Si era esta noción del tiempo evaporado, de los años transcurridos no separados de
nosotros, lo que ahora tenía yo la intención de poner tan fuertemente de relieve es porque
en este mismo momento, en el hotel del príncipe de Guermantes, aquel ruido de los pasos
de mis padres despidiendo a monsieur Swann, aquel tintineo repercutiente, ferruginoso,
insistente, estrepitoso y fresco de la pequeña campanilla que me anunciaba que monsieur
Swann se había ido por fin y que mamá iba a subir, volví a oírlos, eran los mismos,
situados sin embargo en un pasado tan lejano. Entonces, pensando en todos los
acontecimientos que se situaban forzosamente entre el momento en que los oí y la fiesta
de los Guermantes, me aterró pensar que era verdaderamente aquella campanilla la que
aún tintineaba en mí, sin que me fuera posible modificar en nada el tintineo de su badajo,
puesto que no recordaba ya bien cómo se paraba, y, para aprenderlo de nuevo, para
escucharlo bien, tuve que esforzarme por no oír el son de las conversaciones que las máscaras sostenían en torno mío. Para intentar oírlo de más cerca tenía que descender dentro
de mí mismo. Luego aquel tintineo era allí donde estaba, como estaba también, entre él y
el momento presente, todo aquel pretérito indefinidamente desarrollado que yo no sabía
que llevaba en mí. Cuando la campanilla sonó, yo existía ya, y desde entonces para que
yo oyese aún su tintineo, era necesario que no hubiera habido discontinuidad, que yo no
hubiera dejado ni un momento de existir, de pensar, de tener consciencia de mí, puesto
que aquel momento antiguo estaba aún en mí, que pudiera todavía volver hasta él, con
sólo descender más profundamente en mí. Y porque así contienen las horas del pasado,
pueden los cuerpos humanos causar tanto daño a quienes los aman, porque guardan tantos
recuerdos de alegrías y de deseos ya borrados para ellos, pero tan crueles para el que
contempla y prolonga en el orden del tiempo el cuerpo querido del que está celoso, celoso
hasta desear su destrucción. Pues, después de la muerte, el Tiempo se retira del cuerpo, y
los recuerdos tan indiferentes, tan empalidecidos, se borran en la que ya no existe y
pronto se borrarán en aquel a quien aún torturan, pero en el cual acabarán por perecer
cuando deje de sustentarlo el deseo de un cuerpo vivo.
Me producía un sentimiento de fatiga y de miedo percibir que todo aquel tiempo tan
largo no sólo había sido vivido, pensado, segregado por mí sin una sola interrupción,
sentir que era mi vida, que era yo mismo, sino también que tenía que mantenerlo cada
minuto amarrado a mí, que me sostenía, encaramado yo en su cima vertiginosa, que no
podía moverme sin moverlo. La fecha en que yo oía el sonido de la campanilla del jardín
de Combray, tan distante y sin embargo interior, era un punto de referencia en esta
dimensión enorme que yo no me conocía. Me daba vértigo ver tantos años debajo de mí,
aunque en mí, como si yo tuviera leguas do estatura.
Acababa de comprender por qué el duque de Guermantes, que, mirándole sentado en
una silla, me impresionó por lo poco que había envejecido, aunque tenía debajo de sus
pies tantos años más que yo, al levantarse e intentar mantenerse en pie vaciló sobre unas
piernas temblonas como las de esos viejos arzobispos sobre los cuales lo único sólido es
la cruz de metal y hacia los que se precipitan unos seminaristas grandullones, y avanzó,
no sin temblar como una hoja, sobre la cima poco practicable de ochenta y tres años,
como si los hombres fueran encaramados en unos zancos vivos que crecen
continuamente, que a veces llegan a ser más altos que campanarios, que acaban por
hacerles la marcha difícil y peligrosa y de los que de pronto se derrumban66. Me daba
miedo que mis zancos fueran ya tan altos bajo mis pasos, me parecía que no iban a
conservar la fuerza suficiente para mantener mucho tiempo unido a mí aquel pasado que
descendía ya tan lejos. Si me diese siquiera el tiempo suficiente para realizar mi obra, lo
primero que haría sería describir en ella a los hombres ocupando un lugar sumamente
grande (aunque para ello hubieran de parecer seres monstruosos), comparado con el muy
restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin
límite en el Tiempo, puesto que, como gigantes sumergidos en los años, lindan
simultáneamente con épocas tan distantes, entre las cuales vinieron a situarse tantos días.
Ilustración: Saturnino Herrán

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