martes, 28 de julio de 2026

La personalidad de Ameghino (Antonio Romero)

 




La personalidad de Ameghino se destaca, sin duda alguna, como una 

de las figuras de gran relieve del mundo cientifico; tanto por las dotes 

de su talento excepcional que lo declaran, sino el primero, por lo menos 


uno de los filósofos innovadores y revolucionarios de más precisa y clara 

originalidad de la época actual, como por la inmensa labor desplegada 

y el poder de un espíritu observador y clarividente de las leyes naturales 

que rigen los fenómenos de la evolución y de la vida, vinculando en es- 

trecho e íntimo enlace la historia de la tierra desde los primeros tiempos 

de su consolidación y capacidad creadora de los organismos hasta hoy 

perceptibles y determinados, con la historia de la humanidad; some- 

tiendo a un severo análisis las leyes de transformación de todos los 

seres en el tiempo y en el espacio, y deduciendo de este conjunto de sa- 

bias orientaciones, una ciencia más completa y una filosofía más seve- 

ra, que nos conduzca más fácil y seguramente al camino de la verdad. 

Tal ha sido el afán de toda su vida, y tal fué la obra a que dedicó 

todas sus facultades y energías, consagrado en absoluto a ella con la 

obsesión del místico y la entereza del anacoreta, desde los primeros años 



de su infancia hasta horas — muy pocas horas — antes de su muerte, 



pues casi agónico replicaba con gran lucidez de espíritu a las críticas 

de algunos catecúmenos que se atrevían a censurarla, empleando en su 

dialéctica los argumentos concisos e incontrovertibles de su peculiar 



razonamiento, confirmando aquel concepto filosófico: «La naturaleza 



es ciega»; aquel cerebro requería el cuerpo vigoroso de un atleta. 


Ameghino ha sido pobre, defecto capital en todas partes y especial- 

mente entre nosotros, para merecer consideración. Desde los primeros 

años de su naturaleza tierna e infantil, ya poseía un poder razonador y 

una energía sorprendente: así lo afirman todos sus contemporáneos y 

condiscípulos. Su carácter y su condición casi bravía, singular mezcla 

de orgullo de su poder y desprecio a los oropeles, a los figurones y a la 

presuntuosa insuficiencia, no lo han hecho popular, y su memoria y su 

obra son menos familiares a las multitudes de su patria y menos conside- 

radas aún por los hombres que gobiernan, que la de cualquier especulador 

político o eminente enciclopédico. 


En el concepto filosófico más riguroso, Ameghino fué un genio, con- 

dición que no podrá negar ningún psicólogo que conozca su obra y los 

detalles de su vida, de esa vida que por más de un concepto tantos pun- 

tos tiene de contacto con la vida del ilustre filósofo Manuel Kant, por- 

que, como él, ha tenido que luchar con las estrecheces a que estaba re- 

ducido el humilde hogar de sus honrados padres; como él, necesitó ven- 



cer la indiferencia del medio; como él, ha soportado la soberbia insufi- 



ciente y presuntuosa de los grandes; y como él, afrontó la malevolencia 

de los egoístas y envidiosos, agregado al constante y mortificador zum- 

bido de los escritores parásitos que pretendían entorpecer su obra con 

fines personales, validos de su preparación literaria, pero pobres, muy 

pobres, en bagaje científico. 


La sinceridad entre las medianías del saber, es planta exótica de muy 

rara aclimatación; la justicia y el interés del progreso cultural bien en- 


tendido, es patrimonio exclusivo de los hombres de carácter y honrados 

procederes, y de los espíritus elevados que dirigen la corriente del movi- 

miento científico universal, y éstos, son para desgracia de la humanidad, 

los menos, y es de ellos de quienes recibió siempre aliento y sincero 

aplauso en su obra, porque ellos eran también los únicos que podian 

valorarla y comprenderla. 


No se crea por esto que Ameghino salió armado del ste o materno 

como saliera Minerva de la cabeza de Júpiter; él nos lo dice en su obra 

inmortal Filogenia: Surgió del llano para volver al llano. Sentimiento — 

altruísta, grande y elocuente que eleva la figura del maestro y nos de- 

muestra su desinterés, la pureza y sinceridad de su noble espíritu y la 

modalidad sin reverso de su carácter. Ese era el hombre, y esa su am- 

bición: ser útil, nada más que ser útil, remover la ceniza y sacar del 

fondo el fuego sagrado vívido y refulgente que ilumine la historia de la 

creación con esplendores de purísima verdad. 


Los primeros años de la vida del sabio Ameghino, no se especializaron 

en forma singular; fué un niño como tantos otros, sin particularidades 

que lo distinguieran; pero adolescente, se nos revela todo un carácter. 

Estudiante, era el más puntual a las clases, no se distinguía por un ta- 

lento locuaz, pero sí por su serenidad y mayor dedicación al estudio y 

una vocación decidida a la investigación y solución de problemas obscu- 

ros y difíciles, aún para cerebros mejor preparados y de evolución más 

avanzada. A los diez y ocho años, su inclinación por los temas históricos 

y su genio razonador lo llevaron a investigar la existencia de las razas 

aborígenes americanas, partiendo de la prehistoria, para deducir de su 

estudio las relaciones étnicas de todas las que poblaron el Plata y aún 

el continente de Colón. Algunas obras -de prehistoria debidas a explora- 

dores e ilustres naturalistas, le hicieron comprender que los sedimentos 

acumulados durante miles y miles de centurias, formando depósitos de 

muchos metros de espesor, en las inmensas llanuras que llamamos Pam- 

pas Argentinas, guardaban en sus entrañas las páginas históricas que él 

pretendía conocer, conjuntamente con la cronología de esas remotas 

edades. 


Para el profano, tales hechos resultan incomprensibles, pero no así 

para el que se dedica a su estudio, que no requiere para ello conoci- 

mientos extraordinarios, sino dedicación y un poco de buena voluntad 

que sobresalga de lo vulgar, para que resulten sencillos. 3 


Ameghino, así lo comprendió también, sin amedrentarse ante los 

enigmas misteriosos que se presentaban como un escollo inabordable a 

su joven inteligencia, escollo que ha sabido vencer con perseverante te- 

nacidad, para seguir sus estudios en el viejo mundo, orientados por los 

trabajos de sus maestros predilectos, Lamarck y Darwin, etc., y por la 

sabia y personal dirección del doctor Gervais y los consejos de Gaudry, 

explorando en la cuna de la geología y en el teatro de aquellas viejas


civilizaciones, las grutas y yacimientos del hombre fósil y de su indus- 

tria, especializándose en la arqueología, etnografía y antropología, pro- 



fundizando en forma descollante los conocimientos paleontológicos y es- 

tratigráficos, que son la base de la geología; realizando a su vuelta a la 

patria, la obra de reconstrucción paleontológica más grande y más ge- 

nial de la época presente, para terminar en estos últimos tiempos con 

una serie de investigaciones de un orden conexo, pero nuevas, y de altí- 

simo interés científico. 


Por la poderosa lente de su genio, pasaron en revista durante su corta 

existencia todos los fenómenos etiológicos de la vida de los seres vivos y 

el exámen de los distintos métodos de clasificación de las especies, estu- 

dio de su origen, mutación, evolución y transformismo, para llegar a 



«fundar leyes de sistemática tan completas y precisas, que no es exagerado 

afirmar que tendrán la sanción de todos los sabios del universo. No de- 

bemos dudar de estos resultados, cuando las teorías de Lamarck fueron 



en su tiempo despreciadas y amargada la vida del sabio, y las de Darwin 

que las confirmaban y perfeccionaban, han sido combatidas con todo 

ardor; y esto se concibe, porque los teoristas abundan y los dogmáticos 

aferrados a su credo son numerosos, casi la mayoría; pero nada existe en 

la naturaleza que pueda escapar a la investigación y no llegue el hombre 

algún día a conocer sus secretos más recónditos, que en resumen, no 

son tan obscuros e inabordables como se piensa. La rémora y el peligro 

existen en el egoísmo, en la insuficiencia de los que pretenden dirigir 

la educación de los pueblos, y en la falta de acuerdo por parte de los 

sabios verdaderos, de un método sintético que oriente en una dirección 

determinada el orden de las investigaciones, apreciando la importancia 



de la labor realizada por unos y por otros, libre de prejuicios y de espe- 

culaciones malsanas y deprimentes para la cultura universal. 



La obra múltiple de Ameghino es difícil de analizar, porque son pocos 

los hombres que han producido tantas ideas y abierto tantos horizontes 

la mentalidad de las generaciones contemporáneas y futuras en el 



orden de las investigaciones, y no es este el momento de hacer su sín- 


tesis, ni me considero con facultades para tanto, limitándome a cumplir 



con un deber impuesto en homenaje al ciudadano que tanto honró a su 

patria; al sabio y al amigo cuya pérdida es para mí tan sensible, enca- 



rinado como estaba desde muchos años, con su labor, con su energía y 

con la vasta y profunda ilustración de su genial espíritu. 



La ciencia no es un estudio que halague nuestro espíritu, quizá por- 

que no se sabe presentarla como un motivo de placer intelectual y de 

dignificación del alma. En Europa y en los Estados Unidos de Norte 

América, son numerosos los donativos para los trabajos científicos y 



vemos que hombres de ilustre nacimiento y muchos archimillonarios, 

se honran practicando la ciencia, realizando exploraciones y fecundos 

descubrimientos que merecen la gratitud universal. No se crea, sin em- 

bargo, que su obra responde a la ambición de popularidad; entran en 

sus propósitos sentimientos más delicados, más desinteresados; un deseo 

íntimo de refrescar el alma en las fuentes más fecundas que constituyen 

el capital intelectual de la nueva civilización, los atrae, porque en él 

cifran las verdades que dan nuevo aspecto a la historia del mundo, sin 

que sus miradas se deslumbren ante el esplendor de la refulgente luz de 

la verdad. Entre nosotros, por desgracia, se ignoran tan meritorios ejem- 

plos; son otras las preocupaciones y los deleites del espíritu que apasio- 

nan a nuestra sociedad, deleites más materialistas, pues para ella, la 

materia es todo; la vida espiritual que ella entiende se compra con una 

bula, la bendición apostólica, o con un puñado de oro para misas y res- 

ponsos; los placeres, el juego y la ambición para satisfacerlos, es lo que 

más la preocupa.  


No obstante, podemos felicitarnos que al presente la evolución de las 

ideas tiende a orientarse con marcada inclinación hacia las investigacio- 

nes científicas, revelándose con mayor impulso en la mujer, que aparece 

ansiosa de conocer la verdad, sin que la arredren los arduos problemas 

ni los escollos que asu sexo ofrece. Es que la verdad científica apasiona 

también, cuando se ha llegado a percibir su grandeza; y nuestra mujer 

dotada de un espíritu sutil e inteligente, ha comprendido que no debe 

satisfacerse con un presente breve y superficial, que la consagra en masa 

plástica apreciable, sin ideas y sin cerebro. 


Por eso nuestra admiración ha sido grande al verla marchar a pie re- 

corriendo un camino imposible, tras el cadáver del ilustre Ameghino, 

reconcentrada y embargada por el sentimiento de tan sensible pérdida; 

por eso, la hemos visto llenar casi ella sola, los paraninfos de las uni- 

versidades y salones de corporaciones estudiosas, cuando en ellos se or- 

ganizaban veladas o se daban conferencias consagradas a su memoria y 

a su obra; por eso, la vemos hoy ocupando también el sitio de honor 

entre los primeros y alentando con su ejemplo a los espíritus apocados 

o decaídos. 


¡Loor, a esta mujer, presagio de un futuro muy próximo de carácter 

y cultura, que será el timbre más glorioso de nuestra grandeza! 




Ilustración: Wojciech Weiss


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