La muerte del sabio profesor, doctor Florentino Ameghino, Director
del Museo Nacional de Historia Natural, ha enlutado la patria como ha
enlutado la ciencia; la prensa entera ha reflejado el hondo duelo de la -
Nación por tan irreparable pérdida.
El Instituto Geográfico Argentino debe también agregar su palabra
de dolor ante la desaparición no sólo del sabio sino del espíritu pode-
roso que asimilando los conocimientos en su órbita de acción y agre-
gando propia observación única, supo dominarlo todo y a la luz de su
genio deducir leyes reveladoras y crear ciencia, rompiendo vallas y es-
tableciendo escuela nueva cimentada en las capas geológicas y en el
estudio de los seres extinguidos que habían sido un misterio hasta: él.
El Instituto también ha perdido, en el doctor Ameghino, uno de los
miembros de la casa, cuyo puesto estaba en la Junta Directiva así como
en la Comisión Especial de Geografía, en la que redactó el plan de la.
parte física en la obra que se prepara por encargo del Honorable Con-
greso.
El era nuestra colaborador infatigable, habiéndonos acompañado desde
los primeros números de la publicación del «Boletín», hasta el mo-.
mento de su muerte, pues aun desde el lecho, postrado ya, no abando-
naba la tarea de la grande obra sobre Geografía Nacional.
Y es que él era un gran geógrafo, tanto, que puede decirse que es el
creador de la OS sudamericana, Se su demostrador evi-
dente.
Para ello era necesario reunir lo que sólo él poseía: el dominio com-
pleto de nuestra geología desde las capas arcaicas hasta las formaciones -
recientes, pues las había estudiado y palpado; el dominio de la vida en
todas esas distintas épocas, siguiendo paso a paso la evolución de los
animales y los vegetales, y relacionando la flora y la fauna extinguidas,
en todos los continentes, buscando los rastros de las tierras desapare-
cidas, en el fondo de los mares, donde los moluscos remotos y la natu-
raleza del suelo revelaban la edad y.las convulsiones sísmicas. Así,
hallando los antecesores de las faunas que se creían típicas del Africa
en nuestra Patagonia, comprobó la unión de los dos continentes en la
Arquelenis. Dominando todo esto en las formaciones geológicas del glo-
bo, en épocas, edades, cataclismos, uniones y dislocaciones, sentó las ba-
ses de nuestra: paleogeografía, dando una síntesis de la verdadera his-
toria natural del mundo.
Desde las primeras formaciones, en la ciencia universales — lo que
vemos en su Credo — hasta las últimas sobre la superficie de nuestra
tierra actual — lo vemos en sus.últimos escritos — ha diseminado no-
ciones y estudios profundos, que bueno es agrupar aunque más no sea
que en resumen y rapidísimamente, para delinear su otra en la paleo-
geografía. De aquel punto de partida, en donde hace la condensación de
todos sus conocimientos, Li a estudiar el planeta en su forma primera.
Recorrió la época arcaica con su inmenso mar, cuando la luz no era
clara y la alta temperatura era igual en todo el globo, señalando las po-
cas islas bajas que se presentaban en la vasta extensión líquida que ocu-
paba los nueve décimos de nuestra superficie; señaló en Sud América las
tres únicas formaciones independientes, una al Norte y dos al Sur de la lí-
nea ecuatorial — la del Norte era la región noroeste del Brasil y la Gua-
yana oriental; los dos macizos meridionales, uno al Este sobre el Atlán-
tico: y otro al Oeste sobre el Pacífico, dieron origen y determinaron el
relieve del territorio argentino. Las pequeñas sierras de Buenos Aires,
son, pues, más venerables de lo que se creía, y en cuanto a la masa del
Pacífico, era el bosquejo de la Cordillera de los Andes, que después ha-
bía de agigantarse con las formaciones sedimentarias y eruptivas.
Así,. de la época arcaica, pasa a la paleozoica, en la que apareció la
. vida en todas las latitudes a la vez, en forma rudimentaria; la extensión
de nuestro territorio aumenta con las erupciones submarinas que deter-
minan el alzamiento continental y la aparición de grandes islas bajas en
el devónico, hasta Australia. Producido un mayor levantamiento en el ju-
rásico, se diseñó en las regiones tropicales extendiéndose hacia el sur,
el vastísimo continente Gondwana desde las regiones occidentales de la
Argentina hasta las orientales del Queensland y Nueva Gales del Sud,
abarcando en su conjunto Australia, la India y la mitad austral de Áfri-
ca y Sud América.
Su vuelo de águila en este mundo perdido, señaló en la mesozoica
el aumento en la profundidad del Océano y la mayor extensión de .
la tierra, levantándose el eje de los Andes; Gondwana se despedazó ais-
lándose la Australia y la Nueva Zelandia, iniciándose por otra parte la
formación del Océano Indico. Sud América y Africa formaban en el ju-
rásico un solo continente: el Etíopebrasileño, llegándose a un estado
más definitivo en el cretáceo, con enorme desarrollo desde Bolivia, Perú
y Brasil, hasta la Tierra del Fuego.
En la época cenozóica, las grandes conmociones definen el continente
del Norte, estando las dos Américas separadas. Aquí desaparece el mar
Andino, el Océano baja su fondo 800 metros, los cataclismos se suceden,
las aguas avanzan para retroceder después, desaparece Arquelenis, la
tierra continental que nos ligaba al Africa, y de aquel inmenso territo-
rio desaparecido sólo quedan como rastros visibles los picos volcáni-
cos de las islas Trinidad, Ascensión y Santa Elena. Al final del oligo-
ceno, las aguas del mar se retiran y se define más nuestro territorio,
alzándose bastante el suelo de Entre Ríos y Buenos Aires, retirándose
el Océano de la depresión del litoral.
Desde la base del eoceno, han aparecido en nuestro suelo, los primiti-
vos tipos antecesores del hombre y de: los antropomorfos: Homunculus,
Anthropops y Pitheculus, cuyo hilo originario el maestro viene siguiendo
desde el cretáceo superior, para completar más tarde la serie evolutiva
del hombre. Al final del mioceno, halla los vestigios de la industria de
un ser ya inteligente y sus restos mismos: el Tetraprothomo, cuarto y
típico antecesor del hombre, el más antiguo de los que se conocen hasta
ahora, y al que siguen Diprothomo, Prothomo y Homo; pero termine-
mos este sensacional paréntesis, para continuar con la evolución úni-
camente geográfica. |
En el último tercio del período oligoceno, surge la conexión guayano-
senegalense que permite la dispersión de la fauna, tierras que des-
aparecen después, casi al fin del mioceno, Ea como último vestigio
las Azores, Madera y Canarias.
Ganando el continente en extensión, es desde entonces que datan
nuestras formaciones araucanas y tehuelches que aparecen desde Jujuy
hasta Monte Hermoso, alcanzando la chapalmalense, última capa deter-
minada y estudiada en sus fósiles por el doctor Ameghino.
Fué en esa época que Panamá y Centro América, que estaban en el
fondo del Océano, se levantaron, uniendo las dos Américas con una
porción territorial mucho mayor que la del actual istmo, lo que hacia .
de la América entera una gran masa que se ex
tendía de un polo al otro.
La llanura de Buenos Aires se dilataba hasta la Colonia y Montevideo,
pudiendo cruzarse a pie lo que es hoy Río de la Plata, hasta que los gran-
des movimientos sísmicos de esa época, modificaron la superficie, pro-
duciéndose una profunda hendidura en la provincia de Buenos Aires,
que penetra al norte, en manera a formar por las aguas dulces que co-
rrieron por ella, los ríos Paraná y Paraguay. Las sierras aumentaron
su elevación.
En la época antropozoica que abarca el cuaternario y el reciente, tu-
vieron lugar profundos cambios. Norte América volvió a separarse por
la inmersión de las tierras centrales, el Océano invade de nuevo nues-
tro territorio y se forma el pampeano lacustre, la temperatura es helada
y bajan los ventisqueros andinos con su obra doble de erosión y tectonis-
mo, quedando definitivamente formada la Tierra del Fuego, aislada, y
sumergiéndose el resto Sud en el Océano, determinando el Archipié-
lago.
Es de esa época, por el avance del Océano, que se forma el piso que-
randino con sus enormes capas de conchilla que hoy se explotan. La me-
seta en que debía fundarse Buenos Aires, avanzaba sobre el mar como
una península con sus extremos norte y sur que eran los que hoy se
conocen por barrancas del Retiro y parque Lezama; poco a poco el
mar se retira de nuevo, se definen nuestros contornos orientales y que-
dan cerrados los tiempos cuaternarios.
Es en el período reciente que las aguas dulces del Paraná y Uruguay
formaron el Delta, los últimos movimientos de depresión y alzamiento,
modelaron nuestra superficie actual.
El avance continental volvió a unir las dos Américas y el istmo que-
dó hasta nuestros días como un puente que «sirvió desde entonces de
camino a los pueblos prehistóricos de nuestro hemisferio, que sucesi-
vamente y entrecruzándose se dirigieron de Norte a Sud y de Sud a
Norte, sembrando el camino de ruinas, en donde la mezcla de cien pue-
blos desorienta hoy a los más hábiles investigadores del pasado pre-
histórico del Nuevo Mundo. El punto de partida de las poblaciones to-
das, fueron los fogones y los toscos pedernales que nuestros lejanos as-
cendientes dejaron sepultados en las capas miocenas y pliocenas de
Monte Hermoso, Chapalmalán, Mar del Plata y Necochea».
Asi, paso a paso, el maestro ha seguido la evolución del continente, y
sus datos son tan precisos, que con ellos puede formarse una larga serie
de mapas que serían del mayor interés.
Esa visión magistral, desde el origen hasta nuestros días, con las
comprobaciones de la gea, la fauna y la flora, es un inmenso capital
aportado por la ciencia al estudio de nuestra geografía, es la revelación
del pasado y la explicación del presente.
Esto, entre los numerosísimos y trascendentales trabajos del profesor
doctor Florentino Ameghino, así como su biografía ejemplar y la nó-
mina de los honores que ha recibido, caracteriza nuestra demostración .
de pésame por el sabio ilustre y el inapreciable compañero de tareas.
Ilustración: Albin Egger Lienz

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