Poco más de cincuenta años han pasado desde la publication de la
obra «Origen de las especies» de Darwin, y ¡cuánto camino recorrido
desde entonces por el pensamiento humano! La doctrina evolucionista
no dió solamente a las investigaciones biológicas un alto y nuevo interés
filosófico, guiándolas hacia conquistas admirables y seguras, sino com-.
penetró casi todo el campo de los conocimientos científicos, extendiendo
su influencia sobre las ciencias sociales, la psicología, la antropología,
y abarcando hasta la etnografía, la ciencia del lenguaje, la historia, la
política y la ética.
La importancia del transformismo debía aumentar a medida que iban
acumulándose pruebas en su favor, y tales pruebas fueron buscadas es-
pecialmente en el dominio de la-embriologia y de la paleontología.
Fin supremo de todo estudio de los seres, animales y vegetales, se con-
sideró establecer su filogenia, o sea su árbol genealógico, a partir de las
formas más sencillas, hasta llegar a la más elevada y al hombre mismo.
La paleontología debía suministrar los documentos de las faunas y floras
del pasado, permitiendo llenar los intervalos quedados entre las formas
del presente; la embriología, según una idea de Müller erigida más tar-
de en ley fundamental por Haeckel, debía presentar, en algún modo, con
la observación de las fases que los organismos actuales recorren desde
el estado de huevo hasta el estado adulto, un resumen de las formas por
las cuales ha pasado la especie en las varias épocas.
Si tentativas prematuras y arbitrarias para establecer la genealogía
completa de los seres vivientes han desacreditado algo las cuestiones
filogenéticas; si la solución completa del problema aparece más y más
lejana, y para los biólogos actuales todo interés y toda esperanza de lle-
gar a una comprobación directa del transformismo se concretan al estu-
dio experimental de la variabilidad de los organismos y de la herencia,
en la biometría, en el llamado mendelismo, que establece con precisión
las leyes que gobiernan la transmisión de los caracteres que resultan del
hibridismo, en la observación de las mutaciones de De Vries, no puede
negarse que el convencimiento de poder encontrar pruebas de igual va-
lor en la paleontología, en la anatomía comparada, en la "embriología,
-constituyendo una cadena ininterrupta de formas que coligaran todas
las espécies del presente y del pasado, fué el mayor estímulo para el
progreso asombroso de tales ciencias.
Los inicios de la vida en la tierra, la misma formación de los tipos fun-
damentales no han dejado trazas, parece, en la costra terrestre, y, sin
embargo, si el problema fundamental queda sin solución, cuántas for-
midables y fascinadoras cuestiones particulares acerca de las relaciones
entre las formas orgánicas no ha encarado la paleontología con éxito;
cuántos documentos no ha dejado para la historia de la tierra; qué con-
tribución preciosa de hechos no ha llevado a la doctrina transformista,
contribución equivalente. a una comprobación para quien examine las
cosas con mente serena y sin preocupaciones dogmáticas.
La historia de las investigaciones paleontológicas y de las investiga-
ciones geológicas, inseparablemente conexas con las primeras, registran
el nombre de países excepcionales que en sus entrañas poseen en ma-
yor abundancia vestigios de floras y faunas pasadas, fósiles que revelan
la existencia en épocas remotísimas, de animales gigantescos, extraños,
monstruosos, y el nombre de algunos hombres dotados de un extraordi-
mario poder de inducción y de síntesis, que les permitió aprovechar en
modo maravilloso el estudio de tales residuos para reconstruir la histo-
ria física y biológica de nuestro planeta. Uno de tales países, el más
típico, el más prodigioso en yacimiento de fósiles, es la Argentina; uno
de tales hombres singulares fué ¿necesito decirlo? Florentino Ame-
ghino.
Hablar en un artículo de diario de la obra inmensa de este sabio, dar
en síntesis una idea de sus resultados, de manera que su alcance, su
importancia, aparezcan a todos evidentes, es empresa sumamente difí-
cil, y necesariamente tendré que limitarme a algunos puntos principales.
Las investigaciones sobre las faunas de mamíferos fósiles de la parte
austral del continente sudamericano, de su desarrollo y evolución filo-
genética, de sus emigraciones sucesivas, interpretadas poniéndolas en
relación con la configuración de las tierras y sus conexiones en las 'épo-
cas geológicas pasadas, y el estudio del origen del hombre, considerado
como último descendiente de primates aparecidos en época muy re-
mota en el continente americano, comprenden casi toda la obra de ~
Ameghino. _
El más antiguo mamífero que haya dejado vestigios en las formacio- |
nes geológicas sudamericanas, pertenece a una época remotisima: el
cretáceo inferior; digno de especial mención un pequeño marsupial,
el proteodidelphys, perteneciente al grupo de los microkioterios. A este
grupo, formado de animales de talla muy reducida, y muy semejantes
a los pequeños didelfídeos actuales, Ameghino atribuyó un papel im-
portante: el de tronco primitivo del cual originaron casi todas las espe-
cies de mamíferos actualmente existentes. En las formaciones del cre-
táceo superior, que constituyen el suelo de las provincias de Corrientes
y Misiones, y reaparecen en el territorio de Misiones, Río Negro y en el ©
Chubut, los restos de este interesante grupo son ya abundantes, y se
“encuentran juntos con los huesos de reptiles singulares y formidables,
con los de otros mamíferos ya diferenciados, pertenecientes a los órde-
nes de los destentados, de los insectívoros o de los roedores, y a grupos
que constituyen formas de transición como los esparasodontes y los pla-
giaulacoideos, que serían el tronco del cual se separaron, según Ame-
ghino, los marsupiales australianos. En la misma época aparecen ya nu-
merosos los ungulados que derivarían de los protoungulados, descen-
dientes de los microbioterios. Sud América debe considerarse centro
de su desarrollo e irradiación, y fué guiado por esta hipótesis que Ame-
ghino llegó a reconstruir con sorprendente evidencia la historia de al-
gunos grupos. Notable entre todos el de los proboscídeos, que, des-
prendiéndose del grupo de los condilartros, descendientes de los micro-
bioterios, aumentan gradualmente de talla hasta llegar a las formas
del grupo de los piroterios. Aquí la historia queda interrumpida en Sud
América, pero prosigue en Africa, donde la rama había emigrado apro-
vechando las comunicaciones continentales de aquella época remota. De
Africa pasa al continente euroasiático, transformándose los piroterios en —
mastodontes y dinoterios. Entretanto, habían transcurrido centenares de -
miles o millones de años: la tierra se encontraba en la época miocénica, «
y hallándose el continente euroasiático en comunicación con la América
del Norte, los mastodontes pudieron emigrar a este último continente.
Al principio de la época pliocénica los mastodontes encuentran entre
las dos Américas un puente recientemente formado, lo cruzan, diri-
giéndose al sur, y llegan hasta la Pampa, patria de sus remotísimos an-
tepasados, en donde se extinguen. |
En las formaciones del cretáceo superior de la Argentina fueron en-
contrados también los primeros vestigios de cuadrumanos de talla muy
reducida, y antecesores probables de los lemures y monos del antiguo
continente.
La hipótesis de un origen sudamericano de los mamíferos, que fué el
eje alrededor del cual se orientaron todas las investigaciones de Ame-
ghino y su interpretación de los- hechos paleontológicos, por arbitraria
que pueda parecer, considerándola superficialmente, está justificada por
la más tardía aparición de estos animales en el hemisferio septentrional,
y por los datos geológicos que se poseen con respecto a la configuración
de los continentes durante el período cretáceo. Los restos de los mamí-
feros placentarios más antiguos del hemisferio septentrional pertenecen
a la época terciaria, mientras en el hemisferio austral ya existían, desde
el cretáceo, muchos órdenes, y hasta habían ya desaparecido grandes
grupos representados por numerosas formas bien diferenciadas. El he-
misferio austral era en gran parte ocupado durante el mismo período
por un inmenso continente, del cual formaba parte el actual territorio
argentino, mientras la mayor parte del hemisferio septentrional estaba
cubierto por el Océano.
Es en la época sucesiva (era cenozoica o terciaria), que se levanta
‘el continente euroasiático, mientras el continente austral se separa en
varias partes: Africa austral pierde su conexión perfecta con Sud Amé-
rica y se une a Asia, quedando separada de Europa por un brazo del
Atlántico; Australia, completamente aislada por el Océano, conserva
la fauna primitiva de marsupiales hasta nuestros días; Norte América
se pone en comunicación con Europa, mientras las dos Américas son
separadas por un brazo del Océano. Los mamíferos, ya pasados al Africa
austral, después a Asia y de aquí a Europa, evolucionan hacia las formas
características de la fauna fósil del viejo mundo y del continente nor-
teamericano.
Al terciario, precisamente al eoceno superior, pertenece la formación
santacruceña de origen subaérea, que se presenta con espesor de varios
cientos de metros en distintos puntos de la Patagonia, en proximidad
de los contrafuertes de los Andes. Es en las capas de esta formación, que,
tal vez, encontró Ameghino la más rica e interesante fauna de mamí-
feros fósiles estudiada por él. Importantísimas son también sus inves-
tigaciones sobre los pájaros pertenecientes al mismo período.
Observaciones de sumo interés son las que conciernen a la aparición
durante el terciario, y precisamente al fin del período oligocénico, de
numerosos géneros semejantes o idénticos a los europeos. El hecho, que
toma mayor importancia en los períodos sucesivos, coincide con la apa-
rición de formas de tipo sudamericano en Europa, obligando a admitir
una conexión entre Africa y Sud América, de la cual, probablemente,
las Azores, Madera y las Canarias representan los últimos residuos.
Otro fenómeno paleontológico general sobre el cual Ameghino llamó
la atención del mundo científico, y al cual dió con sus geniales observa-
ciones un valor particular, es la presencia en las formaciones pliocéni-
cas de numerosas formas extrañas a Sud América hasta aquella época:
las formas que habrian habitado la Argentina durante el cretáceo habían
. vuelto a la patria de sus antiquísimos antepasados, emigrando desde Nor-
te América y desde Europa, después de una evolución que los había
modificado haciendo difícil reconocerlos: «el ciclo zoológico, al través
del tiempo y del espacio, estaba completo». |
Este intercambio zoolégico de las formas emigradas de norte a sur
o en dirección contraria a través del puente que por primera vez unió
las dos Américas, o emigradas en las dos opuestas direcciones después
de llegar a Sud América por el puente que en aquella época unía este
continente a Africa, produjo una mezcla complicada de faunas que no
pudo explicarse hasta estos últimos tiempos.
Pertenecen a la misma época pliocénica y al período sucesivo, o sea
al cuaternario, muchos de los más interesantes fósiles descubiertos y es-
tudiados, después de Owen, Cuvier, Burmeister, por Ameghino, mas-
todontes, megaterios, gliptodontes, toxodontes, etc., formas colosales,
extrañas, desaparecidas en época relativamente reciente. —
Indudablemente, las investigaciones de Ameghino sobre el origen del
hombre, los descubrimientos relativos a este apasionante problema, son
los que más han llamado la atención del mundo científico, los que más
profunda llevan la huella de su genialidad, de su originalidad incoerci-
ble. Se ha atribtído generalmente al hombre un origen relativamente
reciente, suponiéndolo derivar de un antepasado común a los monos
antropomoffos; Ameghino buscó su remoto origen en los primates apa-
recidos al principio del terciario, y cuyos restos se encuentran en
la formación patagónica. Estos primates, derivados de los de tipo to-
davia primitivos del cretáceo, se dividen en los dos grupos de los
Homunculites y Pitheculites, el primero de los cuales constituiría el
tronco del cual han derivado los monos del viejo mundo, exceptuados
los antropomorfos. El Pitheculites, de tamaño muy pequeño, habría ori-
ginado los homunculídeos del eoceno superior, entre los cuales el ho-
múnculo, a pesar de su talla reducida, presenta ya un cráneo capaz y
probablemente poseía un embrión de industria, y conocía el fuego,
si se juzga por los manchones aislados de tierra cocida y los huesos
estriados con cierta regularidad que se encuentran en la misma forma-
ción. De los homunculídeos se habrían separado, según Ameghino,
monos platirrinos, o del nuevo continente, antropomorfos y hominí- —
deos.
En la formación entrerriana del Paraná, que pertenece al período
oligocénico, se encuentran en abundancia huesos y dientes entallados,
y en la araucana hay restos de fogones, que abundan en la formación
de Monte Hermoso (mioceno), donde se encontraron también un fé-.
mur y un atlas que indicarían un predecesor del hombre, al cual Ame-
ghino dió el nombre de Tetraprothomo, o sea cuarto predecesor del
hombre. En las capas más profundas de la formación pampeana fué en-
contrado el segundo predecesor, el Diprothomo, un ser cuya talla supe-
raba de poco un metro; con cráneo bajo y cara prognada. Al Diprothomo
sucede el Prothomo u Homo pampeus, del cual fueron encontrados mu-
chos vestigios y cráneos casi completos. El Homo pampeus, por la talla
y la forma del cráneo, parece acercarse bastante al tipo humano, segu-
ramente más, por la falta de bureletes superorbitarios, del famoso hom-
bre de Neanderthal, que, sin embargo, vivió en época más reciente.
Las producciones de la industria lítica del Homo pampeus son guija-
rros rodados de forma alargada, tallados en una de las extremidades.
Otros hominídeos contemporáneos o casi, como el Homo sinemento,
el Homo caputinclinatus, se extinguen o evuelven en sentido diferente.
En la formación pampeana más reciente, correspondiente al cuaternario,
se encuentran representantes más elevados del género Homo, mientras
una raza que después se extingue desarrolla caracteres bestiales que re-
cuerdan los de los monos antropomorfos.
Los monos antropomorfos, cuyos-restos, como lo había pronosticado
Ameghino, se encontraron recientemente en el oligoceno del Africa
septentrional, derivarían de algunos hominideos que pasaron al viejo
mundo aprovechando los últimos restos de la conexión que habría exis-
tido entre el mismo continente africano y Sud América. Allí sufrieron
una evolución regresiva, se bestializaron, según la expresión de Ame-
ghino, adaptándose a la vida arborícola. El Pitecanthropus erectus de
Java, el Pseudohomo heidelbergensis de Alemania, supuestos antepasa-
des del hombre, serían en cambio, según Ameghino, descendientes de
los hominídeos emigrados al viejo mundo y que todavía conservaban
caracteres del tipo primitivo.
La prueba más convincente de que el hombre tuvo su origen en el Nue-.
vo Mundo, sería la presencia de hominídeos en el continente sud-
americano desde época muy remota, mientras los más antiguos del viejo
mundo como el pitecantropo y el pseudohombre de Heidelberg no re-
montan más allá del cuaternario inferior, a pesar de que algunos pa-
leontólogos y antropólogos los atribuyan al plioceno. En este último
período eran ya numerosos y evidentes los vestigios del hombre en la
Argentina.
Según Ameghino, las razas humanas se dividen en dos grupos prin-
cipales, más propiamente especies: el Homo sapiens, que comprende las
razas caucásicas-mongólicas y el Homo áter formado por las razas ena-
nas de los akas, boschimanos, hotentotes, negritos y las razas afines, ne-
gra, negroide, australiana. El primer ¿rupo derivaría del Homo pampeus
que, evolucionando, pasa a Norte América, después a Asia. Una rama,
pasando a Europa sobre el puente que unía este continente con el Ca-
nadá, se habría transformado en el tipo de Galley-Hill, aislándose des-
pués y «bestializändose», hasta Ilegar al Homo primigenius represen-
tado por el hombre de Neanderthal, de Spy y de la Chapelle-aux-Saints.
El hombre áter, en cambio, se habría desprendido de la línea principal -
después del Diprothomo, emigrando a las regiones donde aún en el pre-
sente habita.
Las teorías de Ameghino en el campo de la paleontología y de la an-
tropología prehistórica encontraron no poca resistencia en el mundo
científico, más por chocar contra convicciones ya antiguas, aceptadas
por muchos sabios como artículos de fe, que por encontrarse falta grave
en la cadena de inducciones de la cual se desprenden, o una base de
hechos insuficientes. Cualquiera que sea su futuro destino, ninguno
podrá desconocer el valor científico extraordinario de su obra de obser-
vación, verdadero monumento del cual podría gloriarse cualquier sabio
y cualquier pueblo al cual éste pertenezca.
Ilustración: Manuel Rodríguez Lozano

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