Yevgueni Yevtushenko fue un poeta ruso que escribió no al servicio de una política ni de un régimen, sino permaneciendo fiel a su conciencia, lo cual suele ser mucho más difícil. Adscripto a la ideología del comunismo, escribió a contramano de los dogmas soviéticos denunciando los abusos del stalinismo. Su poema “En la tienda” demuestra que las diferencias de lugar o época no invalidan las similitudes de circunstancias, y no son tanto las posturas políticas las que determinan los estragos perpetrados sobre el común del pueblo de una nación, sino la falta de conciencia social. Y esta conciencia, como tal la define la filosofía, no se limita al pensamiento de un individuo, sino que está dirigida al bien común. Y este bien común variará de valores según las épocas y lugares, por supuesto. Sin embargo, probablemente haya un solo factor que nunca se modificará, porque de hacerlo, anularía la definición de conciencia social que le da esencia como tal: no sólo la supervivencia del ser humano como individuo colectivo, es decir, integrado e integrante de una sociedad, sino su desarrollo intelectual. El conocimiento abre el abanico de las posibilidades, y esa es, tal vez, la única forma verdadera de la libertad. Lo contrario es la metodología de las dictaduras, sean de cualquier orientación, derecha o izquierda, económicas o sociales, liberales o conservadoras. Incluso la democracia, tan vapuleada por las falsas interpretaciones, puede ser también una forma de dictadura, incluso la más cruel por enmascararse tras intereses falsarios. La conciencia social, entonces, no sólo se desvirtúa, sino que se prostituye, y se convierte en ese engendro llamado injusticia social, y que se fundamenta para imperar en una legislación corrompida en sus raíces sociales.
Vayan estas reflexiones inspiradas por el poema de Yevtushenko, comparándolo con otro de una autora rioplatense, intentando, lejanamente, rescatar similitudes que solemos olvidar por creer que la mediocridad cotidiana y la sumisión intelectual son costumbres o verdades establecidas.
En la tienda
Yevgueni Yevtushenko
Unas con chales, otras con pañuelos, como si se dirigieran a una empresa heroica o al trabajo, las mujeres entran en silencio en la tienda, una tras otra.
¡Oh, el traqueteo de sus latas, el tintineo de botellas y cacerolas! Se percibe olor a cebollas, a pepinos, olor a salsa «Kabul».
Tiemblo mientras hago cola ante la caja, pero a medida que avanzo poco a poco hacia ella, el aliento de tantas mujeres extiende un calor acogedor por toda la tienda.
Esperan en silencio, ángeles guardianes de sus familias, aferrando en sus manos el dinero ganado con tanto esfuerzo. Son las mujeres de Rusia.
Nos honran y nos juzgan. Han mezclado hormigón, han arado y han cosechado... Lo han soportado todo, y seguirán soportándolo todo.
Nada en el mundo les queda grande: ¡se les ha concedido tal fortaleza! ¡Es vergonzoso darles mal el cambio! ¡Es un pecado engañarlas con el peso!
Mientras meto las empanadillas en el bolsillo, observo con seriedad y en silencio sus manos piadosas, fatigadas de cargar las bolsas de la compra.
Hombre/ Mujer
Poema 9
Cecilia Taboada
mujer que se esconde en palabras sobre la mesa de la cocina
entre reproducciones de cuadros del barroco
tejiendo, hablando, mirando sorteos de viajes al caribe
ella viaja a la luna en sus sueños de corazones de cristo
en fúnebres retazos de iglesias arrancadas domingo por medio
sube y baja las escaleras que retumban en sus piernas
con remedios para el reuma, la depresión
el arbitraje de un psicólogo para sus peleas maritales
mortales, inconclusas antes y después de su creación
vidas pasadas de próximos años
a los cuarenta lo que empezó a los treinta
a los sesenta lo que descubrió a los cuarenta
apología en el sinrazón vestigio del sentimiento
camuflarse con congojas y lágrimas ya no es útil
ni los ojos nublados o el alcohol o las drogas que intentaron
mantener esbelto un cuerpo que se escapa de las manos
de la voluntad y los designios de las otras caras
hijos que no son proyectos ni partes del propio cuerpo
desconocidos miembros surgidos un año ya olvidado
nadie recuerda las caras si no es por fotos bajo vidrios de una mesa
encontrar razones de peso para continuar cargando
fardos y bolsas de semillas, alimentos desde mercados
hacia cocinas y sartenes que repiten la misma preparación
cada día en que el sol se levanta al ritmo de las persianas
cremas dentales con sabores diferentes, eso es algo, por lo menos
el sabor a menta y luego también el café
calurosos días de verano, mañana con lluvias y humedad
transpiración en la cama y dolores nocturnos
al final de todo el cansancio, resentimiento
y por encima la vital sensación del miedo
que impulsa a abrir los párpados con renovada fuerza
el miedo a terminar odiando lo que habíamos amado
Ilustración: Antonio López García

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