Imaginario hijo
de mi palabra y de mis manos,.
quédate aquí y aguarda a que el silencio
te preste el cuerpo íntegro
de la diaria soledad,
para que yo te vea,
para que yo te toque,
como veo tu esencia,
como toco tu hueco y tu vacío.
Tu lugar se me llena
de sombra espesa y cálida.
Cabe el día
contado desde el tiempo
primero de la muerte,
en este azul sin término, en la honda
similitud del sueño y la nostalgia.
Las horas crecen con fatiga
desde el balcón al tiempo
para darle tamaño a la esperanza.
Está todo dispuesto, preparado
para que yo te vea.
Limpios los años del calor y el frío
que he pasado esperándote,
apaciguadas ya las manos
y el cansancio en sosiego.
Ya está hecha la espera
-pálpito de la vida-
carne y huesos del tiempo
para soñar y recibirte.
Para que yo te vea,
para que yo te toque.
Para que todo, vida y muerte,
esté en su sitio justo.
Voz sin palabras
materia de silencio,
imaginario hijo.
Cruzados sobre el pecho,
como en la muerte, están mis brazos.
Ilustración: Luo Hongli

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