Es curiosa la sensación que se tiene de uno mismo con el paso del tiempo. Uno ve la forma en que los demás envejecen, y se lamenta por esta causa, pero no podemos saber con certeza si su propia percepción los exceptúa de considerarse tan viejos de cómo se ven. La vejez no es una sensación, simplemente, a ella colaboran la enfermedad, además del tiempo. Y no el tiempo considerado sólo como el transcurrir de las horas, sino el desgaste que provoca. ¿Y qué lo provoca? ¿Lo exterior solamente, o quizá también la evolución de la psiquis, que los antiguos pensadores llamaban alma? ¿La psiquis es únicamente un resultado del contacto con lo exterior a través de los sentidos, o también una evolución meramente interna?
Un cuerpo crece por el alimento que consume, pero también porque está en sus genes hacerlo. Incluso, como tantas veces se ha dicho, las uñas y el cabello siguen creciendo un corto tiempo luego de cesar la vida.
¿Tiene el alma una medida? ¿Puede hallarse en el cuerpo como puede encontrarse una glándula pequeña, que tan frecuentemente se deshace al intentar ser disecada por los métodos ortodoxos? Su búsqueda ha agotado a los filósofos mucho después que a los científicos, y sólo los teólogos, por amor propio, siguen persistiendo en atribuirle al alma un espacio y una forma, adjudicando este recipiente a entidades ya muertas. Porque no comprendemos sino lo que imaginamos con los sentidos. Lo etéreo no existe si no es condensado en una forma aunque sea transitoria: si lo hemos visto por lo menos una vez, existe.
Las apariciones de la virgen, los fantasmas revelados con luces ultravioletas, las entidades sobrenaturales condensadas con sustancias como el helio, dándoles una forma dentro de un continente que pronto estalla por la energía contenida.
Nuestro coágulo inconsciente finalmente se romperá, distribuyendo por todo el torrente sanguíneo una serie de trombos que obstruirán la fisiología habitual. La muerte sobrevendrá de alguna manera, pero de la calidad de ese coágulo será la calidad de esa muerte.
¿Cómo puede clasificarse la calidad de ese quiste, si así queremos llamarlo, de sangre estancada? Estamos hablando alegóricamente. Los elementos que conforman el coágulo inconsciente pueden ser revelados lenta y parsimoniosamente a través de filtros que los depuran. Las aguas estancadas bajo superficies pulcras, irrumpen violentamente, de la manera más inesperada. Las aguas que se recambian, aunque turbias, tienen mayor posibilidad de sobrevivir.
El agua del mar, por ejemplo.
Durante tantos siglos las hemos dañado, dejándoles la tarea de reorganizar el ciclo del ecosistema, como si el mar fuese el dios encargado de perdonar nuestros pecados. Y tal vez sea así, hasta que este último dios piadoso resulte destruido por nosotros. Hasta que este dios inmenso se agote o se canse, y crezca o desaparezca, quién sabe.
Me han contado historias extrañas sobre el mar, pero la más constante es que de allí surgen, o regresan, seres o criaturas que tal vez imaginamos, y con las cuales he escrito algunas historias. Pero cuando las vemos con una determinada forma, aunque sea un cuerpo muerto sobre la arena de una playa cualquiera en una tarde nublada, no nos cabe duda de esa realidad. Si se nos ocurre levantar la vista hacia el mar gris, no es difícil imaginar que las olas y su sonido son un dios que entrega más de lo que se lleva. ¿Hay una cuenta providencial que mantiene los tantos igualados? ¿El cuerpo tiene un espacio para el alma? ¿Si nuestro cuerpo muere, adónde va el alma?
El cuerpo es una guerra constante, de eso podría asegurarlo mi amiga Cecilia. Yo estuve con ella la última noche de su vida, y lo que me entregó al despertar y verla muerta ha dejado de ser una experiencia traumática para convertirse en un privilegio del recuerdo. Permanecen sus incontables escritos que testimonian su sufrimiento y la manera en que intentó, sino combatirlos, por lo menos sufrirlos. Porque saber sufrir los sufrimientos no es sólo un juego de palabras, sino la forma más sabia, por lo única, de llevarlos a cuestas.
Combatirlos es desgastarse en el fracaso. Desistir es dejarse aplastar y arrastrar por ellos. Sufrirlos es cargarlos encima, como el mito de Sísifo. La piedra se nos caerá una y otra vez, pero cada comienzo es una esperanza, y la visión de la cuesta un desafío. Si la esperanza y el desafío son falacias, hay falacias que cumplen el rol de dioses eternos.
Cecilia luchó toda su vida contra los problemas de su cuerpo, y nunca se rindió, porque avasalló el dolor escribiendo lo que sentía. La enfermedad puede ser invalidante para la psiquis como para el cuerpo, y generalmente lo es. Pero para quienes han sufrido y aprehendido ese dolor desde muy pequeños, la intensidad va cediendo su lugar a la costumbre. El dolor se va hundiendo en lo que nosotros aquí llamamos metafóricamente un coágulo. Lo que queda en la superficie es deformidad, incomodidad, incordialidad. Pero lo que vemos regularmente también va tomando la forma de la costumbre, y la deformidad es la de los otros, no la nuestra.
Si existe un cauce que drene el dolor, o un laboratorio interno que realice la alquimia correspondiente para que la angustia se transforme en un campo llano por el cual caminar sin dolor.
Ese es el objetivo, no deliberado, no programado, que nunca debe ser forzado, por el que trabajan los escritores.
Hace poco nació mi hijo. Precisamente durante un tiempo en el que había dejado de escribir y puesto a leer autores diversos, de cuya lectura surgió un libro de crítica literaria. El paseo, casi una promenade sentimentale, me hizo pensar en que debí necesitar ese tiempo prestado para enfrentar el nacimiento de mi hijo. Porque ha nacido enfermo, o eso creo. Así me lo dice su aspecto, como lo hacen también los médicos, y mi esposa, y todos quienes lo ven. Por eso tratamos de hurtarlo a la mirada de los demás, y en ocasiones inclusive a la nuestra. Mi hijo tiene una mano deforme, y me he preguntado de quién es la culpa. ¿De mi cuerpo, de mis genes? ¿Tal vez de los ya tan antiguos resabios de mis ancestros? ¿O es una representación de las culpas de la humanidad?
Pero el médico, que tuvo la amabilidad de acercarse a hablar y consolarme, me ha dicho que su familia ha padecido de una enfermedad, sino igual, parecida. Incluso me ha mostrado las secuelas en su propio cuerpo. Y entonces yo me pregunto: ¿tiene sentido seguir escribiendo y vivir en un sitio oscuro de la mente cuando el exterior debe ser combatido? ¿Puede modificarse el mundo con nuestro pensamiento escrito? ¿Siquiera podemos modificar la piedra con que está construida nuestra psiquis: el coágulo endurecido y ya definitivamente pétreo?
Sería como romper una roca con la punta de una lapicera.
Horadar, lenta, parsimoniosa, obstinada e infructuosamente, la superficie. Hasta ver el polvo que se va desprendiendo, y que poco a poco, casi imperceptiblemente, es mayor, aunque casi no se note.
Este es uno de los motivos de estos relatos. No exponerse en una vidriera que fácilmente puede ser apedreada y robada. No el subirse a una torre de marfil, abatida por el tiempo y el ácido de las modas.
Sino construir una habitación de casa vieja, con olor humano y paredes húmedas, una cama con sábanas desordenadas, una lámpara triste colgando del techo, una mesa con papeles y un lápiz gastado, con migas de pan en el suelo deslucido, mientras el ruido de la calle intenta destruir el silencio que un chico se obstina en conservar, con la mirada ensimismada, puesta en la ventana abierta que da a la calle.
Leandro Mallea
“El conciliábulo” Ediciones
Ilustración: Edwin Landseer

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