y al siguiente había desparecido. Eran los juegos de las sombras, seguramente, pero también del sonido, truenos y hojas quebradas, y gritos que eran chillidos. Él sabía que eran pájaros asustados u otros animales en sus madrigueras bajo la montaña de hojas y ramas. Sabía también que los hombres gritaban de esa manera, a muchos kilómetros de distancia, en algún pueblo o ciudad, y él, tan absurdamente como había visto la luna en medio de la tormenta, los escuchaba, distinguiendo los diferentes tonos que representaban otros tantos matices del dolor.

     Manuel ahora sabía que el dolor no es como lo representan: la consecuencia de un desgarro intenso ni de un imponderable golpe, ni de un hueso roto o un músculo cortado. El dolor es tan sutil como el silencio, y tan profundo como éste. Pero los sentidos del hombre son endebles y poco sensibles, necesita elevar los sonidos e incrementar los destellos para poder ver, oír o palpar el dolor. Entonces creemos que la pena aflige y el dolor desgarra, pero es al revés: el dolor aflige continua y sordamente, y la pena es sólo el chasquido abrupto de lo que se ha roto.

     Por eso, caminaba por un sendero de tierra rodeado de ramas que se balanceaban con el viento y se doblaban hasta partirse con el peso del agua y los golpes de la lluvia. Veía la noche con un solo ojo tapado por el azote del agua, sin embargo, veía claramente hacia adelante y hacia atrás. No lo sorprendió, entonces, escuchar los bufidos del caballo y el ruido de la carreta, ya los había visto venir desde varios kilómetros antes.

     Cuando la carreta estuvo a su lado en el camino, él de desvió un poco para dejarla pasar, pero el conductor le habló:

    -Oiga, amigo, ¿qué le anda pasando?

    Manuel no le hizo caso.

    -Escuche, viejo, caminando así desnudo bajo esta lluvia se va a terminar muriendo.

    Pero como Manuel continuaba ignorándolo, detuvo la carreta y bajó. Caminó los pocos metros que los separaban y lo agarró de un brazo.

     -Suba a la carreta o me va a obligar a forzarlo.

     Manuel lo miraba con los ojos afiebrados, pero sólo veía con el izquierdo la mitad del mundo. Veía a ese hombre flaco y alto que tampoco estaba protegido de la lluvia torrencial más que por la ropa que llevaba puesta. Creyó ver que tenía el pelo muy corto y una barba rala en el rostro angulado y de nariz aguileña.

     - ¿Qué le pasa? ¿Está loco o enfermo? No importa, venga conmigo. -  Sin soltarlo del brazo lo arrastró hasta la carreta.

     -Suba-dijo. -Ya me veo que tengo que hacerlo yo. -Abrazó a Manuel de la cintura y lo levantó. Una vez que estuvo sentado, lo empujó hacia atrás. Luego volvió a subir al pescante y retomó la marcha.

      Manuel había quedado acostado. Veía el cielo tras las copas de los árboles que intentaban de vez en cuando cruzar sus ramas sobre el camino, que a veces lo protegían de la lluvia, pero el resto del tiempo la sentía seguir golpeándole la cara. Sintió que no estaba solo en la parte posterior de la carreta, y al mirar al costado vio los cuerpos de dos adultos y un chico. Estaban fríos y su palidez era más evidente a la luz de los relámpagos.

     Miró hacia arriba en el inútil esfuerzo de buscar la luna, y se encontró con la cara del otro hombre que había girado la cabeza y lo miraba.

     - ¿Cómo se llama, viejo?

     -Manuel.

     -Bueno Manuel, yo soy Estanislao Gonçalvez. ¿Me va a decir que está haciendo así desnudo en plena tormenta? ¿Y quién le hizo esas heridas? ¿Lo asaltaron, amigo?

     - ¿Quiénes son éstos? -preguntó Manuel, como si no hubiera escuchado.

     -Bueno, ya me va a contestar después. Son muertos de cólera, hace rato que estoy yendo de casa en casa, y ya he visitado casi toda la provincia desde hace un mes. Pero cuando llego, ya están muertos o agonizando, y no tengo más que levantarlos y llevarlos a enterrar. Pero no se preocupe amigo, estos no lo van a contagiar, el agua de lluvia ya los ha lavado más de lo suficiente. Están más limpios que usted con esas heridas. ¿Dígame, si se digna contestar, por qué lo castraron? Parecen las incisiones de un cirujano.  

     - ¡Y usted qué sabe…!

     - ¿No le digo que soy médico?

     -Más parece un sepulturero.

     El hombre se rio, pero el sonido formó en el aire bajo las gotas de lluvia un ruido a hueco, como cayendo en una caja de madera. Sí, se dijo Manuel, la carreta era una especie de amplio ataúd.

      -Eso pregúnteselo a mis cofrades. Mis viejos son del norte, ¿sabe?, del Brasil. Mi familia se dedica a los funerales, pero yo me hice médico y me vine a la provincia. ¿Y quién me convence ahora que no estoy haciendo lo mismo que ellos?

     El viaje se hizo largo, y Manuel se durmió. Cuando despertó, estaba siendo zarandeado por el médico que le decía que se despertara.

    - ¡Ey, viejo, levántese y ayúdeme!

     Le había dado un fardo de tela como un costal para cubrirse, impermeable y cálido. Cuando se sentó con los pies colgando del pescante, Gonçalvez tenía una pala en una mano y le ofrecía la otra.

    -Tenga, si somos dos haremos más rápido. Ya va a amanecer y tengo que llegar a casa porque mi mujer debe estar enfurecida.

    Entre ambos buscaron al costado del camino.

     -Usted cave el pozo para el chico, no necesita ser muy largo, yo me encargo de los otros.

     Gonçalvez empezó primero, Manuel se puso a cavar con desgano y lentamente, echando miradas al médico que se esforzaba por cavar con tanta dedicación como la que debía poner al abrir una panza enferma o poner un hueso roto en su lugar. No parecía un médico, sino un manipulador del cuerpo humano. Lo vio tirar la pala una vez terminada la fosa y caminar hacia la carreta. Arrastró los dos cadáveres de los padres al piso, ató las piernas con una cuerda y se ató la misma a la cintura. Así arrastró a ambos al mismo tiempo, los dejó junto al agujero, y sin desatarlos, lo empujó con una patada. Hizo la señal de la cruz. Luego volvió a la carreta y agarró el cuerpo del niño, que debió haber tenido cuatro o cinco años. Se lo puso tras la nuca, sujetándolo de los pies y de los brazos con la otra, como una especie de res.

     - ¿Ya terminó, compadre? -gritó, porque el ruido de la lluvia era demasiado espeso. Sin esperar respuesta, llegó a su lado y tiró el cuerpo en la fosa. Movió la cabeza con desaprobación, pero no dijo nada. Se puso a palear para devolver la tierra primero en una tumba y después en la otra. Cuando terminó, se quedó apoyado con los brazos cruzados sobre la pala, y parecía deponer todo el cansancio de su cuerpo sobre la pala.

    - ¿Por qué no puso al chico con sus padres?

    - ¿Así que se quería ahorrar el trabajo también? -contestó Gonçalvez. Tal vez lo estaba mirando con ironía, pero era imposible verlo ahora tras el aguacero. Sólo sintió el sonido hueco que fue tomando la forma de una tela que se deshacía y se deshilachaba bajo la lluvia, pudriéndose.

    De pronto, cada palabra de ese hombre sonaba vacía de sentido, como una parte de la tierra que cae dentro de una caja vacía, para desaparecer sordamente al terminar de llenarse. Cuando Gonçalvez terminaba cualquier frase, no había nada que siquiera pudiese calificarse de silencio.

    Un vacío absurdo porque no era tal, sino la ausencia de todo, inclusive del vacío y del silencio.

     Lo escuchó respirar profundo en la oscuridad del camino, como si de repente recuperase su condición física.

    -No junto a los niños con los adultos porque la tierra se alimenta de forma diferente. De un lado se corrompe con mucha rapidez, del otro pronto crece la hierba. Hay algo que cambia en la pubertad más que el cuerpo. El conocimiento lo cambia todo. La mirada es lo principal que advertimos diferente, pero no es más que la señal más evidente y tonta de todas las que llegarán después. Cuando sabemos, ya nos ha infectado el bicho de la cólera, por decirlo de algún modo.

     Comenzó a reírse a carcajadas de su juego de palabras.

    -No me haga demasiado caso, usted me preguntó y me dejé llevar por lo que siempre ando pensando mientras ando por estos caminos con los muertos atrás.

     Retomaron el viaje, y Manuel volvió a dormirse, esta vez solo, en la carreta.

    

     Cuando despertó, el sol se escabullía entre las nubes y caía con reflejos insoportables sobre su cara. Se deshizo de la tela porque estaba completamente empapado en sudor. Al erguirse vio que se habían detenido frente a una casa quinta en las afueras de un pueblo, aislada en un terreno llano y amplio cercado por un límite natural de arbustos achaparrados.

     Vio salir por la puerta a Gonçalvez.

    -Venga Manuel, usted está ardiendo en fiebre. Nosotros lo cuidaremos. -Y mientras se dejaba llevar, sintió que un brazo de mujer también lo ayudaba a mantenerse en pie.

     Cuando entraron, recorrieron la sala que apenas vio y lo llevaron hasta un cuarto con una cama ancha y con sábanas tan limpias que parecían haber sido recién tendidas. Se dejó caer sobre el colchón. Otro más, se dijo. Había pasado las últimas semanas de su vida acostado, porque no tenía más alternativa, pero se prometió que de algún modo haría todo lo posible por no morir en uno. Tal vez balbuceaba este pensamiento, porque los otros dos se reían mientras iban de un sitio a otro de la habitación, acomodando objetos que sonaban a porcelana, y otras veces escuchaba el sonido del agua y sintió sobre sí mismo el olor del jabón. Las manos de un hombre le estaban limpiando las heridas, y las manos de una mujer le lavaban la cabeza. Abrió los ojos un instante y escuchó la voz de ella diciéndole que los cerrara para que no le entrara jabón en los ojos. Manuel obedeció, como había obedecido a Altea muchas veces. Por un momento su mirada salió de la habitación por la puerta abierta, recorrió el pasillo recto, atravesó otra puerta cercana y vio una cuna en el otro cuarto. Estaba justo en el recto límite de su mirada. Creyó, también, escuchar un llanto, pero las risas de la mujer que lo limpiaba eran tan juveniles y frescas como pompas jabonosas que se rompían liberando algo sin historia previa. Cada pompa de jabón al morir alimentaba el aire con un peso que se condensaba en el interior de la casa, creando algo que aún no estaba pero que sentía tan pétreo e ingobernable como el futuro.

     Sí, eso es, se dijo mientras lo secaban y lo cubrían con sábanas limpias. La sensación de futuro era tan consistente por que se estaba condensando ahí cerca, cada vez más fuerte a medida que salía de su cuarto y recorría el pasillo, hasta convertirse en una certeza evidente y pesada como una roca suspendida en el aire que tarde o temprano tomaría la forma de la habitación, o tal vez antes de eso caería sobre alguien, aplastándolo.

    Durante los siguientes días lo cuidaron y alimentaron. Gonçalvez volvía tarde todas las noches, oliendo a medicamentos y hierbas, pero sobre todo con las botas sucias de barro. Había recorrido muchos kilómetros hacia el norte, y dijo que había zonas inundadas que tardarían meses en secarse.

     - ¿Y ya no hay tierra para enterrar a sus muertos? -preguntó Manuel.

     El médico estaba sentado a su izquierda, y miró a su mujer, que estaba a la derecha de la cama. Había tomado ella la costumbre de ir a leerle durante las tardes antes de cenar. Se miraron, pero luego sonrieron.

     -Mi marido ha tomado esas costumbres, y ya no se le quitan. A usted nada podemos ocultarle, parece que ve con un tercer ojo.

     -Déjeme revisarlo de la vista de una buena vez, amigo, ya se ha resistido demasiado, ahora que ya está mejor de la heridas-dijo Gonçalvez.

     Manuel dejó que se acercara con una linterna.

     - ¿Dice que no ve nada del derecho o del izquierdo?

     -Del derecho.

     Gonálvez tenía la palma de su mano en la frente de Manuel y le sostuvo primero un párpado y después el otro con el pulgar.

     -Pero al derecho no le pasa nada. Es el izquierdo el que está nublado, quiero decir obstruido por lo que se llaman cataratas. Vamos a hacer una prueba.

     Le tapó sólo el ojo derecho con una venda.

     - ¿Ve algo?

     -Todo.

     - ¿Y qué ve?

     -A usted, amigo, a la señora Cintia, y al niño Aurelio.

     Gonçalvez se dio vuelta para mirar atrás, e intercambió una mirada con su esposa.

     - ¿Y dónde esté el chico?

     -En su cuarto, allá adelante.

    - ¿Y cómo puede verlo si están las paredes de por medio?

     -Yo qué sé… sólo digo lo que veo.

     Gonçalvez frunció el entrecejo, le quitó la venda y tapó el ojo izquierdo. Le hizo una señal a su esposa para que saliera del cuarto en silencio.

     - ¿Y ahora ve lo mismo?

     -No puedo saberlo, no veo nada.

     -No me mienta.

     -No miento. Pregúntele a su esposa-dijo girando la cabeza hacia la derecha- ¿No es así señora, no le expliqué lo mismo hace un rato?

     Goncálvez entonces le quitó la venda. Manuel se frotó los ojos y vio que ella ya no estaba, comprendiendo la trampa, pero el otro ya estaba convencido.

      El día que se levantó por primera vez para cenar con la familia, se visitó con un pantalón y una camisa de Gonçalvez, grandes para su estatura, pero la mujer los había remendado. Lo recibieron con la mesa arreglada y con una serie de aplausos lisonjeros. El comedor estaba muy iluminado, y la mesa lucía elegante con el mantel blanco, los candelabros y la vajilla. Había una silla alta para el chico. Aurelio tenía dos años. Cintia lo había llevado en brazos unos días antes a su habitación para que lo conociera, y fue entonces cuando vio algo que no estaba bien. El niño tenía un cabello rubio ceniza y la piel de la cara tan transparente que cuando se agitaba o lloraba el rubor le daba el color de un tomate, y cuando dormía era tan pálido que se le veían las venas de las mejillas y el cuello. Manuel lo había acariciado, sintiendo algo que se estaba acumulando. Sólo podía compararlo con una inundación, ya que era la imagen más presente que tuvo a mano en esos días. El padre hablaba todas las noches de los pueblos inundados y de los muertos flotando, tantos que no era posible recogerlos y enterrarlos en algún sitio seco. Manuel contemplaba al chico en silencio mientras lo acariciaba y la madre sonreía. Pero él también veía el cuarto del niño, más allá de las paredes, vacío y sin embargo con una sensación de densidad, como si algo, - otra vez eso indefinible e indefinido- se estuviese condensando en el aire. Algo que iría petrificándose alrededor del chico. Le costó muchos días llegar a intuir, por lo menos, de lo que se trataba. Lo incierto que se personificaba con las propiedades del aire: la humedad, la densidad.

     Entonces vio, la noche de la cena, el ojo izquierdo de Aurelio, que lo estaba observando, serio, ensimismado, desde la sillita alta del otro lado de la mesa.

     Las voces de los padres lo distrajeron, conversando sobre el pueblo y sobre la inundación, intentando apartarse de la cotidiana rememoración de las enfermedades. Gonçalvez se esforzaba porque su charla fuese alegre y trivial, pero caía permanentemente en los mismos temas. La mujer era la única que lo lograba, distrayéndose, sirviendo la comida o yendo y viniendo de la cocina con los platos. Ella había preparado guiso de lentejas, papas hervidas y mazamorra. Pero no podía ser el eje continuo de la conversación, así que se dedicaba a dar de comer a Aurelio. Había pisado una papa con el tenedor y ahora se la daba en cucharadas. El chico abría la boca sin protestar, pero su mirada se dirigía hacia Manuel. Cuando éste se dio cuenta, también empezó a mirarlo de reojo, sin dejar de prestar atención a Gonçalvez, que le hablaba de su familia y de su llegada del Brasil. Manuel ya se había dado cuenta que la casa quinta y sus alrededores mostraban una prosperidad económica que no coincidía con las escasas entradas de su profesión. La mujer decía con un dejo de ironía que su esposo era demasiado bueno para cobrar a los enfermos. Manuel no estaba seguro de que ella hubiese querido decir lo que él interpretó: el fracaso. Debía sentir lástima por ese médico que no podía hacer más de lo que hacía, y que había encontrado quizá más placer y compensación en la labor de casual enterrador. Pero todo eso no era más que la superficie de lo que todos parecían saber y no decir. Él, sin embargo, lo había visto, y tal vez fuese mérito de su ojo izquierdo. El fracaso de Gonçalvez tal vez no fuese más que su aceptación de que no podía ser otra cosa porque estaba en su linaje, por llamar así a cierta clase de predestinación que no se refería solamente al futuro, sino que se enraizaba en un pasado tan impreciso que parecía no tener principio. La aceptación estaba en el rostro de Estanislao Gonçalvez con cada vez mayor certeza, pero no era más que una resignación que conllevaba el dolor como su mano derecha, como su guía, como el consuelo que servía para regocijarse con el sentido de tragedia. Sin ese sentido, nada de lo que le pasaba tendría jamás coherencia ni objetivo. Llamar sentido a la lógica interna de su tragedia era lo que lo conciliaba con su presente: la muerte que lo rodeaba sin tocarlo.

     Y en la sala de esa casa con paredes encaladas, cortinas finas, muebles traídos desde Buenos Aires, vajilla de Europa y copas de cristal, que únicamente podían explicarse por el dinero que la familia Gonçalvez le enviaba a su hijo descarriado, dinero que venía de su vieja empresa de servicio fúnebres, Manuel observó la mirada del ojo izquierdo de Aurelio. El chico, por primera vez, levantó una mano y rechazó la cuchara que le ofrecía la madre. Ella insistió, pero se dio por vencida, y se levantó llevándose el plato a la cocina.

     Manuel y Aurelio se observaron, y fue entonces que las miradas de ambos ojos izquierdos se cruzaron oblicuamente, y en la intersección formada Manuel vio lo que tanto lo había inquietado todos esos días. Lo que había presentido en la vida del padre del chico como una predestinación que se encaminaba lentamente hacia una misma dirección, como si ese algo tuviese pena del alma del hombre adulto, en el caso de Aurelio se trataba de una condena. No habría pena ni posibilidad de conmiseración por tratarse de un niño, o tal vez precisamente por eso no la habría. Un niño sentirá menos dolor porque aún no sabe de qué se trata. Los adultos comparan sus experiencias, y en lugar de servirles de consuelo, alimentan su resquemor y hunden más profundamente su sensación de tragedia. La primera vez del dolor es un evento sin comparación posible, ¿por qué debe haber lamentación sin saber de qué se trata? Luego vendrá el miedo, con el recuerdo. Por eso el futuro se ensaña tanto con los chicos como Aurelio. Los castiga sin que ellos se den cuenta, y cuando lo hacen, ya es demasiado tarde, y llega entonces el dolor como tal: desgarramiento, angustia, desesperación.

     Lo vio rodeado de paredes oscuras, como la del hospital de Santa Lucía. Sí, era un convento.

     Lo vio vestido de negro, encorvado, excavando.

     Vio que lloraba, protestando y quejándose de lo que no podía evitar. No entendía las palabras, pero peleaba con alguien, señalando al techo de vez en cuando.

      En una mano tenía la pala, con la cual removía la tierra y la dejaba a un costado, interrumpiéndose constantemente para agarrarse la cruz que colgaba de su cuello.

     Un ir y venir de la pala a la cruz, de la cruz a la pala.

      Entonces Aurelio, el chico de dos años, en la sala del comedor bien iluminado, levantó un brazo señalando a la araña en el techo con sus varias velas encendidas. El padre miró también, buscando lo que llamaba la atención del hijo. La madre regresaba de la cocina con un plato en las manos, y se detuvo también para mirar. Pero Manuel tenía la vista fija en el ojo izquierdo de Aurelio, y entonces vio la fragilidad del hueso que se había roto hacía tal vez incontables años en la larga línea de átomos de familia o de raza, quién podía saberlo ni estar seguro de la preeminencia o del privilegio de la tragedia. La fragilidad ya no era tal, porque la hendidura ya era tan firme como la roca, y por esa grieta ambos podían verse, y ambos podían ver lo que el otro contemplaba, extasiado de miedo y rodeado de una sensación de mísera angustia.

     El chico observaba a Cristo en el cielo raso de la sala, como una araña que quisiera descender sobre ellos, pero no hiciese más que darles su gran sombra, fría y negra como el vacío.

      Manuel nunca había visto una piedra hueca antes, el corazón de Aurelio fue suficiente.

    

     Desde esa noche se esmeró en dedicarle tiempo a Aurelio. Lo llevaba afuera en brazos, luego lo dejaba en el pasto y se sentaba a verlo jugar. Siempre veía lo mismo en el ojo izquierdo de Aurelio, una sombra que el chico reconocía cuando lo observaba a él, entonces detenía sus juegos y se contemplaban uno al otro.

     La madre comentó durante la cena que le resultaba prodigioso verlos juntos en el parque, mirándose como si se hablaran en silencio. Esa noche, Manuel empezó a pensar lo que debía hacer. El dolor de Aurelio podría ser evitado, y quizá la muerte de Ariel había servido para que él pasara por todo lo que había pasado hasta encontrar a este otro chico, cuyo nombre sonaba singularmente similar al otro, y hasta el aspecto físico se diferenciaba sólo por la edad.

     Si libraba a Aurelio de su futuro dolor, y de la penosa muerte que ya había visto (las palas se habían convertido en el principal instrumento de esa familia), también él quedaría redimido. Para eso había escapado del hospital, no para salvarse de su propia muerte física sino para ofrecerla en sacrificio. De esa forma salvaría su alma y la de Aurelio.

     Y empezó a pensar en cómo hacerlo. Todas las noches durante la siguiente semana se quedó despierto planeando una y mil formas, hasta que se quedaba dormido y se levantaba tarde. Y al escuchar los golpes en la puerta y los llamados de Aurelio que lo reclamaba para desayunar y jugar, se despertaba lamentándose que había pasado otro día en que todo había sucedido únicamente en sueños, y la mañana lo hostigaba con la dulce realidad de lo que debía convertirse en amargo.

      Se levantaba y cumplía su día como una jornada perdida. Ya su vida no era más que una espinosa carga que aborrecía. Sólo veía en los ojos de Aurelio una paz que consistía precisamente en abolir esa misma paz. El cortar el dolor desde su base, o mejor, desde antes que naciera. ¿Pero no estaba ya en la vida de Aurelio ese dolor? ¿Qué son el pasado o el futuro más que un eufemismo para disimular la arquitectura del presente?

     Si él ya veía en la mirada de Aurelio que por más que riera, ya estaba sufriendo. La única diferencia entre el dolor de un niño y el de un adulto es la desesperación. La del primero es irracional e incontrolable y disimula el dolor con expresiones puramente físicas. La del segundo es casi esmeradamente elegida, se razona con ella hasta que se hace una costumbre, y se tapa con mantos de angustia, que como capas de tierra hunden la desesperación hasta enraizarla en el alma y convertirla en un jardín de espinas y cizañas.

     El domingo Cintia iba a la misa del mediodía con su hijo. Gonçalvez salía a hacer visitas. Ella le había preguntado a Manuel si quería acompañarlos, porque había visto la cruz, pero él no quiso ir. Se quedó en la casa, recorriéndola a solas, pensando en los movimientos cotidianos de la familia cada minuto del día. Era como un ladrón que investigaba cómo penetrar el lugar en el que ya había entrado. Pero él no estaba para robar nada, sino para liberar un alma condenada.

     Cuando regresaron de la iglesia, escuchó la puerta de calle abrirse y cerrarse, las voces del chico y la risa de Cintia. Oyó los pasos de ella hacia la cocina y los de Aurelio, cortos y torpes, hacia la habitación de Manuel. Lo vio entonces parado en la puerta, porque le habían dicho que, aunque las puertas estuviesen abiertas, debía preguntar antes de entrar. Manuel lo miró sin decirle nada: era esa la última oportunidad. Una negativa lo habría hecho darse vuelta, y tal vez Manuel ya no se hubiese atrevido a hacer nada. Pero fue más fácil el silencio, que implicaba, entre ellos, el permiso.

     Aurelio corrió hacia la cama y se subió. Ambos se abrazaron. El chico le contó lo que había visto en la iglesia, la gente que habían encontrado, lo que había escuchado. Manuel lo dejó hablar y fue a cerrar la puerta.  

     De vez en cuando Cintia pasaba por el pasillo con el delantal puesto y un repasador en la mano, echando una ojeada a la puerta cerrada, siempre sonriendo. Ella era el contraste absoluto de su marido: él la pesadumbre, ella la alegría. Se complementaban, y el chico era una mezcla de ambos que nunca terminaría de formar una simbiosis. Uno de ellos prevalecería: el padre era el cuerpo hecho pesadumbre, la madre era el alma hecha optimismo.

     Cristo, sin embargo, era precisamente un cristo porque se había encarnado. Un dios no puede morir clavado en una cruz, porque no tiene manos ni pies. La carne siempre gana todas las batallas, pero pierde la gran guerra.

     Manuel obligó a Aurelio a callarse y acostarse. Y antes de que el chico pudiera contestar, le puso una almohada sobre la cara y presionó muy fuerte. Aurelio pataleaba y se sacudía, pero a Manuel le era fácil sujetarlo. Era tan chico, al fin de cuentas, tan pequeño su cuerpo y delgados sus brazos.

    La madre golpeó la puerta, llamándolo a almorzar.

   - ¡Vamos! -dijo Manuel.

   Tal vez a ella le extrañó no escuchar la voz de Aurelio, era muy raro que se mantuviera callado después de volver de la calle. Lo había escuchado desde la cocina hablar y hablar sin interrupción, y de pronto había hecho silencio.

      Ella abrió la puerta y los vio. Corrió hacia Manuel y comenzó a tirarlo de la ropa. La camisa se rompió e intentó tirar del cinturón, pero ella no tenía fuerza. Manuel se había recuperado gracias a sus cuidados, le había devuelto las fuerzas que ahora usaba para matar a su hijo.

    - ¡Basta! - gritaba ella, llorando y golpeando inútilmente la espalda de Manuel.

     Él no se había vuelto a mirarla. En realidad, había cerrado los ojos como si fuese una forma de no sólo de verla o incluso escucharla, sino que parecía concentrar su fuerza en presionar la almohada sobre la cara del chico.

    Pero de pronto ya no sintió los golpes de la madre. No supo cuánto tiempo pasó, pero debió ser muy breve. Sí escuchó los pasos de ella yendo y viniendo por la casa, luego el roce del vestido que estuvo tan cerca que imaginó volvería a sentir los inútiles golpes en la espalda. El chico aún se movía, no podía soltarlo,

    Y sonó el disparo. El ruido fue más rápido que el dolor.

    Manuel calló boca abajo sobre el cuerpo de Aurelio, pero ya no presionaba la almohada.

    La madre se subió a la cama y liberó a su hijo.

    Aurelio tenía los ojos abiertos y respiraba. Sin llorar, miraba la herida de Manuel en la espalda. Un gran agujero rojo que rápidamente fue tornándose negro. Cuando la madre lo levantó de la cama, él se sacudió en sus brazos, sin emitir sonido alguno, intentando tocar el cuerpo de Manuel, extendiendo los brazos hacia esa espalda que era como la puerta de entrada, la abertura abruptamente abierta hacia un mundo que solo ambos habían intuido. Manuel iba a conocerlo, ya estaba en camino de recorrerlo íntegramente. Aurelio extrañaba eso: lo que vendría.

 

     Gonçalvez llegó más temprano esa noche, por ser domingo. Al entrar vio a su mujer sentada en la mecedora, con Aurelio en brazos. El chico estaba dormido, pero cuando se acercó abrió los ojos.

     - ¿Qué pasó? -preguntó el padre a la madre.

    Ella estaba despeinada y tenía una manga del vestido manchada con sangre. Él imaginó que debía tratarse de Manuel, tal vez se habían abierto otra vez las heridas. Fue a la habitación. La puerta estaba abierta. En el piso frente a la cama estaba la escopeta que él a veces usaba para cazar. El cuerpo de Manuel seguía boca abajo en la cama.

    Se pasó las manos por la cabeza, confuso. Iba a volver a la sala a preguntar qué había pasado, pero se dijo que, si ella había hecho eso, era porque no había podido evitarlo. De su experiencia como médico pudo sacar muchas conclusiones sobre la conducta de la gente, y de su cada día más frecuente tarea de funebrero había aprendido que de los cadáveres se aprende aún más que de los vivos.

    Dio vuelta el cuerpo, lo desnudó y lo envolvió en las sábanas. Antes le sacó la cruz y la puso sobre la mesa de luz. Cerró la puerta y salió al parque y caminó hacia el galpón posterior. Estuvo el resto de la tarde de ese domingo y hasta mucho después de anochecer construyendo el ataúd. Volvió a entrar, pero Cintia estaba sola ante la puerta.

    - ¿Querés que te ayude?

    Él negó con la cabeza, entró y salió con el cuerpo a rastras. Ella después lavaría el piso.  Lo arrastró por el pasillo, los escalones de entrada y luego por el pasto y después sobre la tierra hasta el cajón. Lo puso adentro y lo cerró con clavos. Antes de partir, se acercó a la carreta.

     -No te olvides esto, no nos pertenece-dijo, y le entregó la cruz de plata envuelta en una venda.

      Esa misma noche hizo todo el camino hacia el puerto cercano a Santa Lucía. Manuel le había contado parte de su historia, y Gonçalvez la fue armando a fragmentos. Cuando llegó era ya casi la mañana. Encontró al encargado del embarcadero y le explicó. Entre ambos cargaron el ataúd hacia la casilla. Adentro, había otro cajón. Le entregó un sobre con la cruz.

      Luego salió y volvió a subir a la carreta. El caballo era el mismo de siempre, y tal vez se acordada del aroma de ese hombre que habían encontrado bajo la tormenta muchas noches antes. Pero pronto se olvidaría, como Gonçalvez también iba a hacerlo, porque los muertos eran demasiados para recordarlos a todos, y él sabía que la memoria es aún más endeble que la carne.

 

 

 

 

8

 

 

 

Altea salió de la casilla donde estaban los cajones y se paró junto a Máximo, que miraba hacia el barco en medio del río. El perro estaba sentado también mirando hacia el mismo punto fijo que su amo. Cuando ella se acercó, Max movió la cola, pero se lo veía cansado.

      -Dicen que al norte está inundado, así que será mejor curso para el “Juan Manuel”-dijo Máximo, astillando con sus manos tensas un pedazo de madera.

     Ella le agarró las manos y preguntó:

     - ¿Estás seguro de que es Manuel el que está ahí adentro? Y cómo…

     -Porque conozco a Beltrame hace muchos años, y vio nacer a Ariel, y…

     -Está bien, pero el cajón de Manuel llegó cerrado…

     -Vamos a preguntarle…

     Pero el viejo ya se había acercado a ellos, y evidentemente había escuchado.

     -Con todo respeto, señora, el doctor Gonçalvez lo trajo él mismo, el capitán lo conoce…-Máximo asintió- …y, además, dejó esto para quien viniera a recoger el cuerpo…

     Sacó de un bolsillo algo envuelto en una venda de tela para heridas, y lo entregó a Altea. Cuando ella la desenvolvió y vio la cruz, se ahogó en un llanto que la obligó a arrodillarse. Ambos la ayudaron y la sentaron sobre uno de los pilones del muelle. Las olas del río golpeaban la madera mientras ella lloraba sin poder contenerse. Máximo se arrodilló a su lado, la abrazó y le hizo un gesto al viejo. Mientras se alejaba, la escuchó repetir: “es mi culpa, es mi culpa”, y se fue pensando en la forma en que ella apretaba la cruz contra su vientre.

     -Calma-decía Máximo-. Le va a hacer mal al niño.

     Lentamente, ella fue serenándose, se secó los ojos y lo miró con sorna.

     - ¿Acaso no perdimos todo este tiempo tratando de deshacernos de él? Si no nos hubiéramos ido del barco Manuel estaría vivo.

     -Pero no sabemos nada cierto todavía….

     - ¿Por qué salió del barco? ¿Por qué no lo atendió Julio?

     Miraron hacia el río. La figura de Natacha ya no estaba junto a la barandilla. Ningún movimiento había en cubierta. Parecía un barco muerto.

     Caminaron juntos de vuelta a la casilla. En la puerta encontraron a Beltrame hablando con un oficial que los saludó militarmente.

     - ¿Es usted el Capitán Mendoza, señor?

     -Así es, oficial.

     -Soy el Mayor Álvaro González, le traigo una carta…

     Máximo agarró el papel doblado en cuatro.

     -Como verá, son solamente unas letras mal hechas de un reo, y sólo en deferencia al destinatario me he acercado hasta acá…

     El mayor iba vestido de uniforme, con la gorra en las manos y con una leve sonrisa de complacencia.

     Máximo desdobló el papel arrugado. Era la caligráfica letra de médico de Julio Ruiz.

    - ¿Dónde está el cuerpo? -preguntó.

     Altea los miraba sin entender, tomó el papel y leyó.

    -No sé decirle con precisión, Capitán, de eso se encargó el cabo que me sirvió de ayudante en el…en la…-decía mirando a Altea, como dudando de pronunciar tales palabras ante una dama embarazada.

     -El fusilamiento-dijo Mendoza, y el mayor asintió.

     No hubo despedida. González subió a su caballo y volvió a alejarse por donde había venido.

     A Máximo le temblaban las manos. Le había arrancado ora vez el papel a Altea y lo tenía tan fuerte que iba a romperlo. Caminó hacia la punta del muelle y ella lo siguió, llorando. Beltrame intentaba consolarla.

    Cuando estuvieron junto al borde, Máximo dijo:

    -Tres muertos, tres muertos sobre mi espalda, tres muertos en mi corazón, Altea.

    Se sentó, balanceando las piernas en el vacío. Ella hizo lo mismo. Luego él se inclinó sobre la falda de Altea y escondió la cara en el vestido.

    Beltrame no sabía si alejarse o quedarse, no era honroso que un hombre de la calidad del capitán Mendoza supiera que otro hombre lo veía llorar. Pero enseguida lo oyó decirle:

    -Prepare el bote, viejo…

    -Pero Máximo-dijo Altea. -No vayas ahora, primero tenemos que enterrar a los muertos.

  

     Dos horas después estaban en camino al camposanto. Cargaron los cajones entre Beltrame, Máximo y dos hombres del puerto, que, aunque pronto anochecería, se ofrecieron a acompañarlos. Altea y Máximo iban adelante, el viejo y los otros sentados atrás junto a los cajones. El perro iba con ellos, y de vez en cuando olfateaba las juntas de la madera. El olor de los cadáveres era más soportable al aire libre, sobre todo porque se había levantado un viento que anunciaba el inminente otoño, y el aroma de la tierra mojada y del río parecía jugar en suaves torbellinos a su alrededor. Pararon frente a la capilla, y apareció un chico corriendo.

     -Capitán, el cura dice que ya sale.

     Enseguida lo vieron salir, caminando sobre el polvo húmedo con las sandalias de trenza y la sotana vieja y gastada. Pero el Padre Leguizamón no era viejo todavía, tenía no más de cuarenta años y había llegado a esa zona hacía poco. Había heredado la habitación del anterior cura que habían matado los indios, y heredado la sotana que lavó y cosió en los sitios perforados.

     Se subió atrás, empujando uno de los cajones, y los otros le hicieron sitio. El chico se quedó esperando abajo, mirando con curiosidad a Altea.

     - ¿Vas a venir? -le preguntó ella.

     El chico subió con los otros. Cuando el cura le vio la sonrisa, se la borró de un bofetón.

     El camposanto estaba a dos o tres leguas río abajo, internándose luego en un pueblito sin nombre. Ya había oscurecido, pero Máximo insistió en sepultar los ataúdes y terminar con todo eso de una vez por todas. Sólo los imbéciles tendrían miedo a la oscuridad en un cementerio, que ni eso era, porque no había más que cincuenta tumbas con alguna marcación, fuese cruz, lápida o apenas una piedra. El cura dijo que enterraban gente ahí desde hacía más de cien años, según le había dicho en la vicaría cuando llegó a la provincia. No había registros.

     Bajaron los ataúdes, dos hombres para cada uno, mientras Altea y el cura iluminaban el camino con lámparas. El cielo estaba encapotado desde la mañana, así que ni luna había, y tal vez fuese mejor. La luz de la luna sobre un camposanto resultaba más estimulante de la imaginación que la completa oscuridad.

     El chico se había aferrado a una mano de Altea, y el perro caminaba a su lado.

     Máximo iba adelante, cargando la cabecera del cajón de Ariel. Había escuchado voces durante todo el camino hacia allí. Voces de tres muertos no tenían la más mínima consideración al hablar para que él pudiese entenderlos. ¿Pero cómo exigirles eso?, se preguntaba. Cada uno muere solo, y su desesperación se funda en esa soledad que es como un vacío imposible de llenar, un vacío pétreo anudado en la garganta, o quizá una especie de coágulo endurecido formado en el cerebro de los que siguen viviendo. Un coágulo muerto que continúa latiendo al ritmo de un corazón inexistente, que se abre y se cierra, se abre y se cierra, emitiendo las voces con el ritmo monótono de una melopea.

     No hay fin para eso, lo sabía. Pero de todos modos iba a tratar de ocultar esos sonidos con otros más fuertes, brutales, tal vez, y hasta con la irrespetuosa banalidad de lo superfluo. Enterraría a los muertos, gritaría improperios, rompería cosas y tal vez hasta matara gente. Haría hechos violentos que implicaran mucho ruido y mucho escándalo. Tal vez así las voces, aunque no cesaran, sufrirían el menoscabo del desprecio.

     Incluso tu voz, Ariel, tu suave voz de chico tímido, miedoso, tu voz de tanto respeto que implicaba la humillación innecesaria. Eras mi hijo más que si hubieses sido mi hijo, eras el punto claro de mi conciencia, como esa lámpara que ahora nos guía en esta oscuridad llena de ruidos y susurros. Los ruidos del mundo bajo la tierra, los susurros del cielo. Están moviendo los depósitos en la fábrica de huesos, haciendo lugar para recibirte. Te harán un claro espacio porque los viste antes, en tus ensimismadas contemplaciones transcriptas en tus dibujos.

    Y Julio, encontrarás a los que salvaste y a los que mataste con lo que sabían tus manos, instrumentos de tu sabio cerebro lleno de libros y cadáveres. El cerebro de un médico es un gran cementerio donde cada cuerpo ha sido esmeradamente disecado, musculo por músculo, vena por vena, hueso por hueso. Te prepararán un espacio honroso con la arquitectura de una catedral gótica, donde retumbe en las naves el canto de las almas que corran por los tubos de un órgano formado de huesos: los fémures que cortaste, los húmeros que quebraste y los cráneos que abriste. Y tu tumba será un mausoleo hecho de sangre helada. Porque en la catedral que te hicieron, siempre será invierno.

     Mascullaba estas palabras, con la cabeza gacha, y creía estar ocultándolas de los oídos de los otros. Pero Altea percibía algunas, y ella las repetía colocando en el lugar de los nombres otro nombre.

     El cura también rezaba, tal vez, pero posiblemente sólo estaba maldiciendo el haber aceptado ese compromiso, o quizá estuviese buscando un lugar amplio donde hacer tres tumbas. Tropezaba con piedras que no eran sólo eso, sino mojones que marcaban una sepultura. Hacía la señal de la cruz y continuaba con la lámpara en alto.

      Al fin, dijo:

    -Acá hay un buen lugar. -Le pidió Altea que le pasara la otra lámpara y levantó ambas.

    Era un espacio entre los yuyales, abierto recientemente porque aún se sentía el olor de la quemazón.

     Dejaron los cajones en el suelo y el chico corrió a buscar las palas a la carreta. Altea temía que se perdiese en la oscuridad.

     -Conoce este lugar mejor que nosotros, por lo menos de día, y seguramente ha venido de noche también con los otros chicos-dijo el cura.

     Regresó pronto y entregó las palas. Los hombres fueron turnándose para cavar, y era casi medianoche cuando terminaron. Bajaron los ataúdes y devolvieron la tierra a las fosas. El padre Leguizamón hizo un responso. Mendoza le pidió que dedicara unas palabras para el descanso del alma de Julio Ruiz.

     - “Concédeles, Señor, el descanso eterno, cuando venga a juzgar al mundo por el fuego”.

     La señal de la cruz de cada uno fue a destiempo y mal hecha: la lenta y llorosa del Altea, la incompleta del chico, la varias veces repetida del cura, la interrumpida y dudosa de los hombres del pueblo, la tensa y firme del viejo Beltrame.

      Máximo Hurtado de Mendoza fue el único que tardó tanto, que todos pensaron que ya no la haría. Hizo la señal, pero fue muy rara. Los demás no la entendieron, salvo Altea que lo miró con amargura. Máximo había hecho la cruz tres veces, pero no como los católicos en la frente, en la boca y en el pecho, sino como la cruz ortodoxa. Sabía ella que Máximo tenía el pensamiento fijo en Natacha. Aquella mujer, que no había podido retenerlo con el amor, ahora había vuelto a atraparlo con los nudos de la ira.

     Regresaron al puerto cerca de las dos de la madrugada. Beltrame les ofreció la casilla para dormir, no podía darles otra cosa. Pero el Padre Leguizamón se negó rotundamente y les dijo que durmieran en la iglesia. Así fue como regresaron a la capilla, corrieron los asientos y se recostaron sobre dos frazadas. Los cirios del altar eran permanentes, e iluminaban varios metros alrededor. La sombra del Cristo del altar se alzaba más grande que la figura original apoyada en una columna. Ninguno habló durante largo rato, y entonces se oyó la voz de Altea:

     - ¿Sabías que Manuel quería ser sacerdote? Era una tradición en su familia que por lo menos uno en cada generación entrara a la Iglesia…

     -Sé de eso, los entregan en pago de muchos beneficios…

     -Pero cuando nos conocimos, contrarió a sus padres…-Altea se detuvo y se comió su llanto. -Nunca debimos casarnos, yo no lo amaba lo suficiente...Dios, qué culpa siento, quién sabe lo que debió haber pasado, y yo que lo traté con tanto desprecio…

     Estaban en una Iglesia y no eran marido y mujer, el cura lo sabía y sin embargo los había dejado solos uno junto al otro. Cristo miraba y no decía nada mientras ellos se abrazaban.

     -Hay muchas cosas que no debimos haber hecho, y evitado que otros hicieran-dijo Mendoza. -Lo único que podemos hacer es lamentarnos hasta la siguiente vez en que haremos o dejaremos de hacer exactamente lo mismo. Dicen que Cristo muere cada vez que pecamos, y resucita cada vez que nos arrepentimos.

     Las llamas de los cirios se movieron con la brisa que entraba desde el campanario, y provocaron que las sombras se movieran.

     Finalmente se durmieron, y el chico los encontró abrazados cuando llegó a despertarlos en la mañana. Max había dormido con él y ahora daba vueltas alrededor. Se veía contento y bien comido luego de muchos días.

     -El bote está listo como pidió anoche, capitán.

     Máximo se restregó los ojos ante la luz. Altea se levantó y siguió al chico a la casa, donde la madre la esperaba para asearse. Mendoza se lavó en la habitación del cura, que había salido temprano. Luego ambos se reunieron en el puerto. El “Juan Manuel” lucía gris bajo la tenue luminosidad de esa mañana de otoño. No se veían movimientos importantes, sólo el paso sobre cubierta de algunos marineros que no alcanzaba a reconocer.

     El remero estaba listo y ambos subieron y se sentaron. El chico se despidió de Max y el perro saltó al bote.

     -Sos un chico muy valiente, Bernardo, dale saludos a tu madre-dijo Altea. -Lamento que no conociéramos a tu padre.

     -No tengo, misia, pero dijo mi mama que era dotor-. El orgullo llenó de rubor sus mejillas al ver que ellos no se burlaban como muchos otros debieron haberlo hecho antes.

     -Me gustaría que me usted me escriba, misia, el Padre me leerá sus cartas…

     -Bueno, te escribiré-dijo ella. - ¿Cómo es tu nombre completo?

     -Bernardo Ruiz, misia.

     Ya se estaban alejando cuando Máximo oyó ese nombre sobre las aguas del río, y recordó la carta que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta. Había dejado de ser el triste deseo de un reo para convertirse en una ley.

 

 

 

*

 

 

 

La mañana que regresaron al barco era tenuemente agrisado, y el reflejo del sol entre las nubes repercutía sobre el río generando ráfagas de luz, que casi eran sombras pálidas en el fondo iridiscente del cielo. Sin embargo, ya en cubierta, Máximo Mendoza encontró que su barco, en el cual tanto había invertido entre esperanzas y dinero, no era más que un barco fantasma del que se habían apoderado el silencio, la suciedad y el olor de lo viejo.

     Ayudó a Altea a subir, y notó en sus ojos lo mismo que él estaba sintiendo.

     La cubierta estaba sucia de pescados podridos, papeles que se movían con el viento, y el olor a humedad y putrefacción venía desde todas partes, de la cocina seguramente, de los camarotes, de las dependencias de los hombres. Los viejos mástiles que ya no se usaban parecían troncos muertos en un bosque quemado, porque así lucía la cubierta, casi negra de mugre y descuido.

     Mendoza llamó a sus hombres a los gritos, primero sin moverse, esperando la respuesta habitual e inmediata a su orden. Sin embargo, nadie apareció. Sólo cuando comenzó a recorrer la cubierta hasta la escotilla principal apareció uno de los marineros. Al principio pareció no reconocerlo, era de los más viejos y se lo veía cansado y demacrado. Se restregó los ojos mientras terminaba de subir la escalera, y parándose frente a capitán puso la cara más absurda que Mendoza hubiese visto alguna vez: la cara de un borracho cuya única inquietud era seguir emborrachándose.

     - ¡Márquez! ¿Qué pasa con todos, dónde están los demás?

     - ¡Capitán! Mi querido amigo, tanto tiempo que no lo vemos, creímos que nos había dejado para siempre…

     El viejo lo abrazó, sosteniéndose de él y sin querer soltarse hasta que lo forzó. Habría querido pegarle hasta que se despertase del todo y le explicase por qué había dejado que el barco, esa nave que el propio Emerindo Márquez había ayudado a reparar como ingeniero, llegase a tal estado. Las maderas crujían, y las máquinas estaban muertas.

     Altea se había acercado y el perro se había alejado, husmeando sin duda viejos olores.

     Ella puso una mano sobre la cabeza del viejo.

      -Márquez, querido, ¿no me reconoce? Venga para acá, siéntese en este banco y tranquilícese.

      Máximo se había quedado parado viendo cómo ella hacía lo que él debió haber hecho, pero tanta era la ira que lo único más sensato era abstenerse de actuar y permanecer en un silencio hostil. Pensaba, principalmente, en alguien que estaba sin duda en una habitación llena de relicarios y crucifijos bajo cubierta.

      Márquez se había puesto a llorar, se tapaba la cara con las manos mientras Altea, sentada a su lado, lo calmaba con palabras de consuelo, acariciándole las manos callosas para intentar separarlas. Le pidió a Máximo que buscara agua y comida, el viejo se veía desnutrido, parecía no haber consumido más que aguardiente desde hacía semanas. Mendoza había adquirido de pronto la expresión de quien recupera la conciencia de un orgullo del que se había despojado por propia negligencia. Era el capitán y no un alférez.

      No se movió. Altea ni siquiera volvió a repetirle su pedido. El viejo ingeniero la necesitaba. Había sido uno de los pocos oficiales que la había tratado con desinteresada amabilidad desde el día que ella y Manuel abordaron. Julio Ruiz había sido siempre respetuoso pero distante, en cambio Márquez la había tratado como quien trata a una hija o una hermana, sin excesiva confianza, pero también sin culpa de clase.

      -Desde que el niño Ariel se murió, el barco se murió con él-dijo el viejo, abandonando las lágrimas a medida que sus palabras se iban hilvanando en frases claras y cada vez más lúcidas. Recuperaba la sensatez con la ayuda del pensamiento recuperado. Dejaba atrás los días sin noción del tiempo y lleno de gritos desde los camarotes, de pasos agitados por los pasillos.

      -El doctor Ruiz se encerró a cuidar al señor Manuel, durante muchos días. La señora Natacha rezaba y se lamentaba todo el día y todas las noches. No había nadie que controlara a los hombres. Dormían y se emborrachaban. Yo traté de mantener todo esto, pero ya ninguno me hizo caso. Después, el doctor desapareció, nadie lo vio irse, pero el señor Manuel tampoco estaba, y entonces la señora Natacha se enojó. Un día reunió a los hombres que quedaban porque muchos se habían ido a tierra, y los insultó y los echó. Le reclamaron la paga, y ella fue a su camarote y regresó con un cofre. Repartió el dinero y los hombres se fueron. Yo me quedé porque no tengo a dónde, porque no quiero abandonar este barco. Si se muere el “Juan Manuel”, yo también me muero.

     Mendoza sabía que Márquez había puesto todo el esfuerzo de su experiencia para reparar el barco. En Buenos Aires sus colegas lo habían felicitado a medida que veían el progreso en el astillero. Márquez era un hombre respetado, y tenía un hijo ingeniero y otro arquitecto, que vivían en Francia. Del tercero no hablaba casi nunca, era pintor, había dicho alguna vez, y le daba vergüenza mencionarlo. Se había puesto a llorar nuevamente, pero de pronto abrió los ojos, asustado, mirando hacia la escotilla por donde había entrado corriendo Máximo, tropezando casi en los escalones, mientras llamaba a gritos, reclamando, el nombre de Natacha.

     Altea se levantó y lo siguió, pero ya no podía correr como antes y temía caerse por la escalera. Sería una forma de deshacerse del chico, pensó, pero también podría matarse ella, y ahora lo imperioso era detener a Máximo, protegerlo de sí mismo. Porque sabía que si no iba tras él habría algo más grande que lamentar. Cuando llegó al camarote de Natacha, él apenas había atravesado el umbral de la puerta y se había quedado mirando la habitación. Lo vio recorrer con la vista las paredes y los muebles llenos de reliquias y de imágenes de santos y de crucifijos de todas formas y tamaño. Ella no pudo evitar hacer lo mismo, y le llamaron la atención especialmente aquellos cristos retorcidos construidos por los indios. La cruz que ahora llevaba nuevamente colgando sobre su pecho era muy parecida.

     Natacha estaba acostada, y había levantado la cabeza al oírlos entrar. Máximo corrió a ella y la agarró sacándola de la cama y tirándola al piso. Se arrodilló sobre ella y la retuvo con una mano apretándole la cara y la mandíbula, y con la otra le sujetándole las manos. Altea intentó separarlo.

     - ¡Basta Máximo! ¡Basta, por favor! ¡No vale la pena, ella no lo vale amor mío!

     Natacha se dejaba hacer, sin defenderse. Escuchaba a Altea, y hasta parecía sonreír bajo la mano de Máximo.

     - ¡Maldita hija de puta! ¡Hija de todos los demonios! ¡Mataste a Ariel, mataste a Julio!

     Natacha hacía un ruido como si se estuviera ahogando, el pecho se estremecía y las piernas le temblaban.

    - ¡Basta Máximo, basta! -decía Altea, sin soltarlo, pero sabiendo que le era imposible detenerlo. La espalda de los hombres es fuerte, y nada podía hacer ella con sus brazos débiles y su cuerpo cansado para apartarlo del crimen que iba a cometer. Ella misma deseaba matarla, pero no podía permitir que el único hombre que amaba, que ese dios omnipotente que había descubierto, perdiera su dignidad cometiendo un crimen.  Ella sabía que un dios no castiga quitando la vida, sino prolongándola. Allí estaban las imágenes que los rodeaban para comprobarlo.

     Entonces Máximo sacó la mano que cubría la boca de Natacha. Él respiraba agitado, con la cara angustiada y el sudor en el cuerpo. Ella respiró profundo, y se puso a reír con voz muy baja, pero el sarcasmo era tan profundo que no había manera de arrancarlo completamente. El alma de Natacha tenía la forma de la ironía como flores, el desprecio absoluto como el tallo que las sostenían, y el dolor como raíz. Quizá se alimentaba de ira, y esas imágenes lo demostraban: eran cristos furiosos porque eran impotentes, no podían sacarse los clavos sin volver a sufrir, no podían caminar sin ver la sangre que caía de su frente con la corona de espinas. Veían el mundo a través de los orificios de esos clavos, agujeros donde ya no había huesos ni carne, sino las imágenes del futuro: espejos del futuro que reflejaban el pasado. Espejos reflejando espejos.

      Luego Máximo se levantó y comenzó a recorrer la habitación. Palpó los crucifijos colgados, volteó las imágenes, y cuando llegó al cofre del dinero dijo:

      -Tiraste todo por la borda, todo por lo que trabajé todos estos años…

     Entonces Natacha supo que lo abriría, se levantó para detenerlo, pero él ya lo había hecho.

     Cuando abrió la tapa salieron moscas, y adentro había algo que parecía una mano todavía hinchada, llena de gusanos y que ya comenzaba a secarse. Cerró de golpe, retuvo una arcada y salió corriendo. Natacha fue tras él. Altea no entendía lo que pasaba, pero los siguió, lenta y con las piernas doloridas.

     Máximo subió la escalera, Natacha lo hizo con lentitud, enganchándose con la falda y tropezando hasta llegar a cubierta. Él ya había llegado al borde y arrojó el cobre al agua. Natacha llegó y se aferró a la baranda como la había visto hacerlo el día anterior desde la costa. La vio alzarse un poco y asomar el torso. Las faldas negras eran como la cola de un buitre, sus brazos aferrados a la baranda eran las garras, y el torso y la cabeza de cabello negro y despeinado eran la cabeza y el pico. La vio tan claramente con esta forma, que de pronto descubrió la similitud con las figuras de los cristos torcidos obtenidos en los pueblos por donde había pasado. Todas las figuras que la gente le había regalado cuando aún vivían en Santa Fe y todos los que compró en un pueblo u otro durante el viaje, eran iguales a ella, o ella iguales a todos ellos. Un Cristo de vestido negro igual a un manto piadoso a la vez que execrable, un Cristo afeminado con pechos y vagina, de miembros flacos y sin vello, un Cristo como un ave que no podía volar, un ser impotente, y que por eso odiaba. Un ser que añoraba al único dios que la había dado las alas y se las había arrancado con su muerte, el dios enterrado en Polonia.

      Ahora lloraba en lugar de reír. Con la cabeza asomada sobre el río, las lágrimas caían sobre las cabezas de los yacarés que se acercaron a oler el pedazo de carne que había caído. Altea la agarró de los hombros y la obligó suavemente a que bajara. Rodeó su talle con los brazos y la hizo caminar junto de vuelta al camarote.

    ¿Qué es la solidaridad entre mujeres, se preguntó él, sino un refugio endeble contra los hombres? Aborreció a ambas, incluso a la que amaba. Pero más a la que había amado alguna vez.

     Y entonces escuchó su voz. Ella se había dado vuelta, sin rechazar la ayuda de Altea, de pronto lleno su rostro de aquella parsimonia que había construido en su cara durante los últimos tiempos frente a Manuel.

     -No maté a ninguno de ellos. Se mataron solos. Todos lo saben. Allá está la negra para preguntarle, siempre esperándote como un perro en la cocina.

     Después miró a Altea y acarició la cruz.

     -Veo que la recuperaste-dijo. -La cruz tiene su camino y lo recorre con sabiduría. El círculo de la serpiente que se come a sí misma.

     - ¿Qué? -preguntó Altea.

     -Nada, querida. Mientras dure tu embarazo, entenderás menos, pero verás más.

     Altea se abstuvo de encontrar alguna sensatez en esa mujer. La ayudaría a regresar a su cuarto y hacerla descansar. No sabía bien en qué consistía la solidaridad entre las mujeres, no la había sentido por aquellas que más lo merecían, como con Carmela Espinoza o la tía Eustaquia de Las Heras, sino por esta otra que no había hecho más que destrozar la vida de los hombres que la rodeaban. ¿Qué era lo que la unía a ella? ¿Ambas estaban en el mismo círculo del que le había hablado tiempo antes, la cruz cortada, el círculo y el número Pi? No sería extraño si pensaba en Manuel, en la forma en que vivieron y en la que se hablaron todos esos años. Y sobre todo la forma en que se separaron: ignorándose como consecuencia del olvido, porque ni siquiera fue desprecio. El desprecio es el cadáver del afecto, y ese cadáver era el que le habían entregado dentro de un cajón cerrado que olía a podredumbre.

     Entraron a la habitación. Altea la ayudaba a caminar porque Natacha sentía las piernas débiles, según decía, y el vestido le quedaba flojo y se tropezaba con el borde de la falda. Pero sentía que era Natacha la que en realidad la conducía. Una era muy delgada, la otra comenzaba a abultar su vientre, pero la más flaca era quien la conducía en realidad. El pelo negro y ensortijado enmarcaba el rostro pálido, pero de intensa mirada.

      La dejó en la cama, sentada, mientras iba en busca de agua fría y un paño. La hizo acostarse y le mojó la cara con agua fresca. Le desabrochó los botones superiores del vestido y le refrescó el pecho. Natacha la miraba apenas, como desentendida.

     - ¿Qué le pasó a mi esposo? -preguntó. Ya no podía más, necesitaba alguna respuesta.

     Natacha abrió los ojos y la agarró la mano con el trapo. Se reclinó sobre la almohada y suspiró profundo.

     -Después de que ustedes se fueron al pueblo, Ariel y yo discutimos más fuerte de lo normal, por lo de siempre, sus dibujos, su deseo de viajar con Máximo. Se enojó mucho esta vez, lo vi… ¿cómo puedo explicarle? Lo vi rebelde, y eso a causa de Máximo, que siempre le ha hablado en contra mía. Así se lo dije, y él se empecinó en seguirlos a ustedes. Yo se lo prohibí, y entonces se tiró al río para nadar hasta la costa, y entonces, esos animales, los yacarés…Pero antes, querida, apareció Manuel, que había escuchado nuestros gritos, y cuando lo vio tirarse, también lo hizo para salvarlo. Pero ya era tarde. Manuel fue herido porque tuvo el sentido común de darse cuenta de que ya no podía hacer nada. Los hombres lo rescataron, y Julio empezó a curarlo. Pero pasaron los días y las heridas no se curaban. Parece que había que amputarlo, y Ruiz decidió llevarlo al hospital de Santa Lucía. Después de que se fueron, ya no supe más nada.

     Natacha la miraba a ella y a la cruz mientras hablaba, con algún sollozo intercalado, buscando con las manos un pañuelo entre las sábanas.

     -Manuel era un buen hombre, querida, usted debe sentirse orgullosa. Mire que intentar salvar a Ariel de esos monstruos. La muerte de mi hijo fue mi culpa, lo reconozco. Le exigí demasiado, y él era débil de carácter. Tenía el aspecto de mi padre, y por eso lo creí más fuerte de lo que era, y le pedí demasiado, me parece. Si quiere, écheme la culpa también de la muerte de su esposo, de algún modo también fue por mi causa.

    Entonces alzó la mirada hacia el crucifico que estaba en la pared sobre la cama. Hizo la señal de la cruz y dijo:

     -Al doctor Ruiz no sé qué le pasó, es la verdad. Él se arriesgaba a bajar a tierra, lo sabía muy bien. Lo hizo por la vida de Manuel. Eran hombres muy buenos, que conocían su deber. Pero Máximo se fue con usted, mientras nosotros…acá…

    Cerró los ojos, como queriendo dormir, pero de pronto los abrió.

    -No se separe de esa cruz, Altea, hasta el día que se muera. Manuel no lo habría querido. Él me contó que la amaba mucho a usted, si hasta renunció a Dios para casarse con usted, querida. Imagínese… pero ¿qué digo? Ya usted lo sabrá muy bien y lo habrá valorado.

     Altea se sintió de la manera en que Natacha había esperado. Y eso significaba verla apesadumbrada, yendo de un sitio a otro de la habitación, acomodando lo que Máximo había tirado al piso, trayéndole algo de comer, cambiándole la ropa de cama, sentándose o acostándose a su lado para tomarle una mano y preguntarle si necesitaba algo. Natacha se daba cuenta de que no lo hacía por ella, sino que cada segundo y cada acto era una manera de compensar la culpa. ¡Qué grandioso sentimiento!, pensaba. Ningún otro es tan fuerte ni puede conducirnos a tanto ni tan firmemente como ese.

     La culpa es fiel.     

    

     Máximo bajó a la cocina. Estaba a oscuras.

    - ¿Hay alguien? ¿Tomasa?

    Escuchó un movimiento, tal vez de una silla que se movió y cayó con rapidez, y luego el gemido de una respiración pesada. Pero ya había reconocido el olor de la negra antes de que ella encendiera una lámpara.

    - ¡Pero si es mi niño Máximo! -gritó, corriendo y abrazándolo con fuerza.

    - ¿Cómo está mi querida negra? -dijo, tratando de desprenderse del ese abrazo. La vieja Tomasa estaba más gorda que la última vez que la había visto.

     La negra lo soltó, pero lo sacudió de los hombros y le agarró las manos para llevarlo a sentarse junto a la mesa grande.

      - ¡Creí que nos había abandonado! Usted y las polleras, mi diosito…-dijo juntando las manos y moviendo la cabeza de un lado a otro. - ¿Pero por qué me mira así? ¡Ah, ya sé! Estoy más gorda, es verdad. Es que como no tengo para quien cocinar, me siento acá en la oscuridad, pienso y como.

    - ¿Y en qué piensa, mi negra?

    - ¡Uy, en tantas cosas que pasaron desde que mi niño se fue!

    - ¿Y qué pasó?

    Tomasa se sentó apoyó los codos en la mesa, entrelazó los dedos, como si rezara, y se golpeó la frente varias veces.

     -El diablo se metió en este barco, niño. Y tiene polleras…

     -Vamos, vamos Tomasa. Ya sé que no se lleva bien con mi mujer, pero de ahí a…-Máximo sonreía para aliviar a la vieja, su corazón latía al ritmo de la congoja.

     La vieja se agarró el pecho justo antes de hablar. Máximo le trajo aguardiente que ella escondía siempre en un cajón de la despensa. Ella bebió directamente de la botella, la dejó sobre la mesa y acarició con brusquedad la cara de Máximo.

    -Gracias mi niño, si no fuera por usted que me dio la libertad.

    -Vamos, negra. No digas pavadas. Ya eras libre cuando te encontré…

    -Acá, mi niño, pero en el Brasil me buscaban, y todavía hay quien debe acordarse. Si lo sabrá el dotor…Siempre hay alguno que no olvida, mi niño…

     -Entonces vos sabés por qué desembarcó…

     - ¿Que si lo sé? Yo estuve acá todo el tiempo, mi niño, vi y oí todo.

     La lámpara fue agotando su combustible y la penumbra recuperó su espacio en la cocina, mientras ella hablaba y hablaba, interrumpiéndose muchas veces para llorar, secarse las lágrimas o tomar más aguardiente. De vez en cuando hacía silencio para ver cómo Máximo tomaba sus palabras, pero ella lo conocía desde muy chico y sabía que se guardaría todo sentimiento hasta el momento de estallar. Había escuchado los movimientos y los gritos desde la habitación de Natacha. Hasta llegó a pensar esa tarde que la había matado, y entonces un gran alivio dominaba su espíritu. Pero poco después escuchó esa voz de ella, que era como el sonido de una mueca sarcástica que cortaba todo el aire a su alrededor y creaba dos espacios incongruentes, dos fuerzas destinadas inevitablemente a la lucha.

     Ahora el cielo estaba igual de oscuro que el interior de la cocina, pero ellos no lo sabían. No alcanzaban a verse las caras, y sin embargo las adivinaban certeramente. Ella con la pesadumbre dibujada como gotas de grasa en la cara tiznada y negra, igual al horno junto al que había cocinado todos los días. Él con el color de la ira en el rostro y la más obtusa confusión tejiendo marañas alrededor de su cerebro. Entonces agarró una mano de la negra y la llevó a sus labios. La besó y dijo algo en voz muy baja.

     Ella entendió, sin contestar. Se quedó sola en la cocina, rodeada de los olores que eran más entrañables que los hombres que había conocido. Había esperado a que su niño Máximo llegara para que él supiera la verdad, y ahora que lo había contado todo, estaba tranquila. Apoyó la cabeza sobre la mesa y pronto se durmió. Soñó con los árboles del Mato Groso, con el agua del río y los deslumbrantes colores de los pájaros. Pasó por su sueño aquel negro que la había besado y con el que había pasado muchas noches, y también en los blancos que la habían manoseado y le había dado varios niños que ella mató antes de nacer. Pensó en su madre y en sus hermanas, en las largas jornadas de trabajo en las plantaciones, y en el aroma de la planta del café que odiaba y nunca pudo tragar. Porque eso bebía aguardiente día y noche, para el calor o para el frío, porque era totalmente diferente al gusto del café.

     El sol sobre las cabezas descubiertas, los cuerpos desnudos y el café en las narices, revolviendo el estómago y creando los granos de la ira en el corazón, que se esparcirían por la sangre a lo largo de los años.

     La ira negra como pequeñas bestezuelas en las yemas de los dedos. Bestias de carga o bestias de fuerza, y sólo el odio o la sumisión como parámetros diferenciales. Un leve matiz de distinción para crear un abismo de conductas. El morir o matar. El matar o morir.

     Y la esclavitud en el medio, transformada en una virtud conciliadora.

     El centro de la mediocridad.

     La negra se hundió en aquel abismo esa noche. En la mañana ya no pudo despertar.

 

 

 

*

 

 

 

El funeral de Tomasa se hizo en tierra, pero antes tuvieron que mandar traer tablas y un carpintero. Estaba demasiado gorda para uno de los ataúdes corrientes. Para la tarde, los hombres ya habían puesto el cuerpo sobre las maderas y el carpintero armó el resto alrededor. Eran seis para bajarla a tierra. El Padre Leguizamón volvería a oficiar, y harían el mismo camino que la vez anterior.

     Cuando le preguntó a Altea si lo acompañaría, ella contestó que no. Había estado mirando la fabricación del cajón, pero iba y venía del camarote de Natacha. La noche anterior, él fue hasta la habitación en que creyó encontrarla, pero estaba vacía. Fue hasta la de su mujer, y como golpeó sin respuesta, abrió y las vio a ambas acostadas una al lado de la otra, aún vestidas con la ropa del día anterior, tomadas de la mano, con los ojos cerrados. Parecían muertas. Supo con certeza, entonces, que Natacha la había convencido, quizá manipulado el sentimiento de permanente duda que sentía Altea sobre su esposo, un sentimiento que fácilmente podía identificarse con la culpa.

      Bajaron el cuerpo entre los seis: Máximo, Márquez, Beltrame, que había conseguido la madera, el carpintero y dos ayudantes del puerto. El bote soportó el peso del cajón con Tomasa y de dos hombres más. Los otros irían en el siguiente viaje. El perro también se había subido al bote.

      Luego subieron el ataúd a la carreta, levantaron al cura al pasar por la puerta de la capilla y siguieron al cementerio. El chico quiso acompañarlos, él buscaba a Altea. Máximo le dijo que no se sentía bien y lo hizo sentarse en el pescante junto a él. Lo observó durante todo el viaje. Ahora que lo miraba con detenimiento, creyó hallar ciertos rasgos de Julio. Pero cuando lo había conocido ya el alcohol había hecho estragos con él. Sin embargo, la forma de la cara, la manera de sentarse, encorvado y taciturno, y hasta la estatura moderada que el chico ya anunciaba en la forma y dimensiones de su cuerpo a la edad que tenía, los asemejaban.

     - ¿Cómo está tu madre? -le preguntó.

     Bernardo se encogió de hombros. Máximo sabía que ella no estaba mucho en casa y él se las arreglaba solo casi todo el tiempo.

     La ceremonia fue más larga que la otra. Muchos vecinos habían seguido al cortejo, y mientras cavaban y bajaban el ataúd hombres y mujeres se fueron acercando hasta formar un gran grupo de gente dispersa entre los pastizales y las sepulturas. Tomasa era muy conocida por la zona y la apreciaban. Mientras el cura recitaba el responso, se escucharon sollozos. Máximo tiró la primera palada de tierra sobre el cajón, que por el peso había caído algo torcido y parte de las tablas se habían trizado. Los hombres que habían bajado el cajón se miraron, pero no harían nada para remediarlo. El chico se agarró de la mano de Máximo y del cura. Subieron a la carreta y regresaron al puerto.

     - ¿Cuándo piensa partir, capitán? - preguntó Beltrame.

     -Primero debo conseguir nueva tripulación.

     Había visto a varios de los que habían trabajado para él durante el funeral, pero no estaba seguro de buscarlos nuevamente.

    -Además, debo poner a punto las máquinas.

    Ese día pasaría la noche en la capilla, iba a intentar buscar hombres durante el día siguiente. El chico se acostó a su lado, y ambos estaban demasiado cansados para hablar. Max dio vueltas a su alrededor y se acostó.

 

      En la mañana, el perro los despertó con lengüetazos. Desayunaron con el cura y salieron a recorrer el pueblo. Muchos se detuvieron a hablarle porque hacía tiempo que no lo veían. Todos estaban al tanto de lo que había pasado, pero el apellido Hurtado de Mendoza y su abolengo lo colocaban en una especie de nivel de leyenda accesible, al cual todos podían ver y tocar sabiendo que Máximo no se molestaría. Los más viejos lo habían conocido desde chico, visto crecer y cabalgar con sus amigos. Lo habían visto reír y pelear, y hasta lo vieron pasar varias veces por los pasillos del prostíbulo que ya no estaba.

     Máximo y Bernardo iban uno al lado del otro, y el perro los seguía. Él se paraba casi en cada cuadra para hablar con alguien, abrazándose con gritos y risas, y algunos insultos dichos en broma. El chico se paraba y escuchaba, o iba a jugar con Max que husmeaba la tierra y movía la cola.

     Para las seis de la tarde ya había conseguido veinte hombres, diez de ellos eran los que habían abandonado el barco.

     -Necesitamos el trabajo, capitán, pero la señora...-. Así le hablaron; él contestó:

     -Ya no dejaré el barco, y ella no los molestará.

     Algunos fueron a bordo ese mismo día, con Márquez. Los demás irían al día siguiente.

     Fueron a la casa del cura para cenar. Le preguntó al padre Leguizamón por la madre de Bernardo. El cura miró por la ventana para asegurarse que el chico jugaba con Max afuera.

     -La madre es una puta, ya sabés - dijo el cura. -El chico se da cuenta de todo y sabe de qué se trata. Yo quiero que usted se lo lleve, Máximo.

     -Pero no puedo robarle la criatura a la madre.

     -Muchas veces el chico se ha ido por su cuenta varios días y ella nunca reclamó. Fue él quien volvió porque no sabía valerse solo. Todos saben que es el hijo de Ruiz. Usted puede darle un futuro decente, Máximo. La madre no lo va a extrañar, para ella será una carga menos. Coge, toma y duerme, y no tiene tiempo para nada más.

      Cuando Bernardo regresó, cenaron y se acostaron.

      A la mañana caminaron al muelle. El bote estaba preparado. Beltrame se acuclilló para desatar las amarras.

     -Cualquier cosa me pega un grito, capitán, ya sabe…-dijo el cura.

     Se abrazaron, y subió al bote. El perro se quedó junto al chico. Bernardo le decía que saltara, pero Max no se movía. Bernardo intentó empujarlo, pero el perro se acostó. Entonces Máximo le dijo:

     - ¿No te das cuenta de que no va a subir solo?

     Bernardo Ruiz, el chico de diez años, lo miró con la misma expresión de congoja y brillo en los ojos que había visto en Julio el día que lo contrató.

     Entonces Bernardo dio un salto desde el muelle, y Max lo siguió.

     Mientras remaba, Máximo Mendoza se preguntaba qué clase de hombre era él. Recogía desvalidos para luego perderlos de una manera peor a que si los hubiese dejado solos. ¿A qué clase de futuro estaba llevando al chico?  

 

      Durante toda la semana algunos hombres se arrepintieron de subir, pero otros llegaron, y lentamente la nueva tripulación grupo fue consolidando sus lazos. Tenían mejor humor y más predisposición que la anterior para el trabajo, y también más conocimientos del río. Márquez los había organizado en grupos, seleccionando dos o tres con estudios para manejar reparar las máquinas. Día y noche se escuchaban golpes de martillo y ruidos de engranajes, y cuando el motor a vapor estuvo nuevamente en funcionamiento, se necesitaron varios días para calentar y revisar si aparecía algún desperfecto.

     Tendrían un largo viaje con mucho trabajo si querían recuperar el tiempo y el dinero perdido. Mendoza no tenía más alternativa que recuperar los clientes con los que no había cumplido y aceptar todos los encargos que le llegasen. Había mandado telegramas desde la oficina postal de Corrientes y Paraguay. Y durante los días siguientes le llegaron pedidos incluso de Brasil.

     Márquez, finalmente, le dijo que podían zarpar cuando el capitán lo mandara. Entonces Máximo anunció que partirían al día siguiente. Esa noche toda la tripulación cenó en cubierta. Máximo dijo que las mujeres estarían presentes, y entonces los hombres se callaron.

     -No quiero borracheras ni obscenidades, las señoras nos acompañarán. El que no quiera, que se vaya.

     Ellos no entendían. Márquez no entendía. ¿Los estaba desafiando a ellos o a las mujeres?

 Durante esa semana Natacha no había salido de su camarote más que una sola vez. La vieron subir a cubierta y mirar el río durante media hora. La saludaron, pero ella no los miró. Altea la acompañaba del brazo.

     El día que lo vieron regresar con el chico, Altea sonrió, olvidando de pronto todo resentimiento, pero cuando Bernardo corrió hacia ella, no lo saludó. Estaba del brazo con Natacha, que al verlo dijo:

     -Otro desvalido.

     Máximo no le hizo caso. Pero la tarde anterior a la cena con la tripulación, las fue a buscar al cuarto.

     -Esta noche cenamos en cubierta, señoras.

     Altea estaba arreglando la cama de Natacha, que rezaba junto al pequeño altar armado sobre una mesa. Lo miró y él creyó volver a ver el rostro de la mujer que quería, pero pronto volvió a escabullirse.

     -Gracias- fue lo único que dijo.

     En la noche, los hombres armaron la mesa. El chico iba y venía entusiasmado por ayudar en todo. Max lo seguía, acompañado de otros tres perros que los hombres habían subido. La mesa estuvo puesta y las sillas o los bancos se sumaban a medida que se iban sentando. Todos se habían bañado y lavado sus ropas. Los cabellos peinados y las barcas más o menos recortadas. E intentaban contener su lengua cada vez que querían lanzar alguna maldición. Márquez se había encargado del fuego donde asaron una res que habían faenado esa tarde en el pueblo. La carne ya estaba lista y los platos listos, pero ninguno se atrevería a empezar sin que el capitán concediera el permiso. Y él esperaba a las mujeres. De un momento a otro aguardaba verlas aparecer con algún vestido más o menos elegante. Él había comprado ropa al chico, y Bernardo se había puesto el pantalón y el traje nuevo en honor a las damas.

     Esperaron quince minutos. Máximo les dijo a sus hombres que no se impacientaras, y ellos se pusieron a beber y conversar en voz baja para no perturbar a las mujeres. Les darían tiempo, y ningún motivo para quejarse.

     Pasaron otros veinte minutos, y cuando ya era tarde, él se levantó y caminó hacia el cuarto de Natacha. Golpeó la puerta. Altea le abrió. Estaba con su vestido de siempre, y Natacha acostada.

     - ¿No vienen?

     -Ella no se siente bien.

     - ¿Y vod?

     -Ya sabes…

     - ¿Sé qué?

     -Perdió a su hijo, y tú lo reemplazas con…

     - ¿Eso dice ella?

     -Lo piensa, no es necesario que lo diga.

     - ¿Y es lo que pensás también?

    -Es lo que veo, Máximo. Además, mira mi estado, no estoy para cenar con una manada de brutos.

     Y cerró la puerta.

     Máximo se quedó pensando, con la cara a dos centímetros de la puerta cerrada. Max estaba con él, y lo sintió rasguñar la puerta.

     -Bien, le dijo al perro. - Las bestias serían liberadas por esta noche.

 

     Regresó a cubierta. Había más luz afuera, con la luna y casi todas las lámparas encendidas sobre la larga mesa y otras colgando de las cuerdas que iban de un mástil a otro. La luminosidad contrastaba con el silencio que todos hicieron al verlo. Sabía que los hombres necesitaban de esa noche para dejar salir sus ánimos contraídos por todos esos días de trabajo pesado. Pero sobre todo esperaban, como él, la aprobación de las mujeres. Había visto en ellos la predisposición a portarse tranquilamente y divertirse sin efusiones delante de ellas, era suficiente con que las mujeres les hicieran el honor de presentarse, aceptar sus atenciones y, tal vez, sonreírles un poco.

     Pero el desprecio se responde con desprecio, ellos bien lo sabían.

      Entonces se acercó al extremo de la mesa que tenía asignado como capitán, y sin decir nada clavó el puñal en la madera. No fue necesario que pasara más de un segundo para que todos comprendieran, y los gritos sonaron de repente y las voces fueron un solo aliento que apagó algunas lámparas, pero ya no importaba. Todos hicieron lo que querían, sin pensar en las buenas costumbres. Los que no se sentaron a comer, fueron de un lado a otro por la cubierta, bebiendo de las botellas. El aguardiente, el vino y otros licores que el capitán guardaba en la bodega fueron renovados continuamente. Márquez y otro de los hombres traían las tablas con carne desde la cocina. Algunos comían con cubiertos, pero la mayoría con las manos y se limpiaban en la ropa que unas horas antes se habían esmerado en lavar.

     Máximo se sentó, pero comió muy poco. Bebía del vino y de vez en cuando echaba una mirada al chico, que se había sentado al lado, mirando a los hombres y sonriéndole en silencio de vez en cuando. Sabía que estaba desilusionado de las mujeres, sobre todo de Altea, a quien miraba de una manera que poco podía confundirse con otro sentimiento que no fuese filial. Pero la frialdad de Altea había vuelto a aparecer.

     - ¡Vamos, Bernardo! ¡Ánimo! - le dijo, revolviéndole el pelo.

    El chico se rio, como sólo predispuesto a conformarlo.

     - ¡Comé más! - le insistió.

    Bernardo volvió a servirse y Márquez le palmoteó la espalda.

    - ¡Así me gusta! -dijo, y volvió a la cocina a porque los demás seguían pidiendo.

    - ¿Querés cerveza? -dijo Máximo, y sirvió un vaso.

    Habían pasado casi dos horas y los hombres estaban borrachos, uno dormía ya en el piso o sentados y despatarrados en las sillas. La mayoría seguían despiertos, hablando muy alto como si estuviesen sordos, a veces empujándose y golpeándose.

     Uno se asomó a la borda y vomitó. Otros se acercaron como queriendo tirarlo, pero vieron a los yacarés que se habían arremolinado cerca del casco. La carne de res caída al río los había atraído. Uno de los hombres disparó, por pura diversión, y los otros encontraron bueno ese juego de tirarles carne como sebo y luego matarlos.

     Casi todos hicieron lo mismo, asomados a la borda, tambaleándose, y Máximo, que había tomado mucho pero todavía estaba lúcido, temió que alguno se cayera. Se levantó y le dijo al chico que no se acercara. Se unió a los otros abriéndose paso entre sus hombres. Ya todos lo consideraban uno más, y lo empujaron hacia la borda. Se asomó y vio en la oscuridad los destellos blancos de los dientes y del agua sacudida formando espuma contra el casco. Entonces pensó en Ariel, en el cuerpo que le habían dicho fue destrozado por los yacarés en plena mañana bajo el sol intenso. Con cuánta claridad debieron ver esa carnicería. Si ahora alguno de ellos se cayera, no verían más que el brillo de la carne al reflejo inesperado de la luna. Y la sangre no se distinguiría en el agua a la sombra del barco. Escucharían los gritos, seguramente, pero sin duda Ariel no había gritado, por lo menos Tomasa no le había hablado de ningún grito, ni tampoco los dos o tres hombres que se atrevieron a hablarle de ese día.  Ariel se había arrojado a propósito. Lo habían visto correr desnudo por la cubierta y saltar.

     Entonces se dio vuelta, empujó a los hombres y volvió a la mesa, terminó la botella de vino, y sacó el revólver de la chaqueta que estaba en el respaldo de la silla. Volvió a la borda y comenzó a disparar a los yacarés. Los otros se entusiasmaron aún más y comenzaron a disparar al río y al aire.

     En la costa se encendieron luces, hombres y mujeres gritaron desde el muelle. Pasó media hora y los tiros se fueron espaciando, pero no los gritos. Ahora algunos hombres volvieron a la mesa, siguieron comiendo y bebiendo. Después de medianoche seguían gritando, muchas botellas estaban rotas en el piso, parte de la mesa rota y volteada. Max y los otros perros se habían escondido con los tiros, pero cuando se acostumbraron salieron a buscar los huesos tirados. El chico se había medio dormido en su silla cuando sintió que alguien lo agarraba del brazo y tironeaba de él. Abrió los ojos cuando ya estaba parado y caminando tirado del brazo por Altea, pero no iban hacia los camarotes sino hacia la borda. Y escuchó la voz de ella, tan alta y enojada, diciendo tales cosas que no la habría reconocido de no haberla visto con el vestido de siempre, el pelo revuelto y la cara ofuscada, gritando insultos al capitán. Pero de todo lo que dijo sólo recordaría lo que se refirió a él.

     - ¡¿Para esto trajiste al chico?! ¡¿Para enseñarle esto?!

     El capitán la miraba sin contestar, con los ojos brillantes y obnubilados. Fue eso lo que le resultó más extraño al chico. ¿Iba el capitán a llorar por la reprimenda de ella? Aún no, porque estaba apoyado en la borda, sujetándose con los codos. Los pies se resbalaban porque estaba descalzo sobre el piso mojado de cerveza y sangre al lastimarse con los vidrios rotos.

     Ella seguía gritando y se le había acercado para sacudirlo de la camisa. Varios botones se habían roto y el pecho de Máximo Mendoza estaba descubierto. Se había formado un corro de hombres alrededor para observarla, pero tan borrachos que se reían de ella.

     Altea los miró por un momento y les dedicó también muchos insultos que nunca habían escuchado de la boca de cualquier puta que hubiesen conocido. Eran palabras que no entendían muchas veces, porque mezclaba palabras en danés con otras de la región de España en la que se había criado. Por eso se reían, hasta que también se cansaron de eso y se fueron apartando, algunos se tiraron a dormir en la cubierta, otros se acostaron en la mesa. Los revólveres de cada uno cayeron al piso, con las municiones agotadas. Pero el revólver de Máximo había sido vuelto a cargar. Lo hizo mientras escuchaba los gritos de Altea, mirándola de tanto en tanto, porque no necesitaba mirar su arma para cargarla, ya la conocía demasiado bien. Era siempre igual y fiel. En cambio, el rostro de Altea le era desconocido. La furia de su cara era tan intensa y repleta de ira que era como ver el rostro de una bruja. Ella hablaba y hablaba, despidiendo desprecio por la boca, sin soltar el brazo del chico, como si de un perro se tratara. Lo utilizaba como instrumento de causa para su odio, pero era eso nada más, el instrumento que le había servido para disparar su primer tiro. Ella no tenía arma de fuego, pero sí estaba allí el chico de diez años, y en su mirada de pánico y cansancio hallaba un argumento tras otro, un motivo de resentimiento cada vez más grande.

     Máximo Mendoza la miraba con ojos brillosos, pero no iría a llorar. La observaba devolviéndole el resentimiento, y ante el filo de cada una de las tantas y tantas palabras que había escuchado esa noche de la misma boca que había besado, supo que debía contestar. Y así tal vez ella entendiera.

     Sacó el revólver de su cinto, lo levantó en la mano derecha y se dio vuelta. Comenzó a disparar otra vez hacia el río.

     - ¡Este es por Ariel! -dijo.

      Sabía que ella, aunque ahora callada, seguía de pie tras él. Volvió a disparar.

     - ¡Este es por Julio! -dijo, y se asomó a ver si todavía quedaban animales vivos. Pero eso ya no importaba. Siempre había a quien matar.

     Otro disparo.

     - ¡Este es por la negra!

     Su voz se tropezó y escupió. Por un instante, ella debió creer que se detendría. Máximo se había apoyado con las manos en la baranda y parecía que iba a devolver todo lo que había comido y bebido. Pero no fue así.

      Volvió a levantar el arma y a disparar.

     - ¡Este es por tu esposo! - dijo.

     Entonces se dio vuelta. Ella estaba sola. El chico se había soltado y escondido. Miró hacia el castillo de proa, esa sección tan altanera de los viejos tiempos que había conservado como una reliquia del antiguo esplendor. Distinguió la sombra de Natacha, su figura rígida, y su cuerpo oscuro contra la luz, era indistinguible excepto por la forma de mujer. Sin embargo, por un momento, creyó ver un buitre. Los brazos de Natacha parecían patas con garras, y los cabellos levantados y descuidados simulaban plumas revueltas por el viento del río.

     ¿Cuándo se había posado allí? Tal vez había llegado atraído por la carne asada, quizá por los perros, incluso por el chico. Luego se llevaría a los hombres inconscientes tirados por el piso.

     Era necesario deshacerse del buitre.

     Levantó una vez más el arma, pero sintió los brazos Altea, que tiraban de él, y como ella no tenía fuerza, se había abrazado al cuerpo de Máximo.

     - ¡N o, Max! ¡No lo hagas, no lo hagas, por favor! ¡Yo te amo, yo te amo! ¡No te condenes, por favor, por favor!

    Esas dos últimas palabras las repitió tantas veces como tantas otras palabras de ira había pronunciado antes. Pero eran solamente dos palabras, que por más que fuesen repetidas una eternidad de veces, no borraban nada.

    El arma seguía en sus manos, con los dedos en su posición. Había bajado el brazo. Apoyó la mano libre sobre la espalda de Altea, y sintió el llanto entrecortado y angustiado que le sacudía el cuerpo.

    Máximo miraba hacia adelante, no quería observarla. Era suficiente con sentir el llanto convulso de su cara apretada con su pecho, y el sonido de los irremediables e inútiles “por favor”.

     Se llevó el cañón del arma a su sien derecha, y ella escuchó el percutor sobre la piel de Máximo. Y otra vez le agarró el brazo, y como esta vez estaba pegado a su cuerpo, le fue mucho más fácil hacer fuerza. Las manos de Altea agarraron la mano de Máximo que tenía el revólver entre sus dedos y el índice sobre el gatillo.

      Pudo apartar el cañón de la cabeza de él.

      Hizo ella tanta fuerza, que él cedió de pronto. Y le apretó la mano.

      Sintió el metal caliente y luego el disparo.

      El cuerpo de Altea seguía sujeto a él por su brazo izquierdo aún en la espalda. La cabeza de Altea tenía sangre sobre el ojo izquierdo. Ya le tapaba media cara y corría por el cuello, chorreaba por el vestido y manchaba su propio pecho abrazado a ella. Entonces la soltó.

     Se dio cuenta que se había hecho un silencio tan grande que parecía haber caído del cielo nocturno como una explosión silenciosa que había eliminado no sólo la capacidad auditiva de todo el mundo, sino haber anulado los sonidos de las cosas y los elementos: el sonido del río, los pasos sobre las tablas, la misma respiración de los hombres.

     Y él se ahogaba en ese silencio, por eso gritó.

     Recuperó de esa manera la realidad. Porque lo de antes era simplemente desesperación.

 

     A media mañana los hombres habían llevado a Altea al camarote que había compartido con su esposo, y la habían acostado en el mismo colchón que tanta sangre de él había recibido. La cargaron desde cubierta, tratando de cuidar su cabeza y su vientre, mientras Natacha contenía la hemorragia y ordenaba los cuidados que debían tener al llevarla y para que otros prepararan la cama.

      Máximo los seguía, con la cara pálida y compungida. Todos habían visto lo ocurrido, y nadie lo culpaba, pero l imperiosidad de Natacha lo ignoró y lo empujó separándolo de Altea.

      Ninguno estaba suficientemente sobrio esa noche, excepto las mujeres, por supuesto, pero sin esperar que el capitán les ordenara, hablaron con Márquez y fueron a tierra a buscar un médico. A las cinco de la mañana, cuando ya había una tenue luminosidad, encontraron al doctor Estanislao Gonçalvez en su casa. Golpearon a la puerta y lo despertaron a los gritos. Lo llevaron a bordo.

     En el pasillo, los hombres, ya despiertos y despejados, pero aún con resaca, iban y venían intentando saber lo que pasaba. Márquez sabía que era el único que podía mantener el orden en el barco antes que todo volviera al estado anterior. Había contratos que cumplir y necesitaban el dinero. Más tarde o más temprano, debían zarpar.

      Adentro, Natacha estaba sentada en la cama, lavando la sangre en la cara de Altea. La hemorragia se había detenido, dejando una mancha de coágulos que Gonçalvez recomendó cubrir con vendas. Había una sola mujer de servicio, compañera de uno de los hombres, que ayudaba cortando telas limpias, trayendo agua y lavando, y soportando con la cabeza gacha y cara asustada las órdenes de Natacha.

     El médico se paró luego de terminar la vendar la cabeza de Altea, y miró a Máximo, que estaba sentado junto a la cama, con los codos en las rodillas y las manos enlazadas. Parecía rezar, pero quién sabe, a juzgar por su expresión sus pensamientos podían ser nulos como podían ser un diluvio formando una inundación de aguas estancadas.

     - ¿Vivirá, doctor? - preguntó.

     -No lo creo posible… No se puede hacer nada más que esperar en las próximas horas.

     - ¿Y el niño está bien?

     -Sí, gracias a Dios, pero no sobreviviría si lo sacáramos ahora, sólo tiene la posibilidad mientras viva su madre. Si ella lograra mantenerse estable hasta final del embarazo, se podría sacar…

    - ¿Usted cree…?

    -No lo creo posible, pero como ya le dije, no hay manera de saber cómo reaccionará su cerebro dañado.

     - ¿Despertará doctor? -preguntó, y vio que Natacha lo miraba.

    -Tiene medio cerebro destruido, capitán.

    El médico salió y varios hombres se agruparon a su alrededor mientras salía. El chico aprovechó para asomarse a la habitación, y como nadie lo detuvo, caminó de puntillas y se sentó junto a Máximo. Luego de un rato de ver a Natacha seguir con los cuidados de la enferma y sin que ella le hiciera caso, Máximo le pasó un brazo por los hombros y lo acercó. Así abrazados, ello los miró por un rato, sin dejar de lavar y arreglar el pelo de Altea. Sus miradas se cruzaron, y la mirada acongojada de él sólo cambió en ese momento por otra.

    -Sé que preferirías verme a mí en esa cama-dijo Natacha, ya sin mirarlo siquiera, sin dejar de cuidar de Altea, sacando las vendas sucias y doblando las vendas limpias para remojarlas en agua.

    -Tuviste dos grandes ideas anoche, una en apuntarme y la otra en apuntarte a la cabeza, y en ambas intervino ella. Yo no sé qué hiciste para que te amara tanto.

     El chico los miraba, callado y cabizbajo. Sabía que estaba de más en esa habitación, pero no podía substraerse de las emociones que todo eso le provocaba.

     Luego de un breve silencio en que ella no esperó respuesta, se contestó a sí misma.

     -Yo te lo diré. Eres débil, por eso te ama. Y ella es muy fuerte. Se casó con un hombre que nunca quiso realmente, imagínate eso para empezar. Convivió años con los indios. Soportó una violación. Y encima de todo, aceptó continuar con un embarazo que aborrece. Y ahora esto, para terminar definitivamente con ella, y aún sigue viviendo. Las personas fuertes necesitan de las débiles a quienes amar, no pueden juntarse con otra fuerte, porque no pueden entregarle nada que ya no tenga. Manuel era fuerte, imagina que renunció al Dios que toda su juventud pensó iba a dedicarse, por una mujer que nunca lo quiso del todo, y él tal vez lo sabía.

     - ¡Tu adorado Manuel! Sabés lo que le hizo a tu hijo.

     Natacha no lo miró, con la vista en las vendas que estrujaba, pero evidentemente ansiosa por esquivar algo que parecía estorbarla a su lado. Sacudiendo apenas un codo, dijo luego de deshacer un nudo en su garganta:

     -Eso ya lo pagó.

     -Y Julio pagó por lo de él-dijo Máximo.

     -No, eso fue por lo del chico de Buenos Aires, que estaba antes.

     - ¿Pensás que Dios lleva un libro de contaduría?

     Natacha sonrió, sabía que su verdadero esposo estaba despertando de la pesadumbre.

     - ¿Y quién paga por lo de Julio?

     -Si quieres puedes agarrar de vuelta el arma. Aquí estoy y no me moveré.

     El chico abrió los ojos, asustado.

     -Sabés que ya no lo haré, como dijiste, soy débil, y cobarde, seguramente. - Obvió la sonrisa de Natacha que demostraba su regocijo. - Pero no sos una mujer, sos un pájaro con huesos duros, con músculos fuertes como fierro y alas grandes con las que sobrevolás el barco, contemplándonos a todos, y sobre el río y la tierra, y sobre el mar que atravesamos juntos hace tantos años. Y hasta creo que hablás con Dios, de igual a igual, y discuten y pelean sin nunca llegar a un acuerdo, como un matrimonio que se aborrece.

     Ella ahora lo miraba con asombro en la mirada, y creyó ver un resquicio de aquella de cuando se conocieron en Polonia.

     -Ustedes los hombres piensan demasiado, construyen hermosas catedrales de conjeturas, pero se quedan inmóviles. Nosotras somos de carne que siente, y actuamos en consecuencia.

     -El cerebro no daña a nadie-dijo él. -Sólo a sí mismo.

     - ¿Estás tan seguro, Máximo? -dijo ella levantándose y acariciando la cabeza de Altea. -El cerebro humano es un cementerio.

     El chico escuchaba todo eso cuidadosamente, y cada palabra penetraba en su memoria. No entendía mucho, pero calibraba los gestos y las entonaciones. Así aprendió a conocerlos a todos en ese barco. Sentía, también una presencia en la habitación, porque el perro se había escondido bajo la cama. Había visto en las noches que recorría el cementerio del pueblo, a veces solo y a veces acompañado con otros chicos, muchas sombras que se movían aun cuando no había luna. Al principio los perros fueron los primeros que se negaron a ir con ellos, y luego hasta sus compañeros se asustaron demasiado, aunque diesen la excusa de que sus padres se los prohibía. Pero a él no lo asustaban ni las sombras ni ciertos ruidos que podrían ser nada más que sus propios pasos o el rumor de las hojas de los árboles. Lo que lo atraía más que inquietarlo era el olor del viento ciertas noches, un aroma a humedad y pasto recién mojado por la lluvia o el rocío, pero también teñido del olor que se encuentra bajo las piedras, de hojas podridas e insectos muertos. Eso aroma traído por el viento, a veces golpeándole la cara como una ráfaga repentina, tenía la peculiaridad de invadirle los pulmones y provocarle un cosquilleo en el estómago. Pero era una sensación que por más que fuese molesta al principio, le agradaba de vez en cuando, porque le recordaba ciertas cosas que estaba seguro nunca haber vivido. Más que recuerdos, era nada más que sensaciones conocidas, agradables y desagradables a la vez. Como algo que si se repite muy seguido llega a molestarnos, pero que si se presenta en largos períodos produce placer, porque lo hemos extrañado. Hasta un dolor puede extrañarse, si nos hace sentirnos vivos, porque una parte de nosotros aún está allí luego de un largo tiempo de ausencia. La ausencia parece abandono, pero a veces simplemente no hemos tenido los sentidos adecuados para percibirla. Como Dios, por ejemplo, según decía el Padre Leguizamón, al que creemos ausente porque no lo vemos.

     Ahora mismo, en el camarote, y escuchando a los adultos, sintió el movimiento en su interior. Como de hormigas que se dispersaran por todo el interior de su cuerpo. A veces le provocaban náuseas, pero nunca había llegado a vomitar, y pronto pasaban. Ese cosquilleo se estaba presentando nuevamente, mientras veía a Natacha desplazarse por la habitación, a veces moviéndose no en línea recta de un mueble a otro, sino esquivando algo que no se veía. La vio, incluso, mover los labios sin emitir palabra. Y el perro se había escondido, y ya no quiso salir en toda la tarde, hasta que el capitán lo agarró de las patas y lo arrastró. Max tenía la cola entre las patas y lloraba.

 

     Durante la tarde Natacha no se movió del camarote. Cuando no miraba a Altea, se sentaba en una mecedora y leía un libro. Ya desde muchos años antes no leía más que libros religiosos y visas de santos, y de tanto en tanto dos o tres textos de medicina en polaco que había rescatado de la biblioteca de su padre.

     En los siguientes días, cuando se quedaba dormida, despertada bruscamente, recriminándose de su descuido. Cambiaba la ropa interior de altea y cuando llegaba la hora de las comidas llamaba a los gritos desde la puerta a la chica que la ayudaba. Entonces le daba de comer llevándole a la boca cucharadas pequeñas de sopa y purés, y se regocijaba de ver que la garganta se movía y tragaba sin dificultad. Con el tiempo se dio cuenta de que Altea no estaba completamente inconsciente. Sus labios se movían al contacto con los cubiertos o los vasos, sus párpados, incluso el herido, tenían pequeños reflejos por más que no se abrieran. Cuando ella la bañaba, el vello de los brazos se erizaba, y al peinarla sentía el leve rumor de gozo de su garganta por más que no abriese la boca.

      Esa misma tarde habían zarpado a velocidad mínima, y la llevaban una semana navegando por aguas turbias en la zona de inundaciones. El capitán, el médico y el ingeniero se reunieron en el despacho de Mendoza, un sitio de trabajo para escribir cartas y leer mapas, y a veces pensar nuevos itinerarios y mejoras para el negocio del “Juan Manuel”.  Pero hacía tanto tiempo que había descuidado todo eso, que el escritorio y los estantes de la biblioteca estaban cubiertos de polvo y la madera del piso no había visto ninguna mejora probablemente desde la época de Napoleón. Había grietas, y los pasos de aquellos hombres provocaron la salida de mucho polvo y muchos insectos.

     Se sentaron en las viejas sillas elegantes, y bebieron de un jerez añejo. Eran las diez de la noche, después de la cena.

      -Doctor-dijo el capitán. - Tenemos compromisos apremiantes que cumplir, incluso hemos recibido adelantos que me fueron concedidos en atención a mi familia. Pero ya no puedo alargar más los plazos, a riesgo de perderlo todo, incluso el barco que es mi única fuente de trabajo. Mis tierras están hipotecadas y en litigio con mi familia.

      -Comprendo-dijo Gonçalvez, saboreando el jerez con parsimonia, seguramente no tendría muchas oportunidades de hacerlo.

     -Necesito saber qué opinión tiene del estado de Altea, usted me dijo que debían pasar unos días ¿Debemos llevarla a algún hospital?

     - Por lo que he visto, está estable, y hay leves indicios, muy imprecisos diría yo, de cierta mejoría. Dadas las comodidades que tiene este barco, no veo que se encuentre mejor cuidada en ningún hospital de estas tierras. He visto a la señora Natacha alimentarla adecuadamente, y me sorprende los conocimientos que tiene. Sabe más que muchos médicos que he conocido.

     - ¿Cree que recuperará la conciencia?

     -No lo creo, y si lo hace, seguramente quede ciega y sorda, y no pueda moverse. Solamente se mantendrá en buen estado alimenticio hasta el fin del embarazo. No soportaría un parto, y difícilmente sobreviva la cirugía. Pero todo esto son conjeturas. He visto eventos de toda clase, pero es mi deber no darle expectativas falsas.

     -Todo eso está muy bien doctor, lo comprendemos-. dijo Márquez. -Pero debíamos tener pautas para guiarnos en esta situación. Deberíamos tomar rumbo norte mañana mismo.

     -No veo el problema, pero debo decirles que tengo que abandonar el barco en cuanto puedan conseguir otro médico. Tengo familia y compromisos…

     -Tenía la esperanza de contratarlo como médico de abordo.

     -Agradezco el ofrecimiento, pero como les dije, tengo una esposa y un hijo de dos años.

     - ¿Y en dónde cree que podremos encontrar otro?

     -Tengo referencia de buenos profesionales en el hospital de Corrientes, y hasta allí podría acompañarlos sin riesgo de preocupar a mi familia.

      Mendoza consultó varias carpetas.

      -Tenemos varias entregas allá para el próximo mes, si no surgen más inconvenientes. La zona inundada que venimos navegando da muchas oportunidades a nuestra quilla y a que la maquinaria funcione sin inconvenientes.

     -Entonces los acompañaré…

     Pero no terminó la frase. Se sintió un estruendo contra el casco de babor. Fueron corriendo a la cubierta, ya los marineros estaban asomados a la borda.

     Una barcaza pesquera de gran tamaño había chocado con ellos. Había mujeres y pocos hombres en la cubierta. Gritaban y pedían ayuda porque ya se estaba hundiendo.

 

 

 

 

9

 

 

 

No había otra cosa que Mara pudiera hacer. Lo estuvo pensando durante unos minutos muy largos, mientras ellos pasaban junto al enorme barco cuya eslora parecía no acabarse nunca. El casco alto y oscuro era como una pared silenciosa ante la que ellos gritaban sin respuesta. Un muro que aparentaba haber dejado de ser de madera para tomar la sustancia de un material más etéreo y sin embargo más fuerte, porque no podía alcanzarse y por lo tanto no podía ser vencido. Como el agua, por ejemplo, un muro de agua que se había levantado en medio del río con el silencio propio de las cosas que quieren aislarse del mundo.

      ¿No era también la barcaza de pesca que ella comandaba un ente aislado en el río, sucia y cargando un montón de cadáveres, y con un montón de locos y enfermos como tripulación y pasajeros?

     Ya estaban llegando a la proa del gran barco, y leyó el nombre de “Juan Manuel de Rosas”. Debía dejar de reírse de sí misma y de todos ellos, y sobre todo de compadecerse. Si eran los locos, los del barco grande eran los malos. Si así lo pensaba, todo era más fácil. Los actos que había realizado durante toda su vida no habían sido más que formas de sobrevivir, incluso el matar era una de ellas. Y tal vez los que viajaban en el “Juan Manuel” no habían matado a nadie, pero habían hecho algo peor: representaban la jactancia que atropella, el orgullo que se antepone a todo, el privilegio de una casta que se apropiaba del mundo. Ese mismo barco era un insulto a cada pueblo que se había inundado y desaparecido, pasando por encima de las casas y los ranchos bajo el agua, lastimando los restos con su quilla enorme y su enorme indiferencia.  El silencio del barco grande era una incongruencia ante la cabeza gacha de los habitantes de un río que pescaban y morían, mataban y parían hijos, sepultaban y sembraban. Un ancho y largo río que todavía no había tomado conciencia de su fuerza ni de su futuro, que atravesaba un país que no era aún más que una utopía. Buenos Aires y sus grandes ideas estaban muy lejos, y las provincias eran un conjunto de hombres y mujeres que no sabían llamarse más que el pueblo o la pequeña ciudad en la cual vivían. Y a veces, ni siquiera eso. Ni el nombre del río conocían, porque cada uno lo nombraba con el nombre de su propio espacio: un recodo llamado igual que un árbol o que un animal, o llevaba el nombre indio que era una simbiosis de naturaleza y concepto. Un nombre indio como una metáfora.

     Y navegando por el gran río que atravesaba un país que aún seguía siendo una metáfora, ella supo que debía detenerlo el tiempo suficiente para abordarlo. Mara la conquistadora, con su legión de locos y de enfermos, y su carga de muertos. Ella no leía muy bien, había salido de España casi sin saber leer, y menos escribir. Pero había aprendido durante esos últimos años, y podía ver que en el casco todavía quedaban restos de lo que debió haber sido la antigua denominación del barco. “La conquete”, leyó, cuando ya estaban justo delante de la proa.

     Entonces se decidió. Fue a la cabina y se agarró al timón, girándolo hacia estribor. La barcaza se interpuso frente al barco grande, y apenas giró la cabeza, la proa se les vino encima. El estruendo de maderas rotas fue lo primero que escuchó, mientras las mujeres llegaban a ella y le gritaban, llorando, insultándola, acusándola de querer matarlos a todos.

     La gran proa estaba incrustada contra la barcaza, y el agua empezaba a entrar con rapidez. Ella sabía que los del barco los rescatarían, pero no tenía forma de  saber si lo harían antes que alguno muriera. José aún no podía moverse, y las mujeres no sabían nadar. Pero nada de eso importaba ya, había que decidirse y lo había hecho. El río no daba tiempo para pensar, ni tampoco la vida lo hacía.

     Aparecieron los hombres asomados por la borda, allá arriba, contra el cielo. Las mujeres se apretujaban contra ella, llenas de miedo, viendo que el agua brotaba de las tablas de cubierta, y Valverde y el viejo Tonio llamaban a gritos a los hombres del gran barco. Valverde había visto a Mara correr hacia el timón, empujando al viejo, y de algún modo había imaginado que haría algo tan desesperado como lo que hizo. Todo en ella era así, decisión y acto inmediato, intercalados por largos períodos de tiempo en que ni siquiera hablaba. Ahora ya no servía de nada recriminárselo, mientras hubiese tiempo para que la tripulación del “Juan Manuel” los recatara.

     Tiraron salvavidas y las mujeres fueron las primeras en ponérselos, y pronto vieron la sombra de un bote que empezaba a bajar. Mara no entendía nada de lo que decían, todo eran gritos de mujer y voces de hombres que hablaban al mismo tiempo, y el ruido del agua que entraba como una cascada. Las maderas crujían y la barcaza se iba a pique más rápido de lo esperado. La cabina donde estaba José se había inundado casi hasta la mitad. Lo vio tirarse de la cama y tratar de nadar hacia la zona de cubierta que aún seguía a flote.

      - ¡Rápido! - decía Valverde, mientras ella gritaba: - ¡Hay un enfermo, por favor, más rápido, que se muere!

      Y se dio cuenta que estaba por llorar, y que, si José o cualquiera de los otros moría, sería su culpa. Había matado antes, pero porque había deseado hacerlo. Y esta vez simplemente habían sucedido demasiado rápido la aparición del barco y la oportunidad. Ahí arriba estaban Altea y el niño, nada más que eso había visto en medio del inmenso barco. José, ella y el chico conquistarían al “Juan Manuel”.

      El bote ya estaba en el agua, balanceándose con las sacudidas de las olas que formaban un remolino alrededor de la barcaza. Cuando terminara de hundirse, un pozo muy peligroso los arrastraría si continuaban cerca, y a todo aquel que hubiera quedado nadando aún. Vio a los tres marineros remar contra esa atracción, mientras intentaban acercarse a la borda. Las mujeres no se animaban a separarse de Mara, pero cuando la cubierta ya estaba demasiada inclinada, ellas la soltaron y se arrastraron como pudieron hacia donde estaba el bote, con los vestidos empapados y agarrándose de cuerdas y tablas. Pero las tablas se soltaban y las cuerdas les lastimaban las manos. Ella habría querido ayudarlas, pero para eso estaban Valverde y Tonio. Era a José a quien debía ayudar, que intentaba salir de la cabina, luchando contra el agua que lo empujaba hacia dentro. Lo vio sujetarse de los costados de la entrada, pero el agua subía y lo empujaba hacia atrás. Entonces Mara se agarró a la cadena que alguna vez había estado unida al ancla vieja. Era demasiado pesada para una mujer, incluso siempre la levantaban entre tres o cuatro hombres. El agua seguía subiendo, pero ella tenía los ojos sólo para el rostro de José, al que había golpeado y había amado, en cuyo cuerpo había encontrado el refugio del consuelo y el deseo de la muerte. Ahora sabía lo que estaba sintiendo esas noches en las cuales lo observaba dormir inquieto, hablando entre dientes, sabiendo que las pesadillas que tenía nunca serían dichas en voz alta. Morir junto al cuerpo de ese hombre era lo mismo que vivir con el cuerpo de ese hombre. Cuando lo sentía dentro suyo, ella ya no era solamente una mujer. Como si la memoria de José penetrase en su matriz para concebir algo que no tendría cuerpo propio, sino algo parecido a un cáncer que iba creciendo lentamente. No destruyendo, quizá, aunque no podría asegurarlo, pero sí creando algo que estaba constituido más de fuerza que de volumen. Hacía tanto tiempo que experimentaba eso, tal vez desde el tiempo en que había dejado España, y más precisamente cuando había estado en las tardes de cosecha en el campo con su hermano. El mismo que le había quitado a su hija Elsa, y que también era su hija. ¿Qué sería de ellos?, se había preguntado muchas veces a lo largo de tantos años. José era muy diferente, pero los cuerpos de ambos le recordaban lo mismo: el éxtasis del vuelo. Había soñado con sus alas, grandes, amplias, de huesos y membranas fuertes. Subiendo y mirando hacia abajo, posada en los techos, aferradas sus garras al material de las techumbres, fuese cual fuese, madera, paja o barro. Sus garras rompían y creaban orificios, puntos de visión por los cuales veía las cabezas de la gente, el punto exacto de sus cráneos que ellos nunca podrían verse, el centro exacto de donde brotaba el eje sobre el cual rotaban los cuerpos de todos, como un mundo. Mundos que a su vez giraban en órbitas imprecisas alrededor de los demás. Cuerpos incomunicados que ni siquiera chocarían entre sí alguna vez, a menos que llegara el fin de los tiempos. ¿Pero tiene el tiempo un fin? ¿Lo tiene un círculo?

     El número Pi, pensó Mara.

     Ella sobrevolaría en círculos para observarlos. Ellos la habían alimentado y sus alas habían crecido. Ella había madurado como las viejas de su pueblo, las que se hacían llamar brujas. Pensó en la vieja Sottocorno, en las manos cuyos pulgares habían recorrido su cara aquella vez. Mara se había asustado y había intentado agarrar esas manos con las suyas y apartarlas de su cara. Pero no había podido moverlas, como si no las tuviera.

     Alas en lugar de brazos.

     Y Mara, de pronto, se levantó sobre el nivel del agua. Sus brazos se alzaban, uno completo y el otro tronchado, pero ambos tenían mucha fuerza. Agarró la cadena rota y la arrastró. A quien la estuviese viendo le sorprenderían esos movimientos que eran a la vez los de un ave de rapiña y de una mujer. Los brazos alzados, las mangas anchas que aplastadas por el agua semejaban membranas, los cabellos negros y sueltos como plumas encrespadas, la cabeza moviéndose en giros bruscos, cortos, de un lado a otro.

     Ya la cadena estaba junto a José, que se hundía en la cabina como en una gran pecera de la que nunca saldría. Vio sus manos aferrarse al último eslabón, grande y ancho. Y ella se elevó por encima del agua, pero quién sabe quién podría verla y atestiguar lo extraño del suceso. Tal vez la viese el viejo Tonio, porque un rato después vería en su mirada, mientras nadaba buscando el origen de una voz en la superficie del agua, un signo de pregunta que representaba la complicidad que había existido siempre entre ellos. Pero el que sin duda vio todo era el hombre al que ella estaba salvando. La mirada de José, mientras salía a la superficie y se dejaba arrastrar aferrado a la cadena, por lo menos hasta vencer la fuerza del agua que lo alejaba del bote, era de una tal sabiduría que únicamente podía encontrarse en la absoluta beatitud o en la absoluta maldad. Y ella sabía que la esencia del hombre es la mezcla de ambas, que únicamente conviven en lo que se llama locura. La locura es su simbiosis, que dura poco tiempo y se alterna con ambos estados que saben dominar el tiempo a sus anchas. A veces, la exquisita inocencia que dura un sueño, a veces la crueldad que protege al hombre como una coraza de espinas venenosas. Y entre ambas vigilias, la exquisita locura con que ahora José estaba contemplándola, unidos por esa cadena sobre el agua que los separaba a una distancia imprecisa: él un hombre, ella algo más que una mujer.

     En el bote, dos de los marineros subían a José, mientras el otro remaba intentando evitar la corriente que iría a arrastrarlos hacia el hundimiento de la barcaza. Las mujeres ayudaron a subirlo, y la última fue Mara. Valverde seguía a bordo del barco que se iba a pique. Se había atado una cuerda a una muñeca para ayudar a sus mujeres, pero ya no quedaban más que el viejo Tonio y él.

      - ¡Juan, Tonio! ¡Vamos! -gritó Mara, y los demás vociferaban e insultaban porque ya no había tiempo. El bote estaba demasiado pesado.

      Escucharon que Valverde gritaba llamando a Tonio, pero el viejo ya no se veía. La última vez lo había visto con el agua al pecho y nadando hacia la cabina. Pero la cabina ya estaba bajo el agua. De pronto, escucharon otra voz que gritaba, pero era la de un hombre joven. Mara prestó atención, porque le recordaba a alguien. Al principio apenas era casi un susurro por encima del estruendo del mar y el crujido de las maderas del barco que se iba partiendo a medida que se hundía. Ella vio que las mujeres también habían escuchado, y se miraban intrigadas. ¿Quién es? ¿Había alguien más? No, no había nadie más.

      - ¡Papá! - dijo la voz, desde el agua, desde un sitio impreciso que parecía provenir de todas partes a la vez. Cercana a veces, otras lejana, a ras del agua. Entonces hasta los hombres miraron hacia todas partes, y sus ojos se fijaron sobre el agua, y Mara se dio cuenta que sus miradas intentaban penetrar la superficie. Vio el miedo que ya había visto en los marineros en noches de naufragio. Sabía de anécdotas y de leyendas. Historias de los que habían muerto.

     - ¡Papá! -volvió a escucharse la voz, mucho más clara y cercana.

     El bote había sido liberado al impulso de las olas. Unas lo empujaban hacia el barco, otras hacia la fuerza centrífuga del hundimiento.

     Vieron la cabeza del viejo Tonio asomada a ras del agua, a varios metros del barco. Valverde entonces comenzó a soltarse de la borda y empezó a nadar hacia el bote. Las olas lo tapaban. Estiraron el remo para que se sujetara y luego de varios intentos pudo agarrarse y lo subieron al bote. Valverde gemía de cansancio, y las mujeres lo abrazaban y lo secaban. Era casi un harem extraño en tal circunstancia, algo demasiado raro cuando veían que el viejo Antonio Gonçalvez seguía asomando su cabeza, buscando a uno y otro lado el origen de la voz que lo llamaba.

      Desde el bote siguieron intentando gritarle que nadara hacia ellos, pero él no hacía caso, como si no los viera. Buscaba y buscaba.

      - ¡Padre!

      Y las mujeres se estremecieron de frío, o tal vez de miedo. Y Mara ya sabía ahora quién estaba llamando a su padre. El mismo que lo había estado acompañando durante todo ese último tiempo cuando lo veían mirar a hacia los costados y hablar solo. El hombre que ella había matado y arrojado al río.

     El viejo desapareció bajo el agua. Su cabeza no volvió a asomarse entre las olas.

     La voz no volvió a escucharse.

     Desde la alta borda del barco, llamaban y llamaban. Se sintió el estremecimiento de las cadenas y los golpes que retumbaban en el bote, que estaba siendo izado muy lentamente con todos ellos. Y a medida que subían, Mara contemplaba el agua revuelta alrededor de la barcaza, hasta que ya no quedó nada más que un remolino que fue perdiendo fuerza muy rápidamente.   

     Ella ya no tenía alas, pero subía y el espectáculo del río iba extendiéndose a pesar del próximo crepúsculo.  Subía a expensas de cadenas. De algún modo sintió que sus brazos estaban extendidos y atados. Era a la vez una sensación de fuerza y de impotencia. Atrapada en un sitio entre la tierra y el cielo: eso era ella. Y por fin lo aceptaba.

 

 

 

*

 

 

 

Cuando el bote llegó a bordo, una de las cadenas se rompió, el bote se partió en dos y todos cayeron a cubierta. José estaba despierto, pero no tenía fuerzas para tenerse en pie. Las mujeres se fueron levantando asustadas, histéricas todavía. Los marineros las ayudaban, mientras Valverde tenía un brazo roto por las ataduras que lo había mantenido unido a la barcaza.

     Mendoza ayudó a unos y a otros, Gonçalvez asistió a las mujeres primero, pero no tenían más que golpes.

    - ¡Tranquilas, señoras! - les decía. Siéntense o vayan a secarse.

    El resto de los marineros se unió trayendo mantas y ropa seca, mientras Márquez hablaba con otros y señalaba la zona del casco dañada con el choque.

    - ¿Hay daños?- preguntó Mendoza.

    -Es lo que quiero saber, bajaré a ver con algunos de los hombres.

    -Está bien, déjeme cinco para ayudar al doctor y a los náufragos.

    Márquez se alejó y Mendoza se inclinó sobre la única mujer que seguía sobre el piso. No parecía herida, pero tenía la ropa desgarrada y el cuerpo lleno de heridas.  Respiraba agitada, y abrió los ojos con sobresalto cuando Máximo la tocó.

     - ¿Está bien? ¿Puede levantarse?

     Ella se soltó con violencia y se levantó con rapidez, pero con dolor.

     -Lamento la muerte de su capitán-dijo Máximo.

     Mara lo miró como si no supiera de qué estaba hablando. Luego, quiso reír, pero le dolía demasiado la cara.

     - ¿El viejo Tonio? No era capitán, señor, sino el maquinista.

    - ¿Entonces el capitán es el señor? -dijo Máximo señalando a Valverde que estaba sentado, agarrándose el brazo roto mientras el médico lo entablillaba.

     Mara otra vez quiso reír, y esta vez no pudo evitarlo, aunque le doliese todo el cuerpo

     - ¿Valverde? No me haga reír, capitán, porque supongo que es usted Máximo Hurtado de Mendoza, el dueño y señor de este monstruo napoleónico.

     Mara lo miraba con las manos en la cintura, como recuperada del dolor y de todos los signos de tristeza que la habían inquietado las últimas semanas. Los que la escuchaban y la conocían, se daban cuenta de que había recuperado su personalidad insidiosa y sarcástica.

      -Yo soy mi propio capitán, señor-dijo.

     -Entonces es usted la responsable por la muerte de ese viejo, y de los daños que ha provocado en mi barco.

     Máximo había tomado el desafío que esa mujer le presentaba. Estaba harto de ella. En la cara de Mara veía otra cara, pero las palabras eran distintas, más abiertas y sinceras, y por eso podía hablar con esa mujer.

     Mara dio un grito de asombro y mandó otro desafío.

    - ¿Así que yo soy la responsable? ¿Y qué me dice usted que maneja este monstruo como si fuera el dueño del río, pasando por encima de los pobres pescadores? ¡Miren la jactancia de este señor! Porque viene de familia de alcurnia se cree el dueño del país.

     Mendoza la agarró del brazo y le dijo a uno de sus hombres que la llevara con el resto de las mujeres.

     -Que se sequen y denle ropa seca, aunque sea de hombre, y que duerman. Después hablaré con usted-dijo a Mara, mientras se la llevaban.

    Máximo miró el bote destruido. Se acercó a José que seguía tumbado en el piso y a Gonçalvez que lo revisaba.

    - ¿Qué tiene?- preguntó.

      -Ahora se lo ve agotado por el naufragio, pero tiene signos de haber estado enfermo, aún tiene moretones y fracturas que no se soldaron todavía.

      Mendoza miró a Valverde. Conocía a ese hombre de oídas. Le habían dicho que se cuidara de los traficantes, pero a esos ya estaba acostumbrado. No pensaba meterse con los que vendían armas a los indios o las llevaba o traían del Brasil. El único más importante había desaparecido hacía ya más de un año antes, y le habían dicho que se llamaba José Iribarne. Nunca pudo preguntarle a Manuel si tal vez era de su familia, nunca hubo tiempo para eso. Sin embargo, de Valverde le habían hablado en Buenos Aires, y sobre todo en Santa Fe. Era traficante de blancas, y de drogas, también. Decían que era un chiflado inteligente, porque hacía teatro y embaucaba a todos, aunque lo conocieran de sobra. Hasta había escuchado que sabía de venenos y, por supuesto, de sus antídotos. ¿Era médico? No, sólo hacía abortos, y muchas veces curaba enfermos. Enderezaba huesos, y por eso ahora había aceptado a regañadientes la ayuda de Gonçalvez. ¿Era farmacéutico, quizá? ¿O químico? Nada de eso, le contestaron muchas veces. Era un simple embaucador que no tenía más plata que la que llevaba encima. Su riqueza eran las mujeres que transportaba de un pueblo a otro, y las hierbas que llevaba encima, en una o dos alforjas. Nadie sabía qué contenían, pero cuando las abría, el olor era, más que exquisito, embriagante. Como si con sólo oler ese aroma, o esa mezcla imprecisa de especias, uno viese el rostro de Valverde de Amusco de otro modo. El cuerpo de uno dejaba de ser un esqueleto y se transformaba en algo etéreo que podía mantenerse elevado a pocos centímetros del suelo.

     Mendoza había reído de esas alucinaciones, porque él también había probado esas hierbas alguna vez. Y con todo ese bagaje de prevenciones que consideraba ahora muy útiles al encontrarse con Valverde, se le acercó y le dijo:

    -Me alegro de que sólo haya sufrido un brazo roto, amigo mío. ¿Tengo el gusto de hablar con Juan Valverde de Amusco?

    El otro extendió el brazo derecho, el sano, y sonrió con todo el ancho de su cara cansada.

    - ¿Y yo tengo el gusto de conocer al Capitán Máximo Hurtado de Mendoza?

    Se dieron la mano.

    -Sepa disculpar los modales de mi amiga Mara. Hemos sufrido muchos incidentes en nuestro viaje.

    -Dígame, Valverde. ¿Cómo es que se metieron de pronto en el camino del “Juan Manuel”? No me pueden decir que no nos hayan visto, y su barcaza era mucho más fácil de timonear que el nuestro.

     -Eso si anda el timón- dijo Valverde. No sabía la excusa que inventaría Mara cuando le preguntaran, debía verla antes. -El viejo Tonio estaba intentando arreglar las maquinarias después de la tormenta. Mara y los suyos nos rescataron a las mujeres y a mí. Les debemos la vida-dijo, con toda la pesadumbre construida en su cara.

     Sí, se dijo Mendoza, es un gran embaucador que cae bien a todo el mundo.

     - ¿Y quién es el enfermo? El doctor dice que le han pegado gravemente.

     -El señor es José Menéndez Iribarne, un español de buena familia. Hasta donde lo conozco, ha hecho muchos negocios por el litoral.

     Cuán chico es el mundo, se dijo Máximo. Todavía no había podido reiniciar su viaje ni retomar su trabajo, y ya llevaba a bordo dos traficantes: uno de armas y el otro de putas, y quién sabe quién era la mujer.

    

     Ya era medianoche. Mendoza estaba en su despacho, sentado frente al escritorio con las carpetas de los encargos que esperaban ser cumplidos. Algunos ya le habían pagado por adelantado, de otros tenía buenas referencias y sabía que podía cobrar tranquilamente. Pero de Buenos Aires llegaban siempre nuevas noticias de revueltas, y la revolución del ’90 había movido todos los esquemas políticos, y él, que no entendía nada de todo eso ni le interesaba, estaba perdido y en manos de aquellos en quien confiaba, casi ciegamente. Pensaba en el diputado Farías, que al fin de tanto tiempo había logrado cebarse en Ruiz, como un camaleón lograba sobrevivir y fortalecer su partido recurriendo a todo, incluso a su drama familiar. Si llegaba a ser presidente, no solo el litoral se alzaría, sino gran parte del Cuyo. Habría guerra, otra vez, y Mendoza no confiaba en sus habituales escrúpulos. Su vida privada era una tragedia provocada por él mismo la mayor parte de las veces, pero cuando se trataba de la vida pública, surgían los escrúpulos del honor y las buenas costumbres.

    Se acodó sobre el escritorio, apartando los papeles que representaban el futuro. Si hay guerra, se dijo, tengo a bordo al principal hombre que me serviría. Había escuchado muchos rumores de que Iribarne traía armas desde el exterior, principalmente desde Brasil. A Rio llegaban los barcos desde España, a veces, y otras desde el Congo, llenos de armas. ¿De qué otra manera habrían sobrevivido los paraguayos en los últimos años de la guerra? Iribarne era un recién llegado y se había hecho de mucha plata en ese tiempo. ¿Tenía tierras, acaso? Nadie le conocía nada, iba de un lado a otro hasta que se instaló en un pueblo de Entre Ríos, y desapareció.

      Márquez pasó a darle informes de los daños. No hubo perforaciones, sólo el daño externo. La barcaza de pesca estaba vieja y se había astillado como una nuez.

     -Avise a los hombres que mañana zarpamos, sin falta.

     - ¿Con esta gente, capitán?

     -Con lo que hay, viejo.

     Márquez salió y volvió el silencio. La noche estaba demasiado silenciosa. Las mujeres debían estar durmiendo, agotadas. Los hombres se habían alborotado al principio antes las putas, por más que estuviesen empapadas y sucias. Después se tranquilizaron y volvieron al trabajo.

     Metió la cabeza entre los brazos cruzados sobre el escritorio. El ron ya no le servía de nada. Estaba cansado también del alcohol. Todo continuaba con su sabor de siempre: las bebidas, las mujeres, el trabajo. Pero todo le resultaba ahora un enjambre de hastío que lo rodeaba y lo molestaba incesantemente. Sólo este silencio a esta hora de la noche, le parecía irrepetible. Levantó la mirada y contempló los libros en los estantes. Había ejemplares que quedaron de la vieja época, apolillados y con hojas sueltas. Otros los había traído Natacha: libros de ciencia y de religión, igual que en la biblioteca de su padre en Varsovia. Muchas veces había tenido gamas de arrojarlos a río, pero entonces se acordaba que Ariel también recurría a ellos.

     Recordó otra biblioteca, la de Aurora Valverde. Los apellidos se repetían con inquietante insistencia, casi con extravagancia. Su barco y él parecían atraerlos, como si estuviese destinado a ser el punto de confluencia de muchas cosas: pero ¿cuáles? Seguramente estaba en los libros, pero él nunca tendría tiempo de leerlos. Máximo Mendoza era de aquellos que actuaban el papel designado por algún dramaturgo que se regocijaba en ser cruel con sus personajes, simplemente porque estaba afuera de la obra. ¿Dios, quizá? ¿Pero incluso Dios no es también un personaje, y no están en Él todas sus creaciones? Una vez había hablado con Ruiz, en ese mismo despacho, una noche en que el médico recordaba sus días de estudiante en Francia. Había visto muchos alienados, y describía la forma en que hablaban y hablaban sobre sus fantasmas interiores. Y luego de muchas horas, y a veces por unos cuantos días, esos hombres y mujeres se comportaban como seres normales. Era como si al hablar hubiesen expulsado los grandes dramas de sus vidas, y entonces la presión en sus mentes se aliviaba, igual que cuando se drena una pústula infectada. Luego, los dramas se reproducían, creciendo de muy diversa manera y velocidad. Eran un cáncer que nunca podía ser extirpado, porque no era una masa en sus cerebros sino un conjunto de ideas enfermas. Los locos, decía, son los maestros de la abstracción. No necesitan mucho talento imaginativo, porque no está allí la capacidad de crear mundos prácticos, sino en la capacidad de construir conceptos. La imaginación suele ser fantasía, en cambio los conceptos se embanderan con el raciocinio.

     Pensó en Julio Ruiz, y creyó verlo sentado frente a él, envejecido, luchando con su vicio y la mirada agradecida a quien lo había rescatado. Esos ojos, Dios mío, pensó Máximo. Los ojos de Julio tenían la ternura de un chico y la tragedia de un muerto. En esos ojos podría haber descubierto, si hubiese mirado mejor, el fusil y la bala que al final lo mataron. Pensó en el hijo de Ruiz. Bernardo siempre estaba presente: la noche del disparo a Altea, en la habitación mientras la cuidaban, durante el rescate de los náufragos. Nadie, sin embargo, le hacía caso. Los que no lo conocían tal vez pensaran que era el hijo de alguno de los hombres, y los demás estaban demasiado acostumbrados ya a su presencia silenciosa, porque no le gustaba hablar más que con el perro que lo acompañaba. Max, como siempre, se portaba como un ser humano: al principio se había apegado a Altea y a Manuel. Luego los había seguido a Mendoza y Altea. Había soportado cada una de las situaciones en los pueblos. Luego, cuando volvieron al barco, se fue apartando. Tal vez extrañara a Ariel, y era así como lo veía vagar de un rincón a otro del barco, desapareciendo por varios días, tal vez escondido en un recoveco que nadie conocía de la enorme nave. Pero de pronto había hallado en Bernardo alguien que le hablaba, a veces sólo con miradas. Había observado que a medida que ellos se unían, el silencio de ambos era más fuerte: la escueta conversación del chico no era falta de inteligencia, sino la condensación de ella; y la ausencia de ladridos del perro no era mansedumbre sino la consolidación de una idea. Los animales no piensan, dicen. Los animales no sienten, dicen. Los animales no tienen alma, dicen.

     Máximo Mendoza no sabía nada del resto de los animales, pero sí sabía que los perros no solamente huelen lo imposible o escuchan la arquitectura del silencio, sino que ven lo que no vemos. Ellos lloran ante la aparente nada, gimen ante el futuro trueno de un disparo, y ladran cuando una hoja se mueve y no hay viento.

    Máx.

    Máximo.

    Altea le había dado su nombre, antes de conocerlo.

    En esa semimuerte que él le había obsequiado, tal vez se cruzasen las imágenes del perro, corriendo, ladrándole, llamándola.

 

     Miró el antiguo reloj de pie junto a una pared. Había sonado la campanada de la medianoche hacía más de una hora. Tenía sueño, y se quedaría allí toda la noche seguramente. Escuchó golpes suaves en la puerta. ¿Quién podría ser a esta hora más que Márquez con un nuevo inconveniente?

    - ¡Pase!

    La puerta se abrió con extraña timidez. Se asomó la cabeza de una mujer, de cabello oscuro y atado en un rodete desprolijo. Reconoció los ojos, entre verdes y grises.

    -Discúlpeme, capitán.

    - ¡Ah, la mujer del barco!

     Ella entró y cerró la puerta, ahora ya sin tapujos. Caminó hasta el escritorio y extendió la mano izquierda. Entonces Máximo se dio cuenta de lo que había pasado por alto esa tarde, a la mujer le faltaba una mano.

     -Así es, capitán, soy “la mujer del barco que se hundió”. - Intentó sonreír como si le avergonzara un poco el desafío de su voz, pero no podía evitarlo. - Mi nombre es Mara Aranguren.

     Mendoza le estrechó la mano fuerte, firme, pero pequeña. Era casi como estar estrechando un pequeño animal lleno de tendones que hacía fuerza por desasirse.

     - ¿En qué puedo ayudarla? Mañana zarpamos muy temprano…

     -Sí, lo sé capitán. Pero no podía descansar sabiendo que le debo una gran satisfacción luego de habernos rescatado. No fue su culpa el habernos embestido…

      Qué sarcasmo, pensó Mendoza. ¿Quién es esta mujer?

     -El timón estaba averiado, y ya desde más de cien metros antes lo veíamos venir, pero nadie respondía. En un momento se me ocurrió que era un barco fantasma, como una aparición de otros tiempos. El tamaño, el silencio, ya me entiende…

     - ¿Qué necesita? - volvió a preguntar.

     - ¿Qué necesito? Nada, sólo agradecerle el alojarnos, y la atención médica para mi marido…

     - ¿Y quién es su marido?

     -El hombre enfermo, capitán. José Menéndez Iribarne.

     Ambos hicieron silencio.

     -Están bien, reconozco que no estamos pasados. Pero eso no hace diferencia en cuanto a mi preocupación, ¿no es cierto?

      Mendoza se levantó de la silla y se desperezó. No se tapó la boca al bostezar. Tenía la camisa abierta hasta mitad del pecho y el cinturón flojo. No llevaba botas, que hedían bajo el escritorio.

     -Mire, señora mía. Le seré muy claro. Sé a qué se dedican ustedes, me refiero a Valverde, Iribarne y usted, y esas mujeres me tienen sin cuidado mientras no se metan con mis hombres en mi barco, en tierra pueden hacer lo que les guste. Si Iribarne no se recupera antes, lo dejaremos en el hospital de Corrientes.

     -No nos quiera a bordo, ya veo. Somos indeseables para usted y poca cosa para esta antigualla de lujo.

     Mendoza puso sus pulgares en su cinto y preguntó, ciñendo la frente:

     - ¿Quién es usted, señora? No la reconozco, es decir, a veces parece una rea, otras, habla como una señora pretenciosa. Pero no veo sinceridad…

     Mara se sentó frente al escritorio.

     -Permiso-dijo, exagerando el ademán de ceñirse el vestido al sentarse. - Soy española, capitán, lo mismo que José, y que los padres de usted.

     -No hablo de su filiación, sino de sus planes. Meterse en medio del curso de barco de nuestro calibre…-Movió la cabeza como asombrado de la excusa que le había dado. - Después venirme a ver a esta hora para rogarme que no los eche mañana mismo y los entregue a las autoridades.

      Mara cruzó las piernas, apoyó un codo en una rodilla y la cabeza en la mano. Escuchaba como una feligresa el sermón del cura. Cuando él acabó, ella dijo:

     - ¿Puedo preguntarle algo, capitán, o reverendo, si prefiere?

     Máximo tuvo ganas de sacarla a empujones del despacho y del barco. Se contuvo en silencio.

     - ¿Conoce usted a Manuel Menéndez Iribarne? José ha estado buscando a su hermano y su cuñada hace largo tiempo. Enseñaban en un pueblito de Entre Ríos a los indios, pero cuando se volvían a España, los perdió de vista.

      Mendoza se sentó. Ya sabía que todos esos acontecimientos no eran casuales. ¿Acaso existía la casualidad después de haber conocido a Aurora Valverde? ¿Era, acaso, esta mujer que tenía delante, algo diferente a la otra?

      -Lo conocí, así es. Lamento decirle que está muerto y enterrado en el pueblo que dejamos atrás.

     Mara formó un gesto de pena que nadie creería, y dijo:

     -No sé cómo tomará José esa noticia, está muy apegado a su hermano. ¿Y su esposa?

     -Está con nosotros, pero lamentablemente muy mal.

     Se sentía tan estúpido dando esas explicaciones. Habría querido estar llorando y lastimándose a sí mismo al decir todo eso, y, sin embargo, como todo falsario, seguía incólume y firme tras el escritorio.

     - ¿Pero qué les pasó, Santo Dios bendito?- dijo Mara, con la mirada llena de preocupación, pero él vio que tras esa máscara había recelo. Ahora Mara Aranguren resultaba bastante bella. Era fuerte, de cuerpo esbelto y bien formado. Sabía manejar sus expresiones para ocultar lo que realmente buscaba, pero su voz solía traicionarla. No sabía manejar bien el sarcasmo. Cuando debía fingir, resultaba irónica. Era, quizá, esa falencia el único rasgo que la rescataba de la verdadera malicia.

      ¿Cómo contestar a lo que ni siquiera sabía con exactitud? Una muerte causada por una serie de torturas físicas infligidas durante semanas, ¿o fue una muerte donde ese hombre se había castigado a sí mismo? Y luego el disparo que había dejado a Altea casi muerta.

     Nadie sabía la verdad fuera de ese barco, y ahora esta mujer extraña que escondía más de lo que mostraba venía a preguntarle todo eso. ¿No será, se dijo, que ya lo sabía, o por lo menos presentía?

     Por eso esa conversación en plena noche, ambos sentados frente a un escritorio con papeles que prometían un futuro, pero que quizá nunca se moverían de allí, como en un cementerio. Rodeados de libros que ya nadie leía. Sonó la campanada obtusa de las tres de la mañana. Resultaba sarcástico esa llamada. ¿Quién había dado cuerda a ese reloj por última vez?

      -Nos dijo el médico que les dispararon, no sabe quién. Habían bajado al pueblo mientras atracábamos. Lo llamaron para atenderlos. El señor Manuel murió en el acto, la señora Altea fue muy mal herida. La estamos cuidando, porque está esperando un niño.

     Mara cambió su rostro. Fue así como él definió aquella transformación. La expresión apesadumbrada desapareció, llevándose las arrugas de la frente y la tensión de los labios, y hasta creyó ver que los contornos de la cara eran otros, porque la anterior expresión había alargado sus rasgos, y ahora habían vuelto a redondearse como aquella tarde. Hasta el cabello pareció hacerse menos suave, y resaltaba con mechones sueltos que caían sobre un lado de la cara.

     - ¿Supongo que no atraparon a los malhechores, no es cierto?

     Dios mío, pensó Mendoza, contemplando esa sonrisa en el rostro de Mara. Una sonrisa de labios cerrados con la que sólo Natacha podría haber competido.

     Mara no esperó respuesta, lo veía demasiado cansado y dejó que el capitán recostara la cabeza sobre el escritorio. No tardó mucho en dormirse. Ella salió caminando sobre la vieja alfombra imperial, sucia y desgastada, intentando no hacer ruido. Había soplado sobre las lámparas del escritorio, trayendo la sombra. Al salir, sabía ya que estaban encendidas las luces de su camino.

 

 

 

*

 

 

 

Despertó antes que el sol. Miró el reloj de pie. Sonaban las seis tenues campanadas. Escuchó el rumor creciente de la maquinaria, las voces de los hombres que llegaban descompasados, y luego sintió que una mano intentaba sacudirlo de la manga.

     Bernardo lo miraba, diciéndole:

    - ¡Capitán, ya zarpamos!

    Se levantó, desperezándose, y le sonrió.

    - ¿Cómo te levantaste tan temprano?

    -Dormí con usted, capitán.

    - ¿Acá?

     -Sí, en la alfombra, bajo el escritorio.

    Mendoza recordó la visita de anoche.

    - ¿Escuchaste lo que dijo la señora Mara?

     Temía que Bernardo hubiese oído sobre la muerte de su padre. Máximo ya le había dicho quién era Julio, pero no sobre su muerte.

     - ¿Qué señora? Solamente vino el señor Márquez, y después ya nadie más.

     Máximo dejó de lado la preocupación y ambos salieron a cubierta. El barco se desplazaba a buena velocidad. Habían dejado atrás el pueblo frente al que tanto tiempo habían estado. El río seguía extremadamente ancho por las inundaciones. En las costas sólo se veían las copas de los árboles. Restos de casas flotaban alrededor, y muchos animales muertos. El olor a podredumbre era demasiado fuerte para esos cadáveres que veía flotar. Se asomó a la borda, y vio atado a popa un bote grande lleno de cadáveres. Y encima de todos estaba parado Juan Valverde, esparciendo cal sobre los cuerpos.

     - ¡¿Qué está haciendo, Valverde?! ¡¿Quién lo autorizó a remolcar eso?! ¡Regrese a bordo o lo soltaremos a la deriva junto con el bote!

      Valverde alzó la vista. Pereció escuchar detenidamente, pero no contestó nada.

      Máximo vio que Márquez y otros dos se acercaron y miraban.

      -Ya sabe, capitán. Le dije cuando naufragaron que usted no aceptaría remolcarlos, pero dijo que era su trabajo, así que se tiró al agua, nadó con un solo brazo y recogió la amarra del bote. Volvió y la ató a nuestra popa.

     - ¿No le bastan las putas que lleva de un lado a otro?

     -Me parece que este comercio le gusta más que el de blancas. Ya sabe lo que dicen de él. Médico, anatomista, y hasta mago, lo han llamado.

     Mendoza hizo un gesto de hastío.

     -Suelte las amarras. Si quiere llevarlos y venderlos, que reme.

     Entonces escuchó la voz de Mara a sus espaldas.

     -Capitán, por favor, déjelo que haga su trabajo. No entorpecerá su viaje, se lo aseguro. Además, esos cuerpos servirán de estudio en el hospital a donde los lleva.

     Máximo la vio otra vez como en la noche, cambiante. Ahora, sin embargo, no era sarcasmo, sino una falsa imploración de lástima. Iba a negarse, por supuesto, pero mirándola a los ojos, dijo:

     -No crea que va a convencerme otra vez…

     - ¿Otra vez? ¿Cuándo lo hice?

     -Me refiero anoche, es como si ya hubiéramos tenido esta conversación, ¿acaso no le basta?

     -No sé a qué se refiere, capitán. Debe haber soñado conmigo-dijo, poniendo una cara de virtud ofendida. - No sé si debo tomarlo como un alago…

      Ambos se miraban, y Mendoza ni siquiera había notado que Márquez y los otros se habían ido murmurando entre risas.

     - ¿Qué puedo hacer para pagar nuestro pasaje? ¿Cocinar para los hombres? ¿Limpiar la cubierta? Para eso estamos las mujeres.

     -Cuide a su hombre-contestó.

     -José está mucho mejor, pronto lo verá levantado. Pero me sobra tiempo, y las chicas quieren verse ocupadas. Me han dicho que hay una enferma grave. ¿Podemos verla?

     Máximo se apartó y empezó a examinar el río y las aguas. Estaba nublado, pero no llovería. La humedad era intensa y el olor de los cuerpos llegaba igual de fuerte a pesar de que iban a popa.

     Se acercó a la cabina y gritó:

     - ¡Más velocidad! Debemos llegar a Corrientes lo antes posible.

     Se dio vuelta, con las manos a la espalda, erguido e intentando demostrar ofuscación, pero se tropezó con el chico y con Mara, que lo seguían como perros.

     - ¡Siempre en el medio!

     -Perdón, capitán-dijo ella. Tenía agarrado de la mano a Bernardo. El chico preguntó:

     - ¿Podemos ver a la señora Altea?

     Ya se había dado cuenta de que Mara lo había conquistado El chico necesitaba aferrarse a una figura femenina, y en reemplazo de Altea, había encontrado a esa mujer. Mara ahora tenía puesta la máscara de los buenos modales, y no podía penetrar tras ella para descubrir las verdaderas intenciones. Anoche las había visto con una certeza que creía inquebrantable, sin embargo, ahora dudaba de esa noche como había dudado siempre de sus sueños. Pero estaba seguro de que no había sido un sueño. Entonces qué: ¿una mentira de ella, y el chico también había mentido? No. Había estado tan despierto como la noche que disparó a Altea. Era la misma sensación de inevitabilidad, de inclaudicable realidad. Sabía que había sido Mara Aranguren quien lo había visitado anoche, y también lo era esta que lo miraba con rostro sumiso, y también la otra que había hecho naufragar su barcaza y gritaba y apostrofaba como el más reo de los marineros. Y la mujer que, según, le dijeron, ató a su hombre enfermo y lo subió al bote.

     -Vamos-dijo.

     Caminaron por cubierta hasta la escalerilla y descendieron a los camarotes. Golpeó la puerta de Altea y le abrió una de las mujeres de Valverde. Natacha estaba sentada en la cama, dándole cucharadas de té a Altea, que estaba reclinada con almohadones en la espalda. Como siempre, estaba inerte, pero se escuchaba su respiración suave y estable. Seguía con la venda sobre la cara, cubriendo el ojo izquierdo. Le habían cortado el pelo y sólo se veían mechones saliendo del borde de las vendas. Otra de las mujeres lavaba las vendas que le habían cambiado un rato antes.

     La que les había abierto era muy joven.

     -Carla- dijo Mara, entrando y agarrándola del brazo mientras caminaban directamente hacia la cama. Ya era otra vez la mujer que no usaba preámbulos ni pedía permiso para hacer o decir lo que quería. - ¿Cómo está?

     Natacha las miraba como resignada a soportar la intromisión de esas mujeres, pero le servían de mucha ayuda.

    -Igual que siempre-contestó Natacha.

    El chico se sentó en la cama y dio un beso en la mejilla a Altea. Las vendas se manchaban todos los días, y apenas la cambiaban, volvían a mancharse antes de la hora.

     - ¿Cuándo vendrá el doctor? Desde hace dos días que no lo vemos-preguntó Natacha a Máximo, con toda la acrimonia con que siempre intentaba hablarle.

     -Es mi culpa, señora – dijo Mara. - El doctor ha tenido que atender el brazo roto de un amigo y a mi hombre, que ha estado muy enfermo. ¡Carla, qué hacés ahí sentada! - ordenó de pronto, empujando a la chica -¡Andá a buscar al  médico!

     Máximo se acercó con recelo. No se había atrevido a mirar a Altea a la cara en mucho tiempo, y aún ahora temía observarla, por más que ella estuviera inconsciente.

     Mara se puso a hablar, pero él ya no le hacía caso. Hablaba de sus viajes, de su vida en España, de la inundación. A veces reía de sus propias bromas, ignorando el rostro hosco de Natacha. Una sentada a cada lado de la cama, atendía un lado del cuerpo de Altea. Ya la habían lavado y cambiado muy temprano. Natacha dejó a un lado la taza de té frío, y Mara se adelantó a secar los labios y el mentón, incluso el cuello por el que se había volcado el líquido. Altea no abría los labios por sí misma, sólo era posible hacerlo empujando con la cuchara.

     Entró el doctor Gonçalvez y las mujeres, excepto Natacha, lo rodearon.

     - ¿Cómo ha pasado la noche? - preguntó.

     Natacha dijo que se portaba muy bien, casi no había que cambiarla más que una vez al día Gonçalvez puso mala cara.

      - ¿Y comió algo?

      Natacha se levantó de la cama y se frotó las manos con ansiedad.

     -Escupe el puré…

      No reconocería delante de todos que ya no sabía qué hacer. Altea estaba adelgazando muy rápidamente, y el vientre crecido era como una loma abrupta en un terreno seco.

     -Ya me temía que esto iba a pasar…

     - ¿No hay otra forma de alimentarla, doctor? -preguntó otra de las mujeres de Valverde, que se llamaba Carmen. -Yo tenía una abuela paralítica, y mientras yo le abría la boca, mi mamá le metía comida machacada. Al principio se ahogaba, después escupía, pero de a apoco empezó a tragar.

     -Pero supongo que su abuela estaba consciente, y lo que tiene esta señora es un daño cerebral completo. Puedo ponerle un suero, e inyecciones, pero no llegará al término del embarazo, ni siquiera a los siete meses. Y faltan dos, por lo menos, y no llegará…

     Gonçalvez le auscultaba el pecho y luego el vientre. Todos hacían silencio.

     - ¿Cómo está el niño? - preguntó Mendoza.

     -Parece que bien, pero…

     -Sí, ya sabemos, doctor…-. Mara había dicho esto, otra vez intempestiva y dominante. - Ya lo dijo muchas veces. Yo me encargaré de la señora, y verá cómo llega al fin del embarazo y sacaremos a la criatura.

     Las mujeres la miraron sin recelo. Los hombres se observaron, sin creer. Y en ese momento entró otra persona más al camarote, cuya puerta no había sido cerrada. Max estaba también, pero sentado a la puerta, sin entrar.

     Valverde se acercó con el brazo en cabestrillo y la otra mano sacudiéndose el polvo de cal del pantalón.

     - ¿Qué hace usted acá?-dijo Máximo, dispuesto a sacarlo, pero Valverde se le adelantó.

      -No se preocupe por los muertos, capitán, siguen callados. Yo que usted me preocuparía por esta señora y su hijo. Tal vez Mara y yo podamos hacer algo para pagarle el habernos rescatado, y por supuesto, el viaje y hospedaje en su barco.

     El médico dijo:

     -Capitán, ya le dije hace unos días que tengo familia y debo dejar el barco...

     -Ya lo sé, Goncálvez, pero no tenemos a nadie…

     - ¿Goncálvez, doctor? -preguntó Mara, intercambiando una mirada con Valverde.

     -Así es, Estanislao Gonçcalvez.

     - ¿De Brasil, doctor, de Sao Paulo?

     El médico la miraba con curiosidad.

     - ¿Tiene usted un pariente de nombre Antonio?

     -Tengo muchos, pero un tío de ese nombre vino a Argentina hace muchos años.

     Mara y Valverde se rieron y celebraron la coincidencia.

     -El viejo Tonio, que murió en el naufragio, era ese tío suyo, doctor-dijo Valverde. - Nos da gusto conocerlo, y sería inapreciable que se quedara con nosotros para ayudar a la enferma.

     -Pero ya les dije que tengo familia…

     Mara se acercó al médico, alto y flaco, tan distinto a su tío. Ella apoyó su única mano sobre un brazo de Gonçalvez, y dijo:

     -Mándeles una esquela, y su mujer comprenderá. ¿Su hijo es muy pequeño, no es verdad? Su deber, me parece, está con nosotros y con ellos. ¿O me equivoco?

     Gonçalvez siguió la dirección de la mirada que Mara había echado hacia fuera del camarote, y presintió, o más bien supo, que se refería a la popa, y más allá de ella.

     Valverde se acercó al médico, incluso más alto que el cuerpo fornido de Valverde.

     -Su familia del Brasil extraña a los que se han ido, los conozco de hace mucho tiempo. Hice negocios con ellos por todas partes. Durante la guerra se hicieron de un gran nombre.

     Las mujeres de Valverde ya sabían a qué se refería, pero Natacha lo miraba con curiosidad.

     - ¿A qué se dedica su familia, doctor? -preguntó.

     El médico tragó saliva y no contestó.

     -A las pompas fúnebres-le contestó Valverde, palmeando la espalda del médico.

     - ¿Y usted se hizo médico?

      Mara habló para apaciguar a la otra.

      -Tal vez quería evitar lo inevitable, señora, muchos se empeñan en eso hasta que se dan cuenta de que es imposible.

      En la cara del médico los ojos brillaban. Bernardo se acercó y le agarró la mano, tirándolo del brazo para sacarlo del camarote. El perro se unió a él mordiendo la manga del otro brazo.

      Cuando se fue, Carla dijo:

    -Fueron muy crueles con el pobre doctor….

     - ¿Y vos qué sabes? -le dijo Mara, mirándola con mala cara, como siempre desde que se había metido con José.

     -Salgan todos de acá- ordenó Natacha. -Esto parece un conventillo de Buenos Aires. ¡Fuera, fuera! - Y empezó a empujarlos uno por uno.

     Pero Mara se quedó quieta y sus miradas se enfrentaron.

     -Creo que debemos compartir las tareas, señora. Ella nos necesita a ambas.

     Natacha se encontró por primera vez con alguien en quien no alcanzaba a ver más allá de su cara. Intuía que había demasiado tras ese rostro cambiante, porque por más que siempre fuese el mismo, la expresión de la voz modificaba la impresión. Cuando estuvieron solas y la puerta se cerró tras Máximo Mendoza, ella volvió a sentarse en la mecedora en la que solía velar a Altea. Mara se sentó del otro lado de la cama.

     Era muy temprano en la mañana, y el sol no entraba por la ventanilla clausurada. Había olor a encierro y a sangre.

     Mara y Natacha seguían mirándose, alternativamente. Cuando una observaba que la otra la miraba, bajaba la vista, y lo mismo hacía la otra. Ambas se sabían observadas.

     Mara veía un oscuro halo alrededor de Natacha, negro como el vestido que llevaba. Tenía las manos sucias de sangre seca después de cambiar las vendas, pero también bajo las uñas, como si estuviesen impregnadas de tiempo antes. La vio mover los labios hablando sola, pero entonces se dio cuenta de que miraba hacia un lado, hacia el rincón oscuro tras la mecedora. Y esa silla se movía, pero los pies de Natacha estaban quietos. Mara creyó ver una mancha sobre el respaldo, en realidad una sombra con la regular forma de una mano, que tal vez la estaba meciendo.

      -Me preguntaba si el capitán y usted han tenido hijos.

      Natacha no se dignó mirarla.

      -Me alegro de que no esté sola…

      Entonces Natacha la observó con detenimiento, y vio a Mara en medio de un círculo de mujeres que le arreglaban el cabello y el vestido, lavándole la cara y el cuerpo, alternativamente desnudo y cubierto. Natacha no acostumbraba a tener tal tipo de ensoñaciones, porque sabía que de eso se trataba. Escuchó, incluso, algunos graznidos, y giró la cabeza hacia el techo, involuntariamente. Olió, también, el aroma de plumas sucias, y miró, como una estúpida, hacia el suelo. Y se dio cuenta con miedo que Mara la contemplaba ahora sin bajar la vista, rodeada de ese halo de mujeres raras, que habían empezada a juntarse tras el cuerpo de Mara. Parecían estar trabajando con esmero. ¿Tal vez sería el cierre del vestido que se había trabado, o una costura descosida? Escuchó, de pronto, el aleteo. Miró al techo, asustada, incluso estuvo tentada de ir hacia la puerta, pero se contuvo. La mano que la mecía había desaparecido, la llamó, pero supo que no iría a regresar porque había huido al fondo del rincón, encogiéndose y tomando la forma de un niño prematuro.

     Mara los asustaba a todos, sin siquiera mover un dedo de la única mano que le quedaba, ahora apoyada sobre la sábana.

     Natacha recordó que no mucho tiempo antes, ella y Altea habían estado cuidando a Manuel en esa misma forma, una a cada lado de la cama. Ahora los papeles cambiaban, pero la situación era muy parecida.

     Los párpados de Altea se movían, sin abrirse. Sus oídos escuchaban y sus ojos se movían.    

     Ellas sabían que Altea soñaba.

 

 

 

*

 

 

 

Los vio uno junto al otro, alto y flaco el médico, como un esqueleto cuyas articulaciones rechinaban estridentes en los oídos de Altea; bajo y fornido el chico, de tez muy oscura y cabello enrulado. Y junto a él, el perro, con la cola entre las patas y la cabeza alzada mirando a uno y a otro, con la lengua afuera, y gimiendo en un tono que nadie más que ella podía escuchar, porque estaba entre los ecos de lo para siempre perdido. Escuchó también el ruido de los tablones que usaron para sentarse junto a la borda. Al médico le sobraban las piernas y apoyaba los codos en las rodillas, las manos juntas, mirando al chico mientras comenzaba su relato. El otro después de un rato se sentó en el piso húmedo con sus pantalones siempre mojados (¿cómo es que nunca se enfermaba?, su cuerpo debía estar acostumbrado a sus correrías por la selva y el río, pobre chico, sin padre y con una madre tal…) (eso se decía cuando todavía podía caminar y sentarse a observarlo jugar, y hasta de retarlo para que no se desnudara para tirarse al río…los yacarés, por todos los dioses, e imaginaba el aguar roja que le que habían contado) pero ahora el cielo estaba luminoso, el río calmo, y las máquinas del barco tronaban como nunca las había escuchado. Sin embargo, las palabras del médico (¿o del funebrero?) sonaban claramente distinguibles, casi podía verlas escritas en el aire a medida que las pronunciaba. Ahora sabía por qué podía escucharlas a pesar del ruido exterior: ella ya no tenía oídos, sino nuevos ojos. ¿Pero no le sangraba el ojo izquierdo, no era pura pulpa que sangraba como una frutilla demasiado madura? No sabía la causa, pero veía con el ojo muerto, más allá de la habitación: el cielo, el río, las conversaciones simultáneas de todos escritas en un libro de paginación infinita. Hay una leyenda, decía él hombre, en mi país, allá por Sao Paulo se cuenta mucho sobre los indios. Es una ciudad, pero los adoquines están hechos con las piedras sacadas de las ciudades de piedra del Amazonas, por ejemplo, pero también de este mismo río en el que estamos. El Paraná norte es un misterio, ¿dónde nace? El chico no supo responder, y el médico le sonrió. Nadie lo sabe, porque tiene múltiples nacimientos, como tiene otras tantas muertes. Una vez me contaron la historia de su nacimiento. La escuché en la voz rocosa de un francés borracho que estaba en una pulpería en Bon Jesús, un pueblito perdido. Se había quedado estancado en ese lugar porque no tenía dinero, y dormía en el suelo. Como se emborrachaba, no podía trabajar, y como no trabajaba, no tenía otra cosa más que emborracharse. Pero contaba historias lindas, y muchas veces las mezclaba, con lo que le salían leyendas nuevas que nadie sabía si eran imaginación suya o de los indios de los que las había conocido. O si eran verdad, dijo el chico. El médico lo miró por un momento muy largo, tanto, que ella creyó haberse quedado dormida. No fue una pausa de un día ni de un año, sino de diez segundos, pero el tiempo era largo para ella, tanto que parecía no existir. Una carcajada y un halago por la respuesta para el chico. El perro movió la cola y siguió escuchando. Al francés ese le gustaban los animales, no sé si era veterinario, aunque yo deduje que así era, porque mencionaba ciudades universitarias de toda Europa. (El médico acarició la cabeza de Max). En fin, resulta que había un huevo grande en algún lugar de la selva, un sitio inhóspito que ningún hombre había visitado. Un lugar virgen, muchacho, si sabes qué me refiero. A las manos y los pies de los hombres se les llama miembros, y el otro miembro que nosotros tenemos (dijo, tocándose la entrepierna) no es tan dañino como los otros cuatro. Éste, dijo, y se tocó otra vez, lastima a las mujeres, pero crea hombres, los mismos que nacerán con piernas y manos que destruirán el lugar en que nacieron. Los árboles aplastan a uno, pero no a una generación, el río ahoga a muchos, pero no a una raza. Entonces, en ese lugar tan cándido como un himen intacto (vio la expresión intrigada del chico, confundido y hasta cierto punto asustado, él a quien no resultaba tan fácil asustar con cualquier cosa), el gran huevo yacía entre ramas grandes y sostenido en pie con tres troncos muertos. Así que lo ves, parado en esa posición que ningún huevo podría mantener por sí solo. Así estaba, en medio de la selva. ¿Y qué había dentro?, preguntó el chico. El médico carraspeó, y Altea se tapó sus inexistentes oídos por el estruendo, porque fue como una serie de truenos en el eco de la nada. Quién sabe, contestó. La leyenda dice que el huevo era eterno: ¿el origen de todo?, ¿el centro del universo? El gran huevo permanecía incólume e intocado, nadie sabe de qué color era ni su tamaño exacto. Podía ser tan alto como un árbol, o más quizá, o tan pequeño como un huevo de codorniz. La cuestión es que una vez apareció una serpiente. (Los curas de parabienes, muchacho, cuando aparecen los símbolos que han robado y hacen pasar por suyos). La serpiente, entonces, daba vueltas y vueltas alrededor del huevo, en cada etapa del tiempo avanzaba un poco, porque hacía su recorrido en espiral concéntrico. Tal vez era un centímetro por siglo, así aseguraba el francés, que le gustaba el vino añejo (la risa del médico era peor que su carraspera, y Altea frunció su frente rota con dolor). Fuese como fuese, se fue acercando, y finalmente alzó la cabeza, separó las mandíbulas dispuestas a tragarlo. ¿Era una gran serpiente para un gran huevo? ¿O los tamaños eran contradictoriamente incompatibles y sin embargo posibles para los cánones de la eternidad? Donde no hay espacio ni tiempo, toda posibilidad es una realidad, hasta Dios mismo puede serlo, según un filósofo del que ahora no me acuerdo. Max alzó la cabeza, expectante, el chico se acostó en el piso panza abajo, apoyando los codos en el suelo y el mentón en las manos. Y cuando la amplitud de las mandíbulas desencajadas de la serpiente ya estaba por atrapar al gran huevo, se escuchó un graznido desde el cielo. Y la inmensa sombra emplumada de un enorme búho pasó por encima de la serpiente. Ella se detuvo en la posición que había tomado, pero ya no le era posible seguir adelante. Encajó de vuelta sus sufridas mandíbulas, siseó interminablemente, como insultos inacabables que ningún hombre podría imaginar. Pero no retrocedió. Desde ese día, ella siguió girando y girando alrededor del huevo, ya sin avanzar. Sólo se escuchaba su siseo ofendido y venenoso, sobre todo cada mañana, cuando el nuevo día le recordaba su impotencia. Y en el cielo había otros giros, los del búho que daba vueltas y vueltas en círculos concéntricos y excéntricos. Cuando finalizaba un ciclo de acercamiento al huevo, iniciaba otro de alejamiento, que era diametralmente tan extenso como el que lo había llevado al huevo. ¿La eternidad tiene diámetro? Dicen los antiguos griegos que hay un número infinito que mide una distancia infinita. ¿No es todo eso muy contradictorio, muchacho? ¿Distancia sin espacio ni tiempo? Porque no puede decirse que el infinito tenga espacio o tiempo si no tiene límites, ya que para eso están. Pero los números no terminan, interrumpió el chico, y Max saltó al escuchar su voz. Yo una vez conté toda la noche, esperando mantenerme despierto para esperar a mi mamá. El médico se rio otra vez, pero el sarcasmo atenuó su estridencia. Usaste el método al revés, muy bien, muchacho. Entonces, ¿en qué estábamos? Ah sí, que la distancia que recorría el búho era eterna, con lo que cualquiera diría que tardaría siglos o milenios en regresar, y le daría grandes oportunidades a la serpiente. Y, sin embargo, no era así. Iba y regresaba tan rápidamente como si nunca se hubiese alejado. Pero para quien mirara al cielo de tanto en tanto, por encima de las copas de los árboles, en un momento había desaparecido, y al siguiente volvía. Una presencia sin presencia, a deferencia de la serpiente que era una presencia sin ausencia. El ataque de la serpiente se alternaba cronométricamente (si la eternidad usa cronómetro, ¡qué absurdos estoy diciendo!, pero al fin de cuentas estoy contando una leyenda) con el ataque del búho. Uno interrumpía al otro en un ejercicio que se repetía una y otra vez, hasta que ni siquiera ellos sabían si había comenzado alguna vez. No tenían recuerdos, sólo los motivaba un impulso que no analizaban como los hombres analizan su mente, tan inabarcable como la significación de esta leyenda. ¿Pero si la serpiente se comía el huevo, el búho se comería a la serpiente, no es cierto? El razonamiento del chico era ingenuo como la absoluta certeza puede serlo. El médico lo miró con suspicacia, e hizo silencio para que se contestase a sí mismo. El chico balbuceó, agitó las manos, nervioso, construyendo casas de ideas en el aire. Al fin, dijo, señalando el castillo de proa donde estaban las tres mujeres: cuando eso suceda, sólo quedará el búho, pero no tendrá con quien pelear. Es verdad, muchacho, uno solo, es decir, el número uno es una incoherencia existencial. Dios, por ejemplo. Hay quienes explican toda la locura del mundo únicamente con la existencia de un Dios que está eternamente solo. El chico se quedó pensando. ¿Y qué será del búho? No tendrá a quien comer ni a quien salvar. Así es, muchacho, yo que Dios, me suicidaría, pero ni eso puede hacer. Es eterno como la nada. Pero en la nada no hay nada, dijo el chico, cada vez más confundido a medida que ascendía, o descendía en la comprensión. Si Dios es nada, no existe. Entonces el médico se levantó, estiró las piernas cansadas de estar encogidas y agarró una de las manos del chico, que no alcanzó a ver cuándo ni de dónde salió la navaja que le hizo un corte en la palma de la mano. Gritó y se soltó de las manos del hombre. La sangre cayó al piso y Max lamió, sin defenderlo. Esto es lo único que somos, dijo el médico, señalando la mano lastimada. Luego sacó un pañuelo de un bolsillo y la vendó. El perro ahora sí gruñó, pero a ninguno de ellos. Sino hacia el castillo de proa, de donde llegaban ruidos que sólo el perro escuchaba. Era, tal vez, Altea que lloraba inconsolablemente por lo que había escuchado, reconociendo la creciente amplitud del indiscernible espacio que habitaba, y la soledad en la que la habían encerrado. Porque el siseo y el graznido a su derecha y a su izquierda, si así podían denominarse aquellos inciertos sitios de la nada, seguían y seguían con su música sin fin. La serpiente y el búho, sentados en sillas a cada lado de la cama. Y ella encerrada entre paredes, que, de tan frágiles, eran imposibles de romper.

 

 

 

*

 

 

 

Valverde y Gonçalvez habían estado todo el día juntos, hablando, y muchas veces en silencio asomados por la borda, viendo la corriente rápida del río, y las costas del Paraná que lentamente iban recuperando su habitual aspecto a medida que iban corriente arriba. Hablaron de medicina, seguramente, pero también de muchos lugares del Brasil que nunca habían visitado juntos, pero que cada uno conocía muy bien. Juan Valverde de Amusco era argentino, pero de padres portugueses instalados en Río de Janeiro y luego en Sao Paulo, y mucho más tarde habían viajado a Iguazú. Cuando él nació, tenían su casa y su comercio en Misiones. Recorrió las ruinas cuando era chico, y durmió en ellas muchas noches, escuchando los sonidos de la selva que lo rodeaba. Los animales lo llamaban, las plantas parecían fosforecer en la noche pletórica de estrellas. Y hasta percibía el tronar de las cataratas tan lejos y tan cerca al mismo tiempo. Sabía que sus oídos eran exquisitos, y en ocasiones le resultaron una maldición, porque él escuchaba todo lo que decían a sus espaldas, fuese cerca o lejos. Por eso se escondía, y las ruinas de los jesuitas fueron su lugar predilecto durante la infancia. Allí el silencio creado por Dios era más una virtud más que la maldición que tantos creyentes le recriminaban: en el silencio Valverde podía escuchar lo que los otros no podían: el sonido de la selva, múltiple, enigmático y revelador. Si el silencio era la voz de Dios, él hallaba en sus resquicios las infinitas voces de la deidad. Irrepetibles, imperecederas. Fuertes y tronantes como la aguas que caían a muchos kilómetros de distancia, desde las alturas hasta el fondo de un río ancho y profundo. Un río bestial que no se agotaba porque era alimentado con las voces de los pájaros, incontables, con los sonidos de los insectos, inabarcables, con el gruñido de los depredadores y el llanto de las presas, mezclando impiedad y desesperación. Las almas de los animales estaban en esos cuerpos porque eso eran: almas encarnadas que, al morir, desaparecían con su cuerpo. Pero Valverde buscaba desde hacía muchos años, el alma de los hombres. Buscó en los cadáveres y nunca la encontró. Miró hacia el remolque con los cuerpos a entregar en Corrientes.

      Tal vez hablaran de ellos esa tarde, una semana después del encuentro en el camarote de Altea, donde todos ellos estuvieron juntos por única y última vez.

      Quizá Gonçalvez le preguntara por los cadáveres, porque por más que se esforzara por desviar la vista, lo atraían. Como si debiera hacer algo con ellos. Era, seguramente, la costumbre que su familia le había inculcado, y que él había aprendido por más que ellos no se lo enseñaran. Había dejado a sus padres en Sao Paulo, a sus abuelos en Bahía, y a muchos primos en las Minas Gerais. Todo un conglomerado familiar que se dedicaba a lo mismo: el levantamiento de cuerpos luego de la extremaunción. Había escuchado tantos y tantos relatos de carretas yendo de pueblo en pueblo, de casa en casa, de camino al cementerio. Historias de pestes, de guerras y de matanzas. Tan hastiado estuvo cuando cumplió los diecisiete años, que luego de pasar más de un mes enfermo en un hospital, donde no le encontraron nada más que una melancolía que nadie pudo curarle nunca, cuando se sintió un poco mejor, se vistió y se fue a la calle que había estado mirando por la ventana del viejo hospital de Bahía. El sol y la arena eran diferentes al barro y la humedad. No había gusanos bajo las rocas y las raíces pútridas, pero había escarabajos y escorpiones.  El sol secaba, pero la luna humedecía. Macho y hembra de un universo que no entendía, porque la repetición y los ciclos circulares eran tan monótonos como la vida y la muerte una y otra vez, una y otra vez, y así siempre. Llegar al cementerio no era más que reiniciar el camino al cementerio. Un ida y vuelta por un perímetro cuyo atajo era de un diámetro infinito. ¿Cómo era ese número antiguo? Pero recordaba más la leyenda del búho y la serpiente.

      En la noche, ambos bajaron la escalera hacia la habitación de los baños. Era la primera vez que la visitaban. La gran nave napoleónica todavía tenía sus secretos. Abrieron la puerta y olieron el aroma a humedad. Habrían retrocedido, seguramente, arrepentidos, si no hubiesen visto las grandes tinas de porcelana adosadas al piso con caños de metal que terminaban en grifos de bronce. En el techo había lámparas de aceite, apagadas. En las paredes, muchos estantes vacíos. Se acercaron y abrieron las puertas de los armarios. Todavía estaban las viejas jofainas de porcelana, casi todas rotas.

      -Caballeros-dijo una voz desde la puerta. - Si quieren acompañarme, sean bienvenidos.

      El capitán entró y empezó a encender las luces. Las hacía bajar moviendo una manivela en la pared, y una vez encendidas, volvía a subirlas. Entonces vieron que las paredes estaban cubiertas de azulejos que debían mantener el calor.

      -Impresionante-dijo Valverde.

      -Me alegro de que les guste, caballeros. Están en su casa.

      Entró Carla, cargando una pila de toallas en sus brazos. Las dejó sobre una mesa y se encontró con que los hombres la miraban.

      -Se ha ofrecido-dijo el capitán.

      -No lo dudo-dijo Valverde.

      No hizo falta indicarle nada. Ella abrió los grifos y se escuchó el ruido de las viejas cañerías tan pocas veces usadas en los últimos tiempos. El agua era clara pero fría.  Luego ella salió y regresó con un balde de agua caliente que transportaba sin esfuerzo. Carla era fuerte, además de hermosa. Era complaciente, además de ambiciosa. Por eso las otras no la querían. Ella siempre se había dado cuenta, y Valverde lo sabía bien.

     Las tinas fueron llenadas, con el agua a la temperatura más acorde a lo que los hombres querían. Uno metió una mano, el otro un pie, y el médico, poco acostumbrado, fue el último en aprobar, aunque ni siquiera había tocado el agua.

      El capitán empezó a desnudarse y se metió en la tina, apoyando los brazos y la cabeza en los bordes. El cuerpo rígido comenzó a relajarse, mientras el agua hacía que el vello del cuerpo pareciera una tundra. Valverde hizo lo mismo, pero el suyo era un cuerpo de poca estatura, un torso de hombros bien marcados y casi sin vello. Rio, al meterse en al agua, y cerró los ojos con una sonrisa. Gonçalvez fue el último. Se sacó la ropa, la dobló con cuidado y la dejó en una silla. Miró a los otros, que no le prestaban atención, metió los pies en la tina, y se quedó parado, como acostumbrándose a la temperatura del agua. Luego se acostó como vio hacer a los otros.

     Y estuvieron en silencio un largo rato. Carla había abierto la puerta dos veces, sin entrar. La segunda vio que el capitán la miraba, y ella preguntó algo en silencio. Él negó con la cabeza. Todo estaba bien, parecía decir, la llamaría si la necesitaba. Luego, le guiñó un ojo, y ella sonrió. Su cara despareció al cerrar la puerta.

      El capitán también tenía una sonrisa, pero se hundió en un abismo cuando escuchó la voz de Valverde.

      -Me alegro de verlo tranquilo en muchos días, capitán.

      Lo que simulaba un halago no hizo más que recordarle los problemas que había dejado al entrar en esa habitación. Suspiró profundo, y se resignó a hablar de lo que no quería, como si su cuerpo fuese un clavo ardiente que intentara enfriarse sobre un bloque de hielo. ¿O era su corazón un trozo de hierro frío que trataba de fundir en el agua caliente?

      Hizo un gesto de hastío que fue la respuesta más satisfactoria para Valverde, y luego preguntó a Gonçalvez, a quien sabía que le agradaba el silencio y había que forzarlo a arrancarle palabras.

      - ¿Se quedará con nosotros, doctor? Lo necesitamos…

      El médico levantó la cabeza de repente, tal vez se estuviera quedando dormido. Pensó un momento, seguramente en su familia. Respondiendo antes a su propio pensamiento, dijo:

     -Confío en que les haya llegado mi esquela. Sí, capitán. No podría dejar el barco sin saber lo que le sucederá a la señora Altea. Además, creo…

     -No renuncie a decir lo que ya sabemos, doctor-dijo Valverde. -Usted no cree que sobreviva muchos días más.

     -Así es, y me sorprende que todavía resista. Pero las dificultades para alimentarla son muchas, y tarde o temprano…

     - ¿Y el niño, doctor? –preguntó el capitán.

     -Hasta hoy creo que está bien, tiene el alimento del líquido amniótico que crea el cuerpo de su madre, pero si ella no se alimenta, no sé cuál de los dos morirá primero. He visto muchos casos de larga resistencia en tal estado, y son muy tristes. Muchas veces las familias me han pedido ayuda para terminar con eso, pero en la mayoría de los casos son ellos mismos los que lo resuelven.

       - ¿Usted es católico, doctor? - preguntó Valverde.

      -Lo soy por crianza, pero no practico.

      - ¿Cree en la vida después de la muerte?

      -No, Valverde. -De pronto, lo vieron ponerse nervioso, levantarse y sentarse en el borde de la tina. El cuerpo desnudo, alto, flaco y esmirriado chorreaba agua sobre el piso. Apoyó los codos en las rodillas y juntó las manos, frotándolas mientras hablaba.

     -Pero he visto algo que me llama la atención en la señora Altea.

     Los otros le prestaron atención. Cuando un hombre como él se disponía a hablar de la manera en que había empezado a hacerlo, era importante.

      -Le revisé los ojos. El derecho, el sano, está ciego. El izquierdo, que no debería ser más que un tejido muerto dentro de la órbita rota por la bala, parece ver.

       Podría haber mencionado que había visto algo parecido en Manuel, pero no podía confesar que lo había conocido antes de traerlo muerto.

       Valverde se rio.

     -No le miento, amigo mío. He hecho varias pruebas. El ojo derecho parece anatómicamente sano, pero no tiene reflejo fotomotor. Saqué las vendas del izquierdo. La cicatriz está cerrando. Hasta le faltan fragmentos de huesos faciales, pero cuando coloco una luz delante, el cuerpo reacciona. A eso se llaman estímulos lumínicos que producen reflejos motores.

     Se quedaron pensando.

    - ¿Y sirve de algo saber eso, doctor? -preguntó el capitán. Su escepticismo intentaba ocultar su angustia.

     -Sólo nos dice que el cerebro no está del todo muerto, aunque no puedo explicarlo. Pero tarde o temprano…- La muletilla resonó en el cuarto, y hasta creyeron verla escrita en el único espejo que había empezado a empañarse.

      -Capitán-dijo Valverde. - El doctor y yo hemos estado hablando, y he pensado que puedo ayudar a la señora Altea.

     -Ya lo dijo usted hace unos días en su habitación, usted y esa mujer, Mara.

     -Deje a Mara de lado, ella tiene su carácter y no conviene meterse con ella. Yo hablo de otras formas de curación.  En Brasil he aprendido mucho, y sobre todo de los viejos curanderos de las tribus, y de sus mujeres, por supuesto. Hierbas…

     -Drogas-interrumpió Mendoza. -Con eso se gana la vida…

     -Sí, capitán, pero eso es negocio. Estoy hablando de la vida y la muerte. He visto gente en las tribus que parecía muerta, pero sus cuerpos seguían respirando y latiendo.  ¿Cuál era el secreto? Hay tantos que no se pueden llamar secretos, sino conocimiento.

      Gonçalvez se había parado y daba vuelta por el cuarto, con las manos en la espalda y la cabeza gacha.

      - ¿Usted me está diciendo que debemos ir hasta el Brasil?

      Valverde dudaba, pero dijo:

      -Así es, pero no creo que ella resista.

      - ¿Y entonces para qué mierda me está diciendo todo esto?

      Mendoza se había levantado y la mitad del agua rebalsó en el piso. Se acercó a Valverde, que seguía dentro, lo agarró de los brazos, enfurecido, y sacudiéndolo lo miró como si fuese a golpearlo o ahogarlo. Valverde sonrió para sus adentros, había logrado lanzar el dardo justo en el centro del dolor.

     -Se lo digo porque sé lo que hago, capitán. Por más que lo parezca, no soy un charlatán. Si no confía en mí, pregúntele al doctor. Él es médico de abordo, el profesional y la autoridad en estos temas.

     Pero la duda ya estaba sembrada, y no equivalía a incertidumbre, sino a la inquietud que nunca se calmaría sino al llegar a su clímax. Soltó a Valverde, que cayó de espaldas de vuelta en la bañera e hizo rebalsar el agua que quedaba. Máximo volvió a la suya, refunfuñando, colérico y excitado. Su cuerpo era como el de un salvaje enojado, porque se había dejado crecer el pelo desde aquel viaje al interior de la provincia con Altea, y luego la barba desde el disparo. Se metió en la bañera casi sin agua y gritó:

     - ¡Carla! ¡Agua! ¡Dónde estás, puta de mierda!

     Valverde lo miraba con sarcasmo, pero no estaba dispuesto a incitarlo otra vez. Gonçalvez estaba en un rincón del cuarto, asustado, probablemente.

      Carla apareció con un balde, seguida de un hombre que otro en cada mano. Vertieron el agua en las tinas vacías. El hombre salió y cerró la puerta. Carla se quedó, regulando la temperatura del agua caliente recién traída con el agua de los grifos. Después se sentó en el borde de la bañera del capitán y empezó a pasarle una esponja por la cabeza, suavemente. Ahora había silencio, y el capitán había dejado de resoplar. Tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el borde. Carla mojaba la esponja con agua tibia y limpiaba la frente, la cara y el cabello de Máximo. Luego hizo lo mismo con sus hombros, y después sobre el pecho y el abdomen. Murmuraba algo mientras lo hacía. Los otros dos no entendieron, pero era un susurro compatible con algo así como “tranquilo capitán, serénese, que aquí esta Carla para ayudarlo a sentirse bien”. Eso fue lo que imaginaron, dejándose llevar por la imaginación estimulada por lo que veían: una de las manos de Carla bajo el agua, con un despacioso meneo que subía y bajaba, concordando con el ritmo de la respiración del capitán, que continuaba con los ojos cerrados y la frente despejada. Entonces ella se levantó la falda del vestido y se metió en la tina. Su cuerpo se meció sobre el del capitán. Valverde sonreía, y Gonçalvez se había acercado, con las manos en la entrepierna.

     Máximo Hurtado de Mendoza era un hombre, simplemente, sin pasado ni futuro, sin culpas ni miedos, cuyo rostro sonreía porque su cuerpo sonreía. Abrió los ojos y les hizo una mueca de complicidad a los otros dos: a Valverde, cuyo ludibrio ya había adivinado muchos días antes, y al médico, allí parado, con la erección que no podía ocultar por más que lo intentara.

     Valverde se levantó y se acercó a ellos. Acarició la espalda de Carla hasta llegar a su vagina, ocupada por Mendoza. Volvió el juego de los dedos hacia el ano que ya había conocido alguna vez. Máximo vio el cuerpo desnudo de Valverde, esa mezcla de piel trigueña, delgado y bien formado, vio la cara sonriente, mezcla de ingenuidad y malicia, tan rara, tan peculiar como el miembro erecto que estaba introduciendo en Carla. Él observó la cara de ella, dolorida, pero sin queja. A ella le gustaba todo eso, por sobremanera. Él se había dado cuenta la primera vez que la vio subir a bordo, el día del naufragio, toda mojada y cansada, pero con los labios abiertos, cuasi vírgenes, porque eran para lo cual habían sido decorados, si de esa manera podía llamarse a la forma en que las mujeres como ella modifican ciertos aspectos de su cuerpo para expresar lo que quieren, que no siempre es lo que sienten. Lo que expresaban los ojos, lo negaban el cuerpo o las manos, pero a veces los labios decían otra cosa, por más que no hablaran. Y los de Carla ahora pedían más, y entonces vio que el médico se acercaba con timidez, medio inclinado en su altura porque la erección era tal que ya no sabía qué hacer con ella. Gonçalvez entendió la mirada de Mendoza, se acercó a él, y así parado, dejó que Carla llenara su boca con ese pedazo del cuerpo que él no supo ocultar.

     Los tres estaba dentro de Carla, y ella gemía sin dolor, como a pocas putas habían visto hacer. Y luego se levantaron y cambiaron de posiciones. Ella se puso de rodillas delante de Valverde y del capitán, y besó sus miembros, y esperó con ansia no disimulada, que ellos la bañaran como ella los había bañado con agua. Cuando su cara estuvo manchada, el capitán fue a donde el médico esperaba, parado y aún excitado. Lo agarró del pene y lo metió en la vagina de Carla, que seguía en el piso, como un perro.

     No fue necesario que dijese “así, amigo mío, no tenga miedo, estamos entre machos, querido, y a esta yegua la trancamos entre todos”. Eso ya lo decían los pensamientos de los tres, incluso, probablemente, los de Carla. Valverde y el capitán observaron, allí parados, cada uno con un brazo sobre los hombros del otro, esperando a que Gonçalvez terminara. Y se sintieron mejor cuando vieron al médico inclinarse sobre la espalda de ella, agarrarle la cabeza y recoger con la palma de una mano el semen que ellos le habían dejado, y luego untarse el pene otra vez con ese líquido, y volver a penetrarla, hasta que finalmente terminó. Cuando lo hizo, se metió en una de las bañeras y cerró los ojos, con el pecho agitado. El capitán se vistió y le palmeó el pecho antes de irse. Valverde se puso el pantalón solamente, y antes de salir, le dio un beso y murmuró algo al oído, algo en portugués.

     Carla seguía en el piso, desnuda, boca abajo. ¿Cansada? ¿Lastimada? ¿Satisfecha? Eso no habría sabido decirlo él, Gonçalvez, que ahora la observaba. Se contentó con el hecho de que ella respiraba. Se secó, y mientras se vestía, entró uno de los hombres del capitán.

     -Perdón, doctor, venía a limpiar, pensé que ya se habían ido todos.

     Gonçalvez no dijo nada, y salió abrochándose los botones de la camisa.

    

     El hombre tenía un cubo de agua sucia en la mano izquierda y una escoba con un trapo colgando del extremo en la derecha. No era ni viejo ni joven, debía tener entre cuarenta y cincuenta años. Había subido con un amigo, pero cuando el capataz Márquez le había preguntado si tenía alguna profesión, se encogió de hombros. Ni para maquinista ni para marinero sirvió. Lo único que sabía hacer, después de varios días, era limpiar. No era gordo y se movía con facilidad, cargaba buenos pesos en la espalda, y trabajaba duro con ese cuerpo de hombros duros. Ahora miraba a la mujer tirada boca abajo, con las palmas sobre el piso, intentando levantarse. Él la miraba hacer, sin ayudarla, porque era lindo ver el culo abierto y las mechas tapándole la cara, y las tetas que se movían mientras ella trataba de levantarse. Sí que le habían dado duro los tres hombres, y él sonrió al pensar en eso. Hacía mucho que no tenía mujer, y ahora, viendo a esa puta completamente desnuda, y con los restos de otros hombres encima de ella: el pelo pegajoso, el culo abierto, las tetas sembradas de moretones, él, que aún no era tan viejo, sabía que se estaba excitando.

     Dejó el cubo y la escoba, se bajó los pantalones y la penetró hasta terminar, y sabía que a ella le gustaba, su cuerpo se lo decía. El interior era suave y él entraba con facilidad, y por eso le fue tan grato terminar no una vez, sino dos. Después se levantó los pantalones, agarró las cosas y salió, limpiaría en la mañana. En la puerta se cruzó con dos marineros, que lo habían estado viendo. Ellos entraron y agarraron a Carla.

     Fue la única vez que ella intentó gritar. Le taparon la boca, le dieron un par de golpes en la cara, no muy fuertes, lo suficiente para que Carla entendiera. Entraron en ella, uno por vez y luego simultáneamente. Se fueron, y otros estaban esperando.

     Durante toda la noche, el rumor se corrió por la tripulación, y posiblemente veinte de los hombres pasaron por ese cuarto y penetraron a Carla. Algunos la besaron, otros le pegaron, pero todos dejaron en ella lo que ellos creían que Carla quería. Un recuerdo. Porque no tanto se recuerda el placer como el dolor.

      A las cinco de la madrugada, probablemente, porque ya amanecía, ella estaba tirada en el piso, con todo el cuerpo marcado de golpes, el cabello sucio, y saliendo del bajo vientre un reguero de sangre coagulada que era demasiado grande para ser simplemente de una menstruación. El último que había estado con ella era un chico de quince años, el hijo de uno de los tripulantes, que sin embargo se había quedado en su camarote, durmiendo, porque nadie le había dicho nada hasta que el padre volvió a costarse. El chico había mirado su pene con sangre, y se asustó. Se levantó los pantalones y salió corriendo a buscar al padre. El hombre se despertó y adivinó todo.

      -Ya me imaginaba que las putas iban a traer problemas, es lo dije al capitán, se lo dije a todos…-. Siguió refunfuñando mientras se vestía y le ordenaba al hijo que se quedara y se lavara bien. Faltaba solamente que se agarrara alguna peste.

     Fue al cuarto de baños. Se asombró de la mugre y de la sangre. Movió el cuerpo, y no fue necesario más. Iría a buscar a Valverde. Él las había traído y él debía arreglar eso.

     Lo encontró medio dormido luego de golpearle la puerta veinte veces.

     - ¿Qué pasa, Montes?

     -Una de sus putas está muerta-dijo.

     Cuando comprobó la muerte de Carla, le dijo a Montes que se callara la boca. Ya él inventaría algo.

     -Por las otras mujeres, digo. Entre nosotros, viejo, ya sabemos. No se preocupe, Montes, vaya con su hijo. La próxima vez, vigílelo mejor.

      Montes no sabía qué cara poner. El enojo de pronto se convirtió en vergüenza.

      Valverde era un brujo.

      Valverde era un charlatán.

      Valverde siempre tenía razón, porque finalmente sabía lo único que se podía hacer.

     Cuando estuvo solo, levantó a Carla y salió. Caminó por los pasillos bajo cubierta. Sabía que la luz no convenía para esos casos. El cuerpo de Carla desaparecería como si nunca hubiese muerto. Caminó varios metros por varios pasillos, recorriendo los mismos lugares que había visitado esos días, con la excusa de admirar la gran nave. Encontró el cuarto, estrecho pero suficiente para que entrara una cama y muchos estantes en las paredes. Los había estado llenando con instrumentos que él buscaba entre la basura que tiraban al río desde el barco: botellas, metales, clavos, tornillos, cuerdas. Había encontrado, también, viejos fármacos abandonados en un cuarto que nadie aparentemente había visto antes, ni siquiera durante el período de reacondicionamiento en Buenos Aires. Pero eran tan viejos que ya casi no servían, por lo menos para sus usos originales. Sin embargo, él ya había comenzado a trabajar con ellos. Aún en pocos días, su cuaderno de apuntes estaba lleno de fórmulas y combinaciones. Y a pesar de todo, sabía que le faltaba mucho instrumental. Los cadáveres del bote le darían dinero para conseguirlo en Corrientes, pero ahora tenía lo principal: el cuerpo del cual obtener lo que más necesitaba. No lo había pedido, pero la providencia se lo había otorgado. Un cuerpo que, sin embargo, estaba repleto del fluido de los hombres.

     Dejó el cadáver una cama a la que había agregado y clavado maderas para elevarla como si fuese una camilla de hospital. Juntó agua en un cubo y comenzó a limpiarlo. Los moretones persistirían hasta que el cuerpo se descompusiese, pero él intentaría evitarlo hasta que ya no le fuese útil. Cortó el pelo hasta rapar la cabeza. Por un minuto, miró y acarició el rostro de Carla. Ella había sido uno de sus últimos riesgos al contratar mujeres. Era demasiado hermosa, demasiado rebelde y provocadora, era demasiado diferente a las otras. Todo eso era un riesgo en una puta, y sobre todo el que le gustara lo que hacía. Le gustaban demasiado los hombres, y odiaba demasiado a las mujeres. Una vez le había preguntado. Ella, por sola respuesta, se había sentado en sus rodillas con las piernas abiertas.

     Tal vez encontrase algo más en su cabeza, pero ahora no tenía tiempo. Había amanecido y las mujeres preguntarían por ella. No porque les agradara su presencia, sino como quien busca al perro que siempre muerde, para no dejarse sorprender.

     Tapó el cuerpo con una sábana, y salió.

 

 

 

*

 

 

Muchos escucharon el grito esa mañana. Algunos hombres detuvieron lo que estaban haciendo, solo unos segundos, tal vez se hayan mirado entre sí. Las mujeres que aún estaban acostadas abrieron los ojos asustados, otras se estaban vistiendo o se miraban en un espejo del gran camarote que habría quizá pertenecido a una francesa de alcurnia, o a la putain del rey. Ahora, como en ese entonces, olía a cosméticos y abundaban los vestidos en el piso, las sillas o sobre las camas. Ellas sabían de dónde venía el grito, y quién lo había emitido. Valverde lo escuchó al salir del cuarto donde había dejado a Carla. Gonçalvez no se había acostado y revisaba su maletín cuando escuchó el grito desde el camarote al que pensar ir esa misma mañana, y sacó el reloj del bolsillo.

      Eran las seis de la mañana.

      Máximo Hurtado de Mendoza estaba acostado, pero despierto, con las manos tras la cabeza, observando las vigas del techo de su camarote, leyendo las vueltas y nudos de la madera en busca de una explicación a lo que sentía, pero ni siquiera los viejos reyes que dejaron sus espíritus en ese barco parecían haber hecho lo que él había hecho, y si lo hicieron, el remordimiento no existía en ese entonces, o aún no había sido enseñado a esa raza de hombres que usaban pelucas en sus orgías mientras escuchaban un cuarteto de cuerdas o un dúo de flauta y clave. Y el rapé se volatilizaba en el aire sobre un océano que ignoraba el hambre del continente, pero que conocía la muerte porque todos los días la invocaba con sus tormentas y la consecuente desolación de los naufragios. Pelucas que flotaban sobre el agua como restos de la civilización que había terminado en revuelta y que pronto volvería a comenzar. Escuchó el grito, como si hubieran vuelto a matar a alguien. ¿Por qué pensó en eso? Se dijo que la segunda vez es más dolorosa que la primera, porque se espera y se merece. Y se quedó acostado, esperando.

     El reloj de pie del despacho sonó a la misma hora, pero nadie estaba allí, salvo Max, que se había acostumbrado a dormir bajo el antiguo escritorio. El animal levantó la cabeza, primero ante el grito, luego ante el campanazo. Uno y otro se confundieron, y Max, también confuso, creyó escuchar la voz de uno de sus viejos dueños, aquel que acompañaba a la mujer que conoció en la ribera del río. Ella ahora estaba en una cama, inmóvil, y ya no le hablaba ni lo acariciaba. El hombre había desaparecido, y casi no recordaba más de él que aquel tono de voz que hoy sonaba tan parecido, que tuvo que levantarse y correr hacia el sitio de donde llegaba. Cuando estuvo en la habitación, vio a un hombre abrazado por una mujer, que lo mecía. Pero el hombre, que desconocía, lloraba y gemía, y la mujer murmuraba consuelos.

     José estaba sentado en la cama. Se había puesto el calzón, dispuesto a caminar luego de mucho tiempo. Se sentía bien y fuerte. Mientras se vestía, Mara lo había mirado desde una silla, sonriéndole, pero él se daba cuenta de que su mirada estaba perdida en un vacío. Él, sin embargo, no podía ignorar su propia alegría. No sentía resentimientos contra Mara ni las mujeres que lo habían golpeado. Había sido fuerte, y por un momento creyó que se moría. Poco recordaba de esa noche, y se restregó la cabeza con el pelo rapado. Valverde le había cosido varias heridas, y aún sentía las cicatrices y los chichones en los huesos.

     - ¿Y el buen doctor Valverde?-preguntó, con sarcasmo.

     -Por ahí anda-dijo Mara. -Pero en el barco tenemos un doctor de verdad. Pasó muchas veces a verte…

     -Creo que me acuerdo, fue después del naufragio…me parece. Confundo los días…. Soñé con un pájaro muy grande que me sacaba del agua y me levantaba en el aire.

     -Ah, ¿sí?

     - Y con cadenas. Pájaros y cadenas, parece absurdo, aunque sea un sueño.

     - ¿Y algún recuerdo del naufragio?

     -Los golpes y el ahogo, pero no…eso fueron los golpes de ustedes...

     Se rio, rascándose el pecho desnudo, tocándose los músculos del brazo. Ya no había moretones, y las costillas rotas habían sanado. Respiró profundo, y frunció el ceño.

      - ¿Me salvaste, Mara?

      Ella sonrió, se acercó a la cama y se sentó.

     -Tengo que decirte algo, José.

     - ¿Qué cosa? -dijo él, y su mirada se oscureció cuando vio los ojos de Mara. Las pupilas de ella parecían titilar, pero no era eso exactamente, había algo diferente. ¿Dos pájaros revoloteando en el cielo negro de esos ojos?

     -Este es el barco en que subieron tu hermano y su esposa.

     José sabía del barco, pero de eso hacía tanto tiempo, según creía, que ya casi no recordaba que estaba ahora en un barco muy parecido al que había deseado encontrar. Por fin, se dijo, vería otra vez a Manuel. Sonrió, y su rostro se deshizo por primera vez de todo sarcasmo y doble intención. La cara de José, se dijo Mara, era la de un adolescente que recupera a quien extrañaba terriblemente.

      -Manuel está muerto… -dijo ella.

      José se le quedó mirando. Comprendía. Aceptaba. Tanto las palabras como la realidad. De pronto, sus hombros fuertes cubiertos de vello castaño se hundieron lentamente, la espalda se encorvó, la cabeza pareció ser vencida por el peso de algo tan incierto como un pensamiento inatrapable por lo etéreo. Pero las palabras le daban peso, y el peso era un ancla atada a su corazón. Y el corazón es un músculo que se desgarra, y no puede latir tranquilamente si sus fibras se rompen.

     Cruzó los brazos sobre el pecho, y se puso a llorar. Mara lo abrazó. Con el brazo sin mano le apretó la espalda, con la del otro le acarició las cicatrices. Lo meció como a un bebé, y se sobresaltó cuando José dio el grito que se escuchó por casi todo el barco. Un grito que era un llanto y un desgarro, un lamento que no podía consolarse porque era la muerte y el nacimiento de un dolor. Mara sabía que los dolores no mueren nunca, simplemente se ocultan. Cuánto duró, no habría sabido decirlo. Ella lo sintió en todo su cuerpo porque él tenía la cabeza apoyada en su pecho, y la boca abierta emitiendo ese furibundo grito casi entre sus senos. Tantas noches había tenido los labios de ese hombre de esa misma manera, pero los gritos eran otros y el dolor era distinto. Ahora los unía otra cosa: lo mismo que ella había sentido crecer entre ambos, lo mismo que la había hecho naufragar su barcaza y exponer a todos a la muerte, excepto a ellos dos: Mara y José. Y ya habían encontrado al hijo de él, que sería de ambos.

     Pero José gritaba y se lamentaba por su hermano. ¿No era que lo aborrecía porque deseaba a su esposa? ¿O sería que había violado a Altea porque le había robado a su hermano?

     Ambas cosas, quizá, fuesen reales, pero nunca simultáneas. Hay sentimientos que no pueden convivir en la misma alma. El amor a dos objetos distintos es incompatible con el tamaño del alma: se ama a uno y se odia al otro. ¿Pero cuál era cuál?

     Ya no importaba. Manuel estaba muerto. Altea pronto lo estaría.

     Mara era ahora la mujer de José y la madre de su hijo.

     (la querida Elsa, la pequeña Elsa)

     -Ya, tranquilo, amor mío. Yo te consolaré, estaré siempre acá…para acariciarte, para abrazarte.

    La voz de Mara era dulce, y las palabras tenían el aroma de una canción de cuna. Tenía el vestido mojado por lágrimas y saliva. José era un chico que se lamentaba sin cansarse. ¿Desde cuándo no había llorado? ¿Alguna vez lo hizo? José Menéndez Iribarne era un marino mercante. Un hombre así no llora porque sí. Debe haber una razón fuerte. La muerte de un hermano, por ejemplo, sobre todo si se trata del único hermano.

     Mara alzó la mirada. El perro los observaba desde la puerta. Max dio un suave ladrido y se acercó. Olió a José, movió la cola, pero de pronto se detuvo. Reconocía algo en ese hombre, no el olor, sino otra cosa. Se alzó, apoyando las patas delanteras en las rodillas del hombre, y le lamió la cara. Mara rio y le acarició la cabeza, pero el perro dio un respingo y le gruñó.

     -Perro de mierda-dijo ella, sin poder evitarlo.

     José se apartó de Mara y se secó los ojos. Miró al perro y le acarició el lomo varias veces. Max se veía contento.

     -Es el perro de Manuel, tiene que serlo…me habían dicho unos pescadores que él y Altea esperaban en la playa con un perro que se les había juntado. Por eso me reconoce…

     A Mara no le gustaba compartir a su hombre con nadie, ni siquiera con un perro. Sin embargo, se calló la boca. Sonriendo, acariciaba a José. Esperaría todo el tiempo necesario, lo consolaría hasta el fin de la vida. Pero él se levantó, se puso una camisa y preguntó:

     - ¿Dónde está su esposa?

     -En su camarote, está muy enferma, creo que se va a morir.

     -Llevame.

     Salieron juntos, y Max los seguía. Eran casi las siete de la mañana. Carmen iba también en camino al camarote de Altea. Se asombró de ver a José. Las mujeres hablaron.

     -Carla no durmió con nosotras anoche-le dijo a Mara.

     -Debe haber estado con alguno, ya la veremos al mediodía…

    -Ya pregunté, Mara, nadie la vio.

    - ¿Y qué esperabas que te dijeran?

    Valverde estaba sentado en una silla junto a la puerta.

     - ¿De vigilante? - preguntó Mara.

     -Adentro está el médico. Buenos días, José, me alegro de verlo.

     -Sí, sí-le contestó. Estaba ansioso por ver a Altea.

      Esperaron un rato, no por cuidado de Gonçalvez, sino por evitar la mirada desaprobadora de Natacha.

      - ¿Viste a Carla? -preguntó Carmen a Valverde.

     -La vi, y por última vez…

     Se rio de la mirada de las mujeres.

      - ¿Qué esperaban? Este no es sitio para ella. Anoche amarraron un bote y abordó un tipo. Era un viejo amigo de Carla, lo reconocí porque era el que la mantenía antes de que se viniera con nosotros. Se agarraron a las patadas un rato, pero después se fueron juntos en el bote. No creo que la volvamos a ver.

     - ¿Y no hiciste nada? -preguntó Mara.

     - ¿Querías que se quedara? Me parece que no la querían demasiado ustedes…

     -Estamos mejor sin ella-dijo Carmen.

     No la extrañarían. Las putas no suelen querer a las que les gusta el sexo por el sexo mismo. Si un hombre les gusta, estaba bien, y si les pagaba, mejor. Pero el sexo con cualquiera, y sin el precio adecuado, no lo entendían. El dinero no era una compensación, sino simplemente el precio de la venta ¿Acaso no se va al teatro por ver una actuación? ¿Y no vale más si es una buena actuación?

     José golpeó la puerta, y sin esperar, entró. Vio a Altea sobre la cama. Era una sombra comparada con el recuerdo que tenía de ella. Media cabeza tapada por vendas, y la sábana cubriendo el cuerpo donde sólo había un bulto no demasiado grande a nivel del vientre. Una mujer de cabello y vestido oscuro estaba sentada a un lado de la cama, y lo miraba con asco. Un médico alto y flaco, sentado del otro lado, auscultaba a Altea.

     -Pedimos disculpas, Natacha. Pero José no ha tenido paciencia. Y le he dicho todo sobre Manuel.

     Natacha no dijo nada y esperó a que el médico terminara. Gonçalvez se sacó el estetoscopio.

     -Me alegro verlo recuperado.

     - ¿Es usted el que me cuidó estos días, no es cierto? Le agradezco, pero no estoy para cumplidos ahora.

     Se veía nervioso, irritado, y se sentó en la cama. Observó el rostro de Altea, demacrado y pálido.

     - ¿Qué les pasó a los dos, no entiendo?

     Se dio cuenta de que todos se miraban entre sí, pero presentía que la causa de esas miradas era tan independientes entre sí.

     -A su hermano le dispararon-dijo Gonçalvez. Hoy no tenía esa mirada de disculpa, o de temor, que siempre le habían visto. - Me lo trajeron a mi casa, herido, allá en Entre Ríos. Deben haberlo asaltado. Pero ya no había nada que hacerle. Lo enterraron en un cementerio de la zona.

     - ¿A ella también?

     -Lo de Altea fue un accidente-dijo Natacha. -A mi marido, el capitán Mendoza, se le escapó un tiro.

     -Así es, Iribarne, estábamos todos borrachos esa noche, y se me escapó un tiro. Mía es la culpa, señor.

     Máximo Hurtado de Mendoza había entrado casi sin que nadie lo sintiera, salvo Max. José se levantó y le extendió la mano.

     -Soy el capitán José Menéndez Iribarne, marino mercante.

     Máximo no esperaba eso. Estrechó la mano.

     - ¿Qué dijeron las autoridades, sobre mi hermano, digo?

     - ¿Qué autoridades? - dijo Mara, burlándose, uniéndose al teatro que él había iniciado. El teatro era como una araña que iba tejiendo lenta y certeramente. - ¿El cura del pueblo, el dueño de la pulpería o el médico? En esos pueblos el doctor es la única autoridad.

      - ¿Y si mi cuñada hubiera muerto embarazada?

      Las botas del capitán sonaron en las tablas, como si se hubiese puesto en posición de firme. Natacha sonreía.

     -Estoy a su disposición para cualquier satisfacción que usted me pida-dijo Mendoza.

     -No le pediré ninguna, capitán, si el niño nace.

     El entramado ya estaba construido.

     - ¿Qué piensa, doctor?

     Gonçalvez echó una mirada a Valverde, que observaba todo desde la puerta. Él también estaba atrapado.

      -Confío en que, con los cuidados necesarios, la señora sobrevivirá para dar a luz.

      -Ojalá así sea, doctor. Tengo todas mis esperanzas en ese niño. Mi hermano era todo para mí…usted comprenderá, y no hay nada que yo no vaya a hacer por este huérfano.

      La voz de José era suave, pero firme. No decía más que lo que todos esperaban, y precisamente por eso la sentencia que declaraba se hizo más rotunda.

 

     Desde entonces, José y Natacha fueron los que estuvieron casi todo el tiempo cuidando a Altea. Por la mañana venía Carmen a bañarla y cambiarla, luego pasaba el médico, aunque no hubiese ningún cambio, pero Gonçalvez registraba minuciosamente en sus papeles cada signo en el estado de Altea, el cambio de coloración en la piel, su humedad, el sudor, la evolución de las cicatrices, la respuesta a los estímulos sensoriales, la cantidad de micción o materias fecales. Luego de más de una hora, se iba con su maletín bajo el brazo, restregándose los ojos. Muchos lo vieron reunirse con Valverde luego del mediodía, en el estrecho cuarto que había ocupado poco tiempo antes, o a veces caminando por cubierta.

      José y Natacha se alternaban para darle de comer.

     -Usted vaya a descansar, señora-le dijo un día. -Ya ha hecho mucho por ella, déjeme a mí ahora. Al fin de cuentas es mi cuñada, y lo único que me queda de mi hermano.

     Entonces le dio de comer en la boca, hablándole, y vio que los párpados de Altea se movieron. Dejando la cuchara en el plato, le levantó uno de los párpados y observó el ojo derecho. Estaba ciego. Hizo sonar sus dedos frente a ella, y el párpado izquierdo, que era ahora una masa informe de piel cicatrizada, se movió. Intentó levantarlo, separando las adherencias que el médico había recomendado no desprender porque servían de cura. Vio un hueco oscuro cuya profundidad parecía ser mayor que lo razonable.

     Le habló, y el sonido de su voz, tal vez entrando por ese hueco, provocó un reflejo en el brazo derecho de Altea. Sólo un espasmo apenas perceptible y que fue más evidente por el movimiento de los dedos.

     Me reconoce y todavía se acuerda, por supuesto, de mi voz. Cómo iba a olvidarse de mi cuerpo, si es el mismo que está engendrando.

      Pero no pudo continuar. Entró Natacha y se sentó en la mecedora de siempre, del otro lado de la cama.

       - ¿Comió?

       -Sí, y creo también que reconoce mi voz. Su párpado sano se mueve cuando le hablo. -Obvió decirle lo del movimiento de los dedos.

      Natacha subestimó el comentario.

      -Eso ya lo noté casi desde la primera semana.-Luego se levantó para mirar detenidamente la cara de Altea, y le pasó la mano por la frente.

      -Está empapada en sudor, eso es nuevo. Pero no hace calor acá. Me preguntó si tendrá fiebre.

     Buscó un termómetro de mercurio que guardaba en un cajón y lo puso bajo una axila de Altea. Volvió a sentarse, rígida, con la mirada fija en la enferma, ignorando a José, pero sintiendo su mirada sobre ella. Luego corroboró la temperatura.

     -Está normal.

     -Tal vez haya sido esa sopa.

     -Pero no me vaya a decir la estupidez de que se la dio caliente. Podría haberla quemado, toda su piel y sus mucosas son muy delicadas en ese estado.

      Natacha lo miró con desprecio. José no contestó, que la otra pensara lo que quisiera.

     Después estuvieron en silencio un largo rato. Ella cerraba los ojos, pero él sabía que permanecía vigilante.

     - ¿Usted conoció a Manuel? -preguntó.

     Natacha contestó sin abrir los ojos:

     -Lo conocí.

     -Era un gran hombre…

     Ella esperó, y luego dijo:

    -Depende del punto de vista.

    - ¿Qué quiere decir?

    -Que hay cosas que no conocemos aún de nuestros parientes más íntimos.

    José la miró detenidamente, con las cejas fruncidas y las manos en las rodillas.

    - ¿Y usted lo conoció mejor que yo, señora?

     Natacha se mecía casi candorosamente, pero su sonrisa comenzaba a ser, más que despiadada, satisfecha.

     - ¿Sabe usted que tengo un hijo?

     No quiere contestar, o da vueltas, es de esas. Tan diferente a Mara…

    -No sabía, ¿y dónde está el chico que no lo he visto?

    - ¿Está seguro? Mire bien, ahora mismo está al lado suyo, y está apoyando su mano sana sobre uno de sus hombros, señor.   

     José vio que ella miraba hacia un espacio vacío, y esa mirada era tan segura, que él dio un respingo involuntario y movió su hombro.

     -No sé de qué habla, acá no hay nadie.

     La vio hablar en murmullos, girando la cabeza como si siguiera el movimiento de alguien en la habitación. Creyó entender.

     - ¿Y qué le pasó?

     -Se mató.

     - ¿Y qué tiene que ver todo eso con Manuel?

     -Debería preguntarle a él.

     - ¿A su hijo?

     Natacha hizo un gesto de exasperación, restregándose las manos.

     - ¿Acaso usted conoce a todos los habitantes de la ciudad en la que vive, y espera que ellos se conozcan en ese lugar en el que están? Digo que debe preguntarle a su propio hermano, señor, si quiere averiguar.

       - ¡Está loca!

       Se levantó, enojado, pero se detuvo cuando escuchó alguien que hablaba. Miró alrededor. Natacha observaba a Altea, pero no parecía notar nada extraño. Él, sin embargo, veía que Altea movía los labios, y la voz era impersonal, o más semejante a la de un hombre, en realidad. Se sentó en la cama y acercó un oído a los labios. No entendía las palabras. No sabía si alegrarse por ese signo de recuperación o no, y se preguntó por qué Natacha no decía nada.

     Entonces se dio cuenta de que no eran palabras, sino un sonido que intentaba imitar un ritmo sincopado y monótono, como el de los tambores.

      Tum, tum, tam, tum, tum, tam

     Como los de aquella noche de los ritos en el pueblo, mientras él y Altea estaban en la choza. Apretando con una mano la boca de Altea y con todo su cuerpo el cuerpo de ella. Las piernas alzadas y los brazos intentando separarlo. Y las piernas de él esforzándose por mantenerla contra la pared. Tum, tum, tam, y así durante horas, hasta que se fue extinguiendo con la llegada de la mañana.

      ¿De dónde venía la voz? No era de los labios, pero se movían. No de la garganta de Altea, porque era la voz de un hombre.

     José se levantó y volvió a sentarse en su silla, tapándose la cara con las manos Sentía que llegaba la sombra de la noche por la puerta. Escuchó los pasos de Natacha, a la vez que decía:

     -Ya se hizo de noche. Iré a buscar la cena.

     Escuchó que la puerta se abría y no volvía a cerrarse. Y sintió el miedo que hacía mucho tiempo que no tenía, el de las puertas abiertas. Como en Cádiz, cuando él y Manuel hablaban en una habitación, durante horas, y cuando escuchaba los pasos vigilantes de su padre por el pasillo, y los pasos protectores de su madre, siguiéndolos. El miedo los obligaba a apagar las luces, pero si el padre encontraba la puerta cerrada, se enfurecía. Abrirla y encender las luces era develar ese miedo que se iba escondiendo como un pliegue de sombra en los rincones oscuros del cuarto, en los cielorrasos. Y que luego descendía hacia sus camas cuando el padre se iba, dejando la puerta abierta. Nunca la trababa, nunca la había sacado de sus goznes. La amenaza era siempre más eficaz que los mecanismos prácticos. La voz del viejo Menéndez Iribarne era más cruel que una puerta abierta mostrando las vísceras de la habitación envueltas en sábanas húmedas. Y ambos compartían, hasta la madrugada, las impresiones de lo que veían en las formas del cuarto, tal vez los sueños, o lo que fuesen en realidad. Las formas de las cosas: la cama, el armario, el espejo, las sillas, las perchas, la araña del techo, las luces del velador, los dibujos del empapelado y las alfombras, las vasijas de porcelana y hasta el mingitorio escondido bajo la cama. Todo eso iba tomando contornos extraños a medida que pasaba el tiempo y ellos crecían. Las imágenes de desnudos que los amigos les habían regalado o vendido, los cuerpos de hombres y mujeres que habían espiado por las ventanas de los barrios bajos. Y tantas veces que se durmieron maltratando sus propios cuerpos como si deshacerse de ellos fuese el objetivo de toda vida. Y luego, extenuados, se dormían.

     Pero la luz del pasillo iluminaba sombríamente los rincones, y la luz era un sonido que se concretaba en un rumiar, en un cascar, en un ronronear, en un ladrido, y luego en un grito indeterminado y muy bajo, casi gutural. Y cuando cada uno, dándose finalmente la espalda, miraba hacia las paredes y el techo, contemplaba las formas definitivas que conformaban esas caras: las de ratas de orejas grandes y patas cortas.

      Mucho más tarde, aquellas habitaciones se habían transformado en selvas rodeadas de ríos, con suelos de barro y cielos lluviosos. Pero las caras de las extrañas ratas seguían apareciendo tras las ramas de los árboles, en el fondo de los pozos de agua o bajo una roca con la que tropezaban. Pero ya ahora tenían alas, y el aleteo era siempre nocturno. Y el crepúsculo se fue tornando una amenaza que se satisfacía en su propio concepto: amenaza que hacía bullir el miedo, y era entonces cuando ellas llegaban realmente.

     Las negras criaturas que, como ahora, comenzaban a inundar el cuarto.

     José no había visto cuando Natacha salió del camarote, ni la vio mirar atrás como si alguien la siguiera, y dejando deliberadamente la puerta abierta. Si la hubiese visto, incluso, tomarse la molestia de abrirla hasta el punto de poner una silla para que no se cerrara con algún descuido del viento. El viento que provocaban los aleteos de los murciélagos que entraban y rodeaban la cama de Altea y la silla de José. Aleteos de alas membranosas con un sonido similar a los de los tambores.

     El tum, tum y el clap, clap.

    Creando la música de la memoria.

    Y cuando los murciélagos se asentaron sobre el cuerpo de Altea, José se desesperó por espantarlos de ella y de su propio cuerpo. Veía las caras y sus muecas, escuchaba el grito indeterminado que ellos emitían. Lo mordían, lo rasguñaban. Vio sangre en sus manos y en la cara de Altea. Se tiró sobre la cama para protegerla. ¿Era como aquella noche de los ritos? ¿La estaría protegiendo al mismo tiempo que la estaba violando? ¿No protegía a Manuel, acaso, de los chicos del barrio y de la escuela? ¿Abrazarlos no era, acaso, protegerlos? ¿Y amarlos no era, entonces, lastimarlos?

     Protegió el cuerpo de Altea todo el resto del tiempo que los murciélagos tardaron en abandonar la habitación. Llegaron los hombres para espantarlos, como pudieron, ya estaban acostumbrados. Cuando entraron, José estaba sobre el cuerpo de Altea, apenas tocándola, reservando el vientre en que crecía el chico encerrado en ese paraíso rodeado de escombros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿QUÉ VEN LOS OJOS DE LOS MURCIÉLAGOS?

 

 

 

10

 

 

 

Ya estaban frente a Corrientes.

      Las playas anchas, el cielo despejado y tan amplio como las selvas que habían dejado su espacio para el crecimiento de la ciudad. Las casas se alternaban con muelles cortos que se adentraban en el río y parecían estar a punto de romperse con cada creciente. Pero resistían, aunque no estaban preparados para recibir barcos como el “Juan Manuel”.

     Se detuvieron luego de haber parado las máquinas media hora antes, y aun así tuvieron que tirar las anclas antes de pasarse de la altura de los muelles. Desde la costa, la gente se había parado a observarlos.

     Mendoza estaba apoyado en el barandal, ayudando su vista con binoculares para buscar al jefe del puerto al que había mandado telegramas.

     -Márquez- le dijo al viejo a su lado-. Prepare los botes.

     El ingeniero ya tenía todo listo media hora después. Descendieron los botes con hombres y mercaderías: atados de cueros y lanas, incontables cajas de latas de conservas, cajas de cigarros y pipas, bolsas de tabaco, bolsas de yerba, muebles de Buenos Aires. Todo servía para recuperar tiempo y dinero. Vio que los botes atravesaban la distancia hacia los muelles con lentitud y seguridad. Los hombres hablaban y se veían contentos. El sol de abril era cálido aún en esas latitudes. Lo único molesto eran los mosquitos que atacaban en pleno mediodía y cuando no había siquiera indicios de futura lluvia. Los murciélagos muertos habían sido recogidos y la cubierta lavada con esmero, pero siempre quedaba el olor de la sangre.

      Entonces miró atrás, hacia la popa, donde estaba el bote con los cadáveres cubiertos de cal y una lona de cuero que debía protegerlos de los insectos, pero que ya era inútil. Valverde se había salido con la suya, los había arrastrado hasta Corrientes. Y ahora Maximiliano Hurtado de Mendoza se veía no como un capitán engalanado con el prestigio de su pasado, sino como un mero capitán de río transportando contrabando.

     Y vio el bote que bajaba a pocos metros de donde él estaba, con Valverde y Gonçalvez a bordo, hasta tocar agua, y remar hacia el bote de los muertos. Desde la costa, la gente se arrimaba hasta cerca de la orilla. No necesitaba él de binoculares para apreciar el gesto de las caras: burla, desprecio, pero sobre todo una imperiosa curiosidad. Ya le habían contado que no era la primera vez que Valverde hacía ese viaje, ni que su mercadería era la de siempre: muertos, putas y drogas. Los grupos de la orilla, que iban adentrándose a los muelles endebles, estaban formados por mujeres jóvenes, que tal vez querían pedir trabajo a Valverde, por hombres que quizá iban a comprarle drogas. Pero un grupo vestido de blanco se abrieron paso entre los otros, y esperaron.

     Valverde desató la cuerda que unía el bote al barco y la ató nuevamente al otro. Los dos comenzaron a remar con mucho esfuerzo. Ninguno había querido descender a ayudarlos, aunque Valverde les había ofrecido plata. Mendoza se los había prohibido: si ayudaban a Valverde, no subirían más al “Juan Manuel”. Muchos lo pensaron y desistieron.

      El bote se fue acercando con lentitud hacia la costa. Les fue necesario más de media hora, porque los muertos pesaban, y el aspecto que tenían, rodeados de un olor nauseabundo y miles de moscas zumbando alrededor, no atraía la ayuda de nadie. Observó con los binoculares el rostro de Valverde, acalorado, rodeado de mosquitos, y disfrutó del pequeño desquite al verlo sufrir, pero él sabía que todo eso no era más que mera circunstancia para Valverde, una simple media hora tras la cual él obtendría lo que ansiaba. Gonçalvez, sin embargo, lucía como un cadáver que se movía, pálido, sin sudor en la barba crecida, sólo la negritud en la mirada, pareciendo dejarse llevar, y mirando el norte como quien mira la frontera hacia una guerra.

     Las putas que serían vendidas en Corrientes habían bajado en otro bote en que remaban dos de sus hombres. Sólo quedaban Mara y Carmen para cuidar a Altea. Las mujeres se reían de Valverde cuando pasaron muy cerca, tapándose las narices. Él les un gesto que conocían: una burla y una reprimenda. Supo siempre cómo mantenerlas amarradas a su voluntad, él las necesitaba, pero ellas no sabían a ciencia cierta hasta qué punto, y por eso se permitían amarlo y odiarlo a la vez, aborrecerlo y luego desearlo. Él tenía el dinero y el extraño encanto, el poder de conducirlas y aconsejarles. Les había salvado la vida muchas veces, como en la inundación, y los golpes no eran más que una circunstancia fortuita, como la misma inundación. Así como los designios de Dios no pueden ser contradichos ni contrarrestados, los designios de Valverde eran inapelables. ¿No lo habían visto sanar a muchos con sus mezclas? ¿No les habían contado que él prolongaba la vida? ¿Y cuántas veces habían escuchado en los pueblos, de noche, en las habitaciones de los puteríos, que él había hecho vivir a un muerto?

      -Lindo día, capitán.

      Mendoza dio un respingo. Mara estaba al lado, acodada como él, mirando los botes que llegaban a los muelles.

      -Usted siempre se aparece de improviso…

      Mara se rio.

     -Lamento el susto, capitán, no es mi intención…

     Mendoza lo dudaba, pero dijo:

     -Pensé que se bajaría con su amigo.

     -Ya conozco Corrientes y toda esta zona de fronteras desde cuando trabajaba con el otro, con el que me vine de España. Además, Valverde tiene sus negocios y yo los míos.

     - ¿Y cuáles son los suyos?

     -Ahora acompañar a mi hombre.

     -Eso no le atrae dinero, supongo…

     -No se preocupe capitán, Valverde tiene encargo de negociar en representación mía con la gente de Corrientes. Nos traerá plata, y otras cosas.

      Cuánta ansiedad sentía Mendoza por hacer que todos esos abandonaran su barco, incluso Natacha, y quedarse solo, dueño del pasado, y anclado en un espacio de tiempo interminable, una pausa sin límites. Si el tiempo es infinito, como muchas veces había leído, entonces la pausa no tenía razón de ser. ¿Pero acaso la naturaleza no muere, o simplemente se muda? ¿Es la vida de cada hombre como un segundo en el tiempo? ¿No sería más lógico que si los cuerpos mueren, entonces el espacio y el tiempo coordinen su ensamblaje? O todo es eterno o todo muere definitivamente. Soy un filósofo de pacotilla, un maestro frustrado, un vagabundo obsesivo, un asesino irredimible, se dijo. No me perdono, pero me justifico, me lamento y sin embargo exijo en los demás lo que yo no puedo cumplir. Si estuviera sólo con dos o tres hombres a los que nos les importe tampoco la soledad del tiempo. El río es un continuo discurrir sin sentido, pero el mar es la plenitud del tiempo. Las olas marcan la arritmia de los segundos intempestivos, el río es un continuo claudicar del corazón. Siempre es igual, pero el mar es distinto porque miente. El río es verdadero y se hace odiar por eso, se hace repulsivo a los cobardes. El mar engaña como una mujer. El mar es una madre que de tanto acariciar, un día golpea, y lo hace definitivamente. El río perdona, el río se escabulle en la conciencia y nos mete en el tiempo como presos. El mar nos sacude, nos echa y nos recibe, cambia perennemente. Los Hurtado de Mendoza siempre fuimos capitanes de mar. Sólo yo, el último de mi estirpe se dejó enredar por esta larga serpiente de agua.

 

 

 

*

 

 

 

Juan Valverde de Amusco era ahora, como su ancestro del que tanto se jactaba, un anatomista que no tenía remilgos en recoger los cadáveres del bote amarrado al muelle. Se había sacado la camisa, el cuerpo estaba lleno de piquetes de mosquitos, y de vez en cuando se rascaba con un dejo de desesperación que se esforzaba por ocultar, aunque no siempre lo lograba. Estanislao Gonçalvez lo secundaba, arrastrando los cuerpos hasta el comienzo del muelle, donde los empleados del hospital los cargaban en la carreta.

     En ese trabajo, varios fueron los cuerpos que se cayeron al río, pero nadie iba a sacarlos. Eran más que suficientes las víctimas de la inundación para que esta vez Valverde obtuviese una buena tajada de dinero del estado. Porque en el hospital, por más que estuviese prohibido, todos sacaban ventaja del comercio. Los médicos tenían cuerpos para estudiar, y lo que no les servía se vendía a los indios o a los pobres. Nadie iba a decirlo, por supuesto, pero todos sabían que cuando la carne se acababa, como en la pasada guerra, algo había que comer. La carne abundaba, y no tenía nombres. La carne se podía cocer y toda enfermedad desaparecía. Eso ero lo que decían los que iban de un pueblo al otro.

      Otros muchos se desmembraban cuando los subían a la carreta, y Valverde miraba con pena y resignación la forma en que los hombres tironeaban de los cadáveres. A pesar de estar acostumbrados, no dejaba de darles asco su trabajo. O quizá fuese simplemente desidia. Sí, eso era. La completa indiferencia de la vida hacia lo que ya no vive. Pero ellos no sabían lo que quedaba en esos restos: huesos rodeados de una sustancia cuya descomposición era el germen de una futura vida. Diferente, por supuesto, pero nadie podía asegurar que la vida de un gusano no fuese tan importante como la de un hombre. Ellos pueden sobrevivir a los venenos que matan a los hombres, ellos han persistido durante siglos. Los mismos mosquitos que lo habían estado devorando era más fuertes que él, pero le habían tenido piedad, y por eso él había sufrido con paciencia.

     Paciencia era lo que le faltaba a la mayoría de los hombres que trataban con los muertos. El apuro es un asunto del tiempo, y el tiempo es la sentencia de la vida. Si pudiera escuchar las conversaciones de los muertos, se dijo Valverde muchas veces. Pero estamos todos aferrados a la vida porque la confundimos con la conciencia. ¿Acaso no vivimos mientras dormimos? La conciencia no garantiza más que la ficción: el telón siempre levantado y todo a oscuras tras las bambalinas.

     Ya quedaban pocos cuerpos en el bote. El último fue arrastrado en espera de la carreta que debía regresar del cuarto viaje de ida y vuelta al hospital. Era pasado el mediodía. Valverde se paró en la punta del muelle, con las manos en la cintura y la vista fija en el médico, agitado.

     - ¿Tiene hambre, doctor?

     El médico se había sentado a descansar, a varios metros de él.

     -Hambre, sed y cansancio.

     Valverde se puso otra vez la camisa y se sentó a acompañarlo.

    -Cuando lleguemos al hospital podremos limpiarnos, comer y descansar. ¿Y en qué está pensando, lo veo acongojado?

    Gonçalvez se sorprendió una vez más del lenguaje rebuscado de Valverde.

    -Todavía no entiendo cómo hizo para mantener esos cuerpos. A estas alturas deberían tan podridos que se romperían entre las manos, si es que alguien soportara el olor.

     -Aprendí muchas cosas de los indios, doctor. Del Brasil estoy hablando, pero ellos han recibido lecciones desde generaciones antes, de miles de años. No le voy a hablar de la era geológicas, por supuesto, usted es un hombre de ciencia, y sabe lo que nos relaciona con África. He conversado con exploradores, doctor, y tienen menos prejuicios que un cura de pueblo en hablar conmigo. No hay recetas, doctor, usted lo sabe mejor que nadie, porque las fórmulas son meras coincidencias. El azar, si así quiere llamarlo, rige el mundo, y el caos es el único dios que debería ser adorado. Pero nadie está dispuesto a hacerlo, ¿sabe por qué? Es demasiado incómodo adorar lo que está en todas partes y no puede verse, pero sobre todo lo es sublimarnos a lo que está dentro nuestro. El alma es un caos que no queremos reconocer, porque sucumbiríamos a la sinrazón. ¿Y quién dice que la sinrazón no tiene su propia lógica? No las reglas de los formularios a los que estamos acostumbrados. La mente humana es un cajón de sastre que permanentemente intenta cumplir la ley de Perogrullo. Nos rompemos la cabeza y nos volvemos locos, y seguimos intentando meter esa locura entre cuatro paredes. Y mientras nada encaja, seguimos intentando. ¿Y esa es la razón que tanto alabamos? ¿La que pretende mantenernos en pie sobre la tierra? ¿No es eso, acaso, meter nuestros restos en un cajón alargado? Tiene cuatro paredes, doctor, y un piso y un techo, porque hasta eso nos quitan: la posibilidad del cielo o del infierno.

     El médico se levantó cuando llegó la carreta. Subió el cuerpo que restaba sin ayuda y se subió al pescante. El hombre que conducía esperó a Valverde, que se subió atrás con el cadáver. Retomaron el camino al hospital.

     - ¿Pero no me va a decir cómo los mantiene?

     -Hay muchas maneras y varias sustancias. Tengo todo un catálogo en la cabeza, y buena memoria visual. Conozco las plantas y los polvos que he visto, y los nombres leídos. Mucho latín, doctor, y me jacto de eso, no tenga dudas. Los indios que tanto nos hemos esforzado en matar podrían habernos matado antes, pero lo que nosotros confundimos con debilidad ellos lo llaman supervivencia. ¿Encuentra contradicción en eso? La contradicción es el alma. ¿Usted es de los que piensan que alma se separa del cuerpo al morir?

    -Si existe el alma, sí.

    - ¿Por qué doctor? Si el alma necesita un cuerpo para manifestarse, muere también cuando no tiene un cuerpo, así como nuestro cerebro muere cuando el corazón se detiene.

    - ¿Quiere decir que alma tiene un compartimiento corporal?

     Valverde se rio a carcajadas, y su risa se escuchó por las calles empedradas que llevaban al hospital. Faltaban no más de tres cuadras, pero la carreta iba lentamente porque el caballo era viejo y rengueaba. Pronto terminaría en el matadero. Algunos chicos los seguían, curiosos, y algunos perros que olfateaban. Moscas y moscas por todas partes, pero nadie las espantaba.

Eran las tres de la tarde ya, y el silencio de la siesta provinciana era perturbado por el traquetear de las ruedas, que, como el resto de la carreta y el caballo, pronto sucumbirían a efecto del tiempo, como lo había hecho el cadáver que cargaban.  Lo inverosímil, como si la verosimilitud tuviese que ver con el drama del mundo, era el contraste de aquella escena con el paisaje. El ancho río representaba un fondo vital y brillante con sus reflejos plateados y dorados bajo el sol mate del otoño, las casas y edificios con cortinajes de colores chillones por todas partes, el adoquinado gris de las calles y el polvo que se levantaba del resto, los árboles altos o de copas frondosas junto al río o en las veredas, intensamente verdes y floridos. Todavía no había ni señas del inminente invierno. El verano se resistía a partir, mudándose lentamente, dejando sus pertenencias cálidas para transportarlas en varios viajes. ¿Como la carreta y sus cadáveres? Evidentemente había humor negro en esa similitud que desafiaba lo verosímil, pero que constituía la sustancia más pura que amalgamaba los hechos y las cosas. Eso era lo que seguramente estaba pensando Gonçalvez cuando, ya en silencio, contemplaba el cielo límpido, acostado en la carreta boca arriba, como el muerto a su lado, pero respirando y haciendo girar sus pulgares uno sobre otro, con las manos unidas sobre su pecho, y una sonrisa de lo más rara en la cara.

     Las carcajadas habían terminado, pero antes de callarse, había contestado a la última pregunta del doctor:

     -Así es, amigo. Ahora veo que será mi compañero adecuado en la tarea que nos hemos puesto encima de los hombros. El chico ese va a nacer, se lo aseguro. Y nosotros haremos que la madre viva lo suficiente para eso.

 

     El hospital era amplio y viejo. Una fachada que alguna vez había sido blanca estaba cubierta de hiedras y musgo. Las ventanas tenían viejas rejas coloniales y de las tejas caían cenizas, porque desde el parque posterior estaban quemando algo, tal vez ramas, tal vez muertos.

     -Parece que sobran-dijo Gonçalvez. - ¿Le pagarán bien?

     -No se preocupe, conozco al director.

     Y en ese momento salió al pasillo un hombre alto y de barba oscura, cabello entrecano y rizado. Debía tener unos cuarenta y cinco años. Su alta estatura tapó la luz que llegaba desde el ventanal al fondo del pasillo. Las paredes estaban pintadas a la cal, con partes sin revocar. Las luces colgaban del techo, y las puertas a lo largo del ancho pasillo no llevaban a habitaciones, sino a oficinas. Las puertas abiertas dejaban ver escritorios y bibliotecas, archivos y carros de curaciones desarmados. Ya habían llegado casi al último tramo, y vieron a la derecha un depósito lleno de camas rotas, colchones, camillas y artefactos de quirófano. Fue entonces, desde ese depósito, de donde apareció el doctor Cisneros.

     Valverde y él se dieron la mano, y presentó a Gonçalvez.

     - ¿No nos conocemos de algún lado? -preguntó a su colega.

     -No lo creo.

     Cisneros puso una mano sobre la frente y cerró los ojos.

    -Déjeme hacer memoria, yo lo conozco a usted, doctor….

    Chasqueó los dedos y dijo:

    - ¡Ya me acuerdo! Nos conocimos en la facultad, usted era una eminencia ya en esa época.

    Parecía alegre y asombrado de reencontrarlo.

    -Fíjese usted, Valverde, si este amigo conocía cada centímetro del cuerpo humano mejor que Testut. Lo llamábamos para todo, incluso lo buscábamos en el anfiteatro durante las lecciones de anatomía para que no pasara las respuestas. A veces las escribía, otras las dictaba moviendo los labios.

     Gonçalvez sonreía, pero se mostraba avergonzado. Y más cuando el otro dijo:

     - ¿Y qué hace acompañando a este sinvergüenza de Valverde?

     Los tres rieron, pero Gonçalvez no sabía cómo contestar. Ya no era una eminencia, sólo un médico de pueblo pobre que enterraba más de los que salvaba.

     -Me ayuda en mis experimentos-dijo Valverde.

     - ¿Asistente de Frankenstein, entonces?

     -Algo así. - Valverde palmeó la espalda de Gonçalvez, animándolo. -Lo sacamos del pueblo donde estaba, y tal vez vuelva con su familia en Minas Gerais.

     -Sí, ya me acuerdo de que eras de allá, con familia importante, de plata, digo. Aún nos comunicamos con ellos, a veces, por la empresa, digo…Sobre todo con las lluvias que tuvimos este verano, toda clase de pestes, cólera, dengue, neumonías, muchos chicos muertos.

     - ¿Hacemos negocios, doctor? En el barco nos esperan para zarpar otra vez, el capitán quiere recuperar tiempo.

     -Sí, ya he visto el mastodonte en el que navegan.

     Caminaron los tres hasta una escalera de enormes baldosas gastadas, muchas rotas, y el dibujo que debían formar estaba incompleto. Llegaron al primer piso y entraron a la oficina del director. “Alberto Cisneros, neurólogo y neurocirujano”. Sobre una pared había una foto durante la entrega de los diplomas, entonces recordó a Cisneros como uno de esos compañeros que siempre sacan ventaja de los otros. No estudian casi nunca, pero sacan mejores notas que los demás, porque saben convencer con su personalidad. Tienen carisma y familias con dinero, tienen comodidades y la facilidad que les falta a los otros. Los otros, como Gonçalvez, podían o no tener dinero, pero estudiaban por vocación o ambición, y no por la inercia de los hombres como Cisneros.

    -Ya recuerdo, doctor- dijo al sentarse frente al escritorio. -Creí que te dedicarías a la anestesiología.

     Cisneros festejó el comentario con una amplia sonrisa y amplios gestos de los brazos. Le gustaba gesticular permanentemente.

     -Así es, amigo mío, pero se me murieron varios, y se me ocurrió cambiar de especialidad. De todos modos, como sabes, no he salido del estudio del sistema nervioso, así que ahora no mato a nadie, y como máximo mantengo a esta pobre gente con menos dolor que el habitual,

     - ¿Cómo es eso?

     -Cisneros está colaborando conmigo-intervino Valverde. -Aunque no lo parezca, sabe mucho de neurología, y muchos de sus pacientes son nativos. Yo lo ayudo a interpretar el idioma y ellos le sirven de conejillos de indias. ¿Me entiende?

     Cisneros miró a Valverde con seriedad, como preguntando si se podía confiar en el otro.

     -Hable con toda confianza, Alberto, Gonçalvez es de los nuestro. Mire, amigo, Cisneros me aporta los materiales que yo necesito, y que solamente pueden conseguirse en un hospital, o ser médico, por supuesto. Drogas, querido, de eso hablamos, pero no solamente de las que ya conocemos, sino fármacos que están siendo experimentados, o que ni siquiera el gobierno o quien fuera saben que existen. La gente se cura, muchas veces, la gente vive mejor, en ocasiones, y en contadas veces sobrevive largo tiempo.

     -Hacemos investigaciones sobre las reacciones del sistema nervioso central. Usted ya sabe que son muchos lo cuidados para mantener los preparados anatómicos de cerebro y médula. Necesitamos cientos para sacar provecho de diez, o menos. Pero obtuvimos buenos resultados. No son para publicar en una revista científica, por supuesto. Pero usted y yo, doctor, sabemos de qué se trata la medicina, y sobre todo de qué se trata lo que llamamos academicismo. La hipocresía es el otro nombre de la ciencia.

     -Y la política la madre de todas…-dijo Valverde.

     Se callaron. En las paredes había reproducciones de Rembrandt intercaladas con diplomas y fotos. Cisneros aparecía con guardapolvos en casi todas las fotografías, algunas en las habitaciones del hospital con otros médicos, o sentado en una cama junto a un paciente moribundo, otras en la calle, abrazando a una vieja que le regalaba empanadas. Había muchos libros de ciencia y literatura tras el sillón donde estaba sentado, en una gran biblioteca de madera de caoba, tal vez, importada de Europa, lo mismo que el sillón lleno de polvo junto a otra pared.

      Cisneros abrió el cajón del escritorio con una llave que había sacado de su chaleco. Sacó una caja de habano, pero al abrirla había billetes. Los entregó a Valverde, que los contó y los guardó en el bolsillo del saco. Todo eso ocurrió en el más completo silencio de palabras, porque desde el pasillo se escuchaban los pasos continuos de las enfermeras y los médicos, de las ruedas chirriantes de las camillas, o el rodar de los tubos de oxígeno.

     De pronto, golpeó la puerta, que estaba abierta, un enfermero bajo y fornido.

     -Pase, Pérez.

     El tal Pérez traía una bolsa grande que dejó en el piso junto a la silla de Valverde, y otra pequeña que apoyó sobre el escritorio.

    -Eso es lo más que puedo darle por este semestre, amigo.

    Valverde hizo un gesto de dar por descontado la generosidad de Cisneros.

     - ¿Tiene en vistas algún trabajo en especial?

     -Algo muy importante, sí. Ojalá pudiera contarle con detenimiento, pero se explicaré en una carta cuando terminemos, desde Brasil probablemente.

    - ¿Necesita ayudantes? Acá, Pérez, es un estudiante avanzado de enfermería, y tal vez pudiera serle útil.

     -No estamos en situación, Alberto. Hay personas involucradas que no mirarían con beneplácito más gente extraña, me refiero no perteneciente al círculo de conocidos. No se preocupe, lo mantendré al tanto cuando todo termine.

    -Y espero que la enferma se recupere-dijo Cisneros, levantándose y estrechando las manos de ambos. -Me han llegado noticias de lo que pasa en ese barco, no es posible viajar en ese mastodonte sin ser rodeados de una camarilla de voceros inesperados.

     Valverde y Gonçalvez salieron y bajaron la escalera. Uno llevaba la bolsa pequeña, delicada y sin sonido alguno, salvo, quizá, el del vidrio, a veces; el otro cargaba la grande, cuyo contenido sonaba continuamente como metales entrechocados.

      - ¿Pesada, Estanislao? -preguntó Valverde.

      -Así es, Juan- Y ahora que me acuerdo, ¿no es que iban a darnos comida y baño?

      El otro se encogió de hombros, también estaba cansado. Sin embargo, sólo llevaba la bolsa liviana colgada de un hombro como una bandolera, y que despedía, al moverse, un aroma a especias, o un olor a vieja farmacia.

      -Están demasiado ocupados, ya los ves.

      El pasillo por el que ahora salían estaba lleno de gente esperando que los atendieran. Algunos chicos lloraban, otros gateaban a lo largo del corredor. Había viejos con la espalda doblada, y mujeres que gemían, y otras que hablaban con los brazos cruzados, como enojadas mientras los veían pasar.

      -Esas me conocen-dijo Valverde. -Les he sacado varios muertos de adentro, peno no agradecen, ¿te das cuenta? Miran como si yo tuviera la culpa de lo que ellas hacen. De los tipos que las preñaron no se acuerdan, pero sí, y mal, del que les extirpo el cáncer que les crecía dentro.

     -Remordimientos, Juan, eso es lo que les agria las caras.

     -Eso es lo que yo digo. Las mujeres son raras, Estanislao, por eso yo siempre he confiado sólo en las que están muertas.

      - ¿Y entonces por qué ese afán de prolongar la vida?

      La breve pausa de silencio sirvió para que ambos llegaran a la calle y pidieran prestado la carreta nuevamente para llegar al puerto. Debían ser las cinco o seis de la tarde. Mendoza les había dicho que regresaran a más tardar antes de la noche, o se iría sin ellos. Una simple amenaza con la que intentaba convencerse únicamente a sí mismo de seguir manteniendo el control. Dejaron la bolsa pesada atrás, y subieron. El caballo volvió a hacer el mismo y milenario camino entre el hospital y el puerto que había estado haciendo tantos años. ¿No estaba muerto ese caballo? Tal vez fuese más útil prolongar su vida útil que la de muchos hombres o mujeres.

     -Porque ellas son las que dan a luz a los hombres. Ellas dan el calor y el abrigo junto al odio y al remordimiento. Habrás visto, Estanislao, que cuando dan de mamar a veces la leche está agria y los chicos vomitan. Y la leche se forma con la sangre de ellas. Junto al amor, irreversible e inevitable, el odio y el aborrecimiento, inclaudicables como piedras enraizadas en el camino de cada uno. Los alumbramientos son tan intensos, tan difíciles y dolorosos, ya lo habrás visto muchas veces, amigo mío, que todas las mujeres tienen miedo. Lo han visto en sus madres y en sus amigas, tías, o lo que fuese, y por eso piden que les den opio o morfina.

     -Sí, y ya les dije muchas veces que esas drogas le impedirán hacer fuerza para que el chico nazca. Y para que no se les muera adentro, nosotros tenemos que meter las manos.

     - ¿Acaso quieren que nazca el hijo? ¿No esperan que la muerte detenga todo ese dolor? La vida es dolor, y la anestesia es un largo sueño sin sueños. Nada hay más parecido a la muerte salvo la muerte misma.

    -Porque no se despierta.

    - ¡No! No es por eso. La falsa muerte es un doble engaño creado por el hombre. Un espejo doblemente invertido. No solamente creemos que estamos creando un sueño al que pensamos poder recurrir en cualquier momento (y ese es el primer engaño: la imagen invertida de la izquierda y derecha), sino que cuando despertamos, seguimos siendo exactamente los mismos: la misma enfermedad y dolor, en el exacto día de nuestra supuesta partida hacia el sueño, pero con más peso aún, porque esa ausencia ha dejado una nostalgia de la que no nos damos cuenta hasta después (y esa es el otro engaño del espejo: la imagen invertida de la inversión).

    -Lo que da la imagen original, sin reflejos.

    -Exacto. ¿Te has preguntado para qué nos vemos en un espejo? Si con simplemente mirar nuestro cuerpo con nuestros propios ojos ya vemos lo que somos, sin diferencia de izquierdas o derechas, y obtenemos la imagen invertida final, del arriba y abajo, sin necesidad del espejo mediador.

     - ¿Cielo e infierno en lugares contrarios a los que nos enseñaron?

     -A veces el arriba y abajo son el adentro y afuera. Los esquemas son solo caricaturas que únicamente los tontos aprenden literalmente.

     El caballo iba muy despacio, con la cabeza gacha entre las orejeras. Debía estar ciego, además. A veces tropezaba sin obstáculo alguno, y la carreta, ya desvencijada, se tambaleaba y hacía que ellos se sujetaran para no caerse.

     Un perro los seguía. Gonçalvez lo miró con atención.

     - ¿No es el perro del capitán? -preguntó.

     Valverde no le hizo caso, pero luego lo miró,

     -Ese perro sabe algo. Parece de casta, por lo menos de una venida a menos. Como ese gran barco que parece un fantasma napoleónico deambulando por el río, perdido en arrabales sudamericanos.

      -Es usted un dramaturgo, Juan.

      -Me halaga, Estanislao. La ciencia y el arte tienen más lazos que los que la gente simple supone.

      - ¿Acaso no son una misma y sola cosa? Salvar a alguien que se muere es saber e inventar.

     Valverde lo observó sin soltar las riendas.

      -No deja de sorprenderme, amigo mío. Ya no tenía esperanza de encontrar coincidencias en el ramo al que me dedico, me refiero a coincidencias de pensamiento, o de alma, ¿por qué no?

       Cuando llegaron al puerto, el caballo se dejó caer primero sobre las patas delanteras, y luego sobre las traseras. La carreta casi se voltea, pero bajaron y desarmaron el arnés.

    -El pobre ya se muere-dijo el médico.

    El animal estaba ahora caído de costado, pero aún no se moría.

    - ¿Qué hacemos? No tenemos armas.

    Valverde volvió a la carreta y sacó un azadón.

    -Aléjese un poco, amigo…

    Y clavó el azadón en el cuello del caballo, justo en la carótida. La sangre salió en un chorro que se fue deteniendo lentamente.

     - ¿Quién sabe cuánto más habría sufrido sin esto? -dijo Gonçalvez.

     - ¿Pero él quería eso? ¿Sufría o era la suya una muerte sin dolor? ¿Quién nos lo podría decir? Los juzgamos como nos juzgamos. Si ni siquiera lo que pasa por tu cabeza de hombre, ¿cómo voy a saberlo entonces de un animal? -se decía Valverde, en voz alta.

     El perro estuvo todo el tiempo sentado a varios metros, y de pronto aulló. Tenía sangre en el pelo.

     -Tal vez sea la respuesta, Juan.

     Ya era casi noche. La ciudad se iluminaba con candiles y faroles. El río seguía a oscuras.

     Valverde llamó al perro, y éste los acompañó hasta el bote que aún seguía amarrado al muelle viejo. Subió con ellos, y los tres regresaron al barco.

 

 

 

*

   

 

 

Entraron en el cuarto donde había dejado el cuerpo de Carla. Gonçalvez dejó la bolsa en el piso, a oscuras, mientras Valverde encendía unas lámparas. Entonces el cadáver apareció nítido, iluminado claramente, la cara con la expresión detenida en una angustia incierta, pálida pero no demasiado, el cuello corto y con leves sombras del cabello tan rubio ahora que iba adquiriendo tonalidades de la ceniza, los pechos aún firmes, ni demasiado grandes ni pequeños, exactos simplemente a la altura y la talla de Carla, el abdomen y la pelvis, serenos ya para siempre, y el pubis, esa sombra conocedora del placer que se metamorfosea en su verdadera cara tarde o temprano: la desilusión primero, luego el vacío, y por último la perenne angustia.

     Gonçalvez la contempló, casi boquiabierto, extasiado, recordando la noche que estuvo con ella.

      -Calma, Estanislao-dijo, pasando un brazo por sus hombros. -La encontraron muerta en los baños, a la madrugada. No, no fuimos nosotros, sé que los hombres de la tripulación estuvieron con ella después. Tiene golpes y desgarros, lo de siempre, ya sabe. Pero creo que su corazón no resistió.

     - ¿Para qué la trajo acá? ¿No avisó al capitán?

     - ¿El capitán ya tiene suficientes problemas, ¿no te parece? Además, nosotros tenemos nuestro trabajo.

     Volvieron a apagar las luces, salieron y cerraron. El barco volvía a moverse desde hace media hora, luego de que ellos llegaron. Era más de medianoche. Fueron a la cocina y comieron en silencio lo que encontraron. Se hicieron preparar agua caliento y bajaron a los baños. El piso estaba manchado con sombras negras, pero era tarde para encender las luces del techo. El viejo que se encargaba les trajo los cubos y llenó las tinajas. Estanislao y Juan se desnudaron y se metieron.

     -Nos merecemos este descanso-dijo Valverde.

     Gonçalvez miraba alrededor, como si viese las escenas de aquella noche y necesitara explicar algo.

     -Amigo, dejá de preocuparte. Tu problema es que pensás demasiado en lo que no se puede resolver. ¿Tuvimos la culpa? No hay certeza de eso. Y si la tuvimos, no nos dejemos engañar por los supuestos deberes que dicen los curas. ¿La ley? Esa es otra versión más demoníaca todavía, porque usa la razón para desestimar la razón. El hombre, Estanislao, es un sentimental, pero más que eso, un hipócrita porque usa el sentimiento para su exaltar o enfangar lo que quiera, según le convenga. La verdadera razón ni siquiera es fría, como dicen, simplemente es pura. Tan pura como nunca lo fue esa muerta que está allá encerrada. El conocimiento no se muere, amigo mío, ni la razón, tan avasallante, tan asombrosa, que hasta debemos quitarnos de encima la admiración por ella si queremos seguir siendo razonadores. El hombre es tan débil, más que cualquier carnero de meses, que hace de cualquier cosa un ídolo porque lo necesita. No es capaz de caminar recto en el vacío porque confunde la arquitectura de la razón con los sermones de las ostias.

     Se levantó y se acercó a Gonçalvez, que lo miraba y comprendía. Nunca había visto Valverde tanta amargura en un rostro, y que esa amargura surgiese de tanta sapiencia. Estanislao es más docto que yo, se dijo. Yo simplemente soy un deductivo de mente amplia.

     Se puso de cuclillas y apoyó los codos en los bordes de la tina. Acarició la cabeza de Gonçalvez, que lo miraba con desconsuelo. Luego se sentó en el borde e hizo, siempre en silencio, que apoyara la cabeza en su muslo, y siguió acariciándolo. Gonçalvez lloraba, pero quizá era el vapor del agua sobre su cara.

      Luego de un rato, Gonçalvez se levantó y se sentó en el borde. Valverde empezó a secarlo, pero como seguía viéndolo angustiado, lo sacudió de los hombros.

     -Vamos, viejo amigo, si me parece que te conozco desde hace siglos, se te ve el alma como si fueras de vidrio.

     - ¿Qué es lo que vamos a hacer?

     -Eso precisamente, buscar el alma de Carla y dársela a Altea.

     - ¿Qué estás diciendo?

     -Es una forma de definir las cosas, nada más. ¿Qué es el alma? ¿Es el anima de los griegos? ¿No es la psiquis? ¿Y dónde está la psiquis sino en el cerebro? Ahí debemos buscarla. Es un corpúsculo, así lo dicen.

     -Pero Carla ya está muerta…

     - ¿Cuándo te vas a sacar de encima ese escolasticismo absurdo? ¿Cuerpo y alma se separan en la muerte? Si el alma necesita de un cuerpo para manifestarse mientras vive, ¿por qué debe sobrevivir a la muerte? ¿No es la mente lo que llamamos conciencia, y no es la conciencia lo que llamamos alma? ¿Lo que nos dice lo que está bien y lo que está mal? Las inútiles sinrazones que nos hemos construido en base a los principios del alma no son sino expresiones encubiertas de nuestro cuerpo. ¿Cuánto sabés de la fisiología, doctor en medicina? No sabés más que el uno por ciento. El resto es dejar hacer al cuerpo, es dejar pasar el tiempo y aprender de la experiencia.

     -Oh, death! Come away!- murmuró Gonçalvez.

     Valverde lo palmeó, felicitándolo.

    - ¡Qué fantástica esa aparente dicotomía del verso del bardo! Sólo en inglés puede expresarse tanta complejidad en tan pocas palabras.

      Lo abrazó con fuerza carente de toda la afectación que acostumbraba a demostrar. Las mujeres calman y apasionan, pero son incomprensibles, se dijo Valverde. El alma de Estanislao Gonçalvez, sin embargo, era antigua y permanecía indemne a todo daño. Una pulida pieza esmaltada a la que solamente era necesario sacarle el polvo de vez en cuando. Sus estudios de medicina no habían sido más que un intento por escabullirse de una herencia que constituía su misma sustancia y material, pero que no habían hecho más que llevarlo por un camino más duro hacia el mismo sitio: el trabajo de su familia no era un negocio, -eso sólo era una inevitable consecuencia de la vida diaria-, sino la función para la que habían sido creados. ¿Cuál es la mía?, se había preguntado muchas veces Valverde. La falta de una disciplina determinada lo había confundido y extraviado muchas veces, hasta que dejó de preocuparse: todo lo que concerniese al hombre y su humanidad, le concernía.

     Gonçalvez había dejado de llorar. La barba de varios días dura e hiriente, rozaba la cara y el hombro de Valverde. Los cuerpos era dos pero la nocturnidad del barco los asimilaba. Eran ambos un animal de ocho patas, tal vez una araña. Velluda, también. Quieta, aguardando que algo se acercase para moverse, pero sin demostrar inquietud. Ellos veían en la oscuridad el largo pasado de lo que no era historia. No era presentimiento y reencarnación, tontas palabras para construir un ensamblaje de andamios endebles. Era, tal vez, la transustanciación, si es que algo significaba esta palabra. Ver quizá fuese el verbo más adecuado para definirlo. Ver no es sentir sino comprobar: la ciencia vista con un ojo prolífico. Y a veces, los ojos ciegos son los más lúcidos.

 

     En la mañana, Gonçalvez hizo su visita matutina a Altea. Nada había cambiado, más que la rutinaria y esperada desmejora. Valverde pasó por la puerta del camarote, se detuvo a escuchar.

     - ¿Hay alguna esperanza, doctor? -preguntó Carmen.

     El médico no contestó y se fue con Valverde. Entraron al cuarto de Carla. Gonçalvez se arremangó la camisa y empezó a vaciar la bolsa grande. Eran frascos del tamaño de los usados para conservas, y los puso sobre la mesa angosta junto a una pared. Valverde empezó a sacar de la bolsa pequeña otras bolsitas que debían contener drogas y polvos, ampollas y frascos de farmacia: brumuros, alcaloides, belladona. Todo lo ponían sobre la misma mesa. Luego, sacaron instrumentos de cirugía: pinzas, bisturíes, tijeras, separadores, gubias, escoplos, hilos.

     - ¿Esto es lo que creo? -preguntó Gonçalvez mirando los frascos. Trataba de distraerse pensando en todo lo que no fuese el cuerpo que los miraba desde atrás.

     -Así es. Placentas. Me las manda Aurora desde Entre Ríos. Es la única que sabe cómo mantenerlas. En el hospital las guardan, pero no saben cómo usarlas sin mis indicaciones.

     - ¿Quién es Aurora?

     -Mi prima hermana, o algo así. Es hija de mi tío y de mi tía paternos, aunque ellos eran hermanastros por parte de padre. ¿Incesto? Podría decirse. Pero de eso salió una de las mujeres más asombrosas de estas zonas. Ojalá la conocieras, creo que le caerías bien, tu carácter ensimismado se acoplaría perfectamente con el suyo, exuberante. Y sus mentes congeniarían, ambos saben tanto que su convivencia sería un ir y venir de ideas y pensamientos. Y el sexo, querido, sería estupendo, seguramente.

     Valverde abrió los frascos. Algunas placentas estaban casi enteras, otras eran fragmentos. El formaldehido embotó sus olfatos por un momento, luego las agarraron con las pinzas. Las pusieron sobre la mesa.

     -Cuando se sequen, las machacaremos y haremos polvo. Después lo ponemos en los frascos vacíos. -Y mostró los frascos pequeños con tapón de caucho.

     -Ahora nos dedicaremos a nuestra amiga. Necesito tus conocimientos de anatomía, Estanislao. No puedo disecar porque destruiría lo que quiero rescatar. Lo que busco está sobre la Silla Turca, en la mitad izquierda. Hace años que estoy documentándome en la bibliografía sobre esta parte de la base del cráneo, específicamente el escafoides. Disequé muchos, pero la masa encefálica es tan delicada como gelatina. No busco el hueso, sino un corpúsculo que según los anatomistas antiguos está justo ahí: en el cuadrante posterior izquierdo.

      - ¿El hipotálamo?

      -No exactamente. Según algunos, lo que busco es una dependencia, algo así como un apéndice del hipotálamo, otros lo han visto completamente separado.

      - ¿Y cómo lo llaman? No recuerdo haber leído sobre eso.

      -No tiene nombre porque nadie ha reparado en él. Herófilo fue el primero en describirlo.

      -Pero me estás hablando de hipótesis, Juan. Más viejas que Matusalén.

      Valverde rio.

      -Ya lo sé…

      Se miraron. Valverde lo haría sin él, si era necesario.

     -Tenemos todo el día, hasta que se sequen las placentas.

      Gonçalvez accedió.

      Juan Valverde de Amusco, entonces, agarró de la mesa una navaja y afeitó la cabeza de Carla. El pelo murió y cayó al piso. Gonçalvez miraba, con una pesadumbre que iba extinguiéndose lentamente. Afuera, resonaban los gritos de la tripulación. El sonido del río se mezclaba con los chillidos de muchos pájaros desde la costa.

      - ¿Puedo seguir yo?- preguntó.

     Valverde sonrió:

     -Será un honor, doctor-. Y le entregó el bisturí.

     Estanislao Gonçalvez hizo una larga la incisión en el cuero cabelludo sobre el parietal izquierdo. Separó la piel del cráneo. Valverde limpiaba la poca sangre que aún quedaba en parte líquida y en parte coagulada. Luego le dio el punzón y el martillo. Gonçalvez hizo perforaciones con golpes secos formando una ventana de diez por diez centímetros más o menos. Serraron el hueso entre los puntos y levantaron la tapa. Las meninges aún estaban húmedas y frescas. Eso era bueno, muy bueno. En lo profundo, lo que Valverde buscaba todavía estaba vivo.

     Entonces Gonçalvez tomó el trocar de manos de Valverde y lo introdujo despacio en el cerebro. Se detuvo, miró hacia la cara de Carla, tomó medidas con sus dedos desde la nariz, las órbitas, las orejas. Calculaba y medía mentalmente. Sacaba números que pronunció en voz muy baja. Valverde lo observaba, admirado. Lo suyo había sido siempre cortar y partir en los cadáveres, explorar y encontrar los grandes fragmentos de un bosque denso en los que no era posible ser meticuloso.

     El trocar se fue hundiendo muy despacio, milímetro por milímetro. En dos o tres ocasiones retrocedió apenas y volvió a avanzar. Gonçalvez sudaba.

     -Ya toqué el esfenoides-dijo. -Pero estoy a ciegas con lo que debo punzar.

     -Por ahora lo que encuentres alrededor, sea glándula, sustancia gris o lo que sea. Sólo necesitamos unas células.

     Gonálvez movió el trocar con el pulgar y el índice de cada mano, con una palpaba las sensaciones de lo que el trocar tocaba, la consistencia del material que exploraba, con la otra punzaba y extraía. No había oportunidad más que para un solo experimento, el camino seguido por el instrumento ya había dañado el resto del tejido, un segundo intento era inútil.

     Entonces extrajo el trocar, y en el tubo hueco de la cánula extrajo tres milímetros de un tejido blando y gris, que no se deshizo al colocarlo en el frasco que Valverde le acercó. Éste contemplaba la pieza con regocijo.

      - ¡Cuántos cuerpos tiré como inservibles al intentar esto! Lo encontramos, querido, lo encontramos…

     - ¿Qué cosa? - y Gonçalvez miraba el cerebro muerto de Carla.

     - ¿El alma? No sé, la verdad que no sé, pero es hermoso.

     -Siempre calificamos de bello a lo anhelado. Pero el alma no siempre es bella - decía Gonçalvez mientras suturaba y cubría el cráneo de Carla con una venda.

     Ya había comprobado que hay muertes que no son definitivas, pero si era el alma lo que le habían extraído, la mujer ahora estaba definitivamente muerta.

    

     Ya había anochecido y ellos seguían encerrados en el cuarto. Escucharon varias veces durante la tarde que los llamaban, a veces los marineros, otra el capitán o Mara. Nadie sabía que Valverde había ocupado ese cuarto hasta entonces inútil de la segunda cubierta. Una sola vez alguien intentó abrir, se escucharon voces en el pasillo, pero nadie llamó pidiendo que abriesen.

      -Mañana aplicaremos los remedios a Altea, así que tenemos que preparar los frascos.

      Las placentas ya estaban secas y se habían reducido al tamaño de simples cáscaras combadas o planas, que se resquebrajaban al tocarlas. Valverde las machacó en un mortero, y luego fue recogiendo el polvo con una cuchara y poniéndolo en los frasquitos que Gonçalvez le alcanzaba y al que luego ponía el tapón.

     Pusieron cada frasco en cada casillero de una caja que se cerraba con candado.

     Volvieron a golpear la puerta, alguien debió ver luces por la rendija.

     - ¿Quién está ahí? -. Era la voz de Márquez. - ¿Es usted, Valverde?

     -Sí, mi amigo.

     - ¿Qué está haciendo, y quién le autorizó a ocupar este lugar?

     -Descansando y leyendo, amigo. Encontré el lugar vacío y sucio, no se me ocurrió que debía pedir permiso.

      Márquez no respondió. Se escucharon sus pasos alejándose por el pasillo. Seguramente informaría a capitán.

     - ¿Qué hacemos con el cuerpo? -preguntó Gonçalvez.

     -Sólo dejaremos que, entre el capitán, y le diremos la verdad. Él estuvo con nosotros esa noche, ¿no es cierto?

     Diez minutos después escucharon pasos de dos hombres.

     - ¡Valverde, hijo de puta! ¡Abra enseguida o tiro abajo!

     -Le ruego, capitán, que entre usted solo. Es muy importante.

      - ¿Pero ¡qué está haciendo, imbécil de mierda! ¡Está bien!

      La puerta fue destrabada y apenas entreabierta para que pasara Mendoza. El capitán miró a Valverde dispuesto a golpearlo, pero vio al médico.

      -Debí imaginarme que este loco lo convenció, doctor. Ha descuidado sus deberes para con Altea…

      -Capitán, si he faltado por una tarde ha sido para poder compensarlo después…

      Entonces Mendoza vio el cadáver. Se agarró la cabeza con las manos y hundió la cara en ellas.

       -La encontramos muerta, capitán, en la madrugada.

       -Pero usted dijo…

       - ¿Qué quiere que dijera? ¿Qué un montón de hombres, entre ellos nosotros, la violamos toda la noche y no lo resistió? ¿O que fueron las drogas y se cayó al piso tantas veces que justificaron los moretones que tiene?

      Mendoza había tenido que arreglar muchas irregularidades desde su salida de Buenos Aires. Permisos de cabotaje, de comercio, faltas en el barco, los contratos de trabajo en negro. Tenía conocidos en cada dependencia a lo largo del Paraná, por él y por su familia. No, no lo tocaban por todas esas cosas. Ni siquiera habían abordado el barco cuando alguno fue a contar el disparo sobre Altea. Había gastado más en sobornos que en la reparación. Pero si llegaban a saber sobre la muerte de esa puta, ya no estaba seguro de librarse.

     - ¿Y qué piensa hacer, Valverde? ¿Tenerla acá hasta que se pudra?

     -La sacaré esta noche, capitán.

     Mendoza vio el instrumental médico sobre la mesa, los trapos sucios y los frascos de medicinas.

     -Todo es por la señora Altea y por el chico, capitán-dijo Gonçalvez.

     Y a él le creyó.

     Salió cerrando la puerta. Lo escucharon decir que no molestaran más en ese cuarto.

     Esa noche no cenaron.

     Gonçalvez salió con los frascos de polvo y la muestra de tejido que había extraído de Carla. Valverde le dijo que fuera su habitación y no saliera hasta la mañana, cuando él pasara a buscarlo. Valverde sacó los frascos grandes que habían quedado. Se tapó la boca y la nariz con una tela gruesa. Se puso guantes de cuero. Se puso antiparras. Destapó los frascos. Podía sentir el vaho intenso a pesar de todo. Se miró las botas, por si el líquido caía al piso. Y empezó a verter el ácido sobre el cuerpo. Pudo ver cómo lo carcomía rápidamente, elevándose vaharadas de humo que pronto se disolvían en el aire. El olor y el calor aumentaban. Vertió todos los frascos, pero el cuerpo de esa mujer no era grande. Era casi una niña crecida.

     Salió y cerró la puerta Se fue a su camarote. No durmió. A las cuatro de la mañana volvió a la habitación, sin olvidar equiparse como antes. Sobre la mesa había restos de huesos calcinados. Con una pala los puso en una bolsa no muy grande. Salió al pasillo todavía oscuro, se sacó la protección, excepto los guantes. Descendió dos escaleras, hasta la caldera. El fogonero estaba tirado en el piso, como siempre, borracho y semidesnudo. Valverde abrió la compuerta y arrojó la bolsa adentro.

      El golpe de fuego al abrir y cerrar hizo que el guarda se moviera en sus sueños. El cuerpo tiznado del negro sudaba a mares el aguardiente. Pero no se despertó.

      Valverde volvió a su camarote, se desvistió y se acostó entre sábanas frescas.

 

 

 

*

 

 

 

A las seis de la mañana ya estaba levantado, y mientras orinaba en la bacinilla golpearon a la puerta del camarote. Lo llamaba el capitán a su despacho. Puteó en voz baja y el chorro mojó el piso. Terminó de vestirse. No haría caso.

     Salió y fue directamente hasta el cuarto de Gonçalvez. Golpeó dos o tres veces, no tuvo respuesta, pero se veía aún una luz de lámpara fluyendo por debajo de la puerta, empobrecida por la luz matinal desde el ojo de buey. Abrió y vio al médico acostado y aún vestido. Debió haber estado despierto hasta hacía poco y ahora estaba profundamente dormido. Le dio pena despertarlo, pero no había más remedio. Se sentó en la cama y le tocó la cara. La barba oscura y las facciones alargadas le recordaban a los hombres que había conocido en su infancia en Brasil. Valverde era de familia portuguesa, pero cuando sus abuelos se habían establecido en América ya no tenían fortuna. Eran educados, eran cultos, y su religión era una mezcla de catolicismo en donde se intercalaban elementos protestantes y de la reforma luterana. Y todo eso devino en un ateísmo que se arraigó en el único sostén plausible para hombres y mujeres librepensadores como ellos: la ciencia, cualquiera fuese. Natural o sobrenatural, porque esos nombres no denotaban más que la transitoria ignorancia, pronto abatida por el naciente conocimiento.

      Los hombres del Brasil que había conocido en la granja donde el padre criaba pollos y carneros, y cultivaba un café tan raro que era difícil cosechar en abundancia, eran como Gonçalvez, altos y delgados, de cuerpo velludo y esquelético, y con una mirada siempre fronteriza con la angustia. Una vez había ido a vender una bolsa de café al pueblo. Fue a caballo, ya tenía dieciséis años y su propia colección de hierbas y animales en un galpón en un sitio apartado de la chacra. La bolsa olía esplendorosamente. ¿Cómo su padre había logrado ese aroma? Era muy chico cuando lo había visto machacar las semillas de café en la mesa de la cocina a la vista de la madre. Diferentes semillas que se hacía traer de diferentes sitios, del Brasil o del Ecuador y Colombia cuando llegaban extranjeros, y de esa manera había hecho muchas relaciones de comercio. A veces enviaba una o dos bolsas a los viejos parientes de Lisboa. Pero el clima no ayudaba, el café que cosechaba era tan delicado que si no tomaba las precauciones necesarias pronto se marchitaba.

      Ese día en el pueblo se encontró con un comprador que iba de camino a Buenos Aires. Gaspar Santos se llamaba, y era un tratante de comercio que iba a instalarse por allá. Se sentaron en el bar, el hombre saludó al chico y olió la bolsa. Se lamentó que no hubiera más producción, porque haría a los Valverde recuperar la fortuna que habían perdido en la vieja tierra. No, dijo Juan, su padre no sabía cómo sacar más partido de ese café. Muchas veces era como un milagro, pero él decía que los milagros no son más que la lucidez de un hombre un día determinado, donde el todo no existía, y una única cosa prevalecía en un vacío. Ese algo era el milagro, carente de ayuda u obstáculo, de energía externa o como quisieran llamarla. Una concentración tal que el núcleo de ese algo disponía de su real y total potencialidad, carente de toda distracción. Ese milagro no necesitaba ser demostrado, allí estaba, y se desarrollaba solo. El aroma de ese café era algo como eso.

      Entonces se paró al lado un hombre viejo, de traje raído y olor a sucio. Santos lo miró y se rio, pero Juan Valverde lo observaba con ojos desconfiados. Le dijo que no se preocupara, que, así como lo veía, como un vagabundo, era casi el dueño del mundo. Porque era Domingo Gonçalvez, uno de los hombres más ricos del Brasil. Enterradores y funerarios, con familia en todas partes de Sudamérica, y de alta aristocracia portuguesa. El viejo no hizo caso del chico, y le habló al oído al comerciante. Está bien, dijo éste, y le dio un abultado fajo de billetes. El viejo se fue.

     El chico miraba con curiosidad. ¿Qué había hecho el viejo para que Santos le pagara tal cantidad de dinero? Santos dijo que no hiciera caso de tal transacción. Hace poco se murió mi esposa, comentó. Gastos de velorio, funeral y entierro, toda una pompa que ella se merecía porque era de alcurnia. Debía hacer todo eso para no acarrearse el disfavor de su familia política. Se acercó al chico y le apretó el antebrazo izquierdo apoyado en la mesa. Habló y habló, porque no podía contenerse. Dijo muchas cosas entremezcladas y confusas. Su aliento olía a whisky.

     Juan Valverde temía que, en ese estado, y después de tanto dinero salido del bolsillo de Santos, ya no iría a pagarle la bolsa de café. Y entonces todo el argumento caóticamente contado por Santos, se armó de pronto. La mujer era de familia aristocrática, y él un simple comerciante en paños. La había conocido un día que ella fue a comprar tela para un vestido de su dama de compañía. No, ella no se vestía en lugares como ese, sólo había recurrido a la tienda estrecha de Gaspar Santos por apuro. ¿Irían al teatro, o tal vez a un salón? Lo que fuera, ese día la futura mujer de Santos fue encantada por la sonrisa del comerciante. Atracción, tal vez, sexo más que amor. Se escaparon, se casaron, y regresaron. La familia perdonó a la hija descarriada y aceptó al plebeyo con la condición de tenerlo a prueba. Pero el comerciante no tenía mucha inteligencia, pronto lo demostró. Pedía dinero a su esposa para instalar un negocio tras otro, y todos fracasaban. Luego, pidió dinero para vivir sin trabajar. Después, ya no hubo sexo, y más tarde las peleas fueron el único intercambio entre los esposos.

     Ella había muerto a los treinta y seis años, un mes antes de esa tarde en el bar. ¿Cómo había muerto, quería saber el chico? Se murió un día, nomás, en la cama. La encontró una mañana en que iba a ver si tenía alguna joya que pudiese empeñar él, porque últimamente ella pasaba algunas noches con su amante. Estaba acostada boca arriba, con un brazo colgando de la cama y un hilo de sangre chorreando del labio inferior. La familia llegó e hizo investigar. Los criados dijeron que escucharon gritos de la señora, y la voz de un hombre que insultaba y golpeaba, pero era tan diferente a la voz apagada de Santos, que no podían asegurar que fuese él.

     Gaspar Santos, comerciante. Experto en convencer a comprar a quienes no quieren comprar. Juan Valverde, ya a su corta edad, había visto a muchos. Y la fuerza de la mano que le apretaba el antebrazo era mucha, y los hombros del comerciante estaban acostumbrados a levantar los pesados rollos de tela.

     Ya era casi de noche. Juan se había dejado convencer para beber más de lo que estaba acostumbrado. Estaba ebrio, pero Santos aún más borracho. Repetía una y otra vez el mismo estribillo: yo no fui, yo no fui, y hacía la venia como si tuviera delante a un oficial de la justicia. Al fin se quedó dormido en la silla, con los brazos colgando y la cabeza para atrás, la boca abierta, roncando con estridencia. Los parroquianos se reían. Cuando ya no quedaba casi nadie, Juan Valverde se acercó, simuló ayudarlo a acomodarse sobre la mesa, y revisó los bolsillos. Había más billetes, y extrajo todos. Cuando salió a la calle, los contó, no eran muchos y apenas pasaba del valor de la bolsa de café.

    

      Volvió a tocar la cara del médico. Era muy parecido al viejo que había conocido tantos años antes, pero el que estaba a su lado se había esmerado en distinguirse de su familia, y sólo había logrado enfangarse. ¿Pero cómo utilizar ese término? Enfangar era la profesión de la familia, y con ello ganaban dinero. Lucrar con la muerte de los otros, ¿es enfangarse? Estanislao así la había entendido, y estudió medicina para salvar a los hombres antes que su familia los enterrara, y se apartó lo más que pudo. Pero no había logrado dinero ni prestigio, ni siquiera satisfacción: la gente moría y él mismo la sepultaba. Lentamente regresaría, cabizbajo y avergonzado, al centro del que había huido. Eso estaba escrito en la angustia de su cara mientras dormía. Hay hombres tan transparentes, se dijo Valverde, que son como el agua: diluyen lo malsano y se contaminan irremediablemente.

     Estanislao despertó y se tapó los ojos.

    -Ya sé-dijo.

    Se levantó y se lavó la cara. El agua de la palangana estaba sucia y tibia. Se dio vuelta, mirando con ojos turbios y semicerrados.

     -Nos haremos servir bastante café cuando lleguemos a la habitación.

     Recogió el maletín de Gonçalvez donde había puesto algunos instrumentos de cirugía y la caja con los frascos.

     En el camarote de Altea estaba José Iribarne, que había pasado la noche, y poco antes había entrado Natacha.

     -Buenos días doctor-dijo ella. -Ayer lo esperábamos por la tarde…

     Iribarne se levantó de la silla, con un desperezo que intentó disimular para no atenuar su cara de enojo.

      -Doctor, Altea está muy mal y usted se digna faltar a sus deberes.

      Para Gonçalvez, que estaba cansado e irritado, esto fue suficiente para despertarlo del todo. Los que lo conocían tranquilo y sumiso, se sorprendieron.

      -No tiene que contarme el estado de la señora, querido señor, yo la he visto desde que enfermó, y ayer mismo en la mañana la revisé. Estar sentado mirándola como usted hace no la va a mejorar. Además, he estado ocupado, precisamente estudiando su caso.

     Lsaexpresión era firme, su rostro serio. José no le contestó.

     -Ahora, si me permiten, les ruego que salgan de la habitación. Con Valverde vamos a empezar un tratamiento más cruento y definitivo.

      Natacha miró a cada uno, y se quedó callada.

    -Señora-le dijo Gonçalvez. - ¿Sería tan amable de pedir que nos traigan mucho café, y algo liviano para desayunar?

     -Cómo no, doctor. -Y cuando salía encontró a Máximo en la puerta, que no le hizo caso. Entraba rápido y enojado, casi gritando.

     - ¡Valverde! Le ordené que pasara por mi despacho hace casi una hora.

     -Lo siento, capitán-dijo Gonçalvez-, pero no podemos postergar esto, necesito a Valverde.

     A Valverde pocos lo respetaban, pero la voz del doctor, tan firme ahora, acrecentaba la autoridad profesional que estaba implícita desde siempre.

     -No le haga caso, doctor. Mi esposo da esos gorgoritos de vez en cuando para no olvidarse de que es el capitán de este barco viejo…-. Natacha sonreía con ironía, pero de pronto se puso seria, mirando al fondo del cuarto. - Está bien, querido…- Su voz, entonces, sonó triste.

     Todos la miraron, preguntándose a quién hablaba. José giró un dedo sobre la sien. Esa mujer estaba loca, hizo entender a los demás. Ella no lo vio, bajó la cabeza y le habló a Máximo como una esposa sumisa que pide disculpas. Alguien más, quizá, a la que ella respetaba, la estaba observando:

      -Vamos, Máximo, dejemos trabajar al doctor y su ayudante. - Miró atrás, y su rostro se alivió al ver que una sonrisa o un gesto amable se insinuaba en la sombra tras la cama.

      José Iribarne no se había movido.

     -José, por favor, déjenos solos.

     -Valverde, le estoy muy agradecido por lo que hizo por mí, pero no me muevo de aquí. Quiero ver lo que van a hacerle

      Valverde iba a contestar cuando vio que Mara llegaba para salvar la situación.

      -Querido, tienen que hacer su trabajo. Yo confío en ellos. Todos tenemos una misión que cumplir, y es la misma. ¿No es cierto, Juan?

      Iribarne hizo remilgos para resistirse un rato más, y al fin cedió. Salieron y cerraron la puerta.

      Mientras preparaban la caja de cirugía y los frascos, Carmen llegó con el café. Miró los instrumentos de medicina, hizo la señal de la cruz y salió. Valverde cerró con llave.

      Sacó a Altea la venda que le cubría la órbita izquierda y la cabeza. El pelo le había crecido y diariamente lo lavaban. La cicatriz estaba seca, pero en lugar de formase un tejido nuevo que ocupara la ausencia del ojo muerto, o los restos de aquel, estaba vacía.

      Gonzálvez iluminó el fondo con su linterna de mano.

     -Nada más que vacío, y al fondo el anillo de Zinn, claro y limpio.

     -La naturaleza es sabia-dijo Valverde, riéndose. Pero el médico no se rio.

     -O como si ella nos estuviera esperando.

     Alumbró el ojo derecho luego de levantarle el párpado.

     -Ciego, como siempre. Pero le aseguro, Juan, que cuando alumbraba el izquierdo sobre la venda, reaccionaba con algún acto reflejo. Ahora ya no lo hace…

     -Porque se está muriendo…tenemos que inyectarla lo antes posible.

     La pusieron de costado y le desnudaron la espalda. Valverde la lavó mientras Gonzálvez preparaba las jeringas. Luego palpó un espacio entre las vértebras lumbares, punzó con la aguja y extrajo líquido cefalorraquídeo, lo puso en el frasco y el polvo se disolvió. Volvió a llenar el émbolo y regresó al mismo espacio intervertebral. Inyectó muy despacio.

    - ¿Cuánto? -preguntó.

    -No lo sé…toda la jeringa. Será una por día, por lo menos, o lo iremos regulando según cómo evolucione.

     Habían terminado esa fase. Voltearon otra vez a Altea en su posición original. Respiraba con lentitud, estaba fría y pálida. Gonçalvez auscultó el vientre. El feto seguía resistiendo.

     -Parece estar más sano que ella-dijo.

     Para el mediodía, golpearon a la puerta. Era Mara.

     -Estamos bien-contestó Valverde.

     Se oyeron cuchicheos tras la puerta. Iribarne debía estar preguntando algo a Mara, o quizá fue el capitán.

     - ¿Quién es el que realmente quiere a esta mujer? -preguntó Gonçalvez.

     -Deberías preguntarte si alguien realmente la quiere. Iribarne es un fiasco, creo que sólo le interesa su sobrino. Y el capitán, que sé yo, es un enigma… me enteré de que fue su amante y que fue él quien le disparó por accidente. Debe ser la culpa, seguramente, más fuerte que el amor.

     Comieron algo mientras conversaban. Volvieron al trabajo.

     La pieza con la muestra de tejido glandular o neuronal, - no podían asegura finalmente qué habían extraído porque no tenían microscopio-, estaba en un frasco más chico que los otros. Valverde lo sacó del casillero central. Los otros estaban distribuidos por día y por cantidad. Desenvolvió la tela que lo protegía.

      - ¿Listo?

      Gonçalvez asintió. Tenía la caja de cirugía abierta y las pinzas limpias, y la cara de Altea a veinte centímetros de la suya. Estaba reclinada sobre varias almohadas, y la habían atado para que no se balanceara o cayera.

      Valverde acercó el frasco. Gonçalvez metió la pinza y tomó la pieza. La introdujo en la órbita con cuidado. Ya en el fondo, vio el tejido original destruido o necrosado. Todo eso estaba muerto, ¿y qué era lo que estaba introduciendo? Más tejido muerto. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo se había dejado embaucar por Valverde? Todo eso parecía pura fantasía científica. Una utopía en un mundo imaginario. Pero había visto cosas, pensaba, a las que nunca encontró explicación. El hueso de un chico que se rompe y se recompone como si nunca se hubiese roto. Una mujer que se despierta luego de cuatro meses de estar en coma. Una pierna que un día está vital, y al siguiente debe ser amputada. La medicina es más parecida a la magia que a una ciencia, se dijo. La ignorancia es una diosa que no se deja vencer.

     Los médicos somos constructores de falacias.

     Apoyó la pieza en la entrada al anillo de Zinn, luego la empujó con un estilete de punta roma. En el espacio de la abertura no había nervios ni vasos. La pieza la atravesó, y allí quedó. No se movería, y si el cerebro de Altea no la rechazaba, formaría lazos de tejido nuevo, tal vez anastomosis, y hasta, quizá, sinapsis. Se rio de su credulidad. Valverde es Frankenstein, seguramente, pero yo soy Fausto.

     - ¿Qué es lo gracioso? -pregunto Valverde.

     -Lo que estamos haciendo. Una comedia negra que puede devenir en una novela de terror.

     Valverde festejó con hilaridad el sabio ingenio de su amigo.

     -Yo me ocupo del resto.

     Llenó la órbita vacía con algodón y volvió a vendar. Sacó las almohadas y recostaron a Altea. Eran las cinco de la tarde y ya todo estaba concluido. Sólo restaba esperar.

     Abrieron la puerta. En el pasillo estaba Iribarne, sentado en una silla. El capitán daba vueltas por el fondo del pasillo, intentando pasar desapercibido, a pesar del sonido de sus botas.

     - ¿Y bien? -preguntó Iribarne. Mara apareció un momento después, agarrándolo del brazo, dispuesta a detenerlo si pasaba algo malo.

      -La operación resultó como deseábamos. Hay que darle inyecciones todos los días. Hay que seguir esperando.

     - ¿Va a mejorar? -preguntó Mendoza, acercándose con timidez. Miraba a Valverde ya no con resentimiento sino con respeto, pero se dirigía al doctor.

     - ¿Si va a recuperarse? Creo que eso siempre estuvo fuera de nuestras manos, capitán, el objetivo era que el niño sobreviviera. Eso es lo que intentamos, y sigue sin haber garantías. Los médicos no somos magos, aunque a veces parezca. Tenemos solamente dos manos y un cerebro que funciona como un motor viejo.

     Gonçalvez de pronto fue cambiando su tono, de firme se hizo enclenque. Los ojos se enturbiaban y los labios temblaron. Mara se dio cuenta y se acercó para tomarlo de las manos.

     -Son manos hermosas, doctor. -Y las besó.

     Gonçalvez lloraba. Valverde pasó un brazo por sus hombros, y entre él y Mara lo llevaron a su camarote.

     Iribarne y el capitán se quedaron solos en el pasillo, frente a la puerta cerrada. Ninguno se atrevió a entrar, ni a hablarse. Se dieron vuelta, y cada uno se alejó en direcciones contrarias.

     Cuando el ruido de las botas desapareció, desde dentro del cuarto se escuchó algo muy tenue. Si alguien hubiese permanecido allí para apoyar la oreja sobre la puerta, podría haber escuchado un sonido que se parecía a una voz, pero que no lo era, o el ruido del viento pasando por una garganta, tal vez. Pero en ocasiones los ruidos semejan palabras, y la imaginación fácilmente puede pensar muchas cosas. Por ejemplo, que alguien rezaba.

 

 

 

*

 

 

 

Pasaron los días como pasaron los pueblos en ambas costas del Paraná. Habían dejado Paso de la Patria cinco días antes y ya tenía a babor la costa paraguaya. Hicieron escala en Itatí, donde Mendoza tenía muchos amigos en la guarnición. Estuvieron casi un día, desde la tarde que arribaron hasta la mañana siguiente, cuando volvieron a zarpar. El capitán había bajado a la ciudad con Iribarne y se quedaron toda lo noche. En la madrugada subieron con caras de sueño. Mendoza mantenía su uniforme pulcro, pero las botas estaban sucias y los botones de la casaca rotos. Iribarne vestía con el descuido de siempre, el pantalón de hilo sujeto a la cintura por una soga y la camisa abierta. Los que los vieron subir dijeron que habían estado con putas, y se rieron cuando vieron a Mara acodada en la baranda, mirando con ojos resentidos a quien ella llamaba su hombre. Pero nadie escuchó los gritos acostumbrados. A ella le preocupaba, seguramente, alguna otra cosa más importante que el simple desahogue de la calentura de Iribarne. En cuanto a Mendoza, Natasha era la esposa sólo en los papeles, todo el mundo lo sabía.

     Cuando llegaron a Ituzaingó habían pasado tres semanas entre escalas en puertos pequeños donde bajaron bultos, y Márquez hizo un buen número de negocios. Mendoza estaba contento, o por lo menos un poco aliviado de sus penurias económicas, pero sobre todo lo vieron distinto cada que el doctor Gonçalvez salía del camarote de Altea y le anunciaba una nueva mejoría. Todos estaban asombrados del cambio en la fisonomía de Altea. El rostro anteriormente demacrado y de piel cetrina había empezado a tomar color y a rellenarse los pómulos y el cuello. El cuerpo, a excepción del vientre del embarazo, que parecía un tumor protuberante en un esqueleto esmirriado, fue recuperando su forma normal.

      El doctor y Valverde iban una vez por día a aplicar las inyecciones en la médula espinal de Altea. Luego de la tercer vez, Natacha le había pedido a Gonçalvez, porque a Valverde casi no le hablaba, si podía quedarse a presenciar el procedimiento. Además, podría ayudarlo o aprender a hacerlo ella misma cuando él estuviese ocupado. El médico echó una mirada esquiva a Valverde, y respondió:

      -Si no la impresiona, señora, no creo que haya problema.

     - ¿Impresionarme, doctor, después de lo que visto sufrir a esta mujer? ¿Usted me toma por una estúpida?

     -No fue mi intención, señora. Sólo quise conservar las costumbres.

     -Las que consideran débiles e idiotas a las mujeres, cuando es a nosotras a las que se les desgarra el vientre cada vez que tenemos hijos. Disculpe, doctor, no esperaba eso de usted, pero ya veo…-. Por un instante todos pensaron que no lo diría, pero ella no iba a detener su lengua una vez suelta. - A veces me olvido que es usted un médico de pueblo.

     El médico de pueblo sacó las jeringas y los frascos. Le dijo a Natacha que inclinara hacia un costado a Altea. Ella no necesitó órdenes para limpiar la piel con agua y jabón y luego secarla detenidamente. Entonces se paró junto al médico, con las manos inquietas unidas sobre su pecho, mirando y siguiendo cada paso, dándose cuenta del pulso exquisito que tenía Gonçalvez en sus dedos. Vio salir el líquido de la médula, disolver el polvo del frasco y volver a inyectarlo. Cuando terminó, tapó a Altea, la arropó y se sentó.

      - ¿Qué es lo que hay en esos frascos, doctor? - Cuando vio su expresión, levantó las manos y lo previno: -Y no me trate como una ignorante, sé tanto como usted de todo esto, y unas cuántas cosas más.

     Tenía en la cara la jactancia que se decidió a no pronunciar, por magnanimidad al médico de pueblo, que al fin de cuentas estaba salvando a Altea y al chico.

      -Células placentarias, señora.

     Natacha lo escuchó y de pronto su rostro se hizo toda atención y respeto.

     - ¿Las compró en el hospital?

     -Digamos que un canje, Valverde es el comerciante, ya lo sabe.

     - Me imagino, y estoy ya segura de que Altea va a recuperarse del todo. Todavía no abre el ojo derecho, no dice palabra, pero estoy segura de que nos escucha. La veo inquietarse sobre todo cuando ese señor tan desagradable, Iribarne, está acá. Ahora viene menos porque la ve mejor, pero cuando llega, ella tiene el ceño fruncido y a veces mueve un poco los dedos. Sé que está despierta, pero no puede comunicarse con nosotros.

     -Así es, señora. El daño cerebral es profundo y no sabemos cuántas de sus funciones se han perdido.

      -Mire el ojo izquierdo, doctor.

      Gonçalvez ya lo había hecho muchas veces, y otras tantas le había aclarado que no había ojo sino un simple hueco.

     -No hay nada.

     -Pero yo veo algo, doctor. Una sombra en el fondo. Como si ella nos viera...- Por un instante Natacha se ofuscó consigo misma. Sacudió las manos como si ahuyentase moscas o fantasmas, y dijo: - Perdón por estas fantasías mías, a veces me dejo llevar. ¿Usted sabe que mi padre era un hombre muy culto? Fue él quien me enseñó a valorar los libros, y desde entonces leo y retengo todo lo que llega a mis manos. Lo extraño tanto, que a veces, sólo en ocasiones en que estoy cansada y me pongo a hablar con Altea, creo que es él quien me mira. ¿Pero desde dónde, me pregunto? Y me quedo mirando el ojo izquierdo, ¡oh, bueno!, el hueco que usted dice. Pero en los huecos se esconden muchas cosas, doctor, que usted no se imagina.

     Entonces Natacha sonrió, y sólo Gonçalvez pudo apreciar esa sonrisa que nadie más vio ni vería en el rostro de la esposa del capitán. Era una sonrisa de nostalgia, como si estuviese contemplando desde un largo lente un paraíso que no podría recuperar, y que sin embargo se asomaba por el ojo izquierdo de Altea.

      

      Al día siguiente, José Iribarne estuvo toda la tarde en la habitación. Fue poco después de la visita en Itatí. Parecía que su relación con Mara se había establecido en una paz en la que ambos condescendían para no lastimarse. Él sabía que ella tenía otras cosas en mente, por ejemplo, el chico y Altea. Algo tenía planeado, pero no iba a preguntarle. Y José ahora creía haber dominado esa independencia hostil de la que ella se jactaba. Estaba distinta, ya no bebía y se pasaba las tardes paseando por la cubierta, bromeando con los hombres, a veces insinuándose, pero no cediendo nunca. Porque en la mirada había otra cosa que José no podía definir, una preocupación que la hacía levantar la cabeza hacia el cielo vespertino, como si esperase ver algo. Y él creía que era la luna lo que ella ansiaba ver, porque más de una noche la vio finalmente tranquila cuando el cielo nocturno estaba despejado y la luz lunar alumbraba el río como un camino hacia El Dorado.

     Esa tarde Natacha no estaba. Tenía dolor de cabeza, dijo ella cuando él entró. Creyó haberla visto demasiado absorta con la cabeza inclinada sobre la cara de Altea. Cuando la saludó al entrar, la vio sorprenderse un poco y observar un signo de preocupación. Natacha, por unos segundos, y sin tomar en cuenta que ese hombre que aborrecía la estaba mirando, pasó la vista por la habitación, de igual forma que se sigue a alguien con la vista, y luego detenerse otra vez en la cara de Altea.

      - ¿Pasa algo, señora?

       -Nada, tengo los ojos cansados y me duele la cabeza.

      -Vaya a descansar, yo me ocupo.

      Ella salió a regañadientes y con resignación, casi protegiéndose de la luz del día que ya iba apagándose. Dijo algo que él no escuchó, pero estaba acostumbrado a oírla hablar sola. Era una loca o una simple histérica, pobre Mendoza, se dijo. Y se sentó junto a la cama de Altea.

     Muchas veces durante sus vigilias había contemplado el cuerpo desnudo de la enferma, tan distinto al que había conocido aquella noche de los ritos, y sin embargo tan igual. El cuerpo que Manuel había poseído, que él le había enseñado a poseer. Y su hermano estaba muerto.

     ¿Cómo había intentado retenerlo?  Sabía que Manuel lo odiaba y lo amaba. Era el acostumbrado lazo entre hermanos: la pelea constante, la envida casi eterna, y sin embargo el vínculo de la carne que no podía ser roto sin un intenso dolor, y sobre todo el vínculo de la mente: nudos de pensamientos en que uno estaba atado al otro sin remedio. En todo pensamiento, en todo deseo, en todo momento sabía que Manuel pensaba en él, porque era su hermano mayor, y José había sabido crear esa necesidad, que era la suya: la necesidad de tenerlo, de formarlo, de moldearlo. La vida de Manuel no era vida sin la vida de José.

     Primero Altea, como un intento frustrado, o como un insulto arrogante de rencor.

     Luego el chico, suyo, sabiendo los tres que era suyo.

     Y esa hermosa, exótica y regocijante revancha: la de darle un hijo a Manuel, un hijo que era de ambos: de José, por supuesto, pero también de Manuel, por ser ella su mujer.

      Padre-tío-padrastro-madre-cuñada-esposa.

      Un sexteto de personajes interpretados por tres cantantes curtidos en el teatro de la tragedia y el absurdo.

      Pero Manuel ya no estaba. No había tenido en cuenta que su hermano podía morir, que su carne débil de adolescente también podía podrirse. Toleraba la distancia porque añoraba pensar en él, pero no concebía la definición de su muerte.

      El chico estaba allí, creciendo.

     ¿Qué nombre le pondría?

      Tal vez estuvo pensando en voz alta, sin darse cuenta, porque de pronto vio a Altea moviendo los dedos de los pies bajo las sábanas. Luego, los labios, o más bien sólo los frunció en un gesto de irritación, o quizá miedo.

     -Tranquila, querida, que estoy aquí-le dijo apretándole una mano.

     Altea temblaba, y entonces José se acercó a su cara. La olía, como aquella vez, y el cuerpo de Altea recuperaba el aroma de las especias quemadas y el humo de las fogatas.

      Le dio un beso en la mejilla izquierda, y entonces su mirada se hundió en el hueco de la órbita.

      Manuel estaba en el fondo del pozo, debatiéndose en un círculo que parecía estrecharse al final, pero al que nunca llegaba. José vio la cara iluminada de Manuel por la luz de la habitación, sus ojos de chico asustado, pero de barba crecida. Estaba sufriendo de dolor, agarrándose la entrepierna, y con sangre que fluía entre los dedos. Y la sangre manchaba las paredes de la órbita de Altea con un rojo oscuro como el del crepúsculo de invierno.

     El río se estaba dirigiendo al invierno del trópico. La selva brasileña cuyo invierno consiste en un infierno de humedad y mosquitos. Y los murciélagos chillando en sus vuelos rasantes.

      José se levantó y salió del camarote, tapándose los oídos como había visto a Natacha tapándose la cara.

      Había cosas extrañas que salían del hueco del ojo. Auroras boreales y truenos que se condensaban y desaparecían en la habitación. Hielo en la superficie y fuego en lo profundo.

    

     Altea se quedó sola un largo rato, tranquila y calmada.

     La puerta había quedado abierta, y Máximo venía a visitarla. Se extrañó de verla sola por primera vez desde la noche del disparo. Entró y se sentó en la silla que había ocupado Iribarne. Nunca había estado solo con ella desde esa noche (disparos, yacarés chapoteando en el agua, muriéndose, sangre en la cubierta, botellas rotas, borrachera y disparos, el frío del cañón del revólver en su cabeza, y el cuerpo de Altea, y su mano fuerte que lo apartaba).

     Tomó la mano izquierda. Estaba fría como el rencor.

     Le apartó el mechón de pelo que le tapaba un poco la cara.

     Él había hecho lo que veía: el bello rostro deformado para siempre, por lo menos hasta que la muerte, esta vez más piadosa que nunca, lo tomara entre sus manos para deshacerlo definitivamente, y borrar de esa manera el origen y el fin de ese rostro. Todas sus formas difuminadas en la nada, igual que lo sería todo su cuerpo. En algún momento, durante el viaje por Santa Lucía, había pensado en que le agradaría que ese chico fuese suyo. De alguna manera, tenía varios padres que habrían podido pelear por él. Pero los tres eran demasiado cobardes, o más bien egoístas, que es una forma más esmerada de la cobardía.

      Recordó a Aurora Valverde. ¿por qué se acordaba de ella ahora, después de todo ese tiempo?

     Era que la veía, claramente, en el ojo de Altea.

     Sí, él sabía que ella no se lo perdonaba. No le bastaba tener una esposa, no le bastaba siquiera una amante, también quería la posesión de una noche caprichosa. ¿Pero él le había explicado, siquiera? ¿Era necesario?

     Aurora le hablaba sin sonido desde el fondo de la órbita, exhalando círculos con letras de imprenta. Pero no entendía el idioma, porque era una mezcla de muchos lenguajes, todos ellos extraídos de los libros de la biblioteca de la casa de Santa Lucía. Y los libros se confundían con los de la biblioteca del viejo Krakovsky.

     Las mujeres y los libros.

     Las mujeres que había amado, mujeres llenas de letras cuyo cuerpo era un ensamblaje de combinaciones infinitas de tipos de imprenta, y cuyo espíritu era una arquitectura de filosofías contradictorias que pelaban y se mataban y volvían a levantarse para pelear.

      Pero Altea no tenía esas costumbres. Le gustaban los vestidos y la conversación. A veces era fría y distante, pero él había sabido derribar la barrera de hielo que su ascendiente nórdico le prodigaba como un estigma. Altea era a veces tan altiva, que se derrumbaba fácilmente con su ingenuidad, que no provenía de la ignorancia sino de la beatitud, que no es sino una sabia bondad que deja la desconfianza de lado porque la considera vulgar, y terriblemente dañina.

      La altura de Altea era un bastión vulnerable. ¿O no lo era?

      En su ojo vivía la bruja Aurara Valverde. Altea la había moldeado con el material del resentimiento, tan firme y macabro, que hasta pudo deshacer los fundamentos de su edificio. Altea había cedido finalmente y caído en el barro que ocupaba el fondo de su ojo muerto. Del barro salía Aurora, pura imagen sin espíritu, pura ingeniería de palabras. Y vio el rifle que la madre de Aurora había usado para matar al padre.

       El cañón del arma salía de los bordes de la órbita de Altea.

       Máximo Mendoza apartó la cara, retrocedió en la habitación hasta tropezarse con la pata de la cama, con un vestido sucio manchado en sangre y con una taza rota. Al llegar a la puerta, siempre retrocediendo y sin apartar la mirada del arma que le apuntaba, se agarró del marco, mordiéndose la lengua para no delatar su miedo.

     Y se escapó, como siempre lo había hecho, y que también siempre le sirvió de motivo para su eterno regodearse en la lamentación y la impotencia.

      La impotencia de su espíritu en miniatura, rodeado de gigantes.

      Un corazón pequeño como timón del barco de guerra que había comprado.

 

      El último día de abril dejaron Ituzaingó y entraron en la cuenca grande del Paraná, que es como un gran lago, y casi un mar porque, navegando por el centro, difícilmente se ven las costas a simple vista. Gonçalvez estaba sentado en una silla de mimbre muy temprano en la mañana. Tomaba mate, que sorbía muy descuidadamente. A veces lo llenaba con el agua de la pava y lo mantenía en la mano sin sorberlo, extasiado por la amplitud del río. Hacía calor, pero él siempre vestía su pantalón de sarga, las botas y la camisa blanca de lino que se arremangaba cuando revisaba a los pacientes. Últimamente se afeitaba muy de vez en cuando, pero esta mañana lo había hecho son esmero, porque tuvo insomnio casi toda la noche y apenas vio asomarse un poco de luz en el horizonte se levantó, se aseó y comenzó a afeitarse. El espejo era amplio, casi de cuerpo entero, el capitán le había dado uno de los mejores camarotes cuando Altea había empezado a mejorar. En realidad, ese privilegio debía haber sido para Valverde, pero tenía que continuar con esa ficción. ¿Pero era tal? se preguntó. Valverde sabía mucho, incluso de anatomía, pero él sabía de los hombres vivos. Una operación no es una disección, aunque se le parezca. El muerto seguirá muerto, por más delicadeza con la que se lo trate.

      La amplitud le preocupaba. Era como si estuviese creciendo en su alma un gran vacío que necesitaría ser llenado, y temía a lo que pudiese entrar, porque él no podría controlarlo. El río ancho dorado por el sol de la mañana era una superficie pulcra, tanto que parecía de mármol. Si no hubiese sido por las aves que de vez en cuando perturbaban la eterna lisura del agua buscando alimento, o por los buenos días que les daban los hombres del barco cuando pasaban a su lado, habría podido creerse en una especie de limbo.

     Eso es. Estanislao Gonçalvez, como siempre, permanecía en una especie de cuarto intermedio del que temía ser expulsado, y que sin embargo lo hacía sufrir. Las fuerzas extremas se peleaban por él: la empresa familiar, que no era más que una gran ingeniería construida sobre todos los cementerios del mundo, y la familia que había creado por sí mismo, junto a la profesión en la que se había abierto paso, eso sí, con demasiado esfuerzo, tanto, que nunca se había sentido demasiado cómodo.

      Pensó en su mujer y en su hijo. ¿Qué estarían haciendo ahora? ¿Qué pensaría ella de él luego de recibir esa rápida esquela y de no saber nada más luego de casi dos meses? ¿Los había abandonado? Por supuesto que no. ¿Estás seguro Estanislao? Desde que había subido a ese barco que había pertenecido a dos nobles y grandes bestias muertas, era sin duda conducido por Aqueronte, y el río, enorme e interminable, no parecía tener fin sino en el Norte a la vez claustrofóbico y agorafóbico. Inmensos espacios abiertos que a su vez eran representaciones de espacios cerrados: selvas densas, calurosas y oscuras, donde cada sonido era la muerte siseando en los oídos.

       Se levantó y dejó el mate y la pava en el suelo. Agarró el maletín y fue a la habitación de Altea. Carmen terminaba de higienizarla.

      -Buenos días, doctor-dijo con alegría-. Ya la ve a la enfermita, gracias a usted se está poniendo rebosante. Mírela cómo sonríe.

      ¿Era eso una sonrisa o la secuela de la cicatrices?

      -Bueno, ya veremos.

      Empezó a sacar del maletín las cosas para la inyección. Valverde ya no aparecía casi nunca, le había dejado el papel principal, pero permanecía en bambalinas, porque eso era lo que le gustaba: observar el mundo y sólo intervenir muy de vez en cuando. Los demás entraban una media hora, y generalmente preferían no estar solos con Altea. Así, Natacha, Máximo y José se sentaban y conversaban, no siempre los tres juntos, a veces era una pareja, a veces otra, y hablaban como si nunca hubiese habido rencillas entre ellos. No querían estar en silencio, y casi no miraban a Altea más que para arroparla o hacerle algún mimo sin fijar la mirada en su cara.

      Carmen se quedó, ya estaba acostumbrada al tratamiento. Se preguntaba qué era ese maravilloso remedio, y cuando bajó en Ituzaingó les había contado todo eso a las mujeres que hacía mucho que no veía. Carmen era simple y había trabajado de todo un poco, de sirvienta y enfermera, de cosechadora y de puta. Su último puesto había sido en las filas de Valverde, pero esperaba desasirse de él. Le agradaba cuidar de la gente, y había bajado a la ciudad porque esperaba buscar trabajo. No encontró más que viejas putas que ya no servían para nada más que limpiar letrinas en la casa del intendente. Pero ellas hablaban, y pronto el rumor de lo que sucedía en el “Juan Manuel” comenzaría a esparcirse a lo largo del río y por toda la provincia.

       Cuando Gonçalvez terminó, Carmen acomodó otra vez las almohadas y la cabeza de Altea se volteó hacia el médico, casi rozándole la cara. No fue un gesto voluntario, seguramente, pero él vio el hueco del ojo. Y de pronto imaginó un caleidoscopio. Era muy semejante esa sucesión de imágenes que estaban pasando una tras otra sobre la delgada membrana de lagañas que a veces se formaban durante la noche. Como una pantalla donde se proyectarán fotos que venían de ¿dónde?

      Fotos en movimiento.

      Reconoció a su esposa con el bebé en brazos, en la puerta de su casa, saludando a alguien. La vio dentro, cocinando. La vio dormir junto al niño. La esquela sobre la mesa, rota. Después ella armando valijas, y Aurelio lloraba, gateando por el piso. Ella se iba, ¿pero adónde, si no tenía padres ni hermanos? El cura del pueblo apareció a un costado de la imagen, y se habían quedado estáticos los tres, como si la proyección se hubiese trabado. Hablaban, probablemente, en una larga conversación. Luego, el cura levantó a Aurelio en brazos y le hizo el signo de la cruz sobre la frente. Y después la oscuridad de la habitación de su casa se iluminó de repente, y ya no era un espacio cerrado sino el gran mar, el inmenso mar en donde ella y Aurelio viajaban. Y era España tan distinta que era como otro planeta. Las imágenes fueron tantas y tan rápidas que él no llegó a comprenderlas una por una. Había a veces una vieja arrugada que se parecía a su mujer, y a veces un hombre joven que él no conocía. ¿La vieja sería un familiar lejano de su esposa, quizá? ¿Ella se había vuelto a casar con ese hombre joven?

      Se dio cuenta que los años pasaron como las imágenes, más rápidas que la realidad a que nos tiene acostumbrados la endeble percepción del hombre. Aurelio había crecido y era un joven alto y todavía lampiño, de tez blanca como una sábana, y caminaba por una calle de piedra, golpeando puertas y regresando a la calle triste y cabizbajo. Lo vio golpear varias veces frente a una enorme puerta de madera, sobre la que nacía la torre de un campanario. Allí le abrieron y desapareció en la sombra.

       El hueco del ojo se hizo oscuro, pero no lo llenaba el vacío sino la penumbra, que a veces es una lóbrega presencia hecha de añicos. Y en la sombra Aurelio iba de un lado a otro, entre paredes y altares, trabajando. Sembraba en un huerto negro, y cosechaba. Cavaba canales en la tierra, y miraba al cielo oscuro del cielo conventual. Lloraba mucho, y Estanislao recordó el llanto del pequeño que había conocido, tan igual, que era como estar viéndolo en la cocina de su casa, señalando al techo como lo hacía muchas veces, diciendo lo que no podía pronunciar porque no tenía palabras todavía en su vocabulario para nombrar a aquel que lo llamaba.

     Cristo se le apareció a Aurelio en el convento.

     Le enseñaba un vocabulario hecho de pensamientos.

     Vio el dolor, la desesperación construida con grandes alas negras.

     Escuchó que otro hombre-niño estaba a su lado, también desesperado.

     ¿Se parecía a Altea? No.

     ¿Se parecía a los hermanos Iribarne, quizá? Había ciertos rasgos en ese otro joven seminarista que recordaba la cara alunada de José Menéndez Iribarne, el mentón prominente, la frente ancha, el cabello abundante. Era bello, en cierta manera, era atractivo.

     Aurelio era de una delicadeza tal que daba miedo hablarle por temor a herirlo.

     El otro estaba tan cómodo en su lugar, como si hubiese viajado muy poco. ¿Era español? Su acento lo simulaba, pero tenía la sombra de una barba como la de aquellos conquistadores de América. La selva había intervenido en su procreación, se notaba en el calor y la intrepidez, en la rápida ofuscación y en la destreza con la que había tomado la pala que había estado utilizando para cavar en la misma tierra que Aurelio.

      La última imagen se esfumó antes de que Estanislao pudiese atraparla con los dedos y retenerla para siempre en la palma de su mano, como un ojo que pudiese contemplar cada que abriese el puño. 

     La pala en la cabeza de Aurelio, y luego el torrente del agua desbordada llevándose los residuos del tiempo.

      Estanislao Gonçalvez se tapó la cara con las manos y se inclinó apoyando los codos en las rodillas. Carmen le puso una mano en la cabeza, acariciándolo.

     -Llore, doctor, si quiere. Es muy hermoso lo que usted ha hecho. En mi pueblo, allá en Bahía, dicen que Dios es el otro nombre de un doctor.

 

 

 

*

 

 

 

Para cuando llegaron a Posadas, el rumor de la mujer “resucitada” se había esparcido tanto, que en el puerto los esperaba mucha gente del pueblo. Algunos saludaban y agitaban las manos hacia el barco, otros llamaban al doctor Gonçalvez para que bajara y los curara. Había gente con muletas y en sillas de ruedas, chicos con piernas y brazos torcidos, y hombres en camillas de lona cargados por otros.

     Cuando Máximo vio todo eso desde la borda, se preguntó cómo manejaría ese fanatismo que no podrían satisfacer, porque el doctor Gonçalvez era un simple médico y nada más. Luego, pensó, la fama no les vendría mal. Necesitaban el dinero, y los comerciantes de Misiones estarían dispuestos a hacer negocios con el barco más famoso del río Paraná.

      Pero en el puerto también estaba la policía, que intentaba disuadir a la gente para que dejara libre el puerto y volviera a sus casas. Si la policía investigaba, si las autoridades revisaban el barco, si se sabía de las armas y de Carla…Todo eso se preguntó Mendoza mientras el barco detenía las máquinas en medio del río y contemplaba el puerto. La ciudad se extendía detrás, con sus construcciones bajas, edificios de barro de la época de los jesuitas, ranchos nuevos, almacenes y una escuela.

      Márquez y algunos de los hombres se acodaron a mirar, riéndose y señalando a la gente: a aquel rengo, o la embarazada, o aquel chico jorobado. Valverde llegó y se reía de su éxito, porque eso era. Gonçalvez se acercó con timidez, y aceptó las bromas y los parabienes de los demás.

     - ¡Tendrá mucho trabajo, doctor! - le dijo uno de los hombres.

     - ¡Cállese! -gritó el capitán. - Doctor, usted no saldrá del barco. Se lo aseguro. Yo hablaré con las autoridades de Posadas y arreglaré el asunto.

      -Pero el pueblo lo reclama…-dijo Valverde. La sorna calzaba bien en su figura.

      -Entonces vaya usted-le dijo Máximo. -Y cure a todos esos, si lo dejan vivo antes.

      Bajaron dos botes. En uno iba Mendoza con dos hombres, y en el otro, tres más, todos armados. Llegaron al puerto y la gente se les vino encima. Los policías eran pocos y la gente se escabulló de ellos, pero todos peleaban por recibir los botes. Mendoza se levantó y apuntó.

     -Al que se acerca lo mato.

     Los demás hicieron lo mismo. Seis rifles apuntaban a la gente. Todos se callaron y retrocedieron.

     -Sólo queremos al doctor…-dijo una mujer con un chico en brazos.

     -El doctor no bajará del barco, no es ningún milagrero para que lo reclamen así…

    - Pero dicen que resucitó a una mujer, a la esposa del capitán…

     -Yo soy el capitán, la mujer no es mi esposa, sólo una pasajera, nunca murió así que no necesitaba que la revivieran.

     Parecieron conformarse por ahora. La mayoría se dio vuelta y comenzaron a dispersarse, no del todo convencidos, porque miran atrás con ojos enojados. Murmuraban, pero no se les entendía. Caminaron entre los policías, que los vigilaban.

     Uno de los oficiales se acercó a la punta del muelle.

     -Ya pueden bajar, capitán.

     Amarraron los botes y bajaron.

     -Soy el cabo mayor Alejandro Domínguez, capitán. -El oficial se cuadró reglamentariamente y luego extendió la mano. Máximo lo saludó.

     -Gracias, cabo.

     -Gracias a usted, capitán. Nosotros no sabríamos contenerlos, y menos atentar contra chicos, mujeres y viejos.

     - ¿Me garantizaría que podremos desembarcar mercaderías con tranquilidad? Y, sobre todo, pasar unas cuantas horas en la ciudad. Tenemos negocios que atender.

     -El gobernador está aquí, capitán. Ya nos llegaron noticias de lo que estaba pasando, y la gente se vino aquí desde hace dos días. El señor gobernador está preocupado por los desmanes.

Dicen que el doctor es una eminencia que vendrá a curarlos a todos…

      -Nada de eso, la gente siempre busca agarrarse a supersticiones.

     Caminaron hacia la casa municipal, donde el gobernador Farías los esperaba. A un costado había un pequeño altar improvisado con flores y la Virgen de Itatí. El cabo vio que la imagen le había llamado la atención.

     -Disculpe, capitán, pero también dicen que la resucitada está embarazada, y dicen que el chico es un mesías…

     Los hombres de Mendoza se rieron, pero al capitán no le hizo gracia. No contestó y continuaron caminando hasta la carreta.

      El gobernador los recibió en la oficina, que era a su vez despacho y comedor, en una vieja casona en las afueras. Farías era primo o algo así del que había perseguido y ejecutado a Ruiz. Se notaba que envidiaba el éxito político de su pariente de Buenos Aires. Había hecho lo posible por adularlo con cartas y viajes, pero no había conseguido más que ese puesto de gobernador, que sin duda no le duraría mucho.

     - ¡Es un gusto verlo de nuevo, capitán! La última vez era un cadete todavía. ¿Y qué me cuenta de su padre el general?

     -Con sus achaques de viejo, señor gobernador, pero el clima de Madrid le sienta bien.

     -Como cualquiera que no esté por estos pagos. ¿Y su padrino el coronel Las Heras?

    -Se murió hace unos meses…

    - ¡La pucha! Me enteré de que estaba en las malas, el gobierno como siempre descuida a los hombres que hicieron bien a la patria, mírenos a nosotros - dijo, señalando a su alrededor. Había en el patio un gran bracero donde se asaban dos reses y un puerco, y las mujeres cortaban verduras y cebaban mate, los chicos correteaban alrededor del fogón jugando con los perros, mientras los hombres cuidaban el asado, hablaban y bebían.

      -El gobierno no nos manda recursos. Tuvimos que cerrar el hospitalito que apenas funcionaba con un doctor y una enfermera. Por eso la gente se ha entusiasmado tanto con el doctor Gonçalvez. Acá sabemos de dónde viene, su familia es muy conocida. Y usted sabe, capitán, como crecen los rumores.

     -Sí, lo sé. Y por eso quiero que me ayude a detenerlos. Ya he visto el altar, incluso.

     El gobernador se sentó tras el escritorio y ofreció unos mates.

    -No haga caso de eso, esas supersticiones se van tan rápido como vivieron.

    -Pero señor gobernador, me preocupa la seguridad de mi barco, y por supuesto proteger al doctor. Le aseguré que no bajará al pueblo por ningún motivo.

    -Capitán, la gente se conformaría con unas cuantas consultas y los ánimos se calmarían. El doctor es nada más que un hombre, ellos se darán cuenta y lo dejarán en paz después de unos días.

     -Pero también es un buen médico, y tal vez lo convencieran de quedarse, y a usted, si me permite decirlo, le sería útil para ayudarlo a obtener una segunda gobernación.

      Farías se reía.

      -Veo de quién es hijo y nieto, capitán. No tiene pelos en la lengua, y eso me gusta. Pero como sabrá acá nosotros somos directos y no damos vueltas como los porteños, o lo europeos que están entrando sin desparpajo. Le diré que las malas lenguas sueltan de todo, y los oídos no eligen lo que escuchan. A bordo del “Juan Manuel” hay gente que se busca por contrabando, eso me han dicho-. Farías levantaba las manos como si nada de eso le constara. -También que protegía a Ruiz, así me contó mi compadre. Hay una mujer, también, que dicen que mató a un hombre de un sartenazo, encontraron el cuerpo enterrado hace poco. Y la muerte de su hijo, que lamento mucho, ha sido muy extraña. Sin hablar del accidente de la que llaman “la resucitada”. Y ya que estamos en eso, de las putas que subieron a bordo con esa mala entraña de Valverde al que nunca pudimos atrapar porque siempre se zafa con alguna artimaña judicial, parece abogado además de boticario o médico o como mierda guste decir que es. Y las putas, capitán, se protegen entre ellas. A una la extrañan hace rato, y nadie la ha visto por estos pagos. No lo tome a mal, es que unos cuantos amigos míos le tienen ganas todavía, ¡qué se le a hacer!

      El viejo se reía. Dejó el mate sobre el escritorio y se levantó para mirar por la ventana.

      -Quédese esta noche para el asado, capitán. Yo lo invito a usted y a sus hombres.

      - ¡Cabo! -llamó Mendoza.

      El oficial llegó corriendo desde el patio.

      -Vaya al muelle y pida que bajen Márquez y el doctor.

      -A la orden.

      Farías se frotó las manos.

     -Disfrutaremos de una gran noche, capitán. Buena comida, buen vino, y mucha conversación.

     Apoyó las manos sobre los hombres de Mendoza.

     -No me tenga resentimiento, amigo mío. Y para demostrarle mis buenos sentimientos, le mostraré algo.

      Lo hizo acercarse a la puerta y le pasó un brazo sobre los hombros, señalando a una de las mujeres del patio.

      -Elija esa, mi amigo. Usted es un hombre fuerte….

      Le palmeó el pecho como demostración de la más extremada amistad.

     -Buen aguante, tiene…-dijo.

     - ¡M’hija!-llamó. ¡Venga p’acá!

     La chica se acercó corriendo.

     - ¿Sí, tata?

 

      En la mañana lo despertaron tres policías y otros dos que creía recordar eran hombres de la chacra. Pero fue como despertar después de una operación, según recordaba le había pasado cuando lo durmieron con éter para sacarle una bala cuando tenía quince años. Esa vez habían sido los cuatreros en la estancia del viejo Lamdrid, pero ahora ni siquiera recordaba lo que había pasado esa noche. Sólo al ver a la hija del gobernador desnuda boca abajo en medio de la cama a su lado, y a Gonçalvez del otro, se le aparecieron imágenes sueltas de lo que pudo haberlo sucedido, o más bien de lo que él había hecho y, por qué no, de lo que ella le había hecho.

     Los tres estaban desnudos, y despertaron sobresaltados, excepto ella, que giró la cabeza hacia los policías, que mientras agarraban al capitán al doctor, no dejaban de echar ojeadas al culo de la chica, que no debía tener más de quince o dieciséis años, o incluso menos. ¿Quién podía estar seguro con esas hembras que se criaban en el campo y con padres como el suyo, si es que lo era? Ella se levantó, tapándose con la sábana y salió de la habitación.

     Los dejaron ponerse los calzones largos, pero sin camisa los llevaron afuera, donde el personal de la estancia detuvo su labor y comenzó a reírse sin disimulo. Farías estaba esperando sentado ante la mesa donde dos sirvientas daban vueltas cebando mate y yendo y viniendo con tortas fritas. Debían ser las siete de la mañana a juzgar por el sol sobre los árboles.

     - ¡Qué vergüenza, mi amigo! Violar entre dos a la pobre m’hija, y eso sin mencionar la conducta de sus hombres.

      Mendoza miró alrededor. Los cinco que lo habían acompañado estaban igual que ellos, a medio vestir, atados de manos, mientras una o dos las mujeres con las que habían estado lloraban, las otras habían desaparecido. Entonces vio, junto a un árbol, un cuerpo tirado en el piso, con las piernas torcidas, la cabeza rota y cubierta de sangre. Reconoció la casaca de Márquez.

     Farías se adelantó a la pregunta.

     -Me extraña del viejo, sobre todo, que parecía tan educado. Se puso tan en pedo que no sabía lo que hacía. Así me avisaron los gendarmes en plena noche, cuando escuché los tiros. Supongo que usted, mi amigo, no debe haber oído nada, tan entusiasmado que estaba, me imagino, o ya se había dormido del agotamiento.

      Farías los miraba fumando una pipa que apenas se sacaba para hablar.

      - ¿Por qué lo mataron? -preguntó Mendoza, descalzo sobre el barro, las piernas algo separadas por que le habían atado las manos sobre la entrepierna que intentaba cubrirse. Estaba todo manchado con semen y orina.

     -Parece que al viejo le gustaban los hombres, según me dijeron. El alcohol lo deschavó, y se les insinuó, por no decir más, a varios de los de la estancia. Se armó una trifulca y las mujeres llamaron a la guardia. El viejo se defendió, parece, estaba como medio loco. Amenazó con el revólver, y bueno, así le fue…

     Apareció la hija del gobernador, con la sabana encima. Farías la vio y le echó la bronca.

     - ¡Raje de acá, sin vergüenza! ¡Y vístase, carajo!

     La chica volvió a irse, sin mucho apuro, arrastrando la sábana por el barro, mientras los hombres la seguían con la mirada.

      - ¿Se da cuenta, capitán? Hombres como usted relajan las costumbres, y qué le espera al país con esta generación.

      - ¿Y qué va a hacer, señor gobernador? -preguntó Mendoza, decidido a cubrirse de orgullo ya que no podía deshacerse de la vergüenza.

      - ¿Con todos sus antecedentes, capitán? ¿Y con la violación de una menor? Mala leche sería la mía si lo llevara a las autoridades. También soy hombre, y entiendo nuestras necesidades, pero eso no me autoriza como hombre de estado a hacer la vista gorda frente a la violación flagrante de las leyes.

      Mendoza se preguntó de dónde había sacado el gobernador ese léxico jurídico. Detrás de su campechanía, escondía una escueta erudición de contrabando.

      -Lo dejaré pasar, por esta vez, capitán, en respeto a su familia. No me gustaría que los diarios mancharan su apellido. Seguirá su viaje hacia el Brasil, y el doctor ayudará a nacer a la criatura de esa santa. Y después volverá para compartir su sapiencia con nosotros.

     Miraba a Gonçalvez, que seguía con la cabeza gacha, con la vista clavada en el barro, como si buscase algo. La memoria de lo que había hecho esa noche, probablemente, o de lo que venía haciendo desde hacía un largo tiempo sin explicarse los motivos: los pacientes enterrados y la familia abandonada.

      El gobernador se acercó a Mendoza con la pipa inclinada a un lado. El humo salía débil y taciturno, pero el aroma era una mezcla de tabaco fuerte y anís quemado. Acercó la cara hasta muy cerca de la del capitán, y le dijo:

     -Usted seguirá su viaje y hará todos esos negocios que Márquez contrató con la gente de la zona antes de ponerse en pedo. Muchos compromisos de buena plata, parece, a juzgar por todas esas papeletas que llenó, y que están ahí, al lado del cuerpo.

      Entonces Farías metió una mano en la entrepierna de Mendoza y le apretó los testículos.

     -Después volverá, mi capitán. Lo estaremos esperando fielmente a que regrese con las bolsas llenas.

      Si hubo lascivia en su gesto, se perdió en la mirada de satisfacción con que lo observaba. Se sentía dueño de todo, de los hombres y mujeres de la estancia, y hasta dueño de la provincia, probablemente.

 

 

 

*

 

 

 

No hubo exequias para el ingeniero Emerindo Márquez. Mendoza y sus hombres terminaron de vestirse en una habitación bajo la mirada de los guardias. El capitán miraba el cuerpo junto al árbol, rodeado de moscas que se acumulaban sobre la sangre. Le habían entregado los papeles con las notas que el viejo había tomado con los datos de varios puertos y ciudades de Misiones y el Brasil, de comercios particulares y pequeñas industrias, de dueños de ganado y algunas plantaciones. ¿Qué es lo que lo había pasado con el viejo? No creía en la versión de Farías. No pensaba que el ingeniero no fuese capaz de emborracharse y portarse como cualquier hombre en tal estado, pero no podía creer que una mentalidad como la de Márquez, que minutos antes acordara y anotara concienzudamente tantos posibles tratos de comercio en su preocupación constante por el barco y su capitán, no menos de una hora después fuese otro completamente distinto. Otro muerto, pensó Mendoza, a sus expensas. Debería avisar a sus hijos en Europa, tal vez en los cajones de su camarote hubiese algún dato de la filiación de su hijo Walter, el arquitecto, con el que sabía que se carteaba de vez en cuando, pero nada decía del mayor, que se había metido en revueltas y política, y del tercero renegaba y hasta negaba.

      Los escoltaron hasta el muelle, esta vez sin sogas que les ataran las manos. Los vecinos los miraban pasar, cuchicheando. Cuando subieron a los botes, el cabo Domínguez subió también. Mendoza lo observó con encono.

      -Es una orden del señor gobernador, capitán.

      -Para asegurarse de que vuelva, ¿no?

      El cabo, que estaba de civil y llevaba el fusil en bandolera, se encogió de hombros. No era un hombre que podría amedrentarlo ni presionarlo, y tal vez fuese esa la astucia de Farías, que cada vez lo sorprendía con algo nuevo. Flaco, no muy alto, de brazos sólo lo suficientemente fuertes como para sostener el arma y disparar, de piernas sólo fuertes por haber caminado y corrido mucho en los montes de Misiones. Joven, no debía tener más de veinticinco años, de poca barba, de pelo lacio y castaño que llevaba más largo de lo reglamentario. Así como estaba, de civil, con ropa vieja color caqui y la mirada pensativa, podría habérselo creído un labrador o un estudiante. Del labrador tenía la sumisión, del estudiante el cuerpo y los gestos. Pero llevaba un arma que sin duda sabía usar.

      Regresaron en los mismos botes en los que habían llegado, remando en absoluto silencio. Los hombres estaban avergonzados, pero el capitán humillado. ¿Y qué era lo que sentía el doctor Gonçalvez? Tal vez el fracaso como único índice constante de su vida.

     

     El viaje continuó hacia el norte. Luego de las labores de la mañana y el mediodía, Mendoza se enclaustraba en su despacho y revisaba las notas de Márquez. El río tenía cauce estrecho en esa zona, y desconfiaba del hombre que había puesto en lugar del ingeniero. Era uno de los dos que habían quedado desde la salida de Buenos Aires. Aníbal Molina conocía el barco desde su remodelación, y no tenía Mendoza otra alternativa que dejarlo hacer. No por eso evitaba vigilarlo y estimularlo para que estuviese a la altura de su cargo. Era, también, el único que se había negado a bajar a la ciudad. Escribía cartas constantemente, lo sabía porque cada vez que llegaban a un puerto iba él o mandaba a alguien al correo. Nunca le había preguntado a quién escribía. Casi todos tenían a alguien en tierra, que los extrañaba. Y el que no, estaba solo. Pero únicamente él, Mendoza, llevaba su carga de monstruos encima, en su propia casona que se desplazaba sobre las aguas.

       El río era estrecho, las costas cercanas, el lecho no demasiado profundo. Sin embargo, el “Juan Manuel” seguía cumpliendo tan maravillosamente como lo había hecho siempre. La alcurnia no se demostraba en el lujo postrero de su interior, ni siquiera en el material de su construcción. El espíritu de los dos grandes cabezas duras que lo habían inspirado parecía seguir alimentando sus máquinas improvisadas y la estabilidad de su estructura. Creado para el mar, expiaba sus culpas en el río con la mayor dignidad de la que era capaz.

      Llegaron a Puerto Iguazú. Mendoza no bajó del barco. Desde la cubierta y con los papeles en mano, iba haciendo el registro y el control de las mercaderías que subían y bajaban. Los hombres del puerto lo miraban, y de vez en cuando alguno de traje salía de las oficinas y lo saludaba con la mano en alto o con algún saludo campechano. Mendoza no estaba dispuesto a ceder otra vez a sus impulsos. Había mantenido el silencio más allá de lo necesario. El cabo Domínguez lo miraba desde su silla, donde comía y pasaba todo el tiempo, a veces leyendo, a veces contemplando el río o las costas. Era un joven curioso, su mirada era porfiada y esquiva como la de un militar, pero sus gestos eran aún de un adolescente, tal vez excesivamente curioso. No lo atraían, sin embargo, los juegos de naipes con los tripulantes ni la bebida. Dormía poco. Lo veían hasta altas horas de la noche en su silla sobre cubierta, fumando, y en la mañana ya lo encontraban en el mismo sitio. Él mismo se preparaba las comidas. Natacha se había apegado un poco a él, tal vez le recordara a Ariel, en cierto modo. Los libros que leía se los alcanzaba ella, que se sentaba durante algunas horas de la tarde, y conversaban, del libro, tal vez. Pero ella no lograba sacarle mucha conversación. Pronto permanecían en silencio, y luego se iba pretextando que debía cuidar a la enferma. Domínguez entonces apenas se levantaba para saludarla, y la observaba irse, hablando sola. La primera vez, el cabo miró alrededor. Después, vio la sombra que se hacía humo, que se hacía destello apagado, que se hacía ceniza cuando caía la tarde.

       

       El doctor y Natacha estaban solos en el camarote de Altea. Habían acordado no hablar más que lo imprescindible, y creían conformarse con las miradas. Altea movía las manos y los pies, movía los labios y su garganta intentaba desesperadamente decir algo. Altea estaba lúcida, lo sabían, y su cuerpo se había recuperado. Incluso su inteligencia debía mantenerse casi incólume, aunque no sabían si con la totalidad de sus recuerdos. ¿Seguía siendo ella, en ese caso, es decir, la mujer que los demás habían conocido? Sólo el capitán podría corroborarlo, y en cuanto a su cuñado, no conocían del todo la relación que habrían mantenido en el pasado.

      Gonçalvez decidió hablarle.

     -Señora, ahora que se encuentra mejor, debemos practicar la cesárea.

     Ella estaba ciega, pero él sabía que algo veía. No se explicaba cómo, pero era evidente por la manera en que giraba la cabeza y la facilidad con que a veces levantaba un brazo y agarraba la mano de quien estuviese cerca. Gonçalvez sentía el aliento cálido de Altea, y el perfume que Carmen le ponía en el cuello luego de lavarla. Ella levantó un brazo y apoyó la palma de la mano en la mejilla del médico. Natacha se levantó de la silla, Gonçalvez se quedó quieto.

      -Altea, querida, si no le molesta voy a pedirle que haga algo. Quiero que toque el dedo de mi mano que yo le indique. Mantendré mi mano frente a usted, pero no debe palparme, si no tocar apenas la yema del dedo que le mencione.

      Ella asintió con la cabeza.

      - ¿Cuál es mi dedo anular, Altea?

      Ella tocó el dedo indicado.

      -Ahora, el pulgar. - Gonçalvez cambió de mano.

      Altea tocó el correcto.

      -Ahora el dedo índice de mi mano derecha. -Gonçalvez puso ambas manos frente a ella, pero invertidas.

      Altea tocó el dedo correcto.

     Natacha volvió a sentarse, mirando hacia el rincón detrás de la cama. Sonreía, tal vez.

     El médico se levantó, y dijo a Natacha:

     -Esta tarde a las seis, señora. Altea debe permanecer en completo ayuno.

     Mandó entró a Carmen y le dio indicaciones para preparar la higiene de la enferma.

     Era muy temprano todavía, quería terminar con todo eso de una vez por todas. Estaba cansado del viaje, pero sobre todo temía a la frontera del Brasil. La otra costa le parecía un muro de ojos que lo acechaban sin palabras, sólo con el tronar del agua que iba acrecentándose a medida que se acercaban a las cataratas. El ruido fue aumentando a medida que pasaba la mañana. Había visto a Mendoza más inquieto de lo habitual. Recorría la cubierta revisando que todo estuviese bien amarrado, insistiendo a los hombres que no descuidaran nada. En el castillo de proa se encargaba a veces del timón, o se quedaba tras de Molina mirándolo hacer o retándolo cada que creía verlo equivocarse. Al mediodía bajó a revisar las máquinas y las calderas. Volvió a dar las mismas indicaciones y los hombres se ponían a la tarea con esmero, porque escuchaban el tronar del agua que caía a varios kilómetros río arriba.

     Todos sabían que las cataratas eran un bello espectáculo para quien las observaba de lejos, pero para los que estaban en el agua, eran más peligrosas que una tormenta en el mar. Ellos sabían qué esperar de una tormenta, pero no de los remolinos que se formaban en torno a las enormes masas de agua que caían desde la altura, y las corrientes cambiaban de un momento a otro, eran demasiado fuertes. Y la superficie del cauce que cambiaba en igual medida, a veces profundo como pozos abismales, otros con banco de barro y troncos arrastrados.

      Gonçalvez pasó la tarde en su camarote, fumando en la cama. Oyó que Valverde lo llamaba en dos ocasiones, pero no le hizo caso. A las cinco y media agarró su maletín y salió. Vio al cabo en su silla de siempre, estaba pálido. El vaivén del barco era intenso aún para ese chico que se había criado junto al río. Fumaba para contener su ansiedad, y sobre todo, las náuseas.

      Entró al camarote de Altea. Carmen estaba doblando sábanas sobre una mesa que había dispuesto cerca de la cama. Sobre ella había también compresas que había hecho con algodón y gasa. Lo saludó muy seria. Hacía perfectamente su papel de enfermera. Si su destino hubiese sido diferente, pensaba él, qué buena enfermera habría sido, y qué diferente su vida…pero entonces no sería su destino, sino el de otra persona.

       Valverde entró justo detrás de él.

       -Señora, por favor, sólo debe quedarse Carmen- le dijo a Natacha.

       Ella lo miró con orgullo herido.

       - ¿Será posible…? - dijo, enroscando sus manos con nerviosidad. -He visto muchas cosas, señor…

       -No es por eso, señora, es para protección de la madre y del niño. Mientras menos gente haya habrá menos posibilidades de infecciones.

       Natacha se fue sin olvidar golpear la puerta.

      Entonces se pusieron a trabajar. Gonçalvez agarró la mascarilla y la embebió con éter. La puso sobre la cara de altea. Valverde controlaba su pulso, que fue bajando lentamente hasta estabilizarse. Altea respiraba con normalidad. Levantaron un brazo y cayó pesadamente sobre la cama. Mientras Carmen les alcanzaba las sábanas, ellos las disponían alrededor de Altea y sobre ella, a excepción del vientre. Se lavaron las manos. Untaron la piel con iodo.

      Sobre la mesa, Valverde había distribuido los materiales de cirugía. Algunos eran del médico, pero el resto le pertenecían. Los había robado de hospitales, o comprado a cirujanos que ya no ejercían porque no podían o no los dejaban. Y la caja de cirugía de mano, la que guardaba celosamente para sus disecciones porque la había sacado del armario del viejo doctor Amadeo Ibáñez de Buenos Aires el día que lo vio morir en su departamento de San Telmo, estaba allí. Y mientras pasaba el bisturí a Gonçalvez, recordaba las palabras del viejo doctor mientras deliraba. “Lléveme al hospital, Juan…Que usen mi cuerpo, se los dono”. Valverde así se lo había prometido. Cuando murió, el viejo Ibáñez tenía el cuerpo casi carcomido por el cáncer. Sus huesos eran como tallos podridos, y las vísceras parecían bolsas de excrementos. Eso fue lo que vio cuando lo abrió esa tarde, sin salir de la casa hasta el día siguiente, cuando avisó a los hijos. El doctor vivía solo desde que se había jubilado del Hospital Rivadavia cuando aún estaba en la calle Esmeralda. Valverde estuvo sólo en la morgue durante todo el velorio. Sólo llegó uno de los hijos, cuando ya estaban en el cementerio. “Perdón, doctor”, le dijo a Valverde, a quien no conocía más que por el telegrama que le había mandado. No había buena relación, seguramente, entre padre e hijos, ni tampoco una herencia. La única constaba sólo de deudas. El hijo no pidió abrir el cajón para despedirse, Valverde le dijo que el cáncer había hecho estragos. La casa se vendió, pero debió hacerse una limpieza antes. Se pagaron deudas, no muchas, con una parte. El resto no fue reclamado, así que Valverde lo puso en un sobre y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.

      Altea sangraba con el bisturí. Valverde secaba con las compresas, Carmen las reponía o de deshacía de las sucias. Gonçalvez hacía la incisión con cuidado y rapidez. Debió haber hecho muchas en sus días de médico de pueblo. Y sin anestesia, probablemente. Fue pidiendo un instrumento tras otro, y Valverde, que había hecho todo eso y mucho más, pero únicamente con los cadáveres, no dejaba de admirar la destreza de Gonçalvez. Así debió trabajar el joven Amadeo Ibáñez en sus tiempos del hospital Rivadavia, cuando todavía prevalecían las prácticas del antiguo hospital de mujeres.

      Partos, cesáreas, abortos.

      Niños deformes. Fetos muertos.

      Mujeres moribundas. Gritos como llantos del infierno.

      Silencio oscuro de respiraciones interrumpidas.

      Olor a mugre, a secreciones fétidas, a gangrenas.

      Y de vez en cuando el llanto vital de un chico sonrosado y los moqueos de una madre hastiada.

      Le alcanzó los separadores, y él ayudó mientras las manos de Gonçalvez metían las tijeras y separaban tejidos. El bisturí volvió a cortar el grueso músculo de la pared del útero.

      Altea sangraba y ponían compresas. Carmen no daba abasto para darles otras limpias y tirar las empapadas.

      Los hombres se miraron por un momento.

      Entonces Gonçalvez introdujo la mano izquierda por el espacio abierto, y tocó el interior. Se escuchó un rumor, pero era el ruido de las cataratas, cada vez más intenso.

      El movimiento del barco no ayudaba. La cama se inclinaba un poco, la sangre se desparramaba en la cama.

     Y el niño flotaba en el interior como en un frasco de formol.

     Entonces, se oyó un grito agudo, tanto que era un chillido apenas audible al principio, y que luego se hizo tan estridente que ocultó el ruido del agua.

     El chico estaba entre las manos de Gonçalvez, agitándose y llorando. Sucio y maloliente.

     Carmen miraba y lloraba, y tuvieron que gritarle para que reaccionara y los ayudara a tenerlo mientras Gonçalvez cortaba el cordón umbilical. Sacó la placenta y comenzó a suturar.

     Ya no había nueva sangre.

     ¿Altea respiraba? Valverde le tomó el pulso. Estaba débil.

     Gonçalvez terminó de suturar y cubrió la herida con gasas y vendas.  

     Carmen se encargaba del niño, lo lavaba y le daba pequeños golpecitos en la espalda para ayudarlo a respirar. Era un chico flaco y poco peso. Gonçalvez se acercó a auscultarlo.

      -Parece completamente sano…

      -Gracias a usted, doctor-dijo Carmen.

      -Todavía no sabemos si tendrá secuela. Fíjese si la madre tiene leche para darle, si no, hay que conseguir un poco de las cabras que tenemos a bordo.

      Valverde revisaba los signos vitales de Altea. Seguía dormida por efecto del éter. El pulso y la presión sanguínea eran muy bajos.

      Gonçalvez la auscultó.

     - ¿Qué te parece, amigo mío?

     -Que tenemos que esperar. Lo que hicimos es lo que esperábamos. El resto es un regalo, me parece.

     Golpearon a la puerta.

     -Déjenme entrar, por favor.

     Era la voz de Iribarne.

     -Quiero ver al chico.

     -Nada de eso, señor. Hay que esperar unas horas. Tenga la bondad de esperar.

      -Ustedes se creen dueños de la vida y de la muerte, ¿no es cierto? Disponen quién debe morir o vivir. Ya estoy harto de todos ustedes, matasanos.

     -Si no se tranquiliza, menos derecho tendrá a entrar.

     Oyeron murmullos tras la puerta, y golpes en las paredes después. Sabían que debían ser alrededor de las nueve de la noche. El camarote estaba iluminado por tres lámparas y parecía absurdamente alumbrado por un sol nocturno. Adivinaban, sin embargo, que afuera había anochecido y estaba frío. El barco seguía sacudiéndose regularmente, y el tronar de las cataratas era firme y constante. El capitán les había dicho que el tránsito por esa zona debía ser lento a menos de provocar un naufragio, y que tardarían por lo menos dos días en salir de la zona de corrientes peligrosas. El sector argentino de las cataratas no era el más peligroso, sino el brasileño, al que estaban entrando.

     Luego escucharon gritos que llegaban del pasillo y desde cubierta, quizá. Después, en el casco del barco. La claraboya estaba clausurada, así que Valverde decidió salir para ver qué pasaba, y calmar a los otros. Apenas salió, Gonçalvez volvió a cerrar con llave. Valverde se encontró en el pasillo con Iribarne siendo sostenido por tres hombres, mientras Mara observaba todo sin inquietud, pero con tristeza.

    - ¿Qué la pasa?-preguntó Valverde.

     El capitán estaba ahí, esperando como los demás, noticias sobre Altea y el chico.

    -Usted debería saberlo-dijo. ¿No le parece epilepsia?

    Valverde se acercó, pero lo que tenía Iribarne era un ataque de ira, o quizá de desesperación.

    -Nada de eso, el hombre está asustado. Y tiene pánico.

    - ¿A qué? -preguntó Mendoza.

    - ¿No oyen? -dijo Mara.

    - ¿Los murciélagos? -siempre vienen a esta hora, cada tanto.

    - ¿Y no saben por qué?

     -Porque son así. Son del Brasil, vienen y dejan sus crías por el litoral. Son más los que se mueran chocando con el barco que el daño que causan. Ya estamos acostumbrados.

     José se sacudía e intentaba golpear a los que lo retenían. Logró desprenderse y empezó a correr hacia la cubierta. Mara corrió detrás. Los demás los seguían, temían que el loco se tirara al río.

     En la cubierta era de noche y no había luna ni estrellas. La completa oscuridad era desgarrada por la espuma de las cataratas, que a menos de doscientos metros caían provocando un torbellino mayor que varios remolinos juntos, y un estruendo que no les dejaba hablar más que por señas. El agua mojaba la cubierta con una lluvia torrencial que no era lluvia, sino el vapor que se levantaba por las caídas del agua y volvía a condensarse en lluvia. José corría bajo la lluvia. Los murciélagos, sin embargo, volaban y revoloteaban a pesar de todo. Mendoza sabía que era muy extraño, pero los murciélagos eran lo menos importante en ese momento. Debían proteger al “Juan Manuel”.

      Escucharon un disparo y el chispazo en la oscuridad. El cabo Domínguez había disparado y vieron que Iribarne caía al suelo. Los murciélagos comenzaron a detenerse encima, mientras él se sacudía desesperadamente por espantarlos. No podía moverse porque tenía una pierna herida, pero gritaba e insultaba. Decía incoherencias, cosas que no comprendían más que como un deliro de desesperación del que no sabían la causa.

      Lo escucharon gritar el nombre de su hermano, y a veces señalaba a lo alto algún murciélago que volaba lento. Lo oyeron llamar al chico, al recién nacido. Vociferaba obscenidades, juraba matar y luego lloraba con un quejido lamentable. A pesar del ruido de las aguas, el aleteo y la voz del hombre se escuchaban claras, como si las oyesen en otro plano de la realidad. Como si ésta se hubiese dividido en cuantos sentidos ellos poseían para captarla más claramente.

      Se reunieron alrededor de Iribarne. Mara lo consolaba, arrodillada al lado. Valverde le curaba la herida. El capitán y los otros aguardaban.

      -Lo lamento, capitán. Pero era la única forma…-dijo el cabo.

      Mendoza le puso una mano sobre el hombro.

     -Hizo muy bien, cabo. -Pero algo le decía que tal vez habría sido mejor que el mundo siguiera su curso sin intervenir.

  

     Gonçalvez pasó toda la noche en el camarote hasta asegurarse que el chico y la madre sobrevivirían. Mandó a Carmen a descansar, y Natacha encontró la habitación sucia, pero sobre la cama estaban Natacha, pulcramente cambiada con ropa blanca y seca, y el bebé a su lado. Ella tenía el brazo que mejor movía abrazando al bebé para que no cayera de la cama. Natacha miró al médico, cansado y ojeroso, pero no tuvo valor para recriminarle otra vez haberla echado. Le sonrió, apenas un poco, y en seguida se puso a ordenar todo. Sacó las bolsas con telas de sangre, ordenó las cajas de cirugía, las limpió y las puso a un costado para que el doctor las encontrase listas cuando quisiera. Le llevó toda la tarde, pero ni una sola vez miró a Altea. Sabía que la estaba mirando, aún con esos ojos ciegos de los que ahora se jactaba como de una máscara más eficaz que toda la ironía o la ingenuidad con que la había combatido desde el día que se conocieron. La ceguera era un arma que ella no comprendía, porque era un espacio oscuro que irradiaba luz. Ninguna ciencia que hubiese leído lo explicaba, ni siquiera aquellas que estudiaban lo sobrenatural. Ariel no era un fantasma: era una energía, tan intensa como la de toda aquella agua que iba cayendo año tras año en el mismo río. Era más aún: una energía condensada que formaba una imagen que cualquiera podría ver, pero que sin embargo estaba únicamente conectada con la voluntad. La voluntad era un motor calibrado en las mismas coordenadas de esa energía que era Ariel, con ese ente que sólo era posible poner en evidencia en ciertas condiciones. ¿El extremado frío? Tal vez el helio congelado alrededor suyo formara los contornos de su hijo. Todo eso lo había leído, ¿pero para qué quería que los demás lo viesen? Siendo de todos, lo habían matado. Siendo exclusivamente suyo, seguiría viviendo.

     Gonçalvez salió al pasillo y a la cubierta. Los hombres lo vitorearon, excepto los que habían bajado en Misiones y sabían lo que le esperaba. Se detuvo, de pronto, para mirar las cataratas. Era plena mañana, la lluvia del río seguía empapando todo el barco, y los hombres iban con impermeables algunos, y otros con el torso desnudo porque ya no tenían ropa seca. La montaña de agua se alzaba a no más de doscientos metros, de este a oeste y de norte a sur. Era imposible distinguir el principio o fin, tanto era el vapor de agua que formaba nubes alzadas a varios metros de altura, aún por encima de alto del barco. El estruendo igual de intenso, por eso nadie hablaba y realizaban sus tareas en medio del ruidoso silencio. Había restos de murciélagos muertos en la cubierta, le habían contado lo de anoche.

     Algo malo estaba pasando, y coincidía con la cada vez menor distancia de Brasil. Allí estaba su pesadumbre, en el norte, y mirando al sur, encontraba un cementerio.

      - ¿En qué piensa, Estanislao?

      Miró a Valverde, tapado con un impermeable de goma y con la cabeza por una capucha. Le traía otro impermeable igual. Se lo puso, porque no tenía ganas de discutir. Se quedaron acodados en la baranda, mirando extasiados el paisaje, que más que placer, les daba miedo. Pero a veces era lindo contemplarlo de frente, a la distancia.

      -No volveré-dijo Gonçalvez.

      - ¿A dónde? ¿A Posadas?

     -A ningún lado.

     - ¿Y a dónde va a ir, amigo? Mire que yo…

     No hubo tiempo para nada. Gonçalvez había saltado por la borda y Valverde apenas alcanzó a agarrarlo de una mano. El agua peleaba por deshacer el nudo de sus manos, y él ni siquiera podía gritar por ayuda porque nadie lo escucharía.

      - ¡No te sueltes, no te vayas!

      Gonçalvez lo miraba desde abajo, colgando de la borda, con la mano absolutamente floja, apretada por la mano de Valverde como si fuese una garra. Y Gonçalvez pensó, probablemente, en el escalpelo que conservaba en el bolsillo. Lo había agarrado no sabía bien para qué, aborrecía esas muertes de folletín romántico. Sin duda no se cortaría las venas, aunque hubiese tenido la oportunidad. Pero a la oportunidad la pintan como una vieja esmirriada que corre muy rápido y tiene un solo pelo. Allí estaba el río, tan cerca y tan eficaz.

      Pero Valverde se había interpuesto, y observaba la desesperación en ese hombre tan cínico. La desesperación no era propia de él. Se había desprendido de la máscara teatral y se mostraba como era, quizá: un tipo absurdo, un pobre tipo que se esmeraba en ser lo que no era y en buscar en los demás lo que abundaba en los subterráneos de su alma. La sangre y los huesos de esa tristeza que ahora estaba colgando al borde del abismo. Las aguas profundas donde dicen que están los huesos de Dios, con los que los demonios construyen ciudades.

     - ¡No te vayas! -decía Valverde, con el ceño fruncido de dolor y la cara llorosa como la de un chico al que se le está muriendo un padre.

      Y Valverde sintió el puntazo del bisturí en el dorso de su mano. Lo soltó.

      Tuvo que soltarlo porque su carne era como la carne de todos. Una sustancia tan frágil que se quejaba lo mismo de un puñal que de una caricia. La estúpida carne que nos defiende del mundo, y nos lo quita. La carne que cubrimos con perfumes y nos devuelve la carroña.

      El cuerpo es una traición.

 

 

 

 

 

11

 

 

 

Natacha estaba sentada, como era su costumbre, en la mecedora a la derecha de Altea, como el buen ladrón al lado de Cristo. Su mirada era orgullosa, pero no esquiva o displicente como tantas veces. Estaba regocijada por algo más que la recuperación de la enferma.

      Mara estaba del otro lado, en una silla de madera cuarteada, erguida y una expresión funesta en la cara. Miraba a Altea con detenimiento, los movimientos de sus manos, los más mínimos gestos de los músculos de la cara, de lo que quedaba por lo menos: el ojo derecho abierto, pero con el párpado medio caído, completamente ciego, la boca crispada en un rictus de dolor, el ceño fruncido, el pelo blanco.

      Natacha, que había leído tanto, no podía de dejar de hacer asociaciones en la mezcolanza de conocimientos y recuerdos en su atribulada cabeza. Miraba a las otras y se miraba a sí misma en esa habitación en penumbras, porque el doctor había dicho que debían evitarse toda clase de estímulos que pudiesen perturbar a Altea y al niño. A Natacha, entonces, le sugería la idea de las tres brujas del Macbeth de Shakespeare.

     Ellas, de algún modo, estaban en un conciliábulo para determinar el futuro de los hombres que esperaban afuera de ese cuarto-caverna, pero sobre todo el del chico recién nacido.

      Detrás de la cama, estaba Ariel. Nunca fue tan clara su imagen, y a veces creía que Mara también podía verlo, y sabía, desde un tiempo antes, que Altea lo presentía a sus espaldas, porque temblaba.

     Para Natacha, su hijo había sido el autor de la recuperación. Muchas veces se había preguntado por qué motivo. Y después de tantas otras disquisiciones en que pensó y pensó, interrogando el rostro de Ariel en las sombras, supo que, como todos en ese barco, propiciaba el nacimiento como si de eso dependieran muchas cosas. ¿Era el recién nacido una especie de nuevo Mesías? Tal vez fuese demasiado adjudicársele tal papel, pero sin duda había venido para cambiar el rumbo de muchas cosas. Gente que había muerto, otra que seguía sufriendo. ¿Y el Paraíso? ¿Dónde estaban la recompensa y el Paraíso? El Paraíso puede ser también un páramo vacío, desierto y helado, donde no crece absolutamente nada y el viento es un atroz recuerdo de Dios.

     -Es un milagro, ¿no es cierto? -dijo, mirando a Mara. Simplemente por decir algo, no creía en los milagros como caprichosas excusas de la ignorancia, sino como procesos extraordinarios de la naturaleza.

      - ¿Le parece? -contestó Mara. - Yo creo que fueron el doctor y Valverde los que lo hicieron, y ellos no son ningunos dioses.

      Natacha estaba contenta, disfrutaba irritar a su interlocutor.

      -A lo mejor son demonios, sobre todo ese Valverde…

      -Estaría de acuerdo con eso, señora, si yo creyera en algún tipo de religión. Pero creo que es un hombre como todos, y mejor que muchos.

      - ¿Lo dice por su viveza?

      -Por su inteligencia, lo digo. La inteligencia lo es todo. Algunas tenemos mucho poder sobre los hombres, pero ellos se evaden en otros mundos que no podemos entender, y por eso los subestimamos. Su inteligencia crea mundos y conceptos en los que son felices, aunque sufran. La nuestra es una inteligencia sentimental que nos impide evadirnos de la realidad. Actuamos y sentenciamos, y decimos las cosas como son y no como deberían ser.

     - ¿No sería eso perder el tiempo? -dijo Natacha.

     -Me alegra que estemos de acuerdo en eso, pero a veces me gustaría saber en qué consiste eso de perder el tiempo. Abandonarse no a la sinrazón, sino a la ingeniería imaginaria que tanto los atrae, sin hacerlos perder la razón, sino estableciendo la estructura de su mente es esos edificios conceptuales tan hermosos como castillos de arena.

     -Pero los castillos de arena son muy fáciles de destruir.

    - ¿Y los nuestros, señora? Son tan indestructibles como prisiones construidas con un material más imperecedero que la roca.

     -La veo triste.

     -Y yo la veo regocijada.

     - ¿No hay motivo, acaso? -dijo Natacha, echando una mirada a Altea, que sin duda las escuchaba.

     -Yo diría que el niño es el regocijo. Ella debe morir.

     Natacha se quedó mirándola con asombro. Lo que la extrañaba era la falta de escrúpulos en la sinceridad, o quizá la falta de educación que pasaba por alto y a la que utilizaba, más que como una máscara, como una defensa.

     - ¿Lo dice como una sentencia, o es un pronóstico basado en su estado?

     -Lo que usted quiera, al fin de cuentas es lo mismo. Como muchas, ella ya cumplió su cometido en esta vida. El resto es un regalo muy funesto, porque no le permite estar en otro plano de la realidad.

      - ¿Y cuáles son esos planos? -preguntó Natacha, mirando hacia Ariel.

      -Todos, señora. ¿Existe lo que vemos, o existe porque lo vemos? Los sueños son una casa hermosa para vivir, hasta las pesadillas son tormentas que nos llenan de éxtasis mientras duran. En cambio, las pesadillas del mundo son tan largas que cansan demasiado. Su religión, por ejemplo, a la que la veo tan apegada, ¿no es acaso una hermosa imaginería en la que los verdaderos creyentes viven como en un utópico país donde después de la tormenta viene siempre una mañana soleada? Los campos inundados, las casas destruidas, la gente muerta: todo eso es el precio por un día más. ¿Qué otra inteligencia más perspicaz que la de ese Dios?

      Natacha se levantó y se inclinó frente a Altea. Tocó la cruz de plata y dijo:

     - ¿Ve esta cruz, Mara? No tiene más que el poder que le conferimos, pero son símbolos. Y los símbolos van tomando formas que nuestra imaginación ni siquiera concibió para ellos.

     Mara agarró una lámpara de la mesa donde aún quedaban manchas de la operación. Las sombras del camarote cambiaron de lugar con rapidez a medida que ella se acercaba a Altea. Percibió los contornos de Ariel escabulléndose con miedo. Cuando se acercó a Altea, ésta dio un respingo y frunció aún más la frente.

     - ¿Es una cruz hecha por los indios, no es cierto? Reconozco la artesanía después de tantos años.

     Natacha se preguntaba de dónde sacaba esa mujer tanto conocimiento si no era más que una contrabandista y ex prostituta. Y su lenguaje, tan cuidado, tan crecientemente fuera de lo vulgar. Se veía que no había sido siempre así. Le habían dicho que era alcohólica y prostituta. ¿Pero acaso eso se contradecía con el conocimiento aprehendido en la escuela de la noche? En la oscuridad se leen muchas cosas a las que los demás, simples seres diurnos, permanecen ignorantes. Y la ignorancia es un escudo de obstinadas espinas.

      Volvió a sentarse, mientras observaba a Mara estudiar la cruz. Mantenía la lámpara frente a la cara de Altea, sabiendo que la perturbaba. La vio mirar el lecho vacío del ojo izquierdo. La mirada de Mara estaba en ese pozo, mientras en la mano sostenía la cruz.

       -Esa cruz, querida -empezó a decir Natacha - es un símbolo, y como todos los símbolos puede tener muchos significados. Cada civilización les adjudica algo diferente, y los dibuja con variaciones. Pero como en música, el eje temático persiste. La cruz es muerte, pero también es vida por resurrección. Si se fija bien, si acorta un poco el pie de la cruz hasta que los cuatro brazos sean iguales, podrá unir los extremos. ¿Obtendrá un rombo? No. Los rombos no son todos iguales. Pero sí tendrá un círculo. Usted me dirá que no todos los círculos son iguales. No en la medida de su diámetro, aunque sí en su forma. Pero le ruego que siga mi razonamiento. Por más que un círculo sea más grande que otro, en todos ellos el diámetro llega a un número constante pero impreciso. Queda un margen que los matemáticos no pueden determinar. Se dice que es infinito. Tal vez lo sea. ¿Y qué es lo infinito? ¿La muerte? Muy probablemente. ¿Dios o la imaginación de un poeta frente a los cálculos de un geómetra?

      Carmen entró con la comida para Altea, y junto con ella llegaron los gritos y risas de los hombres que estaban en la cubierta celebrando. Esa noche recordaba a la del disparo, pero era como cualquier otra cuando los hombres festejaban y se emborrachaban. Esta vez era el nacimiento del chico, que aún no tenía nombre. Todo eso era en honor y memoria sobre todo de Gonçalvez, y Mara sabía que Valverde debía estar manteniéndose distante. Lo había visto llorar por primera vez desde que lo conociera, ese día junto a las cataratas, aferrado a la baranda, golpeándose la cabeza con los puños. Los que oyeron los gritos ya no pudieron hacer nada. El río era un maëlstrom de remolinos y fuertes corrientes. El cuerpo del médico había desparecido como tragado por una fuerza bajo el agua.

      - ¿Cómo se portan? -preguntó Natacha.

      -Como siempre. Déjelos divertirse un poco…

      - ¿Y el capitán?

      -Con ellos, y eso que esta vez les prohibió las armas. Pero alguno habrá con un puñalazo, pero se quieren todos esos, aunque se peleen cuando están borrachos. El capitán está contento, sin duda. Me preguntó si puede venir a conocer al chico.

      Natacha se sobresaltó. Otra vez el interés en Altea, y no era esta vez por el remordimiento. ¿Qué destino había sobre el hombre con el que se estaba casada? Se enamoraba de las madres cuyos hijos no eran suyos, y los quería como tales.

      Mara se dio cuenta. Había vuelto a sentarse, y pensaba, seguramente en lo que había visto en el hueco del ojo. Tantas cosas, se dijo. Un universo anclado en el fondo de la órbita. Y allí, casi impenetrable, el orificio del hueso en el que se había producido una fractura. La bala estaba en algún sitio, no importaba cuál. Era simplemente la piedra de toque para la formación de una abertura. Y esta ni siquiera tenía importancia por sí misma, sino el lugar al que permitía acceder. Las paredes de la órbita eran sólo hueso y el vacío reinaba físicamente entre ellos. Eran, sin embargo, una pantalla donde se proyectaban las imágenes que llegaban desde la grieta formada por la fractura.

       Carmen salió luego de quedarse un rato esperando conversación, pero aquellas mujeres eran impenetrables. Natacha daba de comer a Altea, pero ya no le llevaba la cuchara o el tenedor a la boca, sino que acompañaba la mano y el brazo de Altea hasta la boca. Sorbía y tragaba con ganas, pero pronto hizo un ruido inarticulado y giró la cabeza hacia el chico, que había empezado a llorar sin chillidos, era un llanto pausado y maduro.

      Natacha dejó el plato sobre la bandeja y la llevó a la mesa. Ya Altea había levantado al niño y lo amamantaba.

     -Dígame, Natacha, usted que tanto ha leído-dijo Mara. ¿Cómo se llama el hueso que está al fondo del ojo?

     -Esfenoides, y es como un pájaro de alas desplegadas.

     - ¿Y qué función tiene?

     -Es un hueso, nada más. Es una parte del esqueleto, nos sostiene, nos arma, qué sé yo, querida. Si usted lo viera en los libros de anatomía, apreciaría lo hermoso que es. Tiene un orificio que parece un ojo, por donde pasan los nervios y los vasos sanguíneos.

      Mara se quedó pensando.

     - ¿Pero es estrecho, no es cierto? Y deja pasar muy pocas cosas.

     -Las cosas que vemos, Mara.

     -Y si se abriera un poco más, ¿veríamos otras cosas?
     -Seguramente, pero ya seríamos diferentes al resto.

     -Como Altea, ¿no es cierto?

     Natacha adivinaba a lo que se refería. Ella sabía mucho porque había leído, y veía a Ariel simplemente porque él así lo deseaba o porque no podía evitarlo, tal vez. Se había preguntado la razón de la presencia de Ariel. ¿Extrañaba su mano, tal vez? ¿Es el cuerpo y el alma una simbiosis más intensa que la que cualquier religión haya alguna vez imaginado? Un espíritu de cuerpo incompleto a lo mejor ni siquiera es un espíritu, y ni siquiera es cuerpo, sino un fragmento de un cadáver. Natacha veía mucho porque sabía mucho, pero el resto le resultaba tan inaccesible como a la tía Clotilde comprender la imagen de la Virgen de los Dolores. Una cosa es entender, y la otra comprender. Para comprender hay que ser aquello que es objeto de nuestra obsesión. Sin embargo, adivinaba en Mara una presciencia.

       - ¿Se ha preguntado, Mara, por qué un hombre se hiere, y lo que pasa en consecuencia? Una cicatriz es una huella de una puerta abierta y cerrada. Algo ha entrado o salido, y ya no hay vuelta atrás. Hay otras, sin embargo, que no se cierran nunca. Dicen los indios, según los jesuitas, que cuando practican trepanaciones dejan escapar a los demonios, pero ¿cómo evitan que entren otros?

     Natacha sonreía, estaba inmersa en medio de una disquisición que habitualmente realizaba para sí misma y sólo en pensamiento. Últimamente, sin embargo, a veces murmuraba para Ariel.

      -Los brujos hacían esas trepanaciones, y creo que aún las hacen, para curar. ¿Pero cómo aprendieron a hacerlas, y cómo sabían que eso serviría? ¿Hacían disecciones y experimentos? No creo. Eso es costumbre de los científicos, que, si no ven o comprueban, no creen. Los brujos hablan con los dioses, dicen, pero ¿quién nos prohíbe pensar que hablan con los muertos, aun cuando no lo sepan? Hay muy antiguas leyendas sobre eso, en todas las civilizaciones. En las sagas nórdicas y las célticas, sobre todo. Los sajones y los escandinavos hablan mucho de todo eso. Las auroras boreales pueden ser masas de energía de millones de almas buscando cuerpos. La trasmigración de las almas en cuerpos de animales. ¿Usted cree que los animales no tienen alma, que son sólo conciencia sensible y presente, o que su aprendizaje es un mero conjunto de reflejos en un sistema nervios rudimentario? Los muertos están, y nos dicen cosas, y a veces nos revelan otras. Usted, querida, es de esos, creo.

     Max estaba en la habitación, y se quedaba bajo de la cama cuando había alguien más. Pero en las pocas ocasiones en que Altea estaba sola, se sentaba y apoyaba las patas en la cama y le lamía la cara. Mara escuchó el gemido del perro, y sonrió.

     -Será por eso que no le agrado- dijo. - En mis tierras, cuando era chica, las mujeres se reunían y contaban que los perros son mensajeros que tiene la tarea de conducir las almas a la muerte.

     -Y ustedes no son la muerte, como los viejos brujos de quienes le hablé. Ustedes, de algún modo, son mensajeras.

      Mara se levantó y separó al chico de las manos de Altea. Ésta se resistió, pero no tenía más fuerzas. Su cara se contrajo, y el hueco del ojo pareció ocupar todo el resto. Fue una sensación que Mara tuvo y que le permitió ver más de lo que presentía.

       Natacha se dijo: Quiere al chico, y lo quiere para su hombre. ¿Una nueva Sagrada Familia? José, el padre adoptivo para muchos, pero el verdadero -Altea se lo había confesado una vez, cuando ambas estaban unidas por un mismo resentimiento contra el capitán-. Mara, o María, la madre adoptiva - ¿o verdadera?, porque la virginidad de la María bíblica pudo muy bien poner en duda la verosimilitud biológica tanto como la verosimilitud de esa concepción.  ¿El semen de Dios es tan etéreo, o es la nada engendrando el todo? ¿El espíritu creando la carne: su habitáculo, su casa, su hogar y su destino? La carne desde entonces determina la vida de quien lo ha creado. Sin hombre no hay Dios. Por eso los cementerios, los árboles sembrados para construir cajones, el hierro forjado para hacer palas, la tierra conquistada para fundar cementerios. Perpetuar la vida en un cajón cerrado: donde haya un hueso, está la síntesis del todo. Y el chico, un Jesús nacido en condiciones extraordinarias por precarias y trágicas, siendo el centro alrededor del cual giraban varios destinos, muchos de los cuales no llegarían a conocerlos. Un niño cuya inocencia desaparecería muy pronto. Sí, el pecado original existe, se dijo Natacha, pensando en el chico.

      Una Sagrada Familia invertida.

  

      Mara tuvo al chico en brazos, y de pronto recordó los días que tuvo a Elsa de la misma forma. La leche con la que la había alimentado, la ropa de lana con la que la había cubierto, la única canción de cuna que sabía con la cual la había dormido. La cara de Elsa, tan sonrosada y oscurecida, curtida ya a esa edad por el sol del campo al que la había llevado antes de partir para América. Tantos meses que la había repudiado, y tanta gloria al despedirse. Tal vez fuese eso lo que Mara amaba, la nostalgia de Elsa y no su convivencia. ¿Cómo criar a la edad que ella tenía a la hija de su propio hermano? El dolor se habría transformado en odio, y la que ahora amaba quizá habría sido asesinada en un acto de tragedia propia de un poeta antiguo. ¿Qué otra cosa podía traer el incesto, aunque no supiera que así se llamaba? Hay palabras que significan más de lo que son, el hombre las convierte en piedras fundamentales con las que se tropieza a cada rato, de las que huye pero ruedan tras nosotros y nos persiguen, y de las que debemos protegernos mirando constantemente al cielo para que no nos aplasten. Y mirando arriba, tropezamos abajo. Palabras como justicia, por ejemplo, o palabras como amor.

       Mirando el ojo perdido de Altea, escuchó el balbuceo de Elsa el día que se despidió de ella. La niña en brazos de Roberto y el sonido del agua del océano creciendo hasta ocultar el llanto. Pero en lugar de avanzar, como esperaba, las imágenes retrocedían a su embarazo. Los interminables meses de recriminaciones de la madre, la irritación y el desprecio de Roberto, los sermones del cura del pueblo, las miradas y los insultos de los vecinos. Y luego aparecieron las brujas a las que la madre la había llevado para que abortara. No es tiempo, le habían dicho, es una de nosotras. No había comprendido nada, pero allí estaban, saliendo del fondo del hueco, toda aquella habitación en medio del campo. La más vieja de todas, la Sottocorno. La bruja italiana que vivía en España, exiliada, según decían, porque de cada pueblo en que residía, al séptimo año la echaban con maldiciones, amenazándola con quemarla. La apedreaban luego de desnudarla, y así habían hecho la última vez, aunque la vieja tuviese ochenta y ocho años. Sin embargo, esa cantidad se remontaba al siglo anterior cuando las viejas que la acompañaban hablaban de ella: las serpientes alrededor de las piernas quebradas por el potro de tortura, los ungüentos con olor a muerte que se untaba para cicatrizar sus quemaduras. De Cádiz a Roma, de Florencia a Estrasburgo. A veces en Londres, a veces en Kiev o Varsovia, o huyendo a Laponia cuando era peligrosamente perseguida. Pero siempre regresaba. Cómo viajaba era un misterio. La vieron volar, transformarse en un pájaro negro de grandes alas, o en varios a la vez, partida su alma en varios fragmentos que se convertían en carne y huesos. Los cráneos de los pájaros negros tenían su cráneo. Alguna vez, algún hombre se jactaba de haber matado a uno de ellos. Lo tenía en casa, en una caja. De vez en cuando la sacaba para mirar el cráneo de la vieja los sábados a la noche. Pero en la madrugada los huesos habían vuelto a su caja. Los domingos la aterraban, decía el hombre. Pero era solamente un fragmento de ella que había tenía la desgracia de perder. Cada célula de su cuerpo tenía la capacidad de transformarse: cada célula era un pájaro negro volando sobre los hombres. Recordándoles la sombra de la noche y la iniquidad del crimen. Se había casado muchas veces, siempre con el mismo. Se había ayuntado para tener muchos hijos, todos exactamente iguales a ella. Hombres-mujeres que cambiaban de sexo a su albedrío. Las caras de la mentira eran el legado que su esposo le entregaba con su semen. Algunos decían que se llamaba Ansaldi, pero eso era en Italia y otros sitios del Mediterráneo. Más al norte le daban nombres difusos de magos. Su profesión, según contaban, era la ficción, y su escenario el teatro del mundo.

      La vieja que la mantenía aferrada a la silla repetía como una letanía: Es una de nosotras. Y de pronto el techo de la casa se levantó y todo el cielo entró deslumbrante sobre ellas. La madre y las vecinas, y el resto de las brujas que permanecían sentadas en semicírculo, como piedras. Mara vio los pájaros cargando los escombros del techo como si llevasen restos de un templo consagrado. Y ella iba con las demás, mirando hacia el interior de la casa, donde estaba ella misma: Mara la adolescente preñada, mirando hacia el cielo, hacia sí misma. Y la vieja Sottocorno la agarró del brazo y la arrastró hacia las paredes que aún permanecían en pie. Le ató las manos y los pies a cuatro ganzúas empotradas.

      Las paredes de la órbita se resquebrajaron, como el techo viejo del pueblo de España. Grietas que se abrían no dando más luz que la penumbra de los recuerdos, porque la memoria no es más que un teatro donde si no hay ficción, no hay nada. El barco se agrietaba y la cubierta había desparecido. La luz de la noche entraba otorgando débiles contornos a las cosas: Altea y la cama, Natacha y la silla. La gran chimenea allá afuera, como una montaña tan cerca de ellas, echando el humo negro de cadáveres arrojados en la caldera. Muchas caras observaban desde el borde, al filo del agua, estirando manos para ser rescatados.

      Todo el barco estaba dentro del hueco del ojo perdido de Altea.

      Era un mundo antiguo que resurgía del fondo de la fractura.

      Mara comenzó a sentir los tirones en los brazos y piernas. Las cadenas tiraron de ellos milímetro a milímetro a lo largo de toda la noche.

      No fue un suplicio, sino un regocijo.

      Y por eso Mara se puso a llorar abrazando al chico. Había aprendido lo que eran las fuerzas de las cadenas, no apretando sino abriendo. Su cuerpo se desplegaba, se extendía, se ampliaba, se fragmentaba en incontables formas posibles.

     El mundo era ella, y cabía en el hueco de un hueso roto.

 

 

 

*

 

 

 Era tarde cuando regresó al camarote donde dormía José. La herida de la pierna ya estaba casi curada, pero él se quejaba constantemente del dolor. Entró a oscuras y se acostó en la cama a su lado. Tocó papeles de dibujo sobre la frazada, José estaba destapado y desnudo. Sudaba, como todas las noches, ardiendo en fiebre, pero por la mañana ésta cedía y él lograba descansar en paz. Gonçalvez había descartado una infección, y ya todos sabían que la abstinencia le provocaba esos síntomas. Se había acostumbrado al opio luego de la golpiza que Mara y las otras le habían dado, y ahora reclamaba la droga por el dolor de la pierna.

      Se acostó, sabiendo que podría dormir. Los papeles de dibujo la estorbaban y los tiró al piso. José dormía, temiendo ella despertarlo y provocar su cólera. Le haría mal, se decía, amargarse todavía más por la rotura de esos dibujos que se había habituado a hacer durante el tiempo que llevaba en cama. Ni él sabía de dónde pudo haber surgido tal destreza. Ella había estado demasiado ocupada pensando en Altea y en el chico, y ahora que le había sido revelada la identidad, escondida siempre, negada muchas veces, en su propio cuerpo, su mente giraba en torno a otros conflictos, en otros planos quizá de la realidad.

      Los pájaros de alas negras, que tantas veces sintió crecer, invisibles, en su espalda.

      Oyó toser a José.

      Pensó en los murciélagos que de tanto en tanto invadían el barco, y el pavor que provocaron en ese hombre hasta el punto de querer matarse.

      ¿Acaso ellos veían algo más con esos ojos que todos creían ciegos?

      La oscuridad es una luz interior, es el hueco de un pozo de paredes calcáreas.

      Se irguió y se sentó al borde de la cama. Encendió una lámpara y reguló la llama a una luz muy baja. Juntó los papeles intentando no hacer mucho ruido. Entonces vio lo dibujos que había estado trazando José.

      Había múltiples esquemas tachados y otros con intentos sobrepuestos.  de José eran burdas y sus dibujos esquemáticos e infantiles. Fue pasando las hojas de los cuadernos, porque eran muchos. Sobre la cama había dos, pero bajo ella y sobre el escritorio había otros cinco, y hasta en el cubículo de la letrina había otro, sucio, pero más extraño. Mara contempló con crecido asombro la manera en que, con la rapidez de pocos días, José había adquirido una técnica superior, y sus dibujos eran claros, sin resabios de dudas en su ejecución.

      Y en todos se plasmaban cabezas de pájaros, y cabezas de murciélagos. Los ojos brillantes y ratoniles de estos últimos se convertían en pequeños ojos de arañas en el centro de un cuerpo donde brotaban largas y finas patas que no cabían en el papel, así como las alas de los otros. Los dibujos continuaban hoja tras hoja, como complementos de un rompecabezas. En el cuaderno que encontró junto a la letrina había algo diferente. Eran esquemas anatómicos de huesos. Cráneos y huesos de alas. Y entonces vio un cráneo humano, justo en el centro, ocupando ambas centrales.

       Estaba coloreado con tinta levemente rosada, que tal vez intentó ser de un rojo profundo, pero José no había logrado conseguirlo.

       El único dibujo de color en el hueso del esfenoides.

       Mara lo reconoció sin haberlo visto nunca.

       Y el hueso tenía una ruptura.

       Levantó la cabeza mirando al hombre que se movía en la cama, la espalda fornida y el pecho hirsuto, las piernas fuertes y llenas de cicatrices. Se movía angustiado por las pesadillas que nunca cesaban, de las que ni siquiera los golpes lo habían rescatado.

      Ahora ella sabía que nada lo haría porque llegaban de algo más profundo que la mente. Llegaban del pasado y se renovaban cada noche, por eso nunca morirían. Ni siquiera cuando el cuerpo muriese, porque eran criaturas ávidas de un espacio. Donde hubiese un hueco donde refugiarse, ellas se asentaban, amedrentando la carne y enturbiando la sangre, o quebrando al hueso.

      En la mañana, seguía despierta, y vio que José intentaba levantarse a la luz que entraba por el ojo de buey.

      -Buenos días-dijo ella, apoyada en el respaldo y con los brazos cruzados.

      El hombre la miró, con ojos legañosos y agotados.

      - ¿Mala noche, no es cierto?

      -De las mil putas-contestó.

      -Vi que estuviste revolviendo los cajones.

      - ¿La puta que te parió! -estalló José. - ¡Dame de una vez un poco de esa maldita cosa! Si me acostumbré fue por culpa tuya, y encima ahora con este dolor de mierda que no soporto más.

      -Todo fue por salvarte…-y en cuanto lo dijo, se arrepintió de haber entrado en las recriminaciones de siempre.

     - ¿Salvarme de qué?

     -De esto-dijo ella, mostrándole los dibujos.

     -Mierda sé de dónde vienen, sólo entiendo que necesito hacerlos porque si no me revientan la cabeza. Cuando termino, los dolores de cabeza se me pasan.

     -Pero querido…-y lo agarró de una mano e intentó calmarlo. - ¿Se te ocurre pensar de dónde salió tanta imaginación?

      -De las pesadillas, Mara. Cada dibujo es un sueño, te lo juro. Cada línea que hago es como una encarnación. Pero les tengo miedo…

     - ¿A los dibujos?

     -No, a eso no, porque sé que me los saco de adentro. Pero cuando me doy cuenta de que son como borradores, como los esquemas de un arquitecto, de un ingeniero, qué sé yo, y que más tarde se harán realidad, como cuando ellos aparecen y revolotean y me aturden con el ruido de las alas y el olor a mierda.

     José se sentó en la cama, agarrándose las piernas contra el pecho y hundiendo la cabeza entre las rodillas.

     Como un feto.

     Como el chico aún sin nombre.

     Mara fue a buscarle opio, se lo preparó y se lo dio a beber.

     - ¿Estás mejor?

     José movió la cabeza, pero señaló su brazo.

     -Esto me dura diez minutos, necesito…

     -Está bien, Valverde vendrá en un rato, yo le aviso.

     Golpearon a la puerta. Se sorprendió de ver a Natacha, que llevaba una carpeta grande bajo el brazo.

     -Disculpe, Mara. Se me ocurrió traerle esto a Iribarne. Me han dicho que dibuja muy bien, y bueno…pienso que le gustaría apreciar algo de lo que mi hijo hacía. Es verdad que yo nunca lo alenté, era algo que lo apartaba de mí. Pero ahora, querida, entiendo. Él y yo nos hemos reconciliado desde su muerte. Es…cómo puedo explicarle…como si lo que era y lo que debía ser se hubiesen unido definitivamente.

       -Ahora está durmiendo, pero vuelva más tarde…

      - ¿Por la tarde, a las cinco?

      Mara se preguntó si ella ya había estado ahí antes, esa era la hora exacta en que él tomaba su merienda, y en que Valverde venía a darle sus dosis.

      -Exactamente, Natacha, se ve que usted ya sabe. Pero nunca la vi en esas horas.

      -Por supuesto que no, sólo me lo han dicho, usted comprenderá, Mara, siendo una mujer tan perspicaz.

      Media hora después llegó Valverde. José daba vueltas en la cama y se había puesto a gritar y tirar las cosas del mueble junto a la cama. Entre ambos lo contuvieron mientras él le inyectaba la vena del brazo derecho. Iribarne se calmó de inmediato, agradeció con una mirada obnubilada y una caricia sobre el muslo de Valverde.

      - ¿Podemos sacarlo de esto, Juan?

      Valverde dudaba.

      -Mi oficio es meterlos, nos sacarlos, pero lo intentaré.

     

      El viaje continuó hacia el norte. El Paraná era una serpiente de múltiples caras, a veces estrecho como un canal, otras como inmensos lagos. Las vueltas y recodos eran interminables, y el paisaje de las costas variaba de lo selvático al desierto. Dunas, árboles frondosos, flores de todos colores, y por las noches la visita de los murciélagos, que habían cambiado su rutina de grandes invasiones repentinas por visitas continuas, pero de menor cantidad. No moría ninguno, simplemente daban vueltas en la noche, se posaban en la borda, en los mástiles, en los marcos superiores de las puertas que daban a cubierta. Alguno se metía en los camarotes, pero Mara había tenido la precaución de poner mosquiteros de alambre grueso.

      Pasaron por muchos puertos, y en cada uno hacían transacciones que Mendoza se encargaba de supervisar personalmente, bajo la mirada persistente del cabo Domínguez. Ahora que Gonçalvez ya no volvería, quedaba el dinero para llevar a Farías, lo único en realidad que le interesaba al gobernador. La observación inquisitiva de Domínguez mostraba quizá la verdadera esencia del cabo. Su aparente sumisión, su amabilidad, su condescendencia se habían detenido luego del disparo. Mendoza lo sabía, pero ya no le importaba. Tal vez pudiese rescatar una buena parte de las ganancias, y deshacerse del cabo. Estaba optimista. La recuperación de Altea y el nacimiento del chico eran lo mejor que le había sucedido en mucho tiempo. Si ella pudiera volver a quererme, se decía, si ella se recuperara del todo y fuese otra vez la que era.

      Valverde bajaba en cada puerto y le traía novedades a Mara. Había conseguido, al fin, la hierba que necesitaba.

     -Lo curaremos a Iribarne de esa mala costumbre-dijo.

     A las cinco de una tarde de un día de junio, inyectó la preparación en la vena de José Iribarne justo antes de que tocaran a la puerta.

     - ¿Quién es?

     -Natacha, querida.

     -Vuelva más tarde…

     -Pero es importante, Mara.

     Finalmente abrió y la dejó entrar.

     - ¿Soy inoportuna? -preguntó al ver a Valverde con una jeringa y a José agitado.

     -Así es-dijo Mara-. ¿Qué quiere?   

     Pero no aguardó respuesta cuando vio que José agarraba una nueva carpeta que Natacha traía bajo el brazo.  La abrió y miró alternativamente a Natacha primero, luego a los papeles, y empezó a hablar hacia el lado vacío de la cama:

      -Éste es el que le gustaba más a Manuel, ¿no es cierto?

      Y la angustia de la duda se transformaba en contento ante una afirmación que sólo él veía o escuchaba. La conversación de un solo hombre continuó durante varios minutos. Había respuestas sin preguntas, o preguntas sin respuestas, o quizá estuviesen en el silencio. Los oídos de Mara se fueron acostumbrando, y creyó escuchar una voz esmirriada y suave, y hasta creyó ver a un chico flaco y desnudo en la cama.

     José Iribarne dejó la carpeta sobre la sábana y levantó las manos. Las puso en el aire como si tomase entre ellas algo que fuese una cara. Murmuró, y le dio un beso.

     - ¿Mi hermano está bien? -había dicho, y sólo las mujeres lo escucharon.

    José sonreía con beatitud, contagiado quizá por eso otro al que él veía y hablaba.

      Natacha lloraba en silencio, frotándose las manos casi hasta lastimarse. Dijo, sin miedo y sin dudas de lo que los otros pudieran pensar.

     -Ariel ha venido para reconciliarnos a todos.

 

     Pasaron toda la tarde en el camarote de José y Mara. Tomaron mate, tortas fritas que hacía mucho que Carmen no cocinaba. Hasta pasó el capitán de camino a su visita vespertina a Altea, a quien hablaba hasta casi medianoche, sin esperar más respuesta que algún movimiento de cabeza o el apretón de una mano. Él se encargaba de ayudarla durante la cena, cambiaba y limpiaba los pañales del chico, y antes de irse, arropaba a Altea y le daba un beso. No había resquemor, o era tan tenue que podía ser evitado como un viejo tocón gastado en un camino conocido.

     Se quedó quince minutos, escuchando las anécdotas de Valverde y las ironías de Iribarne. Natacha no le hacía caso, pero ya no había tanto odio en la mirada. Mara… ¿qué pensar de esa extraña cuya mirada lo sumían en estado de inercia? No había defensa contra ella. Cuando vio que ella iba a hablar, se despidió con rapidez. Altea lo esperaba, el chico lo aguardaba, y Max, junto a la cama, vigilaba hasta que él llegara.

      

     Ya habían cenado y Natacha se había ido, y con ella fuese lo que fuese que la acompañaba. José dormía.

      - ¿Cuántas dosis necesitará? -preguntó Mara.

      Valverde se sentó en un sillón viejo en el rincón del camarote. Había bebido de más, y estaba cansado.

     - ¿Qué sé yo? Varios días. Pero hoy no sé si fue eso en realidad lo que lo calmó.

     - ¿Te referís al fantasma de esa loca?

     No sonaba convincente, Juan era capaz de ver lo que ella estaba descubriendo en sí misma.

     -Fue la droga, Juan, y esa mierda de los dibujos. José no está bien, tiene el alma amargada, ya te das cuenta. Yo qué sé, la historia del hermano y todo eso.

     Valverde sacudió las manos como no queriendo escuchar nada más.

     -No me expliqués, no me vengás con toda esa historia que ya la conozco. ¿Creés que no lo entiendo, que no sé lo que le pasa por la cabeza y por el cuerpo?  Los murciélagos están, ¿no? Viven acá y tienen alas, así que pueden ir a donde quieran. ¿La mente de Iribarne los inventó? No lo creo. Estaban y seguirán estando aun cuando él se muera. Pero son símbolos que se convierten en mitos, y lo que sí creo es que los mitos tienen un fundamento. Como las brujas, por ejemplo.

     Valverde estaba borracho, se sacó la camisa y se secó el sudor. Se rascaba la entrepierna. Mara ya lo conocía. Se acercó y le dio un beso. Era el momento de saber algo.

      - Sabés, Juan, ¿de alguna familia italiana por estos pagos del Brasil?

     Valverde la miró, ella estaba sobre él y apoyaba los codos en sus hombros. Era una hembra hermosa, Mara, y sabía mucho. Ya había estado con ella otras veces, pero nunca delante del hombre con que ella estaba ayuntada. Eso le gustaba a ella, el apuro, el riesgo. Era la misma Mara de antes, cuando todavía no había mamado toda esa filosofía de ultratumba en los limbos de su pensamiento.

      La abrazó y la besó con fuerza. Mara se dejó hacer, y preguntó, besándole la cara y el cuello.

     -Si no me contestás es porque sabés.

     - ¿Y para qué querés saber?

     -Porque quiero saber más cosas de mí…

     - ¿O porque querés al chico, y para eso necesitás deshacerte de la madre?

     Ella siguió besándolo en el pecho, y le desabrochó el pantalón. Valverde era un hermoso hombre, y no le desagradaba que José despertara y los viera. Extrañaba el sexo de José. De pronto, tenía dos hombres, como en otros tiempos, y el capitán, si los remordimientos o el miedo que lo aquejaban no fuesen tan fuertes.

      -En Aparecida do Taboado hay unos…dicen tantas cosas…una vez los crucé…tienen una estancia grande…muy abandonada…pero adentro, me dijeron, tienen cosas antiguas…Vamos, Mara, no te detengas ahora. -Valverde miraba hacia la cama, donde Iribarne dormía el sueño de los justos, por primera vez sin pesadillas, probablemente. ¿Qué mal estoy haciendo, amigo mío?, pensaba con los ojos cerrado y acariciando el pelo de Mara. Si ella sigue siendo una puta a pesar de tanta filosofía. Bruja y puta, querido, y siempre trabajó muy bien, ya debés saberlo. Si es tan buena bruja como puta, ya nos salvaremos, amigo mío, o nos condenaremos, según lo quiera el íncubo que las preside a todas ellas.

     Mara lo miró, pensativa. Ellos eran a quienes buscaba. Necesitaba ayuda contra Altea, porque era más fuerte que antes. No su cuerpo, pero sí el conocimiento empotrado en ese hueso roto de su cráneo. El hueco era lo importante, el vacío lo era todo. Contradicciones que no podía atrapar sin que se deshicieran entre sus manos, o sus manos-alas recién nacidas.

      Bebió la esencia de Juan Valverde, se alimentó de ella como se había alimentado de muchos. Sabía cómo destruir a un hombre, pero debía saber cómo destruir a una mujer.

    

 

 

*

 

 

 

Podría haberla matado de cualquier forma. Con un puñal bajo la falda, cualquiera de esas tardes en que iba a cuidarla. O envenenarla al llevarle la comida. Estrangularla, viendo sus brazos débiles. Ahogarla con la almohada, en el más absoluto silencio. O simplemente pegarle un tiro. Mara no tenía miedo a todo eso, y podrían habérsele ocurrido muchas formas más si hubiese creído que así debía ser. Pero no.

     Su muerte debía ser natural, porque era necesaria. Y todo lo necesario es natural, porque es lo único verdadero.

     La verdad es natural, y lo natural es necesario, siempre.

     Los sucesos no deben forzarse, sería imponer obstáculos y distracciones al camino natural de las cosas.

     Como el cielo, por ejemplo, con sus corrientes de aire que nadie ve y que sin embargo dirigen el vuelo de los pájaros y el caer de las hojas de los árboles.

     En el simple giro de una hoja seca hay una verdad incontrastable. E interrumpir el giro es interrumpir a Dios.

     La muerte labra su propio surco.

     En la noche se levantó de la cama y dejó a José roncando. Tenía un brazo colgando de la cama y el otro sobre la carpeta de dibujos del hijo de la loca. Acababan de hacer el amor media hora antes, y todavía había semen en la sábana. Mara arrancó una de las hojas y lo limpió. Arrojó el papel arrugado en el piso. Se puso un vestido casi nuevo, que nunca había usado porque lo guardaba para una ocasión que nunca se había presentado. Se observó las manos , tenía una uña rota que se le enganchaba en la tela, pero no era importante. Se miró al espejo a media luz. Detrás, su hombre dormía, desnudo y tranquilo gracias a la inyección. Todo lo hacía por él, porque gracias a él Mara había encontrado lo que estaba enterrado en su alma, ahogado por el aguardiente, y que casi la había hecho sucumbir si José Menéndez Iribarne no hubiese aparecido con el indio en una ribera del Paraná.

      Ahora debía reconstruir un mundo nuevo, con sólo un vestido nuevo y una uña rota. Y con esos dos signos de mujer esperaba convencer al capitán Mendoza.

      Abrió la puerta después de dos golpes tan suaves que seguramente él no habría escuchado. Mendoza levantó la cabeza y miró hacia la puerta, sobresaltado.

      -Otra vez usted….

      Mara se rio.

      -Lo hizo adrede… ¿Qué quiere?

      El capitán dejó la pluma en el tintero y pasó el papel secante sobre lo que había escrito. Ahora que no estaba Márquez para encargarse de toda la burocracia comercial, él había aprendido a hacerlo mejor de lo que esperaba.

      Era casi medianoche. Mara entró y se paró frente al escritorio.

     -Usted perdone, capitán. Pero debo hablarle de algo importante. Altea ha mejorado mucho, pero ahora que no tenemos doctor, sería lamentable detener su mejoría. Necesita recuperar sus músculos, y creo que hasta podría volverá a ver y hablar. Usted ha visto cómo se esfuerza por comunicarse.

     Mendoza la observaba desde su silla, atusándose el lado derecho del bigote. Ella se dio cuenta que había notado el vestido nuevo de color crema, casi blanco, que resaltaba la piel curtida de Mara.

      -Entonces se me ocurrió que deberíamos llevarla al pueblo…

      - ¿Qué pueblo?

      -Aparecido do Taboado, a unos kilómetros al norte. Creo que usted tiene negocios allá.

      - ¿Y para qué?

      -Hay un hombre de ciencia, italiano, que vive con su mujer en una estancia grande. Me han dicho que es una eminencia, pero ya está viejo y se ha venido a América a descansar. Pero si llevamos a Altea, creo que se interesará en su caso.

      Mendoza sacó la pipa de un cajón del escritorio, llenó el tazón con un tabaco fuerte y la encendió. Exhaló la primera pitada y el humo envolvió el rostro de Mara.

      - ¿Y en qué se especializa?

      -Eso es lo mejor, capitán, porque me han dicho que es cirujano del cerebro.

      Mendoza se levantó, dio la vuelta al escritorio y se paró frente a ella. Ahora exhalaba el humo casi directamente sobre su cara. Mara no se apartó, ese aroma le agradaba.

      -Y déjeme adivinar quién le contó de esa gente… ¿Valverde, no es cierto?

      Mara puso la expresión de quien va a defenderse, pero se detuvo y puso cara de niña regañada.

      -Pero Capitán…

      -Nada de eso. No tengo tiempo de llevar a Altea y esperar no sé cuántos días hasta que ese doctor, o lo que sea, haga algo por ella. Además, no confío en Valverde.

      - ¿Y si le digo que fue Juan el que preparó la medicación que aplicó el doctor Gonçalvez a Altea?

      -No le creería…

      -Usted se engaña, capitán. Se aferra a lo poco que tiene por miedo a perderlo. Y siempre termina perdiendo lo que ama. Y lo peor de todo es que ni siquiera se arriesga por conservarlo. Mira muy alto, pero se tropieza y rompe todo lo que está en su camino. ¿Qué es este barco, sino una gran fábula que usted se inventó para vivir adentro?

      Esperaba que se pusiera furioso, pero el capitán Mendoza ya no era lo que había sido, aunque no fuera mucho. Había brillo en sus ojos, e intentaba ocultarlo escudándose con el humo de su pipa.

      Mara apoyó una mano en una de las mejillas del capitán, acariciándolo con el pulgar, secando una lágrima que aún no había nacido. Le tocó los labios, y de pronto él los abrió y detuvo el dedo entre ellos. Mara sintió la lengua entibiando la yema de su dedo.

      Ahora sabía lo que siempre había sabido, la fuerza no estaba en ninguna parte de su cuerpo, sino en cada partícula de su carne.

      Él se acercó, y Mara sintió que no quería hacerlo.

      La besó, por más que se negaba a reconocer lo que estaba haciendo.

      Dejó caer la pipa en el suelo y agarró a Mara de la cintura metiendo la mano bajo la falda.

      Mara abrió la camisa de Mendoza, le besó el pecho. Un hombre distinto a los otros. Más fuerte su cuerpo y menos inseguras sus manos, más endeble su alma y menos retorcida su mente. Más decidido y menos pensante. Pero todos eran iguales cuando la abrazaban.

     Ellos querían lo que ella únicamente estaba dispuesta a darles.

     Entregó su cuerpo y recibió el permiso. Ese permiso que él creía que otorgaba, pero era el precio para expiar su culpa, una vez más.

     Cuando estaba por salir, miró a Mendoza, que fumaba sentado en el piso y con la espalda apoyada en una pata del escritorio. Seguía desnudo, y Mara admiraba su cuerpo.

     -Ella volverá a verlo como antes, capitán.

     No había malicia ni sarcasmo, ni siquiera una velada ironía. El rostro de Mara era un paisaje de pura contemplación. Desconcertar era su si no, y lo lograba con una maestría que parecía haber moldeado durante siglos.

      Caminó por el pasillo, pensado en el capitán acorralado en su cuarto de juegos, entre el escritorio y los papeles simulando un negocio de adultos. Se acostó luego junto a Iribarne, que abrazaba dormido sus dibujos igual que un chico extasiado de que lo hubiesen alabado todo el día. Y en la oscuridad recordó a Valverde, que en su propio camarote debía estar durmiendo el sueño de conocimiento y ciencia en su laboratorio escasamente peligroso de escalpelos sin filo y probetas quebradas.

       

 

 

*

    

     

 

Bajaban a Altea en una litera amarrada con cuatro cuerdas hacia el bote.

      Mendoza observaba y de vez en cuando gritaba alguna soez por el descuido de alguno de los hombres. Estaba nervioso, y recordaba cuando él y Altea habían bajado juntos del brazo, por el puente a Lavalle.

      Mara y José también contemplaban el proceso, lento y exasperante, porque había que tener cuidado que la litera no se desbalanceara. Estaban uno junto al otro, ella tomada al brazo de él, sosteniéndolo casi porque la pierna aún sufría, pero estaba mucho mejor. Él vio en ella una sonrisa sin sentido. Los ojos de Mara miraban hacia el pueblo en lugar de a la mujer que estaban bajando. Durante la noche habían hablado en la oscuridad, como en los meses que estuvieron en la barcaza de pesca. Desnudos y contemplando la oscuridad del techo, hablando como si le hablasen al vacío, asegurándose que sus palabras pronto fuesen engullidas por la nada y no quedase de ellas más que la ridícula sensación de que alguna vez hubo un sonido.

      José cavilaba, tocando con la mano izquierda la cruz de plata que ahora tenía en su cuello. La que había tenido Manuel durante tanto tiempo, y cuyo olor casi podía ser percibido en el metal. Mara se había asegurada de sacársela a Altea, y se la entregó a José esa noche. Poco más necesitó ser dicho.

     Eso era todo.

     Una cruz fue suficiente para que José dejara los dibujos de lado, apartando la carpeta con un manotazo, y que rechazara la dosis de la noche. La había penetrado como si fuese un hombre que la amaba.

     Eso era todo.

     Y más que suficiente.

     Valverde los acompañaría. Tenía el maletín que había pertenecido a Gonçalvez. Le había lustrado el cuero cortajeado, le había cosido los pequeños bolsillos de tela del interior. Y había ordenado el desorden de instrumentos y frasquitos. Pensó en las manos que ya no estaban, y en esa mano que había intentado sujetar contra toda fatalidad junto a las cataratas.

      Ahora, sin embargo, el río era un páramo tranquilo y agreste. Desde kilómetros antes, el cauce se fue ampliando muy lentamente, las aguas bajaban lentas y las máquinas del barco funcionaban a la más baja fuerza. Las costas ya no eran selváticas sino repletas de palmeras con grandes espacios vacíos de arena muy blanca. Estaban entrando en el invierno, pero el clima estaba muy cálido. El sol estaba a medio camino de la mañana y les daba de espaldas. El pueblo de Aparecida estaba en la costa del Brasil, y todos miraban el proceso del desembarco hacia el noroeste.

      En la frontera había, de tanto en tanto, garitas con guardias y pequeños muelles con botes de los gendarmes. Mendoza creyó ver que los observaban con detenimiento, pero era simplemente la curiosidad por el tamaño del barco. Ya se había corrido el rumor hasta esos pagos, seguramente, del “Juan Manuel” con toda su leyenda a cuestas. El cabo Domínguez estaba muy cerca de él, desarmado, porque desde hacía un tiempo el chico Ruiz se le había apegado y lo acompañaba a todas partes, como el perro lo hacía con Bernardo. La mirada del cabo era amable, casi siempre, pero tenía la irritante virtud de recordarle la razón de su presencia. Habría querido desembarcar y entrar al pueblo, seguir a ese contingente de gente rara que se llevaba a Altea como un cortejo. ¿Dejar todo, como un monje que se enclaustra para adorar un rito sin fin de expiación y de perdón? Tal vez. No sentiría dolor, seguramente. Lo mejor de todo eso consistía en el abandono. Esa era la palabra. El enorme cansancio de llevar la cruz del barco a cuestas se olvidaba porque esa cruz era el caparazón en donde se escondía. ¿Sería por eso por lo que su vida lo había llevado a ser capitán de río, desechando la larga tradición del mar de su familia? Los espacios abiertos, como ahora este del ancho río, lo inquietaban. A veces le agradaba inmiscuirse en espacios donde predominara la penumbra: su despacho en el barco rodeado de muebles viejos, la biblioteca de Aurora Valverde, el pueblo chico y el rancherío escaso de Lavalle rodeados de árboles donde podía esconderse. Si de chico y adolescente había amado los caballos en la estancia del padrino Las Heras era porque lo hacían atravesar los campos con rapidez, como huyendo. La casona de Santa Fe con sus cuartos con recovecos dentro de un casco de estancia grande como este barco que ahora lo protegía. Y las mujeres, Dios querido, se dijo, frotándose la cara con una mano y conservando la otra en la espalda, como si se estuviese protegiendo del sol que le daba de espaldas y que sin embargo lo cegaba. Se daba cuenta de lo que no había querido mirar: tantas mujeres como cuevas, refugios y oscuridad. Los úteros con sus paredes como escudos. Porque al fin de cuentas, qué es un ataúd sino el reservorio y la protección para un cuerpo que no tiene más defensa que su absoluta indefensión.

    

     Ya en tierra, subieron la litera en una carreta que alquilaron en un rancherío que incluía una pulpería y un establo desvencijado. El pueblo de Aparecida estaba a diez kilómetros más adentro, según les dijo el encargado viejo.

     - ¿Sabe dónde viven los Ansaldi? - preguntó Mara.

     -Dónde no viven, patrona…todo esto es de ellos, desde el río hasta muy muy adentro, qué sé yo…

     El viejo señalaba a la distancia, moviendo la mano un largo rato y silbando.

     Valverde pagó el alquiler y los hombres que habían trasportado la litera volvieron al muelle y se despidieron. No confiaban en volver a ver a la señora Altea, por la que habían aprendido a preocuparse y preguntar casi todos los días por más que no los dejaran visitarla. Se habían solidarizado con su mala suerte, y con esa especie de halo extraño que generaban los comentarios sobre ella. No confiaban, además, ni en Mara ni en Valverde.

      Ambos subieron al pescante de la carreta y atusaron a la mula que la arrastraba.

      El campo estaba desierto de gente y casas. Eran un páramo de pasto seco con manchas de arbustos y algunas palmeras. Era el comienzo del invierno, pero había más humedad que frío. Los mosquitos abundaban, azotándolos en pequeños enjambres durante más de dos horas. Era el mediodía cuando vieron a lo lejos una casona de dos plantas rodeada de palmeras y un mar de yuyos altos. Los techos eran cada vez más rojizos a medida que se acercaban, y la fachada blanca fue descubriendo sus ventanales y sus manchas de suciedad y moho.

     No había cerca, simplemente un portal de adobe que se caía de viejo, pero aún alto y partido por la mitad el arco que debió haber tenido una inscripción a juzgar por los trozos de letras dibujadas con ladrillos. Mara le dijo a Valverde que se detuviera justo debajo.

     - ¿Querés romperte la cabeza? -preguntó.

     - ¿Alcanzás a leer que dice?

     Valverde levantó la vista sin soltar las riendas. Frunció el entrecejo contra el sol, y luego de intentar descifrar, se rio.

     - ¿Qué pasa?

     -Nada, Marita, simplemente lo que ya esperábamos. Es italiano, como el dueño, y del Dante. “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”. Hay una ele, ¿ves?, la o, y luego esepe, y al final entrate, completa. ¿Qué otra cosa podría decir?

     - ¿Y eso va por nosotros o por ella? -preguntó Mara.

     -Por todos lo que entren, querida. Si tenés miedo, todavía es tiempo de volver.

    - ¿Miedo yo, Juan? ¿No me conoces todavía?

    - Por eso digo, querida, que no hay mejor lugar que el volver a casa…

    Mara lo miró mientras reanudaban el camino de tierra que llevaba a la casona. Valverde estaba raro, como si escuchase algo a la distancia, e intentase descifrar ese sonido que ella no alcanzaba a percibir todavía.

      Y entonces escuchó los ladridos, que crecieron desde el pastizal que se movía, pero el reflejo del sol le daba de lleno en los ojos y no vio más que sombras y destellos, hasta que puso una mano sobre su frente. Vio a los perros blancos, bajos y fornidos, corriendo hacia ellos. La mula se detuvo y empezó a rebuznar, asustada. Valverde la tenía fuertemente sujeta de las riendas, pero ella se agitaba y empezó a correr hacia la casa. Para huir de los perros, no sabía más que seguir avanzando y correr entre ellos, que habían rodeado ya a la carreta y ladraban enardecidos. Eran más de diez, todos blancos, y entonces Mara vio que no tenían orejas, y en lugar de ojos una simple apertura en la piel que simulaba un par de párpados cerrados.

      La mula no se detuvo sino al llegar casi a la escalera corta que conducía a la recova de la casa. Un viejo la había retenido del bozal e intentaba calmarla. Una mujer, tan vieja como él, gritaba:

     - ¡Juera, perros, juera! - mientras los perseguía con una rama en cada mano. Los perros escapaban y se escondían bajo la carreta y la escalera. Parecían querer protegerse alrededor del hombre, que se reía de la mujer y sus intentos.

    - ¡Rir, nomás, vieccho de mierda! Vocé e le cani me vuelven loca.

     Tenía varios acentos entremezclados, en parte portugués, en parte italiano, y el español se desprendía naturalmente. Se abrigó con un chal antiguo, grueso y bordado con estampas de figuras indescifrables. Miró a los visitantes con cara seria, pero no parecía sorprendida.

      - ¿A qué debemos el honor? -preguntó el viejo.

     Valverde bajó y le extendió la mano.

     - ¿Tengo el honor de saludar a Gregorio Ansaldi?

     Los perros se habían callado, porque se acercaron a Valverde y lo olían. Él los miraba y los dejaba hacer, y se puso a acariciar a uno.

      El viejo comprendió, su expresión era clara y astuta, y la vieja se acercó a la carreta y dijo:

      -Signora, perdone mis exabruptos de mi parte.

      -Eco, signora-dijo el hombre. -Somos dos viejos que acostumbramos a estar solos.

      -Lamentamos molestar-dijo Mara, bajando y saludando a la vieja.

      -Niente… ustedes dos son bienvenidos, los cani no reciben de este modo a cualquiera.

      La pareja se echaba miradas de inteligencia que Mara y Juan creían comprender. Esos perros se llevaban muy bien con Valverde, y ella había congeniado con la vieja apenas mirarla a los ojos.

       -Come hai dicho, amiccho, io sonno Gregorio Ansaldi, e questa e mia moglie, Marietta.

       - ¿En qué podemos ayudarlos? -dijo ella, mirando la carreta.

       -Nuestra amiga, Altea, necesita ayuda.

       La vieja dio la vuelta, con los brazos cruzados sujetando el chal, y se detuvo frente a Altea, que estaba sentada. Le habían puesto un vestido negro, y tenía la cabeza protegida con una capucha.

      -Éntrenla a la casa-dijo.

       Valverde y Ansaldi la bajaron y la llevaron hasta un cuarto en la planta baja. El salón principal era austero de muebles, a excepción de una mesa grande, las sillas, y muebles de estantes con vajilla y libros, y un hogar con mucha leña ardiendo. Adentro hacía calor y los perros, que estaban por entrar, se detuvieron. Las mujeres siguieron a los hombres hasta la habitación, donde dejaron a Altea en la cama.

     -La signora dormirá acá, y ustedes en la plata alta, junto a nuestra habitación-dijo Marietta.

     - ¿Pero creen que podrán ayudarla?

     -Non se imbecile, chara mia, para eso vinieron, ¿no?

     La vieja era ella, sin duda, la que recordaba de su infancia. La misma edad a pesar de los años, el mismo tono de voz, aunque en esa ocasión la hubiese escuchado casi en sueños, porque esa era lo forma en que recordaba su infancia y todo aquel día en que la madre la había llevado a la reunión de mujeres. Esa vieja era una mezcla, como su forma de hablar, de los tiempos. En su rostro demacrado de ojos más verdes que una hoja de palmera, en el cuerpo esmirriado de pecho hundido y espalda inclinada, en las caderas anchas que se adivinaban bajo el vestido de lana que debió haberse tejido ella misma, toda incongruencia estaba de más, porque todas las supuestas incongruencias se combinaban para formar una sola cosa y una verdad, que no era física ni podía verse: sólo escucharse en el tono de la voz, atemporal, y percibirse en la expresión de sus movimientos. Caminaba, sí, pero al subir los escalones de entrada era como si no tuviese huesos, y al desplazarse por el salón y atizar la leña, el fuego se coaligaba con ella, alumbrando sus facciones y rejuveneciéndola. Fue en ese momento, cuando regresaron a la sala y la vio mover los tizones con el hierro del hogar, en que preguntó:

      - ¿Ya nos hemos visto antes?

      La vieja se dio vuelta, se sentó en una silla incómoda por su aspecto, pero permaneció derecha y con los brazos cruzados, sin soltar el chal. Ahora la luz del fuego le daba de espaldas y su cara permanecía en sombras. Los hombres seguían en el pasillo, conversando, parecían tener mucho de qué hablar, tal vez de los perros, tal vez de ciencia o de magia, a juzgar por los movimientos casi circenses de las manos de Ansaldi.

      -Idiota-dijo la vieja. -Te comportano como una imbecile. Io sono Marietta Sottocorno, no olvidare, chara mia. Te han dicho que mio marito puede curar a la signora, pero no has venido para eso, querida. Mañana la veremos juntos. Los hombres tienen de qué conversar, otros intereses más terrenales y más inmediatos.

     Se calló y ambas permanecieron en silencio. Era plena tarde, pero adentro estaba muy oscuro a excepción de la luz del fuego. Mara se quedó parada frente a Marietta, que tenía los ojos verdes en la más completa oscuridad. Mara miró las paredes, revocadas en sectores, en otras con ladrillos y muchos clavos, pero sólo vio dos relojes de péndulo, funcionando. Uno marcaba las tres de la tarde, el otro no tenía agujas. El tic-tac era claro y casi obsceno en ambos, porque no coincidían, sino que uno seguía al otro, como golpeándolo, respondiéndole con dureza, mientras el primero se escabullía, tímido y sumiso, pero persistente. El reloj sin agujas lo perseguía, se burlaba del otro, que seguía en su deber de marcar el tiempo exacto, clavado a la pared como un Cristo.

     De pronto, apareció la voz de Ansaldi, parecido a un maestro de ceremonias que se presentaba en medio de la pista del circo desierto (el salón casi deshabitado), y anunciaba, frotándose las manos de contento:

     - ¿Ché cosa mangiamo, querida?

     -Lo de siempre, amore.

     El viejo se rio del sarcasmo.

    -Bene-dijo, mirando a Valverde en busca de complicidad. -Acompáñeme amigo mío, tenemos mucho de qué hablar mientras cocinamos algo. Las señoras prepararán la mesa, ¿no es cierto?

     Mara se apresuró a hacerlo. Buscó en el mueble la vajilla, las servilletas, los vasos. Fue a la cocina en busca del pan y el queso. Preparó la mesa con dedicación y cuidado, sabiendo que la vieja la observaba desde su rincón junto al fuego. Los platos eran italianos, el mantel de tela francesa, las servilletas bordadas con nombres de mujeres, los vasos acristalados no dejaban vislumbrar el contenido desde lejos. Tuvo que acercarse y levantar uno para probar el vino que Ansaldi había servido cuando ya estaban a la mesa, con las pastas en una fuente grande y humeante. La salsa tenía un olor fuerte.

     -Espero que les guste-dijo. -Son ravioli de carne ahumada, y un filetto a mi gusto, por supuesto, Marietta me deja las decisiones en la cocina.

     Mara olió el aroma a albahaca, pero era una mezcla de especias tan rara que no pudo describirla. Probó la pasta. La carne era tierna, pero tenía un gusto a viejo, ¿a algo quemado, quizá? O era tal vez el tipo de carne. Ella había probado de todo en el río, hasta ratas. Pero esta carne era algo dulce. Sin soltar el tenedor, echó una mirada a Juan Valverde, que sonreía a la conversación de Ansaldi. Entonces Mara tuvo un pensamiento tan naturalmente exacto que encajó en ese salón y en esa mesa como si hubiese sido construido teniendo en cuenta cada elemento de esa noche: el sitio exacto de cada cosa, cada movimiento de los invitados, cada palabra y aliento exhalado, el grado de calor producido por el fuego y sobre todo, la combinación exacta del vaivén de los relojes.

     En el punto exacto de la confluencia de todos estos elementos, el pensamiento nació con la mayor naturalidad.

     Y entonces Mara escuchó la conversación de los hombres que combatían el silencio abismal de las mujeres.

     -Mio caro Valverde, el cane lo quiere.

     Uno de los perros estaba sentado junto a la silla, con los ojos ciegos, husmeando el aroma en el aire. Valverde lo acariciaba.

      -Como le decía, amico mio, ellos son resultados de muchos experimentos. Cosi tanti hannno fallito…

      Una breve pausa que nadie interrumpió, sólo el animal con un gemido.

      -¿Sabroso, non é vero?

      Marietta miró a su marido con condescendencia, como diciendo: qué se le a hacer, los hombres y su ego…

      La conversación continuó a veces en silencio, al ritmo desacompasado de los dos relojes, que a oídos de Mara sonaban fuertes y estridentes, pero que los demás parecían no escuchar. Hablaron, también, de las cosas del pueblo, de la gente del río. Mara quiso saber de dónde venían, y cuándo se habían instalado en esa zona. Ninguno le respondió más que con evasivas: hacía muchos años. Eran de Italia, ella de Sicilia y él de Cerdeña. Extrañaban el mar, por supuesto, pero ya habían recorrido todo el mundo, y por un momento Mara creyó entrever en sus vaguedades que no sería éste el lugar donde morirían. ¿Cuántos años tenía la vieja, cuántos él? Sus cuerpos eran de ancianos que aún podían mantenerse por sí mismos, pero al escucharlos, e incluso su voz, daban impresión de ser muchos más jóvenes, o quizá, sin tiempo definido. Cuando llegó la medianoche, ya estaba segura de que cualquier tiempo y lugar les venía bien. Se adaptaban al lugar y a las costumbres como si no tuviesen cuerpos propios con determinados gustos y necesidades: ni calor o frío, ni comida abundante o escasa, en casa grande o chica. Lo mejor que denotaba estas características que no podía definir, eran las voces sin dobleces en el tono, llenas de manierismos en la gramática, de torpezas y mezcla de idiomas que no hacían más que acentuar esa ubicuidad que los identificaba, una pluralidad que confluía en el discurso aparentemente trivial y anecdótico y que volvía a expandirse y pluralizarse un momento después.

     Eran inatrapables como sus miradas esquivas y su charla a veces discursiva, a veces intimista, a veces sentenciosa. Colérica o amistosa, ellos no parecían escuchar porque ya sabían la respuesta de antemano.

      Sí, se dijo Mara. Saben por qué razón hemos venido, y saben también los motivos que nosotros no conocemos.

      Se fueron a acostar al cuarto que les habían designado. Mara y Valverde se desvistieron y se acostaron en la cama grande, escuchando el chirrido de los grillos que poblaban la habitación. No se durmieron sino hasta casi la madrugada. Se acariciaron, intentaron besarse, pero los grillos eran vigilantes de un presidio. A cada instante un llamado de advertencia, y una sentencia cantada de antemano a cada instante.

       La ventana estaba abierta, la luz de la luna casi llena entraba como un hálito sobre el piso al lado de la cama. Mañana sería luna llena. Valverde se durmió pensando en los perros, uno de los cuales se había acostado sobre la alfombra a su lado.

      Mara soñó que ella era Marietta Sottocorno. Corría por la costa rocosa de Sicilia, huyendo del llamado de la madre, que la amenazaba, huyendo de los perros que querían darle caza. El vestido roto, las trenzas desgreñadas y llenas de hierbajos.  sucias de tierra y sangre, porque había estado cavando en la terrosa llanura de Sicilia. Los pies descalzos, duros como las piedras. Las rodillas con cicatriz sobre cicatriz hasta hacerse una piel dura en la cual casi no sentía nada. Corría, tropezaba y se levantaba. Metros, kilómetros, hasta encontrar la cueva en la que siempre se refugiaba, cuya entrada desparecía con la marea. Por eso la noche le gustaba, y la luna reflejada sobre el agua justo en el límite con el techo: los reflejos del agua en la roca iluminados por la luminosidad indirecta de la luna.

     La roca era el fondo marino, y los insectos y alimañas que deambulaban por la piedra eran los demonios. Cómo trabajan, se decía, qué laboriosos son. Construyen ciudades bajo el agua, y los ladrillos eran largos y de color calcáreo. Trabajaban contentos, a veces con dolor, otras muy cansados, pero se movían como si todos sus achaques no fuesen más que premios y recompensas a su esfuerzo. Eso habían aprendido de Dios: el dolor es un éxtasis que en sí mismo es costo y recompensa. Levantaban urbes y naciones en el fondo del mar con ese material tan valioso que nunca se acababa.

     Eran huesos, grandes y pequeños. Duros y frágiles. Caían desde la luna todas las noches. Y ellos miraban hacia lo alto desde el fondo del agua, apreciando como testigos involuntarios pero extasiados, la desnudez de Dios, que se desprendía de su piel y se iba deshaciendo de sus huesos, uno a uno, interminablemente. Un Dios moribundo, que no terminaba de morir porque nunca había terminado de nacer completamente.  

     Porque la luna era su madre suicida, que se mataba todos los meses entrando y saliendo de un loquero cósmico.

     Porque no tenía padre al cual reclamarle su fracaso.

 

 

 

*

 

 

 

En la mañana escucharon los gritos de los peones en el campo. Algunos cortaban el pastizal bajo la voz airada de la vieja, otros preparaban las mulas y las carretas para llevar los fardos de heno y los tarros de leche a vender a los pueblos de los alrededores. La voz de Ansaldi ordenaba sin gritar, pero podía escucharse claramente desde cualquier lado.

     Mara y Valverde se levantaron, bostezando. Se vistieron mientras el perro los miraba y ladraba como apurándolos para desayunar. Era tarde ya en la mañana. El animal prestó atención a los ladridos de los otros afuera. No tenía cola que mover, no tenía orejas, pero escuchaba muy bien, no tenía ojos, pero corría sin tropezarse con nada ni con nadie. Levantaba la cabeza para olfatear el aire, y eso era más que suficiente para todo.

      Golpearon a la puerta.

     -Amico-dijo Ansaldi. - A levantarse que lo espero en el campo…

     -Ya vamos…

    Mara le preguntó con la mirada.

     -Va a mostrarme dónde hace nacer a los perros.

     - ¿Viste cómo son de extraños? -dijo ella, arreglándose el pelo frente al espejo del armario.

     -Son especiales. Yo creo que superiores a todos los demás.

     Fueron a desayunar fuera, bajo la recova. Marietta esperaba en una mecedora con un mate en la mano, sonriendo bajo la sombra. Saludó sin mirarlos, porque observaba la salida de una carreta con cueros de ovejas.

     -Mucho comercio-dijo Valverde al sentarse. Una chica de no más de once o doce años servía la mesa.

     La vieja asintió, y pegó dos gritos de advertencia al peón que conducía.

     -Tapalos, che, merda! ¿No ves que va a llover hoy?

     Mara miró al cielo despejado.

     -No se puede confiar en estos-dijo la vieja dejando el mate en la mesa. La chica volvió a cebar y preguntó en inglés que querían desayunar los señores.

     -Ya te dije que no hables en gringo.

     La chica repitió la pregunta en un español que sonaba un poco a catalán.

    La vieja se rio.

     - ¿Qué se le va a hacer? Acá hay de todo, y ninguno sirve para nada, son como pedazos de un mundo muerto, podrido. Pedazos secos que mio marito y yo fuimos recogiendo de todas partes. Uno hace una cosa, otro otra.

     -Son engranajes-dijo Valverde comiendo pan y queso.

     -Así es, usted lo ha dicho muy bien. Pero se rompen y se traban.

     -Sin embargo, esta estancia funciona muy bien, por lo que veo.

     Marietta hizo el gesto del más o menos con la mano. A veces hay que sacar ventaja de otros oficios. Gregorio vende los perros en el Brasil, y en otras fronteras. Los colombianos pagan muy bien.

    - ¿Y para qué los usan?

     La vieja levantó las manos y se las frotó.

     -De eso no sé nada. Los cachivaches de la ciencia se los dejo a mio marito. Yo me dedico a otras cosas.

     - ¿A qué? -preguntó Mara. Había optado por un mate, y la chica la miraba como embobada.

     -Tengo mis clientas, usted se imagina, querida, tres veces por semana llegan las señoras bien emperifolladas para que les lea el futuro. Usted no sabe la ansiedad que tienen, pagan más que por los perros solamente por una predicción.

     - ¿Certera? -preguntó Valverde con ironía. Pero a la vieja no le gustó.

     - ¿Qué se piensa que soy, querido? 

      Ansaldi apareció y se llevó a Valverde al campo.

    

     Caminaron todo el tiempo hasta los galpones que estaban entre una arboleda a dos kilómetros de la casa. Eran tres edificios de adobe y techo de chapa comunicados por puertas interiores. Entraron al del medio y Ansaldi encendió las luces eléctricas. Le pareció extraño a Valverde esa tecnología en un lugar tan empobrecido, pero entonces vio las mesas llenas de aparatos mecánicos con poleas y cables que colgaban de una mesa a otra, que a veces terminaban en el piso o llegaban hasta las paredes. Había estantes con cajones, donde cada uno tenía una muestra de lo que contenía junto a la manija: tornillos, tuercas, clavos, y lo que fuera para construir y armar pequeños artefactos eléctricos. Había otros estantes con pedazos de madera y metal cortados en diferentes formas, tamaños y espesores. Había frascos con fetos y pedazos de anatomía de adultos: manos, pies, cabezas, y hasta genitales masculinos que no habían perdido la erección.

     Valverde se detuvo ante uno. Ansaldi comprendió.

     -Es sólo una muestra de lo que hago aquí.

     -Parece haber logrado mucho.

     -Depende de la importancia. Si juzga por eso-dijo señalando el frasco- es importante, quién lo duda, pero hay otras cosas…

     - ¿Cómo los perros?

     -Así es, pero yo abarco demasiado, y tanta dispersión de intereses no me da tiempo para dedicarme enteramente a ninguna. Lo que me gusta en especial es la electromecánica, por eso lo traje acá, amico mio. Necesito alguien dedicado a la ciencia biológica, y su fama ha llegado hasta estos pagos.

      - ¿Y qué puedo hacer yo con los perros? La verdad es que me fascinan…-dijo, y entonces escuchó ladrar desde la izquierda. En el galpón contiguo estaban las jaulas.

      Entraron y Ansaldi encendió nuevas luces.

      -Esta es su respuesta, querido. Mire a esos animales.

     Valverde vio jaulas apiladas en varios pisos a todo lo largo del galpón. Debía haber por lo menos cincuenta, y en cada uno había un perro exactamente igual al otro. Caminó frente a las jaulas, leyendo los rótulos con la letra cuidadosa, caligráfica y antigua que sin duda debía ser de Ansaldi, señalando lo que debía ser la fecha de nacimiento de los animales. Los perros ladraron todos juntos cuando entraron y se encendieron las luces. Era un barullo que apenas les permitió hablar al principio, pero a medida que Valverde recorría las jaulas, los perros se iban callando.

    Ansaldi se había quedado atrás, mirándolo.

    -Es asombroso, ni conmigo se portan tan bien.

    Valverde fue calculando la edad de los perros: dos años, tres meses, cinco años, quince años, veinticinco años… raro pero posible. Miró las jaulas superiores, se puso los anteojos y leyó: diez años, cuarenta años… ¿qué? Creyó haber leído mal. Uno había nacido en 1861. Otro en 1847. Valverde se dio vuelta, sonriendo de la broma que le estaba gastando Ansaldi, porque no podía ser que lo considerara tan imbécil

     Ansaldi se daba cuenta y le devolvió la sonrisa.

     -No es chiste-dijo, y esa expresión sonó tan rara, que el ridículo de escucharla se derrumbó apenas continuó con su tono docto y campechano a la vez.

     -Ya le dije que son experimentos. ¿Quién quiere que un perro viva tantos años? Sólo los mentecatos -otra palabra asincrónica- y los imbéciles sentimentales que abundan por todas partes. Me han dicho que usted ha experimentado con hombres y mujeres, sé de los cuerpos que juntó en la última inundación, por ejemplo. Los vende a la ciencia, todo muy encomiable, amigo mío. Pero por acá hay una expresión que dice “hazte la fama y échate a dormir”.  Yo puedo ayudarlo.

     -Ya sé, no es ningún secreto que me inquietan ciertas cosas.

     -La muerte, por ejemplo. Algunos no la consideran tan terrible como usted.

     -Es la nada, Ansaldi, y yo no la entiendo.

     -Usted quiere prolongar la vida, y esto que ve aquí, puede ayudarlo…

     - ¿Pero me ayuda que un perro viva sesenta años?

      Ansaldi lo miraba con inteligencia.

     Juan Valverde miró a los perros que los escuchaban. Se trepó hasta la tercera fila de jaulas, donde estaba el perro más viejo que había visto hasta ahora, por lo menos. Era exactamente igual a los otros, sin signos de vejez. Extremadamente blanco, ciego y atento a todo movimiento que ocurría alrededor. El olor a excrementos era intenso y la suciedad de las jaulas era horrible. Pero Valverde metió la mano entre las rejas y el perro la olió un instante y luego la lamió.

     Desde abajo, Gregorio Ansaldi aplaudió.

    

 

 

*

 

 

 

     -Vayamos a ver a la enferma-propuso la vieja.

      Altea estaba recostada sobre dos almohadas grandes y tapada con un poncho y una frazada de lana. A pesar de eso, la mandíbula le tiritaba de frío. El hogar estaba apagado. La vieja echó la bronca a una mujer negra que estaba sentada mirando a Altea. La negra se levantó asustada y se puso a reponer la leña y atizar las brasas, pero de vez en cuando miraba extasiada hacia la cama.

     -Es raro, pero ayer no vimos otra gente en la estancia-dijo Mara.

    -Son de los rancheríos de los alrededores, trabajan a media jornada con nosotros. A la tarde cobran y se van. No nos gusta que haya gente que no sea de la familia por la noche.

    Altea tenía el cabello cano y largo. Ya sin vendas, el orificio de la órbita era un pozo negro en la cara blanca. El temblor se fue calmando a medida que Marietta le frotaba el pecho y la espalda. Mara se había quedado parada al pie de la cama. La vieja murmuraba algo que parecía una letanía pero que eran simplemente las palabras cariñosas que se dicen a un enfermo. Mientras lo hacía, miraba el rostro de Altea, leyendo las expresiones que iban provocando sus palabras, y hasta creyó verla soplarle en la cara como para apartarle el pelo.

     ¿Escuchó Mara realmente el eco de eso aliento en la órbita vacía, que sonó como una ráfaga helada en una caverna?

     Marietta sonreía. Dejó de frotar el cuerpo, que ya no temblaba. Acarició la cara y los bordes de la órbita vacía.

     Mara tuvo miedo. La había traído no para la esperanza, sino para el desahucio.

     - ¿Qué piensa usted? -quiso saber, ansiosa.

     - ¿De qué? -preguntó la otra, sin darse vuelta.

     Como no recibió respuesta, preguntó:

     -Si no es sincera conmigo, cara mia, no espere que yo lo sea.

     -Creo que no vivirá…

     - ¿Es una premoción o un deseo?

    Mara no contestó.

     -Para muchas de nosotras, al principio es confuso, pero está claro que, en usted, querida, el deseo es el origen de toda causa. Es por el chico que acaba de dar a luz esta mujer, ¿non e vero?

     -Por mí, el chico puede morirse, pero sin él no retendré al padre.

     La vieja se levantó de la cama y se paró a su lado. Señaló sus oídos en un gesto que indicaba que Altea las escuchaba, y sobre todo las veía.

      - ¿Y usted cree que lo retendrá? Los hombres dicen que no nos entienden y nos subestiman. Nosotras somos tan diferentes como ellos en cada momento, pero sabemos los que fuimos y seremos. En ellos la ambivalencia no tiene comunicación entre sí, no recuerdan lo que fueron y fallan continuamente en cuanto al futuro. Su idealismo es cruel y no se dan cuenta, porque se olvidaron del daño que hicieron un momento antes. Son chicos caprichosos convencidos de su razón. Sí, eso los hace inocentes, pero también los hace asesinos por naturaleza. Destruyen todo con las buenas intenciones.

     - ¿Y nosotras?

     -Matamos a conciencia. Por eso no hay dolor ni remordimiento. Cuando ellos recuerdan, la culpa es tanto más grande cuanto más ingenuo fue su motivo. Y se les prende como una garrapata.

     Mara se sentó en una silla junto a la cama. Marietta hizo lo mismo del otro lado.

     - ¿Ella es como nosotras? -preguntó Mara.

     -Sí, pero no lo sabe. Y ese hueco es el artificio mecánico, como diría Gregorio, es el instrumento.

     - ¿Instrumento para qué?

     La lluvia empezó a caer sobre el tejado. Mara se levantó a mirar por la ventana. El campo estaba gris y la lluvia se movía como múltiples cortinas vapuleadas por los vientos. Algunos hombres corrían a refugiarse en los establos o bajo la recova.

     La habitación se había ensombrecido a excepción del fuego del hogar, que iba sufriendo por las ráfagas que descendían por la chimenea.

     De pronto, vio una luz muy tenue desde la cama. Marietta continuaba sentada de frente a Altea. Mara dio la vuelta y entonces notó la luminosidad desde el hueco de la órbita de Altea. Era ahora un orificio circular de forma perfecta, tal vez porque la luz ocultaba los bordes irregulares del hueso.

    ¿A qué se perecía?, se preguntó.

    -Es como la luna llena, ¿non é vero? -dijo la vieja. -Mire bien, querida, la luna - a diferencia del sol, tan brutal y violento, que se parece a un hombre arrebatado de ira- tiene la virtud de dejarse ver a simple vista, con todos sus defectos. Incluso los ilumina para que veamos sus irregularidades. O tal vez sea que esa luz viene de esos defectos. Los errores de la naturaleza son un número cero detrás de toda cifra: crecen hasta abarcarlo todo, y convierten la nonada en el objetivo del mundo. La jactancia se convierte en orgullo, algo que los hombres no entienden salvo cuando destruyen su ambivalencia y se hacen uno con su lado femenino. Reniegan de él porque lo creen debilidad, pero es el número cero después de la última cifra.

      Mara se sentó en la cama. La luz de la luna se había hundido en el pozo del rostro. La superficie de la luna, sin embargo, no estaba quieta. Había nubes en grandes cúmulos que se desplazaban como remolinos lentos, había destellos pequeños como chispas de fuegos recién encendidos. Hacía frío y eran necesarias las fogatas que los habitantes de la luna estaban preparando para el devenir de la noche polar.

      El ruido de la lluvia repiqueteaba violentamente sobre el tejado, y perturbaba la superficie de la luna que como un ojo amarillo habitaba y sobresalía levemente de la cara de Altea. Tanta agua estaba cayendo, que intentó mirar al campo por la ventana una vez más, por si se avecinaba una nueva inundación. Pero el campo estaba seco mientras caía la lluvia, y el barro era simplemente una sustancia despreciable que los hombres expulsaban con sus botas.

     Sin embargo, la superficie de la luna estaba siendo afectada, a media tarde, poco después del mediodía, dentro de una habitación en el casco de una estancia brasileña de un pueblo chico, sufriendo el encierro dentro de un pozo rodeado por paredes de hueso. Se estaba deshaciendo en fragmentos a través de grietas que se formaban a todo lo extenso de la superficie. La luna luchaba por crecer, por expandirse, quizá.

     Mara miró a Marietta, tan cerca suyo, pero tan lejano su pensamiento, penetrado por la luz de la luna. Los ojos de la vieja, verdes como agua de aljibe, reflejaban la luz que se estaba convirtiendo rápidamente en llamas altas que despedían lenguas de fuego.

      Miró a Altea: tenía toda la cara cubierta de llagas. El pozo luminoso se movía, como si desde el fondo empujaran el globo de fuego. Pensó qué pasaría si el fuego se expandiera finalmente y quemara la casa bajo la lluvia de esa tarde. El agua o el fuego, ¿cuál sobreviviría?

      Escuchó el crepitar de algo que se quemaba. Recordó la guerra del Paraguay, los últimos resabios de la guerra que llegó a ver cuando era tan chica y apenas había pisado América. De la mano de Santiago vio desde un puerto cualquiera, en Corrientes o en Paraguay tal vez, la quemazón de los cadáveres que habían quedado sobre el campo de batalla. Ese ruido de huesos crepitando fue más intenso que el olor, porque eran como bombas de metralla que los muertos disparaban sobre los vivos que contemplaban todo eso. Mara había llorado sin poder evitarlo, un nudo se le había formado en la garganta. Santiago la había abrazado, apretando su cabeza contra el pecho.

     Era el mismo ruido.

     Volvió la vista hacia la ventana y el campo. De la tierra se levantaba un halo gris, tal vez el polvo que subía por el azote de la lluvia y volvía a sentarse ya definitivamente húmedo y pesado, quizá el vapor desprendido de la distinta temperatura del agua sobre la tierra. Fuese lo que fuese, el halo gris era como la superficie de un río sin límites. Un mar, posiblemente.

     El crepitar despedía astillas y fragmentos de huesos.

     Caían sobre la superficie del agua.

     Miró la luna resquebrajada, torcida como un viejo desnudo que se estuviese muriendo y protestara inútilmente de ira e impotencia.

      Y los hijos de la tierra, -los peones que iban de un lado a otro de la estancia con herramientas o tirando de las riendas de las mulas, las mujeres que llevaban pavas y platos, todos corriendo bajo la lluvia, riendo alegres-, robaban lo que encontraban: los huesos que caían desde el cielo.

     Y con todo eso construían sus casas, sus ciudades. Y formaban naciones que guerreaban unas con otras con ese mismo fuego.

     Mara ahora lloraba otra vez como en aquella ocasión tantos años antes. Ahora ya no tenía un nudo en la garganta porque no tenía angustia sino el curioso sentimiento de lo natural. El fuego quema, y por lo tanto es natural y necesario que el hueso también sufra. Y toda la carne que lo rodea.

     Los instrumentos se gastan, se rompen, y debemos desecharlos. Algunos son arrojados a la calle, pero otros quedan para siempre abandonados en algún desván, alguna habitación que ya nunca se visita.

     El cuerpo de Altea, ya sin luz, con el hueco del ojo frío y seco como un páramo, quedó sobre la cama, hasta que en la noche los hombres vinieron a buscarlo.

 

     La noche del cortejo hubo mucha gente en la estancia. Aunque a sus dueños no les agradase, no todos los días se moría alguien allí. Y como correspondía a la opinión que tenían formada todos por los alrededores desde hacía unos cuantos años, porque nadie se acordaba bien en realidad cuándo habían llegado los Ansaldi, prepararon la casa para el cortejo fúnebre apropiado.

     Cuatro mujeres del pueblo de Aparecida arreglaron el cuerpo. Eran cuatro curanderas con mala fama, y que veían en Marietta Sottocorno una enemiga con que sin embargo debían fingir estar bien, especialmente en una ocasión como esta, cuando podían espiar el interior de la casona y quizá descubrir algo de lo que tanto se comentaba en el pueblo: fetiches que Ansaldi traía desde África, o raros elementos de quiromancia traídas de la vieja Europa.

     Desvistieron el cuerpo, lo lavaron, volvieron a vestirlo con una mortaja blanca, ya que poco antes había alumbrado, y no era de buena suerte para el niño que su madre fuese enterrada de negro. Marietta supervisaba todo desde la puerta. Mara observaba y se ofrecía a ayudar, pero las mujeres no se dignaron contestar a esa extraña. Una de ellas, la más vieja y que debía ser la hermana mayor y la tía de la más joven, hizo un gesto de desprecio cuando Mara se acercó.

     - ¡Arriaga! -gritó Marietta.

     La otra la miró, asintió con la cabeza y no dijo nada.

     Más tarde se enteró que las Arraiga eran todo un clan de mujeres donde los hombres eran dos o tres, el padre y uno o dos hijos. Decían, las malas lenguas del pueblo, que cuando nacía un hijo varón, los dejaban morir en la cuna. Los escuchaban llorar durante días si el chico aguantaba, luego, nada más que el silencio y la cuna preparada para recibir a la próxima hembra. Todas se dedicaban a lo mismo cuando crecían. Eran las estetas de los muertos.

    Maquillaron el cuerpo, peinaron los cabellos blancos. Lo adornaron con pendientes tan pequeños que sólo se notaban cuando la luz de las velas los hacía brillar con el destello de una luciérnaga. Lo perfumaron con una mezcla de inciensos donde prevalecía un aroma levemente parecido al cáñamo. Nadie habría sabido decir por qué de tal elección, pero reconocían el curioso efecto de lo que creían una anomalía en las costumbres.

     Ya entrada la noche, había dejado de llover y el cielo estaba despejado. La luna alumbraba el casco de la estancia, pero no parecía envidiar las múltiples lámparas encendidas y los fuegos de los peones por los alrededores. Cuatro hombres entraron con el ataúd, colocaron el cuerpo dentro y lo llevaron a la sala principal de la casa para velarlo.

      Durante toda la noche los visitantes fueron pasando uno por uno. Nadie de la zona la había conocido antes, pero casi todos lloraban al acercarse al féretro. Mara y Valverde estaban sentados en sillas pegadas a la pared detrás del ataúd. Los dueños de casa permanecían parados recibiendo y saludando a los visitantes. Toda gente del pueblo, unos pocos amigos de más confianza, los Gonçalvez, por ejemplo, cuya empresa se encargaba de casi todos los servicios fúnebres. De ellos eran el cajón y los empleados que lo habían cargado desde el pueblo. Valverde escuchó el apellido y observó cuánto se parecían a Estanislao.

      Eran las tres de la mañana cuando la gente se fue y quedaron ellos cuatro con dos de las Arriaga y dos de los Gonçalvez. Mara se levantó de la silla. Le dolían las piernas después de estar sentada varias horas. Caminó dando vueltas alrededor del féretro. Las llamas de las velas se movían con sus pasos. Demasiado silencio, se dijo, como si de pronto me hubiese vuelto sorda. ¿Acaso mis zapatos no suenan sobre el piso de madera? Y estos hombres tan fuertes del servicio fúnebre ¿acaso no respiran? ¿Y la voz tos de Ansaldi cascada por el tabaco?

     Pero el silencio era natural a la muerte, y también era necesario para que ella fuese la primera en escuchar lo que llegaba.

     Los acostumbrados aleteos de los murciélagos del Brasil, que estaban a sus anchas en su territorio, llegando quién sabía desde donde, pero que se acercaban con un sonido creciente como nunca había escuchado. Eran muchos más que antes, quizá.

     Los aleteos crecían, y sin embargo nadie allí dentro parecía prestar atención. Mara les había tenido miedo en el barco, pero ahora el temor se había convertido en una angustia que comenzaba a transformarse en desesperación. No había donde esconderse. Invadirían la estancia, entrarían en la habitación que tenía todos los ventanales abiertos. Apagarían las velas con su vuelo, volcarían los candelabros, romperían las cortinas, dejarían excrementos sobre el cuerpo de Altea.

     Entonces entraron por las ventanas y las puertas. Ansaldi y Marietta no se movieron, giraban la cabeza para contemplar el vuelo de los murciélagos, que los rodeaban sin tocarlos. Las Arriaga protestaban y se tapaban la cabeza con sus pañuelos grandes, los hombres se sacudían cuando los tocaban y sentían las patas encima o los chillidos los aturdían. A veces los Gonçálvez reían al escucharlos, otras ponían cara de ira o terror.

      Hay lenguajes que sólo los hombres entienden, eso bien lo sabía Mara. Porque había visto el rostro de la desesperación en José.

      Los murciélagos volaban rápidamente por toda la sala. Subían y bajaban del cielo raso, algunos se asentaban colgando boca abajo en las vigas, y otros pocos hicieron lo mismo del borde del féretro. Mara quiso espantarlos, y lo único que logró fue que se apoyaran sobre el cuerpo de Altea, arrastrándose con las alas sobre el cadáver, acercándose a la cabeza. Aquel movimiento conjunto parecía una procesión.

     Mara había comenzado a temblar. Tenía mucho miedo, no por Altea, porque ya estaba muerta, ni por ella misma o por los demás, que ya estaban acostumbrados. Se tapó la cara, encerrando el grito que se le iba escapando si querer. Y no pudo contenerlo cuando los murciélagos se metieron en el vacío del ojo.

     Simplemente iban desapareciendo dentro, y no había más luz que la de la luna entrando por los ventanales.

     Los aleteos de los que seguían volando provocaban luces y sombras vertiginosas que confundían las cosas: hombres que pasaban, brazos que se agitaban, cortinas que se balanceaban, y hasta los objetos fijos se movían por efecto de las sombras.

     El cráneo de Altea comenzó a quebrarse por la entrada de los murciélagos. El cráneo era una estancia de adobe, de madera, de cal que fácilmente podía ser resquebrajada.

     Pensó, de repente, en José. Su nombre escrito en el vuelo de los murciélagos. Los golpes que ella le había dado en la cabeza. Las pesadillas que nunca habían cesado del todo y que ella intentaba contener acariciando su cuerpo, mimándolo en el pozo profundo de sus sueños. Lo había escuchado decir que a veces la cabeza parecía estallarle.

     Manuel había muerto expiando con largo dolo, la muerte de un chico, y José también moriría porque Altea iba a llevárselo.

     Esa enemiga que había creído débil en vida, impotente durante la enfermedad y definitivamente vencida después, era ahora más fuerte que Mara porque tenía a los murciélagos de su lado.

 

 

 

*

 

 

 

Al mediodía siguiente, el cortejo fúnebre estaba formado por los cuatro empleados de los Gonçalvez, pero uno de ellos había sido reemplazado por Valverde, que ayudaba a cargar el féretro. Delante iba un cura y un chico que intentaba seguirle el paso, pero se distraía rascándose el pelo y de tanto en tanto se levantaba la toga para rascarse un sarpullido de pulgas. Detrás del cajón, iba el matrimonio Ansaldi tomados del brazo, él orgulloso y altivo, ella mirando al suelo.

     Mara iba caminando unos pasos atrás, abstraída. Pensaba en José y en su próxima muerte. Los signos que había visto la noche anterior se lo confirmaban: los murciélagos, los dolores de cabeza y las pesadillas que lo molestaban desde hacía tanto tiempo. Algo se había estado tramando en contra de los hermanos Menéndez Iribarne, una inquina que era un castigo, quizá, o una simple compensación ancestral que involucraba, tal vez, no los juicos morales de los hombres, sino el sentido de la culpa que les habían inculcado. Tantas veces él le había contado las tradiciones de su familia en Cádiz, la relación con la Iglesia y la entrega de un hombre de cada generación. El mérito y el desmérito se transformaban así en cánones que no podían ser rotos sin destruir el completo sentido de una casta. La cultura formaba parte de todo eso, igual que las tradiciones y los ritos, y el dinero, por sobre y por debajo de todo aquello. El poder de la Iglesia y el mantenimiento y reputación de una familia eran todo lo que había que conservar a rajatablas.

     Los hombres se acostumbran a todo, aceptándolo y callándose la boca. Matando a otros o golpeándose el cuerpo si no se atreven. Pero principalmente modelando sus mentes al deber y la obediencia.

    Porque la culpa está demasiado arraigada, con enormes raíces de muy antiguos árboles que han crecido uno junto al otro en una selva oscura. Marañas por encima y por debajo de la tierra. Y entre los recovecos de las ramas y de las raíces, siempre se forman nidos de criaturas que nadie conoce y cuyas formas se van constituyendo a lo largo del tiempo. Pueden ser negras como el barro, grises como la ceniza o luminosas como luciérnagas que sólo se ven de noche. Pero todas estas criaturas tienen formas desconocidas y tan variables como la imaginación.

      Mara sabía todo esto porque había escuchado a José durante sus sueños. La imaginación alimenta los nidos de esas alimañas: la culpa es un cáncer que forma huecos y deposita células y gérmenes. La culpa es una bestia de tantas formas que nunca puede ser atrapada y combatida. La culpa se esconde, se disfraza. Habla con la razón y actúa con la locura. Por momentos adquiere la imagen de Dios y recrea en el espíritu y el cuerpo la beatitud de los santos. Por momentos es un caos de bestias que muerden, que pican y destrozan para volver a construir lo que volverán a morder, picar y destrozar un instante después. Lo que nace, muere. Lo que muere, nace.

     Eso es el infierno, se dijo Mara, caminando con los brazos cruzados. Pensando en cómo evitar que José Iribarne muriese, porque ella quería salvarlo como la había salvado a ella. José, con su ironía y su sarcasmo, con su impiedad y su perversión a flor de piel, con sus mentiras y sus secretos. El placer que sentía en su maldad, y el sufrimiento que lo realzaba por encima de todo otro hombre. Los que se portan bien, los mediocres, nunca serán realzados. El mal es una corona en la cabeza de muchos elegidos, es una realeza que evoluciona tan lentamente, que parece no tener cambios a los ojos de los convencidos. Pero los que dudan ven el infierno y el cielo en cada célula humana: el puente entre ambos está construido sobre un río seco y sin fondo.

     Mara sabe que la nada es sólo una palabra imbécil, tan contradictoria como únicamente la endeble lógica humana podría haber inventado.

     Pero ella veía los círculos que rodeaban las cabezas de todos los allí presentes en el funeral. Círculos de naturaleza infinita, como la cruz de la que le había hablado Natacha. Rodeando el río sin fondo: la única nada en donde todo se zambulle para desaparecer. Ni recuerdo queda.

     La verdadera nada es tan inconcebible como el vacío absoluto. Y allí está la imaginación del hombre para alejarse del torbellino de la desesperación. Crea formas, cánceres de simbolismos, monstruos de ideas, abismos visibles a cambio de la inverosimilitud de los pozos sin fondo.

     Las grietas en las rocas igual que fracturas en los huesos. Interrupciones, abismos fríos donde el frío corta y forma más grietas. A veces se llenan con algo, como bálsamos, pero de la sequedad que agrietó la estructura, no podrá obtenerse sino más sequedad.

     Mara leyó, alguna vez, o alguien le dijo, que la naturaleza no tolera el vacío. Pero mirando el cortejo que se desplaza lentamente frente a ella, varios kilómetros hacia el cementerio del pueblo, bajo el cielo inverisímilmente lúcido de un mediodía de invierno, ella sabe que la naturaleza no tiene nada que ver con lo que está pasando.

     La culpa, tal vez el remordimiento, es un niño que nace con un hacha en . Dios no tiene nada que ver con la naturaleza, como tampoco el vacío entre las piedras o la ruptura de un hueso. Lo que la ciencia explica con la ingenua mediocridad de su talento, la nada lo absorbe en el absurdo. La fractura de la nada se burla del círculo que la rodea, el caos como un dios que se forma y se destruye. La repetición sin tiempo es la desolación.

     Eso es lo que mató a Manuel, probablemente, la desolación. Y la que obstinadamente José ha intentado evitar con su constante actividad sin ambages ni escrúpulos. Como si su cuerpo fuese un escudo, lo puso delante de los murciélagos. Pero ellos salen del mismo ojo que los ve.

     Mara había sido una mujer a la deriva en un mar de aguardiente. El mar se había secado y sólo quedaba el lecho tortuoso de su alma, seco como un desierto, pero donde el calor generaba visiones que no eran precisamente oasis, sino mundos paralelos. Ella veía la vida de cada uno como múltiples vidas donde no cabía discernir cuál era la verdadera, quizá porque todas lo eran.

     José había hecho eso: secar el mar que la rodeaba y dejarla en un páramo, y el páramo era un paraíso de hastío, y el hastío era el acicate que la había hecho arrastrarse hasta el borde de una fractura, cuyo fondo tenía como límite el cielo.

      Levantó la vista y olió el aroma de cementerio, que estaba sobre una colina a poco más de cien metros. El camino de tierra había comenzado a hacerse pedregoso, los hombres del cortejo tropezaban y el cajón se movía a veces de un lado o del otro.

      Algunos perros los seguían también, desde la estancia, especialmente acompañaban a Valverde, con el cual tenían una afinidad que no dejaba de asombrar a todos. La gente del pueblo que iba tras ellos, en dos filas que se desmenuzaban y volvían a formarse en cada recodo del sendero de campo abierto, hablaban de los animales y de Valverde más que de la muerta, a quien no habían conocido. La “noruega” la llamaban, por su aspecto y por lo rumores que les habían llegado desde el sur. La mujer milagrosa que había dado a luz siendo una moribunda, la que se había recuperado y que sin embargo había muerto. ¿Habría visto alguien más que ella los murciélagos entrando en su cráneo esa noche? La vieja Marietta, quizá, pero no lo reconocería delante de los demás. Sin embargo, Mara adivinaba que toda esa gente lo sabía. No por nada se vive tanto tiempo junto a un matrimonio como el de los Ansaldi. La soledad nocturna de la estancia, el silencio de todos los animales excepto el de los perros, y el olor que llenaba el casco de la estancia y que se disipaba por las mañanas cuando llegaban las mujeres y los hombres. El olor de la bosta, de la leche hervida o cuajada, y las risas que vestían el silencio desnudo con ropas de trabajo o de holganza.

      Vio las cruces del camposanto surgir de la superficie corva de la colina. Era la joroba de un bufón gigante enterrado boca abajo. Hasta creía poder escuchar sus risas bajo tierra viendo la dificultad de los hombres para caminar entre las piedras que él había, tal vez, dispuesto sobre el terreno. Cuando estaban casi frente a la fosa abierta y preparada por los sepultureros, luego de atravesar metros y metros de tumbas con cruces torcidas o caídas, Valverde tropezó.

     Mara no vio cómo fue exactamente. Lo había visto sortear las piedras durante todo el camino con más destreza que los otros. Pero esta vez cayó al suelo con las piernas torcidas, el brazo enganchado en la manija del féretro y éste caído sobre su espalda. Lo vio intentar levantarse, pero el brazo debía estar luxado y el peso que tenía encima no lo dejaba acomodar las piernas para levantarse. Los otros tres hombres lo ayudaron.

      Mara no vio cuándo aparecieron los perros. Se había olvidado de ellos y ahora, de pronto, eran muchos los que corrían entre la gente, empujando y gruñendo. El primero se abalanzó sobre uno de los Gonçalvez, que intentaba acomodarle el brazo a Valverde. Los animales debieron creer que lo atacaba, porque primero uno y luego todos juntos mordieron al hombre. Jirones de tela, manchas de sangre con pelo, y ya pronto el cuerpo estaba casi desnudo, intentando protegerse la cara y la garganta con los brazos. Pero los perros le tironeaban de un brazo, y otros hicieron lo mismo con el otro, y luego las piernas, que se sacudían con espasmos intentando desprenderse de los dientes. Luego se ensañaron con su presa el resto del cuerpo, y con su cara.

     Valverde había gritado, pero su voz no era firme sino dolorosa. Estaba seguro de que lo obedecerían, pero su voz tenía más de dolor que de orden. Ansaldi se acercó, gritando, pero no le hacían caso. Nadie se atrevía a acercarse, por supuesto, los perros eran muchos, y mientras unos atacaban y no dejaban de morder y desgarrar la carne de Gonçalvez, los otros perros formaban un semicírculo protegiendo a Valverde.

     Hubo un disparo, seguido por otros, tal vez alguno de los hombres del pueblo llevaba una pistola siempre encima, aunque asistiera a un funeral. Fue lo único que pudieron hacer. Cinco perros murieron, los que tenían los dientes sobre el cuerpo de Gonçalvez. Los otros se fueron cuando Valverde pudo levantarse y ordenarles esta vez con voz firme e imperiosa. Estaba dolorido y el brazo caído, quebrado otra vez en el mismo lugar de la vez anterior.

     Ansaldi dio órdenes: que mientras algunos continuaban el entierro, otros cargaran al herido a la estancia. Mara estaba junto a Valverde, ayudando a calmarlo y caminar. Tal vez se hubiese rota una pierna, también, y la espalda le dolía tremendamente.

     Altea fue enterrada. Los hermanos Gonçálvez cumplieron el rito a regañadientes, y en seguido regresaron a la estancia a ver al otro. Pero el hombre se había desangrado durante todo el camino.

      Horacio Gonçálvez agonizó durante toda la tarde. Valverde se sentó al lado en la cama, tratando de distraerlo del dolor que no lograba calmar a pesar de las inyecciones. Hablaron de la familia. Había conocido a Estanislao, que era primo segundo de Horacio. Lo recordaba con afecto, pero no se podía hablar mucho de él sin que aparecieran rencillas y resentimientos. ¿Qué era de él?, preguntó. Valverde no quiso contarle la verdad. No lo he vuelto a ver, dijo. Al herido, sin embargo, ya no le importaba. Las heridas le dolían cada vez que respiraba. Tenía media cara sin carne, y se veían los huesos de la nariz y los maxilares. Los brazos y las piernas eran como piezas de anatomía montadas para una lección en la facultad de medicina, tendones cortados, músculos abiertos y huesos expuestos. El abdomen no tenía piel, y alguno de los perros parecía haber escarbado dentro, y el pecho era un armazón de costillas rotas.

     Cuando murió, a las cinco de la tarde, los hermanos lo velaron sin permitir que nadie más los acompañara. Sólo permitieron que las Arraiga lavaran el cadáver, cosiendo algunas heridas, tapando otras con telas, y luego lo vistieron con el traje que habitualmente usaban en los cortejos. Uno de los hermanos se había cambiado y lo había entregado para que se enterrara a Horacio con su traje.

      Mara no habló con Valverde sobre lo que había pasado. Luego de dejarlo apenas un poco más aliviado de la angustia, esa noche ella durmió en la sala, donde había un sillón grande. Pero ni siquiera se acostó. Permaneció sentada, pensando, hasta que se quedó dormida.

      Un perro estaba bajo el sillón, como si a ella también la cuidaran porque era compañera de Juan Valverde. ¿Pero si me vieran atacarlo? ¿O simplemente lastimarlo? Estaba segura de que cambiarían de opinión. La fidelidad a Valverde era lo más curioso que había visto en cualquier animal durante toda su vida en España o en el litoral. Si hasta Ansaldi le había sorprendido esa correspondencia de almas, porque era así como llamaba al fenómeno.

     Cerró los ojos y pensó en José con su hijo en brazos, en la proa de un barco atravesando el Atlántico. Por todos lados la superficie del mar con el reflejo de la luna, por todos lados el cielo lleno de estrellas entre las que se movía el mar. Pensó en su propio viaje en sentido inverso, ella en la popa tratando de ver lo que se empequeñecía cada vez más. Su hija Elsa en brazos del padre. Eso había sido una mañana de mucho tiempo antes, y el viaje de José se iniciaría de noche.

      La oscuridad luminosa era un buen signo para todos ellos. La dicotomía del alma, la ambivalencia del cuerpo. El espíritu de la duda era el equilibrio.

     José la había ayudado a hallarlo. Ella lo ayudaría a continuar.

     Se durmió, esta vez tranquila, y cuando despertó en la mañana. el perro estaba sentado a su lado, mirándola. Mara ya sabía lo que tenía que hacer. Le dio una patada. El perro no se defendió, pero luego del gemido de dolor, emitió un gruñido. Mara sonrió para sí misma, no debía dejar que un perro ciego viese su sonrisa escondida. Sí, la eterna contradicción, se dijo, era el germen sobre el que se había formado el mundo.

      

     Desde entonces discutió con Valverde, y Juan no entendía cuál era el objetivo que ella buscaba. Intentó verlo en su expresión, pero no encontró la obstinación de la antigua puta que había conocido alguna vez. La que abría su vagina, pero cerraba la boca a toda palabra. Tampoco estaba dispuesto a pensar mucho en eso, el brazo le dolía y el dolor era punzante, iba y venía con las horas y el cambio de la temperatura de la mañana a la tarde y de la tarde a la noche. Algunos perros siempre lo acompañaban en la habitación, donde ya no dormía Mara. Había aprendido a identificarlos, y les había puesto nombre a cada uno. No siempre eran los mismos, parecía haber una camaradería entre todos ellos que los hacía cambiar de turnos para cuidarlo. Se despertaba con el lamido de alguno sobre el brazo herido y comía con ellos en la cama. Las mujeres del servicio no querían entrar, y Ansaldi o Marietta tuvieron que traerle la comida. Cuando Mara entraba, notó que los perros giraban la cabeza hacia ella y emitían gruñidos desaprobadores.

     - ¿Qué te pasa con los perros? -preguntó Valverde una mañana con la bandeja del desayuno sobre las rodillas.

     -Nada, ¿qué va a ser? Si solamente a vos te quieren.

     Luego discutía sobre cualquier cosa, levantaba la voz y a veces lograba exasperar la paciencia de Valverde, saturada ya por el dolor que duraba demasiado. Cuando decidía callarse y no contestar, ella continuaba su discurso que iba más allá de toda lógica. ¿Se había vuelto loca?, pensaba. ¿Sería el remordimiento por la muerte de Altea? Si no la hubiese conocido de tanto tiempo se habría convencido de esta razón, pero Mara era distinta. ¿Lo era realmente? ¿Acaso no era también una mujer, aunque fuese una especie de bruja, de lo que no tenía más indicios que lo que ella misma le había contado? De todos modos, no escarbó más en los motivos de Mara. Él estaba ahora fascinado por los perros y su conducta, por ese instinto que no podía haber respondido más que a una especie de común ancestro entre ellos. El hombre primitivo y el animal se protegían uno al otro, y el instinto evoluciona en sentimiento. Al madurar, cristaliza en algo delicado que estalla a cualquier provocación o amenaza, aunque fuese la más nimia. Una palabra a destiempo, un tono despectivo, el movimiento incierto de una mano.

      La noche del domingo, Mara permaneció en la sala bebiendo el whisky que Ansaldi tenía en uno de los muebles del comedor. Había de todo: vodka, aguardiente, licores, coñac y vinos de todas partes del mundo. Eligió el whisky porque hacía mucho que no tomaba. Sabía que le caería mal luego de tanto tiempo, pero era necesario para esa noche. Sabía la cantidad que toleraría antes de no ser capaz de levantarse, así que bebió un vaso tras otro, puro, lentamente, mirando los relojes. Como siempre, uno funcionaba y el otro no tenía agujas, pero ambos marcaban un ritmo constante. Era la una de la madrugada, Valverde debía estar despierto todavía, leyendo tal vez, y tres o cuatro perros alrededor, unos en la cama, otros en el piso. Volvió la vista al reloj sin tiempo, y lo continuó observando un largo rato cuya duración sólo intuía por su propia cronología biológica: el ritmo de los latidos de su corazón acelerado que hacía pasar las horas como si fuesen minutos, la respiración contenida hasta hacerle doler el pecho. El whisky hacía su efecto.

     -Te extrañaba-dijo en voz alta, mirando el vaso, que dejó sobre el respaldo del sillón. Cuando se levantó, el vaso cayó al piso. Caminaba con mareos, se detuvo y respiró profundo. Ya estaba mejor. Fue hasta el fuego del hogar, agarró la pala y comenzó a caminar hacia la habitación de Valverde.

     Entró sin golpear, con la pala fuertemente sostenida con su única mano. Había una lámpara sobre la mesita junto a la cama. Valverde tenía un libro entre las manos y los anteojos puestos. La luz iluminaba el lado izquierdo del cuerpo y daba un todo de oro al vello crespo del pecho. No la vio, se había dormido con el libro abierto luego de aplicarse morfina, probablemente. No despertaría más que un grito, y eso era suficiente.

      Mara caminó sobre la alfombra hacia la cama. Un perro sobre el colchón, junto a Valverde, levantó la cabeza. Otros tres estaban alrededor de la cama, y quizá alguno más debajo. Debía pasar esa barrera. Quería que ellos sintieran la amenaza latente, pero también necesitara que dudaran hasta el último instante.

     -Buenas noches-les dijo. Ellos fueron sensibles al tono cordial. Se levantaron, retrocedieron y se sentaron.

     Mara entonces se paró junto a la cama. Debía ser rápida, no habría una segunda oportunidad.

      Descargó el golpe sobre la cabeza de Valverde. Sin fuerza, porque el whisky la había debilitado, por eso bebió. El alcohol a veces era un amigo que ayudaba sin preguntas.

      Hubo un grito, pero fue suficiente el movimiento de la pala alzándose con una sombra dibujada en el techo y el gemido gutural de la garganta de Mara. Los perros se le tiraron encima, sobre la espalda los tres que estaban en el piso y otros dos que salieron de debajo de la cama. El que estaba en el colchón sobre las sábanas, mordió la cara de Mara y no se desprendió hasta que, más tarde, los Gonçalvez entraron alarmados por los gritos y ladridos, y lo mataron.

     Cuando Juan Valverde despertó, tenía un gran chichón en la frente y un vendaje con hielo. Miró la cama, todavía llena de sangre porque no habían llegado a cambiarlo. Marietta y Gregorio estaban sentados, mirándolo, y los perros estaban otra vez alrededor, más vigilantes y desconfiados.

      -Lamentamos tantas desgracias, Juan-dijo Ansaldi. Pero Valverde no recordaba nada, tanta era la morfina que se había puesto, que incluso ahora seguía cansado, pero no le dolía nada.

      Los miró, preguntando qué había pasado. Le contaron. Juan pensó y pensó durante toda la tarde. Mara había sido enterrada en una tumba junto a Altea, y les había costado a las Arraiga recomponer por lo menos algo del cuerpo de Mara. Se habían dedicado especialmente a ella durante muchas horas de la noche. Marietta las había mirado trabajar desde la puerta de la habitación, pero esta vez no había rencor sino complicidad. A veces daba algún consejo, y las otras no se quejaban.

      “Al fin de cuentas era una Aranguren”, había dicho la más vieja de las Arriaga. En sus manos el silencio evocaba historias.

      - ¿Por qué lo hizo? -preguntó Valverde.

     Marietta le contestó con hastío.

     -Ustedes los hombres y su egoísmo. Las mujeres se mueren y ustedes se preguntan el motivo…-Se levantó, como cansada de escuchar idioteces, pero se dignó a contestar: - El motivo está en quien pregunta. - Y sin condescender más, se dio vuelta abrigándose con su chal de siempre, y salió de la habitación.

     

      No habían pasado más de diez días cuando Valverde ya estaba levantado y trabajando en los galpones de los perros. Pasó muchas horas allí dentro, caminando entre las jaulas, trepando por ellas, y haciendo notas que luego comparaba y corregía durante las noches en su habitación. A veces soñaba con Mara frente a él con la luz de la lámpara en la cara y la pala en lo alto de sus brazos. Por más que pensara, no podía convencerse de que fuese locura. A veces pensaba en el barco, en los que habían quedado. El chico recién nacido en manos de dos hombres que querrían disputárselo. Pero ella amaba a uno solo, y si una vez lo había golpeado casi hasta matarlo era precisamente por eso. El amor es una exquisitez que fácilmente se corrompe en manos brutas. Lo que ella no se había perdonado a sí misma, lo había compensado.

     Sí, ahora creía comprenderlo. José y el chico no debían ser separados.

     Pero esa era la historia de los otros.

     A la mañana siguiente se vistió con ropas que los peones le habían regalado. Las mujeres le prepararon un gran desayuno de despedida. Y mientras él comía frugalmente de toda esa mesa repleta de cosas ricas, miraba la carreta en la que subían las jaulas de veinte perros que había elegido y que taparon con lonas. Los que estaban sueltos irían caminando junto a la mula joven.

      ¿Pagaría por lo perros que se llevaba?

     -No, amico mio. Ellos son suyos, aunque yo no lo sabía hasta que usted llegó.

     Le había pedido que matara a los otros.

     El viejo dudó un instante, y dijo:

     -Si me ve dudar es por simple sentimentalismo, pero sé que debe hacerse. Usted, amico mio, es quien se encargará de ellos. Como esperaba, ha elegido los mejores.

     Valverde se despidió de todos, y se subió a la carreta. Los perros blancos se adelantaron frente a la mula, que ya estaba acostumbrada a ellos. Formaron una vanguardia para Juan Valverde de Amusco y su carga, desde la que se escucharon plañideros aullidos cuando desde los galpones en los que habían estado se alzaban columnas de humo.

       La carreta se fue alejando lentamente hacia el norte, tierra adentro, intentando entrar al Brasil profundo, bajo un cielo encapotado que se confundía con el humo gris de los perros muertos.

 

 

 

12

     

 

 

Mendoza miraba la costa, tierra adentro, adonde se habían llevado a Altea más de una semana antes. El cabo Domínguez lo había perseguido con la mirada los dos primeros días, luego había estado dando vueltas alrededor cuando lo veía desocupado, alternando un saludo con algún comentario trivial. Después, se presentó una tarde en su despacho y le había preguntado cuándo zarparían para continuar con los compromisos comerciales. El capitán le había dicho:

     - ¿A usted le parece que puedo seguir viaje antes de que vuelva la señora Altea?

     Domínguez no hizo más que callarse la boca. ¿Quién era ese cabo, se preguntó muchas veces Mendoza, detrás de la humilde sumisión con que se protegía? Lo había visto observar a la tripulación y al barco como si tomara notas con los ojos, y escribiera de memoria en su camarote en algún cuaderno ajado que escondía bajo el uniforme. Lo había visto leer los libros que Natacha le traía, lo escuchó hablar de historia y de política, y en alguna ocasión lo oyó enzarzarse en una discusión con Iribarne sobre España y sus colonias. Fue la única vez cuando lo vio levantar la voz y acalorarse. Observó el gesto de satisfacción de Iribarne al provocarlo, y la admiración que había producido en Natacha. Hasta el chico Ruiz se había sentado durante todo el tiempo que duró la discusión atenta a cada palabra y gesto del cabo.

      Domínguez sacó un papel del bolsillo y lo extendió al capitán. Era un telegrama del gobernador. Ya sabía que el cabo era un esbirro de Farías, pero no esperaba que se mantuvieran tan cuidadosamente comunicados.

      - ¿Y para qué me muestra esto? Con decirme que Farías manda esto o aquello…-La ironía nunca caía bien en el gesto de Mendoza, pero siguió porque necesitaba desahogarse - ¿No será usted algún pariente del gobernador, porque me parece raro que en sus filas tenga a alguien tan…cómo podría decirle…tan culto, tal vez? Es usted un hombre educado, cabo, y si continúa en ese rango no es porque no lo hayan querido ascender, sino porque sirve más de esta forma.

     Domínguez lo observaba a los ojos mientras la sombra velada del atardecer aparecía desde atrás de los muebles y las cortinas. El rostro del cabo era ahora severo, y parecía un escritor de esos cuyos grabados se ven al principio de los libros de filosofía o historia del siglo 17 o 18.

      -En realidad, capitán, soy un protegido del gobernador. Nací prácticamente huérfano en Posadas. Mi madre murió de puérpera unos días después de mi alumbramiento, y mi padre, quién sabe, dicen por ahí que fue un jesuita, de los pocos que quedaban por acá. A lo mejor, ya ni siquiera era un cura porque la orden había sido prohibida en todo el mundo, como ya sabe. Era un hombre, solamente, y mi madre, quién sabe…El gobernador dijo que era medio india, pero una vieja dice haberla conocido y me contó que era uruguaya, de una familia acomodada, qué sé yo, durante el sitio de Montevideo. El señor gobernador me mandó a estudiar a Córdoba, leyes y teología. Estuve en Buenos Aires recibiendo clases de Gutiérrez sobre historia y literatura. Cuando me vine de vuelta a Posadas, el gobernador me agarró de los hombros y me dijo: “Muchacho, no te puedo tener a mi servicio, ya sos demasiado inteligente para servirme”.

      El capitán Mendoza no pudo evitar una sonrisa.

      - ¿Y por qué le sirve de espía, entonces?

      - ¡Qué sé yo! A lo mejor mientras más se sabe más se duda. Una cosa es saber y otra aprender. Ya me di cuenta de que se aprende en la vida y no en los claustros.

      - ¿Y está dispuesto a arrestarme, o hasta ejecutarme, como dice acá, si me resisto? Disculpemé, cabo, pero no lo veo a usted como un militar muy avezado. Y es raro que Farías lo haya mandado con una orden tan terminante.

      -Mi trabajo era mantenerlo a usted dentro del río, capitán. Un disparo es una advertencia. Tengo experiencia de caza, capitán, y ya le demostré mi puntería cuando pasó lo de Iribarne.

      - ¿Pero está dispuesto a ejecutarme? No es lo que los Oro o los Funes le enseñaron…

      Domínguez se rio.

      - ¿De qué se ríe, cabo? - Mendoza quería aparentar enojado para ocultar su inquietud.

      -Es que, bueno, capitán, se dice desde hace tiempo que Funes fue uno de los que traicionó a Liniers y a los otros que fusilaron en Córdoba.

      El cabo tomó su arma que hasta entonces tenía en bandolera y presentó armas frente al capitán Mendoza, quien intentaba escrutar en cada acto de ese hombre que era una mezcla de muchos hombres, el cura sabiondo y el militar corrompido, especialmente. Pero a la vez no era ninguno de los dos. Había dicho, un momento antes, que se aprende en la vida, y el cabo, además de observar, actuaba.

     Se despidieron esa tarde, casi anochecida, en una despedida de silencio que implicaba conformidad. El capitán en su barco, el barco en el río, y el río que continuaba ya no como el Paraná, sino como Paranaiba. Hacia el este estaba la confluencia del Río Grande, pero los negocios que había contratado estaban del otro lado, el oeste más oculto y propicio para los tratos de Farías, que parecía extender su influencia cada vez más. Y había demostrado una inteligencia mayor a la que cualquiera esperara al conocerlo, al no mandar asesinos o ejércitos sino hombres diestros. Un abogado con aires de santurrón y un fusil en las manos le era más útil, sin duda. ¿Estaba él dispuesto a obedecerlo, o a arriesgarse a ser fusilado sin que nadie lo extrañara ni reclamase por su muerte?

 

      Pero antes de la visita del cabo, lo había mantenido en un estado de irritación la presencia constante de Iribarne. Iba y venía por la cubierta con el chico en brazos. Aún no le había puesto nombre porque se esperaba que lo hiciera la madre cuando regresara. Pero José no demostraba impaciencia por Altea, sino por algo que parecía llamarlo desde el norte, hacia donde llevaba su mirada cuando estaba distraído y con el bebé en brazos. Por más que fuese su sobrino, se dijo Mendoza, no comprendía esa ansiedad que le veía en la cara, en los gestos del cuerpo cuando sostenía al chico, y en los movimientos de las manos cuando lo mecían o le daba leche de cabra con una tetina de tela.

      -El tiempo está espléndido por esta zona- dijo Iribarne una tarde, sentado en la mecedora que había estado en la habitación de Altea y que sacó para dormir al bebé al calor de la siesta. Natacha y Carmen habían reclamado el cuidado del recién nacido, pero más allá de cambiarle los pañales o bañarlo, Iribarne se había apropiado casi todo el tiempo de él. De noche dormía en su camarote, en una cuna junto a la cama. Carmen se encargó de que todos supieran que lo había escuchado hablarle al chico, a veces canciones de cuna, otras oraciones católicas en latín, otras, quién sabe…Todo le parecía raro, y había desistido de entrometerse. Por esos mismos días había ya tomado la decisión de dejar el barco.

    -Capitán, si ya no me necesitan, quiero irme…

    - ¿Y va  a volver a las suyas?

     Carmen se rio, y la carne que escondía bajo el vestido y que tanto había dado que hablar tiempo antes, se agitó con su risa.

     - ¡Ya estoy vieja para eso, y muchas pestes me pesqué de ustedes, dicho de paso! Me refiero a los hombres en general, capitán... -Desvió la mirada, y alguien que no la conociera podría haber visto algo de rubor en sus mejillas.

      -Es que tengo primas y primos por acá en Brasil. Es cuestión de buscarlos, y mientras, ya me arreglaré.

      -Es usted libre, Carmen.

      Quiso continuar, y como no podía la mujer lo ayudó.

      -Nada de eso, capitán, nada de sentimentalismos. Necesito sentirme útil, sino siento que se me acaba la vida. Incluso siendo una puta…ya sabe lo que quiero decir…la sonrisa de un hombre en esos momentos es algo difícil de olvidar. Lo que ustedes nos dicen casi siempre son pavadas, y lo que hacen y construyen es admirable, porque lo hacen con el sentimiento transformado. Son ingenieros del cielo, ustedes, y cuando lo ven realizado, tienen una mirada de éxtasis absoluto. Convierten el sentimiento en pensamiento, y ese pensamiento entonces es casi celestial.

     En eso pensaba cuando se encontró con Iribarne una tarde sobre cubierta. Tenían la vista puesta sobre el noreste, sobre el Paranaiba.

      - ¿Cuándo cree que retomemos camino, capitán?

      -Ya le dije que cuando Altea regrese.

      José estaba seguro de que no regresaría, y probablemente Mara tampoco. Tenía que volver a España, y en estas latitudes era más práctico llegar lo más que pudiese al norte y la costa del Atlántico. Se levantó de la mecedora y se acercó al capitán, que miraba la costa con los brazos apoyados en la baranda, una bota metida entre las maderas, y fumando una pipa que tal vez había pertenecido a su padre o alguno de los otros famosos Hurtado de Mendoza.

     -No veo el motivo de que se comporte como un marido preocupado, capitán. Usted ya tiene una mujer, y Altea no es su esposa, ni este chico es suyo.

     Mendoza tranquilamente vació la pipa haciéndola percutir en la baranda, la metió en su estuche y guardó éste en un bolsillo.

      -Yo creo que tampoco suyo.

      Iribarne sostenía al bebé dormido con ambas manos, pero desprendió una para secarse el sudor de la frente y se limpió en los pantalones. Ahora sonreía con sorna.

     -No me haga hablar, capitán, porque nos iremos a las manos.

     -Si se escuda con un bebé seguramente que no…

     Iribarne se dio vuelta para dejar al chico en la mecedora.

      -Ahora nada se interpone...-Apenas lo dijo, Mendoza le dio un puñetazo que lo derribó al piso. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de hacerlo. Algunos hombres habían visto pero no se acercaron.

      Iribarne se secó la sangre del labio e intentó parase con dificultad, todavía le dolía la pierna. Cuando estuvo de pie, dijo, levantando las manos:

     -Está bien, usted gana la pelea, pero déjeme hacerle saber que en ese chico corre sangre mía, capitán. Ese chico me pertenece por derecho, y sin su madre…

     Mendoza lo agarró de la ropa.

     - ¿Y usted qué sabe?

     -Lo mismo que usted, querido, si tuviese tanto valor de mirarse a sí mismo como el que tiene al enfrentarme.

     Mendoza lo soltó y vio al cabo observando todo desde lejos, casi desde la otra punta del barco. El chico Ruiz estaba con él, y el perro Max.

  

     Finalmente, los dos, Domínguez e Iribarne lo convencieron a retomar el camino hacia el Paranaiba. Mientras daba la orden, no sabía si eran su boca y su voz las que pronunciaban las palabras, sino algo más que llamaría fatalidad si no fuese católico, o culpa si seguía las creencias en las que había sido formado. En el norte está el principio, y en el principio las causas. Buscando los motivos de las cosas, exploramos hacia la profundidad, pero no es el sur adonde llegamos, sino al norte: el hueco oscuro del cráneo lleno de anfractuosidades, como lo había visto en los libros de anatomía en la biblioteca de Aurora Valverde. Le había hablado de grietas y canales por donde pasan nervios y arterias, de fracturas que parecían haber estado desde el inicio del hombre, como si el cerebro humano fuese un mar sometido a inagotables torbellinos de viento, formando esas playas de huesos como rocas deformes. Y entre todos ellos el os sphenoidale igual a un pájaro de alas petrificadas que ha encontrado una única manera de levantar vuelo: creando un espacio vacío por donde hacer pasar todo lo creado. Y con ese fermento, emprender el vuelo hacia las zonas profundas donde ya no haya huesos ni sangre, sino el sepulcro del olvido.

 

 

 

*

 

 

 

El Paranaiba era estrecho, y era muy probable que encallaran. Sin embargo, luego de mantener la guardia las veinticuatro horas, comprobaron que el cauce era suficientemente profundo para el “Juan Manuel”. Durante varias noches, mientras acompañaba la vigilia de sus hombres, y esperando sentir en cualquier momento el roce de una roca o el sordo freno de un banco de arena, o quizá el detritus de troncos y ramas que se acumulaban en todo río de corrientes lentas, pensaba si valía la pena lo que estaba haciendo. ¿Pero acaso era ese viaje una obligación contraída por la extorsión de Farías, o no era ya su objetivo desde que había comprado el barco? Había sabido, desde Buenos Aires, que la empresa no sería fácil, que encontraría escollos en cada kilómetro del recorrido, que no podría conocer la realidad del río antes de haber hecho el recorrido completo, que encontraría desastres naturales, que habría negocios que no podría cumplir. Y allí estaba, en Brasil, con el barco casi intacto. No eran el dinero ni el éxito de los negocios lo que lo había impulsado, esas eran excusas.

      El barco ascendía hacia el norte a lo largo de uno de los ríos más extensos del mundo, lleno de infructuosidades, de recovecos, de múltiples climas, costas, pueblos y gente. Pero el capitán y su barco estaban intactos, por lo menos a la vista de aquellos que los veían pasar desde las riberas empobrecidas. Un velero francés con una gran chimenea a vapor, una especie de monstruo que no pertenecía a ninguna época, sino a una peculiar transición, como el otoño que recientemente habían dejado atrás. Y el invierno al que habían entrado era más caluroso que aquel. El sol refulgía en los metales de las escotillas y la chimenea, y la madera de cubierta lucía pulcramente brillante y limpia. Los hombres habían aprendido, por fin, lo que él deseaba, y ellos deseaban, ahora, lo mismo. Sin mujeres, ellos eran los dueños de casa. El barco era únicamente suyo. Con excepción de la mujer del capitán, que se había eclipsado, encerrada en su camarote, dedicada a su culto por el hijo muerto, o a rezar a los fantasmas que veía en los rincones del barco.

       Mendoza extendió los mapas sobre el escritorio frente al timonel. Aníbal Molina había crecido en estatura y experiencia. El cargo que ocupaba desde la muerte de Márquez no le había quedado grande. De pronto, luego de vacilar al principio varios días, se había vuelto inquieto y atento a todo lo que pasaba. Ahora tenía los ojos puestos en la guardia de proa, los oídos desdoblados para sorprender cualquier ruido bajo quilla o cualquier indicación del capitán, que a sus espaldas consultaba la cartografía que él recién estaba comenzando a entender.

      Era de noche, pero la luna era grande y la luminosidad dejaba ver cualquier escollo que pudiera interponerse en el camino. La luz de la luna penetraba las aguas y se perdía hasta morir. Y fue esa noche cuando escucharon los primeros cañoneos. Ambos levantaron las cabezas y miraron a los guardias, que señalaban hacia la costa del Brasil. Destellos de luz aparecían unos segundos antes de escucharse el cañoneo. Era una conversación monótona: disparaban de un lado, desde el sudeste, y respondían desde el noroeste luego de un rato. Parecían dos enemigos que cumplían una rutina, o dos amigos que se contestaban con pereza.

      Apareció Domínguez con el rifle bajo el brazo.

      - ¿Sabe algo de eso, cabo? -preguntó Mendoza.

      -Son los rebeldes, no se rinden desde la asunción de la República.

      El capitán agarró los binoculares y exploró la costa.

      -Se ven soldados a la luz de la pólvora, parecen republicanos.

      - ¿Muchos?

      Mendoza notó preocupación en la voz del cabo.

      -No puedo saberlo desde acá, pero se mueven con rapidez hacia el sudeste.

      Fue recorriendo la costa, sentía la ansiedad de Domínguez para que le cediera los binoculares. Tal vez pudiera utilizar esa ansiedad para sonsacarle más de lo que ya había dicho. El cabo era una cebolla con incontables capas. O una caja de Pandora.

     Cuando dejó los binoculares, Domínguez estaba mirando el mapa y señalaba un recorrido con un dedo a lo largo del río. Tenía un lápiz y marcaba un itinerario que no representaba más de cinco kilómetros.

      - ¿Hay algún negocio del que no esté enterado? -preguntó Mendoza.

      -A estas latitudes, capitán, ya se habrá dado cuenta que no podemos avanzar más. El río termina, o nace en realidad, en grandes lagunas que cambian todos los años. Usted no conoce mucho por estos pagos, pero yo conozco todo esto desde que era chico.

      - ¿Y para qué me obligó a venir hasta acá a riesgo de encallar? Si era por el dinero, mire que todavía tenemos que encontrarnos con unos negreros de Bom Jesús. - Pensó en Tomasa, y era mejor que se hubiera muerto antes de escucharlo ahora.

      -Porque en realidad no es necesario que lleguemos a la ciudad. En la costa podemos encontrarnos con los pasajeros.

      - ¿Pasajeros a dónde?

      -A seis kilómetros sobre la costa brasileña nos espera un bote con una pasajera. Es una misión diplomática, capitán, aunque no oficial.

      Otra capa descubierta, se dijo Mendoza. Farías y su hermano en Buenos Aires eran partidarios del imperio, eso decían en todas partes. Y aunque era seguro que el gobierno de Buenos Aires los apoyaba, no podía aprobarlo oficialmente. Las tramoyas con el Imperio durante y después de la guerra eran más complejas que un juego de ajedrez, y los argentinos siempre reclamaban la honra después de perder la dignidad.

      -Así que esa siempre fue su misión al acompañarnos-dijo Mendoza-. Rescatar a algún miembro de la familia de Don Pedro, ¿no es cierto?

      -Lo que ellos hagan no nos interesa, sólo son favores diplomáticos que se devuelven.

      - ¡Pero la puta madre que lo parió, Domínguez! ¡Hable sin rodeos de una buena vez!

      La voz del capitán había sonado tan fuerte como el golpe sobre la mesa. Los guardias miraron desde la proa, Molina escuchaba sin dejar de vigilar la superficie del río.

      -La quieren ayudar a recuperar el trono, a Isabel, la hija mayor. Dicen que no está segura y quieren llevara a Portugal. Desde allá, quién sabe…

     - ¿Y debemos llevarla a Buenos Aires?

     -Eso es, capitán. Pero nadie debe saberlo, por supuesto.

     -Bueno, supongo que el Imperio es suficientemente rico como para pagarnos este favor. ¿O yo sigo con el yugo al cuello y debo convertir a mi barco gratuitamente en una carroza imperial?

     -Nada es gratuito, capitán. Lo que dijo el gobernador sigue en pie. No hace falta que entregue nada de lo que ganó, pero debe llevarnos a Buenos Aires.

     Los cañonazos volvieron a sonar durante el resto de la noche. A veces más fuertes y seguidos, otras como toses de perros.

      Al amanecer todos seguían en sus puestos. Mendoza estaba parado con los brazos cruzados, pero los ojos se le cerraban. Molina, como atado al timón, no relajaba su voluntad. Su cuerpo se había hecho tan resistente como ella. Se había dejado la barba más larga, porque lo hacía sentirse más capitán que timonel, se había sacado la camisa y exponía su pecho y los músculos de sus brazos porque así se sentía más seguro de sí mismo. Sus ojos, sin embargo, estaban cansados. Los guardias eran otros ya al comenzar la mañana.

       Les llevaron la comida del mediodía. Apartaron las cartas, los compases y brújulas. Pusieron los platos sobre la mesa y se sentaron en cajones. Comieron en silencio hasta que apareció Iribarne con Bernardo. Habían intentado que el chico no estuviera todo el tiempo con ellos, pero qué otra cosa podía hacer. No había más niños y a veces se cansaba de jugar con el perro, o Max lo dejaba y se acostaba en un rincón sin hacerle caso.

       - ¿Son esos lo putos brasileños que se pelean entre ellos? -preguntó José.

       Mendoza asintió con la cabeza.

       - ¿Tenemos negocios con los monárquicos, no es cierto?

       Como no le respondieron, se dio por afirmado.

       -Me imaginaba. ¿Y cuál será nuestro rumbo, capitán? ¿Volver a Buenos Aires? Yo me bajo en el próximo puerto, le aviso.

      -Mejor para todos, Iribarne-dijo Mendoza.

      - ¿Y qué va a hacer? -. La pregunta de Domínguez, como siempre, parecía casual.

      -No sé qué le puede importar a usted, querido-dijo Iribarne, señalándose la pierna. Pero no podía dejar de jactarse frente al tipo que lo había disparado, y siguió diciendo: - Tengo muchos conocidos, negociantes en todos los ramos, ya ustedes saben, me imagino. Tal vez puede sacar unos cuantos reales.

      -Con su labia tal vez les venda a unos los que les compró a los otros. De negocios sabemos todos, Iribarne, desde el Gobierno hasta el último peón.

      Mendoza hablaba sin soltar el tenedor, moviendo la mano en cada énfasis. Mirando luego a Domínguez, le dijo:

       -No se preocupe, cabo, este hombre es un camaleón. Para él tomar partido es ponerse una cuerda al cuello. Pero el señor se mueve como un elefante en una cristalería, nadie lo escucha ni nota nada.

      -Gracias por el cumplido, capitán. Es lo mejor que me han dicho en mucho tiempo. De todos modos, no se preocupe, cabo, no voy a arruinar sus planes, tengo otros negocios menos lucrativos, pero más…cómo diría, sentimentales y duraderos en vista. ¡Bueno! -dijo frotándose las manos y con una gran sonrisa. -Iré diciéndole a la señora Natacha que prepare las cosas del niño.

     Mendoza miró a Bernardo, pero comprendió enseguida su error, y se levantó.

     -No pensará llevarse al hijo de Altea, ¿no?

     -Me llevaré a mi sobrino, capitán, se lo recuerdo una vez más, y no veo que nadie en este barco tengo más derecho que yo.

     Mendoza entendía, por supuesto. El presentimiento ya no lo era, pero decirlo en voz alta habría sido como decir al viento que él era un asesino, que era un infiel, que era un cobarde. Era todo eso, y aún seguía siendo un hombre. Eso que lo molestaba no podía decirse en voz alta: la hipocresía que echaba en cara a Domínguez e Iribarne, a él le nacía desde el fondo de su alma.

      -Mandaremos una esquela a la estancia de los Ansaldi, preguntaremos por Altea. - Su voz era calma y razonable.

      -Usted está mal de la cabeza, capitán. Lo comprendo, la culpa…-dijo, golpeando una mano sobre el pecho. -Si Manuel viviera, habría sabido qué versículo citarle, pero yo sólo me acuerdo de esa frase que decía: propter culpam mean, tres veces.

      Sonaron tres cañonazos, sin intervalo. Y la iniquidad que adivinaban en ese número se confirmó cuando otros muchos respondieron. Miraron hacia la costa del Brasil, que en pocas horas se había transformado en un campo de batalla muy cerca del río.

      Donde antes había sol, ahora estaba encapotado por nubes que no eran nubes, sino humo de chozas y bosques incendiados, y sobre todo del cañoneo constante de los cuales no se veían más que chispas en la humareda densa que avanzaba sobre el río.

      Los guardias de proa habían desaparecido de su puesto y corrieron a esperar órdenes.

      - ¡Nos están disparando capitán!

      Mendoza exploró con los binoculares una vez más. Esperaba estar seguro de lo que sus hombres le decían. Hasta ahora no habían recibido ningún daño y el agua estaba tranquila.

      - ¿Qué espera para responder, capitán? -dijo Iribarne.

      - ¿Cree que con rifles y pistolas vamos a vencer a esos cañones?

      - ¿Y para qué tiene esas antiguallas abajo?

      -Están desensamblados, Iribarne. ¿Usted cree, Domínguez, que van a atacarnos?

      -El aspecto del barco es confuso, capitán. Es un barco francés y con todo el aspecto monárquico. Los republicanos parecen estar ganando allí en la costa. Arríe la bandera argentina.

      Sí, debió haberlo hecho en cuanto entraron en zonas de fronteras, Mendoza lo sabía. Mandó a uno de los hombres, a uno de los más viejos, Antúnez, pero ya era tarde. Antúnez cayó sobre cubierta casi partido en dos por las esquirlas del primer disparo certero desde la costa. Todos los hombres corrieron a refugiarse, con rifles en las manos, disparando sin esperar órdenes de capitán. No eran soldados, y muchos ni siquiera marineros. Mendoza y los otros se tiraron al piso. Se miraron, confundidos, porque bien sabían que no podían hacer nada. De todos modos, mandó preparar los botes.

      Los hombres fueron en grupos de tres o cuatro. Desde su puesto, Mendoza veía que antes de desanudar las cuerdas y bajar los botes nuevos cañonazos destruían todo. El bombardeo era incesante y el humo no dejaba ver poco más que los escombros de los mástiles inútiles. Escuchó un estruendo de metal que se venía abajo, y luego los gritos. La chimenea cayó sobre cubierta y se hundió hasta el segundo subsuelo. La caldera había estallado y ahora el humo y el fuego se sumaban a la violencia de los cañones.

     Mendoza, Domínguez y Molina buscaron uno tras otro los botes de cubierta que aún estaban sanos. El cabo llevaba a Bernardo en brazos.

    - ¡Iribarne, vaya a buscar a Natacha y al chico y póngalos en este bote! Nosotros los bajaremos, pero tenemos que preparar el otro-dijo Mendoza.

     José Iribarne corrió bajo cubierta, pero de pronto un nuevo cañonazo estalló a su lado y lo vieron hundirse junto con todo el piso.

 

      Natacha estaba junto a la cuna. Escuchó los cañones y los estallidos. Por la ventana entraron esquirlas. Las paredes del casco resistían, pero por la ventana entraba agua. Era el primer subsuelo bajo cubierta, y pronto se inundaría. Luego fue el estruendo, como si el cielo se estuviese viniendo abajo. El techo se quebró sobre ella y parte de la chimenea se hundió en el camarote. Natacha se tiró al piso, y miró hacia el inmenso edificio de hierro que estaba a sus espaldas. Vio la cuna, con las patas rotas y la madera humeante. El chico aún sin nombre, sin embargo, seguía vivo y lloraba a gritos. Primero intentó arrastrarse bajo el hierro para alcanzarlo, pero entonces vio que desde el mueble donde estaban sus reliquias, una luz se movía entra el polvo y el humo. Vio la sombra de Ariel una vez más. ¿Él la salvaría, o vendría a buscarlo? Ojalá fuese lo último. De pronto se dio cuenta que su apego a la vida no era más que la inercia del deber, o la tenebrosa amenaza que le había dado la tía Clotilde sobre la condenación del suicidio. Se sintió aliviada. El edificio de hierro que había caído como del cielo era el símbolo más adecuado para todo aquello en lo que había creído: Dios era una construcción tan perfecta que únicamente el fuego podría dañarla, y sólo un poco. Nunca el fuego sería tan intenso como para llegar al punto de fusión que convirtiese las moléculas de Dios en un líquido parecido a la lava, que corría sobre el mundo y quemaba todo lo que encontrase en su camino.

     Sintió el olor de lo quemado. El fuego de la caldera desde el fondo del barco, el hierro ardiente sobre ella.

      Vio la figura de Ariel como el ángel al que siempre lo había comparado, un ángel incompleto porque le faltaban las alas y la espada. Y una mano.

      Se quedó quieta, esperando la sentencia, que imaginaba de mil formas según lo había leído en tantos libros. Esperó que un ángel de hierro la tocase, ese ángel tan parecido a su padre, de cabello y barba rubia, pero ya estaba segura que no era hierro lo que sentiría en su mano, sino el oro.

      Ariel se acercó al mueble roto, agarró la mano muerta, seca como una momia, y se la colocó en su muñón. Entonces apareció la espada en esa mano, pero no hubo alas. Y vio cómo lloraba el ángel que nunca podría serlo. Lloraba y la miraba. Y el agua de las lágrimas fue tanta, que fue como verla entrar por las grietas de las paredes, cubriendo el piso, subiendo y subiendo.

     Natacha no podía levantarse sin lastimar su espalda contra el hierro. El chico seguía gritando. Volvió a intentar llegar a él cuando vio que al agua empezaba a taparlo, pero de pronto pensó que, si las lágrimas de Ariel habían creado ese mar, ¿por qué ella debía evitarlo? Si su hijo sufría aún en la muerte, no había motivo para que el hijo de Altea no lo hiciese. Ambos eran bastardos, esa palabra que los hombres habían inventado para oscurecer lo que no querían ver. Y sin embargo estabas los hombres como Mendoza o Manuel, que aceptaban hijos ajenos. ¿Pero eso era un mérito, o simplemente un remedo de la culpa?

      Ella no se movería. El hierro de Dios no la atemorizaba, ya bastante había soportado y construido en su alma un edificio lo suficientemente fuerte para contrarrestarlo. Sabía, sin embargo, que en algún lado había un hueco, y en ese espacio estaba el oro de Ariel, que tal vez no fuese más que el color de las espigas de trigo, tan débiles que irían a deshacerse con cualquier viento fuerte. Y el polvo del trigo simularía el polvo de oro. El mismo polvo que bañaba los cristos indios que tanto la atraían, esos cristos de miembros flacos, cuerpos tullidos y caras leprosas.

     Ahora la cuna flotaba sobre el agua, y Natacha, protegida aún por el espacio estrecho en donde el hierro evitaba que el agua la ahogase, vio que el perro iba hacia la cuna. Max medio nadaba y medio caminaba cuando sus patas llegaban a tocar el piso. El colchón ya estaba empapado y empezaba a hundirse. Max agarró con la boca las sábanas y se llevó al chico hacia la única la vieja puerta que aún estaba intacta, por la que nada salía ni entraba más que el agua y el ruido de los cañones.

 

      Vieron salir a Max desde los restos de la escalera de escotilla. Arrastraba un bulto hecho de sábanas mojadas.

      Mendoza agarró al perro y a punto estuvo de abandonar los trapos, cuando escuchó el llanto. Vio al chico que gritaba con gemidos entrecortados, gris de ceniza mojada pegada a la piel.

     - ¡Cabo, llévelo con Bernardo y baje en cuanto el bote esté seguro!

     Iba a agarrar a Max. El perro estaba quieto. Tantos de sus perros de crianza habían visto de la misma manera. Le acarició el lomo, sólo un poco. Apoyó la mano sobre el cráneo, cerrándole los párpados.

     Vio que el agua subía por la escotilla, y el barco se inclinaba. Los cañoneos eran menos frecuentes y solamente sacudían en agua del río. Iría a en busca de su esposa, como aquella vez en Polonia cuando la había rescatado del fuego de las armas de los cosacos.

 

      Natacha escuchó los chapoteos y la voz de Iribarne llamándola. José estaba en la puerta, tratando de buscar en la humareda la cuna del chico.

     - ¡Natacha!

     Entonces la vio casi tapada por el agua, del otro lado de varios hierros retorcidos. Se agachó y estiró los brazos para agarrarla. Ella lo miraba, pero no intentaba salir.

      - ¡¿Qué le pasa, mierda?! ¡Agárreme fuerte las manos!

      Pero ella no le hacía caso. No tuvo más alternativa que sujetarle las muñecas y arrastrarla como peso muerto. Cuando estuvieron cerca de la puerta la apoyó en sus rodillas y le despejó la cara del cabello mojado.

     - ¿Dónde está el chico? -preguntaba, mirando alrededor sin poder ver más que humo, hierro y agua. El olor a quemado era intenso, pero al agua iba enfriando el hierro. Creyó sentir el olor de la carne quemada.

      - ¡¿Dónde está el chico?!-volvió a preguntar, esta vez gritando desesperado, apretando la cara de Natacha entre sus manos y sacudiéndola. Los ojos de Natacha tenían la inteligencia de siempre, pero había indiferencia.

      José ahora estaba seguro de lo peor que imaginaba. El chico que él había creado debía estar muerto. Por primera vez lo veía con tal claridad, que se preguntó qué se lo había impedido tanto tiempo. Lo había creado como un símbolo de Manuel: si no podía tener a uno, tendría al otro. Y debía nacer de la mujer de su hermano. La Santísima Trinidad era tan clara como si ahora estuviese en una Catedral hecha de hierro y madera, el fuego del incienso siempre encendido y el agua bendita desbordando. Recordó los pesebres vivos que armaban en Cádiz cada navidad. José y Manuel Menéndez Iribarne participaban como un personaje igual o distinto según iban creciendo. Manuel había sido el niño Jesús, aunque José apenas lo recordaba. Luego fueron pastores, y ya de grande José había sido José el esposo de María, pero se sentía incómodo, y al año siguiente fue el Espíritu Santo que en forma de llama había engendrado al niño. Y Manuel no había tenido más opción que ocupar el papel de José carpintero.

       Iribarne sintió un dolor intenso en el pecho al recordar todo eso. La cara de Manuel, joven y vestido con ropa de pastor y carpintero, la cara casi lampiña. Ya no lo vería más. Pensó en el chico, seguramente muerto. Uno enterrado en un cementerio perdido, sin cruz ni señal. Otro quemado, tal vez, en expiación de su culpa.

     La culpa de José.

     Sintió el aleteo de los murciélagos, y mirando el humo blanco a su alrededor, vio sombras negras alargadas que iban y venían.

     Pero ya no lo asustaban. El miedo y a la ira se habían unido engendrando la amargura.

     Levantó a Natacha y caminó por los pasillos hasta encontrar una escalera sana.

    

     Mendoza no podía bajar por donde había subido el perro, así que corrió hasta la escotilla de estribor. Vio las caras de sus hombres, que esperaban en los botes. Lo llamaban, pero no les hizo caso. Bajó la escalera y en la oscuridad chocó con Iribarne y ambos cayeron al suelo. Natacha se quejó y gritó. Ambos habían caído sobre ella y tenía un brazo quebrado.

     - ¡Buena la hicimos! -dijo Mendoza entablillando a su mujer e intentando calmarla. Entonces se dio cuenta que José Iribarne había salvado la vida de su esposa. El otro estaba extrañamente callado y con la mirada perdida.

     Levantó a Natacha y la subió por la escalera. Iribarne los seguía con lentitud. Cuando ya estaban en el bote, le gritó:

     - ¡Rápido carajo, que esto se hunde de un momento a otro! ¡Vamos!

     Pero José Iribarne caminaba cojeando, no de la pierna herida, como si su mente enturbiada por visiones y recuerdos confundiera deliberadamente a su cuerpo. Una mente extraviada que se regocijaba en volver locos a quienes dependían de ella: los ojos que veían murciélagos por todas partes, surgiendo del humo que encapotaba el cielo, de las maderas rotas, del hierro retorcido, del agua que se elevaba en olas con cada cañoneo. Y el ritmo de los cañones se iba acomodando al ritmo de los aleteos, regulares, monótonos y obsesivos.

      Desde el bote lo vieron alzar los brazos y sacudirse presencias que ellos no veían. Natacha alzó la cabeza y dijo algo.

     - ¿Cómo, querida? -le preguntó Mendoza, como antes, como en Europa. Miraba a Iribarne y no se atrevía a dar la orden de bajar el bote.

     -No lo apures, Máximo. Hace lo que puede con tanto peso. Es por el chico.

     Mendoza volvió a ver otra vez a José, que se acercaba espantando fantasmas. Pero antes de poder gritarle que el chico estaba vivo, de pronto un nuevo cañonazo destruyó el puente de mando y el humo envolvió a Iribarne.

     - ¡Vámonos! -ordenó el capitán.

     Cuando estaba ya por descender, Natacha lo agarró del brazo con su mano sana, y señaló a cubierta.

      Iribarne había aparecido una vez más, como una figura insistente y obstinada, con la misma obstinación de los que no desean vivir, pero tienen miedo de matarse. La contradicción de los cobardes, tal vez, tan parecida a la suya. Ahora José tenía un brazo levantado apoyando la mano en la nuca, y el otro brazo en la espalda. ¿Levaba una carga? ¿Había encontrado a alguno de los hombres?

     Entonces vio que en la espalda tenía un tablón chamuscado que aún despedía humo y debía estar quemándole.

     - ¡Qué hermoso! - escuchó decir a Natacha.

     Mendoza fue a buscarlo. José lo miró con la expresión de quien ha transformado su desesperación en un lago muerto donde flotan los cuerpos de hombres y perros, y las moscas vuelan en enjambres como tormentas. En sus ojos se habían formado dos grandes lagos.

      Lo agarró de los hombros, sacudiéndolo, intentando desprenderse de toda la ira que antes le había provocado, diciendo:

     - ¡El chico está vivo!

     José lo miró, y las moscas atormentaron el aire, despedidas por el viento. El olor a podredumbre se esparció por todo el río porque los murciélagos ahora volvían raudos a cumplir con su papel.

     Pero José Iribarne abrazó a Mendoza; y lloraba, como si intentase secar el agua estancada de sus grandes lagos muertos.

 

 

 

 

13

 

 

 

 

 ¿Qué le quedaba?, se preguntó Hurtado de Mendoza mientras iba sentado en el extremo posterior de la carreta, con las piernas balanceándose al ritmo irregular con que las ruedas saltaban los guijarros del camino, y todos: hombres, mujer y niños supeditados a las escasas fuerzas de un jamelgo, que como todos los que había visto en los últimos tiempos, era utilizado hasta que se cayera muerto. Y si no lo enterraban con las mismas viejas riendas que llevaba desde veinte o veinticinco años antes, porque habían penetrado entre las crines y la piel del animal - arrancárselas antes habría sido provocarle un dolor inútil, y después, ¿para qué? -  lo dejarían en medio del camino hasta convertirse en un esqueleto como el que él, Máximo Hurtado de Mendoza, no podía apartar la vista.

       El “Juan Manuel de Rosas” no era más que un esqueleto de madera y hierro que sobresalía de las aguas del río, todavía humeante a pesar de las horas transcurridas desde el comienzo del cañoneo. La popa aún podía verse casi indemne, y estaba seguro que la proa se había clavado en el fondo, sin permitir que el resto se sumergiera hasta que la madera terminara de quebrarse por su propio peso, y las corrientes del río, lentas, obstinadamente lentas como una manada de viejos elefantes enfermos, decidiera llevarse los restos del barco en pedazos, hacia el sur, hacia el Paraná, que ya no tendría memoria del gran barco que había remontado sus aguas, y que no reconocería en los exangües fragmentos que llevaría.

      Los huesos son todos iguales, grandes o pequeños, no tienen nombre. A los barcos, cuando se mueren, les sucede lo mismo. Son pedazos de madera, fragmentos de hierros retorcidos, calderas que se hunden y se oxidan. Y si alguna letra de su nombre llega a pronunciarse alguna vez, cuando alguien encuentra una tabla con esa letra, o con suerte, una sílaba, nadie podría identificarlo.

      ¿Quién era él, ahora? ¿Y qué le quedaba? Se miró las piernas, cansadas y llenas de várices. Las manos, callosas e insensibles. El uniforme había sido destrozado, y sólo vestía un pantalón de lana, las eternas botas de casi toda la vida, y una camisa sin botones que intentaba anudar sin lograr cubrir el vello del pecho. Se tocó la barba, sucia, enredada por su costumbre de hacerse nudos en los mechones cuando estaba nervioso, y últimamente había sido un estado constante. El pelo largo a los costados, y una incipiente calvicie en la coronilla.

     Le quedaba una mujer que no quería, pero que ahora, como muchos años atrás, volvía a ver desprotegida como en los tiempos de Polonia. Pero esta vez no se engañó, la máscara de Natacha era una construcción que ella misma no sabía evitar.

      Los hombres de su tripulación se habían salvado, casi por milagro, porque el cañoneo había sido incesante. Los botes fueron pocos, pero suficientes, porque el barco se fue hundiendo lentamente y había dado tiempo a todos para hacer dos o tres viajes hasta la costa. Luego, los botes se partieron cuando el último hombre estuvo a salvo en la costa brasileña.

      Había muertos de la batalla en la playa, y algunos soldados republicanos aparecieron para apresar a los sobrevivientes del barco. Domínguez habló por toda la tripulación y los pasajeros del “Juan Manuel”. Presentó papeles que llevaba en las carpetas de cuero que había rescatado del naufragio. Las mismas carpetas en las que escribía y tomaba notas de los libros que Natacha le prestaba. ¿No era un espía argentino a favor del Imperio, acaso? Pero a Mendoza no le sorprendió descubrir un nuevo pliegue en la personalidad del cabo. Fuese como fuese, los soldados los dejaron en paz. Hicieron la venia a Domínguez y al capitán, dieron esmirriadas disculpas que apenas se entendieron en su idioma, y se fueron.

      Eran ya entrada la noche. Hicieron fogatas. Natacha temblaba de frío y le dolía mucho el brazo roto. El bebé estaba cubierto con una manta, e Iribarne no lo soltaba de sus brazos, meciéndolo. Debían pasar la noche ahí, dijo Domínguez. El puesto de frontera más cercano estaba en Bom Jesús, y tardarían varias horas en traerles comida y abrigo.

      Las fogatas dejaban ver los muertos que no habían sido recogidos. Los hombres de Mendoza daban vueltas, y sabía que la mitad de ello se había fugado, metiéndose en la selva o siguiendo la costa del río. En Brasil nadie los buscaría, ni la ley ni las mujeres que habían dejado atrás. Ojalá él hubiese podido hacer lo mismo. En medio de la noche, viendo que casi todos dormían, agotados, sintiendo el peso del cuerpo de Natacha sobre su hombro, gimiendo dolorosamente aún en sueños, se dijo que podría levantarse con sigilo, apoyar la cabeza de ella sobre la manta que la abrigaba, y huir.

     Miró hacia el río, donde las aguas seguían gorgoteando alrededor de la estructura muerta del barco. Como si algún monstruo de agua dulce se lo estuviese comiendo. Pensó en las tantas leyendas que Natacha lo había obligado a escuchar, porque a ella le agradaba hablar de lo que la fascinaba, esa suma de conocimientos que había comenzado a adquirir en la biblioteca de su padre, y que él oía como la lluvia de invierno; monótona, insistente y siempre amenazadora. Bajo las aguas, decía ella, viven los dioses exiliados, y construyen ciudades muertas con los restos del mundo. Le había hablado de Dios en una terminología ósea tan extraña que lo hizo preguntarse muchas veces, antes de que los últimos tiempos se lo confirmaran, que su mujer no solamente estaba loca, sino tal vez poseída por un delirio místico que la tía Clotilde había alimentado. Y ella había nutrido con todo eso la mente y el alma de Ariel.

      Natacha abrió los ojos. Lo estaba mirando mientras él hacía sigilosos movimientos por levantarse.

     - ¿A dónde vas?- Tenía el acento polaco que hacía mucho no usaba.

     No había enojo, sino tristeza en la voz.

     Los ojos de Natacha, esos ojos polacos que eran un calco de los ojos de Krakovsky. El viejo le hablaba a través suyo, quizá. No podía abandonarla. Ella estaba perdida sin un hombre.

      Oyó una canción de cuna que Iribarne entonaba con su voz áspera y entrecortada. Qué distinto era ahora ese hombre. No era bueno, no era amable ni sincero. Era simplemente una faceta más de esa conflictiva simbiosis que todos ellos eran.

      Miró la luna, amplia, iluminando el naufragio y sembrando de luz tenue el cementerio del río.

      ­- ¿A dónde podría ir? -contestó, pasando un brazo sobre los hombros de Natacha y aproximándola. Ella cerró los ojos y se abandonó al gesto de su marido.

      Le habló de la casa de Santa Fe. Volverían allí. Reducida la propiedad al predio de la estancia, porque todo el resto había sido vendido. Ella escuchó las voces criollas con que él intentó amenizar el rigor de los próximos tiempos, mientras ella contestaba con monosílabos de voces cerradas en polaco, y de lejos se escuchaba la canción de cuna andaluza que Iribarne cantaba con acento tan español que era como estar a orillas del Guadalquivir. Y como sonido de fondo, unos cantos que llegaban desde el interior, tal vez desde la selva por donde habían aparecido y desaparecido los brasileños que peleaban, hombres y armas. Un canto en portugués donde la música no era un arte sino una secreción de la selva. Brotaba desde los árboles inmersos en la oscuridad, iluminados en la cima por la luna, como un manto verde oscuro, y nacía de la playa de arena tan blanca como los huesos de los muertos recientes, que esperaban.        

     ¿Qué?

     La expiación de sus almas, tal vez, en el canto de los hombres de su tierra, o quizá en la canción de cuna que un hombre -lleno de culpas, hecha su alma una costra de remordimientos e insatisfacción- entonaba como un rito de penitencia y pedido de perdón.

 

 

 

 

*

 

 

 

Bom Jesús era un pueblito de múltiples ranchos amontonados en todo lo extenso de un árido pajonal que estaba curiosamente rodeado de aguas, varios lagos no muy grandes y los riachos que los unían. Todos ellos drenaban en el Paranaiba, de aguas casi quietas, ese cementerio de donde nacían las larvas que creaban, como una alegría, el futuro y torrentoso Paraná.

      Si a orillas del río hacía calor, aún era mayor en el pueblo. El polvo se levantaba por cualquier motivo: las pisadas del bayo que arrastraba la carreta, las ruedas desvencijadas, por supuesto, y luego las corridas de los perros que llegaron desde los ranchos cuando los vieron llegar.

      Salieron las mujeres y los chicos, como enjambres de aquellos panales rotos que eran los ranchos, a veces encimados unos sobre otros. Se veía a los chicos bajar por los tablones de madera, algunos deslizándose como por toboganes. Los hombres que trabajaban en las calles detuvieron sus tareas, cavando surcos de agua algunos, levantando paredes otros.

      La carreta se detuvo y la rodearon los perros. Eran tantos, flacos y sarnosos en su mayoría, que Natacha temió que fueran a morderlos. Se agarró a un brazo de Máximo, temblando. Algunos se habían empecinado en ladrarles a no más de uno o dos metros. Domínguez se encargó de espantarlos disparando al aire, pero la mayoría continuó ladrándoles a la distancia.

      Las mujeres se acercaron secándose las manos con trapos sucios, o sujetaban a sus hijos. Un hombre con una azada al hombro preguntó quiénes eran.

      El soldado que conducía le explicó en portugués. El hombre habló con las mujeres y ellas se fueron llevándose a los chicos que quisieron obedecerlas. Al rato llegó una vieja alta y obesa. Salvo por el vestido y los pechos gruesos, tenía la contextura de un hombre robusto, e incluso el vello de la cara parecía una barba.

      El republicano le habló en portugués. Él, un poco más bajo que ella, se explicaba como si estuviera disculpándose. Ella lo miraba con el ceño fruncido y las manos a horcajadas en la cintura, y entonces se rio. Pero nadie sabía bien de qué, si de las desventuras de los náufragos o de la estupidez de los soldados.

      Sin decirles nada, hizo la señal de que la siguieran. Entonces fueron tras ella y caminaron por el polvo durante más de doscientos metros hasta un rancho de adobe y techo de madera recubierto de paja.  Adentro estaba fresco. Había varias camas bajas.

      -Este lugar les sirve de reunión para todo-dijo el soldado. -A veces de hospital, a veces para bailar. Me dijo la vieja que dormirán acá hasta que puedan irse.

     - ¿Quién es ella? - preguntó Natacha.

     -La jefa de la tribu que fundó este pueblo, pero quedan pocos de los indios verdaderos, casi todos son mestizos o son de afuera.

      - ¿Nos traerán provisiones? -preguntó Iribarne.

     -Ya se los he pedido.

     - ¿Y cuándo podremos irnos? - Natacha estaba cansada, su voz sonó irritada y exigente.

     El soldado no era brasileño, tal vez de Misiones, porque había hablado mucho con Domínguez durante el viaje al pueblo. La miró con desprecio.

      -Señora-contestó. - No somos sus sirvientes. Pregúntele a su capitán por qué motivo no llevaba identificación. Entraron en territorio revolucionario y en estado de guerra. Primero se ataca y después se pregunta, esa es la consigna.

      El cabo intentó apaciguarlo. Los escucharon hablar en portugués en voz baja. Domínguez agarraba al otro de un codo, con campechanía y confianza. El otro hablaba y hablaba, hasta que pareció serenarse y salió del rancho.

      -Cabo-dijo Mendoza. -Ya sé que no podemos pedir lo que corresponde, que sería una indemnización, ¿pero ¿qué ha podido conseguir por nosotros?

      -Capitán, comprenda que estamos alejados de la mano del gobierno en Río. Estos hombres harán lo que la conciencia de cada uno les diga. Si se sabe lo que pasó, podrían exponerlos a Consejo de guerra. Sería un conflicto diplomático y una probable nueva guerra con el Brasil. Nadie quiere eso. Me dijeron que los llevarán hasta donde ustedes quieran, con provisiones y todo lo necesario.

      Durante el resto del día y hasta la tarde siguiente descansaron y comieron. Varias mujeres negras les trajeron comida y agua para beber y lavarse. Vino una comadrona y sin preguntar agarró al bebé y se lo puso al pecho. Iribarne la dejó hacer, sentado en un tronco tronchado, fumando.

     - ¿Qual é nome do menino? -preguntó ella.

     -Maximiliano- contestó José.

     El capitán y Natacha levantaron la vista cuando escucharon.

     -No sabía que ya lo había bautizado. - Mendoza intentó ser irónico, pero no le salía bien.

     -No es por usted, capitán, no es el ombligo del mundo, aunque lo crea. Lo llamé así por el perro que lo salvó. Pero la historia de ese nombre es más vieja….

      Mendoza recordó cuando Altea le había puesto nombre al perro, y le había contado la leyenda de Maximilian y la reina.

     - ¿Altea le contó alguna vez esa historia?

     - ¿Qué historia?

     -La del perro Maximilian que mató a una reina, o algo así… Altea dijo que Max le había hecho recordar esa leyenda.

     -No sé de qué habla. Yo nombré a mi chico de esa manera por puro sentimentalismo, y eso que me jacto de esa debilidad. No sé, se me ocurrió, nomás. Haga las asociaciones que quiera, capitán, si eso lo tranquiliza.

      La cara de Iribarne estaba oculta tras el humo de la pipa, pero Mendoza veía que con un ojo observaba a la comadrona alimentando al chico, y con el otro lo miraba a él con sarcasmo.

      En la mañana siguiente entraron a avisarles que la carreta estaba preparada para llevar al capitán y a su esposa a la costa. Los esperaba una barcaza brasileña.

      -Que tengan buen viaje-les dijo el cabo.

      Bernardo se había subido a la carreta y llevaba un atado con sus cosas colgando del hombro. Mendoza no sabía qué hacer con él. Irían a Santa Fe, y quién sabe cómo sería el estado de abandono de lo que quedaba de la estancia. Y recordó lo que le había pedido el doctor Ruiz.

      -Cabo…fíjese bien lo que le voy a pedir. Sé que no es su deber tomar esta responsabilidad, pero necesito que, así como Farías fue su protector, usted lo sea de Bernardo. Lléveselo a Buenos Aires, y si puede hágalo ir a la escuela y después estudiar medicina. Ya algo sabrá usted de su historia. Y hágale respetar la memoria de su padre, que tal vez en unos años la inquina de la política cambie de opinión y se la agarre con algún otro.

     Domínguez no atinó más que a hacer bajar al chico y agarrarlo de la mano.

     -Haré lo posible, capitán, por ser más que su protector, su mentor. Pero no le prometo nada de los rumbos políticos.

     Se dieron la mano, y cabo y niño se alejaron hacia el caballo que tenía preparado para partir hacia algún encargo que aún, quizá, le quedara por terminar. Subió al chico y luego él. Bernardo se sujetó del cinturón del cabo, y el caballo partió a ritmo lento, levantado polvo con las patas.

     Iribarne corrió hacia la carreta, y dijo, jadeando:

     - ¿Se van si despedirse?

     Mendoza había ayudado a subir a Natacha y se dio vuelta. Dijo, a regañadientes:

     -No creí que fuera necesario, Iribarne. Creo que no debe haber nada más entre nosotros si queremos conservar la paz.

      Iribarne se rio, obsequioso. Se veía que estaba feliz, y la posesión de Maximiliano era la causa. Algo, sin embargo, parecía ensombrecer la alegría de su cara, pero eso ya no era más de la incumbencia de Máximo Hurtado de Mendoza. El capitán sólo sería, de ahora en más, un viejo que conduciría, tal vez, una barcaza para llevar mercadería, negros y putas de un pueblo a otro por el litoral.

     -Fue un gusto conocerlo-dijo Iribarne, extendiendo la mano, que Mendoza estrechó sin ganas.

     -Fue un placer, señora-le dijo a Natacha, acercándose para besar su mano. Ella la extendió, con finura, recuperando la distinción que sabía siempre los había separado. Y dijo algo en polaco.

     Mendoza no pudo evitar reírse, pero no tanto por lo que ella dijo, sino por la expresión de Iribarne al escucharla. No la había entendido, por supuesto, pero era evidente que había comprendido el sentido por el tono y la expresión. No se dignó mirarlo más, pero siguió sonriendo, sin poder evitar que se le escaparan débiles carcajadas mientras la carreta se alejaba del camino del pueblo donde había quedado Iribarne, allí parado con la pipa en una mano, pensando en lo que esa señora polaca, loca tal vez, extraña sin duda, le había dicho, escondida tras un idioma que ella sabía que él no conocía.

     - ¡Vaya con el descaro de la condesa! -dijo en voz alta.

     Pero cuando se dio vuelta para regresar al rancho, se dijo que únicamente de él era la culpa si no conocía el polaco. Su hijo sabría todo cuando creciera, pensó, satisfecho. Dejaría de preocuparse por las patrañas y los caprichos de las mujeres, y se dedicaría a enseñar a Maximiliano que el mundo es como un país en estado de sitio.

 

 

 

*

 

 

 

-O menino está doente-le dijo la vieja cuando regresó al rancho.

     Ya sabía que algo le pasaba, por eso lo había mantenido lejos de los otros y no les dijo nada, no fuera que fueran a quitárselo. Pero algo había visto el día anterior. El chico estaba irritado, se rascaba y tenía la piel algo enrojecida en ciertas partes, con manchas rosadas.

      José lo agarró de los brazos de la vieja. Maximiliano lloraba con un llanto muy quedo y bajo, y tal vez por eso los demás no se habían dado cuenta. Como si el chico supiera que debía mantener el secreto para continuar con su padre. Esa idea lo satisfizo, era evidente que Dios o la fatalidad los había reunido, y que eso mismo evitaría que el mal que lo afectaba fuese importante. Se detuvo un momento, asombrado de sus propias disquisiciones: estaba hablando como Manuel el cura, o como Mara la bruja. Ambos habían sido lo que no habían podido ser, pero ese algo se filtraba y salía a relucir en sus formas de pensar o hablar. Sólo él, José Menéndez Iribarne, siempre fue lo que creyó ser, por dentro y por fuera, un descreído que sólo confiaba en lo que veía: el cuerpo y el deseo. Y ahora, sin embargo, surgían en su mente disquisiciones supersticiosas que no tenían ningún fundamento.

      - ¿Y qué tiene? -le preguntó a la vieja Ágata, esa vieja marimacho que le dedicaba tiempo al chico por alguna razón que no llegaba a comprender. Entre tanta gente que la necesitaba en el pueblo, se quedaba varias horas a cuidarlo. José la había dejado hacer, porque sabía que era necesario, pero también porque apartaba la atención y atenuaba la preocupación de los otros. Pero ahora que se habían ido, Maximiliano era únicamente suyo, y la vieja una molestia necesaria.

      Ágata tenía una mezcla de ascendencias imprecisas. Se jactaba de ser la última descendiente de una aristocracia indígena, pero tenía rasgos mestizos o mulatos en el color de la piel, y José reconoció en la forma de los pómulos quebrados un parecido con los hombres de Aragón. El acento que usaba era confuso y a veces no se le entendía, además de que solía murmurar para sí misma o hablar entre dientes. ¿Rezos?, así lo había creído al principio. ¿Conjuros?, no eran de descartar.

     -A mae sufreu muito-dijo ella.

     José asintió.

     -Ele tambén sofrerá.

     -No sea pájaro de mal agüero, vieja. El chico está enfermo solamente, ¿no es común a esta edad? Y con todo lo que pasó…

      Lo abrigó con la manta de lana de colores que la vieja le había traído, pero Maximiliano sudaba. Tenía fiebre, y José sabía que estaba peor que el día anterior, y que podía morir.

      - ¿Hay algún médico en el pueblo?

      La vieja se acercó.

      - ¡No lo toque más! -le dijo él. No quería seguir el camino que Mara y Valverde lo habían hecho seguir en los últimos tiempos. No confiaba ya en los caminos oscuros donde los significados eran dobles y las cosas que veía eran diferentes a lo que aparentaban.

     Los murciélagos sí lo eran. Siempre estuvieron, siempre los vio con sus alas negras y los escuchó con sus aleteos semejantes a la desesperación.

     La vieja se quedó parada con el brazo a medio extender, ahora quieto en el aire, como si estuviese deteniendo algo invisible, o dando una bendición. Siempre esas dos condiciones que no podían separar, se dijo. La ambivalencia era una maldición.

     Ella habló entonces con una voz profunda que era masculina, y los rasgos de la cara parecieron ensombrecerse en el vello que la hacía asemejarse a un negro esclavo recién traído en un barco desde África.

      - ¿Estava nas áquas, nao é verdade?

      -Sí, ¿qué pasa con eso?

      -A agua está sofrendo. Ele se lembra.

      José no entendía.

      ¿El agua que sufre, o sufre en el agua? ¿Qué recuerda? ¿Y qué tiene que ver el agua si ese pueblo era más árido que un desierto? ¿Tal vez por eso? ¿El desierto recuerda el agua del río tan cercano y lejano?

      Insensateces de una vieja que se creía más de lo que era, jactándose del pasado que no era más que un producto de aguas insalubres y estancadas como ese río que por allí comenzaba. ¿Y qué era ella, o él, quizá? Una simbiosis de razas y géneros indeterminados. ¿O tal vez por eso, precisamente, constituía lo que solía llamarse el Todo?

      - ¿Hay algún médico, vieja de mierda?

      Ágata sembró el aire del rancho con un hálito preñado de insultos. Finalmente dijo:

      -O francés.

      Y salió, dejando abierto el pedazo de cuero que colgaba del marco de la entrada, y a la luz él vio cómo Ágata caminaba con su pollera raída que parecía una membrana a veces plegada sobre sí misma, como dos alas que en cualquier momento podrían abrirse. Pero no sucedió, o no quiso ver. Apartó los ojos de esa visión, y los puso sobre el chico, afiebrado.

     Salió en busca del que llamaban el francés. Preguntó a todos los que veía alrededor del rancho, y luego recorrió las que parecían calles del pueblo y no eran más que espacios inciertos entre los ranchos y chabolas. Algunos no le contestaron, otros no lo conocían, y los que sí no supieron dónde vivía. Se encontró con una especie de pulpería, que no era más que una sala de cuatro mesas, unas pocas sillas, y un mostrador con botellas., tras el cual una mujer estaba apoyada con los codos. Cuando lo vio entrar con el chico en brazos, dijo:

       -Olha o cavalheiro…

      José se acordó que Mara lo había llamado de una forma parecida cuando se conocieron.

      - ¿Procure o francés?

      - ¿Es que todos son brujos en este pueblo?

      -Algo assim-le contestó.

      - ¿Y viven del aire?

      -Algo assim, o Gonçalvez, eles sabem.

      La mujer, desgreñada y con las manos sucias, le sirvió un trago.

      - ¿Me cherche? -dijo alguien tras él.

      Era un hombre rubio, de cabello lacio y largo, con una barba a medio crecer, y ojos celestes tan intensos que contrastaban con la semioscuridad del rancherío. Era el francés, por supuesto.

      -Sí, señor.

      El otro le estrechó la mano.

      -Comment puis-je vou servir? Pardon, pero cuando veo a alguien diferente a estos negros creo estar con alguien civilizado y mi cabeza habla francés.

       Le gustaba esa jactancia, esa dignidad que no era más que vanidad, pero hacía mucho tiempo que no se encontraba con esa especie de noble orgullo.

       -Mi chico está enfermo, tiene fiebre.

       El francés miró la cara del bebé apartando un poco la manta.

       -Sein, pardon, pero usted s’est trompé. Je suis vétérinaire.

       Se preguntó si todos en ese pueblo se estaban burlando de él.

      -Lo invito un trago, Monsieur José. Sentémonos a esa mesa del rincón, si vous plais.

      -No tengo tiempo que perder con un curasano de mostrencos…

      Cuando ya se iba, el francés lo agarró de un brazo.

      -Pensez, sein. Je suis lo único más parecido a un médico en veinte leguas. Y este infant, ca va mourir.

       La cara de José fue un estrago de desesperación, y el francés lo notó. Salieron juntos hacia el rancho. Caminaron bajo el sol que nunca estaba desde que había llegado al pueblo, porque las nubes eran constantes, pero se hacía sentir con el calor y las moscas.

       Lo primero que hizo el veterinario cuando llegaron fue cerrar las ventanas y prender un habano que sacó del bolsillo de su saco. Vestía con un cárdigan viejo, tan largo que parecía una casaca, y el pantalón era una especie de vaquero con las botamangas metidas en dos botas altas. Encendió el habano, pero no lo fumó, sino que lo dejó sobre la mesa, y pronto el humo espantó a las moscas.

     -Es una pena malgastarlos, pero lo que para nosotros es placer a ellas las espanta. Por eso vienen cuando ya no podemos defendernos. - Luego llevó al bebé a la cuna que la vieja había improvisado. -Ya veo que Ágata estuvo metiendo mano por acá, espero que no la haya dejado hacer sus gualichos.

     -No sé lo que hizo porque ni siquiera sé qué es…

     El francés se rio.

     -Entre nous, Monsieur, la vieja de joven era un jefe muy atractivo, tuvo muchos hijos y sus nietos andan por aquí, cualquiera de los que ha visto puede ser alguno.

     -Quiere decir que…

     -J’a dit. Pero es de familia de brujos, o curanderos, como los llamen…Los motivos no los conozco, aunque podemos imaginarlos. Estas tribus eran matriarcales, y al hombre lo criaron entre mujeres. Qué sé yo, se dice que varios de sus hermanos son sus hijos también, y todas las combinaciones que a usted le gusten… Y hasta dicen…

      El francés desnudó al chico y comenzó a revisarlo. Sacó un aparato con la forma de un cono de madera y apoyó un extremo sobre el pecho de Maximiliano, y acercó su oído al otro extremo. Luego de un rato, dijo:

      -Está agitado, por supuesto, es la fiebre, quién sabe desde cuando su corazón está así. ¿Nació de cesárea? ¿La madre estuvo enferma? Algo me han contado…

      -El chico estuvo muy cuidado durante el embarazo, la madre estaba en una especie de coma. Pero nació normal, el doctor Gonçalvez dijo…

     -Ya conozco a esos enterradores, son los dueños de muchos pueblos en el Brasil.

     -No, el que le digo era médico…

     -A eso me refiero, Monsieur. ¿Y después?

     - ¿Después qué? Nos atacaron, el chico casi se ahoga…

     - ¿Estuvo en aguas contaminadas?

     -Supongo que sí, las del río, pero todos lo estuvimos, ¿Quiere decir que…?

     -Así es, los niños de esta edad no tienen defensas. Su propia sangre las genera cuando se exponen a una infección, pero no todos pasan por lo que él ha pasado.

     - ¿Qué se puede hacer…? No sé su nombre…

     El francés le extendió otra vez la mano, presentándose.

     -Renaud Dergan, veterinario de los Establos Reales de su majestad.

     Vio el desagrado en la cara de José.

     -No se asuste, los caballos y los perros tenían mejor atención que la gente del pueblo, se lo aseguro. Me vine hace unos meses después de la revolución del ’85. Perdí el favor del rey cuando se restauró la monarquía. Me desagradaban tantos cambios, y mire usted, acá ocurre otro tanto…

     Miró alrededor y encendió una lámpara de aceite. La acercó a la mesa y sacó una lupa del bolsillo. Observó los ojos del chico, que ahora estaba tranquilo, casi dormido. Y eso era lo preocupante. Pasó de un ojo al otro, y volvió a explorar el izquierdo.

      - ¿Qué pasa?

      -Monsieur José. Tiene una infección por las aguas, entró por las mucosas de la boca y la nariz. Las manchas de la piel son locales, pero no ayudan, digamos que agravan… y además hay algo que no entiendo…

      José esperó. El francés se rascaba la barba rubia con el mango de la lupa.

      -Creo que la infección se ha extendido a las meninges. Mire, los recién nacidos tiene las membranas inmaduras e incluso hay orificios que permanecen abiertos hasta luego de varios años. Les meninges, Monsieur…-Se dio cuenta que José no entendía. -Meningitis.

      -Sea claro, Dergan. ¿Se va a morir?

      -Si no se muere puede quedar inválido, monsieur José. O ciego, tal vez.

       José se sentó.

      -Sálvelo-dijo. - No permitiré que el chico sea menos que lo que merece ser. Es un Menéndez Iribarne…

      -Monsieur, entiendo su pena, pero si quiere un brujo, vaya con Ágata-dijo, agarrando el habano que aún seguía encendido y se lo llevó a la boca. Se acercó a la puerta, apoyándose en el marco y mirando afuera mientras fumaba. De pronto se rio.

     - ¿De qué se ríe, doctor? - la última palabra fue un insulto.

     -Dicen que Ágata tuvo hijos…

     -Ya me contó.

     - ¿Pero cuando ya era hembra, comprend? Quedó embarazada varias veces. Varios le nacieron muertos, pero unos cuantos andan por ahí. Unos en sillas de ruedas, otros atados a la cama. Son como monstruos, los he visto, Monsieur. No me consta que sean hijos suyos, por supuesto, las teratogenias acá son muy comunes.

      -Por eso confían en usted, doctor, son como animales, ¿no?

      -Je t’accorde la victorie, mensieur.

 

 

 

*

     

    

 

Desde ese día, el Renaud se quedó en el rancho. Vinieron a buscarlo varias veces para curar a algún animal, pero como él se negaba el rumor de lo que hacía allí debió esparcirse por el pueblo y ya no volvieron.

      José preparaba comida en el hornito de hierro que se había hecho traer desde la pulpería. La mujer se llamaba Lucía Santos y le había tomado confianza desde que lo vio entrar con un bebé en brazos. No era común ver a un hombre así. Así que cada vez que iba a comprar algo, se quedaban charlando y ella le daba tragos sin cobrarle nada. Una noche se metieron en el cuarto al que llevaba la puerta que estaba detrás del mostrador. Él había pensado que era el baño, y también servía como tal porque apenas un par de tablas separaba la cama de la letrina que estaba al lado. Cuando ella se desnudó, él se dio cuenta que era más vieja de lo que pensaba.

     - ¿Cuántos años tenés, Lucía? -le preguntó ya después de hacer el amor. No había sábanas ni mantas. Ambos desnudos sobre el colchón viejo.

     -Eu acho que vocé era um cavalheiro.

     -Mierda, soy un hombre…

     Ella se le subió encima y le dijo sonriendo:

     -Percebi.

     Luego le empezó a contar su vida, como lo había hecho Mara. Se resignó a escuchar mientras porque mientras hablaba ella frotaba su cuerpo contra el suyo. Tenía cuarenta años, y había tenido un hijo a los trece años. Pero Gaspar, como el padre, era un tarambana. Esa fue la expresión que usó. A José le pareció muy liviana, para lo que después supo, pero era típico de una mujer como ella. Capaz de no depender de un hombre para mantenerse, pero incapaz de vivir sin uno. Todavía visitaba al hombre que la embarazó a los trece años, de vez en cuando iba a la cárcel donde lo habían encerrado con perpetua.

      - ¿Y a quién mató?

      -Muito…

      Cuando el hijo se hizo hombre la ayudó en la pulpería, pero no era trabajo para él. Quería buscar mujeres con plata, así que se fue a Bahía, a Sao Pablo, a Río. Y enganchó a una de buena familia. Nunca le dijo qué le había pasado. La mujer se murió, a lo mejor de un aborto, o Gaspar la había matado. La cuestión es que su hijo se fue a la Argentina. Desde entonces no sabía nada de él.

      José se vistió y vio el horno en la habitación, destartalado.

      - ¿Me prestás eso?

      Ella se encogió de hombros y le preguntó cuándo volvía. Él hizo el mismo gesto.

      - ¿Vocé gusta da minha buceta?

      La besó en la vagina, vieja, pero que no había sido demasiado usada, y por eso le gustaba. Agarró el hornito y salió.  Sentía en la lengua el sabor de su propio semen luego de besarla.

 

      Por las noches preparaba algo para el francés y para él, y calentaba la leche que le traían para Maximiliano. Se la daban a beber en cucharitas tibias, exactamente diez cucharitas cada cuatro horas. Era el único remedio que el francés había recetado. Se sentaba junto a la cuna que era simplemente un cajón, con la cabeza apoyada en un brazo y el codo en el borde. Pensaba, y a veces dormitaba. José iba y venía por la habitación, tratando de calmar sus nervios haciendo cosas: cocinar algo, asear las sábanas y mantas del chico, ir a la pulpería a buscar algo, y encargarse de los que seguía preguntando por el veterinario. La vieja Ágata había vuelto dos o tres veces. Se metía sin llamar y se aparecía al lado de la cuna. Cruzaba algunas frases en portugués con Dergan. Ella se comportaba como ofendida, decía algo con suavidad, sin embargo, y luego se iba.

     - ¿Qué dijo? -preguntaba José cuando no podía vencer la curiosidad.

     -Algún consejo homeopático. Se interesa por los niños, dicen que fue uno de los motivos de su transformismo. No se conformaba con engendrar, quería concebir.

     -Macanas-dijo Iribarne. - ¿Cómo ve a Maximiliano?

     Habían pasado varios días. La fiebre había cedido, pero las piernas y los brazos del chico estaban fláccidos. Y los ojos estaban ciegos.

     -No creo que sobreviva-contestó Dergan. - Le recomiendo rezar, ya que ustedes los españoles son tan creyentes. Por lo de la Inquisición y todo eso, digo.

     No reparó en el sarcasmo, sólo en el consejo. Pensó en Manuel, el hijo destinado al sacerdocio. Recordó la ira del padre y la desilusión de la madre cuando les contó que se casaba con Altea, una extranjera. ¿Por qué lo hizo?, se preguntó cuando le escribieron los padres contándoles la decisión de su hermano. ¿De qué huía? Porque no había otra palabra para definir esa decisión. Si para cualquiera tomar los hábitos era huir del mundo, para los Menéndez Iribarne destinados a la Iglesia era lo contrario: aceptar la realidad. Manuel, sin embargo, se había refugiado en el matrimonio. Amaba tanto a Altea como creía amarla. La verdad de ese sentimiento estaba en el razonamiento utilizado para explicarlo.

     La pasión de Manuel era Cristo. Natacha había insinuado eso cuando hablaron mientras cuidaban a Altea. José sabía que Manuel lo había adorado como hombre y como Dios. Era su hermano mayor, como José. Era la protección, como José. Era quien no le pedía nada a cambio, sólo lo que él quisiera darle, ¿como José? Manuel sentía que debía darlo todo a cambio de todo eso: la responsabilidad adquirida lo exigía.

      El deber se había convertido en deseo.

      Esa noche, mientras Dergan dormía en el jergón que habían armado, José se arrodilló junto a la cuna. Apoyó las manos con los dedos entrelazados sobre la sábana. Sintió la humedad del sudor de la orina del chico, de la leche que se le había derramado por la comisura de los labios.

      Rezó, pero no le hablaba a Cristo sino a Manuel. Su hermano se obstinaba en abandonarlo, primero el casamiento, luego la huida a América, después su muerte, y ahora esta segunda muerte. Lo que Dios creaba debía morir porque su inmortalidad superaba cualquier de sus creaciones: si hasta a su propio Hijo le había sucedido. Pero lo que el hombre creaba era inmortal porque nunca vería, o debería ver, la muerte de sus criaturas. Para el padre los hijos son inmortales. Y eso era Maximiliano: su creación. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Los roles intercambiados como en una obra de teatro para que los actores no se cansasen jamás de sus personajes.

     La cruz.

     Se tocó la cruz que llevaba colgada sobre el pecho. Se la sacó y se la puso a Maximiliano. Le quedaba grande, tanto que ocupaba todo el pecho del chico hasta su panza.

     Tal era su rezo.

     Una cruz robada.

  

     Ágata volvió a entrar en la madrugada. Traía una caja de madera. Dentro de ella se escuchaban ruidos de vidrios al dejarla sobre la mesa. Sacudió al francés, que dormía ovillado en el jergón. Dergan abrió los ojos, se levantó, salió a orinar, regresó y se lavó la cara. Vio la caja que ella le señalaba, asintió, le agarró una mano y se la besó como en los viejos tiempos de la corte.

     José observaba todo esto desde la silla junto a la cuna. Tenía la espalda dolorida, pero escudriñando, simulando dormitar con los párpados semicerrados. Vio a la vieja hacer una reverencia, y casi se delató cuando no pudo evitar una sonrisa. Tan ridícula parecía ella, con su ropa de puta vieja haciendo esa reverencia. Ambos eran residuos de un imperio, engendros, monstruos de dinastías acabadas. Sin embargo, la ridícula ingenuidad con que desarrollaban esa pantomima era sólo una fachada, porque detrás había un significado de simbolismo, y éste era serio, y hasta verdadero.

      Dergan abrió la caja y fue sacando los frascos que dispuso sobre la mesa. Era toda una farmacopea que la vieja iba aclarando en cuchicheos al oído del francés. Él levantaba un frasco y atisbaba el color y la densidad del contenido. Ella se acercaba y miraban juntos, a trasluz. Era tan alta como él, pero sus movimientos femeninos contrastaban con su cara con vello. Luego de un largo rato, él eligió tres frascos, y tardó en decidirse por el tercero. Discutieron un poco, en voz muy baja, mirando hacia donde estaba José de vez en cuando. Hablaban en portugués, y a Iribarne le costaba la comprensión más de este idioma que del francés. Sin embargo, la pantomima de hospital hacía comprensible toda significación. Luego ella salió, otra vez erguida y sin hacer reverencias. Ya no era la dama de la corte interesada en estudios de química que debía ocultar a los ojos de los pacatos intereses de una sociedad cerrada, sino la bruja de un pueblo originario del Brasil, un desierto rodeado de selvas. Al salir, se escucharon los gritos de los chicos que la rodearon.

      Ya había amanecido. El francés calentó agua en el fuego y esperó acuclillado, mirando los frascos en sus manos.

      - ¿Qué tiene ahí? -lo sorprendió Iribarne, que le hablaba desde el rincón donde orinaba. Luego, se acercó abrochándose el pantalón y luego se desperezó con un bostezo largo. Se llevó las manos a la cintura e intentó estirarse.

     -Le daré algo para eso-dijo el francés. Le trajo un polvo que disolvió en el café que había terminado de preparar.

      - ¿Qué son esos frascos? - volvió a preguntarle.

      -Algo para combatir la infección. ¿Cómo pasó la noche el chico?

      -Dormido, y tan quieto que a veces creí que se había muerto.

      Se acercaron a la cuna. Dergan lo asucultó y le tomó la temperatura. Tenía en la cara una expresión sombría.

      -Está peor, ¿no?

      -Oui. Prepararé la medicina.

      Tardó dos horas en mezclar las dosis adecuadas del contenido de los frascos. Utilizó un gotero para medir, pero en varias ocasiones debió desecharlo y volver a empezar. José lo veía hacer mientras cubría a Maximiliano con paños para bajar la fiebre, pero únicamente reaccionaba al sentir el frío y luego volvía a dormirse. No lloraba, casi no se movía. Cuando abría los ojos, eran grises como dos ventanas a un cielo de invierno.

      Después del mediodía, el francés se acercó con una jeringa sin aguja, y colocó el extremo entre los labios del chico. Fue liberando el preparado lentamente. Casi siempre se derramaba por la comisura de los labios, pero algo llegó a deglutir.

      - ¿Qué es lo que le dio? - De pronto, se dio cuenta que en su pregunta resonaba un resabio de desconfianza. Agarró al francés de la ropa y le dijo:

      - ¿Qué están tramando usted y el viejo vestido de mujer?

      Dergan no pudo evitar reírse, y su aliento inundó la cara de José.

      - ¿De qué se ríe?

      -De usted, amigo mío, y de la ignorancia tras la que se obstina en ocultarse.

      Entonces José lo soltó y fue a ver la caja. Los tres frascos estaban vacíos sobre la mesa. La abrió la caja y vio el resto, pero lo que no había visto antes era que el interior estaba revestido con cuero, ¿o piel? Y que en algunos frascos no había líquido, sino pedazos o astillas de huesos, y en otros pequeños corpúsculos que le hicieron pensar en embriones.

     Se dio vuelta para mirar a Dergan, que estaba a su espalda con las manos apoyadas en los hombros de José. Esa intimidad le agradaba, porque de pronto ambos compartían algo que no necesitaba decirse: la choza fría en el desierto verde, el chico que cuidaban, el olor de los medicamentos y la mujer que iba y venía con su simbiosis de sexos intercambiados.

      José Iribarne había comprendido. No hay dioses, quizá, con la forma y concepción en que él y Manuel habían sido enseñados. Esas eran las maneras de la Iglesia, civilizadas y bien educadas, lo que no significaba nada más que formas y maneras. Bajo la iglesia están los cementerios, y con su contenido se desarrollaba la alquimia de la vida y de la muerte.

      Fetos, pedazos de niños muertos, de nonatos, de abortos, de los sacrificados en el río, de amputaciones sacrificiales, de restos de hogueras, de músculos cortados, de úteros extirpados, de coágulos de sangre, trozos de intestinos, huesos rotos, cráneos partidos, y la férrea masa del cerebro, con su contenido de tiempo y espacio infinitos, hecha una masa homogénea, maleable y sumisa a la fuerza de los dedos de hombre-mujer-hombre que se transformaba a su albedrío: como un Dios salido de la tierra, engendrado con agua y savia, formado el esqueleto con astillas de antiguos huesos, adheridas una a una con saliva y afirmados con la hiedra que lentamente se iba transformando en tegumentos: piel, uñas, pelo.

      El hombre-mujer-hombre carne, la mujer-hombre- mujer vegetal.

      La simbiosis construida con alquimia y con instrumentos quirúrgicos.

     ¿Qué era lo que el francés le estaba mostrando ahora?

     Dergan sacó de la caja una varilla corta, de metal plateado, de poco mayor espesor que una aguja.

      - ¿Es uno de sus instrumentos de matanza? -preguntó José.

      Dergan sonrió, ya no le molestaba el sarcasmo de Iribarne, lo apreciaba por eso y por todo el tiempo que habían pasado juntos: esas pocas noches de vigilia junto a la cuna. Y por la tarea que se habían asignado. Ya no hablaba en francés, a excepción de su acento, ni parecía esforzarse en el castellano. Las apariencias se estaban apartando, avergonzadas de su inutilidad. Pasó un brazo sobre los hombros de José y lo llevó hasta la cuna.

    -Mire-dijo, agachándose sobre Maximiliano y abriéndole los párpados. - Está ciego.

    -Como su madre. Gonçalvez decía que, aun así, ella veía.

    -Esos sepultureros saben de la vida porque saben de la muerte. Hay muchas formas de ceguera, como muchas formas de la muerte. De algunas se vuelve.

     - ¿Y usted qué piensa?

     -Esperaremos hasta la noche. Si no baja la fiebre, lo operaré.

    

     Durante la tarde se sentaron uno a cada lado de la cuna, a veces con los brazos cruzados, o los codos en las rodillas y la cabeza apoyada en las manos, o cruzando una pierna sobre otra. Siempre mirándose de tanto en tanto. El pensamiento del francés tan claro y luminoso podía leerse en los ojos verdes de Dergan. El pensamiento enrevesado y trágico del español brotaba y se escabullía por senderos escabrosos.

      Cuando uno salía a caminar bajo el sol rodeado de nubes, rodeado del reflejo perlado de todos los días en ese pueblo de Bom Jesús, el otro permanecía dentro, dando vueltas de una pared a otra, dándole vuelta a los pensamientos, como si explorase en la faz interna de un cráneo la cartografía de la especie: los surcos de los ríos-venas, los valles de la sangre, los montes de tejidos muertos, las llanuras de la depresión, las selvas densas de lo inexplorado: lo oculto en lodazales y pantanos: la región de la que no se vuelve más que en forma de fantásticas alucinaciones: lo inconsciente como una arquitectura barroca hecha de huesos enterrados en arena.

        Llegó la noche y los encontró juntos y en silencio. Uno parado, esterilizando en agua hirviendo la varilla de metal. El otro, lavando el cuerpo desnudo de Maximiliano con agua tibia y jabón.

     Las manos del francés, envueltas en guantes de tela fina preparaban la caja de cirugía. Las de Iribarne acariciaban la piel mientras lo rodeaba de telas limpias luego de cortarle el cabello fino y dejar su cabeza blanca y calva. José le sonreía al chico mientras le hablaba en un murmullo incomprensible. Se dio cuenta de que hablaba en latín: las bendiciones que solían dar en su casa de Cádiz cada día y cada noche. Los ritos del suplicio eran los mismos que de la bendición.

      Afuera estaba oscuro, y se escuchaba el murmullo de muchas voces hechas un solo y armonioso coro de inquietudes, como una letanía. La choza estaba iluminada por las doce lámparas que Ágata había traído en la tarde, encendiéndolas y disponiéndolas alrededor de la mesa sobre la que habían puesto a Maximiliano.

      Iribarne no sabía exactamente lo que iba a hacer el francés. Se lo había explicado minuciosamente durante la tarde, haciéndole esquemas anatómicos con una exactitud que invalidaba su condición de simple veterinario de pueblo chico.

      -Los recién nacidos tienen huesos blandos-le había dicho. Tenía el rostro iluminado de un profesor de la Sorbona enseñando filosofía, pero era más que eso, porque explicaba las condiciones de la carne. -Especialmente los del cráneo. Como están en un crecimiento rápido, las suturas que los unen están abiertas para que se deslicen casi como las masas de los continentes sobre la lava del mundo.

      La voz del francés lo extasiaba como un vino de buena calidad bebido lentamente durante toda una noche. Bajo su voz, la anatomía no era papel y lápiz, sino el recorrido por los pasillos de hospitales y morgues, a veces luminosos, otras en penumbras, rodeados de fríos vahos de medicinas y formol, con ecos de voces que en ocasiones eran las risas de las enfermeras y el vocerío de los médicos, otras los quejidos de los enfermos. Y también los ruidos de los pasillos: ruedas chirriantes de camillas, cosas que se caen, taconeos trastabillantes, motores que se encienden y apagan sin ritmo, y en el silencio de la mitad de la noche, el silbido de los tubos de oxígeno que se escapa y que huye cuando puede para evitar que los hombres respiren, como si fuese una mala costumbre que el ser humano debería desterrar de su cuerpo para siempre.

      -Hay dos orificios, mon cherie. Se llaman fontanelas, una anterior y otra posterior. Por una de ellas entraremos.

      Aunque sólo él lo haría, en esa clase improvisada le hablaba a un auditorio que era más grande que su único escucha dentro del ámbito en que estaban. José adivinaba que Ágata estaba tras la puerta, seguramente, oyendo, y tras ella todo un pueblo que admiraba la elocuencia.

      Maximiliano ya no se movía. Parecía un cadáver, excepto por el color sonrosado de la piel y el flagrante sudor que lo extenuaba.

      - ¿Qué tengo que hacer? -preguntó José. Las manos vellosas le temblaban un poco.

     -Alcánceme el instrumento que le pida, séqueme la traspiración de la cara de vez en cuando, y tenga firme al chico, por si se mueve.

      - ¿Lee va a doler?

      -Está comatoso, por supuesto que no. De todos modos, sólo podría molestarle la incisión en la piel, pero una vez dentro del cráneo no sentirá nada.

      Dergan se lavó las manos concienzudamente durante diez minutos, y le dijo que hiciera lo mismo. Fueron diez minutos de silencio y miradas evasivas. Luego se pusieron guantes y Dergan agarró un bisturí. Punzó apenas la piel del cráneo sobre la frente, en la intersección del hueso frontal y los parietales. Fluyó sangre y la limpió. Dejó el bisturí en la caja y tomó la varilla de metal, que tenía un extremo romo y otro puntiagudo. Introdujo éste en la incisión, lentamente, observando la cara del chico.

      José miraba, parado del otro lado para sujetarlo si se movía, pero era como tener un muñeco de trapo entre las manos.

      Renaud Dergan seguía su labor de precisión, avanzando en profundidad tan lentamente que era como si avanzase a milésima de milímetro cada vez. Una gota de sudor cayó sobre la cara del chico, y Dergan miró a José con enfado. Iribarne secó la frente del francés. Ya no se descuidaría ni interrumpiría la concentración de ese hombre que se estaba metiendo en el cerebro de un recién nacido. ¿Qué futuro estaría destruyendo, qué muertes estaría evitando, y menoscabando qué talentos? ¿Debería cargar con un inválido por el resto de sus días? ¿Ciego, sordo y mudo, y del todo inmovilizado? ¿Un cadáver viviente como una cruz sobre su espalda?

      Y de pronto pensó en Manuel, en la cruz de su alma ausente en la iglesia de Cádiz. Cargaría la cruz de su hermano sobre sus propios hombros, aunque el aleteo de los murciélagos invisibles lo ensordeciera para hacerlo perder el rumbo. Sabía que el camino del Calvario era siempre el mismo, y el Vía Crucis tenía siempre el mismo largo. El problema era el tiempo, tan exquisitamente variable que podía llevar a la locura.

     Eso era lo que estaba pasando ahora. La noche afuera, llena de murmullos de niños que parecían a veces grillos, a veces búhos, a veces sapos. Adentro, la luz de las doce lámparas rodeadas por múltiples polillas que provocaban sombras agigantadas en las paredes. Y esas sombras pasaban por encima de la mesa donde estaba Maximiliano. Como aleteos de murciélagos.

      El francés habló. Dijo algo en su idioma, un insulto, tal vez. Pero en su cara había regocijo.

      Del orificio de la incisión empezó a salir un líquido transparente que resbalaba y caía en la mesa. Luego se fue tornando rosado y después rojo.

      Dergan movió un poco el estilete hacia la izquierda. Según le había dicho, debía llegar al techo de la órbita, donde según creía se había cumulado la infección.

      Pasaron minutos, o tal vez segundos, ya no tenía idea del tiempo. El estilete había entrado más de la mitad, y de pronto Maximiliano abrió los ojos. Seguían ciegos, con la mirada perdida, pero por un instante creyó que se fijaban en él. Tan ensimismado estaba en esa extraña expresión que ya tarde vio que por el orificio salía pus. Olía suavemente dulce, y Dergan dejó que el líquido fluyera hasta extenuarse.

      Fluía y resbalaba por el cráneo, detrás de las orejas y hacia la nuca. José quiso limpiar, Dergan dijo que no. Quería hacer algo para ocultar el temblor de sus manos. Había matado y hecho trizas cuerpos y almas en su vida, pero el cuerpo Maximiliano era diferente a todo lo que hubiese conocido. No era un ángel, por supuesto, ni tampoco una cría de animal. Era un simple objeto que estaba más allá de la comprensión de sus dedos. Había intentado entenderlo con su tacto porque no había podido penetrar con su mirada, pero ni en uno ni en otro sentido pudo comprenderlo. Ni el llanto lo explicaba, y el olor que despedían las secreciones del chico eran simples muestras de animalidad. Sólo una vez, llevando sus labios a la frente de Maximiliano para percibir su fiebre, su lengua tocó la piel del chico, y creyó ver algo que después empezó a comprender, y recién muchos años más tarde, quizá, entendería del todo como quien ve una ciudad completamete construida: los cimientos y los pináculos de edificios tan hermosos como torres de acero y cristal. Pero por más que lo intentara, no podía vislumbrar nada por los cristales de las ventanas espejadas.

       El líquido se detuvo. El francés limpió y tapó el orificio. Vendó la cabeza de Maximiliano, y dijo:

      -J’ai fini.

      El chico había vuelto a cerrar los ojos, pero el izquierdo estaba levemente entrecerrado.

      Dergan se sacó los guantes y se lavó las manos. Se veía preocupado.

     - ¿Qué pasa?

     -Lo que esperaba, que el esfenoides ofreció resistencia.

     -No entiendo…

     -A veces, para sanear un hueso, hay que romperlo.

   

     Durante los días siguientes Maximiliano despertaba y se movía en diferentes estados de excitación. Lloraba durante horas y se agitaba como con convulsiones, pero que según Dergan se trataba de una sobreexcitación del sistema nervioso que era normal. Tres veces por día lo revisaba y evaluaba los reflejos. A veces el chico se quedaba quieto otra vez durante todo un día, y Dergan comprobaba el reflejo del ojo izquierdo. Se rascaba la cabeza, como si algo no encajara en su rompecabezas anatómico.

       -La visión está muy bien. Vea, mo cherie, cómo sigue la dirección del haz de luz. - Con la linterna de mano iba de un lado a otro, y los ojos de Maximiliano las seguían fielmente.

      - ¿Entonces qué lo preocupa?

      -Que debería tener secuelas, es decir, alguna señal de su enfermedad. No digo que debería quedar inválido de alguna manera, pero estos cambios tan largos y variados en su sistema nervioso, no coinciden con la falta completa de signos. Todo me muestra que está bien, pero su sistema fluye de un estado a otro sin razón. Como si su cuerpo no estuviera conforme con ningún estado, ni la quietud ni la excitación. No encuentra el equilibrio. Y todo eso, me parece…- El francés se rascaba la barba con fuerza, escarbando en busca de respuestas. -…tiene que ver con el sistema vestibular del lado izquierdo. A lo mejor la infección se extendió al parietal y yo me conforéó con drenar la región supraorbitaria.

      Hizo ruidos fuertes junto a cada oído de Maximiliano, tapando sucesivamente el contrario. Ambos tenían las respuestas adecuadas.

      -No hay signos de sordera.

      Lo levantó y lo mantuvo sentado en la cuna. Maximiliano miraba a uno y a otro, girando la cabeza, y llegó a sonreír por un momento. Pero si lo soltaba apenas un poco, caía hacia la izquierda.

     

     Dos semanas completas duró tal estado. La sobrexcitación ocurría cada ocho o diez horas, y luego dormía el resto del tiempo. Después los lapsos se hicieron más cortos y por eso más frecuentes, sin embargo, los sobresaltos eran menos intensos y menos profundo el sueño. Estaba muy flaco y como bebía y comía tan poco, porque no podían hacerlo tragar ni deglutir, temían que muriera de desnutrición. No había fiebre y sus sentidos respondían plenamente.

      Un día, casi un mes después, Maximiliano estaba sentado en la cuna mientras José lo sostenía. Dergan le indicó que lo soltara. El chico se mantuvo erguido, pero levantó un brazo y señaló hacia adelante en un punto impreciso de la choza. Ambos miraron, pero no vieron nada. Maximiliano ahora gritaba con enojo y miedo, señalando la pared. Pero la pared estaba ensombrecida por el techo y la sombra de la puerta.

     José se quedó intrigado, y fue a ver llevando una lámpara. Entonces vio la cruz de Altea que había colgado en la pared. Ninguno de ellos podía verla desde la distancia en que estaba.. Dergan revisó otra vez los ojos del chico. Hizo pruebas poniendo cerca o lejos diversos objetos, pero Maximiliano sólo respondía a la cruz.

      Al día siguiente el francés le habló a la vieja Ágata sobre eso. Ella puso una mano sobre la cara del chico, y cerró los ojos.

     -Eu vejo o que ele ve.

     -Quès que c’est?

    -Todos.

     Y entonces lo levantó en brazos y comenzó a mecerlo. Ella lloraba y lo abrazaba contra su cuello.

     Para fines julio Maximiliano había crecido y los lapsos se habían normalizado. Dormía mucho, pero sus estados de vigilia eran tranquilos y únicamente lloraba si tenía hambre. Hicieron pruebas sobre sus ojos, pero ya no obtuvieron más que respuestas normales. Sin embargo, cuando tenía la vista fija hacia adelante, era como si buscase algo que había perdido. Giraba la cabeza de un lado a otro. Al principio parecía generarle angustia, y se dormía intranquilo, luego parecía haberse olvidado de todo eso.

     El francés, luego de revisarlo un día, dijo:

     -Hay una mancha en la retina del ojo izquierdo.

     - ¿Y qué con eso? - preguntó Iribarne, que recién regresaba de hablar con uno de los hombres de la pulpería. Había estado buscando a alguien que lo llevara Río, y lo había encontrado.

     -Es una señal de ciertas secuelas de infecciones o fracturas. Cicatrices internas, ¿comprend?

     - ¿Entonces ya no ve lo que veía?   

     -Ve lo que vemos todos, mon cherie.

 

 

 

*

 

 

 

 

Un día de invierno, en la primera semana de agosto, llovía y la tierra era una masa de fango en la que se hundían las carretas, los perros viejos se quedaban atascados y morían a pedradas de los chicos, y hasta la hoz de la muerte parecía estar dibujada como un arco iris negro en el cielo.

     Ese día eligió José Menéndez Iribarne para partir. Había organizado un largo itinerario que no sabría si podría cumplir, pero lo intentaría salvando los inconvenientes. Primero el tipo de la pulpería lo llevaría en carreta hasta la ciudad más cercana donde pudiese encontrar alguna estación de ferrocarril. Después de dejar la última estación, otro viaje en barco por los ríos transitables, y luego otra vez ferrocarril y carreta. Donde no pudiera, compraría un caballo y cabalgaría toda la distancia necesaria hasta Río de Janeiro.

      Ese día, muy temprano, armó una valija liviana y puso a Maximiliano en un arnés con mochila que le había dado Lucía. Así había cargado a su hijo Gaspar y aún la conservaba. José la arregló y la reforzó. Maximiliano se quedó tranquilo mientras miraba hacia el cielo encapotado.

      -Mal día para viajar, querido-le dijo Lucía, que había ido a despedirlo.

      El francés lo miraba desde la puerta del rancho, con las manos en los bolsillos y la pipa en los labios.

      -No te preocupes- dijo, y le dio un beso. La vio alejarse con los brazos bruzados sobre un chal de lana mojado.

      El francés se acercó.

     - ¿Por qué no espera mejor tiempo?

     -Porque el invierno en España es más crudo que acá, y espero llegar antes que empiece. Además, no tengo nada que hacer por estos lares. He tenido suficiente de América por un largo tiempo. Extraño España, y no quiero que el chico crezca allá.

     Se abrazaron, y el francés le dio dos besos según su costumbre, uno en cada mejilla.

     -Voy voyage, mon cherie. Extrañaré su mal humor. - Le dio una palmada en el trasero cuando José se dio vuelta.

     -Adiós, matasanos y cura bestias. Que te muerdan los perros y te mueras de rabia.

     La risa del francés no se detuvo hasta que lo vio la carreta alejarse y perderse bajo la llovizna y la niebla.

     José miró atrás varias veces, hasta perder de vista el rancho y la gente que estaba en la puerta, el francés, y un poco más lejos, la vieja Ágata, rodeada de chicos en tan gran cantidad, que  a medida que se alejaba, parecían crecer como un gran lago de cabezas negras nacidas del barro.

     El viaje fue demasiado largo.

     Por Minas Gerais encontró el apellido de los Gonçalvez en casi cada pueblo, y no había quien no los nombrara. Abusando del nombre de Estanislao, le dieron albergue cuando de otro modo se lo habrían rehusado, o le prestaron dinero en los pocos bancos para seguir el viaje.

     Varios tramos del ferrocarril estaban en mal estado, y la locomotora se detenía cada quince minutos en lo que debía ser un viaje de cinco horas, prologándose a casi un día. Luego el transbordo para cruzar varios ríos. Se cruzó con muchos mineros que iban a trabajar antes del amanecer y regresaban apenas anochecía. Eran hombres silenciosos que lo acompañaban mientras él cabalgaba con la mochila y el chico. Lo miraban con curiosidad, porque no era común ver un hombre de la distinción de Iribarne cargando a un recién nacido, solo y sin mujer. Con ellos iban los hijos, con la piel tiznada y encorvados. Escuchaban la conversación de sus padres, y de vez en cuando echaban una mirada al bebé.

      Más de veinte días después llegaron a Río de Janeiro. Entraron sobre una mula que le vendieron cien leguas antes, y que se moría de vieja. Vio la vegetación junto a la bahía, y los enormes peñascos que eran con dos enormes jorobas en la espalda del Brasil. Pero la cara de la bahía miraba hacia el océano.

     Recorrió las calles hasta el puerto, caminando, porque dejó la mula sin atar para que alguien la encontrara muerta. Caminó con una valija en una mano, y la otra apoyada sobre la espalda de Maximiliano.

     Había muchos barcos anclados, otros que zarpaban para la pesca nocturna y otros que volvían y bajaban las redes. Pero no vio ningún buque.

     Preguntó en las ventanillas de uno de los edificios del puerto, alto y estilo imperial, los techos trabajados con cupidos y cariátides sosteniendo las columnas. Se dirigió a una de las ventanillas con enrejado colonial, y un viejo que contaba boletos en el escritorio. Levantó la vista una sola vez cuando lo vio acercarse, luego siguió contando, y de vez en cuando se mojaba el dedo con la lengua para ayudarse a pasar los boletos.

     -Disculpe, quería saber cuándo zarpa el próximo buque a Cádiz.

     El viejo contestó sin mirarlo.

     -Acaba de zarpar uno ayer...-Dejó lo que hacía, sacó un libro de registros enorme y pesado del estante tras el escritorio y consultó página tras página durante un rato.

     -El próximo llega en quince días, más o menos, desde la España, zarpa una semana después de regreso.

     - ¿A qué puerto?

     - ¿Se está burlando? ¿No me dijo Cádiz? Hace treinta años que los veo ir y venir…hay cada uno-dijo después en voz baja y guardando el libro.

     -Disculpé, es que hace tanto que me vine de allá, y he pasado por tanto…

     -No soy su paño de lágrimas, señor, váyase a llorar a una iglesia y no me haga perder el tiempo.

    Retomó su trabajo de contar: dedo, lengua, papel, en ese orden y sin altibajos.

     José se quedó parado. Parecía un provinciano perdido en medio de la gran ciudad. Pero pronto regresaría a España y volvería a ser quien había sido.

     -Disculpe otra vez, no quiero molestarlo, pero quisiera sacar un pasaje para ese buque…

      El viejo dejó la pila de boletos, resopló con fastidio y empezó a anotar en un libro abierto a su derecha.

     -Nombre

    -José Menéndez Iribarne.

    -De toda la familia…

    -Solo mi sobrino y yo. Tiene tres meses, se llama Maximiliano Menéndez Iribarne.

    Le extendió los boletos con letra grande y clara. Le dijo el precio. José pagó.

    -El equipaje debe traerlo seis horas antes…

    -Tengo nada más que una valija…

    -No me interesa lo que tenga, no le pregunté eso…El niño no debe salir del camarote, esa son lar reglas…

    -Está bien-dijo José. El carácter del viejo le recordaba a alguien, pero no recordaba. ¿No sería a él mismo, quizá, cuando fuera viejo? El recio hombre joven se había perdido en una aparente debilidad de carácter que lo preocupaba, pero el viejo le daba la esperanza de recuperar pronto la seguridad de la insidia.

     Guardó los boletos y cuando se dio vuelta olvidó preguntar cuál era el nombre del buque. Temía encolerizar otra vez al viejo, sin embargo, cuando regresó a la ventanilla, vio que lo estaba esperando con una expresión de sorna.

     -Lamento molestarlo nuevamente, pero olvidé preguntarle el nombre el buque.

     - ¿No sabe leer? Está escrito en los boletos.

     José se disculpó por su torpeza, se apartó de la ventanilla y tropezó con una mujer que lo miró enojada. Pidió disculpas y decidió sentarse y serenarse. ¿Qué era lo que le pasaba? Parecía un estúpido principiante, como si fuese a viajar por primera vez. Él, que había sido capitán de buques mercantes, que había casi recorrido el mundo, y había vendido armas en todas partes.

Se dijo que la culpa la tenía América, el clima insoportable del litoral, el ambiente insalubre del río, la inundación y los mosquitos, los golpes que le habían dado las mujeres, y el disparo de un carabinero de mierda.

     Levantó la vista al cielo de la noche que se acercaba. Volvía a llover suavemente una vez más, pero la suavidad se convertía en rispidez con su incesante repetición. Sacó los boletos para leer el nombre del barco. Al principio no pudo creer lo que leía.

     “José Manuel De Goyena, sábado 11 de septiembre, 9 horas”

    Se empezó a reír, moviendo a Maximiliano y despertándolo del ensueño en que se había sumido sobre su pecho.

     -Regresamos-le dijo al chico. -Regresamos a España. Ya vas a ver la vida que vamos a tener, querido. Si hasta viajaremos en nuestro barco, querido, o como si fuera nuestro porque lleva nuestros nombres. ¿Nunca te contó mamá que Goyena fue pariente nuestro? Así decía ella, la pobre, cuando papá no estaba en casa para hostigarla.

      Había recuperado la confianza. Se levantó, agarró la valija y buscó un hotel. Caminó muchas calles hasta encontrar el que creía adecuado para ellos. Estaba a dos cuadras del peñasco que llamaban Pan de Azúcar.

      -Una habitación…

      El conserje, atildado y serio, miraba su ropa sucia y la barba sin afeitar.

      - ¿El chico es suyo?

      José sintió que renacía la arrogancia.

      - ¡Por supuesto! ¿Sabe a quién le habla? Capitán de fragata de la Armada Española, José Menéndez Iribarne-. Y presentó los papeles que estaban en un pliegue de la valija desde hacía tanto tiempo, tanto como el que estaba en América.

      Le dieron una habitación con vista espléndida a la bahía. En la mañana abrió la ventana y dejó que el paisaje del mar y los cerros de la península entrara con la luz del primer día despejado en mucho tiempo. Se desperezó con fuerza y ganas. Vistió a Maximiliano, que había dormido junto a él en la cama, y bajaron a desayunar.

      Ordenó con jactancia, porque eso también había recuperado. Comió y bebió en abundancia, le dio el biberón a Maximiliano, consciente de que las mujeres de las otras mesas lo observaban con curiosidad, y sentía cómo iba creciendo su orgullo. Los hombres se sonreían, despreciativos, pero ellas no dejaban de mirarlo.

     Luego se levantó, puso al chico en su arnés y comenzó a caminar por la calle hacia el cerro. Preguntó si podía subir, y le dijeron que lo llevarían. Pagó, subió al carro que arrastraban dos negritos, y fue viendo cómo el mundo iba ampliándose a su alrededor a medida que ascendía.

     En la cima se paró a mirar. A un lado la tierra y la selva, y mucho más allá el río y toda la vieja América. Del otro el mar, inmenso, interminable, y hasta imaginó llegar a ver la costa de España. Se rio de sí mismo, y vio que Maximiliano también miraba hacia el mar, y se reía.

     Tenía la cruz en el bolsillo, el único signo que se llevaría de esa tierra que tanto mal le había hecho, y a la que le había ganado lo más inapreciable. España los esperaba para recibirlos con un abrazo tan fuerte como la muerte.

    

 

 

 

 

Belén de Escobar

Octubre 2020- Junio 2024

     

 

 

 

 

 Ilustración: "Judith decapitando a Holofernes" de Artemisia Gentilischi

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 


   

 

     

     

 

    

 

 

 

 



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