ARCHIVOS DE LITERATURA
viernes, 6 de febrero de 2026
Antología "Vuelos Insomnes VI"
jueves, 5 de febrero de 2026
Castillos en el aire (José Alberto García Gallo)
Quiso volar igual que las gaviotas,
libre en el aire, por el aire libre
y los demás dijeron, ""¡pobre idiota,
no sabe que volar es imposible!"".
Mas él alzó sus sueños hacia el cielo
y poco a poco, fue ganando altura
y los demás, quedaron en el suelo
guardando la cordura.
Y construyó, castillos en aire
a pleno sol, con nubes de algodón,
en un lugar, adonde nunca nadie
pudo llegar usando la razón.
Y construyó ventanas fabulosas,
llenas de luz, de magia y de color
y convocó al duende de las cosas
que tiene mucho que ver con el amor.
En los demás, al verlo tan dichoso,
cundió la alarma, se dictaron normas,
""No vaya a ser que fuera contagioso...""
tratar de ser feliz de aquella forma.
La conclusión, es clara y contundente,
lo condenaron por su chifladura
a convivir de nuevo con la gente,
vestido de cordura.
Por construir castillos en el aire
a pleno sol, con nubes de algodón
en un lugar, adonde nunca nadie
pudo llegar usando la razón.
Y por abrir ventanas fabulosas,
llenas de luz, de magia y de color
y convocar al duende de las cosas
que tienen mucho que ver con el amor.
Acaba aquí la historia del idiota
que por el aire, como el aire libre,
quiso volar igual que las gaviotas...,
pero eso es imposible..., ¿o no?...
Ilustración: Pieter Francis Peters
miércoles, 4 de febrero de 2026
Significación histórica de Artigas (Ricardo Levene)
Aún no se ha hecho justicia suficiente acerca de la je-
rarquía de los hombres representativos de la generación de
Mayo.
De la concepción genética del movimiento emancipa-
dor de 1810 resulta claramente establecido que nuestras
instituciones no son imitaciones foráneas sino expresiones
vivas y encendidas de nuestra Historia.
Es necesario pues, conocer en profundidad la Revolu-
ción de Mayo para valorar la historia americana porque
las formas brillantes del movimiento de Mayo son de na-
turaleza política y militar, pero además, su naturaleza en
trañable es de esencia institucional, económica, jurídica, cuLtural, administrativa, social,
El 25 de Mayo fué el día elegido por Artigas para fuu-
dar la Biblioteca Pública de Montevideo conmemorando la
efemérides en 1816, y ese es el día de América, como lo ca-
lificó después Andrés Lamas al erigir el Instituto Históri-
eo y Geográfico del Uruguay el 25 de Mayo de 1843, fun-
daciones trascendentales como exponentes de la civilización
de la patria uruguaya, realizadas en días de Mayo.
La generación revolucionaria estaba formada de hom-
bres de acción y de pensamiento al mismo tiempo, de modo
que la Independencia, que les dió una nueva vida espiri-
tual, es la fuente donde nace la corriente realista del pen-
samiento rioplatense. En las reformas revolucionarias sur-
gidas como remedio y en los planes constitucionales y le-
gislativos, para regularizar el funcionamiento político, he-
mos imitado y copiado mucho menos de lo que comúnmen-
te se afirma. Han existido momentos dramáticos de nuestro
común pasado en los que chocaron en contradicción violen-
ta la realidad y la idealidad, pero superada esa etapa, la
corriente histórica ha concluido por derramarse fecunda:
mente, vivificando y ennobleciendo, con el dolor de la ex-
periencia en carne propia, el pensamiento político rector.
Por eso ereo en el carácter intransferible de nuestro
acaecer histórico y en los antecedentes nacionales de nues-
tras instituciones vernáculas formadoras de las nacionali-
dades,
Artigas es un hombre de Mayo, dotado de excepciona-
les calidades como guerrero y estadista y como todos los
hombres superiores de 1810 es un espíritu eminentemente
republicano y americano.
Los hombres de Mayo fueron republicanos en su ma-
yoría, afirmación que se sustenta en el conocimiento de la
naturaleza democrática de la sociedad de estas Provincias
y en el carácter popular de la Revolución de 1810,
Recuérdase que con la Petición del Pueblo, firmada por
más de 400 personas, de los distintos sectores sociales en
la que no se invoca el nombre de Fernando VII y se consig-
nan los nombres del Primer Gobierno Patrio como expresión
de la voluntad popular, fué derribada la monarquía española -
en el Rio de la Plata y nació el gobierno republicano repre-
sentativo.
El monarquismo de algunos hombres antes y después
de la Revolución de Mayo, fué un recurso político para pro-
mover la Independeneia o dominar la anarquía o un ardid
diplomático, para demorar o detener el envío de las expe-
diciones de España y Portugal, pero fué también una orien
tacién politica avasalladora y amenazante contrarrestada
a tiempo por los avances republicanos y las revoluciones
populares.
Mariano Moreno defendió la unidad e individualidad
del sistema revolucionario escribiendo esta página, que con-
tiene una admirable visión politica, publicada en la Gaze
ta de 1810: “No solamente los habitantes de los pueblos
han acreditado el patriotismo que no se detiene en sacrifi
cios pecuniarios ni personales, sino también los moradores
de nuestras campafias, que con ofrecimientos sencillos y pu-
ros como sus corazones, descubren la ternura y el recono-
cimiento más respetuoso cuando hablan de la Junta y de
sus providencias. De aquí nace esa abundancia de recur-
sos que se multiplican por mil maneras para llenar las ur-
gentes atenciones que nos han rodeado. De aquí esas mar-
chas rápidas de nuestras tropas, que en una semana tran-
sitan espacios que los antiguos Virreyes no podían vencer
en mes y medio. Los paisanos de la campaña franquean sus
ganados sin interés aleuno, ceden a los soldados los caba-
llos de su propio uso y nada conservan de la pequeña for-
tuna de sus hijos, pidiéndoseles a nombre de la Patria y
del gobierno”. :
Las autoridades españolas de Montevideo manifestaron
a la Junta de Buenos Aires que se separaban de la Capital,
hasta que ésta reconociera el Consejo de Regencia establecido
en España y entonces se trataría de la unión. Además, esas au-
toridades españolas de Montevideo pedían socorros de tropas
portuguesas y auxilios pecuniarios a la Cort edel Brasil. El ar-
tículo de la ‘‘Gazeta” de Buenos Aires, con aguda penetra-
ción se preguntaba: %‘Quien podria proveer el último resulta-
do de aquel socorro? ¿Ni quien podrá guardar dignamente el
grave crimen de unos jefes subalternos que introducen en el
territorio del Rey tropas extranjeras... ?”
A estas preguntas inquietantes de Mariano Moreno,
daria la respuesta muy pronto, con igual precisión José Ar-
tigas.
En el 5 y 6 de abril de 1811, quedó establecido que el
pueblo sería consultado en el caso de producirse vacantes en el
Gobierno Patrio y en las Provincias se realizaron los plebisci-
tos que dieron por tierra con los Gobernadores Intendentes
de Córdoba y Salta, nombrados desde Buenos Aires.
Aparece así en aquella asonada, la primera división poli-
tica entre sectores sociales, la ciudad y la campaña, la Capital
y las Provincias, que los sucesos posteriores harian profunda
e irreparable por un tiempo.
Un documento debido a la pluma del Dean Gregorio
Funes, el “Manifiesto sobre los antecedentes y origen del su-
ceso de la noche del 5 y 6 del corriente””, contiene reflexiones
sobre las formas rudimentarias de la sociedad política de en-
tonces, observando, que en nuestra Revolución como en todas,
habían aparecido '“hombres fanaticos’’, que quebrantaban los
límites de la moderación a pretexto de su celo ardiente, pro-
pagándose dominante “una furiosa democracia”, desorgani-
zada, sin forma, sin sistema ‘ni moralidad”, es decir se asistia
según Funes a la crisis demagógica.
El suceso extraordinario para la marcha de la Revolu-
ción de 1810, prodújose el 15 de febrero de 1811, en que el
Capitán de la 8a. Compañía de Blandengues de la frontera
de Montevideo, pasaba a Buenos Aires con el Teniente Rafael
Ortiguera y el presbítero Enrique de la Peña para incorpo-
rarse activamente en la rebelión contra el gobierno español.
Apenas entrevió el sol de la libertad que alboreaba sobre las
cabezas republicanas de la América, no trepidó un momento
—ha escrito Mitre en su ensayo sobre Artigas— y con voz es-
tentórea lanzó el grito de Independencia o Muerte. (“Obras
Completas de Mitre”, T. XII, págs. 261 a 293, Primer y se-
gundo original, Buenos Aires, 1949, dados a conocer por Ma-
riano de Vedia y Mitre). El Gobierno lo condecoró y le dió
todos los elementos para hacer efectiva y levantar una sólida
resistencia contra los dominadores de la Banda Oriental. A
partir de este momento, la obra de Artigas en el seno del
pueblo y principalmente en la campaña, alcanzó proporeio-
nes extraordinarias.
En las ‘‘Gazetas” extraordinarias de 4 de mayo y la Mi-
nisterial del 9 del mismo mes, los artículos publicados revela-
ban que todo había cambiado en la Banda Oriental. En con-
testación a las amenazas del que se titulaba Virrey y Capitán
General de las Provincias del Río de la Plata, Xavier Elío,
Buenos Aires le advertía que las gentes de Montevideo tanto
tenían de “prudentes y sufridas como de nobles y valerosas””
y que aún no habían perdido “la esperanza de romper sus ca-
denas y unirse a sus hermanos”? en un día próximo, ‘‘grande
e inmortal para ambos pueblos” de Montevideo y de Buenos
Aires. “El déspota y sus secuaces no saben ya dónde poner
el pie con seguridad —decía el redactor de la “Gazeta” —
una incesante deserción de los más adictos se le mostraban;
una escasez notable ya de todo mantenimiento en la desgra-
ciada ciudad que ocupa y mantiene aislada en su fanatis-
mo... y en una palabra la prozimidad ya de nuestras parti-
das a las mismas murallas de que se parapetan los guapos,
sin que se atrevan ni puedan resistirlo: todo es obra de los
valerosos habitantes de la Banda Oriental y un anuncio de
los pocos momentos que restan de posesión al engaño”.
La vibrante proclama de Artigas al Ejército de la Banda
Oriental del 11 de abril publicada en la “Gazeta” de Buenos
Aires, es uno de los primeros documentos de nuestra común
historia militar, demostrativo además de las muy buenas re-
laciones iniciales entre la Junta Gubernativa y el caudillo
libertador. En ella expresaba Artigas su agradecimiento al
Gobierno que enviaba todos los auxilios, ‘‘desmintiendo—
dice— las fabulosas expresiones con que os habla el fatuo
Elio””, en su Bando, pues nada era más doloroso para él ‘‘que
el ver marchar (con pasos majestuosos) esta legión de valien-
tes patriotas que acompañados con nosotros van a disipar sus
ambiciosos proyectos y a sacar a sus hermanos de la opresión
en que gimen bajo la tiranía de su despótico Gobierno’’. Por
eso recomendaba ““una unión fraternal y ciego obedecimiento
a las superiores órdenes a los Jefes que os vienen a preparar
laureles inmortales”. Artigas repite que el objetivo superior
sería logrado mediante la unión y entonces “estad seguros de
la victoria”. Había convocado a todos los patriotas caracteri-
zados de la campaña y todos se ofrecían con su persona y
bienes a defender la justa causa. “El triunfo es nuestro,
vencer o morir es nuestra cifra”, terminaba.
‘La victoria decisiva de “Las Piedras”, de 18 de mayo fué
la revelación del valor y el poder de Artigas que sólo en tres
meses desde el 15 de febrero, había conseguido tan extraordi-
nario resultado. Pero era también la prueba experimental
como en Suipacha del sentimiento patriótico encendido de los
pueblos, que triunfaban holgadamente— en el norte y en el
este-— no obstante la posición ventajosa del enemigo y su supe-
rioridad en la organización y en su técnica. Al describir la
batalla, Artigas destaca el hecho de que eran tantos “los sol-
dados con que puede contar la patria cuantos son los ameri-
canos que habitan en esta parte de ella”.
El primer cumpleaños de la Revolución de Mayo, se ce-
lebró con la victoria de “Las Piedras”, cuya noticia había lle-
gado la mañana del 24, y en la Gazeta siguiente al día del
aniversario se recuerda que el déspota había sido totalmente
derrotado: “su artillería, sus soldados, sus oficiales, sus fa-
mosos marinos, todo viene a poder de nuestros generales...
como el guapo, el soberbio Elio llora ya materialmente, sin
poder remediar su ruina...” pues como se sabe en efecto se
le vió “verter un torrente de lágrimas" en el Patio del Fuer-
te, con motivo de las disidencias que surgían entre sus parti-
darios.
El levantamiento del sitio de Montevideo y el Tratado
de Pacificación con el Virrey Elio de 20 de octubre de 1811,
son hechos históricos trascendentales. Están estrechamente
vineulados— en una relación de causa y efecto —con la de-
rrota y pánico de Huaqui de 20 de junio de ese año, cuya no-
ticia se conoció en Buenos Aires un mes después, golpe terri-
ble que provocó la salida al interior del Presidente Saavedra
para reorganizar el ejército disperso y en seguida trajo con-
sigo la crisis del gobierno, con la revuelta electoral del 23 de
setiembre y el establecimiento de Primer Triunvirato.
La verdad es, que en el agitado escenario de la Banda
Oriental se originaba con la entrada de los portugueses la
convulsión de la campaña y la insurrección de 1811. Artigas
pudo decir con fundamento que al ratificarse el Tratado de
Pacificación, (por él se entregaron pueblos enteros a la do-
minación de aquel mismo señor Elio bajo cuyo yugo gimie-
ron. Dura necesidad!"
He ahi el momento crucial, en que la emigración en masa
del pueblo uruguayo acusaba su vigorosa personalidad y Ar-
tigas se erigió en el caudillo representativo que al frente de
sus huestes asigna un carácter eminentemente popular a la
Revolución de 1810.
Artigas es un hombre de Mayo —como he dicho —por-
que lucha esforzadamente por los ideales comunes de esa ge-
neracion: la independencia, la libertad republicana y la or-
ganización federal y como los hombres de más significación
fué soldado y estadista. Pero además Artigas es su primer
caudillo porque encarna el sentimiento de las masas y será
desde entonces, la figura más entrañablemente popular de
los primeros años de la Revolución de Mayo. Artigas vive la
vida identificado con las masas en su campamento de Ayuí,
con las familias emigradas de Montevideo que constituían
una aglomeración de 15 a 20.000 personas según la descrip-
ción de un testigo, “unas bajo las carretas, otras bajo los ár-
boles y todas bajo la inclemencia del tiempo, pero con tanta
conformidad y gusto que causa admiración y da ejemplo””.
Contra la apasionada opinión que presentaba al campamento
de Ayuí como un centro de corrupción y despotismo, ha po-
dido demostrarse que Artigas en persona tomaba medidas
para evitar toda clase de males y exaltaba en las gentes los
sentimientos del honor, patriotismo y humanidad, persua-
diendo “que la inflexible vara de la Justicia puesta en mi
mano —aseguraba Artigas— castigará los excesos en la per-
sona que se encuentre””.
Hago mia esta observación de Arturo Capdevila: ‘Hay
un hervor de creación en aquel campamento andante; algo
está deshaciéndose allí... pero aleo está también allí en co-
mienzo de rehacerse con lo deshecho. ..?
No es necesario anotar la circunstancia singular de que
el levantamiento de la campaña era una reacción contra la
entrada de los portugueses en las Provincias Unidas y la
pasión de Artigas al defender la integridad del territorio, era
una muestra del sentimiento de Mayo concretado en la ‘‘re-
pugnancia” del pueblo contra toda dominación extranjera,
como escribió Mariano Moreno en las Instrucciones por él
redactadas que llevaba para actuar en Rio de Janeiro y como
también dijo Belgrano en carta a Moreno —de 17 de octubre
de 1810, desde la Bajada de Paraná —refiriéndose a los in-
gleses: ‘‘Pero esté usted siempre sobre sus estribos con todos
ellos; quieren puntito en el Río de la Plata y no hay que ceder
ni un palmo de grado".
Precisamente la intervención portuguesa que se corría
desde 1811 encontró en Artigas su invencible antemural y tal
hecho es el punto de partida, que explica el proceso que con-
duce a la Independencia Uruguaya. Este es también el sólido
antecedente de la amistad y unidad de miras sobre la Inde-
pendencia, entre el caudillo uruguayo, autor del plan de
emancipación de 1813 y el guerrero libertador que acaba de
crear el Regimiento de Granaderos a caballo y la Logia Lau-
taro en Buenos Aires.
En cuanto a la representación de la campaña cuyo ca-
rácter asumía Artigas, pronto demostraría San Martín en
Mendoza, las simpatías que profesaba a los gauchos y su ad-
hesión fervorosa para constituir Regimientos compuestos de
los naturales del campo.
La revolución del 8 de octubre de 1812, destinada a ter-
minar con el gobierno del Primer Triunvirato, que tuvo en
San Martín su principal ejecutor, contó con la adhesión de
Artigas. La significación política de la Revolución de 1812
es la vuelta a Mayo, aunque a poco de establecerse la Asam-
blea General Constituyente de 1813 surgió un conflicto ab-
surdo y se resolvió el rechazo de la Diputación artiguista, a
pesar de las gestiones pacifistas de su comisionado Dámaso
Larrañaga ante el gobierno de las Provincias Unidas. ‘La
Provincia Oriental —dijo Artigas— no pelea por el restable-
cimiento de la tiranía en Buenos Aires”.
Cobran especial interés histórico los dos primeros congre-
sos de la Provincia Oriental, convocados por Artigas el 4 y
el 20 de abril de 1813, que continúan en la dirección de los
Congresos de ciudades que se convocaban en algunos distri-
tos de Indias durante el Período Hispano.
En ambos Congresos se afirmó la necesidad de adoptar
una Constitución y de erigir una autoridad local, es decir, se
proclamaron los ideales de Mayo oue Mariano Moreno regis-
tré en sus famosos escritos de 1810 en la “Gazeta” de Bue-
nos Aires, entre otros, “Sobre la miras del Congreso que
acaba de convocarse y constitución del Estado”. El historiador :
Eduardo Acevedo, enseñaba con razón en su “Manual de
Historia Uruguaya” que el Jefe de los Orientales daba pues
el brazo a Mariano Moreno al levantar la bandera de las ins-
tituciones en el Congreso de abril, en los congresos de abril,
agrego el plural por mi parte pues hoy se conoce toda la ae-
tuación eficiente de Moreno, al igual que Artigas, en defensa
de los Cabildos como habría de darlo de nuevo al fundar la
Biblioteca de Montevideo reanudando otro gesto del numen
de la Revolución de Mayo’.
El pliego de las instrucciones de Artigas, como conse-
cuencia de lo resuelto en los dos Congresos de abril, contenían
las declaraciones, de la Independencia de estas Provincias, la
confederación, el derecho de cada Provincia a establecer su
gobierno propio y la obligación del gobierno republicano de
asegurar su autonomía a los Estados Confederados.
La acción de Artigas adquirió carácter trascendental
frente a la incomprensión de un sector político de Buenos Ai-
res, ideales del pueblo de Mayo, que volvieron a alentarle lo
mismo a San Martín que al Jefe de los Orientales en la Revo-
lución Federal de 1815, que puso fin a la Asamblea General
Constituyente y al Directorio de Alvear. El Cabildo de Bue-
nos Aires hizo objeto a Artigas de un desagravio público,
dando un testimonio irrefragable del aprecio que le ha mere-
cido su conducta ‘‘acordando que los ejemplares de la procla-
ma contra el Jefe de los Orientales existentes en el Archivo”
sean quemados públicamente por mano del verdugo en medio
de la Plaza de la Victoria... y que este acto que presenciará
en la galería del Cabildo el Excmo. Director reunido con esta
corporación, se ejecute con auxilio de tropa, asistencia del Al-
guacil Mayor y Escribano de este Ayuntamiento”. El nombre
de Artigas llegó a adquirir un prestigio irradiante en las
Provincias de las que era Protector: Montevideo, Santa Fe,
Córdoba, Entre Ríos y Misiones. El Gobernador Intendente
de Córdoba, coronel José Javier Díaz, tributó un homenaje a
Artigas, consistente en la entrega de una espada con vaina de
oro que lleva la siguiente leyenda: “Córdoba en sus primeros
ensayos a su Protector el inmortal General don José Artigas.
Córdoba Independiente a su Protector José Artigas. 1815”.
La actitud de Artigas al no enviar los diputados urugua-
yos al Congreso de Tucumán se comprende ante el nuevo pro-
ceso histórico que se abre en agosto de 1816 con la invasión
portuguesa, que no termina sino con la batalla de Cepeda el
1 de febrero de 1820. A ese ciclo pertenece el conocido pero
notable documento de Artigas al Director Pueyrredón, de 13
de noviembre de 1817, cuya copia fotográfica tengo el agra-
do de obsequiar al señor Presidente del Instituto, y que Co-
mienza así: “¿Hasta cuando pretende V. E. apurar mi su-
frimiento?”
En su correspondencia con Tomás Guido, San Martín se
refiere constantemente a Artigas.
E] 20 de septiembre de 1816 le decía: “‘Si los portugueses
vienen a la Banda Oriental, como usted me dice, y Artigas les
hace la guerra que acostumbra, no les arriendo la ganancia”.
Y poco tiempo después, el 1.0 de noviembre: ‘“Yo opino que
Artigas los friega completamente” (a los portugueses). El 15
de diciembre del mismo año de 1816 declaraba: “Lo de los
portugueses es algo formal; si estos demonios se posesionan
de la Banda Oriental, tenemos mal vecino”. Y agregaba pocos
días después (el 22 de diciembre) : ‘Veo que tenemos que
emprender una nueva guerra con los portugueses. Veo tam-
bién que cuasi es necesaria, pero V. que está en la fuente de
los recursos, me sabrá responder...'' No terminó ese año de
1816 sin que San Martín manifestara a Guido que los portu-
gueses avanzaban con pies de plomo, esperando su escuadra
para bloquear Montevideo por mar y tierra.
"El ministro inglés en Rio de Janeiro, Henry Chamber-
lain, les daba noticias al Ministro de Relaciones Exteriores de
su país, Vizconde Castlereagh, sobre San Martín y Artigas.
Le decía el 14 de julio de 1818 que la oposición de San Martín
a cualquier arreglo con España era decidida como siempre
“y no tiene predilección por los portugueses. Se cree que ha
eserito para proponer un arreglo amistoso con Artigas, que
éste, en su actual estado precario, probablemente estaría dis-
puesto a escuchar; se sabe que tiene gran confianza en San
Martín, lo que sin duda apresurará una buena inteligencia
entre él y Buenos Aires". (C. K. Webster. “ Gran Bretaña y
la Independencia de la América latina””, Buenos Aires, T. I,
pág. 148).
Contra la tendencia monarquista y unitaria de los Con-
gresistas de Tucumán, autores de la Constitución de 1819, se
levantaron los caudillos.
Además de obedecer a los dictados de un elevado con-
cepto político, San Martín tenía por norma someterse a las
decisiones de la voluntad del Pueblo, porque juzgaba que los
caudillos eran la personificación de una democracia con aspira-
ciones a integrar la unidad de la Nación. Con su actitud his-
tórica al no intervenir militarmente en la guerra civil, resol-
vió una grave situación política. San Martín al confirmar las
noticias sobre esa grave situación en las Provincias Unidas
expresó a O'Higgins que como “ciudadano interesado en la
felicidad de la América”? estaba dispuesto a tomar parte
activa “a fin de emplear todos los medios conciliatorios” a su
aleance para evitar una guerra que podía tener la mayor re-
percusión en la libertad de los Pueblos de este Continente.
Con este fin resolvió pasar a Cuyo, para poner esa Intenden-
cia a cubierto del contagio anárquico, como el de interponer
su crédito ante Buenos Aires, Santa Fe y la Banda Oriental,
con el fin de tranzar en la contienda.
San Martín aseguraba que luego de realizadas estas ges-
tiones con su consejo y su autoridad volvía a Chile. Cuando el
gobierno del otro lado de los Andes designó una comisión es-
pecial para que entrevistara a los caudillos, con el fin de evitar
la guerra civil. San Martín .le prestó todo su auspicio. Tomás
Guido le encarecía a San Martín que interviniera para formali-
zar una transacción, pues si conseguía que los partidos se dieran
la mano, será **más glorioso a Ud. que el triunfo de Chacabuco
y Maypü’’.
Explícitas son las cartas de San Martín, fechadas el
mismo dia 13 de marzo, a Artigas y a Estanislao López.
En la carta a Artigas, San Martín comenta las noticias
que tenía de la ruptura de relaciones de la Banda Oriental y
Santa Fe, con Buenos Aires, y de la venida de Belgrano con
su ejército a la Provincia de Córdoba. El movimiento de este
ejército habría desbaratado sus planes, pues debía cooperar
con el de su mando, suspendiéndose entretanto todo procedi-
miento. Grandes males traían aparejados estos hechos en mo-
mentos en que iba a verse terminada la guerra con honor.
Además, por noticias de Cádiz y de Inglaterra se conocía la
pronta venida al país de una expedición de 16.000 hombres
contra Buenos Aires. “Bien poco me importaría el que fue-
ran 20.000 —declaraba San Martín— con tal que estuviése-
mos unidos; pero en la situación actual. ¿qué debemos pro-
meternos?”” Reitera sus ideas sobre la necesidad de terminar
nuestras diferencias, “sin que haya un tercero en discordia
que pueda aprovecharse de estas críticas circunstancias”; de
que cada gota de sangre americana que se vierta “por nues-
tros disgustos, me llega al corazón”, y agregaba esta expresión
que sin cesar aflora en sus escritos, como garantía de su im-
parcialidad y buena fe: ‘No tengo más pretensiones que la
felicidad de la patria: en el momento que ésta sea libre re-
nunciaré al empleo que obtenga, para retirarme, teniendo el
consuelo de ver a mis conciudadanos libres e independientes”.
En su breve respuesta de 27 de diciembre de 1819, Arti-
gas aseguraba a San Martín que los pueblos de la Banda
Orienta! y los de la Nación en contra del Poder directorial,
estaban alarmados por la seguridad de sus intereses. El se
disponía a defenderlos ‘‘mientras no desaparezca, decía, esa
pérfida coalición eon la Corte del Brasil". Sería inexorable
en el cumplimiento de ese deber, y dejaba en manos de San
Martín “la resolución del problema”.
San Martín había intervenido, a título de simple ciuda-
dano, sin resultado práctico, porque la guerra civil estalló;
pero debió ser impresionante su situación en ese momento
pavoroso de la política nacional, mientras el Ejército Liber-
tador se preparaba para la expedición al Perú y la Banda
Oriental reclamaba su defensa contra el invasor portugués.
Es decir, no se trataba únicamente de la guerra entre di-
rectoriales y montoneros, sino que estos últimos aparecían
luchando por la integridad del patrimonio territorial. Es in-
teresante recordar que en carta de López a José Elías Galín-
dez de 25 de noviembre de 1819, le hablaba precisamente de
la combinación del Gobierno de Buenos Aires, con el portu-
gués para dominar la Banda Oriental y después Paraná y
Santa Fe.
El armisticio de San Lorenzo firmado con los emisarios
del caudillo López el 13 de abril de 1819, fué rechazado por
Artigas, pues consideraban que la base de la conciliación era
declarar la guerra al portugués.
Tal la gigantesca lucha contra el general Lecor en que
Artigas sufrió una sucesión de desastres, en guerra de exter-
minio hasta la derrota final de Tacuarembó (enero de 1820)
y días después triunfaban los caudillos López y Ramírez con-
tra el Directorio y el Congreso que habían proyectado los
planes monarquistas.
En el Tratado del Pilar se instauraba el Federalismo y
la República en un Pacto interprovincial y por uno de sus ar-
tieulos se invitaba especialmente al “Excelentísimo señor Ca-
pitän de la Banda Oriental don Jos& Artigas’’ a adherir al
mismo con la Provincia de su mando ‘‘y cuya incorporación
a las demás se miraría como un digno acontecimiento”, pero
el Jefe de los Orientales no lo aprobó.
Artigas inmortalizó su nombre porque ha desempeñado
una misión histórica en América.
En el orden exterior sin quebrar la unidad política de
las Provincias Unidas contribuyó decididamente a destruir el
poder español en la Banda Oriental, y fué el antemural —
inconmovible en sus convicciones— que defendió el territorio
de la nación contra el invasor lusitano, como caudillo de la
Independencia.
En el orden interno se debe en gran parte, a este adalid
de la democracia, que la revolución emancipadora y republi-
cana se haya nutrido en las fuentes de la soberanía popular,
así como también a él se deben principalmente las bases de su
estructuración federal a las que imprimió su sello propio de
caudillo de la libertad.
América fué el escenario de la generación de Mayo y el
alma de un Nuevo Mundo alentó a sus próceres, en la guerra
de la Independencia que se hizo con la opinión pública y la
lucha- por la libertad que se hizo con la auto determinación
de los Pueblos.
Artigas es uno de esos próceres de Mayo que combaten
por la Independencia y la libertad de los hijos de la tierra,
pero que calificaba severamente al criollo “que degradase el
honor americano” (“Correspondencia del General José Arti-
gas al Cabildo de Montevideo...” Montevideo, 1940, pág. 20).
Proclamé que era ''preciso que los americanos desplega-
ran sus sentimientos y se hagan admirar de sus propios ene-
migos”. (“Correspondencia del General José Artigas...”,
cit. pág. 85), y desafiaba a los adversarios dispuesto a luchar
'eon energía y ostentar todas las virtudes que deben hacer
glorioso el nombre americano’’, (oficio de Artigas a Puey-.
rredón de 13 de noviembre de 1817).
Era americano con fe acendrada en la dignidad y sobe-
ranía del Pueblo y con respeto reverencial por sus virtudes.
““La grandeza de los orientales —dijo en uno de sus do-
cumentos, escrito en 1817 en lo más delicado de la guerra
exterior e interior— sólo es comparable a sí misma; ellos sa-
ben desafiar los peligros y superarlos; reviven a la presencia
de sus opresores. Y a su frente marcharé donde primero se
presente el peligro”.
El caudillo Artigas es la figura representativa de la
personalidad de un pueblo, en ese ciclo que se abre en la
jornada de “Las Piedras” en 1811 y culmina en la Cruzada
Libertadora de los 33 orientales de Juan Antonio Lavalleja
que salió de Buenos Aires el año 1825.
Tal es el legado de Mayo— un tesoro de ideas y de idea- '
les vigentes— que las nuevas generaciones de la Argentina y
del Uruguay han recibido de los antepasados, mostrando a la
luz de las investigaciones históricas como lo reclamaba Tito
Livio en la Historia de Roma “sin oscurecer con las galas del
estilo la ruda sencillez de la antiguedad”.
La estatua de Artigas en Buenos Aires será el símbolo
` más elevado de la solidaridad indestructible de los Pueblos
ríoplatenses por encima de las divergencias episódicas, de los
odios incoercibles y del tumulto de las pasiones de esa etapa
histórica, y será también su glorificación en la patria de San
Martín, el Libertador de Naciones y Protector del Perú que
siempre había recordado con simpatía la tierra de la otra
Banda, que mantuvo con el Protector de los Pueblos Libres
la unidad fundamental de miras sobre la Libertad y la Inde-
pendencia de América contra toda intervención extranjera,
y que en 1829, en Montevideo, vió enarbolada desde a bordo,
en los mástiles del Fuerte San José, la primera bandera
oriental y rodeado después de las atenciones de pueblo, de la
sociedad, de hombres públicos de distintas tendencias políti-
cas como Rondeau, Rivera, Lavalleja y de parientes de Arti-
gas, asistió al nacimiento de la nueva patria uruguaya.
Ilustración: Rodolfo Ramos
martes, 3 de febrero de 2026
La universidad nueva (Alfredo L. Palacios)
Hace algunos años escuché en el Instituto Popular de Confe-
rencias la palabra vigorosa y sabia del profesor Ortega y Gasset,
quien considera a la Universidad como instrumento incomparable pa-
ra la labranza de los pueblos. Decía, sin embargo, el maestro, con.
amargura, que este vocablo “Universidad ”” suscita, al ser oído, imáge-
nes sórdidas e inelegantes de aulas tristes y prosaicas, de dómines
solemnes y cejijuntos, de palabras frígidas y pedantes...
Bien se ve que el filósofo hablaba en nuestro país, antes de
la reforma universitaria, implantada por una juventud pujante, de
espíritu inquieto y expansivo, que hoy la defiende ahincadamente —,
de la reforma universitaria, que después del caos, consecuencia ine-
vitable de toda gran conmoción, se ha concretado, debido a la in-
gerencia estudiantil, que es la garantía, en estos dos postulados,
enunciados por mí, en distintas oportunidades: Primero: Renova-
ción de métodos en el sentido de que éstos se basen en la observa-
ción y el experimento, e impidan así, el cultivo de la vulgaridad, la
elorificación del lugar común y el verbalismo. Segundo: La afir-
mación y el propósito firme de seguir el ritmo de los problemas so-
ciales, adaptando las universidades a las nuevas ideas y haciendo
que las verdades puedan servir para aumentar el bienestar de los
hombres.
- Tenía razón Ortega y Gasset, cuando todavía nuestras univer-
sidades no habían sido renovadas.
La asistencia obligatoria y el monólogo, a veces elocuente, ca-
si siempre vacío e inútil, del magister pedante, entristecían las au-
las, ““porque apagaban la lámpara del alma””. |
Pero la reforma trajo la asistencia libre, y obligó así a los
“maestros” a que estudiaran, pues, de lo contrario, corrían el ries-
go de no tener discípulos; permitió el contralor de los estudiantes,
fuerza sana y sincera, que era indispensable porque había profe-
sores ““elocuentes””, pero casi analfabetos, aleunos de los cuales,
por desgracia, aún quedan en las casas de estudio.
Es verdad que los jóvenes, en ciertas ocasiones, se excedieron;
permitiendo, en otras, que penetrara en sus filas la política subalter-
na; pero, en gran parte, eso se debe a la actitud repudiable de algu-.
nos profesores, que desorientaron deliberadamente a la juventud. En
cambio, realizó ésta, una eran obra. Puso un contenido social en
la reforma y se acercó al pueblo. Las universidades eran, antes,
claustros cerrados. La reforma las convirtió en organismos abiertos,
expansivos, sociales. Así, en más de una ocasión hemos visto a los es-
tudiantes fraternizando con los obreros, en defensa de ideales comunes.
Es éste un hecho que todavía no han podido comprender los reaeccio-
narios. Cuando la masa popular irrumpió en las calles, exteriorizando
sus simpatías por la juventud renovadora, se habló de indisciplina
anarquizante y se pretendió desprestigiar el movimiento. Hubo una
verdadera conspiración contra la libertad de las almas; se invocó la
tradición, para laminar el espíritu, y también la disciplina, en su peor
sentido de regimentación, la disciplina enemiga, tiranía contra la cual
Carlos Wagner, amigo generoso de la juventud, quería levantar todos
los estandartes de todas las rebeliones.
La juventud, para quien la evolución implica la incesante re-
novación de ideales, luchó, con éxito, primero contra la indiferen-
cia, después contra la incomprensión, el más erande de los obs-
táculos, demostrando que Schiller no tuvo razón cuando afirmó que
contra ella hasta los dioses luchan en vano.
Y así, ha echado las bases de la universidad nueva que realiza
el proceso científico, laboratorio de experiencias, que aspira a la
Implantación de una cultura original, que se adapta a la nueva
ideología y que sugiere ideales,
La Universidad de La Plata, cuyo ilustre fundador era un
hombre ““nuevo””, había realizado, antes de la reforma, progresos
extraordinarios con relación a las viejas casas de estudio. Siguió
después el ritmo de los acontecimientos, al producirse la reforma,
pero el espíritu científico renovador, no penetró en la Facultad de
Ciencias Jurídicas y Sociales, no obstante los esfuerzos realizados
por los hombres eminentes que ocuparon el decanato antes que yo.
Es que el empirismo y la metafísica, arrojados de todas las
demás ciencias físicas y naturales, propiamente dichas, se han re-
fugiado Y atrincherado — lo dijo ya De Greef — en esa última y
formidable ciudadela, donde están los juristas, los legistas, los po-
líticos, fortaleza que no caerá sino cuando todas las ciencias socia-
les, comprendidos naturalmente, el derecho y la política, hayan ad-
quirido de las ciencias antecedentes, las armas, es decir, los méto-
dos positivos que dieron la victoria a sus “hermanas mayores?”.
Por eso, en ninguna parte se ha resistido tanto a la reforma, co-
mo en las Facultades de Derecho. Aun después del esfuerzo de la
juventud, en Buenos Aires y en Córdoba sólo se ha implantado en
lo que se refiere a sus aspectos externos.
Lo mismo sucedió en La Plata hasta que la acción mancomuna-
da de todas las fuerzas vivas de la Universidad efectuó una labor
de juventud; renovando métodos e intensificando estudios. En la
Universidad de La Plata, para completar la obra, tuvimos la ven-
taja de no estar amarrados a la tradición; no torturaba nuestro
espíritu la filosofía de la sutileza; no fué menester que rodaran
aquí por el suelo a impulsos de la insolencia juvenil, bulas de pon-
tífices ni cédulas de reyes; los Píos, los Urbanos, los Carlos y los
Felipes, que para algunos son ““preeclara estirpe””, no podían im-
ponernos ningún respeio. Nada teníamos de común con la Univer-
sidad colonial, vivero de clérigos que retardó la evolución, como
he de probarlo.
- Hemos tomado la ““fortaleza””, y hoy en la Facultad de Cien-
cias Jurídicas y Sociales se investiga con eriterio experimental y
científico, realizando el esfuerzo para encontrar la verdad, Recl-
bimos el concurso del pasado, ya que hay una elaboración sucesiva
de las ideas, pero sólo del pasado en que se ineubaron ideas.
Conversando cierto día con el doctor Eleodoro Lobos, eminen-
te decano de la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Altres,
especto de mis investigaciones de laboratorio, que determinaron
mi libro “La fatiga y sus proyecciones sociales”, editado por esa
casa de estudios, expresé, al referirme a los métodos nuevos, la
continuidad del pensamiento argentino en las distintas épocas, que
hov eulmina con el reconocimiento de la justicia social; y siento
placer al recordar que el doctor Lobos, de acuerdo con mis ideas,
me dijo que ampliaría esa opinión desde la tribuna universita-
ria, lo que hizo al poco tiempo en uno de sus mejores discursos, con
estas palabras: “Las enseñanzas de Dafinur y de Alcorta, en lo
filosófico, como la tesis optimista de Belgrano y de Moreno en lo:
económico, en la primera época de nuestra Universidad, han con-
certado con las ideas y necesidades de la segunda, representadas
por Alberdi, Vélez, Mitre y López, en un ambiente nacional menos ru-
dimentario, y del acuerdo común, ha surgido la reforma lenta,
pero efectiva, de los últimos tiempos, en que, a la armonía espon-
tánea de los intereses de la escuela individualista y liberal, que
tardaba en demostrar su eficacia, ha seguido la intervención que se
inicia, del Estado, de la asociación, de la solidaridad, de las fuer-
zas industriales y de la justicia social, en el régimen del trabajo y
de la propiedad””.
En la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales que dirijo, se
investiga con criterio experimental y científico, en un ambiente
de trabajo que hace honor a la Universidad; en Seminarios y La-
boratorios, de los que me ocuparé con detenimiento, en otros Ca-
pítulos, no en su faz teórica, sino en su funcionamiento, en su ad-
mirable dinamismo.
Estos centros de investigación personal disciplinan la volun-
tad, permiten que cada joven sea el “escultor de su propio cere-
bro””, y que hasta los peor dotados, según lo afirma el maestro Ra-
món y Cajal, sean susceptibles al modo de las tierras pobres, pero
bien cultivadas y abonadas, de rendir copiosa mies.
Se trata de centros de impulsión intelectual, donde la juven-
tud agitada por una honda inquietud, investiga, realizando el es-
fuerzo del espíritu, y sintiendo la alegría de conocer, la alegría de
comprobar.
- La transformación operada en los métodos de estudio de nues-
tra Facultad, tiene una importancia nacional. Sus resultados se ha-
rán sentir ventajosamente cuando se discutan los problemas socia-
les que afectan directa e intensamente a los intereses del país.
Este acontecimiento universitario es de mayor importancia que
cualquiera de los acontecimientos políticos producidos en la mis-
ma época.
No exagero, Los asuntos relativos a la cultura tienen una tras-
- cendencia que, desgraciadamente, no es apreciada en su verdadero
valor, sino por espíritus superiores.
Recuerdo que la cátedra de Economía Política en el Departa-
mento de Jurisprudencia de Buenos Aires, aun cuando formaba
parte del plan general de estudios adoptado por la Universidad, no
fué dictada, según lo hace notar Juan María Gutiérrez en su li-
bro Origen y desarrollo de la enseñanza pública superior, por fal-
ta de profesor, hasta 1823, en que el Gobierno nombró al doe-
tor Pedro José Agrelo. En el mensaje de 3 de mayo de 1824, Ri-
vadavia y Manuel José García, ministros encargados del Poder
Ejecutivo, al abrir las sesiones de la Legislatura de la provincia de
Buenos Aires, señalaban el acontecimiento: “La juventud — de-
cían esos estadistas — adquiere nuevos medios de adelantar en las
ciencias morales y naturales; ella, ciertamente, no dejará infrue-
tuosos los esfuerzos del Gobierno ni el celo de sus maestros. La eco-
nomía política ha empezado a enseñarse en este año, y sus luces
difundidas, procurarán a nuestra patria administradores inteli-
gentes””.
Hace algún tiempo — era el año 1909 — cuando en la Facul-
tad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, por iniciativa
del doctor Antonio Dellepiane, nobilísimo espíritu, se crearon los
cursos intensivos que permitirían efectuar investigaciones persona-
les, el autor del proyecto sancionado, decía, en su discurso pronun-
ciado en la colación de grados, que el acontecimiento culminante
no era de carácter político, sino universitario: el voto unánime
dado por el Consejo Directivo al proyecto, que transformaba, se-
gún él, la Facultad en un alto centro de investigación científica,
en un instituto superior de estudios jurídicos y sociales, el primero,
decía el doctor Dellepiane, con explicable y sano optimismo, entre
los establecimientos hispanoamericanos que cultivan estas disei-
plinas.
Creyó Dellepiane que esa medida importaba la liberación del
profesor de la Facultad, amarrado hasta entonces al duro banco
de la galera universitaria, condenado a trabajos forzados, obligado
a redecir todos los años las mismas generalidades, a abocetar gro-
seramente el cuadro de su asignatura, a realizar una obra rutina-
ria, sin horizontes, sin ambiciones, sin ese vigoroso acicate de la
libertad, que es la primera y gran condición del trabajo humano y
de la labor científica.
Con un entusiasmo mal controlado, creyó el maestro que la
enseñanza implantada en la Facultad de Buenos Aires se aplicaría
a encontrar fórmulas concretas de solución de todos nuestros pro-
blemas sociales, suprimiendo el verbalismo y las fórmulas hue-
cas.
Dellepiane exageraba la importancia de los cursos Intensivos,
que fracasaron estruendosamente, porque la casa de estudio, foco
reaccionario, necesitaba, antes, una transformación de su más ín-
tima estruetura. Aún después de la gran agitación estudiantil de
1918, la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Alres
carece de Seminarios de investigación personal, y en ella son ha-
bituales, según lo acaban de afirmar sus alumnos, los cursos in-
completos, así como los profesores que glosan en las cátedras, el
contenido insubstancial de textos elementales. |
Reivindico para la Universidad de La Plata el honor de haber
realizado 'el gran acontecimiento universitario de renovación de
métodos en las aulas que parecían consagradas al verbalismo, per-
mitiendo así que, con los cursos de investigación, en los cuales
alumnos y profesores se familiarizan con los métodos elentíficos,
edifiguemos el instituto superior de estudios Jurídicos y sociales,
que es parte de la universidad científica, experimental, creada pa-
ra fines de la vida moderna, y que ha aparecido sin reatos histó-
ricos.
Ilustración: Juan de Valdés Leal
lunes, 2 de febrero de 2026
Modos de ver (John Berger)
La vista llega antes que las palabras. El niño mira y ve antes de hablar.
Pero esto es cierto también en otro sentido. La vista es la que establece nuestro
lugar en el mundo circundante; explicamos es mundo con palabras, pero las palabras
nunca pueden anular el hecho de que estamos rodeados por él. Nunca Se ha establecido
la relación entre lo que vemos y lo que Sabemos. Todas las tardes vemos ponerse el Sol.
Sabemos que la tierra gira alrededor de él. Sin embargo, el conocimiento, la explicación,
nunca se adecua completamente a la visión. El pintor surrealista Magritte comentaba
esta brecha siempre presente entre las palabras y la visión en un cuadro titulado La
Clave de los Sueños.
Lo que sabemos o lo que creemos afecta al modo en que vemos las cosas. En la
Edad Media, cuando los hombres creían en la existencia física del infierno, la vista del
fuego significaba seguramente algo muy distinto de lo que significa hoy. No obstante, su
idea del infierno debía mucho a la visión del fuego que consume y las cenizas que
permanecen, así como a su experiencia de las dolorosas quemaduras.
Cuando se ama, la vista del ser amado tiene un carácter de absoluto que ninguna
palabra, ningún abrazo puede igualar: un carácter de absoluto que sólo el acto de hacer
el amor puede alcanzar temporalmente. Pero el hecho de que la vista llegue antes que el
habla, y que las palabras nunca cubran por completo la función de la vista, no implica
que ésta sea una pura reacción mecánica a ciertos estímulos. (Sólo cabe pensar de esta
manera si aislamos una pequeña parte del proceso, la que afecta a la retina.) Solamente
vemos aquello que miramos. Y mirar es un acto voluntario, como resultado del cual, lo
que vemos queda a nuestro alcance, aunque no necesariamente al alcance de nuestro
brazo. Tocar algo es situarse en relación con ello. Cierren los ojos, muévanse por la
habitación y observen cómo la facultad del tacto es una forma estática y limitada de
visión.) Nunca miramos sólo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y
nosotros mismos. Nuestra visión está en continua actividad, en continuo movimiento,
aprendiendo continuamente las cosas que se encuentran en un círculo cuyo centro es ella
misma, constituyendo lo que está presente para nosotros tal cual somos.
Poco después de poder ver somos conscientes de que también nosotros podemos
ser vistos.
El ojo del otro se combina con nuestro ojo para dar plena credibilidad al hecho de
que formamos parte del mundo visible.
Si aceptamos que podemos ver aquella colina, en realidad postulamos al mismo
tiempo que podemos ser vistos desde ella. La naturaleza recíproca de la visión es más
fundamental que la del diálogo hablado. Y muchas veces el diálogo es un intento de
verbalizar esto, un intento de explicar cómo, sea metafórica o literalmente, ‛‛ves las
cosas'‛, y un intento de descubrir cómo "ve el las cosas".
Una imagen es una visión que ha sido recreada o reproducida. Es una apariencia,
o conjunto de apariencias, que ha sido separada del lugar y el instante en que apareció
por primera vez y preservada por unos momentos o unos siglos. Toda imagen encarna
un modo de ver y Incluso una fotografía, pues las fotografías no son como Se Supone a
menudo, un registro mecánico. Cada vez que miramos una fotografía somos conscientes,
aunque sólo sea débilmente, de que el fotógrafo escogió esa vista de entre una infinidad
de otras posibles. Esto es cierto incluso para la más des- preocupada instantánea
familiar. El modo de ver del fotógrafo se refleja en su elección del tema. El modo de ver
del pintor se reconstituye a partir de las marcas que hace sobre el lienzo o el papel. Sin
embargo, aunque toda imagen encarna un modo de ver, nuestra percepción o
apreciación de una imagen depende también de nuestro propio modo de ver.
Las imágenes Se hicieron al principio para evocar la apariencia de algo ausente.
Gradualmente se fue comprendiendo que una imagen podía sobrevivir al Objeto
representado; por tanto, podría mostrar el aspecto que había tenido algo O alguien, y
por implicación como lo habían visto otras personas. Posterior- mente se reconoció que la
visión específica del hacedor de imágenes formaba parte también de lo registrado. Y así,
una imagen se convirtió en un registro del modo en que X había visto a Y. Esto fue el
resultado de una creciente conciencia de la individualidad, acompañada de una creciente
conciencia de la historia. Sería aventurado pretender fechar con precisión este último
proceso. Pero sí podemos afirmar con certeza que tal conciencia ha existido en Europa
desde comienzos del Renacimiento.
Ningún otro tipo de reliquia o texto del pasado puede ofrecer un testimonio tan
directo del mundo que rodeó a otras personas en otras épocas. En este sentido, las
imágenes son más precisas y más ricas que la literatura. Con esto no queremos negar las
cualidades expresivas o imaginativas del arte, ni tratarlo como una Simple prueba
documental; cuanto más imaginativa es una Obra, Con más profundidad nos permite
Compartir la experiencia que tuvo el artista de lo visible.
Ilustración: Nicolas Poussin
domingo, 1 de febrero de 2026
Oceánida (Leopoldo Lugones)
El mar, lleno de urgencias masculinas,
bramaba en derredor de tu cintura,
y como un brazo colosal, la oscura
ribera te amparaba. En tus retinas,
y en tus cabellos, y en tu astral blancura
rieló con decadencias opalinas
esa luz de las tardes mortecinas
que en el agua pacífica perdura.
Palpitando a los ritmos de tu seno
hinchose en una ola el mar sereno;
para hundirte en sus vértigos felinos
su voz te dijo una caricia vaga,
y al penetrar entre tus muslos finos
la onda se aguzó como una daga.
Ilustración: Elizabeth Gadd
sábado, 31 de enero de 2026
Prólogo a "Alimentar a las moscas"
He dudado mucho antes de emprender la labor de editar estos poemas de Cecilia. Durante largo tiempo no creí ser merecedor de valorar, y menos de juzgar, la calidad de su obra poética o literaria en general.
La he visto inmersa en la lectura y escritura de sus textos durante nuestra vida juntos, sentada en una mecedora de mimbre en el patio trasero de la casa de Barracas que alquilamos durante cuatro años, o acostada en la cama del departamento de la calle Sarmiento, cuando ya casi no podía caminar. En cada una de esas ocasiones, ella apoyaba la carpeta de tapas raídas, -porque no dejaba de usar cada objeto hasta no aprovechar cada una de sus posibilidades-, sobre las rodillas y escribir casi siempre con lápiz y goma de borrar. Las hilachas de goma quedaban sobre la sábana o el piso, y luego las levantaba con parsimonia.
A veces me daba a leer sus escritos, sobre todo las crónicas o ensayos, otras los cuentos o relatos, pero rara vez los poemas. Tal vez no me considerase capaz de entenderlos, y era verdad, pero quizá también, y esto lo he aprendido luego de mi constante insistir en su lectura, porque ella misma no estaba segura de su valor.
Siempre dudaba de cada palabra y cada frase, y cuando la duda no se resolvía casi de inmediato, eliminaba ese objeto de controversia. Por eso sus poemas, a diferencia de su narrativa, son austeros en expresiones inútiles, pero no en palabras. A veces son versos largos, casi narrativos en algunas ocasiones, pero en otras tienen la extensión propia de un concepto o una definición.
Recuerdo que una vez estaba muy angustiada mientras escribía en su cama. Fue en los últimos tiempos antes de nuestra separación. La pierna fantasma bajo la sábana le seguía molestando con sus cosquilleos imaginarios, mientras la luz del sol penetraba por el ventanal del balcón que daba sobre Sarmiento a las tres de la tarde. A eso de las seis ya oscurecía y la sombra del edificio de enfrente había ensombrecido el departamento. Yo cerré la ventana apenas llegué del hospital. Preparé un mate y me senté a su lado. Me miró con angustia, sin soltar el lápiz cuya punta estaba sobre el papel en blanco de la carpeta que apoyaba sobre la pierna sana.
Le pregunté qué sucedía, y sin contestarme, la expresión de su mirada giró de la angustia a la inquietud, como de quien ve algo nuevo. Y luego sus ojos mostraron una exaltación que se fue calmando lentamente. Sin mirarme ya, comenzó a escribir, casi sin tachar o borrar. En la noche, antes de dormirse, me mostró cuatro poemas que forman parte del ciclo dedicado a la ciencia incorporados en esta colección. Al leerlos me di cuenta de lo que he expresado en el párrafo anterior sobre la característica tal vez predominante de su estilo: la peculiar destreza que tenía en concentrar en sus versos un concepto, como si definiese didáctica y alegóricamente al mismo tiempo un problema abstracto. La ciencia es abstracción hasta que es comprobada técnicamente, pero también la técnica es una invención para demostrar lo que hasta entonces ha sido una teoría. Eso ella lo sabía muy bien, y por eso se mostraba condescendiente cuando le explicaba los casos clínicos que me había tocado resolver en el hospital.
Pero sobre todo, su escepticismo provenía de su propia enfermedad., del cuerpo que tanto tiempo le llevaba cuidar. Esa cosa tan concreta como es la carne y los fluidos, para ella no había llegado a ser, al final, más que una cosa que no tenía otra realidad que su propio pensamiento elaborado en frases concretas que, al ser capaces de repetirse una y otra vez en su mente y en el papel, formaban otro cuerpo más factible que el supuestamente real. Porque ese cuerpo que ella había creado no sufría los embates del tiempo ni el emponzoñamiento de los venenos internos. Admiraba la química por su obstinación en entender, -ella pensaba que inútilmente-, los recovecos infinitos de las combinaciones del mundo, pero más que nada por crear esas fórmulas representadas en gráficos que eran como inmensas arquitecturas sin fin: un ingeniería comparable a la astronomía, quizá.
¿Eso era Dios?, se preguntaba.
La he visto, en plena noche, dar vueltas en la cama, hasta que la inquietud la hacía levantarse, cuando aún podía hacerlo, e ir hasta nuestra biblioteca. Yo seguía durmiendo, por supuesto, pero en la mañana encontraba un libro de anatomía abierto sobre la mesa de la cocina, como si ella hubiese buscado una receta, -una fórmula-, que explicase la fabricación del mundo que la hastiaba.
Somos nuestro cuerpo, porque en él está nuestra alma. Somos el alma que construye nuestros huesos.
La carne que se pudre persiste un tiempo tan largo como su obstinación. Y la obstinación es una virtud que tal vez provenga de Dios. Y Dios también tiene su decrepitud, porque está encerrado en un cráneo.
Estos poemas fueron terminados y agrupados por Cecilia en vistas a una publicación.
Ella ha muerto, sin embargo el cuerpo escrito que nos ha legado no sucumbirá a los rigores de la muerte, aunque sufra los rigores de la mezquindad, cuya fuerza a veces es mayor que la obstinación de Dios.
Bernardo Ruiz
Ilustración: Max Pam
Antología "Vuelos Insomnes VI"
Antología bajo la supervisión de Norma Ruiz y Susana Orlandi Ituzaingó Provincia de Buenos Aires https://online.pubhtml5.com/jdnmq/ixpo/
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La anciana Lambra levantábase mucho antes del alba y permanecía en el umbral de su casa, justo a la entrada del pueblo, mirando hasta el...





