martes, 16 de junio de 2026

Romeo y Julieta (William Shakespeare)

 




Ya veo que te ha visitado la reina Mab,


la partera de las hadas. Su cuerpo


es tan menudo cual piedra de ágata


en el anillo de un regidor.


Sobre la nariz de los durmientes


seres diminutos tiran de su carro,


que es una cáscara vacía de avellana


y está hecho por la ardilla carpintera o la oruga


(de antiguo carroceras de las hadas).


Patas de araña zanquilarga son los radios,


alas de saltamontes la capota;


los tirantes, de la más fina telaraña;


la collera, de reflejos lunares sobre el agua;


la fusta, de hueso de grillo; la tralla, de hebra;


el cochero, un mosquito vestido de gris,


menos de la mitad que un gusanito


sacado del dedo holgazán de una muchacha.


Y con tal pompa recorre en la noche


cerebros de amantes, y les hace soñar el amor;


rodillas de cortesanos, y les hace soñar reverencias;


dedos de abogados, y les hace soñar honorarios;


labios de damas, y les hace soñar besos,


labios que suele ulcerar la colérica Mab,


pues su aliento está mancillado por los dulces.


A veces galopa sobre la nariz de un cortesano


y le hace soñar que huele alguna recompensa;


y a veces acude con un rabo de cerdo por diezmo


y cosquillea en la nariz al cura dormido,


que entonces sueña con otra parroquia.


A veces marcha sobre el cuello de un soldado


y le hace soñar con degüellos de extranjeros,


brechas, emboscadas, espadas españolas,


tragos de a litro; y entonces le tamborilea


en el oído, lo que le asusta y despierta;


y él, sobresaltado, entona oraciones


y vuelve a dormirse. Esta es la misma Mab


que de noche les trenza la crin a los caballos,


y a las desgreñadas les emplasta mechones de pelo,


que, desenredados, traen desgracias.


Es la bruja que, cuando las mozas yacen boca arriba,


las oprime y les enseña a concebir


y a ser mujeres de peso. Es la que…



¡Calla, Mercucio, calla!


No hablas de nada.



Es verdad: hablo de sueños,


que son hijos de un cerebro ocioso


y nacen de la vana fantasía,


tan pobre de sustancia como el aire


y más variable que el viento, que tan pronto


galantea al pecho helado del norte


como, lleno de ira, se aleja resoplando


y se vuelve hacia el sur, que gotea de rocío.







Ilustración: James Tissot

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