Se ha publicado la noticia de que el Gobierno Nacional, con motivo
de la muerte del sabio Ameghino, proyecta la fundación de una colonia
que perpetúe en los campos del sur, el nombre del explorador iluminado
que arrancó a sus entrañas el secreto científico de nuestra génesis. Tal
iniciativa ha merecido el aplauso de la prensa, y ha menester de todos
los estímulos que aceleren su realización. Hay en ella una ofrenda de
la gratitud nacional hacia la memoria de un sabio esclarecido y de un ciu-
dadano eminente, cuyo fallecimiento ha sido luto de América y de la cien-
cia; pero hay en ella, asimismo, un loable acierto, por la forma elegida
para honrar oficialmente aquella gloriosa memoria, vinculando su nom-
re a la geografía del propio territorio que el ciudadano amó como solar
de su patria y el sabio como documento de su doctrina genial. Mas al
anunciar este pensamiento, se ha anticipado también el nombre de
Colonia Ameghino que a la nueva fundación se impondría, y como ve-
mos al Gobierno incurrir con ello, sin duda por rutina, en el error peli-
groso de otros bautismos análogos, nos atrevemos a formular en estas
páginas una advertencia que si fuese escuchada, podría redundar en aus-
picio feliz para la formación de la conciencia argentina.
Yo he tenido oportunidad de señalar, en un libro afortunado, lo que
significa la nomenclatura geográfica en la conciencia colectiva de una
nación. Creo haber sido el primero que entre nosotros lo señalara, y el
primero que protestase, por razones de esa índole, contra la instabilidad
que dejaba los nombres de nuestros lugares a merced. de la irreverencia
pública o de la vanidad personal. Aquella protesta, por ventura, ha pros-
perado, y la casi totalidad de la prensa tiene ahora sus cien ojos alertas
sobre tamaña forma de profanación. Hoy ya no pasan en silencio, como
hace años pasaban, las sustituciones que cambiaron Arbolito por General
Villegas, Floresta por Vélez Sarsfield, Mar del Plata por General Puey-
rredón, Miramar por General Alvarado, Ajó por General Lavalle, Carhué
por Adolfo Alsina. So capa de civilización, cualquier edil en trance de
snobismo, o legislador en busca de notoriedad, o especulador en tierras
enamorado de esa gloria sin angustias, creíase con derecho a suplantar
por un nombre de capitalista extranjero, de héroe discutible o de magis-
trado actual, el viejo nombre, secular como el burgo que designaba, o
descriptivo como el paraje que sugería. Este abusivo error comienza a
desaparecer. Para evitarlo, aconsejábamos una ley, hace tres años. La ley
no se dictó, mas la conciencia social, que genera costumbres, comienza a
dar sus resultados. Los nombres de nuestro mapa, amenazaban caer en
el mismo vaivén que el catastro de nuestras especulaciones agrarias. Y
el mapa, que es la imagen de la tierra, debe tener la estabilidad de la
tierra: madre venerable. Mala patria es aquella cuyo suelo es tómbola
de ganancias, que va de mano en mano; pero es peor aquella donde su
suelo es lote de vanidades, que va de nombre en nombre.
Tener mapa inmutable, como de pueblo viejo, es imposible’ en una de
rra nueva. La nación creciente sobre el desierto, va con sus ferrocarriles,
con sus pueblos, con sus siembras, pidiendo nuevos nombres. De ahí que
hayamos podido entendernos sobre la necesidad de respetar los nombres
viejos ya existentes; pero sin que ésta haya suprimido la necesidad de
crear nombres nuevos, lo cual requiere la adopción de un criterio que
nacionalice y ennoblezca los nombres que elijamos para los nuevos lu-
gares. Fué la primera faz de este problema lo que señalé en «La Restau-
ración Nacionalista»: es la segunda lo que el bautismo de la Colonia
Ameghino me da ocasión de señalar en estas páginas. Dije en aquel libro
que los nombres humanos debían adoptarse tan sólo para la designación
de creaciones humanas: calles, plazas, monumentos, escuelas e institu-
ciones análogas. Afirmé que debían ser castizas, impersonales y descrip-
tivas las designaciones de pueblos, ejidos o jurisdicciones rurales. Condú-
jome a una regla tan absoluta, no solamente la necesidad, probable en
tales casos, de derivar gentilicios, sino el temor a la deformidad en que
nosotros habíamos caído, de designar los agros por fechas, como Veinti-
cinco de Mayo y Nueve de Julio; o por nombres exóticos, así Wheel-
wright y Koslowsky o por apellidos acompañados de su título jerárquico o
de su apéndice comercial, tales como general Baldissera, o Peña y Com-
pañía (sic). Poner nombres de fechas, que son porciones del tiempo, a
parajes que son porciones del espacio, es un absurdo tan evidente, que
su antinomia excluye la imagen concreta que es inherente a substantivos
de cosas, y hasta diría que la razón de su existencia. Poner asimismo,
nombre de familias o de individuos a lugares, es también otro absurdo,
puesto que convierte las comarcas en personas; y si ocurre que un ape-
llido pierde su primitiva significación humana, para ser ante la memoria
popular, simple nombre geográfico, habrá perdido entonces el valor epó-
nimo que se pretendía, y el propósito de glorificación personal quedará,
como se ve, malogrado. Es la revancha que a la larga toman el buen sen-
tido y la farftasía popular, según se ve no sólo en substantivos propios
como Juárez y Mercedes, sino igualmente en substantivos comunes como
Buenos Aires y Santa Fe. Pero en el caso de Ameghino, comparecemos
en presencia de un nombre que fuerza con su gloria a la excepción, y por
ahí a la solución racional del problema. '
Si hay entre nuestros próceres alguno que imponga con su gloria se-
mejante excepción, ése es Ameghino. Hay en la historia nacional glorias
más altas, más sonoras, más resplandecientes; pero digo que pocos tienen
como aquél, ese género de gloria que identifica con la tierra y que hace
pasar a ella su nombre, como en una trasmigración. Quizá la tenga San-
Martín, nombre como de santo, por ser el libertador del territorio; tal
vez Sarmiento, nombre como de raíz, que tuvo puesta en el territorio pa- _
trio la cenestería de su propia carne; también entre ellos Mitre, nombre
como de numen viviente en la memoria de los hombres que el territorio
de la patria crea. Como ellos, Ameghino se identifica con el suelo natal.
Se identifica por la carne, y por el espíritu. Argentino es por la cuna,
pero lo es también por la gloria. Polvo pampeano era su cuerpo y en
polvo pampeano se convertirá, como los huesos del hombre antiguo que
él descubrió, junto al hogar apagado, en la cáscara de glyptodonte donde
moraba. Esta es su gloria, y por ella el sabio muerto ha dejado su nom-
bre, no ya en la superficie de la tierra argentina, sino en la substancia
misma de la tierra argentina, donde sus manos se hundieron como en un
vientre materno, a buscar el secreto de sus entrañas. Hasta lo profundo
se hundieron, hasta dar con el barro hecho piedra ya, de Atlántidas y
Gonduanas predecesoras; y su genio volvió a prestar carne y vida a los
huesos de hominídeos y lemures, y a su fauna de monstruos caudales,
monstruos tenebrosos y largos, como lentos ríos. Aquel Homo pampaeus
que él descubriera y que según su hipótesis partió de aquí a poblar la tierra
toda, era el hombre pampeano, el primer «argentino» de esta pampa que
los hombres del mundo vuelven ahora a poblar para un destino que
ha de durar más siglos que su larga prehistoria. Hipótesis estupenda, que
si fuese verdad, sería de por sí un signo de Dios sobre nuestra tierra, y
que si fuera sólo la quimera de un argentino genial, sería ya de por sí
un signo de grandeza humana sobre nuestro pueblo. Debemos a Ame-
ghino el saber que nuestra pampa terciaria ha sido cuna de la humani-
dad primitiva: merece, pues, la gloria de que su nombre esté sobre un lu-
gar de esta pampa que aspira a ser hogar de la humanidad, ya reducida
por la civilización.
Tales predicamentos afirman que se necesita de gloria tan excepcio-
nal para que el propio nombre humano y perecedero deba perpetuarse
en la geografía de una patria. Pero esto nos coloca ante otra cuestión: el
saber si el epónimo ha de pasar al mapa tal como e! héroe lo llevaba, o
si ha de modificárselo para darle un significado territorial. Creo que se
debe, sin vacilación alguna, preferir lo segundo. Lo primero, además de
absurdo, según lo he señalado, ofrece el inconveniente de que, a fuerza
de querer perpetuar más íntegramente un nombre individual, lo hace más
fácilmente olvidable. En cambio, al derivar del nombre del héroe un
nuevo nombre, uniendo a su raíz una desinencia que signifique pueblo o
territorio, se crea una denominación que da, por dicha desinencia la ima-
gen de un epónimo geográfico, indicando que se ha de buscar en la raíz
que la precede el nombre de la gloria o tradición que en él se perpetúa.
Es el valor que en inglés tienen los subfijos «town» y «shire», «ville» o
«fort» en francés, y «burg» en los idiomas teutónicos, terminaciones fre-
cuentes en las nomenclaturas geográficas de Europa. Verdad que dichos
nombres han ido formándose al azar de la costumbre, por sedimentación
anónima y secular; pero cuando los pueblos a que ellos pertenecen, se
hicieron conquistadores, y fueron a colonizar la tierra de los continentes
vírgenes, supieron valerse de ese resorte de sus idiomas para crear arti-
ficialmente las denominaciones de los pueblos que fundaban, — así la
Brazzaville del Congo, ciudad de Brazza, el explorador; o la Georgetown
de América, pueblo de Jorge, el rey de su metrépoli. Paréceme, sin em-
bargo, que si tal resorte no hubiera existido en dichos idiomas, no hu-
biese faltado al ingenio libre, espontáneo y fecundo de aquellos pueblos,
el medio de crearlo, como lo probarían estos dos hermosos ejemplos que
me pone a la mano el mapa de los Estados Unidos: Carolina, región de
Carlos, y Peensylvania, selva de Peen.
Quédanos solamente a resolver si nosotros tenemos en el idioma nacio-
nal los medios de crear nombres similares. Mi contestación es afirmativa.
Raro es el recurso de sintaxis o de vocabulario que yo conozca en otras
lenguas de la Europa occidental que el castellano no los tenga también.
Las desinencias de substantivos y adjetivos son en nuestro idioma va-
riadamente expresivas, y es a los que manejan el caudal de la lengua pa-
tria, y no a la lengua misma, a quienes debemos culparles de languidez
o de pobreza. Yo creo que hay en castellano una desinencia que llamaré
de «substantivos geográficos o territoriales». Los textos usuales de gra-
mática no nos hablan de ella, aunque sí de los patronímicos en «ez»; de
los gentilicios como «eño», «es»; de los profesionales, como «ero», «ista».
Si alguna desinencia existe en castellano para designar jurisdicción de
pueblos o naciones, en la terminación «ia» no diptongada, unida a una
raíz, muchas veces de origen obscuro, que designó el epónimo del héroe,
de la raza o del solar primitivos. Para comprobar tal aserto, bastaría fi-
jar la atención en la siguiente lista de nombres ,eográficos, formada
sólo de los más conocidos e importantes: Britan-ia, Escoc-ia, Iber-ia,
Ital-ia, Lusitan-ia, Suec-ia, Gal-ia, Rus-ia, Franc-ia, Austr-ia, Grec-1a,
As-ia, Galic-ia, Aleman-ia, Beoc-ia, German-ia, Polon-ia, Ind-ia, Pers-ia,
Alban-ia, Georg-ia, Mesopotam-ia, Argel-ia, Sicii-‘a, Arab-ia, Emil-ia,
Fenic-ia, Babilon-ia, Venec-ia, etc. En la América española, los nombres
de los países han venido a ser, en su mayoría, los que antes de la con-
quista daban los indígenas a ciertas porciones del territorio. En tal caso
estan Chile, Méjico, Perú, Nicaragua, Paraguay; pero los epónimos que
los hispano-americanos hubimos de crear para comarcas o naciones, los
derivamos, por idiomática analogía, uniendo la terminación «ia» a la raíz,
de los héroes elegidos, y así Bolívar dió Boliv-ia, como antes Colón había
dado Colombia. Subordinándome a esta misma ley de las analogías idio-
máticas, yo propondría el nombre de «Ameguin-ia» para la porción de
territorio patrio que haya de designarse con el nombre del sabio argen-
tino que acaba de fallecer. Así quedaría su gloria perpetuada en la raíz,
pero ya no sería el nombre de una persona, siño algo más duradero: el
epónimo de un territorio glorificado por el nombre del héroe generador.
Se habrá notado que escribo Ameguinia y no Ameghinia, como hubiera M
debido hacerlo si mantuviese la ortografía italiana. He cambiado la «gh»
por «gu», para hacer lo que el pueblo espontáneamente haría, pues me
propongo, con las presentes líneas, señalar los inconvenientes del artifi- —
cio burocrático en estas materias. Escritos Ameghinia en mapas y carte-
les, el pueblo de los futuros argentinos, leerá Ameginia, cambiando el
sonido de la gutural «gui» por «gi», con lo cual, por conservar el verda-
dero nombre, nos alejaríamos de él. Es lo que ya ocurre entre las gentes
de la provincia de Buenos Aires, con localidades como Wilde y Torn-
quist, que los colonos y paisanos designan oralmente como Ubilde y
Torquin, con lo cual el pueblo que los nombra empieza — ¡ay, demasiado
pronto! — a deformar y obscurecer el nombre de los héroes que buscan
inmortalizarse en ese fácil olimpo de las estaciones ferroviarias. Ni la
imprenta, ni la escuela primaria, evitarán esta obra de la prosodia po-
pular con ciertos nombres extranjeros. Apenas una generación nos ha
bastado para ver aqui ese proceso, y podemos calcular lo que será cuando
hayan transcurrido los siglos que la boca de los íberos necesitó para
convertir en «Zaragoza», la «César - Augusta» del fortín romano, o en
Mérida, la «Augusta Emérita» de Publius Carioius. Pues si sabemos que
en la voz viviente del habla popular, los nombres extranjeros van a ar-
gentinizarse, no debemos crear esta diferencia entre el nombre oral y el
escrito, ni accidentar el mapa con esa anarquía babélica de tan diversas
lenguas. ¿Por qué no optar, para la nomenclatura del territorio, que es
parte y fundamento de la patria, por la prosodia del himno y el idioma
de la constitución? Tanto mejor hubiera sido que deriváramos de los
epónimos citados, «Wildia» y «Torquinia», más eufónicos y castizos.
No creo que por negarnos a deformar la raíz de un apellido extranjero,
optemos por seguir deformando las raíces mismas de la patria.
El nombre de Ameguinia que propongo para la proyectada «Colonia»,
viene a darnos, con un ejemplo oportuno, la práctica del criterio con que
debemos proceder en casos análogos. Muchos han de presentarse aún,
en la continua génesis de los progresos argentinos, sobre el desierto que
nos tocó por heredad. Y cuando la desinencia territorial que he seña-
lado no se adapte al epónimo elegido, busquemos otras dentro de nuestro
idioma, así la de Judea o de Platea que nos dará Mitrea; o el «polis» de
los griegos, que dará Sarmientópolis; como a los norteamericanos India-
nópolis; o el burgo de los godos, como en Sáenzburgo y Burgoroca; o aun
las partículas similares que usaron con sus epónimos los indios de Nono-
gasta y Chicligasta, de Colalao y «de Pilciao... Pues créase que con
todo esto abordamos problemas de nacionalidad, y que tal advertencia
no obedece tan sólo a esparcimientos de imaginación literaria. Procure-
mos substituir por el esfuerzo del espíritu la tradición que nos falta, y
anticipar por el trabajo de la inteligencia, el proceso azaroso de los siglos
que han de venir. Con esa mira señalaba yo al Gobierno y a la opinión
en 1909 la necesidad de una ley que protegiese las nomenclaturas geo-
gráficas en un país librado a la inmigración, a la especulación y a la
irreflexión. Nuevas meditaciones me han permitido ver más tarde la
solución total de este problema.
Han de respetarse los nombres viejos ya existentes, si fuesen indíge-
nas sobre todo, porque entonces parece trascender en ellos el áspero mis-
terio de las tierras vírgenes. He ahí lo primero que esa ley debería pres-
cribir. Los nombres que los naturales dan a esas tierras, son sagrados, y
forman parte de ellas como sus árboles y sus aves, también por ellos bau-
tizadas. Por eso los conquistadores los respetaron en Tucumán, en Cata-
marca y en Jujuy. Lo que no hizo el conquistador que ocupaba la tierra
con riesgo de su vida, no ha de poderlo el burócrata sedentario, ni el
afortunado burgués. Por lo tanto esa ley ha de prescribir, lo segundo,
que los nombres viejos borrados por legislaturas, municipalidades, mi-
nistros o directorios de ferrocarril, sean devueltos para siempre a sus
respectivos lugares. Y queda así, como tercera resolución de la ley, lo
pertinente al bautismo de fundaciones nuevas, únicas que son derecho
de las nuevas generaciones.
Imponer nombre a lugares, es por sí mismo un acto sacerdotal. Los li-
bros santos lo mencionan, al rememorar las creaciones de sus dioses; los
libros épicos al glorificar las conquistas de sus héroes. Bautizar las tie-
rras O las cosas, es derecho exclusivo de quien las crea, o de quién pri-
mero las ocupa y las entrega al dominio de todos. El descubridor de una
tierra, le impone nombre, como un padre a su hijo. El fundador de un
pueblo se lo impone también, como un artista a su obra. Los cuatro tienen
ese derecho, porque obran como ministros de Dios; y lo tienen los pueblos
como atributo de su soberanía, y los poetas como don de su sensibilidad.
Poetas, es decir: vates, sacerdotes, evocadores, profetas; por eso ellos
debieran ser los bautistas de los lugares en las repúblicas de paz. ¿Qué
descubridores van a ir a bautizar nuestro territorio que ya conocemos”
¿Qué colonizadores van a serlo, sobre él, con riesgo de su sangre? Y si
las fundaciones son ahora pacíficas, burocráticas, legislativas, como esta
de la colonia Ameghino que se proyecta, es necesario que con unción
sacerdotal tengamos la sabiduría de poner en nuestros nombres geográ-
ficos el misterio que no les puede venir ya, como a los viejos nombres,
de lo desconocido en el espacio, de lo remoto en el tiempo, de lo heroico
en el ánimo de quienes desafiaron, sobre un lugar de la tierra, las ace-
chanzas de la muerte. De ahí que a los nombres los prefiera tomados a las
viejas lenguas americanas, sobre todo si fuesen armoniosos, como Tucu-
mán y Tandil. De ahí que si han de ser castellanos, los prefiera impersona-
les y descriptivos, como Floresta y Miramar. De ahí que cuando hayan de
ser epónimos, no los acepte sino por excepción, en el caso de una gloria
singular y evidente, como Solís y Garay. Es en este último caso donde co-
mienzan a salirnos al paso las dificultades mayores. Por eso la ley de que
hablamos, debiera prescribir que no se pueda imponer a los lugares nom- -
bres de personas, sino en el caso de que, por voto expreso del parla-
mento, esa persona hubiera comprometido la gratitud nacional, por su
heroísmo o simplemente por el desinterés de su labor. Establecida la jus-
ticia de la elección, un poeta debiera ser el asesor que propusiese para
el epónimo elegido, su derivación territorial. No olvidemos que poner
mbre a las tierras es un acto sagrado. Las cosas existen en la subs-
cia del que las crea, y de ahí en la forma que las encarna, y de ahí
la imagen de quien las contempla, y de ahí en el nombre que les
resta el humano que las invoca o las evoca. De esas cuatro existencias
primera es oculta; la segunda y tercera se confunden en los actos del
conocimiento; la cuarta vuelve a libertar en las cosas por el misterio de
la palabra. Y tratándose de nomenclaturas geográficas, el sencillo verbo
egido para una patria que soñamos bella y gloriosa, ha de equilibrar en
fuerza de la historia colectiva, la tradición y perpetuidad de la tierra,
dole del idioma cívico, y la sugestión de justicia, de arte y naciona-
que de ese mismo verbo se desprenda.
si se nutre, alimentado hasta por las raíces más tenues de su suelo,
píritu de las patrias predestinadas. Así las nombran con amor sus
hijos, y así las cantan, por sus nombres bellos, el verso de sus églogas y
sus odas.
Ilustración: Evsey Evseevich Moiseenko

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