En Abril de 1902 el Superior Gobierno de la Nación, procedía a ha-:
cer un gran acto de justicia honrando al doctor Florentino Ameghino,
con aplauso de todos los hombres de ciencia del país y del extranjero,
con el cargo de Director del Museo Nacional, en reemplazo del malo-
grado doctor Carlos Berg.
Con su actividad característica se puso desde el primer momento en
campaña para conseguir un nuevo edificio para el Museo, teniendo en
cuenta no sólo el mal estado del local actual, sino también su insu-
ficiencia.
La laboriosa y desesperante gestión del doctor Ameghino sobre este
desgraciado asunto se halla reseñada en una publicación escrita
con valentía, en la que se refleja toda la amargura que rebosaba en su.
alma en esa lucha de diez años, contra una serie de causas imprevistas
que se fueron oponiendo a la realización de su ideal. Conociendo el
carácter de Ameghino, no es difícil darse cuenta a través de sus páginas
que esta gestión malhadada, tuvo no poca culpa en la enfermedad insi-
diosa que lo llevó a la tumba.
Los que hemos acompañado al doctor Ameghino durante ese largo
período, fuimos testigos de los sinsabores y mortificaciones que sufría
continuamente, ya sea a causa de cada una de las nuevas contrariedades
que se presentaban para la realización de la obra, ya con motivo de las
numerosas visitas de hombres de ciencia extranjeros que se asombra-
ban del estado de ruina en que se hallaba el local del Museo Nacional
y a quienes había que dar una serie de explicaciones para salvaguardar,
aunque fuera mintiendo, nuestro amor propio nacional tan deprimido
ante el verdadero estado de cosas. |
Sin embargo, hasta el último momento Ameghino no desmayó en su.
propósito, y pocos meses antes de morir tuve el sentimiento de verlo
ir a continuar sus gestiones, en medio de atroces dolores, caminando
con una úlcera diabética abierta en un pie.
Desgraciadamente la profecía que estampara en su informe , se
realizó: cerró los ojos sin tener siquiera el consuelo de ver imiciada la
obra del nuevo Museo.
El doctor Ameghino decía: «Mi predecesor en la dirécción del Museo, el doctor Carlos
Berg, de grata memoria, pasó diez años insistiendo continuamente en la necesidad de instalar
el Museo decorosamente, sin obtener ningún resultado, llegando a decir en uno de sus informes,
que la instalación del Museo Nacional le daba vergüenza; y en otro, que fatigado ya, era inútil
que insistiera más en el asunto, y murió poco después sin tener la satisfacción de ver por lo
menos empezado el nuevo edificio.
«Por mi parte, sigo el mismo camino; y de ir las cosas como van, también bajaré a la tumba
sin ver un principio de realización a la única recompensa y verdadera satisfacción que tendría
en mi vida, cual sería la de ver decorosamente instalada, la que debiera ser la principal insti-
tución científica del pais, a la que tanto cariño he tomado, y poder entonces trazar los linea-
mientos de su desarrollo futuro y de su labor eficiente en los grandes problemas científicos
que afectan no sólo a nuestro país, sino también a la humanidad entera».
Aun cuando a la cuestión edificio estaba supeditado todo lo de-
más, el doctor Ameghino, como Director del Museo, no dejó un solo
día de preocuparse de su organización y adelanto.
Dividió el Museo en diversas secciones y requirió el concurso hono-
rario de todos los estudiosos del país, ya sea como encargados o ads-
criptos de las mismas, y todos respondieron a ese llamado patriótico pres-
tando muy buenos y desinteresados servicios, que el doctor Ameghino
reconoció más de una vez en sus informes oficiales.
Los naturalistas y antropólogos: Angel Gallardo, Enrique Lynch Arri-
bálzaga, Eduardo L. Holmberg, Carlos Spegazzini, Juan B. Ambrosetti,
Félix F. Outes, Luis María Torres, Aníbal Cardoso, Enrique Hermitte,
Carlos Bettfreund, Antonio Vidal, Antonio Romero, etc., formaron en
el estado mayor de Ameghino dispuestos a ayudarlo con su acción per-
sonal y con sus trabajos científicos; pero desgraciadamente»en el Mu-
seo no había cómo moverse; las colecciones tenían que encajonarse a
medida que llegaban, y las ya existentes no podían examinarse ni estu-
diarse porque los nuevos cajones obstruían los salones y cualquier tra-
bajo resultaba inútil. Sin embargo, a todos nos mantuvo la esperanza
de una pronta solución de ese estado de cosas e hicimos lo que pudimos;
y por fin, sin poder hacer más, esperamos.
¡Así se han perdido diez años! ¡Qué obra colectiva no se hubiera
podido realizar con tantos elementos útiles y sobre todo con tanta bue-
na voluntad, alentados por Ameghino, que con toda amplitud de miras
jamás negó cualquier elemento de estudio que le fuese solicitado!
Y sin embargo, ese sistema de puertas abiertas con la divisa mo-
derna de «el Museo para todos los estudiosos», produjo muchos y muy.
benéficos resultados: las colecciones aumentaron rápidamente; en los
diez años entraron al Museo 71.307 objetos nuevos; la biblioteca, ya
muy importante, recibió un gran impulso, ingresando 7.649, entre-obras
y folletos nuevos.
Se efectuaron diversas exploraciones; se establecieron varios corres-
ponsales a cuyo esfuerzo continuado se debe la adquisición de grandes
tesoros científicos y se regularizó y fomentó el canje con los principales
Museos de Europa y América.
Los talleres se reorganizaron y aumentaron considerablemente, creándose el de modelado justamente exigido para el envío de los calcos de
las piezas típicas reclamados, ya sea por los especialistas o por los gran-
des Museos como objetos de estudio y de comparación.
La producción científica del Museo no decayó; al contrario, en los
diez años se publicaron quince tomos de los «Anales», bien surtidos de
material interesante y novedoso, debido al trabajo del mismo doctor Ame-
ghino o de sus numerosos colaboradores.
Esta es la obra compleja del sabio y este el hombre que por desgracia
hemos perdido.
Su vasta producción hoy queda impresa casi en su totalidad; el tiempo
pasará, los prejuicios irán desapareciendo poco a poco y la justicia pós-
tuma al aquilatar las verdades científicas que descubrió o presintió, sabrá
mejor que nosotros darle el verdadero lugar que debe ocupar entre las «
grandes figuras científicas de la Humanidad.
Para los que hemos sido sus amigos, y lo hemos acompañado por —
convicción en sus teorías científicas, Ameghino, muerto ya, seguirá -
irradiando su luz de verdad como lo hacen esos astros ya desaparecidos,
pero cuyos destellos aún brillan en el firmamento.
Enero, 1912
Ilustración: Erhard Weyhe

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