“Es el mundo un viejo hospital de incurables.”
Emilio Carriere
Bautista Beltrame
El rostro de los monos (1978)
¿Qué es el rostro de los
monos? ¿O mejor, de quién es el rostro de los monos? Tal vez de Bautista
Beltrame, quien ha creado esta escandalosa y multifacética galería de
personajes que van de lo absurdo a lo patético, exceptuando lo normal, por
supuesto. ¿Y qué sería lo normal para el autor? De imposible definición,
Beltrame no conoce más que los extremos de la balanza y las gamas de los
colores del hombre en su generalidad.
Y está bien que así sea, porque sin ese
desprejuicio y el tal desprecio por lo que piensen los mediocres que se
regodean, se zambullen y se revuelven en el barro de la mediocridad, no
dispondríamos de este libro donde el autor ha podido adentrarse en zonas
demasiado oscuras, tanto que ni él mismo sabe los límites de tales lugares, ni
su profundidad. Cuando escribe, es que está explorando a ciegas la mayor parte
de las veces, y cuando no lo hace, sólo ve penumbras y figuras indelebles,
deformes o informes, a las cuales nombra por azar.
Por lo tanto, los ambientes de estos
relatos, por más que sean concretos, comunes y corrientes, una playa, una
biblioteca o un hospital, sucumben ante la incertidumbre y la ambivalencia de
las miradas, y se transforman, de tal manera, en una extensión de la
personalidad del que observa. De ese modo, los simbolismos, por más que sean
evidentes, se escabullen de los cánones trillados y toman una realidad
construida con los elementos de la psiquis que los enuncia, y al pronunciarlos,
los crea.
El problema es cuando Beltrame peca de
histrionismos egocéntricos. Todos los personajes son él, porque se apropia de
ellos por más que los secuestre de la realidad cotidiana, de la realidad no
literaria, estoy hablando. El clima de los relatos es homogéneo, una virtud
halagadora para todo autor porque el estilo es un ancla que evita el desenfoque
de los desenfrenos y la arbitrariedad de lo anímico. Y, sin embargo, el olor de
la tragedia sofoca al lector, no da respiro a recuperar el equilibrio de la parsimonia,
de la piedad, siquiera.
Beltrame es cruel con sus personajes, como
debe serlo, sin temor de en caer a un paso de los melodramático. La tragedia
griega es su modelo, la fatalidad su guía, la desesperación su camino, único y
lleno de cardos.
Un atentado terrorista tiene el mismo
valor que el desprecio amoroso de una mujer, ambos, por ejemplo, llevan al
suicidio. La política es tan macabra en su determinación de las conductas como
la génesis de una enfermedad en un cuerpo humano. Y la culpa de los crímenes no
se contrapone sino que se compara con la venganza por de la víctima.
Beltrame pone en jaque, de esta forma,
nuestras ideas preconcebidas, desarma la construcción de la moral endeblemente
edificada a lo largo de los años. Y nos preguntamos: ¿qué autoridad tiene el
autor para hacerlo?
Se ha hablado de las ideas políticas y
morales de los escritores y la relación con su obra. ¿Pueden, acaso, separarse?
Si contestamos negativamente, entonces tendremos derecho a boicotear la
literatura o los literatos que no coincidan con nuestra forma de pensar y
sentir, que en la mayoría de los casos está fundamentada en prejuicios y
valores aprendidos de falsas buenas costumbres. ¿Y qué son éstas? Aquellas que
supuestamente nos permiten convivir en sociedad.
Pero Beltrame nos habla de los discursos
callados o apenas insinuados en murmullos entre dientes, nos describe de las
miradas ofuscadas y los gestos desairados y, sobre todo, los actos
irreversibles e irreconciliables con cualquier convivencia. La frustración
deviene en odio. El fracaso en ira. En esto se resume la naturaleza y la
calidad de estos relatos.
Aborrezcamos a Beltrame por sus ideas o su
conducta, pero no esquivemos su mirada, que nos abre en dos con su escalpelo de
artista y estampa en nuestra piel el informe patológico que nos define con la
tinta de su máquina de escribir.
Cecilia Taboada
Alimentar a las moscas (1973)
La autora nos entrega un
libro de poemas agrupados por temas o ejes temáticos, pero en todos ellos hay
una concatenación de sentidos. ¿Cuáles son éstos? Difícil es especificarlos,
pero la estilización de los poemas nos da una idea y una guía. La austeridad de
adjetivación, las pausas determinadas por el corte de los versos y los casi
ausentes signos de puntuación son, en mi opinión, los parámetros estilísticos
que marcan una identidad al conjunto del poemario.
Puede hablarse de sexo, de guerra o de la
pena de muerte, pero estas realidades son tomadas con la misma importancia que
adentrarse en una obras filosófico-literarias o Dickens, Kant o Shakespeare. La
poesía, para Cecilia Taboada, es una interpretación que recrea la realidad y la
lleva a un plano abstracto que la ennoblece porque, al desnudarla, le arrebata
las costras sucias con que intenta sobrevivir al tiempo. El cuerpo, máxima
representación de lo concreto fisiológico, de lo meramente temporal sometido a
los parámetros de la destrucción, se eleva al rango del espíritu cuando su
sustancia es extrapolada a la idea de los fines de su creación. Una criatura,
un animal cualquiera, no es sólo cuerpo, es también instinto, y el instinto
crea reflejos y asociaciones que representan la semilla del pensamiento.
Los poemas de Cecilia Taboada son
despojados de palabras inútiles pero están repletos de conceptos, y ese es el
objeto, pienso, de la autora, su misma idea y concepción de la poesía. La
emoción fermentada por el encomiable trabajo del pensamiento, y el resultado es
mayormente amargo, acre, a veces, que nos hace apartar la mirada de la página
escrita para recuperarnos del triste encuentro, hasta darnos cuenta, entonces,
que una sola palabra suya fue suficiente para disparar en nosotros un universo
de ideas emotivas. La inteligencia emocional, dirían algunos, con que ella
contempla los múltiples planos de la realidad simultáneamente.
Yo, en cambio, calificaría a este poemario
como un perturbador sueño en plena vigilia.
La guerra (1976)
Resulta, por lo menos,
curioso adjudicar esta novela a la misma autora de los poemas antes
considerados. Más allá de las características correspondientes a cada género,
aquellos que determinan los límites, o las idiosincrasias, si se quiere, de
cada uno, hay, sin embargo, una afinidad de objetivos y temáticas en la novela
y el poemario.
Claro que para quien empieza a leer la
prosa intensamente descriptiva, la cruenta narración de batallas, las
descripciones esmeradamente detalladas de paisajes, atavíos, lugares, personas,
el resultado es apabullante, si además consideramos los saltos en el tiempo,
aunque ordenados por capítulos que corresponden, también, a cada uno de los
personajes principales.
El resultado es, en suma, una saga y una
epopeya que tomas elementos de diversas mitologías, predominantemente nórdicas,
aunque no únicas, y las entrelaza con elementos psicológicos que incorporan y
permiten interpretaciones realistas que no descartan los factores fantásticos.
Pero la fantasía, de este modo, colinda con lo religioso, por eso se mantiene
dentro de un plano humano, acentuado además por la constante insistencia en los
objetos concretos de la realidad en que se mueven estos personajes, es decir,
lo ofrecido por la naturaleza en la que sobreviven: la caza, la carne, los
huesos, los preparados alquímicos obtenidos con productos vegetales o animales,
las armas de madera o hueso. Todos estos elementos son meros instrumentos
puestos al servicio de diversos planos que vamos descubriendo a medida que la
complejidad de la trama aumenta.
De lo meramente catastrófico de la
erupción de un volcán, vamos adentrándonos en los recovecos de las intensiones
y conflictos emocionales de los protagonistas. El personaje en el que confluyen
las diferentes tramas y que a su vez es aquel en que se amalgaman las múltiples
ambigüedades de los personajes, que se pierden entre el bien y el mal porque
ese eje que mencionamos está precisamente en el límite entre realidad y
fantasía, entre la fantasía y lo real. Lo religioso, aquí, es lo establecido,
lo que podríamos llamar real, lo que la sociedad en la que viven nuestros
personajes acepta como cierto. Lo fantástico es aquello que está fuera de la
comprensión adocenada y permitida.
Por un lado, la voz de los dioses que
dictan una política y una conducta social en la cual el Brujo, o jefe, o
presidente (para hacer equivalencias simbólicas) es la voz de la razón y la
conducta a seguir indefectiblemente, a riesgo de las consecuencias de la
desobediencia. Por otro, la rebelión de los que piensan diferente en base a una
realidad diferente comprobada por ellos mismos, el hambre y el castigo por
obedecer leyes establecidas por dioses que nadie ve y que obligan a la hambruna
y la muerte.
Cada parte tiene sus instrumentos y sus
creencias: la oficialidad con sus armas y sus leyes impuestas por sacerdotes y
soldados; los rebeldes con sus minorías intelectuales de aristocracias
elegidas. Cada una se va elevando a planos superiores del pensamiento a medida
que elementos sobrenaturales se suman a las fuerzas individuales: los dioses
por un lado, las almas de los muertos por otro.
Y uniendo ambas ideas, amalgamando los puntos coincidentes, está el
factor de la trasmigración de las almas.
Y el botín de guerra es, finalmente, los
cuerpos vivos. La carne como trofeo.
¿Existen los dioses, o son nada más que
los hombres los que pelean por volver a la única forma de vida? Pero los
cuerpos mueren, también, son destruidos. La desolación final de la novela es
una muestra de cualquier batalla.
Las ideas de Cecilia Taboada siempre
giran alrededor de conceptos, que son pensamientos, que son productos de
intercambios químicos y neuronales, que son resultado del intercambio d ellos
sentidos con el medio que rodea a los hombres. Como dice ella en uno de sus
poemas: “sexo y músculos crearon la idea, las manos formaron el mundo”.
Las asociaciones sociopolíticas son
evidentes pero no necesarias para apreciar la novela. Dan una connotación
extra, y quizá también acerquen la trama a hechos contemporáneos para aquellos
más interesados en la literatura como arma que como arte. Pero las
profundidades del texto se adentran en lugares más densos y complejos de la
naturaleza humana. La vida y la muerte, al fin, más que el bien o el mal, que
no existen por sí mismos, que son meros engendros transitorios de una psiquis
constantemente diferente y que ambiciona la unidad sin conseguirla nunca.
Ilustración: Jonathan Wolstenholme






