sábado, 3 de octubre de 2026

A pesar de todo (Fernando Gutiérrez)

 




Querido Luis, amigo mío, hermano.

No era, no podía

ser como todos deseábamos.

Es lo de siempre: se desea una cosa,

se lucha por una cosa- a veces

toda la vida y con todas las fuerzas-

y en ella, o por ella,

va uno dejando carne, sangre, invisibles

fragmentos de uno mismo. Casi siempre

con amor y fatiga, esperanza y desánimo.

Pero es así. Es lo de siempre, digo.

Y así uno se hace hombre, y viejo.

Algunos días de mal humor, de sombras

-también por dentro existen las tinieblas,

y van del corazón al pensamiento-...,

digo que algunos días

de mal humor, de sombras, uno siente

el abandono de la propia alma.

La despueblan y ocupan de punta a punta,

de raíz a rama, el vigilante

desasosiego, la desgana durmiente y solapada, 

la desazón a secas, el desaliento, el chasco.

Todo junto, a la vez, como una misma muerte.

otros días, todo, todo es más grave:

cuesta volver a donde estaba uno,

olvidándolo todo, rehaciendo algo perdido,

no muy claro quizá, pero sí hondo.


Esos días se muere uno un momento, 

que a veces se reitera, se prolonga o se para,

porque a saltos, a golpes,

a puñados o a quedo,

a gritos o a la sorda,

a contrapelo o a desmueras,

a la mano de Dios o del diablo, 

cada uno construye su vida, y esa parte

que es de todos y suya,

la hace de veras, la sostiene

con las cosas eternas, altas, limpias,

las que nos ennoblecen a diario

humanísimamente.

Todos sabemos cuáles son. ¿Para qué repetirlas?


Como un calor, un frío, unos temblores,

nacen nuevas, insospechadas, súbitas, un día,

lejano ya, en el cual, de pronto

empezamos a ver lo que de niños

distinguíamos sólo,

o eran no más palabras

dichas respetuosamente por los mayores,

que sonaban extrañas

a nuestros juegos infantiles, 

a la sonrisa abierta

con que cada mañana mirábamos el día,

las cosas y la gente.


Lo importante no era darles alcance,

sino buscarlas y pensar en ellas,

embriagarse con todas, 

sin más ni menos para cada una,

totales, íntegras, por dentro y fuera

de nosotros. Conservarles la vida,

defenderlas de lo pequeño y de lo grande

constantemente. Sí, era lo importante.

No hacer la vida con las justas palabras,

sino hacerla con la palabras justas.


Pero se tardan años, Luis.

Se tardan muchos años en saberlo.

Años igual que lágrimas,

lágrimas como años.

Porque son solamente palabras muy hermosas

y nada más. Pero no importa.

Al principio se siente, de rechazo,

algo parecido a la sed y la muerte;

después, una honda desolación. Tarda

en pasar todo esto,

pero pasa, y hace daño- ¿por qué negarlo?-

lo que tarda en pasar.

Que poco a poco se llevó consigo

nuestras antiguas generosidades,

las más puras,

distintas de estas tan cansadas. 

                                 Luego

acostumbrados ya, pero sin tiempo,

sonreímos un poco,

tímidamente acaso,

sintiendo una extraña verguenza:

la de pensar que llegaremos tarde, 

o que no llegaremos jamás, nunca.

Pero aún buscamos, aún pensamos en ellas,

aún creemos que son verdad y de verdad, que basta

con alargar la mano

para que al fin se cumplan.

Pues sólo porque ya es muy tarde

han de pasar por nuestro lado

seguras esta vez, supervivientes, fáciles,

de prisa, sí, porque son cosas

que llevan algo nuestro, último.

Porque era suficiente para eso

que pensáramos hoy, ayer, en ellas

y que nos desviviéramos

buscándolas para hoy, para mañana,

como ahora

nos desmorimos en la espera y los años,

aunque sepamos que se fueron

delante de nosotros

y nadie nos dejó, o no pudimos, 

alargarle las manos.


Y como siempre, como antes,

hasta morir, nos empeñamos

dando calor, sentido, imagen

a esta tarea inútil

pero maravillosa 

de perseguir el viento.




Ilustración: Alberto Lugo



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