Pocos hombres han provocado en el mundo cientifico tantas contro-
versias como el sabio Florentino Ameghino. Consecuente con su méto-
do, llega a las inducciones más radicales sin temores ni vacilaciones, y
arrostrando prejuicios e ideas arraigadas, lanza sus conclusiones al cam-
po de la crítica. Pocos sabios orientados en la fecunda labor de las
obras originales, han tenido que distraer tanta actividad en discusiones
y polémicas con la altura y el temple que forjan el desinterés y la sin-
ceridad.
La vasta obra de Ameghino en el inmenso campo de las ciencias na-
turales, echa hondas raíces en la paleontología, en la geología, en la
anatomía comparada, en la antropología, en la arqueología, en la etno-
grafía y hasta en la filología.
Tratar su obra, analizar siquiera someramente sus doctrinas en este
amplísimo campo de su fecunda actividad, es tarea demasiado amplia
para una conferencia. Limito, pues, mi tema exclusivamente a sus doc-
trinas antropogenéticas, que son las que, provocando más violentas dis-
cusiones, han conmovido hondamente al mundo científico.
Actualmente Ameghino suscita las más acaloradas discusiones. Su
Diprothomo platensis es la reproducción de la historia de todos los
grandes acontecimientos en cuestiones antropogenéticas y marca una
nueva etapa en el filum del género humano.
Sus atrevidos conceptos, en pugna con algunos principios dentro del
evolucionismo y darwinismo, llegan hasta apasionar a los hombres de
ciencia... Ameghino va demasiado lejos... ¡visionario!
Desde que Lamarck y Darwin orientaron con sus geniales doctrinas
al mundo científico, los paleontólogos y antropólogos, dirigieron sus
pesquisas en el sentido de reconstruir el ignorado árbol genealógico del
hombre, y los descubrimientos se sucedieron en el viejo mundo.
Mientras tanto, nadie sospechaba que las viejas cápas geológicas de
la América del Sur encerraran escondidas en sus estratos, el secreto de
los ascendientzs del género Homo; y Ameghino, en un medio menos que
propicio, hostil, en el silencio de la inmensa llanura pampeana, en mudo
diálogo con los documentos testimoniales que los siglos respetaron,
arranca el secreto de la serie sucesiva de nuestros ascendientes. El hom-
bre fué contemporáneo de grandes mamíferos extinguidos; vivió en la
llanura pampeana; y la Patagonia es la más vieja de las tierras emer-
gidas.
Llegado a esta constatación, sostiene que, por el momento, nada se
opone para que la América del Sur pueda haber sido el centro de irra-
diaciôn de la especie humana.
Sus inducciones no van por ahora mucho más allá.
En su obra Filogenia, aplicando al hombre su método general que
denomina de la seriación, llega a establecer el árbol genealógico del … ‘
hombre, donde, entonces, cada rama representaba un antecesor hipoté-
tico que predecia, debian encontrarse en tales o cuales horizontes, el
dia en que éstos se explorasen, el dia que se conociesen sus faunas. Ame-
ghino presentia ya los descubrimientos posteriores; sabia que riquisimas
faunas debieron sucederse en estas viejas tierras y que, por tanto, en-
tre ellas debian encontrarse también nuestros remotos antepasados.
El árbol genealógico que entonces trazara, arranca del tronco común
Proanthropomorphus en la forma que lo indica el esquema precedente.
Los seres teóricos de entonces han sido hallados en su mayor parte:
y los conceptos atrevidos de Ameghino, sus predicciones y clarividen-
clas, se han realizado sucesivamente, poco a poco, pero quizá en menos
tiempo que el que presumía el sabio tardaría en comprobarse.
Una de las más formidables objeciones que siempre preocupaban a
Ameghino, era la de no haberse hallado aquí ningún resto de mono fósil
y que, por otra parte, no existían tampoco antropomorfos y que, por
tanto, la América del Sur, no podía erigirse en cuna de los antecesores
del hombre. Ameghino contestaba que ya se encontrarían monos fósiles y
que el hecho de no tenerlos aún, se detía al poco conocimiento de las
faunas mamalógicas de los diversos terrenos.
Especialmente las pesquisas de Carlos Ameghino se encargaron de
levantar la objeción y Clenialites minusculus, Pitheculites minimus, Ho-
munculites pristinus, Notopithecus adapinus, Henricosbornia lophodonta,
vinieron a comprobar que en los viejos estratos del eoceno y del cretá-
ceo había existido una rica fauna simia. Pero aún es más: Homunculus
patagonicus y Anthropops perfectus permitieron establecer los remotísi-
mos antecesores más directos del hombre y diseñaron la gran familia
de los Hominidae.
Largo sería entrar en el análisis de los caracteres que permiten esta-
blecer o fundar las familias, géneros y especies; baste por el momento
saber que en sus rasgos generales, que es lo que importa por ahora, estos
caracteres son suficientes.
Como se ve, pues, Ameghino sostiene que, dados los documentos pa-
leontológicos y su antigüedad, la América del Sur fué el centro de dis-
persión del género humano. E
Veamos, entretanto, su último cuadro publicado en Diprothomo pla-
tensis y comparémoslo con el primitivo teórico de Filogenia.
Prothomo corresponde a Homo pampaeus; Diprothomo queda llenado
con Diprothomo platensis; Triprothomo es laguna en ambos cuadros,
pero de él se conocen sus industrias; y las faunas correspondientes a los
horizontes en que debió vivir, son desconocidas; Tetraprothomo queda
llenado con Tetraprothomo argentinus; Collensternum corresponde a la
laguna que figura bajo el nombre de Hominidae primitivos; Coristernum
corresponde a Anthropops (Anthropops perfectus); Anthropomorphus
corresponde a Homunculus (Homunculus patagonicus); y por último,
Proanthropomorphus equivale a Pitheculites (Pitheculites minimus).
Como se ve, el árbol filogenético que trazara Ameghino hacen ya
veintiocho años, ha venido a llenarse casi por completo y sus predic-
ciones a cumplirse.
En lo que respecta a los antropomorfos, Ameghino concluye en su
obra Tetraprothomo argentinus que los caracteres diferenciales que
permiten establecer la familia de los Hominideos y la de los Antropo-
morfideos se deben a adquisiciones relativamente recientes en los an-
tropomorfos y que, por tanto, las arcadas superciliares elevadas, las
fuertes líneas temporales, las crestas elevadas, etcétera, de los últi-
mos, no son caracteres primitivos, sino adquiridos y productos de una
diferenciación especial. En consecuencia, los antropomorfos represen- …
tan una diferenciación independiente que tendió, con la adaptación a
la vida arboricola, a suprimir la lucha por la existencia, gracias a las -
facilidades de vida que procuraba ese nuevo ambiente. El resultado Ñ
fué la detención del desarrollo del encéfalo, detención que permitió se
establecieran las crestas, los arcos elevados, etc., es decir: todos los ca-
racteres de inferioridad que distinguen a los antropomorfos y que son el
resultado de un proceso de bestialización. Mientras tanto, el hombre, de-
biendo luchar constantemente contra la influencia del medio, aguzando
su ingenio, desarrollé su cerebro, no pudiendo, en consecuencia, adquirir
caracteres bestiales, sino al contrario, su evolución lo dirigió hacia la po-
sesión de caracteres de mayor humanización. De ahí infiere que no es
el hombre el que aparece como un. antropomorfídeo perfeccionado, sino
el antropomorfo come un hominídeo bestializado. Esta genial interpreta-
ción del sabio, es la única de acuerdo con el paralelismo filogenético y
ontogénico, dejando de ser los antropomorfos excepciones de la ley ge-
neral biológica.
Estas vistas traen como consecuencia inmediata una nueva orienta-
ción en el estudio de los caracteres. No existe, en realidad, regresión;
lo que palpamos son evoluciones estacionadas en cualquier etapa (carac-
teres atávicos, procesos de evidente progreso (para el hombre de huma-
nización), procesos que indican un progreso superior a la etapa actual
(caracteres proféticos); y, por último, evoluciones desviadas en el sen-
tido de la inferioridad (caracteres de bestialización).
Lo que distingue al hombre de los antropomorfos es el resultado de su
evolución divergente, diremos así; el primero, en el sentido del perfec-
cionamiento o mayor humanización; los últimos, en sentido desviado, de
inferioridad o de bestialización.
Surgidos de un tronco comtin menos, mucho menos evolucionado que
el Homo actual, no poseian no obstante caracteres bestiales. Los antece-
sores del hombre, gracias a su adaptación, gracias a la lucha, perfeccio-
naron los caracteres que estos antepasados les legaran, llegando a un
aumento progresivo de su sistema nervioso central. Los antecesores de
los antropomorfos los degradaron, llegando con la adaptación a la vida
arborícola, a bestializarse, y cuyo proceso creciente, encuentra su más
alto exponente en el gorila, y su menor exponente en el gibón.
A este respecto conviene recordar la opinión de los naturales de Bor-
neo, Sumatra, Java, etc., lugares en que habita el orangután, sobre este
animal. Curiosa es por demás la relativa coincidencia de apreciación.
Para los naturales, el orangután es sencillamente un haragán. Si se les
dice que es un animal, contestarán riendo que no es tal, que se trata de
un hombre que, por no trabajar, invadió las selvas y como consecuencia
se cubrió de pelos y adquirió los demás caracteres productos de su hol-
gazanería. Orangután quiere decir hombre del bosque y para ellos se
trata de un hombre muy inferior y nada más. El orangután es para los
naturales de las regiones por él habitadas, lo que el atorrante es para nos-
otros. .
Y el concepto de la bestialización no sólo es aplicable a los antropo-
morfos; no toda la especie humana tiende a la mayor humanización;
muchos núcleos tienden a la bestialización, a la degeneración, si se quie-
re usar otros términos; y aun en las colectividades cultas, no todos tien-
den hacia el progreso; muchos sujetos, desgraciadamente, se bestiali-
zan. El alcohol es uno de tantos agentes eficaces.
Estas vistas de Ameghino no son en manera alguna antidarwinistas,
ni mucho menos antievolucionistas. Se trata de nuevas interpretaciones
dentro de la doctrina general y no levanta, pues, el sambenito de la des-
cendencia del hombre, puesto que, necesariamente siguiendo el filum,
llegaremos a nuestros lejanos ascendientes Anthropops, Homunculus,
Pitheculites, muy inferiores, y si se quiere más, a los prosimios y aun
a los Microbiotherios que eran didelfídeos. i
La doctrina evolucionista no sufre un rudo golpe con estas nuevas
interpretaciones de Ameghino, como algunos han creído; lejos de eso,
la aclara y la robustece, la cimenta y la apoya, agregándole nuevos ma-
teriales y conceptos más precisos. ;
Veamos rápidamente cómo explica Ameghino el proceso evolutivo del
cráneo desde Diprothomo hasta Homo sapiens.
El cráneo, o mejor dicho, la calota craneana de nuestro segundo ante-
cesor genérico, se caracteriza por poseer un frontal sumamente fuyente,
por la situación de los puntos craneométricos denominados bregma, na-
sión, glabela, metopión, ophryón y obelión. El nasión coincide con la
glabela y la sutura naso-frontal, se encuentra a la altura de las arcadas
superciliares. Las órbitas, poco, muy poco profundas, permiten orientar
la calota.
La reconstrucción de Ameghino establece que la nariz debió salir
recta, siguiendo la dirección del frontal y que el rostro presentaría un
prognatismo muy acentuado sin que existiera prognatismo dentario.
El índice cefálico muy bajo da un cráneo completamente dolicocéfalo
y presentaría, completando la calota (siguiendo la dirección indicada por
su curvatura), el mayor desarrollo en la región occipital. El
Diprothomo platensis, visto de frente, recordaría a un microcéfalo por.
el fuerte predominio del cráneo facial sobre el cráneo cerebral.
Nuestro primer antecesor Prothomo representado por Homo pam-
paeus, se caracteriza por poseer un frontal mucho más elevado que Di-
prothomo; la situación relativa de los puntos craneométricos, ya enu-
merados, es diferente: el bregma cae más adelante, el metapión y el
ophryón no ocupan una posición casi en plano horizontal, como ocurre :
en la calota de Diprothomo; el vertex, que en este último cae en pleno
hueso frontal, en Homo pampaeus coincide casi con el obelión.
El mayor desarrollo del cráneo de Homo pampaeus corresponde a la
región lambdoídeo-obelíaca, desarrollo que le da un carácter resaltante.
Esta peculiaridad ha motivado objeciones. Se ha dicho que se trata de
una deformación étnica y también de una deformación patológica. No me
Cetendré en la primera objeción; y en lo pertinente a la segunda, baste
recordar que cabía mientras no se poseía más que un solo ejemplar de
ese tipo; pero hoy que existen cuatro, es menester admitir que esa era
la forma normal del cráneo, sin entrar a considerar, por otra parte, que
tal deformación no se aproxima siquiera a ninguna de las deformaciones
conocidas.
En Homo pampaeus se conserva la fuerte dolicocefalía. Visto de
frente recuerda también a un microcéfalo, por más que su capacidad
craneana corresponda a la semicrocefalía. El prognatismo facial es mu-
cho menor que en Diprothomo platensis y no existe tampoco en él prog-
natismo dentario. Y, en fin, los caracteres de Homo pampaeus permiten
colocarlo como intermediario entre Diprothomo y Homo sapiens; y Ame-
ghino le da esa ubicación.
La interpretación del Autor de estos documentos paleontológicos, en:
lo que respecta al proceso evolutivo, es una concepción génial.
Dice Ameghino:
Si al cráneo de Diprothomo le agregamos la región lambdoídeo-obe-
líaca desarrollada de H. pampaeus, tendremos reproducido el cráneo del
último; y si al de éste le agregamos en la región parieto-frontal un cas-
quete equivalente a la diferencia entre el cráneo de H. pampaeus y Homo
sapiens, obtendremos exactamente la forma del cráneo de H. sapiens.
A la inversa: si al H. sapiens le quitamos su mayor desarrollo fronto-
parietal, obtendremos el cráneo de H. pampaeus, y si al cráneo de éste
le rebajamos la parte lambdoídeo-obelíaca, tendremos el cráneo de Di-
prothomo.
El mayor desarrollo de la región occipital de Diprothomo y de la lamb-
doídeo-obelíaca de H. pampaeus, es aparente y se debe a la falta de
desarrollo de las regiones adyacentes. H. sapiens se diferencia, pues,
sólo por haber completado el proceso, por haber alcanzado mayor des-
arrollo de la región frontal que ha originado la diminución del des-
arrollo aparente de las regiones mencionadas en el cráneo de H. pam-
paeus y Diprothomo.
El cráneo con la línea fuerte de puntos corresponde a H. sapiens. Si a
éste se le quita la porción frontoparietal 4, se obtiene pues el cráneo de H.
pampaeus y si al último se le rebaja la porción B, se reproduce el cráneo
del Diprothomo. Al mismo tiempo el prognatismo habría disminuido,
según lo indican las líneas m n y m r.
La evolución se habría efectuado en el sentido de la adquisición de
lóbulos parieto-frontales cada vez mayores, o lo que fisiológicamente
corresponde a la adquisición de mayor inteligencia. :
Desde Prothomo hasta el Homo actual, la gradación la establecen los
restos de Fontezuelas, Arrecifes, Arroyo Frías, Samborombón, Bara-
dero, etc.
Ameghino hace derivar a los tipos negro-negroide-australoide del
Triprothomo que vivió hacia las postrimerías de la época miocena; emi-
gró al Africa donde se diferenció o adquirió los caracteres que lo dis-
tinguen como raza, diferenciación variada que ha dado lugar, por ejem-
plo, a las mayores diferencias en lo que respecta a la talla.
Pero la diferenciación de los tipos caucasoide y mongoloide no puede
ser tan antigua y, por tanto, debe haberse operado en épocas mucho más
recientes. |
Si analizamos los caracteres del tipo mongoloide, del americano y del
caucásico, llegamos a concluir que nada se opone para considerar al
primero como un término de transición entre los dos últimos. Dice Ame-
ghino que, durante la última emigración de la fauna mamalógica sud-
americana, o sea la mioceno-plioceno-cuaternaria, el Prothomo pasó de
la América del Sur a la América del Norte. Entonces las dos Américas
estaban unidas por un vasto territorio, del cual sólo queda el istmo de
Panamá como una antigua reliquia; la emigración de Homo pampaeus
debió efectuarse antes de los comienzos de la época cuaternaria, con
toda probabilidad en la segunda mitad de la época pliocena. Al terminar
esta misma época, fué cuando debió emigrar al Asia, donde algunos
grupos continuaron su evolución diferenciándose hasta constituir la raza
mongólica, mientras otros invadieron el continente europeo donde una
diferenciación particular los condujo a adquirir los caracteres de la raza
caucásica.
De esa manera, el centro de irradiación del género humano habría
sido la región sur de la América del Sur, que es, en definitiva, la que
presenta no sólo los restos humanos fósiles más antiguos, sino también
la de los precursores der hombre y aun la de antecesores más lejanos,
como son el Homunculus y el Anthropops.
No terminaré esta breve exposición de las doctrinas antropogenéticas
de Ameghino sin antes indicar brevemente las inducciones a que lo ha-
cen arribar estos mismos restos humanos fósiles, respecto del polige-
nismo del lenguaje, que es el último trabajo del sabio.
Ameghino sostiene que el lenguaje se debe a diferenciaciones o evo-
luciones independientes del hombre, realizadas en distintos continentes,
pudiendo haberse efectuado simultánea o sucesivamente.
Apoya su doctrina en el estudio de los maxilares inferiores, en las
épocas de que éstos datan y por último en su procedencia.
Si se estudia el maxilar inferior del H. primigenius, de H. pampaeus,
de H. sinemento y de H. cubensis, se constata que la apófisis geni falta
por completo (H. cubensis) o es completamente rudimentaria. Por otra
parte, la estrechez del arco mandibular no debió permitir los libres
movimientos de la lengua para la articulación. También los músculos,
insertandose en toda la región sinfisaria, embridaban la lengua; sólo
la inserción en la apófisis gen permite la articulación. En consecuencia,
H. cubensis, H. primigenius, H. sinemento y H. pampaeus, sólo podrían
emitir sonidos inarticulados. Pero todos estos vivían ya en regiones muy
distantes (Cuba, Europa, América del Sur en la región sur), y no po-
dían aún hablar; luego habían realizado sus emigraciones hacía ya mu-
cho tiempo, sin que hubiesen llevado un idioma. Los idiomas, pues, no
pueden derivar de un tronco común, sino que se deben a formaciones
independientes realizadas en épocas relativamente recientes.
La doctrina de un idioma tronco común del que proceden todos los
idiomas, es insostenible en presencia de esos datos anatómicos, dado que
el hombre era incapaz de emitir los sonidos articulados que exige un
idioma y ya se encontraba dispersado en toda la superficie de la tierra.
En esta conferencia sólo he podido tratar rápidamente una de las
orientaciones del sabio; mucho faltaría para siquiera diseñar las múlti-
ples que abarca su magna obra; pero no quiero terminar sin antes re-
cordar un nombre que no puede, por modesto que sea, ampararse al
abrigo del silencio, sin que dejaran de lesionarse los principios más ele-
mentales de justicia y equidad. Me refiero al ilustre colaborador del
maestro, a su hermano el distinguido géologo y paleontólogo Carlos
Ameghino, que ha arrancado a los mudos estratos de nuestro suelo, el
ríquisimo material que ocultaban en su.seno el secreto de las épocas
remotas. Más de veinte años, toda una vida, todo el período de su mayor
actividad ha transcurrido en las inmensas soledades de la Patagonia, la-
bor que representa una abnegación y amor a la ciencia verdaderamente
sorprendentes. Sin Carlos Ameghino, la obra de Florentino Ameghino se
hubiera necesariamente reducido, no en términos pequeños sino en
grandes proporciones.
Al recordar, pues, a este ilustre colaborador, no se hace mâs que rendir
un pequeño homenaje a la justicia.
Ilustración: Victor Popkov

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