Muchas veces me he preguntado la razón de editar un libro. Cuando era muy joven, cuando recién había publicado mis primeros cuentos en revistas literarias, o incluso mi primer libro, con la evanescente jactancia de los recién iniciados, juzgaba lo que creía yo la imprudencia de los ya consagrados en crear meros remedos de la obra de cada uno. Porque consideraba, en el repentino y abundante fluir de la propia inspiración, que todo estaba en crear un texto tras otro, esmerándose en corregir, publicar y darlos a conocer. Incluso esperar la respuesta del público, y también aceptar el hecho de ser ignorado por los jurados de los concursos literarios como un mérito que nos relegaba al afortunado limbo de los talentosos e incomprendidos por los que consumen la supuestamente fácil literatura comercial.
Los motivos son tan variados como autores hay, multiplicados por las incontables características personales de cada uno y las circunstancias en que se encuentren. Por supuesto, las variables se multiplican si la selección es de textos propios, porque ya no hay parámetros externos que especifiquen y limiten nuestro trabajo. En el primer caso, pueden influir los aspectos económicos y los egocéntricos, en su mayor parte, y ambos confunden la calidad de los textos fingiéndolos seleccionados por el buen gusto, y sólo a veces condescendiendo en reconocer motivos sentimentales. Casi siempre nos equivocamos, o más bien nos engañamos, y la selección desentona en la mayoría de los casos con los gustos de cada lector, y casi invariablemente también con el del propio autor, tarde o temprano. El motivo principal es que la subjetividad, siempre inevitable, está más enraizada en nuestra psiquis que la utilizada para opinar sobre los demás, donde pueden y deben influir los factores de la educación para cambiar las costumbres aprehendidas. La selección, por lo tanto, debería hacerse, si el autor se obstina en realizarla por sí mismo, en una etapa de la carrera literaria donde se haya asentado tanto una valorada experiencia como una cantidad considerable de textos que representen las variantes dentro de un estilo, y sobre todo haber logrado la suficiente distancia entre el autor y su obra. Si este auto-reconocimiento no es del todo acertado, por lo menos debería prevalecer el sentido común que introduce la duda, elemento tan encomiable como poco estimado en general. Instalada la duda con el rango de única certeza, ella determina a la arbitrariedad como el solo factor común de la selección. Entonces sí podemos hablar de los textos sin compromisos predeterminados, dejando fluir los recuerdos y las circunstancias en que fueron creados, que a la altura de los años transcurridos pueden ser o no ciertos, pero tienen el sabor de lo entrañable, sensación que incluye tanto la satisfacción de lo realizado como el remordimiento por lo incumplido. Felicidad y dolor, en diferentes dosis o matices. Creo que eso es la virtud principal, y tal vez la gloria, de cualquier arte, su fin y su principio.
El tiempo, sin embargo, todo lo invalida, o lo revalida.
Las rotundas afirmaciones se desvanecen, o se convierten en pedantescas frases que no significan nada. El tiempo va decantando los hechos, formando una capa de valores que puede apreciarse como aquellos frascos que nos hacían preparar en la escuela primaria en la asignatura de biología. Capas profundas que no desaparecen, sino que se consolidan, haciéndose pétreas y persistentes. Y a medida que ascendemos la vista, el resto toma colores más vistosos, atribuyéndolo equivocadamente a la mejor calidad de las sustancias. Por encima, y casi en la superficie, se sustentan los cambiantes productos de la cotidianeidad. Lo que cambia de un momento a otro, lo que por la mañana tiene el aspecto de lo nuevo, por la tarde se enturbia emitiendo un aroma nauseabundo.
El fondo, en cambio, permanece incólume. Lo que se ha formado en las primeras etapas de cualquier organismo, no tiene adonde ir más que ese último espacio que no deja salida. Bueno o malo, no tiene lugar por el cual escapar, y entonces, con el tiempo, ha aprendido a convertirse. La química es resultado de un aprendizaje, la física es la aplicación de esa experiencia, la psicología la metamorfosis de lo inerte en conductas futuras.
Lo inconsciente freudiano es un coágulo latente que dura toda la vida. Alguien, con una sola palabra como un filoso escalpelo, puede hacerlo estallar, y el resultado es la definitiva libertad o la locura, y ambos estados quizá representen lo mismo, si bien lo pensamos.
Con este material trabajan los escritores.
Las imágenes de la infancia, los recuerdos que imperceptiblemente se van metamorfoseando según lo vivido en el resto de los años, van tomando un sentido de irrealidad que para nosotros es absolutamente la más exquisita realidad. No hay tiempo mejor que el tiempo pasado, nos decimos, incluso tenemos resabios inclasificables de olores, sensaciones, imágenes, sonidos, armonías de tiempos que nos fue del todo imposible haber vivido, porque aún no habíamos nacido. Pero hablamos del cuerpo material, este que nos somete al tiempo y a la intemperante desarmonía de lo meramente exterior: el hierro de los edificios, el concreto de las calles y la irreverente meteorología de lo caprichoso.
Yo hablo de los golpes iniciales, de las primeras caricias y los incipientes besos. De los paseos por la tarde en un barrio tranquilo, casi desierto a la hora de la siesta, caminando por veredas soleadas, viendo los negocios cerrados, las puertas de las casas entornadas para dejar entrar la brisa del verano, la ventanas abiertas por las cuales puede verse a un chico sentado a una mesa, dejado en penitencia porque no ha querido terminar su almuerzo. Gritos de una madre protestona por sobre el sonido de un televisor siempre encendido. El sonido de un disco girando, y el de una púa que se atasca. Y tal vez, una cama vacía y desordenada junto a la ventana, y también otro chico que desde la puerta de la habitación, nos sorprende espiando por la ventana, con cara de miedo, lento en sus movimientos pero astuto en su reveladora mirada de congoja. Él escucha, como nosotros, la música amarga del corazón humano que llena esa habitación, como si el corazón tuviese la forma y el aspecto de un cuarto de casa vieja, con paredes húmedas y piso descolorido, con una lámpara casi inútil intentando iluminar a regañadientes los rincones donde se esconde todo aquello que no quiere ser visto.
En esos rincones está el material con el que trabajan los escritores.
Leandro Mallea
“El conciliábulo” Ediciones

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