lunes, 29 de junio de 2026

Doctor Florentino Ameghino: su vida y sus obras (Víctor Mercante)







El doctor Florentino Ameghino nació en la Villa de Luján el 18 de 

Septiembre de 1854 y falleció en La Plata el 6 de Agosto de 1911 

a las 8 y 20 de la mañana, día diáfano y primaveral. Hijo de genoveses 

Originarios de Moneglia, vecindad de Sestri, su padre era Antonio Ame- 

ghino, fallecido en Buenos Aires en 1886 a los 58 años de edad y su 

madre María Dina Armanino, fallecida en Buenos Aires en 1908 a los 76 

años de edad. En la familia fueron varios hermanos, de los que vivían 

Florentino, el mayor, Juan y Carlos, sin descendientes; este último, lo 

repetía a menudo el sabio, su brazo derecho, porque era el escrutador de 

los misterios geológicos, el desenterrador de fósiles, el gran descubri- 

dor de faunas, el que ha puesto los sedimentos patagónicos en la mesa de 

Ameghino durante 16 años (1887 a 1903) consecutivos, habiendo reali- 

zado solo, una obra superior a la de los demás exploradores juntos del 

extremo sud. Su nombre está ligado a centenares de portentosos hallaz- 



gos, como el del armadillo fósil con dientes y cuernos del monte Obser- 



vación; de los grandes pájaros fósiles de Santa Cruz; del grupo de los 



tipoterios y plagiaulacídeos; de los monos fósiles de Santa Cruz; del 



piroterio del Chubut; del astrapoterio, etc., quedando no obstante, por 

revelar tesoros incalculables, según sus propias referencias. 

Transcurrieron sus primeros años, desde 1854 hasta 1868, en el hogar 



modesto de sus padres y en el ambiente tranquilo y precario para quien  



no fuera él, de la aldea. Pero el ambiente sólo exige un genio y el genio 

un ambiente. Ameghino era un curioso, un testarudo y un tenaz, cualida- 

des que lo singularizaron hasta poco antes de fallecer, que puestas al 

servicio de sus extraordinarias aptitudes, tanto acentuaron su individua- 

lidad, substraída casi a la acción niveladora de la escuela. Estaba su 

vida, por eso, libre de esos convencionalismos y protocolizaciones esteri- 

lizadoras con que suele un hombre de importancia disfrazar la sencillez, 



la franqueza, el cariño, la autoridad, sin más consecuencias que un or- 



gullo mal interpretado y una vanidad hipócrita, fruto, por supuesto, de 

ese ambiente al que Ameghino no quiso entregarse. Nada más elocuente 

que su cámara mortuoria: estancia amplísima sin tapices, sin cortinas, 



una mesa desmimbre en el centro, cubierta de las cartas acabadas de 



recibir de las más renombradas personalidades científicas de Europa, tres 

sillas de Viena, un armario de pino enchapado, el lecho y la mesa de luz 



con una lámpara a petróleo. Sin embargo a pocos pasos, setecientas 



cajas contenían piezas que, como la del peltéfilus, hubieran bastado para 

transformar dormitorio tan indigente en la suntuosa mansión de un po- 

tentado. - 

Ameghino cuenta su iniciación. A pocas cuadras je la casa en que 

vivía, corre el Luján con sus barrancas; un día recoge en las orillas un 

puñado de caracoles, tenía entonces diez años, y, dirigiéndose a su padre, 

inquirió el origen de aquellos restos. Su padre contestó que los traía el 

río arrastrados por la corriente, desde lugares distantes de allí. La res- 

puesta no satisfizo al niño indagador, que se dijo: la corriente puede 



arrastrarlos, pero no incrustarlos en el barranco. Salió de sus dudas con 



una excavación. Notó que el terreno contenía los mismos restos y entró, 

desde entonces, en hondas reflexiones infantiles para explicar aquel 

fenómeno que le sumió en la lectura, excitó su curiosidad, le incitó a 

nuevas excavaciones, le condujo a nuevos descubrimientos, encendió sus 

entusiasmos y abrió de par en par las puertas a su destino. 


El hogar, cuya casa en la calle Las Heras a media cuadra de Colón, 

conservan los hermanos con reliquias de los primeros años de actividad 

de Ameghino, entre ellas, un violin, no fué tan propicio como el ambiente 

y la escuela, porque el padre, temiendo por su «cabeza» se oponía a que 

tomara empeño en el estudio. Ameghino era el niño más aprovechado 

(1862-1867) de la escuela de su pueblo y se distinguía por su vivacidad 

en el pensar, su prontitud en el responder, la controversia razonada, su 

gran memoria, su predilección por la geografía y el interés extraordi- 

nario que encendían en él los enigmas de las cosas, con obsesión al por 

qué. No por esto, dice su primer maestro Carlos D'Aste (1864-1867) 

quien, encariñado paternalmente con este niño singular, disuadió al 

padre, venciendo sus escrúpulos, de que debían protegerse sus inclina- 

ciones, dejaba de ser un niño taciturno, reconcentrado, retraído. Ame- 

ghino a causa de inquirir siempre razones, tuvo que dejar la doctrina de 

los domingos con satisfacción del sacerdote, porque era un indisciplinado. 

Tal vez allí, cuando el cura aseguraba que el género humano tuvo por 

padres a Adán y Eva, en la duda insatisfecha, entregado a las cavilacio- 

nes, naciera esa tenaz preocupación de toda su vida, sobre todo del 70 

al 80, por establecer la antigüedad del hombre que lo condujo, después 

de una vasta asimilación de conocimientos en prolijas y hondas consul- 

tas (véase su Diario de un Naturalista, inédito, comenzado el 1° de Enero 

de 1875- interrumpido en 1876, sugerido a no dudarlo, por el libro de 

- Darwin y completamente dedicado a la antigüedad del hombre, que 

- prueba desde la primera anotación, un cerebro formado y un completo 

dominio del asunto) a descubrimientos y a teorías que envanecen la 

ciencia. | 


Hizo sus primeras letras (1862) en la escuela municipal de Luján 

bajo la dirección de García, un año, y desde 1863 hasta 1867, bajo la 

dirección de Carlos D'Aste, el maestro solícito que cuidó con amor pa- 

terno la inteligencia de su educando, que advirtió prodigiosa, trayéndole 

consigo, a su propia casa, a Buenos Aires para que continuara sus estu- 

dios en la escuela normal de preceptores. 


La escuela municipal tenía un director y un monitor, Javier Tapie, 

recordado cariñosamente en sus cartas familiares, desde Europa. D’Aste 

la había organizado en cinco grados, más un curso secundario y fué el 

director moral de Ameghino, asimismo maestro de francés con Tapie, 

lecciones tan bien aprovechadas que permitieron al joven extraordinario, 

leer a Lyell (1871), fuerza inicial de todas sus proezas, y luego a Bur- 

meister (1872). 


 En 1867, Ameghino es nombrado ayudante y un año después, inducido 


por D'Aste, ingresa a la Escuela Normal de Preceptores de Buenos 

Aires dirigida por Luis G. de la Peña, donde sólo estudió un año, como as- 

pirante; fué suprimida en 1871, según el informe de E. Costa, por no te- 

ner alumnos. Pero, porque los estatutos lo establecían, Ameghino ob- 

tuvo su título de Subpreceptor, único adquirido en establecimientos ofi- 

ciales que no fuera por motivo honorífico. Con él asumió el cargo de 

ayudante primero (1869), gracias a una particular condescendencia de 

Estrada, de director después, de la escuela elemental de Mercedes, su 

primer centro dé actividad científica y en donde cimentó su fama de 

naturalista. En 1875 tenía listos los manuscritos de La antigüedad del 

hombre en el Plata, cuyo primer título sugerido evidentemente, por la 

homónima de Lyell fué La ancianidad del hombre y su contem- 

poraneidad con las especies de mamíferos extintos diluvianos y ter- 

ciarios (véase la cuidadosa copia de los manuscritos hecha de su 

puño y letra en un libro de contabilidad) en la que venía traba- 

jando desde 1871 — sin duda, su estadía en Buenos Aires, sus visitas 

al Museo de Historia Natural, entonces bajo la dirección de Burmeister, 

su asiduidad a la biblioteca, sus lecturas, encendieron a los 16 años aquel 

sentido que ya naciera en Luján y orientaron bien sus pasos — descu- 

briendo los primeros restos fósiles en que fijara sus ojos de investiga- 

dor (Diario de un Naturalista), a fines de 1869 en la margen izquierda 

. del Luján frente casi a la embocadura del arroyo Roque y realizando en 

1871 (véase sus artículos en «La Aspiración» de Mercedes, 18 de Sep- 

tiembre de 1875), a los diecisiete años, exploraciones y estudios estrati- 

gráficos en la villa de su nacimiento. A los veintiún años escribía perfec- 

tamente el francés y el italiano (cartas a Gervais y otros sabios franceses 

e italianos en su Diario de un Naturalista) y escribía el castellano con una 

ortografía tan perfecta, que no falta un acento en sus manuscritos, conser- 

vando hasta hoy, el tipo de letra de entonces, prueba de un sorprendente 

equilibrio môtriz, de una admirable regularidad nerviosa y de su percepti- 

vidad extraordinariamente desarrollada que concuerda con la declaración 

de D'Aste acerca de su poderosa memoria verbal mientras era alumno 

en Luján. Como todos los hombres, usaba en su juventud (hasta su viaje 

a Europa 1878) una rúbrica envolvente de su nombre y apellido, de tres 

curvas, reducidas después a una simple línea ligeramente ondulada. 

En las vacaciones de 1875 y 1876 hizo un viaje a la Banda Oriental 

del Uruguay, primera expedición que excediera los límites de lo que ha- 

bía sido hasta entonces su campo de actividad, el Luján y sus afluentes; 

fruto de ella fué su libro Antiguedades Indias de la Banda Oriental 

(1877), editado por la imprenta «La Aspiración», de Mercedes, primer 

libro que hizo imprimir Ameghino, habiendo publicado en el diario «La 

Aspiración» (18 de Septiembre de 1875) su segundo artículo bajo el títu- 

lo de Ensayos para servir de base a un estudio de la formación pampeana, 

porque el primero fué, tal vez, Notas sobre algunos fósiles nuevos de la 

formación pampeana, que tuvieron la virtud de provocar una ardiente po- 

lémica, impacientando a su principal contrincante el doctor Burmeister, 

que le llamó joven ignorante y pretencioso, a quien, Ameghino, que 

no era cojo, replicó llamándole director del Museo Biblia, despectivo que, 

. no sabemos cuando, el autor rayé con tinta en los recortes que conservan 

sus hermanos, pegados a las hojas de un cuaderno. 


En Enero de 1880 escribía: «Bien sabemos que nos exponemos a que 

alguien nos pregunte quiénes somos y con qué derecho nos atrevemos 

a sondear una cuestión de tanta importancia. Tal pregunta no nos ex- 

trañaría. Altos y egoístas representantes de la ciencia en el Plata, ya 

lo han hecho y han combatido los resultados de nuestro trabajo con 

armas nada nobles. Se nos ha tratado de explotadores, ignorantes y 

otras lindezas por el estilo, por haber cometido el inmenso delito de 

afirmar que el hombre ha habitado las pampas en plena época cuater- 

naria. Debemos, pues, una contestación anticipada a los que tal pregunta 

pudieran hacernos. Hace diez años que nos estamos ocupando del estu-

dio de la Geología, Paleontología y Arqueología de la Pampa Argentina. 

- La mitad de nuestra existencia la hemos empleado en este género de 

investigaciones. Los años de nuestra juventud, de la buena fe, de las 

agradables ilusiones, los hemos pasado recorriendo diariamente leguas 

enteras, a lo largo de las riberas de nuestros ríos, teniendo por único 

vehículo nuestras propias piernas y por compañeros una pala y un cu- 

chillo. Tanto en los fríos del invierno como en los abrasadores soles del 

verano, hemos pasado días enteros removiendo solos o con trabajadores 

constantemente vigilados por nosotros, los terrenos de las orillas de las 

lagunas, ríos y arroyos de la provincia de Buenos Aires, en busca de los 

restos de los seres que en época antiquisima en que la configuración 

del continente americano era bien diferente de la presente, poblaban el 

suelo argentino. Durante esos diez años de trabajo continuo, hemos 

estudiado los terrenos de transporte de la cuenca del Plata en sus mini- 

mos detalles. Hemos formado colecciones de fósiles interesantísimas, 

aumentando el número de animales cuaternarios de Buenos Aires, de un 

gran número de especies desconocidas antes de nuestros trabajos. Hemos 

explorado metódicamente varias estaciones o paraderos indios prehistó- 

ricos en los que hemos recogido millares de objetos de diferentes clases. 

En ese mismo espacio de tiempo hemos recogido los materiales que nos 

han traído el convencimiento de la gran antigüedad del hombre en las 

pampas. Este convencimiento no ha sido, pues, obra de un día, de se- 

manas o de meses, sino el resultado de diez años de trabajo, empleados 

en recorrer los ríos y arroyos de las pampas unos meses, otros en hacer 

remover o removiendo por nuestras propias manos, sus depósitos fosilí- 

feros, y los demás en observar, clasificar y estudiar las piezas que en — 

esas continuas excursiones y excavaciones conseguíamos. Tampoco nos 

hemos atenido a nuestro juicio exclusivo, pues hemos sometido nues- 

tros trabajos al examen de las personas más competentes de Buenos 

Aires, bien que no se encontraran acordes en sus apreciaciones. No 

contentos con esto, hemos querido consultar los sabios del otro lado del 

Océano, nos trasladamos a Europa y exhibimos nuestra colección de ob- 

jetos que fué examinada por De Quatrefages, De Mortillet, Gervais, 

Cope, Villanova, Capellini, Valdemar, Schmidt, Harry, Ribeiro, Tubino 

y los principales sabios especialistas de Europa, que, sin excepción, han 

aprobado la mayor parte de nuestras demostraciones del hombre fósil 

de la pampa». Declaraciones que subrayan, a las claras, los primeros mo- 

tivos de su vida científica y el empecinamiento con que resistía a la 

horda de enemigos y burlones que había levantado al «maniático» ayu- 

dante de escuela con sus primeras publicaciones y su cuarto de «osa- 

menta». 


Sus primeras correspondencias científicas fueron (1874) con el doc- 

tor Ramorino, de Belgrano, pues, su Diario de un Naturalista, empezado 

el 1° de Diciembre, comienza con esta anotación: | 


«El día 8 de Septiembre de 1874 vino a esta ciudad (Diario de un 

Naturalista, empezado el 1° de Enero de 1875 en Mercedes), el doctor — 

Ramorino para presenciar algunas excavaciones en el punto en que ha- 

cía ya largo tiempo había encontrado restos del hombre fósil; tomé dos 

peones y en las pocas horas que trabajé se encontraron algunos restos 

de tierra cocida, muchos trozos de carbón vegetal y la apófisis espinosa 

de una vértebra humana; al otro día, repasando la tierra removida en- 

contré 3 placas de la coraza del Hoplophorus ornatus y un escafoide hu- 

mano». | 


En Octubre de 1875 escribía su famosa carta a Gervais quien, al. dar 

cabida en su revista «Journal de Zoologie» (1875) a su trabajo, tal vez 

el primero, Nouveaux débris de P homme et de son industrie, mélés à des 

ossements d'animaux quaternaires recuellis aupres de Mercedes, encen- 

día la fe en el joven sabio que acometió resuelto por el camino que a 

su porvenir se abría. Púsose, ese mismo año, en relación con la Socie- 

dad Científica remitiendo una Memoria, hasta hoy inédita, acerca del 

hombre fósil y con ese motivo tuvo sus primeras correspondencias con 

el doctor Estanislao S. Zeballos, secretario, y con Francisco P. Moreno 

miembro, que constituyeron, ambos, la comisión examinadora del tra- 

bajo acerca del cual decidieron no pronunciarse, dado lo delicado del 

asunto. 


La segunda carta a Zeballos, pocos días después de .remitirle su tra- 

bajo, reclamando una respuesta, indica la pasión con que tomaba sus 

asuntos científicos y la impaciencia que lo acometía por la inmediatidad 

de las soluciones. | 


En 1878 partió para Europa y exhibió, en la exposición de Paris, sus 

colecciones que, al popularizar su nombre ya no de coleccionista, como 

Larroque, compañero de aldea y de estadía en París, con propósitos lu- 

crativos sino de sabio, trajeron la amistad y camaradería de los Cope, 

los Capellini, los Gervais, los Quatrefages, los Schmidt, los Mortillet, los 

Gaudry, los Flower y tantos otros, lista llegada a centenares de nombres 

con los Sergi, los Morselli, los Stoliwho, y los cooperadores como Holm- 

berg, Spegazzini, Ambrosetti, Scalabrini, Outes, Roth, tantos y tantos 

otros. 


Durante su permanencia en Europa recorrié los principales museos de 

Bélgica, Francia, Italia, Inglaterra y realizó, con Gervais, las famosas 

exploraciones a los yacimientos de Chelles acerca de los cuales escribió 

una serie de artículos en el «Bulletin de la Société d'Anthropologie» de 

París; llenó de novedades las principales revistas europeas y editó La for- 

mación pampeana, obra escasísima sobre la geología de nuestras lla- 

nuras. En colaboración con Gervais escribió asimismo, en París (1880), 

Los mamíferos fósiles de la América meridional. 


Sin recursos, porque realizó su viaje sin el apoyo oficial y dispuesto 


a editar La Antigüedad del hombre en el Río de la Plata, cuyos origina- 

les tenían ya algunos años, desprendióse por motivos forzosos, de una 

parte de su colección y con los ciento veinte mil francos de la venta, 

publicó el libro (dos tomos, 1880 y 1881) y pudo volver a mediados del 

81 a la madre tierra, cargado de honores, consagrado sabio, exonerado, 

y sin más capital que varias docenas de cajones de restos que no quiso 

dejar en los Museos del viejo continente. 

En París contrajo matrimonio con Leontina Poirier, a ella unido por 

un acendrado y recíproco cariño hasta el momento de la muerte de 

aquélla acaecida en 1908 y que le afectó profundamente. No tuvo hijos; 

se ha dicho a menudo, que los grandes hombres no dejan, por lo común, 

descendientes. El fenómeno se explica, en cierto modo, por el hecho 

de que un hombre sin familia, menos solicitado por exigencias extrañas 

al estudio, se entrega más tranquilo y empeñosamente a las especula- 

ciones intelectuales si a tal se siente inclinado. De suerte que es admi- 

sible la teoría de que el hogar prolífico es, no una prueba de que el ge- 

nio falta, sino un obstáculo para que se manifieste. Ameghino, padre 

de una numerosa prole, hubiera, tal vez, reducido a la décima parte su 

producción científica y sufrido la modestia, que era el mayor encanto 

de su persona. 


Al llegar a Buenos Aires, supo la inesperada nueva de que, caducada 

la licencia, sin consideraciones a la fama ni a la gloria, lo habían decla- 

rado, como director de la escuela «municipal» de Mercedes, cesante, 

acto que tan bien objetiviza ese espíritu pampásico con que se trataba 

entonces cualquier asunto, sin más respeto que a la «cuña». Felizmente, 

habia en Ameghino exceso de entereza, fuerza moral, ya no para no 

amilanarse sino para no desatarse en improperios y desvasarse contra 


la injusta resolución que destituía un maestro porque había, desde el 

otro mundo, proyectado un haz de gloria, el primero de un sabio argen- 

tino, sobre su país. Fué entonces que instaló una librería en la calle Ri- 

vadavia: «El Glyptodon», famosa por la coraza del monstruo, ostentada 

junto al letrero; avenido a este género de vida sin exigencias, se entregó 

como hasta entonces, placentero y completamente al trabajo con aquel 

tesón que fué la característica de su vida. «Publico, dice en el prólogo de 

su Filogenia, con Gervais, un ensayo destinado a servir de introducción 

a un estudio completo de la fauna fósil mamalógica de las comarcas del 

Plata, que pensaba emprender a mi regreso a Buenos Aires (la obra 

de 1889); me encontré a mediados del 81 en tan malas condiciones 

financieras que dieron al traste con mis proyectos. Mi viaje y la impre- 

sión de una parte de mis trabajos, los referentes a la antigüedad del hom- 

bre y a la geología de la Pampa, habían dejado exhausto mi bolsillo y 

me encontré absolutamente sin recursos tanto para proseguir la impre- 

sión de la parte paleontológica como para emprender nuevas exploracio- 

nes. Obligado a una vida sedentaria, necesitaba algún quehacer que ali- 

mentara mi espíritu y satisfaciera mis costumbres de trabajo, que, sin 

duda, habrían sufrido en la inacción. 


 «Rodeado en mi escritorio de fósiles de la Pampa, empecé a meditar — 

en esos tipos extraños llamados Toxodon y Tipoterio que no encuentran 

un lugar en las clasificaciones actuales y adquirí pronto el convenci- 

miento de que no eran aquéllos los incolocables sino éstas las deficien- 

tes. Era necesario rehacer las clasificaciones... Así nació Filogenia, en 

la que no debe verse un trabajo literario, por cuanto, viéndome en la 

obligación de procurarme el alimento cotidiano atendiendo mi negocio 

de librería, escribo cada renglón entre la venta de cuatro reales de plu- 

mas y un peso de papel, condición poco favorable para dar a mis ideas, 

formas literarias elevadas». Ameghino, sin embargo, merced a un domi- 

nio absoluto del lenguaje científico y a la vastedad de su saber, escribió 

una obra impecable. E 


Y Ameghino aleccionado por aquella inesperada cesantía, en previsión 

Ge posibles ataques a su independencia, en la que había nacido y con la 

que habia escalado uno a uno los peldaños de la sabiduría, fué librero 

hasta su muerte. Ameghino, en efecto, fué exonerado el 25 de Febrero 

de 1888 como vicedirector del Museo de La Plata y en 1910, con motivo 

del ruinoso estado del Museo Nacional y las promesas tantas veces 

defraudadas del Gobierno, estuvo a punto de renunciar, un día de No- 

viembre de 1910, según refiere Senet, día de preocupación y que sin 

el consuelo de una destitución, por primera vez desde hacía quince años, 

vagó por las calles de Buenos Aires desde las 10 de la mañana hasta las 

8 de la noche, sin escribir una letra, sin corregir una prueba, sin pensar 

una idea. 


Fué en la librería del «Glyptodón», cuenta Basaldúa, donde conocí a 

Ameghino de una manera singular. Pedía, yo, a un hombre en mangas 

de camisa, una novela expuesta en los escaparates, cuando sobre el mos- 

trador noté los restos fósiles de un ejemplar que me pareció sumamente 

raro. 


—Dígame, amigo, ¿usted es el dueño de esto? 


—Si, yo soy su dueño! 


- —¿Qué hace usted con esto aqui, démelo usted? 


—« Y usted para qué lo quiere? | 


—Pues, hombre, para llevárselo a Ameghino. 


—Pues, hombre, a Ameghino lo tiene usted aquí. 


Esta escena se produjo poco después de premiar, el jurado, con el 


gran diploma de honor y medalla de oro su gran colección nO” 

gica en la Exposición de 1882. 

_ El tiempo era, para Ameghino, realmente oro, y apremiado por el 

sinnúmero de problemas que se agitaban en su inquieto cerebro, bus- 

caba una forma que fuera breve para escribir y tomar apuntes. Entonces 

fué cuando inventó su sistema taquigráfico «único que permite seguir 

la palabra del orador más rápido, puede leerse más correctamente que | 

la escritura común y se aprende en tres horas. Es el sistema más perfecto, más lógico, más rápido, más legible y más fácil que se haya in- 

ventado hasta ahora. Se aprende sin maestro», publicado en 1880 por la 

casa Igón Hermanos y que empleó para los apuntes de su Filogenia que, 

si bien vió la luz en 1884, evidentemente, fué trabajada en 1881, 1882, 

tal vez en 1880 y 1879; su segundo libro inédito de anotaciones y ex- 

tractos, escritos estenográficamente y en tinta negra, porque sus escritos 

del 75 y 76 lo eran en violeta, contiene dichas fechas. La Filogenia es un 

monumento de la filosofía natural, la clave de la clasificación en Zoolo- 

gía, la consagración más elocuente del transformismo evolutivo, sólo 

comparable a la de Lamarck, con otro material y otros propósitos. La 

segunda edición saldrá a luz en 1912 con un prólogo escrito por Ame- 

ghino ya imposibilitado para moverse. Este libro poco leído en nues- 

tro país, como poco leídas fueron siempre las obras del gran naturalista, 

produjo tal sensación que la Facultad de Ciencias de la Universidad de 

Córdoba le llamó a dictar la cátedra de Historia Natural (1884) después 

de otorgarle el título de Doctor honoris causa y Mitre en «La Nación», 

escribió su bibliografía. 


Desde entonces colaboró, hasta hace poco, en el «Boletín de la Acade- 

mia de Ciencias», publicando numerosos estudios y monografías. Sin em- 

bargo, fué catedrático hasta 1886, porque fundado el Museo de La Plata, 

a fines de este último año, se le nombró vicedirector y director de la 


Sección Paleontológica, que, por lamentables disidencias, incompati- 

bilidades, tal vez, de caracteres, ocupó por breve tiempo. Desde enton- 

ces hasta 1902, consagrado a la Geología, a la Paleontología y a la. 

Antropología vivió en La Plata de las ventas asaz modestas de su li- 

breria de la calle 60 esquina 11, y del producto de la venta de una que . 

otra pieza, que desgraciadamente, el país ha perdido para siempre, como 

la del Phororhacus, para subvenir los gastos de sus numerosas publica- 

ciones y la Revista Argentina de Historia Natural en la que tenía de 

colaboradores a Spegazzini, a Holmberg, a Zeballos, a Linch Arribálzaga

y otros naturalistas de nombradía. En 1889 publicó, con la ayuda eficaz 

del doctor Zeballos, su Contribución al conocimiento de los mamíferos 

fósiles de la República Argentina que lo consagró el naturalista mids 

eminente de América; fué premiada con medalla de oro y diploma de 

honor en la Expusición Universal de Eon comenzada en 1882 estaba 

ya esbozada en 1884. 


Dedicado absolutamente al trabajo, se substrajo a las solicitaciones 

sociales, a la fácil popularidad y a la vida pública, a tal punto que en el 

país, en La Plata mismo, sólo era conocido, como sabio, por un reducido 

número de personas, aquéllas que lo amaban, que se habían enterado 

de su obra científica y seguían de cerca las extraordinarias luminacio- 

nes de su talento. Fué en estas circunstancias, en Abril de 1902, cuando 

el doctor González, Ministro entonces, pensó en un hombre de mérito, 

en él, para reemplazar a Berg en la dirección del Museo de Historia 

Natural de la Nación y, cosa inaudita, el doctor González tuvo que ven- 

cer formidables resistencias. Por fortuna, la justicia reivindicatoria, es 

hoy amplia, grande, inmensa. Las universidades, las escuelas, las so- 

ciedades, los gobiernos, el pueblo glorifican su nombre en conmemora- 

ciones imponentes y durables que lo señalan a la posteridad como un 

astro de primera magnitud. 


Entre sus numerosas obras de los últimos años, se destacan dos: 

Recherches de Morphologie Philogénétique sur les molaires supérieures 

des ongulés, páginas 542, publicada en 1904, un monumento de la ciencia 

trabajado sobre un sistema circunscripto de órganos, los dientes, únicos 

que en la generalidad de los casos, el tiempo ha respetado y por consi- 

guiente, únicos elementos de clasificación cuyas leyes establece el Autor 

con aquel talento probado en Filogenia y Les Formations sedimentaires 

du crétacé supérieur et du tertiaire de Patagonie, que es un estudio paleo- 

geológico de Patagonia, obra única en su género y fruto de diez y seis 

años de exploraciones y estudios continuos (páginas 565 e infinidad de 

láminas y croquis, publicada en 1906). En ella compara las faunas del ex- 

tremo sud, mamalógicas, con las del viejo continente y formula la teoría 

que ha levantado tantas tempestades, de ser el sudamericano el centro 

de irradiación de los mamíferos. 


Ameghino, contrariamente a lo que se ha dicho, no dejó testamento; 

pero sus deseos fueron, lo manifestó siempre a sus amigos íntimos, de 

que sus colecciones no salieran del país, y se incorporaran al Museo Na- 

cional. Por eso se sometió él mismo a las privaciones de una vida que 

pudo ser dulce y lujosa. El doctor Moreno acaba de presentar un. 

proyecto de adquisición, en la Cámara de Diputados, de los manuscritos 

y objetos del sabio, fundado en las más altas conveniencias del Estado. 


Sus restos yacen en el Panteón de los Maestros, porque se inició 

maestro y fué maestro de maestros. Descansa entre los maestros su sue- 

ño inmortal. 


En el país no hay quien recoja su patrimonio, porque el ambiente 

moral, sin duda, estimula poco este género de estudios. Recuérdese que 

la calota del Diprothomo estuvo diez años guardada en los depósitos del 

Museo Nacional, sin que nadie pusiera su atención en ella o atreviera a 

pronunciarse acerca de su significado paleontológico. La casualidad qui- 

so que llegara a manos de Ameghino y resultara aquel frontal, descu- 

bierto de nuevo en su pampeano de la calle Perú, con E notoriedad 

científica que acaba de asumir. 




Ameghino era de estatura mediana, 1.65; delgado; encogido de hom- 

bros, de andar rápido y nervioso; usaba barba corta, ya canosa y rala 

y anteojos cuando leía. Los bigotes caían a los costados; era blanco, . 

pero el cutis de su cara un óvalo alargado, de un rosado obscuro. La 

boca era saliente y su nariz afilada. Un gesto fuerte de reflexión había 

en sus rasgos fisionómicos y sus ojos eran una franca revelación de su 

espíritu observador. Su frente era alta, abultada en su parte superior, 

ligeramente cóncava en el centro. Expresaba una extraordinaria juven- 

tud a pesar de sus años. Vestía con una pulcritud metodista: jaquet 

obscuro para el trabajo, levita en los actos científicos, sin preocuparse 

de la moda y la corrección impecable. Pocas veces ocupaba coche, habi- 

tualmente el tranvía y no pocas veces sus piernas para recorrer el tra- 

yecto de la estación a su casa, cuando lo consideraba medio más rápido. 

Alegre, cariñoso y bromista en la intimidad, leal en sus actos, franco en 

sus juicios, opinaba sobre cualquier asunto, sin excluir al político; era 

claro, preciso, seguro. 


En el tren leía los grandes diarios de la mañana, tres o cuatro de la 

tarde, «Caras y Caretas» y «P B T», en veinte o treinta minutos; aborda- 

ba las cuestiones científicas sin vacilaciones y nunca en forma que no 

fuera reflexiva y elevada. Su respeto era tan absoluto como su fe. Su 

cara volvíase grave entonces, sus ojos se reconcentraban, su conciencia 

se iluminaba, su espíritu se encendía. 

La conversación era rápida y afirmativa. Sin dones oratorios, ner- 

vioso en exceso, en público leía sus conferencias, acompañadas de 

frecuentes tics o movimientos de hombros. Extraño a la literatura, «El 

Quijote» le era odioso; su actividad tenía una prisión; sumido en la cien- 

cia, substraerle una hora era un delito. En la comida, no prefería platos 

y le era indiferente que fueran de carne o de verdura. No obstante, du-

rante algún tiempo excluyó la sal. Bebía, en los últimos tiempos, agua 

en abundancia y no permitía que en el tren se fumara;-solía ocupar el 

compartimiento de señoras acompañado por Spegazzini, Rivera, Senet, 

Vieyra y otros amigos que tenían por él un respeto tan grande como su 

cariño. El saloncito volvíase bullanguero y expansivo: el espíritu des- 

cansaba. 


Escribía sus obras en cuartillas o cuadernos, a un lado, método adop- 

tado en los últimos años; sus originales no ofrecen, excepto al princi- 

pio, correcciones, pero sí agregados, en la otra cara de la hoja; era un 

cerebro difícil a la fatiga; antes de comenzar una obra, agotaba la biblio- 

grafía del asunto y tomaba, durante la lectura, siempre rápida, las 


anotaciones en pro y en contra de su tesis; en los primeros tiempos, en 

cuadernos, ordenados y numerados (manuscritos de la Antigiuedad del 

hombre), anotaba con prolijidad los descubrimientos que hacía: lugar, 

piezas, situación, nombres, cifrando el material al que debía referirse, 

luego, en la monografía. Por último, escribía teniendo el libro de notas 

y los ejemplares a la vista; pasaba en limpio, con frecuencia, de su puño 

y letra, los originales, costumbre de toda su vida.


Todo se conserva como la última vez. Allí está pegada a la ventana, 

sin persianas, bañada por la luz de la calle, la mesita de pino, cubierta 

de cuartillas, papeles, anotaciones, esquemas, principios de dibujo, libros 

de consultas señalados, útiles de observación y una calota de Diprotho- 

mo en yeso. Las paredes del salón, diez por cinco, con estanterías hasta 

el techo, tapizadas de cajones, cajas y cajitas (contamos 653 con 60.000 

piezas aproximadamente) junto a los letreros comerciales, Vermouth 

Cinzano, Kerosene Sol, los científicos Trigonostylops eximius, Aniso- 

lambda fissidens, Prosotherium Quartum. En el centro, un mesón cu- 

bierto asimismo de cajas, libros de consulta, revistas, fósiles ocupando 

toda la piezá, dejando poquísimo espacio para circular entre aquel abi- 



garramiento de cosas, medio predilecto del sabio para trabajar en el 



silencio y la meditación, pues para muy pocos era accesible ese recinto, 

tal vez porque en el profano pudiera producir la impresión de un extra- 

ordinario desorden. Pero los que entramos recogidos al santuario, pare- 

cíanos estar en uno de aquellos recintos medievales en donde según re- 

fieren historias novelescas, los magos develaban los misterios del Uni- 

verso. Se tiene la sensación de otra vida, de otro mundo. Algo de anti- 

guo, de sagrado, de extraño hay en todo aquello; pero, por otra parte, 

parece un taller cuya actividad se hubiera suspendido un momento an- 



tes; el pensamiento flota en el silencio, las cosas interrogan, los papeles 



hablan, la pluma conserva todavía fresca la tinta. Mas, el hombre que 

animaba, no está; es un lugar muerto. 



Seguía a este salón, el escritorio en que Ameghino acostumbraba a 



recibir y contiguo al escritorio, la biblioteca. Allí está su fichero, un cajoncito, envase de Dios sabe qué mercancías! Ese fichero, era para 

Ameghino invalorable. Resumía una labor de treinta años y todo lo que 

en el mundo se ha dicho y escrito respecto a fósiles desde los primates 

hasta los moluscos, divididos en clases y conteniendo, cada clase, 40, 50, 

100 cuartillas, en cada una de las cuales está anotada y compendiada una 

obra, un articulo, la fecha, su autor, su procedencia. Esta maravilla de 

paciencia y de constancia, era la segunda cabeza del sabio, el casillero 

de su memoria, la clasificación de sus conocimientos, su biblioteca, la 

primera y la última palabra de la ciencia. Él decía: sin esto yo no hubiera 

hecho nada. Ameghino no era bibliófilo; tal vez sus libros no sumen 600 

volúmenes, obras fundamentales de su especialidad, libros de trabajo, 

que llevan señales bien visibles de su frecuente uso; las novelas las te- 

nía en la librería para la venta; es posible que nunca haya leído una. 

Allí vimos, junto a la obra del norteamericano Cope, que es un cajón, 

la de Lyell, su primer catedrático, aunque después llamara a Gaudry su 

maestro. 


Durante su enfermedad manifestó los propósitos que tenía de escribir 

un libro que explicara su vida y cómo se había hecho paleontólogo. Des- 

graciadamente, no pudo realizar sus deseos. Dicha publicación hubiera 

suministrado valiosísimos datos al historiador y al psicólogo para ex- 

plicar formación tan extraordinaria. 


Ameghino recordaba con placer los primeros años de su actividad 

científica, mejor dicho, de su iniciación. Como Sarmiento, fué una re- 

sultante de su genio y de su ambiente. 


El ambiente ejerce, sobre las manifestaciones del genio, una influen- 

Cia innegable. Luján, dice Burmeister, -es, probablemente, el depó- 

sito más rico en fósiles de la provincia de Buenos Aires; es el mismo 

lugar donde se encontró, en 1789, el esqueleto entero del Megaterio, 

hoy el ejemplar más valioso del Museo de Madrid. Forma el suelo entre 

Luján y Mercedes, un bajío muy insensiblemente inclinado, en el centro 

del cual corre el río en una dirección de Este a Oeste, cambiando en la 

villa, el curso hacia el Norte. Parece que esta desviación indica un im- 

pedimento, obstáculos naturales que han causado una gran acumulación 

de agua en la hondura de las villas de Luján y de Mercedes, en la que 

han muerto y han quedado animales innumerables, cuyos esqueletos se 

encuentran hoy bajo las tierras depositadas por las: mismas aguas. 

La casa del niño Ameghino en la calle Las Heras, que estaba. a poca 

distancia de los barrancos del río, sobre tan extraordinario lugar, ex- 

plica cómo, sobre un joven de su temperamento, sin otras solicitaciones 

que las del ambiente, ejerciera éste tan extraordinaria orientación. En 


Luján se conocía además, la historia del Megaterio, y en aquel tiempo 

la excavación era un testimonio evidente de aquel maravilloso hallazgo. 

Pero Luján, cuando lo habitó Ameghino, hasta los diez y seis años, estaba 

lleno de algo más, de la vida y hallazgos de Francisco Javier Muñiz. Son, 

a no dudarlo, los intensos recuerdos en la población, por este hombre que 

la habitó quince años, hasta el dia en que Ameghino naciera, que influ- 

yeron de una manera poderosa sobre los destinos del sabio, interesando 

su curiosidad por la naturaleza e incitándolo a la exploración de yaci- 

mientos que nada costaba llegar a ellos y en los que tantos tesoros ha- 

bia encontrado Muñiz, cuyos méritos tanto más crecen cuanto se consi- 

dera lo descentrada de la época en que tuvo que actuar. Ameghino 

mismo, nos lo hace suponer en su carta a Lajouane con motivo de la 

edición del «Francisco J. Muñiz», de Sarmiento: «El se ocupó de las mis- 

mas ciencias que constituyen mis estudios predilectos, vivió quince años 

en donde yo pasé mi niñez y explotó los mismos yacimientos fosilíferos 

que yo debía remover treinta años después... los recuerdos de sus 

hallazgos, vueltos populares en Luján, no contribuyeron poco a que 

me lanzara tras de él, a las mismas investigaciones; no puedo, pues, 

permanecer indiferente ante la publicación de su vida y sus escritos». 


Antes de morir, evocando su niñez, narraba a sus hermanos sus pri- 

meros pasos, la anécdota de los caracoles que mostró a su padre, el inci- 

dente con el sacerdote en la basílica de Luján; como, una vez, al pene- 

trar en una especie de cueva o gruta, encontróse con un- sinnúmero de 

vértebras y algunas mandíbulas. Como, obcecado por el extraordinario 

hallazgo, lo relacionó con las figuras que acostumbraba ver, atribuyendo 

todo aquello a un gigantesco saurio. Cómo, en consecuencia, sobre una 

mesa fué reconstruyendo al reptil, enfilando una tras otra, más de cin- 

cuenta piezas. Cómo, ocupado en la afanosa tarea, llegó doña Valentina 

la carnicera y mirando toda aquella osamenta, le preguntó, llena de risa: 


—¿Qué estás haciendo muchacho ? 


—Usted no sabe doña Valentina; un saurio o de la época 

mesozoica, muy viejo, muy viejo. Usted ni se imagina estas cosas. 


—Pero, borrico, no estas viendo que son huesos de zorro? 


—jDe zorro! ¿Con que de zorro? Pues tiene usted razón, doña Va- 

lentina. 


El niño tuvo a su lado un maestro, D'Aste, cuyo principal talento es- 

tuvo en descubrirle y en quererle para estimular sus dotes. D'Aste no 

deseaba más que una cosa: que estudiara, no importaba qué; que no se 

malograra tan «lúcida memoria» en la actividad embrutecedora de los 

oficios. El no era naturalista, ignoraba tal vez que los terrenos de Luján 

contenían tesoros, indiferente al valor científico de un fósil; pero él 

sabía que en aquella cabeza fulguraba algo y que era su deber, como 

educacionista, entregarlo al estudio para que se abriera sobre los gran- 

des horizontes. Y el niño voló, voló muy lejos...» contaba el venerable 

anciano que desde lejos, desafiando las inclemencias de aquella noche 

de Agosto, vino a derramar una lágrima sobre el ataúd de Florentino, 

de quien era, medio siglo antes, tierno maestro. 


La formación de este genio resulta clara y nos interesa dejar constan- 

cia de los factores que contribuyeron a sedimentarla, porque la historia, 

algún día, necesitará de estos documentos para explicar el secreto de las. 

grandes actividades: 1° Su inteligencia natural, revelada desde su infan- 

cia y heredada de sus padres. 2° Las condiciones geológicas y geográfi- 

cas del lugar que llamaron su atención y despertaron su interés. 3° El 

intenso recuerdo dejado en el ambiente social de la villa por el doctor 

Francisco Muñiz durante sus quince años. de estadía. 4° La cariñosa 

protección de su maestro Carlos D'Aste que, prendado de su viveza 

intelectual, incitólo al estudio, le quiso a su lado, a su lado aprendió el 

francés y le condujo a Buenos Aires, propicio al despliegue de sus incli- 

naciones y a la satisfacción de sus más intensos deseos. 5° Sus frecuentes 

visitas al Museo de Historia Natural y su Biblioteca, mientras fué alum- 

no de la Escuela de Preceptores, 1868. 6° La lectura del libro de Lyell 

acerca de la antigüedad del hombre, a los diez y siete o diez y ocho 

años, que conserva en su biblioteca particular, anotado, edición francesa 

de 1870 y la lectura de la obra de Burmeister publicada ese mismo año, 

en francés, acerca de la naturaleza física de nuestro suelo, con referencia 

extensa acerca del yacimiento fosilifero de Luján y sus cercanías. Estas 

influencias fueron suficientemente eficaces para que a los diez y nueve 

años procediera por cuenta propia y, científicamente, estuviera completa- 

mente formado, al cumplir los veintiuno. 


Toda la acuidad de su dolor personal se borró, se extinguió, se calló 

ante la misión que sentía dentro de sí, fuera de los halagos, fuera de los 

demás como la roca que se expone a todos los vendavales segura de sí 

misma. Los diarios de Mercedes «El Eco del Oeste», «La Aspiración», «La 

Reforma», de 1875, 1876, 1877 y 1878 están cuajados de crónicas, artícu- 

los y referencias de la actuación del joven subpreceptor que mal se haría 

en no representárselo fogoso, tenaz, activo, lleno de aspiraciones, lleno de 

esperanzas como correspondía a un medio incrédulo y dispuesto a la 

pifía. Quien haya vivido en las villas de nuestra campaña y frecuentado 

su medio social, explicaráse cómo Florentino Ameghino era siempre un 

afilado para la polémica. Y las tuvo pequeñas y las tuvo grandes. Reñía 

con los aldeanos y reñía con Lista. | 

Se recuerda aún aquella que sostuvo con Mandinich, como presiden- 

te de una de las sociedades que dividía al elemento italiano. Los peque- 

ños odios y rivalidades se ensañaban tal vez contra lo que podía moles- 

tar más a un joven: contra la obra que podía enaltecer, contra su labor 

científica. Al estudiar esta formación al través de las publicaciones de 

aquella época, se siente al genio en un ambiente desfavorable y asfi- 

xiante, es decir, extraño a su desenvolvimiento. «La Reforma» del 13 de 

Noviembre de 1877, dice en la bibliografía de Noticias sobre la antigue- 

dad, etc.: «luchando contra inconvenientes al parecer insuperables, ha 

tenido que vencer no sólo esas exigencias sino sobreponerse a la rechi- 

fla de la ignorancia de tantos que tomaban esa noble pasión por el estu- 

dio, por monomanías caprichosas o locura naciente». Que explica por 

qué en «El Eco del Oeste» del 11 de Noviembre, dos días antes de la bi- 


bliografía a que hemos hecho referencia, en un artículo titulado Espe- 

ranzas para la Patria que no firmó, tuvo la necesidad de elogiar su pro- 

pia obra, exhibir sus propios méritos, ocuparse de sus trabajos y de los 

de Lista, Holmberg, Moreno, Zeballos, Fontana para que no se le tuviera 

por mentecato y rehabilitar su equilibrio mental bastante maltrecho con 

la publicación de aquel primer libro que con motivo de noticias acerca 

de antigüedades de la Banda Oriental hablaba del hombre que había 

convivido con los gliptodontes. 


Los aplausos vinieron sin buscarlos; vinieron las justificaciones como 

una consecuencia natural de la obra que las exigía. Llevaba en sí el 

morbus de los grandes triunfos, de todos los locos de la Historia. 


Los triunfos eran inmediatos, indiscutibles, dejaban tras sí el asombro. 

Apenas contaba veintiún años (Julio de 1875) cuando en el concurso de 

la Sociedad Científica Argentina, obtuvo mención honorífica por su Me- © 

moria acerca del hombre cuaternario de la Pampa; dos años después 

(1878) obtuvo, por su colección (Exposición de París) mención hono- 

rífica y medalla de bronce. En 1882, la Exposición Continental de Bue- — 

nos Aires le otorgaba por sus colecciones y sus obras, el primer premio 

y medalla de oro. 


La Exposición Universal de París (1889) premia con medalla de oro 

su Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles, etc: la Expo- 

sición de Chicago de 1892 premia en la misma forma sus trabajos. Sus 

títulos honoríficos son numerosos y numerosos los cargos desempeñados, 

pero de corta duración, excepto el de maestro de escuela (1867-1876, sub- 

preceptor en*Mercedes; 1876-1878 director) y el de Director del Museo — 

Nacional de Historia Natural de Buenos Aires desde 1902 hasta 1911. 

En 1884 la Universidad de Córdoba le otorga el título de doctor honoris - 

causa y le nombra catedrático de Zoología y Anatomía Comparada, pues- 

to que renuncia en 1886 para ocupar el de Vicedirector del Museo de 

La Plata de donde es exonerado en 1888; desde 1892 mantiene la li- 

brería «Rivadavia», en La Plata, calle 60 y 11. En 1897 es nombrado ca- 

tedrático de Geología y Mineralogía de la Facultad de Ciencias Físicoma- 

temáticas de la Universidad de La Plata y académico titular de la mis- 

ma; poco después, académico y vicedecano de la Facultad de Agronomía 

y Veterinaria de la provincia de Buenos Aires; en 1906 académico y pro- 

fesor de Geología de la Facultad del Museo de la Universidad de La 

Plata. Los trabajos y la dirección del Museo de Buenos Aires, le obliga- 

ron a renunciar sus cargos y, entonces el Consejo le otorga el de acadé- 

mico honorario. Además era: presidente honorario de la Sociedad Ami- 

gos de la Historia Natural del Paraná; miembro honorario de la Socie- 

dad Científica de Chile; corresponsal de la Sociedad Zoológica de Len- 

dres; de la Academia de Ciencias de Filadelfia; honorario del Instituto 

Geográfico Argentino; miembro de la Sociedad Geológica de Francia y 

Antropológica de París; de la Sociedad Científica Argentina; honorario 

de la Sociedad Cientifica «Antonio Alzate», de Méjico; de la Sociedad 


de Historia Natural de Nimes; de la de Ciencias Naturales y Matemá- 

ticas de Cherburgo; de la Academia Hippone (Argel); miembro activo 

de la Academia Nacional de Ciencias de la República Argentina; de la 

Sociedad Geográfica Francesa; correspondiente de varias academias nor- 

teamericanas, italianas, belgas, etc. de ciencias naturales. 


Fué miembro de todos los congresos científicos reunidos en el país; 

del Científico Latino Americano; pero sólo tomó parte activa en dos: 

en el que, en 1909, se reunió en Santiago de Chile, donde presentó va- 

rias Memorias sobre sus recientes descubrimientos del hombre fósil, 

eligiéndosele presidente de una de las secciones; y en el Científico In- 

ternacional Americano reunido en Buenos Aires, en 1910, de cuya Sec- 

ción de Ciencias Antropológicas era presidente. En él expuso sobre la 

cuestión de los precursores del hombre en la Argentina, la antigüedad 

| geológica del yacimiento antropolítico de Monte Hermoso, la mayor an- 

tiguedad del hombre en América según los vestigios industriales, las an- 

tiguas industrias de la piedra anteriores a la época neolítica, el homo 

cubensis, etc.; siendo la Sección por él presidida la de más representa- 

ción científica del Congreso merced a los hombres que la formaban: 

notabilidades rusas, francesas, italianas,«americanas. Era uno de los cua- 

renta miembros de la Sociedad de Psicología, de Buenos Aires; en ella 

habló por última vez en público, explicando los descubrimientos de ese 

ano (1910) acerca del hombre fósil en las pampas de Buenos Aires. 


El ojo de Ameghino era extraordinario para observar. Un día excur- 

sionábamos juntos por las barrancas de un arroyo de las cercanías de La 

Plata y, mirando al suelo como era su costumbre, comenzó a agacharse, 

recoger y mostrar: estos son los restos de tal cosa, estos de tal otra. En 

dos horas repitió once veces la misma operación. No obstante, el Ame- 

ghino escritor reemplazaba al Ameghino explorador; sólo así se explica 

que haya podido realizar una obra sin precedentes. Tenía cooperadores, 

un ejército de cooperadores. Todo el mundo era un cooperador directo 

y eficaz del sabio, desde el año 1882; profesores, maestros, estancieros, 

jóvenes aficionados, cuantos encontraban algo, ese algo era para Ame- 

ghino y allá iba en carta o en cajones; por hábito, contestaba estas mi- 

Sivas, sus cartas encendían el interés de sus exploradores oficiosos. Por 

«Otra parte, él mismo se encargaba de obtener esta colaboración. En su 

Diario de un Naturalista, hay una carta extensa dirigida a Román (Di- 

ciembre 23 de 1875) estanciero de Córdoba, en que le dice que habiendo 

sabido por «La Libertad» que en su terreno había fósiles y que siendo él 

naturalista tenía interés en conocerlos, le pedía que se los remitiera en 

cualquier forma a la brevedad posible, corriendo los gastos por su cuenta. 

La lista de esta clase de cooperadores es larga: Ambrosetti, Fontana, Julio 

A. Roca, T. Ortiz, Brackebusch, A. Lamas, A. Romero, Lavagna, Podes- 

ta, Krusech, Canesa, Guerrero, Ortiz, Gez, etc., sin contar a sus compa- 

ñeros de trabajo, a los naturalistas Gaudry, Gervais, Doering, E. Zeba- 

llos y, particularmente a Pedro Scalabrini, fundador del Museo de Histo- 

ria Natural del Paraná (1884), que puso a su disposición los valiosos 

ejemplares recogidos en las barrancas del Antoñico y otros arroyos, y a 

su hermano Carlos, explorador de ciencia dedicado exclusivamente a 

trabajar por Florentino, de suerte que ambos constituyen la misma per- 

sona: un genio que hubiera, sólo, realizado una labor intensa y sistemá- 

tica de setenta años, es decir, vivido hasta la edad de ciento diez. 


Las exploraciones más detenidas y que formaron su ojo aquilino, las 

realizó al Luján y sus afluentes Frías, Balta, Roque, etc., desde que fué | 

niño curioso, hasta 1877, descubriendo yacimientos que contenían ver- 

daderos tesoros de las faunas extinguidas. Junto a él se formó su herma- 

no Carlos que, aún pequeñito, le acompañaba a largas excursiones y en 

ellas, extraño a,la fatiga, adquirió esa pasión por la naturaleza y ese 

amor entrañable por el hermano, que será para siempre el ejemplo más 

alto de abnegación fraterna que ofrezca la historia argentina. 


Como Florentino Ameghino tenía un cargo escolar que desempeñaba 


de diez a cuatro, realizaba sus excursiones después de dicha hora, los días 

de fiesta y durante las vacaciones. Muchos, durante mi estadía en Merce- 

des, recordaban aquel joven más bien bajo, algo encorvado que, sin le- 

vantar los ojos, despreocupado de su persona, cruzaba a paso rápido, 

moviéndose mucho, las calles de Mercedes con un pico al hombro y una 

bolsa, de vuelta del río después de-una rica cosecha de huesos extraídos 

de algún yacimiento que descubriera en uno de esos días de descanso 

que los jóvenes dedican hoy al café, al teatro, al foot-ball, al hipódromo, 

al paseo del bosque, al flirteo. ¡Eh, loco!... alguno que lo saludaba y 

que desde la calle, por la ventana, había visto, días atrás, algunos estan- 

tes de libros y las paredes de la casa que alquilaba a Sorarrain, cubiertas 

hasta el techo de restos. Las gentes de. los pueblos de campaña, por lo 

común orgullosas e ignorantes, cuando no martirizan por el diario, al 

que trabaja, con pullas insolentes o irónicas, tienden a desconceptuarlo 

llamándole «loco» o «macaneador»; no conciben el éxito y cuando éste 

llega, les escoce e irrita, comenzando la envidia a levantar aquella 

atmósfera asfixiante que obligadamente respira el hombre heroico. Por 

eso’ al volver de Europa cargado de honores, perdió su puesto el ¡loco! 

Benditos sean los que se enloquecen con lo grande y con lo noble! 


En las vacaciones de 1876 realizó una excursión a la Banda Oriental; 

en 1879 a los yacimientos de Chelles (Francia) ; en 1882-1884 varias a las 

provincias de Buenos Aires y Córdoba; en 1885 al Chaco con Kurtz, - 

Holmberg y Carlos; en 1887 a Monte Hermoso; en Enero de 1903 a 

Patagonia, desde Cabo Blanco a Golfo San Jorge; en 1908 a las costas 

de Miramar y Mar del Plata; en 1909 y 1910 varias de corta duración, 

a diferentes puntos de la provincia de Buenos Aires; su deseo era enr 

prender el año próximo, una a los Estados Unidos. No obstante las ri- 

quezas y novedades que las exploraciones del Sud han puesto en evi- 

dencia, según Carlos Ameghino, apenas se ha levantado la punta del 

velo que cubre los incalculables tesoros fáunicos de las sedimentaciones 

patagónicas; el Gobierno debiera proporcionar a sus dos Museos, medios 

suficientes para mantener en aquellas regiones, permanentemente, per- 

sonas que realizaran lo que Ameghino hizo durante diez y seis años, de su 

propio peculio, porque la República Argentina debe mantener el lugar 

prominente que hoy, en las Ciencias Naturales, por sus hombres, sus pro- 

ducciones y sus ejemplares, ocupa. Ameghino era caminador incansable, 

hasta pocos meses antes de fallecer. Su andar rápido le tenía siempre 

con la vista fija sobre el suelo, cerebrando alguno de los innumerables 

problemas que agitaban dentro de su cabeza, su temperamento inquieto y 

sanguíneo. 


Su obra, hemos dicho, fué por su método, por sus descripciones, por 

sus inducciones, por sus descubrimientos, por sus teorías, reveladora de 

la fauna casi desconocida de un continente, del que se tenían grandes 

ejemplares, pero no los pequeños, y derrumba el edificio que en Europa 

y América, durante cien años se venía construyendo acerca del origen 

e irradiación de los mamíferos. : : 


Inmensa, colosal, sólo nos es posible, por ahora, enumerarla en lo que 

a publicaciones se refiere, pues quédanos por narrar su vida de clasifi- 

cador, su vida de explorador y su vida de trabajador que, como decía 

R. Senet, en su bella conferencia a los alumnos del Liceo de la Uni- 

versidad, comenzaba a las cinco y media de la mañana, escribiendo hasta 

las nueve, hora en que almorzaba; a las nueve y media tomaba el tren, 

corregía pruebas en el tren y en el tranvía; desde las once hasta las 

cinco y cuarto cumplía con sus obligaciones en el Museo, clasificando, 

anotando, escribiendo y contestando al sinnúmero de consultas que se le 

hacían; en el tren de las cinco y cuarenta y cinco volvía a La Plata; ce- 

naba y desde las nueve y media hasta las doce escribía. Esta distribu- 

ción del tiempo se repetía el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, 

el viernes, el sábado y el domingo, día en que la pluma no tenía des- 

canso. De Ameghino quedan, póstumas: Sur les édentés fossiles de PAr- 

gentine, examen crítico a la obra de M. R. Lydekker The extinct edenta- 

tes 0f Argentine, escrita en 1895 y no publicada a pedido de Mr. Flower, 

director del Museo Británico, por la situación crítica en que dejaba al 

sabio inglés que trató con demasiada ligereza los trabajos de Ameghino; 

Origen poligénico del lenguaje articulado, título no definitivo, de la que 

ha escrito varios capítulos: Anatomía comparada de los órganos de la 

articulación, Origen poligenético en el desarrollo de la apófisis genis, 

Lenguaje animal o emotivo, Lenguaje vocal o prehumano, Lenguaje 

semiarticulado, Onomotopeya, Sonidos consonantes, Consonantes dobles, 

Sílabas, en su lecho de muerte casi, pues en Mayo escribió las últimas 

cuartillas, algunas sólo esbozos, según su sistema de escribir, a causa 

de que destinó los pocos días que pudo trabajar, al prólogo de Filogenia 

y a revisar su versión al francés. Esa obra, por una particular deferencia 

de los hermanos, la publicamos en «Archivos de Pedagogía». Sobre la me- 

sa de pino blanco en que escribió desde 1892 todas sus obras, están los 

manuscritos de varios trabajos comenzados a la vez: Cráneo de Fonte-. 

zuela, Gisement de Jáuregui, Arroyo Balta, Stations on gisement, ré- 

plica, en francés, a Schwalbe respecto al Diprothomo, unas 40 cuartillas. 

Queda, además, inédita su correspondencia de treinta y seis años con las 

más altas autoridades científicas del mundo, tan original como sus obras y 

que representa varios volúmenes. Damos a continuación una lista, por 

años, casi completa, si no completa, de su producción literaria, pues al re- 

dactarla, hemos tenido a la vista el catálogo escrito de su puño y letra, en 

el que figuran 175 trabajos hasta 1910, y sus obras, en las que acostum- 

braba un índice de sus publicaciones y referencias. Faltan algunas bi- 

bliografías como la que escribiera de la «Paleontología» de Zittel y la nó- 

mina de algunos artículos y críticas con seudónimo como Esperanza de 

la Patria, sin firma, y La Pur de Luján Wire firmado doctor EN 

tecos. 


Los libros, que escribía generalmente en francés, nunca tuvieron se- 

gunda edición ni ediciones populares, razón por la que nuestras escuelas 

ignoran la geología y geografía del país, a pesar de los treinta y siete años 

que Ameghino ha escrito acerca de ella. Algunas veces hablamos de la ne- 

cesidad de que el Gobierno buscara los medios, por otra parte a la mano, 

de que las producciones científicas- llegasen a los colegios y escuelas, 

exigiendo un aumento de tiraje para sus dependencias. Si tal hubiera 

ocurrido desde algunos años atrás, no lamentaríamos esta ignorancia 

acerca de nuestros hombres y nuestras cosas. 


Ojalá, esta desgracia que enluta la ciencia, sirva para enmendarnos 

y despierte en nuestro espíritu, un sentimiento de justicia mas amplio 

para los hombres que viven entregados al silencio del gabinete y

laboratorio. 




Ilustración: Antonio Berni


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