FESTEJO DE SUS 15 AÑOS
13 DE MAYO DE 2023
LA ANTIGUA IMPRENTA
FESTEJO DE SUS 15 AÑOS
13 DE MAYO DE 2023
LA ANTIGUA IMPRENTA
Strange, I've seen that face before
Seen him hanging 'round my door
Like a hawk stealing for the prey
Like the night waiting for the day
Strange, he shadows me back home
Footsteps echo on the stones
Rainy nights, on Haussmann Boulevard
Parisian music drifting from the bars
Tu cherches quoi, rencontrer la mort ?
Tu te prends pour qui ?
Toi aussi, tu détestes la vie
Dance in bars and restaurants
Home with anyone who wants
Strange, he's standing there alone
Staring eyes chill me to the bone
Dans sa chambre, Joël et sa valise
Un regard sur ses fringues
Sur les murs, des photos
Sans regret, sans mélo
La porte est claquée, Joël est barré
Ilustración: Hugo Nantes
El martes 15 de Agosto de 1911, por iniciativa de la Dirección de la
Escuela Normal Nacional número 2 de Rosario de Santa Fe y con el
concurso de las Direcciones y los personales docentes de todas las ins-
tituciones de educación nacionales y provinciales de dicha ciudad, se
efectuó en el teatro Colón de la misma un funeral civil de homenaje a
la memoria del doctor Florentino Ameghino.
Fué un acto solemne que revistió caracteres de imponente duelo
social y en el cual el profesor don Francisco Podestá pronunció la si-
guiente conferencia:
Señores profesores:
Jóvenes alumnos:
Cuando el rayo o el huracán de los cielos enojados, tronchan y des-
gajan el árbol más soberbio, más enhiesto y vigoroso de la floresta se-
cular, queda enorme claro, como una desolación pavorosa que la flora
circundante mira absorta y como herida en el torrente mismo de su
savia. Es que está allí un vacío de inmensa muerte; es que ha caído la
vida más grande, la atracción más poderosa. El gigante se ha rendido al
fin; la más alta cima se ha derrumbado, llevándose a lo desconocido
todas sus energías, todos sus prestigios, todas sus culminaciones.
- La cima ya no está allí para magnificar el triunfo más espléndido de
la vida. La cima ya no está allí levantándose en su campo de privilegio,
ocupando el espacio de tierra más fértil. La cima ya no está allí recibiendo
los primeros resplandores del sol naciente y los postreros de las tardes.
apacibles, los más sentidos cantares de las aves, los más altos besos de
los vientos y los melancólicos efluvios del crepúsculo. |
¡Qué asfixiante vaho de pesadumbre aprisiona todas las vidas! Hay
algo de tumba en cada existencia; sopla un viento de orfandad en todas
las fibras.
La selva se recoge, como todo lo que en ella vive, para orar
la oración más hondamente sentida.
Es que lo grande, lo que se destaca, impone, subyuga y atrae; y cuan-
do desaparece, se siente el vacío, se siente flaqueza, porque aquello nos
daba cierta cantidad de fe y de confianza en la atracción que es privile-
gio de ley superior, de lo que es soberbiamente extraordinario.
Así acontece en las florestas humanas, cuando la muerte se lleva a los
mejores, aquellos en quienes fincamos el orgullo de la raza y para los
cuales quisiéramos la inmortalidad de sus formas materiales, para verlos
siempre entre nosotros, guiándonos, enseñándonos, fortaleciendo nues-
tros espíritus y nuestros corazones.
Pero en vano: el adusto viejo del Aqueronte los llama también como
a los otros para atravesar el vado fatal. — Esa es la evolución inexora-
ble de la materia. — Pero queda en cambio, para consuelo del mundo, la
inmortalidad de la materia viva que perfectamente se nutre de la inmor-
talidad de la luz de la inteligencia! |
Señores: la ciencia argentina está de duelo; el alma argentina está de
luto. Ha caído su cerebro más culminante; se ha roto su protoplasma
más luminoso. Florentino Ameghino ha muerto a los cincuenta y siete
años, en medio de sus trabajos, que estaban dando luz a los hombres.
Ameghino, apagándose como organismo material, se enciende en la
vida de la inmortalidad espiritual. Vence muriendo, porque renace a vida
mejor; su obra se articula en todos los espíritus, para vivir en todos como
un supremo don de ubicuidad.
Nació de los humildes y se agigantó hasta la región de los soles.
Tenía genio en la célula y paciencia para caminar. Es todo lo que se
precisa para ascender, para llegar y para vencer.
A él se lo debió todo, porque nació pobre y tuvo por delante la indife-
rencia. Es su vida el ejemplo más elocuente del self made man. .
Para poder vivir, fué maestro de escuela y librero al por menor; pero
él no vivía pará comer; comía para sostener esa cabeza llena de genia-
les atrevimientos que pretendía nutrir con la ciencia del mundo cono-
cido y por conocer.
Y así fué avanzando entre los zarzales de la pobreza, que fatigan, que
lastiman y que sangran.
Hubo de escribir las páginas inmortales de su Filogenia, mientras
vendía baratijas y pliegos de papel para ganarse 10 centavos.
Pero de ese crisol de la necesidad salió el metal purísimo de la inmor-
talidad de su talento. ¡Benditos sean estos pobres que trabajan para
abrir el camino a los pobres y a los ricos! |
Ameghino es una afirmación humana: ha dignificado a su especie.
Estudiando a los muertos ha iluminado a los vivos. :
Ha sido un minero prodigioso que ha bajado a todas las cavernas de
la tierra, desentrañando el misterio de las edades remotas. Ha machaca-
do todas las piedras y restaurado todos los huesos para interrogarles de
la verdad que escondían en su silencio de muerte.
Y siempre le respondieron con la sinceridad sin egoísmos de los
muertos que viven. |
Subió a todas las cumbres. y bajó a todos los abismos como un ilumi-
nado que no teme, porque lleva dentro de si el fuego de amor que lo
ilumina.
Este pobre fuerte, no se arredró jamás: tenía algo de Hércules para
sus empresas y mucho de Anteo para ver lejos al través de lo venidero.
¡Qué ejemplo, señores, para los argentinos! Sobre todo qué ejemplo
para estos jóvenes que están plasmando la cerebración de su voluntad!
¡Oh! si tienen la suerte de imitarlo, esta tierra de los argentinos no mo-
rirá jamás y triunfará siempre.
La obra de Ameghino estaba en plena maduración y deja mucho que
tenía entre manos para hacer. Le faltaba tiempo. Solía él mismo decir
que necesitaba robar a sus múltiples tareas cotidianas seis meses para
escribir una síntesis siquiera de sus teorías y conclusiones. Pero ese
tiempo le ha faltado. La muerte lo ha sorprendido en la virilidad de su
cerebración y acaso sea difícil encontrar el hombre que en estos mo-
mentos lo reemplace. Sabía él muchas cosas, tenía tanto material reuni-
do, que es obra difícil para otros revelarlas, sistematizarlas y sacar las
conclusiones científicas y filosóficas como las sabía obtener el sabio
malogrado que la ciencia llora. Porque, señores, Ameghino no era sola-
mente el naturalista erudito que clasifica y conoce los objetos y los aban-
dona a los estantes empolvados del Museo. Era eso y mucho más que
eso: era un pensador original, un investigador genial con atrevimientos
proféticos que nunca le faltaban. Su luminosa carrera científica está
erizada de tales proféticos atrevimientos.
Diríase que adivinaba, si esto no fuera absurdo ante la ciencia.
Pero adivinaba, porque ante el más pequeño detalle, para cualquiera
baladí y sin importancia, él entreveía toda una elaboración biológica de:
los organismos o una evolución geológica trascendental.
¡Qué difícil es seguirlo en su vertiginosa carrera de triunfos, a través
de sus enormes trabajos de análisis y síntesis! Parece la obra completa
del sabio argentino, la extraordinaria agitación de un gigante.
El se especializó en la paleontología, sobre todo de los mamíferos,
pero cavó tan hondo en esta rama del saber humano, que por la estrecha
senda de la especialidad — que a otros achica en el concepto de la gene-
ralización — él llegó a las grandes concepciones filosóficas, fundando
hasta muy atrevidas teorías sobre el origen de la vida del universo.
Probó así que la especialización no achica, que por el contrario, agranda
la visión de los sentidos, pues conociendo profundamente una rama, se
puede llegar a comprender y conocer todo el árbol, «el árbol colosal de
la ciencia.»
Hay que decirlo, señores: nadie entre nosotros oca como él,
tan hondamente como él.
No cabe en los límites de este momento, dar cuenta ni someramente
de la obra de este gigante de la mentalidad humana.
Sus primeros trabajos llenos de novedad, de ese atrevimiento obsesio-
nante de su cerebro, causaron entre los viejos sabios, cierto desprecio.
Lo miraron como un atrevido insignificante.
Pero Ameghino no era hombre de asustarse por el orgullo y la indife-
rencia de los otros. Siguió pensando con independencia, rebatiendo pre-
juicios absurdos, io pra a los grandes maestros, pero atacando sus
errores. | |
Al gran Burmeister le observó y le criticó sus clasificaciones; dió
contra las doctrinas de Owen y contra los maestros sostenedores de la
Escuela Cuvierana, enemigos de la evolución de Lamarck, de Lyell, de
Darwin, de Haeckel. Sostuvo formidables polémicas con ardor, con va-
lentía; pero siempre basado en el inmenso material de que disponía, del
cual deducía sus originales conclusiones. Fué triunfando y haciéndose
respetar.
Después de conocer la geología americana, se fué a Europa para estu-
diar allí el inmenso caudal de los museos y en los terrenos mismos, lo
que no había visto. Se relacionó con los sabios y volvió más vigoroso
que nunca. Había visto y comparado. Se había nutrido.
Las teorías que vislumbrara en los primeros tiempos, se maduraron
con las nuevas adquisiciones científicas que había hecho.
Ya no tuvo dudas. Estaba en el sendero cierto que debía conducirlo
adonde él imaginaba llegar.
No pensaba más que en las grandes reconstrucciones de la vida pa-
sada en las agitadas heredades de la tierra.
- Se sustrajo de la vida política, del ruido del mundo, de todas las ma-
nifestaciones mundanas de la sociedad — raro ejemplo en esta tierra
adolescente — y siguió cavando en los estratos de lo desconocido, para
encontrar la corona diamantina de la verdad perdida en la noche de la
confusión y de lo ignoto.
Sus hipótesis, sus teorías, sus profecías, sus revelaciones, sus con-
quistas, sus victorias, son tantas como las que pueden contener doscientos
libros nutridos y sabios, salidos de su pluma, nunca fatigada, siempre
empapada en la tinta de las fulguraciones del genio insaciable.
¿De qué teoría, de qué revelación de Ameghino os debo hablar en este
momento de duelo, de luto nacional, que mejor lo represente como sabio,
como pensador y como genio?
Cualquiera de ellas tiene su sello propio de atrevimiento, de rara vi-
sión. Cualquiera de ellas lo lleva siempre a encontrar lo desconocido.
Su teoría del universo y de la vida, la antigüedad del hombre en el
Plata, las coordinaciones filogenéticas de los organismos, las emigracio-
nes, evoluciones y extinciones de faunas y floras remotas, la cronología.
estratigrafía de las formaciones geológicas, las transmutaciones, depo-
siciones y deformaciones de los continentes, los avances y retrogradacio-
nes de los mares sobre las tierras y de las tierras sobre los mares, el
origen del hombre al través de los progresos milenarios de la materia
organizada... pero ¿á qué seguir la fatigosa enumeración de los di-
fíciles problemas que absorbieron las fuerzas psíquicas adamantinas
del ilustre sabio argentino ?
Fué prolífero, superabundante en todos los terrenos de la ciencia de la
vida.
Pero uno de los problemas que seguramente más lo preocuparon, fué
el de la investigación del origen del hombre.
Su teoría ha sido combatida; pero él la ha sostenido hasta con la aco-
metividad de un La Madrid de la idea.
Sería muy extenso este discurso, si pretendiera hacer desarrollo de
la teoría de Ameghino sobre la ascendencia del hombre; fatigoso para es-
te auditorio, porque si bien viene a tributar un homenaje de respeto al sa-
bio caído en plena cosecha, más se avendría con la nota que expresara
el sentimiento que ha despertado su muerte inesperada.
Pero he de tratar de ella, por ser una de las que más lo preocuparon,
sintetizando todo lo posible.
Ameghino había vislumbrado al precursor del hombre, en la Patago-
nia, esa Patagonia Austral, cuna de los mamíferos como el mismo sabic
lo ha comprobado. Sus estudios y descubrimientos posteriores le dieron
la razón de su atrevida profecía; veinte años antes, había visto al través
de la noche de los tiempos.
Darwin: dijo que el hombre había descendido de un mono superior del
viejo mundo.
Era la ley del transformismo de Lamarck, o selección de Darwin, apli-
cada al crigen del hombre. Ameghino transformista como aquél, y evolu-
cionista como éste, avanzé gran trecho sobre los resultados de los dos
grandes maestros.
Asi pudo afirmar nuestro sabio: el hombre no ha sido mono; el mono
es un hombre bestializado.
Los homunculideos, vetustos pobladores de la Patagonia, «son los
que reunen mayor suma de caracteres comunes con el hombre y los que
más se aproximan al tronco primitivo, de donde se separaron los monos
americanos» (platirrinos), los antropomorfos (moros del antiguo conti-
nente), y los hominídeos. El Pitheculites, que dió origen al homunculí-
deo, es del «eoceno» como éste.
En Patagonia, luego, es mucho más antigua la existencia del Homun-
culus que en otras secciones de la tierra.
En Norte América no hay fósiles simios en los períodos terciarios.
En Europa y Asia, los fósiles simios, sólo se encuentran recién en el
mioceno, formación más moderna que el eoceno. Y esos mismos fósiles
no tienen representantes ancestrales en los terrenos más antiguos de las
mismas regiones. Es decir que aquellos fósiles miocenos no han podido
descender de otros antecesores eocenos que no existen.
Luego, entonces, el problema no es dudoso.
En el viejo mundo no está el precursor del hombre; en América del
Norte tampoco. ¿Dónde encontrarlo ?
Ameghino respondió con atrevimiento de iluminado: la Patagonia
es la cuna del género humano.
Pero, ¿cómo ha sucedido esto? Parece un absurdo que América re-
sulte pobladora del mundo, cuando fué descubierta por Cristóbal Colón.
Pero la ciencia lo explica todo con satisfacción para la humanidad.
Por evolución salió del Homunculites, la línea más avanzada de los
hominídeos.
El hominídeo, siguió su marcha. La América del Sur y Africa estaban
unidas entonces por el Arquelenis (continente desaparecido). Una rama
de los hominídeos -pasó por Arquelenis y llegó al Africa a fines del
eoceno. Allí encontró selvas cuajadas de frutas y tuvo que subir a los
árboles para darse la subsistencia, se hizo cuadrumano y se bestializó,
dando origen a los monos del viejo mundo, de los cuales se encuentran
los fósiles del Pithecanthropus erectus del cuaternario inferior de Java,
y Pseudohomo Heidelbergensis de Alemania y los actuales gorila, chim-
pancé y orangután.
La otra rama de los hominídeos tuvo que vivir de otro modo, luchan-
do por la vida, con las fieras, cazando para nutrirse y mirando lejos los
horizontes de la llanura, su vida fué de mayor actividad intelectual. Fué .
asi en progreso orgánicamente hasta evolucionar en Tetraprothomo (cuar-.
to antecesor del hombre) ), cuyos restos se encontraron en Monte Her-
moso. Su talla era la de un hombre de algo más de un metro. |
El Tetraprethomo evoluciona hacia el Diprothomo, cuyos restos se .
han encontrado en las capas Mo ie og de la misma ciudad de Buenos
Aires.
Este hominídeo, invadiendo América, encontró los últimos vestigios
del puente guayano-senegalense, que aún unía la América con el Africa,
tal vez a principios del plioceno, formación más moderna que el mio-
ceno.
En su continua evolución constituye el tipo del Homo ater que ha dado
origen a hotentotes, bosquimanos, akas, negritos y demás negroides y
australoides.
À este grupo del Homo ater, Ameghino lo denomina «grupo austral»,
inferior al «grupo septentrional», del que se ER los cáucaso-
mongoles más evolucionados.
La parte de los hominídeos Diprothomo que siguió avanzando por las
regiones de América, evolucionó hacia el Homo pampaeus, y una vez
unidas por el istmo de Panamá ambas Américas, pasó a la del Norte,
en el plioceno, constituyendo las distintas razas americanas.
Pero no debía parar allí este ser destinado a perfeccionarse y triun-
far, que sobrevivió a toda la fauna pampeana de megaterios, milodones,
toxodontes, gliptodontes, que lo acompañara en este enorme y colosal
éxodo y que se extinguió en el futuro escenario de los yanquis prodi-
giosos.
Este hombre nacido en las pampas argentinas, avanzó en dos grupos:
Uno hacia el Noroeste, derramándose, como una aurora desconocida,
por el continente Asiático, diversificándose en este nuevo ambiente para
constituir la raza mongólica tan parecida antropológicamente con el
hombre americano.
El otro grupo avanzó al Nordeste, atravesando el puente postplioceno
neocuaternario que por entonces unía el Canadá con Europa, y allí
constituyó la raza de «Galley Hill».
Una parte de este grupo se aisló bestializándose en Homo primige-
nius, Neanderthal, de Spy, extinguiéndose con Krapina. La otra parte del
grupo, más feliz, más enérgica, más plástica a la evolución, se dilató
por toda la Europa, anunciando al mundo el génesis de una civilización
que fincaría su grandeza, su potencialidad dominadora en el protoplas-
ma nervioso del cerebro, capaz de producir en honor de Psiquis, el fuego
inmortal de las ideas, y como dice el gran espíritu del sabio que lloramos:
«fundó la raza blanca, la más perfecta y a la que está reservado el do-
minio completo de nuestro globo».
Tal, es señores, a grandes rasgos, sintetizada en honor a la brevedad
del momento, la teoría de Ameghino, sobre la probable aparición del
hombre sobre la tierra.
Es una teoría atrevida, pero abonada por una inmensa experimenta-
ción, basada en hechos paleontológicos, geológicos, filogenéticos y antro-
pológicos que no se pueden poner en duda.
Para llegar a esta síntesis, el querido sabio ha trabajado cuarenta
años, consumiendo la energía de su vida, machacando piedras, restau-
rando fósiles, sufriendo intemperies y pobrezas, coleccionando, meditan-
do y escribiendo sin tregua, como si presintiera que el tiempo le era
corto y debía faltarle. Y para hacer justicia más completa aquí, hemos de
mencionar a Carlos Ameghino, hermano del sabio muerto, sabio tam-
bién, incansable explorador que ha cruzado inmensas soledades para
traer los materiales que debían servir a Florentino para sus hondas in-
vestigaciones.
Estos dos hermanos se han complementado y han marchado unidos
sin envidia, animados por el sublime amor de la ciencia.
Y a fe, que entre los dos, han levantado a la ciencia americana un mo-
numento imperecedero alto y majestuoso, para señalar a las caravanas
humanas en sus fatigosas travesías que aquí en esta región del Plata, ori-
ginaria del precursor humano, patria del Homunculus, la raza del genio
ha sido digna de la función superior de alzar la antorcha de la civili-
zación para enseñar los caminos de la luz hacia los rumbos de la inmor-
talidad del espíritu.
Aquí donde, allá en las noches de los tiempos, surgió el Homunculus,
el hombrecillo de la Patagonia, pequeño, pero erguido, que encendió el
fuego por primera vez, precursor del fuego sagrado que debía iluminar
- el cerebro de su posteridad lejana, ese Homunculus de pequenisimas ma-
nos que se inició en el arte, grabando inscripciones en los huesos con el
silex, tosco esbozo del buril futuro; aquí la patria de la infancia del.
Homo sapiens ha tenido, agregado a ese honor de precursores, el de ser
también la patria del homo magnus que reveló el inextricable secreto —
del origen ancéstral de esta humanidad, que lleva, sorprendiendo a la
misma naturaleza, las insignias más altas de todas las estirpes. -
¡ Honor por siempre, señores, al sabio que ha caído en medio de la
gloriosa batalla de la ciencia, que aún sin terminar su obra gigantesca,
deja una herencia que es orgullo nuestro y honor de la humanidad!
No olvidemos los argentinos, cómo se hizo este hombre superior, cómo
ascendió la áspera cuesta de la vida, cómo fué pobre y humilde y se
convirtió en gigante, cómo naciendo en la obscuridad de los anónimos,
resplandeció como un sol en todas partes. Sírvanos de ejemplo su con-
textura moral, porque en el hogar y en la amistad, tuvo las dulzuras de
un niño, en el trabajo fué flexible y tenaz-como el acero, y en la acción
del combatiente del ideal y de la ciencia, tuvo la firmeza y la pasión
del superhombre.
Merece el homenaje solemne de los vivos, porque su muerte, que es."
una gran desgracia, evoca emociones de orden superior.
En cuanto a su nombre, lo tiene ya en su seno la inmortalidad, y vivi-
rá agrandándose, a medida que los hombres vayan conociendo mejor loz
grandes lineamientos de la obra compleja y múltiple que realizó el sabio
innovador y prodigioso.
Y su espíritu, como una luz diáfana, brillará en todas las latitudes -
donde los hombres que estudian los secretos de la vida, vayan a inves-
tigar la verdad que guardan los tiempos, para señalarles la vía que lleva
a la revelación, y se agitará como un genio superior y benéfico en las
rocas mil veces milenarias, en los silenciosos estratos que guardan los
vestigios de las vidas ancestrales, en las apiñadas colecciones de los mu
seos, en las profusas páginas de las bibliotecas, en las cátedras superio-
res, en las asambleas de los sabios, en todas partes, en fin, su espíritu
será luz, siempre que los hombres sientan y amen la ciencia de la verdad.
Ilustración: Jutta Hof
La personalidad de Ameghino se destaca, sin duda alguna, como una
de las figuras de gran relieve del mundo cientifico; tanto por las dotes
de su talento excepcional que lo declaran, sino el primero, por lo menos
uno de los filósofos innovadores y revolucionarios de más precisa y clara
originalidad de la época actual, como por la inmensa labor desplegada
y el poder de un espíritu observador y clarividente de las leyes naturales
que rigen los fenómenos de la evolución y de la vida, vinculando en es-
trecho e íntimo enlace la historia de la tierra desde los primeros tiempos
de su consolidación y capacidad creadora de los organismos hasta hoy
perceptibles y determinados, con la historia de la humanidad; some-
tiendo a un severo análisis las leyes de transformación de todos los
seres en el tiempo y en el espacio, y deduciendo de este conjunto de sa-
bias orientaciones, una ciencia más completa y una filosofía más seve-
ra, que nos conduzca más fácil y seguramente al camino de la verdad.
Tal ha sido el afán de toda su vida, y tal fué la obra a que dedicó
todas sus facultades y energías, consagrado en absoluto a ella con la
obsesión del místico y la entereza del anacoreta, desde los primeros años
de su infancia hasta horas — muy pocas horas — antes de su muerte,
pues casi agónico replicaba con gran lucidez de espíritu a las críticas
de algunos catecúmenos que se atrevían a censurarla, empleando en su
dialéctica los argumentos concisos e incontrovertibles de su peculiar
razonamiento, confirmando aquel concepto filosófico: «La naturaleza
es ciega»; aquel cerebro requería el cuerpo vigoroso de un atleta.
Ameghino ha sido pobre, defecto capital en todas partes y especial-
mente entre nosotros, para merecer consideración. Desde los primeros
años de su naturaleza tierna e infantil, ya poseía un poder razonador y
una energía sorprendente: así lo afirman todos sus contemporáneos y
condiscípulos. Su carácter y su condición casi bravía, singular mezcla
de orgullo de su poder y desprecio a los oropeles, a los figurones y a la
presuntuosa insuficiencia, no lo han hecho popular, y su memoria y su
obra son menos familiares a las multitudes de su patria y menos conside-
radas aún por los hombres que gobiernan, que la de cualquier especulador
político o eminente enciclopédico.
En el concepto filosófico más riguroso, Ameghino fué un genio, con-
dición que no podrá negar ningún psicólogo que conozca su obra y los
detalles de su vida, de esa vida que por más de un concepto tantos pun-
tos tiene de contacto con la vida del ilustre filósofo Manuel Kant, por-
que, como él, ha tenido que luchar con las estrecheces a que estaba re-
ducido el humilde hogar de sus honrados padres; como él, necesitó ven-
cer la indiferencia del medio; como él, ha soportado la soberbia insufi-
ciente y presuntuosa de los grandes; y como él, afrontó la malevolencia
de los egoístas y envidiosos, agregado al constante y mortificador zum-
bido de los escritores parásitos que pretendían entorpecer su obra con
fines personales, validos de su preparación literaria, pero pobres, muy
pobres, en bagaje científico.
La sinceridad entre las medianías del saber, es planta exótica de muy
rara aclimatación; la justicia y el interés del progreso cultural bien en-
tendido, es patrimonio exclusivo de los hombres de carácter y honrados
procederes, y de los espíritus elevados que dirigen la corriente del movi-
miento científico universal, y éstos, son para desgracia de la humanidad,
los menos, y es de ellos de quienes recibió siempre aliento y sincero
aplauso en su obra, porque ellos eran también los únicos que podian
valorarla y comprenderla.
No se crea por esto que Ameghino salió armado del ste o materno
como saliera Minerva de la cabeza de Júpiter; él nos lo dice en su obra
inmortal Filogenia: Surgió del llano para volver al llano. Sentimiento —
altruísta, grande y elocuente que eleva la figura del maestro y nos de-
muestra su desinterés, la pureza y sinceridad de su noble espíritu y la
modalidad sin reverso de su carácter. Ese era el hombre, y esa su am-
bición: ser útil, nada más que ser útil, remover la ceniza y sacar del
fondo el fuego sagrado vívido y refulgente que ilumine la historia de la
creación con esplendores de purísima verdad.
Los primeros años de la vida del sabio Ameghino, no se especializaron
en forma singular; fué un niño como tantos otros, sin particularidades
que lo distinguieran; pero adolescente, se nos revela todo un carácter.
Estudiante, era el más puntual a las clases, no se distinguía por un ta-
lento locuaz, pero sí por su serenidad y mayor dedicación al estudio y
una vocación decidida a la investigación y solución de problemas obscu-
ros y difíciles, aún para cerebros mejor preparados y de evolución más
avanzada. A los diez y ocho años, su inclinación por los temas históricos
y su genio razonador lo llevaron a investigar la existencia de las razas
aborígenes americanas, partiendo de la prehistoria, para deducir de su
estudio las relaciones étnicas de todas las que poblaron el Plata y aún
el continente de Colón. Algunas obras -de prehistoria debidas a explora-
dores e ilustres naturalistas, le hicieron comprender que los sedimentos
acumulados durante miles y miles de centurias, formando depósitos de
muchos metros de espesor, en las inmensas llanuras que llamamos Pam-
pas Argentinas, guardaban en sus entrañas las páginas históricas que él
pretendía conocer, conjuntamente con la cronología de esas remotas
edades.
Para el profano, tales hechos resultan incomprensibles, pero no así
para el que se dedica a su estudio, que no requiere para ello conoci-
mientos extraordinarios, sino dedicación y un poco de buena voluntad
que sobresalga de lo vulgar, para que resulten sencillos. 3
Ameghino, así lo comprendió también, sin amedrentarse ante los
enigmas misteriosos que se presentaban como un escollo inabordable a
su joven inteligencia, escollo que ha sabido vencer con perseverante te-
nacidad, para seguir sus estudios en el viejo mundo, orientados por los
trabajos de sus maestros predilectos, Lamarck y Darwin, etc., y por la
sabia y personal dirección del doctor Gervais y los consejos de Gaudry,
explorando en la cuna de la geología y en el teatro de aquellas viejas
civilizaciones, las grutas y yacimientos del hombre fósil y de su indus-
tria, especializándose en la arqueología, etnografía y antropología, pro-
fundizando en forma descollante los conocimientos paleontológicos y es-
tratigráficos, que son la base de la geología; realizando a su vuelta a la
patria, la obra de reconstrucción paleontológica más grande y más ge-
nial de la época presente, para terminar en estos últimos tiempos con
una serie de investigaciones de un orden conexo, pero nuevas, y de altí-
simo interés científico.
Por la poderosa lente de su genio, pasaron en revista durante su corta
existencia todos los fenómenos etiológicos de la vida de los seres vivos y
el exámen de los distintos métodos de clasificación de las especies, estu-
dio de su origen, mutación, evolución y transformismo, para llegar a
«fundar leyes de sistemática tan completas y precisas, que no es exagerado
afirmar que tendrán la sanción de todos los sabios del universo. No de-
bemos dudar de estos resultados, cuando las teorías de Lamarck fueron
en su tiempo despreciadas y amargada la vida del sabio, y las de Darwin
que las confirmaban y perfeccionaban, han sido combatidas con todo
ardor; y esto se concibe, porque los teoristas abundan y los dogmáticos
aferrados a su credo son numerosos, casi la mayoría; pero nada existe en
la naturaleza que pueda escapar a la investigación y no llegue el hombre
algún día a conocer sus secretos más recónditos, que en resumen, no
son tan obscuros e inabordables como se piensa. La rémora y el peligro
existen en el egoísmo, en la insuficiencia de los que pretenden dirigir
la educación de los pueblos, y en la falta de acuerdo por parte de los
sabios verdaderos, de un método sintético que oriente en una dirección
determinada el orden de las investigaciones, apreciando la importancia
de la labor realizada por unos y por otros, libre de prejuicios y de espe-
culaciones malsanas y deprimentes para la cultura universal.
La obra múltiple de Ameghino es difícil de analizar, porque son pocos
los hombres que han producido tantas ideas y abierto tantos horizontes
la mentalidad de las generaciones contemporáneas y futuras en el
orden de las investigaciones, y no es este el momento de hacer su sín-
tesis, ni me considero con facultades para tanto, limitándome a cumplir
con un deber impuesto en homenaje al ciudadano que tanto honró a su
patria; al sabio y al amigo cuya pérdida es para mí tan sensible, enca-
rinado como estaba desde muchos años, con su labor, con su energía y
con la vasta y profunda ilustración de su genial espíritu.
La ciencia no es un estudio que halague nuestro espíritu, quizá por-
que no se sabe presentarla como un motivo de placer intelectual y de
dignificación del alma. En Europa y en los Estados Unidos de Norte
América, son numerosos los donativos para los trabajos científicos y
vemos que hombres de ilustre nacimiento y muchos archimillonarios,
se honran practicando la ciencia, realizando exploraciones y fecundos
descubrimientos que merecen la gratitud universal. No se crea, sin em-
bargo, que su obra responde a la ambición de popularidad; entran en
sus propósitos sentimientos más delicados, más desinteresados; un deseo
íntimo de refrescar el alma en las fuentes más fecundas que constituyen
el capital intelectual de la nueva civilización, los atrae, porque en él
cifran las verdades que dan nuevo aspecto a la historia del mundo, sin
que sus miradas se deslumbren ante el esplendor de la refulgente luz de
la verdad. Entre nosotros, por desgracia, se ignoran tan meritorios ejem-
plos; son otras las preocupaciones y los deleites del espíritu que apasio-
nan a nuestra sociedad, deleites más materialistas, pues para ella, la
materia es todo; la vida espiritual que ella entiende se compra con una
bula, la bendición apostólica, o con un puñado de oro para misas y res-
ponsos; los placeres, el juego y la ambición para satisfacerlos, es lo que
más la preocupa.
No obstante, podemos felicitarnos que al presente la evolución de las
ideas tiende a orientarse con marcada inclinación hacia las investigacio-
nes científicas, revelándose con mayor impulso en la mujer, que aparece
ansiosa de conocer la verdad, sin que la arredren los arduos problemas
ni los escollos que asu sexo ofrece. Es que la verdad científica apasiona
también, cuando se ha llegado a percibir su grandeza; y nuestra mujer
dotada de un espíritu sutil e inteligente, ha comprendido que no debe
satisfacerse con un presente breve y superficial, que la consagra en masa
plástica apreciable, sin ideas y sin cerebro.
Por eso nuestra admiración ha sido grande al verla marchar a pie re-
corriendo un camino imposible, tras el cadáver del ilustre Ameghino,
reconcentrada y embargada por el sentimiento de tan sensible pérdida;
por eso, la hemos visto llenar casi ella sola, los paraninfos de las uni-
versidades y salones de corporaciones estudiosas, cuando en ellos se or-
ganizaban veladas o se daban conferencias consagradas a su memoria y
a su obra; por eso, la vemos hoy ocupando también el sitio de honor
entre los primeros y alentando con su ejemplo a los espíritus apocados
o decaídos.
¡Loor, a esta mujer, presagio de un futuro muy próximo de carácter
y cultura, que será el timbre más glorioso de nuestra grandeza!
Ilustración: Wojciech Weiss
De la obra descriptiva de Ameghino surge una tendencia esencialmente
filosófica. Discípulo legítimo de Lamarck, Darwin y Haeckel, tomó de
ellos todo lo mejor y más seguro; construyó un castillo del cual nadie
podrá desalojarlo, aunque le derrumben algunas torres y almenas en el
ataque, y su nombre vinculado a los de aquellos ilustres sabios, será re-
petido en esa cumbre de los iguales, de Víctor Hugo, donde todos se
miran con mirada horizontal.
El tiempo hará su síntesis, porque es en extremo compleja, y los ele-
mentos que la constituyen no son todavía del dominio público. Cuando
los Piroterios, los Paquírucos y los Megainys sean tan conocidos como
los Megaterios y Gliptodontes; cuando hábiles restauradores nos den
las imágenes completas del Tetraprothomo y de los Homunculídeos;
cuando una crítica sabia y severa elimine algunos de sus errores inevita-
bles y propios del tanteo en las tinieblas, estableciendo en forma indis-
cutible la correspondencia de los diversos pisos -de nuestros terrenos
terciarios, para lo cual deja él mismo un material incalculable, y esos
conocimientos se vulgaricen — entonces Ameghino quedará definitiva-
mente consagrado; pero, de distinta suerte que lo que ocurre con los
grandes capitanes, los poetas, los músicos y los oradores, no será nunca
popular, porque siempre se dirigió a lo más hondo del cerebro humano.
Ilustración: Alexei Petrovich Tkachev
La gloria y la muerte acechaban juntas para disputarse el cadáver
de Florentino Ameghino. Pocas tumbas como la suya han visto florecer
y entrelazarse a un tiempo mismo el ciprés y el laurel, como si en el
parpadeo crepuscular de su existencia fisica se hubiera encendido una
lámpara votiva consagrada a la glorificación eterna de su genio.
Toda hora, en la humanidad, tiene un clima, una atmósfera y una
temperatura que sin cesar varían. Cada clima es propicio al floreci-
miento de ciertas virtudes; cada atmósfera se carga de creencias que
señalan su orientación intelectual; cada temperatura marca los grados
de fe con que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Transfor-
mándose el ambiente varía el concepto de la excelencia humana; la
virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de mañana no
serán los mismos santos de ayer. Una humanidad que progresa no pue-
de tener ideales inmutables, sino incesantemente perfectibles, cuyo poder
de transformación sea infinito como la vida.
Cada momento del equilibrio entre los hombres y la naturaleza requie-
re cierta forma de santidad, que sería estéril si no fuera oportuna, pues
las virtudes se van plasmando en las variaciones propias de la vida
social.
En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando a
brazo partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y va-
lientes para adquirir la hegemonía o asegurar la libertad del grupo;
entonces la cualidad suprema es la excelencia física y la virtud del coraje
se transforma en culto de héroes, equiparados a los dioses. La santidad
está en el heroísmo.
Y en las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía o la de-
cadencia amenazan disolver un pueblo o una raza, la virtud excelente
entre todas es la integridad del carácter. La santidad está en el aposto-
lado. |
En las plenas civilizaciones más sirve a la humanidad el que descubre
una nueva ley de la naturaleza, o enseña a dominar alguna de sus fuer-
zas, que quien culmina por sus cualidades físicas o su temperamento
de apóstol; por eso el prestigio contemporáneo rodea a las virtudes in-
telectuales y la santidad moderna está en la sabiduría.
Las sociedades primitivas santificaban a sus guerreros, porque les
eran útiles; en las crisis de renovación se santifica a los apóstoles que
saben morir por el común enaltecimiento moral; las sociedades llegadas
a cierto nivel de cultura santifican en sus grandes pensadores a los por-
taluces y heraldos de su grandeza espiritual.
En la moral antigua significaban más Alejandro que Aristóteles y La
Madrid que Ameghino. En la nueva se comprende que puede haber he-
roísmo en morir en un campo de batalla, pero se afirma que también lo
hay en el apostolado de un sabio o de un filósofo. Más fácil es mirar
un instante la cara de la muerte que amenaza paralizar nuestro brazo,
que resistir toda una vida a los prejuicios y rutinas que amenazan asfi-
xiar nuestra mente. La moral nueva todavía nos permite admirar a los
que tienen episodios de coraje entre el crugir de las metrallas o el lucir
de las bayonetas; pero admiramos con más abierto entusiasmo al hombre
conspicuo que durante medio siglo arrostra mil dificultades para arran-
car a la naturaleza el secreto de una ley, o la más breve partícula de la
verdad que intuye o presiente.
Los ideales de las clases más cultas ponen la santidad en los pensa-
dores, más bien que en los héroes y en los apóstoles; el genio, en la ci-
vilización moderna, prefiere manifestarse como un anticipado visiona-
rio de teorías o profeta de hechos, que la posteridad confirma, aplica
o realiza. Así como en cada primavera vemos florecer unos árboles
antes que otros, como si fueran los preferidos de la naturaleza que se
transforma sonriente, en la primavera de cada acontecimiento humano
algunos hombres excepcionales se anticipan, ven antes que todos y dicen
‘lo que han visto, y la humanidad los oye como anunciadores o los sigue
como apóstoles. Nos engañan esas historias que son crónicas de gober-
nantes y de conquistadores; todos los hombres de genio marcan, por igual,
las grandes fechas, los apóstoles y los pensadores tan significativamente
como los capitanes y los estadistas. Unos y otros personifican los ideales
y las aspiraciones de una raza o de un pueblo, y son igualmente repre-
sentativos del clima moral en que florecen. Por eso la santidad marca
cierto grado en el termómetro de la temperatura social y el genio es su
símbolo, su exponente o su síntesis.
El genio no es un azar, ni una enfermedad, ni una monstruosidad, ni
un capricho intercalado por el destino en el curso de la historia. El genio
es una convergencia de aptitudes personales y de oportunidades infini-
tas. Cuando uma raza, tin pueblo, una doctrina, un estilo, una ciencia o
un credo, prepara su advenimiento histórico o atraviesa por una renova-
ción fundamental, un heraldo aparece, extraordinario, nacido en propi-
cio clima y en hora inequívoca, para simbolizar la nueva orientación de
los pueblos o de las ideas, anunciándola como artista o profeta, desen-
trañándola como inventor o filósofo, emprendiéndola como conquistador
o estadista. Sus obras le sobreviven y permiten reconocer su huella a
través del tiempo: ese hombre extraordinario es un genio.
¿Y por qué, ocurre preguntar, un hombre en Luján da en juntar
huesos de fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe compuesto
con millares de siglos, y acaba de arrancar a esos mudos testigos la histo-
ria de la tierra, de la vida, del hombre, como si obrara por predestina-
ción o por fatalidad? >
Fácilmente se explica la aparición de AE EU y la 7 com-
pleja de su vastisima labor en nuestro país y en nuestra época.
Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la
superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable a la nuestra;
tenía que ser en nuestro siglo, porque antes le habría faltado el asidero
de las doctrinas darwinistas que le sirven de fundamento; no podía ser
antes de ahora, porque el clima intelectual del país no era propicio a tal
obra antes de que lo fecundara el apostolado de Sarmiento; y tenfa que
ser Florentino Ameghino, y ningün otro hombre de su tiempo, por va-
rias razones. ¿Qué otro argentino hemos conocido que reuniera en tan
alto grado su aptitud para la observación y el análisis, su capacidad para
la síntesis y la hipótesis, su: resistencia para el enorme esfuerzo prolon-
gado durante tantos años, su desinterés por todas las vanidades que
hacen del hombre un funcionario, pero matan el pensador? Basta medi-
tar un minuto sobre la biografía de Ameghino para comprender que la
estructura moral del genio explica su rareza. Suele ser planta que florece
mejor en las montañas solitarias, acariciada por las tormentas, que son
su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos oficiales, como si
les faltara el pleno aire y la plena luz que sólo da la naturaleza; a veces
basta transportarla a un jardín cesáreo para que se torne raquítica y se
marchite, como si le decretaran un invierno perpetuo. El genio no ha
sido nunca una institución oficial.
Y cuando todas las circunstancias convergen, el genio surge rectilíneo
desde su origen, siempre unitario y continuo, como un rayo de luz que
nada tuerce o empaña. Basta oírlo para reconocerlo. Todas sus palabras
concurren a explicar un mismo pensamiento, a través de cien contradic-
ciones en los detalles y de mil alternativas en la trayectoria, que pare-
cen tanteos para cerciorarse mejor del camino, sin romper la unidad
coherente y equilibrada de la obra total, esa armonía de la síntesis que
escapa a la crítica de los espíritus subalternos. Ameghino converge a un
fin por todos los senderos; su obra es una fatalidad irremovible y nada
lo desvía. Mira alto y lejos, va derechamente, sin preocuparse de las mil
prudencias que traban el paso a las medianías, sin detenerse ante los mil
interrogantes que de todas partes le acosan para distraerlo del camino
hacia la Verdad que le entreabre algún pliegue de sus velos.
Y que es genio verdadero podemos deducirlo de la utilidad y la dura-
“ción de su obra, fácil de pronosticar.
Durará, porque es vital y fecunda, a punto de ser un hito definitivo en
el desarrollo de las doctrinas evolucionistas; cualquiera que llegue des-
pués de Ameghino, advertirá la huella de su paso, y nadie podrá igno-
rarlo sin renunciar a conocer los dominios de la ciencia explorados por
él. Por eso no importa que, en vida, los hombres de genio sean desesti-
mados o proscriptos; su victoria no está en el homenaje transitorio que
en vida pueden otorgarle o negarle los demás, sino en sí mismos, en su
capacidad para efectuar su obra o cumplir su misión. ¿Importa, acaso,
que Sócrates beba la cicuta, o César caiga bajo el puñal, o Cristo muera
en la cruz, o Jordán Bruno agonice en la hoguera? Ellos duran a pesar
de todo, porque fueron los órganos vitales de funciones necesarias en la
historia de los pueblos o de las doctrinas. Y el genio se reconoce por su
eficacia remota más que por el estruendo de los aplausos inmediatos.
Ameghino sólo confió en su fin y en sus fuerzas, ignorando las artes
del escalamiento y las industrias de la prosperidad material. En la cien-
cia buscó la verdad, tal como la concebía; ese afán le bastó para vivir.
El genio no sabe acechar riquezas ni tiene alma de funcionario; Ame- |
ghino sobrelleva heroicamente su pobreza sin asaltar el presupuesto,
sin vender sus libros a los gobiernos, sin vivir de comisiones oficiales,
sin acechar jubilaciones prematuras, ignorando la técnica de esa pros-
peridad que simula el mérito a la sombra del Estado. Fué y vivió como
era, buscando su Verdad y decidido a no torcer un milésimo de ella; el
que puede contemporizar con sus convicciones y rebajar sus doctrinas
al nivel de sus conveniencias no es, no puede ser, nunca, absolutamente,
un hombre genial.
Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad
moral no hay genio. El que predica la verdad y transa con la mentira, el
que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y es cruel,
el que predica la lealtad y traiciona, el que predica el patriotismo y lo ex-
plota, el que predica el carácter y es servil, el que predica la dignidad
y se arrastra, todo el que usa de dobleces, ficciones, intrigas, humillacio-
nes, de esos mil instrumentos que son incompatibles con la visión de
un alto ideal humano o social, ese no es genio, está fuera de la santidad:
su voz no repercute en el tiempo, se apaga sin eco, tal como si resonara
en el vacío. ie |
Sin tener las violencias que necesitó Sarmiento, dada la orientación
diversa de su genio, hay entre ambos un profundo parecido moral y de
estilo, que se revela en todas sus polémicas. Son absolutamente since-
ros; lo son coffsigo mismos, para poder serlo con los demás. Llaman a |
las cosas por sus nombres: saben que a fuerza de empañar los nombres
se pierde en los espíritus la noción de las cosas erróneas o detestables.
De allí que, a veces, ambos parecieron terriblemente ingenuos. Esa in-
genuidad no es, sin embargo, ignorancia de la vida o de los hombres, ni
es la desarmada inocencia infantil; es, más bien, la peligrosa esponta- :
neidad del que ve claro y dice sinceramente las cosas como las ve: es
la arista personal de su estilo, ese «quid» que lo pone al descubierto en
cada palabra, haciendo de cada frase una sentencia que lleva su firma y
no podrá llevar ninguna otra. Todo hombre genial tiene una manera en
la órbita de su genio; su lenguaje es siempre un estilo. Enseñando o de-
moliendo, amenazando o acariciando, profetizando o razonando, en la
invectiva y en la ironía, contra un hombre o contra una época, glorifi-
cando o conmoviendo, siempre pone algo de sí mismo y dirá su pensa-
miento como sabe decirlo. En cada palabra se le reconoce.
Los hombres que así piensan y enseñan son los más altos ejemplares
de la fe y de la santidad, tal como puede concebirlas nuestra moral mo-
derna.
La cultura intelectual no hace escéptico al genio; sabedor de su mi-
sión, él llena su vida de fe y de pasión. Pero ese misticismo sereno suele
permanecer libre de las supersticiones corrientes en su medio y en su
tiempo; es una simple confianza en la finalidad de su obra y en la su-
ficiencia de sus fuerzas, que lo mantiene creyente y firme en sus doc-
trinas, mejor que si ellas fueran dogmas revelados. Aunque empañen
su cielo transitorias nubes pesimistas, él es, en definitiva, creyente; y
cuando querría ser más escéptico o sarcástico, mejor se adivina la gran
fe que alienta su propia ironía. Todas las religiones reveladas fueron
ajenas a la mentalidad de este santo moderno; sabía que nada hay más
ajeno a la fe que el fanatismo. La fe es de visionarios y el fanatismo es
de ciegos; la fe es un impulso y el fanatismo es un freno; la fe es una
dignidad y el fanatismo es un renunciamiento; la fe es una afirmación
individual de alguna verdad propia y el fanatismo es una complicilad
de huestes para ahogar la verdad de los demás.
Por eso al congregarnos sus discípulos y admiradores en este homena-
je cívico, hacemos también un acto de fe, demostrando con la acción
que las disciplinas científicas son propicias a las más exuberantes trans-
formaciones de ideales, en concordancia con una moral que encumbra
nuevas virtudes y se exalta admirando estos grandes ejemplares de san-
tidad civil.
En nuestra nueva moral los santos no saben hacer milagros, pero
saben buscar la verdad. Aprendamos de-ellos y seamos fieles a su en-
señanza. Los siglos dirán cuál fué mayor santidad, si la de ayer o la de
mañana. Pensemos que los dioses y los héroes helénicos han muerto
hace muchos siglos, implacablemente segados por el tiempo, mientras
todavía nos conmueven los cantos de sus poetas y nos admira la filo-
sofia de sus pensadores.
Ilustración: Karl Hofer
Novela épica y mitológica que explora la lucha del ser humano contra fuerzas naturales, espirituales y sociales en un mundo ancestral. A través de una historia rica en simbolismo, se abordan temas como la guerra, la supervivencia, la traición, la redención y la conexión entre vivos y muertos, en un contexto de catástrofes, rituales y conflictos de poder.
La erupción de un volcán que destruye un pueblo fuerza a Tol, el protagonista, a huir con su familia mientras es acusado de maldición por el brujo Reynod, líder espiritual y político. La familia es exiliada y sometida a sacrificios para apaciguar a los dioses, enfrentando rechazo y fatalidad. Tol y su familia luchan por sobrevivir enfrentando la persecución de Reynod. Su hijo Zaid sufre una iniciación traumática, mientras la hechicera brinda guía espiritual a Sila, esposa de Tol, quien protege a su hijo Sigur de sacrificios rituales. La resistencia se mantiene pese a la brutalidad y la traición. A través de estos personajes, se exploran la memoria, la identidad, el poder y la esperanza en un mundo donde lo mítico y lo real convergen.
Dora Cifuentes
Ilustración: Barry Cleaven
https://drive.google.com/file/d/1EC7iQx816hln2PAZE4a0P4fnpQNalwFp/view?usp=drive_link
Pocos hombres han provocado en el mundo cientifico tantas contro-
versias como el sabio Florentino Ameghino. Consecuente con su méto-
do, llega a las inducciones más radicales sin temores ni vacilaciones, y
arrostrando prejuicios e ideas arraigadas, lanza sus conclusiones al cam-
po de la crítica. Pocos sabios orientados en la fecunda labor de las
obras originales, han tenido que distraer tanta actividad en discusiones
y polémicas con la altura y el temple que forjan el desinterés y la sin-
ceridad.
La vasta obra de Ameghino en el inmenso campo de las ciencias na-
turales, echa hondas raíces en la paleontología, en la geología, en la
anatomía comparada, en la antropología, en la arqueología, en la etno-
grafía y hasta en la filología.
Tratar su obra, analizar siquiera someramente sus doctrinas en este
amplísimo campo de su fecunda actividad, es tarea demasiado amplia
para una conferencia. Limito, pues, mi tema exclusivamente a sus doc-
trinas antropogenéticas, que son las que, provocando más violentas dis-
cusiones, han conmovido hondamente al mundo científico.
Actualmente Ameghino suscita las más acaloradas discusiones. Su
Diprothomo platensis es la reproducción de la historia de todos los
grandes acontecimientos en cuestiones antropogenéticas y marca una
nueva etapa en el filum del género humano.
Sus atrevidos conceptos, en pugna con algunos principios dentro del
evolucionismo y darwinismo, llegan hasta apasionar a los hombres de
ciencia... Ameghino va demasiado lejos... ¡visionario!
Desde que Lamarck y Darwin orientaron con sus geniales doctrinas
al mundo científico, los paleontólogos y antropólogos, dirigieron sus
pesquisas en el sentido de reconstruir el ignorado árbol genealógico del
hombre, y los descubrimientos se sucedieron en el viejo mundo.
Mientras tanto, nadie sospechaba que las viejas cápas geológicas de
la América del Sur encerraran escondidas en sus estratos, el secreto de
los ascendientzs del género Homo; y Ameghino, en un medio menos que
propicio, hostil, en el silencio de la inmensa llanura pampeana, en mudo
diálogo con los documentos testimoniales que los siglos respetaron,
arranca el secreto de la serie sucesiva de nuestros ascendientes. El hom-
bre fué contemporáneo de grandes mamíferos extinguidos; vivió en la
llanura pampeana; y la Patagonia es la más vieja de las tierras emer-
gidas.
Llegado a esta constatación, sostiene que, por el momento, nada se
opone para que la América del Sur pueda haber sido el centro de irra-
diaciôn de la especie humana.
Sus inducciones no van por ahora mucho más allá.
En su obra Filogenia, aplicando al hombre su método general que
denomina de la seriación, llega a establecer el árbol genealógico del … ‘
hombre, donde, entonces, cada rama representaba un antecesor hipoté-
tico que predecia, debian encontrarse en tales o cuales horizontes, el
dia en que éstos se explorasen, el dia que se conociesen sus faunas. Ame-
ghino presentia ya los descubrimientos posteriores; sabia que riquisimas
faunas debieron sucederse en estas viejas tierras y que, por tanto, en-
tre ellas debian encontrarse también nuestros remotos antepasados.
El árbol genealógico que entonces trazara, arranca del tronco común
Proanthropomorphus en la forma que lo indica el esquema precedente.
Los seres teóricos de entonces han sido hallados en su mayor parte:
y los conceptos atrevidos de Ameghino, sus predicciones y clarividen-
clas, se han realizado sucesivamente, poco a poco, pero quizá en menos
tiempo que el que presumía el sabio tardaría en comprobarse.
Una de las más formidables objeciones que siempre preocupaban a
Ameghino, era la de no haberse hallado aquí ningún resto de mono fósil
y que, por otra parte, no existían tampoco antropomorfos y que, por
tanto, la América del Sur, no podía erigirse en cuna de los antecesores
del hombre. Ameghino contestaba que ya se encontrarían monos fósiles y
que el hecho de no tenerlos aún, se detía al poco conocimiento de las
faunas mamalógicas de los diversos terrenos.
Especialmente las pesquisas de Carlos Ameghino se encargaron de
levantar la objeción y Clenialites minusculus, Pitheculites minimus, Ho-
munculites pristinus, Notopithecus adapinus, Henricosbornia lophodonta,
vinieron a comprobar que en los viejos estratos del eoceno y del cretá-
ceo había existido una rica fauna simia. Pero aún es más: Homunculus
patagonicus y Anthropops perfectus permitieron establecer los remotísi-
mos antecesores más directos del hombre y diseñaron la gran familia
de los Hominidae.
Largo sería entrar en el análisis de los caracteres que permiten esta-
blecer o fundar las familias, géneros y especies; baste por el momento
saber que en sus rasgos generales, que es lo que importa por ahora, estos
caracteres son suficientes.
Como se ve, pues, Ameghino sostiene que, dados los documentos pa-
leontológicos y su antigüedad, la América del Sur fué el centro de dis-
persión del género humano. E
Veamos, entretanto, su último cuadro publicado en Diprothomo pla-
tensis y comparémoslo con el primitivo teórico de Filogenia.
Prothomo corresponde a Homo pampaeus; Diprothomo queda llenado
con Diprothomo platensis; Triprothomo es laguna en ambos cuadros,
pero de él se conocen sus industrias; y las faunas correspondientes a los
horizontes en que debió vivir, son desconocidas; Tetraprothomo queda
llenado con Tetraprothomo argentinus; Collensternum corresponde a la
laguna que figura bajo el nombre de Hominidae primitivos; Coristernum
corresponde a Anthropops (Anthropops perfectus); Anthropomorphus
corresponde a Homunculus (Homunculus patagonicus); y por último,
Proanthropomorphus equivale a Pitheculites (Pitheculites minimus).
Como se ve, el árbol filogenético que trazara Ameghino hacen ya
veintiocho años, ha venido a llenarse casi por completo y sus predic-
ciones a cumplirse.
En lo que respecta a los antropomorfos, Ameghino concluye en su
obra Tetraprothomo argentinus que los caracteres diferenciales que
permiten establecer la familia de los Hominideos y la de los Antropo-
morfideos se deben a adquisiciones relativamente recientes en los an-
tropomorfos y que, por tanto, las arcadas superciliares elevadas, las
fuertes líneas temporales, las crestas elevadas, etcétera, de los últi-
mos, no son caracteres primitivos, sino adquiridos y productos de una
diferenciación especial. En consecuencia, los antropomorfos represen- …
tan una diferenciación independiente que tendió, con la adaptación a
la vida arboricola, a suprimir la lucha por la existencia, gracias a las -
facilidades de vida que procuraba ese nuevo ambiente. El resultado Ñ
fué la detención del desarrollo del encéfalo, detención que permitió se
establecieran las crestas, los arcos elevados, etc., es decir: todos los ca-
racteres de inferioridad que distinguen a los antropomorfos y que son el
resultado de un proceso de bestialización. Mientras tanto, el hombre, de-
biendo luchar constantemente contra la influencia del medio, aguzando
su ingenio, desarrollé su cerebro, no pudiendo, en consecuencia, adquirir
caracteres bestiales, sino al contrario, su evolución lo dirigió hacia la po-
sesión de caracteres de mayor humanización. De ahí infiere que no es
el hombre el que aparece como un. antropomorfídeo perfeccionado, sino
el antropomorfo come un hominídeo bestializado. Esta genial interpreta-
ción del sabio, es la única de acuerdo con el paralelismo filogenético y
ontogénico, dejando de ser los antropomorfos excepciones de la ley ge-
neral biológica.
Estas vistas traen como consecuencia inmediata una nueva orienta-
ción en el estudio de los caracteres. No existe, en realidad, regresión;
lo que palpamos son evoluciones estacionadas en cualquier etapa (carac-
teres atávicos, procesos de evidente progreso (para el hombre de huma-
nización), procesos que indican un progreso superior a la etapa actual
(caracteres proféticos); y, por último, evoluciones desviadas en el sen-
tido de la inferioridad (caracteres de bestialización).
Lo que distingue al hombre de los antropomorfos es el resultado de su
evolución divergente, diremos así; el primero, en el sentido del perfec-
cionamiento o mayor humanización; los últimos, en sentido desviado, de
inferioridad o de bestialización.
Surgidos de un tronco comtin menos, mucho menos evolucionado que
el Homo actual, no poseian no obstante caracteres bestiales. Los antece-
sores del hombre, gracias a su adaptación, gracias a la lucha, perfeccio-
naron los caracteres que estos antepasados les legaran, llegando a un
aumento progresivo de su sistema nervioso central. Los antecesores de
los antropomorfos los degradaron, llegando con la adaptación a la vida
arborícola, a bestializarse, y cuyo proceso creciente, encuentra su más
alto exponente en el gorila, y su menor exponente en el gibón.
A este respecto conviene recordar la opinión de los naturales de Bor-
neo, Sumatra, Java, etc., lugares en que habita el orangután, sobre este
animal. Curiosa es por demás la relativa coincidencia de apreciación.
Para los naturales, el orangután es sencillamente un haragán. Si se les
dice que es un animal, contestarán riendo que no es tal, que se trata de
un hombre que, por no trabajar, invadió las selvas y como consecuencia
se cubrió de pelos y adquirió los demás caracteres productos de su hol-
gazanería. Orangután quiere decir hombre del bosque y para ellos se
trata de un hombre muy inferior y nada más. El orangután es para los
naturales de las regiones por él habitadas, lo que el atorrante es para nos-
otros. .
Y el concepto de la bestialización no sólo es aplicable a los antropo-
morfos; no toda la especie humana tiende a la mayor humanización;
muchos núcleos tienden a la bestialización, a la degeneración, si se quie-
re usar otros términos; y aun en las colectividades cultas, no todos tien-
den hacia el progreso; muchos sujetos, desgraciadamente, se bestiali-
zan. El alcohol es uno de tantos agentes eficaces.
Estas vistas de Ameghino no son en manera alguna antidarwinistas,
ni mucho menos antievolucionistas. Se trata de nuevas interpretaciones
dentro de la doctrina general y no levanta, pues, el sambenito de la des-
cendencia del hombre, puesto que, necesariamente siguiendo el filum,
llegaremos a nuestros lejanos ascendientes Anthropops, Homunculus,
Pitheculites, muy inferiores, y si se quiere más, a los prosimios y aun
a los Microbiotherios que eran didelfídeos. i
La doctrina evolucionista no sufre un rudo golpe con estas nuevas
interpretaciones de Ameghino, como algunos han creído; lejos de eso,
la aclara y la robustece, la cimenta y la apoya, agregándole nuevos ma-
teriales y conceptos más precisos. ;
Veamos rápidamente cómo explica Ameghino el proceso evolutivo del
cráneo desde Diprothomo hasta Homo sapiens.
El cráneo, o mejor dicho, la calota craneana de nuestro segundo ante-
cesor genérico, se caracteriza por poseer un frontal sumamente fuyente,
por la situación de los puntos craneométricos denominados bregma, na-
sión, glabela, metopión, ophryón y obelión. El nasión coincide con la
glabela y la sutura naso-frontal, se encuentra a la altura de las arcadas
superciliares. Las órbitas, poco, muy poco profundas, permiten orientar
la calota.
La reconstrucción de Ameghino establece que la nariz debió salir
recta, siguiendo la dirección del frontal y que el rostro presentaría un
prognatismo muy acentuado sin que existiera prognatismo dentario.
El índice cefálico muy bajo da un cráneo completamente dolicocéfalo
y presentaría, completando la calota (siguiendo la dirección indicada por
su curvatura), el mayor desarrollo en la región occipital. El
Diprothomo platensis, visto de frente, recordaría a un microcéfalo por.
el fuerte predominio del cráneo facial sobre el cráneo cerebral.
Nuestro primer antecesor Prothomo representado por Homo pam-
paeus, se caracteriza por poseer un frontal mucho más elevado que Di-
prothomo; la situación relativa de los puntos craneométricos, ya enu-
merados, es diferente: el bregma cae más adelante, el metapión y el
ophryón no ocupan una posición casi en plano horizontal, como ocurre :
en la calota de Diprothomo; el vertex, que en este último cae en pleno
hueso frontal, en Homo pampaeus coincide casi con el obelión.
El mayor desarrollo del cráneo de Homo pampaeus corresponde a la
región lambdoídeo-obelíaca, desarrollo que le da un carácter resaltante.
Esta peculiaridad ha motivado objeciones. Se ha dicho que se trata de
una deformación étnica y también de una deformación patológica. No me
Cetendré en la primera objeción; y en lo pertinente a la segunda, baste
recordar que cabía mientras no se poseía más que un solo ejemplar de
ese tipo; pero hoy que existen cuatro, es menester admitir que esa era
la forma normal del cráneo, sin entrar a considerar, por otra parte, que
tal deformación no se aproxima siquiera a ninguna de las deformaciones
conocidas.
En Homo pampaeus se conserva la fuerte dolicocefalía. Visto de
frente recuerda también a un microcéfalo, por más que su capacidad
craneana corresponda a la semicrocefalía. El prognatismo facial es mu-
cho menor que en Diprothomo platensis y no existe tampoco en él prog-
natismo dentario. Y, en fin, los caracteres de Homo pampaeus permiten
colocarlo como intermediario entre Diprothomo y Homo sapiens; y Ame-
ghino le da esa ubicación.
La interpretación del Autor de estos documentos paleontológicos, en:
lo que respecta al proceso evolutivo, es una concepción génial.
Dice Ameghino:
Si al cráneo de Diprothomo le agregamos la región lambdoídeo-obe-
líaca desarrollada de H. pampaeus, tendremos reproducido el cráneo del
último; y si al de éste le agregamos en la región parieto-frontal un cas-
quete equivalente a la diferencia entre el cráneo de H. pampaeus y Homo
sapiens, obtendremos exactamente la forma del cráneo de H. sapiens.
A la inversa: si al H. sapiens le quitamos su mayor desarrollo fronto-
parietal, obtendremos el cráneo de H. pampaeus, y si al cráneo de éste
le rebajamos la parte lambdoídeo-obelíaca, tendremos el cráneo de Di-
prothomo.
El mayor desarrollo de la región occipital de Diprothomo y de la lamb-
doídeo-obelíaca de H. pampaeus, es aparente y se debe a la falta de
desarrollo de las regiones adyacentes. H. sapiens se diferencia, pues,
sólo por haber completado el proceso, por haber alcanzado mayor des-
arrollo de la región frontal que ha originado la diminución del des-
arrollo aparente de las regiones mencionadas en el cráneo de H. pam-
paeus y Diprothomo.
El cráneo con la línea fuerte de puntos corresponde a H. sapiens. Si a
éste se le quita la porción frontoparietal 4, se obtiene pues el cráneo de H.
pampaeus y si al último se le rebaja la porción B, se reproduce el cráneo
del Diprothomo. Al mismo tiempo el prognatismo habría disminuido,
según lo indican las líneas m n y m r.
La evolución se habría efectuado en el sentido de la adquisición de
lóbulos parieto-frontales cada vez mayores, o lo que fisiológicamente
corresponde a la adquisición de mayor inteligencia. :
Desde Prothomo hasta el Homo actual, la gradación la establecen los
restos de Fontezuelas, Arrecifes, Arroyo Frías, Samborombón, Bara-
dero, etc.
Ameghino hace derivar a los tipos negro-negroide-australoide del
Triprothomo que vivió hacia las postrimerías de la época miocena; emi-
gró al Africa donde se diferenció o adquirió los caracteres que lo dis-
tinguen como raza, diferenciación variada que ha dado lugar, por ejem-
plo, a las mayores diferencias en lo que respecta a la talla.
Pero la diferenciación de los tipos caucasoide y mongoloide no puede
ser tan antigua y, por tanto, debe haberse operado en épocas mucho más
recientes. |
Si analizamos los caracteres del tipo mongoloide, del americano y del
caucásico, llegamos a concluir que nada se opone para considerar al
primero como un término de transición entre los dos últimos. Dice Ame-
ghino que, durante la última emigración de la fauna mamalógica sud-
americana, o sea la mioceno-plioceno-cuaternaria, el Prothomo pasó de
la América del Sur a la América del Norte. Entonces las dos Américas
estaban unidas por un vasto territorio, del cual sólo queda el istmo de
Panamá como una antigua reliquia; la emigración de Homo pampaeus
debió efectuarse antes de los comienzos de la época cuaternaria, con
toda probabilidad en la segunda mitad de la época pliocena. Al terminar
esta misma época, fué cuando debió emigrar al Asia, donde algunos
grupos continuaron su evolución diferenciándose hasta constituir la raza
mongólica, mientras otros invadieron el continente europeo donde una
diferenciación particular los condujo a adquirir los caracteres de la raza
caucásica.
De esa manera, el centro de irradiación del género humano habría
sido la región sur de la América del Sur, que es, en definitiva, la que
presenta no sólo los restos humanos fósiles más antiguos, sino también
la de los precursores der hombre y aun la de antecesores más lejanos,
como son el Homunculus y el Anthropops.
No terminaré esta breve exposición de las doctrinas antropogenéticas
de Ameghino sin antes indicar brevemente las inducciones a que lo ha-
cen arribar estos mismos restos humanos fósiles, respecto del polige-
nismo del lenguaje, que es el último trabajo del sabio.
Ameghino sostiene que el lenguaje se debe a diferenciaciones o evo-
luciones independientes del hombre, realizadas en distintos continentes,
pudiendo haberse efectuado simultánea o sucesivamente.
Apoya su doctrina en el estudio de los maxilares inferiores, en las
épocas de que éstos datan y por último en su procedencia.
Si se estudia el maxilar inferior del H. primigenius, de H. pampaeus,
de H. sinemento y de H. cubensis, se constata que la apófisis geni falta
por completo (H. cubensis) o es completamente rudimentaria. Por otra
parte, la estrechez del arco mandibular no debió permitir los libres
movimientos de la lengua para la articulación. También los músculos,
insertandose en toda la región sinfisaria, embridaban la lengua; sólo
la inserción en la apófisis gen permite la articulación. En consecuencia,
H. cubensis, H. primigenius, H. sinemento y H. pampaeus, sólo podrían
emitir sonidos inarticulados. Pero todos estos vivían ya en regiones muy
distantes (Cuba, Europa, América del Sur en la región sur), y no po-
dían aún hablar; luego habían realizado sus emigraciones hacía ya mu-
cho tiempo, sin que hubiesen llevado un idioma. Los idiomas, pues, no
pueden derivar de un tronco común, sino que se deben a formaciones
independientes realizadas en épocas relativamente recientes.
La doctrina de un idioma tronco común del que proceden todos los
idiomas, es insostenible en presencia de esos datos anatómicos, dado que
el hombre era incapaz de emitir los sonidos articulados que exige un
idioma y ya se encontraba dispersado en toda la superficie de la tierra.
En esta conferencia sólo he podido tratar rápidamente una de las
orientaciones del sabio; mucho faltaría para siquiera diseñar las múlti-
ples que abarca su magna obra; pero no quiero terminar sin antes re-
cordar un nombre que no puede, por modesto que sea, ampararse al
abrigo del silencio, sin que dejaran de lesionarse los principios más ele-
mentales de justicia y equidad. Me refiero al ilustre colaborador del
maestro, a su hermano el distinguido géologo y paleontólogo Carlos
Ameghino, que ha arrancado a los mudos estratos de nuestro suelo, el
ríquisimo material que ocultaban en su.seno el secreto de las épocas
remotas. Más de veinte años, toda una vida, todo el período de su mayor
actividad ha transcurrido en las inmensas soledades de la Patagonia, la-
bor que representa una abnegación y amor a la ciencia verdaderamente
sorprendentes. Sin Carlos Ameghino, la obra de Florentino Ameghino se
hubiera necesariamente reducido, no en términos pequeños sino en
grandes proporciones.
Al recordar, pues, a este ilustre colaborador, no se hace mâs que rendir
un pequeño homenaje a la justicia.
Ilustración: Victor Popkov
El culto a los sabios es el homenaje más justiciero de la inteligencia.
Ellos representan la flor de la especie. Somos felices por ellos. Son hom-
bres, luz y fruto, de los que todos participamos, grandes y pequeños; y
sus vigilias y sus esfuerzos, forjan esa cadena misteriosa que uniéndonos
a todos los seres creados, desde el infusorio hasta el sol, hacen estrecho
el molde del cristianismo que reune sólo a los hombres, para plasmar
otro más magnífico, porque es inconmensurable: el amor de todas las
criaturas, bajo las mismas leyes de la vida en la patria común del uni-
verso. |
Hoy vamos a honrar un sabio nuestro: argentino por el polvo de sus
huesos y argentino por el color que en su frente alabastrina reflejó el
lampo de nuestra bandera inmortal. El debe censtituir nuestro orgullo,
porque es un timbre de honor en la estirpe. Ya podemos exhibir al mundo
esta trilogía que es el Orión del cielo de nuestra historia: San Martín, el
genio de las batallas; Andrade, el númen de la belleza; Ameghino, el
prócer de la ciencia. Y pueblo en que tal constelación fulgura, no es un
pueblo de mercaderes, una factoría de Londres o Hamburgo, sino una
Nación genial que enseña con sus estrategas, arrulla con sus poetas, ilu-
mina con sus sabios, dando así el pan del alma al mismo tiempo que el
pan del cuerpo, a todos los hombres del mundo que quieran cobijarse
bajo el labaro de oro de su munífica grandeza.
Y hoy venimos a honrarlo con el remordimiento de no Hs hon-
rado en vida, tanto como por su valer mereciera. Fué necesario que la
muerte lo ocultase para siempre, que se apagara la aureola de la vida en
su hermosa cabeza de pensador, para que nos diéramos cuenta de lo que
habíamos perdido, a la manera del ciego que sólo estima los encantos
de la visión, cuando la fatalidad lo sepulta perpetuamente en una no-
che sin estrellas.
Todo lo que es verdaderamente grande, realiza en silencio su obra fe-
cunda. Sólo lo vacuo e inútil es ruidoso y llamativo. La luz que trae la
vida en sus ondas, ¡cuán silenciosamente desciende del astro!; el oxígeno
que la purifica, ¡cuán en secreto rejuvenece la materia!; el pensamiento
que redime, ¡cuán misterioso se elabora en el cerebro!; ¡con qué so-
lemne y quieta majestad se hunde el sol en el dorado ocaso!
Así, la obra del sapiente. Bástale con la armonía interior que escuchan
los hombres predilectos; huye del ruido estéril, porque ve muy pe-
queña la vanagloria desde la cumbre excelsa en que el destino lo un-
giera príncipe indiscutido de la inteligencia. |
Conocí a Ameghino en mi niñez: era maestro de escuela en mi pue-
blo. Tenía, empero, su leyenda: se decía de él que tenía ideas peregri-
nas; que miraba mucho hacia lo alto; que sus lecturas eran continuas y
esotéricas. Preocupábase más de sus estudios que de su indumentaria.
Recuerdo que habia en su fisonomía ese no sé qué místico de los sa-
cerdotes de la ciencia. Un día viéronle vagar por la cuenca del Luján.
Llevaba un martillo en la mano. Juntaba huesos. — ¡ Buen negocio va
a hacer éste! — decía maliciosamente la nesciencia procaz y esta vez
no se equivocaba por cierto; allí a orillas del Luján su martillo de pa-
leontólogo descubrió un día esos huesos enigmáticos que le sirvieron”:
de lente para descubrir parte de la fauna cuaternaria cuyo estudio cons-
tituye su mejor título a la celebridad. científica. Después escribió un
libro lleno de ideas propias. Era un libro de combate, que le atrajo la
mirada de los sabios. Luego se fué con sus osamentas a Europa. Más
tarde con sus nuevas obras, se incorporaba gallardamente a esa brillante
legión formada por Buffon, Cuvier, Burmeister, Owen, Lamarck, Dar-
win y Haecktl, que han reconstruido y calificado una fauna muerta.
Pero la pobreza, la maldita pobreza, le limitaba el horizonte. Tuvo que
repartir su actividad entre sus meditaciones de sabio y sus quehaceres
de mercader. Nuevas conquistas fueron el fruto de ese dolor fecundo.
La notoriedad se impuso al fin: su nombre atravesó los mares y los libros
de Ameghino se leían en todas las bibliotecas del mundo. Su patria le
dió entonces un puesto de trabajo y de honor: desempeñándolo le sor-
prendió la muerte cuando todavía habia mucho que esperar de su inteli-
gencia privilegiada.
Quede para otros panegiristas más familiarizados con la ciencia que
cultivó nuestro sabio, el estudio analítico de sus producciones. A mí
sólo toca entregar a sus manes el laurel olímpico y rociar sus despojos
con la ofrenda de nuestras lágrimas.
Ameghino: sabio maestro: tu vivirás en el corazón de tu estirpe; en
las brisas de esta Pampa silenciosa; en el perfume de sus flores silves-
tres; en las melancolías de sus puestas de sol; en la pupila de sus vír-
genes morenas; porque amaste mucho la tierra embellecida también
por los esplendores de tu genio; porque es mucha la deuda que tenemos
contigo, los que creemos que debemos ser grandes, no por el estrépito
de las armas, no por la riqueza del suelo, sino por la cultura de sus
hijos, por el amor desinteresado a la ciencia, ese beso de Dios en la
frente del hombre.
Ilustración: Liza Sivakova
Recuerdo que jue una noche callada y triste como un gemido, recuerdo que jue una noche cuando la indina me echó al olvido. Aprovechando mi a...