viernes, 26 de junio de 2026

Esperando la carroza (Jacobo Langsner)

 




CASA DE JORGE. LLORA UNA GUAGUA.

JORGE OFF.- ¡Susana! 

SUSANA.- No puedo dejar la mayonesa. ¿Quieres que se corte? (Aparece Mamá Cora con su aire “ido” como si flotara) 

MAMÁ CORA.- Tiene hambre. Le prepararé la mamadera. 

JORGE.- (viniendo con el bebé en brazos) Hace media hora que tomó la última. 

MAMÁ CORA.- Entonces le dolerá la guatita. Le voy a preparar una aguita de hierbas. 

SUSANA.- (molesta) No le dé nada, Mamá Cora. Métanle el chupete en la boca y déjenla tranquila. (Jorge pasea a la guagua) 

MAMÁ CORA.- Pero Susana, si le pongo el chupete lo escupe. Para mí que es tu leche. Has estado muy nerviosa últimamente. 

SUSANA.- ¡Ideas suyas! ¿Dónde me ve nerviosa? (A Jorge) Fíjate si se ensució. 

JORGE.- (fijándose) Se ensució. 

SUSANA.- Entonces cámbiale el pañal. 

JORGE.- Susana, sabes que no sé. 

MAMÁ CORA.- La cambiaré yo. 

SUSANA.- ¡No! Deje, Mamá Cora, voy yo. ( Sale con la guagua) 

MAMÁ CORA.- ¡Gran ciencia! ¡Cambiar un pañal! (Hacia adentro) ¿En qué puedo ayudarte, Susana? SUSANA OFF.- En nada. No me ayude en nada. ¿Por qué no lee el diario tranquila? 

JORGE.- (yendo hacia dentro) Susana, deja que te ayude. Haces que se sienta inútil. 

SUSANA OFF.- Prefiero que se quede tranquila. 

MAMÁ CORA.- (Mirando la mayonesa) ¡Ya sé, le ayudaré con los flancitos! (Saca leche, se la echa mientras revuelve) “no haga eso”, “no haga aquello” Como si yo nunca hubiese tenido una casa. Como si yo nunca hubiese mudado una guagua. Voy a meter estos flancitos a los moldes y al horno. (Va a la cocina con el recipiente.) 

JORGE.- Mamá Cora, ¿vio el alfiler de gancho?... ¡Bah! 

SUSANA OFF.- ¡Jorge! ¡El alfiler! 

JORGE.- No lo encuentro. Ven a buscarlo tú. 

SUSANA.- Velo debajo del sillón. 

JORGE.- Debajo del sillón, ¿de cuál sillón? 

SUSANA.- (entrando) De este sillón. (Sacando una marraqueta) ¿Me quieres explicar qué hace este pan debajo del sillón? 

JORGE.- Pero, por qué me preguntas... 

SUSANA.- Como la matamos de hambre esconde comida hasta debajo de la almohada (Saliendo). JORGE.- (Saliendo tras ella) Susana, deja que te ayude. Deja que se sienta útil.

SUSANA.- (Entrando con la guagua) No quiero que me ayude.(Suspira cansada) Bueno, tesoro, a dormir hasta la próxima mamadera, ¿me oyó? (A Jorge) ¿La acostamos en el cochecito? 

JORGE.- ¿Me estás preguntando a mí? 

SUSANA.- Mis otros maridos no están en este momento. ¿A quién quieres que le pregunte? 

JORGE.- ¡Y yo qué sé! 

SUSANA.- Arregla el asientito. 

JORGE.- Pero Susana, si sabes que no sé. 

SUSANA.- No puedo acomodar el asiento y tener a la niña en brazos al mismo tiempo. 

JORGE.- (hace los arreglos y descubre una empanada a medio comer) ¡Una empanada! ¡La niña tiene ocho meses y ya come empanadas! 

SUSANA.- ¡No seas estúpido! Esa empanada fue la que sobró anoche. Con razón que no la encontraba. A mí se me está acabando la paciencia. 

MAMÁ CORA.- (Apareciendo) ¿Se durmió? 

SUSANA.- Todavía no, pero está más calmada.(Acuesta la guagua en el coche) Jorge, llévala al cuarto y cierra la persiana.(Jorge se lleva el cochecito. Susana busca y rebusca sobre la mesa) ¡Qué raro! ¿No ha visto la fuente honda? 

MAMÁ CORA.- ¿Cuál? 

SUSANA.- La que dejé aquí. La fuente donde estaba haciendo la mayonesa. 

MAMÁ CORA.- ¿Eso era una mayonesa? 

SUSANA.- No, era cazuela. Ocho huevos tenía esa mayonesa y casi un litro de aceite. 

MAMÁ CORA.- Yo creí... 

SUSANA.- ¡Qué creyó! 

MAMÁ CORA.- No parecía mayonesa. 

SUSANA.- ¡Qué hizo con mí mayonesa! 

MAMÁ CORA.- Flancitos de chocolate. (Susana corre a la cocina) Tú hablaste de flancitos anoche.(Aparece Jorge) Tú la oíste, Jorge. ¿Iba o no iba a hacer flancitos? (Susana regresa) 

SUSANA.- (dramáticamente) Ocho huevos, litros de aceite, litros de leche, sal, mostaza y seguramente kilos de azúcar para tirar a la basura. 

JORGE.- ¿Qué quieres decir? 

SUSANA.- Quiero decir que tu mamacita me ha hecho perder la mayonesa. 

JORGE.- Mamá, ¿Por qué hiciste eso? 

MAMÁ CORA.- Es que, Jorge... No tenía cara de mayonesa. 

JORGE.- ¿Por qué no preguntaste? No hagas nada sin preguntar primero. (Susana se saca el delantal, lo arroja al suelo y sale de la casa. Jorge siguiéndola) ¿A dónde vas? ¿Susana? ¡Para!. 

MAMÁ CORA.- No tenía cara de mayonesa.




CASA DE ELVIRA Y SERGIO. ESTE EN PIJAMA, ACOSTADO EN EL SOFÁ, LEE UN DIARIO. SE OYE LA RADIO DANDO NOTICIAS) 

SERGIO.- (Suena el teléfono) ¡Matilde! (Sigue sonando el teléfono) ¡Teléfono! 

ELVIRA.- ¡Qué acaso tú no puedes atenderlo! 

SERGIO.- Elvira, por Dios. Es domingo. 

ELVIRA.- (Levantando el teléfono) Aló. ¿Qué José? (Colgando) Huevón ocioso. 

SERGIO.- Otra vez te la hicieron. 

ELVIRA.- Para la próxima contesta tú. 

SERGIO.- Ni soñarlo. Que atienda Matilde, siempre es para ella. 

ELVIRA.- Está durmiendo. No sabes que se acostó a las cuatro de la mañana la pobre. 

SERGIO.- ¿Dónde estuvo hasta esa hora? ¿La vieron entrar los vecinos? ¿Quién la trajo? ¿Tú le diste permiso? 

ELVIRA.- ¿Cuál de las cuatro preguntas quieres que te conteste primero? 

SERGIO.- Yo no pienso moverme de este sillón.

 ELVIRA.- Yo también quiero descansar, pero a ti se te ocurrió la excelente idea de invitar a tu hermano Antonio y a Nora. 

SERGIO.- Ellos nos invitaron la semana pasada.

 ELVIRA.- Nosotros los habíamos invitado la anterior. 

SERGIO.- Les hubieras dicho que no vinieran y basta. 

ELVIRA.- ¿Y privarte de los mimos que te hace? 

SERGIO.- ¿Qué mimos? 

ELVIRA.- (imitando a Nora) “Mi amante maravilloso”, “cosita mía”. 

SERGIO.- Creí que apreciabas a Nora. 

ELVIRA.- ¡A esa hipócrita! Sí. Le tengo cierta simpatía. Porque es fina y tiene clase, que es algo que no sobra en la familia. 

SERGIO.- Entonces déjate de protestar. 

ELVIRA.- Deben estar por llegar. ¿Por qué no te vistes? 

SERGIO.- ¿Tengo que ponerme smoking para comer con mi familia? 

ELVIRA.- En pijama no comes. Y anda a darte un baño que hace varios días que lo estás necesitando. SERGIO.- Por favor, me bañé la semana pasada. 

ELVIRA.- Te bañas o esta noche no entras en mi cama.(Se va a la cocina) 

MATILDE OFF.- ¡Mamá! 

ELVIRA OFF.- ¿Qué quieres? 

MATILDE OFF.- Cierra la llave. 

ELVIRA OFF.- No estoy ocupando el agua. 

MATILDE OFF.- Estoy toda enjabonada. (Aparece envuelta en una toalla, toda mojada y jabonada) Cortaron el agua. 

SERGIO.- Y después viene tu madre insistiendo en que me bañe. Sin agua no se puede. 

MATILDE.- ¿Con qué me quito el jabón?

ELVIRA.- (Viniendo de la cocina) Otra vez cortaron el agua. (Va al teléfono y marca un número) ¿Señora Juanita? Soy yo, la Elvira. ¿Qué pasa con el agua? A mí no me avisó nadie. ¡Cuatro horas! ¿Desde cuándo? ¿Desde ahora mismo? Tengo que hervir los ravioles. ¿Usted también está haciendo ravioles? ¡Qué coincidencia! ¿Le pido un favor? No bote su agua. Hiérvalos y me llama para ir a buscarla. Gracias, Juanita. Usted es un ángel.(Cuelga) ¡Vieja de mierda! Yo hago ravioles, ella hace ravioles, yo hago porotos ella hace porotos. 

SERGIO.- Vélo por el lado positivo, ella nos va a convidar el agua de sus ravioles. 

ELVIRA.- Matilde, vas a tener que ir al negocio a comprar unas botellas de agua mineral. 

MATILDE.- Estoy toda enjabonada. 

ELVIRA.- ¡Mejor! Así vas más rápido. 

MATILDE.- Me acosté a las cuatro de la mañana.

SERGIO.- De eso, casualmente, quería hablar. ¿Se puede saber donde estuviste hasta esa hora? MATILDE.- (yendo furiosa a su cuarto) En un cabaret con doscientos sicópatas sexuales. 

SERGIO.- A ésta lo que le hace falta es un puro “tatequieto” 

ELVIRA.- (Sentándose) Estoy cansada. 

SERGIO.- ¿De qué? 

ELVIRA.- ¿Acaso no sabes el trabajo que da una casa? 

SERGIO.- ¡No lo voy a saber! ¡No hablas de otra cosa! Mi pobre madre quedó viuda a los treinta y cinco años y con seis hijos... 

ELVIRA.- ¡Ese tango lo conozco! Cocinaba, zurcía, tejía, bordaba y seguramente culiaba y jamás se le oyó una queja. Me lo contaste mas de un millón de veces. Pero yo soy de carne y ella era de hierro. 

SERGIO.- ¡Pobre vieja! ¡Pobrecita! Cuando pienso en todo lo que sufrió y en la poca felicidad que tuvo... 

ELVIRA.- Cuando piensas en todo eso no pasa nada. Lo pensaste un millón de veces y jamás pasó nada. (Entra Jorge y detrás de él, furiosa, Susana) ¿Qué pasa? 

SUSANA.- Pasa que yo ya no doy más. Pasa que yo sólo tengo treinta años y que no me resigno a vivir en una casa que no es mi casa y en la que no soy nada más que una sirvienta.

 ELVIRA.- Oigan, ¿por qué no van a lavar la ropa sucia en su casa? 

SUSANA.- Porque sucede que esta ropa sucia también es de ustedes. (A Elvira) Hace cuatro años que tu suegra vive en mi casa y parece que tiene el firme propósito de no moverse de ella. 

ELVIRA.- ¡Mi suegra! 

SUSANA.- Sí, tu suegra (A Sergio, aún más furiosa) Y tu madre. 

SERGIO.- Pero, ¿en qué te molesta la pobre santa? 

SUSANA.- ¿Quieres que te diga en qué me molesta? No puedo moverme sin tenerla encima y tú me preguntas en qué me molesta.

SERGIO.- ¿Cómo puedes hablar así de una pobre anciana qué quién sabe sin le quedan unos tres años de vida? 

SUSANA.- Eso es lo mismo que me dijeron hace cuatro años cuando se vino a vivir con nosotros. Yo no quiero que se muera. ¡Que viva otros doscientos años, pero que viva en otra parte!

 JORGE.- Susana estaba preparando una mayonesa y tuvo que dejarla un rato porque la guagua lloraba. Cuando volvió se encontró con que mamá había transformado la mayonesa en flancitos de leche con chocolate. 

ELVIRA.- ¿Y por eso tanto escándalo? 

SUSANA.- (a Jorge) ¿Y lo de los merengues? (A Elvira y Sergio) Huevo que compro le quita la clara para hacer merengue. 

SERGIO.- Pero si el merengue es tan rico.

 SUSANA.- ¿Y qué hago yo con todas las yemas que se van acumulando en el refrigerador?

 ELVIRA.- ¡Mayonesa! 

SUSANA.- Mira, Elvira. Esto no es un chiste. Tráela a vivir una semana a tu casa y vas a ver si tengo o no tengo razón. 

SERGIO.- ¡Pobre mamá! 

SUSANA.- Sí, pobre mamá. Ahora más encima se ensucia. 

SERGIO.- ¿Se ensucia? ¿Cómo se ensucia? 

SUSANA.- ¿Quieres que te haga un dibujito? ¿No sabes como se hacen caca los cabros chicos? 

SERGIO.- ¿Quieres decir que... 

SUSANA.- Sí, se caga. Y no le voy a poner unos calzones de goma. Tengo que andar todo el santo día con el trapo en la mano.

JORGE.- ¡Por favor, Susana! 

SUSANA.- ¡Por favor nada! Se va ella o me voy yo. 

SERGIO.- ¡Pobrecita! 

SUSANA.- Sí. Es muy fácil decir pobrecita a cuatro cuadras de distancia. Pero ella no es mi madre y yo no tengo por qué aguantarla. Mete las manos en todas partes, manosea todo... 

SERGIO.- Te querrá ayudar. 

SUSANA.- ¡Que se quede quieta! Yo no quiero ayuda. Si agarro una olla chica, ella dice que agarre una más grande. Me quita las cosas de las manos, prueba la comida mil veces para ver si está condimentada. Hace quince días, aprovechando que nosotros no estabamos, quiso bañar a la niña. 

ELVIRA.- ¡Que ternura! 

SUSANA.- ¡Casi me la ahoga! 

JORGE.- Sergio, hazle un sitio aquí. 

SERGIO.- Pero, Jorge... 

JORGE.- Hazle un sitio. Tú también eres su hijo y tu mujer es mucho más paciente que la mía.

ELVIRA.- Paciente hasta por ahí no más, mijito. Porque yo también tengo mi genio y no estoy como para andar... 

JORGE.- Espero, Elvira, que nunca te pase ésto. Y si algún día te pasa, ojalá tu hija tenga paciencia para aguantarte. Mi madre fue una mujer tan dinámica como tú. 

ELVIRA.- ¿Por qué no hablan con Antonio y Emilia?

 SUSANA.- Emilia es viuda y trabaja como una negra para mantener al vago de su hijo. 

ELVIRA.- Miren. Hoy viene Antonio. Háganle la oferta a él, a lo mejor se tienta. 

SUSANA.- (resentida) ¿Los invitaste a comer?

 ELVIRA.- Ellos nos invitaron la semana pasada. 

SUSANA.- Evidentemente nosotros no pertenecemos a la familia. 

ELVIRA.- Pero, ¿por qué dices eso? 

SUSANA.- Desde que me casé con Jorge, comí una sola vez en tu casa. Y fue hace tres años. 

ELVIRA.- ¿Y tú? ¿Cuántas veces nos invitaste? 

SUSANA.- Más de una vez. 

ELVIRA.- No me saques en cara tus tallarines ni tu ensalada de apio que no gozan de gran reputación en el barrio. 

SERGIO.- ¡Elvira! 

ELVIRA.- ¿Y qué? Si sólo hace tallarines y ensalada de apio. (Entran Antonio y Nora. Ella viste de pieles y cuero aparatosamente, luce unas gafas oscuras que nunca se saca. Trae en la mano una bandejita muy pequeña) ¡Pasteles! Que mala eres, con lo que engordan. 

NORA.- ¿Qué le hace el agua al pescado? ¡Más invitados! ¡Qué sorpresa más agradable! (A Susana) ¿Cómo estás linda? 

SUSANA.- Mal. 

NORA.- Yo estoy muerta de calor.(A Jorge) ¿Qué tal, cariñito? Tienes la felicidad pintada en la mirada. ¡Cuánto me alegro! (Besa a Sergio) ¿Cómo está mi amante maravilloso? 

ELVIRA.- Ésta insiste mucho con lo del amante maravilloso. Está empeñada en que empiece a sospechar algo. 

NORA.- Todo es cierto, querida. Todo es cierto. ¡Pero que idea maravillosa tuviste de invitarlos Elvira! ¡Hace tanto tiempo que no nos veíamos! ¡Con lo que yo los quiero! ¡Que bien se te ve, Susana! Siempre con esa serenidad que te caracteriza. 

ANTONIO.- ¿Cómo están esos ravioles que me prometiste? 

ELVIRA.- Parece que lo único que vamos a comer son estos pastelitos. Es que nos quedamos sin agua y no tengo en qué hervirlos. 

ANTONIO.- ¡Ah, no! ¡Con la ilusión que traía! 

NORA.- ¡Antonio vive soñando con tus comidas, Elvira! Te recuerda cada vez que se ve las manchas de grasa que le quedan en las camisas. (Ríe) ¿Cuál es el secreto de tu grasa? No sale con nada.

ELVIRA.- ¿Es un halago o me estás criticando? 

NORA.- Al contrario, Elvira. ¡Halago la estupenda idea que tuviste de invitar a Jorge y a Susana! Hace siglos que no los veía. 

SUSANA.- Termina de una vez, Nora. Nosotros no estamos invitados. Hay que tener dinero para que lo inviten a uno. Nosotros somos pobres. 

ANTONIO.- Por favor, queremos pasar un plácido domingo familiar. 

SUSANA.- Entonces llegaron en mal momento. 

ELVIRA.- No, querida. Quien llegó en mal momento eres tú. 

SERGIO.- ¡Por favor! (A Nora) Me pasé toda la semana añorando que llegara el domingo y ahora, miren lo que tengo. 

ELVIRA.- Si no te gusta, ya sabes lo que puedes hacer. 

NORA.- (abrazando a Sergio) ¿Cómo te atreves a hablarle así a mi amante preferido?

ELVIRA.- ¿No te lo dije? (A Antonio) ¿No te parece que aquí puede haber algo? 

NORA.- Pero cariño, ¿qué puedo hacer para que me creas? 

ELVIRA.- Nada. No es necesario que hagas nada. 

NORA.- ¿Será posible que nadie me tome en serio? 

ELVIRA.- Dame tus cosas y siéntate. 

NORA.- Las gafas no. Odio la luz del mediodía. 

ELVIRA.- ¡Ah, sí! ¡Es cierto! (Yendo al dormitorio) Sergio, ocúpate de los drinks. 

NORA.- ¡Drinks! Parece que están funcionando las clases de idioma. 

SERGIO.- Sí. Dice “no” en cuatro o cinco idiomas. 

NORA.- Malo. Daría mi reino por un martini. A ver si así me despejo un poco. 

ANTONIO.- (A Susana) ¿Cómo está la niña? 

SUSANA.- (Agresiva) Bien. 

NORA.- Todavía no cumple el añito, ¿no? Siempre me olvido de preguntar por ella. Pero éso no significa que yo no la quiera. Ella ocupa un sitio muy importante, tanto en mi corazón como en mis pensamientos. ¿No es cierto que siempre hablo de ella, Antonio? 

ANTONIO.- (Distraído) ¿De quien? 

ORA.- De la niña. Siempre le digo a Antonio que nunca en mi vida había visto a una criatura más preciosa. ¿No es verdad, Antonio? 

ANTONIO.- ¿Qué cosa? 

NORA.- Todavía no cumple el año, ¿no? 

SUSANA.- No. Acaba de cumplir los ocho meses. (Entra Matilde vestida con un lindo vestido primaveral). 

NORA.- Contigo se completa el cuadro familiar. Sospecho que éste va a ser el día más entretenido de mi vida. Esta criatura me devuelve la juventud. 

MATILDE.- Buenos días, tío Jorge. 

JORGE.- (besándola) ¿Cómo estás? Nunca tienes un rato para ir a visitarnos. Estamos a cuatro cuadras de distancia y creo que todavía no conoces ni a tu prima.

MATILDE.- ¡Claro que la conozco! ¿No te acuerdas que fui al hospital a ver a tía Susana? (Besa a Susana) Hola, tía. (A Nora, después de besarla) ¡Qué bonito vestido! 

NORA.- ¿Te gusta? (Dando vueltas de jactancia) Fue diseñado por el mismísimo Pierre Cardín. ¿No es precioso? 

MATILDE.- ¡Un sueño! 

ANTONIO.- (Tocándole el trasero a Matilde) ¿Y a mí no me saludas, cosita rica? 

MATILDE.- ¡Ah! Disculpa tío. (Lo besa. Él le pone los labios) 

SERGIO.- (Que ha sacado varias botellas del barcito) Matilde, llévale este Martini a tu tía. (Matilde va a buscarlo) Susana, ¿Qué vas a tomar tú? 

SUSANA.- (Molesta) Si las tías toman Martini, creo que yo no voy a tomar nada. 

NORA.- ¿Por qué dices éso? 

SUSANA.- Porque mi cuñado dijo: “Matilde, llévale este Martini a tu tía” Pudo haber dicho “a tu tía Nora”. Pero no. Él da por hecho que la única tía que tiene Matilde es Nora. Después de todo, yo soy pobre. 

MATILDE.- Enseguida te sirvo, tía Susana. 

SUSANA.- ¿No sabes que no tomo alcohol? 

SERGIO.- ¿Y para qué armas tanto escándalo entonces? ¿Dónde está la botella de Cognac? 

MATILDE.- Mamá la tiene guardada. 

ANTONIO.- Sírveme un Whisky, Sergio.

SERGIO.- ¡Whisky! ¡En estos tiempos! (A gritos) Elvira, ¿dónde guardaste el cognac? 

ELVIRA OFF.- ¡En el ropero! Ven a buscar la botella, Matilde. (Matilde va al dormitorio) 

NORA.- (A Susana) ¿Cuando van a llevarme a la chicoca? ¡El jardín está tan maravilloso! Tienen que ir. ¿Cuándo van a ir? 

SUSANA.- Cuando nos inviten. (Matilde regresa) 

NORA.- Vayan mañana. (Rápidamente) ¡No! Mañana, no. Vayan el martes... ¡Ah! Tampoco, tengo un compromiso. Llámame el miércoles y nos ponemos de acuerdo, ¿o.k.? La niña podrá correr por el jardín y tomar un poco de aire puro. 

SUSANA.- Recién tiene ocho meses; todavía no corre.

 NORA.- Pero imagino que respirará, ¿no? (Ríe) Adoro a los niños. Debe ser por éso que Dios me hizo estéril.

 MATILDE.- ¿No consultaste al médico? A veces son los hombres los que no sirven. 

SERGIO.- ¿De dónde sacaste éso? 

ANTONIO.- ¡Épale! (Toma la mano de Matilde y la pone en sus genitales) Yo sirvo todavía, ricurita. MATILDE.- ¿Cómo lo sabes? El hecho de que la tengas grande no quiere decir... 

ERGIO.- ¡Matilde! ¡No estás hablando como una señorita! 

MATILDE.- Estoy hablando de cosas naturales.

SERGIO.- En mi casa no quiero que hables de cosas naturales. ¿Éso es lo que te enseñan en la escuela? 

NORA.- (Riendo) ¡Miren la cara que puso Sergio! 

SERGIO.- ¡Así no hablan las señoritas que estudian en colegios religiosos! 

MATILDE.- No pensarás que porque estudió en una escuela de monjas todavía soy virgen, ¿no? 

SERGIO.- Por tu bien, espero que lo seas. ¡Elvira! 

ELVIRA OFF.- Quiso decir que no es tonta. ¿Verdad que sólo quisiste decir éso? 

MATILDE.- Sí, mamá. 

SERGIO.- Esta mañana volvió a las cuatro de no sé dónde. 

ANTONIO.- (Acariciando las nalgas de Matilde) ¿Pero dónde estuviste hasta tan tarde? 

MATILDE.- Fuimos a una fiesta de la parroquia con una amiga y la señora Juanita. No hicimos nada malo. 

SUSANA.- ¿A qué le llamas hacer algo malo? 

MATILDE.- A dar besos con lengua y a esas cosas. (Suena el teléfono) 

LVIRA OFF.- ¡Contesten ese teléfono!

MATILDE.- (Contestando) Aló. ¿Sí? Hola, señora Juanita. Espere un ratito. (Deja el auricular descolgado sobre la mesa y se acerca a la puerta del dormitorio) ¡Mamá! ¡Es la vieja de al lado! 

SERGIO.- ¡Idiota! ¿Quieres que te oiga? (Aparece Elvira con otro vestido más a tono con los invitados) 

MATILDE.- Doña Juanita ya hirvió los ravioles, pero dice que el agua se le consumió un poco y que tiene demasiado almidón. 

ELVIRA.- Anda a buscarla y ten cuidado de no quemarte. 

MATILDE.- Siempre tengo que ir yo. (Matilde sale) 

ELVIRA.- Menos mal que esa vieja me imita en todo. Hago cazuela, hace cazuela. Hago tallarines, hace tallarines. 

SERGIO.- ¡Elvira! El teléfono. (Elvira mira el teléfono con espanto). 

ELVIRA.- ¿Habrá oído? ¡Ay, Dios mío, que no haya oído! (Toma el auricular. Se lo lleva al oído y cuelga rápidamente) Sí. Oyó. ¡Cabra estúpida! (Matilde regresa) 

MATILDE.- La señora Juanita dijo que nos fuéramos todos a la conchesu... 

ELVIRA.- (A Matilde) ¡Minusválida mental! ¿Quién te enseñó a dejar el teléfono descolgado? 

MATILDE.- Nadie. Aprendí sola. (Todos ríen menos Susana y Elvira) 

ELVIRA.- ¡Estúpida! (Disimulando) ¿Quién se iba a imaginar que el teléfono estaba descolgado? ¡Qué horror! ¡Con la lengua que tiene esa mujer! Siempre me pasan estas cosas. (Nora y Antonio ríen) 

SUSANA.- Eso te pasa por la increíble facilidad que tienes para juzgar a todo el mundo. 

ELVIRA.- Que yo sepa, Susana, a esta fiesta nadie te invitó. ¿Cómo quedarán los ravioles hervidos en agua mineral? 

ANTONIO.- Supongo que bien.

ELVIRA.- (a Matilde) Anda a comprar media docena de botellas de agua mineral. (Matilde hace un gesto de fastidio y sale) 

NORA.- Ay, Elvira, yo creo que viviría en tu casa. Me divierto tanto aquí. (Ríe) ¡Siempre pasan cosas tan descabelladas! 

ELVIRA.- Sí. Me pasan muchas cosas y ésta es la peor de todas. No conoces a mi vecina. Es capaz de decir que me vió, con sus propios ojos, en la cama con el portero. 

SERGIO.- ¡Cómo te pones el parche antes de la herida! 

NORA.- ¡Cómo se descubren las cosas! 

SERGIO.- Ya me parecía que el portero me saludaba con más amabilidad estos últimos tiempos. 

ELVIRA.- ¿Por qué no se van a la misma mierda?

 NORA.- Ay, ¡se puso colorada! (Ríe) Por fin podemos perder nuestros escrúpulos, amante mío adorado. (Abraza a Sergio. Ríen todos, menos Susana y Elvira) 

ELVIRA.- (Yendo a la cocina) Váyanse al diablo. 

ORGE.- ¿Vamos Susana? 

NORA.- ¿Qué apuro tienen? No nos vemos nunca. 

SUSANA.- Yo no tengo sirvienta. 

NORA.- (asociando) ¿Cómo está mamá Cora? 

SUSANA.- (encantada de tener una oportunidad de retomar el tema, vuelve sobre sus pasos) ¡Maravillosa! 

ANTONIO.- Después de comer la llevaré a dar un paseo en auto. El aire le va a hacer bien. 

SUSANA.- Lo que le haría bien es que la invitaras a pasar un tiempo en tu casa. 

NORA.- ¡Ay, no! ¡Pobre! Se aburriría como una ostra. (Con intención) ¿No se siente feliz en tu casa? 

SUSANA.- ¿Cómo se va a sentir feliz en esa ratonera? Sin aire, sin luz... ¡La pobre sería tan feliz cuidando las flores de tu jardín! 

NORA.- ¡Pero si nunca estamos en casa! 

ANTONIO.- Además, confieso que tengo muy poca paciencia con los viejos. 

SUSANA.- Pero con tu madre deberías tener un poco más. Hace cuatro años que vivo con ella y sé que la pobre sería muy feliz si pudiera descansar por un tiempo en la casa de otro hijo. 

NORA.- Pero, ¿cómo puedes decirle a la pobre y querida anciana que se vaya a la casa de otro hijo, sin herirla? 

SUSANA.- No tengas miedo, no se sentiría herida. 

JORGE.- Mamá cumplió la semana pasada ochenta y tres años, Antonio. 

ANTONIO.- ¡Puta! ¡Se me olvidó el cumpleaños! ¿Por qué no me llamaste para recordármelo? 

JORGE.- Tienes una sola madre y pudiste haberte acordado sin ayuda. 

ANTONIO.- Tengo otras cosas más importantes que el cumpleaños de mamá. 

JORGE.- Nada debiera ser más importante que mamá.

ANTONIO.- No digas éso. Hiciste mal, Jorge. Debiste avisarnos. Al fin y al cabo ella vive en tu casa y por esa razón tienes más obligaciones que nosotros. 

SUSANA.- Encima de que vive en casa, somos nosotros los que tenemos que cargar con todas las obligaciones. (Furiosa) En cuatro años fueron incapaces de preguntarle si necesitaba algo. 

ANTONIO.- Supongo que Jorge le dará lo que ella necesita. 

SUSANA.- ¿Sabes cuánto gana Jorge? 

JORGE.- Bueno, basta. 

SUSANA.- Me pasé todo el invierno con mi abrigo viejo, juntando peso por peso para reunir la cantidad necesaria para comprarme otro. Cuando por fin logre reunirla, tu madre tuvo un ataque a la vesícula y la fortuna se me fue al diablo entre médicos y medicamentos. A ninguno de ustedes se les ocurrió preguntarnos si necesitábamos ayuda. 

NORA.- Sí, realmente... creo que la manutención de mamá Cora, es algo que nos concierne a todos.

SUSANA.- Tampoco es sólo una cuestión de plata, Nora. No es sólo eso. Es que... bueno... yo estoy un poco cansada y quisiera vivir sola con mi marido y mi hija por un tiempo. ¿No tengo derecho a un mes de vacaciones? 

NORA.- Estoy de acuerdo, pero insisto. Creo que sería muy cruel decirle a mamá Cora que se vaya a casa de otro hijo por un tiempo. 

SUSANA.- Ella se sentiría feliz de que los hijos se la disputaran un poco. 

ANTONIO.- Yo estaría dispuesto a pasarle una plata mensual. ¿Cuánto te parece, Jorge? 

SUSANA.- No necesitamos tu dinero. Lo único que queremos es que te la lleves por un tiempo a tu casa. 

MATILDE.- (Entrando con dos botellas de agua) ¿Se puede saber qué fue lo que dijo mi madre para que la vecina me mire con ojos de asesina?(Se va a la cocina) 

NORA.- ¿Y si la lleváramos a la casa de Emilia? 

SUSANA.- Emilia vive con su hijo en una habitación. 

ANTONIO.- La pobre Emilia tiene unos problemas terribles. 

NORA.- Pero sería la solución, incluso para Emilia, que entre todos le pasáramos una mensualidad. 

JORGE.- Emilia es tan amargada. Mamá se moriría a los dos días de estar con ella. 

NORA.- Realmente. ¡Qué horrible el carácter de esa mujer! 

SUSANA.- Tiene sus motivos. 

NORA.- ¡Sí, claro, pobre! Si yo no quise decir... 

SUSANA.- Emilia es viuda y muchas veces no tiene qué comer.

 ANTONIO.- Por eso no voy a verla. No puedo soportar que pase hambre. 

ELVIRA.- (Volviendo) Ya se está quejando la mosquita muerta. No haces más que quejarte y ¿quieres que te diga algo? No tienes derecho. Tú pudiste comprarte un televisor color y nosotros no.

SUSANA.- El televisor fue un regalo de casamiento. Y maldito sea el momento en que nos lo regalaron. 

NORA.- ¿Por qué? Es una compañía maravillosa cuando uno está sola. 

SUSANA.- Gracias a él, siempre tenemos la casa a oscuras. Mamá Cora se pasa todo el día mirando esos estúpidos programas. Y a todo volumen, claro, porque como está casi sorda... (Breve silencio) Antonio, se lo pedí a Sergio y ahora te lo pido a ti. Por favor, denme unas vacaciones sin mamá Cora. Nada más que un mes. (Silencio, Susana sale) 

JORGE.- Está muy nerviosa y yo estoy desesperado. Si quieren lo pido de rodillas. Llévensela por un tiempo. Se los ruego. No aguanto más. (Sale. Silencio) 

NORA.- ¡Qué histéricos! 

ELVIRA.- ¿Ahora entiendes lo que te digo cuando hablamos de ella? S

ERGIO.- ¡Pobre Jorge! 

ELVIRA.- ¡Pobre! Es un estúpido. Un hombre de cincuenta años, en sus cabales, no se casa con una mujer veinte años más joven. Después de todo, a ella yo la comprendo. Susana es una mujer joven y no creo que Jorge la haga demasiado feliz. 

NORA.- ¿Por qué? ¡Es tan bueno! 

ELVIRA.- ¿Bueno? ¿Para qué? No precisamente para lo que ella quiere. Con el temperamento que tiene, tan volcánico, se casa con ese cadáver viviente. (Nora ríe) 

ANTONIO.- ¡Qué horrible! Llegar a cierta edad y ser nada más que un estorbo en el camino de todos. 

NORA.- ¡Pero qué estás diciendo! Mamá Cora no es un estorbo, ni nada que se le parezca. 

ANTONIO.- Llevémosla a casa, Nora. 

NORA.- ¡Claro! ¡Por supuesto! El próximo domingo la invitaremos a pasar el día. 

ANTONIO.- No me refiero a pasar un día. Sino... por un tiempo.

 NORA.- ¡Éso si que no! 

MATILDE.- (Entrando) Mamá, el agua está hirviendo. 

ELVIRA.- Voy (Sale) NORA.- Matilde, ¿tú quieres a la abuelita? 

MATILDE.- ¡Claro! 

NORA.- ¿Ven? Matilde sí tiene sentimientos y no dirá que “no” si le ponen una cama en su pieza para la pobre y querida abuela.

MATILDE.- Yo no quiero dormir con viejas. 

NORA.- ¡Ay criatura! ¡Cómo puedes ser tan egoísta! 

MATILDE.- La abuela está muy bien dónde está. 

ANTONIO.- No, no está bien. Ya oíste a Susana. La pobre está muy vieja y quien sabe cuánto tiempo le quede de vida. 

MATILDE.- ¿Y si se muere en mi pieza? ¿Quieren que me de un ataque? (Todos ríen) 

ELVIRA.- (reapareciendo) Matilde, ¿quieres poner la mesa? ¿De qué se ríen?

MATILDE.- Quieren meter a la abuela en mi cuarto. 

ELVIRA.- ¿Con qué? ¿Con fórceps? (Cambiando tema) No se hable más del asunto. El que tenga necesidad de lavarse las manos o de hacer algo parecido, que lo haga. (A Sergio) Y tú, anda a ponerte decente, ¿quieres? 

SERGIO.- Yo me siento decentísimo así como estoy. 

ELVIRA.- ¡Te digo que te cambies! (Yendo a la cocina) 

SERGIO.- (a Nora) ¿Y tú, qué opinas? ¿Me cambio? 

NORA.- ¡Ay sí! Me deprimen tanto los hombres en pijama. (Sergio alza la mirada al techo y se va al dormitorio) 

MATILDE.- Falta un cuchillo. 

ELVIRA.- (desde la cocina) Ven a buscarlo. (Matilde sale) 

ANTONIO.- ¿Por qué no lo dejaste comer en pijama? 

NORA.- Bastante me deprime la idea de comer ravioles preparados por esa arpía, como para soportar... 

ANTONIO.- Baja la voz. 

NORA.- A ti tampoco te gustan los ravioles que hace esta estúpida, pero con tal de halagarla... (Matilde vuelve con un cuchillo y una panera con pan) 

MATILDE.- Los ravioles quedaron durísimos. 

ELVIRA.- (entrando desalentada) Los ravioles quedaron durísimos. Y están pegados como con poxipol. El agua debe ser la culpable. Era poca y era con gas. Esta estúpida fue incapaz de pedir sin gas. 

MATILDE.- ¡Y qué sabía yo! 

ELVIRA.- Nunca sabes nada. (Muy preocupada) ¿Qué les doy de comer ahora? 

NORA.- Abre una lata de cualquier cosa. 

ELVIRA.- No tengo latas de cualquier cosa. Matilde... 

MATILDE.- Yo no voy... 

ELVIRA.- Matilde, anda a comprar medio kilo de... 

MATILDE.- ¡Qué no! Y esa es mi decisión final. (Se va al dormitorio. Elvira la persigue) 

ELVIRA.- (a gritos persiguiéndola) Anda a comprar vienesas y huevos. 

MATILDE.- (Reapareciendo por la puerta del dormitorio y luego se dirige a la cocina. Elvira la persigue) No voy a ir a comprar otra vez. 

ELVIRA.- ¡Matilde! ¡Qué van a decir tus tíos! 

NORA.- Y ahora va a empezar a largar una indirecta tras otra para que vayas a comprar un pollo asado o algo así. 

ANTONIO.- No seas mal pensada. 

ELVIRA.- (Entrando) ¿Antonio, no podrías ir a comprar un pollo o algo así? 

NORA.- (Aparte a Antonio) ¿No te dije? (A Elvira) No te preocupes. Comeremos la carne tal como está. A nosotros nos encantan los ravioles pegoteados. 

SERGIO.- (Apareciendo) ¿Cómo me veo ahora? 

ELVIRA.- Como para salir con Antonio a comprar un pollo asado. 

SERGIO.- ¿Qué te pasó? ¿Se te quemaron? 

ELVIRA.- Sí. ¿Y qué?

SERGIO.- Por una vez que Antonio y Nora vienen a comer... 

ELVIRA.- ¡Por una vez! Vienen domingo por medio. 

SUSANA.- (Entrando con Jorge detrás) ¿Está aquí? 

SERGIO.- ¿Buscas a alguien? 

SUSANA.- A mamá Cora. ¿Está aquí? 

SERGIO.- No. ¿Dijo que venía? 

SUSANA.- Se fue. La puerta estaba abierta y ella no estaba. 

ELVIRA.- ¿Se fue de tu casa? (Mira a Nora) 

SUSANA.- ¡Quién sabe para dónde se habrá ido! 

ELVIRA.- ¿Y ahora te preocupas? (Elvira se va para adentro) 

SUSANA.- Yo sabía que esta víbora iba a pensar lo peor. (Gritando) Nadie la echó. 

NORA.- ¡Pobre señora! 

ANTONIO.- Debe haber ido a casa de Emilia. 

JORGE.- No te quedes ahí. Toma el auto y anda a ver si está allí. 

SUSANA.- ¿Nos puedes dejar en la casa? Dejamos a la niña sóla. 

ANTONIO.- Claro. Vamos. (Los hombres y Susana salen. Nora se vuelve hacia la puerta de la cocina de donde sale Elvira) 

NORA.- ¿Qué me dices? ¿No te asusta? 

ELVIRA.- A mí ya no me asombra nada.



UNA HORA MAS TARDE. CASA DE SERGIO. 


NORA.- Mamá Cora debe estar en casa de Emilia y los hombres habrán ido a comprar algo para comer. 

ELVIRA.- Esperamos por tu bien, Susana, que no le haya pasado nada. 

SUSANA.- ¿Qué quieres decir con éso? 

ELVIRA.- Que si algo le pasó, es por tu culpa. Eso quise decir. 

SUSANA.- Si Mamá Cora hubiese vivido contigo y no conmigo la hubiéramos enterrado hace años. 

NORA.- Por favor, sean buenas. No hablemos más de Mamá Cora hasta que los hombres regresen y sepamos de ella. ¿Con quien dejaste a la niña, Susana? 

SUSANA.- (A Elvira ) Desde el primer día que te ví, supe que eras... 

JORGE.- ¡Ya basta! 

USANA.- Supe que eran una cahuinera, una chismosa, una peladora de mierda. 

NORA.- ¿Con quien dejaron a la niña? 

ELVIRA.- Yo cuando te conocí le dije a Jorge “¿Con ésto te vas a casar? Esta calentona te pone el gorro al primer mes de casados” (A Jorge) ¿Te lo dije o no te lo dije?

 JORGE.- ¿Quién habrá inventado a las mujeres? ¿Dios mío, por qué les diste lengua? 

SUSANA.- ¿Se puede saber por qué le dijiste que lo iba a engañar en el primer mes de casados? NORA.- ¡Susana, son cosas que pasaron hace cuatro años!

 ELVIRA.- En primer lugar lo dije porque tengo lengua, en segundo lugar porque somos libres y en tercer lugar... porque quise. 

SUSANA.- Si yo me aprovechara de las tres estupideces que nombraste y dijera una cosita que yo me sé, te aseguro que perderías las ganas de hablar de la gente gratuitamente. 

ELVIRA.- Si sabes algo, dilo ya.

 JORGE.- ¡Córtenla de una vez! ¡Cotorras! 

ELVIRA.- ¡Cotorra será tu abuela! 

NORA.- Susana, te lo pregunto por tercera vez. ¿Quién se quedó con la niña? 

JORGE.- Mis suegros. 

NORA.- ¿Cómo están tus maravillosos padres, Susana?

 JORGE.- Están bien. 

NORA.- Hace siglos que no los veo. ¡Con lo que los quiero! Deben estar chochos con la nieta. 

JORGE.- Los tiene hasta la coronilla, porque la niña llora. Llora todo el día, no sabemos por qué llora tanto. Yo no duermo hace ocho meses.

 MATILDE.- (Entrando) ¿Quieres que te vaya a comprar ahora, mamita? 

ELVIRA.- No. Tráeme una aspirina. 

MATILDE.- Sí, mamá. (va a la cocina)

ELVIRA.- (yendo tras Matilde) No te preocupes, Matilde. Yo voy.

JORGE.- No debiste. 

NORA.- ¡Cómo pudiste inventar una cosa así! 

SUSANA.- No inventé nada. NORA.- ¿Y con quién? 

SUSANA.- Yo sé con quien. 

NORA.- Hay que tener valor para engañar al marido. ¡Pobre Sergio! ¿Fue hace mucho? 

SUSANA.- No. 

JORGE.- No le hagas caso, Nora. ¿No ves que Susana está inventando? 

NORA.- ¡Pero Jorge! Yo no voy a contar nada a nadie. (Vienen de la calle Sergio y Antonio) 

JORGE.- ¿Y? ¡Hablen! ¿Estaba con Emilia? 

SERGIO.- No. Emilia no sabe nada. Ya hicimos la denuncia en carabineros. 

ANTONIO.- ¡Pasamos una vergüenza! No nos acordábamos del nombre. ¡Como siempre le hemos dicho mamá Cora! 

SERGIO.- Ni siquiera recordamos los años que tiene. 

ANTONIO.- ¿Cuántos dijiste que cumplió? JORGE.- Ochenta y tres. 

ANTONIO.- Yo dije noventa.

 SERGIO.- El oficial puso “tirando a vieja”. 

NORA.- ¡Qué vergüenza! 

ANTONIO.- ¿Y Elvira? 

NORA.- Se acostó un rato. No se siente bien. 

SERGIO.- ¿Le pasó algo? 

NORA.- Nada grave. ¿Por qué no vas a verla? (Sergio va para adentro. A Jorge) Tú también debieras ir a ver cómo está. Después de todo la discusión fue con tu mujer. 

JORGE.- Tienes razón. Intentaré calmarla. 

ANTONIO.- ¿Qué pasó?

 NORA.- Si quieres enterarte, anda con ellos. Además, Elvira te quiere tanto que necesita de tu compañía. (Antonio sale. A Susana, inteligentemente) Me dejaste helada con la historia de Elvira. 

SUSANA.- Yo no eché a Mamá Cora. 

NORA.- Lo sé. Lo sé. (Silencio) ¿Te dije que me dejaste helada con la historia de Elvira? 

SUSANA.- Nora, no pienso decirte nada. No pierdas el tiempo tratando de sonsacarme algo. Soy cualquier cosa, menos chismosa. 

NORA.- ¡Pero Susana! 

SUSANA.- Enviaste a todo el mundo adentro para hablar del asunto con comodidad. Pero te equivocaste. Yo no hablo. 

NORA.- Está bien. Si no quieres hablar, no hables. 

SUSANA.- ¿Para qué quieres saber con quién se acostó Elvira?

NORA.- ¡Para saber qué clase de mujer es! 

SUSANA.- ¡Vamos Nora! Las mujeres no cambiamos por ser más o menos fieles a nuestros maridos. Ya ves, tú tienes amores con Sergio y para mí sigues siendo la misma. (Nora la mira espantada) 

NORA.- ¡Cómo te atreves! ¡Esa es una infamia! 

SUSANA.- No es una infamia. Lo sabe todo el mundo. Elvira es la única que no lo sabe. Como se ocupa tanto de la vida de los demás, descuida la suya. 

NORA.- Esa es una más de tus mentiras. 

SUSANA.- ¿Mentira? Los ví salir de un motel. Ibas con lentes negros, pañuelo en la cabeza... Hace una año que lo sé y jamás dije nada. 

NORA.- ¡Pero cómo puedes insistir! Viste hace UN año a una mujer con lentes negros, pañuelo en la cabeza y una capa negra y... 

SUSANA.- Yo no dije que ví a una mujer con capa negra. 

NORA.- (Aterrorizada) Susana yo te juro que fue una sóla vez. 

SUSANA.- No jures nada (Suena el teléfono. Susana atiende.) Aló. Sí. Diga, soy la cuñada. Bueno, espere un momento. (Llama) Sergio, te llaman del retén de carabineros.(Vienen corriendo Sergio, Antonio, Jorge y Matilde. Luego aparece Elvira con el pañuelo sobre la frente. Sergio toma el teléfono) 

SERGIO.- ¿Aló? Sí, soy yo. Dígame. (Pausa dramática) ¿Dónde?

 SUSANA.- ¿Qué pasó?

SERGIO.- ¡Mamita! ¡Pobrecita! 

SUSANA.- ¿Qué pasó, Sergio? 

SERGIO.- Sí, sí, por supuesto. (Cuelga. Guarda silencio. Todos esperan que diga algo) Una anciana se tiró al tren, cerca de la estación. (Todos se remecen) Tenemos que ir a la morgue a reconocer el cuerpo. 

JORGE.- No puede ser ella, no fue para tanto. 

ANTONIO.- Sergio... 

SERGIO.- Vamos. (Se dirigen a la puerta los hermanos y Susana) 

SUSANA.- (Saliendo) ¡Qué no sea ella, Dios mío! Que no sea ella. (Salen) 

ELVIRA.- ¡Ojalá sea ella! ¡Ojalá sea ella! Sólo para que la conciencia le remuerda como se merece por haber echado a la calle a esa pobre vieja. 

EMILIA.- (Entrando desesperada) ¿Y? ¿Apareció? 

ELVIRA.- (Sin darle importancia a la recién llegada) Tus hermanos fueron a la morgue a reconocer el cadáver. (Emilia se desmaya) ¡Pero Emilia, por dios! Matilde, anda a buscar el frasco de colonia a mi dormitorio. (Matilde va. Emilia vuelve en sí) No, Matilde. Ya no vayas, no es necesario (Matilde se devuelve) 

EMILIA.- Pero,... ¿Qué pasó? 

ELVIRA.- Nada. Se tiró a la línea del tren (Emilia se vuelve a desmayar.) Ahora sí, Matildita. Anda a buscar la colonia. (Elvira cachetea a Emilia, ésta vuelve en sí desvanecida) No te pongas así. Todavía no se sabe si es ella. (Matilde vuelve con el frasco de perfume) 

EMILIA.- ¡Cuatro hijos! Y de los cuatro no hace uno. El infierno nos merecemos en el juicio final. No merecemos que Jehová nos lleve a su reino.

ELVIRA.- No nos vengas con tus prédicas que los católicos nos guardamos las palabras. 

EMILIA.- Ella. Ella que sacrificó toda una vida por nosotros. ¡Que el nazareno la tenga en su santo reino!

 ELVIRA.- (Burlándose) ¡Aleluya! (Amenazándola) ¡Ándate a canutear a otra parte! ¿Quieres? 

EMILIA.- Está bien... pero que Dios las perdone y las ampare en su santo reino. (Sale. Suena el teléfono.) 

ELVIRA.- (Contestando) Aló. ¿Quién es? Eres tú, Sergio. No te reconocí la voz. ¡Qué! 

NORA.- ¿Es ella? 

ELVIRA.- (Asiente) ¿Y no podríamos velarla en casa de Antonio? ¿Aquí? Sergio, sabes lo sensible que es Matilde. ¿Quieres traumatizarla? Sí, querido, ya sé que es tu madre. Bueno, ¡Qué le vamos a hacer! ¡Pero que Susana no me pise esta casa, eh! (Cuelga) ¡Qué vida, Dios mío! 

MATILDE.- ¿La van a traer aquí? 

ELVIRA.- Tú te callas. ¿Dónde quieres que la velen? ¿En la casa de la bruta de tu tía? Anda a comer algo antes de que lleguen, después no vas a poder. ¡Pobre Sergio! ¡Tenía una voz! Dice que quedó tan destrozada que apenas se le reconoce. Por los zapatos supieron que era ella. La traen para acá. 

MATILDE.- ¿Por qué la tienen que traer aquí? ¿No pueden velarla en la morgue? 

ELVIRA.- Es la madre de tu padre, Matildita. No seas dura de corazón. (Entran violentamente Jorge y Susana) 

JORGE.- Elvira, no pueden hacerme ésto. Vivió conmigo toda la vida. Mamá no sabía lo que hacía. Nora,... ¿Puedes imaginar lo que será de mi vida de ahora en adelante? 

ELVIRA.- Un calvario. Como debe ser. 

JORGE.- Las cosas no sucedieron como ustedes se imaginan. No pueden hacerme ésto. 

NORA.- ¿Qué te estamos haciendo, Jorge? ¿Quieres explicarte? 

JORGE.- Sergio y Antonio decidieron velarla aquí y no en mi casa. 

ELVIRA.- Se mató por culpa de ustedes, ¿no? 

SUSANA.- No sé para qué vinimos a pedir el apoyo de ésta. Tú eres el mayor y por lo tanto tienes más derechos que los otros. 

ELVIRA.- ¿Por qué no pensaron en éso antes de echarla a la calle? 

JORGE.- ¿Pero, quién la echó? (Se deja caer de rodillas, presa de la desesperación) ¿Quién la echó? Susana había preparado una mayonesa para hacer...

 ELVIRA.- Ya lo sabemos. Ahora no te molestará más. ¿No querían que alguien se la llevara por algún tiempo? Pues bien, Dios los oyó y se la llevó para siempre. ¿De qué se quejan? 

SUSANA.- ¿Por qué no te ocupas de tus asuntos, en lugar de hociconear cómo lo sabes hacer?

ELVIRA.- ¿De qué asuntos debiera preocuparme, por ejemplo? 

SUSANA.- De Nora y de Sergio, por ejemplo. 

NORA y JORGE.- ¡Susana! 

JORGE.- Debería darte una... 

ELVIRA.- ¿Qué pasa con Nora y Sergio? 

NORA.- ¿Cómo puedes inventar cosas así, Susana? Sobre todo en este momento. 

ELVIRA.- ¿Pero qué quiso decir con éso? (A Nora) Que tú y Sergio... 

MATILDE.- Yo mejor me voy, porque aquí la cosa se está poniendo negra... (Se va) 

ELVIRA.- ¿Qué quisiste decir?

 SUSANA.- Lo que dije. (Se dirige a la puerta) Vamos, Jorge. Antes que tenga que hacerle un dibujito para que se dé cuenta. 

ELVIRA.- ¿Ahora te vas? (La detiene) Arrojaste la piedra, no escondas la mano ahora. 

NORA.- Elvira, no hay que olvidar a la pobre vieja. 

ELVIRA.- ¿Qué vieja?

NORA.- Mamá Cora. 

ELVIRA.- ¡Ah! 

NORA.- ¡Pobrecita! ¿Cómo puedes ofenderte por lo que diga Susana en este estado? Yo la perdono. A mí, que me ha ofendido más que a ti, yo la perdono. 

ELVIRA.- ¿Yo soy la cornuda y a ti te ofende más? 

JORGE.- No te preocupes hoy por ti, Elvira. ¿No te das cuenta de que hoy pasaron cosas mucho más importantes? (Susana se acerca a Elvira mas calmada, pero seca) 

SUSANA.- Perdóname. Inventé esa mentira para hacerte sufrir. 

NORA.- (Rápidamente) Que no se hable más del asunto. Las palabras son sólo palabras y se las lleva el viento. 

ELVIRA.- No para mí. (A Susana) Guárdate tu perdón en un bolsillo y sal de esta casa inmediatamente. 

JORGE.- Pero ¿Qué hacemos con mamá? (Elvira va a contestar, pero Nora le tapa la boca) Nosotros no hicimos ni la mitad de lo que debimos haber hecho por la pobre vieja, pero a tu lado, Susana y yo, somos dos santos. 

ELVIRA.- Sí, pero salgan antes de que los canonice. (Antonio irrumpe violentamente) 

ANTONIO.- Ya la bajan. ¿Prepararon la pieza? 

NORA.- ¡Antonio! (Se abrazan) 

SERGIO.- (entrando) ¡Elvira! (Ella abraza a su marido. Se abrazan todos, incluidos Susana y Jorge. Hay intercambio de abrazos durante algunos segundos. Matilde viene de su cuarto) 

SERGIO.- ¡Murió la abuelita, Matilde! (Abraza a Matilde) 

JORGE.- ¡Por favor! ¡Por favor! Dejen que me la lleve a casa. 

SERGIO.- Ya es tarde. 

JORGE.- (desesperado) ¡Antonio, por favor, por favor!

ANTONIO.- (hacia afuera) ¡Apúrense con el cadáver! 

JORGE.- (enloquecido) No me hagan ésto. ¡Ladrones! (Saliendo) ¡Ladrones!

 ELVIRA.- (arreglándose el pelo) ¡Ay, todo se hace a última hora! No tuve ni tiempo de llamar a la familia! (A Nora) Hagamos la lista de invita... quiero decir... ¿a quién llamamos?



CUATRO HORAS MAS TARDE. LA PUERTA QUE COMUNICA CON LA HABITACIÓN DE MATILDE ESTÁ ABIERTA. ALLÍ VELAN AL CADÁVER Y POR LO TANTO DE ALLÍ NOS LLEGAN LOS LLANTOS Y LOS REZOS DE LOS DEUDOS. MATILDE ESTÁ SOLA. LLORA, PERO SOSPECHAMOS QUE LO HACE MÁS IMPULSADA POR EL HECHO DE QUE VELAN A LA MUERTA EN SU CUARTO, QUE POR UN AUTÉNTICO DOLOR. LA PUERTA DE CALLE ESTÁ ABIERTA. POR LAS PERSIANAS BAJAS ENTRAN LOS ANARANJADOS RAYOS DEL SOL DE LA TARDE.


VOCES.- Dios te salve María. Llena eres de gracia... (Siguen oyéndose las voces salmodiando el rezo, mezcladas con llantos. Tío Felipe viene del cuarto de Matilde y se dirige a un mueble. De allí saca una botella de Cognac. Bebe de la botella) 

TÍO FELIPE.- ¡No te pongas así, Matildita! 

MATILDE.- Pero, tío Felipe... 

TÍO FELIPE.- Que no sigas llorando, hija. 

MATILDE.- Es que los muertos me asustan, tío. 

TÍO FELIPE.- Así es la vida, ¿qué se le va a hacer? Un traguito. Con este calor uno se deshidrata y se le seca la garganta. (Vuelve a tomar, pero se atraganta porque en la puerta aparece un jovencito con una corona de flores. El viejo esconde la botella debajo del saco y se va a la cocina)

 JUNIOR.- ¿Es aquí dónde hay una dama muerta? 

MATILDE.- Una vieja muerta. 

TÍO FELIPE.- (Deteniéndose brevemente al oír a Matilde) ¡Esa no es manera de tratar a tu abuelita! (Desaparece en la cocina) 

JUNIOR.- ¿Dónde la dejo? (Matilde lo mira sin comprender) La corona. 

MATILDE.- Llévala para adentro. 

JUNIOR.- No podría. Perdóneme, pero los muertos me asustan. (Matilde gritonea un llanto) La acompaño en el sentimiento y le dejo la corona aquí, si no le importa. (Elvira viene del cuarto de Matilde) 

ELVIRA.- No llore más, m’hijita. Se va a enfermar. 

MATILDE.- ¿Por qué la tenían que poner en mi pieza? 

ELVIRA.- ¡Matilde! 

MATILDE.- Los muertos me asustan. 

ELVIRA.- ¡Es tu abuela! 

MATILDE.- Eso no impide que sea un muerto. 

ELVIRA.- Cállate de una vez. (Al jovencito) ¿No esperarás una propina en un día de dolor como el de hoy, no? 

JUNIOR.- No señora. De todos modos la acompaño en el sentimiento. 

ELVIRA.- Gracias, hijo. ¿Quieres entrar a ver a la muertita? 

JUNIOR.- No señora.

ELVIRA.- Tienes que ver cómo quedó esa pobre cristiana, toda desmenuzada. Imagínate que se tiró al tren. 

JUNIOR.- Señora, es que... 

ELVIRA.- Pero, anda, hijo. No es ninguna molestia. (Prácticamente empuja al jovencito adentro. Luego se acerca a la corona) Que haga un poco de bulto. ¡Vino tan poca gente! (Leyendo la tarjeta de la corona) Dora y Alfonsina. 

NORA.- (Viniendo de dentro) ¿Quién es ese chiquillo que acaba de entrar? 

ELVIRA.- No sé. Trajo esta corona. 

NORA.- ¡Está que vomita! ¡Tiene una cara de espanto! Tuve que interrumpir mi llanto para reírme de él. He llorado tanto que ya estoy prácticamente deshidratada. 

ELVIRA.- Es que habría que ser de piedra para no llorar. (Entra Doña Gertrudis) ¡Doña Gertrudis! ¿Qué me dice de esta tragedia? 

GERTRUDIS.- (Con leve acento francés) Aún no lo puedo creer. 

ELVIRA.- Nadie lo puede creer. (A Nora) ¿Conoces a la profesora de francés de Matilde? Esta es Nora, mi cuñada. 

GERTRUDIS.- Enchantée. 

NORA.- Enchantée. 

GERTRUDIS.- ¡Quel tragedie! Aún no lo puedo creer. 

ELVIRA.- Nadie lo puede creer. ¡Que perdida tan irreparable! 

GERTRUDIS.- Era una santa. ¡Y qué condiciones tenía para el francés! 

ELVIRA.- Estaba llena de condiciones para muchas cosas. Sí, era una santa.

 GERTRUDIS.- ¿Pero pourquoi? ¿Pourquoi? 

ELVIRA.- Es lo que todos nos preguntamos. (Llorando falsamente) ¿Sorcua? ¿Sorcua? Vaya a verla, que le dará una gran alegría. (Gertrudis se dirige al cuarto) 

GERTRUDIS.- ¡Ay, pobre mamá Cora! 

ELVIRA.- (a Nora, burlándose) ¡Pobre mamá Cora! ¡Tenía ochenta y tres años! ¡Qué querían! ¿Qué llegara a los cien? Si yo llegara a vivir un día después de los ochenta, me suicido. 

NORA.- Es lo que ella hizo. 

MATILDE.- Mamá, ¿puedo ir a la casa de la Pati? 

ELVIRA.- ¡No! ¿Qué va a decir la gente? Quédate y llora un poco más o ándate a mi cuarto y acuéstate un rato en mi cama. (Matilde sale) 

TÍO FELIPE.- (Apareciendo desde la cocina) He perdido el sentido de la orientación, Elvirita. ¿Dónde está el velorio? 

ELVIRA.- (Indicándole) Por ahí. (El tío sale) Este viejo se va a tomar hasta el agua de las flores. (Aparece Sergio, desde la pieza de Matilde) ¿Qué hace nuestra querida cuñadita?

SERGIO.- Está llorando. (Toma un vaso de agua) 

ELVIRA.- ¡Hipócrita! ¿Sabes qué me insinuó esta tarde? Que tú y Nora eran amantes (Sergio se atraganta con el agua) 

NORA.- ¿A quién le importa lo que diga? Yo tengo la conciencia tranquila.

SERGIO.- ¡Mujeres! ¿Cómo pueden ir y venir con chismes en un momento así? (Entran Doña Juanita, con un enorme recipiente de plástico con agua, y su nieta Patricia) 

JUANA.- En momentos así no hay lugar para el rencor. Te traje el agua de los ravioles. 

ELVIRA.- ¡Qué corazón el suyo, Doña Juanita! (A Pati) Patita, agarra éso y llévalo a la cocina. (La jovencita va a la cocina con el recipiente) J

UANA.- Mi más sentido pésame. 

SERGIO.- Gracias, doña Juanita. 

JUANA.- ¿Para qué nacerá uno? Es tan corto el tránsito por la vida que sinceramente no vale la pena. 

ELVIRA.- Es lo que decimos todos. No vale la pena, no. Pase, doña Juanita. Pase, que el alma de la pobre se sentirá muy reconfortada. (Juanita va adentro. Pati vuelve de la cocina) 

PATRICIA.- ¿Y Matilde? 

ELVIRA.- Matilde está en mi cuarto. Anda a distraerla un poco, tesoro. ¡Qué linda estás con ese vestidito nuevo! Pareces una modelo. (Pati sonríe y se va) ¡Qué horrible está esta cabra chica! Cada día se parece más al padre. ¡Otra vez me duele la cabeza! Voy a tomarme una aspirina.(Sale hacia la cocina) 

SERGIO.- ¿Por qué aprovecharía Susana un día como el de hoy para hablar de lo nuestro! 

NORA.- ¡Nos vió saliendo del Niágara, pero yo lo negué! Si Antonio se enterará... 

SERGIO.- ¡No! ¡Sería terrible para mi pobre hermano! ¡Con lo que yo lo quiero! 

NORA.- Parece que ella también te está poniendo cuernos. 

SERGIO.- (que hasta ahora estuvo susurrando, explota a gritos) Mi esposa jamás me ha puesto cuernos. (Emilia viene del velorio) 

EMILIA.- ¡Un poco de respeto por la madre muerta! 

JORGE.- (apareciendo con el junior desmayado en brazos) ¿Quién dejó entrar a esta criatura? Los velorios no son para niños. (Jorge lo acuesta sobre el sofá. Elvira viene de la cocina)

 ELVIRA.- (gritando) ¿Qué pasó? 

EMILIA.- No grites. J

ORGE.- (a Elvira) ¿Por qué lo dejaste entrar? 

ELVIRA.- ¡Yo no lo dejé entrar! ¡Él quiso verla! (El jovencito vuelve en sí) Bueno m’hijito, recupérate luego y ándate, que un velorio es algo serio. ¿Te sientes mejor? 

JUNIOR.- Sí. (se incorpora) Los acompaño en el sentimiento. (Sale, mientras Emilia y Jorge vuelven al velatorio y Susana viene desde allí) 

ELVIRA.- (a Nora) Explícale que ésto no es una fiesta, por si no lo sabe. 

SUSANA.- (a Nora) Dile que ya que se está dando el gusto de velarla aquí, que por lo menos traiga más sillas. 

NORA.- ¿Quieren dejarse de hueviar? Tengan piedad de mis nervios.

ELVIRA.- ¡Nora!

NORA.- (tratando de recomponer su imagen) Tengo los nervios destrozados. 

ELVIRA.- Si te sientes así, no es culpa mía. 

SUSANA.- Ni mía tampoco. Yo no eché a mamá Cora. Perdí la paciencia, eso es todo... 

ELVIRA.- Si vuelves a contarme lo de la mayonesa, te juro que pego un grito. (Suena el teléfono) ¡Qué falta de respeto! ¡Llamar en un día de duelo! (Atiende) Aló. ¿Sí? Yo soy la esposa. Hable. ¡No! Repítamelo. (Nora y Susana se le acercan. Emilia se asoma. Elvira ríe) 

EMILIA.- ¿No te da vergüenza reírte en un día como hoy? 

ELVIRA.- Pero... ¿está seguro? No, yo no me fijé y si los propios hijos no se dieron cuenta... 

EMILIA.- ¿De qué no nos dimos cuenta? 

ELVIRA.- De que se equivocaron de muerta. Ese cadáver es de otra persona. (Emilia vuelve a desmayarse, pero ya nadie le hace caso porque están acostumbrados) 

SUSANA.- tenía los mismos zapatos. 

ELVIRA.- (al teléfono) Bueno, venga a buscarla enseguida. Que la estamos velando en la pieza de mi hija y ya hemos llorado como locos. (Cuelga) 

ANTONIO.- (Viniendo del velatorio) ¿Qué pasa? (Al entrar tropieza con Emilia) ¿Emilia, qué haces aquí? ¿Te parece el momento apropiado para dormir una siesta? (Aparecen todos) 

EMILIA.- (gateando y gimiendo como una niña) ¡Mamá! ¿Dónde está mi mamá?

 ELVIRA.- ¡Que alguien le tape la boca a esa mujer! La muerta que estamos velando es una húngara que antes de suicidarse dejó una carta a la policía. 

EMILIA.- ¿Dónde está mamá? ¿Dónde? (Aparecen Matilde y Patricia) 

MATILDE.- ¿Qué pasa? 

ELVIRA.- Que esa muerta que estamos velando, no es tu abuela. Es una húngara. 

MATILDE.- (histérica) ¡Yo no duermo más en esa pieza! 

SEÑORA SORDA.- (Entrando desde la calle) ¡Que tragedia! Acabo de enterarme. ¿Por qué lo hizo? Pobre santa. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi amiga? 

ELVIRA.- No se preocupe, que no es ella. 

SEÑORA SORDA.- ¡De cuánto dolor está sembrada la vida! (Va al cuarto de Elvira, vuelve a salir y se dirige al de Matilde, ante la mirada de todo el mundo que le sigue los pasos) Tú que fuiste una santa entre todos los santos y que nos dejaste antes de tiempo para bendecirte... 

ELVIRA.- Déjenla llorar. ¿Que hacemos? Sáquenme a esa húngara de la pieza de la niña. 

JUANA.- No nos apuremos, Elvira. Quizás ese llamado haya sido una broma. Llamen a la policía, sólo así sabremos la verdad. 

MATILDE.- Yo no duermo más en esa pieza.

ELVIRA.- ¡Cállate! (Sergio busca el número en la guía) ¡Tanta lágrima inútil! ¡Tanto dolor malgastado! (A Sergio) ¿Lo encontraste? (Sergio marca un número de teléfono) 

EMILIA.- ¡Pobre mamá! Si llegara a ser ella... ni un velorio tranquilo pudo tener la pobre. 

ELVIRA.- No llores más hasta que sepamos. ¿Para qué derramar lágrimas por muertos ajenos? 

SERGIO.- (Hablando por teléfono) Aló. Buenas tardes. Mire... esta tarde denunciamos la desaparición de una señora anciana y dos horas más tarde nos llaman para decirnos que la habían encontrado y que estaba en la morgue. ¿Cómo? Sí. Muerta, claro. Entonces nos fuimos a la morgue y la reconocimos por los zapatos, porque el resto estaba desfigurado. Imagínese, se tiró al tren. Después de llenar no sé cuántos trámites, conseguimos traerla a casa con este calor. Hace cuatro horas que la estamos velando y ahora resulta que recibimos otra llamada y nos dijeron que el cadáver que tenemos en mi casa no es el de mi madre, sino el de una húngara. ¿Averigüemelo, por favor? (Tapa el auricular) Fue a ver. 

ELVIRA.- Por Dios, no se aglomeren. Hace un calor de perros. 

SERGIO.- (volviendo al teléfono) ¿Sí? Ah. Pero no sabe quién... ¿Está seguro?... Bueno. Gracias. (Cuelga) Dice que no sabe nada de ninguna húngara. 

GERTRUDIS.- Voilá. 

ELVIRA.- ¡Cuánta gente baja hay en este mundo, madre mía! Bueno, a seguir entonces con el velorio, que aquí no ha pasado nada. (todos vuelven automáticamente a llorar mientras se dirigen nuevamente al velatorio. Los únicos que quedan son Elvira, Nora, Matilde, Pati y Sergio) 

MATILDE.- Mamá, ¿podemos ir a la casa de... 

ELVIRA.- ¡Qué no! Te he dicho mil veces que no. (Matilde vuelve a la pieza de Elvira con Pati) 

NORA.- Se me parte la cabeza. Nunca había pasado un domingo más miserable.

 TÍO FELIPE.- (apareciendo desde el velatorio) Tengo la garganta seca, Elvirita. ¿No tendrás algún licorcito por ahí? 

ELVIRA.- No, ya se los tomó todos. Vaya a rezar por mamá Cora como buen cristiano. (Sergio lleva a tío Felipe al velatorio. Mientras entra mamá Cora, como si flotara en el aire. Elvira se incorpora automáticamente) ¿Qué me dice usted de esta tragedia (Nora se incorpora aterrada) Se cono... (reaccionando espantada) ¡Mamá Cora! 

MAMÁ CORA.- ¿Qué tal, hijas? 

ELVIRA.- ¿Dónde estuvo metida todo el día? ¡Qué inconsciente! Tenemos la casa llena de gente.(se escuchan los rezos desde dentro. Nora abraza a la vieja llorando histéricamente) 

MAMÁ CORA.- ¿Qué sucede? 

ELVIRA.- ¿Qué hacemos ahora? ¿Qué hacemos, Nora? 

NORA.- Llévala a tu dormitorio.

ELVIRA.- Venga, mamá Cora. ¡Pero qué inconsciente! (Elvira la guía hasta su cuarto, pero mamá Cora se detiene al escuchar los rezos y llantos) 

MAMÁ CORA.- Alguien está llorando en la pieza de Matilde. 

ELVIRA.- No se preocupe. Es la televisión. (A la vieja se le ilumina el rostro) 

MAMÁ CORA.- ¿La televisión? (Intenta encaminarse hacia el velatorio. Elvira la detiene) 

ELVIRA.- Es la tele de la casa de al lado. Venga, recuéstese un ratito en mi cama. (La lleva. Silencio. En ese momento se escuchan los gritos histéricos de Matilde y Pati. Aparecen gritando como poseídas. Corren alrededor de Nora que está al borde de una crisis. Los parientes y amigos de mamá Cora se asoman. Las niñas dan una ultima vuelta y salen a la calle, siempre gritando) 

TODOS.- ¿Y ahora qué pasa? ¿Qué es ésto? ¿Qué pasa? 

SERGIO.- ¿Qué pasa? 

ELVIRA.- (viniendo de su habitación) ¿Dónde hay un voluntario que quiera darle unas cachetadas a esas cabras? El barrio se va a alborotar. (Gritando a la calle) ¡Matilde! 

SERGIO.- ¿Qué pasa? 

ELVIRA.- Pasa que el llamado de hoy era del departamento de policía. 

GERTRUDIS.- Pero ma fille, no hagas caso de ese llamado. Deja que la pobre tenga un velorio tranquilo. 

ELVIRA.- La que tiene un velorio tranquilo es esa húngara. Mamá Cora está en mi pieza.

SUSANA.- ¡Ay Dios! (Susana, Emilia, Jorge, Sergio y Antonio corren hacia dentro) 

ELVIRA.- ¡Qué domingo! ¡Madre! ¡Qué domingo! 

TÍO FELIPE.- (Apareciendo) ¿Qué pasa? He oído gritos. ¿Pasa algo, Elvira? 

ELVIRA.- Sí. Pasa algo. (Mamá Cora vuelve con sus hijos) 

TÍO FELIPE.- ¡Dios! Este es un aviso. No tomo más. (Sale tambaleándose a la calle)

 GERTRUDIS.- ¡Mamá Cora! 

MAMÁ CORA.- ¡Gertrudis! ¿Qué pasa aquí? ¿Alguien está de cumpleaños? 

JUANA.- ¿Dónde estuvo todo el día? 

MAMÁ CORA.- En el cine. Era un programa triple con películas de Carlos Gardel. 

JUANA.- ¡Pero todo el día! 

MAMÁ CORA.- Para no molestar a Susana y a Jorge. Los pobres están nerviosos y quise dejarlos solos por unas horas. (A Elvira) ¿Por qué gritó Matilde cuándo me vió entrar? 

ELVIRA.- No sé. ¡Esa niña está tan rara! 

MAMÁ CORA.- Ni que yo fuese un fantasma. Pero,... ¿qué hace toda esta gente aquí? 

JUANA.- Venimos para ver si querías acompañarnos a un velorio. 

MAMÁ CORA.- ¿Quién murió? 

JUANA.- Una pobre húngara. 

MAMÁ CORA.- Yo conocí a una húngara hace muchos años.

JUANA.- Seguro que es la misma. 

MAMÁ CORA.- No hay que dejar de ir, entonces. ¡Ay, qué corta es la vida! ¡Dios mío! 

SEÑORA SORDA.- ¿Qué pasó? ¿No te habías muerto? 

MAMÁ CORA.- ¡Qué cosa! 

ELVIRA.- La húngara las está esperando. Vayan rápido. Si se apuran, encontrarán buenos sitios. (Los viejos comienzan a movilizarse) Adiós a todo el mundo. No se despidan que no terminaríamos nunca. Qué Dios los bendiga. (Los ancianos van saliendo) 

JUANA.- Elvira, la niña se me escapó con Matilde. Cuando vuelva la envías a casa. 

ELVIRA.- ¿Por qué no me la presta hasta mañana? Para que acompañe a Matilde. La pobre va a tener miedo de dormir sóla en su pieza. 

JUANA.- Está bien. Quédate con ella. Yo le aviso a su papá. 

MAMÁ CORA.- ¿Será la misma húngara? 

ELVIRA.- No cabe duda. (A Nora que recoge sus cosas como una zombie para irse) Nora, planeemos algo divertido para el próximo domingo. ¿Qué te parece? Cuando nos juntamos no lo pasamos tan mal, ¿verdad? (Susana ríe histéricamente) ¿Y tú? ¿De qué te ríes?

 SUSANA.- ¿De qué me río? De ti. De todos nosotros me río. (Y se echa a llorar al mismo tiempo que se deja caer sobre el sillón desesperada) 

CAE EL TELÓN


FIN




Ilustración: Paul Delvaux

miércoles, 24 de junio de 2026

La nada del hijo (Fernando Gutiérrez)







Imaginario hijo

de mi palabra y de mis manos,.

quédate aquí y aguarda a que el silencio

te preste el cuerpo íntegro

de la diaria soledad,

para que yo te vea, 

para que yo te toque,

como veo tu esencia,

como toco tu hueco y tu vacío.

Tu lugar se me llena 

de sombra espesa y cálida. 


Cabe el día

contado desde el tiempo

primero de la muerte,

en este azul sin término, en la honda

similitud del sueño y la nostalgia.

Las horas crecen con fatiga

desde el balcón al tiempo

para darle tamaño a la esperanza.


Está todo dispuesto, preparado

para que yo te vea.

Limpios los años del calor y el frío

que he pasado esperándote,

apaciguadas ya las manos

y el cansancio en sosiego.

Ya está hecha la espera

-pálpito de la vida-

carne y huesos del tiempo

para soñar y recibirte.

Para que yo te vea,

para que yo te toque.

Para que todo, vida y muerte,

esté en su sitio justo.


Voz sin palabras

materia de silencio,

imaginario hijo.

Cruzados sobre el pecho, 

como en la muerte, están mis brazos.





Ilustración: Luo Hongli





martes, 23 de junio de 2026

Libertad o muerte (Nikos Kazantzakis)







El capitán Michaels rechinó los dientes. Solía ​​hacerlo.

cuando la ira se apoderó de él. "Capitán Jabalí" era su apodo.

apodo en Megaiokastro. Con sus repentinos ataques de ira, su profundo y oscuro

ojos, su cuello corto y obstinado y mandíbula prominente, el pesado y ancho-

El hombre de huesos realmente era como un jabalí salvaje preparándose para la primavera.


Arrugó una carta en su puño y se la metió en su...

cinturón ancho de pana. Había estado mucho tiempo deletreándolo y

buscando su significado. ... Él no vendrá (él entendió) esto

Pascua tampoco, y por lo tanto su madre enferma y moribunda y su pobre hermana

no lo verán, porque, según él, todavía está estudiando. . . . ¿Qué?

¿Qué diablos está estudiando? ¿Seguirá estudiando siempre? No lo dice.

que no tiene el valor de regresar a Creta porque se ha casado con una

Judía y no una compatriota nuestra. Eso es lo que dice esa favorita.

¡Tu hijo ha vuelto en sí, hermano Kosta! ¡Ojalá estuvieras vivo! Si

Solo tú estabas allí para levantarlo por los tobillos y colgarlo cabeza.

¡Desde el haz de luz hacia abajo, como un saco de semillas!


El capitán Michaels se puso de pie, un tipo grande y corpulento.

La coronilla de su cabeza casi tocaba el techo de su tienda. El negro

La cinta con borlas que sujetaba su cabello por detrás se había soltado


hacia atrás, y el capitán Michaels lo agarró y lo apretó más.

su cráneo de huesos gruesos. Luego se dirigió a la puerta para tomar un poco de aire.


Charitos el aprendiz, un brote salvaje de cabello castaño

muchacho de pueblo con ojos asustados y parpadeantes y orejas saltones,

agazapado tras un rollo de cuerda de barco. Su mirada lloró sobre las velas,

tablones, botes de pintura y alquitrán, cadenas pesadas, anclas de hierro, todo tipo de

equipo y herramientas del barco. Pero en su miedo no vio nada más que al Jefe,

ahora de pie en el umbral, llenando todo el hueco de la puerta y

mirando hacia el puerto. El capitán Michaels era su tío, pero

Charitos lo llamó el Jefe y tembló ante él.


"Como si no hubiera tenido ya suficientes problemas esta noche."

El capitán Michaels murmuró: "¿Qué espera el perro de mí?".

me envió un mensaje diciéndome que debía ir a esa miserable casa suya.

¿Esta noche? ¡Y ahora, además, la molestia con mi sobrino! Su

Mi madre quería que le escribiera, y le escribí. Pero él...

¡Ni siquiera aparece!


Miró hacia la izquierda, hacia el puerto, hacia los vapores, el

barcos de vela y el mar. Los sonidos subían desde lo alto del muelle: comerciantes,

Marineros, barqueros y porteadores pululaban entre el aceite y el vino.

Barriles y montones de basura, gritos, maldiciones, carga y descarga.

Tenían prisa por terminar antes de que se pusiera el sol.

y la puerta de la fortaleza se cerró. El mar se cerraba sofocantemente; el puerto apestaba.

de naranjas podridas, nabos, vino y aceite. Dos o tres personas de mediana edad.



Mujeres maltesas rociadas con spray estaban de pie sobre los muros y charlaban.

con voz ronca. Estaban saludando a un vapor maltés de manga ancha.

que llegaba con un cargamento de botellas.


El sol se hundió en un cielo rojo; era el último día de marzo.

Final. Una fuerte brisa del norte suspiró y Megalokastro se estremeció.

Los tenderos se frotaban las manos, pateaban el suelo y bebían hierba.

infusiones algunos incluso bebieron ron para entrar en calor. Arriba, los picos de

Los Strum bula estaban cubiertos de nieve, y más lejos se alzaba Psiloritis,

azul oscuro. Masas congeladas de nieve brillaban en vetas blancas desde

hondonadas profundas protegidas del viento. Pero el cielo brillaba cristalino,

color acero.


El capitán Michaels alzó la mirada hacia el enorme Kule,

una torre fuerte y de construcción gruesa a la derecha de la entrada del puerto con la

León alado de mármol de Venecia en su frente. Megalokastro era completamente

rodeado de murallas y feroces torres almenadas, que habían sido

construida por sus amos cristianos en el apogeo de la antigua Venecia y tenía

saciado con sangre veneciana, turca y griega. Aquí y allá

Aún quedaban vestigios de gustos anteriores, como por ejemplo los leones de piedra.

de Venecia, portando el Evangelio en sus garras, y las hachas turcas

que habían sido talladas en las fortificaciones en aquel sangriento otoño

día en que los turcos habían pisoteado Megalokastro después de largos años de

bloqueo desesperado. Y por todas partes entre los bloques derruidos había

 crecía una exuberante maleza de higueras, ortigas y alcaparras.

arbustos.


El capitán Michaels bajó la mirada y fijó sus ojos.

en la base de la torre Kule. Las venas de sus sienes se hincharon y

suspiró. Allí, en esa mazmorra, contra la que golpeaban las olas,

era la prisión maldita donde generaciones de guerreros cristianos habían sido

exhalaron sus vidas, encadenados de pies y manos. Verdaderamente los cuerpos de

Los cretenses, aunque fuertes, no alcanzan la fuerza de

sus almas, pensó. Acuso a Dios de no habernos dado cretenses.

cuerpos de acero con los que resistir durante cien, doscientos,

trescientos años hasta que hayamos liberado Creta. Entonces podríamos volver

a polvo y cenizas.


Su ira volvió a aflorar y pensó en su sobrino.

Vive en el extranjero como un "Frank". Dice que está estudiando. ¡Qué diablos!

¿Está estudiando? Volverá como su tío Tityros, el maestro de escuela.

¡Una criatura sórdida con gafas y un trasero hueco! Un buen cerdo, pero,

¡Maldita sea, con gusano!


Escupió describiendo un amplio arco y dudó un instante más.

antes de ir a la pequeña tienda de especias que regentaba Demetros.


Has descendido al mundo, raza audaz de locos.

¡Miguel el devorador de turcos!, se dijo a sí mismo, y en su mente

Su temible abuelo, Mad Michaels, apareció en carne y hueso y hueso.

sangre. ¿Cómo pudo morir él, que tenía tantos hijos y

nietos? A lo largo y ancho de los ancianos todavía lo recordaban, el

la forma en que solía contemplar la costa de Creta, protegiéndose los ojos con

su mano: estaba observando para ver si llegaban los barcos moscovitas.

del mar y del cielo. Él inclinaba su fez torcido, caminaba despreocupadamente y

por los muros de Megalokastro, inclínate ante ese maldito Kyle y

canta en la cara de los turcos: "¡Vienen los moscovitas!" Su cabello y

Su barba había sido larga, sus botas altas y sujetas a su cinturón, y

Nunca se dijo que se los quitara. También llevaba un vestido largo negro.

camisa, porque la Creta esclavizada estaba de luto, y todos los domingos después

La misa solía pavonearse junto con el arco de su abuelo sobre su

al hombro y también un carcaj lleno de flechas.


—Eran hombres —gruñó el capitán Michaels, frunciendo el ceño.

"¡Eran gigantes, no gusanos como nosotros! Y sus mujeres también lo eran."

Sí, aún más salvaje. ¡Ah, tiempo, tiempo! La humanidad va cuesta abajo, va a

el diablo"!


Una cortina se levantó en su interior y reveló, después de su

abuelo, un esqueleto con uñas de barro su abuela. Cuando ella

Había llegado a una edad madura, había dejado la casa de paredes toscas y su

un montón de hijos, nietos y bisnietos para enterrar

ella misma en una profunda cueva sobre su pueblo natal, al pie de

Psiloritis. Durante veinte años permaneció en ese agujero. Una de sus

sus nietas, que se habían casado con un hombre del pueblo, la trajeron

cada mañana un trozo de pan de cebada, algunas aceitunas y una botella pequeña


de vino (había suficiente agua en la cueva), y en Pascua dos rojos

huevos en memoria de Cristo el Señor. Y cada mañana el viejo

Apareció una mujer, agachada en la entrada de la cueva, blanca como el yeso.

Un fantasma, con su largo cabello, sus uñas y sus harapos, contemplaba el amanecer.

al sol y agitó sus delgados brazos durante mucho tiempo, ya sea en

bendición o como maldición. Luego se zambulló de nuevo en las fauces de la

montaña, f Veinte años solitarios. Pero una mañana no vieron

Ella salió. Ellos entendieron. Llamaron al sacerdote del pueblo,

Subieron hasta allí con antorchas encendidas y la encontraron, una mujer torcida.

caballete de huesos en un pequeño hueco parecido a un baño, con los brazos cruzados y

Su cabeza estaba atrapada entre sus rodillas.


El capitán Michaels negó con la cabeza, apartó la mirada de la

prisión y dejar que los muertos se hundan de nuevo en su interior


En la pequeña tienda de especias, Demetros estaba sentado, somnoliento y con los ojos hinchados.

en un sofá estrecho. Sostenía un espantamoscas y lo movía lánguidamente desde

lado a lado para mantener las moscas alejadas de las bolsitas de clavos, nuez moscada,

Mástique y canela y los vasitos de aceite de laurel y mirto.

De cabeza amarilla, nariz de pepino, perpetuamente melancólico. Ahora un

Un rasguño, ahora un bostezo, ahora un parpadeo de los ojos pesados ​​por el sueño. Todavía él

no se había quedado dormido, y le pareció como si, desde más allá

En ese momento, el capitán Michaels se giró y miró en su dirección.

Demetros levantó el matamoscas para desearle buenas noches, pero su

 enérgico vecino giró la cabeza hacia otro lado y

Demetros volvió a sumergirse en su dormita.


El capitán Michaels metió la mano en su ancho y retorcido cinturón,

encontró la carta arrugada, la sacó y la rompió en mil pedazos

piezas.


"Como si un solo maestro no fuera suficiente para hacer que nuestra familia parezca

¡Tonto! ¡Ahora sí que tenemos a este! ¿Y el hijo de quién? El tuyo, hermano Kosta.

y fuiste tú quien agarró una antorcha, prendió fuego al cargador y

Sopló el monasterio de Arkadi, santos, crucifijos, monjes y todo lo demás,

¡Cristianos y turcos por las nubes!


Vendusos, el conocido intérprete de lira, llegó apresuradamente a

el puerto, envuelto en una chaqueta de lana. Había pedido un barril de

Vino de Kissamos para su taberna y ahora quería recogerlo. Pero

cuando vio desde la distancia que la diadema del capitán Michaels estaba

Con la mirada fija en sus cejas, comprendió y se desvió.


"El dragón está en otro de sus ataques de ira esta noche", dijo.

murmuró. "Preferiría ir por otro camino".


El sol se hundió sobre los acantilados de Strumbula, las calles cayeron en

sombra, los minaretes blancos se volvieron de color rosa, y en el puerto

Los comerciantes, carpinteros, estibadores y barqueros buscaron alivio de sus

trabajo del día. Los hombres y los perros de los barcos que ladraban hacían un gran ruido,

pero el mundo se volvió apacible. El capitán Michaels sacó una bolsa de tabaco.



Sacó su cinturón y se lió un cigarrillo. Su ira se desvaneció en

humo. Se acarició la barbilla negra como el azabache.


"Mi hijo, mi Thrasaki, debe vivir", murmuró. "Él lavará

nuestras caras limpias de nuevo. Él prenderá fuego a su Unde


Tityros. Y también le prenderá fuego a ese nueve veces sabio.

mi sobrino, que no se avergüenza de mezclar nuestra sangre con la de

prestamistas. Él tomará el estandarte de nuestro clan "!Y de repente

La vida le parecía buena, y Dios justo. El capitán Michaels ya no

Tenía acusaciones en su contra.


Un turco, un anciano calvo vestido con harapos y zuecos, se acercó.

Tembloroso, alzó los ojos temblorosos y miró al capitán Michaels.

El capitán Michaels lo miró y negó con la cabeza. "¿Qué quieres hacer?"

¿Qué quieres, Ai Aga?", preguntó bruscamente.


Aga era su vecino, pero no podía soportar el asqueroso

Tipo. Ese caracol viscoso, mitad hombre, mitad mujer, ni hombre ni mujer.

La mujer se sentaba allí por las tardes con las mujeres griegas de su

Era vecina y participaba en los chismes de las mujeres.


—Señor —murmuró el anciano—, me ha enviado Nuri Bey.

'Saludos', dice, '¿y le concederás el placer', dice, 'de...

¿Viene esta noche a su konak? "Sí, tengo el mensaje

ya a través de su sirviente el negro. Puedes irte." "Dice que es

muy urgente".



"Vete, te digo." A Michaels le molestó oír la voz afeminada.

voz de eunuco.


Ali Aga se mordió la lengua, se volvió estremecido hacia la pared y

se marchó.


¿Qué tengo que hacer en las casas de los turcos? ¿Qué quiere el perro?

¿Conmigo? ¿Por qué no viene él mismo? ¡Yo no iré! —Se giró

alrededor. "¡Charitos!", gritó, "¡entra y ensilla mi yegua!"


De repente se le ocurrió la idea de dar un paseo en su yegua, para

trabajo del abuelo, la abuela, el sobrino y la monja Beya montan en su

yegua, ¡y se libraría de todos!


Justo cuando levantó el brazo para coger la llave y cerrar con llave, un

Un relincho fresco y alegre resonó desde la calle. El capitán Michaels lo sabía.

esa voz de caballo y se giró. Negro y brillante, elegante y delgado, el

Una bestia noble y espumosa se adelantó, caminando con orgullo. Un regordete,

Un joven turco descalzo lo sujetaba firmemente por las riendas y lo guiaba a un ritmo rápido.

caminar y sin silla por las calles de Megalokastro para calmarlo.

Sin duda habían recorrido una buena distancia al galope, pues había espuma.

se ve en su boca, en su pecho y debajo de los hombros. Pero su

Su fuerza seguía intacta y, resoplando, arrojó su espuma salpicada de espuma.

cuello y crin goteante. De vez en cuando se pavoneaba, pisoteaba

duro con sus delgadas patas delanteras sobre el pavimento, y relinchó.


"¡Mirad, niños, aquí viene el caballo de Nuri Beys!", dijo alguien.

gritó fuera de la barbería regentada por Paraskevas el Sirio. Cinco



o seis hombres sin afeitar y un hombre cubierto de espuma corrieron hacia el

puerta. Con la boca abierta y el cuello estirado, se quedaron allí y

lo contempló.


"¡Por mi alma!", gritó un joven desgarbado con una escasa cabellera.

barba. "Por mi alma, si alguien me preguntara, '¿Qué prefieres,

¿El caballo de Nuri Beys o su hanum? Yo elegiría el caballo.


"Tienes tanto sentido común como mi pincel", dijo Janaros.

el maestro pintor, a quien también llamaban Horca porque tenía

un bigote tupido y erizado. "Tú, idiota, Hanum Emine" es

hermosa, veinteañera y salvaje. Elígela, pobrecita, y

¡Dale un poco de diversión a tus muslos!


—Me gusta el caballo, te lo digo —respondió el hombre de barba de cabra—. No me gusta.

entrar en la tierra".


"Ni el caballo, mi buen compatriota, ni el hanum."

El señor Paraskevas se atrevió a entrar, con su voz aguda. Él también tenía

Salió corriendo, tijeras en mano. "¡Ni el caballo, ni el hanum!

¡Todos dan más problemas de los que valen!


El hombre de barba de cabra se giró. "Oye, tú, pequeño sirio", dijo.

dijo: "Toda la vida es problema. Solo la muerte trae reposo. Quiero decir

bien hacia ti no le hables así a los cretenses. Podríamos

"Te malinterpretarán y te enterrarán vivo". . . .


El pobre Syran se estremeció. El tipo amable y decente podría

Él mismo ya no entendía por qué había ido a Creta para afeitarse.



Bestias salvajes aquí. Cada vez que un cretense de las montañas venía

En el umbral de su tienda, el sirio se levantaba de un salto y lo examinaba.

con pavor. ¿Por dónde empezar con él? Durante meses no había...

Afeitado o lavado, durante años no se había cortado el pelo.

acomodar la toalla, agarrar las tijeras y moverse rápidamente alrededor de la silla, en

mientras el cretense se sentaba asombrado ante su grotesco rostro en el cristal.

A él le parecía un fenómeno meteorológico, ese monstruo, o como Santa Mamas.

el enorme pastor, a quien el señor Paraskevas había visto una vez en

una imagen sagrada. Completamente cubierto de vegetación como estaba con la más alta

barba, bigotes y cabello, diez barberos no habrían podido hacer un trabajo de

a él.


Las tijeras del señor Paraskevas se hicieron pequeñas de repente.

¿Acaso debía ponerse a trabajar con ellos en esta maleza cubierta de cerdas de cerdo?

Entonces el sirio suspiraba, se decidía por fin y comenzaba a...

El nombre de Dios con el enjabonado.


¿Vivo? —preguntó ahora, y retrocedió alarmado—. ¡Por Dios!

Amigo, ¿me enterrarías vivo?


¿Sabes cómo llamamos a la gente que habla como tú?

Muerto "!


El sirio tragó saliva, fingió no haber oído nada y

Entró.


En ese momento Stefanes, el anciano capitán de la Dardcma,

que los turcos habían hundido en el levantamiento del 78, pasó cojeando.



La granada del barco turco que la había atravesado había destrozado su

rodilla. Y desde entonces, para lo único que había servido era para golpear la

tierra firme con su bastón y cojear por el puerto. Tenía dos

palos: uno, recto como un dardo, lo usaba cuando las cosas iban bien en

Creta, y el otro, un bastón torcido, cuando las cosas se torcían y

El aire apestaba a pólvora. Hoy tenía el bastón torcido. Escuchaba.

a lo que se estaba diciendo, y se quedó quieto.


—No peleen, muchachos —dijo—. Eso es fácil de decidir.


"Díganos, Capitán Stefanes, ¿cuál elegiría usted para sí mismo?"


"¡Idiotas! ¡Montad el caballo de la monja y sentad a Hanum Armiño!"

¡De espaldas en la grupa como San Jorge!


"¡Yo también, yo también, yo también! ¡Capitán Stefanes!" gritaron los cretenses,

Afeitados y sin afeitar. "¡Que Dios escuche lo que dices!"


El capitán Michaels había alzado la vista. El caballo estaba ahora

cerca de él, grácil pero fogosa, como un cisne negro con el cuello arqueado.

alto. Se giró hacia él y sus ojos brillaron como si lo reconociera.

Capitán Michaeles. Se detuvo un momento y relinchó. Capitán

Michaels dio un paso hacia la bestia. No pudo contenerse;

Tomó otro. Estaba cerca de él ahora. Le picaba la mano por tocarlo, por...

Sentir el calor de su cuerpo. El chico turco lo vio y se quedó inmóvil.


La mano del capitán Michaels se deslizó sobre el ancho y húmedo pecho,

con su collar de piedras azul claro sujeto por una media luna de marfil.

acarició con avidez el cuello, las fosas nasales, la cabeza, palmeó la humeda


crin. Su mano viajó anhelantemente por el lomo y la grupa, fue

Bajando y a lo largo del vientre humeante, aún no estaba satisfecho.

La mano parecía querer engullir al caballo entero.


Y el orgulloso y elegante animal inclinó el cuello y

Parecía disfrutar insaciablemente de las caricias del hombre.

giró su enorme ojo color ciruela y, con un resoplido, aspiró su aliento caliente.

sobre el cabello del hombre. Y de repente decidió jugar. Le dio un mordisco.

La diadema negra del capitán Michaels, la levantó en alto y la agitó en el

aire sin soltarlo. El ojo del caballo coqueteó con el negro

barba delante de ella. Y el hombre mismo sintió que su corazón se ablandaba. Nunca

Había mirado a un ser humano con tal deleite y delicadeza. Empezó

para susurrar palabras de cariño, y el caballo bajó el cuello como

aunque escuchaba y se frotaba suavemente contra los hombros del hombre.

Inesperadamente, el capitán Michaels levantó la mano y la atrapó.

diadema de los labios del caballo y enrollarla, rociada con espuma como

Así era, alrededor de su cabello.


Luego se giró e hizo una señal al muchacho turco que

Podría seguir.


—Iré allí —murmuró el capitán Michaels, aún

siguió con la mirada al caballo mientras este se acercaba a la puerta principal.

"Iré allí".



De repente tomó una decisión, y ahora

regresó para cerrar la tienda y emprender su camino hacia el konak de

Nuri Bey.


Pero el capitán Stefanes, que lo había observado mientras él

acarició al caballo con tanto sentimiento, se paró frente a él, apoyándose en

su bastón torcido, y le deseó buenas noches. No tenía miedo de

que odian a los hombres. Él mismo era un hombre de verdad, un robusto lobo de mar. En cada uno de

En los levantamientos de 1854, 1866 y 1878, había logrado romper el bloqueo turco.

en su Dardana innumerables veces para desembarcar alimentos y municiones para el

Cristianos en remotos puertos naturales. Y cuando lo bombardearon y

Hundió su barco, la sangre le brotaba de la rodilla destrozada. Pero él

había nadado hacia la bahía de Santa Pelagia, sujetando con los dientes, por encima de la

olas, las cartas que el Comité ateniense había enviado a la

famoso Capitán Rabe, jefe de la región de Mesara. Desde entonces él

En efecto, había caído en desgracia: cojeaba, se había empobrecido, había dejado

Su ropa se convirtió en harapos, siguió usando esas botas de capitán de su

que había sido remendado una y otra vez, hacía su ronda diaria de

Puerto y admiraba, aunque con el corazón ardiente, los barcos extranjeros.

Le hizo bien oler el alquitrán y oír las voces y los saludos y

el ruido de las anclas en el fondo duro y profundo. Su cuerpo estaba débil,

sus bolsillos estaban vacíos, pero su alma permanecía erguida en su pecho, y él

Contemplaba el mar como la figura de proa de la Gorgona.


Y así se apoyó en su bastón torcido, se mantuvo firme

frente al Capitán Michaels, y habló. "Oye, Capitán Michaels, ¿qué hiciste?

¿Tu oído captó la conversación en la barbería? Si tuvieras que elegir,

estaban diciendo, entre el caballo de la monja y Hanum Armiño, que

¿Qué elegirías?


"No me gustan las charlas descaradas", dijo el capitán.

Michaels, y se dirigió a su tienda sin siquiera mirar

alrededor del capitán del barco.


Pero el obstinado marinero no se rindió. Se comportó como

si no hubiera oído, y revisó al otro.


"Nuri la ha traído de Constantinopla, y ella es una

Dicen que los circasianos tienen una belleza de cinco años y que son salvajes y devoradores de hombres.

Mis vecinos las brujas oyen hablar de su mujer, la cristiana oscura.

Trajo consigo lo que sucede tras las puertas de la jaula en casa de los Beys.

Y lo difundieron por todas partes. ¡Benditas sean sus lengüitas!


"Capitán Stefanes", repitió el capitán Michaels con

irritación, "Te digo que no me gusta la charla descarada".


Pero el rudo marinero se mantuvo firme. No, él lo haría.

Sin tener la boca cerrada, Tie no había mostrado miedo ante el

Poderosa armada turca. ¿Acaso debía mostrar temor ante este hombre?

Lo oirá todo, se dijo a sí mismo, le guste o no.


—Nuri Bey —exclamó—, es tu hermano de sangre, Capitán.

Michaels, y no lo olvides. Y por eso es correcto que le hagas saber lo que pasa en su casa. El Bey, esa terrible bestia salvaje,

Se sienta, según dicen, atado a sus pies y la mira fijamente a los ojos. Y ella

Ella presiona sus cigarrillos encendidos contra su cuello y se ríe.

A veces, dicen, sus pensamientos vuelven a su propio país.

las tiendas, al olor a estiércol y leche, al relincho de los caballos y

entonces se apodera de ella y rompe las tazas de porcelana,

vacía los frascos de perfume en el suelo y azota a su mujer negra"...


El capitán Michaels, gruñendo como una oveja peligrosa.

perro, sostuvo la llave frente a él y empujó al viejo lobo marino desde

la puerta para poder cerrar la tienda. Pero el marinero podía

no se calló. Hubiera sido mejor no involucrarse en nada.

conversación con semejante bestia salvaje, pero ahora estaba bien y de verdad

involucrado. ... ¡Así que icen las velas, pase lo que pase! Por lo tanto hizo

prisa por terminar su historia:


"El hanum está celoso, según dicen, del caballo de Nuri.

Anteanoche, cuando Bey intentó abrazarla, ella la empujó.

a él lejos. 'Primero debes hacerme un favor', dijo ella. 'Cualquier cosa que

Deseo, señora de mi corazón. Todo es tuyo. Trae tu caballo a

el patio. Enciende las lámparas, para que pueda ver, y mátalo en mi

presencia.' El Bey suspiró, bajó la cabeza y salió corriendo de la habitación.

Se encerró en su habitación. Y durante toda la noche se le pudo oír.

caminando de un lado a otro y gritando. Te lo digo para que puedas

Lo sé. Te ha mandado llamar para que vayas a su casa. Te necesita. No lo hagas, niégalo. Ali Aga me lo dijo. Así que es bueno que sepas cómo el

"Una pareja enamorada está enfrentada".


Stefanes se frotó las manos callosas, contento de que fuera

y que había terminado de hablar sin dejarse vencer por el miedo.


"Sí, Capitán Michaels, así es. Bueno, si son mentiras,

¡Las brujas deberían andarse con cuidado!


El capitán Michaels dio un respingo; la puerta se cerró de golpe y él...

La cerró con llave. Se metió la llave en el cinturón y se volvió hacia el náufrago.

capitán. "Ustedes, gente del mar", dijo con desprecio, "no tienen respeto por

mujer"!


Y se marchó.


—¡Ustedes, capitanes de tierra firme! —replicó Stefanes con fastidio.

"¡Lo sé todo sobre eso! ¡Siempre chapoteando en estiércol de caballo!" Gritando esto,

Cojeando rápidamente dobló la esquina, como si el miedo lo hubiera invadido de repente.

Sujétalo.


El capitán Michaels se puso la diadema negra sobre su

frente de modo que las borlas le cubrieran los ojos. No quería ver nada

uno y que nadie lo viera. Respirando con dificultad, caminó a trompicones.

el barrio turco.


El sol se había puesto. Sonaron las trompetas y el

La policía recogió sus llaves y cerró con doble llave las cuatro puertas de la ciudad. Hasta

Al amanecer, nadie podría asomar las narices fuera de Megalokastro ni entrar.

Turcos y cristianos permanecieron encerrados juntos durante toda la noche.



La oscuridad se extendió y desplegó su escudo sobre el

callejones. Las mujeres ya no aparecían en las calles. Las farolas estaban

Las casas estaban iluminadas, las mesas puestas. Los hombres respetables se apresuraron a regresar a casa.

a cenar, los más gays se quedan en las tabernas para tomar otra copa o

dos. Megalokastro, como usk lo escondió, sintió hambre y se dirigió a

la cena.


Esa fue la hora en que las hermanas trillizas, conocidas como las

Las brujas estarían de pie detrás de su puerta, pegadas a una.

otro. Habían perforado tres agujeros en la puerta, en la parte superior, y

Pegaron sus rostros a ellos. Estudiaron a los transeúntes y

comentaron sobre la fealdad o la belleza de cada una. Las tres solteronas

Tenía el cabello, las cejas y las pestañas blancas como la nieve, y ojos rojos como los de un conejo.

desde el nacimiento. Nunca salían en todo el día. Se decía que no podían

veían bien a la luz del sol y anhelaban la tarde cuando podían estar de pie en

Los tres pequeños agujeros y se quedan boquiabiertos ante el mundo que pasa. Asqueroso, venenoso.

lenguas. Por las mirillas ni una mosca se les escapaba. Su casa

yacía en la esquina de una calle comercial, en el punto donde el turco

Quedó un cuarto y comenzaron las casas cristianas. Vieron a todos.

y le dio a todos su apodo, del cual pudo pasar toda la vida.

no se liberó. Fueron ellos quienes llamaron al capitán Michaels "el salvaje".

jabalí." Habían bautizado a su hermano, el maestro de escuela, como "Tityros".

Por una vez, cuando su padre trajo un gran queso del pueblo,

Su hijo erudito le había preguntado en griego clasico: "¿Qué clase de queso es ese, padre? Las brujas habían oído, y

Se convirtió en Tityros."


Durante todo el día cocinaron, cosieron y barrieron.

la penumbra. No tenían nada más de qué preocuparse. No tenían nada más de qué preocuparse.

hombres, gente o niños a quienes cuidar, y Dios había creado para ellos un

Excelente hermano, un hombre de oro, el señor Aristóteles el químico.

El pobre hombre, aunque soltero, trabajaba desde la mañana hasta la noche haciendo

polvos y ungüentos. Pálido, paciente, con los pies hinchados por

De larga trayectoria y con mal aliento, cargaba el mercado cargado.

canasta mañana y tarde para sus hermanas. Cuando aún era joven

Se había encontrado una hermosa doncella con dote y de buena familia.

él, pero nunca se había casado. El señor Aristóteles habría hecho un buen trabajo.

yerno ideal. Su farmacia estaba en el corazón de Megalokastro, en

la plaza principal, llena de botellas y frascos, perfumes y jabones, y

Cada tarde, profesores y médicos se reunían allí para desmembrar

y reunir los principales problemas del mundo. Y melancolía,

El señor Aristóteles, con el rostro arrugado, escuchó, no dijo nada, simplemente los miró.

con sus pequeños ojos azules y cansados ​​y meneaba su cabeza depilada, como

aunque para decirle a cada uno, tienes razón, tienes razón. Pero su único

Pensaba que su vida en este planeta iba a ser un infierno.

Él quería casarse, no porque le importaran las mujeres. Dios

¡Prohibido! No, simplemente quería engendrar un hijo que se hiciera cargo de la



farmacia. ¿Pero dónde iba a meter a sus hermanas? Primero debían casarse.

Esa era la costumbre.


Pasaron los años, su cabello se volvió blanco, sus dientes

se aflojó, su espalda se dobló y sus firmes mejillas rojas se hundieron.

y se marchitó. El señor Aristóteles había envejecido. Su vida se había agotado.

lejos. Se aficionó al mástique. No del tipo que bebes, sino del tipo que...

masticar. Y así el molinillo de ungüentos masticó y masticó todo el día,

y cuando llegó la tarde escuchó a maestros y doctores

debatiendo sobre el libre albedrío y la inmortalidad del alma, y ​​si

Las estrellas están habitadas. Y él mismo movió su cabeza calva y

Se decía a sí mismo una y otra vez: Incluso si me caso ahora, no puedo...

tener un hijo ahora, no puedo tener un hijo ahora, no puedo tener un hijo ahora. . . .

Sostuvo el mortero en posición vertical sobre la mesa, masticó y

Molió sus medicamentos en el mortero hasta altas horas de la noche, sumido en profundas preocupaciones.


Hoy las brujas llegaron temprano a sus puestos. Fue genial.

Tenían el pelo despeinado, las manos y las piernas delgadas se les habían dormido.

pero se mantuvieron valientemente en pie y esperaron. Clavaron su rubí

dirigió la mirada hacia las mirillas y las mantuvo firmemente apuntando a Nuri Bey.

Puerta verde arqueada.


"Mantén la vista fija en eso", dijo Aglaja, el entrenador.

uno. "Algo se está cocinando ahí. Piensa en lo que la mujer morisca

¡Nos lo dijo ayer!



"El Bey llegó esta tarde desde su pueblo en un

"Rabia", dijo Thalia. "Lo vi. Golpeó la puerta y la envió.

se abrió de golpe, e inmediatamente después oí gritos y llantos. Estoy

"Seguro que volvió a golpear a los sirvientes".


¿A quién más podría vencer? ¿Al caballo? ¿A Emine?

"No tiene ni una pulga." Phrosyne se rió.


Pero justo cuando las Tres Gracias susurraban,

La calle les pareció oscurecerse de repente. Se retiraron y

miró a otro.


—¡Capitán Michaels! —murmuraron, y presionaron sus...

Volvió a mirar por las mirillas.


Respirando con dificultad, pero con pasos ligeros, el hombre robusto con el

su barba rizada y negra como el cuervo pasó lentamente, y las borlas de su

Las cintas para la cabeza estaban sobre sus cejas. Se mantenía cerca de la pared.

y su mano descansaba sobre su ancho cinturón, agarrando firmemente un cuchillo con una

empuñadura negra.


Rozó la puerta por la que estaba siendo

observó, giró sobre sí mismo por un momento como si sintiera los seis

Los ojos estaban puestos en él, y el blanco de sus ojos brilló en el crepúsculo.

Tres hermanas temblaron y contuvieron la respiración, pero el hombre corpulento siguió adelante.

Avanzó lentamente y se detuvo frente a la gran puerta. Tomó una rápida

Miró a su alrededor: soledad; ni un alma alrededor. Entonces, en una primavera, él

Cruzó el estrecho callejón, empujó la puerta de Nuri Bey y entró.



Los trillizos gritaron. "Kyrie eleison", dijo Aglaja, y

Se persignó. "¿Viste cómo entró? Como un ladrón".


"¿Qué busca el Capitán Jabalí con el Bey? El haba

Tiene un gusano dentro. Apuesto a que quiere venderle el caballo.


"O Emine." Y las Tres Gracias Aglaja, Thalia y

Phrosyne comenzó a reírse de nuevo.


El capitán Michaels, que había cruzado el umbral

Con su pie derecho, miró en todas direcciones. Se quedó mirando al negro.

quien lo esperaba detrás de la puerta. Un viejo y desgastado esclavo a quien Nuri

Bey había heredado de su padre, este negro se arrastraba como un perro sarnoso.

Detrás de la puerta de la calle todos los días hasta la medianoche. Capitán Michaeles

Lo tocó en el hombro con la punta del dedo, y el anciano se desplomó.

Retrocedió y lo dejó pasar. Caminó lentamente hacia adelante entre enormes vasijas.

lleno de rosas. En algún lugar debe haber un limonero en flor,

porque el aire tenía aroma a flores de limón. La tierra recién regada

Olía a estiércol. En lo profundo del jardín, donde se encuentra la antigua residencia

En el crepúsculo, una perdiz enjaulada seguía cacareando.

La luz entraba a través de la alta celosía de madera. Se oía la risa femenina.

ser escuchado.


El capitán Michaels respiró el aire turco contra su

voluntad, con la cabeza gacha. ¿Qué busco aquí?, pensó. ¿Los turcos apestan?


Se quedó quieto y miró a su alrededor. Todavía había tiempo: no

Nadie lo había visto, excepto el negro; él aún podía irse. 



Para entonces ya había ensillado la yegua. Cabalgaría, correría arriba y abajo.

gran plaza para tranquilizarse. Pero estaba avergonzado. "Dirán

"Me temo", murmuró. "¡Adelante, Capitán Michaels!"


Avanzó a paso ligero. Allí estaba el centro

La puerta estaba abierta. Una gran lámpara encendida con cristales verdes y rojos.

Colgaba en el hueco de la puerta. Debajo estaba Nuri Bey, todo rojo y verde.

Había oído la puerta exterior, reconoció el paso. Se acercó.

para dar la bienvenida a su invitado.


Era un hombre señorial, bastante corpulento, con amplios

gestos. De su rostro redondo asomaban un par de ojos oscuros almendrados,

y la luz de la lámpara les aportó un brillo acerado.

El espeso bigote estaba untado con pomada negra. El Bey tenía un

Serena belleza oriental: era como el león con rostro de luna.

que las mujeres turcas del pasado solían bordar en costosos

Telas persas. Llevaba medias largas de lana azul, pero su cinturón era

rojo sangre y el turbante que cubría su cabello era blanco como la nieve.

Sus hombros estaban perfumados con almizcle, y él olía como una bestia salvaje.

en calor en la primavera.


Dio un paso adelante y estiró su corta...

mano dedo. "No se enoje conmigo, Capitán Michaels", dijo,

"por traerte a mi casa. Era necesario. Ya verás por

tú mismo.



Estimados amigos, esta es una copia de seguridad de las obras originales en mi biblioteca personal. Tuve mala suerte al recuperarlas.



El capitán Michaels gruñó y, sin decir palabra, lo siguió.

El Bey a los aposentos de los hombres. Por un breve momento permaneció allí.

El umbral, como sumido en un pensamiento airado. Lanzó una mirada furtiva.

Hacia atrás. Nadie. La gran lámpara frente al diván estaba encendida.

Había un fuego de brasas ardiendo en un gran brasero de bronce. En el fuego

En el ambiente desprendía un olor a cáscara de limón quemada. En una ronda

En una esquina de la mesa había una jarra de porcelana de cuello largo llena de

Raki, dos vasos y algunos dulces.


Se sentaron uno junto al otro en un pequeño diván.

El capitán Michaels estaba cerca de la ventana cerrada que daba al

jardín. Nuri Bey sacó de su cinturón su caja de tabaco de hierro oscuro con una

media luna de nácar en el centro. La abrió y se la tendió.

su amigo.


El capitán Michaels lió un cigarrillo, y la monja Bey lo hizo.

Lo mismo. Fumaban. Durante algún tiempo permanecieron sin fumar.

hablando. El Bey se aclaró la garganta. No sabía cómo poner la

asunto para evitar que su invitado lo malinterpretara y perdiera su

temperamento. Sabía que no era el hombre que dejaba que una mosca se le subiera encima y

bajó su sable. Y lo que él tenía que decirle esta noche era

difícil


¿Deberíamos hacer una incursión, Capitán Michaels? Es un buen día.

Una madura. Está hecha de limones. La pedí para ti.



—¿Qué tienes que decirme, Nuri Bey? —preguntó el capitán.

Michaels, y puso su mano sobre ambos vasos. No quería

beber


El Bey tosió y aplastó su cigarrillo en el

cenizas en el brasero. Mientras inclinaba el rostro sobre las brasas ardientes

brillaba con un color rojo cobrizo.


"Si tengo que alzar la voz", dijo, "no lo tomen a mal".

parte, Capitán Michaeles".


Esperó un poco a que el griego moreno dijera algo.

y provocar su ira. Pero él guardó silencio. El Bey se levantó, fue a

La puerta, se abrió la camisa por el cuello, regresó y se sentó de nuevo.

De repente, las zapatillas que llevaba puestas le apretaban demasiado. Las pateó.

Se quitó los zapatos y apoyó las plantas de los pies descalzos en el suelo. Esto lo revitalizó.


Se volvió hacia su mudo compañero. Su mente estaba ahora

Se arregló. Levantó la mano para retorcerse el bigote, pero la dejó caer de nuevo.

¡Cuidado! El irascible capitán podría interpretarlo también de forma negativa.


—Tu hermano Manusakas —dijo, y suspiró—. Tu

El hermano Manusakas, el capitán Michaels, se burla de Turquía. El día

Antes de ayer, veinticinco de marzo, volvió a estar borracho, levantó un

se puso de espaldas y entró en la mezquita a rezar. Entré desde

El pueblo y encontré a toda mi gente fuera de sí. Tu gente

estaban armados. Se avecinaban serios problemas. Te lo digo,



Capitán Michaels, para que no hagas un escándalo después. Fue mi

Es mi deber decírtelo a ti y a los tuyos escuchar. Haz lo que Dios te dicte.


"Sirvan las bebidas", dijo el capitán Michaels. El Bey

Llenaron los vasos; el mundo olía a limones. "Por tu buena salud,

Nuri Bey." "Y a la tuya", respondió Nuri Bey en voz baja, mirándolo a los ojos.

los ojos.


Chocaron sus copas.


El capitán Michaels se puso de pie y apartó el

las borlas de su diadema. "¿Eso es lo que querías decirme, Nuri?"

¿Bey? —preguntó—. ¿Es por eso que me mandaste llamar?


—Si eres temeroso de Dios —dijo el Bey, y lo atrapó.

ligeramente por el cinturón, "no vayas. Esto es una chispa, pero puede provocar un incendio en

que nuestro pueblo quemaría. Ordena a tu hermano que no ponga nuestro

Gobierno avergonzado. Somos del mismo pueblo, de la misma tierra. Siéntate.

Abajo y vamos a arreglar esto.


"Mi hermano es mayor que dieciséis años", dijo.

Capitán Michaels. "Tiene hijos y nietos y años de

discreción. Es lo suficientemente fuerte para siete Lo que quiere hacer él

Sí. Ninguna palabra mía serviría de nada.


"Eres el capitán del pueblo. La gente escucha tus palabras".


"Las palabras son preciosas, Nuri Bey. No se me escapan fácilmente.


dientes".



El Bey se mordió los labios, pero su corazón se endureció.

examinó al capitán Michaels, que ya se había levantado y estaba mirando

en la puerta, listo para salir. Este giaour viene de un salvaje,

Un linaje íntegro, pensó Bey, y mi raza tiene algunos logros antiguos.

contra él. ¿No fue Kostarosmay quien profanó su cadáver?

Hermano, ¿quién mató a mi padre contra una roca? Yo era todavía un simple niño,

y me mantuve paciente hasta que estuve listo para tomar sangre.

por sangre. Pero no tuve suerte. El maldito hombre se mató a sí mismo en

Arkadi voló por los aires. Y su hijo aún era un retoño; habría sido

Ha sido vergonzoso matarlo. Esperé a que creciera. Pero como él era

Solo se estaba dejando crecer el bigote, se me escapó. Volvió, según dicen,

a los Franks para estudiar... ¿Cuándo volverá? Mi padre

¡La sangre clama!


Se puso de pie y se colocó frente a la puerta.

En su interior la rabia subía y bajaba. No sabía por dónde empezar.

La enmarañada barba de púas del capitán Michaels brilló con un suave resplandor.

de la lámpara. Había jurado, según se decía, no cortarla hasta

Creta debería ser libre. Los ojos de Nuri Bey brillaban con desprecio. Déjalo.

Espera eso, el giaour, si no le aburre. Deja que su barba caiga

De rodillas, al suelo. Que se aferre a la tierra y eche raíces.

allí, pero Creta, no, ¡no verá la libertad! Durante veinticinco años nosotros

Nos mataron frente a las murallas venecianas de Megalokastro


antes de que cayera en nuestras garras. No lo vamos a dejar ir, no nos va a dejar ir.

Vete. Se ha convertido en parte de nuestra carne.


Nuri Bey gimió. Pensó en su padre y en el

Musulmanes que habían encontrado la muerte en las trincheras alrededor

Megalokastro. Entre él y el capitán Michaels un torrente de sangre.

arrollado.


"¡Deja descansar el fuelle, Nuri Bey!", dijo el capitán Michaels.

levantando una mano para apartarlo del camino y llegar a la puerta. "No es

Buen resoplido y soplado. Lo que quieres no se puede hacer.


Nuri Bey era un hombre fuerte. Reprimió su ira,

Lucharon, se lanzaron el uno al otro, rieron, pelearon, se reconciliaron. Y uno

tarde, cuando ya eran hombres adultos, se habían conocido, ambos

a caballo, en este lado de la finca de Nuri Bey, a una hora de

Megalokastro, bastante cerca de la Cueva de Pendevis. Durante un tiempo ellos

Habían cabalgado uno al lado del otro en silencio. Ambos estaban hoscos, porque en aquellos días

Turcos y cristianos habían muerto, Creta volvía a arder,

Las raias volvían a alzar la cabeza.


Cabalgaron sin decir palabra. Las famosas murallas venecianas.

apareció ante mis ojos, de un rojo sangre por el resplandor del sol poniente.


Este perro, pensó el capitán Michaels. No puedo soportarlo.

Ya no lo veo, la forma en que cabalga por diversión a través de la

Barrio griego y embruja a las mujeres.



No puedo soportar más al giau, Nuri Bey tenía

pensó. Cada vez que está borracho sale de su casa en

a caballo e insulta a los turcos. El año pasado me agarró por las caderas,

Me levantó como a un saco y me arrojó al tejado de su tienda.

La gente acudió en masa, me colocaron una escalera para que pudiera bajar y

Se rieron de mí.


Las mejillas de Nuri Bey ardían. Enojado, se había vuelto hacia

El capitán Michaels y dijo: "Oye, capitán Michaels, o debo

Te acabo, o tú a mí. No hay espacio para los dos en

Megalokastro".


¡Elige las armas, amigo Nuri Bey! ¿Debo desmontar?

¿Para que podamos empezar?


Nuri Bey no había respondido. Su mirada se había posado en

El griego a su lado, y sus ojos se habían llenado al contemplar aquella figura heroica.

¡Qué hombre! había pensado. ¡Qué orgullo y qué valentía!

Nunca dice una palabra superflua, nunca presume. No discute.

con aquellos que están por debajo de él. No conoce el fraude. No tiene respeto ni siquiera

¡Por la muerte! ¡Feliz el hombre que tiene tal enemigo!


Por fin abrió la boca: "No tan rápido,

Capitán Michaels. Sería una lástima... Retiro lo dicho. Sí,

Por mi fe, ni mi Mahoma ni tu Cristo quieren eso.

un buen palikar (joven guerrero), creo, y yo también lo soy. Deberíamos

mezclamos nuestra sangre, pero de una manera diferente".



"¿De otra manera"?


"Convertirse en hermanos de sangre".


El capitán Michaels espoleó a su yegua y siguió cabalgando.

Su corazón se había hinchado, le había subido a la garganta. Por un momento, todo lo que pudo hacer fue...

Aquí estaba la sangre palpitando en su vena yugular. Finalmente había...

La sensación disminuyó y su mente se despejó. Una extraña agitación se había apoderado de él.

posesión de él. Tal vez era placer ante la idea de mezclarse.

sangre con este joven Bey, criado entre el aroma del almizcle, de no

ya no estar obligado a matarlo, de desterrar la tentación que,

Cada vez que lo veía, le clavaba el cuchillo en el puño.


El hombre era espléndido, incluso siendo turco.

orgullo de Megalokastro, y nada falso en él. Era amable,

Generoso, noble, un hombre de pies a cabeza. ¡Maldito sea!


Él había tirado de las riendas. La yegua se había detenido.

corto. Nuri Bey había espoleado a su caballo y se había puesto a su altura.


—De acuerdo —dijo el capitán Michaels sin mirarlo.


a él.



Habían regresado a casa del Bey sin decir palabra.

finca. Cuando entraron al patio, un trabajador había corrido, tomado

los caballos y los condujo al establo. El Bey aplaudió,

Y apareció un viejo sirviente y se inclinó.


"Mata un gallo, el grande con todas las plumas", dijo Beyoncé.

había ordenado. "Saca un poco del vino viejo. Sí, y consigue dos camas.



Listo, extiende las sábanas de seda sobre ellos. Aquí comemos y dormimos.

Esta noche. Ve y cierra las puertas.


Los habían dejado solos. Se habían arrodillado, cerca

juntos y mirándose el uno al otro bajo el olivo hueco que, aún

Cargado de flores, se erguía en todo su esplendor en medio del patio.

El sol se había puesto; la estrella vespertina brillaba grande y brillante.

entre las hojas de olivo.


Nuri Bey se había levantado, había salido y había traído agua del pozo.

la copa de bronce que colgaba allí para que los viajeros bebieran y bendijeran

El nombre del constructor del pozo era Hani All. Luego se sentó.

Sentada con las piernas cruzadas en el suelo.


"En los nombres de Mahoma y de Cristo", dijo.

dijo, y sacó el cuchillo de su cinturón. El capitán Michaels había rodado

la manga derecha de su chaqueta subida. La puntería musculosa había demostrado

bronceada y firme. Nuri Bey se había inclinado hacia adelante y con el cuchillo

La punta cortó una vena poderosa que sobresalía de la carne. Sangre oscura y caliente.

Había brotado a borbotones, y Nuri Bey había empujado la copa por debajo.

dejó entrar un poco de líquido. Luego se desabrochó el vestido blanco.

Se puso una diadema y la ató con fuerza alrededor del brazo cortado.


"Es tu turno, Capitán Michaels", había dicho. "En el

"Los nombres de Cristo y Mahoma", había dicho el capitán Michaels, y

Sacó su cuchillo. Cortó el robusto brazo blanco del Bey, y su rico



La sangre fluyó hacia la copa. Entonces el capitán Michaels se había quitado su

diadema negra y la ató con fuerza alrededor de la puntería del Bey.


Habían colocado la taza entre ellos y comenzaron

Mezclaban lentamente la sangre con sus cuchillos sin decir palabra.


La noche ya estaba muy avanzada. El humo se elevaba desde el

chimenea de la mansión: los trabajadores estaban comiendo en sus "alojamientos".

Los dos hombres habían limpiado sus cuchillos en su cabello y los habían escondido.

una vez más en sus cinturones.


Nuri había agarrado la copa y la había alzado en alto: Su voz

había sonado profundo y solemne, apropiado para un juramento: "Brindo por tu

¡Salud, Capitán Michaels, mi hermano de sangre! Lo juro, sí, por

Mahoma, que nunca te haré daño, ni con palabras ni con mis acciones.

obra, ya sea en la guerra o en los buenos tiempos. Honor por honor, hombría por

¡Honor, lealtad por lealtad! Tengo griegos de sobra, tú

¡Ya hay suficientes turcos! ¡Toma tu venganza entre ellos!


Así que habló y se llevó la copa a los labios.

Había comenzado a beber la sangre mezclada lentamente, gota a gota. Bebió.

La mitad. Se había limpiado los labios y le había ofrecido la copa al capitán.

Miguel.


Y la había tomado en ambas palmas: "Brindo por tu

¡Salud, Nuri Bey, mi hermano de sangre! Juro que sí, por Cristo que lo haré.

Nunca te haré daño, ni con palabras, ni con hechos, ya sea en la guerra o en la paz.

buenos tiempos. Honor por honor, hombría por hombría, lealtad por



lealtad! Tengo más que suficientes turcos, tú tienes más que suficientes.

¡Griegos, tomen venganza entre ellos!


Y bebió la sangre hasta el último trago sin pausa. . .


Entonces el capitán Michaels abrió la ventana y arrojó su

Apagó el cigarrillo. Cayó como una pequeña estrella roja en una maceta de rosas y fue

extinguido en el estiércol recién esparcido. Se puso de pie. Su rostro

Se oscureció. El Bey retrocedió. Él también se puso de pie.


"No lo he olvidado. Por eso uno de nosotros sigue vivo".


Como un relámpago, esa tarde en la finca bajo el

El olivo cruzó por su mente. La alegre borrachera con el viejo

vino. El sueño profundo entre sábanas de seda.


El capitán Michaels tomó la botella, llenó su vaso y bebió.

La volvió a llenar y volvió a beber. Se sentó.


—¿No tienes un enano en tu casa? —preguntó. —Un

karagios?(*Un bufón) Llámenlo y dejen que baile para nosotros o toque el

Toca la batería o canta. Si no, explotaré.


Nuri se alegró. La rabia estaba tomando un buen rumbo; sería...

Sumérgete en el raki y ahógate allí. ¡Debe ser conjurado para que desaparezca!


Su corazón anhelaba hacer algo grande, algo inaudito,

para su hermano de sangre, algo que superaría la amistad y

amor, para que este hombre sombrío y despiadado pudiera ser un poco domesticado, un poco

vitoreó. Se devanó los sesos, saqueó su casa de arriba a abajo

fondo para encontrar algo para su hermano de sangre. Viejas piezas de oro del cofre, armas plateadas de las paredes, telas de lana y seda finas,

barriles de la bodega ¿qué debería darle? Y de repente su

Su mente se elevó hacia las celosías de madera; encontró su tesoro más valioso,

y rieron, lo que se extendió por todas partes mientras el hanom daba un paso al frente para

la esquina donde el Bey había preparado su lugar. Ella pasó

él; sus ojos brillaron y ella lo miró. En ese mismo segundo

El capitán Michaels también alzó la vista. Las dos miradas se encontraron y

Se separaron al instante, ambos desbocados.


La hanum se sentó sobre los cojines y cruzó los pies.

"¡Qué oscuridad!", exclamó entre risitas. Quería ser vista.


Nuri Bey atornilló la mecha de la lámpara más arriba. La luz inundó la

habitación, y las mejillas, manos y delicadamente arqueados y rojos del circasiano

Las suelas de colores brillaban.


El capitán Michaels la miró sigilosamente. Pero inmediatamente él...

Bajó la mirada y dos cuentas de su rosario se rompieron en su puño.


—Buenas noches, capitán Michaels —dijo la chica turca, y

Sus fosas nasales temblaban.


La voz salió ronca de la garganta del hombre: "Bien

Buenas noches, Hanum Emine". Disculpe".


El hanum rió. Lejos, en su propio país, las mujeres

trabajó con los rostros descubiertos junto a los hombres y cabalgó a horcajadas sobre ellos.

caballos. Allí un hombre disfrutó de una mujer y una mujer de un hombre hasta que

ya había tenido suficiente. Pero cuando era una niña pequeña se la habían llevado, y

su padre la había vendido a un viejo pachá en Constantinopla. Más tarde, este

El Bey cretense había venido y la había secuestrado, y Emine nunca había...

logró vivir con hombres y tener suficiente de la atmósfera de

hombres. Y así sus fosas nasales temblaron como las de un animal hambriento.

cada vez que conocía a un hombre.


Durante todo el día permaneció agachada detrás de la celosía de madera y

Observó pasar a jóvenes, turcos y cristianos, y le dolió el pecho.

ella. Y cuando salió a caminar, envuelta espesamente en su seda

velos y con su nodriza, la anciana morisca, deslizándose tras ella,

Le gustaba pasar por delante de los cafés, que estaban llenos de hombres, o

hasta el puerto con sus robustos porteadores y barqueros, o a través de

las puertas de la fortaleza, donde campesinos desaliñados, sucios y sudorosos

entró. Entonces la circasiana respiraba profundamente; no podía

Estoy harta del hedor de los hombres.


"Por el amor de Dios", había dicho un día, volviéndose hacia su viejo

enfermera. "Por el amor de Dios, María, si no apestaran, no saldría corriendo".

"Hay que verlos por todas partes".


"¿A quién ves, hijo mío?"


"Hombres. ¿Cómo se las arreglaban cuando eran jóvenes?"


—Yo creí en Cristo, hijo mío —dijo la anciana morisca—.

y suspiró.


Miró al capitán Michaels en silencio. Después de todo, ¿con qué frecuencia?

¿Y con qué orgullo había hablado el Bey de este hombre que ahora estaba sentado?



¿Antes de ella? ¿Qué no había oído de sus hazañas heroicas, de sus

¿Embriaguez y desenfreno? Además, que nunca diría ni escucharía

¡Una palabra sobre las mujeres! Y allí estaba él ahora frente a ella; su marido

Él mismo lo había traído.


"Emine, dueña de mi corazón", dijo Nuri Bey, "cántanos una

Canción circasiana para nuestro placer, para hacernos olvidar las preocupaciones de la

mundo. Aquí solo somos dos hombres. ¡Tened piedad de nosotros!


La hanum rió entre dientes. Dejó la mandolina en su regazo, golpeó una

un par de acordes fuertes y echó la cabeza hacia atrás.


—¿Qué nos vas a cantar, esposa? —preguntó el Beyoncé alegremente.


—Ya verás —respondió ella.


Las notas de la mandolina se hicieron más rápidas. Ella se balanceó en el

En penumbra, como una bestia salvaje, respiró hondo. Y de repente...

De su garganta palpitante brotó una fuente de las entrañas de la

tierra la voz de la mujer. La casa tembló y el Capitán Michaels

Los templos fueron perforados. ¡Qué alboroto hubo! ¡Qué éxtasis en su

¡Puños, su garganta, sus lomos! Las montañas rieron y las llanuras

se tornó escarlata con soldados turcos. Sobre ellos irrumpió el capitán

Miguel montado en el caballo de la monja, detrás de él miles de cretenses vestidos de negro.

cintas para la cabeza, nadie delante de él. Los pueblos gritaban, los minaretes

se rompieron como cipreses talados, la sangre subió tan alto como el caballo.

barriga... .



El capitán Michaels se agarró las sienes.

La garganta de Circasian se quedó en silencio. De repente, el mundo volvió a ponerse firme.

Creta estaba allí de nuevo, y Megalokastro, y el konak del Bey. El

Bey también miró a Emine, suspiró y bebió. El alma había...

olvidó su vuelo y regresó a prisión.


Durante un rato nadie habló. Por fin Emine se movió, acariciando

la mandolina sobre sus rodillas. "Esa era una vieja canción circasiana", dijo.

dijo. "Los hombres la cantan cuando salen a cabalgar hacia WaF."


Nuri se levantó. Le temblaban ligeramente las rodillas. Caminó.

Se dirigió a su esposa y alzó su copa. "Por tu salud, Emine", dijo.

"Tres cosas me las dijo nuestro muecín, tres cosas Mahoma

¡Que la misericordia de Dios esté con él! Amados: dulces aromas, mujeres y canciones.

Tú, mi Emine', tráenos a los tres. Que vivas mil años.

¡Mil, dos mil!


Vació su vaso de un trago, se relamió los labios y

se volvió hacia el capitán Michaels. "¡Bebe, hermano de sangre! ¡Tú también bebe!"

"Su salud", dijo, y le llenó el vaso.


Pero el capitán Michaels metió dos dedos en el...

Llenó el vaso y los separó con fuerza. El vaso se rompió en dos.

y el raki se derramó sobre la mesa.


—Basta —gruñó con voz grave, y su mirada se tornó preocupada.


Emine dio un grito. Saltó del sofá y se quedó mirando.

La capitana Michaels con lágrimas en los ojos. Nunca había visto algo así.

La fuerza en manos de un hombre. Se volvió hacia su marido con tono desafiante.


"¿Puedes hacer eso también, Nuri Bey?", preguntó.

Sin aliento. "¿Puedes hacer eso? ¿Puedes hacer eso?"


Nuri palideció. Reunió todas sus fuerzas en su

mano derecha, la estiró y estaba a punto de introducir dos dedos en

el otro vaso para partirlo. Pero rompió a sudar frío y dibujó

Se sintió avergonzado delante de su esposa y le lanzó una mirada sombría.

Capitán Michaels, una vez más me ha hecho quedar como un tonto, pensó.

No lo soportará más. Agarró a Emine del brazo y la sacudió.

como un loco. "Sube a tu habitación", gritó.


"¿Puedes hacer eso también?" repitió, y sus mejillas

estaban ardiendo. "¿Tú también puedes hacerlo? ¿Tú también puedes hacerlo?"


"¡Sube a tu habitación!", ordenó el Bey por segunda vez.

tiempo. Agarró la mandolina y la hizo añicos.

contra la pared.


El circasiano soltó una risa seca y despectiva. "Sí,

¡Que puedes destrozar una mandolina! ¡Sí, puedes hacerlo, Nuri!


Ella pasó rozando al capitán Michaels, su vestido rozando

el dorso de su mano. Una vez más, el aire estaba sofocante por el almizcle.

El capitán Michaels sintió que le ardía la mano.


Sonriendo, burlonamente, describió un círculo alrededor de Nuri.

Una vez, dos veces le dio un empujón juguetón y se rió. Y de repente ella corrió.

subió las escaleras y desapareció.


Los dos hombres quedaron de pie uno frente al otro en

en el centro de la habitación. Bey se acarició el bigote. Su pecho se elevó.

y cayó violentamente. El capitán Michaels se mordió los labios secos con enfado y observó.

él. Ambos pusieron sus manos sobre las espinas de sus cuchillos, que sobresalían.

de sus cinturones.


Por fin Nuri entreabrió sus labios venenosos. "Vete, Capitán.

"Michaels", dijo.


—Nuri Bey —respondió—, iré cuando me convenga.

"Toma el vaso intacto y dame de beber".


El Bey agarró la empuñadura de su cuchillo y echó un vistazo.

rápidamente a la lámpara. Tuvo la idea de apagarla y dejarla allí.

en la oscuridad, para luchar hasta que uno de ellos muriera. Sin embargo, su corazón estaba

sin abono.


—Toma el vaso intacto y dame de beber —dijo el capitán.

Michaels repitió en voz baja: "De lo contrario, no iré".


Nuri se giró hacia la mesa y avanzó un pie.

era pesado como el plomo. Empapado en sudor, llegó a la mesa. Se llenó

el vaso demasiado lleno. Su banda temblaba; el raki salpicaba por encima del

restos de la perdiz.


—Bebe —dijo, y señaló el vaso.



—Dámelo —dijo el capitán Michaels.


El Bey gimió. Agarró el vaso y lo apretó.

en el puño del capitán Michaels.


Y el capitán Michaels la levantó, grave y solemnemente,

diciendo: "Por tu salud, monja Bey. Voy a hacer lo que me pediste".

y dile a mi hermano que no se burle de Turquía.


Con esas palabras se humedeció los labios. Luego él

se ajustó la diadema negra alrededor de la cabeza y cruzó el

límite.


La lámpara proyectó un haz de luz verde y roja sobre el

Jardín ahora bastante oscuro. El capitán Michaels salió en silencio y lentamente.

Se dirigió a la puerta de la calle sin mirar a su alrededor.


Reinaba la oscuridad. Megalokastro había alcanzado su meta.

cena. Bostezó, tembló, cerró primero una ventana y

Luego otro se persignó y se fue a la cama. Algunas personas llegaron tarde.

aún conmovidos por las calles, algunas parejas de amantes abrazadas bajo el

ventanas cerradas. Aquí y allá se oían conversaciones en voz baja.

sótanos iluminados: trabajadores nocturnos.


Las brujas se quedaron paralizadas en su esfuerzo por mantener el ritmo.

vigilar detrás de su puerta. El capitán Michaels se estaba tomando su tiempo.

regresando. La oscuridad también se había vuelto impenetrable, y su

El hermano, monosilábico y taciturno como siempre, llegó a casa. Así que se acostaron.

la mesa e intercambiaron algunas palabras: cuáles serían las comida



mañana, cómo no había más carbón, ni aceite para la ensalada, ni aceite para

la lámpara. Cómo Aristóteles debe recomponerse. Hablaron,

sirvieron la comida, la recogieron y prepararon su manzanilla nocturna.

té para la digestión, se pusieron sus camisones que les llegaban hasta el

y se persignaron; pero sus pensamientos estaban en el suelo.

puerta verde.


El capitán Michaels regresó a casa por el camino más largo.

Sentía que no podía contenerse entre cuatro paredes esta noche.

El corazón se hinchaba, se desbordaba. No había suficiente espacio para él en

su cuerpo o en su casa. De repente, incluso Megalokastro era demasiado pequeño.

para él. Siguió adelante. Casas, callejones, seres humanos lo asfixiaban. Él

Caminaba a grandes zancadas y con los dientes apretados como un animal salvaje acosado.

bestia. Llegó a la calle principal. Estaba vacía. Desconectado.

Las lámparas de petróleo proyectaban haces de luz rojiza pálida y brillante sobre el pavimento.

Pasó por el bazar. Un restaurante turco seguía abierto.

una cafetería, dos o tres tabernas. Alguien lo llamó. Parecía

ser la voz del Capitán Polyxigis. Aceleró el paso. Él

Pasé por la puerta del pachá, pasé por la fuente de mármol veneciano con

los leones. Alzó la vista y vio el alto plátano maldito

¡Árbol! Se acercó. No venía nadie. Se persignó.


—Dios bendiga tus restos —murmuró—. Hasta que nos volvamos a encontrar.

¡De nuevo con alegría, padres míos!



Desde este magnífico plátano, durante generaciones y

generaciones, los pachás habían ahorcado a los cristianos que se habían atrevido a...

alzan sus cabezas; y el invierno y el verano en su rama más fuerte

Allí colgaba la cuerda con el nudo corredizo ya preparado.


"Como soy cristiano, una noche me levantaré, tomaré un hacha y

te derribaré. ¡Maldito seas!" murmuró, y miró furiosamente al

viejo plátano como si fuera un turco.


Reanudó su camino y se sumergió en una larga y oscura

callejón. Salió por las Tres Bóvedas. ¡Ni un alma! Se desabrochó

Su camisa lo estaba asfixiando. Respiró hondo y miró a su alrededor.

él. Allí, al norte, el mar brillaba y rugía. A su alrededor en

en el aire las montañas azul oscuro eran visibles Luchtas, Selena,

Psiloritis. Arriba, en el cielo, las estrellas resplandecían. Como un caballo salvaje él

dio vueltas en círculos, corrió de un lado a otro. Llegó al foso que

Megalokastro ceñido. Arriba, en una colina aislada, algunas chozas de barro.

Meskinia, el pueblo de los leprosos, estaba aparte. Junto al mar había otro,

colina inferior, llamada "Siete Ejes". Desde allí, hace doscientos años,

Los turcos habían salido a la fuerza y ​​ocupado Megalokastro. Y siete de

Sus hachas aún estaban clavadas en el suelo. Más adelante, hacia el mar, muy lejos.

La isla deshabitada de Dia apareció desprendida, elevándose como una tortuga.


Detrás de él oyó voces de mujeres y un suave susurro.

de seda. Surgió un anciano turco con una blusa, sosteniendo una enorme linterna resplandeciente. Dos damas turcas vestidas de negro se reían y charlaban.

Le seguían velos y sombrillas abiertas. La noche olía a almizcle.


El capitán Michaels gruñó: "Todos los demonios están en mi

pista." Apartó la mirada hacia el mar, para no ver el

hanums. "¡Todos los demonios, pero no lo lograrán!"


Ahora anhelaba volver a casa. Pero no deseaba ver a nadie.

uno. Oirían sus pasos a lo lejos. Tosería.

Lo entenderían y se esconderían. Eso estaría bien. Una vez que él

Si hubiera pateado la puerta, estaría completamente solo. Sin esposa, sin

¡Niños, ningún perro está completamente solo!


Y entonces tomaría su decisión.


Inclinados bajo la lámpara, su esposa, Katerina, y su

Su hija, Renio, se sentó y esperó. Detrás de ellos, al final de la ventana

el largo y estrecho diván que recorría toda la longitud de la pared, era

el lugar donde se sentaba el capitán Michaels y nadie más. Y cuando él

Estaba ausente, una pesada sombra se sentaba allí, y ni la esposa ni la

La hija se atrevió a acercarse. Sintieron como si tocaran su cuerpo, y

Se encogió con un escalofrío.


La madre estaba tejiendo una media. La luz de la lámpara cayó

oblicuamente sobre un cabello castaño grueso y liso, cejas orgullosas "'y firme

mejillas; reveló una boca amarga y una barbilla ancha y obstinada.

La mujer tenía un encanto peculiar, carisma, fuerza e independencia.

De niña había sido una hija de capitán rebelde. Como no tenía hijo,


Katerina había sido concedida a su padre, el capitán Thrasybulos Ruvas.

había disfrutado de la libertad y el favor masculino de un hijo. Pero con ella

Al casarse, cayó en las garras de un león. En los primeros años, ella...

mostró desafío y opuso resistencia. Pero con el tiempo se inclinó.

cabeza. Era el Capitán Michaeles. ¿Quién podría luchar contra él? Fuerza y

Su independencia disminuyó. Se volvió más blanda.


Tejía, tejía y pensaba. Toda su vida era

fluyendo a su lado como agua. A veces miraba hacia arriba. Muy arriba

Alrededor de las cuatro paredes se extendían, en amplios y oscuros marcos, todos los

héroes de 1821 bestias salvajes, barbas de hierro. En el medio, delante de uno

En una de las lámparas de plata ardía una pequeña lámpara.


Katerina negó con la cabeza en silencio. Toda su vida, en su

en la casa de su padre y en la casa de su marido, habían vivido bajo

armas. Cuando aún no estaba casada, durante el levantamiento de 1866, ella también

se había puesto un cinturón de cartuchos, había tomado un mosquete y había luchado para mantener el

Los turcos la habían arrasado. Incluso de niña, ella había cortado cosas viejas.

libros que los monjes habían traído de los monasterios y, a lo largo

con otras chicas, había hecho cartuchos con ellos. Katerina lo sabía

El olor a pólvora me gustó mucho, y me encantó. El capitán Michaels era bueno, un

un hombre de verdad, y ella lo amaba. Y sin embargo, una vida como la suya era dura para una

mujer, y en algún lugar de su interior era infeliz.


Dejó de tejer y volvió a alzar la vista.

Sobre el diván colgaba una enorme litografía antigua: Sansón, atado y



siendo insultado por los filisteos. El joven héroe indomable estaba en el

medio, mano y pie atados con redes, correas y cadenas, y

Detrás de él había una turba de jóvenes, tirando de él, golpeándolo y

burlándose de él. Y arriba en la torre Dalila se asomaba por una

pequeña ventana enrejada malévola, de pechos grandes, sonriendo con desdén

mujer.


La mirada de Katerina se movía rápidamente de una imagen a otra, mientras

aunque los vio a todos por primera vez. Suspiró. Luego, sin una

Dijo que se inclinó de nuevo sobre la media.


Su hija, una criatura regordeta y floreciente de quince años, con

las cejas gruesas y tupidas de su padre y las anchas y obstinadas de su madre

Levantó la barbilla, apartando la vista de su labor de punto. Acarició al gato salvaje y desgarbado.

que yacía hecha una bola a sus pies


—¿Por qué suspiras, madre? —preguntó—. ¿Qué estás...?

¿En qué estás pensando?


"¿En qué debería pensar?", respondió su madre. "Mi

vida. Y tú, pobrecita, que has caído en las garras de un salvaje.

bestia. También estoy pensando en el bebé. Lo he vuelto a arrullar para que se duerma, así que...

No llorará ni despertará de nuevo a los espíritus malignos en tu padre. Thrasaki

es la única persona con la que se lleva bien porque es como él".


Miró la colcha y escuchó. "Se ha ido

para dormir", dijo. "¡Pobre hombre!" Y después de un momento: "Su padre

¡Por toda la imagen de él! ¿Has visto cómo se enfada?



¿La forma en que frunce las cejas? ¿La forma en que golpea a sus amigos? El salvaje

¿La forma en que mira a las mujeres?


Renio no dijo nada. Ella tenía miedo de su padre, pero

Ella lo amaba y estaba orgullosa de él. Lo que él hizo parecía correcto.

ella, y si hubiera sido un hombre habría hecho lo mismo.

también habría querido ver solo a su hijo; las chicas podían simplemente escabullirse

Se alejaron en cuanto oyeron abrirse la puerta y lo vieron venir.

el día en que cumplió doce años y su pecho

se estaba llenando, su padre le había prohibido entrar en su casa.

a la vista. Durante tres años no la había visto. Ella siempre se quedaba en la

en la cocina o escondida arriba en su pequeña habitación, cuando él estaba en la

casa. La niña podía oler sus pasos a lo lejos y se escondía en

una vez. El gato también lo olió, y ella también se fue, incluso

antes, con el rabo entre las piernas. Tenía que ser así. Su padre era

Correcto. Renio no podía desentrañar el "por qué". Pero ella estaba segura de que su padre...

tenía razón


Su madre sentía lo mismo, pero no se había resignado a ello.

Su marido era igual que su padre y haría lo mismo.

¿Cuántos años había dejado pasar el viejo capitán Ruvas, su padre?

viéndola. Ella ya tenía veinte años y seguía soltera cuando uno

Esa noche, los soldados turcos atacaron al viejo capitán en su casa.

Mató a tantos como pudo, pero eran demasiados. Se lo llevaron.

prisionero, lo llevaron al patio y se les dio la orden de

entregárselo al pachá en Megalokastro. Y así llegó Katerina.

Salió con su madre y lo vio. Su ropa estaba toda rota, y allí

Estaba cubierto de sangre. Levantó la mano. "Adiós", gritó.

ellas, "y no estén tristes, mujeres. Horneen los pasteles para el funeral para mí.

de la manera correcta. Me muero por la libertad. ¡No llores! Cuídate

¡Tú misma, Katerina! Y un niño varón. Entonces tendrás un Thrasos,

¡Alguien como yo!


Fue llevado a Megalokastro y colocado frente a la

la puerta del pachá, bajo el alto plátano. Entonces llegó un barbero turco,

Tomó su cuchillo y lo decapitó. Mustapha Pasha tenía un tabaco.

una caja hecha para sí mismo con el cráneo.


Todo esto pasó por la cabeza de Katerina en ese momento, y ella...

Tejió su media y suspiró. Se llevaba bien con el capitán.

Michaels; ella no tenía nada de qué quejarse. Él era un palikar,

Honorable y respetado, un hombre serio. No corría tras otros.

Le gustaban las mujeres y jugar a las cartas; no era tacaño. Solo se emborrachaba dos veces al día.

año, para calmarse. Era un hombre; no había nada de malo en eso. Otros

Peor aún, simplemente se emborrachó. Y sin embargo, este año la vida fue realmente demasiado

difícil. La niña que había dado a luz en esta época el año pasado Capitán Michaels

Se negó a mirarla a los ojos.


"¡No lo veré, no lo oiré!", le gritó cada vez.

por la mañana cuando abrió la puerta para ir a su tienda. "¿Dónde está el diablo?"

¿Ella heredó esos ojos azules?



Ninguno de sus descendientes tenía ojos azules. Y este bebé sí.

Como si una oveja negra se hubiera colado en su casa, como si

Su sangre fue mancillada. El capitán Michaels no pudo soportarlo.

pensamiento.


La desafortunada madre contuvo las lágrimas y dijo:

nada. ¿Qué debería decirle? Ella se poseyó en

Paciencia, se arrodilló frente al gran icono de su casa.

El arcángel Miguel con alas doradas, la espada llameante y una

alma recién nacida que sostenía acurrucada en su mano como un tembloroso

bebé... Ella cayó de rodillas ante él y le imploró que él...

¿No era la protectora de su casa? Para hablar con su marido, para caminar

en su sueño en la noche y para reprenderlo, para que su corazón pudiera

volverse un poco más amable. . . .


El capitán se quedó en su tienda todo el día. Ella le envió su

comida preparada por el aprendiz Charitos. Y la madre dejó que el bebé gritara.

y lloró y lo meció sobre sus rodillas. Pero hacia la tarde se lo dio.

algo para que se durmiera, para que no se despertara hasta la mañana.


Es una criatura cálida y querida, siempre lista cuando él

ordenó. Orgullosa y obediente. Nunca perturbó su estado de ánimo.

Estuvo con él siempre, como su propia carne, hasta la muerte.


Se apartó del cálido cuerpo de la yegua y

tanteó sus botas. Se las puso por encima de las rodillas, por encima de sus


muslos, hasta sus lomos, y su pecho se preparó para la primavera con

fuerza interior.


Saltó sobre la silla de montar.


"Charitos", llamó.


Su esposa salió. "Está dormido", dijo.


¡Despiértalo!


Una vez más lió un cigarrillo y esperó sin...

en movimiento. Fumó y ya no sintió ningún veneno en la boca.

Exhaló una densa bocanada de humo por la nariz y esperó tranquilamente.


Charitos salió frotándose los ojos soñolientos. Cabello desaliñado,

cuello largo, pies descalzos como una cabra salvaje de doce años. Charitos era su

sobrino, hijo de su hermano, Famurios el pastor. Él había venido

Desde su pueblo, enviado por su padre, según dijo, para aprender a leer y escribir. Pero

El capitán Michaels pensaba que aprender en los libros era una tontería.


¿Quieres que te convierta en un noble hambriento?

¿Hombre? —decía—. ¿O un maestro de escuela? ¿No ves la miseria?

de tu tío, el maestro Tityros, cuya vida se ha convertido en una carga

¿Por los gamberros de la escuela? Te arruinarás los ojos, pobre niño, úsalo

Ponte gafas y haz que se rían de ti. Quédate en la tienda y crecerás.

grande y tu cerebro se fortalecerá. Entonces te daré un adelanto y

Puedes montar tu propia tienda y convertirte en un hombre.



Le había dicho lo mismo a Famurios. "Haz lo que quieras", dijo.

El hermano había respondido. "Los huesos son míos; la carne es tuya. Lame

"Ponerlo en forma, convertirlo en un hombre".


El capitán Michaels agarró a Charitos por la nuca y

lo sacudió. "Ve al abrevadero", le dijo, "lávate y despierta".

Arriba. Entonces te daré tus órdenes.


Caritos sacó agua del pozo, se lavó y

Se peinó el cabello rebelde con las uñas. Luego regresó con su tío.


"Estoy despierto", dijo.


El capitán Michaels le dio una palmada en el hombro. "Ve a

"Las cinco casas que ya sabes", ordenó, "y llama a las puertas".

hasta que se abran. Coge una piedra y golpea hasta que se abran. ¿Entiendes?


"Entiendo".


"Vendusos", Furogatos, Kajabes, Bertodulos y los

teke (un santuario musulmán), donde vive Efendina".


"¿Efendina de estiércol de caballo"?


"Y diles: Saludos de mi tío, el Capitán

Michaeles, y mañana, dice, es sábado. El domingo bueno y

¿Podrían venir temprano a su casa, por favor? ¿Entienden?


"Entiendo".


"Ir".


Llamó a su esposa. "Mata tres gallinas y cocínalas."

"Despejen la bodega, preparen la mesa grande, los bancos y a las muchachas".



Ella quería decirle: "Es la hora de los catorce años".

días de ayuno; ¿no tienes temor de Dios? Pero él levantó la mano.

La esposa suspiró y no dijo nada.


"¡Vamos a tener otro festín, maldita sea mi suerte!" dijo.

Renio, que estaba de pie en el fregadero lavando los platos. "Tenemos que matar a tres

gallinas, dice, y limpiar el sótano.


Se oyeron crujir las escaleras. El capitán Michaels estaba

Subiendo a la cama.


"¿Qué le pasa? Todavía no han pasado los seis meses", dijo.

Renio, pero su corazón dio un vuelco de placer. Le gustaba cuando el

La casa estaba en confusión, cuando los manjares iban y venían,

cuando los hombres entraron en la habitación de abajo y bebieron.


"Su corazón se ha hinchado demasiado pronto", murmuró el

Madre. "El espíritu maligno ha despertado en ella de nuevo".


Se persignó. "Soy una pecadora, oh Dios", dijo.

"Estoy diciendo cosas que no debería, pero ya no puedo soportarlo más."

¡Ahora pisotea los grandes tiempos de ayuno! ¡Ya no teme a Dios!


Sus pensamientos se volvieron rebeldes hacia el Arcángel.

Miguel, allá arriba en el icono. ¿Cuántas veces he confesado arrepentimiento?

Ante él, reflexionó. ¿Cuántas oraciones he dirigido a él?

a él. ¡Cuántas veces he llenado su lámpara con aceite y encendido velas para...!

Él. Todo fue en vano. ¡Incluso Él está ahora de su lado!



"¡Ah, si tan solo fuera un hombre!" murmuró. "¡Por mi alma!"

salvación, yo haría lo mismo. Yo también tendría cinco o seis amigos, y,

Cuando mi corazón ardía, los invitaba al sótano, los hacía...

que se emborrachen, que canten, toquen la lira y bailen, y así sea

iluminado. ¡Eso es lo que significa ser un hombre!






Ilustración: Lev Kulidzhanov

Esperando la carroza (Jacobo Langsner)

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