martes, 2 de junio de 2026

El tiempo recobrado (Marcel Proust)






Si era esta noción del tiempo evaporado, de los años transcurridos no separados de

nosotros, lo que ahora tenía yo la intención de poner tan fuertemente de relieve es porque

en este mismo momento, en el hotel del príncipe de Guermantes, aquel ruido de los pasos

de mis padres despidiendo a monsieur Swann, aquel tintineo repercutiente, ferruginoso,

insistente, estrepitoso y fresco de la pequeña campanilla que me anunciaba que monsieur

Swann se había ido por fin y que mamá iba a subir, volví a oírlos, eran los mismos,

situados sin embargo en un pasado tan lejano. Entonces, pensando en todos los

acontecimientos que se situaban forzosamente entre el momento en que los oí y la fiesta

de los Guermantes, me aterró pensar que era verdaderamente aquella campanilla la que

aún tintineaba en mí, sin que me fuera posible modificar en nada el tintineo de su badajo,

puesto que no recordaba ya bien cómo se paraba, y, para aprenderlo de nuevo, para

escucharlo bien, tuve que esforzarme por no oír el son de las conversaciones que las máscaras sostenían en torno mío. Para intentar oírlo de más cerca tenía que descender dentro

de mí mismo. Luego aquel tintineo era allí donde estaba, como estaba también, entre él y

el momento presente, todo aquel pretérito indefinidamente desarrollado que yo no sabía

que llevaba en mí. Cuando la campanilla sonó, yo existía ya, y desde entonces para que

yo oyese aún su tintineo, era necesario que no hubiera habido discontinuidad, que yo no

hubiera dejado ni un momento de existir, de pensar, de tener consciencia de mí, puesto

que aquel momento antiguo estaba aún en mí, que pudiera todavía volver hasta él, con

sólo descender más profundamente en mí. Y porque así contienen las horas del pasado,

pueden los cuerpos humanos causar tanto daño a quienes los aman, porque guardan tantos

recuerdos de alegrías y de deseos ya borrados para ellos, pero tan crueles para el que

contempla y prolonga en el orden del tiempo el cuerpo querido del que está celoso, celoso

hasta desear su destrucción. Pues, después de la muerte, el Tiempo se retira del cuerpo, y

los recuerdos tan indiferentes, tan empalidecidos, se borran en la que ya no existe y

pronto se borrarán en aquel a quien aún torturan, pero en el cual acabarán por perecer

cuando deje de sustentarlo el deseo de un cuerpo vivo.

Me producía un sentimiento de fatiga y de miedo percibir que todo aquel tiempo tan

largo no sólo había sido vivido, pensado, segregado por mí sin una sola interrupción,

sentir que era mi vida, que era yo mismo, sino también que tenía que mantenerlo cada

minuto amarrado a mí, que me sostenía, encaramado yo en su cima vertiginosa, que no

podía moverme sin moverlo. La fecha en que yo oía el sonido de la campanilla del jardín

de Combray, tan distante y sin embargo interior, era un punto de referencia en esta

dimensión enorme que yo no me conocía. Me daba vértigo ver tantos años debajo de mí,

aunque en mí, como si yo tuviera leguas do estatura.

Acababa de comprender por qué el duque de Guermantes, que, mirándole sentado en

una silla, me impresionó por lo poco que había envejecido, aunque tenía debajo de sus

pies tantos años más que yo, al levantarse e intentar mantenerse en pie vaciló sobre unas

piernas temblonas como las de esos viejos arzobispos sobre los cuales lo único sólido es

la cruz de metal y hacia los que se precipitan unos seminaristas grandullones, y avanzó,

no sin temblar como una hoja, sobre la cima poco practicable de ochenta y tres años,

como si los hombres fueran encaramados en unos zancos vivos que crecen

continuamente, que a veces llegan a ser más altos que campanarios, que acaban por

hacerles la marcha difícil y peligrosa y de los que de pronto se derrumban66. Me daba

miedo que mis zancos fueran ya tan altos bajo mis pasos, me parecía que no iban a

conservar la fuerza suficiente para mantener mucho tiempo unido a mí aquel pasado que

descendía ya tan lejos. Si me diese siquiera el tiempo suficiente para realizar mi obra, lo

primero que haría sería describir en ella a los hombres ocupando un lugar sumamente

grande (aunque para ello hubieran de parecer seres monstruosos), comparado con el muy

restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin

límite en el Tiempo, puesto que, como gigantes sumergidos en los años, lindan

simultáneamente con épocas tan distantes, entre las cuales vinieron a situarse tantos días.





Ilustración: Saturnino Herrán


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