miércoles, 4 de noviembre de 2026

Historia de Maruf el zapatero (de "Las mil y una noches")

 







Se cuenta, ¡oh rey feliz!, que en la ciudad de El Cairo —la bien protegida— vivía

un hombre que remendaba zapatos viejos. Se llamaba Maruf. Tenía una mujer

llamada Fátima y apodada al-Urra. Se le dio este apodo porque era libertina,

pérfida, desvergonzada y muy intrigante. Dominaba a su marido, y no perdía

ocasión para cubrirlo de injurias y maldiciones. El marido temía su maldad y se

asustaba de sus malas artes, pero como era hombre inteligente se avergonzaba

por su honor. Si ganaba mucho, lo gastaba para su mujer, y si ganaba poco, se

vengaba en su propio cuerpo la misma noche, destruyendo su salud y haciendo

de la noche una de las páginas del libro del destino. Era, tal como dijo el poeta:

¡Cuántas noches he pasado con mi mujer del peor modo posible!

¡Ojalá antes de presentarme ante ella le hubiese dado un tóxico y la

hubiese envenenado!

He aquí una de las muchas cosas que le ocurrieron con su mujer. Ésta le dijo:

« ¡Maruf! Quiero que esta noche me traigas kunafa con miel de abejas» . Le

contestó: « ¡Ojalá Dios (¡ensalzado sea!) me facilite su adquisición y pueda

traértela esta noche! Hoy no tengo dinero; pero nuestro Señor proveerá» . « ¡No

entiendo esas palabras!

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche novecientas noventa, refirió:

—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [la mujer de Maruf prosiguió:] » …

Tanto si lo facilita como si no, has de traerme kunafa, la que tiene miel de abeja;

si vienes sin la kunafa he de hacer que tu noche sea como la suerte que tuviste

cuando te casaste conmigo y caíste en mi mano.» Él replicó: « ¡Dios es

generoso!» Salió con miedo en el cuerpo, rezó la oración de la mañana y abrió

la tienda, mientras decía: « Te ruego, Señor mío, que me concedas algo con que

comprar la kunafa, librándome del daño de esa libertina en la próxima noche» .

Permaneció sentado en la tienda hasta el mediodía, pero no recibió ningún

encargo. Se llenó de terror al pensar en su esposa. Se puso en pie, cerró la tienda

y quedó perplejo ante lo que le sucedía por culpa de la kunafa, ya que no tenía ni

para comprar un pedazo de pan. Pasó ante la tienda de un pastelero, quedó

estupefacto, y sus ojos se cubrieron de lágrimas. El pastelero, al verlo, le

preguntó: « ¡Maestro Maruf! ¿Qué te ocurre, que lloras? ¡Cuéntame lo que te

sucede!» Le explicó la historia y añadió: « Mi esposa es una fiera y me ha

pedido kunafa. He permanecido en la tienda hasta medio día, pero no he ganado

ni para un pedazo de pan, y le tengo miedo» . El pastelero se echó a reír y dijo:

« ¡No temas! ¿Cuántas libras quieres?» « ¡Cinco!» Le pesó las cinco libras y le

dijo: « Tengo la manteca, pero no dispongo de miel de abejas; en cambio tengo

caramelo, que es mejor que la miel de abejas. ¿Qué inconveniente hay en que,

en vez de miel, sea caramelo?» Maruf se avergonzó, pues tenía que pedirle que

esperase a cobrar. Le dijo: « Dame el caramelo» . El pastelero frió la kunafa con

la manteca, la sumergió en caramelo, y el guiso quedó dispuesto para servirse a

los reyes. Le preguntó: « ¿Necesitas pan y queso?» « ¡Sí!» Tomó cuatro medios

dirhemes de pan, uno de queso y la kunafa, que valía diez. Le dijo: « Maruf: te

llevas quince medios dirhemes. Ve junto a tu esposa, disfruta y quédate este

medio dirhem para los gastos del baño; ya me darás el dinero dentro de uno, o

dos o tres días o cuando puedas. No seas severo con tu mujer, pues yo esperaré

hasta que los dirhemes que tengas sean superiores a tus gastos» . Maruf cogió la

kunafa, el pan y el queso, y se marchó haciendo votos por él y con el espíritu

tranquilo. Decía: « ¡Gloria a Ti, Señor mío! ¡Cuán generoso eres!» Se presentó

ante su mujer, y ésta le preguntó: « ¿Has traído la kunafa?» « Sí» . Y se la dio. La

mujer la miró y vio que era caramelo. Le dijo: « ¿Es que no te he dicho: “Tráela

con miel de abejas”? Has hecho todo lo contrario de lo que deseaba, y la has

traído con caramelo de azúcar de caña» . Se excusó y le dijo: « La he comprado

a crédito» . « ¡Son vanas palabras! ¡Sólo comeré la kunafa si está hecha con miel

de abejas!» La mujer, indignada con la kunafa se la arrojó y le dijo:

« ¡Levántate, espíritu de contradicción, tráeme de la otra!» Le dio un puñetazo

que le hizo saltar un diente. La sangre corrió hasta el pecho, y se puso tan furioso

que golpeó a su mujer en la cabeza. Ella lo agarró por la barba y empezó a

gritar: « ¡Musulmanes!» Los vecinos entraron, libraron sus barbas de las manos

de la mujer y cubrieron a ésta de injurias e improperios. Le dijeron: « Todos

nosotros nos conformamos con comer kunafa hecha de caramelo de azúcar. ¿Por

qué te muestras tan dominante con este pobre hombre? Esto es una falta de tu

parte» . Siguieron insistiendo hasta que reconciliaron a los dos esposos. Pero en

cuanto se hubo marchado la gente, la mujer juró que no comería kunafa. El

hambre dominaba al remendón, quien se dijo: « Ella ha jurado que no la comerá

pero yo sí me la comeré» . La mujer, al verlo comer exclamó: « ¡Ojalá se

convirtiera en veneno y te estropeara el cuerpo!» Él replicó « No será como

dices» . Siguió comiendo, riéndose y diciendo: « Tú has jurado que no comerás

de esto. Pero Dios es generoso, y si Él lo quiere, mañana por la noche te traeré

kunafa con miel de abejas y te la comerás tú sola» . Siguió consolándola,

mientras ella lo maldecía, no paró de injuriarlo e increparlo hasta la mañana. Al

amanecer se dispuso a pegar al marido. Éste le dijo: « Espera a que regrese sin la

kunafa» . Salió hacia la mezquita, rezó, se fue a la tienda, la abrió y se sentó.

Apenas acababa de instalarse cuando aparecieron dos alguaciles enviados por el

juez. Le dijeron: « ¡Ven a hablar con el cadí! Tu mujer ha presentado una

querella contra ti. Ella es así y asá» . La reconoció y dijo: « ¡Que Dios

(¡ensalzado sea!) la castigue!» Se puso en pie y los acompañó hasta encontrarse

ante el cadí. Vio allí a su mujer con el brazo vendado y el velo teñido de sangre.

Estaba en pie, llorando y secando sus lágrimas. El juez le dijo: « ¡Oh, hombre!

¿Es que no temes a Dios? (¡ensalzado sea!) ¿Cómo apaleas y partes el brazo a

esta mujer? ¿Cómo le arrancas un diente y la tratas así?» El marido replicó: « Si

le he pegado y arrancado un diente, condéname. Pero la historia es ésta y ésta, y

los vecinos nos han reconciliado» . Le refirió todo desde el principio hasta el fin.

El cadí era un hombre de bien: sacó un cuarto de dinar y le dijo: « ¡Oh, hombre!

Coge esto dale la kunafa con miel de abejas y reconciliaos» . « ¡Entrégaselo a

ella!» Ella lo cogió, y el juez dijo: « ¡Mujer! Obedece a tu marido. ¡Hombre!

Ten compasión con ella» . Salieron reconciliados de delante del cadí, y la mujer

tomó un camino y el marido otro, que lo condujo a la tienda. Se sentó. Poco

después aparecieron los alguaciles, que le dijeron: « ¡Paga nuestros honorarios!»

« El cadí no me ha cobrado nada antes, al contrario, me ha dado un cuarto de

dinar» . « Nosotros nada tenemos que ver con lo que el cadí te haya dado o te

haya quitado. Si no nos pagas nuestros honorarios, los cobraremos a la fuerza.»

Lo arrastraron al zoco, vendió sus utensilios, les entregó medio dinar y entonces

se marcharon. El remendón apoyó la mejilla en su mano y se sentó, triste, ya

que carecía de instrumentos con que trabajar. Mientras se encontraba así, se le

presentaron dos hombres de mal aspecto, que le dijeron: « ¡Hombre! Ven a

hablar con el cadí: tu mujer ha presentado una querella contra ti» . Les replicó:

« ¡El juez nos ha reconciliado!» « Nosotros venimos de parte de otro juez; tu

mujer se ha querellado ante el nuestro» . Se puso en pie mascullando injurias

contra su mujer. Al verla, le dijo: « ¡Hija legítima! Pero, ¿es que no nos hemos

reconciliado?» « ¡Entre nosotros dos no hay reconciliación posible!» El marido

se acercó al juez, le refirió la historia y añadió: « El juez Fulano nos ha

reconciliado hace un momento» . El cadí la increpó: « ¡Desvergonzada! Si os

habéis reconciliado, ¿por qué has venido a querellarte ante mí» ? « ¡Es que

después me ha vuelto a pegar!» « Bueno: reconciliaos, tú no volverás a pegarle,

y ella no volverá a desobedecerte.» Se reconciliaron. El juez añadió: « ¡Paga los

honorarios a los alguaciles!» Él los pagó y regresó a su tienda. La abrió y se

sentó como un beodo, pues estaba completamente trastornado. Mientras se

encontraba así, acudió un hombre, que le dijo: « ¡Maruf corre, escóndete! Tu

mujer ha presentado una querella ante el Tribunal Supremo, y sus esbirros

vienen en tu busca» . Cerró la tienda y huyó en dirección a Bab al-Nasr. De la

venta de sus enseres e instrumentos le habían quedado cinco medios dirhemes de

plata. Compró cuatro de pan y uno de queso, mientras huía. Todo esto ocurrió en

invierno, al mediodía. Cuando ya se encontraba entre los montículos de

desperdicios, lo sorprendió una lluvia torrencial que empapó su ropa. Entró en al

Adiliyya y encontró un lugar en ruinas y un depósito destrozado y sin puerta.

Penetró en él para resguardarse de la lluvia, ya que todas sus cosas estaban

empapadas de agua. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas; deprimido por lo

que le había pasado, decía: « ¿Adonde huiré para escapar de esta desvergonzada?

¡Te ruego, Señor mío, que me conduzcas a alguien que me lleve a un remoto

país, de modo que ella no conozca mi camino!» Mientras se encontraba sentado

llorando, se hendió la pared y salió de ella una persona de elevada estatura y de

un aspecto tal que producía escalofríos. Le preguntó: « ¡Oh, hombre! ¿Qué te

sucede para intranquilizarme así esta noche? Yo habito este lugar desde hace cien

años, y jamás he visto a nadie entrar en él y hacer lo que tú has hecho. Exponme

tu deseo y yo satisfaré tus necesidades. Mi corazón siente compasión por ti» .

Maruf preguntó: « ¿Quién y qué eres?» « Soy el habitante de este sitio.» El

remendón le explicó todo lo que le había sucedido con su esposa. El otro le

preguntó: « ¿Quieres que te lleve a un país cuyo camino sea desconocido por tu

esposa?» « ¡Sí!» « Súbete en mis hombros.» subió y lo transportó desde el ocaso

a la aurora, hasta dejarlo en la misma cima de un monte elevado.

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche novecientas noventa y una, refirió:

—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [después] le dijo: « ¡Ser humano!

Desciende de la cima de este monte; te encontrarás en el umbral de una ciudad:

entra en ella; tu mujer no sabrá el camino ni podrá alcanzarte» . Lo dejó y se

marchó. Maruf se quedó perplejo y aturdido hasta la salida del sol. Se dijo: « Me

pondré en marcha y bajaré del monte a la ciudad. Seguir aquí no tiene interés

alguno» . Bajó a la falda del monte y se encontró ante una ciudad de altas

murallas, elevados alcázares y lujosos edificios: constituía el encanto de todos los

que la contemplaban. Entró por la puerta de la misma y vio que ésta regocijaba

el corazón entristecido. Recorrió el zoco. Los habitantes de la ciudad lo miraban.

Formaron círculo en torno a él y examinaron sus vestidos, ya que no se parecían

a los de ellos. Uno de los habitantes le preguntó: « ¡Oh, hombre! ¿Eres

extranjero?» « ¡Sí!» « ¿De dónde?» « De la feliz ciudad de El Cairo.» « ¿Hace

mucho que la has dejado?» « Ayer al mediodía.» Aquel hombre se echó a reír y

clamó: « ¡Gentes! ¡Venid! ¡Ved a este hombre! ¡Oíd lo que dice!» Preguntaron:

« ¿Qué dice?» « Asegura que es de El Cairo y que ayer al mediodía salió de la

ciudad.» Todos se rieron y las gentes se aglomeraron. Dijeron: « ¡Hombre!

¿Estás loco para decir tales palabras? ¿Cómo aseguras que dejaste El Cairo ayer

al mediodía si ahora estás aquí? Entre nuestra ciudad y la de El Cairo hay un año

entero de marcha» . Les replicó: « Yo no estoy logo; lo estáis vosotros. Yo he

dicho la verdad: este pan es de Egipto, y aún está fresco» . Les mostró el pan y

empezaron a examinarlo y admirarlo, ya que no se parecía al pan de su país. El

gentío iba en aumento. Decían: « Esto es pan de El Cairo, miradlo» . Maruf se

hizo célebre en aquella ciudad: unos lo creían, mientras que otros se burlaban de

él. Entonces se acercó un comerciante; iba montado en una mula y lo seguían

dos esclavos. Lo dejaron pasar y dijo: « ¡Gentes! ¿No os avergonzáis de reuniros

en torno a este hombre forastero y de burlaros y reíros de él? ¿Qué os sucede con

él?» Siguió riñéndolos hasta que los grupos se disolvieron sin que nadie se

atreviese a contestarle. Luego dijo a Maruf: « ¡Acércate, amigo mío! Ésos no

han de causarte ningún daño, no tienen vergüenza» . Lo llevó consigo y lo

condujo a una casa amplia y lujosa. Le hizo sentarse en un estrado regio y dio

órdenes a los esclavos. Éstos abrieron una caja, sacaron una túnica de

comerciante muy valiosa y se la hizo poner. Maruf era de buen ver, y con ella

daba la sensación de ser el síndico de los mercaderes. Después, el comerciante

pidió la mesa y la colocaron ante él; contenía preciosos platos y guisos de todas

clases. Comieron y bebieron. Le preguntó: « ¡Hermano mío! ¿Cómo te llamas?»

« Me llamo Maruf, y soy zapatero remendón.» « ¿De qué ciudad eres?» « De El

Cairo.» « ¿De qué barrio?» « ¿Es que conoces El Cairo?» « Soy uno de sus

hijos.» « Soy de Darb al-Ahmai.» « ¿Y a quién conoces de ese barrio?» « A

Fulano y a Zutano» , y le citó a mucha gente. Le preguntó: « ¿Conoces al jeque

Ahmad al-Attar?» « Somos vecinos, pared por pared.» « ¿Está bien de salud?»

« ¡Sí!» « ¿Y cuántos hijos tiene?» « Tres: Mustafá, Muhammad y Alí.» « ¿Y qué

ha hecho Dios de sus hijos?» «Mustafá está bien, es un sabio maestro;

Muhammad es droguero y ha abierto una tienda al lado de la de su padre; se ha

casado, y su mujer ha dado a luz un hijo que se llama Hasán.» « ¡Que Dios te

alegre siempre con buenas noticias!» , interrumpió el mercader. Maruf siguió:

« Alí fue mi compañero de infancia, y siempre jugábamos juntos, nosotros

íbamos, disfrazados de cristianos, a las iglesias de éstos; robábamos sus libros y

los vendíamos; con lo que sacábamos comprábamos cosas. Una vez los cristianos

nos vieron y nos cogieron con un libro. Se quejaron a nuestras familias y dijeron

a su padre: “Si no impides que tu hijo nos perjudique, nos quejaremos al rey”.

Los tranquilizó y dio a Alí una soberbia paliza que fue causa de que huyese y no

se supo adonde había ido. Hace ya veinte años que está ausente, y no se sabe

nada de él» . El mercader le replicó: « Pues yo soy Alí, el hijo del jeque Ahmad

al-Attar; tú, Maruf, eres mi amigo» . Ambos se saludaron. El mercader siguió:

« ¡Maruf! Cuéntame la causa de tu venida desde El Cairo a esta ciudad» . Le

refirió la historia de su esposa, Fátima al-Urra, y lo que había hecho con él, y

añadió: « Cuando sus malas artes se abatieron sobre mí, huí en dirección a Bab

al-Nasr. La lluvia me mojó, y me metí en un almacén en ruinas situado en al

Adiliyya. Me senté a llorar. El habitante de aquel lugar se presentó ante mí: era

un efrit de los genios. Me interrogó y le expliqué mi situación. Me hizo subir en

sus hombros y voló conmigo durante toda la noche entre la tierra y el cielo.

Después me depositó en el monte y me informó de la existencia de la ciudad.

Entré en ella, la gente se agrupó a mi alrededor y me interrogó. Les contesté:

“Yo salí ayer de El Cairo”. No me querían creer. Pero llegaste tú, alejaste a la

gente que tenía a mi alrededor y me trajiste a esta casa. Tal es la causa de mi

marcha de El Cairo. ¿Y tú, por qué has venido aquí?»

Refirió: « El atolondramiento —tenía siete años— se apoderó de mí. Desde

entonces voy dando vueltas de país en país y de ciudad en ciudad. Así llegué a

ésta, que se llama Ajtiyan al-Jatán. Vi que sus habitantes son personas generosas

e indulgentes, que conceden sus favores al pobre, lo auxilian y dan crédito a todo

lo que dice. Les dije: “Soy comerciante y he llegado antes que mis mercancías.

Deseo un lugar en el que poder depositar mis efectos”. Me vaciaron un almacén.

Añadí: “¿Hay alguno de vosotros que pueda prestarme mil dinares hasta que

lleguen mis mercancías? Le devolveré lo que me haya prestado, pues ahora

mismo necesito algunas cosas”. Me dieron lo que quería. Me dirigí al zoco de los

comerciantes y allí vi algunas mercancías, que compré. Al día siguiente las vendí

y gané cincuenta dinares; compré otras. Empecé a frecuentar el trato de la

gente, me mostré generoso, me gané su aprecio y me dediqué a comprar y

vender. Mis riquezas crecieron. Sabe, hermano mío, que el autor de los refranes

dice: “El mundo es engaño e intriga: en los países en que nadie te conoce, puedes

hacer lo que quieres”. Si tú dices a todo aquel que te lo pregunte que eres pobre y

remendón, que has huido de tu mujer y que sólo ayer saliste de El Cairo, no te

creerán y te tomarán a chacota mientras permanezcas aquí. Si dices: “Un efrit

me ha transportado” huirán de tu lado y nadie se acercará a ti. Dirán: “Éste es un

hombre embrujado, y todo el que se acerque a él recibirá daño”. Esta

propaganda nos perjudicará a los dos, pues saben que yo soy de El Cairo» .

Maruf preguntó: « ¿Qué he de hacer?» « Yo te enseñaré, si Dios (¡ensalzado

sea!) lo quiere, cómo te has de comportar. Mañana te daré mil dinares y una

mula, en la que montarás: un esclavo te precederá hasta que llegues a la puerta

del zoco de los mercaderes. Entrarás. Yo me encontraré sentado entre los demás.

En cuanto te vea, me pondré en pie, te saludaré, besaré tu mano y te trataré con

todos los honores. Cada vez que yo te pregunte por una clase de telas y te diga:

“¿Has traído de tal clase?”, contestarás: “¡Muchísima!” Si me preguntan por ti,

yo te alabaré y te haré aparecer como persona importante ante sus ojos. A

continuación les diré: “Alquiladle un depósito y una tienda”. Te describiré como

persona rica y generosa. Si se te acerca un pobre, le das cuanto puedas. Creerán

mis palabras, quedarán convencidos de tu importancia y de tu generosidad y

alcanzarás aprecio. Después te invitaré a ti y a todos los comerciantes, para que

te conozcan y tú los conozcas…

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche novecientas noventa y dos, refirió:

—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [Alí prosiguió:] » ”…así podrás

vender y comprar, tomar y dar, y al cabo de poco tiempo serás dueño de

grandes riquezas.» Al día siguiente por la mañana le entregó mil dinares, le hizo

ponerse una túnica y montar en un corcel, y le entregó un esclavo. Le dijo:

« ¡Que Dios te libre pronto de todo! Ya que tú eres mi compañero, debo tratarte

con honor. No te preocupes, deja de pensar en la conducta de tu mujer y no la

menciones a nadie» . Maruf le replicó: « ¡Que Dios te pague tanto bien!» Montó

en la mula, y el esclavo lo precedió hasta dejarlo en la puerta del zoco de los

comerciantes, lodos éstos se encontraban sentados, y Alí, entre ellos. Al verlo, se

puso en pie y se arrojó en sus brazos exclamando: « ¡Qué día bendito es éste,

comerciante Maruf! ¡Haces buenas obras y traes favores!» Le besó la mano

delante de todos los comerciantes, y exclamó: « ¡Hermanos míos! ¡Os presento

al comerciante Maruf!» Lo saludaron, y Alí empezó a hacer su elogio y a darle

importancia ante sus ojos. Lo hizo bajar de la mula y todos lo saludaron. Alí fue

hablando a solas con cada mercader, haciendo el elogio de su compañero. Le

preguntaron: « ¿Es un mercader?» « Sí, es uno de los mayores; no hay ninguno

tan rico como él, ya que sus bienes, los de su padre y los de sus abuelos, son

famosos entre los comerciantes de El Cairo. Tiene socios en la India, el Sind y el

Yemen, y es famoso por su generosidad. Reconoced su valor y colocadlo en su

puesto; poneos a su servicio. Sabed que no ha venido a esta ciudad para

comerciar, sino para distraerse viendo los países de la gente. Él no necesita ir al

extranjero para obtener beneficios y ganancias, ya que el fuego no puede

destruir los bienes que posee. Yo soy uno de sus criados.» Siguió haciendo su

elogio hasta que los comerciantes lo consideraron muy superior a ellos y

empezaron a contarse sus cualidades unos a otros. Luego se acercaron y le

ofrecieron bocadillos y sorbetes, hasta que llegó el síndico de los mercaderes. El

comerciante Alí empezó a decirle, delante de los demás: « ¡Señor mío! ¿Has

traído tal tipo de tela?» Él contestó: « ¡En gran cantidad!» Aquel mismo día, Alí

había mostrado a Maruf distintas clases de telas de gran valor, y le había

enseñado los nombres de los tejidos caros y baratos. Uno de los comerciantes le

preguntó: « ¡Señor mío! ¿Has traído tela amarilla?» « ¡En gran cantidad!» « ¿Y

de color rojo como la sangre de gacela?» « ¡En gran cantidad!» A todos los que

le preguntaban por algo, les contestaba: « ¡En gran cantidad!» Entonces dijo uno:

« ¡Comerciante Alí! Si tu compatriota quisiera traer mil piezas de telas valiosas,

¿las traería?» Y Alí replicó: « Las traería de uno cualquiera de sus depósitos y no

se notaría en él disminución alguna» . Mientras se encontraban sentados, pasó un

pobre, el cual dio la vuelta al ruedo de comerciantes: unos le dieron medio

dirhem; otros, una moneda, y la mayoría no le dio nada. Así llegó hasta Maruf, el

cual cogió un puñado de oro y se lo entregó. El mendigo hizo los votos de rigor y

se marchó. Los comerciantes se quedaron admirados y dijeron: « Éstos son

dones propios de reyes: le ha dado oro sin cuento. Si no fuese una persona que

vive en el mayor bienestar y dispone de grandes riquezas, no habría dado al

mendigo un puñado de oro» . Al cabo de un rato se le acercó una mujer pobre.

Maruf cogió otro puñado de oro y se lo entregó. La mujer se marchó haciendo

los votos de rigor y lo refirió a los pobres. Éstos acudieron ante él, uno después de

otro. Cada vez que se le presentaba un pobre, cogía un puñado de oro y se lo

entregaba. Así terminó con los mil dinares. Entonces dio una palmada y

exclamó: « ¡Dios nos basta, pues es el mejor de los intercesores!» El síndico de

los comerciantes le preguntó: « ¿Qué te ocurre, mercader Maruf?» Él contestó:

« La mayoría de los habitantes de esta ciudad son pobres y miserables. Si lo

hubiera sabido, me habría traído en la alforja una gran cantidad de dinero para

dárselo a los pobres. Temo que mi ausencia se prolongue, y no es propio de mi

natural el no responder a los pobres. Pero ya no me queda más oro. Si se

presenta un pobre, ¿qué le diré?» Le replicó: « Dile: “Que Dios te ampare”» .

« No es ésta mi costumbre, y la pena me embarga por ello. ¡Si tuviera mil

dinares para hacer limosna hasta que lleguen mis cosas!» El otro dijo: « ¡No hay

inconveniente!» , y mandó a uno de sus criados que le llevase mil dinares. Se los

entregó, y él siguió dando limosnas a todos los pobres que pasaban por su lado,

hasta que el almuédano llamó a la oración del mediodía. Entraron en la mezquita,

rezaron la oración y Maruf arrojó lo que le quedaba de los mil dinares, por

encima de la cabeza de los que rezaban. La gente lo miró e hizo los votos de rigor.

Los comerciantes estaban admirados de su desprendimiento y generosidad.

Luego se dirigió a otro comerciante, le pidió prestados otros mil dinares y los

distribuyó también. El comerciante Alí observaba lo que estaba haciendo, pero

no podía hablar. Esta situación siguió así hasta que el almuédano anunció la

oración de la tarde. Entró en la mezquita, rezó y distribuyó el resto de dinero.

Cuando cerraron la puerta del mercado, había tomado en préstamo cinco mil

dinares. Todo aquel que le había prestado decía: « Si quieres más dinero mientras

llegan tus mercancías, yo te lo prestaré, y si quieres telas puedes disponer de

ellas, ya que tengo muchas» .

Por la noche, el comerciante Alí lo invitó a él y todos los comerciantes; le

hizo sentar en la presidencia y sólo le habló de telas y joyas. Cada vez que le

citaban algo, contestaba: « Lo tengo en abundancia» .

Al día siguiente se dirigió al mercado y empezó a visitar a los comerciantes;

tomó dinero en préstamo y lo distribuyó entre los pobres. Siguió haciendo lo

mismo veinte días, durante los cuales llegó a recibir en préstamo sesenta mil

dinares; pero no llegaban las mercancías ni la ardiente peste. La gente empezó a

preocuparse por sus bienes, y dijo: « Las mercancías del comerciante Maruf no

llegan. ¿Hasta cuándo tomará en préstamo para darlo a los pobres?» Uno de ellos

dijo: « Lo mejor es hablar con su compatriota, el comerciante Alí» . Corrieron a

éste y le dijeron: « ¡Comerciante Alí! Las mercancías de Maruf no han

llegado» . Él contestó: « Esperad, pues no cabe duda de que llegarán dentro de

poco» . Luego, se quedó a solas con su amigo y le dijo: « ¡Maruf! ¿Qué significan

estas acciones? ¿Te he dicho que tostases el pan o que lo quemases? Los

comerciantes están inquietos por sus bienes, y me han dicho que te llevan

prestados sesenta mil dinares, que tú has tomado y distribuido entre los pobres.

¿Cómo liquidarás a la gente si no compras ni vendes nada?» Maruf le replicó:

« ¿Qué ocurre? ¿Qué son sesenta mil dinares? Cuando lleguen las mercancías, les

daré lo que quieran, oro o plata» . « ¡Dios es grande! ¿Pero es que tienes

mercancías?» « ¡Muchas!» « ¡Que Dios y los hombres te castiguen por tu

frescura! ¿Es que te he enseñado tales palabras para que me las repitas a mí? Lo

explicaré a la gente.» « Ve y no hables en demasía. ¿Es que acaso soy un pobre?

Mis mercancías ascienden a mucho. Cuando lleguen, cada uno tomará el doble

de lo que me ha prestado. Yo no las necesito.» El comerciante Alí, exasperado,

exclamó: « ¡Mal educado! Te haré ver lo que cuesta mentirme sin

avergonzarse» . « Haz lo que te parezca; ellos esperarán hasta que lleguen mis

mercancías, y recibirán sus préstamos con los intereses.» Dicho esto, Maruf lo

dejó y se marchó. Alí se dijo: « Antes lo he elogiado. Si ahora lo vitupero,

quedaré como un embustero, por lo que me podrán aplicar el proverbio: “Quien

alaba y luego vitupera, miente dos veces”» . Quedó perplejo sobre lo que debía

hacer. Los comerciantes acudieron a él y le preguntaron: « ¡Alí! ¿Le has

hablado?» « ¡Gentes! Tengo vergüenza. Yo le he dejado mil dinares y no puedo

pedírselos. Vosotros, al darle el dinero, no me habéis consultado ni me habéis

dicho palabra. Reclamádselo, y si no os lo devuelve, quejaos al rey de la ciudad.

Decidle: “Es un insolvente y nos ha engañado”. El rey os librará de él.»

Corrieron ante el soberano y lo informaron de lo ocurrido. Dijeron: « ¡Rey del

tiempo! Estamos perplejos ante lo que nos sucede con ese comerciante cuya

generosidad va en aumento. Hace tal y tal cosa. Reparte a puñados entre los

pobres todo lo que toma en préstamo; si se tratara de un pobre, no se hubiese

permitido dar el oro a manos llenas a los indigentes; y si fuera un hombre de

buena posición, la llegada de sus mercancías nos lo habría confirmado. Pero

nosotros no hemos visto sus mercancías, a pesar de que él pretende tenerlas y

dice que sólo se ha adelantado a su llegada. Cada vez que le citamos una clase

cualquiera de ropa, dice: “¡Tengo muchísima!” Ha transcurrido ya un plazo

prudencial sin que aparezcan sus mercancías, y él nos debe sesenta mil dinares,

que ha repartido, íntegramente, entre los pobres, que le dan las gracias y hacen el

elogio de su generosidad» . Aquel rey era avaro, más codicioso que Ashab. Al oír

mencionar la generosidad y el desprendimiento de Maruf, la codicia lo cegó y

dijo a su visir: « Ese comerciante ha de tener grandes riquezas, pues de lo

contrario no sería tan generoso. Sus mercancías llegarán sin duda alguna;

entonces reunirá a esos comerciantes y los colmará de bienes. Pero yo tengo

más derecho que ellos. Quiero tratarlo bien y demostrarle afecto hasta que

lleguen sus mercancías. Así, lo que hayan de quitarle esos comerciantes se lo

quitaré yo y lo casaré con mi hija; de esta forma juntaré sus bienes a los míos» .

El visir le dijo: « ¡Rey del tiempo! Yo creo que es un impostor; el impostor es

quien arruina la casa del codicioso» .

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche novecientas noventa y tres, refirió:

—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [el rey dijo:] « Lo pondré a prueba

y sabré si es impostor o persona sincera; si ha sido educado en el desahogo, o

no.» « ¿Cómo lo probarás?» « Tengo una gema. Lo mandaré a buscar y haré

que comparezca ante mí. Cuando esté sentado, lo trataré con honor y le

entregaré la gema. Si la reconoce y sabe su precio quiere decir que es persona

de bien y de posición desahogada. Si no la reconoce, sabremos que es un

impostor y un charlatán y lo mataré del modo más infame.» El rey mandó

buscar a Maruf y lo hizo presentar. Una vez ante él, lo saludó y le devolvió el

saludo; luego lo hizo sentar a su lado. Le preguntó: « ¿Eres tú el comerciante

Maruf?» « ¡Sí!» « Los comerciantes aseguran que les debes sesenta mil dinares.

¿Es verdad lo que dicen?» « ¡Sí!» « ¿Y por qué no les das su dinero?» « Que

esperen hasta que lleguen mis mercancías, y les daré el doble: si quieren oro, les

daré oro; si prefieren plata, se la daré, y si desean mercancías, las tendrán; a

quien me haya prestado mil, le daré dos mil como recompensa por haberme

salvado la faz ante los pobres, pues yo tengo grandes riquezas.» El rey le dijo a

continuación: « ¡Comerciante! Coge esta gema, mira de qué clase es, y tásala» .

Le entregó una piedra del tamaño de una avellana, que el rey había comprado

por mil dinares; como no tenía otras, la sobrevaloraba. Maruf la cogió con la

mano, la estrujó entre el pulgar y el índice y la rompió, ya que la gema era

delicada y frágil. El rey le preguntó: « ¿Por qué has roto la gema?» Maruf

rompió a reír y replicó: « ¡Rey del tiempo! ¡Esto no es una gema! ¡Esto es un

pedazo de mineral que vale mil dinares! ¿Cómo puedes decir que es una gema?

Una gema cuesta, cuando menos, setenta mil dinares, y esto no es más que un

pedazo de piedra. Todo aquello que no llega al tamaño de una nuez, carece de

valor para mí y no me interesa. ¿Cómo tú, que eres rey, dices que esto es una

gema cuando en realidad es un pedazo de mineral que vale mil dinares? Pero

tenéis disculpa, ya que sois pobres y no poseéis tesoros de valor» . El rey le

contestó: « ¡Comerciante! ¿Tienes gemas como ésas de las que hablas?»

« ¡Muchas!» La avaricia del rey fue en aumento, y le dijo: « ¿Me darás gemas

verdaderas?» « Cuando lleguen mis mercancías te daré muchas, de cualquier

clase que me las pidas; te las regalaré.» El rey se alegró y dijo a los

comerciantes: « Id a vuestros quehaceres y esperad hasta que lleguen las

mercancías. Entonces volved: yo os daré lo que os pertenezca» . Los

comerciantes se marcharon. Esto es lo que hace referencia a Maruf y a los

comerciantes.

He aquí ahora lo que se refiere al rey: recibió al ministro y le dijo: « Trata

con miramientos al comerciante Maruf. Tómalo contigo, habla con él y dile que

se podría casar con mi hija: así nos haremos con los tesoros que posee» . El visir

objetó: « ¡Rey del tiempo! El aspecto de este hombre no me gusta, y creo que es

un falsario y un embustero. Quítate eso de la cabeza y no pierdas a tu hija en

vano» . El visir, con anterioridad, había pedido al rey que lo casase con su hija. El

rey había querido casarla, pero la muchacha, al enterarse, no había accedido. El

rey lo increpó: « ¡Traidor! Tú no quieres mi bienestar porque anteriormente me

pediste a mi hija y ella no aceptó casarse contigo. Por eso ahora quieres cortar el

camino de su matrimonio. Tú querrías que mi hija quedase en barbecho hasta

que tú pudieras casarte con ella. Pero oye esto: tú no tienes nada que ver en este

asunto. ¿Cómo puede ser impostor y embustero si ha tasado la gema en el mismo

precio en que la he comprado, y la ha roto porque no le gustaba y porque dispone

de muchas otras gemas? Cuando se presente ante mi hija, verá que es bella, le

sorberá el seso y le dará gemas y tesoros. Tú quieres impedir que mi hija y yo

nos hagamos con esos tesoros» . El visir calló, pues temía que el rey se

encolerizase con él. Se dijo: « Azuza los perros contra el rebaño» . Fue en busca

del comerciante Maruf y le dijo: « La majestad del rey te ama; tiene una hija

muy hermosa y bella y quiere casarla contigo. ¿Qué opinas?» « Que no hay

inconveniente alguno en ello, pero ha de esperar hasta que lleguen mis

mercancías, pues la dote de las hijas de los reyes es crecida, y su rango exige

que dicha dote sea apropiada a su categoría. En este momento no tengo dinero.

Que espere hasta que lleguen las mercancías, pues tengo grandes riquezas y he

de gastar en la dote cinco mil bolsas; además, necesitaré otras mil para

distribuirlas entre los pobres y los indigentes la noche en que consume el

matrimonio; mil más para darlas a los que formen parte del cortejo, sin contar

las mil que he de emplear en dar comidas a los soldados y otras personas.

Necesito, además, cien gemas para dárselas a la princesa el día siguiente de la

noche de bodas, y otras cien para distribuirlas entre criados y eunucos; a cada

uno le daré una. Y todo esto para enaltecer el rango de la novia. Quiero, además,

vestir a mil pobres desharrapados y hacer limosnas. Todo esto es imposible si no

me llegan las mercancías. Yo tengo bienes tan grandes, que una vez aquí mi

equipaje, no me preocuparán esos gastos.» El visir corrió a informar al rey de lo

que había dicho. El soberano le replicó: « Si tal es su intención, ¿cómo puedes

decir que es un impostor y un embustero?» « ¡Pues sigo diciéndolo!» El rey se

enfadó con él, lo reprendió y le dijo: « ¡Por vida de mi cabeza! Si no dejas de

decir esas palabras, te mataré. Ve a su lado y tráelo ante mí, pues yo me

entenderé con él» . El visir fue a buscarlo y le dijo: « ¡Ven a hablar con el rey!»

« ¡Oír es obedecer!» Una vez ante el soberano, este le dijo: « No te disculpes de

esa manera, pues mis tesoros están repletos. Quédate con las llaves, gasta lo que

necesitas, da lo que quieras, viste a los pobres, haz lo que te plazca y no te

preocupes por mi hija y las esclavas. Cuando lleguen tus fardos, darás a tu esposa

lo que tu generosidad te aconseje. Nosotros esperaremos que lleguen tus efectos

para recibir la dote nupcial. Entre nosotros dos no hay diferencia alguna» . Luego

ordenó al jeque del Islam que escribiese el contrato de matrimonio de la hija del

rey con el comerciante Maruf. Después se dedicó a preparar la fiesta y mandó

engalanar la ciudad y redoblar los tambores; se pusieron las mesas con toda clase

de guisos y acudieron los músicos. El comerciante Maruf se encontraba sentado

en una silla frente a los músicos, juglares, bufones, ilusionistas y magos. Daba

órdenes al tesorero, diciéndole: « ¡Trae oro y plata!» Le llevaban lo que él pedía,

y él recorría las filas de los espectadores y daba un puñado a cada músico; era

generoso con pobres e indigentes y vestía a los desharrapados. Era una fiesta de

campanillas en la que el tesorero apenas tenía tiempo para ir del tesoro a la casa.

El corazón del visir estaba a punto de estallar de ira, pero no podía hablar. El

comerciante Alí estaba admirado del despilfarro de tanta riqueza. Dijo al

comerciante Maruf: « ¡Que Dios y los hombres caigan sobre tu sien! ¿Es que no

te basta con haber dilapidado los bienes de los comerciantes? ¿Tienes que acabar

ahora con las riquezas del rey?» El comerciante Maruf le replicó: « ¡Nada te

importa! Cuando lleguen mis mercancías, se lo devolveré al rey con creces» .

Siguió despilfarrando el dinero y se dijo: « ¡Maldita peste! Lo que sea, será. No

puede escaparse al destino» . Las fiestas duraron cuarenta días. El día

cuadragésimo primero se formó el cortejo nupcial para acompañar a la novia.

Delante de ella iban todos los emires y soldados. Al llegar ante Maruf, éste

empezó a arrojar oro a manos llenas por encima de las cabezas de las personas.

Se formó un cortejo enorme, al cual distribuyó gran cantidad de dinero. Lo

condujeron ante la reina. Maruf se sentó en un estrado alto. Quitaron los velos,

cerraron las puertas, salieron y lo dejaron a solas con la novia. Maruf dio una

palmada y se sentó, triste, durante un rato, mientras daba palmadas. Decía: « ¡No

hay fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el Grande!» La reina le preguntó:

« ¡Señor mío! ¡Ten tranquilidad! ¿Por qué estás preocupado?» « ¡Cómo no he de

estar preocupado si tu padre me ha puesto en un aprieto y me ha hecho una

faena igual a la de aquel que quema la cosecha estando verde!» « ¿Qué es lo que

te ha hecho mi padre? ¡Dímelo!» « Me ha presentado a ti antes de que lleguen

mis mercancías. El menor de mis deseos consistía en distribuir cien gemas a tus

esclavas, a una por cabeza, de modo que se alegraran y dijesen: “Mi señor me

ha dado una gema la noche en que ha consumado el matrimonio con mi señora”.

Con ello pretendía aumentar tu prestigio y acrecentar tu nobleza. No tengo por

qué ser parco en dar joyas, desde el momento en que dispongo de muchas.» La

princesa le replicó: « No te preocupes ni te entristezcas por esta causa. Por mí no

te aflijas, pues esperaré a que lleguen tus mercancías. No te atormentes por mis

esclavas: quítate los vestidos y disfruta. Cuando lleguen las mercancías nos

haremos con esas y otras gemas» . Maruf se puso de pie, se quitó los vestidos, se

sentó en la cama, buscó la excitación y empezó a entusiasmarse: colocó la mano

en la rodilla de la muchacha y ésta se sentó en su regazo y le colocó los labios en

la boca. Así llegó la hora en que el hombre olvida al padre y a la madre; Maruf

la estrechó, la abrazó contra su pecho y le chupó los labios hasta que corrió la

miel de su boca. Colocó la mano bajo el axila derecha y los miembros de los dos,

todos, temblaron ansiando la unión; la acarició entre los senos, se desplazó entre

sus muslos, se hizo ceñir con sus piernas, realizó las dos operaciones y chilló:

« ¡Oh, padre de los dos velos!» Frotó la yesca, encendió la mecha y la apuntó

hacia la brújula; prendió fuego, y derribó la torre por sus cuatro costados. Así

tuvo lugar el acontecimiento por el cual no se pregunta. La muchacha exhaló el

alarido de rigor…

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche novecientas noventa y cuatro, refirió:

—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [la muchacha exhaló el alarido de

rigor] y el comerciante Maruf le arrebató la virginidad. Aquella noche no puede

contarse entre las vividas porque juntó la unión con la bella, abrazos,

excitaciones, besos y caricias hasta la mañana. A la mañana siguiente, Maruf se

dirigió al baño, en el que se puso una túnica regia, y al salir se dirigió a la

audiencia del rey. Todos los presentes se pusieron de pie ante él y lo recibieron

con respeto y honor; lo felicitaron y pidieron para él toda suerte de bendiciones.

Se sentó al lado del rey y preguntó: « ¿Dónde está el tesorero?» Le contestaron:

« Aquí, ante ti» . Dirigiéndose a él, añadió: « Trae trajes de Corte y dáselos a los

visires, a los emires y a los altos funcionarios» . El tesorero le llevó todo lo que le

había pedido y se sentó; daba a todo aquel que se le acercaba y regalaba a cada

persona según su rango. En esta situación siguió durante veinte días, sin que

llegaran sus mercancías ni cosa alguna. Entonces, el tesorero, puesto en el

máximo aprieto, aprovechó una ausencia de Maruf para presentarse ante el rey.

Éste y el visir estaban sentados. El tesorero besó el suelo ante el soberano y le

dijo: « ¡Rey del tiempo! He de informarte de algo, pues me reprenderías si no lo

hiciera: sabe que el tesoro está exhausto, que no quedan riquezas, salvo unas

pocas, y que dentro de diez días se habrán terminado por completo» . El rey dijo:

« ¡Visir! Las mercancías de mi yerno se retrasan, y no tenemos noticias de

ellas» . El visir se echó a reír y exclamó: « ¡Que Dios sea indulgente contigo, rey

del tiempo! Ignoras voluntariamente el modo de obrar de ese impostor

embustero. ¡Juro por vida de tu cabeza que no hay mercancías ni peste que nos

libre de él! Te ha ido engañando hasta gastar tus riquezas y casarse con tu hija,

sin tener nada. ¿Hasta cuándo te despreocuparás de ese embustero?» « ¡Visir!

¿Qué hay que hacer para saber la verdad?» « ¡Rey del tiempo! El secreto del

hombre sólo lo conoce la mujer. Envía a buscar a tu hija para que se coloque

detrás de la cortina y yo pueda interrogarla sobre la verdad, para que ella lo

examine y nos informe de su situación.» « ¡No hay inconveniente! ¡Por vida de

mi cabeza! Si se comprueba que es un impostor y embustero, le daré una muerte

infamante.» Tomó consigo al visir, entró con él en el salón y mandó a buscar a

su hija. Ésta fue a colocarse detrás de la cortina. Todo ocurría en ausencia del

esposo. Cuando llegó, preguntó: « ¡Padre mío! ¿Qué quieres?» « ¡Habla con el

visir!» « ¡Visir! ¿Qué pretendes?» El ministro contestó: « ¡Señora mía! Sabe que

tu esposo ha dilapidado los bienes de tu padre y se ha casado contigo sin pagar la

dote; siempre nos hace promesas y retrasa su cumplimiento; de sus mercancías

no tenemos ni noticia. En resumen: queremos que nos informes» . La princesa

replicó: « Palabras le sobran, en todo momento se acerca a mí y me promete

joyas, tesoros y telas preciosas, pero yo no he visto aún nada» . « ¡Señora mía!

Esta noche puedes decirle: “Infórmame de la verdad y no temas, pues ya eres

mi esposo y yo no haré nada contra ti. Dime cuál es la situación verdadera y yo

idearé algún medio para que salgas con bien de ello”. Muéstrale gran amor y

cariño. Ya nos informarás del resultado» . Contestó: « ¡Padre mío! Yo sé cómo he

de ponerlo a prueba» . Y se marchó.

Después de la cena entró su marido, Maruf, como tenía por costumbre. La

princesa se puso en pie, lo cogió del brazo, le sedujo de manera completa y lo

engañó con las mil tretas que las mujeres emplean cuando quieren algo de un

hombre. Siguió deslumbrándole y dirigiéndole palabras más dulces que la miel

hasta que le robó el entendimiento. Cuando se dio cuenta de que Maruf estaba

completamente embobado, le dijo: « ¡Amigo mío! ¡Refresco de mis ojos! ¡Fruto

de mi corazón! ¡Que Dios no me atormente privándome de ti, y que el tiempo no

nos separe jamás! Tu amor reside en mi corazón y el fuego de tu pasión abrasa

mis entrañas. Jamás te he desobedecido. Desearía que me informases de la

verdad, ya que los engaños de la mentira no son útiles y no perduran a todo lo

largo del tiempo. ¿Hasta cuándo engañarás y mentirás a mi padre? Temo que

descubra tu asunto antes de que nosotros hayamos podido urdir una treta. Te

maltratará. Cuéntame la verdad, y sólo te sucederán cosas que te alegren. Una

vez me hayas referido cuál es la verdadera situación, no habrá nada que te

perjudique. Tú pretendes ser un comerciante rico y con mercancías; pero ya

hace mucho tiempo que dices: “Mis mercancías, mis mercancías”, sin que

tengamos ninguna otra noticia de ellas. Tu cara refleja tu preocupación por esta

causa. Si tus palabras no son verdad, dímelo y yo idearé un medio con el cual

puedas salvarte, si Dios lo quiere» . Maruf le contestó: « ¡Señora mía! Yo te diré

la verdad, y luego haz lo que quieras» . « Dime la verdad, pues la verdad

constituye el navío de la salvación. Guárdate de mentir, pues la mentira infama a

su autor. ¡Qué bien dijo el poeta!:

Debes decir la verdad, aunque la verdad te abrase como el fuego

prometido.

Procura que Dios quede contento de ti, pues la criatura más estúpida es

aquella que irrita al Señor y contenta al siervo.»

Maruf refirió: « Sabe, señora mía, que yo no soy comerciante ni tengo

mercancías de ninguna clase. En mi país era un remendón y tenía una esposa

llamada Fátima al-Urra, con la cual me ha sucedido tal y tal cosa» . Le contó

toda la historia, desde el principio hasta el fin. La princesa se echó a reír y le dijo:

« ¡Eres muy experto en el arte de mentir y enredar!» « ¡Señora mía! ¡Que Dios

(¡ensalzado sea!) te conserve la vida para esconder las faltas y desligar las

penas!» La princesa le dijo: « Sabe que has enredado a mi padre y lo has

deslumbrado por completo, hasta el punto de que me ha casado contigo por

avaricia. Tú has dilapidado sus bienes, mientras el ministro te ha censurado.

¡Cuántas veces ha hablado contra ti a mi padre, diciendo!: “¡Es un impostor, un

embustero!” Pero mi padre no daba crédito a lo que decía, porque él me había

pedido en matrimonio y yo no había aceptado. Pero ha transcurrido bastante

tiempo y mi padre se encuentra incómodo. Me ha dicho: “¡Confiésalo!”, y yo lo

he hecho y he descubierto lo que estaba oculto. Por esta causa, mi padre quiere

castigarte. Pero tú eres mi esposo y yo no te perjudicaré. Si contase tu historia a

mi padre, quedaría convencido de que eres un embustero y lioso y de que buscas

a las hijas de los reyes y dilapidas sus riquezas. Tu falta no obtendría su perdón,

te mataría sin remedio, y las gentes se enterarían de que yo me había casado con

un impostor y embustero. Esto constituiría una ignominia para mí. Si mi padre te

matara, es posible que necesitara casarme con otro, y esto yo no lo consentiría,

aunque tuviese que morir. Levántate, ponte un traje de mameluco, coge de mi

dinero cincuenta mil dinares, monta en un corcel y márchate a un país al que no

alcance la autoridad de mi padre. Dedícate al comercio, escríbeme una carta y

mándala con un correo para que me la entregue en secreto. Así sabré en qué país

estás y te enviaré cuanto pueda para aumentar tus bienes. Si muere mi padre, te

enviaré un mensajero y entrarás aquí con pompa y honor. Y si mueres tú o

muero yo y pasamos a la misericordia de Dios (¡ensalzado sea!), el día de la

Resurrección nos reuniremos. Esto es lo más indicado. Mientras tú y yo estemos

bien, no cortaré la correspondencia ni el envío de bienes. Levántate antes de que

amanezca: no sabrías qué hacer, y la ruina se abatiría sobre ti» . Maruf contestó:

« ¡Señora mía, dame el abrazo de la despedida!» « ¡No hay inconveniente!» Se

unió a ella, se lavó, se puso un traje de mameluco y mandó a los caballerizos que

le ensillaran uno de los mejores caballos. Le ensillaron un corcel. Maruf se

despidió de la princesa y salió de la ciudad al fin de la noche. Todos los que lo

veían creían que era uno de los mamelucos del sultán que salía de viaje por

razones de servicio. Al amanecer acudieron al salón el rey y el visir. Aquél

mandó buscar a la princesa, la cual acudió y se colocó detrás de la cortina.

Preguntó: « ¡Hija mía! ¿Qué dices?» « ¡Que Dios ennegrezca el rostro de tu visir,

pues el propósito de éste era ennegrecer el mío ante mi esposo!» « ¿Y cómo es

eso?» « Ayer, antes de que yo pudiera decirle esas palabras, entró Farach, el

eunuco, con una carta, y dijo: “Al pie de la ventana del alcázar esperan diez

mamelucos, que me han dado esta carta. Me han dicho: ‘Besa las manos de mi

señor, Maruf, el comerciante, y entrégale esta carta. Nosotros somos los

mamelucos que acompañaban las mercancías. Nos hemos enterado de que se ha

casado con la hija del rey y hemos venido a informarlo de lo que nos ha

sucedido en el camino’ ”. Maruf la ha leído. Decía: “De los quinientos esclavos, a

la excelencia de nuestro dueño, el comerciante Maruf. Y despierte, pues hemos

de informar: Cuando nos abandonaste, los beduinos nos atacaron y nos

combatieron. Disponían de dos mil caballos, mientras que nosotros sólo éramos

quinientos. La lucha que sostuvimos con los beduinos fue tremenda; ellos nos

impedían seguir el camino, y hemos empleado treinta días en combatirlos. Ésta

es la causa de nuestro retraso.

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche novecientas noventa y cinco, refirió:

—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que [la princesa dijo: » ”…la carta

proseguía:] ”…Se han apoderado de doscientos fardos de telas y han matado

cincuenta mamelucos”. Al leerlo exclamó: “¡Que Dios los defraude! ¿Por qué

habrán combatido a los beduinos por doscientos fardos de mercancías? ¿Qué

importan doscientos fardos? Por eso no tenían que haberse retrasado. Doscientos

fardos cuestan siete mil dinares. He de ir a su lado para darles prisa. Lo que han

cogido los beduinos no disminuye en nada el valor de la caravana y no me

perjudica en absoluto; podía haberlo dado de limosna”. Dicho esto, se ha

marchado, riendo, de mi lado, sin preocuparse por los bienes perdidos ni por los

mamelucos muertos. Mientras se marchaba, he mirado por la ventana del

alcázar y he visto a los diez mamelucos que le llevaron la carta: parecían lunas.

Cada uno de ellos vestía una túnica que costaba mil dinares. Mi padre no tiene

mamelucos que puedan compararse a aquéllos. Después se marchó a reunirse

con la caravana, acompañado de los mamelucos que le han traído la carta.

¡Loado sea Dios que me ha impedido pronunciar las palabras que me mandaste!

Se hubiera burlado de mí y de ti, y quizá me hubiera mirado con desprecio y

odiado. La falta, por entero, es de tu visir, que ha hablado acerca de mi marido

con palabras inconvenientes» . El rey le contestó: « ¡Hija mía! Los bienes de tu

esposo son inmensos, y no piensa en esto. Desde el día en que entró en nuestro

país, da limosna a los pobres. Si Dios quiere, dentro de poco llegará con la

caravana y recibiremos grandes bienes» . Empezó a tranquilizar a su hija y a

reprender al ministro. El engaño se prolongaba. Esto es lo que hace referencia al

rey.

He aquí ahora lo que se refiere al comerciante Maruf: montó a caballo y

cruzó tierras y desiertos. Estaba perplejo y no sabía a qué país dirigirse. El dolor

de la separación le hacía sollozar; la pasión y el sufrimiento lo atormentaban.

Recitó estos versos:

El tiempo ha traicionado nuestra unión: nos hemos separado; el corazón se

desgarra y arde por la crueldad.

Los ojos lloran por la separación de los amados. Esto es la separación;

¿cuándo se producirá el encuentro?

¡Oh, tú, cuyo rostro brilla como la luna resplandeciente! Yo soy aquel a

quien vuestro amor ha desgarrado el corazón.

¡Ojalá no hubiese estado unido a ti ni un momento! Después de nuestra

bella unión, he probado la miseria.

Maruf no ha dejado de amar a Dunya. Aunque tenga que morir de

pasión, ¡viva ella muchos años!

¡Oh, resplandor del Sol luminoso! Aproxímate al corazón de Maruf, que

arde de amor.

¿Volverán a reunimos los días y disfrutaremos de la alegría y del encanto?

¿Nos reunirá el alcázar de la amada y abrazaré en él la rama que crece

sobre la duna?

¡Oh, tú, hermoso rostro de luna que resplandeces cual sol! ¡Ojalá tu rostro

brille siempre con sus galas!

Estoy contento con el amor y su peso, puesto que la felicidad en el amor

es, al mismo tiempo, dolor.

Una vez hubo terminado de recitar estos versos rompió a llorar

amargamente: todos los caminos se cerraban ante su casa; prefería la muerte a

la vida; estaba tan perplejo, que andaba como un borracho. Avanzó sin cesar

hasta el mediodía, en que llegó a un pueblo pequeño. Vio allí a un labrador que

araba la tierra con dos bueyes. Maruf tenía mucha hambre. Se dirigió al labrador

y le dijo: « ¡La paz sea sobre ti!» Él le devolvió el saludo, y añadió: « ¡Bien

venido, señor mío! ¿Eres uno de los mamelucos del sultán?» « ¡Sí!» « Apéate

aquí para que te conceda hospitalidad.» Maruf comprendió que se trataba de una

persona generosa, y replicó: « ¡Hermano mío! Veo que no tienes nada para

darme de comer. ¿Cómo, pues, me invitas?» El labrador le contestó: « ¡Señor

mío! Los bienes se encuentran. Apéate; la aldea está cerca: iré y te traeré la

comida y el pienso para tu caballo» . « Desde el momento en que el pueblo está

cerca, yo mismo me llegaré hasta él en el mismo tiempo que tú; en el zoco

compraré lo que desee para comer.» Le replicó: « ¡Señor mío! El pueblo es muy

pequeño y no tiene zoco ni hay compraventa en él. Te ruego, por Dios, que te

hospedes en mi casa. Yo iré y volveré en seguida.» Maruf se apeó. El campesino

lo dejó y fue al pueblo en busca de comida. Maruf se sentó para esperarlo. Se

dijo: « He distraído a este pobre hombre de su trabajo. Pero ya que me quedo,

labraré la tierra en su lugar hasta que vuelva, y así recuperará el tiempo que le

hago perder» . Cogió el arado, guió a los bueyes y aró poco, porque el arado

tropezó con algo. Los animales se pararon. Los azuzó, pero no pudieron seguir

avanzando. Se fijó en el arado y vio que estaba enredado en una anilla de oro.

Quitó la tierra que la cubría y vio que la anilla estaba sujeta al centro de una losa

de mármol que tenía el tamaño de una muela. Se esforzó hasta conseguir

levantarla del sitio en que se encontraba: apareció un piso con una escalera. Bajó

por ella y se encontró en un lugar que parecía un baño con cuatro pabellones. El

primero estaba repleto, desde el suelo hasta el techo, de oro; el segundo estaba

lleno de esmeraldas, perlas y coral, desde el suelo hasta el techo; el tercero

estaba repleto de jacintos, rubíes y turquesas; el cuarto estaba lleno de diamantes,

de las más preciosas gemas y de toda clase de joyas. En la cabecera de aquel

sitio había una caja del cristal más puro, llena de joyas sin par; cada una de ellas

tenía el tamaño de una nuez. Encima de la caja había un pequeño estuche, del

tamaño de un limón, que era de oro. Al verlo quedó admirado y se alegró

muchísimo. Exclamó: « ¡Ojalá supiera qué es lo que hay en esa caja!» La abrió

y encontró un anillo de oro en el cual estaban escritos nombres y talismanes que

parecían trazos de hormiga. Frotó el anillo y oyó a alguien que decía: « ¡Heme

aquí, heme aquí, señor mío! ¡Pide y te será dado! ¿Quieres construir un pueblo o

arruinar una ciudad? ¿Matar a un rey o excavar el curso de un río, o alguna cosa

por el estilo? Todo lo que desees ocurrirá, con el permiso del Rey Omnipotente,

del Creador de la noche y del día» . Le replicó: « ¡Criatura de mi Señor! ¿Quién

eres? ¿Cuál es tu historia?» Explicó: « Yo soy el criado de este anillo y estoy al

servicio de su dueño. Realizaré cualquier deseo que tengas, y no intentaré

disculparme de lo que me mandes. Yo soy el sultán de gentes de los genios, y mis

ejércitos suman setenta y dos tribus, cada una de las cuales cuenta con setenta y

dos mil individuos; uno de cada mil manda a mil genios; cada genio manda a mil

criados; cada criado manda a mil demonios, y cada demonio manda a mil

duendes. Todos están a mis órdenes, y nadie puede contradecirme. Yo estoy

sujeto a este anillo y no puedo desobedecer a su dueño: tú lo posees, y, por tanto,

soy tu criado. Pide lo que quieras, pues escucharé tus palabras y obedeceré tus

órdenes. Siempre que me necesites, sea en tierra o en mar, frota el anillo y me

encontrarás a tu lado. ¡Guárdate de frotarlo dos veces consecutivas! Me

abrasarías con el fuego de los hombres, me aniquilarías y te arrepentirías. Te he

explicado mi situación. Y la paz» .

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche novecientas noventa y seis, refirió:

—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que Maruf le preguntó: « ¿Cómo te

llamas?» Abu-l-Saadat.» « ¡Abu-l-Saadat! ¿Qué lugar es éste? ¿Quién te ha

encantado en este estuche?» « ¡Señor mío! Este lugar es un tesoro que se llama

tesoro de Saddad b. Ad, el cual construyó Iram dat al-Imad[282]; en ningún país

se ha construido otra ciudad parecida. Yo fui, mientras vivió, su criado. Éste fue

su anillo, que depositó en su tesoro. Y te ha tocado en suerte.» Maruf le preguntó:

« ¿Puedes sacar lo que hay en este tesoro a la faz de la tierra?» « ¡Sí! Es la cosa

más fácil.» « ¡Pues saca todo lo que hay en él y no dejes nada!» El criado

señaló con la mano al suelo y éste se hendió. Aquel ser desapareció bajo tierra y

permaneció ausente un pequeño espacio de tiempo. Luego pajes jóvenes,

graciosos y de rostro hermoso, salieron llevando a cuestas cestos de oro

completamente repletos de oro. Los vaciaron, se marcharon, regresaron con

otros y siguieron transportando oro y gemas sin interrupción. Aún no había

pasado una hora cuando dijeron: « ¡Ya no queda nada en el tesoro!» Luego

reapareció Abu-l-Saadat, quien dijo: « ¡Señor mío! Me he convencido de que

hemos trasladado todo lo que había en el tesoro» . Maruf le preguntó: « ¿Quiénes

son estos hermosos muchachos?» « Mis hijos. Este trabajo no exigía el tener que

reunir a los criados, ya que mis hijos han podido satisfacer tu deseo y se han

honrado sirviéndote. Pide lo que quieras, además de esto.» « ¿Puedes traerme

mulos y cajas, colocar estas riquezas en las cajas y trasladar las cajas a lomos

de los mulos?» « ¡Es la cosa más fácil!» Lanzó un grito estridente, y sus hijos se

volvieron a presentar. Eran ochocientos. Les dijo: « Metamorfoseaos unos en

mulos y otros en bellos mamelucos, de tal modo que el menor de vosotros no

tenga par junto al rey de reyes; otros se transformarán en arrieros, y otros, en

criados» . Hicieron lo que les había mandado. Luego llamó a los siervos y éstos

acudieron ante él. Ordenó que unos se transformasen en caballos con arreos de

oro incrustados de aljófares. Maruf, al ver aquello, exclamó: « ¿Y dónde están las

cajas?» Las colocaron delante. Añadió: « Colocad el oro y las gemas

debidamente ordenados» . Le obedecieron y lo cargaron en trescientos mulos.

Maruf preguntó: « Abu-l-Saadat, ¿puedes traerme fardos de las telas más

preciosas?» « ¿Las quieres egipcias, chinas, bizantinas, indias o persas?» « Trae

cien fardos de telas de distintos países, cargados en cien mulos.» Le contestó:

« Concédeme un plazo, a fin de que prepare a mis servidores para hacerlo y dé

orden a los distintos grupos para que vayan a las ciudades y traiga cada uno los

cien fardos de tela. Luego se metamorfosearán en mulos y transportarán las

mercancías» . « ¿Qué plazo de tiempo?» « ¡Las tinieblas de una noche! Antes de

que aparezca el día, tendrás todo lo que has pedido.» « ¡Te concedo el plazo!» A

continuación les mandó que levantasen una tienda. Así lo hicieron. Se sentó y le

sirvieron la mesa. Abu-l-Saadat dijo: « ¡Señor mío! Siéntate en la tienda. Estos

hijos míos, los que tienes ante ti, te guardarán. No temas nada. Yo voy a reunir a

mis vasallos para enviarlos a cumplir tu deseo» . Abu-l-Saadat se marchó a sus

quehaceres.

Maruf se sentó en la tienda. Tenía ante sí la mesa y a los hijos de Abu-l

Saadat, que habían adoptado figura de mamelucos, criados y eunucos. Mientras

estaba sentado de esta manera, llegó el campesino con una gran cazuela de

lentejas y un saco lleno de cebada. Vio la tienda levantada y los mamelucos de

pie y con las manos sobre el pecho. Creyó que había llegado el sultán y

acampado en aquel lugar. Se quedó perplejo y se dijo: « Si lo hubiese sabido,

habría degollado dos gallinas y las habría asado con grasa de vaca para honrar al

sultán» . Quiso volver atrás para degollar a las dos gallinas y hacer con ellas los

honores al sultán. Pero Maruf lo vio y gritó a los mamelucos: « ¡Traédmelo!» Lo

llevaron con la cazuela de lentejas y lo colocaron ante él. Maruf preguntó:

« ¿Qué es esto?» Le contestó: « Tu almuerzo y el pienso de tu caballo. No me

reprendas, pues yo no sabía que el sultán iba a venir a este lugar. Si lo hubiese

sabido, habría degollado mis dos gallinas y habría preparado un magnífico

festín» . Maruf replicó: « El sultán no ha venido, pero yo soy su yerno. Como

estaba enfadado con él, me ha mandado a sus mamelucos. Éstos nos han

reconciliado y ahora voy a volver a la ciudad. Tú me has preparado esta comida

sin saber quién era, y yo acepto la invitación aunque se trate de lentejas: sólo

comeré aquello a que me invites» . A continuación mandó que colocasen la

cazuela en el centro de la mesa y comió hasta quedar harto. En cambio, el

campesino se llenó el vientre de todos los exquisitos guisos. Después Maruf se

lavó las manos y dio permiso a los mamelucos para que comiesen. Se

abalanzaron sobre lo que quedaba en la mesa y comieron. Maruf, cuando hubo

terminado con la cazuela de lentejas, la llenó de oro y dijo: « ¡Llévala a tu casa y

ven conmigo a la ciudad, en donde te honraré!» El campesino cogió la cazuela

llena de oro, azuzó a los bueyes y se marchó a su pueblo creyendo ser un rey.

Maruf pasó la noche en paz y tranquilidad. Unas muchachas, las esposas del

tesoro, tocaron instrumentos y bailaron ante él. Pasó una de aquellas noches que

no vuelve a repetirse en el curso de la vida. Al día siguiente, y antes de que

pudiera darse cuenta, se levantó una nube de polvo que, al disiparse, permitió ver

mulos cargados de fardos. En total eran setecientos, que transportaban telas. Junto

a ellos, como arrieros, había pajes, esportilleros y antorcheros. Abu-l-Saadat

apareció, como capataz, montado en una mula precedida por un palanquín con

cuatro alforjas repletas de gemas. Al llegar ante la tienda, se apeó de la mula,

besó el suelo y dijo: « ¡Señor mío! La cosa está completamente concluida y

perfecta. Este palanquín contiene una túnica que vale un tesoro y que no tiene

igual entre los vestidos de los reyes. Póntela, sube al palanquín y mándanos lo

que desees» . « Abu-l-Saadat —replicó—, quiero escribir una carta, que llevarás

a la ciudad de Jityan al-Jitán. Te presentarás ante mi tío, el rey, como si fueses un

atento correo.» « ¡Oír es obedecer!» Maruf escribió la carta y la selló. Abu-l

Saadat la cogió y corrió hasta hallarse ante el rey. Oyó que éste decía: « ¡Visir!

Tengo el corazón apenado por mi yerno, y temo que los beduinos lo maten.

¡Ojalá supiera hacia dónde ha ido para poder mandar a las tropas que lo sigan!

¡Ojalá me hubiese informado antes de marcharse!» El visir replicó: « ¡Que Dios

sea indulgente contigo por el descuido en que vives! ¡Por vida de tu cabeza! Ese

hombre se ha dado cuenta de que estábamos alerta y, temiendo una desgracia, ha

huido. Es un embustero y un impostor» . Entonces entró el correo: besó el suelo

ante el rey e hizo los votos de rigor por la larga duración de su poder, bienestar y

vida. El rey le preguntó: « ¿Quién eres? ¿Qué deseas?» Contestó: « Soy un correo

que te envía tu yerno. Está a punto de llegar con la caravana, y por mi mediación

te envía una carta. Ésta es.» El rey la cogió y leyó: « Paz completa a nuestro tío,

el rey poderoso. Me acerco con la caravana. Sal a recibirme con las tropas» . El

rey exclamó: « ¡Que Dios ennegrezca tu rostro, visir! ¡Cuánto has atentado

contra el honor de mi yerno, acusándolo de impostor y embustero! Pero ahora

llega con la caravana. ¡Tú eres un traidor!» El visir, completamente

avergonzado, bajó la cabeza. Replicó: « ¡Rey del tiempo! Si dije tales palabras,

fue debido a lo mucho que tardaba en llegar la caravana. Temía que se perdieran

las riquezas que había dilapidado.» « ¡Traidor! ¿Qué representan mis bienes

ahora que ha llegado la caravana? Me va a dar mucho más a cambio de ellas» .

El rey mandó engalanar la ciudad, se presentó ante su hija y le dijo: « ¡Buenas

noticias para ti! Tu esposo va a llegar pronto con la caravana. Me ha enviado una

carta anunciándolo. Voy a salir a recibirlo» . La hija del rey se admiró de aquella

situación y se dijo: « ¡Esto es algo admirable! ¿Ha querido burlarse y reírse de

mí, o bien me ha puesto a prueba diciéndome que era pobre? ¡Loado sea Dios

por no haber despreciado su posición!» Esto es lo que al rey se refiere.

He aquí lo que hace referencia al comerciante Alí, el egipcio. Al ver que

engalanaban la ciudad, preguntó por la causa. Le dijeron: « Maruf, el yerno del

rey, llega con la caravana» . Exclamó: « ¡Dios es el más grande! ¿Qué significa

esta astucia? a mí se me presentó huyendo de su esposa y pobre. ¿De dónde

sacará la caravana? Tal vez la hija del rey haya ideado alguna estratagema por

temor del escándalo. Nada es imposible a los reyes. ¡Que Dios (¡ensalzado sea!)

lo proteja y no lo humille!»

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche novecientas noventa y siete, refirió:

—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que los demás comerciantes se

alegraron muchísimo porque iban a recuperar su dinero.

El rey reunió a sus tropas y salió. Abu-l-Saadat había regresado al lado de

Maruf y le había informado de la entrega de la carta. Éste le dijo: « ¡Carga los

fardos!» Los cargaron. Maruf se puso una túnica que valía un tesoro y montó en

el palanquín: era mil veces más imponente y digno que un rey. Después de

recorrer la mitad del camino, el rey salió a su encuentro con las tropas. El

soberano, al llegar a su lado, vio la túnica que vestía y que viajaba en un

palanquín. Se acercó a él y lo saludó, y lo mismo hicieron todos los magnates del

reino. Quedó patente que Maruf era veraz y no había mentido. Entró en la ciudad

en medio de un cortejo que habría hecho estallar la vejiga de la hiel de un león.

Los comerciantes corrieron ante él y besaron el suelo. El comerciante Alí le dijo:

« ¡Has hecho una buena faena y la has llevado por propia mano, jeque de los

impostores! Pero te lo mereces. ¡Que Dios (¡ensalzado sea!) te acreciente sus

favores!» Maruf se echó a reír. Una vez dentro del serrallo, se sentó en el trono y

dijo: « Colocad los fardos de oro en el tesoro de mi tío, el rey. Traed aquí los

fardos de tela» . Se los llevaron, empezó a abrir fardo tras fardo y sacó lo que

contenían. Así se abrieron los setecientos fardos. Escogió las mejores piezas y

dijo: « Llevadlas a la reina para que las distribuya entre sus esclavas. Coged esta

caja de gemas para que las distribuya entre criadas y criados» . Después empezó

a repartir, entre los comerciantes que le habían prestado dinero, telas por el doble

del importe de su deuda. Si le habían dado mil, pagaba en telas por importe de

dos mil o más. Después se dedicó a repartir entre pobres e indigentes. El rey lo

veía con sus propios ojos pero no podía oponerse. Siguió dando y regalando hasta

haber repartido los setecientos fardos. Entonces se volvió hacia los soldado mil,

pagaba en telas por importe de dos mil o más, jacintos, perlas, corales, etcétera.

Daba las gemas a puñados y sin número. El rey exclamó, por fin: « ¡Hijo mío!

Basta ya de tales dones: quedan pocos fardos» . Le contestó: « ¡Pero aún tengo

muchos!» Así quedó claro que había dicho la verdad, y no hubo nadie que

pudiera desmentirlo. Maruf sólo pensaba en dar, ya que los criados le

proporcionaban cuanto pedía. Al cabo de un rato se presentó el tesorero. Se

dirigió al rey y dijo: « ¡Rey del tiempo! El tesoro está lleno y no puede contener

los fardos que quedan, ni el oro, ni las gemas. ¿Dónde lo colocamos?» El

soberano le indicó otro lugar.

Su esposa, la princesa, estaba loca de alegría al ver aquello; admirada, se

decía: « ¡Quién supiera de dónde ha sacado tantos bienes!» Los mercaderes

estaban contentos por los regalos y hacían votos por él. El comerciante Alí se

decía: « ¡Quién supiera cómo habrá intrigado y mentido para llegar a poseer

todos estos tesoros! Si fuesen de la hija del rey, no los repartiría entre los pobres.

Pero, ¡cuán bellas son las palabras de quien dijo!:

Cuando da el rey de reyes, no preguntes por la causa.

Dios da a quien quiere. Permanece, pues dentro del margen de la

educación.»

Esto es lo que a él se refiere.

He aquí lo que hace referencia al rey. Éste quedó profundamente admirado

de la generosidad y desprendimiento de Maruf. Más tarde, éste se presentó a su

esposa, quien salió a recibirlo sonriente y contenta; le besó la mano. Le preguntó:

« ¿Te burlabas de mí o me ponías a prueba al decir “soy pobre y huyo de mi

esposa”? ¡Loado sea Dios por no haber faltado a mis deberes para contigo! Tú

eres mi amado, y nadie me es más caro que tú, seas rico o pobre. Quiero que me

digas qué pretendías con tales palabras» . « Pretendía ponerte a prueba para

saber si tu amor era sincero, o si sólo se debía a las riquezas y a las seducciones

del mundo. Me he convencido de que tu amor es sinceró, y como me quieres de

verdad, sé bien venida, pues ahora conozco tu valor.» Maruf se aisló y frotó el

anillo. Abu-l-Saadat se presentó y dijo: « ¡Heme aquí! ¡Pide lo que quieras!»

Deseo una túnica magnífica para mi esposa y joyas estupendas entre las que se

encuentre un collar con cuarenta gemas sin par.» « ¡Oír es obedecer!» , y en

seguida le llevó lo que le había pedido. Después de despedir al criado, cogió las

joyas y la túnica, se presentó ante su mujer y colocó todo ante ella. Le dijo:

« Cógelo y póntelo. Es un regaló de bienvenida» . La princesa, al verlo, perdió la

razón de alegría. Entre las joyas se encontró dos ajorcas de oro cuajadas de

gemas, que habían sido hechas por magos; pulseras, pendientes y anillos de gran

valor. Se puso la túnica y las joyas y dijo: « ¡Señor mío! Quiero guardarlo para

las fiestas» . « ¡Póntelas para diario! ¡Tengo tantas!» Las criadas la vieron una

vez vestida. Se alegraron mucho y fueron a besar las manos de Maruf. Éste las

dejó, y cuando estuvo a solas, frotó el anillo. Apareció el criado, a quien dijo:

« Tráeme cien túnicas con sus adornos» . « ¡Oír es obedecer!» Y le llevó las

túnicas, con sus correspondientes adornos. Las cogió y llamó a las criadas. Éstas

se acercaron a él. Dio una túnica a cada una de ellas; se las pusieron y quedaron

como huríes: la reina, entre ellas, parecía la Luna, y sus esclavas, las estrellas.

Una de las criadas explicó al rey lo ocurrido. Éste acudió a visitar a su hija y

la contempló: quedó absorto al ver a la princesa y a sus esclavas. Estaba

profundamente admirado. Salió, mandó llamar al visir y le dijo: « ¡Ha ocurrido

tal y tal cosa! ¿Qué dices del asunto?» « ¡Rey del tiempo! Esta situación no es

propia de los comerciantes. Los comerciantes guardan las piezas de algodón

largos años, y sólo las venden para obtener beneficios. ¿Desde cuándo los

comerciantes tienen una generosidad como la suya? ¿Desde cuándo pueden tener

riquezas y gemas tales que no se encuentran sino en pequeña cantidad junto a los

reyes? ¿Cómo se han de encontrar tales fardos entre los comerciantes? Esto tiene

que tener una causa, y si me haces caso, se te hará patente la verdad del

asunto.» « ¡Te haré caso, visir!» « Ve con él, trátalo con afecto, habla y dile:

“¡Yerno! Tengo intención de ir contigo y el visir, sin nadie más, a un jardín para

distraernos”. Una vez en el jardín, serviremos la mesa del vino, yo me las

ingeniaré y le serviré de beber. Cuando haya bebido el vino, perderá la razón y la

discreción. Le preguntaremos por la verdad, y él nos informará de sus secretos.

El vino es un traidor. ¡Qué bien se dijo!:

Cuando lo bebimos y él reptaba en su marcha hacia la sede de los

secretos, le dije: “¡Detente!”

Temía que sus rayos se enseñoreasen de mí, y mi oculto secreto se

hiciese patente a mi contertulio.

» Cuando nos haya contado la verdad de su asunto, nosotros estaremos por

encima de él y haremos de él lo que queramos. Yo temo que su modo de obrar

sea perjudicial para ti. Tal vez aspire al poder; una vez conseguido el ejército con

la generosidad y la dádiva, te destituirá y te arrebatará el reino.» El rey le

replicó: « Dices verdad» .

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche novecientas noventa y ocho, refirió:

—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que aquella noche quedaron de acuerdo

sobre el asunto.

Al día siguiente por la mañana, el rey se dirigió al salón y se sentó. Los

criados y los palafreneros acudieron, preocupados, ante el rey. Éste les preguntó:

« ¿Qué os ha sucedido?» Le contestaron: « ¡Rey del tiempo! Los palafraneros

han almohazado los caballos y han dado el pienso a éstos y a los mulos que

trajeron los fardos. Pero al amanecer hemos visto que los mamelucos han

robado los caballos y los mulos. Hemos registrado los establos, pero no hemos

encontrado ni caballos ni mulos. Hemos entrado en la sala de los mamelucos y

no hemos encontrado a nadie en ella. No sabemos cómo han podido huir» . El

rey se admiró de esto, ya que creía que eran auténticos caballos, mulos y

mamelucos, e ignoraba que eran siervos del criado encantado. Exclamó:

« ¡Malditos! ¿Cómo mil bestias y quinientos mamelucos, sin contar los criados,

han podido huir sin que os enteréis?» « No sabemos qué es lo que nos ha ocurrido

para que pudieran huir.» Dijo: « ¡Marchaos y en cuanto salga vuestro señor del

harén, dadle la noticia de ello!» Abandonaron al rey y se sentaron, perplejos

ante el asunto. Mientras se encontraban sentados en esta posición, Maruf salió del

harén. Al verlos entristecidos, les preguntó: « ¿Qué noticias hay?» Le contaron lo

que había ocurrido. Les replicó: « ¿Y qué valor tienen para que os aflijáis?

¡Seguid vuestro camino!» En vez de enfadarse y preocuparse, se echó a reír. El

rey clavó la mirada en el visir y le dijo: « ¿Qué clase de individuo es éste para

quien el dinero no tiene ningún valor? Esto ha de tener, necesariamente, una

causa» . Hablaron con Maruf un rato, y el rey dijo: « ¡Yerno! Con el fin de

divertirnos, quiero ir a un jardín contigo y el visir, ¿qué dices?» « ¡No hay

inconveniente!» Se pusieron en camino y se dirigieron a un jardín, en el que

había toda clase de frutos en sus dos especies, ríos que corrían, árboles esbeltos,

pájaros que cantaban. Entraron en un palacio que quitaba las penas del corazón,

y se sentaron a hablar. El visir contaba magníficas historias y refería graciosas

anécdotas y relatos impresionantes. Maruf lo escuchó con atención hasta que

llegó la hora de comer. Colocaron la mesa con la comida y sirvieron el jarro de

vino. Comieron, se lavaron las manos, y el visir llenó la copa y se la entregó al

rey. Éste la vació. La llenó por segunda vez y dijo a Maruf: « Toma la copa de

licor ante la cual se humilla con respeto el inteligente» . Maruf preguntó: « ¿Qué

es esto, visir?» « La joven canosa, la soltera virgen; la que trae la alegría al

pensamiento, y sobre la cual ha dicho el poeta:

Los pies de los infieles la han estrujado en redondo, y ella se ha vengado

en la cabeza de los árabes.

Te lo escancia un incrédulo que es la Luna llena en las tinieblas, cuyas

miradas constituyen la máxima incitación al pecado.

» ¡Qué magníficamente dijo uno!:

El vino y el copero, cuando éste se incorporaba descubriéndolo ante los

contertulios, parecían

El Sol que danza en la aurora y al cual la Luna de la tiniebla puntea con

las estrellas de los Gemelos.

Era tan fino y delicado, que parecía correr, como el espíritu, por los

miembros.

» ¡Qué bello es lo que dijo otro poeta!:

Una Luna perfecta pasó conmigo la noche abrazándome; el Sol no se puso

en la esfera de las copas.

Yo pasé la noche contemplando cómo el fuego, ante el cual se inclinan los

magos, se inclinaba, ante mí, desde el jarro.

» Otro ha dicho:

Corre por sus miembros como corre la salud cuando vence a la

enfermedad.

» Otro ha dicho:

Me maravilla que hayan muerto sus exprimidores dejándonos, a nosotros,

agua de vida.

» ¡Qué estupendas son estas palabras de Abu Nuwás!:

¡Deja de censurarme, pues la censura constituye un estímulo, y cúrame

con aquello que es causa de mi enfermedad!

Es un líquido amarillo, al que nunca alcanzan las tristezas: si una piedra lo

tocase, se llenaría de alegría.

Mientras la noche cerraba, la muchacha se puso en pie con la jarra, y el

resplandor de su luz iluminó toda la casa.

Circuló entre jóvenes ante los cuales se humilla el destino y a quienes éste

sólo acomete como quieren.

Lo servía la mano de una mujer vestida de hombre y que tiene dos

amantes: el invertido y el adúltero.

Di a quien pretende conocer la ciencia: “Has aprendido una cosa, y has

prescindido de muchas”.

» Pero el más estupendo de todos es el poema de Ibn al-Mutazz:

Que una lluvia densa y pertinaz riegue la Chazira, rica en sombras y

árboles, y el convento de Abdún.

Frecuentemente me desvelaban para la bebida matinal, cuando aparecía

el fleco de la aurora y el gorrión no volaba.

Las voces de los monjes del convento en sus plegarias, metidos en sus

hábitos negros cantaban en la aurora.

Entre ellos, ¡cuántas figuras hermosas con ojos alcoholados que

coquetamente bajaban los párpados sobre la pupila negra!

Me visitó uno, envuelto en camisa de noche; apresuraba el paso por temor

y discreción.

Tapicé con mi mejilla humildemente el camino que seguía, y arrastré mis

faldones en pos de sus huellas.

Brillaba la luna del menguante hasta casi descubrirnos; la Luna parecía el

recorte de una uña.

Ocurrió lo que ocurrió; no he de recordarlo. Piensa bien y no preguntes

nada.

» ¡Qué bien dijo uno!:

He pasado a ser el hombre más rico del género humano con la alegría de

una nueva.

Tengo oro fundido y lo mido a copas.

» ¡Qué bien dijo el poeta!:

¡Juro por Dios que no existe más alquimia que la del vino! Todo lo que se

diga acerca de ello es mentira.

Un quilate de vino sobre un quintal de penas, transforma y cambia la

tristeza en alegría.

» Otro ha dicho:

Las copas de cristal que trajeron vacías, pesaban hasta que fueron

llenadas del vino puro.

Entonces se hicieron tan ligeras, que casi volaban con el viento. Así los

cuerpos se aligeran con el espíritu.

» Otro ha dicho:

La copa y el vino tinto tienen gran virtud y merecen que no se olviden sus

derechos.

Cuando muera, enterradme junto a una cepa, para que después de mi

muerte sus raíces rieguen mis huesos.

No me enterréis en un desierto, pues temo, una vez muerto, no volver a

probarlo.»

El visir lo incitaba a que bebiera, le hizo la apología del vino y le recitó los

versos que conocía y las anécdotas de bebedores, hasta que inclinó a Maruf a

sorber del borde de la copa. No tuvo necesidad de más explicaciones: siguió

llenando la copa, y el otro, bebiendo, disfrutando y alegrándose, hasta que perdió

la razón y no pudo distinguir lo falso de la verdad. El visir, al comprobar que la

embriaguez había alcanzado el máximo y excedía de todo límite, dijo:

« ¡Comerciante Maruf! ¡Por Dios que estoy admirado! ¿De dónde te vienen tales

gemas, que ni los reyes ni los Cosroes tienen iguales? Jamás en nuestra vida

hemos visto un comerciante que tenga mayores riquezas o que sea más generoso

que tú. Obras con acciones propias de reyes, y no de comerciantes. ¡Te conjuro

por Dios a que me lo expliques, para que yo conozca tu poder y tu rango!»

Siguió azorándolo y engañándolo, hasta que Maruf, que tenía el entendimiento

ausente, declaró: « Yo no soy comerciante ni hijo de reyes» , y le refirió toda la

historia, desde el principio hasta el fin. El visir exclamó: « ¡Te conjuro, por Dios,

señor mío, Maruf, a que me muestres ese anillo, para que pueda ver cómo está

hecho!» . Maruf, completamente borracho, se quitó el anillo y dijo: « Cogedlo y

examinadlo» . El visir lo cogió, lo manoseó y preguntó: « Si lo froto, ¿acudirá el

criado?» « ¡Sí, frótalo! Se presentará ante ti y lo verás.» Lo frotó, y una voz dijo:

« ¡Estoy ante ti, señor mío! Pide y se te dará. ¿Quieres destruir una ciudad, o

fundarla, o matar a un rey? Ejecutaré, sin rechistar, cualquier cosa que pidas» .

El visir señaló a Maruf y dijo al criado: « Coge a ese perdido y abandónalo en la

tierra más salvaje y desierta, para que no encuentre qué comer ni beber, y

muera de hambre y perezca de pena sin que nadie se entere» . El criado lo

agarró y se echó a volar entre el cielo y la tierra. Maruf, al verse así, quedó

convencido de que iba a morir y de que se encontraba en pésima situación.

Rompió a llorar y dijo: « Abu-l-Saadat, ¿adónde me conduces?» « Voy a

abandonarte en un lugar desierto, hombre poco instruido. Quien posee un

talismán como ése, ¿permite que la gente lo examine? Te has ganado lo que te

sucede. Si no temiese a Dios, te dejaría caer desde una altura de mil brazas, y no

llegarías a tierra sino después de haber sido desgarrado por los vientos.» Calló y

no le dirigió la palabra hasta llegar a una región desierta. Allí lo abandonó,

regresó y lo dejó solo en una tierra inhóspita.

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche novecientas noventa y nueve, refirió:

—Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que esto es lo que a él se refiere.

He aquí ahora lo que hace referencia al visir: Una vez se hubo apoderado del

anillo, dijo al rey: « ¿Qué piensas? Te dije que éste era un embustero e impostor,

pero no me quisiste hacer caso» . « Tenías razón, visir mío. ¡Que Dios te conceda

salud! Dame el anillo para que lo examine.» El visir se volvió hacia él,

encolerizado, le escupió en la cara y lo increpó: « ¡Tonto! ¿Cómo he de dártelo

para seguir siendo tu criado, ahora que me he convertido en tu señor? ¡No te

dejaré con vida!» Frotó el anillo y apareció el criado, a quien dijo: « ¡Carga con

este estúpido y arrójalo en el mismo sitio en que abandonaste al impostor de su

yerno!» El criado lo cogió y remontó el vuelo. El rey le dijo: « ¡Criatura de mi

Señor! ¿Cuál es mi culpa?» « No lo sé. Mi dueño me ha mandado que lo haga y

no puedo desobedecer al que posee el anillo del talismán.» Siguió volando hasta

dejarlo en el mismo sitio en que se encontraba Maruf. Lo abandonó y se marchó.

Maruf lo oyó llorar; se acercó al rey, éste le explicó lo sucedido y ambos se

sentaron a llorar por lo que les sucedía; no encontraron ni comida ni bebida. Esto

es lo que a ellos se refiere.

He aquí ahora lo que hace referencia al visir. Después de haberse deshecho

de Maruf y del rey, salió del jardín, mandó buscar a todos los soldados, convocó

una audiencia, explicó lo que había hecho con Maruf y el rey e informó de la

existencia del anillo. Les dijo: « Si no me nombráis sultán, mandaré al criado del

anillo que os ataque y os abandone en una tierra inhóspita, en la cual moriréis de

hambre y de sed» . Le replicaron: « No nos causes daño, pues nos satisface el

que seas nuestro sultán, y no desobedeceremos tus órdenes» . Bien a pesar suyo,

se pusieron de acuerdo para nombrarlo sultán. Éste les concedió trajes de honor

y empezó a pedir a Abu-l-Saadat todo lo que quería. El genio se lo llevaba en el

acto. Luego se sentó en el trono, y los soldados le prestaron acatamiento. Mandó

decir a la hija del rey: « Prepárate, pues esta noche te poseeré ya que estoy

enamorado de ti» . La princesa se echó a llorar por la pérdida de su padre y de su

marido, y le mandó decir: « Espera a que haya transcurrido el plazo legal de

viudedad. Después se formalizará el contrato matrimonial y dispondrás de mí de

modo lícito» . Le contestó: « Yo no conozco ni plazo legal ni dilación alguna. No

necesito ningún contrato ni distingo entre lícito e ilícito. Esta misma noche he de

poseerte» . La princesa le respondió: « ¡Sé bien venido! ¡No hay inconveniente!»

Pero era sólo una treta. Al recibir la respuesta, se alegró y su pecho se dilató, ya

que amaba mucho a la princesa. Luego mandó distribuir alimentos entre toda la

gente. Les dijo: « Comed estos alimentos, que son un banquete de bodas, ya que

me propongo poseer esta misma noche a la reina» . El jeque del Islam objetó:

« ¡No te es lícito poseerla hasta que haya transcurrido el plazo legal de viudedad

y se haya formalizado el contrato matrimonial!» Él replicó: « Yo no conozco ni

plazo legal ni demora alguna. ¡No hables en demasía!» El jeque del Islam se

calló, pues temía su maldad. Dijo a los soldados: « Éste es un incrédulo, que no

tiene ni religión ni rito» . Al llegar la tarde se presentó a la princesa. La encontró

vestida con sus más preciosos trajes, y engalanada con sus mejores joyas. Al

verlo salió a recibirlo sonriendo y le dijo: « ¡Qué noche bendita! Si hubieses dado

muerte a mi padre y a mi marido hubiese sido aún más hermosa para mí» . Le

replicó: « ¡Los he de matar sin remedio!» Le hizo sentar y empezó a bromear

con él fingiendo tenerle cariño. El visir perdió la razón al ver sus caricias y

sonrisas cuando ella lo engañaba con sus gracias para lograr apoderarse del

anillo, y transformar su alegría en pena que cayese sobre su cabeza. Hacía con

él estos hechos siguiendo la opinión de quien dijo:

Con mi astucia he obtenido lo que no se alcanza con las espadas.

Y he regresado con un botín de dulces frutos.

La pasión se apoderó de él con estas caricias y sonrisas y ansió unirse a ella.

Pero cuando se aproximó, la princesa se alejó y rompió a llorar diciendo:

« ¡Señor mío! ¿No ves al hombre que nos está mirando? Te conjuro, por Dios, a

que me ocultes ante sus ojos. ¿Cómo vas a unirte conmigo si alguien nos mira?»

El visir se puso furioso y preguntó: « ¿Dónde está el hombre?» « ¿Es que no ves

cómo saca la cabeza por la gema del anillo y nos mira?» Creyendo que el criado

los estaba mirando, se echó a reír y dijo: « ¡No temas! Éste es el criado del anillo

y está bajo mis órdenes» . « ¡Tengo miedo a los efrits! Quítatelo y arrójalo lejos

de mí.» Se lo quitó, lo dejó encima de la almohada y se acercó a la princesa;

ésta lo rechazó de un puntapié en el corazón y lo tumbó por el suelo, desmayado:

llamó a los criados, que acudieron al momento, y les dijo: « ¡Sujetadlo!»

Cayeron sobre él cuarenta esclavos, y la princesa corrió a coger el anillo que

estaba sobre la almohada. Lo frotó y apareció Abu-l-Saadat, quien dijo: « ¡Heme

aquí, señora mía!» Le dijo: « ¡Coge a este descreído, mételo en la cárcel y pon

le grillos bien pesados! » Lo encerró en la cárcel del tormento y al regresar

preguntó ella: « ¿Adonde has llevado a mi padre y a mi esposo?» Contestó: « Los

he dejado en una tierra inhóspita» . « ¡Te mando que me los traigas ahora

mismo!» « ¡Oír es obedecer!» Remontó el vuelo y cruzó los aires hasta llegar al

país desierto. Descendió y los encontró sentados, llorando y quejándose el uno al

otro. Les dijo: « ¡No temáis! ¡Os traigo una alegría!» Les refirió lo que había

hecho el visir y añadió: « Lo he encarcelado yo mismo obedeciendo órdenes de

la princesa. Luego ésta me ha ordenado que os lleve» . Se alegraron con sus

palabras. Los cogió y remontó el vuelo con ellos. Antes de que hubiese

transcurrido una hora, los dejaba ante la hija del rey. Ésta se puso de pie, saludó a

su padre y a su esposo, los hizo sentar y les ofreció comida y dulces. Al día

siguiente le puso a su padre una túnica preciosa e hizo vestir a su esposo con otra

igual. Dijo: « ¡Padre mío! Siéntate en tu trono de rey conforme hacías antes, y

nombra a mi esposo tu visir de la derecha; informa a tus soldados de lo que ha

ocurrido, saca al visir de la cárcel, ajustícialo y luego incinéralo; es un incrédulo,

que ha querido poseerme como diversión, prescindiendo del rito del matrimonio,

y se ha declarado incrédulo, sin profesar religión alguna. Tú ama a tu yerno y

nómbralo tu visir de la diestra» . Le contestó: « ¡Oír es obedecer, hija mía! Pero

dame el anillo o entrégalo a tu esposo» . « No te conviene ni a ti ni a él. El anillo

se quedará conmigo. Es posible que yo lo proteja mejor que vosotros. Pedidme

cualquier cosa que deseéis y yo la solicitaré, para vosotros, del criado del anillo.

No temáis nada en absoluto mientras yo viva; una vez muerta, podéis hacer lo

que queráis con el anillo.» El padre replicó: « Es una idea muy acertada, hija

mía» . Tomó consigo al yerno y se dirigió a la sala de audiencias. Los soldados

habían pasado la noche muy tristes pensando en la hija del rey dado lo que había

hecho con ella el ministro que la había poseído por placer, sin casarse con ella, y

por el daño que había causado al rey y su yerno. Temían que la ley del Islam

fuese violada, ya que era patente para ellos que se trataba de un incrédulo. Se

reunieron en la audiencia y acometieron al jeque del Islam diciendo: « ¿Por qué

no le has impedido poseer a la reina por placer?» Les contestó: « ¡Gentes! Es un

hombre incrédulo y posee el anillo. Ni yo ni vosotros podemos hacer nada contra

él. Dios (¡ensalzado sea!) le dará lo que se merece. Gallaos para que no os

mate» . Mientras los soldados, reunidos en la audiencia, pronunciaban estas

palabras, el rey y su yerno Maruf entraron en la sala.

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche mil, refirió:

—Me me enterado, ¡oh rey feliz!, de que los soldados, al verlos, se alegraron

muchísimo de su llegada, se pusieron en pie y besaron el suelo ante ellos. El rey

se sentó en el trono, les refirió la historia y desapareció la angustia que sentían.

Mandó engalanar la ciudad y ordenó que le llevasen al visir, que estaba en la

cárcel. Al cruzar ante los soldados, éstos lo maldijeron y lo insultaron; lo

reprendieron hasta que llegó ante el rey. Éste lo mandó ejecutar. Así lo hicieron,

y luego lo quemaron: corrió al infierno en el peor de los estados. ¡Qué excelentes

son las palabras de quien dijo!:

¡Que el Misericordioso no se apiade del polvo de sus huesos, y que

Munkar y Nakir lo conserven siempre!

A continuación el rey nombró a Maruf su visir de la diestra. El transcurso del

tiempo les fue favorable, y la vida les trajo alegrías. Así vivieron durante cinco

años. Al sexto murió el rey, y la princesa nombró sultán a su esposo en sustitución

de su padre, pero no le entregó el anillo. Durante este tiempo había quedado

encinta y había dado a luz un muchacho de prodigiosa hermosura,

espléndidamente bello y perfecto. Siguió en el seno de las nodrizas hasta que

cumplió cinco años. Entonces su madre contrajo una enfermedad mortal. Mandó

llamar a Maruf y le dijo: « Estoy enferma» . Le contestó: « ¡Curarás, amada de

mi corazón!» « Tal vez muera: no necesito recomendarte que cuides de tu hijo,

pero en cambio sí he de decirte que guardes el anillo, por ti y por el muchacho.»

« ¡Aquel a quien Dios guarda, no sufre ningún daño!» La princesa se quitó el

anillo y se lo entregó. Al día siguiente fue a la misericordia de Dios (¡ensalzado

sea!). Maruf, que era rey, se dedicó al gobierno. Cierto día agitó el pañuelo, y los

soldados salieron de su presencia para marcharse a su casa. Maruf entró en el

salón y se sentó hasta que hubo terminado el día y llegó la noche con sus

tinieblas. Entonces, según tenían por costumbre, se presentaron ante él los

grandes del reino, sus contertulios, y pasaron la velada con él disfrutando y

distrayéndose hasta la medianoche. Entonces le pidieron permiso para retirarse,

y él se lo concedió. Se marcharon a su casa, y luego se presentó ante él una

esclava destinada al servicio del lecho; le preparó el estrado, le quitó la túnica y

le puso el traje de noche. Maruf se acostó, y la mujer empezó a hacerle masaje

en los pies hasta que el sueño lo venció. La esclava salió, se dirigió a su habitación

y se durmió. Esto es lo que a ella se refiere.

He aquí lo que hace referencia al rey Maruf. Mientras dormía, notó que tenía

algo a su lado, en la cama. Se despertó aterrorizado y exclamó: « ¡En Dios busco

refugio frente a Satanás (¡lapidado sea!)!» . Abrió los ojos y vio a su lado una

mujer de mal aspecto. Le preguntó: « ¿Quién eres?» Le contestó: « ¡No temas!

Yo soy tu esposa, Fátima al-Urra» . La miró a la cara y la reconoció por lo sucio

de la misma y por los largos colmillos. Le preguntó: « ¿Por dónde has llegado

hasta mí? ¿Quién te ha traído hasta este país?» « ¿En qué país estamos ahora?»

« En la ciudad de Jityan al-Jitán, pero tú, ¿cuándo has dejado El Cairo?»

« ¡Ahora mismo!» « ¿Cómo ha sido?»

Le refirió: « Sabe que después de haberme querellado contigo —pues Satanás

me incitaba a causar tu pérdida— y de haberte acusado ante los jueces, éstos

mandaron buscarte, pero no te encontraron; preguntaron por ti, pero nadie te

había visto. Al cabo de dos días me arrepentí y comprendí que la culpa era mía;

pero de nada me servía ya el arrepentimiento. Esperé unos días, llorando por

encontrarme separada de ti. Disponía de poco, por lo cual me vi obligada a

mendigar para conseguir alimento. Pedí a todos, ricos y pobres. Desde el

momento en que me abandonaste, sólo he comido el pan de la humillación y me

he encontrado en el peor de los estados. Todas las noches me sentaba en el lecho

a llorar, por encontrarme separada de ti y por las muchas humillaciones,

desprecios, dificultades y fatigas que sufría desde el momento de tu partida» .

Siguió contándole todo lo que le había sucedido, y él la escuchaba absorto. Ella, al

fin, dijo: « Deambulé todo el día pidiendo, pero nadie me dio nada. Cuando me

acercaba a alguien y le pedía un pedazo de pan, me insultaba y no me daba

nada. Al caer la noche me fui a dormir sin cenar. El hambre me abrasaba y me

afligía lo que había sufrido. Me senté a llorar. Entonces apareció ante mí una

persona, que me dijo: “¡Mujer! ¿Por qué lloras?” Contesté: “Tenía un marido que

se preocupaba por mí y atendía a mis deseos. Pero ha desaparecido, y no sé

dónde está. Desde entonces he soportado las durezas de la vida”. Preguntó:

“¿Cómo se llama tu esposo?” “Maruf.” “Lo conozco. Sabe que tu esposo es ahora

el sultán de una ciudad, y si quieres que te conduzca a su lado, lo haré.” “¡Estoy

bajo tu custodia! ¡Condúceme hasta él!” Me cogió, remontó el vuelo entre el

cielo y la tierra y me trajo a este alcázar. Aquí me ha dicho: “Entra en esa

habitación. Encontrarás a tu esposo durmiendo en el lecho”. He entrado y te he

visto con todo este rango. Tenía la esperanza de que no me hubieses abandonado,

ya que soy tu compañera. ¡Loado sea Dios que me ha reunido contigo!» Maruf

replicó: « ¿Yo te he abandonado, o tú? Has ido querellándote de juez en juez y has

acabado por querellarte ante el mismísimo Tribunal Supremo, lanzando en pos

mío, desde la ciudadela, a Abu Tabaq. Huí, bien a pesar mío» . Siguió contándole

todo lo que le había ocurrido hasta llegar a Sultán y casarse con la hija del rey.

Le explicó que ella había muerto y le había dejado un hijo de siete años de edad.

La mujer le dijo: « Ha sucedido lo que Dios (¡ensalzado sea!) tenía decretado. Yo

me he arrepentido y confío en ti. No me olvides y permite que coma en tu casa

el pan de la limosna» . Siguió humillándose ante él, hasta que consiguió

enternecer su corazón. Le dijo: « ¡Arrepiéntete del mal y quédate conmigo! Sólo

recibirás cosas que te alegren. Pero si cometes alguna fechoría, te mataré sin

piedad. No pienses en querellarte ante el Tribunal Supremo o en despachar tras

de mí, desde la ciudadela, a Abu Tabaq. Soy sultán: las gentes me temen, y yo

sólo temo a Dios (¡ensalzado sea!). Tengo un anillo a mi servicio: en cuanto lo

froto, se presenta ante mí el criado, que se llama Abu-l-Saadat, y me trae cuanto

le pido. Si quieres volver a tu país, te daré lo suficiente para toda la vida y te

enviaré en seguida a tu patria. Si quieres permanecer a mi lado, te encerraré,

sola, en un alcázar, que recubriré con tapices de seda, y pondré veinte criadas a

tu servicio. Te daré exquisitos alimentos, telas preciosas, y serás una reina que

vivirás el mayor bienestar hasta que mueras tú o muera yo. ¿Qué prefieres?»

Contestó: « Quiero quedarme contigo» . Le besó la mano y se arrepintió del mal

hecho. Él destinó un alcázar para ella sola, le asignó esclavas y eunucos y se

transformó en una reina.

El muchacho iba a verla con frecuencia. Pero la mujer lo detestaba porque

no era hijo suyo. El muchacho, al darse cuenta de que lo despreciaba y lo

miraba encolerizada, dejó de ir a verla y la despreció.

Maruf se dedicó a amar a las esclavas hermosas y no volvió a pensar en

Fátima al-Urra, ya que ésta era una vieja con canas, de mal aspecto, fría y más

fea que una serpiente estriada pero, en especial, porque le había hecho mucho

daño. El autor del proverbio dice: « La maldad corta de raíz el deseo y siembra el

odio en la tierra del corazón» . ¡Qué bien dice el poeta!:

Procura guardar de la ofensa los corazones pues es difícil que vuelvan

después de haberlos apartado.

Si el amor desaparece de un corazón, es como el vidrio: una vez roto, no

tiene remedio.

Maruf le había concedido hospitalidad por su buen natural y se había

mostrado generoso con ella buscando la satisfacción de Dios (¡ensalzado sea!).

Entonces, Dunyazad dijo a su hermana Sahrazad: « ¡Qué hermosas son estas

palabras, que absorben el corazón de las miradas encantadoras! ¡Qué estupendos

son estos libros prodigiosos y estas anécdotas admirables!» Sahrazad contestó:

« ¡Pues eso no es nada en comparación con lo que os contaré la próxima noche,

si vivo y el soberano me concede la vida!»

Al día siguiente, la aurora difundió su luz y el rey se levantó, con el pecho

dilatado, en espera del resto de la historia. Se dijo: « ¡Por Dios! No la mataré

antes de haber oído el resto de su historia» . Se dirigió a la audiencia, y el visir,

como tenía por costumbre, acudió con la mortaja debajo del brazo. El rey se

dedicó a gobernar a la gente durante todo el día, y después se marchó al harén y

entró en la habitación de su esposa Sahrazad, la hija del visir, como tenía por

costumbre.

Sahrazad se dio cuenta de que amanecía e interrumpió el relato para el cual

le habían dado permiso.

Cuando llegó la noche mil una, que es la última del libro, el rey se fue a su

harén y entró en la habitación de su esposa Sahrazad, la hija del visir. Su hermana

Dunyazad le dijo: « ¡Termina de contarnos la historia de Maruf!» « ¡De mil

amores, si el rey permite que hable!» El soberano le dijo: « Te permito que la

cuentes, pues estoy ansioso de oír el resto» .

Sahrazad refirió: « Me he enterado, ¡oh rey feliz!, de que Maruf no se

preocupaba personalmente de su esposa para la práctica del matrimonio y sólo le

pasaba alimentos por respeto a la faz de Dios (¡ensalzado sea!). Fátima, al ver

que se abstenía de tener relaciones conyugales con ella y que en cambio se

aficionaba a otras, lo odió y se llenó de celos. El demonio la tentó sugiriéndole la

idea de apoderarse del anillo, matarlo y proclamarse reina en su lugar. Cierta

noche salió y se dirigió desde su alcázar al de su esposo, el rey Maruf. El destino

y los hados ineludibles quisieron que lo encontrara durmiendo con una de sus

favoritas, muy hermosa, bella y bien proporcionada. Su piedad era tan grande

que se quitaba el anillo del dedo, por respeto a los nobles nombres que tenía

grabados, cuando quería cohabitar, y no se lo volvía a poner hasta después de

haberse purificado. Su esposa, Fátima al-Urra, no se había movido de su

departamento hasta saber que cuando cohabitaba se quitaba el anillo y lo dejaba

encima de la almohada hasta después de purificarse, y que tenía por costumbre,

una vez realizado el acto sexual, mandar a la favorita que se marchase para

salvaguardar el anillo. Al entrar en el baño cerraba la puerta de sus habitaciones

y no las abría hasta haber salido del baño, recogido el anillo y colocado éste en el

dedo. Después de esto podía entrarse en el alcázar sin dificultad. Fátima se había

enterado de todo esto. Salió por la noche dispuesta a entrar en su habitación

mientras estuviese sumergido en el sueño y robar el anillo sin que la viera. Pero

en el momento en que ella salía, el hijo del rey entraba en el retrete, a oscuras,

para satisfacer una necesidad: se había sentado, en la oscuridad, en la tabla y

había dejado la puerta abierta. Cuando Fátima abandonó sus habitaciones, la vio

andar precipitadamente en dirección a las de su padre. Se dijo: « ¡Ojalá supiera

para qué sale esta bruja de sus habitaciones, en medio de las tinieblas nocturnas y

se dirige al alcázar de mi padre! Debe haber alguna causa» . Salió en pos de ella

y siguió sus pasos sin que lo viera. El muchacho disponía de una pequeña espada

de joyas, y siempre que iba a la audiencia de su padre, la llevaba ceñida porque

estaba orgulloso de ella. El padre, al verlo, se reía de él y le decía: « ¡Sea lo que

Dios quiera, hijo mío! Tu espada es grande, pero no la has utilizado en el

combate ni has cortado con ella ninguna cabeza» . El muchacho le contestaba:

« ¡Cortaré algún cuello que lo merezca!» El padre se reía de sus palabras.

Mientras andaba detrás de la esposa de su padre desenvainó la espada y la siguió

hasta que entró en una habitación. El muchacho se quedó en la puerta y empezó

a observarla mientras ella buscaba y decía: « ¿Dónde habrá puesto el anillo?»

Entonces comprendió lo que buscaba. El muchacho tuvo paciencia hasta que ella,

una vez lo hubo encontrado, exclamó: « ¡Aquí está!» Lo cogió y se dispuso a

salir. El príncipe se escondió detrás de la puerta. La vieja, una vez hubo cruzado

la puerta, examinó el anillo, empezó a manosearlo y quiso frotarlo. Pero el

muchacho levantó la mano con la espada y la decapitó; lanzó un grito y cayó

muerta. Maruf se despertó y vio a su esposa tumbada y sangrando; su hijo traía

en la mano la espada desenvainada. Le preguntó: « ¿Qué ha pasado, hijo mío?»

« ¡Padre mío! Cuántas veces has dicho: “Tu espada es grande, pero no la has

utilizado en el combate ni has cortado con ella ninguna cabeza”. Yo te contestaba:

“¡Cortaré el cuello de quien lo merezca!” Y he cortado un cuello que merecía

ser cortado» , y le contó toda la historia. El padre buscó el anillo y no lo encontró;

siguió buscándolo en el cuerpo de la muerta, hasta encontrarlo dentro de la mano

crispada. Lo cogió y dijo: « ¡Tú, sin duda ni vacilación, eres mi hijo! ¡Que Dios

te conceda felicidad en ésta y en la última vida, del mismo modo que me has

librado de esta desvergonzada! Sus propios esfuerzos han causado su pérdida.

¡Qué bien dijo el autor de estos versos!:

Si Dios presta su auxilio al hombre, éste obtiene su deseo en todas las

cosas.

Si el hombre no obtiene el auxilio de Dios, lo primero que lo perjudica es

su propio esfuerzo» .

El rey Maruf llamó a gritos a sus servidores, y éstos acudieron corriendo. Les

explicó lo que había hecho su esposa, Fátima al-Urra, y les mandó que la

cogieran y la depositasen en cualquier lugar hasta que llegara el día. Hicieron lo

que les había mandado. Luego la confió a unos criados. Éstos la lavaron, la

amortajaron, le abrieron una tumba y la enterraron: así, había venido de El Cairo

para morir y ser enterrada. ¡Qué bien dijo el poeta!:

Marchamos según lo que nos ha sido prescrito, y aquel a quien se le ha

prescrito una suerte, la sigue.

Aquel que debe morir en una tierra, no morirá en otra distinta.

¡Qué hermosas son estas otras palabras del poeta!:

Cuando me dirijo a un país en busca de bienes, no sé la suerte que me

cabrá:

Si el bien al que aspiro, o el mal que me busca.

Después, el rey Maruf mandó buscar al labrador que le había concedido

hospitalidad mientras él huía. Cuando llegó, lo nombró su visir de la diestra y el

primero de sus consejeros. Se enteró de que tenía una hija, de prodigiosa

hermosura y belleza, de buenas costumbres, de ilustre origen y de excelentes

dotes. Casó con ella, y al cabo de cierto tiempo, casó a su hijo. Y pasó el tiempo

en la más dulce de las vidas; el destino les fue favorable, y gozaron de alegrías

hasta que les llegó el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos, el que

aniquila las ciudades más florecientes y deja huérfanos a muchachos y

muchachas. ¡Gloria al Viviente, al que no muere! ¡En su mano están las llaves

del reino y del poderío!

Durante este período, Sahrazad había dado al rey tres hijos. Al terminar esta

historia se puso en pie, besó el suelo ante el rey y dijo: « ¡Oh, rey del tiempo!

¡Oh, tú, que eres único en esta época y momento! Yo soy tu esclava, y llevo ya

mil y una noches contándote las historias de las generaciones pasadas y las

amonestaciones de los antiguos. ¿Puedo manifestar un deseo a tu majestad?»

« ¡Pide y te será dado, Sahrazad!» Ésta llamó a las nodrizas y a los eunucos y les

dijo: « ¡Traed a mis hijos!» Los llevaron inmediatamente: eran tres varones; uno

andaba solo; otro, a gatas, y el tercero era un lactante. Sahrazad los cogió y los

colocó ante el rey, besó el suelo y dijo: « ¡Rey del tiempo! Éstos son tus hijos. Te

pido que me dejes vivir en atención a estas criaturas. Si me matas, estos niños

quedarán sin madre y no encontrarás una mujer que los eduque como se debe» .

El rey se puso a llorar y estrechó a sus hijos contra el pecho. Dijo: « Sahrazad.

Ya te había perdonado mucho antes de que viniesen estos niños, pues he

comprobado que eres casta, pura, noble y digna. ¡Que Dios te bendiga a ti, a tu

padre, a tu madre, a tus antepasados y a tus descendientes! Dios es testigo de que

yo te libraré de cualquier cosa que pueda disgustarte» . Sahrazad besó las manos

y los pies del rey, se puso muy contenta y le dijo: « ¡Que Dios prolongue tu vida

y acrezca tu poder y dignidad!» La alegría se propagó por palacio y se difundió

por toda la ciudad. Fue una noche que no se cuenta entre las terrenales, y más

radiante que la luz diurna. Al día siguiente, el rey, contento y feliz, mandó llamar

a todas las tropas. Éstas acudieron. Regaló un magnífico y estupendo traje de

Corte a su visir, el padre de Sahrazad, y le dijo: « ¡Que Dios te proteja!, ya que

me has dado por esposa a tu noble hija, la cual ha sido causa de que me

arrepienta de haber dado muerte a las hijas de la gente. Me he dado cuenta de

que es pura, casta, noble y digna. Dios me ha dado con ella tres hijos varones.

¡Loado sea Dios por tan grandes bienes!»

Regaló trajes de Corte a visires, emires y grandes del reino. Mandó engalanar

la ciudad durante treinta días y eximió a los habitantes de la ciudad de nuevas

contribuciones: todos los gastos corrieron a cargo del tesoro del rey. Engalanaron

magníficamente la ciudad como jamás se había hecho hasta entonces.

Redoblaron los tambores y sonaron las flautas y todos los demás instrumentos. El

rey hizo grandes dones y regalos; dio limosnas a pobres e indigentes y extendió

su generosidad a todos los súbditos y habitantes de su reino. El rey y sus estados

vivieron en el bienestar, la felicidad, las dulzuras y la paz, hasta que compareció

el destructor de las dulzuras, el que aniquila a las comunidades.

¡Gloria a quien no muere en el transcurso del tiempo, Aquel a Quien no

alteran los cambios, que no sufre vicisitudes y es único en los atributos de la

perfección!

¡La bendición y la paz sean sobre el imán de su señorío, el escogido entre sus

criaturas, nuestro señor Mahoma, Señor de los hombres! ¡Le rogamos, por su

mediación, que nos conceda un buen fin!

S

HISTORIA DE ALÍ BABA Y DE LOS CUARENTA LADRONES

E cuenta —pero Dios conoce mejor los sucesos ocurridos a las naciones de lo

pasado y a los pueblos de lo pretérito— que en un tiempo remoto y en una época

lejana vivían en una ciudad del Jurasán persa, dos hombres que eran hermanos

uterinos. Uno de ellos se llamaba Qasim, y el otro, Alí Babá. Al morir el padre de

ambos les dejó una pobre herencia, y escasos bienes. A pesar de la pequeña

cuantía del legado de su padre, se lo repartieron con equidad y justicia, sin

querellas ni discusiones. Después de haber realizado la partición de la herencia de

su progenitor, Qasim contrajo matrimonio con una mujer rica, dueña de fincas,

jardines, viñedos y tiendas repletas de preciosas mercancías, de numerosos

objetos de valor. Empezó a tomar y a dar, a vender y comprar, y su situación se

fue haciendo cada vez más desahogada. Los hados le fueron favorables, y

alcanzó renombre entre los comerciantes y rango entre las personas más

acomodadas de la ciudad.

Alí Babá casó con una mujer pobre, que no poesía ni un dirhem ni un dinar, ni

casas, ni tierras. En poco tiempo perdió todo lo que había heredado de su padre,

con lo que llegaron la estrechez con sus angustias, la pobreza con su agobio, y las

preocupaciones. Abatido por su situación, se veía incapaz de encontrar un medio

con el que poder recuperarse y atender a sus necesidades. Era un hombre sabio,

juicioso, instruido y educado. Recitó estos versos:

Me dice: « Gracias a tu ciencia, estás entre los seres humanos, como si

fueras la noche de la luna llena» .

Respondo: « Dejaos de habladurías, pues no hay ciencia sin poder» .

Si me hipotecaran con toda mi ciencia, con todos mis cuadernos y el

tintero por el sustento de un solo día, se rechazaría la hipoteca y me

tirarían los cuadernos y el tintero.

La situación y la vida del pobre está llena de disgustos:

En verano no encuentra sustento; en invierno se calienta al lado del

brasero.

Los perros se encaran con él en el camino, y los más viles lo rechazan.

No puede quejarse a nadie de su situación, pues en toda la tierra no se

encuentra quien lo comprenda.

Si tal es la vida del pobre, lo mejor es que transcurra en el cementerio.

Cuando hubo terminado de recitar, meditó acerca de su situación, en el lugar

en que debía buscar apoyo y a recapacitar en lo que debía hacer para atender a

sus necesidades y en el medio con el cual iba a obtener su sustento. Se dijo: « Si

compro, con el dinero que me queda, un hacha y un asno, me marcho al bosque

y corto leña que después traigo y vendo en el mercado de la ciudad, tal vez

consiga, con su precio, lo que ha de poner fin a mi miseria y lo que me ha de

permitir atender a las necesidades de mi familia» . Y como esta idea le pareció

buena, decidió comprar el asno y el hacha. Al día siguiente llevaba tres asnos,

cada uno de los cuales parecía una mula. Se dirigió al bosque, pasó el día entero

cortando leña y haciendo hatos, y al llegar la tarde la cargó en los asnos,

emprendió el camino de la ciudad y se dirigió al zoco. Vendió la leña, y con su

importe atendió a sus necesidades y a las de su familia. Su tristeza se disipó, y su

preocupación disminuyó. Dio gracias a Dios, lo alabó y se durmió con el corazón

contento, tranquilo y confiado. Al día siguiente por la mañana fue de nuevo al

monte e hizo lo mismo que el día anterior. Cada día, al amanecer, se dedicaba a

este trabajo: se dirigía al monte, y al anochecer iba al zoco de la ciudad en el que

vendía la leña, y con su importe atendía a las necesidades de su familia. Llegó a

tomarle cariño a este oficio.

Siguió este estado de cosas hasta que cierto día, mientras estaba en el monte

dedicado a hacer leña vio que se levantaba una nube de polvo que cubría el

horizonte. Al disiparse vio unos jinetes que parecían fieros leones, cubiertos de

armas, vestidos con cotas de malla, espada al cinto, lanza en ristre y arcos en la

espalda. Alí Babá temió que le ocurriese algo, se aterrorizó, se asustó, corrió

hacia un árbol muy elevado, se encaramó en él y se ocultó entre sus ramas para

escapar de ellos, pues le habían parecido ladrones. Oculto entre las frondosas

ramas clavó en ellos la pupila.

El narrador añade, al referir esta historia prodigiosa y este asunto

impresionante, maravilloso: Una vez estuvo Alí Babá en la copa del árbol

contempló a los jinetes con ojos expertos y se dio cuenta de que eran ladrones,

salteadores de caminos. Los contó y vio que eran cuarenta, todos montados en

magníficos corceles. El temor y la ansiedad de Alí Babá fueron en aumento, la

yugular le palpitó, tragó saliva y no supo qué hacer.

Los caballeros se detuvieron, descabalgaron de sus corceles y les dieron de

comer a cada uno de éstos un saco de cebada. Luego, cada uno cogió el saco,

que llevaba atado a la grupa, y se lo cargó a la espalda. Todo esto ocurría bajo la

mirada de Alí Babá, que los estaba contemplando desde la copa del árbol. El jefe

se dirigió hacia un recoveco del monte. Había allí, en un lugar cubierto de

vegetación, una puerta de acero, que no se veía por la gran cantidad de arbustos

y espinas, de tal modo que Alí Babá ni tenía noticia de su existencia ni la había

visto ni tropezado con ella jamás. Los ladrones se detuvieron al llegar a la puerta.

El jefe dijo, con su voz más fuerte: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» En el mismo

instante en que pronunciaba estas palabras, se abrió la puerta, y luego entró el

capitán, seguido por los ladrones que llevaban los sacos. Alí Babá se admiró de lo

que hacían, y empezó por deducir que aquellos sacos debían estar llenos de plata

pura y de oro amarillo acuñado. Y así era, puesto que los ladrones constituían una

pandilla de salteadores de caminos que asaltaban alquerías y poblachos vejando

a sus habitantes. Cada vez que se apoderaban de una caravana o asaltaban una

alquería, llevaban el botín a aquel lugar apartado, oculto y disimulado. Alí Babá

siguió encima de la copa del árbol en que estaba escondido y no hizo movimiento

alguno; al contrario, siguió con la vista fija en los ladrones y observando todo lo

que hacían. Los vio salir, precedidos por su jefe, con las alforjas vacías, que

ataron a la grupa del caballo respectivo, tal como la habían traído; luego les

pusieron las riendas, montaron y se fueron por el mismo camino por el que

habían llegado, corriendo sin cesar hasta alejarse y perderse de vista. Todo había

ocurrido sin que Alí Babá rechistase; no bajó de la copa del árbol hasta que se

hubieron alejado y perdido de vista. Refiere el narrador: cuando Alí Babá estuvo

seguro de sus maldades, cuando se hubo tranquilizado y perdido el miedo, bajó

del árbol, se acercó a la pequeña puerta y se detuvo ante ella, meditando y

diciéndose: « Si digo: “¡Sésamo, abre tu puerta!”, del mismo modo que lo ha

hecho el jefe de los ladrones, ¿se abrirá la puerta o no?» Se adelantó, pronunció

aquellas palabras, y la puerta se abrió. Y esto ocurría porque aquel lugar había

sido construido por los genios, por los marid, y estaba encantado y sujeto a

grandes talismanes. Por ello, las palabras « ¡Sésamo, abre tu puerta!» , eran el

conjuro que acababa con el encantamiento y abría la puerta. Alí Babá, al ver que

se había abierto, entró. Apenas acababa de cruzar el umbral, la puerta se cerró

detrás de él. Esto lo asustó, le aterrorizó y pronunció aquellas palabras que no

hacen enrojecer a quien las dice: « ¡No hay fuerza ni poder sino en Dios, el

Altísimo, el Grande!» En seguida recordó la fórmula: « ¡Sésamo, abre tu

puerta!» y cedió el miedo y el pánico que se habían apoderado de él. Se dijo:

« No me preocupa que se cierre la puerta, mientras conozca el conjuro para

abrirla» . Avanzó un poco, creyendo que todo estaría a oscuras, pero se encontró

en una amplia e iluminada habitación de mármoles, bien edificada, sostenida por

columnas, y de hermosa construcción. Había allí todos los guisos y bebidas que

pudieran apetecerse. Desde esta sala pasó a una segunda, más grande y amplia

que la primera, en que se encontraban tales riquezas, prodigios y maravillas, que

quien las hubiera visto se habría quedado estupefacto. Los propios narradores se

habrían cansado de describirlos, dadas las grandes cantidades de lingotes de oro

puro, de plata, de dinares acuñados y de dirhemes, que contenía. Todo en

montones, como si se tratase de arena o guijarros que no se pueden contar.

Después de haber recorrido esta sala prodigiosa, descubrió otra puerta, que daba

acceso a una tercera habitación, más hermosa y más linda que la segunda.

Contenía los mejores trajes, y estaban representados los de todas las regiones y

países; había además las piezas de algodón más caras y de mejor calidad; trajes

de seda y de estupendo brocado. Pero no se trataba de una sola clase, sino que en

aquel lugar se encontraban reunidas telas de todas las regiones de Siria o de los

más remotos países de África, e incluso de China, del Sind, de Nubia y de la

India. Después llegó a la sala de las gemas y de las piedras preciosas, en la que

había perlas y pedrerías cuyo número no se podía evaluar ni contar, ya fuesen

jacintos o esmeraldas, turquesas o topacios; las perlas formaban verdaderas

montañas, los rubíes al lado del coral. Pasó luego a una sala, la última, que

contenía especias, sahumerios y perfumes. Estos productos estaban

representados en las mejores variedades y calidades. Se notaba el olor del áloe y

del almizcle; el aroma del ámbar y de la algalia era fuerte; el de las especias y el

ámbar gris, penetrante; el perfume de las colonias y del azafrán, intenso; el

sándalo estaba abandonado como leña de quemar, y las raíces aromáticas,

arrinconadas como madera sin valor.

Alí Babá, al ver tales riquezas y tesoros, quedó estupefacto y perplejo.

Permaneció inmóvil y pensativo durante un rato, y luego se dedicó a examinar

detenidamente las perlas, y tan pronto cogía las más hermosas como las dejaba

por las gemas, al ver que eran mejores; otras veces apartaba pedazos de brocado

o el brillante oro; ora se entretenía ante los juegos de lisa seda, ora en aspirar el

aroma del áloe y los perfumes. Pensó que aunque aquellos ladrones hubiesen

dedicado largos años en acumular aquellas riquezas, no era posible que hubieran

logrado reunir ni siquiera una ínfima parte de las que allí se encontraban. No

cabía la menor duda de que aquel tesoro era anterior incluso a la misma

existencia de los ladrones, y a su hallazgo por éstos. Sea como fuere, lo poseían

de modo ilegal e injusto. Si aprovechaba la ocasión y se apoderaba de una parte

de aquellos bienes no cometería ningún delito ni podría ser censurado, y mucho

menos siendo tales las riquezas que no podían contarse ni evaluarse, por lo cual

no advertirían nada. Resuelto ya a ello, empezó a coger parte del oro y a llevar

afuera sacos de dinares. Cada vez que quería entrar o salir decía: « ¡Sésamo,

abre tu puerta!» y la puerta se abría. Cuando hubo terminado de acarrear las

riquezas, las cargó en sus asnos, cubrió las bolsas de oro con un poco de leña y

guió los animales hacia la ciudad, hasta que llegó a su casa, lleno de alegría, con

el pensamiento tranquilo. El narrador refiere: una vez en ella, Alí Babá cerró la

puerta, para estar seguro de que no entraría la gente, ató los asnos en el establo y

empezó a descargar un saco, lo subió hasta donde se encontraba su esposa y lo

colocó delante de ésta; después bajó y regresó con otro, y así saco tras saco,

hasta que los hubo subido todos. La mujer estaba perpleja al ver lo que hacía. Al

tocar una de las bolsas y ver que estaba llena de dinares de color amarillo, se

descompuso, pues creyó que su esposo había robado aquellos bienes. Lo increpó:

« ¿Qué has hecho, desgraciado? Para nada necesitamos lo que no es nuestro, ni

hemos de apetecer los bienes de los demás. Yo estoy contenta con lo que Dios

me ha concedido, y satisfecha de ser pobre y agradecida por lo que me ha dado.

No apetezco lo de los otros, ni deseo poseer bienes ilícitamente» . « ¡Mujer!

¡Tranquilízate y alégrate, pues yo tampoco apetezco lo que está prohibido! Todas

estas riquezas las he encontrado en un tesoro, y he aprovechado la ocasión, las he

cogido y me las he traído.» Le explicó todo lo que le había ocurrido con los

ladrones, desde el principio hasta el fin, pero de nada serviría volver a repetirlo.

Después, cuando hubo terminado de contárselo, le recomendó que tuviese

cuidado con la lengua y guardase el secreto. La mujer, al oír esto, se admiró

muchísimo de ello, perdió el miedo, se le dilató el pecho y se puso alegre. Alí

Babá vació las bolsas en medio de la habitación, y el oro formó una verdadera

montaña. La joven quedó estupefacta y empezó a contar los dinares. Él le dijo:

« ¡Ay de ti! No acabarías de contarlos ni en dos días. Eso no sirve para nada ni es

necesario hacerlo ahora. Me parece que lo mejor que podemos hacer es cavar

una fosa y enterrar esta fortuna, pues temo que esto se descubra y se divulgue

nuestro secreto» . « Si no quieres contarlos, es en cambio necesario que los

pesemos para saber aproximadamente su cuantía.» « Haz lo que te parezca, pero

temo que la gente se entere de ello y que nos pese cuando de nada nos sirva el

arrepentimiento.» La mujer no le hizo caso, ni se preocupó de sus palabras; al

contrario: salió a pedir prestadas unas medidas pues ella, dada su pobreza y la

insignificancia de su situación, no las tenía. Se dirigió a casa de su cuñada, la

esposa de Qasim, para pedirle prestada una medida. « ¡De mil amores!» , le

contestó. Cuando se levantó para ir a buscarla, pensó: « La mujer de Alí Babá es

pobre, y no tiene costumbre de medir. ¡Quién supiera qué granos tiene hoy que

necesita medirlos!» Quiso enterarse, y para ello colocó un poco de cera en el

fondo de la medida, a fin de que quedasen pegados algunos granos. Luego se la

entregó. La mujer de Alí Babá la cogió, dio las gracias a su cuñada por el favor

que le hacía y se marchó corriendo a su casa. Al llegar a ésta, empezó a medir el

oro y vio que había diez medidas. Se alegró mucho de ello e informó a su

marido. Entretanto, éste había cavado una amplia fosa, enterró en ella el oro y la

volvió a cubrir de tierra. La mujer de Alí Babá se apresuró a devolver la medida

a su cuñada.

He aquí lo que hace referencia a la mujer de Qasim: Cuando se hubo

marchado la mujer de Alí Babá, dio vuelta a la medida y descubrió un dinar, que

había quedado pegado en la cera. Se maravilló mucho de ello, pues sabía lo muy

pobre que era Alí Babá. Permaneció un rato perpleja, y cuando se convenció de

que lo que habían medido era realmente oro, dijo: « ¿Alí Babá pretende ser pobre

y cuenta el oro con medidas? ¿De dónde ha sacado tales bienes? ¿Cómo ha

podido hacerse con tan grandes riquezas?» La envidia entró en su corazón y le

abrasó las entrañas. Cuando llegó su marido, la encontró abatida. Qasim tenía por

costumbre el ir todos los días a su tienda y pasar en ella la tarde, ocupado en

vender y comprar, tomar y dar. Aquel día su esposa creyó que se retrasaba, de

tan grande como era su preocupación, pues la envidia la mataba. Finalmente,

cuando cayó la tarde, y la noche desplegó sus tinieblas, Qasim cerró la tienda y

se marchó a su casa. Al entrar vio a su esposa sentada, con el ceño fruncido y

llorando. Como la quería mucho, le preguntó: « ¿Qué te ha sucedido, alegría de

mis ojos, fruto de mis entrañas? ¿Por qué estás triste y lloras?» « ¡Tú eres corto,

careces de valor! ¡Ojalá me hubiese casado con tu hermano, pues aunque

aparenta ser pobre, se finge desamparado y pretende carecer de bienes, tiene

riquezas cuya cuantía sólo Dios conoce, ya que sólo los cuenta por medidas! Tú,

en cambio, pretendes vivir bien y desahogado y te vanaglorias de ser rico,

cuando, en realidad, en comparación con él no eres sino un pobre, ya que

cuentas tus dinares uno a uno, te contentas con pocos y dejas para él el mayor

número.» Le refirió todo lo que le había ocurrido con la esposa de Alí Babá;

cómo ésta le había pedido en préstamo una medida y cómo se la había dado, no

sin antes poner en el fondo un poco de cera, a la cual había quedado adherido un

dinar. Qasim, al oír aquello y ver con sus propios ojos el dinar pegado en el fondo

de la medida, se convenció del bienestar de su hermano y no se alegró, antes al

contrario, la envidia se apoderó de su corazón y lo inclinó hacia el mal, ya que el

envidioso se parece a un negro malvado. Él y su esposa pasaron la noche

preocupados, de tan grandes como eran su pena, su aflicción y su preocupación

no pegaron el párpado ni el ojo. El sueño no se les acercó y no durmieron; todo lo

contrario, permanecieron desvelados y dando vueltas toda la noche, hasta que

llegó la mañana; hasta que aclaró y se hizo de día. Qasim, después de haber

rezado la oración de la aurora, se dirigió a casa de su hermano y entró de

improviso en ella. Alí Babá le dio la bienvenida y lo acogió de la manera más

atenta, mostrándose alegre y afable. Lo hizo sentar en un lugar preferente.

Qasim, cuando hubo ocupado el sitio, le preguntó: « ¡Hermano mío! ¿Por qué

aparentas ser pobre y mísero, si posees riquezas que no las puede destruir el

fuego? ¿Cuál es el motivo de tu aislamiento y de tu vida humilde, a pesar de que

dispones de tantos bienes y puedes hacer mayores gastos? Las riquezas sólo

tienen utilidad si el hombre las aprovecha. ¿Acaso no sabes que la avaricia está

considerada como un defecto y un vicio, y es propia de las naturalezas más viles

y censurables?» « ¡Ojalá fuera como dices! Pero soy pobre, y todos mis bienes

se reducen a mis asnos y mi hacha. Tus palabras me maravillan. Desconozco su

causa y no comprendo nada.» « ¡No vengas con argucias y mentiras! —replicó

Qasim—. ¡No puedes engañarme, pues se ha descubierto tu asunto y hecho

público lo que ocultabas!» Le mostró el dinar que había quedado pegado en la

cera, y añadió: « Hemos encontrado esto en la medida que nos pedisteis. Si no

fuesen muchos vuestros bienes, no la hubieseis necesitado ni contaríais el oro por

medidas» . Alí Babá comprendió que se había descubierto lo que ocultaba, a

causa del poco conocimiento de su mujer, que se empeñó en medir el oro. Había

obrado mal al hacerle caso, pero, ¿qué corcel no se cae?, y ¿qué espada india es

la que nunca falla? No podía negar lo que por negligencia se había divulgado. En

aquellas circunstancias lo correcto era revelar el misterio y explicar a su

hermano lo que le había sucedido, máxime teniendo en cuenta que las riquezas

eran tales que superaban la más desbordada fantasía, y que su parte no iba a ser

menor aunque la dividiese con su hermano y asociado, pues no conseguirían

agotarlo aunque vivieran cien años y gastaran sin cesar. Por ello, contó a su

hermano la historia de los ladrones, y le refirió todo lo que le había ocurrido con

ellos, cómo había entrado en el tesoro y cómo había transportado parte de la

riqueza y todas las gemas y ropas que había querido. Luego añadió: « ¡Hermano

mío! Todo lo que traiga pertenecerá a los dos y lo repartiremos por igual. Si

quieres mayor cantidad te la daré, pues tengo la clave del tesoro. Sacaré todo lo

que me plazca, sin que haya quien se oponga o me lo impida» . Qasim replicó:

« Esta partición no me satisface. Quiero que me indiques el sitio en que está el

tesoro y me enseñes el conjuro que lo abre, ya que me has intrigado y deseo

verlo, entrar como tú y coger todo lo que me plazca. Iré, veré lo que hay y

cogeré lo que me guste. Si no satisfaces mis deseos, te denunciaré al gobernador

de la ciudad, lo informaré de toda tu situación y éste hará lo que no te ha de

gustar» . Alí Babá, al oír estas palabras replicó: « ¿Por qué me amenazas con

llevarme ante el gobernador de la ciudad? Yo no te contradiré y te enseñaré lo

que quieras conocer. Mi única preocupación la constituyen los ladrones, ya que

temo que te causen daño. Pero el que tú entres en el tesoro no me perjudica ni

me favorece. Coge todo lo que te guste, pues aunque te cargases a reventar no te

llevarías todo lo que contiene, y lo que en él quede será muchas veces mayor

que lo que cojas» . Le enseñó el camino del monte, el lugar en que se encontraba

el tesoro, y las palabras del conjuro: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» Luego añadió:

« ¡Aprende bien estas palabras y procura no olvidarlas, pues temo que los

ladrones te tiendan una trampa como consecuencia de este asunto!» . Cuando

Qasim conoció el lugar del tesoro, aprendió el camino y supo las palabras para

abrirlo, se separó muy contento de su hermano, sin pensar más en sus consejos y

advertencias. Regresó a su casa con el rostro sereno y lleno de alegría. Contó a su

mujer lo que le había sucedido con Alí Babá, y añadió: « Mañana por la mañana,

si Dios quiere, iré al monte y volveré a tu lado con riquezas mayores que las que

trajo mi hermano, ya que tus reproches me han herido e intranquilizado. Quiero

hacer algo que te satisfaga plenamente» . Preparó diez muías, colocó encima de

cada una de ellas dos cajas vacías y cargó los instrumentos y cuerdas que iba a

necesitar. Se durmió con la intención de dirigirse al tesoro y apoderarse de todas

las riquezas y bienes que contuviera, sin dar participación a su hermano. Al

despuntar la aurora, se levantó, preparó sus muías y se echó a andar delante de

ellas, hasta llegar al monte. Entonces se guió por las señales que le había descrito

su hermano para encontrar la puerta, hasta que la descubrió en un recoveco del

monte, entre hierbas y plantas. En cuanto la vio, apresuróse a decir: « ¡Sésamo,

abre tu puerta!» La puerta se abrió, y se admiró muchísimo por ello. Se lanzó

precipitadamente al interior del tesoro ansioso de apoderase de las riquezas. En

cuanto hubo cruzado el umbral, la puerta se cerró detrás de él, como de

costumbre. Qasim recorrió las tres salas, y no paró de ir de una a otra hasta que

hubo pasado por todas. Se quedó estupefacto de los prodigios que veía y absorto

ante las maravillas que encontraba, tanto, que por poco perdió la razón de alegría.

Ansió apoderarse de todas las riquezas sin excepción, y después de haber andado

de derecha a izquierda y de haber revuelto un rato los utensilios y los dirhemes

que deseaba, quiso marcharse. Cogió un saco de oro, se lo cargó y se dirigió con

él hacia la puerta. Intentó pronunciar las palabras clave para que ésta se abriera,

quiso decir: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» , pero su lengua no pudo articular la

frase, pues la había olvidado por completo. Se sentó para recordarla, pero no

consiguió dar con ella, ni verla en su imaginación: la había olvidado por

completo. Dijo: « ¡Cebada, abre tu puerta!» La puerta no se abrió. Dijo:

« ¡Trigo, abre tu puerta!» La puerta no se movió. Siguió: « ¡Guisante, abre tu

puerta!» , pero la puerta siguió cerrada. Siguió citando nombres de granos hasta

que hubo pasado revista a todos los cereales, sin que la expresión « ¡Sésamo, abre

tu puerta!» acudiera a su mente. Cuando vio que de nada le servía citar todas las

clases de granos, tiró el oro que llevaba a cuestas y se sentó para tratar de

recordar el nombre que le había dicho su hermano. Pero no acudió a su

memoria. Transcurrió un rato, durante el cual fue presa de gran inquietud y

preocupación. Y todo sin conseguir que el nombre acudiese a su memoria.

Empezó a entristecerse y a arrepentirse de lo hecho, cuando de nada le servía la

contrición. Exclamó: « ¡Ojalá me hubiese contentado con lo que me ofrecía mi

hermano y no hubiera dado cabida en mi pecho a los ambiciosos deseos que

ahora son la causa de mi perdición!» Se abofeteó la cara, se mesó la barba,

desgarró sus vestidos y se cubrió la cabeza de polvo, mientras lloraba a lágrima

viva; ora gritaba y sollozaba con su voz más fuerte, ora lloraba silenciosamente.

Pasaron las horas sin que él cambiase de situación, el tiempo siguió su curso, los

minutos que transcurrían le parecían siglos. Permanecía inmóvil, lleno de miedo

y terror, y así llegó a desesperar de la salvación. Exclamó: « ¡Estoy perdido sin

remedio, pues no hay modo de escapar de esta estrecha prisión!» Esto es lo que

a él se refiere.

He aquí lo que hace referencia a los ladrones: encontraron una caravana en

la que viajaban los comerciantes con sus mercancías, la atacaron y robaron

grandes riquezas. Inmediatamente después se dirigieron al tesoro para depositar

en él el botín, según tenían por costumbre. Al acercarse descubrieron los mulos

cargados con las cajas, y sospecharon algo. El capitán dio órdenes, y cargaron

contra ellos como si fuesen un solo hombre. Los animales huyeron y se

dispersaron por el monte y los ladrones ya no se preocuparon más de ellos.

Detuvieron sus caballos, echaron pie a tierra y desenvainaron las espadas, para

hacer frente si era necesario, a los dueños de los mulos. Al no ver a nadie en la

puerta del tesoro, se acercaron a ésta. Qasim, al oír el trote de los caballos, prestó

atención a las voces y comprendió que eran los ladrones de que le había hablado

su hermano. Con la esperanza de poder escapar, se preparó a huir y se ocultó

detrás de la puerta, dispuesto a echar a correr. El capitán de los ladrones se

adelantó y dijo: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» . La puerta se abrió en seguida, y

Qasim arrancó a correr para huir de la desgracia en busca de la salvación. En su

escapada tropezó con el capitán y lo derribó por el suelo; siguió corriendo entre

los ladrones y esquivó al primero, al segundo y al tercero, pero como eran

cuarenta, no pudo escapar a todos. Uno de ellos lo alcanzó y le dio tal lanzada en

el pecho, que la punta del arma apareció brillando por la espalda. Qasim murió

en medio de estertores. Ésta es la recompensa del ambicioso, del que emplea con

sus amigos la traición y el engaño. Los ladrones entraron en el tesoro, y al

advertir que había sido tocado, se indignaron terriblemente y creyeron que

Qasim, el asesinado, era su enemigo, y que él había cogido lo que faltaba. Sin

embargo, no acertaban a explicarse cómo había conseguido llegar hasta aquél

lugar desconocido, apartado y oculto a los ojos de la gente; ignoraban cómo

había descubierto el conjuro que abría la puerta, ya que ellos, aparte de Dios

(¡loado y ensalzado sea!), eran los únicos que lo conocían. Al ver a Qasim

tendido, muerto, sin movimientos se alegraron y desapareció su inquietud, ya que

nadie más que él podía haber entrado en el tesoro. Exclamaron: « ¡Alabado sea

Dios, que nos ha librado de este maldito!» Después, y con la intención de

escarmentar con él e intimidar a cualquier otro, cortaron su cuerpo en cuatro

partes y las colgaron detrás de la puerta, para que sirviese de ejemplo a todos

aquellos que se atrevieran a penetrar en dicho lugar. Luego se marcharon, y la

puerta se cerró detrás de ellos. Montaron a caballo y emprendieron su camino.

Esto es lo que a ellos se refiere.

He aquí lo que hace referencia a la esposa de Qasim: estuvo todo el día

esperando el regreso de su marido, impaciente y deseosa de conseguir todo lo

que apetecía de la vida mundanal, y dispuesta a recrearse palpando y

contemplando el dinero. Al atardecer, y en vista de que no regresaba, se dirigió a

casa de Alí Babá y le explicó que su esposo se había marchado al monte muy de

mañana, y que aún no había regresado, por lo que temía que le hubiera pasado

alguna desgracia. Alí Babá la calmó y le dijo: « No te intranquilices. Cuando

tarda, por algo será. Tal vez no quiera entrar de día en la ciudad por temor a ser

descubierto. Ya verás como viene por la noche. No tardarás mucho en verlo

llegar a tu lado con el dinero. Por mi parte, cuando vi que estaba resuelto a ir al

monte, me abstuve de subir, conforme tengo por costumbre, para no cohibirlo

con mi presencia, pues habría creído que quería espiarle. Nuestro Señor le

facilitará lo difícil y todo terminará bien. Vuelve a tu casa y no temas nada. Si

Dios quiere, sólo te sucederán cosas buenas, pues lo verás regresar a tu lado salvo

y rico» . La esposa de Qasim regresó a su casa sin demasiadas esperanzas, y se

sentó, meditabunda, con el corazón lleno de pesares por la ausencia de su marido.

Negros presentimientos la asaltaron, y sólo pensó en calamidades hasta la puesta

del sol, hasta que se hizo oscuro y la noche desplegó sus tinieblas pero Qasim no

regresaba. La mujer se mantuvo en silencio, despierta y esperando inútilmente.

Cuando hubo transcurrido el primer tercio de la noche, desesperó de su regreso y

empezó a llorar y a sollozar aunque absteniéndose de los gritos y de los alaridos

que dan las mujeres por temor a que los vecinos se enteraran y le preguntasen el

porqué de su llanto. Pasó toda la noche en vela, sollozando, inquieta, intranquila,

preocupada, desesperada, triste, en el peor de los estados. Al llegar la aurora

corrió a casa de Alí Babá y le dijo que su hermano no había regresado. Le habló

llena de tristeza, llorando a lágrima viva y en un estado que no puede describirse.

Alí Babá exclamó: « ¡No hay fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el

Grande! Hasta ahora había dudado del motivo de su ausencia. Iré a ver qué le ha

ocurrido, y te diré la verdad. ¡Quiera Dios que aquello que lo retiene no sea un

daño o una desgracia, sino un bien!» Preparó en seguida sus asnos, cogió el

hacha y salió al monte, como todos los días. Al aproximarse a la puerta del

tesoro, no ver los animales y encontrar, en cambio, manchas de sangre, perdió la

esperanza que tenía de encontrar a su hermano y se convenció de que había

muerto. Se acercó, aterrorizado, a la puerta, sospechando lo que había ocurrido.

Dijo: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» Al abrirse, vio el cuerpo de Qasim partido en

cuatro trozos, colgados detrás de la puerta. Se le puso la carne de gallina, le

castañetearon los dientes, los labios se le contrajeron, y por poco se desmaya. Se

entristeció muchísimo, por lo ocurrido a su hermano y exclamó: « ¡No hay

fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el Grande! ¡Somos de Dios, y a Él

volvemos! ¡No hay modo de escapar a lo que está escrito! Aquello que se ha

dispuesto, en lo oculto que ocurra al hombre, le ocurre» . Pero como vio que el

llanto y la tristeza no servirían de nada en aquellas circunstancias, y que lo mejor

sería tomar una resolución y llevarla a cabo, decidióse a amortajar y enterrar a

su hermano, pues era un deber para él y, además, una de las obligaciones

canónicas del Islam. Tomó los cuatro pedazos en que estaba dividido el cuerpo,

los cargó en los asnos, los cubrió con algunas ropas y tomó los objetos del tesoro

que más le gustaron, precisamente los de menos peso y más valor. Después

completó la carga con leña y esperó hasta que se hiciera de noche. Entonces se

dirigió a la ciudad, y entró en ella en un estado más lamentable que el de la

madre que acaba de perder a su hijo, pues no sabía qué hacer con el muerto ni

qué era lo mejor. Sumergido en un mar de ideas, siguió avanzando con sus asnos

hasta llegar a la casa de su hermano. Llamó a la puerta y le abrió una esclava

negra, abisinia, que servía como criada. Era una de las esclavas más guapas, y

por el talle la más esbelta; sus dientes eran pequeños; su aspecto dulce; tenía los

ojos negros, y era perfecta en todas sus partes. Pero lo mejor de todo es que era

mujer de buen consejo, de entendimiento penetrante, de gran resolución, y de un

valor igual al del hombre cuando era necesario, e incluso superaba en inventiva

al hombre más experto y avisado. Realizaba a plena satisfacción los trabajos

domésticos que le estaban confiados.

Alí Babá, al entrar en el patio le dijo: « Ha llegado tu hora, Marchana,

necesitamos tu consejo en un asunto que te explicaré delante de tu señora.

Acompáñame para oír lo que voy a decirte» . Dejó los asnos en el patio y subió a

ver a la esposa de su hermano. Marchana lo siguió, perpleja e intrigada por lo

que acababa de oír. La mujer de Qasim, al verlo, le dijo: « ¿Qué traes, Alí Babá?

¿Buenas o malas noticias? ¿Dejó alguna huella o no dejó rastro de sí? ¡Apresúrate

a tranquilizarme y a apagar el fuego que hay en mi corazón!» Al ver que

tardaba en contestarle, comprendió la verdad y empezó a sollozar. Alí Babá le

dijo: « ¡Contén los gritos y no levantes la voz! Temo que la gente oiga nuestra

historia y sea la causa de la perdición de todos» . Le explicó todo: cómo había

encontrado a su hermano muerto, con el cuerpo partido en cuatro pedazos,

colgados detrás de la puerta del tesoro. Luego añadió: « Hazte cargo de que

nuestros bienes, nuestras personas y nuestras familias son un pequeño don que

Dios nos ha concedido. La suerte y la desgracia van con nosotros. Es necesario

que le demos las gracias cuando da, y que tengamos paciencia cuando nos pone

a prueba. La desesperación no devuelve la vida al muerto ni soluciona la tristeza.

Has de tener paciencia, pues sólo así alcanzarás el bien y la salud. Es preferible

resignarse a las disposiciones de Dios, a desesperarse y oponerse a ellas. Ahora,

la mejor solución, la más apropiada, consiste en que yo sea tu marido, que entres

en mi familia y te cases conmigo. Mi mujer no te causará enojos, ya que es

inteligente y modesta, piadosa y temerosa de Dios. Todos formaremos una sola

familia. Gracias a Dios, poseemos tales riquezas que estamos a cubierto del

trabajo, de la preocupación y de la búsqueda de nuestro sustento cotidiano.

¡Gracias sean dadas al Generoso por lo que da, y loado sea por lo que concede!»

La mujer de Qasim, al oír las palabras de Alí Babá, dejó de desesperarse,

abandonó su profunda aflicción, cortó el llanto y se secó las lágrimas. Le

respondió: « Seré tu esclava obediente y tu criada servicial. Te haré caso en todo

lo que creas prudente, pero ¿qué hemos de hacer con este muerto?» « Deja que

del muerto se encargue tu criada Marchana, pues conozco la rapidez de su

pensamiento, la agudeza de sus ideas y su certera opinión. Ya ideará algo.»

Después de esto, Alí Babá se separó de ella y se marchó a sus quehaceres.

La joven Marchana al oír las palabras de Alí Babá y percatarse de que su

señor estaba muerto y cortado en cuatro pedazos descubrió con su agudeza la

causa de todo y tranquilizó a su señora, diciéndole: « No te preocupes. Confía en

mí, pues ya idearé algo que permita conservar nuestro secreto» . Salió y se

dirigió a la tienda de un farmacéutico que vivía en la misma calle. Era éste un

jeque muy anciano, célebre por sus conocimientos en las distintas ramas de la

Medicina y de la Ciencia; decían que era muy experto en la preparación de las

medicinas, y que conocía a la perfección los medicamentos simples y

compuestos. Le pidió una pomada que sólo se recetaba en caso de enfermedades

graves. Le preguntó: « ¿Quién de tu casa necesita este ungüento?» « Mi señor,

Qasim. Ha cogido una grave enfermedad que lo ha postrado en cama; está

completamente imposibilitado.» El especiero se levantó, le entregó el ungüento y

le dijo: « Tal vez Dios, con este remedio, le devuelva la salud» . La joven cogió la

pomada, le pagó generosamente y regresó a su casa. Al día siguiente, por la

mañana, volvió a la farmacia y pidió una medicina que sólo se administraba

cuando ya se habían perdido todas las esperanzas. El farmacéutico le preguntó:

« ¿No hizo efecto el ungüento de ayer?» « ¡No, por Dios! Mi señor se encuentra

en las últimas, y lucha entre la vida y la muerte. Mi señora no hace más que

llorar y gemir.» El hombre le entregó la medicina, y ella la cogió, le pagó su

importe, y se dirigió a casa de Alí Babá, al que puso al corriente de la

estratagema que había ideado. Recomendó a éste que multiplicase las visitas a

casa de su hermano y que diera muestras de tristeza y dolor. Alí Babá lo hizo así,

y cuando los vecinos lo vieron entrar y salir de casa de su hermano dando

muestras de gran tristeza, le preguntaron qué le pasaba. Les explicó la

enfermedad de su hermano, la gravedad en que estaba. La noticia se esparció

por la ciudad, y la gente la comentó. Al día siguiente, antes de que amaneciera,

Marchana recorrió las calles de la ciudad hasta pasar junto a un hombre que era

cordonero, llamado el jeque Mustafá; era muy anciano, de cabeza gorda, bajo, y

con barba y bigotes largos. La gente sabía que tenía la costumbre de ser el

primero en el zoco en abrir la tienda. La joven se acercó a él, lo saludó con

corrección y respeto y le puso un dinar en la mano. El jeque, al ver el color de la

moneda, lo acarició un rato con la mano y le dijo: « ¡Señora de las esclavas!

Explícame cuáles son tus deseos, para que los realice» . « ¡Jeque! Coge hilo y

aguja, lávate las manos, ponte las sandalias, deja que te vende los ojos, echa a

andar y ven conmigo a hacer un trabajo delicado, que te permitirá ganar los

bienes de este mundo y del otro y que no te va a causar el menor daño.» « Si me

pides algo que ha de ser del agrado de Dios y de su Enviado, lo haré con gusto y

no te contradiré; pero si se trata de algo incorrecto, de un delito, de un pecado o

de una falta, no te pienso hacer caso, y ya puedes buscar a otro para que te

satisfaga.» « ¡Por Dios, jeque Mustafá! Es algo lícito y permitido. Nada has de

temer.» Y al decir esto, le puso en la mano otro dinar. El hombre, al verlo, se

sintió ya incapaz de negarse o poner peros. De un salto se puso en pie y le dijo:

« Estoy a tu servicio y haré todo lo que me mandes» . Cerró la puerta de la

tienda, cogió todo lo que necesitaba: hilo, aguja y demás útiles de coser mientras

Marchana preparaba un trapo para vendar al hombre, a fin de que no supiera

adonde lo llevaba. Lo cogió de la mano y empezaron a andar por calles y

callejas; el cordonero iba ligeramente rezagado, como el ciego. No sabía adónde

lo llevaban ni para qué. Anduvieron juntos sin parar. La joven doblaba unas veces

a la derecha y otras a la izquierda, y alargaba el camino con el fin de

desorientarlo y de que no supiese adonde lo llevaba. Así anduvieron hasta llegar a

la casa del difunto Qasim. Llamó suavemente a la puerta y abrieron en seguida.

Entró acompañada del jeque Mustafá, subió con él y lo dejó en el lugar en que

estaba el cadáver de su señor. Entonces le quitó la venda que cubría los ojos del

viejo Mustafá. Éste al tener destapados los ojos vio que se hallaba en un lugar

desconocido; al contemplar el cuerpo del asesinado, se llenó de temor y empezó

a temblar. Marchana le dijo: « No temas, jeque, pues no te ha de suceder nada

malo. Lo único que te pedimos es que cosas de la mejor manera posible los

miembros de este cadáver y que unas sus partes hasta formar un todo con el

cuerpo» . Le ofreció tres dinares, que el jeque Mustafá cogió y se metió en el

bolsillo, mientras se decía: « Ha llegado el momento de tener valor y actuar con

acierto. No sé dónde estoy ni conozco las intenciones de esta gente; si

desobedezco, me castigarán; lo más prudente es hacer lo que ellos quieran. Sea

como fuere, soy inocente de la sangre de este hombre asesinado, y la venganza

le incumbe a Dios (¡glorificado y ensalzado sea!) Al coser un cuerpo no se

comete ningún pecado ni se es merecedor de castigo» . Se sentó y se puso a

coser las distintas partes del muerto y a unirlas hasta formar un cuerpo entero.

Marchana, tan pronto como el hombre hubo terminado el trabajo, se puso de pie,

le vendó los ojos de nuevo y bajó con él a la calle. Fue de calleja en calleja, dio

vueltas de un lado para otro, lo llevó a su tienda antes de que la gente, empezara a

salir de sus casas. Nadie los vio. Al llegar a la tienda, le quitó la venda de los ojos

y le dijo: « Calla este hecho: Ten cuidado y no expliques a nadie lo que has visto;

no hagas el indiscreto en aquello que no te incumbe, pues podría ocurrirte algo

desagradable» . Le dio otro dinar y se marchó. Al llegar a su casa dijo que le

trajeran agua caliente y jabón y se dedicó a lavar el cuerpo de su señor hasta

dejarlo limpio de sangre; después le puso un vestido y lo tendió en su lecho.

Entonces mandó llamar a Alí Babá y a su esposa. Cuando los tuvo delante, les

explicó lo que había hecho y les dijo: « Ahora anunciad la muerte de mi señor,

Qasim, e informad de ella a la gente» . Las mujeres empezaron a llorar, a gemir,

a prorrumpir en ayes, a sollozar, a lamentarse, a gritar y a abofetearse la cara,

hasta que los vecinos las oyeron. Los amigos acudieron a dar el pésame, y el

llanto y los sollozos fueron en aumento los gritos crecieron y el barullo subió de

punto. Por toda la ciudad se extendió la noticia de la muerte de Qasim. Los

allegados se condolieron por su pérdida, y los enemigos injuriaron su memoria.

Al cabo de un rato llegaron, según es costumbre, los lavadores del cadáver, pero

Marchana les dijo que ya estaba lavado, embalsamado y amortajado, si bien les

pagó más de lo que habrían cobrado por su trabajo. Se marcharon tranquilos, sin

entender aquello, aunque también sin preguntar lo que no les importaba. Más

tarde llevaron las parihuelas, bajaron el cadáver, lo colocaron en ellas y lo

llevaron al cementerio. Las gentes asistieron al entierro y Marchana y las

mujeres fueron detrás, llorando y sollozando hasta llegar al camposanto. Cavaron

una fosa y lo enterraron (¡apiádese Dios de él!) La gente regresó, se separó y

volvió a sus quehaceres. Así pudo ocultarse cómo había muerto Qasim, y nadie

sospechó la verdad, pues la gente creyó que había sucumbido de muerte natural.

Transcurrido el plazo legal de viudedad, Alí Babá se casó con la mujer de su

hermano, se escribo el contrato de matrimonio, y éste fue consumado. La gente

encontró bien este acto, y lo atribuyeron al mucho cariño que Alí Babá tenía a su

hermano. Alí Babá trasladó sus enseres y riquezas a casa de su nueva mujer, y

se quedó a vivir en ella con sus dos esposas, también trasladó allí las riquezas que

había sacado del tesoro. Para atender la tienda de su difunto hermano pensó en el

hijo que Dios le había concedido, y que ya tenía doce años. El muchacho había

servido a un comerciante, había aprendido el oficio con él, y era ya persona

entendida. Entonces el padre necesitó alguien a quien confiar la tienda, le retiró

del lado de aquel comerciante y se la entregó para que vendiese y comprase,

todas las mercancías y los objetos con que la había dejado su tío prometiéndole

que lo casaría si andaba por el camino del bien y del éxito, si seguía la senda de

la justicia y de la bondad. Esto es lo que a ellos se refiere.

Veamos ahora qué hacían los ladrones. Después de un corto lapso de tiempo

volvieron al tesoro, entraron y, al no encontrar el cuerpo de Qasim

comprendieron que más de uno conocía aquello, que el difunto tenía

compañeros, y que su secreto se había divulgado entre la gente. Esto les llenó de

preocupación y pena. Comprobaron si se habían llevado algo del tesoro, y vieron

que les faltaba una gran suma. Fuera de sí por la ira, su jefe les dijo: « ¡Héroes!

¡Paladines de la guerra y del combate! Ha llegado el momento de la venganza.

Creíamos que había entrado aquí un solo individuo, pero lo cierto es que se trata

de varios, cuyo número y morada desconocemos. Hemos expuesto nuestras

vidas y nos hemos lanzado al combate para reunir estas riquezas, y ahora otros se

aprovechan de ellas sin fatiga. Esto es algo enorme, intolerable. Hay que idear

algo que nos permita apoderarnos de nuestros enemigos y vengarnos

terriblemente de ellos: les he de matar con este sable aunque ello me cueste la

vida. Ha llegado el momento de actuar, de mostrar la hombría, la audacia y la

actividad. Dividíos en grupos, entrad en la ciudad y los pueblos, recorred las

poblaciones y las comarcas, buscad noticias y preguntad si hay algún pobre que

se haya enriquecido o algún occiso que haya recibido sepultura. Tal vez

encontréis indicios que os lleven hasta vuestro enemigo y Dios os reúna con él.

Necesitamos especialmente uno que sea astuto y falso, que esté orgulloso de ser

hombre, para que marche solo a la ciudad, ya que nuestro enemigo es, sin duda

ni vacilación uno de sus habitantes. Uno de vosotros se disfrazará de mercader, y

entrará en la ciudad en busca de noticias; preguntará por los sucesos y

acontecimientos recientes; por los que han muerto o han sido asesinados en este

pequeño lapso de tiempo, por sus familiares, por sus casas y cómo han ocurrido

las desgracias. Tal vez encuentre indicios que lo lleven a lo que busca, pues un

asesinato no se oculta. Es seguro que la noticia se habrá extendido por el país, que

se hablará de ello entre grandes y chicos. El que capture a nuestro enemigo o nos

informe del lugar en que se halla, se habrá hecho acreedor de una magnífica

recompensa. Lo ascenderé, le aumentaremos de grado y lo nombraré mi

sucesor. Pero si fracasa en su intento y no consigue lo que prometa, frustrando

con ello nuestras esperanzas, lo tendremos por tonto, ignorante, corto de

entendederas, inhábil e irreflexivo, lo castigaremos por haber actuado mal, por el

fracaso de sus esfuerzos, y le daremos muerte, pues no necesitamos un hombre

que carece de hombría, y no nos es útil quien no es perspicaz, pues sólo puede ser

un ladrón hábil el hombre de entendimiento despierto, que domina todas las

ramas del engaño; no digáis de ése, “¡Qué valiente!” ¿Quién de vosotros se

ofrece para tan difícil y peligrosa misión?» Sus hombres, al oír la arenga del

jefe, aprobaron su idea y aceptaron las condiciones que había expuesto, sin

contradecirlo y jurándose que las respetarían. Uno de ellos, alto y grueso se

ofreció a recorrer ese camino complicado y peligroso y aceptó explícitamente

las condiciones aprobadas por todos. Lo honraron, elogiaron su valor y su

ofrecimiento, alabaron sus nobles propósitos y su resolución, le agradecieron su

hombría y su coraje y se admiraron de su fuerza y audacia. El jefe le

recomendó tranquilidad y resolución en el obrar, y habilidad en las tretas,

engaños y añagazas. Le explicó que debía entrar en la ciudad disfrazado,

exteriormente, de comerciante que va en busca de negocios, aunque en su

interior llevase la firme resolución de espiar. Cuando el jefe hubo terminado de

hacerle sus recomendaciones, él y los ladrones lo dejaron solo y se marcharon.

El ladrón que se había ofrecido a librar a sus compañeros se vistió de

comerciante, adoptó el aspecto de éstos y esperó que llegara el día para dirigirse

a la ciudad. Al descorrerse las tinieblas y aparecer la aurora fue con la bendición

de Dios (¡ensalzado sea!) hacia la ciudad, entró en ella, recorrió sus calles y

plazas y cruzó sus zocos y sus callejas cuando la mayoría de gente estaba aún

sumergida en las delicias del sueño. Anduvo sin parar hasta que fue a

desembocar al zoco del hach Mustafá el cordonero, que ya había abierto la

tienda y estaba sentado, cosiendo unas sandalias puesto que, como hemos dicho,

se levantaba temprano, bajaba al zoco y tenía la costumbre de abrir antes que los

demás vecinos. El espía se acercó a él, lo saludó con buenas palabras y lo trató

con delicadeza y respeto. « ¡Dios te bendiga en tu ocupación y aumente el

respeto que se te debe! —le dijo—. Eres el primero de los inquilinos del zoco que

abre la tienda.» El jeque Mustafá le replicó: « ¡Hijo mío! Vale más ser diligente

en la busca del sustento que en el sueño. Ésta es mi costumbre de todos los días» .

« Pero jeque, me maravilla lo bien que coses a esta hora, antes de la salida del

sol, a pesar de tu poca vista, de tu mucha edad y de la escasez de luz.» El jeque

Mustafá, al oír estas palabras, se volvió, enfadado, hacia él, lo miró con dureza y

le dijo: « Creo que no eres de esta ciudad. Si fueses uno de sus habitantes no

habrías dicho tales palabras, puesto que ricos y pobres me conocen por la

agudeza de mi vista, y soy célebre entre grandes y pequeños por lo bien que

conozco el oficio de cordonero, hasta el punto de que un grupo me escogió ayer

para que les cosiera un muerto, en un lugar en que apenas había luz. Y lo cosí a la

perfección, lo cual me hubiera sido imposible sin mi agudeza visual» . El ladrón,

al oír estas palabras, se alegró de haber conseguido su propósito, y comprendió

en seguida, que el decreto divino lo había conducido hasta tropezar con lo que

buscaba. Le dijo, aparentando sorpresa: « ¡Te habrás equivocado, jeque! Habrás

cosido una mortaja, ya que jamás he oído decir que se cosa a los muertos» .

« ¡No he dicho sino la verdad! Pero veo que te propones fisgonear los secretos de

la gente; si tal es tu intención, apártate de mí y tiende tus trampas a otro. Tal vez

creas que hablo mucho, pero me llaman « El callado» , y no pienso revelar lo

que quiero guardar secreto; no te contaré nada más de este asunto.» El ladrón

acabó de convencerse de que aquel muerto era el hombre al que habían matado

en el tesoro. Dijo al viejo Mustafá: « ¡Jeque! Para nada me interesa tu secreto, y

es preferible que guardes silencio, ya que se dice: “Guardar el secreto, es propio

del carácter de los píos”. Lo único que quiero es que me indiques la casa del

muerto. Tal vez sea uno de mis parientes o conocidos, y en ese caso es necesario

que yo dé el pésame a la familia, ya que he estado mucho tiempo fuera de esta

ciudad, e ignoro lo que ha ocurrido en ella durante mi ausencia» . Metió la mano

en el bolsillo, sacó un dinar y lo colocó en la mano de Mustafá. Éste lo rechazó,

diciendo: « Me preguntas algo que no puedo contestar, ya que me condujeron a

la casa del difunto después de haberme tapado los ojos con una venda, e ignoro el

camino que conduce a ella» . « Yo te he dado ya el dinar, tanto si puedes

satisfacer mi deseo como si no. Cógelo y Dios te lo bendiga; no tienes por qué

devolverlo. Pero entre las cosas posibles está el que tú te sientes un rato a meditar

en el camino que te hicieron andar mientras tenías los ojos tapados.» « No puedo

hacerlo, a menos que me tapes los ojos con una venda, del mismo modo que me

hicieron entonces. Me acuerdo cómo me cogieron por la mano, me condujeron,

me hicieron dar vueltas y me hicieron detener. Así quizá pueda guiarte al lugar

que deseas.» El ladrón se felicitó al oír estas palabras, dio otro dinar al jeque

Mustafá y le dijo: « Haremos lo que has dicho» . Ambos se pusieron en pie. El

anciano cerró su tienda, y el ladrón le vendó los ojos y, tomándolo por la mano,

empezó a andar con él. El jeque Mustafá iba unas veces hacia la derecha, otras

hacia la izquierda, y a ratos lo precedía. Hizo lo mismo que había hecho con la

joven Marchana, hasta llegar a una calle, en que dio unos cuantos pasos y se

detuvo, diciendo al ladrón: « Creo que fue aquí» . El bandido le quitó la venda de

los ojos. El hado quiso que el cordonero se detuviera delante de la casa del

difunto Qasim. El ladrón le preguntó: « ¿Conoces al dueño de este edificio?»

« ¡No, por Dios! Esta calle se halla lejos de mi tienda, y no conozco a la gente del

barrio.» El ladrón le dio las gracias, le entregó otro dinar y le dijo: « ¡Vete con

Dios!» El jeque Mustafá regresó contento a su tienda por haber ganado tres

dinares. El ladrón examinó la casa y vio que la puerta se parecía a las de todas

las casas del barrio. Temiendo confundirse, cogió yeso e hizo en ella una pequeña

señal blanca que le sirviera para identificarla. Contento, seguro de que había

cumplido la misión encomendada y que sólo faltaba tomar venganza, regresó

junto a sus compañeros, que estaban en el monte. Esto es lo que a él se refiere.

He aquí lo que hace referencia a la joven Marchana: Cuando se hubo

levantado y rezado la oración de la aurora, como tenía por costumbre, arregló

sus cosas y salió a comprar los alimentos y bebidas que necesitaba. Al volver del

mercado vio que en la puerta de la casa había una señal blanca. La contempló, le

extrañó y la intrigó. Se dijo: « Es posible que sea un juego de niños o una marca

hecha por los muchachos del barrio, pero también puede ser una señal puesta por

un antiguo enemigo o un vil envidioso, con mala intención y con un propósito

vituperable. Lo mejor será confundirlo y frustrar su nefasto plan» . Cogió un

pedazo de yeso y trazó en la puerta de sus vecinos señales parecidas a la que el

ladrón había hecho. Así señaló unas diez puertas del barrio. Después entró en su

casa y no dijo nada de lo que acababa de hacer. Esto es lo que a ella se refiere.

En cuanto al ladrón, al reunirse con sus compañeros en el monte se mostró

contento y les dio la buena noticia de que había realizado sus deseos al descubrir

a su enemigo, y que pronto podrían vengarse de él. Les refirió cómo había

encontrado, de paso, a un cordonero que había cosido a un muerto, y que aquél lo

había conducido a la casa de éste; cómo había señalado a ésta para evitar

confusiones y quedar más tranquilo. El jefe le dio las gracias, lo alabó por su

valor y se alegró mucho. Dijo a los ladrones: « Dividíos en grupos, poneos trajes

de ciudadanos corrientes, esconded vuestras armas, dirigíos a la ciudad, entrad en

ella por distintos lugares y reuníos en la mezquita mayor. Entretanto, yo y este

hombre, quiero decir el espía, buscaremos la casa de nuestro enemigo. Cuando la

encontremos, y nos cercioremos volveremos a reunimos con vosotros en la

mezquita y celebraremos consejo en ella para resolver lo que hay que hacer.

Nos pondremos de acuerdo acerca de lo que sea mejor: asaltar la casa de noche

o lo que sea» . Los ladrones, al oír sus palabras, las encontraron apropiadas y

justas y aceptaron sus deseos. Se dividieron en grupos, se pusieron trajes

corrientes y bajo ellos ocultaron la espada, tal como les había mandado el

capitán. Entraron en la ciudad por distintos lugares, temerosos de que sus

habitantes los descubrieran, y se reunieron en la mezquita principal, de acuerdo

con lo convenido. El capitán y el espía se dirigieron a la calle en que vivía su

enemigo, y al llegar a ella, el capitán vio una casa concuna señal blanca.

Preguntó a su compañero si era aquélla la que buscaban, y él le contestó que sí.

El capitán se volvió hacia otra casa y vio también una señal blanca. Le preguntó:

« ¿Cuál de las dos es la que nos interesa? ¿La primera o la segunda?» El ladrón

quedó perplejo y no supo qué responder. El capitán dio entonces unos cuantos

pasos y vio varias puertas más con la misma señal. « ¿Has sido tú quien ha

señalado todas estas casas, o sólo has marcado una?» « ¡Sólo he marcado una!»

« ¿Y cómo es que ahora hay diez?» «¡No comprendo cómo puede ser!»

« ¿Puedes distinguir entre todas estas casas la que has señalado tú?» « No; ahora

se parecen todas las casas; todas las puertas tienen el mismo aspecto, y todas las

señales son iguales.» El capitán, al ver que era inútil continuar allí, y que aquella

vez no había medio de vengarse, y que su esperanza se había frustrado, regresó

con aquel hombre a la mezquita y mandó a sus compañeros que volviesen al

monte, recomendándoles que fuesen por distintos caminos, tal como habían

hecho a la ida. Al encontrarse todos en el monte, en el lugar de costumbre, les

explicó todo, y cómo aquel compañero había sido incapaz de distinguir la casa de

su enemigo. Añadió: « Ahora es necesario que cumplamos la sentencia dictada,

de acuerdo con las condiciones estipuladas» . Lo aceptaron sin pestañear, y el

propio ladrón, que era valiente y duro de corazón, no se volvió atrás al oír

aquellas palabras ni se mostró cobarde. Al contrario: avanzó, resuelto y sin

temor, y dijo: « En realidad soy merecedor de la pena de muerte; éste es el

castigo de mi poca previsión y escasa astucia, ya que he sido incapaz de cumplir

lo que se me había pedido. No me apetece continuar viviendo y prefiero morir

que vivir infamado» . El capitán desenvainó la espada, y, de un golpe, le cortó el

cuello. La cabeza cayó, separada del tronco. Luego dijo: « ¡Hombres de guerra

y de combate! ¿Quién de vosotros es el valiente, el bravo, el de corazón resuelto

y cabeza serena que se ofrece ahora para realizar esta difícil empresa? Que no

se ofrezca el incapaz ni el débil, pues no he de aceptarlo. Debe presentarse el

avispado, el muy bravo, el de pensamiento recto y gran habilidad» . Uno de

aquellos hombres, llamado Ahmad « el encolerizable» , muy alto, grueso, de

aspecto aterrador, mala catadura, rostro moreno, de mala figura, con bigotes

semejantes a los del gato cuando se apresta a caer sobre el ratón y barba

parecida a la de un chivo cuando está entre la cabra y el cordero, se adelantó y

dijo: « ¡Comunidad de mis iguales! ¡Para tal hazaña, sólo yo os convengo! Si

Dios quiere os traeré noticias seguras y os conduciré al domicilio del enemigo» .

El capitán dijo al que se ofrecía para realizar la hazaña: « No irás si previamente

no aceptas las condiciones ya establecidas. Si fracasas, serás decapitado. Si

vuelves victorioso, te aumentaremos el rango, te honraremos, te ascenderemos,

te daremos mayor importancia y tendrás toda clase de bienes» . A continuación

Ahmad «el encolerizable» , se disfrazó de mercader, entró en la ciudad antes de

que amaneciera y se dirigió directamente al barrio del jeque Mustafá el

cordonero, pues ya iba orientado gracias a las palabras de su compañero. Lo

encontró sentado en la tienda. Lo saludó, se instaló a su lado, le habló con

amabilidad y dirigió hábilmente la conversación hasta hacerle explicar el asunto

del muerto y cómo lo había cosido. Ahmad « el encolerizable» le pidió que lo

guiase a la casa. El jeque Mustafá se negó, y rehusó continuar hablando; pero

cuando vio el dinero no pudo contrariarlo, ya que las monedas son una flecha

certera y un intercesor al que no se rechaza. Entonces se dejó vendar igual que

anteriormente, lo condujo hasta la casa del difunto Qasim y se detuvo delante de

ella. Le quitó la venda, que le cubría los ojos, le entregó el dinero prometido y

dejó que se marchara. Ahmad «el encolerizable» al encontrarse ante su

objetivo, temió confundirse más tarde, y, en previsión de ello, marcó la puerta de

la casa con una pequeña señal roja, que pintó en un lugar poco visible, pensando

que nadie la vería. Después regresó junto a sus compañeros y les contó lo que

había hecho, lleno de alegría, sin dudar del éxito y convencido de que nadie vería

la señal, por ser pequeña y estar muy disimulada. Esto es lo que a ellos se

refiere.

He aquí lo que se refiere a la joven Marchana: Se levantó temprano y, como

de costumbre, salió a comprar carne, verduras, frutas, frutos secos y demás

cosas necesarias para la casa. Al regresar del mercado la señal roja no le pasó

inadvertida, antes al contrario, cayó bajo su vista y la contempló. La encontró

rara, le llamó la atención y pensó con su agudeza y mucho entendimiento que la

había hecho algún enemigo o un vecino envidioso, para hacer daño a la gente de

la casa. No vaciló en marcar de rojo, con señales de la misma forma, las casas

de los vecinos, y las pintó en el mismo sitio que había elegido Ahmad « el

encolerizable» . La joven no dijo nada para no intranquilizar o perturbar a su

señor. Esto es lo que a ella se refiere.

Entretanto, el ladrón, que se había reunido con sus compañeros, les refirió lo

que le había ocurrido con el cordonero, y cómo éste lo había guiado hasta la casa

de su enemigo, cuya puerta había marcado con una señal roja para poder

reconocerla. El capitán ordenó a sus hombres que se vistieran como el vulgo, que

escondiesen las armas debajo de los trajes, y que entraran en la ciudad por

distintos caminos. Añadió: « Os reuniréis en tal mezquita, y permaneceréis en

ella hasta que nos unamos a vosotros» . Él se marchó con Ahmad «el

encolerizable» en busca de la casa en cuestión, para ver cuál era. Al llegar a la

calle ya sabida, Ahmad « el encolerizable» fue incapaz de reconocerla dado el

gran número de señales colocadas en las puertas. Al comprobarlo se avergonzó y

no supo qué decir. El capitán, al darse cuenta de que era incapaz de encontrar la

casa, bajó la cabeza, frunció el ceño y se enojó terriblemente. Pero la necesidad

lo obligó a disimular, de momento, su enfado. Regresó con el ladrón, que

marchaba cabizbajo, a la mezquita. Al reunirse con sus compañeros, les ordenó

que regresasen al monte. Se separaron, y, en distintos grupos, regresaron a su

feudo. Se sentaron en consejo, y entonces el capitán les refirió lo sucedido, y que

los hados no les habían ayudado a tomar venganza, pues aquel día se había puesto

al descubierto la vergüenza e incapacidad de Ahmad « el encolerizable» , el cual

se había demostrado incapaz de reconocer la casa de su enemigo. Luego

desenvainó la espada, y de un mandoble en el cuello echó a rodar su cabeza, la

separó del cuerpo, y Dios despachó su alma a toda prisa hacia el fuego (¡qué

pésima morada!). El capitán meditó en el asunto y se dijo: « Mis hombres son

buenos para combatir, alancear, saquear, verter sangre y hacer incursiones, pero

no tienen idea de lo que son las tretas y las añagazas. Si los mando uno detrás de

otro para solucionar este problema, los perderé a todos sin utilidad ni beneficio.

Lo mejor es que vaya yo personalmente a solucionar este difícil asunto» .

Informó de ello a los ladrones, y les dijo que iba a ir él, personalmente, a la

ciudad. Le contestaron: « Este asunto es tuyo, y la autoridad también. Haz lo que

te parezca» . Entonces se cambió de vestidos, y al amanecer se dirigió a la

ciudad en busca del jeque Mustafá el cordonero, del mismo modo que habían

hecho sus dos mensajeros. Al encontrarlo, se acercó a él, lo saludó, le habló de

buena forma y llevó la conversación hasta comentar lo acaecido al asesinado, y

no paró de tirarle de la lengua y ofrecerle dinero hasta que el jeque Mustafá se

avino a su deseo, y el capitán obtuvo lo que deseaba, o sea, el conocimiento del

domicilio de su enemigo por el procedimiento ya citado. Cuando el viejo lo dejó

ante la casa, le dio una recompensa mayor que la que le había prometido y lo

despidió. Después se fijó en el edificio, lo examinó y no le fue necesario poner

ninguna señal, puesto que contó las puertas que había en la calle, hasta llegar a la

de la casa que le interesaba; se aprendió el número de memoria, examinó sus

ventanas y sus arcos y se fijó en todos los detalles hasta conocerla a la

perfección. Entretanto, se paseaba por la calle para que sus vecinos no se

extrañaran al verlo allí tanto rato. Luego volvió junto a sus compañeros, les

explicó lo que había hecho, y les dijo: « Sé cuál es la casa de nuestro enemigo, y,

si Dios lo quiere, ha llegado la hora de nuestra venganza. He meditado acerca de

cómo hemos de entrar y atacarlo. Os lo voy a contar. Si os parece bien lo

pondremos en práctica, y si no lo aprobáis, el que tenga algo mejor que lo mío,

que lo exponga y explique lo que bien le parezca» . Les refirió lo que había

pensado y lo que quería hacer. Los ladrones lo aprobaron, se pusieron de acuerdo

y prometieron, bajo juramento, que ninguno de ellos quedaría rezagado respecto

a su compañero en busca de la venganza. Entonces envió un grupo de ellos a un

pueblo cercano y les mandó comprar cuarenta grandes pellejos de cuero.

Despachó el resto de sus hombres a las aldeas vecinas para que comprasen

veinte mulos. Cuando hubieron adquirido todo lo que les había mandado, se

presentaron ante él. Hicieron en cada pellejo una hendidura suficiente para que

pudiese entrar un hombre, y cada ladrón se metió en un odre con un puñal en la

mano. Una vez estuvieron todos dentro, metidos en esa cárcel tan estrecha, cosió

el capitán las aberturas, las dejó como habían estado, ensució los pellejos con

aceite, para que quienes los vieran pensasen que estaban llenos de este líquido y

los cargó de dos en dos a lomos de una mula. Los dos pellejos restantes los llenó

de aceite verdadero y los colocó en uno de los animales. En total había veinte

muías cargadas: diecinueve de hombres, y una de aceite, ya que los ladrones,

después de la pérdida de sus dos compañeros, a los que dio muerte el capitán,

habían quedado reducidos a treinta y ocho. Cuando terminó estos preparativos, se

puso al frente de la recua de mulos y entró en la ciudad cuando ya había caído el

sol, cuando era tarde y había desaparecido la luz. Buscó la casa de Alí Babá y la

reconoció en el acto. Al llegar ante ella tropezó con Alí Babá, el cual estaba

sentado en un banco en la calle; en el banco había un tapiz, y se apoyaba en una

magnífica almohada. Se fijó en él y vio que estaba contento, feliz y tranquilo por

el bienestar y desahogo en que vivía. Al llegar junto a él lo saludó correctamente,

con educación, humildad y respeto. Le dijo: « No soy de este país, mi patria está

lejos, y mi morada apartada. He comprado aceite, y espero venderlo en esta

ciudad. Pero he entrado tarde, me ha sido imposible llegar antes, a causa de la

distancia y el mal estado del camino, y he encontrado cerrados los mercados.

Me he puesto en marcha, perplejo, en busca de un lugar o refugio en que poder

pernoctar con mis animales, pero no lo he encontrado; he andado hasta pasar,

ahora, por tu lado. En cuanto te he visto, he dado gracias a Dios, porque ha

solucionado mi problema y me ha hecho conseguir mi propósito. La generosidad

se hace bien patente en tu gracioso rostro, y la hombría brilla en tus ojos

honrados. No cabe duda de que eres hombre de bien y de mérito, piadoso y

bueno. ¿Puedes darnos cobijo por esta noche a mí y a mis muías? Te harás

merecedor de que te recompense y que te haga un buen regalo. Además, serás

recompensado por el Generoso, el Favorecedor, el que paga un bien con otro

bien, el que borra las maldades con el perdón. Mañana por la mañana, si Dios

quiere, bajaré al mercado, venderé mi aceite y me separaré de ti,

agradeciéndote el favor y alabándote» . Alí Babá replicó: « ¡Bien venido sea el

caminante! ¡Hoy eres nuestro huésped bendito, y nos satisface esta noche feliz!»

Alí Babá era noble y generoso, magnánimo, de buenas costumbres y cualidades.

De intenciones puras, sólo pensaba bien de la gente. Creyó lo que había inventado

el falso comerciante; no se le ocurrió que pudiera ser el capitán de los ladrones

del monte, ni lo reconoció, a pesar de haberlo visto una vez, aunque con un

aspecto distinto. Llamó a su esclavo Abd Allah y le mandó que hiciese entrar las

muías. Éste cumplió su orden, y el capitán entró en pos de sus animales para

descargar los odres. Él y Abd Allah los bajaron de las muías y los alinearon junto

a la pared en el patio de la casa. Después, el esclavo cogió las mulas, las metió en

el establo y les dio cebada. El capitán quería pasar la noche en el patio, junto a

los odres, negándose a entrar en la habitación con la excusa de que temía causar

molestias a las gentes de la casa cuando en realidad era para poder llevar a cabo

su propósito y poder realizar la perfidia que le había llevado junto a Alí Babá.

Pero éste no le consintió que lo hiciese, lo conjuró a que entrase, y lo hizo de tal

forma que casi lo arrastró. Al ver que era imposible seguir negándose, entró con

él. El capitán se encontró en una amplia y espaciosa sala, cuyo suelo era de

distintas clases de mármol. A su alrededor, unos enfrente de otros, había divanes

recubiertos con los más preciosos tapices y tapetes, y en la testera del salón, un

diván, mayor que los demás, cubierto de regia seda; sus peldaños estaban

plateados, y las cortinas, bordadas. Alí Babá lo hizo sentar en este diván, mandó

encender las velas y envió recado a Marchana, informándola de que tenía un

huésped y ordenándole que preparase los mejores alimentos para la cena.

Después se sentó junto al recién llegado, le hizo compañía y le dio conversación

hasta que llegó la hora de la cena. Entonces pusieron los manteles y sirvieron los

guisos en vasos de plata y de oro. Colocaron la mesa delante del capitán y éste

comió de todos los guisos en compañía de Alí Babá. Luego quitaron la mesa,

sirvieron vino añejo, y la copa fue pasando de una mano a otra. Cuando hubieron

terminado y estuvieron hartos de comer y beber, reanudaron la charla y así

estuvieron parte de la noche. Llegada la hora de dormir y de acostarse, el capitán

se levantó y bajó al patio, diciendo que antes de retirarse quería tapar a sus

animales, si bien lo que quería era hablar con sus hombres. Se acercó al primero,

que estaba, como ya hemos dicho, en el interior del primer pellejo, y le dijo en

voz baja: « Cuando os tire, desde la ventana, un guijarro, desgarrad el pellejo con

el puñal y reuníos conmigo» . Dijo Jo mismo al segundo, al tercero y a los demás

hasta terminar con el último.

Alí Babá se proponía ir al baño a la mañana siguiente, por lo que recomendó

a Marchana que le preparase la toalla que le era necesaria y que se la diera a

Abd Allah, así como que le hiciera caldo de carne para bebérselo al salir del

baño. Le recomendó, asimismo, que tratase bien al huésped, que le mullese la

cama y que lo atendiese personalmente, de acuerdo con las reglas de la

hospitalidad. Le contestó que así lo haría, y Alí Babá se fue a la cama, se acostó

y se durmió.

Veamos ahora lo que hacía el capitán de los ladrones y digamos que es Dios

quien concede la ayuda. Cuando se hubo puesto de acuerdo con sus compañeros

y cómplices y hubo maquinado con ellos lo que había que hacer, subió en busca

de Marchana y le preguntó por su dormitorio. Ésta tomó una vela y le condujo a

una habitación llena con los más hermosos tapices, con el lecho, las sábanas y

todos los objetos que podía necesitar durante la noche. Marchana se fue luego a

la cocina para hacer lo que la había mandado su señor: preparó la toalla y los

objetos necesarios para el baño, y los entregó a Abd Allah. Después encendió el

fuego debajo de la cacerola. Mientras hacía esto, la luz del candil iba

disminuyendo poco a poco por falta de aceite, hasta que se apagó por completo.

Buscó la aceitera y vio que estaba vacía; además, se había terminado la cera.

Quedó perpleja, ya que necesitaba luz para terminar de preparar el caldo. Abd

Allah, al verla así, le dijo: « No te inquietes ni te preocupes porque se haya

terminado el aceite de la casa, pues lo tenemos en abundancia. ¿Has olvidado que

los pellejos del comerciante forastero están llenos de aceite? Los han puesto en el

patio. Baja, coge lo que quieras, y por la mañana le pagaremos su importe» .

Marchana, al oír estas palabras, encontró que la idea era buena, le dio las gracias

por el magnífico consejo, bajó con la jarra y se acercó a los pellejos. Los

ladrones estaban ya hartos de la larga permanencia en tan estrecha prisión,

estaban fatigados de tener la espalda doblada; respiraban fatigosamente y tenían

los miembros descoyuntados y los huesos molidos; no podían aguantar más esta

situación y les era imposible continuar encerrados. Al oír la voz de Marchana

creyeron, en su ignorancia, que era la de su jefe, puesto que la flecha del destino

iba a alcanzarlos y la orden de Dios iba a cumplirse. Uno de los ladrones

preguntó: « ¿Ha llegado el momento de salir?»

Refiere el narrador de esta historia admirable, de este relato emocionante,

extraordinario: Marchana, al oír la voz de un hombre que hablaba en el interior

del odre, se asustó muchísimo; tembló de terror y se aterrorizó de mala manera.

Otra mujer se habría desmayado o gritado, pero ella tenía un corazón valiente y

una imaginación rápida. Se dio cuenta en seguida de lo que sucedía y pensó, en

menos de un abrir y cerrar de ojos, que aquellos hombres iban con mala

intención. Ideó en seguida lo que le convenía hacer, puesto que si gritaba o se

movía moriría sin remedio, así como su señor y todos los moradores de la casa.

Se abstuvo de lamentos y algazara y empezó a poner en práctica la trampa que

se le había ocurrido: bajó la voz y contestó al primer ladrón: « Espera un

momento. Falta muy poco tiempo» . Se acercó al segundo odre, y el ladrón que

lo ocupaba le preguntó lo mismo que el primero. Le contestó de la misma forma

que al anterior. Los ladrones le preguntaban el uno detrás del otro y ella les

contestaba y los invitaba a tener paciencia. Así llegó hasta los pellejos que

contenían el aceite, y que eran los últimos de la fila. Cuando vio que éstos se

empeñaban en seguir callados pensó que no debían contener hombres. Los

movió, y al convencerse de que estaban llenos de aceite, abrió uno, llenó la jarra,

volvió a la cocina y encendió el candil. A continuación preparó un gran caldero

de cobre rojo, bajó con él al patio, lo llenó de aceite, lo colocó sobre el fuego y

puso mucha leña debajo, hasta que el aceite hirvió. Entonces bajó con el caldero

y fue vertiendo una jarra de aceite en la boca de cada pellejo; el líquido fue

matando a los ladrones en cuanto les llegaba a la cabeza. Así los aniquiló a todos.

Al comprobar que todos habían muerto, regresó a la cocina y terminó de hacer

el caldo de carne que le había mandado su señor. Concluido su trabajo, apagó el

fuego y la lámpara y se sentó a espiar al capitán.

Éste, al entrar en la habitación que se le había preparado, cerró la puerta,

apagó la vela y se tendió en la cama como si durmiera, a pesar de que seguía

despierto, en espera del momento oportuno de caer sobre los habitantes de la

casa. Cuando le pareció que todos estaban durmiendo, se levantó en silencio y se

asomó a observar. Al no ver luces ni oír ningún ruido, creyó que los moradores

de la casa dormían. Cogió un guijarro y lo tiró al patio, de acuerdo con lo

convenido con sus compañeros. Esperó un poco para dar tiempo a que salieran

de los odres; pero como siguieron callados y no se movían ni se oía rumor

alguno, quedó perplejo. Desde la ventana tiró otro guijarro sobre los pellejos,

pero éstos siguieron mudos y sin hacer ningún movimiento. Esto lo intrigó, y

volvió a tirar, por tercera vez, otra piedra. Esperó, sin resultado, la salida de sus

ladrones. Perdió la paciencia, el miedo hizo mella en su corazón, y bajó a ver

qué les había ocurrido y el porqué de su silencio. Percibió un olor desagradable y

el tufo de aceite quemado, con lo que aumentaron su terror y su miedo. Recorrió

la fila, dirigiendo la palabra a uno después de otro, pero no contestó ninguno.

Entonces movió los pellejos, los agitó y miró en su interior: vio a sus hombres

achicharrados. Al comprobar que alguien había sacado aceite de uno de los

odres, comprendió la manera cómo habían muerto y la causa de su

fallecimiento. Esto lo afligió mucho y lloró copiosamente por haber perdido a sus

compañeros. Temiendo que lo detuviesen, se decidió a huir y a escapar antes de

que le cerrasen el camino. Abrió la puerta del jardín, trepó por la pared, saltó a la

calle y huyó como alma que lleva el diablo. Iba cabizbajo, fatigado de pena y

con el corazón lleno de mil pesares.

Marchana lo observaba desde su escondrijo. Al comprobar que había huido,

cerró la puerta del jardín que había abierto el ladrón y regresó a su habitación.

Esto es lo que a ella se refiere.

He aquí lo que se refiere a Alí Babá: Cuando Dios hizo aparecer la mañana y

ésta iluminó con su luz y se hizo claro y el sol saludó a la más hermosa de las

criaturas, Alí Babá despertó de su sueño y de las dulzuras del reposo. Se vistió y

se dirigió al baño. Su esclavo Abd Allah iba detrás de él con los útiles para el

lavado y la toalla que le era necesaria. Entró en el baño, se lavó y descansó en la

más completa satisfacción y felicidad, sin saber lo que había pasado en su casa

durante la noche ni el peligro del que Dios le había salvado. Al terminar de

lavarse se puso otra vez los trajes y regresó a su domicilio. Al entrar en el patio

vio que los pellejos seguían en el mismo sitio, y se admiró. Preguntó a Marchana:

« ¿En qué piensa ese comerciante forastero, que tarda tanto en marchar al

mercado?» « ¡Señor mío! Dios te ha destinado para una larga vida y te ha dado

mucha suerte, pues esta noche te has salvado de un gran peligro, y Dios te ha

librado a ti y a tus familiares de la destrucción y de una muerte vil, gracias a tu

pureza de intención. Ha hecho caer en una fosa a aquellos que la habían cavado

para sepultarte en ella, castigando sus malas intenciones. La falsedad trae

siempre consigo la desgracia y la muerte prematura. He dejado todas las cosas

tal como estaban, para que veas con tus propios ojos lo que te había preparado, a

traición, aquel fingido comerciante, y el valor de tu esclava Marchana. ¡Anda,

contempla lo que hay en el interior de esos pellejos!» Alí Babá se acercó, y al

ver en el interior del odre que tenía más próximo un hombre que empuñaba un

puñal, palideció, cambió de humor y se echó atrás del susto. La joven le dijo:

« No temas, pues ese hombre está muerto» . A continuación le mostró los

restantes pellejos, en el interior de cada uno de los cuales había un hombre

muerto, con un puñal en la mano. Quedó un rato atemorizado, mirando unas

veces a Marchana y otras a los pellejos. Estaba estupefacto, amilanado, sin saber

lo ocurrido. Exclamó: « ¡Apresúrate a explicármelo todo! ¡Sé breve! Lo que he

visto me ha llenado de temor» . « Espera un poco y no levantes la voz, para que

los vecinos no se enteren de aquello que no interesa que se difunda. Tranquilízate,

ve a tu habitación y siéntate en tu sillón para descansar. Yo te llevaré el caldo de

carne que te he hecho, te lo beberás y desaparecerá el terror que te ha

sobrevenido.» Después se dirigió a la cocina, le llevó el caldo, se lo dio, y él se lo

bebió. Luego empezó a hablar: « Ayer me mandaste que te preparase los útiles

propios del baño y que te hiciera caldo de carne. Mientras estaba ocupada en

cumplir tus órdenes, se apagó la lámpara por falta de aceite. Busqué la jarra del

aceite, la encontré vacía y me quedé perpleja, sin saber qué hacer. Pero Abd

Allah me dijo: “No te preocupes por eso, pues tenemos mucho aceite en casa.

Baja, coge lo que necesites de los pellejos del comerciante que duerme en

nuestro domicilio, y mañana le pagaremos su importe”. Considerando que su

consejo era bueno, bajé con la jarra. Al acercarme a los pellejos, oí en su

interior la voz de un hombre, que preguntaba: “¿Ha llegado el momento de salir?”

Comprendí en seguida que aquello era una trampa, y le contesté, sin temor: “Ya

falta muy poco”. Recorrí todos los pellejos y vi que en el interior de cada uno de

ellos había un hombre, que me preguntaba exactamente lo mismo o me dirigía

palabras semejantes. Yo iba dando la misma contestación y así llegué a dos

pellejos que estaban llenos de aceite. Llené la jarra, encendí la lámpara, cogí un

gran caldero, lo llené de aceite y lo puse al fuego; cuando hubo hervido, lo vertí

por la boca de cada odre hasta que murieron todos los ladrones, a consecuencia

del aceite caliente, conforme tú has podido comprobar. Luego apagué la lámpara

y me senté a observar lo que hacía aquel comerciante traidor, pérfido y

embustero. Vi que desde su ventana tiraba piedras para despertar a sus hombres,

y que repetía esto varias veces. Pero como no se decidían a salir y él quería

verlos, bajó a averiguar la causa por la que seguían quietos, y los encontró a

todos muertos. Entonces, temió que a él le detuviesen o le matasen, por lo que

trepó por la pared del jardín, saltó a la calle y huyó. Yo no quise despertarte para

no alborotar a la gente de la casa, y he esperado a que regresaras del baño para

explicártelo todo. Esto es lo que me ha sucedido con esos traidores, pero Dios es

más sabio. Ahora es necesario que te diga algo que me ocurrió hace poco y que

hasta ahora te he ocultado. Hace unos días, al volver del mercado, vi que en la

puerta de nuestra casa había una señal blanca. Al contemplarla me intranquilicé,

me inquieté y me di cuenta de que la había hecho un enemigo, con la idea de

hacernos daño. Para confundirlo, pinté la misma señal en la puerta de las casas

de nuestros vecinos. Al día siguiente vi que habían hecho una señal roja en la

puerta de nuestra casa, y yo puse una señal idéntica en la puerta de nuestros

vecinos. Te he ocultado esto por temor a alarmarte. Es seguro que las señales las

pusieron los hombres que están muertos: son los ladrones con los que tropezaste

en el monte. Desde el momento en que supieron el camino de nuestra casa, no

nos han concedido reposo ni descanso y mientras quede sobre la faz de la tierra

uno solo, correremos el riesgo de caer en sus trampas. No cabe duda de que ese

que ha huido se esforzará en darnos muerte. Es necesario que vigilemos. Yo

permaneceré despierta y alerta» .

Refiere el narrador: Alí Babá, al oír las palabras de su esclava Marchana se

maravilló muchísimo de lo que les había ocurrido, del extraordinario suceso que

habían vivido. Dijo a Marchana: « He escapado de este peligro y me he salvado

de este riesgo gracias al Creador, al Favorecedor, al Benefactor, que nos protege

con su gracia, y a tu inteligencia penetrante, a tu buen entendimiento» . Le dio las

gracias por lo bien que había obrado, por su valor, por su reflexión penetrante y

por su buen consejo. Le dijo: « Desde este instante eres completamente libre ante

la faz de Dios, pero siempre te seremos deudores y te recompensaré por todo.

Como has dicho bien, no cabe duda de que ésos son los ladrones del bosque.

¡Loado sea Dios, que nos ha salvado de ellos! Ahora es necesario enterrarlos y

ocultar lo que nos ha ocurrido» . Llamó a su esclavo Abd Allah y le mandó que le

llevasen los picos. Cogió uno, dio otro al esclavo y empezaron a abrir una gran

fosa en el jardín; luego trasladaron los cuerpos de los ladrones, los arrojaron a la

fosa y los cubrieron de tierra hasta que desapareció su rastro por completo.

Vendió los mulos en el mercado en distintas fechas, y lo mismo hizo con los

pellejos. Esto es lo que a ellos se refiere.

En cuanto al capitán de los ladrones: al escapar de la casa de Alí Babá huyó

al bosque y entró en el tesoro en el más lamentable de los estados, llorando su

soledad y su aislamiento. Se sentó, triste, a reprenderse por el fracaso de sus

esperanzas, por la derrota de su plan, por la pérdida de sus hombres. La vida se le

hizo aborrecible y deseó la muerte, diciendo: « ¡Ay de vosotros! ¡Ah héroes del

tiempo, hombres de combate y de lucha! ¡Ah, caballeros en la lid de la guerra!

¡Ojalá hubieseis muerto en medio del combate y de la batalla! ¡Habríais

encontrado digno fin, en la liza! Pero haber muerto de este modo infame

constituye una ofensa, y yo, desgraciado de mí, soy el causante de la muerte de

aquellos a los que rescataría, si pudiera, con mi propia vida. ¡Ojalá se me hubiese

escanciado el vaso de la muerte antes de tener que presenciar esta calamidad! El

Señor —Todopoderoso y excelso— sólo me concede la vida para tomar

venganza, lavar la afrenta y vengaros terriblemente, de un enemigo al que he de

hacer probar el mal de la tortura y el castigo más grande. Yo me bastaré para

hacer esto, a pesar de mi soledad. Aquello que no pueden conseguir muchos

hombres, he de realizarlo yo solo si Dios quiere» . Pasó toda la noche en un caos

de ideas, preocupado y buscando el engaño que le había de permitir alcanzar su

objetivo. Veló sin gozar de las dulzuras del sueño, y amaneció sin tener apetito.

Siguió esforzando su mente para idear una trampa, pensó en cómo había de

conseguir su objeto, meditó en lo que debía hacer en esta coyuntura para

alcanzar su deseo y curar su enfermedad. Cuando se hizo de día se vistió de

comerciante y se dirigió a la ciudad para alquilar una habitación y abrir una

tienda en el zoco de los mercaderes. Trasladó a ésta, desde el tesoro, en varias

veces, objetos de mucho valor, hermosas y magníficas telas, bordadas en oro,

entre las cuales había piezas de tela india, paños sirios, vestidos de brocado,

preciosos trajes, aderezos de seda y gemas. Todo ello había sido robado en

distintos países. Procedía de los bienes de las criaturas de Dios que habían sido

depositados en el tesoro. Después se sentó en su tienda y se dedicó a vender y a

comprar, a tomar y a dar a la gente. Empezó vendiendo a precios bajos, a

rebajar el importe, a aceptar lo que la gente le ofrecía y a complacerla en lo que

pedía. Así se hizo célebre, se divulgó su nombre, se difundió su manera de actuar,

se hizo notoria su conducta, acudieron a su tienda las personas importantes, y se

aglomeraron ante ellos los humildes. Él recibía a la gente con amabilidad y

cortesía, la trataba con dulzura y afabilidad, le mostraba un rostro sonriente,

buenas costumbres, graciosas palabras y hermosas respuestas. Así consiguió que

todos lo apreciasen. Pero todo ello era contrario a su natural, puesto que era duro,

grosero, ignorante e inhumano; que estaba acostumbrado al combate, al saqueo,

a la matanza y al robo. Pero la necesidad tiene sus leyes, y lo forzó a hacer esto.

El Todopoderoso —excelso y grande—, que dispone lo que quiere y ordena sus

deseos a las criaturas, quiso que la tienda de este traidor estuviese frente a la del

hijo de Alí Babá, que se llamaba Muhammad. Como eran vecinos, los vínculos

de la convivencia nacieron entre ambos, y, a causa de esto, se conocieron e

intimaron, sin que el uno supiese quién era el otro ni de dónde procedía. Entre los

dos se estableció una corriente de afecto y cariño, y llegaron a no poder estar

separados.

Un día, Alí Babá fue a visitar a su hijo Muhammad y a ver el zoco de los

comerciantes. Encontró al mercader forastero sentado al lado de su hijo. El

capitán le reconoció desde el momento en que lo vio y estuvo seguro de

encontrarse en presencia del enemigo en cuya búsqueda había ido. Se alegró

mucho, y entonces tuvo la seguridad de que conseguiría su deseo y alcanzaría su

propósito: tomar venganza. Pero ocultó sus intenciones, procurando permanecer

inmutable y cuando Alí Babá se fue, interrogó sobre él a su hijo, aparentando que

no lo conocía. Muhammad le contestó: « Es mi padre» . Al enterarse de esto, fue

a sentarse más frecuentemente aún en la tienda del muchacho, multiplicó sus

atenciones para con él y se esforzó en tratarlo bien, aparentando tenerle afecto,

cariño, amor y amistad. Lo invitaba a comer, le daba banquetes y fiestas y lo

llevaba a sus veladas. No soportaba el estar separado de él en las tertulias y en las

fiestas, le regalaba objetos preciosos y le hacía magníficos presentes. Todo lo

hacía en vistas a conseguir lo que tenía pensado y para realizar el engaño y la

traición que meditaba. Muhammad se dio cuenta de sus muchos favores, de lo

agradable de su compañía, de su amistad, de su incesante cariño, de que el afecto

que le profesaba había alcanzado su grado sumo, y de que el amor que le tenía

era muy grande. Creía que todo ello procedía de su buena intención, que era

sincero, y que no podía prescindir de él ni de día ni de noche. Refirió a su padre

los favores que debía al comerciante forastero, el mucho amor y cariño que éste

le mostraba; que era un hombre rico, generoso, magnánimo y uno de los

principales personajes. Excediéndose en su apología, le dijo que lo invitaba a

comer guisos exquisitos en cualquier momento, y que le hacía costosos regalos.

Su padre le dijo: « Pues es necesario, hijo mío, que tú le correspondas, que le

prepares un banquete y que lo invites. Lo harás el viernes, cuando salgáis juntos

de la mezquita, después de la oración del mediodía, y paséis por delante de casa,

invítalo a entrar. Yo habré preparado lo necesario para hacer agradable la

estancia a tan ilustre huésped» .

El viernes al mediodía, el capitán se dirigió a la mezquita en compañía de

Muhammad. Una vez rezada la oración colectiva, salieron juntos, dispuestos a

visitar la ciudad. Pasearon sin descanso hasta que llegaron a la calle de Alí Babá.

Al cruzar ante la puerta de la casa, Muhammad invitó a su compañero a que

entrase a comer, diciéndole: « Ésta es nuestra casa» . El capitán rehusó

esgrimiendo varias excusas, pero el muchacho lo insistió, lo conjuró y no cejó

hasta conseguir que aceptara. « Complaceré tu deseo por exigirlo así las leyes de

la amistad y para darte gusto; pero ha de ser con una condición: no has de poner

sal en la comida, puesto que aborrezco mucho este condimento y no puedo

comerlo ni aspirar su olor.» « Esto es muy fácil, y si tu estómago no la soporta,

se te ofrecerá únicamente comida sin sal.» El ladrón se alegró al oír esto, ya que

su mayor deseo consistía en entrar en aquella casa, y todo lo que hacía era pura

comedia, a fin de conseguir mejor su propósito y alcanzar su objetivo. Entonces

estuvo seguro de que iba a tomar venganza; se cercioró de que iba a aplicar el

talión. Se dijo: « Dios los ha hecho caer, sin remedio, sin duda, en mis manos» .

En cuanto pisó el umbral y entró en la casa, Alí Babá salió a recibirlo, lo saludó

con la mayor corrección y cortesía, lo hizo sentar en la testera del salón, pues lo

tenía por un distinguido comerciante, y no podía sospechar que era el dueño del

aceite, ya que había cambiado de aspecto y de figura. No le pasó por la mente

que había metido al lobo entre el ganado, al león entre las ovejas. Se sentó a

hablar con él y a hacerle los honores.

Entretanto, su hijo, Muhammad, iba a ver a Marchana y le recomendó que

no pusiese sal en los guisos, ya que su huésped no podía soportarla. Esto la

contrarió, pues ya tenía hecha la comida, y la obligaba a guisar de nuevo para

que no hubiese sal. Esta circunstancia la extrañó y la inquietó. Quiso ver quién

era aquel hombre que no necesitaba la sal, que no tenía el mismo paladar que los

demás mortales, puesto que una cosa parecida no se había oído contar jamás.

Atardecía cuando acabó de cocinar. Marchana y Abd Allah llevaron la mesa y la

colocaron delante de los reunidos. Entonces dirigió una mirada al comerciante

forastero y lo reconoció en seguida, ya que era muy buena fisonomista y tenía

una excelente memoria. Se cercioró de que era el capitán de los ladrones.

Mirando atentamente, descubrió debajo de sus faldones la empuñadura de una

daga. Se dijo: « Ahora comprendo por qué este maldito se ha negado a compartir

la sal con mi señor. Quiere darle muerte, pero le parecería mal y le repugnaría

hacerlo después de haber compartido la sal. Pero, con el permiso de Dios

(¡ensalzado sea!), no conseguirá su propósito, pues no permitiré que lo lleve a

cabo» . Volvió a sus quehaceres, y Abd Allah se encargó del servicio. Comieron

todos los platos, y Alí Babá hizo los honores a su huésped y le invitó a comer.

Cuando estuvieron hartos se llevaron la mesa y les sirvieron el vino, las tapas, los

dulces, la fruta y los licores; comieron pasteles y frutas, y después se pasaron la

copa de uno a otro. El maldito les servía de beber, pero él se abstenía de

acompañarlos, pues quería emborracharlos y él estar sereno, sin emborracharse,

con todo su entendimiento, para poder llevar a cabo su propósito. Cuando

estuvieran ebrios y se quedaran dormidos, aprovecharía la ocasión para

derramar su sangre y matarlos con el puñal. Después escaparía por la puerta del

jardín, como había hecho anteriormente. En esto aparecieron Marchana y Abd

Allah. La muchacha llevaba una camisa de tejido de Alejandría, una aljuba de

regio brocado y otros preciosos vestidos; un cinturón de oro, trenzado con joyas,

ceñía su talle y hacía resaltar las caderas; llevaba una redecilla de perlas en la

cabeza, y alrededor del cuello un collar de esmeraldas, jacintos y coral. Debajo

aparecían sus senos, semejantes a dos frutos de granados. Las joyas y los trajes

realzaban su belleza, que parecía el capullo de una flor de primavera o la luna en

la noche del plenilunio. Abd Allah vestía también regiamente y llevaba en la

mano una pandereta que tocaba, mientras la joven bailaba como las gentes del

oficio. Alí Babá, al verla, se alegró y sonrió. Le dijo: « ¡Bien venida la bella

muchacha, la criada preciosa! ¡Por Dios, que has hecho bien! Ahora nos

apetecía ver bailar para dar completo término a nuestra satisfacción y a nuestra

alegría, para distraernos y hacernos felices. Luego dijo al capitán: « Esta

muchacha no tiene par. En todo es experta; excelente en el servicio, no hay nada

que se le oculte en las distintas ramas de la buena crianza. Es guapa, encantadora,

de certera opinión y rapidez de pensamiento. No hay ninguna que se pueda

comparar con ella en nuestro tiempo. Le debo grandes favores, y me es más

querida que una hija. Fíjate, señor, en la belleza de su cara, en la elegancia de su

talle, lo bien que baila, la gracia de sus inflexiones y en la agilidad de sus

movimientos» . El capitán no escuchaba sus palabras, pues estaba fuera de sí,

encolerizado y triste, por la entrada de aquellas dos personas, que estropeaban la

maquinación que había preparado contra los habitantes de aquella casa y hacían

fracasar la traición y la villanía en que había pensado. Marchana bailó tan bien

como una bailarina profesional. Llevó las cosas hasta el punto de sacar el puñal

que llevaba en el cinto y seguir danzando con él en la mano, tal como es

costumbre entre los árabes. Unas veces ponía la punta encima de su pecho, otras

en el de Alí Babá, en el de su hijo Muhammad o en el del capitán. Luego,

tomando la pandereta de las manos de Abd Allah, se la presentó a Alí Babá,

haciéndole señas para que le diese algo. Él le puso un dinar. Luego la pasó a su

hijo, Muhammad, quien le dio otro dinar. Se aproximó al capitán con la pandereta

en una mano y el puñal en la otra. El hombre quiso darle algo y metió la mano

en el bolsillo. Mientras se encontraba en esta posición, ocupado en sacar los

dirhemes necesarios, la joven le clavó el puñal en el pecho, y el bandido murió

en medio de estertores. Dios se apresuró a enviar su alma al fuego (¡qué pésima

morada!). Alí Babá y su hijo, al ver lo que había hecho, se levantaron

apresuradamente y gritaron: « ¡Traidora! ¡Hija adulterina! ¡Pérfida! ¡Innoble!

¿Por qué has cometido esta vituperable acción? ¿Qué te ha incitado a este acto

miserable? Nos afliges de tal modo que no lo olvidaremos jamás, que será causa

de nuestra muerte, de la pérdida de nuestra vida. Pero antes he de castigarte,

maldita, y si escapas con vida del juez, no escaparás de nuestras manos» . Ella

replicó inmutable: « Tranquilizaos, no tengáis miedo. Si tal hubiera de ser la

recompensa por haberos salvado, no habría quien se ofreciese a hacer el bien.

No os apresuréis a malpensar de mí para que luego no tengáis que arrepentiros.

Oíd mi relato, y después haced conmigo lo que queráis. Ese hombre no era un

comerciante, según afirmaba y vosotros creíais. Era el capitán de los ladrones

del bosque, el que antes había pretendido ser vendedor de aceite y metió aquí

hombres en pellejos para daros muerte y exterminaros. Al fracasar en su treta,

al perder la esperanza y la confianza en el éxito, tuvo que huir y abandonar la

casa. Pero esto no le sirvió de escarmiento ni lo amilanó, sino que aumentó su

rabia y odio contra mí y contra vosotros, y siguió resuelto a hacer el mal. Para

conseguir su propósito y llegar a su meta, abrió una tienda en el zoco de los

mercaderes y la llenó de mercancías preciosas, caras. Por medio de malas artes,

de trampas ocultas, de acciones descreídas enredó y engañó a mi señor

Muhammad, mostrándole un falso cariño y un amor insincero. Fue tras él con

disimulo hasta que le fue posible entrar en vuestra casa y sentarse con vosotros a

la mesa. Entonces se dispuso a aprovechar la ocasión para traicionaros, para

daros la peor de las muertes y borrar vuestro rastro, confiando en conseguirlo

gracias a lo bien afilado de sus armas y a la fuerza de su brazo y de su mano.

Pero no hay fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el Grande. ¡Loado sea

Dios, que lo ha hecho morir prematuramente por mis manos! Registradlo, y

veréis si son ciertas mis palabras» . Le levantó los faldones y les mostró el puñal

que llevaba escondido entre sus ropas. Ambos, al oír su respuesta y el discurso

con que les contestaba observaron con mucha atención la faz del pérfido y

embustero comerciante, y reconocieron en él al vendedor de aceite y al ver el

puñal se convencieron de que Dios los había salvado de un gran peligro y que

había hecho perecer aquel cuerpo por mediación de su esclava Marchana.

Seguros ya de la veracidad de las palabras de ésta, aumentó en ambos la estima

en que la tenían. Le dieron las gracias por una acción tan noble y alabaron la

actitud de su intuición. Alí Babá le dijo: « Anteriormente te he abrazado y te he

prometido una recompensa mayor. Éste es el momento de cumplir lo prometido,

y de llevar a buen término mi juramento si es que a ti te place lo que ha tiempo

traigo pensado para recompensarte el bien que nos has hecho y pagarte tus bellas

acciones. Quiero casarte con mi hijo Muhammad. No me contradigáis» . El

muchacho aceptó: « ¡Oír es obedecer lo que has pensado y decidido! No te

contradiré en lo que has dispuesto, aunque fuese algo que me disgustase o

molestase. Pero el matrimonio con Marchana constituye mi máximo anhelo, el

colmo de mis deseos» . Y así era en realidad, pues él la amaba desde hacía

tiempo, su pasión por ella había alcanzado el punto culminante, pues era

hermosa, bella, bonita y perfecta; poseía talento natural, buenas costumbres y

era de origen noble y buena ascendencia.

Se dispusieron a enterrar al capitán: le cavaron una amplia fosa en el jardín,

lo depositaron en ella y así se reunió con sus criminales y malditos compañeros.

Ninguna de las criaturas de Dios se enteró de estas cosas tan extraordinarias, de

estos acontecimientos portentosos.

He aquí lo que ocurrió con su tienda: la hacienda pública, al ver que estaba

ausente largo tiempo y que no se sabía nada de él, ni se encontraba rastro, se

incautó de los bienes que contenía y de los objetos que guardaba.

Cuando quedaron tranquilos y confiados, cuando estuvieron seguros en su

casa y se arreglaron los asuntos; cuando volvió la alegría y se marcharon los

pesares, Muhammad casó con la joven Marchana, se extendió el contrato

matrimonial ante el cadí de los musulmanes, le hizo el primer regalo de bodas y

se obligó a entregarle el segundo. Las gentes acudieron a porfía, se celebraron las

fiestas, permanecieron sin dormir en las noches de algazara y dieron grandes

banquetes y convites. Acudieron los principales juglares, cantores y cómicos

hasta que al fin la dejaron a solas con él y la desfloró. Las fiestas duraron tres

días.

Un año después de estos acontecimientos, Alí Babá se decidió a volver al

tesoro, que no había querido visitar de nuevo después de la muerte de su

hermano, por temor a que los ladrones le tendiesen una emboscada. Dios había

aniquilado a treinta y ocho hombres por mediación de Marchana, además del

capitán. Pero Alí Babá creía que aún quedaban dos hombres, puesto que en el

monte había contado cuarenta. Por ello se abstuvo de ir durante todo este lapso de

tiempo, temiendo que los dos restantes le tendiesen una trampa. Pero como no

supo más de ellos ni dieron señales de vida, se convenció de que habían muerto y

se decidió a volver en compañía de su hijo, para mostrarle el tesoro y enseñarle

el secreto mediante el cual podía entrarse en él. Al llegar a sus inmediaciones vio

que había mucha hierba, que los arbustos y espinos habían crecido en la vecindad

de la puerta y borrado el camino. Dedujeron de ello que hacía mucho tiempo

que no entraban en el tesoro hombres ni genios y que nadie lo había tocado desde

entonces, así como que habían muerto los otros dos ladrones. Desapareció el

miedo que aún tenían y siguieron acercándose. Alí Babá cogió el hacha y cortó

la hierba y los espinos, hasta que consiguió abrir un paso y pudo llegar a la

puerta. Entonces dijo: « ¡Sésamo, abre tu puerta!» La puerta se abrió, y Alí Babá

entró en el tesoro con su hijo y mostró a éste las riquezas, maravillas, prodigios y

objetos que contenía. El muchacho se quedó completamente admirado.

Recorrieron las salas, dieron vueltas y más vueltas por ellas y se hartaron de

tocar las joyas y las gemas. Luego regresaron, llevándose lo que más les

gustaba, o sea, lo de poco peso y mucho valor. Volvieron a su casa contentos y

satisfechos por los bienes adquiridos y sucesivamente fueron llevándose del

tesoro lo que era más de su agrado.

Vivieron en la más dulce y feliz de las vidas hasta que les visitó el destructor

de las dulzuras, el separador de las multitudes, el aniquilador de los palacios y el

constructor de las tumbas.




Ilustración: Hans Gartmeier


Jornadas de lectura

  Viernes 2 de Octubre de 2026