ACTO PRIMERO
En casa de Werle. Despacho lujoso y confortable. Librerías
repletas y muebles tapizados. En medio de la habitación, un
escritorio con papeles y registros. Lámparas encendidas, de
pantallas verdes, esparcen suave luz. Por la puerta de dos hojas del
foro, cuyos cortinajes están levantados, se ve un gran salón
elegante, alumbrado con lámparas y candelabros. En el despacho, a
la derecha del primer término, una puerta pequeña conduce a las
oficinas. A la izquierda, chimenea con carbones encendidos. Más al
fondo, puerta de dos hojas también, que da al comedor.
Pettersen, de librea, y Jensen, de frac, ordenan el despacho. En
el salón dos o tres criados arreglan y encienden las luces. Del
comedor viene un rumoreo de conversaciones y risas. Con el golpe
de un cuchillo en un vaso se anuncia un brindis. Silencio. Se
reanuda la conversación entre aplausos y bravos.
PETTERSEN.- (Mientras enciende una lámpara sobre la chimenea y
la cubre luego con una pantalla.) ¿Has oído, Jensen? El viejo se ha
levantado para brindar en honor de la señora Soerby.
JENSEN.- (Corriendo un sillón.) ¿Es verdad lo que dicen, de que
hay algo entre ellos?
PETTERSEN.- El diablo lo sabrá.
JENSEN.- En sus tiempos creo que era bastante mujeriego.
PETTERSEN.- Acaso.
JENSEN.- Parece que da esta comida por su hijo.
PETTERSEN.- Sí; vino ayer.
JENSEN.- No sabía que el señor Werle tuviera un hijo.
PETTERSEN.- Pues sí que tiene un hijo, pero no se mueve nunca
de la fábrica de Ekdal. En todos los años que llevo en esta casa no
ha venido ni una sola vez a la ciudad.
OTRO CRIADO INTERINO.- (Desde la puerta del salón.) Oiga,
Pettersen: aquí hay un viejo que...
PETTERSEN.- (Refunfuñando.) ¡Diantre! ¿Quién será a estas
horas?
(Ekdal, padre, aparece por la puerta del salón. Viste gabán muy
raído, con cuello alto, guantes de lana, y en la mano sostiene una
gorra de piel y un bastón. Bajo el brazo trae un paquete envuelto en
papel gris. Lleva peluca de color castaño rojizo y barbita canosa.
Pettersen va hacia él.)
PETTERSEN.- Pero, hombre, ¿qué viene usted a hacer aquí?
EKDAL.- (A la puerta.) Es indispensable que entre en el despacho,
Pettersen.
PETTERSEN.- Hace una hora que está cerrada la oficina
EKDAL.- Eso me han dicho en el portal, amigo. Pero Graaberg está
aún ahí. Sea amable, Pettersen, y déjeme pasar.
(Señala con el dedo la puerta disimulada.) He venido por aquí otras
veces.
PETTERSEN.- Bueno, bueno pase entonces. (Abre la puerta.) Pero
no se olvide usted de salir por la puerta de siempre porque tenemos
invitados.
EKDAL.- Ya lo sé. ¡Vaya! gracias, buen Pettersen. Gracias, viejo
amigo. (Entre dientes.) ¡Imbécil! (Entra en las oficinas.)
(Pettersen cierra la puerta detrás de él.)
JENSEN.- ¿También éste es empleado de la casa?
PETTERSEN.- No. Sólo le dan copias cuando hay mucho trabajo.
Pero en su época era todo un señor el viejo Ekdal.
JENSEN.- Sí, por supuesto, tiene aire de algo.
PETTERSEN.- Ya lo creo. Como que fue teniente, ¡figúrese!
JENSEN.- ¡Caray! ¡Nada menos que teniente!
PETTERSEN.- Sí; pero después se dedicó a negocios de bosques o
algo por el estilo. Dicen que le hizo una mala pasada al señor en
una ocasión. Los dos eran socios de la fábrica de Hoidal, ¿sabe
usted? ¡Oh! conozco muy bien al viejo Ekdal. Muchas veces hemos
bebido una botella de cerveza juntos en el café de la señora
Eriksen.
JENSEN.- Supongo que poco podrá convidar el pobre hombre.
PETTERSEN.- ¡Vamos, Jensen! Ya supondrá usted que soy yo el
que convida. Creo que hay que ser amable con la gente de posición
cuando les ha ido mal.
JENSEN.- ¿Quebró?
PETTERSEN.- Peor, aún; estuvo en la cárcel.
JENSEN.- ¿En la cárcel?
PETTERSEN.- Sí, estuvo preso. (Escuchando.) ¡Chist! Ya empiezan
a levantarse de la mesa.
(Dos criados abren de par en par la puerta del comedor.)
La señora Soerby sale conversando con un par de señores.
Poco a poco van apareciendo todos los comensales, entre ellos el
Director Werle, Hjalmar Ekdal y Gregorio Werle, que llegan los
últimos.)
SEÑORA SOERBY.- (De paso, al criado.) Pettersen, haga usted
servir el café en el salón de música.
PETTERSEN.- Está bien, señora.
(La Señora Soerby y los dos señores pasan al salón y tuercen a la
derecha. Pettersen y Tensen siguen el mismo camino.)
UN SEÑOR GORDO Y PÁLIDO.- (A un Señor Calvo) ¡Uf, qué
comida...! ¡Menudo trabajo...!
EL SEÑOR CALVO.- Con un poco de buena voluntad es increíble lo
que se puede hacer en tres horas.
EL SEÑOR GORDO.- Sí; pero, después..., mi querido chambelán,
después...
EL SEÑOR CALVO.- Oigo que van a servir el café y los licores en el
salón de música.
EL SEÑOR GORDO.- ¡Magnífico! Al parecer, la señora Soerby va a
tocar algo.
EL SEÑOR CALVO.- (Bajando la voz.) Con tal que señora Soerby
no se olvide de nosotros...
EL SEÑOR GORDO.- No, de ningún modo; Berta no abandona a
sus viejos amigos. (Salen riendo por la puerta del salón.)
EL DIRECTOR WERLE.- (En voz baja y preocupado) No creo que
se haya fijado nadie, Gregorio.
GREGORIO.- ¿En qué?
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Tampoco lo has notado tú?
GREGORIO.- ¿Qué iba a notar?
EL DIRECTOR WERLE.- Hemos sido trece a la mesa...
GREGORIO.- ¡Ah! ¿Sí? ¿Éramos trece?
EL DIRECTOR WERLE.- (Lanzando una ojeada a Hjalmar Ekdal.)
Antes éramos doce. (A los otros comensales) Tengan la bondad,
señores...
(Van él y los demás por la puerta de foro hacia la derecha, menos
Hjalmar y Gregorio.)
HJALMAR.- (Que ha oído la conversación.) No debía haberme
invitado, Gregorio.
GREGORIO.- ¡Cómo! Se da la fiesta en mi honor, ¿y no voy a tener
derecho a invitar a mi mejor amigo?
HJALMAR.- Pero creo que a tu padre no le ha gustado. Como no
frecuento la casa.
GREGORIO.- Es verdad, ya me lo han dicho. Quise verte y hablar
contigo, porque lo más probable es que me marche pronto. ¡Cuánto
nos hemos distanciado desde nuestros tiempos de colegiales! Lo
menos hace dieciséis o diecisiete años que no hemos vuelto a
vernos.
HJALMAR.- ¿Tanto tiempo?
GREGORIO.- Claro. Oye: ¿y cómo te va? Tienes buen aspecto.
Casi diría que estás grueso.
HJALMAR.- ¡Hum! no creo que pueda decirse precisamente grueso;
pero, eso sí, me siento más viril que antes.
GREGORIO.- Tienes razón. Tu físico no ha padecido nada.
HJALMAR.- (Con gesto lúgubre.) Pero ¿y mi moral? Esa sí que ha
cambiado Ya sabes cómo su hundió todo para mí y para los míos
desde que no nos vemos...
GREGORIO.- (Más bajo.) ¿Cómo está tu padre ahora?
HJALMAR.- Querido, más vale no hablar de ello. Mi pobre padre
vive conmigo, como es lógico. No tiene a nadie más en el mundo.
Pero es tan doloroso para mí hablar de esas cosas...,
¿comprendes? Cuéntame, por tu parte, cómo te ha ido allá en la
fábrica.
GREGORIO.- He estado gratamente aislado; de modo que he tenido
una buena oportunidad para meditar sobre muchas cosas. Ven aquí;
podremos hablar más a gusto. (Se sienta ante la chimenea, en un
sillón, obligando a Hjalmar a sentarse en otro.)
HJALMAR.- (Emocionado.) Gregorio, no sabes lo agradecido que te
estoy por haberme invitado a comer en casa de tu padre; eso me
demuestra que ya no tienes nada contra mí.
GREGORIO.- (Extrañado.) ¿Cómo se te puede ocurrir que yo
tuviera contra ti algo?
HJALMAR.- Al menos, lo tenías hace unos años.
GREGORIO.- ¿Cuándo?
HJALMAR.- A raíz del desastre. Y es natural... Faltó muy poco para
que tu mismo padre se viera comprometido en... esas historias
odiosas.
GREGORIO.- ¿Y crees que por eso iba yo a tener algo contra ti?...
¿Quién te lo había hecho creer?...
HJALMAR.- Lo sé, Gregorio; tu mismo padre me lo ha dicho.
GREGORIO.- (Asombrado.) ¿Mi padre? ¡Ah! ya caigo... ¿Ha sido
por eso por lo que no has dado señal de vida en todo este tiempo,
sin escribirme una palabra?
HJALMAR.- Sí.
GREGORIO.- ¿Ni cuando te decidiste a hacerte fotógrafo?
HJALMAR.- Tu padre me indicó la conveniencia de que no te
escribiera, de que no te contara nada...
GREGORIO.- (Mirando al vacío.) Sí, puede que tuviese razón. Pero
dime, Hjalmar: ¿estás satisfecho de tu situación?
HJALMAR.- (Con un ligero suspiro.) ¿Qué quieres que te diga? Al
principio, como supondrás, me resultó un poco incómodo. ¡Eran las
circunstancias tan diferentes! En el fondo, era diferente todo. La
desgracia de mi padre, la vergüenza, la deshonra...
GREGORIO.- (Conmovido.) Sí, sí, lo comprendo.
HJALMAR.- No podía pensar en seguir mis estudios; no nos
quedaba ni un skillin
[1]. En cambio, abundaban las deudas, la
mayoría con tu padre, según tengo entendido...
GREGORIO.- Pero...
HJALMAR.- Juzgué que lo mejor que podía hacerse era romper de
una vez con el pasado y con todo lo que nos ligase a él. Tu padre
especialmente fue quien me lo aconsejó. Y como había tenido la
bondad de preocuparse de mí...
GREGORIO.- ¿Mi padre?
HJALMAR.- Sí, ¿no lo sabías?... ¿De dónde crees que podía yo
sacar el dinero para mi aprendizaje de fotógrafo? ¿Y para montar mi
estudio y establecerme?... La cosa cuesta lo suyo.
GREGORIO.- ¿Y ha pagado mi padre todo eso?...
HJALMAR.- Sí, querido. ¿Es posible que no lo supieras? Creí
entender que te lo había escrito.
GREGORIO.- Pues no me ha dicho ni una palabra. Lo habrá
olvidado. Además, nuestra correspondencia se reduce a cuestiones
de negocios. ¿De manera que fue mi padre...?
HJALMAR.- Sí, él fue. Nunca quiso que lo supiese nadie; pero fue
él. Y también gracias a él pude casarme. ¿No sabías eso tampoco?
GREGORIO.- Tampoco lo sabía. (Asiendo a Hjalmar del brazo.)
Pero querido Hjalmar, no puedes figurarte lo que me alegra todo
esto... y lo que me remuerde al mismo tiempo... Tal vez en algunas
cosas haya sido injusto con mi padre... Sí porque ello demuestra
corazón, demuestra que tiene algo de conciencia.
HJALMAR.- ¿Dices conciencia?
GREGORIO.- Sí conciencia, o como quieras llamarlo. No encuentro
palabra para expresar el alegrón que me das contándome eso de mi
padre. ¿Conque te has casado, Hjalmar? Yo no puedo decir otro
tanto. Espero que, como hombre casado, seas feliz.
HJALMAR.- Sin duda. Ella es una mujer tan cabal y trabajadora
como pueda desearla el hombre más exigente. Y no carece por
completo de educación.
GREGORIO.- (Algo extrañado.) Me lo imagino...
HJALMAR.- La vida educa, ya ves. Su trato diario conmigo... aparte
de que nos relacionamos con personas de talento Te aseguro que
no reconocerías a Gina.
GREGORIO.- ¿Gina?
HJALMAR.- Sí, hombre. ¿No te acuerdas de que se llamaba Gina?
GREGORIO.- ¿Gina?... No me acuerdo ni por asomo...
HJALMAR.- Pero ¿has olvidado que estuvo sirviendo en esta casa
durante algún tiempo?
GREGORIO.- (Mirándole.) ¿Se trata de Gina Hansen?
HJALMAR.- Eso es, de Gina Hansen.
GREGORIO.- ¿La que administraba la casa durante los dos últimos
años de la enfermedad de mi madre?
HJALMAR.- La misma. Pero, Gregorio, estoy seguro de que tu
padre te escribió que me había casado.
GREGORIO.- (Poniéndose de pie.) Sí; en efecto, me lo escribió (Da
algunos pasos por la estancia.) Aunque, calla..., me parece que sí...,
ahora recuerdo... Pero mi padre escribe unas cartas tan cortas... (Se
sienta en el brazo del sillón.) Oye, Hjalmar, cuéntame. ¡Tiene
gracia!... ¿Cómo conociste a Gina, tu mujer?...
HJALMAR.- Es muy sencillo. Gina no estuvo mucho tiempo en tu
casa; había tanto desarreglo cuando la enfermedad de tu madre,
que, en verdad, ella no pudo resistir más. Así, pues, pidió su cuenta
y se fue. Eso ocurrió el año antes de morir tu madre o el mismo año,
si no me equivoco.
GREGORIO.- Sí, fue el mismo año. Entonces ya estaba yo en la
fábrica. Bien; ¿y qué más?..
HJALMAR.- Que Gina se fue a vivir con su madre, una mujer muy
activa, por cierto, que tenía una especie de fonda y disponía de una
habitación para alquilar; una habitación, bonita, bastante cómoda.
GREGORIO.- Y te cupo la suerte de alquilarla, ¿no?
HJALMAR.- Sí; fue tu padre quien me lo sugirió. Allí, como te
figurarás, llegué a conocer a Gina.
GREGORIO.- Y se inició el noviazgo.
HJALMAR.- Como éramos gente joven, y en seguida se enamora
uno...
GREGORIO.- (Se levanta y vuelve a pasear.) Y dime: ¿entonces
fue... cuando mi padre se ocupó de ti..., quiero decir cuando
empezaste tu aprendizaje de fotógrafo?
HJALMAR.- Sí, justamente. Por mi cuenta, estaba deseando
emprender cualquier cosa para formar un hogar lo antes posible. Tu
padre y yo coincidimos en que la fotografía era lo más hacedero, y
Gina también opinaba lo mismo. Por añadidura, había otra razón:
Gina ya tenía hechos tiempo atrás algunos estudios de retoque.
GREGORIO.- ¡Ah! te vino de perilla...
HJALMAR.- (Se levanta, satisfecho.) ¿Verdad que sí? Fue una
casualidad oportuna.
GREGORIO.- No cabe la menor duda; mi padre ha sido una especie
de providencia para ti.
HJALMAR.- (Enternecido.) No abandonó en la adversidad al hijo de
su antiguo amigo. ¡Eso sí que es tener corazón!
SEÑORA SOERBY.- (Que viene del brazo del señor Werle.) No hay
más que hablar, querido señor. Usted no se queda ahí dentro, con
tantas luces. No le sienta nada bien.
EL DIRECTOR WERLE.- (Suelta su brazo para pasar la mano por
los ojos.) Creo que tiene usted razón.
(Entran Pettersen y Jensen, quienes traen unas bandejas).
SEÑORA SOERBY.- (A los invitados del salón.) ¡Pasen, señores! El
que quiera un vaso de ponche, tómese la molestia de venir aquí.
EL SEÑOR GORDO.- (Acercándose a la Señora Soerby) Pero ¡por
amor de Dios! ¿Es cierto que ha suprimido usted la santa libertad de
fumar?
SEÑORA SOERBY.- Sí, señor chambelán; aquí, en los dominios del
señor Werle, está prohibido.
EL SEÑOR CALVO.- ¿Y de cuándo están esas disposiciones en la
ley de los puros, señora Soerby?...
SEÑORA SOERBY.- Desde la última comida, señor chamberlán;
ciertas personas se permitieron extralimitarse...
EL SEÑOR CALVO.- ¿Y no está permitido extralimitarse un poquitín,
señora Berta?...
SEÑORA SOERBY.- En ningún sentido, chambelán Balle.
(La mayor parte de los invitados se ha reunido en el despacho del
Director Werle. Los criados sirven el ponche.
EL DIRECTOR WERLE.- (A Hjalmar, quien permanece junto a una
mesa.) ¿Qué está usted examinando, Ekdal?
HJALMAR.- Hojeaba un álbum, señor director.
EL SEÑOR CALVO.- (Que pasea por la habitación.) ¡Fotografías!
Claro, eso debe de interesarle.
EL SEÑOR GORDO.- (Desde un sillón.) ¿No ha traído usted
ninguna de las suyas?
HJALMAR.- No, no he traído ninguna.
EL SEÑOR GORDO.- Debía haberlas traído. Es tan bueno para la
digestión estar sentado contemplando fotografías...
EL SEÑOR CALVO.- Y siempre proporciona algún motivo de
conversación.
UN SEÑOR MIOPE.- Y todos los aportes a tal fin son aceptados con
agradecimiento.
SEÑORA SOERBY.- Estos señores quieren decir que, cuando uno
está invitado a comer, ha de trabajar para ganarse la comida.
EL SEÑOR GORDO.- Donde hay buena comida, es un verdadero
placer.
EL SEÑOR CALVO.- Sin duda, tratándose de la lucha por la
existencia...
SEÑORA SOERBY.- Tiene usted razón.
(Continúa la charla entre risas y bromas.)
GREGORIO.- (En voz baja.) Tienes que tomar parte en la
conversación, Hjalmar.
HJALMAR.- (Encogiéndose de hombros.) ¿De qué voy a hablar?
EL SEÑOR GORDO.- ¿No cree usted, señor Werle, que el tokai es
muy bueno para el estómago?
EL DIRECTOR WERLE.- (Al lado de la chimenea.) Por lo menos,
puedo responder de que el tokai que han tomado ustedes hoy es de
uno de los mejores años. Ya lo habrá notado usted.
EL SEÑOR GORDO.- Sí; tenía un aroma francamente delicioso.
HJALMAR.- (Inseguro.) ¿Existe alguna diferencia, en el vino entre
un año y otro?
EL SEÑOR GORDO.- (Riendo.) ¡Anda, qué gracia!
EL DIRECTOR WERLE.- No vale la pena de servirle a usted vino
noble.
EL SEÑOR CALVO.- Verá, señor Ekdal. Con el tokai pasa como con
la fotografía; necesita sol. ¿No es así?
HJALMAR.- Sí; la fotografía depende mucho de la luz.
SEÑORA SOERBY.- Entonces ocurre lo mismo que como los
chambelanes, porque siempre están al sol que más calienta.
EL SEÑOR CALVO. – ¡Ja! ¡Ja! Ese sí que es un chiste viejo...
EL SEÑOR MIOPE.- La señora se atreve a...
EL SEÑOR GORDO.- Y además, a costa nuestra. (Amenaza con el
dedo.) ¡Señora Berta, señora Berta!...
SEÑORA SOERBY.- Lo que sí es cierto es que hay una gran
diferencia entre los años. Cuanto más viejos, mejor.
EL SEÑOR MIOPE.- ¿Me cuenta usted entre los viejos?
SEÑORA SOERBY.- De ningún modo.
EL SEÑOR CALVO.- ¡A ver! ¿Y yo, señora Soerby...?
EL SEÑOR GORDO.- ¿Y yo...? ¿En qué año nos sitúa usted?
SEÑORA SOERBY.- Los sitúo en los años mejores, caballeros.
(Sorbe un poco de ponche, mientras los chambelanes charlan y ríen
con ella.)
EL DIRECTOR WERLE.- La señora Soerby siempre encuentra una
salida... cuando quiere. ¡Ea! prepárense, señores... Pettersen, haga
el favor. .. Bebamos un vaso juntos, Gregorio. (Gregorio no se
mueve.) ¿No quiere alternar, Ekdal? No tuve ocasión de brindar con
usted durante la comida.
(Graaberg asoma la cabeza por la puerta excusada.)
GRAABERG.- Perdone, señor director; es que no puedo salir.
EL DIRECTOR WERLE.- ¡Vaya! se ha quedado encerrado usted
otra vez.
GRAABERG.- Sí, y Flakstad se ha llevado las llaves.
EL DIRECTOR WERLE.- Pues pase por aquí.
GRAABERG.- Pero es que hay otro...
EL DIRECTOR WERLE.- Pasen los dos; no se preocupe (Graaberg
y el viejo Ekdal salen de las oficinas.) (Involuntariamente.) ¡Qué
pesadez!
(Cesan las conversaciones y las risas entre los invitados. Hjalmar se
estremece al ver a su padre, deja su vaso y vuelve hacia la
chimenea.)
EKDAL.- (Sin levantar la vista, hace ligeros saludos a todos lados,
mientras sale balbuceando:) Excúsenme. Nos equivocamos. La
puerta estaba cerrada..., estaba cerrada. Dispensen.
(Él y Graaberg vanse por la puerta del foro a la derecha.)
EL DIRECTOR WERLE.- (Entre dientes.) ¡Ese maldito Graaberg!
GREGORIO.- (Se queda con la boca abierta mirando, fijamente a
Hjalmar.) Pero ¿no es éste...?
EL SEÑOR GORDO.- ¿Qué pasa...? ¿Quién era...?
GREGORIO.- No, nada; el contable y otro.
EL SEÑOR MIOPE.- (A Hjalmar.) ¿Conocía usted a ese hombre?
HJALMAR.- No sé; no me he fijado...
EL SEÑOR GORDO.- (Se levanta.) Pero ¿qué hay? (Se dirige a otro
grupo que está cuchicheando.)
SEÑORA SOERBY.- (Por lo bajo, al criado:) A ver si le da usted algo
bueno, ¿eh?
PETTERSEN.- (Asintiendo.) Descuide, señora. (Váse.)
GREGORIO.- (Impresionado, con voz apagada, a Hjalmar.) ¿De
modo que era él...?
HJALMAR.- Sí.
GREGORIO.- Y sin embargo, acaba de decir que no lo conocías...
HJALMAR.- (Agitado, musita.) Pero ¿cómo podía...?
GREGORIO.- ¡Has negado a tu padre¡
HJALMAR.- (Con dolor.) ¡Ah, si estuvieras en mi caso!
(La conversación de los invitados, que hablan en sordina, se eleva
de tono insensiblemente.)
EL SEÑOR GORDO.- (Con afabilidad, aproximándose a Hjalmar y
Gregorio.) ¿Conque recordando tiempos estudiantiles, eh? ¿No
fuma usted, señor Ekdal?... ¿Quiere lumbre?
¡Ah! , es verdad; no nos dejan;
HJALMAR.- Gracias; temo que...
EL SEÑOR GORDO.- ¿No recuerda usted alguna poesía bonita que
pueda recitar, señor Ekdal? Antes lo hacía a maravilla.
HJALMAR.- Desgraciadamente, en este momento no recuerdo
ninguna.
EL SEÑOR GORDO.- ¡Oh, es lástima! ¿Qué podríamos hacer,
entonces, Balle?
(Ambos pasan a la otra habitación.)
HJALMAR.- (Sombrío.) Gregorio, deseo irme... Cuando un hombre
ha sentido el golpe mortal del Destino sobre su cabeza, no es para
menos... Despídeme de tu padre.
GREGORIO.- Conforme. ¿Vas directo a tu casa?
HJALMAR.- Sí. ¿Por qué?
GREGORIO.- Porque quizá vaya a verte más tarde.
HJALMAR.- No, no vayas allí. Mi hogar es triste, Gregorio, sobre
todo después de una fiesta alegre como ésta. Podemos citarnos en
cualquier parte de la ciudad.
SEÑORA SOERBY.- (Se acerca y dice a media voz:) ¿Se marcha
usted ya, Ekdal?
HJALMAR.- Sí.
SEÑORA SOERBY.- Recuerdos a Gina.
HJALMAR.- Gracias.
SEÑORA SOERBY.- Y dígale que iré a verla un día de éstos.
HJALMAR.- Se lo diré. (A Gregorio) Quédate aquí; quiero
desaparecer sin llamar la atención. (Se dirige despacio hacia la otra
habitación y sale por la derecha.)
SEÑORA SOERBY.- (Aparte, al criado, ya de vuelta). ¿Qué ha dado
al viejo?
PETTERSEN.- Le he dado una botella de coñac.
SEÑORA SOERBY.- Hubiera podido usted hallar algo mejor.
PETTERSEN.- No lo crea, señora. Le gusta el coñac más que nada.
EL SEÑOR GORDO.- (A la puerta del salón, con un cuaderno de
música en la mano.) ¿No quiere usted que toquemos un poco de
música juntos, señora Soerby?...
SEÑORA SOERBY.- Por supuesto con mucho gusto.
LOS INVITADOS.- ¡Bravo, bravo!
(Atraviesa ella la pieza con el caballero y sale por el salón hacia la
derecha, seguida de los invitados. Gregorio se queda de pie al lado
de la chimenea. Werle está buscando algo encima del escritorio y
parece anhelar que se vaya su hijo. En vista de que éste no se
mueve, se encamina hacia la puerta de entrada.).
GREGORIO.- Un momento, padre.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Qué pasa?
GREGORIO.- Tengo que hablar contigo.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿No puedes aguardar hasta que estemos
solos?
GREGORIO.- No, no puedo, porque es verosímil que no volvamos a
encontrarnos solos.
EL DIRECTOR WERLE.- (Volviendo hacia él.) ¿Qué significa eso?
(Durante la siguiente escena se oye sonar el piano en el salón de
música.)
GREGORIO.- ¿Cómo has podido consentir que esa familia se
hundiera tan miserablemente?
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Te refieres a los Ekdal, por lo visto?
GREGORIO.- A ellos me refiero. Hubo un tiempo en que el teniente
Ekdal era íntimo amigo tuyo.
EL DIRECTOR WERLE.- Sí, por desgracia, demasiado íntimo. Esa
circunstancia me ha hecho sufrir durante muchos años. Por culpa de
él se ha manchado mi reputación.
GREGORIO.- (Bajando la voz.) ¿Fue el único culpable él?
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Quién más, si no...?
GREGORIO.- El y tú hicisteis juntos la compra de bosques...
EL DIRECTOR WERLE.- Pero ¿no fue Ekdal el que dibujó el plano
de los terrenos, el plano falso? Él fue quien dirigió la tala ilegal en el
terreno del Estado. Sí, era él quien estaba al frente de todo aquello.
Yo no sabía a qué se dedicaba el teniente Ekdal.
GREGORIO.- Y el mismo teniente Ekdal no sabía, seguramente, lo
que estaba haciendo.
EL DIRECTOR WERLE.- Cabe en lo posible. Pero el hecho es que
a él le condenaron y a mí me absolvieron.
GREGORIO.- Harto sé que no había pruebas.
EL DIRECTOR WERLE.- Una absolución es una absolución. ¿Por
qué remueves antiguas historias lamentables que me han hecho
encanecer antes de tiempo? ¿Es en eso en lo que has estado
cavilando durante todos los años que has residido allá? Te aseguro,
Gregorio, que aquí, en la ciudad, se han olvidado esas cosas hace
mucho tiempo por lo que a mí atañe.
GREGORIO.- Pero ¿y la desdichada familia Ekdal?
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Que querías que hiciese yo por esa
gente? Cuando se puso a Ekdal en libertad, era un hombre
quebrantado en absoluto, sin remedio. Hay en este mundo personas
que se hunden hasta el fondo apenas tienen un par de perdigones
en el cuerpo, y no vuelven a salir a la superficie. Debes creerme
bajo palabra, Gregorio. He hecho todo lo posible. De hacer más, me
habría comprometido, dando ocasión a toda clase de sospechas y
hablillas...
GREGORIO.- ¿Sospechas...? ¡Ah...!, sí... ya, ya.
El DIRECTOR WERLE.- He proporcionado trabajo de copias a Ekdal
en la oficina, y le pago muchísimo más de lo que vale.
GREGORIO.- (Sin mirarle.) No lo dudo...
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Te ríes? ¿No crees lo que te digo? Claro
que nada de eso figura en mis libros, porque vale más que no
consten gastos de esa índole.
GREGORIO.- (Con una fría sonrisa.) No; más vale que no se
inscriban ciertos gastos.
EL DIRECTOR WERLE.- (Estremeciéndose.) ¿Qué quieres decir?
GREGORIO.- (Cobrando ánimos.) ¿Figura entre ellos el aprendizaje
de fotógrafo de Hjalmar?
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Cómo que si figura...?
GREGORIO.- Sé que fuiste tú quien se lo costeó, y también sé que
fuiste quien tan espléndidamente le proporcionaste los medios para
establecerse.
EL DIRECTOR WERLE.- Ya lo estás viendo, y aun así, dices que no
he hecho nada por ellos. Te aseguro que me han costado bastante
caros.
GREGORIO.- ¿Figuran esos gastos en tus libros, repito?
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Por qué lo preguntas?
GREGORIO.- ¡Oh! tengo mis razones. Oye, dime: aquella época,
cuando te ocupaste con tanto desprendimiento del hijo de tu antiguo
amigo, ¿no coincidió exactamente con su boda?
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Cómo demonios quieres que al cabo de
tantos años...?
GREGORIO.- Me escribiste a la sazón una carta - carta comercial,
naturalmente- , y como posdata me anunciabas en pocas palabras
que Hjalmar Ekdal se había casado con una tal señorita Hansen.
EL DIRECTOR WERLE.- Sí, eso era de todo punto exacto; así se
llamaba.
GREGORIO.- Pero en tu carta no recordabas para nada que esa
señorita Hansen era nuestra antigua servidora.
EL DIRECTOR WERLE.- (Sonríe, irónico, aunque con gesto
forzado.) Realmente, ignoraba que tuvieras un interés especial por
nuestra antigua ama de llaves.
GREGORIO.- Ninguno... (Baja de nuevo la voz.) Pero había aquí en
casa alguien que sí lo tenía...
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Qué estás hablando? (Con ira.) Supongo
que no me aludirás a mí.
GREGORIO.- (En el mismo torro bajo, pero firme). Sí, a ti aludo.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Y te atreves...? ¿Serás capaz de...?
¿Cómo ha osado ese fotógrafo ingrato insinuar?
GREGORIO.- Hjalmar no ha articulado ni una sola palabra de esto.
Es más, creo que ni siquiera tiene la menor noción de semejante
cosa.
El DIRECTOR WERLE.- Entonces, ¿de dónde lo has sacado...?
¿Quién ha podido inculcarte una idea así?
GREGORIO.- Me lo dijo mi pobre, mi desventurada madre, la última
vez que la vi.
EL DIRECTOR WERLE.- ¡Tu madre! Debía habérmelo figurado. Ella
y tú erais siempre uña y carne. Fue ella quien te alejó de mí primero.
GREGORIO.- No fue ella; fue cuanto tuvo que soportar, cuanto tuvo
que sufrir hasta que murió de la manera más lastimosa.
EL DIRECTOR WERLE.- ¡Oh! no tuvo que sufrir ni soportar más que
tantas otras mujeres. Pero es inútil razonar con personas nerviosas
y sobreexcitadas; lo sé por experiencia. Y ahora resulta que
removiendo toda clase de antiguos rumores e infamias, has
concebido tamaña sospecha contra tu pobre padre. ¿Sabes,
Gregorio, que a tu edad estimo que podrías entretenerte en algo
más útil?
GREGORIO.- Sí, ya es hora...
EL DIRECTOR WERLE.- Quizá así estés más tranquilo. ¿De qué
sirve que año tras año continúes allá en la fábrica, esclavizado,
como un simple escribiente sin querer percibir ni un centavo más
que tu sueldo? Eso es una verdadera locura.
GREGORIO.- Si yo estuviera seguro de ello...
EL DIRECTOR WERLE.- Te comprendo de sobra. Quieres ser
independiente y no deberme nada. Pero ahora mismo tienes una
ocasión de ser independiente y debértelo todo a ti solo.
GREGORIO.- ¡Ah! ¿Sí...? ¿Cómo?
EL DIRECTOR WERLE.- Cuando te escribí que era indispensable
que vinieses en seguida a la ciudad...
GREGORIO.- ¿Qué es lo que querías, en suma? He estado
aguardando todo el día a que me lo dijeras.
EL DIRECTOR WERLE.- Quería proponerte que entraras como
socio en el negocio.
GREGORIO.- ¿Yo...? ¿En tu negocio...? ¿Cómo socio?
EL DIRECTOR WERLE.- Sí; no habría necesidad de que
estuviésemos siempre juntos. Podrías sumar posesión de tu cargo
aquí, en la ciudad, y yo me trasladaría adonde está la fábrica.
GREGORIO.- ¿Tú?
EL DIRECTOR WERLE.- Sí; ya no sirvo para trabajar tanto como
antes. Tengo que cuidar mis ojos, Gregorio; mi vista se ha debilitado
bastante.
GREGORIO.- Siempre fue delicada.
EL DIRECTOR WERLE.- No como en la actualidad. Además, dadas
mis condiciones, creo que me conviene mucho vivir allí..., cuando
menos, durante cierto tiempo.
GREGORIO.- No atino a comprender...
EL DIRECTOR WERLE.- Escucha, Gregorio. Hay muchas cosas
que nos separan; pero por eso no dejamos de ser padre e hijo.
Entiendo que debemos llegar a un acuerdo mutuo.
GREGORIO.- Un acuerdo aparente, querrás decir.
EL DIRECTOR WERLE.- Bueno algo es algo. Piénsalo, Gregorio.
¿No opinas que podría hacerse eh?
GREGORIO.- (Mirándole con frialdad) Aquí hay algo oculto.
EL DIRECTOR WERLE.- ¡Cómo!
GREGORIO.- Debes de necesitarme para tus planes.
EL DIRECTOR WERLE.- En relaciones tan estrechas como las
nuestras, es fácil que el uno necesite al otro.
GREGORIO.- Así se dice.
EL DIRECTOR WERLE.- Me gustaría que te quedaras algún tiempo
en casa. Me he encontrado toda mi vida muy solo, y más al presente
que los años empiezan a pesar. Necesito alguien a mi lado.
GREGORIO.- ¿No tienes a la señora Soerby?
EL DIRECTOR WERLE.- Sí, la tengo..., ha llegado a hacérseme
indispensable, como quien dice. Es resuelta y de un carácter igual.
Presta animación a la casa, y no debo prescindir de ella.
GREGORIO.- Pues bien: ya tienes lo que deseas.
EL DIRECTOR WERLE.- Sí; pero temo que las cosas no puedan
seguir así. Una mujer en su caso se crea fácilmente una posición
falsa en sociedad. Casi puede decirse que tampoco conviene a un
hombre
GREGORIO.- ¡Bah! Cuando un hombre da las comidas que das tú
podrá, de fijo, permitirse muchos excesos.
EL DIRECTOR WERLE.- Sí; pero piensa en ella. Me temo que no
sepa soportarlo a la larga. Y aun suponiendo que, por afecto hacia
mí, estuviera dispuesta a no hacer caso de chismorreos, infamias y
cosas por el estilo... ¿No crees, Gregorio, con tu sentido de rectitud
tan estricto...?
GREGORIO.- (Interrumpiéndole.) Dime, en resumen, que piensas
casarte con ella.
EL DIRECTOR WERLE.- Y si fuera así, ¿qué podría oponerse a
ello?
GREGORIO.- Eso me pregunto yo. ¿Qué...?
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Te sería de veras muy desagradable?
GREGORIO.- ¿A mí...? De ninguna manera.
EL DIRECTOR WERLE.- Como rindes culto a la memoria de tu
madre, no sabía sí...
GREGORIO.- No soy un exaltado.
EL DIRECTOR WERLE.- Bueno; seas lo que seas, me has quitado
un peso de encima. Me satisface mucho poder contar con tu
aquiescencia en este asunto.
GREGORIO.- (Mirándole fijamente.) Ya comprendo para qué me
llamabas.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Qué expresiones son ésas?
GREGORIO.- ¡Oh! no seamos remilgados de lenguaje, al menos
estando solos. (Con ironía.) ¿Conque ésas tenemos? ¿De modo
que era por eso por lo que a toda costa tenía que venir a la ciudad
en persona? Para satisfacción de la señora Soerby, hay que arreglar
un acuerdo de familia aquí en casa, una escena entre padre e hijo.
Eso sería algo nuevo.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Como osas hablar en ese tono?
GREGORIO.- ¿Cuándo ha habido vida de familia aquí? Nunca, que
yo recuerde. Pero hoy sí haría falta algo de eso, indudablemente,
sería de muy buen efecto poder decir que el hijo, impulsado por el
cariño, ha acudido volando a casa para asistir a la boda de su
padre. ¿Qué restaría así de los rumores sobre lo que la pobre
difunta tenía que sufrir y soportar? Nada. Su propio hijo los habría
ahogado.
EL DIRECTOR WERLE.- ¡Gregorio! No creo que haya hombre en el
mundo a quien desprecies más que a mí...
GREGORIO.- Te he visto demasiado de cerca.
EL DIRECTOR WERLE.- Me has visto con los ojos de tu madre.
(Baja levemente la voz.) Pero debías recordar que aquellos ojos se
enturbiaron muchas veces.
GREGORIO.- (Con voz temblorosa.) Ya comprendo lo que quieres
significar. Pero ¿quién tiene la culpa de aquella flaqueza... de mi
madre? ¡Tú, y todas las...! La última fue esa mujerzuela a quien
casaste con Hjalmar Ekdal cuando tú ya...
EL DIRECTOR WERLE.- (Encogiéndose de hombros.) Palabra por
palabra, hablas lo mismo que tu madre.
GREGORIO.- (Sin prestar atención.) Y a la postre ese hombre
cándido e infantil se encuentra rodeado de engaños, viviendo bajo el
mismo techo que una cualquiera, sin saber que lo que él llama su
hogar está edificado sobre una mentira. (Avanza hacia su padre.)
Cuando miro atrás, cuando evoco toda tu conducta, se me antoja
contemplar un campo de batalla sembrado de cadáveres hasta el
horizonte, de vidas humanas truncadas.
EL DIRECTOR WERLE.- Siento que entre nosotros dos media un
abismo infranqueable.
GREGORIO.- (Se inclina, conteniéndose.) Bien lo he notado, y por
eso tomo mi sombrero y me voy.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Te vas..., abandonas la casa?
GREGORIO.- Sí. Por fin he encontrado una misión a la cual
consagrar mi vida.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Y cuál es esa misión?
GREGORIO.- Te reirías si te lo dijera.
EL DIRECTOR WERLE.- Un hombre solitario como yo no se ríe tan
fácilmente, Gregorio.
GREGORIO.- (Señala al fondo de la escena.) Mira, padre los
chambelanes están jugando a la gallina ciega con la señora Soerby.
Buenas noches, y buena suerte. (Vase por la derecha del foro.)
(Se oyen las risas de los invitados, a quienes se ve aparecer por la
estancia de segundo término.)
EL DIRECTOR WERLE.- (Murmurando desdeñosamente detrás de
Gregorio.) ¡Ay, pobrecillo...! ¡Y dice que no es un exaltado...!
Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
05-08-2019
ACTO SEGUNDO
Estudio de Hjalmar Ekdal, pieza amplia y abuhardillada. A la
derecha, techo inclinado con grandes vidrieras semicubiertas por
cortinajes azules. En el ángulo del mismo lateral, la puerta de
entrada, y más en primer término, la del salón. En el lateral
izquierdo, otras dos puertas, y entres ambas, una estufa de hierro.
En la pared del fondo, ancha puerta doble de corredera. El
estudio es modesto, pero acogedor. Entre las puertas de la derecha,
un poco separado de la pared, hay un sofá, además de una mesa y
varias sillas. Sobre la mesa una lámpara, con pantalla, encendida.
Junto a la estufa, un sillón viejo. Varios aparatos y utensilios
fotográficos dispersos por la estancia. Al foro, a la izquierda de la
puerta de dos hojas, una librería con algunos libros, cajas y frascos
de productos químicos, varios instrumentos, etcétera. En la mesa,
fotografías, pinceles y papeles.
Gina Ekdal, sentada en una silla junto a la mesa, cose. Hedvigia,
en el sofá, tapándose los oídos con los pulgares y haciéndose
sombra a los ojos con las manos, lee un libro.
GINA.- (Que mira a Hedvigia repetidas veces con intranquilidad
contenida.) ¡Hedvigia! (Hedvigia no oye, y Gina levanta la voz.)
¡Hedvigia!
HEDVIGIA.- (Aparta las manos y alza la vista.) ¿Qué, mamá?
GINA.- Querida Hedvigia, no debes leer a esta hora.
HEDVIGIA.- ¡Oh, mamá, déjame un poquito más, sólo un poquito!
GINA.- No, no; cierra el libro ya. A papá tampoco le gusta; él mismo
no lee de noche.
HEDVIGIA.- (Cierra el libro.) Es que a papá no le importa mucho
leer.
GINA.- (Suelta la labor y coge un lápiz y un libro de notas que está
encima de la mesa.) ¿Recuerdas lo que hemos pagado por la
mantequilla hoy?
HEDVIGIA.- Una corona y sesenta y cinco ores.
GINA.- Es exacto. (Lo anota.) ¡Cuánto se gasta en mantequilla en
esta casa! Hay que añadir salchichón y queso.
Vamos a ver... (Escribe.) ¡Ah, sí! Y jamón. Total... (Sumando.) Sí,
eso es...
HEDVIGIA.- Y la cerveza también...
GINA.- Tienes razón; también la cerveza. (Anota.) Ha subido
bastante; pero es indispensable...
HEDVIGIA.- Y como papá ha comido fuera, hemos ahorrado el plato
caliente.
GINA.- Menos mal. Sin contar con que me han pagado ocho
coronas y cincuenta ores por las fotografías.
HEDVIGIA.- ¿De veras? ¿Tanto...?
GINA.- Ocho cincuenta, justas.
(Silencio. Gina vuelve a su labor Hedvigia coge papel y lápiz y se
pone a dibujar, resguardando de la luz los ojos con la mano
izquierda.)
HEDVIGIA.- ¿No te agrada que hayan invitado a papá a un
banquete en casa del director Werle?
GINA.- No puedes decir que esté comiendo en casa del director
precisamente. Fue el hijo quien le envió la invitación. (Pequeña
pausa.) Nosotros no tenemos nada que ve con el director.
HEDVIGIA.- Estoy deseando que llegue papá. Me ha prometido
pedir algo bueno para mí a la señora Soerby.
GINA.- En esa casa no faltan cosas buenas; no te quepa la menor
duda.
HEDVIGIA.- (Dibujando.) Además, creo que tengo un poco de
hambre.
(Por la puerta de la escalera aparece el viejo Ekdal, con un rollo de
papeles debajo del brazo y un paquete en el bolsillo del abrigo.)
GINA.- ¡Qué tarde viene esta noche el abuelo!
EKDAL.- Habían cerrado la oficina. Tuve que aguarda a Graaberg. Y
luego... me dejaron pasar por...
HEDVIGIA.- ¿Te han dado algo más para copiar, abuelo?
EKDAL.- Todo este rollo. Mira.
GINA.- ¡Qué bien!
HEDVIGIA.- ¿Y ese paquete que traes en el bolsillo...?
EKDAL.- ¿Qué? Pequeñeces, nada. (Deja el paquete o un lado.)
Con esto tengo trabajo para rato, Gina. (Abre a medias la puerta del
foro.) ¡Chis! ¡Je, je! Todos están durmiendo, y él se ha acostado en
el cesto.
HEDVIGIA.- ¿Estás seguro de que no pasará frío en el cesto,
abuelo?
EKDAL.- ¡Qué ocurrencia! ¿Frío? ¿Con tanta paja...?
(Encaminándose a la segunda puerta de la izquierda.) ¿Encontraré
cerillas?
GINA.- Están encima de la cómoda.
(Ekdal entra en su cuarto.)
HEDVIGIA.- Me alegro de que le hayan dado tanto trabajo.
GINA.- ¡Pobre abuelo! Así tendrá algún dinero para gastos
menudos.
HEDVIGIA.- Y no se pasará todas las mañanas en el
establecimiento de la odiosa señora Eriksen.
GINA.- Sí, eso, por añadidura.
HEDVIGIA.- ¿Crees que aún estarán a la mesa?
GINA.- ¡Quién sabe! Puede ser.
HEDVIGIA.- ¡Figúrate todas las cosas buenas que habrá comido
papá! Estoy segura de que volverá a casa contento y de buen
humor. ¿No lo crees, mamá?
GINA.- Sí; pero, por si acaso ¡ojalá pudiéramos contarle que ya
habíamos alquilado habitación!
HEDVIGIA.- Esta noche no hace falta.
GINA.- Pues no vendría mal. Esa habitación no nos sirve para nada.
HEDVIGIA.- Quiero decir que no hace falta, ya que esta noche papá
estará contento, de todos modos... Sería mejor poder darle la noticia
del cuarto en otra ocasión.
GINA.- (Mirándola.) ¿Te gusta dar a papá buenas noticias cuando
regresa por la noche?
HEDVIGIA.- Sí, porque se pone más alegre la casa.
GINA.- (Pensativa.) Sí..., algo de eso hay.
(El viejo Ekdal entra y se dirige a la primera puerta de la izquierda.)
GINA.- (Se vuelve a medias en la silla.) ¿Necesita el abuelo algo de
la cocina?
EKDAL.- Sí; pero no te muevas (Desaparece por la puerta.)
GINA.- Con tal que no esté hurgando en las brasas...
(Aguarda unos momentos.) Anda Hedvigia, ve a ver qué hace.
(Aparece de nuevo Ekdal con una jarrita llena de agua hirviendo
para hacer ponche.)
HEDVIGIA.- ¿Has ido por agua caliente, abuelo?
EKDAL.- Sí, me hace falta. Tengo que escribir, y la tinta esté espesa
como engrudo. ¡Hum...!
GINA.- Pero el abuelo debía comer algo antes. Está preparada la
cena.
EKDAL.- No pienso cenar, Gina. Tengo muchísimo que hacer,
testigo. No quiero que entre nadie en mi cuarto. Nadie. ¡Hum! (Pasa
a su cuarto, y Gina y Hedvigia se miran.)
GINA.- (En voz baja.) ¿Puedes explicarme de dónde ha sacado el
dinero?
HEDVIGIA.- De seguro, se lo habrá dado Graaberg.
GINA.- Ni por asomo; Graaberg siempre me envía el dinero a mí.
HEDVIGIA.- Entonces, le habrán fiado una botella en alguna parte.
GINA.- ¡Pobre viejo! No hay quien le fíe nada.
(Hjalmar Ekdal entra por la derecha. Lleva abrigo y sombrero gris.)
GINA.- (Abandona su labor y se pone de pie.) ¡Cómo! ¿Ya estás de
vuelta, Ekdal?
HEDVIGIA.- (Se levanta de un brinco al mismo tiempo.) ¿Como
vienes tan temprano, papá?
HJALMAR.- (Dejando su sombrero.) A estas horas ya se habrán ido
todos.
HEDVIGIA.- ¿Tan pronto?
HJALMAR.- Claro; no era más que una comida. (Hace ademán de
quitarse el abrigo.)
GINA.- Trae; yo te ayudaré.
HEDVIGIA.- Y yo también.
(Entre las dos le ayudan a quitarse el abrigo; Gina lo cuelga en la
pared del fondo.)
HEDVIGIA.- ¿Había mucha gente, papá?
HJALMAR.- No, no mucha. Unas doce o catorce personas a la
mesa.
GINA.- Y tú habrás hablado con todos, ¿verdad?
HJALMAR.- Sí, un poco; en particular, con Gregorio, que me
acaparó por completo.
GINA.- ¿Sigue siendo tan feo Gregorio?
HJALMAR.- Ciertamente, no es muy guapo... ¿Ha vuelto el viejo?
HEDVIGIA.- Sí; el abuelo está ahí escribiendo.
HJALMAR.- ¿Ha dicho algo?
GINA.- No. ¿Qué iba a decir?
HJALMAR.- ¿No ha hablado de...? Tengo idea de que pensaba ver
a Graaberg. Voy a entrar en su cuarto.
GINA.- No, no; más valdrá...
HJALMAR.- ¿Por qué no...? ¿Ha dicho que no quería verme?
GINA.- No quiere ver a nadie esta noche.
HEDVIGIA.- (Haciéndole señas.) ¡Chis...! ¡Chis....!
GINA.- (Sin darse cuenta.) Ha pasado por aquí a buscar agua
caliente...
HJALMAR.- ¡Ah! ¿Conque está...?
GINA.- Así parece.
HJALMAR.- ¡Dios mío! Mi pobre viejo... ¡con sus canas! Dejémosle
que disfrute a sus anchas.
(Entra el viejo Ekdal, que viene de su cuarto, fumando en pipa,
vestido de casa.)
EKDAL.- ¿Ya has vuelto? Me ha había parecido oírte hablar...
HJALMAR.- Acabo de llegar.
EKDAL.- ¿Y no me has visto cuando pasaba, eh?
HJALMAR.- No; pero me dijeron que acababas de cruzar y he
corrido a ver si te alcanzaba.
EKDAL.- ¡Hum! Muy amable por tu parte, Hjalmar. ¿Y quién era
aquella gente?
HJALMAR.- ¡Oh! había de todo. El chambelán Flor, el chambelán
Balle, el chambelán Kaspersen, el chambelán no sé cuántos... No
recuerdo...
EKDAL.- (Moviendo la cabeza) ¿Lo oyes, Gina? Ha estado nada
menos que con chambelanes.
GINA.- Esta casa se ha elegantizado mucho.
HEDVIGIA.- ¿Han cantado esos chambelanes, papá... o han
recitado?
HJALMAR.- No; no han hecho nada más que decir tonterías. Y
deseaban que yo declamara ante ellos; pero no he querido.
EKDAL.- ¿No has querido?
GINA.- Podías haberlo hecho.
HJALMAR.- No; no sé de estar dispuesto a servir a todo el mundo.
(Paseándose.) Al menos, yo no lo estoy.
EKDAL.- No, no; Hjalmar no es un hombre acomodaticio...
HJALMAR.- No veo por qué tenía que ser sólo yo quien divirtiese a
los demás cuando salgo a esparcirme... ¡Que lo hagan ellos! Esos
tipos vas de casa en casa a comer y beber un día tras otro. Pues
tengan la bondad de ser útiles a cambio de esos hartazgos que se
dan.
GINA.- Presumo que no habrás dicho eso.
HJALMAR.- (Canturreando) ¡Ta, ra, ra...! Pues algunas cosas sí que
han tenido que oír.
EKDAL.- ¿Los propios chambelanes?
HJALMAR.- ¿Y por qué no? (Accidentalmente, sin darle
importancia.) Después tuvimos una pequeña discusión sobre el
tokai.
EKDAL.- ¿Tokai...? Un vino muy bueno, ¡vaya!
HJALMAR.- (Con aire doctoral.) Puede ser muy bueno. Pero te
advierto que no todas las cosechas son igual de buenas. Todo
depende del sol que haya hecho durante el año.
GINA.- ¡Hay que ver cuánto sabes, Ekdal!
EKDAL.- ¿Y se pusieron a discutir sobre eso?
HJALMAR.- Iban a hacerlo; pero no faltó quien les indicara que
sucedía lo mismo con los chambelanes, quienes también dependen
del sol que más calienta. Así como suena.
GINA.- ¡Oh! lo que no se te ocurra a ti...
EKDAL.- ¡Je, je! ¿Han tenido que tragarse eso?
HJALMAR.- ¡Y tanto que se lo han tragado!
EKDAL.- Oye, Gina, ¿has reparado en lo que ha dicho a los
chambelanes en sus mismas narices?
GINA.- ¡Eso es, en sus mismísimas narices!
HJALMAR.- Sí; pero no quiero que se hable de ello. Esas cosas no
deben contarse. Por lo demás, todo acabó amistosamente, como es
natural. Al fin y al cabo, eran gente simpática y jovial. No veo por
qué había de molestarlos, realmente.
EKDAL.- Pero en sus mismas narices...
HEDVIGIA.- (Zalamera.) ¡Qué gusto da verte de frac! ¡Y te sienta a
maravilla, papá!
HJALMAR.- ¿Verdad que sí? Y éste parece enteramente hecho a mi
medida. Un poco derecho quizá. Anda, Hedvigia, ayúdame.
(Despojándose del frac.) Prefiero ponerme la chaqueta. ¿Dónde has
colgado mi chaqueta, Gina?
GINA.- Aquí está. (Trae la chaqueta y le ayuda a ponérsela.)
HJALMAR.- ¡Ajajá! No te olvides de devolver el frac a Molvik
mañana temprano.
CINA.- (Guardando el frac.) Pierde cuidado.
HJALMAR.- (Mientras se despereza.) ¡Ah, qué bien se está en
casa...! Por cierto que un traje de diario holgado me cae mucho
mejor. ¿No te parece, Hedvigia?
HEDVIGIA.- Sí, papá.
HJALMAR.- Y si dejo sueltos los cabos de la corbata... así... ¿qué
tal?
HEDVIGIA.- Armoniza con tu barbita y con tu pelo largo y rizoso.
HJALMAR.- Precisamente rizoso, no; más bien ondulado.
HEDVIGIA.- Sí, por supuesto; como hace bucles...
HJALMAR.- Dirás ondas.
HEDVIGIA.- (Pasado un momento, le tira de la chaqueta.) ¡Papá!
HJALMAR.- Bien; ¿qué hay?
HEDVIGIA.- ¡Oh! demasiado sabes lo que hay.
HJALMAR.- Te aseguro que no lo sé.
HEDVIGIA.- (Sonriendo, mimosa.) ¡Sí, papá, sí! Anda, no me hagas
sufrir más.
HJALMAR.- Pero ¿a qué te refieres?
HEDVIGIA.- (Sacudiéndole.) ¡Vamos, papá, dámelas! Ya sabes
cuántas cosas buenas me has prometido.
HJALMAR.- ¡Ah, sí! Pues el caso es que se me ha olvidado.
HEDVIGIA.- No; quieres hacerme rabiar, papá. Debías
avergonzarte. ¿Dónde las tienes escondidas?
HJALMAR.- Te repito que si me ha olvidado. Pero espera; tengo otra
cosa para ti, Hedvigia. (Va a buscar el frac y registra los bolsillos.)
HEDVIGIA.- (Saltando de alegría y palmoteando.) ¡Oh, mamá,
mamá!
GINA.- ¿Lo ves? hay que saber esperar...
HJALMAR.- (Que saca una cartulina.) Mira, aquí está.
HEDVIGIA.- ¡Si no es más que una hoja de papel...!
HJALMAR.- Es la lista del banquete; todo lo que hemos comido.
Fíjate; aquí pone menú, que quiere decir minuta.
HEDVIGIA.- ¿No traes más que esto?
HJALMAR.- ¿No te digo que se me ha olvidado lo otro? Aunque, en
resumidas cuentas, no valían gran cosa esas golosinas. Ven,
siéntate a la mesa y lee la minuta; yo te iré diciendo el sabor que
tenían los diferentes platos. Mira Hedvigia.
HEDVIGIA.- (Tragándose las lágrimas.) Gracias. (Se sienta, pero sin
leer.)
(Gina le hace señas, que sorprende Hjalmar.)
HJALMAR.- (Se pasea por la pieza.) ¡Es increíble lo que tiene que
recordar un padre de familia! Y si se olvida de algún detalle..., en
seguida le ponen mala cara. En fin, hay que acostumbrarse a todo. (
Parándose al lado de su padre, que está sentado junto a la estufa.)
¿Has echado un vistazo esta noche?
EKDAL.- Por de contado. Ya se ha metido en el cesto.
HJALMAR.- ¡Ah! ¿Conque se ha metido en el cesto? Eso es que
empieza a habituarse
EKDAL.- Sí, como yo me lo figuraba. Pero habrá que hacer alguna
que otra modificación ahora...
HJALMAR.- Algún perfeccionamiento, claro.
EKDAL.- Es indispensable, ¿sabes?
HJALMAR.- ¡Ea! vamos a hablar de esas mejoras. Ven aquí; nos
sentaremos en el sofá.
EKDAL.- Bueno; pero voy a cargar primero la pipa... y a limpiarla.
¡Hum! (Entra en su cuarto.)
GINA.- (Sonríe a Hjalmar.) ¿Has oído? Va a limpiar la pipa.
HJALMAR.- ¡Ya, ya! Déjale. Gina. ¡Pobre viejo! Lo de las mejoras
debíamos ejecutarlo cuanto antes..., mañana mismo...
GINA.- No, mañana no puedes; no te quedará tiempo, Ekdal.
HEDVIGIA.- Sí, sí, mamá.
GINA.- Acuérdate de las pruebas que tienes que retocar; ya han
venido por ellas varias veces.
HJALMAR.- ¡Vaya! ¡Otra vez las dichosas pruebas! ¡Ya se harán!
¿Hay algún nuevo encargo?
GINA.- No, por desgracia. Para mañana no hay más que los dos
retratos de que estás enterado.
HJALMAR.- ¿Sólo eso? Estaba previsto; cuando no nos tomamos
interés...
GINA.- ¿Pero qué quieres que haga? He puesto en los periódicos
todos os anuncios que he podido, me parece...
HJALMAR.- ¡Bah los periódicos! Ya ves para qué sirven. ¿Y la
habitación? ¿Ha venido alguien a verla?
GINA.- No, hasta ahora no.
HJALMAR.- Era de esperar; cuando no se ocupa uno... ¡Hay que
moverse, Gina!
HEDVIGIA.- (Acercándose a su padre.) ¿Debo ir por la flauta, papá?
HJALMAR.- No, nada de flautas. Ya no necesito disfrutar en este
mundo. (Paseándose.) Pues bien: desde mañana me pondré a
trabajar, y no faltará tarea. Trabajaré hasta donde lleguen mis
fuerzas...
GINA.- Pero, querido Ekdal, si yo no pretendía decir eso...
HEDVIGIA.- Papá, ¿quieres que te traiga una botella de cerveza?
HJALMAR.- No de ninguna manera. No necesito nada... ¿Cerveza?
¿Has dicho cerveza?
HEDVIGIA.- (Animada.) Sí, papá, cerveza buena y muy fresca.
HJALMAR.- Bien; ya que te empeñas tanto, puedes traer una
botella.
GINA.- ¡Eso, eso! Vamos a pasar un buen rato.
(Hedvigia corre hacia la puerta de la cocina.)
HJALMAR.- (La detiene junto a la estufa, la mira, le toma la cabeza
y la apoya en su pecho.) ¡Hedvigia, Hedvigia!
HEDVIGIA.- (Con lágrimas de felicidad.) ¡Papá querido!
HJALMAR.- No digas eso. Encima de que me he sentado a la mesa
de un hombre rico, repleta de platos suculentos, regodeándome...,
¡y he sido capaz...!
GINA.- (Sentada al lado de la mesa.) Pero ¡qué tonterías estás
diciendo, Ekdal!
HJALMAR.- No, no; no me lo toméis a mal. Ya sabéis que, a pesar
de eso, os quiero.
HEDVIGIA.- (Le abraza.) ¡Y nosotras no te queremos menos, papá!
HJALMAR.- Y si algunas veces me muestro injusto, acordaos, por
Dios, de que soy un hombre que ha tenido que pasar muchas
tormentas. ¡Cómo la de ser! (Secándose los ojos.) No, por el
momento no voy a tomar cerveza. Tráeme la flauta. (Hedvigia corre
en busca de la flauta, que está en el estante.) Gracias. Con la flauta
en la mano y vosotras dos a mi lado... ¡Ah! (Hedvigia se sienta al
lado de Gina. Hjalmar se pasea por la escena y comienza a tocar
fuertemente una típica danza bohemia, dándole un aire melancólico
y sentimental. Luego interrumpe la melodía, da su mano izquierda a
Gina y dice, conmovido.) No importa que bajo este pobre techo
vivamos con estrecheces, ¿verdad? No deja de ser nuestro hogar,
Gina. Y te advierto que aquí se halla uno muy a gusto. (Continúa
tocando.)
(De pronto llaman a la puerta de entrada.)
GINA.- (Se levanta.) ¡Chist! Ekdal, creo que viene alguien.
HJALMAR.- (Deja la flauta en la estantería.) ¡Sí que es un fastidio!
(Gina abre la puerta.)
GREGORIO.- (Desde el umbral.) Dispense...
GINA.- (Retrocediendo.) ¡Oh!
GREGORIO.- ¿No vive aquí el fotógrafo Ekdal?
GINA.- Sí, aquí es.
HJALMAR.- (Avanza hacia la puerta.) ¡Gregorio! ¿Vienes, a pesar
de todo? Pues pasa.
GREGORIO.- (Entrando.) Ya te he dicho que subiría a verte.
HJALMAR. - Pero ¿esta noche...? ¿Has dejado la reunión?
GREGORIO.- La reunión y el hogar paterno Buenas noches, señora
Ekdal. No sé si me reconocerá.
GINA.- ¡Cómo que no! Creo que no es difícil reconocer al señor
Werle, hijo.
GREGORIO.- No; me parezco a mi madre, y usted, de fijo, se
acordará de ella.
HJALMAR.- ¿Dices que te has marchado de casa?
GREGORIO.- Sí; me he mudado a un hotel.
HJALMAR.- ¡Vamos, hombre! Bueno; ya que has venido, quítate el
abrigo y toma asiento.
GREGORIO.- Gracias. (Se quita el gabán. Ha cambiado de traje y
viste uno gris de corte provinciano.)
HJALMAR.- Siéntate aquí, en el sofá, con comodidad.
(Gregorio se sienta en el sofá y Hjalmar en una silla junto a la
mesa.)
GREGORIO.- (Mirando alrededor.) ¿Conque éste es tu domicilio,
Hjalmar? ¿Vives aquí?
HJALMAR.- Este es el estudio, como ves...
GINA.- Solemos estar aquí; como esta pieza es más grande que las
otras...
HJALMAR.- Antes vivíamos en una casa mejor; pero ésta tiene un
desván bastante espacioso, y eso es una gran ventaja.
GINA.- Por añadidura, nos sobra una habitación para alquilar, al otro
lado del rellano.
GREGORIO.- (A Hjalmar.) Así, pues, ¿tienes huéspedes?
HJALMAR.- No, todavía no. No es tan fácil, ¿sabes? Hay que
moverse mucho. (A Hedvigia.) A ver, Hedvigia, esa cerveza.
(Hedvigia hace un gesto de asentimiento y sale a la cocina.)
GREGORIO.- ¿Es tu hija ésta?
HJALMAR.- Sí, es Hedvigia.
GREGORIO.- ¿Y es hija única?
HJALMAR.- Si, hija única, y nuestra mayor alegría en este mundo;
pero... (Baja la voz.) es también nuestra mayor pena, Gregorio.
GREGORIO.- ¿Qué dices?
HJALMAR.- Amigo mío, está en peligro de perder la vista.
GREGORIO.- ¿De quedarse ciega?
HJALMAR.- Sí. Hasta ahora no ha tenido más que los primeros
síntomas, y va para largo; pero el médico nos ha prevenido que no
hay remedio.
GREGORIO.- ¡Qué desgracia tan grande! ¿Y a qué obedece?
HJALMAR.- (Con un suspiro.) Probablemente, es hereditario.
GREGORIO.- (Sorprendido.) ¿Hereditario?
GINA.- La madre de Ekdal padecía de la vista también.
HJALMAR.- Eso dice mi padre; pero yo no me acuerdo de ella.
GREGORIO.- ¡Pobre niña! ¿Y cómo reacciona?
HJALMAR.- Según puedes comprender, no nos hemos atrevido a
decírselo. Ella no sospecha nada. Gorjeando como un pajarito
gozoso e inconsciente, vuela hacia la noche eterna. (Agobiado.) ¡Ay,
que tortura para mí, Gregorio! (Aparece Hedvigia con la cerveza y
vasos en una bandeja, y coloca todo encima de la mesa. Hjalmar le
acaricia el cabello.) Gracias, Hedvigia, gracias. (Hedvigia le abraza y
le dice, algo al oído.) No; smorrebrod
[2] ahora no. (Mira a Gregorio.)
A menos que a Gregorio le apetezcan
GREGORIO.- (Rehusando.) No; no; gracias.
HJALMAR.- (Sonriendo triste.) De todas maneras, puedes traer
algunos. Y si hubiese una corteza, mejor que mejor.
Oye, pon bastante mantequilla.
(Hedvigia asiente, regocijada, y entra de nuevo en la cocina.)
GREGORIO.- (Después de seguirla con la vista.) Sin embargo,
ofrece un aspecto muy sano.
GINA.- Sí, a Dios gracias, no adolece de nada más.
GREGORIO.- Por lo visto, cuando crezca, se parecerá mucho a la
señora Ekdal. ¿Qué edad tiene?
GINA.- Va a cumplir catorce años; pasado mañana los cumple.
GREGORIO.- Está muy alta para su edad.
GINA.- Sí; el año pasado dio un gran estirón.
GREGORIO.- Viendo cómo crecen los niños, se da uno cuenta de lo
viejo que es. ¿Cuánto tiempo hace que se casaron ustedes?
GINA.- Pues llevamos casados... sí, justo; pronto hará quince años.
GREGORIO.- Pero ¿hace tanto tiempo?
GINA.- (Con atención creciente.) Sí, los hace.
HJALMAR.- Eso mismo; quince años, menos unos meses.
(Cambiando de tema.) Estos años han debido de resultar muy
largos para ti allá arriba en la fábrica, Gregorio.
GREGORIO.- Al principio se me antojaban largos; pero ya no. Casi
no sé en qué se me ha ido el tiempo.
El viejo Ekdal sale de su cuarto, sin su pipa y con una gorra usada
de uniforme a la cabeza. Da unos pasos, indeciso.)
EKDAL.- Bien, Hjalmar; ya podemos hablar de eso... ¡Hum! Pero
¿qué era?
HJALMAR.- (Se adelanta hacia él.) Padre, tenemos visita: Gregorio
Werle; no sé si le recordarás.
EKDAL.- (Mirando a Gregorio, que se ha puesto de pie.) ¿Werle...?
el hijo, ¿no? ¿Qué me quiere?
HJALMAR.- Nada. Ha venido a verme.
EKDAL.- Bueno; entonces, ¿no hay nada de particular?
HJALMAR.- No, en absoluto
EKDAL.- (Mueve los brazos.) No es que tenga miedo, ¿eh?; pero...
GREGORIO.- (Acercándose a él.) Sólo quería refrescarle memoria
acerca de los antiguos terrenos de caza, teniente Ekdal
EKDAL.- ¿De caza?
GREGORIO.- Sí, allá, en los alrededores de la fábrica Hoidal.
EKDAL.- ¡Ah, ya caigo! Yo conocía todo aquello muy bien en otros
tiempos.
GREGORIO.- Entonces era usted un gran cazador.
EKDAL.- Lo fui, sí. Es muy posible. Está usted mirando el uniforme.
No pido permiso a nadie para ponérmelo aquí en casa. Mientras no
salga a la calle con él...
(Hedvigia trae una fuente con smorrebrod, y la deja sobre la mesa.)
HJALMAR.- Siéntate, padre, y toma un vaso de cerveza. Sírvete,
Gregorio.
(Ekdal murmura algunas palabras ininteligibles, y se sienta
tropezando, en el sofá; Gregorio, en la silla que está a su lado,
Hjalmar enfrente. Gina sigue sentada algo distante de la mesa,
mientras cose. Hedvigia permanece de pie al lado su padre.)
GREGORIO.- ¿Se acuerda usted, teniente Ekdal, de cuando
Hjalmar y yo íbamos a visitarle allá arriba, por el verano y por
Navidades?
EKDAL.- ¿Usted...? No, no me acuerdo. Pero, eso sí, me permito
decir que he sido un gran cazador. Además, he matado osos; he
matado hasta nueve.
GREGORIO.- (Mirándole con lástima.) ¿Y en la actualidad no va
usted nunca de caza?
EKDAL.- ¡Oh! no diga eso. Todavía voy de cuando en cuando. ¡Oh!
no como antes. Porque el bosque, ¿sabe...? el bosque... el
bosque... (Bebe.) ¿Cómo está hoy por hoy bosque allá arriba?
GREGORIO.- No tan frondoso como en sus tiempos. Se han talado
muchos árboles.
EKDAL.- ¿Talado? (En voz baja y medrosa.) Eso es una tarea
arriesgada. Trae consecuencias. El bosque se venga.
HJALMAR.- (Llenándole el vaso.) Ten, padre; bebe un poco más.
GREGORIO.- ¿Cómo se explica que usted, tan aficionado la caza y
a la naturaleza, pueda vivir en una ciudad, entre cuatro paredes?
EKDAL.- (Se ríe mirando a Hjalmar de reojo.) No crea que se está
tan mal aquí. No se está nada mal.
GREGORIO.- ¿Y no echa usted de menos todo aquello que tanto le
gustaba? Aquella brisa fresca y acariciadora, aquella vida al aire
libre en el bosque y en las mesetas, entre toda clase de animales...
EKDAL.- (Sonriente.) Hjalmar, ¿se lo enseñamos?
HJALMAR.- (Precipitadamente, con embarazo.) No, no, padre esta
noche no...
GREGORIO.- ¿Qué es lo que quiere enseñarme?
HJALMAR.- No es más que...; ya lo verás otro día.
GREGORIO.- (Prosigue la conversación con el viejo.)
Pues lo que quería decirle, teniente Ekdal, es que de hoy en
adelante podrá ir usted conmigo a la fábrica, porque no dudo de que
regresaré muy pronto. Quizá haya allí asimismo algún trabajo de
copias, y aquí no tiene usted nada que le pueda hacer la vida
agradable.
EKDAL.- (Le mira, con asombro) ¿Que no tengo nada qué...?
GREGORIO.- Usted tiene a Hjalmar, sin duda. Pero él, por su parte,
tiene a los suyos. Y un hombre como usted, que siempre se ha
sentido atraído por la naturaleza libre y salvaje
EKDAL.- (Da un golpe en la mesa.) ¡Hjalmar, ya sí que hay que
enseñárselo!
HJALMAR.- Pero, padre, ¿tú crees que debemos...? Además, está
tan oscuro....
EKDAL.- ¡Tonterías! Hay luna. (Se levanta.) ¡Tiene que verlo, repito!
Déjame pasar. Ven ayudarme, Hjalmar.
HEDVIGIA.- Sí, sí, papá; anda, hazlo.
HJALMAR.- (Levantándose, a la vez.) Pues vamos.
GREGORIO.- (A Gina.) ¿De qué se trata?
GINA.- ¡Oh! no crea usted que de nada extraordinario.
(Ekdal y Hjalmar se dirigen a la pared del fondo, y cada uno abre
una hoja de la puerta. Gregorio se queda de pie, al lado del sofá.
Gina continúa con su labor, muy tranquila.
A través de la puerta se ve un amplio y alargado desván de forma
irregular, con vigas y tubos de chimeneas. Por los postigos del techo
la luna alumbra claramente algunas partes del recinto, mientras
otras se sumen en profunda oscuridad.)
EKDAL.- (A Gregorio.) Hay que acercarse mucho, ¿eh?
GREGORIO.- (Aproximándose.) Vamos a ver qué es.
EKDAL.- Mírelo bien. ¡Hum!
HJALMAR.- (Azorado.) Son cosas de mi padre, ¿comprendes?
GREGORIO.- (Que desde la puerta mira adentro.) ¡Ah! ¿Cría usted
gallinas, teniente Ekdal?
EKDAL.- ¡Ya lo creo que criamos gallinas! Están des- cansando.
Pero con luz de día vería usted qué gallinas...
HEDVIGIA.- Y además, hay...
EKDAL.- ¡Chis, chis! No digas nada aún.
GREGORIO.- Y por lo que veo, tiene usted palomas inclusive.
EKDAL.- ¡Oh sí! Bien podemos tenerlas. Su palomar está ahí arriba,
bajo el alero; porque les gusta anidar en la altura, ¿sabe usted?
HJALMAR.- No son todas vulgares.
EKDAL.- ¿Vulgares? Tenemos palomas mensajeras, y también una
pareja de reales. Pero venga usted más cerca. ¿Ve esa tronera en
el muro?
GREGORIO.- Sí. ¿Para qué la emplea?
EKDAL.- Ahí duermen los conejos por la noche, amigo.
GREGORIO.- ¡Toma! ¿Tiene usted conejos?
EKDAL.- Sí, ¡qué demonios! ¿Por qué no íbamos a tener conejos?
¿Has oído, Hjalmar, la pregunta? ¡Que si tenemos conejos, Hjalmar!
¡Hum! ahora viene lo principal. Ya llegamos. Apártate, Hedvigia.
Póngase aquí, así, eso es, mire ahí abajo. ¿No ve un cesto lleno de
paja?
GREGORIO.- Y veo un pájaro en el cesto.
EKDAL.- ¿Cómo que... un pájaro?
GREGORIO.- ¿No es un pato?
EKDAL.- (Ofendido.) ¡Claro que es un pato!
HJALMAR.- Pero ¿qué clase de pato crees que es?
HEDVIGIA.- No es un pato corriente...
EKDAL.- ¡Chis!
GREGORIO.- Y tampoco es un pato turco.
EKDAL.- No, señor Werle; no es un pato turco: ¡es un pato salvaje!
GREGORIO.- ¿Será posible? ¡Un pato salvaje!
EKDAL.- Sí; ese “pájaro”, como le llamaba usted... ¡es el pato
salvaje! Es nuestro pato, amigo.
HEDVIGIA.- Mi pato, porque es mío.
GREGORIO.- ¿Y puede vivir aquí arriba, en la buhardilla,
complacido?
EKDAL.- Comprenderá usted que tiene un barreño con agua para
chapotear.
HJALMAR.- Agua limpia cada dos días.
GINA.- (A Hjalmar:) Querido Ekdal, empieza a hacer mucho frío
aquí.
EKDAL.- ¡Hum, hum! entonces, cerraremos. No vale la pena, por
cierto, de turbarles el sueño. Anda, Hedvigia, empuja. (Hjalmar y
Hedvigia cierran la puerta.) Otra vez lo verá usted mejor. (Se sienta
en un sillón al lado de la estufa.) Son muy curiosos los patos
salvajes, ¿sabe?
GREGORIO.- Cómo se las arregló usted para cazarle, teniente
Ekdal?
EKDAL.- ¡Si yo no le he cazado! Le tenemos gracias a un personaje
de esta ciudad.
GREGORIO.- (Un poco extrañado.) Supongo que no se referirá
usted a mi padre…
EKDAL.- Sí; a su padre precisamente... ¡Hum!...
HJALMAR.- Es notable que lo hayas adivinado, Gregorio.
GREGORIO.- Como antes me dijiste que le debías tantísimas
atenciones, he deducido que…
GINA.- Pero no ha sido el propio señor Werle quien nos ha regalado
el pato…
EKDAL.- En todo caso, es a Juan Werle a quien tenemos que
agradecérselo, Gina. (Dirigiéndose a Gregorio.) Es- taba cazando
desde una lancha, ¿sabe? Disparó; pero como; su padre tiene tan
mala vista..., en suma, no hizo más que inutilizarle.
GREGORIO.- ¿Algunos perdigones en el cuerpo?
HJALMAR.- Eso es, dos o tres.
HEDVIGIA.- Y debajo del ala; de modo que ya no podía volar.
GREGORIO.- Y se zambulló en el agua, ¿no?
EKDAL.- (Adormilado, con la voz pastosa.) Naturalmente; los patos
salvajes siempre hacen lo mismo. Se van al fondo, amigo, lo más
abajo que pueden. Se agarran con el pico a las algas y a todas las
excrecencias que encuentran en el fango, y no vuelven a la
superficie.
GREGORIO.- Pero su pato salvaje sí volvió a la superficie, teniente
Ekdal.
EKDAL.- Es que su padre tenía un perro extraordinariamente listo. Y
ese perro se zambulló detrás del pato y le sacó a flote.
GREGORIO.- (Vuelto hacia Hjalmar.) ¿Y después os le dieron a
vosotros?
HJALMAR.- No, desde luego. Primero estuvo en casa de tu padre;
pero no se acostumbraba, y entonces ordenaron a Pettersen
matarle.
EKDAL.- (Medio dormido.) Sí..., ¡hum...! Pettersen..., ese imbécil...
HJALMAR.- Así fue como pasó a nuestras manos. Porque mi padre
conoce algo a Pettersen, y cuando supo la historia del pato salvaje,
se arregló para que se lo dieran.
GREGORIO.- ¿Y está contento en vuestra buhardilla?
HJALMAR.- Si, hombre; no sabes lo contento que está. ¡Ha
engordado y todo! Bien es verdad que todavía no lleva aquí
bastante tiempo para haber olvidado su verdadera condición salvaje,
que es lo principal...
GREGORIO.- Tienes razón de sobra. Únicamente te aconsejo que
cuides de que no vea nunca cielo ni mar. Pero debo irme; noto que
tu padre se duerme.
HJALMAR.- ¡Oh! por eso...
GREGORIO.- Oye, ¡qué idea! Has dicho que teníais una habitación
para alquilar... ¿Está libre?
HJALMAR.- Sí. ¿Por qué lo preguntas? ¿Conoces acaso a alguien
que...?
GREGORIO.- ¿Quieres alquilármela a mí?
HJALMAR.- ¿A ti?
GINA.- Pero, señor Werle...
GREGORIO.- ¿Me la alquilan? Me instalaré mañana por la mañana.
HJALMAR.- Por nosotros, encantados...
GINA.- Pero, señor Werle, no es una habitación digna de usted...
HJALMAR.- Vamos, Gina, ¿cómo puedes decir eso?
GINA.- No es suficientemente grande, ni bastante clara, ni...
GREGORIO.- No tengo tantos escrúpulos, señora Ekdal.
HJALMAR.- Yo la encuentro una habitación bonita y, no del todo mal
amueblada.
GINA.- Acuérdate de los dos que viven abajo.
GREGORIO.- ¿Quiénes son esos dos?
GINA.- Uno es un antiguo preceptor...
HJALMAR.- El licenciado en teología Molvik.
GINA.- Y el otro, un tal doctor Relling.
GREGORIO.- ¿Relling? A ese le conozco algo; fue durante algún
tiempo médico en Hoidal.
GINA.- Son un par de libertinos, y a menudo se van de parranda. Se
retiran muy tarde, y hasta llegan a...
GREGORIO.- Se acostumbra uno. En esto espero ser como el pato
salvaje.
GINA.- Creo que debe consultar con la almohada antes de
decidirse.
GREGORIO.- Observo que tiene usted muy pocas ganas de
albergarme en su casa, señora Ekdal.
GINA.- ¡Nada de eso! ¿Cómo se le ocurre pensarlo siquiera?
HJALMAR.- Verdaderamente, Gina, me extraña mucho que tú... (A
Gregorio:) Pero dime, ¿piensas quedarte por el momento en la
ciudad?
GREGORIO.- (Poniéndose el gabán.) Sí; pienso quedar me en la
ciudad por el momento.
HJALMAR.- Pero no en casa de tu padre. ¿Qué vas a hacer, pues?
GREGORIO.- ¡Oh! si yo lo supiera..., estaría algo más tranquilo.
Pero cuando uno lleva la cruz de llamarse Gregorio, y encima
Werle... ¿Has oído nunca un nombre más horroroso?
HJALMAR.- No lo considero así de ningún modo.
GREGORIO.- ¡Puaf! ¡Qué asco! Sería capaz de escupirle en pleno
rostro al individuo que llevara ese nombre. Pero, ya que tiene uno la
desgracia de llamarse Gregorio Werle, como yo la tengo...
HJALMAR.- ¡Ja, ja!... Y si no fueres Gregorio Werle, ¿qué te
gustaría ser?
GREGORIO.- Si pudiera elegir, me gustaría ser un perro listo.
GINA.- ¿Un perro?
HEDVIGIA.- (Involuntariamente) No…
GREGORIO.- Sí, un perro muy inteligente, uno de esos perros que
se zambullen tras los patos salvajes cuando éstos se hunden y se
agarran a las algas que crecen entre el cieno.
HJALMAR.- Francamente, Gregorio, no entiendo una palabra de lo
que estás hablando.
GREGORIO.- ¡Oh, no! Ni casi tiene sentido. Mañana por la mañana
me instalo aquí. (A Gina:) No voy a darle muchas molestias, porque
todo me lo llago yo mismo. (A Hjalmar:) De los demás trataremos
mañana. Buenas noches, señora Ekdal. (Saluda con la cabeza a
Hedvigia.) Buenas noches.
GINA.- Buenas noches, señor Werle.
HEDVIGIA.- Buenas noches.
HJALMAR.- (Que ha encendido una vela.) Aguarda un poco; voy a
alumbrarte. Temo que la escalera esté a oscuras.
(Gregorio y Hjalmar salen por la puerta de la escalera.)
GINA.- (Mirando al vacío, con la labor en el regazo.) ¡Qué cosas tan
raras se le ocurren! ¡Decir que le gustaría ser un perro!...
HEDVIGIA.- Escucha, mamá... Mi impresión es que quería decir otra
cosa.
GINA.- ¿Qué podría ser?
HEDVIGIA.- No lo sé. Pero parecía que hablaba con segunda
intención todo el tiempo.
GINA.- ¿Tú crees? En realidad, es muy extraño...
HJALMAR.- (Que vuelve a aparecer.) Aún estaba encendida la
lámpara. (Apaga la vela, y la deja sobre la mesa.) ¡Ah, por fin puede
uno comerse un bocado! (Empieza a comer smorrebrod.) ¿Lo ves,
Gina? Cuando uno sabe moverse....
GIMA.- ¿Moverse cómo?
HJALMAR.- Sí, porque es una ventaja haber podido alquilar la
habitación. Y por suerte, a una persona como Gregorio, un antiguo y
buen amigo.
GINA.- Pues no sé qué decirte.
HEDVIGIA.- ¡Oh! mamá, ya verás qué divertido va a ser.
HJALMAR.- ¡Eres de lo más rara! Antes estaba empeñada en
alquilar ese cuarto y ahora ya no quieres...
GINA.- Sí, Ekdal; pero habría querido que fuese a otro. ¿Qué crees
que dirá el director?
HJALMAR.- ¿El viejo Werle? ¡Qué le importa!
GINA.- Comprenderás que esto denota un disgusto entre ellos,
cuando el hijo quiere marcharse de casa. Ya sabes qué poco
congenian.
HJALMAR.- Puede ser; pero...
GINA.- Y al presente el director va a creer que eres tú quien ha
soliviantado a su hijo.
HJALMAR.- ¡Vaya!, pues que lo crea. El director Werle ha hecho
muchísimo por mí, lo reconozco. Pero eso no significa que tenga Yo
que depender indefinidamente de él.
GINA.- Querido Ekdal, al fin y al cabo, ello podría redundar en
perjuicio de tu anciano padre; quizá pierda el pequeño ingreso que
tenía con Graaberg.
HJALMAR.- Casi me alegraría de que así fuera. ¿No estimas
humillante que un hombre como yo haya de ver a su padre, ya con
canas, convertido en una bestia de carga?... Pero llegaría día...
(Toma otro smorrebrod.) Como me he impuesto una misión en la
vida, la cumpliré.
HEDVIGIA.- Eso, papá.
GINA.- ¡Chis! No le despiertes.
HJALMAR.- (En voz baja.) Sí, la cumpliré. Porque sonará la hora
de... Y por eso estoy satisfecho de que hayamos alquilado el cuarto;
así tendré más independencia. Y es algo indispensable para el
hombre que se impone una misión en la vida. (Se vuelve hacia el
sillón.) ¡Pobre viejo! Fía en tu hijo... Tiene hombros anchos. Y algún
día, cuando despiertes... (A Gina.) ¿No lo crees?
GINA.- (Levantándose.) Sí que lo creo, hombre. Antes de nada
vamos a acostarle.
HJALMAR.- Sí, vamos.
(Se llevan con sumo cuidado al viejo.)
Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
05-08-2019
ACTO TERCERO
Estudio de Hjalmar, por la mañana. A través de la claraboya del
techo entra luz. Está corrido el cortinaje.
Hjalmar, sentado a la mesa, retoca una fotografía, y hay otras
más ante él. Pasados unos momentos, entra Gina, con abrigo y
sombrero, y una cesta colgada del brazo.
HJALMAR.- ¿Ya has vuelto, Gina?
GINA.- Sí; tenía que darme prisa. (Coloca la cesta sobre una silla, y
se quita el abrigo y el sombrero.)
HJALMAR.- ¿Has echado una ojeada al cuarto de Gregorio?
GINA.- Naturalmente. ¡Bonito ha quedado! Nada más llegar, ha
hecho de las suyas.
HJALMAR.- ¡Cómo!
GINA.- Decía que lo arreglaría él mismo. Luego se empeñó en
encender la estufa, y como había dejado la llave de tiro cerrada,
toda la habitación se ha llenado de humo. ¡Puaf! huele que apesta...
HJALMAR.- ¡Qué ocurrencia!
GINA.- Pues ahora viene lo mejor. Para apagarlo, ha vaciado toda el
agua del lavabo dentro de la estufa, y está el suelo hecho un asco.
HJALMAR.- ¡Vaya un engorro!
GINA.- Ya he pedido a la portera que lo friegue, porque no sabes
cómo lo ha puesto el muy sucio. No habrá quien pare ahí hasta la
tarde.
HJALMAR.- ¿Y adónde ha ido, entre tanto?
GINA.- Ha dicho que saldría a dar una vuelta.
HJALMAR.- Por mi parte, he estado a verle un momento, después
de marcharte tú.
GINA.- Ya lo sé; y le has invitado a almorzar.
HJALMAR.- Un almuerzo de media mañana. Como es el primer día,
casi no podemos evitarlo. ¿No tienes algo en casa?
GINA.- Habrá que buscarlo.
HJALMAR.- Procura que sea bastante. Creo que Relling y Molvik
también van a subir. Me he encontrado con Relling en la escalera,
¿sabes? y tuve que...
GINA.- ¿De modo que también va a venir esa pareja?
HJALMAR.- ¡Mujer! Por dos más o menos... Eso no tiene
importancia...
EKDAL.- (Abre su puerta, y asoma la cabeza.) Oye, Hjalmar...
(Notando la presencia de Gina.) ¡Ah!
GINA.- ¿Quería usted algo, abuelo?
EKDAL: - No, no; es igual. ¡Hum...! (Vuelve a entrar en su cuarto.)
GINA.- (Cogiendo la cesta.) Procura que no salga.
HJALMAR.- Descuida. Oye, Gina: un poco de ensalada de arenques
no vendría mal. Porque Relling y Molvik han debido de estar de
juerga anoche, y...
GINA.- Con tal que no se presenten demasiado pronto...
HJALMAR.- No, de seguro que no. Tómate el tiempo que te haga
falta.
GINA.- Convenido; pero, mientras, tú podrías trabajar un poco.
HJALMAR.- ¡Si estoy trabajando! Trabajo cuanto puedo.
GINA.- Lo digo para que tengas hecho todo a tiempo, en ventaja
tuya. (Sale por la cocina con la cesta.)
(Hjalmar continúa retocando. Trabaja despacio y de mala gana.)
EKDAL.- (Vuelve a abrir la puerta y a asomar la cabeza, hablando
en voz baja.) Oye, ¿tienes mucho que hacer?
HJALMAR.- Sí... no paro con estas fotografías...
EKDAL.- Bueno, bueno; nada. Estás tan ocupado... ¡Hum! (Se
reintegra a su cuarto, dejando la puerta abierta.)
HJALMAR.- (Prosigue trabajando silenciosamente durante algunos
minutos; luego deja el pincel y se dirige a la puerta.)
¿Tienes que hacer padre?
EKDAL.- (Desde dentro, refunfuñando:) Puesto que tú estás tan
ocupado, yo lo estoy a mi vez, ¡caramba!
HJALMAR.- Bien, bien. (Retorna a su trabajo.)
EKDAL.- (Poco después, se asoma de nuevo a la puerta.) ¡Hum! ya
ves, Hjalmar; la verdad es que no me corre tanta prisa.
HJALMAR.- Me ha parecido que estabas escribiendo.
EKDAL.- ¡Demonio! ¿Acaso no puede ese Graaberg aguardar un
día o dos más? No es cuestión de vida o muerte, a fe mía.
HJALMAR.- No, y en resumidas cuentas, tú tampoco eres un
esclavo.
EKDAL.- Además, hay que acondicionar algo ahí dentro.
HJALMAR.- Sí, eso era justamente lo que iba a decirte. ¿Quieres
entrar? ¿Abro?
EKDAL.- No estaría de sobra.
HJALMAR.- (Se levanta,) Así acabaremos de una vez.
EKDAL.- Conforme; eso es. Tiene que estar arreglado mañana por
la mañana... Será mañana, ¿eh?
HJALMAR.- Sí, mañana, efectivamente.
(Hjalmar y Ekdal abren cada uno media puerta. Entra el por el
tragaluz del techo. Algunas palomas vuelan de acá para allá, y otras
permanecen sobre las vigas, arrullándose. De vez en cuando se oye
cacarear a las gallinas en el fondo.)
HJALMAR.- Anda, padre; ya puedes empezar.
EKDAL.- (Pasando.) ¿No entras tú?
HJALMAR.- ¡Bah! después de todo, creo que... (Al ver a Gina a la
puerta de la cocina.) ¿Yo? No, no tengo tiempo; trabajar... Echaré el
mecanismo... (Tira de una cuerda que hace descender, a modo de
telón, una cortina, cuya mitad interior está confeccionada con tiras
de lona vieja, superior, con una red de pescar. Así queda invisible la
parte baja de la buhardilla. Hjalmar se dirige hacia la mesa.) Vamos
a ver si ahora puedo tener un momento de tranquilidad.
GINA.- ¿Está revolviendo otra vez ahí dentro?
HJALMAR.- ¿Habría sido mejor que fuese a casa de la señora
Eriksen? (Sentándose.) ¿Deseas algo? Decías que...
GINA.- Sólo quería preguntarte si te acomoda que pongamos la
mesa aquí.
HJALMAR.- Sí; supongo que nadie habrá pedido hora tan temprano.
GINA.- No; no aguardo más que a una pareja de novios que van
posar juntos.
HJALMAR.- ¡Demonio! ¿Y no podrán posar juntos otro día?
GINA.- No, querido Ekdal; los he citado para después de comer,
mientras estés durmiendo.
HJALMAR.- Entonces, de acuerdo. Sí, almorzaremos aquí.
GINA.- Muy bien; pero como no urge poner la mesa, puedes
utilizarla todavía un rato.
HJALMAR.- Ya ves que estoy utilizándola lo más que puedo…
GINA.- Así te quedarás libre luego, y mejor. (Vuelve a la cocina.)
(Hay una breve pausa.)
EKDAL.- (Desde la puerta de la buhardilla, al otro lado red.)
¡Hjalmar!
HJALMAR.- ¿Qué?
EKDAL.- Me temo que, de todas maneras, tengamos que mover el
barreño.
HJALMAR.- Sí, eso es lo que he estado pensando.
EKDAL.- Sí, eso es lo que he estado pensando.
EKDAL.- ¡Hum, hum, hum!... (Se aleja de la puerta.)
(Hjalmar trabaja un momento, mira de reojo a la buhardilla y se
levanta a medias. Aparece Hedvigia por la puerta de la cocina.)
HJALMAR.- (Sentándose precipitadamente.) ¿Qué quieres?
HEDVIGIA.- No quiero nada más que estar contigo, papá.
HJALMAR.- (Tras de un silencio.) Me parece que no haces más que
meter las narices en todo. ¿Es que tienes encargo de vigilarme?
HEDVIGIA.- No. ¡Qué ocurrencia!
HJALMAR.- ¿Y qué hace tu madre?
HEDVIGIA.- ¡Oh! mamá está muy afanosa con la ensalada de
arenques. (Se aproxima a la mesa.) ¿Puedo ayudarte en algo,
papá?
HJALMAR.- No; más vale que lo haga todo yo solo en tanto que me
quedan fuerzas. Nada importa, Hedvigia, que tu padre consuma su
salud...
HEDVIGIA.- ¡Oh, no, papá, no digas eso!... (Da uno pasos por la
estancia, se detiene ante el desván y mira.)
HJALMAR.- Dime, ¿en qué está tan atareado?
HEDVIGIA.- Por las trazas, quiere abrir un nuevo paso para que el
pato vaya al barreño.
HJALMAR.- Eso no podrá hacerlo nunca solo. ¡Y yo aquí,
condenado a no moverme...!
HEDVIGIA.- (Acercándose a su padre.) Déjame el pincel, papá; yo
sé hacerlo.
HJALMAR.- ¡Qué tontería! No harías más que estropearte la vista.
HEDVIGIA.- ¡Quiá! Trae el pincel...
HJALMAR.- (Levantándose.) En fin, será solo un minuto o dos.
HEDVIGIA.- ¡Pues qué más da! (Coge el pincel.) ¡Ajajá! (Se sienta.)
Aquí está el modelo.
HJALMAR.- ¡No te estropees los ojos! ¿Me entiendes? Yo no quiero
tener la responsabilidad; carga con ella tú..., ya lo sabes.
HEDVIGIA.- (Retocando la prueba.) Sí, yo y nadie más
HJALMAR.- Eres muy mañosa, Hedvigia. Sólo unos minutos, ¿eh?
(Se desliza al lado de la cortina y entra en el de desván. Hedvigia,
sentada, sigue trabajando. Se oye a Hjalmar discutir con su padre
dentro. Hjalmar se asoma por la red.
Hedvigia, alcánzame las tenazas, que están en el estante y el
martillo, además. (Vuelve adentro.) Ahora verás, padre. Permíteme
que te explique primero lo que me propongo. (Hedvigia busca las
herramientas y se las entrega.) Esas son; gracias. Hacía falta que
viniera yo, ¿sabes? (Se retira de la puerta.)
(Óyense martillazos y el rumor de una conversación. Hedvigia
queda mirándolos. Al cabo de poco rato llaman a la puerta de la
escalera; pero ella no lo advierte.)
GREGORIO.- (Viene sin sombrero y a cuerpo, parándose un
instante al lado de la puerta.) Pero...
HEDVIGIA.- (Se vuelve y avanza hacia él.) Buenos días. Pase
usted.
GREGORIO.- Con permiso. (Mira hacia el desván.) Diríase tenemos
obreros en casa.
HEDVIGIA.- No; son papá y el abuelo. Voy a avisarlos.
GREGORIO.- No, no lo hagas; prefiero esperar un poco. (Se sienta
en el sofá)
HEDVIGIA.- Hay un desorden aquí... (Quiere quitar las pruebas.)
GREGORIO.- No, déjalas. ¿Son las fotografías por preparar?
HEDVIGIA.- Sí; una pequeñez para ayudar a papá.
GREGORIO.- Por mí, no interrumpas tu trabajo.
HEDVIGIA.- No, si no me estorba usted. (Se acerca las pruebas, y
sigue trabajando.)
(Gregorio la mira en silencio.)
GREGORIO.- ¿Ha dormido bien el pato salvaje esta noche?
HEDVIGIA.- Creo que sí; gracias.
GREGORIO.- (Vuelto hacia el desván.) Hoy con luz del resulta otro
que ayer a la luz de la luna.
HEDVIGIA.- Sí; cambia mucho de aspecto. Por la mañana es
diferente que por la tarde, y cuando llueve es distinto cuando hace
sol.
GREGORIO.- ¿Lo has observado?
HEDVIGIA.- Eso se ve.
GREGORIO.- ¿Y te gusta estar con el pato salvaje?
HEDVIGIA.- Sí, cuando hay ocasión...
GREGORIO.- Pero acaso no tengas muchos ocios para eso, pues
irás al colegio, supongo.
HEDVIGIA.- No, ahora no. Porque papá teme que me estropee la
vista.
GREGORIO.- Entonces, ¿te enseña él mismo?
HEDVIGIA.- Me ha prometido hacerlo; pero todavía no ha tenido
tiempo.
GREGORIO.- ¿Y no puede otra persona cuidarse un poco de ti?
HEDVIGIA.- Sí; el licenciado Molvik, que no siempre está del todo...
GREGORIO.- ¿Se emborracha?
HEDVIGIA.- ¡Y cómo!
GREGORIO.- Así tendrás lugar para otras cosas. Me imagino que
ese desván debe de ser como un mundo aparte.
HEDVIGIA.- Sí, completamente. Y hay en él tantas cosas
extraordinarias...
GREGORIO.- ¿De veras?
HEDVIGIA.- Sí; hay unos armarios enormes, llenos de libros. Y
muchos tienen estampa...
GREGORIO.- ¡Ah!...
HEDVIGIA.- Además, hay un antiguo secrétaire, con cajones y
tableros, y un reloj grande con figuras que salen cuando suena la
hora; pero no anda.
GREGORIO.- Por tanto, el tiempo no corre ahí dentro, donde está el
pato salvaje...
HEDVIGIA.- Eso es. También hay cajas viejas con pinturas y otras
cosas por el estilo, pero sobre todo los libros.
GREGORIO.- Y tú lees esos libros, ¿no?
HEDVIGIA.- ¡Oh, sí! En cuanto puedo. Aunque la mayor parte están
en inglés, y no los entiendo. Pero miro las estampas. Hay un libro
muy grande que se titula Harrysons History of London, y tiene muchísimos
grabados; debe de contar cien años lo menos. En la primera página
se ve a la muerte con un reloj de arena, una doncella; no me gusta
nada. Sin embargo, más adelante hay otras estampas con iglesias y
castillos, y barcos navegando por los mares.
GREGORIO.- Cuéntame: ¿de dónde habéis sacado esas cosas tan
bonitas?
HEDVIGIA.- Es que antes venía aquí un viejo capitán de barco, y
fue quien las trajo. Le llamaban “el Holandés Errante”
[3], no sé por
qué, pues no era holandés...
GREGORIO.- ¿No?
HEDVIGIA.- Después desapareció, y se quedaron las cosas aquí.
GREGORIO.- Oye, dime: cuando estás ahí metida, mimado las
estampas ¿no te entran ganas de salir y ver con tus propios ojos el
mundo de verdad?
HEDVIGIA.- ¡Oh, no! Quiero quedarme siempre aquí en casa, y
ayudar a papá y mamá.
GREGORIO.- ¿Retocando fotografías?
HEDVIGIA.- No, no sólo con eso. Más que nada quisiera aprender a
grabar estampas como las que se ven en los libros ingleses.
GREGORIO.- ¡Ah! ¿Y qué opina tu padre?
HEDVIGIA.- Presumo que a papá no le gustaría, porque es muy
extraño a ese respecto; dice que debo aprender a hacer cestos y
asientos para sillas. Pero a mí no me gusta semejante cosa.
GREGORIO.- Ni a mí tampoco.
HEDVIGIA.- Claro que papá tiene razón porque, si yo hubiese
aprendido a trenzar, podría haber hecho un cesto nuevo para el pato
salvaje.
GREGORIO.- Es verdad. Ciertamente, eres la más indicada para
ello.
HEDVIGIA.- Por algo el pato es mío.
GREGORIO.- No cabe duda.
HEDVIGIA.- Aunque es mío, se lo presto a papá y al abuelo siempre
que lo desean.
GREGORIO.- Eso está bien. ¿Y para qué le quieren ellos?
HEDVIGIA.- Lo cuidan, le abren caminos y demás.
GREGORIO.- Me lo figuro, porque ahí dentro, el pato salvaje, ocupa
el primer lugar.
HEDVIGIA.- Por supuesto. En realidad, es un ave auténticamente
salvaje. Y por añadidura, da pena; el pobre no tiene a quién
apegarse.
GREGORIO.- No tiene familia, como los conejos.
HEDVIGIA.- No. Las gallinas a ratos se juntan entre ellas. Pero él,
¡pobrecito! está tan alejado de los suyos... Y es de considerar otra
rareza. Nadie le conoce, nadie sabe de dónde viene.
GREGORIO.- Y ha estado en el fondo de los mares.
HEDVIGIA.- (Le mira de reojo y reprime una sonrisa.) ¿Por qué dice
usted “en el fondo de los mares”?
GREGORIO.- ¿Pues cómo voy a decirlo?
HEDVIGIA.- Podría usted decir “en el fondo del mar...” o “en el fondo
del agua”.
GREGORIO.- ¿Y por qué no “en el fondo de los mares”?
HEDVIGIA.- No sé. Se me hace tan extraño oír decir “en el fondo de
los mares”...
GREGORIO.- Pero ¿por qué? Explícate.
HEDVIGIA.- No, no quiero; es una necedad.
GREGORIO.- Nada de eso. Anda, dime de qué has sonreído.
HEDVIGIA.- Es que, siempre que de repente se me ocurre
considerar todo lo que hay ahí dentro, se me antoja que el desván y
cuantas cosas contiene se llaman “el fondo de los mares”. Pero es
una necedad.
GREGORIO.- No lo creas en modo alguno.
HEDVIGIA.- Sí, pues no es más que un desván, en suma.
GREGORIO.- (Mirándola con fijeza.) ¿Estás bien segura de ello?
HEDVIGIA.- (Asombrada.) ¿De que es un desván?
GREGORIO.- Sí ¿lo sabes de seguro?
(Hedvigia se calla, mirándole con la boca. abierta. Gina entra de la
cocina con el mantel y los cubiertos.)
GREGORIO.- (A tiempo que se levanta.) Temo haber venido
demasiado pronto.
GINA.- ¡Bah! En alguna parte ha de estar usted, y no tardaré en
tenerlo todo preparado. Quita lo que hay sobre la mesa, Hedvigia.
(Hedvigia recoge las cosas, y Gina mientras, pone la mesa.
Gregorio se sienta en el sillón, hojeando un álbum.)
GREGORIO.- Me han dicho que sabe usted retocar, señora Ekdal.
GINA.- (Le echa una ojeada de soslayo.) Sí que sé.
GREGORIO.- ¡Qué coincidencia tan afortunada...!
GINA.- ¿Por qué?
GREGORIO.- Que Hjalmar se hiciera fotógrafo, quiero decir.
HEDVIGIA.- Mamá también sabe hacer fotografías.
GINA.- Me he visto obligada a aprender.
GREGORIO.- ¿Es usted quizá la que lleva el negocio?
GINA.- Sí, cuando Ekdal no tiene tiempo...
GREGORIO.- Como estará tan ocupado con su anciano padre.
GINA.- Si bien se mira, no es un trabajo para un hombre como Ekdal
este de tener que retratar a cualquiera.
GREGORIO.- Así me parece a mí también; pero ya que ha tomado
ese rumbo…
GINA.- Comprenderá usted, señor Werle, que Ekdal no es un
fotógrafo vulgar.
GREGORIO.- A pesar de todo... (Se oye un tiro en el desván.
Gregorio se sobresalta.) ¿Qué es eso?
GINA.- ¡Ay! ya vuelven a tirotear.
GREGORIO.- ¿A tirotear?
HEDVIGIA.- Sí, están de caza.
GREGORIO.- ¡Cómo! (Se acerca a la puerta del desván.) ¿Estás
cazando, Hjalmar?
HJALMAR.- (Desde adentro.) ¿Ya has llegado? No lo sabía; me
había metido en faena. (A Hedvigia.) ¡Y tú, sin avisarnos! (Entra en
el estudio.)
GREGORIO.- ¿Estás disparando tiros en el desván?
HJALMAR.- (Enseña una pistola de dos cañones.) Es con esto,
nada más.
GINA.- Ya veréis cómo el abuelo y tú acabaréis por causar una
desgracia con esa pistola.
HJALMAR.- (Colérico.) ¡Te he dicho mil veces que este arma se
llama pistola!
GINA.- Viene a ser lo mismo.
GREGORIO.- ¿De manera que también tú te has convertido en
cazador, Hjalmar?
HJALMAR.- ¡Oh! tiro un poco a los conejos de vez en cuando. Lo
hago sobre todo por mi padre, ¿comprendes?
GINA.- Los hombres son especiales; siempre necesitan algo para
entretenerse.
HJALMAR.- (Irritado.) ¡Sí, sí, necesitamos algo para entretenernos!
GINA.- Eso mismo es lo que digo.
HJALMAR.- Pues no hay más que hablar. (A Gregorio.) Tenemos la
suerte de que este desván está situado de modo que nadie puede
oír los tiros. (Coloca la pistola en el estante.) No toques a la pistola,
Hedvigia; uno de los cañones está cargado, no lo olvides.
GREGORIO.- (Mirando por la red.) También tienes fusil, según veo.
HJALMAR.- El antiguo fusil de mi padre. No dispara va; se le ha
estropeado el cerrojo. Pero siempre gusta tenerlo, porque lo
desarmamos y lo limpiamos a veces, engrasándolo y volviéndolo a
armar. Supondrás que es mi padre quien más se distrae con estas
cosas.
HEDVIGIA.- (Acercándose a Gregorio.) Ahora puede usted ver al
pato salvaje.
GREGORIO.- Eso mismo es lo que estoy haciendo. Parece que baja
un poco un ala.
HJALMAR.- No tiene nada de particular, puesto que estaba herido.
GREGORIO.- Y arrastra una pata, ¿no es así?
HJALMAR.- Acaso un poquito.
HEDVIGIA.- Sí, fue en esa pata donde le mordió el perro.
HJALMAR.- Pero, fuera de eso, no tiene nada. Y es asombroso
verdaderamente, pensando que lleva una carga de perdigones en el
cuerpo. Y que ha estado entre los dientes de un perro...
GREGORIO.- (Mira a Hedvigia.) Y que ha estado en el fondo de los
mares tanto tiempo.
HEDVIGIA.- (Sonríe.) Sí.
GINA.- (Poniendo la mesa.) ¡Maldito pato salvaje! No da que hacer
poco para tenerle contento.
HJALMAR.- Vamos, ¿estará el almuerzo pronto?
GINA.- Sí, al momento. Hedvigia, tienes que venir a ayudarme.
(Gina y Hedvigia pasan a la cocina.)
HJALMAR.- (A media voz.) Será mejor que no te quedes ahí
mirando a mi padre; no le gusta. (Gregorio se retira de la puerta de
la buhardilla.) Y conviene que cierre la puerta antes que vengan los
demás. (Da unas palmadas, para espantar a las aves.) ¡Largo,
largo! ¿Queréis iros? (Levanta el telón y cierra la puerta.) Estos
mecanismos son iniciativa mía. Resulta bastante divertido tener que
ingeniarse en esto y repararlo cuando se estropea. Y se hace
absolutamente necesario, ¿sabes? porque Gina no quiere tener
gallinas y conejos en el estudio.
GREGORIO.- Me lo supongo. ¿Y es tu mujer la que y lleva la voz
cantante aquí?
HJALMAR.- En general, le confío las cosas más sencillas, porque
así puedo refugiarme en el salón a meditar sobre, otras de mayor
envergadura.
GREGORIO.- ¿Cuáles son esas otras cosas, Hjalmar?
HJALMAR.- Me extraña que no me lo hayas preguntado antes. ¿No
has oído hablar de mi invento?
GREGORIO.- ¿Qué invento...? No.
HJALMAR.- ¿No has oído hablar? Por supuesto, en los bosques
deshabitados donde vivías…
GREGORIO.- ¿Conque hasta hecho un invento?
HJALMAR.- Aún no está terminado por completo; pero trabajo en
ello. Ya habrás colegido que, cuando decidí dedicarme a la
fotografía, no era para hacer retratos de toda clase de gente.
GREGORIO.- No, no; eso acaba de decirme tu mujer.
HJALMAR.- Juré que iba a consagrar mis fuerzas a este oficio para
elevarlo a la categoría de arte y de ciencia.
Entonces fue cuando me decidí a hacer tan curioso invento.
GREGORIO.- ¿En qué consiste ese invento? ¿De qué se trata?
HJALMAR.- Amigo mío, no me pidas detalles todavía.
La cosa requiere tiempo, ¿entiendes? Y no creas que me guía
vanidad pues no trabajo para mí. ¡Oh, no! Es mi misión, no la
abandono de día ni de noche.
GREGORIO.- ¿Qué misión es ésa?
HJALMAR.- ¿Te olvidas del viejo con canas?
GREGORIO.- ¿Tu pobre padre? Pero ¿qué puedes hacer ir él a la
postre?
HJALMAR.- Puedo resucitar su propia estimación, devolviendo al
apellido Ekdal su honor y dignidad.
GREGORIO.- ¿De suerte que es ésa tu misión?
HJALMAR.- Sí; quiero salvar al náufrago. Porque naufragó
desencadenarse sobre él la tempestad. Cuando comenzaron las
terribles investigaciones, ya no era el mismo. La pistola que ves ahí,
y que empleamos para matar conejos, ha desempeñado un papel en
la tragedia de la familia Ekdal.
GREGORIO.- ¡Esa pistola! ¿Verdaderamente?
HJALMAR.- Al dictarse la sentencia, al ir a encarcelarle..., tenía la
pistola en la mano.
GREGORIO.- ¿Y quiso...?
HJALMAR.- Sí; pero le faltó valor. Tenía el espíritu arruinado,
echado a perder. ¿Te haces cargo? ¡El, un militar que había matado
osos y descendía de tenientes coroneles...! Lo uno unido a lo otro...,
ya ves... ¿Te haces cargo, Gregorio?
GREGORIO.- Me hago cargo muy bien.
HJALMAR.- Yo, no. Y otra vez intervino la pistola en la historia de la
familia. Cuando ya llevaba puesto el traje gris de presidiario y estaba
bajo llaves. ¡Oh, qué días tan espantosos para mí! Tenía veladas
mis dos ventanas, y si miraba afuera y veía que alumbraba el sol
como de costumbre, no podía concebirlo. Observaba a la gente en
la calle reír y charlar de cosas sin importancia, y no me cabía en la
cabeza; me parecía que todo lo existente debía haberse matado que
durante un eclipse.
GREGORIO.- Lo mismo sentía yo cuando murió mi madre.
HJALMAR.- En aquel instante tenía Hjalmar Ekdal la pistola
apuntando contra su propio pecho.
GREGORIO.- ¿Quisiste también...?
HJALMAR.- Sí.
GREGORIO.- Pero no disparaste.
HJALMAR.- No; en el momento decisivo me vencí a mí mismo.
Continué viviendo. Con todo, créeme, necesitaba valor para escoger
la vida en aquella situación.
GREGORIO.- Eso depende de cómo la vea uno.
HJALMAR.- Sin duda alguna; pero fue lo mejor, pues pronto daré
cima a mi invento. El doctor Relling, como yo, espera que entonces
estará permitido a mi padre llevar el uniforme igual que antes. Lo
exigiré como único premio.
GREGORIO.- ¿Luego es lo del uniforme lo que...?
HJALMAR.- Sí, ése es mi mayor anhelo. No puedes imaginarte lo
que sufro por él. Cada vez que celebramos una fiesta de familia...
como el aniversario de nuestra boda u otra cosa por el estilo, el viejo
hace su entrada vistiendo el uniforme de teniente, ¡el de los días
felices! Pero en cuanto llaman a la puerta..., porque claro, no se
atreve a que le vean, sale tan de prisa como le consienten sus viejas
piernas a encerrarse otra vez en su cuarto. Y esto resulta
desgarrador para el corazón de un hijo, ¿sabes?
GREGORIO.- ¿Y qué tiempo crees que tardarás en realizar tu
invento?
HJALMAR.- ¡Por Dios, no me pidas detalles como ese del tiempo!
Un descubrimiento no es cosa que pueda uno mismo amoldar del
todo a sus deseos. Depende en gran parte de la inspiración, de una
idea, y así no es posible afirmar de antemano cuándo ha de
acontecer.
GREGORIO.- Pero ¿avanza, al menos?
HJALMAR.- ¡Ya lo creo que avanza! No transcurre un solo día sin
que dé un paso en él; es algo que me absorbe. Todas las tardes,
después de la comida, me encierro en el salón, donde puedo
meditar con tranquilidad. Aun así, no debe uno apresurarse, porque
eso no sirve para nada, como dice el doctor Relling.
GREGORIO.- ¿Y no entiendes que todas esas cosas del desván te
distraen y te alejan de tu objetivo con exceso?
HJALMAR.- ¡No, no; todo lo contrario! No digas eso. No puedo estar
constantemente obsesionado con las mismas preocupaciones.
Necesito algo para llenar el tiempo de espera. La inspiración, la idea
viene cuando debe venir... si viene.
GREGORIO.- Mi querido Hjalmar, ¿sabes que se me antoja que hay
en ti algo de pato salvaje?
HJALMAR.- ¿De pato salvaje...? ¿A qué te refieres?
GREGORIO.- Te has hundido, y te agarras a las algas del fondo.
HJALMAR.- ¿Piensas en ese tiro casi mortal que ha tocado a mi
padre en el ala y a mí lo mismo?
GREGORIO.- Sí, en eso exactamente. Yo no diría que estás herido,
pero sí que te metes en un pantano insalubre. Hjalmar, tienes una
enfermedad latente en el cuerpo, y te has ido al fondo para morir en
la oscuridad.
HJALMAR.- ¿Yo, morir? ¿Morir yo en la oscuridad? No, Gregorio; no
me vengas con cuentos.
GREGORIO.- Ten calma; yo te sacaré a la superficie. Porque
también debo ejecutar una misión.
HJALMAR.- Es posible. Pero te ruego que no me mezcles en esos
asuntos. Te aseguro que, aparte de mi melancolía - que tiene su
explicación, como es natural- , me encuentro tan a gusto como
cualquier mortal pueda desearlo.
GREGORIO.- Ese es otro efecto del veneno.
HJALMAR.- Oye, querido Gregorio: no me hables más de venenos
ni de enfermedades. No estoy acostumbrado a esa clase de
conversaciones; en mi casa no me recuerdan nunca esos estragos.
GREGORIO.- Lo creo sin esfuerzo.
HJALMAR.- No me sienta bien. Y aquí no hay ninguna atmósfera de
pantano, como dices. No se me oculta que el techo es bajo en el
hogar del pobre fotógrafo, y que mi condición es humilde. Pero soy
un inventor y padre de familia, ¿sabes? y esto me eleva sobre las
miserias de mi estado... ¡Ah! ya vienen con el almuerzo.
(Gina y Hedvigia aparecen con botellas de cerveza, un frasco de
aguardiente, vasos, etcétera. Al mismo tiempo, entran por la puerta
de la escalera Relling y Molvik, ambos a cuerpo, Molvik, vestido de
negro.)
GINA.- (Mientras se ocupa de la mesa.) Pues esos dos sí que llegan
a tiempo.
RELLING.- A Molvik le ha parecido percibir un olorcillo ensalada de
arenques, y no había medio de retenerle Buenos días por segunda
vez, Ekdal.
HJALMAR.- Gregorio, te presento al licenciado Molvik, y doctor...
Pero a Relling ya le conoces.
GREGORIO.- Sí, vagamente.
RELLING.- ¡Toma! el señor Werle, hijo. Cierta vez nos peleamos allá
arriba, en Hoidal. ¿Ha venido usted a instalarse aquí?
GREGORIO.- Desde esta mañana.
RELLING.- Abajo vivimos Molvik y yo; conque no tiene usted que ir
lejos por médico y pastor, en caso de necesitarlos.
GREGORIO.- Gracias; todo puede suceder, pues ayer éramos trece
a la mesa.
HJALMAR.- ¡Oh! no vuelvas a hablar de cosas siniestras.
RELLING.- Puedes tomarlo con calma, Ekdal. Eso no va contigo.
HJALMAR.- Así lo espero por mi familia. Pero sentemos, comamos,
bebamos y estemos alegres.
GREGORIO.- ¿No aguardamos a tu padre?
HJALMAR.- No; prefiere comer más tarde en su cuarto.
(Los hombres se sientan a la mesa, comen y beben. Gina y
Hedvigia van y vienen sirviéndolos.)
RELLING.- Molvik, señora Ekdal, cogió ayer una borrachera
fenomenal.
GINA.- ¡Ah! ¿Sí? ¿Una más?
RELLING.- ¿No le oyó usted anoche cuando le traje a casa?
GINA.- No, no he oído nada.
RELLING.- Mejor, porque estaba hecho una lástima.
GINA.- ¿Es verdad, Molvik?
MOLVIK.- Corramos un velo sobre los incidentes de la noche
pasada. Estas cosas no dependen de mi voluntad, de mi buena
voluntad...
RELLING.- (A Gregorio.) Le domina una especie de sugestión, y
entonces tengo que irme de bureo con él... Porque ha de saber
usted que el licenciado Molvik es un demoníaco.
GREGORIO.- ¿Demoníaco?
RELLING.- Molvik es un demoníaco, sí.
GREGORIO.- ¡Hum!
RELLING.- Y las naturalezas demoníacas no están hechas para
andar por el camino recto; necesitan extraviarse alguna que otra
vez. ¡Vaya! ¿Y usted sigue resistiendo allá arriba en aquella triste y
horrenda fábrica?
GREGORIO.- He resistido hasta el presente.
RELLING.- ¿Y logró por fin que se atendiera aquella demanda que
llevaba?
GREGORIO.- (Comprendiendo.) ¡Ah! sí.
HJALMAR.- ¿Ibas con demandas, Gregorio?
GREGORIO.- ¡Bah! simplezas.
RELLING.- ¡Y tanto que iba con demandas! Recorría todas las
casas de los labradores reclamando algo que llamaba “la exigencia
del ideal”.
GREGORIO.- Era joven por aquella época.
RELLING.- De eso no hay que dudar; era usted muy joven. Y no
logró usted ver satisfecha esa “exigencia del ideal” en todo el tiempo
que estuve allí.
GREGORIO.- Ni después tampoco.
RELLING.- Presumo que habrá usted tenido la cordura de transigir
un poco.
GREGORIO.- ¡Jamás transijo cuando trato con hombres dignos de
este nombre!
HJALMAR.- Pues eso lo encuentro muy lógico... Un poco de
mantequilla, Gina.
RELLING.- Y un trocito de tocino para Molvik.
MOLVIK.- ¡Ay, no, nada de tocino!
(Llaman a la puerta del desván.)
HJALMAR.- Abre, Hedvigia; el abuelo quiere salir.
(Hedvigia abre la puerta a medias. Entra el viejo Ekdal con una piel
de conejo recién arrancada. Ella cierra la puerta tras él.)
EKDAL.- Buenos días, señores. ¡Excelente caza la de hoy! He
matado uno de los grandes.
HJALMAR.- ¡Y le has desollado sin contar conmigo!
EKDAL.- Y le he salado inclusive. Me gusta la carne de conejo; es
tierna y dulce; sabe a azúcar. ¡Buen provecho, señores! (Pasa a su
habitación.)
MOLVIK.- (Levantándose.) Perdonen: no puedo más; necesito bajar
cuanto antes...
RELLING.- ¡Bebe un poco de gaseosa, desdichado!
MOLVIK.- (Con aceleramiento.) ¡Oh, oh! (Vale por la puerta de la
escalera.)
RELLING.- (A Hjalmar.) Brindemos por el viejo cazador.
HJALMAR.- (Choca su vaso con el de Relling.) Sí, por el sportman
al borde de la tumba.
RELLING.- Por los cabellos grises. (Bebe.) Oye, dime, ¿tiene el pelo
gris o blanco?
HJALMAR.- Ni lo uno ni lo otro. Por lo demás, le quedan pocos
cabellos va.
RELLING.- Al fin y al cabo, con peluca también se puede ir por el
mundo. Tú sí que eres un hombre feliz, Ekdal; tienes una misión por
la cual luchar.
HJALMAR.- Y lucho, te lo advierto.
RELLING.- Y para colmo, tienes tu mujercita, que sale y entra con
suelas de fieltro, moviendo las caderas y cuidándote....
HJALMAR.- Sí, Gina. (Con un gesto afectuoso para ella.) Eres una
buena compañera en el camino de la vida.
GINA.- ¿Queréis hacer el favor de no cotorrear acerca de mí?
RELLING.- Y a tu pequeña Hedvigia, Ekdal.
HJALMAR.- (Emocionado.) ¡La niña, sí; la niña sobre todo! Hedvigia,
ven aquí conmigo. (Acariciándole el pelo.) ¿Qué día es mañana?
HEDVIGIA.- (Rechazándole.) ¡Oh! no digas nada.
HJALMAR.- Siento punzadas de cuchillo en el corazón cuando
pienso que todo se reducirá a tan poca cosa; sólo una fiesta sencilla
en el desván.
HEDVIGIA.- ¡Pues eso será lo delicioso!
RELLING.- Tú espera hasta que sea un hecho el magnífico
descubrimiento, Hedvigia.
HJALMAR.- Sí, ya verás... Hedvigia, he tomado la decisión de
asegurar tu porvenir. Serás feliz mientras vivas. Exigiré algo para
ti..., sí, algo. Va a ser la única recompensa del pobre inventor.
HEDVIGIA.- (Con un brazo alrededor del cuello de su padre.) ¡Ah,
querido, querido papá!
RELLING.- (A Gregorio:) ¿Y qué, no le agrada, para variar, estar
sentado a una mesa bien repleta en el círculo de una familia
dichosa?
HJALMAR.- Francamente, yo aprecio bastante estas horas de la
mesa.
GREGORIO.- Pues, por mi parte, no soporto los miasmas de
pantano.
RELLING.- ¿Los miasmas de pantano?
HJALMAR.- ¡Oh! no insistas en esas bobadas.
GINA.- Le aseguro, señor Werle, que aquí no hay ningún olor a
pantano, pues ventilo a diario las habitaciones.
GREGORIO.- (Abandona la mesa.) El hedor a que me refiero no lo
ventilará usted.
HJALMAR.- ¿Hedor?
GINA.- Sí. ¿Qué dices a eso, Ekdal?
RELLING.- Perdone. ¿No será usted mismo quien trae el hedor de
las minas de allá arriba?
GREGORIO.- Es propio de usted llamar hedor a lo que traigo a esta
casa.
RELLING.- (Yendo hacia él.) Escuche, señor Werle hijo: tengo la
sospecha de que todavía conserva usted en el bolsillo “la exigencia
del ideal” sin menoscabo.
GREGORIO.- Le llevo en el pecho.
RELLING.- ¡Guárdesela donde quiera, demonio! Lo único que le
aconsejo es que no la saque a relucir mientras esté yo presente.
GREGORIO.- ¿Y si, a pesar de eso, lo hago?
RELLING.- Bajará las escaleras de cabeza; ya está prevenido.
HJALMAR.- (Se incorpora.) Pero, Relling...
GREGORIO.- Ande, écheme usted.
GINA.- (Interponiéndose.) Eso no puede ser, Relling. Y a usted he
de decirle, señor Werle, que, después de haber hecho tantas
porquerías en la estufa, no debe venir aquí a hablar de hedor.
(Llaman a la puerta.)
HEDVIGIA.- Mamá, alguien llama.
HJALMAR.- ¡Ya empieza otra vez el trabajo!
GINA.- Voy a abrir. (Abre la puerta y de súbito se para, se estremece
y da un paso atrás.) ¡Oh! ¿Eh? Y (EL Director Werle, vestido con
abrigo forrado de pieles, entra en el estudio.)
EL DIRECTOR WERLE.- Ruego que me dispensen; pero tengo
entendido que mi hijo vive en esta casa.
GINA.- (Sofocada.) Sí.
HJALMAR.- (Acercándose.) Dígnese usted, señor director
EL DIRECTOR WERLE.- Gracias; sólo deseo hablar con mi hijo.
GREGORIO.- Bien; ¿qué hay? Aquí estoy.
EL DIRECTOR WERLE.- Querría hablar contigo en tu habitación.
GREGORIO.- ¿En mi habitación? Bueno. (Se dispone a salir.)
GINA.- ¡No, Dios mío! no está en condiciones de...
EL DIRECTOR WERLE.- Pues entonces en el rellano; tengo que
hablar contigo a solas.
HJALMAR.- Pueden hacerlo aquí mismo, señor director. Ven al
salón, Relling.
(Hjalmar y Relling salen por la derecha. Gina lleva a Hedvigia a la
cocina.)
GREGORIO.- (Después de una pausa.) ¡Ea! ya estamos solos.
EL DIRECTOR WERLE.- Anoche dejaste escapar algunas
insinuaciones, y en vista de que ahora has, venido a instalarte en
casa de los Ekdal, me inclino a creer que tienes alguna mala
intención contra mí.
GREGORIO.- Mi intensión es abrir los ojos a Hjalmar Ekdal. Quiero
que vea su situación tal como es, y nada más.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Es ésa la misión de que me hablaste?
GREGORIO.- Sí; no me dejaste otra.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Soy yo acaso quien ha perturbado tu
espíritu, Gregorio?
GREGORIO.- Has malogrado toda mi vida. No me refiero a lo de mi
madre. Pero a ti es a quien debo agradecer los remordimientos de
conciencia que me persiguen y me roen.
EL DIRECTOR WERLE.- ¡Ah! ¿Conque es la conciencia la que está
en juego...?
GREGORIO.- Debí haberme vuelto contra ti cuando tendiste el lazo
al teniente Ekdal. Debí haberle puesto en guardia, porque yo
sospechaba adónde iba a parar todo aquello.
EL DIRECTOR WERLE.- De ser así, en pluralidad, debías haber
hablado.
GREGORIO.- Fui tan cobarde, que no me atreví. Me daba un miedo
indescriptible de ti a la sazón y mucho tiempo después.
EL DIRECTOR WERLE.- Por lo visto, ya se te ha pasado ese miedo.
GREGORIO.- Afortunadamente... El mal causado al viejo Ekdal por
mí... y por otros no puede remediarlo nadie; pero a Hjalmar sí pienso
salvarle de la mentira y el engaño en que está a punto de zozobrar.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Crees que con ello harías un bien?
GREGORIO.- Estoy de todo punto convencido.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Piensas quizá que el fotógrafo Ekdal es
hombre que te agradecerá semejante prueba de amistad?
GREGORIO.- Sí. Es hombre para eso.
EL DIRECTOR WERLE.- Ya lo veremos. ‘
GREGORIO.- Aparte de que, si he de seguir soportando la vida,
tengo que buscar un remedio para mi conciencia enferma.
EL DIRECTOR WERLE.- No se curará nunca. Tu conciencia se
resentía desde la infancia; es herencia de tu madre, Gregorio, la
única herencia que te legó.
GREGORIO.- (Con débil sonrisa irónica.) Aún no has podido digerir
el desengaño que sufriste calculando mal el capital con que creías
quedarte.
EL DIRECTOR WERLE.- No hablemos de cosas ajenas a la
cuestión. ¿De modo que estás decidido a poner al fotógrafo Ekdal
sobre una pista que juzgas acertada?
GREGORIO.- Tengo esa firme intención.
EL DIRECTOR WERLE.- En tal caso, podía haberme ahorrado el
paseo hasta aquí. Porque deduzco que es inútil preguntarte si
quieres volver a casa conmigo.
GREGORIO.- Es inútil, sí.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Tampoco accedes a ser mi socio?
GREGORIO.- Tampoco.
EL DIRECTOR WERLE.- Bueno; pero, como quiero volver a
casarme, voy a repartir mi hacienda contigo
[4].
GREGORIO.- (Con precipitación.) ¡No, no quiero nada!
EL DIRECTOR WERLE.- ¿No quieres?
GREGORIO.- No; se opone a ello mi conciencia.
EL DIRECTOR WERLE.- (Tras de otra pausa.) ¿Regresas a la
fábrica?
GREGORIO.- No; me considero despedido de tu servicio.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿A qué piensas dedicarte en adelante?
GREGORIO.- A realizar mi misión exclusivamente.
EL DIRECTOR WERLE.- Pero ¿y luego? ¿De qué vas a vivir?
GREGORIO.- Tengo ahorrado de mi sueldo algo.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Y cuánto tiempo durará?
GREGORIO.- Creo que durará lo que yo dure.
EL DIRECTOR WERLE.- ¿Qué significa eso?
GREGORIO.- Ya no respondo más.
EL DIRECTOR WERLE.- Pues adiós, Gregorio.
GREGORIO.- Adiós.
(Vale el Director Werle.)
HJALMAR.- (Abre la puerta.) ¿Se ha ido ya?
GREGORIO.- Sí.
(Entran Hjalmar y Relling. Gina y Hedvigia también, viniendo de la
cocina.)
RELLING.- ¡Nos ha estropeado el almuerzo!
GREGORIO.- Arréglate, Hjalmar; vas a dar un buen paseo conmigo.
HJALMAR.- Con mucho gusto. ¿Qué te quería tu padre?
¿Se trataba de mí?
GREGORIO.- Ven. Tenemos que hablar un poco. Voy a ponerme el
abrigo. (Vase por la escalera.)
GINA.- No debías salir con él, Ekdal.
RELLING.- No, no vayas; quédate aquí.
HJALMAR.- (Coge su sombrero y su gabán.) ¡Cómo! Cuando un
amigo de la infancia siente la necesidad de abrirme su corazón, de
él para mí...
RELLING.- Pero ¡qué diablos! ¿No ves que ese tipo está loco,
chiflado, mal de la cabeza...?
GINA.- Sí, por cierto. Su madre también tenía crisis de ésas a
veces.
HJALMAR.- Motivo de más para que necesite la vigilancia del
amigo. (A Gina) Ten la comida preparada a su hora. Adiós, hasta
luego. (Vale por la puerta de la escalera.)
RELLING.- Es una desgracia que ese tipo no se fuese al infierno
desde una de las minas de Hoidal.
GINA.- ¡Jesús! ¿Por qué lo dice usted?
RELLING.- (Refunfuñando.) Yo me entiendo.
GINA.- ¿Cree usted que el señor Werle, hijo, está loco de remate?
RELLING.- No; desgraciadamente, no está más loco que la mayoría.
GINA.- ¿Y qué es lo que tiene?
RELLING.- Voy a decírselo, señora Ekdal. Padece fiebre aguda de
rectitud.
GINA.- ¿Una fiebre de rectitud?
HEDVIGIA.- ¿Y eso es una enfermedad?
RELLING.- De cuidado, y una enfermedad nacional; pero se revela
sólo de manera esporádica. (Con una inclinación de cabeza ante
Gina.) Le agradezco el almuerzo. (Sale por la puerta de la escalera.)
GINA.- (Paseándose por la estancia.) ¡Oh! este Gregorio Werle
siempre fue un mal bicho.
HEDVIGIA.- (Al lado de la mesa, con mirada inquisitiva.) Encuentro
singular todo esto.
Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
05-08-2019
ACTO CUARTO
Estudio de Hjalmar Ekdal, momentos después de hacer una
fotografía. En medio de la estancia, la cámara, cubierta con un paño
negro, sobre un trípode, y un par de sillas, amén de algún otro
accesorio. Luz de anochecido. Al poco rato empieza a oscurecer
visiblemente.
Desde la puerta de la escalera, Gina habla con alguien que está
fuera. En la mano derecha sostiene una placa fotográfica, mojada.
GINA.- Sí, pierdan cuidado. Cuando prometo algo, lo cumplo. La
primera docena estará el lunes. ¡Adiós, adiós!
(Se oye a alguien bajar por la escalera. Gina cierra la puerta, coloca
la placa dentro de su estuche y lo mete en el aparato.)
HEDVIGIA.- (Que viene de la cocina.) ¿Ya se han ido?
GINA.- (Arreglando las cosas.) Sí; gracias a Dios, he podido
deshacerme de ellos.
HEDVIGIA.- Pero ¿comprendes cómo no ha venido papá todavía?
GINA.- ¿Sabes, de fijo, que no está abajo con Relling?
HEDVIGIA.- No, no está. Hace un momento he bajado por la
escalera de servicio y he preguntado.
GINA.- Se le va a enfriar la comida.
HEDVIGIA.- ¡Con lo puntual que es a las horas de comer!
GINA.- No puede tardar. Ya lo verás.
HEDVIGIA.- ¡Ojalá venga pronto! ¡Se me hace todo tan singular hoy!
GINA.- (En un grito.) ¡Aquí está!
HEDVIGIA.- (Se precipita a su encuentro.) ¡Papá! ¡Cuánto te hemos
aguardado!
GINA.- (Mirándole de soslayo.) Has tardado bastante, Ekdal.
HJALMAR.- (Sin mirarla.) Sí, he tardado bastante. (Se quita el
gabán. Gina y Hedvigia quieren ayudarle; pero él se lo impide.)
GINA.- ¿Has comido con Werle?
HJALMAR.- (Cuelga el abrigo.) No.
GINA.- (Encaminándose a la cocina.) Entonces, te traeré la comida.
HJALMAR.- No; déjalo. No quiero comer ahora.
HEDVIGIA.- ¿No te sientes bien, papá?
HJALMAR.- ¿Bien? Regular, nada más. Hemos dado un paseo muy
largo Gregorio y yo.
GINA.- Habría sido mejor que no le acompañaras. No estás
acostumbrado.
HJALMAR.- ¡Bah! Un hombre tiene que acostumbrarse a tantas
cosas en este mundo que a la postre una más o menos... (Se pasea
por la habitación.) ¿Ha venido alguien mientras he estado fuera?
GINA.- Los dos novios únicamente.
HJALMAR.- ¿No ha habido ningún encargo?
GINA.- No, hoy tampoco.
HEDVIGIA.- No dudes de que los habrá mañana, papá.
HJALMAR.- Así sea, porque desde mañana pienso empezar a
trabajar en serio.
HEDVIGIA.- ¿Mañana? Pero ¿no te acuerdas de qué día es
mañana?
HJALMAR.- ¡Ah, sí, es cierto! Bien pues desde pasado mañana,
entonces. En adelante quiero hacerlo todo yo solo.
GINA.- ¿Y qué adelantarás con eso, Hjalmar? Son ganas de agriarte
la vida, en suma. De la fotografía basta que me encargue yo, y así
puedes seguir con el invento.
HEDVIGIA.- Y con el pato salvaje, papá, y con las gallinas y los
conejos, y...
HJALMAR.- ¡Déjate de estupideces! Desde mañana no vuelvo a
poner los pies en el desván.
HEDVIGIA.- Pero, papá, ¿no me prometiste que mañana habría
fiesta?
HJALMAR.- Es cierto. Pues desde pasado mañana, entonces. ¡Con
qué ganas retorcería el pescuezo a ese maldito pato salvaje!
HEDVIGIA.- (Grita, asustada.) ¡Al pato salvaje!
GINA.- ¡Qué barbaridad!
HEDVIGIA.- (Sacudiéndole.) Oye, papá, el pato es mío...
HJALMAR.- Por eso mismo no lo hago. No tengo corazón para
estrangularle, por ti, Hedvigia. Aunque comprendo que en el fondo
obro mal. No debía soportar bajo mi techo nada que venga de esas
manos.
GINA.- Pero ¿qué tiene que ver que el imbécil de Pettersen se lo
haya regalado al abuelo, para...?
HJALMAR.- Existen ciertas exigencias, ¿cómo diría? las exigencias
del ideal, ciertas obligaciones a las cuales no puede sustraerse un
hombre sin que redunde en perjuicio de su alma.
HEDVIGIA.- (Mientras le sigue en sus paseos.) Piensa en el pato,
en el pobre pato salvaje...
HJALMAR.- Ya te digo que le perdono por ti. No se le tocará ni una
sola pluma. Te repito que no te preocupes, que está perdonado. Hay
deberes más importantes que cumplir. Bueno, Hedvigia; es la hora
de tu paseo. Ya no hay sol, como te conviene.
HEDVIGIA.- No, no tengo ganas de salir ahora.
HJALMAR.- Debes salir. Creo que guiñas los ojos. Este aire viciado
no te sienta bien; la atmósfera está cargada.
HEDVIGIA.- ¡Vaya! bajaré corriendo por la escalera de servicio y
pasearé un rato. ¿Mi abrigo? ¿Mi sombrero? ¡Ah, sí! Están en mi
cuarto. Papá, prométeme que no harás cada malo al pato cuando yo
esté fuera.
HJALMAR.- No le tocaré ni una pluma. (Abrazándola.) Tú y yo,
Hedvigia..., nosotros... Anda, vete.
(Hedvigia hace una leve inclinación de cabeza y sale por la cocina.)
HJALMAR.- (Continúa paseándose sin levantar la vista.) Gina...
GINA.- ¿Qué?
HJALMAR.- Desde mañana, o mejor dicho, desde pasado mañana,
quiero llevar yo mismo las cuentas de la casa.
GINA.- ¿Que quieres llevar las cuentas de la casa?
HJALMAR.- Sí; vamos, comprobar los ingresos, al menos.
GINA.- ¡Válgame Dios! eso se comprueba en seguida.
HJALMAR.- Nadie lo diría. Me hace el efecto de que el dinero dura
demasiado en tus manos. (Se detiene y se queda mirándola.)
¿Cómo te las compones?
GINA.- Hedvigia y yo necesitamos tan poco...
HJALMAR.- ¿Es verdad que a mi padre le pagan tan
espléndidamente las copias en casa del director Werle?
GINA.- Yo, por mí, ignoro si le pagan tan espléndidamente. No
conozco el precio de esos trabajos.
HJALMAR.- Para abreviar, ¿cuánto le dan, poco más o menos?
Dímelo.
GINA.- Según y cómo; viene a ser lo que nos cuesta mantenerle, y
alguna pequeñez para su bolsillo.
HJALMAR.- ¿Lo que nos cuesta? No me habías dicho nada de eso.
GINA.- No podía hacerlo. ¡Con lo satisfecho que estabas creyendo
que lo recibía todo de ti!
HJALMAR.- Y resulta que lo recibe del director Werle.
GINA.- Al director Werle le sobra dinero.
HJALMAR.- Enciéndeme la lámpara.
GINA.- (La enciende.) Por lo demás, no podemos saber si es del
director personalmente. Tal vez sea de Graaberg.
HJALMAR.- ¿De Graaberg? ¿A qué viene ese pretexto?
GINA.- No, si yo no sé nada; sólo pensaba que...
HJALMAR.- ¡Hum!
GINA.- No fui yo quien le buscó ese trabajo; fue Berta, cuando entró
en la casa.
HJALMAR.- Me parece que te tiembla la voz.
GINA.- (Encaja la pantalla en la lámpara.) ¿Que me tiembla la voz?
HJALMAR.- Y las manos también. ¿O es que me equivoco?
GINA.- (Con firmeza.) Habla claro. ¿Qué ha podido contarte de mí
ése?
HJALMAR.- ¿Es verdad, es posible que hubiera algo entre tú y el
señor Werle cuando servías en su casa?
GINA.- No es verdad. Entonces no. El director siempre andaba
detrás de mí, eso sí. Y la señora, creyendo que había algo, armó un
escándalo atroz. Hasta llegó a pegarme y a tirarme de los pelos. En
seguida me marché de allí.
HJALMAR.- ¿De manera que fue más tarde?
GINA.- Y me fui a mi casa. Mi madre no era todo lo buena que tú
creías, Ekdal; siempre estaba diciéndome que como se había
quedado viudo el director..., ¿comprendes?
HJALMAR.- ¿Y qué más?
GINA.- Al cabo, será mejor que lo sepas de una vez: no paró hasta
que consiguió lo que se proponía.
HJALMAR.- (Junta las manos.) ¡Y ésta es la madre de mi hija!
¿Cómo has podido ocultarme todo eso?
GINA.- Sí, lo reconozco, hice mal; debí habértelo contado mucho
antes.
HJALMAR.- Debiste decírmelo desde luego. Así me habría dado
cuenta a tiempo de quién eras.
GINA.- ¿No te habrías casado conmigo?
HJALMAR.- ¿Cómo puedes pensarlo siquiera?
GINA.- Por eso justamente no me atreví a decírtelo.
HJALMAR.- (Discurriendo por el aposento.) ¡Y ésta es la madre de
mi querida Hedvigia...! ¡Y pensar que mi casa, todo lo que me
rodea... (Da un puntapié a una silla.) se lo debo a un predecesor
favorecido, a ese rijoso director Werle!
GINA.- ¿Reniegas de los catorce o quince años que hemos vivido
juntos?
HJALMAR.- (Irguiéndose ante ella.) Dime si no te ha pesado cada
día, cada hora, esa red de mentiras que tejías en torno mío como
una araña. ¡Respóndeme! ¿No has vivido atormentada por el
remordimiento y por la angustia?
GINA.- ¡Ekdal de mi alma! Bastante tenía ya con pensar en la casa y
en el trabajo diario.
HJALMAR.- ¿Y nunca se te ha ocurrido hacer un examen de tu
pasado?
GINA.- No, bien sabe Dios que casi me había olvidado de esa viejas
historias.
HJALMAR.- ¡Qué insensibilidad! ¡Qué indiferencia tan monstruosa!
Es lo que más me indigna. ¡Ni el menor arrepentimiento!
GINA.- Oye, Ekdal: ¿qué crees que habría sido de ti si no hubieses
encontrado una mujer como yo?
HJALMAR.- ¡Una mujer como...!
GINA.- Sí, como he sido siempre, más resuelta y práctica que tú;
eso no puedes negármelo. Aunque, claro, no en vano te llevo dos
años.
HJALMAR.- ¿Que qué habría sido de mí?
GINA.- Ya empezabas a descarriarte por la época en que nos
encontramos; no puedes afirmar lo contrario.
HJALMAR.- ¿A eso llamas descarriarse? No sabes lo que es un
hombre desesperado, sobre todo teniendo un temperamento tan
fogoso como el mío.
GINA.- Está bien, está bien. No te digo que no. Hoy no quiero
discutir esas cosas. El caso es que te convertiste en una buena
persona, gracias a que tenías un hogar y una familia. Vivíamos
tranquilos y felices; Hedvigia y yo íbamos a comprarnos un poco de
ropa y a empezar a comer un poco mejor...
HJALMAR.- ¡Sí, en el pantano de la mentira!
GINA.- ¡Pero ha venido aquí ese tipo odioso, para meterse en lo que
no le importa!
HJALMAR.- A mi vez yo me hallaba a gusto en casa. Pero no era
más que una ilusión. ¿Cómo recobraré ya el estado de ánimo
necesario para llevar mi descubrimiento a la realidad? Quizá muera
conmigo, y será tu pasado, Gina, el que lo habrá matado.
GINA.- (A punto de llorar.) No digas esas cosas, Ekdal; yo no he
querido más que tu bien...
HJALMAR.- ¿Y qué quedará de mi sueño de padre de familia? En
tanto que estaba ahí echado en el sofá, meditando sobre mi
invención, me asaltaba el presentimiento de que absorbería mis
últimas fuerzas. Comprendía que el día que tuviera la patente en
mis manos, sería el de mi despedida, y mi anhelo era que vivieses
cómoda y sin preocupaciones, que todo el mundo viera en ti a la
viuda del inventor famoso, que...
GINA.- (Secándose las lágrimas.) ¡Ekdal, no hables así! ¡Dios me
libre de vivir el día que sea viuda!
HJALMAR.- ¿Qué más da, ahora que se ha acabado todo?
(Gregorio Werle abre cautelosamente la puerta y mira.)
GREGORIO.- ¿Puedo pasar?
HJALMAR.- Sí, pasa.
GREGORIO.- (Entra, con el rostro radiante de alegría, tendiéndole
las manos.) Bueno, mis queridos amigos... (Se detiene, algo
extrañado, y mira alternativamente a uno y otro. Aparte, a Hjalmar:)
¿No lo has hecho aún?
HJALMAR.- (Con voz sombría.) Sí, lo he hecho.
GREGORIO.- ¿Lo has hecho?
HJALMAR.- He pasado la hora más amarga de mi vida.
GREGORIO.- Pero también la más pura, supongo.
HJALMAR.- En fin, el caso es que se ha puesto en claro todo.
GINA.- ¡Dios le perdone, señor Werle!
GREGORIO.- (Muy sorprendido.) Pero no entiendo...
HJALMAR.- ¿Qué es lo que no entiendes?
GREGORIO.- Una explicación así debía servir de punto de partida a
una nueva vida conyugal, fundada en la verdad y libre de toda
reserva.
HJALMAR.- Sí, ya lo sé. Lo sé muy bien.
GREGORIO.- Estaba convencido de que al entrar iba a saltarme a
la vista una transfiguración del esposo y de la esposa. Y lo que veo
ante mí es un espectáculo triste, sombrío...
GINA.- Eso es. (Quita la pantalla.)
GREGORIO.- Usted no me comprende, señora Ekdal. Y al fin y al
cabo, necesitará bastante tiempo para... Pero no así tú, Hjalmar.
Esta explicación decisiva debía haberte inspirado miras más altas.
HJALMAR.- Sí, naturalmente; es decir, hasta cierto punto.
GREGORIO.- Y no hay nada más noble que perdonar a la pecadora
y elevarla hasta uno por el amor.
HJALMAR.- No creas que es tan fácil para un hombre digerir el mal
trago que he tenido que apurar.
GREGORIO.- Para un hombre vulgar, no. Pero un hombre como
tú...
HJALMAR.- ¡Dios mío! ¡Sí, ya lo sé! Pero no debes acuciarme,
Gregorio. Hace falta tiempo, ¿comprendes?
GREGORIO.- Tienes cosas de pato salvaje, Hjalmar.
(Entra Relling por la puerta de la escalera.)
RELLING.- ¡Toma! ¿Está otra vez el pato salvaje sobre el tapete?
HJALMAR.- Nada menos que el trofeo de caza del director Werle,
con un disparo en el ala.
RELLING.- ¿Del director Werle? ¿Hablabais de él?
HJALMAR.- De él... y de nosotros.
RELLING.- (A media voz, a Gregorio:) ¡Váyase usted al diablo!
HJALMAR.- ¿Qué estás diciendo?
RELLING.- Expreso el deseo muy sincero dé que este charlatán se
vuelva a su casa. Si permanece aquí, es capaz de volveros locos a
los dos.
GREGORIO.- Pierda usted cuidado, señor Relling. Aquí no hay
nadie que se vuelva loco. A Hjalmar le conocemos bastante para
permitirnos la menor duda. Y en cuanto a esa mujer, no se puede
negar que conserva, a pesar de todo, un fondo sensato y honrado.
GINA.- (Casi llorando.) En ese caso, debió usted haberme dejado
pasar conforme soy.
RELLING.- (A Gregorio:) ¿Sería indiscreto preguntarle qué ha
venido usted a hacer en esta casa, en resumidas cuentas?
GREGORIO.- Quiero que se logre una verdadera unión conyugal.
RELLING.- ¿De modo que, según usted, el matrimonio Ekdal no es
como debiera ser?
GREGORIO.- Por supuesto, no será un matrimonio diferente de
tantos otros. Pero todavía no ha llegado a ser una verdadera unión
conyugal.
HJALMAR.- ¿Nunca has pensado en las exigencias del ideal,
Relling?
RELLING.- ¡Déjate de monsergas, amigo mío! Perdone usted, señor
Werle; ¿podría decirme cuántas uniones conyugales verdaderas ha
visto usted en su vida?
GREGORIO.- Bien mirado, ninguna.
RELLING.- Tampoco yo.
GREGORIO.- Pero he visto innumerables matrimonios del género
opuesto. Y he tenido ocasión de comprobar de cerca el daño que
esa clase de uniones puede causar a una pareja de seres humanos.
HJALMAR.- Toda la base moral de un hombre puede derrumbarse
bajo sus pies; eso es lo terrible.
RELLING.- Como yo nunca he estado lo que se dice casado, no
puedo hablar mucho de estas cuestiones. Pero de lo que no me
cabe la menor duda es de que la unión conyugal comprende
también al hijo. Y por tanto, debéis dejar en paz a la niña.
HJALMAR.- ¡Hedvigia, mi pobre Hedvigia!
RELLING.- Haced el favor de no mezclar a Hedvigia en nada de
esto. Vosotros dos sois personas mayores, y podéis hurgar en
vuestra existencia y estropearla si así se os antoja. Pero hay que ser
prudente con Hedvigia. De lo contrario, os exponéis a acarrearle
cualquier desgracia.
HJALMAR.- ¿Una desgracia?
RELLING.- Sí. Y hasta puede ser que se la atraiga ella misma... y
quizá a otros también.
GINA.- Pero ¿de dónde saca usted todo eso, señor Relling?
HJALMAR.- ¿Es que hay algún peligro inminente para su vista?
RELLING.- No se trata de su vista. Pero Hedvigia está bien una
edad crítica. Es tan susceptible, que podría inventar cualquier
absurdo.
GINA.- ¡Pues ya lo creo! Desde hace algún tiempo se dedica a
revolver en la lumbre de la cocina... A eso lo llama jugar al incendio.
Me temo que algún día acabe prendiendo fuego a la casa.
RELLING.- Ya lo ve usted. Bien lo sabía yo.
GREGORIO.- (Interrumpiéndole.) Pero ¿cómo se explica eso?
RELLING.- (Ásperamente.) ¿Cómo quiere usted que se explique,
hombre de Dios? Está en la edad ingrata, y nada más.
HJALMAR.- Mientras Hedvigia me tenga a mí, mientras yo viva...
(Llaman a la puerta de la escalera.)
GINA.- Calla, Ekdal, hay alguien a la puerta. (En voz alta.)
¡Adelante! (Entra la Señora Soerby, vestido de calle.)
SEÑORA SOERBY.- Buenas noches.
GINA.- (Que va a su encuentro.) ¿Tú aquí, Berta?
SEÑORA SOERBY.- Sí, yo. ¿Estorbo?
HJALMAR.- ¡Ni por asomo! Una persona enviada de esa casa.
SEÑORA SOERBY.- (A Gina:) Francamente, tenía esperanzas de
no encontrar a tus hombres aquí a estas horas; por eso vine
corriendo un momento para charlar un poquito contigo y decirte
adiós.
GIMA.- ¡Cómo! ¿Te vas?
SEÑORA SOERBY.- Sí, mañana por la mañana, a Hoidal. El director
se ha ido esta tarde. (Mirando a Gregorio.) Le traigo recuerdos de su
parte.
GINA.- ¡Ah, vamos...!
HJALMAR.- ¿Conque se ha marchado el director Werle, y usted le
sigue?
SEÑORA SOERBY.- Sí. ¿Qué opina usted, Ekdal?
HJALMAR.- Ande con mucho tiento. No le digo más.
GREGORIO.- Oye, Hjalmar: voy a orientarte: es que mi padre se
casa con la señora Soerby.
HJALMAR.- ¡Se casa!
GINA.- ¡Ah! ¿Sí, Berta? ¡Por fin!
RELLING.- (Con un leve temblor en la voz.) Eso no será en serio,
¿eh?
SEÑORA SOERBY.- En serio, querido Relling, completamente en
serio.
RELLING.- ¿Piensa usted casarse de nuevo?
SEÑORA SOERBY.- Así parece. Werle ha arreglado los papeles
para ir de prisa, y celebraremos la boda con toda sencillez allá
arriba, en la fábrica.
GREGORIO.- Entonces, como buen hijastro, habré de felicitarla.
SEÑORA SOERBY.- Muchas gracias, si lo dice usted de buena fe.
Espero que sea para felicidad mía tanto como para la de Werle.
RELLING.- Nada tema. El director Werle no se emborracha nunca,
que yo sepa, al menos. Y me figuro que no tendrá tampoco la
costumbre de apalear a su mujer como hacía el difunto veterinario.
SEÑORA SOERBY.- Deje usted a Soerby que descanse en paz.
También tenía sus cosas buenas.
RELLING.- Confío en que las del director Werle sean mejores.
SEÑORA SOERBY.- En todo caso, no ha echado a perder lo mejor
que hay en él. Los que lo hacen, tarde o temprano, deben sufrir las
consecuencias.
RELLING.- Esta noche pienso salir con Molvik.
SEÑORA SOERBY.- No, Relling, no lo haga..., se lo ruego.
RELLING.- No hay otro remedio. (A Hjalmar:) Ven, si quieres con
nosotros.
GINA.- No, gracias; Ekdal no anda en esos pasos.
HJALMAR.- (Colérico, a media voz.) ¡A ver si te callas de una vez!
RELLING.- Adiós, señora... Werle. (Pasa por la puerta de la
escalera.)
GREGORIO.- (A la Señora Soerby:) Por lo visto, usted y el doctor
Relling se conocen bastante.
SEÑORA SOERBY.- Sí, hace muchos años que nos conocemos. En
aquellos tiempos nuestro conocimiento pudo haber tenido otro
desenlace.
GREGORIO.- Fue para usted suerte que no llegara a realizarse.
SEÑORA SOERBY.- Sí. ¡Y tanto! Pero siempre me he guardado
muy bien de no seguir mis inclinaciones. Una mujer no puede
sacrificarse en absoluto.
GREGORIO.- ¿Y no le asusta a usted que hable a mi padre de ese
viejo conocimiento suyo?
SEÑORA SOERBY.- ¿Cree que no le he hablado yo misma?
GREGORIO.- ¿De veras?
SEÑORA SOERBY.- Su padre está enterado del menor detalle de
cuanto, se pueda decir de mí. Le he contado todo. Fue lo primero
que hice al percatarme de que tenía intenciones sobre mi persona.
GREGORIO.- Pues denota usted una franqueza poco común.
SEÑORA SOERBY.- Siempre he sido franca. Es lo que nos da mejor
resultado a las mujeres.
HJALMAR.- ¿Qué dices a eso, Gina?
GINA.- ¡Oh! Las mujeres somos tan diferentes... Unas se comportan
de una manera, y otras, de otra.
SEÑORA SOERBY.- Sí, Gina; pero creo que lo más inteligente es
hacer lo que he hecho yo. Werle, por su parte, tampoco me ha
ocultado nada. Y es eso lo que en particular nos ha unido. Ahora
puede hablar conmigo tan abiertamente como un niño. Había
echado de menos eso hasta hoy. ¡Un hombre como él, lleno de vida
y de salud, harto de escuchar recriminaciones durante toda su
juventud y los mejores años de su vida...! Muchas veces estas
recriminaciones se referían a faltas imaginarias, según me ha
declarado.
GINA.- Sí, eso es evidente.
GREGORIO.- Si las señoras quieren abordar ese terreno, será
mejor que yo me vaya.
SEÑORA SOERBY.- No, hombre; puede usted quedarse. No diré
una palabra más. Sólo quería que supiera usted que jamás me he
valido de mentiras ni de engaños. Quizá parezca que he tenido una
gran suerte, y así es en cierto modo. Pero creo que no recibo más
de lo que doy. Bueno; el caso es que puedo decir con toda
seguridad que no pienso abandonarle jamás. Y sé asimismo que le
seré muy útil, por no decir indispensable, cuando no pueda valerse
por sí solo, como va a ocurrirle pronto.
HJALMAR.- ¿Qué no podrá valerse...?
GREGORIO.- (A la Señora Soerby) Está bien, está bien; pero más
vale que no hable usted de eso aquí.
SEÑORA SOERBY.- Es inútil ocultarlo más tiempo, según se
empeña en hacerlo el pobre. Werle va a quedarse ciego.
HJALMAR.- (Con un estremecimiento.) ¿Ciego? ¡Qué extraño!
¿También él va a quedarse ciego?
GINA.- ¡Hay tantos que lo son!
SEÑORA SOERBY.- Y ya pueden suponer lo que eso significa para
un hombre de negocios. Por mi parte, procuraré ayudarle con mis
ojos lo mejor que pueda. ¡Ea! lo siento mucho, pero no debo
entretenerme ya más; estos días tengo un montón de cosas que
hacer. ¡Ah! El señor Werle me encargó que le dijera que, si puede
serles útil en algo, no tiene usted más que dirigirse a Graaberg.
GREGORIO.- Estoy seguro de que Hjalmar Ekdal no aceptará esa
oferta.
SEÑORA SOERBY.- ¿No? Pues yo creía que en otro tiempo...
GINA.- No, Berta; ahora Ekdal ya no necesita aceptar nada del
director.
HJALMAR.- (Lentamente y recalcando las palabras.) Salude a su
futuro esposo en mi nombre y dígale que iré a ver al contable
Graaberg...
GREGORIO.- ¿Serás capaz de ir?
HJALMAR.-... que iré a ver al contable Graberg, repito, para pedirle
la cuenta de lo que debo a su jefe. Quiero pagar esa deuda de
honor... ¡Ja, ja, ja! ¡Y a eso se llama deuda de honor! Bueno; basta.
No hablemos más del asunto. Estoy dispuesto a pagar todo con el
cinco por ciento de interés.
GINA.- Pero escucha, Ekdal; ¿de dónde vamos a sacar ese dinero?
HJALMAR.- ¿Me hará usted el favor de decirle a su prometido que
estoy trabajando sin descanso en mi invento?
Y añada que lo que sostiene mi espíritu en este trabajo forzado es el
deseo de librarme de la penosa deuda que me abruma. He aquí la
razón de ser de mi invento. Todos los beneficios los emplearé en
saldar los anticipos de su futuro esposo.
SEÑORA SOERBY.- Algo ha pasado en esta casa.
HJALMAR.- (Lacónico.) Sí, algo ha pasado.
SEÑORA SOERBY.- Pues adiós. Me habría gustado hablar un poco
más contigo, Gina. Otra vez será.
(Hjalmar y Gregorio saludan sin decir palabra. Gina acompaña a la
Señora Soerby hasta la puerta.)
HJALMAR.- No pases del umbral, Gina.
(Vale la Señora Soerby, y Gina, cierra la puerta.)
HJALMAR.- Observa, Gregorio, cómo al cabo me he librado de esa
deuda intolerable.
GREGORIO.- O por lo menos, te librarás muy pronto.
HJALMAR.- Creo que ha sido correcta mi actitud.
GREGORIO.- Eres el hombre que yo me imaginaba.
HJALMAR.- Hay momento en que no se pueden olvidarlas
exigencias del ideal. Como sostén de la familia me costará trabajos
y sinsabores conseguirlo. No vayas a creer que es una broma, ni
mucho menos, que un hombre sin fortuna como yo tenga que saldar
una deuda enterrada, digámoslo así, bajo el polvo del olvido. Pero,
en último término, eso carece de importancia. El hombre que hay en
mí también tiene sus exigencias.
GREGORIO.- (Poniéndole una mano sobre el hombro.) Querido
Hjalmar, ¿no estás contento de que haya venido?
HJALMAR.- Sí.
GREGORIO.- ¿Y no te sientes dichoso de ver cómo se ha puesto en
claro todo?
HJALMAR.- (Con cierta impaciencia.) Sí, en efecto. Y eso que hay
algo que repugna mi sentimiento de la justicia.
GREGORIO.- ¿Qué es ello?
HJALMAR.- Es que..., vamos, no sé si está bien que hable tan
explícitamente de tu padre...
GREGORIO.- Por mí, no andes con rodeos.
HJALMAR.- Pues bien, verás. Encuentro algo indignante que sea él,
y no yo, quien en estos momentos efectúa una verdadera unión
conyugal.
GREGORIO.- Pero ¿puedes pensar semejante cosa?
HJALMAR.- Así es. Tu padre y la señora Soerby van a sellar un
pacto matrimonial basado en la mutua confianza.
De uno a otro no hay nada oculto; detrás de sus relaciones no se
esconde el menor engaño. Como quien dice, entre ambos media
una absolución recíproca y sin reservas de todas sus faltas.
GREGORIO.- Bueno; ¿y qué?
HJALMAR.- Y lo más notable es que ese matrimonio se funda
precisamente en las mismas miserias que has visto ya aquí.
GREGORIO.- Pero es una situación muy distinta. ¡No querrás
comparar vuestro caso con el de esa pareja...! Vamos, ya me
comprendes.
HJALMAR.- A pesar de todo, siento una voz interior que me dice
que eso no es justo. Cualquiera sacaría la conclusión de que no
existe la menor justicia en el gobierno del mundo.
GINA.- ¡Por Dios, Ekdal, no debes decir eso!
GREGORIO.- Basta. No nos ocupemos más del caso.
HJALMAR.- Aunque, por otro lado, la verdad es que, me parece
adivinar la mano de la justicia, porque si él va a quedarse ciego.
GINA.- ¡Bah! eso no es tan inminente.
HJALMAR.- Es innegable. Y es lo justo; nosotros, al menos, no
podemos dudarlo. Porque en otra ocasión él cegó a un ser confiado.
GREGORIO.- Desgraciadamente, no ha cegado sólo a ése.
HJALMAR.- Y ahora un destino inexorable, misterioso, ciega los
ojos de él.
GINA.- ¡Oh! ¿Cómo puedes decir esas cosas? Me das miedo.
HJALMAR.- De cuando en cuando conviene explorar el lado
tenebroso de la vida.
(Hedvigia, con abrigo y sombrero, entra alegre y sofocada por la
puerta de la escalera.)
GINA.- ¿Ya estás aquí?
HEDVIGIA.- Sí; no tenía gana de andar más. Y ha sido mejor,
porque a la vuelta me he encontrado con alguien en el portal.
HJALMAR.- Con la señora Soerby, sin duda.
HEDVIGIA.- Sí.
HJALMAR.- (Paseándose.) Espero que sea la última vez.
(Pausa. Hedvigia mira con desaliento de aun lado a otro como para
averiguar la situación.)
HEDVIGIA.- (Acercándose con mimo a su padre.) Papá...
HJALMAR.- ¿Qué quieres, Hedvigia?
HEDVIGIA.- La señora Soerby me ha traído una cosa.
HJALMAR.- (Se detiene.) ¿A ti?
HEDVIGIA.- Sí, para mañana.
GINA.- Berta siempre te he hecho un regalo en ese día.
HJALMAR.- ¿Qué es?
HEDVIGIA.- No, no se puede ver aún. Mamá me lo dará mañana
por la mañana en la cama.
HJALMAR.- ¿Conque otro secretito más, del que no debo
enterarme?
HEDVIGIA.- (Presurosa.) Espera; te lo enseñaré. Es una carta
grande... (La saca del bolsillo del abrigo.)
HJALMAR.- ¿Una carta?
HEDVIGIA.- Sí, no es más que una carta; lo otro vendrá después,
me figuro. Pero ya ves..., ¡una carta! Es la primera que recibo. Y
pone: “Señorita Hedvigia Ekdal”. Fíjate... ¡ésa soy yo!
HJALMAR.- Déjame ver la carta.
HEDVIGIA.- (Dándosela.) Toma, mírala.
HJALMAR.- Es la letra del director Werle.
GINA.- ¿Estás seguro, Ekdal?
HJALMAR.- Míralo tú misma.
GINA.- ¡Oh! yo no entiendo nada de eso...
HJALMAR.- Hedvigia, ¿puedo abrir esta carta... y leerla?
HEDVIGIA.- Sí, claro que puedes, si quieres...
GINA.- No, esta noche no, Ekdal. Tiene que ser para mañana por la
mañana.
HEDVIGIA.- (En voz baja.) Deja que la lea. Estoy segura de que nos
aportará algo agradable. Ya verás cómo se pone otra vez contento y
vuelve a alegrarse la casa.
HJALMAR.- Entonces, ¿puedo abrirla?
HEDVIGIA.- Sí, papá, por favor. Vas a ver cómo es algo divertido.
HJALMAR.- Bien. (Abre el sobre, saca un papel, lo lee y se muestra
confuso.) Pero ¿qué es esto?
GINA.- ¿Qué dice?
HEDVIGIA.- Anda, papá, habla.
HJALMAR.- ¡Calma, calma! (Vuelve a leer y palidece; pero se
domina.) Es un donativo, Hedvigia.
HEDVIGIA.- ¡Cómo! ¿Sí? ¿Y qué me da?
HJALMAR.- Léelo tú. (Hedvigia se acerca la lámpara y lee durante
unos instantes. Hjalmar murmura a media voz, con los puños
cerrados:) ¡Esos ojos, esos ojos! Y luego esa carta...
HEDVIGIA.- (Interrumpiendo la lectura.) Por lo visto, es para el
abuelo.
HJALMAR.- (Le arrebata nerviosamente la carta.) Oye, Gina; ¿tú
concibes esto?
GINA.- ¡Yo qué sé! Dime antes de qué se trata.
HJALMAR.- De que el director Werle dice a Hedvigia que su abuelo
ya no necesita cansarse haciendo copias, y desde ahora podrá
cobrar cien coronas mensuales en la oficina.
GREGORIO.- ¡Hola, hola!
HEDVIGIA.- ¡Cien coronas mamá! Lo he leído.
GINA.- ¡Qué suerte para el abuelo!
HJALMAR.- Cien coronas mientras las necesite o sea hasta que
haya cerrado los ojos.
GINA.- Al cabo puede estar tranquilo el pobre viejo.
HJALMAR.- ¿Y lo que sigue? ¿No has leído lo que sigue, Hedvigia?
Ese donativo pasará luego a ti.
HEDVIGIA.- ¿A mí? ¿Todo ese dinero?
HJALMAR.- Podrás disfrutarlo mientras vivas. ¿Te das cuenta,
Gina?
GINA.- Sí ya lo oigo.
HEDVIGIA.- ¡Pues figúrate la fortuna que voy a tener!
(Sacudiéndole.) ¡Papá! ¿No estás contento?
HJALMAR.- (Rechazándola) ¿Contento? (Se pasea, excitado.) ¡Con
la perspectiva que se abre ante mí! ¿De modo que es a la propia
Hedvigia a quien dota tan espléndidamente?
GINA.- Sí, por ser mañana su cumpleaños.
HEDV IGIA.- Todo será para ti, papá. Como comprenderás, os lo
daré a ti y a mamá.
HJALMAR.- A mamá, sí. Muy oportuno.
GREGORIO.- Hjalmar, esto es un lazo que te tienden.
HJALMAR.- ¿Otro lazo?
GREGORIO.- Esta mañana cuando estuvo aquí me dijo: “Hjalmar
Ekdal no es el hombre que te imaginas.”
HJALMAR.- El hombre que...
GREGORIO.- “ya lo verás”, añadió.
HJALMAR.- ¿Y lo que ibas a ver es que me desarmaba con dinero?
HEDVIGIA.- Pero, mamá, ¿qué pasó?
GINA.- Anda, ve a quitarte el abrigo.
(Hedvigia próxima a llorar, sale por la puerta de la cocina.)
GREGORIO.- Oye, Hjalmar..., en seguida se va a demostrar quién
tiene razón si él o yo.
HJALMAR.- (Rompe lentamente el papel en dos pedazos y los deja
sobre la mesa.) Esta es mi respuesta.
GREGORIO.- Lo esperaba.
HJALMAR.- (Se encara con Gina, que permanece al lado de la
estufa, y dice con voz sorda;) Y ahora, basta de mentiras. Si las
relaciones entre él y tú habían acabado verdaderamente cuando...
empezaste a quererme, como dices, ¿por qué nos proporcionó los
medios para casarnos?
GINA.- Supongo que porque pensaba que así se le admitiría en
casa.
HJALMAR.- ¿Nada más? ¿No tendría otro motivo?
GINA.- No comprendo lo que quieres decir.
HJALMAR.- Quiero saber si tu hija tiene derecho a vivir bajo mi
techo.
GINA.- (Irguiéndose, con los ojos relampagueantes de ira.) ¿Y me lo
preguntas?
HJALMAR.- ¡Responde! ¿Sí o no? ¿Es Hedvigia hija mía, o...?
¡Pronto!
GINA.- (Desafiándole fríamente con la mirada.) No lo sé.
HJALMAR.- (Con cierto temblor en la voz.) ¿Que no lo sabes?
GINA.- ¿Cómo voy a saberlo? Una mujer como yo...
HJALMAR.- (Tranquilamente, volviéndole la espalda.) Entonces, ya
no tengo nada que hacer en esta casa.
GREGORIO.- Reflexiónalo bien, Hjalmar.
HJALMAR.- (Mientras se pone el gabán.) Para un hombre como yo
no hay lugar a reflexiones.
GREGORIO.- Al contrario, tienes que reflexionar mucho. Si quieres
llegar al supremo sacrificio que lleva a la verdadera purificación, es
menester que sigáis viviendo los tres juntos.
HJALMAR.- ¡Eso es lo que no quiero! ¡Jamás! ¡Mi sombrero! (Lo
coge.) Se ha derrumbado mi hogar. (Sin poder contener el llanto.)
¡Gregorio, ya no tengo hija!
HEDVIGIA.- (Que ha abierto la puerta de la cocina.) ¿Qué dices?
(Corriendo hacia él.) ¡Papá, papá!
GINA.- ¡Lo único que faltaba!
HJALMAR.- ¡No te acerques a mí, Hedvigia! Vete. No puedo verte.
¡Ah! esos ojos... Adiós... (Hace ademán de irse.)
HEDVIGIA.- (Asiéndose a él.) ¡No, no! ¡No me dejes!
GINA.- (Grita.) ¡Mira a la niña, Ekdal, mira a la niña!
HJALMAR.- ¡No puedo! ¡No quiero! Tengo que marcharme lejos de
todo esto. (Se desprende bruscamente de Hedvigia y vase por la
puerta de la escalera.)
HEDVIGIA.- (Viéndole ir, con desesperación.) ¡Nos deja, mamá!
¡Nos deja! ¡No volverá nunca más!
GINA.- No llores, Hedvigia. Ya verás cómo vuelve papá.
HEDVIGIA.- (Se arroja, sollozando, en el sofá.) No, no; no volverá
nunca más a casa.
GREGORIO.- Créame, señora; lo hice con la mejor intención.
GINA.- Sí, es de creer. ¡Dios le perdone, de todas maneras!
HEDVIGIA.- (En el sofá.) ¡No puedo más, mamá! ¡Me muero! ¿Qué
le he hecho yo? ¡Mamá haz que vuelva!
GINA.- Sí, sí; cálmate. Al momento voy a buscarle. (Se pone el
abrigo.) Probablemente estará en casa de Rolling. Pero no tienes
que llorar así. ¿Me lo prometes?
HEDVIGIA.- (Deshecha en llanto.) No, no lloraré más, con tal que
papá vuelva.
GREGORIO.- (A Gina, que quiere salir.) ¿No sería mejor que le
dejara sostener su batalla interior solo?
GINA.- No; ya lo hará después. Ante todo, tenemos que calmar a la
niña. (Sale por la puerta de la escalera.)
HEDVIGIA.- (Se sienta y seca sus lágrimas.) Va usted a decirme lo
que pasa. ¿Por qué no quiere mi padre saber va nada de mí?
GREGORIO.- No debes preguntar eso hasta que seas mayor.
HEDVIGIA.- (Solloza.) Pero hasta que sea mayor no podré resistir
esta angustia. Sospecho lo que ocurre. Es que no soy hija de papá,
¿verdad?
GREGORIO.- (Intranquilo.) ¿Cómo sería posible?
HEDVIGIA.- Mamá ha podido encontrarme, y quizá hasta hoy no se
haya enterado papá. En los libros he leído algo por el estilo.
GREGORIO.- Sin embargo, aunque así fuese...
HEDVIGIA.- Creo que podría quererme lo mismo y aún más.
También el pato salvaje ha sido un regalo, y no obstante, yo le
quiero muchísimo.
GREGORIO.- (Aprovecha la coyuntura para cambiar de tenia.) Sí,
por cierto, el pato salvaje... Vamos a hablar del pato salvaje
Hedvigia.
HEDVIGIA.- ¡Pobre pato! Tampoco puede verle. ¡Figúrese que
ahora piensa retorcerle el pescuezo!
GREGORIO.- Estoy persuadido de que no lo hará.
HEDVIGIA.- No; pero lo dijo. Y eso no está bien, porque yo rezo
todas las noches por el pato salvaje para que Dios le preserve de la
muerte y de cualquier daño.
GREGORIO.- (Mirándola.) ¿Tienes la costumbre de rezar todas las
noches?
HEDVIGIA.- Sí.
GREGORIO.- ¿Quién te ha enseñado?
HEDVIGIA.- Yo misma. Una vez que cayó papá muy enfermo y le
pusieron sanguijuelas en el cuello, decía que estaba a dos pasos de
la muerte....
GREGORIO.- ¿Y qué?
HEDVIGIA.- Cuando me acosté, me puse a rezar por él. Y desde
entonces he seguido haciéndolo siempre.
GREGORIO.- ¿Y al presente rezas por el pato salvaje?
HEDVIGIA.- Supuse que al pobre le haría mucha falta.
¡Estaba tan malo cuando vino!
GREGORIO.- ¿Y rezas también por la mañana?
HEDVIGIA.- No; por la mañana, no.
GREGORIO.- ¿Y eso por qué?
HEDVIGIA.- Por la mañana hay luz, y no se puede tener miedo.
GREGORIO.- ¿Y se ha empeñado tu padre en retorcer el pescuezo
a ese pato a quien quieres tanto?
HEDVIGIA.- No. Dijo que era lo que debía hacer; pero le ha
perdonado por mí. En eso ha sido bueno papá.
GREGORIO.- (Acercándose a Hedvigia.) ¿Y si tú, por tu propia
voluntad, le sacrificaras el pato?
HEDVIGIA.- (Se levanta.) ¿El pato salvaje?
GREGORIO.- Si le sacrificaras hoy de buen grado lo que vale más
para ti en el mundo.
HEDVIGIA.- ¿Cree usted que serviría de algo?
GREGORIO.- Prueba a hacerlo, Hedvigia.
HEDVIGIA.- (En voz baja, con los ojos brillantes.) Sí, probaré.
GREGORIO.- ¿Tendrás valor suficiente?
HEDVIGIA.- Pediré al abuelo que le mate.
GREGORIO.- Sí, hazlo; pero no digas una palabra de esto a tu
madre.
HEDVIGIA.- ¿Por qué no?
GREGORIO.- Ella no nos comprende.
HEDVIGIA.- ¿Lo del pato salvaje...? Probaré mañana por la
mañana. (Gina entra por la puerta de la escalera. Hedvigia corre
hacia ella.) ¿Le has encontrado, mamá?
GINA.- No; pero me han dicho que había ido a buscar a Relling, y
que se habían ido.
GREGORIO.- ¿Se ha cerciorado usted?
GINA.- Sí; me lo ha dicho la portera. Molvik iba con ellos.
GREGORIO.- ¡Cuando su alma necesitaba luchar en la soledad!
GINA.- (Quitándose el abrigo.) Los hombres son incomprensibles.
¡Sepa Dios adónde se lo habrá llevado Relling! He mirado en el café
de la señora Eriksen; pero no estaban.
HEDVIGIA.- (Que pugna por no llorar.) ¡Dios mío! Si no volviera...
GREGORIO.- Volverá. Yo le buscaré mañana. Ya verás cómo
vuelve. Puedes dormir tranquila, Hedvigia. Buenas noches. (Vale por
la puerta de la escalera.)
HEDVIGIA.- (Salta, llorando, al cuello de su madre.) ¡Mamá mamá!
GINA.- (Conforme la acaricia.) ¡Ay, sí! Tenía razón Relling Es lo que
sucede cuando se presenta uno de esos locos exigir la reparación
de las desgracias.
Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
05-08-2019
ACTO QUINTO
Estudio de Hjalmar Ekdal. Por las vidrieras inclinadas y cubiertas
de nieve penetra una fría luz matinal.
Aparece Gina con delantal de peto, una escoba y un trapo del
polvo, viniendo de la cocina y en dirección al salón. Al mismo tiempo
entra Hedvigia, presurosa, por la puerta de la escalera.
GINA.- (Parándose de pronto.) ¿Qué hay?
HEDVIGIA.- Sí, mamá; presumo que está en casa de Relling...
GINA.- ¿Lo ves?
HEDVIGIA.-...porque me ha dicho la portera que Relling venía con
dos personas anoche cuando volvió.
GINA.- Es lo que me suponía.
HEDVIGIA.- ¿Y de qué vale eso, si no quiere subir a casa?
GINA.- Por si acaso, voy a bajar para hablar con él.
(El viejo Ekdal, de bata y en zapatillas se asoma a la puerta de su
habitación, con la pipa encendida entre los labios.)
EKDAL.- Oye, Hjalmar... ¿No está Hjalmar en casa?
GINA.- No; ha salido.
EKDAL.- ¿Tan temprano? ¿Y con esta nevada? Bueno, bueno; daré
el paseo solo; es igual. (Se dirige a la puerta del desván y penetra,
ayudado por Hedvigia, que cierra la puerta tras él.)
HEDVIGIA.- (A media voz.) Figúrate mamá; cuando el abuelo se
entere de que papá proyecta dejarnos...
GINA.- Eso no. El abuelo no debe saber nada. Fue una suerte de
Dios que no estuviera aquí durante el disgusto de ayer.
HEDVIGIA.- Sí; pero...
(Entra Gregorio por la puerta de la escalera.)
GREGORIO.- ¿Qué han encontrado la pista?
GINA.- Debe de estar en casa de Relling, por lo que dicen.
GREGORIO.- ¿En casa de Relling? ¿Es posible que haya salido
con esos tipos?
GINA.- Pues es lo que ha hecho.
GREGORIO.- ¡Y él, que necesitaba tanto la soledad y el mayor
recogimiento...!
GINA.- Ya ve usted.
(Entra Relling por la puerta de la escalera.).
HEDVIGIA.- (Corriendo a su encuentro.) ¿Está papá en su casa?
GINA.- (Al mismo tiempo.) ¿Está con usted?
RELLING.- Sí, naturalmente, está en casa.
HEDVIGIA.- ¡Y no nos ha dicho usted nada!
RELLING.- Como que soy un bru...to. Pero antes he tenido que
ocuparme del otro bruto, del demoníaco, claro está. Y después me
he quedado tan profundamente dormido...
GINA.- ¿Qué dice Ekdal hoy?
RELLING.- No dice nada en absoluto.
HEDVIGIA.- ¿No habla?
RELLING.- Ni una palabra.
GREGORIO.- Sí, sí; lo comprendo muy bien.
GINA.- Pero ¿qué hace, entonces?
RELLING.- Está echado, roncando, sobre el sofá.
GINA.- ¡Ah! ¿Sí? Y Ekdal ronca fuerte.
HEDVIGIA.- ¿Duerme? ¿Puede dormir?
RELLING.- Así parece, ¡caray!
GREGORIO.- Es comprensible, después de la lucha interior que ha
sostenido...
GINA.- Además él no está acostumbrado a corretear fuera ele casa
por las noches...
HEDVIGIA.- Quizá sea bueno que duerma un poco, mamá.
GINA.- Eso creo yo también. Por tanto, será mejor que no le
despertemos demasiado pronto. Muchas gracias, Relling. Ahora voy
a aviar la casa un poquito, y luego... Ven a ayudarme, Hedvigia.
(Las dos entran en el salón.)
GREGORIO.- (A Relling.) ¿Puede usted explicarme el cambio que
de momento se verifica en el alma de Hjalmar Ekdal?
RELLING.- Yo, a fe mía, no he notado ningún cambio.
GREGORIO.- ¡Cómo! ¿En una crisis cual ésta en que su vida entera
va edificarse sobre una base nueva? ¿Cómo puede usted
imaginarse que un carácter cual el de Hjalmar...?
RELLING.- ¿Él? ¿Carácter, él? Si alguna vez tuvo disposición para
esas anormalidades que usted llama carácter, tanto las raíces como
las fibras han sido extirpadas radicalmente en su infancia; puedo
asegurárselo.
GREGORIO.- Pues sería sorprendente que con la educación tan
afectuosa que ha recibido...
RELLING.- ¿Se refiere usted a sus dos tías solteronas e histéricas?
GREGORIO.- Le prevengo que eran mujeres que jamás echaron en
olvido las exigencias del ideal. Vamos, por lo visto, quiere usted
burlarse todavía...
RELLING.- No, ni pensarlo. Por lo demás, estoy bien enterado; ha
vomitado no pocas veces bastante retórica sobre sus dos madres
espirituales. En verdad, no creo que tenga mucho que agradecerles.
La desgracia de Ekdal es que todos los que le han rodeado le
consideraban como una lumbrera.
GREGORIO.- ¿Y no lo es? En el fondo de su espíritu, al menos.
RELLING.- Yo no lo he advertido nunca. Puede pasar que su padre
lo creyera, porque el viejo teniente, al fin y al cabo, ha sido un idiota
toda su vida.
GREGORIO.- Lo que ha sido siempre es un hombre con corazón de
niño. Eso no lo comprende usted.
RELLING.- ¡Ya, ya! Pero, cuando el bueno de Hjalmar fue
estudiante, todos sus camaradas le conceptuaban lo mismo un
genio del futuro. Como era guapo, atractivo... blanco y sonrosado...,
tal como las mujercitas los prefieren, y agreguemos a ello su
temperamento sensible y el timbre seductor de su voz... ¡Sabía
declamar tan bien los versos y los pensamientos de otros!
GREGORIO.- (Indignado.) ¿Y habla usted así de Hjalmar Ekdal...?
RELLING.- Sí, con su permiso. Así es por dentro ese ídolo ante el
cual se prosterna usted.
GREGORIO.- Sin embargo, no creí estar ciego hasta ese punto.
RELLING.- ¡Oh! No me extraña; usted es un enfermo también.
GREGORIO.- En eso tiene usted razón.
RELLING.- ¡Y tanto! El suyo es un caso complicado. Primero, esa
molesta fiebre de justicia, y luego, lo que es peor, esos delirios de
adoración que le aturden con ansias de admirar cualquier cosa que
no halle en usted mismo.
GREGORIO.- Sí, por cierto; necesito buscar fuera de mí.
RELLING.- Está usted lamentablemente equivocado a causa de
esas grandes moscas fantásticas que se figura ver y oír en torno
suyo. Ha entrado de nuevo en una cabaña de pobre aldeano para
pedir que se paguen las exigencias del ideal. Y el caso es que aquí,
en esta casa, no hay nadie solvente.
GREGORIO.- ¿Y cómo se concibe que, teniendo usted esa idea tan
poco elevada de Hjalmar Ekdal, le guste estar de continuo en su
compañía?
RELLING.- ¡Dios mío! Aunque me cuesta trabajo decirlo, a la postre
soy médico. Y entiendo que debo ocuparme un poco de los
enfermos que viven en mi propia casa.
GREGORIO.- ¡Hola! ¡Conque Hjalmar Ekdal está a su vez enfermo!
RELLING.- Bien mirado, está enfermo todo el mundo, por desgracia.
GREGORIO.- ¿Y qué tratamiento aplica usted a Hjalmar?
RELLING.- Mi tratamiento ordinario. Procuro mantener en él la
mentira vital.
GREGORIO.- ¿La mentira vital? Debo de haber oído mal.
RELLING.- No; he dicho la mentira vital. Porque la mentira vital es
algo así como un principio estimulante, ¿sabe?
GREGORIO.- ¿Puede usted decirme qué clase de mentira quiere
hacer creer a Hjalmar?
RELLING.- Nada de eso. Yo no descubro mis secretos a los
empiristas. Sería usted capaz de echar a perder más de lo que está
a mi cliente. Pero el método es eficaz. Se lo he aplicado a Molvik
también. Gracias a mí, es hoy un “demoníaco”. He aquí un sedal
que tuve que echarle al cuello.
GREGORIO.- ¡Ah! Entonces, ¿no es “demoníaco”?
RELLING.- ¿Qué quiere decir eso de demoníaco? Es una sandez
que he inventado para salvarle la vida. Si no lo hubiera hecho, ese
pobre cerdo bonachón - porque es eso, un cerdo bonachón- se
habría dejado vencer por el convencimiento de su inferioridad y por
la desesperación hace bastante tiempo. ¡Y no digamos el viejo
teniente...! A ése se le ocurrió por sí solo el remedio.
GREGORIO.- ¿Al teniente Ekdal? ¿Y cómo?
RELLING.- Sí. ¿Qué me dice usted de un cazador de osos que se
dedica ahora a cazar conejos en un desván? No hay en el mundo
tirador más feliz que el pobre viejo cuando le dejan enredar entre
ese revoltijo de cachivaches... Los cuatro o cinco árboles de
Navidad secos que conserva como oro en paño, son para él nada
menos que el gran bosque de Hoidal en todo el esplendor de su
lozanía. El gallo y las gallinas son grandes aves posadas en las
copas de los pinos. Y los conejos que saltan de un lado a otro por el
piso son los osos feroces a los cuales ataca el ágil anciano
aficionado al aire libre.
GREGORIO.- ¡Pobre viejo! Ese sí ha tenido que cortarle los vuelos
al ideal de su juventud.
RELLING.- Oiga usted, señor Werle, hijo: no emplee esa palabra
extranjera de ideal. En buen noruego existe otra más apropiada:
mentira.
GREGORIO.- ¿Cree usted que tiene algo que ver una cosa con
otra?
RELLING.- Entre las dos palabras no hay mayor diferencia que
entre tifus y fiebre tifoidea.
GREGORIO.- ¡Doctor Relling, no pararé hasta haber salvado de sus
garras a Hjalmar!
RELLING.- ¡Peor para él! Si quita usted la mentira vital a un hombre
vulgar, le quita al mismo tiempo la felicidad. (A Hedvigia, que vuelve
del salón.) Escucha, madrecita del pato salvaje; ahora voy abajo a
ver si papá está aún acostado meditando en su famoso invento.
(Vase por la puerta de la escalera.)
GREGORIO.- (Acercándose a Hedvigia.) Veo en tu cara que todavía
no hay nada hecho.
HEDVIGIA.- ¿Qué...? ¡Ah! ¿Lo del pato salvaje? No.
GREGORIO.- Si no me engaño, te han fallado las fuerzas cuando te
disponías a...
HEDVIGIA.- No, no es eso. Es que al despertarme esta mañana y
recordar lo que habíamos hablado, se me antojó tan extraño...
GREGORIO.- ¿Extraño?
HEDVIGIA.- Sí; no sé... Anoche, de buenas a primeras lo juzgué
una idea maravillosa, y hoy, cuando me he despertado y lo he
recordado, me ha parecido que no tenía nada de particular.
GREGORIO.- Lo comprendo. Habiéndote criado en esta casa, no
podía menos de malograre alguna cualidad tuya.
HEDVIGIA.- Me da lo mismo. Con tal que papá vuelva...
GREGORIO.- ¡Ah! si tuvieras los ojos, abiertos para verlo que
avalora la vida, si tuvieras verdadero espíritu de sacrificio, decidido y
alegre, ya verías cómo regresaba a casa.
En fin, aún no he perdido la fe en ti, Hedvigia. (Vale por la puerta de
la escalera.)
(Hedvigia se pasea, inquieta; luego se dirige a la cocina en el
preciso momento en que llaman a la puerta del desván.
Se acerca y la abre a medias. Sale el viejo Ekdal, y Hedvigia vuelve
a cerrar.)
EKDAL.- ¡Hum! ¿Sabes que en realidad no es muy divertido dar el
paseíto de la mañana solo?
HEDVIGIA.- ¿Te gustaría ir de caza, abuelo?
EKDAL.- Hoy no hace tiempo para cazar. Está muy nublado.
HEDVIGIA.- ¿No te gustaría cazar algo más que conejos?
EKDAL.- ¿Encuentras despreciables los conejos?
HEDVIGIA.- Pero ¿y el pato salvaje?
EKDAL.- ¡Je, je! Tienes miedo de que mate a tu pato.
No lo haré de ninguna manera.
HEDVIGIA.- No, no podrías, sin duda. Dicen que es muy difícil matar
un pato salvaje.
EKDAL.- ¿Que no podría? ¡Bien que podría!
HEDVIGIA.- ¿Cómo te las compondrías, abuelo...? Vamos, no con
mi pato, sino con otro pato cualquiera.
EKDAL.- Le apuntaría directamente a la pechuga ¿comprendes? Es
lo más seguro. Y además, hay que tirarles a contrapelo, no en el
sentido de las plumas.
HEDVIGIA.- ¿Y así se mueren, abuelo?
EKDAL.- ¿No han de morirse... si se atina el tiro? Bueno; voy a
vestirme. Ya estás enterada, ¿eh?... (Entra en su habitación.)
(Hedvigia aguarda un momento, mira por la puerta del salón y se
acerca a la estantería; se empina de puntillas, coge la pistola de dos
cañones y la examina. Aparece Gina por la puerta del salón, con la
escoba y el trapo del polvo. Hedvigia deja rápidamente la pistola sin
que Gina lo note.)
GINA.- No revuelvas las cosas de papá, Hedvigia.
HEDVIGIA.- (Apartándose de la estantería.) Estaba quitándoles un
poco el polvo.
GINA.- Más vale que vayas a la cocina para ver si se ha calentado
el café; quiero llevar la bandeja cuando baje a verle.
(Hedvigia sale y Gina empieza a barrer y arreglar el salón. Al cabo
de un rato se abre con timidez la puerta y asoma Hjalmar, con el
gabán puesto, pero sin sombrero; no se ha lavado y tiene el cabello
en desorden. Mira con ojos somnolientos e inexpresivos. Gina se
queda parada con la escoba en la mano.)
GINA.- ¡Ah! ¿Eres tú, Ekdal? ¿Ya vuelves a casa?
HJALMAR.- (Entra y contesta con voz sorda:) Vengo para irme en
seguida.
GINA.- Si, sí, eso pensaba. ¡Jesús, qué aspecto traes!
HJALMAR.- ¿Cómo?
GINA.- ¡Y tu gabán nuevo! ¡Sí que está bueno!
HEDVIGIA.- (Desde la puerta.) Oye mamá: ¿quieres que...? (Ve a
Hjalmar, da un grito de alegría y va corriendo hacia él.) ¡Papá papá!
HJALMAR.- (Volviéndose y rechazándola con un gesto.) ¡Vete, vete!
(A Gina:) Haz que se vaya de aquí, te digo...
GINA.- (En voz baja.) Anda, ve al salón, Hedvigia.
(Hedvigia se va silenciosamente.)
HJALMAR.- (Con nerviosidad saca el cajón de la mesa.) Tengo que
llevarme mis libros. ¿Dónde están mis libros?
GINA.- ¿Qué libros?
HJALMAR.- Mis libros de ciencia, mujer; las revistas técnicas que
utilizo para mi invento.
GINA.- (Busca en la librería.) ¿Son éstas que están sin
encuadernar?
HJALMAR.- Las mismas.
GINA.- (Deja un montón de revistas sobre la mesa.) ¿Quieres que
diga a Hedvigia que te abra las páginas?
HJALMAR.- No lo necesito.
GINA.- (Breve pausa.) Entonces, ¿insistes en abandonarnos, Ekdal?
HJALMAR.- (Mientras revisa los libros.) ¡Qué duda cabe!
GINA.- Bueno, bueno...
HJALMAR.- (Colérico.) ¡No puedo quedarme aquí con el corazón
desgarrado a todas horas!
GINA.- ¡Dios te perdone lo mal que piensas de mi!
HJALMAR.- ¿Cómo puedes justificar...?
GINA.- (Interrumpiéndole.) Estimo que eres tú quien debe
justificarse.
HJALMAR.- ¿Con un pasado como el tuyo? Hay ciertas
exigencias... que me atrevo a llamar las exigencias del ideal...
GINA.- ¿Y el abuelo? ¿Qué va a ser del pobre viejo?
HJALMAR.- Conozco mi deber. Mi padre se marchará conmigo. Voy
a la ciudad a tomar mis medidas. Y... (Vacilando.) ¿No ha
encontrado nadie mi sombrero en la escalera?
GINA.- No. ¿Lo has perdido?
HJALMAR.- Estoy seguro de que anoche al volver lo llevaba puesto;
pero hoy no lo encuentro por ninguna parte.
GINA.- ¡Hombre de Dios! ¿Adónde te habrán arrastrado ese par de
calaveras?
HJALMAR.- No me vengas ahora con preguntas insignificantes.
¿Crees que tengo humor para recordar detalles?
GINA.- ¡Menos mal, si no has atrapado frío, Ekdal! (Pasa a la
cocina.)
HJALMAR.- (Vaciando el cajón, dice para sus adentros con voz
sorda y apagada:) ¡Eres un canalla, Relling! ¡Un disipado! ¡Seductor
miserable! Si hubiera alguien que te apuñalara... (Aparta algunas
cartas antiguas y encuentra el papel que rompió la víspera. Lo coge
y se queda mirando los dos pedazos, que suelta vivamente al entrar
Gina.)
GINA.- (Coloca una bandeja con servicio de café en la mesa.) Aquí
tienes un sorbito de café caliente, si quieres. Y también smorrebrod
y salazones.
HJALMAR.- (Que mira de reojo la bandeja.) ¿Salazones? ¡Bajo este
techo nunca! La verdad es que no he tomado nada caliente desde
hace veinticuatro horas; pero da igual. ¡Mis apuntes! ¡Mis memorias
empezadas! A ver, ¿dónde está mi diario y los documentos
importantes? (Abre la puerta del salón da dos pasos atrás.)
¡También me la encuentro aquí!
GINA.- ¡Por Dios! En alguna parte ha de estar la niña.
HJALMAR.- ¡Sal de ahí! (Se aparta para dejar paso Hedvigia que
entra, atemorizada, en el estudio. A Gina con la mano en el
picaporte.) Preferiría que durante los últimos momentos que paso en
mi antiguo hogar se me evitara la presencia de intrusos. (Pasa al
salón.)
HEDVIGIA.- (Se precipita hacia su madre y pregunta en voz baja y
temblorosa:) ¿Habla de mí?
GINA.- Anda, Hedvigia, quédate en la cocina; mejor será que te
vayas a tu cuarto. (Se encamina hacia salón.) Espera un poco,
Hjalmar; no hurgues tanto en la cómoda. Yo sé dónde están
guardadas las cosas.
HEDVIGIA.- (Permanece un instante inmóvil, ansiosa, extraviada,
mordiéndose los labios para no llorar y cerrando los puños
convulsos. Con voz sorda.) ¡El pato salvaje! (Se acerca filosamente
a la estantería y coge la pistola. Entre abre la puerta del desván,
deslizándose adentro y cerrando a continuación.)
HJALMAR.- (Entra con unos papeles y cuadernos deshojados y los
pone sobre la mesa.) ¿Qué quieres que haga con el maletín? ¡Así
que no tengo cosas que llevarme!
GINA.- (Le sigue, llevando el maletín.) Pues deja por ahora lo
demás y llévate sólo una camisa y un par de calzoncillos.
HJALMAR.- ¡Uf, qué ajetreo tan insoportable! (Se quita el gabán y lo
echa sobre el sofá.)
GINA.- Se te va a enfriar el café.
HJALMAR.- ¡Hum! (Maquinalmente toma un sorbo y luego otro.)
GINA.- (Quitando el polvo al respaldo de una silla.) Lo malo es que
no va a resultar nada fácil encontrar un desván grande como éste
para los conejos.
HJALMAR.- Pero ¿tendré que cargar también con los conejos?
GINA.- No creo que el abuelo pueda pasarse sin ellos, por de
contado.
HJALMAR.- Pues deberá acostumbrarse. Yo voy a hacer mayores
renuncias que ésa.
GINA.- (Quitando el polvo de la estantería.) ¿Quieres que ponga la
flauta en el maletín?
HJALMAR.- No, déjate de flautas. En cambio, dame la pistola.
GINA.- ¿Quieres llevar la pistola?
HJALMAR.- Sí, mi pistola cargada.
GINA.- (Buscándola.) Ha desaparecido. Se la habrá llevado el
abuelo.
HJALMAR.- Estará en el desván.
GINA.- Sí, estará en el desván, de seguro.
HJALMAR.- ¡Pobre viejo! ¡Tan solo y...! (Toma un smorrebrod, se lo
come y vacía la taza de café.)
GINA.- Si no hubiéramos alquilado el cuarto, habrías podido
mudarte ahí.
HJALMAR.- ¿Yo? ¿En la misma casa que...? ¡Jamás, jamás!
GINA.- ¿No podrías instalarte en el salón unos dos días?
Estarías completamente solo con tus cosas.
HJALMAR.- Entre estas paredes, ¡por nada del mundo!
GINA.- ¿Y abajo, en casa de Relling y Molvik?
HJALMAR.- No me nombres a esa gentuza. Me dan náuseas sólo
de pensar en ellos. ¡No! Está visto que no habrá más remedio que
salir en medio de la tormenta y la ventisca a buscar de casa en casa
un refugio para mi padre y para mí.
GINA.- Pero ¡si no tienes sombrero, Ekdal! Lo has perdido.
HJALMAR.- ¡Esos dos desechos del vicio! Necesito un sombrero.
(Toma otro pedazo de smorrebrod.) Hay que adoptar una
determinación; no estoy dispuesto a arriesgar la vida, ni mucho
menos. (Busca algo en la bandeja.)
GINA.- ¿Qué estás buscando?
HJALMAR.- La mantequilla.
GINA.- Ahora mismo te la traigo. (Sale a la cocina.)
HJALMAR.- (Alzando la voz.) ¡No hace falta! Me conformo con pan
seco.
GINA.- (Trae la mantequilla.) Aquí está: parece bastante fresca.
(Vuelve a llenar la taza de café.)
(Mientras, él se sienta en el sofá, unta más mantequilla sobre el pan
come y bebe un rato en silencio.)
HJALMAR.- ¿Tú crees que podría vivir en el salón dos días sin que
nadie me molestara, nadie en absoluto?
GINA.- Y a lo creo que podrías si quisieras.
HJALMAR.- Porque no veo la posibilidad de sacar todas las cosas
de mi padre en tan poco tiempo.
GINA.- Aparte de que debías decirle antes que ya no quieres vivir
con nosotras.
HJALMAR.- (Retirando la taza.) Sí, claro, sí. Tendré que remover
una vez más esos embrollos. Necesito espacio para desenvolverme,
necesito espacio para respirar; no puedo cargar con todo en un solo
día.
GINA.- No, y menos con el tiempo que hace...
HJALMAR.- (Repara en la carta del Director Werle.) Según veo,
todavía anda este papel por aquí.
GINA.- Sí; yo no le he tocado.
HJALMAR.- En resumen, me importa un bledo el dichoso papel.
GINA.- Pues, por lo que a mí respecta, ten la seguridad que no
pienso utilizarlo.
HJALMAR.- De todos modos, ésa no es una razón para deja que se
pierda. Con tanto desorden, al cabo podría suceder que...
GINA.- (Zanjando la cuestión.) Yo me encargaré de guarirlo en sitio
seguro, Ekdal. .
HJALMAR.- El donativo pertenece ante todo a mi padre, a él
incumbe dilucidar lo que ha de hacerse.
GINA.- (Suspira.) Así es. ¡Pobre viejo!
HJALMAR.- Para mayor seguridad... ¿no habrá por ahí a poco de
goma?
GINA.- (Busca en el estante.) Mira, aquí está el frasco.
HJALMAR.- ¿Y un pincel?
GINA.- Y el pincel, además. (Le trae ambas cosas.)
HJALMAR.- (Cogiendo una tijera.) Bastará una tira de papel por
detrás, y... (Corta la tira y la pega.) No puedo apropiarme de lo
ajeno, y menos tratándose de un pobre viejo en medios de fortuna...
En fin, ni de un viejo ni de nadie. Toma, deja que se seque. Y en
cuanto esté seco, te lo llevas. No quiero volver a verlo.
GREGORIO.- (Que entra por la puerta de la escalera, sorprendido.)
¡Cómo! ¿Tú aquí, Hjalmar?
HJALMAR.- (Levantádose al punto.) No podía más de cansancio.
GREGORIO.- Y eso que, por las trazas, ya te has desayunado.
HJALMAR.- El cuerpo tiene sus exigencias asimismo.
GREGORIO.- Veamos: ¿qué has decidido?
HJALMAR.- Un hombre como yo sólo puede optar por un camino.
Estoy recogiendo mis efectos más indispensables; según
comprenderás, necesito tiempo.
GINA.- (Un poco impaciente.) ¿Te preparo el salón o meto las cosas
en el maletín?
HJALMAR.- (Enojado, mirando de soslayo a Gregorio.) Mete las
cosas... y arregla el salón.
GINA.- (Cogiendo el maletín.) Bueno, bueno; entonces meteré, la
camisa y lo demás. (Entra en el salón y cierra la puerta.)
GREGORIO.- (Después de corto silencio.) Nunca habría pensado
que esto terminase así. ¿Es verdaderamente necesario que
abandones el hogar?
HJALMAR.- ¿Qué quieres que haga?... (Se pasea, intranquilo, por la
estancia.) Yo no nací para ser desgraciado, Gregorio. He de tener
calma, bienestar y serenidad en torno mío.
GREGORIO.- Puedes tenerlos. Inténtalo, al menos. Entiendo que
ahora pisas terreno firme, sobre el cual puedes empezar a
construir..., no tienes más que ponerte a ello. Y acuérdate de que tu
invento también es un ideal que merece tus esfuerzos.
HJALMAR.- ¡Bah! ¡No me hables del invento! Acaso se haga
aguardar mucho tiempo.
GREGORIO.- ¿Tú crees?
HJALMAR.- ¿Qué te figuras? Después de todo, no sé que puedo
inventar. No hay nada que no se haya descubierto en ese campo
con anterioridad a mis investigaciones. Créeme; cada vez que lo
pienso, lo encuentro más difícil.
GREGORIO.- ¡Con el trabajo que te has tomado!
HJALMAR.- Fue ese libertino de Relling quien me sugirió la idea.
GREGORIO.- ¿Relling?
HJALMAR.- Sí, Relling. El me dio el primer empujón. Me hizo creer
que yo tenía bastante talento para descubrir algo en el campo de la
fotografía.
GREGORIO.- ¡Ah! ¿De modo que Relling...?
HJALMAR.- ¡Cuán profundamente feliz me hizo aquella idea! Y no
sólo por el invento en sí, sino sobre todo por la fe que había
despertado en Hedvigia. Ella lo creía con todo el ahínco y el candor
de su espíritu infantil. Es decir, supuse que lo creía, ¡necio de mí!
GREGORIO.- ¿Eres capaz de pensar que Hedvigia pueda prestarse
a semejante fingimiento contigo?
HJALMAR.- ¡Qué importa lo que crea o no crea! El caso es que
Hedvigia se cruza en mi camino. Ella ensombrecerá del todo mi
existencia.
GREGORIO.- ¿Hedvigia? ¿Es posible que sospeches de Hedvigia?
¿Cómo va a cruzarse en tu camino?
HJALMAR.- (Sin responder.) ¡Con el cariño sin límites que sentí por
esa criatura! ¡Qué alegría cada vez que volvía a mi humilde casa y
ella se precipitaba a mi encuentro mirándome con sus hermosos
ojos enfermos! ¡Y yo, bien crédulo y loco he sido! La quise tanto,
que me había forjado un sueño poético con la ilusión de que me
amaba ella por encima de todo.
GREGORIO.- ¿Crees que fue sólo un sueño?
HJALMAR.- ¿Cómo puedo saberlo? No logro sacar nada en claro de
Gina. Además, ella no sabe ver el lado ideal de que acontece. Por el
contrario, contigo, Gregorio, me rindo la necesidad de abrir mi
corazón. Es una duda horrible. ¡Pensar que quizá Hedvigia jamás
sintió por mí un cariño verdadero!
GREGORIO.- (Escuchando.) Tal vez pueda probártelo. ¿Qué es
eso? Me parece que el pato salvaje está graznando.
HJALMAR.- En efecto, cloquea. Es que mi padre se halla en el
desván.
GREGORIO.- ¡Ah! ¿Se halla en el desván? (Trasfigurado de
alegría.) Te repito que podrías tener una prueba del cariño de la
pobre Hedvigia.
HJALMAR.- Pero ¿qué clase de prueba iría a darme? No puedo
creer en protestas de cariño por su parte.
GREGORIO.- Ten la seguridad de que Hedvigia no conoce la
doblez.
HJALMAR.- ¡Oh! Si es precisamente de eso de lo que no estoy tan
seguro, Gregorio. ¡Ve a saber lo que Gina y esa señora Soerby han
podido murmurar aquí tantas veces! Y Hedvigia no acostumbra a
ponerse algodón en los oídos. ¡Quién sabe si, en puridad, ese
donativo no fue ninguna sorpresa! He creído notar algo...
GREGORIO.- ¿Cómo puedes ver las cosas con un espíritu tan
mezquino?
HJALMAR.- He abierto los ojos, Gregorio. Fíjate y verás cómo ese
donativo no es más que el comienzo. La señora Soerby siempre
tuvo una gran debilidad por Hedvigia. Ahora cuenta con medios de
hacer lo que quiera por la niña. Pueden arrebatármela cuando
gusten.
GREGORIO.- Hedvigia no te abandonará nunca jamás.
HJALMAR.- Pues yo no lo aseguraría tanto. Si la llaman con las
manos llenas... ¡Ay! después del cariño que profesaba a esa criatura
yo, cuya mayor felicidad habría sido tomarla suavemente de la mano
y guiarla como se guía a través de las tinieblas a un niño que se
asusta de la oscuridad. Ahora que tengo la certeza, la angustiosa
certeza de que el pobre fotógrafo de buhardilla nunca ha significado
nada para ella. Todo ha sido, ni más ni menos, una artimaña para
llevarse bien con él hasta un momento dado.
GREGORIO.- Estoy persuadido de que ni tú mismo crees lo que
dices, Hjalmar.
HJALMAR.- No. Eso es justamente lo terrible: que no sé lo que debo
creer, que no lo sabré nunca. ¿De veras no juzgas posible lo que
digo? ¡Oh, Gregorio! Temo que confíes demasiado en las exigencias
del ideal. Si llegaran los otros, los de las manos llenas, gritándole:
“Ven a nuestro lado; aquí te aguarda la buena vida “.
GREGORIO.- (Con viveza.) Luego ¿crees que...?
HJALMAR.- Si yo le preguntara: ¿Hedvigia, estás dispuesta a dar la
vida por mí?...” (Ríe mordazmente.) Ya verías lo que me contestaba.
(Se oye un disparo en el desván.)
GREGORIO.- (Con júbilo.) ¡Hjalmar!
HJALMAR.- ¡Ya está de caza otra vez!
GINA.- (Apareciendo.) Oye, Ekdal: observarás que el abuelo
alborota en el desván más de lo debido.
HJALMAR.- Voy a verlo.
GREGORIO.- (Muy emocionado.) Espera un poco. ¿Sabes lo qué
es?
HJALMAR.- Por supuesto.
GREGORIO.- No, no lo sabes. Pero yo sí lo sé: la prueba.
HJALMAR.- ¿Qué prueba?
GREGORIO.- Un sacrificio infantil. Ha convencido a tu padre para
que matase al pato salvaje.
HJALMAR.- ¿Matar el pato salvaje?
GINA.- No; ¡qué idea!
HJALMAR.- ¿Y a cuento de qué?
GREGORIO.- Ha resuelto sacrificarte lo más precioso que poseía en
este mundo, porque creía que de esa manera volverías a quererla
tú.
HJALMAR.- (Con ternura, conmovido.) ¡Esta niña...!
GINA.- ¡Lo que es capaz de idear!
GREGORIO.- Deseaba reconquistar tu cariño, Hjalmar; eso es todo.
Se le hacía imposible vivir sin él.
GINA.- (Conteniendo el llanto.) Ya lo ves, Ekdal.
HJALMAR.- ¡Gina! ¿Dónde está?
GINA.- (Sollozando.) ¡Pobrecita! De fijo, estará sola en la cocina.
HJALMAR.- (Se dirige a la puerta de la cocina y la abre
bruscamente.) ¡Hedvigia, ven! ¡Ven conmigo! (Mira.) No, aquí no
está.
GINA.- Entonces estará en su cuartito.
HJALMAR.- (Desde la cocina.) No, tampoco. (Regresa.) Ha debido
de salir.
GINA.- Sí, eso será. Como no podías soportarla en casa...
HJALMAR.- ¡Oh! Si viniera al instante, le diría... Ya irá todo bien,
Gregorio; creo que ya podemos empezar una nueva vida.
GREGORIO.- (Con dulzura.) Lo sabía: por la niña debía iniciarse la
redención.
(El viejo Ekdal asoma a la puerta de su cuarto, vestido de uniforme y
muy ocupado en ceñirse el sable.)
HJALMAR.- (Asombrado.) ¡Padre! ¿Estás ahí?
GINA.- ¿Ha disparado usted en su cuarto, abuelo?
EKDAL.- (Con ira, acercándose a Hjalmar.) ¿De modo te dedicas a
cazar solo, Hjalmar?
HJALMAR.- (En tensión, trémulo.) ¿No has sido tú quien ha
disparado en el desván?
EKDAL.- ¿Disparar yo? ¡Hum!
GREGORIO.- (Con un grito, a Hjalmar.) ¡Hjalmar! ¡Ella misma ha
matado al pato!
HJALMAR.- ¿Qué significa eso? (Se precipita hacia la puerta del
desván, y abriéndola de par en par, llama.) ¡Hedvigia!
GINA.- (Corriendo tras él) ¡Jesús! ¡Qué habrá ocurrido!
HJALMAR.- (Penetrando en el desván.) Está tendida en suelo.
GREGORIO.- (Detrás de él.) ¡Tendida, Hedvigia!
GINA.- (Simultaneamente.) ¡Hedvigia! (Entra en el desván.) ¡No, no,
no!
EKDAL.- ¡Vaya, vaya! ¿Conque también la criaturita sedica a cazar?
(Hjalmar, Gina y Gregorio traen a Hedvigia. En su mano crispada
empuña la pistola.)
HJALMAR.- (Trastornado.) ¡La pistola se ha disparado! ¡Se ha
herido ella misma! ¡Pedid socorro! ¡Socorro!
GINA.- (Corre hacia la puerta y grita por la escalera:) ¡Relling!
¡Doctor Relling! ¡Venga usted en cuanto pueda!
(Entre Hjalmar y Gregorio acomodan a Hedvigia en el sofá.)
EKDAL.- (Por lo bajo.) El bosque se venga.
HJALMAR.- (Arrodillado junto a Hedvigia.) No tardará en volver en
sí. Ya vuelve... ya, ya, ya.
GINA.- (Que entra otra vez.) ¿Dónde está herida? No ve nada.
RELLING.- (Viene a toda prisa, seguido de Molvik; este último, sin
chaleco ni cuello y con la chaqueta desabrochada.) ¿Qué pasa?
GINA.- Dicen que se ha matado Hedvígia.
HJALMAR.- ¡Ven, por favor!
RELLING.- ¿Que se ha matado? (Aparta la mesa y examina el
cuerpo.)
HJALMAR.- (De rodillas al pie, mirándole con angustia.) No puede
ser grave, ¿eh? ¡Di, Relling! Apenas sangra. ¿Verdad que no es
grave?
RELLING.- ¿Cómo ha acaecido?
HJALMAR.- ¡Oh, yo qué sé...!
GINA.- Quiso matar al pato salvaje.
RELLING.- ¿Al pato salvaje?
HJALMAR.- Ha debido de disparársele la pistola.
EKDAL.- El bosque se venga. Con todo, no me da miedo
RELLING.- Sí, bien puede ser.
(Se mete en el desván y cierra la puerta tras sí.)
HJALMAR.- Vamos a ver, Relling... ¿Por qué no dice algo?
RELLING.- La bala ha penetrado en el pecho.
HJALMAR.- Pero volverá en sí.
RELLING.- ¿No ves que ya no vive Hedvigia?
GINA.- (Deshecha en llanto.) ¡Hija de mi alma!
GREGORIO.- (Con voz ronca.) En el fondo de los mares...
HJALMAR.- (En un arranque.) Sí, sí, ¡tiene que vivir! ¡Por el amor de
Dios, Relling! Sólo un momento... para que pueda yo decirle que no
he dejado de quererla.
RELLING.- Se ha atravesado el corazón. Hemorragia interna. Ha
muerto instantáneamente.
HJALMAR.- ¡Y yo la he rechazado como a un perro! Se ha
escondido atemorizada, en el desván y se ha matado por cariño a
mí. (Sollozando.) Y no poder repararlo jamás (Cierra los puños con
ira.) ¡Oh, Tú que estás en lo alto, si que existes! ¿Cómo has podido
hacer esto?
GINA.- ¡Por lo que más quieras, Hjalmar! No digas esas
atrocidades. Será que no teníamos derecho a conservarla.
MOLVIK.- La niña no está muerta; está dormida.
RELLING.- ¡Imbécil!
HJALMAR.- (Con más calma, se acerca al sofá y la mira, cruzado de
brazos.) Ahí yace tranquila...
RELLING.- (Intentando desprender la pistola.) La tiene tan
apretada...
GINA.- No, no, Relling; no le rompa usted los dedos. Deje la pistola
donde está.
HJALMAR.- Que se la lleve.
GINA.- Sí, déjesela. Pero no podemos tener a la niña aquí a la vista.
Habrá que llevarla a su cuarto. Anda, ayúdame, Ekdal.
HJALMAR.- (Mientras la llevan.) ¡Ay, Gina, Gina! ¿Podrás resistir
esto?
GINA.- Nos auxiliaremos uno a otro. Porque ahora sí que es hija de
los dos.
MOLVIK.- (Con los brazos abiertos.) ¡Alabado sea el Señor! ¡Polvo
eres y en polvo te convertirás!
RELLING.- (Aparte.) ¡Cierra el pico, animal! Estás borracho.
(Hjalmar y Gina se llevan el cadáver por la puerta de la cocina.
Relling la cierra tras ellos. Molvik se escabulle por la escalera.)
RELLING.- (Se acerca a Gregorio y dice:) No puedo creer que se
trate de un accidente.
GREGORIO.- (Que permanece aterrado, con estremecimientos
nerviosos.) Nadie sabría decir cómo ha podido ocurrir tamaña
catástrofe.
RELLING.- La bala ha quemado la blusa. Ha tenido que disparar
apoyando el cañón contra su pecho.
GREGORIO.- Hedvigia no ha muerto en vano. ¿Ha visto usted cómo
el dolor ha revelado la grandeza de espíritu en él?
RELLING.- Casi todos se magnifican para llorar a un muerto. ¿Pero
cuánto calcula usted que durará ese esplendor?
GREGORIO.- ¡Cómo! ¿Cree usted que no lo conservará toda la
vida, que no aumentará de día en día?
RELLING.- Antes que pasen tres cuartos del año, la pequeña
Hedvigia no será para él más que un bonito tema de declamación.
GREGORIO.- ¿Y se atreve usted a decir eso de Hjalmar Ekdal?
RELLING.- Ya hablaremos cuando se hayan secado las primeras
flores sobre la tumba de la pequeña. Entonces le oirá usted
extenderse en consideraciones sobre “la niña arrebatada demasiado
pronto al corazón de su padre”. Entonces le verá lleno de ternura, de
piedad y de admiración para sí mismo. ¡Y si no, al tiempo!
GREGORIO.- Si tiene usted razón y soy yo el equivocado, la vida no
vale la pena de vivirse.
RELLING.- ¡Oh! la vida podría ser bastante agradable si nos dejaran
en paz esos malditos acreedores que llaman de puerta en puerta
reclamando el cumplimiento de las exigencias del ideal a pobres
hombres como nosotros.
GREGORIO.- (Con ojos vagos.) En ese caso, estoy satisfecho de mi
resolución.
RELLING.- ¿Sería indiscreto preguntarle en qué consiste tal
resolución?
GREGORIO.- (Iniciando su marcha.) En no ser el número trece a la
mesa.
RELLING.- ¡Bah! al diablo si le creo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario