A Laura, en su noria
“El hombre es fundamentalmente un animal de rapiña con infinitos medios de serlo. Nos roba la paz el que nos hace la guerra, nos roba la verdad el que nos miente, nos roba la salud el que defrauda y el que despilfarra nuestro trabajo, nos roba la justicia el que no la hace o la hace mal. El hombre es rapaz por construcción, la diferencia está en que los fuertes rapiñan al exterior, y los débiles se rapiñan entre sí." Agustín Álvarez
Prefacio:
CONFESION DE PRINCIPIOS
Los textos que presentamos se encontraron entre los diversos papeles sin clasificar en el departamento de la calle Sarmiento, donde vivió Cecilia Taboada hasta su muerte. Su albacea literaria, el doctor Bernardo Ruiz, se encargó de la recopilación. Entre ellos, se hallaron varias páginas con una serie de comentarios que casi seguramente Cecilia había destinado para un posible prólogo para su novela. El resto son referencias y apuntes temáticos y sobre personajes, tal vez de poca valía aún para el lector curioso, ya que presentan palabras ilegibles o fueron escritos en forma casi telegráfica, en papeles de una agenda, servilletas de papel de algún bar, y hasta en el dorso de recetas médicas. Pero el material más valioso lo constituyen los cuadernos que la autora guardaba en diferentes lugares de su departamento.
El doctor Ruiz y yo nunca visitamos juntos ese lugar, los motivos fueron personales, por supuesto, sabíamos que los recuerdos de cada uno al recorrer esos parcos ambientes donde ella vivió en sus últimos años, se entorpecerían mutuamente. Nos encargábamos de cotejar notas más tarde, en el bar “La Academia” sobre Callao. Entre el café y el whisky que alternábamos, él me hablaba del departamento cuya llave conservaba, de la que hizo una copia para compartir conmigo. Nunca hablamos directamente sobre la última noche, creo que él no necesitaba saberlo, y para mí constituía una especie de tesoro que me molestaba compartir.
Hablábamos entonces de los papeles y cuadernos que habíamos encontrado. Yo hallé la mayor parte de los apuntes dispersos sobre su escritorio y en los cajones, también en la mesita de luz, tras los restos de cajas de remedios y ampollas de insulina. Pero Ruiz halló lo más sustancial. Entre los libros de su biblioteca, encontró cuadernos de espiral con toda una serie de escritos de poesía, narrativa o ensayo, otros simplemente apuntes más o menos desarrollados sobre ideas inconclusas. Luego, en los estantes del placard de la habitación, halló la serie de folios encarpetados y atados con hilo sisal. Allí estaban los borradores de los artículos con que había colaborado en diversas revistas, pero también muchos más sin publicar, y por supuesto, el manuscrito terminado de la novela que se editó después de su muerte.
Nos quedábamos hasta cerca de las dos o tres de la madrugada comparando esos papeles, protegiéndolos de las manchas que los vasos pudieran causarles. Cuando hallábamos palabras borroneadas por algo que había diluido la tinta, nos mirábamos por un instante, diciéndonos que en ese centímetro del papel Cecilia había derramado algunas gotas de agua con que solía tomar sus remedios. Luego, volvíamos a guardar los papeles, nos levantábamos de las sillas con las carpetas bajo el brazo, y nos estrechábamos las manos. Salíamos en momentos diferentes, uno pagaba en el mostrador mientras el otro salía a la calle. Cada uno en direcciones opuestas por la vereda.
De todos estos escritos, el doctor Ruíz y yo realizamos una exhaustiva y respetuosa selección, y en algunos casos, por tratarse de fragmentos de alto valor literario, retocamos las lagunas producidas por la ilegibilidad del manuscrito.
Esta edición es, a la vez que un homenaje a la lúcida inteligencia y al talento de la autora, una satisfacción personal como editor, ya que mi estrecha relación con la autora, extensa en el tiempo, pero desarrollada en breves y esporádicos lapsos, nos permitieron internarnos en largas conversaciones y en sentimientos contradictorios. Y ésta, finalmente, es la fórmula que puede extraerse de su vida, en mi opinión: una lucidez que tocaba los límites últimos de la inteligencia, hasta traspasar, por momentos oscuros, hacia las extrañas regiones de lo intuitivo, y hasta de lo mágico.
Los personajes de Cecilia son inclasificables, aunque tengan rasgos que los caracterizan y los clasifican dentro de ciertos parámetros, con fines puramente literarios. Son personajes de diversas caras, y, sobre todo, de múltiples aristas, resbaladizos y empinados filos por donde transcurren casi todo el tiempo. Finalmente, caen vencidos a un lado u otro. La autora lo sabía con extrema claridad, y como sus personajes, ella misma se abismó en esos lugares, que en su contemporaneidad podían tratarse de una calle suburbana, un departamento que conocía desde mucho tiempo antes, en una noche cualquiera, o embeberse con recuerdos ancestrales de sitios tan inverosímiles para nuestra cotidianeidad como remotas selvas y ríos inexplorados, o adentrarse en las vidas de primitivas tribus.
Presencié su última tragedia, y aunque fue Bautista Beltrame el que se atrevió a relatar ese breve tramo final de su vida, fui yo quien tuvo el privilegio, como ante las dos caras de una moneda antigua, de presenciar su deambular por ese filo. Un delgado hilo de Ariadna que terminó cortándose en el instante exacto para ella, quizá, pero dejándonos a nosotros mudos de asombro y acongojados de dolor.
Leandro Mallea
“El conciliábulo” Ediciones
CONSTRUCCION
DE LOS ENIGMAS
Un poema es un enigma, si entendemos por tal una construcción de formalidad estética cuya finalidad es demostrar objetivamente con hechos concretos, -llámense palabras, imágenes, símbolos- una realidad convertida en subjetividad por las características personales. Como en la creación de una imagen visual por el ojo y el cerebro, la realidad penetra por los órganos sensitivos- ojo y sus estructuras sensitivas interiores-, llevada por el nervio hacia el centro neurológico mediante una curiosa inversión que parece una extraña ironía que Dios -y demos por descontada su existencia para alivio y plasticidad de nuestras conciencias- nos ha jugado, y depositada en el limbo de la subconciencia. Filtrada entonces por los censores primarios, mal pagados, seguramente, de poca instrucción y todavía traumatizados por los residuos de la aborrecible sentimentalidad que están empezando a odiar, pasan entonces, ya libres de toda ornamentación, al inconsciente.
En este terreno oscuro, donde puede haber un gran pantanal del que nunca se sale, a veces surgen los extraños monstruos que creemos desconocer cuando se exponen a la luz del día. ¿Pero acaso reconocemos una enfermedad en nuestro propio cuerpo cuando la vemos por primera vez? Ella nos pertenece, y porque es nuestra sabemos que es parte de nosotros, o quizá nosotros mismos. Nuestro corazón es una de nuestras tantas vísceras, pero también estamos dentro de él. Somos nuestra enfermedad.
Las impresiones, entonces, del exterior, son subjetivadas sin que prácticamente nosotros, es decir nuestra conciencia, a la que llamamos trivialmente nuestra esencia, pueda participar. Los censores escondidos en los incontables subsuelos de la mente escarban, roen y destruyen lo que no les gusta. ¿Quiénes son ellos? ¿Los representantes de la herencia? ¿Las fuerzas ancestrales de la raza? ¿Los residuos cloacales de la experiencia escondida de los primeros años de la vida?
A veces me pregunto dónde está el límite inicial de nuestros recuerdos. Algunos creen recordar sucesos de cuando tenían dos o tres años, otros recién desde los cinco años recuperan sus recuerdos. Pero yo me he preguntado si todas esas imágenes no son más que imaginaciones armadas a partir del polvo encontrado bajo la cama, y con el cual formamos un material hecho de palabras exteriores y voces que nos han contado como cuentos durante la siesta un domingo cualquiera. Y construimos bellas u horribles visiones que se acoplan perfectamente a la estructura de nuestra psiquis, aquella misma que las verdaderas experiencias que no recordamos y no recordaremos nunca haber construido. La conciencia es el ornamento que aplicamos a las deformidades inexplicables para poder tolerarlas.
La censura, entonces, es la base de nuestro pensamiento.
Y cuando escribimos, las palabras son símbolos de ideas que a su vez son imágenes invertidas de lo que tal vez son las verdaderas experiencias enclaustradas en nuestra mente. Si fuera tan fácil, me digo, esta fórmula, no habría más método que invertir los sentidos para hallar la verdad. Pero aun cuando estemos dispuestos a hacerlo, ¿no es esta fórmula sólo un método más de los viejos censores escondidos en cada una de nuestras neuronas? Por decirlo de alguna manera, el cerebro es un universo lleno de constelaciones: grupos innumerables de sistemas planetarios con soles en distintos estados de descomposición, e infinitas piedras volcánicas que llamamos planetas, aun si nuestra alquimia fuese la misma que los rige a ellos. Una neurona es una gran casa de varias habitaciones y largos pasillos, y en ella vive la energía electrizante de lo invisible. Las luces encendidas son susceptibles de apagarse, pero en la oscuridad, ¿dónde hallaremos la perilla para volver a encenderlas? Caminar palpando las paredes, tropezando a riesgo de lastimarnos y no volvernos a levantar. Y mientras tanto, se escuchan ronroneos, tal vez siseos, y a veces el sonido de la masticación y la peculiar deglución de los restos de una masacre.
Habitaciones inmensas hechas de oscuridad. Y si se prendiera la luz, quizá fuesen sólo cuartos pequeños como cajoncitos de una antigua caja de costura: uno para cada tamaño de botón, para cada aguja y dedal, para cada rollo de hilo. Hay cierta gracia en imaginar a Dios como una costurera de barrio viejo, de cincuenta y cinco años, quizá, solterona, en una pensión del barrio de La Boca, cosiendo para vivir desde sus diecisiete años. Las manos artríticas de Dios cosen con dedos que ya no sienten los hilos, llenos de cicatrices de pinchazos que los dedales no han podido evitar. Ya en el cuarto de la pensión, esa extraña costurera vive casi en penumbras, como sus ojos claros y casi ciegos, porque la luz le hace mucho daño, y por eso tapa las ventanas con trozos de telas de viejos vestidos. Y en el piso hay montañas de telas y encajes antiguos, que a veces se mueven. Y la vieja costurera aparta la mirada de su costura para advertir a los censores que se tranquilicen. Pronto saldrán del puerto, hacia el pasillo que los llevará a otras habitaciones o hacia la puerta de calle, donde caminarán por empedrados entre veredas rotas, o por asfaltos llenos de baches, o por la tierra de estrechas rutas de campo. Llegarán a pleno espacio abierto, lleno de sol, tan claro que será como la ceguera. Y su función ya estará cumplida.
Lo extremadamente blanco es la suma de todos los colores, la simbiosis de todo lo posible: un papel en blanco es el mayor dolor del hombre. Donde existen todas las posibilidades y no las vemos, donde hay que escarbar sin destruir, donde hay que echar, tal vez, un líquido revelador ideado por la ciencia, para que surjan las imágenes de lo que somos.
Somos lo que no sabemos, y los tan sobrevalorados sentimientos son meros remedos, exfoliaciones pobres y de olores acres que no hacen más que embebernos de tragedia.
Eso es el hombre: la tragedia como construcción. El esqueleto que no es más que hueso para sostener la estructura de la mente.
La tragedia nos tranquiliza porque nos hace sentir el irremediable dolor que nos consuela, porque nos hace conscientes de nosotros mismos y desecha los misterios de lo inconsciente, esa creación que médicos austríacos, o alemanes, y tantos otros, soñaron en las tardes lluviosas de Praga o Berlín, escuchando los relatos de hombres y mujeres enajenados que han visto o escuchado los monstruos disfrazados con vestidos decimonónicos o conduciendo un Ford T. Médicos que escuchan todo eso luego de haber visto la anatomía del cerebro en los hospitales de París, disecando cuerpos en busca de la fórmula anatómica de la locura.
La tragedia construye nuestros cuerpos visibles, se expresa en la forma de la espalda más o menos encorvada, en la mirada de nuestros ojos llenos de brillo o de penumbra, en los gestos de las manos que peinan el cabello de determinadas formas, reveladoras. El cuerpo es el espejo, y el espejo de la pared invierte la imagen para hablarnos tan suavemente que casi nadie lo escucha. Los espejos son nuestros únicos amigos, pero ellos también están expuestos a la muerte. Si los censores llegaran a verse en los espejos, éstos se trizarían con una extensa raja oblicua que dividiría la imagen reflejada en dos zonas incompatibles, y ya no habría conciliación.
Porque la única conciliación que existe es la oscuridad en la que ellos se esconden. ¿O son ellos la misma oscuridad?
La paz de la ignorancia como alternativa a la guerra sin fin del conocimiento. Mientras más voces en el tumulto, menos comprensión. Cientos de departamentos en un edificio donde cada habitante grita golpeando las paredes para que el otro se calle, y el otro hace lo mismo porque no lo escucha, y el encadenamiento es un exquisito dominó cuya primera pieza ha sido empujada por el delicado dedo de Dios.
Todo esto me hace pensar en Hamlet y los interminables laberintos en donde perdió su voluntad y encontró la eterna duda. Los poemas que escribí sobre “Hamlet” están inspirados, obviamente, por la obra de Shakespeare. No hablaré de su importancia, sí de la forma en que me cautivó desde su primera lectura. Tenía en la casa de mis padres una vieja edición sin tapas de la obra de teatro, y aun cuando de adolescente intenté penetrar en el texto, me resultó muy difícil pero irresistiblemente fascinante. No creo haberla terminado de leer en esa época, pero los monólogos de Hamlet me atrajeron por esa cualidad musical, mezcla de balada y recitación. En ocasiones me puse a recitar en voz alta el "Ser o no ser", o "Cuán débil carne es el hombre", o la escena del sepulturero. Más tarde, viendo películas basadas en ella, la fascinación fue completa. No hablemos de puestas en escena o adaptaciones, de actuaciones o dirección artística. Las palabras de Hamlet persisten en el tiempo, se multiplican sus significaciones y se acrecienta su trascendencia. Porque ellas hablan del hombre y su primera y última condición, sobre el azar y el destino de la vida, sobre la muerte, la culpa, el remordimiento, el deseo y la lujuria, la pusilanimidad, los celos, la ambición desmedida, el crimen, la hipocresía, el amor, la locura. Cada personaje es un símbolo y ser de carne y hueso al mismo tiempo. Los fantasmas conviven con los seres humanos, lo fantástico es parte de lo no fantástico, las barreras entre cordura y locura son tan irreales como los límites entre la vida y la muerte o entre lo real y lo ficticio. Una obra de teatro dentro de otra obra de teatro pone en evidencia la realidad de un crimen escondido tras una fachada de ficción.
Estos poemas pretenden recrear a través de mis propios medios expresivos, de mis propias preocupaciones y mi visión del mundo, lo que esta obra me sugirió, lo que su contenido y sus temas me han provocado a lo largo del tiempo. No es una copia de escenas, ni siquiera una reflexión sobre ellas, sino una apropiación de personajes. Ellos han cambiado, son los mismos nombres, pero son otros, se han embebido de mi forma de pensar, de mi forma de ver las cosas, han buscado y encontrado factores que yo no sabía que estaban allí. Esa es la función de los personajes que uno crea o recrea en la lectura: buscar, por medios indirectos, como espías, como huéspedes curiosos y entrometidos, en los rincones de la casa que habitamos desde nuestro nacimiento. Rincones que desconocemos a pesar de todos estos años.
Aquí está, entonces, esa mirada, el mundo que hallaron, recreando y recreándose al explorarme.
Fueron escritos a lo largo de muchos años. Una parte publicados en algunas revistas literarias y antologías, luego de dejarme convencer por Leandro, aunque nunca me sentí satisfecha de su resultado. Muchos de ellos surgieron como correcciones de viejos poemas de mi adolescencia. Aquellos desaparecieron, pero como me sucede también en narrativa, hay ideas que sobreviven a las formas primarias en que fueron concebidas. Estos poemas son casi contemporáneos a una novela larga, y creo que representaron una forma de contrarrestar o contrabalancear el esfuerzo y atención que me llevó aquel trabajo. El largo aliento de las frases de la novela, su clima denso y saturante, se veía aliviado por la escritura concisa y corta de los poemas. Aún no estoy segura de la validez de este conjunto, y cada vez que los releo en ocasiones me satisfacen y en otras, encuentro falencias que ya no tengo idea cómo subsanar sin modificar completamente los textos. Sé que son poemas conceptuales, donde la emoción tiende a fluir muy lentamente, con una frialdad casi quemante filtrada por el intelecto. El epígrafe con que decidí encabezarlo es de uno de mis poetas favoritos, quizá con el que más me he identificado, Alberto Girri. Esta elección estética no es casual, hay una intención clara de seguir la misma línea de poesía, aunque no así el estilo, por supuesto, determinado tanto por mis propios límites expresivos como por los ilimitados niveles a los que llegó mi modelo.
No sé si volveré a escribir poemas, es de esperar que sí lo haga porque ese es mi deseo. En el momento que escribo este comentario estoy dedicada a la narrativa, y es allí donde vuelco esos "conceptos" que antes ponía en poemas. Los párrafos son más largos que mis pocos relatos, la acción se va retardando por interposición de reflexiones que tienden a tener una musicalidad interna, intentando asemejarse a ese ritmo fluido y casi barroco de la prosa faulkneriana. Tal vez sea eso lo adecuado a mi estilo, no puedo decirlo con certeza. Faulkner decía que el género mayor es el de la poesía, pero los narradores como él indudablemente lograban un vuelo poético en su prosa mucho más eficazmente que muchos poetas cuando escriben con el formato correspondiente a lo que se considera un poema.
La poesía es tan intensa tanto de leer como de escribir, y el trabajo de corrección es quizá más largo, agobiante e insatisfactorio que el de narrativa. Es difícil congeniar ambos géneros, y pocos autores, salvo los más geniales, Borges, por ejemplo, u Octavio Paz, fueron maestros en ambos planos. Los narradores tienden, a veces, a crear poemas más que nada visuales, narrativos y de escasa música. A su vez, los grandes poetas, cuando se atreven a la narrativa, suelen crear narraciones cortas de tintes alegóricos o netamente como prosas poéticas. No intento hacer generalidades, solo mencionar ejemplos que me vienen a la memoria, sin duda selectiva y arbitraria. Es que la estructura de la poesía, a mi entender, requiere un planteamiento mental muy particular, que, si bien no excluye, sí desarma transitoriamente, los esquemas contundentes y bien afirmados de la narrativa.
Para sentarse a escribir un poema hay que olvidarse de los recursos que son sólo válidos para el cuento o la novela, me refiero a esos armazones, planos y maquetas que los arquitectos utilizan para diseñar sus estructuras. Es algo también cercano a una superstición, o quizá al miedo a la enfermedad contagiosa. Mientras se escribe poesía, uno tiene miedo a leer narrativa, porque lo difícilmente logrado podría derrumbarse por acción de esos virus llamados "explicación" y "argumento" que tienden a tratar de dar claridad y razón a cuanto se escribe. Cuando se hace narrativa, el leer poesía no es invalidante ni hay temor alguno, pero si simultáneamente se pretende escribir poesía y narrativa, el esfuerzo mental para cambiar de ámbitos y climas es demasiado complicado, es más agotador que un esfuerzo físico, sólo comparable tal vez con los sinsabores de una enfermedad. El narrador tiene miedo a perder su poder de fluidez, su fuerza de un continuo y perpetuo fluir de la conciencia narrativa, si se pone a escribir poesía. Repito, estas son particularidades surgidas de mi criterio personal, que no excluyen contemplar tantas otras posibilidades y experiencias, así como las diversas formas narrativas y poéticas que no necesariamente se contraponen, sino que se suman.
Todo depende, supongo, de los límites del talento personal, y a qué llamamos con este nombre.
¿Cuáles son estos límites?
No hay más remedio que vivir, aún encerrados en una habitación, como dicen que lo hizo Emily Dickinson, y ponerse a escribir lo que una ventana nos concede del mundo, y permitir que surja todo lo que nuestra imaginación es capaz de fabricar con esa concesión.
Para eso se necesita austeridad y silencio. Virtudes, sin duda, difíciles de obtener. Hay quienes prefieren la incontenible verborragia explicativa como una forma de auto convencerse de los propios argumentos, y otros que gritan y desarman los elementos de las cosas, como si esas cosas pudiesen darles la razón o hallar en ellas los fragmentos indivisibles de la tranquilidad. Austeridad y silencio como dos altos muros, o dos campos absolutamente llanos sin límites precisos, ante y en los cuales gritan las Furias sin lograr respuestas. Porque los muros no escuchan ni dejan atravesar el sonido chirriante de sus voces, ni en los llanos hay construcciones que generen ecos. Ellas sólo esperan las consecuencias de sus gritos, que lenta y permanentemente horadarán las piedras. Y los hombres se esmeran en el silencio y la austeridad, no como objetivos, sino simple consecuencia del tiempo, que engendra y fermenta el hastío: único Dios por antonomasia.
Los reclamos no sirven, porque se estrellan en la burocrática sociedad de los medios, llámense periódicos, televisión o gobierno. La opinión individual es un estrago que corroe la parsimonia satisfecha de la demagogia. La identidad es un caos, la individualidad un delito. La simulación y lo bien visto son un mismo grano que brota en todos los desiertos. El hastío y la desilusión, hijos que han nacido viejos, y que aun así continúan esperando algo: el éxtasis de una lectura en un cuerpo o en un libro, o por lo menos la indolora disolución de la existencia.
Pero desde afuera no dejan de escucharse, todas las mañanas, los acuciantes ladridos de los múltiples perros que sueltan las Furias ante las puertas de nuestras casas. Hay perros adentro, también, los que nos miran como buscando algo que no podemos darles, y nos contentamos con la comida diaria y el reclamo permanente de la fidelidad y la sumisión. La obediencia y el amor son una misma cosa cuando de ellos se trata, entonces los soltamos frente a las bestias de afuera, o son simplemente ellos que salen y pelean, y cuando regresan, lastimados y perdedores, si es que regresan, los atamos con una cadena en señal de penitencia. Ni comida ni agua les daremos hasta que aprendan a discernir la realidad: si salen será para ganar, porque para perder más les valdría quedarse en casa, bajo la cama, o acurrucados entre las sábanas, hasta que hombre y perro se cansen de la quietud y se muevan hasta morderse mutuamente. El hombre muerde con sus manos, el perro muerde con su miedo. El miedo del perro es un alimento de la fuerza, el miedo del hombre es un alimento de la furia.
Las Furias no son mujeres, aunque así las representen. Son enigmas. Dicen que tienen serpientes en el pelo, pero lo más cierto es que tienen cuerpos de perro, a veces. La verdad es que cambian sus formas según la venganza que contemplan. Y las venganzas por delitos morales son las peores en su forma de realización, porque habitualmente no abusan de la sangre ni de los encarnizamientos o matanzas. Usan la fuerza de la culpa.
Se dice que el remordimiento es el peor castigo, y los que contradicen esta sentencia son los que anhelan castigar a otros. Las Furias no representan la justicia, sino la venganza, y la culpa es una venganza que nunca termina. La culpa no desaparece siquiera con el olvido. El tiempo y el espacio se encargan de eso: el lugar de un suceso, el tiempo de un evento lamentable. Lo acometido no desaparece. Lo que no vieron los ojos lo vio la mirada del pecho del hombre: los latidos del corazón en un determinado espacio de tiempo marcan como puntos de Braille la escritura de la culpa.
Ante la culpa, el silencio es una respuesta. Las palabras oscurecen lo que explican, en cambio los perros hablan más certeramente con sus ladridos. El grito de un hombre desesperado se parece mucho a un ladrido acongojado. Escuchemos atentamente a ese hombre que intenta suicidarse con un cuchillo cortándose las venas. Ha gritado, ha advertido, y en la sangre que se vuelca encuentra la justificación de la desesperada búsqueda de consuelo. Sabe que el consuelo no existe, y simplemente es una caricia que posterga el alivio del dolor. Anestesia emocional, dirían los académicos expertos, sin títulos universitarios, hablando en programas de televisión durante las tardes en que hombres y mujeres dejan pasar la visión de sus vidas durante horas y horas que se acumulan en los desvanes de lo inútil.
Y un día, suben a limpiar para hacer espacio porque ha llegado un hijo más, o porque no hay dinero y lo alquilarán. Todo eso para no decir que buscan la causa del hastío. En el techo inclinado del desván hay ganchos para colgar bicicletas, y al abrir la puerta, la humedad los recibe con las imágenes de reces meciéndose en un frigorífico, o perros ahorcados mientras el hijo mayor mira a sus padres, apoyados en el marco de la puerta, preguntándose cuándo fue que ese hijo ha nacido.
Un gancho es un signo de pregunta.
Invita a mirar, y la imaginación estalla en múltiples formas que aborrece y que sin embargo se pegan como recuerdos. Y entonces ya no hay vuelta atrás: los puntazos en el papel marcando los latidos acelerados del corazón se convierten en ladridos que van tomando un ritmo irregular. Pero la irregularidad del ritmo también tiene una armonía que se traduce en cualquier sistema musical: clásico, atonal, dodecafónico. O quizá lo más parecido sea, al final, el triste minimalismo, que con su ritmo casual e ingenuo del principio, se convierte en una insobornable e invencible obsesión.
Ellas, las Furias, se alimentan de eso.
¿Cómo podrían ver el corazón del hombre si no estuvieran ya dentro?
La culpa no se aprende ni se delata en miradas sentimentales de ojos turbios, ni en palabras soeces ni en gestos o conductas más o menos características: la ira o la sumisión.
La culpa se conoce a sí misma y se transforma en lo que la mitología, ávida de símbolos que expliquen lo inconsciente, llama mujeres enfurecidas, porque pocas cosas hay tan gráficas como una mujer con sus gestos e improperios, aun cuando no tenga ira, aun cuando no esté enojada. La paz de las mujeres no es el silencio sino la voz, y pocos hombres alcanzan a discernir la diferencia. Mujeres con serpientes en los cabellos, porque son las responsables del pecado. Mujeres con lágrimas de sangre, porque la sangre es su continuo si no.
¿Pero mujeres con cuerpo de perros? Eso es más difícil de imaginar. Los perros muerden, ellas abruman. Los perros ladran, ellas cortan con la lengua.
Las Furias no son mujeres, son enigmas.
Tienen perros que les sirven de guía, porque son ciegas y ven la oscuridad donde hay luz, y encuentran la luz en los pozos profundos del corazón del hombre. Allí donde el olor es tolerable solo para ellas, que no tienen olfato, y donde el sonido del roce de las larvas es tan exquisito que únicamente sus oídos pueden percibirlo. Pero necesitan a los perros para llevarlos donde está el olor más intenso, y luego los dejan libres. Los perros huyen si son hembras, o atacan si son machos. Solamente ellos enfrentarán la ignominiosa batalla con la Culpa. Nos saben que morirán luego de desgarrarse a pedazos con los incontables tentáculos de la Medusa.
Las Furias, sin embargo, no se desanimarán. Los perros de la ira nunca se acaban, nacen múltiples en cada camada: cada acto culpable engendra tantos como los que luego morirán.
Ellas, las Furias, son los bellos policías de la venganza. Con su uniforme de escamas, de sangre y de muerte, dirigen el tráfico de la realimentación del nacimiento y la muerte. La bestial apertura de la vida y la ruptura de la carne en la muerte.
Perros naciendo del corazón humano y colgando luego en los desvanes sucios de la mente.
El circuito del cerebro y el corazón es el logro más espléndido de Dios.
El círculo perfecto.
He soñado, en muchas noches en que tuve fiebre, -si aún no lo he dicho alguna vez, lo he dado a insinuar en infinitas ocasiones, porque mi insistencia sobre la enfermedad y el cuerpo no es más que la impotencia de mi incertidumbre: estoy enferma, y creo que siempre lo estuve, mi cuerpo es una llaga que a veces me duele y otras me aterra- he soñado, como dije, con las que considero mis mejores ideas literarias, o por lo menos las que más me gustan, las que se acercan a lo más íntimo de mi conciencia. Cuando he querido arrancarlas, no pude, y por eso les adjudico raíces en esa zona de las que tanto he hablado.
La literatura, entonces, es como una mujer con fiebre. Hay que abrazarla y mecerla, apretarla fuerte y secarle el sudor de la frente. Apartar también, de tanto en tanto, el cabello de su cara enrojecida y vital. Pero sobre todo hay que escuchar lo que nos dice, las historias de los mundos que visita. Esos mundos maravillosos que la salud, vieja egoísta de carnes macilentas, trata de ocultarnos hasta el día de la muerte.
Los escritores debemos encargarnos de esa tarea porque nadie más lo hará. Los que trabajan la tierra conocen el dolor del cuerpo inclinado sobre la oscuridad del fondo de los pozos. Los pescadores pueden sentir el miedo en cada ola de cada anochecer nublado, y el miedo creciendo desde el mar como un monstruo invisible que puede palparse con las manos invisibles de la fatalidad. Los médicos pueden ver la asincronía entre el alma y la pura anatomía, cuando el hartazgo se hace cinismo y la afrenta sobre la dignidad humana hace añicos hasta la fe, tan inocente e ignorante, que da lástima. Y ellos, los médicos, construyen panaceas con esos trozos, utopías que todos llamamos desesperación, salvo ellos, hasta que llega el día de su propia muerte. Y los abogados, ¿qué verán? Los recovecos de la Ley, las siniestras cuevas tras las paredes del edificio de Justicia, donde se esconden los dolores que no pueden ser destruidos. El esqueleto de los tribunales está sostenido por la sustancia de la sangre coagulada, luego reseca, luego vuelta a diluir, pero ya infame por efecto de las lágrimas y la transpiración de los dementes, los inválidos y los desesperados. Fuera de ellos, el mundo es un desierto, sin bocinas, con colectivos vacíos detenidos en plena calle, con veredas donde sólo corre el viento y los expedientes que han caído por las altas ventanas de los edificios gubernamentales.
Somos nosotros los que encontramos las palabras para describir la enfermedad. No podemos curarla, ni siquiera diagnosticarla, por supuesto. Sólo describirla para recrearla en otra forma que pueda ser comprendida: los médicos agradecerán la parsimonia de la observación, y los abogados se regocijarán de por fin darle un sentido a sus sellos y sobres lacrados.
Lacra como sangre coagulada en cada uno de los expedientes acumulados en los inmensos archivos de los tribunales. Casos cerrados, casos muertos. Un nombre no es una resolución, pero a veces sirve de consuelo. Los médicos lo saben, y se resignan. Los abogados lo saben, y fuman soñando con el cielo. Los pescadores vuelven al muelle con un tripulante menos. Los labriegos regresan encorvados a sus casas con la esperanza de morirse antes de la mañana.
Y las sirvientas ven, en los baños de sus dueños, la muerte con resaca que pasó esa noche a visitarlos, sentada en el inodoro, con los pantalones bajos, los brazos colgando entre las piernas abiertas, la cabeza gacha sobre el pecho. La muerte eructando y maldiciendo entre lloriqueos de borracho. La hoz apoyada en los grifos del lavabo, mientras el agua corre sin fin perdiéndose en largos pasillos bajo tierra.
La literatura es eso, pienso. Llorar cuando se debe reír, reír cuando debemos lamentarnos. La literatura es la ambivalencia de la equivocación, el error llevado al límite máximo, exponenciándolo no con la facilidad de raíz cuadrada, sino con la lentitud de un mogólico que agrega cero tras cero a un número primitivo que le costó escribir al inicio de un cuaderno en blanco. Cifra tras cifra, el número se acrecienta, y él no lo sabe, por eso la suma de su escritura exponencial no hace más que hundirlo en la cada vez más desesperada profundidad de lo irremediable. No es otra cosa sino la ignorancia, o la sabiduría de la hecatombe, la que arrastra nuestra mano hacia los ceros que multiplican el error.
Las correcciones son incorrecciones.
Los fallos son delitos.
La cura es una enfermedad.
He visto acercase por la vereda de enfrente a la salud, mientras yo escribía en mi cama de enferma, con mi pierna desecha en simulacros de cadáver bajo las vendas. La vi pasar cientos de veces por la vereda frente al departamento del tercer piso en el que vivo. Me he asomado por la ventana del balcón a mirarla pasar, porque es muy fácil reconocerla.
Es una vieja ciega, con su bastón roto en finas astillas en el extremo en que apoya la mano, pero no le duele que se incrusten en su carne. Camina a ciegas, aunque gira la cabeza hacia las vidrieras, como si contemplara los vestidos, los dulces y los panes, los libros expuestos y las pantallas encendidas de los televisores. Habla con la gente con la que se cruza, aunque pasen a metros de distancia y no la oigan. Saluda de lejos a los colectivos vacíos, a la casilla del vigilante de la esquina que ya está muerto desde dos años antes, al vendedor de diarios cuyo puesto está cerrado como un ataúd de metal.
La salud imagina no sufrir, y por eso no sufre. Pero ni siquiera imagina, sino que ve lo que no ve, oye lo que no oye y toca lo que no puede tocar, como ese perro que le ladra y que ella ahuyenta porque tiene miedo de la realidad.
Me he reído de ella en muchas ocasiones, por supuesto mientras estoy sola y Bernardo sigue en el hospital hasta altas horas de la noche. Sé que piensa en mí, y en sus noches de guardia me llama y conversamos, y a veces le he hablado sobre la vieja. “Es la del cuarto piso”, intenta explicarme él, “esta ciega y no quiere operarse”. Pero dudo que sea la misma que yo le describo. No importa, le contesto, no te preocupes, y cuelgo. Miro otra vez por el balcón, ya está oscuro y ella sigue dando vueltas, entrando en un bar a conversar, porque los negocios ya han cerrado. La sigue un perro flaco que no ladra, pero ella insiste en gritarle que se calle, y la gente se ríe de ella y de sus gestos. Mueve los brazos y atusa el bastón contra el perro. La mano tiene sangre, pero ella no se da cuenta. A veces la he visto vendada, pero hoy no. El bastón se mancha, como una espada que se ha revelado contra su poseedor. Tal vez las astillas están metidas en su mano y forman parte de sus huesos luego de tanto tiempo. Y el bastón es parte de su esqueleto.
El perro no se va, porque le tiene inquina. No le pide comida, simplemente la sigue, insistente como sólo un perro puede serlo. La vieja no cede su intento de apartarlo. No lo ve ni lo oye en realidad, pero lo huele. La salud sabe lo que está bajo la limpieza, conoce los habitantes bajo la piel. Huele la mugre, aunque intente llenar su nariz con el smog de la calle y la podredumbre de los baldíos.
Le tengo lástima, y cierro la ventana, luego bajo la persiana y me quedo a oscuras. Enciendo una luz junto a mi cama. Esta noche estaré sola, y podré recorrer a expensas de mis dolores, los maravillosos mundos que ella, la vieja, no puede ver por más que dé infinitas vueltas por el mismo barrio, espantando fantasmas y luchando con imperios extintos.
Yo podré ver, esta noche, los extraños ritos de la muerte, los inmensurables mundos de la oscuridad hecha de miles de cielos grises. Podré escuchar los llamados de la desesperación y las maldiciones de la ira. Veré a las Furias soltando los perros en una blanca sala de recién nacidos. Oleré la sangre derramada, la sangre expulsada, la sangre conservada en frascos de plástico durante milenios. Hasta que el mundo sea el mismo: el círculo del tiempo como una serpiente que se muerde la cola, que intenta devorarse cerrando el tamaño del círculo hasta llegar al mínimo posible: el que determina su propio cuerpo.
De ese cuerpo no podrá deshacerse, como no puedo deshacerme del mío.
Quedará la muerte, cansada y ebria, sentada en un baño del cuarto piso, esperando a la sirvienta, que, como un Dios, llegará para limpiar las heces de su orgía.
PERÓN EN MATADEROS
Voy recordando mientras escribo sentada en mi silla de madera con un almohadón viejo que aún cree darme comodidad, y no tengo la valentía de desengañarlo. La máquina de escribir se ha detenido para que mis dedos descansen, y giro la cabeza hacia el ventanal del balcón. La gente pasa por la vereda de enfrente: a un chico casi lo atropella un colectivo, la madre discute con el chofer, los pasajeros protestan por el retraso, las bocinas suenan y resuenan desde los coches atascados. Escucho las conversaciones de los vecinos del edificio que se han asomado a los balcones. Es mediodía y todos salen a la calle: los chicos de las escuelas, los hombres de las oficinas, las mujeres a comprar.
Vuelvo la vista a la máquina de escribir, y el barullo de la calle se enturbia y se metamorfosea, no sé por qué motivo, en el recuerdo que tengo impregnado en mis huesos y sale hacia mis manos. Pero antes de teclear, las miro y pienso en mi padre y en su costumbre de acariciarme la cabeza con su mano izquierda mientras me tenía sentada en sus rodillas y mi espalda apoyada en su pecho. Nuestras miradas se dirigían hacia el mismo sitio: la luz que entraba por la puerta de la casa de Mataderos donde vivimos hasta que yo tuve diez años. Era una costumbre de todos los domingos por la tarde, a veces en silencio, otras contándome anécdotas que casi siempre eran las mismas, modificadas por esa elocuencia que siempre hacía nuevo lo que contaba una y otra vez. Pero yo hacía como que no recordaba y no decía nada, así como había aprendido a desentenderme de su mano derecha.
Mamá se sentaba en una silla en la vereda a tomar mate, y se volvía para mirarnos, invitándonos. Pero mi padre era ensimismado y retraído. Ella me había contado que no siempre había sido así. Le pregunté desde cuándo, ella me miró, como calando mi capacidad de comprensión, y dijo: desde poco antes de que nacieras.
Más adelante, cuando supe discernir entre las personalidades de mis padres, llegué a ubicar cada objeto en el extraño rompecabezas que constituye la trama de cada familia. Mamá era extrovertida, pero sumamente desconfiada. Había sido educada en un ambiente de maestros de escuela pública, sometida a los rigores del hambre de los fines de mes y a las largas y casi siempre infructuosas esperas en los hospitales, mientras ella leía en los libros que sacaba de la biblioteca del barrio y devolvía a veces sí, a veces no, porque la bibliotecaria hacía la vista gorda ante esa nena que apenas pasaba de los diez años y leía a Sartre o a Marx. ¿Entendía algo? Supe que así era al escucharla hablar mientras revolvía la olla, esperando que papá volviera del trabajo y mientras yo hacía mi tarea en la mesa de la cocina.
Era delgada, de cabello lacio y rubio ceniza que ataba en una cola de caballo desprolija y a veces con pequeños grumos de harina que se habían desprendido de sus manos que poco antes habían estado amasando.
Era expansiva y sonriente, pero también se ofuscaba por las frases ambiguas e inocentes de mi padre. Porque él era diferente, tímido a veces, demasiado confiado casi siempre, con una cara de ángel que embaucaba a las modistas y a las almaceneras, según decía mamá, pero que se dejaba engañar por sus compañeros de trabajo, por los mecánicos que arreglaban el viejo Fiat cada dos por tres, o por el mismo gobierno.
Perón era presidente por ese entonces. Yo aún no había nacido, estaba en la panza de mi madre, de siete meses de embarazo. El país era una flagrante contradicción, según ella contaba en la mesa mientras comían. Él llegaba del matadero donde trabajaba desde hacía quince años. Mi padre tenía treinta o treinta y uno, había empezado muy joven, pero nunca había ascendido más que a jefe de sección cuando algún otro se ausentaba porque se había cortado los dedos o lo echaban. Eso era lo que mamá le recriminaba: la conformidad, la falta de osadía. Ella no era peronista, al contrario, aborrecía lo que llamaba demagogia e hipocresía. Había leído el diario de la mañana en la carnicería o el almacén mientras compraba, o a veces, cuando tenía tiempo, se sentaba en un bar y leía libros que apilaba sobre la mesa hasta la noche, cuando miraba el reloj con la propaganda de Cinzano sobre la pared mugrienta y se asustaba de lo tarde que era. Su marido regresaría del trabajo y la cena aún no estaba preparada.
Mi padre, sin embargo, iba y venía del matadero sin protestar. Muy raramente lo escuché refunfuñar mientras me llevaba de la mano desde la escuela, cuando me pasaba a buscar luego de salir del trabajo. Era la última que se quedaba esperando sentada en un banco de la escuela cuando a todos los demás chicos ya los habían venido a buscar. Yo exploraba su llegada por la vereda, al principio ansiosa, luego ya resignada, y más tarde deseando que tardase, porque leía un libro que la maestra me había prestado. Lo veía llegar medio encorvado, con su mameluco manchado de sangre.
¿Qué sucedía en el matadero municipal? Yo lo sabía muy bien, papá me había llevado a mirar desde la puerta: los hombres que iban y venían cargados con reses sobre las espaldas, los ganchos de metal que sonaban como cadenas del infierno de Dante, el olor de la sangre, a veces dulce, a veces agria, y el aspecto que la grasa daba a todo el lugar, como si tiñera la luz con un vaho denso y resbaladizo en el que era fácil perderse y caer. ¿Quién podía estar seguro, me preguntaba, que un hacha cualquiera no confundiera la débil carne del hombre con la inocente carne de una res? El tamaño se confundía entre los vahos de esa grasa que era una especie de lubricante para facilitar los caminos a las zonas más tristes del hombre: el recuerdo que se funde con la tragedia.
Pero mi padre llegaba a la puerta de la escuela, palmeaba y la portera le abría con desgano y enojo.
- ¿Cómo le va, doña Eufemia?
Y la otra lo esquivaba sin contestar, con el asco que yo adivinaba mientras recogía mis cosas y caminaba luego por el pasillo oscuro hacia la luz de la vereda, donde el cuerpo de mi padre era un bastión que negaba la pesadumbre y el abandono, pero cuya esencia no entendía. El olor de la sangre traía el recuerdo de las hachas y el ruido del motor de las sierras que se escuchaban desde varias cuadras. Mi padre era un obrero del infierno, un portador del crimen de las costumbres. Pero su mirada era la de un ángel protector. Así sentía yo su mano cuando nos encaminábamos juntos hacia casa, saludando a un lado y a otro a los vecinos y los dueños de negocios que dejaban pasar la tarde como quien deja pasar la vida, cruzados de brazos en los umbrales.
No era peronista, sólo se plegaba a lo que pensaba la mayoría, como todos lo hacían en esa época, o como casi siempre lo hacen los que tienen mucho que perder. Sus ideas, cuando las expresaba en la cocina de nuestra casa, eran similares a la de maná, aunque no supiese explicarlas de la manera adecuada. Sin embargo, su personalidad los hacía diametralmente diferentes, y lo que yo al principio creía una contradicción, era simplemente el efecto complementario de la atracción de los sentimientos. Él hablaba casi entre dientes, y a veces luego de llevar el tenedor a la boca con tallarines enroscados. Contemplaba todos los aspectos de la cosa política: justificaba los gremios, comprendía las intenciones del presidente, toleraba a regañadientes las tramoyas y lo que mi madre llamaba las concupiscencias de los gobernantes. Desde el presidente, decía, hasta el capataz de la fábrica, todos piensan en sí mismos, únicamente. ¿Ella era comunista, en ese entonces? Creo que era librepensadora, y en toda época de fanatismo y caudillismo los límites son muy fáciles de confundir, y por eso son clasificados por el gobierno de turno como quien ordena los muebles de una casa. Se tapian puertas, se cubren manchas y se ocultan los agujeros en el piso.
Mi padre, sin embargo, era un ingenuo. Para mi madre esos eran los más peligrosos, y tal vez por eso se había enamorado, como quien dice que los polos se atraen, o tal vez porque la extrovertida valentía de ella se complementaba con la aparente pasividad de su marido. A veces me pregunté si era una relación de protectora y protegido, si la superioridad intelectual de mi madre -que también la hacía rebelde y a veces fría, regañona e intolerante- dominaba la parsimonia y la sumisión de mi padre. Pero en él llegué a vislumbrar, como ella debió hacerlo en las noches cuando el mundo desparecía y la cama que compartían era una isla en medio de un océano desolado por hambre y guerras, la lucha interior de mi padre: los ojos que no lloraban, casi, con la congoja insobornable de quien se sabe vencido desde siempre, pero cuyo fracaso era un arma a la que había sacado filo durante años y años, en cada rato libre otorgado a la servidumbre. ¿Era ese el filo de sus cuchillos en el matadero? ¿De quién era la carne que cortaba? ¿El carnero del sacrificio o tal vez el simulacro de regicidio?
Mi madre leía la ira en la mirada de su marido, tras la simple ornamentación de los sumisos y la crespa lana del cordero, la ira era similar a una idea tan fuerte como la expresada en los libros de filosofía y de política. Era más fuerte, lo sabía, por lo menos en el instante y la circunstancia, durase ésta una hora o varios años, según la Constitución y el capricho de los hombres lo determinase. Los ojos de mi padre brillaban en la oscuridad, sobre todo en esa época. Ella me contaba así, con una congoja que me lastimaba mientras dormíamos la breve siesta antes del ajetreo de la tarde. Yo sentía el amor que tenía por su marido en esa tristeza que es la esencia del amor. La alegría es pasajera, la tristeza es el continuum inquebrantable, lo que perdura y le da sentido.
Lo imagino hablar en esos tiempos, apenas levantando la vista del plato, a la vez tímido de la mirada de su esposa a quien consideraba más inteligente. El pelo crespo y oscuro, con rulos duros que continuaban en su barba que apenas tenía ganas de afeitarse cuando regresaba a casa, porque en las mañanas se levantaba a las cuatro y apenas salía con un par de mates en el estómago, y un pan que iba desgajando y comiendo mientras caminaba hacia el matadero. La barba oscura de varios días, el aliento a tabaco, el cuerpo de brazos anchos y pecho hirsuto, y la mirada ingenua de un ángel destructor.
Por ese entonces se había anunciado la visita de Perón al barrio de Mataderos. Los vecinos estaban entusiasmados, me contó mamá. No se hablaba de otra cosa en cada negocio que visitaba, y la paraban en la vereda para jactarse de esa visita extraordinaria, porque conocían sus ideas y lo que ella pensaba del gobierno, todo lo cual iba a contracorriente del pensamiento popular de esa época. Ella se callaba la boca y escuchaba con resignación, porque luego de la primera discusión se dio cuenta que era inútil volver a casa con los brazos cansados después de sostener las bolsas de las compras durante una discusión de una hora o poco menos.
Es que el presidente venía a contrarrestar con su presencia los rumores dispersados por la prensa en relación con varios asuntos que comprometían al matadero municipal. Todo había comenzado varios meses antes, durante el verano, cuando se encontró el cuerpo de una prostituta entre los residuos de las reses que iban al crematorio. Parece que el camionero que subía los huesos y las bolsas de carne podrida se puso a espantar a los perros que ladraban y buscaban aprovechar algo de lo que se caía del camión, y que se empezaron a pelear. No era raro, por supuesto, pero justo estaban estorbando el paso, así que con patadas y con palos intentó apartarlos. Pero uno se quedó mirándolo, y entre los dientes sostenía la piel de lo que parecía una cabeza humana. Dicen que el camionero miró a todos lados, y no viendo a nadie, intentó acercarse al perro, tal vez para agarrarla y deshacerse de ella. Pero el animal huyó con su presa. Pocos minutos después, el vigilante del barrio llegaba con otros dos. Habían matado al perro y traían una bolsa negra. La tiraron en el piso cerca del camión y la vaciaron, los dientes del perro todavía apretaban un costado de la cabeza. El camionero se agachó y cortó la mandíbula del animal con una sierra.
No era el vigilante de siempre, el viejo que estaba desde hacía veinte años vigilando la entrada y salida de las reses, panzón, cansado, y fumando los cigarrillos que compraba caros gracias a las coimas. Entonces no habría pasado nada. Era otro, más joven y con el uniforme limpio, delgado y con mucho pelo bajo la gorra.
Vino una ambulancia de la morgue, otros policías, y el matadero se cerró todo el fin de semana. El lunes la prensa anunciaba el hallazgo del cuerpo desmembrado de una prostituta entrada en años. La conocían desde mucho antes porque rondaba el barrio todas las noches, y los que la veían vestida de ama de casa en las tardes, comprando cosas para preparar la cena del hijo que la esperaba en la pensión de la calle Charcas, sabían quién era, pero también sabían que el chico se parecía a un mono estúpido, que apenas caminaba, y cuando lo hacía era para escaparse y desaparecer dos o tres días, cuando la policía lo traía de vuelta cubierto de mugre y saliva.
Al fin de cuentas, era una prostituta, y el tema fue cayendo en el olvido. Dijeron que al chico se lo llevaron a un hospicio, le pregunté alguna vez a mi madre qué podría ser de él. Me miró extrañada, pero sabía que yo sentía curiosidad por esas cosas. Se encogió de hombros y dijo: deben haberlo llevado a un circo.
Después, a principios del invierno, surgieron otros problemas para el matadero y para el gobierno que lo sostenía. Los cogotudos, como decía el presidente, de la Sociedad Rural, habían denunciado unos chanchullos en los negocios del ministerio. Se privilegiaba a ciertos proveedores en desmedro de los que desde más de cien años antes ofrecían los mejores productos del campo. Eso decían, eso objetaban. No hubo caso. La prensa opositora se esmeró en combatir al gobierno todos los días: se publicaban números fehacientes, y desde las bancas del senado se protestaba y se discutía acaloradamente. Los grandes estancieros no se amedrentaban por los gastos de su campaña, y así, al señor presidente le aconsejaron que retomara el contacto con el pueblo, del cual, si no lo había separado el sentimiento, sí se había visto amilanado por la falta de contacto más estrecho. Es que a veces le es necesario al obrero ver que el hombre al que adoran no es un dios sino también un hombre que tiene manos con artritis y con caries en los dientes que le sonríen. Y entonces aguanta un poco más. De Dios uno se cansa, como se cansa uno de repetir las cosas a un sordo, pero a un hombre que vela y sufre, uno le renueva su confianza.
Eso era lo que mi madre no entendía, ensimismada en sus ideologías y teorías sociales. Su sentimentalidad debía pasar primero por el cerebro antes de conmover su corazón. Y la vía inversa le resultaba incomprensible, causa de estragos y desastres. Ella justificaba la violencia de las revoluciones basadas en premisas certeramente pensadas, pero la guerra desde el corazón le parecía estúpida, y la que nacía de la ambición, como la de todos esos políticos, ignominiosa.
La semana anterior a la llegada de Perón, se arreglaron algunas veredas y los frentes de las casas de las calles por donde haría su recorrido. Pintaron el edificio municipal y el frente del matadero, porque por dentro no podía hacerse mucho, sólo tapar ciertos pozos y tapiar puertas que pocos sabían a dónde conducían.
¿Mi padre estaba contento? No era partidario, quien estuviese en el gobierno no le importaba demasiado. Compartía la alegría de sus compañeros, fuese sincera o no, simplemente por dejarse llevar por la corriente. Escuchaba las diatribas cada vez más exaltadas de mi madre durante la cena a medida que se acercaba el día señalado, ya que no podía agarrárselas con las vecinas, se descargaba con mi padre.
-Te va a hacer mal- le decía él, masticando en tanto hablaba. Ella tenía un embarazo avanzado y esa exaltación no le hacía nada bien.
Mamá miró al techo, como lamentándose otra vez de la ignorancia de los hombres. No se preocupaba de las cuadras que debía caminar con las pesadas bolsas de las compras, ni de las peleas de los regateos, ni de los vaivenes de las veredas rotas o de los colectivos que no la respetaban al cruzar, ni tampoco de la fuerza que hacía al lavar la ropa o del edema de las piernas luego de estar horas limpiando o parada junto a un horno caliente. Nada de eso hacía mellas en su estado, solamente lo hacía el hablar y enojarse. Pero las palabras de mi madre eran sabias porque estaban preñadas de libros no nacidos, eran discursos que mi padre reconocía, y por es, tal vez, su parsimonia frente a ella, la sumisión del que se sabe intelectualmente inferior, pero aun así se atreve a amar el cuerpo y el corazón de quien así le habla; y de su mente, ya es otra cosa. Uno puede amar la inteligencia de otro, enamorarse de ella, pero esa mente responderá con una lógica exenta de toda sinrazón. La admiración puede ser más adecuada, pero a veces es tan fría como indiferente. La mente de mi madre, sin embargo, amaba luego de razonar, y por eso era tan sincero y escaso ese amor, no en intensidad, sino en cantidad. Amaba a mi padre no como a quien debía enseñar o proteger, sino como el igual contrario. Lo veía, quizá, parado en el pico de una montaña, desde el pico de otra montaña. El abismo entre ellos era insalvable, por cierto, pero la unión a veces no necesita un lazo físico, sino simplemente la identificación.
Desde cada lado de la mesa se hablaban poco, se miraban en silencio la mayor parte del tiempo, se admiraban cayendo luego en el sendero de la comprensión mutua. Una mesa los separaba como cientos de kilómetros llenos de nieve y rocas. Una mesa de madera endeble que fácilmente podía ser hecha pedazos. Pero por nada del mundo querían destruir la inquebrantable distancia que los unía.
Llegó el día, y poco había sido preparado a gusto de los organizadores. El entarimado donde el presidente emitiría su discurso estaba a medio terminar esa mañana, y debieron sumarse los hombres del gobierno. Los asientos para la prensa eran exiguos, porque así había sido decidido. Sólo se permitiría la trasmisión por la cadena nacional y los periodistas de la prensa oficial. Éramos un barrio más de la capital federal, pero casi parecía que se tratara de un municipio aparte lejos del centro. La indiferencia y el descuido hacían más que la distancia, decía mi madre, mirando desde la puerta de casa, con los brazos cruzados sobre el vientre y el delantal de cocina hecho un bollo en sus manos. Miraba a la gente pasar, con sorna y desprecio, y de esa manera se desquitaba de que su marido fuese obligado esa mañana a levantarse aún más temprano, a ducharse y afeitarse cuando no tenía ganas de hacerlo, -y hasta se había cortado con la navaja en un momento en que se le cerraron los ojos de sueño frente al espejo-. Ella escuchó la puteada desde la cama y se levantó. Vio el corte, lo curó y le dio un beso. No, no estaba enojada porque él debía ir.
Las calles estaban repletas para el mediodía. Los organizadores habían logrado poner vallas en los cordones para que el auto oficial pasara con Perón saludando desde la ventanilla. Mamá vio pasar, cuando se hizo un espacio entre la gente acodada en las vallas de madera, al auto del presidente y al presidente mismo, con el brazo fuera de la ventanilla y la misma expresión de siempre, aunque se veía viejo y cansado. Extrañaba a la mujer, probablemente, pero ella había hecho mucho más por el país luego de morirse. Eso era lo que casi todos pensaban, aunque nadie lo reconociera. El auto siguió su camino hacia el matadero, donde el trabajo había sido detenido y los obreros, limpios y atildados, esperaban en filas uniformadas como chicos de un colegio. Su marido estaba entre ellos, sin bandera ni signo alguno de mérito o distinción. Era uno más, pero ella alcanzaba a imaginarlo en la distancia de cuadras y gentío, tras las paredes donde se morían las reses que alimentaban las ambiciones del país.
El auto había llegado a la puerta, los periodistas se acercaron con respeto al presidente pero los guardaespaldas los empujaron. Hubo muchas fotos, pero sólo se conocieron después algunas pocas en la prensa. Perón no era muy alto, apenas de estatura mediana, algo encorvado ahora y con ojeras que no le favorecían. Estaba perdiendo poder, y este acto era una de las clásicas brazadas del ahogado. Salir de la Casa Rosada, caminar las calles y veredas de un barrio que ya había olvidado, entrar en un edificio lleno de mugre, donde la sangre embadurnaba las paredes y los huesos eran amontonados en los rincones. Donde le olor de la lejía era vencido a cada hora de cada día del año. Y donde los hombres no eran hombres sino animales que hablaban y escuchaban, y por eso hacían lo que hacían. Los hombres por los que supuestamente había subido al máximo poder de la nación, y por los que se decía que había firmado leyes, decretado órdenes, propuesto mejoras, y obligado a muchos a hacer lo que no querían para beneficiar a muchos otros que tampoco sabían lo que querían. Si ellos supieran, tal vez pensaba el presidente mientras saludaba uno por uno a los trabajadores del matadero. Sentía la callosidad de sus manos en sus manos. Veía la sonrisa ambigua a veces, ingenua otras, extasiada en la mayoría cuando él los miraba a los ojos y sonreía con su legendaria sonrisa plasmada en cientos de fotos y películas. El temblor de los obreros que por fin tenían enfrente al hombre que decían fue el único en la historia que trabajó por ellos.
Y cuando llegó a donde estaba mi padre, quizá sintió la fuerza de sus manos, o tal vez los organizadores pensaron que ya era tiempo de terminar con una nota amable esa visita de cortesía, y hallaron en papá al obrero típico: joven, fuerte y de rasgos varoniles.
Entonces Perón, luego de estrechar su mano y sin soltarla ni dejar de sonreír, le preguntó:
-Usted, mi amigo, ¿qué trabajo hace?
Más tarde, cuando mi padre le contó a mamá cada paso de lo que había sucedido, ella se echó a reír por la obviedad de la pregunta.
-Carneo…señor…presidente.
Nadie se rio hasta que Perón lo hizo.
-Nada de señor presidente, mi amigo, acá soy uno más de ustedes. Llámeme Perón…
-Sí, señor…. digo…-intentó decir mi padre.
-No se haga mala sangre, mi amigo. ¿Y cómo es su nombre?
-Benjamín Tejada, señor…Perón.
Los que escoltaban al presidente se sonreían, y los obreros los miraban.
-Me imagino que debió ser el más chico de su familia, ¿o me equivoco?
-No, señor… soy el menor de nueve hermanos, todos varones.
Perón levantó los brazos y casi gritó, jubiloso:
- ¡Vean ustedes, queridos, lo que es este muchacho para el país! Un obrero ejemplo de familia y trabajo, por gente como él hemos luchado durante años y años. Si mi Eva te viera, mi amigo, querría conocer a tu esposa y a tus hijos, porque supongo que los tendrás, ¿no?
El presidente era todo broma y contento, y esa familiaridad comenzaba a preocupar a los que lo escoltaban. Y la preocupación se tornó severa cuando escucharon al presidente decir que quería visitar la casa del obrero.
“Pero señor presidente”, dijo uno de traje gris al oído de Perón. “Pero qué carajo ni ocho cuartos, yo sé lo que hago”. El presidente estaba en vena de popularidad, o quizá de intentar recuperarla. Muchos decían en esa época que no había sido solamente la causa abierta por las denuncias de la Rural, sino las raíces que se extendían peligrosamente hacia el gobierno, y hacia su propia casa, y lo que era peor, hacia la imagen que la historia tendría de él. ¿Acaso le preocupaba precisamente eso? A medida que se envejece, hay un detrimento de lo práctico e inmediato, que son resultados de la fuerza y de la juventud, y reaparece el idealismo de un adolescente que desea mucho y puede poco. Pero el idealismo de la vejez es consciente de su fin, y por eso no hace más mella que quien golpea en el vacío.
-Pero señor, yo no soy digno de que entre en mi casa.
Esas fueron las palabras exactas de mi padre. Mamá no me permitió olvidarlas, porque en su opinión eran antológicas. La mezcla de sarcasmo e ingenuidad que ellas representaban en medio de tal situación, y en especial a quien fueron dirigidas, la hicieron admirar, y por lo tanto amar más, a mi padre. Confirmó en ese tiempo lo que sabía de muchos antes, que la inteligencia de mi padre era intuitiva, y supo ella apreciar otra cosa quizá más grande que la sabiduría de la razón de los libros, y que era la inteligencia poética.
Dicen que Perón primero se quedó con la boca abierta, pero enseguida reaccionó alzando otra vez las manos y abrazando a mi padre. Las fotos revelan ese abrazo como un canto del cisne del presidente: el signo más representativo de toda su vida política.
Los colaboradores se miraron sin saber qué hacer cuando escucharon la respuesta. ¿Arrestar al obrero? Ni hablar de eso. Censurar toda esa conversación en la prensa, por supuesto. ¿Pero cómo obligar a todos los otros obreros a callarse la boca? ¿Y quién podía decir que nadie lo había escuchado desde la calle? Había chicos que daban vueltas sin ningún control, y pronto repetirían todo en sus casas.
Mi madre me contaba todo esto con orgullo. “Imaginate”, me decía, “que un obrero repitiera esas palabras a un hombre que en sus mejores tiempos se había peleado con el clero hasta el punto de que se quemaran iglesias en esos años. ¿Pero qué iba a hacer sino seguirle la corriente a tu padre? Era un viejo acorralado. Enojarse habría sido como poner la cabeza en la picota para que se la cortaran antes de tiempo la oposición o los militares, que ya se veían venir. Hizo lo más inteligente, se escondió en la muchedumbre que siempre pensó que lo salvaría, pero ya era demasiado diferente para pasar desapercibido. Un lobo no es bien recibido en el rebaño por más que se disfrace de oveja. Ellas huelen la diferencia.”
-Vamos, mi amigo-dijo Perón, pasando un brazo por encima de los hombros de mi padre.
- ¿Va a caminar, señor presidente? -preguntó el mismo hombre del traje gris.
Perón lo pensó mejor.
- ¿Vive muy lejos, mi amigo?
-A siete cuadras, señor...
Perón se rio. Miró al cielo sobre el patio descubierto del matadero. Estaba frío pero despejado.
-Vamos caminando, mi amigo.
Todos se miraron, nerviosos, pero la comitiva inició esa especie de procesión por las calles. Los policías apartaban a la gente que estaba más bien curiosa que extasiada. No comprendían qué pasaba. Diversos rumores se formaron en las veredas. Unos decían que condecorarían a mi padre, otro que lo llevarían preso, pero nadie conocía las causas, así que las inventaron, y éstas fueron transmitidas a la prensa al día siguiente.
Llegaron a casa. Mi madre ya había entrado y estaba sentada a la mesa de la cocina zurciendo una camisa de mi padre. Había escuchado el tumulto desde unos minutos antes pero no le hizo caso. Cuando levantó la vista a la puerta de calle, lo vio entrar y empezó a decir algo con cara ofuscada, pero de pronto vio a los guardaespaldas entrar a la cocina y revisar las alacenas y mirar bajo la mesa, y hasta le quitaron el cesto de costura con las agujas. Estaba asustada y creía que era un robo, y entonces vio a Perón entrar con su eterna sonrisa y acercarse a ella extendiéndole la mano. Ella se quedó boquiabierta, pero reaccionó respondiendo al saludo en silencio. Perón tomó su mano y la besó obsequiosamente.
-Le pido mil perdones por esta falta de respeto a su hogar, mi querida señora, pero son medidas a cuya humillación me obliga este puesto en que mi querido pueblo me ha llevado.
-Está bien-dijo ella, todavía tímida y asombrada. Ya estaba pensando, seguramente, en cómo recriminar a su marido.
-Le he pedido a su esposo que me trajera a conocer su hogar, y veo que usted lleva la esperanza de nuestra patria en su vientre, señora. Me enorgullece tremendamente la patria obrera. Miren, señores-dijo dándose vuelta hacia los periodistas que habían entrado. - Observen lo que ha logrado nuestro esfuerzo de tantos años. Si casi se parece a un hogar burgués…
La casa de mis padres no era una casa de obrero de fábrica como habitualmente se encasillaba a los trabajadores. Era una casa con un patiecito delantero con plantas y flores, una cerca baja para el coche que no teníamos, un porch con una columna que sostenía un alero de tejas coloniales. Adentro, una mesa comedor de doce sillas, muebles con platos y adornos traídos de Mar del Plata, y fotos de la familia. La cocina era chica, y además del dormitorio, un cuarto que preparaban para cuando yo naciera. Detrás, un patio posterior más grande, con una parrilla a medio terminar y un limonero y un quinotero. Un gato daba vueltas por la cocina, pero se escapó cuando los hombres entraron. Lo que sorprendió al presidente aparentemente fueron los libros que a docenas se acumulaban sobre la mesa de la cocina junto al cesto de costura, y el televisor, también, y la prolijidad y limpieza con que mi madre conservaba los pisos de madera.
No era el hogar corriente de los trabajadores del estado en que la propaganda populista se obstinaba en proclamar, ni tampoco la que la oposición insistía en calumniar.
Perón sabía que se estaba equivocando con cada acto que decidía, pero el salir del paso era su objetivo y su razón de ser ese día. Salir de la agenda protocolar a veces era necesario, parecía decirse.
- ¿Y cómo se llamará el futuro argentino? -preguntó a mi madre.
Todos, seguramente esperaban escucharla decir Juan o Eva, y pedir el padrinazgo.
-Si es niña, Cecilia, si es niño, Ricardo.
Perón ya no se sorprendió. Buscó en las paredes en busca de símbolos religiosos que explicaran la respuesta que le había dado mi padre un rato antes, pero no las vio. En cambio, encontró libros sobre filosofía y marxismo sobre la mesa.
El presidente se rio, extendió los brazos y apoyó las manos sobre los hombros de mi madre.
-Me enorgullecen las mujeres independientes y con fuerza, me hacen acordar a Eva. Ustedes son las compañeras ideales para nosotros los hombres que construimos el país.
Esperó una respuesta, no hubo nada.
-Sé que no le agrado, señora.
Algunos tosieron, y la explosión de los flashes rompió el silencio.
-Señor presidente-respondió mamá. - No le he pedido que entre en mi casa, pero es bienvenido como cualquiera. No rechazo a nadie por más que opine diferente.
- ¿Y usted qué piensa de mí?
No sé qué hacía mi padre mientras escuchaba, tal vez habría querido escaparse de la cocina como el gato.
-Que es usted un hombre bien intencionado, pero mal aconsejado.
Era lo más suave que encontró en toda su biblioteca mental, sin traicionar, demasiado, sus ideologías.
Perón se sentó y la invitó a hacer lo mismo.
-Me agradaría conversar largamente con usted, señora, pero entenderá que no son las circunstancias. Sin embargo, si tiene un té se lo agradecería.
El presidente se sacó el sobretodo y se secó el sudor de la frente. El hombre del traje gris se acercó preocupado y le preguntó algo al oído. Perón lo apartó con un gesto y miró a mamá buscar la taza y el plato del juego que había heredado de mi abuela, antiguo y de origen portugués. Perón levantó la taza con delicadeza y mi madre temía que esas manos grandes rompieran el asa.
-Precioso-dijo Perón. Los ojos le brillaban.
¿Tenía fiebre? ¿Estaba emocionado? ¿Era sincero? Estas preguntas se hizo mi madre, mientras aguardaba que se calentara el agua y miraba a mi padre que estaba sentado con las manos cruzadas sobre el mantel, mirando a uno y a otro sucesivamente.
Ella trajo la tetera y vertió el agua. Luego retiró las hebras y volvió a sentarse.
-Té inglés- dijo Perón, serio.
Ella asintió con la cabeza.
- ¿Está afiliado, compañero? -preguntó a mi padre. Éste levantó la mirada, sorprendido. Esperó unos segundos, quizá aguardaba que mamá lo sacara del apuro.
-No, señor…
- ¿Y cómo es eso? -se dio vuelta y mandó acercarse al hombre gris. Éste preguntó:
- ¿No lo invitaron a afiliarse cuando ingresó a trabajar?
-Trabajo hace más de quince años, señor, cuando empecé…digamos…usted…
-Ya sé, no estaba…-luego conferenció unos segundos con el hombre de gris en voz baja. Mis padres se miraban en silencio, echándose culpas seguramente.
-Mi amigo-dijo Perón. - Ha sido todo un descuido de la clase dirigente, si usted hubiese sido afiliado, las cosas podrían ser muy distintas.
Ya se iba a levantar cuando mi madre ni pudo reprimir su boca.
- ¿No le gusta, entonces, lo que ve?
Perón volvió a ponerse el sobretodo con la ayuda del otro, luego los guantes, y dijo:
-Veo un hogar burgués señora, y una educación exquisita. La felicito.
Palmeó la espalda de mi padre y salió de la casa seguido de toda su comitiva. Unos periodistas quisieron entrevistar a mis padres, pero mamá los echó y cerró la puerta con llave. Bajó las persianas y cerró las ventanas durante todo el resto del día y de la noche. Se quedaron sentados a la mesa de la cocina. La mano derecha de él apretada por la mano izquierda de ella. En completo silencio, mientras la oscuridad de la tarde iba invadiendo la casa en la cual no hubo luz sino hasta la madrugada del día siguiente. Tocaron el timbre y golpearon a la puerta muchas veces. Nadie respondió. Unos dijeron que los vieron salir, otros que se habían muerto de la emoción. Los vecinos que antes se burlaban, ahora tenían, finalmente, motivo para respetarlos.
Esa fue la anécdota que me contó mi madre. Varias veces se refirió a ella, pero una sola vez terminó llorando. Mi padre ya había muerto y ella lo recordaba con enorme pesadumbre. Mucho después supe que dos meses más tarde a esa visita, mi padre se cortó casi toda la mano derecha con un hacha. Un compañero nuevo, que nadie conocía y según algunos era un recomendado, estaba machacando huesos, se le rompió el asa de madera y el hacha cayó de filo sobre la mano de mi padre, que estaba justo al lado faenando unos cueros. Eso fue lo que explicó él o le contaron porque estaba demasiado dolorido para recordar con exactitud cómo había sucedido. Lo llevaron a la enfermería donde no había nada más que vendas sucias. Luego al hospital, donde le cocieron el muñón. La herida no curó en mucho tiempo, así se supo que papá era diabético, de él heredé mi dolencia.
La mano debió ser operada en muchas ocasiones, y él entró y salió del hospital más de diez veces, hasta que ya no quiso operarse más. Lo dejaron cesante sin goce de sueldo, y poco después le llegó el telegrama de despido.
Reclamó muchas veces al gremio, pero le dieron vueltas y vueltas, hasta que se cansó también de eso. Le escribió cartas a Perón, recordándole la visita a su casa. Las escribió a máquina con la mano izquierda, porque mamá se negó a escribirlas por él. Nunca recibió respuesta, como nunca se recuperó de la sensación de sentirse inútil mientras mi madre trabajaba de sirvienta, al principio, y luego de maestra cuando se recibió en la escuela nocturna.
Nunca, tampoco, perdió la ira que se reflejaba en sus ojos, que no perdonaban y que rara vez acariciaban. Y cuando lo hacían, era un recuerdo acre como la sangre.
TEORÍA DE LAS GUERRAS
Me han preguntado cómo comencé la novela sobre la guerra, es decir, los motivos, el germen, la inspiración inicial del argumento, y todas esas preguntas que suelen hacer los asistentes a una lectura literaria en un café, una conferencia o una presentación de libros. O simplemente en la calle, al encontrarnos con alguien que no vemos hace mucho tiempo, y que nos saluda en plena vereda mientras más apurados estamos por cumplir un trámite a tiempo antes de que las oficinas gubernamentales o los bancos nos cierren la puerta en la cara. Pero esa persona tiene un rostro tan jovial y se ve tan contenta de volver a vernos, que no tenemos la desvergüenza de dejarla plantada con un simple saludo desganado y la hipócrita sonrisa del que opone como escudo el trabajo y el tiempo. Alrededor nuestro hay cientos de personas que pasan y a veces nos embisten, hay también un clima helado, porque es invierno, y el viento frío cargado de diminutas gotas de humedad se mete entre el cuello y la bufanda, y nos entumece los dedos que tenemos sujetando dos o tres libros.
Ellos, los libros, nos han delatado. La persona que nos detiene se zambulle en el recuerdo de viejas épocas de talleres literarios, de personas que han muerto dejando poemas inválidos en folletos fotocopiados o revistas de barrio que duraron un solo número, o a lo sumo dos. “¿Te acordás cuánto nos costaba reunir suscriptores?" nos pregunta. Claro que nos acordamos, tanto que el único número fue pagado de nuestro bolsillo. Y entonces viene a embestirnos la inútil pero inevitable pregunta: “¿Seguís escribiendo?”.
Mentir no significa deshacerse del engorro de estar allí parados en el frío, sujetos a las garras verbales de una persona que casi no recordamos. Así que contestamos la verdad, y nos damos cuenta de que hemos caído en la trampa que siempre intentamos evitar, pero que de algún modo nos atrae como miel: el hablar de literatura y de libros, y sobre todo de nosotros. ¿Con quién hablaremos, sino? Nuestros compañeros del trabajo nos miran como bichos raros si comenzamos con el tema, y aceptan a regañadientes como muestra un poema escrito en una servilleta, que muy pronto aparecerá arrugado en un cesto de basura junto al escritorio. Por eso, luego del primer intento fallido de ver en alguien una personalidad equivocada, me sumo en el silencio. Pero también me sucede en la editorial. ¿Quién diría que gente que escribe sobre lo mismo que nosotros: la duda incandescente de la vida y de la muerte, lee superficialmente y ni siquiera hasta la mitad el poema que le hemos pasado? Lo devuelven, eso sí, o se lo llevan a casa y lo rompen donde yo no pueda verlos. No es la envidia, aunque se le parezca demasiado, sino la incomodidad de estar hablando de lo mismo, que es como verse en un espejo audible. Una especie de grabación que escuchamos de una cassette en un grabador chico sobre la mesa de luz del dormitorio. Nuestro pensamiento abstracto hecho concreto: el espejo de la voz interior que nos devuelve el miedo del que intentamos deshacernos en lo que escribimos.
¿Cómo explicar a esa persona que nos pregunta en la calle lo que no terminamos de entender?
No es siquiera el deshacernos de esa inquietud interna, sino el aprehender lo incognoscible en parámetros metódicos. Precisamente como el plan de una novela.
Luego de sentarnos a una de las mesas de la confitería en la vereda, porque adentro ya está lleno, y ajustando los botones del impermeable y subiendo la bufanda para cubrirnos el mentón y la nariz, intentamos hablar y que nos escuchen. La otra persona acepta, contenta, y pide café y otras delicias. “¿Y vos?”. Yo un cortado, o una lágrima, tal vez, como la que me está cayendo desde un ojo y lentamente se congelará antes de secarse en la tela de la bufanda. Pienso en cuánto efectivo me queda en el bolsillo, por si esa otra persona de pronto se olvida de pagar lo que ha consumido o simplemente espera que la inviten. Hago cuentas mentales, y por si no me alcanza no pido más que un vaso de agua.
“¿Estás a dieta?”, pregunta con una sonrisa.
“No, estoy un poco enferma”, respondería, si no fuese esta ocasión para nuevas disquisiciones en las que no quiero entrar. De literatura me fascina hablar, pero de las enfermedades únicamente escribo, sola y en silencio.
Sé que el frío no le hace nada bien a mis pies enfermos, cubiertos por dos pares de medias y zapatos de taco bajo, porque en la oficina obligan a las mujeres a usar la consabida vestimenta femenina de polleras y zapatos. ¿Y qué hacer cuando me lleven al hospital y tengan que amputarme? Adiós las polleras y el taco bajo, y adiós al trabajo, probablemente.
Pero todavía no ha sucedido. En mis pies tengo varios dedos menos, sin embargo, los femeniles zapatos cubren mis deficiencias. Y cuando me pongo a hablar, los demás me escuchan y no me miran. Percibo en ellos una cierta admiración y una creciente envidia que esfuma los rencores e invade el ambiente que nos rodea con un halo de lugares e ideas que se concretan en el viento frío. Son como palabras escritas en el aire con instrucciones para construir mundos que quieren meterse en nosotros, aunque no queramos, y se concretan a nuestro alrededor, cambiando el paisaje. El tiempo, entonces, es otro, porque otro espacio es otro tiempo. En esta misma vereda, donde hay carros de comida al paso, autos y colectivos rozando los cordones, luces que se van encendiendo a medida que el invierno ensombrece precozmente la tarde, hubo, alguna y hace mucho tiempo, otras cosas menos complejas desde el punto de vista técnico: carros a tracción, negocios de venta de frutas y verduras con cajones de madera, lámparas alimentadas con kerosene y adoquines en la calle y veredas. Y mucha tierra y mucho polvo.
Entonces comienzo a explicar que sigo escribiendo, de vez en cuando, para no mostrar que también sigo siendo un bicho raro que escribe todo el tiempo, aun cuando no estoy sentada frente a una máquina de escribir. Escribo cuando sueño y cuando trabajo, cuando voy en el colectivo y cuando bajo por la puerta trasera, y cuando subo al tren del oeste a empujones las veces que voy a visitar a mi prima Leticia en Morón. Tengo una novela larga y aburrida, y miro la sonrisa condescendiente de la persona con la que hablo. Tengo una novela que surgió no sé de dónde, pero creo adivinarlo.
Ahora hablo, pero no sé si en voz alta. Si me escuchan, no me importa demasiado, y aunque me gustaría reservarme los pensamientos íntimos, esto sería pedirle a alguien que escribe lo mismo que pedirle peras a un olmo. Los pensamientos son la sustancia de lo que hacemos: el material que levanta nuestros edificios en medio de la desolación sea de arena o de nieve. Y sobre todo si es sobre el agua del mar. Lo que se construye en el mar es más liviano, tal vez, aunque lo dudo, porque ni siquiera estoy segura de la consistencia del agua: la sal es capaz de construir una eternidad.
El primer capítulo es una revisión de un cuento largo escrito algunos años antes. Es sobre un hombre perseguido que debe llevar a su padre enfermo casi a cuestas, a través de un bosque espeso. El hombre sufre por él y por su padre, y sabe que debe salvarlo. Pero mientras camina y se escabulle de sus cazadores, recuerda los motivos de la persecución: los lleva a cuestas. El viejo es la causa de la derrota, y la transmitió a su descendencia.
Pienso en mi padre, que murió en una cama de hospital, luego de que le fueran quitando uno a uno sus miembros, ciego, además. Yo era muy chica, pero recuerdo el olor a podredumbre en las sábanas. No tenía plata para comprar la medicina adecuada, era entonces muy cara, como lo es ahora. El gobierno peronista se había esfumado, y los militares que siguieron recrudecieron las armas y el fuego, pero no los abastecimientos de las farmacias y hospitales. Las sábanas las cosía mi madre y las llevaba al hospital, porque decían que no daban abasto para cambiarlas todos los días. Si le daban los antibióticos, no lo sé, yo sólo veía el goteo intermitente de la bolsa de suero conectada a sus venas. La fiebre era casi constante, lo que no le impedía sonreírme cuando iba a visitarlo, y levantar la cabeza para darme un beso. Yo me subía a una silla para alcanzar la cama alta y metálica, que como un monstruo mecánico se alzaba en medio de la habitación. Las manijas que subían y bajaban la cabecera rechinaban y se trababan, y recuerdo que bajo la cama estaba la chata con orina que se acumulaba luego de varias horas. Mi madre iba a visitarlo dos horas a la mañana, luego se iba a trabajar y más tarde al curso de maestra. Cuando lo terminó, mi padre estaba definitivamente en casa, con las dos piernas amputadas y sin una mano. Estaba ciego, pero por lo menos ahora tenía su medicación. Mi madre se reía de eso, a escondidas, y luego lloraba. Yo tenía doce años cuando se murió. Le cambiaba la ropa de cama todos los días, lo aseaba, desnudo, sin importarme ver lo que antes podría haberme avergonzado. Era mi padre, al fin de cuentas, era su cuerpo que había abrazado cuando llegaba del matadero con el olor de la sangre.
Todo recuerdo es una premonición.
La tarde que murió estaba sola. Mamá llegaba a las cinco de la escuela donde daba clases. Nos encontró a mi padre y a mí en la misma cama: su cuerpo muerto casi sólo un tronco flaco y con algo de vello oscuro en el pecho y la espalda, y yo a su lado, mirando los ojos que aún tenía abiertos porque no me había atrevido a cerrarlos, no por miedo, presintiendo que él no quería dejar de verme aun estando muerto.
Después, cuando me enteré de que tenía la misma enfermedad que él, fue como recuperar un olor perdido. Un olor enclaustrado del que no quería deshacerme porque era la identificación más absoluta que pude encontrar en mi vida. Desde entonces todo lo que he escrito, siendo la literatura la sustancia que me forma, ha sido sobre él. No su persona en particular, sino lo que emana de él: sentimientos, consecuencias, derroteros, fracasos, alegrías, compensaciones. Los ingredientes de la ficción son como el polvo de cemento que unirá los ladrillos de una pared o el polvo de metal que se desprende de las vigas soldadas de un edificio.
Mi padre Tejada es lo que escribo, y de eso surgió la novela. Él es la causa que llevo a cuestas, y lo que me condena, también. No le cuento el final de tal capítulo a esa persona que está hoy enfrente, escuchándome con atención, intentando entender entre el ruido del tráfico creciente sobre la Avenida de Mayo, cuando ya los bancos han cerrado y comienza el éxodo automovilístico hacia la provincia o los barrios suburbanos de la capital. Porque el final es una flagrante contradicción a la lógica, que sin embargo comprueba una vez más la condición humana: los actos del resentimiento pueden también convertirse en redención.
Mi madre se casó nuevamente dos años después. Mi padrastro también fue mi padre, y de él llevo el apellido. Era profesor de literatura y conoció a mi madre en la escuela de maestros. Él era profesor allí, y ella la alumna más grande del curso. Mamá, rodeada de chicas y unos pocos hombres de menos veinte años, sobresalía por su edad, pero sobre todo por su inteligencia. Llegaba cansada a la escuela, y a veces, con los ojos cerrados, seguía escribiendo en su cuaderno de apuntes. “¿Es vidente, señora?”, le llamaba la atención Renato Taboada desde el escritorio. Ella, sobresaltada, abría los ojos. “Disculpe, profesor, tengo la vista cansada”. Los demás se burlaban, por supuesto, pero él era el único que sabía que no estaba durmiendo, porque la había visto escribir. Mamá me contaba que una vez la había desafiado a leerle esos garabatos escritos con los ojos cerrados. Ella se levantó, firme y segura, repitiendo palabra por palabra el dictado del profesor. Él, creyendo más en su memoria auditiva la hizo acercarse con el cuaderno. Ella caminó entre las filas de bancos y se lo entregó. El profesor leyó la letra clara, sólo a veces levemente inclinada en el papel acuadrillado. Eran sus palabras exactas, pero en medio de cada frase, a veces interrumpida, se abrían paréntesis donde ella había agregado sus impresiones, casi siempre relacionadas a temas sociales y de justicia o derecho, y muchas otras teñidas con citas de poemas. Ella lo miraba sin timidez, pero con una sumisión que provenía del respeto. El profesor le dijo: “¿Me lo puedo quedar hasta mañana, señora Gonçalvez?”. Así la llamaba, por el apellido de soltera, ella no sabía si era por descuido, pero algo adivinaba. “¿Hay algo mal, profesor?”. “Sólo quiero intercambiar opiniones con usted sobre Rayuela”. Ella volvió a su asiento en medio de las sonrisas veladas de todos los demás.
Mi padre Taboada me enseñó a escribir, o más bien a alimentar y desarrollar lo que él llamó desde siempre la predisposición que ya estaba naciendo en mí.
Tuve dos padres, entonces. Uno me dio este cuerpo que cargo, y la muerte incluida en él; otro modeló mi alma y la vida que llevo. Con uno me tropiezo constantemente y no puedo elevarme del ras de la vereda embaldosada de las calles de Barracas; con el otro sobrevuelo el mundo y construyo ciudades, creo hombres y mujeres que nacen y mueren. Uno me dio la humanidad, el otro lo divino.
Soy dos en una misma persona, o soy dos mitades. Siempre creyéndome suficiente, aunque siempre incompleta.
Ésta es mi guerra.
Eran las ocho de la noche cuando dejé la confitería. Ya hacía rato que había anochecido, pero el tráfico seguía vivo, aunque menos imperioso y ofuscado, y la gente que pasaba caminando era otra muy diferente a los oficinistas o bancarios. Eran parejas o grupos de jóvenes que entraban a los bares o restaurantes, matrimonios viejos que tal vez iban al teatro. Pasaba un perro, muerto de miedo y de frío, cabeceando y husmeando en las paredes, hasta acostarse hecho un ovillo en el umbral de una puerta cancel cerrada con candado, donde ya nadie barría las hojas ni la basura.
Me había puesto a leer luego de que mi acompañante se fuera a eso de las seis y media. Me tuvo aguante, lo reconozco, para escuchar los fragmentos de mi historia. Se fue dejando escrito en una servilleta su dirección, para que le mandase mi novela cuando la publicara. Nos dimos la mano, más ceremoniosos que cuando nos encontramos. Yo estaba agotada de hablar, me había sacado mucha ansiedad de encima: la que me provocaba la incertidumbre de mi trabajo, la angustia por mi salud, y esa especie de malestar que parecía estar provocando en la paciencia de Bernardo.
Caminé por la vereda, más fría que en la tarde, pero la oscuridad me había anestesiado. Claro que cuando uno habla de oscuridad en pleno centro de Buenos Aires, se refiere a la de las luces de mercurio, la de los negocios, los faros de los autos. Todas esas luces definen la oscuridad por su presencia: son una negación por afirmación. ¿Por qué siempre pienso en dicotomías? ¿Por qué, cuando pienso en algo, siempre aparece lo contrario para confundirme? Con el tiempo, sin embargo, la contradicción fue tornándose en una costumbre establecida, hasta que no me quedaba tranquila hasta verla aparecer. Y allí estaba entonces la nueva entidad: lo contrario a la contradicción, que no era lo empático o lo acorde, sino otra contradicción que robustecía la doméstica languidez en la que la otra se había convertido.
Exactamente como cuando, luego se curarse una herida, ya otra ha comenzado a producirse. Las llagas me mantenían en alerta, y entonces yo tenía que leer para ensimismarme en un mundo que estaba en letras de imprenta, pero que alimentaba la mesa del café en la vereda, la taza de asa rota, el vasito de agua, las servilletas arrugadas, y la humedad impregnada en las paredes que me observaban, preguntando como mensajeros cuándo entraría a calentar mis huesos junto a la estufa. Sabía que el frío me hacía mal, sin embargo, allí estaba: embruteciendo mi cuerpo, pero alimentando mi mente.
Me fui caminando, mirando las vidrieras hasta la parada del colectivo. Mientras esperaba, seguí las noticias en un televisor prendido en una vidriera. Me guiaba por los cartelones a e imaginaba el discurso sensacionalista de los presentadores. La guerra en Medio Oriente: Israel contra sus enemigos de siempre, abriéndose camino a codazos por un territorio que intentaba recuperar como quien desea regresar a la casa donde nació, y en lugar de ella hay un condominio. ¿Dónde buscar lo que ya no puede ser reconocido? La guerra Fría, en su episodio cuadragésimo quinto de su vigésimo año, por decir, nomás, por inventar números y estadísticas que tanto han encantado a los dirigentes desde siempre. Porque no hay modo de justificar una guerra más que basándose en las reducciones que los números hacen de los hombres y sus hechos. Los números todo lo justifican, los números pueden borrarse, pero no sienten dolor. Una forma del mundo contra otra forma del mundo, eso quieren que creamos. ¿Pero dónde termina uno y comienza el otro? El útero de una mujer en California es exactamente igual a otro de una mujer en Siberia: ambos tienen residuos de abortos, ambos tienen cicatrices. La mano de un chico que en Buenos Aires se corta con un vidrio escarbando en la basura es igual a la mano de un hombre que en Croacia se corta los dedos en la fábrica, ninguno de los dos podrá ya usar esa mano, ni para amar ni para matar. La pensión de La Boca que ha sido demolida es como aquel edificio en Varsovia que se derrumbó con el fuego de los morteros. Y una vieja quinta colonial en San Isidro esconde tras las matas de hiedra y puertas clausuradas algo muy parecido a lo que quedó bajo los escombros de un edificio en las afueras de Moscú: cuerpos, papeles y artefactos de tortura.
Llegó el colectivo, pero ya había una larga cola de hombres y mujeres que querían llegar a tiempo a sus casas para cenar. Me empujaron, por supuesto, no habría otro servicio hasta las diez de la noche. El viejo que protesta, al que seguramente lo espera nada más que un perro viejo que ha dejado todo el día solo, y que tal vez ya esté muerto. En eso ha pensado todo el día, probablemente. Y la mujer con las bolsas que utiliza como escudos en una guerra fratricida para subir al colectivo y llegar a casa y cocinar la cena a su marido, que llegará después de las doce de la noche luego de farrear con amigos y otra mujer, y ya sin hambre. Ella lo sabe, pero como siempre, se esmera en engañarse.
Me quedé a medio camino entre la puerta de subida y bajada, en medio del pasillo, sin poder agarrar ninguna manija del techo, pero sostenida por los cuerpos de los otros: bolsas de piel y huesos que eran como las bolsas de plástico con verduras y cosas de almacén, los portafolios de cuero, abultados de papeles o por alguna botella de whisky o de cerveza. Y también el olor de los alientos condensándose en el aire turbio del colectivo de ventanillas cerradas, hasta formar un engrudo que nos unía uno a otro, y entonces comenzaba la verdadera guerra. Aquella que se había declarado para separarnos, porque un hombre no está hecho para vivir sometido al capricho de otro: un hombre camina y necesita sentir el aire que lo rodea, un hombre da vueltas en su cama sintiendo la cadena de las sábanas encima, un hombre sabe que entre él y la tierra no hay más que la invisible muerte, que acepta como acepta lo irremediable luego de infructuosas luchas en contrario; pero también sabe que entre él y el cielo no hay nada más que su propia voluntad y su propia impotencia: con una sueña, con la otra se conforma. La impotencia nos hace sentarnos en un cuarto de nuestras casas, mirar por la ventana y esperar, tarde tras tarde, noche tras noche, pero ejerciendo la voluntad de quien se quiere solo. La soledad es una fortaleza, una obstinación, una guerra que llevamos contra los otros. Que nadie venga a molestarnos, que nadie se acerque a tocar el timbre de nuestra puerta, y si lo hace que suene y suene hasta que se agote y se vaya. Las puertas cerradas con llave, las persianas bajadas, las cortinas corridas, y el sonido del gas de las hornallas saliendo con un silbido tan lánguido y sereno como si los ángeles estuviesen soñando.
Para cuando estábamos llegando a la terminal, quedábamos cinco pasajeros. Pude sentarme y mirar por la ventanilla el reflejo del interior del colectivo: aquella vaciedad me satisfizo, y de pronto tuve miedo de bajar. Cuando lo hiciera, el barrio demasiado oscuro y vacío alrededor de mi casa me parecería más temible que esa burbuja de metal que me protegía de la noche.
Bajar del colectivo fue como pasar de un universo a otro. No creo en la literalidad, pienso que todo es tan relativo como la mirada de quien observa. Pero esta vez podría arriesgarme a utilizar esa palabra tan ignominiosa como encumbrada en un significado, o connotación, tan pretenciosa.
Toqué el cordón de la vereda con un pie y luego con el otro, y apenas lo hice el colectivo ya estaba en movimiento y se alejaba calle abajo. Lo vi ir apagando las luces interiores, metiéndose en la noche como un rinoceronte acobardado. Me quedé en la vereda, y de pronto el frío me caló en los pies apenas cubiertos, como ya dije, por los zapatos de punta abierta y taco bajo. Las medias ya apenas me protegían, porque al sudor de todo el día en el interior de la oficina se había sumado a la humedad de la calle. Me reproché la obsesión por ir a recorrer las librerías de Corrientes y de Avenida de Mayo luego de salir del trabajo, porque me habría sido más fácil tomar directamente el colectivo desde Villa Urquiza hasta Barracas sin pasar por el centro. Pero así soy yo, me dije, obstinada como mi madre y con el cuerpo de mi padre. Tenía varias cuadras que caminar, porque el colectivo me había dejado en la avenida. Eran casi las diez. No, las diez y media me decía el reloj de pulsera. No tenía guantes, y los dedos se me habían entumecido una vez más. La calle estaba solitaria, como siempre a media semana. Todos estaban cenando o ya terminaban de hacerlo, y miraban televisión a todo volumen, sin importarle lo que sucedía en la calle en pleno invierno. Me crucé con los perros de siempre: el petizo que parecía un salchicha de pelo largo y hocico corto, invulnerable al frío, buscando en la basura del piso; otro alto y flaco como un galgo que se subía a los tachos altos y rompía las bolsas, pero hoy a ningún vecino le importaba lo que pasaba con ese frío. Yo caminaba con los brazos cruzados y me había envuelto la cabeza con la bufanda. Mis pies sufrían, lo sé, pero ya casi no los sentía. Menos mal, me dije, que hoy Bernardo tenía guardia y no podría retarme cuando me sacara las medias y me viese los pies blancos como la leche.
Me crucé con un hombre que no conocía del barrio, sus ojos brillaron en la cara rodeada de una gorra oscura de cuero, que reflejó la luz escasa del farol de una casa. No tuve miedo porque le temo a otras cosas, me parece, más que a la violencia de un hombre. Si no tengo miedo de la soledad, ¿acaso puedo temer a la violencia de alguien que no es más que una cáscara llena de resentimiento? Tal vez al dolor, al principio, pero luego la resignación se pondría en concordancia con ese resentimiento, ambos conciliados por esa señora tan poco escandalosa que se llama comprensión. Está bien, que me violen o me hieran, y luego déjenme seguir. Mi cuerpo ya está dañado, y ni siquiera el resentimiento, tan fuerte y doloroso, podría cavar más hondo en las grietas de mi carne.
Llegué a casa. Encendí las estufas y fui al dormitorio. Las paredes estaban llenas de libros que sufrían la humedad, la cama estaba deshecha porque Bernardo solía quedarse dormido y levantarse apenas con el tiempo suficiente para llegar al hospital. Me saqué los zapatos y sentí los pies liberados. Me saqué las medias, y vi mi pie izquierdo de un color azul tendiendo al morado. Cianosis, es el término exacto. Ya me habían amputado los dedos, y ahora le tocaría el turno al pie. Me desnudé, y cubierta con una frazada fui hasta el baño y me senté en el borde de la bañera. Abrí el grifo del agua caliente y la fui entibiando con agua fría. Con el pie izquierdo no sentía nada, y podría hasta quemarme y no darme cuenta.
Mi cuerpo ya no era mío, de cierto modo. Era como estar viendo el cuerpo de otra persona, pero sin verle la cara. Uno podría pincharlo, quemarlo o cortarlo, sin que nada reaccionara: ni un movimiento o grito. Eso es lo que hace Bernardo en el hospital, anestesiar a los pacientes y actuar en consecuencia. Esa es la medicina del hombre, ¿y es la única?, me pregunto. El dolor también puede ser un remedio, pero lamentablemente el miedo lo toma de la mano como una madre posesiva y controladora. No lo suelta jamás, y entonces el dolor mira a su madre con angustia, y ella le dice que grite y que escape. El miedo todopoderoso que convierte a los ángeles en débiles demonios de pacotilla, encondidos en las cavernas del infierno, donde no hay fuego como dicen, sino la nada: donde nada puedan temer. El vacío no produce temor, sino desolación, y la angustia concomitante es un lecho donde la congoja se adormece en una muerte lenta e insensible. La angustia, de tan vital, toma el ritmo del corazón, que ya no sentimos de tan monótono y monocorde.
Sumergí los pies en al agua. Me inyecté insulina, la única dosis que pude darme en todo el día. Bernardo ni siquiera sabía eso, ya había dejado de insistir. Me miraba dormir durante las noches que estaba en casa, yo me daba cuenta, acodado en la almohada y con la cabeza apoyada en la mano. Cuando ya era más de medianoche, se resignaba a no poder entenderme, y con una caricia en mi hombro, finalmente recostaba la cabeza en la almohada y cerraba los ojos. Entonces yo los abría y veía su total indefensión: la de un hombre que lloraba interiormente, la de un cuerpo que yo amaba y cuya calidez me protegía del frío invierno que sin embargo me gustaba más que el verano. Bernardo era el invierno y se había anunciado en pleno otoño. Bernardo me curaba, y a veces intentaba consolarme, porque no sabía cómo hacerlo. En ocasiones me observaba como si estuviera explorando un preparado de anatomía en el cual no encontraba el alma. Yo sabía que hablaba de nosotros con un amigo, creo que con Ibáñez y otro que había venido una vez, un tal Márquez. Yo estaba contenta de que él hablara y se explayara con ellos, porque no era hombre para hablar con la soledad.
Esta noche pensé en matarme. En realidad, no lo veía de tal manera, porque sabía que si me cortaba las venas, me desangraría sin sentir dolor, y sería como dormirme. Y de repente, cuando ya había ido a la cocina para agarrar el cuchillo del cajón bajo la mesada, me di cuenta de que necesitaba del dolor. En fin, había creado la situación adecuada para una gran escena teatral.
Me veía en medio del escenario austero: una cocina y un baño de una casa vieja, paredes húmedas, muebles antiguos, pisos con baldosas gastadas, y todo a medio iluminar por la lámpara de pocos voltios colgando del techo. El silencio de la calle, sólo interrumpido por el grito de un borracho que se ha caído aplastando a un perro, o una lejana sirena de ambulancia que nunca llegaría a mi casa. Y yo desangrándome, aguardando los aplausos que nunca comenzarían.
Entonces escuché los ladridos que parecían llegar desde la avenida. Debía ser más de medianoche. El último quiosco de cigarrillos y cerveza había cerrado, el camión de basura no pasaría hasta la madrugada. No había razón para tal cantidad de ladridos, continuos y de muchos perros. Corrí una cortina, pasé la mano para desempañar el vidrio y no vi nada más que quietud y silencio. Los perros ladraban, pero no vi ninguno. Esperé un largo rato, soportando el frío en las partes de mi cuerpo que aún estaban vivas. Me sentí como en una trinchera, vigilando los movimientos del enemigo. Las bombas-ladridos eran lejanos, y yo temblaba, comidas mis heridas por los dientes del invierno, sin vendas para cubrirme.
Esa era mi guerra de todos los días: el combate con mi cuerpo que cargo como quien carga el cuerpo de un compañero muerto en el campo de batalla, llevándolo hacia el hospital más cercano que siempre está más y más lejos.
Y en las noches esa guerra es como la de esta noche. Sola, empecinada en mi propia obstinación, yo lucho con mi alma.
Hay guerras que nadie gana, por ejemplo, la que tiene uno consigo mismo. Empieza apenas nacemos. Dejemos de lado la vida intrauterina, tan controversial en definiciones y certidumbres, y dediquemos estas disquisiciones a lo convencional. Salimos a la luz del mundo llorando. ¿Algo nos duele? No podemos recordarlo, pero seguramente es así. El cambio de las condiciones del ambiente: ¿quién puede siquiera imaginar ese período con sensaciones ni siquiera aproximadas a la realidad? Es el período que muchos han definido de ideal, pero sufrimos, seguramente, como sufre cualquier órgano de nuestra madre, porque de ella dependemos. Pero en los otros órganos no están los genes que definirán nuestra psiquis: la conciencia, todavía un rudimento, se está formando. Y seguirá haciéndolo en los primeros años de la vida postnatal, creciendo por acumulación y asociación de experiencias. Y es entonces que la guerra ya es más clara, porque siempre existió. Nadie la ha declarado, aunque bien podríamos culpar a nuestros padres cuando nos concibieron. Esa noche, tal vez una tarde, o muy temprano en la madrugada, sus cuerpos se mezclaron con lo que llamaron amor, o algo parecido que consideraron suficiente. Recuerdo que con Leandro hablamos una vez de D. H. Lawrence y su Lady Chatterley, y él me dijo que el sexo se parece a la guerra. Había frustración en su voz, evidentemente, y yo me quedé mirándolo desde mi asiento en la biblioteca municipal de Morón. Habíamos ido a estudiar con Leticia y él estaba enamorado de ella, pero mi prima no le hacía caso. Él estaba triste y confundido, dando vueltas por el parque de la quinta cercana a las vías, entonces le dije: “Vamos a la biblioteca, acá no podés estudiar”. La dejamos con su ensimismamiento de siempre y nos fuimos. Fue entonces, del otro lado del escritorio al que estábamos sentados, estudiando, me dijo aquello. “¿Te acostaste con Leticia?”, le pregunté. Él se rio tapándose la cara con el libro. Los otros lectores giraron la vista un instante y volvieron a su estudio. Cuando se descubrió la cara, estaba llorando. Yo le estiré la mano y él me la apretó con fuerza. Asintió con la cabeza, y yo entendí que todo había sido un fracaso. Fue esa tarde cuando comenzó lo que puedo llamar el amor de Leandro hacia mí, esa especie de camino de desvío que fue convirtiéndose en la avenida principal de su vida. El otro camino que intentaba construir hacia mi prima había quedado anulado como un sendero de tierra que nunca nadie recorrió, llenándose de malezas y finalmente desaparecido.
Esa fue una de mis guerras: la que se produjo entre lo que yo era y lo que decía. Es muy difícil definir los límites de los combatientes, y en realidad nunca se trata únicamente de dos, y ni siquiera son ellos los principales. Participan muchos que conocemos y otros tantos que intuimos, aún desconocidos, hasta que los encontramos a la vuelta de una esquina en la ciudad-campo de batalla.
Lo que somos o lo que queremos ser, y esta es la mayor conflagración de desconocidos que aparecen ya cansados de sus propias guerras interiores, como países que se suman a una guerra mundial inmediatamente después o aún sin terminar sus guerras civiles.
Lo que deseamos, o creemos desear, que es tan diferente, son por sí mismos un conjunto de batallas que nunca se terminan, semejante a esos soldados que, corriendo hacia el frente entre explosiones de granadas y con las bayonetas en los brazos, disparan a sus compañeros por rencillas y odios nacidos en las trincheras.
Lo que decimos nos contradice, y en esto no hay términos medios ni más límites que nuestra estupidez, que se demuestra cada vez que abrimos la boca. Ni siquiera hace falta hablar, ya el pequeño movimiento de los labios define un concepto que ya no puede desaparecer. Y al instante siguiente, otro concepto, que intentará decir lo contrario, no hace más que acentuar lo dicho previamente. Las llamamos excusas, otros las llaman disculpas, otros les dicen notificaciones de perdón, y muchos más sembrarán con su silencio el resentimiento para producir el árbol de la guerra.
Lo que hacemos, nuestra conducta que se esmera en moverse por las calles como si fuese dueña del mundo. Sabemos que alguien más es el verdadero dueño, ese vagabundo que camina con tres perros a su lado y moscas que dan vueltas alrededor de la ropa raída, la cara ensombrecida por la barba y una bufanda de lana gruesa alrededor de la cabeza, con botas de suela desprendida y atadas con cordones, pantalones de corderoy viejo y un sobretodo que alguna vez fue de piel de camello pero que ahora brilla gastado por las gotas de lluvia. Todo eso fue de varios hombres, o de uno solo, quizá, comprado en los buenos tiempos de Harrod’s sobre la calle Florida, con alguna dama de trajecito a lo Chanel, alternando la compra con una merienda estilo inglés.
Todos sabemos quién es ese vagabundo que, de la manera descripta, lleva en sus manos dos bolsas que nunca son las mismas, pesadas a juzgar por su esfuerzo, llenas de algo que alguna vez estuvo vivo, y de lo cual únicamente queda un olor pasmoso que atrae a los perros de vez en cuando. Pero los animales son viejos como el mundo, y saben esperar. Y el hombre, más viejo todavía, camina como un adolescente esmirriado y cansado, algo encorvado por el peso de las bolsas, a la vez asustado y orgulloso. La jactancia le queda bien, pero más aún le sienta perfectamente al cuerpo esa indiferencia que muchos confundirían con estupidez. En realidad, es una mezcla de candidez y sabiduría. ¿Quién dice que ambas no son compatibles, o aún complementarias?
Yo lo he visto aparecer precisamente luego de algo que he hecho, y entonces me di cuenta de cómo el grano de arena que constituyó mi acto se convirtió en una duna, en una tormenta en un desierto que nunca terminaría de atravesar. Eso es cada uno de nuestros actos: la suma interminable de errores que como números ceros se agregan a la derecha de cualquier cifra. La suma parsimoniosa en lugar de la abrupta multiplicación, porque el dolor parsimonioso es más eficazmente tolerado para que el vagabundo pueda venir a buscarnos con su eterna y lastimosa paciencia.
Me detengo en la vereda y me doy vuelta para verlo alejarse. De espaldas, parece el mismo que de frente, se aleja y sin embargo nos mira. Los perros carecen de esa característica, son, plausivamente, más humanos, porque nada más giran la cabeza un par de veces para mirarme, y luego siguen su camino, fieles al vagabundo, dueño del mundo.
Guerras como esa que ocurren en las veredas, son las mismas que nos ocupan las noches de insomnio: el remordimiento escarba en nuestras vísceras y las consume, la duda que crea el abismo vacío en donde se consumen todas las posibilidades de las cosas.
Y la felicidad es breve, tanto que parece ilusoria, y tal vez lo sea.
La guerra se gana engañando al enemigo, no hay guerras honestas. La sinceridad es el elemento de la paz porque implica no la tolerancia, ni siquiera el perdón, resabios endebles de una estructura ficticia en un escenario de teatro, sino la absoluta ausencia de resentimiento o rencor, y donde la culpa ha muerto como un chico abortado por un embarazo ectópico. Eso es la culpa: un embarazo que se esfuerza por ocupar el espacio principal: crece y se mueve, se desplaza y destruye, y como el cáncer, pero lleno de vida, se levanta y se para como un conquistador sobre la colina llena de muertos. Tiene una bandera que agita cada uno y todo el resto de nuestros días.
Y cuando nuestro cuerpo no es más que escoria esperando en la vereda del mundo la llegada del vagabundo, esa bandera nos cubre para protegernos del frío y la escarcha. Cuando ya no la necesitamos, ahí está, atenta a proteger lo que ha criado durante muchos años.
Las guerras contra nosotros mismos son las únicas irreversibles, las únicas realmente cruentas.
Quien gana es también quien pierde, y el ciclo se realimenta por su propio fracaso. La serpiente que se muerde la cola.
Esta noche he pensado en todo esto, y el cielo oscuro de las tres de la madrugada es una cueva de silencio. Los perros se han callado. Yo estoy en la cama, temblando de frío, y espero.
KAFKA EN BARRACAS AL SUR
Pocas veces me he sentido bien haciendo periodismo, o debería decir escribiendo periodismo, porque ésta es sólo una de las ramas de una actividad demasiado trascendente para ser tomada como un pasatiempo, y demasiado trivial como para ser considerada una rama de las artes. ¿Qué es el periodismo? ¿Investigación, información, análisis? En mi escasa, en mi particularizada y obstinada experiencia, es todo esto junto. Lo que se investiga debe ser analizado para luego ser informado lo más correctamente posible. Pero entonces, los que trabajan a conciencia, los ingenuos que, por una enfermedad de nacimiento, crónica e irreversible, todavía conservan el germen de Dios hablándoles como una madre posesiva en el fondo de cada uno de sus actos, señalándoles con el dedo la culpa y el castigo, caen siempre en la trampa de la realidad. La realidad no es una red sino una serie infinita de redes entrecruzadas y tejidas sobre sí mismas. Cuando algún nudo se desata vuelven a formarse muchos otros en alguna otra parte que ni siquiera imaginamos.
La literatura y el periodismo no son hermanos más que por ocasionales medios de expresión. La literatura siempre es un intento de realidad, y su mayor logro es la creación de una nueva realidad que se ha gestado entre los hilos de las redes ya existentes. Como el sueño cuando se filtra en la vigilia, o cuando los ingredientes de la realidad construyen el sueño. El periodismo, en cambio, intenta seguir las cronologías, los argumentos, la lógica que intuye debe tener todo ese entramado, inconmensurable, sí, pero también demasiado hermoso por su complejidad como para no tener un objetivo. Busca, explora, saca deducciones, pero sus instrumentos son precarios y no alcanzan a discernir más allá de los horizontes de un inocente. La inocencia no implica imbecilidad, ni mucho menos ignorancia. La inocencia puede sentir la sordidez y hasta contemplarla cara a cara, pero no la entenderá.
Y eso es lo que pretende el periodismo, entender para poder informar. Es, como la literatura, una interpretación más de la hermética realidad. Y a diferencia de la literatura, para la cual la mentira es el máximo exponente de la imaginación, la considera un fracaso.
Por eso, cada mes y cada año de mi trabajo en la editorial se han convertido en fiascos de los que he debido hacerme cargo, porque quien escribe debe saber que no hay manera de borrar el pensamiento. A veces, sino muchas, me he quedado interrogante frente a la máquina de escribir, con un dedo todavía apoyado en las teclas y la otra frotándome los ojos como si con eso pudiese masajear mi cerebro igual que a un músculo dolorido, en busca de los oscuros recovecos en donde he abandonado tal frase o tal idea. ¿Alguna vez lo he dicho, o escrito, o sólo pensado? ¿Y si a mí me inquieta, por qué no puede ser que a alguien más también? ¿Cómo saber que nadie nos ha leído, escuchado o visto? La conciencia siembra dudas, la razón, como dijo Goya, crea monstruos.
Beltrame, que ese entonces era el editor, luego de unas cuantas crónicas que consideró bien escritas, me había destinado a escribir notas para el “El radar de Buenos Aires”. Tuve que salir a la calle, en ese entonces agitada por demasiadas manifestaciones sociales: gremios en huelga que cortaban la intersección de Rivadavia y Callao. Los periodistas nos refugiábamos en la confitería El Molino, que cerraba las puertas, pero los mozos, acostumbrados a los tiros y a obviar las bombas de gases, nos servían café con medialunas. A veces, los hombres pedían un whisky cuando pasaban las horas y los tiros, los gritos y las sirenas continuaban hasta bien entrada la noche. La mayoría de nosotros aprovechábamos para sentarnos a escribir la crónica del día que aparecería en la primera edición de la mañana. Una vez, creo que fue un primero de agosto, cuando ya eran las diez de la noche y estaba muy cansada de estar sentada en las sillas duras y viejas, agotadas también la ideas que ya había terminado de escribir, me sumé al pedido de mis compañeros para subir a la torre cerca del molino donde hay una ventana. El dueño, acodado en el mostrador, condescendió. En ese entonces el diario pagaba todos los gastos y todos nuestros caprichos de chicos traviesos. Subimos las escaleras estrechas y llegamos a la ventana que nos dio el gran panorama de la noche de Buenos Aires. El edificio del congreso seguía con las ventanas iluminadas, las estatuas exteriores pesadas e incólumes a la violencia, fieles a la eternidad a la que habían sido confiadas. La plaza seguía repleta de manifestantes, ahora quietos en su mayoría, sentados o acostados. De vez en cuando se escuchaban tiros desde Rivadavia, que perseguían a algún grupo de manifestantes. Había fogatas en medio de Callao, cortada al tránsito desde muy temprano en la mañana. Y por todos partes carros militares, autos policiales, bomberos, algunas ambulancias, y los tanques. Los cañones de los tanques apuntaban hacia la plaza, donde los hombres y las mujeres aparentemente quietos, aguardaban alrededor del monumento a los dos Congresos. Me abrí paso a codazos entre Contreras y González, que siempre se veían obligados como buenos caballeros a protegerme por ser la única mujer en el grupo. Saqué la cabeza por la abertura mientras Contreras me levantaba un poco de la cintura para ver mejor. Sentí sus manos tibias, ni violentas ni indiferentes, tímidas como su voz escondida por la cámara tras la que refugiaba su carácter. Era chileno, y había hecho retratos de varias revoluciones y golpes de estado, hasta había hecho una exposición unos años antes. Lo consideraban bien en el diario, y creo que tuve suerte de que me lo asignaran para acompañarme.
Contemplé la muchedumbre en la plaza como un enjambre quieto de hormigas muertas. Y tuvieron que ser los helicópteros que entonces pasaron con las luces los que me hicieron darme cuenta de que así era: gran parte de la gente estaba herida y seguramente muchos muertos. Las luces iban y venían sobre las caras yertas algunas, sufrientes otras, dibujadas sobre el asfalto y las baldosas como el fondo de un gran lienzo de concreto. Contreras me soltó de pronto y comenzó a fotografiar, los demás se asomaron, algunas con cámaras otros tomando notas. Éramos cuatro hombres y una mujer, y fui la única que se quedó mirando lo que los demás no parecían advertir, porque ellos contemplaban el panorama desolador de la guerra civil únicamente por las connotaciones generales que implicaba para la política y la sociedad. Sus rostros estaban abrumados y extasiados porque éramos el único medio que tenía acceso a ese espectáculo. Antes debí aclarar que el dueño de la confitería sólo a los periodistas del Radar permitía refugiarse dentro: ya sabíamos que Beltrame tenía un arreglo con él. Lo habían amenazado, dijo el viejo, hijo y nieto de los fundadores, y necesitaba protección. Beltrame en esa época concedía y otorgaba como un obispo sus bendiciones: era el suplicio de su miedo y el eco de su ignominia que sin duda no terminaría de buena manera, yo bien lo adivinaba.
Y entre los grupos que se levantaban ante la luminosidad enceguecedora de los helicópteros, vi una mujer de cabello enmarañado, creo que castaño pero que refulgía con los destellos de las luces. No lloraba y tenía la mirada clara, firme y enfurecida. Creo que la reconocí. Se trataba de una de las líderes de la resistencia de izquierda. Las ideologías estaban tan mezcladas en esa época, que todo el mundo confundía a los subversivos con izquierdistas, a éstos con socialistas democráticos o con comunistas soviéticos, y a los militares se los mezclaba en una ensalada de carismáticos, renovadores, salvadores y terroristas de estado. Pero los cuerpos estaban allí, tirados en la plaza, y en medio de ellos había una mujer que era maestra y poco había ejercido su profesión antes de verse mezclada en política social. Se llamaba Gloria, creo, y la vi caminar con un trozo de tela bajo el brazo hacia la fuente. Se paró en lo más alto que alcanzó a llegar, no a la estatua de La República, pero, así y todo, desplegó la tela arrugada y la sacudió tanto como pudo. Obviamente era la bandera, y su foto apareció en la primera plana del diario en la mañana siguiente: ella agarrándose de la mano de alguna estatua vieja y solidaria con también viejas ideas, y en la otra sacudiendo la bandera con cansancio, y hasta podía verse un lagrimeo incipiente que Contreras pudo captar como pocas veces pudo hacer, según decía. Los méritos de una fotografía no están tanto en el fotógrafo, comentaba, sino en la oportunidad.
Por supuesto, el diario se vendió y fue un éxito de batallas y reclamos, de felicitaciones e insultos. Esa mañana entraron varios militares de rango a la oficina de Beltrame, y le reclamaron con enfado. Cuando salieron, él se quedó sentado mirando la foto de primera plana sobre su escritorio, con los codos sobre la mesa, frotándose la frente y la barba con una mano nerviosa, y pasando un dedo sobre el diario, manchándose seguramente con la tinta de la fotografía. Se decía que conocía a la mujer aquella, que era o había sido su amante. Yo no podía creerlo, al principio, pero esa fue la primera que lo entendí.
Contreras entró. Discutieron. Contreras alto, de cuerpo estirado y flaco excepto en el abdomen, abultado como un embarazo que tantas bromas pesadas había provocado en la oficina. Salió golpeando la puerta, los papeles de los escritorios se sacudieron con el viento del estrépito. Se sentó en su lugar y se tapó la cara. González, su amigo más cercano, apoyó una mano sobre un hombro, intentó arreglarle el cuello de la camisa blanca como una esposa dedicada y tímida, y le dijo:
-No te procupes, tenés un nombre, podés conseguir cualquier laburo mejor.
Luego me tocó el turno. Entré enojada, pero al ver la cara de Beltrame me convertí en lo que siempre solemos ser las mujeres cuando vemos a un hombre que llora. Nos convertimos en sus madres, en su paño de lágrimas, nos cobijamos bajo su sombra transitoriamente lastimada para permitir que cicatrice. Y nos dejamos amedrentar, tal vez, porque amamos lo que no somos: la recia sombra de la fuerza lastimada, el orgullo herido, la indefensión y el frío. Amamos lo que no entendemos, porque si lo hiciéramos, no sería lo mismo. Eso es lo que le sucede a él, me dije. La extraña, la añora, la ve en la foto como una nueva insignia de la revolución, y sé que esa fotografía era tan sugerente de la famosa pintura de Rubens, que no pudo dejar de verla como una nueva salvadora de la patria, pero que moriría en el intento. Habría quien la derribaría de su pedestal y le arrancaría la bandera, una vez muerta. Y sin embargo la patria seguiría viviendo, como siempre, entrando y saliendo de hospitales psiquiátricos, convaleciendo y creyendo recuperarse a veces, consumiendo remedios, alcohol y noticias en los noticieros de la televisión del mediodía. La patria quebrada y reconstruida como un esqueleto de lección de anatomía.
Dios mío, me dije, cómo la extraña. Sin duda, la ama, aunque no lo reconozca. Y mientras tanto, él hace como que no le importa, porque allá arriba están los otros. Si tuviera dignidad, pensé, por un momento, debería suicidarse. ¿Pero, y Dios? Eso es lo que él debía estar preguntándose. Siempre llevaba una cruz de plata bajo la camisa, se la veía sobre el pecho hirsuto en los días de verano cuando se desabrochaba los botones superiores o en invierno cuando la calefacción obligaba a los hombres a aflojarse las corbatas.
Me miró parado desde el otro lado del escritorio.
-A vos no necesito decirte nada, ¿no?
Agradecí, silenciosamente, el halago. Que a las mujeres nos reconozcan la inteligencia, es algo que todavía nos desarma. Por fuera, era pura furia.
- ¿Cuándo paso por tesorería?
-No te vas-me dijo, sentándose y pasándome una nómina. Entregale esto a Dora Cifuentes, la del suplemento, ya la conocés.
Así que no me despedía, pero me enterraba a las noticias del suplemento dominical dedicado a la mujer. Yo no tenía fuerzas para seguir resistiendo, necesitaba el trabajo, por supuesto, y la cara de Beltrame no dejó de subyugarme. Era un hombre apuesto, de verdad: el pelo levemente largo y enrulado sobre las orejas y la nuca, la barba corta y los ojos azul oscuro que tanto me hacían acordar a las costas de Mar del Plata los días lluviosos.
Fui a saludar a Fabio Contreras, quién sabía cuándo volvería a verlo. Lo encontré sentado en el cuchitril que usábamos de cocina. Tenía una taza de café en la mano, la misma que usaba siempre y que se había traído de Cuba, con la leyenda “Maten a Fidel”, que por supuesto había hecho imprimir él acá en Buenos Aires.
- ¿Y? -le pegunté, golpeándole el hombro con cariño.
Me miró con ternura. Había llorado. Sí, ese día sería el paño de lágrimas, era evidente. Las otras chicas, las secretarias, sólo servían para mostrar las piernas y dejarse acariciar, ellas no escuchaban, ellas no pensaban y su consuelo se limitaba a los besos a escondidas en el baño y tras las puertas de las oficinas cerradas con pestillos. Yo consolaba intelectualmente, era una igual, y eso me engrandecía, sin que ellos se dieran cuenta. Esa es la fuerza de las mujeres: la igualdad en la individualidad.
Me habló de un posible contrato en Río, que había rechazado años antes para quedarse acá, pero ese verso ya se lo conocíamos por antiguo y vencido. La verdad era que había una nueva generación de fotógrafos que hacía maravillas con las nuevas técnicas, bien lo sabía él, y sus modos pronto dejarían de valorarse. Yo pensé en su última foto, aquella que parecía una pintura de Rubens: la libertad y la muerte de una república, capturada en medio de la noche, sin preparación previa, únicamente con las luces de los helicópteros y la sombra de las estatuas. Rubens quizá no había necesitado más, tampoco, que el humo del fuego y la sangre de las batallas, y su mente había captado todo eso en un instante que se tornó infinito, pero el tiempo de plasmarlo fue mucho más arduo, seguramente. Para el gordo y flaco Contreras, sin embargo, fue cuestión de un segundo: el click del disparador de la cámara pintando para siempre un instante de la historia.
-Me dijo que me protegiera, ¿sabés?
- ¿Quién?
-¿Quién va a ser, boluda? Beltrame, ya sabés…los milicos…la foto. A lo mejor lo dejan pasar, pero me conocen…mis viajes…ya sabés.
-No te preocupés, tienen más de qué ocuparse en estos tiempos, por ejemplo de explicar el ataque de ayer…
-O de ocultarlo…tienen muchas manos que se ocupan de muchas cosas, por eso tengo miedo.
- ¿Querés irte a mi casa unos días, para no estar solo?
- ¿Y qué va a decir tu amigo, el médico, digo?
-No tiene que decir nada, además, es un tipo raro, como nosotros…
Nos reímos por primera vez en toda la mañana, como si el futuro fuese un llano sembrado de césped bajo el sol cálido de un día de verano.
Varios días después me enteré de que Beltrame no me había despedido porque era amigo de Leandro Mallea, que estaba abriendo una editorial pequeña en San Telmo. Lendro me llamó ese mismo día a la tarde para felicitarme por la nota de primera plana, y hablando, surgió la verdad.
- ¿Vos se lo pediste?
-No le pedí nada, lo conozco y no meto la pata en política, lo mío es la literatura…
-La torre de marfil…-dije, y enseguida me arrepentí.
-Como vos quieras, pero lo de él viene por cuestión de faldas, ya te habrás enterado.
-Algo así.
- ¿Y vos cómo estás?
Sabía que se refería a mi diabetes.
-Sobreviviendo, problemitas en los pies, que mi novio se encarga de arreglar….
-Ya sé cómo…
-De la única manera que pueden hacerlo los médicos-. Volví a arrepentirme, como si atacar a uno y defender a otro fuese la eterna costumbre de las mujeres.
Desde esa semana cambié de costumbres, pero la redacción de Dora Cifuentes era igual de vieja y oficinesca. Dora manejaba un equipo de hombres que escribían lo que ella quería, y si no lo hacían ella misma tachaba y escribía encima. Tenía toda una semana para buscar material, elegirlo y redactarlo, y a veces ese exceso de tiempo, en comparación al ritmo del periódico que hacía dos ediciones diarias, la saturaba de indecisiones superfluas. Ella misma lo reconocía:
-Esta revista está llena de boludeces, ¿y vos creés que es más difícil elegir entre dos boludeces que entre dos genialidades? Cuando una se acostumbra a la mediocridad, se apoltrona en una especie de oasis lleno de mierda donde una aprende a distinguir un sorete del otro. ¿Cuál elijo?
No pude más que reírme a carcajadas y se lo agradecí. Tenía cuarenta años y dos hijos, el marido trabajaba en los talleres del diario, pero no sabía leer ni escribir, por eso había logrado meterlo ahí de contrabando, como decía.
-Es una joya mi Pepe-decía siempre, y por eso no le molestaba trabajar en la redacción del suplemento femenino con todas las idioteces que la costumbre imponía. Lo que pensara Dora sobre el golpe militar, se lo callaba, y la vez que entré en su despacho buscando unas pruebas encontré un libro de Simone de Beauviour con marcas de lápiz y muchas notas.
Me mandó a la calle en busca de notas alegres, las que llamaba positivas y triviales. Un día me mandó a Avellaneda, donde un perro había sido salvado de una matanza a piedrazos que unos chicos le propinaban por un policía viejo que estaba por jubilarse. Don Ramiro, se llamaba, y nunca había pasado de vigilante en el mismo barrio. Ya estaba viejo y los ladrones le pasaban por al lado sin que él se diera cuenta, o no le importaba. Aunque hubiese diez policías jóvenes y fornidos, había orden de no hacer nada. El crimen estaba organizado, como se decía entre las vecinas. A veces, por la noche, cuando el vigilante ya se había ido, llegaban autos de civil y se llevaban a alguien de alguna casa, en general de alguna casa de pensión, al fondo de un pasillo largo entre dos paredes altas detrás de las cuales casi siempre había un baldío. Pero en general no había robos, los chorros independientes se iban a otro lado, donde no hubiese tanta vigilancia. Porque en estos casos y en estas épocas, el viejo oficial Ramiro, con su pelo cano y la espalda corva constituía un ejército de un solo hombre. Era como un ombú: centenario y legendario, inconmovible e inviolable. Los chicos (milicos) corrían y jugaban (disparaban y mataban) a su alrededor, mientras él daba sombra a todos.
Lo encontré en la esquina donde me dijeron que iba a estar. Miraba hacia el frente, con su gorra reglamentaria y cruzado de brazos.
-Buenos días-le dije.
-Buen día, señorita-me contestó.
-Soy del Radar, vengo a hacerle una nota sobre un perro que salvó hace unos días.
El viejo se sacó la gorra y posó como para una fotografía. Le saqué una con mi camarita de mano.
Entonces me contó lo que sucedió.
-Era de tarde. Los chicos cuando salen de la escuela van a la plaza. Hacen barullo, pero se portan bien. Pero ese día un perro que no conocíamos se metió a pelear con un chihuahua de la señora que vive ahí enfrente, ¿la ve?
Me señaló una casa antigua en cuyo jardín estaba sentada en la mecedora una vieja solterona con un perro que no dejaba de ladrar a todo el que pasaba por la vereda, y aun cuando no pasaba nadie.
-No me extrañaría que exasperara al otro perro-dije, tomando el asunto a broma. Pero el policía me miró con desaprobación.
-La señorita Larriere ya no escucha nada, y todos debemos ayudarla.
Me mordí los labios, ya veía que iba a arruinar toda esta estupidez.
-La señorita estaba paseando con su bastón y llevando a su perrito de la correa. La saludé cuando cruzó la calle y entró a la plaza. Los chicos jugaban en las hamacas y uno se calló y se golpeó la cabeza. Cuando llegué, la madre estaba desesperada por el chico, pero ahora estaba bien, salvo por el chichón y un poco de sangre. Pero mientras pasaba esto, el perro extraño, al que no le había prestado atención antes empezó a ladrar al Jacinto, el chihuahua. La señorita Larriere estaba más desesperada que la madre del chico, usted comprende. Los sordos se asustan fácilmente porque van perdiendo las proporciones de los hechos y las cosas, y más siendo una anciana. Me temí que la cosa iba a empeorar, y así fue. Ella no tenía por costumbre levantar a Jacinto en brazos, no podía agacharse con facilidad si debía soltar el bastón, y de todos modos el otro perro se tiró encima del chihuahua. Los dos se agarraron con todo, y menos mal que el otro perro no era mucho más grande, así las fuerzas fueron parejas por un tiempo.
Don Ramiro carraspeó, tomándose un minuto para retomar el hilo de su discurso, porque eso era. Si hubiese llevado un grabador, me dije, no habría necesitado más que transcribirlo.
-La vie…quiero decir la señorita tiraba de la correa, sin darse cuenta de que lo único que lograba era lastimar más a su propio perro. Entonces los chicos empezaron a tirarle piedras al perro extraño, pero por supuesto que también le tocaban a Jacinto. Yo no podía abandonar al chico, que estaba atontado todavía por el golpe. De pronto la pelea se detuvo. Le habían dado al perro un cascotazo grande en la cabeza y estaba tirado en las baldosas junto a los geranios. Jacinto chillaba y chillaba, con el pelo apelmazado de la saliva del otro, y algunos cortes en la cabeza, pero se levantó y empezó a tironear para cruzar la calle y volver a su casa. La señorita estaba como pasmada, se sentía tirada y arrastrada por Jacinto pero no podía correr, por supuesto, y no quería soltarlo. Si cruzaba solo podía atropellarlo un auto. Entonces una de las madres que habían presenciado todo el barullo agarró la correa y contuvo un poco al perrito. La señorita Larriere estaba excitada y llorosa, la otra la consoló mientras cruzaban hacia la casona.
Entonces el viejo me miró, como esperando un aplauso al que no creía ser merecedor.
- ¿Y el perro? -pregunté.
-Ahí, lo ve, sano y salvo.
-Pero al otro me refiero…
-Se murió, por supuesto, ¿no le dije que le dieron un cascotazo en la cabeza? Lo envolví en una bolsa de arpillera de las que guarda el cuidador en su galponcito y llamé a la perrera. Quedaron en hacerle una autopsia por si estaba rabioso…Tratándose de los Larriere, debemos tener precauciones.
- ¿Y por qué?
Me miró como si fuese una nena curiosa y no una periodista profesional, y en verdad, no lo era.
-Los Larriere son una familia importante, ya me entiende, y la señorita es la cuñada del general Gonzaga.
Sí, ya comprendía. No me quedé a comprobar en la municipalidad si era verdad lo de la autopsia. Si el viejo lo creía factible o no, todo dependía de su chochera, la cual lo defendería de la realidad en su próxima jubilación. ¿Y yo qué sacaría en limpio de todo eso? Nada había sido como me lo habían contado por teléfono en la redacción, y no tenía ninguna nota sentimental que escribir para el próximo domingo. Pero ya me daba igual, utilizaría el mismo escenario, haría desaparecer al “perro malo” y pondría de relieve al chihuahua diciendo que había sufrido un intento de secuestro por un desalmado anónimo que fue finalmente detenido. Mencionaría a los Larriere, eso me haría quedar bien con el sistema, por lo menos de momento. Condescender no es transigir, dicen, y de esa manera domestiqué mi conciencia.
Eran casi las seis y el sol había descendido lo suficiente esa tarde de invierno para permitir que el frío hiciera lo que quisiese con las calles. Me metí en un bar luego de caminar más de quince cuadras hacia el Riachuelo, pero durante todo el camino me siguieron aturdiendo los ladridos agudamente insoportables del perro faldero, histérico y más caprichoso que un chico consentido. Varias veces miré atrás, porque me resultaban tan reales a pesar de la distancia que por instantes casi me convencí de que la vieja y el perro me seguían. Por supuesto, deseché esa fantasía que el frío parecía concretar en las veredas llenas de yuyos entre las baldosas y los adoquines. Ya no estaba en un barrio residencial, sino en zona de barracas, lo que alguna vez se llamó Barracas al sur. El olor del Riachuelo estaba en el aire, enquistándose sobre los viejos adoquines, siempre más eternos que el pútrido asfalto con que escuálidas legiones de empleados mal pagados intentaban taparlos con ese líquido chirle que desaparecía porque nunca coagulaba del todo y que a la semana desaparecía con el paso de los camiones. En la esquina había un bar cuyo nombre no pude adivinar tras los vidrios sucios. Escuché ladridos graves, y miré atrás. Un perro viejo ladraba hacia la calle por donde yo había venido. Ya oscurecía. Me pareció ver la sombra de una vieja flaca y renqueante, y escuché la voz de un tipo que se paró a mirar al lado mío. Dijo algo, pero me di cuenta de que le hablaba a alguien más adentro del bar. Dijo algo así como: “la vieja tristonga”. Todo eso era demasiado tanguero para ser cierto, y me reía para mis adentro recordando un poema de Homero Manzi. El carretón del tango llegaba lento y tambaleante, y constrastaba con la figura irreal que yo creía ver a la distancia, al final de la calle.
Me metí en el bar y me senté a una mesa lo más lejos posible de la vidriera. Allí, junto a la pared y a dos metros del baño de hombres, apoyé mi carpeta de apuntes y guardé el grabador sin usar en la cartera. Todo era tan viejo y sucio en ese sitio, que pensé que era una blasfemia permitir que esas mesas, que tal vez habían escuchado las voces de los primeros inmigrantes, vieran inmiscuirse en su intimidad cualquier objeto que fuese aun mínimamente modernista. Lo máximo, tal vez, al que se habían habituado, fuese el permitir el uso de una birome gastada y sin capuchón, que el mozo, cadete o algún escritor bohemio se prestaban de a ratos, de la mesa al mostrador, del mostrador a la bicicleta, y vuelta a la mesa del poeta viejo y demasiado malo para ser publicado. Pero tal vez la birome se cayera en la calle desde el bolsillo del pibe que llevaba los pedidos a las casas de pensión, o se extraviara en algún bulín resurgido desde la tiniebla del atardecer como un viejo fantasmón de pacotilla.
Podría escribir un relato con todas esas impresiones, me dije mientras esperaba el café con leche y la medialuna de grasa, que al fin llegaron, el uno casi frío y la otra endurecida por las horas. Dispuesta a resignarme, no hubo resignación porque no me importaba. Consulté mis notas.
Había una posibilidad más para el artículo del domingo. No era una nota de color, obviamente, pero estaba cerca de lo que solía atraerme. Por allí, en los aledaños a los viejos barracones que estaban casi siempre cerrados porque hacía años que no se usaban, había comenzado una invasión de ratas, o de alimañas, según decían. No recuerdo quién me lo comentó, creo que uno de los fotógrafos jóvenes que querían quedar bien conmigo para invitarme a salir. A veces inventaban, otras exageraban, como en esta oportunidad. Me dije que tal vez sería adecuado orientar la entrevista hacia un lado de higiene urbanística, e insinuar un poco de connotación social. Yo sabía que podía hacerlo, y quizá Dora reconociese que se podían aunar ambas orientaciones: lo serio expresado con tintes amables. Algo así fue lo que después explotaron los noticieros de la televisión hasta el hartazgo y el amarillismo pútrido. Pero en el diario, bajo la férula de Beltrame todavía estábamos con el corset puesto. Y recordé la caricatura que había circulado por todos lados, clandestinamente, claro, y que debía estar escondida en el doble fondo de algún cajón de escritorio de la redacción, que mostraba a un general con gorra, múltiples medallas en las charreteras, pero vestido con un corset de cocotte, las piernas desnudas y peludas, y las botas puestas. El general se asfixiaba, pero no dejaba de azotar el aire con su látigo castrense. ¿Quién lo había dibujado? Todos lo sabían, pero nadie lo mencionaba. Dos años después, el autor moriría de cáncer, justo cuando el general de turno era velado a cajón abierto en la bóveda del panteón militar. Cosa que la mujer del dibujante no pudo hacer, porque la cara del muerto era una caricatura demasiado severa, demasiado sublime para ser mostrada, hecha por las manos del cáncer.
El bar se fue llenando de a poco con hombres que salían del trabajo en el puerto o las barracas. Los más jóvenes pedían cerveza, los más viejos grapa, y me dije que había retrocedido en el tiempo. No me hacían caso, aunque al principio me habían mirado un par de veces. Jugaban al truco, se reían, golpeaban la mesa con los puños. Un par de chicos acompañaban a sus padres, y uno o dos perros se acostaron bajo las mesas desocupadas. Se encendieron las luces interiores, y afuera el farol de la esquina peleaba como un Quijote frente a una luz de mercurio que se había encendido lentamente, fría e indiferente a lo que estuviese fuera de su halo, como si fuese el límite entre la vida y la muerte. Todo lo contrario a lo que ocurría dentro del bar, la semi penumbra de las lámparas de poca potencia que se alternaban con la que estaban quemadas desde años antes, las sombras vocingleras de los hombres, que se iban tiñendo de alcohol.
Miré la hora en mi reloj de pulsera. Eran las siete y media. Estaba oscuro y tendría que haberme levantado e irme para tomar el colectivo que me llevara de vuelta a casa, del otro lado del Riachuelo. Bernardo ya debía haber vuelto del consultorio porque no tenía guardia esa noche. Estaría leyendo, lo más probable, perdiendo la noción de la hora hasta que fuesen quince minutos antes de la nueve para empezar a cocinar algo al ver que yo llegaría tarde. Pero no quería irme. Pensé en salir a la calle y recorrer los alrededores. Llamé al mozo, que murmuró una cifra indescifrable en sus labios gastados por el tabaco. Salí como una señorita bien de los viejos tiempos, una maestra normal estilo Manuel Gálvez, o una profesora de piano que, aterida de frío, se había refugiado en el bar, y la calidez de los obreros la había entibiado. Salí, y muchos me dieron las buenas noches, unos con una especie de sorna con que disfrazaban el respeto que yo les inspiraba. La maestrita de los obreros, me dije, parodiando a Edmundo de Amicis, y al fin de cuentas me sentí cómoda en ese papel, por el cual mi madre había peleado inútilmente con sus discursos echados puertas adentro, siempre para nosotros, su familia. El discurso de izquierda, no el popular, no el demagógico, sino el socialista.
Salí a la calle y me cubrí de hielo invisible. El invierno, sin embargo, me agrada. El invierno es en sí mismo un ensimismamiento, juego de palabras que ilustra las varias capas en donde la mente se desarrolla. Hay teorías que explican la psiquis como una serie de departamentos independientes comunicados por puertas condenadas: se escuchan cosas tras las paredes lo suficientemente finas, pero las puertas no se abren sino al final, cuando ya no es necesario ver lo hay que detrás. Otras representan la psiquis como una serie de compartimientos concéntricos y superpuestos uno sobre otros: no se anulan, se alimentan del inferior como si de raíces se tratara, pisos sobre pisos, construyendo inmensos edificios circulares. Eso es el invierno, me parece, el estar en uno de esos pisos, mirando por la ventana el transcurrir de lo que hay afuera: la nada, quizá, o la muerte que pasa y da vueltas, que acecha y parece escabullirse durante el día al condensarse en el filo del frío que nos roza la cara cuando enfrentamos las calles, dioses urbanos que hemos levantado en pétreos pedestales para amedrentarnos con las palabras del consuelo, donde la piedad es una palabra tan débil como el sonido de las letras que la forman: las vocales débiles, las “d” como un zumbido mensajero de enfermedad, y la “p” que intenta sobresalir como un padre de familia cansado al final de un día de trabajo.
En todo esto venía pensando, con el vicio de la deformación profesional que transforma las ideas en letras impresas sobre el papel invisible que es mi mente. Eso me evita el dolor de las piernas y los presagios que me aturden: la enfermedad que presiento cada mañana luego de ponerme inyecciones de insulina mirando la cara de Bernardo como si fuese un espejo de mi cara: lo que él pretende mostrar es lo inverso a lo que yo me esmero en expresar: las facies de la moneda, sí, la moneda que paga el minuto extra se gasta y va tomando las impresiones de los dedos que la tocan. Él último, Aqueronte, la guardará en su bolsa y nunca más será tocada.
De pronto, me encontré a las nueve de la noche a la orilla del Riachuelo, lejos aún del puente. El silencio era extraño, pero no me era habitual estar a esas horas en un sitio como ese. Escuchaba el tránsito a lo lejos, pero no alcanzaba a ocultar el sonido de la corriente lenta del agua tan cerca, que tuve la necesidad de ir hacia ella. Pensé en el suicidio, ¿por qué? Como otras tantas veces, me regodeo en las fantasías de la tragedia. Una actriz frustrada, es lo que soy, me parece, vivir en la piel de los personajes para deshacerme del ansia de victimización con la que alzo la significación de mi vida a niveles tolerables con la dignidad, o por lo menos con la idea que yo concibo con tal palabra. Me senté en lo que alguna vez fue un esquife y que ahora estaba sobre el muelle con yuyos creciendo entre las maderas.
Entonces escuché unos pasos desde la calle, pateando pedruscos y a veces tropezando por las puntas de las suelas rotas. Imaginé a un hombre de contextura grande, corpulento, de barba negra, pelo ensortijado y con un sobretodo negro de cuellos alzados hasta las orejas. Vi el vaho blanco que salía de su nariz al respirar, y él debía estar viendo el mío, por eso se dirigía hacia donde estaba.
Creo que tuve miedo. ¿Me robaría? ¿Me violaría? Lamenté más mi propia estupidez que el posible delito de un hombre que no haría, tal vez, más de lo que había estado haciendo toda su vida: responder sin pensar, y obtener con ello el impecable precio del momento, el instante que algunos llaman Dios.
Me levanté y caminé otra vez por los adoquines, creyendo huir. Lo sentí a varios pasos detrás, sin apurarse. Hicimos dos o tres cuadras de esa manera, y ya estaba hastiada. Me puse a correr, de esa manera decidiría de una vez la cuestión: si el hombre era un cualquiera, desaparecería en la distancia, y si no lo era, me alcanzaría muy pronto para terminar con lo que probablemente estaba previsto en los anales de esa noche. Pero fueron otras dos cuadras, y los pasos rápidos se repitieron detrás, sin adelantarse ni retardarse, constantes, y hasta monótonos, como el tecleado de una máquina de escribir. Los adoquines como teclas donde alguien escribía sobre papel blanco y bajo el rótulo de mi nombre escrito en letras negras y mayúsculas el expediente de algún tribunal kafkiano.
Escuché el respirar del hombre, y hasta creí oír los latidos de su corazón cansado.
Vi un corralón con las puertas abiertas y lo que creí era una luz tenue. Fui hasta allí y entré, cerrando la puerta. Adentro, no había más que oscuridad, pero escuché un gorgoteo, quizá la traducción de esos latidos, pero ahora en la forma de otra sustancia: no la sangre sino el agua, quizá. ¿Como la rueda de un molino? Pero era un sonido metálico, también. ¿El cospel del subte al entrar en el molinete? La oscuridad y el sonido grave del fondo de la noche lo sugerían.
-Está ocupado.
La voz me sorprendió, distorsionada, neutra.
-Usted disculpe-dije, mirando hacia lo oscuro. La luz que creí ver antes había desaparecido al cerrar la puerta, ¿una lámpara se había apagado con ese movimiento o era la luz de la calle que entraba y salía como si un espejo la expulsara? ¿Un espejo en ese sitio? Recordé que los espejos reflejan también la oscuridad.
-Un hombre me seguía, y tuve miedo.
Entonces escuché que quien me había hablado se levantaba y caminaba hacia mí. Reconocí los pasos de botas rotas.
- ¿Qué hacés acá, Ceci?
No alcanzaba a verle la cara, pero identifiqué la voz, por fin, y creo que me habría largado a llorar, de puro tonta, de puro sentimentalismo exasperado.
- ¿Fabio? ¿Pero qué hacés vos acá?
Encendió un fósforo y le vi la cara demacrada, la barba descuidada y los ojos turbios. Retrocedió y encendió una lámpara de querosene. Se sentó en un banco de madera e hizo la señal de invitarme a sentarme a su lado. Así lo hice, le agarré una mano y le pregunté qué había pasado. No lo vi desde la despedida en la redacción, pero no habían pasado más de quince días. No era tanto tiempo para verlo tan desmejorado. Como no me contestaba, decidí darle tiempo. Vi que a nuestro alrededor el sitio estaba arreglado para vivir un largo plazo: un colchón tapado con varias frazadas, un calentador a garrafa, una olla y una sartén, y a un costado, en un anaquel armado con cajones de verdura, la cámara de fotos de Fabio y los cuatro libros que llevaba en todos sus viajes, uno de ellos el South América de Agustín Álvarez y otro el David Cooperfield de Dickens. De esa manera, decía, lograba entender lo que nos pasaba a los latinoamericanos.
Agarró una de mis manos y la llevó hasta su panza. Temí una intimidad que no deseaba, pero me equivoqué. Mis dedos palparon el vientre que tanto había dado que hablar en la redacción, pero ahora estaba más grande, y sin embargo el cuerpo de Fabio parecía consumido. Hice el ademán de apartar la mano cuando sentí el movimiento bajo la piel. Él la retuvo a la fuerza. Le vi en la cara el dolor, y creo que mi mano lo aliviaba, o por lo menos lo hacía la idea de que otra mano ajena sintiera lo mismo. Era una especie de consuelo que Dios no podía dar.
-Me voy a morir, Ceci. Ellos están por salir.
- ¿De qué estás hablando? Dejate de pavadas y vamos a casa, Bernardo te va a revisar.
-Dejalo en paz al pobre que ya bastante tiene con vos.
Lo miré y no supe si reírme o largar de una vez el llanto que había estado reteniendo todo ese tiempo. Hice ambas cosas a la vez, y cuando Fabio se acercó y me dio un beso en la mejilla y secó un poco las tontas lágrimas, supe que hablaba en serio. O estaba loco. O yo lo estaba por creerle. Porque lo que me contó era inverosímil, tanto como puede serlo un viaje a la luna o la metamorfosis de un gusano en una mariposa.
Eran ciclos, me explicó. Hay muchos como ellos, cientos, miles, quizá. Me habló de los Larriere. Le conté de la vieja del perrito. Se echó a reír.
-A esa la tienen apartada en la casona porque está senil. Nadie le cree a una vieja chocha, y si es de antigua alcurnia, le siguen la corriente sin hacerle caso. Es como el riachuelo que pasa y pasa sin que nadie ya le haga caso, y nadie ve que se lleva cuerpos y otras cosas entre tanta mugre.
Hizo silencio, y escuchamos las sirenas de una ambulancia. Una vez le dije a Bernardo que me pareció, en medio de una noche en nuestra cama, mientras dos o tres ambulancias pasaban raudas, escuchar el canto de las sirenas, y que había comprendido definitivamente su encanto en esa ensoñación. Sentí cómo me habían atraído irresistiblemente, hasta el punto de sentir el ansia de levantarme y asomarme a la ventana, y salir. Eso fue lo que pensé ahora, con Fabio a mi lado.
-Es mi turno ahora-dijo. -Acá esperamos hasta que sucede, estamos cerca del agua…
- ¿Y ese ruido metálico, como a vías?
-Es el eco del subte desde el otro lado, viene del túnel que excavaron bajo el Riachuelo cuando provincia y nación planearon extender los subterráneos al conurbano, que quedó en el limbo de los proyectos gubernamentales. A veces lo imagino como un cielo de abortos deformes que lloran y gritan en silencio, todos rodeados de un cielo rosa sobre un sueño celeste, mientras los querubines van y vienen cambiando pañales sucios de mierda y sangre.
Nos reímos. Le pregunté por qué a él, es decir, la razón de que él fuese uno más.
-Por el mismo motivo por el que vos sufrís lo que sufrís, Ceci. No elegimos las enfermedades, aunque a veces creemos haberlas buscado. Pero el mundo elige solamente las que quiere reconocer, porque le conviene por cualquier razón, la mayoría económicas, por supuesto, perdón por la perogrullada. La sociedad sufre de los mismos procesos psíquicos de cualquier individuo: reprime lo que no quiere ver o le hace daño, o simplemente no comprende. ¿Qué hace con la muerte? La cubre de incienso y recompensas o castigos, o la ignora sin nombrarla, o lo hace con eufemismos como “defunción” y “óbito”. Hay otras más técnicas y modernas, pero más inciertas, con lo que no dicen nada, como el “cese de las funciones vitales”. Todo eso lo hemos escuchado nosotros en cada entrevista de un choque en la calle o después de un tiroteo, de los médicos, los policías y los funcionarios.
-Las palabras esconden-dije.
-Las palabras son fantasmas, Cecilia. Pero no podemos vivir son ellos.
Nos quedamos hablando hasta entrada la madrugada. Me dijo que desde siempre los barracones habían servido para ocultar lo que él llamaba la fase del ciclo.
- ¿Son por eso las noticias de ratas y bichos de toda clase?
-Siempre los hubo en estas zonas, por supuesto, no en vano se vive cerca del Riachuelo, y de vez en cuando aparece algo para tapar huecos en las noticias.
Pensé en los carretones que llevaban basura al río y otros que regresaban a la ciudad con mercadería descendida de los barcos. Los carromatos que aún seguían arrastrados por bayos viejos cuyas riendas eran llevadas por manos callosas de hombres ya también viejos como fantasmones de otro siglo. Pero seguían siendo hombres de carne y hueso que se detenían a orinar cada vez más seguido y que al final del día entraban al bar a tomar grapa, una ginebra, y adormecerse en la silla, con un brazo sobre la mesa y el vaso en el extremo de la mano, la cabeza ladeada sobre un hombro, y roncando hasta que el mozo los sacudía para echarlos. Y mientras tanto, en su cuerpo, los seres aquellos se revolvían inquietos por el alcohol. Pero el alcohol le hacía bien al hombre, porque lo adormecía y lo hacía olvidar.
- ¿Cuándo va a pasar?
-En cualquier momento-me contestó.
Nos acostamos en el colchón. Me abrazó y me apoyé en su pecho. Apoyé una mano en su panza porque sabía que le hacía bien, y no tuve miedo de lo que se movía adentro, que era casi una revolución, o una guerra. Escuché los sonidos de campos de batalla con armazones que se entrechocaban y revolvían la sangre de Fabio como olas en mares tormentosos. Besé su barba y luego sus labios. Me pareció ahora ver al hombre que corría por las calles de ciudades en plena guerra civil en las dictaduras o por los campos de sublevados de Colombia o Cuba. Lo admiré, es verdad, y lo envidié, en cierto modo. Y ambos sentimientos se mezclaron tanto que fue una especie de amor. No pensé en Bernardo y en su iracunda paciencia, esa contradicción que tanto me atraía.
Fabio respondió a mi beso.
Se desnudó a pesar del frío, como si se estuviese preparando para amortajarlo. Vi su vientre desnudo de piel fina y vello crespo, y dejé que se me subiera encima y me bajara la ropa interior. Sentí que ellos se movían mientras Fabio se deslizaba dentro mío, que eran un ejército desplazándose por mi piel, conquistando tierras y asentando la civilización de un nuevo gobierno.
Cuando terminó, me miró raspándome la cara con la barba. Había tristeza, y sé lo que habría dicho de haberlo dejado, pero le tapé la boca con la mano.
Pocos después empezaron los dolores. Se retorció sobre sí mismo, mordiéndose los labios para no gritar. Yo fui de un lado a otro del barracón, desesperada. ¿Iría en busca de un médico? No podía dejarlo morir así. No podía creer en todas esas fantasías. Saldría a buscar un teléfono y llamar al hospital, pero cuando abrí la puerta vi que ya estaba amaneciendo, y escuché un grito corto y ronco de la garganta agobiada de Fabio. Y con la luz que entraba, piadosa, a espantar los miedos de la noche, vi los insectos que inundaban la barraca exactamente igual a un mar que estuviese desbordándose. Y ellos llegaban hacia la puerta, pero la luz los detenía, como una marea que de pronto de detiene en la playa. Luego, en el fondo, escuché el tronar del subte de la madrugada que llegaba por el eco del túnel, transportando hombres y mujeres hacia sus trabajos en la ciudad. Los insectos se escabulleron por los rincones y fueron desapareciendo por los agujeros que llevaban hacia todos los puntos de la ciudad, rodeándonos tras las tenues capas de cemento que construíamos para protegernos.
El cuerpo de Fabio era una bolsa vacía, parecida a esa bolsa de arpillera donde el vigilante de la plaza había puesto al perro muerto.
Caminé de regreso por las calles de la madrugada hacia la parada del colectivo. No había nadie todavía. Esperé hasta las seis de la mañana, cuando lo vi venir desde lejos. Entonces sentí que un perro me olfateaba una pierna. Lo miré, me observó con lástima. Era blanco, y me di cuenta de que en realidad no me miraba porque estaba ciego. Simplemente se puso a olfatear mis zapatos y pareció seguir en la vereda. Luego regresó y agarró algo que corría junto al cordón. Lo masticó, y lo que fuese crujió como el caparazón de un insecto.
Antes de subir al colectivo, me limpié las suelas de los zapatos en las baldosas, por si quedaba alguno, no era cuestión de invadir el colectivo con los engendros de la noche.
LAS VIAS
1
Recibí dos llamados ese día. Aún vivía en la casa de mis padres en Mataderos, pero a algunas cuadras de cuando vivía mi papá. Un año después de que mamá se casara con Renato, nos mudamos a quince cuadras, lejos del olor de la carne y su cruenta sabiduría. Ambos eran maestros, y su fe en el conocimiento venía de los libros, la sabiduría de la lógica escrita, que tenía la ventaja de la multiplicidad, la razón y la fantasía aunadas para crear teorías que eran como seres vivientes. Y todos esos estantes de libros cantaban odas a los mundos creados, tan diferentes a la pesadumbre de mi padre ya muerto, cuyo recuerdo era una llaga abierta como su mano herida mostrando tendones y músculos rotos, huesos quebrados e hilos viejos con que los cirujanos habían intentado reparar lo irreparable.
El recuerdo de la carne era inevitable, por supuesto, y su olor impregnado en el pensamiento de cada una de nosotras, excepto en el de Renato. Por eso mamá fue seducida por el aroma a veces rancio de la colonia de afeitar del maestro con quien se casó, o el olor a humedad de los trajes donde encontraba bolitas de naftalina perdidas del invierno anterior. Pero esos olores era resabios de antiguos tiempos donde la mente dominaba a la carne: no había cuchillos ni hachas, y la tosca voz de los hombres se convertía lentamente en un canto armonioso de sonidos y palabras.
La voz de la razón se encarnaba en la voz de Renato cuando leía cuentos o ensayos los sábados a la noche, cuando habitualmente se cortaba la electricidad durante muchas horas, y no había más que alumbrarse con lámparas de querosén que brillaban en las ventanas enfrentando el invierno que reclamaba entrar ya asentado en las veredas. El viento era su voz, que ululaba, personificando las escenas que Renato leía, mientras mamá y yo escuchábamos inmersas en un mundo que nos agradaba más que el recuerdo lejano pero insistente de los Tejada.
Pero el olor persistía, daba vueltas y vueltas por la habitación, aunque pretendíamos no sentirlo.
Y fue ese olor el que sentí luego de levantar el tubo del teléfono poco después del mediodía. Los lunes suelo quedarme en casa revisando pruebas para artículos y editoriales y los llevo a última hora ese mismo día. Era de la redacción, reconocí la voz aflautada del flaco Braulio, y me extrañó que me llamaran a esa hora.
- ¿Ceci? Tenés que ir a cubrir un accidente.
- ¿Es una broma? ¿No se encargan de eso Scarfionne y Marizza?
-Los tanos están desde esta mañana en el lugar, pero hay mucha gente que entrevistar. Lo manda el jefe, no hay más que hablar. Apurate, Beltrame ya está allá.
¿Beltrame mismo cubriendo la noticia?
- Pero ¿qué pasó?
-Un desastre-dijo Braulio. -Un tren se llevó por delante un micro escolar.
Eso era lo peor que me podía tocar un lunes: ver sangre y cuerpos mutilados, y encima escribir sobre eso.
Me puse un sobretodo y la bufanda, estábamos en agosto. Revolví en mi cartera buscando pañuelos que sabría iba a necesitar con el viento helado de esa tarde, las libretas de notas y dos o tres biromes. Le dije a mamá que tenía trabajo toda la tarde y seguro no volvía hasta la noche.
- ¿Es por lo del accidente en Quilmes? -preguntó. Sabía que estaba en la cocina, escuchando la radio o la televisión. No quería saber nada hasta llegar al lugar. Le contesté que sí y salí cerrando la puerta antes de que volviese a preguntarme algo.
Me llevó una hora llegar. Había ambulancias, quizá las últimas en salir de la zona del accidente, con las que me crucé cuando caminaba por la cuadra que llevaba al paso a nivel. Los policías me pidieron identificación, pero ya había demasiados periodistas de televisión transmitiendo en directo, otros de radio y muchos de la prensa. Conocía a unos pocos que no me hicieron caso. Todos iban y venían por las vías, sacando fotos al tren parado a casi cien metros del paso a nivel. Las barreras estaban rotas. Y había cientos de pedazos de metal esparcidos alrededor del tren y por toda la zona de vías y aledaños. En eso había quedado el micro, por supuesto, trozos más o menos grandes. Hice preguntas a los curiosos que no habían hecho caso a las marcas que la policía y los bomberos habían puesto para mantener la zona libre para el trabajo de rescate. Me dijeron que sólo había quedado un poco más entera la parte delantera del micro. Los bomberos habían rescatado a varios chicos vivos pero muy malheridos, y que algunos habían salido antes del choque. Pero había casi treinta adentro.
Unas vecinas lloraban, sin dejar de hablar. Yo escuchaba y tomaba apuntes. La llovizna finalmente humedeció el papel y volví a guardarlo en la cartera. Las mujeres decían:
-Yo vi todo, señorita. Vi cuando el micro se paró en medio de las vías. El chofer estaba nervioso porque el motor no encendía. Varios hombres subieron a sacar a los chicos, pero todos estaban histéricos y pudieron sacar a seis o siete antes de que llegara el tren. Ahí fue cuando me tapé los ojos y me di vuelta. No podía ver eso, Dios mío….
La mujer lloraba y otras dos la abrazaban.
-Dicen que un médico rescató a uno que estaba refugiado bajo el tablero del micro.
Tal vez tuviese la oportunidad de entrevistarlo, pero era lo más probable que me hubiesen ganado de mano. Di las gracias a las señoras y empecé a caminar por las vías. Vi la locomotora como un viejo mastodonte herido, pero tuve que prestar atención al lugar donde pisaba. Tenía zapatos de taco bajo, y maldije mi estupidez de no haber traído botas. Había barro lleno de suciedad, papeles, cartones, y sobre todo hierros y vidrios. Vi el único pedazo del micro que había quedado más entero, allí donde estaban el chofer y el chico rescatado. Me sobresalté cuando me llamaron. Era Beltrame, con un impermeable y un sombrero. Estaba con la corbata desprendida y preocupado.
-Gracias, Ceci, necesitábamos una mujer para darle un poco de sentimiento a la noticia.
-No me hagás reír, Bautista, lo que necesitabas es amarillismo.
-Para eso los tengo a los hombres, Ceci. Los que vomitan se quedaron en la redacción, como el marica de Braulio, los que no sienten nada están acá, y van a escribir cursilerías. Yo te necesitaba a vos, querida, porque sabés escribir.
Me quería convencer con halagos en medio de ese mar de escombros, hierros y huesos. Porque me di cuenta recién entonces que alrededor había un olor a carne chamuscada, pero sobre todo el aroma de la carne que comenzaba a pudrirse. ¿Cuántas horas habían pasado? Las suficientes para que el típico clima del invierno bonaerense comenzara a hacer efecto sobre los restos.
Dejé a Beltrame y seguí caminando. La gente me contaba cosas que yo no preguntaba. De qué escuela eran, dónde vivían, quiénes eran sus padres, cómo se portaban, cómo era su aspecto, y qué les gustaba hacer. Las mujeres los conocían a casi todos, y entonces volví a caer en la realidad: algunas eran las madres, supongo, de los heridos o los muertos.
Me encontré con un bombero que hablaba con un enfermero o médico, no lo sé. Le pregunté las cifras. Era importante, me parece, contar con parámetros a qué atenerse: el tamaño de la tragedia era proporcional al número de víctimas.
-No tenemos cifras oficiales, señorita, pero sin contar a los que rescataron antes del accidente, sacamos a cinco chicos muy malheridos, y a los demás- dijo, mirando al otro-, ¿qué quiere que le diga? No podemos contarlos con precisión, hay partes, ya me entiende.
Entendía, y por un instante creo que me habría largado a llorar. No lo hice porque no quería, respiré profundo para recuperarme y fue peor el remedio que la enfermedad. Entraron en mis pulmones los olores que antes mencioné, pero exacerbados por la reminiscencia del recuerdo: la sangre en las veredas alrededor del matadero, el pus en la herida de mi padre, y el lloriqueo de mamá en las noches luego de calmar las inevitables lamentaciones de papá, que no podía evitarlas por más que se esforzara. Al fin de cuentas era solo un hombre, como solo eran chicos estos que ahora se habían convertido en cebo para los buitres. Porque eso éramos nosotros, los periodistas, y también los curiosos que revoloteaban como moscas, esperando.
Había un hombre no muy alto, delgado, de cabello oscuro y enrulado, de barba rala, parado en medio de las vías, con las manos en la espalda, y medio inclinado, mirando hacia abajo. Me quedé un rato observándolo porque me causaba curiosidad esa manera ensimismada de mirar al suelo. Y cuando me acerqué me di cuenta de lo que llamaba su atención. Al principio no reparé en mis maneras bruscas, hasta insolentes, sino cuando fue demasiado tarde para reparar el agravio que más que a él, me dirigía a mí misma. No estaba enojada más que con mi propio papel en esa escenografía de película catástrofe, llena de todos los ingredientes trillados y remanidos de siempre, pero donde la sangre era la sangre y el hierro el hierro. Y el hueso que ese hombre estaba observando, -o contemplando, fue lo que me dije para hartarme de ira y rencor-, era un pie cortado a nivel del tobillo, todavía con una media y el zapato escolar.
- ¿Se entretiene? -le pregunté al acercarme.
Se sobresaltó, tan ensimismado estaba, tan atraído por lo que parecía ser un fetiche para él.
-No exactamente, sino pensando-me contestó. La voz calma, triste, igual que sus ojos oscuros.
- ¿En qué?
-En cual es la causa de todo esto: el objetivo de Dios o las maquinaciones de los hombres.
-Dios es una falacia que las maquinaciones de los hombres han creado para evadirse de la responsabilidad- le contesté enseguida, como si nuestros pensamientos congeniaran desde antes de conocernos.
-Dice “hombres” en sentido de género, me parece. Las mujeres también crean estragos, tal vez no tan catastróficos en lo inmediato, pero sí más prolongados.
-Es verdad, señor…
-Doctor Bernardo Ruiz, señorita. Usted debe ser del Radar, la vi conversar con Beltrame. ¿Usted también escribe ficción?
No pude evitar una carcajada breve que intenté ocultar tapándome la boca por si los demás nos miraban. Había fotógrafos por todas partes.
-Acepto el retruque doctor. ¿Y qué hace aquí? -. Me di cuenta de mi estupidez, pero también de la confusión que ese hombre me provocaba.
Se encogió de hombros y abrió los brazos como para mostrar lo evidente.
-Algo de peritaje forense, si así puede llamarse, para el gobierno provincial.
Nos miramos un rato, en silencio, luego él se inclinó sobre el pie muerto. Le sacó el zapato y la media. El pie de un chico de diez años, blanco, cubierto de sangre seca, con los dedos al final de largos tendones como cuerdas cortadas, que sin embargo sonaban en el silencio igual a una guitarra tañida por los dedos del hierro o el acero, los elementos de la muerte rápida y menos dolorosa, la del filo.
2
Así conocí a Bernardo, pero esa es otra historia. Regresé a casa ya tarde, cerca de las dos de la mañana. Había pasado por la redacción y me puse a cotejar mis notas con las de mis compañeros. Acordamos escribir diferentes artículos, y me tocó, como siempre, la nota sentimental. Pero allí estaban en mi memoria las palabras y las caras de las mujeres que hablaban y lloraban, y la de los médicos, -pensé en Ruiz-, con su asombrosa frialdad cubriendo el absoluto desconcierto de sus almas. Mamá ya dormía, estaba acostumbrada a todo eso, por algo había sido alguna vez manifestante de izquierdas en la Plaza de Mayo y levantando bastones que simulaban hoces.
Cuando ya me acosté, rendida de cansancio, la escuché decirme desde su cuarto:
-Tu amiga llamó varias veces, parecía muy angustiada.
Renato gruñó y mamá le contestó un monosílabo.
- ¿Quién? -pregunté.
-Una tal Graciela.
No pensé mucho en eso, no recordaba a nadie con ese nombre y me venció el cansancio. Pero a las tres y media sonó el teléfono. Tengo el sueño superficial, descanso, pero me mantengo alerta, y eso se acrecentó desde que entré en el diario. Era para mí, obviamente. Algún nuevo capricho de Bautista.
-Voy yo, mamá.
Me levanté y fui hasta el comedor donde estaba el teléfono sobre una mesita alta de madera, con un mantelito tejido comprado en Córdoba y una libreta de anotaciones con una birome atada con un hilo.
-Hola.
Escuché el llanto aliviado de una mujer. La dejé terminar, y dijo:
- ¡Cecilia! ¡Los mataron, mataron a mis chicos!
No tiene sentido describir toda la conversación, un ida y vuelta de comunicaciones inconexas que fueron coordinándose a medida que yo entendía quién era y de qué hablaba, y que ella fue acomodando sus ideas hasta que tomaron forma. Hablamos largo rato, yo sentada en el sillón hasta donde alcanzaba el cable del teléfono. Cuando colgué, ya amanecía. Me acosté viendo la cara de papá Renato que iba al baño en calzoncillos largos y el pecho blanco con poco vello, que me miraba con lástima y enojo al mismo tiempo. Desayunaría rápido y saldría a tomar el colectivo para ir a la escuela donde daba clases, mi madre seguiría durmiendo hasta las nueve, cuando hacía las cosas esenciales de la casa para entrar en el turno tarde. La profesora de historia y el maestro de primaria, esos eran mis padres, y me dormí pensando en los padres que ya no lo eran porque sus hijos estaban muertos.
Desperté tarde, quizá a la misma hora en que ocurrió el accidente veinticuatro horas antes. Vi la luz entrando a raudales por la cortina que había dejado abierta desde la tarde anterior. Escuché el silencio de la casa. Debía ser mediodía porque ninguno de ellos estaba, mamá salía a la escuela siempre antes de tiempo preocupada de llegar tarde. Costumbres, me decía yo, extinguidas, erradicadas o asesinadas por la desidia. Y pensé en los locos que conservan esos remedos de viejos tiempos como si se aferraran a un salvoconducto, hasta el punto de convertirse en una obsesión. Pero la obsesión puede ser la salvación o el suicidio.
Desayuné hojeando el diario de la mañana. Todo muy prolijo como era de esperar en un diario no sensacionalista, que conservaba el tercer puesto de ventas precisamente por eso. Algo había que reconocerle a Beltrame, esa intuición por lo conveniente y lo discreto. Lo conservador hasta el exacto punto de lo humanístico. Más allá, la incertidumbre. Más acá, lo aparentemente seguro. Porque ni él sabía lo que los demás, -ellos-, querían, esperaban, planeaban. Sus propias manos de director de diario estaban atadas, o ancladas en el fondo de un río fangoso. El río al que se echaban los muertos, y las heces de los vivos. El río que corría tan lento hacia el mar porque no podía arrastrar el peso de los años. Y cuando las aguas llegaban finalmente al mar, la inmensidad no era un alivio, sino la pena de la nada, la complicidad del silencio y la mordaza en la boca.
La conversación de la madrugada por teléfono se me tornó irreal, como si me hubiese dormido mirando una película en televisión. Recordaba a Graciela, pero casi me había olvidado de ella después de años. Habíamos ido juntas a la secundaria porque sus padres vivían en Buenos Aires en ese entonces. Ahora ella vivía en Quilmes, muy cerca del paso a nivel donde ocurrió el accidente. Por eso me llamaba. Dos de sus alumnos particulares habían muerto. Al principio pensé que ahí terminaba todo, pero no entendía por qué recurría a mi luego de no vernos tanto tiempo, ya habían pasado casi diez años. Logré entender, después de hacer que se calmara y se sentara –supongo que así lo hizo en alguna silla junto al teléfono de su casa de Quilmes-, que ella daba clases de dibujo y pintura. Conocía a los chicos desde dos años antes y se había encariñado con ellos. Creí haberme conciliado con las frases de tristeza que recibía y de consuelo que me tocaba otorgar, pero pronto volvió a confundirme.
-Ellos los mataron-me dijo.
-No entiendo a qué te referís…
-Los Oscuros los mataron, porque están celosos, siempre hacen lo mismo. Matan a los que quiero.
Respiré profundo y recuerdo haberla imaginado sentada tensa, con el cuerpo rígido, la mano apretando el tubo del teléfono como si fuese un pedazo de hierro. Era rubia, tirando a pelirrojo, y tenía muchas pecas, por lo menos cuando la conocí. Era linda, sí, pero muy tímida, las otras chicas la llamaban “princesa” por su carácter distante. Era una individualista, y a esa edad pocos lo entienden, y después menos, me parece. Son los que se sienten bien estando solos, porque tienen un mundo interior tan inmenso que está siempre en peligro de desbordarse, y cuando eso ocurre lo llaman locura.
Ese mismo día volvió a sonar el teléfono varias veces. Dejé pasar los primeros intentos, porque sabía que era ella. Me había decidido a no hacerle caso, pero un dejo de remordimiento me calaba hondo. Al fin, en el quinto llamado en menos de una hora, contesté. La escuché más calmada, y me pidió si podía acompañarla en el velorio de los chicos, esa tarde. No podía negarme, y era la ocasión adecuada, además, para algún otro artículo. Las palabras se estaban acumulando en mi cabeza desde la noche anterior. Siempre tuvo razón Beltrame cuando decía que lo trágico me sentaba bien, como el luto a Elektra. Quedamos en encontrarnos en su casa. Avisé en la redacción y escuché en Bautista el contento que tenía al confirmar sus intuiciones sobre mis talentos, y no se refería a los literarios. Lo dejé convencido de eso porque yo no estaba convencida de lo contrario.
Salí a la puerta cuando llegó el auto del doctor Ruiz. Había llamado esa tarde un par de veces, algunos de los que yo creía de Graciela. Esa fue la primera ocasión que salimos juntos, a un velorio.
Durante el viaje le dije que me sorprendía que viajáramos en un Torino último modelo, que no era de esperar de la formalidad de un médico. Me dijo que desde que tenía uso de razón trataba de hacer todo lo que no se esperara de él, pero siempre había sucumbido a las convenciones. El padre, médico rural pero también estanciero y de rigidez militar, le había inculcado el sentido de la responsabilidad y la culpa. No podía deshacerse de esta última, sobre todo. Con el tiempo, sabría yo que él tenía razón, porque conocía sus propias limitaciones mejor que nadie: él mismo se las imponía. Y el Torino, obviamente, también sucumbiría, tarde o temprano.
Llegamos a la casa de Graciela, una casa tipo inglesa no muy grande pero muy cuidada, con una fachada angosta y alta, y un tejado sombreado por dos pinos medianeros. Tocamos el timbre y escuchamos los pasos sobre la madera del piso, que imaginé lustrada y brillante. Abrió la puerta un hombre delgado y hombros anchos, brazos fuertes a juzgar por las manos con que estrechó las nuestras.
-Buenas tardes, Cecilia. Muchas gracias por venir.
Mientras le presentaba al doctor Ruiz, me pregunté quién era ese hombre que me trataba con familiaridad.
- ¿No se acuerda de mí? - preguntó, sonriéndome. - Soy el hermano de Leandro.
-Disculpáme, es que hace tanto… pero creo que no te conocí mucho.
-Es que mis padres estaban separados desde que éramos chicos, yo vivía con mi viejo en Haedo y Leandro con mamá.
Haciendo memoria mientras nos invitaba a sentar, observé el piso de madera, pero opaco y astillado en los rincones, y sobre todo los múltiples adornos y cosas que no sabría como denominar sobre los estantes de los muebles: porcelanas, muñecos de todo tipo, material y tamaño, platos colgando en las paredes, jarrones de cualquier forma, duendecitos y trolls asomándose entre los libros de una biblioteca saturada. Vi que Ruiz contemplaba lo mismo, y nos miramos, preocupados, recordando la breve conversación que habíamos tenido sobre Graciela.
Ricardo esperó un momento, como avergonzado de todas estas chucherías que trivializaban el interior noble de la casa. En las paredes había muchas pinturas, algunas reproducciones que podían encontrarse en cualquier sala de espera de dentista o abogado, pero otras eran originales de Graciela. Vi su firma, y las aprecié. Eran de colores apagados, con figuras inciertas, hombres o animales, y el paisaje en su mayoría era nada más que una mixtura de sombras en todas las gamas posibles del gris. Y eso representaba un talento, pensé yo. Encontrar nuevas formas de representar las innumerables formas de la tristeza.
-Me acuerdo del baile que hicimos para recaudar fondos para el viaje de egresados, fue en Morón, me parece, en la quinta de mi prima.
Ricardo se rio, palmeándose el muslo con regocijo. Vestía un traje azul que no debía usar más que en los velorios y casamientos, con pitucones en los codos y las rodillas con peligrosos signos de desgaste.
- ¡Cómo no me voy a acordar! Leandro me invitó, y como los dos llegamos a la madrugada a mi casa nos quedamos todo el fin de semana. El lunes papá y yo llevamos a Leandro a la casa de mi vieja, que estaba enojada con todos, y por supuesto con papá. Discutieron en medio de la calle. Leandro y yo, que nos veíamos poco, nos fuimos corriendo de vuelta a lo de Leticia. Esa quinta era hermosa, casi todo campo a los costados de las vías del Sarmiento. Nos asiló, digámoslo así, en uno de los galpones, que hacía de vivero y carpintería. Nos quedamos toda la semana, hasta que mi viejo vino a buscarnos enojado él también porque no le habíamos dicho nada, si hasta un policía se trajo. Creo que fue Oscar el jardinero quien nos delató. Era un tipo medio loco y siempre irritado, pero que tenía fotos pornográficas que nos mostró todas las noches de esa semana. Cuando papá se enteró, se armó un lio con los padres de Leticia. Después que lo echaron por ese motivo, supongo, se metió a colectivero, creo.
Bernardo disfrutaba de la anécdota mientras yo pensaba en dónde estaría Graciela, para que ese hombre estuviera haciendo tiempo, retrasando lo más posible la visita al velatorio.
Ruiz dijo, con el ceño fruncido y la barba oscura que tanto contrastaba con el cabello castaño y casi rubio del otro, con esos ojos claros que se parecían a los de Leandro, pero en nada más:
-Disculpe, Ricardo, pero me quedé pensando…seguramente es una casualidad…no puede ser tanta coincidencia… Ese Oscar, el jardinero, ¿cómo se apellidaba?
-Ahí me mata, creo que nunca me enteré…aunque espere…-. Se frotó el mentón y se pasó una mano por la cabeza, despeinándose sin darse cuenta. Chasqueó los dedos y dijo:
- ¡Méndez! Ahora me acuerdo, mire cómo son las cosas, después de tanto tiempo de tenerlas olvidadas, justo ahora, cuando uno menos lo piensa…
Me gustaba su simplicidad. Su lógica era clara y con la ingenuidad necesaria para asombrarse del mundo, pero sin intentar arreglarlo. La aceptación es una forma de sabiduría. Hacía tareas de mantenimiento, de todo tipo. Allí, en la casa de Graciela, había venido a empapelar las paredes y colocar alfombras, y se había quedado a arreglar todo, menos a esa mujer que le agradaba demasiado para cambiarla. La distinción de Graciela no estaba en su exterior, sino en lo que escondía y se plasmaba en sus pinturas.
Iba a preguntar por ella de una vez por todas, cuando Ruiz me interrumpió, poniendo una mano sobre mi mano. Un signo de cariño que esta vez fue nada más que un gesto profesional.
-Es el chofer, Cecilia, estoy seguro. La misma edad…-Y volviendo a mirar a Ricardo, dijo: - ¿Tiene el diario de hoy?
-Sí, estaba en la puerta esta mañana, pero lo escondí para que ella…
Fue a buscarlo a la cocina y regresó. Ruiz lo abrió y buscó en las fotos. Lo apoyó en la mesita ratonera después de apartar un montón de chucherías.
- ¿Es éste?
-El mismo, unos años más viejo y gordo, pero la misma cara redonda como luna. Si me acordaré de la mueca que nos hacía a Leandro y a mí. Cuando lo echaron, mi viejo nos comentó que el policía con el que vino le dijo que Méndez había estado varias veces preso, por borracheras, pero también por cosas raras con chicos…ya me entienden.
Así que el chofer del micro escolar era ese, me dije en ese momento. Miró a los otros dos, que se habían quedado mudos, pero no por mí, sino observando a Graciela, que bajaba la escalera, y probablemente escuchando todo eso. Tenía un vestido negro y simple, el pelo largo y suelto, menos rojizo que antes, pero con una coloración tiznada que resaltaba sus pecas y los ojos claros, de un azul indefinido. Se acercó a nosotros y me abrazó durante un rato. Los hombres carraspearon, como hacen casi siempre cuando están incómodos, pero nosotras nos abrazábamos como si no hubiesen trascurrido diez años, e incluso en ese tiempo se incubase una afinidad que antes no existía.
-Gracias-dijo, en voz muy baja. Se sentó en el sofá junto a su novio, o por lo menos eso supuse que era, ni siquiera sabía desde cuándo se conocían. Ricardo apartó los almohadones inútiles, los peluches y otros cachivaches, y le hizo un lugar.
- ¿Y qué le pasó a ese hombre? - preguntó.
-Murió-dijo Ruiz. Un colega debe estar haciéndole la autopsia a pedido del juez, por si estaba ebrio o algo por el estilo.
Anoté mentalmente el dato para desarrollarlo más adelante: ¿cómo era que un hombre de sus antecedentes había sido contratado por la escuela? ¿Responsabilizar al municipio, a la provincia? Ya veía que Beltrame me iba a desafiar: no le gustaban las mujeres rebeldes y librepensadoras. Es decir, le gustaban demasiado, y por eso las confrontaba: les tenía miedo. Se decía que una manifestante de izquierda era su amante, yo no lo creía, pero en el mundo se ven muchas cosas inverosímiles, y casi siempre éstas son las más probables.
-Creo que tenemos que salir si no queremos llegar tarde-dijo Ricardo.
- ¿Y quién se va a ir? -le preguntó ella. -Los muertos seguirán estando. Yo no voy a verlos más que a ellos. ¿Y ustedes?
La sala principal de la casa Municipal fue montada como velatorio. Los catorce féretros estaban en dos filas de siete, una frente a otra, separadas por el amplio espacio donde se acomodaba la gente, parada, conversando en cuchicheos y llorosos, con decenas de coronas de todo precio: de la junta escolar, de la cooperadora, de la directora y las maestras, de los padres y madres de los chicos de otros grados, del intendente y el gobernador, y hasta del presidente. Estaba tan lleno y las estufas a tan alto grado que vi a muchos con la frente sudada, pero nadie se animó a protestar.
Caminamos abriéndonos paso entre el gentío, pero antes nos detuvo un par de hombres que reconocí como policías de civil. Ruiz presentó su credencial de médico y nos dejaron pasar. Había listas, por supuesto, pero el intendente había dado orden de que no se prohibiera la entrada a ningún vecino. Buenos modales electorales, me dije, mirando al gobernador de la provincia codeándose con las autoridades municipales y dando el pésame lenta y parsimoniosamente a cada uno de los padres de los chicos muertos. Casi todos eran matrimonios, pero había un par de mujeres solas y otros varios hombres solos, viudos o viudas, separados o divorciados o simplemente solteros que habían criado un hijo para entregarlo a las vías. Imaginé el sendero paralelo de esos aceros que sin embargo se juntaban en el horizonte impreciso de la distancia, que es también el tiempo. ¿O es que el tiempo se detiene, pero la distancia es incontable e infinita? Uno es el tiempo individual, pero no hay otro, me digo. No existe más que la percepción propia del tiempo. Si continúa luego de nuestra muerte, no nos consta ni nos importa. Pero la distancia es otra cosa, pienso. El espacio persiste, porque nuestro cuerpo persiste, aunque no esté vivo, aunque se pudra irremediablemente, y sin embargo la carne se torna en gusanos y los huesos aguantan mucho, y por eso ocupan el espacio de lo que fue nuestro cuerpo. Un féretro es más que una caja que resguarda a los vivos de nuestra putrefacción, es un símbolo: como la caja de música que guardaba mamá en la cómoda de su dormitorio, y donde ponía los aros, los anillos y los collares baratos que usaba para dar clases o salir alguna vez al teatro.
Graciela caminaba del brazo de Ricardo, mirando a los padres, esperando tal vez que la reconocieran, sin tener ella que acercarse e interrumpir la congoja que era interrumpida permanentemente por todos los demás, los que no tenían, como ella, la discreción ni la consideración, el respeto por el silencio que necesita el dolor para expresarse y ser algo más que un grito bruto o exasperado. El verdadero dolor quizá sea la amargura, solemne en su silencio, o la angustia, discreta en su semblante. Y por más que la desesperación las llame con gritos y gestos enloquecidos, ellas no responderán.
Nos detuvimos frente a los ataúdes. Cada uno tenía un nombre. Leonardo, Lucas, Analía, Florencia, y varios otros, hasta catorce. Ninguno repetido, como si la providencia hubiese distribuido sabiamente los nombres a la muerte. Para eso estaban los dobles. Dios, me dije, ¿por qué estas disquisiciones en estos momentos?, ¿qué me lleva a filosofar absurdamente con elementos tan deletéreos como los números y los nombres? Pero ellos lo son todo. Las cifras determinan la realidad que nos determina: la cantidad de nuestras células primero y la cantidad de nuestros días, por último. Y nuestro nombre es un prefijo que podemos llegar a odiar, rechazar y abolir, pero que siempre estará presente como el dios de los márgenes, mirando con la cara obtusa de una madre ofuscada, porque ese nombre es el símbolo de un destino imaginado durante nueve meses y muchos años. Un nombre contiene el alma, y por eso dicen que cuando se nombran a los muertos se los llama, y ellos no pueden descansar. ¿El olvido es la paz, entonces?
Muchos fumaban, y bajo el cielo raso se habían formado halos de humo espeso que parecían nubes desde donde los querubines recién muertos nos miraban. Me reí, imaginado un discurso que sin embargo estaba escuchando con claridad. La directora de la escuela, vieja católica, taimada y confabulada con el régimen militar, exponía su insoportable oratoria con execrables recursos poéticos. Si hasta declamaba, histriónica, con pelo negro azabache recogido en un rodete apretado y los labios rojos en su cara arrugada. Yo no sabía dónde meterme, de vergüenza ajena. Ricardo y Bernardo se sonreían, Graciela lloraba.
Cuando esa tortura terminó, siguió otra del intendente que mereció tibios aplausos que inició uno de sus colaboradores. Después habló una maestra en representación de todas, y finalmente entraron los abanderados. Fue el colmo, y nadie quiso reconocer de quién fue la idea. Si hasta la directora pareció desentenderse cuando vio a los chicos entrar a la sala encorvados con el peso de la bandera nacional y la papal. Tenían una cara, pobres, que no sabían dónde mirar. Tenían terror a los féretros y buscaban ayuda en los otros, pero los vivos escondían sus miradas, porque se habían olvidado de ellos, de decirles que no entraran, de avisar a alguien que no era necesario, tan tarde, con tanto calor y tanto humo, y tanta muerte rondando.
El olor de las flores se fue haciendo insoportable, más aún que el recuerdo de las pésimas poesías de la vieja. Ellos olían eso, porque miraban las coronas repletas de flores: jazmines, rosas, margaritas, calas, cualquier cosa que la gente encontrara en las florerías del barrio, que esa semana ganaron más dinero que en todo un año. Después, varias semanas después, dijeron que el municipio pagó todo, y entonces vinieron los encomios en la prensa, la televisión y los discursos oficiales. Nadie había perdido dinero, y visto de esta forma, hasta los padres se ahorraban el gasto que los muertos habrían ocasionado de haber vivido. Pero no era el cinismo el que rondaba el ambiente, aprovechando las grietas entre el humo y el vaho de la podredumbre, sino el color de la realidad, del tono de las flores de cementerio en ese punto en que se marchitan, pero nunca mueren del todo, el punto exacto en que la vida se mofa de la muerte.
Graciela se acercó a uno de los féretros. Por común acuerdo de los padres, todos estaban siendo velados a cajón cerrado. Algunos estaban muy malheridos y no era agradable exponerlos a la vista, y otros eran simplemente fragmentos del cuerpo encontrados en las vías. Escuché, en la sala, que un cajón no tenía nada adentro, pero sí un nombre grabado en la placa. Graciela apoyó una mano en la tapa, y la otra sobre el ataúd de al lado. La casualidad había dispuesto que sus dos alumnos estuvieran uno junto al otro, igual a cuando iban a su casa a recibir lecciones de dibujo, con las carpetas y la caja de témperas. Me acerqué a ella y la tuve de los hombros, temía que se desmayara, pero entonces ella miró adelante, hacia la pared donde no había más que oscuridad. Más allá de los cirios junto a cada féretro y la luz mortuoria de las plaquetas en las paredes no había nada, y hasta el humo era oscuro salvo cuando entraba en el haz de alguna luz. En esos remolinos lentos, como dibujados en el aire, ella vio algo, y levantó un brazo señalando con el dedo índice un punto incierto para todos, excepto para ella. ¿O no era del todo así? ¿Vi algo, o fue sugestión?
-Los Oscuros-dijo.
Ricardo se acercó e intentó apartarla. Ella se desprendió de sus manos. Vi que Ricardo sabía de qué se trataba todo eso, ya lo había presenciado más de una vez. Reconocí en él al hombre que ella necesitaba, porque era distinta, y él también debía serlo. Ese hombre común que conciliaba su exterior, su forma de hablar y su aspecto con lo que el mundo esperaba de él, no era más que una forma más del simulacro que todos construimos a lo largo de la vida. La distinción se palpa como una roca cuando llega el momento exacto. Eso eran ellos, el equilibro entre el bote y el mar, o la lluvia sobre un tejado, o el polvo depositado sobre los libros. La exacta medida entre la paciencia y el amor. No encontré definiciones, así como no hay números para ciertas cosas. La muerte es exacta, pero la vida ecléctica. La vida suele mentir.
Entonces vi con claridad, tanto como lo permitían el humo de los cigarrillos y de los cirios luego de tantas horas, y la luz penumbrosa que iba tornándose cada vez más lúgubre a medida que pasaba la tarde y llegaba la noche, las figuras de tres hombres que parecían sólo tres de los tantos otros que estaban en la sala, entrando y saliendo o dando vueltas con pasos apesadumbrados y aburridos, ansiosos de irse, seguramente, pero temerosos del qué dirán. Estos tres, sin embargo, no estaban juntos, pero lo suficientemente para que la mirada los uniese en un solo conjunto. Tan diferentes entre sí, pero aunados por un incierto factor de coincidencias que no eran tales. Graciela los estaba observando a los tres como si viese a uno solo. Dos estaban al pie de cada uno de los féretros a los que ella se había acercado, el otro estaba en el medio, un poco más lejos y por lo tanto más cerca de la oscuridad de la pared, donde había un plafón con una lamparilla débil con la forma de cáliz. Los otros dos estaban iluminados tenuemente por dos velas cuyas llamas se movían con el desplazarse de la gente aquí y allá.
El de la izquierda vestía un traje con corbata, era fornido, pero a diferencia de otros hombres musculosos, el traje le sentaba bien, tenía un vaso en las manos, en el que ocultaba la mirada cuando se lo llevaba a la boca, y a veces levantaba la mirada como espiando alrededor. El del medio era delgado y rubio, con un cabello casi ceniciento a la luz de las velas, miraba de frente pero como si no viese nada, de nariz aguileña y de rostro atractivo, con un vaquero y una polera de cuello alto. El de la derecha era más bajo, de cara redonda, y parecía un chico tímido y ensimismado en un permanente enojo adolescente, pero su mirada se escabullía hacia los costados, siempre cruzado de brazos, buscando algo que parecía extrañar, y vestía un pantalón de sarga y una camisa de corderoy, ropa vieja para un cuerpo joven. ¿Cuál sería la edad de sus almas?, me pregunté. Todos ellos parecían presencias más que seres humanos, entes, quiero decir. Formas que podían metamorfosearse en cualquier momento. Casi no se movían. Uno con las manos ocupadas en un vaso cuyo contenido nunca se agotaba, otro con las manos tras la espalda y mirando al frente, hacia lo que su nariz prominente señalara en la infinita distancia, y el tercero con las manos sobre el pecho como un escudo, buscando alrededor los refuerzos que ya no estaban.
Pero nadie parecía fijarse en ellos, y ellos tampoco miraban a nadie en particular, y casi podría decirse que permanecían quietos tal vez desde el inicio del velorio y únicamente nuestra mirada los había descubierto por casualidad, o más bien la mirada de Graciela. Y sin duda, por su excitación creciente y desesperada, sabía que estarían en algún lugar de esa sala, y al verlos comprobaba la iniquidad de su presentimiento. Se tapó la cara y empezó a llorar casi a gritos, negando con la cabeza y diciendo ¡no, no! con voz fuerte pero atenuada por las manos. Ella sabía que la creían loca, y eso la exasperaba aún más. Ricardo la estrechó contra su pecho y dejó que todo el llanto y los gritos fuesen ocultos por su cuerpo, y vi cómo la cara de él se transformaba en un rictus de angustia, de endeble tolerancia y luego en amargura. Esa amargura que es más estable que todo el resto de los sentimientos, perenne, inconmovible como una fortaleza construida en medio del desierto.
Miró hacia los hombres, pero no estoy segura de que los viera. Si lo hubiera hecho, supuse que iría a desafiarlos, pero creo que, aunque así fuese, ella y su desesperación eran lo único importante en ese momento. La fue llevando hacia la salida, atravesando la sala entre la gente que los miraba y compadecía. No los acompañé porque vi a Bernardo caminar hacia uno de los hombres, el que estaba a la izquierda. Y entonces me convencí, dándome cuenta de que me había dejado llevar por mi habitual y estúpida fantasía. Esos hombres eran hombres. Decir menos habría sido deshonrarlos, pero también exonerarlos, y yo intuía que esos hombres no serían perdonados porque ellos mismos no lo hacían.
Vi la expresión de Bernardo, y tuve miedo por él. De pronto lo vi como un caballero andante que desafiaba a los enemigos que habían molestado a las mujeres. La leyenda del príncipe azul nos sale de adentro, está impregnada junto con otras tantas imbecilidades aprendidas, como un escudo protector, invisible y sin embargo eficaz para llevarnos hasta el fin de nuestra vida de mujeres, ocultando la fuerza bajo el velo de la fantasía. A veces, un hombre, por más estúpido que sea, es la salvación de nuestra psiquis, es el equilibrio entre la desesperación y la frialdad. Un hombre bueno, sobre todo, pero no hay hombres buenos, sólo hay hombres.
Y Bernardo era el que había salvado a un chico en medio de la tragedia irreversible de muchos otros, y yo lo admiraba desde el día anterior, cuando supe de eso, por más que él no me hubiese contado nada en todo el camino en el auto. Lo vi acercarse al hombre de la izquierda, que levantó la mirada, dejó el vaso sobre el ataúd y le extendió la mano para saludarlo. Ruiz se quedó con las manos a la espalda, y le habló con seriedad. El otro, de cuerpo más ancho, pero no demasiado alto puso las manos en los bolsillos del traje y escuchó durante un rato. No pude comprender su cuchicheo.
Cuando Ruiz volvió a mi lado, me dijo que ya debíamos irnos. En la vereda nos esperaban Graciela y Ricardo, rodeados de varias personas que se habían preocupado por ella. Subimos los cuatro al auto y emprendimos el camino de vuelta. Ellos bajaron y nosotros nos quedamos un rato. Bernardo estaba nervioso y había manejado todo el tiempo tenso y en silencio.
- ¿Quién era ese hombre? -pregunté.
-Se llama Jesús Méndez, y es mi paciente, o lo fue un tiempo.
- ¿Méndez?
-Sí, es hermano del chofer.
Bernardo estaba de perfil, mirando tras el parabrisas. Sólo pude ver un lado de su cara en ese instante, e imaginé que, del otro lado, otro era el rostro.
-Vos, que salvaste la vida a uno de los pocos chicos que sobrevivieron - fue lo único que se me ocurrió decir, como una tarada - sos el médico del hermano del que mató a todos los otros.
Entonces me miró de frente y su cara era una sola. No hay dos rostros como en las películas de terror, sino uno solo en múltiples capas.
-Así es, ¿viste lo que son las cosas? Así es la vida, Cecilia.
Acompañó el sarcasmo agarrándome una mano con fuerza y llevándola a su entrepierna, y luego la otra a su barba.
- ¿Te gusta esto, mi amor, mi entrañable amor? Esto es la salud, querida, lo otro es la muerte. ¿Pùedo elegir, acaso? ¿Vos podés?
Me soltó y me llevé las manos a la falda, protegiéndome instintivamente de un peligro que en realidad no existía. Ese hombre estaba llorando y no quería reconocerlo. No me haría daño. Me acerqué e hice que apoyara su cabeza en mi pecho. Ahora sí lloraba.
- ¿Y qué hacía él en el velorio?
Bernardo habló con su boca casi pegada a mis senos, sentí la tibieza de su aliento y la crudeza de su barba, y me sentí bien, como si hubiese llegado a un lugar definitivo: un auto, una calle, un hombre entre las piernas, y el llanto y el sudor de invierno convirtiendo la inquina en un resplandor.
-Vino a autorizar la autopsia del otro y a presentar respetos, aunque nadie se enterara de quién es.
- ¿Y quién es, o qué es? - pregunté, jugando con la deformación profesional que lleva a muchos médicos a considerar que un hombre es un diagnóstico. Yo sabía que Ruiz reunía conocimientos de clínica y psiquiatría, por eso era perito.
-Lo que es toda esa familia-me contestó. -Una sarta de locos.
Nos reímos, porque no había más alternativa, y a veces los hombres son dioses cuando ríen.
3
Nos quedamos casi una semana en Quilmes, alojándonos en la casa de Graciela. Como Bernardo tenía compromisos por el peritaje del accidente, Ibáñez vino varias veces a buscarlo y lo traía de regreso ya tarde. A veces conversábamos sobre Graciela, pero ninguno de los dos arriesgaba un diagnóstico, más bien por compromiso y delicadeza. Yo pedí permiso en la redacción, pero era obvio que tal licencia era al costo de varios artículos sobre el accidente. Sabía que pronto iba a agotarse la atención del público para derivar a otras cuestiones, y Beltrame me dijo que si cumplía con una columna completa durante una semana me ascendería. Le agradaba mi estilo, una especie de buena literatura con amenidades coloquiales de entendimiento directo, y al final, un viento gramatical que soplaba sobre la piel más sensible del intelecto, o del alma, para dejar pensando al lector. Tal metáfora fue suya, porque él también es buen escritor cuando quiere. Colgué el tubo y subí a ver a Graciela. Estaba en cama desde la tarde que volvimos. Despertaba, se sentaba en la cama para comer o se levantaba para ir al baño. Siempre en silencio, nos agradecía con monosílabos, a Ricardo y a mí, que nos turnábamos para acompañarla. Él tenía trabajos de mantenimiento en otras casas, así que se ausentaba desde temprano y regresaba a las cinco y media, entonces yo me iba a descansar o escribir.
Cuando Graciela dormía, me quedaba mirando desde el sillón frente a la cama la pintura que colgaba en la pared. Era, por supuesto, de ella. Y precisamente representaba el objeto de su obsesión. Los Oscuros eran tres figuras masculinas bien delineadas, pero sin rostros, esfumados por la penumbra de un anochecer detenido. Había luces de mercurio a la largo de la calle por la cual ellos caminaban, uno junto al otro, el del medio apenas un paso atrás o adelante, porque eso era lo extraño. Cada vez que contemplaba la pintura, no recordaba si en la ocasión anterior lo había visto más adelante o más atrás que los otros. Me daba cuenta de tal lapsus de mi memoria, y en los días que estuve allí, varias veces me decidí a no dejar pasar la oportunidad de aclarar la confusión. Pero en cuanto ponía mis ojos en la tela, el recuerdo se esfumaba, haciéndose impreciso y etéreo como la certidumbre que habitaba ese cuadro. ¿De eso se trataba el impresionismo? Tal vez, pero a diferencia de las obras de ese período, el paisaje de los Oscuros era renuente a clasificaciones: concreto en su superficie, se amoldaba a la circunstancia del espectador. Tampoco podía decir si las figuras iban de frente o de espalda, yendo o viniendo del fin de la calle, perdida en la oscuridad del fondo, como si desapareciese en la pared, o la atravesase.
Era una gran pintura, estoy segura, aunque no soy ninguna experta y juzgo por gustos personales más que por técnica pictórica. Graciela sabía también que era lo mejor que había logrado pintando, y por eso la había colgado en su habitación en la pared blanca que recibía las impresiones de la luz a toda hora del día, y contribuía a formar las luces y sombras de la pintura. El cuadro, en otro lado, no sería el mismo. Era atrayente. Era obsesionantemente invasivo de la atención de quien entrase en el cuarto. Ya al segundo día me di cuenta de que no podía entrar sin observar la pintura, y luego echarle una breve mirada de tanto en tanto, como comprobando que todo estaba en su lugar. Y por momentos, sobre todo durante las horas de la siesta, cuando el barrio era un cementerio de sonidos y un desierto donde soplaba la brisa que apenas movía las cortinas, creí ver que las figuras se habían movido, apenas un poco e imperceptiblemente. Deliré con el pensamiento de ir a buscar un centímetro y medir cada día la distancia entre las figuras y el borde del cuadro, pero cada vez que pensaba en eso me daba cuenta de que estaba en un entresueño, y mi convencimiento se transformaba en un juego de sueño y vigilia tan agotador que cuando finalmente despertaba, ya era media tarde y el único pensamiento cuerdo era bajar a preparar la merienda para ambas.
El sábado antes de regresar a casa, decidimos despedirnos de ellos con agasajo austero. Le dije a Ruiz, que también trabajaba en la morgue esa mañana, que no se preocupara. Ricardo tampoco llegaría hasta cerca de las cinco. Estaba trabajando mucho y se lo veía cansado, pero sé que ambos se apartaban de nosotras: de una a la que no comprendían, y de la otra que comprendía demasiado. ¿Así nos veían, o así éramos?
Salí a la calle con la bolsa de compras que encontré en la cocina revolviendo cientos de cosas inútiles en los cajones y las alacenas. Hasta me dolió la espalda de estar agachada buscando y encontrando lo que no buscaba la mayoría de las veces. Me entretuve en ese juego de palabras que distraía mi atención y aliviaba mi desesperación ante la búsqueda de un tesoro (la bolsa de las compras) en medio de una selva impenetrable. ¿Cómo cocinaríamos esa noche si no teníamos la más mínima idea de donde hallar las cosas necesarias? Hasta ahora nos habíamos conformado con ir a la rotisería. Me crucé en la vereda con tanta gente que preguntaba por la salud de Graciela que tardé casi una hora en llegar al almacén más cercano. Dale saludos, me decían, un beso de mi parte, pedían otros. Pero la mayoría ponía cara de circunstancia, porque sabían cómo era Graciela, excepto los chicos, y por eso fueron los únicos que no preguntaron por la maestra de dibujo. Ellos pasaban por la vereda mirando hacia el balcón, asustados si iban solos, cuchicheando si estaban acompañados.
Entonces vi en la esquina a un hombre al que apenas presté atención al principio. Estaba parado, fumando. Era rubio, de cabello ensortijado, con un vaquero gastado y una polera negra. Distraída por los que me habían detenido en el camino, creo que quedé media estúpida escuchando tantas estupideces, y pensé por un instante que estaba a en medio de una película francesa, observando a un Belmondo que nunca hubiese sonreído. Crucé la calle y caminé la siguiente cuadra, pensando en qué compraría. Y en la siguiente esquina lo vi otra vez. Me detuve, miré atrás, ya no estaba allí, pero tampoco lo había visto adelantarse. Seguí caminando, preocupada, es verdad, porque pensé en que la sensación de las distancias estaba siendo tergiversada esos días, empezando por el cuadro y siguiendo por la calle.
Miré los precios en las verdulerías, compré unas pocas cosas. Buscaba una carnicería para hacer un asado en la parrilla abandonada en el patio trasero de la casona. Crucé la calle a media cuadra, y volví a ver al hombre, casi en la misma posición, salvo que ahora se apoyaba más en el pie izquierdo que en el derecho, o así me pareció, una mano en el bolsillo del pantalón, sin estar segura si era la misma que antes, y fumando un cigarrillo que era otro tal vez, porque estaba casi intacto. Me miró como si me esperase, al borde del cordón. Lo vi arrojar el cigarrillo en la cuneta y estiró un brazo. El faso se hundió en el charco ancho que no me iba permitir subir a la vereda más que dando un salto. Miré la mano que me ofrecía, y no pude resistirme a tocar una visión que era tan clara como el sol de ese sábado y a su vez tan etérea como la de un celuloide. El rostro inexpresivo como el de un modelo de alta costura, pero sin la vestimenta correcta, por supuesto. Ni siquiera simple elegancia tenía, sino simpleza de barrio me medio pelo. La mano era gruesa y fuerte, blanca, de dedos largos, y cuando los toqué, sentí la rugosidad de las cicatrices.
-Gracias-dije.
Apartó la mano, como avergonzado, y fui yo también la que se avergonzó de observar absorta como una nena caprichosa el defecto de alguien con quien se cruza en la vereda.
-Perdón.
Él se miró las manos, tan diferentes de la delicadeza de su cara. No era bello, sí atractivo. Las manos no contrastaban demasiado con el cuerpo, pero eran las víctimas.
-Soy carnicero, y me corté muchas veces. Una vez con la sierra, y muchas con el cuchillo.
-Lo lamento mucho…-No quise apartarme tan rápido, creía que sería descortés, así que pregunté:
-Busco una carnicería, y como no soy del barrio…
-Yo tampoco, señorita. Soy de La Plata, vine por el velorio.
Era él, me di cuenta, uno de los tres hombres que había visto y ante los cuales Graciela se había asustado. El del medio más exactamente, salvo que bajo la luz mortuoria del plafón de la pared el cabello había relucido como oro mientras su cara permanecía en sombra.
- ¿Conocía a alguno de los chicos?
-A mi hijo, señorita.
No sabía dónde meterme de vergüenza. Habría metido la cabeza entre las baldosas de la vereda como un avestruz urbano.
-Lo lamento mucho…
-No se preocupe, yo no lo conocía. Yo tenía diecisiete años cuando nació, y la madre me mintió diciendo que se había hecho un aborto.
- ¿Y ella?
-No la vi en el velorio ni en el funeral. Nunca lo quiso, por eso fue a abortarlo, pero se lo hicieron mal. Me dijeron que lo mantuvo, por supuesto. Dicen que sigue trabajando en la peluquería de siempre. Supongo que está contenta.
-No diga eso…
Se encogió de hombros y encendió otro cigarrillo.
-Bueno, tengo que seguir comprando. Le doy mi pésame.
Le extendí la mano para despedirme, él no se animó a volver a tocarme. Leí en los ojos algo semejante al resentimiento: me veía como si estuviese viendo a la madre de su hijo. Y cuando lo escuché, creí estar en medio del cuadro.
-Usted me agrada, señorita, es tan diferente a Mara…
-Tengo que irme-. Me di vuelta con rapidez, taconeando en la vereda como una puta asustada de un cliente loco y peligroso.
4
Mario Marizza había entrado al diario sin que nadie supiera cómo. No era un chico cuando empezó, pero al principio le daban tareas de cadete porque no sabía hacer nada. Sin embargo, luego se supo que él y Beltrame eran muy amigos, y parece que a Mario lo habían echado al cerrar la fábrica de municiones en La Tablada. No sé de dónde se conocían, o tal vez simplemente los milicos le recomendaron que cuidara a Mario, que era pariente de militares. Con el tiempo el tipo fue expresando sus ideas a quien quisiera escucharlo, en la redacción, el baño de hombres o el bar de la esquina, y cuando fuimos conociéndolo, empezamos a apartarnos mientras más firme se hacía el poder de turno. Comprendí el motivo de no haber seguido la carrera militar como sus parientes, porque su cabeza tenía otras ideas, no demasiado originales ni tampoco muy firmes, simplemente era la estructura que había adoptado para no someterse a la familia. Y nosotros: el diario, y sobre todo Beltrame, estábamos en el medio. Los milicos no querían desprotegerlo, había por algún lado un oficial Marizza que movía los hilos muy sutilmente, porque el trabajo sucio lo hacían los de abajo. Si el tipo hablaba y se descuidaba, si por algún motivo se pasaba de la raya en su rebeldía, ahí estaba el ambiente del diario que conservaba los límites del pudor, de lo correcto. El diario fundado en tiempos de socialismo que fue tornándose conservador por supervivencia, pero que había mantenido la calidad y el prestigio del periodismo bien hecho. Es decir, bien redactado, porque eso era suficiente para ocultar la desidia y la mugre que brotaba en los pasillos como los hongos en las hojas de los diarios viejos.
Lo probaron como fotógrafo, pero no sacaba mejores fotos que un chico de cinco años. Lo probaron como redactor, y sólo hacía bien las necrológicas, copiando el boceto de siempre y cambiando los nombres según la ocasión. Cuando faltaba un espacio que rellenar, ahí estaba Mario, y Scarfionne se había acostumbrado a su compañía. Además de la diferencia de edad, Scarfionne era un periodista respetado desde hacía veinte años, y mandaba a Mario como el “che pibe”. Un día Mario se cansó y lo mandó a la mierda, pero al día siguiente se fueron juntos a cubrir una noticia policial en La Plata, y cuando volvieron, algo había pasado entre ellos, y nos dimos cuenta de que Mario había usado de la misma influencia de la que se jactaba querer escapar.
Sarfionne y él llegaron desde la Plata a la mañana siguiente, y Mario se fue a revelar las fotos que nos trajo de inmediato. Se sentó sobre el escritorio, manchando el culo con la tinta china que todavía se usaba para calcos y bocetos. No reímos, pero él, como si nada, se enfrascó en su relato. Contaba mejor de lo que escribía, por supuesto, pero esta vez se había pasado con las fotos. Entre tantas y tantas inútiles, había algunas que parecían sacadas de un cuadro de horror.
Yo pensé en la pintura de Graciela. Me pregunté cómo estaría, porque habían pasado más de veinte días y ninguno me había llamado. El sábado que nos despedimos, ella se había levantado, maquillado un poco y bajado a cenar en el patio. Comió y bebió, rio de nuestras anécdotas y no mencionamos ni a los muertos ni a los fantasmas. Dijo que el lunes siguiente reanudaría las clases. Ricardo le preguntó si no quería tomarse más tiempo. Ella negó, le sentaría bien estar con otros chicos. Luego volvimos a Buenos Aires. Bernardo y yo buscamos un lugar para vivir juntos. Encontramos uno en Barracas luego de vender el Torino. Ahora tomaba el colectivo para ir al hospital, pero estaba feliz.
Marizza nos contó que habían encontrado la casa donde se decía que un hombre había mantenido encerrado a su padre durante catorce años. El viejo estaba postrado en cama, desnutrido y deshidratado. Cuando los policías quisieron hacerlo hablar, el tipo balbucía y se babeaba. Sólo lograron, luego de varios intentos, comprender una palabra que repetía como un latiguillo: perro, decía, perro.
- ¿A qué no saben qué pasaba? El tipo, el dueño de la casa era una especie de loco que mantenía las buenas apariencias hasta ahí nomás. Iba y venía del trabajo con un traje viejo, sin corbata y con el diario del día sin abrir. Pasaba por la panadería todas las tardes y se quedaba conversando con la panadera que era una especie de noviecita. Pobre chica, si hubiera sabido le habría cerrado la puerta al verlo bajar del colectivo y caminar hacia el negocio. Bueno, el tipo este tenía un perro, y un día se le murió. Andaba como alma en pena por el barrio, y hasta lo vieron llorar acodado en el mostrador de la panadería. La chica esta lo consoló, como era de esperar. Fue a la casa, y vieron, el tipo era un tarambana, pero no un estúpido…-. Mario hizo el gesto de meter un dedo en un orificio.
Scarfionne lo miraba desde su escritorio, con los lentes en la punta de la nariz, lamentando el compañero que se veía obligado a soportar. Los otros hombres, sin embargo, le festejaron la obscenidad y me miraron, porque yo era la única mujer en ese corro de tarados. No dije nada, sonreí, campechana y compañera.
Beltrame escuchaba desde la puerta de su despacho, con los brazos cruzados. Lo miré un instante y le vi la cara de desprecio. La culpa, debía estar pensando. El camino del infierno debía sonarle como el repiqueteo incesante de las máquinas de escribir.
-Seguí contando-le dijo.
-Bueno, la mina esta le cuidaba la casa, y mientras tendía la cama y esas cosas se le ocurrió regalarle al buen hombre otro perro para consolarlo, parece que el tipo no se conformaba con la hembra sola…
Ay, Dios, pensé, deseando que existiese e hiciera caer un rayo sobre Mario.
- ¿Y por qué lo tenía encerrado al viejo? - preguntó uno del grupo.
-Porque parece que mató a la mujer en una golpiza ejemplar, y por lo que nos enteramos, el viejo tenía encima varios muertos.
- ¿Y cómo se llamaba? -preguntó Raulio.
-Comisario Pascual Ansaldi.
Un murmullo surgió entre nosotros. Sabíamos que se trataba de una familia de militares, y el hermano era un coronel del que había que cuidarse, aunque sólo fuese cierto la mitad de lo que se contaba.
- ¿Y sabés, Raulio, querido, lo que nos dijeron en la seccional? ¡Che, Scarfionne, negame si no es verdad! - le gritó como si el escritorio no estuviese a cincuenta centímetros. - Les tenía tirria a los maricas, así que vos cuidate, querido…
Se rio sin esperar que lo acompañaran, pero algunos lo hicieron. Se frotó la cara, cansado, y dijo que se iba a casa a dormir. Y si no se me hubiera acercado tal vez no hubiese sabido lo que después supe, y no me habría preocupado ni sacado las conclusiones que sin embargo no evitaron las tragedias que vendrían más tarde. Como siempre, la verdad no sirve para nada, solo para crearnos un mundo de falsa conciencia en donde ocultarnos de las catástrofes inevitables después de que ocurrieron.
-Che, Ceci, me contaron de tu concubinato…
Y se reía el hijo de puta, sin embargo, la malicia no le quitaba el sentido de lo justo.
-Me alegro de que hayas cazado al doctor.
-Gracias Mario, y decime, che, ¿qué hicieron con el tipo este, no con el viejo, sino con el hijo?
- ¡La pucha! Me olvidé de contarles. Se escapó, Ceci, o le dejaron abierta la puerta de la comisaría, ¿y cómo iba a ser de otra manera viniendo de donde venía?
Me guió un ojo y se fue, con la camisa media salida del pantalón y llevando el saco colgando del hombro derecho. Esperó el ascensor que lo llevaría a la vereda de Diagonal Norte y se ecaminaría bostezando hacia algún bar de Corrientes para sentarse en un rincón y quedarse dormido.
Me acerqué al escritorio donde estaban las fotos desparramadas, ya Scarfionne había elegido las que necesitaba para el artículo. Mario había sacado muchas repetidas, y entre ellas estaba la del hombre. Levanté la foto a la altura de mis ojos, y la observé como si estuviese viendo un cuadro en la pared. Estaba segura de lo que estaba viendo, y me dije que ya tenía las tres identidades de los Oscuros. La foto era del tercero, el de la izquierda, el hombre con cara de adolescente enojado que usaba ropa de viejo, y que miraba de vez en cuando hacia abajo. Ahora sabía lo que buscaba, al perro muerto. Tomás Ansaldi, se llamaba.
5
Durante dos meses casi no supe nada de ellos, es decir, de Graciela y su novio. Las pocas veces que logré que contestaran el teléfono los noté distantes y distraídos. Una vez, mientras hablaba con él, se interpuso la voz de Graciela, y él la calló, irritado. Sé que no era fácil vivir con ella. Sus fantasías obsesivas sobre los supuestos Oscuros eran inquietantes porque no intentaba convencer a nadie, simplemente los mencionaba como se habla del almacenero de la esquina. La verosimilitud estaba tan implícita en su discurso, que el que hablara con ella se descubría así mismo pensando en la misma forma por un instante al menos, como si fue contagiosa. Ella parecía socavar los fundamentos de la lógica formal y acomodarlos a su gusto. Y eso es lo que a mí más me preocupaba: su convencimiento era tan exacto y firme que tranquilamente podía ser diagnosticada como una esquizofrénica. La dicotomía amor-temor era evidente, por eso siempre tuve la impresión de que no era amor lo que la unía a Ricardo, sino una especie de necesidad protectora.
Supe, por terceros, que él ya no vivía en la casona. Unos vecinos, cuya habilidad para el chisme fue lo único que me resultó útil en esas circunstancias, me dijeron por teléfono que él iba a verla de vez en cuando, pero siempre se iba golpeando la puerta, a veces ofuscado y refunfuñando, otras cabizbajo como un hombre que estuviese a punto de llorar.
A fines de noviembre, Bernardo y yo ya habíamos terminado de acomodarnos en nuestra casa de Barracas. Era un barrio de obreros, la mayoría trabajadores en los barracones a la orilla del Riachuelo, pero nuestra casa era amplia, de una sola planta, con muchos canteros con malvones, jazmines y muchos arbustos que nunca reconocí, simplemente los dejaba crecer por que me agradaban. Yo escribía desde casa la mayoría de los artículos, pero la economía sufría ahora los estragos más severos de la inflación, y la falta de pago era inversamente proporcional al trabajo que teníamos. Las manifestaciones sociales de los gremios obreros, en su enorme mayoría, sino su totalidad de izquierda, eran cada vez más frecuentes, y la represión del gobierno dejaba heridos y muertos todas las semanas. El nombre de la supuesta amante de Beltrame surgió esporádicamente en las noticias, pero a mí me encargaban de recorrer los barrios menos peligrosos. Y esa especie de discriminación no me molestó en ese momento: yo tenía miedo, no tenía armas, y era una mujer. Tres cosas que me empujaban a atrincherarme en el anonimato de las calles suburbanas, donde las mujeres caminan haciendo compras, oyendo y murmurando, viendo las cosas y sin meterse en ellas. Tienen hijos, nietos, sobrinos. Hay bombas en el centro que explotan a metros del Obelisco o del Congreso. Balas perdidas desde los autos que pueden matar a un chico que cruza la calle. Para quien quería el peligro, estaba en todas partes, y también para quien no lo buscaba. Y entonces me di cuenta de que no necesitaba correr por Rivadavia en medio de tiroteos y bombas: allí en Barracas los viejos se podían morir fácilmente, y los jóvenes caían sobre los adoquines todavía con la piedra encerrada en un puño.
Una noche, creo que eran las cuatro de la mañana, sonó el teléfono. No sé cuánto tiempo, pero Bernardo estaba cansado y debía pensar que lo llamaban del hospital. Como no contestaba, supuse que estaba dormido o simplemente ignoraba el timbre. Me levanté y atendí. Una voz desesperada se hundió en mi oído. Era Ricardo, al fin reconocí las inflexiones de su voz en medio de un tartamudeo y el llanto.
- ¿Qué pasó, por Dios, tranqulizáte?
-A Graciela…-dijo, esforzándose por calmarse, pero le costaba seguir.
- ¿Qué le pasó? -Eso dos me tenían con un nudo en la garganta desde que los habíamos frecuentado, cada vez que sonaba el teléfono me daba un vuelco el corazón pensando que les había sucedido algo. Ella era una bomba a punto de explotar, y él el detonador.
-La violaron.
Esa misma mañana fui para allá. Bernardo no había conseguido reemplazante en el hospital, y le dije que no se preocupara, pero siempre se sentía obligado cuando de algún conocido se trataba.
Cuando llegué a la casa hacía diez minutos que se habían ido los policías. Graciela estaba en su cuarto. Ricardo me recibió con el pelo largo y revuelto. Noté que se quejó un poco cuando me dio la mano.
-No es nada, uno de los tipos me empujó cuando salió corriendo.
- ¿Uno…? -fue mi única reacción.
Entonces me contó lo que había visto. Ya no vivía en la casa, pero quería a Graciela e iba a verla casi todos los días porque no la veía bien. Las clases no habían tenido éxito, los chicos se quejaban con sus padres de que la maestra estaba distraía y hablaba sola. Se armó un lío cuando una madre vino a quejarse personalmente, golpeando la puerta y amenazando con llamar a la policía. Había visto los dibujos que Graciela le hacía hacer al hijo: figuras de hombres que la mujer consideraba desnudos, aunque eran simplemente esbozos, líneas sin detalles. Ricardo me los mostró porque llenaban las carpetas que Graciela usaba como modelos. Pero luego me enseñó el cuaderno de ella, el que usaba para los bocetos preliminares de sus pinturas. En todos estaban los Oscuros, en diferentes posiciones, con las tres contexturas clásicas de cualquier hombre. Y que precisamente coincidían por lo menos por aproximación con los tipos que habíamos visto en el velorio. No se lo mencioné a Ricardo, poque me di cuenta de que yo misma estaba cayendo en la misma obsesión, y el camino que me había llevado era de una lógica tan rotunda que me avergoncé de mí misma.
Me dijo que esa anoche había llegado después de las doce, como hacía casi siempre para ver cómo estaba. Como ya no daba clases, no hacía más que pintar y comer poco. En la vereda se cruzó con dos hombres a los que no pudo ver las caras. Le pareció extraño a esas horas, y tuvo la sensación de que habían pasado muy cerca de la verja de la casa. ¿Y si habían salido de allí? Entró y subió corriendo la escalera. Graciela estaba en el piso, con la espalda apoyada en un costado de la cama. Tenía la cara morada, la ropa interior toda rota, pero no lloraba.
-Cuando me vio, me acarició la cara y me dijo que ellos estaban enojados, que estaban celosos por mi causa.
Pero un hombre salió de algún rincón en donde se había mantenido escondido, y pasó corriendo, empujándolo y tirándolo al piso. Ricardo sólo pudo ver la sombra fuerte de alguien que salía al balcón y se arrojaba sobre el árbol que extendía sus ramas ahí nomás junto al barandal. Oyó un par de ramas quebradas y luego los pasos rápidos y fuertes en la vereda, hasta que desaparecieron.
No había visto más que sombras, pero una sombra no deja moretones ni dolores en el cuerpo. Entonces se interrumpió, porque tenía miedo de lo que iba a decir.
- ¿La llevaste al hospital?
-No quiso.
-Pero la policía…
-Ella se puso a gritar que la iban a matar, que todo lo de esa noche había sido una advertencia, nada más. Los policías no insistieron, creo que no le creyeron nada, ni siquiera a mi cuando les dije…
- ¿Qué?
-Los Oscuros, Cecilia, ya no están en el cuadro.
¡Ay, Dios!, me dije llena de hastío e impotencia, frotándome la cara con las manos. Me dispuse a subir la escalera, sacando conclusiones que me apartaran de las insensateces de esa casa de locos.
¿Sería posible que los tres hombres fuesen los culpables? Méndez y Benitez tenían algún familiar relacionado con el accidente, pero Ansaldi, que era el tercero necesario, ¿qué hacía en el velorio? Además, no me constaba que se conocieran entre sí, y no encontraba motivo por el que sintieran resentimiento o venganza contra Graciela. Hasta que, mirando detenidamente los peldaños de la escalera como si en ellos siguiera los pasos de mi razonamiento, se me ocurrió desconfiar de Ricardo. ¿Y si fue él?
Pero cuando entré al cuarto, todas aquellas hipótesis se desvanecieron, unas por imposibles, otras por absurdas. La habitación estaba a oscuras. Me acerqué al balcón, con el vidrio del ventanal roto, y levanté las cortinas de madera, pesadas y ruidosas. Graciela estaba en la cama, abrigada con una frazada.
-Hola, Grace- le dije, porque le gustaba que la llamaran de ese modo inglés.
Abrió los ojos. Los tenía amoratados, igual que los brazos. Aparté un poco las sábanas y vi que seguía desnuda y con la pelvis quemada por cigarrillos y llena de moretones.
-No hables si te duele, Grace. Dormí, que te va a hacer bien.
Ricardo nos veía desde la puerta, pero luego me di cuenta de que en realidad miraba la pared. Cuando yo lo hice, me quedé quieta como si estuviese rodeada de una multitud en la que cada uno tuviese un arma. Miedo no, fue terror que se me presentó con un escalofrío que en realidad fue el viento frío de la mañana entrando por el balcón. El follaje se movía, y oí el crujido de las ramas rotas que todavía colgaban casi al ras de la vereda.
Contemplé el cuadro como si lo viese por primera vez, porque así era. ¿Era otro cuadro? Debía serlo, así me lo decía la lógica. Pero era exactamente igual, excepto por la ausencia de las tres figuras. Disimulé mi asombro preguntando:
- ¿Lo cambiaron?
-Es el mismo. Los hombres desaparecieron anoche, cuando pasó esto.
-No seas imbécil, ¿querés decir que salieron de la tela y la violaron? Estás más loco que…-Me tapé la boca y me mordí los labios. Estúpida, me dije.
Bajamos otra vez a la planta baja y nos sentamos a la mesa de la cocina.
- ¿Conocés a algún Ansaldi por acá en Quilmes, o en la zona sur?
Ricardo levantó la vista de la taza de café que yo le había preparado. Tenía ojeras, estaba demacrado.
- ¿El coronel Ansaldi, el de Berazategui?
- Puede ser, ¿tiene familia en La Plata?
-Todos los milicos de zona sur se conocen, está lleno de cuarteles y centros de adiestramiento. Son dueños de muchos campos.
- ¿Viste a alguno en el velorio?
-A muchos. Los Ansaldi son muchos y están emparentados también por matrimonios. Los que no se llaman así es porque el apellido les viene por parte de madre. Creí que lo sabías, por tu trabajo, digo. El chico que Bernardo salvó se escapó del hospital. Todavía no lo encuentran, y no creo que lo hagan. Por acá se dice que los Ansaldi se lo llevaron.
- ¿Para qué? Ay, Dios, ¡estoy cada día más estúpida!
- ¡Andá a saber! La trata, Cecilia, la venta de cuerpos, de chicos. Ya sabés…
-Pero a Graciela la violaron de verdad, ¿no?
Me miró con odio, esos ojos claros transparentaban una de las iras más feroces que hubiese visto hasta entonces. Se levantó y rompió la taza. El café salpicó la mesa y mi ropa.
- ¡Claro que la violaron! ¡Vení para acá!
Me agarró de una muñeca con fuerza y me obligó a subir la escalera hasta la habitación. Sin soltarme, apartó la sábana y desnudó el cuerpo de Graciela.
- ¡Mirale la concha y decime si vos, como mujer que sos, no reconocés los signos de una violación! O crees que todo lo imaginamos ella y yo.
Me llevó hasta donde estaba el cuadro.
-La misma pintura de mierda, la obra de arte de Graciela. Yo los vi, a los tres, ahí quietos durante todo el tiempo desde que entré en esta casa. Y todos los días veía cómo avanzaban hacia adelante, un poco cada vez, hasta que al final…
Me soltó y se arrodilló en la alfombra. La camisa abierta y las manos intentando contener el temblor del cuerpo. Tenía la cara hecha un frunce de angustia. Luego fue otra vez hasta la cama y cubrió con rapidez a Graciela, que seguía dormida. Se acostó a su lado, abrazándola, diciendo algo así como una letanía.
Salí del cuarto, sin apenarme por la muñeca magullada. Sólo pensaba en lo que me había dicho: ese movimiento de los hombres del cuadro. Lo que yo creía mi propia imaginación, era también la de los otros. La realidad es, tal vez, el resultado de una serie aún desconocida de mecanismos matemáticos, alquímicos o simplemente físicos, de la totalidad de las fantasías alguna vez imaginadas.
Me quedé todo el tiempo que las ásperas relaciones entre Ricardo y yo lo permitieron. Hablé por teléfono a diario con la redacción, y Beltrame me pedía, a cambio de dejarme faltar, mandarle artículos sobre la violación, el ataque o lo que fuese, y sobre la inseguridad y la delincuencia en el conurbano. Llegué a ver la situación no como una traición a mis amigos, sino que, además de necesitar serenarme haciendo lo que me agrada, que es pensar y escribir, creía estar colaborando el esclarecer un poco las aguas turbias. No pretendía meter la mano en el nido de avispas, lo veía demasiado peligroso, y lo que había pasado en esa casa de Quilmes era simplemente un foco aislado y accidental, o lo que suelen llamarse efectos colaterales de una situación general que tenía raíces demasiado profundas en la psiquis argentina. Un producto frankensteiniano, si se me permite la palabra, de vanidad, holgazanería y frustración sociales, mezclada con la habitual e inevitable complejidad de la organización psicomotriz de cualquier ser humano: la avaricia carnal, el odio como secreción de la impotencia, la furia de la infelicidad, los tumores como concepciones violentas. Los niños monstruos que crecen deformes, con mirada torva y vocabulario obsceno. Los que las buenas costumbres, que también son cánceres de sábanas limpias, intentan esconder en desvanes de casas antiguas, en hospitales abandonados por la desidia oficial, o arrojados en los ríos que suelen ser cómplices de los hombres porque suelen ser muy parecidos (la indiferencia, la prepotencia, la corrupción).
Escribía en la máquina que encontré arrumbada en una habitación que habría servido de escritorio tal vez al padre de Graciela. Es un cuarto estrecho comparado con el resto de las habitaciones de la casa, y la simpleza del lugar mostraba que la obsesión acumuladora de Graciela no había llegado hasta allí. Una biblioteca con libros de abogacía, llenos de polvo en los cantos, folios con papeles sueltos y mal ordenados como si hubiesen sido consultados apenas el día anterior. Pero el polvo y el moho delataban el tiempo, lo mismo que las arañas que se escabullían ante mi curiosidad e intromisión. Con la puerta cerrada para no molestar a Graciela, escribía los artículos hablando de la inseguridad con teorías propias y muchas extraídas a la bibliografía rudamente memorizada. Muchas veces creí estar exagerando con teorías de conspiraciones que harían reír a los fanáticos de la realidad, y entonces me limitaba a describir los hechos. Pero pocos son los que ven la riqueza de los hechos: la ley suele juzgarlos por sí mismos con la frialdad que llaman objetividad, y esa frialdad tampoco es una denominación correcta, porque todo objeto puede desmenuzarse en miles de partes, y cada una tendrá algo diferente del conjunto.
Los tres hombres de mi historia son entes aislados en un mundo multiplicadamente complejo. La idea cerebral de la perversión implica la existencia de una idea previa o simplemente paralela y contraria que sirve de comparación. El mal requiere del bien, y viceversa, para su existencia mutua. Nunca aparecen puros, son demasiado débiles. Los alimenta la carne y las ideas, esos dos elementos nobles de los hombres. La química me atrae y me aterra. Me asombra y le temo a los productos que surgen de la combinación de dos elementos diferentes que dan otra cosa más diferente aún. Lo aparentemente incontrolable del resultado es a lo que temo.
Un hijo, por ejemplo.
Pienso en Bernardo, que me llama todas las noches desde casa o el hospital, preguntando cómo estoy y cómo está Graciela. Pregunta por Ricardo si ya ha llegado del trabajo, le paso el tubo del teléfono sin hablarle, y escucho su voz queda a veces, enojada otras tantas. Los hombres se hablan poco y se entienden por más que se peleen. Las mujeres hablamos mucho y quedamos resentidas. La solidaridad femenina no existe, por eso hemos perdido. El feminismo de los libros, de las manifestaciones y de las reivindicaciones sociales son peleas a gritos de una mala novela latinoamericana.
6
A fines de diciembre estaba muy caluroso. Fue un sábado, lo recuerdo porque Bernardo había llegado poco después del mediodía del hospital, con una bolsa de carbón y otra con dos kilos de asado comprados en el camino para hacer en la parrilla esa noche. El clima era ideal para estar en el patio todo el día, oliendo el perfume de las plantas, que rústicas y descuidas crecían a su libre albedrío. Me encontró sentada en el patio, con el gato que iba y venía por el barrio sin que perteneciera a nadie, creo, sobre mi falda. Bernardo vio un rasguño en la piel de mi muslo, porque solía saludarme al llegar con un beso en la boca y una mano levantándome la pollera sin discreción.
-Tené cuidado-me dijo.
Yo asentí, porque me gustaba que me cuidara. Sabía lo de mi padre y la diabetes. Más tarde me cuidaría más, hasta el punto de la desesperación y eso que llamamos impotencia, productos de los sueños frustrados. No nos conformamos con el instante en que confluyen el calor y el amor, no nos son suficientes porque a ninguno de los dos podemos conservarlos, como Bernardo querría y suele hacer con las piezas anatómicas del hospital, en una heladera o en un frasco de formol.
Esa noche él vigilaba el fuego, cuyas brasas iluminaban nuestras caras allí nomas, sentados ambos en las sillas del juego de jardín, mirando las estrellas del cielo de verano, con un vino que a veces le regalaba algún paciente.
- ¿Qué sabés de Graciela? ¿Cómo sigue el asunto?
-No hay nada nuevo. Ella se negó a que la examinen, así que la denuncia quedó en nada.
-Pero los abogados encuentran maneras…
-Ella no quiere…Además, una compensación económica a quién se la iban a pedir, ¿al municipio? A veces me asombra tu ingenuidad, Bernie.
-Dirás mi fatal idealismo. Ibáñez me dijo muchas veces que haga terapia. Los médicos tenemos como dos mundos paralelos entre los que intentamos construir puentes que se derrumban, la realidad del cuerpo vivo y la del cuerpo anatómico.
-La realidad no es un esquema de Testut-le dije.
Él se levantó a dar vuelta la carne en la parrilla y atizar las brasas.
Escuchamos que alguien palmeaba en la puerta. Los perros del vecino ladraron. Voy yo, le dije. Me parecía raro que alguien nos visitase a las once de la noche de un sábado en un barrio en el que éramos nuevos y todavía vistos con despreciativo respeto: un médico y una periodista (que se pretendía escritora).
Recorrí el patio hasta la puerta de entrada. Miré por la mirilla y vi la sombra de un hombre.
- ¿Quién es?
La cabeza se acercó a la mirilla como si pretendiese verme también a través de ella, y fue una sombra que cubrió la poca de la calle. Escuché la voz, y abrí. Ricardo prácticamente se derrumbó sobre mí, llorando. No alcancé a cerrar la puerta porque tuve que sostenerlo para no caernos y llamé a Bernardo a gritos. Entre los dos lo sentamos en la mecedora del patio. No quería soltarme. Me abrazaba y gemía con la cabeza apoyada en mi hombro.
- ¿Qué pasa? Tranquilizáte un poco. - Mi tono era impaciente, lo sé. Estaba cansada de sostener las tragedias de esos dos que no se dejaban ayudar.
Bernardo trajo su maletín y le inyectó algo en el brazo al levantarle la manga de la remera toda transpirada. Ricardo se sobresaltó un poco con el pinchazo, me soltó y miró a la cara a Bernardo. El rostro deformado por la angustia, sucio de lágrimas secas sobre las que se juntaban nuevos surcos de otras nuevas. El pelo más largo que la vez anterior, desordenado, la barba crecida y con olor a sucio, en la que había sentido el aroma de la sangre.
Entonces abrazó a Bernardo y empezó a decir:
-Tenés que salvarla, ¿sabés? Prometéme que la vas a salvar.
Miré a Bernardo y ya no dudaba de una tragedia, pero restaba saber cuál. Me paré delante de ellos dos y miré alrededor. Por un instante me creí en un anfiteatro en un verano griego mirando una obra de Sófocles: los gritos y los gestos, el llanto y la naturaleza irremediable de los actos humanos. Los vi abrazarse y entendí que Bernardo lo entendía mejor que yo, y que el otro se sentía consolado con los brazos que yo no supe extenderle, y sobre un hombro que era tan fuerte como el suyo. La simbiosis de la igualdad a veces es el equilibrio necesario. La complementariedad de los contrarios ha sido sobreestimada.
El asado terminó quemándose, supongo, y la noche del sábado se convirtió en una vigilia cuya urgencia se fue transformado en una lenta, insoportable y hostil espera de la mañana. Lo ayudamos a entrar a casa, no fuera que los vecinos estuvieran parando la oreja en la medianera. Lo acostamos en el sofá y fui a prepararle algo caliente a la cocina. Bernardo entró un par de veces.
- ¿Cómo está?
-Más tranquilo, pero no quiero sedarlo del todo, no sé qué pudo haber consumido antes. ¿Y vos que estás haciendo?
-Ya lo ves…
Lo vi sacar de un mueble bajo de la cocina una botella de whisky.
-Lo vas a matar-le dije, medio sonriendo.
- ¿Te parece? ¿Después de lo que me contó?
Dejé la pava sobre la hornalla, pero cuando iba al living a hablar con Ricardo, me detuvo. El mismo apretón en la muñeca era ahora otro hombre el que me lo hacía.
-Esperá, Ceci. Yo te digo, mejor.
Yo ya estaba llorando porque sabía la respuesta. No el cómo ni la forma, sino el resultado de esa operación aritmética en la que se había convertido la tragedia griega: la suma de los muertos era igual al producto de la resta. La complementariedad, tan obstinada en demostrar la superioridad de los contrarios, había conquistado la noche.
-Se mató, Ceci. Se tiró bajo el tren, en el paso a nivel ese, el que vimos…
No pude evitar ponerme a llorar como una estúpida, y aborrecí mi condición de mujer llena de sentimentalismos absurdos, de imposibilidades creadas, de abstractas reminiscencias ancladas en ritos que estaban enraizados en mí como si yo fuese una diosa condenada a ser siempre eso: lo eterno deletéreo, lo eterno que no sabe morir. Y allí estaban las palabras de Bernardo, construyendo la escena final de la tragedia: el hombre de ciencia que finalmente era el mejor escritor para esta obra que se fue armando de a poco, día a día, mes tras mes a lo largo del final de un invierno, una primavera y del comienzo de un verano. Las palabras que eran puentes destruidos antes de que alguien los traspasara, que eran grandes grúas que intentaban abrazar los cuerpos que transcurrían por el río, y yo sentía en mi espalda el frío del metal exacerbado por el frío de las aguas.
Intenté apartarme de él, empujándolo, golpeándole el pecho con risibles intentos de muñeca de plástico. Pero él no me soltaba porque me quería, porque intentaba fundir en su cuerpo toda la ira que yo sentía, la amargura que se había abierto paso en mi conciencia que vanidosamente se jactaba de exactitud, voluntad y raciocinio.
Escuchamos un golpe en el living, y Bernardo giró la cabeza hacia la puerta de la cocina. Pobre, me dije, probe doctor que se ha echado encima el cuidado de dos almas torpes en su desesperado y fútil intento de comprender la realidad.
Ricardo había intentado levantarse, pero se cayó al piso por efecto del sedante. No se había lastimado, así que lo sentamos. La remera estaba completamente mojada. Bernardo se la sacó y fui a buscar una toalla para secarlo. Le froté la espalda y los hombros. Me miró y dijo: “Así lo hacía Grace”.
-Está bien, Ricky, está bien…
- ¿Sabés lo que le pasó?
Asentí sin decir nada.
- ¿Te contó Bernardo cómo murió?
Dejé la toalla y me senté a su lado. Con un brazo por encima de sus hombros intenté mecerlo como a un chico.
-No, querido. No importa ahora.
-Sí que importa, Ceci. Uno no se muere de cualquier manera, ella…ella eligió esa…y yo quiero entender.
- ¿Y qué hay que entender? Fue su decisión y nada más.
- ¿Y nosotros?
-Seguimos acá.
- ¿Cómo si nada?
-Como si nada, no, pero ¿qué podemos hacer?
Miró a Bernardo y aceptó el vaso de whisky. Bebió un sorbo y Bernie se lo sacó despacio de la mano.
Le hablaba a él, no a mí.
-Anoche hicimos el amor después de mucho tiempo, ¿sabés? Fue algo hermoso sentir su cuerpo luego de las peleas y la desgracia. Creí que empezábamos de nuevo. Ella se levantó temprano y fue a su taller en el garaje. Nunca había dejado de pintar, pero yo no quería ver los cuadros porque los pocos que había visto empezados eran siempre sobre los Oscuros y todas esas imágenes tristes que no entendía. No había manera de apartarla de esas ideas, y me dije que si por lo menos las transformaba en arte, se desharía de ellas de esa manera. Pero yo no soy artista, y no comprendía que todo eso no son más que teorías psicológicas. Me di cuenta de que su arte alimentaba la obsesión, pero no de que también parecía estar creando un mundo que se construía en la realidad.
Se detuvo, pidió otro sorbo del whisky. Bernardo se lo dio, le murmuró una queda palabra de conformidad, de complicidad, y volvió a sacárselo de las manos.
-Tantas veces me pregunté si lo que ella me contaba de esos seres que venían de otro mundo en realidad no venían de su propio mundo. Pero no era ese el problema. Los hombres que la atacaron existen en alguna parte de este barrio. Los he visto, y son como los de las pinturas.
- ¿Iguales? - pregunté.
No me hizo caso, seguía hablándole a Bernardo.
-Esta mañana me levanté y me puse a preparar el mate para los dos. Solía dejarle la pava y el mate en una bandeja sobre una mesita al lado del taburete en el que se sentaba a pintar, y me iba a trabajar. Cuando fui, ella no estaba, había ido al baño en la planta alta. Me puse a mirar las pinturas, contra mi costumbre. Creo que me sentía demasiado bien por nuestra reconciliación, así que todo era nuevo para mí, de algún modo. Los cuadros estaban apilados de canto sobre el piso y apoyados contra la pared. Vi, como pensaba, todas esas figuras más desarrolladas en diversas posiciones y escenarios. Unas en lo que parecía un negocio de barrio, una especie de carnicería me pareció. Otras en una oficina de algún edificio céntrico en Buenos Aires, frente a una plaza. Otras en una casa común y corriente, de barrio con calles en diagonal. Era como ver una historieta y la historia se iba revelando a medida que pasaban las páginas. La vida de esos hombres, solitaria, pero con aspectos comunes. Como vos y yo, creo-le dijo a Bernardo. -No tenemos nada en común pero en algún punto coincidimos. Nos une la bronca, a lo mejor, o la tragedia y la desesperación, que es la más fiel de las esposas.
Bernardo le dio otra vez el vaso, pero él bebió antes. No me miraron, yo no existía.
-Salí sin saludarla. ¿Te das cuenta?
Se tapó la cara.
-Me doy cuenta-contestó Bernardo.
Era la una o dos de la mañana. El barrio estaba en silencio completo. La luz del velador sobre la mesa junto al sofá era como una luciérnaga en un campo desolado. Muebles viejos y sillas viejas conseguidas en una casa de empeño cumplían el papel de edificios abandonados en esa ciudad en la que estábamos: la noche construida alrededor de la descripción de una tragedia.
-Después, a la tarde, lo supe. Y cuando me lo contaron fue como verla exactamente, porque lo que el policía me contaba con palabras plagadas de tecnicismos que cubrían malamente la pobreza y la mala educación, yo compensaba todo eso con la belleza de Graciela, imaginando su cuerpo caminando por la calle, con el pantalón de jean que usaba para pintar, manchado con colores diversos, y la blusa vieja que había cubierto con la campera, esa, ¿te acordás? que se puso el día que salimos a comer. Caminaba por las calles, pensando, sin ver nada, porque no era su costumbre salir los sábados a la mañana. La vi subir y bajar de las veredas, cruzar las calles, pisar las baldosas rotas y esquivar los charcos de las cunetas. Se quedó, tal vez, parada un rato en una esquina, como si esperara el colectivo. Pero ella miraba más allá, hacia la estación. Sin embargo, no entraría para subir al andén, seguiría de largo una cuadra o dos, hasta llegar a las barreras del paso a nivel. Debían ser las nueve de la mañana todavía pero ya había mucho movimiento, los que trabajan los sábados y los que salen a comprar o caminar por el centro como el único paseo de fin de semana del que pueden darse el gusto. La imagino parada frente a las barandas de metal que zigzaguean el caminito por el que los peatones cruzan las vías. El rojo y el blanco dando el aviso de alerta, y ella dudando en entrar, como si fuese un largo laberinto del que temía no encontrar la salida.
Tosió. Bernardo le dio una servilleta de papel y lo vimos escupir moco y lágrimas. Estornudó y Bernardo se ocupó de ir a tirar el papel sucio. Trajo la botella de whisky y la dejó sobre la mesita junto al sofá. Sentado frente a Ricardo en una silla, le palmeaba la cara con cariño.
Ricardo hizo una mueca que se parecía a una sonrisa, pero que aún le daba vergüenza.
-Pero no le fue tan difícil. Pasó el laberinto y llegó ante las vías. Miró a un lado y a otro, los rieles paralelos que se juntaban al final y al comienzo del trayecto a la largo varias localidades. El mundo, sin embargo, confluía ahí, donde ella estaba, en la perpendicular de las vías y una calle cualquiera, donde las barreras estaban rotas desde hacía años, subiendo y bajando al ritmo irregular del buen o mal funcionamiento. Pero no importaba, ella era una persona sola que tenía sus piernas para cruzar rápidamente, viendo el tren que se acercaba hacia la estación, cada vez más lento, pero que aún estaba a dos cuadras de distancia antes de detenerse en la estación. Graciela cerró los ojos, seguramente, para sentir con más intensidad el olor del acero caliente que tanto le atraía de las vías, para escuchar la bocina del tren anunciando su llegada, estridente, alarmista, imponderable como una tempestad. Sentiría, también, el retumbar del acero y de la tierra bajo los pies, creciendo a medida que la embestida de los cientos de bestias de hierros se acercaba sin posibilidad de otra cosa más que de seguir, porque para eso habían sido creadas. Después el viento a su alrededor, el torbellino que la máquina creaba a su alrededor.
Se detuvo, tragó saliva para desatar el nudo en su garganta.
-Y se tiró justo antes, un segundo antes, o en el mismo instante, ¿o diez segundos antes?, ¿o un minuto? Lo mismo da, y ¿cómo saberlo, me querés decir? ¿Cómo saber a menos que uno mismo lo haga? Y a nadie le serviría saberlo, porque no hay mejor o peor forma de morir que la que es eficaz.
Eran las tres de la mañana.
-Andá a dormir, Ceci. Yo me quedo a cuidarlo un rato, por lo menos hasta que se duerma.
Me besó, me abrazó un rato largo mientras yo lloraba. Me acompañó a la cama y me arropó. Después se fue de vuelta a la sala y oí mover una silla, un par de cuchicheos y la luz que se apagaba.
Sucumbí a un duermevela lleno de sueños ridículos mezclados con otros que simulaban la realidad más con crueldad que compasión. Así son los sueños y por eso no los entendemos. Nos conformamos con su extrañeza, y pensamos que de esa forma cumplen su función. Nos despertamos más tranquilos al ver que la realidad es más cuerda, y al salir de la cama vemos por la ventana el panorama de una guerra que comienza.
En la mañana vino Mateo Ibáñez a buscarnos con el auto. Los hombres se ducharon, y hablaron mientras desayunaban. Yo me vestí lentamente, y de tanto en tanto Bernardo entraba a ver si me sentía bien. Me trajo una taza de café con leche, y facturas que Mateo había traído. Habría sido una espléndida mañana de domingo, soleada y con amigos para desayunar en la mesa del patio, pero nosotros teníamos cita con un funeral.
Fuimos a Quilmes en el Falcon de Ibáñez. Ricardo y yo atrás, Bernardo adelante. Ricardo había vuelto a dormirse, yo cerré los ojos, escuchando la conversación que trascurría en el asiento delantero. Bernardo debió darse vuelta para vernos, no desconocía la sensibilidad de los oídos de una mujer.
- ¿Hablaste con los del municipio?
- ¿Con esos inútiles? Sí, pero no hicieron más que levantar lo que quedaba y ponerlo en una bolsa.
-Te agradezco que aceleraras todo, Mateo. Cuanto antes termine esto, mejor.
Fue un velatorio triste, con las mínimas cosas que cubrían el presupuesto del seguro y la obra social de los maestros, El cajón, por supuesto, cerrado, y unas pocas flores. Fueron unos algunos vecinos del barrio, la mayoría por curiosidad, se notaba en las expresiones el concepto en la que la tenían. Ningún chico, ningún padre o madre en representación de los alumnos.
Fueron cinco horas de velatorio durante la siesta del domingo, de por sí ya preñada de tristeza o somnolencia, de una especie de decrepitud en la que se hunde la semana sin saber si va a despertar. Entonces, luego de un largo rato de estar sentados o dando vueltas, bostezando o intentando que Ricardo se mantuviera sentado en la silla (Bernardo le había dado otro sedante en la mañana y al llegar al velorio), escuché la bocina del tren que llegaba a la estación. En seguida entró el perro. Era grande, de pelo espeso, y lo siguió un hombre. La luz de la tarde entró como un chorro de luminosidad blanca en la penumbra de la sala. Apenas pude ver su silueta recortada contra la luz. Pensé en el cuadro, era inevitable. Ahora cualquier esbozo con la forma de hombre, aunque fuese una caricatura del diario, me lo recordaba.
Se cerró la puerta, y cuando fui acostumbrándome de nuevo a la penumbra, vi al hombre que había entrado, seguido del perro. Se acercó al féretro, el perro husmeó el piso y se sentó, mirando a su dueño. El hombre era delgado, de barba oscura, cara blanca como la leche, cabello oscuro. Los ojos, que apenas pude ver desde donde estaba eran pequeños. Vestía un pantalón de corderoy y un cardigan de lana. Me levanté de un salto y Bernardo me siguió, preguntando qué pasaba.
-Ese hombre- le dije. -Es uno de ellos.
- ¿Uno de quienes?
-De los que… ¡yo qué sé! Pero se parece al que se escapó de La plata, ya te conté.
Me acerqué.
-Buenas tardes, señor. ¿Usted conocía a Graciela?
Me miró con ojos tristes.
-Si no se permiten perros, lo lamento, pero si lo dejo afuera se pone a aullar.
-No dije eso, le pregunté si conocía a Graciela.
-No la conocía, pero era prima de mi mujer. Laura no pudo venir, y me pidió que presentara sus respetos.
No tenía idea de los parientes de Graciela.
-Lamento mi brusquedad…es que…
-Lo entiendo… ¿Usted…qué relación tenía usted con ella?
-Una amiga, en realidad una compañera del secundario, nada más.
Me di vuelta y regresé a sentarme junto a Bernardo. Vergüenza y hastío llenaban mis pulmones y latían en mi cabeza como dos monstruos lacerantes.
-Vamos a casa, por favor, no me siento bien.
Yo salí después de que Mateo y Bernardo ayudaran a Ricardo a caminar. Vi que el hombre nos miraba de costado, y recién me di cuenta de que no le había preguntado el nombre. Volví, decidida en mi obstinación.
-Disculpe que lo moleste, pero no me dijo su nombre.
-Tomás-dijo.
No me sorprendió, creo que hasta me sentí más tranquila. Acaricié la cabeza del perro.
- ¿Cómo se llama?
-Perro. No puedo darle otro nombre después del otro que se murió.
-Entiendo-dije. Saludé y me fui.
El lunes al mediodía era el funeral. Pero el resto del domingo lo pasamos en silencio, yo en la cama, Bernardo dando vueltas por la casa, viendo las antigüedades y echando un vistazo a Ricardo que vivía tranquilo en el limbo de los somníferos. No lloraba, no sufría, hasta que el cuerpo de Graciela desapareciera bajo tierra, y recién entonces su recuerdo volvería para no abandonarlo.
Me acosté en la habitación de Graciela, en la misma cama. Miré la ventana del balcón, las paredes blancas y la pintura de los Oscuros, el fondo del cuadro sumido en los incontables tonos de grises, la calle de un barrio cualquiera vacía luego de que sus habitantes la abandonaran. Recordé las pinturas que había hecho en esos meses. ¿Qué sucedería con la casa y todas las cosas que había dentro? Tal vez la prima había mandado a su marido al velorio para poner un pie en el terreno de su interés. Yo no sabía si las pinturas de Graciela valdrían algo.
Bajé, dispuesta a distraer mi pesadumbre con alguna ocupación, y le pregunté a Bernardo qué opinaba. Lo vi contemplando una pintura de la sala: los Oscuros aquí eran una aberración de estilo incierto, algo así como expresionismo alemán, de tonos ocres y dorados, por eso estaba en la sala principal de la casa.
-Me parecen buenas pinturas. Tenía talento, pero lo escondía.
-Habría que pedir la opinión de un marchand. Creo que mi jefe conoce alguno.
Fuimos juntos al taller de Graciela. Abrimos la puerta y encontramos el lugar iluminado como si la luz hubiese persistido encerrada en ese lugar cuando ya la tarde del domingo sucumbía.
Nos miramos pensando lo mismo. Vimos los cuadros colgados, la paleta que había dejado sin limpiar el día anterior, la pintura en la que estaba trabajando. Había decenas de cuadros apoyados contra las paredes, unos sobre otros. Bernardo se puso a mover y mirar los de un lado, yo los del otro. Encontré lo que Ricardo nos había contado, las múltiples escenas de los Oscuros en sus diferentes vidas. No podía observarlos sin sentimientos. Los pasé rápido, pero continué para hacer tiempo, quizá, o por temor a serle infiel a Graciela. Esa tarde había descubierto que no la conocía, lo cual ya sabía de mucho antes, y me había dejado arrastrar por la confianza de esos pocos meses.
Y de pronto tuve que detenerme.
Vi ese cuadro y empecé a temer que las manos y los brazos me traicionaran cuando fuera a levantarlo y apartarlo de los otros. Eso estaba haciendo, y Bernardo escuchó mi respiración entrecortada y se acercó a ayudarme.
Cuando lo apoyamos en la pared, él entendió lo que me pasaba.
La tela era grande, tal vez del mismo tamaño de la que estaba en su habitación.
Era la misma calle, los mismos tonos grises, la misma iluminación incierta. Estaban, otra vez las tres figuras de los Oscuros, esta vez de espaldas, caminando claramente hacia el final de la calle que se perdía en la perspectiva. Pero había una cuarta figura, de un tono más oscuro, casi negro como el del sobretodo que había visto alguna vez en el armario, y el cabello largo era más claro.
Era una mujer, y se iba con ellos.
ANATOMÍA DEL SUICIDA
De inmediato surgió de mi
memoria la teoría de Cesare Lombroso, esa especie de moderno Frankenstein, que
a su vez fue un moderno Prometeo en la lúcida imaginación de Mary Shelley.
Mujer de un poeta, su poesía paseó por pasillos más oscuros que los de su esposo,
seguramente, porque hay hombres que se meten en laberintos para perderse
adrede, para no salir jamás de lo establecido por más que den vueltas y
vueltas, lo mil veces conocido es más seguro que la incertidumbre.
Lombroso, entonces, rompió los moldes de
las teorías científicas, y tanta fue su imaginación, que la sociedad de la
época primero lo miró boquiabierta, asombrada ante una teoría demasiado
atrayente para ser rechazada, pero también demasiado fundada en sueños
quiméricos. Hay quien ha dicho que Lombroso fue un gran precursor de la ciencia
ficción, pero su imaginación sufrió el boicot no de la sociedad en la que
vivía, sino de su propia educación recalcitrantemente religiosa. Italiano al
fin, la tradición estaba demasiado arraigada en su espíritu y su mente para
poder luchar hasta la muerte por una teoría sólo en apariencia confirmada en
unos pocos cadáveres robados a la morgue de la ciudad o desenterrados del
cementerio junto a la capilla.
Únicamente los cuerpos de los suicidas
podían ser exhumados sin previa autorización eclesiástica, porque eran
enterrados fuera de terrenos bendecidos. Pero él sabía que aún junto a los
muros de la iglesia hubo quien se pegó un tiro en la sien, o se cortó las venas
hasta desangrarse lentamente, o amaneció colgado de alguna de las rejas que
protegen los vitrales.
Su teoría era demasiado escabrosa, y
demasiado fácil: explicaba todo con la forma de los cuerpos. Las deformidades
eran la expresión de una patología y la explicación de las conductas. Sumó
adherentes, sobre todo en los médicos que se aferran a las vísceras como si
leyesen en libros de arquitectura: los pliegues, las grietas, las
protuberancias, los pedículos, los quistes, los lóbulos. Lo físico, en suma, lo
positivo.
Y por más que muchos renegaron de esa
teoría, y muchos otros refutaron su supuesta verdad con multiplicados ejemplos
en contrario, tantos como los que Lombroso ni todos sus discípulos lograrían
disecar durante años y años, la base del positivismo, ya no tanto anatómico
sino conductual, creó y formó adeptos entre las otras ciencias. La psicología,
por ejemplo, con Comte como uno de los principales, modificándola, por
supuesto, elevándola a criterios más científicos, incluso metafísicos
-contradicción que toda ley engendra en el seno hueco de su origen- hasta el
punto de expandirse por más de medio siglo por toda Europa y cruzar los océanos
hasta esta América que se caracterizó desde un principio por la incompatibilidad
de sus caracteres: la imposible lucha entre el espíritu que los españoles
imponían con la filosa lengua de las espadas, y la naturaleza que era la raíz y
el edificio de las civilizaciones nativas.
Los jesuitas intentaron, con su juicio
asombrosamente práctico, la inteligencia que los caracterizaba para hacer
funcionar pequeños mundos que sabían una quimera como tal vez sabían de la
quimera de Dios, unir ambos mundos. Impusieron enseñanzas, enseñaron ciencias,
lograron crear monstruos bilingües que eran como la criatura del doctor
Frankenstein: meros engendros que respondían a ciertos estímulos externos, criaturas
construidas con una sola pieza del cuerpo, pero con múltiples fragmentos de
psicología: la ciencia, la mística, la obediencia y el orden, el cielo en el
claustro y el infierno en la selva, Dios y los ángeles sobrevolando las
Misiones. Y más allá de los ríos: las ciudades de América que se mataban entre
sí, hasta que ya no pudieron sostener la plataforma de esas mansiones. Y el
exterior vino a buscarlos, y los echó a patadas luego de llevarse a los indios para exterminarlos a su modo.
Y los quiméricos soñadores de la nueva amalgama:
la síntesis de El Dorado con la apostólica misión de la Santa Iglesia se convirtió
en un barro en el que resbalaron todos los que después vinieron, porque esa es
la virtud del agua sobre la tierra, difícilmente crea y casi siempre ahoga las
simientes.
En América, ya muchos años después, otros
sueños argentinos -sí, de plata, obviamente, porque los de oro nunca
existieron- formaron la quimera de un país tan vasto y progresista que
convenció a demasiados hombres inteligentes, o por lo menos fingieron convencerse.
El granero del mundo, nos hicimos llamar. Las presidencias históricas del fin
del siglo XIX, y también las guerras que quisimos imitar parodiando a los del
norte, que tanto envidiamos, que hasta las formas de morir intentamos imitar.
Si ellos habían luchado contra la esclavitud en su propio territorio, nosotros
no podíamos ser menos contra la esclavitud fuera del nuestro. Si no teníamos armas
suficientes, allí estaban los vecinos, si no había hombres en cantidad, para
eso estaban los vecinos, que nunca quieren dejar de ser menos que los otros.
El positivismo, por lo tanto, siempre fue
un recurso para explicar a regañadientes, pero también, y, sobre todo,
desesperadamente, lo que no entendemos: la afinidad por la guerra, lo que es lo
mismo que decir la afinidad por la muerte. Porque matar al otro es exactamente
lo mismo que matarse uno, el juego del espejo invertido.
Lombroso quiso encontrar en sus
disecciones la explicación de las enfermedades mentales. La encontró en la
variedad y en las excepciones, porque todo cerebro es diferente al otro. La
forma y la medida de la conducta fue entonces establecida hasta con hipótesis
dignas de la más alta inteligencia imaginativa: la de Dios, por ejemplo, que es
el único a quien permitimos el abuso de tal capacidad, porque sabe cómo usarla.
Los hombres en cambio, creamos juguetes imperfectos que se rompen fácilmente.
Pero el juguete de Dios ha durado mucho tiempo, tanto que se ha resistido a
morir matando a los demás: el número, la fealdad y el hermetismo es la tríada
dibujada en los escudos. Contra el número excesivo que nos amenaza. Contra la
fealdad que hiere la vista. Contra el silencio inexpugnable de los que piensan.
Comte habría hecho el camino inverso si
lo hubieran dejado, pero su fascinación lo extravió. No es que rechazara el
germen de la idea, sino que su intención de reconstruirla con los elementos conceptuales
y no con la materia del cuerpo, perecederos ambos en tierra de los cementerios,
se confundió en los pasillos de su laboratorio mental. O quién sabe, fueron los
discípulos, como casi siempre, orientan los pasos de su maestro por donde éste
no quiere seguir. Ser más papista que el Papa es la frase obligada, simple y
trivial. Indigna de ser repetida, pero ya está. Fue dicha, y nos apoltronamos
en esta explicación como Comte lo hizo con la de Lombroso. Creó, entonces, una
arquitectura que quiso imitar a la Razón Pura de Kant, pero le fue imposible
mantenerla. Kant la había construido con conceptos, y seguía hermosa, vieja, es
verdad, pero bella en lo inviolable de su ejecución y su trascendencia. La de
Comte, en cambio, pronto fue pudriéndose en los cementerios de las
universidades.
Pero Ingenieros la rescató en este sureño
subcontinente, en este sector rioplatense lleno de humedad y de mosquitos,
donde el frío extremo va de la mano con el calor del trópico que siempre
intenta llamar al sur y convencerlo de comportarse bien: vientos, lluvias
tórridas, pestes, calor y humedad. Pero el mar siempre ha intentado combatir
esas alimañas, disfrazándose de un río que no es más que un traidor de dos
caras, porque no sabe lo que quiere ser: si mar o río, o simplemente un inmenso
lecho de tierra que fue ahogado millones de años antes.
El venerable rector de la universidad de
La Plata tomó el positivismo en sus manos y lo adaptó, y digamos que honró su
inteligencia y sus encomiables intenciones de educación al hacer la mezcla que
vertió en las aulas frente a los alumnos que se asombraban de sus palabras. Qué
bien hablaba, Dios mío, pero sobre todo qué bien escribía. Y fue así como la
sociología se enriqueció con teorías tomadas de acá y allá, y se formaron
discípulos que fueron más funestos que los fundadores. Hablaron y escribieron sobre
lo que nos sucedía como país, y era cierto; sobre nuestra herencia de raza y
las consecuencias psicológicas como sociedad, y todo eso era cierto.
Ayarragaray fue otro que creó teorías que eran tan nuevas como ignorantes del
francés los lectores y los alumnos, porque no todos podían, como los Cané o los
Rivarola hacer su bautismo de hombres durante un año o más en París.
La riqueza literaria fue mayor que la
científica, esa es la verdad, creo. Y hasta esa riqueza fue una imitación que
debió sacudirse y lavarse durante años y años en diversas fuentes para cambiar
de tonos.
Pero las ideas subsisten.
Toda esta extensa introducción nos sirve
para hablar del suicida. No del suicidio como acto. Sino de la naturaleza del
suicida. ¿Hay algo en su rostro que anuncie su intención? ¿Su conducta es
diferente aún en el más breve y trivial gesto hecho alguna vez? Si pudiésemos
explorar las circunvoluciones de su cerebro, ¿veríamos los laberínticos
retruécanos que las viejas teorías dan rienda libre a imaginar?
Fue uno de los sosías de Ingenieros, tal
vez el más dúctil de todos ellos, el que supo comprender el increíble talento
de su amigo y también las contradictorias limitaciones que le daba su enorme
conocimiento, su enciclopedismo, podríamos decir. Aníbal Ponce, en una de sus
conferencias sobre piscología, hablando sobre la angustia, cita a un autor
italiano, que define este sentimiento como una incertezza isuperebile. Cuando leí eso, se abrió una puerta que me
dio paso a toda una serie de conceptos distribuidos en muebles de innumerables
estantes en un inmenso departamento iluminado por un ventanal sin cortinas que
daba al vacío sobre una ciudad que desde la puerta de entrada no alcanzaba a
verse, porque no había alrededor otros edificios tan altos como en el que yo
estaba. Sólo el cielo despejado y el sol frío de una mañana de otoño. Tal vez
el gran río estuviese allá lejos y sin embargo tan cerca, como diría alguna vez
William Hudson rememorando su vida en la pampa. Bajo el ventanal, habría un río
pretensioso que quería ser mar, o un extenso llano sin límites que intentaba
sembrar en la mente de sus pobladores la simbología del mar. La tierra es
sutil, usa, a veces, métodos psicológicos, sublimaciones, tal vez; pero el mar
es rotundo y demasiado sincero, tanto que no sabe mentir porque no puede: el
agua es inestable, es profunda, y no siempre cae bien a nuestro cuerpo. Pero
nuestro cuerpo le pertenece, por eso siempre espera, y cuando se enfada, viene
a buscarnos.
El mar tras el cual está la tierra de
donde muchos de nuestros padres y abuelos llegaron. Y el eco de las palabras
que definen la angustia resonó en el laberinto de mi cerebro con la rotunda
certeza del idioma italiano. Así es, para mí: su sonido es rotundo y definitivo.
No deja otra manera de definir las cosas. Acepta, a regañadientes, otras
formas, sobre todo la delicadeza del francés, que se trate de poesía o de
ciencia, es una nube de polvo y de perfume que envuelve los conceptos y los nombra
como el agua que define la forma del vaso en el que está contenida. No hablemos
del inglés, por supuesto, que es de una practicidad lindante con la obscenidad
de la ignorancia: el inglés presupone la mordacidad y la avaricia escondidas en
los huesos de una prostituta que ansía encontrarse con ese hombre, el
destripador, que la hará sentir lo que no volverá sentir: por una noche
extrema, el precio de su vida.
El italiano, entonces, define la
angustia, o por lo menos la enclaustra poética y científicamente en dos
palabras: incertezza insuperabile. Y esa incertidumbre es la causa de la
angustia del suicida, tal vez.
Como un Lombroso de jardín de infantes,
me pondría a buscar bajo los cráneos de los enfermos incurables del hospital
donde trabaja Bernardo los signos de esa angustia, que como un cáncer estaría
creciendo sin duda en los irrecuperables, los sentenciados. En esos hombres y
mujeres que nos observan desde las camas cuando pasamos por el pasillo del
hospital y atisbamos el interior del cuarto. O en esas caras que nos miran, los
cuerpos apoyados en las paredes, cubiertos con una bata raída o apenas un camisón
de quirófano. Las barbas crecidas y descuidadas, las ojeras como indeseados
inquilinos permanentes, los brazos flacos, las piernas endebles, los pies
cubiertos por la geografía de las venas. Y los ojos, por Dios, que hablan un
italiano que sólo la angustia podría traducir a la hermética ejecución del
alemán: una cámara de gas que ahoga la garganta, y la incendia.
Hombres que se ahogan, eso es el suicida.
La incertidumbre lo es todo: la única concepción plástica que acepta todas las
formas de la infinita posibilidad. Alguien diría que los límites de la
imaginación determinan esas elucubraciones que generan la desesperación tanto
de lo posible como de lo imposible, porque lo imposible a veces es la verdadera
causa del miedo: el esperarlo es la expectativa más alta, y por eso no podernos
renunciar a ella. Hacerlo significaría claudicar. Hay quienes se resignan, pero
caen en la tristeza, lo que quizá llamaríamos amargura, depresión, y luego suicidio.
Por lo tanto, por caminos diferentes, se desemboca en el mismo mar.
¿Alguien ha visto el mar desde una playa
de invierno, el cielo gris, encapotado de nubes con grises manchados aquí y
allá con oscuros nubarrones de formas escandalosas por el desastre que
presiden? Las olas encrespadas, pero aún no demasiado, con la espuma en sus
crestas dispuestas al romper a esparcir los monstruos en la playa: los
esqueletos del agua llena de restos.
Los restos nos definen. Nuestro cuerpo es
un resto de lo que fue ayer. Perdimos millones de células que se han muerto, y
cada una fue un amigo que sabía de nosotros más que nosotros mismos.
Nosotros no somos nuestros propios amigos.
Nos odiamos, nos aborrecemos, y al mirarnos al espejo, la lucha de la luz se
agota en la oscuridad de lo atroz: la carne dura tanto como la cruz.
¿Pero la cruz no es eterna, el símbolo de
la muerte convertida en resurrección?
La cruz está en las tumbas de los
cementerios y en las entradas de las iglesias: vestíbulos.
Sin embargo, la muerte es parte de la
vida. Lombroso pudo haberlo visto sin entenderlo, o por lo menos sin poder
explicarlo sin pasar por loco, cuando ya muchos lo consideraban así.
En la palma de mi mano está predicho mi
futuro, según los quirománticos. ¿Y en qué se diferencia eso de lo que concebía
él? Sólo en que lo anatómico es lo que puede verse con los sentidos
tradicionales, y lo quiromántico lo que se ve con otros sentidos que tienden a
ser menospreciados porque les tenemos miedo.
El suicida decide, entonces, la forma en
que terminará su vida. Eso es parte del motivo de su determinación, por
supuesto. Hay quienes lo piensan durante mucho tiempo, lo anuncian
subrepticiamente, haciéndose los misteriosos para interesar a aquellos en que
quiere suscitar resquemores y remordimientos. Otros, no dicen nada, y se
muestran más optimistas que de costumbre. Ambas formas son señales, pero los
demás no queremos verlas. Al intuirlas, o al simplemente reconocerlas,
desviamos la vista a otro lado y cambiamos la conversación, o nos alejamos. No
queremos mancharnos, no queremos que se nos involucre ni que se sospeche de
nosotros, no queremos recoger los restos, y menos que se nos eche la culpa de
lo que no quisimos evitar.
No nos damos cuenta, sin embargo, de que
estamos imbuidos por la secreción de las telarañas con que ellos nos envuelven.
No hay forma de evitar lo que posiblemente harán, como no hay forma de escabullirse
de sus consecuencias.
La elección del método define el motivo.
La causa del acto a realizar no es única, que sólo suele ser un determinante:
la frustración insuperable, la muerte de alguien, la percepción de un futuro
insoportable. El motivo del acto es en realidad nuestro propio temperamento. Sé
que no es un término científicamente aceptado, y que no explica más que unas
cuantas de las cualidades que pueden verse en las conductas. La palabra temperamento me sugiere, por asociación
heterónima, temperatura, ambos
significando una determinada medida de algo, sean características de la
personalidad o atmosféricas. A su vez, surgen inevitablemente las palabras frío o calor, que denuncian por sí solas ciertos estados que provocan o estimulan
ideas de suicidio o de supervivencia. Me es inevitable, también, evitar la
palabra témpera, que no es más que la
pintura hecha con la mezcla de diferentes pigmentos de diferente contextura,
más o menos espesos, pero siempre flexibles. Entonces, la medida de todos estos
elementos que mezclamos en nuestra psiquis es la que condiciona, en un momento
dado la decisión que tomamos. La dosis de un medicamento, por ejemplo, no es
más que la cantidad y calidad de la química que nuestro cuerpo diariamente
utiliza en su metabolismo, desconocida e inmensurable.
La cantidad de cada pigmento, por ejemplo,
determinará los matices de la pintura.
Graciela, de quien ya he hablado en otra
parte, lo sabía, por lo menos lo intuía. Ella pintaba no lo que veía sino lo
que estaba más allá de todo lo técnicamente comprobable. La medida del cosmos
no es más que la medida que el hombre es capaz de concebir: el hormiguero es el
universo para la hormiga. (O quién sabe, el cerebro de una hormiga puede
sostener, quizá, el peso del cerebro humano, alojándose en el Atlas).
Pero la forma de morir es, probablemente,
lo más pueril y a la vez lo más difícil. Los que deciden por los métodos lentos
e indoloros tal vez sean los que tienen miedo al sufrimiento, y sin embargo ahí
está Madame Bovary, que sin duda por precipitación y la ignorancia que su
marido no supo combatir porque no podía eliminarlo de sí mismo, bebió arsénico
y murió retorciéndose de espasmos que la torturaron más, quizá, que el mismo
futuro al que temía.
Están los que se cortan las venas, y son
tan ineptos que no logran más que lastimarse con cicatrices permanentes que le
recordarán siempre aquel intento, molestando, de paso, a los médicos y
cirujanos. Bernardo tendría mucho que agregar a todo esto, pero más tarde le
pediré su opinión, la que dudo sea piadosa ni paciente.
Los que no quieren el dolor de la muerte,
pienso yo que no están convencidos del todo de finalizar su vida. Si le temen
al dolor, le temen a la vida, pero no la aborrecen: está en la misma definición
de su elección: aman tanto la vida que la quieren simple, templada y tranquila,
como una tarde de verano en la playa. Morir, por lo tanto, para ellos es una
forma más de la vida que desean. Meter la cabeza en el horno y encender la
llave del gas, tal vez sea una forma factible para ellos, no hay sangre y está
siempre presente la posibilidad del sueño o del ensueño. ¿Una explosión?
Siempre es posible si alguien, cuando llegue, enciende la luz, y el cuerpo del
suicida deberá ser velado a cajón cerrado.
Hay tantas, que no me extenderé en ellas,
no fuera que me acusen de una apología que estoy lejos de intentar. La libre
expresión siempre ha sido motivo de mezquindad y censura.
Pero hablemos de las formas violentas.
Así llamo a las que tienen el objetivo de causar la muerte de un momento a
otro, sin vuelta atrás. Pueden generar dolor, pero suele ser breve, si el acto
ha sido bien ejecutado. Es el método que eligen los más decididos, en general,
pero eso no significa que tengan ventajas sobre el temperamento de los otros.
Que el dolor sea breve, significa que están dispuestos a aceptarlo, mientras no
dure mucho, pero sobre todo es el procedimiento que eligen aquellos que no quieren
disponer de tiempo para echarse atrás. Las muertes lentas dejan demasiado
tiempo al arrepentimiento, cuando ya no hay vuelta atrás, quizá, y la ausencia
del dolor físico es contrabalanceada por el dolor del espíritu que se
arrepiente, y no hay otro mayor que el desgarramiento de la conciencia, larga y
duradera.
El tiempo, a diferencia de lo que
pensamos, siempre sobra, sobre todo cuando queremos que transcurra rápido. Aún
quienes eligen la muerte rápida, están expuestos a un tiempo que implica y
requiere la preparación del acto. El que se va a dar un tiro en la sien, deberá
buscar el arma, o ir a comprarla si no dispone de ella, lo cual es muy fácil en
estos tiempos para la gente común y corriente, que es la que suele suicidarse.
(Los que tienen armas de uso diario, no necesitan matarse sino protegerse).
Luego, llenar el cargador con una bala si quieren jugar consigo mismos a la
ruleta rusa, pero esa especie de masoquismo no suele ser de los rotundos
decididos. Es esperable, entonces, que llenen el cargador con varias balas.
Probarán primero, si no tienen experiencia, contra el suelo, y el ruido del
fogonazo tal vez los haga desistir. Los otros, sin embargo, no titubearán.
Pondrán el cañón en el interior de su boca, o lo apoyarán sobre la sien derecha
si son diestros, y cerrando o no lo ojos, se entregarán a Dios, porque ese será
su último pensamiento. El Dios de los quisquillosos y los inconformistas los
recibirá cerca de su trono, pero no demasiado. Hay una línea para ellos: la de
los que llegan con la cabeza abierta, mostrando como en un museo de anatomía,
las sinuosas deformidades de su cerebro.
Están los otros que eligen la horca. Es
un método muy popular, tal vez influenciado por el cine, a la vez que macabro,
es eficaz, y no deja tener un factor romántico el imaginar los rostros de
quienes nos descubrirán colgando de una viga. Para eso, también hay un tiempo
de preparación. Elegir la cuerda adecuada, reemplazada desde hace mucho tiempo por
cables y hasta alambres. El lugar de donde colgaremos ya requiere más elaboración.
No todos los cielos rasos tienen vigas, y a veces la lámpara de la que algunos
deciden colgarse se rompe con el peso del cuerpo, y ya todo se ha estropeado.
Lo mejor es encontrar un gancho, de esos que se usan para colgar las
bicicletas, y están muy de moda en estos tiempos de ejercicios y buena salud. Eso
sí, deberá estar lo suficientemente alto para que nuestros pies no alcancen el
suelo. Después, la silla en la que nos pararemos transitoriamente, mientras
armamos la soga alrededor el cuello. No todos saben cómo armar un nudo
corredizo, y tendrán que practicar. Y durante ese tiempo, podrían arrepentirse,
o quizá simplemente el acto de estudiar los pasos del armado del nudo sirva de
distracción para pensamientos indeseados. Y al final, el último paso, que será
literalmente el último paso de nuestra vida. Empujar la silla y aguardar el
descenso al infierno del vacío. Allí donde no hay nada más que viento a veces
helado, a veces caliente como el fuego del verano, meciendo los millones de
cuerpos que han ido sumándose a lo largo de la historia. Y a veces los cuerpos
rechinan en las cuerdas gastadas o los postes de los que cuelgan, como las
hamacas vacías de una plaza donde no hay chicos, porque los chicos crecieron o
se han muerto, y el yuyo crece alrededor de las hamacas oxidadas que el viento
del invierno, sin embargo, nunca se olvida de empujar.
Después están los que no se animan a
utilizar sus propias manos, y usan a los otros. No los culpemos demasiado, en
esas ocasiones somos muy vulnerables, y el fin buscado es lo único seguro, pero
el medio es incongruente con nuestra manera de pensar, y sobre todo de sentir. Aborrecemos
el dolor, pero amamos la vida, esa incongruencia es la fatalidad que nos
define. Entonces buscamos el mundo exterior para que nos destruya. Repito,
siempre ha sido el método más fácil, y la velocidad ha exacerbado esas posibilidades.
Me refiero a los vehículos de motor, por supuesto. ¿Quién no ha pensado, dicho
o amenazado, aún en broma, en alguna discusión de pareja o siendo adolescentes
con nuestros padres, salir a la calle y tirarse bajo un auto? No pensamos, por
supuesto, en el pobre conductor del vehículo que nos transformó el
revestimiento del asfalto, o tal vez simplemente nos haya mandado al hospital. Pero
ese problema puede ser evitado si recurrimos a los trenes. El conductor del
tren está demasiado lejos, allá arriba, a metros del suelo, y está
acostumbrado, esa es la verdad, a que se le cruce en el camino toda clase de objetos:
autos, colectivos, camiones, bicicletas, motos, perros, hombres, mujeres y
hasta cochecitos de bebé. No podrán parar la larga formación de vagones,
obviamente, y ese es la encomiable excusa que los exonera de toda culpa. Ellos,
los conductores del invierno sobre vías son los dioses temporarios que los
hombres inventaron cuando se inventó la máquina. En ese momento de la historia
del mundo, la humanidad se diferenció definitivamente del resto de la especie
animal. No fue la palabra hablada, no fue la creación de la rueda, no fue la
invención de la imprenta. Sino la maquinaria la que hizo que el hombre fuese el
vicepresidente de Dios, digamos. Siempre culpable de las incompetencias,
siempre expoliados por la cruz a la que no pueden renunciar porque no hay otro funcionario
debajo, y si lo hay, es una masa informe que se llama partido y tiende a
disgregarse, a deshacerse apenas uno intenta sujetarse.
Sin embargo, también deberán esperar a que
llegue el tren, junto al borde del andén, tentando la superficie como un juego
de los pies del que está impaciente. O junto al paso a nivel, aguardando que
bajen las barreras. O en un puente peatonal sobre las vías, viendo el confín
del mundo desde esa débil atalaya urbana: los hombres como hormigas, y el tren
por fin, símbolo del presagio, mensajero del infierno, creación de todos los
dioses alguna vez imaginados, va llegando. Se escucha el sonido de la atronada
bocina, el retumbar en la tierra que anuncia la cercanía, más rápida que el
propio tren, el sonido esta vez más rápido que la vista, por lo menos en estos
precarios tiempos donde la ignorancia invade hasta los objetivos de la muerte.
El hombre es pueril y deforma lo que
analiza, y el objeto tocado se torna otro, y así sucesivamente, hasta que el
archivo del mundo denuncia que la historia no es más que la repetición
constante de un fracaso: el intento frustrado de un soñador enfermo, o de un
eterno enfermo que sueña con no despertar.
Pero volvamos al motivo que generó esta larga
disquisición. La determinación no psicológica ni fisiológica, sino anatómica
del suicida. ¿Es posible distinguirlo de alguna manera por algún rasgo físico,
aunque sea al microscopio? Y si así fuese, ¿no nos consta, a esta altura de los
avances de la ciencia, que incluso estos cambios no se deben sino a la continua
formación y destrucción consecutiva a la constante alquimia del cuerpo? ¿No se
dan, acaso, cambios también luego de la muerte de la materia? Porque cuando
cesa de latir el corazón, la sangre se detiene, y ya no habrá alimento para el
cuerpo. Pero eso es todo. El cadáver, como tal, seguirá evolucionando de algún
modo, y nos consolamos llamándola involución. ¿Pero quién podría asegurarlo?
Un cadáver, como tal, continúa con la
fisiología de la naturaleza, y es por eso por lo que no podemos separar en
disciplinas lo que no es más que una indestructible unidad que decidimos
separar para poderla estudiar mejor. Nuestra mente, en su ignorancia, explora
por métodos. Nuestro corazón juzga, en su egoísmo, por clasificaciones. Ambos
intentan ignorarse entre sí, ignorando el universo en el que viven.
El cadáver del suicida no mostrará cómo
era antes de la muerte buscada, simplemente se limitará a demostrar que la
muerte es un fragmento más de la vida.
Porque el suicida ve a ambas como un dios,
origen y fin de sí mismo. En eso está su orgullo, que no es más que el tímido
consuelo que lo asistirá, sosteniéndole la mano para que no se arrepienta, como
una enfermera o una esposa piadosa, en el último instante.
LIBERTAD Y DESPOJO
1
Ese fue mi último día en la redacción. Por más que hubiesen pasado algunas semanas más para mi definitiva salida, la tarde en que Beltrame y yo conversamos, discutimos, nos peleamos y luego hicimos silencio, al mirarnos supimos que ya no nos veríamos más, que no queríamos vernos más, pero cada uno por diferentes motivos. En la superficie estaban los profesionales, sea la incompatibilidad de opiniones o de caracteres, como un matrimonio que se divorcia porque se da cuenta de que la mutua admiración que cada uno sentía por el otro se tornó en una decepción absoluta, y que ya no hay cabida más que para la lástima vestida de comprensión y embadurnada con la siempre oficial y bien vista, pero quebradiza patina de la tolerancia.
Primero debo explicar cómo empezó todo el proceso de mi alejamiento del diario, y del periodismo en general. Digo bien: proceso. Porque esa palabra estaba muy de moda en aquella época. El llamado Proceso de Reorganización Nacional estaba en boga en los titulares de la prensa, fuese escrita, radial o televisiva. Si nadie quería meterse en problemas, había que utilizar tal rótulo para nombrar al gobierno de facto.
Hacía ya muchos meses, y tal vez las cosas se extendieran a más de un año, en que todos sabíamos que Beltrame nos estaba vendiendo. Un mes uno, un mes otro, los compañeros fueron desapareciendo. Al principio faltaban varios días con la excusa de que estaban enfermos. A veces llamaban ellos mismos, otras sus mujeres, amigos o quien fuese. O simplemente nadie respondía al teléfono. Beltrame gritaba desde su oficina, llamando a Braulio, que lo defendía a rajatabla cuando ya nadie quería mirarlo a la cara. Pero los que renunciaban se iban del país, luego de muchos trámites casi imposibles de mencionar y menos de realizar. Presentaban la renuncia con todas las formalidades, y sin darle tiempo a nada, salían del despacho, tomaban el ascensor y desaparecían. Eso, creo, era un alivio para Betrame, pero después llegaban las largas semanas en que escribía y escribía, aunque nadie sabía con precisión qué, pero de vez en cuando aparecían artículos editoriales con la firma de un tal “Mascarita”, que bajo esa gentil fachada usaba el sarcasmo para denunciar, siempre con indirectas, siempre con un gusto lindante con la elegancia de un Arlequín, a aquellos hombres y mujeres que algunos conocíamos y otros no. Simples militantes, o colaboradores nada más. Lo que llegara a la redacción por cualquier medio que fuese era suficiente para poner en funcionamiento las manos de Bautista Beltrame sobre su máquina de escribir. No era el estilo de redacción que le conocíamos, por supuesto, no los giros literarios que a veces usaba en los cuentos que publicaba en revistas, ni tampoco figuraba en esos artículos la procacidad que le gustaba usar como signo de fuerza o masculinidad mal entendida. Pero todos sabíamos que él tenía el talento suficiente para metamorfosearse. Nadie leyó lo que escribía en esas ocasiones antes de ser publicado. Si lo hacía durante las horas de trabajo, cerraba la puerta con llave y escondía el manuscrito en el escritorio al que nadie podía acceder a menos que lo destrozara con un hacha. En un cajón que ocupaba todo el largo del escritorio y con dos llaves, guardaba lo más valioso: sus escritos, que él decía irrepetibles, que no podría volver a escribir como tales, que eran gemas imperfectas, seguramente -reconocía con ficticia e insana humildad- pero que eran suyas, como era suyo su propio corazón, tan amargo para cualquiera, incluso para sí mismo, pero que era su corazón, a pesar de todo.
Reconocí en esa metáfora las líneas de un poema de Crane, y aunque las dijo delante de varios de nosotros, fui la única que se sonrió por un instante. Él se dio cuenta, evitó mi mirada y se encerró en su despacho. Escuchamos el rechinar del cajón en sus goznes, y luego el repiqueteo del teclado que ese día se extendió hasta bien entrada la noche, cuando ya todos nos habíamos ido y sólo quedaba el corrector para la edición de la mañana. Era Mario Marizza, su protegido, el familiar de militares que sin embargo era la oveja negra, el que iba contra la corriente de la opinión conservadora. A simple vista, no entendíamos, a veces los periodistas son simples redactores de la realidad cotidiana y no ven ni piensan las causas que provocan las conductas y los resultados, lo que sucede en las calles: el tránsito, los disparos y las discusiones, y en la noche el alarmante silencio roto por las sirenas.
Yo me quedaba pensando, acechando con la vista levantada desde mi Remington hacia lo que sucedía en el despacho entre ambos. La complicidad de una pareja de histriones, eso me parecía estar viendo por la puerta entreabierta, la pantalla de un programa cómico donde un actor era el bueno, el gracioso, el tonto, a veces, y el otro el serio, el responsable, el que retaba y se enfadaba frecuentemente. Uno con la voz aguda y casi chillona en sus reclamos y sus excusas, el otro con la voz de barítono, autoritario y autosuficiente. Y creí escuchar en sus largas conversaciones de altibajos, un código: uno convenciendo al otro, mutuamente, hasta que cada uno cambiaba de opinión por la del contario, y volvían a la pelea, pero desde sitios diferentes.
No sé lo que pasaba, como tampoco supe nunca lo que pasaba realmente en el país. No todos eran redactores del diario los que desaparecían, ni siquiera eran lo de opiniones netamente contrarias al régimen. Hubo cadetes, secretarias, hermanos de cualquier miembro del personal, una mujer de la limpieza que entraba todos los días a limpiar la oficina de Beltrame cuando él aún no había llegado, pero un día se encontraron en el pasillo, y al día siguiente ella faltó.
Nosotros, que leíamos en el silencio de nuestros ojos el deseo de molerlo a palos, nos encontrábamos desarmados cuando él nos enfrentaba. El miedo lo envalentonaba, siempre, y sus manos, esos dedos largos y hasta bellos, quizá, eran armas que él usaba como quien recurre a puñales encondidos en una faltriquera, o a un revolver en el cinto, o al sobrecito de veneno escondido en la billetera. Los dedos repiqueteaban en las teclas de la vieja máquina de escribir que había estado allí desde la fundación del diario en 1925, cuando los hombres pensaban diferente, cuando la izquierda era tan valiosa como la derecha y la sociedad era una sola vista por ojos diferentes que la coloreaban a su antojo. Las máquinas son esclavas del pensamiento, y cuando ellas mismas piensen, me he dicho muchas veces, ¿quién las detendrá? No será la piedad, la extraña simbiosis de amor y odio que veíamos en los ojos de Beltrame cuando nos enfrentaba. Él, en cada orden que daba, apenas asomándose a la puerta, sosteniéndose a ella como si hombre o puerta fuesen a caerse, pedía u ordenaba algo, un papel en blanco, un diario de la semana pasada o simplemente un café, aunque fuese tibio y amargo; en cada palabra estaba implícito el nombre de Gloria escrito en sus labios. En el insulto y en el elogio, en la metáfora o en la obscenidad, en la línea de un poema o en el anónimo publicado en un rincón de la página 34, en los clasificados eróticos y los avisos necrológicos, en todo eso que leía y juzgaba antes de cada edición -porque eso debemos reconocer, sin duda, la profesionalidad, la obsesión por la palabra exacta, la adoración que sentía por la letra impresa hasta el punto de no llegar a entenderlo del todo cuando pretendía explicarnos su visión-.
Todo eso se venía abajo cuando pensábamos en lo que hacía, aunque sabíamos que lo hacía para sobrevivir, y quizá también para protegernos a nosotros, porque nosotros éramos el diario, el trabajo, la vida y el pan de cada día. Que los otros se fueran al cielo o al infierno, era el precio de la guerra. Así lo habían dicho los milicos cientos de veces y en todo momento, por Cadena Nacional, luego de la consabida marcha metalizada y estridente que sonaba hasta en los baños de las casas de cualquier barrio, desde la radio que un pobre tipo escuchaba sentado en el inodoro intentado sintonizar el partido del domingo. Ya vendría, pronto, el mundial de fútbol, en unos años, pero ya todos pensaban en eso. Yo escuchaba y miraba a los hombres, reunidos en la oficina a la hora del almuerzo, hablando de fútbol con más pasión que si hablaran de mujeres. A las mujeres hay que protegerlas, hay que pensar en ellas, y todo eso lleva tiempo y preocupación. Pero el fútbol siempre existe por sí mismo, es una entidad que se retroalimenta cada semana, es una bestia a veces caótica pero que siempre entra en los hogares como un animal doméstico, por la pantalla del televisor o por el parlante de una radio, amoldándose a la vida de cada casa o departamento, o casilla de villa miseria, o monoblock inconcluso de cualquier plan de vivienda. En los conglomeradas sonaba la marcha, las botas y los gatillos en los pasillos donde algún chico miraba todo acuclillado en un rincón. Puertas pateadas, si las había, cuerpos arrastrados escaleras abajo. Y al día siguiente, la pelota seguía rodando en la canchita improvisada por los pibes entre el pabellón Juan Domingo y el pabellón Evita, número 1 o número 17, A o C o D, fuese cual fuese, en La Tablada, en Caseros o en Villa Domínico.
Mientras trabajábamos, algunos escuchaban la radio. Casi siempre era el programa de fútbol, a veces una canción de Palito Ortega o de José Larralde, y de tanto en tanto la marcha militar. Y de vez en cuando un noticiero que nos daba vergüenza ajena, pero que sin embargo en ocasiones era útil escuchar para conocer lo que realmente estaba sucediendo en las calles en esos momentos. Y fue así como el nombre de Gloria Sanmarco se hizo cada vez más frecuente. Para cuando me pasaron los datos para contactarla, ya habían pasado varias semanas de manifestaciones intensas por lo violentas en las calles del Congreso, como también en Córdoba y Rosario. Las noticias anunciaban que en cada una había hablado la manifestante de izquierda, la montonera Gloria Sanmarco. No podía estar en todas partes, por supuesto, pero tampoco podía asegurarlo. Esa mujer estaba rodeada de un aura que, buena o mala, la precedía y dejaba restos por donde hubiese pasado. Los militares no se pronunciaban nunca directamente contra ella, tal vez pensaban que darle tanta importancia a una mujer era mostrar inseguridad, era rebajarse al nivel de una simple maestra de escuela que se había metido a montonera. La perseguían, nos constaba, y muchas veces fue presa, pero la soltaban casi de inmediato. ¿Quién pagaba el precio por su libertad, aunque fuese transitoria? Era como un pájaro que todos necesitaban atrapar, porque molestaba con sus graznidos y sus vuelos rasantes, pero no podían mantenerla en una jaula. Tal vez porque gritaba todavía más, o porque su alimentación exigía lo que ellos no podían darle: sus propios cuerpos quizá, tan valiosos como lo que llamaban poder o dinero. O simplemente el placer de hacer lo que se quiere hacer.
Una psicología extraña, difícil de comprender cuando se está en medio de la borrasca, del naufragio, o concretamente en medio de una calle donde los tiros llegan de todas partes, desde puertas y ventanas de los edificios de familia, donde las bombas estallan sobre el asfalto junto al kiosco de diarios del viejo que los vende con su hijo, donde los tanques avanzan por plena Avenida de Mayo o por Rivadavia o por Corrientes hacia el Obelisco, símbolo fálico que nadie quiere reconocer, que las mujeres han mirado con vergüenza durante muchas años, y en el que los hombres encuentran el permiso para todo, y digo absolutamente todo.
Y es allí donde esta noche se reunirá Gloria con su grupo, en una nueva manifestación contra el gobierno militar. Durante la tarde se acumularán las fuerzas del orden para impedirlo, luego de haberse allanado casi cincuenta casas, locales y depósitos en el barrio de Flores, en Quilmes y otros muchos barrios de la capital y el suburbano donde se sabía que los rebeldes tenían centros de adoctrinamiento y reunión. Tampoco se ignoraba dónde estaban los centros de detención de las Fuerzas Armadas, pero eso no se decía en las noticias.
Las marchas militares simulan guerras en la psiquis de los hombres comunes. Vencen y conquistan el razonamiento. Por eso yo me sentía con las manos atadas cuando desde la radio o desde las calles convulsionadas la música militar entraba por las ventanas de la oficina o de mi casa, por la noche, casi siempre, antes de cenar, cuando me disponía a leer, que es para mí el acto más libre del ser humano.
En cambio, el nombre de Gloria, tan símilmente asociado a las acciones militares, a la guerra y las victorias, era para todos, incluso para sus pretendidos verdugos, una especie de símbolo que le servía a ella, aún a expensas de sus mismas intenciones en contrario, como halo protector, por lo menos durante un tiempo, que fue más largo del que todos esperábamos.
Mirando a Beltrame sentado tras su escritorio, revisando pruebas con los anteojos de bordes dorados, el pelo algo entrecano, la barba bien afeitada y el bigote ornado con suaves puntas que parecía haber heredado de otra década, yo me preguntaba cuál de los dos era el ángel protector del otro. Ninguno era un ángel, o por lo menos no de los buenos, eran simplemente un hombre y una mujer que se amaban, probablemente por encima, o por debajo de los convencionalismos y de la realidad que los aplastaba. A veces uno llevaba la carga, otras el otro. Fuese amor o la más intensa desesperación, ellos se encontraban donde nadie iría a buscarlos, porque no necesitaban saberlo. Había micrófonos por todas partes, como águilas asentadas en los postes telefónicos frente al edificio, había espías bajos y oscuros como ratas de alcantarilla, espiando desde los cordones en sombras.
Déjenlos coger, debía estar escrito en los partes de los milicos. Así decían los muchachos en la redacción, imaginando intrigas románticas en sitios donde las máquinas de matar habían sido perfeccionadas luego de siglos de aprendizaje y error. Las aulas de las universidades y los galpones de las bases militares con pupitre transformados en sillas eléctricas.
Sí, yo también he sucumbido a la idiotización. Sea fútbol o poesía, la imaginación no es un arma, sino el paraíso de los tontos.
La cuestión es que esa noche se haría el mitin, por llamarlo de alguna manera, aunque a estas alturas esas manifestaciones en el centro habían dejado de ser reuniones políticas para convertirse en enfrentamientos continuos entre los montoneros, como se llamaba a todo el que protestara contra el gobierno, fuese de izquierda o derecha, sincero u oportunista, estudiante o jubilado. Es decir, todo el que no tuviese miedo, porque había bombas en las calles y tiros en los colectivos, y uno podía ir preso simplemente porque había puesto una mala cara al milico de guardia. Y ellos, los soldados rasos, eran tan jóvenes, que también tenían miedo, pero era corderos con armas reglamentarias que buscaban bajo la piel de los otros las otras armas. Y como lo que no se ve genera más miedo que lo que está a la vista, los soldados, obedientes porque no tenían otra alternativa, desconfiaban antes de preguntar, y golpeaban antes de escuchar. No eran todos así, por supuesto, pero como siempre, a veces la excepción determina la regla, y lo que ocurrió una vez comenzó a ocurrir muchas veces, cuando las fronteras del miedo se extendieron por ambas partes, no en alto, sino en extensión. Los ojos de un cadete imberbe tienen sus límites, pero detrás están los ojos con binoculares de guerra de la oficialidad.
Me levanté y me asomé a la ventana. Por la calle caminaban interrumpiendo el tránsito las filas de militantes con carteles y consignas escritas con y sin faltas de ortografía. Me pregunté cómo era que alguien iba a tomarlos en serio con todas esas frases pasadas de moda, trilladas y viejas: Perón, la justicia social, o la ley del peludo y del bisonte. Por encima de los que marchaban, estaba el viejo patriciado de siempre: los gremios que dormían en colchones de dólares, roncando como bueyes para despertarse a media mañana y despotricar contra el gobierno frente a algún micrófono oficial.
Estábamos en el quinto piso, y la ventana daba sobre San Martín. A un lado, Corrientes se había oscurecido por una media hora, antes de que las luces de los comercios y teatros fueran creciendo lentamente. San Martín, estrecha, era un hormiguero de gente que desembocaba en la avenida. Harían todo un periplo: recorrerían Corrientes hasta la 9 de Julio, y luego hasta Avenida de Mayo, y volverían a retomar el camino al río hasta llegar a la Plaza. Cuántas vueltas, me dije, no tenía ganas de salir y seguirlos. Miré a mis compañeros, unos escribiendo, otros fumando con las piernas sobre los escritorios, aguardando la hora de salida.
-Bueno-dije, plantándome con las manos en la cintura. - ¿Quién me acompaña?
- ¿A dónde, Ceci? -me preguntó uno, no importa cuál, porque en las sombras que crecían al caer la tarde, peleando en el aire junto a las ventanas, contra las luces blancas del techo, indiferentes, gélidas, propias de un velorio, todas las caras me resultaban iguales: cadáveres que sólo tenían manos vivas para agarrar un cigarrillo, matarse a golpes sobre las teclas de la máquina de escribir, o para rascarse la entrepierna sin el menor atisbo de disimulo.
-A cubrir la manifestación-contesté.
- ¿Vos te querés morir, Ceci? Yo no.
Fue Marizza el que habló.
Braulio, mano derecha de la dirección, salió en defensa del trabajo. Batió las palmas llamando al orden y elevando la voz como una maestra que intenta ordenar a su alumnado. Cuando hacía eso, el manierismo que lo caracterizaba salía a todas luces, y los demás no podían más que reírse y hacer precisamente lo contrario que él esperaba. Pero esta vez apareció Beltrame, sin corbata y con la camisa desabotonada. El vello del pecho era del mismo color que los bigotes, castaño oscuro y con reflejos dorados por la luz que le daba de frente. No nos miraba, porque un brillo plateado cegaba sus anteojos.
-Taboada y Scarfionne, ustedes cubren. Quiero cualquier cosa en prensa para la primera edición.
El tano Scarfionne me miró de mala gana, no le gustaban las mujeres que trabajaban, pero era un caballero, eso sí. Decía que el cuidarme y vigilar que los proletarios no me toquetearan le impedían hacer su trabajo tranquilamente.
-No te procupes-le dije apenas me miró. -Mi virginidad se perdió hace mucho tiempo, y no la extraño.
Los otros se rieron, y vi que Beltrame me miró con ojos tristes. Se había sacado los anteojos con la excusa de limpiar los lentes, y prestaba atención a nuestras reacciones. Braulio se sumió en su papel de asistente, dejando el de maestra desairada, y fue entonces que hice la asociación correspondiente: Gloria Sanmarco, la maestra de primaria que tal vez nunca ejerció, sería una de las líderes de la marcha. ¿Por qué se le había ocurrido hacerla esa noche, y a esa hora?, me habría gustado preguntarle. Siempre que ella era la organizadora, la violencia comenzaba cuando caía la tarde. Era algo así como el gusto por la oscuridad, o tal vez la manía de ir contra la corriente, simplemente. Pero la verdad era que los apagones provocaban que muchos salvaran sus vidas, escondiéndose en los umbrales, metiéndose en los palieres de los edificios o forzando las cortinas de metal de cualquier negocio.
En la mirada de Beltrame intuí algo parecido a la complicidad. No, aún no lo era, sino un pedido de complicidad. Yo, mujer, me encararía con la otra. Bautista Beltrame me lo pedía. Tratála bien, me rogaba con los ojos.
Bajamos y salimos a la calle. El Tano Scarfionne llevaba su máquina de fotos. Había prescindido de Marizza. Él iba a fotografiar todo lo que pudiera, y para el resto confiaba en mi memoria auditiva, aunque no quisiera reconocerlo.
-Vos tené el grabador encendido todo el tiempo-me dijo, mientras bajábamos por el ascensor. Dos oficinistas que se iban a sus casas antes de tiempo nos miraban con susto.
- ¿Van a la marcha? ¿Se podrá tomar el subte? ¿Qué hacemos, che?
-Yo que ustedes me quedo a dormir en el edificio. Todo está cortado, meterse en las calles…mmm…no se los aconsejo…
Scarfionne disfrutaba con ese despliegue de cinismo, asustando a los pobres tipos cuyas esposas debían estar esperando sentadas frente al televisor viendo el avance de la marcha y esperando que sonara el timbre de la puerta, unas ansiosas y preocupadas, otras enojadas y ofendidas, pero todas sabiendo que el hombre es un animal mentiroso. Cualquier excusa es suficiente para ellos con el fin de llegar tarde: una reunión en un bar con los amigos, el colectivo que venía lleno, un paro de transporte, una manifestación política, y hasta la misma muerte era una muy buena excusa para no regresar a casa, donde ellas esperaban con pensamientos que giraban en una interminable calesita de feria de sentimientos contradictorios, cabalgando sobre esos caballitos de madera descascarada al son de una música vieja, desafinada, que un día se detendría. Sabiendo que ese día el timbre de casa nunca sonaría otra vez, y que habría alguien menos en esa calesita descarrilada de su vida.
La calle era un hervidero de gente. El portero del edificio mantenía las rejas cerradas con llave. Después de volver a cerrar, deseándonos suerte, nos abrimos paso en la vereda, donde estaban amontonados, quietos y malhumorados los curiosos que no participaban de la marcha. Había barullo de cantos y bombos, gritos, algunos chillidos de mujeres jóvenes que no sé de dónde venían. Los silbatos de los vigilantes de turno aturdían por recalcitrantes, pero eran nada más que una escolta formal antes de la llegada de los gendarmes, que se esperaban de un momento a otro. Sabíamos, porque los habíamos visto desde la altura de la ventana, que en Corrientes ya había filas formadas de soldados y un par de tanques quietos, como dormidos.
-Vamos por San Martín, Ceci-me dijo el tano, alzando la voz para hacerse oír.- No tiene sentido seguir toda la marcha. El quilombo se va a armar en la Plaza.
Tenía razón, era estúpido cansarse caminando para simplemente escribir después lo que todo el mundo veía, la larga y lenta marcha, interrumpida por golpes y empujones a veces, por alguna pelea en las esquinas en las que el tráfico de las bocacalles estaba detenido y los conductores tocaban bocinas o se bajaban a protestar. Las pancartas alzadas a diferentes niveles sobre las cabezas, y de tanto en tanto una que se caía, pisoteada.
Seguimos la caravana desordenada por en medio de la calle hacia Rivadavia. En la esquina de Sarmiento se reunió otra de las tantas columnas que se irían sumando en diferentes esquinas, igual que arroyos que formaban ríos secundarios desembocando en el principal. Me fui dando cuenta de que esta vez todo aquello parecía estar bien organizado: la cantidad de gente era impresionante, y el orden en que intentaban mantenerse era asombroso. No había provocaciones innecesarias, no había gritos insultantes, no había tiros ni bombas, todavía. Y por eso tuve miedo, y lo miré al tano, que escondía su cara tras la cámara. En cada clic yo sentía un temblor muy pequeño, que era lo máximo que un hombre como él podía permitirse: la edad y la profesionalidad le impedían sentir otra cosa que no fuese resquemor y un enorme desprecio por todo eso. ¿Cuántas veces había visto lo mismo a lo largo de su carrera? El resultado era siempre el mismo, pero él se veía extasiado a pesar del inquebrantable desencanto enraizado en su alma. La ciudad y la gente lo fascinaban. Una vez me había dicho, o tal vez fue esa misma tarde, entre tanto ruido, cuando la realidad saturada excitaba la imaginación. ¿Sabés Ceci, que a veces me gustaría meterme en uno de esos tanques y disparar contra los balcones? Toda esa gente estúpida que en cada elección se suicida y después pretende seguir viviendo sus vidas insomnes en esos cuchitriles de mierda, con los perros que ladran como energúmenos, discutiendo los domingos todo el día, con las caras de culo durante la semana, y donde la única diversión es el hablar mal de cualquiera durante media hora en una esquina, o en un bar de mala muerte mirando pasar alguna cucaracha por el piso para poder pisarla y entonces sonreír, sentirse contento por esa proeza, la única que conseguirán ese día, hasta que Dios tenga la bondad de entregarles otra presa parecida.
Tenía razón Scarfionne cuando filosofaba de esa manera. Yo miraba los balcones de los edificios que se elevaban desde ambas aceras de San Martín. La gente miraba a un lado y a otro, unos con el mate en las manos, otros con el perro faldero ladrando entre las rejas del balcón. Ojalá se cayera, pensaba, y me reí para adentro. Pobre animal, víctima de sus dueños, pobre gente, víctima de sus “dueños”. Scarfionne tenía razón, de algún modo los pueblos tienen siempre el gobierno que se merecen. ¿Pero qué podemos hacer si nos encañonan todos los días en la cabeza y nos ordenan qué hacer? Cuando queremos darnos cuenta, ya no hay armas más que en nuestras mentes, y la conducta sigue. Pensé en los perros esos, especímenes de estudio de Pavlov y sus reflejos condicionados. ¿Quién de todos aquellos hombres y mujeres sabría de quién se trataba, para mirarse en el espejo y reflexionar? Y eso que Pavlov era de los pocos que habían sido víctimas de la vulgarización de la ciencia, en la revista Billiken, por ejemplo.
Estaba casi oscuro cuando llegamos a Rivadavia y cruzamos a la plaza. La casa de gobierno estaba vallada y muchas filas de gendarmes con las armas en posición. La manifestación ya era muy grande, tanto que a los propios organizadores parecía desbordarlos por momentos, hombres que reconocí por haber salido en la televisión y en la prensa muchas veces, militantes de la izquierda oficial. Pero también estaban los revoltosos que se encapuchaban como delincuentes, porque lo eran, aunque reivindicaran la libertad con que se llenaban la boca en gritos destemplados y al mismo tiempo destruían con bombas sin ver a quienes lastimaban. ¿Debía lamentarme de los soldados muertos cuya obediencia debida era la cruz latente sobre cada uno? ¿O debía lamentarme por los chicos muertos en los colectivos alcanzados por esas bombas, o las mujeres tiradas en las calles, o los hombres que simplemente corrían para escaparse de alguna bomba y ser luego derribados por otra que no estaba dedicada a ellos, sino a derrumbar un sistema que los alcanzaba a todos, culpables e inocentes, víctimas o victimarios? Porque todos éramos todo eso, a veces uno, a veces otro, según las calles que recorriésemos y el pensamiento que nos acompañara. La inquina nos convertía en monstruos que mataban con la imaginación, o el dolor nos apesadumbraba como ángeles desalados.
De pronto, la marcha se detuvo. Nos empujaron de un lado a otro, y no podíamos evitar dejar llevarnos por la muchedumbre. El cielo crepuscular estaba limpio, los edificios de las otras cuadras se veían extrañamente lejanos, las luces de mercurio parecían tan débiles en ese anochecer porteño que sin embargo me daba la sensación de estar en un inmenso campo lleno de cabezas peludas con brazos en alto, emitiendo un grito único de animales conducidos a la faena. Las ridículas palmeras de la plaza, ese estúpido intento de asemejarnos a un país latinoamericano que nunca fuimos, daban el toque extraño al paisaje. Sí, me dije, la semejanza viene de lejos, y tan estúpidos hemos sido que miramos a la distancia no viendo más que el desierto del sinsentido de la historia, no viendo la profundidad del pozo que hemos abierto en nuestra idiosincrasia, sea ésta de raza o especie, física o psicológica. Las clasificaciones son métodos, nada más, pero nos han enclaustrado en la superficialidad de los espejismos: una se mira a la otra emitiendo un discurso en la dialéctica que no es más que la inversión de las otras. Y no miramos en lo oscuro del fondo, donde todas ellas sucumben y forman el engendro que nos caracteriza: eso que no entenderemos nunca.
Mientras tanto, marchamos y protestamos, y nos dejamos avasallar por las armas de la diosa ignorancia. Los milicos tenían razón a veces, el conocimiento no destruye la ignorancia, por eso no han prohibido muchas cosas que se supone debían prohibir, sino el aprendizaje de la inteligencia, que no es sapiencia. Es otra cosa: una conducta que nunca termina de cambiar, porque es una asociación de ideas que se realimentan cada minuto de la historia de la humanidad. Un conjunto de pareceres donde no son importantes las clasificaciones sino la forma en que se expresan: la conducta, la conversación, el esmero. La inteligencia no es el camino hacia la eterna sabiduría ni hacia la vida eterna como la entienden las sectas o las religiones, sino la ambivalente sensación, la incongruente simbiosis de logro y fracaso, de satisfacción y desencanto que nos hace sentarnos en un bar cualquiera, tomando un café negro y corto, mirando pasar la gente por la vereda, unos con un perro viejo al final de una correa, otros apoyando un bastón a paso de tortuga.
Esos no están en la marcha esta tarde, sino en sus casas, muriéndose. La inteligencia es eso: la aceptación de lo inevitable y la aceptación de las luchas que cada uno puede enfrentar. Hasta los suicidas lo saben.
Los ruidos de los megáfonos y los micrófonos retumbaron como gritos de animales prehistóricos, luego un zumbido de acople y después el silencio de un instante. Un tiro que llegó desde la nada, y casi todos miraron a todos lados. En el escenario que los activistas habían armado en apenas dos horas frente a la mirada de los gendarmes, sin que nadie se los impidiera, pero sabiendo que aquello era una bomba de tiempo, subieron varios hombres y una mujer. Ahí estaba Gloria Sanmarco, la líder indiscutible de toda esa franja marginal de un sector, por lo menos de la oposición. Todos querían clasificarla en algún sector político o social determinado, pero aunque actuaba bajo dogmas expresados por algún manifiesto improvisado una noche de tantas de esa década argentina en algún comité suburbano cercano a la capital, ella actuaba y se contradecía constantemente. Los medios, decía, eran diferentes cada día, incluso unos en la mañana antes de levantarse de la cama, otros en la tarde. Pero el fin era el mismo. El gobierno de facto debía acabarse. ¿Quién lo reemplazaría? Hay quienes contestarían: “Siempre hay algún tonto”. Yo respondería: “El perro de la esquina ladra, pero no muerde”.
Ella se paró y agarró el megáfono. Lo sostenía con destreza, como si no le pesara, porque no era una mujer alta ni de apariencia fuerte. Desde lejos, donde yo estaba, atisbando entre las cabezas y los brazos que se interponían a mi vista, vi el cabello castaño oscuro, largo pero no más allá de los hombros, peinado con raya a la izquierda, algo desprolijo, pero que se acomodaba con una sacudida leve de la cabeza cuando el pelo le caía sobre la frente, o con una mano lo llevaba tras la oreja. Su voz era fuerte, sin embargo, adecuada para una maestra de grado que debe lidiar con cuarenta alumnos en un aula parecida a un galpón. Dijo lo mismo de siempre, lo que todos esperaban: la ignominia que no podía seguir, los crímenes que había que detener (¿con más crímenes?, nadie le preguntó, pero se daba por entendido). Habló de la patria (pero no de Dios, por supuesto), y la elevó al rango de los pobres que aguardaban la esperanza en las villas miseria. Una dialéctica hasta podría decirse original para aquella época y para los que se esperaba de un líder. Su condición de mujer le daba privilegios desacostumbrados: unos la veían con ánimos filiales, otros como una estrategia que descalabraba transitoriamente a la política tradicional. Todo eso era aprovechado, como en toda guerra, para ganar pequeñas batallas. Y Gloria las estaba ganando.
Entonces empezaron los tiros desde las filas de los hombres armados. Primero fue al aire, una serie de salvas que podríamos considerar de advertencia. Luego, un hombre del escenario fue alcanzado por una bala, y lo vimos caer y desaparecer por el borde del entarimado. Gloria tiró el megáfono e hizo inútiles esfuerzos por bajar a ayudarlo, ya los otros la habían agarrado y se la llevaban para protegerla, porque era obvio que ella era el objetivo del atentado. Pero quién sabe, tal vez fue una estrategia del oficialismo para sembrar miedo en un terreno que sabían de sobra difícil, o quizá del mismo partido para renovar la imagen de víctimas ante la opinión pública en general, y sobre todo en la internacional. Bien sabíamos que ésta era manejada por los medios, y los medios eran títeres de los americanos.
Fuese como fuese, mi historia es sólo una anécdota, teñida de dudas y opiniones contradictorias, deformadas o imaginadas. La cuestión es que se armó todo el revuelo esperado, la gente a nuestro alrededor empezó a correr porque las balas pasaban por encima de nuestras cabezas, y ya las bombas de los que estaban entre nosotros empezaron a repercutir y enviciar el aire. Bombas simplemente de estruendo unas, que se mezclaban con las de los gases lacrimógenos de los militares. Las balas de goma lastimaban y dejaban en el piso gente dolorida que podía ser apresada con facilidad. Pero también vi mucha sangre, y cada vez más sobre el pasto pisoteado y las baldosas. En un banco había un tipo que se agarraba la panza y la sangre le chorreaba por las piernas. Unos intentaban levantarlo, pero enseguida se iban. Los soldados se lo llevaron arrastrándolo. Me crucé con muchos otros que hacían lo mismo, de las piernas o los brazos arrastraban muertos o desmayados, o simplemente a los que se resistían.
El tano sacaba foto tras foto, y creo que se había olvidado de mí. Al grabador que yo llevaba encima se le había acabado la cinta y lo cambié, pero alguien me empujó y se cayó al piso. No alcancé a levantarlo, ya otros pies lo habían pisoteado y no quedaba más que una carcasa de plástico hecha pedazos. Scarfionne temió que me hubiesen lastimado porque yo estaba en el piso. Iba a decirle que no se preocupara, pero tampoco tuve tiempo. Un disparo le dio en la cabeza. Vi la sangre chorreando desde el oído, y al soltar la cámara, agarrarse la cabeza y tirarse al piso, revolcándose de dolor. Cuando ya me estaba levantando, alguien me agarró de los brazos. Yo gritaba, insultaba, y terminé llorando cuando me sentí arrastrada por dos soldados que tenían encima el olor del humo y del hierro, y hasta el olor de la mierda con que sin duda sus propios cuerpos habían expresado el miedo que sentían.
La obediencia debida, por supuesto, los hacía arrastrarme lejos del cuerpo del Tano, al que vi por última vez, medio muerto ya, muriéndose después de tantos años de resistir, pero haciendo su trabajo. De esa manera mueren los que tienen la triste gloria de vivir así.
Como cuatro horas después me desperté en una celda. Me habría dormido de cansancio, o tal vez me golpearon. No me acuerdo de nada desde que vi el cielo y el asfalto, uno y otro a la vez, mientras me arrastraban entre un montón de gente hacia un camión, y después la oscuridad del celular, el olor a orina y transpiración, y las preguntas de los tontos asustados que preguntaban en la penumbra si había alguien, y que por favor los ayudaran. Lloraban, los pobres. Pero yo no lloraba, sólo intentaba recordar si había dejado al Tano respirando o ya había entregado el alma a Mitre, por ejemplo, al que tanto admiraba. Si el viejo Bartolo habría venido a buscarlo en medio de la plaza, viendo una guerra que no habría imaginado en su tiempo, recitando, tal vez, un fragmento de su traducción del Dante. Y se lo habrá llevado, nomás. Hablando y discutiendo, invisibles en medio de todos, bendiciendo a la patria por la que habían pensado mucho tiempo, mal o bien, con bondad o con egoísmo.
Ya en la celda, busqué la hora en mi reloj pulsera, pero me lo habían quitado. Tenía el pantalón húmedo y roto. ¿Me habrían violado, pensé, no sin ironía? Me toqué y era solamente orina, mía o la que ya estaba en el piso. Había un montón de mujeres conmigo. Casi no había más de un metro libre en ese espacio oscuro, iluminado por una bombilla en el techo del pasillo fuera de la celda. Las otras hablaban en voz baja, sin duda todas habían sido capturadas en la plaza.
- ¿Qué hora es? - pregunté, al azar.
La que estaba sentada en el piso, con las rodillas dobladas y los codos apoyados, dijo:
-Las tres de la mañana.
- ¿Y cómo sabés? -pregunté.
-Ya una sabe la hora por las sombras y el olor.
- ¿Estuviste muchas veces?
- ¿Y quién no? Vos sos nueva, ¿no?
- ¿Se me nota?
-Claro, por las pavadas que preguntás, y por esas manos lindas que tenés. ¿Qué hacías en la plaza? ¿Sos una tilinga curiosa que se quiere hacer amiga del proletariado para presumir con sus amigas recoletas? ¿O leíste alguna vez a Rosa Luxemburgo y ya te creés una mártir?
No me afectó el sarcasmo, al contrario, me consoló que aún en ese lugar y tiempo hubiese una inteligencia suficiente que se escabullera de su vulgar circunstancia.
-Leí a Rosa, por supuesto. Pero no creo que sea fácil de imitar, si es que la he entendido bien. Sólo hay una que se le parece, o que por lo menos intenta imitarla con cierta dignidad.
La otra me miró, lo sé porque vi el brillo de los ojos, aunque sus facciones estaban escondidas en la sombra. Me agarró las manos, acarició mis dedos.
-Vos sos escritora…
Me reí.
-Los dedos me delatan, claro. Más bien periodista, por eso estaba en la plaza.
-Bueno, más vale así. Supongo que serás una grabadora ambulante, registrando todo lo que hacemos y decimos. Si fueras de la televisión, nosotras te matamos antes que ellos…
-Del Radar soy, conservador como el que más. - Lo dije sabiendo que la sinceridad era un riesgo que debía tomar si esperaba sinceridad. Estaba en un lugar donde pocos de mis colegas habrían de estar alguna vez. Era una oportunidad, así lo vi en ese momento. La insinuación que la mujer hizo sobre ellos…no la entendí, no quise entenderla.
La otra hizo silencio. Se levantó y se sentó en el colchón que estaba, curiosamente, desocupado. Todas las demás estaban sentadas o acostadas en el piso, otras paradas con los brazos cruzados, con frío y con miedo, o abrazándose entre ellas. Ese colchón era de la que me hablaba, lo habían respetado todas como si ella fuera diferente.
Entonces adiviné, aún antes de verle la cara apenas iluminada por la lucecita del pasillo.
- ¿No tenés miedo? -preguntó, invitándome a dejar el suelo húmedo y sentarme junto a ella.
-Un poco, pero la novedad de la experiencia me hace pensar más y sentir menos.
-Así es como nos defendemos, todos nosotros, hombres y mujeres. ¿Cómo te llamás?
-Cecilia Taboada.
-Creo que leí alguno de tus artículos. Escribís muy bien, eso fue lo que me llamó la atención, los periodistas son tan perezosos para leer y corregir.
-El tiempo es parte del trabajo…y eso nos arruina.
-Bautista dice lo mismo.
Ahí estaba la revelación, finalmente. ¿Pero por qué me habría elegido? Tal vez supiese que esta especie de confidente no tendría oportunidad de escribir nada al día siguiente.
- ¿Beltrame?
-No te hagás la boluda. Bautista me habla de todos ustedes, y no sabés qué orgullo hay en su voz. La perspicacia de Braulio, la lírica de Taboada, el buen gusto de Sarfio…
Entonces me quebré y lloré.
-Lo mataron-dije.
Ella no me consoló.
- ¿Al tano? Debí imaginarlo cuando lo vi de lejos desde el escenario.
- ¿Es verdad que sos maestra?
-Sí, me gradué en el magisterio cuando tenía diecinueve años, allá en Dolores.
- ¿Ejerciste?
-No más de un año. Estaba a cargo de los chicos de séptimo grado de una escuela en La Boca. Ni siquiera me pagaron seis meses.
-Por eso dejaste…
-No fue por la guita, sino…no sé…la desilusión. No podía ver a todos esos chicos desperdiciar la vida. Eran tan inteligentes, pero no leían ni escuchaban, solamente llevaban armas blancas y pistolas a la escuela, y los que no, se drogaban o venían borrachos de la casa. Tan inteligentes que eran…
- Pero ¿cómo sabías que lo eran si…?
-Porque hablaban, Cecilia. Algunos se reunían alrededor de mi escritorio y conversábamos. Fumábamos, yo sentada en la mesa, con las piernas cruzadas, sabiendo que de algún modo los excitaba, pero era la única forma de llamar su atención. Ellos se paraban con una mano en un bolsillo y la otra llevando el cigarrillo a la boca. Otros se sentaban en el piso, simplemente escuchando. Otros, se distraían haciendo en el pizarrón dibujos obscenos. Hablaban de los padres, si los tenían, de la miseria que solo era tal para los que no la conocíamos, porque para ellos era la vida cotidiana. No existe la palabra mugre para los que viven en la mugre, simplemente se trata de la vida que llevan, de lo que conocen. El resto, no existe. Pero de vez en cuando una palabra puede desencadenar una hecatombe. ¿Conocés ese proverbio chino que dice que el vuelo de una mariposa puede generar un terremoto en el otro lado del mundo? Eso es la palabra de un maestro. Yo decía Francia, por ejemplo, y ellos fruncían las cejas, malhumorados. Yo mencionaba al Pardo López, y ellos sonreían. Y de pronto, si les decía que el Pardo había viajado a Francia, la expresión cambiaba a una curiosidad que era la esencia misma del hombre. Ahí, en ese punto tan frágil del tiempo y el espacio, estaba todo. Saber aprovecharlo era el elixir buscado por todos los sabios desde el principio de la historia. Es tan extremadamente difícil atraparlo, que, si una vez sucede, por lo menos, una debe sentirse una especie de dios.
- ¿Y te sucedió?
-Una vez, y me quedé a medio camino. Había un chico, de los más retraídos. Casi nunca hablaba, salvo que le preguntaran. Era feo, tenía mucho vello en la cara, y ya tenía quince años. Había repetido dos años seguidos y no había indicios de que avanzara más. La directora lo recibía de favor, porque el obispo quería quedar bien con la Sociedad de Beneficencia y de vez en cuando tenía algunos protegidos. El chico tenía una madre, por lo que sé, puta siempre, y borracha de vez en cuando. Los tipos con los que dormía debían darle droga al pibe, porque casi siempre tenía los ojos brillosos de los que aspiran pegamento. Eso era lo mínimo. Caminaba encorvado, y aunque los otros chicos se burlaban de él, terminaron dejándolo en paz porque sabía defenderse a golpes y cosas peores. Llegué a descubrir que tenía la inteligencia suficiente para tramar formas de violencia, estrafalarias, rebuscadas.
-Era un asesino en potencia-dije.
-Lo sería, Cecilia, muy pronto. Y yo lo supe antes, pero ¿qué podía hacer? Una vez, en esas ocasiones, me dijo: ¿Puedo preguntarle algo, señorita? Sí, le contesté, asombrada de oírlo intervenir en la charla. ¿Usted cree que me puedo curar? Por fin había penetrado el muro que nos separaba, y hablábamos de lo que fingíamos no ver. Pero yo no podía ser tan directa a riesgo de que nuevamente se retrajera. Tenía que obligarlo a confesarse. ¿Curarte de qué? Le pregunté. Él levantó las manos y los brazos, mostrando el vello de un hombre grande en el cuerpo de un chico de quince años, con una mente de un niño, tal vez de ocho, justo el tiempo entre la ingenuidad y el descubrimiento de la malicia. Mi vieja dice, empezó a balbucir, que soy un castigo. Los otros chicos se rieron, pero se callaron al ver mi expresión. Charly, le dije, así lo llamaban, hubo una vez un hombre que se llamaba Darwin, y descubrió que todos los hombres descienden de los monos. No estamos enfermos, sino que es nuestra herencia, no sé si me entendés. Los otros, pobres estúpidos, empezaron a mofarse imitando los gestos de los simios. Me saqué un zapato y golpeé el pizarrón con el taco. Todos hicieron silencio. Los castigué con tareas que sabía que no harían, pero por lo menos mi enojo pareció frenarlos. Cuando terminó la hora, salieron y Charly volvió a acercarse, ya solo. ¿Qué pasa?, le pregunté. ¿Es verdad, señorita Gloria? Claro que es verdad, Charly. Lo agarré de la mano y lo llevé a la biblioteca de la escuela, un salón pequeño con no más de cincuenta libros, todos manuales de primaria y alguna que otra enciclopedia donada. Busqué en los estantes y nos sentamos. Mirá, le dije, abriendo una enciclopedia de animales. Le mostré las fotografías de los monos más similares a los humanos. Lo vi abrir los ojos, extasiado, asombrado de ver lo que nunca había visto fuera del espejo. Pasó los dedos sobre el papel, como si quisiese tocar las hojas de los árboles que rodeaban a los simios. ¿Y dónde están?, me preguntó. En muchas partes, Charly. En África, sobre todo, pero también acá en Argentina. ¿Y podemos ir a verlos? Le prometí llevarlo al zoológico un día de esos.
Hubo ruidos de rejas abiertas y cerradas. Habían venido a buscar a dos mujeres.
- ¿A dónde las llevan?
- ¡Qué sé yo!
El clima estaba roto, habíamos vuelto a la realidad de esa noche en Buenos Aires. Pero Gloria retomó la narración cuando ya ninguna hablaba. Dormían, o la escuchaban.
-Nunca fuimos. Una y otra vez me negaron el permiso para llevarlos al zoológico. Era obvio que eran chicos grandes y problemáticos, y yo no podría controlarlos si pasaba algo imprevisto. Tampoco podía llevar a Charly solo, la directora preguntó al cura y el cura a la Sociedad de Beneficencia. La madre estaba en una de sus rehabilitaciones, y cuando terminó, hubo pulcras ceremonias de reconocimiento a la directora de la Sociedad, cuñada del coronel Ansaldi. Y Ansaldi fue el que apoyó, según fuentes, la elección del presidente. La mamá recayó en sus vicios, por supuesto, y al chico lo llevaron al asilo. Violó y mató mujeres, tiempo después.
Gloria hizo silencio y me miró con culpa.
-No me mires así, no soy tan ingenua como para pensar que si lo hubiese llevado al zoológico su vida sería otra. Pero acordáte de lo que hablábamos: el punto de quiebre donde las cosas parecen tan claras que no hay más que tomarlas. Ese punto es irreversible: o se expande para dejarnos entrar, o se cierra herméticamente para siempre. La mayoría, la enorme mayoría ni siquiera sabe que existe, algunos lo vislumbran solamente en sueños, otros privilegiados lo han experimentado y lo recuerdan con melancolía. Uno o dos, lo han aprovechado, y eso a pesar de sí mismos.
- ¿Y usted, Gloria?
-Yo lo vi el día que dejé la escuela. Renuncié cuando supe que a Charly lo habían sacado. Si de algo servía esa escuela, era para protegerlo. El aula era el útero que él extrañaba. La palabra hecha carne que se contraía en un discurso de apegos y conocimientos, porque eso es la educación. Y ahora se llenan la boca con la palabra libertad y patria, dándoles significados precisamente contarios a los que tienen en cualquier diccionario. Pero ya se sabe que desde hace mucho los diccionarios son objetos obsoletos que cada uno construye a su antojo.
- ¿Y para usted la democracia es el mejor gobierno?
-Es el gobierno de los tontos y de los idealistas, y sobre todo el de los inteligentes como Charly. A ver si me explico. Charly desarrolló la inteligencia al tramar los asesinatos, creo que fue eso lo que yo le hice descubrir. Cuando te dije que me quedé a medio camino, me refería a lo bueno que ese punto crucial puede desarrollar. Pero yo también era una estúpida, olvidando que la malicia, o eso tan incierto que llamamos maldad, o enfermedad, o lo que sea, no puede crecer también en destreza, y ver su propia capacidad. Las fotos de los monos fueron el reconocimiento de una pertenencia, pero no en el sentido que yo intentaba darle, el sentido ancestral de lo humano. Yo había olvidado que lo humano también es el resentimiento, la ira, la tortura y la muerte. Esa es parte de mi culpa.
- ¿Entonces prefiere la anarquía?
-Como sistema ideal, sí, pero eso es caer otra vez en los idealismos y simples utopías. Si los pueblos más experimentados no han podido soportarla, ¿cómo esperarlo de nosotros? Prefiero la democracia si por lo menos los estúpidos y los corrompidos están expuestos en las vidrieras, como maniquíes desnudos para identificarlos con facilidad. Y en la trastienda están las ropas con las que se visten según la oportunidad.
Debí quedarme dormida. Los pies me dolían, y no tenía las ampollas de insulina. Habría entrado en coma hiperglucémico si hubiera estado más de un día en la celda. Pero no dije nada. La muerte del Tano me tenía apesadumbrada, como anestesiada. Sólo el relato de Gloria Sanmarco me había interesado al punto de haber retenido cada palabra y expresión con el fin de reproducirla literalmente en la redacción de la entrevista.
A las seis de la mañana, más o menos, vinieron a sacarnos a todas, excepto a Gloria.
Las guardianas abrieron las rejas con caras de culo, como quien dice. Detrás, unos oficiales de rango vigilaban, con las manos a la espalda, las gorras puestas y los uniformes pulcros. Gloria no se levantó. Me di vuelta y me dijo:
-Dígale a Bautista que deje de buscarme.
-No sabía que ya…
-No importa, sólo dígale eso. Está empecinado en matar a todos, incluso a sí mismo por una mujer. Y como todos los hombres no sabe que las mujeres valemos mucho más de lo que ellos piensan, o no valemos su más mínimo esfuerzo. El rango en que nos tienen es solamente la vana ilusión que sus madres les han hecho creer.
Ese día sigue en mi memoria como fragmentos inconexos que debo esmerarme por ordenar para darles la cronología correcta. En la puerta de la seccional de Retiro estaban Mario y Braulio en el Peugeot 404. Mario estaba adentro, fumando, y Braulio parado en el cordón y apoyado en el capot. Cuando me vio, me abrazó como un nene a punto de llorar. Mario salió y me dijo:
-Tomá un faso, Ceci.
Cuando Braulio me soltó, me desmayé. Creo que me pusieron en el asiento de atrás y sentí el motor del auto y las vueltas y vueltas por las calles. Los escuché discutir qué debían hacer. Dos adultos que parecían asustados porque su hermana o su madre se había descompensado y no tenían idea de nada. Me llevaron al Hospital Rivadavia, donde trabaja Bernardo, por eso tardaron, me dijeron después. Pero ellos siguieron discutiendo, recriminándose mutuamente que podría haberme muerto con las vueltas que dimos.
Bernardo había llegado un rato antes, apenas eras la ocho de la mañana probablemente. Yo le había telefoneado la tarde anterior que iba a cubrir la manifestación, y él pensaba que después estaría en la redacción escribiendo para la primera edición, así que ya estaba prevenido. Pero no esperaba verme en el hospital. Cuando vio a mis compañeros, se agarró la cabeza, según me contaron, parándose en medio del pasillo mientras veía acercarse la camilla donde yo estaba acostada, llevada por un camillero y los dos otros dos, pálidos y asustados.
-Doctor…-empezó a decir Braulio, con esa falsa condescendencia con que se ubicaba sumiso y voluntariamente a todo el que consideraba superior a él, que me recordaba a Uriah Heep, pero sin verdadera malicia, sólo una vanidad siempre ineficaz.
Mario intervino, pisando el cigarrillo en el piso cuando vio la mirada retadora de Ruiz. Le explicó todo, pero no habría hecho falta. Bernardo se encargó de internarme y hacerme los análisis.
A la tarde, cuando ya estuve bien nos fuimos a casa. Me ayudó a subir la escalera al departamento de Sarmiento. Destendió la cama que esa misma mañana había arreglado después de dormir solo toda la noche. Se recriminó no haberme llamado en la mañana a la redacción, ni siquiera había visto las noticias de los desmanes en la marcha hasta llegar al hospital y comprar el diario en el puesto de la esquina. Entonces se imaginó lo peor, y fue en ese momento cuando nos encontramos en el pasillo.
Mientras me ayudaba a acostarme, le dije que no se preocupara, que nadie esperaba lo que había pasado.
- ¿Y vos me lo decís, que estás más al tanto de todo esto?
- ¡Qué sé yo! No discutamos, por favor.
-Perdonáme, pero es que me revienta que te descuides. Tengo miedo, Ceci, y a veces no sé cómo cuidarte para…
Le acaricié la barba, le acaricié los párpados cerrados con mis pulgares. No quería verlo llorar, no a él, que era mi sustento y mi refugio.
Hasta la noche se acostó conmigo, pero levantándose a cada momento para ir y volver de la cocina para traerme bocadillos, controlándome la presión y el azúcar en sangre. Esa noche hicimos el amor, lo necesitaba. Sabía que mi cuerpo me estaba traicionando, y yo quería demostrarle que tenía las riendas de mi vida. Si mi cuerpo sufría, si mis pies estaban amoratados y mi cara pálida, le demostraría que aún podía usarlo a mi placer. Allí estaba un hombre que me deseaba, todavía, uno común y corriente, no demasiado bello ni demasiado feo, sólo una inclaudicable y viril muestra de lo que un hombre puede llegar a ser: bondadoso o iracundo, paciente o hiriente. Todo eso era él, y era lo que yo necesitaba. No un caballero de buenos modales ni un títere de pacotilla, sino el animal que llora y el hombre que protesta. La voz que reclama y exige, pero que luego se tiñe de congoja y melancolía. La mano que acaricia la cabeza y los labios que besan el cuello cuando ya las palabras han demostrado su impotencia y su falaz importancia. Y el cuerpo que se avecina al mío en plena noche en medio de una ciudad sitiada por las lúgubres profecías de siempre, que se van cumpliendo una a una: la violencia, el hastío, la pobreza.
Hubo llamados de la oficina, pero Bernardo los rechazó, lo mismo que un par de visitas a casa. En la mañana insistí en reincorporarme al trabajo. Llamé a Beltrame, que me explicó lo de Scarfionne. El velorio había sido el día anterior.
- Pero ¿cómo no me avisaron?
Bernardo, que me escuchaba hablar con el tubo pegado a la oreja y medio llorando, me hizo el gesto de que colgara.
-No, esperá-le dije-. Pero Beltrame, por Dios, yo quería acompañarlo…
-Lo hiciste, Ceci, pienso que no habría elegido a ningún otro si hubiera sabido lo que le iba a pasar. Tomáte toda la semana, ya los otros se encargarán de las noticias importantes.
-Está bien-dije, y colgué.
Me senté al escritorio y me puse a escribir. Le dije a Bernardo que se fuera a trabajar, yo estaba bien y necesitaba estar tranquila. Él me inquietaba con su dar vueltas y su preocupación. La resignación a veces lo es todo, lo necesario y lo único posible. Se fue y comencé a teclear. Palabra por palabra, imagen por imagen, la entrevista con Gloria Sanmarco fue transcripta si haber olvidado nada, creo. Los retruécanos de la mente están más allá de la comprensión.
En la mañana fui al diario. Ya habían pasado dos días de la manifestación, y el cielo de Buenos Aires era como el de todos los días, nublado y soleado, húmedo, frío y luego caluroso, para volver a enfriarse al caer la noche. Las calles respondían como siempre a esos cambios del clima que no eran más que los cambios de la personalidad del transeúnte común y corriente: los tropezones en las veredas rotas, la espera insoportable en los semáforos, los empujones del que camina mirando al piso, una ambulancia en una esquina asistiendo a un jubilado en la cola de un banco, dos policías conversando con los brazos cruzados, mujeres llevando cochecitos de bebé con bolsas de compras, hombres de traje o con ropa deportiva ensimismados en la nada y el todo, y de cómo abarcarlos.
En la redacción me vieron entrar con asombro, y tardaron en recibirme con aplausos y abrazos.
- Pero ¿cómo te venís tan pronto, Ceci? -me dijo Mario.
Les dije que me sentía bien y quería trabajar. Miré el escritorio de Scarfionne, vacío. Beltrame había salido del despacho por el barullo. Me miró y dijo:
-Pase, señora periodista.
Caminé y los otros volvieron a aplaudir tímidamente esta vez.
Ya adentro, me senté frente al escritorio de Beltrame, que antes de sentarse de nuevo me ofreció un vaso de agua.
-Ahí hay unos pañuelitos de papel-dijo señalando la cajita de cartón en el escritorio.
Sonreímos para paliar la situación.
-Gracias por el trato-dije.
-No hay de qué, Ceci. Todo esto…lo del Tano quiero decir…se compensa con que vos estés bien.
Yo no podía seguir con eso. Le entregué la carpeta con el manuscrito de la entrevista.
- ¿Qué es esto?
-El artículo de la cobertura de la marcha, tarde pero completo y con el plus de una entrevista que nadie ni ningún otro medio pudo hacer antes ni va a hacerlo en mucho tiempo, me parece.
Abrió la carpeta y se puso a recorrer las páginas con rapidez. Era obvio que lo afectaría, pero yo no encontraba otra alternativa más que la profesionalidad para contrabalancear los sentimientos.
-Me sorprende una vez más, señora periodista. La verdad es que no sé qué decir…
- ¿Qué tal aumentarme el sueldo?
Sonreímos otra vez, no había para más.
Prometió leerlo esa tarde y decirme cuándo lo publicaríamos, era necesario elegir la oportunidad exacta para sorprender a todos.
-Andá a casa y descansá hasta el fin de semana. Te llamo.
Me quedé un rato hablando con los muchachos, ellos querían detalles de lo que había pasado, sobre todo lo de la prisión. Sabían que me forzaban, pero yo me sentía bien con el hecho de que no me trataran con guantes de seda, como a una mujer débil. En esos momentos no lo era, creo que ni siquiera me veían como a una mujer sino como a uno más de ellos, sin prejuicios ni ideas preconcebidas. Me sentí mareada, tomé té y unos sándwiches de miga que mandaron comprar.
Me despedí cinco minutos antes de la hora en que pasaba el colectivo por la esquina de San Martín y Corrientes. Mientras bajaba en la jaula del ascensor de ese edificio viejo de Buenos Aires, pensé en el antiguo sueño en que los porteños habían vivido desde siempre: el excedido valor, la supuesta honradez, la controvertida voluntad de trabajo, la cuestionable inteligencia, la vanidosa cultura. Todo a medias tintas, como viéndose en el espejo deformante del inmenso Río de la Plata. Su tamaño y su nombre eran un símbolo de lo que somos: un espejismo de riqueza sobre una calle de barro.
Dos días después, recibí el manuscrito en casa. Lo trajo uno de los cadetes, que cambiaban casi todos los días. Antes de abrirlo, sonó el teléfono. Era Beltrame avisándome que me lo enviaba con las correcciones, para que las evaluara antes de publicar. Sería en la edición del domingo, en el suplemento de Política que salía una vez por mes. Tenía a mi disposición la diagramación de las diez páginas completas y la supervisión de los demás artículos dedicados al Tano.
Me senté a ver las correcciones.
Debo advertir que no suelo hacer copias, no fue mi costumbre porque me inicié en el periodismo sin títulos ni estudios previos más que mi formación literaria. Tal vez fuese ingenuidad de quien desvaloraba su propio trabajo. Sea lo que fuese nunca pensé mucho en eso, hasta este día en que vi las tachaduras que Beltrame había hecho sobre muchos párrafos, con flechas que iban hacia los márgenes con frases agregadas con su letra confusa, apretada y con abreviaciones. Lo que me molestó a medida que leía era que los tachones estaban hechos no con la misma lapicera con que con había escrito, sino con una fibra negra que ocultaba la impresión original. Si yo no era capaz de reconstruirlo, frases y párrafos enteros estaban perdidos.
Había querido anular ciertas cosas, muchas cosas. Sabía, obviamente de mi acostumbrado error de darle siempre los originales. La ambivalencia de Beltrame volvió a surgir ¿Quién era ese hombre?
Era miércoles, y el viernes volví a la redacción. Fui a media tarde, cuando sabía que entre las dos y las tres solía salir a almorzar algo antes de la edición vespertina.
-Hola Cecilia, te dije que…
-Sí, ya sé, Betrame, pero ya me conocés. Tenemos que arreglar algo antes de dar el visto bueno para la edición.
- ¿Qué es lo que no te gusta?
Suspiré profundo.
-Poco de lo que quedó, después de los tachones.
Beltrame se sentó y encendió un Particulares.
-Bueno bueno, ¿y cuáles son tus críticas?
-Que cambia casi totalmente la visión de la señorita Sanmarco. Lo que me dijo le da un aspecto más humano e idealista, para darle al público un aspecto más amplio que el de siempre, el de la subversiva y la violenta.
Beltrame me miró entre el humo que exhaló, como desafiándome.
-No estoy de acuerdo en resaltar ese aspecto de ella. Tal vez no te diste cuenta, pero sus respuestas suenan falsas. Es como si intentara sensibilizar al gobierno con golpes bajos…
Miré a Beltrame. ¿Qué era lo que buscaba ese hombre? ¿Proteger a Gloria, escondiéndola y cerrando la visión a los puntos que él consideraba débiles? ¿O quería reservar a la mujer íntima para él solo, como si esa entrevista la estuviese desnudando para que todos la vieran? Ya que la mujer pública era de todos, que dejaran la otra para él.
-El diario es tuyo, Beltrame.
-No te pongás así. Vamos a hacer una cosa. Te dejo libre para hacer una nueva versión, esta noche me la mandás por el cadete nuevo…-Chasquéo los dedos tratando de recordar. -… ¿cómo se llama el pibe nuevo…? no importa. Igual me quedo hasta la una o dos esta noche.
Quedamos así, y volví a casa.
Menos mal que Bernardo tenía guardia, así que me sentí tranquila de no verlo espiándome. Su vigilancia era preocupación, por supuesto, pero no había manera de contrariarlo sin que se sintiera herido. Me senté a revisar el manuscrito, volví a escribirlo, y rescaté prácticamente todo lo que creía olvidado y tachado, y condescendí a algunas enmiendas que alargaban innecesariamente el texto. Beltrame era un escritor nato, lo sabía, dominaba la narrativa de una manera magistral, y a veces se olvidaba de los límites de la prensa.
Llamé al cadete, un adolescente esmirriado que jadeaba siempre como si viviera corriendo. Le ofrecí una gaseosa cuando llegó.
- ¿Tus padres te dejan trabajar hasta tan tarde? -le pregunté.
-Tengo a mi viejo solamente, y trabaja de changador en el puerto y de vigía en la noche.
- ¿Cuántos años tenés?
-Catorce, señorita.
-Bueno, andá a la redacción y cuidá mucho esto.
Le di propina y se puso contento.
El sábado al mediodía me llamó Braulio. Beltrame quería verme, y estaba de malas pulgas. Me imaginaba, pero me armé de valor y fui.
Los sábados casi había más trabajo que el resto de la semana. Beltrame tenía reunión con el jefe de redacción del suplemento literario a las once y a menudo se extendía hasta bien entrado el mediodía. También esperaba afuera el del suplemente económico, sentado pacientemente con sus anteojos redondos y su carpeta de apuntes que nunca vi pero que imaginé llena de números y gráficos. Me crucé con Dora Cifuentes, que no hacía más que entregar las pruebas del suplemento Mujer, entrando y saliendo del despacho sin previo aviso. Me saludó a las apuradas, y su expresión me indicó que Beltrame estaba de un humor insoportable. Yo confiaba que después de la reunión con Leandro Mallea, al que poco antes habían nombrado encargado del departamento literario, Beltrame estaría más calmado.
Después de una hora, Leandro salió. Me abrazó y cruzamos un par de palabras, mientras yo veía a Beltrame buscarme con la mirada de anteojos ciegos por el reflejo de los tubos fluorescentes encendidos a pesar de la luz de día que entraba por las ventanas.
- ¡Señorita Taboada, entre!
Leandro me guiñó un ojo para que no me preocupara.
Beltrame no me dijo que me sentara. Agarró el sobre que le había enviado la noche anterior y me dijo:
-Cecilia, no somos chicos para estar jugando. Este ida y vuelta de correcciones yo no lo voy a seguir. No tengo tiempo, y sobre todo no me interesa.
- ¿Qué es lo que no te interesa? ¿Lo que yo pienso o el tema del artículo?
Se acercó y sentí el aliento del tabaco, y el olor a transpiración de la camisa. Tenía la corbata ajustada, y un perfume de colonia brotaba de su barba descuidada. No era mucho más alto que yo, y lo miré con desafío, y él a mí con mucha ira.
-Si quiere guerra, Taboada, la tendrá. Yo soy la cara de este diario, por más que no les guste. Soy yo el que respondo a la sociedad. No manejo una empresa cooperativista ni una editorial comunista de barrio bajo.
Contesté con ironía:
-Creí que respondía a las ideas de la prensa libre.
Tiró el sobre en el escritorio y se sentó.
- ¡Allá vos y tus ideas!
Miró el reloj.
-Ya no hay tiempo para ninguna discusión. O publicamos con las correcciones que hice, o nada. Saldrá el homenaje a Scarfionne y tus notas sobre la marcha. De la entrevista ni hablar.
Estaba muy nerviosa y me senté. Me agarré del borde del escritorio y tomé un sorbo de agua del vaso de Beltrame. No le di tiempo a sentir lástima.
-Sabés que puedo llevar la entrevista a cualquier medio y me lo pagarían muy bien, además de ofrecerme trabajo.
Me miró sin sorna.
-Vos también, pedazo de mina inteligente. Vos también sos como todas. Nos manosean el alma y después amenazan. Sabés que yo puedo hacer que no trabajes nunca más en ningún lugar, ¿no es cierto?
-Claro que lo sé. Muerta y enterrada no escribiré nada.
Me levanté para irme.
- ¿Y entonces en qué quedamos?
Agarré el sobre. No había otra copia, a menos que él la hubiese hecho luego de sus enmiendas. Pero no lo creía así. Fui a la puerta, pero antes de abrir me di vuelta.
-Me olvidaba decirte, Beltrame, que Gloria me dio un mensaje para vos.
Había vuelto a hojear sus papeles, ofuscado por el trabajo de tener que rever toda la nueva edición del domingo. Levantó la vista y se sacó los anteojos al escucharme.
-Dijo que no la busques más.
Cuando salí y cerré la puerta, escuché un golpe. Imaginé un disparo, y casi no lo lamenté, pero fue nada más que el golpe seco del cajón del escritorio, y enseguida comenzó a sonar el tecleo incansable y definitivo de la máquina de escribir.
2
Dejé pasar más de una semana. Beltrame no me llamó ni me hizo ningún reclamo por mi ausencia. El domingo salió el suplemento especial dedicado a Scarfionne. Había fotos del Tano, profesionales y privadas de todas sus épocas, incluso de su infancia en Roma durante la guerra. Era viudo y tenía un solo hijo que aportó todos esos documentos gráficos. Lo conocí la vez que pasó por la redacción, varios años antes. Era alto y flaco como el padre, de cara recia y barba tupida pero muy cuidada. Trabajaba en una oficina de la aduana, creo, y había venido a buscarlo vestido de traje oscuro, corbata y el pelo algo largo, pero bien peinado. Era como verlo al Tano de joven, sin las canas y las arrugas en la frente, que eran de preocupación, según decía. Al verlos juntos parecían hermanos. El Tano me había dicho que Teo, el hijo, había nacido cuando él tenía veinte años, de su mujer, la única que tuvo, y que se murió de cáncer pocos años después de dar a luz. Trabajaba de sirvienta mientras él estudiaba Filosofía y Letras, trabajando de periodista aficionado en La Prensa.
“Le tengo que dar lo mejor-me dijo esa vez- no solamente por ser mi hijo, sino por la deuda que tengo con la madre”.
“No creo que ella piense lo mismo”, le dije.
Se encogió de hombros, sentado al escritorio, dispuesto a regresar al trabajo, pero no pudo.
“Le conseguí ese puesto en la aduana. Si lo sabe aprovechar, se jubilará ahí. Es lo máximo que puedo hacer por él. Su carácter es muy austero y cerrado, las pocas veces que habla me hace acordar a su abuelo materno, un anarquista de los viejos tiempos, violento, que murió ahorcado por sus paisanos en Calabria, por una tramoya de traiciones que le hicieron. Si vieras las fotos, es igual al calabrés, con esos mostachos y esos ojos negros que estudian hasta el fondo de lo que ven, y parecen matarlo, también.”
Noté todo eso cuando volvieron del almuerzo. Ese día era feriado así que Teo había venido a visitarlo, pero nosotros, por supuesto, no teníamos francos fijos. Teo me habló seriamente sobre temas políticos, con un cigarrillo negro en los labios. Se había sacado el sobretodo y estaba en camisa y corbata, ambas de un color encenizado. Era elegante, y se jactaba de ello con su sola presencia. Su voz era lenta y baja, tanto que había que estirar la oreja, como quien dice, para no perderse alguna palabra, porque su gesto no daba permiso para la repregunta.
-El tano me habló de tu abuelo-le dije.
-Sí, otros tiempos eran esos, y otro lugar.
Se reclinó en la silla, se acodó en el escritorio y me dijo: “Pero los hombres somos iguales en todas partes, y con mis amigos creemos que es necesario preservar las buenas ideas y los buenos sentimientos, hacia la humanidad, me refiero."
Sabía a lo que se refería, y me quedé pensando, decidida a provocarlo un poco.
-No creo que los anarquistas, con sus métodos, amen mucho a la humanidad.
Se sonrió echando un resoplido repleto de tabaco bueno.
-Eso del sentimentalismo es para mujeres…mujeres débiles me refiero…y para los palurdos que no saben lo que quieren. ¿La paz? ¿Qué es la paz, sino la discordia reprimida? Yo no hablo de la guerra permanente ni de la guerra civil cada dos por tres, sino de terminar de una vez por todas con la crápula.
Habría querido preguntarle con quién la reemplazaría, pero el Tano apareció para interrumpir lo que seguramente había estado escuchando desde el escritorio. Me guiñó un ojo y ambos se fueron juntos. Pasarían la tarde caminando por Corrientes y revolviendo en las librerías de viejo. Los imaginé manoseando libros, uno en las bateas de filosofía y literatura, otro en las de historia y política, y a veces coincidiendo.
El suplemento del domingo, entonces, fue un homenaje que provocó encomios los días siguientes. Braulio me vino a ver varios días después.
- ¿Qué vas a hacer Ceci? El jefe no te va a pagar sin laburar, y vos no sos de esas, tampoco.
-No seas ingenuo, Braulio, Beltrame está esperando que renuncie para no tener que pagarme la indemnización.
-Pero yo te creía más orgullosa, de las que se ofenden y renuncian.
No sabía si sentirme halagada o clasificada como un legajo.
-Creo que más que ofendida, estoy con mucha bronca, y como vos sabés, ya que piensan mal de mí, actuaré según lo que algunos piensan.
-Eso es inmaduro, si me permitís, como una nena que provoca…
-Tenés razón, Braulio.
Ninguno de los dos mencionó que en el suplemento no apareció mi nombre en ninguna línea, sobre todo considerando que fui la última compañera de Scarfionne en el trabajo que le provocó la muerte, y que había sido yo quien redactó las noticias de la marcha que salieron en la edición principal, y también la que escribió uno de los epitafios al Tano. Entre las veinte páginas del suplemento, encontré algunas de mis líneas, sin cita ni referencia, en muchos lugares, y sobre todo en el epitafio que Mario Marizza hizo, y que estaba en la última página con una ilustración de Baldessari. Al fin Mario subió unos escalones, pensé, quién sabe lo que habrá hecho.
Leandro Mallea me llamó para encontrarme en un café por el centro. Tengo que hablarte, fue todo lo que me dijo. Nos encontramos en “La academia” de Callao. Los golpes a las bolas del billar eran una música constante y monótona que permitía la lectura, es más, la acompañaban con un ritmo que se ensamblaba con las palabras leídas. En las conversaciones sucedía lo mismo, pero los que conversábamos éramos menos conscientes de ese efecto.
Yo había llegado tarde porque los pies me dolían. En los últimos seis meses me habían amputado tres dedos de ambos pies. Las cicatrices se habían cerrado con desgano, pero ya presentía lo que Bernardo no quería decirme, que la enfermedad se estaba extendiendo. A Leandro lo veía poco. Ensimismado en su literatura y en el problema de su hijo, creo que él me comprendía mejor que muchos. No me pedía que me curara ni que fuera diferente. No exigía lo que los demás y yo misma exigía: la evitabilidad de lo inevitable.
- ¿Cómo andás? - preguntó luego de darme un beso en la mejilla y sentarse. Estábamos en una mesa junto a la ventana de la vidriera.
- ¿Y vos cómo me ves?
-Cabeza dura, como siempre.
Me habló de lo esperado, del ambiente ambivalente e incierto del diario. Beltrame estaba nervioso casi siempre, tomando litros de café y escribiendo en su máquina escribir como un energúmeno.
-O como un asesino serial-dije yo.
-Eso va por tu cuenta, y sabrás por qué lo decís.
A veces me encabronaba esa indiferencia de Leandro que sonaba como el acostumbrado “no te metás” de los cobardes, pero yo lo conocía, y era simplemente desdén por lo que consideraba trivial: la política, los partidos, los chimentos de la mezquindad. Los sentimientos como el rencor, la venganza, la envidia eran tan superficiales que no tenía sentido pensar en ellos. El remordimiento, sin embargo, le inquietaba, la culpa lo amedrentaba, y la inconsecuencia de la muerte o la insobornable decrepitud del mundo lo llevaban a pensar mundos extraños, sobre los cuales escribía. Yo admiraba esa capacidad que tenía para transformar las atrocidades del mundo en una creación.
-Braulio me pidió que hablara con vos…pero pará, no te adelantés…no es sólo por lo que ya sabés, sino porque llamaron a la redacción preguntando por vos.
- ¿Quién?
-No dejó el nombre. Habló con Braulio. El tipo le pidió tu número, y el marica por supuesto no se lo dio, dijo que tenía que preguntarte primero.
- ¿Y qué quería?
-No te asustés. Según dijo, tenía algunas primicias demasiado importantes relacionadas con Gloria Sanmarco. Que era ella la que quería hablar con vos.
- ¿Y no te suena a una trampa?
-Así pensó Braulio, por eso me llamó para aconsejarse. Sabés la adoración que tiene por el jefe. Está al tanto de lo que hace Beltrame, pero no le cabe más que la condescendencia cuando se trata del objeto de su idolatría.
-Me parece muy raro que Sanmarco quiera hablar conmigo otra vez, se arriesgaría mucho. Me enteré de que la liberaron al día siguiente que a mí, y nadie sabe dónde está.
- ¿Nadie? -preguntó Leandro señalando arriba.
-Y yo qué sé. Es como el juego del gato y el ratón.
-Hasta que el ratón se canse-dijo él, y pidiendo un segundo café y tres medias lunas, sacó unos cuentos que quería leerme de su carpeta de cuero.
Cuando nos despedimos, ya entrada la noche, quedamos en que la próxima vez que el hombre llamara, le darían mi teléfono. Si eran de los que querían matarme, ya lo habrían hecho. No soy de las que tienen importancia. Pero quién sabe, en este país hasta una mosca puede ser una sospechada espía.
No le dije nada a Bernardo, ya bastante preocupado estaba por mi salud y lo del trabajo. Pero justo él se había tomado una licencia por vacaciones en el hospital cuando llamaron. Atendió el teléfono que estaba en el escritorio donde leía o escribía artículos de ciencia. Me temí lo peor: la próxima escena doméstica llena de discusiones y recriminación.
- ¡Ceci, para vos!
Me acerqué y agarré el tubo, mirando a Bernardo con fingida curiosidad. No cayó en la trampa, por supuesto. Me conocía demasiado. Me miró con forzada tranquilidad y siguió con su lectura. En nuestro departamento de la calle Sarmiento no teníamos más que una sola línea telefónica y una sola extensión, así que no podía moverme de ahí, parada junto al escritorio, con el tubo pegado a la oreja, mientras él estaba sentado a pocos centímetros, aparentemente distraído y leyendo sus cosas, pero prestando atención a cada palabra que yo pronunciara. Todo eso porque quería protegerme, y yo no quería preocuparlo. Ambos haciendo y siendo víctimas del otro por las mejores intenciones. Y pensé en Beltrame y en Gloria.
-Hola- dije.
-Buenas tardes, señorita Taboada-
- ¿Quién es usted?
-Teodoro Scarfionne. Le hablo de parte de Gloria, le gustaría verla.
- ¿Por qué motivo?
-Profesionales, sin duda. Sé que desconfía, pero ella se atiene a las buenas migas que hicieron esa noche en prisión.
- ¿Cuándo y dónde?
-Ya recibirá el aviso por otro medio, tenemos que tomar precauciones.
-Está bien.
No contestó ni saludó, la cordialidad abreviada en un tono que volvió a sonar después de que cortó.
Bernardo levantó la mirada y me interrogó sin hablar. Entonces me senté sobre el escritorio, separando los pesados libros de patología abiertos, llenos de flechas y subrayados. Lo miré a los ojos, y le di un beso que no olvidaría. No esos besos de mosca que solía decir que yo le daba. Para olvidar los sinsabores de la convivencia, para apartar los malos ratos y los pensamientos y futuras discusiones, no hay nada como el sexo. Cuando los hombres quieren eso, no hay vuelta atrás, lo malo es cuando la obstinación intelectual se apodera de ellos y se encierran en construcciones inviables. Bernardo era uno de ellos. Lo besé, y no lo convencí. Entonces desistí del cuerpo, cuya eficacia ya venía siendo vulnerada por la enfermedad, esa entidad extrañamente incomprensible que él sin embargo se empeñaba en entender, leyendo, razonando y observando. Pero la frustración era su cruz, y yo era el Cristo clavado en ella.
Entonces comencé a explicarle todo. Debió entenderme, porque vi sus ojos deambulando entre las regiones de la ternura y la dureza, confundidos por lo que tenían enfrente: una mujer que adoraban y que no podían penetrar. Como un dios cuyas criaturas se rebelan, y que a veces preferiría matarlas antes que perderlas.
Fui a la dirección que me llegó indicada en un papel arrugado que alguien levantó en la calle.
-Señorita, se le cayó del bolsillo- me dijo una señora mayor con la que me crucé en la vereda, poniendo el pedazo de papel doblado en la palma de mi mano, y apretándola con las suyas apenas un instante.
Era un sitio en Villa Luro, y si ahora escribo todo esto es porque el lugar ya no existe, y menos los que en algún momento corrían peligro si se daba a conocer el lugar. Una calle cortada junto a las vías, a una cuadra del paso a nivel próximo a la estación del Sarmiento. Bajé la escalera de hierro del puente peatonal, entre pastos altos, latas y botellas. El adoquinado conducía hacia la esquina de Rivadavia. Ahí estaba yo, a las siete de la tarde, ya ensombreciéndose el cielo, y con el tráfico intenso del regreso a provincia traducido en bocinazos.
Era un taller de colchonero que abría sus puertas justo en la esquina, de paredes blancas y mohosas, con viejas inscripciones políticas y unas cuantas obscenidades nuevas. Un alero de tejas rotas cubría inútilmente la entrada, y un cartel decía: “Colchonería La sorpresa” de Álvaro Libertella. Pensé en lo oportuno del apellido si allí era donde se reunían los amantes de la libertad apresada en esos tiempos.
Intenté mirar tras los vidrios oscuros de la puerta de madera a dos hojas, pero la suciedad estaba del lado de adentro y no se alcanzaba a ver más que un mostrador antiguo tras el cual había anaqueles. El negocio ya debía estar cerrado.
- ¿A quién busca?
Un chico de como diez años me lo preguntó.
-A unos amigos-dije.
-Don Álvaro recibe a sus amigos del truco los viernes a la noche, y hoy es jueves, y usted…
Me miraba como calándome de pies a cabeza. Era un chico de mirada inteligente, y de vez en cuando echaba una ojeada hacia los otros ya mayores que fumaban cerca de la esquina en la vereda de enfrente. Sin duda no lo dejaban compartir con ellos por la edad, incluso alguno podía ser su hermano mayor. Y la distancia de la avenida con el tráfico incesante era una barrera más, la escusa principal que justificaba la distancia del tiempo que faltaba para poder pertenecer a ese grupo que, tal vez, disfrutaba de la libertad y la impunidad de hacer lo que quería. Sin embargo, la mirada del chico me sugería que estaba más al tanto de muchas cosas en las que los otros no podían penetrar. A veces los adultos tratamos a los chicos como perros, que dan vueltas a nuestro alrededor, aparentemente distraídos en su propio mundo, pero ellos ven y escuchan, y se guardan todo eso, y no actúan sino hasta mucho después.
-No parezco de los amigos del truco, eso querés decir, y tenés razón.
Me agarró de una mano y con la otra sacó una llave del bolsillo, con la que abrió la puerta. Entramos al local en penumbras. El mostrador era antiguo, con marcas de trinchetas en la madera y los vidrios de los costados rotos y sucios, tras los cuales había piezas de telas y cueros, cuerdas y latas de pegamentos vencidos. En los anaqueles de las paredes había muestras de telas para colchones y resortes oxidados. El olor a pegamento era intenso, pero no me molestaba. Me traía recuerdos de la zapatería de Morón cuyo dueño había sido amigo de la escuela de mi padre Renato y que visitábamos cuando íbamos al oeste a ver a Leticia. El olor del cuero y el engrudo me sumieron en una tranquilidad que estaba lejos de ser lo que debía sentir en ese momento. Un perro ladró afuera y me distrajo del ensimismamiento, y luego apareció por una puerta junto a los estantes un hombre no muy alto, algo calvo, de cuerpo fornido y barba corta y clara, entre pelirroja y rubia ceniza. Tenía anteojos redondos, y levantándolos un poco me miró con cuidado y le dijo al chico:
-Gracias Ignacio, andá nomás.
-Hasta mañana Don Álvaro.
Se fue y cerró la puerta otra vez con llave.
-Trabaja para mí, necesito manos chicas para las agujas, ya sabe.
Me mostró las manos callosas, con gruesos nudos en las articulaciones.
-Entiendo. Me citaron…
Levantó esas mismas manos y dijo:
-Nada de eso, señorita Taboada. Usted es amiga de Gloria, y no necesita presentaciones ni preámbulos.
Me hizo pasar por la puerta posterior y entramos a un salón lleno de colchones de todo tamaño y tipo, dispuestos en filas altas que llegaban casi hasta el techo. Había olor a engrudo, sí, y olor a cuero, también, y a trementina, y a querosene. Y en uno de los pasillos entre las filas de colchones, había unas sillas dispuestas en círculo. Nos sentamos en silencio. Miré alrededor, era como estar en una ciudad donde las manzanas estaban conformadas por esos colchones como edificios de diferentes alturas, y los espacios entre ellos eran calles o avenidas. Nosotros estábamos en medio de una avenida, tal vez, interrumpiendo el tránsito inexistente como en una huelga.
Escuchamos los pasos de una mujer, y los acompañaba los de un hombre. Tacos un poco altos, no del todo, y el taconeo de botas masculinas. Gloria y Teodoro aparecieron, me saludaron y se sentaron.
-Gracias por venir, Cecilia-dijo ella.
-Lo que no entiendo…
-Ya sé que hay un montón de cosas que no entendés, pero no necesitás hacerlo.
-No, no, está bien, eso lo comprendo, pero lo de confiar tanto en mí como para darme esta dirección…
-No te preocupes, tenemos muchos lugares de reunión, y nunca usamos uno más de una semana, o menos a veces. Ya conocés a Teodoro, y Álvaro es un viejo colaborador de la causa, valiente y sin escrúpulos, diría yo.
El colchonero debió sentirse halagado. Apoyó las manos sobre las rodillas, se apartó el delantal que aún tenía puesto y se rascó un muslo hasta bien arriba.
-Lo que yo hago, señorita, no es nada comparado con lo que Gloria hace. Fabrico cosas, ya se imagina, escucho confidencias tras el mostrador, y nada más, además de pelearme con los vecinos por lo que encuentro en los colchones, si usted supiera…
Me imaginaba todo eso, lo que la gente metía adentro, como una vieja costumbre clandestina venida de Sicilia.
- ¿Son todos del mismo grupo?
- ¿Anarquistas, querés decir? -me preguntó Teodoro. -Nada de eso. Muchos pensamos diferente y por eso nos peleamos, y por eso nos reunimos con los más afines. Pero hay socialistas de la buena cepa, de los más conservadores, y fascistas también, qué se le va a hacer, y muchos delincuentes y asesinos por naturaleza que se nos meten en el medio.
-Todos sirven-dijo Gloria. -Si sirven a la misma causa.
- ¿El fin justifica los medios? -pregunté.
Los tres sonrieron y me miraron, debieron haber apostado poco antes que yo haría esa pregunta, pero nunca supe quién había ganado.
-A veces, Cecilia-me dijo ella. -Como esta vez…
- ¿Qué va a pasar?
Gloria iba a hablar cuando Teodoro le tocó una mano y la detuvo. Ello lo miró y me dijo:
-Teo no quiere que nos arriesguemos, pero ya le expliqué que esta es una decisión mía, más personal que otra cosa. Y las garantías están dadas desde hace tiempo: nada detendrá lo que debe hacerse. -Lo dijo con la seguridad de una sentencia, y fue para tranquilizar al Scarfionne joven.
- ¿Y entonces para qué decírmelo?
-Para que vos se lo digas a todo el mundo, cuando ya esté hecho. Pero a alguien en especial, y la decisión de decírselo antes, es tuya.
Dios mío, pensé. Estos dos me habían metido en medio de su pelea de enamorados, nada más que esa pelea involucraba todo un círculo inmenso a su alrededor, y no parecía importarles demasiado a quienes involucraban.
-Bueno, Gloria-dije, apretando la manija de la cartera que llevaba aún colgada del hombro derecho, quebrándola más de lo que ya estaba. Me sentía pequeña en esa silla en medio de un salón atestado de colchones donde en cada uno podía haber un muerto soñando ser habitante de un cementerio privado. - Nunca creí en la honradez del periodista, pero sí creo en la de las personas. Ustedes me están usando para una pelea personal…
Gloria se levantó, asustada, como si lo que yo pensara fuera lo más importante de su vida.
- ¡No, no! - y se detuvo. Miró a Scarfionne y luego a Libertella. Volvió a sentarse y recuperó la idiosincrasia de su pensamiento formal.
-No es así, precisamente, como quiero que lo veas. A vos te servirá para que no pierdas tu trabajo, porque ya me he enterado, por supuesto. Quiero que vos me sirvas de algo, así es, tenés toda la razón, pero también a vos te servirá de mucho. Imagináte la resonancia de tu nota, podrías elegir cualquier diario para publicarla, incluso en el exterior, por supuesto.
Quería que todos lo supieran, como un estallido que finalmente hiciera que todos despertaran, tirando abajo los muros ciegos. Y yo me dije: ¿si la persiguen por mi causa, si la encuentran? Porque todo eso sonaba como el acto final de una larga novela de Dostoievsky.
No hubo más conversación, el resto estaba tácitamente dicho. Cuando salí, encontré sentado en el cordón de la vereda al mismo chico que me había recibido. Ya estaba oscuro, debían ser las diez de la noche, y el tráfico menguaba.
- ¿Y vos que hacés acá todavía? - le pregunté.
-Espero el colectivo, señorita.
- ¿Dónde vivís?
-Allá por Constitución, pero antes en otras partes, y hace ya mucho vivíamos en Belgrano.
Me habría gustado preguntarle el motivo de tantas mudanzas, pero en parte lo imaginaba.
- ¿Y tus papás te dejan tomar el colectivo solo?
-Mi papá trabaja y llega tarde.
- ¿Y qué hace?
-Es médico. - Y señaló al otro lado de la avenida, a una cuadra de distancia, donde estaba la antigua Clínica de los Saravia que había cerrado un par de años antes. Me acordaba de la nota que publicamos. Se hablaba de malversación de fondos, mala praxis y muertos.
- ¿Cómo te llamás? -le pregunté, dispuesta a irme porque la noche comenzaba a estrecharme entre las luces sobre el asfalto y las veredas cada vez más silenciosas. Deseaba escuchar el sonido del tren sobre las vías, para rescatarme.
-Ignacio.
- Pero sabés tu apellido, ¿no?
-Saravia, señorita.
Levantándose porque llegaba el colectivo, y justo antes de subir, como avergonzado por casi olvidarlo, pronunció con orgullo la frase que muchas veces debió escuchar en el comedor de su casa en los buenos tiempos, pero que ahora sonaba como un epitafio:
-Nieto del general Saravia.
3
Cuando llegué a casa eran las dos de la mañana, y me sentía muy mal. Había tardado más de dos horas en hacer el trayecto porque tuve que sentarme en la parada del colectivo casi cuarenta minutos esperando que llegara, sola y aterida de frío. No había merendado ni cenado, sabía que debía estar hipoglucémica. Empecé a temblar y me toqué la frente. Bernardo debía estar en casa, preocupado. Pensé en regresar al negocio y telefonear, pero ya era tarde, y me sentí avergonzada de mi debilidad. Como siempre, no me agradaba pedir ayuda si podía arreglarme sola. Cuando llegó el colectivo, subí y me senté, pero me quedé dormida, o debí haberme desmayado. La cuestión es que iba sentada en el último asiento, y el colectivero debió olvidarme hasta que llegamos a la terminal de Retiro. Creo recordar su voz hablando con algún compañero sobre el trabajo y sobre su mujer y sus chicos, entonces desperté cuando se apagaron las luces.
- ¡Espere! -grité, asustada, apretándome el sobretodo y levantando el cuello por el frío. Las luces volvieron a encenderse. El chofer caminó por el pasillo y se paró con las manos en la cintura, ofuscado. Sin duda quería volver a casa luego de doce horas manejando, y ahora yo venía a retrasar la vuelta.
- ¿Qué le pasa, señora?
- ¿Qué hay, Nacho? -preguntó otro desde la calle.
-Una mina en pedo que se quedó dormida. Hay que llamar a las canas.
Nacho, pensé. Ignacio, como el chico Saravia. Todo parecía un círculo centrípeto que conducía al mismo infierno en el que me sentía caer. Quise levantarme, pero me caí de rodillas frente al chofer. Para él estaba ebria, obviamente, y no podía culparlo. Por lo menos no me dejarían sola, porque no podía tenerme en pie. Entre los dos me llevaron al interior de la casa donde comían y cambiaban la guardia. Había una mesa con un mate y una pava que debía ir y venir las veinticuatro horas desde la hornalla de la cocinita a esa mesa llena de puchos y restos de sándwiches abandonados. Me dejaron sentada y no me ofrecieron nada. Quise explicarles de mi enfermedad, pero la voz me salía gangosa como la de una borracha. Agarré un sándwich viejo, de media tarde casi seguro, y lo devoré, literalmente. Los hombres se rieron. Llegó el patrullero, me subieron y me llevaron a casa luego de escarbar en mi cartera en busca de los documentos. Los dejé hacer.
Me dejaron en la puerta del edificio de Sarmiento. La calle estaba solitaria y silenciosa, y sólo un cartonero rezagado seguía buscando en la basura. Revolví en la cartera en busca de la llave, pero los policías habían hecho todo un lío en el que ya no reconocía mis cosas. Toqué el portero, una, dos, tres veces. Se encendió una luz en el palier, vi el ascensor llegar a la planta baja y a Bernardo venir a abrirme con el pantalón piyama y las pantuflas, el torso desnudo con el vello negro que me gustaba acariciar por las noches. Cuando la puerta se abrió, entré en la inconciencia.
Me desperté en el hospital, en la misma habitación que la última vez, con la misma enfermera de piso, y el mismo médico, por supuesto, mi Bernardo. El hombre que era mi salvador y mi juez al mismo tiempo. Estaba al pie de la cama, con un colega, creo que era Cisneros, lo había visto un par de veces en casa. Me miraron como a un espécimen de laboratorio. Murmuraron algo, o eso me pareció. Yo aún estaba entumecida, con el cerebro pesado y lánguido a la vez. Me alimentaba con el suero glucosado conectado a mis venas. El otro se fue y él se acercó. La enfermera le sonrió y se fue. Siempre sospeché de las enfermeras, nunca de Bernardo, pero esta vez imaginé la novela de mi tragedia.
-Linda la señorita, ¿no?
Me agarró una mano y dijo:
-Si estás celosa, es porque estás bien, pero…
-Pero nada…ella es linda y sana, ¿qué esperás para dejar a este próximo cadáver pudrirse en paz?
Tenía el guardapolvo impecable, la corbata media torcida, las manos perfectas del médico que uno se imagina ideal. Pero yo lo conocía de entrecasa, sus debilidades, sus enojos, sus torpezas, y todo el cuerpo que amaba y que me sobreviviría. Eso aborrecía de él, y me puse a llorar.
A media tarde del día siguiente se sentó a mi lado, pasó un brazo por encima de mis hombros y se acostó. Había cerrado la puerta con el pestillo. Alguien, la enfermera o la mucama, intentó abrir y pronto desistió. Iba a decirme algo, lo sabía. Mi pie derecho estaba hinchado y el rojo había cambiado al morado. Corrí la sábana y me miré, él hizo lo mismo. Lo vi cerrar los ojos y lo abrigué con mi frazada. Esa tarde fue difícil de olvidar. Vino la noche y seguíamos en la misma cama de hospital: médico y enferma unidos en un tiempo sin tiempo, un espacio común en el que no discutíamos, y el amor ya no era una cuestión recalcitrante y confusa, sino una especie de limbo donde no había pecado que pagar, porque de eso se encargaba el cuerpo.
Esa noche no me sirvieron la cena, debía ayunar para la cirugía de la mañana. Me amputarían el pie, o una parte en lo que Bernardo llamó la operación de Charcot. No estaba solo, Cisneros, el anestesiólogo lo acompañaba.
-No se haga mala sangre, Cecilia, no sentirá nada, ya lo sabe.
Quise contestar esa obviedad con un insulto de lo más obsceno que pudiese imaginar. Claro que no sentiría nada, únicamente el miembro fantasma, la picazón inexistente y todo el caótico embrollo que la mente crea sobre el cuerpo que resta, creando un anatomía que no existe. Pero me callé la boca.
Entonces, de pronto, se abrió la puerta, y entró Soledad, la enfermera del quirófano. Era la misma que venía con Ibáñez a casa a cenar. Eran pareja, creo. La mujer de Mateo había muerto y le había dejado un chico que siempre estaba enfermo. Soledad me producía confianza con su sonrisa blanca, porque era rubia hasta más no poder, con pecas que había que ver con lupa, pero que sin embargo formaban una constelación en sus mejillas y su frente. Me abrazó, me elogió el aspecto, fortaleció mi espíritu, espantando los oscuros resabios de las apocadas caras de esos hombres que estaban allí parados, como verdugos: uno con una jeringa y una mascarilla en las manos (eso es lo que yo soñaba), y el otro con una sierra y un martillo (para cortar y reconstruir con astillas y pegamento un cuerpo que se venía deteriorando desde hacía mucho tiempo). Ambos eran pequeños y vanidosos dioses que esperaban su turno, pacientes porque eran dueños de la eternidad, la de los hombres, la eternidad de los sanos. Y me repetí esta palabra larga, incomprensible, mientras me observaban, escuchando la verborragia de Soledad, que fluía como el agua, y como el agua desaparecía sin dejar nada más que la seca superficie de su zigzagueante camino.
Cuando ellos se fueron, me acosté de costado, la cabeza en la almohada y una mano bajo ella. Entonces sentí una crepitación de papel. Era de un recetario médico robado de algún consultorio del hospital, y la letra era de mujer, sin duda, desordenada pero clara. Estaba escrito el nombre de Salustiano Saravia, y abajo, un número que podría ser tanto de una historia clínica como de una fecha. Las cifras del calendario del día siguiente coincidían con ellos. ¿Quién podría haber puesto ese papel bajo la almohada sin que me hubiese dado cuenta? Soledad, seguramente, aprovechando la distracción de los saludos y la conversación. Así que ella era una más del poco sutil entramado de la política. Y Saravia era sin duda el General del que se venía hablando hace tiempo como un seguro postulante a asumir la presidencia al año siguiente. Saravia, que vivía en la zona oeste, en Parque Leloir más precisamente, en una casa quinta que había visto desde la calle cuando iba a lo de Leticia y salíamos a pasear. Pero ese apellido me sonaba de otra parte, lo había escuchado muy recientemente no en los diarios ni en la televisión. Y me acordé del chico de la colchonería, que dijo ser el nieto del general Saravia. Pasé la siguiente media hora haciendo asociaciones que mientras más imaginativas me parecían más probables. Era ése el nombre del próximo atentado, porque no menos que de eso se trataba la primicia de la que Gloria me hacía partícipe. Había visto el resentimiento en la cara del colchonero cuando apenas se mencionaba el plan, y había escuchado el cuchicheo, mezcla de ira y expectativa en la voz de ese hombre bajo y fornido, que cosía y levantaba colchones con la misma parsimonia y dedicación, fuerza y delicadeza, pero ésta última había comenzado a hacer desmedro en sus manos gastadas y torcidas, y por eso tenía al chico para ayudarlo. ¿Y por qué había contratado a un miembro de la familia que sin duda aborrecía? ¿Yo debía salvar al general? No me importaba él, en realidad. La prioridad era el chico, pero si hacía la denuncia provocaría más muertes y desapariciones que la única vida que me interesaba salvar. Y no tenía más certeza que las deducciones de mi imaginación.
Tuve la necesidad de escribir, y lo hubiera hecho por más que no hubiese sido ésa precisamente la intención de Gloria. Busqué en el cajón de la mesa de luz junto a la cama. Aparté las recetas, las servilletas usadas, los envoltorios de galletitas y los pomos de cremas. Apreté la perilla para llamar a la enfermera, una, dos y tres veces. Eran las doce de la noche casi.
- ¿Qué desea? -entró preguntando y bostezando.
Pedí papel para escribir, ya tenía una birome. Me miró raro, con enojo, ¿para eso la molestaba? Me lo trajo, una sola hoja, pedí más pero no volvió. Me levanté y fui a buscar servilletas en el baño. Entonces escribí frenéticamente, como no recordaba que antes me hubiese ocurrido. En la redacción era lenta en mi máquina, distrayéndome con las conversaciones desde los otros escritorios. En casa me sentaba y me levantaba cada diez minutos para ir a buscar o hacer otra cosa, momentos en que mi mente fabricaba lo que luego transcribiría con mis manos. Pero ahora que el papel era escaso y el tiempo mucho más todavía, escribí rápido, con letra pequeña y muy prolija. No habría tiempo para que los tipógrafos dudaran.
Cuando terminé, levanté el teléfono y marqué el número externo, luego el de la redacción. Tenía que estar Braulio todavía. Me contestó una voz de viejo, era el que limpiaba las oficinas por las noches.
-Eusebio, soy Cecilia, ¿me pasa con Braulio o con quien esté a cargo esta noche?
Un instante de silencio en que lo imaginé levantar la vista y buscar por los escritorios.
-Sólo está el pibe de los mandados, señorita.
No tenía sentido discutir.
-Dígale que venga al hospital donde estoy internada, que es un encargo urgente del trabajo. ¡Por favor, Eusebio!
Cuando pronuncié estas últimas tres palabras, que sonaron como un ruego, casi me pongo a llorar.
-Está bien, señorita, no se preocupe, ya le digo, ya le digo…
Y antes de colgar lo escuché llamar al chico como un abuelo enojado.
Eran casi las dos de la mañana cuando llegó el mismo chico que había ido a casa. No lo habían dejado entrar y tuve que insistir para que lo dejaran pasar cuando desde la recepción me llamaron para preguntarme si yo lo conocía. Las luces se encendieron en el pasillo, dos o tres enfermeras se despertaron y un guardia de seguridad llamó a otro. Cuando todo ese trajín innecesario se esfumó, el chico se acercó a la cama, asustado. Era el mismo, y me di cuenta de que no sabía cómo se llamaba.
Tadeo Espinoza, me dijo.
- ¿Sos algo del viejo Eusebio?
-Es mi abuelo, señorita, por el lado de mi vieja. Es que mis viejos eran primos y se juntaron, ya sabe…
Yo estaba impaciente, pero había escuchado algo sobre un homicidio en el campo por General Lavalle, y ajuste familiar según decían. Él se dio cuenta.
-Mataron a mi viejo.
No había tiempo, no hay tiempo me repetí como si la repetición no fuese la más injustificable pérdida de tiempo.
-Llevá esto a la redacción y que lo incluyan en la primera edición.
Me aseguré de que estuviera mi firma bien clara para que Beltrame no dudara. Le estaba haciendo un favor, finalmente. Anunciando el próximo atentado, quedaría bien con sus amigos del gobierno. El chico recibió los papeles arrugados con un amaneramiento que me sorprendió, acostumbrado sin duda a las hojas de oficio bien tecleadas, aunque estuviesen llenas de tachones y faltas de ortografía, que solía llevar a los talleres. No contestó más que “sí, señorita Cecilia, no se preocupe”, y se fue corriendo.
Yo apoyé la cabeza en la almohada, más que cansada, agobiada de nervios y desesperanza. Mi cuerpo me abandonaba una vez más, la mente me traicionaba desde siempre. Sólo las palabras que había escrito me enorgullecían como si fuesen el evangelio de mi vida. La fe depositada en palabras que pronto estarían escritas en un papel que en pocos días sería usado para encender el fuego de un asado. Más superfluas que la carne, e incluso más débiles que el fuego también condenado a apagarse.
En la mañana desperté justo a la hora en que debían llevarme al quirófano. Me sentí tan vulnerable al verme sorprendida por lo que consideraba una negligencia de mi atención, que me di cuenta de que me habían dado algo para dormir esa anoche, y sin embargo yo había vencido la química de los medicamentos con el esfuerzo de mi voluntad, porque no menos que eso es el esfuerzo con que acometí el artículo. No había a quién culpar, ya todo estaba escrito, incluso lo que ocurriría esa mañana, y Bernardo como yo, éramos simples instrumentos. Las manos que me acariciaban serían las mismas que iban a cortar. Yo lo había elegido a él, así como él había aceptado su papel en el drama de nuestra convivencia.
Pero antes quería saber.
-Traéme el diario, por favor-le dije, apretándole una mano.
A regañadientes, me lo trajo. Vi los titulares que anunciaban el atentado en la casa del General Saravia en plena madrugada. Mis dedos sostenían el diario abierto sobre la sábana, y empezaron a temblar. Tarde, me dije, tan tarde, me lamenté. La bomba había estallado a las cuatro de la mañana, en el exacto momento en que la primera edición estaba siendo impresa, corriendo por las vertiginosas ruedas de las rotativas. Para cuando cada uno de los ejemplares fue doblado, atado, subido a los camiones de reparto y esparcido por las esquinas de Buenos Aires, ya la casa del general había sido destruida y sus habitantes muertos. Un hombre y su mujer.
Recorrí frenéticamente con la mirada cada una de las páginas, y allí estaba mi artículo, en la segunda columna de la quinta página, tan inalterable como si no existiesen los hechos relatados en primera plana. Tal contradicción no pasaría por alto, y sería el detonar de un nuevo estallido. ¿Dónde estaría Beltrame ahora? ¿Qué estaría sintiendo? Gloria había manejado con maestría los hilos de nuestras vidas. Me había utilizado, ¿para qué? Lo que aparentaba una venganza hacia Beltrame con el doble discurso de su diario, con esa doble realidad en donde una abolía a la otra, o quizá ambas convivían en otra realidad más grande: la ficción en la que todos actuábamos.
De tal manera, Bautista Bletrame se había puesto en evidencia ante los hombres con los que intentaba quedar bien, fuesen cuáles fuesen sus motivos. Lo que él había aparentemente permitido publicar como una denuncia -aunque no lo supiera porque yo había pasado por alto su autoridad, y el chico llevado directamente el manuscrito a la imprenta unos minutos antes del cierre, y los tipeadores hecho su trabajo en la ceguera de la vertiginosa rutina- era lo mismo que anunciaba como un hecho concretado con grandes letras negras en la primera página. Debía estar agarrándose la cabeza con las manos, los codos en el escritorio de su oficina, llorando, tal vez, de furia, o tal vez fuese simplemente la amargura absoluta, esa que define nuestras vidas, que a veces es una amiga que nos abrasa, sí, nos abrasa, con sus manos de fuego.
Se quedará esperando a que ellos lleguen. No usará el arma en el cajón del escritorio. Ama demasiado la vida para hacerlo, o quizá tenga demasiado miedo. Él hablará como sabe hacerlo, porque su mejor arma siempre han sido las palabras. ¿Y entonces en qué quedará el primer objetivo del plan de Gloria (no el político social, sino el íntimo plan de salvar el alma del hombre que ama)? La redención de Bautista Beltrame, que debería llegarle ante el desastre, él sabrá convertirla en ceniza cuando evada los escombros en que quedará su diario.
Me quedé dormida con ese pensamiento que se transformó en un sueño que también me abandonó durante la anestesia. Por la tarde, y cuando ya anochecía en la calle, de donde llegaban las bocinas de la avenida y el olor a gasoil de los colectivos, abrí los ojos y me vi tendida en la cama, cubierta por la sábana. Por un instante creí que era el amanecer y ese día no había transcurrido, y tuve la vana esperanza de que el diario aún no había salido a las calles. Sin embargo, era el anochecer. La luz del pasillo entró con la enfermera y su voz quejumbrosa, pero esta vez con un tono de compasión que me dio más pena que la que ella debía sentir por mí. Ese tono no le sentaba bien. Cómo decírselo, pensé. En esas cosas vagaba mi mente al salir de la anestesia. Entonces vi a Bernardo sentado en un rincón de la habitación.
Me destapé para mirarme los pies.
Uno ya no estaba, y sin embargo lo sentía. Ese adorado y odiado fragmento de mi cuerpo, como todo fragmento de nuestro cuerpo.
A la mañana siguiente ocurrió lo que siempre se hace en los hospitales a esas horas: la visita médica, el cambio de vendajes y los inevitables intercambios de frases más o menos consoladoras. “Todo va bien, Cecilia, pronto se irá a casa”. Y me fui al fin de la semana. El departamento de Sarmiento estaba limpio como luego de unas vacaciones. Bernardo había dormido en el hospital todos esos días, y cuando llegamos abrió el ventanal del balcón, tendió la cama y me ayudó a acostarme. La muleta fue apoyada en la pared, desde entonces mi inseparable compañera. Al principio la odié, luego, como aquel repudiado fragmento de mi cuerpo que ya no estaba, la necesité como quien necesita de su alma.
Vinieron a visitarme casi todos los compañeros de la redacción. Las oficinas y los talleres habían sido allanados y el diario clausurado. Todo el personal pasó por la comisaría. El artículo que yo había escrito estaba sin firma. ¿Quién la había obviado en la impresión? Pregunté por Beltrame. Braulio y Mario se miraron con estúpida complicidad.
-Estuvo varios días yendo y viniendo de la comisaría a la casa de gobierno. Pensábamos que iba a ser el primero en caer, pero no sabemos cómo hace para salir a flote. Siempre cae parado, parece.
-A expensas de nosotros-dijo Mario.
Braulio, como siempre, salió a defenderlo.
- ¿Y vos de qué te quejás? Si estamos libres a lo mejor fue porque él…no sé, dijo algo, los convenció. Cuando fui a verlo me dijo la vecina que agarró el auto al mediodía de ayer y todavía no volvió.
-La fue a buscar-dije yo, con la vista fija en el balcón.
Ese era el segundo objetivo del plan de Gloria. Primero la redención de Bautista (ella había entregado su cabeza, pero él la había vuelto a colocar sobre sus hombros). Beltrame no había hecho más que lo que siempre hacia: sobrevivir y pensar en ella. La buscaría fuese donde fuese, y de esa manera los otros, los rastreadores y cazadores, sobre la sabana diurna o nocturna de la jungla de cemento, tierra y excrementos que es toda ciudad suburbana del tercer mundo, lo seguirían, acechándolo sin que él lo supiese, o tal vez sin que quisiera enterarse, obviando el espacio de su mente que sabe que todo lo que hacemos es observado indefectiblemente. De esa manera, ella se convertía en el cordero de expiación.
La mártir, la llamarían desde entonces, el símbolo de la resistencia.
Los muchachos se quedaron mirándome en silencio, parados alrededor de la cama, mientras el sol bajaba a esconderse tras los edificios y dejando que la sombra comenzara a inundar el departamento. Hasta que se hizo frío, y Braulio dijo:
-Bueno, Ceci, nosotros nos vamos.
-Gracias por visitarme-dije.
Se fueron y nos quedamos solos. Habían dejado flores y Bernardo llenó el florero con agua de la cocina, y volvió para ponerlo sobre la mesa del comedor. Se sentó en la cama, apretándome una mano con fuerza, y mirando la calle que moría bajo las sombras y a la gente que renacía como fantasmas bajos las blancas luces de mercurio.
Al día siguiente, regresó al trabajo. Me quedé sola, pero tenía el teléfono para ayudarme. Pedí el diario de la mañana, no ya “El Radar”, por supuesto, donde yo había tenido el privilegio de escribir en su última edición, como quien escribe un epitafio para un amigo. El portero del edificio me trajo “La Prensa”. Recorrí las páginas una por una, sintiendo un cosquilleo en la pierna operada, pero no le hice caso, porque leí la noticia de la desaparición de una de las principales líderes de la oposición. La habían visto por última vez en un barrio pobre de Lomas de Zamora, tomando un colectivo del que nunca se la vio bajar.
Entonces no pude dejar de imaginar a Bautista Beltrame en su auto, tras ese colectivo, como un pequeño parásito que alberga los gérmenes de la muerte.
LA CULPA
1
Desde el balcón del tercer
piso sobre Sarmiento podía ver la mole del edificio del Abasto. Los
arcos eran como altas cúpulas
bajo el cielo de la ciudad. Los domingos grises y nublados del invierno
contenían un silencio a esas alturas que lindaba con lo religioso. Mis muletas,
apoyadas en la pared, me hacían pensar en Dios, inevitablemente, a pesar de las
doctrinas que mi madre se había propuesto introducir en mi mente. Yo, sin
embargo, no podía arrancarme las raíces católicas que estaban siempre
implícitas en las palabras de mi padre Tejada, y sobre todo en su forma de
decir las cosas. No íbamos a la iglesia ni rezábamos, ni teníamos crucifijos.
Era únicamente ese círculo de fatalidad en que los católicos se empecinan en
permanecer, como una zona de permanente drama, pero de entrañable familiaridad.
El regodeo en la tragedia es un orgullo del que no pueden evadirse. Si hasta la
humillación es vanidad.
Pensando en esto, una tarde de domingo de
julio, después de almorzar frugalmente, y sola porque Bernardo se había ido al
hospital a hacer una guardia extra, yo miraba los arcos del Abasto levantándose
a pocas cuadras. Estaba cerrado desde hacía mucho tiempo, y decían que lo iban a
remodelar, pero su interior seguía abandonado, las puertas clausuradas y los
vagabundos durmiendo en las veredas y portales. La iglesia del Abasto, como se
me ocurrió llamarla, me llamaba.
Pero para qué levantarme de la cama en las que
transcurrían mis días desde el cierre del periódico. No encontraba asidero en
mi trabajo de escritura, y cuando me decidía a hacerlo, me resultaba tan
automático como monótono. Escribía poesía para cambiar la rutina. Sacaba de la
máquina la hoja donde escribía un relato o un artículo, y ponía otra donde
confeccionaba poemas que parecían epitafios para muertos desconocidos. La
brisa entraba por el ventanal sobre la calle, y algunas bocinas perdidas llegaban
para otorgarles amenidad, domesticidad, tal vez, a esos poemas. Algún grito de
los vecinos, o los ladridos de los pocos perros del edificio cuando sus dueños
recorrían el pasillo hacia el ascensor. Ese ascensor no usábamos cuando nos
mudamos porque eran nada más que dos pisos para subir, pero del que ya no podía
prescindir. Y antes que ceder, o reconocer mi displicente entrega a la
necesidad, trataba de obviar su uso quedándome en casa.
Por eso la gente venía a visitarme, y rara
vez volvía cuando mi carácter agrio los espantaba. Eso estaba sucediendo con
Bernardo. Las discusiones eran cada vez más frecuentes, y porque no quería
lastimarme con comentarios hirientes que yo escuchaba a pesar de todo en el
silencio de sus labios, se iba al hospital. Lo que no veía, me dijo muchas
veces, podía pasar por no hecho.
Se refería, obviamente, a las visitas de
Leonardo Gonzáles, uno de mis compañeros en la redacción. Era un negro cubano
bajo y fornido, de piel no del ébano, sino del marrón manchado. Tenía más de
cuarenta años cuando entró al diario. Venía del Brasil, y por eso se había
hecho compañero de Fabio Contreras. Conversando en las noches de oficina cuando
esperábamos un llamado telefónico que confirmara una noticia, y resultó ser un
lejano pariente mío. Su apellido original era Gonçalvez, pero tranzando en los
vericuetos de las aduanas y las oficinas gubernamentales de ambos países, Paraguay
de por medio, terminó españolizándolo. Todos sabíamos que era asiduo consumidor
de cualquier clase de drogas, incluso Beltrame, pero era un personaje que no
podía darse el lujo de despedir. González escribía bien, pero sobre todo tenía
un crucial conocimiento de la política de América Latina, y por eso con
Contreras se encargaban de las noticias internacionales. Lo vi muchas veces
fumar porros en la oficina, ya de noche, y en ocasiones sentía el olor desde el
baño de hombres durante el día.
Desde la muerte de Contreras, estaba
siempre solo. Yo sabía que era él quien le suministraba a Fabio los calmantes
para los dolores del vientre que finalmente lo mataron. Les vendía marihuana o
cocaína a los de la oficina, en los pasillos, en el baño o en la vereda. Su
mercadería era pasable, y a veces muy buena cuando recibía paquetes de afuera.
Cuando un viernes decía que el fin de semana viajaba, sabíamos a lo que se
refería.
Yo, en ese entonces, no entraba en eso. No
me interesaba, no sentía afinidad por el placer o la evasión, o lo que fuera,
que esas drogas infundían en los demás. Era la única mujer periodista en la
redacción, por lo menos la única que consideraban seria por los temas que
trataba, y en esa época me tenían un poco entre velos, es decir, sobreprotegida
y relegada. Estaban también los hombres cuyo temperamento no se concebía
cayendo en esas condescendencias, como Beltrame o Leandro, pero que hacían la
vista gorda.
Gonzalez me propuso un negocio para
sobrellevar la falta de trabajo luego de la clausura del Radar. Editar una
revista de actualidad. Ya tenía los contactos con gente de Uruguay y de Chile
para las notas políticas (suaves, inocentes, insistió en decirme, porque el
horno no está para bollos), y que iría convencer a Dora Cifuentes para
colaborar con sus artículos inéditos de sobre feminismo. Yo le había dicho que,
si quería vender en esa época, la revista debía dedicarse a los artistas y la
televisión. Él sonrió, como diciendo que no se podía ir demasiado contra los
principios, porque sin ellos qué somos, me preguntó.
Se sentaba en la cama y conversábamos, y
cuando esas cosas surgían, yo me miraba el pie amputado y lloraba. Entonces
Leonardo me ofrecía un porro, y una tarde de ese mismo invierno, se lo acepté.
No era la primera vez, no era tan mojigata, pero desde entonces se me hizo costumbre. Entonces ambos fumábamos mirando por la
ventana del tercer piso, viendo caer la tarde, y cuando veíamos a Bernardo
caminar por la vereda de enfrente y dispuesto a cruzar, él decía:
-Ya es hora de irme, Ceci.
Apagábamos los porros en el cenicero y él
esparcía las cenizas por el balcón. Ambos se cruzaban casi en la puerta, se
saludaban con malhumor poco disimulado. Bernardo me besaba, oliendo el tufo que
persistía a pesar del ventanal abierto, y cerraba porque hacía frío. El encierro
generaba rencor. A veces me recriminaba, a veces se quedaba en un ofuscado
silencio que me hería más que las palabras que sabía daban vueltas en su mente como
perdidas en un laberinto de ira y de pena. Era un hombre encomiablemente
metódico, que sin embargo en muchas ocasiones se permitía las libertades que yo
menos esperaba. Su buen humor, su bonhomía, su exacerbada honradez eran algunas
de las virtudes que surgían sin pensarlo, pero precisamente cuando alcanzaba a
verse en un espejo casual, como puede serlo la sonrisa velada o el comentario
incierto de alguien más, volvía a encerrarse en su seriedad. Yo lo conocía
desde diez años antes, lo amaba y lo añoraba cuando no estaba conmigo. Adoraba
sus manos y su pelo, el vello de su cuerpo y el aliento de su voz, aroma y
sonido mezclados en una simbiosis de pastillas de menta y Jockey Club. Porque
él también fumaba, a escondidas, por cierto. En el estacionamiento del hospital
o en la terraza del edificio. Cuando venía Ibáñez a visitarlo, me decía:
-Vamos a la terraza, Ceci-. Entonces Mateo
me guiñaba un ojo y yo sonreía, porque ese esparcimiento liberaba a Bernardo de
mi yugo. Eso era yo, una carga a la que se veía atado: el cuidarme no era
únicamente por su amor, porque por supuesto así era, pero también estaba ese
sentido de responsabilidad que lo agobiaba, y que yo podía palabra en su cuerpo
cuando se acostaba a mi lado, y que aún podía ver como una joroba en su espalda
cuando cruzaba la puerta del departamento al ir o regresar del hospital. Un
peso que lo demacraba.
Yo sabía que era la culpa, incierta,
anónima y múltiple. Sin nombre y con todos los nombres a la vez.
2
Ya ves, Ceci. Los grandes hombres, o los que se creen grandes, también se equivocan, y cuando caen provocan un estruendo mayor que una hecatombe, porque arrastran con ellos a todos los que los rodean. Reconocen su culpa con impensables rodeos verbales, con elegante retórica poblada de pesadillas para quien los escucha. Y todo para disfrazar la impotencia que ya los ha invadido.
Eso lo ha sucedido a mi padre, Ceci. El gran doctor Adalberto Ruiz me llamó hace no más de dos semanas. Desde que me fui del pueblo, de General Lavalle, que no me hablaba. Me sacó rajando porque no le gustaban mis amigos, pero sobre todo porque no era tan buen médico como él. Allá en el pueblo yo no podía trabajar a su vera, me sentía cohibido y vigilado. Si me pasaba pacientes suyos, al principio me acompañaba en todas las visitas, y mientras él hablaba y reía con el paciente o su familia, a los que conocía de toda la vida, yo auscultaba, tomaba la presión, revisaba los ojos y la lengua y palpaba el cuerpo del enfermo, sentado en la cama, haciendo silencio, porque eso es lo que corresponde a los muertos en vida. El enfermo, un viejo moribundo, o un chico desahuciado, y yo, ambos éramos títeres que tomaban vida cuando mi padre lo decidía. Entonces batía las palmas y maldecía con su vozarrón que parecía iba a hundir el techo de tablas del rancho o las paredes de adobe. Luego salíamos a la luz del campo llano, o caminábamos sobre el barro o entre el pastizal del invierno, y montábamos nuestras yeguas para hacer la siguiente visita. Me aleccionaba con sus consejos y sus reprimendas, pero previamente había estado el silencio reprobador, que se rompía como un rayo en medio del cielo despejado. "¡Pero, carajo!, me decía, ¡Si serás imbécil! ¿No te diste cuenta de que el pibe ese está fingiendo? El padre quiere rascarse las pelotas unos días faltando a las faenas de don Braulio y hace decir que el pibe está enfermo. Esos peones son todos iguales. Y a vos te meten el perro enseguida. Si no te avivás, Bernardo…"
Y así fue siempre,
desde que era chico. Fui médico porque él lo era, y en ese entonces lo
admiraba. Su prestancia: la boina ladeada, la barba prolija y levemente
enrulada y espesa, oscura como ala de cuervo, la nariz aguileña, el cuerpo
recio con su traje de montar y las babuchas, las botas que usaba a todo trance
y en toda ocasión, de la mañana a la noche. Cuando se descalzaba, para mí, de
chico, era como si se sacara los pies … Sí, reíte, nomás, Ceci, pero hasta llegué
a entrar al cuarto de mis viejos en plena noche para ir a mirar el interior de
las botas. Cuando lo vi levantarse, medio desnudo y descalzo, me escondí en un
rincón del baño. Él se metió y empezó a orinar. Le vie el cuerpo de hombre
fuerte, el que yo no tenía, y me propuse ser como él. Cuántas veces, después,
ya de adolescente, me paré frente al espejo intentando tomar la postura e
imitar el gesto de jactancia que él tenía. Pero ya sabés cómo soy, mi cuerpo es
esmirriado, casi flaco como el mi madre. Heredé los pelos, eso sí, de mi padre,
la cara, la nariz, y también la frustración. Porque en estos días aprendí que toda
su jactancia no era más que la inquebrantable desesperación de la impotencia en
cierne que sintió toda su vida. ¿El dolor, tal vez, de la gente que veía
morirse? Es un gran médico, lo sé. Su sabiduría empezó en los libros y siguió
con la experiencia. El campo es un gran maestro, rústico, elemental, tan
sencillo que da pena a veces, pero su rudeza esconde bonhomía, aunque la guarda
para las noches, oculta lo que sabe hasta que es necesario actuar. Y entonces
corta y abre la carne como si de una res se tratara. Lo he visto, a mi viejo,
corregir los huesos rotos que se asomaban por la piel, coser una herida con
hilo de matambre cuando no había otro, drenar tumores llenos de podredumbre.
Todo eso en medio del dolor, exigiendo que el paciente aguantara, y los gritos
justificaban su acción, porque tapaban, en cierto modo, la certeza de la duda y
la culpabilidad de lo que él hacía. Yo lo veía fruncir las cejas y la frente
cuando acometía esas hazañas en medio de un rancho pobre y sobre un colchón
roto. Había brillo en sus ojos, y hasta creí ver una cierta malicia.
Porque eso somos
los médicos, Ceci. Un híbrido de sensibilidad, intuición, arte, conocimiento,
ira, culpa, vanidad y el infaltable porcentaje de malicia. ¿Disfrutamos con el
dolor de los demás? ¡No, por supuesto, te dirás! Se hace lo necesario, y el
dolor es una de esas cosas necesarias. Pero el poder se siente en esos
momentos, creéme. O ya te habrás dado cuenta, si bien pienso a quién le estoy
hablando. Pobrecita, mi amor. Mi preciosa y talentosa Cecilia…
Me convertí en
médico porque hubo médicos en mi familia por tres generaciones. Mi viejo decía
que su abuelo era hijo bastardo de un médico al que persiguieron por cuestiones
políticas. Dicen que lo fusilaron y que enterraron el cuerpo en una tumba sin
nombre por Santa fe. Era una eminencia formada en La Salpetriere. Sabía de
todo: anatomía, neurociencias, clínica y cirugía. Quise ser como ellos y como
pensé que era mi padre, esa especie de Dios a caballo que aparecía entre los
matorrales, siempre tarde, como corresponde a la figura que representaba, para
bajar una fiebre, recetar unos yuyos, poner una inyección, o cortar una pierna.
La sangre lo acompañaba siempre al salir, como corresponde a un buen médico.
Me tuve que ir.
¿Pero antes dije que me echó a patadas, no? La verdad es que ya no me acuerdo,
y este olvido es uno más de los vericuetos del laberinto en el que vivo. Es una
ciudad como La Plata, mi mente, digo. Por eso me fui para allá. Hay cosas y
lugares, hay personas, que nos llaman, porque ya están dentro de nosotros. Mi
mente siempre ha sido muy metódica, formando planos geométricos cada vez más
enrevesados, que la lógica intenta justificar trazando líneas que constituyen
el teorema de nuestra vida. ¿Y quién lo entiende? Dios mismo se confunde y se
contradice. ¿Pero no será la contradicción la misma esencia de las cosas? ¿No
es el caos, acaso, la explicación racional de lo irracional?
La ambivalencia
de los médicos la ven sólo algunos de los iniciados. El enfermo que recurre a
nosotros está tan invadido de dolor que no puede ver más allá de eso, y el sano
está demasiado preocupado por su salud para interesarse por otra cosa. Vivimos
en dos planos, por así decirlo. Dos plantas de una casa que se subdividen
horizontalmente en otras múltiples habitaciones. Cambiamos de habitación día y
noche, nos llevan o nos mudamos. Decidimos estar en una, y de pronto en otra,
del frío al calor, del viento a la sequía, del olor del cadáver al olor del
éter. Una puerta puede tener un bisturí en el picaporte, y el piso puede estar
lleno de agujas perdidas. Y el agua que bebemos siempre tiene el sabor del
jarabe.
Dirás que me hago
la víctima, lo sé. La vanidad, esta maldita vanidad que envuelve esa otra
sensación más apremiante, incomprensible, que no se deshace ni muere nunca. La
vanidad cambia de cara según la moda, porque está hecha de un material endeble,
de muy mala calidad, un plástico cuya duración es proporcional a la
consistencia de la pasta de agua con que fue moldeada. Pero la piedra del fondo
no desaparece. Está en el pozo de mis ojos, ya sé que te diste cuenta, lo noto
en tu expresión cuando me mirás por la noche, cuando pienso que me tenés
lástima. No quisiera reconocer que esa lástima me envanece, porque la vanidad
está fundada en esos pedestales firmes parecidos a la compasión, aun cuando
ella intenta adornarlos con pasamanería que no es más que maquillaje. La verdad
es que no puede crecer sobre otros fundamentos, porque es demasiado grande y
demasiado liviana. Necesita mucho espacio, tanto como el que ella misma se
adjudica y toma sin permiso, pero cualquier viento podría llevarla sin mucho
esfuerzo, y por eso debe estar asentada, y atada, a la piedra de la culpa.
Esa vergüenza,
Ceci, que mi padre me enseñó.
Mi padre iba a la iglesia todos los domingos.
No sé si creía en Dios, pero él iba con nosotros a la misa del pueblo a las siete
de la tarde en el verano y a las seis en el invierno. A veces entraba tarde, otras,
se iba temprano, siempre por gajes del oficio. Un accidente en el río, un
hachazo en una pierna o un parto inminente. Pero cuando se quedaba, cantaba los
himnos con su voz de barítono, y me tomaba de la mano aún de grande, para
cumplir con Dios. Iba con el traje de los domingos, el pañuelo al cuello y el
chambergo que usaba sólo una vez por semana para salir a pasear. Si hasta de
caballo cambiaba. Los domingos dejaba a Judith, la yegua que se conocía todos
los recorridos diarios, por el potro color gris y blanco que él mismo había
hecho nacer tres años antes en un erial que ya no existía, porque esa vez la
madre tenía las patas enterradas en el barro de la inundación. Me contó cómo
hizo la cesárea a la yegua y después la sacrificó. Y el potrillo fue suyo desde
entonces, y lo llamó Job porque lo reservó para el placer y para la misa.
Vos te reís de las
contradicciones de nosotros, los Ruiz. Los médicos creyentes, deberíamos
llamarnos. Judith, la justiciera, la hembra cruel dispuesta a la carnicería
para salvar a su pueblo. Job, el hombre de los imposibles, siempre queriendo y
cediendo.
Ese fue el caballo
que mató a mi madre, si no fui yo.
Bernardo había vuelto del
hospital ese domingo cuando se cruzó con González. Estaba de mal humor. Se
metió en el baño, escuché el desagüe del inodoro que siempre funcionaba mal y
sus rezongos. Luego la tapa que se caía como un golpe seco, casi un disparo. Lo
que nos hacía reír fue esta vez un agravio. Volvió a la habitación, en
calzoncillos largos, descalzo y con el torso desnudo. Olía a traspiración. Se
acostó en la cama, a mi lado. Mi pie, operado unos meses antes, volvía a
segregar putrefacción, y la venda, por más que la cambiara, se ensuciaba
diariamente. Hacíamos el amor así, sin que el olor de nuestros cuerpos nos
molestara, precisamente eso nos unía, creo, la familiaridad de nuestras
enfermedades. La del cuerpo, crónica, asfixiante, agobiadora y agotadora, era
la mía. La de la mente, o el espíritu, si se quiere, desquiciada, abrumadora,
contradictoria, confusa, complejamente construida y deconstruida a cada momento
del día, era la suya.
Nos consolábamos mutuamente, luego de
agredirnos con la palabra y la mirada.
- ¿Ese tipo es algo tuyo?
Lo preguntó serio, intentando fingir lo
que no podía fingir, con mal velada ironía. Lo miré de costado, él tenía la
vista fija en el cielo raso, la barba crecida de tres o más días, las manos
cruzadas sobre el pecho, como un muerto con los ojos abiertos.
-Ya te dije, creo que es un primo segundo
o tercero, según llegamos a deducir recordando a las familias. Aunque no lo
creas, su madre era blanca y de ojos celestes.
-Salió al padre, se ve…
Fue entonces cuando empezó a hablar. A
veces se sentaba en la cama, dándome la espalda, para ocultar la cara y su
mirada, otras, se sentaba con las piernas cruzadas y me hablaba con leves
sonrisas al recordar lo bueno y lo malo, especialmente cuando pensaba en su
madre. Me acariciaba la cara, me llamaba pobrecita, aunque yo odiara ese
apelativo. Pero no podía ni quise detenerlo: esas expansiones eran tan poco
frecuentes que era como intentar detener un tren que se nos viene encima.
Ya ves, Ceci, cómo
cambio de un tema a otro. Si ni siquiera terminé de contarte por qué me llamó
mi viejo. Si hace años que no me habla, desde cuando me fui a La Plata. Y
después, cuando me vine a Buenos Aires y ya me hice una carrera y sabía que los
viejos doctores amigos que lo conocían debieron hablarle de mí, tampoco recibí ninguna
noticia suya. Es verdad que tampoco yo volví ni lo llamé. ¿Para qué? Somos dos especímenes
raros de una especie extinguida: los que no perdonan. Porque la furia y la violencia
de estos tiempos no nace de la impotencia por perdonar, sino de la frustración.
Quien olvida no es que perdone, simplemente otra cosa pasa a ocupar su mente.
Porque seamos sinceros, la humanidad no es tan sentimental como pensamos, sino
que utiliza su cerebro en asincrónicos actos de memoria y olvido. Dicen que si
no hay memoria no hay culpa, así lo leí en un cuento de Beltrame, me parece. Es
una buena teoría, acomodaticia, por supuesto, especialmente para personas como
él, pero no por eso deja de ser interesante, si no valiosa para sobrevivir. Porque
para eso tenemos estos cuerpos, y estos testículos de mierda. Perdón, Ceci, por
el exabrupto, pero es que me estoy dejando llevar. No, no tomé nada antes de
venir, y tampoco creas que me hizo efecto el humo del porro que vos y Gonçalvez
dejaron en el ambiente (fijáte que lo llamo con su verdadero apellido, porque
te respeto Ceci, porque te amo y admiro tu mente tanto como yo aborrezco la mía,
porque de nada me sirve leer y conocer si no me permite la persistencia: la no
muerte).
Mi madre
cabalgaba, por supuesto, y me enseñó a hacerlo antes de que mi padre me llevara
con él en sus visitas. Cabalgábamos los sábados desde que yo tenía siete años.
No en un pony, sino un potrillo que había nacido casi el mismo año que yo. Me
estaba destinado, porque era Job, del que ya te hablé. Los sábados lo cabalgaba
yo, y los domingos mi viejo. Compartíamos el potro como si compartiéramos una
hembra: nunca nos cruzábamos ni casi nos veíamos, y era en lo único que no se
atrevía a criticarme, porque mi madre me había enseñado. Como dos machos en
celo, compartíamos el mismo macho los fines de semana. Y eso, creo, fue lo que
lo enconó contra mí, cuando me hice hombre, es decir, cuando ya era un adolescente
que se masturbaba cado dos por tres, a solas siempre, pero en cualquier sitio,
casa, campo o río. Y cuando me llevó al putero del pueblo, él se me quedó
mirando desde una silla junto a la cama, para protegerme, dijo, para evitar que
la puta se aprovechara de mí o me contagiara una enfermedad.
Fue memorable,
Ceci, esa noche. La puta era bien puta, por supuesto, y bien sabía hacer lo que
bien sabía (¿estoy delirando? ¿quién sabe?). Cuando terminé, miré la cara de mi
viejo, y cuando vislumbré su aprobación el alma se sumió en el éxtasis más alto
y más profundo que hubiese sentido hasta ese día de mi vida, esa noche en el
putero de pueblo grande, en una habitación maloliente, con velas y el sudor impregnando
el colchón y las sábanas sucias.
No recuerdo
exactamente qué edad tenía, pero ya desde mucho antes yo cabalgaba con mi
vieja, lado a lado. Ella me aventajaba con su yegua vieja, porque Job era lento
en ciertos aspectos, sumiso, como culposo. ¿Sería su nacimiento, a lo mejor?
Los animales saben eso, vislumbran que no debieron haber nacido más que para la
muerte. El tiempo que vivió debió considerarlo un regalo inmerecido, o más que
eso: un error de la naturaleza. Mi padre se había inmiscuido, porque todo
médico es un entrometido en el curso natural de las cosas. ¿Acaso la medicina
no es un saber inventado por el hombre? ¿No es romper el ciclo de los seres, incluyendo
lo que llamamos gérmenes? ¿La enfermedad no es también una forma más de la
vida? ¿Qué es la salud? ¿El supuesto equilibrio?
De ahí viene la culpa que sentimos: hemos
creado un artificio: la vida en la muerte. Desde el momento que enfermamos,
sucumbimos, el resto es tiempo extra que vale poco, tanto como un puente de
madera sobre aguas turbulentas. Y porque lo sabemos, somos doblemente
responsables. La vida que extendimos es nuestra responsabilidad, y cada gota de
veneno que la afecta, culpa nuestra.
El día que cumplí
quince años fue un viernes, y me pasé la noche en el putero. A la mañana salí
soñoliento, a las seis, y me fui a casa a dormir. Pero era sábado, y debía
cabalgar con mi vieja. La negra que trabajaba con nosotros me vino a despertar.
Me conocía desde que había nacido, y no le molestaba venir a destaparme, aunque
ya fuese un hombre ahora y estuviese desnudo.
-Su mamá lo
espera-dijo, enojada.
Me desperté,
friolento, con lastimaduras en la espalda y el pene engreído. Te reís, pero eso
es lo que nos pasa sin pensarlo. Volví a taparme, pero sabía que no tenía
elección, es más, no quería pedir permiso para ausentarme. Porque la exigencia
de mi viejo se compensaba con la condescendencia de mi madre, y no quería yo
sentir la culpa de ese abuso de su amor. Mal entendía, por supuesto, el amor de
mi madre o de cualquier otra. Pero cuando la sensación extraña de ese ente que
crece y crece extiende sus raíces, abomina de todo el resto, y lo destruye. Lo
que uno hace por culpa es tan arbitrario, incongruente y contradictorio como la
misma esencia de la culpa: un darse vuelta en el fango podrido porque es tibio
y porque es nuestro.
Me levanté, me
vestí, me calcé las botas de montar y salí. Job me esperaba, tranquilo, junto a
la yegua vieja. Mamá estaba montada en ella y me miraba con sorna. Nos pusimos
en camino hacia el sendero del campo nuevo, lleno de pastizales que mi padre
había adquirido en una subasta un año antes. No lo cuidaba ni le dedicaba
tiempo. De vez en cuando lo ocupaban vagos y peones de otras estancias. Armaban
casuchas que destruían al irse. Ella y yo íbamos al trote y a la par.
- ¿Te gustó el regalo?
-me preguntó.
El día anterior por la mañana me había traído
a la habitación un paquete pesado envuelto en papel de estraza. Eran los cuatro
tomos originales del Testut, en francés. Ella sabía que, si yo iba a ser
médico, solamente la anatomía sería la encargada de atraerme como un cuerpo en
celo.
-Ya te dije que
si-le contesté, malhumorado. Tenía los ojos cansados y deslumbrado por el sol
del mediodía, y los testículos me dolían contra el lomo de Job.
Sentí vergüenza
por mi contestación, pero no me amedrenté, lo que hice fue envalentonarme. Los
hombres solemos llamar valor a aquello que nos sirve de excusa para escapar.
Tomé fuerza y espolié a Job, que empezó a correr.
Escuché
el llamado de mi madre. No le hice caso. De pronto, vi un brillo que anuló el del
sol, y entre ambos se formó la sombra en la que pude ver los alambres de púas.
No era la primera vez que alguien intentaba apropiarse de parte del terreno.
Pude desviarme a tiempo, Job era joven y fuerte, y así como era tranquilo,
sabía observar los peligros a tiempo.
Pero
mamá vino cabalgando detrás, espoleando a la vieja yegua al creer que me había
pasado algo. Cuando ya me había desviado de la cerca y Job se iba deteniendo
lentamente, ellas dos corrían hacia el alambre. No pude gritar ni advertirle,
no pude detenerla, quién sabe por qué. Yo era joven, pude saltar, correr,
interponerme en el camino aún a costa de heridas o lo que fuese. Sin embargo,
me quedé mirando el camino de mi madre, asustada, con el pantalón de amazona en
su pelvis ancha, el cuerpo cubierto de una camisa blanca que transparentaba un
poco el corpiño sudado, y el casco que dejaba escapar el cabello largo y rubio
ceniza.
La yegua, que se llamaba Cleo, intentó saltar
cuando ya era tarde para detenerse. Sus dos patas delanteras se enredaron en el
alambre. Hizo fuerza por no caer, y volvió a enredarse más. Yo veía cómo el
alambrado, suelto e incompleto iba armando coronas de espinas alrededor de la
yegua. Entonces vi a mi madre que se agarraba la pierna. El alambre se enredaba
a ella a medida que el animal se esforzaba en liberarse, y las púas se
incrustaban más en las dos. Mamá tenía la bota metida en el estribo, y no podía
separarse por el alambre. El animal cayó de costado, sobre la pierna que mi
vieja tenía libre hasta ese momento. Las púas se le incrustaban y la hacían
sangrar.
Las vi tendidas
sobre el campo, mamá con una pierna y un brazo bajo la yegua, la otra atrapada
por el alambre. El animal gemía en una especie de relincho que nunca había
escuchado antes. Corrí, pero no me atrevía hacer nada por miedo a lastimar más
a mamá.
- ¡Matála! -me
gritó, llorando de dolor.
¿Qué iba a hacer
yo, Ceci? Ahí solo, un chico inútil para algo más que cogerse putas.
¿Qué haría yo ante
la muerte, me querés decir?
Fui a
buscar a los peones, ellos buscaron a mi padre. Mamá estuvo una semana
agonizando. Mi viejo no quiso llevara a un hospital. Tenía las piernas gangrenadas
y el brazo derecho roto en varios huesos infectados. Finalmente se murió el
sábado siguiente, justo una semana después, también al mediodía. Si hubiese
vivido, habrían tenido que amputarle los miembros rotos. Eso lo sabía mi padre
muy bien. Durante toda la semana me metí en los libros de anatomía como si
fuesen cajas de Pandora, en busca de respuestas, pero únicamente encontré
hechos. Eso es la anatomía: la realidad inalterable que se va descubriendo de a
poco, y por eso nos engaña y nos fascina. Sus sorpresas pierden pronto el
brillo de la novedad, porque debajo está el óxido de lo antiguo.
Mi viejo fue el
que se encargó de cortar los alambres ese día, con la tenaza grande que le
trajo nuestro capataz. Le había puesto a mamá una inyección para el dolor, con
lo que consiguió dormirla. Me alcanzó el revólver que siempre llevaba al cinto
para protegerse de serpientes o lo que fuese, y me ordenó que sacrificara a
Cleo.
Lo miré unos segundos, pero en su cara había
demasiada furia como para que yo lo desafiara con mi indecisión. Disparé dos
veces, y luego otras dos, hasta que él me arrancó el arma y me dijo que los ayudara
a levantar al animal. Entre los peones y nosotros separamos a la yegua y cargamos
a mamá en la parte de atrás de la camioneta. Vi la pierna aplastada, la otra
despellejada por el alambre, el brazo partido. Observé cómo mi viejo y la
enfermera que lo ayudaba la desnudaron en la cama de su habitación, la
limpiaron, le ponían un suero en las venas y corregían las fracturas. Vinieron
médicos de Buenos Aires, no sé si papá los llamó o no. Papá era miembro de la
Academia de Medicina, y de vez en cuando aparecían artículos suyos relacionados
con la medicina rural. Lo respetaban, creo, pero le tenían inquina. Era
demasiado soberbio.
Cuando mamá murió,
me llamó al cuarto que le servía de despacho y biblioteca. Los libros de
anatomía que me había regalado mamá estaban apilados sobre su escritorio, y daban
sombra a su cara.
-Te los devuelvo
cuando me demuestres que merecés ser médico.
- ¿Y te los devolvió? - le pregunté,
acariciándolo para consolarlo. Su mente se estaba liberando, distorsionada como
su discurso.
-Nunca, ni cuando conseguí mi diploma y
mi doctorado. Así tuve la certeza de que nunca me perdonó la muerta de mamá.
-A lo mejor él no se perdonaba a sí
mismo, Bernie.
-No hagás psicología de almacén, Ceci, vos
valés más que eso. Tus silencios dicen más, tu palabra escrita es más sutil que
los fanáticos de Freud o Lacan. ¿Por qué él hace lo que hace o dice lo que
dice? La explicación está en la disociación de todas sus células, en la deconstrucción
de sus moléculas, o tal vez simplemente en la tarea de una sierra sobre alguno
de sus huesos.
No sabía si reírme o llorar, tan hiriente
fue su forma de decirlo que no sabría decir si en su cara vi un ángel o
demonio. Simplemente era un hombre, y el suyo como el mío, eran dos cuerpos
limitados por las fronteras del vacío.
Los domingos a la noche el aburrimiento
es un dios constante. El deseo de la eternidad de las horas se incrusta contra
los cimientos del lunes al que nos aproximamos como hacia los muros de un campo
de concentración. Y como a todo nos acostumbramos, ya el campo del extermino,
no nos parece tan temible. Pero el domingo en la noche esa certeza es todavía
un niño recién nacido, sin personalidad y muy enfermo. Por eso, Bernardo me
dijo:
-Salgamos a comer una pizza.
Puse mala cara, ya no me gustaba salir
simplemente a pasear. Odiaba las muletas, aunque él había insistido en que
usara el zapato ortopédico, que me provocaba ampollas y nuevas infecciones.
-Está bien- le dije, porque ese era un
domingo diferente. Agarré las muletas, bajamos en el ascensor y caminamos una
cuadra hasta Corrientes. Había una pizzería en la esquina. Pisos de mosaico
cuadriculado, una mesa de billar al fondo, mesas con patas desparejas, manteles
de viejo hule, vasos de vidrio grueso, y los consabidos cuadros y banderines de
fútbol en las paredes.
Una de mozzarella
y una cerveza, empanadas para la entrada y un flan con crema de postre. Y un
café, para él. Domingo triste, pero de tristeza fértil. ¿Cómo es eso? La
locuacidad de Bernardo, confesándose luego de mucho tiempo de golpearnos con
palabras sucias, hacía de esa pizzería de barrio un Paraíso recuperado.
Con los codos sobre la mesa, el porrón de
cerveza en una mano y la porción de pizza en la otra, le pregunté, mirando por
encima de sus hombros el panorama de la calle nocturna, el colectivo que
pasaba, los taxis vacíos y un vago con su carrito y su perro por la vereda.
- ¿Y para qué te llamó?
-Un vecino del pueblo está enfermo, papá
dice que no ha logrado llegar a un diagnóstico. Quiere traerlo al Rivadavia
para que el hagan estudios. Y lo más raro de todo es que…Dios mío, no lo pude creer
cuando lo escuchaba en el teléfono. - Bernardo sonreía con sarcasmo a la vez
que se frotaba la cara como si despertase de un sueño.- No sólo me pidió ayuda,
sino que me pidió consejo, ¿lo podés creer? Sé que no me entendés, no podés
entenderlo porque tu viejo es tan diferente, pero ya lo vas a conocer.
- ¿Cúando llega?
-Esta noche.
Solté la pizza y lo miré como si estuviera
diciéndome un chiste.
-Perdonáme, Ceci, pero recién esta tarde
me llamó al hospital para confirmarme que ya estaba viniendo con el paciente en
el micro que llega a retiro mañana a la mañana. Lo internamos y después nos
venimos a casa.
-Está bien, Bernie. Entiendo, por supuesto
que tenemos que ventilar el colchón extra y buscar sábanas y frazadas.
-No te preocupes por eso, mi viejo no es
exigente más que con lo que se relaciona con su profesión, y conmigo, y se
adapta a cualquier cosa. Pero te pido un favor muy especial…
-Decime.,
-No quiero que estemos solos los tres,
mañana, es decir…me sentiría agobiado…no sé si me entendés…es que ya me siento
ahogado al pensar en lo que me va a decir, en su expresión al ver el
departamento…
-Y al verme a mí.
No fui justa con él, lo reconozco. Si por
un momento percibí un resquicio de vergüenza de su parte, sin duda mi
autodesprecio aumentaba esa sensación.
- ¿Qué decis?
-Nada, perdóname. ¿Querés que invite a
papá?
Asintió con la cabeza. Parecía un chico
desvalido, avergonzado y a punto de llorar. Lo agarré de las manos, llenas de
venas que se notaban a ras de piel, los dedos largos y las uñas casi
inmaculadas.
Pedimos un fainá extra, y nos quedamos
hasta que cerraron. A las doce de la noche caminamos del brazo, lentamente,
cruzando la avenida semi desierta, los semáforos cambiando de luces para un
solo auto, o para un perro que nos siguió hasta el edificio, al ritmo de mis
muletas. Cuando cerramos la puerta del ascensor, lo vimos observándonos desde
la vereda, elevando la mirada como si estuviese viendo la ascensión de dos
dioses inválidos.
La cena del lunes conocí a mi suegro. Era
un hombre de carácter campechano, de poco más de setenta años, fornido y alto.
Llegó con unas botas discordantes para la ciudad, pero con un traje oscuro, un
moño de lazo atado con una prenda de plata, un cinto de cuero fino y un chal
tejido y doblado sobre el hombro izquierdo. Cuando se sacó la boina, vi su pelo
abundante y canoso. Traía un gran paquete que dejó sobre la mesa enseguida que
entró, y me abrazó un rato largo, diciendo palabras cariñosas en voz muy
fuerte. Yo creí, por un momento, desmayarme entre sus brazos. Era el mismo olor
del hijo, pero con un cuerpo más fuerte. Lo que en Bernardo había de ternura,
en el padre sobraba de brusquedad.
-Me alegro conocerlo por fin, señor…
- ¡Qué señor ni señor! Llamáme Beto, como
me decía mi finada.
Ya en la primera frase pronunciada en el
departamento de su hijo, salía a relucir el resentimiento, porque no menos que
eso era ese comentario como al azar y nacido del fondo del viejo.
Había traído un chivito ya cocido, que
sólo había que calentar. Nos serviría para toda la semana. Bernardo lo llevó a
la cocina y se puso a preparar lo necesario. Se escabulló, por supuesto. El viejo y yo nos sentamos en el sofá. Él
miraba el lugar, y adiviné detrás de su complacencia una hostil desaprobación
que se esforzaba, debo reconocerlo, en disimular.
- ¿Y qué está escribiendo, querida?
-Escribo para mí, nada más, por el
momento estoy sin trabajo, pero con un amigo tenemos algunos proyectos
editoriales.
-Me parece muy bien. Las mujeres que
escriben son excepcionales, mi Ada leía mucho y se carteaba con mucha gente de
afuera.
Obvié el sarcasmo.
-No sabía que ella se llamaba Ada, digo…
¿me entiende?
- ¿No le dijo Bernardo nunca cómo se
llamaba su mamá? ¡La pucha! Pensé que después de todos estos años…pero la
verdad, no me extraña.
El viejo miraba hacia la puerta de la
cocina, y se quedó mirando fijo. Me di vuelta. Bernardo estaba apoyado en el
marco, con el repasador entre las manos, hecho un bollo, y desamparada la
mirada.
De pronto, el viejo levantó la voz:
-A que no me lo va a creer, si lo
contábamos siempre que teníamos oportunidad, hasta que nos cansamos de
repetirlo. Mi finada y yo nos conocimos en la estancia de los Larriere, - uno
de los hijos es al que traje a Buenos Aires-. Yo estaba recién recibido y los
tenía de clientes, nada serio en ese entonces, pero siempre con problemas de
digestión y otras yerbas, sobre todo en los varones de la familia. Resulta que
Ada fue institutriz, se educó en Londres, ¿no sabía?, así que enseñaba de todo
en la escuela rural, que los Larriere mantenían a sus expensas, por supuesto.
-Así que eran filántropos…
Me miró, calando las medidas de su
contrincante.
-Así puede llamarlos, pero ellos han estado
siempre por fuera de todo interés político. Tienen otras cosas en qué pensar, en
sus eternas enfermedades que me han dado muchos dolores de cabeza.
El viejo no había dejado de echar vistazos
a mi pierna y a mi pie vendado cubierto por la zapatilla, así como también a
las muletas.
-Como en esta ocasión, ¿no es cierto?
-Así es, Cecilia. Pero no hablemos de
enfermedades hoy, por favor. ¡Bernardo!-llamó, o gritó.
Pero apenas después sonó el timbre. Por
fin, me dije, había llegado papá Renato.
El viejo se levantó a abrir la puerta.
-Con su permiso, Cecilia.
Papá entró con dos botellas de vino, con el
raje que usaba para la escuela, los anteojos redondos en su cara frágil. Se estrecharon
las manos.
-Es un honor conocerlo, doctor-dijo.
-El honor es mío, profesor. Recién le
contaba a su hija que mi mujer era profesora de inglés y francés…
Caminaron juntos hasta el sofá y se
sentaron. Bernardo, como un sirviente, mudo y colérico, agarró las botellas y
se las llevó a la cocina. El aroma de la carne asada llegaba hermosamente
lúdico en el ambiente hostil de la sala.
-Enseñó de todo a los chicos cuando
crecieron, a Natalia y Vicente. Siempre fueron excelentes chicos, obedientes y
cultos. Demasiado delicados para mi gusto, así que…
-No me dejabas visitarlos…eran demasiado
para mí, o a lo mejor muy poco para lo que querías de mí, me parece- dijo Bernardo
al volver con las copas de vino para los cuatro y una picada exuberante sobre
la bandeja de madera.
-Te quería recio, fuerte, para ser médico.
Los chicos Larriere eran y siguen siendo delicados, la única fuerte es Natalia,
pero Vicente es un afeminado al que le tengo mucha pena…
-Así es papá, ¿te das cuenta, Ceci?
Levantó la copa para ofrecer un brindis.
Renato lo interrumpió, para conciliar lo que se estaba resquebrajando desde
hacía largo rato. Bernardo estaba reaccionado luego de mucho tiempo, y justo
había elegido esta noche.
-Así somos los padres, Bernie, no te hagas
mala sangre. Nos equivocamos la mayor parte del tiempo. Brindo porque no lo
hagamos el resto del tiempo que nos queda, y que no sea poco.
Brindamos, por supuesto, y luego de una
larga bocina bajo el balcón y el ruido de dos paragolpes chocados, el viejo
doctor dijo:
-Me hago eco de sus palabras, Renato, son
muy sabias. Pero estos chicos no entienden, todavía, cuando tengan crías lo
sabrán.
Debía haber pensado que Bernardo no le
había dicho nada, y no tenía por qué hacerlo, en realidad. Sólo era el
desparpajo del viejo y su dosificación de mala intención que no sabía medir con
exactitud, así como tal vez no sabía medir la dosis de anestesia para evitar el
dolor de un paciente. El dolor con dolor se cura, pensé, de pronto, y me sorprendí
al ver la cara de los demás, porque no me di cuenta que lo había dicho en voz
alta.
-Veo que lo comprende, querida. Es un
refrán de pueblo, pero muy cierto.
Cuando los demás esperaban que llorara, yo
había contestado como tal vez Ada lo hubiese hecho. Bernardo se tapó la cara
con las manos y el viejo se escondió tras el cristal de la copa. Renato me
miraba con compasión y un puño en el bolsillo del saco, y dijo:
- ¿Cuándo se come en esta casa? Me muero de
hambre.
Después del café, mi suegro y mi padre
salieron al balcón a fumar. Se senté en el sofá junto a Bernardo, obligándolo a
quedarse conmigo. Quería levantarse, recoger las cosas de la mesa, lavar los
platos, todo para no pensar ni escuchar lo que su padre decía en el balcón,
fuerte y probablemente sin darse cuenta, acostumbrado a las grandes extensiones
del campo y de su estancia. Pero el resentimiento era un tumor que estaba
creciendo en el departamento, y nos ahogaba a los cuatro.
- ¿Y a usted que le parece esta parejita,
don?
Escuchamos la voz del viejo, que aun
intentando ser velada, era clara como un disparo. El olor del tabaco envolvía
el filo de las palabras con antiguas sedas.
-Pienso que son el uno para el
otro-contestó Renato.
-Eso es lo que me temo. Los
complementarios parecen adecuados a la primera vista, encajan como dos piezas
de los que usan los loqueros. Pero a mí me gustan las parejas bien avenidas
como en nuestros tiempos. La mujer de un médico debe ser una compañera que no
confunda ni estorbe, que vea lo cotidiano y que también comprenda lo que nos
preocupa.
-Pide demasiado, doctor. Ellas tienen sus
propios problemas, están tan confundidas como nosotros.
-Mi Ada era una mujer muy culta, tenía
sus opiniones, pero nunca me contradijo. Sabía cuál era su deber.
- ¿Su deber?
-Como esposa, me refiero.
-Ya, ya le entiendo. Una especie de
sacerdocio, o de régimen castrense. La obediencia debida o la consagración a
Cristo. Todo perfecto en los papeles del acta de matrimonio, o en el
concubinato, como nuestros hijos, no importa, el compromiso es el mismo. Pero
déjeme decirle una cosa. Mi mujer, la madre de Ceci, está en casa. Usted se
preguntará por qué no vino. Tiene Alzheimer, doctor, está en una silla de
ruedas desde hace dos años. Era militante de izquierda, marxista leninista, si
quiera llamarla así. Su voz y sus razonamientos resonaban en la calle y en casa
como en un templo. La fuerza que tenía, la inteligencia que a veces aún se ve
en su mirada. No me reconoce, y Cecilia ya no viene a verla porque la hace
sufrir. Yo me deshago entre las dos, una casi muerta, la otra muriéndose. ¿Qué
me dice, ahora? ¿Cuál es el papel de nuestras mujeres en el matrimonio? Yo
solamente tengo tiempo para preguntarme cuál es el mío.
Mientras yo lloraba en silencio, Bernardo
dijo:
-Voy a llevar los huesos al perro de la
esquina.
Se levantó y juntó los restos en una
bolsa.
Ya
ves, Ceci. Sigo contándote de la misma manera aburrida y desordenada. Pero
ahora que lo pienso bien, ¿no es esto una contradicción? El desorden altera la
rutina que provoca el aburrimiento, y sin embargo, mi desorden se ha vuelto una
costumbre, y como toda costumbre, lleva al aburrimiento. No sé contar como vos,
literariamente. Sólo escribo bien cuando me dedico a labores científicas, y eso
ocurre porque la estructura metodológica me sirve de esqueleto y protección.
Como un escarabajo, tal vez. Un esqueleto cartilaginoso aparentemente fuerte,
pero demasiado frágil. La pisada de un hombre lo destruye, la pisada del
monstruo. Eso somos: bestias destructoras de teorías. El hombre es un animal de
rapiña, no recuerdo quién lo dijo. Si se limitara a destruir teorías, que son
nada más que hipótesis, en esa destrucción se engendra el germen de la
construcción. Pero cuando destruye la belleza, como un poema, esa síntesis
incomprensible de cuerpo y espíritu que la humanidad ha logrado amasar lenta,
parsimoniosa y cruelmente a lo largo de los siglos, aún a costa de su propia
tranquilidad. Porque la tranquilidad de la ignorancia y la pereza es una paz
siempre amenazada por los volcanes interiores. Somos cuerpo, (por eso somos
tierra), huesos (y las rocas nos sorprenden con su fragilidad), sangre (la lava
roja que se enfría y deja manchas indelebles, que no puede ser revertida a su
continente, que se pierde y con ella lo que llamamos vida y no sabemos de qué
se trata en realidad).
Por eso no
entendemos la enfermedad, y mi padre, que tanto se ha jactado de su practicidad
en la resolución de las cosas, ahora se ha visto con lo que no entiende. La A
se ha convertido en B, y la B de pronto se revirtió en una engañosa W, ¿o en 8,
tal vez? Confundiendo los términos tan lastimosamente aprendidos. No se mezclan
sin impunidad peras y manzanas. Las teorías atómicas no coinciden con el
bisturí del cirujano. A veces es más fácil confundir un niño espástico con un
pájaro muerto en la vereda.
El lunes fuimos
al hospital. Vi a mi viejo caminar con deliberada lentitud por los viejos pasillos
descascarados, cruzándose enfermeras que lo miraban y sonreían con sorna al
verlo vestido como un gaucho elegante, o como un médico disfrazado. Los colegas
jóvenes lo saludaron con respeto cuando lo presenté. A Mateo primero porque lo
encontramos en la entrada, pero no nos ofreció mucho tiempo porque tenía a su
hijo otra vez internado. Luego llegamos a la habitación de Vicente Larriere.
Estaba despierto, desnudo bajo la sábana. El pecho estaba flaco, igual que la
cara, piernas y brazos, pero el vientre era una bola grande, que, aun pecando
de estúpido, era muy parecida a la de una embarazada. Mi viejo me miró mientras
yo palpaba el abdomen de Vicente. Es un hombre amable, algo tímido, o más bien
reservado. Tiene poco más de treinta años, y su única familia son su padre y su
hermana. La madre murió en Francia cuando los chicos eran adolescentes, así me
contaron. Luego de esa orfandad, las relaciones que antes prácticamente no
existían entre ellos y yo se hicieron imposibles, porque iban y venían de
Europa. Vicente estudiaba agronomía en Amsterdam y Natalia en el conservatorio
de París con Bolanger y Ansermet.
- ¿Cómo se siente
hoy? -le preguntó papá, con su tono campechano, que a los residentes que
entraron poco después hizo reír. Papá no les hizo caso, así como no hacía caso
a las protestas de las viejas que rondaban la cama de los enfermos con sus
yuyos o a los chicos que saltaban o a los perros que ladraban. Es admirable esa
peculiaridad de su carácter, que al fin de cuentas es un don de algunos
médicos: el abstraerse a todo lo que no sea el centro de atención de su
pensamiento en tales momentos.
Larriere se
encogió de hombros.
-Como siempre,
doctor. No me duele más que cuando se mueven.
Miré a mi viejo
porque todavía no sabía con exactitud lo que él pensaba. En el camino me había
hablado de la larga enfermedad de los Larriere, una herencia familiar que se
manifestaba en la segunda o tercera década de la vida de los varones. El padre
sufría de lo mismo, pero en su caso había una latencia admirable. En el hijo,
en cambio, los síntomas fueron prematuros y siempre intensos. Había ocasiones
cuando su vientre se abultaba hasta el límite de lo soportable del dolor, y
papá estuvo a punto de operarlo. ¿Por qué no lo había hecho? le pregunté. No
supo contestarme más que con evasivas. No era propia de él esa duda. Si se
hubiese tratado de mí, como cuando me quedé parado viendo el accidente de mamá,
habría significado una ignominia.
Ese era el centro
de su carácter, ¿entendés? La estabilidad en un centro que nunca variaba, como
un sol alrededor del cual girábamos todos los demás, familia, amigos y
pacientes. El mundo, en definitiva. Y ahora, sin embargo, los conocimientos,
que en su universo eran tan eternos como ese centro que creía estable, se habían
tergiversado. Las letras se mezclaban, cambiaban de significado, y se sumaban
números formando códigos. Ya no regían la tabla periódica ni la nomenclatura anatómica,
sino esos códigos tan difíciles de memorizar como de pronunciar.
Un árbol es un
árbol, y crece en determinadas condiciones. Pero un hombre no es un árbol cuyo
tronco lastimado forma cicatrices en la corteza, ni una conducta es la
invariable sentencia de una forma de ser.
Nos escuchó hablar
con el oncólogo, intercambiando opiniones, planteando hipótesis de diagnóstico
y métodos de estudio. Radiografías, radioscopias, análisis de sangre y fluidos,
punciones abdominales. Teníamos un tomógrafo computado que el gobierno había
comprado en Estados Unidos, pero el técnico argentino recién se estaba
formando. De todos modos, decidimos que someteríamos a Larriere a ese estudio.
Cuando estábamos
en la sala de médicos, ya no tuvimos tiempo de hablar sobre el caso. Los antiguos
colegas de papá aparecieron uno tras otro. Compañeros de la facultad en su
mayoría, a los que no había visto desde que se había vuelto al campo. Yo estaba
de más, por supuesto. Creo que hasta se olvidó de mí cuando se fue con el padre
de Mateo. Yo no lo sabía, pero habían sido amigos en la cátedra de Anatomía e
Higiene. Me sentí bien por él. Lo había visto salir de la habitación de
Larriere con un gesto preocupado, muy parecido al que tenía cuando murió mamá.
Lo que no encajaba en sus esquemas no solamente lo preocupaba, sino que lo
enfurecía. El dios de sus costumbres era estático, pero el hospital Rivadavia
lo había desestabilizado: las camas eran máquinas, las enfermeras titubeaban y
los médicos hablaban en jeringosa. Te reís, claro, pero así fue como me lo
dijo. A veces me sorprende, porque él también es humano, por supuesto. Critica
la mecanización de a medicina y sin embargo él lucha por sostener en pie las
estatuas de los antiguos galenos. ¿Unas u otras? Y mientras tanto, el
conocimiento fluye más rápido que nuestra comprensión. Escribir manuales lleva
tiempo porque implica un factor que la tecnología no contempla: la intuición de
la creación. Vos bien lo sabés: en una lista de compras también participa el
espíritu del hombre.
El miércoles
llevamos al Larriere a la sala del tomógrafo. Ya lo había visto funcionar en dos
ocasiones, pero había solamente tres en Buenos Aires, y el técnico iba y venía,
y se lo tomaba con tranquilidad. Poner en funcionamiento el aparato llevaba un
par de horas, y a veces el equipo satura el sistema eléctrico y se cortan las
luces en las habitaciones, lo cual no es grave, pero también las de los
quirófanos. Mientras, conversábamos en la sala técnica, llena de paneles con
controles y monitores; y tras el ventanal, el gigante en cuya boca habíamos
introducido a Larriere. Hubo que sedarlo, tenía miedo. Acostumbrado a las
extensiones del campo, el estrecho túnel era sinónimo de claustrofobia.
-Esto no tiene
futuro-dijo mi padre, con las manos a la espalda y el ceño fruncido, más
asustado que ofuscado.
El técnico no
ocultó la sonrisa, con la vista fija en los botones y perillas. Nosotros, los
médicos, dudábamos de lo que veíamos, pero nos fascinaban las imágenes que observamos
en las placas sobre los negatoscopios. Apagamos las luces grandes, y
contemplamos los quistes blanquecinos en el abdomen de Vicente Larriere. Los
que no entendían, y éramos quince médicos en ese ateneo convocado por aquel
caso tan especial, se callaron la boca todo el tiempo que duró la reunión. Sólo
hablaban mi padre, por su conocimiento de los antecedentes, e insistiendo
siempre en hacer encajar lo que veía con sus ideas previas (pero casi siempre
fracasaba cuando quería poner un cuadrado en un círculo, y los espacios que
quedaba vacíos, los anulaba). Los Ibáñez, padre e hijo, opinaron que eran
pólipos malignos, las imágenes no hacían más que confirmar los resultados de
las biopsias, que hasta ese momento estaban inconclusas y para nada determinantes.
Los anatomopatólogos se encontraban con resultados contradictorios con cada
muestra que tomaban, y la ambivalencia, finalmente, fue su criterio. Pero a los
cirujanos eso no nos sirve para nada, y tampoco creemos necesitarlo. Llegados a
la zona de la duda, hay que explorar como en una selva virgen o en un desierto
helado. Es como meter la mano en un espacio oscuro: el éxtasis es una simbiosis
de temor y plenitud. El resultado, en la mayoría de los casos, es la
frustración.
Esto fue hace casi
dos semanas, y ya sabés lo que pasó. El ir y venir de mi padre con su cara
ofuscada y sus rabietas. El uso de nuestro teléfono para atender sus casos en
el pueblo. La irritación constantemente en aumento. Pero él único que se siente
bien ahora es el enfermo que provocó toda esta situación. Quiere irse a la
estancia con su familia. He visto a la hermana luego de tantos años que por
supuesto no la reconocí. Se hospeda con una vieja amiga de la familia en
Palermo, una reliquia de antigua aristocracia, los Martins. Quiere llevárselo,
pero me ha dicho:
-Doctor, si decide
operarlo, quiero que lo haga usted.
Comprendí, las
manos de mi viejo están desgastadas. Sus dedos se convierten en ramas cuando lo
ataca la artritis, aunque él se esmera en esconderlas, pero el dolor brilla en
sus ojos, y él no es una estatua como las que idolatra, ni una pieza anatómico
que ya no llora. La anotomía es feliz porque es bella, y bello tanto lo teratogénico
como lo normal. ¿Cuál elegiremos, llegado el caso? ¿El espástico que se parece
a un cuervo o al David de Michelangelo?
En fin, papá me
echó el fardo encima. Debe irse, sus pacientes lo esperan, sobre todo los que
puede salvar. Veo en su cara que se lamenta de haberlo traído, porque ha
esculpido la estatua del fracaso en su conciencia. Las máquinas, la modernidad,
la tecnología, las costumbres son los materiales. Antes la enfermedad y la
muerte no tenían misterios. Eran garrapatas que podía desprender fácilmente de
la conciencia y del cuerpo de la gente. Lo que debía morir, se dejaba morir,
aún con el escalpelo en la mano intentando extirpar el demonio interno. Las
viejas civilizaciones con sus médicos brujos lo sabían: se extirpa una masa y
no la mínima entidad. Y la masa puede ser un planeta como un tumor en el cerebro.
Todo depende de los ojos que observen.
La obsesión por descubrir el microcosmos es una fuerza que nos revierte
al macrocosmos, y no la podemos detener.
-Don Isidro Braulio,
ya te hablé de él. Tiene cáncer de próstata. Si lo vieras al viejo, se lamenta
más de sus testículos, duros e inservibles como piedras, que de la muerte. Se
empecina en recordar los viejos tiempos con las mocitas del pueblo, allá por
los años veinte, cuando era un pibe calentón. Noventa años tiene ahora, y
morirse así, solo, además, porque el hijo, tu mujer lo conoce, creo, es un
maricón que no quiere saber nada del padre. Por eso tengo que ir y hacer algo.
- ¿Y qué vas a hacer?
-le pregunté.
-Cortarle los
huevos y decirle que ya no se meta más con las pendejas con trenzas.
Me quedé
mirándole.
La ironía, al fin
de cuentas, en cierto modo lo redimía.
3
Durante más de medio año,
Larriere entró y salió del hospital muchas veces. No siempre Bernardo me tenía
al tanto, y luego ya no me comentaba nada, aunque lo veía con una expresión preocupada
y ensimismado en pensamientos que parecían vagar por libros memorizados después
de haber luchado con prejuicios internos. La lucha de las ideas contra los
principios enraizados en la médula de los huesos -según se permitía decir,
vagando por lirismos no bien vistos en los médicos prácticos - estan las
habitaciones del alma. Creo que fue Herófilo el que dijo que el alma estaba en
algún sitio del cerebro, ¿pero por qué allí?, se preguntaba Bernardo, que al
fin de cuentas y luego de tantos siglos, sabía más que el elemental Herófilo,
si es que existió tal personaje.
Vicente Larriere hizo quimioterapia, tomó
medicamentos, se sometió a radiaciones, pero cuando decidieron operarlo, se
negó una y otra vez. La hermana, yo nunca la conocí, lo acompañaba al
principio, pero después el muchacho venía solo a Buenos Aires, iba al hospital
por las mañanas y en las tardes se encerraba en su cuarto del hotel en la
esquina de Libertad y Lavalle, oscura como todos esos edificios viejos, de
paredes anchas que no dejaban entrar el ruido del tráfico. Tal vez se acostaba
en la cama y sentía el movimiento de sus habitantes interiores. Los pequeños monstruos
que los estaban enfermando para sobrevivir. Yo todo esto lo imaginaba, por
supuesto, luego de escuchar a Bernie hablar larga y tendidamente de las
hipótesis de diagnóstico. Cuando no hay un diagnóstico definido, se achaca todo
al cáncer, como una gran bolsa de muerte que lo acepta todo. Y bienvenidos
sean, dice Ella, la Parca con la hoz o simplemente una vieja cargando una bolsa
donde entra absolutamente todo porque nunca termina de llenarse. Y no tiene
peso porque está llena de almas. ¿Tiene el alma un tamaño o una medida? He
leído algún relato de Beltrame conjeturando sobre eso. No es extraño en él tal
tema, su propia alma debe preocuparle mucho.
Pero Larriere fue desapareciendo
lentamente en las conversaciones en nuestro triste palacio del tercer piso sobre
Sarmiento, a cuadras de los arcos del Abasto, el gran ministerio del mercado
ahora cerrado y eternamente en vías de remodelación. Y comenzaron otra vez las
discusiones, por trivialidades, inconformismos, exigencias e intolerancias,
absurdos que desgastan el amor y someten al cariño restante a una prueba
innecesaria todos los días.
Cuando ya nos estábamos acostumbrando a
esa rutina, murió el viejo doctor Adalberto Ruiz. Un llamado desde el pueblo en
plena madrugada del sábado. Bernardo se levantó y fue hasta la cocina donde
estaba el aparato sobre una mesita al costado de la puerta. Fue protestando,
con la idea fija de que lo llamaban de la guardia. Lo escuché hablar apenas con
monosílabos que podían ser de asentimiento o negativa. Colgó el tubo y regresó
a la habitación. Sin mirarme, salió de vuelta y fue al baño. Escuché el chorro
de la orina en el inodoro, intenso, luego suave hasta que se detuvo, pero él no
regresaba. Me levanté y fui a verlo. Estaba sentado en el inodoro, desnudo y
con las manos tapándose la cara.
- ¿Qué pasa, Bernie?
-Voy a ducharme, hacéme el favor de abrir
el grifo.
Así lo hice, y mientras el agua corría y se
iba entibiando lentamente, pregunté otra vez:
- ¿Una emergencia?
-Algo así, Ceci. Pero ya no hay nada que
hacer.
- ¿Se murió Larriere?
Me miró y se rio.
-No, ese todavía sigue vivo, y tiene para
mucho, me parece. El que se murió esta vez es el médico. Mi viejo, Ceci, por
fin se fue.
Se levantó y se metió bajo la ducha. Lo
observé como si lo viese por primera vez en mi vida, mientras él dejaba que el
agua le cayera sobre la cabeza y recorriese su cuerpo, aliviándolo, tal vez. Me
saqué la ropa y lo acompañé. Abrió los ojos que tenía cerrados mientras el agua
lo aclimataba a una sensación que iba buscando en su interior, y que no sabía era
el cuerpo el que debía entregarse. Siempre el cuerpo, eso yo lo sabía bien. El
dolor físico domina el alma. Por eso quise consolarlo y lo abracé, intentando
pensar cuánto tiempo había pasado en que no teníamos tal intimidad. Apoyó la
cabeza en mi hombro y se puso a llorar, creo, o era el agua de la ducha que
intentaba ocultar el patético llanto de un hombre que creía no haber amado
nunca a su padre, y por el que sin embargo se lamentaba como un chico
abandonado.
Juntamos algunas cosas rápidamente en un
par de bolsos, Bernardo llamó al hospital y salimos a las siete de la mañana
con el auto, el Falcon que Ibáñez le había vendido para comprarse el Peugeot en
el que podía vérselo ir venir por todo Buenos Aires y La Plata.
Llegamos al mediodía a General Lavalle. Recorrimos
las calles tranquilas que yo visitaba por primera vez, y que en otra ocasión
habría disfrutado. El clima del campo era influenciado agradablemente por la
cercanía con la costa. Las arboledas de la entrada hacían sombras intermitentes
en el camino, y bajando la ventanilla pude oler el aroma de los eucaliptus.
Entonces me sentí invadida por la intensidad de ese aroma, que por un instante
me asustó, porque en la radio estaban transmitiendo la sinfonía Pastoral, y el contraste
con la situación que estábamos pasando, me inquietaba. De qué me sirvió, me
dije, tanto libre pensamiento y el supuesto ateísmo de mi madre, si brotaban
tan fácilmente los reparos estéticos y morales del catolicismo. Como la
prohibición tácita de escuchar música en Viernes Santo o comer carnes rojas
durante la Cuaresma, el sentirse feliz cuando alguien ha muerto apenas unas
horas antes, representaba una especie de blasfemia. Los resabios de la
Inquisición, tal vez. Las opresiones morales y las vergüenzas estaban a flor de
piel.
Miré a Bernardo, con las manos sobre el
volante y la mirada fija en el camino, escuchando, sin duda, los compases
magníficos del Beethoven bucólico y trascendental. Le toqué el hombro y me
observó un instante, tenía los ojos más que tristes, resignados. Esperaba la
libertad con esa muerte, probablemente, y hasta quizá se imaginaba saltar por esos
campos al ritmo beethoveniano. Pero de pronto se veía parado en medio de la
llanura, y solo, porque el viejo que siempre lo había acompañado, ya no estaba.
Vi su frente fruncirse en extrañas arrugas de pensamientos inciertos, que yo
adivinaba retorcidos porque se buscaban a sí mismos, si es que no se estaban
devorando porque no tenían otro alimento que su misma carne de ideas
conceptuales. Y de pronto detuvo el auto frente a una casa vieja de paredes
grises, techos altos con ornamentos del siglo pasado, puertas y ventanas altas
y angostas, y una reja inmensa que dejaba ver el patio interior, lleno de
plantas y un viejo aljibe. Ahora su cara florecía, y por eso apagó la radio. La
felicidad no era completa, simplemente se trataba de un maquillaje que el
recuerdo suele dibujar en las caras ingenuas. La memoria es una vieja
cascarrabias que gusta de burlarse de los chicos, como este niño grande que se
había extraviado por primera vez en plena calle.
Bajamos y Bernardo empujó la puerta
enrejada y recorrimos el pasillo fresco hacia el patio. Varias personas se
habían congregado allí, unas conversando, otras dando vueltas bajo el
emparrado, otras mirando el reloj y recorriendo el pasillo hacia la vereda de
adoquines en espera del servicio mortuorio.
Bernardo me presentó con algunos: la tía
Edelmira, prima de la madre, soltera; una chica gorda y de aspecto mongólico
que se reía y lloraba simultáneamente y a la que la tía Edelmira agarraba de la
mano con fuerza singular y patética; un hombre alto y fornido que era don Isidro
Braulio, al cual tuve que avenirme a hablarle por conocer yo al hijo, del que
quería noticias a pesar de los años de rencores o de qué sé yo. Había vecinos
del pueblo, y se sumaron muchos otros, todos pacientes del doctor Ruiz, que se
llenaban de alabanzas y lamentaciones las bocas que también saboreaban las
empanadas y el vino que las primas Sara, Eva, Aurelia, Clara y Rosa habían
traído desde sus casas a tres cuadras. Eran sobrinas del doctor, hijas de un
tío de Bernardo que había muerto de ántrax en la ya olvidada epidemia de los
años treinta. Las cinco habían nacido con un año de diferencia, y el padre
había muerto un año después. Las chicas, no sé cuál de todas, me decía entre
risas veladas que la madre lo había matado para que no la embarazara más. ¿Era
tonta o se hacía? Las otras no me parecieron distintas, pero un leve rasgo de
despiste se acentuaba hacia la más chica.
¿Era eso lo que Bernardo me había
insinuado tantas veces en Buenos Aires las pocas veces que hablaba de su
familia? Una tara congénita que se manifestaba sólo en ocasiones y en ciertos
individuos, y que provenía de ambas familias. Y se trataba de mujeres en todos
los casos, porque los varones escaseaban en esas familias. Recordé a los
Larriere y sus enfermedades crónicas que se daban en hombres casi
exclusivamente.
La vieja casona era antigua y grande. No sé
cuántas habitaciones había alrededor del patio. Puertas y más puertas casi
todas iguales que llevaban no sólo a dormitorios, sino a cocinas y baños. Todo
en una extensa planta baja que imitaba el campo llano y los escasos árboles que
daban sombra sobre la recova: laureles, jazmines, rosales, limoneros, nísperos.
El olor era tan variado que nunca era el mismo cuando uno se desplazaba unos
pocos metros. El camino de lozas estaba bordeado de mosaicos y azulejos,
macetas de barro con asas rotas, y en el medio el aljibe blanco y clausurado
con una tapa que protegía de las caídas. Pero no había chicos que pudieran
asomarse y caerse. Ya todos estaban crecidos, y me pregunté si tal vez las
chicas Ruiz habrían tenido alguna vez la osadía de asomarse al fondo oscuro.
Me senté en el borde de un cantero, con
las piernas cansadas. Los hombres me habían ofrecido sillas, que rehusé porque
quería ir del brazo de Bernardo, hasta que todos reclamaron tanto su atención
que ya parecía haberse olvidado de mí. Una tras otra, las chicas me trajeron
refrescos y empanadas. Miraban la hora cuando surgía un bache insalvable en la
conversación, y miraban hacia la tapa del aljibe.
- ¿Por qué lo tapiaron? - pregunté a la
que debía ser la segunda o la tercera. Todas eran rubias de tono oscuro,
peinadas con rodetes en diversas posiciones, y con eso me conformaba para
diferenciarlas un poco.
Se rio, tomando un sorbo del vaso que me
pareció tenía vino.
-Nos caímos, señorita.
-Llamáme Ceci, por favor. ¿Ustedes? ¿Cuál?
-Todas, Ceci. La primera fue Sara. Se
rompió la cabeza, así me dijeron porque no me acuerdo. Pero mamá hablaba todo
el tiempo de cómo fueron las caídas de cada una a medida que nacíamos. Sara fue
la primera y se hizo un corte en la frente, por eso se tapa con el flequillo.
Casi se muere. La atendió el doctor, que también la sacó del pozo con una
cuerda. “Estuvo al borde de la muerte”, así dijeron en casa, en el pueblo y en
la iglesia. La atendieron tanto que se hizo muy maleducada, no como nosotras,
señorita. Es muy malcriada y pretenciosa. Usa la cicatriz para mendigar
atención de los parientes. Siempre tuvo los mejores regalos de cumpleaños y de
navidad. Entonces nosotras hicimos lo mismo, nos caímos…
-Una tras otra, supongo…
-Sí. Yo me rompí un brazo porque me lo
enganché en la cadena, y quedé colgada. Me despellejé toda. Casi me arrepentí
cuando me vi el brazo en carne viva. Pero lo que siguió después valió la pena,
los regalos y las atenciones.
Me mostró la piel llena de cicatrices bajo
la manga del vestido.
-Después siguió Aurelia, una noche que iba
caminando como sonámbula. Cayó de pie en el agua del fondo. Se rompió los
talones y estuvo con yesos durante seis meses. Esa nos ganó, imagínese seis
meses en cama, con comida en bandeja y sin escuela. Bueno, después se cayó Clara…
¿Pero quiere que le siga contando, porque van a llegar los de la funeraria?
-Seguí contando, querida…
-Bueno, mi hermana se cayó jugando, no lo
hizo deliberadamente. Saltaba la cuerda tan bien que se armó una escalera hasta
el aljibe, porque es lo único alto que tenemos por acá, a la calle no nos
dejaban salir a jugar y el techo todavía no nos atraía demasiado.
-Sí, imagino que los pozos negros son más
interesantes…
- ¿Cómo lo sabe?
-También soy mujer, Eva, pero seguí…-Ya veía
en esa historia un buen artículo, o por lo menos un relato a publicar.
-Clara se había negado porque mamá contaba
los sufrimientos por los que había pasado por sus hijas y ella no quería
hacerla llorar. Las tres nos burlábamos de ella por el miedo.
-Pero esperá un poco, ¿por qué no tapiaron
el aljibe desde que se cayó la primera?
Se encogió de hombros.
-Lo usaban…
-Me parece raro-dije. -Ya los aljibes
están todos secos, salvo por el agua de lluvia, y no me vas a decir que tomaban
de esa agua…
-No, Ceci, tenemos canillas para eso. -Y
se reía, la tonta, encontrando de pronto la ocasión de burlarse de alguien que
creía más inteligente.
-Está bien, ¿y qué pasó con…Clara, no?
-Como no se quería caer, la empujamos.
Treinta segundos de silencio, dos sorbos
cortitos de refresco o vino, lo que fuese.
- ¿Y qué se rompió?
-Nada, pero la picó un alacrán que estaba
en el fondo. Tuvieron que cortarle un pie, el doctor la operó. Es esa que
cojea, ¿la ves?
Me señaló una chica que rengueaba mientras
llevaba la bandeja de grupo en grupo. Ya casi no había espacio en el patio. Las
ramas de los arbustos eran empujadas por los que caminaban entre los senderos,
gente que se reencontraba después de mucho tiempo. Hubo saludos y muchas risas
que intentaban atenuar con cambios de voz bruscos y desatinados.
-Queda una, ¿no?
-Rosa, sí. Esa no quería saber nada, y
aunque la forzamos, se puso a gritar y mamá llegó corriendo. Nos denunció,
¿podés creerlo? Así que mamá ordenó a papá que pusiera la tapia. La tía
Edelmira se negó un montón de vez. Hizo reclamos en la municipalidad. Allá la
miran bien.
- ¿Tiene influencias?
- ¿Qué sé yo? A lo mejor es porque fue
ayudante del doctor mucho tiempo.
Se me ocurrieron ideas.
- ¿Y ya no?
-Creo que se peleó con el doctor, desde
que yo los conozco se miran raro y no se hablan. Todo por el aljibe, ¿sabés?
Siempre viene gente de la municipalidad a buscarla y ella sale corriendo para atender
cualquier urgencia de bebés y otras cosas.
Pueblo chico, infierno grande, pensé con
todas las letras. Toqué la tapa, y me dije que el negocio se había clausurado
por un tiempo.
- ¿Y esa chica enferma, la gordita, que
está con la tía?
-Esa es mala, Ceci, ninguna de nosotras le
habla. La acusan de…-. Acercándose a mi oído, pronunció la palabra lascivia.
Miré a los hombres alrededor. Casi todos
eran del pueblo, pero muchos eran desconocidos. Gente de las ciudades vecinas,
quizá de toda la provincia, y de Buenos Aires. Abortos, venta de bebés, el
tradicional negocio de los pueblos. La droga es de las ciudades, la
prostitución también, pero en el campo los chicos nacen como conejos, y todos
tienen la misma mentalidad de esa especie.
Entré
a la sala donde velaban al viejo. Bernardo estaba sentado una silla contra la
pared. A ambos lados había dos mujeres que parecían dos plañideras sacadas de
una novela italiana. Cuando me vieron, se levantaron y se fueron. Me senté al
lado y le agarré una mano.
- ¿Cómo te sentís?
Se encogió de hombros. Un rato después, no
pude evadir la curiosidad.
- Vos sabés lo que pasa acá, ¿no? -Hice un
gesto mirando afuera, al patio.
-Nací acá, Ceci.
-Entonces tu papá te hizo un favor dándote
motivos para irte.
Iba a contestarme algo que intuía no iba a
gustarme, pero nos interrumpió un hombre que se paró frente a nosotros y extendió
la mano para saludarnos. Bernardo lo miró, pareció dudar apenas un instante, y
de pronto se levantó y ambos se abrazaron.
No tenía hermanos ni primos varones. Era un
hombre de su edad, apenas un poco mayor quizá. De barba rizada y algo larga,
cabello largo hasta los hombros, castaño oscuro y ojos celestes como un cielo
despejado.
-Mi pésame- dijo, en un acento francés
inconfundible, tal vez de la Provenza o la Bretaña, con los labios casi pegados
al hombro de Bernardo.
Debían ser muy amigos, porque no lo había
visto emocionarse con nadie más de esa manera. Se dio vuelta y me presentó.
-Cecilia, él es Mauricio Dergan.
Se miraban con una sonrisa emocionada, palmeándose
las espaldas como si no pudiesen creer aquel reencuentro.
-Ceci, él es el motivo por el que me fui
del pueblo.
-No entiendo…
-Al viejo -dijo Dergan- …perdonen
ustedes…al viejo doctor yo no le caía bien. Nunca supe por qué, pero así son
los padres, se empecinan en elegir las amistades de sus hijos, y sobre todo
siendo Bernardo hijo único tenía puestas todas las esperanzas en él. Yo era una
mala influencia en esa época, y lo sigo siendo.
La broma, que no debía serlo, enlazó aún
más su complicidad.
Salimos al patio y nos sentamos. Eran las
dos de la tarde y el servicio fúnebre aún no había llegado. Me contaron de los
viejos tiempos, sobre la tragedia de los hermanos Espinoza.
-Todavía se los ve por acá, renegando con
la tierra, más pobres que lauchas.
- ¿Y usted qué hace, Mauricio?
-Soy veterinario, Cecilia.
Me habló de su infancia en Europa, su
venida a la provincia, y no fue necesario me aclarara más. Tenía un petaca de
whisky que sacaba sin disimulo del saco, empinando el codo y apartándose el
cabello largo. Pero el alcohol es un síntoma, nomás, en él. He visto muchos, y
sabía que para Bernardo no había ningún misterio. Me di cuenta de la palidez de
su cara y sus manos, que resaltaban en el marco de la ropa oscura y que noté
desgastada por el tono brillante en los codos, el cuello y el borde de las
mangas. Tenía el pantalón negro con manchas de sangre oscura y seca que pasaban
por simple suciedad para cualquiera que no hubiese visto las manchas de sangre
en la ropa de un profesional de la salud. Su conversación era culta y educada,
no levantaba la voz, pero yo intuía era de aquellos que reservaban la ira para
determinados momentos donde coincidían la frustración y el resentimiento. Eran
explosiones, estallidos de los cuales era conveniente alejarse o mantener el
silencio. Yo lo sabía, Bernardo, con algunas diferencias, tenía el mismo
temperamento.
Y Bernardo lo miraba hablar con un extraño
regocijo en la cara que hacía mucho tiempo no veía. Al principio me sumaron a
la conversación, pero luego empezaron a hablar de los viejos tiempos, y
entonces Bernie se restregó los ojos con el puño de la mano derecha, como hacen
los chicos muy chicos. Dergan le agarró la otra y le dio unas palmaditas de
cariño, haciéndome cómplice con un guiño. Yo le agradecí esa ayuda, porque la
distancia emocional había hecho estragos en nuestra pareja, y no sabía yo cómo
comunicarme con él. Me pregunté, entonces, si no era realmente yo quien se
estaba distanciando. Como dos que caminan juntos, ensimismados y con la vista
baja fija en el suelo de tierra y polvo, sus pasos se desaceleran: uno va más
rápido, o el otro más lento, o ambas cosas a la vez. Cuando levantamos los
ojos, advertimos que debemos mirar adelante o atrás, y tal vez, con suerte, aún
podamos ver al otro.
Bernardo se levantó de la silla y volvió
a entrar El ataúd seguía abierto. Lo acompañamos, permaneciendo detrás. Lo sentimientos
contradictorios fluían en el rostro de Bernie, tanto por la ira que se estaba
manifestando como por la especie de liberación que había obtenido con esa
muerte. Dergan se le acercó apenas vio el movimiento de los hombros y lo
abrazó. Parecía contenerlo, no en su pesar, sino en su ira, como sujetándolo
para que no se pusiese a violentar el cuerpo que ya no era responsable de sí mismo.
El reclamo, pensé, que intenta manifestarse demasiado tarde, y lo sabe, por eso
pena y se amarga y se revuelve en su propia impotencia. A veces el rostro de Bernardo
era una suma contradicción de sentimientos y ánimos. La alegría intentaba ganar
terreno cuando nos miraba: la placidez o la plenitud, no sé, cuando me
observaba a los ojos, que se enturbiaba de pronto, exactamente como sucede en
un cielo de verano sobre una playa del mar. El sol radiante de pronto se llena
de nubes grises que se tornan negras, y el frío se acrecienta, algo insondable
está germinando en el aire, algo invisible que desespera por manifestarse.
Ahora que el viejo había muerto, él era dueño de su conciencia, pero recién se
daba cuenta de que su conciencia tenía varios dueños desde hacía mucho tiempo.
Uno de ellos era una especie de terrateniente que explotaba las hectáreas (la
muerte de la madre, la carrera de medicina), otro era una vecina (quiz yo) que
ocupaba muy poco sitio, no demasiado exigente, pero a quien él le había otorgado
ese terreno, temeroso de lo que el terrateniente pensara de la forma en que él Bernardo,
ocupaba las propias tierras de su conciencia.
Y allí estaba Mauricio Dergan, extraño
para mí, pero que por la forma en que se comportaba, era dueño de más tierras
que yo, y sin embargo su ocupación había sido siempre clandestina. Una zona que
el viejo había condenado por execrable, pero que había sido reservada por Bernardo
en la oscuridad, sin ser ocupada ni otorgada a nadie. Hasta convertirse en una
zona muerta.
Cuando se separaron, Bernardo permaneció
con las manos apoyadas en el borde el féretro, como sopesando el peso del
legado. El cuerpo tenía el peso de los enfermos que le había dejado, tal vez
Larriere, quizá muchos otros, pero por encima de todos estaba el día del accidente
en el campo, esos segundos de quietud ante la madre y su yegua que fueron su
condena. El legado, entonces, estaba constituido por una sentencia.
Apoyé
las manos en sus hombros y mi cabeza en su espalda. No me dijo nada, ni
extendió una mano para acariciarme. Lo vi, en mi imaginación, intentando
mantenerse en pie, cargando un ataúd por delante y mi cuerpo sobre su espalda.
Pasaron las horas del sábado. Me dijeron
que el servicio fúnebre se había postergado hasta la mañana del domingo. Incontables
vecinos seguían entrando y saliendo para dar su pésame a la familia y despedir
los restos del doctor Ruiz. El intendente llegó con uno o dos colaboradores y
hablaron largo rato con Bernardo. Él volvió a donde Dergan y yo esperábamos en
un par de sillas bajo el parral, junto a una mesa llena de comida y bebida que
iba renovándose a medida que las hermanas Ruiz cambiaban su turno de trabajo.
Eran inagotables, y por un momento, ya cansada de tanta gente, pensé que era la
misma, y las heridas de cada una parecían haberse juntado todas en una sola.
Eran las siete y media, y ya había oscurecido y las luces del patio, en los
viejos faroles, iluminaban las mesas, las sillas y la ropa de la gente que iba
y venía desde la sala mortuoria. La Ruiz que ahora renovaba la mesa era una
mezcla de todas. Tal vez yo estaba mareada y el azúcar en sangre estaba a
niveles alterados, por lo cual creí ver en ella una cojera, un brazo roto, y cicatrices
en la cara y en los brazos. Por un instante, la imaginación, que parecía estar
atada a mi voluntad, me traicionó. Cuando ella ya se iba y la espalda me
escondía todos esos extraños atributos, me di cuenta de que era la última de
las hermanas, la que única que no se había “caído” al aljibe.
- ¿Está cansada, no es verdad, Cecilia?-me
preguntó Mauricio.
-Si.
-Aguante un poco más, así somo en los
pueblos. No tenemos mucha paciencia para lo que podemos hacer nosotros mismos,
vamos y lo hacemos. Pero somos lerdos, y hay cosas que no nos impacientan. Nos
gusta estar hablando horas y horas de lo mismo o mantener el silencio
escuchando ladrar a los perros en el campo. Nadie apura. Por eso el doctor Ruiz
tenía tanto dominio sobre todos ellos. Su inteligencia había advertido el punto
donde podía mover a voluntad la voluntad de los demás.
-La culpa es un gran instrumento para
eso-le dije.
- ¿Lo dice por Benardo? Por supuesto, con
él debía ejercer toda su potestad. Siendo su hijo, tenía su misma inteligencia
e idiosincrasia. Debía lidiar con ambas.
-Y ganó la guerra, aún después de muerto.
-Quién sabe…
-Veo que se aprecian mucho ustedes dos-.
Me salió el sarcasmo. El resquemor lo incitaba.
-Así es, Cecilia. La amistad entre dos
hombres no puede ser definida. Es complicidad; es, diría, una especie de amor.
- ¿Incondicional, más que el de una
pareja, tal vez?
-Usted me hace acordar a Ada. Era tan
intuitiva como sólo un carácter como el suyo podía serlo. Sabía cuándo hablar o
callar, cuándo acariciar o reprender. Aceptaba lo inevitable del carácter de alguien
con una tolerancia que nunca era recriminada a quien se la otorgaba. O por lo
menos la mayoría de las veces, lo intentaba.
Bernie llegó y se sentó del otro lado de
la mesa servida, despatarrado. Se sacó la corbata que había llevado todo el día
y se desabrochó tres botones de la camisa.
-El intendente quiere decir unas palabras
de homenaje mañana en el camposanto.
Me reí.
-Estamos en el siglo veinte, mi amor, ¿qué
es eso de camposanto?
-Así llamamos-me explicó Dergan-al
cementario de Le coeur Antique, un pueblito de dos manzanas que está cerca. ¿No
le contaste, Bernie? Ahí se entierran a las familias de la aristocracia de
medio pelo de estas zonas.
-Ya entiendo, un feudo. Es muy interesante
todo esto, parece que los porteños somos unos ignorantes…
Ambos no pudieron evitar reírse. Pero como
si el cuerpo en la sala estuviese escuchando, Bernardo se calló de repente y
puso cara compungida otra vez.
-Usted puso el dedo en la llaga, Cecilia.
Resumió en una frase contundente toda la problemática de la historia argentina.
- ¿Y es un francés quien me lo dice?
-Precisamente por eso se lo digo. ¿Qué es
su literatura, su filosofía y hasta su derecho constitucional, sino un engendro
nacido del espíritu francés, iracundo y educado al mismo tiempo, inconformista
e irracional muchas veces? Una obrera parisiense que en medio de la revolución
levantaba en alto los testículos que había cortado a un burgués en plena calle.
- ¿Y nuestro padre?
-Algún jesuita, posiblemente. Adusto,
capaz, sabio y astuto, y todo eso mezclado en diversas dosis que han dado la
molicie, la jactancia y la severidad.
-El cabezadurismo…
Dergan se reía a más no poder. Muchos lo
miraban y decidió taparse la boca.
-Sigan conversando, nomás. Me voy a
dormir-dijo Bernardo, bostezando.
-Voy con vos…
-No, quedáte.
Se fue y lo perdí de vista entre los
demás.
- ¿Dónde va a dormir?
-En su vieja habitación de chico, supongo.
Se la mostraré…
Caminamos entre la gente, que lo saludaba
con desgano. A mí, me desconocían. Recorrimos dos tramos de la recova interna,
pasando por delante de varias puertas hasta que llegamos a una que tenía
enfrente dos macetas de barro con dos plantas muertas. Golpeamos y entramos. Bernardo
se había quedado dormido sobre la cama. El dormitorio era el de un varón de
aquel lugar y de aquella familia: libros en gran cantidad, carpetas sobre un secretaire,
cuadros en las paredes con reproducciones viejas y de tema campestre, varios
crucifijos. El techo estaba descascarado y las paredes húmedas. La cama era
amplia y tenía un acolchado tejido con piel de cabrito. El armario ocupaba toda
una pared. Era tan alto que en el espacio que quedaba libre hasta el techo
había valijas y bolsas con frazadas, probablemente, o quién sabe.
Me acerqué y le di un beso. Él, sin
despertar del todo, intentó agarrarme.
-Los dejo, mañana nos vemos temprano-dijo
Dergan.
- ¿Y usted dónde va a dormir?
-En alguna otra pieza, vivo lejos de acá y
me vine en colectivo.
-Espere, ayúdeme a sacarle la ropa porque
yo no puedo sola.
-Excuse moi.
-No importa, me halaga que no me hayas
visto como una inválida.
Mientras él lo sostenía sentado en la
cama, yo saqué la colcha con olor a vieja humedad. Busqué sábanas en el
armario, y me llevó un largo rato abrir y cerrar cajones y recorrer estantes
con cientos de cosas antiguas y ropa de chico y de hombre de otras décadas.
Probablemente había heredado ropa del abuelo, que en ese entonces duraba mucho
más que ahora, y lo habían acostumbrado a vestir de esa manera. Aún en estos
tiempos iba a hospital con traje y corbata, y se cambiaba allá el ambo de guardia
o se ponía encima el guardapolvo.
Volví a la cama con las sábanas blancas y
lisas que no estaban exentas de olor a naftalina.
Bernardo estaba sentado con
los brazos colgando y apoyaba la cabeza en la panza de Dergan.
- No es pesado, ¿verdad?
-Para nada…
-Entonces levántelo un poco que tengo que
tender.
Mientras yo lo hacía con exasperante, para
mí, lentitud, observé la imagen de ellos dos como dos hermanos que tal vez
nunca habían peleado. Cuando me di cuenta de que faltaba la almohada, salí a
buscar otra. Buqué a las Ruiz, pero sólo encontré a Rosa con una bandeja vacía
en las manos.
-Sí, cómo no, señorita Cecilia. No vivimos
acá, pero es como si fuéramos de la casa. La negra que trabajaba para el doctor
ya está vieja y solamente le cocinaba y le tendía la cama.
Esperé junto a una columna, viendo la
muerte del velorio. Menos gente, menos ruido, y en poco más, el silencio de la
noche que llegaba desde el campo cercano, encondiéndose en las grietas entre
los adoquines, y solamente sorprendida por los pocos perros que se atrevían a
delatarla. Pero poco podía ella, la noche oscura, contra ellos, sus
insobornables mensajeros.
Regresé con la vieja almohada de plumas. Me
encontré con que Mauricio ya había desvestido a Bernardo y lo había cubierto
con las sábanas, y el mismo Dergan estaba acostado al lado, con la misma ropa
negra y el pelo desordenado cubriéndole media cara.
-Mauricio-dije en voz baja.
¿Lo quería despertar, realmente?
Acomodé lo mejor que pude la almohada bajo
la cabeza de Bernie. Me encaminé a la puerta y los miré una vez más antes de
salir. Me dije que las culpas se consuelan entre ellas, tal vez. Y yo, que no
sentía culpas, llevaba como un cáncer el sentido trágico de mi vida.
4
El domingo a las seis y media
de la mañana me levanté y fui al dormitorio de Bernardo. Los encontré a ambos
ya casi vestidos para el funeral. Mauricio me saludó desde el baño, donde
estaba peinándose con algo de gomina el pelo largo, y la camisa abierta dejando
ver el pecho flaco y huesudo con vello crespo.
Bernardo me besó.
- ¿Cómo te sentís? -le pregunté.
-Estoy bien, no te preocupes, Ceci. ¿Vos
donde dormiste?
-Con una de las Ruiz.
-Dejáme adivinar con cuál - dijo Dergan,
saliendo del baño, abrochándose la camisa.- Con la tuerta, imagino.
-No hay ninguna tuerta-contesté.
-Debería haberla…
Agradecí el sarcasmo que nos rescataba
del tedio y la pesadumbre.
- ¿Vos cómo estás? ¿Te cambiaste las
vendas? ¿Tomaste el antibiótico? Me olvidé de decirte que en el baño hay
vendas…
-Ya hice todo eso-lo interrumpí. - No te
hagás mala sangre.
Golpearon la puerta y se asomó una de las
Ruiz.
-Buenooos díaaas-dijo, estirando el
saludo y cargando una bandeja llena. -Les traje el desayuno, y a usted también,
señorita. Cuando volví al cuarto ya se había ido, pero imaginé que estaba con
los señores.
-Muchas gracias, Rosa, ¿no?
Asintió y dijo que a las siete llegaban
los de la funeraria. Cuando salió, Bernardo dijo:
-Esa es la tuerta, tenía razón Mauricio.
Cuando se cayó al pozo perdió la visión de un ojo. Cuando era chica se
tropezaba con las cosas y miraba con la cabeza torcida, pero pronto se fue
adaptando.
-Pero las otras me dijeron que fue la
única que no se cayó...
-Eso es porque no se le nota nada y le
tienen encono.
Bernardo terminó de vestirse con el traje
negro que había encontrado en el armario, viejo, pero que todavía le quedaba.
Decía que debía ser el mismo que usó cuando se recibió de médico y le hicieron
una recepción en el pueblo. Dergan, peinado y con su sobretodo oscuro que le
tapaba la ropa desgastada, se veía extraño, como siempre, pero con una muy
discreta elegancia.
-Ustedes están muy bien, hacen buena
pareja.
-Dejáte de bromas, Ceci- me dijo Bernardo,
y me trajo del placard un vestido de mujer.
-Era de mi vieja, lo encontré esta mañana
por casualidad. Lo usaba cuando era joven, antes de casarse, y lo que ya no
usaba lo repartía en los armarios de los otros cuartos. Está lleno de ropa de
ella y de papá.
Me cambié y me miré en el espejo de luna
de una de las puertas del mueble. Era negro, con encajes y volados discretos en
las mangas y el cuello alto, me llegaba poco más debajo de las rodillas.
-Te ves como Ada-dijo Dergan.
Bernardo se me quedó mirando, como debió
hacerlo aquel día del accidente. Sin moverse, sin acudir en ayuda de su madre. Y
vi en sus ojos la preocupación por mí. La culpa, por supuesto, hacía de las
suyas. Y yo representaba el objeto de su expiación.
-Les darás envidia a mis primas-dijo,
abrazándome.
-Lo dudo mucho, tenés una familia muy
singular.
- ¿Y qué familia no lo es? - dijo Mauricio.
Me di vuelta y le acomodé el cuello del
saco. Le di un beso en la mejilla y le dije que le agradecía el cuidar a
Bernardo.
- ¿Y vos, tenés familia acá o en Francia?
-pregunté, con mi frecuente falta de tacto.
Se deshizo de mis manos apoyadas por un instante
en su barba.
-Mi familia son los perros.
Como un presagio, se escucharon ladridos
desde la calle.
-Llegaron los funebreros-dijo Bernie.
Salimos al patio. Como quince hombres
vestidos de luto habían entrado. Unos esperaban en la puerta y en el pasillo a
la calle. Otros organizaban a la gente en el patio, respondiendo preguntas y
dando indicaciones con gestos compungidos. Cuatro se presentaron a Bernardo y
le dieron sus respetos. Le pidieron acompañarlos a la sala mortuoria. Mauricio
y yo nos quedamos afuera, escuchado los murmullos y el repiqueteo de los
martillos en la madera del ataúd. Luego salieron cargando el féretro. Bernardo
los seguía, se detuvo para que lo tomara del brazo y salimos a la vereda.
Dejaron el ataúd en el coche fúnebre y nosotros subimos a otro. Entonces
comenzó el viaje hacia el cementerio, o el camposanto, como lo llamaban.
Primero fue la ruta, bajo el cielo
despejado. Quince minutos después la abandonamos para adentrarnos en un camino
de tierra. Cuando el auto dobló, miré por el espejo retrovisor la larga
caravana que nos seguía, como si todo el pueblo nos acompañara. El sendero de
árboles dejó lugar a una plaza, rodeada por las consabidas construcciones:
almacén, forrajería y otros negocios que parecían cerrados. Luego seguimos otro
camino que cada vez se fue haciendo más estrecho, hasta que nos detuvimos y
bajamos. La polvareda que levantaban los autos nos llegó con el viento y por
largo rato casi no pudimos vernos las caras. Luego vi que un grupo aparecía
entre el polvo que iba asentándose lentamente, y a cuyos pasos volvía a
levantarse. Era la gente que se acercaba, o personas solas, como el viejo
Isidro Braulio que a pesar de sus propios achaques acompañaba al viejo doctor
que lo había desamparado en sus esperanzas y se había enojado con él. Quizá hoy
venía con culpa, o tal vez para ensayar una ceremonia que pronto lo tendría de
protagonista.
Y entre el polvo aparecieron cuatro viejas,
como salidas de la tierra del camino, hechas ellas de barro seco y moldeadas
bajo el calor de una fragua. O habían salido, tal vez, del yuyal escaso y seco
de los costados, porque no había más que troncos mochos. Todas con vestidos
pasados de moda, casi de la misma altura, sin maquillaje, el pelo recogido en
un rodete en la nuca y un velo negro que ocultaba el color del cabello, nos
saludaron dándonos el pésame. Sentí, al darles la mano, un estremecimiento que
no supe definir, por supuesto, precisamente porque en la incertidumbre está la
esencia de las premoniciones. Ellas se adelantaron al ataúd e iniciaron el
peregrinaje haca el camposanto.
Seguimos el cortejo detrás del féretro que
los Gonçalvez, porque así se llamaban los operarios de la empresa fúnebre,
cargaban en sus hombros. Bernardo me explicó que las viejas eran las dueñas de
la empresa de pompas fúnebres, todas de familias aristocráticas venidas de
Europa antes o durante las guerras. Yo las miraba caminar con tranquilidad y
parsimoniosamente, pero cuando habían transcurrido casi media hora, pregunté:
- ¿Falta mucho?
Había dejado mis muletas en el auto,
confiando en apoyarme en el brazo de Bernie, pero él estaba distraído, qué más
podía esperar dada la situación, y a veces debía dejarme sola para atender a la
gente que le hablaba. Se ofreció a regresar al auto a buscarlas, pero lo hice desistir
de la idea. Continué el camino, rengueando y apoyándome en él. Los zapatos que
me había puesto también era Ada, conquistada por esa ropa vieja y elegante que
había encontrado en el armario. Pero la verdad es que la enfermedad no tolera
elegancias, y por eso la muerte es tan atractiva. Su sofisticación se basa en
la finura y la discreción de sus contornos.
Al fin llegamos al campo amplio y lleno
de lápidas de piedra entre arbustos bajos. El intendente y dos colaboradores
estaban esperándonos desde una hora antes. Le habían armado un entarimado bajo
y nos invitó a sentarnos a su lado mientras hablaba. Encomió la personalidad del
viejo doctor, su dedicación al pueblo, su sapiencia y su generosidad, la bondad
de su carácter y la abnegación al servicio de la medicina. Estaba seguro de que
su recuerdo jamás desaparecería porque había legado a su hijo las mismas
virtudes. El pueblo seguiría en buenas manos, dijo, porque en las manos del
hijo estaba la sangre del padre.
Una imagen extraña, me dije, que era
seguramente una construcción gramatical deliberada y con intención certera. Vi
que Bernardo dio un respingo, no sé si por sentirse obligado a quedarse en el
pueblo o por el intenso deseo de librarse de su padre. Lo cierto es que todas
las conjeturas estaban libradas a su propia imaginación, y por supuesto, a la
mía, fuese por mi lazo sentimental con él, o por aquello que mi vieja decía que
era la intuición femenina. Cosa de brujas, maldecía, abominando ese aspecto que
condenaba a las mujeres al desprecio a la vez que la ignominia. Ella era de las
pocas que había renunciado a la premonición del futuro por un pizca de un
verdadero pensamiento racional.
Terminó el discurso, se depositó el
féretro en la fosa, se hizo el silencio. Sin pájaros, sin sonido alguno. Creí
estar sorda por un minuto. No había viento, ni respiraciones, ni toses o el
leve roce de una suela en la tierra seca. Hasta esperé escuchar el paso de las
patitas del escarabajo que daba vueltas alrededor de mi pie enfermo enfundado
en vendas dentro de un zapato de taco bajo.
Cuando volvió la realidad, poque el sonido
de las cosas es su sustancia, intenté levantarme para despedirme al intendente
que se había acercado, pero no pude mantenerme en pie. Entonces el intendente
me dijo que me obsequiaba la silla, y ordenó a los hombres del servicio que me
llevaran hasta el auto. Lo hicieron con tanta delicadeza como lo hicieron con
el ataúd, tanta que no sentí casi el más mínimo movimiento ni incomodidad, como
si mi cuerpo estuviese practicando las sensaciones de la muerte.
En la tarde, la siesta fue un turbio
intermedio de polvo y silencio que inundó las calles de vuelta al pueblo y
luego se asentó en el patio de la casona. Cada uno se metió en sus habitaciones
luego de recorrer el embaldosado y rozar las paredes con zócalos y azulejos,
como en el cuento de Mujica Láinez. Hombrecitos y duendes en un ámbito donde la
luz negra es el mensajero de las criaturas extrañas.
Bernardo y Dergan se fueron a caminar. Yo
me acosté luego de tomar un calmante, que más era un sedante para hacerme
olvidar el dolor. ¿Digo bien? Es una teoría, simplemente, cada cual hace
experiencias con su propio cuerpo, se ingenia como puede para combatir al
enemigo, el que vive conmigo, el que llevo encima, el que me habita, el que gritó
conmigo el día en que nací. El mismo que se callará solamente cuando me muera.
Por eso creía soñar cuando escuché los
quejidos. Me di vuelta en la cama, adormecida por el calmante y el cansancio de
las tensiones de aquel fin de semana que mi cuerpo había absorbido como si
fuese responsable. Después abrí los ojos y miré el reloj sobre la mesita. Eran
las cuatro de la tarde. No tenía idea de cuándo finalizaba la siesta en esos
pueblos, pensaba que a las cinco, pero escuché pasos en el patio, corridas de
mujer, y gritos atenuados por la cólera. Todo eso tenía las características sonoras
de un sueño, es decir, de algo no escuchado sino imaginado. La imaginación del
oído es extraña, más aún que la que ofrece la vista. Lo que se ve, aunque
imaginado, está allí mismo, y sólo se corrobora la falsedad ante el escamoteo
de las imágenes cuando queremos tocarlas. Pero las alucinaciones auditivas
están en otro plano, me parece. Se escabullen a las certidumbres y aceptan
cualquier explicación. Por eso, muchas veces no les hacemos caso. ¿Pero cómo
evadir esas conversaciones ofuscadas y las frecuentes llamadas al silencio de
bocas femeninas que decían “chist, chist” de un dedo sobre los labios?
Eso es lo que imaginé que estaba pasando
afuera. Me levanté y me asomé por la puerta al pasillo. Nada. Ya que estaba
despierta, decidí ir a la cocina y prepararme un té, tal vez, o lo que hubiese.
Mucho debió haber quedado en la heladera de los restos del velorio. (Otra solapada
metáfora mortuoria, me dije). Sabía dónde estaba la cocina, pero nunca había entrado.
Creo que di vueltas por el patio y me equivoqué ante puertas cerradas. Volví a
escuchar un quejido. La voz me sonaba desconocida. Pensé en las mujeres que
debían estar ese fin de semana en la casa. Las hermanas Ruiz no eran,
seguramente, recordaba su voz, además no eran de las que se quejaban del dolor,
sino que quizá, lo disfrutaban. La voz era de tono bajo y grave, pero sin duda
era de mujer por el tono y el ritmo. El quejido sin palabras de un hombre es
diferente, pero no sabría describirlo. Este que ahora escuchaba, llegaba desde
la habitación del fondo, la que hacía esquina con lote baldío que ocupaba el
resto de la manzana.
Me paré frente a la puerta, de madera y
sin ventana con cortinas interiores como las del resto de la casa. Pensé en
anunciarme y preguntar, pero si lo hacía, los que estaban adentro, porque sabía
que había más además de quien se quejaba, cambiarían de actitud, callándose y
dejando de hacer lo que estaban haciendo. Y yo intuía que era algo que me interesaba
ver, no por lo común sino por lo singular. Tal vez, lo inapropiado, quizá lo
prohibido. Imaginé muchas cosas, vi solamente, al abrir, la gran cama con patas
de madera y tacos extras para sostenerla, y sobre ellas, rodeada de sábanas
manchadas de mierda y sangre, a la mogólica que había visto la tarde anterior.
La sobrina de la tía Edelmira, de la familia de la madre de Bernardo. La chica,
que así desnuda y mostrando todos los signos de un embarazo avanzado y la piel repleta
de cicatrices de cesáreas, se sacudía y gritaba como un marrano que se
esforzaba sin embargo por contenerse. No me vio porque tenía los ojos tapados
por el pelo mojado y los párpados fruncidos. Yo apenas había abierto la puerta
y asomado la cabeza, por eso la tía no me vio cuando salió del baño con una
caja de cirujano en las manos. Se sentó en la cama, de espaldas a mí, la vi
levantar una jeringa con una aguja hipodérmica, y luego inyectarla en el
vientre de la chica. Entonces los gritos fueron cediendo y se hizo el silencio.
Escuché las voces de las Ruiz. Cerré rápido y miré al patio. Dos de ellas se
acercaban hablando y riéndose nerviosas con sábanas dobladas en los brazos. No
me vieron porque los rosales obligaban a dar vueltas para llegar al pasillo.
-Señorita Ceci-me sorprendió una de ellas
apenas intenté volver al cuarto.-¿Ya despierta? ¿Quiere un mate? Hay bizcochos
que hice yo misma.
-Más tarde.
-Sí, dijo la otra, estamos muy ocupadas
ahora, señorita. A las cinco servimos la merienda. - Y mientras se alejaba noté
cómo una reprendía a la otra por su indiscreción. Lo principal era que no me
hubiesen visto espiando. Me senté ante el escritorio donde debió estudiar
Bernardo. Busqué en los cajones y encontré papeles amarillentos, pero sin
escribir. Encontré una vieja pluma y un tintero con tinta seca. No había
biromes, sólo lápices. Escribí un bosquejo de artículo de sobre lo que estaba
pasando en ese pueblo.
Exactamente a las cinco escuché todo un
barullo de pasos. Eran las hermanas Ruiz que preparaban la merienda y la
distribuían en las habitaciones. Los habitantes de esa casa me eran
desconocidos. Ya que ahora no vivía el padre, ¿quién la habitaría? Las primas
tenían su propia casa a pocas cuadras. La tía Edelmira y la sobrina vivían allí
por favor del viejo. ¿Podría Bernardo llegar a considerar mudarse al pueblo? Me
dio un escalofrío al solo pensarlo. ¿Cuál sería, entonces mi lugar?
Pero el olor de los bizcochos y de las
tortas, el pan caliente y la mermelada llegaron hasta la habitación para
tentarme. Golpearon a la puerta. Rosa me invitaba a sentarme con ellas en el
patio. Guardé los papeles en un cajón y salí. Habían armado una mesa con
mantel, teteras, pavas y mate. Las fuentes con galletas y tortas fritas se
dejaban ver tentadoramente apetitosas. El juego de té era antiguo y hermoso,
las cucharitas y los cuchillos para la manteca eran de plata.
- ¿Está escribiendo algo, señorita? -me
preguntó la tía Edelmira. Ya Rosa le había pasado el cuento de que me había
visto ante el escritorio.
-Sí, tía. - Y respondí a la indiscreción
con otra indiscreción. - ¿Y cómo está la niña?
La tía se quedó con el mate en la mano a
medio camino de los labios. Desfrunciendo la frente, intentó disimular la sorpresa.
-Matilde está bien ahora, siempre sufre de
indisposiciones, ya me entiende usted…
Las Ruiz se rieron tapándose la boca con
vergüenza.
-Entiendo-dije. -Es el castigo de Dios por
ser mujeres.
- ¿Le parece, señorita? -me retrucó-. Yo
creo que es un regalo, y las que se quejan son las estériles. Se aborrece lo
que se envidia, ¿no está de acuerdo?
Sí, le habían llevado varios cuentos sobre
mí. Ese es uno de los pasatiempos favoritos de los pueblos chicos, pero yo
sabía que tenían otros más interesantes.
Llegaron los hombres y hubo un revuelo de
faldas a su alrededor, sobre todo porque eran jóvenes y raros. Esa es la
palabra para describir el trío que entraba al patio y saludaba a todas.
Bernardo se sentó a mi lado mientras invitaba a otro muchacho que habían
encontrado en la calle, alto y de cara flaca, pero de vientre prominente bajo
la camisa amplia como un faldón. Tenía tipo judío, me parece, y esa ropa me lo
sugería como una vieja costumbre ya tan vieja y común que nadie se daba cuenta
de ese resabio de tradición.
-Ceci, éste es Vicente, del que te hablé,
el paciente de papá.
Nos dimos la mano, y él miró mis muletas
apoyadas detrás de la silla con sentimiento de complicidad. Dergan hablaba con
las Ruiz, que lo rodeaban como moscas a pesar de que él la evitaba con gestos
oscos y palabras soeces que pronunciaba en francés, y eso precisamente era el
dulce que las atraía, lo extravagante de la forma de hablar y el aspecto de
Mauricio. Habla de los animales y de los hombres como de la misma clase de
especímenes, y todos sabíamos que cuando describía una operación o las
enfermedades de los animales era una especie de eufemismo para hablar de los
seres humanos. De lo que Bernardo no habrían tolerado escucha, en Mauricio era
una anécdota teñida de cosmopolitismo.
Con ellos tres, había entrado un cuarto
macho, uno de tantos perros callejeros que era costumbre se apegaran a Dergan
para desparecer unas horas después de acompañarlo a donde fuese, tan
silenciosamente como habían aparecido. Tenía el pelaje rojizo, y las mujeres
después de discutir un poco, se pusieron de acuerdo en llamarlo Lobo. La tía
Edelmira se acercó a nosotros y cuchicheó algo al oído de Bernardo. Él se
levantó rápido y me dijo:
-Ya vuelvo.
Los
vi entrar a la habitación de Matilde. Tardó mucho más de lo esperado.
Debían ser como las ocho de la noche
cuando me desperté sobresaltada. El lambetazo en la cara por la lengua del
perro que había entrado en la tarde era áspero pero agradable. Abrí los ojos y
vi a Bernardo, parado junto al escritorio con el cajón abierto y hojeando lo
que yo había escrito.
- ¿Cuándo lo vas a publicar, porque que yo
sepa estás desempleada, o a lo mejor tu amigo el negro ese te facilite las
cosas?
Tenía ira en los ojos, y su voz, más que
las palabras, eran un taladro en mis oídos. No me ofendía el sarcasmo ni me
sorprendía la ira, pero su malicia hizo que levantara mis defensas.
-No digás pavadas, Bernardo. Sabés que
escribo como necesidad, a veces para hacerme comprensible las cosas que pasan,
qué sé yo. No me hagás explicar lo que ya sabés.
Me senté en la cama. el perro fue con él luego
de llamarlo, como si quisiera alejarlo de mí. Esos caprichos de chico inmaduro,
de hijo único, tal vez, o lo que fuese, me exasperaban más que cualquier
ofensa.
-Además, ¿quién te dio permiso para
leerlos?
-Es mi casa y mi escritorio-dijo.
- ¿Y dónde encajo yo en esas pertenencias?
Me fui al baño y cerré la puerta. Me miré
al espejo y me lavé la cara. El perro rasguñó la puerta con la pata desde
afuera, Bernardo lo llamó, fuerte y enojado. Me dije que ya se le iba a pasar,
que estaba cansado y angustiado, al fin de cuentas se le había muerto el padre.
Salí, dispuesta a conciliar. Ya había
devuelto los papeles al cajón. Apoyado con las palmas sobre el escritorio,
tenía la cabeza gacha entre los hombros y los ojos cerrados. Lo abracé de
atrás.
-Bernie, no discutamos, por favor. Quiero
consolarte, nada más.
Se dio vuelta con brusquedad, y casi me
hizo caer. No atinó a agarrarme, creo que no le importó porque sabía que eso sucedería.
Estaba furioso contra el mundo, y yo estaba dentro.
-Está bien, está bien. Me parece que pasó
algo importante en lo Matilde, ¿no es cierto?
- ¿Qué querés saber, algo para completar
tu informe?
Respiré profundo y le di un cachetazo. Me
miró asombrado, sus ojos brillaron, y luego de sentarse en la silla se tapó la
cara y se puso a llorar.
-Quieren que me quede, ¿entendés? Y yo no
sé qué hacer. Es lo que el viejo hubiera querido, todos lo dicen, y me acuerdo de
que cada vez que me hablaba me recriminaba el haberme ido, pero si fue él el
que me echó, hasta que me curara, hasta que aprendiera, hasta que me hiciera
hombre y médico…- Habló sin parar y casi sin tomar aliento.
-La gente se muere, Bernie, y lo único
bueno es que ya no tenemos que rendirles cuentas.
-Pero
él sigue acá- dijo, golpeándose las sienes con las manos. - Y todos me lo
recuerdan…
-Entonces
volvamos a Buenos Aires y olvidáte de ellos.
-Vos
no sabés lo que son los lazos de pueblo, más fuertes que los de la sangre.
Yo no sabía cómo combatir esos lazos, no qué
lugar me correspondía.
-Sólo
te pido que lo piensas bien, y sea lo que sea lo que decidas, no renuncias al
hospital, podés acomodar los horarios.
Entonces el perro fue corriendo a la
puerta y empezó a saltar y ladrar desesperadamente. Escuchamos un grito afuera,
luego otros, de mujeres. Bernardo salió y el perro fue corriendo tras Matilde
que estaba en el borde del aljibe. La luz del patio estaba encendida y la vi
levantando la tapa de metal, que parecía pesada, pero la chica tenía el tamaño
y la fuerza para hacerlo. No alcanzar a llegar a evitar lo que hizo: ya la tapa
estaba caída en el suelo y ella arrojaba algo al pozo. El perro llegó antes y se puso a ladrar,
frenético, Bernardo se asomó al borde y agarró a Matilde, media desnuda, con
los pechos grandes y fofos como los de una mujer de cuarenta años. Tenía el
vientre manchado de sangre, la misma que vi como un rastro por todo el pasillo
desde su cuarto. Bernie la sujetó antes de que cayera al piso. La chica gemía
como un animal, sin ninguna palabra inteligible. La tía Edelmira había llegado
en bata y el pelo suelto, y tres de las hermanas Ruiz miraban desde el
emparrado, asustadas y agarradas de las manos.
Entre él y la tía llevaron a Matilde hasta
la habitación. Los acompañé y ayudé en lo que pude, acomodando las sábanas
sucias y buscando toallas. Entonces la tía dijo:
-El chico.
Bernardo salió corriendo hacia el aljibe.
Eso es lo que había tirado Matilde. Él se subió a la cuerda que colgaba de la roldana
y empezó a bajar.
-Dios mío-dije, pero una de las Ruiz me
abrazó y dijo que no me preocupara, que Bernardo hacía eso de chico.
No
asomamos a la oscuridad del fondo, y los gritos de Matilde llegaban continuos y
exasperantes, por supuesto no era una adolescente sino una adulta de edad
avanzada a la que habían usado de procreadora quién sabe durante cuántos años.
¿Qué hacían con las criaturas? Venderlas, obviamente, y las que salían muertas
o enfermas terminaban en el aljibe. Matilde era una enferma mental, y no había
hecho más que repetir lo que había visto hacer antes.
La voz de Bernardo nos llegó del fondo.
- ¡Tiren! -gritó. ¿Esperaba que nosotras
tuviéramos la fuerza para alzarlo? ¿Dónde estaba Mauricio que no había parecido
con tanto revuelo?
-Andá a Buscar a Dergan- le dije a Sara,
o a Eva, qué sé yo.
Me miraron, se encogieron de hombros y
fueron a buscarlo.
-Ya fueron a buscar a Mauricio, aguantá un
poco. ¿Estás bien, encontraste algo?
-Sí, muchos bichos. Hacéme el favor de
apurarlo, debe estar durmiendo la mona, ya sabés.
Me
di cuenta cuando llegó, estaba ebrio, pero podía tenerse en pie. Le expliqué
que tenía que agarrar la cuerda y tirar. Se reía como tarado, pero hizo lo que
debía.
-Ya vine, Bernardo, aquí estoy, querido, ya
te subo.
Las chicas se rieron. Entonces surgió a la
luz, como salido del oscuro abismo, Bernardo, con la ropa medio rota y sucia,
agarrado a la cuerda con una mano y en el otro brazo cargaba un bebé recién
nacido.
-Creo que está muerto-dijo.
Pero ya en la habitación y luego de
limpiarlo, lo auscultó. Respiraba, pero tenía los brazos y las piernas
fláccidos. Yo miraba desde atrás de Bernardo, cómo lo movía delicadamente y le
daba vueltas, palpándolo, limpiándolo y sin dejar que las mujeres se metieran. Ninguna,
sin embargo, lo intentó. Miraban extasiadas, mientras Mauricio hacía lo mismo
sentado en la cama y bebiendo café que le había llevado Rosa, sentada a su
lado, echándole una mirada como para cuidarlo. Se veía que estaba enamorada de
ese hombre que tenía diez o quince años más que ella y que no podía
corresponderle.
El bebé empezó a emitir un llanto que era un
signo de recuperación. Bernardo me contó que Matilde lo había dado a luz dos o
tres horas antes. No esperaba que viviera, pero lo habían dejado en la cuna
junto a la cama. Matilde tenía treinta y nueve años, me dijo, y era una gran
estupidez lo que la tía hacía con ella a esa edad: el riesgo a los nacimientos
de chicos enfermos de los que después tenía que deshacerse y el riesgo a la
muerte de Matilde. Pero todo esto no la preocupaba a la vieja, los chicos
muertos podían ocultarse y de Matilde se esperaba que muriera desde que tenía
quince años. Lo único que preocupaba a la tía era la pérdida de sus fuentes de
ingreso. Había intentado buscar otras chicas, incluso había tentado convencer a
las Ruiz, que eran huérfanas de madre y padre, pero ellas eran demasiado
reacias: amaban su cuerpo hasta el punto de lastimarlo sólo de la manera que
ellas lo decidían. Había buscado mocitas con trenzas del campo, como decía el viejo
Ruiz, pero la mayoría se iba a Buenos Aires luego del primer parto. Sólo le
quedaba Matilde para proteger su vejez, y Matilde pronto moriría, si no era
esta misma noche.
-Deberían haberla encerrado hace mucho
tiempo-dijo Bernardo.
-Y a
la tía por delincuente-contesté.
-Entonces
desaparecería el pueblo- me contestó.
Rosa
apoyaba la cabeza en el pecho de Mauricio. Me acerqué al bebé, pálido bajo la
piel cetrina heredada de la madre y algún peón de campo de por ahí. Abría, de
vez en cuando, los ojos, y pensé que me miraba. Pero Bernardo me dijo que
posiblemente estaba ciego, ese color de ojos era propio de unas cataratas
congénitas.
Lo tomé en brazos y me senté en una
mecedora de mimbre en el pasillo. La luz de la luna iluminaba el patio, fresco,
y Lobo se acostó en el piso junto a nosotros. Las Ruiz pasaron, se rieron y
llamaron a su hermana, pero Rosa estaba desnudando a Dergan para meterlo en la
ducha. Yo los veía desde el pasillo, con la puerta abierta. Cuando llegó el
turno de sacarle el pantalón, ella se detuvo mientras Mauricio miraba hacia el
costado donde estaba Bernardo, cabizbajo.
-Creo que debo irme-dijo ella-. No me
atrevo…
-No te preocupes, Rosa. Yo te ayudo.
Bernardo entonces la ayudó a sacarle el
pantalón a Dergán y entre ambos lo llevaron al baño. Escuché el ruido de la
ducha, y luego Rosa salió. Me miró un rato, sonriendo. El bebé dormía en mis
brazos.
-Deberías
quedártelo- dijo. -Llevátelo a Buenos Aires, no dejes que se quede.
Ya
no se refería al bebé, sino a Bernardo. No pensaba en el bien del pueblo, sino
en el obstáculo que era para ella si se quedaba. Pobre tonta, pensé, no sabe
que hay obstáculos insuperables, fuerzas interiores tan inmensas como una
hecatombe. Las culpas tienen la virtud de ser bombas cuya eficacia es no
estallar nunca, porque si lo hacen ya son dominio del suicidio.
Debía ser medianoche cuando Bernardo
salió y se paró detrás de mí, fumando. Lobo lo observaba con ojos de adoración.
- ¿Cómo está Maurice?
-Me alegro de que lo llames así, a él le
gustaría escucharte. Está mejor, la ducha fría lo despejó.
-Yo me alegro de verte con un amigo
íntimo, Bernie. En Buenos Aires siempre estás solo, excepto por el trabajo.
No me contestó.
- ¿Pensás que va a sobrevivir? -le
pregunté, mirando al chico.
-Quién sabe. Más le vale morirse por el futuro
que la espera. Debería estar en un hospital, pero por supuesto no podemos
llevarlo.
- ¿Y tu padre hablaba de todo esto?
Disculpáme, yo siempre…
-No importa. Mi viejo sabía todo, pero hacía
la vista gorda, por lo menos al principio, cuando yo era chico o antes. Era muy
estricto, por lo menos para mantener las apariencias. Me acuerdo cuando se
murió el padre de los Espinoza, decía que los hijos lo mataron y lo enterraron.
Hubo un quilombo con todo eso.
- ¿Y qué pasó?
-Una tragedia después de otra. Se murió un
cura, y la hermana menor se quemó toda, pero sobrevivió. Una tragedia.
-Sí, desde que llegué me parece estar en
una obra de Sófocles.
Pasó el tiempo de la noche, calma, con los
búhos que ululaban desde lejos, el gemido de Matilde que se fue atenuando al
ritmo de eses mismos búhos que parecían estar presagiando su futuro. Me quedé dormida con el bebé en brazos. Soñé
en lo que no había soñado desde mi época de adolescente, cuando mi madre había
comenzado a depositar en mi mente, sin desearlo, como una tradición
recalcitrante impuesta a las mujeres, como un reflejo autónomo, quizá, los
imbéciles sueños de juventud: la casa, el marido y los hijos. No pude darle
hijos a Bernardo, si bien los intentamos muchas veces, pero pronto desistimos.
Mi enfermedad y su temperamento no eran ámbitos adecuados para la noción que
teníamos de la crianza de un niño. Yo no pensaba mucho en eso, pero cuando lo
hacía, sufría, y por eso lo evitaba. Pero el chico en mis brazos me hablaba en
sueños de una oportunidad.
- ¿Querés que nos quedemos con él?
La voz de Bernie salió del pozo del aljibe,
me dije. No, estaba a mi lado, acuclillado y aferrado al apoyabrazos de la
mecedora, deteniendo su vaivén, detenido el tiempo en un instante en que
parecía concentrarse toda la noche y sus acontecimientos. El aroma del pasto,
la tierra mojada, el viento con olor a eucaliptus desde el campo, el olor mismo
de la bosta en los adoquines, el aroma de la colonia barata que llegaba desde
la habitación, y el olor del chico enfermo.
Creo que acepté, porque un momento como ése
no se repite. Pero no está bien tomar decisiones en instantes que parecen fuera
del tiempo, que todo lo corroe y destruye.
- ¿Vos querés? -le pregunté.
Se encogió de hombros.
-Seríamos una familia-me dijo.
Entonces me di cuenta de que el deber
cumplido era un mandamiento. El castigo era una espada de Damocles sobre su
vida.
-No se puede estar bien con Dios y con el
diablo a la vez- dije, cediendo al lugar común, a la frase hecha, a la
sapiencia popular que, bien entendida, se equivoca escasas veces. Ni una frase
de Milton ni de Shakespeare, ni la vanagloria de una cita bíblica o la inútil
jactancia de la filosofía.
El chico era la expiación para sus culpas:
la madre muerta, la decepción del padre y la obligación de curarme.
Y ahora comenzaba a sentirme culpable por
retenerlo. ¿Estaba bien que yo tomara sus culpas y las trasformara en una sola
para sembrarla en mi espíritu? La culpa a veces nos obliga a hacer cosas
equívocas, pero yo pensaba tener la oportunidad de hacer un solo acto que
lavara las de Bernardo. La culpa no desaparece, se transforma. Es la famosa energía de la que hablaba
Lavoisier, aunque no se refiera a ella.
El chico en mis brazos era una piedra
hecha con todas los remordimientos y las tragedias: la lúcida idiotez de
Matilde, la malicia de tía Edelmira, la complicidad de todo un pueblo. Una
piedra pesada que no se quería morir, aunque hubiese nacido muerta. La idiota
había tenido un fatal instante de lucidez al intentar arrojarlo al aljibe. Pero
fue Bernardo el encargarlo de rescatar la criatura de la culpa. El pequeño
monstruo que se aborrecía a sí mismo, que apenas respiraba porque le era
suficiente su propio aire malsano para sobrevivir. La culpa no necesita moverse
ni caminar, simplemente habita y respira, y el aliento que exhala contamina
para siempre los cuerpos que contagia. Y la habitación en la que respira puede
sólo limpiarse con el fuego, por eso el incendio de los Espinoza aquella vez de
la que tanto se hablaba en el pueblo. Hay tragedias que terminan con las
tragedias, como dicen que hay guerras para terminar con ellas.
Sin embargo, la culpa corroe el espíritu
del hombre individualmente: no hay hombres sino un solo hombre.
Cada uno es su culpa, como cada uno es su
niño y su cadáver.
Bernardo se había ido a acostar después de
ir a ver a Matilde. Había muerto, dijo, y la tía lloraba, inconsolable. Me
quedé sentada, meciendo al chico. Me desperté de la somnolencia a las tres de
la mañana, exactamente. Me levanté de la mecedora y me asomé al interior del
cuarto. Los dos estaban dormidos y el perro acostado entre ellos. Era una
imagen entrañable, me dije, casi un símbolo del futuro, si no fuera porque el
futuro se empecina en cambiar apenas lo imaginamos.
Las Tres Marías resplandecían en el cielo
despejado a lo alto de los eucaliptos, como cuando papá Tejada me señalaba esas
estrellas en el cielo de Mataderos desde la vereda de casa en las noches de
verano.
Volví a sentarme en la mecedora, y el
vaivén recomenzó parsimoniosamente. No sabía ninguna canción de cuna, jamás mi
madre me había cantado una ni yo me había preocupado por aprenderlas. Empecé a
tararear, sin embargo, una melodía inventada que tal vez era reminiscencia de
algún poema todavía no escrito.
Tapé al chico sin nombre con la sábana y
lo envolví con fuerza como un fardo.
No se resistió, simplemente se fue a
buscar a otro.
CASANDRA DESENCADENADA
1
¿Por qué una pareja se
separa? Las respuestas no existen, solamente quedan los individuos que la conformaron.
Uno de un lado, otro del otro, en el mismo espacio, mirándose a la cara. Uno
abriendo los ojos y observando al otro, mientras ese otro mantiene los ojos
cerrados sabiéndose observado. Hasta que le toca el turno de hacer lo mismo, abrirlos
y mirar el rostro aparentemente dormido del que tiene al lado. Y mientras
tanto, ambos planeando las estrategias de la guerra que comienza.
La cara del que hemos amado es el mapa del
territorio que iremos a destruir, porque en los recovecos de los pliegues, en las
trincheras de la piel, en los pozos del recuerdo sin fondo hemos dejado pedazos
de nuestro ejército, los trozos del alma que son cada uno de los días que hemos
pasado juntos, cada palabra y gesto o caricia y cada cimbronazo de puertas
golpeadas y ecos de risas y carcajadas esparcidas en el universo de una casa
que alguna vez fue un hogar.
Bernardo y yo somos enemigos sin
planearlo, como líderes de esas revoluciones que surgen casi espontáneamente
luego de una gran crisis de la economía. Y nuestra infausta desgracia fue el
pasado que se escabulle como serpientes en medio de un desierto, buscando ratas
en las madrigueras, mientras que las aves rapaces sobrevuelan el polvo y los
cardos, buscándolas. Enemigo sobre enemigo, en una cadena que es a la vez un
círculo, como el símbolo del amor. Porque se sabe que donde hubo amor, suele
haber odio, o por lo menos esa criatura que se conforma con ser un dios menor,
ayudante sumiso del otro, especie de rastrero con hocico corto y pronunciados
dientes, que se hace llamar resentimiento. Y que muerde, Dios lo sabe,
tremendamente.
Ya no vivimos juntos, pero tampoco podemos
separarnos. Valga la paradoja, somos amantes irreconciliables. Nos aborrecemos
porque no podemos dejar de amarnos, pero como ya no nos amamos, lo que nos une
no es el mismo sentimiento, sino dos criaturas que cada uno ha gestado en su
pecho. Él, la culpa, por eso no puede dejarme del todo, alternando días o
noches en el departamento y otras en su casa del pueblo, consciente de que debe
cuidarme, que necesita protegerme, insobornable en su utopía de mi curación.
Yo, mi desesperación, nueva metamorfosis de la angustia existencial que mi
padre Tejada sembró en los pocos años que vivimos juntos. La tristeza, cuando
no tiene donde escapar, se desespera, y la desesperación, cuando se calma, toma
las formas de un roedor que se roe a sí mismo. Mi inclaudicable pensamiento
rondando en el mismo departamento lleno de viejas cosas: la frustración de la
impotencia, la decepción de la esperanza. Mi departamento es mi cuerpo, que se
viene derrumbando.
Me ha dicho Bernie que debe operarme
la pierna. Por más que continúe con mis dosis diarias y obligadas de insulina,
y que salga y entre de los sinuosos valles de los antibióticos, mi pierna no
tiene salvación. Pero no tengo medio de vida ni cómo mantenerme. Escribo para
revistas del interior, independientes algunas, otras atadas al compromiso gubernamental
de municipios perdidos en los antiguos pasillos de ideologías pasadas de moda.
Yo escribo como quien sueña en el pasado, no me molesta cumplir ciertos
requisitos, porque con ellos no se extravía mi alma ni hipoteco mis ideas.
Escribo y cumplo exactamente como cuando hago literatura de ficción. Todas
estas colaboraciones, que son muchas y sin embargo representan una economía
lúgubre, las debo a Braulio y a Leandro, que renuncian a ellas en bien de
nuestra amistad.
El departamento en el tercer piso de la
calle Sarmiento es de Bernardo Ruiz, por supuesto, lo poco que yo aporté a la
compra fue durante mis buenos tiempos en “El Radar”. Pero no puedo irme con esta pierna que es una
bolsa de gusanos fantasmas, que están siendo engendrados lentamente, y que
pronto saldrán. Él no me dejaría ir, y yo no estoy en condiciones de
contradecirlo, o más bien, siento la obligación de regodearme de su sensación
de culpa. Por eso digo que todos somos enemigos, lo que llamamos amor la
mayoría de las veces no es más que la utilización de las debilidades de los
otros. Hay competidores por la fuerza, pero muchos de nosotros competimos por
quién es el más débil, y los débiles ganan. Los fuertes rapiñan a quienes no
son como ellos, pero los débiles se rapiñan entre sí.
Leandro me llamó por teléfono. Conversamos
como hacía mucho que no lo hacíamos, con hipocresía. Sentada en la cama,
rascándome la pierna incluso sabiendo que me lastimaba, escuchaba la desastrosa
mentira que me contaba sobre su trabajo en el suplemento literario, los
caprichos de los escritores consagrados y sus escuetos relatos de pesadillas
políticas, los educados cachetazos gramaticales que se daban los mecenas literarios
uno a otro desde Belgrano a San Isidro. Todos los escritores somos expertos malversadores,
bien se lo escuché decir alguna vez a Beltrame.
- ¿Y qué es de Bautista? -le pregunté.
-Qué
sé yo, hace su larga penitencia de silencio, pero ya saldrá con algún libro nuevo
para excusarse.
Entonces, como ya no había más mentiras
que decir, me comentó que había algo que podía interesarme. Podía sacarle jugo,
me dijo, y hacer asociaciones políticas y sociales como acostumbraba a hacerlo.
El caso era trivial, como esas notas de color o sensacionalismo adocenado que
solía hacer Dora Cifuentes en su suplemento. Yo, sin embargo, sabría convertir
a cualquier aburrido oficinista en una gigantesca y monstruosa cucaracha.
Dios te oiga, le dije, sin creer en Dios.
Las supersticiones persisten, la necesidad las hace imperecederas. Colgué, con
la sensación entre los dedos de que iría a hacerse realidad la alegoría
kafkiana. Pero no se trataba de un oficinista, por su puesto, ni de un hombre,
sino de una mujer, y más precisamente una que tenía fama de bruja.
Cuando le dije a Bernardo, discutimos.
¿Cómo iba a arreglármelas sola en La Plata? A lo mejor tenía que caminar
cuadras y cuadras buscando la casa, y quién sabe quién me recibiría, y si me
iban a alojar ahí o tenía que buscarme un hotel, y quién sabe a qué hora del
día o de la noche. ¿Y si me descompensaba, y si me dolía mucho la pierna?
¿Llevaba todo lo necesario? Para qué decirle que ya había pensado en todo eso y
mucho más que él ni siquiera imaginaba, probablemente. En vez de agradecerle,
lo miré con encono, sentada en la cama con las manos entre mis piernas
cruzadas, mientras él hablaba con los gestos y la entonación de su padre, que
ahora surgían desde las tinieblas de la muerte para asentarse en su hijo, que
tanto lo había combatido.
-Todavía no soy una inválida-le dije. -Y si
lo fuera, aún puedo pensar y hablar por mi cuenta.
- ¿Pero si te desmayás en plena calle, y si
nadie te encuentra en muchas horas, y…?
- ¿Y qué tal si me muero? -lo interrumpí.
Se fue dando un portazo. Me habría gustado
que me abrazara.
A la tarde tomé el colectivo a
Constitución y me senté en el andén a esperar la salida del tren de las 3 y
diez. Casualidad, como esas cosas que no nos explicamos porque preferimos ver
el misterio de la providencia que nos evita el esfuerzo de pensar y nos
entretiene ahogando nuestras neuronas. La vieja película western destelló en mi
memoria: imágenes y música, sobre todo, porque eso es el cine, me parece. Más
que palabras, gestos y rostros. Como la ópera es más música que palabras. Ellas
pertenecen a la literatura y están en los libros, esos amigos que dan una paz
que quizá sea la única verdad posible.
La múltiple verdad que es una sola y muchas al mismo tiempo. Todas
congeniando en un mismo cuerpo, que a veces se pelea consigo mismo, como el
mío.
Esperé en el andén, mirando los altos
techos, las columnas, los resabios de viejos tiempos trasladados a estas
tierras que quisieron ser lo que no podían ser. Hombres y mujeres que
contemplamos el futuro desde el pasado, viviendo en tiempos que no existen.
Países que se han construido inmensas celdas preciosas con la utópica
certidumbre de que el pasado fuese el mismo que el futuro. Tal incongruencia es
de necios, por supuesto, pero los idealistas suelen pecar de necedad cuando no
tiene un presente que los encandile y los sumerja en la quietud de la nada.
Porque eso es el presente, la nada hecha ley. La abolición de lo necesario. La
inmersión en las aguas del silencio. El mar se parece un poco a eso, por eso me
gusta. Debería preguntárselo a mi prima Leticia, pero no sé si volveré a verla.
El tren estaba ahí, vacío, como un
dinosaurio acostado y sedado dentro del enorme galpón de un laboratorio
sudamericano. Pensé en Ameghino, claro, y en el museo de La Plata. Asociaciones
que me abrieron las puertas del tren poco antes de las tres de la tarde. Poca
gente había, se iría llenando seguramente en las estaciones sucesivas. Me senté
en uno de los asientos de respaldos intercambiables, donde una podía sentarse
mirando en la dirección del tren o en la opuesta. Mirando al destino o hacia el
sitio abandonado. Elegí mirar atrás, quién sabe si porque aún quería aprobar
asignaturas pendientes, que es nada más que entender las actitudes de los
demás, y que al fin de cuentas son las respuestas a las nuestras. Pero sobre
todo no quería dejar mi cuerpo atrás, todavía. Partes de él se me estaban
quedando en el camino, y no les había dicho adiós.
Pasó el tiempo y la marcha del tren por
paisajes urbanos: paredones a los costados, puentes peatonales, pasos a nivel
con barrera inútiles, edificios que aparecían cortados por las vías. Luego el
paisaje de la provincia y el conurbano en camino al sur, estaciones cada vez
más chicas, mucha pobreza adocenada, casas, negocios, gente que iba y venía por
las calles. Chicos con guardapolvos en su marcha a la escuela con hombros
caídos, o de regreso a casa, intercalando juegos. Después, el campo y los
pastizales, grandes extensiones de arboledas intercaladas con cultivos
imprecisos o tierras abandonadas. Pasamos cerca de viejos talleres ferroviarios.
Las estaciones se sucedían, y no tardaríamos en llegar. Creo que me quedé dormida.
Desperté con la conversación entre dos
hombres que estaban sentados a mis espaldas. Hablaban en voz demasiado alta aun
para vencer el traqueteo del tren. Uno de ellos, el que estaba junto a la
ventanilla, se hacía repetir las cosas de vez en cuando. ¿Era medio sordo? Tal
vez. Su voz era oscura, levemente ronca, su tono escéptico, desencantado. La
voz del otro, sin embargo, era amena, despreocupada, fuerte y clara porque
quería hacerse entender por el otro. No sabía cómo era el aspecto de cada uno
porque no podía verlos, aunque me hice una impresión al escucharlos. Las
mujeres solemos hablar de pavadas tejidas con los cimbronazos de la cotidianidad,
son conversaciones aparentemente superficiales como mantelitos blancos que
cubren mesas de madera rayada y vieja. Los hombres conversan de estupideces o
del origen de Dios, no tienen intermedios, y cuando hablan de mujeres, reúnen
ambos aspectos. Van de una idea a la otra, inconciliables, confundidos, apesadumbrados.
Las mujeres terminamos encogiéndonos de hombros y nos despedimos con un beso.
Los hombres terminan acongojados y torpes, abrazándose para sostenerse hasta el
próximo encuentro.
Estos dos hablaban como si estuviesen
solos en el tren. Yo tenía enfrente a una pareja encariñada en sí misma y no
hacía caso de nada más. Del otro lado del pasillo, la gente leía o conversaba,
o simplemente miraba por la ventanilla. Uno dormía con la gorra sobre la cara,
roncando, aunque el traqueteo del tren tapaba el ruido. Pero la conversación a
mis espaldas era clara, casi como si me estuviese dedicada, y por tal motivo,
tuve la necesidad de prestarle atención.
- ¿Qué te pasa, che?
-Nada.
- ¿Estás nervioso por tus viejos?
-Algo así.
Creo que debió hacer un gesto despectivo
con una mano y luego juntarla con la otra entre los muslos como si tuviese
frío.
-No
te hagás mala sangre, eso pasa siempre cuando volvemos a la casa de los viejos
después de mucho tiempo.
-Vos no los conocés.
-No, pero supongo que son como todos,
hincha pelotas.
Debió esperar una reacción cómplice y
amistosa, no la obtuvo, o porque no lo escuchó o porque no le hizo caso. Eso
pasa a veces con los que no oyen bien, suelen ser un misterio. Pocos como ellos
abusan de su deficiencia, como si los otros les debieran algo. No escuchan o
hacen que no escuchan. No se puede ver su impotencia, no se la puede palpar ni
clasificar certeramente, y los que oyen bien son como ciegos ante los que no
oyen. Mi pierna, en cambio, se huele, se ve y se palpa. Mi impotencia en el fingir
me impide el resentimiento, pero no la autocompasión. En cambio, ellos
engendran el resentimiento como un monstruo invisible que ataca de todas
partes.
-Mirá, Juan. Me acuerdo cuando me fui a
Buenos Aires por primera vez. Era un chico, un pibe de quince años más o menos.
No sé si te acordás de esa casona que está cerca de la panadería de los Casas.
Tenía fama. Algunos decían que era un putero, pero solamente veíamos perros en
el baldío y mucha gente que entraba y salía, mujeres, sobre todo. Vivían la
madre y la hija, y a nosotros, los de la escuela, nos gustaba la chica. No era
extremadamente linda como una modelo, por supuesto, y era rara. Callada, casi
hermética. No le podíamos sacar una palabra de su familia o de lo que hacía la
vieja. Y eso que nosotros nos burlábamos y la jodimos muchas veces de mal modo,
tengo que reconocerlo. La seguíamos por la calle hasta la casona, y recién
cuando entraba tirábamos piedras a los perros o a las paredes. Las veces que
rompimos vidrios nuestros viejos tuvieron que pagarlos, y para qué te voy a
contar. Una vez, con la hija del panadero y otro amigo nos propusimos hacer una
obra de misericordia, así la llamamos…
El que hablaba se rio, y quizá se tapaba la
cara con las manos, abstraído en ese recuerdo que debía resultarle entrañable.
- ¿Me escuchás? -preguntó. El otro miraba
por la ventanilla, probablemente.
- ¿Qué?
- ¿Estás distraído o te hacés? ¿No
escuchaste nada de lo que te conté?
-Perdoná, sí, te escuché. ¿Y cómo se
llamaba esta mina?
-Lidia, se llamaba. Era una adolescente
como nosotros, pero parecía mayor, y a veces más chica, qué sé yo. Todo en esa
familia era raro. Decían que al padre lo tiroteó la policía, y que la vieja era
adivina y todo eso. La vez que te contaba, quisimos rescatar a los perros,
porque decían que la bruja se los comía. Bueno, salió todo mal. Es raro que no
te hayas enterado, bueno…ya sé, perdóname, a veces me olvido de lo tuyo. La
cuestión es que la madre quedó con secuelas de una embolia. No nos metimos más con
esa casa, teníamos prohibido pasar ni por enfrente. Después, cuando me fui a
Buenos Aires por un tiempo, me encontré en el tren con Lidia. Ella iba a
hacerse la vida en la ciudad, como quien dice. Sé que son prejuicios innatos,
pero así nos enseñaron a pensar. Estábamos sentados como vos y yo ahora,
hablando, y yo la miraba pensando en su cuerpo y en lo que le haría, porque no
dudaba ahora que era una puta.
El que hablaba bajó la voz y lo escuché
moverse un poco, tal vez acercándose al oído del otro. Volvió a hablar.
-Ya sabés, Juan. Hablábamos de cualquier pavada,
pero yo sentía las pelotas llenas, ¿me entendés? Se me estaba parando y no
podía contenerme. Le miraba los labios al hablar pero no la escuchaba, yo
solamente imaginaba las tetas bajo el vestido de viaje de verano y la bombacha
que apenas debía taparle la concha. Todavía me calienta cuando me acuerdo.
Un silencio fue la respuesta del otro,
sólo el traqueteo del tren como una patética reminiscencia del recuerdo. Luego
dijo:
- ¿Y qué pasó?
- ¿Y qué iba a pasar? Me la cogí en el
tren, en el baño. No era una puta como otras, alegre y demostrativa. Era
tranquila, incluso indiferente, cuando se la trataba simplemente en la calle o
en la escuela. Cogiendo era diferente, como todas las mujeres, me parece. Nos separamos en Constitución, no quiso que
fuésemos a un hotel por esa noche ni ninguna otra. No quiso verme más, y yo no
la busqué más.
-Pero no la olvidaste, ¿no? Así son ellas,
las que merecen que se piense en ellas y que las amen. No son putas, Eduardo.
Son mujeres como nosotros somos hombres. Nos enseñaron, incluso nuestras
viejas, que ellas están para nosotros. ¿No se te pasó por la cabeza alguna vez que,
si nosotros no estuviésemos, ellas estarían igual? ¿Quién dice que nos
necesitan?
- ¿Estás hablando de lesbianismo?
Escuché un chasquido de hastío que coincidió
con el mío, silencioso.
- ¡No digás pelotudeces! No hablo de sexo,
sino de sentido existencial. ¿Cuántas formas tiene la naturaleza para
sobrevivir? Ese no es el problema. Esa chica a lo mejor veía el futuro…
- ¿Cómo la madre? Sí…seguramente era así,
no lo pensé en ese momento.
-Tenías el cerebro en la cabeza de la
poronga…
El otro se rio, y sentí que se movía,
probablemente pasando un brazo por sobre los hombros del amigo.
-Ya sé que te hacés el remilgado y el
intelectual, pero en el fondo sos como todos nosotros…
- ¿Y cómo somos? - le preguntó.
Me interesaba la respuesta, pensando en Bernardo.
-Sabés que la calentura es tan pasajera
como una exhalación, que dura tan poco que a veces te preguntás si vale la pena
tanto esfuerzo. Pero seguimos pensando en ese infinitesimal instante por el
resto de nuestra vida, porque es lo que nos mantiene en pie. Todo el resto, la inteligencia
o como quieras llamarlo, es el infructuoso intento por entender eso que nos
pasa.
- ¿Y qué nos pasa, Eduardo?
-Las estaciones, Juan. Ya llegamos a La
Plata.
El pasillo empezó a llenarse aun cuando el
tren no se había detenido. Acomodé las cosas de mi cartera, la cerré y me
levanté para agarrar el bolso del portaequipaje.
- ¿La ayudo, señorita?
Justo al darme vuelta para mirarlo, el
tren se detuvo definitivamente con una sacudida, y perdí el equilibrio. El
hombre que había hablado me sujetó de la espalda. Era alto, delgado, con un
traje de viajante de comercio, sin corbata y un sombrero oscuro que dejaba ver
el cabello claro y ensombrecía los ojos azules. Reconocí la voz del que se
llamaba Eduardo. Miré al otro, que acomodada las muestras de dos grandes
valijas y levantó la mirada un par de veces.
-Gracias, le agradezco mucho.
-No es nada, por suerte la agarré a
tiempo…-dijo, mirando la muleta apoyada en el asiento.
-No se preocupe, estoy acostumbrada.
No insistió, por suerte. Cuando bajamos,
caminé por el andén. Con un brazo llevaba el bolso pequeño, la cartera al
hombro y me ayudaba con la muleta. Caminé despacio, acostumbrada a precaverme
de las multitudes que no se fijan por dónde van o a quiénes atropellan. No
quería caerme, no debía, sobre todo, lastimarme. Me había jactado ante Bernardo
de arreglármelas sola, y no estaba dispuesta a regresar lastimada tanto en mi
cuerpo como en mi ego.
La calle estaba oscureciéndose. Me senté
en el banco duro de una parada de colectivo y revisé mis papeles en busca de la
dirección a donde tenía que ir. Era la casa de los Cortéz. Leandro me había
dicho que ya había hablado con la familia. Le pregunté por qué habían aceptado,
me dijo que estaban en apremios económicos por el alquiler de la casona y el
diario les había prometido un pago. ¿Y en dónde encajaba yo, le pregunté? No te
preocupés, me había dicho, si sale bien, entrás al diario. Entrar en La Prensa
o en La Nación era algo que ya había descartado mucho tiempo antes, y casi
maldije a Leandro por volver a regar mis esperanzas muertas. De todos modos, no
perdía nada, y allí estaba. Perdida, creo, y más convencida cuando vi a los
hombres en la esquina, que hablaban con una pareja de viejos no tan viejos, que
debían ser los padres de Juan, el hombre taciturno, bajo y de hombros anchos,
de rostro y barba oscura. Hacían una pareja extraña, el uno optimista y
despreocupado, pero también desencantado y como de vuelta de algunas desilusiones,
el otro serio, obsesivo y apesadumbrado. Uno alto y otro bajo, como un par de
cómicos del cine haciendo su rutina de peleas y reconciliaciones. Subían a un
auto, pero el alto me vio antes de subir, dijo algo a los de adentro y corrió hasta
donde yo estaba.
- ¿A dónde va, señorita? ¿Quiere que la
alcancemos a algún lugar? Mire que está oscureciendo…
Me iba a negar, pero de pronto me sentí
desvalida y cansada. Los ojos claros y la espléndida sonrisa de ese hombre me
convencieron.
-Mire, no sé dónde es esto, creo que no es
en el centro, así que no sé el colectivo.
-No se amilane por nada. Mi amigo y yo nos
criamos acá, y las diagonales no tienen secretos para nosotros.
Leyó el papel con la dirección. Me miró,
de pronto, con seriedad.
-Disculpe que le pregunte-me decía
mientras caminábamos hacia el auto, llevando el bolso, sin dejar que me ayudase
con la muleta. - ¿Usted va a visitar a las Cortéz?
-Es para una entrevista, ¿los conoce?
-Sí, pasaremos por enfrente porque la casa
de Juan está muy cerca.
Entramos al auto. Me presentó y vi cara de
pocas migas, pero nadie dijo nada. Se miraron todos cuando mencioné la
dirección, el silencio podía cortarse como papel. Cuando llegamos, el viejo
dijo:
-Puede bajarse.
La madre me miró, quería preguntarme algo,
pero el viejo le puso una mano en el hombro y ella desistió. Juan estaba del
lado de la vereda, así que bajó y me ayudó. Miró hacia la casa, ya oscura la
calle y la vereda. Escuché ladridos, y entonces me di cuenta. La casona y la
chica de la que ellos habían hablado era esta frente a la que estábamos. Había luz
en el porch y en una habitación de arriba.
- ¿Quiere…? empezó a decir Juan.
- ¡Vamos! - gritó el padre.
El hijo volvió al auto y arrancó sin que
yo tuviese tiempo de agradecer y saludar. Los perros, cuyos ladridos llegaban
desde el patio del costado y del fondo, continuaban persistentes. De pronto, la
puerta del frente se abrió y salió una chica flaca, y algunos los perros fueron
corriendo, y otros seguían dando vueltas tras la cerca que los separaba de la
vereda, tan baja que podrían haberla saltado, pero no lo hacían. Ella dejó unas
cacerolas en el pasto. Los animales iban y venían, alternando la comida y los
ladridos. Ella me miró, yo fui hasta la
cerca, vigilando la actitud de los perros. Ella estaba lejos, en la puerta,
quince metros tal vez nos separaban, y no sabía si iba a escucharme con tanto
ladrido y ajetreo de ollas volcadas.
- ¿Está la señora Cortéz?
- ¿Quién la busca?
-Cecilia Taboada, por la entrevista.
Entonces entró por un momento y encendió
luces. El camino de entrada era de lajas rodeadas de pasto y heces de perro. La
chica se quedó seria y quieta donde estaba, junto a la puerta. Vio mi esfuerzo
por subir los cinco escalones esquivando a los perros que me observaban y
olisqueaban dificultándome el paso. Finalmente, ante ella, le dije:
-Lamento la hora, creo que el señor Mallea
ya habló con la señora por mi alojamiento. Pido disculpas, pero ya se habrá
dado cuenta de mis dificultades.
-No se haga mala sangre, querida- dijo una
voz desde la oscuridad de la sala interior. Lidia, no te quedés parada y ayudá
a la señorita con sus cosas.
Así que esa era Lidia, la chica de la que
hablaban en el tren. Pero si era una nena, no podía tener más de trece años,
catorce a lo sumo. Tenía que tratarse de otra, sin duda.
Entramos, ella llevando mi bolso, mientras
yo daba la mano a la mujer que estaba en silla de ruedas. Era vieja y joven al
mismo tiempo. Parecía no tener más de cuarenta y cinco años, tal vez, pero
estaba demacrada y flaca, la piel llena de arrugas y con un maquillaje que
parecía más macabro que otra cosa. La sala en la que entré, ahora iluminada,
estaba despojada de muebles. Pensé en la sala de Graciela, tan llena que
cachivaches, y esta me resultó un desierto. No pude dejar de mirar alrededor,
ni cuadros había. Simplemente una mesa y dos sillas. Y un armario tan pesado
que parecía empotrado en el piso y las paredes.
-Mi hija le va a mostrar la habitación
después de que coma algo, le preparamos una cena liviana, ya me contó el señor
que usted es diabética.
Gracias,
Leandro, pensé, como siempre que se me adelantaban a anunciar mis
discapacidades y los cuidados que debían
tenerse conmigo, sin embargo, todos levantaban más alto las paredes de los
prejuicios que intentaban evitar.
Miré la escalera, en eso sí me habría
gustado ayuda. Pero la mujer no apreció darse cuenta, tal vez porque dormía en
la planta baja. La chica regresó y desapareció en el fondo. Un rato después
trajo un mantel y el plato de comida. Una lúgubre sopa de tomate, una hogaza de
pan y un vaso de agua.
-Disculpe, señorita, pero no tenemos muchos
recursos. El señor ya le habrá explicado nuestra situación.
-Si, me explicó-dije, sentándome y
probando la sopa, desabrida y sin sal, pero al fin algo para mi austero día de
viaje- Espero que no le moleste mi presencia, entiendo que estas notas son
molestas.
-Sí, para los que no somos famosos son
molestas, salvo a los buscadores de quince minutos de fama en la televisión o
en los diarios. Pero ya sabe, el señor Leandro nos conoce de siempre, tan joven
y es como nuestro padre, puede decirse, nos conoce a todos. Está en todas partes,
aunque no se lo vea, como a un dios creador, por eso no puedo enojarme con él.
Nos provee de todo, aun cuando sea muy cruel con nosotros de vez en cuando.
-No le entiendo muy bien…si se refiere a
que él escribe.
-A eso me refiero, y que a veces exagera.
Pero no importa. Usted es diferente, es una mujer, y nos entenderemos a las mil
maravillas, ¿no es cierto Lidia?
-Sí, mamá-contestó, parada a su lado, con
las manos en la espalda, moviéndolas, y aunque yo no la viese adivinaba los
gestos que debía estar haciendo. Tenía la cara blanca y pálida, los ojos
oscuros como la madre. Por momentos me parecía estar viendo a la una en la
otra, con los rostros superpuestos: la hija en la silla y la madre parada.
Lidia debía ser el retrato de la madre a su edad. ¿Qué edad tenían?
- ¿Yo? -preguntó la chica.
-No seas tarada y no le hagas repetir a la
gente, para sordos tenemos de sobra.
Me quedé con la cuchara a medio camino, que
desistió de continuar. No había preguntado nada, por lo menos en voz alta, y
aquella referencia a la sordera, me hizo acordar al hombre bajo del tren.
-Tengo diecinueve, señorita.
Casi me reí, pero lo evité simulando una tos
que ninguna me creyó.
-Sí, es muy joven todavía.
-Es que parece una nena…
-Es una niña, por supuesto-dijo la madre,
acariciando el brazo de Lidia, pero apenas tocándola. -Ha hecho de las suyas,
pero está aprendiendo.
No quise continuar, me sentía desubicada
en tiempo y espacio. Tal vez fuesen los niveles de azúcar de mi sangre y la
crisis previa a una nueva descompensación que Bernardo no me perdonaría, y yo
menos aún.
-Me iré a dormir, estoy muy cansada.
Lidia me acompañó a subir la escalera. Noté
que me observaba sin resquemor, pero con la congoja de un rito que la hastiaba.
¿Desde cuándo cuidaba a su madre inválida? Y mientras subía la escalera,
escuché los crujidos de los peldaños.
-Lamento tanto ruido, son las muletas.
Desde abajo y sin esperar que me hubiese
escuchado, la madre dijo:
-No se haga mala sangre, la casa se queja
porque es una vieja cascarrabias a la que no le gustan los extraños.
2
En la mañana me desperté con
mi reloj biológico en perfecto funcionamiento, sin sobresaltos y sin
inquietudes. Una alarma que me hizo abrir los ojos exactamente a las ocho. “Qué
mierda”, fue mi único pensamiento, más bien una decepción que verdadero lamento
o hastío de existir, estados con los que me había acostumbrado a convivir como
con un marido del que no podría deshacerme nunca, estados en los que me
acostaba y despertaba, viendo la cara de la muerte maquillada de actriz de
teleteatro a mi lado en la cama, y enseñándome las posturas de la eternidad
como si me estuviese enseñando un Kamasutra de tal ridiculez que era como estar
viendo dos huesos que chocan y se rompen. El resultado del sexo no es la vida
sino el polvo de la nada que se asienta en la habitación del recuerdo como
manchas de placer formando oasis donde creemos ver puertas de entrada al
universo, y sin nada más que manchas planas, duras e irrevocables, iguales a
los ladrillos al descubierto en las paredes de los cementerios.
Pero esa mañana, como todas, lo que apenas
fue una decepción, fue alimentándose de pena y se acicaló en el baño de la casa
vieja, de pisos con tablas crujientes y puertas que no cerraban del todo. Ni la
del dormitorio ni la del baño o las ventanas. Marcos apenas torcidos, milímetros
de diferencia con los mismos que se mide la diferencia entre la vida y la
muerte: el umbral de espacio tan incierto que no se ve, que no puede medirse,
pero que sin embargo se calcula con la medida exacta no del instinto, que está
demasiado apegado a lo biológico, sino la premonición.
Y esta palabra me llegó desde abajo, de la
planta baja. ¿Cómo lo sé? Simplemente porque apareció en la puerta del baño,
que se fue abriendo porque, como dije, no había podido cerrarla, dejando ver a
María Cortéz. Al principio pensé que se trataba de la hija: se veía joven,
parada tranquilamente con un vestido verde de entrecasa que llevaba con
elegancia porque su cuerpo era delgado y las formas del sexo insistían en
permanecer. Era la misma que yo había visto en silla de ruedas y con la cara
pintarrajeada, con la voz ronca dando órdenes imperiosas. Pero la que me
observaba mientras yo me peinaba luego de lavarme los dientes, aunque tenía la
misma edad, alrededor de esos cuarenta y cinco años que se suelen nombrar
cuando las fronteras son inciertas, no estaba maquillada, hablaba en voz baja y
tranquila, como pensando cada una de sus frases, y todavía era hermosa, con el
cabello castaño claro a leves ondas que jugaban alrededor de sus orejas. Tenía
las manos tras la espalda, y no sé qué hacía con ellas (esas cosas siempre me preocuparon,
como me preocupa lo que no puedo ver).
-Venga a desayunar, Cecilia.
Bajamos juntas la escalera. Ella incólume,
un paso tras otro con sus zapatos de taco bajo, yo haciendo estruendo con mis
muletas. Fruncí la cara, avergonzada. Ella me dedicó una sonrisa que creció en
una breve carcajada.
-Anoche me hizo enojar, la casa, me
refiero, es que ella también, como nosotras, tiene sus ritmos circadianos.
Envejecemos y no irritamos, chillamos, rompemos cosas, nos enfadamos con los
que más queremos, y hasta somos capaces de cualquier cosa. Usted lo comprende,
¿no es así?
¿Se colocó la insulina esta
mañana?
Negué con la cabeza. En la cocina, nos
sentamos a la mesa donde Lidia colocó tres tazas de vajilla vieja, un plato con
terrones de azúcar y una tetera que contenía café. Luego trajo una caja de
metal con la propaganda de un pan dulce del año cincuenta, tal vez, donde
conservaban galletitas de miel. Me ayudaron a inyectarme. No las impresionó.
-Apenas medio terrón o una galleta de
miel para usted-me decía ella, atendiéndome como a una reina o a una inválida.
-Ya sé lo que está pensando, pero tenemos que cuidarla. Usted es nuestro último
recurso.
Que del resultado de la entrevista
dependía salvar la casa, no necesitaba decírmelo. El diario ya había acordado
un mínimo, seguramente, pero ella parecía estar escondiendo algo con su sonrisa
velada y la extremada atención que me dedicaba.
-Cuando terminemos el desayuno empezamos
la entrevista, si le parece. ¿Dónde le gustaría sentarse? ¿Afuera, en el patio
de los perros? Pero no, la pueden lastimar sin intención, y sobre todo…-. Obvio
mencionar el olor de la herida en mi medio pie. - En la sala mejor, allí hay un
silencio después del mediodía que a veces me parece que la casa duerme, aunque
me consta, después de tantos años, que solamente está pensando nuevas formas de
molestarnos.
Ahí estaba mi primera pregunta.
- ¿Y por qué quieren quedarse en una casa
que las odia? Si hasta parecen vivir en constante estado de mudanza, porque no
hay más que los muebles esenciales, como empotrados, y si hasta las sillas
clavarían ustedes si pudieran.
Se largó a reír con una carcajada
entrecortada. Cuando se contuvo, me dijo:
-Usted es una de nosotras, sin duda. Pero
déjeme hacerle una comparación. Usted sabe de medicina, por supuesto, y le consta
que los tejidos que han sufrido suelen endurecerse y adherirse a lo que tiene
alrededor. Cicatrices o quistes o como se llamen, son las consecuencias menos
temibles de algo que pudo matarnos. La casa es como el cuerpo. Pablo, mi
marido, pasó meses enteros clavando los muebles y las tablas para intentar que
dejaran de moverse, y lo único que logró fue que continuaran rechinando y crujiendo.
Casi todo está adherido a las paredes o al piso, salvo las pequeñas cosas
inservibles e inevitables, estas tazas, por ejemplo, o un cepillo de dientes. Y
nosotras, claro, que nos quedaremos quietas en algún momento.
-Entiendo la psicología de la casa. Pero
ustedes, con ese criterio, ¿no tienen miedo cuando duermen?
-El contrato tácito es distinto al que
tenemos escrito con el dueño y en manos de un escribano. A ella- e hizo un
gesto de una mano señalando los techos y las paredes- la mantenemos viva con lo
que a ella le gusta, y a cambio nos deja tranquilas, salvando los quejidos de
vieja a los que ya nos acostumbramos.
-Por eso usted trabaja de adivina,
entonces.
María se encogió de hombros, y me ofreció
el otro medio terrón de azúcar como si premiara a un perro inteligente. Lidia
se había sentado casi junto a la madre, y las vi tan parecidas, que pensé en
una superposición de rostros. No dejaba de inquietarme ese repentino rejuvenecimiento
de la madre, pero sospechaba que era una actuación que acostumbraba dar a los
extraños o a su clientela para adaptar su aspecto a la escenografía de la
casona. Una vieja bruja concordaba con una casa de espectros. Sería un buen
título para el artículo, pensé.
Salimos al patio. La mañana era lúgubre,
con el cielo tapiado de gris y una garúa que me llenó los pulmones con un vaho
de humedad que creí me invadía las venas y acentuaba el olor de mi herida. Los
perros, diez, quince, veinte, llegaron corriendo apenas pisé el entablado tras
la puerta. Un grito de María fue suficiente para que simplemente se detuvieran
a olerme. No nos saltaron, aunque todos estaban nerviosos, conteniéndose.
- ¡Ya basta! ¡Fuera! Quería que supieran
que se trata de una amiga, así ya no la molestarán. Entremos.
Fuimos a la sala y nos sentamos en dos
sillas junto al hogar apagado. Afuera se escuchaban los ruidos de la ciudad.
Bocinas de autos, motores de colectivos, gritos de chicos, y algún choque con
el sonido metálico que desentonaba con el sonido de la madera del interior.
- ¿Y por qué estos ruidos?
Esperó a que sacara mi libreta de notas del
bolsillo de mi pantalón.
-Ya le dije, la casa es un cuerpo vivo,
como todas las casas, ¿no le parece? Sobre todo, las que son muy viejas y han
sido construidas con un objetivo, para alguien o para una familia en partícular,
no como esas de ahora que hacen para vender a cualquiera, como una fábrica de
tornillos fábrica tornillos, todos iguales, ¡y si hasta éstos son diferentes!
- ¿Quién la construyó?
-No sé, ni sé lo que pasó. Yo veo el
futuro, Cecilia, no el pasado. El pasado me llega por indicios, como a todos, t
me sugiere cosas, como a todos. Yo solamente conozco mi propio pasado, y hasta
ahí nomás, por supuesto. Hay cosas que se olvidan, otras que creen recordarse.
Lo que es mi pasado en esta casa simplemente fue el futuro cuando Pablo y yo
llegamos por primera vez. Sé que la casa estaba enferma, con todos esos ruidos
que al principio me espantaban y a Pablo lo hacían sufrir como requiebros. ¿Cómo
explicarle la diferencia? Son solamente sensaciones que luego se convierten en
convicciones. Como le decía, primero les tuve miedo, porque yo misma no
comprendía del todo mis capacidades, si así puedo llamarlas, esas que eran
maldiciones y tortuosidades de mi espíritu, y que con el tiempo fui aprendiendo
a domesticar, como a esos perros, ¿me entiende?
Asentí con la cabeza. Hablaba de cosas tan
etéreas como mi exacerbada imaginación, que a veces me agrada más que la
realidad.
-A Pablo lo atormentaban porque sentía
culpa. Eso es lo malo de los hombres, se dejan avasallar por ese sentido del
deber que sin embargo no pueden cumplir. Y la educación católica que recibió de
sus abuelos en Tandil no le ayudó en nada. Nos conocimos en Mar de Ajó, él
hacía trabajos de albañilería y yo me había ido de la casa de mis viejos en
Madariaga y hacía de sirvienta para los turistas del verano. El contratista de
Pablo era Octavio Rinaldi…-. Se detuvo para confirmar a que yo anotara el nombre.
- Fue el único que lo contrató allá en la costa porque Pablo había cumplido un
tiempo en la cárcel. Estaba tan agradecido con el tipo que se deshacía en
elogios. Gracias a eso pudimos alquiler un departamento y yo quedé embarazada.
No tenía tres meses cuando me enteré del robo. El tipo lo había embrollado para
un nuevo trabajito en una financiera de pacotilla en Mar Chiquita. Pero los de
la financiera también habían embaucado a muchos, y tenían más plata de la que
declaraban. Era todo un entramado que incluía a la policía de la provincia que
hacía la vista gorda y a los intendentes de la zona. Eso fue lo que leí en los
diarios después del robo. Pablo me dijo que teníamos que irnos. Rinaldi le
había dicho que un tercer socio se había llevado más de la mitad de lo robado. Estaba
enfurecido y amenazaba matarlo cuando lo encontrara, pero mientras tanto Pablo,
pobre diablo peón de obrero devenido en peón de pobres, tenía que esconderse.
Cuando supiera algo, le avisaría. ¿Sabe usted adónde vinimos a parar? A donde
estamos, esta ciudad de La Plata, que por ser grande pensamos íbamos a pasar desapercibidos,
pero que es el nido de arañas de donde nació Rinaldi y los otros, los supuestos
socios de Pablo. Todos, fuesen cuantos fuesen, se aprovecharon de él. Pablo no
terminó el sexto grado, Cecilia, y apenas sabía leer los carteles de las calles
o las oficinas. En la cárcel lo trataron peor que a un perro, y cuando nos
conocimos en la playa, me decía que el mar era como un muro más de su prisión.
Pensó en matarse una vez. Sí, ya veo en su cara que todos los hombres son
iguales, que Pablo me quería conmover haciéndose la víctima. Que yo lo amaba y
no veía la realidad. Le digo una cosa: yo veía la realidad porque veía resabios
del futuro. Fue eso lo que vi, o más bien escuché en esta casa. Los tiros empezaron
a abrumarme. Los escuchaba en la calle, y acá dentro, la casa me advertía con
su forma tan poco sutil. Entonces, lo que para mí fue incomprensible espanto se
tornó en absoluta culpa: tenía qua advertirle a Pablo lo que sobrevendría. Poco
a poco fui testigo de que la culpa que él sentía al principio, esos ruidos que
para él eran como quejidos del Cristo en la cruz, fue transformándose en
espanto, hasta moldear su cara en esa expresión con la que lo vi morir. El
espanto de ver la traición de la mujer que amaba con el mismo valor de la
traición de los otros hombres.
- ¿Quiere decir que usted sabía que
vendrían a matarlo sus socios?
- ¡No, no! Usted no sabe nada de lo que
pasó. No fue así, voy a contarle. Yo no sabía quiénes serían, solamente
escuchaba los disparos del futuro. ¿Cómo decirle y advertirle? Él en esa época
no sabía mucho de mis tormentos porque se los ocultaba. Prefería pasar por
loca, y eso era lo que creía la mayoría de la gente. Pablo sólo creía, un poco
al menos, en lo que llamaba mis sueños, porque yo disfrazaba con esa palabra lo
que no entendía, lo que me estaba pasando desde chica en los campos de
Madariaga, en donde tantas veces enterraban muertos desconocidos, desde
siempre, fuese en los años treinta durante la dictadura, o con Perón después, y
más tarde en las fosas comunes donde los militares hacen desaparecer a los
muertos. Yo escuchaba, aun cuando esto último no hubiese sucedido todavía, los
quejidos de los muertos como si hubiesen sido enterrados vivos. ¿Se imagina
usted a una nena de ocho años, de imaginación exacerbada y encima con esa
capacidad que la superaba en comprensión? Cuánto sufrí, no lo imagina. Les
decía a mis padres, un criador de pollos y una maestra de escuela, lo que me
pasaba, y se miraban como lamentándose de que la única hija que habían podido
tener fuese como la tía abuela encerrada en un manicomio hasta que se murió. La
que veía sombras en las paredes y monstruos en los platos de sopa, la que se
rapaba el cráneo para asemejarla a una bola de cristal. Entonces un día agarré
una pala y me fui muy temprano a desenterrar a los muertos. Me encontraron
desvanecida de cansancio en plena tarde de verano junto a un montón de pozos de
donde salían gusanos y escarabajos, nada más. Me sacaron de la escuela, me
pusieron a trabajar en el campo con las aves de corral. Cuando tuve catorce
años me fui de casa, sola. Trabajé de sirvienta, y un par de tipos me mantuvo
unos meses uno, unos meses otro. No era puta, no, era solamente una mujer. Las
imágenes que me torturaban fueron sembrando semillas de sosiego en mi mente.
Sólo lo que amaba me angustiaba, y a esos hombres yo no los amaba. Por eso,
cuando conocí a Pablo, no pude decirle lo que presentía. Debía hacerlo, tal vez
hubiese evitado esa forma del futuro. Es un absurdo para alguien como yo, pero
aún pienso en eso: las formas son únicamente formas, la esencia de un objeto no
determina la forma en que está contenido, eso me lo dicen las metáforas de los
sueños, los símbolos en que me hablan. Las palabras son intercambiables, son
nada más que formas, pero el concepto no cambia.
-Algo así decía Kant en sus premisas.
- ¿Así? Entonces no se necesita ser
filósofo para interpretarlo. Las pitonisas no son infalibles, sin embargo.
Cuando no nos esquivamos sobre el futuro, lo hacemos con el presente. Este
cuerpo y esta carne que nos define nos condena, usted bien lo sabe, Cecilia.
Somos egoístas por naturaleza, el cuerpo teme el dolor. Y mi dolor era salir de
esta casa, que, siendo mi agobio, era mi útero. ¿Cómo explicarle? Decirle a
Pablo que iban a matarlo, era igual que pedirle que nos fuéramos. Y yo no podía
dejar la casa en la que al fin había encontrado mi paz. Usted me preguntará:
¿paz? Y yo le respondo: el desvanecimiento de aquella tarde en Madariaga entre
los pozos fue la tarde más pacífica de mi vida. Nunca se lo dije a nadie, pero
antes de dormirme por largas horas, los espectros me tocaron al ser liberados.
Cada uno se despidió con un leve roce que fue como el beso de una mosca.
Se habían hecho las dos de la tarde, la
hora en que muchos emprenden la tarea de la siesta. Qué aburrimiento, Dios mío,
yo no acostumbrarme a hacerlo, me parecía que era perder un tiempo precioso. Me
pondría a pasar las notas, en mi habitación
había una vieja Remington a la que había que poner unas gotas de aceite
para que comenzara a correr como un hermoso gamo por el bosque de letras. Por
lo menos ocultaría por un largo rato los ruidos de la casa que se destacaban
por su tenaz insistencia ni por su originalidad, aunque a veces ésta también aparecía
en la forma de un sonido extraño que no era el de la madera, sino una especie
de aliento de un chico con asma, o lo que es lo mismo, que ya no podía mantener
la respiración mucho tiempo más.
Pero mis planes para la tarde se vieron
turbados cuando apareció Juan, el del tren. A él se refería la madre de Lidia
cuando la noche anterior habló de las visitas de los sordos. Juan, por
supuesto, no lo era del todo, paro le costaba escuchar frases largas o en voz
baja. Entró en la sala cuando Lidia le abrió la puerta de calle, sin que tocara
el timbre. Debía estar esperándolo, porque cuando llegaron juntos, sin
agarrarse de la mano, pero tácitamente unidos, María dio un respingo, levantándose
de la silla, y diciendo:
- ¿Qué te dije Lidia? No quiero verlo más,
y vos insistís en frotármelo en la cara.
Pero Lidia había aprovechado que estaba
yo, una visita ante la que debían quedar bien, o por lo menos la oportuna
testigo de lo que ella necesitaba que se supiera. Porque ambas tenían
diferentes motivos para desear mi presencia. La madre por el dinero para
conservar la casa, tal vez también por resarcirse de un resentimiento
largamente acumulado, y la hija por defender lo único que creía podría salvarla
del destino que ya estaba inmerso en sus propios huesos, de manera que
extirparlo era como amputarse.
-Usted disculpe, Cecilia-me decía la
madre, recuperando los tonos de una vieja regañona y sarcástica de barrio de
medio pelo. - Aquí como lo ve usted, este chico no es bienvenido. Su padre mató
a mi Pablo, y ¿usted podrá creerlo? Mi Lidia insiste en traerlo como si fuera
su novio.
-Es mi marido-dijo la chica, que parecía
una nena de trece años hablando de matrimonio.
- ¡No digas estupideces! El matrimonio ya
se anuló hace mucho, pero parece que ninguno de los dos quiere darse cuenta.
-Yo me retiro- dije, pero entonces Juan
habló, como sujetándose a mí como un salvavidas.
-Ya nos conocemos, señorita, ¿se acuerda,
del tren?
-Claro que me acuerdo, es que no quiero
meterme en cuestiones familiares.
-Es que no existen tales cuestiones,
Cecilia-dijo la madre. -Todo se ha acabado entre ellos. Lidia y éste se casaron
de adolescentes, a pesar de lo que ya ella sabía de la familia Rinaldi. Porque
este tarado que no escucha nada, o hace que no escucha porque no le conviene,
es el hijo de Octavio Rinaldi, el socio de mi marido que le mencioné, que sigue
libre porque vendió a Pablo.
Lidia y Juan hicieron los gestos de hastío
que debían hacer siempre que escuchaban lo mismo a lo largo de los años. Se
fueron al patio, los perros ladraron alrededor de Juan, pero ante una orden
breve de Lidia, se callaron y se sentaron alrededor de ambos.
María miraba desde la sala, impotente y
llorosa.
-No puedo hablarle de eso ahora-dijo. - Lo
dejamos para otro momento. Tengo trabajo a las cinco.
Me fui a la cocina y busqué algo de comer
en la heladera. Fideos fríos, restos de una pascualina de acelga, un pedazo de
pastel de carne. Ninguna se preocupó en almorzar ni ofrecerme nada, las
atenciones del desayuno habían desaparecido, reemplazadas por la ofuscación y
la sensación de vejez que iba tiñendo la casa y el cielo de La Plata. La sombra
de la tarde, precoz, oscureció la cocina. Escuché un par de veces el timbre, y
el rechinar de la silla de ruedas hacia la puerta de entrada y luego de vuelta
hacia la sala, seguidos de un taconeo inseguro, que se repitió varias veces
hasta cerca de las nueve de la noche. Cuchicheos, unos grititos templados de mujer
se mezclaban con la penumbra de la casa.
Juan y Lidia seguían en el patio,
sentados en dos mecedoras. Los perros acostados, como adoradores de la diosa
pagana que tenía a su lado al concubino que los súbditos aborrecían, pero
toleraban por orden de su dueña. Durante esas horas que me quedé en la cocina,
escribiendo en papeles que encontré en los cajones, escuché fragmentos de la
conversación entre ellos, que me llegaba con el acre olor de lo viejo y
enclaustrado, como si ambos intentaran conservar ese amor que se tenían igual
que quien intenta conservar una rosa dentro de un libro. Luego de un largo
tiempo, la flor seguirá estando, completa como una pieza de museo que está
prohibido tocar, a riesgo de que se deshaga en pedazos y se haga ceniza.
A eso de las ocho de la noche entraron y
Lidia encendió las luces.
- ¿Qué hace en la oscuridad, y escribiendo?
Se va a lastimar los ojos, señorita.
-Ya tengo la vista acostumbrada, y la
diabetes aún no la afectó. Espero no quedarme ciega antes de morirme.
No sé por qué hice ese comentario tan
horripilantemente pesimista y mortuorio. ¿La casa empezaba a conocerme y me lo
estaba dictando? Tal vez María tenía razón, las paredes eran parte de un cuerpo
con vida propia, ¿y dónde estaba el cerebro?
-Voy a preparar la cena, mamá está por
terminar sus consultas. Cenamos tarde.
Juan se sentó y puso los codos sobre la
mesa.
- ¿Usted se queda? -le pregunté, asegurándome
de hablarle fuerte y de frente.
-No, aprovecho los últimos minutos, nada
más.
-Tienen pocas oportunidades de verse, ¿no
es cierto?
- ¿Y qué le parece? Con mi trabajo, vengo
sólo cuando me designan la zona.
-Así que se casaron…
Lidia estaba de espaldas, abriendo
frascos, cortando verduras, con la atención puesta en la cocina y la vista en
los azulejos antiguos, pero escuchaba, sin embargo.
-Mis padres nos separaron porque no era
legal, según dijeron, ambos éramos chicos.
-Creía que había sido María…
-Mi madre…- dijo Lidia desde su puesto
junto a la mesada de la cocina, con un delantal de hace treinta años que la
hacía lucir aún más grande, casi como si fuese la madre de su amante. Esa casa
tenía la virtud de envejecer, a ciertas horas, a las mujeres. Pero el hombre
seguía joven, y únicamente su resentimiento envejecía su alma. -…ella hace lo
que le conviene, y muchas veces no sabe qué es. Aunque protestara, creo que
habría cedido a nuestro matrimonio al final, porque lo que ella quiere es que
no la molesten. Mamá se desvive porque la dejen en paz en esta casa, es su
refugio, la que la mantiene. Come ve, protestó cuando Juan vino, pero al final
se resigna.
Dos amantes que valoran los minutos, los
anocheceres lentos y ensombrecidos en una calle triste de La Plata.
Arrinconados, esperando pasar desapercibidos todo el tiempo que puedan, que
nunca es mucho, porque siempre hay alguien que está ahí afuera, acechando.
- ¿Puedo preguntarle algo, Juan?
-Sí, señorita. ¿Es para la entrevista? Ya
Lidia me contó…
-Es sobre el papel de su padre en el
robo. Mire, no lo tome a mal, ya eso es viejo y ha prescrito.
Se puso nervioso y se levantó. Si,
evidentemente lo había tomado mal.
-Pregúntele a él, si se anima. Tengo que
irme, me esperan en casa.
Se fue sin despedirse de nadie.
Vi a Lidia con la mirada acongojada y
lejana, fija en la puerta de calle. Tenía un cuchillo con el que estaba
cortando una zanahoria sobre la tabla de madera. Pedí disculpas.
-Usted pregunte, nomás. Para eso vino.
Nosotras seguimos viviendo acá, y nada cambia. El padre es peor que mi madre,
por si quiere anotarlo. El viejo es una bestia. Es alcohólico, pero ese no es
problema. Una vez golpeó a Juan hasta dejarlo sordo, y la madre… ¿cómo decirle?
Es una rata que secunda las acciones del viejo, se esconde en su ratonera
cuando lo ve violento, y sale para hacerse su protectora cuando lo acusan.
Entre esos dos se crio Juan. Tiene un alma de cristal que transparenta todo,
pero es un cristal que no se rompe…
-Hay vidrios templados, Lidia, que años y
años se exponen a todo, y un día estallan…
Esa noche cenamos las tres. Lidia era como
el ama de casa que iba de la mesada a la mesa trayendo los platos. María en su
silla de ruedas en su papel de bruja vieja. Yo en silencio, llevando mi tenedor
a la boca con tallarines teñidos de una salsa insípida con carne. Los perros
ladraban, esperando su turno.
-Ahora-dijo María, dejando los cubiertos
sobre el plato vacío. Lidia se levantó y salió a alimentar a los animales.
- ¿Qué les dan? -pregunté.
La
vieja apoyó los codos en la silla, mientras se escarbaba los dientes con un
palillo. ¿Cuántas mujeres había en esa casa? Una multitud que aún me faltaba
conocer.
-Su propia bosta-me contestó.
No sabía si dejarme llevar por la risa.
Como lo notó, dijo:
-No es broma. La bosta seca y los huesos de
los que se mueren.
- ¿Me lo dice en serio?
- ¿Qué? ¿Va a denunciarme como las
vecinas? Ya lo hicieron y no les sirvió de nada. ¿Usted cree que con lo que
gano con la bola podemos mantenernos? ¿Qué cree que comió, querida?
Mis ojos se llenaron de lágrimas que no
quise liberar. Me tragué la bronca y la humillación. Me levanté e hice todo el
ruido que pude con las muletas en todo el camino hacia mi habitación. El
pasillo y la escalera se convirtieron en cavidades de trueno. Competiría con la
casa en escándalo e ignominia, no me amedrentaba la pelea. La vieja debía estar
contenta, probablemente, ya me había atenazado lo suficiente para sacar lo peor
de mí. La chica, afuera, arrojaba a los perros los restos de los muertos, y así
aprendía a ser mujer en esa casa, donde las brujas eran legión.
3
Mi segunda mañana en la casa
desperté tarde. Creí escuchar varias veces golpes en la puerta, pero entre
sueños, no les hice caso. Había dormido mal por la bronca de la noche anterior.
Fui al baño, sin cerrar la puerta y en cuanto me levanté del inodoro vi a
Lidia, apoyada en el marco y con los brazos cruzados. No sé si la describí
antes. Era delgada pero esmirriada, de cara flaca y sin embargo era bella por
sus rasgos definidos y esos pómulos marcados que tan preciados son en las
modelos de alta costura. El cabello era largo, hasta por debajo de los hombros,
y siempre suelto, de color castaño claro y leves rizos naturales en las puntas.
Los ojos verdes me miraban con encono.
- ¿Va a bajar a desayunar?
Me pregunté a qué venía ese tono, y aún la
falta de intimidad, pero en ella había nada más que molestia por las veces que
debió subir a avisarme, como si simplemente le hubiese ocasionado trabajo
extra.
-Ya
voy-dije, y me paré frente al espejo, lavándome la cara y peinándome. Ella me
seguía mirando, esperando. Y me di cuenta de que esa era su forma hostil,
porque no conocía otra, quizá, de querer hablar.
-Decime un poco, ¿vos no trabajás, no
estudiás?
- ¿No le parece que trabajo?
-Ya sabés a qué me refiero, a ganar tu
propio sustento. ¿Terminaste el secundario?
Se encogió de hombros y escondió la cara
con el pelo.
-Me fui a Buenos Aires hace unos años. Ya
sabe, para apartarme de mamá.
- ¿Y qué hiciste?
-Limpie casas, bares, me metieron de prostituta,
pero a los hombres no les gustaba, parecía muy chica, y les daba miedo la
policía que hacía allanamientos de vez en cuando.
-Tuviste suerte-dije. Me lavé los dientes
y la agarré de una mano para sentarnos en la cama. - ¿Y por qué volviste?
-Por Juan. Él me buscó por toda la ciudad
cuando hubo todo ese lío de la anulación del matrimonio. Yo odiaba a mamá, no
quería ser como ella, pero…
-Entonces volviste y te dedicaste a
cuidarla.
-No tengo alternativas.
- Y con Juan, ¿qué?
-Nada, supongo. Pasamos tiempo juntos. A él
le hace bien venir a verme, aunque me duele darle ilusiones. Con mamá ningún
hombre está bien, los odia a todos porque ninguno es como mi padre. Cuando
viene a la ciudad tiene que quedarse en su casa porque si no sus padres se
enojan, y viene a acá a escondidas, aunque me imagino que ellos ya lo saben.
- ¿Y vos qué pensás del trabajo de tu mamá?
Me miró sorprendida, como si no creyera lo
que escuchaba. Y sonrió por primera vez.
-No es un trabajo, señorita. Es un don
maravilloso. ¿Usted no cree en eso?
-Me cuesta reconocerlo, mi madre era una escéptica
completa, y mi padre un católico.
-Entonces mi madre la convencerá.
-Vos la admirás, me parece.
-Es lo único bueno de ella, lo que la hace
especial. No es buena mujer, no es buena madre, todo eso lo sé. Pero es una
profetiza…Y lo malo es que la gente del barrio la odia porque no quiere
escuchar lo que quiere saber. Y mi madre no quiere decir lo que no le preguntan
para que ellos no se asusten y la dejen. Sin embargo, tiene tantas cosas que
decir, como cuando murió papá…
-Ya me contó, pero ahora ya todos la
conocen, y halló un medio de vida para eso.
- ¡Bah! Por lo que cobra…
Bajamos a desayunar. La mesa estaba
intacta, el café con leche frío y las tostadas quemadas. Las raspamos con el
cuchillo y la untamos de mermelada. María estaba en su sala de consulta,
leyendo, me dijo Lidia. Me ayudó con la insulina como una enfermera
profesional.
-Por fin se levanta-dijo María, entrando a
la cocina con el mismo aspecto rejuvenecido de la mañana anterior. - Lidia,
encárgate de la planta alta, después limpiá el patio de los perros.
Nos fuimos a la sala.
- ¿No es mucha tarea para ella sola?
- ¿Y cómo quiere que paguemos una
sirvienta? ¿O lo dice por mí? Yo hice lo mismo a su edad y después, hasta que
conocí a Pablo. Él me prometió vivir como una reina, y me lo mataron.
-Se aferra a ficciones que no le dan de
comer, María.
-Las ficciones, como las llama, alimentan
el alma, y es ella la que sostiene el esqueleto y la carne. En fin, como sea,
no nos morimos de hambre…
-Ya lo sé-dije, pensando en los perros.
-Siempre están los que quieren saber sobre
la muerte, pero no tanto sobre la propia, sino sobre la de los demás. Son los
que más pagan, y eso da para vivir…
- ¿Cómo se enteró que fue Rinaldi el que
delató a su marido?
María se acomodó en su silla, apoyó las
manos en las rodillas y suspiró.
-Eso fue mucho después del tiroteo, cuando
los chicos se casaron…Qué barbaridad, que estupidez, se pensaban que ese
matrimonio iba a valer, aunque lo hubieran consumado, cosa que ya habían hecho
antes de casarse, por supuesto. Eran unos adolescentes pavotes que querían independizarse
de los padres. Con Juan Rinaldi lo entiendo, el padre es un borracho violento y
la madre una bruja, de las malas, por supuesto. Pero no podía creerlo de mi
Lidia, a la que dediqué mi vida después de la muerte del padre.
-A lo mejor le dedicó demasiado tiempo a su
culpa-dije.
Las bocinas del mediodía y los gritos de
los chicos que salían o entraban a las escuelas de los alrededores eran un
marco inadecuado para la conversación, lo mismo que la luz intensa que llegaba
del ventanal principal, sin cortinas, como en toda la casa.
-No le viene mal a un periodista una
amplia cultura en psicología, me agrada eso-contestó. -Conozco mis defectos,
pero sobre todo mis errores, y nunca encontré nada para solucionar el pasado.
El futuro, Cecilia, puede ser atroz, pero su belleza está en que aún no ha
llegado.
La luz se había hecho tornasolada y
resplandeciente a pleno mediodía. Tal vez sería el reflejo plateado en los
paragolpes de los autos o los camiones, pero la casa había perdido el aspecto
lúgubre. María supo que pensaba en eso al verme levantar la cabeza y dirigir la
mirada hacia la ventana y el techo. No había telarañas en los altos cielos
rasos y la madera del piso había hecho silencio.
-Es
el único momento del día en que la casa no habla, como si hiciera un minuto de
silencio por Pablo. Para mí es un martirio, porque me recuerda lo que pude
haber evitado, pero la luz es espléndida, y a veces él me visita, o más bien
escucho su voz como antes escuchaba los tiros que lo mataron.
-Hábleme de los socios y del dinero. -Preparé
mi libreta de notas sobre la falda. La pierna enferma hervía de dolor, pero no me
importaba. Con la insulina, había mezclado un poco de aquel elixir cubano que
González me había vendido.
-Rinaldi fue el que se deschavó un día que
se le fue la mano con la borrachera. Fue hace unos años, nomás, cuando los
chicos se juntaron. Hasta ese momento yo no sabía nada de por qué la policía lo
buscó a él y no a los otros. Yo no sabía los nombres, los fui averiguando con
el tiempo, y todo se armó a las mil maravillas. Era un plan que desde el principio
salió mal, porque los socios eran unos hijos de puta, excepto Pablo, que era un
pavote. Por eso Juan les tiene tanto encono a sus viejos, no porque le importara
mi marido, sino por Lidia, por supuesto.
-Me dijeron que la causa de su sordera
fueron unos golpes…
-Sí, además de eso, claro, ya me había
olvidado. Pero no me da lástima eso, ¿sabe? Los sordos, como los ciegos, tienen
una capacidad exquisita para percibir otras cosas. Su vida interior es mucho
más rica.
- ¿Entonces por qué no quiere que vuelva
con Lidia?
-Porque hay cosas que no se perdonan. Llámelo
vendetta, por mis ancestros italianos, o como le guste. Pero Juan es demasiado
oscuro para mi Lidia. Las oscuridades no se mezclan, no sé si me entiende,
Cecilia. La luz y la sombra son el par necesario para la vida y la muerte. La
oscuridad completa es estéril, y ni siquiera engendra la muerte necesaria.
Me
quedé pensando. No entendía nada, claro, y ella lo sabía. Pero también estaba
al tanto de que no había nada que entender, sino percibir. Toda esa casa era un
ente de percepción, y ahora entendía el porqué de la fidelidad de María Cortez
a esa casona. Ambas eran una.
-Rinaldi estaba tan enfurecido por que su
hijo se había juntado con una familia de putas locas, como nos llamaba, que se
le fue la lengua. Se jactó de haber mandado matar a Pablo, lo que no le costó
mucho porque los canas también estaban al tanto de todo. Le había dicho que se
viniera a La Plata, que acá lo protegería hasta que supiera el paradero de
Méndez.
- ¿Y quién era ese?
-Bruno Méndez era el tercer socio del robo
que tenía una concesionaria de autos y trabajaba a veces con los de la
financiera y sabía de los fraudes. Todos lo consideraban un buen tipo,
tranquilo, inteligente, bien vestido siempre y con mucha facha. Era casado y con hijos, pero todos le
conocían romances, el más famoso de los cuales fue con una maestrita o una
profesora, qué sé yo. La cuestión es que la mayoría le tenía lástima, sobre
todo las mujeres. Es que cuando era joven se le cayó un motor encima y tuvieron
que amputarle una pierna. Usted ya sabe cómo son esas cosas. En fin, Méndez se
quedó con todo el dinero, o por lo menos con la mayoría, lo escondió y
desapareció por mucho tiempo.
- ¿Cuánto
robaron?
-Dieciséis millones de pesos ¿puede
creerlo? Era mucha, mucha plata. Así que Rinaldi fue a buscar a Méndez, pero
como sabía que era muy probable que no lo encontrara, por si acaso se deshizo
de Pablo. Porque la mitad de un poco siempre es algo, ¿no es cierto? Unos meses
después de todo eso, ya no me acuerdo, pero creo que fue el mismo año,
encontraron muerto a Méndez
en su taller. Tenía la cabeza destrozada por una llave inglesa grande y pesada. La policía investigó, pero todo muy superficial, claro. Oficialmente se
habló de un robo o de alguna venganza de negocios porque se sabía que Méndez
estaba metido con los desarmaderos y todo eso. Más adelante, sucedió algo que
muchos relacionaron con la muerte de Méndez. A la maestra que le dije antes, la
que se sabía era su amante, la atropelló un auto. Fueron unos chicos, hijos de
Marcelo Benítez, dueño de varias papeleras, un tipo de mucha plata pero que
desde hacía un tiempo había tenido que cerrar un par a causa de la economía
durante el gobierno de Illia. Uno de sus depósitos se incendió, y se habló de
que fue intencional. El seguro se lo negó, parece, y ya se hablaba de que iba a
quebrar. Entonces todos relacionaron eso con el robo de la financiera. Además,
los militares estaban haciendo presión, y pronto apareció Onganía.
-Espere un poco, María. Vamos por parte.
Me estaba hablando de la maestra…
-Ah, sí. Los chicos eran unos malcriados,
y se decía que la atropellaron por la señorita Inés los había hecho repetir
todo un año del bachillerato. Terminaron rompiéndole una pierna y estuvo más de
una semana en el hospital. Pero resulta que un día se murió.
- ¿Por las heridas?
-Dijeron que sí, pero las que fueron a
visitarla dijeron que estaba bien, menos por la pierna rota. Los periodistas,
que siempre especulan mucho pero que nunca terminar por definir nada, convirtieron
la muerte de la maestra en una escena macabra. Dicen que la oyeron gritar y
manotear en el aire en la oscuridad de la habitación de la clínica como si se
defendiera de un fantasma, y que la oyeron confesar y pedir perdón a ese tal
fantasma. ¿Había matado a Bruno Méndez? Así decían, por despecho. Méndez tenía
familia, y ella lo sabía, por supuesto, pero quién sabe qué historias se habían
formado en su cabeza. ¿Le prometió divorciarse? No creo. ¿La engaño con otras amantes?
Puede ser. Después vinieron las versiones más realistas, pero nunca
comprobadas. La versión más creíble era que ella lo había matado, y que después
alguien la mató a ella.
- ¿Y por qué, si era una simple maestra?
-Precisamente por eso, Cecilia. Benítez,
que veía cómo poco a poco todo su imperio papelero, las vacaciones en Europa,
los autos, las casas en la costa y todo lo que tenía iba desapareciendo, no
podía dejar que una simple maestra de escuela le hubiese hecho perder dieciséis
millones de pesos. Porque cuando ella mató a Méndez, tiró a la basura la más
mínima posibilidad de saber dónde Bruno había escondido el dinero. Imagínese,
Benítez debía haber contado con quedarse más del cincuenta por ciento, porque al
no estar Pablo y después de deshacerse de Méndez, claro, él podría manejar como
quería a Rinaldi, que es violento pero una bestia para pensar.
-Pero todas son conjeturas, ¿no?
-Claro, pero la mayoría de las verdades lo
son. Usted, querida, debería saberlo. La verdad no es una sola. Y cuando
tenemos la ilusión de encontrar la versión más verosímil, vemos que está construida
con una inmensidad de pistas que en su mayoría no pueden comprobarse,
suposiciones acaso ellas mismas. Y con esas piezas tranquilamente pueden
ensamblarse diversas formas, todas posibles, y por eso, desconcertantes.
La verdad es más desconcertante que la
fantasía, sin duda. La imaginación usa los elementos que la realidad le otorga
y siempre es resultado de una deliberación poética: el creador que se pone a
pensar es un obrero. ¿Pero quién construye la realidad, dónde está el creador
que ensambla los elementos, múltiples, desconocidos e inmensamente falaces en
su determinación? ¿Cómo encontrar la punta del ovillo si los hilos que lo
conforman son incontables?
Esa tarde, o las que la siguieron, fueron
una especie de tranquilo paseo por las calles de La Plata. Comencé dando
vueltas a la manzana, conociendo el barrio. Una panadería antigua con el típico
nombre de “La Colonial”, un bar viejo o bodegón donde un hombre con delantal
gris esperaba a sus parroquianos habituales, obreros, oficinistas, esposas que
aguardaban a sus maridos a la salida de las fábricas. Los chicos salían la
escuela a media tarde, y las maestras pasaban hablando y protestando, pero con
agobiadas sonrisas de descontento pintadas en el cuerpo, sus manos trabajadas
con libros y acuarelas, los tobillos hinchados en zapatos de tacón bajo. Los
chicos me miraban con curiosidad por las muletas, algunos se reían.
Esa tarde vino Juan, y como le comenté
como me cansaba ir más lejos, se ofreció a llevarme en el auto a dar unas
vueltas. Íbamos callados, pero yo preguntaba a veces por un sitio u otro. Una
farmacia abría sus puertas de metal, altas y adornadas con orfebrería de bronce
opaco. Un tal Valverde era el dueño, me dijo, dando un chasquido de desprecio.
Pasamos delante de un hotel chico, de fachada angosta y de no más de tres
pisos. Hotel Ansaldi, mencionó, como de pasada, casi escupiendo el nombre. No
tenía muy buena opinión del vecindario, evidentemente, y le pregunté.
-Qué quiere que le explique, acá son
todos como en todas partes. En cuatro manzanas puede encontrar un muestrario
del mundo. ¿Volvemos?
Miré mi reloj, eran las seis de la tarde.
Faltaban dos o tres horas para que María terminara sus consultas.
-Si no está ansioso por volver con Lidia,
me gustaría charlar con usted.
Me echó una rápida ojeada y volvió su vista
a la calle empedrada de adoquines. El Fiat en el que íbamos era del padre, me
había dicho. Por un momento lo vi preocupado, pero dio un fugaz respingo y un chasquido
de lengua con los cuales enviaba todo al diablo, y dijo:
-Vamos a lo de Santos, es lo más cerca por
si…
-Está bien, no se preocupe, si no quiere…
-No
es que no quiera, sino lo que tengo que hacer.
Esas horas de la tarde, esos días que
pasaba en la ciudad, eran robadas a su familia. Él era un miembro inútil por lo
rígido de toda la estructura familiar. Daba la impresión de una pieza rota, y
no de aquellas retiradas de un engranaje o de una estructura ensamblada, que al
ser retirada puede afectar el funcionamiento del todo. Esa era su frustración,
me parece, o su irresoluble conflicto: ser un pedazo de cemento que no tiene
más importancia en la estructura de la que forma parte que cualquier otra pieza.
Pero fuera de ella, tampoco era nada, simplemente un pedazo de cemento que se desmenuzaría
lentamente con el tiempo: los chicos que patearían el cascote, los indiferentes
golpes de los peatones o la acción de la lluvia. Esas horas robadas junto a
Lidia, y presumo que durante su trabajo en Buenos Aires o las provincias, le
daban la ilusión del perpetum movile, que sin embargo se iría deteniendo
hasta que el cascote que llevaba en su pecho no fuese más que polvo disperso en
el aire.
- ¡Rinaldi, tanto tiempo que no lo vemos
por acá!
En el barrio no solían tutearse, parece,
por más que se conocieran desde que eran chicos. Se abrazaron un rato como
quienes no se ven en años.
- ¡Juana, vení! Mirá quién está acá.
Una mujer pelirroja apareció de entre las
mesas y las sillas y llegó a la vereda. Abrazó a Juan, pero no llegó a hacerlo
del todo porque la panza de un embarazo de ocho o nueve meses se lo impedía.
- ¡Pero qué sorpresa!
- ¿Vio? -dijo el hombre, estrujando el
repasador seco con ansiedad-. Se hace lo que se puede.
- ¿Ya tienen decidido en nombre?
-Juana.
- ¿Y si es varón?
-No lo va a hacer, ya nos dijeron-contestó
la mujer.
- ¿Quién?
- ¿Y quién va a hacer? ¡Me extraña, Juan!
Entramos y nos sentamos a una mesa junto a
la vidriera. El sol entibiaba y daba de lleno sobre la mesa con un mantel de
hule floreado. Había gente que nos miraba y saludaban a Juan.
-Espero no comprometerlo-dije.
-No se preocupe, acá estamos todos
clasificados desde hace mucho, cada uno entra en un casillero del que no sale
más. Yo, por ejemplo, soy el eterno novio de Lidia, sea lo que sea lo que nos
pase. Mire a ese tipo de allá, ¿lo ve?
-Intenté mirar el rincón del fondo, junto
a la puerta del baño. Era joven, con la cabeza apoyada sobre un puño, acodado
en la mesa. Con el otro codo empujaba un vaso vacío y lo hacía chocar con otro
que Santos le traía lleno.
- ¿Qué hace? -pregunté, ¿Brinda consigo
mismo?
-Al contrario, lo que hace es intentar
explicarse las leyes de la mecánica, que le fallaron hace un tiempo. Mató a su
hijo, chiquito. Fue un accidente, por supuesto. ¿Pero usted piensa que se lo
perdona? Así como él, esto es un zoológico.
- ¿Y usted qué es?
- ¿Eso quería preguntarme?
-En realidad, quería preguntarle si
realmente cree que María tiene alguna capacidad sobrenatural.
- ¿Y qué importa lo que yo crea? ¿No ve
que todos lo creen? Si Santos, un ex milico, fue a preguntarle por el embarazo
de su mujer, no hay perro que no lo crea.
-Hablando de perros…-dije, y de pronto las
manos velludas de Santos apoyaban las tazas de café con leche y el plato con
medialunas. Debió escucharme, porque dijo: -A los perros a veces hay que
matarlos, se reproducen como conejos y toman las calles.
Cuando se fue, Juan se rio.
-Un obsesivo…
Revolví mi café con leche, y me permití
una media luna. Miré la calle, el tráfico que había crecido y de pronto se lentificaba
y se iba haciendo cada vez más esporádico. Las agujas del reloj de pared con la
propaganda de Cinzano marcaban casi las siete de la tarde.
-Necesito saber una cosa, Juan. Por favor,
no lo tome a mal, o tómelo así, si quiere, no lo puedo evitar. Vine como
periodista, al final de cuentas.
-Pregunte nomás. Ya sé que no vino para
hacer una nota sobre la bruja de la calle 47 en la ciudad de las diagonales.
-Precisamente, pero no puedo dar nada por
sentado con el relato de María. Todo encaja demasiado, como inventado. ¿Usted
puede confirmarme algo de la participación de su padre en el robo?
- ¡Qué sangre fría tiene usted! Me pide
que delate a mi viejo porque sabe que lo odio. Se habrá dado cuenta con solo
mirarnos ese día en el auto cuando la trajimos.
-Está bien, no le pido disculpas. A mí
también me pasan cosas, y todo esto me ha hecho olvidar un poco las miserias
que me asedian.
Me miró frunciendo las cejas, buscando
sinceridad en mi cara, ya que mis palabras sonaban construidas. ¿Era así?
-Las mujeres-dijo, suspirando fuerte.
Golpeó los puños contra la mesa, el mantel no llegó a arrugarse, estaba viejo y
duro. -Un whisky, patrón-gritó hacia el mostrador.
Esperé a que se lo trajeran. Bebió dos
sorbos seguidos, apoyó el vaso, y metió su mirada en mis ojos. Me aborrecía. No
era desprecio, sino el más determinante odio que vi en mi vida. Yo no era más
que un objetivo al cual dirigirlo, pero su odio ya estaba construido, ya había
sido engendrado en su cuerpo como la criatura que estaba creciendo el vientre
de la mujer de Santos. Pero el odio de Juan Rinaldi no era una criatura sino un
ser maduro, potente y calculador, porque aún no se había desatado.
-Las mujeres, ¿qué? -pregunté,
desafiándolo. A riesgo de una palpable violencia, me sentía más viva que desde
hacía mucho tiempo.
-Lastiman, como mi vieja. O mienten, como
Lidia. Mi padre es un perro rabioso, pero no esconde sus dientes.
- ¿Y en qué le miente Lidia, se puede
saber?
-Su amor está detrás de una lápida, y cada
vez que vengo la visito. Esa casa es un cementerio, ¿no se dio cuenta todavía,
Cecilia? ¿Qué cree que son los ruidos? ¿Ratones? Esa casa sabe todo, es como un
universo encerrado, es como si Dios la hubiese elegido para depositar sus
restos.
Terminó el vaso, pidió otro. La luz
decrecía y se encendieron las luces de la esquina y de algunos negocios. Una
barbería, a media cuadra, dejaba entrar hombres y chicos que gritaban por un
club de fútbol. Una ráfaga de viento fresco entró por la puerta.
- ¿Volvemos? -dije.
- ¿Qué? ¿Ya se asustó? ¿Me tiene miedo?
No se haga malasangre, soy un tipejo inofensivo, ladro, pero no muerdo, no
tengo colmillos suficientes, eso se lo dejo a mi viejo.
Había respondido a mi pregunta,
finalmente.
No lo esperé. Me fui sola a caminar las
pocas cuadras, seguida por un par de perros que pronto me abandonaron cuando
los ruidos de la casa se fueron haciendo más fuertes.
4
Los días que siguieron no me
dieron ninguna información nueva. María Cortéz me saludaba en las mañanas y
luego se iba a hacer compras o se metía en su sala de consultas. De los
protagonistas de la historia, no quedaban más que Rinaldi y los hijos de
Benítez. Del primero, por supuesto no podía esperar nada, y a los segundos no
los conocía. Lidia me dijo que eran gemelos, uno tenía un hijo muy chico y
vivía en la vieja casa de los padres en una de las calles alejadas del centro.
El otro era soltero, mujeriego y malhumorado, y manejaba un Torino. Pero
ninguno me hablaría del padre, que había muerto hacía unos años, después que
una apoplejía lo postrara en cama mucho tiempo.
Me
puse a ordenar las notas y hacer un esbozo del artículo. Imaginé escribir algo
interesante, bien redactado y que no ofendiera a nadie. Pero únicamente me
salía un panfleto sociopolítico sobre la corrupción de los funcionarios
públicos dentro de un entramado policial y psicológico que no preocuparía a
ninguno de los interesados, pero que incomodaría al diario y a las buenas
costumbres de sus lectores. De todos modos, lo escribí, y era muy parecido a
una crónica o aguafuerte arltiana. Lo pasé en limpio en la máquina de escribir.
A las tres de la mañana puse el punto final a las cinco carillas y puse todas
en un sobre que al día siguiente llevaría a Buenos Aires. Leandro tal vez
considerara publicarlo en “El Conciliábulo”, una especie de magazine cultural independiente
que no descartaba ensayos sobre política, economía y sociedad entre textos
puramente literarios. Abarcaba demasiado, y aunque no se lo dijera por
teléfono, él sabía que el proyecto había nacido para una vida intensa pero
probablemente muy corta.
Ya era tiempo de irme, me dije el sábado
al mediodía. Pedí a Lida el teléfono de la terminal para saber el horario de trenes.
Cuando colgué el tubo del teléfono que estaba en la mesita junto a la escalera,
María Cortéz apareció a mi lado sin haberla escuchado acercarse.
- ¿Alguna noticia?
Se refería al cheque, por supuesto.
Leandro le había prometido que el diario pagaría bien, pero ahora que había
cambiado el destino del artículo, no sabía cómo arreglaría tal embrollo.
-Tiene que hablar con el señor Mallea, yo
no estoy a cargo del asunto económico.
-El señor Mallea acomoda los
acontecimientos a su gusto. Promete, no cumple, y nosotros somos los que
sufrimos las consecuencias de sus veleidosas ambiciones de intelectual
frustrado.
Estaba parada con su aspecto de las
mañanas, madura y sin embargo atractiva con un vestido blanco y el pelo
recogido en un rodete. La piel cetrina parecía estar tostada por el sol, aunque
la había visto salir muy poco, a una cuadra a lo más, o al patio de los perros.
-A veces prefiero la jactancia de los
Benítez, que, creyéndose más, son iguales a nosotras.
-En serio lo lamento, María, sé que contaba
con ese dinero para salvar la casa.
Entonces subió la escalera y la escuché
recorrer el pasillo dos o tres veces, y me resultó extraño ese titubeo. Fui a
la cocina y le dije a Lida que me iría esa tarde, y si Juan vendría para
llevarme a la estación. Dejó la olla en la hornalla, se limpió las manos con el
repasador y me dijo:
-No sé, señorita. Ayer a la noche se peleó
con el padre…
De pronto, giró la cabeza en dirección a
la calle. Escuchaba algo repentino, probablemente, pero yo no percibía más que
los sonidos habituales del mediodía. Cuando iba a decirme algo más, otra vez se
interrumpió y casi corrió saliendo de la cocina, atravesó el pasillo hacia la
sala y se asomó por la ventana abierta. La seguí, despacio.
- ¿Qué pasa, Lidia?
- ¿No escuchó el auto?
- ¿Cuál? Pasan muchos…
-El motor del Torino de Benítez, las
frenadas y los giros al doblar las esquinas. Siempre lo hace los sábados en la
noche, cuando se va de farra, y los domingos cuando va a la cancha con el
hermano.
-Pero es temprano…
-Por eso me pareció raro…a menos que…
Ya me veía venir esa pantomima.
-Así que lo escuchó, ¿y eso qué quiere
decir?
-A lo mejor nada, pero Jorge Benítez no es
de pasar por este barrio y menos a esta hora del mediodía.
-Entonces no pasó…
-No, señorita, seguro que no va a pasar
sino hasta muy entrada la noche, probablemente-dijo, condescendiendo como
hablando con una idiota.
Subí a mi habitación a terminar de armar mi
bolso. Pediría un taxi para ir a la estación. Me dolía la cabeza y revolví todo
en busca de caja de remedios. No estaba, ni tampoco la caja de ampollas de
insulina. Busqué una y otra vez, estaba segura de que jamás la había sacado del
bolsillo izquierdo del bolso. Revisé el
armario y el cajón de la mesita de luz, luego el piso bajo la cama y en los
rincones. Tampoco estaba en el baño. Pensé en los pasos inciertos de María
Cortéz en el pasillo media hora antes. No podía ser cierto lo que pensaba. Y si
fuera así, ¿cuál era el motivo? Qué idea tan absurda e infantil se le había ocurrido
si fuese cierta. Me enfureció tanto que salí al pasillo y golpeé la puerta de
su habitación, pero entonces escuché el motor de un auto yendo y viniendo por
la calle justo frente a la casa, a toda velocidad, con el ruido de las frenadas
en el adoquinado, y la aceleración y desaceleración bruscas de un motor de alta
cilindrada. Era pleno día, con un sol espléndido que entraba por las ventanas
abiertas porque era día de limpieza.
Fui
a la ventana del pasillo que daba a un costado de la casa. No había autos, y
sólo pasó un colectivo. Pero yo escuchaba los rugidos del motor, como si
estuviese enfurecido. Bajé a la cocina.
- ¿Dónde está tu mamá?
-En su sala de consulta.
-Ya pasé y no está.
-Entonces en la puerta, mire…
María Cortéz estaba en el umbral de la
puerta de calle, apoyada en el marco, con los brazos cruzados, moviendo la
cabeza de un lado a otro, como si viera un partido de tenis. Yo sé lo que veía, lo mismo que yo escuchaba.
Un auto que recorría la calle, como si vigilara. Pero no lo hacía, estaba
asechando sin esconderse. ¿Dónde estaba el auto bajo el sol de la tarde que
empezaba con su soñolencia de siesta de provincia?
-Nos vigilan, Cecilia. Tendrá que
quedarse-me dijo al darse vuelta y cerrar la puerta. La luz se escapó de la
casa, y supe entonces que había finalizado el plazo para negociar y comenzado
el tiempo del requiebro.
Se levantó tormenta, pero sólo fue un
viento que fue formándose con ráfagas intensas y breves al principio, que
sacudían los postigos y golpeaban las puertas al atravesar los pasillos porque
aún no habían sido cerradas las ventanas. Lidia recorrió cada habitación y las
fue cerrando, y a medida que el viento era rechazado, la casa se estremecía con
quejidos de angustia. Eso fue lo que escuché, gritos y sacudir de alas. Algo
había pasado mucho tiempo antes, cuando la casona se estaba construyendo, y los
vientos habían tenido que ver en todo aquello. Alas y vientos estaban enlazados
por íntima necesidad, pero por sobre todo eso sobrevivía una simbología que los
obligaba a persistir en la forma de una tragedia. Un chico, me habían dicho en el
barrio una de esas tardes, había sido aplastado por el derrumbe de una pared,
el hijo del dueño del almacén de la esquina, tapiado desde entonces como una
tumba.
Yo me sentía en una tragedia de Esquilo,
expuesta a una Casandra furiosa.
Cuando María Cortéz cerró la puerta de
calle al ruido del motor del Torino, yo seguía junto a la mesita del teléfono.
Estaba atrapada, lo sabía muy bien, amedrentada por la sinrazón y el capricho
de esa bruja que estaba exponiendo su verdadero rostro a medida que se acercaba
la noche. La luz del exterior sucumbió con las nubes que los vientos habían
traído, construyendo un cielo acorde a la escenografía de la penumbra y los
malos augurios. La casa se oscureció, nadie encendió las luces. Lidia había
terminado de a cerrar todas las ventanas, y cuando la casa pudo emitir sus
ruidos característicos, María Cortéz se me acercó, sonriendo con cinismo en una
tan extraña mueca que nunca pensé que alguien fuese capaz de formar con los
músculos de su cara. Como si tales músculos estuviesen conformados sobre una
constitución diferente del cráneo. Recordé fugazmente algo leído alguna vez: las
cisuras del cráneo se cierran en la infancia, pero algunos adultos tienen la
capacidad de expandir, o quizá de abrirlo, como si necesitaran expulsar o
recibir los elementos del cielo, las brumas de las nubes y los gritos de la
tierra.
Levanté el tubo del teléfono.
- ¿A quién va a llamar, Cecilia? -me
preguntó- ¿A la policía? A estas alturas ya debería haber aprendido. Pero usted
se esmera en reprimir lo que la asemeja a nosotras, y eso no es bueno.
Tenía razón, nunca reconocería aquello
que debió enquistarse para permanecer como un cáncer, y luego estallar en las
habitaciones donde el suicido vive empotrado.
Me agarró de un brazo, con firmeza, pero
sin violencia. Su mano era casi una muleta para mi cuerpo, así que quedaron en
el suelo. Me llevó a la cocina, oscurecida por las sombras inquietas de los
árboles del patio. No encendió las luces. Luego vino Lidia, salió a alimentar a
los perros, pero tardó menos de lo acostumbrado. Los animales recomenzaron sus
ladridos cuando entró, se limpió las manos con el repasador, miró alrededor tal
vez pensando en si quedaba algún quehacer, y luego se sentó a la mesa con
nosotras. Las tres nos quedamos ahí, esperando, porque eso era lo único que yo
sabía. La vida de esas mujeres era la continua espera por lo acontecimientos
que sabían que vendrían. Cuando no se sabe lo que será de nuestra vida, cuando
el futuro es tan certero como un enigma, el presente es lo único que nos queda,
y el pasado una pesadilla que, cumpliendo el papel de lo esotérico, nos
consuela de la mediocridad, único nombre que podemos darle al presente: esa
cosa que no existe, ese engaño de la mente, oasis sucio en el que nadamos hacia
orillas que se alejan.
Yo
lloraba, pero, aunque trataba de ocultar mis tontos gemidos, mi cara se
convirtió en un estropajo donde el pelo caído sobre mi cara se embadurnaba de
lágrimas. Me miraban sin decir nada. Pasaron horas, tal vez dos, y el tiempo y
el silencio me resignaron. Sólo los perros me acompañaron realmente, y por
instantes creí entender palabras en sus variables formas de congoja, porque eso
eran los ladridos y los aullidos que emitían a esa noche ventosa y sin lluvia,
extraña noche de la pampa bonaerense que parecía renacer de vez en cuando para
recuperar el terreno perdido ante la construcción de la ciudad.
Miré el reloj de pared sobre la pileta de
la cocina. Eran las diez de la noche. Habían seguido escuchándose los rugidos
del auto en la calle, mezclados con muchos otros, lo que era de esperarse un
sábado a la noche, así que intenté racionalizar todos esos indicios que
ameritaban volverme loca. No podía salir corriendo, y no tenía sentido hablar
ni pedir nada, sólo aguardar la concreción de los planes de María Cortéz.
Sonó el timbre. Las tres caras giraron
hacia la puerta. Lidia se levantó. La escuché abrir la puerta, cerrarla, y luego
el taconeo suave de sus zapatos acompañado de pisadas fuertes. En la puerta de
la cocina estaba ella tomada de un brazo de Juan. Él olía a colonia barata y
tenía el pelo engominado en una raya al costado. De pronto, lo noté viejo y
vencido, vestido, como no acostumbraba, con un traje de oficinista solitario
que sale un sábado a la noche al putero al que entra a escondidas. Entonces me
di cuenta de los planes para esa noche, y lo que dijo María después no necesitaba
escucharlo. Ellos se fueron cuando ella hizo un gesto de desprecio y
resignación, enarcando las cejas y deformando sus labios en una expresión tan
plástica que me hizo preguntarme si su rostro tenía huesos.
-Conciliaremos la opinión que tiene la tradición
popular del barrio sobre nosotras, con la realidad. Si somos putas, esto será
un putero.
Se levantó y revolviendo en una alacena en
la oscuridad, sacó una botella que puso sobre la mesa. Trajo dos vasos y los
llenó hasta la mitad. El olor del alcohol dulce recorrió la cocina, donde le
viento había sido apresado y atado. Yo me solidaricé con el viento, mis cadenas
eran la invalidez y la enfermedad.
-Tome un poco, Cecilia, es licor que hago
yo misma, de una vieja receta de mi abuela. Ella se murió cuando yo era muy
chica. Mis padres no entendían cómo yo podía recordar tanto sobre ella. Si les
hubiera dicho todo lo que sabía, la historia completa de mi abuela, que ellos
no habían escuchado ni remotamente. Era la madre de mi padre. Era italiana, de
Sicilia, pura cepa sureña, obstinada y malvada. Vivió en Buenos Aires un
tiempo, y no la vi morirse, sólo me dijeron que se había ido para siempre. La
última vez que la vi estaba en cama, con su cuerpo flaco pero firme como un
tronco, de piel cetrina y cabello trigueño lleno de canas. Su cabello me
fascinaba por los extraños giros del dorado, desde el opaco hasta el brillante,
y las manchas blancas que eran como sombras luminosas en una pintura. No
recuerdo las palabras con que me explicó todo lo que sabía, sólo la sustancia.
Esa herencia que me destruyó la vida que intenté formar cuando conocí a Pablo.
Esa herencia de la que no puedo renegar sin perder la esencia de lo que soy.
- ¿Y qué es?
-Soy una puta bruja, si le gusta llamarme
así, porque eso es lo que está pensando.
Bebí de mi vaso. Era un licor tan dulce
como un elixir. Unos segundos después, sentí que me recorría el cuerpo usando
los caminos de mis venas. ¿Era un dulce veneno? Lo habría deseado, quizá, pero
no era esa la forma en que ella actuaba. Si veneno, lo era por los estragos que
haría a mi cuerpo sin el consuelo de la insulina.
- Le gusta, ¿no? Es una maravilla lo que
sabía Marietta Sottocorno.
¿Iba a hablar sobre la abuela, sobre la
sustancia de su esencia ancestral? No hubo tiempo, y nunca más habría
necesidad. Sonó otra vez el timbre, y presentí, o más bien supe quién podía
ser. El motor ya se había detenido un rato antes, el tiempo suficiente para que
un hombre caminara media cuadra por una vereda vacía, pateara a algún perro entrometido
y se parara unos segundos ante la puerta de la casa para encender un cigarrillo.
Luego, tocó el timbre, que sonó igual que un cuerno de caza en medio de un
bosque oscuro en una noche de tormenta. La casa tenía las paredes de madera, y
los viejos árboles parecieron revivir su ignominia al ser hachados y vencidos.
Los que no fueron convertidos en ataúdes, fueron usados en la casona. Acaso, el
mismo destino.
Ella fue a abrir. Volvió con un hombre
joven, de rostro varonil, pero de expresión seca. La cara parecía cortada con
un cuchillo a medio afilar: el cabello rubio oscuro y la barba apenas crecida
que daba sensación de rispidez aún a la vista, la nariz recta, el mentón
cuadrado con cicatrices, las cejas aparentemente sedosas sobre los ojos grises.
No eran verdes, aunque alguna vez lo fueran por efecto de la luz, sino grises
como llenos de taciturna melancolía e implacable desencanto. Se quedó parado en
la puerta de la cocina, mirándome. El cigarrillo entre los labios, las manos en
los bolsillos de la campera de cuero.
-Esta es-dijo María Cortéz, dirigiendo un
par de miradas a ambos. Luego se sentó, puso las manos sobre la mesa, moviéndolas
como si contara dinero.
El hombre, que sin duda era Jorge Benítez,
sacó un fajo de billetes del bolsillo y lo dejó en la mesa.
-El resto el lunes-dijo.
Ella me miró.
-Vayan para arriba. Ya ves, querida. No
será suficiente, pero algo es algo.
Benítez se me acercó y me agarró de un
brazo. Me resistí pero no quise darle el gusto a ella de verme llorar y rogar.
Ni mi poca fuerza ni mi escasa voluntad fueron suficientes para evitar que él
me obligara a caminar como podía, sin muletas, obligándome a apoyarme en el
mismo brazo que me lastimaba. Era un dolor y un castigo que sin embargo me
hacían mantenerme de pie. Subimos la escalera lentamente, él empujándome si era
necesario, yo lentificando mis pasos para inventar palabras que lo hicieran desistir,
pero mi mente era estéril como mi cuerpo.
Llegamos a la habitación. Quién sabe si ya
no la conocía, si tal vez me había estado observando desde la vereda de
enfrente. Quizá fuese el anónimo que pasaba por la vereda, paseando después de
la cena y fumando. Me empujó a la cama, sin fuerza, sólo fue un impulso.
Mientras me miraba allí parado junto a la cama, con el cigarrillo en la boca y
sacándose la campera y la remera, debía estar pensando en lo que significaban
mis palabras, las que ahora yo lograba decir con voz entrecortada.
-No, por favor.
-Así que querías denostar el nombre de mi
viejo, ¿no?
Fue directamente hacia el bolso que estaba
en el piso. Se agachó y empezó a revolver. Le vi la espalda ancha y los hombros
moviéndose como si escarbara en la tierra. Se levantó con el manuscrito del
artículo y fue hacia la luz de la mesita al lado de la cama. Estaba tan cerca
que sentí el olor del vello claro de su pecho, y el aroma a tabaco y cerveza de
su aliento cuando dijo:
-Me contó Juan Rinaldi, ¿sabés? No voy a
dejar que embarres la memoria de mi viejo.
- ¿Y por qué le interesa a Rinaldi
defender al padre? -dije, envalentonándome, sintiendo que la bronca me ayudaba
a resistir.
Se encogió de hombros.
-Son muchos los que aman a quienes los
lastiman.
Rompió las hojas en dos, luego en cuatro, y
después en cuantos pedazos pudo. Las tiró sobre la cama, a mi lado.
-Estaban muy bien escritas-dijo, al
sentarse.
Dejó el cigarrillo sobre la mesa, sin
cenicero. Se sacó los pantalones. Acomodó su cuerpo junto al mío y empezó a
acariciarme los senos.
-Te ayudo.
La voz era baja y ronca, como si hubiese
gritado en la cancha esa misma tarde. Pero seguramente el domingo iría, hoy era
únicamente consecuencia del fresco repentino que había traído el viento desde
regiones gélidas parecidas a la muerte. Cerré los ojos, sabiendo que lo único
que estaba en mis manos evitar era que me lastimara, o que me matase. No quería
morir de esa forma, destrozada tal vez, sobre una cama ensangrentada.
Me
besó en los labios, pero no respondí. Sentí el alimento del alcohol y el
cigarrillo. Sentí algo diferente. No era el aliento doméstico de Bernardo,
poblado de salud con el que pretendía curarme.
Jorge Benítez sabía que no existen
curaciones, y que el barro se moldea con barro.
No fue una violación, ni tampoco un deseo
explícito. Simplemente sentí su cuerpo encima y dentro de mí, escuché su voz
pausada, madura y sabia. Él sabía del dolor, y lo compartía conmigo, y por eso
yo le entregué mi dolor.
A diferencia de Bernardo, él lo aceptaba.
Cuando terminó, se sentó en la cama. El
cigarrillo se había acabado, dejando una pequeña huella de ceniza en la madera.
Encendió otro, se dio vuelta para mirarme.
- ¿Querés?
Sin esperar respuesta, apoyó la punta
encendida en mi pie enfermo. Un olor a carne quemada fue lo único que sentí. Ya
no había dolor, pronto podrían amputarme aun sin anestesia, me dije. Escondí la
cara entra las manos y me largué a llorar.
Lo escuché vestirse, después las pisadas
sobre el piso. Las tablas parecían callarse en lugar de resonar y quejarse como
hacían siempre.
-Chau-dijo.
El silencio repleto de ruidos me
ensordeció. Mi cuerpo desnudo era una piltrafa sobre la cama.
No dormí, por supuesto. Estaba estancada
sobre el colchón de sábanas arrugadas y sudadas, con los pedazos del artículo
como papel confite de una fiesta que ya se había acabado porque amanecía. Era
la mañana que intentaba tomar la habitación por las ranuras de los postigos,
con paciencia, porque la casa cerraba sus ventanas como un ciego sus ojos. Fui
al baño, me metí en la vieja bañera vacía y abrí los grifos, que rechinaron y
escupieron chorros como siempre hacía la vieja plomería averiada. Me lavé, me
vestí y volví a juntar los pedazos de papel más grandes para guardarlos en el
bolso. Lo arrastré por el piso y salí al pasillo. Me sostuve de las paredes
yendo hacia la escalera, y pasé frente a la puerta de Lidia. Estaba
entreabierta y escuché voces.
Miré por la rendija. Lidia estaba en la
cama, sentada contra el respaldo, acariciando la espalda de Juan, sentado en el
piso, denudo y con las manos tapándose la cara. La pieza esta iluminada con un
resplandor curioso, mezcla de la luz artificial del velador sobre la mesita y
del sol que se había arreglado para escabullirse con éxito a los pies de la
cama.
Juan lloraba, o por lo menos era un gemido
inarticulado en el que intentaban sobresalir monosílabos sin sentido. Lidia
hablaba, como consolándolo. Juan se descubrió el rostro y llevó las manos a las
rodillas. Se dio vuelta para mirarla, y a la luz vi la expresión desesperada.
- ¿Y ahora qué voy a hacer? -dijo.
El tono era de una angustia apremiante,
como si hubiese matado a alguien.
Lidia encerró la cara de Juan con sus
manos, y con sus pulgares le secaba las lágrimas.
-No lo mataste vos-dijo.
-Pero yo lo llevé al hospital, ¿te das
cuenta? ¿Y qué va a pensar mi vieja?
El hombre que odiaba a sus padres se
sentía perdido sin ellos.
Durante
toda la mañana del domingo caminé por las veredas de La Plata, tratando de
conseguir un taxi que me llevara a la estación, pero no fueron muchas cuadras
las que pude hacer sin muletas y con el bolso. Había ramas en las veredas, los
cordones cubiertos de hojas y basura esparcida en las calles. La tormenta había
hecho estragos, y todos estaban aparentemente ocupados en barrer frente a sus
casas, mientras los perros buscaban entre los restos. Nadie me ayudó, me
miraban pasar como una indigente con la cara de enferma que tenía y mis pasos
vacilantes de borracha.
Un auto que pasaba tocó la bocina y se
detuvo.
-Buenos días, señorita. ¿Se siente bien?
Era Eduardo, el amigo de Juan. Le conté lo
que necesitaba, y se ofreció a llevarme. En el camino y después de un rato, me
dijo:
-La pasó mal, me imagino. Nadie sale sano
de esa casa.
- ¿Sabe lo del padre de Juan?
-Sí, esta mañana cuando se despidió. No se
va a quedar al funeral, no puede enfrentarse al reproche de la madre.
Llegamos a la terminal, me ayudó con el
bolso y esperó conmigo hasta la salida del tren.
El tráfico de gente en los andenes era
escaso y el servicio reducido. Tuvimos que esperar un largo rato.
-Le
agradezco mucho. Lamento interrumpir su domingo-le dije, sentados en uno de los
bancos duros de la sala de espera.
-No
es nada. Tengo todo el día para ir…
- ¿A dónde? -pregunté.
Me miró y sonrió como avergonzado.
-Una novia, no me cuente…-dije, evadiendo toda
confidencia.
Se encogió de hombros, resignado, y en él la
resignación era un acto elegido.
- ¿Qué quiere que haga? Siempre estuve
enamorado de Lidia.
Nunca publiqué el artículo. Lo reescribí
en detalle, agregando muchas reflexiones, convirtiéndolo casi en un relato. Lo
guardé en un cajón, donde se abandonan los muertos.
LOS MUERTOS DEL MALDONADO
1
Soledad vino, como todas las
tardes, a cambiarme las vendas. Es la única enfermera a la que Bernardo confía el
cuidado de la herida, hasta el día que me operen. Me dio charla para distraerme
del dolor que me provoca el cambio de gasas sobre las úlceras. Me habló de sus
cosas, de la relación con Ibáñez, constante y clandestina. Por más que Mateo ya
sea viudo, el hijo enfermo lo condena al insoportable recuerdo de la esposa
que lo abandonó -porque cuando la gente se muere ¿acaso no nos abandona? - con
ese despojo de humano que entra y sale del hospital. Pero, así como Mateo no se
dará por vencido hasta que el chico llegue a la adultez, Bernardo se pone encima
de los hombros la cruz de mi cuerpo.
Regresé del trabajo en La Plata con la
pierna ya inservible y a punto de morirse, amenazando con arrastrar el resto
del cuerpo. Fiebre y escalofríos fueron los síntomas, la angustia su
consecuencia. Me internó en el Rivadavia en espera de fecha para la cirugía. Vienen
a visitarme los amigos que quedan, unos del periódico, los otros apenas
conocidos a instancias de Bernardo. No debo quedarme sola en ningún momento,
recomendó a todos, a mis espaldas. Sé por qué lo dice. Yo hablo en sueños, tal
vez, o quizá haya leído los desprolijos manuscritos en mi escritorio. No
importa, ya son suyos, es mi pago a sus cuidados, porque el amor ya se lo devolví
muchas veces, si es que es necesario tal cosa. La ley de las compensaciones no
exceptúa a los sentimientos, me parece, mi madre me inculcó esa idea del deber
y la justicia. Bernardo no hizo más que ajustar los tornillos que sostienen esa
estructura en mi mente. Él, pobre y querido niño culposo, con el martillo de
carpintero que su padre le puso en la mano, destruye lo que intenta reparar.
Soledad siempre me sonríe cuando me lava
la herida. Yo le pregunto por el mundo de la calle. Ella sabe de política
además de medicina, sabe que el mundo está enfermo y que no tiene salvación. De
vez en cuando se masacran poblaciones enteras, así como se amputa un miembro
del cuerpo. Y el olor, Dios mío, que
viene de la pierna infectada, que nada puede ocultar. La he visto fruncir las
cejas sobre el barbijo que oculta su mueca de pena y lástima. Por más que esté
acostumbrada, no es lo mismo cuando de un ser querido se trata. El dolor está
implícito en los afectos. Es un olor que todos fingen no sentir, pero que vive
en el aire. Y esa tarde, mientras ella hablaba, yo no escuchaba más que el roce
de la piel de mis recuerdos. La imaginación es salvadora muchas veces, y la
memoria no es más que una de sus múltiples variaciones. Por eso el dulce amargor
de la gangrena me trajo el recuerdo de los cadáveres del Maldonado, cuando yo
tenía doce años, creo.
Mamá se había casado hacía poco con papá
Taboada, y como ya estaba más aliviada por nuestro futuro económico, que tanto
la había amargado durante la larga y penosa enfermedad de mi padre, había
retomado sus reuniones con los correligionarios y compañeros de militancia.
Primero la escuché hablar por teléfono largo y tendido por las noches, cuando
volvía de la escuela. Es que en la escuela nocturna donde daba clases a adultos
se encontró con gente de sus tiempos de militancia socialista. Pero los tiempos
habían cambiado, el socialismo democrático había tomado las armas y desplazado
hacia una izquierda intransigente. Los acontecimientos del país requerían,
según ellos, procedimientos más determinantes. Tal vez querían decir agresivos,
pero no se animaban a decirlo en voz alta. Sus gritos en las plazas reclamaban
libertad y justicia social, y escondían las manos que manoteaban las armas.
Así conoció a los hombres y sus mujeres
que iban a la escuela para aprender lo que no habían podido cuando eran chicos,
por pobreza o negligencia de los padres. Venían de barrios pobres del conurbano
y trabajaban en fábricas o en la construcción. Las mujeres habían querido
seducirla para que se uniera a los mítines, pero mamá no necesitaba esas
tramitaciones que llamaba, despectivamente, mujeriles. Allí, al frente de un
aula, había visto que su clase estaba llena de hombres forzudos o débiles que
cruzaban el Riachuelo para sentarse en bancos incómodos y apretados, con
cuadernos de espiral y lápices que se rompían cada dos por tres. Todos, sin
embargo, con la mirada atenta y de algún modo ensoñadora, porque veían en las
palabras que ella les enseñaba y escribía en el pizarrón nuevos motivos de
vida. Palabras que se sumaban a los engranajes con que cada mañana al
levantarse temprano hacían funcionar los motores con que movían las piernas que
los llevaban a las paradas de los colectivos y movían los brazos con que
levantaban las bolsas de cemento. A ella
no le interesaban las mujeres que trabajaban de sirvientas y se lamentaban de
que cuando llegaban a sus casas debían hacer el mismo trabajo y encima soportar
el violento malhumor de los maridos. Mi madre era feminista, por supuesto, pero
no se congraciaba con las estrategias que las mujeres habían utilizado siempre
para sobrevivir. Ser víctima no era el remedio, decía.
Y fue así como nunca fue víctima más que de sí
misma. Por eso, cuando llegó el golpe de Onganía, ella ya no regresaba a casa
sino a las dos de la mañana, no ocultaba nada a Renato. Le hablaba de las
reuniones clandestinas de comité en las casas de los alumnos, todos liderados
por otros militantes que ella había conocido y algunos nuevos. Yo la escuchaba
desde mi habitación, y a veces me levantaba y me escondía en el pasillo junto a
la puerta, oyéndola contar a Renato lo que pensaba de cada uno, intentando
calmar la preocupación de su esposo que se manifestaba en breves ofuscaciones
luego de muchos y razonables motivos en contra.
-No te preocupés-le decía ella, probablemente
acariciándolo, aunque yo no los veía. - Siempre supe cuidarme.
Y fue así, hasta aquel mitin en Plaza de
Mayo al día siguiente del golpe de estado. Ya se venía sabiendo sobre el golpe
desde varios meses antes, el gobierno de Illia no daba para más. Por eso las
militancias de izquierda ya estaban organizadas cuando se formalizó, todos
salieron a las calles y, resistiendo a los tiros y bombas de las fuerzas armadas,
llegaron a la Plaza por Rivadavia y Juan B. Justo principalmente, a los que se
sumarían las columnas que llegaban desde la Costanera, la avenida Centenera,
Díaz Vélez y Álvarez Jonte. Caballito era un tumulto a la altura de Primera
Junta, y la avenida General Paz estaba cortada. Los móviles de la prensa y de
la televisión parecían autos de delincuentes por que se escapaban de las
hostilidades mientras filmaban. Me pregunto cuántas de esas horas de
grabaciones pudieron sobrevivir no solo a la censura, sino a la destrucción que
llegó en la década siguiente.
Mamá estaba en una de las columnas
principales, y la habían hecho su líder porque era aguerrida y batalladora. Su
cuerpo era delgado, pero libraba una energía que muchas mujeres y hombres le
envidiaban, la voz para gritar que nunca se cansaba, los brazos en alto, sin
armas, pero sacudidos en gestos de permanente lucha. Ese día la levantaron
entre dos hombres que habían asistido a su escuela y la pusieron sobre el
entarimado improvisado en una esquina. Eran cajones de verdulería y tablas saqueadas
a las obras donde ellos trabajaban. Sólo tenía un megáfono para hacerse
escuchar fuerte y a la distancia, si el vocerío de la multitud y las sirenas de
la policía o las ambulancias lo permitían, incluso las bombas que repercutían
desde varias calles hacia el sur. Por Balcarce y desde la casa de Gobierno, se
decía que llegaban varios pelotones al frente de tres tanques.
Nada
de eso importába por el momento. La tarde avanzaba, lluviosa e impregnada de
desesperación, pero no de aquella que paraliza, sino que punza y no puede echarse
atrás, que a veces es seguida de una lamentación, pero que no suele estar en algunos
temperamentos. Mi madre era uno de ellos. Habló y gritó contra la dictadura
casi llorando, pero no lo hizo porque el llanto estaba en su voz y en la
construcción de las frases que elegía. Fue el canto del cisne, me imagino,
porque luego del tiempo de espera en que se había dedicado a cuidarnos,
sembrando su mente las semillas que brotarían ese día, la dictadura segó de plano
los cultivos crecidos esa larga tarde en la Plaza. No hubo cosecha, sino una
gran hoguera en los silos del país.
A veces descubría en la mirada de Renato una
serie sucesiva de emociones contradictorias que luchaban por esconderse tras
los anteojos y la barba, pero mamá elegía abstraerse del reproche implícito
mientras seguía armando el bolso y daba los últimos retoques a las pancartas
que los muchachos del partido vendrían a recoger con la camioneta. Entonces
Renato y yo, sentados a la mesa de la cocina, él corrigiendo los exámenes de
sus alumnos y yo haciendo la tarea de la escuela, la vimos salir esa última tarde
y subirse a la camioneta como un hombre más. Ya no era maestra, no era madre ni
esposa, sino un obrero comprometido por el futuro de su país, o por lo menos
eso es lo que todos ellos decían. Dejaron la puerta abierta, por lo cual
pudimos ver alejarse la camioneta desvencijada repleta de hombres que agitaban
los brazos y sacudían banderines y levantaban pancartas, gritando y cantando
una mezcla de canciones patrióticas con otras de partido llenas de
obscenidades. Cuando dieron la vuelta la esquina y la camioneta desapreció de
nuestra vista, me levanté y cerré la puerta. Renato volvió a sus papeles y lo
escuché tararear con los labios cerrados una especie de marcha.
- ¿A qué hora vuelve mamá? -le pregunté.
-Quién
sabe-me dijo.
No volvió en toda la noche. Lo escuché dar
vueltas por la casa, mover las sillas de la cocina, abrir y cerrar la heladera,
hablar por teléfono con varias personas. En la mañana me desperté, pero cuando
salí del dormitorio con el guardapolvo puesto para que me llevara a la escuela,
lo vi con los puños apoyados en la mesita del teléfono, y me pareció que
lloraba. Me miró, se restregó los ojos y se ocultó tras los anteojos de carey.
-Hoy no hay escuela-dijo. -Hubo lío en la
plaza, Ceci. Arrestaron a tu mamá.
Claro que yo entendía, por supuesto, lo
que eso significaba, pero como era tan nuevo para mí, mis sentimientos eran
distintos a los suyos. Yo estaba emocionada por la exaltación de lo
desconocido, de lo que rompía la rutina y otorgaba otros colores al día. Él,
sin embargo, contenía su ira y su angustia sólo por mí. Me agarró de la mano,
firmemente, pero sentí el temblor bajo la piel. Subimos al auto y recorrimos
las calles y las avenidas llenas de militares por todas partes. Había autos
abandonados con las puertas abiertas y el empedrado lleno de basura. Pocos
civiles se animaban a salir, sólo algunas viejas a las que no les importaba lo
que pasaba y golpeaban con sus bolsas de compras a los soldados que se burlaban
cuando intentaban detenerlas. Escuché tiros de vez en cuando, pero cuando me
daba vuelta no había más que grupos dispersos de chicos que corrían a
esconderse en los baldíos.
- ¿Adónde vamos? -le pregunté a Renato.
-A
la comisaría, parece que se la llevaron a la seccional. ¿Tenés miedo?
Empezaba a deshacerse la aparente
incongruencia en los caracteres de ambos que yo creía haber descubierto en esos
años que fueron el comienzo de mi adolescencia. La vida de mi madre era un sube
y baja de exaltación y reserva, y ahora Renato me estaba mostrando una faz de
su carácter que estaba escondido tras la fachada del profesor. Era cínico por
desencanto, pero sobre todo lo descubrí capaz de una fuerza que no se destacaba
por su agresividad si no por la inabarcable tolerancia que absorbía todo
aquello que le hacía daño y lo digería hasta convertirlo en parte de sí mismo.
Sabiendo lo que mamá estaba pasando, él sólo atinó en ir a ayudarla, como
pudiese, y si no podía hacer nada, por lo menos se quedaría aguardando en la
puerta de la comisaría, soportando, tal vez, los empujones y los golpes con que
intentarían sacarlo.
-No tengas miedo-me dijo, sin apartar la
mirada del parabrisas. -Te traje porque es la única forma de que nos dejen
verla. Necesito saber que está bien, ¿entendés?, que no le hicieron nada, y si
los milicos te ven, y si los periodistas sacan fotos, tenemos por los menos las
mínimas garantías de que no van a tocarla.
Fue
ese mediodía cuando empecé a entender la utilidad de las fachadas que los
periodistas construimos y que todos creen tan innecesarias, o hasta
perjudiciales. Los políticos siempre lo han sabido, pero los cerebros
castrenses han tardado mucho en aprender la lección, aunque finalmente lo
hicieron, aplicándola mejor que muchos de los que se han jactado de maestros.
Las dictaduras latinoamericanas son eso, precisamente, galpones tortuosos
construidos tras escenarios de teatro o de grandes películas. Dicen, también,
que el fútbol será la próxima mano maestra de la dictadura, y no me extraña
viendo a los hombres de cráneos vacíos corriendo tras la redonda quimera con la
que intentan rellenar la ausencia de sus cerebros, que algunos nunca tuvieron,
y otros lo han perdido con alguna herida en una fábrica mal iluminada.
Sucedió tal como Renato lo esperaba. Los
empujones y el apretujamiento de cuerpos entre los que me sentí sofocada y aplastada
mientras él me tironeaba del brazo como una bolsa que no soltaría por nada del
mundo. Y de repente estábamos en la comisaría de Monserrat, en un viejo
edificio del casco histórico de Buenos Aires en el cual se adivinaban las
entradas a los túneles que él me había contado comunicaban con la Iglesia, el
convento, el leprosario y las riberas del puerto. Yo no entendía nada de las voces
y los reclamos, sólo los tiros en la calle y los megáfonos que vociferaban
gritos como de dinosaurios moribundos. Renato me tenía agarrada de la mano
hasta casi lastimarme, pero tenía el brazo casi insensible después de tanto
golpe y apretujamiento. Creí recorrer un largo pasillo, pero fueron simplemente
unos metros hasta un alto mostrador lleno de papelería en pinches de metal y
máquinas de escribir obstinadas en hacerse oír con la insobornable insistencia
de los dedos de los policías de escritorio.
Renato
dio nombres, números de documentos y afiliaciones. Finalmente nos dejaron pasar
al pasillo largo que conducía a los calabozos. Quisieron evitar que yo pasara,
pero él se obstinó en llevarme. Los militares parpadearon ante el flash de una
cámara que nadie supo cómo se había infiltrado, ni dónde estaba. ¿Los estrechos
ventiletes en lo alto de los muros gruesos eran traidores que nadie había
tenido en cuenta? Hubo órdenes que llegarían tarde, seguramente, pero el daño
estaba hecho, o el bien, quizá, para nosotros. Nos llevaron frente a la celda
donde estaba mamá. La vimos agarrada a los barrotes, ansiosa. Los vi mirarse a
los ojos: ella reprochándolo por haberme traído, él soportando la mirada y
tragándose el reproche.
Y yo,
el incierto salvoconducto de ambos, vi el amor naciendo entre el rencor y la
amargura. Un amor endeble y flacucho como un sietemesino, pero aun así
sobreviviría más que la hija de carne y hueso.
Unos días después habían soltado a la gran
mayoría, pero mamá y muchos otros, sobre todo militantes de izquierda y
radicales seguían presos. Papá iba y venía de la comisaría, pero ya no me
llevaba. Me encerraba en casa porque la escuela estaba cerrada desde que habían
puesto bombas en colegios de Mataderos y Barracas. Yo preparaba la comida como
la había visto hacer a mamá cuando lo esperaba volver de las clases del turno
tarde. Al escuchar el auto que estacionaba de culata sobre la vereda y veía
apagarse las luces, y luego la llave en la cerradura, mi corazón se agitaba de
contento y alegría. Renato era sólo mío, me decía entonces. Fui consciente por primera
vez de los celos que sentía de mi madre. Ella, tan inteligente, tan segura de
sí misma, tan inalcanzable, ya estaba fuera de mi horizonte. Pero cuando él
entraba y lo notaba agobiado, tirándose en el sofá viejo, abandonando las
llaves en la mesita baja, desanudándose la corbata y sacándose los zapatos que
quedaban como perros muertos en la alfombra, yo me decía que no me quería, que
no era su verdadera hija, que la otra mujer, mi madre, seguía compitiendo y
ganando desde la cárcel. Y porque estaba en la cárcel era que ganaba terreno en
el corazón de Renato.
Yo
no tenía la sabiduría de mamá, por supuesto. Era una adolescente caprichosa interesada
sólo por sus intereses. Le servía la comida en la mesita improvisada, le traía
los cigarrillos, le encendía el televisor para que se distrajera con la serie western
que le gustaba, creo que era Gunsmoke, demasiado intelectual para el
gusto medio de la época. Se terminó el churrasco con ensalada sin bajar la
vista de Matt Dillon, o de las chicas de la cantina del pueblo, quizá. Sin
anteojos, la barba descuidada y el olor a tabaco y transpiración, el olor de la
calle ensombrecido por el encierro del auto en el camino a casa, fueron los
verdaderos atisbos de la masculinidad que descubrí en esa época.
- ¿Te dijeron algo? -le pregunté mientras
sonaban la música de los títulos finales desde la televisión, que nos iluminaba
como lo único verdadero en ese mundo que se nos estaba cayendo encima Y yo
recién ahora me estaba dando cuenta.
-Nada, Ceci. La tienen catalogada como
peronista de la vieja escuela, por lo de ese día, ya sabés. Por más que les
explique, no quieren saber nada.
- ¿La viste? ¿Está bien? ¿Le llevaste
ropa?
-Sí, ¿qué querés que te diga? No sé si se
la entregan. Está flaca, y me preocupa.
Trataba de no llorar, el pobre, mirando el
programa de preguntas y respuestas que recién empezaba.
- ¿Y el abogado, papá?
Me miró como cuando miraba a mamá, con
admiración. Yo tenía doce años, no era una nena estúpida, pero él a lo mejor me
seguía viendo como una chiquita.
-Tan inteligente como tu madre-me dijo,
tirándome del pelo con cariño. - Pero la realidad no es como en la televisión,
Ceci. El país no tiene abogados, sino francotiradores y verdugos. De esos está
lleno ahí afuera-. Con el pulgar señalaba a sus espaldas, donde estaba la
puerta de calle. -Vos qudáte acá y no salgas.
Esa noche, sentados en el sofá frente al
televisor, minutos antes del cierre de transmisión, sonó el timbre. Renato se
puso el dedo sobre los labios ordenándome silencio. Eran caso las doce de la
noche. Se levantó sin hacer ruido y miró por la mirilla de la puerta. Abrió y entró el doctor Sebastiano Farías, uno
más de la conocida familia de abogados y médicos que siempre salían en la radio
y en los diarios, que ocupaban puestos oficiales o asientos en las cámaras del
Congreso. Pero Sebastiano era un alma extraña, según había dicho mamá, porque
era el único amigo de Renato en quien confiaba. Entró como un mensajero de la
noche con su traje negro sobre el cuerpo esbelto donde únicamente brillaba el
reloj de cadena en su chaleco. Dejó el sombrero negro sobre la mesa con los
platos.
-Ceci, por favor…
-Dejá,
querida…-dijo, regañando a Renato.
-Es
que no quiero…
-Lo
que vine a decirte es algo que a ella le incumbe-dijo, sacando del bolsillo del
traje una hoja de diario doblado en cuatro. Las desplegó sobre la mesa. La
grasa de la carne se había endurecido sobre el plato y dos o tres moscas
rondaban como vigilantes. Vi la foto en extremo derecho la segunda página de la
edición de esa noche de La Prensa, en la que aparecíamos mi padre y yo captados
en pleno movimiento en los pasillos de la comisaría. Era una foto oscura, pero
nuestras caras se veían perfectamente, y sobre todo el gesto de mamá tras los
barrotes.
Entonces papá Renato se puso a llorar y el
doctor Sebastiano lo abrazó. Mirándome, me guiñó un ojo.
El bálsamo de la noche había entrado.
Me levanté para llevar los platos sucios a
la cocina.
2
Habían pasado quince días,
poco más o poco menos, no importaba, porque el hecho es que mamá seguía
detenida. La foto en el diario había servido para que se esparciera por el
ámbito político un caso trivial, donde los protagonistas éramos desconocidos
que de la noche a la mañana obtenían una mala fama ten efímera como la duración
de las tiradas de la prensa. Sin embargo, aquello mismo en lo que Renato y el
doctor Farías confiaban para que no lastimaran a mamá y finalmente la liberaran,
era precisamente lo que había generado el resabio de resentimiento político
desde el medio castrense, o más bien fue la excusa para algo más que
seguramente nunca conoceríamos.
Los antecedentes militantes de mamá, el
confuso y absurdo episodio de la visita de Perón, el obrerismo de papá Tejada
cuya sumisión y desinterés se fue tornando con el tiempo y las interpretaciones,
en una escuela de resistencia que el grupo que sucedió a mi vieja utilizó como
arma para las nuevas fuerzas de rebelión que Onganía no había hecho más que
alimentar con su golpe de estado. Les había abierto las puertas, por más que no
quisiera, o tal vez precisamente por ese motivo, como quien usa un cebo para
sacar a la fiera de su cueva con engaños, y matarla.
Pero mis padres eran una maestra de
escuela que usaba sus últimos recursos y artimañas de vieja y apoltronada
sindicalista de izquierda, según los medios oficiales cantaban todos los días a
través de la verborragia retórica de los periodistas de turno, y el otro un
obrero del matadero que había perdido su mano y luego su vida a causa de la
corrupción política, y a quien llamaron líder sindicalista en lucha permanente
y mortal por los derechos de los explotados.
Así,
mis padres fueron convertidos en mártires, a quienes sólo les faltaban las
icónicas estampitas que toda ama de casa de barrio bajo llevaba en su corpiño
al ir de compras al almacén, y todo hombre de pelo en pecho conservaba en un
bolsillo de su mameluco mientras trabajaba en la fábrica. Imágenes sucias y
desgastadas por el toqueteo y el ir y venir por todo el barrio, consumidas por
la mugre de los pantalones y la humedad de la transpiración de aquellos que
trabajan bajo el sol de las calles o encerrados en galpones donde el polvo
contiene los invisibles elementos de la muerte.
Renato
suplicaba en los tribunales, pero en la antesala de la Casa de Gobierno, donde
lo hacían esperar horas y horas para despedirlo a empujones a media tarde,
conservaba el orgullo. ¿No debía haber hecho al revés? La justicia no se
implora, y “al rey” se acude para la absolución. Pero él, fiel conocedor de las
verdades contradictorias y de las mentiras legalizadas, sabía que hiciera lo
que hiciera, siempre erraría el camino. Para tener éxito, su mente tenía que
estar estructurada de la misma manera de quienes tenías a su mujer en una
celda, y eso no podía cambiarlo. El color y la forma con que veía las cosas
estaban más acá de lo que los otros podían entender, y esos otros vivían en el
horizonte de un oasis, siempre lejano e inalcanzable, incongruente con la
razón, hecho de fantasías imaginadas con el fusil al hombro como una flor de
lirio esbelta y firme. En ese oasis no había agua, sino arena con grandes
corpúsculos de piedra, y las palmeras eran muros de acero formadas por cañones
amenazando al cielo. Y como todo lo que sube debe bajar, la muerte no estalla
en el cielo, sino en la tierra con la que se alimenta.
Todo
esto imaginaba Renato en sus noches insomnes, tirado en el sofá frente al
televisor encendido y con la pantalla intermitente de una transmisión muerta,
dormida o quizá interrumpida por los caprichos de los bufones: los que mecanografían
en máquinas de escribir o los que encienden las máquinas que envían las ondas
televisivas o radiofónicas, donde las voces de Yorick, de Falstaff y de Shylock
se ponen finalmente de acuerdo para matar a Hamlet, y luego repartirse los
beneficios de las tajadas de su carne.
Era enero, y hacía calor, demasiado.
Habían trasladado a mamá a las barracas
de El Palomar, así que Renato se pasaba el día por el oeste. Tomaba el tren,
dos colectivos, esperaba con otros familiares de detenidos dando vueltas por
los alrededores de la estación y volvía a casa casi a los doce de la noche. Las
múltiples instancias que Sebastiano Farías había presentado se quedaron
estancadas nadie sabía bien en dónde. Mientras tanto, yo lo acompañaba a papá
para que alguno de los dos por lo menos hablara con ella, ya que a él no lo
dejaban pasar. Los milicos le tenían encono, así que los guardias apenas lo veían
llegar no podían hacer otra cosa más que oponerle los fusiles en cruz y
cortarle el camino.
-Otro día será, viejo…-le decía uno.
-Dejá de romper las pelotas con tu mujer,
se las tiene bien merecidas…-le decía otro.
-Andá buscarte otra, amigazo…-le cantaba
otro de más allá de la fila. - ¿No ves que no quiere saber nada con vos? Ya
tiene bastante con nosotros...
Esto no me lo contó él, sino lo escuché yo
misma el último día de enero cuando lo acompañé. Cuando iba con él, ellos se
callaban la boca y me dejaban pasar, pero esa vez yo me había quedado atrás
levantando la bolsa de galletitas que se me había caído. Escuché las risas, y
luego su interrupción inmediata cuando me vieron. Me abrieron paso, a esta
adolescente esmirriada y con pocos atractivos que pasaba por en medio del
pasillo de gendarmes, con la bolsa de ropa limpia y restos de galletitas rotas,
de esas que le gustaban a mamá.
Cuando se cerró la puerta de la barraca,
escuché el tumulto afuera. Tuve miedo por Renato, por sus anteojos de carey que
podrían llegan a romperse si se peleaba con los guardias, pero sobre todo
destrozarían su orgullo, lo único que le quedaba sano en su interior
fragmentado desde que su mujer no estaba. Pero yo no podía perder el tiempo,
eran pocas las oportunidades de ver a mamá, de saber cómo estaba. Hablamos a
través de las rejas, con una mujer policía espiando y escuchando allí parada
junto a nosotros, como un búho diurno, y tan fea como uno.
En
esas ocasiones nos tocábamos las manos, fuertemente, ya que no permitían besos.
Me preguntaba por qué las demás reclusas podían recibir visitas de cualquier
familiar en sus celdas, y abrazarse y besarse. Mi madre, en cambio, era
especial. La trataban bien, pero dejándola enflaquecer, manteniendo la celda higienizada,
pero obligándola al silencio, permitiéndole ver a su hija de vez en cuando,
pero sin poder sentir el aroma del pelo de la pequeña Cecilia que crecía para
ser alguna vez una mujer que tuviera todo eso en la mente: la cárcel, la ira y
la vergüenza. Tres brujas que nunca se llevaban de acuerdo y que se pelaban
constantemente, desde los gritos al silencio, en un sube y baja que agotaba el
corazón hasta matarlo.
- ¿Cómo está? - me preguntaba, sentada en el
banquito de la celda, los codos en las rodillas y restregándose las manos.
Me encogía de hombros. Ella ya sabía porque lo
imaginaba.
-Hacé lo que puedas-me dijo.
Dejé las cosas en el piso.
-Ya
me voy-dije, en cada ocasión más apurada, más consciente de lo inútil de esas
visitas. Cuando ya me iba, me acordé de lo más importante. Ella tenía ese
efecto en mí, cuando los sentimientos se domesticaban, lo social, o lo que ella
llamaba la sociedad del hombre, surgía como lo esencial.
-Hay algo que tengo que decirte, papá no
quiere dejarte, pero yo quiero ir.
- ¿A
dónde?
-Anoche llamó la tía Martins. Los papás de
Leti se murieron ayer a la tarde.
Le
conté lo que nos habían dicho por teléfono, a Renato, por supuesto. Él me lo
contó a mí, después, diciendo que, aunque no conocía a la familia de mi madre,
mi prima Leticia me necesitaba.
-Dicen
que las avispas los atacaron en la playa. Leti se salvó. Mañana es el velorio,
pero papá no quiere dejarte…
-Decile que te lleve, acá tengo para largo.
Leticia te necesita, querida. Sos la única prima que tiene.
Cuando salí, Renato me agarró de la mano.
Caminamos hacia el portón de salida, noté sus dedos lastimados y con moretones
y un lente de los anteojos estaba roto. Sentí que esta vez era yo quien lo
llevaba de la mano y lo apartaba, por lo menos durante un tiempo, de los que lo
habían golpeado.
La madre de Leticia era Manuela Tejada,
única hermana de mi padre. En los últimos años la vi muy poco, lo mismo que a
mi tío Eber, su esposo. Pero cuando papá Tejada aún vivía, íbamos a su quinta
de Haedo una vez por mes, y pasábamos las fiestas en la casona de ellos, grande
y llena de árboles. Ella era muy hermosa, de piel de color cetrino y ojos
rasgados, casi una Sofía Loren criolla, y en parte por eso el tío, un hombre
rubio y regordete se había enamorado de ella casi sin esperanza de ser
correspondido. Pero para su sorpresa, ella lo amaba. Eber Martins venía de una
familia con dinero, y él mismo trabajaba con mucho esfuerzo en la empresa, que
nunca supe bien a qué se dedicaba. Una empresa de servicios contestaba él
cuando le preguntaban, y como todo era cuchicheos y misterios en esa época de
persecuciones sociales, todos pensaban que estaba metido en empresas turbias y
clandestinas con protección de los militares. De eso surgió una cierta verdad
que no viene al caso contar en este momento, tal vez más adelante.
La
cuestión es que los tíos murieron de una forma horrible. Estaban en la costa,
un mediodía cualquiera en la playa. Parece que un enjambre de avispas llegó y
ellos no alcanzaron a protegerse, por más que se metieron en el auto, y allí
dentro se vieron atrapados sin poder escapar. Mi prima Leticia era su única
hija, y tenía apenas un año más que yo. Estaba con ellos, pero las avispas no
la atacaron. La pregunta estaba implícita en el aire, pero nadie la pronunció
en voz alta. Daba vueltas en las miradas de la gente que la rodeó e intentó
consolarla, la tía Eriberta Martins, los policías, las enfermeras, los mismos
forenses que hicieron la autopsia de los cuerpos que sacaron del auto,
hinchados y supurando veneno por los piquetes que eran como pequeños cráteres
dilatados por el calor de ese verano.
La tarde que regresamos a Barracas
después de la visita a mamá, Renato me preguntó, una vez más, si realmente
quería ir.
-Si apenas los conocías-me dijo, buscando
excusas para evitar la culpa de dejar a su mujer sin visita durante los
siguientes días.
-Conozco a Leti-le contesté.
Debió
imaginarse a esa nena de mi edad, de cabello oscuro y ojos verdes como los de
la madre, parada en la playa, rodeada de avispas que la evitaban, observando a
sus padres que se morían en gesticulaciones de terror detrás de los cristales
del auto.
Al día siguiente nos levantamos a eso de
la siete de la mañana. Desayunamos a las apuradas porque ya estaba el auto del
doctor Farías tocando la bocina. No era la primera vez que subía al Fairline,
pero esta vez sentí que estaba siendo transportada en un coche fúnebre, por más
que no fuera negro sino de un color verde oscuro, con paragolpes y espejos
retrovisores policromados. Era el acostumbrado automóvil de los muertos, y a
una situación parecida nos dirigíamos. Renato probablemente pensó lo mismo.
- ¿No
tuviste mejor idea que usar este justo hoy? ¿No tenés el Fiat, querido?
Sebastiano,
de traje gris con pequeños cuadriculados en la tela que quizá era de hilo
porque parecía fresca de acuerdo con la temporada, dio un respingo que fue un
insulto al que Renato estaba acostumbrado, el mismo que daba en la cámara
cuando discurseaba contra alguna ley que le convenía o no votar o vetar.
La General Paz era entonces un camino
estrecho de dos carriles que circunvalaba la ciudad. Llegamos a Rivadavia y
tomamos la avenida hacia el oeste. La estación de Liniers estaba llena de gente
haciendo cola para el tren y en las veredas esperando los colectivos. Entrar a
la provincia era un trámite arriesgado en ese tiempo. Los puestos policiales
abundaban, y pedían papeles y miraban con desconfianza el asiento trasero. Dos
hombres y una nena en un auto de alta gama resultaban moralmente sospechoso, pero
la moral cambia según el color con que se mire. Lo bien puesto, la buena
apariencia a veces es suficiente para diluir los resquemores y permitir que los
probables pliegues que conducen a los lugares oscuros del alma pasen
desapercibidos.
Llegamos a Haedo y empecé a reconocer lugares
que hacía mucho no visitaba, la curva donde confluyen dos ramales de la línea
Sarmiento, la vieja imprenta en la esquina donde empiezan los talleres
ferroviarios y luego las largas cuadras de los galpones por donde se ven
asomarse vagones viejos y en desuso, o destrozados por choques, o los
incendiados por la recientes manifestaciones y paros. Desde todo ese lugar
llegaba el olor a óxido y metal quemado que se mezclaba con el pastizal crecido
hasta la cerca sobre las veredas.
Doblamos en Rawson y cruzamos el paso a
nivel, ancho como un río por donde pasan las incontables vías paralelas o
cruzadas en un laberinto que en esa época me asombraba y me confundía. Ya
estábamos cerca de la quinta de Leticia. Allí nomás estaba La Cantábrica, que
para mí era nada más que un enorme predio con algunos edificios bajos que se
parecían a sectores de una fábrica rodeados de enormes patios de baldosas, pastos
altos, rejas y cercas de alambre, y un par de chimeneas altas y estériles. Era,
en realidad, la frontera entre Haedo y Morón, y la quinta estaba sobre
Lamadrid.
Renato bajó la ventanilla y se asomó a
mirar hacia la fábrica frente a la que pasábamos.
- ¿Están de huelga?
-Desde hace seis meses-contestó Farías. -Todo
empezó con los despidos, después se mezclaron los del gremio y la cagaron
porque se pelearon entre ellos. Estaban los moderados, que como siempre esperan
y esperan hasta que se mueren o vuelven a trabajar por la misma miseria. Los
zurdos se metieron y empezaron a meter bala a los milicos de la guardia.
-Ya me enteré de eso, ¿pero y ahora dónde
están?
Sebastiano
paró el auto y señaló hacia uno de los portones que daba a una esquina.
- ¿Ves esa garita? La levantaron los milicos y
desde allí vigilan a los que están adentro.
- ¿Están
sitiados?
-Algo
así, son cincuenta, dicen, otros que cien tipos con sus familias. Las mujeres
se metieron un día, incluso con chicos. Los dueños de la fábrica se lavaron las
manos y transaron con los milicos.
Había varios hombres de civil y ropa de
trabajo dando vueltas por la vereda.
-Esos deben ser desempleados…
-Sí, pero de los que buscan el empleo de
los otros. No hay vuelta atrás, o vuelven o los matan.
Renato dio un chasquido con la boca
descartando esa posibilidad. Farías dijo:
-Que nada te asuste, querido. Tu alma de
poeta ya debería conocer el corazón humano.
Se rieron. Yo no entendía, pensando únicamente
en Leticia. ¿Qué estaría pensando? No podía, sin embargo, imaginarla llorando.
La quinta no era propiamente eso, sino
una gran casa de una planta, extensa, con techos de tejas españolas en varias aguas,
un jardín de invierno repleto de plantas, y un parque inmenso que incluía
arbustos, árboles frutales, pinos y dos cipreses solitarios, acompañándose uno
al otro. De muy chica jugábamos con Leticia en las hamacas que colgaban de las
ramas del roble añejo, las cadenas chirriaban de óxido y la tabla amenazaba con
romperse, pero siempre aguantaron, mientras comíamos los higos maduros que
arrancábamos de la higuera antes de empezar a hamacarnos. Nos gustaba el
vértigo y luego la náusea que nos provocaba el vaivén continuo y articulado,
con ese ruido de bisagras rotas que armonizaba con el caos de nuestro estómago
e intestinos revueltos. Y nuestra apuesta era cuál de nosotras aguantaba más
antes de vomitar. É ramos dos nenas con la cara manchada de morado mirando al
cielo tras las ramas del roble, el cielo que se acercaba o se alejaba, y cuando
estábamos en el punto más alto del arco del columpio, veíamos las puntas de los
cipreses, como dioses impertérritos, esperándonos.
En el auto rememoré el sabor de la pulpa
de higo, y vi el color morado que de pronto cubrió el cielo al llenarse de
nubes imprevistas, imprimiendo al sucesivo dorado, un tono de rojo claro y
luego oscuro sobre el predio de la fábrica. Los charcos de las cunetas junto a
los cordones de la calle tomaron un tinte parecido.
-Tormenta de verano-dijo Farías, estacionando
sobre la vereda, junto a varios otros autos, probablemente de la familia que yo
no recordaba y que Renato no conocía. Éramos como tres extraños en un funeral,
cosa que en ese momento me resultó curiosa frente a lo que descubrí más tarde,
esa aparente ambivalencia de los funerales, donde los desconocidos del muerto
son más frecuentes que los otros.
Nos recibió la tía Eriberta. Al principio
no la reconocí, estaba gorda y había perdido la elegancia en unos pocos años.
Tenía el pelo teñido de un negro azabache, los labios bien rojos y rímel en
exceso. Cuando me abrazó, llorando, sentí el olor del vino en el vestido negro.
Oprimida por sus brazos, vi que Renato hablaba con Farías.
- ¡Qué grande y hermosa a está, Cecilia!
¡Qué suerte que vinieras, querida! Leti está inconsolable, y es la única nena
en medio de tantos adultos.
Luego saludó a Renato y Sebastiano.
-Gracias
por traerla.
-No es nada, señora. Mi mujer…
-No me hable de ella, por favor, porque no quiero
ser irrespetuosa en estos momentos, y menos frente a la hija. -Había bajado la
voz, pero chillona como era, no le sirvió de nada. Juntó las manos sobre la
falda negra, nerviosa, sin evitar decir lo que había querido evitar: -El único
hermano de Manuela….
-Pero
ella está…
- ¿Cree que no me enteré? Si se hubiera
olvidado de todas esas pavadas, ahora podría estar donde le corresponde. En
fin, vamos adentro. Están muchos de la familia.
Entramos en la casa, fresca a pasar del
verano, las salas amplias llenas de muebles antiguos, pisos de mosaicos
formando grandes estampas y techos con vigas de madera y arañas coloniales.
Muchos hombres y mujeres se acercaron a nosotros y la tía hizo las
presentaciones. A mí me elogiaban por mi crecimiento, ellos apretándome las
mejillas, ellas frotándolas para borrar el lápiz de labio que habían dejado al
besarme con fuerza. A Renato prácticamente lo ignoraban, a Farías le mostraban
respeto. Sebastiano parecía calar la calidad de cada uno de los que saludaba, y
ellos se daban cuenta. Era un diputado conocido, y nadie sabía con certeza de
qué lado estaba. Tal vez por ese equilibrio se salvaba, como casi todos en su
familia. La política de la salud era hermana de la judicial, una curaba a la
otra, y la otra la protegía.
Había dos salas mortuorias, una para cada
uno de los cónyuges, las habitaciones donde habían dormido por separado,
probablemente, luego del nacimiento de Leticia. Una sala para que cada familia
hiciera el responso correspondiente y se despidiera casi a solas de ese miembro
que había desaparecido. Los cuerpos, por su deformidad, estaban siendo velado a
cajón cerrado. Pero lo que me llamó la atención fue el olor a podredumbre. Miré
las flores y las corona: eran nuevas e intentaban ocultar infructuosamente el
aroma que todos fingían no sentir. Imaginé, dentro de cada ataúd, el pus que
seguí manando de los cuerpos, como si las larvas de las avispas se hubiesen
desarrollado y estuviesen esperando que alguien abriera las tapas.
Me sobresalté cuando sentí la mano de Leticia
en mi mano derecha. Nos abrazamos, mientras todos se nos quedaron mirando. Unos
con ojos de trivial sentimentalismo, pero en otros vi una especie de
reconocimiento, o se sapiencia, tal vez. Los Tejada tenían sus ritos domésticos:
la cruz y los rezos, las ropas simples de pantalones y polleras de tela barata
en cuyos bolsillos escondían los rosarios que a los Martins no les caía bien.
Éstos, tenían la costumbre de obviar los ritos católicos y aplicar sus propias
usanzas, que eran nada más que austeridad y un silencio de simulacro que
pretendía esconder los misteriosos designios que cuchicheaban entre ellos. Palabras
obscenas, probablemente, en portugués y en inglés, una mezcla extraña. Eber
Martins había sido un representante no demasiado inteligente de ese lado, y
Manuela Tejada había sido el alma y la mente de esa familia. El padre era el
fundamento económico, la tierra trabajada por ese dinero. La fábrica, lo supe
después, era uno de los principales trabajos de Martins. Su nombre se escondía
tras los múltiples papeles que se arrumbaban en los estantes burocráticos del
Ministerio de Economía, y éste no era más que una delegación de las
multinacionales que siempre fueron las que movían los hilos de nuestro país.
Más allá de eso, los nombres de los particulares, no podía averiguarse, espacio
reservado a las conjeturas y las teorías de conspiraciones que siempre
terminaron por hundir en la fantasía las catástrofes de la realidad.
Cuando ella se dio cuenta de que nos miraban,
me agarró de la mano y me arrastró fuera de la casa. Salimos al parque y
seguimos corriendo por el camino de lajas. Ella adelante, corriendo ansiosa con
su vestido negro y mangas de encaje que se había arremangado por el calor, y yo
detrás, preguntándole en jadeos adonde íbamos. Se detuvo en el vivero. Un
hombre barbudo y con el torso desnudo lleno de vello oscuro nos paró ante la
puerta.
- ¿Qué hacen aquí?
Leticia se apartó de él como asustada.
- ¡No lo toques! -me dijo al oído.
El hombre, que debía ser el jardinero,
dijo:
-Está bien, hagan lo que quieran-. Se dio
vuelta, agarró una camisa y salió para perderse entre los árboles.
Entramos y nos sentamos en un banco junto a
unas macetas vacías.
-Acá está más fresco-dijo ella. -Pero él
duerme acá en un colchón allá al fondo, y no siempre puedo venir.
Pensé en la frescura del interior de la
casa, sentí la pegajosa humedad entre las plantas, y supe a qué se refería. El
olor desde los cajones ella lo sentía más que cualquiera, siempre había sido
así. Sabía las cosas antes de tiempo.
- ¿Por qué me dijiste que no lo tocara?
-Qué sé yo, ya me conocés. Ese hombre es
malo…
- ¿Te hizo algo?
-Nada. Pero es por lo que va a hacer.
-No te entiendo.
-Ni yo me entiendo, Ceci. Yo sabía lo que
les iba a pasar a ellos.
- ¿A tus papás?
-Sí.
- Pero ¿cómo ibas a saber de las avispas?
¿Y cómo ibas a pararlas?
Le sonreí con la excusa del absurdo. Ella
no lloraba.
-Ya te dije hace mucho, ¿no te acordás,
cuando se murió tu papá?
Ahora me acordaba, ella me había llevado
al galpón, que aún debía estar en algún rincón del parque, todavía el vivero no
había sido construido. No metimos entre las herramientas y me mostró las
hachas. Me había preguntado si eso era lo que usaba papá para cortar a las
vacas. Entonces me pidió que le dijera que tuviera cuidado. Esa vez no le hice
caso, ¿cómo advertirle del peligro a un hombre que ha trabajado con esas
herramientas casi toda su vida?
- ¿Vos pudiste evitar que se cortara la
mano? Sabemos, Ceci, pero no las cosas hacen lo que quieren.
Por eso no llora, me dije. Ya ha llorado
antes de que ocurriesen, y luego ya ni siquiera eso, porque la experiencia le
había enseñado que las lágrimas son inútiles por lo inevitable. Luego, mucho
más adelante, meditando en todo esto, filosofando de una manera que Leticia no
hacía porque ella sabía las cosas sin necesidad de meditarlas, me di cuenta de
que ya no lloraría por nada, porque todas las cosas del mundo estaban
concatenadas de una forma en la que cada una era causa y consecuencia de la
otra. Quien supiera todas aquellas relaciones -y las mujeres como Leticia eran
capaces de construir universos arquitectónicos de asociaciones, y aun así, no
abarcarlas todas- no necesitaba llorar la pérdida de ninguna, a lo sumo
lamentarla, tal vez. Todo se pierde, y lo nuevo no posee siquiera la leve
semejanza de lo muerto.
Las
consolaciones no existen.
El único consuelo es la frialdad del
conocimiento como tal, y la aceptación es una forma más de la sapiencia. No
hablo de sabiduría, no. Ésta implica una metafísica del alma.
Escuchamos llamados desde la casa. Era la
voz de la tía Eriberta. Nos encontró sentadas en silencio.
- ¿Qué hacen acá? Vamos.
Nos agarró de una mano y nos llevó de
vuelta a la casa.
- ¡Estas chicas son caso perdido! -dijo a
quien quería escucharla mientras nos sentaba en la sala principal para recibir
los pésames que desfilarían antes del cierre del velorio. Pero volvimos a escabullirnos
cunado ella dejó de vigilarnos. Como se encargaba de la organización, iba y
venía de la cocina con vasos y bebidas, entremeses discretos, y de vez en
cuando encargando cosas a la chica que trabajaba en la limpieza, o atendiendo
el teléfono que a cada timbrazo la hacía sobresaltar en el silencio ficticio
del cuchicheo y las conversaciones a media voz.
Nos fuimos a una sala que Leticia llamaba
de juegos, pero que era la biblioteca y el despacho del padre. Había decenas de
carpetas de trabajo sobre dos escritorios separados por dos sofás. Sobre los
escritorios, calesitas de sellos, portalápices, máquinas sacapuntas, veladores
de mesa, papeles secantes y tinteros, cosas viejas y nuevas en un ensamble a la
vez caótico y armonioso.
Entonces escuchamos los disparos. Leticia
fue corriendo a destapar el televisor que estaba escondido tras las puertas de
uno de los muebles. Cuando lo encendió, un noticiero transmitía las imágenes de
lo que estaba ocurriendo a pocos metros de la casa. Los obreros acantonados en La
Cantábrica estaban siendo acribillados a medida que salían. El ruido de los
disparos nos llegó por las ventanas, después de atravesar el follaje del
parque, como cazadores que se iban acercando.
3
Leticia corrió a la ventana y
yo me quedé frente al televisor. Le contaba lo que decían los periodistas y
ella me avisaba si alcanzaba a ver algo entre los troncos y la cerca. No creía
que pudiese ver algo desde tan lejos, pero era evidente que cada vez descubría
algo nuevo en ella, como si nunca la hubiese conocido en realidad.
- ¿Escuchás algo? Acá dicen que algunos
obreros salieron a buscar agua del tanque y los soldados les dispararon.
-Ya sé, Ceci, ya lo veo. Están tirados en
el piso del patio, al pie de la torre del tanque.
- Pero ¿cómo podés verlos desde acá?
Era la voz de Renato, que había llegado
para ver si estábamos bien. Leticia se dio vuelta, asustada. Por la puerta
aprecieron la tía Eriberta y el doctor Farías.
-Renato,
me voy a ver qué pasa-dijo éste.
-Te acompaño. Chicas, no salgan de acá ni se
asomen a la ventana.
-Pero señor…
-Nada, siempre hay balas perdidas…
Los dos salieron y la tía entró y se sentó
frente al televisor, temblando. No nos hizo caso, ni siquiera cuando Leticia
volvió a abrir la ventana y empezó a contarme lo que pasaba.
Los
periodistas iban de un sitio a otro del predio, intentando avanzar. La cámara
se sacudía interrumpiendo la transmisión cuando el cameraman probablemente
trastabillaba en el empedrado de la vereda.
-Se tropieza con los cuerpo-dijo Leticia.
Estaba sentada con la espalda contra el
marco.
-Tu papá y el doctor salieron a la calle,
ya los veo. Los soldados les impiden seguir, pero ellos discuten, sobre todo el
doctor. Está sacando documentos del bolsillo y se los muestra. Los soldados encañonan
a tu papá. Él les dice algo, “Palomar”, me parece.
La
tía no sacaba la vista del televisor, se restregaba las manos y se lamentaba de
que estuviese pasando justo hoy todo eso. Los demás aguardaban en las salas o
en la cocina. Se escuchaban sus voces, las mujeres hablando alto, los hombres
instándolas a callarse, pero ellos también hablaban en voz alta y caminaban por
el patio, ávidos de ver lo que sucedía.
-Los tíos Tejada quieren salir… pero los
Martins están fumando y no se mueven de los sillones.
- ¡Ey, Leti, metete y cerrá la centana!
Era la voz del tío abuelo Baldomero que le
gritaba desde el jardín, un Martins, pero un cero a la izquierda, según escuché
esa tarde. La hermana se encargaba de los servicios fúnebres, o más bien
dirigía toda la empresa que habían heredado junto con otras socias.
Leticia
no le hizo caso, y se rio. El viejo volvió a sentarse para seguir fumando su
habano con tranquilidad. Los tiros no lo afectaban, tal vez ni siquiera los
escuchaba en su avanzada sordera. Debían ser apenas silbidos como los de los
pájaros de la selva ecuatoriana en la que decían había vivido.
La televisión había mostrado los
cadáveres, pero sólo un segundo. Los periodistas no alcanzaban a llegar donde
estaba la mayoría, y de muchos cuerpos no podían asegurar que fuesen muertos,
sino simplemente hombres agazapados que, escondidos, apuntaban hacia los
soldados: ¿eran eso los brazos alzados, como en derrota?, y los ojos tapados
con la culata de un fusil ¿qué representaban: el pronto disparo o el golpe en
la cara?
La cámara de pronto pareció morirse, y la
reemplazaron las rayas intermitentes de una transmisión interrumpida, con
imprecisos sonidos de fondo, mientras el locutor desde el canal pedía disculpas
a la audiencia a la vez que pronunciaba frases ininteligibles que se filtraron
cuando se suponía que estaban fuera del aire. Pero entre tanta confusión, los
micrófonos debían seguir abiertos y los gritos llegaron desde el televisor, y
también por la ventana.
Miré a Leticia, que se había parado en el
borde. La tía se había ido cerrando la puerta con llave. Mi prima espiaba con
los pies en punta, como si observara por encima de los árboles. Lo único que yo
alcanzaba a ver era la torre del tanque y el par de chimeneas. Se escucharon
alaridos, y de pronto el ruido de las maquinarias de la fábrica.
- ¿Qué pasa? -le pregunté.
-Encendieron las máquinas, siempre las escuché
desde acá. Me hacían dormir, ¿sabés, Ceci? Eran como un coro…
-Pero ¿qué está pasando? ¿Lo ves a mi papá?
-Está con el doctor, hablando con uno de
los dueños. Es el primo de papá, creo que es el tío Guillermo, sí, el mandamás
de la fábrica.
- ¿Pero tu papá también era dueño?
-Supongo que sí, como todos los Martins.
Empezó a contarme, mientras no dejaba de
atisbar en la distancia, para mí invisible, que la vieja familia había llegado
de Galicia casi cien años antes. Que le pusieron el nombre a la fábrica por las
montañas. Eran mineros y sabían cómo arrancar el metal de las rocas. Pero eso
fue al principio, el padre de Leticia y el resto de sus socios habían explotado
la industria después.
- ¿Pero entonces qué pasó?
-Papá dijo que todo se estropeó cuando
vino Perón. Los obreros empezaron a creerse más de lo que son.
- ¿Y
qué son? -le pregunté, adivinando la respuesta intelectual, como ella era capaz
de adivinar el futuro metafísico. Porque eso era lo que hacía. Lo que me
contaba era una mezcla del presente con el futuro inmediato. Ya lo había notado
cuando me relataba cosas que inmediatamente sucedían en la televisión antes de
la interrupción de las imágenes. Probablemente ella no distinguía esas leves
diferencias, que eran simplemente lo más rudimentario de su capacidad. Lo que
comenzaría a molestarle muy pronto, eran los grandes hechos que se estaban
engendrando en lo recodos de la realidad. La vuelta de una esquina que no
existe hasta que se llega a ella.
Pensé en mamá, tan cerca de nosotros en
esa zona del oeste bonaerense. Renato debía estar no solo pensando en su mujer,
sino hablándole de ella al primo Martins, porque sin duda debían estar
acusándola de complicidad con todo el resto de la resistencia obrera.
-Tu papá está discutiendo con mi tío, el
doctor los separa.
De pronto, otros disparos la interrumpen.
Ella también se ha sobresaltado. Las maquinarias continúan en funcionamiento, y
llega el sonido del metal, crudo a veces, chirriante casi siempre.
-Pero ¿por qué empezaron a trabajar ahora?
-Yo qué sé…
La televisión retomó su voz. Ahora
transmitían desde la casa de gobierno. La Casa Rosada estaba rodeada de gente y
desde el balcón salía Onganía con un círculo de guardias y asistentes. Frente a la cámara apareció un periodista con
micrófono en mano, estaba agitado y miraba a los costados mientras hablaba.
-Han
ordenado el reinicio de las actividades en la fábrica de Morón, las maquinarias
han sido puestas en funcionamiento después de seis meses de paro. El gobierno
de la nación está satisfecho del resultado de este conflicto que se inició con la
infausta corrupción del gobierno anterior.
Después de la tarde, volvió Renato. Me
abrazó y nos sentamos frente al televisor. Leticia se desprendía de los brazos
de tía Eriberta cada vez que intentaba llevarla a la sala con los otros. Los
ruidos y los movimientos en la fábrica continuaban como una salmodia: voces de
altoparlantes que ordenaban el trabajo, sirenas de ambulancias que se fueron
apagando a medida que llegaba la noche, y los pasos de los soldados en una
guardia permanente alrededor del predio.
Escuché
a Renato y a Farías hablar en voz baja sentados en el sillón, mirando de
costado hacia la pantalla. Los cuerpos de las salas mortuorias seguían
aguardando que las calles cortadas fuesen abiertas para dejar entrar los cuches
fúnebres. No había anda definido aún, ni hora ni acontecimientos. Leticia se
había sentado a mi lado en una butaca de piano, con la espalda encorvada y una porción
de pasta frola me masticaba lentamente, ensimismada, en apariencia, en lo que
pasaba en la pantalla. Desde que ellos entraron, la ventana había sido cerrada
con cerrojo y las pesadas cortinas oscuras habían ensombrecido la
biblioteca. A las ocho de ese verano,
cuando afuera seguía luminoso, en el interior del estudio la penumbra peleaba
con el televisor. A la luz difusa e intermitente, las caras de todos me
resultaron irreales. El traje de Farías se había convertido en una especie de
uniforme de tonos oscuros o plateados, los lentes de Renato despedían reflejos
o destellos que lo asemejaban a un personaje de historieta para adultos. Pero
el que más me sobresaltó, hasta el punto de apartarme unos centímetros de su
lado, fue el rostro de Leticia. Era una mujer, ahora, de cabello entrecano y
largo, y vestida con ropa vieja, como de indigente. Y sentí el aroma del mar en
esa ropa.
Entonces Leticia escuchó lo mismo que yo.
La conversación de los hombres en la sombra del sillón. El aroma de los
cigarrillos y del whisky, y el desarticulado olor ahumado de la carne. ¿Quién
lo había traído consigo, impregnado en la ropa o en las manos?
-No tenías que hacer eso-dijo la voz de
Sebastiano Farías, tierna como cuando me hablaba, porque le estaba hablando a
su mejor amigo.
- ¿Qué querés? Si me hablaba de ella como
de una extremista.
- ¿Y no lo es?
-Ya sabés, como una delincuente…
- ¿Y no lo es?
- ¿De qué parte estás vos?
-De la de los amigos, por supuesto, pero
la ley es la ley.
-Que cambia según el color de las cortinas
de la casa de gobierno.
Farías se rio. La lucecita del cigarrillo
se apagó en un cenicero.
-Convengamos, amigo mío, en que Martins
puede hacer lo que quiere, es su fábrica desde hace cien años.
-Pero los hombres no son suyos.
-Son de quien les paga. ¿Sino preguntále a
los obreros?
-No puedo si están muertos.
Yo tosí.
- ¿Qué estás comiendo, Ceci? -preguntó
Renato.
-Unas masitas, nomás.
-Si son de las secas que nos sirvió la
vieja… hacélas pasar con agua-. La voz de Sebastiano era amable y me reconfortaba.
Pero
yo sabía que no eran las masitas secas ni la pasta frola las que me habían
hecho toser, sino el recuerdo de esa tarde, antes de que ellos regresaran.
Leticia estaba sentada en la ventana, llorando. Creí que, por fin, lo hacía por
sus padres. Me había acercado a consolarla.
-Tranquila,
Leti…
Me miró, enojada.
- ¿Cómo
me voy a quedar tranquila si los veo allí tirados?
- ¿A quiénes?
-A los
hombres de la fábrica, tarada.
No había salido en toda la tarde de la
habitación, y ni siquiera vio las fugaces imágenes en la televisión. No habían
dado el número de heridos, porque no los hubo, sólo muertos, y esto fue después.
-Sesenta y uno. Los conté, ¿sabés? Se
murieron a la una de la tarde, todos contra las columnas del tanque. Los ataron
cuando ellos salieron a buscar agua. Como en las ciudades sitiadas que nos
enseñan en historia en la escuela.
- ¿Me querés decir qué tenía que hacer
yo…-la voz de Renato continuaba, ensamblándose a la vieja voz de Leticia
guardada en las paredes desde unas horas antes? -…si me hablaba de ella como de
la responsable de la resistencia que salía a la luz luego del oscurantismo para
rehabilitar la lucha de su marido muerto?
- ¿Pero era necesario que te metieras ahí?
-Un
hombre caminó por encima de ellos, y les levantó las cabezas para mirarles las
caras, como si los conociera. Me pareció que trataba de retenerlos en la
memoria como si pretendiera describirlos después. Le vi la cara con anteojos,
de mano finas, y tiznadas.
La tiza, tal vez, con la que intentaría
escribir los nombres de los muertos en algún pizarrón mucho más tarde. O quizá
la mancha que se impregna en la piel cuando tocamos la carne quemada por las
balas.
-Ya sé que pareció todo muy teatral, y me
avergüenzo. Pero así me sale cuando estoy encabronado. No podía dejar de
identificarlos…
- ¿Cómo si fueras alguno de su familia?
Vamos, Renato, eso es hacer literatura…
- ¿Y qué? Lo que se escribe dura más que
la carne, ¿no?
Escuché el sonido que hizo al aspirar, y
supe que se estaba llevando las manos a la cara en ese momento. Él era el que
había traído el aroma de los muertos a la biblioteca, a la sala de juegos, a la
oficina de trabajo de Eber Martins.
-Y decime, ¿qué ganaste con eso? Si yo
no los convenzo, te llevan preso, ¿y qué es de Ceci, entonces?
-Ya lo sé, ¿creés que no te agradezco?
Pero por lo menos me saqué las ganas de demostrarle a Martins que sabemos lo
que su hermano o su primo o qué mierda sea hicieron con los obreros.
- ¿Te pensás que les importa algún
carajo? Sos un idealista de pacotilla, Renato. Por lo menos tu mujer es más
práctica. Pelea cuando sabe que tiene posibilidades de ganar.
-Está en la cárcel…
-Precisamente eso es pelear y ganar. En
estos gobiernos, los que están afuera no la comen ni la beben, son peleles que
cambian según la dirección del viento.
- ¡Como vos, Sebastiano!
-No digás pelotudeces. Yo soy un barco,
querido, que se salva de los naufragios.
-A eso se llama la nave del estado, ¿no?,
donde se suben los hombres como Martins, que entregan a los hombres para sacar
ventaja. Los que no laburan, ¡pum! Y las máquinas funcionan otra vez, ¿y sabés
lo que las hace funcionar? El miedo, Sebastiano.
- ¡Qué descubrimiento, che! Te merecés el
premio Nobel, querido.
Y Renato siguió hablando en voz baja hasta
después de medianoche. La televisión apagada ya no tenía nada que contar. El
país estaba en orden. Pero él contaba en números, hasta sesenta y uno, y luego
empezaba otra vez. Pronunciaba el nombre de mi madre luego de cada decena, y
comenzaba nuevamente con el uno, aislado y solitario. Renato lloriqueaba por
efecto de la desazón y de la borrachera del whisky, en medio de la noche.
Cuando eran las tres de la mañana, Sebastiano otra vez lo tenía abrazado
intentando consolarlo.
Leticia, acostada en la alfombra al pie del
escritorio sobre el que las carpetas con nombres de empresas y hombres
importantes amenazaban con caérsele encima, sabía que yo escuchaba también ese
largo soliloquio entre dos hombres que escarnecían el mundo en que vivían.
4
Me desperté a las siete de la
mañana, creo. Los hombres ya no estaban, ni tampoco Leticia. Sola, encendí el
televisor. Todavía no había empezado la transmisión. Abrí la cortina y el sol
entró de lleno echando abajo las construcciones de la oscuridad, y el ruido de
las maquinarias de la fábrica parecían reconstruir el mundo de la habitación:
los edificios de libros, las llanuras del living, las estaciones de los
escritorios. Tenía hambre, y me sentía transpirada y sucia. El día prometía
tanto o más calor que el anterior.
Salí y recorrí el pasillo hacia la cocina.
Me recibió la cocinera con un “buenos días, señorita”.
- ¿Dónde están todos? -pregunté.
-Discutiendo, ¿no se enteró todavía?
- ¿De qué?
-No abren las calles en varios días, es
orden del gobierno. No nos dejan salir ni entrar. ¡Y nosotros con los muertos
adentro!
Entonces escuché las voces que discutían
en la entrada al parque. Todos hablaban al mismo tiempo y rodeaban a un hombre
de traje con la típica pinta de un funcionario de turno. Afuera, del lado de la
vereda, había soldados con fusiles. Leticia se me acercó corriendo desde ahí.
- ¿Qué
pasa?
-Que cierran las calles y no puede entrar el
servicio de la cochería. Pero todos estos se las van a arreglar para irse.
Para
la tarde ya no quedaban solamente los familiares más cercanos. Diez en total.
Renato dijo que había que aguantarse hasta que permitieran el acceso. Por la noche nos reunimos en la sala
principal, una gran estancia de varios sillones y mesas bajas. Algunos leían,
otros jugaban a los dados. La tía Eriberta parecía feliz de organizar esa
pequeña tertulia, que habría sido perfecta de no ser por el tufo a flores
muertas, que pronto fueron arrojadas a la vereda. Pero al día siguiente el
aroma a podrido continuaba, y todos sabíamos de dónde venía. De las salas con
los ataúdes por supuesto, pero incluso en el parque se olía aún más fuerte. A
mí no me molestaba demasiado, no sé la causa, tal vez el olor dulzón de la
carne en descomposición fuese algo innato en mi cuerpo, como la memoria de los
huesos, o tal vez la memoria de los músculos. La peculiaridad de Leticia estaba
en su conocimiento intelectual de las cosas del tiempo y del mundo, su cuerpo
era sano, bien lo demostró durante mucho tiempo más adelante, y por eso era capaz
de sufrir y metabolizar las consecuencias de ese conocimiento que pocos toleraban.
Sin embargo, yo no era capaz de ver más allá de mi presente, mi cuerpo me
limitaba a eso, y precisamente era esta circunstancia la que convertía mi
cuerpo en una red que atrapaba la tragedia y la convertía en enfermedad. Y el
dolor, entonces, se recuerda a sí mismo como un viejo familiar que nos visita
de vez en cuando, hasta que un día ya no quiere irse.
El olor llegaba desde la fábrica,
atravesando la calle y venciendo la humedad del follaje del parque y el olor a
gasolina de los autos que a pocas cuadras continuaban haciendo su vida
habitual. Me encerraba en el vivero, y Leticia me acompañaba toda la tarde,
recorriendo los senderos entre las plantas, y bajo la mirada del jardinero que
intentaba desnudarnos con los ojos.
-Vinieron las grúas-dijo él, mientras
destrozaba unas azaleas en el intento por trasplantarlas.
Intentamos evitarlo, pero no había caso.
Tuvimos que preguntar.
-Para levantar a los muertos, ¿para qué va a
hacer?
Era verdad. Fuimos hasta la entrada y nos
asomamos por la reja. Una topadora trabaja en el predio de la fábrica y
depositaba el contenido que levantaba en grandes contenedores. Era tierra, aparentemente,
piedras y trozos de mampostería. Pero el olor volaba, iba y venía, secundado
por las moscas.
Pasaron cuatro días. Las barreras que
cortaban Lamadrid, entre Azcuénaga y Rawson fueron levantadas. Tía Eriberta
atendió el teléfono.
-Mañana llegan temprano.
Eran las diez de la noche. La partida de
ajedrez entre Farías y Renato se vio interrumpida por el anuncio. El tío abuelo
se despertó, sobresaltado, y aunque no hubiese escuchado, era evidente que lo
había soñado.
En la mañana llegaron los coches fúnebres.
Cargaron los ataúdes. Detrás, tres o cuatro autos más con las coronas. Y luego
la caravana, ya corta, de los familiares.
- ¿A dónde vamos? -pregunté a Renato, que
estaba a mi lado y Leticia al otro. Hasta
entonces daba por sentado que iríamos al cementerio de Morón.
-A Flores, Ceci, al cementero de San José
de Flores. Ahí está el panteón de la familia.
- ¿Panteón? Ah, sí, perdón.
-No
importa, Ceci. Es como una gran casa para los cuerpos.
Farías, que estaba a mi lado me dijo:
-Y
donde todos hacen un silencio envidiable, menos las cucarachas que hablan de
Dios.
Ambos hablaban sin cuidado de lastimar los
sentimientos de Leticia. Al parecer, carecía de ellos. Nadie la había visto
llorar por los padres, y las lágrimas que había derramado por los obreros luego
de unas horas parecían simplemente un llanto teatral de quien se sabe vista por
considerarse especial. Ya me estaba encolerizando esa diferencia que ella
explotaba a su favor: la condescendencia de la tía Eriberta, y los silencios de
papá y Farías que intentaban hacer para ocultar lo que al fin de cuentas a ella
no parecía afectarle: los negocios del padre y sus consecuencias en los hombres
de su fábrica. Esa noche la había observado atentamente en la oscuridad,
acostada en la alfombra que había sido pisada por los zapatos de Eber Martins,
casi acariciándola con su mejilla y como si escuchase la voz del padre dando la
orden de reprimir fuese como fuese a los obreros y reemplazarlos por los que
quisieran trabajar. Yo también escuché el relato de Sebastiano Farías, que
había comenzado en la oscuridad del estudio esa noche, interrumpido por el
sueño de Renato y retomado en el auto que avanzaba con lentitud por la avenida
Rivadavia.
-Como te dije, Renato, Eber hizo lo que
pudo para vencer la resistencia de sus hombres. Sometió al despido a los
primeros, pero cuando éstos no quisieron irse y tomaron la fábrica, trajo los
que trabajarían a destajo, y no se sorprendió demasiado cuando éstos también se
revelaron, porque había muchos infiltrados de la izquierda. Entonces los
sometió al hambre, prácticamente, evitando que las mujeres y los hijos entraran
en contacto con ellos. Cortó las líneas telefónicas y prohibió con soldados en
las puertas la entrada de cualquier abastecimiento. Después intentó la
diplomacia cuartelaría y más tarde la de los medios, recurriendo a la
televisión para convencer a lo que él llamaba el pueblo que los obreros
atrincherados eran comunistas asesinos. Y casi, casi, con ese método
blandengue, pudo ganar. Pero entonces vino el verano, ¿y a él qué se le
ocurrió?, llevar a su familia de vacaciones como si nada pasara. Era parte de
la estrategia, por supuesto, pero la pifió, como dicen ahora. La treintena de
hombres eran ya más de cincuenta. Tenían hambre y sed, y algunas mujeres habían
entrado para convencer a sus hombres que cedieran.
- ¿Pero ellos sabían que Martins ya estaba
muerto?
- ¡Qué sé yo! Quiero creer que no, porque
entonces no habrían salido a buscar agua al tanque. Muerto el perro, se acabó
la rabia, eso era lo primero que tendrían que haber pensado de saber de
Martins, y entonces habrían aguantado un poco más. Lo que no era ninguna
garantía, por supuesto, pero para ellos habría significado mucho.
-No pasaron muchas horas desde que llegó
las noticias desde la costa.
-Pero las radios a pila ya debían estar
agotadas, y no tenían electricidad. Para mí que no se enteraron. Fue el calor,
estoy seguro. Los que salieron estaban casi desnudos y muy flacos.
-Fue
un verdadero sitio, como en los viejos tiempos.
-Sí, querido, como en los principios de la
civilización, ¿no?
El sarcasmo era un filo, frío y certero
en medio del auto. Leticia escuchaba en silencio, con la vista fija tras las
ventanillas cerradas del Fairlane, mirando, aparentemente, los negocios a lo
largo de la avenida: Haedo, Ramos Mejía, Ciudadela. Cuando llegamos a Liniers,
cruzamos la General Paz y el auto se desvió en dirección a Juan B. Justo. Y en
ese preciso momento, ella empezó a gritar.
Pero me adelanto, olvidando pistas previas
en esta narración cuya esencia es precisamente el tiempo, porque tal era el don
de mi prima Leticia. Sin el tiempo, ella no era nada. Su mente era un laberinto
donde la bestia del Minotauro iba y venía como si fueran muchas a la vez, y
Leticia persiguiéndola para esquematizar el diagrama del tiempo, donde el
espacio era nada más que uno de los múltiples planos de los esquemas que
pretendía esbozar. Y como todo esbozo, se borraba y volvía a ser dibujado para
tener una efímera vida propia.
Un rato
antes, cuando íbamos por el centro de Rivadavia, ella preguntó:
- ¿Por
debajo está el Maldonado?
La
miramos con curiosidad, menos el chofer del servicio, que la observó con sorna.
¿Tal vez también olía algo? Porque Leticia husmeó, literalmente, el aire a su
alrededor. Íbamos detrás, por supuesto, del coche con los ataúdes, pero los
olores de la calle habían tapado aquel olor al que ya tan acostumbrados
llegamos a estar durante la estadía en la casa. Hicimos lo mismo que ella, pero
no sentimos nada.
-Sí, más o menos- le dijo Renato. -El
Maldonado nace por San Justo, y por esta zona está intubado hace mucho tiempo.
- ¿Y
hasta dónde llega?
-En
la capital corre debajo de Juan B. Justo, y drena en el río. ¿Por qué?
-Es un olor tan fuerte que sale de las
alcantarillas.
Ella abrió la ventanilla y señaló los desagües
en las cunetas a ambos lados de la avenida. Entonces se tapó la nariz y sus
ojos lloraban por el tufo. Nosotros no sentíamos nada.
-Cerrá, querida-dijo le chofer.
Fue al tomar Juan B. Justo cuando ella
empezó a gritar. Primero fue un alarido que creímos le rompería las cuerdas
vocales, pero la subestimamos. Con los sucesivos gritos que cada vez fueron más
fuertes, empezó a patalear. Farías intentaba sujetarla, pero por más que le agarrara
los brazos ella pateaba el asiento delantero. El chofer se detuvo y bajó del
auto. Abrió la puerta trasera y le dio una bofetada a mi prima. Renato y Farías
se encabronaron. Hubo insultos de uno y otro lado, entonces reconocí al chofer:
era el jardinero de la casa de los Martins.
Se dio cuenta que yo lo había reconocido,
pero como si fuera algo habitual en eso tiempos que los hombres tuvieran dos o
más trabajos, ninguno dijo nada, si es que también lo conocían. Leticia se
calló la boca luego de la bofetada, y se puso a mirarlo con cólera.
-Vas a terminar como ellos-le dijo.
- ¿Usted cómo se llama? - preguntó Farías,
sacando una libreta, amenazador y pulcro como sólo él podía serlo.
-Oscar Méndez, señor…- dijo, insultando
con el “señor” como si hubiese dicho una mal palabra.
Los otros autos de la caravana se habían
detenido a un costado de la avenida, con las balizas encendidas mientras el
tráfico alrededor tocando bocina. los conductores insultaban o simplemente
hacían la señal de cruz. Otro chofer había llegado y preguntado qué pasaba. Le
explicaron. Luego hablaron alejados, en la vereda, apoyados en una pared
mientras los peatones se detenían a observar.
-Yo seguiré el servicio-dijo el recién
llegado. Méndez fue al otro auto.
Cuando íbamos a subir, Leticia se acercó a
una boca de agua en el cordón, se puso en cuatro patas y acercó la cara a la
alcantarilla.
- ¡Leti! -le grité.
- ¡Están ahí, Ceci! Hay muchos, muchos,
Ceci. Quieren salir.
Todos
la escuchamos, incluso Méndez había vuelto a acercarse. La relación entre ellos
iba más allá del simple encono, algo había pasado, y aunque no me animaba a
reconocerlo, más adelante estaría segura.
Habían pasado sólo unas cuantas horas
desde los disparos y el fin de la revuelta en la fábrica. Las noticias de la
radio, ahora encendida en el auto, decían que los rebeldes estaban encarcelados
en Ezeiza en espera del dictamen de un juez. Cada uno de ellos tendría un
juicio justo, decía la voz de la periodista de turno, con voz melosa, como
tantas de las modelos de pasarela que tomaban la posta de las noticias en esa
época, confusa, propia del cambalache que tantos cantaban y que nadie comprendía.
¿Cómo entender los principios tergiversados, si hasta los simples y
tradicionales roles estaban cambiados?
De la familia, sólo la tía Eriberta llegaba
ahora luego de caminar los doscientos metros desde donde el otro auto se había
detenido. Agarró a Leticia de un brazo y empezó a arrastrarla. Ya estaba harta
de esos caprichos, dijo.
-Déjela, señora, por favor-. La tía cedió
ante la única voz que aparentaba respetar. Farías se acuclilló junto a Leticia
y le acarició la cara y le secó las lágrimas.
- ¿Qué
te pasa? -le preguntó.
-Los
hombres, señor Farías, están ahí abajo. Todos los de la fábrica. Yo los
conozco, me saludaban desde la puerta cuando entraban y salían. Las mujeres
venían con los nenes cuando terminaban el turno. Me saludaban, y yo no sabía
cómo se llamaban, pero les conozco la voz. Y los escucho ahora, gritan mientras
flotan boca arriba en ese rio profundo allá abajo.
Señaló la alcantarilla con el brazo
extendido, y los dedos le temblaban.
-Me están llamando.
Se acostó en el empedrado y apoyó un oído
en el suelo.
-Escuche, señor Farías.
El diputado, joven y ya prometedor
político de la nación, se postró sobre los adoquines y apoyó el oído. Entre las
grietas tal vez escuchaba algo, pero nunca supo decir si fue su imaginación o
la sugestión de lo que después ocurrió. Otra vez el tiempo que confunde esta
narración como lo confunde todo.
-No
escucho nada-le dijo a Leticia, si fue mentira o verdad, no importa, su
respuesta fue el resultado de la incertidumbre por el dolor de esa nena de doce
años, ¿o de la mujer?, que no se calmaría nunca.
Ella lo miró, angustiada.
- ¿Ni el olor? Es tremendo, doctor…-. El
rostro se le deformó en una mueca de asco. - Tratan de nadar en medio de las
aguas podridas.
Leticia vomitó en plena calle. No había comido
nada, y tomado sólo un té con leche esa mañana. El vómito, sin embargo, era
abundante y de un olor acre e insoportable que hizo que todos a su alrededor
nos tapáramos las narices.
Era el típico olor de la carroña.
Le limpiaron la cara, le dieron agua
mineral de la botella que llevábamos en el auto durante esa tarde de calor
agobiante. El chofer dijo:
- ¿Vamos, señores? - era, sin duda, un
Gonçalvez, un peón de Gamaliel, el pomposo y sobre todo enigmático nombre de la
funeraria que estaba organizando toda la ceremonia de uno de los miembros de su
extensa familia. Pero todo era en honor de los Martins, por supuesto, y no de
los Tejada. Con el tiempo me fui enterando que cada una de las letras
corresponde al apellido de las familias fundadoras, la “m” hace referencia a
los Martins, claro, una de las familias que sobrevivían, junto a los Arriaga,
por ejemplo, de Entre Ríos y Santa Fe, los Aranguren en el centro oeste de la
provincia de Buenos Aires, los Larriere en el medio este, y los Gonçalvez, por
supuesto, que son como una plaga en todas partes, Brasil y Uruguay
especialmente. Eso fue lo que escuché cuando retomamos el camino hacia el
cementerio de Flores. El trayecto por la Juan B. Justo fue corto, pero
suficientemente ilustrativo, trágicamente ilustrativo, debo decir.
El
doctor Farías había levantado a Leticia en brazos y la llevó al auto. Durante
media hora ella durmió en sus brazos, como si fuera la hija que nunca tuvo, o
por lo menos que él reconociera, porque se sabía que don Sebastiano era un
mujeriego impenitente pero demasiado discreto, demasiado atractivo y educado,
una mente que desbordaba cultura en cada palabra y en cada gesto de sus manos,
para que las mujeres que fueran sus víctimas pudiesen ser tan diferentes a él
como para calumniarlo reclamándole algo que él mismo no se hubiera impuesto
antes el deber de cumplir. Si tenía hijos, eran suyos sin necesidad de que el
mundo lo supiera, simplemente con verlos, tal vez, alguno se diese cuenta, en
el atractivo del rostro, la estampa del cuerpo o la educación de sus modales.
Leticia y yo, entonces, nos apoyamos cada una en los hombres que nos
acompañaban. No eran nuestros verdaderos padres, pero merecían el nombre.
La siniestra escenografía del cementerio
de San José de Flores en esa tarde que fue encapotándose de nubes grises y
condensando la humedad más terrible que yo hubiese sentido hasta ese momento,
no nos dio motivos para salir del auto. Pero los cajones fueron bajados de los
otros coches, y si los muertos se animaban a exponerse a ese clima que
aceleraría su descomposición, ¿por qué no nosotros, si estábamos vivos y
chorreando sudor por cada poro de nuestra piel pegajosa?
Un
funeral en verano es lo más abstruso que puede experimentarse.
Las moscas son las únicas invitadas de honor,
las que organizan la coreografía de las manos inquietas de los familiares de
los difuntos, las que otorgan el ritmo de las palmadas sobre la piel en
golpecitos de furor, y las que zumban como un deletéreo coro gregoriano como
fondo de los murmullos y los responsos, inagotables.
El funeral de Eber Martins y Manuela
Tejada fue una comedia vestida de tragedia. Ninguno de los presentes pudo
tragar las palabras del cura, extraídas del Antiguo Testamento, dicotomía que
yo no comprendí ni di la necesaria relevancia en ese momento, y que son
elementos para otra historia que no me corresponde contar. Mi protagonista es mi prima Leticia, que
estaba allí parada junto a los féretros de sus padres, de la mano del doctor
Farías. Ese hombre de traje pulcro que nunca olía mal, cuyo cuerpo era una
especie de amalgama destruida y reconstruida a cada instante, y por eso no
acumulaba olor ni transpiración. Tantas veces lo vi llevarse la mano al
estómago flaco que yo adivinaba bajo el chaleco con la cadena del reloj
cruzándolo no como un ornamento, sino como si lo apresara. Para que algo,
dentro o debajo, no se escapara.
Eso fue lo que pensé, por primera vez,
mientras lo veía allí parado, enhiesto, único hombre que comprendía
verdaderamente el don, si así puedo llamarlo, de Leticia. El único que le creyó
antes de ver y corroborar lo que ella había vaticinado. Y el olor flotaba en el
aire formando imágenes de humo y guerra.
Escuchamos, gracias a que el cura se había
callado, las noticias de la radio de uno de los autos, puesta a todo volumen,
como si Oscar Méndez estuviese sordo, el jardinero-chofer y presumiblemente
capaz de otras profesiones de incierto y dudable valor. Las noticias que
anunciaban la masiva manifestación de obreros que iban desde el centro porteño
hacia las salidas de la capital hacia el oeste, a protestar por los trágicos sucesos
no aclarados todavía. Iban caminado por Juan B. Justo, que en gran parte era el
techo del Maldonado, y todos ellos sordos a los gritos que Leticia aseguraba
había escuchado dar a los muertos.
5
Cuando regresamos a la casona
después del funeral, le dije a papá Renato que no podíamos dejar a Leticia así
nomás. Él estaba ansioso por retomar las visitas a mamá, pero me dijo que yo
tenía razón. Como estábamos cerca de El Palomar, iría esa tarde. Si mamá estaba
bien, nos quedaríamos unos días más, qué sé yo, lo necesario para ver si mi
prima se reponía. Farías la había llevado en brazos, dormida y agotada, hasta
el dormitorio y la acostó. La tía Eriberta y otras le dijeron que se
encargarían, pero Leticia protestaba y chillaba cuando ellas la tocaban. Sólo
se serenaba con las manos del doctor.
Sebastiano Farías debía tener no más de
cuarenta años. Estaba, en lo que se suele decir, el apogeo de su masculinidad.
Rezumaba parsimonia y fuerza por las manos y la cara cuidadosamente rasurada, incluso
las patillas cortas invitaban a que cualquiera quisiera tocarlas, suaves y
sirviendo de preámbulo al cabello apenas largo que se escondía tras las orejas.
El olor del tabaco fino lo acompañaba siempre, envolviendo sus hombros y sus
piernas con un andar aparentemente lento que no era más que seguridad y
certeza. Sin embargo, cuando escuchaba a los demás, las expresiones de su
rostro denotaban interés y dudas al mismo tiempo, como si estuviese no solo
compartiendo las inquietudes del otro, sino intentando darles una solución
satisfactoria. Si la hallaba, la exponía como un comentario más para no
ofender, si no, se callaba la boca o decía: “muy interesante, déjeme que lo
piense un poco”.
No era extraño que la breve relación de
Leticia con él se convirtiese en una especie de complejo de Edipo, así me había
pasado con Renato. Sebastiano era el padre que debía haber tenido Leticia, y el
marido que nunca tendría.
La tía Eriberta, celosa, le decía, sentada
al pie de la cama de mi prima mientras la veía dormir:
-Usted es un hombre muy ocupado, doctor,
deje que las mujeres nos encarguemos de la chica.
Farías, encendiendo un cigarrillo junto a
la ventana, por donde entraba el nuevamente habitual sonido de las maquinarias,
le dijo con el tono de quien no intenta ofender a nadie:
-A veces, las mujeres necesitan de los
hombres, señora.
Tuve miedo, yo, que estaba también en la
habitación, agarrando la mano de Leticia, la única mujer que no rechazaba.
Pensé en Méndez, tal vez oyendo a la distancia desde el parque, acostumbrado a
mirar ese ventanal por el que Farías ahora escuchaba la sirena de las seis de
la tarde anunciando el fin de la jornada y la próxima salida de los obreros. En
veinticuatro horas había vuelto a la rutina lo que durante seis meses había
estado alterado. Los muros de la fábrica no eran ciegos, sólo los hombres que pasaban
por delante y apenas asomaban la cabeza por encima del muro, temerosos de ver
lo que no querían, porque lo que no se ve no se sabe, y la suma ignorancia es
el último bastión, tal vez el más inexpugnable, de la ignominia.
En la noche, como en las siguientes
mientras nos quedamos, dormí en la misma cama con Leticia, pero aún estábamos
cenando en la habitación. Ella no quiso terminar su plato y se había dormido
otra vez. Un médico de la familia, creo que era uno de los primos de Farías, la
había revisado, asegurando que estaba simplemente angustiada, que la dejáramos
en paz. “Los chicos son más fuertes de los que pensamos”, dijo, y Sebastiano le
agradeció tan sutil diagnóstico. Como no se llevaban bien, el médico salió sin
saludarlo.
Estábamos casi a oscuras a pesar del
velador de noche junto a la cama.
- ¿Usted cree que ella sabe?
Me miró desde el sillón, con un libro
abierto en las manos, simulando leer, creo, aunque su mente vibraba en
diferentes planos a la vez.
-La ignorancia premeditada es la peor de
todas, Cecilia. No puede ser vencida. Es más inquebrantable que la muerte.
Leticia no conoce los límites. Podrá ver brumas, pero en algún momento siempre
se aclaran. Es una carga muy pesada para una nena.
-Las nenas crecemos, doctor.
-Ya lo sé, por suerte es así. Hechas
mujeres, nos sobreviven.
- ¿Mamá va a salir, no es cierto? ¿Usted
la va a sacar?
-Por supuesto. Tu mamá es un pedazo de
roca, pertenece a esta tierra urbana, obstinada y pueril, ignorante y mala. A
ella le gusta pelear contra el concreto, por ejemplo, de los muros de esta
fábrica que ahora duerme su sueño de hierro. Pero Leti está por encima, ve todo
y no puede bajar e ignorar como los demás a ras de tierra. Ella es de agua, a
lo mejor, o es aire.
- ¿Y no son lo mismo?
-Exacto, Cecilia. Nosotros somos el
carbono que está en nuestros huesos, ella es oxígeno y el hidrógeno. Nosotros
somos opacos, ella es transparente, pero me refiero de adentro hacia afuera.
Nosotros vivimos en una cueva con paredes que nunca o muy pocas veces se
fracturan, ella es una copa de cristal que se quiebra o que resuena.
¿Quién era el diputado Sebastiano Farías?
¿Un político? ¿Un librepensador? La suma de sus talentos era únicamente
apreciable luego de mucho tiempo de conocerlo y penetrar las múltiples capas de
sus discursos.
Renato había vuelto contento, si así puede
decirse, de la visita a mamá. Me contó que ella estaba muy orgullosa de mí, de
cómo cuidaba y me preocupara por mi prima. Y que postergara mis preocupaciones
por ella, que en la cárcel se sentía a gusto con todos esos presos políticos a
cuya clase pertenecía. Renato me lo repitió textualmente, sabiendo que me haría
el efecto contrario a lo que las palabras profesaban, y que era precisamente la
intención de mamá. Así fue que heredé esa forma de pensar tan cercana al
sarcasmo, tan rebelde a lo bien pensante, pero en mí esas arquitecturas del
pensamiento intelectual siempre se vieron debilitadas por las aguas del
pesimismo, o más bien de la amargura, que pudre los cimientos.
Farías dijo, dos días después, que debía
volver al Congreso para cumplir con un quorom
imprescindible a su partido, y por otras causas pendientes. Leticia ya
estaba mejor, comía y salía al parque, pero tenía una ojeras oscuras y
profundas, donde los ojos parecían querer abismarse. Extraña sensación fue la
de sentirme tentada a imaginar una escena propia de una mala película de
terror, metiendo mis brazos en las cuencas vacías para rescatar los ojos de
esos hondos aljibes.
¿Leticia estaba loca o era verdad lo que
decía ver? Ese es, al fin de cuentas, el tema principal de esta larga
narración. Ya mucho tiempo después, me dije que su don no era única y completamente
ver el futuro, sino ver lo que los demás no podemos ver, imágenes que podrían
haber sido el pasado o ser el futuro, pero que están latentes en el presente.
Ése es el material con el que las personas como Leticia trabajan, solamente en
el presente está todo, porque es lo único que existe, y ni siquiera puede ser
palpado o atrapado.
¿Cuánto dura un instante?
Había
empezado febrero. La familia ya se había ido, sólo quedaba la tía Eriberta con
sus eternas protestas y Méndez, que daba vueltas por el parque con sus tijeras
de podar y las pisadas duras de sus botas sobre las hojas secas. Renato y yo
éramos huéspedes transitorios que molestaban la obsesión de propiedad de la
tía. Sé que hablaba diariamente con el abuelo Martins, informándole de los pormenores
de la casa, bajando la voz cuando hablaba de nosotros. El teléfono, durante
esos días, no dejaba de sonar o de ser utilizado, tanto por ella como por
Renato, que hablaba con Sebastiano todas las noches. La tía pasaba por al lado
y echaba una mirada desaprobadora, pensando en la cuenta del teléfono, lo que
sin duda era nada más que una excusa para su mezquindad natural.
Una noche, al terminar de hablar, Renato fue a
saludarnos antes de irse a dormir. Volvía de hablar con Farías, y se notaba
preocupado.
- ¿Pasó algo con mamá?
-Nada, Ceci, todo va viento en popa sobre
eso.
- ¿Entonces qué te pasa?
-Sebastiano se escuchaba mal, como cansado.
Hasta creí, o me pareció, que estaba por ponerse a llorar. Son esos nudos que
se forman en la garganta, ¿viste?
-Sí, papá, entiendo.
Renato se sacó los anteojos y me observó
con esos ojos azules que parecían encresparse como olas de dos mares
embravecidos de furia cuando se sentía impotente ante lo que perturbaba la tranquilidad
de su mundo. En ese momento no era mi padre adoptivo, sino el esposo de mi
madre, y quise abrazarlo y mecer su cabeza sobre mi pecho para darle el permiso
de llorar. Sin embargo, ni él ni yo teníamos el permiso de hacer lo que
deseábamos.
6
En julio, todo parecía haber
vuelto a la normalidad, si es que a eso puedo llamar al endeble estado de
entreguerras civiles. El gobierno de Onganía sobrevivía a expensas de su propia
impotencia por medio de la arrogancia. Algunos decían que Perón volvería al
poder muy pronto, ya se venía preparando el ambiente político para su regreso.
Mientras tanto las revueltas continuaban en las universidades, y los gremios y
sindicatos se pelaban unos contra otros.
Los obreros de La Cantábrica seguían
trabajando y no daban de qué hablar. Nadie los conocía, y ellos no hablaban a
la prensa. ¿Quiénes eran?, vociferaban las letras mudas de algunos panfletos de
izquierda que nunca podían ser destruidos del todo, siempre aparecían en alguna
esquina, por más que horas más tarde amaneciesen todos quemados en un 12CV
también carbonizado. De los cadáveres no se hablaba, nunca existieron para las
versiones oficiales de los acontecimientos de ese verano. Éstas decían que los participantes
de la revuelta habían sido reincorporados, y pocos otros despedidos, sin saber
nadie el paradero. Pero todos sabían que no eran los mismos hombres, y el
número sesenta y uno fue tomando un cariz de propaganda subversiva, a la vez
que se teñía con un estrafalario color quinielero: el 61 era “la escopeta”.
Así, ambos caracteres se acoplaban ingeniosamente, lo popular se aunaba con lo
rebelde. Eso era lo que al gobierno le desagradaba.
Farías había estado ausente durante
febrero, por vacaciones les había dicho a mis padres. Mamá había sido liberada
el 14 de febrero. Su legajo estaba limpio, dijo Farías, y le había costado
mucho deshacerse de esas carpetas. Lamentablemente, los hombres que se
acordaban de ella todavía estaban en el poder, y contra eso no podía hacer
nada. Ella le agradeció todo el esfuerzo, por supuesto, en realidad no tenía
palabras que ofrecerle más que las mismas de siempre. Habría querido abrazarlo,
probablemente, pero a pesar de todo, seguían en diferentes lados de un mismo
sistema. Cuando se encontraban, surgía un inevitable chispazo de conflictos
ideológicos; sin embargo, ella, la guerrera, condescendía, y él, el intelectual,
se acomodaba. Ambos inteligentes para sobrevivir a una guerra que nunca iba a
terminar. Eso era el gobierno argentino, fuese quien fuese el que ejercía el
poder temporalmente, un terreno de guerra donde la estupidez mandaba y la
estulticia era ley.
-La ley es un anacronismo -le dijo una
vez a mamá, poco después de que ella regresó a casa. - Levantamos caudillos y
tiramos abajo las paredes de la ley.
-Y construimos autopistas…
-Sí, son imponentes, y lo mejor es que
nadie ve dónde terminan, puede ser a mil kilómetros o a dos cuadras, cuando
unen desiertos.
-Usted, amigo mío, querido amigo-le dijo,
apretándole las manos con las suyas, agradecidas-. Usted no dice eso en sus
discursos.
Él se rio.
-Claro que no, ¿o me quiere muerto? ¿Cree
que no saben de mis visitas a esta casa? Me lo toleran porque soy un sepulcro.
Tengo una familia que me protege, pero que también me obliga. A veces….
-A
veces desearía aniquilarse, ¿no es cierto?
Fue
la primera vez que escuché a mamá hablar de algo parecido al suicidio. Ella,
que era tan fuerte, también sabía de lo fútil de su constante pelea.
Luego, Sebastiano Farías desapareció de
nuestras vidas por unos meses. Lo escuchábamos por radio en sus discursos,
leíamos noticias sobre él, muy esporádicamente. En mayo se empezó a hablar de
que estaba al frente de una comisión encargada por el gobierno para poner en
orden varias revueltas estudiantiles y de obreros. Apareció en las noticias de
la televisión, mezclado con muchos colaboradores de civil y rodeado por otros
tantos soldados que lo custodiaban cuando entraba en las fábricas hostiles. De vez
en cuando llamaba por teléfono, porque no quería que Renato ni mamá lo
llamaran, por si las líneas estaban vigiladas. Él estaba más allá del bien y
del mal, como le gustaba decir. “Me muevo cómodo tanto en el cielo como en el
infierno”, esa frase se quedó grabada en mi memoria, dicha un día cualquiera de
aquel verano funesto. Y en esas llamadas él hablaba en códigos que Renato me
develó mucho más tarde. Usaban palabras coloquiales y domésticas que sin
embargo se referían a personas del gobierno o a hechos determinados.
Un día de junio, el 20, creo, cuando yo
había vuelto del acto escolar, encontré a Renato parado al lado del teléfono
colgado. Le pregunté qué pasaba. No me hizo caso, pero respondió a la misma
pregunta de mamá. Contestó en voz alta, como ensimismado a la vez.
-Se metió a revolver el tema de La
Cantábrica.
Hizo una pausa.
-Es demasiado tentador para él tener esos
archivos tan cerca y no espiarlos, ¿no te parece?”. Eso me dijo.
-No te preocupes, es un camaleón…-dijo
mamá.
No puse evitar reírme, imaginando a un
camaleón erguido en su cola, de la altura del doctor Farías, de traje y
fumando, como en una película de Disney (el Disney antes de prostituirse). Me
miraron.
-Creo que te equivocás-dijo Renato. -Sebastiano
es como una cucaracha. Se mete en los peores lugares y siempre sale indemne.
El feriado nueve de julio tocaron el
timbre a medianoche. Escuché las pantuflas de mamá en el piso del comedor y el
rechinar de la puerta, tan poco discreto. Enseguida, el ruido de los goznes al cerrar
y el gemido de un hombre y el grito apagado de mi madre. Me levanté y corrí, ya
estaba Renato con ellos. Sebastiano estaba abrazado a ella, pero después me di
cuenta de que en realidad lo sostenía para que no se cayera. Entre ambos lo
sentaron en el sofá, le levantaron las piernas y le preguntaron una y otra vez
qué le había pasado.
Tenía
uno de sus trajes habituales, pero con los codos rotos, el chaleco abierto y
sin corbata. Mamá le sacó los zapatos llenos de barro, y entonces me di cuenta
del olor. No era solamente barro, sino mierda, y todo su cuerpo estaba manchado
de eso y otras cosas. Un olor a cosas podridas, largamente hechas pedazos y comidas
por las ratas, y las ratas por los gatos de la avenida Juan B. Justo, que eran
los mismos que habitaban las veredas por la noche, y se metían en las casas o
los departamentos como si fuesen señores del barrio.
Renato lo levantó.
-Yo me encargo, vos prepará algo para que
coma. Está tan flaco…-La voz se le quebraba.
Lo
llevó al baño y entrecerró la puerta. Yo escuchaba el ruido de la ducha, y las
palabras consoladoras de Renato a los gemidos y lloriqueos de Farías. Los vi
claramente por una de las hojas del espejo del botiquín sobre el lavatorio.
Farías tenía la cara manchada de mugre y la barba crecida, apenas abría los
ojos, y la cabeza se movía en péndulo como si los músculos del cuello no la
sostuvieran. Renato le fue sacando la ropa con cuidado, porque sabía el valor
que su amigo daba a sus prendas, por más que ya no sirvieran. Sólo alcancé a
verlo desnudo de espaldas mientras Renato lo ayudaba a meterse bajo la ducha.
No teníamos bañera, así que tuvo que meterse y sujetarlo mientras lo fregaba
con una esponja con jabón. En un momento escuché un ruido fuerte, ambos se
habían caído. Pregunté si estaban bien. Sí, me contestó Renato, y me pidió que
buscara toallas y las dejara en el piso junto a la puerta.
Un rato después, ambos salían. Farías con una
bata de Renato, y éste con el piyama mojado. Fueron al cuarto que servía de escritorio
y lo acostó en el sillón que también servía de cama a veces. Mamá trajo una
sopa cuyo olor no pudo vencer la putrefacción que había invadido la casa. El
olor estaba aún en los zapatos y la ropa, en el piso con las huellas de las
medias sucias, en la tela del sofá del comedor. Era el mismo aroma que yo
sentiría a lo largo de los años cada vez que me sentara, sintiendo vergüenza de
que los invitaron olieran lo mismo. Pero no lo hacían, o fingían no sentirlo.
Mamá le daba la sopa en cucharas, y Renato le frotaba la espalda para hacerlo
entrar en calor. Era julio, como dije, y la estufa calentaba sólo un par de
metros cuadrados, y no teníamos más que una para el dormitorio. Farías
templaba, pero poco a poco la sopa hizo su efecto.
-Le puse un calmante fuerte-dijo mamá, en voz
baja.
Cuando
se durmió, ellos se fueron a acostar. Yo los seguí, pero me quedé pensando en
mi cama, en la oscuridad. El olor de las cloacas era fuerte, y nunca había imaginado
que lo fuera tanto simplemente porque sólo olía el que salía por las
alcantarillas del baño o de la calle. Otra cosa era estar en medio de las
cloacas. Eso es lo que había hecho Farías, no había otra explicación. Había
bajado, tal vez, a los túneles del Maldonado, ¿para qué? Recordé a Leticia,
acostada en el adoquinado y mirando la boca oscura del desagüe en el cordón de
la vereda. Había olido exactamente lo que yo percibía ahora, con toda la
intensidad que en ese momento nosotros no sentíamos, tal vez porque ni siquiera
estaba todavía.
El único que le había creído fue el doctor
Farías, el leguleyo que leía poesía y fantaseaba con tragedias no ocurridas, el
que mientras hablaba de la realidad, también la construía a su antojo. Era
semejante a un arquitecto capaz de construir un teatro de ópera, pero que había
sido contratado para diseñar las villas miserias que poblarían el país.
Por debajo del canto, el chapoteo del
barro.
Necesitaba verlo de nuevo, saber si
necesitaba algo. Algo del enamoramiento de Leticia se me había pegado. Ella ya
se había olvidado, encerrada en su casa de Haedo, planeando lo que mucho más
adelante haría: irse a la casa de la costa, despojarse de todo y expiar las
culpas, (¿las suyas?, ¿las de sus padres?). Yo había desplazado mi extraño
anhelo de Renato a este hombre capaz de meterse en el infierno con tal de
comprobar lo que una nena de doce años le había dicho que encontraría por
debajo de las calles, muchos meses antes.
Fui hasta el cuarto y vi su sombra en la
oscuridad. Encendí el velador, lúgubre como todas las lamparitas que teníamos
en casa para gastar poca electricidad. Seguía dormido. Tenía los labios
hinchados y lastimados. La bata abierta mostraba el pecho hirsuto de pelo
claro. No tenía calzoncillos, claro, pero no miré lo que no tenía que mirar, o
quizá lo hubiese hecho de no llamarme la atención otra cosa. El abdomen de
Sebastiano Farías estaba lleno de cicatrices. ¿Operaciones? Me acerqué. No eran
cicatrices, sino heridas abiertas. Me dije que se las habría hecho esa noche,
en donde hubiese estado, hasta quizá fuesen mordeduras de ratas. Pero eran
largas y limpias, y los bordes estaban engrosados como luego de mucho tiempo de
no haber sido cerradas. Entonces vi que algo se movía en el fondo de las
heridas. No era sangre ni secreciones infectadas. Yo las conocía muy bien luego
de haber curado tantas veces a papá Tejada.
Eran los intestinos debajo de una capa transparente
llena de redes de venas. Los intestinos, que se movían como víboras inquietas.
7
Farías se quedó en casa toda
la semana, la mayor parte del tiempo acostado. No leía, sólo fumaba un
cigarrillo tras otro y miraba la televisión, únicamente noticieros, levantándose
continuamente para cambiar el dial, buscando el canal que anunciara algo en
especial. El escritorio permanecía con las ventanas y las persianas cerradas
porque decía que la luz lo lastimaba. Seguía con la misma bata, que ni siquiera
se cerraba cuando salía del cuarto e iba al baño al fondo del pasillo. Las
vacaciones de invierno habían terminado, y mamá y Renato habían retomado sus
respectivos turnos, así que no estaban en casi todo el día. Yo volvía de la
escuela, ventilaba un poco los cuartos llenos de humo, abriendo las ventanas, y
luego preparaba el almuerzo para él y para mí. Entonces se levantaba, se ataba
la bata y se sentaba a comer a la mesa. Era la única consideración hacia
nosotros en esos días, y lo hacía solamente por mí, según dijo. Yo lo veía
cortar la carne con el tenedor, como un viejo perdido en la senilidad, y me
daba tanta lástima el verlo así cambiado. Me pregunté si volvería a ser el de
antes.
Esa noche mamá y Renato discutieron. Ella
sabía la deuda en la que estaba con Farías, pero la dejadez en la que estaba no
era buena para mí, según dijo. Yo habría querido intervenir, pero habría sido
levantar la voz y discutir. Renato asentía, pero es mi amigo, decía, el único
que tengo, en realidad. Yo supe que esa noche terminaría toda aquella lacrimosa
pasión en la que Farías parecía regodearse.
A las doce, más o menos, escuché a Renato entrar
al escritorio, luego el ruido de la trasmisión intermitente de la televisión y
el abrupto “clic” de la perilla al apagarlo. Sin duda, hablarían.
Me levanté, automáticamente, como si fuese
algo obvio mi presencia en ese cuarto. Al fin de cuentas yo lo había cuidado
durante la mayor parte del día de toda aquella semana. Cuando fui a golpear la
puerta, entreabierta, me detuve. Los dos hombres estaban sentados en el sofá.
Farías aún recostado, pero con los pies en el suelo, y Renato sin apoyarse en
el respaldo. Yo había cumplido trece años, ¿era una nena o una mujer? Sin saber
con exactitud, supe con certeza que mi lugar no estaba en ser testigo de su
conversación. Sin embargo, necesitaba escuchar, y las primeras palabras que
Farías pronunció se convirtieron en garras de curiosidad que lentamente fueron
construyendo mi pertenencia a esos hechos. Hay lugares donde nunca hemos
estado, y los recordamos, hay eventos que nunca presenciamos, pero existe el deja vu implacable. Hay, también cosas
que nunca nos serán extrañas, cosas del pasado o del presente que aparentemente
no nos pertenecen, pero que de pronto, en un determinado e incierto día, son la
esencia de nuestra vida. ¿Cómo es que transforman de esa manera su filiación?
Un día son de otro, no nos conmueven, no apesadumbran. Luego, son nuestras, las
hemos vivido y sentido, y constituyen, inesperadamente, la arquitectura de
nuestra memoria.
Lo que empecé a escuchar fue eso, y todo
comenzó con la mención de un nombre que para mí no significaba nada.
-Me tienen, fichado, Renato. Desde hace
meses, años tal vez. Ya lo sabés, este ir y venir de tu casa puso la gota que
rebalsó el vaso. Por eso me nombraron presidente de la comisión, y todo fue
idea del coronel Ansaldi, ése de La Plata, un hijo de puta que serruchó el piso
de muchos de sus amigos para ascender a coronel a los veintiocho años, para
figurar en los anales del ejército sin ninguna duda. Me querían seguro,
agarrado de las pelotas, ahogándome de dolor si podían, mucho mejor. Al
principio todo era muy lindo y muy correcto, estadísticas, nombres de fábricas
y empleados, todo un archivo al que recurrir como futuras listas negras. Todo
un despilfarro burocrático y nada más. Pero yo los conozco desde siempre,
pronto aparecerían los chanchullos, económicos, por supuesto, arreglos con los
dueños de las fábricas y los gremialistas. Gobierno, empresas y sindicatos,
lindo trío del que nunca se cansará nadie que tenga la más mínima imaginación.
Farías se levantó, fue a buscar el encendedor
de plata en el escritorio, no lo encontró ni palpando la superficie con las
manos en la semi penumbra de la luz del velador. Volvió al sofá, suspiró,
agotado, y finalmente lo halló en el bolsillo de la bata.
-En
ese trabajo de ratón de biblioteca, encontré el archivo con el informe sobre La
Cantábrica, el oficial, por supuesto. En resumen, todo el procedimiento había
sido completamente reglamentario, tanto la intervención del gobierno como el
modo en que se reincorporaron los obreros rebeldes. No hubo muertos, sí hubo
disparos de advertencia, cuando algunos amotinados parecieron resistirse, pero
a la vista de las mujeres y los hijos, habían cedido. ¿Qué fue, entonces, lo
que nosotros vimos desde la casa de Haedo?
-Vos sabés lo que vimos.
- ¿Estás
seguro?
-A veces los ojos mienten, Sebastiano, pero yo
tengo todavía la sensación de los cuerpos en la planta de los pies, mientras
caminaba sobre ellos.
-Una sensación privilegiada, honorífica,
digna de un soldado, como en los memorables campos de batalla. Pero yo soy
abogado, miembro de la cámara de diputados en representación del partido del
gobierno, por más que todo eso sea fachada y maquillage. Les soy demasiado útil, o lo era, así que necesitaban
garantizar mi lealtad. En realidad, lo hacen con todos. No hay colaborador del
que no se dude. Todos tienen sus sobornos, unos de guita, otros de secretos. En
fin, ahí estaba ese informe que yo no necesitaba realizar durante meses de
investigación y entrevistas, ni siquiera redactar. Ya estaba hecho, listo para
firmar y dar libre camino a los archivos oficiales de la Nación. Hasta que yo
no firmara, no era más que un borrador, lo mismo que mi vida. Lo vi claramente
esa tarde a las dos, después de almorzar en la Confitería del Molino. Pedí que
me dejaran solo en mi despacho. Estuve hasta las cinco…no, hasta las siete,
porque ya había oscurecido. Miré la Plaza desde mi ventana, la fuente y el
monumento a los Dos Congresos. Dirás que fue un rasgo de sentimentalismo
incongruente con mi forma de ser. Es verdad, pero cuando de la vida se trata,
todo es rosa o es negro.
Sebastiano apoyó la mano en una rodilla de
Renato.
-Querido amigo, vos sos el único que nunca
me pidió nada, por eso te entregué todo.
- ¿Qué querés decir? No digás pavadas…
Renato sabía, por supuesto, pero aborrecía
el sentimentalismo. No era únicamente la vida de Farías la que estaba en juego.
-Firmé, y te cuento cómo fue: parado
frente a la ventana, mirando a esa mujer de mármol alta y resistente a todos
los elementos en la plaza. Estampé mi firma sin mirar la hoja, como tantas
veces, pero ahora mi mente miraba el horizonte mientras mi mano se ocupaba de
revolver el barro.
A las siete y pico salí y me fui
caminando por Combate de los Pozos. El frío me hacía bien porque me castigaba.
Me bajé el cuello del sobretodo y sentí el fresco de la noche creciente. Había
dejado el auto cerca del Congreso, pero yo quería caminar. Llegué a Rivadavia y
seguí por la vereda impar, mirando las vidrieras y los colectivos que levantaban
gente que volvía a sus casas. Agarré Díaz Vélez y San Martín, hasta Juan B.
Justo. Eran ya las nueve y pico de la noche. Me senté a la mesa de un bar y
pedí uno de lomo y un vaso de vino. Cualquiera, como ves, no me importaba nada.
No hice más que recordar la tarde del funeral, y a esa nena huérfana que
lloriqueaba con el desconsuelo más atroz que vi en mi vida. No lloraba por los
padres, esa era la cuestión, lo que yo no entendía o no quería entender porque
desvencijaba los últimos cuartos ordenados de mi mente. Lloraba por esos
hombres asesinados, que todavía no existían, o que estaban siendo llevados a la
muerte durante esa misma tarde o después, quién sabe. Ese día me dije que
Leticia era una desquiciada, ¿pero yo no lo era haciendo ese trayecto por
avenidas y calles muchos meses después? Porque debí reconocer que esa larga
caminata era para desafiar ingenuamente algo que yo no podía combatir. Ya que
tuve que firmar, quería por lo menos permitirme el gesto quijotesco de
corroborar la verdad, y si no lo era, Dios se apiadase de mi alma perjura y de
mi mente desquiciada. Pero esta última posibilidad era un sueño construido
sobre un sueño que no deja más que polvo de pirita, un día brilla y al
siguiente es nada más que tierra apelmazada.
Acostumbrado, entonces, a la decepción,
retomé el camino por Juan B. Justo, con lentitud deliberada, mirando los
colectivos con pocos pasajeros, los perros rompiendo las bolsas de basura en
las esquinas, los carteles de los negocios cerrados. Acá una ferretería, allá
una mueblería, y de tanto un tanto un kiosco de cigarrillos y caramelos cuyo
dueño exhumaba su hastío con bostezos y cara de crápula.
Llegué a Warnes, donde sabía la existencia
de una entrada a los túneles del Maldonado. Era como la boca de un subte que
nadie usaba más que los empleados de Aguas Sanitarias, y eso muy de vez en
cuando. Bajé la escalera llena de mierda y orina de los pordioseros que dormían
allí. Hoy no había ninguno. La reja estaba cerrada con un pasador asegurado con
varias vueltas de cadena, pero no había ningún candado. La cadena sonó entre
los bastidores de la calle, oculta por los autos y los camiones, lo mismo que
el rechinar de la reja oxidada. Dentro, lo primero que vi fue la oscuridad que
se fue diluyendo en una penumbra cuya claridad nacía de a poco, a medida que
las cosas aparecían. Pero lo primero de todo fue el olor de las aguas sucias, y
el rumor de la corriente lenta y constante sobre el cauce de concreto. Las
columnas a ambos lados del entubado parecían formaban largas filas llenas de
moho y excrecencias de todos colores. Había lámparas muy débiles en el techo, de
tanto en tanto, pero la luminosidad principal venía por las alcantarillas. Por
todos lados me tropecé con basura traída por las lluvias, neumáticos, cables de
teléfono o de luz ya en desuso tirados y formando círculos concéntricos que yo debía
saltar para no caerme. Sólo me faltaba Virgilio, me dije, para guiar a este
Dante criollo por los nuevos círculos del infierno.
Fueron muchas cuadras, tal vez tantas como
las que se necesita para llegar al sitio donde los cuches fúnebres se
detuvieron aquella tarde. Pero no podía estar seguro, por supuesto. Alla abajo
todo es muy diferente, el tiempo no existe o transcurre tan lentamente que
parece imperceptible, porque lo que le otorga verosimilitud a su paso son el
espacio y sus cambios. Allá abajo, sin embargo, todo era igual, o por lo menos
una repetición constante de una misma escenografía. ¿Una obra de teatro, quizá,
donde todos los actos transcurren en el mismo sitio? Si así fuese, no sería extraño
que también los personajes y los diálogos fuesen iguales, con las mínimas
variaciones de palabras o de gestos para asegurar que la repetición no es un
automatismo impersonal, sino la deliberada y exasperante monotonía de una mente
tortuosa. La misma exasperación que puede llevar al suicido.
Pero esta palabra fue con jurada por la
realidad.
Había una montaña oscura que ocupaba todo
el espacio entre el cauce del arroyo, la pared y el techo, tapaba las columnas
y tendía a obstruir parte de la corriente. Y ese era el aroma del que Leticia
había hablado, no podía tratarse de otro. Algo tan podrido y tan obsceno al
mismo tiempo que había afectado tanto su cuerpo como su sensibilidad.
Lo nauseabundo unido a lo acre.
No tengo manera de definirlo para que
puedas entenderlo, Renato, siquiera acercarte a la mínima distancia de lo que
es ess olor.
-Lo trajiste con vos, Sebastiano.
-Una parte, sí, pero solamente una
exquisita muestra como en un frasquito con algún ejemplar de Dior. En fin, era una montaña con mantos de cuero
que intentaban ocultarla, aumentando la humedad que fue consumiendo y a la vez
retardando la descomposición de todos esos cadáveres. No los conté, no pude hacerlo,
aunque quise intentarlo, pero todos estaban tan podridos que la carne y la piel
de cada uno se había convertido en una masa putrefacta que se mezclaba con la
de los demás. Era como si sus cuerpos estuviesen unidos en la muerte de una
manera en la que nunca pudieron estarlo en vida. Curioso, ¿no? Patético, ¿no?
- ¿Querés decir…? ¡Pero qué te pregunto!
-Preguntá nomás, preguntá, pero que no
sea algo a lo que ya conocés la respuesta. Para hablar al cohete, ya hay
muchos, allá en el gobierno, y en las cámaras representativas, y en los
tribunales. Y en ese monstruo de millones de lenguas que se llama radio, y en
esa otra, subrepticia como una sombra que introduce la maravillosa caja de
imágenes en cada habitación humana, y que apagaste al entrar. La sombra
luminosa que oculta lo mismo que ilumina, porque es demasiado torpe, demasiado
estúpida, gorda inconmovible que no se mueve de su rincón, y que siempre espera
que vuelvan a ella, porque siempre volvemos.
Eran los muertos de Leticia. Los muertos
del Maldonado. Tantos, que cuando la corriente del arroyo crecía era inevitable
que subiera hasta el borde y arrastrara unos cuantos hacia el río. Por eso el
olor que a veces invadía Buenos Aires. Porque no puedo creer que fuesen
únicamente los sesenta y un obreros de la fábrica, sino muchos de los otros que
ese verano salieron de la capital hacia la provincia para manifestar y
protestar. Los que no volvieron ni fueron apresados.
- ¿Y vos creés que Leticia ya lo sabía?
-Por supuesto, y mucho más que eso. ¿Pero
cómo una nena como ella, aún con ese don, podía expresar toda la inmensidad de
la tragedia? Ella veía el futuro, pero sólo podía mostrar, explicar, una
pequeña parte. El resto lo explicitó su cuerpo, claramente, con el vómito y la
enfermedad. Y ni siquiera, imagino, fue suficiente. ¿Vos te pensás que cuando un
sistema aplica esos métodos es para unos pocos, unos cuantos, y se acabó? Lo
que sirve una vez, sirve siempre, y jamás se termina. Los números sin infinitos,
¿no es cierto, maestro de escuela, profesor egresado del Carlos Pellegrini,
benemérita medalla de honor de su promoción?
¿Por qué hería a su amigo?, me pregunté.
No lo hacía, en realidad, apelaba simplemente al sarcasmo habitual, pero esta
vez sonaba como una cuchillada de reproche. Renato así lo entendió.
-Nadie te lo pidió…
-Así es, nadie más que yo y mi estupidez,
y mi ego, también. Jugar a dos manos es lo más parecido a sentirse realmente
poderoso. Los que detentan el poder, son arbitrarios, la duda los carcome y la
arbitrariedad los destruye. Nosotros, en cambio, somos árbitros. ¿Cuántas veces
habrás puteado a un árbitro de fútbol? Sí, ya sé que no te gusta, que te parece
una estupidez que once tipos persigan una pelota durante casi dos horas y se
maten por eso. Pero pensálo un poco, ¿qué son entonces los partidos políticos?
Un puñado de jugadores que persiguen la pelota para quedársela.
Hizo silencio, por lo menos fue lo que
escuché desde el pasillo en la oscuridad, sentada en el piso, abrazándome a mis
rodillas y escondiendo la cara entre ellas, pero con los oídos atentos.
- ¿Y qué hiciste? -preguntó Renato.
- ¡Y qué querés que hiciera? No me puse a
llorar ni emití alaridos como en una película de terror. Me limité a acercarme
tapándome la nariz con un brazo, y con el otro destapar un poco los cueros. Vi cráneos,
manos, piernas, asomándose como pordioseros pidiendo limosna. Entonces alguien
me habló: “¿Qué hace acá?”. Me di vuelta y era el jardinero de los Martins, y
el chofer del coche fúnebre, ¿te acordás? Oscar Méndez, se llama. Se me quedó
grabado cuando vi ese cruce de miradas entre Leticia y él en la calle. Un mal
tipo, una bestia para quien quisiera utilizarla, un hijo de puta de los más
estrafalario que vi en mi vida. Es de esos que vos podés decir que no tiene
alma, porque corazón… ¡qué! ... una víscera nada más que les hacer circular la
sangre obscena que llevan dentro. “¿Qué hace usted acá, Méndez?”, le retruqué.
Se encogió de hombros. “Trabajando, doctor, ¿qué le parece?, de sereno en el
Maldonado, ida y vuelta por en medio de la mierda, pero de vez en cuando uno se
encuentra una joya, como usted doctor, con esa pilcha tan pituca, aunque ahora,
la verdad, se le ha ensuciado un poco”.
No iba a contestarle, miré hacia la reja
y la escalera de salida, lejos, lejos ahora. Emprendí el camino, pero me
detuvo. “No puedo dejarlo salir, doctor”. Me desprendí de las manos que me agarraron.
Volvió a sujetarme. “No sea pelotudo, doctor, usted mejor que nadie…” “Soltáme”,
le dije, pero me hizo una zancadilla y me tiró al suelo, con la cara contra el
piso lleno de mierda. Esperé un momento para recuperarme de la sorpresa, y yo
confiaba en que no aguardaba ninguna nueva resistencia de mi parte. Por eso me
di vuelta cuando me aflojó, y lo nockeé. Salí corriendo hacia la única
dirección que podía, la montaña de los muertos. Dios mío, me dije, cuando me
encontré que no podía seguir avanzando a menos que me tirara al agua. Recuperé,
una vez más, la estupidez del sentido común que no se lleva bien con la
realidad. No me voy a escapar de ese tipo, de ese animal, me dije. No tuve
tiempo de enfrentarlo, ya me había empujado al suelo y me restregaba la cara
contra los huesos de los cadáveres. Sentí todo el peso de Méndez encima. Me iba
a matar, estaba seguro. Me había agarrado nuevamente tan de sorpresa que ya no
tuve fuerza de moverme. Sus piernas estaban sobre las mías, sus manos apretándome
los brazos contra el suelo. Era fuerte, ya lo sabía. Más fornido que yo, más
entrenado en todo tipo de trabajo. Sus brazos eran como columnas y mi cuerpo
estaba atrapado. Pero no imaginé, te juro por Dios y por lo que más quieras,
por Ceci te lo juro, Renato…
Su voz se hundió de pronto, justo cuando
pronunció mi nombre. Escuché su
respiración agitada, intentando retomar el relato, pero era como cuando se nos
forma un nudo en la garganta y nos cuesta continuar.
-No
imaginé lo que iba a pasar, lo que hizo…
-Pero
Sebastiano, por favor, tranquilizáte. - Renato decía tonterías, y se daba
cuenta, pero ¿qué decir cuando no sabemos qué decir, y más cuando la opción del
silencio roza, sin querer, la indiferencia?
-Me sometió, Renato.
Sebastiano Farías lloraba con sollozos
quedos, tapados por sus manos sobre la cara. Sus hombros se movían, agitados, y
la espalda era una tierra conmovida por una catástrofe.
Me asomé un poco. Farías estaba abrazado
a Renato, que lo mecía como a un chico, acariciándole la cabeza, palmeándole la
espalda.
No hablaron más esa noche. Me quedé
esperando a que alguno se moviera para irme a la cama, pero se quedaron en el
sillón, tal como estaban, hasta que amaneció. Pero antes de eso, en medio del
silencio, vi la sombra de mamá en la puerta del baño. Sabía que yo había
escuchado todo, lo mismo que ella. No podía retarme, por supuesto. Éramos cómplices.
Mucho después fui armando cabos de lo que
sucedió más tarde. Méndez lo dejó tirado ahí, porque no tenía más plan que la
que su propia bestialidad le dictaba. Desapareció, a lo mejor viviendo en esos
túneles en donde a nadie le interesaba buscar, y sobre todo cuando poco tiempo
después comenzó a extenderse la red de subterráneos, que de un modo u otro
tenía conexiones por el reducto bajo la Juan B. Justo. Podía estar escondido
como un vagabundo, como podía estar trabajando como un obrero más en las obras
de los nuevos túneles.
Sebastiano se levantó varias horas
después, probablemente. Caminó apoyado en las paredes hasta la reja de salida.
Ya era de día, había mucha gente en la calle que podía ayudarlo, pero él tenía vergüenza
de su aspecto. Sucio, herido y humillado. Se quedó todo el día donde estaba,
sin comer ni tomar nada. El tránsito fue muriendo al mismo tiempo que la noche
regresaba. Entonces salió y caminó hacia nuestra casa, y tocó el timbre. Era un
cuerpo, nada más, cuando mamá lo vio en la puerta, apoyándose en el marco.
Lentamente, con los días, fue recuperando una cierta dignidad. Así la llamaba
él, cuando el domingo se despidió de nosotros, bien vestido con el traje que
Renato había ido a buscar al departamento de Palermo, y el olor ya no se sentía
tanto con el perfume que acostumbraba a usar. Aun así, no podía evitar hacer un
leve gesto pronto detenido por su bien aprendida urbanidad, de oler el aire a
su alrededor. Me dio un beso cariñoso en la mejilla, abrazó a mi madre, o más
bien ella lo abrazó tanto que no parecía querer soltarlo. Luego, ya con la
puerta abierta, abrazó a Renato un largo rato. Se murmuraron algo mutuamente al
oído, se dieron palmadas que sonaron como golpes de ira y de amor. Los anteojos
de Renato se torcieron, y se los sacó. Mientras los limpiaba, ya no pudo ver
bien al amigo que se iba por la calle de Barracas, por última vez.
Comenzó la nueva década, o más bien
estábamos a sus puertas. Nuevas revoluciones a la vista, pobreza y descalabro
económico, lo de siempre. Lo nuevo para nosotros era conocer las noticias que
se daban del doctor Farías. En agosto había renunciado a su banca de diputado,
se decía que se retiraba para dedicarse a su bufete. Defendió a un par de
hombres acusados de asesinatos privados, que perdió muy fácilmente, tanto que
fue como si colaborara con el fiscal. Después de eso, renunció también al
bufete. Tenía mucha plata, por supuesto. La casona en Palermo no era grande en
realidad, pero sí para aun hombre solo. De fachada angosta y señorial, rodeada
de árboles, era como una casa quinta estrecha donde podría haber vivido
tranquilamente una vieja duquesa venida a menos. Casi no salía, sólo cenaba los
sábados a la noche con unos pocos amigos de la Cámara en el restaurante del Palacio
Barolo en Avenida de Mayo. Luego regresaba caminando a su casa, ya no usaba el
auto, no temía a los asaltos. Quien lo
veía, contemplaba a un hombre prematuramente encorvado, fumando cigarrillo tras
cigarrillo a lo largo de las calles, subiendo y bajando cordones sanos o rotos,
deteniéndose de tanto en tanto ante algún bar para ver a los pequeños hombres
de los que él tanto había hablado en sus discursos. ¿Había valido la pena? Sin
responderse, seguía caminando.
Un día, a fines de diciembre, entre Noche Buena
y Año Nuevo, salió de su casa. Era martes, probablemente, último día laboral
antes del feriado. Llevaba en una canasta al gato que era su único compañero en
la casa. Era viejo ya, y lo llevó al veterinario que lo conocía desde hacía
muchos años. Pagó la cuenta y salió, sin ver cómo lo dormían.
Esperó un rato el colectivo, y tuvo que
preguntar a una señora en el extremo de la fila si era el que lo llevaría al
Hotel Castelar. La mujer se le quedó mirando, como ofendida. Habría interpretado
mal. Pidió perdón. Incongruencias como esas suelen abundar en los espíritus que
de pronto cambian de usos y costumbres, y la desubicación se hace la norma.
Llegó
a media tarde. Recién se abriría la sauna del Hotel Castelar en Avenida de
Mayo, donde iba todos los martes, donde hablaba y cerraba acuerdos, donde se
peleaba y se reanudaban alianzas. Era, también, el día en que iba el coronel
Ansaldi.
En el vestuario se desnudó y se colocó una
toalla alrededor de la cintura, y otra envolviendo el brazo izquierdo. Entró al
sauna seco. Estaba vacío, aún, era temprano. Los políticos y hombres de
negocios iban después de la seis o siete de la tarde.
Pero el coronel Ansaldi iba más temprano,
ya lo había cruzado otras veces, muchas de las cuales conformaron el acuerdo de
ese año. Al coronel no le gustaba estar rodeado de mucha gente, para eso ya
tenía sus oficinas en el Edificio Libertador.
Farías aguardó una hora, tal vez. Entonces
lo vio entrar. Se saludaron con un gesto de la cabeza. El coronel, no demasiado
alto pero musculoso e hirsuto, tenía un bigote que transpiraba más que el resto
de su cuerpo. Era gracioso verlo sudar como lluvia que cayera de un
alero. Pero no se podían reír de él. El coronel permanecía serio mientras se
secaba una y otra vez el sudor.
Ambos se observaron en silencio, cada uno
sabiendo lo que había pasado en esos meses. Sebastiano se levantó y se le puso
enfrente. Ansaldi lo miró primero con curiosidad, después con sorna, y dijo:
- ¿Me
está buscando, doctor?
Entonces Farías dejó caer la toalla que
cubría su mano izquierda, y le descerrajó un tiro a quemarropa en el pecho. Casi
no se escuchó nada, pero no podía arriesgarse a que alguien entrara. Se metió
el cañón del revólver en la boca y disparó.
CONSAGRACIÓN DE LA CARNE
1
El teléfono dio muchos timbrazos alrededor de las tres de la mañana. No contesté, estaba demasiado agotada, febril y dolorida como para levantarme de la cama e ir hasta la mesita del pasillo junto a la puerta del dormitorio. Desde que Bernardo se había ido, saqué el teléfono de la habitación, cansada de las llamadas que él recibía desde el hospital a cualquier hora.
La segunda vez fue, quizá, media hora más tarde. Volvió a repiquetear como un animal obstinado, una y otra vez, pero yo, en mi duerme vela, dejaba que la campanilla obsesiva de pura malicia se convirtiese, en virtud de las pesadillas del plano intermedio de mi sueño, en gemidos de dinosaurios o en cantos que llegaban desde el abismo. ¿Qué abismo? El único que conocemos, o que desconocemos en realidad, el que reúne todos los miedos y se apodera de nuestra voluntad.
Dejó de sonar, y los espantos desaparecieron. Hasta que mi pierna infectada volvió a agarrarme de la carne con los garfios del dolor y me hizo despertar a la realidad de la habitación del departamento sobre la calle Sarmiento, cerca del Abasto, en una Buenos Aires de enero, calurosa. Y el dolor fue incisivo como dientes clavados por los perros que las Furias volvían a enviarme luego de mucho tiempo. Las mordeduras fueron timbres del teléfono, una vez más, insistente e insobornable. ¿Cómo acallarlo? Descolgándolo, por supuesto. Pero luego vendrían los timbrazos en la puerta, y luego las voces de los hombres que se preocupaban por mí. Esa preocupación que pronto se va convirtiendo en un hastío que se metamorfosea en desprecio y luego en odio. Los caminos del amor, por supuesto, porque no siempre es una cómoda autopista de asfalto. Los baches son cánceres que roen la superficie, y pronto la ruta se convierte en un camino destrozado propio de una hecatombe.
Eran las seis de la mañana en el reloj de alarma de la mesita de luz. El teléfono, claramente como la mañana, me llamaba. Me levanté, renqueando.
-Hola-dije, sin reconocer mi voz.
Era Renato. Su voz, siempre segura y tranquila, temblaba aferrándose a una duda como a un salvavidas inútil.
-Creo que tu mamá está muerta…
Me dijo que ella debió levantarse en plena noche para ir al baño. Senil como estaba por el Alzheimer, caminaba a tientas en la casa de Mataderos. Él también estaba cansado, y debía dormir en algún momento, aunque intentara vigilarla todo el tiempo, por eso se lamentaba y se recriminaba haberla descuidado cuando ocurría algún accidente doméstico. La jubilación del magisterio que ambos recibían era insuficiente para contratar una enfermera, y encerrarla en un geriátrico era una opción que muchos le habían dado pero que él nunca se decidió a aceptar. Los períodos de lucidez de mamá, aunque cada vez más breves e infrecuentes, lo disuadían de tomar esa decisión.
Yo no intervenía. Sabía lo necesario para darme cuenta de que tal vez fuese una determinación imprescindible, pero me abstuve no sólo de influir, sino que me fui apartando de mamá poco a poco, porque me sentía cada vez más incapaz de soportar las escenas de mal teleteatro en que se convertían mis visitas. Su caricia llorosa, su rostro acongojado en la que reconocía la lúcida, la tremenda inteligencia de mi madre encerrada en un cuerpo que era ahora su enemigo más encarnizado. Luego, el llanto y finalmente las palabrotas que me dirigía cuando en el camino de su enfermedad ya no me reconocía, tomándome como una enemiga. No era su hija, entonces, sino la muerte encarnada.
Esa mañana, bajé la mirada a mi pierna enferma, y fue como verme como me veía mamá en esos tiempos. La muerte era una enredadera que crecía desde el suelo, fuese tierra, cemento o baldosas de un departamento en un tercer piso. Escuchando la explicación de Renato de lo que había sucedido esa noche, pedí disculpas por no haber respondido los llamados anteriores.
Me largué a llorar, y colgué, diciendo que iría lo más pronto que pudiese.
Pensé en mamá, caída en el piso del baño, y a Renato arrodillado a su lado, acariciándole la cabeza. Tuve que llamar a Bernardo y molestarlo en su trabajo. Para él es un deber ayudarme, todo a causa de esa culpa que lo habita desde siempre, y por eso los sentimientos encontrados, contradictorios, ambivalentes. El amor también puede transformarse en eso, dúctil y simbiótico como ningún otro sentimiento. El amor no tiene forma, es un monstruo que se metamorfosea según la ocasión.
Me duché como pude, me puse las ampollas de insulina, me curé las llagas de la pierna y las cubrí con vendas. Tomé mis medicamentos y me inyecté una dosis muy corta de cocaína. La marihuana en un frasquito y la coca en un sobre en el cajón de mi mesita de luz. Ya no tenía que esconderlos, pero disimular un poco me hacía bien, como para mantener las apariencias ante mi propia iniquidad.
Bernardo llegó con su guardapolvo bajo el brazo.
-Perdonáme si ibas al trabajo…
Me miró como siempre que yo me hacía la víctima. Puso el dorso de la mano en mi frente y luego me besó.
-Vos tenés que internarte…
-Mamá se murió…
-Ya me dijiste…dejá que yo voy a lo de Renato y me encargo de todo…
- ¡A vos te parece!
No fue una pregunta. Bajó la mirada y se restregó los ojos.
-Ya sé que te tengo cansado…
-No discutamos, Ceci. Si querés ir, vamos. Después vemos…
Llegamos a la casa de Mataderos. Como no pude ayudar más que mirando desde la endeble postura que me daban las muletas, contemplé cómo ellos dos levantaban el cuerpo de mamá del piso del baño y lo llevaban al dormitorio para colocarlo en la cama. Tenía la frente lastimada, debió estar sentada en el inodoro y luego caerse de frente al piso. Renato no había escuchado nada, desde hacía unos meses estaba medio sordo y eso lo hacía sentir culpable por no estar del todo atento a las necesidades de mamá. Bernardo lo abrazó y le dijo que no se preocupara, que eso iba a suceder de un momento a otro y por cualquier motivo. Me enorgulleció la cómplice intimidad entre ambos.
Bernardo llamó al servicio fúnebre, al seguro y la obra social. Se sentó junto al teléfono que estaba en la mesa de comedor, donde alguna vez se había sentado Perón antes de que yo naciera. Renato estaba a su lado, revolviendo en los múltiples papeles que mamá tenía en un cajón de la cómoda del dormitorio. Sueltos, doblados, rasgados o envueltos en sobres de papel o celofán. Carnets, fotos, credenciales. Cosas viejas y descuidadas. Yo, sentada en la cama junto al cuerpo, miraba temblar las manos de Renato, porque ya estaba viejo. Se abstenía de llorar, pero vislumbraba sus ojos tristes y desesperados cuando Bernardo, al habla con algún funcionario del otro lado de la línea, le preguntaba algo y él, ofuscado por no entender del todo, se encolerizaba y sus manos pecosas se ponían a temblar aún más. Entonces Bernardo le agarraba una mano mientras con la otra seguía apretando el tubo contra la oreja, atento a la lenta evolución de la burocracia de los funebreros de estado.
-Llamen a las viejas-dije. -Ellas simplifican todo el trámite. Al fin de cuentas, mamá era una Gonçalvez.
Durante esa larga mañana, escuché varias veces el nombre completo de mi madre: Rosa Mística Gonçalvez. Ella odiaba su nombre, Rosa por lo simplón y lo sentimental, Mística por la vergonzosa superchería religiosa a la que su propia madre la había condenado. Siempre me contaba que sus padres eran tan contradictorios como lo habían sido ella y mi padre Benjamín Tejada. Mi abuela era una devota que adoraba a casi todo el santuario católico, pero tenía especial predilección por Santa Rosa de Lima. De algún modo, me dijo, prefería a esa santa que había demostrado una valentía especial en su autoflagelación. No era como otras, decía mamá, mosquitas muertas que se hacían las santitas con algún milagro dudoso y de pacotilla, o con alguna aparición todavía más dudosa entre la niebla de una mañana de campo o entre el humo y el smog de una capillita de ciudad. De todos modos, aborrecía de esa tradición a la que la abuela había desistido por atraerla cuando ya desde adolescente la descubrió leyendo a Marx y a los socialistas, y más cuando se unió a los grupos de izquierda. La abuela murió de cáncer cuando tenía treinta y cinco años, y mamá quince. Desde entonces, la influencia del abuelo Gustavo Gonçalvez fue inevitable, y la llevó a visitar a los parientes paternos por Buenos Aires y las provincias, casi hasta llegar al Brasil. En una de esas visitas, conoció en La Plata a un farmacéutico, llamado Valverde que se había casado con una sobrina del abuelo. Pero a esa prima, que llamaba Rosa, como mi madre, nunca la vio porque estaba encerrada en su cuarto de enferma. Tenía una mano infectada desde hacía tiempo; entonces, ese recuerdo se extrapoló a mi realidad.
Me toqué la pierna que se estaba muriendo, y pensé en las Rosas, que a pesar de lo que entrañaba su nombre, también se marchitaban tomando el olor de todo lo que se pudre. La santa de Lima lo sabía muy bien, eso fue claro para mí, tan lúcida como estaba a pesar del dolor de mi alma y de mi pierna. Tal vez fuese efecto de las drogas, que a veces me hundían en una especie de éxtasis de suprema atención, donde todo lo que veía y escuchaba era una puntada que no podía evitar y comprender en toda la extensión de sus significados e implicancias. El pasado y el futuro eran uno solo en un largo y sintético detalle de cada cosa: color, dimensiones, palabras, gestos, sonidos. Todo repercutía en mi cuerpo y en mi espíritu, lo veía todo claro y no había razón para dudar ni para llorar. Lo inevitable no se llora.
Me escucharon y asintieron. Mientras Bernardo llamaba a la empresa fúnebre, yo pensé en mamá en sus últimos tiempos. La razón que había dado para espaciar mis visitas era mi propia enfermedad, pero la verdad era que no soportaba salir de esa casa, donde había transcurrido mi infancia, sintiéndome una extraña, porque eso era lo que me hacían sentir mis visitas. Ya sabía de su demencia senil y a qué atenerme, por supuesto, pero mi ignorancia esperaba que, aunque no me reconociera cuando llegaba, con la conversación y la intimidad al fin de cada tarde terminaría por reconocerme por lo menos un poquito, y ese poquito me haría recuperar el sentido de pertenencia, o más bien, de identidad. Cuando yo llegaba la encontraba en su mecedora o su cama, con la mirada perdida en la ventana o el techo, y al verme entrar al dormitorio, me extendía las manos. Fuese reconocimiento o no, esa bienvenida me reconfortaba, más cuando inmediatamente después me decía “hija” como con vergüenza, porque bien me daba cuenta de que hacía esfuerzos inútiles por recordar mi nombre. Sin embargo, no importaba ese detalle. Me llamara Cecilia o Violeta de los Alpes o qué sé yo, era su hija. Pero a medida que pasaba la tarde la conversación se hacía irrelevante, y los puntos muertos eran cada vez más grandes, y la fastidiaban. De pronto, me miraba con ira y me preguntaba quién era yo y a qué había venido. No había forma de volver a recuperarla a su anterior estado. Como no la conformaban mis explicaciones ni mis excusas, a veces inventadas como una manera de acoplarme a la fantasía que ella construía, se encolerizaba y se ponía tan nerviosa que yo optaba por irme como una intrusa.
Otros días, sin embargo, ella deliraba con misticismos que siempre estuvieron tan alejados de su personalidad habitual, que me provocaban más pena que la misma furia con que me trataba. Entonces fue cuando recordé con frecuencia el nombre de Rosa Mística con el que la habían bautizado. Mamá miraba por la ventana en esas ocasiones, y apretaba las cuentas de un rosario que Renato tuvo que buscar y rebuscar entre los cajones y ropa vieja, que había pertenecido a la abuela. Mamá no sabía rezar, pero desde que la abatió la enfermedad, recitaba sus rezos sin interrupción y sin errores. Los inventara o no, no importaba, su lógica construía oraciones gramaticalmente adecuadas y llenas de un contenido místico que nunca podría haber leído en sus libros de política e historia. Las veces que lo hablé con Renato, me dijo que tal vez de chica había leído de religión y catequesis para complacer a la madre, y esas cosas quedaban latentes en algún sitio de la memoria, una habitación cerrada por la personalidad que domina toda la casa psíquica, y cuando ésta se enferma, los animales escondidos y encerrados pueden salir. Le pregunté a Renato cómo podía estar seguro de eso, entonces entró el doctor Cisneros, el neurólogo amigo de Bernardo que la trababa desde hacía casi un año.
Estábamos en la habitación de mamá. Ella sentada en la cama, mirándonos uno a uno como cuando evaluaba con desconfianza las intenciones de los hombres de las reuniones de comité, pero en sus manos el largo del rosario iba pasando como por un engranaje bien engrasado. Cada cuenta del rosario era un rezo por cada uno de nosotros. Yo, la mujer entrometida que llegaba de tarde en tarde para molestarla, el esposo al que fastidiaba precisamente porque lo recordaba y no podía olvidarlo por más que quisiera, y el médico que la tocaba y la exploraba con preguntas e instrumentos que la entretenían. Alberto Cisneros era el único bienvenido en esa casa. Mamá no lo llamaba con su nombre ni le decía doctor, pero sonreía cuando él la auscultaba o le tomaba el pulso, o cuando acercaba su cara a la de ella para darle un beso.
-Me alegro de que usted sea al único que quiere, doctor. A usted lo necesita-lo escuché repetir varias veces a Renato.
-Nos necesita a todos-contestaba Cisneros.
-No, doctor, nosotros la necesitamos a ella…Pero más vale así, por lo menos da la impresión de que no sufre. Sin memoria no hay sufrimiento…
- ¿A usted le parece? El Alzheimer es como una gran batalla, los recuerdos se pelean constantemente. Rosa sufre por dentro, aunque no la veamos.
- ¿Y esos misticismos, doctor? -pregunté una tarde de fines de diciembre, precisamente el 24, que nunca celebramos y que mamá quiso recordar por primera vez insistiendo en una cena que nunca se terminó de concretar.
-Ya le dije, los habitantes de las habitaciones clausuradas de la mente. Véalo así, Cecilia. Los neurotransmisores son el tráfico que se traslada a lo largo de nuestras neuronas. Llevan mensajes positivos o negativos, son como empresas que la mayor parte de las veces compiten. La que llega antes a destino, se queda con el negocio, y se bloquea la entrada de la competencia. Cuando aparece la enfermedad, la economía se desquicia. La inflación y el déficit carcomen la mente, se producen piquetes en las autopistas, se cierran los comercios, y pronto se avecina la revolución.
-El caos, querrá decir, doctor. Y a ella, que le gustaban tanto esas situaciones. Era una rebelde por antonomasia, una inconformista que debía conceder a veces a callarse la boca para que la dejaran en paz.
- ¿Por qué hablás de ella como si estuviera muerta? -le pregunté a Renato, esa tarde del mes pasado.
Mamá se puso a rezar una oración que ninguno de nosotros sabía. Se levantó y empezó a caminar por la habitación sin soltar el rosario, pero entonces nos dimos cuenta de que su cara se había transfigurado con una expresión que no le conocíamos, tan extraña y beatífica que sentimos miedo. De pronto, se me acercó y se arrodilló a mis pies. Yo estaba sentada con las muletas apoyadas en el respaldo de la silla. Intenté que no se agachara por el tonto prejuicio de ver a una anciana hacer un esfuerzo perjudicial a su salud, pero ella me golpeó las manos con un reto cariñoso y acarició mi pierna enferma. Empezó entonces a desatar las vendas. Cisneros intentó levantarla, pero además de que ella lo rechazó, yo le dije que la dejara hacer. Cuando las úlceras estuvieron expuestas, mamá las tocó con sus manos, y sentí las cuentas del rosario rozando las llagas que ya casi no me dolían. Las besó, y sus labios se tiñeron con un poco de sangre.
Renato lloraba, apoyado en la cómoda con un codo y limpiando sus anteojos con el pañuelo. Cisneros estaba parado tras ella, confundido. Mamá tenía, sin embargo, una mirada de beatitud con la que me observaba en un atisbo de final reconocimiento. ¿Estaba conciliando sus ideas del pasado de toda su vida con las más antiguas creencias de su madre? El dolor de la carne con que la santa se flagelaba como sacrificio a un Dios incierto, ¿era quizá también el dolor de la pobreza y el hambre de los hombres y mujeres desplazados y encerrados por las injusticias sociales? ¿Se daba cuenta ahora de que todas las muertes y todos los cuerpos con sus huesos y sus músculos sufrientes eran lo mismo que la carne y la sangre de los santos y del Cristo tan encomiado?
Mamá, finalmente, cayó al piso y se puso a gritar con cólera. Era su mente la que luchaba con sí misma, no podía conciliar ambas cosas. Se rebelaba luego de la beatitud, porque la beatitud no era para ella. La Rosa Mística que corría por las calles alrededor del Congreso y de la Plaza de Mayo, la que había gritado discursos, la que había violentado puertas de oficinas gubernamentales, ¿era la misma Rosa que estaba llena de espinas al final de los fusiles con los que la encañonaron tantas veces a lo largo de tantos años?
Detrás de su rostro había una guerra interminable.
Esa noche del 24 de diciembre me quedé con ellos. Mamá dormía con los ojos abiertos. Renato estaba sentado en el sofá, escuchando un disco. Era una Misa de Mozart, tal vez la K 427, no lo recuerdo, pero sonaba el Credo en ese momento. Desde la habitación de mamá, yo escuchaba los quejidos de las voces que intentaban creer en lo que no creían. Y el texto, aunque en latín, parodiaba lo que ella había salmodiado esa tarde.
La consagración de la carne y la vida perdurable.
Aguanté todo lo que pude, que fue todo lo que duraron los lentos funerales organizados por los empleados de Gamaliel, la empresa que ya creo haber mencionado en alguno de mis papeles. Las aburridas, más que lacrimosas, ceremonias rescatades del olvido y acentuadas por la intención de remarcar la diferencia con la modernidad en la que hacían contraste. Caravanas lentas que parecían extensas, caminos que se hacían largos, aunque no lo fueran. El velatorio duró veinticuatro horas que se hicieron una tortura para mi cuerpo cansado. Renato y yo nos apoyábamos mutuamente, dispuestos a soportar todo ese trajín de una polvorienta aristocracia de clase media con tal de evitar los engorrosos trámites estatales. Pasaron por la casa muchos parientes que yo no conocía, todos o casi todos de la familia de mamá. De los Tejada, ninguno, de los Taboada, unos pocos parientes de Renato que yo desconocía y que se fueron apenas dieron el pésame, murmurando mientras observaban a los bichos raros de los Gonçalvez. Eso éramos nosotros, y yo uno de ellos. Una rubia demacrada, flaca y enfermiza, de la que se había hablado en los medios durante un tiempo a raíz de las manifestaciones y el cierre del diario. Un bicho raro que andaba en muletas y que pronto languidecería de una pierna. Un pajarraco que saltaría por los adoquines de las calles de Buenos Aires con una sola pata, y cuya aparición equivaldría a un mal augurio. ¿Me juzgaba excesivamente? ¿Esa autoflagelación psicológica no era más que teatro o una verdadera victimización que tampoco tenía razón de ser?
Estaba entrando en la depresión, obviamente.
Las exequias se cumplieron en el cementerio de Chacarita. Luego regresamos a Mataderos. Bernardo me obligó, bajo amenaza de abandonarme para siempre, a internarme al día siguiente en el Rivadavia. Vi en sus ojos algo que nunca había visto, y ya no era amor, por eso comprendí que la amenaza se cumpliría. ¿Qué me quedaba sin él? Abandonarme en la cama del departamento de Sarmiento esperando el tiempo, que iría trayendo, de a poco, el mobiliario de mi muerte.
Fue así como desde la casa de mis padres fui llevada al hospital. Me hicieron los estudios de siempre, análisis de sangre, radiografías, electrocardiogramas. Fui paseada en silla de ruedas por los vetustos pasillos desde el laboratorio de amplias salas y largas filas de asientos a las duras camillas de rayos equis, rodeada de armatostes de se desplazaban por encima de mi cuerpo como viejos dinosaurios metalizados, o dragones que expulsaban fuego invisible, rayos que me penetraban explorando, sin descubrirla, la esencia de mi cuerpo. Luego, las salas de los cardíacos, y hasta creí escuchar el ritmo alterado de los taquicárdicos, de los arrítmicos, de las arterias viejas que se dilataban y contraían a ritmos de una música asonante. Acostada en la camilla y con los electrodos atándome las muñecas y los tobillos, adheridos a mi pecho con esas execrables ventosas parecidas a sanguijuelas, yo miraba a los semimuertos en las otras camillas a cada lado.
Cuando me llevaron a la habitación me esperaban algunos amigos. Continuaron viniendo hasta antes del día de la cirugía. Braulio, por ejemplo, siempre fiel, algún uno que otro del diario, el doctor Ibáñez, que no dejaba de pasar porque era amigo de Bernardo, y sobre todo eterno amante de Soledad, la enfermera que era para mí más que una profesional. Me vi rodeada de hombres, y me di cuenta de que no tenía amigas mujeres. Yo no solidarizaba con mi sexo, es verdad, ni ellas se mostraron interesadas en ofrecerme lo que intuían que yo les pedía. Las mujeres no nos tenemos lástima, y la pena no es más que hipocresía.
La operación se pospuso varias veces, unas porque mi azúcar en sangre estaba alterada, otra por una huelga de anestesistas, otra porque yo estaba tan deprimida que pedí, sin darme cuenta, una dosis de cocaína. Leonardo González estaba presente, y también Bernardo. Ambos me miraban de cada lado de la cama. Bernardo sabía de mi costumbre, que no sé si era una adicción o simplemente una necesidad. Ya estoy hablando estupideces, si es lo mismo. La frecuencia no hace la adicción, sino el motivo. Los piquetes en los brazos ya los había visto, pero tuvo el buen gusto de no mencionarlos hasta ese día.
Leonardo me dijo al oído:
-Tranquila, Ceci.
Bernardo se le acercó y dijo algo que no escuché. Leonardo asintió y sambos salieron del cuarto. Entró Soledad, puso algo en el suero que me tranquilizó.
- ¿Se están peleando? -le pregunté.
Ella se rio.
-No, Ceci. No te hagás malasangre.
Al día siguiente la cirugía fue suspendida, pero el lunes 14 de febrero me llevaron al quirófano.
Durante dos días estuve dormida, salvo por leves despertares llenos de ensoñaciones y figuras que pasaban por mi vista sin saber si eran reales o ficticias. Cuando me desperté ya más lúcida, eran como las seis o siete de la tarde. Acababa de salir la mucama dejando la bandeja con la cena en la mesita. Vi a Bernardo y a Renato, que se veía viejo y demacrado. Había flores en dos o tres jarras de agua. No sentía dolor y pregunté si habían suspendido otra vez la cirugía.
-No, Ceci-me dijo Soledad, que apareció por la puerta justo en el momento adecuado para salvar a los hombres presentes.
-Pero si…
Era exactamente eso, el miembro fantasma de que tantas veces me habían advertido. Sin dolor, mi pierna deambulaba por la habitación como en un dibujo animado: los huesos sonrientes y la carne bailable al son de la Quinta sinfonía de Beethoven.
¿Retirar la sábana para ver la asimetría de mi cuerpo? ¿Para qué? Me puse a llorar como una idiota, lamentando una vez más lo inevitable, sin haber aprendido una lección mil veces escuchada. Pero si el cerebro es obstinado, ¿qué esperar de ese monstruo que nos crece en el pecho y que dice siempre lo mismo como un disco rayado? Hasta que alguien retira la púa y devuelve el silencio.
2
Tres semanas después, más o menos, me dieron el alta. Era principios de marzo, y escuchaba el bullicio de los chicos que pasaban por la vereda al mediodía o a la tarde. Bernardo entró con los papeles del alta hospitalaria y una sonrisa que no engañaba a nadie.
-Bueno, Ceci-me dijo-Te llevo a la casa de Renato, ya tiene todo preparado.
- ¿Para qué?
-Para vivir con él.
-Yo tengo mi departamento de Sarmiento, a menos que me lo hayas quitado.
Fui dura, es verdad, pero no podía ser menos cuando ellos habían organizado mi futuro sin decirme nada.
-Pero no podés vivir sola…
- ¿Y por qué no? Ya me las arreglo bien con las muletas, y un pedazo menos de pierna no cambia mucho…
-Pero la estabilidad no es la misma, ya sabés, las escaleras…
-Para eso están los ascensores…
-Pero…
-Nada Bernie… Ya sé que si me caigo vos te sentís responsable, pero los huesos se curan.
-Pero…
-Otra vez… ¿te atragantaste con esa palabra? Lo que te preocupa en realidad es mi estabilidad emocional. Te prometo que si me mato dejaré una nota descargándote de toda responsabilidad.
Me quedé mirándolo allí sentada en la cama, con una pierna colgando al costado, y la otra invisible porque todavía la sentía. Como siempre, el doctor hizo silencio y se metió en su caparazón.
En la puerta de la habitación, sin embargo, había otras personas recién llegadas que habían escuchado y sentido la angustia que rondaba el cuarto como un olor nauseabundo. Entraron, y Dora Cifuentes me abrazó con fuerza, la cara acongojada, pero sin lágrimas. A su lado había un hombre no muy alto, fornido, de hombros anchos y barba oscura, mal afeitada. La camisa a cuadros como la de un leñador y los vaqueros manchados de lo que parecía grasa de algún taller. Cuando Dora me soltó, me presentó a su marido.
-Éste es Pedro, mi marido, ya te hablé de él en la redacción.
El hombre me dio la mano, de piel gruesa y teñida con manchas indelebles también de grasa, probablemente.
-Perdón, señorita, recién salgo del taller para traer a Dora.
-No importa, Pedro-dije.
- ¿Y cómo anda?
Dora le dio un codazo en las costillas y dijo:
-Disculpálo Ceci, es un tarambana…
Pedro no sabía cómo disculparse, restregándose las manos y mirando a Bernardo con vergüenza. El señor doctor y el guardapolvo lo intimidaban. Luego sabría que no era miedo sino un respeto reverencial por los médicos.
-Gracias por venir-le dije a Dora, sonriéndole, y me sentí libre por primera vez en todo ese tiempo por hacer y decir lo que yo quería, y no lo que Bernardo y Renato y todos los demás esperaban de mí. No tomamos de la mano durante unos pocos segundos que significaron más que esas tres semanas de cuidados. Hacía mucho que no veía a Dora, y por ser un rostro en el que no había pensado en largo tiempo fue una especie de oasis por la novedad. Me conocía, por supuesto, pero la distancia había atenuado los resquemores que crecían como yuyos a mi alrededor. Quienes me rodeaban me asfixiaban como un alto y denso muro de pastizales llenos de cardos.
- ¿Y qué es de tu vida, Dora? ¿Qué estás haciendo?
Ella se encogió de hombros.
-Ahora soy ama de casa, nada más, cuido de los chicos. Soy la mujer a la que le dedicaba el suplemento, ¿te acordás? Pero ya te voy a contar después. ¿Te dieron el alta?
Mirando a Bernardo, pidió permiso para acompañarme.
-Mire, doctor. Yo lo entiendo a usted, pero no se preocupe, Pedro y yo cuidaremos a Cecilia.
Empecé a negarme. Dora me tapó la boca con una mano y dijo:
-No te voy a escuchar. Tengo toda la tarde libre después de llevar los chicos a la escuela.
Vi que la expresión de Bernardo cambiaba a una de alivio que tuvo la virtud de relajar todo su cuerpo. El guardapolvo, de pronto pareció quedarle grande, y apoyó una mano en el hombro de Pedro. Agradecía con solo ese gesto, y preguntó:
-Si puedo ayudarlos de cualquier modo.
-No se moleste, doctor, por nada de eso, yo gano bien en la empresa de heladeras. Arreglo de todo, doctor, motores viejos, puertas y todo el sistema de refrigeración. Si usted me viera…
Mientras le hablaba a Bernardo había girado la cabeza y le noté una cicatriz en el costado sobre la oreja, que abarcaba todo el hueso temporal y parte del parietal. No tenía pelo abundante, debía tener casi cuarenta años, pero el cabello, aunque escaso crecía y de pronto se interrumpía en esa larga línea de piel blanca.
Me llevaron en silla de ruedas hasta el estacionamiento que salía a Las Heras. Era una camioneta Dodge vieja y muy bien cuidada. Bernardo y Pedro me ayudaron a subir, hablando entre ellos sobre el vehículo. Cuando nos despedíamos, le di un beso como cuando éramos pareja.
-Gracias, Bernie. Perdonáme el mal humor…Decile a papá que me disculpe, esta noche lo llamo.
Se puso a lagrimear y se secó con la manga del guardapolvo. Dora y Pedro, en los asientos delanteros, simulaban no darse cuenta de nada. Arrancamos y me di vuelta, despidiéndome del hospital, y sin saberlo en realidad con certeza, por última vez. El tráfico excusó nuestro silencio. Pedro puso la radio donde Antonio Carrizo peroraba sobre la realidad nacional. La cultura, decía, iba a sobrevivir.
- ¿A vos te parece? -me preguntó Dora. Yo tenía la vista fija en la cicatriz del marido. Debió haber sido una operación muy grande, muy grave. Era, o me parecía, medio lento de reacciones, bruto en el sentido de lo automáticamente aprendido, pero lerdo en las reacciones nuevas. Manejaba con cautela y cuidado entre el tráfico intenso del mediodía, tal vez con demasiada precaución para lo que se espera en general de un hombre como él: fornido, de mediana edad y curtido por la experiencia de la calle.
Entonces me acordé de que Dora me había dicho que trabajaba en los talleres del diario, y que era analfabeto. Ese alto contraste intelectual me sorprendió gratamente.
Me ayudaron a subir las escaleras porque no había luz desde temprano, nos dijo el portero.
-Menos mal que no vino el doctor-dijo Dora, riéndose en complicidad conmigo. Pedro hacía casi toda la fuerza para ayudarme a subir, porque yo todavía tenía el fantasma de mi pierna estorbando mi propiocepción.
Y adentro, me sentaron en el sillón y Dora empezó sus cuidados preparando el almuerzo para los tres. Pedro dijo, mirando el reloj de pulsera en el antebrazo derecho lleno de vello negro - ¿era zurdo? pero lo había visto hacer cosas predominantemente con la derecha- :
-Tengo que irme, Dora, ya son casi las 2, y estoy atrasado…
Dora dio un respingo de cansancio.
-Como quieras. Pasá a buscar a los chicos. Hoy, por ser el primer día, me quedo hasta la noche.
Negándose a escuchar mi protesta, le dio un beso y lo empujó cariñosamente hasta la puerta.
-Hasta mañana, señorita-me gritó él.
-Tiene que tutearme, Pedro.
Asintió con la cabeza y se fue. Dora cerró la puerta y volvió a sentarse conmigo en el sillón. Puso sus manos entra las piernas y empezó a balancearse como una nena, mirando alrededor en silencio.
De pronto, batió palmas, como dándose impulso, y dijo que se iba a la cocina.
-Si necesitás ayuda para el baño, no seas tarada y avísame.
Antes de levantarse, la retuve de un brazo y le pregunté:
- ¿Qué le pasó a tu marido?
Mirándome con sorna, contestó:
-Te brota la curiosidad periodística por los poros a vos…
-No me entendés, es solamente aprecio que les tengo…
-No me equivoco, Ceci-dijo, volviéndose a sentar-. Los periodistas de alma, o los escritores, porque vos escribís muy bien, dan en el blanco cuando algo les llama la atención.
-Vi la cicatriz, y me pareció que lo habían operado de gravedad. Una herida a lo mejor, no sé. Pero si no querés contarme, está bien.
Dora se rio.
-No hay problema, Ceci. Te cuento desde la cocina. Debés tener hambre y yo más.
La escuché abrir y cerrar las puertas de las alacenas, luego ruido de ollas.
-Pedro era policía, no sabías, ¿no? ¿Te sorprende? Claro que sí, lo ves medio tarado y te preguntás cómo un tipo como ese pudo tener permiso para portar un arma.
Dora preguntaba y se contestaba en ese largo monólogo que duró la preparación de la tortilla de papas para el almuerzo, ambas sentadas a la mesa del comedor a media tarde, horario que se acercaba peligrosamente a la merienda. Pero los horarios estaban trastocados, y las obligaciones, de tan pesadas, se habían derrumbado por su propio peso.
-Si lo hubieras visto en esa época, cuando lo conocí. Todo un galán con el uniforme, haciéndose el canchero con la porra de vigilante por la vereda del barrio. Nunca fue de muchas luces, por supuesto, pero era un buen policía, responsable y preocupado, y por eso yo tenía miedo de que me lo mataran. Pero no fue así como pasó todo, Ceci-. Obviamente, Dora me había adivinado el pensamiento-. Ya estábamos casados y había nacido el primer nene cuando estalló la revolución. Pedro trabajaba en la capital, en pleno centro, Avenida de Mayo, en la zona más pituca donde se reunían los diputados y todo el resto de esa laya de politicones y aprovechados. Los militares iban al Hotel Castelar y los restaurantes alrededor de las Galerías Pacífico y el Palacio Barolo. Mucho movimiento de gente, pero no muy peligroso porque no solían ir los negros, como dicen. Pero un día pasaba delante del Hotel y lo llamaron a gritos desde la puerta giratoria. ¡Venga, venga!, le gritaban el conserje y el botones y otros cuantos tipos. Mi Pedro entró y no le dieron tiempo a preguntar nada, lo tironearon atravesando el vestíbulo y luego escaleras abajo hasta los vestuarios del sauna. ¡Mataron al coronel!, dijo uno, abriendo la puerta del baño turco. Un vaho de vapor cegó los ojos de Pedro, pero pronto vio que había dos hombres tirados. Uno en los escalones y otro en el piso. El del piso tenía una pistola en la mano. Acababa de pegarse un tiro, después de disparar al otro. ¡Es el coronel Ansaldi!, gimoteaba el conserje, transpirando más por desesperación que por el calor. Pedro me contó que se acercó al cuerpo desnudo del coronel y se dio cuenta que respiraba a pesar de la herida a quemarropa que le abarcaba casi todo el pecho. Era rápido en ese entonces mi Pedro, sabía que no tenía sentido preguntar si habían llamado a la ambulancia, y que tampoco serviría de nada. Si no entraba en un hospital y en un quirófano en media hora como máximo, el tipo se moría seguro.
Desde la cocina llegaba el olor de la tortilla, deliciosa. Me levanté tratando de no hacer ruido y evitar las quejas de Dora. Tenía que practicar con mis muletas, acostumbrarme a mi nuevo cuerpo, el mismo viejo cuerpo que estrenaba un nuevo diseño, más liviano, pero lamentablemente asimétrico. Empecé a preparar la mesa, mientras escuchaba.
- ¿Sabés lo que hizo? - Había admiración en la voz y el tono de Dora. Aún sin verla la imaginé parada frente a la cocina, vigilando la tortilla, con las manos en la cintura, regocijándose con el recuerdo-. Levantó al coronel en brazos, subió las escaleras y atravesó el vestíbulo hacia la calle, tapando al tipo con una sábana, y se topó con la puerta giratoria. Puteó a todo los que pudieron escucharlo, hasta que abrieron la puerta principal y él salió a la vereda y corrió los veinte metros hasta el patrullero estacionado. Puso la sirena y fue directamente al Rivadavia.
Me senté en una silla y apoyé las muletas en el respaldo. Me puse a doblar las servilletas, y supe la razón de la mirada de Pedro ante Bernardo y los médicos, pero eso era solamente el principio de tal admiración.
-Ya está-escuché decir a Dora, y la vi aparecer con la impecable tortilla española, colocándola en la mesa y mirándome con ganas de retarme por haberme esforzado tanto recién salida de la internación.
-Me siento bien, Dora. Y si no me entretengo en algo, sé que voy a terminar mal.
Empezamos a comer.
- ¿Y qué paso?
- ¿Con el milico? Se salvó, claro, gracias a Pedro. Le costó varios meses de recuperación y una pensión vitalicia que no hizo más que aumentar su influencia en la política. Ya debiste haber oído hablar de él.
Le conté entonces sobre Sebastiano. Me miró como si los planetas se hubiesen alineado o las constelaciones formaran el dibujo exacto para un evento trascendental: el día en que su relato y el mío coincidieron.
- ¿Quién lo iba a creer? - dijo, moviendo la cabeza con incredulidad y mascando la tortilla con fruición. - ¿Pero vos crees que a Pedro lo condecoraron o algo así? Apenas lo ascendieron un rango, pero sirvió para que formara parte del plantel permanente de la custodia del coronel. Un año después nació nuestro segundo hijo. Pedro trabajaba todos los días, poque el milico ese iba a todas partes: Congreso, Casa de gobierno, Banco central, estudios de televisión, restaurantes y puteros de lujo, por supuesto. Mi Pedro esperaba en la puerta- Dora me miró y se rio-. Claro que siempre confié en él, esa es la ventaja de tener un marido guapo, pero algo lento. -Bueno, la cosa es que hubo otra revuelta, o varias, qué sé yo, no seguía tan de cerca la política hasta que entré en diario. Fue en Plaza de Mayo. Ansaldi figuraba como el orador principal para apoyar el derrocamiento de Cámpora y de Isabel, de eso sí me acuerdo. Yo lo quería a Perón, pero no a la puta esa que se creía una nueva Evita. La cuestión es que hubo disparos, no más de a los que estábamos acostumbrados en ese tiempo, y no sabemos si fue una bala perdida o un tiro que tenía como destino al coronel. Pero mi Pedro, tan cabeza dura como es, interpuso precisamente su cabeza en el camino de la bala. Sin premeditación, por supuesto, como no la hubo esa tarde haciendo su guardia de rutina frente al Hotel. La bala le perforó el cráneo y le mató casi un quinto del cerebro. El lóbulo parietal, dijeron los cirujanos, y una parte del temporal. Me mostraron las radiografías, y aunque yo no entendía nada, se me figuró ver una especie de volcán con el cráter recién abierto. Eso era lo que yo veía cuando me explicaron que el peñasco, la apófisis mastoides, más precisamente, había estallado dejando salir el pus de la infección, que fue el principal motivo de los meses que llevó internado en el Hospital Militar.
Dora había dejado de comer, y hablaba con la mirada perdida en la pared frente a la mesa, los codos apoyados en el mantel y el cabello que alguna vez fue rojizo y ahora era entrecano moviéndose levemente por efecto del ventilador que había prendido un rato antes.
-Hace calor, ¿no? ¿Cuándo vendrá el otoño? A mí me gusta, ¿y a vos?
La miré sin saber cómo consolarla ante ese dolor que la dominaba al recordar.
-Pero Dora, Pedro sobrevivió.
- ¿Vos creés? No es ni la mitad de lo que fue, Ceci, y a veces pienso que es otro completamente diferente.
Se puso a tamborilear los dedos en la mesa. El repiqueteo acompañaba el trac-trac de las paletas del ventilador viejo, y afuera iban y venían los motores de los colectivos y de vez en cuando el estallido de un caño de escape. Miró la hora.
-Los chicos deben estar saliendo de la escuela, espero que Pedro haya llegado a tiempo. Una vez los hizo esperar más de una hora. Las maestras hicieron un escándalo la última vez, pero ellas se impacientan porque quieren reunirse con los novios.
Empezó a levantar las cosas de la mesa, encimando los platos y los cubiertos. Fue a la cocina, dejando la historia que venía contando sin terminar.
-Disculpáme Dora, no quiero ser entrometida, pero ya que empezaste…
Una risa me llegó desde la cocina, y ella asomó la cabeza apoyando las manos mojadas de detergente en el marco.
-Pero claro, perdóname vos, Ceci.
Sin dejar de lavar los platos, que en cinco minutos estuvieron en el fregadero y volviendo entonces al comedor, sentándose sin soltar el repasador, siguió diciendo:
-Estuvo cinco meses internado. El primer mes en terapia intensiva, después en sala común, pero cada vez que lo volvían a operar pasaba unos días en terapia. Los cirujanos le reparaban despacio y parte por parte el cráneo roto. Le ponían unas placas de metal, pero antes tuvieron que limpiar el pus y los tejidos que eran los restos inútiles de su cerebro herido. La bala era de las peores, Ceci, de esas que estallan apenas entran. Todo ese tiempo iba y venía de casa al hospital, y me fui cansando, por los chicos, claro. Ellos preguntaban por el padre, y yo tenía que lidiar con todo: mantenerlos ajenos al drama lo más que podía, hacer lo trámites de la obra social y cobrar el seguro contra todos los obstáculos de los burócratas de turno. Me decían que estaba estable, en estado vegetativo o algo así. Los electroencefalogramas mostraban la actividad básica para mantenerlo vivo. Yo a veces deseaba que se muriera. ¿Sabés que hasta pensé en sacarle los tubos que tenía conectados cuando estaba sola con él en la habitación? ¿Pensás que soy una hija de puta, no es cierto?
-No, Dora, cualquiera habría pensado igual en algún momento. La diferencia está en hacerlo…
- ¿Y sabés lo más divertido del asunto? Que no lo hice porque había cámaras de vigilancia. Estaban tapadas, porque no se usaban como seguridad, sino como vigilancia precisamente. En un hospital militar podían llegar peces gordos…Sólo por eso me contuve esa única vez en que creí estar decidida.
Suspiró profundo y se secó las lágrimas con el repasador.
-Menos mal que está limpio-dijo, intentado recuperar el humor. - Pasaron dos meses más, y entonces Pedro empezó a reaccionar. Movía las manos y abría los ojos. Me seguía con la mirada y hasta sonreía. Los médicos me explicaban que la reparación de las neuronas en un adulto es prácticamente imposible, pero todo dependía de la zona lesionada. Yo lo único que quería saber era si tendría que llevármelo a casa así, como un tronco que había que mover, limpiar y alimentar. Ya sé que soy una hija de puta, pero pensaba en mis hijos y en mí. Pedro ya había desaparecido, no era un hombre sino un fardo. Para hacerla corta, se fue recuperando con el tratamiento del kinesiólogo y de los neurólogos. El pelo le fue creciendo y él se levantaba y caminaba solo por la habitación. Reconocía a toda la familia, por suerte. Pero no hablaba. Cuando le preguntábamos algo, respondía moviendo la cabeza. Le pedíamos que escribiera la respuesta en una libreta, pero cuando agarraba la birome no podía escribir nada. Le pedimos que dibujara algo, y sólo hizo líneas torcidas. Yo lo veía esforzarse en entender por qué razón no podía hacerlo, porque era evidente que recordaba que alguna vez lo había hecho. Obviamente tampoco podía leer. Se quedaba mirando los renglones y los seguía con la punta del dedo índice, frunciendo los párpados e intentando mover los labios para conformarnos a nosotros, pero la verdad era que no tenía idea. Pregunté a los médicos si iba a recuperarse. Me dijeron que se podría intentar enseñarle nuevamente como a un chico, pero lo más probable era que esa área del cerebro ya no existiera. A los cinco meses exactos, le dieron el alta. Fue en casa cuando empezó a hablar. Caminaba por el barrio, saludaba a todos los vecinos que lo felicitaban y le daban ánimos. La primera palabra que dijo fue en la vereda, y yo no la escuché, fue la vecina de enfrente y su marido los que me contaron. Pedro estaba paseando con los chicos y cuando bajo el cordón para cruzar la calle un auto frenó de pronto y reventó una goma. El ruido alteró tanto a Pedro, que se agachó y abrazó a los chicos protegiéndolos con el cuerpo. Los vecinos le decían que no era nada, que se tranquilizara, pero él no abrió los brazos ni los soltó hasta más de quince minutos después, y sin dejar de pronunciar la palabra ¡Fuego!
Dora lloraba ya sin poder contenerse. Le saqué el repasador y le di un pañuelo limpio y servilletas de papel. Para eso tuve que levantarme e ir a la cocina con las muletas, pero apenas me regañó cuando volví. La abracé.
-Debería ser yo la que te consolara a vos-dijo.
-No te preocupes. Lo importante es que Pedro está bien, la verdad es que es asombroso que se haya recuperado…
-Sí, Ceci, pero para qué ¿me querés decir? ¿Para que se aprovechen de él?
-No te entiendo.
-En cierta forma ahora es un chico. Escucha muy mal de un oído, y se pierde muchas conversaciones, y a veces dice sí o no solamente para no pasar la vergüenza de reconocer que no oyó nada de lo que le dijeron. Y sobre el leer y escribir, ni te cuento. Maneja porque el coronel Ansaldi lo tomó bajo su protección cuando se enteró de lo que había pasado. Fue un día a hacerse los chequeos de rutina cuando se encontró con el coronel, que también debía ir a hacer los controles por el atentado de años antes. Pedro se quedó parado como un reverendo imbécil, mirándolo como a un dios. Ansaldi lo saludó con efusión y lo abrazó. “¡Cuánto tiempo sin verlo, querido, se me perdió de vista!” Los que lo acompañaban le contaron lo que le había pasado a Pedro esa tarde en Plaza de Mayo. Era uno más de la custodia en ese entonces, por más que le hubiera salvado la vida antes. Ansaldi aseguró que no le habían contado nada. “Tanto quilombo hubo en esos meses…”. “Es verdad, mi coronel, no se haga mala sangre”. Pedro hablaba lento y Ansaldi lo miró como quien observa a un hombre que ya no era policía ni podía sostener un arma, y con la mirada de un cordero. Vi la pena plasmada en el rostro de Ansaldi, recuperada de algún sótano de su alma, y a medida que la desempolvaba, le dijo a Pedro que se encargaría de su futuro desde ese momento. “Sería un desagradecido, querido, un real y grandísimo hijo de puta si no protegiera al hombre que me salvó la vida dos veces”. Lo abrazó palmeándole con fuerza.
- ¿Y cumplió? - pregunté.
- Si, Ceci, cumplió como cumple el diablo su palabra.
3
Dora se fue esa noche poco después de las diez. Me pidió permiso para llamar por teléfono a un taxi. No, que no me preocupara, no se tomaría ese lujo todos los días, sólo porque era el primer día y se había hecho tarde. Quiso verme acostada antes de irse. Le di el gusto, pero después me levanté y me senté en la cama, con mi única pierna colgando del borde, sin tocar el piso, y el muñón sobre el colchón, sin sobresalir. Tan corto era, tan insignificante como el cuerpo al que pertenecía.
Comenzó a dolerme. Me habían sacado los puntos, pero la cicatriz seguía inflamada. Sonó el teléfono en la mesita de luz, que había regresado a su sitio durante mi ausencia gracias a la intervención de Bernardo que pensaba en todo, menos en la incomodidad que yo le provocaba. Era él, sin duda, o Renato. Sin deseos de contestar a ninguno de los dos, a ninguno de los dos tenía yo derecho a rechazar.
-Estoy bien. Sí, un poco cansada. No, no tengo fiebre. Sí, tomé la medicación. No, no hace falta que vengas.
La misma respuesta para ambos en dos conversaciones separadas por cinco minutos.
Colgué el tubo y escuché del taxi que arrancaba llevándose a Dora. Me quedé en la oscuridad, allí sentada. Prendí la radio. A punto de apagarla estuve luego de las marchas militares, las intermitencias electroestáticas que sonaban como truenos en esa noche de verano, un chamamé reivindicativo, una balada de Julio Iglesias y la melosidad de ABBA. Pero en medio de los altibajos técnicos y la rudimentaria mediocridad de las radios estatales, surgió un tango demasiado melancólico y triste en la voz del Polaco. Levanté el volumen cuando escuché el repiqueteo de Garúa, y el viento en la calle que lo empujaba como me había empujado por la vereda el viento del verano. Mi pierna ausente era un fantasma que se iría pudriendo en la morque del hospital, o quizá algún estudiante de medicina llegara a disecarla, deconstruyendo mi anatomía. Afuera, la garúa del otoño que pronto empezaría, adentro las manos inquietas de un hombre explorando en busca de algo nuevo en lo siempre viejo.
Y la esperanza inútil de ese estudiante solitario y reconcentrado que tal vez le agradasen los cadáveres porque son silenciosos y no interrogan, quizá fuese también la esperanza que escuché cuando Dora me contó lo que le había pasado a su marido luego del encuentro con el coronel.
Ángel Ansaldi estaba retirado como militar, pero por supuesto conservaba su rango y todo el prestigio. Había incluso acrecentado su influencia y su poder tomando contacto con diferentes personalidades a las que antes no había podido acceder precisamente por su actividad militar. Políticos del Senado y de la Cámara de diputados, periodistas que hablaban a su nombre en los medios, demasiado fáciles de identificar, porque aún las más altas inteligencias sucumben y ni siquiera son capaces de disimular adecuadamente. Tal vez sea la culpa que los traiciona, o quizá lo contrario, el orgullo. Pero sobre todo había muchos hombres de negocios alrededor de Ansaldi, la mayoría demasiado potentados para saberse de ellos sus nombres y su paradero. Se decía que él era uno de los muchos socios de las multinacionales, empresas de bebidas y de alimentos. Las industrias textiles no le interesaban, aparentemente. Alguna vez se le escuchó decir, en entrevistas ahora perdidas o eliminadas, que los hombres pueden vivir desnudos, pero nunca sin comer, y sobre todo sin beber. Pero aún las imponderables cifras de las multinacionales que manejaban y explotaban las bebidas alcohólicas tampoco eran de su preferencia. En sus oficinas de la Avenida Liberador cerca del Retiro - a pocas cuadras del Puerto, del que tenía una vista privilegiada desde los altos edificios de las Catalinas, y la Aduana allí nomás, llena de respetuosos subordinados que cotejaban y clasificaban las entradas millonarias a su nombre, y yendo y viniendo del Kavanagh donde lo vieron entrar y salir con una actriz del teatro de revista a la que había comprado un piso completo justo a la mitad de la altura de esa reliquia algo descuidada pero todavía insigne- se verificaban reuniones con hombres de los laboratorios de medicamentos. Todos conocidos, por supuesto, porque no había nada más encomiable que invertir en las investigaciones de esas nobles empresas que trabajaban para la humanidad. ¿Los doctores dónde estaban? En sus laboratorios de Suiza y Alemania, y claro que en muchas ciudades de Estados Unidos: Boston, Los Ángeles o Oesterville. Un poco repartidos por todos lados, donde nadie pudiera señalarlos con precisión. Estudios sobre el cáncer, y la inacabable sarta de virus y bacterias conservadas en tubos no siempre protegidos por las inciertas medidas de seguridad, que, para bien llamarse así, cumplían con la famosa regla de la excepción, otorgando la bienvenida grieta.
Pedro Palacios, ése era el apellido del marido de Dora, remedando al poeta de los reos y la desgracia, fue contratado, por decirlo de alguna manera, ¿pero por qué dudar del correcto cumplimiento de las leyes de trabajo por parte del coronel si se trataba de un personaje por todos conocido? ¿Tal vez, por eso? La cuestión es que Palacios entró a trabajar en uno de los frigoríficos donde Ansaldi tenía acciones, pero no figuraba como dueño ni empresario. Una de sus tantas y divergentes inversiones, que llevaba el nombre de Frigidaire y se comercializaba a nivel nacional como una empresa de heladeras renombrada y reconocida por su calidad. Pocas casas de clase media había seguramente donde no pudiera encontrarse un producto de este nombre. La competencia más relevante en esa época era Siam, pero tenía su público sobre todo en los barrios obreros. Se decía que las manos de Ansaldi también se extendían hasta ellos, y por qué no si al fin de cuentas los hombres que confiaron en el hombre que reivindicó su clase era también de la misma profesión de Ansaldi. Los militares de alta graduación en tales tiempos eran bien vistos por su cultura, y el estremecedor silencio que sólo interrumpían mediante llamadas telefónicas, casi siempre anónimas, que precedían a los grandes arrebatos callejeros donde los pelotones de soldados lucían sus habilidades con armas, tanques y bombas.
La sucursal de la empresa donde trabajaba Pedro estaba en Devoto. Era un obrero más para las nóminas de empleados regulares, y él cumplía con el horario establecido porque estaba acostumbrado a esos regímenes tradicionales de clase media. El despertador a las siete, la parada del colectivo, el fichaje de entrada y el de salida, y el de colectivo de vuelta a casa. Dora le preguntaba qué tareas hacía en los talleres, por lo menos al principio lo interrogaba porque Pedro regresaba a casa sin querer hablar de nada más que de los chicos y de las cuentas.
-Yo me preocupaba por las deudas del almacén, la carnicería, el alquiler y los pediatras. Nunca nos faltó nada desde ese entonces, y el silencio de Pedro parecía ser una condición imprescindible – me había dicho.
Después de mucho insistir, él largaba palabras sueltas: rebobinar, reparar y cosas parecidas. Pedro sabía mucho de motores, su padre había sido mecánico de tractores en el campo, pero él quiso entrar en la policía cuando terminó la escuela. Tenía facilidad para la mecánica y la electricidad, y nunca le había extrañado verlo reparar cualquier máquina más o menos complicada, fuese el motor de un auto, un televisor o el secador de pelo. Si hasta el tocadiscos de casa había arreglado, dijo Dora.
Pero también empezó a ir a los talleres los fines de semana, sin horario fijo y por unas cuantas horas que ha a veces abarcaban toda la noche. Dora sospechó que la estuviera engañando con alguna empleada, pero pronto aparecieron noticias en la televisión sobre las amenazas de huelga en los sindicatos. Frigidaire no era nombrada, pero se sabía que todas las que estaban bajo el ala de los militares iban a ser boicoteadas por los sindicatos, no conformes con la tajada que sacaban.
Pedro se convirtió en una especie de vocero de Ansaldi. Los fines de semana que debía cumplir esa función, salía de casa después de saludar a los chicos y caminaba hasta la esquina donde pasaba a buscarlo un auto que contrastaba con los estacionados junto a los cordones de nuestro barrio. Ya todos los vecinos sabían de qué se trataba todo eso, y no le preguntaban más. Sabían, probablemente, más que Dora en ese momento. Ella, sin embargo, había sido periodista, y conocía gente que podía informarla. Me dijo que retomó contacto con Mario Marizza en reuniones que pretendían ser clandestinas en diversos bares del bajo. Así fue cómo supo de la tela de araña formada por los intereses de Ansaldi, que era uno más de los tantos que comerciaban en el exterior y traían mercaderías que hacía pasar en blanco: drogas que pasaban por legales, bultos que bajaban de los barcos en el Río de la Plata desde Paraguay y Brasil y partían a Europa. Y los que entraban, imposibles de precisar.
Dora preguntó si mujeres. Marizza se encogió de hombros: lo de las mujeres se sabía y se toleraba como el efecto más nimio de un patrón mayor. ¿Pero cuál?, preguntaba Dora. Marizza contestaba que para eso estaba la imaginación.
Según ella, Mario había querido asustarla. Yo estuve de acuerdo, lo conocía bien de nuestro trato en la redacción. Por un tiempo, ella intentó persuadir a Pedro de renunciar. Le dijo que ya se arreglarían, como siempre lo habían hecho. Pedro, sin embargo, se ponía inquieto y salía a dar una vuelta a la manzana. Eso simplemente era un no que no podía pronunciar sin traicionar a su mujer, pero la lealtad al coronel Ansaldi estaba por encima. Como si haberle salvado la vida dos veces lo obligara a estar unido a él por el resto de su vida. Yo le dije que no era nada raro. Cuando un hombre le salva la vida al otro, está más obligado con éste que éste con su salvador. Ya lo sé, me dijo Dora, pero Pedro no tenía eso en mente. Su lealtad era una convicción a la que no podía renunciar a menos de dejar de ser él mismo. Eso era casi lo único que había permanecido indemne luego del disparo y la atrocidad que había sufrido su cerebro. Cuando Dora me decía que Pedro era un hombre distinto después de su recuperación, no era tanto por sus costumbres, sus gustos o sus valores morales. Todo eso permanecía más o menos incólume. Lo que ella veía de distinto no alcanzaba a explicármelo porque no lo sabía, y a veces pensaba que su imaginación la estaba traicionando. Así como una vez había deseado que Pedro se muriera de una vez para dejarla tranquila, ahora deseaba verlo también diferente para tener la excusa de abandonarlo alguna vez. Pero también sabía que nunca lo haría porque en el fondo de todas esas teorías estaba el tejido que ellos habían compuesto cuando eran jóvenes y el amor era demasiado puro y de tanta calidad que la red, en el fondo del mar tempestuoso de esos tiempos, persistía.
Desechando las dudas, Dora veía en la lealtad de Pedro hacia Ansaldi un bastión imbatible del que el coronel había sabido apropiarse antes que ella interpusiera su cuerpo para proteger a Pedro. La lealtad de Pedro era de granito puro, y pertrechado sobre todo por la estupidez. Estaba mal que juzgara así a su marido, me dijo, pero precisamente somos duros con los que nos importan, sea por amor o sea por odio. Los indiferentes no nos lastiman porque no penetran nuestro mundo. La idiota ingenuidad de Pedro fuese natural o adquirida luego de la enfermedad, era el factor que lo excusaba.
¿A vos te parece, Dora, que si no hay memoria no hay culpa?, le pregunté. ¿Y qué tiene que ver la memoria?, me contestó. La memoria es la cocina de los valores morales, le dije. El nene que mete el dedo en la olla donde se está cociendo el puchero, se quema. La madre no necesita retarlo, en su mirada él lee las reglas que lo condicionarán para siempre. En cada momento y en cada acto que emprenda, verá esa cara que es el rostro de la ley.
-La ley es la memoria escrita, Dora. Al que no sabe leer, no lo excusa la ignorancia- insistí.
Sé que la enfrentaba con lo que ya sabía, pero necesitaba pasar por alto para seguir viviendo con Pedro y en bien de sus hijos. Por eso me miró por primera vez desde que nos conocíamos como si no me entendiera, cuando dos días después, al ver llegar la camioneta desde el balcón, le grité a Pedro antes de ir al trabajo.
- ¿Necesita algo, Cecilia? -me preguntó él.
-Necesito trabajo, Pedro. ¿Usted sabe de algún puesto en la fábrica?
Ese fue el momento en que Dora salió de la cocina y me miró de aquella forma. Después de lo que habíamos hablado, no comprendía que quisiera meterme en la boca del lobo. Así soy yo, habría querido decirle, mis necesidades más fútiles suelen esconder otras más severas y de objetivos más oscuros. Por encima de todo estaba mi necesidad económica, no podía seguir convaleciendo de la ayuda de Bernardo; luego, mi ánimo requería un apoyo, apuntalarse en una actividad que me distrajera de la depresión, y la curiosidad periodística representaba un acicate irreemplazable; y por fin, y muy en el fondo de todo, pero ganando terreno rápidamente, la necesidad de sentirme en situaciones que implicaran un cierto peligro, como si de esa manera acelerase el fin de mi vida sin el reproche constante de la conciencia. Había un obstáculo que yo misma alimentaba frente al camino que el deterioro de mi cuerpo marcaba indefectiblemente: era el miedo. Una forma de evitarlo era disfrazarlo, pero siempre estaba ahí, al final de cada noche de pensamientos que nadaban en la orfandad. Pero había otra forma de evitarlo, era desconcertarlo exponiéndome yo misma a los argumentos con los que creía aterrorizarme. Y de esa manera, destruirlo.
Pedro miró a su mujer, como pidiendo permiso. Ella se encogió de hombros y volvió a la cocina.
-Parece casualidad, ¿no? Justamente están buscando una empleada para la sección de reclamaciones.
- ¿Y en qué consiste ese trabajo, Pedro?
-Es de secretaria, Cecilia, un trabajo de oficina. Tengo entendido que ahí se reciben cartas de los usuarios y reclamaciones por garantías y desperfectos. Usted tendría que leerlas, clasificarlas y pasarlas a su jefe.
- ¿Creés que me aceptarán así, digo, con mi incapacidad?
-Venga conmigo y no habrá problema.
Dora ya se había sentado y nos cebaba mate. Resignada a no comprender y aceptar, que era su metodología de vida.
-Es un trabajo de escritorio-me dijo-. No hay nada que te convenga más, además estarías a tus anchas, leyendo.
-Sí-le dije- Pavadas que tendría que desechar en un noventa por ciento.
-Si el jefe la escuchara -dijo Pedro- ya estaría trabajando.
Decidimos que lo acompañaría al día siguiente. Necesitaba no sólo prepararme anímicamente, sino arreglar un poco mi aspecto físico.
La mañana que fuimos a la empresa era miércoles, día funesto para cualquier jefe de fábrica. A lo problemas heredados los lunes y que apenas parecían encausarse, se sumaban los de la media semana: proveedores, máquinas que se rompen, empleados que se lastiman, otros que protestan, órdenes de la comisión directiva imponiendo nuevas reglamentaciones cuando aún no habían sido comprendidas ni puestas en marcha las anteriores, y sobre todo la presión constante del alto rendimiento, que en esas épocas apenas era la necesidad de evitar que la empresa quebrara manteniendo los niveles mínimos de producción. Todo eso estaba implícito en el rostro abotargado del hombre en cuya oficina entramos.
El edificio de Villa Devoto era enorme. Lejos del centro comercial, ocupaba toda una manzana triangular entre una avenida y dos calles. El tradicional aspecto residencial rodeaba el edificio de fachada vieja, construido tal vez por los años cuarenta, cuando Devoto era todavía un barrio de casas quintas y más bien desolado. Allí se había construido la primera sucursal de la empresa. La sede principal estaba en algún lugar del Paraguay o del Brasil. No había logrado que Pedro me explicara mucho mientras conducía, no llevaba un orden cuando hablaba, sólo era cuidadoso en la construcción de las frases hasta el punto de confundirlo, a quien no lo conociera, con una persona educada y culta. Era, por supuesto, lo primero, y me pregunté hasta qué punto era lo segundo. Una de las cosas que a Dora habían extrañado desde su enfermedad y luego de que entrara a trabajar en el taller, era la ambivalencia entre su carácter expansivo y la taciturnidad rayana en lo pensativo, como si estuviera rumiando cosas que no podía digerir, pero de las que no podía deshacerse. ¿Cómo entender esa dicotomía tan compleja? Tal vez yo, testigo imparcial, pudiese descifrarlo.
El rostro de Pedro se llenó de orgullo cuando entramos en la oficina de Arnaldo Aranguren, un despacho de techo alto y un ventilador que daba vueltas muy lentamente. Un amplio ventanal tras el escritorio lleno de papeles que apenas dejaban ver la madera lustrada por los años. Los muebles con estantes repletos de folios y archivos eran vetustos e insípidos, las paredes desconchadas y con manchas de humedad formando dibujos extraños, como mapas. De pronto, me sentí entrar en un espacio de tiempo estancado, donde se me explicarían muchas cosas a fin de entender la tramoya de la ingeniería construida alrededor de la fábrica original. Una fábrica de heladeras que se había expandido con el tiempo hacia otros intereses, pero todo estaba relacionado con el frío.
- ¿Le molesta el ventilador, señorita?
Había visto que eché uno o dos vistazos hacia el techo.
- ¿Tiene frío, acaso?
¿Era una recriminación? El hombre tenía poco más de sesenta años, alto y delgado, con un vientre apenas prominente que se notaba bajo la camisa y la corbata. Vestía como cualquier director de fábrica venida a menos de la época, un traje de tela común y corriente, el nudo de la corbata bien ajustado, el cabello canoso y engominado y con tonos de gris que le daban un aspecto ceremonioso pero campechano a la vez. A veces su rostro, aún sin sonreír, era afectuoso y familiar, como un tío al que se visita de vez en cuando, soltero, quizá, en su viejo departamento con olor a humedad.
Le dije que no se preocupara, simplemente me llamaba la atención lo agradable de la oficina.
-Le agradezco el cumplido, pero no hace falta ser condescendiente. Acá nuestro amigo Pedro me ha explicado un poco sobre usted y tengo la oportunidad de corroborar sus dichos.
Pedro, entonces, que se había quedado parado junto a la puerta, bajó la mirada al piso.
-Le agradecería que nos dejara solos, amigo mío. ¡Pero qué estúpido de mi parte, señorita Taboada! Por favor, tome asiento. Me ayudó con las muletas apoyándolas en la pared, volvió a sentarse tras el escritorio.
- ¿Y cuáles son sus expectativas, señorita? Es mi deber decirle que estamos escasos de recursos en estos tiempos, y que si contratamos personal nuevo es porque la antigua encargada de la oficina de reclamaciones se acaba de jubilar, y por los descuidos habituales, pero no por eso menos reprensibles, nadie se encargó de buscar una reemplazante. Con esto quiero dejarle en claro que no espere un sueldo muy alto, lamentablemente.
Mientras hablaba, yo había echado miradas esquivas a los cuadros en las paredes, en su mayoría retratos fotográficos de hombres de bigotes largos de otros tiempos. Los fundadores, quizá, y también de otros con uniformes militares. Reconocí a Roca, por ejemplo, y también al general Justo.
-No es un problema para mí, por supuesto, señor Aranguren, mientras represente el mínimo acordado por las leyes.
-Creo que usted está sobrevalorada para este trabajo, señorita.
- ¿Eso es un no?
Se rio, intentando desbaratar la mala impresión de su frase.
-Nada de eso, sólo intentaba decirle que tal vez, y sólo tal vez, esperemos de usted más que sus tareas oficiales.
- ¿Cómo qué, por ejemplo?
Ya veía cómo mi espíritu se estaba revelando.
-No me interprete mal, a veces pretendo ser directo y discreto al mismo tiempo, y ya a mis años debía darme cuenta de que es imposible. Lo que intento explicarle es que en la oficina de reclamaciones llegan muchos conflictos, la mayoría puras insensateces y trivialidades, pero algunos son reclamos justos que se solucionan tarde o temprano, otro no, y éstos son los que generan verdaderos dolores de cabeza. Cuando le digo que está sobrecalificada, me refiero a la simple tarea de leer y clasificar. Usted, sin embargo, por lo que me han dicho, es una persona inteligente y de alta discriminación. Necesitamos en esa oficina a alguien que no sólo discierna entre la realidad y la fantasía de la gente, incluso que se tome el tiempo de responderles como si ese cliente que ha comprado uno de nuestros productos fuese el más importante de todos. La mayoría de las personas solamente quieren que se las escuche, y con eso se conforman, pero para eso es necesario responderles con unas pocas palabras amables. En los nuevos tiempos, usted lo sabrá, nadie se toma ese tiempo, y el silencio en un cómplice malintencionado.
¿Era posible que todo ese discurso escondiera mensajes subliminales al proceso militar y la situación del gobierno? El silencio nos hace cómplices, incluso esa alusión indirecta a lo justo, cuando yo acababa de ver el retrato del general que había gobernado al país en lo que algunos dieron en llamar la década infame.
El hombre que me hablaba me resultaba cada vez más extraño. No sabía aún sin me seducía intelectualmente, penetrando mi espíritu de esa manera. Era un psicólogo sin título ninguno, más que el que fabrica motores de refrigeración.
-Entiendo, señor Aranguren. No me desagrada nada de eso.
-Muy bien, señorita. Y como le venía diciendo, también tendrá la obligación de recibir los reclamos más ingratos. Gente obtusa y maleducada que intenta sacar ventajas. A esos usted también intentara convencerlos de buenos modos, pero con firmeza. Después están los problemas importantes, que usted deberá dejar en nuestras manos, por supuesto, ya que involucran factores legales. Usted distinguirá fácilmente algunos por ser tan directos, otros suministrarán amenazas veladas, y en eso deberá consistir su escrutinio. Para darse cuentas de ciertas sutilezas hay que ser un buen lector, y para eso usted nos será extremadamente útil.
Era casi mediodía. El sol entraba con fuerza por el ventanal de cortinas descorridas. Fruncí los párpados y me tapé la cara cuando las nubes de esa mañana de pronto se despejaron y dejaron atravesar los reflejos intensos del sol antes escondido. El sol que parecía vengarse, poniéndome en situación desventajosa ante el hombre que me contrataría. Yo era un cuerpo esmirriado y asimétrico por más que me hubiese vestido bien y peinado como se supone debe verse una secretaria. Enfrente, y por efecto de la luz, veía tan solo la sombra oscura de un hombre cuya voz era tan dudosa como su discurso.
Se levantó y cerró las cortinas, gruesas. La oficina se ensombreció, pero cuando mis ojos se fueron acostumbrando, la luz ahora era suficiente y cálida.
-Usted disculpe, señorita. ¿Se siente bien? Tome agua-. Me alcanzó un vaso que rescató de entre las pilas de carpetas y agua de una jarra que sacó de una heladera baja disimulada en un rincón con el aspecto de un mueble de madera. Encima, había una bandeja de plástico y papeles arrugados.
-Señor Aranguren, le agradezco sus encomios, pero usted ya sabrá sobre mis antecedentes periodísticos, y de algunas de mis opiniones.
El asentía con la cabeza, moviendo las manos para quitar implicancias a lo que yo decía.
-No se preocupe por eso, señorita, el haber trabajado con el señor Beltrame es ya una garantía para nosotros, y en cuanto a sus ideas, ¿quiénes somos nosotros para quitarle sus principios o como quiera llamarlos, mientras usted cumpla su trabajo adecuadamente? La lealtad y la eficacia es lo único con lo que deberíamos cumplir todos en este país.
Fin de la conversación, me dije. Ya había entrado de lleno en el conflicto. La arquitectura estaba proyectada, y la ingeniería de los sucesos había construido el edificio en el que yo estaba inmersa desde ese día.
4
Empecé a trabajar a la semana siguiente después de presentar los consabidos papeles y el certificado médico que me dio Bernardo. Nuestra relación era tirante, aunque a veces nos relajábamos, como esa tarde que vino a verme después del hospital.
- ¿Seguís viendo a González? - preguntó luego de poner el certificado en la mesita de luz junto a la cama. Eran celos, sí, un poco, pero también esa necesidad por preocuparse de la mujer de la que no podía deshacerse.
-Desde la operación, no…
-O desde que nos cruzamos en el hospital…
-Nunca supe qué le dijiste- Me crucé de brazos y fruncí las cejas, mostrando enojo, un poco en broma y un poco en serio, al recordar esas cuestiones pendientes-. Nunca te metiste con mis amigos, pero con él…
-El tipo no te hace bien, Ceci, me da mala entraña…
Me reí de esa expresión tan poco profesional. Imaginé que debía estar yendo a su pueblo más seguido.
En la fábrica me designaron la oficina de la empleada anterior. Todo había quedado tal como ella lo había dejado al jubilarse, pero ordenado en carpetas y fichas que indicaban con sus rótulos las tareas pendientes, los reclamos en vía de trámite o a iniciar, y una serie de recomendaciones escritas a máquina y corregidas al margen con agregados de una prolija letra de mujer con resabio de caligrafía aprendida en algún magisterio. Me hizo recordar a mamá. De pronto, me dio un vahído y tuve que sujetarme del escritorio, aunque estaba sentada. Fueron los recuerdos, probablemente, que llegaron en avalancha luego de haber quedado acumulados durante todo ese tiempo en que mi salud y la operación habían rezagado la memoria de mi madre a un casi segundo plano. Tomé la medicación, me sequé los ojos antes de que alguien entrara, y comencé mi trabajo.
La habitación era angosta pero larga, y en las largas y altas paredes confrontadas había estantes repletos de folios y archivos. Al fondo, un ventanal que daba a la calle del Cabezón, así le decían los empleados. Entraba mucha luz todo el día, así que raramente necesitaba encender las luces, y eso lo agradecieron mucho mis ojos, sobre todo cuando después de las dos de la tarde y cuando el trabajo más urgente ya había sido hecho, me sentaba de espaldas a la ventana a leer las cartas que parecían de menos importancia.
Me recibieron bien los empleados de la fábrica, el noventa por ciento hombres, por supuesto. Las mujeres eran del servicio de limpieza, con las que me encontraba al llegar en la mañana, repasando los pisos y sacudiendo el polvo de los anaqueles, o cuando pasaban al irme a almorzar. Sin embargo, cuando me quedaba a tomar simplemente un té o un café para terminar algo pendiente, alguna entraba sin golpear la puerta, primero sorprendida y luego ya habituada a mis costumbres, pedía disculpas y pasaba el trapo de piso a mi alrededor y bajo el escritorio, sin que yo interrumpiera mi trabajo en la Remington que mi antecesora había cuidado como una reliquia y funcionaba mejor que cualquiera de las modernas. Una vez, mientras una de las mujeres limpiaba, y viendo cómo me ensuciaba los dedos cambiando la cinta, me ofreció un trapo húmedo.
-Gracias-le dije.
-No hay por qué señorita-y vi que no pudo evitar echar una mirada de reojo a mi pierna cortada. Supe entonces el motivo de esas limpiezas que no correspondían a los horarios habituales. Algo me habían dicho antes, pero yo no conocía por esos días las costumbres. El entrar mientras yo trabajaba, limpiar bajo el escritorio a la vez que escribía, y sentir el escobillón o el trapo de piso rozándome mi único zapato. Ellas, y no los hombres, fueron las que me hicieron sentir diferente. ¿Se los debo agradecer? Tal vez, porque a pesar del poco tiempo que llevaba ahí, ya me estaba llegando a sentir bien, casi casi relajada y aceptada. Y casi, por instantes, feliz.
En el comedor, grande y de techos altos, de aspecto algo conventual, desde las doce hasta la una y media de la tarde, el bullicio y el ruido eran atroces. Los obreros y los empleados administrativos, los jefes y los capataces, todos se mezclaban y se sentaban en lo que parecía un tapiz modernista, para quien viese el comedor a cierta distancia. Largas mesas viejas y fuertes, y sillas de cualquier tipo, algunas originales del mobiliario, otras compradas a la mueblería a dos cuadras, de cocina, otras de mimbre como de patio viejo y a las que adiviné traídas por los hombres desde sus casas, y otras desvencijadas, que provocaban la risa cuando el ocupante ocasional se caía al suelo de espaldas. Todos reían, todos hablaban fuerte, salvo lo que, como islas, hacían silencio mientras comían, solitarios. La primera vez que entré, me miraron, en su mayoría, siguiendo mis pasos de pie y muleta, con el sonido del taco bajo contrastando con la punta de goma de la muleta. Era un ruido impar, una especie de ritmo que molestaba a los oídos acostumbrados a la música armónica. Me quedé parada por unos segundos ante esas miradas y el silencio abrupto.
-Lo lamento-dije. Casi se me salieron las lágrimas, aunque en mi alma sentí ira y furor, los dos luchando por imponerse y finalmente, cansados, dejaron pasar a la amargura.
-No importa, señorita-dijo Pedro, al que no había visto entre tantos otros, vestido con el mameluco azul y lleno de grasa. Se acercó sin tocarme, apenas acompañándome para hacerme un lugar a su lado.
Nadie se atrevió a decir nada inconveniente desde ese momento. Miraban a Pedro antes de hablarme, pero luego ya no fue necesario. Durante ese día y los que siguieron, no hubo silencio ni un respetuoso resquemor, sino una complicidad que me hizo bien porque no implicaba diferencias. De todos modos, alguna broma chabacana y de contenido sexual se filtraba, y rompía a veces la monótona rutina del respeto. Las otras pocas mujeres que trabajaban en administración y recepción, o las telefonistas, me hacían de lado, intentando llamar la atención que de repente creían haber perdido por parte de los hombres. Ellas buscaban la diferencia, la chabacanería a la que hacían remilgos pero que necesitaban para sentirse, tal vez, mujeres en ese mar de hombres. Porque nosotras no éramos nada con nuestro silencio autoimpuesto, y la coquetería apenas insinuada para no ser malentendida. Tres eran secretarias y oficinistas, tal vez eran solteras, o viudas o vivían con sus padres. Dos eran casadas y tenían hijos grandes, fueron las únicas que me hablaban en el baño de mujeres, un cuchitril improvisado luego de muchos años de reclamar.
-Te quieren porque no te ven como a nosotras-me dijo una de ellas, mientras se miraba al espejo oxidado donde no entraba más que su cara gorda, intentando maquillarse.
Yo me levantaba del inodoro, haciendo malabares por no caerme al subirme la bombacha y agarrar la muleta. Tal vez, me viera por el espejo, no lo sé. Luego entró otra , se sentó y me miró un rato.
-Tendrías que reclamar que te pongan un soporte en la pared-. Sin mirarme más, se puso a fumar.
La otra se rio y se dio vuelta.
-Perdonáme, pero ésta no sabe lo que dice. Tardamos quince años en lograr que los jefes arreglaren este lugar para nosotras. Antes teníamos que ir al baño del bar de la avenida, o meternos en el de hombres, que ya estaban acostumbrado a vernos pasar a los cubículos mientras ellos orinaban en los mingitorios, o quien sabe lo que hacían.
Se rieron, no les hice caso, pero antes de salir, me acordé lo que la otra había dicho al espejo. Fueron sus risas las que me provocaron.
- ¿Qué quisiste decir antes, cuando dijiste que me quieren cuando no me ven como a ustedes?
La otra, que se llamaba Cintia, creo, pensó un rato.
-Ah, cierto, es por eso…querida-dijo, señalando la muleta con el lápiz de labios. -No te ven como una mujer, en el mal sentido por supuesto. Vos trabajás tranquila, a nosotras no nos dejan en paz.
Escuché la risa desde el inodoro tras el humo del cigarrillo.
-Eso quisieras, vieja.
Cuando salí, escuché que discutían.
Sí, los hombres me veían como uno de ellos porque yo no hablaba de maquillajes ni de chicos ni de vestidos o de artistas. Se corrió la voz de que escribía y de que era periodista, y las conversaciones en el comedor pasaron de las parrandas que habían tenido los sábados, de las novias y de las mujeres del putero del fin de semana anterior, a las charlas de política, que nunca estuvieron bien vistas en ese lugar. Los jefes, que no hacían diferencias de rango, salvo por Aranguren, por supuesto, que almorzaba en su despacho, pero que sin embargo recorría las mesas dos otres veces por semana y apretaba manos y hasta a veces de sentaba a charlar. Algo turbio se olía en el ambiente político de la empresa, que, a pesar de ser privada, tenía conexiones que la enredaban con los gobiernos de turno. Eso se sabía desde hacía muchos años, pero eran cosas que yo me habían dicho periodistas que intentaron ser independientes y luego fueron acallados sin saberse más de ellos. Los obreros, entonces, que tenían mucho que perder, contenían sus inquietudes, que al fin de cuentas no les costaba mucho cuando podían hablar de mujeres y de sexo, cosas que les llevaba mucho tiempo de charla y quebraderos de cabeza, porque eran las mujeres eran difíciles de entender.
De esa manera me lo explicó Pedro un día que me llevaba de vuelta a casa. Habitualmente me tomaba el colectivo, salvo cuando coincidíamos en el horario de regreso. Llegué a darme cuenta de que era un hombre muy importante en la fábrica. Vestido como uno de los tantos anónimos, daba vueltas por todos los sectores cuando terminaba su turno: talleres, depósitos, garaje, oficinas. Me di cuenta de que sus manos estaban callosas y con crónicas manchas de grasa.
- No salen más, ¿no es cierto? -le pregunté.
-Si me hubiera visto, Ceci, hace unos cuantos años. Tenía manos pulcras y uñas limpias, porque en la Fuerza eso es un signo de distinción. Ahora ya no puedo sacármelas de encima. Es la grasa que usan, ¡qué sé yo!
No sé por qué, pensé en Lady Macbeth.
-Pedro, ¿pensás que los muchachos me ven diferente a las otras?
Reaccionó con un chasquido de lengua, enojado.
-Ya le estuvo hablando la hija de puta de Cintia, ¿no? No le haga caso y no se haga mala sangre.
-En parte es cierto, me parece, Pedro. Soy una especie de marimacho.
Otro chasquido.
- ¿Usted se vio en el espejo, Cecilia? Los muchachos me hablan porque saben que yo la traje, la ven linda, con ese cabello castaño y esos ojos color avellana, pero no se le animan. En parte es por la operación, ¿qué se le va a hacer? Pero también es por lo que conversan con usted, las cosas que dice. Es diferente a las mujeres ordinarias con la que tienen trato todos los días.
Soy un monstruo de pensamientos, me dije.
-Me tienen miedo.
-La respetan.
- ¿No es a veces lo mismo?
Se encogió de hombros.
- ¿Qué sé yo? Pero le digo una cosa. Los hombres como nosotros no somos nada con las mujeres ordinarias. Mi Dora es inteligente, ella escribe y tiene un mundo interior tan asombroso que no llego a entender lo que me lee, pero cuando va al almacén habla como si nada con las otras de chicos, de pañales y de la casa. Sin ella me habría muerto de angustia, y no sabe usted cómo no puedo perdonarme haberla desilusionado.
No esperaba ese giro en la conversación. Estábamos llegando al Once, la avenida repleta de autos.
- ¿Por qué dice eso?
Otro chasquido, una aspiración como tragándose los mocos, y otra sacudida de hombros. Noté que la cicatriz de cráneo latía apenas, o fue mi imaginación.
Algo le pasaba a Pedro, algo que él mismo no podía saber si estaba bien o estaba mal, pero era lo único que estaba a su alcance hacer. Me dejó sin respuesta en la puerta del edificio, y no se la reclamé. Me dio un apretón de manos. Cuando agarré las llaves del departamento, vi que tenía la mano derecha sucia de algo que no era grasa. Al entrar me limpié, pero hasta la mañana siguiente en que me duché, continué sintiendo el olor.
La carpeta con cartas de reclamaciones pendientes se había ido llenando después de la jubilación de la empleada anterior. Pensé, al mismo tiempo que ponía en marcha otra vez las que estaban en vías de trámite, en ponerme al día con las viejas, en las que tal vez hubiera algunas importantes. Ese fue el pedido de Aranguren al final de mi primera semana. Entró después de golpear la puerta y esperar mi permiso. Ya me estaba haciendo el encargo cuando me vio sentada con una carta de dos meses antes. Me rogó disculpas.
-Veo que no tengo que indicarle nada…
-Por favor, dígame todo lo que considere necesario.
-Así será, pero por lo que veo no creo que llegue a molestarla demasiado. La empleada anterior era una vieja achacosa, le había diagnosticado el mal de Alzheimer.
Otra vez el furor.
- ¿Y eso es un mal, señor Aranguren?
-En una enfermedad, señorita.
-Ya lo sé, señor Aranguren. De eso se murió mi madre hace poco.
¿Se excusó? Lo necesario para demostrar que las buenas costumbres estaban al alcance de sus manos para cualquier eventualidad. Detrás de sus ojos con anteojos pequeños, noté la bronca. Disfruté verlo simular que no le dolía.
La carta que había empezado a leer tenía fecha de hacía dos meses, en pleno verano. Era de una mujer de Paraná. Estuve a punto de arrojarla al tacho de papeles luego de leer dos renglones porque comenzaba hablando de hechos familiares que en nada parecían venir al caso de una reclamación a la empresa, pero a salto de vista vi la palabra Frigidaire en medio de la página y un borrón de agua sobre las palabras siguientes. Me levanté y me senté en la silla junto al ventanal, dispuesta a escudriñar en lo que más adelante se me haría un acostumbre: excavar en la vida de las personas que escribían.
No era un reclamo propiamente dicho, ni una petición de arreglos ni un cambio de producto o una queja por garantía vencida ni una simple necesidad de quejarse porque la leche del bebé se les había cortado por el mal funcionamiento del artefacto. Era una explicación, tal vez, una exposición de hechos por parte de una mujer evidentemente loca, o por lo menos traumatizada por la situación por la que había pasado y la había dejado postrada por una depresión de la que salía únicamente para conducirse en base a delirios, y que sin embargo le permitían expresarse correctamente en el discurso escrito. La gramática, sin embargo, pecada de falencias garrafales en algunas ocasiones, discordante con el vocabulario y los giros que denotaban una cierta educación. Esto se me fue aclarando a medida que pasaban las páginas, que eran veinte o veinticinco de letra menuda y apretada a veces, otras grande y torcida como la de un chico.
Se llamaba Dominga y vivía en Paraná, de sirvienta, pero cursaba por la noche curse de la escuela primaria y eso cuando se lo permitía el sueño y los remedios que le daban. El trabajo era inestable, y era su culpa, lo reconocía, ¿quién iba a contratar a una cualquiera que llegaba tarde o se quedaba dormida mientras fregaba la ropa en el patio? Pero mal que mal, allí se daba mañas porque tenía unas hermanas de cuya obligación de familia sabía sacar provecho cuanto podía. Se había venido de Buenos Aires luego de que el marido la echara del rancho cerca de General Lavalle. La había echado por puta, pero ella no había hecho más que tomarse unos cuantos tragos en el almacén del pueblo. Lo que había pasado después, no se acordaba, pero ella hubiese querido que fuese mejor de lo venía pasando desde tiempo antes con Nicanor, su marido, que desde hacía mucho no la tocaba, y ni ella estaba segura de querer. Ella conocía a los hombres, sobre todo a los hermanos Espinoza, con dos de ellos se había juntado. Primero con el hermano, que se rajó un día después de matar al mayor de los tres, después con Nicanor. Ambos habían resultado asesinos, uno por mano propia, el otro, por estúpido. Habían comprado una heladera, y el marido y el chico habían ido a buscarla al pueblo. Cuando volvían, el puente que cruzaba el río estaba cerrado. La corriente estaba crecida por en las lluvias del invierno, las mismas responsables de los campos inundados. Nicanor decidió cruzar con la camioneta, que era fuerte, se la había comprado hacía poco al último patrón para el que había trabajado, en la que iba de un lado a otro por los pueblos y las rutas de la provincia. Cargaba fardo y reses que daba gusto verlo. Pero ese día la camioneta se atascó. El hijo se puso al volante cuando Nicanor bajó a empujar. Y cuando estuvo desprendida de las rocas, la correntada se llevó la camioneta y al chico, y él, como un tarado se había quedado atascado con el pie en una roca del fondo. El padre vivo y el hijo muerto. Ella no había encontrado más maneras para recriminarlo de su estupidez, las había agotado todas a lo largo de varios meses. Y cuando ya no supo qué decir, no necesitó hacerlo más, porque se dio cuenta que había vaciado de orgullo el alma de su esposo, que ahora era un borracho, un par de manos que no servían más que para darle golpes luego de que ella se vaciaba de injurias. Dos veces se habían metido en la cama después de muerto el chico, y en ambas él le había desgarrado y sangrado a fuerza de golpes. Para ella no era posible abandonarlo, y no sabía por qué. Él era el chico que ahora ya no tenía, el adolescente en el que había visto el futuro cuerpo del padre. Finalmente, un día se dejó ver o se hizo ver por las comadres del pueblo, que le llevaron el chisme a Nicanor. La Dominga, borracha, sobándole la entrepierna a uno de los tantos camioneros que paraban por allí, detrás de una mesa en el almacén de Saverio. Entonces la echó a patadas, arrastrándola hasta la ruta donde ella esperó la llegada del colectivo. Después, fue un deambular de ciudad en ciudad.
¿Para qué había escrito esa carta? me pregunté. No podía ser posible que culpase a la empresa por la muerte de su hijo. Era un desvarío completo, pero encontré la lógica de tal desvarío en los sentimientos que ella no expresaba bien, pero que nacían de los espacios en blanco. Esa carta era una especie de liberación. ¿Quién sabe que como se sentiría esa mujer luego de haberla escrito y puesto en el buzón del correo? Tal vez estaba igual, o tal vez se hubiese suicidado. Ahora que ya lo había dicho todo, no había más que decir. Cuando ya no hay argumentos, ¿dónde hallar los motivos de vida?
Lo que me hizo conservar esa carta no fue solamente la curiosidad o la morbosidad escondidas bajo los rótulos de sentimentalismo o sensibilidad social, sino que yo recordaba el caso de los hermanos Espinoza porque Beltrame había cubierto la noticia durante varias semanas, intentando seguir el rastro de Pedro, el hermano de Nicanor, que había matado al hermano mayor. Había huido con un tipo alto y flaco y nadie lo vio más.
Pedro, se llamaba, y eso había pasado unos diez años antes.
El esposo de Dora era policía en esa época, en Buenos Aires.
Pedro, el de la cicatriz que marcaba el fallido de su memoria.
Habíamos hablado con Beltrame muchas veces sobre casos como esos, y él se había obsesionado durante un tiempo por hallar una conclusión plausible al planteo de si la falta de memoria del crimen puede exculpar al asesino. Yo sé que hay actos que ocultan otros, como capas de concreto, algunas echadas deliberadamente, otras por las curiosas obsecuencias de las circunstancias. El tiempo no cura nada y todo lo tergiversa, por eso sobrevive. Bernardo me habló una vez sobre un paciente que había operado porque la mujer que mató lo había apuñalado antes de morir, y el tipo sobrevivió a la operación. Nada es confiable en manos de los hombres, me había dicho, porque están hechos de carne, y la carne es tiempo. La carne es un espacio, un volumen, un tamaño, una medida. Se toca porque es una masa, y esa masa no existe en el infinito ni en lo atemporal. El tiempo todo lo perturba. El tiempo es un traidor que siempre avisa antes, pero habla tan bajo, tan sumisamente bajo, que ni siquiera los que lo escuchan pueden esquivarlo. Detrás del tiempo está el tiempo, como detrás de cada hora está otra hora. Si no podés vencerlo, le dije a Bernardo esa vez, está bien traicionarlo. El tiempo es nuestro Dios, Ceci, me dijo, el dios de los médicos, quien otorga y quien quita, y no está bien traicionarlo.
Pero yo sé que hay una forma.
Todas estas conjeturas sobre Pedro se impusieron en mis pensamientos de una manera proverbial. Dejar fluir mi imaginación me parecía absurdo e infiel de mi parte a esa pareja que tanto me estaba ayudando. Dora, con su apoyo desde la época del diario y su ayuda incondicional al venir a casa todos los días luego de mi operación, y Pedro, al conseguirme trabajo. Pero cada vez que me lo cruzaba en la fábrica o me llevaba en su auto, yo veía un aspecto diferente, y no se trataba exclusivamente de las manías de mi imaginación, sino que reconocí luego de tanto tiempo esa intuición que me había llevado muchas veces durante mi trabajo de periodista a captar ciertas reservas de los entrevistados traducidos en signos, fuesen movimientos involuntarios de los ojos, arrugas de la frente o gestos de las manos. Pero casi siempre era lo que no decían lo que me revelaba lo que pensaban, casi como si pudiese leer sus labios cerrados. ¿Brujerías como la de mi prima Leticia? No, simplemente lo que damos en llamar intuición, que es nada más que la concatenación de asociaciones previamente comprobadas en variadas ocasiones anteriores. Los hombres y las mujeres somos animales de costumbres, somos más reflejos e instintos que pensamiento elaborado. Por eso la carne prevalece, con sus nervios y la sangre que los alimenta.
Desde que yo no pasaba mucho tiempo en el departamento, Dora venía a ayudarme con las cosas de la casa algunas noches, una o dos horas, y a veces para conversar de cualquier cosa. Me preguntaba cómo me sentía. Si no fuese por mi pierna y la eterna lamentación de mi cuerpo, yo habría contestado que feliz. No había llamado a Leonardo González desde hacía un largo tiempo, y no necesitaba de morfina ni de otra droga. El trabajo ocupaba el tiempo de mis pensamientos, las cartas eran una especie de terapia donde veía pasar casos clínicos uno tras otro, y en cada uno intentaba hacer un diagnóstico. Estuve tentada varias veces de preguntarle a Dora sobre Pedro, cómo lo había conocido, si le había hablado alguna vez de su infancia o lo que había hecho antes de ser policía. La única vez que me animé, casi termino con nuestra amistad, y aunque no fue así, ya no fue la misma.
Ella estaba cansada. Uno de los chicos se había caído de un tobogán de la plaza y se había golpeado la cabeza. Estuvo internado dos días en observación porque se había desmayado al caerse. Ya estaba bien, pero medio lento en sus reacciones. Tenía miedo, me dijo, que quedara tarado como Pedro. Entonces vi mi oportunidad.
-No te preocupes, los chicos tienen un gran poder de recuperación, Bernardo me lo dice siempre. Y decime, ¿cómo conociste a Pedro?
Estábamos en el sofá, con la televisión encendida, pero sin volumen, Roberto Maidana hablaba probablemente de fútbol o de la guerra fría, un jugador melenudo corría una pelota y al segundo siguiente aparecía Nikita Jrushchov.
-Trabajaba en el diario en ese entonces, en noticias generales. Todavía no estaba de moda el feminismo ni la reivindicación de la mujer, cuando aparecieron los suplementos dedicados a nosotras, que no hicieron más que encasillarnos todavía más en los lugares comunes. Yo cubría cualquier cosa y nadie me decía nada. Un día me pidieron que fuere a averiguar algo sobre la desaparición de una mujer en General Lavalle. La gente y los vecinos de la casita a medio construir donde la mujer había vivido no supieron decirme nada más que tenía un amante que la visitaba de vez en cuando, y cada vez que venía construía colocaba unos ladrillos y volvía a irse hasta un mes después, cuando ponía más ladrillos, pero seguramente se esforzaba más en poner otras cosas menos constructivas en la cama-. Ella se rio, yo no pude.
-Algunos dijeron que el último domingo que la vieron por el barrio, el hombre fue con un amigo y pasaron todo el día adentro. El lunes, el hombre estaba solo y no vieron salir al amigo ni a la mujer. En la comisaría me dieron las evasivas de siempre.
- ¿Y por qué le dieron tanta importancia, entonces, como para mandarte a averiguar?
-Porque me dijo el director de prensa de ese entonces que el mismo tipo que había matado a un hermano por la misma zona había sido reconocido como el amante de María, así se llamaba la chica.
- ¿Y cómo se llamaba él?
-Pedro Espinoza. -Dora se rio, otra vez, incómoda. No le gustaba la coincidencia del nombre. -Como mi Pedro…y a él lo conocí en La Plata. Porque te digo, averiguando supe que habían visto a dos tipos parecidos en una camioneta en camino a La Plata. Era muy improbable que fueran los mismos. ¿Vos sabés cuántos hombres ven de pueblo en pueblo haciendo trabajos temporarios de cualquier cosa? Y casi todos son muy parecidos, pelo oscuro, flacos pero de cuerpos duros por el trabajo en el campo, con boinas y botas, y barbudos. Silenciosos la mayoría cuando no están borrachos, y aun así son poco comunicativos.
Dora respiró profundo, pensando, recordando.
-En La Plata fui a la comisaría donde un colega tenía un amigo que le pasaba datos para el diario. Me encontré con él, y resultó ser mi Pedro. Era joven, diez años menos, no demasiado, pero sí mucho para lo que pasó después. Recién se había incorporado a la policía, unos meses antes. Nos gustamos desde el principio. Al verlo con esa cara morena, el uniforme, el cuerpo esbelto y las manos velludas ya me estaba imaginando encamarme con él. Y él, ni te cuento. Nos citamos en un barcito cerca de la Catedral. Vino de civil, y estaba más apuesto todavía. Hablamos del caso. Me dijo que encontraron los restos quemados de la mujer y su amante en un pastizal en un baldío. ¿Y el otro hombre?, le pregunté. ¿Cuál otro? Me habían dicho que eran dos lo que estaban con ella ese último domingo. Pedro se rio, incómodo, no sabía cómo hablarme directamente, decía que yo era mujer, y le contesté que también era periodista, pero Pedro era entonces un hombre de campo todavía con resabios de un machismo a ultranza. Pensaba que los oídos de las mujeres decentes no están preparados para ciertos hechos. Bueno, pucha, me dijo. Los dos tipos la compartieron, ¿me entiende, Dora? parece que se pelearon. El amigo de la amante se fue a la noche, lo vieron un par de vecinas que se levantan a eso de las cuatro para empezar sus faenas, lo vieron correr como una sombra flaca y los perros le ladraron más que a cualquier otro hombre. Parecía la muerte, repitieron ellas. Las supersticiones del campo, Dora ¿qué se le va a hacer?
-Entonces-le pregunté a Dora-. ¿María y Pedro fueron asesinados por ese hombre flaco? ¿Por venganza? ¿Puro crimen pasional? ¿Y nunca lo encontraron?
-Pará, pará un poco. Una cosa a la vez. -Frunció la frente y me preguntó:
- ¿Por qué tanta curiosidad?
-Nada, simplemente… ¿qué sé yo? Gajes del oficio, como quien dice. Pero dale, contáme…
-No se supo nada más, Ceci. Al supuesto asesino nunca lo encontraron, era flaco como la muerte fue el título de la columna que me concedieron en el espacio de la edición del sábado. Caso cerrado. Pero así conocí a Pedro.
Dora se acomodó en el respaldo del sofá, con la vista puesta en la pantalla muda, como evadiéndome y espiándome al mismo tiempo.
Tuve que preguntarle. No me era posible evitarlo, no pude tolerar la vista de esa mujer que deliberadamente se mentía a sí misma para mantener la ficción que la hacía feliz. Yo idolatraba la verdad, porque más que destruyera a medio mundo, a mí inclusive. Si mi cuerpo no tenía piedad de mi alma, si mi cuerpo era una confesión inquebrantable de cada dolor en cada minuto de mi vida, por qué los demás debían perpetrarse tras el frágil parapeto de las excusas, o del simbolismo de la maternidad. ¿Todo por proteger a los hijos? ¡De qué? La verdad se disfraza, pero siempre acecha.
- ¿Vos sabés, Dora, cuál es el apellido de a madre de Pedro?
Me miró con resentimiento.
-Estuviste revolviendo en la basura…
-Si así llamás a las bibliotecas y los viejos diarios de hojas medio pegadas por la humedad…
-Palacios, se llamaba la madre. Era madre soltera- me dijo, atajando mi próxima pregunta. - El padre se rajó, me dijo Pedro.
- ¿Y vos le creiste?
-Le creí todo, Cecilia. Al final de ese mes que nos conocimos, yo ya estaba embarazada del nene que acaba de salir del hospital, y que tal vez se quede tarado para siempre.
Desde entonces Dora hablaba conmigo por teléfono, cuando yo la llamaba, y no volvió a visitarme.
Yo no dudaba de quién fuera realmente Pedro, pero había puntos débiles en mis sospechas ya demasiado fundamentadas. Sobre todo, me inquietaban los motivos, la aparenta sinrazón de sus actos. Y lo primero que debía dilucidar era si su afasia era verdadera. Para eso inventé un rudimentario plan que bien podía fallar y ser muy endeble en sus resultados ciertos, pero me daría pautas para guiarme.
Uno de los tantos días que me llevó a casa luego del trabajo, le dije al bajar de la camioneta:
-Pedro, necesito un favor.
-Dígame, señorita.
-Pedí un préstamo en el banco, y necesitaría que me firme unos papeles como garante.
-Pero ya sabe que no puedo escribir. ¿Quiere que le hable a Aranguren?
-No, no quiero pedir favores a gente que apenas conozco. Yo pongo el nombre y usted hace un garabato.
Cedió y subimos a departamento. Hablamos de los chicos mientras hacía un café y busqué uno formulario cualquiera en mis cajones.
-Acá tiene, Pedro.
Le di una birome y esperé. Si realmente no podía leer, haría el garabato sin mirar. Pero miró la hoja unos segundos, como quien lee rápido y salteado. No levantó los ojos para mirarme. ¿Fingía? Probablemente. Dora podía haberle prevenido de mis sospechas, o simplemente era demasiado inteligente para delatarse con una mirada. Firmó, haciendo una figura casi infantil. Me pregunté cuál era realmente su ficción: si sentía vergüenza por no saber leer y fingía intentar hacerlo, lo cual formaba parte de su personalidad entontecida y sumisa, o se había dado cuenta de mi trampa e intentaba seguirme la corriente.
-Gracias, Pedro. Acá puse su nombre y apellido completo. Pedro Espinoza, ¿está bien?
Entonces levantó la mirada y puso la taza de café sobre el plato, que se quebró.
-Perdón-dijo.
-Lamento haberlo sorprendido, Pedro, pero no tuve más alternativa que inventar esta estratagema. Llámelo, si quiere, trampas de periodista.
Se levantó y dio vueltas alrededor del sofá, como un animal enjaulado. No dejaba de mirarme, y yo lo seguía con la vista, apretándome la pollera con las manos sudadas. Parándose detrás de mí, me dijo:
- ¿Sabe que hay cosas que no me acuerdo, Cecilia?
-Así me han dicho, Pedro.
-Pero de las que quiero olvidarme, no puedo.
-Suele pasar eso, lamentablemente.
- ¿Y que esas cosas que no me olvido son un alimento amargo?
-Seguramente, lo entiendo muy bien.
-Mi corazón es amargo, Cecilia, pero es mi corazón, al fin de cuentas.
-Sí, Pedro, ya lo sé. Y lo llevamos con nosotros siempre, y no nos deja olvidar. Es como un sabor amargo que siempre vuelve a la garganta, ¿no es cierto?
Él volvió a sentarse.
-Usted lo entiende muy bien. Cecilia. Dora perdona porque me ama, supongo…
-O porque es demasiado realista para darse el lujo de que su corazón sea de otro material que de piedra.
De algún modo, yo sabía que ese hombre no era un hombre, sino muchos.
- ¿Quiere decirme quién es usted, Pedro?
Miró la hora en el reloj pulsera. Lo golpeó suavemente con el índice como cuando las agujas se paraban.
-Dora ya debe estar en casa con los chicos. ¿Quiere que me vaya?
-No estamos en condiciones de elegir, Pedro. ¿No le parece?
Se reclinó en el respaldo del sofá, junto a mí. Puso los brazos sobre el borde, casi tocándome, y estiró y abrió las piernas como un marido cansado que se despatarra para descansar luego del trabajo.
-Me junté con la Dominga ya antes de que mi viejo muriera. Era una puta, ya lo sabía, pero me gustaba demasiado para que no fuera mía. Tuvimos cuatro hijos en esos ocho años. Así la retendría en casa, me dije, y así fue durante un tiempo. El laburo del campo era demasiado duro, como siempre. Cosechas perdidas, hipotecas, enfermedades de los pibes. El más chiquito se murió, dijo el médico que nos habíamos olvidado de las vacunas. ¿Nos olvidamos? No me acuerdo. De eso se encargaba la Dominga. El día que lo enterramos nos peleamos. Me dijo que no era mío, después dijo lo mismo de los otros, pero se puso a llorar como una loca y se desmintió. Yo la agarré y empecé a abofetearla para que me dijera la verdad. Estaba enloquecido, ¿qué quiere? Ella decía que uno, después que el otro, hasta que ya no pude sacarle nada más que gritos y lloriqueos. Los pibes nos miraban. ¿De quién son, decime o te mato delante de ellos? ¡Del cura, ¿sabés?, del almacenero, y del doctor y del peón ese, ¡el flaco, que se me moría de ganas! Me desafiaba, por supuesto, pero ¿cómo podía negar que no fuera verdad? Me dijo que la cogían hasta hacerle ver el cielo y el paraíso y todas esas morondangas de puta redomada. Entonces la tiré al suelo, y como no podía matar la semilla de todos esos hombres, decidí matar a las flores.
De eso nada se sabía, nada había salido en los diarios.
-Los maté, y fue tan fácil como nunca había imaginado. Ella me miró envolverlos en la sábana y cargar el fardo en hombros hacia el campo. Me siguió, tropezando con los cardos, en plena noche, gritando sin que nadie le respondiera más que los perros. Los vecinos estaban acostumbrados a nuestras peleas, y además estaban lejos. Nosotros éramos dos monstruos que caminaban en un calvario por la oscuridad del campo. Los tiré al pozo ciego de una vieja cantera que se había derrumbado hacía tiempo, y que se seguía desmoronando en las grandes lluvias. Después, las inundaciones cubrieron todo. La Dominga se tiró al piso, llorando. Yo me incliné al lado un momento, arrancando cardos con raíces y todo, los deshice en mis manos y me lastimé hasta hacerme sangrar. Porque ellos no sangraron, Cecilia, mis manos estaban limpias, y eso no dejaba de preocuparme.
Era demasiado, aun para mi mente avara de deseos retorcidos.
-Pero no entiendo, ¿cuándo mató a su hermano Raúl?
-Esa misma mañana me levanté con los gritos de mi hermano mayor, como si volviera de una guerra ganada en su tanque de guerra. No lo pude soportar. La Dominga estaba desnuda en la cama. La había arrastrado desde el campo y la ropa se le había roto con las piedras. Cuando llegamos al rancho le dije que ahora sí tendría hijos míos. Me la cogí toda, ¿sabe lo que eso, Cecilia? En la mañana, con el sol entrando a pleno por la puerta que habíamos dejado abierta, ella me seguía rogando que le diera hijos. Yo me reía, por supuesto, cansado ya de su cuerpo. Mientras me ponía los pantalones, vi a la distancia el tractor nuevo de mi hermano, y toda su familia feliz. Entonces saqué la escopeta de debajo de la cama, y salí.
Eran las doce de la noche. Sonó el teléfono. Era Dora, que preguntaba si Pedro seguía conmigo.
-Sí, acá está. Nada, Dora, se descompuso mientras manejaba así que se recostó en el sofá. Mañana avisa en el trabajo. Sí, ya sé que tenés que cuidar al nene, no está bien dejarlo solo. No te preocupes por tu marido, mañana temprano se toma un taxi o se va manejando si está bien. Por nada Dora. Sí, te lo cuido, no te preocupes.
Pedro me miraba, mientras yo le devolvía la mirada.
-Sé lo que está pensando Dora-me dijo-. Ella se aferra a eso para sobrevivir.
-Hay muchas formas de hacerlo, Pedro.
- ¿Va a llamar a la policía?
- ¿Serviría de algo? ¿Acaso no está usted conmigo, oficial? Me ha dicho que nunca se deja de ser lo que se fue alguna vez. Los médicos, por ejemplo, siempre lo son, en cualquier momento y lugar. Y la mente que se ha habituado a sospechar, siempre lo hace. Y le es muy fácil aplicar los mismos recursos de los que sospechan. Como los médicos, por ejemplo, que pueden matar por lo mismo que pueden curar.
-Ojalá la hubiera conocido antes, Cecilia.
-Pero entonces no seríamos usted ni yo, o por lo menos uno de los dos no estaría aquí.
-Sígame contando.
-Estoy cansado y con hambre.
Se levantó y fue a la cocina. Lo escuché abrir la heladera, abrir tarros, cortar algo y destapar una botella de vino que Bernardo guardaba para cuando venía.
Trajo todo y lo puso en la mesa del comedor. Me ayudó a levantarme y sentarme en la silla, poniendo la muleta a un costado. Masticó los sándwiches con lentitud, la cicatriz se movía como un gusano adherido al cráneo.
- ¿Quién era “el flaco”? -le pregunté.
-Se llamaba Norberto, nunca supe el apellido. Le decíamos Beto, o “el flaco” como le gustaba que le dijeran. Se metió entre Raúl y yo por el tema de las tierras y un montón de cosas más que mi hermano y yo teníamos pendientes. Éramos muy diferentes. Yo me parecía a mi padre en el carácter agrio y cerrado, pero él nunca mató a nadie, sólo quemaba tierras y condenaba a su familia a la pobreza. Raúl se le parecía en el físico, pero era inteligente y pensativo. El flaco sembró la discordia, y fue así como supe, de algún modo, qué era en realidad.
- ¿Cómo qué era?
La una de la mañana. El camión de residuos pasó haciendo el ruido de siempre a metal y plástico. Luego, la sirena de una ambulancia.
-La muerte, Cecilia, o un mensajero, a lo mejor. Usted no sabe, pero teníamos una hermana, y Raúl fue culpable de que se quemara toda. Se quedó muerta en vida. El flaco se encargó de Raúl, entonces, y yo fui su instrumento para hacerlo. Me usó, de alguna manera. Cuando lo encontré al flaco en el camino al escaparme esa mañana, me levantó en su auto y no lo supe reconocer porque siempre era tan parecido a sí mismo que descartaba cualquier posibilidad de que se tratara de la misma persona, ¿me entiende? Es como cuando vemos lo que buscamos delante de nuestros ojos, y no lo reconocemos. Es como una pérdida de la memoria, y recién cuando me dispararon llegué a comprenderlo. Sintiéndolo en otro aspecto más concreto de mis recuerdos, entendí la forma en que el flaco actuaba.
Pedro ahora parecía un loco. ¿Volvía a fingir para excusar sus muertes?
-El flaco y yo nos fuimos juntos. Iba buscar a María, y usted sabrá de ella, supongo. La llevaría a La Plata y empezaríamos una vida nueva. El flaco era un amigo, era un compinche. Me entendía. No poníamos en pedo y pasábamos delante de los destacamentos policiales como si fuésemos bebés recién nacidos. Llegamos y María nos recibió con un puchero. En la fábrica ella trabajaba desde la mañana, así que se levantaba temprano. Yo había empezado a laburar en la fábrica porque María me había recomendado, pero no era lo mío, y no sabía cuánto iba a aguantar. Tuve problemas, así que me cambiaron de sección. Me pusieron de sereno un sábado a la noche. Le pedí al flaco que me acompañara, tenía ginebra y vino, y nos dormiríamos hasta la mañana siguiente, total, nunca pasaba nada. No quiso, dijo que María le había pedido que no me hiciera caso, que tenía que mantener el laburo. El domingo a la mañana volví a la casa que yo había empezado a construir ladrillo por ladrillo. Los vi a los dos encamados, el flaco metiéndole la verga mientras ella estaba boca abajo, con la cabeza apretada contra la almohada por las manos del flaco. Entonces agarré la pala con la que hacía la mezcla de cemento y le di a meterle golpes en la cabeza al Beto. Se la destrocé, y no quedaron más que añicos de hueso y pedazos de cerebro en la cama. María también estaba muerta, le había cortado en la cara con la pala. Los envolví en la sábana y los cargué en el baúl del auto.
- ¿Eso fue el domingo a la noche?
-Veo que ha estado averiguando, Cecilia. ¿Me vieron salir?
-Las vecinas dijeron que vieron salir a alguien flaco de la casa en plena noche.
- ¿Ve lo que le digo? Yo no lo había matado al flaco, al fin de cuentas, sino una forma de su aspecto. Su alma flaca seguía libre, aun cuando yo creía tenerlo en el baúl del auto en camino a La Plata.
- ¿Y por qué iba para allá?
-Porque ahí vivía una prima mía, Clara Palacios, de la familia de mi vieja. Clara se había casado con Rodrigo Casas, un panadero que laburaba bien y progresaba. Me recibieron en su casa, pero dejé el auto a una cuadra. El Valiant viejo estaba lleno de moscas y necesitaba tiempo para deshacerme de los cuerpos. Cené con Rodrigo y Clara, y la nena que tenían, de ocho o nueve años. En la mañana empezaría a trabajar en la panadería. Rodrigo se fua a acostar. Yo vigilo el horno, le dije. El pibe que lo hacía habitualmente me agradeció y se fue a su casa. Fui al auto, lo llevé hasta la vereda de la panadería, bajé el fardo y lo metí en el horno. Eran la una y media de la mañana. Para las cuatro, cuando Rodrigo apareció, no quedaban más que huesos. Cuando abrió la puerta y sintió el vaho, me miró y dijo:
- ¿Qué metiste, hijo de puta? Si me estropease el horno…
Le expliqué. Se agarró la cabeza y se acodó en la mesada, lamentándose una y otra vez. Era mi cómplice, le dije, con toda la monserga de consecuencias y desastres. Al final accedió, las seis de la mañana, a amasar el pan como todos los días. Y a las siete y media sambos sacamos la primera hornada cocida con las brasas de los huesos. El primer cliente que entró fue un hombre que llevaba de la mano a un chico, y un perro se había quedado en la vereda, esperando.
-Buenos días, Casas-dijo.
Rodrigo, cabizbajo y sin deshacerse de su amargura, contestó:
-Buenos días, coronel.
Esa fue la primera vez que vi a Ángel Ansaldi.
-Un kilo de la primera horneada, como siempre, Casas. ¿Pero qué le pasa hoy que tiene esa cara?
-Nada, coronel-dijo, mientras yo ponía las hogazas en la balanza hasta llegar al kilo. - Las preocupaciones de siempre.
-Ya veo, su mujer se va a poner bien, no se preocupe. ¿Y éste, un empleado nuevo?
-Algo así- le dije, dándole la bolsa con el pan.
Ansaldi cortó un pedazo y lo probó.
-Algo diferente, ¿no? Parece pan con chicharrones, amigo.
Casas sudaba, yo esperaba.
-Creo haberlo visto en alguna parte, amigo- me dijo.
El chico salió cuando el padre se lo indicó con un empujón severo. Mientras yo miraba al chico tímido jugar con el perro en la vereda que parecía querer más que a su padre, el coronel me decía:
-Su fotografía está en la comisaría, amigo. Hasta ahora se escurrió muy bien.
Seguía masticando tranquilamente.
-Usted, Rodrigo, déjenos solos, y no se haga mala sangre.
Una vieja golpeaba la puerta, Casas puso el cartel de cerrado. Ella se fue, protestando. Él se metió en la cocina.
-Si es tan buen vigilante como panadero, puede serme útil, amigo-me dijo.
“El flaco” había sabido cómo atraparme.
¿Cree el buen Pedro realmente en lo que dice? Hacer todo lo que hizo no puede ser exclusivamente una cuestión de supervivencia; tiene que estar convencido de que fue lo mejor que podía con las circunstancias que se le presentaron. No había rasgos de remordimiento ni sentimiento de culpa, simplemente una parsimonia acorde con lo que se considera necesario en cualquier momento, sea ir a comprar el vino para una cena o matar a alguien. Tan imprescindible uno como lo otro, sin importar el contenido moral de cada uno.
¿Era frialdad? No lo vi así, sólo austeridad de sentimientos y un implacable sentido de fatalidad. Pero sobre todo la flexibilidad de su memoria para amoldarse y remodelarse en base a las circunstancias, siempre atenuantes para cualquier acto, siempre exculpatorias. La memoria de Pedro se remodelaba luego de cada crisis, como un hueso que se fractura y se remodela anatómicamente hasta dejar indicios dudosos de la catástrofe. La flexibilidad del cartílago, tal vez, y la firmeza del hueso se alternaban en su mente hasta el punto de ser precisamente ella la que lo conducía por la vida. Sin recuerdos no hay remordimientos, sin éstos la culpa es simplemente una nube tenue que nos ronda toda la vida, blanca, apenas visible, y sólo esporádicamente turbia cuando se desgrana en una suave garúa molesta y transitoria.
Los ojos de Pedro Espinoza me miraban ahora, desde el sofá, con esa turbiedad que, sin duda, lo estaba perturbando.
- ¿Me va a denunciar, Cecilia?
- ¿Cree, Pedro, que si yo pudiera hacerlo, usted me lo habría contado todo?
-Usted piensa que le conté todo esto porque sé que no tiene pruebas y que nadie le creería. Usted se dice que estoy loco desde que me dispararon en la cabeza, y que como soy amigo del coronel Ansaldi, etc, etc. Pero yo no pienso mucho en lo que hago…lo hago y ya está.
-Es una interesante norma de vida, Pedro. Me gustaría poder aplicarla, pero hay que nacer así, pienso.
-Yo no siempre fui así. Quería a mi viejo, hasta que terminé odiándolo. Los golpes, la hambruna, el desarraigo, la tristeza, los gritos, los fracasos, y el olor del humo que nos rodeaba y nos seguía como si fuésemos ángeles del infierno. Mi vieja y el padre Macabeo así nos llamaban. Pobrecitos, decían, cada uno a su manera enfrentará la vida como pueda. Y yo soy el único que sigue vivo, ¿se da cuenta? ¿Puedo acaso renegar de eso?
-Al contrario, Pedro. Debe sentirse orgulloso.
Me miró con desconfianza, más bien contrariado y confundido, porque la confianza o su falta carecían de significados para él.
- ¿Se está burlando de mí?
-Para nada-le dije, encogiéndome en el sofá, apretándome la única pierna que me quedaba con los brazos y apoyando el mentón en la rodilla. Se me acercó. El olor de la grasa y de la nafta me hicieron claudicar, me parece. El olor de los talleres mecánicos siempre me envolvía en un halo de extraño, de perturbador abandono.
-Usted es muy hermosa, Cecilia.
-Debería irse, Pedro.
- ¿Para dejarla sola para llamar a la policía? Yo la entiendo, es usted muy inteligente, y de algún modo a lo mejor logrará que le crean. Para mí serán momentos muy incómodos, y me gustaría evitarlos.
- ¿Piensa matarme entonces?
Se sonrió de un modo que habría calificado de cinismo si no considerase que su mente era demasiado simple para contemplar esos casi siempre inútiles rasgos de hipocresía y escabrosa educación.
-La única forma que conozco de doblegar el espíritu es la laceración de la carne.
¿Podía ese hombre concebir tal idea, tal concepto abstracto casi rayano en una filosofía determinista y pesimista? ¿Heidegger y Nietzsche en un mismo hombre?
Me levantó en sus brazos. Con uno me sostenía el cuerpo, con el otro la pierna, y una mano me acariciaba el muslo subiendo lentamente a medida que me llevaba al dormitorio. El reloj marcaba las tres de la mañana, a las seis y media sonaría el despertador para ir a la fábrica. No sabía si estaría viva para escucharlo, y sin embargo me preocupé por las escasas horas de sueño que me restaban. Vana y sutil preocupación que denotaba mi contradictorio espíritu, la ambivalencia que nunca pudo hacerme abominar de los monstruos.
Me acostó en la cama, me sacó la ropa, y contemplé la asimetría de mi cuerpo. El filo del bisturí me había lacerado varias veces, incluso con las manos de un hombre que me amaba. Ahora, en esa noche donde las cortinas del balcón con la brisa de la calle y las luces relampagueantes de los escasos faros, de la intermitente luz de mercurio, de los carteles luminosos a medio funcionar, en esa noche donde los altos arcos del Abasto eran el fondo de un cuadro pintado por un artista enfermo de tristeza, vi la sombra de Pedro, desnuda como la muerte, oliendo a sudor y goma quemada, a metal recalentado y cuero viejo. Escuché el rechinar de su cuerpo, como el de una máquina cuyas articulaciones se estuviesen engrasando a la vez que se recuperaban, hasta que se hizo el silencio y sonó, afuera, el motor del camión de basura.
Sentí su barba en mi cara, los labios húmedos y cortados, el aliento del cigarrillo y del vino. Su cuerpo fue un ejército de metal, un fusil cuya evidente obscenidad no dejaba por eso de ser menos contundente. El orgullo de los fuertes es como el de los sabios. La seguridad se basa en la capacidad del instante. Por eso Pedro actuaba rápido y tan certeramente. Sabía que no iba a resistirme, que no iba a gritar ni dejarme lastimar más de lo que ya estaba.
La laceración de la carne consistía en dividir el músculo en sus componentes esenciales: la carne y el nervio. Pedro a veces optaba por desgarrar la carne, que sucumbiría entonces en los dientes de los perros o se pudriría bajo la lluvia en un basural. Otras, optaba, quizá, por cortar el nervio, pero entonces la tarea era más delicada, como la de un vivisector, separando las fibras del músculo en busca de la esencia que iba a lacerar para interrumpir la vida.
¿Y qué podía hacer yo, si yo era mi cuerpo, si mi alma estaba impregnada de carne y se adhería a ella como medio de vida?
Mi cuerpo, desde el principio, fue mi condena.
En el cuerpo de Pedro sobre mí sentí el peso de la noche y la oscuridad de la muerte. Uno me aplastó hasta quitarme el aliento, y para cuando lo recuperé, ya mi espíritu estaba inválido como mi cuerpo. La otra me sumió en el extravío, y me condujo, como un perro viejo y ciego, por el atroz círculo de la desesperación.
5
Pedro se fue temprano, todavía no había amanecido. Me quedé despierta no sé cuánto tiempo, en la oscuridad, escuchando el despertar de la calle bajo el balcón. Miré el ventanal abierto como una salida que me llevaría a gente y lugares extraños, lo común y corriente pero desconocido para mí. Allí, la gente, sin conocerme, vería mi vulnerabilidad y mis impotencias, y sin preguntar primero ni juzgar después, me ayudaría. El Paraíso podría haber estado cubierto de asfalto ¿quién sabe? La tierra es más cruel, a veces, que el suelo construido por el hombre. La tierra asfixia, pero insiste en recordarnos la vida: agua, gusanos, semilla, y de vuelta el círculo que nos devuelve a la muerte. El asfalto no interroga ni contempla oportunidades, ni siquiera el pensamiento, lo que para mí es, de por sí, una especie de Paraíso recuperado.
Pero no tenían fuerzas para levantarme ni ir hasta el balcón. Me dormí profundamente como hacía mucho que no me pasaba. Desperté después del mediodía, cuando ya el teléfono había sonado muchas veces inmiscuyéndose en mis sueños a veces como las bocinas de los autos, otras como los taladros de los obreros municipales en la vereda. Me levanté, como pude, a veces en cuatro patas, o en tres (perdón por los errores de la costumbre, la mente tarda en adaptarse a la realidad). Me metí en la bañera y estuve ahí una hora, tal vez, pensando en las diferentes formas de matarme. El agua tibia se enfrió y tuve escalofríos, y como dicen que el frío atenúa las exaltaciones del temperamento tanto como el descenso más profundo en las depresiones, de repente, sentí hambre. Y el teléfono volvió a sonar como la campanilla que llama a los internos de un hospital psiquiátrico a las comidas. El departamento de la calle Sarmiento volvió a su extenuante realidad, pero no por extenuante menos aliviadora de las penas como la trivial consolación de los santos. En algún lugar de mi biblioteca, Boecio me esperaba para consultarle. La calle Sarmiento, cerca del Abasto era una especie de paraíso privado donde la Caída en el pecado siempre tenía su lado bueno, poque mi imponderable Adán vestía de guardapolvo blanco cuando no estaba desnudo. Sí, el teléfono llamaba desde alguna parte y seguramente eran sus dedos lo que habían marcado el número.
Salí de la bañera con cuidado, no sin caerme un par de veces. Las muletas las había dejado en la habitación. Me sequé sentada en el borde, me puse una colonia que Bernardo había dejado para después de afeitarse. Me desplacé por el baño hasta la cama moviendo el pie sano como una oruga y apoyándome en las paredes. Me puse una bata, y estiré la mano hacia el teléfono para llamar, y de pronto sonó.
- ¡Bernie! -dije, sin dudarlo, y la garganta se me llenó de congoja.
- ¿Señorita Taboada?
Era Cintia, de la empresa, que hacía poco habían ascendido a secretaria de Aranguren, y lo celebraba haciéndome ese llamado de reconvención.
- ¿No vino hoy?
De pronto, me rebrotó el sarcasmo, y supe que me sentía mejor.
-Si está hablando conmigo por teléfono, es obvio, a menos que tenga una doble allá y no la haya visto, Cintia.
-No se pase de lista conmigo, Cecilia. Quiero saber por qué no vino a trabajar.
-Tengo fiebre y escalofríos…
-Sí, ya Pedro nos avisó temprano, pero no llegué a entender del todo cómo se enteró tan pronto, ¿a usted qué le parece? De todos modos, si no quiere que le descuenten el día, traiga un certificado médico. No le va a costar demasiado eso, tiene muchos amigos por lo que sé. Las cojas están de parabienes en estos tiempos.
No alcanzó a escuchar el “hija de puta” con que la apostrofé, ya había colgado. La seguí insultando de pies a cabeza como si la tuviera enfrente, golpeé la almohada como si fuera ella, y volví a cansarme de tanta furia inútil, como siempre, a menos que trajera un cambio. Necesitaba serenarme, y la obligación de los remedios diarios me rebelaba por la absurda intrascendencia de sus efectos. Entonces revolví en el cajón de la mesita. Cajas, cápsulas y pastillas sueltas, ampollas de insulina, jeringas y agujas, gasas, alcohol. En el fondo, un poco de marihuana que ya no me hacía efecto, pero me faltaba cocaína. Era nueva para mí, por lo menos desde hacía un año o poco más que acostumbraba a utilizarla, pero, aunque sus efectos eran a veces contradictorios, tendían a rescatarme de un estado de abulia interna. Por fuera, seguía siendo un trapo de piso que deliraba, riendo y llorando esporádicamente, por dentro yo caminaba en un sublime éxtasis del cual pretendía rescatar la energía que me había faltado. Era una especie de larga estadía en una estación de servicio, cargando combustible para el viaje que me aguardaba en las rutas. Cuando los efectos se me pasaban, sus ecos persistían, aunque no eran tan ponderables como prometían serlo, y cada vez duraban menos tiempo. Por eso la resistencia que mi sentido común imponía a las sugestiones de Leonardo.
Pensé en él, mi proveedor. No era un mal tipo, como decía Bernardo, era una especie de médico que sabía dosificar a quien vendía, o regalaba, como en mi caso. No eran un traficante, no necesitaba eso para vivir. De Brasil los Gonçalvez le enviaban dinero, pero era parte de su obligación mantenerlos al tanto de lo que pasaba de por esto lares cuando no escribía para el periodismo, actividad con la cual había intentado apartarse de de la herencia familiar, sin lograr otra cosa que involucrarse más profundamente, porque mientras más conocía la política y la sociedad de Latinoamérica, la idiosincrasia de los pueblos que la conforman, toda esa información le servía para prever, de algún modo, las próximas revuelta civiles, los inminentes descalabros perpetrados desde el exterior, fuese Norteamérica, Europa o Asia. Los norteamericanos, decía, tenían el invencible poder del dinero, Europa, las armas, los chinos, la conquista por la sumisión. Y todo eso que había llegado a aprender durante sus viajes y sus entrevistas, en lugar de explotarlo para desarrollar su carrera profesional, lo utilizó en beneficio del negocio de su familia, que indirectamente también era la mía. Se había dado cuenta de que todas las verdades que había llegado a ver eran contradictorias y tan complejas que no podían desenredarse sin que todo el edificio del continente se viniera abajo. Y para reconstruirlo ya estaban preparados los otros, los que habían traído las bombas envueltas en pliegos con nombres de contratos, primero, y luego de leyes.
Sí, me dije, secándome las lágrimas con la almohada en donde Pedro había apoyado la cabeza. Llamaría a Leonardo, y hablaríamos de todo eso, y de paso, le pediría el favor de la inyección.
Llegó a la noche. Mientras, me vestí, hablé con Bernardo, en cuya voz noté mayor preocupación por sus pacientes que por mí, y con Renato, al cual también percibí en la voz el vacío que la ausencia de mi madre producía en sus conversaciones. Leonardo llegó con su tez oscura, con el color de la ceniza oscura.
- ¿Qué te pasa? - le pregunté al sentarnos en la cama. Los ojos le brillaban al mirarme, pero veían otra cosa.
-Perdoná, Ceci, es que….
Me di vuelta para mirar a la pared, blanca, medio sucia, y donde únicamente estaba el crucifijo que había quedado desde que los dueños anteriores se habían ido.
-Debe ser muy valioso-dijo. Y a mi primera impresión de burlarme de él, me di cuenta de que hablaba con amargura.
-No sé, estaba acá cuando vinimos con Bernardo. Nos pareció, yo qué sé, raro, y también nos dio una especie de inquietud quitarlo, sobre todo a él, que, a pesar de toda su ciencia, es a veces más supersticioso, religiosamente me refiero, que muchos ignorantes.
-Ya sabés que de esas enseñanzas no se vuelve, como no se vuelve de un miembro amputado.
Me lo dijo así nomás, como si me cortara otra parte del cuerpo. Si lloraba, no le importaría, él era tan cruel como el Dios que había matado a su Hijo, y al que ahora miraba con pena propia de los dioses, comprensible para los hombres únicamente con los parámetros de lo utilitario. Los que nos parece hipocresía o falsedad, tal vez sea algo más profundo que la verdadera pena, algo parecidamente lejano al dolor, por eso la carne nos ha sido otorgada para experimentar en cierto modo el dolor de Dios. ¿Quién ha dicho que Dios es etéreo porque está en todas partes? La carne está en todas partes. ¿Quién ha dicho que Dios no muere? La carne no muere como tal, sino que se transforma en tierra, fuego, agua y aire. Los elementos de la tabla periódica, los pocos que se conocen, son lo que llamamos carne. Son el dolor que nos recuerda la vida, y la muerte es una rememoración eterna de lo perdido. No se recupera la carne, se recupera el hueso sobre el que crecerá, sobre el que ejercerá la fuerza intempestiva y recalcitrante del hastío, la exigencia constante de lo maltrecho, y el eterno sinsabor de la frustración.
-Es un Cristo deforme y retorcido- le dije a Leonardo-. A Bernie lo hace acordarse de los enfermos que debe curar, y a mí, a mí misma-. Me reí-. ¿Soy humilde no es cierto?
No me contestó, siguió mirando el crucifijo.
-Reconozco la hechura, es de unos indios del litoral, de Corrientes o de Entre Ríos porque no es muy antiguo, pero está hecho con detalles que estos indios tienen desde que vinieron del Brasil.
- ¿Y por qué tenés esa cara, Leonardo?
-Es que recién ahora veo al Cristo, no lo había visto antes. ¿Siempre estuvo colgado ahí?
-Si, siempre.
- ¿Y cómo es que no lo vi antes?
Pensando, fue a la cocina, trajo dos vasos y sirvió la cerveza que había traído. Me miró y en sus ojos había un destello de descubrimiento.
-Es esta maldita familia nuestra la que imprime estas sensaciones. Lo que para los otros son simples ensueños, para nosotros se convierten en obsesiones. Te habrá dicho el doctor que no existe la espontaneidad, que todo es resultado de un largo proceso. Los ensueños, como los sentimientos, son nada más que polvo, por decirlo de una manera, porque hasta para formar la sustancia del polvo se necesitan miles de años. Pero la realidad tal como la conocemos es producto de una múltiple serie de procesos y transformaciones, que también implican sus muertes y resurrecciones.
-Pero vos no sos católico.
-No seas ingenua, Ceci. El catolicismo como doctrina es un revoltijo de leyendas y mitos sacados de todas partes. Lo único envidiable de los curas es, o fue, su constancia en la lectura, y la casi sublime imaginación con la cual crearon sus espectros.
-Los espectros dan miedo-dije.
-De ahí, Cecilia, el poder.
- ¿Y qué tiene que ver esto con la expresión de tu cara?
Se frotó la barba de dos o tres días, y pareció despejarse.
-Te conozco hace unos años, y a lo largo de ese tiempo no vi lo que te pasaba en realidad. Pero hoy, al verte así, quiero decir ya operada, cuando toda la arquitectura terminó de diseñarse.
- ¿La arquitectura final de mi cuerpo?
-Si así querés llamarla, o la construcción final con la que nos entierran.
Me miró, otra vez acongojado.
-Los Gonçalvez no somos simples recolectores de residuos, como a alguno de tus amigos le gusta llamarnos, ni simples enterradores. Vamos cuando ya sabemos que el caldo está listo.
Solté una carcajada por esa expresión que rompía la solemnidad. Pero de pronto cedí, cuando pensé en el pus que me salía constantemente antes de la amputación, el caldo de cultivo donde se habían engendrado los gérmenes. Alguien, un dios menor, como los médicos, había venido a buscar mi pierna muerta. ¿Cuánto faltaría para el resto?
-Todo esto parece delirio de un adicto.
-Ya sé por qué me llamaste.
Y empezó a preparar la jeringa.
Me metí en lo que él llamaba ensueños, inútiles en la construcción de la realidad, simples eslabones de elocuentes silencios en la música, pasajes en los duermevelas de las siestas o las mañanas. Ya casi no sentía los pinchazos luego de tantos y tantos que me hicieron en los hospitales, no para darme sustancias que podrían ofrecerme el paraíso sino para quitarme un poco más de la sangre que costó a mi cuerpo, o darme una droga que más que aliviarme el dolor, solía embutirme en un estado donde había una elemental conciencia de incipiente dolor, como una babosa que tuviera conciencia de la amenaza del escalpelo.
Empezó a contarme de su vida. Leonardo había nacido en Bom Jesús, un pueblito al sur del Brasil, no demasiado lejos de la frontera con Misiones. Pueblo de estancias empobrecidas y de chabolas construidas a las veras de los caminos abiertos a fuerza de topadoras en la selva, no muchos años antes. Gente pobre en su mayoría, negros y mulatos, otros blancos de piel pero con sangre negra, mostrando en su conducta las reminiscencias de esclavos que difícilmente se borran, menos cuando el mundo a su alrededor sigue los mismos patrones de siglos antes, el paisaje suele cambiar más que las costumbres. Donde antes había árboles, ahora suele haber carreteras. Donde hubo un prejuicio, suele haber un dogma.
Por eso la gente como él y los suyos, a falta de la educación formal de la que escuchaban hablar en la radio cuando iban al almacén del pueblo o en la camioneta de los que iban a vender cueros y carneados, o a los argentinos o paraguayos que los miraban con lástima mientras fumaban, preguntando si había escuelas en el pueblo. Nada de eso había, sino perros sarnosos que enseñaban cómo sobrevivir con huesos viejos y el agua de la lluvia en los lodazales, mujeres que iban y venían del arroyo a la casa con baldes y ropa, y zapas para cultivar verduras escuálidas, y hombres, muchos hombres en su mayoría silenciosos, pero de bocas abundantes en escupidas y fervientes de aguardiente, cuando había, sino para eso estaba el alcohol de quemar, que las mujeres sabían preparar con chicha y otros menjunjes. Ellas tenían el conocimiento para todo, ellos el cuerpo que lo soportaba casi todo. El trabajo en el campo, cuando las inundaciones lo permitían de vez en cuando, el desmalezado y el desbichado de todos los años, si algún tronco o una serpiente o un pantano no terminaba con ellos antes. También, las escopetas solían hacer de las suyas.
Yo vi todo eso mientras Leonardo hablaba, con su voz de chico chico, de chico de nueve o diez años, desnudo y descalzo chapoteando por el barro entre las chabolas, seguido por el perro flaco y alto que era el único capaz de meter las patas en el lodo y poder sacarlas, hasta que un día se quedaba ahí atrapado hasta morirse. Leonardo se metía, entonces, por una abertura sin puerta, y entraba en una habitación de paredes y techo de chapa. En la mesa, platos, botellas y una cacerola con un cucharón. Él se sentaba, se servía de lo que fuera, y comía rápido y ansiosamente, vigilando si el padre, que tenía la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la mesa, se despertaba de la borrachera. Podían pasar dos cosas: que lo mirara con furia y le pegara un bofetón fuerte, o que le metiera la cabeza en la cacerola y le diera golpes con el cucharón, riéndose. De una cosa o la otra, la furia o la diversión, nunca estuvo seguro cuál prefería el padre. El problema era que de la diversión no solía salvarlo la madre, que escuchaba y veía todo desde su lugar junto al horno de leña. Sólo intervenía cuando el padre le daba bofetadas hasta desmayarlo. Entonces ella se acercaba y le ponía al hombre una mano en la espalda, y él de pronto se detenía, perplejo, como si lo hubiesen quemado con hielo, quemaduras que recién le dolían al día siguiente cuando trabajaba bajo el sol, y todos, al mirar su espalda desnuda, se reían o se santiguaban, porque la mujer lo había marcado una vez más. ¿Cuántas vidas le quedaban por morir?, se preguntaban uno al otro, porque a él no se animaban.
Yo pregunté, con voz gangosa y ojos cerrados, la cabeza en la almohada, rodeada de selva y espinos, de perros que me miraban, sentados, acostados, espulgándose o lamiéndose la sarna, observándome, esperando la comida. Pregunté, digo, cuántas vidas le quedaban. Leonardo contestó que tantas como ella quisiera.
-Mamá quería al viejo. Había tenido otros hombres antes, pero ninguno le dio un hijo. El tipo que era mi padre se llamaba Eleuterio Gonçalvez, y no sirvió para nada más que engendrarme. Así me lo dijo ella cuando me curaba las magulladuras que él me hacía, porque las veces que a ella la había tocado, él aprendió, a las malas, a no volver a hacerlo. Le pregunté a mi vieja si yo podía aprender a hacer lo mismo, pero me dijo que para eso había que se mujer. Los testículos de ustedes, me dijo, son como dos cerebros que neutralizan al otro. Demasiada poronga y poco seso no sirven más que para procrear, y luego de vuelta a la tierra. Mi vieja era una Gonçalvez también, no sé de qué pueblo. Ellas son las que manejan todo, los hombres son los recolectores, los que van de un lado a otro que ellas designan. Por eso mi viejo tenía esos estigmas en la espalda. Cada uno era suficiente para destinarlo al basurero cuando ella quisiera, pero cada marca nueva abolía la anterior, y lo que ella creía una sentencia se fue convirtiendo en una condonación. Mi vieja un día se murió. Yo ya era grande, y un maestro argentino, un tipo amariconado que varias veces intentó llevarme a la cama, me llevó, sin embargo, a una escuela de Misiones y después a la universidad. ¿Si me acosté con él, querés saber? Sí, por supuesto, qué más da un hombre o una mujer si la calentura es la misma. El maestro era bueno y sabía un montón de cosas. Lo que no pudo hacer fue quitarme las manchas, que en realidad eran cánceres, de superstición. ¿Cómo explicarle, o más bien hacerle entender? Pero lo que él no podía comprender, lo dejaba pasar, como el río de Heráclito. Un día somos, al otro, chau, pibe, me decía con ese acento aporteñado. Márquez, se llamaba. Como te decía, un día mi vieja se murió como se tenía que morir, entre los rezos y los ritos de los Gonçalvez de pueblo pobre. Sin adornos, solamente unas cuantas manchas después de raparla, manchas que eran un mapa para que ella no perdiera el camino hacia la muerte. Podía perderse, a muchas les había pasado, y por eso andaban dando vueltas y molestando a los vivos. Mi viejo estaba ahí, parado a un costado de la puerta, flaco como siempre, de huesos y tendones marcados por el trabajo, fumaba y escupía. Todos lo miraban esperando que fuera a caerse muerto de un momento a otro con todas esas marcas en la espalda, que ya hacía mucho ella no le hacía porque yo ya era grande y no había vuelto a levantarme la mano. Me paré detrás de él, esperando el final del velorio. La luz del mediodía le iluminaba la espalda oscura, las manchas blancas que se notaban tanto, y que iban oscureciéndose a medida que pasaban los años. Pero la señal no se cumplía. Una tras otra, anulaban la anterior. ¿Pero la última, me preguntaba yo? Aunque siempre había querido preguntarle a la vieja, nunca me atreví. ¿Cuándo se muere, me dije tantas veces? No porque lo odiara, Ceci. No lo odiaba ni lo amaba, era simplemente aferrarme a la única fuente de seguridad que yo había aprendido en esa civilización a medio hacer, tan vieja y tan antigua como los primeros habitantes del Amazonas. Ninguno de los elementos que nos han enseñado en la escuelas o universidades, a vos, a mí y todos los que conocemos, tienen la más mínima seguridad de persistir: ¿el dinero?, me cago en el dinero; ¿la salud?, es una utopía; ¿la cultura?, lo más inestable que se haya inventado; ¿el sexo?, lo más ínfimo sobrevalorado; ¿el amor?, un clavo oxidado en el cerebro. Lo único cierto en esa chabola, como en tantas otras, era la concreción de las sentencias, la realidad de lo marcado. Pero mi viejo no se había muerto, a pesar de que el último estigma seguía blanco como una media luna invertida. ¿Entonces nada de todo lo que sabía era cierto? ¿Todo era una patraña, como había dicho mi maestro? Le puse una mano en la espalda a mi viejo, y se sobresaltó como cuando era ella quien lo hacía. Las viejas levantaron la cabeza de sus rezos cuando lo escucharon. Me miró con miedo, y entonces me abrazó. Fue la única vez en nuestra vida juntos. Éramos altos, éramos hombres negros, éramos fuertes. Al día siguiente enterramos también a mi padre. Supe entonces que no se había muerto antes porque mi vieja había decidido que estaba en mí condenarlo. Ella había sido algo así como la jueza, yo el verdugo.
- ¿Y eso te molestó? -le pregunté, parada ante la tumba del viejo Eleuterio, apenas cavada en el barro, pronto a ser saqueada por los perros hambrientos.
-Claro que sí, porque me hizo lamentar la pérdida de quien me pegaba, y terminar aborreciendo a la que amaba.
- No es lindo que te conviertan en verdugo, ¿no? ¿Hasta qué punto somos responsables de lo he hacemos?
- ¿No deberías preguntarte desde qué punto? Cuando terminan los otros, comenzamos nosotros.
Me arrodillé en la tierra frente a la tumba. No había mujeres, a excepción mía, pero yo era nada más que una presencia del futuro, una entrometida que nunca estuvo, una falacia de la imaginación exaltada por la droga. Los perros, sin embargo, me miraban.
-Nadie fue al entierro del viejo…
-Nadie, Ceci, yo el cavé la tumba como pude.
- ¿Y los perros de quién eran?
- ¿Qué perros? Yo no vi ninguno.
Dormí toda la tarde en un sueño lleno de selvas, agua y cielos cerrados. Escuchaba el agua del río correr incesantemente. Sé que me oriné encima, sentí el olor y se mezcló en mi sueño como si estuviera sumergida en charcos malolientes de los que no podía salir. Tenía piernas para levantarme, pero alrededor estaban los perros. Todos flacos y pelados, enfermos y hambrientos. No me gruñían ni me amenazaban, pero todos estaban parados, esperando impacientes. No movían la cola, sino que las tenían entre las patas, y si no hubiesen carecido de pelo, tal vez habría visto el lomo erizado. Me esperaban, pero me tenían miedo. ¿Cuánto más aguardarían antes de venir a buscarme?
Desperté sacudida de un brazo, y escuché las voces airadas de Leonardo y Bernardo, discutiendo con furia, insultándose de una forma que empezó a provocarme risa. Estaba en la fase en que la droga me excitaba luego de haberme tranquilizado unas horas. Escuchaba a Bernardo acusarlo de asesino hipo de puta, de ser un delincuente que me estaba matando por dinero. Nada de eso era cierto, pero yo no podía hablar porque tenía la lengua pegada, como contraída, lo mismo les pasaba a los músculos de mis brazos y mi pierna. Leonardo no contestaba más que con gruñidos que parecían protestas en portugués. Ambos me sacaban la ropa mojada de orina y heces, luego las sábanas. Bernardo decía algo así como:
- ¡Dejá, dejá, yo me encargo, ya hiciste bastante hijo de puta, si se salva de esta lo mínimo que te voy a hacer es aplastarte esa cara de negro de mierda que tenés!
Fue él quien me levantó en brazos y me llevó al baño, mientras yo reía con los ojos abiertos porque no podía cerrarlos y con los brazos y los dedos extendidos como si quisiera señalarlos a ambos, o abrazarlos. Pero no me entendían.
Bernardo me metió bajo la ducha.
- ¡Llamá a la ambulancia!
-No puedo-contestó Leonardo desde la puerta del baño.
-Ya me imaginaba, le tenés miedo a la policía, pero más miedo me vas a tener a mí.
A Bernardo se le quebró la voz, y lloraba con la cara contra mi cabeza mojada.
- ¿No te diste cuenta, pedazo de mierda, de todo lo que toma? ¿No viste las cajas de remedios?
Leonardo estaba casi blanco, y eso ya era mucho para representar su miedo.
-Hay un modo, doc. Ya lo he visto muchas veces, tiene que creerme.
-Ya lo sé, y todas esas veces zafaste como la mierda que sos, escondiéndote en los caños como un sorete que ni los perros quieren oler.
No pude evitar reírme, las cuerdas vocales se me habían aflojado y yo reía llena de viento en los pulmones, pero de pronto el viento lo vació, y ya no entraba nada. Cuando se dieron cuenta de mi ahogo, Bernardo dijo que iba a hacerme una traqueotomía. Había dejado el maletín en el auto, dijo. Las manos le temblaban. De pronto, Leonardo le agarró las manos y le dijo:
-Doc, confíe en mí, ya no hay tiempo.
Bernie tenía en la cara ese amor que alguna vez me había tenido. Habría querido acariciarlo, pero mis manos eran duras como estacas.
Leonardo entonces me levantó un poco, apoyándome la nuca sobre el borde de la bañera y se sacó de la boca un engrudo verde oscuro que había estado masticando toda esa tarde mientras me contaba de sus padres. Bernie hizo un último intento de evitarlo, pero cedió. Sentí que los ojos me explotaban porque no podía cerrarlos y que el engrudo se me pegaba al paladar para atorarme aún más la garganta. Esperé a que los perros se acercaran. Estaban en el baño, y muchos más seguramente en la habitación, y en el pasillo frente a la puerta. Y los que esperaban en la vereda, tal vez. Uno de ellos estaba sentado junto a Bernardo, y vi que él le acariciaba la cabeza sin dejar de observarnos a Leonardo y a mí.
Entonces todo eso se acabó. Vino el viento con el olor de la menta fresca, y se llevó hombres y perros. Y me quedé sola en la bañera, respirando, por fin, el olor del almizcle.
Me volví a despertar en la cama. Miré el reloj de la mesita, eran las tres de la mañana. Tiré el reloj al piso sin darme cuenta de que mis brazos estaban libres. Bernardo se despertó en la silla donde había estado durmiendo. Leonardo estaba del otro lado, despierto, y me sonreía.
- ¿Qué me disté? -le pregunté. -Parecía almizcle.
-Eso era, con otras yerbas, pero principalmente almizcle.
-Es un afrodisíaco-le dije sin pensar.
Bernardo, que se había cridado en el campo, que había escuchado tantas de esas cosas, que hasta su padre aceptaba cuando no podía resolver los acertijos de la ciencia de otro modo, volvió a enojarse. Sin mediar palabra, se levantó y le dio un puñetazo a Leonardo. Éste se defendió y se agarraron tirándose al piso, pateándose y golpeándose las costillas. Me senté en la cama, agarré una muleta y empecé a golpearlos, fuese quien fuese.
- ¿Ya está bien, muchachos? Se sacaron las ganas de pelearse por una mujer. ¿Resabios de los viejos tiempos de caballeros? Hablaría mejor de ustedes si fuera un duelo a pistola con testigos y cirujanos al paso, y no como dos camorreros de mala leche. Pero ambos vienen del campo, qué se le va a hacer. Uno con tanta ciencia aprendida en los libros, otro con tanta filosofía social de cuña universitaria, y terminan en el piso revolcándose con la ignorancia. Dicen que es linda, que es voluptuosa, que es simple y se lo cree todo, que obedece y es sumisa a la más nimia indicación. Por eso les gusta a los hombres, con ella ustedes no necesitan pensar.
Obviamente estaba en la fase de la verborragia, últimos resabios de la sobredosis. Los dos se habían detenido y me miraban.
-Parecen dos gallos de riña. El doctor y el periodista peleándose por una mujer que se está muriendo. Si dan risa, ¿no me ven? Si no puedo parar…
Bernardo me dio un sedante. En la mañana, Leonardo ya no estaba, lo mismo que el olor a almizcle. Sentí el aroma del café desde la cocina.
-Bernie, ¿sos vos?
- ¿Y quién va a ser? -me contestó su voz cansada. La resignación era su estampa, y lo había marcado de por vida.
Cuando trajo el café en una bandeja, con medialunas calientes que había ido a comprar a la panadería de la esquina, le dije:
-Nada te obliga a seguir aguantándome.
Se acostó en la cama, como en los viejos tiempos, se había duchado y llevaba únicamente el calzoncillo. Me rozó la cara con el dorso de su mano.
- ¿Vos todavía me querés? -le pregunté, por toda esa escena novelesca de celos de anoche.
- ¿De qué te acordás?
-De todo.
- ¿También de que estuviste a punto de morirte?
-De eso, sobre todo.
- ¿Y de que no fui yo el que te salvó, sino el negro ese?
-No seas despectivo.
-No lo soy, creéme, que le diga negro es una realidad tanto como que en ese momento supo hacer lo que yo no. Conmigo te habrías muerto. ¿Sabés lo que dicen en el campo? Yo también sé de esas cosas, no todo es tecnología en estos tiempos. Si alguien te salva la vida, estás atado a esa persona para siempre, y si es un afrodisíaco como el que te dio, ya no vas a pensar más que en él. Aunque no fuera su intención primera, Ceci, era su ciencia escondida.
-Son celos Bernie.
-Sí, son celos. Pero algo conozco a los hombres.
Me dio una medialuna para morder, él mordió la otra mitad. Me besó.
No le conté de Pedro. Los olores habían desaparecido con el viento, junto con el hombre negro y los perros que lo habían acompañado.
Me acarició todo el cuerpo, que tan bien conocía. Las manos del cirujano y las manos del amante a veces se parecen. Los hombres conocían tan bien mi cuerpo, que en ocasiones me desesperaba. Pero otras, como ahora, me deleitaba.
Uno venía a limpiar los residuos del otro.
6
Aunque pude haberme reincorporado al trabajo antes, Bernardo quiso que esperase quince días al menos. No me preguntó por qué Dora ni Pedro habían vuelto. Renato se encargó entonces de venir a ayudarme en algunas cosas de la casa, o simplemente para acompañarme. Prometió, un día mientras hablábamos por teléfono, no entrometerse en mi vida, llamar siempre antes de venir y no presionarme. Reconocía en mí la terquedad de mi madre, virtud más que vicio cuando de ella se trataba, aunque no estoy segura de que pudiese aplicárseme. Casi siempre mi obstinación era motivada, sino por la ignorancia o la impotencia, por la inseguridad.
Es peculiar mi falta de amigas, de esas que cualquier mujer de medio pelo suele tener, aunque no sea más que para hacerse confidencias que en realidad nada resuelven y lo único que hacen es producir un simulacro de compañía, pero suele satisfacer la necesidad de quienes creen que no es conveniente dejar a alguien enfermo con sus propios pensamientos. Después de tanto lidiar conmigo y mi temperamento, Bernardo había encontrado en ese recurso una especie de tabla salvavidas para su propia tranquilidad. Pero era difícil luchar contra esa costumbre de mi soledad, el cómodo aislamiento en mi propio reducto, ¿mi propio laberinto?, de pensamientos que se alimentaban de sí mismos. Lo reconozco, eso era lo curioso y lo enfermizo. Con el correr de los años, mi propia mente fue convirtiéndose en un ave de rapiña, y lo que es peor, se hizo autófoga, como mi cuerpo.
No tengo amigas, no confío en las mujeres, y creo que la únicas con las que vale la pena relacionarse son aquellas con las que no se necesita hablar mucho para comunicarse. Y lo bestial de mi designio moral es que mi relación con los hombres no es amistosa, sino crucialmente hiriente. Yo soy quien les ofrece, y hasta en ocasiones los obliga a aceptar, el instrumento para lastimarme.
Me miré al espejo antes de salir al trabajo, estaba flaca y tenía un leve rubor que hizo resaltar unas pecas que hace mucho tiempo no sobresalían en mis mejillas. El sol de las siestas de esos pocos días en el balcón lo habían provocado.
Le entregué a Cintia el certificado médico, le echó una ojeada sin leerlo, sus ojos estaban fijos en un punto del papel, rumiando seguramente algún sarcasmo.
-Espero que haya disfrutado sus vacaciones, Cecilia. En la oficina están los archivos pendientes.
Era verdad. El escritorio estaba lleno de cajas de cartón con cartas de reclamaciones. No me asusté, sentí que ese lugar era mi sitio favorito, la entrada a un mundo repleto de hombres y mujeres abrumados por los números y las leyes que no sabían descifrar. Un cadete entró para sumar otra caja. Me miró con una sonrisa de disculpa.
- ¿Dónde la dejo, señorita? -dijo, buscando con la mirada un sitio vacío.
-En el piso, ¿y vos cómo te llamás? Sos nuevo, ¿no?
-Andrés Giraldo, señorita.
Es el apellido de Cintia, pensé, ya me puso un espía.
-Gracias.
-Si me necesita, chifle nomás.
Parecía tener la sinceridad de un adolescente confundido, pero más me valía no confiar.
Me puse a trabajar. Creí necesario empezar a ponerme al día con lo más reciente, las cartas pendientes ya estaban enfermas de tiempo y espera, y unos días más no cambiarían el diagnóstico. Durante toda la mañana leí rápido las reclamaciones que eran cortas y directas, fáciles de identificar por los sobres formales de algunas empresas, otros simples de casas de familia, pero que contenían una sola hoja de papel y de escritura escueta y lenguaje directo. No eran mis predilectas, pero fueron una especie de terapia alternativa para ir retomando el ritmo. Las contestaba con rapidez en la máquina de escribir, repitiendo la fórmula acostumbrada para tales trámites burocráticos, prometiendo la pronta resolución del inconveniente. Luego, cerca de las dos de la tarde, y con un sándwich de jamón y queso a medio comer en un plato junto a la máquina, ensobré treinta y cinco respuestas y me puse a escribir el remitente. Empresas Frigidaire, S.A.R.L. Entonces me di cuenta de algo en lo que no había prestado atención antes. Cuando firmaba al final de cada respuesta ponía el nombre del director: Arnaldo A. Aranguren. Él no las firmaba personalmente, por supuesto, sólo las que implicaban un conflicto serio o por tratarse de un destinatario de alguna importancia. Había un sello con su rúbrica, que fácilmente simulaba la firma con tinta azul muy. Yo estampaba el sello, doblaba la hoja y cerraba el sobre, apilándolos en un archivero que el cadete venía a buscar antes de la hora de cierre del correo.
Las tres A del nombre del director me llamaron la atención. Me estaba dejando llevar por mi imaginación desconfiada y estrafalaria, que en todo le gustaba ver el germen de un complot. Pero los factores concomitantes no ayudaban a evitarlo. Los antecedentes políticos del señor Aranguren, evidentemente demostrados por la primera entrevista que había tenido con él, la supervivencia económica de la empresa en esos tiempos cruciales diría que desastrosamente conflictivos para cualquier emprendimiento o desarrollo, y la evidente relación con los círculos militares de los cuales recibía la ayuda necesaria. ¿Pero se trataba de ayuda para sostener la empresa que daba empleo a cientos de personas y colaboraba para mantener en pie la industria nacional? Los repuestos para las reparaciones venían del exterior, yo veía las cartas comerciales, y muchas de las reclamaciones que pasaban por mis manos no eran de consumidores, sino de empresas y negocios de nombres que me resultaban ficticios. Hombres y empresas de lugares que nunca había oído nombrar, con códigos postales que nunca encontré en las cartillas del correo o las Páginas Amarillas de Entel. Me limitaba a copiar los números escritos en los remitentes, contestar formulariamente y ensobrar.
El relacionar al director con la Triple A simplemente por la coincidencia de sus iniciales era un absurdo, por supuesto. Pero ya mi madre me lo había advertido muchas veces, en esa organización había de todo. Bajo la supuesta lucha contra la izquierda y el peronismo se encubrían muy diversas orientaciones políticas y delictivas. Había hombres de derecha, había peronistas, había curas castrenses, también, y todo servía para ejecutar denuncias, exterminar opositores y derribar gobiernos. Pero todo eso era lo conocido, lo que no podía comprobarse era a veces tan cercano a lo que suele llamarse complots, negocios del mercado negro e intrigas internacionales que pronto eran subestimadas por la prensa oficial, que siempre tuvo gran eficacia en convencer al pueblo. Ese pueblo cada vez más enfermo de estupidez por la ignorancia y las drogas, sean éstas de cualquier tipo. Porque no solamente el alcohol o la marihuana y todas las otras de mayor o menor intensidad, sino las costumbres del hambre y de la pobreza también son drogas que producen dependencia. La ausencia de la educación es un vacío hecho por los creadores de masas: agujeros negros donde son atraídos los más pesados factores de la degradación. ¿Cuál es el gobierno que desarrollará la economía creciente? La utopía permanece porque es utopía. ¿La justicia social vendrá consecuentemente a tal desarrollo? Siempre hubo pobres, pero el número crece asombrosamente, como siempre hubo ignorantes, y el número se multiplica con alarma. Un maestro que sabe la mitad de lo que debe saber, es un delincuente, decía mamá. Ese es el parámetro, la vara con que medir a los otros. Quien tiene un arma en las manos, debería tener la bondad de un Dios. No entiendo, le dije cuando era chica, cuando me contaba eso mientras zurcía escuchando un discurso en la televisión.
Ceci, me dijo entonces. ¿Entre dos males, uno mayor y otro menor, cuál elegirías? El menor, le contesté. ¿Y por qué? Porque es el que hará el menor daño. ¿Y quién te obligó elegir un mal, Ceci, sea mayor o menor? Nadie, le dije, vos me preguntaste. Entonces me reconvino: veo que yo también me equivoqué al educarte. Un ciudadano educado elige el gobierno adecuado, si yerra, no será exclusivamente su culpa, y su conciencia estará más o menos tranquila. La educación no está en elegir entre opciones sino en elegir lo mejor. La conformidad es mediocridad, la mediocracia, como quien dice. La democracia es el gobierno del pueblo, Ceci, no el gobierno de la ignorancia. Detrás de ella están los intereses. El poder o como quieras llamarlo, a veces esos nombres son ficciones para la fantasía novelesca de la gente, porque la imaginación no hace daño, querida, sino la inteligencia aplicada a esa imaginación. Y los inteligentes no son los ignorantes. La aristocracia no es oligarquía, sino su mal empleo, la aristocracia del poder debería ser la aristocracia del bien común. La educación no es una, sino la multiplicidad del pensamiento humano. Inabarcable, es verdad. Pero los hombres, contesté, cuando se quedó callada mirando la pantalla del televisor, chupándose la sangre del dedo que se había pinchado con la aguja, no pueden llevarse de acuerdo. ¿Y eso es tu excusa para no hacer nada, Ceci? La muerte tampoco puede ser evitada, y sin embargo vivimos como si fuésemos eternos. Las utopías existen cuando alguien las emprende.
Mi madre, tan práctica, había sufrido esa filosófica transformación por la que suelen pasar muchos de los activistas de vieja cuña, aquellos de convicciones profundas, porque la realidad los ha mellado asidua e irreversiblemente, hasta sacarles toda la costra de protección, dejándolos desnudos, exponiendo el esqueleto de su utopía, lo único que persiste, a veces, si se lo conserva en un museo con el medio y las temperaturas adecuados, desempolvándolo de tanto en tanto. Pero muchos se han esmerado en enterrarlo, y ya se sabe lo que sucede. De los huesos de la utopía, nacen los gusanos de la ignominia.
Por la tarde de ese y los siguientes días me dediqué a revisar las carpetas viejas, pero sobre todo decidida a deshacerme de los mamotretos y folios que se habían acumulado durante mi ausencia. Cintia los había hecho traer para hacerme la vida imposible, y usaba al chico de quince años, que era su hijo, para seguir sacando cajas y archivos viejos, aún de la mi predecesora en la oficina. Cuando vi las fechas ya medio borradas en las cajas, me pregunté la absurda lógica de su proceder. ¿No sabría ya que los descartaría apenas mirase la inscripción? Pero su objetivo era hacerme perder el tiempo, por supuesto. Conservé las cajas que según un memorándum de la dirección tenía que revisar en vistas a viejos litigios legales que todavía no habían prescripto. El formulismo de los abogados me hastiaba, pero cuando dejé de preocuparme por cada palabra y me di cuenta de que tras tanta retórica no había más que la mera superficialidad de las costumbres, fui descartando los reclamos viejos como si no hubiese hecho más que eso en toda mi vida.
Creo que alrededor de un mes después, cuando las cajas ya habían desparecido luego de catalogadas y vueltas a cerrar, y el cadete venido a recogerlas, así como las había traído, encontré una de tamaño mediano, alargada como las de las galletitas embaladas antes de exponerse en las góndolas de los supermercados. Era una caja de La traviata, si no me equivoco. No tenía rótulos ni fecha, y estaba enmohecida. Distaba en aspecto de las demás, y me dije que tal vez Andrés la había apilado con las otras sin pensar más que en obedecer el pedido de su madre, que seguramente le había dicho (yo podía escuchar su voz en falsete intentando simular una intriga, o tal vez amenazando al chico, que al fin de cuentas no era más que de mediana inteligencia, diciéndole: llevále todo lo que encuentres, querido, a la señorita Cecilia, a ella le gustan los papeles. Claro que podía oírla con su sarcasmo y esa doble intención que el chico no entendería. Y él fue el instrumento que la delató.
Pero no voy a adelantarme. Seguiré los pasos de todos aquellos días porque la trama requiere de cuidado y parsimonia. Las pistas son confusas y la red se teje de una manera que más parece una maraña.
Abrí esa caja de galletitas donde sólo había cartas, todas con la misma letra manuscrita. La letra de un hombre. Los sobres tenían un destino internacional: Inglaterra, pero el sello era del correo a pocas cuadras de la empresa en Buenos Aires. El remitente decía: Adrián Giraldo, el barrio: Constitución, casi frente a las vías del tren. Pensé un rato, y recordé las veces que Bernardo me había hablado de ese lugar. Los pacientes del Borda, me decía, me hacen bien, son, con sus locuras, un oasis de contradicción que me desvela de la rutina que me hunde en la locura lúcida de la angustia, para sacudirme y rescatarme, permitiendo que me asiente nuevamente en la tranquilidad de lo solvente: esa patraña de seguridad sin la cual todos terminaríamos en el suicidio. La vez que me dijo eso, lo miré asombrada de tal discurso alegórico, porque no me animé a llamarlo poético, preguntándome cuándo volvería a escuchar de él ese permiso que había fluir su pensamiento. Nunca más que elocuente silencio fue el resto de nuestra vida juntos.
Me puse a leer las cartas un viernes a las cinco de la tarde. Ya los ruidos de los talleres habían muerto, y únicamente las puertas que se abrían y cerraban expulsando a los administrativos y los obreros a las calles. De vez en cuando, me llegaba el silbido de la sirena, más tradicional que reglamentaria para esos tiempos, y la voz de alguna radio que llegaba desde algún auto detenido junto al cordón, esperando a alguna de las secretarias. Era un discurso, y levanté la vista de la carta recién abierta. La voz de López Rega se alternaba con los gritos de la multitud en Plaza de Mayo, y luego la voz de Isabel Perón, trivial, redundante, sensiblera, remedando el recuerdo del General que había muerto no hacía mucho. La voz de ella formó su cuerpo y su traje asomada al balcón de la Casa Rosada.
No entendí lo que decía, la voz de una mujer debe esmerarse para ser escuchada. La mayoría ve a la mujer y no el discurso, decía mamá. El caudillismo femenino no se diferencia del machismo más que en la gramática del género. Y esa música de ruidos fue el fondo intermitente de la voz de la carta. Un hombre, Adrián Giraldo, hablaba de su vida rutinaria junto a su esposa Cintia, de las peleas y las incomprensiones mutuas. ¿A quién están dirigidas las cartas? ¿A una amante que vive en Londres? ¿Una argentina expatriada? No me pareció. El destinatario suena impersonal, más bien parece una institución que una persona determinada. El tono de las cartas se va haciendo más intimista y personal con los meses. En algún momento hasta puedo verlo llorar y mis propias manos tiemblan sujetando el papel, como si ese hombre me transmitiese su inquietud a medida que escribe, que es la medida en que leo. El pasado reciente se hizo presente con una facilidad abrumadora, y no me di cuenta casi cuando la luz del ventanal había desparecido. Encendí la luz del techo y seguí leyendo. Un golpe en la puerta me interrumpió. Era el sereno.
- ¿Todavía por acá, señorita?
-Estoy poniéndome al día-le dije, señalando el ya habitual revoltijo de carpetas.
-Avíseme cuando salga, así cierro.
-No se preocupe. - El hombre viejo, sin embargo, no se iba. Señaló atrás de él con el pulgar.
-Sí, ya sé, Pedro anda vigilando.
Asintió en silencio y cerró.
Pedro había evitado encontrarme en los pasillos, nos cruzábamos en el comedor o la entrada con una mirada que era como un escudo. Ni fría ni colérica, explícitamente amenazante.
Las cartas se sucedían y yo no podía dejar de abrir una tras otras. Eran cincuenta, tal vez, era setenta y ocho cartas cuando terminé de contarlas, adelantándome al exquisito placer del argumento que tardé varios días en terminar. Peleas con Cintia y luego la desolación de su abandono, y entonces comenzaba el período más patético: el de la ensoñación. Porque ese hombre pensaba que una institución de Inglaterra lo llamaba para ofrecerle una especie de utopía: la vida en una pradera inglesa, de eternos e improbables pastos verdes, rocas bajas que se hundían en el mar cercano bajo el cielo azul manchado por nubes blancas como ovejas de un paisaje de Turner. La ensoñación bucólica era demasiado bella para ser cierta, pero precisamente en la fuerza de esa belleza se asentaba la verosimilitud que Adrián Giraldo le adjudicada. Y a medida que pasaba el tiempo, la necesidad fue haciéndose imperiosa como una adicción. Él soñaba con los campos de Inglaterra, y aprendió a traducir las cartas a las cuales las suyas eran respuestas. ¿Dónde estaban esas cartas? Las busqué en la misma caja y en las otras que habían quedado en la oficina, pero no las encontré. Eran las nueve de la noche cuando me quedé dormida, y desperté sobresaltada por el golpe en la puerta. Pedro se asomaba, preguntando:
-Cecilia, ¿la llevo a casa?
Vi su cara en la oscuridad. El sereno había cortado la electricidad como todos los fines de semana. La cara de Pedro era la misma de aquella noche en mi cama.
- ¿Cecilia? -dijo.
-Ya me voy en cinco minutos-contesté.
Esperé a que cerrara la puerta. Guardé las cartas y escondí la caja bajo otras. Pedro esperaba en la oscuridad del pasillo.
-Papá Renato viene a buscarme.
En silencio, se fue hacia los talleres. No sé qué hacía a esas horas, y aunque siempre se quedaba hasta tarde, recién ahora me lo preguntaba. Revisaba el estado de las reparaciones, la limpieza de ellos talleres o los puntos muertos de la labor del día. Quizá memorizaba concienzudamente los errores no para corregirlos, sino para reprimirlos. Él era de aquellos hombres que saben que nada puede ser evitado, y ocultarlo si no puede ser destruido. Mientras salía, escuché las puertas de las heladeras viejas. Pedro estaba explorando en las máquinas, o estaba corroborando, ¿o tal vez buscando? ¿Qué se puede guardar en heladeras en desuso que no funcionan?
En la parada y justo antes a la diez de la noche, cuando las luces del colectivo se acercaban por el empedrado de la calle del Cabezón, escuché el ruido de los motores, no de las maquinarias de la fábrica, sino el zumbido asfixiante de las heladeras. El motor del colectivo lo fue ocultando, como el olor del gasoil ocultó el tufo del gas con que solían cargarse los motores de refrigeración. Me senté en el casi vacío colectivo, mirando atrás mientras me alejaba. Los ojos de Pedro tal vez estaban pendientes de lo que sucedía en la vereda, corroborando la mentira sobre quién vendría a buscarme. No le importaría, en realidad, porque lo único que necesitaba era quedarse solo en los talleres. Lo imaginé en medio de todas esas máquinas de frío como el emperador de los helados del poema de Wallace Stevens rodeado de voces de chicos gritando.
Durante la semana siguiente seguí leyendo el resto de las cartas durante las tardes, cuando todo el ajetreo y la vigilancia habían cedido. El cadete Andrés entraba y salía casi siempre con un buen día y unas buenas tardes, señorita, respetuosos, aunque nuestra diferencia de edades no superaba los diez años. El viernes, cuando los administrativos solían irse más temprano, me senté en la silla frente al ventanal dispuesta a terminar el último fajo de cartas cuidadosamente atadas por fechas. Antes de ponerme los anteojos, me serví una taza de café y me asomé a mirar la calle. Cintia estaba saliendo, pero se paró en la vereda y el chico salió también. Ella le arregló el pelo y le puso una mano en un hombro, luego le apretó una mejilla con brusquedad y le hizo una advertencia con el gesto de la mano. Se fue caminando apurada por la vereda, la cartera negra con hebillas plateadas, el vestido corto que dejaba ver las piernas y delataba la cola abultada en relación con el poco pecho que tenía, y se subió a un Falcon que la esperaba en la esquina. Siempre se iban juntos con el chico a tomar el colectivo. Hoy, sin embargo, estaba apurada y lo había dejado solo.
Yo aprovecharía esa ocasión, sin duda, para hablar con Andrés.
Eran las tres de la tarde. Para las cuatro ya había terminado las cartas inconclusas, porque la última ni siquiera tenía firma, como si Adrián Giraldo no pudiese hacerlo porque ya no estaba en ese sitio, escribiendo, sosteniendo una lapicera. Todo lo que mencionaba y decía en esa última carta sonaba tan volátil y etéreo como el paisaje de la campiña inglesa de la que había estado hablando, y cuya construcción había sido provocada por las sugerencias de las inexistentes cartas de Inglaterra. ¿Dónde estaba Guirlado? ¿Qué había sido de él, si es que aún vivía? ¿Estaría en Londres, tal vez, y toda mi preocupación no fuese más que conjeturas sin fundamento? Las dos Cintias se reducían a una sola, a la que yo conocía, por eso la razón de que las cartas estuvieran en las oficinas desde que habían sido escritas, tal vez. ¿Pero ella las había conservado y escondido por razones sentimentales? Lo dudaba. Conociéndola un poco, las habría destruido.
Me puse a revisar los sellos de correo. Todas estaban dirigidas a una dirección en Londres, una institución de fines no lucrativos (según explicaba Giraldo) llamada Arbitrary knowdedge. Busqué en varios sitios de información telefónica, pero no encontré referencias. El remitente variaba, a veces era desde una dirección particular en La Boca, otra desde Constitución, y podía asegurar que desde el Hospital Borda. Los sellos de correo de destino eran siempre de la sucursal de a pocas cuadras de la fábrica. Como si algún empleado del correo las recogiera a medida que llegaban, las separara y las enviara a la empresa directamente. Adrián Giraldo escribía a Londres según su consciente delirio o lo que su psicosis le mandara imaginar. Su cuerpo, a medida que escribía y con el paso del tiempo, parecía irse deteriorando a expensas del crecimiento de su espíritu. Cuando hablo de espíritu lo hago a sabiendas de las múltiples y arbitrarias definiciones del término: psiquis, alma o como quiera llamársele. La cuestión era que su cuerpo físico parecía estar perdiendo consistencia, como transparentándose. La obsesión por los campos ingleses era tan nítidamente clara y lógica que perdía las connotaciones de obsesión para convertirse en lo que llamamos sueño o ideal de vida. ¿Le habían lavado el cerebro para estafarlo? Eso fue lo que imaginé en un principio. En la empresa había una o más personas encargadas de tal fraude, que sin duda no tenía a Adrián como única víctima. Elegirían a las propiciatorias, por supuesto. Si Giraldo hubiese estado en sus cabales, habría desechado las cartas, o simplemente tomado un avión en clase turista para visitar el país de sus sueños. ¿Pero quién era Adrián Giraldo?
A las cuatro y media de la tarde los motores se apagaron, y las voces de los hombres crecieron en los vestuarios y en los pasillos. Los pasos y las risotadas, las puteadas me llegaban como un paraíso de cotidiana y efímera realidad sin peligros ni sospechas de segundas intenciones. Mi imaginación se burló de sí misma.
Golpearon a la puerta.
-Señorita-dijo el chico-. Si no me necesita, me voy.
- ¿Te espera tu mamá?
-No, señorita, ella tierne turno con el médico, me voy solo.
Me pregunté qué médico vendría a buscar a su paciente al trabajo en un Falcon verde.
-Quedáte media hora nomás, tenés que ayudarme a clasificar estas cartas.
Sabía que lo que iba a hacer era poner el dedo en la llaga, pero confiaba en alterar aún más la inseguridad de ese adolescente, confundirlo en su vulnerabilidad y hacerlo hablar de todo lo que su madre le hubiese prohibido.
e acercó, y no vi miedo sino la exaltación por un deseo largamente ocultado. Había llegado la oportunidad, leí en su expresión. Y cuando lo tuve parado junto a mi silla junto al escritorio, sentía el olor de su exaltación. No fue necesario seducirlo con este mi cuerpo informe. Sentada allí, mis piernas (mis no-piernas) no se veían, y él me contemplaba como siempre cuando apenas se asomaba por la puerta o entraba dejando las cajas, con esa especie de adoración por un ser que creemos ideal. Recordé lo que Pedro me había dicho una vez en la camioneta sobre mi pelo y mis ojos. Mi aspecto era turbio a mi propia mirada en los espejos, pero para ciertos hombres es un ideal de belleza etérea. Yo tenía es aspecto de una mujer intelectual, canonizada en las típicas imágenes de secretarias y escritoras, mujeres sin superfluidades, sin palabras forzadas y sin maquillaje que esconda lo que no existe. Esa clase de enamoramiento entra por el intelecto y exacerba el físico de muchos hombres, pero es necesario que los caminos de esos intelectos estén preparados y construidos de cierta manera. Los hombres como Adrián Giraldo, por ejemplo, que había hecho de Inglaterra una especie de extenso campo de cultivo para su propio cuerpo, un inmenso útero en donde él penetraría hasta desaparecer, para convertirlo en un elemento más de esa tierra.
A los hombres enfermos de mente y espíritu yo los atraía. Y Andrés, hombre al fin por más que tuviese quince años y que su mente aún se estuviese formando, y que su cuerpo todavía estuviese adquiriendo las formas definitivas del adulto: el vello del pecho, los hombros anchos, las manos de dedos largos y venosos y la barba que anunciaba ser espesa y oscura.
El chico me sonreía. Le pedí que se sentara para explicarle. Leyó algunas a sobrevuelo.
- ¿Te gusta la literatura? -le pregunté.
-Sí, señorita, pero…
-Pero qué…
-No tengo muchos libros, mamá no me da plata, pero con este trabajo me pude comprar uno.
- ¿A ver, ¿cuál?
-Un poeta norteamericano, señorita, Wallace Stevens.
¿Coincidencia? Me reía de los fantasmas que parecían anunciar, de repente, su presencia en la oficina.
-Mirá vos qué interesante, a mí también me gusta mucho.
Su complacencia se extendió por todo el cuarto, conciliándose con esas presencias que se me ocurrió no querían anunciarse en la recepción ni por teléfono.
-Sé inglés, ¿sabe?
- ¿Así? te felicito. ¿Vas a un curso particular?
-No, mi mamá no me deja, dice que no hay plata. Aprendí con los diccionarios.
En alguna de las cartas Adrián mencionaba que así había empezado.
- ¿Y por qué el inglés?
- Para leer a Stevens, señorita. Las traducciones me confunden, y me parecía que tenía que haber más cosas en sus poemas.
Sí, pensé, se refería al emperador de los helados.
¿Qué sabía el chico de todo lo que estaba pasando en la fábrica? Lo que yo intuía, para él era una ignorancia completa, si así llamamos al conocimiento concreto de las causas y los hechos. Lo que él sabía era un producto de la intuición, tal vez herencia de su padre. La psicosis heredada, llamémosla así para unificar y simplificar criterios de por sí ya poco ortodoxos. Lo que él sabía era lo que su padre sabía: un estado ideal en el que habían depositado su mente. Pero mientras Adrián ya estaba perdido para siempre, Andrés aún conservaba las anclas en el fondo del mar encrespado de su mente.
De repente, levantó la vista y me miró con pánico. Sostenía una de las cartas, pero las manos le temblaban.
-Pero… ¿de dónde salió esto?
-Vos trajiste la caja, Andrés.
Se agarró la cabeza y empezó a caminar por la oficina de una pared a otra, lamentándose.
-Mamá me va a matar, mamá me va a matar-repetía una y otra vez.
-Venía acá, sentáte y tranquilizáte. No tiene por qué saberlo, yo no le voy a decir nada.
Me miró angustiado, como si fuera su juez. Se sentó, cruzándose de brazos y balanceando el cuerpo hacia atrás y adelante.
-Me dijo que le trajera cualquier archivo viejo, que a usted le gustaba ese trabajo, la llamaba…
-No te detengas… ¿cómo me llamaba?
-Ratita de biblioteca. Pero esas cartas yo no sabía que estaban ahí.
Probablemente ella también había olvidado donde las había puesto, me dije. Como la incumbían personalmente, mientras más quiso ocultarlas, más se expusieron a la luz, eso suele suceder. ¿Las había olvidado? Probablemente no, sólo el sitio exacto donde las había dejado. Tal vez ella misma les hubiera perdido el rastro luego de tantos años en medio de tantas otras cajas y papeles. ¿Quién revisa recibos viejos y facturas vencidas, órdenes de compra y cheques rechazados de varios años antes?
Le separé los brazos y lo agarré de las manos.
-Tranquilizáte un poco que no es para tanto, tomá-le dije, ofreciéndole servilletas de papel de mi escritorio. Se sonó la nariz.
-Ahora decime. Este señor que escribió las cartas, ¿era tu papá?
-Creo que sí. Nunca lo conocí, más que de bebé, y no me acuerdo. Mucho después mamá me dijo que papá estaba loco, y por eso me había mandado a vivir con mi tío Luis en San Telmo. Después, un día vino a buscarme y nos fuimos a la casa de La Boca donde yo nací y vivían ellos. Me dijo que papá se había muerto.
- ¿Cuántos años tenías?
-Creo que cinco años, según me dijo ella, pero sólo tengo recuerdos aislados de todo eso. Si me acuerdo de la casa del tío Luis es porque después fui muchas veces, me tenía cariño porque era su único sobrino y el hijo se le había muerto no sé cómo, pero de mi viejo no recuerdo nada. Nunca hablamos de eso con mamá porque se pone a llorar.
-Sí, entiendfo-le dije, para evitar el conocido sarcasmo de las lágrimas de cocodrilo. ¿O estaba juzgando mal a Cintia?
-Está bien, Andrés, no te hagás mala sangre. Solamente te lo dije para que estés prevenido por si ella se da cuenta, pero te prometo que no le voy a decir nada.
- ¿Me las llevo de vuelta al depósito? Sí, mejor que haga eso ahora que ella no vuelve hasta el lunes.
Pensé en Pedro y sus vueltas nocturnas. Eran las cinco de la tarde. El sereno vendría primero después de las seis.
-Buena idea, Andrés. Yo te acompaño.
Me miró, sorprendido, como preguntándose si estaba bien. Luego asintió, haciéndose el razonamiento que yo esperaba: si lo veían solo le preguntarían, conmigo en cambio se trataba de trabajo.
Le propuse tomar una gaseosa antes. Salió y volvió con dos Cocas de la máquina expendedora.
- ¿Y tu mamá no volvió a casarse?
-No, pero tiene novio.
- ¿Así? ¡Qué bien, che! ¿Es alguien de la empresa?
-No, señorita. Es el coronel, viene a casa muy seguido. A veces salimos los tres a comer afuera, por San Telmo.
- ¿Qué coronel, Andrés?
-El coronel Ansaldi, señorita, ¿quién más?
El chico tenía razón, Ansaldi era una ficha obligada en esta historia.
7
A las siete y siete de la tarde
(los números haciendo de las suyas, debería preguntarle a Leticia sobre la numerología, pero no creo que quiera hablar de eso, pocas veces nos comunicamos desde que regresó a la costa, me han dicho que la llaman loca, que vive como una zaparrastrosa en la playa, que no habla más que con los perros, al principio nos escribíamos, pocas hablábamos por teléfono, no trabajaba y vivía de la renta que depositaba su familia en el banco, pero después que me envió el cráneo por correo ya no recibí noticias de ella, ¿qué cráneo?, el de un perro, envuelto en una toalla y dentro de una caja cerrada con cinta de embalar, la recibí un mañana en el departamento de Sarmiento cuando Bernardo no estaba, ¿puedo decir que me sorprendió encontrarme con esa calavera seca al abrir la caja?, sabiendo de quien venía, fue más una sensación de inquietud que se fue mitigando a medida que ganaba el sentimiento del orgullo, eso era precisamente, fui la única a quien ella dio un regalo que consideraba de los más valiosos: un hueso, el elemento más indisoluble de la anatomía macroscópica, y dentro del cual ella escarbaba descubriendo los arcanos del destino, era la calavera que usaba, la de un perro que había hallado muerto en la esquina de la quinta de Haedo, el galgo que habían matado de un tiro durante las protestas en la fábrica, y levantado por Méndez para llevárselo a Leticia y presentárselo así nomás, está muerto, Leti, le dijo, y ella, poco antes de la muerte de los padres en la playa, fue con ellos pensando en el esqueleto del perro depositado entre los canteros del vivero, al que todas las noches acudía para limpiarlo con las herramientas que encontró en el galpón, ¿qué buscaba?, el vacío donde había estado el alma del perro, y por más que levantara tejido tras tejido, músculo tras músculo hasta encontrar el hueso, no halló más que materia inerte rodeada de moscas, entonces me di cuenta, cuando recibí el cráneo, que ella ya no lo necesitaba porque no buscaba más ¿había finalizado la búsqueda con el hallazgo o se había dado por vencida?, ninguna de ellas: ahora buscaba en los cuerpos de los hombres la sustancia del alma, en los hombres vivos que veía en la playa o en el mar, en los hombres que reían como dioses, que acariciaban y besaban a sus mujeres con los cuerpos curtidos y casi desnudos, los brazos alzados levantando un hijo pequeño contra el sol, como desafiándolo a quitárselo, sin saber que el mundo no funciona de ninguna de las múltiples y sucesivas maneras que pensamos, su estrategia siempre corre un paso delante de nosotros, y la fatalidad no ataca por donde esperamos, sino desde adentro, la oscuridad que no sabíamos que estaba allí porque parecía tan blanca, tan austeramente inocente como la nada, y en ella se construye la arquitectura del azar, los poliedros cuya combinación es infinitesimalmente desproporcionada con toda posible imaginación, porque está más allá de ella, infinita como la oscuridad e inmensa como la nada, ¿de qué manera interpretar estas contradicciones con la endeble razón humana?, los que se dan por vencidos entran en el cálculo de las víctimas, Leticia, en cambio, había hallado, tal vez la fórmula, la ingeniería, y lo que quizá fuese sólo el esbozo definitivo, con su flagrante contradicción, de lo último y lo ancestral, el círculo de la serpiente que se muerde, y ahí en la playa, sentada en la arena y contemplando el mar, ella viese en los rizos de las olas los dedos de Dios jugando con el azar)
se asomó por la puerta el sereno, haciendo la misma pregunta del viernes anterior, con la misma expresión en la cara y en la voz, y la exacta posición del cuerpo entre la puerta y el marco, como una máquina que tenía incorporado el reloj del miedo. Fue un deja vu que me dejó confundida por un instante. Era viernes, la misma hora, pero estaba el chico para confirmar la diferencia, aunque en el momento en que el sereno apareció creí sentir una vuelta del círculo, como si el engranaje del tiempo se hubiese acomodado de pronto como esas piezas que encajan exactamente luego de haber intentado forzarlas. ¿Pero cuáles eran las piezas del rompecabezas que así lo hacían? ¿Puede un ciego armar un rompecabezas?
El rostro de Andrés Giraldo, permanentemente compungido habitado por un inmenso pozo lleno inquietudes y preguntas, de dudas y afirmaciones que destrozaba a cada instante. Porque eso hacía cuando me preguntó qué pensaba de su padre y de su madre.
- ¿Usted cree que mi papá estaba loco?
-No lo sé. ¿Quién sabe qué le pasaba realmente? Por lo que deduzco, él estuvo en el Borda mucho o poco tiempo, tal vez por períodos más o menos largos. A lo mejor tu vieja te dijo que se había muerto para cortar de una vez por todas con su memoria. A veces la gente lidia con esas cosas de esa manera, cuando ya no hay vueltas que darle para que se acomoden a la forma racional en que todos concebimos la vida. Pero tu viejo, quién sabe, veía otras cosas en la realidad, y que también eran verdaderas. Yo no pienso, como muchos, que las únicas cosas que existen son las que perciben nuestros comunes sentidos. El tan encomiado “sentido común” suele ser tan mediocre, tan melosamente hipócrita que a veces yo preferiría la más cruda tragedia en su lugar.
Andrés me miraba, pero no me veía.
- ¿Cómo sabe usted esas cosas, señorita?
- ¿Qué cosas?
- ¿Usted también las ve?
Estaba adivinando a lo que se refería.
-No, sólo tengo una imaginación muy rebelde que come mucho y engorda cada más. Debe ser la compensación que elabora mi mente ante mi enfermedad. Si el cuerpo debe abstenerse, lo suplanta la imaginación.
-Es que yo…a veces…no es que imagino, las veo, señorita.
Este chico es digno hijo de su padre, me dije. Le agarré una mano que temblaba.
-Le tengo miedo a mi madre, señorita. Quiere que entre al ejército, dice que el coronel ya me tiene asignado un puesto de privilegio, pero que antes tengo que pasar unos meses como conscripto. Dice que es necesario, que me hará bien para fortalecer mi personalidad.
- ¿Ansaldi sugirió eso?
-El coronel no me habla mucho. Me da la mano como a un hombre, me trata de usted cuando vamos en el auto.
- ¿Te lleva en auto, a dónde?
Se quedó pasmado durante unos segundos, esas palabras parecían haberle escapado.
-Bueno-le dije- debe ser para hacer buenas migas con vos si quiere casarse con tu madre, supongo.
-Sí, debe ser eso.
Miró para otro lado y le vi los ojos brillantes, pero impidiéndose llorar.
- ¿Tenés novia, acaso?
Se encogió de hombros. Suspiró profundo y hundió la cara entra las manos, apoyados los codos en las rodillas.
Ya era de noche y la única luz en la oficina era la del escritorio.
- ¿A dónde van a pasear? - le pregunté.
-A unos departamentos, por Corrientes, otras por Once.
-Te lleva con mujeres, ya entiendo.
El coronel se saciaba en lugares no muy caros, seguramente medio camuflado para que no lo reconocieran, y se aseguraba que quienes lo hiciesen fuese gente de poca monta, cortos de valor y de entendimiento.
-Vamos y yo me quedo sentado en el sillón. Una chica me lleva al dormitorio, insiste…pero yo…en seguida veo a esa mujer. Cuando me pongo encima me digo que todo está bien, que ya soy un hombre, que el coronel y mi vieja van a estar orgullosos de mí. La chica en la cama va a contarle que me porté bien, que le gustó mucho, pero entonces, cuando…cuando…usted ya sabe…cuando estoy adentro de ella…veo que torturan a esa mujer.
- ¿Qué mujer, Andrés?
- ¡No sé! -gritó, mirándome con la cara que debió ser la de su padre, y casi estuve convencida de que el hombre que había escrito las cartas ahora estaba frente a mí.
-Solamente veo que la tienen acostada en una mesa y los hombres se le suben encima como los perros, le meten cosas y la queman.
¿Picanas? ¿Dónde pudo haber visto eso? ¿O tal vez sería que no las había visto todavía?
Era ya un hombre, sin duda, abrumado por la presencia del futuro.
-Vamos- le dije- llevemos la caja de vuelta a donde la encontraste.
Esa idea espantó su angustia, y volvió a ser un adolescente común y corriente, casi.
Caminamos por pasillos que yo nunca había recorrido, bajamos dos tramos de escaleras hasta llegar al sótano que servía de depósito. Era enorme y parecía abarcar casi todo el predio de la fábrica. Andrés se movía como por su casa, encendía las luces a medida que caminábamos entre cajas y restos de heladeras viejas, poniendo la mano sobre la perilla de la pared en los sitios exactos, a veces escondidas tras estanterías oxidadas y vencidas.
- ¿Acá guardan los archivos? -le pregunté, mientras lo seguía, prestando atención a no tropezar con las muletas.
-Se guarda todo lo que no sirve.
Vi heladeras que no eran tan viejas contra una pared, y a medida que las luces se encendían y se apagaban, porque él no daba resquicio a la posibilidad de que el sereno nos encontrara, descubrí la larga fila de aparatos que hacían un zumbido de motor en funcionamiento, bajo y sordo.
- ¿Para qué son esas heladeras?
-No sé, señorita, deben ser cosas viejas, tienen candado y a mí no me importa.
Sí, a él le interesaban únicamente las carpetas y los archivos. Me di cuenta cuando llegamos al depósito donde había pilas de cajas arrumbadas y llenas de humedad. Sin rótulos ni carteles que indicaran fechas o contenido.
- ¿De acá sacaste la caja?
-Ya no me acuerdo, ya le dije que la agarré sin fijarme.
-Pero vos conocés muy bien todo esto, y seguramente has leído muchos archivos, Andrés.
Lo reconoció, encogiéndose de hombros. Ese chico sabía mucho más de lo que decía, y aunque intentara esconderlo, el coronel se había dado cuenta y lo estaba preparando para llevarlo a sus filas, sea para hacerlo callar o hacerlo un prosélito, aunque esto último me resultaba improbable. Si el chico tenía en su cabeza, como yo pensaba, el legado de su padre terminaría igual, de una u otra forma.
¿Por qué agarró esa caja? Las cartas estaban abiertas, pero sin signos de haber sino manoseadas en muchas ocasiones. Era improbable que Andrés las hubiese leído alguna vez. ¿Quién sabe qué arcanos impidieron que con tanto tiempo y tantas lecturas en ese sitio el azar evitara que las encontrara antes, y que sobre todo agarrara esa caja y la llevara a la oficina? Digo el azar porque pienso en Leticia y en sus estrafalarias teorías. Si vemos el futuro, me había dicho alguna vez, debemos reconocer el determinismo del mundo. El genoma humano era también una serie determinada de posibilidades, y, sin embargo, el azar intervenía disponiendo el resultado de otra manera a la planeada. Pero era simplemente una forma más del destino. El azar es una parte más de tal estructura, y de todos modos llamamos azar a aquello de lo cual no conocemos su funcionamiento. Las casualidades no existen, todo acto tiene un propósito, escondido en el barro de una cloaca, fluyendo lentamente por túneles bajo las calles de una ciudad. El inconsciente freudiano, tantas veces combatido, tantas descalificado, tal vez no sea más que el azar camuflado. ¿O algo camuflado de azar? ¿El círculo de la serpiente que se muerde, el número Pi? Lo que hastía al hombre, lo que lo supera no es la tragedia de la vida en sí misma, sino la repetición. Cada cicatriz engendra otra herida.
Dejó la caja en la oscuridad. Le dije que se fuera. Pedro ya debía estar en la fábrica.
- ¿Y usted?
Me pregunté si podía confiar en él, ya era tarde para eso.
-Me quedo a revolver un poco. No le digas nada si te ve. ¿Puedo confiar en vos?
Apoyé la palma de mi mano sobre su pecho y con la otra le ordené un poco el pelo ensortijado. Artimañas, ya lo sé.
-Sí, claro-me dijo, entusiasmado. Lo empujé con cariño y despareció en la oscuridad, con los destellos de las luces que finalmente se apagaron al pie de la escalera. Escuché la puerta al cerrarse. El sótano no tenía llaves ni alarmas, todo estaba abierto a quien quisiese explorar, y ese era el camuflaje más adecuado para esconder lo que no desea ser visto. Era eso, o la absoluta confianza en la total impunidad. Porque todo eso me resultaba tan oscuro que me daba pavor, y el hecho mismo de las heladeras representaba un simbolismo que acentuaba las connotaciones del miedo. Y lo peor era que yo estaba intuyendo que ese símbolo era una artimaña de mi mente, y que todo era tal y como empezaba a sospecharlo.
Revolví en cajas más bajas. Deseché archivos, sin saber en realidad qué andaba buscando. Un nombre conocido debía ser mi anzuelo, y al fin lo encontré. El nombre de Cintia Arraiga. Era una carpeta de contabilidad registrando entradas y salidas de mercadería. La letra era espantosamente infantil, la gramática tan elemental que obviaba las conjunciones y los puntos. ¿O todo eso era a propósito? Me resultó tan ilegible que decidí dejarlo de lado. Seguí buscando, pero todos eran archivos de balances viejos, hasta que hallé las fechas de diez años antes. La letra de Cintia era más clara, y era una especie de libro de actas de temas tratados en reuniones. Me pregunté por cuántos puestos había pasado esa mujer, de mayor o menor responsabilidad. ¿Quién era en realidad? El apellido Arriaga me resultaba conocido, lo había escuchado nombrar en el pueblo de Bernardo, relacionado siempre con esa manía de los funerales y los funebreros. Bernie me había contado que las Arriaga eran una especie de matriarcado, las mujeres eran quien llevaban los pantalones. Los hombres eran como zánganos, y a veces tenía el mismo destino, ¿O tal vez sería como el del macho de las mantis religiosas? Todo lo que me había contado coordinaba con esa imagen: la religión de la muerte, por llamarla de alguna manera, las mujeres encargadas del cortejo y los hombres como peones del rito.
Esos cuadernos debían ser de la época en que Adrián Giraldo aún vivía. Lo mencionaba, por supuesto. En medio de las anotaciones de negocios, ella había escrito cosas personales, como si mientras escuchaba en las reuniones las conversaciones de negocios, su mente estuviese dividida en dos actos simultáneamente fuertes, tanto que cuando uno cedía por un instante, se interponía el otro. Si hasta la letra parecía cambiar: infantil la de la secretaria, clara la personal. Y en esos intervalos, ella, tal vez sin darse cuenta, se confesaba. Adrián la tenía harta, cuándo se moriría, cuándo la dejaría en paz. Era un continuo lamentarse que se iba acrecentando a lo largo de los años. Confrontándolas con lo que recordaba de las cartas del marido, era evidente que mientras su furor se acentuaba, las palabras de Giraldo se iban tornando etéreas como quien se adentra en los territorios de la locura.
Volví a los cuadernos de registros. La letra estúpida de Cintia fue haciéndose más clara a medida que comprendía los signos, las puntuaciones incorrectas, las grafías deformadas. Hablaba de heladeras, por supuesto, y de varios productos que la fábrica producía en esa época, heladoras portátiles, máquinas para heladerías, etc. Aquí también se producían los mismos lapsus que en los libros de actas: había sectores donde ella hacía reflexiones sobre el desprecio que le inspiraba su marido, y a veces había insultos y obscenidades enmarcadas por signos de admiración o en letras mayúsculas. Lo cuadernos eran muchos, había más en las otras cajas que simplemente estaban cerradas con cinta de embalar.
Escuché los motores en los talleres. No eran tan fuertes como durante el día, pero era de suponer que el sereno debía cortar la electricidad como todos los fines de semana. Yo sabía que no era así. Oficialmente se cortaba, paro había grupos electrógenos que mantenían en funcionamiento máquinas de congelación que, según me había explicado Pedro al principio, eran necesarias para que el interior de las máquinas no se estropeara. Había mucha mercadería sin vender, y eso mantenía los motores en buen estado, y sobre todo el interior de los congeladores. Cuando me explicó todo eso, me llevó a mostrarme las heladeras vacías y las paredes blancas y perfectas de los aparatos. Y yo pensé en mi papá Tejada, en la carne que se podría en el matadero y que no duraba ni un día en el verano sin que el olor no surgiera como un vaho incandescente invadiendo el aire. Vi, también, cómo los hombres cargaban las reses en ese estado sobre sus espaldas, con las bocas y narices tapadas con un trapo sucio, rodeados de moscas, y las llevaban a los camiones refrigeradores. La carne entonces se helaría correctamente, las moscas sucumbirían, y las carnicerías, probablemente, se arreglarían como pudieran.
Ahora los motores, a baja intensidad, continuaban su labor. Pedro debía estar supervisándolas, ya que era esa su verdadera labor, ahora estaba segura. Era la conciencia nocturna del coronel Ansaldi, según Pedro mismo debía satisfacerse en imaginar, como si ese orgullo fuese una especie de orgasmo.
Los cuadernos de Cintia continuaban su trabajo, también, sin interrumpirse. Había fechas de entrada de mercaderías a las dos o tres de la madrugada. Hice las cuentas. Esas fechas coincidían con fines de semana o con feriados, raramente con días hábiles. Y precisamente en esos ingresos nocturnos ella se explayaba más abiertamente en sus asuntos personales. Se preguntaba qué hacer con Giraldo. Parecía dudar, como si resabios de una clara piedad le impidiesen tomar la decisión por la que ya se había decidido. Hablaba de las visitas al Borda, de los delirios de Adrián, de la necesidad de alejarlo de su hijo, de terminar con ese período de su vida. Pero Giraldo siempre volvía a casa cuando le daban el alta. No podían mantenerlo in ternado porque tenía períodos de lucidez tan extrema que terminaría por recaer en contacto con los otros enfermos. Los médicos buscaban en la familia de Adrián lo que no existía: los utópicos remedios de la paz y el amor.
¿Estaba realmente enfermo? ¿Era, acaso, hereditario?
Miré el reloj, eran las tres de la mañana. Esperé a que los motores se callaran y vi el vislumbre del amanecer por las ventanillas de ventilación cera del techo. Agarré tres cuadernos, más no podía llevarme. Uno de ellos, sin embargo, me era imprescindible. Estaba lleno de dibujos geométricos, era casi un antiguo tratado de geometría euclidiana escrito con letra caligráfica y que el paso del tiempo había teñido con esa pátina de los libros antiguos. Lo había escrito Cintia Arriaga, la prosaica secretaria que mascaba chicles y decía obscenidades. Era la misma, y era otra.
8
Me escabullí como un ladrón que deja muchos rastros y hace mucho ruido, pero a esa hora de la mañana del sábado había un tercio del tránsito habitual. Me tomé un taxi, segura de que nadie me había visto, pero cuando ya respiré tranquila en el asiento de atrás, creí ver la cara de Pedro saludándome con sarcasmo desde el portón de la fábrica. ¿Fue una alucinación? El cansancio se me confundió con la fiebre y la hiperglucemia, probablemente, aunque no tuvieran nada que ver una con la otra. La imaginación siempre me había jugado malas pasadas, pero nunca me traicionó. Tal vez fuese tiempo de que lo hiciera, disfrazando la realidad con patrones de falsedad, me hundía en la depresión y bajaba mis defensas.
Todo el fin de semana me dediqué a leer y descifrar la letra y los códigos de Cintia. Fui de la cama al sillón, al mediodía, cuando me levanté después de dormir inquieta unas pocas horas. Me duché a regañadientes, intranquila por perder el tiempo en esas necedades de la cotidianeidad. Rechacé las llamadas de Renato, evité la visita de Bernardo, y me adentré en las páginas de un aparentemente inocente registro de entradas y salidas de una fábrica de heladeras.
Sentada en el sillón con dos almohadones en la espalda y uno bajo el codo del brazo con el que hacía anotaciones e iba sacando conjeturas sobre las evidentes contradicciones de Cintia. Los números no coincidían, pero no era eso lo que me preocupaba. Los fraudes contables eran tan estúpidos que ya eran comunes y corrientes, vulgares formas de la vida cotidiana. Lo que me molestaba era la manera de designar la mercadería, o más bien las órdenes de compra. Más o menos abultadas, eran de dos o tres productos a la vez. Había números que corresponderían, supuse, al modelo de heladera. Me levanté y fui a la cocina. Miré tras la heladera Siam que compramos con Bernie. El número era largo y no coincidía para nada con el tipo de denominación numérica habitual, por más que se tratara de otra marca. Volví al sillón, esta vez con un sándwich de mortadela que saqué de la heladera. Después de una hora de dar vueltas esas cifras en todas las formas que se me ocurrieron, decidí descansar volviendo al chismerío personal que se filtraba constantemente entre los números. ¿Era posible que Cintia no se hubiese dado cuenta? ¿O lo hacía como quien escribe un diario íntimo? Era eso, probablemente, pero un diario de esa clase está expuesto a que cualquiera lo vea, porque la tentación de inmiscuirse esta implícita desde la tapa. Pero en un registro contable, ¿quién busca tales cosas?
El sábado a la noche llegué a una conclusión que no me sorprendió. Cintia había decidido deshacerse del marido. Lo decía expresamente, pero ¿cómo lo haría?
Regresé a los números. Una ráfaga de viento frío entró por el ventanal del balcón. Escuché un chirrido de frenos en la calle y unos gritos. Fui a mirar. Un auto había atropellado a un perro y el dueño del animal y el conductor se estaban peleando. Había una mujer en el auto, y me estaba mirando.
Eran Cintia y Ansaldi.
¿Su paseo de sábado a la noche incluía la zona del Abasto y la calle Sarmiento, y la cuadra donde yo vivía? El perro, probablemente, no estaba en sus planes y había arruinado la extraña vigilancia.
Yo estaba paranoica, es verdad, pero no lo di a conocer. Cintia no dio señal de reconocerme. El coronel Ansaldi sacó la billetera, le dio un fajo al dueño del perro, que se ofendió, pero la ofensa echó marcha atrás cuando el coronel le mostró un papel, una credencial o qué sé yo. O quizá el arma que llevaba en una faltriquera atada al tórax bajo el cárdigan. El Falcon siguió de largo. El dueño del perro lo envolvió en una bolsa de residuos que los vecinos le alcanzaron. Levantó el cuerpo y lo tiró en un container junto a la vereda de una construcción cerca de la esquina. Lo vi pararse un rato, contando el dinero y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Se fue caminando hacia el Abasto.
Las casualidades no casuales eran la especialidad de Leticia. Ella decía que todos formamos farte de un entramado tan grande que, como simples piezas del tamaño de células, tal vez de átomos, de iones quizá, hasta encontrar la mínima posibilidad de la subdivisión, no podemos imaginar. Somos un número, una unidad. Pero la gran pregunta, me dije, volviendo al sillón, picoteando las migas que habían quedado en el plato, es si la unidad contempla el infinito o la contradice. Busqué en un par de libros de la biblioteca. La matemática euclidiana negaba la posibilidad del infinito porque el número, por definición designa una cantidad formada de unidades. La unidad es el número uno y el número uno es la unidad. El infinito no existe, por lo tanto, las posibilidades que la imaginación crea no son más que insinuaciones del espíritu. Pero la otra teoría se pregunta cuál son los parámetros para definir, o medir, esa unidad. Un elefante no es lo mismo que un grano de arena, pero ambos son uno en su sustancia. Ambos, pueden ser partidos: el elefante en huesos, carne, sangre; el grano de arena en más diminutos granos. Siempre hay una mitad de cada mitad, ¿cuál es el límite? ¿Y cuál es el límite para la suma de las unidades? Tal vez en número de elefantes sea limitado, (pero ¿quién puede negar que haya algún planeta donde los elefantes son los reyes de la creación?), sin embargo, nos es más factible imaginar el inmenso número de granos de arena en la playa. Primero, entonces, lo infinito se define como lo incontable. Luego, la teoría demuestra que nada detiene la suma y la división, por lo tanto, lo infinito existe.
Con este conglomerado de hipótesis, volví a los números.
Retomé las sumas, y a nada me llevaron más que a cifras siderales que no tenían sentido. Resté, dividí y multipliqué las posibilidades de los números de orden. Pasé a las palabras.
El nombre de Arbitrary knowledge era el de la empresa que había hecho la mayor parte de las compras en el exterior. Hice unos llamados que incluyeron a mis conocidos de la redacción, nadie la conocía. Por último, pensé en Mario. Del otro lado del teléfono hubo unos largos segundos de silencio. ¿Le resultaba mal que lo llamara después de medianoche para preguntarle una pavada?
- ¿De dónde sacaste eso, Ceci?
- ¡Qué te importa! -le dije en broma, pero no le gustó. Entonces, sin responderme, me dio la respuesta que esperaba.
- Olvidáte, ¿querés?
Se trataba de ellos, sin duda. Del coronel Ansaldi, dueño de las empresas en las que estaba incluida la fábrica, y Aranguren. No es que ellos fueran también los compradores del exterior, sino que el nombre escondía un grupo de comisionistas, quizá de intermediarios o de representantes de grupos foráneos. El régimen, sin duda, así se mantenía en gran parte, las armas costaban plata, y se las robaban los guerrilleros y los de la izquierda y los subversivos, como ellos los llamaban. Pero mantener el régimen durante tanto tiempo, con revoluciones sucesivas hasta conseguir el poder, era costoso.
¿Pero qué vendían? No eran heladeras, obviamente.
El secreto no estaba únicamente en los números.
Abrí el cuaderno lleno de gráficos. Apenas había tenido tiempo de verlo la noche anterior. La letra no era de Cintia, sino la de un hombre, probablemente. Las páginas estaban llenas de figuras geométricas, poliedros en su mayoría, con tanta cantidad de caras que me era imposible definirlos. Había círculos concéntricos que unían los vértices de los poliedros tanto hacia afuera como hacia adentro. De pronto, pensé el infinito número de esas proyecciones, sólo limitadas ahora por el tamaño de la página y el calibre del lápiz que los dibujaba.
Cansada y todo, no podía perder el rastro encontrado. Mezclé café y ron, lo único que me mantenía despierta sin perder la lucidez. El silencio en la calle era grande como el aullido de los perros que se habían agrupado alrededor del container. Habían salido de los recovecos de la construcción cuando sintieron el olor del cadáver.
Di vuelta las páginas, resignada a no entender más que los elementales parámetros aprendidos en la escuela, radios, diámetros y perímetros relacionados con fórmulas escritas alrededor y al margen, como resultados y comprobación aritmética de los esquemas.
Llegué a la última página, y no había nada más que el abismo incomprensible de la página en blanco. Jugué con el cuaderno, de hojas medio onduladas por la humedad del depósito. Pensando, volví las hojas una y otra vez, hasta encontrar que varias estaban pegadas. Busqué las puntas para separarlas, pero no eran hojas pegadas, sino dobles, que se desplegaban. Y cuando lo hice, vi el diagrama, donde los poliedros ahora estaban dispuestos como muebles. Cada uno tenía un número, largo, con letras interpuestas en mayúscula o minúscula.
Abrí el libro de órdenes de compra. Cotejé los números de ambos cuadernos en cada uno de los meses y años consignados. Coincidían casi exactamente, y eso era suficiente para mí.
Estaba exaltada de haber llegado a ese resultado, pero lo único que me decían era la ubicación de las heladeras que iban a salir de depósito. ¿Pero era necesario eso cuando había simplemente números de orden para cotejar? Las heladeras no eran poliédricas, sino simples cuadrados o rectángulos, si era necesario dibujarlas.
Volví a esmerarme en entender los diagramas. Había varias páginas dobles, cada una designaba un sitio del taller de la fábrica. Repetí los esquemas en otra hoja grande sobre la mesa de la cocina. Entonces vi que cada esquema de poliedros formaba el vértice de otro poliedro más grande. Era un mapa, una disposición que se repetía a lo largo de todos esos meses y años, y probablemente seguía sirviendo de reparo y referencia para las ventas actuales. Las máquinas que Pedro ponía en funcionamiento los fines de semana eran para mantener el contenido intacto hasta su venta. Si yo pudiese ver los registros actuales, sabría cuáles y a quiénes se venderían. Pero no había nombres.
¿Y las letras?
Separé las letras de los códigos viejos. Fui llenando dos, tres hojas completas con ellas, agrupándolas según el código, el esquema y la disposición en el diagrama. El número de letras coincidía con el número de vértices del poliedro, y la disposición en el diagrama coincidía con un orden alfabético de izquierda a derecha y de arriba abajo. Era tan fácil, tan evidente, que me pregunté el motivo de tantas vueltas. Era como esconder un elefante, otra vez el mismo ejemplo, tras la figura de un grano de arena. Pero los granos de arena son tantos, que tapan al elefante.
¿Quién había tenido la inteligencia, o tal vez el ingenio para idear tales recovecos de ilusiones superpuestas, donde las mentes llanas sólo hallarían arena de una playa sin gente?
¿Dónde estaba la gente? En esos nombres que se formaban reconstruyendo los poliedros, uniéndolos uno al otro como en fórmulas químicas.
Múltiples nombres, infinitos, tal vez.
¿Y dónde estaban los dueños de esos nombres?
Demasiadas preguntas que se quedaron sin respuestas, y hasta las conjeturas fueron abortadas por el sueño que finalmente me venció. Cuando desperté el domingo a la una de la tarde, tenía la cara contra la funda del sillón que tantos olores viejos tenía como recuerdo de vicios y tragedias domésticas, el viejo sillón de la casa de Barracas. Me costó abrir los ojos, legañosos, las mejillas pegoteadas por el ron que se había volcado del vaso, porque ya a última hora el café se había dado por vencido, o se había acabado para bien del atroz paraíso del alcohol. Me costó, también, levantarme. Las muletas estaban en el suelo, a metros de distancia sobre el piso de la sala. Para mí, eran kilómetros. Fue esa una de las ocasiones en que lamenté la soledad.
(¡Dios mío!, por qué esta estúpida y genial capacidad de asociar palabras que tiene mi mente, este don de lenguas que me posee como una especie de maldición: el pensamiento abstracto, la potencia imaginativa, la múltiple memoria que es sólo una muestra de la que sufría Funes, el personaje de Borges, que nada podía olvidar).
De pronto, la cara de Soledad, la amante del doctor Ibáñez surgió con todo lo que sabía de ella, igual que se abre un archivo gubernamental de una vieja oficina porteña. Ella había trabajado en el Borda, podría, indudablemente, decirme algo, la más pequeña nimiedad, sobre ese enigma que seguía siendo para mí Adrián Giraldo.
La ansiedad fue mi acicate. Caminé en cuatro patas por el piso, (es un decir, por supuesto) como un perro rengo. Tomé fuerzas de mi debilidad, me levanté y fui al baño. Me metí en la bañera con agua fría y sonó el timbre. Un instante después, el teléfono. Me reí de las paradojas, dones de Dios a la inteligencia humana para soportar con parsimonia las idioteces de la vida.
- ¡¿Quién es?!
-Señorita Cecilia- dijo el portero. - Vengo a cobrar las expensas, se vencieron hace una semana.
Me agarré la cabeza.
-Si, sí, no me olvido. El martes cobro, Mariano, le prometo para ese día.
-Está bien, señorita. Si fuera por mí, pero ya sabe, el consorcio se queja.
Sí, me dije, el Consorcio. ¿El Olimpo, el Cielo, los Jueces, Dios? ¿Quiénes eran y dónde estaban? ¿Eran una entidad creada por la mente del hombre para torturarse a sí mismo?
El teléfono volvió a sonar, traté de ignorarlo. Me sequé, caminé ya más firme con una sola muleta hacia el dormitorio. Me miré al espejo, estaba demacrada y transparente. ¿Cómo? Mi carne era una especie de mortaja. Pensé en papá Tejada. Me aguardaba en algún lugar de ese sitio indeterminado. ¿El Consorcio? Tal vez ése el nombre de la Asociación de los Muertos. El edificio es un gran cementerio vertical lleno de nichos, algunos con balcón al río Estigia, otros con una estrecha vista al Pozo de Aire del Abismo. Y del puerto Estigia, viene Caronte a cobrar las expensas, el aduanero inquebrantable y de paciencia infinita. ¿Y el teléfono qué era? Quizá la llamada desde el otro lado, la voz y la mano de una espiritista.
La posible novela con todos esos elementos quedó en los cajones donde se guardan los abortos.
En el centésimo timbrazo, contesté. Era Bernardo. Sí, sí, estoy bien, Bernie, me quedé dormida, mucho trajo el viernes y me traje carpetas a casa. Me quedé leyendo hasta tarde. Las verdades parciales son un lujo, y encajan tan bien en toda ocasión. Se quedó conforme. Llamé a Renato para tranquilizarlo. No, papá, no vengas hoy, estoy con el departamento lleno de archivos de la fábrica. Ya sabés, para mí es un placer moverme entre papeles. Otro golpe bajo dado en el blanco: Renato sucumbiría al recuerdo de mi madre y se quedaría en casa.
Y estaba libre para llamar a Soledad, la que me haría compañía por un rato, pero sobre todo la que llenaría el vacío de mis ignorancias. Eso es estar solo, pienso, el no saber rellenar los pozos de aire con certezas, que, aunque falaces, son los ladrillos de mi edificio, las escaleras al piso siguiente, la esperanza que, por negada, sigue siendo esperanza que se alimenta de la nada, y en ella sucumbe y yace, finalmente tranquila. O, quién sabe, rodeada de púas y por eso no puede moverse ni salir. El dominio de la carne sobre el alma.
Marqué el número. Me aborrecería por molestarla un domingo a la tarde luego de toda una semana de trabajo arduo en el hospital, sobre todo cuando recurría a ella sólo por necesidad. Ella, que venía a cuidarme cuando estaba internada, y de cuyo afecto siempre dudé porque no sabía si su dedicación era simplemente por la amistad entre Mateo y Bernardo.
-Hola, Sole, soy Cecilia.
- ¡Que sorpresa, Ceci! ¿Pasa algo?
Me reí con la confirmación de la desconfianza que yo misma había sembrado.
-No pasa nada. Ya sé que te llamo cuando te necesito, pero…
-No te hagás problema, me agarraste justo que iba a salir al hospital.
- ¿Trabajás hoy? Perdonáme, lo dejamos para otro día.
-No, no. Es que Blas, el hijo de Mateo, está otra vez internado en el Ramos Mejía. Si querés paso a visitarse cuando salga, me queda cerca. ¿Necesitás algo?
-Sólo una pregunta de periodista, no puedo sacarme el vicio de encima, ya sabés.
-No hay problema, aunque no me imagino en qué puedo ayudarte en ese sentido.
-Sobre tu trabajo en el Borda.
- ¡Ah! Tiempos prehistóricos, Ceci. En fin, tengo que irme, Mateo me espera en el auto.
Me preparé algo para comer que acompañara mis medicamentos, tomados fuera de hora, por supuesto. Si pudiese evitar que los hombres de mi vida me viesen en este estado hasta el momento exacto en que fuese inevitable… El deterioro de mi cuerpo era compatible con el éxtasis de algún modo ignominioso de mi intelecto, porque crecía en ego a sus expensas. Pero tampoco puedo llamar así a esta entidad en mi cabeza, es algo más: el alma metafísica, el estado intermedio del conocimiento entre la superstición y la ciencia. Entre el estado teológico y el positivista. La zona acomodaticia donde todo encaja a medias, el barrio suburbano donde conviven el obrero y el médico, cruzándose, saludándose, sin conocerse.
Y ese espacio me encadenaba a seguir persistiendo en mi drama, asistiendo como espectador a la gran ópera que se desarrollaba en el escenario y me tenía como protagonista. No quería salir del teatro, pero la obra llegaría a su fin.
Revisé el libro de esbozos y diagramas, el libro geométrico, como lo llamé. Era el producto de un hombre, sin duda, de una mente masculina acostumbrada a lo concreto, a las armazones que sólo pueden crearse con la destreza de una memoria visual entrenada, pero sobre todo por la capacidad de los hombres de separar abruptamente el cuerpo del alma. La intensidad de esa separación es lo que provoca la intensidad de su locura. La de las mujeres es diferente, su intelectualidad está llena de matices sometidos al sentimiento: éste las salva y las hunde. Somos mujeres que matan sin remordimiento, los hombres sucumben al suicido porque no hallan en el asesinato la paz anhelada.
A las siete llegó Soledad. Se anunció desde la calle con un bocinazo. Salí al balcón y vi el Falcon, por un instante temí la metralla y toda la utilería de la guerra. Pero no era el coronel, sino el Falcon de Ibáñez. Soledad bajaba del auto y me saludó. Mateo se fue y ella entró al edificio. Dos minutos después escuché el ascensor en el piso, pero yo ya tenía abierta la puerta del departamento. No abrazamos, me acompañó hasta el sillón, y nos miramos un momento en silencio. Era bella, por supuesto, con su cabello castaño que le caía en ondas naturales sobre la frente. Tenía diez años más, pero yo era una vieja decrépita.
- ¿Cómo estás, Ceci?
-Ya me ves, me voy deteriorando.
- ¡Ya basta con esa mierda! Ya me dijo Bernardo que repetís ese latiguillo cada vez que podés. Sos una insoportable…
Bajé la mirada y ella se disculpó.
-No te hagás problema, ya sé que lo hago para victimizarme.
-Y ahora estás haciendo lo mismo, pero bueno…por lo menos tenés trabajo para distraerte de todos esos pensamientos.
Miró las carpetas y los papeles esparcidos sobre el sillón y el escritorio.
- ¿Qué querías preguntarme?
-Después, primero quería saber cómo está el hijo de Ibáñez.
-Más o menos como siempre. Nació enfermo, por la hemofilia, y no sé cómo vive todavía. Tiene quince años y quiere ser médico como el padre. Podría ser un buen médico, de los que escuchan y acompañan al paciente hasta la puerta del consultorio, pero no sé si es realmente lo que le gusta. No lo dice, pero creo que adora tanto al padre que quiere compensarlo de alguna manera por todos los trastornos que le ha traído.
-Sí, eso es. Los enfermos provocamos trastornos a los sanos.
Soledad me miró, ofuscada.
- ¿Para eso me llamaste? Si querés te recomiendo un psicólogo, querida, yo no tengo tiempo, y no trabajo los domingos.
Se levantó y fue a la cocina. La imaginé apoyar las manos en la mesada y suspirar profundo y lento.
-Perdóname, no sé lo que me pasa-le dije. Estoy mucho tiempo sola, y cuando viene alguien me deshago en lamentaciones que no sabía estaban ahí, en la punta de la lengua.
Volvió luego de encender la hornalla para hacer café.
-Disculpáme vos. Quiero a Blas como si fuera mi hijo.
Pensé en Andrés, de la misma edad. Chicos raros, ambos.
- ¿Blas tiene amigos?
-Claro que no, los compañeros de la escuela lo evitan, y además falta la mitad del año a clases por sus internaciones o el reposo en casa.
-Conozco a un cadete de la fábrica de la misma edad. Huérfano de padre y con una madre…posesiva es lo menos que puedo decir…
-Ya sé, hija de puta, más bien. Entiendo. Pero no creo que la relación funcione, lo más probable es que la identificación de sus pesares no haga más que acentuar el pesimismo de ambos.
No le mencioné el psicologismo que estaba aplicando en contra de lo que había dicho antes, pero se dio cuenta.
-Ya sé, ya sé, mierda. Pero no puedo evitarlo. Ahora contáme en qué estás, porque me imagino que todo esto es una investigación periodística.
¿Lo era?
- ¿Te acordás de un paciente en el Borda que se llamaba Adrián Giraldo?
Pensó un poco, luego me miró con susto.
- ¿En qué te metiste?
- ¿Por qué?
-Mirá, Ceci. No lo conocí en realidad, sólo en la sala de autopsias. A Mateo lo llamaron del ministerio para determinar la causa de muerte, yo lo ayudé en el quirófano. Encontraron el cuerpo en las afueras de Londres. Tenía las vísceras extirpadas y habían rellenado el cuerpo con tierra. Era un caso evidente de tráfico de órganos. Los internos psiquiátricos y los asilos de huérfanos son las fuentes principales, también están los que pagan por gente más sana, común y corriente, pero ese es otro mercado paralelo y más caro. Pero nos preguntamos por qué se habían tomado todo ese trabajo con Giraldo, simplemente para simular el rito de alguna secta o qué sé yo. No era lo común y no había necesidad. Durante la autopsia no sabíamos nada del muerto, después, cuando el ministro Farías prácticamente amedrentó a Mateo a callarse la boca y hacer el informe de la autopsia según la versión oficial, tuvimos acceso a la historia clínica. Ya sabés cómo son los ministerios, y más hace diez años. Los militares volvían a organizarse, y todavía no tenían el dominio de todo, menos tratándose de viejas carpetas de locos crónicos.
- ¿Y qué decía la historia clínica?
-Que Giraldo era esquizofrénico, parece que de familia. Pero cada vez que le daban el alta y volvía al trabajo recaía. Había transcripciones del relato de la mujer. Decía que el marido se enfermaba cuando iba a trabajar, que no le convenía volver y tenían que echarlo o jubilarlo por discapacidad. La empresa optó por jubilarlo, lo cual estaba bien, pero cuando lo internaron empezó a recuperarse. Le dieron el alta y volvió con su mujer y su hijo. Después de eso pasó lo de la aparición en Inglaterra. Todo eso es policial, y yo de eso ya no sé nada.
- ¿Y en dónde trabajaba, a qué se dedicaba?
-Creo que era ingeniero electrónico, y trabajaba para una empresa de refrigeración, según me dijo Mateo.
Apoyó una mano en mi hombro.
- ¿Pero vos no estás trabajando en Frigidaire? Ahora entiendo, ¿¡qué te pasa, Ceci?!
Me había mareado, por supuesto. No como una tarada de telenovela por la noticia recibida, sino por la hipoglucemia. Soledad, la de Barracas, como en el tango, donde ella había nacido y yo había vivido, se quedó a cuidarme no como una enfermera, sino como una amiga. La única que tuve y a la que rechacé cuando ya me sentí bien. No necesitaba amigas para hacer lo que tenía que hacer. Me interne en el sueño del domingo a la noche, con la mente por primera vez clara en mucho tiempo, acicateada por la ira.
Antes de irse, le mostré los cuadernos a Soledad. Ella reconoció la letra de Cintia, era la misma de las cartas que había recibido Giraldo y que estaban en la historia clínica del Borda. No podía olvidarla porque en ese entonces se había preguntado cómo alguien podía tener semejante brutalidad en la escritura de un inglés tan rudimentario, que Giraldo había tomado por cierto.
A menos que fuese deliberadamente. Confundir a un trastornado no es difícil, sólo basta mezclar la verdad y la mentira como en los juegos de azar donde se esconde un dado en tres cubiletes que se hacen girar y girar. Y se desafía al elegido, a escoger. El resultado es una trampa, porque la trampa es el juego.
9
Era ya tarde ese domingo, demasiado para que cualquier persona normal no hiciese otra cosa más meterse en la cama y dormir. Yo no soy una de ellas, y por eso seguí rumiando la rabia contra la mujer que se había desecho del marido de esa forma, porque no me cabía duda de que Cintia era la que escribía y recibía las cartas desde su oficina en la fábrica. Me preguntaba qué mal le había hecho él para que ella llegara a planear tal venganza, a menos que no se tratara solamente de su sentimiento, sino de la influencia de alguien más. Entonces pensé en Ansaldi, que muy probablemente ya era su amante, y en lo que Giraldo sabía de la fábrica. Todos esos gráficos diseñados por él formaban la estructura tras la fachada comercial.
¿Pero qué es lo que había detrás?
Si Cintia había hecho caer a su marido en la misma trampa que él había diseñado, era porque estaban metidos en el tráfico de órganos. Ya Mario me había comentado algo varios años antes, entre cuchicheos bisbiseados en el ascensor de la redacción, y el flaco Scarfione, que bien se callaba, bien había escrito un largo artículo que nadie más que Beltrame llegó a leer, y creo que destruyó.
Eran las doce de la noche. Pedro debía estar en los talleres. Tal vez ya se estuviese yendo a casa luego de apagar el equipo electrógeno y sin dejar rastros para la mañana del lunes. De todos modos, yo no tenía opción. En realidad, no estaba dispuesta a darme otra oportunidad. Ese trabajo en la fábrica fue desde el principio una especie de regalía a mi vida. Debí haberme muerto antes, pero siempre encontraba aspectos del mundo que me interesaban tanto como a un artista la belleza de un paisaje o de una persona. Necesitaba plasmarlos lo más fielmente posible, sabiendo que la verdad es más arbitraria que la mentira, que se disfraza y miente ella misma como un adicto, que se escabulle, se esconde y finge locuras, insanias y lucideces extremas con tal de permanecer siempre como un misterio. Porque la verdad conocida pierde su aristocracia y su belleza y se hace vulgar como una sirvienta de villa miseria.
Pero yo he visto la manera en que esa verdad renace igual que un Fénix en el corazón de esa sirvienta, y como no le gusta lo que ve, se transforma como el insecto de Kafka. La verdad sufre también de enfermedades mentales, sobre todo la temida esquizofrenia. Y ella se alimenta a sí misma en ese ciclo de salud y enfermedad, hasta que los períodos de ésta se van haciendo más largos que los de la otra. Finalmente, muere a causa de su propio dolor. Y lo que para la vida es la muerte, la mentira lo es para ella.
Sabiendo de antemano el fracaso, la esperanza no se presentó, ni los buenos augurios cantaron canciones optimistas. Sin expectativas, salí tranquila del departamento. Antes llamé un remise que me esperó frente a la puerta del edificio. Los arcos del Abasto lucían oscuros como los de una abadía abandonada. Pensé en Dios por un instante, en las oraciones que papá Tejada había intentado enseñarme a pesar de los retos de mamá. No recordé ninguna, en su lugar di una dirección al chofer, una palabra y una cifra frías como una ecuación matemática que determinara un espacio, un lugar, un sitio: tal vez el Paraíso, quizá el Infierno. Milton y el Dante los habían recorrido, ninguno de ellos salió ileso.
La literatura es más verídica que la realidad.
Llegamos a la entrada de los talleres sobre la calle Cabezón. Sólo había una luz de mercurio en la intersección con la avenida, donde los semáforos cambiaban de luces ante un tráfico inexistente. Era la una de la madrugada.
- ¿Adónde va a estas horas, señorita? - me preguntó el chofer, un hombre de casi cuarenta años, mal afeitado, pero con ojos de chico.
- Me parece que no le importa- le dije.
-Perdone usted que me entrometa, pero usted no es de la calle, y esta zona es peligrosa.
- ¿Por qué lo dice?
Se encogió de hombros y volvió a mirar hacia adelante, pero me habló observándome por el espejo retrovisor.
-La zona tiene mala fama desde que subieron los milicos. Le hablo con toda confianza porque usted no parece tener esas ideas.
Me sonreí en la sombra del asiento trasero. El auto tenía las luces y el motor apagados. Empecé a dudar de las intenciones de ese hombre, pero, en fin, algo sabe, me dije, y no perdería la oportunidad.
- ¿Así que juzga a la gente por su aspecto? ¿Por qué estoy medio incapacitada me cree inocente?
-No se enoje, pero qué quiere que le diga. Los que tiene problemas con su cuerpo, graves problemas, quiero decir, suelen dedicarle mucho tiempo como para estar pensando en hacer mal a otros.
- ¿Y usted cómo sabe que yo he pensado eso mismo muchas veces, casi con las mismas palabras?
-Porque también soy un hombre común y corriente, y conozco ciertas clases de maldad, señorita, algunas inexplicables, aunque en el trajín de la vida uno no tiene más remedio que adjudicarlas a las propias culpas.
Hizo una pausa para toser y encender un cigarrillo. Me convidó.
-Yo también conozco, señor, a la gente. Y usted me está verseando quizá para violarme y matarme.
Se rio.
-Puede pensar lo que quiera, pero no creo que lo sienta realmente. Usted ha tenido tiempo para pensar mucho sobre la naturaleza de los hombres. En una cama de hospital o en su casa mientras espera que se le curen las heridas. Sabe, de laguna manera, que los hombres que hacen esas cosas no suelen manejar un remise por cuatro pesos en plena noche por zonas más que dudosas. Ellos esperan en sus casas y piensan en las mujeres débiles.
-Yo soy una de ellas, si no se dio cuenta.
- ¿Porque usa muletas? No lo creo. Esas muletas pueden ser armas de doble filo, pero no le hablo de eso, sino de su fortaleza. Un hombre cualquiera, por ejemplo, yo, se habría matado en su lugar.
-Bueno, si así lo plantea, tampoco creo que usted sea de esos. Dígame…
-Santiago, señorita. Chávez, para más datos.
-Dígame, Santiago, ¿ese chico de la foto es su hijo?
Sobre el espejo retrovisor había una fotografía de un niño de muy pocos años, y un osito de peluche muy pequeño balanceándose de una cuerda como un ahorcado. La agarró con la mano derecha y me la alcanzó.
-Lo era, señorita. Se llamaba Genaro. Lo maté un mes después de esa foto.
-No diga eso, Santiago, no le creo.
Dio dos pitadas y el humo ocultó el rostro abrumado del chofer.
-Como quiera, le digo cómo son las cosas, no como quisiera que sean. Hay una diferencia entre morirse y ser asesinado.
-Pero…un accidente, debió haber sido eso, ¿no?
- ¿Cómo se llama eso…? ¡La puta, que no me sale! Usted perdone… ¡Ya está! Eufemismo.
-Entiendo-. Le devolví la foto-. ¿Cuánto le debo?
- Diez pesos con cincuenta, señorita. ¿Quiere que la espere?
-No, le agradezco, Santiago. ¿Puedo hacerle una pregunta personal, o más bien otra?
-A sus órdenes.
- ¿Cómo fue?
Suspiró, exhaló una bocanada de humo, y dijo:
-Lo atropellé con la camioneta. Pero se desangró en el asiento cuando traté de llevarlo al hospital. Los chicos son débiles, señorita, sus cuerpecitos son como los de este osito de peluche, ¿me entiende? Uno puede destrozarlos así nomás. ¿No es una lástima?
Me bajé y caminé por la vereda unos metros. El auto retomó la marcha hacia la avenida.
Tenía las llaves, claro, casi desde que empecé a trabajar disponía de las llaves del portón principal y de los talleres, muchas veces tuve que ir a cotejar los números de modelos que eran objeto de reclamos. Volví a preguntarme una vez más si todo este entramado de intrigas no era producto de mi imaginación, porque todo en la empresa era accesible y carente de cualquier indicio de ocultamiento. Pero precisamente la imaginación me jugaba una trampa en sentido contrario: lo que uno espera es exactamente eso, los sitios escondidos y las puertas trabadas, que son casi siempre influencias de las novelas, el cine o la televisión. La realidad suele ser más simple en sus procedimientos, porque la mayoría de las veces la mirada del hombre pasa por alto tantas y tantas cosas, que lo que estuvo años junto a nosotros, cuando lo vemos es como si lo viésemos por primera vez. Lo que no está escondido, no se busca, y lo que no suele encontrado.
Entré a los talleres en la oscuridad. No había ningún ruido, los motores apagados y las ratas durmiendo, probablemente. Encendí la linterna que tuve la precaución de traer. La oscuridad reducía los espacios tan amplios que había visto durante el día. Había armazones y carcazas de heladeras desarmadas, viejas y oxidadas en un costado. Toda la sala estaba dividida en sectores sin paredes de separación, sólo por los grupos de trabajo que se dedicaban a diferentes tareas. Los aparatos inservibles estaban al costado izquierdo, donde no había ventanales. En la pared contraria estaban las máquinas de armado, en el centro, un grupo de poleas y cintas que transportaban los repuestos de puesto en puesto, donde los obreros ensamblaban las piezas. En otro sector, más al fondo, estaban las grúas que levantaban las heladeras y los refrigeradores para ser probados. Caminé entre las máquinas como abriéndome paso entre esculturas futurísticas, porque eso eran en la oscuridad y la quietud, habitantes de un planeta abandonado de alguna novela de Bradbury.
Había números que designaban las estaciones de trabajo, y recordé los gráficos de Giraldo. Estando en el centro y al mismo plano, no tenía la perspectiva para visualizar o ubicarme en el lugar. Tanto estudiar esos esbozos, habían quedado impregnados en mi memoria, pero la realidad era distinta. Caminé dando vueltas entre las máquinas, buscando los números, intentando armar nuevamente el plano según la ubicación actual. Me detenía a escribir en la libreta, retomaba el camino y volvía a detenerme. Era un proceso lento el caminar con las muletas, apoyarlas en el piso, poner la linterna de modo que me alumbrara y escribir, luego hacer el proceso contrario.
Entre descansos y labor, me llevó más de una hora darme cuenta de que no había recorrido ni siquiera un tercio del lugar. Al fondo había más máquinas y más espacios en blanco. A las cuatro y media llegaría el sereno, ¿y cómo le explicaría mi presencia? Pero no podía irme ahora, el trabajo estaba a medio hacer, y la siguiente vez la disposición tal vez fuese diferente, y todo sería una vuelta a empezar.
¿Pero qué buscaba? Uno de los poliedros del libro coincidía con el segundo grupo que había encontrado. Era las máquinas más viejas, probablemente del tiempo de Giraldo. Eso me dio ánimos para seguir, y sobre todo confirmar que la disposición de las máquinas no correspondía exactamente a la distribución de los aparatos terminados. Los poliedros de las páginas representaban las máquinas de fabricación, pero los que estaban en las páginas dobles correspondían a las heladeras, fuese el tipo que fuese.
Entonces abandoné la tarea minuciosa de ver y escribir, y caminé directamente hacia el fondo. Escuché ruidos. Eran las ratas, esta vez. O se habían despertado, o en ese lugar había algo que les interesaba. No había gatos, según me habían dicho los hombres. Gato que entraba, gato que se moría pocos meses después. Uno o muchos, no duraban.
El haz de la linterna espantó muchos grupos de ratas. Yo no les tenía miedo, estaba acostumbrada a verlas en el matadero y por todo el barrio durante mi infancia. Las que no huían, se quedaban al pie de los aparatos. Hice una prueba: apagando la luz, ellas recomenzaban la tarea de roer. Encendiéndola abruptamente, las sorprendía en su tarea. Habían hecho muescas y mellado el metal en gran proporción, sin lograr atravesarlo. Era una tarea que debían intentar desde mucho tiempo a juzgar por el estado de los aparatos, semihundidos, despintados, oxidados.
Mientras ellas me olían el pie sano o intentando mascar la goma del taco de las muletas, las dejé hacerlo para que entretuvieran mientras me disponía a abrir las heladeras. El motor estaba tibio, como si no más de una o dos horas antes hubiesen estado en funcionamiento. Algunas eran heladeras comunes de cocina, otras bajas como las de los negocios o freezers. Elegí una de éstas. No había candados, pero estaban cerradas con una manija tipo palanca a presión. Tuve que hacer fuerza con ambas manos, así que no tuve luz al principio. Levanté la tapa y recibí un vaho de intenso frío que me golpeó la cara. Pero cuando levanté la linterna del piso, empecé a sentir el olor. Luego, la luz me mostró lo que la memoria me había revelado antes: las vísceras envueltas en bolsas transparentes, una al lado de la otra, unas sobre otras, en varias pilas. Parecían corazones, creo.
Cerré la tapa. Fui a otro aparato. Hice lo mismo: ¿hígados?, posiblemente.
Fui de aparato en aparato, siguiendo los perímetros del poliedro: riñones, corazones, hígados, córneas en bolsas planas, incontables, huesos, fémures, tibias, húmeros, maxilares. Todo lo que pudiera ser trasplantado por los cirujanos en cualquier lugar del mundo.
Seguí buscando. Más heladeras en más poliedros. Las ratas me seguían, tal vez les gustaba la goma de las muletas que casi habían roído del todo. Seguí abriendo las tapas, accesibles a quien quisiera ver el interior, a cualquier hombre o mujer de la calle que apenas sospechase, quizá incluso la madre o el padre o amigo de quienes alguna vez había poseído las vísceras que estaban congeladas. ¿Cuánto podían durar? ¿Qué era lo que decía la ciencia médica? ¿Acaso importaba?
Llegué a las heladeras comunes y corrientes. Las de las cocinas de las casas y departamentos de cualquier hijo de vecino que guardan la carne para el asado del domingo. Dentro, había pedazos de cuerpos, cortados, algunos, tal vez enteros otrois, pero no me paré a diferenciarlos. Parados, apretados por las paredes de la heladera, unos con los cráneos llenos de carne, otros con la piel morada, muchos con los ojos aun abiertos, mirándome al abrir la puerta.
Las ratas entraron, sí. Ese fue mi descuido. Pedro debía tener mucho cuidado en evitarlo.
Pedro, el guardián del cementerio.
El emperador de los helados.
10
- ¿Qué hace acá, Cecilia?
La voz, a mis espaldas, fue el eco de mi memoria procreándose y expandiéndose por los talleres hasta llegar a los techos y hablarme desde ahí. La voz que está en todas partes y en ninguna. La voz de Pedro se había convertido en la voz de mi conciencia, y entonces supe, de una vez por todas, que pasara lo que pasase, yo ya estaba sentenciada como todos los que habíamos participado, de una manera u otra, de este holocausto.
Me di vuelta para enfrentarlo. Estaba parado con la expresión fabricada en el taller de la estulticia con la que había embaucado a Dora, y seguramente a sí mismo muchas veces al mirarse al espejo. Pero al extremo de su brazo derecho, la mano sujetaba el nudo de una bolsa de arpillera, grande y abultada, apoyada en el piso.
-Investigando un poco, Pedro, ya se habrá dado cuenta. ¿Para qué pregunta? Déjese ya de hipocresías conmigo.
-Somos pocos y nos conocemos mucho, ¿no es cierto? Así decían en mi pueblo.
- ¿Así? Lo dicen en todas partes, que yo sepa. ¿Y qué trae en la bolsa, si puede saberse?
-El sarcasmo también es una especie de hipocresía, Cecilia, o de eufemismo, si usted quiere.
(¿Quién había pronunciado esa palabra esa misma noche? ¡Ah!, el chofer)
-Es verdad. Entonces haga lo que tenga que hacer, he visto muchas cosas peores por acá.
-Es usted una mujer con mucha fortaleza.
(Otra vez los términos, las frases similares)
Levantó la bolsa con mucho esfuerzo sobre el hombro derecho, se agachó un poco y la apoyó sobre la espalda. Creí estar viendo a uno de los viejos compañeros de mi padre, o a mi padre mismo llevando las reses por los patios del matadero. La dejó caer junto a una de las heladeras que habían visto vacías. Cortó la tela con una navaja y rasgó el resto hasta dejar al descubierto tres cuerpos.
Me caí al suelo, de cola al piso. Las piernas no me sostuvieron porque había perdido la conciencia del espacio, que era todo vacío, una especie de agujero negro que me absorbía como un torbellino de viento huracanado. La cabeza me daba vueltas, mientras intentaba concentrar la vista en un punto fijo, lo único que no se movía ni se movería más por cuenta propia, los cadáveres de Dora y sus hijos.
Grité tapándome la boca con las manos, así que no salió más que un gemido, una especie de mugido de vaca estúpida que se lamentara por la muerte de sus terneros en el matadero de mi padre. Y esa comparación involuntaria pero tal vez largamente encerrada en las paredes de mi cráneo me hicieron sentir culpable. El resentimiento que le guardaba a papá Tejado por haberme abandonado, por haberse muerto dejándome al azar del mundo con la herencia de su legado, lo ponía al lado de Pedro Espinoza. Ambos hombres cargando cadáveres sobre la espalda. Y eso, lo sabía, no era justo.
Pedro se me acercó, se puso de rodillas junto a mí, me agarró la cabeza entre las manos y la apoyó sobre su pecho, como lo hacía mi padre. Ese hombre encarnaba a muchos, era uno y otro sucesivamente. Era ninguno, y era todos.
- ¡¿Por qué?!- pregunté, llorando.
-El coronel…-empezó a decir.
-Pero usted le salvó la vida dos veces, no le debe nada. Él le debe a usted…
-Sin embargo, le debo la libertad.
- ¿La libertad para matar?
-Dora quería llevárselos, me lo dijo esta mañana, cuando tomábamos mate en el patio, y lo chicos seguían durmiendo. Cecilia tenía razón, me dijo. Usted hizo germinar la semilla que pensé muerta. Usted sabe que hay semillas que esperan mucho tiempo para germinar, uno las cree secas y, de repente, un día germinan, y soportan las más grandes inclemencias. Yo las he visto en los campos quemados por mi viejo. En medio de la quemazón y varios meses después, se ve una plantita verde que se asoma de la tierra. Eso es lo que me dijo Dora, una plantita humilde pero demasiado dura como para combatir. No había más que arrancarla de raíz. Y los chicos, pobres, ahora ya no van a sufrir más el castigo del cuerpo. Eso usted lo entiende bien, ¿no? Yo puedo hablarle del castigo de la mente. Cuando me dispararon, había perdido más de la mitad de mis recuerdos. Todo lo que tenía era nada más que campo, fuego y golpes. El desgarro de la tierra en nuestras continuas mudanzas, los tiros de los comisarios con los cuales creían amedrentar a mi viejo, y durante su encarcelamiento, las visitas del cura que se encamaba con mi madre. Y un día, en el campo, se vino conmigo, charlando de cosas de hombres, como dijo que yo necesitaba hablar, y me mostró cómo se hacía, y desde entonces todos esos meses me llevaba al río o al maizal y frotaba su cuerpo desnudo contra el mío, y me cogía. Así nomás, se lo digo. Se ve que tenía mucha savia que ofrecer, mi vieja, yo, las indias del pueblo y las putas del prostíbulo. Después ofrecía todo ese trabajo a Dios, arrodillándose ante el altar de la capilla. Yo lo vi muchas veces desde la puerta. Hasta pensé en agarrar el cáliz de plata que el obispo había traído el día de nuestro Santo Patrono, y machacarle la cabeza.
Si pensaba conmoverme, no lo hizo. Las cintas magnéticas de mi memoria grababan.
-Con esa media memoria viví mucho tiempo, más fuerte que nunca porque no tenía el peso de lo que vino después. Me acicateaba por las noches y se me aparecía en pleno día, y yo no podía hablar, no me salían las palabras. Pero todos esos recuerdos germinaron juntos muchos años después, y las plantas fueron espinosas como mi apellido, duras e hirientes. Yo era eso, eso soy. No sabía qué hacer con todo esto, hasta que conocí al coronel.
-Ya mató a los otros, y a éstos ahora, ¿cuáles siguen?
- ¿Por qué no tuvo hijos, Cecilia? No que diga que, por su enfermedad, el cuerpo es una sorpresa constante.
Me aparté de él. Hacía dos meses que no tenía mi período, pero era tan habitual mi irregularidad que no me había llamado la atención. Todo el peso del mundo se me vino encima, los techos del taller se derrumbaron y todas las máquinas con sus cuerpos encerrados. Me desmayé, creo, pero aun así sentí que me levantaba en los brazos, luego el motor de un auto. Cuando abrí los ojos, estaba amaneciendo y estaba en la camioneta de Pedro. Tenía la cara contra el respaldo y sentí olor a sangre. Hice el esfuerzo de abrir la puerta.
-No se preocupe, Cecilia, no es su sangre. Es un manchón que está en el asiento desde que compré la camioneta, de vez en cuando se licúa. Debe ser el clima o qué sé yo, o nada más que el milagro de San Genaro.
(De nuevo, el chofer del remise y su hijo, y la misma camioneta, obviamente. Los nombres se congregaban y se unían por lazos en común, los poliedros, y luego los círculos que los armonizaban)
Me miró, condescendiente, con media sonrisa que no era sarcasmo sino otra cosa tan desconocida que no me atreví a volver a mirarlo. ¿A dónde me llevaba? A las afueras de la ciudad, a matarme en pleno campo. Pero podría haberlo hecho en la fábrica. En cambio, descubrí el recorrido que hacíamos cuando me llevaba a casa. Estacionó, me cargó en brazos y me subió al departamento, dejándome en cama.
¿Por qué insistía en dejarme viva? Yo era un perro, testigo de todo, y que no podía hablar. Seguramente él nunca había matado a un perro, el hecho de contarlos a lo largo de las rutas, como me había dicho que lo hacía, mostraba su preocupación por ellos.
11
Pero podía escribir.
Si de mi padre había heredado el dolor y la enfermedad, de mi madre había recibido la catarsis de la palabra.
Fui al hospital, al Ramos Mejía, que no sólo me quedaba cerca sino donde tampoco Bernardo tenía conocidos que yo supiera. Me acordé de que estaba internado el hijo de Ibáñez y que tal vez me cruzara con Mateo. No tenía ánimos para dar más vueltas, así que fui, expliqué al médico de guardia y me sacaron sangre para los análisis. Dispuesta a regresar a casa y retardar las noticias hasta el día siguiente, pensé en Blas. Pregunté en la recepción el número de cuarto. Subí al piso en el ascensor atestado de gente y una camilla con una mujer recién salida del quirófano. En silencio, la mirábamos y ella nos miraba, avergonzada. Mis ojos, sin embargo, estaban habitados de cuerpos congelados.
Recorrí el pasillo hasta la puerta de la habitación. Me asomé un poco y no había nadie más que el chico en la cama, pálido y con dos vías alimentándolo con suero y sangre en cada brazo.
-Hola- dije.
Me miró con desgano.
-Se equivocó de habitación.
-Sos Blas Ibáñez, ¿no es cierto? Me llamo Cecilia, soy amiga de tu papá y de Soledad.
Entré y me senté en la silla junto a la cama. Era flaco como Andrés, pero más delgado y enfermizo. Sin embargo, tenían la misma expresión de confusión y pesimismo.
-Pasaba nomás, y me dije ¿por qué no pasar a visitarlo? A esta hora tu viejo debe estar trabajando y debés pasar las mañanas solo.
-Sí, viene por la tarde o la noche, cuando se desocupa de sus pacientes. Gracias…-me dijo, con vergüenza.
-Por nada. ¿Así que querés se médico vos también? Ya son muchos en la familia…
Me salió el sarcasmo, no podía evitarlo, pero no creo que el chico lo comprendiera.
-Bueno, sí, creo que sí. Mi papá es muy bueno, todos lo respetan, y yo quiero ser como él.
Pensé en Andrés Giraldo. Era la asimetría de Blas en la relación con sus padres. Sabía que la madre había muerto poco después de que naciera. En uno, el padre maravilla, en otro, la madre villana. Ambos sin el contrapeso que equilibrara la inestable balanza de la adolescencia.
-Conozco a un muchacho que trabaja de cadete en mi oficina, se me ocurrió que pueden llevarse bien. Ambos parecen solos entre muchos adultos.
-No me llevo bien con los chicos de mi edad.
-Eso depende de la persona con la que intentes hacer amistad. La mayoría no vale la pena el esfuerzo, pero de vez en cuando hay excepciones.
-Como quiera, señorita.
Se rascó el brazo con la vía de suero, estaba hinchado y con sarpullido.
-Tomá, te dejo el teléfono anotado sobre la mesita. Cuando vuelvas a casa, si querés, llamálo. Ahora te dejo en paz. Que te mejores pronto, Blas. Vas a ser un gran médico, mejor que tu papá.
Vi su sonrisa, y fue un bálsamo que me inundó hasta llegar a casa.
Me puse a escribir. Hojas y hojas que se fueron acumulando en la carpeta que contiene todos estos escritos. Las horas de la tarde pasaron y llegó la noche, y la máquina de escribir se detuvo. Seguí escribiendo a mano después de descansar, mis vecinos, tan amables siempre, se quejaban a veces del molesto tecleo por las noches, que se escuchaba no a través de los muros anchos del edificio viejo, sino por el pasillo cuyo eco era como la acústica de un teatro.
Cuando terminé, a las tres de la mañana, me acosté.
Al día siguiente, regresé al hospital. Me entregaron el sobre con los resultados. Esquivé miradas, me concentré en mí misma, con la vista puesta en las paredes descascaradas y los techos con humedad, como si caminara por pasillos vacíos que se convertían en túneles, donde la pintura blanca se iba deshaciendo de a poco dejando ver las pinturas años antes desaparecidas . Y a medida que se iban cayendo, reaparecían las viejas manchas parecidas a cánceres de piel formando mapas de continentes extinguidos. Y esos mundos inexplorados eran tan fascinantes, que necesitaba ir hacia ellos.
Una semana después, recibí el llamado de Leandro. Hacía tanto tiempo que no lo veía, que me llené de ganas de charlar con él. No hizo más que mirarme y tenerme lástima, y yo repetí mi latiguillo lastimoso y autocompasivo del constante deterioro. Disfruté de las miradas compasivas de la gente del bar donde nos encontramos. Disfruté, también, de la ficción de hablar de la empresa de heladeras como si continuase trabajando, hasta que finalmente le confesé que me habían despedido.
Fuimos a mi departamento. Hojeó algunos de mis escritos, mientas yo me cambiaba en el dormitorio y preparaba las ampollas. Esa noche dormimos juntos por primera vez desde que nos habíamos conocido en la secundaria.
Desperté. No, me equivoco. No alcancé a dormirme del todo. Me senté en la cama, asegurándome que él seguía dormido, soñando en sus mundos escritos que yo tanto admiraba. Rompí las ampollas, llené la jeringa. Ajusté el lazo de goma en mi brazo izquierdo, esperé que la vena se hinchara y se convirtiera en un río caudaloso en la accidentada cartografía de mi cuerpo.
Me inyecté la sustancia que me arrastraría donde el dolor no es más que una sarcástica utopía inventada por la mente de Dios, para compensar su inquebrantable vacío.
Belén de Escobar
Julio 2024 – Marzo 2025
Ilustración: Takahiro Hara

No hay comentarios:
Publicar un comentario