El culto a los sabios es el homenaje más justiciero de la inteligencia.
Ellos representan la flor de la especie. Somos felices por ellos. Son hom-
bres, luz y fruto, de los que todos participamos, grandes y pequeños; y
sus vigilias y sus esfuerzos, forjan esa cadena misteriosa que uniéndonos
a todos los seres creados, desde el infusorio hasta el sol, hacen estrecho
el molde del cristianismo que reune sólo a los hombres, para plasmar
otro más magnífico, porque es inconmensurable: el amor de todas las
criaturas, bajo las mismas leyes de la vida en la patria común del uni-
verso. |
Hoy vamos a honrar un sabio nuestro: argentino por el polvo de sus
huesos y argentino por el color que en su frente alabastrina reflejó el
lampo de nuestra bandera inmortal. El debe censtituir nuestro orgullo,
porque es un timbre de honor en la estirpe. Ya podemos exhibir al mundo
esta trilogía que es el Orión del cielo de nuestra historia: San Martín, el
genio de las batallas; Andrade, el númen de la belleza; Ameghino, el
prócer de la ciencia. Y pueblo en que tal constelación fulgura, no es un
pueblo de mercaderes, una factoría de Londres o Hamburgo, sino una
Nación genial que enseña con sus estrategas, arrulla con sus poetas, ilu-
mina con sus sabios, dando así el pan del alma al mismo tiempo que el
pan del cuerpo, a todos los hombres del mundo que quieran cobijarse
bajo el labaro de oro de su munífica grandeza.
Y hoy venimos a honrarlo con el remordimiento de no Hs hon-
rado en vida, tanto como por su valer mereciera. Fué necesario que la
muerte lo ocultase para siempre, que se apagara la aureola de la vida en
su hermosa cabeza de pensador, para que nos diéramos cuenta de lo que
habíamos perdido, a la manera del ciego que sólo estima los encantos
de la visión, cuando la fatalidad lo sepulta perpetuamente en una no-
che sin estrellas.
Todo lo que es verdaderamente grande, realiza en silencio su obra fe-
cunda. Sólo lo vacuo e inútil es ruidoso y llamativo. La luz que trae la
vida en sus ondas, ¡cuán silenciosamente desciende del astro!; el oxígeno
que la purifica, ¡cuán en secreto rejuvenece la materia!; el pensamiento
que redime, ¡cuán misterioso se elabora en el cerebro!; ¡con qué so-
lemne y quieta majestad se hunde el sol en el dorado ocaso!
Así, la obra del sapiente. Bástale con la armonía interior que escuchan
los hombres predilectos; huye del ruido estéril, porque ve muy pe-
queña la vanagloria desde la cumbre excelsa en que el destino lo un-
giera príncipe indiscutido de la inteligencia. |
Conocí a Ameghino en mi niñez: era maestro de escuela en mi pue-
blo. Tenía, empero, su leyenda: se decía de él que tenía ideas peregri-
nas; que miraba mucho hacia lo alto; que sus lecturas eran continuas y
esotéricas. Preocupábase más de sus estudios que de su indumentaria.
Recuerdo que habia en su fisonomía ese no sé qué místico de los sa-
cerdotes de la ciencia. Un día viéronle vagar por la cuenca del Luján.
Llevaba un martillo en la mano. Juntaba huesos. — ¡ Buen negocio va
a hacer éste! — decía maliciosamente la nesciencia procaz y esta vez
no se equivocaba por cierto; allí a orillas del Luján su martillo de pa-
leontólogo descubrió un día esos huesos enigmáticos que le sirvieron”:
de lente para descubrir parte de la fauna cuaternaria cuyo estudio cons-
tituye su mejor título a la celebridad. científica. Después escribió un
libro lleno de ideas propias. Era un libro de combate, que le atrajo la
mirada de los sabios. Luego se fué con sus osamentas a Europa. Más
tarde con sus nuevas obras, se incorporaba gallardamente a esa brillante
legión formada por Buffon, Cuvier, Burmeister, Owen, Lamarck, Dar-
win y Haecktl, que han reconstruido y calificado una fauna muerta.
Pero la pobreza, la maldita pobreza, le limitaba el horizonte. Tuvo que
repartir su actividad entre sus meditaciones de sabio y sus quehaceres
de mercader. Nuevas conquistas fueron el fruto de ese dolor fecundo.
La notoriedad se impuso al fin: su nombre atravesó los mares y los libros
de Ameghino se leían en todas las bibliotecas del mundo. Su patria le
dió entonces un puesto de trabajo y de honor: desempeñándolo le sor-
prendió la muerte cuando todavía habia mucho que esperar de su inteli-
gencia privilegiada.
Quede para otros panegiristas más familiarizados con la ciencia que
cultivó nuestro sabio, el estudio analítico de sus producciones. A mí
sólo toca entregar a sus manes el laurel olímpico y rociar sus despojos
con la ofrenda de nuestras lágrimas.
Ameghino: sabio maestro: tu vivirás en el corazón de tu estirpe; en
las brisas de esta Pampa silenciosa; en el perfume de sus flores silves-
tres; en las melancolías de sus puestas de sol; en la pupila de sus vír-
genes morenas; porque amaste mucho la tierra embellecida también
por los esplendores de tu genio; porque es mucha la deuda que tenemos
contigo, los que creemos que debemos ser grandes, no por el estrépito
de las armas, no por la riqueza del suelo, sino por la cultura de sus
hijos, por el amor desinteresado a la ciencia, ese beso de Dios en la
frente del hombre.
Ilustración: Liza Sivakova

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