martes, 21 de julio de 2026

Dándole a un pueblo el nombre de Ameghino (Valentín Graciano)

 






En la sesión que el día 5 de Julio de 1912 celebró la Cámara de Dipu- 

4 tados de la provincia de Buenos Aires, el miembro de esa Cámara, señor 

Valentin M. Graciano, presentó y fundó el siguiente proyecto de ley: 




Sr. Graciano — Pido la palabra. 


Para fundar brevemente el proyecto de que acaba de darse lectura. 


Paulatinamente se van agotando los nombres con títulos más o menos 

legítimos a la consagración nacional. 


El escalafón de nuestra antiguo ejército, de glorias compartidas a 

varias naciones sudamericanas, ha dado ya todo lo mejor que podia dar; 

y desde San Martin hasta el negro Falucho, cuyos extremos ocupan por 

orden jerárquico, los oficiantes en la tarea de nominar pueblos no van 

encontrando tipos suficientes con que llenar un nuevo componedor de la 

historia. 


Y los guerreros de nuestra unificación, y los del Paraguay, y los Cor:- 

gresos y gobiernos provinciales, y hasta nuestra incipiente diplomacia, 

ven agotarse sus reservas después de haber dado contribución copiosa 

a la nomenclatura de pueblos, calles y plazas, mientras nuevos pueblos, 

con nuevas calles y nuevas plazas, surgen a diario como por generación 

espontánea sobre nuestros dilatados campos, con esa vitalidad asombrosa 

que emerge de la tierra vírgen, y con las energías que parecen infundirle 

en su aliento de fuego las usinas o fábricas en ellos levantadas. 


No es de extrañar, entonces, señor Presidente, si en el partido de Ge- 

neral Pinto, de nuestra Provincia, existe una población de porvenir ase- 

gurado por su situación topográfica, por la bondad del suelo y la pureza 

de las aguas, por la subdivisión de la propiedad y por sus industrias flo- 

recientes, que aún no tiene nombre a pesar de los 4.000 habitantes apro- 

ximados de su planta urbana. 


A este pueblo las gentes lo conocen por «Halsey», porque la empresa 

del Ferrocaril Oeste puso tal nombre a la estación ubicada en una de sus 

calles, rindiendo homenaje, supongo, al introductor de los carneros meri- 

nos traídos al país; y para que esa personalidad merezca perpetuarse 

por nosotros, sería necesario saber primero si los merinos se introdujeron 

con el deliberado propósito de beneficiarnos, o si nos beneficiamos al 

prosperar nuestra industria lanar por la importación de esa raza, hecha 

con fines especulativos, con proyecciones puramente comerciales...; 

pero no estamos discutiendo nombres de estaciones, facultad que compete 

a los directorios de ferrocarriles y Ministerio Nacional de Obras Públicas. 


Quien fundó el pueblo conocido por Halsey, lo denominó «Las Medias 


Lunas», como figura en su plano primitivo y correspondiente decreto, por- 

que así designaban popularmente a unas lagunas que allí existieron y 

han desaparecido ya; por consiguiente, este nombre tampoco tiene ra- 

zón de ser, ni lo han querido usar nunca los habitantes de ese paraje. 

Como el vecindario necesitara la creación de un Juzgado de Paz, y me 

encargase de presentar el correspondiente proyecto en nuestra Cámara, 

parecióme bien aprovechar la oportunidad para bautizar al pueblo con 

un nombre digno de perpetuarse, como el de Ameghino, conocido donde 

quiera la ciencia moderna alcance, y aun no honrando como merece el 

gran sabio cuya vida y obras es innecesario aquilatar, porque pasaron, 

resistiendo todas las pruebas, por el tamiz de la crítica, no argentina, 

quizá sospechada de orgullo legítimo, sino por la de los hombres inte- 

lectuales del mundo. 


Alguna vez, en las incursiones históricas que emprendemos, a caza de 

nombres dignos de cimentar con su fama la unidad nacional en un pasado 

de gloria común, debemos abandonar los trillados rumbos donde se en- 

cuentran militares victoriosos, eximios gobernantes, o sagaces políticos, 

piedras labradas cuyas múltiples facetas no siempre ocultan a la inspec- 

ción con lente fallas naturales o dejadas por el pulso inseguro del orfe- 

bre; y marchando con distinto norte, buscar esas piedras lisas del saber, 

muy raras, que no fulguran chispas de gloria, pero reflejan en su faz 

única la luz diáfana de las ciencias, como refleja el amatista en su azul 

nitidez la claridad del cielo. 


Excluyendo a San Martín y a Wáshington, quienes a su dualidad de 

guerreros y libertadores unían grandeza de alma nada común — y sin dis- 

cutir siquiera que dicha grandeza sea incompatible con los demás hom- 

bres que ejercen el oficio de las armas — bien sabemos que si las espa- 

das victoriosas enceguecen con su brillar efímero, no alumbran en sus 

reflejos más de una nación y a lo sumo un continente, como el relám- 

pago no alcanza a iluminar más que el determinado radio de horizonte 

que la tormenta abarca; pero las luces de esas piedras lisas que llama- 

mos sabios, son blancas y tranquilas, son faros alumbrando derroteros a 

la humanidad, por siglos y por siglos. | 

Y pienso que sus nombres tienen tanto, sino mejor derecho a ser per- 

petuados, aunque en ambos casos lo mismo se ha servido a la patria; pero 

bien puedo afirmar, porque es convicción en mí, que más fama nos ha 

dado en el mundo Ameghino con sus estudios sobre antropología, con sus 

colecciones de restos antediluvianos desenterrados pacientemente durante 

años para estudiar nuestra fauna prehistórica, y con sus teorías sobre el 

origen del hombre, que cuanto han logrado por sus negociaciones nues- 

tros diplomáticos. Una verdad comprobada en el mundo de la ciencia, 

señor Presidente, no se extingue; y los tratados felices no son más de 

un momento en la vida de las naciones. | 


No entra en mis propósitos seguir molestando la atención de la Cámara 

con el elogio del que empezará sus servicios a la Provincia con el humil- 

de empleo de maestro de grado en una escuela de Mercedes, desde cu- 

yas puertas tal vez le gritamos siendo niños «loco Ameghino», viéndolo 

llegar embarrado y bolsa al hombro repleta de fósiles extraídos a las 

márgenes del Luján. El monitor de entonces, había iniciado ya silencio- 

so por empinado y desierto camino su marcha ascensional hacia las cum- 

bres de la ciencia, y holló con su planta las más altas, pontificó desde 

ellas para los demás sabios del orbe, y confirmó con su propia existencia 

la posibilidad de que puedan salir de este inmenso crisol, donde se fun- 

den y amalgaman todas las razas, cerebros bien organizados, capaces de 

destacarse entre los demás cerebros humanos con lineamientos y relieves 

tan vigorosos como el suyo. 


Estas son las razones que puedo aducir en pro de mi proyecto, en 

cuanto se refiere al cambio de nombre; y en lo referente a la necesidad 

de crear el Juzgado de Paz, fluye clara de los datos estadísticos que he 

dejado en Secretaría para la Comisión que entienda en el asunto.




Ilustración: Andrey Zadorine




No hay comentarios:

Dándole a un pueblo el nombre de Ameghino (Valentín Graciano)

  En la sesión que el día 5 de Julio de 1912 celebró la Cámara de Dipu-  4 tados de la provincia de Buenos Aires, el miembro de esa Cámara, ...