De la obra descriptiva de Ameghino surge una tendencia esencialmente
filosófica. Discípulo legítimo de Lamarck, Darwin y Haeckel, tomó de
ellos todo lo mejor y más seguro; construyó un castillo del cual nadie
podrá desalojarlo, aunque le derrumben algunas torres y almenas en el
ataque, y su nombre vinculado a los de aquellos ilustres sabios, será re-
petido en esa cumbre de los iguales, de Víctor Hugo, donde todos se
miran con mirada horizontal.
El tiempo hará su síntesis, porque es en extremo compleja, y los ele-
mentos que la constituyen no son todavía del dominio público. Cuando
los Piroterios, los Paquírucos y los Megainys sean tan conocidos como
los Megaterios y Gliptodontes; cuando hábiles restauradores nos den
las imágenes completas del Tetraprothomo y de los Homunculídeos;
cuando una crítica sabia y severa elimine algunos de sus errores inevita-
bles y propios del tanteo en las tinieblas, estableciendo en forma indis-
cutible la correspondencia de los diversos pisos -de nuestros terrenos
terciarios, para lo cual deja él mismo un material incalculable, y esos
conocimientos se vulgaricen — entonces Ameghino quedará definitiva-
mente consagrado; pero, de distinta suerte que lo que ocurre con los
grandes capitanes, los poetas, los músicos y los oradores, no será nunca
popular, porque siempre se dirigió a lo más hondo del cerebro humano.
Ilustración: Alexei Petrovich Tkachev

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