viernes, 6 de noviembre de 2026

La amazona

 







1

 

 


Se llamaba Flora Romero, y había nacido a las orillas del río Matanza. Vivía con su madre en una casilla de chapa y madera en una villa miseria, allá por los años cuarenta y pico, cuando tenía seis o siete años, quizá ocho. Quién podría asegurar cuanto se refiera a estas historias casi anónimas, rescatadas de periódicos viejos, que únicamente recalcitrantes obsesivos como yo, Bautista Beltrame, se animan a buscar en las bibliotecas, escarbando en la mugre y rodeado del agrio hedor de la humedad y la orina de los gatos, esos extraños bibliotecarios que respetan los buenos libros, no sé si lo han notado, por casualidad o por esas insidiosas e inciertas causas a las que se asocia su estirpe.

     Decía, entonces, que cuando comienza este relato, Flora tiene poco menos que diez años, y duerme en un colchón sobre el piso de portland de la casilla que la madre se consiguió de algún modo unos pocos años antes. Todos sabían, en el barrio, a lo que se dedicaba, por eso no era de extrañar que el tipo de turno se hubiese muerto una noche cualquiera al caerse borracho en el río (las orillas son basurales, y si no, puro barro). La cuestión es que Flora dormía en bombacha sobre el colchón, apenas con una sábana en invierno, y la estufa a leña a veinte centímetros. Si no se quemó viva cualquiera de esos inviernos de su infancia, es porque Dios le tenía reservada otras tragedias más interesantes.

     Veía entrar y salir a los hombres por la puerta que chirriaba como una parturienta. Y con ellos la luz del potrero de al lado, donde Flora jugaba a veces con los chicos de la villa, si la dejaban. Porque en realidad no servía para mucho con su cuerpecito flaco y esmirriado, ese pelo chato como de gato mojado, y esos bracitos y piernas que eran como fósforos. Eso se le quedó pegado en los oídos muy claramente, porque tanto su madre como las vecinas se quejaban de la “debilucha de Flora”. Si hasta se cansaba de llevar una bolsa del almacén una sola cuadra, de esas largas cuadras de las villas que no se sabe dónde empiezan o terminan.

    Los hombres entraban con la luz del potrero y luego cerraban, y sólo quedaba la fosforescencia de un cigarrillo que se caía al suelo junto con el sonido de la hebilla del cinturón. La cama de la madre estaba ahí nomás, a dos metros o poco más, pero una cortina que colgaba de dos calvos del techo intentaba ocultar lo que no podía: los gemidos, los grititos y las puteadas, y el rechinar de la vieja cama de resortes que hacía mucho había acostumbrado a todo el barrio a tolerar sus quejidos. Luego, veía a uno u otro, que más daba, volver a la puerta, a veces desnudos, a veces con el calzón, para fumar apoyado en el marco, mirando el vacío sobre el río triste y mugriento, dándose el gusto de patear a algún perro que se acercara, y rascándose la entrepierna mientras observaba la lenta e interminable construcción de los monoblocks que el estado venía prometiendo hacía tanto tiempo. Nunca, o casi nunca, le hacían caso, o ni la veían siquiera, escondida por la sombra como un perro acurrucado y flaco.

     Pero una noche uno de ellos se acercó, acuclillándose junto al colchón, y le tocó un hombro.

     -Ché, pendeja… ¿cómo te llamás?

     La madre le había dicho que no respondiera a los hombres que le hablaran en la calle, pero nada si lo hacían dentro de la casa. Sin embargo, lo pensó mejor, y no contestó.

    -¿Qué te pasa? ¿Sos tarada o te comieron la lengua los ratones?

    Ella se encogió de hombros.

    -Está bien, chiquita. Sos linda vos, más que tu vieja, y más joven sobre todo. Ya me cansé de las putas viejas…-dijo, murmurando más para sí que para Flora.

     El hombre le acarició el hombro y luego el pelo. Ella dio un respingo, y la voz de la madre se escuchó detrás de la cortina.

     -Dejála en paz, hijo de puta, que podría ser tu hija.

     Y eso fue lo que obsesionó a Flora desde entonces. Nunca había pensado que ella podía tener un padre, si ni la mitad siquiera de los chicos de la villa tenía uno. Pero el olor del hombre la embriagó, sólo de esa manera puede definirse la fascinación con que se inició el proceso de su ruina. El olor del hombre y su fuerza, y la tersura de su voz, segura y sarcástica, pero sobre todo acogedora como una caricia sin manos.

     El hombre se fue, pero al día siguiente, por la tarde, cuando ya se había olvidado de él, lo encontró en la calle.

     -Hola, Flora, ¿cómo está tu vieja?

     Ella no contestó.

     -Como quieras, pero me imagino que te gusta el circo, ¿no?

     Ella se le quedó mirando, impaciente por volver a casa para cocinar el par de bifes que el carnicero le había fiado una vez más.

     El hombre señaló por encima de las casillas que bordeaban la orilla, que siempre parecían estar a punto de resbalar y hundirse en la corriente lenta que tanta miseria arrastraba. Ella vio, entonces, la punta de un gran mástil y una bandera triangular de colores flameando con el viento. Él la agarró de la mano, sin resistencia, tan extasiada estaba con la visión creciente de la carpa del circo del otro lado del río, allí donde la urbanización comenzaba. Detrás del basural estaban los autos, y más allá de los descampados de Ezeiza, el camino de la Noria que llevaba más allá todavía, a los edificios del sur.

     La carpa parecía estrellada bajo el cielo que se oscurecía con parsimonia y con una belleza que ella nunca había visto antes. El hedor del río, denso como una niebla de mugre y rocío, esta vez cumplía la función de un velo que ocultaba los horrores y resaltaba las núbiles imágenes de seres y paisajes indefinidos, que de tan inciertos, socavaban la imaginación y exponían fragmentos de viejos tesoros no arruinados por el tiempo. El atardecer, ese día, era de oro, y ella lo sabía por más que nunca lo hubiese visto antes. Sus ojos relampagueaban, y cuando ambos se detuvieron luego de atravesar el puente, ella se frotó los ojos porque lloraba. Era el smog de los camiones y los colectivos, era, también, la fuerza de esa mano que agarraba la suya con tanta seguridad, que pudo verse a sí misma en la mirada de los que pasaban: peatones desinteresados que echaban una mirada tan fugaz que era dolorosa, pero que por eso mismo la acicateó hasta hacerle darse cuenta de que ella era una nena que iba de la mano del padre por primera vez al circo.

     Las banderolas flameaban en lo alto de la carpa, tan impresionante, tan inmensa que tuvo que detenerse por un instante, por miedo a verse engullida, o quizá a que toda esa construcción se le viniese encima. Porque las lonas se movían como la piel de una gran bestia prehistórica. Pero qué sabía ella de todo eso, si ni siquiera tenía idea de lo que era una escuela más que lo que le dijeron otros chicos: aburrimiento y obligación. Todo lo contario a lo que ahora veía, luego de haber sacado las entradas y caminado por el pasillo con suelo de arena y aserrín entre las gradas, cuando la función ya había empezado hacía mucho.

     Primero la cegaron las luces, luego penetró en la sombra de las gradas, donde la gente se apelotonaba, riendo, empujando, comiendo copos de algodón y bebiendo. Escuchó el bullicio interminable, inconexo, indescifrable de la multitud a su alrededor. El hombre la levantó en brazos, se abrió paso empujando a los demás hasta la primera fila, y la hizo sentarse sobre sus rodillas.

     Flora no pensó en nada más que en las maravillas que veía por primera vez en la pista del circo. Los payasos de ropas multicolores y máscaras que eran verdaderas caras haciendo chirimbolos, como se decía en esa época, torpes acrobacias, golpes y empujones. Y todo eso daba risa, una tremenda risa que ella no pudo evitar, contagiada del entusiasmo de todos, extasiada por todo lo nuevo. A los payasos sucedían los acróbatas en la cuerda floja, allá arriba, en lo más alto de la carpa. Se asustó, porque creía verlos caer al suelo, pero no era cierto, ellos rebotaban en la red o se agarraban a cuerdas y pasarelas en la altura, y en esos momentos se agarraba al cuello del hombre, y sentía su barba áspera. El olor del tabaco y del vino era distinto al olor de su madre, al olor de las mujeres. Ella se aferró a ese hombre que quizá, quizá no, fuese su padre, uno de tantos. ¿Por qué no elegirlo a él, si fue el único que la llevó al circo?

     Entonces vio aparecer a los elefantes que, a pesar de moverse lentamente, bailaban al ritmo de la música de la banda, o ponían sus enormes patas sobre los payasos que fingían morir aplastados, para luego levantarse de repente y gimoteando de placer. Luego, los perros, múltiples perros que corrían por toda la pista, saltando aros y atravesando barreras de fuego.

     Los hombres de frac llegaron para calmar un poco los ánimos. Los magos y sus asistentas sacaban conejos de la nada, hacían desaparecen cosas y personas, armaban edificios de globos para luego ser destruidos por un payaso portador de una letal aguja.

     La acción se detuvo.

    ¿Todo había terminado?

    El maestro de ceremonias, con su sombrero de copa, el frac rojo brillante, las botas de montar y el látigo reglamentario, presentó a la ècuyére. ¿Quién era esa?

     La amazona apreció sobre el lomo de un caballo blanco, y una ovación salió de todas las gradas. Ella iba montada agarrada a las crines, sin silla ni riendas. Era rubia y delgada, y vestía una malla tan blanca como su piel. Perecía desnuda pero no lo estaba, parecía frágil pero demostró que era más fuerte que la bestia que montaba. Porque después de varias vueltas recibiendo los aplausos, y sin que el caballo se detuviera, se alzó sobre sus piernas y se paró sobre el lomo, levantando los brazos y sin sujetarse a nada. El animal trotaba al principio, luego, a la voz de ella, empezó a cabalgar cada vez más rápido, y la mujer seguía firme. Sus pies descalzos parecían flotar sobre el caballo, apenas tocándolo.

     Los aplausos no se detenían. Cuando menguaron, volvieron a renacer al ver a la amazona pararse sobre sus manos y elevar las piernas, siempre al ritmo de la cabalgata. Y a eso sucedieron otras hazañas, como agarrarse de las crines y hacer malabarismos y figuras pegada al flanco izquierdo o derecho, o luego agarraba en el aire pelotas que los payasos le arrojaban para derribarla, haciendo malabares con ellas.

    Flora aplaudía, tenía las palmas enrojecidas y de vez en cuando se las frotaba en la falda. El hombre le ofreció su pañuelo. Mocos y todo, ella no se dio cuenta. El hombre le había hecho conocer a ese ser que no tenía huesos y que parecía ser el alma del aire penetrando por la piel del caballo para domarlo.

     La bestia se detuvo, hizo reverencias flexionando primero una pata, luego la otra. Tenía lentejuelas alrededor de la cabeza y sobre las orejas. La amazona saludó, yendo y viniendo de cada sector de la pista circular, dispuesta a saludar a todos, incluso a tocarlos, pero la reverencia del público parecía tocar la adoración. Gritaban, elogiaban, lloraban, sobre todo las mujeres, mientras los hombres se mantenían como asustados por esa figura de tan bello cuerpo, que tanto deseaban, y que sin embargo era como desear a una diosa etérea.

      Llegó el final. La banda de música tomó el poder sobre la pista con sus marchas estridentes de metal, desafinadas, pero no importaba. Todos salieron a saludar, magos, payasos, acróbatas y animales. La gente empezaba a levantarse y caminar hacia las salidas mientras aplaudían.

     Flora y el hombre se quedaron sentados. Ella abismada en su asombro, del que él debió rescatarla, diciéndole:

     -¿Vamos, nena? ¿Te gustó, no es cierto?

     Flora lo miró.

    -¿Y no hay más?

    Él se echó a reír, la levantó en brazos y caminó hacia el lado contrario a la salida. El pasillo aquel era oscuro, con olor a excrementos. Se escuchaba el croar de los sapos del descampado. Salieron, de pronto, a la oscuridad de la noche. Él se apoyó en la pared de lona y se puso a fumar, como olvidándose de Flora. Ella lo miraba, intentando agarrar una de sus manos, porque se sentía segura y protegida ante la oscuridad tan cercana del río.

     El cigarrillo saltó haciendo un arco hacia adelante, y el puntito rojo se apagó. Ya ni esa luz había. Escuchó que él se movía. El ruido de las botas en el suelo era como circular, dando vueltas sobre sí mismo, luego, el chorro contra la lona. Ella sabía, por supuesto, ya había visto a los chicos y a los hombres. No desconocía esas cosas, si hasta los había visto desnudos en la casa de su madre. Esperaba a que terminara de orinar. Fue un chorro largo, como prudente, podría decirse. Dando tiempo, ¿a qué? Tal vez para que Flora confiara, aún más, si fuera posible. Con ese gesto de familiaridad, él se le estaba entregando como un padre, ella así lo entendió, sin razonarlo, sólo sintiéndolo.

     Él se dio vuelta.

     Le agarró una mano. Ella tocó eso caliente que él le mostraba, y que ella adivinaba en la oscuridad. La mano de Flora estaba bajo el dominio de la mano del hombre, y su propia mano intentaba abarcar esa cosa tan extraña que pronto supo lo que era, por supuesto. Le dio vergüenza, le dio temor, la asustó por lo que estaba haciendo. Pero él le acariciaba la cabeza con la otra mano, y la ayudaba a frotar aquello que a él le daba tanto placer, aparentemente. Eso que les gusta a los hombres, le había dicho la madre unas cuantas veces, eso que es tan simple y estúpido. Eso que a las mujeres no les cuesta nada y que a los hombres les gusta tanto. ¿Le contaría a mamá lo que había hecho? Tal vez se sintiera orgullosa en lugar de llamarla boba e inútil.

    Entonces él se movió, como contrayéndose, y exhalando un grito ronco. Y ella se quedó con la mano mojada de aquel líquido viscoso y que sin embargo olía tan cálidamente como si estuviera en un pajonal. Él se abrochó el cinto y los botones, ella se limpió en la falda, pero la sustancia se le fue secando en la mano a medida que regresaban, en silencio, por en medio de la oscuridad del puente viejo y luego la calle llena de perros que ladraban a medida que pasaban, siendo objeto de las miradas de las vecinas que ya adivinaban lo que había pasado.

    La dejó en la puerta de la casilla. Esa noche, él se abstendría del trato con su madre.

 

    En la mañana, los gritos arreciaron hasta el punto de hacer temblar las paredes de chapa. Pero no eran los gritos, sino los golpes que Maribel (que así se llamaba la madre, o se hacía llamar en el barrio) le daba a su hija. Hija de puta, la apostrofaba, sabiendo o quizá no, en su histerismo, la verdad que utilizaba de insulto. Putita de mierda, roba hombres, le decía, indignada, conseguíte los tuyos. Algunos se agolparon a pocos metros de la puerta, por la que finalmente salió Flora, corriendo hacia la orilla del río, sin que nadie intentara detenerla. Al fin de cuentas, estaba viva, y eso era más que lo que muchos habían visto en otras casillas de la villa. Maribel también se asomó, y se encorajó con los que estaban parados, mirando.

    -¿Y ustedes qué? ¡Váyanse al carajo!

    Flora corrió hasta cansarse por la orilla, hasta donde el río hacía un recodo y las casillas menguaban y aparecían las fábricas. Se quedó sentada, respirando agitadamente, con la cola sobre el barro, resbalándose sin casi darse cuenta hacia las olitas de agua sucia. Los brazos sobre las rodillas y las piernas flexionadas, no miraba más que el otro lado de la cuenca, donde la carpa del circo era un inmenso domo futurista con banderas flameando como en un castillo feudal. Asociaciones que yo hago, por supuesto, pero interpretando el asombro y los deseos de Flora y equiparándolos con esas imágenes, porque quién sabe lo que ella imaginaría. Tal vez nada y su mente fuese un vacío desesperado que reclamaba ser llenado, o quizá todo en una serie de innumerables imágenes superpuestas que formaban una especie de monstruo que la devoraría si no lo dejaba salir de su mente.

     Sintió una mano en un hombro. Se sobresaltó y casi cae al río si esa mano no la hubiese agarrado del brazo.

     -¿Qué haces acá, Florita?

     El hombre la miraba ahora detenidamente, viéndole la cara a pesar de intentar ella protegerse con las manos.

     -La puta te hizo bolsa, ya lo veo. Vení que te limpio un poco.

     Juntó agua en una palma y le lavó la cara con sangre. Una vez ya limpia, los moretones surgieron como mariposas.

     -Estás más linda con esas mariposas, Flora. Será por tu nombre…¿no?

     Ella no tenía idea de qué hablaba, pero le gustó eso de las mariposas en la cara.

     El hombre sonrió, y ella se dejó tocar por esas manos a cuyo contacto las mariposas no se espantaban.

     Fueron juntos de regreso. Él iba a la fábrica, pero no importaba su llegada tarde, primero irían a buscarle ropa limpia. Robó algunas de las sogas con que se cruzaron, en pleno día. Nadie dijo nada. La dejó en la casa de él, casilla al fin, pero con paredes de ladrillos y techo de chapa. Había un gato en lugar de los tantos perros que pululaban por ahí. El gato se sentó en la falda de Flora, y el hombre le dijo:

     -Cuidálo hasta que yo vuelva, los perros siempre lo buscan, pero él los evita subiéndose a los techos.

     Flora asintió.

     Casimiro se llamaba el hombre.

     -Esta noche vamos al circo.

     Y ella se quedó todo el día pensando en esa noche.

     

     Se vistieron. Él con un jean manchado y un pulóver negro. No era alto, pero sí fornido. Le vio los músculos del tórax, y parecía diferente a como cuando lo había visto en calzón sentado en la cama de la madre. Ahora sonreía al mirarla acariciar al gato sobre la falda del vestidito negro que él le había regalado al volver de la fábrica. Allá tienen muchos, dijo, en la textil.

     Cruzaron otra vez el puente, atravesaron las filas de familias y sacaron las entradas. Otra vez en el interior, por segundo día consecutivo. Había espectáculos que se repitieron, pero los payasos improvisaban constantemente y cada minuto las cosas eran diferentes. Los trucos de los magos la aburrían un poco, aunque no los animales. Esta vez había palomas, pájaros de plumajes multicolor, y loros, que hablaban, por supuesto.

     Ella se había sentado otra vez en las rodillas de Casimiro, y le rodeaba el cuello con los brazos mientras conservaba su mirada atenta a la pista. Luego del ventrílocuo, que pocos festejaron porque no lo entendían, llegó lo que ella aguardaba ardientemente.

     El sonido de las trompetas anunció y acompañó la entrada en la pista de la ècuyére. Flora se soltó y se paró en la grada, con las manos agarradas al barandal que apenas la separaba del flanco del caballo cuando se aproximaba a ella en los círculos concéntricos de sus vueltas. Pero ella se quedaba mirando a la amazona, con su malla color piel y sus lentejuelas en la cabeza y el maquillaje rutilante que resaltaba su rostro siempre sonriente. Si hasta vio el sudor que le corría por las sienes cuando se acercaba. Habría querido tocarla, habría querido hablarle y darle un beso. Olía el olor del maquillaje, del lápiz de labios, del marcador de pestañas. Era el olor del estuche que su madre guardaba en un cajoncito junto a la cama, pero eran viejos. Sin embargo, la cara de la amazona era fresca a pesar del esfuerzo. Era una mujer con cuerpo de hada, un hada con cuerpo de mujer. Flora no supo entenderlo del todo, y sin embargo lo intuía.

     De pronto, el hombre la agarró y la levantó en brazos, dejando las gradas hacia el pasillo cubierto de aserrín y arena. Ella gritó y se resistió. La amazona no había terminado. Sin hacerle caso, la levantó con un brazo y la apoyó en un hombro mientras ella pataleaba. Los padres de familia miraban y se reían.

     -¡Pero no terminó!- gritaba ella una y otra vez.

     -Tengo que mear, Flora.

     Llegaron al final del pasillo, donde el bullicio casi había desaparecido, y sólo estaban las luces de los carromatos. La dejó en el piso, enfurruñada, y se puso a orinar así nomás. Ella miró, enojada, observó el chorro desafiante que a él ya no le interesaba ocultar. Estaba medio borracho, ya lo sabía. Con una mano se sostenía el pene, con la otra sacaba una petaca del bolsillo posterior del jean. Tiró la botella vacía, y ya no hubo chorro. Pero él seguí frotándose.

     Se acercó al Flora y la levantó en brazos.

     -¿Qué te pasa, pendeja? ¿Tanto te gusta la mina esa del caballo? ¿Querés cabalgar?

     Su tono era incierto. Protector y amenazante, ella ya no entendía, y en ese esfuerzo sonaron las trompetas una vez más, y ella supo que la amazona estaba haciendo sus piruetas sobre el caballo, como el día anterior, y seguramente otras nuevas que ahora no podía ver, y se puso a llorar, mirando hacia la pista del circo, lejana, al otro extremo del largo pasillo.

     El hombre la abrazó, le abrió las piernas y le dijo que las apretara contra su cuerpo, como si estuviese cabalgando. Ella así lo hizo, y sintió la fuerza del cuerpo de Casimiro, la calidez de su panza velluda en sus muslos, y la mano de él acariciándola. No tenía bombacha, la que ella llevaba esa mañana estaba sucia y todavía no se había secado. Ponéte el vestido que te traje, le había dicho él, y a ella no le pareció raro, tantas veces había dormido desnuda, tantas veces había salido a lavar su ropa interior en la pileta del patio.

     Casimiro se balanceaba sobre sus pies imitando el trote de un caballo. Flora saltaba pero los brazos de él la sujetaban. Y de pronto, el dolor. Como un puñalazo, o una estocada, quién sabe. Ella sabía lo que él le estaba haciendo, había visto a su madre en la cama, había escuchado lo que los chicos hablaban en la calle. Esa cosa estaba dentro de ella. La lastimaba, pero era extrañamente revelador que esa experiencia tan curiosa y nueva fuese una especie de descubrimiento. Una revelación, tal vez.

     El dolor fue lo que duró menos, lo que permaneció y fue creciendo fueron el asombro y la sorpresa. ¿No debieron ser invertidos esos sentimientos? ¿Primero el placer y luego la humillación? ¿Cómo pudo ser posible? Cualquiera diría que primero debió haberse sorprendido y asustado, y después, si lo había, el reconocimiento de una sensación por demás extraña, la mezcla del dolor y el placer. Como si ella fuese una mujer. Era una nena, por supuesto, una chica que sabía mucho más que las otras chicas. Pero el conocimiento no es experiencia, y la experiencia puede ser el total conocimiento.

     La dejó en el piso.

     Escucharon la voz que llegaba de la sombra.

     -¡Váyase o lo mato!

     Miraron al payaso que se acercaba bajo la luz de un foco. Era un chico, tal vez, pero imitaba la voz de un hombre. El rostro sonreía, contradiciendo en tal alta medida el furor y la amenaza, que parecía estar actuando.

     -¿Y vos qué te metés, pelotudo? Rajá de acá.

     El payaso le contestó con un botellazo que pegó a Casimiro en el pecho. Se levantó, cerrándose el cinto, pero el payaso levantó un brazo con el cuello roto de otra botella.

     -No se acerque o le rompo la cara…

     Casimiro no hizo caso. El payaso le tiró la botella rota en la cabeza, que empezó a sangrar y lo hizo detenerse. El payaso se alejó y trajo más botellas que empezó tirarle hasta que Casimiro calló al piso, e intentó arrastrarse hacia atrás. El payaso no lo dejaba, botella tras botella, le golpeaba la cabeza, hasta que Flora dijo:

     -¡Basta!

     El payaso la miró.

     -Es tu viejo, ¿no? Peor…

     -No lo mates…

     -Si no voy a matarlo, sólo quiero cortarle las bolas.

     Casimiro estaba boca abajo, probablemente con aserrín en la garganta. Si respiraba, no se fijaron. El payaso agarró de la mano a Flora y se fueron juntos hacia las gradas. La mano del desconocido era suave y lampiña. Era un chico, lo más probable. No mucho mayor que ella misma.

 

     Ese chico tenía dieciséis años en ese tiempo, se llamaba Ernesto Lafuente y era el hijo de la dueña del circo Real. Ése era el nombre de la empresa que recorría las provincias y los países limítrofes desde hacía treinta años, cuando los abuelos Lafuente lo habían fundado. Sólo quedaban él y la madre. Su viejo había muerto aplastado por la pata de un elefante. Evento trágico que apareció en los diarios unos cuantos días y por eso tuve la oportunidad de documentarme sobre la historia de aquel circo.

    Otros eran los tiempos que narramos, así que la administración de la madre de Ernesto apenas sobrevivía al antiguo esplendor. Mucha competencia y poco público, decía. El cine era un traidor que no les daba tregua. Si hasta los grandes clowns internacionales se vendían al celuloide, qué se podía esperar por esto magros pagos latinoamericanos.

     Lafuente, el payaso adolescente, llevó a Flora a hablar con su madre después de la función. Le contó lo que había pasado.

     -¿Y lo dejaste vivo, che?- le preguntó al hijo.

     En esa mujer, Flora creyó ver a su madre: dura, ofuscada, recriminadora. Sin embargo, toda esa malicia no estaba dirigida hacia su hijo.

     -Sí, vieja. Supongo, no me fijé.

     La mujer miró a Flora. Le preguntó su nombre, le dijo el suyo: Marietta.

     -¿A qué no sabés a lo que me dedicaba cuando conocí al padre de éste?

     -Sí, era la adivina.

     -No le dije nada, vieja- atajó Ernesto.

      -Mirá vos, a lo mejor tengo una sucesora.

     -Yo quiero cabalgar…-dijo Flora.     

     La mujer, de cabello rojo como el fuego de la estufa que calentaba el interior del carromato, dijo, frunciendo las cejas:

     -¿Querés ser una ècuyére?

     -No sé qué es eso…

     -La amazona, querida, así se dice en el circo, es francés, pero ya vas a aprender.

     Dio vueltas a su alrededor, le tocó los brazos, palpó la cintura y el ancho de las piernas de Flora.

     -Llevásela mañana a Edith.

     -Pero vieja…

     -No me importa lo que diga, necesitamos entrenar un reemplazo, tarde o temprano se tiene que dar cuenta que no le queda mucho.

     Flora escuchó y no entendió. Desde entonces durmió en un jergón en el carromato de la directora del circo.

     Al día siguiente pasaron algunos policías a echar un vistazo, tirando abajo algunas cosas para no salir de la costumbre.

     -Encontraron a un tipo muy malherido, casi lo matan a botellazos, señora. ¿Usted sabe algo de eso?-preguntó por rutina el comisario Saldívar, que iba y venía de partido en partido según las cagadas que se mandaba.

     Marietta se encogió de hombros:

     -Vaya a arrestar a los borrachos que nos estropean las funciones, comisario. Este es un espectáculo para toda la familia y…

     El comisario levantó las manos, rindiéndose, y se fue con los suyos.

     Edith era el nombre artístico de Elba, la mujer que ya tenía treinta y cinco años a pesar de aparentar quince años menos. Pero cuando Flora la conoció, escuchó los quejidos de sus articulaciones cuando caminaba, cuando daba la mano, cuando apenas movía la cabeza.

    -La artrosis, chiquita. El enemigo peor que la muerte para nosotras.

    Cuando ella dijo eso, supo que la aceptaba, a pesar de las reticencias de Ernesto. Ambos se miraron, a través del extenso campo de la diferencia de edades. Él supo, ya entonces, que estaba perdidamente enamorado, y esperaría lo que fuese necesario. Lo que había visto no importaba, quizá por eso Flora era diferente. ¿Surge el amor de lo escabroso o de la belleza? ¿Y es factible llamar a tal cosa amor?

     Pasó el tiempo, quizá diez años. La muerte de Marietta dejó el circo en manos de Ernesto Lafuente. Se vio frente a la responsabilidad de continuar no sólo con una tradición de casi cuarenta años, sino también mantener la fuente de trabajo de cien personas y sus familias, y toda la infraestructura que permanentemente se averiara y debía reemplazarse a riesgo de ceder a la crisis eterna y dejarse enterrar ante el paso de los otros circos, que competían como fieras por sobrevivir. La mafia de los circos los había amenazado con destruir a los Lafuente si no cedían. Marietta se murió de pronto, de un paro cardíaco, blasfemando contra los zíngaros esos, como los llamaba para unir en una raza y en una sola palabra todo el poder de la tradición de la Europa del este: las mafias mezcladas con el poder soviético, y encima de todo eso, las diatribas hipócritas del Vaticano.

     Cerraron durante dos meses, que se hicieron seis. Se comprometió a pagar los sueldos mientras decidía, pero la gente lo fue abandonando. Los animales se morían en sus jaulas, las lonas se cortajeaban, los hierros se herrumbraban.

     La única que seguía entrenando era Flora. Ya tenía dieciocho años, y era mejor que su maestra, que murió en medio de los dolores de sus articulaciones el verano anterior, en el hospital Rivadavia. Entrenaba en los campos de Ezeiza, donde las instalaciones estaban arrumbadas en grandes cajas de madera expuestas a la lluvia y la humedad del invierno, otras en un viejo vagón de tren arrastrado por un tractor que lo llevaba de gira en gira, pero que ya no andaba. Flora insistía en su optimismo cuidando de su potro, porque el caballo de Edith ya estaba muerto y enterrado, o más probablemente arrojado al Matanza cuando cayó muerto luego en su última función.

     La potro de Flora era negro, la malla que ella se había confeccionado era de color negro, y en la cabeza llevaba una pluma negra como un crespón. Pero Flora sonreía a un público todavía invisible, probando nuevos malabares y acrobacias todos los días, y durante las noches las anotaba una por una, con diagramas y signos. Ernesto le había enseñado a leer. Aunque no eran novios, todos los consideraban tales. Pero él recordaba aquella noche, y nunca se había animado a preguntarle lo que pensaba, lo que recordaba. Flora reía y jugaba.

     Flora era feliz en un circo desmantelado.

     Hasta que el coronel Gonzaga apareció en su historia.

 

 

 

2

 

 

Archibaldo Gonzaga era hijo de un militar tucumano y una institutriz inglesa. La madre lo llamaba Archie cuando era chico, y luego Archibald. Le enseñó inglés y lo hizo viajar a Londres donde su familia, antes sin recursos, se había ido recuperando gracias al matrimonio de esa hija que enseñaba en las lejanas pampas. El general Justiniano Gonzaga, el padre, era dueño de medio Tucumán, y amigo de Perón, además. Plata tenía, claro, pero Archie había sido su único hijo. Por lo menos eso es lo que él decía, pero considerando la frígida conducta de su esposa en la cama, bien debía haber tenido muchas mujeres. A ella, por supuesto, no le interesaba. Enclaustrada en sus jardines de Tucumán, sólo viajaba a Buenos Aires o a Europa con su dama de compañía para ir al teatro, porque tenía dos pasiones: su hijo y la ópera.

     Archibald era un joven pintón. Entre uno setenta y uno ochenta de estatura, quizá justamente la adecuada, tenía un tórax ancho y brazos bien formados. Hacía fútbol, a regañadientes del gusto de su madre, pero también iba a Lawn Tennis Club, y remo en el Tigre, y hasta golf en San Isidro. Todo eso por las tardes o los fines de semana, porque en las mañanas estudiaba Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Claro, universidad pública, en eso se había empecinado el padre, y ella tuvo que ceder. En cuanto a los exámenes, estudiaba una tarde de domingo, encerrado en cuarto, sólo o con sus amigos, entre la humareda de los cigarrillos y el vaho de las bebidas blancas, y de vez en cuando algún tintillo barato que se filtraba entre la rígida mirada de la madre.

     La cuestión es que se había recibido a los veintiséis años de abogado. Cuando recibió el diploma, la madre le puso cara de perro, porque había otros que no le llegaban a talón y se habían diplomado a los 23 o 24 años, y encima con beca del estado. Qué se le iba a hacer. Pero el nene ya era abogado, y con una pinta que había hecho estragos entre las compañeras de la facultad. Era rubio, con pelo ondeado y raya a la derecha, y ojos celestes que había heredado de su madre. Del general, la facies rígida, cuadrada, de barba espesa y mucho vello en el cuerpo. Era un hombre de estampa varonil pero de modales finos. Nunca hablaba de más, nunca gritaba, salvo en los entrenamientos del círculo militar. Cumpliendo con la tradición, iba a entrenar como cualquier soldado raso, por lo menos al principio, en El Palomar o La Tablada. Había obtenido cuando se recibió de abogado, el rango de coronel. Otros, por supuesto, tuvieron que aguardar la siguiente ronda de ascensos.

     El día que Gonzaga conoció a Flora, iba camino al aeropuerto, inaugurado pocos años antes en la primera presidencia de Perón. La ruta todavía era de tierra, y cuando el auto se descompuso, se quedó en medio del campo y con el capot levantado, intentando descifrar la falla. Pero la falla había consistido en la estupidez del mecánico que tenía a su servicio en Buenos Aires: no había cargado combustible. Tal vez el cínico del mecánico daba por sentado que Archibald miraría de vez en cuando el tablero del auto.

    Miró alrededor, sólo campo y árboles, y unas casillas que daba poca confianza para pedir ayuda. Tenía que tomar el último vuelo del día para Río, debía terciar en un conflicto que el gobierno le había encargado, algo de fronteras, aduanas y derecho internacional. Importante, claro, y su viejo había tenido que ver con aquel encargo. Miró la hora en el Rolex, ya no llegaría. ¿Y cómo conseguir nafta? Cerró el auto, resignado a que al volver tal vez no encontraría más que el chasis, si es que seguía ahí.

    Empezó a caminar hacia una construcción que le pareció un galpón o una fábrica. Cuando llegó, no supo definir esa mezcolanza de cajas, andamios, jaulas, cientos de metros de telas y algunos caballos. Y entonces vio un potro negro cabalgando en círculos. Aparentemente iba solo, pero cuando se acercó vio una figura negra sobre el lomo, que casi parecía hecha con las mismas crines del caballo.

    Era Flora, que con sus cabellos largos y la larga pluma negra semejaba una parte más del cuerpo del animal, no sólo por la forma en que se movía sobre el lomo, sino por la armonía de los contornos y la textura que impresionaba a los ojos del que la viera.

    Se paró a observarla a la distancia, con los brazos cruzados y un pie más adelante que el otro, en una posición de dandi más que de militar. Aprendió a distinguir los movimientos que ella hacía ordenando al animal a cambiar de ritmo o movimientos, y ella se paraba en el lomo, sobre una pierna primero, luego en la otra, y saltaba. Y en ese leve intervalo en el aire era como una garza negra que flotara sobre el río oscuro del potro, que continuaba sin ella, pero por tan breve tiempo, que Flora volvía a descender exactamente sobre las ancas. Y la cola del potro le servía de extensión a sus largos cabellos negros.

     No era solamente una ècuyére, se dijo Gonzaga, era una mensajera de la muerte, sino la muerte misma.

     Mientras contemplaba, fascinado, aquel cabalgar por sobre el campo desolado del atardecer, cubriéndose de sombras, donde el húmedo frío condensaba las partículas de la vida en las estáticas formas asincrónicas del rocío que se escarchaba, y que parecía trisarse al paso del último avión que ahora pasaba jactándose de él, de su olvido y su descuido, de la estupidez que lo retenía en ese campo ante la figura de una mujer.

     No le importó el futuro, ni su anhelo de cumplir las expectativas que todos habían puesto en él. Sólo deseó ver, hablar, tocar y poseer a esa figura que dominaba el mundo en ese pequeño, infinitesimal instante del mundo.

     Y el sonido del avión, atronador, ocultó los acordes que le vinieron a la mente como una música que nacía del campo y de la noche inminente, distrayéndolo de esa especie de hipnosis, y oyó la voz quebrada de un hombre a su vera.

     -¿Qué lo trae por aquí, señor?

     Se dio vuelta. Era un tipo de su edad, semblante hosco, bien afeitado, con unas calzas y botas de montar de campo, una fusta entre las manos delante de las rodillas. El pelo largo, castaño con tonos rojizos, como los de Marietta. Lafuente era, y se lo dijo. Se estrecharon las manos después del breve tanteo de desconfianza.

      -Mire, amigo-dijo Gonzaga, en tono campechano que mal le salía.- Se me averió el auto en la ruta, perdí el vuelo, y aquí me tiene.

      -Vamos a ver el auto, pero antes déjeme que traiga un caballo por si hay que remolcarlo hasta aquí.

     Gonzaga no le dijo que prefería llamar por teléfono por ayuda, pero cuando lo vio caminar hacia los carromatos y juntarse con la mujer del caballo, hablar un rato, señalarlo a la distancia, y de inmediato verla montar otra vez y correr hacia donde él estaba, olvidó todo esto, y hasta quién era. La muerte se le acercaba, y cuando estaba a centímetros de él, tuvo que sujetar la brida porque creyó que iría a atropellarlo, sintiendo el aliento del belfo en la cara, y tocando el pelaje negro como el azabache. La muerte, de pronto, se hizo vida intensa, tanto como imaginaba la muerte.

     -Buenas tardes, señor-le dijo ella.-Ya viene Ernesto con el animal. Pero no se preocupe, Ernesto sabe mucho de mecánica.

     -Me imagino, señorita-dijo, sacándose el sombrero y saludando.- Con tantas máquinas como veo que tiene este circo. ¿Cuándo inauguran?

     -No sabemos, señor. Esto que usted ve son ruinas. Estamos mal, quebrados.

     -Pero usted sigue entrenando. Es usted una maravillosa ècuyére, señorita. La mejor que he visto.

     Ella se rio, con esa pinta no lo veía asiduo al espectáculo del circo.

     -Ni en Francia he visto lo que usted hace, señorita. Allá, muchas piruetas, pero la gracia de usted, nunca, nunca la he visto antes.

     Ernesto llegó y los tres fueron hasta la ruta. Antes de que Lafuente se acercara al motor, lo distrajo con una conversación sobre, y cortó una correa. Le daba vergüenza, es verdad, el motivo del desperfecto, pero quería ahora quedarse más tiempo.

     Lafuente, entonces, se asomó al motor, metió las manos y pronunció lo que ya esperaba. Se había roto una correa y no había remedio más que llevarlo al taller. Ernesto y él montaron una cadena al arnés del caballo y la ataron al paragolpes delantero. Archibald se sacó el saco, se arremangó, se ensució las botas y las manos. Tenía fuerza, y la admiró ese hombre que congeniaba con Ernesto a pesar de ser tan distintos, cuerpos diferentes, uno entrenado en el deporte, el otro por el trabajo. La barba del recién llegado apenas crecida desde la mañana, el sudor de Ernesto en las sienes mojándole el pelo.

     Ernesto montó y el caballo arrastró lentamente el auto por el campo embarrado. Archibald empujaba de atrás si se atascaba. Flora ofreció su ayuda. Los hombres se rieron y siguieron empujando y arrastrando.

     Cuando llegaron, ya era de noche. Metieron el auto en al galpón.

     -Bueno, amigo. Le agradezco mucho, tenía miedo de que me lo robaran. ¿Tiene un teléfono por el que pueda llamar para que vengan a buscarme?

      -Pero mire que ya es tarde, señor Gonzaga. ¿No quiere quedarse hasta mañana? Si ya perdió el avión, ¿qué apuro tiene?

     El aparente desparpajo de Flora avergonzó un poco a Ernesto, pero el otro sonrió, como si hubiese estado esperando esas palabras.

     -No, ya hicieron mucho por mí. Entiendo que están ocupados y no quiero entorpecer.

     -¡Qué va! Gonzaga, si los problemas no van a ser peores por una noche que un amigo necesite ayuda. No nos morimos de hambre, ¿no es verdad, Flora?

     Ella respondió solamente encogiendo los hombros.

     Y entonces supo Archibald que allí pasaba algo en lo que él podía intervenir.

    

     En la mañana, llamó por teléfono a un amigo. Lo oyeron hablar quedo y escondiendo sus labios al sostener el tubo con ambas manos. Ese día, el amigo no llegó, tenía cosas que hacer.

     -Usted ve, Ernesto, cómo es la gente, piden mucho pero otorgan poco-dijo mientras almorzaban.

      -No se haga mala sangre, doctor -ya les había contado de su profesión y el objeto del viaje aplazado. Lo que dejaría para más tarde, era su rango en el ejército.- Creo haber encontrado el problema, además de la correa. Tenía poca nafta, ¿sabe?

     Gonzaga se hizo el sordo.

     -Pero ya le conseguí, para ir tirando hasta que lo lleve a un buen mecánico en Buenos Aires.

     En la tarde, mientras Ernesto trabajaba en el motor, Archibald y Flora tomaban mate sentados en dos hamacas.

     -Linda tarde, Flora.

     -Así es, doctor.

     -No sea tan formal, señorita, llámeme Archi, como mi vieja. Y dígame cómo aprendió su oficio.

     -Hace diez años que practico, Edith se llamaba mi maestra.

     -Pero no sólo hay que tener destreza, sino afinidad por la vida del circo.

     -Supongo que sí, no he pensado demasiado en eso, casi no conozco otra cosa.

     -Usted podría actuar en cualquier pista de Europa, Flora, se lo aseguro. Ustedes tienen que abrir de nuevo este circo. Yo los voy a ayudar.

     Ernesto se acercaba limpiándose las manos de grasa con un trapo sucio.

     -¿Y cuánto nos va a costar eso, doctor?

     La sonrisa de Flora desapareció, absorbida por el reflejo del sol sobre los charcos entre los carromatos que hacía casi un año que no se movían.

      -Entiendo que desconfíe, Ernesto. Esta noche hablamos, si quiere, y le contaré mi idea. No se ofenda, amigo.

     -Si no me ofendo, doctor, sólo desconfío de la plata que llueve del cielo, porque hasta Dios se cobra lo suyo.

     Gonzaga se rio y tiró el cigarrillo al barro.

     -Cobro menos que Dios, Ernesto, no se preocupe.

     Lafuente lo miró, y no podía decirse que no generaba confianza con su rostro atildado y su conversación coloquial y exenta de todo artificio. Sabía, por experiencia, que los abogados no dan puntada sin hilo. Pero ese hombre, Dios mío, se dijo, iba descubriendo sus talentos como capas de cebolla.

     Lo sabría esa noche, reunidos en la cena que consistió en casi cincuenta personas que seguían fieles a la familia Lafuente y al circo, o que no sabían hacer otra cosa más que el arte que habían hecho durante casi toda su vida, y por eso seguían esperando, sin saber bien qué.

     Fue un asado improvisado que sorprendió a todos. El tan afamado amigo con el que había hablado por teléfono llegó a las seis de la tarde en su camioneta con muchos kilos de carne y achuras, además de verduras y papas. Los hombres y mujeres salieron de los carromatos y los galpones, rompiendo la casi clausura a la que los había obligado el invierno. Obreros, cocineras, costureras, acróbatas flacos y hombres forzudos y calvos, enanos, y los payasos que sin sus máscaras parecían pobres hombres de la calle. Flora se llevó las manos a la boca para contener el llanto, Ernesto vio bajar al amigo del doctor con todas esas bolsas a las que apenas podía sostener, y dijo en voz alta, gritando, exigiendo:

     -¡¿Qué hacen ahí parados como tarados?! ¡Ayuden, vamos!

     Muchos fueron los que formaron la fila que llevaban las bolsas de carne fresca y las bolsas de papa y los atados de verduras verdes y tomates. Había de todo, todo de cuanto no habían visto ni comido en mucho tiempo.

     Flora corrió a abrazar a Gonzaga. Ella era delgada pero de miembros fuertes, y apenas le llegaba al pecho. Lloraba con la cara contra la camisa que Archibald no se había cambiado en dos días.

     Ernesto los miró, y aunque estaba feliz, supo que algo ya estaba escrito. Lo sabía porque su madre, la adivina, no era una mera ficción, sino una bruja de las que pocas quedaban, y le había hablado muchas veces sobre los signos de la fatalidad. En ese instante en que los vio abrazados, adjuró de la intuición a la que su vieja le había aconsejado escuchar. La lógica le relataba el fluir de los sucesos, y se preguntó si valía la pena tanta magia, si al fin de cuentas, el esclavizado paso de lo cotidiano contaba más que cualquier remedo de la imaginación.

     Durante la cena, conversaron todos juntos, y muchos se emborracharon, porque claro, también había traído vino el amigo del doctor. Farías, se llamaba, y era médico además. Postulado para ministro de salud, según contaba. Y muchos lo miraban, asombrados, sin saber cómo comportarse, inhibidos y a su vez acicateados por la necesidad de preguntarle por tal dolor que les había aparecido en la panza, o la fractura que había quedado torcida cuando se cayeron del columpio. Ernesto miraba la larga mesa donde su gente estaba comiendo feliz, como en un renacimiento. ¿Quién era Archibaldo Gonzaga? ¿Y qué quería? Esto era evidente. Flora y el doctor se reían, se cuchicheaban al oído, se daban las manos, hasta se besaban en la mejilla. La blanca tez de Flora estaba llena de rubor natural. Y el cuerpo de Gonzaga, con la barba crecida, el pelo descuidado y la camisa abierta dejando ver el vello rubio, era el de un ángel protector, el de un campesino que trabajaba con las manos, el de un soldado que estaba de permiso en su pueblo. Todo eso junto y nada de eso a la vez.

     De pronto, se levantó con un vaso lleno de vino y pidió silencio a los gritos. Cinco minutos tuvo que esperar para que todos obedecieran. Eran las doce de la noche en medio del campo de Ezeiza. Las luces del aeropuerto eran simples luciérnagas al final del horizonte. El río Matanza fluía con su sonora corriente de grillos asordinados.

     -Señores, por favor, tengo algo muy importante que contarles. Ernesto, le pido disculpas si me tomo la confianza de hablarle a usted y a su gente de esta manera, pero para mí es como si los conociera de toda la vida.

     Muchos debieron estar pensando que hablaba demasiado bien, y que incluso todo eso ya lo habían escuchado alguna vez, por la radio. El doctor hablaba como político, y esperaban, entonces, las promesas.

     -Lo que han hecho conmigo, la forma en que me han recibido es para mí inapreciable. He pensado en estos dos días en dar las gracias e irme, para que cada uno siguiera su camino. Pero he visto cosas que me han conmovido. La incondicional amistad de Lafuente, por supuesto.

     Agarró a Ernesto de un brazo y lo apretó contra su cuerpo, como dos hermanos. Era sincero, seguramente, así lo sintió Lafuente, cuya vergüenza no acababa de agotarse. Su gente lo miraba de una forma como nunca lo habían visto: bajo la tutela de otro que sabían más rico e inteligente.

     -Pero sobre todo, me conmovió una personita que es como un ave que domina a las bestias.

     Puso su otra mano sobre un hombro de Flora, con delicadeza.

     -Amigos, Flora es una artista inconmensurable, de verdad lo digo. Tengo hechos mis viajes, se los aseguro, Paris, Berlín, Moscú. Ella podría estar en esos lugares. Pero no me la voy a llevar, no tengan miedo. Lo que quiero es ayudarlos a remontar la tradición que las economías del país se esmeran continuamente en destruir. Ya lo iremos a solucionar, tal vez. Mi viejo, el general Gonzaga, tendrá mucho que ver en eso. Las fuerzas armadas saben lo que tienen que hacer. Y yo también, amigos.

     Soltó a Ernesto y a Flora, volvió a levantar el vaso, y dijo:

     -Propongo un brindis por la reapertura del circo, para lo cual nosotros, el doctor Farías y yo, y la fundación que presidimos, aportaremos los elementos necesarios para esa resurrección.

     Hubo un vacío de silencio que fue como un hiato en el tiempo, donde hasta el zumbido de los mosquitos se escuchaba. Luego, estalló la ovación. Sillas caídas, vasos rotos. Flora lloraba, y hasta a Ernesto, dispuesto a no dar brazo a torcer, se le llenaron los ojos con un brillo que intentaba detener con un nudo en la garganta.

     Los festejos duraron toda la noche. Nadie pudo dormir hasta bien pasada la madrugada. Flora, luego de abrazarlos a ambos, se fue a acostar porque Ernesto se lo mandó. Quería hablar a solas con Gonzaga.

     Ambos habían bebido demasiado. Farías los dejó solos, lo vieron meterse en el carromato donde dormía una de las bailarinas.

     Se sentaron uno junto al otro, en las hamacas de esa misma tarde. Cigarrillos y vino y tequila, y cerveza. Ambos resistían, y sus mentes continuaban lúcidas.

     -Todo pasó muy rápido, doctor.

     -La puta…

     -Disculpe…Archi…Archi…no sé por qué, pero me suena a algo estrafalario.

     -¿Cómo una figura del circo, a lo mejor?

     -Puede ser…

     -Es porque debo tener algo de artista…

     -Eso se ve, amigo mío.

     Gonzaga largó una carcajada.

     -No se le pasa nada, Ernesto, por eso veo cómo ha aguantado todos estos meses manteniendo a tanta gente. Sí, lo reconozco, soy un barullero, un político a ultranza, pero porque me doy cuenta de eso y lo hago a pesar de mí mismo, me tengo un poco de asco. Confío más en los milicos, amigo mío.

     -Matan con sus armas, y chau, no más que hablar.

     -Así es, en cambio los políticos, matan tan lentamente, que es una tortura.

     -¿Y usted lo dice, doctor Gonzaga?

     -¿Y quién querés que lo diga mejor, el vigilante de la esquina? Quien es parte de la enfermedad, conoce los síntomas mejor que nadie.

     Pasó el tiempo y pasaron las virtudes de la noche. Debían ser las cuatro y media de la madrugada. Se escuchaban, de lejos, los rugidos de los aviones.

     -Y dígame, Ernesto. ¿Flora tiene novio…o algo así?

     Ese fue el punto de quiebre de toda esta historia. Cuántas veces Lafuente habría querido regresar en el tiempo y cambiar su respuesta, pero ya había sido pronunciada.

     -No, amigo. Tiene el camino libre. Pero cuídela, se lo ruego. Es muy frágil…

     Gonzaga sonrió a la luz del cigarrillo, y sus labios apenas se vieron.

     -Como una mariposa, ya lo sé Ernesto.

     Esa noche, a pesar del cansancio, definieron los planes. Antes, Lafuente quiso asegurarse que estarían a salvo de los camorreros y las hipotecas. Cuando ya estuvo seguro de que Gonzaga los protegería, no tuvo más remedio que ceder a las ideas de su mecenas, como quiso que lo llamaran. Eran ideas estupendas, que demostraron la intuición artística o comercial de Gonzaga, fuese lo que fuese. Primero, cambiarían el nombre del circo, que pasaría a llamarse “Royale de Paris”. La idea era europeizar el circo, darle una estética y reinventarle una historia. La tradición del circo criollo estaba pasada de moda, y lo popular, tan en boga con el ascenso de Perón al poder, pronto sucumbiría. Lo que no pasaba, era el buen gusto, dijo Archibaldo Gonzaga.

     Ernesto Lafuente, director y maestro de ceremonias, se convertiría en Monsieur Lafitte, así nomás, sin nombre de pila, y para eso servía al pelo ese tono raro con que Ernesto solía hablar, una mescolanza de italiano, cocoliche y provenzal. De dónde lo había aprendido, le preguntó.   De mi madre, por supuesto, dijo, ella hablaba en lenguas, como toda bruja, en sus trances, y yo, escondido tras las lonas de la carpa de la bruja, aprendía repitiendo.

     Flora Romero era un nombre demasiado chabacano para una artista como ella. Entre los tres, pensaron en muchos nombres posibles para rebautizarla artísticamente. Ella dijo: Edith. Gonzaga se quedó pensando, no lo convencía del todo pero no estaba mal, y renunció a contradecirla cuando supo el motivo, pero agregó: necesitás un apellido.

     Edith Lammonde, ècuyére.

     Y así fue como Flora inició la etapa media de su historia.

 

 

 

3

 

 

Fue un período breve, por supuesto, comparado con el anterior, pero donde la vertiginosidad de los acontecimientos fue una especie de anestesia para el dolor que siempre subyace aún en cualquier período de felicidad, y que pudo haberle advertido de lo que vendría después. ¿Pero era ella diferente a los demás? No pidamos peras al olmo.

     El circo fue reabierto, como si se tratara de otro completamente diferente. La carpa fue remodelada, los carromatos pintados. Los animales viejos y enfermos, liquidados y llevados al matadero. Las costureras renacieron a una nueva vida cuando les llegaron las telas nuevas, y tanto los payasos como todo el resto del personal renovaron su vestuario con signos inequívocos del estilo de la Commedia dell’arte. Lafitte, como ahora se daba en llamar Ernesto en todo momento, había pasado noches enteras planeando nuevos programas. A cada uno dejaba la elección de sus actividades en la pista, pero a él debían someter su aprobación.

     La única excepción era Flora, o Edith, como habremos de llamarla desde ahora. Era la única que podía tratarlo de Ernesto cuando estaban solos, ni tampoco tenía que esperar la aprobación de las nuevas rutinas, aunque las comentara con él y le pidiese su opinión. Tampoco cambió su vestimenta de pequeño pájaro negro de miembros blancos, que era su leitmotiv, podría decirse así. La mensajera de la muerte que flotaba sobre la superficie del mundo, apenas rozándolo, mientras todos los espectadores la observaban extasiados.

     Fue esta estrategia, publicitaria y estética, la que determinó el rotundo éxito del circo Royale de Paris durante esos años. Tanto en las paredes del viejo vagón como de los otros que Gonzaga había conseguido expropiar al ferrocarril, estaba dibujada la figura de Edith, la ècuyére. Ella era el caballito de batalla, por así decir, que atraía a las multitudes de todas partes. Cuando el éxito se había consolidado en Buenos Aires, comenzaron una larga y tal vez demasiado extensa gira por todo el país: Rosario, Córdoba, Mendoza, Tucumán, Salta, y de allí a Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Brasil, bajando a Uruguay y tomando luego un buque hacia la Patagonia, en una especie de epopeya sin precedentes para un circo latinoamericano. Bajo la protección de la carpa instalada en medio de los vientos cerca del Atlántico, el caballo de Edith recorría los círculos concéntricos de la pista del circo, mientras la banda de metales dejaba afuera el azotador infierno del viento y el frío. Si hasta se hicieron espectáculos al aire libre, instalando andamios para que los acróbatas desafiaran su resistencia con las azarosas características de la intemperie. Está de más decir el éxito que tuvo esta idea de Lafitte, o de Gonzaga, tal vez, y la repercusión que tuvo en los medios nacionales.

     Todo esto los llevó al contrato para la gira europea. Ya nadie tenía miedo ni resquemores o dudas sobre la calidad y el éxito de la empresa que acometían. Hubo rumores, incluso amenazas que Gonzaga se ocupaba de ocultar, por parte de los camorreros de siempre, la gran organización que siempre intentó mover los hilos de esa profesión que ellos se adjudicaban de su propiedad por mera tradición cultural, pero obviamente por la más fuerte tradición del dinero. Los “zíngaros”, como Gonzaga los llamaba, daban manotazos de ahogado frente a ese bastión del que los militares se habían apropiado. Claro que era obvio que el dinero invertido en el circo, instalaciones, viajes, mantenimiento, comida, vestuario, contratos, provenía de las relaciones de Gonzaga, pero también era evidente que la inversión había dado sus frutos; sin embargo, en opinión del entorno de Archibald, no se justificaba todo aquel “circo mediático” que se había formado alrededor de una institución tan preclara para la patria.

     Los padres de Archibald lo amonestaron cuando se enteraron del uso que había hecho de su dinero y sus relaciones. El general Justiniano comprendía que todo se trataba por encumbrar al éxito a la amante de su hijo, y lo que varonilmente justificaba, lo condenaba oficialmente. La madre puso el grito en el cielo cuando se enteró de todo eso, y sobre todo de la escabrosa relación, así la llamaba, de su querido hijo con una putain de cirque, y también fueron estas sus palabras exactas, siempre con ese tono inglés nunca abandonado. Había que hacer algo con el chico, se dijeron los padres, pero mientras, leían en los diarios las buenas críticas y el éxito de la gira latinoamericana, y en las columnas de chimentos, las relaciones entre el prometedor coronel Gonzaga con la bella y pequeña ècuyére del circo de moda.

     La relación, entonces, se afianzó. Ellos eran una pareja que todos conocían y admiraban. La distinción e inteligencia y sobre todo el bolsillo de Gonzaga era un complemento perfecto para el talento encerrado en el delicado cuerpo de Edith, cuya figura parecía constituida para ser una bailarina de ballet, que sin embargo la había llevado a bailar sobre el lomo de un caballo en movimiento. Quien la viese, no podría negar la armonía de sus movimientos naturales, aún de los más rebuscados y retorcidos que realizaba en sus actuaciones, con el leve dejo de angustia y fatalidad que demostraba la coreografía por ella inventada. Los ojos, tan marcados de negro por el maquillaje, y la pluma del crespón, remarcaban esas connotaciones a las que nadie era capaz de resistirse. Cada fin de función, era invadida por cinco segundos de silencio desde la platea, un silencio lúgubre en el que todos coincidían sin premeditación, para recuperarse del pandemónium que ella había provocado en el alma de cada uno. Y luego venía el aplauso, estruendoso, y las ovaciones que se sucedieron sobre todo en Europa: París, Viena, Roma, Berlín. El circo perdió un par de integrantes que no resistieron la tentación de los contratos ofrecidos por otros circos. Ofrecieron cifras millonarias por Edith, pero ella no estaba a la venta.

     Al regresar de la gira europea supo que estaba embarazada. Fueron casi cinco años desde que conociera a Gonzaga, y siempre le había recomendado él que se cuidara. Ella hizo lo que pudo por evitarlo, sabiendo que el amor de Archibald estaba comprado y que un embarazo podría interrumpir su carrera y hasta, tal vez, imposibilitarla. No podía darse el lujo de tener un hijo en medio del éxito, pero sobre todo temía la reacción de él.

     Esperó, pensando que el tiempo sería paciente con su indecisión, pausando o retardando el transcurrir de Cronos. Pero ya tenía tres meses cuando Cronos hizo su revelación en una aparente confabulación con Ate, encargados ambos de confundirla para introducirla nuevamente en la fatalidad de la que creyó poder evadirse. De esta manera pensaba Edith, inmersa sin saber cómo, en el recuerdo de las curiosas conversaciones con Marietta Sottocorno, la madre de Ernesto. Cosas que antes no había entendido, ahora las veía claramente con el horror de las certezas.

     No estaba segura de querer un hijo, pero ansiaba tener a aquel que sería la perfecta imagen de Archie, el hombre bello que la había protegido y amado. Lo había visto ofuscado, lo había visto triste y preocupado, como también sus ternezas rayanas en la impotencia y lloriqueos, y luego los arrebatos de violencia que se explayaba en sesiones de tiro al blanco en pleno campo contra latas, botellas y hasta ratas.

     No se lo contó a nadie, ni a él ni a sus amigas, que de todos modos no abundaban, sobre todo desde que la consideraban la tácita dueña del circo. Quienes no la envidiaban , intentaban evitarla. Por eso estaba sola, y siguió actuando de vuelta en Buenos Aires.

     Habían asentado las instalaciones en un descampado del barrio de Saavedra, cerca de la avenida General Paz. Era en los primeros días de agosto, las entradas estaban agotadas, además de las que se regalaban a los asilos de huérfanos y enfermos, porque se había dicho que la recaudación de la función nocturna sería entregada a la Sociedad de Beneficencia. Gonzaga era un gran estratega, el poder de Perón y su mujer hacía estragos en el pueblo, los dominaba como un mago apropiado para estar en su circo. Pero fuese en el circo o en la Casa de Gobierno, nunca estaba mal quedar bien con el pueblo, mientras otros planes siempre estaban siendo engendrados en los sótanos de su mente, bajo los uniformes y las armas, dentro de gastados baúles de cuero, como traídos del desierto por viejos legionarios. Su mente era un desquicio, a veces.

      Esa noche de sábado había una larga fila de gente haciendo cola desde muy temprano, mientras veían pasar chicos en sillas de ruedas, o con muletas, o retrasados mentales que miraban con ojos de vaca o señalaban con los brazos y sonrisas estúpidas las altas banderolas flameando en el cielo de Buenos Aires. Gonzaga había contratado avionetas que arrojaban panfletos de propaganda para esa función, y que dieron vuelta toda la tarde anunciando los eventos por megáfonos y haciendo piruetas o echando humo de colores por la cola.

    Todo ese espectáculo previo atrajo más gente, que aunque no pudiese entrar al circo, se había agolpado en sus alrededores para ver a los payasos que habían salido a entretener la larga espera. Risas, excitación, entusiasmo, felicidad. Todo eso se mezclaba bajo el sol, con los vendedores de chocolates, maní, galletitas, choripanes, algodón de nieve y barquillos, una mezcolanza de sabores para todos los gustos y todos los temperamentos. No hubo peleas, hubo cordialidad. Hubo brusquedad, pero simplezas de almas. El bullicio ensordecía los gritos del caos, los cuales fueron mimetizándose con la música estridente de la banda de metales que sonaba atronadora, los ladridos de los perros malabaristas, el trompeteo de los tres elefantes hindúes que le habían costado una fortuna y que sí, había valido la pena, porque después las destrezas de Edith, ellos eran los grandes atractivos con sus delicadas brutalidades. Edith Había tenido la idea de ser levantada por la trompa y una vez en la cabeza y el lomo hacía piruetas sin las inseguridades de la cabalgata de su caballo negro.  

     La noche había caído y la función, comenzado. El primer estallido fue escuchado por muy pocos, solamente aquellos de las gradas más cercanas a la bomba. Rompió tablas, muchos se asustaron, pero nadie había sido herido, aparentemente. Los movimientos en la pista del circo continuaban, simultáneos para las cuatro plateas, un conjunto avasallador que adelantaba los espectáculos que décadas después serían muy comunes. Los vigilantes avisaron a Monsieur Lafitte, que abandonó la pista con su traje de maestro de ceremonias, su galera, botas y fusta. Vio los destrozos menores, puteó en criollo cuando vio una mujer con la cabeza ensangrentada.

     -¿Qué hacemos, Monsieur?- preguntó el encargado.

     -Llamen a Gonzaga, y una ambulancia…

     Antes de terminar su idea, explotó la segunda. No fue al fondo de la platea, sino al frente, junto a la pista. Esta vez hubo fuego y uno de los pilares centrales, que a pesar de ser de metal estaba rodeado de guirnaldas y telas de todo modo combustibles, empezó a incendiarse. Vio las llamas que crecían con fuerza y rapidez hacia la cúpula de la carpa. Imaginó las llamas devorando la lona, que a pesar de todas las precauciones no había manera de proteger del fuego. Pensó en el seguro, primero, de eso se encargaba Gonzaga.

     Ya no había necesidad de ser cauto, la gente gritaba y bajaba de las gradas, tropezándose. Los vigilantes trataban de serenar a todos y orientarlos hacia las salidas, pero los hombres y mujeres, cuando se trataba de sus chicos en peligro, solían ser incorregiblemente insensatos. Sin casi hacerles caso, iban por donde querían, encontrándose con pasillos que daban a lonas sin salida, y muchos fueron los que murieron atrapados de esa manera. Los chicos del asilo eran los que se movían más lentamente, para muchos el fuego era un espectáculo más, para otros, una forma de la realidad que no comprendían. Las desesperadas fueron las monjas que los cuidaban, ellas empujaban, rezaban, gritaban y ordenaban, hasta que se dieron cuenta que todos sucumbirían a causa de un castigo divino. Tal vez pensaran que Dios quería llevarse a todas esas almas enfermas para que no continuaran sufriendo.

    Casi media hora tardaron en llegar los autobombas. El fuego ya había tomado todo lo que era combustible: la multiplicidad de telas y la inmensa cantidad de objetos de madera para payasos, magos, malabaristas. En la pista, los elefantes habían entrado en pánico y embistieron hacia donde podían, sobre objetos y gente. Edith, que en el segundo estallido estaba sobre el caballo, oyó el estruendo, sin perder su equilibrio. Conocía a su potro, fuerte y obediente, acostumbrado los inofensivos pero atronadores petardos de los payasos Pero no había contado con el fuego, y no sabía con reaccionaría. Fue tarde cuando el animal se detuvo en seco y se encabritó. Edith cayó de espaldas, y vio las llamas en el pilar central, y la gente corriendo, cayéndose unas sobre otras, y sus compañeros corriendo de un lado a otro, ayudándose, menos a ella, a la que no habían visto, o simplemente no creyeran que necesitaba ayuda. Le dolía la espalda, pero podía mover las piernas. Busco, en medio de tanta confusión, a Ernesto, creyó ver su casaca roja a los lejos, buscó su caballo, y lo vio trotar asustado como una mancha negra de oscuridad que se movía escabulléndose de quienes intentaran atraparla para escapar, porque la oscuridad otorgaba seguridad y frescura.

     Y el fuego era todo calor y arrebato, y un ruido tremendo de crepitaciones incesantes: la madera y las telas, el cuero viejo, las pinturas, los barnices. Todo olía a curtiembre y caucho quemado, y recordó el río Matanza en su infancia, la quema que hacían junto a la orilla de la basura que se acumulaba durante meses y que la gente de la ciudad y los camiones descargaban todos los días.

    Cuando quiso levantarse, vio a Lucifer, su potro. Olvidé mencionar su nombre, claro. Debí hacerlo y no jugar una mala pasada a los lectores de esta crónica. Por qué lo bautizó así, querrán saber. No fue Flora quien lo hizo, sino Marietta, la dueña del circo en ese entonces. La yegua de la Edith original se llamaba Magdalena, era blanca, como ya dijimos, y el vestuario de la vieja ècuyére era blanco. Al bautizarlo de tal forma, y sabiendo que Flora sería la próxima artista de tal espectáculo, jugó, tal vez, con los contrastes. ¿El negro vestuario fue una consecuencia del color del potro? Posiblemente. ¿Fue todo un juego de símbolos? Eso seguro. Pero Marietta debía saber que con esas cosas no se juega. Las mujeres como ella no apuestan sin estar seguras, es más, su accionar no es una apuesta, sino una certeza ya consumada, aunque todavía no hubiese ocurrido.

     El caballo le pasó por encima. Ella no lo culpó, sino a sí misma. Se vio las piernas, partidas en varios fragmentos como delgadas líneas en zig-zag. Vio a Lucifer seguir corriendo, sin acudir a su llamado, llamado él mismo por la desesperación del fuego que lo envolvía. Hasta que lo vio desaparecer entre las llamas de la carpa que se derrumbaba como un inmenso manto de fuego, el mar del cielo que se estaba quemando, el firmamento deshaciéndose en olas de fuego.

     De lo que pasó después, no recordaba nada. Sólo cuando despertó en el hospital Rivadavia. Tenía las piernas con clavos que las atravesaban y apoyadas en dos aparatos con pesas. Había una enfermera junto a la cama.

     -¿Cómo se siente?- le preguntó.

     Abrió los labios, se los mojó con la lengua. Tenía la garganta seca. La enfermera le dio agua.

     -No me duele nada.

     -Me alegro, pero es por la anestesia. Hace dos horas salió del quirófano.

     Edith se miró otra vez las piernas.

     -¿Les pusieron clavos?

     Era extraño que hablara de las piernas como si fueran otras entidades que no fueran ella.

     -Sí…por el momento, pero los doctores ya le explicarán.

     -¿Y mi bebé?

     A esa extraña ya no podía ocultárselo, no siendo quien para juzgarla.

     -Sigue ahí, y parece seguir bien. Tuvo mucha suerte, en esa catástrofe.

     Fue así cómo calificaron el desastre del circo en los periódicos durante toda la semana. Intentaron ocultárselo, pero ella escuchaba las conversaciones en el patio al que daba la ventana de su habitación y las radios de los choferes de las ambulancias y de los pacientes de otras habitaciones. Cincuenta muertos entre adultos y niños. Adjudicaban la causa al descuido de los mismos artistas que hacían pruebas con fuego, o de los electricistas que habían armado tan compleja serie de luminarias. No hablaban de las bombas ni de las amenazas.

     La noche de la cirugía, Ernesto fue a visitarla. Se paró a un lado de la cama, le agarró una mano y lloró con ella, evitando ver las piernas, que eran como dos cadáveres en ataúdes de metal y yeso.

     Edith preguntó por Archie.

     -No sabemos nada.  Ya sabés, los padres y los milicos deben haberlo obligado a desentenderse de todo.

     -No podemos culparlo, ¿no?- dijo ella, mirándolo pálida como una mártir.

     Él se encogió de hombros.

     -Pero cuando sepa que va a tener un hijo, va a volver. Por favor, Ernesto, buscálo y avisále. El doctor Farías tiene que saber dónde está.

      Monsieur Lafitte le preguntó desde cuándo lo sabía.

      Edith bajó la mirada a las sábanas, las apretó con fuerza con los puños.

      -¿Y no me dijiste nada? ¿Y seguiste trabajando? Mierda, Flora.

      Lafitte apretó el sombrero hasta casi arrugarlo, se dio vuelta hacia la puerta, y antes de salir miró las piernas, no a Edith.

      -No te habría pasado nada de esto si lo hubieras dicho.

      Sabiendo que repetía lo innecesario, quiso agregar algo que nunca había sido dicho antes, pero que de algún modo también ambos sabían desde hace tiempo.

      -No te habría pasado nada de esto si te hubieses casado conmigo.

 

     Estuvo cuatro meses en cama. Luego del hospital, la llevaron al carromato donde vivía siempre, rodeados de los esqueletos del circo, los restos de la carpa encharcados y podridos, los pilares que aún se sostenían en pie. Todo el personal se había desbandado en otros circos, por lo menos los que no murieron o no estaban heridos. Sólo quedaban ellos dos. El seguro pagó una parte de los destrozos, pero la investigación nunca encontró, según dijeron, pistas de ningún atentado.

     Un día llegaron los “zíngaros”. Tres hombres fornidos, de bigotes largos. Miraron las ruinas, y uno de ellos dijo:

     -Bueno, Lafuente, ya era tiempo de que me hiciera caso.

     Tenía razón, no había más que entregar las armas y mostrar las manos vacías.

     El coronel Gonzaga no apareció personalmente, pero sí supieron de él por los diarios. Se había comprometido con una señorita de la buena sociedad, Eva Larriere. Familia de empresarios de pompas fúnebres, tenían ambos el buen pasar asegurado, si hasta los gastos de los funerales se ahorraban. Edith leyó la noticia del compromiso y el posterior casamiento como si se enterara de una guerra en China. Ni lloró ni se puso histérica, simplemente se encogió de hombros.

     Le habían sacado los yesos, pero aún no caminaba. Tenía las piernas débiles para sostener el peso de su embarazo, que tampoco era mucho. El bebé nació por cesárea a los siete meses. Estaba malformado, dijeron los médicos, y en la posición en que se hallaba en el útero se le iba a morir adentro. Cuando lo vio, se dijo que habría sido lo mejor.

     Lo llamó Charlie, porque el sonido le recordaba al padre. Odiaba al chico así como había amado al padre. Miraba su deformidad que era la inversión exacta de la belleza del otro. Lo que odiaba en uno en el otro lo amaba. Y con el tiempo, de tanto observarlo, ya no estaba segura de a cuál estaba mirando, o a quién amaba u odiaba. Los rasgos de Charlie eran como los de un mono, si hasta aprendió a gatear con las piernas dobladas y las manos apoyadas en el dorso en lugar de las palmas. Tenía mucho vello, y al principio no pronunciaba más que sonidos guturales.

     El circo volvió a armarse bajo los auspicios y la estricta dirección de los Zíngaros. El personal lo habían traído ellos, tanto como el nuevo nombre, tan trivial que no hay registros de cuál pudo haber sido, como los espectáculos que se ofrecían.

     Edith había aprendido a tocar la flauta como entretenimiento muchos años antes, así que le asignaron ese papel en la banda del circo. Fue así durante los siguientes dos años, haciendo giras en pueblos más o menos chicos por la provincia, a donde los dueños los enviaban.

     Charlie crecía y los compañeros del circo se reían de él y decían que tendrían que presentarlo como un espectáculo. Edith no decía nada. La idea llegó a los dueños, que vinieron a ver al chico, de dos años o poco más por ese entonces. Pensaron en montar un espectáculo de freaks, que tal vez realzara las ventas de entradas. No había nada que enseñarle, simplemente dejarlo caminar como un animalito. En las siguientes semanas trajeron a dos amputados y un hidrocefálico que sacaron del asilo. En la función, apagaban las luces, ponían música tenebrosa en un tocadiscos y los pequeños monstruos aparecían rengueando o arrastrándose, y otro que no tenía brazos ni piernas, sobre un carrito que chirriaba. Fueron agregando más, siempre chicos abandonados y sin familia: siameses, retrasados, deformados. Los que nadie quería en su casa, estaban en el circo, y ahí sí podían ser observados con miedo y con asco, porque cuando terminara la función, cada espectador se iría a su casa normal, fuese eso lo que fuese.

     Cuando Charlie cumplió cinco años, entró en la banda con su madre. Ella tocaba la flauta en solos desafinados y caminando como podía, tambaleándose, a veces por el alcohol al que se había acostumbrado, otras por el dolor en las fracturas que nunca terminaron de curarse. Detrás, venía el chico, caminando en forma parecida por la extraña tiesura de sus piernas, barbudo casi a pesar de su edad, con el prognatismo característico, y tocando los platillos como le daba la gana. No era la música, sino su estrafalaria presencia la que anunciaba la función de los freaks, que tenía un respetable éxito desde hacía tiempo, por lo menos en los circuitos marginados y no oficializados de la tan mentada cultura nacional. Pero nadie se preocupaba por eso. La muerte de la “embanderada de los humildes” había puesto de luto al país, y el presidente, como perdido, extraviaba el rumbo, preparando el camino para los milicos, una vez más.

     Ernesto Lafuente, ya no más Monsieur Lafitte, renunció al circo, tenía cáncer de pulmón, el cigarrillo y todo eso, y dos meses después ya estaba muerto en el hospital. Edith, lo acompañó todo ese tiempo, y nadie extrañó su ausencia en el circo. Cuando regresó después del funeral de su amigo, se enteró de que la habían echado. Pidió un lugar para dormir, al fin de cuentas su hijo trabajaba allí. “El que no labura no come”, le dijeron.

      Se quedó en la calle, con lo que llevaba puesto, y su renguera.

      Volvió a llamarse Flora Romero, por supuesto, y así comenzó la última etapa de su vida.

 

 

 

4

 

 

Durante algunas noches se quedó a la vera del circo, intentando que no la vieran los nuevos dueños. Un par de mujeres, que la conocían de los buenos tiempos, le llevaban comida y abrigo. Pero Estanislao Krakovsky se enteró y una mañana salió puteando de lo lindo y pateando el trasero de Charlie. El chico no lloraba, simplemente saltaba y avanzaba un metro con cada patada. Hombres y mujeres se reunieron a ver qué pasaba, pero no se atrevieron a contradecir al jefe. Tenía el pelo largo y engominado, unos bigotes gruesos que se dejaba crecer hasta el mentón, aros de oro en cada oreja, collares y muchos anillos, el pecho hirsuto y desnudo, y llevaba únicamente puestos los calzoncillos largos que usaba parta dormir.

     -¡El pendejo me cagó encima, Flora! ¡Se cagó en mi cama como un perro, peor que perro! ¡Hijo de una puta tenía que ser!

     Nadie le preguntó qué hacía el chico en su cama, ya todos sabían que al tipo le gustaba lo estrafalario, las mujeres del circo lo sabían, y los hombres, que consentían, también. Era la única manera de seguir con el trabajo. Si no, ahí nomás, en el piso y sobre el barro, estaba Flora, la antes exquisita ècuyére admirada por Europa. O quizá, también, Charlie se había subido a la cama por curiosidad, saltando como un mono de la forma que sabía hacer.

      Entonces Flora se apartó la frazada sucia con que había pasado la noche junto a la lona del circo, se acodó mirando a su hijo que revolvía el barro con las manos y los ojos turbios de confusión, porque no sabía expresar el dolor, el pobre hijo de puta, ni de eso era capaz.

      -Ya lo conocés-dijo ella-. Es un monstruito inofensivo. ¿Querés que entre a limpiar las sábanas y el colchón?

      Los que la escucharon, no sabían de esa veta de sarcasmo que apareció en Flora en ese momento. O era sumisa y triste, o era alegre e ingenua. Ahora ella tenía otros ojos, en los cuales se reflejaba la figura de Charlie en sus pupilas, así sentado con el culo socio y dibujando algo en el barro.

     Krakovsky debió pensar que hablaba en serio, y hasta se lo vio dubitativo unos instantes. Tal vez creyera que ella estaba dispuesta a dejarse coger para que la aceptara nuevamente en el circo, pero para quienes la conocían, el tono hablaba de otra cosa, una especie de dignidad ofendida, de orgullo blasfemado, y sobre todo, de ira creciente.

     -¡Andá a mudarte de acá, pelotuda! ¡Y lleváte al pendejo de mierda! ¡Monstruos hay de sobra!

     Se dio vuelta y desapareció tras la lona, que fue desde entonces como una cortina de hierro para Flora y Charlie. Unos se quedaron a ayudarla a meter restos de comida y ropa vieja en una bolsa de arpillera. Limpiaron al chico en medio de la intemperie del invierno, desnudo para lavarle el cuerpo velludo en el que la mugre se apelotonaba. Luego, los vieron alejarse camino al río Matanza. Ella cargando la bolsa en un hombro, y agarrando con la otra mano al chico, que caminaba lenta y trabajosamente.

     Siguieron la orilla del río hasta el sur. En Barracas estuvo en varias pensiones y o habitaciones que le alquilaban por una sola noche, porque nadie aguantaba el tufo del cuerpo de Charlie, y menos sus gritos cuando se encaprichaba o enojaba.

     -¿Por qué no lo tiro al río?- le dijo varias veces durante esos días, mientras veían la superficie mugrosa del agua. Él la escuchaba con extraño ensimismamiento, como si la entendiese, pero ella sabía que él nunca había entendido nada desde que nació.

     Dormir a la intemperie no era lo peor, sino el hambre. No pudo más que dejarse convencer por una matrona de Barracas, que la hizo cruzar el Riachuelo con chico, bolsa y lo que llevaba puesto.

     -No sos muy linda, piba, pero siempre hay tipos a los que no les importa más que tengas unca buena concha y un culo pasable- le decía, mientas caminaban por el empedrado hacia Mataderos.

     En una casa de pensión de dos pisos, balcones con malvones y ropa colgada, se detuvieron, ya de noche. Abrió la puerta una puta en bata y el pelo mojado. La vieja la presentó. La otra miró a Flora de arriba abajo, y después al chico que se escondía tras la falda.

    -¿Y esto me traés? -le dijo a la vieja.

    -¿Qué querés? Si querés modelos, andá al cine. Además, me dio lástima, qué querés que te diga.

     Flora escuchaba y esperaba.

      -¿Y vos sabés de esto?- le preguntó la mina joven, siempre en la puerta, con la luz del pasillo largo, débil y penumbrosa.

      Flora se limitó a chasquear la lengua y señalar al chico.

      -Me imagino. Se te pasó el tiempo por pensarlo demasiado. Acá esto no pasa, piba, yo y la Rosa, mi comadre-dijo señalando a la vieja- nos encargamos de sacarlos a todos.

      Vivió en la pensión que todos conocían como el putero más bajo y popular del barrio de Mataderos. Todos los adolescentes que querían debutar iban ahí, y cuando volvían a sus casas, luego del sermoneo de sus madres, los obligaban a bañarse y restregarse bien las pestes que seguramente se habían contagiado. Los hombres eran obreros de las fábricas o de la construcción, algunos oficinistas que intentaban pasar desapercibidos con la cabeza gacha al entrar, pero solían ser los peores, decían las mujeres. Que Dios te proteja de los tímidos y los callados, le decían a Flora.

     Había otros hijos viviendo allí. Dormían en un cuarto del segundo piso que daba al patio de atrás. Estaban acostumbrados a la rutina de la casa y hacían silencio cuando era necesario. Pero cuando vieron a Charlie, se echaron atrás y se taparon la boca. Él los miró en silencio, habituado a la reacción del público en el circo. Luego, dieron vueltas a su alrededor, para observarlo. Uno se atrevió a tocarlo, y lo empujó. Fácilmente Charlie perdió el equilibrio y cayó de frente al piso. Se rieron, y en eso encontraron, ambas partes, la forma de convivencia necesaria.

     La manera en que se comportó fue como si comprendiese que el techo y la comida dependían de ello, y Flora vio en los ojos vacunos de Charlie un símil de inteligencia. ¿Pero no era pasarse de la raya? Charlie no hablaba más que con quejidos y una especie de murmullo de inconformidad. Sus gritos, que eran como cantos desafinados de un contratenor, se los había guardado desde que estaban en la pensión.

      Durante el día ella se vestía de ama de casa común y corriente, intentando pasar desapercibida en los almacenes del barrio, pero el chico a veces la seguía, y entonces ya no podía disimular que era su hijo esa cosa, ese animalito que a veces se arrastraba y otras saltaba. Veía la cara de las mujeres en las veredas, las mujeres que barrían o baldeaban, echando pestes contra la puta que paseaba el fruto de sus pecados por la calle. Y Flora, sabiendo el estigma marcado en su cuerpo, comenzó a regodearse de él, y escupió contra las baldosas rotas que las otras acababan de limpiar. Si hasta una vez, pobre chico, pobre bestia, se bajó el pantalón y cagó en la vereda como un perro, mientras su madre lo tenía de una mano, sonriendo y fumando en su desafío hacia las bocas que la insultaban.

     Había noches donde no entraba nadie al putero, a veces, un tipo, o dos a lo sumo. Malos tiempos para una época imprecisa de políticas inciertas. Perón estaba siendo avasallado por su propia leyenda, y la oposición crecía. Los militares hablaban por la radio, y ella, acostada en la cama, esperando a un hombre que no llegaba, recordaba a Archibald, y era como escucharlo a él en la radio. Y en todos esos discursos, que no llegaban a nada, en los que todo era crítica y promesa, en donde los rifles eran como largos tallos de rosas muertas, ella encontró una renovación de su sentimiento. El período de transición continuaba, pero se iban definiendo los resultados. Charlie era un monstruo, porque era suyo, es decir, de él. Las palabras de guerra, las amenazas al pueblo, el peligro que acechaba a los obreros, venían de una boca de dientes limpios y sanos, pero habían nacido del espíritu de hombres como el coronel Gonzaga.

     Charlie era su simiente. Un monstruo como la sociedad que estaba naciendo, no ya sociedad, sino descalabro y caos. La incertidumbre como norma, la ignorancia como instrumento de conocimiento, la violencia como método. Cuando lo veía entrar a su habitación, muy temprano en la mañana, cuando la noche se había llevado a los hombres como ella misma había visto que se los llevaba en la casilla de su madre junto al Matanza, veía en Charlie la sabiduría de los ignorantes, de los que lo saben todo sin que nadie les hubiese enseñado. La fatalidad del alma de la pequeña Flora era la misma que veía en los ojos de su hijo. Pero no había belleza ni la más mínima armonía. Gonzaga había puesto el cuerpo, es decir, la carne que se corrompe y que se pudre. Había aportado, en esa sociedad que construyó un ente indefinido y estéril, la concordancia del cuerpo con el alma. Charlie era un monstruo que viviría, que quizá hablaría alguna vez, que razonaría inteligentemente quizá, con el objetivo de matar. Y esa era la única forma de deshacerse de la ira: la imperecedera venganza que por entonces ninguno de los dos la creía imperecedera: él porque recién empezaba su martirio, ella porque había llegado demasiado tarde y no tenía fuerzas.

     De eso, se dio cuenta unas cuantas noches después, observando al hombre que estaba a su lado en la cama. El hombre más hermoso que hubiesen visto sus ojos en toda su vida.

 

      El coronel Gonzaga se había casado con una Larriere, ya no era simplemente coronel, sino teniente coronel del ejército. Había leído y escuchado sobre la tragedia del circo en Buenos Aires, pero él estaba con su esposa en la larga luna de miel por Europa y el Oriente. Un regalo de sus suegros, por supuesto, pero los Gonzaga habían aportado la casa y los campos de San Isidro. Del Jockey Club al Hipódromo había un paso para el Chevrolet que él manejaba, porque Eva tenía otro para ella y sus negocios, más formal, negro y austero. Eva era una gran mujer, no solamente inteligente para los negocios, sino de una intuición que nunca alcanzó él a comprender, porque ella le hablaba de la muerte, que era el objeto de su empresa familiar, como si fuese un futuro. Sentía, cuando ella lo abrazaba, una pesadumbre parecida a cuando había visto por primera vez cabalgar a Flora sobre su potro negro. Como si ambas fuesen mensajeras; pero no era así, se dijo en los tiempos luego de la boda, fumando en la cama junto a la mujer que luego de hacer el amor, se acicalaba y se vestía como para un funeral, y que era simplemente el descanso de una noche. Flora llevaba la muerte en sí misma, pero Eva era una mediadora, quizá fuese más correcto decir, la mercader de la muerte.

     Por eso, dos, tres, cuatro años después, cuando César ya había nacido y correteaba por el parque y él lo llevaba a los almuerzos del Club, a veces hasta al Hotel Castelar para mostrarlo orgulloso a los otros hombres que entraban y salían del sauna saludando con un choque masculino de manos al nene de Archie, hermoso como el padre. Y cuando podía, se iba luego del trabajo en el Círculo Militar, que le llevaba más tiempo que los trámites en el bufete de abogados, a tomar algo con los muchachos. A veces los viernes, siempre los sábados, y más adelante cualquier día de la semana, excepto los domingos, reservado para su familia y la de sus suegros.

     Y una de esas noches estaba en un cabaret de la Avenida de Mayo por el bajo. Luces muy débiles, si es que las había, desalumbraban las pistas donde las strippers iban y venían, sin contoneos de mal gusto, sin ropa, por supuesto, simplemente una bombacha muy fina que el dueño importaba de Rusia, porque allá sí sabían cómo seducir, cómo flirtear con las hembras, cómo convencerlas del atractivo de un hombre, fuese cual fuese. Las finesas francesas eran un puterío de mal gusto, ornamentado de oro falso y palabras obsecuentes para esconder el afeminamiento de hombres contrahechos y pusilánimes.

      Borracho, claro, pero no tanto como para no sentar en su falda a alguna chica y sentir los glúteos asentándose en uno de sus muslos, como cabalgando. Y no sabía por qué, pero siempre que pensaba en eso recordaba a Flora. ¿Qué sería de ella? Si hasta había evitado despedirse aquella vez, justo un día antes del incendio. Le habían dicho algo, claro, los camorreros de Krakovsky, y su viejo lo había llamado, también. Ambas coincidencias habían chocado entre sí para decir nada, y decir la misma nada. En el desquicio en que se había convertido su mente esos últimos tiempos, el silencio de tantas palabras juntas podía ser traducido por: andáte, Archie, ya se sacó la calentura, coronel, ya se hizo el cafishio y el benefactor como se le dio la mismísima gana, limpiáte el pito, pibe, y mandate a mudar.

      El país lo espera teniente coronel Archibaldo Gonzaga.

      Pero nadie le había prohibido echarse unas cuantas canas al aire cuando quisiera. Por eso, medio borracho y medio alegre, porque en él ambos estados solían ser una contradicción que lo agobiaba y lo confundía y lo agotaba, salió del antro a la vereda, solitaria a esa hora de la noche. Extrañaba a su amigo el doctor Farías, su amigo íntimo, a veces más que íntimo, que comprendía su alma sin apenas hablar, mirándose a la cara o abrazándose en esos estados hipnóticos posteriores al alcohol y previos al sueño. Pero el doctor estaba en campaña para hacerse nombrar ministro de Salud Pública, y por eso se dejaba ver sólo de día y en ambientes públicos y familiares.

       Estaba solo, entonces, y no le desagradaba estar consigo mismo, abochornándose sin que nadie lo viese, dándose golpes de mea culpa aprendidos en el catecismo. Eso le hizo acordarse de que necesitaba orinar, así que enfrentó una vidriera y esparció su chorro contra el vidrio mientras los maniquíes femeninos observaban impávidos y sin escandalizarse. Buscaría una puta, se dijo, las del cabaret eran unas remilgadas. Buscaría una de la calle, una necesitada de dinero que haría lo que él le pidiera. La rajaría en dos, pensó, quedándose con los testículos secos y la mina embadurnada de su simiente como una de esas diosas orientales de las cuales había visto estatuillas en su viaje de luna de miel.

     Caminó, buscando, y las que había no le gustaban. Iba en busca de algo que no sabía, de una mujer que se pareciera a la que estaba buscando, sin tener idea de lo que era. Tomó un taxi.

     -¿Sabe, jefe, dónde hay un putero que valga la pena?

     Bajó la ventanilla dejando entrar el frío y exhalando el humo del cigarrillo.

     -Depende de lo que quiera gastar, patrón.

     -Lo menos posible, las conchas son todas iguales, ¿no?

     El chofer se rio.

     Recorrieron muchas calles y varios barrios, y cada uno era más pobre que el anterior. El taxímetro seguía subiendo, y el chofer debía estar sospechando si el tipo ese le pagaría.

     -Patrón, disculpe, que le diga esto, pero ya es tarde, y buscando una puta barata, se está gastando en el viaje más de lo que le costarían dos o tres de las caras.

      Gonzaga lo miró por el espejo retrovisor, escondiéndose con el humo.

      -Pará acá.

     Estaban en Mataderos. Había un farolito rojo en la puerta de una pensión. Miró la cuenta, sacó los billetes del bolsillo y los puso con cuidado en el culo del muñequito de peluche que colgaba del respaldo del asiento delantero. Se bajó del auto, el chofer, medio encabronado, también, pero desistió cuando Gonzaga dijo:

     -Quedáte con el cambio, te va a sobrar para hacerle un mantenimiento a la cafetera esta.

     Caminó hasta el putero, tocó el timbre. La mirilla de la puerta le tiró encima un rayo de luz y el olor del alcanfor. Dónde me estoy metiendo, pensó.

      Pasillo, una mesa con una puta vieja sentada encima, piernas fofas y tetas sucias.

      -Esperá allá- le dijo, señalando el saloncito con cuatro o cinco sillas.

      Se sentó, miró el techo desmigajado de pintura y cubierto de manchas de humedad. Eran las cuatro de la mañana, ya los que hubiesen venido, se habían ido.

      -Subí al primer piso, la primera habitación- le gritó la mina un rato después.

      Hizo lo que le dijeron, cansado pero ya no tan borracho. El viaje en taxi y el frío por la ventanilla lo habían despejado. No golpeó antes de entrar. En la cama, a oscuras, junto a un velador que era propio de un velatorio había una mujer. Era pequeña a juzgar por el espacio que ocupaba en la cama, delgada, flacucha más bien.

     -Permiso- dijo él, y escuchó un grito que denotaba sorpresa.

     -Archie…

     La voz de Flora arrasó con lo que quedaba en pie de su nombre esa noche.

 

     Se acostó a su lado, mudo de asombro, como pasmado, en realidad, de encontrarla allí, justo a ella, por Dios, a quien no podía mirar a la cara siquiera, porque se había ido sin despedirse, ni había ido a visitarla al hospital. Se había deshecho de ella como quien tira un papel a la basura y lo cubre con tantas otras cosas para no volver a verlo: matrimonio, viaje, trabajo, y sobre todo indiferencia. Pero allí estaba Flora, o Edith, de quien realmente se había enamorado, la ècuyére cabalgando en los terrenos vacíos adyacentes al aeropuerto, sobre un caballo negro que no era capaz de volar, sólo ir a ras de tierra, recogiendo escombros de esqueletos.

     Ahí estaba ella, sobreviviente sobre una cama extraña que había hecho suya por necesidad, madre de la costumbre. Menos mal que sólo era una sombra todavía, porque no se animaba a mirarla a la cara.

     -¿No te desnudás?- preguntó ella.

     Otro era su tono, pero la misma voz. Tono agreste, voz atiplada. Edith tocando la flauta sobre el caballo y dando vueltas a la pista del circo. Cuántas veces la había visto así, en esa imagen con asociaciones sexuales que no podía evitar, así como ninguno de los adultos que la hubiese visto alguna vez. La inocencia era un rótulo que cantaba su nombre y su rostro, como si no conociera las ansias que provocaba, ella, la tan frágil, la tan “mosquita muerta” como la llamaban las otras mujeres, la que sin desearlo y sin la figura adecuada, incitaba al deseo como únicamente puede hacerlo un ideal, inalcanzable pero imprescindible. Sin ella, las otras no eran más que cuerpos fértiles, como la tierra bajo los pies. La tierra se seca y se hace polvo, pero la alada figura cabalgando, cabalgando siempre a ras de tierra pero sin tocarla, en ese espacio indefinible que determinaba la absoluta diferencia. Ni aire ni tierra, tal vez agua girando en el espacio contra toda física y lógica. O la pluma de su crespón, quizá arrasando en su abismo con toda existencia posible.

     Se sacó la ropa. Se acostó sobre ella. El olor del circo lo rodeó como manos invisibles que lo acariciaban y lo apretaban. Flora ahora lo miraba a los ojos, y no era amor ni abnegación ni alegría o siquiera satisfacción. Era un rencor que le lastimaba la cara, y sólo pudo hacer lo que hace un hombre cuando no puede contestar, arremetió contra ella, penetrándola para observar su rostro doliente, que es placer y es dolor, y ambas cosas, odio y amores confundidos por un instante. Ella no sonrió ni cerró los ojos, Flora ya no cabalgaba. Sus piernas eran dos paréntesis que encerraban el cuerpo de un hombre, o el cuerpo de los monstruos.

      Cuando acabó, él le sujetó la cara con una mano, apretándola, sabiendo del daño que hacía.

     -¿Qué te pasa, Flora? Te miro y ya no sos vos. No eras una puta, y ahora te comportás como una.

     -¿Quién dice que no era una puta? Desde chiquita lo soy.

     Ella no recordaba haber pensado con detalle en todo eso desde tantos y tantos años. Lo que Ernesto sabía, se lo había callado, y ella mantuvo el silencio que era lo más hermoso en la boca de los hombres. Sin embargo, hoy, inesperadamente, esa noche, se escabullía entre los pliegues de su mente. Las paredes mal revocadas, las paredes rotas de su mente.

      -¿No querés conocer a tu hijo?

      La miró, la soltó, se tiró en la cama, cansado.

      -No me vengás con eso, te aprendiste todo el manual del puterío…

     Flora se rio.

     -El manual me lo metieron por el culo, querido, cuando era una nena. Pero ya no importa. Lo que te digo es verdad. En el piso de arriba duerme el chico.

     -Pero…

     -Cuando te fuiste ya estaba embarazada, no le dije a nadie. Tres meses tenía cuando ocurrió el accidente. El pibe es un tarado, y yo quedé más deformada que la mierda. Sólo sirvo para esto, estar boca arriba como una muerta y recibir la estaca que por un rato me libra del infierno.

     Se levantó y se puso el pantalón.

     -¿Arriba, decís?

     Salió al pasillo a oscuras, aunque la luz del amanecer intentaba meterse a espiar por las ventanas. Subió la escalera, abrió la única puerta. A la luz de una estufa, había varios colchones y chicos durmiendo medio desnudos.

      -Ese-dijo Flora, a su espalda, estirando el brazo.

     Era ahora distinta, pequeña, tocando con suavidad su codo para conducirlo en la penumbra.

Lo hizo agacharse. Él escuchó un ronquido de animal enfermo. Frunció la frente, intentando preguntar en silencio a Flora de qué se trataba todo eso, si era una broma o una especie de venganza de mal gusto.

     Flora se acercó al chico, o lo que fuese, porque roncaba o gemía como un perro lastimado, y dijo:

     -Charlie, despertáte, acá está tu padre, querido mío, mi angelito perfecto, mi lindo animalito inocente y frágil, ángel de Dios, digno hijo de tu padre, la bendita semilla de la bondad y la belleza…

    Cuando estuvo por hacerla callar para detener esa verborragia rencorosa y obsesiva, ella le dijo:

     -Mirálo un poco, y decime si no se parece a vos.

     Era una criatura de edad indeterminada, de rostro marcado por el prognatismo, los brazos largos, las piernas dobladas, y lleno de vello. ¿Eso era su hijo?

     Agarró a Flora de un brazo y le tapó la boca. Bajaron otra vez a la habitación.

     -¿Estás bien, Flora?- gritó la vieja desde la planta baja, había escuchado los pasos y las puertas.

     -Si, Rosa, no te preocupes.

     Archibald la tenía sujeta contra la cama, el cuerpo encima y la furia exacerbada.

     -Linda broma la que me querés hacer. Vos no era así. ¿Tanto te cambió el accidente?- le decía, punzando una de sus sienes con la punta de un dedo como si intentara hallar la entrada al cerebro de Flora.

     -¿Accidente? Llamálo como quieras, me dijeron, de paso, que vos algo sabías, pero ya es historia vieja. Lo que me cambió, querido, fuiste vos. Te fuiste, me dejaste un hijo…

     -Yo no sabía…

     -Ya sé que no sabías, no te culpo de eso sino de la fuga. Te enteraste del incendio y lo que le había pasado Edith la ècuyére. No fuiste a visitarme, Archie…

     No lloraba, por supuesto. Era un reclamo, un reproche. Era, en realidad, una inculpación.

     Gonzaga se levantó de la cama. Se puso la camisa y el saco, y colgó del cuello la corbata que se había sacado desde que llegó al cabaret.

     -¿Ya te vas?

     -¿Qué querés de mí, Flora? ¿A qué viene esto, si ni siquiera sabías que yo iba a venir, que nos íbamos a encontrar?

     -Pero pasó, Archie. La madre de Ernesto, ¿te acordás que te conté?, era una gran bruja que sabía mucho. Yo aprendí de ella que los acontecimientos están fuera de nuestras manos. Ella armaba un teatro de marionetas y manejaba a casi todos los títeres. Nosotras, me decía, no manejamos nada, pero vemos los hilos que mueven a los hombres. Más arriba están las manos que dirigen esos hilos, y más arriba aún, lo incierto. Por algo viniste, Archie.

     -Vine porque soy un pelotudo, un calentón que no puede quedarse tranquilo con su mujer y su hijito en su casa.

     -Debés tener un hijo, muy hermoso, Archie.

     -Claro, Flora, no ese engendro que tuviste vos.

     No supo, Flora, por qué hizo lo que hizo, tal vez Marietta lo supiese. Ella, que odiaba al chico, de pronto se vio agarrando el velador de la mesa de luz, haciendo que de pronto se hiciera la oscuridad en la habitación, y arrojándolo a la cabeza de Gonzaga.

     Se escuchó un ruido de vidrios y un grito apagado.

     -¡La puta madre!- dijo él.

     -¿Qué pasa arriba?- gritó la vieja desde abajo.

     -Nada, jugamos, nada, no te preocupes.

     -Lo que rompan, lo pagan.

     Gonzaga caminó hacia la cama en la oscuridad, tropezándose con la sábana caída y golpeándose un pie descalzo contra una de las patas. Se agarraba la cabeza lastimada, tenía astillas de vidrio en el pelo. Flora se acurrucó contra el respaldo, el silencio de Archie la extrañaba, la asustaba. Sintió sus manos en sus hombros, apretándola contra la pared, luego le tocó las tetas y el vientre con la cicatriz de la cesárea.

      -Sos una puta deforme, vos. Decí que no tengo una pistola para descerrajarte un tiro.

     -Me harías un favor, Archie- dijo ella, pero no lloró.

     Tal vez, si ella lo hubiera hecho, el entramado de aquella noche se habría deshecho por sí mismo. Sin embargo, la arquitectura de la tragedia se mantuvo firme.

     Agarró la corbata y la envolvió alrededor del cuello de Flora. Era sedosa, extremadamente suave. Seda italiana, tal vez comprada en Nápoles. Dudó un poco, pero empezó a ajustarla alrededor del cuello de Flora.

      Ella sintió que eran tan suaves las manos de la muerte, que se fue durmiendo de a poco, con el aliento de Archibald en su cara, el aroma del tabaco y el olor del potro que había cabalgado, el olor del Matanza y del aserrín del circo. Todo eso junto, aunque ya no pudiese respirar, era una amalgama suave como el crespón ya desaparecido para siempre.

     La oscuridad del cuarto fue lo último que vio, y no la sorprendió la subsecuente oscuridad.

 

 

 

5

 

 

Archibaldo Gonzaga miró al techo. Las telarañas fluctuaban con el ruido de las pisadas en la escalera. Luego, los golpes en la puerta.

      -¿Ya terminaron, Flora?

     No respondió, pero debía hacerlo.

     -Está dormida, doña.

     -Está bien, pero no quiero clientes acá después de la seis, así que haga el favor de vestirse y mandarse a mudar.

     El reloj de la mesita de luz estaba muerto. El de pulsera, marcaba las cinco menos cinco.

     -Está bien, doña…ya bajo.

     Sabía que al volver a la realidad, luego de ese intervalo donde no hubo tiempo, donde sólo eran ellos dos, o más bien él y su ira, o como fuese que se llame esa cosa incierta y carente de sentimientos que fue él, Gonzaga, cuando anudó la corbata en el cuello de Flora, la desesperación ocuparía su lugar, arrogante y exclusiva.

     Se llevó las manos a la cabeza, se frotó el pelo y la barba con las uñas, diciéndose “y ahora qué hago·” una y otra vez. Si salía como si nada, la vieja pronto encontraría muerta a Flora y sabría que había sido él. Por más que desconociera su nombre, las caras nunca se olvidan.

     Y entonces pensó en su amigo Farías. Marco saldría de su enclaustramiento para ayudarlo, de eso no había dudas, aunque después se cobrara el favor con creces.

      Bajó a la planta baja.

      -Oiga, doña, necesito hacer un llamado para que un amigo venga a buscarme, ¿me presta el teléfono?

      La mujer señaló hacia la mesita de tres patas junto a la pared del pasillo. Gonzaga caminó los pocos pasos, levantó el tubo, discó el número y esperó que Farías estuviese despierto o por lo menos escuchara el timbre el teléfono. La vieja miró hacia el pasillo de arriba, luego a él, y preguntó:

      -¿Sigue durmiendo?

      Mientras rogaba escuchar la voz de Marco, contestó:

      -Si, vieja, qué le va a hacer. Nos cansamos un poco, ya sabe.

     La mujer puteó y siguió escuchando la radio con la oreja pegada al parlante.

      Por fin el doctor Farías contestó. Le dijo en un cuchicheo lo que le había pasado, no, no, no podía seguir hablando, por favor, Marco, hacé lo que te pido, por lo que más quieras, sabía que estaba por ponerse a llorar. Pensaba en su esposa, en su casa, en su trabajo, en su hijo. No, no aquel monstruito del segundo piso, sino César, el que los esperaba para pasear como todas las tardes por las Barrancas de San Isidro.    

      -Ahora viene-dijo, colgando el tubo, sonriendo a la vieja, y volvió a subir a la habitación cerrando la puerta con el pestillo.

     Contó los minutos con ansiedad, al principio. Luego de un cuarto de hora, los nervios amenazaban con traicionarlo. Flora estaba en la misma posición, apoyada contra el respaldo, la cabeza caía hacia la izquierda. Le sacó la corbata y la guardó en un bolsillo.

    A la media hora, la desesperación lo hizo caminar de un lado a otro del cuarto, sabiendo que hacía ruido en las tablas del piso, pero la vieja tenía la oreja pegada a la radio, era imposible que escuchara, se dijo él, tenía que ser así, hasta que Farías llegara.

     Volvió a mirar la hora muerta del reloj sobre la mesa, con las agujas estancadas en las cuatro y media. ¿No fue esa la hora que él apretó el nudo de la corbata? Pero entonces… No, se dijo, el reloj ya no funcionaba desde quién sabe cuándo. Las cuatro de la tarde o de la madrugada del “alguna vez” perdido en el tiempo. La cara de Flora, medio escondida en el hueco del hombro, parecía dormida, nada más, y pronto la vería abrir un ojo, traicionera, maliciosa, burlona. La que sabía cabalgar sobre los potros gimiendo de éxtasis y engendrando monstruos. La ècuyére con ancestros anclados en la vieja Francia de la Bretaña, la de las brujas celebrando sus aquelarres en los claros de los bosques entre la medianoche y la primera luz del alba. Tal vez, las cuatro y media de la mañana.

     Entonces se preguntó si lo que él había hecho no había sido más que liberar el espíritu encerrado en el pequeño cuerpo de esa mujer, el gran espíritu que únicamente se manifestaba en aquellos instantes del éxtasis, como cuando la había visto cabalgar en los campos de Ezeiza.

     Era ella la que probablemente estaba retrasando la llegada de Farías, interponiéndose en su camino, haciéndolo tropezar, hasta quizá provocando un accidente.

     Cuando miró su reloj pulsera, vio que era las seis de la mañana, y oyó los primeros pasos en la escalera. Se enclaustraría en el cuarto, anudaría la corbata en su cuello, luego en alguna viga, gancho, hasta un tornillo o clavo que sobresaliese del techo, y se colgaría, con tal de no enfrentar las vergüenzas del futuro.

     Pero entonces sonaron golpes fuertes en la puerta de calle. Los tacos de la vieja volvieron a descender para ver quién llamaba de esa manera. Se oyeron gritos, puertas golpeadas y pasos apresurados de botas masculinas. Voces de hombres, y entre ellas la del doctor Farías, diciendo:

     -Señora, tenga a bien apartarse del paso. Se trata de una inspección de la Secretaría de Salubridad. Hemos recibido muchas denuncias, señora, de lo que pasa acá dentro.

     Un golpe de palmas representó la reacción de la vieja, diciendo “otra vez con lo mismo”.

     Podría besarte y abrazarte ahora mismo, querido amigo, pensó Gonzaga, excitado por aquella idea tan genial. El doctor Farías, futuro ministro de Salud, había venido a salvarlo con una estratagema absolutamente legal. El triunfo, querido, es nuestro, se dijo. Flora, desde la oscuridad, quizá sonreía, también.

      Los hombres de Farías, cuatro o cinco a juzgar por los pasos, recorrían los pasillos y las escaleras, abriendo puertas, sacando a las mujeres que así despiertas se preguntaban qué pasaba, hasta que se daban cuenta, resignadas, del ritual urbano que debían cumplir. Unas en corpiño, otras en bata, hablaban y se burlaban de los hombres, mientras Rosa se interpuso en la escalera que llevaba al otro piso.

     -Ahí están los chicos, nada más.

     Los hombres miraron a Farías, que aguardaba, de brazos cruzados, junto a la mesa del comedor, llena de ceniceros y puchos, vasos y botellas. Denegó con la cabeza, y sus hombres entonces se dedicaron a explorar las habitaciones, dar vueltas las camas, sacar la ropa de los armarios, hasta que encontraron la puerta cerrada donde él estaba.

    Abrió, abrochándose los pantalones, y pidiendo excusas como si no conociera a nadie. Lo agarraron de los brazos y se lo llevaron abajo. Vio a los otros entrar en el cuarto, revolver cosas, tirar cosas, romper cosas, y salir, como habían salido de las otras habitaciones, cargando bolsas de evidencias, en algunas sábanas con semen, en otras armas blancas, algún revólver, seguramente, muchas cremas y aceites, pomos de maquillaje, consoladores, sogas, fotos pornográficas y cámaras viejas. Y en una de ellas, y no más grande que las otras, porque su cuerpo era pequeño y delgado, y liviano como el crespón que había vestido, estaba el cuerpo de Flora, y mucha de su ropa, y la valija, también, porque esos hombres no olvidaban nada, expertos en la muerte y sus ficciones.

      En la calle había dos autos y un camión en el que tiraron todas las cosas que habían sacado del putero. Subieron a uno de los autos, en el asiento trasero. Adelante iban dos de los hombres, pistolas sobre el tablero.

     -Gracias, Marco.

     -Agradecéle a mi hermano Hermes, que me prestó a estos tipos.

     -¿Le dijiste?

     -Sólo de la clausura de un putero, y se avino a congraciarme. Es la oveja negra de los Farías, ¿sabes? O más bien la oveja blanca.

     Recorrieron varias calles, dando vueltas, como queriendo perder el rastro, pero ya se sabe que ellos eran perseguidos y perseguidores, como si intentaron borrar las huellas en una especie de círculo infinito. Curiosa, ¿no?, esa metáfora del infierno terrenal.

     -¿Y ahora qué hacemos?- le preguntó Farías. -¡Qué cagada que hiciste, che!

     -¿Qué querés ? La muy puta me quería extorsionar con un chico mogólico o algo parecido. Si lo vieras…. Me decía que yo tuve la culpa, que la echaron del circo por ese engendro que yo le hice. Que me desaparecí y la abandoné, que me robé toda la plata de sus giras…

      ¿Se creía todo eso? Marco, que lo conocía, le puso una mano sobre la boca, señalando por el espejo retrovisor a los otros. Más valía callarse. Las mentiras que uno inventa son más peligrosas que las uno escucha.

      Entonces Gonzaga dijo:

      -Al matadero, estamos muy cerca.

      Marco lo miró sin decir nada.

      El coronel Gonzaga conocía al ordenanza, había hablado con él muchas veces en la campaña que había hecho por poner de director a un milico que quería ganar puntos para llegar a general, aunque no tuviera pasta para eso. Mientras lo dejaban soñar, le habían dado ese puesto para que se entretuviera.

     Llegaron. Gonzaga bajó, desarreglado apropiadamente después de una noche de farra. Se acercó al portón y golpeó.

     Eran las seis y media, más o menos. Los hombres ya estaban trabajando en sus faenas.

      -¡Coronel, qué gusto!-dijo el tipo, joven, de una chiva espesa.

      -Oscar, viejo, escucháme. Necesito un favorcito…

      El chico miró hacia el camión y los autos.

      -Para usted, mi coronel, lo que quiera.

      No estuvo de más untarle la mano con billetes, además del puesto en que él lo había colocado.

     Los hombres bajaron bultos, unos pocos, para disimular. Luego, el camión y el otro auto se fueron. El chico se encargó de elegir la bolsa, como inspeccionando esmerada y seriamente. Olía, quizá, el olor de la muerte. Gonzaga lo conocía, el pibe giraba según el viento de las circunstancias políticas y según el favor de muchos pesos pesados del Círculo. Se lo recomendaron los Saravia. Después, los dejó solos en un depósito húmedo y vacío, lejos de los hombres que trabajaban. El olor de la grasa y de la carne podrida formaba parte de las paredes, como si fuesen de huesos recién pelados por eficaces carroñeros.

    El cuerpo de Flora estaba dentro de la sábana, sobre el piso de cemento. Había armarios a los costados, y estantes en las paredes, llenos de mugre, sin herramientas. Archie buscó en los armarios, sabía lo que buscaba pero sin estar seguro de encontrarlo.

     -¿Qué buscás?- le preguntó Marco.

    -Un hacha, un serrucho, hermano mío. ¿Qué querés que busque en este infierno?

    -Un infierno frío, hermano, como vos decís, porque es un frigorífico en este momento.

    Ambos temblaban sin poder evitarlo, con escalofríos que les hacía chocar los dientes y entorpecer las palabras que se congelaban en el aire antes de ser pronunciadas.

     -Elegí.

     Gonzaga tenía, en una mano, un hacha, en la otra, una sierra de cortar huesos.

     -¿O no te querés ensuciar las manos, futuro ministro?

     ¿Quién era Archibaldo Gonzaga?, se debía estar preguntando Farías. Esa mueca de desdén, esa amenaza, estaban en una parte de su rostro, como pequeñas pecas sembrando la cara de ojos celestes como un cielo ensombrecido. La voz le temblaba, las manos con las herramientas-armas, le temblaban. La camisa blanca transpirada y sucia, el pantalón con un bolsillo roto.

     -Dame para acá-dijo Farías, eligiendo el hacha. Si iba a hacerlo, por lo menos que fuese con furia, permitiéndole descargar la ira con los golpes.

     ¿Cómo empezar? No por dónde, sino cómo.

     Dejando caer el hacha allí donde el azar lo decidiera.

     Desmembrar un cuerpo, igual que lo estaban haciendo aquellos otros hombres en las otras salas del matadero municipal. Pero este cuerpo sobre el que ellos dos trabajaban, eran tan pequeño que pronto terminarían.

      Tres, cuatro golpes de hacha que separaron la cabeza del tórax, luego el abdomen y partieron en dos la pelvis.

     Ya estaba hecha la mitad de la faena.

     Gonzaga se inclinó sobre los restos, limpiándose la sangre que había salpicado su ropa y su cara. Farías se secaba con las mangas de la camisa. Sangre, sudor y lágrimas, como en la guerra dijo alguien muy famoso, y Archie se rio de aquella asociación, tan sarcástica como una broma de Dios, presente allí, en la carne que tanto le gustaba lacerar y hacer sufrir.

     Con la sierra en mano, separó los brazos a la altura de los hombros, luego los codos, y después las manos que alguna vez sujetaron las riendas de un potro dócil. Cortó las caderas, fuertes, tal vez lo más firme del cuerpo de Flora, que la habían sujetado sobre el lomo y mantenido en pie en las largas cabalgadas por la pista del circo. Las rodillas, difíciles de aserrar, tanto que estuvo a punto de largarse a llorar él también, como el imbécil de Farías. Pero se contuvo, y tocó los pies. Los había besado muchas veces, y ahora la piel pálida se manchaba de sangre al partirlos.

     Todo quedó reducido a un montículo de carne y huesos, sobre el que apoyaron la cabeza, y lo taparon con la sábana.

     Llamaron a Oscar.

     -Para los perros-dijo Gonzaga, con la sierra pegada a la mano por la sangre seca.

     El chico se rio, pero dijo que se encargaría de poner todo en el camión que llevaba los restos al crematorio.

     -Hacé lo que quieras.

     Se fueron a los baños, los que usaban los obreros al terminar el día de faena. El ruido de las hachas continuaba en los patios, los gritos y las alegres puteadas de los hombres.

     Se desnudaron y se acuclillaron sobre las viejas, las antiguas letrinas por encima de las cuales caía el agua de las canillas, a veces fuerte, a veces solo un hilo de agua, pero siempre fría.

     Se restregaron la sangre, temblando de frío, muequeando irrisoriamente, puteando al mismo Dios que les había dado el agua y la carne, el vino y el pan de ese pequeño apocalipsis que habían estado creando sobre el cuerpo de Flora.

     Y de tanto frío, Archibaldo se apretó el cuerpo con los brazos. El culo apoyado en la loza vieja, deshaciéndose de la mierda de su cuerpo, que ya no le respondía. Y como lloraba, Marco, de puro miedo, se le acercó y le rodeó el cuerpo con sus brazos.

     Entre ambos, intentaron darse calor, pero el frío reinaba como un déspota preparando la próxima masacre.

 

     Casi al mediodía, en la pensión, la joven dueña del putero se quejaba de lo lindo con Rosa, la que hacía los abortos en el barrio, y no cobraba mucho.

     -¡Una puta vez que te dejo encargada, y mirá lo que pasó!

     -¿Y qué culpa tengo yo, se puede saber? En dos días te vuelven a abrir, ya sabés cómo son, pura facha para la prensa.

     -Y encima se nos fue la Flora, y dejó al imbécil.

     Rosa se cruzó de brazos, también extrañada de eso, pero con tanto lío esa mañana, no la había visto, y no era raro que se escapara con tanto milico dando vueltas. Pero ella se llevaría a Charlie, y lo criaría para enseñarle el oficio.

     Y si no lo aprendía, qué importaba, las mujeres, con sólo verlo, abortarían de espanto.





Ilustración: Marc Chagall

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