Querido Luis, amigo mío, hermano.
No era, no podía
ser como todos deseábamos.
Es lo de siempre: se desea una cosa,
se lucha por una cosa- a veces
toda la vida y con todas las fuerzas-
y en ella, o por ella,
va uno dejando carne, sangre, invisibles
fragmentos de uno mismo. Casi siempre
con amor y fatiga, esperanza y desánimo.
Pero es así. Es lo de siempre, digo.
Y así uno se hace hombre, y viejo.
Algunos días de mal humor, de sombras
-también por dentro existen las tinieblas,
y van del corazón al pensamiento-...,
digo que algunos días
de mal humor, de sombras, uno siente
el abandono de la propia alma.
La despueblan y ocupan de punta a punta,
de raíz a rama, el vigilante
desasosiego, la desgana durmiente y solapada,
la desazón a secas, el desaliento, el chasco.
Todo junto, a la vez, como una misma muerte.
otros días, todo, todo es más grave:
cuesta volver a donde estaba uno,
olvidándolo todo, rehaciendo algo perdido,
no muy claro quizá, pero sí hondo.
Esos días se muere uno un momento,
que a veces se reitera, se prolonga o se para,
porque a saltos, a golpes,
a puñados o a quedo,
a gritos o a la sorda,
a contrapelo o a desmueras,
a la mano de Dios o del diablo,
cada uno construye su vida, y esa parte
que es de todos y suya,
la hace de veras, la sostiene
con las cosas eternas, altas, limpias,
las que nos ennoblecen a diario
humanísimamente.
Todos sabemos cuáles son. ¿Para qué repetirlas?
Como un calor, un frío, unos temblores,
nacen nuevas, insospechadas, súbitas, un día,
lejano ya, en el cual, de pronto
empezamos a ver lo que de niños
distinguíamos sólo,
o eran no más palabras
dichas respetuosamente por los mayores,
que sonaban extrañas
a nuestros juegos infantiles,
a la sonrisa abierta
con que cada mañana mirábamos el día,
las cosas y la gente.
Lo importante no era darles alcance,
sino buscarlas y pensar en ellas,
embriagarse con todas,
sin más ni menos para cada una,
totales, íntegras, por dentro y fuera
de nosotros. Conservarles la vida,
defenderlas de lo pequeño y de lo grande
constantemente. Sí, era lo importante.
No hacer la vida con las justas palabras,
sino hacerla con la palabras justas.
Pero se tardan años, Luis.
Se tardan muchos años en saberlo.
Años igual que lágrimas,
lágrimas como años.
Porque son solamente palabras muy hermosas
y nada más. Pero no importa.
Al principio se siente, de rechazo,
algo parecido a la sed y la muerte;
después, una honda desolación. Tarda
en pasar todo esto,
pero pasa, y hace daño- ¿por qué negarlo?-
lo que tarda en pasar.
Que poco a poco se llevó consigo
nuestras antiguas generosidades,
las más puras,
distintas de estas tan cansadas.
Luego
acostumbrados ya, pero sin tiempo,
sonreímos un poco,
tímidamente acaso,
sintiendo una extraña verguenza:
la de pensar que llegaremos tarde,
o que no llegaremos jamás, nunca.
Pero aún buscamos, aún pensamos en ellas,
aún creemos que son verdad y de verdad, que basta
con alargar la mano
para que al fin se cumplan.
Pues sólo porque ya es muy tarde
han de pasar por nuestro lado
seguras esta vez, supervivientes, fáciles,
de prisa, sí, porque son cosas
que llevan algo nuestro, último.
Porque era suficiente para eso
que pensáramos hoy, ayer, en ellas
y que nos desviviéramos
buscándolas para hoy, para mañana,
como ahora
nos desmorimos en la espera y los años,
aunque sepamos que se fueron
delante de nosotros
y nadie nos dejó, o no pudimos,
alargarle las manos.
Y como siempre, como antes,
hasta morir, nos empeñamos
dando calor, sentido, imagen
a esta tarea inútil
pero maravillosa
de perseguir el viento.
Ilustración: Alberto Lugo

No hay comentarios:
Publicar un comentario