La gloria y la muerte acechaban juntas para disputarse el cadáver
de Florentino Ameghino. Pocas tumbas como la suya han visto florecer
y entrelazarse a un tiempo mismo el ciprés y el laurel, como si en el
parpadeo crepuscular de su existencia fisica se hubiera encendido una
lámpara votiva consagrada a la glorificación eterna de su genio.
Toda hora, en la humanidad, tiene un clima, una atmósfera y una
temperatura que sin cesar varían. Cada clima es propicio al floreci-
miento de ciertas virtudes; cada atmósfera se carga de creencias que
señalan su orientación intelectual; cada temperatura marca los grados
de fe con que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Transfor-
mándose el ambiente varía el concepto de la excelencia humana; la
virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de mañana no
serán los mismos santos de ayer. Una humanidad que progresa no pue-
de tener ideales inmutables, sino incesantemente perfectibles, cuyo poder
de transformación sea infinito como la vida.
Cada momento del equilibrio entre los hombres y la naturaleza requie-
re cierta forma de santidad, que sería estéril si no fuera oportuna, pues
las virtudes se van plasmando en las variaciones propias de la vida
social.
En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando a
brazo partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y va-
lientes para adquirir la hegemonía o asegurar la libertad del grupo;
entonces la cualidad suprema es la excelencia física y la virtud del coraje
se transforma en culto de héroes, equiparados a los dioses. La santidad
está en el heroísmo.
Y en las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía o la de-
cadencia amenazan disolver un pueblo o una raza, la virtud excelente
entre todas es la integridad del carácter. La santidad está en el aposto-
lado. |
En las plenas civilizaciones más sirve a la humanidad el que descubre
una nueva ley de la naturaleza, o enseña a dominar alguna de sus fuer-
zas, que quien culmina por sus cualidades físicas o su temperamento
de apóstol; por eso el prestigio contemporáneo rodea a las virtudes in-
telectuales y la santidad moderna está en la sabiduría.
Las sociedades primitivas santificaban a sus guerreros, porque les
eran útiles; en las crisis de renovación se santifica a los apóstoles que
saben morir por el común enaltecimiento moral; las sociedades llegadas
a cierto nivel de cultura santifican en sus grandes pensadores a los por-
taluces y heraldos de su grandeza espiritual.
En la moral antigua significaban más Alejandro que Aristóteles y La
Madrid que Ameghino. En la nueva se comprende que puede haber he-
roísmo en morir en un campo de batalla, pero se afirma que también lo
hay en el apostolado de un sabio o de un filósofo. Más fácil es mirar
un instante la cara de la muerte que amenaza paralizar nuestro brazo,
que resistir toda una vida a los prejuicios y rutinas que amenazan asfi-
xiar nuestra mente. La moral nueva todavía nos permite admirar a los
que tienen episodios de coraje entre el crugir de las metrallas o el lucir
de las bayonetas; pero admiramos con más abierto entusiasmo al hombre
conspicuo que durante medio siglo arrostra mil dificultades para arran-
car a la naturaleza el secreto de una ley, o la más breve partícula de la
verdad que intuye o presiente.
Los ideales de las clases más cultas ponen la santidad en los pensa-
dores, más bien que en los héroes y en los apóstoles; el genio, en la ci-
vilización moderna, prefiere manifestarse como un anticipado visiona-
rio de teorías o profeta de hechos, que la posteridad confirma, aplica
o realiza. Así como en cada primavera vemos florecer unos árboles
antes que otros, como si fueran los preferidos de la naturaleza que se
transforma sonriente, en la primavera de cada acontecimiento humano
algunos hombres excepcionales se anticipan, ven antes que todos y dicen
‘lo que han visto, y la humanidad los oye como anunciadores o los sigue
como apóstoles. Nos engañan esas historias que son crónicas de gober-
nantes y de conquistadores; todos los hombres de genio marcan, por igual,
las grandes fechas, los apóstoles y los pensadores tan significativamente
como los capitanes y los estadistas. Unos y otros personifican los ideales
y las aspiraciones de una raza o de un pueblo, y son igualmente repre-
sentativos del clima moral en que florecen. Por eso la santidad marca
cierto grado en el termómetro de la temperatura social y el genio es su
símbolo, su exponente o su síntesis.
El genio no es un azar, ni una enfermedad, ni una monstruosidad, ni
un capricho intercalado por el destino en el curso de la historia. El genio
es una convergencia de aptitudes personales y de oportunidades infini-
tas. Cuando uma raza, tin pueblo, una doctrina, un estilo, una ciencia o
un credo, prepara su advenimiento histórico o atraviesa por una renova-
ción fundamental, un heraldo aparece, extraordinario, nacido en propi-
cio clima y en hora inequívoca, para simbolizar la nueva orientación de
los pueblos o de las ideas, anunciándola como artista o profeta, desen-
trañándola como inventor o filósofo, emprendiéndola como conquistador
o estadista. Sus obras le sobreviven y permiten reconocer su huella a
través del tiempo: ese hombre extraordinario es un genio.
¿Y por qué, ocurre preguntar, un hombre en Luján da en juntar
huesos de fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe compuesto
con millares de siglos, y acaba de arrancar a esos mudos testigos la histo-
ria de la tierra, de la vida, del hombre, como si obrara por predestina-
ción o por fatalidad? >
Fácilmente se explica la aparición de AE EU y la 7 com-
pleja de su vastisima labor en nuestro país y en nuestra época.
Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la
superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable a la nuestra;
tenía que ser en nuestro siglo, porque antes le habría faltado el asidero
de las doctrinas darwinistas que le sirven de fundamento; no podía ser
antes de ahora, porque el clima intelectual del país no era propicio a tal
obra antes de que lo fecundara el apostolado de Sarmiento; y tenfa que
ser Florentino Ameghino, y ningün otro hombre de su tiempo, por va-
rias razones. ¿Qué otro argentino hemos conocido que reuniera en tan
alto grado su aptitud para la observación y el análisis, su capacidad para
la síntesis y la hipótesis, su: resistencia para el enorme esfuerzo prolon-
gado durante tantos años, su desinterés por todas las vanidades que
hacen del hombre un funcionario, pero matan el pensador? Basta medi-
tar un minuto sobre la biografía de Ameghino para comprender que la
estructura moral del genio explica su rareza. Suele ser planta que florece
mejor en las montañas solitarias, acariciada por las tormentas, que son
su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos oficiales, como si
les faltara el pleno aire y la plena luz que sólo da la naturaleza; a veces
basta transportarla a un jardín cesáreo para que se torne raquítica y se
marchite, como si le decretaran un invierno perpetuo. El genio no ha
sido nunca una institución oficial.
Y cuando todas las circunstancias convergen, el genio surge rectilíneo
desde su origen, siempre unitario y continuo, como un rayo de luz que
nada tuerce o empaña. Basta oírlo para reconocerlo. Todas sus palabras
concurren a explicar un mismo pensamiento, a través de cien contradic-
ciones en los detalles y de mil alternativas en la trayectoria, que pare-
cen tanteos para cerciorarse mejor del camino, sin romper la unidad
coherente y equilibrada de la obra total, esa armonía de la síntesis que
escapa a la crítica de los espíritus subalternos. Ameghino converge a un
fin por todos los senderos; su obra es una fatalidad irremovible y nada
lo desvía. Mira alto y lejos, va derechamente, sin preocuparse de las mil
prudencias que traban el paso a las medianías, sin detenerse ante los mil
interrogantes que de todas partes le acosan para distraerlo del camino
hacia la Verdad que le entreabre algún pliegue de sus velos.
Y que es genio verdadero podemos deducirlo de la utilidad y la dura-
“ción de su obra, fácil de pronosticar.
Durará, porque es vital y fecunda, a punto de ser un hito definitivo en
el desarrollo de las doctrinas evolucionistas; cualquiera que llegue des-
pués de Ameghino, advertirá la huella de su paso, y nadie podrá igno-
rarlo sin renunciar a conocer los dominios de la ciencia explorados por
él. Por eso no importa que, en vida, los hombres de genio sean desesti-
mados o proscriptos; su victoria no está en el homenaje transitorio que
en vida pueden otorgarle o negarle los demás, sino en sí mismos, en su
capacidad para efectuar su obra o cumplir su misión. ¿Importa, acaso,
que Sócrates beba la cicuta, o César caiga bajo el puñal, o Cristo muera
en la cruz, o Jordán Bruno agonice en la hoguera? Ellos duran a pesar
de todo, porque fueron los órganos vitales de funciones necesarias en la
historia de los pueblos o de las doctrinas. Y el genio se reconoce por su
eficacia remota más que por el estruendo de los aplausos inmediatos.
Ameghino sólo confió en su fin y en sus fuerzas, ignorando las artes
del escalamiento y las industrias de la prosperidad material. En la cien-
cia buscó la verdad, tal como la concebía; ese afán le bastó para vivir.
El genio no sabe acechar riquezas ni tiene alma de funcionario; Ame- |
ghino sobrelleva heroicamente su pobreza sin asaltar el presupuesto,
sin vender sus libros a los gobiernos, sin vivir de comisiones oficiales,
sin acechar jubilaciones prematuras, ignorando la técnica de esa pros-
peridad que simula el mérito a la sombra del Estado. Fué y vivió como
era, buscando su Verdad y decidido a no torcer un milésimo de ella; el
que puede contemporizar con sus convicciones y rebajar sus doctrinas
al nivel de sus conveniencias no es, no puede ser, nunca, absolutamente,
un hombre genial.
Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad
moral no hay genio. El que predica la verdad y transa con la mentira, el
que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y es cruel,
el que predica la lealtad y traiciona, el que predica el patriotismo y lo ex-
plota, el que predica el carácter y es servil, el que predica la dignidad
y se arrastra, todo el que usa de dobleces, ficciones, intrigas, humillacio-
nes, de esos mil instrumentos que son incompatibles con la visión de
un alto ideal humano o social, ese no es genio, está fuera de la santidad:
su voz no repercute en el tiempo, se apaga sin eco, tal como si resonara
en el vacío. ie |
Sin tener las violencias que necesitó Sarmiento, dada la orientación
diversa de su genio, hay entre ambos un profundo parecido moral y de
estilo, que se revela en todas sus polémicas. Son absolutamente since-
ros; lo son coffsigo mismos, para poder serlo con los demás. Llaman a |
las cosas por sus nombres: saben que a fuerza de empañar los nombres
se pierde en los espíritus la noción de las cosas erróneas o detestables.
De allí que, a veces, ambos parecieron terriblemente ingenuos. Esa in-
genuidad no es, sin embargo, ignorancia de la vida o de los hombres, ni
es la desarmada inocencia infantil; es, más bien, la peligrosa esponta- :
neidad del que ve claro y dice sinceramente las cosas como las ve: es
la arista personal de su estilo, ese «quid» que lo pone al descubierto en
cada palabra, haciendo de cada frase una sentencia que lleva su firma y
no podrá llevar ninguna otra. Todo hombre genial tiene una manera en
la órbita de su genio; su lenguaje es siempre un estilo. Enseñando o de-
moliendo, amenazando o acariciando, profetizando o razonando, en la
invectiva y en la ironía, contra un hombre o contra una época, glorifi-
cando o conmoviendo, siempre pone algo de sí mismo y dirá su pensa-
miento como sabe decirlo. En cada palabra se le reconoce.
Los hombres que así piensan y enseñan son los más altos ejemplares
de la fe y de la santidad, tal como puede concebirlas nuestra moral mo-
derna.
La cultura intelectual no hace escéptico al genio; sabedor de su mi-
sión, él llena su vida de fe y de pasión. Pero ese misticismo sereno suele
permanecer libre de las supersticiones corrientes en su medio y en su
tiempo; es una simple confianza en la finalidad de su obra y en la su-
ficiencia de sus fuerzas, que lo mantiene creyente y firme en sus doc-
trinas, mejor que si ellas fueran dogmas revelados. Aunque empañen
su cielo transitorias nubes pesimistas, él es, en definitiva, creyente; y
cuando querría ser más escéptico o sarcástico, mejor se adivina la gran
fe que alienta su propia ironía. Todas las religiones reveladas fueron
ajenas a la mentalidad de este santo moderno; sabía que nada hay más
ajeno a la fe que el fanatismo. La fe es de visionarios y el fanatismo es
de ciegos; la fe es un impulso y el fanatismo es un freno; la fe es una
dignidad y el fanatismo es un renunciamiento; la fe es una afirmación
individual de alguna verdad propia y el fanatismo es una complicilad
de huestes para ahogar la verdad de los demás.
Por eso al congregarnos sus discípulos y admiradores en este homena-
je cívico, hacemos también un acto de fe, demostrando con la acción
que las disciplinas científicas son propicias a las más exuberantes trans-
formaciones de ideales, en concordancia con una moral que encumbra
nuevas virtudes y se exalta admirando estos grandes ejemplares de san-
tidad civil.
En nuestra nueva moral los santos no saben hacer milagros, pero
saben buscar la verdad. Aprendamos de-ellos y seamos fieles a su en-
señanza. Los siglos dirán cuál fué mayor santidad, si la de ayer o la de
mañana. Pensemos que los dioses y los héroes helénicos han muerto
hace muchos siglos, implacablemente segados por el tiempo, mientras
todavía nos conmueven los cantos de sus poetas y nos admira la filo-
sofia de sus pensadores.
Ilustración: Anatoli Ivanovich Kuvin

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