jueves, 4 de junio de 2026

Subprefectura (André Lafon)







Algunas casas dan la impresión de estar ladera arriba;

Otras están en los prados, perezosos, sentados;

El grupo que se encuentra en la cima mira a lo lejos, hacia Teau.

Dormir en los islotes verdes donde rompe la corriente.

La enredadera cubrió la ladera, y luego los tejados.

Parece trepar juguetonamente para exhibir su follaje.

Y el campanario, rezando y solemne, con su voz.

Gobierna según los días de vidas sabias.


Así, todas las miradas puestas en el río que la abraza,

La ciudad pretende hundir su inmensa canción

Y Técoute, al parecer, se inclinaba hacia adelante, algo cansado.

Para abrir sus persianas al horizonte en constante cambio.



A veces, provenientes de los cálidos mares de América,

Los gigantescos transatlánticos pasan de largo, dirigiéndose hacia el puerto.

"Mensajes Marítimos"*, negro y lento,

Desdén por haber visto cosas exóticas

Por las tardes, los ancianos cuentan cuentos a los niños.

Como un triste pesar, sus lamentos de sirena

Hacia las distancias doradas desde las que el flujo las transporta

Y ahora, ante su propio país, ya no tienen

Qué aburrido es, dada su serena banalidad.


Sin embargo, un encanto ablandó mi alma, mis ojos

Cuando sigo los giros y recovecos familiares de nuestras calles,

Cuando, respirar en un jardín silencioso,

Me inclino sobre los barrotes de las puertas podridas.

Las paredes antiguas también guardan sonrisas secretas;

Me encanta la avispa dorada que se aferra a sus brotes.

El lagarto y su vuelo hacia la cavidad profunda y fresca,

El rastro de los caracoles que brilla sobre el musgo.

Me siento a la sombra meciéndose de los tilos,

El cuadrado verde parece mi propio sueño.

Y qué sentimiento me invade allí cuando, con la voz llena de luto.



La campana del convento anuncia el final del día.

El Ayuntamiento y su barandilla dorada descolorida,

El juzgado, adornado con un frontón de un antiguo templo,

Las escaleras desgastadas que bajan al mercado,

La iglesia, su esfera del reloj de la que cae y tiembla la hora

Son amigos humildes y resignados a quienes parece

Que cada día me siento un poco más apegado.


Dicen que está allí, al final del río amarillo.

Y pesada, desde los mares y las tierras hasta los cielos felices.

Y a veces sueño con ello, sintiéndome triste, curioso.

Conocerlos, pero si algún día me los da

Para saborear el amanecer puro y la emoción del ardilla,

No sabría decir, al regresar del viaje, ver

Sube la ladera y su viñedo por la mañana.

Sin que todo mi pasado esté grabado en lo más profundo de mi corazón.

Sin permitirme caer de rodillas.





Ilustración. Jerry Bywaters

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