Reunidos aquí ante los restos mortales del que en vida fué el bien
conocido hombre de ciencia, doctor Florentino Ameghino, director del
Museo Nacional de Buenos Aires y celebrado dentro y fuera del país p or
los escritos y trabajos con que ha enriquecido el caudal cientifico de
nuestro suelo, cábeme el honor de representar a S. E. el señor Ministro
de Instrucción Pública de la Nación, y en su mérito de decir estas pocas
palabras en homenaje al extinto, mi amigo y colega, que tan dignamente
dirigía el Museo, fundador de cuantos hoy se levantan en el suelo ar-
gentino.
Una pena se llevó consigo Ameghino al silencio de su eterno descanso;
el no haber podido dejar siquiera iniciado el nuevo edificio que debe
encerrar las ricas colecciones y muy especialmente las que
que yacen ocultas en los sótanos de esos paredones vetustos, indignos
de nombre que no sea el de una ruína.
Allí, o donde cabían, Ameghino durante largos años ha seguido alma-
cenando el abundante fruto de sus exploraciones arqueológicas y pa-
leontológicas, sin poderlas exponer a la vista del público, pero aprove-
chándolas hasta donde le era posible en sus investigaciones científicas,
porque ni un solo día, ni un sólo momento cesaba él en sus trabajos;
con salud o sin ella era. incesante su labor, cuyos resultados repercutian
en el mundo científico para ser aceptados unos o combatidos otros; pero
tanto los unos como los otros respetables y considerados por su origen.
No todas sus hipótesis habrán merecido éxito completo; pero otro
tanto puede decirse de las de todo hombre de ciencia: lo que más se
respeta en Ameghino es su vida entera dedicada a los estudios científi-
.cos desde su adolescencia hasta que en medio de grandes sufrimientos
llegó a los últimos momentos de su útil vida, lamentando solamente que
no le alcanzara ésta para concluir algunos trabajos de importancia ya
iniciados.
Permitaseme que aqui haga yo mención de algo que acaso no sea tan
«conocido del público en general como tantos otros méritos del ilustre
argentino a quien hoy ofrecemos este homenaje: me refiero a esa fran-
queza y generosidad con que Ameghino facilitaba los mejores objetos
de sus ricas colecciones a todo estudiante u hombre de ciencia que de-
seaba aprovecharse de ellos: era punto característico de nuestro amigo,
no tan común entre los sabios, como algunos podrían imaginarse.
Ameghino, el self made man, el hombre de ciencia netamente argen-
tina, a la cual dedicó sus esfuerzos, sus recursos, su vida entera, aquí
descansa.
Hacemos votos porque su nombre permanezca siempre grabado en
memoria de los hombres de ciencia argentinos y sirva de ejemplo y de
estímulo a las generaciones venideras; hagámoslos también porque se
realice sin más demora el nuevo Museo de Buenos Aires, ideal de los
ensueños de nuestro nunca bien ponderado Ameghino y así la tierra le
será leve a esa alma grande cuyos restos mortales reposan en esta ht-
milde huesa.
Ilustración: Paul Hippolyte Flandrin

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