viernes, 2 de octubre de 2026

El cordero (Francois Mauriac)




                                                    



   —Jean, ¿dónde estás?

   Le oía respirar. Encendió entonces la luz y lo vio, de rodillas,

sentado sobre los talones, con la cabeza contra el sillón. Fue hacia

él. Dormía. Se había dormido arrodillado. La nuca descarnada daba

lástima. Ella lo besó. Gimió como en sueños y levantó el rostro,

angustiado. La entreabierta chaqueta del pijama dejaba ver un

matorral rojizo.

   —Estás helado. Ven a la cama, ¡pronto!

   Obedeció como un niño. Ella dijo: "Acurrúcate". Y le golpeaba los

pies, calentándolos con las manos.

   —No sé por qué me he levantado —dijo—, ni por qué me quedé

dormido de rodillas.

   La mujer preguntó en voz baja: "¿Para rezar?—" No contestó, y

ella calló, esperando que se durmiera, pero por el olor del rostro

adivinó que lloraba. Entonces le sopló al oído: "No, tú no lo has

matado". Él gimió:

   —O él o yo..., pero los santos no se matan, por lo tanto soy yo.

   La mujer sólo pudo repetir: "¡Duerme!", y él, en el silencio que

reinaba aquella noche, escuchaba el murmullo de la sangre en su

oído, ola paciente que se expandía desde hacía treinta años dentro

de aquel cuerpo. Y, de pronto, alzó la voz:

   —Pienso en lo que has creído, Michéle, en lo que no podías

dejar de creer. Ella se defendía: "¡No!" Insistió: —Un muchacho

mucho más joven; yo tenía doce años más que él; ignoraba hasta su

nombre... Lo encuentro en el tren de París, yo, que te había dejado

sin idea de volver; y dos días después lo traigo aquí, a Larjuzon...

Pero sí, por cierto, ¡has debido creerlo! ¡Lo has creído! Y, sin

embargo, Dios sabe que no era eso...

   Como si fuera para calmar a un enfermo o a un niño asintió:

"¡Pero no, no era eso!", y de pronto, con voz cambiada, preguntó:

   —¿Qué ocurrió en ti?, ¿en él?

   Él pareció vacilar, buscaba las palabras.

   —Crees que voy a inventar lo que hay que contestar para no

herirte, para no horrorizarte, cuando en verdad se trata de descubrir

lo que yo mismo ignoro. Yo era otro.

   Ella insistió:

   —¿Y él? Él iba a entrar en el seminario: su lugar estaba

reservado, lo esperaban. Y renuncia para seguir a un desconocido...

   Él preguntó:

   —¿Qué crees? ¿Qué te imaginas?

   —¿Que quería salvarte? Después de todo es eso...

   Él dijo: "No sé". Ella lo abrazó y le cubrió la cara de besos.

Gemía: "Pero ¿salvarte de qué, Jean? ¿De qué?"



                    




                                   I



   Xavier hubiera podido no reservar su asiento: había uno solo

reservado frente al suyo. El viajero que lo ocuparía había colocado

ya un sombrero castaño de fieltro, un impermeable usado, un par de

guantes. Su maleta, en la red, era vieja. Xavier esperaba que su

compañero de viaje fuera el muchacho de pie en el andén, en

cabeza, que le daba la espalda. Hablaba con una mujer joven.

¿Quizá lo habría acompañado solamente hasta el tren? Sí, por la

mirada con que abrazaba al muchacho, Xavier comprendió que ella

no partía. Lo quería, aprovechaba los últimos minutos para fijar

dentro de sí los rasgos del rostro que dentro de un instante estaría

lejos. "Pero yo —pensó Xavier— podré descifrarlo a mi antojo.

Durante las siete horas que se necesitan para llegar a París estará a

mi merced."

   Se avergonzó de esa delectación a la cual cedía, por inocente

que fuera. No hay delectación inocente. Se arrinconó, ocupado en

cortar las páginas de La vida espiritual, revista que leía por deber,

aunque no sacaba ningún provecho de ella salvo el que atribuía a

cada acto cumplido sin placer y gracias a un esfuerzo de voluntad.

   Pero a pesar suyo su mirada volvió hacia la pareja, cuyo silencio

resultaba más significativo que cualquier palabra. Para los ojos de

Xavier era claro que se llevaban mal. Esto escapaba sin duda a los

dos señores de edad madura y a la señora de pie en el pasillo que

observaban también a la pareja a punto de separarse. Xavier sabía

que la joven esperaría para llorar, después de la partida del tren,

hasta estar nuevamente dentro de su coche. (Recordaba haberlos

visto un rato antes en un auto cerrado. Ella guiaba.)

   Un poco pesada, más bien robusta, llena de salud y de fuerza, la

joven fijaba vagamente en el tren una pupila oscura como para

impedirse a sí misma mirar por última vez el rostro del muchacho —

¿amigo?, ¿amante?, ¿novio?, ¿marido?— que iba a perderse, a

convertirse en una imagen inasible. Xavier se permitía concentrar

sobre la mujer una atención ávida, puesto que nunca más la vería,

puesto que debía separarse de ella como si fuera a morir, con la

certidumbre de que toda posibilidad de algo entre ella y él terminaría

al arrancar el tren. Su traje sastre de hilo, de cuadritos blancos y

negros, era demasiado liviano para aquel último día de septiembre,

todavía tibio; ¿no tendría frío al regresar, de noche, por el campo,

donde estaba seguro de que ella vivía? Nada en la vestimenta

revelaba a alguien del campo, salvo el calzado, un poco grueso.

Pero el tostado del cuello demasiado fuerte no era el que se

adquiere en unos días al borde del mar. Y además, Xavier no

necesitaba indicios : sabía que vivía en el campo, que debía

ocuparse activamente de la explotación de la propiedad: así lo había

decidido.

   Ya se cerraban las portezuelas, los últimos viajeros se habían

instalado en sus compartimientos, sólo quedaba esa pareja. La

joven, de pronto, se había vuelto locuaz. Él apartó la cara, los

anchos hombros se empinaron un poco. Fue ella quien posó los

labios brevemente sobre la mejilla que él no le tendía. Él no le

devolvió el beso y subió al vagón; y aunque el tren estaba todavía

inmóvil, y la joven permanecía en el andén, la cabeza alta, no le

concedió esa mirada que ella mendigaba.

   Xavier la oía gritar, esa boca muda, que ahora veía de muy cerca

a través del cristal, porque ella se había acercado. Un collar de                        

cuentas de oro brillaba sobre la carne morena del pecho un poco

jadeante. Xavier hubiera querido suplicarle al viajero: "¡Pero háblele!,

¡háblele, hombre!" Había desplegado un diario: era un periódico de

extrema derecha. Xavier no dudaba de que fingía leer. ¿Cómo podía

leer, por implacable que fuera? Un corto tiempo le había sido

concedido contra toda esperanza, puesto que el tren que ya habría

debido partir estaba todavía allí: para salvar todo en el último

segundo hubiera bastado una sonrisa, un ademán, un movimiento

de los labios.

   "Si bajara el cristal...", pensó Xavier. Era todo cuanto podía hacer.

Se levantó, hizo girar la manija, procurando no mirar el rostro

contraído de la mujer. Ella debió de sentirse adivinada, pues se

apartó bruscamente y se dirigió con prisa hacia el pasaje

subterráneo. Entonces el hombre se levantó a su vez y, asomado a

la ventanilla, la siguió con los ojos; la joven no se volvió. El tren se

desplazaba suavemente. El desconocido salió al corredor y encendió

un cigarrillo.

   Xavier se sintió como un niño que despierta. Sí, como un niño

que hubiera tenido un sueño perturbado, y que estuviera

desesperado por haber perdido el estado de gracia, y que tras la

angustia     descubriera   con   alegría   que    no    era   culpable.

¡Decididamente estaba loco! Por otra parte, todo el mundo decía que

estaba loco. ¿Qué le importaba aquella mujer que nunca volvería a

ver? Y de pronto supo que volvería a verla. Estaba tan seguro como

de la existencia del muchacho de pie en el pasillo, envuelto en

humo, los codos sobre la barra de metal, los hombros anchos un

poco erguidos. Xavier desechó esa idea absurda, abrió La vida

espiritual, comenzó a leer articulando en voz baja cada palabra: "El

tratado de los ángeles es un tratado teológico en el que Santo

Tomás se apoya sobre luces reveladas. Pero contiene virtualmente

un tratado de pura metafísica que concierne a la estructura

ontológica de las sustancias inmateriales y la vida natural del espíritu

llevado al estado puro. El conocimiento que así podemos adquirir de

los espíritus puros creados se desprende en primer grado de la

intelección ananoética o de la analogía. El sujeto transobjetivo

domina el conocimiento que tenemos de él y sólo se convierte en

objeto para nosotros en la objetivación de otros sujetos sometidos a

nuestro imperio y trascendentalmente considerados: pero, sin

embargo, el analogado superior..."

   La revista se le cayó de las manos, echó la cabeza hacia atrás,

cerró los ojos. No creía en el azar. No era un azar si apenas

comenzado el viaje en el que se decidía toda su vida Dios lo había

dejado sucumbir a esa tentación, siempre la misma, a su tentación,

que él llamaba "la tentación de los demás", ese interés invencible

que despertaban en él. Y tampoco era un azar si él se cruzaba por la

historia de ellos, si estaba mezclado: los veía, los sentía; los

desconocidos lo absorbían. Nadie, salvo él, en el tren o en el andén,

había reparado en esa pareja. Nadie había notado nada insólito en el

muchacho y en la joven que no se hablaban. Desde la infancia oía

repetir a su padre y a su madre: "¿En qué te metes? Deja que los

demás se arreglen..." Pero siempre tenía que meterse en donde no

debía.

   Su director espiritual le había enseñado que lo que consideraba

impulsos caritativos encerraba una secreta y peligrosa delectación,

que llegaría un día, si era la voluntad de Dios, en que saldría del

noviciado, fuerte, armado contra todas las trampas, y ese don por fin

sobrenaturalizado podría servir para conquistas de la Gracia. Pero

¡qué lejos estaba de ello! Y cómo podía dudarlo en ese mismo

minuto en que sentía el corazón derretírsele de ternura por dos

desconocidos, por ella sobre todo, que en ese mismo momento                       

debía de rodar sola por algún camino, del lado de las praderas o a

orillas del río abrasado, hacia una casa de campo... Encontraría los

zapatos que el muchacho se había quitado pocas horas antes, la

chaqueta de caza tirada sobre la cama, y, sobre la mesa, la ceniza

de su último cigarrillo.

   Xavier, en un esfuerzo de toda su voluntad, se arrancó de esa

visión. Nunca terminaría de remontar esa pendiente, volvería a caer

sin cesar sobre los seres, los que no le eran nada, a los que no

estaba unido por ningún lazo de sangre y de los cuales ignoraba

todo, salvo lo que presentía, "lo que husmeaba", como solía decir.

En cambio, dentro de su familia debía luchar sin tregua contra

impulsos de ira o de desprecio. Ni su padre, ni su madre, ni su

hermano se beneficiaban de ese amor que lo inundaba ante el

primer rostro entrevisto. Volvió a tomar el fascículo abierto sobre las

rodillas : "Pero, sin embargo, el analogado superior así alcanzado no

trasciende el concepto análogo que lo posee, la amplitud

trascendental del concepto de espíritu basta para envolver el espíritu

puro creado".

   Ninguna de esas palabras tenía sentido para él. ¿Cómo se las

arreglaría en el seminario? ¿Cómo saldría del paso? En cuanto un

libro hablaba de Dios no reconocía nada del Ser a quien él mismo

hablaba. Apoyó la frente contra el cristal. El tren aminoraba la

marcha,    pues     estaban   arreglando   las   vías.   Los   obreros

aprovechaban ese corto descanso. Xavier se fijó en aquel que reía

mirando a los viajeros y en el viejo con las manos apoyadas sobre el

mango del pico, más separado de él que por los espacios

interestelares, ínfimos privilegios de ese orden: un billete de segunda

cuando existen terceras nos separa para siempre de los pobres,

cava un abismo. Xavier lo experimentaba hasta el dolor. Ser

sacerdote sería eso: que ya no existiera ninguna criatura hacia quien

él no pudiera ir, con la cual no se encontrara de igual a igual. ¿Por

qué estaba en segunda? Había buscado pretextos. Le habían dicho

que no       había tercera en      ese   tren o     que estaría llena.

¡Mentiroso! Era una licencia que se había otorgado, una última

licencia de lujo; ese lujo de estar aparte, al abrigo, defendido contra

esos hombres a quienes pretendía amar y a quien soñaba darse sin

compartirse.

   El sentimiento de su miseria lo abrumó. El tren recuperaba

velocidad.     La   niebla   se   desgarraba,   y   de   ella   emergían

vendimiadores en medio de una viña ya enrojecida. Miró al pasar la

sugestión de un sendero de jardín bajo los castaños talados, donde

se detuvieron un hombre y una mujer ancianos, vestidos de negro.

Quizás estuvieran de luto por el único hijo. 27 de septiembre de

1921. Xavier cumplía veintidós años. La guerra había terminado

cuando su clase acababa de ser sacrificada. Y además una

pleuresía lo había hecho eximir. No, no aceptaba excepciones. Había

sido dado de lado en vista de otro sacrificio, estaba seguro de ello, lo

sabía, siempre lo había sabido. Cerró los ojos. ¡Oh presencia, oh

certidumbre! Esa mano que lo sujetaba, cuyo escozor sentía, lo

oprimía a veces hasta el punto de hacerle perder la respiración. Sin

duda lo empujaría adonde no imaginaba poder llegar. Ese Dios sin

rostro, sin otro rostro que los que había querido desde que estaba en

el mundo, "esos millones de Cristos de ojos dulces y sombríos..."

¿Dónde había leído eso? Ah, palabra ardiente en él: "Lo que habéis

hecho a uno de esos pequeños, a mí me lo habéis hecho..."

Significaba que cada uno de ellos era Cristo, se confundía con

Cristo. Presencia sensible de la gracia en los seres, sensible para él

solo, Xavier, que tenía veintidós años y entraría el día siguiente, a las

seis y media de la tarde, en el seminario de la calle Vaugirard, "para

estudiar su vocación". En verdad, el estudio consistiría en dejarse                           

llevar, según creía, en abandonarse. Todo su ser se replegaba en

ese momento sobre una impresión de felicidad contra la cual su

director no había cesado de ponerlo en guardia. "En una naturaleza

tan sensible —repetía—, todo lo que es delectación viene de usted

mismo, y su origen es sospechoso. Amárrese a la fe, a la virtud de fe

que no requiere ninguna respuesta en el tiempo, que, para ejercerse,

hasta exige que no haya respuesta. La carne se aprovecha de todo,

saca provecho de todo, hasta del estado de gracia. Los mismos

santos no son santos a causa de su éxtasis, sino a pesar de su

éxtasis." Xavier buscó la revista, no la encontró.

   —Discúlpeme... Se había caído al suelo. El muchacho

desconocido le tendía el fascículo.

   —Guárdelo, por favor —dijo Xavier.

   —No, lo hojeaba simplemente..., no son temas       para   mí   —

agregó el muchacho riendo.

   Tenía dientes muy blancos, separados; las arrugas apenas

marcadas de la frente podían hacer creer que era mayor de lo que

parecía a primera vista. Más cerca de los treinta que de los veinte,

sin duda alguna. Un hermoso rostro, pero ya marcado. ¿Excesos?

¿La guerra quizá? Había estado en ella, como lo probaba la cinta en

el ojal. La chaqueta castaña de sport, la corbata anudada con

negligencia, los zapatos de suela gruesa daban la misma impresión

que el rostro: todo era hermoso, pero circulaba desde hacía tiempo

como si el muchacho hubiera atravesado el fuego. La nicotina había

chamuscado el pulgar y la uña del índice.

   —¿Verdaderamente le interesa? —preguntó a Xavier con un

movimiento de cabeza, que debía de realizar desde la infancia, para

echar hacia atrás un mechón rojizo. Xavier contestó que no con una

energía que hizo reír al desconocido.

   —Entonces, ¿por qué lo lee?                        

   —Porque es necesario —dijo Xavier—, porque debo hacerlo...

   Se interrumpió no sabiendo qué razón dar, pero sobre todo

inquieto, preocupado por no ceder al impulso que lo precipitaba en

una pendiente por la cual tenía demasiada tendencia a deslizarse.

   ¡Era tan inesperado que gracias a la revista hubieran alcanzado

unánimemente el problema esencial! Al mismo tiempo luchaba

contra el placer de interesar a ese gran tipo que lo miraba con sus

ojos azules, sin descaro, pero con un aire de curiosidad fría y

tranquila.

   —Son maniáticos, locos —declaró. Y como Xavier lo interrogaba

con la mirada:

   —Sí, los que escriben estas cosas... ¿No lo cree?

   Xavier sacudió la cabeza: —Si lo creyera...

   Se interrumpió en el momento en que iba a decir: "No entraría

donde voy a entrar mañana a la noche..." Retuvo la confidencia por

temor a que ese muchacho, de golpe, se desinteresara de él. No

callaba por respeto humano: no quería romper ese lazo, esa frágil

liana invisible como arrojada de un árbol a otro que los unía desde

hacía unos instantes. Siempre ese sentimiento de Robinsón en su

isla, delante de quien se yergue de pronto un hombre, no por algún

naufragio imprevisible, sino por una voluntad particular de ese Dios

que conoce el secreto de cada corazón. Temía decir la palabra que

pondría fin a la historia antes que estuviese empezada. El otro

insistía :

   —Usted reconoce que no le interesa.

   —Me aconsejaron que leyera esa revista...

   —¿Quién se lo aconsejó?

   Una parte de sí mismo, la que estaba sometida a un director

espiritual, le soplaba a Xavier: "Es justamente lo que se impone :

que pronuncies la palabra que alejará a este hombre. Te engañas          

con motivos sublimes. En verdad, hasta en el umbral del seminario

cedes a la curiosidad que despierta en ti el primer llegado, cuando

es ese sacrificio el que se te ha pedido antes que cualquier otro. No

habrás dado nada si no das eso..." Xavier contestaba: "Quizá..., pero

no se trata únicamente de mí". ¿Dónde estaba la joven en ese

momento? Imaginaba el salón de una casa de campo, una ventana

abierta sobre una pradera semejante a la que él veía encuadrada por

la ventanilla del vagón, con regueros de niebla y una hilera de

álamos estremecidos. Era de ella de quien quería hablar, a causa de

ella; estaba seguro de que por nada del mundo la conversación

debía quedar interrumpida. Sin embargo, el muchacho decía:

   —Es verdad que soy indiscreto. Tengo la manía de hacer

preguntas.

   Desplegó el diario y era como si hubiera vuelto a embarcarse,

como si se alejara para siempre. Con la misma prisa con que se

hubiera arrojado al agua para salvar a alguien, Xavier dijo

precipitadamente:

   —Es un artículo de mi director. Me pidió que lo Ieyera.

   —¿Su director? —preguntó el joven—. ¿Trabaja en una oficina?

   —¡ No! Mi director espiritual.

   Xavier no dudaba de que el desconocido iba a lanzar una

carcajada o a encontrar una fórmula cortés para excusarse y poner

fin a la conversación. Pero, por el contrario, su atención aumentó y

fijó sobre Xavier una mirada en la que había curiosidad, quizás

irritación, piedad y en todo caso un interés poderoso. Sí, en ese

minuto le interesaba. Los sentimientos que había despertado en él

esa confidencia pasaban por el hermoso rostro amargo, como las

nubes por el cielo. Xavier se sintió dichoso. Y al mismo tiempo se

preguntaba si ya no estaba traicionando: "Toda criatura, si lo que nos

importa de ella no es solamente su alma, aun fuera de todo                      

pensamiento culpable, nos aparta de Dios. Usted ya no tiene

derecho a disponer de ese corazón que va a entregar para siempre,

ni tampoco de esa facultad de atención que ejerce sobre usted

cualquier encuentro humano". Xavier había copiado entre sus notas

ese párrafo de una carta del director. Había que dar el golpe de

gracia, arriesgar la última confidencia, la que volvería a arrojar al mar

a ese desconocido y reintegraría a Xavier a su isla, a su desierto.

   —Mañana entro en el Seminario del Carmen —dijo.

   El muchacho parecía confundido.

   —¿Se hace carmelita?

   —No, en el Seminario del Instituto Católico, en la calle

Vaugirard... Agregó en seguida:

   —Todavía no he resuelto nada, es para estudiar mi vocación. No

tengo ningún compromiso.

   El desconocido se incorporó bruscamente, luego volvió a

sentarse, una pierna replegada, inclinado hacia delante como para

observar a Xavier de más cerca. Una brusca oleada de sangre le

avivaba las mejillas, le confería de pronto un aire de extrema

juventud. Dijo:

   —¡ No es posible! ¡ No hará eso!

   En seguida agregó en tono imperioso:

   —Está todavía a tiempo: usted es un inocente caído entre las

manos de esos estranguladores: ¡vaya si los conozco! Lo ayudaré a

escapar, lo arrancaré de sus garras, ya verá.

   Xavier recordó entonces comó sus padres habían acogido su

decisión, esa manera de encogerse de hombros, esa afectación de

no tomarlo en serio, la certidumbre de que no aguantaría tres meses

en el Seminario. "Sobre todo no vayas a decírselo a nadie... Al salir

quedarías en ridículo. ¡Como si alguna vez hubieras perseverado en

algo! Empezaste a estudiar Derecho, luego quisiste ser Licenciado                        

en Letras. Ahora es otro cantar... ¿La carrera eclesiástica? —había

agregado su padre—, ¿por qué no? Dígase lo que se diga, ser

obispo todavía cuenta, o aunque sólo fuera cura de una gran

parroquia. Y después de todo hoy es la carrera con menos

competencia. Pero te conozco bien, nunca persistirás, lo que quiere

decir que nunca llegarás a nada." Y su hermano Jacques: "¡Estás

chiflado! ¡Qué infeliz!..., lo serás toda la vida..." Su padre, su madre,

su hermano, que "practicaban", "comulgaban en las fiestas de

guardar", y también ese muchacho que seguramente lo censuraba y

hasta sentía horror por ese camino en donde él se internaba. Al

menos éste sentía que era grave, que se jugaba la vida. Y de pronto

Xavier oyó la pregunta: "¿Cómo se llama?", casi en el mismo tono

que adoptan los chicos el primer día de clase en el patio del recreo

cuando le preguntan a un recién llegado: "¿Cómo te llamas?" Sí, a

Xavier no le hubiera sorprendido que el muchachote lo tuteara.

Pronunció su nombre con la misma timidez que habría tenido a esa

edad: "Xavier Dartigelongue".

   —¿El hijo del abogado? Conozco a su hermano Jacques.

   Xavier se sintió inmediatamente colocado con su parentesco, sus

alianzas, en el lugar exacto que ocupaba en la jerarquía de la

ciudad.

   —Soy Jean de Mirbel —dijo de pronto el muchacho. No dijo: "Me

llamo Jean de Mirbel". Sabía que con sólo decir su nombre brillaría

en su clase, en el cénit, ante aquel pequeño burgués.

   —¡ Ah, lo conozco muy bien!

   Xavier observaba con respeto esa famosa bala perdida que había

hecho una guerra valiente. "Son éstos los que luchan mejor como

decían sus padres, mientras tantos muchachos serios quedan en el

campo de batalla." Corría la voz de que Jean de Mirbel se

divorciaba.                        

   —¿El apellido de su mujer es Pian? —dijo Xavier, con aire

entendido—. Mi madre es muy amiga de la señora Pian.

   —Sí, esa vieja arpía.

   A Xavier le asombró no sentirse extrañado ni herido. Respiró el

olor polvoriento del vagón; miró, como si lo viera por primera vez, el

tapizado azul; descifró las iniciales de la Compañía a lo largo de la

franja colgada bajo unas fotografías, una de las cuales representaba

el puente de Cahors. Mirbel preguntó:

   —¿Cómo ha podido resolverse? Que se le haya cruzado la idea,

lo comprendo. A su edad uno se siente tentado por cualquier cosa

absurda. Pero de ahí a dar el paso... Ya sé que no hay nada

definitivo. Pero el hecho de haber pasado por el Seminario es grave,

es algo que marca.

   Xavier vaciló en contestar. Preguntó:

   —¿Recuerda esa frase de Rimbaud...? ¡Porque a usted ha de

gustarle Rimbaud!

   —Usted sabe..., para mí..., la literatura... Tengo una madre que

escribe novelas, las novelas edificantes de la condesa de Mirbel son

muy conocidas, tienen grandes tiradas... Novelas para usted —

agregó en un tono de burla afectuosa.

   —He oído hablar —dijo Xavier.

   —Bueno, conténtese con eso y no meta la nariz. ¿Qué me decía

de Rimbaud?

   —Sí, cuando habla de uno de sus antiguos amigos que ve en

sueños en esa sala, en el campo, donde hay velas y paredes

tapizadas de madera antigua: "Ese amigo sacerdote y vestido de

sacerdote..., era para ser más libre", agregó Rimbaud. Para ser más

libre, ¿me comprende?

   —No —dijo Mirbel—, no comprendo. ¿Cómo una persona va a

entrar voluntariamente en la cárcel para ser más libre?                         

   —Más libre de amar.

   Xavier se ruborizó levemente y agregó:

   —No pertenecer a nadie para pertenecer a todos. Poder darse

entero a cada ser sin traicionar a nadie. En el casamiento...

   Xavier se interrumpió recordando de pronto que hablaba con un

joven marido que acababa de abandonar a la mujer en el andén de

una estación sin siquiera devolverle su beso.

   —Pero, gracias a Dios —contestó Mirbel—, del matrimonio uno

se evade. Es más fácil decirlo que hacerlo; si alguien puede saberlo,

soy yo. Pero asimismo se consigue. Yo, por ejemplo...

   No agregó nada. Después de unos minutos de silencio, Xavier

dijo en voz baja:

   —Es muy bonita.

   Y como Mirbel fingía no comprender, insistió :

   —Sí, la joven que estaba con usted en la estación; es ella, ¿no

es cierto?

   Mirbel apartó un rostro de pronto endurecido.

   —¿Todavía mira a las mujeres?

   Xavier veía moverse un músculo bajo la oreja, en la articulación

de la mandíbula. Fue Mirbel, sin embargo, quien al cabo de unos

minutos habló nuevamente:

   —Y después de todo, ¡qué! Total, usted no cree seriamente en

todos esos cuentos. Nadie se juega la vida por un disparate. Usted

debe de saber muy bien que no es verdad —insistió con

exasperación mal contenida—. En el fondo nadie lo cree.

   Y como Xavier guardaba silencio, insistió :

   —Pero, en fin, ¿cree, sí o no?

   Se había inclinado, los codos apoyados sobre las rodillas, y

Xavier veía de cerca aquella cara tan ávida, tan triste, aquellos ojos

que parecían un poco perdidos a causa de un leve estrabismo.                   

Xavier no sabía qué oscuro obstáculo le impedía contestar: "Sí,

creo". Por nada del mundo hubiera dicho una sola palabra que

pudiera engañar a aquel hijo de la ira sentado frente a él.

    Salió del paso con una derrota:

   —Si no creyera, ¿piensa que entraría en el Seminario?

   —Contesta a una pregunta con otra pregunta. Sin embargo, sería

excesivo cometer esa locura para defender y propagar lo que usted

considera un mito.

   Xavier no protestó. Dijo solamente, como si hablara consigo

mismo:

   —Dios existe puesto que lo amo. Que Cristo no ha muerto, que

vive, nadie lo sabe mejor que yo. Es un hecho que Él está en mi vida

y que cada una de sus palabras se dirige a mí en particular y que

siempre termino por preferirlo a los seres que más quiero.

   Se asombró de lo que osaba decir ante aquel muchacho, una

bala perdida, como decían sus padres, un libertino.

   —Hasta el día en que usted prefiera a un ser viviente... —dijo

Mirbel—. Pero entonces será demasiado tarde; será el prisionero de

ese horrible hábito, de esa mortaja negra. Y ya no será joven; estará

arrinconado entre los riesgos de un escándalo y el asco que

causará. O si no será el ahogo, la muerte por la sed.

   Tomó la mano de Xavier y le habló muy cerca:

   —Qué suerte que me haya encontrado ahora que está todavía a

tiempo. ¿Sabe a lo que renuncia, pobre inocente? Siquiera alguna

vez ha...

   Apenas había soltado la palabra innoble, Mirbel sintió que la

mano de Xavier se le escurría. No era un muchacho de veintidós

años el que estaba bajo su mirada, sino un ser todavía bañado de

infancia y que se alejaba vertiginosamente de él. Mirbel se retractó y                     

dijo en seguida que comprendía ese asco, que no le era ajeno, que

él también lo había sentido.

   —No necesitar mujeres, hacer que los hombres sean capaces de

vivir sin ellas, sobre ese punto lo comprendo —dijo Mirbel—. El

celibato de los clérigos es un pensamiento profundo de la Iglesia

Católica.

   Xavier no aprovechó esa concesión, no rectificó su propósito.

Continuaba menos extrañado por lo que había oído que por el tono

vulgar, cínico del muchacho que había sido delegado hacia él, en el

umbral del Seminario, que no estaba allí por casualidad, cuya sola

presencia destruía en él esa paz en la que había vivido desde que

había tomado su decisión. Era como si de golpe todo volviera a

plantearse. Pero no, no era posible: iban a separarse en el andén de

la estación, y todo acabaría entre ellos. No, no acabaría. Estaba

decidido a no dejar salir de su vida a ningún ser una vez que hubiera

entrado en ella. Era un pacto a la medida de su corazón insaciable.

Si Mirbel lo hubiera interrogado habría contestado que no sabía si

creía en la Comunión de los Santos, pero que la practicaba con tanta

pasión que ya era para él una evidencia, una realidad viviente. Aun

cuando nunca volviera a ver a Jean de Mirbel (¿y qué posibilidad

había de que sus caminos se cruzaran otra vez?), Xavier lo había

introducido en su memento de los vivos, nunca demasiado

recargado para él, y hasta la muerte seguiría siendo uno de ellos.

Pues también eso formaba parte de su credo particular: creía en un

pequeño número de elegidos, pero cada elegido tenía el poder de

arrastrar tras sí a todas las almas, en apariencia condenadas, que le

eran dirigidas; esta astucia de la Gracia no podía revelarse a los

hombres porque en seguida abusarían.

   Así soñaba cuando nuevamente Jean de Mirbel lo interrogó:

   —¿Siempre pensó... entrar en el Seminario?

   —Siempre.

   —Pero ¿vaciló mucho tiempo?

   —Sí, hasta el invierno pasado.

   —¿Y tomó su decisión un día cualquiera?

   —Sí, un día cualquiera.

   —¿ Podría decirme la fecha?

   —Podría.

   —Entonces, ¿ocurrió algún acontecimiento que puso fin a su

vacilación?

   —Quizá... No lo sé... No puedo decírselo.

   —Por supuesto, soy indiscreto, pero no es curiosidad. Se lo juro.

No es mi manera de ser; los demás no me interesan salvo cuando

los quiero.

   Xavier se apartó un poco. Sentía bajo los dedos de la mano

derecha la tela rugosa del asiento. El cielo estaba casi blanco con

algunas nubes dispersas. Era la hora en que había oído esa palabra,

y estaba, dicha para siempre. Como en aquella caja vieja donde de

chico guardaba su tesoro, daba de lado esa palabra. Un día, quizá

dentro de muchos años, volvería a encontrarla intacta, demasiado

frágil para que el tiempo pudiera tocarla.

   —No es que usted sea indiscreto —dijo—. Pero hay cosas que

cuando uno trata de contarlas parecen tan increíbles, tan ridiculas...

   —No, yo comprenderé.

   —Se burlará de mí y sobre todo lo usará como arma para

probarme que mi decisión es una locura.

   —Bueno, demuéstreme que no tiene miedo, que su vocación es

bastante fuerte como para someterse a una prueba.

   —Evidentemente, mi partido estaba tomado a pesar mío desde

hacía tiempo, de manera que para decidirme bastó un empu-                      

joncito. Usted va a reírse. Mis padres me obligaban, justamente para

luchar contra mi vocación, a ir a fiestas y reuniones.

   Mirbel se echó a reír.

   —¡Ah, eso tiene gracia! ¡Qué idea brillante tuvieron sus padres!

He conocido esas reuniones "que dan los burgueses para casar a

sus hijas". Si hay un lugar desde donde he podido desear entrar

en la Trapa...

   —¿Ah, sí? —dijo Xavier.

   —¡ Ah, la, la! Toda esa juventud con granos, y la pobre chica que

golpea un piano, y el calor, y el champaña demasiado dulce, y el olor

de las axilas... Si a uno le gustan las fiestas, para eso está la

sociedad, ¿no es cierto? En fin, la verdadera. Yo, naturalmente,

vomito encima.

   Vomitaba, pero formaba parte, pertenecía a ella.

   —Seguramente yo era el más ridículo de todos —dijo Xavier—.

Bailo mal, no sé comportarme. Ignoro lo que hay que decirle a una

muchacha. En un baile, por supuesto. Porque tenía amigas, sí.

Hasta puedo confesarle que tenía una amiga.

   —¿Por qué no? —interrumpió Mirbel.

   —Pero en esos bailes... Había encontrado como solución estar

siempre con la misma muchacha, a la que sacaban poco a bailar,

aunque fuera muy simpática..., pero un poquito débil. Era la menor

de una familia numerosa donde había un solo varón y una cantidad

de mujeres. Ésta se contentaba con tenerme a mí, a falta de algo

mejor.

   —¿Le gustaba?

   —¡Por supuesto que no! En fin, no como usted lo entiende..., ni

de ninguna otra manera, por otra parte. Era para no estar solo, para

no quedarme siempre contra los marcos de las puertas.                            

   —Pero usted, que es escrupuloso, debió de temer que se

enamorara.

   —No, un muchacho no se equivoca en ese punto. Ni siquiera un

muchacho como yo. Yo sabía que no le gustaba, que sólo le impedía

hacer un mal papel en el baile. Pero había un inconveniente en el

que no había pensado: un día, Jacques..., es mi hermano mayor...

   —Sí, lo conozco. ¿Le gusta su hermano? ¿Lo quiere?

   —¡ Por supuesto! Uno siempre quiere a su hermano.

   —Entre nosotros es convencional, pretencioso, snob y aburrido...

Siempre parece como si llevara traje nuevo.

   Xavier hubiera querido enojarse, sentirse ofendido.

   —No, no es justo. Me lastima. Usted lo juzga por las apariencias.

Vale mucho, se lo juro. Es muy apreciado. Desde que trabaja con

nuestro padre ha levantado el estudio. Soy yo el insignificante de la

familia.

   —i Ah!, así son las familias. Su hermano es el gran hombre, ¿eh?

Y toda esa luz que viene de usted ni siquiera la ven.

   Xavier se debatía, protestaba:

   —Usted se burla de mí; es verdad que no soy sino un pobre tipo.

Éste es, a menudo, la parte de Dios en las familias, la que no puede

servir para ninguna otra cosa.

   —¿Qué tiene que ver en esta historia el idiota de su hermano?

   —Él me advirtió (¡usted se va a reír!) que la familia de la

muchacha se había fijado en mí. Después de todo tengo veintidós

años. Jacques hasta había oído decir que el hermano quería

obligarme, declarar que me consideraba como comprometido... Creí

que se burlaba de mí, que no era en serio. Sin embargo, en la

primera reunión que siguió me mantuve apartado. Fue lo que los

inquietó, lo que debió de darles la idea de intentar el golpe sin más

demora. Como me había decidido a invitar a la joven una vez, para                     

no ser descortés, y cuando íbamos a sentarnos en un saloncito, veo

al hermano que surge de pronto...

   —¿No se trata por casualidad de los Globert? Esto se les parece

tanto...

   Xavier juró que no se trataba de ellos.

   —Por lo tanto, el hermano vino a sentarse entre nosotros con aire

enternecido. Tomó nuestras manos y quiso unirlas pronunciando

palabras confusas, pero cuyo sentido no se me escapó. Me

desprendí bruscamente, protesté que había un error y advertí con

terror que el hermano parecía querer llevarlo a mayores. "Ah,

permítame —decía él—, a quien no comprendo es a usted. Sería

demasiado sencillo comprometer a una chica..." Naturalmente, la

joven en cuestión se había apartado un poco.

   Mirbel estalló:

   —¡Oh, ahora estoy seguro de que es Jules Globert!         Supongo

que no lo asustó a usted...

   Xavier confesó que había tenido miedo, no del muchacho, sino de

la trampa tendida, aunque estuviera seguro de no dejarse atrapar.

   —En todo caso, no es el miedo el que me hizo decirle de pronto

estas palabras increíbles, que a mí mismo me dejaron estupefacto :

"Estaría encantado, nada podría gustarme más..., pero en octubre

ingreso en el Seminario".

   —¿Les dijo eso? ¡Es maravilloso! Mirbel recalcaba la primera

sílaba de maravilloso. Reía juvenilmente, a carcajadas.

   —¿ Y volvió al baile ?

   —No, aproveché el estupor que les había causado para

precipitarme a la escalera, tomar mi abrigo...

   Mirbel ya no reía. Había acercado su rostro, mantenía a Xavier

bajo su mirada como para hipnotizarlo.

   —¡ Mi pobre criatura! ¡ Vea sobre lo que está jugando su vida!                        

   Xavier contestó con tono tranquilo:

   —¿No lo cree seriamente? Lo más extraño de la historia es que

en el mismo momento en que pronuncié esas palabras cómicas

descubrí que ellas me informaban a mí mismo de lo que hasta

entonces había fingido ignorar. Era verdad que iba a ingresar en el

Seminario y que no había para mí otro camino en este mundo. Esa

muchacha se había cruzado por mi ruta para obligarme a decir en

voz alta ante testigos: "Voy en octubre al Seminario".

   —Sí —interrumpió Mirbel (pero ya su risa no tenía el mismo

sonido)—, la chica de Globert no tenía otra razón de estar en el

mundo que la de suscitar una réplica en el drama cuyo héroe era

Xavier. Xavier, cuyo destino interesa a la tierra, al cielo y a los

infiernos. Después de eso no le queda más que reventar a la infeliz.

   —Usted no me comprende —protestó débilmente Xavier.

   Pero Mirbel, con voz sorda y casi furiosa, atacaba de pronto:

   —Ustedes los cristianos me horrorizan, o más bien me

horrorizarían si no me pareciera sobre todo grotesca la obsesión que

tienen de contarse entre el pequeño número de los que no están

condenados a la desesperación eterna. Me pregunto si hay algo más

innoble en el mundo que el estado de ánimo de Pascal, que se

embriaga con esa gota de sangre derramada para él sólito.

   —Justamente por eso quiero ser sacerdote —dijo Xavier—, para

estar del lado de los pecadores, para consagrarme a ellos,

entregado, salvado con ellos, perdido con ellos...

   Pero Mirbel no cejaba y hasta elevó el tono.

   —No, usted es igual a los demás, ve todo en función suya. Y a mí

—preguntó bruscamente—, ¿por qué me encontró? ¿De qué va a

servirle nuestro encuentro?

   —A mí, no sé..., pero a usted quizás, a ustedes dos...                      

   —¿A nosotros dos? ¿Qué quiere decir? De pronto hablaba con

sequedad y cobraba distancia. Xavier balbució:

   —Ustedes son dos. Los he visto hace un rato en la estación.

Comprendí...

   —¡No!, pero ¿en qué se mete? Si se imagina que le voy a

permitir que meta la nariz entre mi mujer y yo...

   —Oh, por supuesto puede prohibírmelo. En ese momento un

camarero del vagón restaurante pasaba por el pasillo, anunciando el

primer servicio. Jean de Mirbel se alejó sin despedirse; Xavier, con

un gesto habitual, juntó las manos sobre el rostro, atento a la carrera

brutal y ruidosa del tren; luego miró el crepúsculo sobre los campos

desnudos donde ardía la hojarasca; el aledaño de los bosques se

llenaba de noche. Sobre el camino angosto que corría a lo largo de

la vía, un hombre empujaba su bicicleta con la mano y caminaba

junto a una muchacha. Xavier recordó que no tenía reserva para el

vagón restaurante. Sin embargo, a lo mejor todavía encontraba un

lugar en la misma mesa que Mirbel... No, el único lugar que quedaba

libre sólo le permitía entreverlo al otro extremo del vagón. Una pareja

sentada frente a él, y ya ocupada en alimentarse, cerraba su

horizonte: un hombre muy fuerte, de esa especie que parece creada

por el comercio con la hacienda: moreno, con vello negro y brillante

sobre el dorso de las manos y hasta sobre las anchas falanges. La

compañera mostraba sin vergüenza, en una sonrisa que no

terminaba nunca, las encías arrasadas. Xavier descubrió que la

pareja no estaba tranquilizada por la costumbre: aquellos monstruos

parecían pegados el uno al otro, la atmósfera de su dormitorio los

envolvía aún. De golpe pensó que los dos seres también tenían alma

que él debía amar. Y mirando a Mirbel se burló de sí mismo, de ese

equívoco que creaba entre las almas y los rostros, de esa vocación

que se atribuía, pero que sólo se despertaba ante los seres jóvenes.                    

Se esforzó por considerar a esa pareja instalada frente a él y se dijo

que después de todo no le costaría ningún trabajo llegar a quererlos,

sobre todo a la mujer, cuyas manos mal cuidadas revelaban trabajos

serviles. Se tranquilizó: también se daría a éstos cuando le fueran

enviados. A éstos, sobre todo, al hombre bovino y a su Eva

desdentada, cuyo aliento hubiera podido adivinar. Con los demás

sería prudente no tener más lazo que la oración y el sacrificio. La

media botella de Listrac que Xavier acababa de beber lo mantenía

en esa leve excitación en que todo pensamiento se convierte en

imagen.

   Se decía que por esa señal reconocería que una criatura era

peligrosa para él y debía evitarse: Cada vez que tuviera la

certidumbre de que alguien había desembarcado en su isla,

penetrado en su desierto, debía huir, pues el desierto era su parte en

este mundo, era su cruz no sentirse ya solo, eso sería para él bajar

de la cruz. Mañana a la noche estaría en su celda. Se habría

acabado para siempre. Tenía veintidós años. Toda su vida estaba

ante él, y en ella no habría nadie hasta su último suspiro : ni una

mujer, ni un amigo, sino únicamente almas. ¿Era posible? ¿Tendría

la fuerza necesaria? Si ese tren que atravesaba las estaciones en

una especie de algazara y de locura se saliera de los rieles, si Xavier

surgiera de pronto en la luz de la paz... Tuvo miedo de desear tanto

la muerte. Qué extraño resultaba ser la presa de esa tentación en el

vagón restaurante, en medio de aquella hacienda humana que bebía

y fumaba. Todos iban hacia sus vidas, sus negocios, sus amores. Él

también iba hacia su amor, un amor que no se ve ni se toca ni se

posee. Y era un joven macho de veintidós años; y sólo se

diferenciaba de aquellos a quienes le había sido dado acercarse y

conocerlos por su corazón insaciable y por esa hambre de querer, de

sufrir y de morir que no había encontrado en ninguna otra criatura.                        

En el fondo, eso era su soledad. No era él quien existía, sino los

seres hacia los cuales se sentía perpetuamente como impulsado,

para darles su vida. Lo que acababa de ocurrir entre aquel extraño y

él se renovaría indefinidamente hasta cuando estuviera marcado por

el signo sacerdotal. Hasta la agonía, hasta esa última soledad. Le

dieron la vuelta. La pareja de enfrente había desaparecido. Mirbel ya

no estaba. Al salir debió de rozar la mesa de Xavier, que se

sorprendió de no haberse dado cuenta. Durante su ausencia el

compartimiento había sido invadido por dos hombres, uno de los

cuales, muy anciano, dormía con la mandíbula inferior caída. Mirbel

había buscado refugio en el pasillo. Estaba apoyado en la barra de

cobre, y su frente casi tocaba el vidrio. Xavier se apoyó también,

pero ante otra ventanilla, decidido a no hacer un ademán, a no decir

una palabra que pudiera restablecer el contacto entre ellos. Fue

Mirbel quien se acercó y le ofreció un cigarrillo. Encendió el suyo, y

esta vez sus codos se tocaron.

   —No me guarde rencor —dijo.

   —¿Por qué voy a guardarle rencor?

   —Era natural que me hablara de mi mujer... No puedo soportar

que me hablen de ella.

   —No volveré a hacerlo —se disculpó Xavier.

   —Usted no es lo mismo, tiene derecho.

   Xavier se sintió dichoso. ¿Qué es un sacerdote sino aquel que

tiene el derecho, el deber de poder leer en las almas, de escuchar

sus confidencias, pero sobre todo de adivinar lo que ellas ignoran de

sí mismas?

   —Lo que ella significó para mí cuando yo era todavía un niño es

inimaginable...

   —Lo que es todavía, siempre...

   —Sí, por supuesto, nada puede impedir...                   

   Los árboles confusos en el cielo frío, las casas con una sola

lámpara, el espacio de un segundo entregaba a los viajeros la vida

oculta; todo un universo semidevorado por las tinieblas huía detrás

del cristal.

   —Tendría que hablarle de ella. Pero no esta noche, o por lo

menos no en seguida... ¿Qué piensa hacer esta noche?

   Xavier declaró firmemente:

   —Nos diremos adiós en la estación.

   —¿ Qué va a hacer tan solo ?

   —No sé. Caminar por las calles...

   —No, no lo abandonaré.

   Xavier no contestaba. Se ablandaba ante esa vida extenuante de

rechazo. Toda su juventud ante él, durante la cual tendría que

sacudir la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda.

Decir que no, siempre no, no a todo lo que no seáis vos, Dios mío.

   —No, lo agradezco, pero tengo que estar solo.

   Mirbel se acercó aún más.

   —Es una lástima —dijo en voz baja—. Quizás usted hubiera

podido arreglar las cosas.

   Xavier protestó violentamente:

   —¿Con su mujer? ¿Por qué yo? No la conozco. Tampoco lo

conozco a usted.

   Agregó casi en voz baja: "Déjeme tranquilo". Pero el otro insistía:

   —Ha olvidado lo que me decía hace un rato sobre lo que significa

para usted un solo encuentro.

   —No todos son buscados por Dios.

   Xavier se había alejado un poco y hablaba, la frente contra el

cristal. Jean de Mirbel reía:

   —¿Está empezando a creer que le he sido enviado por otro?

Confiéselo, ¡me cree el diablo! —y como Xavier se encogiera de                      

hombros—. ¡ Vamos! —agregó—. Otro cristiano más que ríe cuando

le hablan del diablo.

   —No digo que no exista. Solamente...

   —¿Solamente qué? Si el diablo es un invento, también lo es todo

lo demás, confiéselo.

   —Pero si existe, todo lo demás existe.

   —Bien sabe que no existe.

   —Lo que sé —dijo Xavier después de un silencio— es que a

menudo nos sirve de pretexto para apartar a algunas personas de

nuestro camino, a las malas compañías que nuestros directores

consideran como un deber evitar.

   —¿Yo, por ejemplo?

   Mirbel se había acercado. Xavier, más bajo, tuvo que alzar un

poco la cabeza.

    —¿ Cree que es el demonio quien me pone en su camino?

   Xavier contestó apartándose:

   —Usted está aquí, es todo lo que sé. No sé lo que Dios espera

de mí respecto a usted. Lo importante es ver con claridad. ¡ Ah!, no

es fácil. Casi siempre el verdadero camino está del lado que más

nos cuesta seguir.

   —Casi siempre..., ¿pero no siempre? Usted puede equivocarse

tomando el partido que más lo mortifica. Por ejemplo, esta noche

tiene ganas de seguirme, pero ¡quién sabe si su Dios no quiere que

me siga!

   —No lo seguiré —dijo Xavier.

   —Entonces es porque va a quitarle a Michele su última

oportunidad.

   —¿Michéle?

   —Sí, se llama Michéle.                   

   Xavier alzó los ojos hacia el rostro inclinado sobre él, luego lo

apartó de nuevo como abrumado por una fatiga desesperada, la que

sentimos en una excursión al alba en la montaña; entonces un terror

se apodera de nosotros ante la idea de todo lo que tenemos por

delante: todavía no hay nada hecho de lo que hemos resuelto llevar

a cabo, y ya estamos cansados. Creía tener su máscara bien puesta

aquel Mirbel. Pero Xavier descifraba sobre su faz inclinada la astucia

de la criatura que se sabe capaz de apartar en su provecho cualquier

vocación, aun la más alta. Y sin embargo Xavier no pudo dejar de

repetir el nombre: Michéle.

   —¿Por qué la abandonó? ¿Dónde está esta noche? ¿Por qué ha

dejado de quererla?

   —A usted se lo diré, sí, se lo diré... Pero hace falta un poco de

tiempo.

   Sin disminuir la marcha, el tren atravesaba una estación del gran

suburbio.

   —Ha de ser Juvisy —dijo Xavier—. Ya es demasiado tarde para

que me lo diga —agregó a media voz.

   —¿Por qué demasiado tarde? Tenemos toda la noche. Es como

decir toda una vida...

   —¡No!

   Xavier repitió con fuerza: "¡No!"

   —Rogaré por usted —agregó—. Será lo mismo, será mejor.

   —Estoy tranquilo. Sé que no va a abandonarme.

   El pasillo estaba mal alumbrado, pero las lámparas de las

estaciones atravesadas iluminaban brevemente a Jean de Mirbel.

   ¡ Qué alto parecía!

   Xavier entró en el compartimiento, se sentó junto al hombre que

dormía con la boca abierta, se esforzó por pensar en lo que debía

comprar al día siguiente: un par de zapatos, calcetines de lana. Y los                     

libros de Dom Marmion que no había encontrado en Burdeos. Y

también La vida espiritual y la oración de la abadesa de Solesmes.

El gran cuerpo de Mirbel obstruyó la puerta del compartimiento.

   —Austerlitz. Llegamos dentro de diez minutos.

   Tomó la maleta de Xavier, la llevó con la suya al pasillo y fijó

sobre él una mirada en la que ya no había ni astucia ni burla. Era

como si Xavier, sentado a orillas del mar, hubiera oído sirenas aullar

en la noche, la llamada de un desamparo, cuyo nombre no conocía.

   —¿Ha reservado habitación? —preguntó Mirbel.

   Xavier sacudió la cabeza. Durante las breves estancias en París

se había alojado siempre, como muchas personas de Burdeos, en el

hotel del Palais d'Orsay. Agregó riendo el comentario habitual de su

padre: "Así se economizan dos taxis, el de la llegada y el de la

partida". Mirbel protestó que la atmósfera del Palais d'Orsay era

horrible : ¡esos kilómetros de pasillos! Conocía un hotelito un poco

antiguo, pero bastante confortable, cerca de la Biblioteca Nacional.

   —Lo llevo allí —dijo con autoridad.

   Xavier no buscó pretexto para su negativa. El tren avanzaba

lentamente hacia la estación de Orsay. Estaban de pie en el pasillo

abarrotado de maletas, apretados por la gente, muy cerca el uno del

otro.

   —Yo había creído... —dijo Mirbel—, pero no, va a burlarse de mí.

Va a parecerle que esto no se asemeja en nada a mis burlas de

hace un rato...

   —¿Qué había creído?

   —Que nuestro encuentro no es un azar, usted finge admitirlo; son

cosas que los cristianos de su raza repiten por costumbre. Pero yo,

figúrese que lo creí de veras, porque eso correspondía a una

certidumbre interior, a una evidencia... Imagínese a un hombre a

punto de ahogarse, que, de pronto, ve flotar al alcance de la mano                       

un madero..., o aún mejor, una barca con alguien que rema... Creí

que iba a izarme a bordo...

   Xavier protestó como si tuviera miedo:

   —¡No! ¡No!, pero volveremos a vernos —agregó—, se lo

prometo.

   Mirbel sacudió la cabeza y contestó en voz baja:

   —Esta noche o nunca.

   Los pasajeros, apresurados por bajar, los empujaban en el

pasillo. Mirbel quiso tomar la maleta de Xavier, quien no se lo

permitió. Le hablaba casi al oído:

   —Michéle y yo acabamos de jugarnos con usted nuestra última

oportunidad. Pero es cierto: cómo podía usted adivinar que me

encontró en una frontera que voy a cruzar solo...

   Xavier preguntó: "¿Qué frontera?", pero no esperó la respuesta y,

con irritación:

   —¡ Es demasiado cómodo! Si fuera verdad no lo diría...

   —¿Cree que le he hablado a otros como le hablé a usted?

Michéle no me hubiera dejado ir. De haberlo sospechado, me habría

hecho seguir por alguien... Por otra parte, no se trata de lo que usted

cree: conozco más de una puerta de salida.

   Subían lentamente la escalera metálica. Las maletas chocaban

con sus piernas. Xavier no se volvía, pero sentía la respiración de

Mirbel sobre la nuca.

   —Nunca te pregunté: ¿Qué hicisteis esa noche?

   —Puedo contártela hora por hora: Fuimos al depósito a dejar

nuestro equipaje. Pasamos el puente, atravesamos la Plaza de la

Concordia. Nos sentamos a una mesa en Weber. Allí empecé mi

extorsión.

   —¿Una extorsión? ¿Qué extorsión? ¿El suicidio?

   —¿El suicidio? Sí, al principio..., pero no creyó, entonces le tendí

esta trampa: "Haré cualquier cosa que usted me mande". Y él

contestó en seguida lo que yo esperaba: "Vuelva junto a su muier".

No protesté. Le aseguré que podía contar con mi palabra, con esta

sola condición: él mismo me llevaría a Larjuzon y se quedaría hasta

que me sintiera curado. Se indignó de que pudiera creerlo capaz de

retardar su entrada en el Seminario por una causa tan fútil. Yo me

indigné a mi vez de que se atreviera a decidir mi destino con tanta

ligereza. Se turbó, pues se trataba de ti, en ese momento, Michéle.

Tú sola lo interesabas entonces...

   —No por mucho tiempo.

   Ella reía. Él estuvo a punto de gritar: "No rías", y se apartó de

ella. Pero la mujer volvió a acurrucarse. Jean insistió:

   —Te había visto en el andén. Había comprendido que sufrías. Yo

le interesaba sólo por ti. ¿No lo sabías?

   —Me habló dos o tres veces del traje sastre de brin negro y

blanco que llevaba puesto aquel día. Recuerdo haberle dicho riendo

que tendría que esperar al mes de mayo para ponérmelo de nuevo y

correr el albur de que le gustara otra vez. No recuerdo lo que

contestó... Nada, sin duda. No escuchaba, ni siquiera oía ciertas

cosas.

   —Es que en ese momento habías entrado a tu vez en la zona de

sombra. Un solo ser existía para él, por entero, en cuerpo y alma, y                         

después pasaba a otro, como si hubiera buscado a aquel por quien

debía morir.

   Se interrumpió y suspiró:

   —Michéle, me doy cuenta de pronto, era eso lo que me volvía

celoso hasta la locura: necesitaba esa víctima para mí solo,

¿comprendes? No quería compartirla con nadie. No era demasiado

esa joven vida para rescatar la mía.

   —¡Pero no, qué locura! ¡Qué buscas!

   Escucharon un instante una lluvia débil y suave que quizá no

hubieran oído si el olor de la noche no la hubiera revelado.

   —Ese Xavier, ¡ qué imagen —falsificada de Dios amaba! Ser

todo entero de todos y de cada uno: tú, al principio, luego yo,

después todas las demás personas que encontramos en Larjuzon al

llegar, ¡y hasta ese mocoso! Me sentía capaz de ahogarlo como a un

gatito. ¡ Ah, Dios mío!

   Ella le tomó la cabeza con las manos, repitiendo: "Se acabó, ya

no lo odias, estás curado, se acabó", y con el pañuelo enjugaba el

rostro que no podía ver.

   —No pienses más en Roland. Contéstame, mejor: ¿adonde

fuisteis al salir del Weber? ¿Al hotel?

   —No, no nos acostamos. Fuimos a Montmartre a pie, yo

llevándolo sin cesar hacia ti, a tu destino que dependía de él, que

pendía de su decisión. Él se irritaba, se debatía. Yo sabía que lo

tenía atrapado.

   —¿Durante la noche no os separasteis en ningún momento?

   —Claro que sí, por supuesto. Él entró en el Sagrado Corazón por

una puerta lateral. Había una noche de adoración por no sé qué

cosa. Lo cité en la estación de Orsay media hora antes de la partida

del primer tren para Burdeos. Me juró que no lo encontraría, pero yo

estaba tranquilo.                     

   —¿Por dónde te arrastraste hasta el alba?

   No contestó, se alejó un poco de ella, volvió la cabeza hacia la

pared. La mujer murmuró: "He comprendido". Él dijo con la cabeza

siempre vuelta hacia el otro lado: —Escucha: yo quería probarme a

mí mismo que con otra todo volvía a ser posible. ¿Ahora ya no te

hiere? Ya no existe ninguna razón para que te sientas ofendida...

   La atrajo hacia sí. Era el olor de la lluvia en el cuarto, o el olor de

sus rostros mofados. Eran sus suspiros y sus quejas o el

estremecimiento de las ramas. Unos gatos furiosos maullaron al lado

de los cuartos de la servidumbre.

   Ella dijo en voz baja: "Pienso en su pobre cuerpo en este

momento". Él no contesto. La mujer preguntó:

   —Cuando lo encontraste por la mañana en la estación, ¿qué

hicisteis?

   —Fui a telefonear a Larjuzon. No contestaste tú, sino Dominique.

Así me enteré de que no estabas sola aquí, que nos esperaba un

montón de gente. ¡Qué idea haber invitado a Brigitte Pian!

   —Por primera vez prefería cualquier presencia, aun odiosa.

   —Oculté esa presencia a Xavier por temor a que le sirviera de

pretexto para no venir.

   —¿No se oponía?

   —No, acababa de escribir sobre la mesa de un café dos cartas,

al superior del Seminario y a su director espiritual, para advertirles

que a último momento se echaba atrás. Creo que no les daba

ninguna razón, salvo el deseo de reflexionar un poco más. Sabía

que todo había terminado. Me lo dijo en el tren como si se tratara de

la cosa más sencilla.

   —¿Qué te dijo? Recuerda las palabras que empleó.

   —Esto, sencillamente: "Que todo iba a terminar para él". Ella

preguntó:                   

   —¿Crees que sabía de antemano...? —Callaron un instante.

Michéle agregó—: Recuerdo la noche en que llegasteis, después de

haber dado una vuelta por el parque, cuando entramos en el salón,

él estaba de pie frente a Brigitte inmóvil, vieja parca tallada en

piedra, como sueles decir. Y él semejante a un cordero, con las

patas atadas.



                                     II




   —Haria mejor en irse a dormir, señor, sin esperar el regreso de su

amigo. Cuando su mujer y él dan una vuelta por el parque para

explicarse, como dicen, créame que puede durar horas.

   Xavier estaba de pie en medio del cuarto, como fascinado por los

anteojos negros de Brigitte Pian. En aquella semitiniebla sólo podían

servir para disimular la mirada. El gran rostro fofo y pálido, bajo unos

mechones blancos amarillentos que hinchaban un crespón, lo

intrigaba menos, sin embargo, que la muchacha un poco apartada,

en el sofá, que le mostraba a un chico endeble las imágenes de un

gran libro cuya encuademación dorada brillaba. La señora Pian le

había dicho a Xavier señalándola: "Mi secretaria..." Pero ¿quién era

el niño?

   Los acontecimientos nunca adquieren el ritmo previsto. Xavier no

había dudado de que en Larjuzon encontraría a Michéle sola. Y he

aquí que había invitado a la vieja Brigitte Pian, la segunda mujer de

su padre, a quien había aborrecido siendo niña, según aseguraba

Mirbel. Eran las diez de la noche cuando el auto alquilado en

Burdeos había dejado a los viajeros en el umbral. En un escritorio, a

la derecha de la entrada, tronaba la vieja Pian, con las manos

deformadas descansando sobre el estómago y, detrás de ella, esa

muchacha y ese chico. Una mueca que debía de ser una sonrisa le

torció la boca cuando Mirbel le presentó a Xavier:

   —¿Usted es el hijo de Emma Dartigelongue? La conozco mucho:

nos encontramos siempre en el comité de Damas de la Caridad.                          

   Michéle, después de un breve saludo a Xavier (sin tenderle la

mano), había arrastrado a su marido al vestíbulo. Susurraron. Mirbel

alzó la voz para preguntar en tono enfurecido:

   —¿Por qué Roland está aquí? Te dije que no quería verlo más.

   —Como si no fueras tú quien...

   El ruido de sus pasos sobre la grava del sendero cubrió las

últimas réplicas. Xavier sólo oyó el crujido de las páginas que la

joven volvía y al chico que respiraba ruidosamente. Ella le dijo:

"¿Quieres sonarte?" Xavier reconoció de lejos las imágenes de

Alphonse de Neuville: era la Historia de Francia contada a mis

nietos.

   —Preferiría esperar a que vuelvan...

   —No, créame, señor, temo que no se dé cuenta, pero si

conociera a Michéle... La posición de usted es delicada, es lo menos

que puede decirse. Será más juicioso que se vaya a su cuarto, Jean

irá a verlo dentro de un rato. No me parece prudente que se enfrente

con Michéle esta misma noche: déme tiempo para prepararla. Pero

primeramente debemos tener usted y yo una conversación seria.

Cada cosa a su tiempo —agregó con aire goloso, como una persona

hambrienta resuelta a cuidar el alimento del que acaban de

proveerla. Después de un silencio agregó—: Creo que mañana

mismo tendré que escribirle a su madre: se sentirá tranquila de

saberlo aquí, bajo mi ala.

   Sí, no cabía duda, aquella mueca le servía de sonrisa. Tenía esa

voz de hombre que a veces adquieren las ancianas junto con la

barba y el bigote. La joven, con la frente siempre inclinada sobre el

libro, detuvo un instante en Xavier la mirada de color de pizarra. El

chico se aferraba a ella, le apretaba el brazo: "Vuelva la página,

señorita. .."

   —Deja a la señorita en paz —dijo Brigitte Pian—. Le va a mostrar

su cuarto al señor Dartigelongue. Sí, el cuarto verde. Supongo que la

cama tiene sábanas.

   Xavier oyó por primera vez a la joven:

   —No es mi obligación. No había alzado la cabeza del libro: Brí—

gitte Pian la aprobó:

   —¡ No, por supuesto!, pero he oído subir a Octavie: debe de

haber ido a acostarse. Se lo pido como un favor. Supongo, por otra

parte, que Michéle habrá preparado todo. Y como tiene que acostar

a Roland, puesto que no se atreve a subir solo...

   El niño se apretó contra la joven, que se había levantado. Frotaba

la cara contra la falda. Ella le dijo:

   —Un chico tan mayorcito. ¡A los diez años! ¿No te da vergüenza?

   Lo tomó del brazo y se dirigió a la puerta. La señora de Pian le

hizo señas a Xavier de que la siguiera. Él se inclinó ante la anciana,

ella tampoco le tendió la mano. La lámpara colocada sobre una

consola del vestíbulo sólo iluminaba los primeros peldaños. Xavier

pareció vacilar, volvió sobre sus pasos, empujó la puerta del

escritorio. La señora de Pian continuaba inmóvil en su sillón,

enmascarada con sus vidrios negros, enorme ave nocturna sobre

una rama muerta.

   —¿Ha olvidado algo?

   —No... Quería saber... Vaciló; luego muy rápido:

   —¿Quién es ese chico?

   —¿Roland? Oh, no es el hijo de nadie de aquí. Se lo preguntará

a Jean cuando lo vea. Le advierto que es un tema de conversación

que le gustará poco. Después de un silencio, preguntó:

   —¿Le interesan los niños?

   Él ya no podía soportar el aspecto de aquella boca, de aquellos

ojos de falsa ciega. Volvió al vestíbulo. La joven no lo había                          

esperado, pero oyó que alguien caminaba en el último piso.

Comenzó a subir la escalera. A medida que disminuía el resplandor

de la lámpara colocada sobre la consola, entraba en un claro de luna

difuso que caía desde la claraboya del techo. Ella lo acechaba en el

último peldaño, con un candelero encendido en la mano y el chico

apretado contra ella. Dijo:

   —Por aquí...

   Lo precedió en un cuarto con olor a humedad.

   No había sábanas en la cama.

   —Voy a buscar sábanas y toallas. Espero que esté puesta la llave

del armario de ropa blanca.

   Dejó el candelero, y Xavier quedó solo. Oyó que el chico

susurraba y reía detrás de la puerta. Se alejaron. Debía de hacer

mucho tiempo que el cuarto no era habitado. El empapelado de la

pared tenía muchos desgarrones. Una de las cortinas estaba

agujereada, pero la llama de la vela hacía relucir los picaportes de

bronce y la marquetería de una cómoda ventruda. Xavier imaginó lo

que habría dicho su madre: "La sala está amueblada con horrores,

pero en el cuarto de huéspedes hay maravillas". Se acercó al lecho

sin sábanas: era de los colchones de donde venía aquel olor a ratón

muerto. La mesa de noche, entreabierta, tenía también un aliento.

Fue hasta la ventana, no logró apartar las cortinas cuyo cordón

estaba roto. Sin embargo la abrió. El viento de la noche a través de

las persianas cerradas inclinó la llama de la lámpara. Xavier se

arrodilló, apoyando la cabeza contra la caoba de la cama.

   En ese momento empezó a sufrir con un sufrimiento que venía de

infinitamente más lejos que su desazón y que la soledad de esa

casa enemiga, un sufrimiento que ya conocía por haberlo sentido

varias veces en circunstancias muy precisas, que todavía recordaba.

¿De qué estaba hecho? No hubiera podido decirlo. Aquella noche                         

sin embargo, tenía un rostro y hasta dos rostros : la joven, el chico.

Él sobre todo. ¿Qué idea se hacía de Xavier la joven? Se estremeció

pensando en lo que quizá creyera. No volvía: el armario de ropa

blanca debía de estar cerrado con llave... ¿Había ido a acostar a

Roland? Mirbel terminaría por inquietarse. Alguien debía venir. Por el

momento, imposible escapar de aquellas paredes leprosas, del olor

a humedad, de los viejos colchones, de la alfombra que sus rodillas

tocaban y cuya trama veía de muy cerca. Le resultaba tan difícil

escapar de la casa, del cuarto, como a un condenado de su

calabozo. Llamó, lanzó un grito, un grito interior, pues sus labios no

se movieron. Entonces hubo como un cortocircuito: la corriente de

horrible sufrimiento se quebró. Dejó de moverse. Una mariposa

nocturna titubeaba sobre el mármol de la cómoda. El viento

hinchaba bruscamente las cortinas que luego volvían a caer. La

mariposa nocturna se había posado en algún lado. El papel

desgarrado dé la pared hacía ruido cuando algún soplo lo movía.

   —¿Le ocurre a menudo?

   Xavier abrió los ojos. Estaba en el suelo, de bruces; su boca

había dejado un rastro de saliva. La joven lo miraba, inclinada, como

a un perro. Apretaba contra ella un par de sábanas. Él se puso de

pie.

   —¿Está enfermo? ¿No? Sacudió la cabeza.

   —Los epilépticos, sabe... que no cuenten conmigo. Él dijo:

   —No es lo que usted cree —se enjugó la frente—. ¿No ve que no

estoy enfermo?

   —Entonces, ¿qué hacía? ¿Sabía que yo estaba aquí? Vamos —

agregó bruscamente—, en vez de quedarse allí de brazos caídos,

ayúdeme a hacer la cama. No, decididamente es mejor que no se

meta —agregó—, lo haré más rápido sola. Vaya a sentarse, va a

volver a caerse.                     

   Él obedeció y se quedó un instante inmóvil en una silla.

Observaba a la joven que se ajetreaba alrededor de la cama. De

pronto preguntó:

   —¿Quién es ese chico?

   —¿Roland? Un chico del Asilo que tuvieron la fantasía de sacar y

que ahora los tiene hartos. Pero la señora quería un niño.

   —¿Lo han adoptado?

   —No, lo tomaron a prueba. Pero ya no les gusta. Era monísimo

hace seis meses y después tuvo disentería. Ahora su amigo lo

aborrece. Por otra parte, nunca lo quiso. Por supuesto que es mejor

hacer sus hijos uno mismo... ¡ cuando se puede!

   Golpeó la almohada con la palma de la mano:

   —Supongo que es solamente con su mujer con quien no puede...

   De pronto tenía una expresión de matrona.

   Él dijo:

   —Me pregunto... —luego se interrumpió. Ni ese aire que ella

afectaba ni esas palabras vulgares se le parecían. Tenía ganas de

interrumpirla, de gritarle: "Representa mal". Sabía quién era ella.

Leía dentro de esa desconocida, la descifraba; eso le era dado, y él

no se asombraba, a tal punto estaba acostumbrado. ¡ Qué rostro

tenía! Él mismo descubría el suyo en el espejo sobre la cómoda,

encantador y pálido, no tal como se le aparecía de costumbre, pero

tal como en ese momento lo veía la joven. ¡ Cómo se gustaban el

uno al otro! Él repitió:

   —Me pregunto...

   —¿ Se pregunta qué?

   —No, se ofendería.

   —¡ Si cree que usted puede ofenderme!

   —Sé quién es Brigitte Pian..., desde hace años que oigo hablar

de ella en mi casa. ¡ Esa madre de la Iglesia, como la llaman! Me                           

extraña que haya elegido una secretaria como usted, en lugar de

una hija de María... ¿Le causa gracia?

   —Me causa gracia que ya tenga una idea hecha sobre mí.

¿Quién le dice que no soy hija de Maria?

   —No —protestó—, usted no es una hipócrita.

   Ella preguntó:

   —¿Por qué iba a serlo?

   —Lo sería si fuera una hija de María.

   —¿Cómo lo sabe? Él dijo:

   —Lo veo...

   Ella lo miró con la boca entreabierta:

   —¡Ah, bueno!... —Luego se encogió de hombros—: Se está

burlando de mí. Él dijo:

   —Usted cree que Dios está lejos de usted, pero está aquí, muy

cerca.

   —¿Dios? ¡ Es Brigitte Pian!

   Reía y lo desafiaba. Él rió a su vez.

   —En ese Dios tiene razón de no creer: no existe.

   Ella continuó sentada en el borde de la cama, apartando la cara.

Vacilaba, buscaba las palabras.

   —No me gustaría que se imaginara que una muchacha que no

cree en nada es a la fuerza...

   Lo miró de golpe a los ojos: —¡ Nunca he sido de nadie, sabe! No

soy de nadie...

   La interrumpió con violencia:

   —¡ Está loca! Como si hubiera podido creer esa horrible cosa.

   —¿Por qué horrible?

   —Horrible para mí.                         

  Ella sonrió. Acariciaba la almohada con ademán distraído. Tenía

las piernas cruzadas. Agitaba un pie un poco grande, calzado con

una sandalia azul. Dijo:

   —Después de todo, usted es un muchacho como cualquier otro.

Él murmuró:

   —Por supuesto —y enrojeció hasta las orejas.

   Nunca ante una chica había sentido tal desborde de alegría.

   Un muchacho como cualquier otro. "¿Y si fuera por ella por lo que

estoy aquí, Dios mío?" ¿Si por ella había caminado hasta aquel

cuarto? Hacia la dicha, hacia esa dicha. Preguntó de pronto:

   —¿Cómo se llama?

   —Dominique. Soy profesora en la escuela de la parroquia Saint

Paul de Burdeos. Es una colocación que le debo a la señora de

Pian. No tengo más que un hermano menor que está a mi cargo.

Entonces, comprende. ..

   Él repitió:

   —Dominique.

   Ella le dijo en voz baja:

   —Venga a sentarse a mi lado. ¿De qué tiene miedo? Dijo:

   —No tengo miedo —y avanzó con paso tímido.

   La muchacha lo miraba sin osadía. La boca, encantadora,

entreabierta, dejaba ver unos dientes que hubieran podido ser

todavía dientes de leche. Ella respiraba agitadamente. No, no estaba

mal. "No, Dios mío, no está mal. He merecido este descanso, este

consuelo que les toca a todos los hombres, a los más desprovistos,

a los más pobres." Se acercaba a ella, que había apartado los ojos

para no intimidarlo y esperaba inmóvil, transformada en estatua,

como si al menor movimiento de pestañas corriera el riesgo de

espantar al machito. Él dio un paso más.                          

   Entonces se oyeron murmullos en la escalera. Jean de Mirbel

entró sin golpear y dejó la puerta abierta. Xavier entrevio a Michéle,

que permanecía en el umbral a oscuras.

   Mirbel interpeló a Dominique:

   —¿ Por qué está usted aquí?

   —Había venido a hacer la cama..., estábamos conversando —

agregó. Se dirigió a Xavier:

   —Hay dos toallas sobre la silla. Antes de salir se volvió y le

sonrió:

   —Hasta mañana.

   Mirbel dio algunos pasos por el cuarto. Luego dijo:

   —¿Estaba aquí desde hace tiempo? ¿Te habló de mí? Vamos,

confiesa, te habló de mí.

   Michéle entró y tomó a su marido del brazo.

   —Deja dormir a tu amigo. Mañana por la mañana hablaremos él

y yo. Xavier protestó, con sequedad:

   —Pero, señora, no tenemos nada más que decirnos. Su marido

está de vuelta, por lo tanto puedo irme. ¿Hay un tren por la mañana?

   —No volverás a empezar —dijo Mirbel.

   —¿Verdaderamente          quiere   irse?   —preguntó     Michéle—.

Entonces, ¿por qué lo siguió?

   Jean de Mirbel le sopló casi al oído:

   —No le contestes.

   —Lo traje de vuelta —dijo Xavier—. Ya no tengo nada que hacer

aquí.

   Michéle detuvo un instante sobre él una mirada atenta.

   —Mañana nos explicaremos. Luego se irá o se quedará. Por lo

menos, todo será claro entre nosotros.

   Le tendió la mano.

   —Dejémoslo dormir —le dijo a su marido.

   Mirbel la siguió, luego entreabrió de nuevo la puerta y dijo a

media voz:

   —Era seguro, le gustas. ¿Y tú cómo la encuentras?

   Como Xavier callaba, continuó diciendo en voz baja:

   —Si te gusta te la doy. —Y agregó en seguida—: Estoy

bromeando.

   Y volvió a cerrar la puerta.

   Era el momento en que Dominique entraba en el cuarto de

Brigitte contiguo al suyo. La vieja acababa de llamarla. En el fondo

de la alcoba velaba, sentada. El crespón ya no le sostenía las pocas

serpientes blancas y amarillentas de la cabeza. La boca, hasta el día

siguiente, estaría vacía. Pero liberado de los vidrios negros el gran

rostro surcado había recobrado una expresión humana.

   —Ha estado ausente mucho tiempo, hija mía.

   —Tuve que ir al cuarto de Octavie a buscar la llave del armario

de ropa blanca.

   —¿Conversó con ese muchacho? ¿Qué impresión le hace?

   La joven vaciló. Sonrió en el vacío:

   —Tal vez como esperaba lo peor, me pareció, en fin..., parece un

hombre de veras, después de todo —agregó ruborizándose.

   —¡ Ah, picara! ¡ Ah, bandida! —rugió Brigitte Pian con una

especie de ternura—. Vaya a dormir y no sueñe demasiado con ese

hombre, que es un hombre de veras.

   —Yo sólo dije que lo parecía —protestó Dominique—. No impide

que lo haya sorprendido...

   —¿Cómo lo sorprendió?

   Dominique se mordió el labio inferior.

   —No, no hacía nada extraordinario: rezaba a los pies de la cama.

Sencillamente.                        

—¡No faltaba más que no lo hiciera! Imítelo en ese punto, mi

hijita. Se lo repito : no es necesario tener fe para rezar. Hay que

rezar para tener fe. ¿Me quedan pastillas de goma? ¿Quedan dos?

Es bastante. Déme mi rosario, que está sobre la cómoda. No, no

apague.

   Se quedó sola. El corazón le latía demasiado de prisa. Hacía

setenta y ocho años que latía. El rosario que miraba en el hueco de

su palma no tardaría en encadenarle las dos manos, heladas y

juntas para siempre. Observó las enormes venas. Las ocultó bajo las

sábanas.




                                       III




   —¡Vas ha tener un espléndido desayuno!

   Xavier despertó sobresaltado y vio a Mirbel, en pijama,

esforzándose por abrir las cortinas.

   —¡Malditas cortinas! Paciencia, rompo los cordones.

   Abrió los postigos. Entró un olor a bruma. Dijo que sería un lindo

día, que esa bruma era el buen tiempo. Se sentó al pie de la cama,

con aire feliz.

   —¡Ah, este Xavier! No necesitaste mucho tiempo: están todas

alrededor de la bandeja de tu desayuno. La vieja Pian no quería

darte dulce. ¡ Si hubieras oído protestar a Michéle y a la secretaria!

Transigieron: no tendrás jalea de grosella, sino de ciruela, que hace

dos años se está enmoheciendo. La secretaria se ofreció para

traerte la bandeja, pero a la vieja Pian le pareció que no era correcto.

¿Sabes lo que dijo? Dijo: "No me preguntó a qué hora era la misa.

¡Ahí lo esperaba!" A lo que la secretaria contestó que sólo los jueves

había misa. Pero la vieja replicó que no podías saberlo, y que no te

habías inquietado, y no te otorgó circunstancias atenuantes. En fin,                     

todo eso prueba que se interesan por ti, que te ha bastado aparecer.

Yo estaba seguro, pero no creía sin embargo que las tendrías en un

puño tan pronto.

    Michéle, que anoche se desató mientras dábamos la vuelta al

parque —no te repetiré todo lo que insinuó contra nosotros dos...—

bueno, ya está aplacada. Puedes mucho, ¿sabes?

    Su hermosa mirada se había velado de nuevo. Con un

movimiento de cabeza de colegial apartó el mechón rojizo; estaba

tranquilo y hablaba sin fiebre.

    —Sí, ella también te necesita... ¿En qué piensas?

    —Pensaba en ese chico —dijo Xavier—, en Roland. .

    —¡Ah, no!, ¡no te preocupe ese chiquilín atroz!

    Mirbel agregó, tratando de dominarse:

    —Si no te lo mencioné es porque no creí encontrarlo aquí.

Michéle es muy novelera: hace seis meses necesitaba, costare lo

que costare, un chico en la casa; si yo la hubiera dejado, habríamos

adoptado éste sin esperar más. Hoy está muy contenta de que me

haya resistido... Volveremos a llevarlo al sitio de donde lo sacamos.

    —Es imposible —dijo Xavier.

    —¿Por qué te interesas por él? Hay millares de chicos como éste

y ni siquiera piensas en ellos.

    —Es éste el que se encuentra en mi camino, éste y no otro.

    Jean tomó a Xavier por el pelo y le sacudió la cabeza, tratando de

reír:

    —Por mí viniste a Larjuzon, Xavier, no lo olvides. Sólo por mí. Tu

presencia aquí es un asunto que nos pertenece a nosotros dos

exclusivamente.

    Aguardó. Xavier permanecía con la cabeza como muerta echada

sobre la almohada. Mirbel insistió:

   —Por supuesto, tendrás que fingir con las mujeres, con las tres

mujeres. Habrás podido darte cuenta anoche de que la vieja adora a

Dominique. Es hasta increíble si se piensa en su naturaleza de

hierro, en la dureza de toda su vida. Y tiene casi ochenta años.

   —Aquí está el desayuno —dijo Xavier. Octavie sólo contestó con

un gruñido. Mirbel dijo:

   —Es una muchacha de aquí, no tiene estilo, pero la vieja Pian te

dirá que trabaja como un caballo. ¿Tomas el desayuno en la cama?

   No, Xavier prefería tomarlo levantado. Le dijo a Mirbel que se

reuniría con ellos fuera.

   —Por lo que comprendo, me echas.

    En cuanto Xavier estuvo listo salió del cuarto, empezó a bajar la

escalera, creyó oír un suspiro, se inclinó y vio sentado en el último

escalón a Mirbel, que lo esperaba. Su corazón no hubiera latido con

más violencia ante un hombre armado de una cachiporra. Volvió a su

cuarto, fue a la ventana. Había todavía un poco de bruma entre las

ramas. La enredadera del muro, que llegaba hasta las persianas,

estaba tan mojada como si hubiera llovido. El sol, nublado, no podía

nada contra el rocío de la noche. Traqueteos, cantos de gallo, el

martillo sobre el yunque de la herrería, ladridos, un largo silbido del

aserradero, ¡oh rumor de la vida bien amada! No había rezado las

oraciones de la mañana, pero no por olvido. No había querido rezar.

Había tenido miedo de rezar. Había retardado ese instante. Y helo

aquí traído a la fuerza ante ese cielo, ante esos pinos cuyos

miembros negros estaban crucificados en el vacío. Ni siquiera tuvo

necesidad de decir: "Dios mío..." Se arrodilló y su frente tocó el

marco de la ventana. Sus ojos, abiertos, no veían el cielo, sino el

zócalo podrido a lo largo del piso.

   Una mano le tocó el hombro. No se movió. Se sintió izado por las

axilas, abrió los ojos sobre el rostro inclinado de Mirbel. Balbució:                           

   —Rezaba mis oraciones y, como siempre, me dejé arrastrar por

la imaginación. Pensaba en no sé qué.

   Mirbel lo observaba sin contestar, sacudiendo levemente la

cabeza. Después de un silencio dijo:

   —Hemos perdido demasiado tiempo: Michele ya está en la

terraza acechándote. Es mejor terminar cuanto antes. Después ven

a buscarme aquí.

   —No —dijo Xavier—, en mi cuarto no. Lo esperaré abajo.

   Pasó ante Mirbel, bajó los peldaños de la escalera de dos en dos,

casi corriendo atravesó el vestíbulo y vio a Michéle en la escalinata.

   —¡Ah!, por fin... Déjanos —dijo dirigiéndose a su marido—.

Daremos una vuelta por el parque y te lo devuelvo.

   —Tienen todo el tiempo que quieran.

   Mirbel los siguió con la mirada. Xavier no sentía ninguna angustia

ante la espera de lo que ella iba a decir, más bien un vago

aburrimiento: que nos expliquemos pronto..., que no haya que volver

sobre esto.

   —¿Qué quería saber de usted? La razón de su presencia aquí, la

que Jean me dio, ¿es la verdadera?

   Él preguntó:

   —¿Qué razón? —con aire displicente. Observaba de lejos a

Roland, de cuclillas e inmóvil al borde de la zanja que cortaba la

pradera.

   —Que usted habría cedido a una extorsión: el mismo Jean

empleó esta palabra. Habría retardado su entrada en el Seminario

porque Jean no quería volver aquí si usted no lo traía...

   —Oh —dijo Xavier—, si no hubiera tenido realmente ganas de

volver... Quizá sea un pretexto que se dio a sí mismo —agregó a la

ligera—. Me imagino que se trataba de una salida falsa...                         

   —Sin embargo, usted a su vez tomó una decisión grave: se le

esperaba en el Seminario. Su ausencia, aunque sea momentánea,

puede tener consecuencias..., al menos me parece.

   Xavier se detuvo, cortó un tallo de menta y lo aplastó entre los

dedos, luego se lo llevó a la nariz. Y observaba a Roland, siempre

inmóvil al borde de la zanja.

   —¿Qué estará mirando? —preguntó.

   —¿Sí o no? —dijo ella, con impaciencia—. ¿La decisión que

usted ha tomado es grave?

   Él sonrió, se encogió de hombros.

   —Quién sabe si no me he sentido feliz yo mismo encontrando un

pretexto...

   —¿Para no entrar en el Seminario? Ella lo examinaba con aire

concentrado.

   —Es una idea que se me ocurre de pronto —agregó—, en ese

momento no tuve conciencia.

   —¿Está contento de haber escapado?

   —preguntó ella, en un tono un poco vulgar—. Oh, es que a su

edad..., sí, entreveo lo que ocurrió: el encuentro con Jean le sirvió de

excusa... ¿Es eso?

   Apenas la escuchaba. La conversación había tenido lugar. Poco

le importaba que hubiera o no una parte de verdad en lo que ella

acababa de decir.

   —Creo ser una buena católica —insistía—. Sin embargo,

confieso que siempre me ha asombrado...

   Él sacudió la cabeza como para espantar una mosca.

   —Discúlpeme, pero quisiera saber qué es lo que el chico está

mirando. Vuelvo en seguida.

   Michéle se quedó pasmada en medio del sendero, siguiendo con

la mirada al muchacho que corría por la pradera. No había soltado el

tallo de menta. Bajo sus pasos surgían langostas que volvían a

posarse un poco más lejos. El olor a pasto mojado le gustaba desde

la infancia. Roland no se movía, aunque lo había oído llegar, y

continuaba en cuclillas.

   —¿Qué está mirando?

   —Los renacuajos.

   Ni siquiera había alzado la cabeza. Xavier se sentó en cuclillas

junto a él.

   —Los estoy observando desde anteayer. Todavía no son ranas.

Me gustaría ver cuándo cambian.

   ¡ Qué delgada era su nuca! ¿Cómo podía aquel cuello soportar la

cabeza? Ya tenía grandes rodillas. Xavier le preguntó si los animales

le interesaban. El chico no contestó. Quizá considerara que era

evidente o acaso cedía a una pereza mental: no tenía ganas de

hablar con aquel desconocido.

   —Tengo un libro sobre animales, lo mandaré cuando haya vuelto

a casa.

   —¿Hay figuras? Sí, había figuras.

   —Pero no hay que mandarlo aquí. No me quedaré mucho

tiempo.

   Dijo eso en tono indiferente. Xavier le preguntó si no se

encontraba a gusto en Larjuzon: él no pareció comprender la

pregunta. Sobre la rama de un saúco, al alcance de la mano, se

había posado una libélula azul y roja. Acercó la mano, cerró

bruscamente el pulgar y el índice, tomó las dos alas estremecidas.

Dijo:

   —La tengo.

   Después, con una brizna de pasto recorrió el corselete de la

libélula.

   —Tiene pinzas en la punta de la cola. Pero no me puedes

agarrar, chiquita.

   —Adonde va a ir, ¿también habrá animales ?

   Contestó que no sabía, sin apartar ni un segundo los ojos del

insecto, que movía las patas y retorcía su largo cuerpo anillado.

   —¿Por qué no se queda en Larjuzon? Abrió los dedos. La libélula

no voló en seguida. Dijo:

   —Tiene un calambre.

   Xavier insistió. Por primera vez lo llamó por su nombre.

   —¿Por qué no se queda aquí, Roland? Se encogió de hombros:

   —Están hartos de mí.

   Su acento no delataba ni tristeza, ni rencor, ni nostalgias.

Comprobaba que en Larjuzon estaban hartos de él.

   —Sin embargo, la señorita lo quiere mucho.

   El niño agregó:

   —Si no fuera por eso... —Se interrumpió.

   Xavier insistió en vano:

   —Si no fuera por eso... ¿ qué ?

   Pero el chico no volvió a reaccionar. Se había acuclillado de

nuevo, dándole la espalda a Xavier, que insistió:

   —¿Es buena la señorita Dominique?

   —Debería volver el dos de octubre —dijo—, pero tiene licencia a

causa de su pleuresía...

   —¿Tuvo una pleuresía?

   En ese momento Michéle, cansada de esperar en el sendero,

vino hacia ellos. Preguntó riendo:

   —¿Me planta por este mocoso? Parece que le gustan los niños,

pero temo que de éste no se pueda sacar nada, se lo prevengo. He

hecho lo que he podido...

   Xavier dijo en voz baja y en tono irritado que hacía mal en decirlo

delante de él. Michele no se enojó.

   —No comprende nada, se lo aseguro. Peor para ti si te mojas los

pies —agregó volviéndose hacia el niño—. No tienes otros zapatos.

   El chico había tomado un aire hosco, cerrado. Imposible no

pensar en el insecto que se hace el muerto. Volvió al arroyo y se

sentó.

   —Adoro los chicos —dijo Michéle—, pero éste no es interesante.

   Volvieron al camino. Después de un silencio Xavier dijo:

   —;A mí me interesa.

   —Sin embargo, no es para hablarme de él por lo que hemos

salido esta mañana. ¿ Se va o se queda?

   Ella se había detenido en medio de la avenida y lo examinaba de

cerca, como si hubiera querido sacarle del ojo un grano de polvo. Él

vio que tenía un punto negro sobre la aleta de la nariz, una arruguita

en la comisura de los labios, el rastro rojo de un grano en el ancho

cuello.

   —La que tiene que decidir es usted, señora. Estoy en su casa,

después de todo. Me iré hoy mismo si usted lo desea.

   —Oh —protestó—, no sería la tradición de Larjuzon. Somos más

hospitalarios.

   La mujer se echó a reír, y él vio un diente oscuro, casi azul.

   Xavier callaba. Caminaba junto a ella y era peor que si hubiera

estado ausente. Ella exclamó de pronto:

   —Oh, estuve mal, estuve mal... —Xavier pareció despertar y la

miró—. No debí hacer esa reflexión delante del chico. Perdóneme,

señor. Nunca he sabido hablar con los chicos. Eso se aprende con

los suyos, me imagino, pero yo...

   "¡ Con tal que no llore!", pensaba Xavier. No, no lloraba.

   —Ahora estoy segura de que si usted se quedara sería para

ayudarnos. Pero primero tiene que conocer nuestra historia desde el

principio. Éramos casi dos chicos cuando nos quisimos. Lo que era

Jean a los quince años. Qué maravilla era...

   —Fui al mismo colegio que él, con diez años de intervalo —dijo

Xavier—. Todavía en mi época existía una leyenda Mirbel: sus

rebeldías, los castigos que le infligía su tutor...

   —El verdadero drama fue entre su madre y él, que la idolatraba.

Ella estuvo horrible... Y sobre todo le reveló... Pero no, no tengo

derecho a hablarle de estas cosas. ¿Cree —preguntó bruscamente

— que se curará alguna vez?

   Pero Xavier no la escuchaba. Miraba a Dominique que venía

hacia ellos, arrastrando al chico, que lloriqueaba y estaba cubierto de

barro.

   —Me pregunto —suspiró Dominique—, cómo se las arregló para

caerse en una zanja tan pequeña y ensuciarse de esta manera.

   Él explicó con voz entrecortada que había querido atravesar el

vado.

   —¿Sabe, señorita?, el vado que hicimos ayer. La piedra grande

se movió.

   —Y bueno —dijo Michéle, con aire excedido—, vaya a cambiarlo.

La joven se resistió:

   —No soy su niñera. Además, ¿tiene acaso ropa para cambiarse?

   —El barro se secará sobre él, no hace frío. Siéntate al sol y

déjanos.

   —No —dijo Xavier—, no hay que dejar a este chico en este

estado. Lo lavaré yo —agregó tomándolo de la mano—. Estoy

acostumbrado. En el patronato he tenido hasta cincuenta a mi cargo.

Llévame a tu cuarto, chiquito.                  

   —Voy con usted —dijo Dominique. Insistió para que no se

molestara. No tenía necesidad de nadie.

   —¡Puede creer que no voy a ayudarlo!

   —Yo también voy —dijo Michéle.

   Se dirigieron los cuatro hacia la casa. Xavier llevaba a Roland de

la mano. Las dos mujeres seguían. En la escalinata, sentada en un

sillón de mimbre, enmascarada tras sus vidrios negros, Brigitte Pian

estaba envuelta en un gran chal. Una manta protegía sus rodillas;

Jean de Mirbel estaba de pie junto a ella.

   —¿Cuántas veces, Dominique —exclamó—, tendré que repetirle

que no la he traído a Larjuzon para ocuparse de ese chico? La

señora de Mirbel ha tomado la responsabilidad. No tiene por qué

descargarla sobre los demás.

   —Por esta vez me encargo yo, señora. Xavier reía. Dominique le

dijo:

   —Voy adelante.

   Dejaron abierta la puerta del vestíbulo.

   Mirbel había alzado la cabeza.

   —¿Adonde van? ——preguntó la anciana.

   —Al cuarto de Dominique —dijo Michéle—, oigo sus voces.

   —Espero —gruñó Brigitte Pian— que no habrá tenido el

atrevimiento de seguirla hasta su cuarto... ¡ Sería demasiado!

   —Tranquilícese —dijo Mirbel—, Roland está con ellos.

   Brigitte Pian volvió a caer pesadamente en su sillón protestando

que "no quería insinuar nada": eran incapaces el uno y el otro.

   —Ella, en todo caso, sólo piensa en eso, si quiere saberlo. Los

ojos de Michéle brillaban de rabia.

   —¿Dominique? Estás loca, hijita —dijo la anciana.                         

   —Puede estar segura de que ya ha echado los ojos sobre ese

muchacho. Y no me asombraría nada que anoche mismo haya

intentado acercarse. Pero pondré orden.

   —No, no subas —dijo Mirbel—, se armaría un escándalo. Es

mejor que sea yo. Ella vaciló, luego volvió a sentarse.

   —Me dirás cómo los encontraste al abrir la puerta. Obsérvalos.

   Brigitte Pian se encogió de hombros.

   —¿Cómo quieres que los encuentre, hijita, sino ocupados en

lavar las rodillas de Roland y en ponerle zapatos secos?

   —Oh, por mí, sabe —exclamó Michéle—, después de todo, por lo

que me importa.

   Pero permaneció al acecho, con la cabeza erguida.

 Mirbel se detuvo ante la puerta de Dominique. Xavier hablaba

solo, con voz ahogada, en medio de un gran silencio. Mirbel miró por

el ojo de la cerradura y no vio nada, pero llegaban hasta él jirones de

frases:

   —Entonces los hermanos se dijeron los unos a los otros: "Aquí

llega nuestro soñador con su hermoso vestido de todos colores,

parece un monito vestido. Librémonos de él..."

   —¿Y lo mataron? —preguntó Roland, con angustia.

   —No, ya verás, no interrumpas —dijo Dominique.

   —Primeramente decidieron arrojarlo a un pozo, pues había un

pozo donde se hubiera muerto de hambre...

   —¿No lo arrojaron?

   Jean de Mirbel se quedó todavía un rato : él también escuchaba

la historia. Luego se alejó pensando en el viejo Jacob, cuando sus

hijos le entregaron la túnica ensangrentada de José. Se asombraba

de recordar después de tantos años aquella túnica de niño                        

manchada con sangre de cabrito. Encontró a Brigitte Pian sentada

en la terraza; Michéle de pie junto a ella.

   —¿No lo creerían? Les cuenta una historia, la historia de José

vendido por sus hermanos.

   —¿De veras? —preguntó Michéle—. ¿Y Dominique también

escuchaba? No es lo que esperaba. ¡ La cara que va a poner! Voy a

ver por mí misma —agregó bruscamente.

   Su marido la siguió, suplicándole que ahogara sus pasos. Por

más que contuvieron la respiración durante largos minutos sólo

oyeron a través de la puerta un murmullo indefinido, hasta el

momento en que se alzó la voz de Xavier:

   —Eran sus hermanos, los reconocía; pero ellos, en aquel joven

príncipe omnipotente, ¿cómo podían reconocer al muchachito

aborrecido antaño? Reteniendo las lágrimas los interrogaba sobre el

anciano padre que siempre vivía. Estaba trastornado de ternura...

   —iSin embargo habían querido matarlo, lo habían vendido como

esclavo!

   —Es verdad, Roland, y, sin embargo, ve cómo a pesar de eso los

quería. Desbordaba de amor por ellos, sus asesinos, semejante a

Jesús, al que anunciaba diecisiete siglos antes: y no obstante,

recuerda, allí estaba Benjamín. Era un chiquito de tu edad, todavía

más moreno que tú, con ojos del mismo color que los tuyos. Pero

era más dichoso que tú porque tenía papá y hermanos...

   —Pero ¿sus hermanos eran malos?

   —Nadie es completamente malo: querían a su padre, querían a

Benjamín... y también a José, ya verás...

   Jean y Michéle oyeron de pronto con espanto el pesado paso de

Brigitte Pian en la escalera. Se sujetaba al pasamanos, se detenía

en cada peldaño para recobrar el aliento. Se acercó a ellos en el

momento en que en el cuarto la historia había sido interrumpida por                     

las preguntas de Roland. Dominique se enojaba. Luego se reanudó

la historia, y el grupo sombrío detrás de la puerta permaneció al

acecho.

   —¡ Era una maldad haber puesto esa copa en la mochila de

Benjamín!

   —No, vas a ver... —dijo Dominique.

   Xavier hablaba con voz sorda. No era posible desde el corredor

captar el sentido de las palabras. Y de pronto fue un grito:

   —"Soy José, vuestro hermano, el que habéis vendido. Ahora no

os aflijáis. Para salvaros la vida Dios me ha enviado ante vosotros."

Se arrojó al cuello de Benjamín y lloró, y Benjamín lloró sobre su

cuello y también besó todos los rostros de sus hermanos y lloró

abrazándolos...

   —Oh, usted también llora con lágrimas de veras —dijo Roland.

   Estaba sentado sobre las rodillas de Xavier y adelantó uno de los

deditos:

   —Sus mejillas están mojadas —agregó estupefacto de que un

muchacho grande pudiera llorar así. Xavier las enjugó sin vergüenza

con el dorso de la mano.

   —Sí, es tonto: cuando tenía tu edad, en ese lugar de la historia yo

siempre lloraba: "Soy José, vuestro hermano..."

   —No recordaba que fuera una historia tan hermosa —dijo

Dominique.

   —¿Y entonces? —insistió Roland.

   La voz se hizo nuevamente más sorda, y los que estaban

escuchando no oyeron nada más hasta la fórmula consagrada que

Xavier lanzó alegremente: "¡ Y colorín, colorado...!"

   —¡ Otro! —suplicó Roland.

   —Vamos, no seas indiscreto.                    

   —No. Debes de tener ganas de correr. Yo también, por otra parte.

Estoy seguro de que hay lugares del parque que sólo tú conoces...

   —Deberías mostrarle tu isla —dijo Dominique—. Seremos tres

personas en el mundo para saber que existe.

   Roland dio un salto, corrió a la puerta, la abrió, lanzó un leve

grito. El grupo sombrío se debatía en retirada hacia la escalera.

Luego Michéle y Jean se recobraron.

   —Nos preguntábamos qué estarían haciendo.

   —Le contaba un cuento...

   —La historia de José y de los malos de sus hermanos —dijo

Roland, cuyos ojos brillaban.

   —Hay una señora Putifar en esa historia, si recuerdo bien —dijo

Mirbel.

   —No —protestó el niño—, hay un Putifar, pero no una señora.

   —¡Vamos! Veo que pasó por alto lo mejor —agregó Mirbel—. Sin

embargo, es el pasaje de la historia que debería conocer mejor.

   —Pierde su tiempo —dijo Xavier—. No tiene ningún poder sobre

él. Su ángel lo guarda.

   Mirbel tomó a Roland del brazo, lo empujó hacia el corredor, cerró

la puerta tras él, luego volvió hacia Xavier y le preguntó si por fin iba

a consentir en concederle una audiencia.

   —Supongo que es mi turno...

   Xavier percibía el furor que asomaba entre las palabras, pero no

lo alcanzaba: estaba tranquilo, desbordaba de felicidad. Miraba a

Dominique, que apartaba los ojos a propósito para que él pudiera

posar los suyos sobre su rostro, sobre su cuello, sobre aquel brazo

desnudo un poco flaco que todavía no era el brazo de una mujer.

Iban a separarse. Por el momento no deseaban estar juntos, cada

uno tenía ganas de estar solo para pensar en el otro. Sólo lo miró en                         

el momento en que él iba a salir del cuarto detrás de Mirbel y le

sopló al oído:

   —Entonces, a las cuatro, frente a la casa...

   Al salir Xavier creyó ver por primera vez unos pinos que se

erguían y formaban un círculo oscuro alrededor de la dicha que

desbordaba de él. Qué suerte, después de todo, que Jean estuviera

junto a él y poder hablar con alguien de lo que acababa de surgir de

pronto en su vida. Oía la voz monótona y rezongona de Jean. Había

que contestar cualquier cosa. Preguntó:

   —¿Por qué se atormenta? ¿Por qué quiere ser desdichado?

¿Por qué se hace daño adrede?

   —Eres tú quien me hace daño —dijo Mirbel—. Yo no te busqué.

Yo no te provoqué. Si en el tren uno de los dos se echó sobre el otro

fuiste tú el primero. Te desafío a negarlo.

   No pudo continuar. Entonces dijo Xavier:

   —Usted es mi amigo. Nunca he deseado tanto como hoy tener

un amigo.

   —¿Ya no me tienes miedo?

   Xavier sacudió la cabeza. El viento lanzaba el humo de una

fogata sobre un campo cosechado que limitaba el parque hacia el

Oeste. Se sentaron en un cantero, bajo el sol de mediodía.

   —Le debo demasiada felicidad —agregó Xavier, con pasión—. Si

no fuera por usted...

   Iba a decir: "No hubiera venido a Larjuzon, no hubiera conocido a

Dominique".

   —Está bien —agregó Mirbel—, no agregues nada.

   Se había erguido sobre sus flacas piernas y se alejó algunos

pasos. Xavier, ensimismado, no recobró su alegría. Mirbel volvió a

sentarse junto a él sin una palabra. Lo miraba. De pronto dijo:                     

   —No debiste contarle a Roland la historia de José, sino la de

Isaac.

   Y como Xavier lo interrogara con la mirada :

   —A tu Dios le gustan los sacrificios humanos, pobrecito mío.

   Xavier jugaba con la arena del cantero, la dejaba deslizarse entre

los dedos. Dijo:

   —Isaac no fue inmolado.

   —Te veo venir —dijo Mirbel riendo— Vas a recordarme que se

casó con Rebeca. Cambió bruscamente de tono:

   —Mi amiguito, tienes que resignarte; no te casarás con Rebeca.

   —Usted no tiene más poder sobre mí que la señora de Pian

sobre Dominique —protestó Xavier, con voz temblorosa.

   —¡Como si se tratara de mí o de la vieja Pian!

   Mirbel se había levantado de nuevo. Xavier vio, de abajo arriba,

como un árbol, gran cuerpo de hombre erguido contra el cielo.

   —¡ Ganimedes, eso eres! ¿Conoces la historia de Ganimedes?

   —Déjeme —gritó Xavier;

   Corrió hacia la talanquera del parque y la cruzó de un salto. Pero

ya el otro caminaba junto a él.

   —Es verdaderamente extraño que yo tenga que recordarte

cuáles son las garras que te sujetan.

   Xavier alargaba el paso, esforzándose en vano por alejarse de

Mirbel. Repetía a media voz, obstinado:

   —¡ No! No a través del hombre que es usted, no. No es por su

voz por la que Dios me hablará.

   Roland apareció a la vuelta del sendero; corría y gritaba:

   —¡Está servido! ¡Está servido! Se arrojó sobre Xavier, que lo

tomó en sus brazos, diciendo:

   —Eres más pesado que un burrito.

   Lo apretaba contra sí, hasta hacerle daño.

    —Ni siquiera se imagina que mi isla está muy cerca de aquí —

dijo Roland—. Pasó al lado sin verla.

   Xavier lo dejó en el suelo y lo tomó de la mano. Mirbel los seguía

de lejos.


                   


                                    IV




   En la mesa se sintió observado por todos, de reojo. Había

preguntado en medio de un gran silencio si Roland almorzaba en el

comedor.

   —No —dijo Mirbel—, —come demasiado mal.

   Brigitte Pian agregó que ni siquiera en la cocina lo aguantaban,

que le servían aparte, en el antecomedor.

   —Sí, pero es un error que cometemos —dijo Michéle con

vivacidad. Se levantó, abrió la ventana y llamó:

   —Roland, ¿estás ahí? Sube. Vas a almorzar en el comedor. Se

oyó su voz:

   —¿Al lado de la señorita?

   —Sí, al lado de la señorita. Michéle puso ella misma el cubierto.

Él entró y miró a Dominique con ojos que brillaban de alegría. Pero

ella no reparaba en el niño.

   Miraba a Xavier. Era la misma mirada tierna y secreta que lo

había trastornado dos horas antes en el cuarto donde había contado

la historia de José. Pero ¡qué lejos estaba ya esa alegría! Tan lejos

que le parecía imposible recobrarla. La angustia volvió a surgir en él,

un sufrimiento inhumano que había que soportar sentado a la mesa,

comiendo y bebiendo con aquellos seres, rodeado de ellos como de

una jauría sujeta por un ser invisible. Sin embargo, la misma mirada

tan tierna y tan grave huía, escapaba de la suya. No había cambiado

en nada. ¿Qué cosas se le ocurrían? Tenía su salvación al alcance

de la mano, la armonía de todas sus contradicciones, todos sus

abismos colmados. ¡Oh vida simple y verdadera! Vida sufriente de la

pareja humana, con los hijos que hay que alimentar y educar, con                         

modestas cruces erguidas a cada vuelta de la jornada, para que

continuéis presente, Dios mío, en el seno de esa pobre felicidad

hecha de privaciones, de vergüenzas, de lutos, de pecados, y que se

pierde en la angustia de todas las muertes...

   Octavie trajo la correspondencia con el café. Xavier reconoció en

dos de los sobres esa tinta violeta preferida por su madre. Había

escrito a la vez a su hijo y a Brigitte Pian. La anciana se había

quitado las gafas negras.

   —Una carta de su querida madre. Debe de haberse cruzado con

la mía. ¿Usted la había prevenido de su presencia aquí?

   Sí, Xavier le había escrito desde Burdeos. Brigitte Pian usaba

impertinentes para leer y mantenía las páginas de la carta materna

un poco alejadas de los ojos. Meneaba la cabeza, hacía un ruidito

con la lengua, puntuaba su lectura con exclamaciones retenidas,

ahogadas a último momento.

   —Será necesario —dijo doblando las hojas— que tengamos una

explicación muy seria.

   —¿A propósito de qué? —preguntó Xavier.

   Y dejó sobre la chimenea la taza vacía. Oyó reír a Mirbel detrás

del diario que fingía leer. La anciana no pareció desconcertada:

   —Entérese del contenido de la carta que usted mismo ha

recibido; quizás entonces comprenda de qué se trata.

   Cuando Xavier llegaba a la puerta y pasaba ante Mirbel, éste lo

retuvo del brazo y le dijo en voz baja:

   —¿Sabes lo que me recuerda esta escena? Ignoro si cuando tú

estabas en el colegio recitaban durante la Cuaresma, en el Vía

Crucis, las mismas fórmulas que en mi tiempo. Recuerdo que en la

estación en que Cristo está atado a la cruz, el sacerdote decía:

   "Pero lo que le pareció más horrible fue verse expuesto desnudo

a la vista de una inmensa muchedumbre de espectadores..." Xavier                         

soltó su brazo de un tirón: —¿Por qué me recuerda ese texto? Salió,

subió la escalera apresuradamente, cerró la puerta con pasador, se

echó de bruces en la cama. Mirbel acababa de definir su tortura:

expuesto desnudo... Pero, entonces, ¿cómo no tener en cuenta todo

lo que, antes del almuerzo, había oído concerniente a Dominique?

Se levantó, abrió la carta de su madre; sintió la tentación de

quemarla sin leerla. Encendió un fósforo, lo apagó, se persignó.

   ...Jamás creímos ni tu padre ni yo que ibas a perseverar más de

algunas semanas, pero encontraste la manera de asombrarnos y de

sobrepasar lo que esperábamos. Que te hayas dejado raptar, la

palabra no es demasiado fuerte, en el tren que te conducía al

Seminario, por un libertino de la peor especie, bastaría para perder

toda esperanza sobre ti, si la divina Providencia no se hubiera

manifestado una vez, más en la presencia de Brigitte Pian en

Larjuzon. Créeme, mi pobre criatura, es ésta una gracia inesperada.

Para que comprendas lo que esa gracia significa debo decirte que al

recibir tu carta me precipité a casa de tu director, que aún tenía

sobre la mesa las líneas que le habías dirigido desde París. Debes

saber que ni siquiera piensa contestarte. No porque abrigue el

menor rencor contra ti, pese a la situación más que delicada en que

lo has colocado frente a sus colegas de París. Pero registra en lo

que te concierne un fracaso total. Ya no ve ningún remedio para tu

inestabilidad. Asegura que cuando un director se ha equivocado tan

torpemente, su deber es hacerse a un lado y desaparecer. Ya estás

prevenido: no debes contar más con él. Por suerte, la señora Pian

tiene gran experiencia de las almas. Le escribo por el mismo correo;

me creo autorizada por nuestras relaciones, qué se remontan a

muchos años, obras de caridad que hacemos juntas, y, en fin, por

las circunstancias providenciales que la llevaron a Larjuzon en el

momento en que tú llegabas, para confiarle respecto a ti todo lo que                        

es necesario que sepa. No he creído deber disimularle ninguna de

las extravagancias de tu vida religiosa, le he hecho conocer el

diagnóstico de tu último director: que decididamente no hay nada

más que esperar de un espíritu tan incurablemente superficial como

el tuyo "y tan lleno de falsas gracias que sólo denotan una

sensibilidad morbosa". A propósito de morboso, te ahorro los

comentarios de tu hermano. Me afligieron mucho, aunque no he

comprendido todo su alcance. Sobre ese punto, por lo menos, he

podido defenderte, pues nunca he dudado de tus costumbres ni de

tus escasas inclinaciones hacia ciertas cosas. Gracias a Dios, nunca

le has dado demasiada importancia a lo que tiene tanta para los

muchachos de tu edad. Pero hay allí un peligro, según dice tu padre,

que repite que le preocuparía menos un "juerguista descarado".

También sobre este punto he creído poder dar algunas explicaciones

a la señora Pian. Por lo tanto, harás bien en hablarle con el corazón

en la mano, con más libertad que a mí misma. Nada la asombrará.

Está en edad de oírlo todo.

   Xavier encendió la vela, miró cómo la llama devoraba lentamente,

palabra tras palabra, letra tras letra, los grandes rasgos violetas,

luego sintió vergüenza. Entreabrió la puerta... En el escritorio

hablaban todos a la vez: el ruido le permitió bajar la escalera y llegar

a la puerta sin ser oído. Tomó por primera vez el camino del pueblo,

seguido por las miradas de las viejas que cosían, sentadas en sus

sillas bajas ante los umbrales. Vio la iglesia a la derecha al extremo

de la callejuela. La puerta que sacudió casi con rabia estaba cerrada

con llave. A través de los postigos entreabiertos una voz le gritó: "La

sacristana tiene la llave, pero está trabajando su campo". Xavier se

acercó a la ventana y preguntó "si estaba expuesto el Santísimo".                         

   —Creo que sí —respondió la voz—, porque sé que la sacristana

se inquieta en alimentar la lámpara y que todas las noches hay

"Hora Santa" para las señoras.

   Xavier, agradecido, dio la vuelta a la iglesia. Era el antiguo

cementerio cubierto todavía de lápidas funerarias con inscripciones

borrosas. La ortiga crecía con fuerza en aquella tierra a la que

habían retornado tantos seres humanos.

   El presbiterio, románico, surgía de la vegetación inculta, nave

venida de fuera y hundida desde hacía siglos en esa greda

alimentada por la carne de los hombres. El sol estaba todavía

caliente. La hiedra negra zumbaba de avispas, y ese zumbido no se

confundía con el rumor de la aldea. Xavier había apoyado su frente

en la cabecera, la cabecera de Dios.

   La lámpara debía arder en esa soledad absoluta. El prisionero

guardado bajo llave estaba al otro lado del muro. Xavier no se habría

sorprendido si las viejas piedras se hubieran apartado, las que lo

separaban de su amor. El aserradero, la pala de una lavandera, un

gallo, ladridos, el traqueteo de una carreta, lo que los muertos

habían oído todos los días de su vida olvidada, él, que estaba vivo,

no lo oía. Sintió de golpe que ya no soportaba ese escozor de la

ortiga contra la pantorrilla izquierda. Sonaron las cuatro. Recordó

que lo esperaban.

        



                                   V




   —¿Buscas a tu amigo?

   Michéle se había encontrado con Jean a la vuelta de un sendero.

Contestó:

   —¿Lo buscas tú también? —en un tono que no pareció herirla.

   Xavier no estaba en su cuarto, y ella ignoraba adonde podía

haber ido:

   —Quizás al pueblo —dijo ella—, a la estación, para informarse de

la hora de los trenes.

   No, Jean no lo creía.

   —No se irá mientras esté aquí cierta persona..., al menos ésa es

mi impresión —insistió.

   —Le importaría muy poco Dominique si no hubiera ese mocoso

entre ellos —dijo Michéle—. Me pregunto de dónde proviene ese

gusto de los sacerdotes por los chicos mal nacidos.

   —Es que son almas fáciles de someter y que nadie se las

disputa. Almas al alcance de la mano. Basta una pelota para

atraerlas. La mayoría no busca más que su placer, pero el sacerdote

se dice: "Aunque de diez pueda tener uno solo..."

   Hablaba para sí mismo con una vehemencia amarga, como si

hubiera querido convencer a alguien. Michéle no lo escuchaba. Él

calló, atento a un pensamiento secreto.

   —No —agregó él, de pronto—, no se quedará aquí a causa de

Dominique, más bien se irá a causa de ella...                         

   Michéle lo interrumpió:

   —No veo por qué... —y él no se atrevía a descubrirle su

pensamiento. Caminaban el uno junto al otro, con pasos lentos,

como antaño, unidos por una inquietud común. Por lejos que Xavier

los separara, volvían a juntarse en él.

   —Dominique no tiene ningún interés en hacer que se vaya —dijo

Michéle.

   —No, no tiene ningún interés..., ¡pero él! Todavía no comprendes

que pertenece a la raza que huye de la criatura amada.

   Ella se encogió de hombros:

   —¡Las cosas que se te ocurren!

   —Sí —agregó él—, ¡por supuesto!, se quieren —afirmó en voz

casi baja—. Salta a la vista. Además, lo sabes perfectamente. Como

si los dos no hubiéramos advertido al mismo tiempo todo lo que

concierne a ese ser.

   Ella protestó:

   —Yo me intereso por ti. Sólo tú me interesas en él.

   Dieron algunos pasos en silencio. Mirbel dijo en voz baja:

   —Si la vieja se fuera...

   —No dejará el lugar libre si no se lleva a su secretaria... Pero

¡míralos!

   Michéle alzó la cabeza y vio a Dominique y a Xavier: iban hacia el

arroyo precedidos por Roland, que corría. La joven llevaba el cesto

con la merienda. No habían visto a la pareja.

   —Consiguió llegar a sus fines —dijo Michéle.

   Jean sacudió la cabeza:

   —¡ Como si Xavier pudiera ser el fin de alguien!

   —Entonces, ¿qué buscas?, ¿qué esperas?

   —Nada por el momento, salvo lo que tengo...

   Y como ella repetía encogiéndose de hombros :                    

   —¿Lo que tienes? ¿Qué es lo que tienes?

   —Piensa dónde debería estar ahora —agregó él, ardientemente

—, dónde estaría

   desde hace varios días si no me hubiera encontrado...

   —¡Un seminarista más o menos! ¡Vaya problema! ¡Vaya victoria!

   Su burla no pareció llegarle. Ella se encogía de hombros,

repitiendo:

   —¡Qué locura! ¡Estás totalmente loco! ¡ Por supuesto que estás

loco!

   Él no se enojó: seguía el hilo de su pensamiento.

   —Y luego —agregó después de un silencio—, olvidas que hay

golpes dados por sorpresa. Con paciencia podemos sorprenderlo en

los momentos en que se cree abandonado. Piensa en la edad que

tiene. No ha llegado todavía a sentir horror por la criatura, ¡lejos de

ello! Dios lo ha visitado y ocupado antes de que se hubiera

desprendido de él. Se lo hice comprender esta mañana. Los místicos

han inventado reglas, etapas de ascensión... Pero al Espíritu no le

importa nada. Créeme: este Xavier desbordante de gracia puede

estar a merced de una palabra tierna, de una caricia, si es casta en

su comienzo...

   —Sí —interrumpió Michéle, sombríamente—, a la merced de

Dominique.

   —¿ Dominique ?

   Él se detuvo: habían regresado a la terraza.

   —Depende de nosotros que no esté aquí mañana... No, no me

sigas —agregó al ver que ella subía la escalinata tras él—. Será

mejor que todo ocurra entre la vieja y yo.

   —Deja la puerta entornada —dijo Michéle—, yo me quedaré en el

vestíbulo.

       



                                   VI




   —Pero, Roland, tu isla es una península. Y como el chico

protestaba:

   —¿No ves que está unida a la tierra...? La isla de Roland era un

tronco de álamo que avanzaba en el lecho del arroyo.

   —La tierra está demasiado húmeda para que merendemos aquí

—dijo Dominique.

   Roland empezó a llorar: ella le había prometido que merendarían

en la isla...

   —Desde donde estamos podemos estudiar el trabajo que habría

que hacer para que tu península se convierta en una isla

   —dijo Xavier—. Habrá que abrir este istmo, cavar un canal. Entre

los dos podremos hacerlo.

   Roland olvidaba secar sus lágrimas y sonarse, quería ir a buscar

las herramientas para empezar los trabajos.

   Dominique le susurró:

   —¡ Qué buena idea! Corre a buscarlas.

   Diez minutos para ir y volver..., se quedaría diez minutos sola con

Xavier.

   —No —decidió Xavier—, primero merendemos, ya veremos

después.

   El chico, que había salido corriendo, volvió y se sentó entre

ambos. Dominique le dio bizcochos y chocolates. Xavier tomó un                      

racimo de uvas que elevó hacia la luz: "¡Qué dorado es!" Dominique

trajinaba:

   —He traído limonada, ¿quién quiere?

   Parecía estar allí sólo por el chico, y el mismo Xavier escuchaba

con atención lo que él contaba respecto a las herramientas que la

señora de Mirbel le había regalado.

   —Era para Pascuas, cuando me trajeron aquí...

   Fingió no oír a Dominique que decía:

   —Ya no te hacen muchos regalos. Royendo su bizcocho vino a

sentarse junto a Xavier.

   —¡Qué sucias tienes las rodillas! ¿No te da vergüenza?

   —Qué sería —suspiró Dominique— si yo no estuviera aquí.

   He aquí los propósitos que cambiaban, y transcurrían los minutos

de aquel día de otoño tibio y dulce, sobre ese tronco de pino puesto

al sol donde estaban sentados el uno junto al otro una vez más,

quizá la última. Las arañas de agua se agitaban, luego permanecían

inmóviles, y la corriente las arrastraba. Roland gritó con voz

ahogada:

   —Una ardilla..., allí..., ¿no la ven? Miren la cola...

   Golpeó las manos, la ardilla saltó sobre un roble, luego sobre un

pino, y Roland corría alzando la cabeza. Ella pronunció en voz baja

su nombre:

   —Xavier...

   Él no se movía, los ojos entornados. No sabía afeitarse. Bajo la

barba oscura tenía la piel de un niño. Ella inclinaba la cabeza hacia

aquel hombro que no se apartaría. Pero Roland volvió: ya no veía la

ardilla. Dominique le preguntó:

   —¿Y tus herramientas? ¿No quieres ir a buscarlas?

   Xavier intervino:                         

   —No, es demasiado tarde para empezar los trabajos. Mañana

por la mañana lo haremos.

   Roland protestó que habría luz hasta las siete y salió corriendo

por la pradera.

   Dominique tomó la mano de Xavier y preguntó tristemente:

   —¿Me tiene miedo?

   Él negó con la cabeza, se acercó a ella y los hombros se tocaron.

Ella enlazó sus dedos a los suyos, las palmas también unidas.

Estaban tan inmóviles que una libélula se posó sobre la rodilla de

Xavier. En la pradera, al otro lado del arroyo, se alzó un poco de

bruma. Del camino llegaban balidos, campanillas y el grito gutural

del pastor. Dominique tenía los pies desnudos en las zapatillas

azules. Él cerró suavemente la mano sobre el tobillo izquierdo de la

joven.

   —Tiene frío... —dijo. Ella sacudió la cabeza y suspiró a media

voz:

   —Estoy bien. Estoy a su lado... Él preguntó:

   —¿Es verdad? No, no es verdad.

   —¿Que soy feliz a su lado? Lo miró, y él comprendió que la joven

estaba a punto de llorar.

   —Va a volver... —murmuró ella. Él pensó que esperaba un

gesto... No estaría mal tomarla dulcemente de los hombros... ¿No

había cerrado ya su mano sobre el tobillo? ¡ Qué delgado era su

brazo! Acercó la boca; dijo:

   —Su brazo también tiene frío... —Por fin la atrajo hacia sí, y sintió

que todo su ser accedía a esa felicidad que no era el mal.

   Detrás de ellos oyeron a Roland, que gemía y lloriqueaba. Se

desprendieron el uno del otro.

   —¿Qué tienes? A Dominique le duele la cabeza y descansaba

sobre mi hombro. ¿Es eso lo que te hace llorar, tontito?                        

   Los sollozos ahogaban al niño y le impedían hablar. Dominique

se arreglaba el pelo. Preguntó con voz distraída:

   —¿No encontraste tus herramientas? ¿Las perdiste?

   —¡No! Es que la señora de Pian la manda buscar... ¡Se van! ¡ Se

van! Se la lleva, llamó por teléfono para pedir un auto...

   Ambos se incorporaron. Roland rodeó con los brazos las piernas

de Dominique. Repetía entre lágrimas:

   —¡ Se va! ¡ Se va!...

   —Pero ¿por qué? ¿Cómo lo sabes?

   —Se pelearon, se dijeron palabrotas...

   No pudieron sacarle nada más: "Se dijeron palabrotas..."

Avanzaban los tres por la pradera mojada.

   —Tal vez haya comprendido mal —murmuró Dominique—. ¿Qué

ha podido pasar? Ya se arreglará,             siempre terminan por

reconciliarse...

   Xavier preguntó:

   —¿Usted cree? —No se atrevían a mirarse.



                      



                                     VII




   Jean habia dejado entreabierta la puerta del saloncito, como

Michéle se lo había pedido. En cuanto entró la anciana dejó sobre

una mesita el rosario de gruesas cuentas, jalonado de medallas. Le

bastó una mirada para comprender que Mirbel venía a atacarla y que

quería andar ligero. Las primeras palabras del muchacho fueron para

alegrarse de encontrarla sola "teniendo que pedirle un favor", y

adelantó una silla.

   —Si sólo depende de mí... —dijo Brigitte.

   —Se trata del chico Dartigelongue.

   —Ah, ¿de veras? ¿Del chico Dartigelongue? —repitió la señora.

Ya estaba enterada. El terreno elegido por Mirbel le resultaba

conocido. Repitió en voz baja—: Ah, ese pobre muchacho, sí, sí... —

y de pronto, con aire decidido—: Y bien, ¿quieres saber lo que

pienso? Estoy de vuelta de mis prevenciones. Es un chico que

habría que volver a llevar de la mano.

   —Ahí la esperaba —dijo Mirbel—, respecto a eso quería ponerla

en guardia. Ella rió con sorna:

   —¿ Ponerme en guardia? ¿ A mí ?

   —No, madre, de ninguna manera debe tratar de tomarlo entre

manos como acaba de decir, ni intervenir en lo que concierne a su

vocación, su vida interior. Sé hasta qué punto él sufriría.

   Ella no se inmutaba, un reflejo bailaba sobre sus cristales negros.

Lo veía venir. Él insistió:                            

   —Es nuestro huésped, ¿no es cierto? Debemos protegerlo contra

ciertos avances inspirados por las mejores intenciones. Créame que

nunca lo he dudado.

   Se asombraba de que Brigitte Pian no reaccionara ante el

ataque. Era él quien, a pesar suyo y a medida que hablaba, alzaba el

tono:

   —Su buena voluntad la ciega y la arrastra. Sólo usted no tuvo

conciencia de lo que tenía de intolerable, ante nosotros, su alusión a

la carta de la idiota de su madre, totalmente incapaz de comprender

un espíritu de esa raza. No permitiré que bajo mi techo pueda

encontrar cómplices en la persecución que prepara contra Xavier. En

una palabra, le ruego, madre, que no hable más con mi amigo y no

haga la menor alusión a la lucha que en este momento lo desgarra.

Brigitte Pian continuaba de piedra. Cuando él calló, se quitó las

gafas, descubriendo unos ojos oscuros que expresaban profunda

calma. Esperó un poco antes de contestar, balanceando el busto,

sonriendo a lo que iba a decir.

   —¡Mi pobre Jean! Sin duda voy a asombrarte mucho, pero pienso

como tú que hay que intervenir lo menos posible en esta historia, a

menos de estar obligado a ello como lo estuve yo por la carta de la

señora Dartigelongue; pero aun en ese caso me guardaré de insistir,

habiendo ya dicho lo que tenía que decir.

   —¡Vamos! Como si no lo hubiera amenazado...

   —¡De ninguna manera! Le advertí que deseaba hablarle, pero a

menos que me lo pida expresamente estoy bien resuelta a callarme

en lo que le concierne y a respetar sus secretos, como lo he hecho

siempre en mis relaciones con las almas. Es de otro de quien tengo

el deber de hablarle...

   —¿De otro?                          

—Sí, de ti, hijo querido, si quieres saberlo. Oh, por inocente que

sea no dudo que su religión se haya iluminado. Pero piense lo que

piense de tu caso, tiene que estar muy alejado de la realidad. Me

concederás que un espíritu de esa raza, como lo llamas, no podría

penetrar hasta el fondo de la criatura que tú eres...

   Apoyó las manos en el bastón y se irguió, majestuosa, ante el

débil enemigo que se reía con sorna, y lo cubrió con una mirada que

expresaba piedad:

   —Me harás el honor de creerme si te afirmo que sólo le revelaré

de ti lo que me parece urgente que ese muchacho sepa. No se trata,

puedes creerme, de denigrarte por placer ni de hablar mal de ti. Ya

no caigo voluntariamente en esa clase de faltas. No debes temer

nada de mí, puesto que me conservo en el terreno de la caridad. La

mayor caridad hacia el hombre que eres es volverlo inofensivo.

   Él cogió de encima de la mesa un pisapapeles. Ella no se movía

y, siempre de pie, lo miraba sonriendo. Volvió a dejar el pisapapeles,

dio algunos pasos que lo alejaban de ella. Fue a apoyar la frente en

la ventana, esperando que se aplacaran los latidos de su corazón.

Hizo en un minuto un esfuerzo enorme para dominarse. Cuando se

volvió hacia ella, estaba tranquilo.

   —No le deseo ningún mal a Xavier —dijo al fin—. Pero quizás

usted tenga razón. Puedo perjudicarlo sin querer.

   —Estás muy razonable —dijo Brigitte, sin quitarle los ojos de

encima.

   —¡Oh! La conozco a usted desde hace mucho tiempo y sé

cuándo debo abandonar la partida —suspiró.

   —En todo caso, soy lo suficientemente perspicaz como para

prepararme para lo peor cuando te pones suave.

   Rió, buscando la mirada que huía de la suya.

   —Se equivoca totalmente, madre —dijo Jean. Volvió a sentarse,

acercó la silla al sillón. La mesita los separaba—. Como si desde el

tiempo que nos conocemos no me hubiera ocurrido jamás el

confesarme a usted.

   —Sí, es verdad, cuando tenías dieciséis años...

   Él se encogió levemente de hombros.

   —Siempre tengo dieciséis años —dijo por fin—. Y bueno, sí,

tengo ganas de que se vaya porque estoy celoso... Es raro que la

amistad sea celosa, ¿verdad?

   Brigitte Pian sacudió la cabeza como un viejo caballo.

   Preguntó a media voz:

   —¿Soy tan temible?

   Él tenía los codos apoyados en las rodillas, la mirada vaga y un

aire de desprendimiento y de confianza.

   —Pensaba en Dominique —dijo—. No puedo hacerme a esa

idea. Nunca me había sentido burlado hasta ese punto.

   No miraba a Brigitte; ella podía creer que había olvidado su

presencia. Se estremeció un poco cuando lo interpeló:

   —¿Qué tiene que hacer Dominique en esta historia?

   Él sonrió, repitió en un tono de indulgencia divertida:

   ¡Vamos, madre, vamos! —Y de pronto—: ¿Ignora que están

juntos en este momento?

   No, ella no lo creía. Dominique le había pedido permiso para ir a

merendar al borde del arroyo con el chico.

   Jean fue de nuevo a la ventana, luego volvió con las manos en

los bolsillos, el aire apacible y ausente:

   —No pretenderá de todas maneras convertir a su Dominique en

una monja. Convendrá conmigo en que no se puede tener menos

vocación.                       

   Ella tomó el rosario de la mesita y lo apretó fuertemente en la

mano derecha.

   —¿No está enojada al menos? —preguntó él—. No hay nada en

esto que no sea halagador para Dominique, después de todo. Usted

debería alegrarse de la suerte que le cae encima, pues, diga lo que

diga, hay mucho camino andado; Xavier me habló, ¿sabe? Cree que

Dios se preocupa de su personita; no pone en duda que el Ser

infinito organizó nuestro encuentro en el tren de París para que lo

traiga a Larjuzon y él seduzca a la secretaria de la señora de Pian;

así son esos cristianos.

   Reía. Los labios de la anciana se movieron : rezaba, pero su

irritación se manifestaba a pesar suyo por ese meneo senil de la

cabeza, de la cual no era dueña. Mirbel, siempre riendo, insistía:

   —Quisiera ver la cara de la vieja Dartigelongue cuando se entere

de que su Benjamín decidió no entrar en el Seminario, sedujo a la

secretaria de Brigitte Pian y piensa ahora casarse con esa joven,

¡hija natural, por añadidura! Pero en esa clase de casamientos la

ausencia total de familia constituye una suerte que no hay que

subestimar.

   —Los Dartigelongue pueden dormir tranquilos.

   Aunque la anciana había lanzado esa frase sin elevar el tono, él

comprendió que estaba a punto de estallar.

   —Olvida —dijo— que Xavier y Dominique no necesitan la

bendición de nadie.

   —En todo caso, ella necesita la mía. Eso fue dicho con los

dientes apretados.

   —Sí, es verdad —concedió él— que ella depende totalmente de

usted. Pero caritativa como es usted y queriéndola como la quiere,

no la veo quitándole el pan de la boca. Entonces, madre, imíteme:

resígnese a verlos felices.                     

   Al oír esa palabra ella se irguió, apoyada en el bastón. Balbucía:

   —Te prohibo... Como si entre tú y yo pudiera haber la menor

relación..., como si pudiéramos tener el mismo sentimiento sobre

nada...

   Estaba sofocada.

    —No puede privarse de su presencia, confiéselo, pues —insistió

él, duramente—. Es un baño de sangre joven que se da, ¡en el

sentido espiritual, por supuesto! Cuando a los viejos les gusta

rodearse de juventud es porque hay vampirismo. Siempre lo he

creído...

   Ella gritó:

   —¡Vampirismo!

   Él la vio estremecerse. Los movimientos de la cabeza eran cada

vez más intensos y frecuentes. Su voz se cascaba:

   —Mi única culpa es haber expuesto a esta joven al peligro de una

cohabitación abominable.

   Salió con una prisa peligrosa para sus viejas piernas. En el

vestíbulo vieron a Michele, que interrogaba a Roland.

   —¿De dónde vienes para haberte ensuciado de esa manera?

   Contestó que venía a buscar sus herramientas porque su isla era

casi una península y que el señor iba a comenzar los trabajos.

Estaba sin aliento y tropezaba con las palabras. Cuando iba a salir,

Brigitte Pian lo retuvo del brazo:

   —¿Te espera allí el señor? ¿Lo dejaste solo?

   —Oh, la señorita lo acompaña.

   El niño quedó absorto: el señor y la señora de Mirbel reían a

carcajadas, y no estaba acostumbrado a hacerlos reír. Observaba

con inquietud, boquiabierto, esas grandes criaturas sombrías y

temibles, presas de la risa.

   —Sé bueno —dijo Mirbel—, no te apresures a volver. Tienes

tiempo.

   Fue en ese momento cuando se desencadenó entre las personas

mayores una escena confusa de la cual no comprendió nada, salvo

lo que llamaba "palabrotas". Cambiaban palabrotas: he ahí todo lo

que pudo contarles a Xavier y a Dominique. La señora de Pian lo

retuvo del brazo:

   —Ve a decirle a la señorita que la espero para hacer nuestras

maletas y telefonear al garaje. Nos vamos en auto. Cueste lo que

cueste, no dormiremos aquí esta noche.

   Era la frase que recordaba Roland, y que mientras los tres

volvían hacia la casa a través de la pradera mojada, Dominique le

hacía repetir:

   —Sí, dijo que usted debía telefonear para pedir un auto, costara

lo que costara...

   Xavier caminaba tras ellos. La pradera era cenagosa, sus

zapatos se hundían y cuando los retiraba hacían un ruido como de

ventosa. Con los ojos fijos en los hombros de la joven, la seguía.

   A veces ella se volvía a medias hacia él, pero permanecía atenta

a las palabras del chico, que resoplaba. Dijo sin mirar a Xavier:

   ——No se quede aquí ni un día más. Usted es libre. La ciudad es

grande, y nadie tiene derecho a fiscalizar mis salidas.

   Él no contestó y la dejó subir la escalinata con el niño.

Permaneció junto a los primeros peldaños mientras ella penetraba

en el vestíbulo. No, no existía ningún obstáculo entre ellos, salvo ese

rechazo dentro de él, esa huida estúpida, como si todo amor le fuera

vedado, a él, que sólo sabía amar. Estaba de pie frente a la triste

casa cuyo frente se descascarillaba de trecho en trecho, ante los

peldaños tambaleantes, mientras el viento de otoño atormentaba las

cimas negras de los árboles. La bruma del crepúsculo subía de la

pradera, llegaba al bosque. Él no se atrevía a entrar, aunque ningún

grito llegara de la casa. Aun cuando fuera verdad esa historia sin

prueba y sin razón sobre la cual jugaba su vida, ¿qué necesidad

tenía de separarse del rebaño? Él era un muchacho como todos los

muchachos... Pero mientras ese pensamiento habitual remolineaba

dentro de él, semejante a esas hojas secas que un soplo levantaba y

hacía caer a sus pies, pronunció claramente las palabras latinas: "

   .. .vita, dulcedo et spes nostra salve. Ad te clamamus, exules filii

Evae. Ad te suspiramus gementes et flentes..."

   Gimiendo y llorando... Él amaba, era amado, ¿por qué llorar?,

¿por qué gemir? Subió apresuradamente la escalinata, entró en el

vestíbulo. Roland estaba sentado sobre el cajón de la leña, bañado

en lágrimas y mocos. Xavier le preguntó dónde estaba Dominique:

estaba en la biblioteca hablando por teléfono. Agregó, sin mirarlo:

   —Me encargó que se lo dijera...

   —¿Por qué no lo hiciste?

   El chico se volvió contra la pared. Xavier le puso la mano sobre la

cabeza, pero aquél la apartó bruscamente. Los celos, ya, Dios mío.

Atravesó el comedor y entró en el cuartito que en Larjuzon se

llamaba   la   biblioteca,    aunque   sólo   contenía   algunos   años

encuadernados del Mundo Ilustrado. Dominique no colgó el teléfono

al ver a Xavier. Le hizo seña de que se quedara.

   —¡ Entendido! Pagaremos la respuesta... Sí, tarifa nocturna...

   Su mano izquierda continuaba tendida hacia Xavier, que se

resistió unos instantes antes de tomarla. Ella colgó el receptor.

Xavier la tomó entre sus brazos, pero con la mano libre le mantenía

la cabeza contra el hombro, de manera que sus bocas no se

unieron. Un moscardón zumbaba contra el vidrio. Sobre la mesa en

que antaño los chicos Pian hacían los deberes de vacaciones, lagos

de un negro pálido, animales grabados con un cortaplumas

componían      los   jeroglíficos   indescifrables   de   una   infancia

desaparecida. Ella se desprendió de él y murmuró:

   —Hay que portarse bien... ¿Quién es más libre que usted? A los

veintidós años tiene derecho a vivir con sus padres. Seguirá algunos

cursos. Después de todo es un estudiante. Yo no puedo pelearme

con la vieja. Le debo el puesto que ocupo en la Escuela Libre y

tengo un hermano a mi cargo. Sería inútil querer engañarla...

Gracias a Dios ya no sale sola. Está el día entero en su sillón... Pero

diga algo —agregó en un tono de tierna impaciencia. Él murmuró:

   —La escucho...

   —El error —agregó ella— es haber aceptado un cuarto en casa

de la señora de Pian, por economía.

   Xavier dijo que "era mejor así".

   —Y en caso de necesidad tengo una amiga que nos prestaría su

cuarto...

   Palabra nefasta, lo advirtió demasiado tarde. Él se alejó sin que

ella intentara retenerlo. Se corrigió:

   —Pero no, nos veremos fuera. Yo, sabe, no quiero perderlo...

   La ventana era angosta, y, como atardecía, él sólo veía su pelo,

el ángulo demasiado marcado del maxilar y la claridad de los

antebrazos sobre el vestido oscuro. Oía la mosca que se golpeaba,

prestaba atención al olor de tinta vieja y de libros enmohecidos: el

olor de ese minuto para toda su vida. Había entornado los ojos y no

osaba hacer un gesto. Ella suspiró:

   —Está como si lo hubieran embrujado... Como él no contestaba,

agregó:

   —A lo mejor es una especie de locura...

   —Sí —dijo él en voz baja—, una locura.

   —Curará. Yo lo curaré. Ella se acercó, pero sin tocarlo, y

preguntó únicamente:

   —¿Me quiere?

   —Más que a nadie en este mundo.

   —Entonces... —imploró ella. Pero él no agregó una palabra ni

hizo un gesto hacia ella. Permanecía en la oscuridad, y no se

movieron ni aun cuando oyeron en el comedor el bastón de Brigitte

Pian. La señora empujó la puerta y vio de una sola mirada, en la

sombra, aquellos dos cuerpos jóvenes atraídos el uno por el otro y,

no obstante, separados.

   —Pues sí que necesita tiempo para telefonear, hijita.

   —Conversábamos —dijo Dominique.

   —Todavía tiene que hacer sus maletas. No quiero que durmamos

aquí. Comeremos en el camino, si tiene mucha hambre.

   No parecía irritada en absoluto y se hizo a un lado para dejar

pasar a Dominique. Esperó a que la joven hubiera atravesado el

corredor y se volvió hacia Xavier:

   —No sé lo que tendré que decirle a su pobre madre, porque algo

me preguntará.

   Él discernía aquella masa, aquel cuerpo pesado, cargado de

telas oscuras y la mancha lívida de la frente y de las mejillas. Oía

resoplar a la vieja yegua asmática; pero a través de esas apariencias

lo que sobre todo percibía era el frío de un enorme odio congelado.

   —Cuando pienso que esa querida amiga se imagina que todavía

puedo hacer algo por usted, al punto en que ha llegado...

   Él no contestaba, de pie, como fuera del tiempo, ante una criatura

sin sexo y sin edad. Se esforzaba por desechar las tres palabras del

relato de la Pasión que lo obsesionaban: Jesús autem tacebat...

Callaba, sin embargo, él también, mientras enfrente la Parca profería

palabras meditadas :

   —Supongo, mi pobre criatura, que no es un azar que haya

encontrado a alguien de su raza y que lo haya seguido. Dudo que

pueda hacerle mucho mal. ¡Pensar que no hace una hora me

inquietaba a ese respecto! Pero ahora mi opinión formal y que no

confiaré a su querida madre, tranquilícese, es que ya no se le puede

hacer daño. Jean y usted sólo pueden sumar sus venenos.

   Esperaba a que él hablara, pero él permanecía semejante a un

joven pino en la noche.

   —Es verdad que le quito su distracción y que quizá se aburra sin

ella y no permanecerá aquí más tiempo. Pero vuelvo a mi pregunta:

¿qué debo decirle a su pobre madre?

   —La verdad, señora, si sabe cuál es. No esperaba esta

respuesta. Dio algunos pasos hacia la puerta, se detuvo:

   —Pese a lo que le he dicho, no hay que perder nunca las

esperanzas. Usted todavía es joven. Nada está perdido. Rogaré por

usted.

   Ahora su silencio la inquietaba; insistió: —Después de todo,

puedo equivocarme respecto a usted.

   Él le daba la espalda. Brigitte Pian abandonó la habitación, cruzó

el comedor a tientas como una ciega, luego volvió sobre sus pasos.

La puerta de la biblioteca había quedado abierta. No vio a Xavier y

creyó que había desaparecido. Pero no, era él, en el suelo. Estaba

hincado, la frente apoyada sobre ambos brazos en el borde de la

mesa, los hombros caídos.

   —Lo peor, Michéle, lo peor de lo que he hecho es que planeé —

fríamente lo que empecé a ejecutar...

   —No me lo digas.

   —Aun cuando lo quisiera no encontraría palabras. Cuando me

confesé me resultaba imposible hacerme entender... ¿Roland,

sabes? Siempre lo aborrecí. Tú hubieras querido adoptarlo porque

ya no esperabas ser madre. Era a la vez un reproche vivo y una

irrisión viva. Y he aquí que Xavier, después de haber posado los ojos

sobre cada uno de nosotros, en adelante iba a detenerse en él. No

por preferencia de corazón, al menos los primeros días, sino porque

creía al chico amenazado como los gatitos que hice ahogar al día

siguiente de nuestra llegada. Por esa criatura endeble y sin nombre

he creído siempre que Xavier había ofrecido su parte de felicidad

terrena, renunciaba a Dominique, le daba a Dominique... ¿Y yo?

¿Qué era para él sino uno de los instrumentos de su suplicio? Yo

formaba parte de su pasión. Compréndeme: no se trataba de celos

de amistad o de amor. Era algo de otro orden. Entonces imaginé...

   Vacilaba. Ella esperó que no iría más adelante. Pero él agregó:

   —No siempre estoy igualmente seguro de mis intenciones: casi

nada es completamente deliberado... Pero esto lo fue. Xavier veía

en Roland a uno de aquellos cuyo Ángel contempla la faz del Padre.

Y bien, fingí creer que esa ternura... No me atrevo a decirte... Le hice

creer que tenía mis sospechas... Suscité en su espíritu el inmundo

equívoco. Primeramente recuerdo sobre su pobre cara ese horror, y

en seguida esa angustia. Aléjate de mí.

   Ella permaneció un instante con los labios pegados contra su

cuello.

   —¿Y yo? —decía—. ¿Y yo? Tenía unos celos mortales de

Dominique. Desde que vi a Xavier resolví turbarlo. Cada una de mis

miradas fue culpable... Además, tú lo sabías, tú eras mi cómplice. Yo

te había servido de anzuelo para atraerlo, para retenerlo.

   Él le tapó la boca con la mano. No hablaron más.

   Jean dijo, de golpe:

   —Nunca había pensado: la peor prueba para él debió de ser

descubrir lo que su sola presencia había desencadenado en

Larjuzon y que había venido a consumar la pérdida de los que había

pretendido salvar.

   —A menos que haya sabido, él que sabía todo con anticipación,

que cada uno de nosotros debía seguir ese camino para alcanzar la

paz que hemos logrado, ese camino y no otro.

   Jean extendió el brazo, encendió la lámpara.

   —Mírame, Michéle —dijo—, mirémonos el uno al otro. ¿Cómo te

atreves a hablar de la paz en que estamos? Piensa en lo que es

cada instante de nuestra vida desde que él ya no está.

   Ella se sentó en la cama. Suspiró:

   —Sufrimos..., pero en paz. Tú mismo lo has reconocido, te ha

dado su paz. ¿No es acaso verdad?

   Jean vaciló antes de contestar en voz baja:

   —Sí, es verdad. Sí, sufro más de lo que he sufrido jamás, y sin

embargo estoy en paz, yo que nunca lo estuve, yo que fui un chico

apaleado por un bruto y que a los dieciséis años sorprendí a mi

madre, a quien adoraba...

   Esta vez le tocó a Michéle apoyar la palma de la mano derecha

sobre los labios de Jean. Dijo:

   —Lo que Xavier creyó, ¿lo crees tú también?

   Él no lo negó.

   —Sí, Michéle. Ahora sé que el amor existe en este mundo; pero

está crucificado, y nosotros con él.






                                    VIII




   Jean entro al cuarto de Michéle, que tejía junto a un fuego pobre

y con un chal sobre los hombros, semejando a la anciana que sería

un día.

   —Casi no se ve. ¿No enciendes la luz? No, ella veía bastante

para tejer.

   —Ya está —dijo él—. Cierran sus maletas. El auto llega.

   Ella no había alzado la cabeza. Preguntó:

   —¿Y él?

   Jean hizo un gesto de ignorancia o de duda, y declaró:

   —Para mí, se queda.

   Michéle posó la labor sobre las rodillas, los ojos fijos sobre el

fuego, y murmuró:

   —Déjalo ir. Te trajo aquí. Es todo cuanto podía hacer.

   —Si se queda —dijo sombríamente Mirbel— no será por

nosotros. Si se queda...

   —¿Será por Roland? ¿Tú crees?

   —¿Por qué me lo preguntas, puesto que lo sabes?

   Ella no contestó, volvió al tejido. Se quedaron así, sin hablar.

   —Si se tratara —dijo ella de golpe— de un chico como hay tantos

que uno tiene ganas de besar todo el tiempo...

   Mirbel se encogió de hombros:

   —Hasta ésos siempre terminan por mostrar lo que son: monos

llorones.

   —Sí, quizá —murmuró Michéle—; los chicos ajenos...                    

   Él se irguió tan bruscamente que hizo tambalearse la silla, y se

acercó a la ventana tenebrosa. Dijo:

   —Ya está el auto.

   El motor roncaba. Oyeron a Dominique, que desde la ventana le

pedía al chófer que fuera a buscar el equipaje.

   —¿Bajamos?

   Michéle se había levantado. Jean pareció vacilar:

   —Después de lo que nos hemos dicho... Entonces subieron

desde el vestíbulo gritos de animal degollado:

   —Es Roland. ¡ Ah, ése...!

   Mirbel bajó, se detuvo en el rellano de la escalera, se inclinó

sobre el pasamano. El chico rodeaba con sus brazos las piernas de

Dominique:

   —¡ Quiero irme con usted! ¡ Quiero que me lleve!

   Le daba puntapiés a Xavier, que se esforzaba por separarlo.

Brigitte Pian, ya instalada en el auto, permanecía extraña a lo que la

rodeaba. Como Xavier repetía: "Yo me quedo", el chico gritó de

pronto, con acento de odio :

   —¿Usted? ¿Qué me importa usted? —Se desprendió de

Dominique, y volviendo hacia Xavier su carita, crispada por el furor

—: ¡Qué me importa usted!

   —Te escribiré —dijo Dominique—, no te perderé de vista. Desde

lejos velaré por ti.

   —Desde lejos, desde lejos —gimió él.

   Y de nuevo se colgaba del vestido de la joven. Entonces apareció

en el último peldaño Jean de Mirbel. Se dirigió lentamente hacia el

chico, que, al verlo, soltó a Dominique y permaneció inmóvil.

Erizado, sin un grito, era un pájaro fascinado. Mirbel dijo a

Dominique:

   —Suba pronto, lo vigilo.

   Le sonrió. Ella se inclinó sobre Roland para un beso rápido, subió

al taxi. Cuando arrancaba, el chico, despertado de su estupor, se

precipitó hacia el umbral, lanzando gritos. Mirbel lo asió por el cuello,

se puso bajo el brazo aquel paquete aullante, atravesó el comedor y

lo arrojó en la biblioteca, cuya puerta cerró con llave, que guardó en

el bolsillo:

   —Vas a tener toda la noche para adoptar buenas resoluciones.

Mañana por la mañana habrás vuelto a ser razonable y podremos

conversar.

   En el vestíbulo miró a Michéle y a Xavier, que hablaban en voz

baja y que se interrumpieron al verlo entrar.

   —Prohibo a quienquiera ocuparse de él y hasta dirigirle la

palabra.

   —Cuando eras chico te trataban así y sufriste toda tu vida —dijo

Michéle—. Además, tiene que comer y beber —agregó—, y dormir.

   —Hay un sofá —replicó fríamente Mirbel—. Le llevaré un pedazo

de pan y una manta... y también una bacinilla, como se pone el cajón

con serrín para el gato —agregó riendo.

   —Morirá de miedo —dijo Xavier. Pero Mirbel nunca había

conocido a nadie que hubiera muerto de miedo.

   —Van a servir —dijo Michéle.

   No, Xavier no estaba enfermo; aseguró que le ocurría a menudo

no sentarse a la mesa por la noche. Le rogaba a Michéle que lo

disculpara. Mirbel murmuró:

   —Lo que sufre es la moral.

   Xavier, sin contestar, esperó que la pareja hubiera entrado en el

escritorio. Ya no oía gritar al chico, y ese silencio era peor que un

grito. Fue hasta la escalinata, empezó a bajarla lentamente. Una

luna velada derramaba su resplandor sobre los espacios vacíos que

la muerte de los viejos pinos multiplicaba en el parque de Larjuzon.

¿Qué hacía en aquel minuto el chico desesperado en la biblioteca

oscura? ¿Y Dominique, por los caminos, prisionera de una vieja

hada sin entrañas? ¿Y la pareja que iba a comer frente a frente en el

triste comedor? ¿Y él? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué sufría a causa de

tantos extraños? Pues su tormento eran ellos y no Dominique. Podía

ir a buscarla al día siguiente, dependía de él encontrarla. ¡En cambio

los otros! Una rama le tocó el rostro como una garra mojada.

Distraídamente había salido del sendero. Un animal se movió casi a

sus pies entre las hojas secas. Dos lechuzas se contestaban, y el

grito iba disminuyendo. Dio algunos pasos, su pie tropezó con el

tronco de un pino caído, se sentó sobre él y se dejó penetrar por el

frío húmedo. ¡ Qué enemiga es la naturaleza! Pero estaba mal

desear la muerte. Como con el adulterio, no está permitido cometer

el suicidio ni aun dentro de su corazón. Avanzó nuevamente, guiado

por la lámpara del vestíbulo, y vio a través de la puerta vidriera a

Michéle que salía del comedor. Jean la seguía. Reñían a propósito

de Roland. Xavier permaneció en la terraza. Las voces habían

callado. Imaginó en el escritorio a Michéle, ya inclinada sobre la

labor, y a Jean, con las piernas estiradas y las manos hundidas en

los bolsillos de su pantalón de pana. De pronto lo vio atravesar el

vestíbulo. Tuvo apenas tiempo de apartarse de la zona de luz que el

reflejo de la lámpara proyectaba sobre la terraza.

   —¿Estás ahí, Xavier? Mirbel dio algunos pasos. Avanzó una

mano que tanteaba:

   —Ah, estás aquí...

   —Déjelo salir, Jean, es demasiado cruel... Estaban muy cerca el

uno del otro.

   —Es     tu culpa —dijo Mirbel, en voz baja—. Tú me vuelves

malo. Xavier preguntó:

   —¿Qué le he hecho?                         

   Jean repitió la pregunta riendo:

   —¿Qué me has hecho? ¿Me preguntas qué me has hecho?

   —Cualquiera que sea mi culpa, el chico es inocente.

   Mirbel no dejaba de reír:

   —¡ Pero vamos! Son los inocentes los que pagan: eso forma

parte de tu sistema... Y sabes, es capaz de todo ese chico cuando

está fuera de sí. Si le ocurriera algo podrías golpearte el pecho...

   Xavier atropello a Mirbel, atravesó el vestíbulo y el comedor.

Ningún ruido llegaba de la biblioteca. Llamó:

   —Roland. —Y como no había respuesta, agregó en tono de

súplica—: Dime una palabra, una sola palabra... —Oyó a Mirbel

detrás de él:

   —Se hace el muerto.

   Xavier golpeó la puerta con sus puños.

   Entonces se alzó una voz rabiosa desconocida:

   —Usted, déjeme.

   Xavier respiró profundamente. El chico estaba allí, vivía.

   —Bien hecho —dijo Mirbel, siempre riendo.

   Xavier, sin contestar, tomó el candelero de la mesa del vestíbulo.

   —Hay que salir de esta noche mal empezada —dijo—. Mañana

por la mañana comprenderá mejor, tendrá piedad.

   —¿Piedad de qué? ¿De ese insecto que uno ni siquiera tiene

derecho a aplastar?

   —No, no —interrumpió Xavier—, usted no quiere su mal, no le

haría verdaderamente daño: es uno de esos chicos a los que usted y

yo terminaremos por parecemos...

   Mirbel volvió a repetir:

   —¡Imbécil! Ya son hombres. Observa a éste: quiere a Dominique

y te odia..., ¡a los diez años! Me imagino que los niños a quien

llamaba Cristo no debían de tener más de cuatro o cinco años, ¿no

lo crees?

   Xavier, sin contestarle, subió la escalera, cerró casi con violencia

la puerta de su cuarto. No podía soportar oír a Mirbel hablar de

Cristo, aun cuando ninguna blasfemia se mezclara a sus palabras.

Se sentó en una silla "para pensar", como decía cuando era colegial.

"¿Qué haces sólito en vez de jugar?" "Pienso en cosas..." Hubiera

querido ser libre de pensar solamente en Dominique. Pero no iría en

busca de Dominique antes de haber situado a Roland..., a menos

que se lo llevara con él. Roland aceptaría seguirlo para juntarse con

Dominique... Pero la casa Dartigelongue no era acogedora. Nada

podía hacer por la criatura, salvo no perderla de vista. Xavier

continuaría de guardia junto a él. No buscar más allá de lo que se le

pedía: no abandonarlo un solo día, una sola hora, un solo segundo.

Antes morir que abandonarlo. "Y aunque todos los otros se pusieran

de acuerdo para echarlo a la calle, yo montaría mi guardia fiel." Un

gallo cantó, engañado por la luna. El bosque rodeaba a Larjuzon de

un gemido ininterrumpido que no entrañaba tiempo ni fuerte ni débil.

Era una queja unida y apacible, como de una muchedumbre humana

innumerable donde ningún corazón se quejara con más fuerza que

los otros. Imposible orar: estaba el chico, y detrás de él Dominique;

su pensamiento no alcanzaba a nadie más allá de los dos rostros.

Entonces tomó del bolsillo y la oprimió, la cadena, los granos negros,

el último medio, el más humilde, el más criticado, que le era

concedido para orar en las horas en que se sentía menos capaz. El

cuerpo, por una vez, sustituía al espíritu rebelde. El ritmo monótono

de la oración angélica se juntaba con la súplica del parque, presa del

viento del Oeste. Oyó puertas que se cerraban, ruidos de grifos. Una

persiana golpeaba, y alguien la aseguró. Reconoció en la escalera el

paso de Michéle: sin duda iba a cerciorarse de que nada grave                      

ocurría en la biblioteca. Volvió a subir en seguida y cerró la puerta

con pasador.

   Cuando la casa estuvo dormida, Xavier, con una caja de fósforos,

salió de su cuarto después de haberse quitado los zapatos; como no

calzaba sino calcetines de lana, llegó sin que un solo tablón del piso

hubiera crujido hasta la puerta de la biblioteca y prestó atención.

Hubiera podido creer el cuarto vacío, pero terminó por sorprender un

suspiro, una palabra confusa. No deseaba nada más que esa

seguridad: el niño estaba allí, vivo, y parecía tranquilo. Xavier volvió

al vestíbulo, pareció vacilar, hizo girar sin ruido la llave de la puerta

de entrada. Recibió en plena cara un soplo tan amargo y húmedo

como si hubiera estado cargado de brumas.

   La piedra del porche era fría para los pies sin zapatos. Bajó los

peldaños. La grava, delante de la casa, le hacía daño. Dio toda la

vuelta y vio que la estrecha ventana de la biblioteca estaba abierta.

Las piedras formaban un saliente, y había un caño de gotera: un

muchacho más hábil y más ágil hubiera podido intentar escalarlo,

¡pero él! Entonces recordó haber visto contra la espaldera de la

huerta una escalera de mano. La huerta se encontraba alejada de la

casa, sobre un antiguo terreno húmedo a orillas del parque. No era

nada llegar hasta ahí, aun no teniendo en los pies sino calcetines de

lana: lo difícil sería llevar la escalera en la oscuridad. Pero ¡qué!

Apenas medio kilómetro. Xavier tomó el sendero, cuya arena le

pareció al principio deliciosa, aunque a veces una aguja de pino, un

pedazo de corteza, le arrancaran un grito. Avanzaba con precaución,

mirando hacia arriba, porque las copas de los árboles lo ayudaban a

no salirse del camino. No pensaba ni en Dominique ni en Roland,

sino en la escalera que quizás el peón hubiera quitado de allí.

Cuando se acercaba al bajo donde estaba la huerta, los pies

sintieron a través de la lana el frío de la hierba mojada. Los ojos

habituados a la semitiniebla, no tardaron en reconocer la escalera

contra el muro. Le pareció más larga de lo que había creído, más

pesada de lo que había imaginado. La tomó primeramente bajo un

solo brazo hasta llegar al sendero, entonces la cargó sobre el

hombro y no tardó en arrastrarla, no pudiendo llevarla a cuestas.

   Ya no miraba las copas de los árboles, sino la tierra. Avanzaba, y

cada paso agudizaba las heridas de sus pies. A menudo se detenía.

Durante un rato bastante largo anduvo perdido fuera del sendero, y

las espinas, las jaugues, como decían en Larjuzon, las piñas roídas

por las ardillas lo ponían en carne viva. Cuando hubo encontrado su

camino, el pensamiento de lo que todavía tenía que recorrer hasta la

casa, en la oscuridad, cargado con la escalera, lo abrumó. Ah, como

para pensar en Dominique, en el amor de ambos, en su vocación, en

los escrúpulos que generalmente lo desgarraban. Era su carne la

que estaba desgarrada. Esa cruz de la cual hablaba sin cesar, con la

cual creía hasta ese día haber alimentado su meditación... Pero que

descubría de golpe en lo más secreto de una noche húmeda y fría,

que nunca la había conocido ni realmente cargado; la cruz no era,

como él estaba persuadido, un amor rechazado, una inclinación

dolorosa, una humillación, un fracaso, sino realmente un madero que

aplastaba un hombro herido, y esa piedra y esa tierra, en ese

momento, le destrozaban la piel de los pies. Avanzaba en una

tensión atroz y creía ver moverse ante él una espalda esquelética;

discernía las vértebras, las costillas levantadas por un jadeo

precipitado y el surco violeta de viejas flagelaciones: el esclavo de

todos los tiempos, el esclavo eterno.

   Cuando Xavier reconoció la masa confusa de la casa, hizo alto

por última vez, apoyado contra un tronco. Recibía ese sufrimiento de

su carne con tanto amor como cuando comulgaba. Lo saboreaba, se

entregaba para no perder nada de él, se dejaba penetrar por el vacío                        

de sus dolores habituales; entreveía ese lujo entre los lujos que

caben en el desarrollo y el libre empleo de una conciencia delicada.

Sintió el peso de una lágrima, de una gota de sudor o de sangre

entre todas las que no sólo la ferocidad humana hace correr, pues

nuestra vida, nuestra vida virtuosa, no se desarrolla sino llevada,

sostenida por ese río inagotable.

   Se levantó, dio los pocos pasos que lo separaban de la fachada

donde la ventana de la biblioteca había quedado abierta. La cortina

flotaba hacia fuera, levantada por el viento. Ningún cuarto habitado

daba a ese lado, sólo los cuartos de baño. Se deslizó dentro de la

pieza sin hacer ruido y al principio sintió un golpe en el corazón.

Sobre el viejo sofá de cuero no vio a nadie. Por lo que podía juzgar

su vista, acostumbrada a la oscuridad, la biblioteca estaba vacía.

Encendió un fósforo y vio que Mirbel había dispuesto, junto al

pedazo de pan, intacto, un candelero. Encendió la vela. La manta

había quedado doblada sobre el diván. Un suspiro, una vaga queja

le llegaron desde la esquina de la habitación opuesta a la puerta.

Entre la pared y la vieja caja de hierro, que nadie desde hacía años

había logrado abrir, y cuya clave se ignoraba, estaba la masa de un

cuerpo replegado, unas rodillas desnudas y lastimadas se juntaban

casi con la cara, cuyo perfil perdido Xavier no podía distinguir. Se

estremeció como ante el cadáver del niño. Fue sólo la impresión de

un segundo. Roland se había quedado dormido, vencido, como

ocurre a esa edad, por un sueño más poderoso que todo el dolor del

mundo. Xavier se inclinó hacia él y aunque estaba extenuado logró

alzarlo, y a fuerza de voluntad consiguió depositarlo suavemente

sobre el sofá. Bajo la cabeza de pelo revuelto dispuso un

almohadón, extendió la manta sobre las delgadas piernas, de

grandes rodillas desproporcionadas, desató las sandalias rotas,                

calentó entre sus manos los pies helados. El chico lanzó un leve

grito, se irguió con una mirada de espanto.

   —Soy yo, velo por ti; duerme.

   Los ojos de Roland estaban abiertos, pero sobre el sueño que

vivía, no sobre la vida. Dejó caer nuevamente la cabeza sobre el

almohadón.    La   sombra    de    sus   pestañas   le     prolongaba

extrañamente los pesados párpados aceitunados. Tenia sobre sus

rasgos delicados esa máscara de desesperación de los chicos,

hecha de llantos que no han sido secados, de mocos, de tierra.

Sería hermoso, sería amado, cometería el mal. Arrojado en la

pobreza y en el trabajo servil, recordaría el mundo donde había

penetrado siendo niño. ¿Ante qué retrocedería por conocerlo de

nuevo? Todo un destino estaba escrito y ya era descifrable en

aquella carita sombría. Xavier estaba allí, sin embargo, sentado

sobre el borde del sofá de cuero, y la sangre adhería a sus pies los

calcetines rotos. No era sino dolor y pertenecía a ese pequeño ser

ligado a él para la vida y más allá de la vida. ¿Qué prueba hubiera

podido dar de lo que era para él una certidumbre? ¡Locura la de

creer eso! De todas las locuras, la más loca... Si Dominique viera

sus pies ensangrentados, sus hombros maltrechos, se arrodillaría y

lavaría sus llagas con amor, atraería contra sus senos aquella

cabeza dolorosa.

   El sueño del niño era tan profundo, tan tranquilo, que parecía

embarcado en él para la eternidad. El inmenso lamento vegetal bajo

las estrellas se había dulcificado hasta convertirse en una voz de

mujer que acuna y duerme en su regazo a una criatura amada.

Xavier apagó la vela, se asomó a la ventana, atrajo el postigo hacia

sí. Al salir no trató de disimular la escalera; la acostó solamente

contra la pared. Entró en la casa por la puerta principal y no advirtió                       

que dejaba en cada peldaño, sobre la alfombra de la escalera,

rastros de sangre.





                                   IX




   Michele se habia despertado al alba. En quien primero pensó fue

en Roland, buscó sobre la chimenea la llave que Jean había

consentido en dejarle la víspera por la noche, bajó apresuradamente

sin ver las manchas oscuras junto a sus pasos. Penetró en la

biblioteca. El chico dormía serenamente. ¡Qué bien se había

envuelto en la manta! Y el almohadón que se le había ocurrido

ponerse bajo la cabeza, ¿de dónde lo había sacado? ¿No era el del

comedor? Abrió el postigo interior y miró en torno. Fue entonces

cuando advirtió las manchas sobre la alfombra: sangre, no podía

dudarlo. Apartó rápidamente la manta. El chico estaba vestido con

su pantalón y un jersey sin mangas. Los pies desnudos, las manos,

los brazos no llevaban rastros de ninguna herida. Su cara, sucia, era

la cara sucia de los días en que "había hecho una escena". La

mancha más grande estaba junto a la ventana. La abrió, se inclinó

en el húmedo amanecer, vio la escalera acostada contra la pared.

Después de haber cubierto nuevamente a Roland salió, encontró los

rastros del animal herido en el vestíbulo; luego, de peldaño en

peldaño hasta el segundo piso. Había otra ante la puerta de Xavier.

Entró sin llamar.

   Las ventanas y los postigos habían quedado abiertos. Una toalla,

también manchada, estaba tirada en el medio de la habitación. El

agua que había salpicado alrededor un baño de pies aún no estaba

seca. Michéle se acercó a la cama. Xavier se había vuelto hacia la

pared. Sólo vio su pelo enredado, la piel oscura del hombro a través                       

de la manga rota del pijama; el antebrazo, delgado y velludo,

rodeado por un rosario. Gemía en sueños. Ella rozó el cuello, la

frente, no, no tenía fiebre. Por primera vez lo llamó por su nombre de

pila. Él abrió los ojos.

   —¿Se ha herido? ¿Se cayó de la escalera? Sí, vi la escalera, lo

comprendí todo.

   —No es nada —contestó—, menos que nada: unos rasguños en

los pies. Quisiera estar seguro de que Roland... ¿Todavía duerme?

   —Sí, no hable. Muéstreme los pies.

   —He ensuciado la sábana.

   —¿La sábana? Y el camino de la escalera y la alfombra de la

biblioteca... ¡Mire en qué estado está! Esas espinas en la piel...

¿Caminó descalzo por el bosque? ¿Por qué descalzo?

   Él calló y ella no insistió. Preguntaba:

   —¿Le hago daño?

   Él le hacía señas de que no. Le gustaban sus manos. Ella

reflexionó: iría a buscar agua oxigenada. Jean se levantaba tarde,

gracias a Dios. Tendría tiempo de hacer limpiar por Octavie el

camino y la alfombra. Le inventaría una historia de hemorragia nasal.

Creía que la sangre no resistía al agua fría y al almidón. Él le rogó

que no cerrara la ventana, el aire húmedo le hacía bien. Cuando

hubo salido la oyó llamar a la puerta de Octavie. Hubo susurros al

lado de la escalera. Sus ojos se cerraron. No sufría: tenía un instante

para recobrar el aliento, el habla.

   Michéle volvió con la botella de agua oxigenada, algodón y

vendas. Estaba roja y despeinada.

   —Arrastré la escalera hasta el bosque —dijo—. Le mandaré decir

al peón que venga a buscarla. Va a escocerle un poco... Espero que

sea menos delicado que Jean.

   ¡Qué leves eran sus manos!                       

—¿La venda no está demasiado apretada? He tenido tiempo de

aprender a hacer vendajes durante estos cuatro años. A causa de

Jean es mejor que se quede en cama. Le traeré libros.

   Él preguntó:

   —¿ Qué va a hacer por Roland ? Ella lo miró a los ojos :

   —Por usted, todo lo que pueda..., pero no es... Él lo detesta,

¿sabe? —agregó después de un silencio—. A veces me asusta.

   —Tiene razón —dijo él, gravemente—, hay que estar atento.

   —Es verdad que el chico tiene una naturaleza ingrata. No se liga

a nadie. Usted mismo ha visto...

   —Quiere a una sola persona, a Dominique. Exige tener a alguien

que adorar. Querer a los chicos es no esperar nada en cambio. La

infancia no puede ser sino ingratitud : es su ley. Y éste, además, es

celoso... Oh —agregó riendo—, terminaré por conquistarlo. Sería el

primero...

   —Si lo dejan. Jean se niega a tenerlo y hasta a enviarlo al colegio

del Estado, porque ha resuelto devolverlo a la Beneficencia, a

menos que... Sí, creo que por retenerlo a usted lo guardaría. Pero

me imagino que no va a consagrarse a un chico que no es nada

para usted.

   —Por ese lado, sin embargo, veo más claro. El resto...

   Detuvo sobre ella una mirada casi infantil. Sentada a los pies de

la cama, Michéle raspaba con la uña una mancha de vela sobre su

vieja bata. No se había ni peinado. Le alegró sentirse indiferente.

   —Lo que me inquieta —agregó— es que no soportará mucho

tiempo que usted se quede aquí a causa de otro... ¡ Sobre todo si se

trata del chico!

   Michéle apartó los ojos. Él se abotonó la chaqueta del pijama.

Ella se había levantado, ordenado el cuarto, vaciado el agua del                       

baño de pies, recogido las toallas. Imaginó a Dominique

ajetreándose así alrededor de él.

   —¡ Ah, Dios mío, lo que ha hecho con sus calcetines!

   Tenía entre las manos jirones de lana manchada.

   —No sé cómo explicarlo —empezó él.

   —No se canse. Después de todo no tiene que rendirme cuentas.

¡Voy a tirarlos!

   Salió para buscar el desayuno: era mejor que Octavie no entrara

todavía en el cuarto. Bajó a la cocina llevando sin asco aquellos

jirones de lana ensangrentada, con la idea de tirarlos a la basura. La

cocinera aún no estaba, pero Octavie se había ocupado del café.

Michéle preparó la bandeja, luego envolvió los calcetines en un

pedazo de diario. En el momento de tirarlos bajo la pileta, en el balde

donde se acumulaban los restos de la víspera, vaciló: "No, por nada

del mundo, ¡estoy loca! —pensó—. Estas prendas sucias". Puso el

paquete en el bolsillo de su bata, volvió a subir.

   —¡ Qué suerte! —exclamó él al verla entrar—, ¡el café! No,

nunca tomo manteca... Sí, me gusta, pero no por la mañana.

   —Voy a vestirme —dijo—, y a ocuparme de Roland. Le diré a

Jean que usted tiene fiebre.

   Él protestó que no tenía.

   —¡Pero podría tener! No se trata de una verdadera mentira, pues

está realmente enfermo.

   Cuando estuvo vestida pensó de nuevo en los calcetines,

envueltos en un pedazo de diario. Su traje sastre no tenía ningún

bolsillo donde poder disimularlos. Se le ocurrió enterrarlos en el

parque. Lloviznaba. Aunque el terreno estaba empapado, bajó hacia

la zanja de la pradera. Veía en espíritu el lugar donde deseaba

desprenderse de la cosa: allí donde había visto a Xavier acuclillado a

orillas del agua mirando los renacuajos. Había justo al lado uno de

esos heléchos llamados osmondes. Desprendió algunas matas,

depositó el paquete en la tierra húmeda y marcó el lugar —con una

piedra, como lo hacía de chica cuando enterraba una vieja muñeca o

un pájaro muerto.




                                     X




   —¿No acompañaste al señor Xavier a misa? Michéle había

entrado en el cuarto de servicio, contiguo al de Octavie, para hacerle

la cama a Roland; había abierto los postigos. El sol de octubre

entraba con el olor podrido de las hojas de un álamo Carolina. Ella

se extrañaba de encontrar al pájaro en el nido. Sobre los hombros

delgados se erguía una cabeza enmarañada. La nariz, más colorada

que el resto de la cara, cobraba cierta importancia. Pero la boca

entreabierta era todavía infantil. Los hermosos ojos oscuros miraban

hacia otro lado.

   —Anoche, en mi presencia, te pidió que lo acompañaras.

   —Me dijo que no estaba obligado..., no es domingo.

   —Hubieras podido darle ese placer. Piensa en lo que hace por ti.

   Roland no daba ninguna señal de que fuera sensible a lo que

Xavier hacía por él. Michéle insistió:

   —Si todavía estás en Larjuzon es porque él aceptó darte clases.

En resumidas cuentas, te pasamos de mano: él se encarga de ti...

Pero, en fin, contesta cuando se te habla —gritó.

   Roland la miró de pies a cabeza: ella tuvo conciencia de que

advertía esos mechones sobre la cara sin colorete ni polvo.

   —Yo no pedí nada —dijo por fin.

   —Por eso es todavía mejor de su parte —dijo Michéle—. Está

mal ser ingrato.

   —Puesto que no he pedido nada...

   —No tienes corazón. Si alguien lo sabe, soy yo. Levántate y

empieza a estudiar. —Hoy no tengo que estudiar. Es jueves.                         

   —En ese caso, desaparecerás. Que no te vea en todo el día.

   Salió golpeando la puerta. Pensó en Xavier, sintió vergüenza,

volvió al cuarto. Roland estaba acostado de bruces, la cabeza

hundida en la almohada, sollozando. Se inclinó hacia él:

   —Vamos, cálmate, no he querido ofenderte.

   Le acariciaba el pelo, pero él se arrinconó contra la pared y se

tapó la cabeza con la almohada.

   —Mírame. Sonríe.

   Había tomado a la fuerza su cabeza entre las manos e hizo girar

hacia la luz una carita convulsa, bañada en lágrimas. Al principio no

comprendió lo que balbucía:

   —Si cree..., si cree... que es por usted...

   —No, por supuesto que no es por mí.

   —¡ Si cree que tengo ganas de quedarme aquí!

   Michéle ya no estaba irritada. Observaba tristemente al zorrito

erizado que nunca lograría domesticar.

   —¿Y yo? ¿Crees que tengo ganas de que te quedes? ¿Y que me

divierte hacerte la cama?

   Bajó al primer piso, abrió suavemente la puerta de un cuarto

todavía hundido en la penumbra y que era el de Jean. Oía en la

sombra la tranquila respiración del sueño humano, ese ruido regular

de un río vivo, esa resaca de la vida dentro de un cuerpo inerte,

sometido a leyes oscuras. Poco a poco su vista se habituó a la

oscuridad. El sol de media estación se filtraba, pese a los postigos

cerrados. Vio la extensión pálida de las sábanas que envolvía por

completo la masa de ese cuerpo de hombre. ¿ Por qué despertarlo?

Dormía, no sufría. Detrás de la oreja veía el hermoso pelo un poco

ondulado, que ella había amado tanto y el músculo poderoso del

cuello. Él estaba allí sin ninguna defensa, y sin embargo inaccesible,                       

incurable. Al alcance de su mano, de su boca, y sin embargo perdido

para siempre.

   Pensó en Xavier, que iba a volver de la misa; era la primera vez

desde su llegada a Larjuzon. Pensaba en aquel corazón viviente,

alma viviente, venida no sabía de dónde; pájaro del mar que la

tempestad había arrojado lejos de las costas, en el interior de la

tierra, y convertido en el prisionero de aquella casa, de aquellos

árboles, de aquel hombre dormido. ¿Qué esperaba Jean, qué

anhelaba? Le repetía: "Ya verás, ya verás. No hay paciencia que

resista a ese chiquilín atroz. Xavier no tardará en agotarse, se sentirá

desamparado, triste. Entonces habrá sonado nuestra hora". Michéle

sabía muy bien que en su boca eso significaba: "Mi hora..." Y

apartaba de sí este pensamiento: "A menos que sea la mía..." ¿Por

qué no, después de todo? Brigitte Pian no volvería a dejar a

Dominique al alcance de Xavier. El primer entusiasmo no resistiría a

una separación que la vieja se las arreglaría para que fuera

definitiva... Xavier no tendría en quién refugiarse. "Y yo estaré ahí; de

día, de noche, estaré ahí."

   Sí, había que desechar tal pensamiento. Michéle se vistió con

más cuidado que de costumbre. Pensaba adelantarse para recibir a

Xavier. Sin duda él se demoraría, pues pensaba comulgar, ya que se

había ido muy temprano con la intención de confesarse. ¡Pobre cura!

¿Qué habría pensado del penitente? Ella se había echado sobre los

hombros un abrigo de tweed que por lo general sólo llevaba en la

ciudad. Xavier apareció a la vuelta del sendero. Michéle apresuró el

paso para juntarse con él. Pero a medida que se acercaba, iba más

despacio. Con la cabeza gacha, caminaba lentamente como si

alguien le estuviera hablando, como si escuchara una voz débil y

lejana, una palabra difícil de comprender. Pasó a su lado sin que ella                       

se atreviera a decirle una palabra o simplemente a sonreírle. Quizá

no la hubiera visto.




                                   XI




   —¿Usted es el joven de Larjuzon?

   Esa preg

unta del cura había liberado a Xavier de una gran

inquietud. El sacerdote sabía quién era, y lo que tenía que confesar

le parecía menos extraño. Brigitte Pian debía de haber hablado de

él, pero antes del drama y cuando no alimentaba malos

sentimientos. Le alegró que el sacerdote no perteneciera al tipo

"cura de aldea bonachón". Era más bien endeble. Sus pálidos ojos

huían bajo la mirada. Xavier se arrodilló. Se esforzaba por adentrar

en las fórmulas preparadas con anticipación sus faltas, de contornos

mal definidos.

   —Sí —decía el cura—, comprendo..., sí..., sí... ¿Eso es todo? Y

bueno, no veo en eso nada verdaderamente... Usted no es culpable

por haber vacilado en el umbral del Seminario. Me permití decírselo

a una señora de edad que se interesa por su caso. En cuanto a

ciertas tentaciones, a ciertas inclinaciones, no veo ninguna razón

para que se alarme. Están dentro del orden de la naturaleza, y por lo

tanto en los designios de Dios. Diga desde el fondo del corazón su

acto de contrición. —Ya alzaba la mano. Xavier, un poco jadeante, lo

interrumpió:

   —Tengo la impresión, padre, de que no he sabido hacerme

entender, pues usted no me juzga Culpable y yo sé que lo soy.

   —En la medida en que es culpable, está perdonado —dijo el cura

con fastidio.                        

 De nuevo alzó la mano y farfulló muy rápido las fórmulas de la

absolución. Un chico sofocado entró en la sacristía. Dijo:

   —Buenos días, señor cura —y descolgó una sotana roja.

   —¿No hay nadie? —preguntó el cura.

   —Sí, la señora Dupouy.

   —Sí, decía bien: nadie... Me gustaría hablarle después de la misa

—agregó volviéndose hacia Xavier—. Me parece que podría

ayudarlo. Se tratan más libremente estos temas fuera del tribunal de

la penitencia.

   Xavier inclinó la cabeza y se dirigió a un lado de la iglesia donde

el chico encendía una vela sobre el altar de la Virgen. Xavier buscó

en su misal la festividad del día, pero la nave estaba mal iluminada.

Creía que era el día de Santa Brígida. Los primeros responsos que

farfullaba el monaguillo subían al mismo tiempo a sus labios: ¡había

ayudado a tantas misas! "Señor —pensaba—, en menos de un

cuarto de hora estaréis entre nosotros..." Y como le ocurría casi

siempre se esforzaba por ceñirse a las palabras habituales, a los

"Actos antes de la comunión", enseñados en el catecismo y que

recitaba desde la infancia: "¿Quién soy para atreverme a acercarme

a vos? El peso de mis pecados me abruma, las tentaciones me

inquietan, estoy atormentado por mis pasiones, no veo a nadie que

pueda socorrerme y salvarme salvo vos..." Callaba, naufragaba,

tenía que remontarse de un abismo de silencio, de adoración y de

ternura para estar seguro de que no era el momento de adelantarse

hacia el altar. No, todavía no era el momento. Se aferraba a las

fórmulas como quien lucha por mantenerse despierto: "Enfermo,

acudo a mi médico; criatura, a mi creador; afligido, me arrojo entre

los brazos de mi consolador..." La campanilla sonó, el sacerdote

comulgaba. Xavier se levantó. El chico farfullaba el confiteor. Xavier,

como lo hacía siempre, se desdoblaba; una parte de él mismo

razonaba: "Es sensiblería, esto no significa nada". Habría querido

hablarle, a Aquel que estaba allí, de Dominique, de Roland, de los

Mirbel... ¿Para qué? ¿Acaso no los llevaba a todos con él? Aunque

lo hubiera querido no habría podido separarse de ellos. "¡Oh Rey de

las naciones y objeto de sus deseos! ¡Oh Oriente! ¡Esplendor de la

luz eterna y sol de justicia! ¡Oh llave de David! ¡Oh Raíz de Jessé!

¡Oh Adonaí!" El abismo se abrió de nuevo, pero tenía el

presentimiento de que no debía permanecer en él a causa del

sacerdote, que rezaba su acción de gracias ante el altar, pero que

debía de haberla terminado desde hacía rato: tosía, se sonaba la

nariz. Xavier hizo un inmenso esfuerzo para salir de aquel pozo. Se

levantó, tambaleante, y se dirigió a la sacristía. El cura lo había

precedido.

   —¿Tomará una taza de café? La señora Dupouy tiene la bondad

de preparármelo aquí todos los jueves. Y enciende la estufa: es aquí

donde enseño el catecismo. Es mejor para los chicos: la iglesia está

helada.

   Vertía el café en una taza cascada.

   —Ha hecho bien —le dijo bruscamente a Xavier, sin mirarlo—. Sí

—dijo—, ha hecho bien en no entrar... Es eso lo que quería decir.

   Xavier estaba sentado en la sillita de madera de los monaguillos.

Se levantó para ir a dejar su taza y fue a acodarse en el arcón donde

guardaban los copones sagrados. Se quedó allí a contraluz.

   —Oh, advierta que para mí ya no es dramático. No estoy ni

sublevado    ni   amargado   y ni   siquiera   soy verdaderamente

desdichado. Justamente por eso mi consejo tiene más peso. ¿No le

resulto extraño, al menos?

   Xavier sacudió la cabeza sin contestar.

   —Por otra parte, sabe, soy lo que se llama un buen sacerdote.

Nunca un escándalo. Sobre mí nada..., ¡ni esto! —insistió haciendo                         

chascar los dedos—. No hay que creer que nuestra gente de campo

exige de nosotros algo más que ser bautizados, casados y

enterrados con, en medio de eso, la comunión, como ellos dicen, no

la primera comunión, ¡porque todo el mundo sabe que no hay más

que una! Pero me tienen afecto. La señora de Dupouy me repetía el

otro día lo que decía de mí su yerno, que trabaja en la estación: "Es

un buen tipo, es amable, no piensa más que en hacerle un favor a

uno, nunca habla de Dios". Lo que además prueba que nunca asiste

a misa, porque preparo mi sermón con el mayor cuidado: me ocupa

el sábado entero. Es para decirle, mi estimado señor, que mi consejo

viene de un hombre equilibrado, que ha puesto cada cosa en su

lugar, que se las ha arreglado, que ya ni siquiera sufre

materialmente. Dígase lo que se diga, el oficio no es tan malo: de

pronto una ave, de pronto un conejo, sin contar las verduras y las

frutas. No se mata un cerdo en la parroquia sin que yo tenga mi

parte. En fin, se vive. Pero para llegar a este estado de paz, de

ataraxia, diré, he tenido que atravesar años de agonía. Hay que ser

fuerte para salir tan ileso como yo. He sido un chico igual que usted,

que tomaba todo al pie de la letra. Advierta que no se puede decir

que haya perdido la fe. Creo que la misa tiene un significado. Creo

que estoy haciendo algo cuando la digo. Naturalmente, tomo y dejo.

En fin, he comprendido, ¿no es cierto? Pero cuando tenía su edad y

aun mucho después.. . ¡ Ah, créame mi estimado señor, ahórrese

esa tortura!

   Fijó sobre Xavier su mirada pálida, en seguida huidiza.

   —Perdóneme —dijo—, veo que le extraña. ¡ Pero sí, sí!

   Vació de un sorbo la taza de café, se secó los labios con el

pañuelo, luego posó las manos sobre los hombros del joven:

   —Usted se ha dirigido a mí: mi deber era hablarle como lo he

hecho.

   En ese momento Xavier alzó la cabeza y lo miró. El cura dejó

caer las manos y las hundió en los bolsillos de la sotana.

   —Ah, ya sé que no lo convenceré en un día. Tendría que volver a

verlo, pero no vivo aquí, me alojo en el presbiterio de Baluzac. ¿El

señor de Mirbel le prestará una bicicleta?

   Xavier contestó con voz neutra que, en caso de necesidad, haría

el camino a pie.

   —¿De veras? ¿Vendrá? Entonces es que me ha comprendido.

Hay cosas —agregó el sacerdote, a media voz— que no me

atrevería a confiarle aquí, en esta sacristía, sobre todo después de

haberlo confesado. Pero junto al fuego... Hay que fijar un día —

agregó con una especie de excitación—. El lunes, ¿quiere?

   Sí, Xavier aceptaba, pero nunca estaría libre hasta el fin de la

tarde porque hacía estudiar a Roland.

   —¿ No le da miedo andar en el crepúsculo y de noche cerrada?

   ¡Es un camino tan desierto! Salvo los muleros...

   Xavier sacudió la cabeza y sonrió.

   —El lunes, después de las cinco —dijo.

   —Pero     ¿es    cierto?   Yo   que    tenía   miedo   de   haberlo

escandalizado... Estoy contento. O me equivocó mucho, o sabré

reconciliarlo con la vida, con la vida simple y normal.

   Xavier desprendió con suavidad las manos que el cura había

tomado entre las suyas.

   —No es necesario que vuelva a pasar por la iglesia.

   El cura acababa de abrir una puertecita.

   —No, no cierre. Espero a los chicos del catecismo. Hasta el

lunes.

   Xavier reconoció el antiguo cementerio. El pasto y las ortigas

estaban todavía aplastadas en el lugar en que él había permanecido

tanto tiempo de rodillas. Volvió allí, pero se quedó de pie, la frente                         

apoyada contra el muro del coro. Alrededor de él la mañana otoñal

brillaba en la bruma. Sobre el cerco de un jardín, el viento agitaba

suavemente la ropa puesta a secar.

   —¿Es que se siente mal?

   Sintió una mano sobre el brazo. Abrió los ojos. Era un colegial.

Había otros tres un poco más atrás. Los cuatro llevaban el mismo

delantal de lustrina negro. Uno había perdido el cinturón. Llevaba en

la mano el catecismo de la diócesis de Burdeos. El que se había

dirigido a Xavier era pálido, bajo, pelo ardiente, con una naricita

salpicada de pecas. Los otros tres, tan morenos como Roland,

tenían los mismos ojos de color de mora. Xavier dijo que no era

nada, que había tenido un vahído, que se sentía mejor. El muchacho

pelirrojo le preguntó si no necesitaba nada:

   —El señor cura tiene siempre café en la sacristía.

   Xavier sacudió la cabeza. No, no necesitaba nada. De las cuatro

cabezas alzadas hacia él, dos estaban sin boina. Su mirada iba del

uno al otro. ¿De dónde le venía ese amor desproporcionado, ese

amor absurdo? No los conocía, nunca los volvería a ver. Y sin

embargo habría querido llamarlos por el nombre de pila, retenerlos,

entrar en la vida de cada uno de ellos, protegerlos de todo peligro,

protegerlos con su propio cuerpo. ¡Pasión monstruosa, pasión

divina, sí! ¡Era eso! Pasión de Dios por su criatura. Durante algunos

segundos, los pies entre las ortigas, Xavier creyó sentir —qué locura

— lo que el Ser increado experimenta por la última de sus criaturas.

La puerta de la sacristía había vuelto a cerrarse. El viento dibujaba

lentas ondulaciones en las sábanas que se secaban sobre el cerco

del jardín. ¡ Dios mío! Aquel sacerdote les enseñaba el catecismo.

Era él y no otro quien los tenía a su cargo. Ese sacerdote... Pensó

con terror que había aceptado verlo, escucharlo, no porque temiera

nada para sí mismo... Pero ¿qué contestar? Hacía un rato tenía la

lengua como trabada.

   —Acaso no te corresponda hablar. Sólo se te pide que estés.

   ¿De dónde venía esa orden que repercutía en él, de dónde venía

sino de él mismo?

   Emprendió el camino de vuelta a la casa. Por absorto que

estuviera, fingió estarlo aún más. Así pudo pasar junto a Michéle sin

que ella se resolviera a interpelarlo.





                                     XII




   —¿Debo dejar el cubierto del señor?

   Octavie se había vuelto, con una mano sobre el picaporte.

Roland, de bruces, hojeaba el Magasin Pittoresque de 1854. Jean de

Mirbel fumaba apoyado en la chimenea. Michéle, en la sillita baja,

tejía, lo más cerca posible del fuego ardiente.

   —Puede levantar los manteles —dijo—. Pero deje pan y queso.

Creo que no volverá. Con el tiempo que hace... El cura debe de

haberlo retenido.

   —Exijo que atranquen las puertas como de costumbre —dijo

Mirbel, sin alzar la voz—. Si vuelve a media noche y llama, les

prohibo que le abran. Que vaya a dormir al establo o que se tienda

bajo la lluvia entre los juncos y que reviente.

   Gritaba casi, de golpe. Su pierna izquierda se movía como a

pesar suyo. Una gota de lluvia golpeaba a intervalos regulares el

zinc de una gotera. El susurro de la lluvia no se confundía con la

queja de las copas innumerables.

   —Cuando se vive en casa ajena —dijo Octavie— y se come su

pan...

   El resto se perdió en un refunfuño confuso. Cerró la puerta.

Michéle le preguntó a Roland por qué reía.

   —Por lo que acaba de decir Octavie. Yo comprendí porque lo

repite a menudo cuando ustedes no están...                         

   Michéle insistió: ¿ qué es lo que decía Octavie? Roland sacudió

la cabeza. Terminó por decir:

   —Le parece que ustedes son unos tontos de creer que va a

Baluzac a ver al cura. Dice que cuando un muchacho sale de noche

no es para ir a ver curas...

   Michéle lo interrumpió:

   —Ve a acostarte, en vez de hablar tonterías.

   Roland alegó que no eran las diez, que no subiría antes de las

diez. Mirbel, entonces, se apartó de la chimenea, dio un paso hacia

él y con su voz más dulce:

   —¿Todavía estás ahí?

   Roland, de un salto, estuvo en la puerta. No podía dejar de oír a

Michéle, que le decía:

   —¿No me das un beso? Ni siquiera volvió la cabeza. Cuando

hubo salido, ella se encogió de hombros. Suspiró:

   —No hay nada que hacer.

   —¿Lo descubres esta noche? Sí, hay algo que hacer, y es

devolverlo a la Asistencia...

   Como ella callaba él dijo que también subía. Ya ponía la pantalla

delante del fuego.

   —No, deja. Yo todavía me quedo. No puedo dormir si me acuesto

demasiado temprano. El sueño me vence en seguida, pero me

despierto una hora después, y mi noche ha terminado.

   —Te quedas para esperarlo —dijo Mirbel.

   Ella no se defendió.

   —Si a medianoche no ha llegado, cerraré todo. No te inquietes.

¿Crees que puede haber algo de verdad —preguntó después de un

silencio— en esa habladuría de Octavie ?

   Él rugió:

   —¡Idiota! Eres una idiota.                        

   —¿Por qué idiota? ¡Si te imaginas que Dominique va a ceder sin

resistencia! Y después de todo, él la quiere. Es un muchacho como

todos...

   Mirbel preguntó:

   —¿Lo crees? —y repitió—: Idiota —abrió la puerta y en el

momento de salir se volvió—: Son todas iguales: nadie les quitará de

la cabeza que son la delicia del género humano, que ningún

muchacho puede vivir sin ellas... ¿Qué dices?

   Como ella inclinaba la cabeza sobre su labor sin contestar, él

insistió:

   —Repite en voz alta lo que acabas de decir.

   Ella alzó hacia él la cara, ya gastada; las mejillas, que él había

amado doradas, duras y sombrías y ya eran biliosas y un poco

caídas. Él apoyó una mano sobre la frente de su mujer y pronunció

en voz baja su nombre. Ella se puso de pie, y el tejido cayó al suelo.

   —Ya verás —dijo ella, ardientemente—, saldremos de esta

noche, ya verás.

   Apretó contra ella durante algunos segundos el gran cuerpo

inerte. Luego esperó a que él hubiera llegado al primer piso, a que la

puerta de su cuarto se hubiera cerrado, para salir a su vez. Descolgó

una esclavina, se cubrió la cabeza con la capucha y recibió en plena

cara la bofetada poderosa de un viento lluvioso. A través de las

nubes que huían hacia el este, una claridad difusa bañaba los

fantasmas de los pinos, cuya imploración era más que humana. La

grava blanca del sendero la guiaba, pero no discernía los charcos y

a veces se hundía hasta los tobillos. Cuando se acercaba a la

puerta, siempre abierta, oyó pasos y lo vio.

   Le pareció tan bajo, tan endeble en aquella semipenumbra, que

al principio no creyó que fuera él. Empujaba su bicicleta y habría

pasado al lado de Michéle sin verla si ella no lo hubiera interpelado:                         

   —Ya me inquietaba —dijo.

   Él suspiró que le había pasado de todo.

   Su foco no alumbraba. Había tropezado con un montón de

piedras. Un camión había estado a punto de atropellarlo. Dos

kilómetros más lejos la goma de atrás había reventado. Caminaban

el uno junto al otro. Su voz jadeaba levemente. Frotó largamente las

suelas contra el felpudo y se excusó de que iba a ensuciarlo todo.

   —No tiene importancia. Siéntese junto al fuego, voy a traerle pan

y queso.

   Apenas lo había mirado. Cuando volvió con la fuente lo vio de

pronto inclinado hacia la llama que le iluminaba con fuerza la cara

enrojecida en todos los lugares que no estaban cubiertos por la nube

oscura de la barba. Tendía las manos en abanico y los pesados

zapatos humeaban. Michéle sacó un pañuelo limpio del cesto de

labores y le secó la cara, brillante de sudor y de lluvia. Se puso de

rodillas y empezó a desatarle los nudos de los zapatos.

   —No —protestaba él—, eso no, ni se le ocurra. Con una vez

basta. Ya le he dado bastante trabajo.

   Sentía vergüenza al pensar que ella iba a ver otra vez sus

horribles pies de hombre y a cuidarlos como lo había hecho después

de aquella noche en que había arrastrado la escalera del jardinero...

Y de pronto tuvo el extraño pensamiento de que el espectáculo de

sus pies causaría horror a Michéle. Por lo tanto, la dejó continuar;

cedía al embotamiento que lo clavaba al sillón. Oyó a Michéle, que

suspiraba:

   —Sus pobres pies... —luego se levantó y hundió dos dedos entre

el cuello de la camisa y su pescuezo.

   —¡ Está empapado! Es una locura quedarse así. Quítese la

camisa, voy a buscarle el pijama. Tiene que friccionarse con

alcohol...                     

   Cuando ella hubo salido él se arrojó casi bestialmente sobre el

gruyere y sobre el pan, se sirvió un vaso de vino de Graves, que le

gustaba. Cuando Michéle volvió a aparecer con el pijama, las

zapatillas de fieltro, una toalla y una botella de agua de Colonia, le

dijo que ya tenía otro aspecto. Sin embargo, se quitaba la chaqueta,

luego la camisa. Se dejaba friccionar, entregado al bienestar físico, a

esa dicha animal, el pensamiento ocupado en lo que el cura de

Baluzac le había repetido durante casi dos horas : que el

cristianismo es la verdad en la medida en que todos los mitos son la

expresión de una verdad. La misa tiene un significado profundo, lo

que no quiere decir que ocurra en ella nada real. La creencia literal

es necesaria para los débiles, los simples, pero indigna de un

hombre. La virilidad implica un desprendimiento progresivo de la

creencia literal, pero hay que respetarla en aquellos para quienes ha

sido hecha. El olor del agua de Colonia le molestaba un poco. Se

incorporó de golpe. Tenía la sensación de que una red de mallas

apretadas se había abatido sobre él y que una mano poderosa lo

estaba arrancando de las aguas profundas de su medio natal.

   —Estoy extenuado —dijo sin alzar la voz—, me caigo de sueño.

   No le dejó a Michéle tiempo de contestar, ya estaba lejos. Ella

hubiera podido creer que había soñado si no hubiesen estado ante el

fuego, abierto y enorme, el calzado y la cartera que tenía entre las

manos.

   Se movía menos que una liebre en su madriguera. Oyó el ruido

de una puerta que se cerraba. Su mirada permanecía clavada en

dos sobres colocados sobre la cama, dos cartas que habrían llegado

con el correo de la tarde: la letra grande, puntiaguda e inclinada de

su madre, letra del Sagrado Corazón, y los rasgos derechos y

varoniles de Dominique, acostumbrada a tomar notas durante el

curso. Acercó la carta a la cara, la respiró largamente. Pero no

había que leer primero la misiva materna; el respeto al protocolo se

imponía a él, aun cuando no había testigos.

   Como quien se zambulle en un agua helada empezó por en

medio: "No sabría agradecer bastante a Brigitte Pian la delicadeza

con la cual, ante tu padre, fuera de sí, supo tocar cierto tema sobre

el cual no te asombrará que me repugne volver. Ha insistido

fuertemente sobre el hecho de que la psiquiatría (no sé si respeto la

ortografía de esta palabra, demasiado sabia para mí...) ha renovado

totalmente la casuística (¡otra palabra de Brigitte Pian!). Antaño

conoció a un santo sacerdote, muerto hace tiempo, el abate Calou,

que le enseñaba que la ciencia nos ayuda a entrever, hoy, por dónde

la misericordia divina se introduce en nuestros destinos cargados de

lo hereditario. ¡Todo esto es muy complicado! Y no puedo decir que

Brigitte Pian haya conseguido aplacar a tu padre. El resultado de

esta entrevista es un ultimátum que él me ha encargado te

transmita:   debes    volver   inmediatamente   a   casa,   donde   te

comprometerás a no volver a alejarte sin nuestro permiso. Seguirás

los cursos de la Facultad de Derecho y permanecerás bajo nuestra

exclusiva custodia. Si de aquí a ocho días no has vuelto al redil, te

tacha de un plumazo y no tendrás que esperar de él la menor ayuda

pecuniaria... No tendrás con qué contar, salvo con los títulos que has

heredado de tu tío Cordés: ciento cincuenta mil francos.... Con eso

no irás muy lejos".

   Xavier dejó caer sobre la alfombra las hojas celestes cubiertas de

la gran letra inclinada y puntiaguda, y no las recogió en seguida.

Tomó el otro sobre y lo acercó a los labios. Carta casi seca, sin

ternura, y totalmente dedicado a dar indicaciones precisas.

Dominique se había informado como él se lo había pedido por su

colega, que recibía niños en pensión. Sí, le quedaba un lugar para

Roland, llegado el caso. "¡Si eso podía decidir a Xavier a abandonar                        

Larjuzon! " No agregaba nada a ese voto expresado. En resumen,

Dominique esperaba precisamente de él lo que también exigían sus

padres: que volviera a tomar su lugar en la casa de familia, que

volviera a ser un estudiante. Dominique lo vería en secreto donde él

quisiera. No harían nada malo... "Era aquí, en Larjuzon —pensaba

Xavier—, donde hacía mal con su sola presencia." Dominique

escribía: "¿Quién podrá retenerlo en Larjuzon cuando Roland esté

conmigo? Lo desafío a que me diga que es esa horrible pareja.

Entonces, ¿quién? Ya no hay nadie para usted en Larjuzon. Es lo

que me tranquiliza. Sólo por los árboles del parque podría

sacrificarnos a Roland y a mí".

   Suspiró. Ella no sabía que aquel sacerdote estaba en su vida.

Entre ella y él había, además, el sacerdote. Se erguía como una cruz

negra, una última cruz que habría que abatir para alcanzar a

Dominique. Sí, abatirlo, pero no para cargarlo sobre sus hombros.

   Se esforzaba por apartar el recuerdo de lo que acababa de

ocurrir entre el cura de Baluzac y él, al final de aquella larga

demostración sobre los mitos que no hay que tomar al pie de la letra,

sino interpretar. Volvía a ver la biblioteca en el primer piso del

presbiterio, libros que habían pertenecido al antiguo cura de Baluzac,

el abate Calou, cuyo nombre acababa de recordarle su madre...

Habían sido legados a Jean de Mirbel, que nunca se había

interesado por ellos: "Papeleo teológico...", según el cura actual de

Baluzac. Xavier, que podía decirse no había abierto la boca, en el

momento de despedirse le había preguntado si recordaba lo que

había decidido su vocación. ¿Cómo se hace para resignarse a dar el

paso? Cuando estaba postrado ante el obispo, ¿qué había en él en

ese momento? ¿Qué pasión? El cura había vacilado: ni una onza de

ambición en ese gesto, por supuesto, había dicho, ni la sombra de

un cálculo. Entonces, ¿qué? La respuesta fue: "Padecía influencias,                        

imaginaba, creía..." Se había interrumpido, y Xavier había dicho:

"¿Quizás amaba a alguien? Sólo el amor explica la locura de ciertos

gestos. Y sin embargo, no puede uno amar una idea, no puede amar

un mito". El cura entonces lo había interrumpido con violencia: "Se

puede amar a alguien muerto desde hace casi dos mil años, es

verdad. Yo soy la prueba, yo y muchos otros. ¡Cómo me ha

engañado, cómo nos ha engañado de siglo en siglo!", agregó con

voz estremecida. "He orado tanto, he suplicado tanto... A su edad

uno hace las preguntas y las respuestas y cree que es Dios quien

habla. No se sabe que no hay nadie."

   Ya el cura, un poco apartado de la lámpara, no era sino una

delgada forma negra clavada en la pared. Entonces Xavier había

pronunciado estas palabras absurdas (¿las había pronunciado

realmente?): "Sin embargo, estoy aquí. He venido". El otro lo había

mirado largamente y había contestado : "Ha venido para que le

impida cargar con el fardo que no está a la medida del hombre". Y

Xavier: "He venido para ayudarlo a llevar su cruz..., o quizá para

llevarla en su lugar". El sacerdote había suspirado : "¡Qué locura!" Y

Xavier: "La verdad es esa locura". El sacerdote había alzado hacia él

unos ojos sin pestañas, de un celeste desteñido. Y luego Xavier

había tomado su impermeable. El sacerdote llevaba la lámpara de

queroseno y bajaba ante él. Decía: "Tenga cuidado con este

escalón..."

   Xavier ya se había alzado el cuello de su gabardina. Tenía la

mano sobre el picaporte: "Escuche", imploró de pronto el sacerdote.

Xavier se volvió:

   —¡ No haga eso!

   Xavier se apoyó en la puerta. El cura dejó la lámpara sobre un

peldaño.

   —No tome por ese lado. Como Xavier murmuraba:                      

   —No lo comprendo...

    —Sí, por supuesto que me comprende. Usted es temerario.

Peca por temeridad.

   —No, soy cobarde. Dios lo sabe.

   El sacerdote miró largamente a Xavier, tan endeble en su

impermeable gastado, luego cerró los ojos.

   —Le tengo lástima —dijo—. No cargue con ese fardo.

   Y como el muchacho preguntaba:

   —¿Qué fardo?

   —Mi vida —contestó el sacerdote.

   —Es demasiado pesado para usted. Lo aplastará.

   El sacerdote había recordado después que a pesar suyo había

dicho: "Lo aplastará". Entonces Xavier:

   —¿Puesto que no es verdad? ¡ Puesto que se trata de un mito!

   —Sí, un mito..., pero nunca he negado que cubre...

   —¿Que cubre qué, señor cura?

   El sacerdote respondió secamente:

   —Cosas oscuras en las cuales—es mejor que usted no se meta.

   El rostro de Xavier se iluminó:

   —Usted tiene fe —dijo.

   El sacerdote meneó la cabeza.

   —¿En un sentido amplio? Por supuesto. Creo en fuerzas ocultas

con las cuales es temerario jugar.

   Xavier repetía:

   —¡ Usted cree!

   —Creo en un poder que acaso no sea el que usted supone. No lo

deje penetrar en su vida.

   —Está en mi vida —dijo Xavier, en voz baja—, puesto que usted

está en mi vida. No puedo arrancarlo de mi vida. Nadie tiene el

poder de apartar a nadie.

   El sacerdote murmuró:

   —Eso es verdad... Uno de mis colegas —agregó vacilando—

está unido a una mujer... Sabe que aunque la abandonara, ella

seguiría formando parte de su destino, para siempre.

   —¡Todas esas cuentas que saldar! —suspiró Xavier—. ¡Todas

esas relaciones personales de hombre a mujer, de hombre a

hombre, cada una de las cuales será juzgada aparte! La pregunta

"¿Qué has hecho de tu hermano?", que nos será formulada tantas

veces como en el curso de nuestra existencia hayamos reinado

sobre alguien, hayamos tenido poder sobre un corazón, sobre un

cuerpo, hayamos usado y abusado de ese cuerpo...

   —Vayase —gritó el sacerdote—, ¡ déjeme!

   Había abierto la puerta... Había empujado a Xavier por los

hombros.





                                  XIII




   ¿Qué podia haber al avanzar? Recordó aquel lugar del camino,

cuando eran niños, en la cima de un cerro donde sólo se veía el

cielo y que ellos llamaban el fin del mundo. Nada más allá de aquel

cuarto, de aquella casa, de aquella noche. Y el Autor de una

destrucción tan paciente había desaparecido a su vez, al ser

arrancada la última ternura.

   Xavier experimentaba una gran paz y no sabía que eso era la

desesperación, la verdadera, la que no se libera entre lágrimas y que

hace avanzar a su víctima entre dos paredes hacia una puerta que

basta empujar para entrar en el descanso que no terminará nunca.

¡Oh sueño! ¡Oh pobre corazón que sólo sabía amar! ¡Oh memoria,

por fin anonadada con todos los nombres y todos los rostros que

retenía en su profundidad!

   Abrió la ventana, empujó los postigos. Ningún soplo movía las

copas de los árboles: inmovilidad que hacía pensar en una

petrificación. Los pinos, que nunca duermen, dormían aquella noche,

y era tal el silencio, que Xavier oía el agua correr bajo los álamos,

muy lejos, del lado en que Roland tenía su isla. Pensó en el tronco

de pino tumbado; se había sentado en él junto a Dominique. Sin

duda aquel cadáver de árbol permanecería allí durante años sin ser

explorado; quizá se pudriera menos rápidamente que aquel cuerpo

vivo asomado a una ventana, semiencaminado ya en el frío de la                        

noche. Y Xavier calculaba las pocas probabilidades que tendría de

matarse si se dejara ir: las piernas rotas quizá..., a menos que

cayera sobre la cabeza.

   Se volvió violentamente como si tuviera que hacerle frente a

alguien que lo hubiera empujado de los hombros; no, nadie. Nadie,

salvo esa faz desencajada en el espejo sobre la chimenea, esa cara

delgada, todavía adolescente, bajo el pelo desordenado, y que lo

miraba. De pronto sintió piedad de él, se tuvo lástima. Pasó

lentamente sobre los párpados las palmas de las manos y pronunció

en voz baja: "Pobrecito..." Hubiera querido que alguien estuviera allí,

cualquiera, alguien: una criatura viva como él y perecedera. Pensó

en Roland, que dormía arriba, en su cuarto en forma de buhardilla.

   Los peldaños de la escalera del último piso no tenían alfombra y

crujían. Se detenía para asegurarse de que la casa continuaba

dormida. La puerta del niño estaba entreabierta, y el velador que

alumbraba el cuarto expandía hasta el descanso un resplandor lunar.

Hubo una época en que Roland era mimado por los Mirbel.

Acostumbrado al dormitorio común, tenía miedo de quedarse solo de

noche y había obtenido aquel velador. Xavier, emergiendo .de las

tinieblas, distinguía cada objeto: el jersey y el pantalón tirados sin

orden y los pesados zapatos de cordones rotos que bogaban al azar.

Sobre la mesa de noche, un viejo nido de pájaro, una honda, una

agenda, dos cartas de Dominique en su sobre, un pañuelo sucio. La

aureola del velador revelaba en el cielo raso vagos continentes de

goteras. Xavier se sentó con precaución al borde de la cama. El niño

dormía con un sueño tranquilo, sin el menor soplo, como la

naturaleza de aquella noche, petrificado como ella, hundido en un

reposo que no pertenecía al mundo. Sin embargo, vivía: el olor

animal de su vida reinaba en la buhardilla, y su calor. Xavier estaba

sentado junto a ese ser como ante un fuego, y se calentaba en ese                          

fuego vivo. El cuerpo estaba de costado, un hombro flaco surgía de

las sábanas. El pelo sobre la nuca dibujaba una punta. Xavier no se

movía: recobraba su fuerza. La criatura dormida bajo sus ojos hacía

que Dios fuera nuevamente sensible a su corazón. Un cuerpo

humano, una alma humana: no se necesitaba más, Dios mío, para

que estuvierais ahí, para que le fuerais devuelto. Él no podía decir

ninguna palabra al niño dormido ni posar los labios sobre su frente.

No podía hacer nada, salvo hablaros de él, ¡qué voluntad

apasionada de sustitución! Siempre ese "tomadme en su lugar",

siempre esa exigencia de asumir lo peor de un destino.

   ¡Una especie de locura!, pero una gran paz le había vuelto o más

bien la experimentaba de nuevo, pues no dudaba de que nunca la

había perdido. Una paz viva, una paz que lo embotaba de alegría, y

que, sin embargo, le daba miedo a causa de lo que anunciaba.

   —¿Qué haces en este cuarto?

   Se irguió y vio en el marco de la puerta a Mirbel, envuelto en una

bata blanca. El niño se despertó, se sentó en la cama, miró a los dos

hombres y se echó a llorar. Mirbel repitió:

   —¿Qué haces aquí? Xavier balbució:

   —No sé.

   Con la cabeza gacha, buscaba lo que debía contestar.

   —¿ No lo sabes ? ¿ De veras ?

   Mirbel dio algunos pasos hacia la cama, se inclinó hacia el niño,

que se frotaba los ojos y gemía; lo asió de las muñecas y descubrió

una cara hinchada de sueño, bañada en lágrimas.

   —¿Qué te ha hecho? Pero contesta cuando se te pregunta algo.

   Roland sollozaba. Balbució "que dormía, que no se había dado

cuenta de nada".                     

   —¿De qué hubiera podido darse cuenta? —preguntó Xavier—.

De pronto me sentí inquieto por él, vine para cerciorarme de que no

estaba enfermo.

   —¿No lo estaba?

   —No, dormía tranquilamente.

   —Dijiste hace un rato que no sabías lo que hacías en este cuarto.

Necesitaste tiempo para encontrar un pretexto.

   Xavier seguía con la cabeza baja.

   —¿Por       qué     te   quedaste    cuando        viste   que   dormía

tranquilamente? Xavier dijo:

   —No sé.. —vaciló un instante y a media voz—: Creo que

rezaba...

   Mirbel se encogió de hombros y empezó a recitar, cantando como

un colegial:



                     Un ángel de rostro radiante,

                     inclinado sobre la cuna,

                     parecía contemplar su imagen

                     como en la linfa de un arroyo.

                     "Niño encantador que eres mi imagen

                     —le dijo—, oh, ven conmigo,

                     ven, seremos dichosos juntos..."



    Mirbel se interrumpió presa de una risa cacareante. Xavier se

había inclinado hacia Roland y le repetía en voz baja:

   —Cierra los ojos, eso no significa nada, duerme. Le impedimos

dormir —dijo, volviéndose hacia Mirbel.

   —Es un escrúpulo un poco tardío, ¿no te parece?

   Sin embargo, Xavier envolvía al niño, le ponía la sábana sobre el

hombro, le decía:                            

  —Vuélvete del lado de la pared...

   —Ahora dejémoslo.

   Salió, pero sentía casi el soplo de Mirbel, a tal puntó lo seguía de

cerca. No pudo impedirle que entrara detrás de él en su cuarto.

Mirbel cerró la puerta, se volvió hacia Xavier y dijo:

   —Es hora de que los separe.

   Xavier no apartaba los ojos de aquel hombre sentado en el sillón,

como si hubiera querido pasar allí la noche.

   —Haría bien yendo a acostarse —dijo.

   —¡Oh, el sueño y yo! —suspiró Mirbel, y extendió las piernas,

flacas y velludas—. No tienes conciencia, por supuesto, pero es hora

de que separe al chico y a ti. No quieres tener conciencia de ello. Ah,

la evasión por lo sublime, el disfraz de lo peor por lo mejor: eres un

ejemplo famoso. Felizmente para tu salvación, estoy aquí.

   Xavier callaba y lo observaba.

   —En fin, el dieciocho de este mes devuelvo el chico a donde lo

he sacado. Es asunto resuelto.

   Xavier preguntó si "se trataba de una amenaza".

   —No, pero te repito que es un asunto resuelto.

   Todo lo que había ocurrido en el cuarto de Roland y esa

vergüenza que lo abrumaba, Xavier lo olvidó. Pensó con una

precisión seca en ese proyecto que había planeado con Dominique:

ella se lo recordaba en la última carta. Él dispondría en favor de

Roland de los ciento cincuenta mil francos que había heredado de su

tío Cordés. Se lo confiarían a esa colega de Dominique que

aceptaba niños en pensión. Seguiría las clases en la escuela libre de

Saint—Paul. No escuchaba a Mirbel.

   —Volveremos a encontrarnos solos frente a frente como en el

tren. La corriente tendrá que volver a pasar. Las mismas

circunstancias suscitarán la misma simpatía, ya verás. Por supuesto                         

estaremos menos tranquilos aquí para conversar que en un

compartimiento... Ya sabemos: está Michele. Pero en seguida

llegarás al punto en que uno ya no ve a la gente con, quien vive.

Suprimiremos a Michéle —exclamó con alegre ferocidad.

   —Pienso que podría... —interrumpió Xavier—. Usted no me

negará eso... Quisiera acompañar yo mismo a Roland el dieciocho.

   Mirbel se levantó y se dirigió hacia Xavier.

   —No me hables más de ese chico: una mojarrita que vuelve a

echarse al agua. Lo devuelvo a su elemento natural: los asilos, los

hospicios. ¿En qué te ocupas? ¿Qué temes por él? ¡Me parece que

tienes muy poca confianza en la Providencia!

   Y recobró su tono de colegial que canta, para recitar este dístico:

                  A los pajaritos les da su alimento

                  y sobre toda la naturaleza se extiende Su

                  bondad.


   —Estos dos versos de Racine se titulaban Bondad de Dios en El

cesto de la infancia en que las monjitas buscaban los textos de

nuestras lecciones.

   —Usted y Michéle le han dado el gusto de cierta vida,

costumbres —dijo Xavier—. Ustedes son responsables...

   —No te contestaré cuando me hables de ese ser atroz. Confiesa

que estás curiosamente obsesionado...

   Xavier, con los ojos cerrados, ceñudo, repetía a media voz, casi

suplicante:

   —Vayase. Déjeme.

   —¡Ah, cristianito que no te atreves a mirarte de frente!

   Xavier pensaba: "¡Dios mío, que este hombre no arroje en mí el

germen de la abominación!, No permitas que envenene mi fuente..."

Se asombró de lo que decía en voz alta:

   —¿Me curaré alguna vez de haberlo conocido a usted?

   —Por fin —gritó Mirbel—. ¡Era tiempo! Reconoces que estás

tocado. No pido más —agregó riendo—, por lo menos esta noche.

Tranquilízate, voy a dejarte dormir. Ahora vas a poder dormir. La

verdadera vida empezará para nosotros a partir de mañana.

   Caminaba a través del cuarto con excitación y se restregaba las

manos.

   —Y sobre todo no te ocupes más de hacer estudiar a Roland.

Déjalo gozar en paz de lo que le queda. Ya no está a tu cargo. Te

pido que lo convengas conmigo.

   Xavier respondió con voz neutra:

   —Ya no estoy encargado de hacerle aprender sus lecciones ni de

corregir sus deberes.

   —¡Ah, cabeza dura! —exclamó de pronto Mirbel—. ¡Ah, la

romperé a puntapiés...!

   Tendió hacia delante las manos semicerradas de estrangulador.

Ante aquella cara convulsa Xavier había retrocedido un paso. Mirbel

pareció despertar. Dejó caer las manos.

   —¿No lo creíste? —preguntó en voz baja—. ¿Dime? ¿No creíste

que quería hacerte daño?

   —No tenía miedo.

   —No crees que pueda hacerte nunca daño. No se mata lo que se

ama.

   —Quizá debamos elegir —dijo Xavier—. Matar lo que amamos o

morir por lo que amamos.

   Mirbel suspiró:

   —Hay algo en medio: ser amado de lo que uno ama. ¿Crees que

esa dicha existe en este mundo?

   Xavier dijo apartando la vista:

   —Sí, esa dicha existe. Vaya a dormir ahora. Mirbel, casi tímido,

preguntó:

   —¿No me guardas rencor? ¿Me perdonas? —Xavier inclinó la

cabeza; luego cerró con pasador y se sentó a su mesa. Fue aquella

noche cuando escribió sobre la página arrancada de un cuaderno de

colegial : "Lego a Roland, hijo de la Asistencia Pública...", y la

continuación.




                                   XIV




   Aunque no era dia de misa, en cuanto Xavier vio despuntar un

resplandor a través de las persianas se levantó, se fue a la iglesia y

permaneció de pie un rato contra la pared del coro, con los pies

sobre la hierba espesa y mojada, hasta la hora en que abrió el

correo. Escribió un telegrama para Dominique: le rogaba que lo

llamara por teléfono aquella misma mañana. Según sus cálculos, la

campanilla sonaría antes que Mirbel hubiera bajado de su cuarto, y

era la hora del día en que Michéle no salía de la cocina.

   Pudo, en efecto, descolgar el receptor antes que el timbre

alertara a nadie. Dominique lo escuchaba con una docilidad

inesperada. Se citaron para dos días más tarde en la curia de

Baluzac. Él le llevaría al chico. Ella había hablado de él a su colega,

que aceptaba tenerlo en pensión. Dominique realizaría los trámites

necesarios en la Asistencia Pública, donde el padre de una de sus

alumnas ocupaba un puesto importante. Todo era sencillo: el camino

parecía despejarse ante Xavier. Había que convencer al chico, pero

cedería ante el solo nombre de Dominique. Sin embargo, había que

prepararlo. ¿Dónde encontrarlo? No estaba en ninguna parte de la

casa. Octavie lo había visto correr hacia el arroyo: iba a mojarse los

pies. Tanto peor si se enfriaba: "Con tal que no demore nuestra

partida..." Ella también lo aborrecía porque había que servirlo a

pesar de ser un expósito.

 Xavier lo vio venir por el sendero. Empujaba una piña con el pie,

las manos en los bolsillos y la boina hundida hasta las orejas. Se

divertía como si no fuera el momento en que iban a echarlo al agua.

Balanceaba su pesado zapato con clavos, golpeaba la piña, la

mandaba lejos, la alcanzaba con saltos de cabrito, se paraba en

seco. No vio a Xavier, oculto por un pino. A los chicos no les gusta

ser observados cuando juegan solos. Xavier lo sabía. Lo dejó pasar,

dio la vuelta a la casa y se encontró como por casualidad ante el

chico.

   —¿Vienes de decirle adiós a tu isla? Contestó con tono regañón:

   —¿ Por qué ?, no es una persona... Quiso entrar en la casa.

Xavier le puso la mano sobre el hombro:

   —Quédate, tengo que hablarte... ¿Qué va a ser de ti, a tu modo

de ver? El chico gruñó:

   —No sé, yo... —agregó de golpe—: Me colocarán. Pero esta vez

quiero ganar.

   —¿Te gustan los libros? ¿No quieres ser un muchacho instruido?

   —Prefiero ganar. Y, además, el que decide no soy yo.

   Apartó la vista y farfulló:

   —¿Y a usted qué puede importarle?

   —Pongamos que a mí no me importe. Pero quizás haya alguna

otra persona... El chico se encogió de hombros:

   —Por mí puede hablar...

   Eso fue dicho en tono entre alto y bajo, con insolencia. Subió los

primeros peldaños de la entrada. Xavier lo retuvo, agarrándolo por el

brazo:

   —La señorita Dominique está inquieta por ti. Quiere verte.

   El chico volvió la cabeza hacia Xavier; tenía una cara hosca y

desconfiada. Preguntó:

   —¿Cómo lo sabe?

   —Me llamó por teléfono esta mañana, pero no se lo digas a

nadie. Vendrá a buscarte el jueves. Te esperará en Baluzac. Te

acompañaré.

   —¿Qué puede hacer por mí? No puede hacer nada, no tiene

dinero.

   —No te ocupes de eso. Ten confianza en ella y en mí.

   Preguntó a media voz:

   —¿Van a casarse?

   Xavier apartó los ojos para no verlo y dijo (como si se enterara él

también, como si de pronto tuviera la certidumbre):

   —No, Roland, no será mi mujer. No me casaré nunca. Nunca

tendré hijos, nunca otros chicos que los que me sean dados, como

tú me fuiste dado.

   Puso la mano sobre la nuca reacia. Roland preguntó:

   —¿Por qué le intereso? No soy interesante.

   —Lo eres para mí, para Dominique. Nos interesas porque te

queremos.

   —¿Usted me quiere? ¿A mí? ¡Vaya! Reía. Sacudía la cabeza.

   —¿No lo crees?

   —No soy nada suyo.

   —¿Por qué se quiere a alguien? Dominique no es nada tuyo y la

quieres. Dijo:

   —No es lo mismo... —y permaneció un momento con la mirada

vaga. Preguntó en una especie de explosión de alegría—: ¿Voy a

verla el jueves? ¿No es broma?

   —La verás y te irás con ella. Pero guarda el secreto. Él repetía:

   —¿No es broma? —no sonreía, pero su rostro resplandecía.

   —Vamos juntos a decirle adiós a la isla, ¿quiere? —preguntó de

pronto.

   Tomó la mano de Xavier y lo arrastró. No vieron un rostro pegado

a un vidrio del primer piso. Mirbel abrió la ventana e hizo en dirección

de ellos el gesto de apuntar con una arma invisible.





                     

                                    XV




   Octavie puso las tazas vacías sobre la bandeja y, a punto de

salir, con la mano sobre el picaporte, dijo sin volverse:

   —¿La señora ha visto que el chico se llevó todas sus cosas?

   Michéle preguntó distraídamente:

   —¿Qué cosas? —no apartaba la mirada de la labor.

   —El armario y la cómoda están vacíos. Mirbel dejó el libro que

leía y preguntó dónde estaba el chico.

   —Le permití que acompañara a Xavier a Baluzac. Irán a pie.

Prometieron no volver tarde.

   —¿Los viste salir?

   Ella se levantó bruscamente. Recordaba haber visto que Xavier

llevaba una mochila.

   —Creí que llevaban su merienda.

   Salió apresuradamente. Jean la siguió por la escalera. Subieron

juntos hasta la buhardilla del chico. Sí, el armario estaba abierto y

vacío. Tampoco había nada en los cajones de la cómoda. Sólo

quedaba una vieja caja de jabón, cuya tapa había sido agujereada

con clavos "para que las langostas puedan respirar". Octavie se

había unido a ellos y hablaba sola; había sospechado algo. Había

que saber si aquel señor no había venido a Larjuzon para raptar a

Roland. A lo mejor tenía algún interés: con los chicos abandonados

se tienen sorpresas.                     

   Mirbel bajó un piso, penetró en él cuarto de Xavier y vio que todo

permanecía en su lugar: la ropa sucia estaba tirada en el suelo y

vagaba un par de zapatos que no habían sido limpiados desde hacía

tiempo. La maleta estaba en su sitio, entre el armario y la pared.

   —Él volverá —dijo Michéle—. ¿Por qué bajas la cabeza? Nos

hemos librado del chico. ¿No es lo que querías?

   Mirbel salió sin contestar. Ella lo siguió sin decir una palabra.

Jean fue al teléfono, hojeó la guía y llamó a la curia de Baluzac.

Hacía frío en la habitación oscura. Las moscas muertas cubrían la

mesa de los deberes de vacaciones.

   —¿Habla el cura de Baluzac? ¿Podría hablar con el señor

Dartigelongue?

   Michéle tendió hacia el receptor una mano, que él rechazó con

rabia.

   —¿Ah, eres tú? ¿Vuelves esta noche?...,

   ¿solo?, sí, he comprendido..., no me había desinteresado. ¡Ya

veremos!

   Hablaba con voz pareja, impersonal. Cuando hubo colgado el

receptor le dijo a Michéle:

   —No me sigas. Déjame.

   Era el instante en que el cura de Baluzac le decía a Xavier con

aire de cómplice: "Lo dejo con ella en la sala. El ómnibus no pasa

hasta dentro de un cuarto de hora. ¿Quiere que lleve al chico al

jardín? Estarían más tranquilos".

   Xavier sacudió la cabeza. El cura salió, y el muchacho y la joven

permanecieron de pie, bastante lejos el uno del otro. Roland estaba

pegado al vestido de Dominique, como el cervatillo a la corza. Ella

contaba los trámites que había realizado en la Asistencia Pública, las

formalidades que había tenido que llenar. Él no escuchaba, la

miraba.                       

   —No, no me dé las gracias. No tengo ningún mérito: para no

perderlo a usted me encargo de Roland. Es la única manera de no

perderlo.

   —Roland ya no me necesita —dijo Xavier—. A partir de este

minuto me siento liberado de él.

   Ella protestó con violencia que nunca aceptaría ocuparse de él,

sola, que haría de intermediaria entre Xavier y el chico. El chico se

alejó de la ventana y gritó:

   —¡ Ahí viene el ómnibus!

   En Larjuzon, un hombre daba vueltas y vueltas sin fin por los

senderos. Cada cuarto de hora pasaba ante el porche, donde

Michéle lo observaba y pronunciaba su nombre cuando él estaba al

alcance de su voz, pero él no se volvía y se hundía de nuevo en la

sombra que aumentaba. La noche cerró. Mirbel se dirigió hacia el

garaje. Michéle surgió de pronto ante la luz de los faros. Le preguntó

adonde iba. Creyó comprender: "a su encuentro". Arrancó

rápidamente. Ella tuvo que aplastarse contra la hoja de la puerta

para que no la atropellara.

   En Baluzac, Xavier permaneció en el mismo lugar, inmóvil, hasta

que la luz roja trasera del ómnibus hubo desaparecido a la vuelta del

camino. Entonces volvió hacia el presbiterio. Aunque ya era de

noche y hacía frío, el cura lo esperaba a la puerta y le ofreció su

bicicleta. Xavier la rechazó al principio. Había habido una discusión

entre ellos: "¡Oh, no era una disputa!" El cura había sostenido que

era perder su vida sacrificarla a individuos efímeros; que sólo la

clase contaba; que no se salva a la humanidad en detalle; en fin,

cosas   de    ese   orden,     pero   que   habían   parecido   afectar

profundamente a Xavier Dartigelongue.

   Terminó por aceptar el ofrecimiento de la bicicleta. El cura

lamentó, después del hecho, no haberle dado importancia a la

aprensión que manifestó Xavier y no haberle ofrecido que pasara la

noche en el presbiterio; pero no disponía de ningún cuarto de

huéspedes y había temido que el joven durmiera mal en el sofá de la

sala. Por lo tanto, lo dejó ir.

   Las últimas palabras de Xavier habían sido:

   —Mañana le confiaré la bicicleta al mulero: le diré que la deje

aquí.

   Eso significaba, según el cura de Baluzac, que no tenía entonces

ninguna idea de suicidio. Si no, habría partido a pie.

   —Era demasiado escrupuloso para privarme de mi bicicleta.

   Era el momento de Michéle de errar por los senderos. No sentía

frío aunque no se había puesto el abrigo. Se decía: "Porque espero

lo peor, no ocurrirá nada". Era superstición suya imaginar cosas para

estar segura de que no ocurrirían. Giraba al fondo de un abismo

cuya pared vertiginosa la formaban los pinos. El tiempo pasaba.

Hubiera debido estar de vuelta. Acechaba el ruido del motor. Entró

para decirle a Octavie que podía ir a acostarse. Cuando volvía al

porche vio el farol de una bicicleta, una mano que apretaba el

manubrio. No conocía a aquel hombre. Había ocurrido una

desgracia.

   —El joven que estaba en casa de ustedes ha sido atropellado.

Iba en bicicleta. No se sabe si se tiró bajo las ruedas a proposito o si

los faros lo deslumbraron. Sin embargo, eran los reglamentarios. Su

marido había disminuido la marcha. La policía cree que se

deslumbró. Es lo que se va a decir en el sumario, para el seguro...

   Ella preguntó adonde habían llevado el cuerpo.

   —Al presbiterio de Baluzac: el accidente ocurrió casi a la salida

del pueblo. Su marido lo cargó él mismo en su coche. El cura

telefoneó a la familia.

   El hombre se alejó. Michéle se sentó sobre un peldaño, los

brazos anudados alrededor de las rodillas, y esperó. Reconoció de

lejos el ruido del motor, luego el chirrido de la puerta del garaje. El

paso de Mirbel sobre la grava no era ni más rápido ni más lento que

otra noche. Ella se puso de pie. Él estaba allí. Lo arrastró al

vestíbulo. Dijo, sin mirarla:

   —No es lo que tú crees. Yo me había ido impaciente para dirigirle

reproches o quizás inspirarle lástima, enternecerlo. Mi furor no iba

más allá. Surgió de pronto en la luz de los faros. Frené. Se arrojó

contra el capó. ¿No me crees?

   Como ella no contestaba, le preguntó si no había nada que

comer.

   —¿Tienes hambre?

   Sí, tenía hambre. Se sentó ante la mesa donde Octavie había

dejado un resto de carne fría y le sirvió. Él comía vorazmente.

Cuando hubo terminado, vació un vaso de vino. Michéle se había

alejado de la luz que caía sobre él, sentado a la mesa. Sólo se le

veía la ancha espalda redondeada, la gran cabeza despeinada sobre

el jersey. Lo interrogó de nuevo en voz baja:

   —¿Qué pensaron los otros? ¿Qué creyeron? No contestó en

seguida.

   —Que se mató... Lo creen porque esta misma noche, con otros

papeles, había entregado a Dominique su testamento; le deja al

chico todo lo que tiene.

   Como ella murmurara: "En el fondo, eso es mejor para ti...", él

protestó:

   —No, no se trata de eso. ¿Quién puede pensar en acusarme?

   —Ese testamento... ¿Crees que prueba...?

   No se atrevió a concluir. Él terminó de vaciar su vaso, se secó la

boca, luego se levantó con dificultad, apoyándose en la mesa.                       

   —No —dijo—, yo sé que eso no prueba nada. No. No se ha

matado. He visto la fecha en el papel: lo redactó el lunes por la

noche.

   Agregó muy rápido:

   —Yo lo había asustado. Tenía miedo de mí.

   —¿Tú lo habías asustado? ¿Cómo lo habías asustado?

   —En su cuarto. Oh, ni siquiera un gesto, me parece..., pero

comprendí que me creía capaz... ¡Y, sin embargo, no soy yo!

   Dio algunos pasos hacia la puerta, con Michéle casi pegada a él.

   —¿Quién entonces?

   —Otro lo empujó.

   —¿Otro? ¿Qué otro?

   Como él callaba, ella insistió:

   —¿Qué otro, Jean? —Pero él no habló más. Dijo solamente:

   —Voy a dormir.

   Ella lo siguió por la escalera. Jean se volvió y advirtió que lloraba.

Le puso la mano sobre el pelo:

   —No puedes quedarte sola esta noche, Michéle, y yo tampoco

puedo quedarme solo.

   Ella dijo en voz baja:

   —Hacía dos años que no te acercabas de noche.

   Ella lo precedió en el cuarto.

   —No enciendas —dijo él. Se tendieron, ella lo acogió en sus

brazos. No hablaron más.

   Los gallos de la aldea respondieron a los de las granjas. Sin

embargo, la aurora no iluminaba el cuarto. Él dijo que había que

tratar de dormir.

   —Sí, pero todavía quisiera preguntarte... Nunca me atreví a

hablarte de esto. ¿Qué querías hacerme comprender la noche de su

muerte cuando me contestaste: "Alguien lo empujó"?

   —Repetía lo que me había dicho el cura de Baluzac. No sabía

entonces lo que eso significaba en su cabeza.

   —¿Lo sabes ahora?

   —Volvimos a mencionarlo la noche en que le llevé el dinero que

Brigitte Pian me había encargado que le entregara. Sabes que hace

decir en todos lados misas por Xavier.

   —Sí, rescata sus culpas. Dios sabe los golpes que le habrá dado

en secreto. Brigitte se consuela haciendo correr por él la sangre de

Cristo sobre los altares de la diócesis, a la tarifa ordinaria.

   Ambos rieron.

   —Me pregunto —dijo Michéle— lo que Brigitte cree, lo que

imagina...

   —¡Oh!, puedes estar segura de que no renuncia a nada. Se

inclina a la vez por el asesinato y por él suicidio. Maté a un

muchacho que deseaba morir: he aquí lo que ha dado a entender a

la familia Dartigelongue y lo que le explicó claramente al cura de

Baluzac.

   —¿Y él le creyó?

   —¡No, por supuesto! En el fondo él también ha temido ser el

autor de esa muerte. Xavier había salido desamparado de una

discusión que había tenido aquella noche. El cura se había burlado                      

de la importancia que el pobre chico atribuía a los encuentros

casuales. Le había asegurado que era perder su tiempo, que era

sacrificarse tontamente. El cura recuerda entonces el acento triste y

desesperado de Xavier al exclamar: "¡Si al menos hubiera salvado a

uno solo!" Pero no cree en el suicidio. ¡Cómo imaginarse, repetía, el

suicidio de un santo!

   —¿Considera a Xavier santo?

   —.—Hasta pretende que tiene motivos para estar seguro de ello.

   —¿Quién, entonces, habría empujado a Xavier?

   —Es una locura... Me habló de ese chico poseído que, según

cuenta San Marcos, el espíritu arrojaba al fuego o al agua para

hacerlo perecer.

   —No —protestó Michéle—, un santo nunca está poseído.

   —El cura asegura que puede quedar abandonado, menos de lo

que dura un rayo, a aquel que todo lo espera de nuestra

desesperación. Pero ocurre que la desesperación deja intacta la

esperanza. El cura conoce más de un caso.

   Michéle suspiró como liberada:

   —¡Ahora estoy segura! No fuiste tú; el sacerdote lo mató.

   Él respondió sombríamente:

   —No más él que yo, o que tú, o que Roland, o que Brigitte.

   Callaron. Los gallos perforaban con sus gritos el amanecer

helado. Jean sintió estremecerse contra él el cuerpo de Michéle..

   —Ahora te toca llorar a ti —dijo. Tocó un instante con los labios

una mejilla mojada. Y entre lágrimas él también:

   —¿Por qué lo lloramos, Michéle? Por fin posee a Aquél que ha

amado.





Ilustración: August Friedrich Schenck



                                   

El cordero (Francois Mauriac)

                                                        —Jean, ¿dónde estás?    Le oía respirar. Encendió entonces la luz y lo vio, de rodil...