Estamos en guerra.
Publicar un libro de relatos en estos tiempos puede ser, para algunos, un acto de jactancia tan flagrante como ignorar, y hasta despreciar, el sacrificio último que están haciendo los combatientes en el Atlántico sur. Para mí, sin embargo, ya no son causas de miedo ni de remordimiento ninguno los motivos que puedan oponérseme. El gobierno militar caerá, tarde o temprano, y ya es nada más que una parodia, por no decir caricatura, triste y ofensiva, de lo que intentó ser. Y por parte de aquellos que durante todos estos años han estado en mi contra, por mi posición oficialista, hasta por mis crímenes, según han dicho, puedo recibir aún más golpes por esta publicación, pero una mancha más no le afecta al tigre, y tampoco le viene mal. Uno es lo que es, uno es lo que decidió ser.
Si este libro fuese un testimonio, un documento, un ensayo sobre la realidad, nadie me atacaría. Pero es un libro de ficción, por lo menos hasta cierto punto. Por lo tanto, publicar ficción, supuestamente pasatista y de entretenimiento, en estos meses, merecería la reprobación de todo ciudadano consciente de su deber civil y moral en una nación que se ha jactado desde su independencia de ser una de las más cultas de América.
Hace poco más de un mes, una mujer fue violada y asesinada en Buenos Aires. Ocurrió precisamente el 2 de abril, el día de la supuesta recuperación de las islas. De este caso, como otros tantos, se ocupó la prensa durante unos días, para luego olvidarlo. Sobre ella escribí ya un breve relato hace muchos años. Esa mujer murió sola en su departamento, mientras gran parte de la población del país festejaba las fanfarronadas de un borracho. Ese fue el motivo que me decidió a publicar el resto de los cuentos.
Pero precisamente por tratarse de un libro de ficción, la temática que abarca, la totalidad de los conflictos, la amplitud de sus referencias sociales, históricas y psicológicas involucra todo lo que a la humanidad se refiera, la guerra y el conflicto social, incluyendo, también, los límites de la moral y la falacia de los sentimientos.
Siento que debo justificarme, y así lo estoy haciendo, aunque nadie me lo pida. La culpa es un cuervo que no puede matarse, es una mancha imborrable en una prenda de la que no podemos desprendernos sin quedar desnudos. Y la desnudez, en este caso, es más terrible que la mancha.
La ficción literaria es una especie de expiación. Veamos la biblia, por ejemplo. ¿Qué es, si no, un conjunto de alegorías y fábulas, símbolos que intentan explicar lo que sólo puede ser comprendido por las leyes no escritas? Estos relatos son, también, como cuentos para niños que han crecido sin madurar, porque los personajes crecen sin resolver ninguno de sus conflictos. Viven con ellos, los evaden, los arrastran, los dominan, en escasas ocasiones, hasta que son vencidos por ellos.
Mis crímenes escritos están en estos cuentos.
Sólo una persona pudo haberlos comprendido y apreciado, y para ella los he escrito. Gloria Sanmarco desapareció hace varios años. Era maestra de escuela, aunque pudo ejercer muy poco tiempo. Un auto se la llevó, desapareciendo en la soleada calle de una ciudad.
Desde entonces el sol es una sombra, y la paz es una guerra.
En ese lugar vivo desde entonces. Por eso, este libro de cuentos es la expresión de las guerras del hombre. Es un homenaje, ni frívolo ni ficticio. Decadente, tal vez. Cobarde, seguramente. Porque hasta los sentimientos claudican en las redes de la hipocresía. La mente humana es un cementerio, decía una poeta amiga.
Expongo mi alma al castigo. Vengan entonces los detractores del sentimentalismo a atacarme, tendrán razón. Vengan los defensores de la realidad, y serán bienvenidos. Pero yo les daré mi bienaventuranza a los mediocres, a los fracasados y a los criminales, que no han podido ser otra cosa, en la perpetua guerra cotidiana, en los perennes dolores que corroen los cimientos de la individualidad.
Para ellos he escrito este libro, los hipócritas a pesar de sí mismos, los mentirosos inmersos en el interminable ciclo del arrepentimiento, los asesinos rodeados de columnas de fuego. Porque no hay escape, los suelos son de fango y no hay pasamanos que bajen del cielo. Una bala mata un cuerpo que se pudre, su epitafio es el recuerdo. Una palabra causa estragos, deja la infamia como heredera, y la infamia nunca muere.
El único sitio donde no es posible engañarse, es la imaginación luminosa. Ella tolera y lo abarca todo. La imaginación es un nido de halcones que dan caza a las ratas de la incertidumbre, sobrevolando en círculos concéntricos que giran a veces en forma centrífuga o centrípeta, pero de ambas formas se expande hacia el infinito exterior o el infinito interior.
La imaginación no es algo que se inventa, sino algo que puede verse en las interfaces de la cotidianeidad.
Quien bien lee, bien entiende que en los claroscuros nacen los conflictos, que en los grises está el caldo de cultivo de las tragedias, que, del fondo de un calmo pozo oscuro, resurgen los traumas de los que intentamos deshacernos.
Yo los invito a asomarnos a ese mundo, y a quienes no teman ser aniquilados, a adentrarse y ser parte de él.
Bautista Beltrame
“El Radar de Buenos Aires”
Ilustración: Phil Hale

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