Vamos a entregar a la madre tierra los restos de Florentino Ameghino.
Restos queridos, que merecen para sus amigos el más grande y sincero
homenaje, como lo han merecido para todos los espíritus selectos, para
todos los que aman la verdad y la justicia; restos que no han plasmado a
ningún potentado de esos que la ignorancia o la malicia considera «gran-
des», porque han sabido acumular millones; restos que no han animado
a ningún espíritu egoista de torpe. batallar, ni han esgrimido un sable
contra sus hermanos; restos que no han acaudillado la grey inconsciente
de las multitudes, ni han servido de instrumento a los mistificadores del
saber, del patriotismo y de la sinceridad; restos que no han logrado in-
terrumpir el silencio de estas tumbas con el eco vibrante y marcial de los
clarines; restos que no han logrado abrir el cofre en que se guarda la
enseña sagrada de la patria con que a menudo se anuncia al país — como
un homenaje de duelo nacional — la muerte de cualquier mediocridad;
restos que han puesto a prueba la ciencia y experiencia de nuestros esta-
distas; restos que no han merecido de los centros de alta cultura más que
la representación y el convencional adiós de un delegado ¡restos, en fin,
de un ilustre desconocido! |
Si: es necesario que ante esta tumba que se abre y ante el dolor que desgarra el alma por esta injusticia de la materia, se diga también la ver-
dad rompiendo con los viejos moldes del convencionalismo enervante
que deprime el carácter, porque la mentira que envenena a la juventud,
que es la esperanza de la patria, debe de ser proscripta si debemos es-
perar que también ella sea el blasón de la raza.
Fué Florentino Ameghino un investigador infatigable, un espíritu su-
perior y clarividente consagrado a una ciencia que muchos estudian y po-
cos comprenden; fué un carácter y un genio que con insuperable suti-
leza sorprendía y penetraba los fenómenos de la evolución de los seres
escrutando en las capas de remotas edades su génesis primordial con la
misma seguridad con que el sabio anatómico sorprende los misterios de
la vida en los seres actuales; ese espíritu y ese carácter es un ilustre
desconocido en su patria!
No fué Ameghino un sectario; tampoco fué un fanático, porque el
fanatismo es la negación de la ciencia; fué un estudioso consagrado con
un apasionamiento admirable a la solución de grandes problemas, procu-
rando despejar las tinieblas que moran en los arcanos insondables de los
orígenes de la humanidad y cuya obra habrá merecido en este momento
el homenaje grandioso y justiciero que tributan las corporaciones sabias
al hombre de genio, porque la obra de Ameghino sólo ha sido juzgada
por ellos, porque sólo ellos han podido comprenderla; y fué ese inmenso
esfuerzo el que le quitó la vida, no por la lucha, porque la lucha era el
palenque de este atleta, sino por las torpes contrariedades que se oponían
a la obra de su genio. |
Ameghino hacía antesalas como el incómodo postulante, cuando re-
quería un edificio digno para su Museo, para lo que debía de ser el centro
de demostración efectiva de nuestra alta cultura; y al referirme a su Mu-
seo, es para significar que con Burmeister y Berg, Ameghino era el Mu-
seo; sus colecciones poco significan; su Director lo era todo; la crítica que
ha provocado su obra, es la más elocuente demostración de esta verdad.
Ameghino era el último en las antesalas oficiales, en vez de ser el pri-
mero. Ameghino era un pobre, a quien sólo honraban los sabios; dedi-
cado al estudio de osamentas, no podía pretender ni merecer otra cosa!!
Por otra parte, carecía de flexibilidad y de prosopopeya halagadora; era
un sabio sencillo, poco apegado a exterioridades y falsa vanagloria; era
todo lo que debía de ser: un espíritu sincero, recto, ecuánime hasta el
sacrificio; un espíritu estudioso, profundo y trabajador, en tal forma
que sus días de vida pueden contarse todos por días de trabajo, sin de-
dicar uno sólo a la holganza o al esparcimiento; el tiempo fué siempre
escaso para Ameghino; era un obsesionado sometido a una labor in-
tensa y comtinua de profunda investigación; la ciencia le subyugaba.
¿Cuándo el sabio Ameghino dejaba de trabajar? Ni en el sueño.
Es por eso que la obra de Ameghino tan grande y tan fecunda ha des-
pertado el interés de todo el mundo científico. ¿Qué hombre mediana-
mente ilustrado no la conoce? Creemos que ninguno, puesto que desde
los escaños de las universidades europeas, norteamericanos, oceánicos,
asiáticos y hasta africanos, el nombre de Ameghino figura en los pro-
gramas de enseñanza secundaria y superior.
Señores: Procuremos hacer conocer y difundir la obra de este ge-
nial pensador, de este sabio que surgió con tan lozano vigor de entre
las cenizas del Homo pampaeus; y honremos su memoria, porque hon-
rando su memoria, habremos justificado nuestra capacidad de inte-
lectuales, ya que sus restos, que aquí vamos a dejar cubiertos con la
tierra humedecida por las lágrimas de sus amigos, quedarán guardados
también por su cariño y por el cariño de sus admiradores a la espera
de que los hombres que orientan nuestro progreso científico, reclamen
para ellos el homenaje que les adeuda la gratitud nacional.
Ilustración: Gwyneth Thompson Briggs

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