miércoles, 29 de julio de 2026

El homenaje rosarino (Francisco Podestá)

 





El martes 15 de Agosto de 1911, por iniciativa de la Dirección de la 

Escuela Normal Nacional número 2 de Rosario de Santa Fe y con el 

concurso de las Direcciones y los personales docentes de todas las ins- 

tituciones de educación nacionales y provinciales de dicha ciudad, se 

efectuó en el teatro Colón de la misma un funeral civil de homenaje a 

la memoria del doctor Florentino Ameghino. 



Fué un acto solemne que revistió caracteres de imponente duelo 

social y en el cual el profesor don Francisco Podestá pronunció la si- 

guiente conferencia: 



Señores profesores: 

Jóvenes alumnos: 


Cuando el rayo o el huracán de los cielos enojados, tronchan y des- 

gajan el árbol más soberbio, más enhiesto y vigoroso de la floresta se- 

cular, queda enorme claro, como una desolación pavorosa que la flora 

circundante mira absorta y como herida en el torrente mismo de su 

savia. Es que está allí un vacío de inmensa muerte; es que ha caído la 

vida más grande, la atracción más poderosa. El gigante se ha rendido al 

fin; la más alta cima se ha derrumbado, llevándose a lo desconocido 

todas sus energías, todos sus prestigios, todas sus culminaciones. 


- La cima ya no está allí para magnificar el triunfo más espléndido de 

la vida. La cima ya no está allí levantándose en su campo de privilegio, 

ocupando el espacio de tierra más fértil. La cima ya no está allí recibiendo 

los primeros resplandores del sol naciente y los postreros de las tardes. 

apacibles, los más sentidos cantares de las aves, los más altos besos de 

los vientos y los melancólicos efluvios del crepúsculo. | 


¡Qué asfixiante vaho de pesadumbre aprisiona todas las vidas! Hay 



algo de tumba en cada existencia; sopla un viento de orfandad en todas 



las fibras. 


La selva se recoge, como todo lo que en ella vive, para orar 

la oración más hondamente sentida. 


Es que lo grande, lo que se destaca, impone, subyuga y atrae; y cuan- 

do desaparece, se siente el vacío, se siente flaqueza, porque aquello nos 

daba cierta cantidad de fe y de confianza en la atracción que es privile- 

gio de ley superior, de lo que es soberbiamente extraordinario. 


Así acontece en las florestas humanas, cuando la muerte se lleva a los 

mejores, aquellos en quienes fincamos el orgullo de la raza y para los 

cuales quisiéramos la inmortalidad de sus formas materiales, para verlos 

siempre entre nosotros, guiándonos, enseñándonos, fortaleciendo nues- 

tros espíritus y nuestros corazones. 


Pero en vano: el adusto viejo del Aqueronte los llama también como 

a los otros para atravesar el vado fatal. — Esa es la evolución inexora- 

ble de la materia. — Pero queda en cambio, para consuelo del mundo, la 

inmortalidad de la materia viva que perfectamente se nutre de la inmor- 

talidad de la luz de la inteligencia! | 


Señores: la ciencia argentina está de duelo; el alma argentina está de 

luto. Ha caído su cerebro más culminante; se ha roto su protoplasma 

más luminoso. Florentino Ameghino ha muerto a los cincuenta y siete 

años, en medio de sus trabajos, que estaban dando luz a los hombres. 


Ameghino, apagándose como organismo material, se enciende en la 

vida de la inmortalidad espiritual. Vence muriendo, porque renace a vida 

mejor; su obra se articula en todos los espíritus, para vivir en todos como 

un supremo don de ubicuidad. 


Nació de los humildes y se agigantó hasta la región de los soles. 


Tenía genio en la célula y paciencia para caminar. Es todo lo que se 

precisa para ascender, para llegar y para vencer. 


A él se lo debió todo, porque nació pobre y tuvo por delante la indife- 

rencia. Es su vida el ejemplo más elocuente del self made man. . 


Para poder vivir, fué maestro de escuela y librero al por menor; pero 

él no vivía pará comer; comía para sostener esa cabeza llena de genia- 

les atrevimientos que pretendía nutrir con la ciencia del mundo cono- 

cido y por conocer. 


Y así fué avanzando entre los zarzales de la pobreza, que fatigan, que 

lastiman y que sangran. 


Hubo de escribir las páginas inmortales de su Filogenia, mientras 

vendía baratijas y pliegos de papel para ganarse 10 centavos. 


Pero de ese crisol de la necesidad salió el metal purísimo de la inmor- 

talidad de su talento. ¡Benditos sean estos pobres que trabajan para 

abrir el camino a los pobres y a los ricos! | 


Ameghino es una afirmación humana: ha dignificado a su especie. 


Estudiando a los muertos ha iluminado a los vivos. : 


Ha sido un minero prodigioso que ha bajado a todas las cavernas de 

la tierra, desentrañando el misterio de las edades remotas. Ha machaca- 

do todas las piedras y restaurado todos los huesos para interrogarles de 

la verdad que escondían en su silencio de muerte. 


Y siempre le respondieron con la sinceridad sin egoísmos de los 

muertos que viven. | 


Subió a todas las cumbres. y bajó a todos los abismos como un ilumi- 

nado que no teme, porque lleva dentro de si el fuego de amor que lo 

ilumina. 


Este pobre fuerte, no se arredró jamás: tenía algo de Hércules para 

sus empresas y mucho de Anteo para ver lejos al través de lo venidero. 


¡Qué ejemplo, señores, para los argentinos! Sobre todo qué ejemplo 

para estos jóvenes que están plasmando la cerebración de su voluntad! 

¡Oh! si tienen la suerte de imitarlo, esta tierra de los argentinos no mo- 

rirá jamás y triunfará siempre. 


La obra de Ameghino estaba en plena maduración y deja mucho que 

tenía entre manos para hacer. Le faltaba tiempo. Solía él mismo decir 

que necesitaba robar a sus múltiples tareas cotidianas seis meses para 

escribir una síntesis siquiera de sus teorías y conclusiones. Pero ese 

tiempo le ha faltado. La muerte lo ha sorprendido en la virilidad de su 

cerebración y acaso sea difícil encontrar el hombre que en estos mo- 

mentos lo reemplace. Sabía él muchas cosas, tenía tanto material reuni- 

do, que es obra difícil para otros revelarlas, sistematizarlas y sacar las 

conclusiones científicas y filosóficas como las sabía obtener el sabio 

malogrado que la ciencia llora. Porque, señores, Ameghino no era sola- 

mente el naturalista erudito que clasifica y conoce los objetos y los aban- 

dona a los estantes empolvados del Museo. Era eso y mucho más que 

eso: era un pensador original, un investigador genial con atrevimientos 

proféticos que nunca le faltaban. Su luminosa carrera científica está 

erizada de tales proféticos atrevimientos. 


Diríase que adivinaba, si esto no fuera absurdo ante la ciencia. 


Pero adivinaba, porque ante el más pequeño detalle, para cualquiera 

baladí y sin importancia, él entreveía toda una elaboración biológica de: 

los organismos o una evolución geológica trascendental. 


¡Qué difícil es seguirlo en su vertiginosa carrera de triunfos, a través 

de sus enormes trabajos de análisis y síntesis! Parece la obra completa 

del sabio argentino, la extraordinaria agitación de un gigante. 


El se especializó en la paleontología, sobre todo de los mamíferos, 

pero cavó tan hondo en esta rama del saber humano, que por la estrecha 

senda de la especialidad — que a otros achica en el concepto de la gene- 

ralización — él llegó a las grandes concepciones filosóficas, fundando 

hasta muy atrevidas teorías sobre el origen de la vida del universo. 



Probó así que la especialización no achica, que por el contrario, agranda 

la visión de los sentidos, pues conociendo profundamente una rama, se 



puede llegar a comprender y conocer todo el árbol, «el árbol colosal de 

la ciencia.» 


Hay que decirlo, señores: nadie entre nosotros oca como él, 

tan hondamente como él. 


No cabe en los límites de este momento, dar cuenta ni someramente 

de la obra de este gigante de la mentalidad humana. 


Sus primeros trabajos llenos de novedad, de ese atrevimiento obsesio- 

nante de su cerebro, causaron entre los viejos sabios, cierto desprecio. 

Lo miraron como un atrevido insignificante. 


Pero Ameghino no era hombre de asustarse por el orgullo y la indife- 

rencia de los otros. Siguió pensando con independencia, rebatiendo pre- 

juicios absurdos, io pra a los grandes maestros, pero atacando sus 

errores. | | 


Al gran Burmeister le observó y le criticó sus clasificaciones; dió 

contra las doctrinas de Owen y contra los maestros sostenedores de la 

Escuela Cuvierana, enemigos de la evolución de Lamarck, de Lyell, de 

Darwin, de Haeckel. Sostuvo formidables polémicas con ardor, con va- 

lentía; pero siempre basado en el inmenso material de que disponía, del 

cual deducía sus originales conclusiones. Fué triunfando y haciéndose 

respetar. 


Después de conocer la geología americana, se fué a Europa para estu- 

diar allí el inmenso caudal de los museos y en los terrenos mismos, lo 

que no había visto. Se relacionó con los sabios y volvió más vigoroso 

que nunca. Había visto y comparado. Se había nutrido. 


Las teorías que vislumbrara en los primeros tiempos, se maduraron 

con las nuevas adquisiciones científicas que había hecho. 


Ya no tuvo dudas. Estaba en el sendero cierto que debía conducirlo 

adonde él imaginaba llegar. 


No pensaba más que en las grandes reconstrucciones de la vida pa- 


sada en las agitadas heredades de la tierra. 

- Se sustrajo de la vida política, del ruido del mundo, de todas las ma- 

nifestaciones mundanas de la sociedad — raro ejemplo en esta tierra 

adolescente — y siguió cavando en los estratos de lo desconocido, para 

encontrar la corona diamantina de la verdad perdida en la noche de la 

confusión y de lo ignoto. 


Sus hipótesis, sus teorías, sus profecías, sus revelaciones, sus con- 

quistas, sus victorias, son tantas como las que pueden contener doscientos 

libros nutridos y sabios, salidos de su pluma, nunca fatigada, siempre 

empapada en la tinta de las fulguraciones del genio insaciable. 


¿De qué teoría, de qué revelación de Ameghino os debo hablar en este 

momento de duelo, de luto nacional, que mejor lo represente como sabio, 

como pensador y como genio? 


Cualquiera de ellas tiene su sello propio de atrevimiento, de rara vi- 

sión. Cualquiera de ellas lo lleva siempre a encontrar lo desconocido. 


Su teoría del universo y de la vida, la antigüedad del hombre en el 

Plata, las coordinaciones filogenéticas de los organismos, las emigracio- 

nes, evoluciones y extinciones de faunas y floras remotas, la cronología. 

estratigrafía de las formaciones geológicas, las transmutaciones, depo- 

siciones y deformaciones de los continentes, los avances y retrogradacio- 

nes de los mares sobre las tierras y de las tierras sobre los mares, el 

origen del hombre al través de los progresos milenarios de la materia 

organizada... pero ¿á qué seguir la fatigosa enumeración de los di- 



fíciles problemas que absorbieron las fuerzas psíquicas adamantinas 

del ilustre sabio argentino ? 


Fué prolífero, superabundante en todos los terrenos de la ciencia de la 

vida. 


Pero uno de los problemas que seguramente más lo preocuparon, fué 

el de la investigación del origen del hombre. 


Su teoría ha sido combatida; pero él la ha sostenido hasta con la aco- 

metividad de un La Madrid de la idea. 


Sería muy extenso este discurso, si pretendiera hacer desarrollo de 

la teoría de Ameghino sobre la ascendencia del hombre; fatigoso para es- 

te auditorio, porque si bien viene a tributar un homenaje de respeto al sa- 

bio caído en plena cosecha, más se avendría con la nota que expresara 



el sentimiento que ha despertado su muerte inesperada.  



Pero he de tratar de ella, por ser una de las que más lo preocuparon, 

sintetizando todo lo posible. 


Ameghino había vislumbrado al precursor del hombre, en la Patago- 

nia, esa Patagonia Austral, cuna de los mamíferos como el mismo sabic 

lo ha comprobado. Sus estudios y descubrimientos posteriores le dieron 

la razón de su atrevida profecía; veinte años antes, había visto al través 

de la noche de los tiempos. 


Darwin: dijo que el hombre había descendido de un mono superior del 

viejo mundo. 


Era la ley del transformismo de Lamarck, o selección de Darwin, apli- 

cada al crigen del hombre. Ameghino transformista como aquél, y evolu- 

cionista como éste, avanzé gran trecho sobre los resultados de los dos 

grandes maestros. 


Asi pudo afirmar nuestro sabio: el hombre no ha sido mono; el mono 



es un hombre bestializado. 



Los homunculideos, vetustos pobladores de la Patagonia, «son los 

que reunen mayor suma de caracteres comunes con el hombre y los que 

más se aproximan al tronco primitivo, de donde se separaron los monos 

americanos» (platirrinos), los antropomorfos (moros del antiguo conti- 

nente), y los hominídeos. El Pitheculites, que dió origen al homunculí- 

deo, es del «eoceno» como éste. 


En Patagonia, luego, es mucho más antigua la existencia del Homun- 

culus que en otras secciones de la tierra. 


En Norte América no hay fósiles simios en los períodos terciarios. 


En Europa y Asia, los fósiles simios, sólo se encuentran recién en el 

mioceno, formación más moderna que el eoceno. Y esos mismos fósiles 



no tienen representantes ancestrales en los terrenos más antiguos de las 



mismas regiones. Es decir que aquellos fósiles miocenos no han podido 

descender de otros antecesores eocenos que no existen. 

Luego, entonces, el problema no es dudoso.


En el viejo mundo no está el precursor del hombre; en América del 

Norte tampoco. ¿Dónde encontrarlo ? 


Ameghino respondió con atrevimiento de iluminado: la Patagonia 

es la cuna del género humano. 


Pero, ¿cómo ha sucedido esto? Parece un absurdo que América re- 

sulte pobladora del mundo, cuando fué descubierta por Cristóbal Colón. 


Pero la ciencia lo explica todo con satisfacción para la humanidad. 


Por evolución salió del Homunculites, la línea más avanzada de los 

hominídeos. 


El hominídeo, siguió su marcha. La América del Sur y Africa estaban 

unidas entonces por el Arquelenis (continente desaparecido). Una rama 

de los hominídeos -pasó por Arquelenis y llegó al Africa a fines del 

eoceno. Allí encontró selvas cuajadas de frutas y tuvo que subir a los 

árboles para darse la subsistencia, se hizo cuadrumano y se bestializó, 

dando origen a los monos del viejo mundo, de los cuales se encuentran 

los fósiles del Pithecanthropus erectus del cuaternario inferior de Java, 

y Pseudohomo Heidelbergensis de Alemania y los actuales gorila, chim- 

pancé y orangután. 


La otra rama de los hominídeos tuvo que vivir de otro modo, luchan- 

do por la vida, con las fieras, cazando para nutrirse y mirando lejos los 

horizontes de la llanura, su vida fué de mayor actividad intelectual. Fué . 

asi en progreso orgánicamente hasta evolucionar en Tetraprothomo (cuar-. 

to antecesor del hombre) ), cuyos restos se encontraron en Monte Her- 

moso. Su talla era la de un hombre de algo más de un metro. | 


El Tetraprethomo evoluciona hacia el Diprothomo, cuyos restos se . 

han encontrado en las capas Mo ie og de la misma ciudad de Buenos 

Aires. 


Este hominídeo, invadiendo América, encontró los últimos vestigios 

del puente guayano-senegalense, que aún unía la América con el Africa, 

tal vez a principios del plioceno, formación más moderna que el mio- 

ceno. 


En su continua evolución constituye el tipo del Homo ater que ha dado 

origen a hotentotes, bosquimanos, akas, negritos y demás negroides y 

australoides. 


À este grupo del Homo ater, Ameghino lo denomina «grupo austral», 

inferior al «grupo septentrional», del que se ER los cáucaso- 

mongoles más evolucionados. 


La parte de los hominídeos Diprothomo que siguió avanzando por las 

regiones de América, evolucionó hacia el Homo pampaeus, y una vez 

unidas por el istmo de Panamá ambas Américas, pasó a la del Norte, 

en el plioceno, constituyendo las distintas razas americanas. 


Pero no debía parar allí este ser destinado a perfeccionarse y triun- 

far, que sobrevivió a toda la fauna pampeana de megaterios, milodones, 

toxodontes, gliptodontes, que lo acompañara en este enorme y colosal 


éxodo y que se extinguió en el futuro escenario de los yanquis prodi- 

giosos. 


Este hombre nacido en las pampas argentinas, avanzó en dos grupos: 

Uno hacia el Noroeste, derramándose, como una aurora desconocida, 

por el continente Asiático, diversificándose en este nuevo ambiente para 

constituir la raza mongólica tan parecida antropológicamente con el 

hombre americano. 


El otro grupo avanzó al Nordeste, atravesando el puente postplioceno 

neocuaternario que por entonces unía el Canadá con Europa, y allí 

constituyó la raza de «Galley Hill». 


Una parte de este grupo se aisló bestializándose en Homo primige- 

nius, Neanderthal, de Spy, extinguiéndose con Krapina. La otra parte del 

grupo, más feliz, más enérgica, más plástica a la evolución, se dilató 

por toda la Europa, anunciando al mundo el génesis de una civilización 

que fincaría su grandeza, su potencialidad dominadora en el protoplas- 

ma nervioso del cerebro, capaz de producir en honor de Psiquis, el fuego 

inmortal de las ideas, y como dice el gran espíritu del sabio que lloramos: 


«fundó la raza blanca, la más perfecta y a la que está reservado el do- 

minio completo de nuestro globo». 


Tal, es señores, a grandes rasgos, sintetizada en honor a la brevedad 

del momento, la teoría de Ameghino, sobre la probable aparición del 

hombre sobre la tierra. 


Es una teoría atrevida, pero abonada por una inmensa experimenta- 

ción, basada en hechos paleontológicos, geológicos, filogenéticos y antro- 

pológicos que no se pueden poner en duda. 


Para llegar a esta síntesis, el querido sabio ha trabajado cuarenta 

años, consumiendo la energía de su vida, machacando piedras, restau- 

rando fósiles, sufriendo intemperies y pobrezas, coleccionando, meditan- 

do y escribiendo sin tregua, como si presintiera que el tiempo le era 

corto y debía faltarle. Y para hacer justicia más completa aquí, hemos de 

mencionar a Carlos Ameghino, hermano del sabio muerto, sabio tam- 

bién, incansable explorador que ha cruzado inmensas soledades para 

traer los materiales que debían servir a Florentino para sus hondas in- 

vestigaciones. 


Estos dos hermanos se han complementado y han marchado unidos 

sin envidia, animados por el sublime amor de la ciencia. 


Y a fe, que entre los dos, han levantado a la ciencia americana un mo- 

numento imperecedero alto y majestuoso, para señalar a las caravanas 

humanas en sus fatigosas travesías que aquí en esta región del Plata, ori- 

ginaria del precursor humano, patria del Homunculus, la raza del genio 

ha sido digna de la función superior de alzar la antorcha de la civili- 

zación para enseñar los caminos de la luz hacia los rumbos de la inmor- 

talidad del espíritu. 


Aquí donde, allá en las noches de los tiempos, surgió el Homunculus, 

el hombrecillo de la Patagonia, pequeño, pero erguido, que encendió el 

fuego por primera vez, precursor del fuego sagrado que debía iluminar 

- el cerebro de su posteridad lejana, ese Homunculus de pequenisimas ma- 

nos que se inició en el arte, grabando inscripciones en los huesos con el 

silex, tosco esbozo del buril futuro; aquí la patria de la infancia del. 

Homo sapiens ha tenido, agregado a ese honor de precursores, el de ser 

también la patria del homo magnus que reveló el inextricable secreto — 

del origen ancéstral de esta humanidad, que lleva, sorprendiendo a la 

misma naturaleza, las insignias más altas de todas las estirpes. - 


¡ Honor por siempre, señores, al sabio que ha caído en medio de la 

gloriosa batalla de la ciencia, que aún sin terminar su obra gigantesca, 

deja una herencia que es orgullo nuestro y honor de la humanidad! 


No olvidemos los argentinos, cómo se hizo este hombre superior, cómo 

ascendió la áspera cuesta de la vida, cómo fué pobre y humilde y se 

convirtió en gigante, cómo naciendo en la obscuridad de los anónimos, 

resplandeció como un sol en todas partes. Sírvanos de ejemplo su con- 

textura moral, porque en el hogar y en la amistad, tuvo las dulzuras de 

un niño, en el trabajo fué flexible y tenaz-como el acero, y en la acción 

del combatiente del ideal y de la ciencia, tuvo la firmeza y la pasión 

del superhombre. 


Merece el homenaje solemne de los vivos, porque su muerte, que es." 

una gran desgracia, evoca emociones de orden superior. 


En cuanto a su nombre, lo tiene ya en su seno la inmortalidad, y vivi- 

rá agrandándose, a medida que los hombres vayan conociendo mejor loz 

grandes lineamientos de la obra compleja y múltiple que realizó el sabio 

innovador y prodigioso.

Y su espíritu, como una luz diáfana, brillará en todas las latitudes - 

donde los hombres que estudian los secretos de la vida, vayan a inves- 

tigar la verdad que guardan los tiempos, para señalarles la vía que lleva 

a la revelación, y se agitará como un genio superior y benéfico en las 

rocas mil veces milenarias, en los silenciosos estratos que guardan los 

vestigios de las vidas ancestrales, en las apiñadas colecciones de los mu 

seos, en las profusas páginas de las bibliotecas, en las cátedras superio- 

res, en las asambleas de los sabios, en todas partes, en fin, su espíritu 

será luz, siempre que los hombres sientan y amen la ciencia de la verdad.





Ilustración: Jutta Hof



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