jueves, 2 de julio de 2026

Sobre la muerte de Ameghino III (Martín Doello Jurado)

 




Aunque tardíamente, la Sociedad «Physis» quiere tener el honor de 

que en la primera de sus publicaciones conste su sentimiento de pesar 

por la desaparición del sabio paleontólogo doctor don Florentino Ame- 

ghino, ex Director del Museo Nacional de Buenos Aires, muerto en 

su domicilio de La Plata el 6 de Agosto del año pasado, a los cin- 

cuenta y siete de su edad. 


La vida modesta y fecunda de este gran compatriota, vivida: con la 

misma altura en la adversidad que en el éxito, y dedicado por entero, 

con decisión y energía realmente incomparables, al cultivo de la cien- 

cia que tantos progresos le debe; no cate en las proporciones de esta 

nota, que no pretende ser una biografía. Menos aún cabría ni Siquiera 

una síntesis de la obra abundante, siempre original y atrevida, que 

todos conocemos. 


Si se ha de juzgar por el número, baste recordar que él solo ha de à 

cripto casi las tres cuartas partes de los vertebrados fósiles de la Argen-  

tina, — número enorme, que comprende no sólo especies y géneros, 

sino familias y aun órdenes antes desconocidas. Sólo esto hubiera 

sido suficiente para hacer la reputación sólida de un naturalista. Pero 

Ameghino rara vez se limitó a la simple descripción;:de él podía decirse 

como de Giard, que en cada especie veía no una forma, sino una idea. 


Era ésta la que le interesaba, desde luego por su relación con las for- 

maciones geológicas en que yacía, pero, principalmente, por cuanto se _ 

ligaba con la genealogía de los grupos, objeto, como se sabe, de mu: — 

chas de sus más brillantes concepciones y de sus más trascendentales - 

trabajos. 


Su conocimiento de los mn fósiles del país era tan vasto y tan 

profundo, que le permitió realizar verdaderas proezas. Tal es, sin duda, 

para citar uno de los ejemplos recientes, la de descubrir, como lo hizo 

en sus excursiones por la costa de Mar del Plata en 1908, no ya un nú- 

mero crecido de especies nuevas, sino una fauna entera totalmente des- 

conocida y la correspondiente formación geológica que ella venía a carac- 

terizar. Había llegado, pues, como especialista, a un dominio absoluto 

de la materia y del método, y a esta altura los descubrimientos se suce. 

dian los unos a los otros con una rapidez que tenía algo de maravilloso, 

como era también extraordinaria la facilidad con que llegaba a resulta- 

dos que para otros habrían significado quizás años de estudio. Véanse 

sus propias palabras al exponer sus observaciones en el viaje citado: 

«Cuando llegué a la Barranca de los Lobos, — dice, — me alejé a unos 

cien metros de la costa, y dirigiendo la vista al acantilado me apercibi 

inmediatamente que la barranca estaba formada por dos series de estra- 

tos muy distintos... Hecha esta primera constatación, me dirigí inme- 

diatamente a coleccionar los fósiles que abundan en ambas series, pero 

principalmente en la inferior. Pocas horas me bastaron para convencer- 

 me que las dos series representaban dos formaciones con fósiles com- 

pletamente distintos... La separación entre las dos era neta como si 

estuviera trazada con un hilo»... Así aparecería sin duda ante su mi- 

rada tan penetrante como segura; pero ¡qué enorme bagaje de conoci- 

mientos concretos para ver todo aquello con tanta prontitud y con tanta 

claridad, allí donde un ojo profano sólo ve la arcilla más o menos are- 

nosa, más o menos calcárea, con uno que otro pedazo de hueso informe‘ 

La facilidad, se comprende, es sólo aparente. En el fondo está el traba- 

jo tenaz de toda una vida que ha acumulado, una tras otra, todas las 

observaciones de detalles con que ha formado el cuantioso capital cien- 

tífico que le permite abordar las más difíciles empresas; está allí tam- 

bién el trabajo sordo de aquella poderosa máquina de inducciones... 

Pero el autor, con una especie de elegancia completamente natural, 

oculta el esfuerzo para mostrar solamente el resultado. Así descubre 

un horizonte geológico nuevo, el «chapalmalense», posterior al de Mon- 

te Hermoso y anterior al ensenadense, y su fauna que consta de unas 

setenta especies de mamíferos. Es preciso leer, a título de ejemplo, la 

monografía correspondiente (Las formaciones sedimentarias de la re- 

gión litoral de Mar del Plata y de Chapalmalán) para darse cuenta exac- 

ta del modo de Ameghino en sus trabajos paleontológicos: no le falta- 

ría sino la descripción ilustrada de las especies que menciona (tarea 

que no alcanzó a llevar a cabo), para poder considerársela un modelo 

del género, encerrado en ochenta pi Y se calcula que ha escrito 

cerca de veinte mil. 


Otra vez es, para citar un caso distinto, el descubrimiento sorprenden- 

te de la existencia de una dentición desconocida en los mamíferos, an- 

terior a la de leche. Por dos vías diferentes llegó a tan original conclu- 

sión: primero, por el estudio de los dientes de los Nesodontes, fósiles, 

de la Patagonia, en los cuales pudo comprobar la existencia de tres se- 

ries dentarias que se sucedían en una misma especie; y luego tuvo la 

más amplia comprobación de estos datos paleontológicos merced al in- 

esperado hallazgo de los restos de aquella dentición «ante-primera» en 

un ejemplar muy joven del tapiro actual. El desarrollo embriológico 

venía a ratificar así la prueba filogenética, y el hecho, con las consi- 

guientes limitaciones, quedaba definitivamente adquirido, viniendo a 

establecer de ese modo un eslabón entre las denticiones numerosas de 

los reptiles, y las clásicas dos únicas de los mamíferos, en cuyo estado 

post-embrional no se había visto nada parecido. 


Sin entrar a la cuestión, tan debatida como interesante, de las especies 

humanas o prehumanas fósiles de la Pampa, que absorbió toda la activi- 

dad del sabio durante los últimos tres años; vamos a señalar un punto de 

su obra que conviene poner de manifiesto. El implica en efecto un pro- 

greso evidente, no sólo para la paleontología, sino para la ciencia de la 

evolución orgánica en general. Nos referimos a la predicción de las espe- 

cies que debieron existir en épocas pasadas. Es bien sabido, empero, que 

tales profecías no son, en general, una novedad, después de la publica- 

ción de la «Historia de la Creación Natural» en que Haeckel se encargó - 

de divulgar y hasta cierto punto, es forzoso decirlo, de desacreditar este 

género de hipótesis. Las predicciones de Haeckel eran, en efecto de un ca- 

rácter tan vago o tan general (prescindiendo de algún caso concreto pero 

de discutible comprobación), que muy poco comprometían, o bien no 

eran, por su naturaleza, susceptibles de ratificación, 0 se vieron desmen- 

tidas por las constancias de la paleontología. Decir, por ejemplo, como 

lo hace el ilustre naturalista alemán, que en los terrenos arcaicos debie- 

ron existir organismos unicelulares privados de núcleo, que él llama mó- 

neras, es afirmar algo que los registros geológicos están muy lejos de ha- 

ber probado, y aun de poder llegar a probar.  - 


Ameghino, en cambio, procediendo de un modo: completas inde- 

pendiente, dió a sus previsiones una base más sólida, comenzando por 

referirlas a términos ya conocidos de la serie y a formaciones geológicas 

determinadas, única manera de poder arribar por este método a un re- 

sultado concluyente. Tal es el ejemplo, bien conocido entre nosotros, de 

la genealogía de los Proboscídeos. Conociendo por un lado sus ante- 

pasados remotos de la base del terciario y aun del cretáceo, los Piroterios 

de la Patagonia, y por el otro los Mastodontes de fines de aquella época y 

del cuaternario, y los Elefantes actuales del viejo continente, Ameghino 

anunció (1897) basándose en raciocinios estrictos deducidos de la com- 

paración de formas numerosas y de su distribución geográfica en aque- 

llas épocas, que debían encontrarse en el terciario medio del Africa, es- 

pecies fósiles intermediarias entre los Piroterios, que habrían emigrado 

a aquella región por el territorio que entonces la unía a la América del 

Sud, y los Proboscídeos recientes y actuales, que habrían vuelto, por la 

vía septentrional, a morir en la Patagonia bajo la forma de Mastodontes. 

Cuatro años después (1901), C: M. Andrews, paleontólogo del Museo 

Británico, encontró en el desierto de Libia, justamente en terrenos oligo- 

cenos, la forma intermediaria prevista, que designó con el nombre de 

Palaeomastodon. Esta, que aquí exponemos muy sucintamente, es 

sin duda una de las más brillantes aplicaciones de los principios trans- 

formistas al estudio de las especies extinguidas, tanto más fecunda cuanto 

que proporciona un método de trabajo que, usado con prudencia, es sus- 

ceptible de dar resultados no menos brillantes. Es extraño, por otra parte, 

que un hecho de tanta significación no se halle mencionado en obras re- 

cientes, destinadas a resumir la historia de los progresos de la paleonto- 

logía, y en las que se consagran varias páginas a la genealogía de aque- 

llos mismos mamíferos, como es la de Depéret, «Les transformations du 

Monde Animal» (París, 1907). Omisiones de esta clase perjudican al va- 

lor informativo que hay derecho a exigir de tales libros, y no se sabe si 

han de atribuirse a un espíritu poco imparcial, o al deficiente conoci- 

miento de los hechos.  

Tantos y tan trascendentales descubrimientos produjeron una verda- 

dera revolución, que, como todas, ha tenido y tiene sus adversarios, y ha 

librado batallas memorables hasta el último momento. Luchador por in- 

clinación natural y por educación, pues todo su aprendizaje de la vida 

fué una dura pelea, Ameghino jamás esquivó el encuentro; antes bien, 

gozaba en él con la satisfacción legítima de quien defiende sus más caras 

convicciones. En este terreno era un polemista formidable, aquel hom- 

bre «suave. como un niño en la intimidad» (Holmberg). Formidable y, 

en verdad, a veces despiadado; pero tampoco los fuertes usaron de 

piedad para con él. Así, distribuía entre sus contrincantes, en la defensa 

o en el ataque, verdaderos golpes de maza. Estos resultaban tales, por 

la contundencia abrumadora de sus argumentos. «Estaba, — dice, — 

ocupado en la preparación de una monografía sobre los peces fósiles 

de la Patagonia, cuando una nueva publicación sobre la geología de 

esta región viene a interrumpirme una vez más en mis investigaciones 

paleontológicas...» Con visible impaciencia abandona el trabajo co- 

menzado para atender al inoportuno adversario; pero éste resulta ser 

un geólogo renombrado, Otto Wilckens, y su extenso alegato está in- 

serto en la más importante de las publicaciones geológicas de Ale- 

mania. Hay que hacer, pues, una refutación seria. Entonces Ameghino 

se escribe, casi de un tirón, un volumen de 560 páginas, con más de la 

mitad de figuras y planos (Las formaciones sedimentarias de la Pata- 

gonia, etc. «Anales del Museo Nacional», serie 3, t. VIII), en que para 

responder a Wilckens concluye una obra que, según la alta autoridad de 

H. von Ihering, puede ser considerada como «un tratado sobre la geolo- 

gía y paleontología de la Argentina a partir del cretáceo hasta nuestros 

días». Asi eran sus armas: terribles, pero legítimas; sólidas y pesadas, pe- 

TO en sus manos semejaban un florete de esgrima. Inerte hoy el brazo po- 

tente que con tanta eficacia las manejara ¿quién se atreverá a moverlas ? 

¿Quién dispone como él, en efecto, de aquel cúmulo de datos y de 

materiales sobre la paleontología de la Argentina, y de la más completa 

bibliografía de la misma? ¿Quién podría, con el auxilio de la larga ex. 

periencia requerida, continuar su obra aunque sólo fuera en la parte 

exclusivamente geopaleontológica? La respuesta parece que debiera  

ser negativa. Un nombre, empero, viene a todos los labios: el de su cola- 

borador infatigable y abnegado, cuyo consejo tanto apreciaba él; el 

del explorador tan competente como intrépido, que recorriera la Pata- 

gonia durante cerca de veinte años, recogiendo, no sólo el material fósil 

sino los datos geológicos de inapreciable valor: el de su hermano y 

amigo don Carlos Ameghino. La colaboración eficientísima que éste 

le prestara en vida, seguirá prestándosela, a no dudarlo, después de la 

muerte de él, cuando la obra que podría llamarse común, necesita más 

que núnca de una defensa y un sostén. La honra que significa haber 

participado en ella, implica a la vez un compromiso de honor. Nos cons- 

ta a todos que el señor Ameghino lo satisfará cumplidamente, evitando 

así que el precioso patrimonio vaya a pasar a manos extrañas y de se- 

guro no tan aptas. 


En la polémica o en la simple exposición, el lenguaje de Ameghino e es 

ni más ni menos que la expresión de sus ideas. Este sabio autodidacta 

no había meditado seguramente el discurso del conde de Buffon sobre 

el estilo, ni se preocupó mucho por saber si éste debía ser «majestuoso, 

solemne, o simplemente grave»; pero la fuerza de su convicción es tan 

grande, tan bien provisto su arsenal de hechos, que lleva sin esfuerzo 

a la expresión exacta, y ésta, aunque desprovista de toda gala literaria, 

o quizás por eso mismo, es a menudo elocuente y de un gran poder de 

persuasión, sobre todo en sus escritos de polémica. El interés está en 

las cosas que dice y no en la forma como las dice. Aun despojado de las 

ocasionales e inevitables asperezas, su estilo es siempre claro, vigoro- 

so y suelto. Tan distante de la rigidez académica europea como de {a 

chabacanería criolla, hay en él la suficiente libertad de movimientos 

como para que, al cabo de pocas páginas, el lector pueda advertir que 

el autor es uno de esos temperamentos en que las ideas están susten- 

tadas por una pasión, y en que las pasiones sirven siempre a una idea. 

Actitud que escandalizó más de una vez a los que creen que el sabio 

debe despojarse del hombre, pero que debía producir al fin, por la 

energía resultante de aquella unión, esa gran fuerza moral que conclu- 

yó por imponerse a todos, aun a los que ni siquiera lo conocían. Esto es, 

y con justicia, lo que el público ha admirado mayormente en él. Así se 

explica que la noticia de su muerte produjera un sentimiento de dolor 

tan espontáneo como unánime, verdadero homenaje con que el país, 

honrándole, se ha honrado a sí mismo.


Objeto de la admiración general era también, y con igual razón, su in- M 

comparable potencia de trabajo. Realmente, aquel hombre no conocía 

el reposo, o por mejor decir, su reposo estaba en la labor. Refieren sus 



íntimos que, después de haber concluido su importante obra sobre las 



formaciones sedimentarias de la Patagonia, citada más arriba, en la 

que trabajó seis meses sin una sola tregua, reconoció la necesidad de 

tomarse un descanso para reponer sus fuerzas, — y descansó... cinco 



días. Y aun esto se lo reprochaba después él mismo como una holganza 



excesiva. 


Consecuentemente, su aprovechamiento del tiempo era tan completo 

que no le dejaba un momento desocupado. Contaba sus horas como un 

avaro cuenta sus monedas. Mientras tanto, el tiempo transcurría para 

él exactamente igual que para el que lo desperdicia o lo emplea mal, 

y este hecho perfectamente natural, le producía, según nos ha parecido, 

el efecto de una injusticia flagrante. Recordaremos siempre una vez 

que, en companía de un amigo común, fuimos a verlo al Museo. Era 

precisamente el 31 de Diciembre de 1908. Salimos juntos, y, en el ca- 

mino, alguno advirtió que aquel era el último día del año. Esta conside- 

ración, que en el común de los mortales produce más bien un senti- 



miento de melancolía o algo análogo, tuvo en él una manifestación com- 



pletamente distinta: «Un año más, — exclamó, — ¡me da una impacien- 

cia!» — y subrayó sus palabras con una actitud y un gesto que eran, no 



sólo de impaciencia bien marcada, sino de verdadera indignación, quién 



sabe contra quién; pero fué evidente para nosotros que en aquel mo- 

mento, estaba irritado con el tiempo como podía estarlo con un sujeto 

cualquiera. Esto demuestra la vehemencia de su temperamento. © 

Su gran talento natural, servido por el continuo estudio y por seme- 

jante capacidad de trabajo, disponía también (y esta era una de sus ca- 

racteristicas más salientes) de una poderosa imaginación, a cuyo influjo 



cedió más de una vez, en parte deliberadamente. Y esta facultad, que 

hace de otros hombres, artistas, hizo de él, simple hombre de ciencia, 

un creador. Ella le permitió la aplicación del gran principio gothiano 

que prescribe al sabio el dominio del conjunto por la intuición. Sus pa- 

labras mismas eran, a veces, las de un vidente: «Van para veinte años, — 

decía en 1910, — tuve una visión profética. Refiriéndome entonces a los 

Primates más antiguos y más primitivos — decía— encontraron ellos 



¿su mayor seguridad entre las selvas, subiéndose a los árboles... Pero otros 


Planungulados, por causas que no es ahora del caso averiguar, viéronse 

confinados en comarcas llanas y desprovistas de árboles como nuestras 

pampas; carecían allí de puntos de refugio, y tenían que confiarlo to- 

do a la vista y a la astucia. En la llanura, una de las condiciones esen- 



ciales a la seguridad individual es, la de poder divisar al enemigo desde 



lejos. Para observar a mayor distancia, necesitaban poder apoyarse so- 

bre sus miembros traseros que eran plantigrados, irguiéndose sobre ellos 

lo posible para luego tender la vista y escudriñar el horizonte. En este 

ejercicio, los miembros posteriores adaptábanse de más en más a la 

sustentación y a la marcha, y los anteriores a la aprehensión... La 

vista. . dominaba el espacio máximo. A la vez el cráneo, descansando 

desde entonces sobre una base vertical, permitióle un mayor ahorro de. 

fuerza, acompañado de un mayor desarrollo cerebral... y de intensidad 

intelectual, en detrimento del instinto bruto. Ese fué el antecesor del 

hombre.» 


La exposición (ya ibamos a decir la descripción), es tan animada que 

hace la impresión de una cosa vista. Tiene a la vez el tono de un rea- 

lismo que involuntariamente trae a la memoria las páginas famosas_del 

capítulo I del «Facundo» sobre el «aspecto físico de la República Argenti- 

na, y caracteres, hábitos e ideas que engendra». La comparación se jus- : 

tifica si se piensa que tanto Ameghino para explicar el origen del hom- 

bre, como Sarmiento para. explicar el origen del gaucho, invocan cir- 

cunstancias y factores análogos, en un ambiente casi idéntico (guardan- 

do las distancias) y no es extraño, por lo tanto, que sus expresiones se 

asemejen. Fíjese sino el lector en la frase de nuestro naturalista, que 

hemos subrayado, y vuelva a leer luego el capítulo I del «Facundo», y 

díganos después si aquella frase no podría ser de cualquiera de los dos. 


Ameghino, decíamos, habla como si realmente hubiera visto todo 

aquello, y de ahí que logre dar, a diferencia de Haeckel en un párrafo 

parecido, la sensación de que realmente las cosas deben haber sido así. A 

menos que al lector no se le ocurra hacerle la objeción que hemos oído 

a algunos: ¿Cómo es que la liebre, que se para continuamente sobre 

sus patas de atrás, etc., no ha llegado aún a la categoría humana? — se 

preguntan con aire de triunfo, sin advertir que siendo la liebre un ani- 

mal absolutamente distinto, por su estructura y por sus facultades, de 

aquellos Primates antiguos, semejantes a los de hoy, no tiene por qué, 

colocada en condiciones análogas, llegar al mismo resultado. Esta «ob- 

jeción» puede citarse como un ejemplo de las que en estas materias se 

oyen formular a menudo, a personas que creen que basta el «sentido co: 

mún» para resolver las más dificultosas cuestiones de ciencias cuyos 

rudimentos declaran ignorar, pero en las cuales pretenden tener una 

opinión. 


La aires de nuestro autor está allí, pues, en plena acción. El 

mismo confiesa que ha sido una visión profética. Se nos dirá que éste 

no es el método de la ciencia, que el sabio no debe creer en sus visio- 

nes, si por acaso las tuviera, sino en los hechos positivos, que, prolija- 

mente comprobados, han de conducirlo a conclusiones prudentes, fun: 

dadas y verosímiles. Sea. Pero ¿quién es el que se ha de encargar de 

fijar el límite preciso que separará los dos métodos? Más aún: ¿quién 

puede impedir al hombre de estudio, cualquiera que sea su campo, que 

haga uso de ambos? ¿Con qué derecho se ha de prohibir al sabio que 



piense como un poeta, si es que está en su poder de hacerlo, o al poeta 

que penetre en el terreno de la ciencia? Nadie pensará, seguramente, 

en reprochar a Michelet que haya escrito sus admirables libros «El 

Mar» o «El Pájaro», en que, por propia intuición de artista, se adelanta a 

ratos a los descubrimientos científicos sobre la evolución orgánica.— 

«¡Oh, — se replicará, — los errores, los extravíos, los abusos funestos que 

pueden derivar!...» No, no hay que alarmarse demasiado por ello. 

En todo caso, son preferibles los errores peligrosos, pero fecundos, 

de estos hombres, a las verdades irrefutables, pero estériles, de otros. 

Imaginación, intuición, adivinación, «videncia», llámesele como se 

quiera, pero no fantasía. Fantasía es, para citar un sabio ilustre, la de 


Sir Humphry Davy en el primer diálogo de su interesante y singular li- 

brito «Los últimos dias de un filósofo». Aquel viaje fantástico por los 

planetas, todas aquellas escapadas por el mundo de lo desconocido, no 



son más que desahogos de las aficiones literarias y filosóficas de su au- 

tor, sports de aquella mentalidad inquieta y curiosa que, dominando por 



completo una rama de la ciencia, quiere ensayar sus fuerzas en las' dé- 

más, y en la historia, la moral, la religión, el arte. 

Completamente distinto es el caso de Ameghino. En primer lugar, por- 



que carecía en absoluto de una verdadera fantasía. La única de sus pu- 



blicaciones en que puede verse algo de ella, es su conferencia Visión y 

Realidad, donde narra un ensueño, evidentemente fingido, que no 

demuestra sino la pobreza de su fantasía. En segundo lugar, porque su 

complexión intelectual lo alejaba completamente del dilettantismo cien- 


tífico, y porque además estaba totalmente desprovisto de aficiones lite- 

rarias, no como Darwin que en sus últimos años se quejaba tan amarga- 



mente de haber perdido el gusto por la literatura, sino porque jamás lo 



tuvo; al contrario, juzgaba a ésta y sobre todo a la poesía, como un pasa- 

tiempo fútil y bastante despreciable. Esto era en él una característica 



bien acentuada, que conviene tener en cuenta para no juzgar equivoca- 

damente de algunas de sus producciones. Conviene también, y por la 

misma causa, hacer notar que no había en él nada de ese esoterismo que 



se ha supuesto en otros naturalistas, como Buffon y Linneo. Se ha di- 



cho, en efecto, que éstos tenían ciertas opiniones, en forma de doc- 

trina privada o conocida sólo de sus íntimos y que no se atrevieron a reve- 



lar en su época por temor de chocar con las ideas de sus contemporáneos. 



Nada de esto, sin duda, en Ameghino. Ante todo, porque tales reticen- 



cias no hubieran entrado en sus hábitos de hombre franco y veraz, que 



consideraba la ciencia como una cosa eminentemente positiva; y luego, 



porque no tenía para qué ocultar su pensamiento, en un. país y en una 


época en que existe una tolerancia tan amplia para las ideas de todo el 

mundo, tolerancia que no será tal vez más que una de las formas 

de la indiferencia, pero que provee, como quiera que sea, una de las con- 

diciones esenciales a la libre emisión del pensamiento, 


No hay que buscar, pues, entrelíneas en los escritos de Ameghino, y 

no puede nadie, por lo tanto, fundarse en lo que en éllas crea haber leído, 

para atribuirle; por ejemplo, como se ha hecho, ideas teosóficas, absoluta- 

mente reñidas con su modo de pensar. À no ser que se haya dado a al- 

guno de los símiles usuales empleado por él alguna vez, el valor de una 



opinión personal.


Con esto aludimos ya a su opúsculo titulado Mi Credo. 


Las ciento cincuenta Memorias especiales de Ameghino sobre geología, 

paleontología, etc., se explican perfectamente como la obra positiva de un 

hombre de talento concreto y de actividad extraordinaria. Las quince pá- 

ginas del Credo también se explicarían como producto de una inteligen- 

cia esencialmente generalizadora, es decir, filosófica, prendada de los 

asuntos más abstractos y aun abstrusos, que intenta encerrar el universo 

y todo lo que contiene, en un concepto personal, y exponerlo en una di- 

sertación de una hora. Pero lo curioso es que lo uno y lo otro sean obra 

de un mismo autor. Habría que reconocer en Ameghino una verdadera 

dualidad intelectual, lo cual halagaría seguramente el prurito analítico; 

pero es mucho más natural suponer que lo primero es el fruto del razo- 

namiento inductivo aplicado, con éxito notable, a la detenida observación 

de la realidad, y ayudado a veces por la imaginación, mientras que en el 

Credo es ya el raciocinio puro que se entrega al arbitrio de esa misma 

imaginación, en un supremo esfuerzo de síntesis. 


El orden habitual de sus operaciones mentales ha sufrido con ello un 

vuelco completo: de inductivas, se han hecho deductivas. En efecto, co-

mienza por sentar unos pocos principios generales para deducir de ellos 

todo lo demás. Estos principios, no son las conclusiones resultantes de un 

gran número de hechos parciales convenientemente dispuestos según 

sus afinidades, no. Son especies de axiomas, que llevan en sí mismos su 

razón de ser. El resto debe desprenderse de allí, por una necesidad lógi-. 

ca: uno echa de menos el silogismo. | 


Hacía tanto tiempo que estábamos deshabituados a este método en las 

ciencias físicas, que la impresión primera es de ofuscación. Aquel lengua- 

je, perfectamente preciso y moderno, nos suena como si viniera del fon- 



do de edades muy remotas. Volvemos a leer con detención otra vez, una 



vez más, y recapacitando nos preguntamos luego: 


¿Qué se ha propuesto el Autor en esta publicación? El mismo nos lo 

dice muy claro: dar «una exposición sintética de lo que es el Universo 

tal cual yo lo concibo». El que así va a hablar es el mismo hombre que 

ha trabajado toda su vida, desde la infancia casi, en una especialidad de- 

terminada ¡y con qué resultado! La atención se intensifica, pues, al 


maximum. Recordamos aún el silencio casi religioso que llenó la vasta 

sala del Politeama aquella noche; pero el público heterogéneo de una 

velada no era el más adecuado para oir una lectura de este género. 


El mayor tributo que puede rendirse a un hombre que piensa, es el 

de procurar penetrar su pensamiento. Procurar, decimos, porque en 

verdad no pretendemos alcanzarle en su vuelo poderoso y audaz: nos re- 

signaremos a seguirle con la mirada, darnos cuenta del rumbo, y calcu- 

lar la altura. 


«El universo tal cual yo lo concibo». Ahora nos interrogamos 

de nuevo: ¿es posible hoy construir un «sistema del mundo» a base de 

conceptos propios? Decididamente no, y el que así quiera hacerlo, cae 

más o menos completamente, a veces sin saberlo, en las ideas de los 

que le han precedido. Ameghino no pretendía seguramente que todas las 

_ -de su Credo fueran absolutamente originales, ni se preocupó quizá de 

averiguarlo. Eso era lo que él creía, y lo decía tal como lo creía, nada 

más. | 


«Concibo el Universo como constituido por un infinito tangible: la 



materia; y tres infinitos inmateriales: espacio, tiempo y movimiento.» 



Decíamos que sus palabras nos sonaban como una voz antiquísima. En 

efecto, este es el lenguaje y la entonación misma de los filósofos griegos 

más antiguos, de los anteriores a la época clásica. Decir filósofo entre los 

griegos, y sobre todo en aquel tiempo, era decir naturalista: cada cual 

construía previamente su sistema del mundo físico, para llegar como una 

consecuencia de él, a las reglas morales, políticas, etc. Todas aquellas 

cosmogonías — desde los «elementos» de Thales, — tenían un rasgo 



común, el esfuerzo franco y vehemente por penetrar el secreto de las co- 

sas, y la confianza plena en poder realizarlo. 



Véase ahora cómo hablaba uno de ellos, Demócrito de Abdera, el fa- 



moso inventor, o si se quiere descubridor, del átomo: «El movimiento 

de los átomos en el vacío no ha comenzado nunca». No es necesario ha- 



cer un análisis muy detenido de esta frase para encontrar en ella los cua- 

tro infinitos de Ameghino: el «movimiento», que no ha comenzado nunca, 



 es eterno: aquí va implícito el infinito «tiempo». Los átomos constituyen 



la «materia», y ésta también es eterna; y en cuanto al vacío, era para 

éllos más o menos sinónimo de «espacio» . La concordancia es bas- 


tante completa. 



Se nos preguntará por qué nos hemos ido tan lejos para buscar la filia- 

ción de ideas que informan gran parte de la filosofía científica contem- 

poránea. Es que, justamente, Ameghino no se aproxima en ésto a los sa- 

bios modernos, cuyas conclusiones, aunque semejantes, revelan un pro- 

cedimiento distinto. Su concepto del átomo, por ejemplo, no es el de la 

química, tal como en ella lo introdujera Dalton: es aquel concepto pri- 

mitivo de los griegos, cuyo origen es probablemente anterior al mismo 

Demócrito. La semejanza (que aquí no hacemos más que indicar ligera- . 

mente) es, en general, más de fondo que de forma. 


Cualquiera que haya conocido a Ameghino, estará convencido, como lo 

estamos nosotros, de que no ha habido de su parte nada de imitación. Es 

solamente una coincidencia curiosa, que señalamos sin pretender dedu- 

cir nada de ella. Quizá otros, con un conocimiento serio de estas mate- 

rias, encontrarían aquí motivo para un interesante capítulo de la historia 

de las ideas científicas. 


Con sus cuatro infinitos, nuestro filósofo construye una ley «que rige. 

la universalidad del movimiento, esto es, que la intensidad del movi- 

miento está en relación inversa de la densidad de la materia». Con este 

principio se explicaría la razón y el modo de ser de todo lo que existe. 

Todo es cuestión de movimientos concentrantes y de movimientos ra- 

diantes, localizados en el tiempo y en el espacio, de los átomos; pero és- 

tos (los de los elementos químicos), no serían más que múltiplos del de - 

la materia única fundamental: el éter. 


Como se ve, sería éste un principio de carácter tan universal, y tan 

diversos los hechos que procura abarcar, que éstos parecen escapársele. 

Sin embargo, vamos a ver cómo una ley conocida de la físico-química 

podría deducirse de él, dentro del mismo orden de razonamientos. Los 

átomos, en sus movimientos sucesivamente concentrantes, habrían deter- 

minado estados singulares de equilibrio de la materia, de más en más 

densos y que constituirían los llamados cuerpos simples. El «peso ató- 

mico» de éstos mediría el grado de aquella densidad; pero como en su 

movimiento concentrante los átomos han desarrollado calor, que se ha 

perdido por radiación, a mayor peso atómico, mayor cantidad de movi- 

miento concentrado, y por tanto mayor cantidad de calor perdido: el peso 

atómico sería la expresión de esta cantidad. De ahí, pues, «se deduciría» 

que a mayor peso atómico, menor capacidad de absorción calorífica, o 

sea menor calor específico. Un trozo de cinc absorbe, colocado a la mis- 


ma temperatura durante el mismo. tiempo, tres veces más calor que un 

trozo de igual peso de plomo, cuyo peso atómico es próximamente tres 

veces mayor; este es el hecho conocido y general, que ha dado base a la 

ley de Dulong y Petit. Ahora, la causa, según Ameghino, estaría en que 

ese equilibrio atómico de la materia, que llamamos plomo, habría consu- 

mido, al formarse, tres veces más calor que el del cinc y de ahí que sea 

su peso atómico tres veces mayor y tres veces menor su calor especi- 



fico. 



Pero el Cosmos entero debe caer bajo el dominio de aquella ley n ma- 



gica, y Ameghino, con una intrepidez pasmosa, no se detiene ante nin- 

guna de sus consecuencias, Vuela tan alto, que debemos renunciar a se- 

guirle por este lado. 



Asi, cuando desciende a tratar de la cae — este gran problema! — uno 



respira: ahora va a hablarnos de algo que creemos conocer mejor. Pero, 



un poco mareados al regreso de aquel viaje maravilloso a través 

de los átomos, nuestra estupefacción renace cuando leemos: «No creo 



que la muerte deba ser siempre una consecuencia fatal e inevitable de 



la vida». ¿Qué pensarán de ésto los fisiólogos? ¿Qué dirán los discí- 



pulos de Claudio Bernard, para quienes la vida no es más que el con- 

junto de circunstancias que se oponen a la muerte? Quién sabe; pero se- 

ría interesante preguntárselo a Metchnikof... Por lo pronto, he aquí a 



un maestro reconocido en las más arduas de la mecánica de la 

vida, J. Loeb, un experimentador de primera fuerza, el cual, al final de 

una importante obra, se pregunta: «¿Hay una muerte natural? En 



otros términos: ¿es la muerte el término necesario del desarrollo del indi- 



viduo ?» Pero, más prudente y como atemorizado ante su propia pregunta, 

concluye por decir que, en tanto que continuemos absorbiendo substan- 

cias tóxicas, no podremos saber, en lo que a nosotros se refiere, cuál es 

la parte de las alteraciones del organismo en la vejez, que podría ser 

evitada. 


En estas cosas, la actitud realmente científica con- 

siste en poder suponer que las ideas ajenas son exactas, por opuestas que 

sean a las ideas corrientes, máxime cuando han sido corrientes tantas 

ideas que luego han resultado absurdas. Después de veinticinco siglos de 

estudio, la ciencia de la vida está atin en pañales. Es preciso refrescar es- 

tas nociones bien sabidas, para poder resistir a afirmaciones como la 

anterior de Ameghino que hemos citado, o como la que sigue: «La ten- 

dencia evolutiva hacia una mayor longevidad — agrega el mismo — es 

general, y muy acentuada en los organismos superiores. Pero el hombre, 

con su saber, podría hacer algo más: 1” encaminar la evolución, darle 



dirección y 2° colocarse resueltamente en el camino de la inmortalidad». 

La sonrisa de incredulidad que seguramente habrá plegado los labios del 

lector al leer lo segundo, le habrá impedido probablemente reflexionar


sobre el alcance de lo primero: el hombre podría encauzar la evolución! 

Todo este Credo está inspirado en un entusiasmo comunicativo; quizá 

por esto es que nos sentimos inclinados a creer que aquello es una de las 

cosas más trascendentales que se hayan dicho jamás. Lo que llamamos 

evolución orgánica es, por decirlo así, una fuerza natural inherente a la 

materia viva: la comprobación de su simple existencia puede decirse que 

data de ayer, y no conocemos nada o muy poco, de su mecanismo íntimo. 

¿Qué será cuando lo conozcamos? 


En cuanto a la inmortalidad... sería para la especie humana una carga 

tan pesada, que luego no sabría cómo hacer para desprenderse de ella. 


Sea lo que fuere, hay una cosa de la que no se puede hoy dudar, y 

es que Ameghino si ha entrado ya, «resueltamente», en la inmortalidad; 

pero.... franqueando la valla que él, — pobre grande hombre! — no 

creía inevitable. Y, lo que es más triste, franqueándola antes de tiempo, 

cuando aún tenía en su admirable cabeza encerradas tantas ideas. 


Voló de veras esta vez, y para siempre, aquel fuerte espíritu. Sea él el 

genio tutelar de todos nosotros. 




Ilustración: Rosario de Velasco

miércoles, 1 de julio de 2026

Sobre la muerte de Ameghino II (Carlos Gutiérrrez)







La muerte del sabio profesor, doctor Florentino Ameghino, Director 

del Museo Nacional de Historia Natural, ha enlutado la patria como ha 

enlutado la ciencia; la prensa entera ha reflejado el hondo duelo de la - 

Nación por tan irreparable pérdida. 


El Instituto Geográfico Argentino debe también agregar su palabra 

de dolor ante la desaparición no sólo del sabio sino del espíritu pode- 

roso que asimilando los conocimientos en su órbita de acción y agre- 

gando propia observación única, supo dominarlo todo y a la luz de su 

genio deducir leyes reveladoras y crear ciencia, rompiendo vallas y es- 

tableciendo escuela nueva cimentada en las capas geológicas y en el 

estudio de los seres extinguidos que habían sido un misterio hasta: él. 


El Instituto también ha perdido, en el doctor Ameghino, uno de los 

miembros de la casa, cuyo puesto estaba en la Junta Directiva así como 

en la Comisión Especial de Geografía, en la que redactó el plan de la. 

parte física en la obra que se prepara por encargo del Honorable Con- 

greso. 


El era nuestra colaborador infatigable, habiéndonos acompañado desde 

los primeros números de la publicación del «Boletín», hasta el mo-. 

mento de su muerte, pues aun desde el lecho, postrado ya, no abando- 

naba la tarea de la grande obra sobre Geografía Nacional. 


Y es que él era un gran geógrafo, tanto, que puede decirse que es el 

creador de la OS sudamericana, Se su demostrador evi-

dente.


Para ello era necesario reunir lo que sólo él poseía: el dominio com- 


pleto de nuestra geología desde las capas arcaicas hasta las formaciones -


recientes, pues las había estudiado y palpado; el dominio de la vida en 



todas esas distintas épocas, siguiendo paso a paso la evolución de los 



animales y los vegetales, y relacionando la flora y la fauna extinguidas, 

en todos los continentes, buscando los rastros de las tierras desapare- 

cidas, en el fondo de los mares, donde los moluscos remotos y la natu- 

raleza del suelo revelaban la edad y.las convulsiones sísmicas. Así, 

hallando los antecesores de las faunas que se creían típicas del Africa 

en nuestra Patagonia, comprobó la unión de los dos continentes en la 

Arquelenis. Dominando todo esto en las formaciones geológicas del glo- 

bo, en épocas, edades, cataclismos, uniones y dislocaciones, sentó las ba- 

ses de nuestra: paleogeografía, dando una síntesis de la verdadera his- 

toria natural del mundo. 


Desde las primeras formaciones, en la ciencia universales — lo que 

vemos en su Credo — hasta las últimas sobre la superficie de nuestra 



tierra actual — lo vemos en sus.últimos escritos — ha diseminado no- 



ciones y estudios profundos, que bueno es agrupar aunque más no sea 

que en resumen y rapidísimamente, para delinear su otra en la paleo- 

geografía. De aquel punto de partida, en donde hace la condensación de 



todos sus conocimientos, Li a estudiar el planeta en su forma primera. 



Recorrió la época arcaica con su inmenso mar, cuando la luz no era 



clara y la alta temperatura era igual en todo el globo, señalando las po- 



cas islas bajas que se presentaban en la vasta extensión líquida que ocu- 

paba los nueve décimos de nuestra superficie; señaló en Sud América las 



tres únicas formaciones independientes, una al Norte y dos al Sur de la lí- 



nea ecuatorial — la del Norte era la región noroeste del Brasil y la Gua- 

yana oriental; los dos macizos meridionales, uno al Este sobre el Atlán- 



tico: y otro al Oeste sobre el Pacífico, dieron origen y determinaron el 

relieve del territorio argentino. Las pequeñas sierras de Buenos Aires, 



son, pues, más venerables de lo que se creía, y en cuanto a la masa del 



Pacífico, era el bosquejo de la Cordillera de los Andes, que después ha- 



bía de agigantarse con las formaciones sedimentarias y eruptivas. 

Así,. de la época arcaica, pasa a la paleozoica, en la que apareció la 



. vida en todas las latitudes a la vez, en forma rudimentaria; la extensión 



de nuestro territorio aumenta con las erupciones submarinas que deter- 

minan el alzamiento continental y la aparición de grandes islas bajas en 



el devónico, hasta Australia. Producido un mayor levantamiento en el ju- 



rásico, se diseñó en las regiones tropicales extendiéndose hacia el sur, 



el vastísimo continente Gondwana desde las regiones occidentales de la 



Argentina hasta las orientales del Queensland y Nueva Gales del Sud, 

abarcando en su conjunto Australia, la India y la mitad austral de Áfri- 

ca y Sud América. 


Su vuelo de águila en este mundo perdido, señaló en la mesozoica 



el aumento en la profundidad del Océano y la mayor extensión de . 



la tierra, levantándose el eje de los Andes; Gondwana se despedazó ais- 

lándose la Australia y la Nueva Zelandia, iniciándose por otra parte la 

formación del Océano Indico. Sud América y Africa formaban en el ju- 



rásico un solo continente: el Etíopebrasileño, llegándose a un estado 



más definitivo en el cretáceo, con enorme desarrollo desde Bolivia, Perú 

y Brasil, hasta la Tierra del Fuego. 


En la época cenozóica, las grandes conmociones definen el continente 

del Norte, estando las dos Américas separadas. Aquí desaparece el mar 

Andino, el Océano baja su fondo 800 metros, los cataclismos se suceden, 

las aguas avanzan para retroceder después, desaparece Arquelenis, la 



tierra continental que nos ligaba al Africa, y de aquel inmenso territo- 



rio desaparecido sólo quedan como rastros visibles los picos volcáni- 

cos de las islas Trinidad, Ascensión y Santa Elena. Al final del oligo- 



ceno, las aguas del mar se retiran y se define más nuestro territorio, 



alzándose bastante el suelo de Entre Ríos y Buenos Aires, retirándose 

el Océano de la depresión del litoral. 

Desde la base del eoceno, han aparecido en nuestro suelo, los primiti- 



vos tipos antecesores del hombre y de: los antropomorfos: Homunculus, 



Anthropops y Pitheculus, cuyo hilo originario el maestro viene siguiendo 

desde el cretáceo superior, para completar más tarde la serie evolutiva 

del hombre. Al final del mioceno, halla los vestigios de la industria de 

un ser ya inteligente y sus restos mismos: el Tetraprothomo, cuarto y 

típico antecesor del hombre, el más antiguo de los que se conocen hasta 

ahora, y al que siguen Diprothomo, Prothomo y Homo; pero termine- 

mos este sensacional paréntesis, para continuar con la evolución úni- 

camente geográfica. | 


En el último tercio del período oligoceno, surge la conexión guayano- 

senegalense que permite la dispersión de la fauna, tierras que des- 

aparecen después, casi al fin del mioceno, Ea como último vestigio 

las Azores, Madera y Canarias. 

Ganando el continente en extensión, es desde entonces que datan 

nuestras formaciones araucanas y tehuelches que aparecen desde Jujuy 

hasta Monte Hermoso, alcanzando la chapalmalense, última capa deter- 

minada y estudiada en sus fósiles por el doctor Ameghino. 


Fué en esa época que Panamá y Centro América, que estaban en el 

fondo del Océano, se levantaron, uniendo las dos Américas con una 



porción territorial mucho mayor que la del actual istmo, lo que hacia . 

de la América entera una gran masa que se ex 



tendía de un polo al otro.  


La llanura de Buenos Aires se dilataba hasta la Colonia y Montevideo, 

pudiendo cruzarse a pie lo que es hoy Río de la Plata, hasta que los gran- 

des movimientos sísmicos de esa época, modificaron la superficie, pro- 

duciéndose una profunda hendidura en la provincia de Buenos Aires, 

que penetra al norte, en manera a formar por las aguas dulces que co- 

rrieron por ella, los ríos Paraná y Paraguay. Las sierras aumentaron 

su elevación. 


En la época antropozoica que abarca el cuaternario y el reciente, tu- 


vieron lugar profundos cambios. Norte América volvió a separarse por 

la inmersión de las tierras centrales, el Océano invade de nuevo nues- 

tro territorio y se forma el pampeano lacustre, la temperatura es helada 

y bajan los ventisqueros andinos con su obra doble de erosión y tectonis- 

mo, quedando definitivamente formada la Tierra del Fuego, aislada, y 

sumergiéndose el resto Sud en el Océano, determinando el Archipié- 

lago. 

Es de esa época, por el avance del Océano, que se forma el piso que- 

randino con sus enormes capas de conchilla que hoy se explotan. La me- 

seta en que debía fundarse Buenos Aires, avanzaba sobre el mar como 

una península con sus extremos norte y sur que eran los que hoy se 

conocen por barrancas del Retiro y parque Lezama; poco a poco el 

mar se retira de nuevo, se definen nuestros contornos orientales y que- 

dan cerrados los tiempos cuaternarios. 


Es en el período reciente que las aguas dulces del Paraná y Uruguay 


formaron el Delta, los últimos movimientos de depresión y alzamiento, 

modelaron nuestra superficie actual. 

El avance continental volvió a unir las dos Américas y el istmo que- 

dó hasta nuestros días como un puente que «sirvió desde entonces de 

camino a los pueblos prehistóricos de nuestro hemisferio, que sucesi- 

vamente y entrecruzándose se dirigieron de Norte a Sud y de Sud a 

Norte, sembrando el camino de ruinas, en donde la mezcla de cien pue- 

blos desorienta hoy a los más hábiles investigadores del pasado pre- 

histórico del Nuevo Mundo. El punto de partida de las poblaciones to- 

das, fueron los fogones y los toscos pedernales que nuestros lejanos as- 

cendientes dejaron sepultados en las capas miocenas y pliocenas de 

Monte Hermoso, Chapalmalán, Mar del Plata y Necochea». 


Asi, paso a paso, el maestro ha seguido la evolución del continente, y 

sus datos son tan precisos, que con ellos puede formarse una larga serie 

de mapas que serían del mayor interés. 


Esa visión magistral, desde el origen hasta nuestros días, con las 

comprobaciones de la gea, la fauna y la flora, es un inmenso capital 

aportado por la ciencia al estudio de nuestra geografía, es la revelación 


del pasado y la explicación del presente. 


Esto, entre los numerosísimos y trascendentales trabajos del profesor 


doctor Florentino Ameghino, así como su biografía ejemplar y la nó- 

mina de los honores que ha recibido, caracteriza nuestra demostración . 

de pésame por el sabio ilustre y el inapreciable compañero de tareas.




Ilustración: Albin Egger Lienz

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