viernes, 22 de mayo de 2026

Si hubiera sospechado lo que se oye (Oliverio Girondo)






Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido.


Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discusiones y las escenas de familia.


¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que es bien morir!


Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas que se producen a cada instante.


Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la tumba de enfrente.


Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre nosotros todos los habitantes del cementerio.


De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.


Aunque parezca mentira -esas humillaciones- ese continuo estruendo resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.


Por lo común, estos sobrevienen con una brusquedad de síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica, choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya va a extinguirse, y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el sueño para siempre.


¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!




Ilustración. Newell Convers Wyeth

jueves, 21 de mayo de 2026

El asalto (Carlos Drummond de Andrade)






La casa suntuosa en Leblon está guardada por un mastín de terrible semblante, que duerme con los ojos abiertos; o quizás no duerma, de tan vigilante que es. Por eso, la familia vive tranquila, y nunca hubo noticia de asalto a una residencia tan bien protegida.


Hasta la semana pasada. La noche del jueves, un hombre logró abrir el pesado portal de hierro y penetrar en el jardín. Iba a hacer lo mismo con la puerta de la casa, cuando el perro, que astutamente lo había dejado acercarse (para arrancarle toda la ilusión conquistada), se lanza hacia él y lo acomete en la pierna izquierda. El ladrón quiso sacar el revólver, pero no hubo ni tiempo para ello. Cayendo al suelo, bajo las patas del enemigo, le suplicó con los ojos que lo dejase vivir y con la boca prometió que jamás intentaría asaltar aquella casa. Habló por lo bajo para no despertar a los residentes, temiendo que la situación pudiera agravarse.


El animal pareció entender la súplica del ladrón y lo dejó salir en un estado lamentable. En el jardín quedó un trozo de pantalón. Al día siguiente, la criada no comprendió por qué razón una voz, al teléfono, diciendo que era de Salud Pública, preguntaba si el perro estaba vacunado. En ese momento, el perro, que estaba al lado de la doméstica, agitó la cola, afirmativamente.




Ilustración: Howard Pyle

miércoles, 20 de mayo de 2026

El gesto de la muerte (Jean Cocteau)






Un joven jardinero persa dice a su príncipe:


-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.


El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:


-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?


-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.




Ilustración: Zygmunt Andrichewicz

martes, 19 de mayo de 2026

El viento (Blaise Cendrars)






A comienzos de la estación seca ves a todos los pájaros remontarse muy alto por los aires. Dan vueltas, aletean, se abalanzan, se dejan caer, remontan el vuelo, se persiguen, infatigables, obstinados, como si quisieran despistar. Todas las mañanas se citan en el cielo, donde evolucionan por bandadas, juguetean y pían a cual más fuerte. Pero si los observas más detenidamente, verás que semejante torbellino de alas, plumas y trinos ensordecedores, que cualquiera podría tomar por una pelea, no está causado por los pájaros, sino por el viento, el viento que los lleva, el viento que los lanza, el viento que los sopla, los anima y los cansa.


Lo mismo ocurre a ras de suelo con eso que pasa levantando polvo, esa rápida bola de plumas, temblorosas, que no es el avestruz, sino el viento.


El viento.


El viento vive en la cumbre de una montaña muy alta. Vive en una gruta. Pero casi nunca está en casa, pues no puede estarse quieto. Siempre tiene que salir. Cuando está dentro, da voces y su cueva resuena en la lejanía como el trueno.


Cuando por casualidad se queda dos o tres días en su casa, tiene que dedicarse a hacer ejercicio. Baila, brinca, salta sin ton ni son; le propina grandes arañazos a las piedras de silex, picotazos a las rocas, aletazos a su puerta, aunque la tierra se estremezca a lo lejos y el monte en que habita esté lleno de barrancos. Pero no debemos creer por eso que está enfurecido o que mide sus fuerzas, no. Se divierte. Juega. Eso es todo.


Hace tanto ejercicio que siempre tiene hambre. Por eso entra, sale, vuelve a casa y sale de nuevo. Pero es todavía más impulsivo que glotón. Vuela hasta muy lejos para traer una semilla diminuta que deja caer antes de volver para abalanzarse sobre una piedra brillante que se dispone a depositar en su nido. su casa está llena de conchas, chinas, de cosas atractivas e inútiles, un viejo trozo de hierro, un espejo. No hay nada que comer, nada bueno. Fuera, se come una mosca, la emprende con un plátano, desentierra una raíz de mandioca, sacude los árboles sin recoger las nueces, salta de los arrozales a los campos de mijo, revuelve el maíz, dispersa las habichuelas y las habas. Siempre distraído, pero con el ojo encendido por la codicia, suele comisquear todo sin llegar a alimentarse de forma seria. Por eso siempre tiene hambre.


Es un ser tan atolondrado que con frecuencia ignora el porqué de su salida y llega a olvidar su hambre. Entonces se pregunta:


-¿Por qué estoy dando vueltas en el aire?


Y se enfurece y destroza todo, las plantaciones y lo demás, y aterroriza a los hombres guarecidos en sus pueblos. Una vez que ha conseguido derribar la choza de paja del jefe, ya se encuentra satisfecho y se remonta muy alto por los aires.


Entonces se dice que planea.


El agua apenas se riza.


¿Has notado que el viento no tiene sombra, ni siquiera cuando merodea en torno al sol, en pleno mediodía?


Es un auténtico mago.


Por eso es inconstante.


Es el hijo de la Luna y el Sol.


Por eso nunca duerme y nunca se sabe cuando bromea, zascandilea o se enfada.


A fuerza de ir y venir, de dar vueltas y de regresar una y mil veces sobre sus pasos, nada se mueve en torno a su vivienda. Allí no hay más que piedras, piedras, arena y piedras movedizas. Es un espantoso desierto de calor y sed, y otra vez calor. Aquí es donde el viento juguetea como si tuviera hijos pequeños. Pero no tiene hijos. Vive solo. Y todas esas señales en la arena, las grandes y las pequeñas, las ha hecho el viento, bien posándose sobre sus patas, bien con la punta de las alas al desplazarse, y si os caéis en un hoyo, es también el viento quien lo hizo a propósito con un pico.


¡Busca al viento! Pensarás que está en una duna y estará en un barranco; lo buscarás por los valles y estará en la cresta de una montaña. ¡Busca al viento! Se reirá de ti en cada desfiladero, en cada pliegue del terreno, lejos o muy cerca, detrás de ti remolinea. ¿Qué forma tiene? Si rastreas huellas en la arena, acabarás como una tortuga. Pero el viento está en la tortuga. Él ríe. Es un tambor. Y si oyes andar por las piedras, no es un lagarto, es el viento, sí, el viento.


Cuando el viento acaba por tener demasiado calor en su tierra, se marcha lejos y se deja caer en el mar. ¿Crees acaso que saltan los peces? No, es el viento. ¿Una piragua que zozobra? No, es el viento. ¿Una nube?


¡Ya está aquí la lluvia!


¡Ya está aquí la lluvia!


¡El tiempo seco ha terminado!


¡Y es otra vez el viento!


Gracias, viento.




Ilustración: Camille Corot

lunes, 18 de mayo de 2026

El mito de Sísifo (Albert Camus)





Cuando estaba a punto de morir, Sísifo quiso poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí, irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por el cuello, lo apartó de sus goces y lo llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.




Ilustración. Odd Nerdrum

domingo, 17 de mayo de 2026

Tren de la mañana (Thomas Bernhard)






Sentados en el tren de la mañana, miramos por la ventanilla precisamente cuando pasamos por el barranco al que, hace quince años, cayó el grupo de colegiales con el que íbamos de excursión a la cascada, y pensamos en que nosotros nos salvamos pero los otros, sin embargo, están muertos para siempre. La profesora que llevaba a nuestro grupo a la cascada se ahorcó inmediatamente después de la sentencia de la Audiencia de Salzburgo, que fue de ocho años de prisión. Cuando el tren pasa por ese sitio, oímos, con los gritos del grupo, nuestros propios gritos.




Ilustración: Francis DiFronzo

viernes, 15 de mayo de 2026

Tranvía (Andrea Bocconi)






Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos”, pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.


Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.


Dudó. Ella bajó.


Se sintió divorciado: “¿Y los niños, con quién van a quedarse?”




Ilustración: Carlos Franken

jueves, 14 de mayo de 2026

En la sierra (Arturo Barea)







Esto fue en el primer otoño de la guerra.


El muchacho -veinte años- era teniente; el padre, soldado, por no abandonar al hijo. En la Sierra dieron al hijo un balazo, y el padre le cogió a hombros. Le dieron un balazo de muerte. El padre ya no podía correr y se sentó con su carga al lado.


-Me muero, padre, me muero.


El padre le miró tranquilamente la herida mientras el enemigo se acercaba. Sacó la pistola y le mató.


A la mañana siguiente, fue a la cabeza de una descubierta y recobró el cadáver del hijo abandonado en mitad de las peñas. Lo condujo a la posición. Le envolvieron en una bandera tricolor y le enterraron.


Asistió el padre al entierro. Tenía la cabeza descubierta mientras tapaban al hijo con la tierra aterronada, dura de hielo.


La cabeza era calva, brillante, con un cerquillo de pelos canos alrededor. Con la misma pistola hizo saltar la tapadera brillante de la calva.


Quedó el cerquillo de pelo gris rodeando un agujero horrible de sangre y de sesos.


Le enterraron al lado del hijo.


El frío de la Sierra hacía llorar a los hombres.




Ilustración: Jorge Frasca

miércoles, 13 de mayo de 2026

La partida (Leónidas Barletta)







Trajeron agua del río, y se lavó, despacio.


-Mire, Adelina, deme una camisa limpia -dijo con voz ahogada-, quiero irme decente.


La mujer le anudó el pañuelo al cuello y le peinó el cabello largo alrededor de las orejas.


-Bueno; me voy -dijo con una exaltación ahogada-. Tráigame el rebenque grande, ¿quiere?


Los ojos, chiquitos, con un anillo de agua en la pupila, brillaron agudos por un instante.


-Bueno; me voy -repitió, ensimismado.


La mujer se movió; fija la mirada triste, las manos, cruzadas sobre el vientre.


-Bueno; me voy -tornó a decir, y agregó con cierta firmeza: -Déjela entrar nomás a la Elenita.


La muchacha entró, demudada. Quedó inmóvil junto a su padre y gruesas lágrimas empezaron a mojarle la cara.


-¿Por qué llora, pues? -dijo él suavecito-. Enjúguese. Acérquese a besar a su padre. No pierda el tiempo. Ya tendrá ocasión de llorar. Béseme de una vez y hágalo entrar al Emilio.


La separó despacito de su rostro y la muchacha salió, hipando.


Afuera se detuvo frente a su hermano y a su madre y dijo, aspirando las sílabas:


-¡Se va!


La puerta del rancho volvió a chirriar y entró el varón, serio, indeciso, mirando con insistencia al suelo, balanceándose como si tuviese que tomar impulso para dar un salto.


El padre lo miró de hito en hito, y de repente, exclamó con la voz alterada:


-Vea, muchacho… Deme su mano… ¡Qué embromar…! ¡Si es un alivio…! -y al apretar la mano, añadió…-: ¡Esto me basta!


Y como sabía que su hijo no iba a soltar palabra, dijo por él:


-¡Y que me vaya lindo!


Fue un apretón de manos corto, firme.


-Deje entrar ahora a su madre, que está esperando.


Salió el mozo, con la boca apretada, respirando fuerte y esquivando los ojos. Se plantó frente a su madre y a su hermana y masculló entre dientes, como con rabia:


-¡Se va!


Y entró la madre. Se aproximó lentamente al hombre; los ojos colorados, la boca estremecida.


-Siéntese -murmuró él-. Quédese un ratito así. No me diga nada. ¿Comprende?


Varillas de luz caían desde el techo del rancho. Oían distintamente el ruido que hacían los dos al respirar.


Él no necesitó mirarla para saber que tenía los ojos llenos de lágrimas. Le dijo con dulzura:


-Mire, Adelina, usté no pudo ser mejor de lo que fue… Mire… ¡y ojalá yo hubiese sido como usted quiso que fuera…! ¡Verdá…! ¡Verdá…!


Hizo un instante de silencio y luego:


-¡Está bueno…! Mire, Adelina, prepárese nomás. Y déjese de andar lloriqueando. Todas las partidas son lo mesmo. Verdá. Y ahora, con su licencia, déjeme que me vaya.


Entonces la mujer se arrodilla y barbota entre sollozos:


-No, Bautista, si usté no se me va. ¡Qué se me va a ir! ¡Cómo me va a dejar a mí solita! ¡Hemos andado tanto tiempo acollarados! ¡No, si usté no se me va!


Pero se interrumpe de golpe porque la mano de su hombre ha caído inerte fuera del camastro.


Ahora se enjuga los ojos, sale del rancho, enfrenta desesperada a sus hijos y dice con voz ronca:


¡Se jue!




Ilustración: Balthazar Klossowski de Rola

martes, 12 de mayo de 2026

Los mareados (Enrique Cadícamo - Juan Carlos Cobián)

 





Rara..

como encendida

te hallé bebiendo

linda y fatal...

Bebías

y en el fragor del champán,

loca, reías por no llorar...

Pena

Me dio encontrarte

pues al mirarte

yo vi brillar

tus ojos

con un eléctrico ardor,

tus bellos ojos que tanto adoré...


Esta noche, amiga mía,

el alcohol nos ha embriagado...

¡Qué importa que se rían

y nos llamen los mareados!

Cada cual tiene sus penas

y nosotros las tenemos...

Esta noche beberemos

porque ya no volveremos

a vernos más...


Hoy vas a entrar en mi pasado,

en el pasado de mi vida...

Tres cosas lleva mi alma herida:

amor... pesar... dolor...

Hoy vas a entrar en mi pasado

y hoy nuevas sendas tomaremos...

¡Qué grande ha sido nuestro amor!...

Y, sin embargo, ¡ay!,

mirá lo que quedó...





Ilustración: Jack Vettriano

domingo, 10 de mayo de 2026

A un domador de caballos (Leopoldo Marechal)

 






1


Cuatro elementos en guerra

forman el caballo salvaje.

Domar un potro es ordenar la fuerza

y el peso y la medida;

es abatir la vertical de fuego

y enaltecer la horizontal de agua;

poner un freno al aire, dos alas a la tierra.


¡Buen domador el que armoniza y tañe

las cuatro cuerdas del caballo!

(Cuatro sonidos en guerra

forman el potro salvaje).

Y el que levanta las manos de músico y las pone

sobre la caja del furor

puede mirar de frente a la Armonía

que ha nacido recién

y en pañales de llanto.

Porque domar un potro

es como templar una guitarra.


2


¡Domador de caballos y amigo que no pone

fronteras a la amistad,

y hombre dado al silencio

como a un vino precioso!

¿Por qué vendrás a mí con el sabor

de los días antiguos,

de los antiguos días abiertos y cerrados

a manera de flores?

¿Vienes a reclamar el nacimiento

de un prometido elogio,

domador de caballos?


(Cordajes que yo daba por muertos resucitan:

recobran en mi mano el peligroso

desvelo de la música).


3


Simple como un metal, metal de hombre,

con el sonido puro

de un hombre y un metal;

oscuro y humillado

pero visible todavía el oro

de una nobleza original que dura

sobre tu frente;

hombre sin ciencia, mas escrito

de la cabeza hasta los pies con leyes

y números, a modo

de un barro fiel;

y sabio en la medida

de tu fidelidad;

así vienes, amigo sin fronteras,

así te vemos en el Sur:

y traes la prudencia ceñida a tus riñones.

Y la benevolencia

como una flor de sal en tu mirada

se abre para nosotros, domador.


4


¡Edificada tarde!

Su inmensa curva de animal celeste

nos da la tierra;

somos dos hombres y un domador de caballos,

puestos en un oficio musical.

Hombre dado al silencio como a un vino precioso,

te adelantas ahora:

en tu frente la noble costumbre de la guerra

se ha dibujado como un signo,

y la sagacidad en tu palabra

que no deshoja el viento.


5


¿Qué forma oscura tiembla y se resuelve

delante de nosotros?

¿Qué gavilla de cólera recoge

tu mano, domador?

(Cuatro sonidos en guerra

forman el potro salvaje.)

Somos dos hombres y un domador de caballos

puestos en un oficio musical.


Y el caballo es hermoso: su piel relampagueante

como la noche;

con el pulso del mar, con la graciosa

turbulencia del mar:

hecho a la traslación, a la batalla

y a la fatiga: nuestro signo.


6


El caballo es hermoso como un viento

que se hiciera visible,

pero domar el viento es más hermoso

y el domador lo sabe.


Y así los vemos en el Sur: jinete

del río y de la llama;

sentado en la tormenta

del animal que sube como el fuego

que se dispersa como el agua viva;

sus dedos musicales afirmados

en la caja sonora

y puesta su atención en la Armonía

que nace de la guerra, flor de guerra.


7


Así lo vimos en el Sur. Y cuando,

vencedor y sin gloria,

hubo estampado en el metal caliente

de la bestia su sello y nuestras armas,

¡amigo sin riberas! lo hemos visto

regresar al silencio,

oscuro y humillado,

pero visible todavía el oro

de una realeza antigua que no sabe

morir sobre su frente.


Su nombre: Domador de Caballos, al Sur.

Domador de caballos,

no es otra su alabanza.




Ilustración. Aldo Chiappe


sábado, 9 de mayo de 2026

Vienen (Samuel Beckett)






vienen

diferente e iguales

con cada una es diferente y es igual

con cada una la ausencia de amor es diferente

con cada una la ausencia de amor es igual


vienen

diferentes e idénticas

con cada una es diferente y es lo mismo

con cada una la ausencia de amor es diferente

con cada una la ausencia de amor es la misma




Ilustración: Joseph Stallaert


viernes, 8 de mayo de 2026

A Federico García Lorca (Rafael Alberti)






Sal tú, bebiendo campos y ciudades,

en largo ciervo de agua convertido,

hacia el mar de las albas claridades,

del martín-pescador mecido nido;


que yo saldré a esperarte, amortecido,

hecho junco, a las altas soledades,

herido por el aire y requerido

por tu voz, sola entre las tempestades.


Deja que escriba, débil junco frío,

mi nombre en esas aguas corredoras,

que el viento llama, solitario, río.


Disuelto ya en tu nieve el nombre mío,

vuélvete a tus montañas trepadoras,

ciervo de espuma, rey del monterío.




Ilustración: Rodolfo Amoedo

jueves, 7 de mayo de 2026

Ya la locura levanta su ala (Anna Ajmatova)







Ya la locura levanta su ala

para cubrir la mitad de mi alma.

¡Ese sabor del vino hipnótico!

¡Tentación del oscuro valle!


Ahora todo está claro.

Admito mi derrota. El lenguaje

de mis delirios en mi oído

es el lenguaje de un extranjero.


Inútil caer de rodillas

e implorar piedad.

Nada que cuente, excepto mi vida,

es mío para llevármelo:

no los ojos terribles de mi hijo,

no la cincelada flor pétrea

del dolor, no el día de la tormenta,

no la tribulación en la hora de visita,

no la querida frialdad de sus manos,

no la sombra agitada en los árboles de lima,

no el fino canto del grillo

en la consoladora palabra de la partida.




Ilustración: Wilfredo Lam


miércoles, 6 de mayo de 2026

Verdaderamente tuyo (Cesare Pavese)




Verdaderamente tuyo es solo lo que vuelve a ti infinitas veces en la fantasía y no puedes dejar de soñar.





Ilustración: Egon Schiele




martes, 5 de mayo de 2026

lunes, 4 de mayo de 2026

Muy débil es la razón (Blaise Pascal)





Muy débil es la razón si no llega a comprender que hay muchas cosas que la sobrepasan.





Ilustración: Susano Correia

domingo, 3 de mayo de 2026

sábado, 2 de mayo de 2026

Mi raza (José Martí)

 




Esa de racista está siendo una palabra confusa y hay que ponerla en claro. El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza o a otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre; peca por redundante el blanco que dice: “Mi raza”; peca por redundante el negro que dice: “Mi raza”. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que especifica, aparta o acorrala es un pecado contra la humanidad. ¿A qué blanco sensato le ocurre envanecerse de ser blanco, y qué piensan los negros del blanco que se envanece de serlo y cree que tiene derechos especiales por serlo? ¿Qué han de pensar los blancos del negro que se envanece de su color? Insistir en las divisiones de raza, en las diferencias de raza, de un pueblo naturalmente dividido, es dificultar la ventura pública y la individual, que están en el mayor acercamiento de los factores que han de vivir en común. Si se dice que en el negro no hay culpa aborigen ni virus que lo inhabilite para desenvolver toda su alma de hombre, se dice la verdad, y ha de decirse y demostrarse, porque la injusticia de este mundo es mucha, y es mucha la ignorancia que pasa por sabiduría, y aún hay quien crea de buena fe al negro incapaz de la inteligencia y corazón del blanco; y si a esa defensa de la naturaleza se la llama racismo, no importa que se la llame así, porque no es más que decoro natural y voz que clama del pecho del hombre por la paz y la vida del país. Si se aleja de la condición de esclavitud, no acusa inferioridad la raza esclava, puesto que los galos blancos, de ojos azules y cabellos de oro, se vendieron como siervos, con la argolla al cuello, en los mercados de Roma; eso es racismo bueno, porque es pura justicia y ayuda a quitar prejuicios al blanco ignorante. Pero ahí acaba el racismo justo, que es el derecho del negro a mantener y a probar que su color no le priva de ninguna de las capacidades y derechos de la especie humana.


El racista blanco, que le cree a su raza derechos superiores, ¿qué derechos tiene para quejarse del racista negro que también le vea especialidad a su raza? El racista negro, que ve en la raza un carácter especial, ¿qué derecho tiene para quejarse del racista blanco? El hombre blanco que, por razón de su raza, se cree superior al hombre negro, admite la idea de la raza y autoriza y provoca al racista negro. El hombre negro que proclama su raza, cuando lo que acaso proclama únicamente en esta forma errónea es la identidad espiritual de todas las razas, autoriza y provoca al racista blanco. La paz pide los derechos comunes de la naturaleza; los derechos diferenciales, contrarios a la naturaleza, son enemigos de la paz. El blanco que se aísla, aísla al negro. El negro que se aísla, provoca a aislarse al blanco.


En Cuba no hay temor a la guerra de razas. Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. En los campos de batalla murieron por Cuba, han subido juntas por los aires, las almas de los blancos y de los negros. En la vida diaria de defensa, de lealtad, de hermandad, de astucia, al lado de cada blanco hubo siempre un negro. Los negros, como los blancos, se dividen por sus caracteres, tímidos o valerosos, abnegados o egoístas, en los partidos diversos en que se agrupan los hombres. Los partidos políticos son agregados de preocupaciones, de aspiraciones, de intereses y de caracteres. Lo semejante esencial se busca y halla por sobre las diferencias de detalle; y lo fundamental de los caracteres análogos se funde en los partidos, aunque en lo incidental o en lo postergable al móvil común difieran. Pero en suma, la semejanza de los caracteres, superior como factor de unión a las relaciones internas de un color de hombres graduado y en su grado a veces opuesto, decide e impera en la formación de los partidos. La afinidad de los caracteres es más poderosa entre los hombres que la afinidad del color. Los negros, distribuidos en las especialidades diversas u hostiles del espíritu humano, jamás se podrán ligar, ni desearán ligarse, contra el blanco, distribuido en las mismas especialidades. Los negros están demasiado cansados de la esclavitud para entrar voluntariamente en la esclavitud del color. Los hombres de pompa e interés se irán de un lado, blancos o negros; y los hombres generosos y desinteresados se irán de otro. Los hombres verdaderos, negros o blancos, se tratarán con lealtad y ternura, por el gusto del mérito y el orgullo de todo lo que honre la tierra en que nacimos, negro o blanco. La palabra racista caerá de los labios de los negros que la usan hoy de buena fe, cuando entiendan que ella es el único argumento de apariencia válida y de validez en hombres sinceros y asustadizos, para negar al negro la plenitud de sus derechos de hombre. Dos racistas serían igualmente culpables: el racista blanco y el racista negro. Muchos blancos se han olvidado ya de su color, y muchos negros. Juntos trabajan, blancos y negros, por el cultivo de la mente, por la propagación de la virtud, por el triunfo del trabajo creador y de la caridad sublime.


En Cuba no hay nunca guerra de razas. La República no se puede volver atrás; y la República, desde el día único de redención del negro en Cuba, desde la primera constitución de la independencia el 10 de abril en Guáimaro, no habló nunca de blancos ni de negros. Los derechos públicos, concedidos ya de pura astucia por el Gobierno español e iniciados en las costumbres antes de la independencia de la Isla, no podrán ya ser negados, ni por el español que los mantendrá mientras aliente en Cuba para seguir dividiendo al cubano negro del cubano blanco, ni por la independencia. que no podría negar en la libertad los derechos que el español reconoció en la servidumbre.


Y en lo demás, cada cual será libre en lo sagrado de la casa. El mérito, la prueba patente y continua de cultura y el comercio inexorable acabarán de unir a los hombres. En Cuba hay mucha grandeza en negros y blancos.




Ilustración: Domingo Ulloa

viernes, 1 de mayo de 2026

Manifiesto poético (Dylan Thomas)







Usted quiere saber por qué y cómo empecé a escribir poesía y qué poetas o tipo de poesía me emocionaron e influyeron en mí. Para responder a la primera parte de esta pregunta diría que en primer lugar quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras. Lo que las palabras representaban, simbolizaban o querían decir tenían una importancia muy secundaria: lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo. Y para mí esas palabras eran como pueden ser para un sordo de nacimiento que ha recuperado milagrosamente el oído: los tañidos de las campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores del viento, el mar y la lluvia, el ruido de los carros de lechero, los golpes de los cascos sobre el empedrado, el jugueteo de las ramas contra el vidrio de una ventana. No me importaba lo que decían las palabras, ni tampoco lo que le sucediera a Jack, a Jill, a la Madre Oca y a todos los demás; me importaban las formas sonoras que sus nombres y las palabras que describían sus acciones creaba en mis oídos; me importaban los colores que las palabras arrojaban a mis ojos. Me doy cuenta de que quizás, mientras repienso todo aquello, estoy idealizando mis reacciones ante las simples y hermosas palabras de esos poemas puros, pero eso es todo lo que honestamente puedo recordar, aunque el tiempo haya podido falsear mi memoria.


Me enamoré inmediatamente -ésta es la única expresión que se me ocurre-, y todavía estoy a merced de las palabras, aunque ahora a veces, porque conozco muy bien algo de su conducta, creo que puedo influir levemente en ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece gustarles. Inmediatamente empecé a trastabillar detrás de las palabras. Y cuando yo mismo empecé a leer los poemas infantiles. y, más tarde, otros versos y baladas, supe que había descubierto las cosas más importantes que podían existir para mí. Allí estaban, aparentemente inertes, hechas sólo de blanco y negro, pero de ellas, de su propio ser, surgían el amor, el terror, la piedad, el dolor, la admiración y todas todas las demás abstracciones imprecisas que tornan peligrosas, grandes y soportables nuestras vidas efímeras.


De ellas surgían los transportes, gruñidos, hipos y carcajadas de la diversión corriente de la tierra; y aunque a menudo lo que las palabras significaban era deliciosamente divertido por sí mismo, en aquella época casi olvidada me parecían mucho más divertidos la forma, el matiz, el tamaño y el ruido de las palabras a medida que tarareaban, desafinaban, bailoteaban y galopaban. Era la época de la inocencia; las palabras estallaban sobre mí, despojadas de asociaciones triviales o portentosas; las palabras eran su propio ímpetu, frescas como el rocío del Paraíso, tales como aparecían en el aire. Hacían sus propias asociaciones originales a medida que surgían y brillaban. Las palabras “Cabalga en un caballito de madera hasta Banbury Cross” (Ride a cock hurse to Banbury Cross), aunque entonces no sabía que era un caballito de madera ni me importaba un bledo donde pudiera estar Banbury Cross, eran tan obsesionantes como lo fueron más tarde líneas como las de John Donne: “Ve a recoger una estrella errante. Fecunda una raíz de mandrágora” (Go and catch a falling star. Get with child a mandrake root), que tampoco entendí cuando leí por primera vez. Y a medida que leía más y más, y de ninguna manera eran sólo versos, mi amor por la verdadera vida de las palabras aumentó hasta que supe que debía vivir con ellas y en ellas siempre. Sabía, en verdad, que debía ser un escritor de palabras y nada más.


Lo primero era sentir y conocer sus sonidos y sustancia; qué haría con esas palabras, cómo iba a usarlas, qué diría a través de ellas, surgiría más tarde. Sabía que tenía que conocerlas mas íntimamente en todas sus formas y maneras, sus altibajos, partes y cambios, sus necesidades y exigencias. (Temo que estoy empezando a hablar vagamente. No me gusta escribir sobre las palabras, porque entonces uso palabras malas, equivocadas, anticuadas y fofas. Me gusta tratar las palabras como el artesano trata la madera, la piedra o lo que sea, tallarlas, labrarlas, moldearlas, cepillarlas y pulirlas para convertirlas en diseño, secuencias, esculturas, fugas de sonido que expresen algún impulso lírico, alguna duda o convicción espiritual, alguna verdad vagamente entrevista que tenga que alcanzar y comprender).


Cuando era muy niño y empezaba a ir a la escuela, en el estudio de mi padre, ante deberes que nunca hacía, empecé a diferenciar una clase de escritura de otra, una clase de bondad, una clase de maldad. Mi primera y mayor libertad fue la de poder leer de todo y cualquier cosa que quisiera.


Leía indiscriminadamente, todo ojos. No había soñado que en el mundo encerrado dentro de las tapas de los libros pudiesen ocurrir cosas semejantes y también tanta charlatanería, tales tormentas de arena y tales ráfagas heladas de palabras, tales latigazos a la charlatanería, una paz tan tambaleante, una risa tan enorme, tantas y tan brillantes luces enceguecedoras que se abrían paso a través de los sentidos recién despiertos y se diseminaban por todas las páginas en un millón de añicos y pedazos que eran todos palabras, palabras, palabras, cada una de las cuales estaba viva para siempre en su propia delicia, gloria, rareza y luz. (Debo tratar de que estas notas supuestamente útiles no sean tan confusas como mis poemas). Escribí infinitas imitaciones, aunque no las consideraba imitaciones sino más bien cosas maravillosamente originales, como huevos puestos por tigres. Eran imitaciones de lo que estuviera leyendo en ese momento: Thomas Browne, de Quincey, Henry Newbolt, las Baladas, Blake, la baronesa Orczy, Marlowe, Chums, los imaginistas, la Biblia, Poe, Keats, Lawrence, los anónimos y Shakespeare. Como ve, un conjunto variado y que recuerdo al azar. Mi mano inexperta ensayó todas las formas poéticas.


¿Cómo podía aprender los trucos del oficio sin practicarlos yo mismo? No me interesa de dónde se extraen las imágenes de un poema; si se quieren se pueden sacar del océano más recóndito del yo oculto; pero antes de llegar al papel deben atravesar todos los procesos racionales del intelecto.


Los surrealistas, por otra parte, escriben sus palabras sobre el papel exactamente como emergen del caos; no las estructuran ni las ordenan; para ellos el caos es la estructura y el orden. Esto me parece excesivamente presuntuoso; los surrealistas se imaginan que cualquier cosa que rastrean en sus inconscientes y pongan en palabras o en colores debe ser, esencialmente, de algún interés o valor. Yo lo niego. Una de las artes del poeta es la de tornar comprensible y articular lo que puede emerger de fuentes inconscientes; uno de los usos mayores y más importantes del intelecto es el de seleccionar de entre la masa amorfa de imágenes inconscientes aquellas que mejor favorezcan su finalidad imaginativa, que es escribir el mejor poema posible.




Ilustración: Dorothea Tanning

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