Aunque tardíamente, la Sociedad «Physis» quiere tener el honor de
que en la primera de sus publicaciones conste su sentimiento de pesar
por la desaparición del sabio paleontólogo doctor don Florentino Ame-
ghino, ex Director del Museo Nacional de Buenos Aires, muerto en
su domicilio de La Plata el 6 de Agosto del año pasado, a los cin-
cuenta y siete de su edad.
La vida modesta y fecunda de este gran compatriota, vivida: con la
misma altura en la adversidad que en el éxito, y dedicado por entero,
con decisión y energía realmente incomparables, al cultivo de la cien-
cia que tantos progresos le debe; no cate en las proporciones de esta
nota, que no pretende ser una biografía. Menos aún cabría ni Siquiera
una síntesis de la obra abundante, siempre original y atrevida, que
todos conocemos.
Si se ha de juzgar por el número, baste recordar que él solo ha de à
cripto casi las tres cuartas partes de los vertebrados fósiles de la Argen-
tina, — número enorme, que comprende no sólo especies y géneros,
sino familias y aun órdenes antes desconocidas. Sólo esto hubiera
sido suficiente para hacer la reputación sólida de un naturalista. Pero
Ameghino rara vez se limitó a la simple descripción;:de él podía decirse
como de Giard, que en cada especie veía no una forma, sino una idea.
Era ésta la que le interesaba, desde luego por su relación con las for-
maciones geológicas en que yacía, pero, principalmente, por cuanto se _
ligaba con la genealogía de los grupos, objeto, como se sabe, de mu: —
chas de sus más brillantes concepciones y de sus más trascendentales -
trabajos.
Su conocimiento de los mn fósiles del país era tan vasto y tan
profundo, que le permitió realizar verdaderas proezas. Tal es, sin duda,
para citar uno de los ejemplos recientes, la de descubrir, como lo hizo
en sus excursiones por la costa de Mar del Plata en 1908, no ya un nú-
mero crecido de especies nuevas, sino una fauna entera totalmente des-
conocida y la correspondiente formación geológica que ella venía a carac-
terizar. Había llegado, pues, como especialista, a un dominio absoluto
de la materia y del método, y a esta altura los descubrimientos se suce.
dian los unos a los otros con una rapidez que tenía algo de maravilloso,
como era también extraordinaria la facilidad con que llegaba a resulta-
dos que para otros habrían significado quizás años de estudio. Véanse
sus propias palabras al exponer sus observaciones en el viaje citado:
«Cuando llegué a la Barranca de los Lobos, — dice, — me alejé a unos
cien metros de la costa, y dirigiendo la vista al acantilado me apercibi
inmediatamente que la barranca estaba formada por dos series de estra-
tos muy distintos... Hecha esta primera constatación, me dirigí inme-
diatamente a coleccionar los fósiles que abundan en ambas series, pero
principalmente en la inferior. Pocas horas me bastaron para convencer-
me que las dos series representaban dos formaciones con fósiles com-
pletamente distintos... La separación entre las dos era neta como si
estuviera trazada con un hilo»... Así aparecería sin duda ante su mi-
rada tan penetrante como segura; pero ¡qué enorme bagaje de conoci-
mientos concretos para ver todo aquello con tanta prontitud y con tanta
claridad, allí donde un ojo profano sólo ve la arcilla más o menos are-
nosa, más o menos calcárea, con uno que otro pedazo de hueso informe‘
La facilidad, se comprende, es sólo aparente. En el fondo está el traba-
jo tenaz de toda una vida que ha acumulado, una tras otra, todas las
observaciones de detalles con que ha formado el cuantioso capital cien-
tífico que le permite abordar las más difíciles empresas; está allí tam-
bién el trabajo sordo de aquella poderosa máquina de inducciones...
Pero el autor, con una especie de elegancia completamente natural,
oculta el esfuerzo para mostrar solamente el resultado. Así descubre
un horizonte geológico nuevo, el «chapalmalense», posterior al de Mon-
te Hermoso y anterior al ensenadense, y su fauna que consta de unas
setenta especies de mamíferos. Es preciso leer, a título de ejemplo, la
monografía correspondiente (Las formaciones sedimentarias de la re-
gión litoral de Mar del Plata y de Chapalmalán) para darse cuenta exac-
ta del modo de Ameghino en sus trabajos paleontológicos: no le falta-
ría sino la descripción ilustrada de las especies que menciona (tarea
que no alcanzó a llevar a cabo), para poder considerársela un modelo
del género, encerrado en ochenta pi Y se calcula que ha escrito
cerca de veinte mil.
Otra vez es, para citar un caso distinto, el descubrimiento sorprenden-
te de la existencia de una dentición desconocida en los mamíferos, an-
terior a la de leche. Por dos vías diferentes llegó a tan original conclu-
sión: primero, por el estudio de los dientes de los Nesodontes, fósiles,
de la Patagonia, en los cuales pudo comprobar la existencia de tres se-
ries dentarias que se sucedían en una misma especie; y luego tuvo la
más amplia comprobación de estos datos paleontológicos merced al in-
esperado hallazgo de los restos de aquella dentición «ante-primera» en
un ejemplar muy joven del tapiro actual. El desarrollo embriológico
venía a ratificar así la prueba filogenética, y el hecho, con las consi-
guientes limitaciones, quedaba definitivamente adquirido, viniendo a
establecer de ese modo un eslabón entre las denticiones numerosas de
los reptiles, y las clásicas dos únicas de los mamíferos, en cuyo estado
post-embrional no se había visto nada parecido.
Sin entrar a la cuestión, tan debatida como interesante, de las especies
humanas o prehumanas fósiles de la Pampa, que absorbió toda la activi-
dad del sabio durante los últimos tres años; vamos a señalar un punto de
su obra que conviene poner de manifiesto. El implica en efecto un pro-
greso evidente, no sólo para la paleontología, sino para la ciencia de la
evolución orgánica en general. Nos referimos a la predicción de las espe-
cies que debieron existir en épocas pasadas. Es bien sabido, empero, que
tales profecías no son, en general, una novedad, después de la publica-
ción de la «Historia de la Creación Natural» en que Haeckel se encargó -
de divulgar y hasta cierto punto, es forzoso decirlo, de desacreditar este
género de hipótesis. Las predicciones de Haeckel eran, en efecto de un ca-
rácter tan vago o tan general (prescindiendo de algún caso concreto pero
de discutible comprobación), que muy poco comprometían, o bien no
eran, por su naturaleza, susceptibles de ratificación, 0 se vieron desmen-
tidas por las constancias de la paleontología. Decir, por ejemplo, como
lo hace el ilustre naturalista alemán, que en los terrenos arcaicos debie-
ron existir organismos unicelulares privados de núcleo, que él llama mó-
neras, es afirmar algo que los registros geológicos están muy lejos de ha-
ber probado, y aun de poder llegar a probar. -
Ameghino, en cambio, procediendo de un modo: completas inde-
pendiente, dió a sus previsiones una base más sólida, comenzando por
referirlas a términos ya conocidos de la serie y a formaciones geológicas
determinadas, única manera de poder arribar por este método a un re-
sultado concluyente. Tal es el ejemplo, bien conocido entre nosotros, de
la genealogía de los Proboscídeos. Conociendo por un lado sus ante-
pasados remotos de la base del terciario y aun del cretáceo, los Piroterios
de la Patagonia, y por el otro los Mastodontes de fines de aquella época y
del cuaternario, y los Elefantes actuales del viejo continente, Ameghino
anunció (1897) basándose en raciocinios estrictos deducidos de la com-
paración de formas numerosas y de su distribución geográfica en aque-
llas épocas, que debían encontrarse en el terciario medio del Africa, es-
pecies fósiles intermediarias entre los Piroterios, que habrían emigrado
a aquella región por el territorio que entonces la unía a la América del
Sud, y los Proboscídeos recientes y actuales, que habrían vuelto, por la
vía septentrional, a morir en la Patagonia bajo la forma de Mastodontes.
Cuatro años después (1901), C: M. Andrews, paleontólogo del Museo
Británico, encontró en el desierto de Libia, justamente en terrenos oligo-
cenos, la forma intermediaria prevista, que designó con el nombre de
Palaeomastodon. Esta, que aquí exponemos muy sucintamente, es
sin duda una de las más brillantes aplicaciones de los principios trans-
formistas al estudio de las especies extinguidas, tanto más fecunda cuanto
que proporciona un método de trabajo que, usado con prudencia, es sus-
ceptible de dar resultados no menos brillantes. Es extraño, por otra parte,
que un hecho de tanta significación no se halle mencionado en obras re-
cientes, destinadas a resumir la historia de los progresos de la paleonto-
logía, y en las que se consagran varias páginas a la genealogía de aque-
llos mismos mamíferos, como es la de Depéret, «Les transformations du
Monde Animal» (París, 1907). Omisiones de esta clase perjudican al va-
lor informativo que hay derecho a exigir de tales libros, y no se sabe si
han de atribuirse a un espíritu poco imparcial, o al deficiente conoci-
miento de los hechos.
Tantos y tan trascendentales descubrimientos produjeron una verda-
dera revolución, que, como todas, ha tenido y tiene sus adversarios, y ha
librado batallas memorables hasta el último momento. Luchador por in-
clinación natural y por educación, pues todo su aprendizaje de la vida
fué una dura pelea, Ameghino jamás esquivó el encuentro; antes bien,
gozaba en él con la satisfacción legítima de quien defiende sus más caras
convicciones. En este terreno era un polemista formidable, aquel hom-
bre «suave. como un niño en la intimidad» (Holmberg). Formidable y,
en verdad, a veces despiadado; pero tampoco los fuertes usaron de
piedad para con él. Así, distribuía entre sus contrincantes, en la defensa
o en el ataque, verdaderos golpes de maza. Estos resultaban tales, por
la contundencia abrumadora de sus argumentos. «Estaba, — dice, —
ocupado en la preparación de una monografía sobre los peces fósiles
de la Patagonia, cuando una nueva publicación sobre la geología de
esta región viene a interrumpirme una vez más en mis investigaciones
paleontológicas...» Con visible impaciencia abandona el trabajo co-
menzado para atender al inoportuno adversario; pero éste resulta ser
un geólogo renombrado, Otto Wilckens, y su extenso alegato está in-
serto en la más importante de las publicaciones geológicas de Ale-
mania. Hay que hacer, pues, una refutación seria. Entonces Ameghino
se escribe, casi de un tirón, un volumen de 560 páginas, con más de la
mitad de figuras y planos (Las formaciones sedimentarias de la Pata-
gonia, etc. «Anales del Museo Nacional», serie 3, t. VIII), en que para
responder a Wilckens concluye una obra que, según la alta autoridad de
H. von Ihering, puede ser considerada como «un tratado sobre la geolo-
gía y paleontología de la Argentina a partir del cretáceo hasta nuestros
días». Asi eran sus armas: terribles, pero legítimas; sólidas y pesadas, pe-
TO en sus manos semejaban un florete de esgrima. Inerte hoy el brazo po-
tente que con tanta eficacia las manejara ¿quién se atreverá a moverlas ?
¿Quién dispone como él, en efecto, de aquel cúmulo de datos y de
materiales sobre la paleontología de la Argentina, y de la más completa
bibliografía de la misma? ¿Quién podría, con el auxilio de la larga ex.
periencia requerida, continuar su obra aunque sólo fuera en la parte
exclusivamente geopaleontológica? La respuesta parece que debiera
ser negativa. Un nombre, empero, viene a todos los labios: el de su cola-
borador infatigable y abnegado, cuyo consejo tanto apreciaba él; el
del explorador tan competente como intrépido, que recorriera la Pata-
gonia durante cerca de veinte años, recogiendo, no sólo el material fósil
sino los datos geológicos de inapreciable valor: el de su hermano y
amigo don Carlos Ameghino. La colaboración eficientísima que éste
le prestara en vida, seguirá prestándosela, a no dudarlo, después de la
muerte de él, cuando la obra que podría llamarse común, necesita más
que núnca de una defensa y un sostén. La honra que significa haber
participado en ella, implica a la vez un compromiso de honor. Nos cons-
ta a todos que el señor Ameghino lo satisfará cumplidamente, evitando
así que el precioso patrimonio vaya a pasar a manos extrañas y de se-
guro no tan aptas.
En la polémica o en la simple exposición, el lenguaje de Ameghino e es
ni más ni menos que la expresión de sus ideas. Este sabio autodidacta
no había meditado seguramente el discurso del conde de Buffon sobre
el estilo, ni se preocupó mucho por saber si éste debía ser «majestuoso,
solemne, o simplemente grave»; pero la fuerza de su convicción es tan
grande, tan bien provisto su arsenal de hechos, que lleva sin esfuerzo
a la expresión exacta, y ésta, aunque desprovista de toda gala literaria,
o quizás por eso mismo, es a menudo elocuente y de un gran poder de
persuasión, sobre todo en sus escritos de polémica. El interés está en
las cosas que dice y no en la forma como las dice. Aun despojado de las
ocasionales e inevitables asperezas, su estilo es siempre claro, vigoro-
so y suelto. Tan distante de la rigidez académica europea como de {a
chabacanería criolla, hay en él la suficiente libertad de movimientos
como para que, al cabo de pocas páginas, el lector pueda advertir que
el autor es uno de esos temperamentos en que las ideas están susten-
tadas por una pasión, y en que las pasiones sirven siempre a una idea.
Actitud que escandalizó más de una vez a los que creen que el sabio
debe despojarse del hombre, pero que debía producir al fin, por la
energía resultante de aquella unión, esa gran fuerza moral que conclu-
yó por imponerse a todos, aun a los que ni siquiera lo conocían. Esto es,
y con justicia, lo que el público ha admirado mayormente en él. Así se
explica que la noticia de su muerte produjera un sentimiento de dolor
tan espontáneo como unánime, verdadero homenaje con que el país,
honrándole, se ha honrado a sí mismo.
Objeto de la admiración general era también, y con igual razón, su in- M
comparable potencia de trabajo. Realmente, aquel hombre no conocía
el reposo, o por mejor decir, su reposo estaba en la labor. Refieren sus
íntimos que, después de haber concluido su importante obra sobre las
formaciones sedimentarias de la Patagonia, citada más arriba, en la
que trabajó seis meses sin una sola tregua, reconoció la necesidad de
tomarse un descanso para reponer sus fuerzas, — y descansó... cinco
días. Y aun esto se lo reprochaba después él mismo como una holganza
excesiva.
Consecuentemente, su aprovechamiento del tiempo era tan completo
que no le dejaba un momento desocupado. Contaba sus horas como un
avaro cuenta sus monedas. Mientras tanto, el tiempo transcurría para
él exactamente igual que para el que lo desperdicia o lo emplea mal,
y este hecho perfectamente natural, le producía, según nos ha parecido,
el efecto de una injusticia flagrante. Recordaremos siempre una vez
que, en companía de un amigo común, fuimos a verlo al Museo. Era
precisamente el 31 de Diciembre de 1908. Salimos juntos, y, en el ca-
mino, alguno advirtió que aquel era el último día del año. Esta conside-
ración, que en el común de los mortales produce más bien un senti-
miento de melancolía o algo análogo, tuvo en él una manifestación com-
pletamente distinta: «Un año más, — exclamó, — ¡me da una impacien-
cia!» — y subrayó sus palabras con una actitud y un gesto que eran, no
sólo de impaciencia bien marcada, sino de verdadera indignación, quién
sabe contra quién; pero fué evidente para nosotros que en aquel mo-
mento, estaba irritado con el tiempo como podía estarlo con un sujeto
cualquiera. Esto demuestra la vehemencia de su temperamento. ©
Su gran talento natural, servido por el continuo estudio y por seme-
jante capacidad de trabajo, disponía también (y esta era una de sus ca-
racteristicas más salientes) de una poderosa imaginación, a cuyo influjo
cedió más de una vez, en parte deliberadamente. Y esta facultad, que
hace de otros hombres, artistas, hizo de él, simple hombre de ciencia,
un creador. Ella le permitió la aplicación del gran principio gothiano
que prescribe al sabio el dominio del conjunto por la intuición. Sus pa-
labras mismas eran, a veces, las de un vidente: «Van para veinte años, —
decía en 1910, — tuve una visión profética. Refiriéndome entonces a los
Primates más antiguos y más primitivos — decía— encontraron ellos
¿su mayor seguridad entre las selvas, subiéndose a los árboles... Pero otros
Planungulados, por causas que no es ahora del caso averiguar, viéronse
confinados en comarcas llanas y desprovistas de árboles como nuestras
pampas; carecían allí de puntos de refugio, y tenían que confiarlo to-
do a la vista y a la astucia. En la llanura, una de las condiciones esen-
ciales a la seguridad individual es, la de poder divisar al enemigo desde
lejos. Para observar a mayor distancia, necesitaban poder apoyarse so-
bre sus miembros traseros que eran plantigrados, irguiéndose sobre ellos
lo posible para luego tender la vista y escudriñar el horizonte. En este
ejercicio, los miembros posteriores adaptábanse de más en más a la
sustentación y a la marcha, y los anteriores a la aprehensión... La
vista. . dominaba el espacio máximo. A la vez el cráneo, descansando
desde entonces sobre una base vertical, permitióle un mayor ahorro de.
fuerza, acompañado de un mayor desarrollo cerebral... y de intensidad
intelectual, en detrimento del instinto bruto. Ese fué el antecesor del
hombre.»
La exposición (ya ibamos a decir la descripción), es tan animada que
hace la impresión de una cosa vista. Tiene a la vez el tono de un rea-
lismo que involuntariamente trae a la memoria las páginas famosas_del
capítulo I del «Facundo» sobre el «aspecto físico de la República Argenti-
na, y caracteres, hábitos e ideas que engendra». La comparación se jus- :
tifica si se piensa que tanto Ameghino para explicar el origen del hom-
bre, como Sarmiento para. explicar el origen del gaucho, invocan cir-
cunstancias y factores análogos, en un ambiente casi idéntico (guardan-
do las distancias) y no es extraño, por lo tanto, que sus expresiones se
asemejen. Fíjese sino el lector en la frase de nuestro naturalista, que
hemos subrayado, y vuelva a leer luego el capítulo I del «Facundo», y
díganos después si aquella frase no podría ser de cualquiera de los dos.
Ameghino, decíamos, habla como si realmente hubiera visto todo
aquello, y de ahí que logre dar, a diferencia de Haeckel en un párrafo
parecido, la sensación de que realmente las cosas deben haber sido así. A
menos que al lector no se le ocurra hacerle la objeción que hemos oído
a algunos: ¿Cómo es que la liebre, que se para continuamente sobre
sus patas de atrás, etc., no ha llegado aún a la categoría humana? — se
preguntan con aire de triunfo, sin advertir que siendo la liebre un ani-
mal absolutamente distinto, por su estructura y por sus facultades, de
aquellos Primates antiguos, semejantes a los de hoy, no tiene por qué,
colocada en condiciones análogas, llegar al mismo resultado. Esta «ob-
jeción» puede citarse como un ejemplo de las que en estas materias se
oyen formular a menudo, a personas que creen que basta el «sentido co:
mún» para resolver las más dificultosas cuestiones de ciencias cuyos
rudimentos declaran ignorar, pero en las cuales pretenden tener una
opinión.
La aires de nuestro autor está allí, pues, en plena acción. El
mismo confiesa que ha sido una visión profética. Se nos dirá que éste
no es el método de la ciencia, que el sabio no debe creer en sus visio-
nes, si por acaso las tuviera, sino en los hechos positivos, que, prolija-
mente comprobados, han de conducirlo a conclusiones prudentes, fun:
dadas y verosímiles. Sea. Pero ¿quién es el que se ha de encargar de
fijar el límite preciso que separará los dos métodos? Más aún: ¿quién
puede impedir al hombre de estudio, cualquiera que sea su campo, que
haga uso de ambos? ¿Con qué derecho se ha de prohibir al sabio que
piense como un poeta, si es que está en su poder de hacerlo, o al poeta
que penetre en el terreno de la ciencia? Nadie pensará, seguramente,
en reprochar a Michelet que haya escrito sus admirables libros «El
Mar» o «El Pájaro», en que, por propia intuición de artista, se adelanta a
ratos a los descubrimientos científicos sobre la evolución orgánica.—
«¡Oh, — se replicará, — los errores, los extravíos, los abusos funestos que
pueden derivar!...» No, no hay que alarmarse demasiado por ello.
En todo caso, son preferibles los errores peligrosos, pero fecundos,
de estos hombres, a las verdades irrefutables, pero estériles, de otros.
Imaginación, intuición, adivinación, «videncia», llámesele como se
quiera, pero no fantasía. Fantasía es, para citar un sabio ilustre, la de
Sir Humphry Davy en el primer diálogo de su interesante y singular li-
brito «Los últimos dias de un filósofo». Aquel viaje fantástico por los
planetas, todas aquellas escapadas por el mundo de lo desconocido, no
son más que desahogos de las aficiones literarias y filosóficas de su au-
tor, sports de aquella mentalidad inquieta y curiosa que, dominando por
completo una rama de la ciencia, quiere ensayar sus fuerzas en las' dé-
más, y en la historia, la moral, la religión, el arte.
Completamente distinto es el caso de Ameghino. En primer lugar, por-
que carecía en absoluto de una verdadera fantasía. La única de sus pu-
blicaciones en que puede verse algo de ella, es su conferencia Visión y
Realidad, donde narra un ensueño, evidentemente fingido, que no
demuestra sino la pobreza de su fantasía. En segundo lugar, porque su
complexión intelectual lo alejaba completamente del dilettantismo cien-
tífico, y porque además estaba totalmente desprovisto de aficiones lite-
rarias, no como Darwin que en sus últimos años se quejaba tan amarga-
mente de haber perdido el gusto por la literatura, sino porque jamás lo
tuvo; al contrario, juzgaba a ésta y sobre todo a la poesía, como un pasa-
tiempo fútil y bastante despreciable. Esto era en él una característica
bien acentuada, que conviene tener en cuenta para no juzgar equivoca-
damente de algunas de sus producciones. Conviene también, y por la
misma causa, hacer notar que no había en él nada de ese esoterismo que
se ha supuesto en otros naturalistas, como Buffon y Linneo. Se ha di-
cho, en efecto, que éstos tenían ciertas opiniones, en forma de doc-
trina privada o conocida sólo de sus íntimos y que no se atrevieron a reve-
lar en su época por temor de chocar con las ideas de sus contemporáneos.
Nada de esto, sin duda, en Ameghino. Ante todo, porque tales reticen-
cias no hubieran entrado en sus hábitos de hombre franco y veraz, que
consideraba la ciencia como una cosa eminentemente positiva; y luego,
porque no tenía para qué ocultar su pensamiento, en un. país y en una
época en que existe una tolerancia tan amplia para las ideas de todo el
mundo, tolerancia que no será tal vez más que una de las formas
de la indiferencia, pero que provee, como quiera que sea, una de las con-
diciones esenciales a la libre emisión del pensamiento,
No hay que buscar, pues, entrelíneas en los escritos de Ameghino, y
no puede nadie, por lo tanto, fundarse en lo que en éllas crea haber leído,
para atribuirle; por ejemplo, como se ha hecho, ideas teosóficas, absoluta-
mente reñidas con su modo de pensar. À no ser que se haya dado a al-
guno de los símiles usuales empleado por él alguna vez, el valor de una
opinión personal.
Con esto aludimos ya a su opúsculo titulado Mi Credo.
Las ciento cincuenta Memorias especiales de Ameghino sobre geología,
paleontología, etc., se explican perfectamente como la obra positiva de un
hombre de talento concreto y de actividad extraordinaria. Las quince pá-
ginas del Credo también se explicarían como producto de una inteligen-
cia esencialmente generalizadora, es decir, filosófica, prendada de los
asuntos más abstractos y aun abstrusos, que intenta encerrar el universo
y todo lo que contiene, en un concepto personal, y exponerlo en una di-
sertación de una hora. Pero lo curioso es que lo uno y lo otro sean obra
de un mismo autor. Habría que reconocer en Ameghino una verdadera
dualidad intelectual, lo cual halagaría seguramente el prurito analítico;
pero es mucho más natural suponer que lo primero es el fruto del razo-
namiento inductivo aplicado, con éxito notable, a la detenida observación
de la realidad, y ayudado a veces por la imaginación, mientras que en el
Credo es ya el raciocinio puro que se entrega al arbitrio de esa misma
imaginación, en un supremo esfuerzo de síntesis.
El orden habitual de sus operaciones mentales ha sufrido con ello un
vuelco completo: de inductivas, se han hecho deductivas. En efecto, co-
mienza por sentar unos pocos principios generales para deducir de ellos
todo lo demás. Estos principios, no son las conclusiones resultantes de un
gran número de hechos parciales convenientemente dispuestos según
sus afinidades, no. Son especies de axiomas, que llevan en sí mismos su
razón de ser. El resto debe desprenderse de allí, por una necesidad lógi-.
ca: uno echa de menos el silogismo. |
Hacía tanto tiempo que estábamos deshabituados a este método en las
ciencias físicas, que la impresión primera es de ofuscación. Aquel lengua-
je, perfectamente preciso y moderno, nos suena como si viniera del fon-
do de edades muy remotas. Volvemos a leer con detención otra vez, una
vez más, y recapacitando nos preguntamos luego:
¿Qué se ha propuesto el Autor en esta publicación? El mismo nos lo
dice muy claro: dar «una exposición sintética de lo que es el Universo
tal cual yo lo concibo». El que así va a hablar es el mismo hombre que
ha trabajado toda su vida, desde la infancia casi, en una especialidad de-
terminada ¡y con qué resultado! La atención se intensifica, pues, al
maximum. Recordamos aún el silencio casi religioso que llenó la vasta
sala del Politeama aquella noche; pero el público heterogéneo de una
velada no era el más adecuado para oir una lectura de este género.
El mayor tributo que puede rendirse a un hombre que piensa, es el
de procurar penetrar su pensamiento. Procurar, decimos, porque en
verdad no pretendemos alcanzarle en su vuelo poderoso y audaz: nos re-
signaremos a seguirle con la mirada, darnos cuenta del rumbo, y calcu-
lar la altura.
«El universo tal cual yo lo concibo». Ahora nos interrogamos
de nuevo: ¿es posible hoy construir un «sistema del mundo» a base de
conceptos propios? Decididamente no, y el que así quiera hacerlo, cae
más o menos completamente, a veces sin saberlo, en las ideas de los
que le han precedido. Ameghino no pretendía seguramente que todas las
_ -de su Credo fueran absolutamente originales, ni se preocupó quizá de
averiguarlo. Eso era lo que él creía, y lo decía tal como lo creía, nada
más. |
«Concibo el Universo como constituido por un infinito tangible: la
materia; y tres infinitos inmateriales: espacio, tiempo y movimiento.»
Decíamos que sus palabras nos sonaban como una voz antiquísima. En
efecto, este es el lenguaje y la entonación misma de los filósofos griegos
más antiguos, de los anteriores a la época clásica. Decir filósofo entre los
griegos, y sobre todo en aquel tiempo, era decir naturalista: cada cual
construía previamente su sistema del mundo físico, para llegar como una
consecuencia de él, a las reglas morales, políticas, etc. Todas aquellas
cosmogonías — desde los «elementos» de Thales, — tenían un rasgo
común, el esfuerzo franco y vehemente por penetrar el secreto de las co-
sas, y la confianza plena en poder realizarlo.
Véase ahora cómo hablaba uno de ellos, Demócrito de Abdera, el fa-
moso inventor, o si se quiere descubridor, del átomo: «El movimiento
de los átomos en el vacío no ha comenzado nunca». No es necesario ha-
cer un análisis muy detenido de esta frase para encontrar en ella los cua-
tro infinitos de Ameghino: el «movimiento», que no ha comenzado nunca,
es eterno: aquí va implícito el infinito «tiempo». Los átomos constituyen
la «materia», y ésta también es eterna; y en cuanto al vacío, era para
éllos más o menos sinónimo de «espacio» . La concordancia es bas-
tante completa.
Se nos preguntará por qué nos hemos ido tan lejos para buscar la filia-
ción de ideas que informan gran parte de la filosofía científica contem-
poránea. Es que, justamente, Ameghino no se aproxima en ésto a los sa-
bios modernos, cuyas conclusiones, aunque semejantes, revelan un pro-
cedimiento distinto. Su concepto del átomo, por ejemplo, no es el de la
química, tal como en ella lo introdujera Dalton: es aquel concepto pri-
mitivo de los griegos, cuyo origen es probablemente anterior al mismo
Demócrito. La semejanza (que aquí no hacemos más que indicar ligera- .
mente) es, en general, más de fondo que de forma.
Cualquiera que haya conocido a Ameghino, estará convencido, como lo
estamos nosotros, de que no ha habido de su parte nada de imitación. Es
solamente una coincidencia curiosa, que señalamos sin pretender dedu-
cir nada de ella. Quizá otros, con un conocimiento serio de estas mate-
rias, encontrarían aquí motivo para un interesante capítulo de la historia
de las ideas científicas.
Con sus cuatro infinitos, nuestro filósofo construye una ley «que rige.
la universalidad del movimiento, esto es, que la intensidad del movi-
miento está en relación inversa de la densidad de la materia». Con este
principio se explicaría la razón y el modo de ser de todo lo que existe.
Todo es cuestión de movimientos concentrantes y de movimientos ra-
diantes, localizados en el tiempo y en el espacio, de los átomos; pero és-
tos (los de los elementos químicos), no serían más que múltiplos del de -
la materia única fundamental: el éter.
Como se ve, sería éste un principio de carácter tan universal, y tan
diversos los hechos que procura abarcar, que éstos parecen escapársele.
Sin embargo, vamos a ver cómo una ley conocida de la físico-química
podría deducirse de él, dentro del mismo orden de razonamientos. Los
átomos, en sus movimientos sucesivamente concentrantes, habrían deter-
minado estados singulares de equilibrio de la materia, de más en más
densos y que constituirían los llamados cuerpos simples. El «peso ató-
mico» de éstos mediría el grado de aquella densidad; pero como en su
movimiento concentrante los átomos han desarrollado calor, que se ha
perdido por radiación, a mayor peso atómico, mayor cantidad de movi-
miento concentrado, y por tanto mayor cantidad de calor perdido: el peso
atómico sería la expresión de esta cantidad. De ahí, pues, «se deduciría»
que a mayor peso atómico, menor capacidad de absorción calorífica, o
sea menor calor específico. Un trozo de cinc absorbe, colocado a la mis-
ma temperatura durante el mismo. tiempo, tres veces más calor que un
trozo de igual peso de plomo, cuyo peso atómico es próximamente tres
veces mayor; este es el hecho conocido y general, que ha dado base a la
ley de Dulong y Petit. Ahora, la causa, según Ameghino, estaría en que
ese equilibrio atómico de la materia, que llamamos plomo, habría consu-
mido, al formarse, tres veces más calor que el del cinc y de ahí que sea
su peso atómico tres veces mayor y tres veces menor su calor especi-
fico.
Pero el Cosmos entero debe caer bajo el dominio de aquella ley n ma-
gica, y Ameghino, con una intrepidez pasmosa, no se detiene ante nin-
guna de sus consecuencias, Vuela tan alto, que debemos renunciar a se-
guirle por este lado.
Asi, cuando desciende a tratar de la cae — este gran problema! — uno
respira: ahora va a hablarnos de algo que creemos conocer mejor. Pero,
un poco mareados al regreso de aquel viaje maravilloso a través
de los átomos, nuestra estupefacción renace cuando leemos: «No creo
que la muerte deba ser siempre una consecuencia fatal e inevitable de
la vida». ¿Qué pensarán de ésto los fisiólogos? ¿Qué dirán los discí-
pulos de Claudio Bernard, para quienes la vida no es más que el con-
junto de circunstancias que se oponen a la muerte? Quién sabe; pero se-
ría interesante preguntárselo a Metchnikof... Por lo pronto, he aquí a
un maestro reconocido en las más arduas de la mecánica de la
vida, J. Loeb, un experimentador de primera fuerza, el cual, al final de
una importante obra, se pregunta: «¿Hay una muerte natural? En
otros términos: ¿es la muerte el término necesario del desarrollo del indi-
viduo ?» Pero, más prudente y como atemorizado ante su propia pregunta,
concluye por decir que, en tanto que continuemos absorbiendo substan-
cias tóxicas, no podremos saber, en lo que a nosotros se refiere, cuál es
la parte de las alteraciones del organismo en la vejez, que podría ser
evitada.
En estas cosas, la actitud realmente científica con-
siste en poder suponer que las ideas ajenas son exactas, por opuestas que
sean a las ideas corrientes, máxime cuando han sido corrientes tantas
ideas que luego han resultado absurdas. Después de veinticinco siglos de
estudio, la ciencia de la vida está atin en pañales. Es preciso refrescar es-
tas nociones bien sabidas, para poder resistir a afirmaciones como la
anterior de Ameghino que hemos citado, o como la que sigue: «La ten-
dencia evolutiva hacia una mayor longevidad — agrega el mismo — es
general, y muy acentuada en los organismos superiores. Pero el hombre,
con su saber, podría hacer algo más: 1” encaminar la evolución, darle
dirección y 2° colocarse resueltamente en el camino de la inmortalidad».
La sonrisa de incredulidad que seguramente habrá plegado los labios del
lector al leer lo segundo, le habrá impedido probablemente reflexionar
sobre el alcance de lo primero: el hombre podría encauzar la evolución!
Todo este Credo está inspirado en un entusiasmo comunicativo; quizá
por esto es que nos sentimos inclinados a creer que aquello es una de las
cosas más trascendentales que se hayan dicho jamás. Lo que llamamos
evolución orgánica es, por decirlo así, una fuerza natural inherente a la
materia viva: la comprobación de su simple existencia puede decirse que
data de ayer, y no conocemos nada o muy poco, de su mecanismo íntimo.
¿Qué será cuando lo conozcamos?
En cuanto a la inmortalidad... sería para la especie humana una carga
tan pesada, que luego no sabría cómo hacer para desprenderse de ella.
Sea lo que fuere, hay una cosa de la que no se puede hoy dudar, y
es que Ameghino si ha entrado ya, «resueltamente», en la inmortalidad;
pero.... franqueando la valla que él, — pobre grande hombre! — no
creía inevitable. Y, lo que es más triste, franqueándola antes de tiempo,
cuando aún tenía en su admirable cabeza encerradas tantas ideas.
Voló de veras esta vez, y para siempre, aquel fuerte espíritu. Sea él el
genio tutelar de todos nosotros.
Ilustración: Rosario de Velasco

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