Para
las tías
Hilda
y Elsa que nunca me olvidaron
Rosa,
a quien no conocí y tanto perdí
Perla,
a quien conocí tan poco y tanto lamento
Todas
son recuerdo, cristal más puro del afecto
“Se
había unido con la desesperación,
la más fiel de las esposas.”
“Vienen ellos,
con el aleteo de sus ropas negras.”
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
LOS HERMANOS QUE PELEAN SUELEN AMARSE
1
Habían estado esperando el barco que habitualmente hacía el
recorrido de ida y vuelta de Buenos Aires hacia el norte, pero luego de una
semana, una barca pesquera atracó en el muelle derruido. Sus dos tripulantes,
un chico y un viejo, bajaron, y sin siquiera mirar a la pareja que aguardaba
parada con las botas casi enterradas en el barro de la orilla, se miraron con
una sonrisa de burla.
- ¿Ustedes son los
pasajeros del “Juan Manuel”? -preguntó el más viejo.
Él se sorprendió
un poco al escuchar su nombre. Tenía un brazo sobre los hombros de su mujer,
que, como todas las
mañanas desde que habían dejado la aldea, estaba sumida en una pesadumbre fría
y hermética, puntillosamente revelada en cada uno de sus gestos lentos,
estudiados y analizados casi por esos ojos claros de ascendencia escandinava.
-Sí- respondió
Manuel Menéndez Iribarne, presintiendo que aquella similitud entre el barco que
debía llevarlos durante una parte del viaje de regreso a España y su propio
nombre, a diferencia de lo esperado, no era de buen agüero.
-Encalló hace
quince días a muchos kilómetros río abajo. Lo están reparando. -El viejo se
había quitado la gorra y comenzaba a sacarse la ropa mojada. Desnudo, se tiró
al río, mientras el chico seguía descargando las redes repletas.
La pareja se miró
entre sí, en silencio. Desde que habían salido de la aldea, pocas palabras
habían cruzado. Sentían, sin embargo, demasiado cerca aún la presencia de José:
ella, como a una pared de hierro que le impedía ver y huir; él, como un dios aborigen que le
estuviese amenazando continuamente. Pero éstas eran sensaciones que cada uno
suponía en el otro, insinuaciones que sus ojos sugerían al saberse observados.
Desde las seis de
la mañana de cada uno de los últimos días, se paraban uno junto al otro,
primero sin tocarse, luego ella se sujetaba al brazo de él, y después del
tercer día, él pudo poner su brazo derecho sobre los hombros de ella, quien se
lo permitió, temblando al principio, después ya más serena. Si estaban más
unidos, no podía saberlo ninguno de los dos, ya que sólo se trataba de
estremecimientos del cuerpo como manifestaciones del alma, y sentían que nada
tenían que ver uno con el otro. Sus almas eran como dos figuras etruscas
azotadas por carnavales mejicanos, acontecimientos desconcertantes y conflictos
irresolubles, apoteosis terrenales de desesperación.
Y todos sus
pensamientos se dirigían a un centro, precisamente el único sitio que
necesitaban evitar. Por eso recurrieron al barco y al río, por eso la esperanza
puesta en el mar todavía lejano, y la patria de Cádiz como un Paraíso
recuperado.
El centro era el
cuerpo de ella, su vientre sereno y a la vez estremecido, porque todo lo que
comía lo expulsaba otra vez por la boca. Insistía en quedarse hasta muy entrada
la tarde allí parada, sometida a la brisa fría, a los posibles golpes de los
pescadores que pasaban a su lado, mirándola con resquemor y enojo porque
justamente estaba en el camino de muelle pequeño y semiderruido.
Después de una
semana, la noticia los desilusionó aún más de lo que ya estaban, pero por lo
menos sabían ahora a qué atenerse con respecto al tiempo de espera.
- ¿Y cuándo piensa
que podrá pasar? -preguntó Manuel, acercándose a la orilla para que el viejo lo
escuchase desde el agua. El otro se encogió de hombros, y saliendo un rato
después para volverse a poner las ropas que ya se habían secado con rapidez al
sol, le dijo:
-No sé, patrón,
qué le puedo decir. Nosotros pasamos ayer por el lugar donde encalló, y así me
dijeron. Está arrimado a la orilla, levantado sobre palos, y le están reparando
la quilla, uno o dos indios brutos. -El viejo se sonrió porque el chico había
empezado a reírse a carcajadas al escucharlo. -Es que esos no saben nada, y el
capitán debe estar en el pueblo, completamente borracho. - El chico lo empujó y
le dijo algo al oído; el viejo ya no pudo dejar de reírse. -Usted sabe, señor…-y miró de reojo-…dicen que
allá la chicha y las mujeres no son fáciles de dejar.
Pero ya no les
hicieron caso, peleándose entre ellos y llevándose todo el producto de su pesca
en una carreta de la que tiraba un bayo enclenque y viejo. Al animal le costó
mucho esfuerzo sacar las ruedas del barro en que se habían enterrado mientras
cargaban. Ellos lo azotaban y lo palmeaban, lo insultaban y acariciaban, hasta
que salieron a paso lento por sobre el camino que se escondía entre los
árboles.
Manuel y Altea se
sentaron sobre un tronco caído. El estruendo de la corriente se había hecho más
intenso luego del mediodía. Las aguas bajaban turbias, con restos de ramas y un
color de barro. No era algo nuevo para ellos, desde su llegada varios años
antes sabían que era temporada de tormentas y el caudal de los ríos que bajaban
del Brasil era mucho más intenso. Las cataratas del Iguazú, según les contaran,
aumentaban su fuerza y arrastraban árboles y hasta pequeñas aldeas enteras y
puertos de sus costas. Habían visto muchos cadáveres de hombres y animales,
también, luego de alguna inundación.
-No hay más
remedio que esperar- dijo él, en voz muy baja, como si le hablara al río, pero
sabía que ella tenía un oído muy sensible. Tantas veces, antes, habría querido
desatar su propio enojo en tímidas murmuraciones, pero se abstenía de hacerlo
para que ella no oyese. Siempre lo irritaba su propia timidez, esa especie de
cobardía que era más una íntima represión aprehendida, o quizá heredada. Esa
vergüenza que lo enorgullecía porque hacía a su distinción, construyendo
ladrillo a ladrillo esa torre de marfil en la que gustaba asilarse.
- ¿No podrías
averiguar si alguien nos alquila un bote, no sé, o llevarnos hasta donde sea? Ya no aguanto más
este lugar - dijo ella.
No era ni siquiera
un pueblito, sino un paraje donde los pescadores anclaban para dejar su
carga en viaje a otras costas y volver algunos días después a recogerla. Era
raro que gente que no fuera indígena viviera cerca. Una pareja cuidaba el
muelle, y vivían en una casilla. De día la compartían a veces, pero preferían
esperar el barco en la orilla, porque no soportaban la presencia del hombre y
la mujer gastados por la selva y el río. Él caminaba rengueando por una vieja
fractura en una pierna, se había caído de un árbol intentando cazar un mono,
según dijo, pero la mujer se había reído al mismo tiempo que mostraba con
orgullo la ausencia de su mano derecha: se la había tenido que amputar por una
mordedura de yarará. Les contaron todo esto justamente esa misma noche, cuando
creyeron presentir el mayor desasosiego en sus huéspedes españoles. Les habían
dicho que también ellos eran de la península, pero ambas parejas se aborrecían.
La casilla estaba
a oscuras. Cinco años antes el gobierno de la provincia les había reclamado el
pago para instalar la electricidad, y ellos pagaron con el producto de varios
meses de pesca.
-Cuando llegó el
barco con los postes, hubo una tormenta en Corrientes. La torrentada arrastró
todo, y esto quedó así, como lo ven. Ni siquiera llegamos a tener más que dos
casas. Esta es la única que queda. - La voz del hombre era lenta, pero había
algo de jocosidad en el tono. La mujer en cambio miraba con odio a Altea,
sumergiéndose en una especie de envidia por el vestido oscuro que Altea
llevaba, que sin embargo era simple y adaptado a su trabajo de maestra, de
cultivadora en los terrenos junto a la escuela, de carretera de provisiones
desde el pueblo o de enfermera de primeros auxilios. Altea había sido todo eso,
incluso una esposa, que, aunque no pudiese jactarse de apasionada o cariñosa,
era exactamente el espejo de su esposo, por lo menos en cuanto a reacciones. A
la introversión de Manuel correspondía la frialdad de ella. Uno no buscaba en
el otro lo que ese otro no podía ofrecerle. Por eso se amaban, quizá, como un
conocimiento intelectual que había devenido en una especie de amor, que nunca, sin
embargo, habrían podido clasificar.
Y en la misma
noche en que les dijeron de la avería del “Juan Manuel”, el otro Manuel, el de
ese islote en tierra firme, o en tierra barrosa y resbaladiza empujada por la
maraña de árboles de la selva, dijo en voz alta y clara, reconociéndose en su
voz un orgullo apócrifo:
-Mi señora está
encinta.
La pareja de
cuidadores levantó la vista, cada uno extrañado. Al principio no habían
entendido, ellos no usaban esa palabra, pero la habían oído.
-Ah - dijo él,
mirando a su mujer con una sonrisa de burla. - Está preñada. Esta no entiende,
perdonen los señores, es analfabeta.
La mujer se
levantó, agarró una sartén y le pegó al hombre en la cabeza. Todo fue sin
intención, como un juego de niños que repetían muchas veces. Él se reía
mientras intentaba defenderse. Ella lo perseguía por el estrecho espacio de la
casilla, hasta que lo hizo caer al suelo, sin que él dejara de reírse.
Mientras, lo insultaba en guaraní y español, mezclando términos portugueses,
ambos estaban borrachos. Altea y Manuel se miraron, resignados a salir de allí y
pasar la noche a la intemperie. Se sentaron sobre la tierra, con las espaldas
apoyadas en un tronco caído. Ya tarde en la noche, se podían escuchar los
gemidos de los cuidadores al hacer el amor, salpicados de golpes e insultos.
Luego, casi a las dos o tres de la madrugada, se hizo el silencio absoluto
desde la casilla. Sólo se escuchaba el rumor del río y el llamado de los búhos,
constante, lúgubre y terso como un terciopelo oscuro que pudiese tocarse en el
aire.
Manuel y Altea se
durmieron cuando casi había amanecido, ella con su cabeza apoyada en un hombro
de su esposo, él cerrando los ojos cuando olió en el vestido de su mujer el
aroma del sudor y del cansancio, el perfume de la vida y de la muerte, tangible
e inconfundible, brotando de ella como una fruta repleta de acre humedad.
*
Al día siguiente, despertaron tarde. Como estaban de espaldas
al muelle, el poco movimiento de esa mañana no había logrado despertarlos. Dos
barcazas, algunos gritos, ladridos de perros que bajaban a la playa y volvían a
subir antes de volver a zarpar la barca de pesca. Un perro olisqueaba los pies
de Manuel cuando éste despertó, era alto y flaco, casi pelado y lleno de
cicatrices. El perro, al verlo despertarse, levantó su hocico largo, lo miró
con resquemor, y luego se acercó un poco más.
- ¡Fuera! - dijo
Manuel. El perro gruñó, mostró los dientes, pero se agazapó como en un juego.
Él conocía esas actitudes. Allá en Cádiz la familia Menéndez Iribarne tenía
extensos campos que arrendaban, y otros que reservaban para su uso particular.
Bosques de caza, campos de cría de ganado lanudo, de caballos o de aves de
corral. Las lanas que vendían eran de la mejor calidad, lo mismo que los
faisanes, se decía en toda la provincia. Manuel se había dedicado a la crianza
de perros de caza, y éste que ahora tenía enfrente era de esa clase. Una cruza,
sin duda, pero que aún conservaba distinción en su postura, y sobre todo en su
actitud: una amenaza velada y una defensa austera. Esa mezcla extraña, no podía
concebirse más que en un animal de caza, inteligente, educado, en un equilibrio
que un hombre jamás podría llegar a conseguir. Un hombre se dejaría dominar por
el sentimiento o por la razón, sin saber encontrar el justo término. Un perro
no se equivoca. Puede ser cruel, si su dueño es cruel.
Un hombre llamaba
al animal desde el río. No entendió el nombre, era en guaraní, tal vez. El
perro prestó atención, todo su cuerpo tenso, con la cabeza dirigida hacia el
llamado, pero, para asombro de Manuel, el perro no corrió. Entonces Altea
despertó, y vio al animal mirándola, y luego sentarse entre ambos, sin abrir la
boca ni mover la cola. Se quedó quieto como una estatua. Altea se irguió un poco, tenía el cuerpo dolorido,
pero con su cara pétrea de hielo escandinavo, sin enojo ni ira, incorporando
toda la bondad que puede expresar un rostro incólume, acercó una mano hacia el
perro y le acarició la cabeza.
El animal era
alto, de patas largas, y aún sentado era más alto que ellos, todavía casi
acostados junto al tronco. Era como un dios que se les hubiera acercado para
que lo adoraran sus fieles, pero tan sumiso como un servidor, porque al fin de
cuentas, se dijo Manuel, así precisamente él había aprendido era el dios de los
cristianos. Cuántas veces había reñido con su hermano José por esta causa. La
familia Menéndez Iribarne tenía una ancestral historia en la práctica del
catolicismo. Sitiales propios en varias catedrales de España, bancos y
reclinatorios que llevaban su nombre como antiguas donaciones. Los conventos de
Cádiz ofrecían una misa anual en honor de la benemérita familia, que cada año
otorgaba amplios caudales de su fortuna a fines benéficos. El escudo heráldico
contenía una hostia, entro otros símbolos, en señal de que cada generación
había entregado a alguno de sus miembros a la Iglesia.
Pero ya no
quedaban muchos, sólo los dos hermanos, José y Manuel Menéndez Iribarne. Se
habló mucho de eso en la familia, durante los años de su niñez y adolescencia.
Se habló, también, de la vocación eclesiástica de Manuel, a quien se veía
siempre apocado, pensativo, como si una armonía ingénita lo destinase al
claustro. José, sin embargo, era violento, iracundo, apasionado. A Manuel no le
gustaba salir de la casa, y José raramente volvía por las noches cuando se iba
con amigos y mujeres.
Cuando fueron ya
casi adultos, José eligió la carrera de marino mercante, y entonces se habló
únicamente de Manuel como un seguro candidato a la Iglesia. Pero los padres
estaban preocupados por la fortuna de la familia. José rehuía al casamiento, y
si tenía hijos los habría tenido en cualquier lugar y de cualquier mujer
desconocida, no podía confiarse en él a ese respecto. Entonces le preguntaron a
Manuel cuál era su vocación, porque él nunca había aceptado o negado que le
gustara dedicar su vida a Dios.
“Quiero casarme”,
respondió, y tanto su madre como su padre lo miraron asombrados. Tenía
dieciocho años y se había enamorado. Le preguntaron de quién. Él dijo que de la
hija de una familia danesa. Los padres se sintieron incómodos. Habían llegado a
una situación en que el futuro de la herencia tal vez caería en manos de la
Iglesia, lo cual habían tratado de evitar con esa especie de pago generacional.
Ahora sería despilfarrada por José, o entregada al extranjero por Manuel. El
padre, Agustín Menéndez, acusó a su hijo de desconsiderado y de infantil.
Todavía era un niño, y virgen seguramente, y venía a poner condiciones a sus
padres con una total desvergüenza. No estaba ahí José, porque había partido
hacía seis meses con la marina española para una larga circunvalación al
África, así que Manuel recibió todos los reproches con una extraña resignación
para su edad. La madre intentó calmar a su marido, pero éste caminó de pared a
pared de la sala comedor donde los tres se habían sentado a hablar.
Una sirvienta de
vez en cuando se asomaba por puerta que llevaba a la cocina, y luego cerraba al
escuchar los gritos del viejo Agustín. Si fuera una mujer de Cádiz, dijo el
padre, en un nuevo argumento por convencerse de que su hijo Manuel era un
estúpido tan terco y cerrado como una piedra. Pero no era estupidez, eso lo
sabía bien, era una extraña especie de madurez de nacimiento. Su hijo ya había
nacido viejo, y miraba todo con una absoluta sensación de tranquilidad.
Manuel veía cómo
el padre lo contemplaba con furia, y su madre ni siquiera lo miraba porque no
lo entendía. Sólo había tenido amor para José, y en él se había agotado.
“Se llama Altea,
y se acaba de recibir de maestra. Nos casaremos e iremos a América. Tal vez
enseñemos a los indígenas, yo también daré clases de catequesis y viviremos del
comercio de la zona del litoral.”
El viejo se
largó a reír y tuvo que sentarse. Siguió riéndose mientras su hijo lo miraba
desde el otro lado de la mesa. Un antiguo jarrón ya se había caído al suelo al
comienzo de la discusión, así que nada estorbaba entre uno y otro.
“Sueños”, dijo el
viejo, como una triste palabra. Miró a su mujer, que estaba sentada a un
costado, silenciosa, casi como si fuese un florero de adorno. “Un hijo nos
salió un tiro al aire, y el otro un soñador de nubes.”
Esa fue la última
conversación que Manuel recordaba con su padre. La vida en la casa siguió como
siempre, hasta que se enteró que Agustín Menéndez había empezado a vender sus
campos y propiedades. Los abogados salían y entraban de la casa, hubo
discusiones en el estudio del viejo, hasta el médico de la familia vino varias
veces a atender a su madre. Los hermanos tenían de quien heredar su terquedad.
El viejo Agustín no daría marcha atrás: vendería todo en vida antes que morirse
sabiendo que su fortuna le sería robada a sus hijos por estupidez ingénita. Que
por lo menos quedara en pie el prestigio, la gloria de la familia y su
intachable historia. Y que, como un final digno de tal alcurnia, la disolución
de la aristocrática familia quedase en un misterio del que todos hablaran con
respeto, porque al fin de cuentas, eso es lo único que importa en cualquier
epitafio.
*
El pesquero se había ido, el perro se había quedado. Manuel
se levantó y ayudó a Altea. Ella se sacudió el barro seco de la falda y fue
hasta el río para lavarse la cara. El perro la observaba, y Manuel entonces
preguntó:
- ¿Cómo lo
llamaremos?
-Eso te lo dejo a
ti, el que adopta criaturas ajenas- contestó ella, ya lúcida, caminando con
desgano sobre la leve inclinación de la playa. Luego se detuvo, y una mirada de
espanto, que él prácticamente nunca había visto en ella, porque pocas veces
surgió tan expresa y clara en su cara, se formó bajo la luz clara de la mañana,
hermética y desangelada, caótica luz que trata de ordenarse luego de ser
procreada por la oscuridad. Esa cara no era tanto por lo que había dicho, sino
por lo que sentía tras esas palabras, y como ya no era necesario callarse,
dijo, acentuando y pronunciando las palabras muy quedamente, casi a manera de
exorcizarlas:
-Ojalá se muriera.
Se acuclilló,
abriendo las piernas, la falda formándole un puente de tela entre ellas. El
perro se acercó y apoyó la cabeza ahí. Altea lloraba en silencio, y lo
acarició.
Manuel puso una
mano sobre la cabeza de Altea, sobre sus cabellos extremadamente claros, atados
en un rodete desprolijo en la nuca. Después, se pusieron en camino a la
casilla. Suponían que los otros seguían durmiendo, pero la puerta estaba
abierta, los pocos muebles volteados, y el piso de tierra con manchas oscuras.
Pensaron que era el vino volcado, hasta que encontraron el cuerpo del hombre
bajo la tabla de la mesa. Manuel la empujó y se agachó, el hombre tenía la
cabeza aplastada, y se veían fragmentos del cerebro brotando igual que esporas
entre las astillas del cráneo. Altea se tapó la boca, Manuel cubrió el cuerpo
con una sábana sucia. A un costado, encontró la sartén de hierro, llena de
sangre seca.
Volvieron a
salir, buscando alrededor, pero la mujer seguramente había huido con alguno de
los pescadores que habían pasado esa mañana.
-Dejaron un perro
y se llevaron a una mujer - dijo ella, rehecha luego de su amargura,
transformada ésta en un sarcasmo salvador. Manuel sonrió.
-Creo que salimos
gananciosos. Creo que deberíamos enterrarlo primero, es lo más cristiano que se
me ocurre.
Altea asintió.
Manuel envolvió el cuerpo con la sábana, y entre ambos lo arrastraron hacia
afuera. La playa estaba desierta, era más del mediodía y ya no se acercaría
ninguna barca hasta entrada la tarde. Buscaron con la vista un lugar adecuado
para enterrarlo, y decidieron que entre los árboles era lo más adecuado. No
sabían qué pasaría con las autoridades si alguien llegaba a encontrar el
cuerpo, y de todos modos ellos no ocultarían la verdad. Manuel volvió a la
casilla en busca de una pala. Altea lo
esperara entre los altos árboles, a pocos metros de la entrada. El lugar era
fresco, el terreno leguminoso y resbaladizo, salvo en los sitios donde las
enredaderas formaban una alfombra en que se tropezaban. Él le dijo a su mujer
que era mejor que no continuara, por las serpientes, pero sabía que ella no le
haría caso, de alguna manera estaba esperando alguna señal de la providencia
que se tradujera en fatalidad. Altea no
era muy creyente, y la única seguridad que tenía era en fuerzas inciertas, que
él presentía más terribles que el ya terrible Dios de los católicos.
Los rayos del sol
penetraban oblicuos entre las ramas, algunos troncos hablaban de cien o
doscientos años de vida. La luz la iluminaba mientras ella caminaba tras el
cuerpo que él arrastraba. La sábana seguía empapándose de sangre, y era cada
vez más pesada la carga. A veces se enganchaba en las raíces sobresalientes,
otras en las enredaderas. Unos pájaros chillaron ante los intrusos. Cruzaron un
sendero por donde el viejo y el chico habían desaparecido con la carreta, el
caballo enclenque y su carga de pescados.
Manuel dio un
bufido de cansancio y se irguió, frotándose la cintura.
-Este tampoco es
sitio adecuado.
- ¿Por qué? -
preguntó ella. - ¿Acaso nos estamos escondiendo?
-No, pero en
vistas de la situación, nos considerarían sospechosos, y el regreso a la patria
se nos hará casi imposible durante un tiempo.
Ella emitió un
resoplido de hastío.
-Esa es la
enseñanza que les han inculcado a ustedes, siempre la sospecha y la sensación
de culpa aun cuando nadie los acusa. - Altea tenía las manos unidas delante de
la cintura, moviéndolas, restregándolas entre sí. -Quedémonos acá, justo junto
al camino. Seguramente conduce a algún pueblito y alguien lo verá. Sospecharán
de la mujer, con seguridad, tal vez la busquen, tal vez no. Nosotros haremos la
denuncia a la primera autoridad que hallemos.
Manuel agarró la
pala y empezó a cavar, ya cansado, no era un hombre fuerte. Delgados, sus
brazos y piernas tenían músculos proporcionados a su estatura media. Eso era lo
que la había atraído de su cuerpo, esa belleza extraña en un hombre, el vello
castaño del torso, la piel trigueña. Ella lo miraba como si quisiera ayudarlo,
y preguntó cómo podía hacerlo. No esperó la negativa, buscó ramas y palmas, y
con ambas empezó a apartar la tierra que él socavaba. El perro no los había
seguido a la casilla, parecía tener miedo a cercarse, seguramente lo habían
echado a golpes o patadas en sus anteriores visitas. Pero de pronto lo vieron
aparecer, y comenzó a rasquetear la tierra al borde de la fosa que lentamente
se iba formando. Ellos se miraron, y no pudieron evitar reírse a pesar del
resentimiento y el rencor, a pesar de la ira y la pesadumbre que construían la
fatalidad de sus vidas desde hacía largo tiempo.
Cuando la fosa fue
tan honda como la altura de Manuel, él salió y entre ambos arrastraron el
cuerpo. El perro olía la tela de la sábana, excitado, le ladraba y la mordía.
Sin duda, recordaba. Ya al borde, dejaron caer el cadáver envuelto. Devolvieron
la tierra, y mientras él apelmazaba la superficie y la cubría de ramas y hojas
secas, ella se dedicó a armar una cruz. Se la entregó y él la contempló con
orgullo. Estaba formada con dos ramas rectas, afirmados sus ángulos con otras
más finas, y bordeadas ellas no con flores, sino con tallos de enredadera.
Recordaba, en cierto modo, las cruces de la iglesia ortodoxa. Miró a su esposa
a los ojos, ella se escudó en un enfurruñamiento avieso.
- ¿No te parece
adecuada? - preguntó.
Se acercó a ella y
le dio un beso en la mejilla. ¿Cuánto tiempo no lo hacía? ¿Cuánto que la
ternura se había escabullido con vergüenza frente a los aleteos de la angustia?
Ella se dio vuelta.
-Voy a buscar tu
devocionario.
Manuel clavó la
cruz en el suelo, la afirmó con piedras, y se quedó parado aguardando a Altea.
Los pájaros habían hecho silencio, finalmente, sólo se escuchaba el rumor del
viento entre las hojas. El perro había quedado indeciso durante un rato, entre
seguirla a ella y quedarse con él. Finalmente se sentó a su lado, ya más
tranquilo, hasta que acostó con el hocico entre la patas, echando una mirada a
la tumba y a Manuel, cuando vio que él se había acuclillado, pronunciado frases
que sonaban a sus oídos como arrullo de río tranquilo.
Ella regresó y le
entregó el devocionario, un libro de tapas de cuero blando, de bordes
extremadamente gastados, con hojas cuyo canto dorado estaba bañado seguramente
en oro. En la primera página, estaba la firma de cada uno de los miembros de la
familia que habían entrado al claustro. Ella se lo dio con cuidado, porque así
lo había traído, protegido por sus manos austeras y blancas, como garras de
pájaros acostumbrados a la nieve. Él, sin embargo, lo recibió como un papel de
escritorio al que tocaba todos los días, familiar, con el aroma de lo cotidiano
y del calor de las manos que ya había penetrado en las tapas y en cada una de
las hojas. Lo abrió, buscó con sapiencia, marcó el sitio adecuado con la cinta
de cuero que no era la original, sino una de muchas que habían sido cosidas por
alguna costurera devota de Cádiz. Comenzó a leer el oficio de difuntos,
incómodo por tener que realizar una selección a la que no se creía apto,
incómodo también porque la imagen que tenía en mente al leer no era la del cuerpo
enterrado. Altea lo veía nervioso, quiso preguntar, pero de pronto él cerró el
libro bruscamente, y comenzó a recitar de memoria, en voz alta, no ya como una
plegaria, sino un reclamo.
-Miseremini mei, miseremini mei, saltem uos,
amici mei, quia manus Domini tetigit me. Quare persequimini me sicut Deus, et
carnibus meis saturamini?
A Manuel se le
había acongojado la voz, y Altea vio lo que no había visto en muchos años de
casada: la manera en que su esposo podía convertirse en otro hombre con
solamente dejar expresar su angustia, y quizá para ello fuese necesario todo lo
que había pasado. Lástima que todo aquello era irremediable, incluso lo que
ella llevaba en su vientre. Un hijo de otro hombre, que además era el hermano
del hombre que no había dejado de amar. Una violación que no podía ser expiada
más que en el dolor de la propia víctima, un hijo del que no podría deshacerse
nunca, porque allí estaba Dios, entre esos árboles, escuchando las palabras de
Manuel, contemplando seguramente el alma que ascendía. Se preguntó cuánto
coraje debió tener la mujer que lo mató. La había aborrecido, pero ahora se
sentía subyugada por la figura de esa mujer que había golpeado una y otra vez
con esa estúpida sartén a su hombre.
Era Manuel lo que
la intrigaba, el impulso contenido que creaba monstruos cada vez más grotescos
en su alma. Si eso que llevaba dentro se muriera, se dijo cientos de veces
desde que había pasado aquello. Si sólo se muriera, si dejara ella de
alimentarse, si se golpeara lo suficientemente fuerte, si consumiera lo que
tantas veces escuchó en la boca de las mujeres indígenas durante los últimos
años. Sabía qué debía tomar, cuál mezcla de especias, cómo prepararlas hasta
formar la dosis adecuada. Pero no lo haría porque allí estaba el rostro de
Manuel, el hombre que no se separaría de ella, que no dejaría de amarla, y que
incluso haría que el hijo de otro fuese para siempre su propio hijo. Si eso no
era a causa de un Dios, qué otra entidad podría hacerlo. En las misas de la
Catedral de Cádiz había escuchado que Dios era bondad y no terror. Pocas veces
lo había entendido, y recién ahora lo comprendía. Pero la bondad en manos de
los otros también era filosa como un cuchillo. El amor de los otros era cruel,
y la misericordia un regalo apropiado para ser aborrecido.
Vio cómo
temblaban las manos de Manuel, apretando el devocionario con fuerza, entonces
ella se acercó, le abrió los dedos rígidos, tan fuertemente asidos como nunca
la habían sujetado a ella. Pensaba en su hermano, probablemente, mirando la
tumba. Entonces él repitió la letanía, mientras el viento se hacía más fuerte,
y el perro comenzó a gemir con desconsuelo. Altea tuvo miedo, su pecho se
estremeció, y una aguda punzada le apretó el vientre. Y el temor se tornó en
espanto: lo que había deseado tal vez se concretara. En su interior gritó
“¡No!”, pero no sabía bien a qué: a la culpa o a la pérdida. ¿Y qué era la
pérdida, sino también temor a la culpa?
Manuel escondió su
cara sobre el pecho de Altea, y sintió la cruz que le había regalado Cahrué,
que ella llevaba de una cadena sobre el pecho, bajo el encaje del cuello del
vestido. Por primera vez, la cruz no lo consoló, sino que irritó sus nervios
hasta el punto de provocar la expansión final de su llanto. Pero pronto aquel
gemido que había comenzado tan tardíamente fue ocultado por otro sonido que
llegaba del río: la bocina de un vapor que se acercaba al muelle. Ambos vieron
la larga sombra de humo en el cielo, que sólo podían vislumbrar entre los
árboles. El perro salió corriendo hacia la playa, y ellos comenzaron a correr
como pudieron, ella tropezando con su falda, él con su cansancio a cuestas.
Cuando salieron de los primeros árboles a la luz intensa de la tarde, vieron el
barco grande y viejo avanzando lentamente por el centro del río, rodeado del
humo que una única chimenea expulsaba en densos nubarrones y con el estruendo
de una maquinaria que parecía estar agonizando. En el costado del casco estaba
escrito el nombre, y ellos se quedaron contemplando a ese monstruo híbrido que
sea acercaba. En el costado del casco, con letras sucias y despintadas, estaba
escrito el nombre. Había llegado, finalmente, el “Juan Manuel de Rosas”.
*
Cuando se dieron cuenta de que el barco llegaba desde el sur,
proa al norte, sintieron que la desilusión podía ser un sentimiento más
iracundo que las más grandes pasiones, incluso más que el que quizá había
provocado el asesinato del hombre que acababan de enterrar. El barco era enorme
aun para el ancho del río en esa zona, en el que habían visto girar muchas
barcazas. Pero para un barco de tal calado, sería imposible, y se preguntaron
cuánto más deberían aguardar para que regresara de vuelta al sur y a Buenos
Aires. Quién sabía hasta dónde viajaría primero.
Era un barco
apropiado para viajes oceánicos, y estaba adaptado con máquinas de vapor o
caldera. El humo que salía de la única chimenea era muy negro, y a medida que
el estruendo de las máquinas se iba apagando, iba tomando un tono grisáceo. Un
intenso olor a resina y kerosene había inundado el aire, y desde la borda
comenzaron a asomarse varios hombres que agitaban los brazos en señal de
saludo. Oyeron gritos y llamados, a la vez que les hacían señas que no entendían.
Manuel dijo:
-Creo que no
pueden acercarse más.
Luego alguien con
gorra de oficial se acercó a la borda e hizo eco con las manos, gritando:
- ¡¿Hay pasajeros?!
- ¡Sí, pero en
viaje a Buenos Aires! - contestó Manuel, y sintió que Altea se sujetaba a él
con desesperación: - ¡Necesitamos provisiones, no se vayan!
Vieron a los
tripulantes hablar entre sí. El oficial gritó:
- ¡Bajaremos un
bote! ¡Quédese en el muelle para sujetar las cuerdas!
Manuel asintió con
la cabeza, y le dijo a Altea:
-Será mejor que
arregles un poco la casilla…
- ¿Por qué? ¿Vamos
a ocultarles lo que pasó?
-No es mi
intención, pero no sabemos quiénes son…
Altea lo observó un
instante con extrañeza, y un brillo muy leve surgió en su mirada. Se apartó de
él y llamó al perro para que la acompañara.
-Max- la escuchó
decir.
Ella ya lo había
bautizado, se dijo Manuel, después preguntaría la razón del nombre.
Los hombres habían
bajado el bote a un costado del casco, de madera despintada y cubierta de moho.
Era ya más de las cinco de la tarde, y el frío acrecía con la bajada del sol,
que se estaba ocultando tras los árboles. La sombra ya había cubierto todo el
ancho del cauce. Los pájaros de los alrededores se habían despertado ante el
bullicio de las maquinarias y los gritos de los hombres. Parecían competir
todos entre sí, y era como algo nuevo luego de la rutinaria quietud de todos
aquellos días.
El oficial había
bajado también, y a mitad de camino se levantó para gritar hacia el barco que
detuvieran definitivamente las máquinas y anclaran. El bote finalmente llegó al
muelle, y un marinero le arrojó la cuerda a Manuel, que intentó atarla a un
poste. Alguien le dijo que no era esa la forma, y cuando miró hacia el bote ya
otros dos marineros discutían entre sí y se quejaban de su torpeza. El oficial,
que sin duda debía ser el capitán, intervino, viendo que Manuel no era un
hombre fuerte ni sabía de esas cosas. Se levantó y saltó al muelle luego que
sus hombres afirmaron el lazo. Se acercó a Manuel con la mano extendida y una
sonrisa que se notaba no tanto en sus labios, sino en los movimientos de los
músculos de la cara bajo la barba oscura y tupida.
-Soy el capitán
Mendoza, para servirle señor…
-Manuel Menéndez
Iribarne.
Se estrecharon las
manos, sin soltarse durante el tiempo que duró la mirada que cada uno puso en
el otro. En los ojos del capitán había una ingenua dulzura, de la misma clase
que Manuel había visto convertirse en cruel acrimonia muchas veces antes,
porque para el tipo de personalidad que adivinaba en el capitán, era necesario
mucho temple para no convertir la tragedia en una amarga angustia. No sabía por
qué pensó en todo esto al contacto de sus manos, que, con entrañable ansiedad,
había sumado una a la otra al estrechar la suya.
-Es un gran
gusto, señor Iribarne, encontrar gente como usted, ya he notado su acento de la
madre patria. Mi abuelo llegó a estos lugares hace más de cien años….
- ¿Será, tal vez,
descendiente de don Pedro…?
-Abismal
descendiente, así es…- afirmó, sonriendo, el capitán. -Pero ya lejos de las
glorias de los antepasados. Ya me ve…- y señaló el barco y su tripulación, los
dos hombres que descargaban las cajas con provisiones.
-Capitán, me
gustaría que tuviéramos tiempo para hablar, pero imagínese, mi esposa y yo
estamos atrapados en este paraje hace muchos días, esperando el barco que nos
lleve a Buenos Aires y de allí a España. Estamos desolados y confundidos, y
luego le contaré los que nos ha pasado en las últimas horas.
Las cajas se iban
apilando y el muelle parecía empezar a sufrir el peso. Los marineros
preguntaron si debían llevarlas a alguna otra parte.
-Sí, por favor, a
aquella casilla que está allá. - Señaló hacia la luz que Altea había encendido.
- Es de los cuidadores, pero ambos desaparecieron anoche, ya le contaré esa
tragedia. Usted pasará la noche con nosotros, pero no podremos ofrecerle mucha
comodidad, todo esto es muy precario.
El capitán lanzó
una carcajada.
-Señor Iribarne,
acaso usted nos cree una tripulación de primera categoría, pero no lo engañe el
tamaño del barco. Somos hombres de río, y el barco que usted ve es una reliquia
de los tiempos de Rosas. Es una nave que formó parte del bloqueo francés,
aunque ya tenía sus años porque la construyeron en la época napoleónica.
Todavía puede leerse el nombre original bajo la pintura, se llamaba “La conquéte”. Dicen que Rosas se la
apropió al levantarse el bloqueo, aunque oficialmente se la obsequiaron los franceses.
Después estuvo arrumbada en Buenos Aires. Hace dos años la compré ya muy
averiada, sin la aprobación de mi familia, claro, pero era una oportunidad
única. La adapté para maquinaria a vapor, creí que el gasto lo compensaría con
las ganancias debidas a la mayor rapidez, pero solamente he obtenido retrasos y
más gastos.
Mientras caminaban
hacia la casilla Manuel quiso saber más.
- ¿Pero no es
difícil navegar por el río con tal calado?
-También hicimos
arreglos en la quilla, por supuesto, pero de todos modos debemos tener mucho
cuidado, sobre todo en las épocas de pocas lluvias. Sin embargo, por el tamaño
y la fuerza es el único que puede subir hasta la zona norte, incluso adentrarse
en el Paraguay y el Brasil. Hacía allí vamos, o íbamos, hasta que nos
ocurrieron varios percances. Uno es el que usted ya conoce, la avería que nos
detuvo más de dos semanas, otro, un problema de familia. Pero ya conversaremos
también de eso.
Manuel se angustió
más por Altea que por sí mismo. La llegada de aquel hombre con quien hablar y
la excitación que le provocaban todas aquellas noticias luego del aislamiento
obligado parecían haber renovado su espíritu. Lo que harían ellos dos era
incierto, pero la idea de que debían quedarse allí por mucho tiempo ya no le
resultaba tan insoportable.
Llegaron a la
casilla, apenas iluminada por dos lámparas de kerosene. Manuel presentó a Altea
y al capitán. Ella se había cambiado el vestido y se había lavado la cara y
arreglado el cabello, pero él se daba cuenta de que intentaba mantenerse en la
sombra para que el capitán no viese su cara demacrada. El capitán era ameno y
condescendiente con la informalidad.
-No se preocupe, mi
estimada señora, le hemos traído comida y kerosene.
Los hombres habían
apilado las cajas en un rincón, mientras Max olisqueaba cada una, excitado y
temeroso. Habían notado las manchas de sangre, pero las cubrieron con las
cajas. Uno de ellos se acercó al capitán y le habló en voz baja. Manuel se
turbó como un delincuente.
-Capitán Mendoza,
le explicaré lo que nos ha pasado.
Las sillas estaban
rotas, así que los tres se sentaron en las cajas. Los hombres regresaron al
barco en busca de otras cosas. La luz de las lámparas se agotaba rápidamente, y
Altea se levantó para renovarlas, pero Mendoza se negó a que ella se molestara.
La veía cansada, él lo haría por ellos.
-Saben, mi mujer y
mi hijo están en el barco. Ella es muy pulcra, muy rígida, y prefiere quedarse
allá, pero yo pasaré la noche con ustedes si no les molesta. Tenemos mucho de
qué hablar, sobre todo de lo que harán. Yo no puedo dar vuelta atrás, no ya por
razones técnicas, sino por contrato. El barco es de mi propiedad, pero vivo de
las mercaderías y de los pasajeros que transporto.
Manuel y Altea se
miraron en la oscuridad que de pronto desapareció cuando la luz renovada
alumbró casi todo el estrecho espacio. Mendoza sorprendió esa mirada que más
que triste era de ira retenida. Se preguntó qué habría pasado entre marido y
mujer si él no hubiese llegado. Se preguntó de quién era la sangre en el piso.
Entonces Manuel
comenzó a contarle la historia de la noche anterior, lo que había sucedido
entre los cuidadores, o más bien lo que suponía. En la mañana lo llevarían a
ver la tumba del hombre. Mendoza escuchó con atención, leyendo en la voz de
Manuel una especie de disculpa permanente, una insinuación de responsabilidad
en el tono. En cambio, en la mirada de ella leyó altivez, desafío, y le hizo
recordar a Natacha, su mujer. No había hecho bien en dejar que ella y el chico
lo acompañaran en ese viaje al Brasil. Ariel aprendería lo que era el río, ya
tenía quince años, pero la sobreprotección de su madre se hacía cada vez más
difícil de contrarrestar. Ella se había obstinado en que no dejaría que Ariel
siguiera la misma profesión del padre, pero los Mendoza no habían sido nunca
otra cosa que hombres de la armada. Y cuando Ariel, levantando la cabeza por
primera vez mientras comían, un mes antes, desafiando a su madre con la mirada,
había dicho que sería también un marinero, ella había comenzado lo que llamaba
su Via Crucis. Todo el catecismo
católico surgió de ella como un escudo y un arsenal.
El perro se había
acostado junto a los pies del capitán mientras Manuel hablaba, y lentamente se
había erguido para apoyar la cabeza en una de las piernas. Mendoza lo
acariciaba mientras Max se iba durmiendo y deslizándose con el discurso y la
voz de su nuevo dueño. La voz de Manuel era monótona pero dulce, para
escucharla realmente había que prestarle mucha atención. Y eso es lo que hacía
Mendoza, sin quitar su mirada del rostro de quien le hablaba medio oculto en
las sombras, porque las lámparas se iban agotando con rapidez.
Manuel se calló,
y su silencio fue como una interrupción, aunque ya había terminado su relato.
Simplemente fue el silencio completo luego de que las tonalidades tersas de su
voz hubiesen moldeado el aire de la casilla, llenándola de un murmullo acorde a
la extenuación de las lámparas. El perro era el único que se había dejado
llevar por los senderos del sueño, pero hasta Mendoza y Altea sintieron un
quiebre repentino al hacerse el silencio. Ella supo, por un instante, cuán sola
estaría sin la voz, aparentemente siempre invisible de Manuel.
-No se preocupe,
Iribarne, cuando encontremos a las primeras autoridades, daré el parte de lo
ocurrido. Mañana iremos a ver el cuerpo, sólo para que yo pueda dejar
constancia escrita de que lo he visto personalmente. ¿No saben cómo se llamaban
ellos?
No, nunca habían
preguntado. Se sintieron avergonzados de esa especie de desidia, pero la única
excusa que podían dar era que su ansiedad por dejar el país lo más pronto
posible los había hecho creer que no estarían en ese paraje por más de unas
horas.
- ¿Y por qué acá,
en este lugar tan aislado?
-Nuestra aldea, en donde estuvimos enseñando
por más de tres años, está tierra adentro, cerca de un sitio que llaman Toba.
De ahí nos llevaron en carreta hacia un curso paralelo del Paraná, lo cruzamos,
seguimos más trecho caminando y en carreta, hasta este paraje, donde nos
dijeron que pasaba un barco hacia Buenos Aires. Como ve, capitán, estamos
hechos a esta vida, pero decidimos irnos…
- Ya veo, este no
es sitio para criar un hijo, lo comprendo.
Altea se
sobresaltó y no pudo evitar un grito agudo que tapó con la mano.
-Disculpe que le
pregunte, capitán Mendoza, pero cómo supo que mi señora está…
-Vamos, Iribarne,
no hay que ser tan remilgados en esta situación. Tengo esposa y un hijo de
quince años, me doy cuenta de las cosas…-Y sonrió, acariciando la cabeza del
perro. - Como este amigo mío, a quien reencuentro luego de mucho tiempo, y en
mejores manos que las anteriores.
- ¿Cómo...? Sólo
sabemos que se escapó de unos pescadores.
-Lo imagino,
porque lo molían a palos. Son unos pescadores de Coronda, ladrones todos, viven
en la miseria y crían a sus familias en la mugre. Hacen de todo, pescan, a
veces cultivan en terrenos tomados. A este animal se lo robaron a unos
parientes de Paraná, ellos los han criado desde que mis tíos abuelos, los
Hurtado de Mendoza trajeron a la primera hembra preñada desde España. -Perdón,
señora, por la palabra…
Se rio,
levantándose a reponer el kerosene. Mendoza se acercó a Altea y la tomó de las
manos. Ella sonreía mientras miraba al perro.
-Esa sonrisa es la
que extraño en mi mujer, tal vez conocerla a usted le haga bien- dijo Mendoza.
-Ojalá así fuera
-contestó Altea - pero lo dudo mucho. Yo estoy muy angustiada, aunque su
presencia me ha aliviado de mucho pesar. Por lo menos por esta noche, mañana
quién sabe lo que nos espera. Estoy agotada, completamente.
Manuel se apresuró
entonces a reparar un poco la cama desvencijada y Mendoza lo ayudó. En diez
minutos ya habían terminado de clavar las maderas. Altea arrojó afuera las
sábanas sucias y sacó unas de su baúl. Los hombres la dejaron sola en la
casilla y salieron a fumar. Ya no sabían, o no había qué decirse, sus mentes
vagaban, uno en los cielos, otro en el río, y el humo de cada una de sus pipas
parecía conducirse por los canales de sus diferentes pensamientos. Desde el
otro lado del río llegaba el canto de los búhos, pero el torrente era más
intenso ahora. Las olas rompían en la playa, y sólo se veía la espuma en la
oscuridad. Max los había seguido, y aullaba.
-Voy a hacerle una
pregunta, capitán, y no lo tome a mal. ¿Cómo supo lo de mi esposa? Apenas tiene
seis semanas y no se le nota, y para esas cosas son más sensibles las mujeres.
Mendoza se rio, y
se dio vuelta. Exhaló en su cara, sin querer, el humo de tabaco.
-La verdad es que
no lo supe hasta que el perro se me acercó, mientras usted hablaba. Yo
acariciaba la cabeza del animal, y me miraba de vez en cuando. Se me ocurrieron
muchas cosas a la vez, muchas preguntas. Dígame, ¿no se preguntó por qué el
perro se quedó con ustedes?
- ¿Usted me está
preguntando si el animal tenía un pensamiento al venir a nosotros?
-Tal vez, pero
quizá también estoy preguntando por una función, un objetivo…
- Capitán, no
mezclemos el determinismo divino con el instinto brutal…
Mendoza giró la
cabeza para mirar al río otra vez.
-Como quiera,
amigo mío, porque así lo considero desde hoy, quédese con la excusa de que en
mis viajes he ayudado a muchas parturientas, y también he sido médico a palos, oui, monsieur, si vous aimez. No sé si ha leído a
Leibniz, lo deben haber obviado de su aprendizaje católico, pero no hay nada
más cercano a lo religioso en la filosofía no eclesiástica que la suya. Habla
del alma como células independientes que contienen cada una todo el universo. Mi
explicación es elemental y equívoca, pero dice algo parecido. Incluso dice que
los animales tienen alma.
Manuel miraba el perfil del capitán, con la pipa en la boca, contra el
cielo en parte estrellado, en parte nublado. ¿Cómo era que sabía tanto de
ellos?, y se enfureció, de pronto, sintiendo que su cuerpo era invadido por una
ira muy parecida a la que había visto siempre en su hermano José. Como Max
aullaba, lo pateó, y el animal salió corriendo a esconderse. Mendoza se dio
vuelta otra vez para mirar a Manuel de frente.
-
¿Por qué hizo eso?
Manuel se alejó hacia el río, enfurruñado
consigo mismo. Ese extraño había llegado con toda su jactancia, y sabiendo
todo, o casi todo, sobre ellos. Y estaban en sus manos, tanto por su futuro en
ese río como por el cuerpo que habían enterrado. Sentía la ira que no había
visto crecer en todos esos años, desde la partida de España, desde la negativa
de su padre y la venta de la fortuna. Veía en el río el rostro despectivo de la
autosuficiencia, los celos hacia su propio hermano, esa jactancia, esa prepotencia
que había sufrido como una amenaza. Su hermano, a quien odiaba porque le había
dejado toda la responsabilidad de un apellido y una historia. Las locuras de
José con sus amigos, él las callaba, las mujeres que entraba en la casa, él las
ocultaba, y cuántas veces José lo había protegido hasta con su propio cuerpo
cuando Manuel, el débil hermano menor era insultado y golpeado en las calles de
Cádiz por su timidez, por su complacencia, por lo que consideraban todos como
su cobardía de futuro cura.
El
estruendo del río formó un fondo de imágenes violentas, de golpes en calles
oscuras de empedrado y barro, donde las carretas pasaban de largo frente a las
parejas de las prostitutas y los hombres y adolescentes que se escondían en las
bocacalles o los zaguanes de buenas familias. La ciudad de Cádiz y el río
Paraná formaban una sola noche grande, ancha y profunda en su mente, pero sobre
todo en sus oídos. Porque escuchaba los gemidos de la puta con la que él estaba
en ese momento, y detrás, bisbiseando en su oído izquierdo, la voz de José,
aconsejándolo, jadeando como si fuera él quien estuviese penetrando a la mujer
contra la pared. Las piernas inclinadas de Manuel, agotándose de subir y bajar,
porque tenía casi el peso de su hermano detrás, empujándolo, sintiendo casi que
José llegaba al éxtasis en el mismo momento que él lo hacía. Y cuando todo
acabó, se arrodilló en el piso, con el sexo agotado y sucio, mientras la mujer
le decía algo que él no entendía porque sus oídos le zumbaban. Sólo comprendió
porque ella tenía la mano extendida, gritando, entonces vio el dinero que José
le entregaba, y ella se fue, protestando, en la oscuridad de la calle. Manuel
levantó la vista, José había puesto una mano en uno de sus hombros, apoyándose
un poco, jadeando. Tenía una gran mancha de semen en el pantalón. Dijo una
obscenidad, riéndose de la cara de susto de Manuel, y fue a orinar contra una
pared. Mientras lo veía de espaldas,
apareció la idea: el cuerpo de José como un Cristo crucificado contra el muro,
las dos líneas de la cruz: el cuerpo y las piernas, una, los brazos doblados en
codo, la otra. Un Cristo escondiendo la cara, y mirando el objeto de su
obsesión, que sostenía en sus manos. Entonces Manuel se acercó a su hermano
mayor, por detrás, silenciosamente. Tenía en la mano la navaja que le habían
regalado para sus dieciséis años. Empujó a José contra la pared, cortó con el
filo los pantalones de su hermano, y metiendo la navaja entre las piernas tocó
los testículos con la punta.
“Que
te vayas”, le dijo una y hasta dos veces, porque José parecía un estúpido,
hasta que oyó en la voz de su hermano menor el resultado de sus extraños
pensamientos, de los oscuros murciélagos que había intentado matar durante
tantas y tantas noches en los que dormían en la misma habitación, viéndolo
crecer hasta convertirse en un hombre que sería capaz de amar. Y ahí estaban
sus perseguidores, los murciélagos cuyo aleteo era un filo de navajas.
Entonces José Menéndez Iribarne se unió a la Marina Mercante, y comenzó
a recorrer el mundo huyendo de lo que siempre volvía a encontrar, y Manuel
Menéndez Iribarne se casó con una mujer que casi no conocía, y huyó con ella a
América, en un patético simulacro de evangelización.
Pensó en Altea, que ya sin duda se había acostado en el colchón viejo de
la casilla, donde los cuidadores habían hecho el amor muchas veces, borrachos o
sobrios, de maneras que él sólo se había animado a imaginar o soñar. Y a ella
no parecía haberle importado, a pesar de su impertérrita vanidad, su frío
orgullo de casta. Dios mío, se dijo Manuel, murmurando en voz baja, sin
intentar vencer el estruendo del río, porque el río era como Dios, fuerte e
impetuoso, que no se paraba a mirar a los costados a quiénes dejaba abandonados
o a quiénes arrastraba. Unos morían antes, otros después. Siempre el mismo
espíritu de resignación, que ahora no comprendía, de pronto y tan abruptamente,
como si estuviese viendo que Dios mismo estaba haciendo el amor con Altea. Y
pensó en el capitán Mendoza. ¿A dónde había ido? ¿Iba a regresar al barco o
dormir fuera de la casilla? Pensó en el rostro de Altea: siempre el mismo, y
sin embargo, había seducido a su propio hermano.
Manuel se golpeó el pecho, fastidiado de su sacra ignorancia, sacra por
ser tan alta en su apostólica testarudez. Era satisfactorio sentirse víctima,
objeto de engaños y estratégicos abusos, pero también muy acomodaticio. La
actitud de los santos, a veces, según los relatos de los padres de la iglesia,
resultaba demasiado sencilla. Se necesitaba la resignación, y entregar la otra
mejilla. Pero los santos de la iglesia también habían sentido celos, también
habían sentido lujuria y una obsesión que confundía las fronteras entre la
cobardía y la violencia. La razón de los santos engendraba monstruos, y los
grabados de Goya aparecieron sobre el río: monstruos alados y brujas sobre
escobas sobrevolando las aguas. Mujeres desnudas cabalgando sobre falos enormes,
y gimiendo y llorando y gritando como en un aquelarre.
Pensó en Altea, en que tal vez en ese mismo instante el capitán Mendoza
estaba gozando de su mujer, y ella disfrutando de un cuerpo entrenado en los
avatares del río, lejano al esmirriado cuerpo de Manuel, delgado y débil como
el de un seminarista fracasado. Porque eso era lo que había temido en España
hasta que él ya no pudo resistirse más, y cuando finalmente optó por Dios,
Altea le dijo que esperaba un hijo. Tenían dieciocho años, y no se atrevió a
decirles a sus padres la verdad. Les había mentido, había dejado encinta a su
novia, y desde ese momento se sintió infame. Lo único que había podido hacer
era casarse y huir de España, ambos, porque ella también sentía vergüenza. Pero
la vergüenza de Altea era demasiado digna para ser reconocida. En el viaje en
barco, y a los dos meses de embarazo, el niño murió. El médico de abordo estaba
acostumbrado a esos abortos espontáneos de mujeres tan jóvenes, sobre todo en
medio de una travesía por el océano. Los vaivenes del viaje, las tormentas, el
cambio de climas, la comida. “No estaban preparados, muchacho, ya habrá otros”,
le había dicho, fuera de la cabina donde Altea descansaba. Manuel lloró esa
tarde, junto a la cama de Altea, mientras ella dormía. El barco se movía
cansinamente, luego de los tremendos golpes a que había sido sometido por la
tormenta en pleno Atlántico. Ambos agarrados uno al otro en la cabina, mientras
la cama se movía con ellos encima, rezando él el rosario que le había regalado
su madre, ella temblando, pero en un silencio que quería aparentar lo que no
era. Entonces empezó a vomitar y quejarse de dolores en el bajo vientre. Manuel
salió del camarote, empujado de una pared a otra del pasillo del sector de
primera clase, porque no viajaban con los demás inmigrantes, esos que en la
cubierta estaban atados para no caer al agua. Cuando fue en busca del médico,
lo encontró inclinado cerca de un hombre al que le había caído encima una viga
del mástil mayor. Varios empujaban la viga para el doctor pudiera acercarse.
Una mujer, tal vez enfermera, le alcanzaba el maletín. Todo eso bajo la lluvia
y el viento, y las olas que golpeaban el casco y salpicaban la cubierta. Manuel
gritó, pero nadie le hizo caso. Algunos intentaron hacer que volviera a bajar,
otros lo empujaron cuando agarró al médico para que fuera a ver a su mujer,
pero no le hizo caso. Apartaron a Manuel, que cayó de espaldas al suelo,
mientras muchos del bajo pueblo se reían de él.
No
se resignaría a dejarse vencer, entonces vio que varios señalaban hacia atrás,
por donde él había venido. Altea subía a cubierta, sólo con el camisón teñido
en rojo, mientras el agua de la lluvia esparcía y limpiaba la sangre. Ella le
echó una mirada de dolor entre la lluvia, la misma que siguió viendo siempre
después cada vez que la miraba, hasta que cayó de rodillas sobre la madera de
la cubierta. Entre la sangre estaban, seguramente, los diminutos fragmentos de
su hijo, y el agua se lo llevaba hacia las canaletas del barco, y las olas,
golpeando el casco, parecían devolverlo o rechazarlo. Todos ellos eran como
títeres sin corazón, muñecos de trapo a expensas de la voluntad de Dios.
Nunca se preguntó qué sintió además de dolor y asombro. Odio, tal vez,
¿pero hacia quién? A Dios no se le puede odiar, pensaba él, porque Dios es, por
concepto, bondad. Pero él sentía eso, y entonces, si se lo podía odiar, es
porque no era Dios. ¿Por qué culparlo de los avatares del mundo? Si ayer su
hijo existía y hoy no, todo entonces era tan inútil como gritar en el viento,
para que nadie escuche. No le preguntó a Altea, varios días después de la
tormenta, qué sentía, sólo si se encontraba recuperada. Habían muerto diez de
los pasajeros. No entraba en esos números el niño muerto. No era una persona,
todavía, para algunos, pero Manuel sabía que Dios mismo se había disuelto en
sangre, y la sangre en agua de lluvia, y luego en agua salada. Que Dios estaba
hundiéndose en las profundidades del océano, como si lo castigaran.
Durante el resto del viaje salió a cubierta en las noches ya tranquilas,
caminando entre los cuerpos dormidos de los emigrantes pobres. Escuchó que
algunos lo insultaban, y un par de veces intentaron robarle. Pero él se quedaba
parado a pesar de todo, contemplando la luna sobre el océano, tan plena, tan
hermosa, y sin embargo desgranándose, o desangrándose, ya no distinguía la
diferencia. Su hijo era polvo, como decían las Escrituras, pero también era
agua. La luna era polvo de roca que se desmoronaba sobre el océano, y el último
bastión de Dios, se venía abajo.
Pero la luna sobre el río Paraná era diferente. Los espectros habían
desaparecido, dejando rastros de huellas alares en el cielo de la noche, y la
luna era más grande de lo habitual, una especie de inmensa melaza pegada al
cielo, que bullía en su superficie cambiante, habitada por miles de pobladores
que a tan larga distancia parecían manchas que se desplazaban, cambiando los
tonos del amarillo al ocre. Si hasta podía escuchar el bullicio que hacían,
convirtiendo la noche en una atronadora fábrica cuyas maquinarias se detenían y
recomenzaban en diversos grupos a destiempo, como en una orquesta del caos. Y
él, Manuel, a la orilla del río, sobre el barro y solo, sintió que nadie lo
observaba, ya que todos seguían ocupados en sus propios trabajos. Las multitudes
eran los mejores sitios para el anonimato, así que sintió deseos de quitarse la
ropa y quedarse desnudo frente al río. Tal vez nadar de noche, iluminado por la
luna. Así lo hizo, entonces, zambulléndose en la corriente, dejándose llevar a
veces, y otras nadando, y el agua era tibia y dulce. No le molestaban los peces
que le rozaban las piernas, ni las ramas llevadas por el agua. Salió del río y
se sentó en la orilla, con las piernas dobladas y los brazos sobre las
rodillas. No tenía frío. Se dio cuenta de que estaba excitado, y comenzó a
frotarse el sexo, sin vergüenza esta vez, sin vigilar si alguien lo veía. En la
espesura no había nadie, y si lo había, qué importaba, si nunca iba a saberlo,
por más que se encontrase cara a cara con quien lo había observado. El problema
del hombre era el conocimiento.
Mirando la luna, terminó eyaculando un semen espeso cuyo olor no hizo
más que excitarlo más intensamente, y pensó en Altea, acostada sola o con el
capitán Mendoza, no importaba. Él se metería entre ellos y penetraría a Altea
frente a él, ese hombre que se creía tan seguro de sí mismo, como su hermano
José lo había hecho. Se puso el pantalón y caminó rápido hacia la casilla. El
interior seguía iluminado, y estaba seguro de que alguien más estaba con ella,
porque poco antes habían hablado de la escasez de combustible para las
lámparas. La puerta estaba abierta y corrió la cortina que ocultaba la cama,
que él había puesto para defender su intimidad, esa ingenua intención de la que
ahora ella, la engañosa, la seductora, se burlaba.
Esperó verlos juntos, uno junto al otro, desnudos, lamiéndose
mutuamente, ensimismados en el placer de sus cuerpos empapados en sudor, unidos
por la piel y el deseo de los huesos.
Pero Altea estaba sola.
No
dormía. Lo vio correr la cortina con fuerza hasta hacerla caer al piso. Lo
había escuchado venir por el camino, con pasos fuertes y descalzos, incluso la
respiración rápida, hasta las palabras soeces que él venía pronunciando en voz
alta. Lo vio frente a la cama rústica, casi desnudo, todo mojado por el agua
del río, el torso con restos de barro. Abrió los labios para decir algo, pero
se arrepintió. Algo le pasaba a Manuel, y tuvo miedo de que lo que iba a pasar
fuese irremediable, porque nunca había visto tal mirada en los ojos de su
esposo. Ya no estaba la excelsa beatitud de la que parecía querer jactarse en
todo momento, esa estúpida beatitud que la había hecho llegar a aborrecer a lo
largo de esos años, sino una especie de furia engendrada con resentimiento.
Manuel se paró frente a la cama, agitado, y preguntando:
-Siempre me culpaste por la muerte del niño, ¿no es cierto? Nunca
quisiste volver a tener otro en todos estos años, conmigo por lo menos…
Altea ahora ya sabía a qué se debía toda esa ira, y le quedaban dos
caminos: no responder, como lo dictaba su orgullo, o continuar la discusión.
Esto último, tal vez, y sólo tal vez, pudiese hacer razonar a Manuel. Pero no
pudo dejar de ser directa y fría en su respuesta, porque estaba en su
temperamento.
-
¿Quién nos hizo salir de Cádiz cuando yo estaba encinta, sólo para evitar las
malas lenguas? Yo no te lo pedí, fue tu decisión, que no tuve más remedio que
seguir.
Manuel caminó hasta a la cama, y le dio un cachetazo. Ella escondió la
cara entre las manos, pero las separó enseguida.
-No
vas a verme llorar. Eres igual que tu hermano, pero él es menos hipócrita, no
se esconde detrás de una máscara de santo.
Entonces Manuel se subió a la cama y se acostó sobre Altea. Se sacó los
pantalones y hurgó entre la ropa de ella. Rompió la tela y puso dos dedos en el
sexo de Altea. Ella ahogó un grito, pero pronto su cara se acomodó a una
sensación que Manuel debió descifrar mientras frotaba el interior con sus
dedos, extasiado por primera vez de encontrar que el cuerpo de esa mujer, en el
que había entrado tantas veces, esta vez no lo rechazaba. Ahora Altea tenía
otro rostro, y Manuel pensaba, mientras se sacudía sobre ella como un perro
desesperado, que quizá lo que ella necesitaba era odio. Como si su cuerpo fuese
el canal necesario del desfogue, el instrumento para el cual hubiese sido
creado. Hielo y fuego, no hielo y cenizas. Porque cada vez que Manuel se le
acercaba para hacerle el amor, era ya cenizas que se estaban apagando. Muchas
veces se preguntó cómo y cuándo se había encendido ese fuego, y sólo lo supo el
día que José llegó en el barco por el río, al pueblo en el que ellos habían
comenzado a trabajar.
Estaba ella en la puerta de la choza que servía de escuela, rodeada de
niños desnudos que correteaban entusiasmados en cada oportunidad que llegaba un
barco, y Manuel estaba hablando con unos comerciantes que dejaban su mercadería
en el puerto. Lo vio levantar la mirada hacia el barco, donde en la proa estaba
José Menéndez Iribarne, agitando los brazos y gritando alegres obscenidades que
hacían reír a la tripulación y a quienes escuchaban desde la orilla. A Manuel
se le calló la pipa de la boca, y no se molestó en levantarla del barro.
Devolvió unos papeles al comerciante y ya no hizo caso a nada que no fuera a la
figura de su hermano en la proa, acercándose como un ídolo a través del río.
Entonces Altea supo realmente por qué motivo habían huido de España, de alguien
que Manuel no sabía controlar más que escapando. Y el objeto de la huida los
había seguido para acompañarlos. Eso fue lo que dijo José cuando bajó del barco
y ya estaba frente a ellos en la puerta de la choza. La familia debía estar unida.
Habló, además, de los consabidos negocios que lo llevaban a todas partes, y por
un tiempo podría utilizar el litoral como oficina central.
Esas fueron sus palabras, mientras abrazaba a Manuel, y dándole un beso
en la mejilla a su cuñada. Manuel no salía de su asombro, pero no manifestó
molestia ni alegría. Todos sabían de qué se trataba: José necesitaba esconderse
por un tiempo de las autoridades de España o de cualquier otro país. En el
litoral correntino, ¿quién lo iba a encontrar? ¿Pero por eso, solamente, estaba
en ese mismo lugar con ellos? Manuel, tal vez, no quiso expresarlo en voz alta,
porque su tono era de congoja. Altea lo notó, y sintió vergüenza de su marido.
José también lo vio, y en sus labios se formó una sonrisa, y no contestó, y esa
silenciosa y segura respuesta permaneció latente en el aire durante aquellos
años en que trabajaron juntos en el pueblo. Hasta aquella noche de los ritos.
Altea sabía muy bien en quién pensaba Manuel mientras le hacía el amor,
porque él miraba hacia los costados de vez en cuando, o hacia arriba, como si
hubiese alguien por encima de la cabeza de Altea, mirando. Era, tal vez, el
crucifijo, hoy ausente, que toda familia católica tenía siempre en la pared
sobre la cama matrimonial, o era, quizá, la aprobación de su hermano lo que
estaba buscando. Ambas cosas, finalmente, eran lo mismo. Y fue ella, esta vez,
quien no sintió rencor, sino un extraño agradecimiento. Había recuperado una
sensación descubierta recién pocos meses antes. La noche de los ritos, ella
había recibido también una especie de exorcismo, aunque en ese momento no lo
supiera. José Menéndez Iribarne la había exiliado del dominio del hielo, había
roto en pedazos el cristal líquido en que estaba atrapada la libertad de su
cuerpo. Supo entonces que el cuerpo lo era todo, y allí estaban los cristos,
sobre la cama de cada familia católica, para recordar, para regodearse en el
dolor, para decir en todo momento de la vida que el dolor del alma debe
comenzar por el cuerpo, y no hay libertad antes que eso suceda. Por eso el
cuerpo recibía todo primero: la sensación, la duda, la inquina y el dolor.
Y
allí estaba sobre ella Manuel Menéndez Iribarne, por fin él mismo, por fin
pleno fuego, como un árbol en llamas que la penetraba y la hacía arder. Cuando
él se detuvo, ella esperó más, porque comprendió que era sólo el comienzo.
Manuel se quedó sobre ella, sin apartarse ni un centímetro, consciente del peso
sobre el cuerpo de su esposa, pero ella le rozaba la espalda con las uñas,
murmurando:
-Cuando tengamos un hijo nuestro, le pondremos de nombre Jesús.
Él
se levantó, de pronto otra vez furibundo. Salió de la casilla, desnudo, y
tropezó con el capitán, que estaba acostado en un montón de paja junto a la
pared, y el perro dormía a su lado. Tenía los ojos abiertos, porque ya estaba
amaneciendo. No le dijo nada, simplemente siguió caminando hacia el río. Se
zambulló como en la noche, pero no nadó, simplemente se quedó quieto, haciendo
pie, sin dejarse llevar por la corriente. El capitán Mendoza apareció en el sendero,
junto con el perro:
-Parece que se hicieron buenos amigos…-dijo Manuel.
-Después de la patada que usted le dio… pero los animales no guardan
rencor, un poco de resquemor por un tiempo, nada más.
El
capitán se quitó la ropa, dejó la casaca vieja con galones, las botas y el
pantalón apoyados en un tronco, y el sable y la vaina que se veía obligado a
llevar. Se tiró al río y nadó hasta donde estaba Manuel. El perro les ladraba
desde la orilla, y lo animaban para que se metiera al agua. Saltó y empezó a
jugar con ellos, lo levantaban y volvían a tirarlo, y el perro se hundía y
volvía a la superficie ladrando.
Cuando salieron del agua, se sentaron en la orilla, viendo cómo el sol
se asomaba como un chico tímido por encima de la foresta.
-No
hay nada mejor en todo el día que estos baños en el río, bien temprano-dijo
Mendoza. -En el barco no puedo hacerlo con mi hijo porque mi mujer nos mira
mal.
-Capitán…-preguntó Manuel…- ¿Puede llevarnos con usted hacia el norte, o
adonde piense que mi mujer y yo podamos trabajar en algo acorde a nosotros?
Mendoza sonrió.
-Esperaba que tomara esa decisión, Iribarne. Puede mandar alguna carta a
su país con algún barco que nos crucemos.
-No
es necesario, nadie nos aguarda.
Era
verdad, o por lo menos eso esperaba. Si José pensaba ir tras ellos, como la
sombra, entonces iría hacia Buenos Aires y luego a Cádiz. Y sería la primera
vez que una sombra se separara del cuerpo al que pertenece.
2
Se mira al espejo hecho con fragmentos de un
espejo de luna que estaba en el armario, el mismo que Manuel había roto justo
al mediodía del día siguiente en que él, José, había penetrado a Altea. La
había visto llorar y resistirse, pero también vio en su rostro, luego del
miedo, una especie de expresión que probablemente Manuel jamás había
descubierto en su esposa.
Y
mientras la penetraba, sintió ansias de que su hermano los viese, y que se
masturbara mientras los veía a ambos contra la pared, ella con la falda
levantada hasta los senos, él con el pantalón hasta las rodillas. Ambos
jadeando, mientras José miraba hacia un costado, imaginando a Manuel, desnudo y
manoseándose, eyaculando al mismo tiempo que él. Como si le estuviese
agradeciendo el poder hacerlo con su esposa, o tal vez pensando en él y no en
ella. Porque José pensaba en él al imaginarlo desnudo junto a ellos.
Pero
Manuel estuvo aquella noche, casi hasta la madrugada del festival en la aldea,
cumpliendo su función de asistir con a los sacerdotes del pueblo en los ritos,
en los exorcismos anuales. Todo eso había llegado a asquearlo al principio,
pero luego se había ido acostumbrando, y los bailes, el humo y el incienso de
las especias quemadas, los gritos guturales y angustiados, los rostros
deformados más allá de lo que creía posible, habían comenzado a extasiarlo.
Sabía que Manuel no estaba en esa habitación, pero también lo imaginaba
donde realmente estaba, parado en el círculo de asistentes a las ceremonias de esa noche central en
los ritos de los indios, cuando los demonios eran expulsados de los cuerpos y
las mentes de los poseídos, que quedaban postrados sobre el barro, rasgados por
uñas y garras que nadie había visto porque nadie los había tocado, como si los
demonios se hubiesen abierto paso entre los pliegues de la piel, de adentro
hacia afuera, dejando la marca inescrutable de su paso.
Si Manuel hubiera
estado allí parado, viendo a su hermano José y a su esposa Altea, como dos
animales excitados, habría pensado, más acertadamente, que ambos estaban
creando un demonio. Y esto de adjudicar pensamientos e ideas a presencias
invisibles, José lo había aprendido en sus lecturas en la casa paterna. La gran
biblioteca que la familia había reunido a lo largo de casi cuatro siglos de
existencia en la provincia estaba tan cerca, repletas las paredes de estantes
llenos de libros cuyos lomos las sirvientas no alcanzaban a limpiar cuando ya
volvían a cubrirse de polvo pocos días después. A veces aparecían arañas al
sacar un libro, y él las dejaba estar mientras levantaba lentamente la tapa y
separaba las hojas con cuidado. Libros de alquimia, de religión, pero sobre
todo de las artes de la adivinación y las supersticiones. Si ya Cicerón, cuyas
obras sobre estos temas habían sido valoradas por hombres sabios, ¿por qué la
religión de su familia creaba tantas represiones, tanta culpa por el simple hecho
de leerlas? Sabía la respuesta: de sólo leerlas uno ya las imagina posibles.
Como había dicho Leibniz, el pensar que algo es posible, incluso Dios, ya
permite su existencia.
Y la religión de
sus padres no negaba, en realidad, todo eso, sino que lo rechazaba como la
parte repulsiva del universo. La Iglesia, que nunca había sido más que una
institución con la cual la familia siempre había tenido relaciones que no eran,
al fin y al cabo, más que comerciales, había entrado demasiado en la mente y el
espíritu de Manuel. Desde que eran niños y dormían ambos en la misma cama, lo
había visto despertar sobresaltado, sin querer decir qué pesadillas lo habían
perturbado.
Pero José ahora se
estaba mirando en los trozos del viejo espejo de luna, al que se habían sumado
muchos otros fragmentos que a veces dejaba la gente de los barcos, espejos que
se les habían roto, o incluso que él mismo había robado a escondidas. Así había
armado aquel espejo de cuerpo entero sobre la pared de adobe, pegado trozo por
trozo con un pegamento que los indios le habían enseñado a preparar.
Le gustaba mirarse
así, como ahora lo hacía, cuando estaba solo, recorriendo cada parte de su
cuerpo de treinta y cinco años: la cabeza de contornos caucásicos, de nariz
aguileña, barba y bigotes oscuros, pelo crespo y abundante, el pecho ancho y
velloso, el abdomen no demasiado abundante y de músculos fuertes, los genitales
que ahora se manoseaba con las manos venosas, excitándolos como ya lo estaba
luego de haber hecho el amor a la mujer que esa noche los acompañaba. Se miró
de costado, el miembro erecto, las piernas levemente inclinadas, dispuesto a
volver a penetrarla, porque la veía por el espejo, sobre la cama, aguardando
con miedo. El rostro de la india le era tan conocido como si fuera el mismo que
había visto desde que tuvo contacto con la primera mujer de su vida. Una
expresión de disgusto que sin embargo no rechazaba el mal que le creaba. Como
si cada mujer viese, al ver acercarse a José, una especie de mito encarnado que
no volvería a repetirse, y por lo tanto el sólo hecho del rechazo no podía ser
concebido sin el consiguiente arrepentimiento, o la frustración tan cercana a
la culpabilidad.
Entonces escuchó
gemidos, y recordando que Cahrué estaba con ellos, lo miró. El chico indígena,
de quien era una especie de mentor, había empezado a acompañarlo en esas noches
que José pasaba con una, a veces dos mujeres. Durante el día observaba a
aquellas que se acercaban a los pescadores blancos, escuchando conversaciones
entre los hombres, y había recibido consejos sobre cuáles se dejaban hacer lo
que ellos querían. Y no le fue difícil conseguir que vinieran a su cabaña, y en
los últimos meses venía casi siempre la misma, que de vez en cuando traía a
otra si él se lo pedía. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Cuando él le
preguntó, ella contestó entre dientes un nombre aborigen largo, que más parecía
un símbolo o una onomatopeya. No le molestaba que Cahrué los acompañase, ni que
muchas veces participara. Las costumbres y los gustos de José no la asombraban.
Pero esta noche,
ella se veía angustiada. Acostada de espaldas en la cama, con las piernas
abiertas, su vagina había sangrado. Ambos, José y el chico, la habían penetrado
simultáneamente, y luego ambos se acariciaban y se tocaban, y la ponían a ella
en el medio, empujándola, metiendo sus dedos en todas partes, introduciendo sus
miembros en ella hasta convertirla en una especie de bolsa sin vida, que sin
embargo jadeaba y escupía secreciones.
Pero esta noche,
ella sangró, y sabía el motivo. Después de tantos abortos desde que tenía doce
años, pensaba que su cuerpo era una cicatriz interna ya estéril para siempre.
Estaba embarazada, y ahora lo estaba perdiendo. Cuando vio a José volver a
acercarse, excitado sin duda al ver al chico que estaba al pie de la cama,
masturbándose casi sin mirarlos, ella hizo un gesto que fue un reflejo: se tapó
la cara con una mano y la vagina con la otra.
Oyó, en
respuesta, una carcajada que retumbó en la cama cuando él se sentó de rodillas
y las manos en la cintura. Era verdad que ella parecía una mala parodia del
cuadro de Goya, en esa posición inverosímilmente púdica. Los Menéndez Iribarne
tenían en su casa de Cádiz una pintura del artista, y aunque él no lo había
conocido, su padre le hablaba siempre de la vez que visitó la casa cuando
vivían los abuelos. Pero por supuesto, era una relación de la cual la familia
no podía hacer alardes si quería mantener su buena fe con la iglesia.
José intentó
sacarle la mano de la cara, y comenzó a frotarse contra ella. Lo dejó hacer, y
luego abrió su boca, pero cuando él la forzó a sacar la mano que tapaba la
vagina, ella se resistió.
- ¿Qué te pasa? -
preguntó. Ella levantó la mirada.
-Le duele- dijo
Cahrué. -Está preñada.
José se dio
vuelta. El chico ya había eyaculado y tenía semen en las manos.
-Eso no es
problema desde hace mucho-dijo José. - ¿O sí?
Se bajó de la
cama y agarró las manos del chico, le limpio el semen con sus propias manos y
lo hizo acercarse a la mujer. Desde hacía mucho tiempo, aún antes que Manuel y
Altea se fueran, Cahrué había demostrado una gran maestría en las curaciones.
Todas las mujeres de su familia era curanderas, y él había aprendido observando
a cada una, y el resultado era una serie de conocimientos que se reservaba muy
cuidadosamente. José lo había descubierto cuando hizo abortar a una adolescente
varios meses antes.
El cura que
recorría la región para dar misa una vez al mes, había puesto el grito en el
cielo cuando la madre de la chica acusó a José de dejarla embarazada. La mujer
sabía quién la había llevado a la cabaña, pero no quería decir que la amante de
José era de su propia familia, tal vez la hermana, quizá la prima, eso él nunca
lo supo con certeza. Si se ponía a investigar los parentescos, todos tenían en
esa aldea alguna relación consanguínea entre sí. Cuando el cura se fue,
amenazando con hacer la denuncia con un gesto displicente, José lo despidió en
la orilla con unos cuantos insultos y gestos obscenos. La madre de la chica lo
miró, furiosa, pero él sabía que ese cura tan pacato también tenía hijos en
ambas orillas del Paraná.
Luego Cahrué se
había ofrecido hacer algo por la chica.
- ¿Cómo? -
preguntó José, que ya había entrado de vuelta en la cabaña y comenzado a
revolver en los libros de medicina que había traído de sus viajes. Cahrué
regresó con una caja de madera, y al abrirla comenzó a sacar instrumentos de
cirugía hechos con huesos, algunos, otros con piedras. José lo miró con
asombro, luego con orgullo. Lo que los hermanos Menéndez Iribarne y Altea le
habían enseñado había rendido sus frutos. Era un chico de quince o dieciséis
años, pero que sabía más que muchos médicos blancos que trabajaban en la cuenca
del Paraná. Eso lo descubrió al escucharlo y verlo trabajar en el cuerpo de la
chica, acostada en la cama, mientras la madre observaba, con los brazos
cruzados sobre los pechos, al principio ofuscada y luego asustada al escuchar
los gritos de la hija. Tal vez recordada haber pasado por lo mismo más de una
vez, y quizá viera en José a muchos de los hombres que había conocido. Luego,
la preparación de Cahrué hizo dormir a la chica, y sólo un quejido bajo pudo
escucharse mientras él trabajaba. No más de media hora después, le entregó a la
madre una bolsa de tela embebida en sangre, era lo que quedaba del nieto, que
ya tenía casi tres meses. La chica estuvo dormida varios días, ardiendo en
fiebre y sudando en pleno invierno. Cahrué le daba medicinas con cucharas, y le
enseñó a la madre a hacerlo todos los días. Una semana después, despertó y
quiso levantarse. La madre estaba feliz, pero Cahrúe le dijo que se abstuviera
de comentar lo que había visto.
-Ése tiene la
culpa, y no te conviene- le dijo ella en español fuerte y claro, mirando a José
de reojo.
¿Quién seguía a
quién?, era difícil de decir. José era su mentor, y por eso lo acompañaba para
aprender y ayudarlo, era una cuestión de lealtad y agradecimiento. Pero José
también parecía seguirlo a él, ni dejarlo solo ni aun de noche.
Y esa noche en que
ahora la mujer estaba sangrando, ambos sabían que se conocían como dos
hermanos, o quizá como padre e hijo. Conocían sus cuerpos con detenimiento, las
costumbres de sus cuerpos, las manías de su mente, los gustos de sus manos y
las asperezas de sus temperamentos. Sabían el significado de algunas miradas,
los conocimientos intelectuales de cada uno y también la esperanza en el futuro
descubrimiento y el inevitable asombro en los actos y en las palabras de uno y
otro. Por eso no le sorprendió a Cahrué lo que hizo José: frotarse el miembro
con el semen que le había limpiado a él y dar vuelta a la mujer para penetrarla
por detrás. Ambos miraron hacia el espejo fragmentado, la mujer de espaldas,
gritando, aferrándose con las manos frenéticas de dolor a las telas sucias
sobre el jergón; él observando su cuerpo, satisfecho del placer de la
dominación. No parecía escuchar los gritos, pero ella los atenuaba contra la
cama, porque no quería que nadie llegara. Siempre se las había arreglado sola,
y no comenzaría ahora a pedir ayuda.
Cahrué se acostó
junto a ella, la miraba con curiosidad: el rostro oculto bañado en sudor, las
manos como dos raíces enterradas en las telas, el cuerpo aún bello
estremeciéndose con los movimientos de José. Vio la sangre que caía desde la
vagina, acercó la mano y la tocó. Observó en el espejo, porque el cuerpo de
ella lo ocultaba, la sonrisa de José al ver o creer lo que él intentaba hacer.
Introdujo dos dedos, ella no hizo nada que demostrara que se daba cuenta,
estaba ciega, viendo la oscuridad en el colchón, como si fuese el refugio de la
paz y el alivio.
Sólo sangre que
comenzaba a coagularse, pero abundante. Sintió en el interior las paredes
desgarradas, más arriba las del cuello del útero, como cuerdas rotas, telas
desgarradas, similares, en la imaginación, a aquellas a las que ella se
aferraba. ¿Qué estaría pensando?, se preguntó Cahrué. ¿Quizá afirmándose a su
propio cuerpo, como si de un momento a otro fuese a perderlo, ese cuerpo que la
alimentaba a ella y no al revés, como si fuese un dios, un dueño y un hogar al
mismo tiempo? ¿O estaría intentando retener, tal vez sin saberlo del todo,
aquel otro cuerpo que se había formado dentro del suyo, y ahora moría, ya
irremediablemente, deshaciéndose igual que carne en descomposición?
De pronto, ella
levantó la cabeza, la giró hacia el espejo, miró su reflejo cortado. Sintió la
mano de Cahrué en su vagina. Se dio vuelta con todas sus fuerzas,
desprendiéndose de ambos. José se quedó sentado de rodillas, frotando su pene
con sangre y semen, y en la mano de Cahrué un puñado de coágulos entre los que
vio una especie de cuerpo pequeño, casi un renacuajo.
La mujer luego no
supo lo que hizo, o si lo sabía no hubo nada en toda la historia de su mente
que pudiese evitarlo. Se levantó de la cama y corrió hacia el espejo, pero
tropezó con las ropas tiradas y se golpeó la cabeza contra los vidrios. Arroyos
de sangre mancharon los cristales, pero ella hizo el absurdo esfuerzo de
sostenerse de los fragmentos rotos, que no caían porque estaban pegados. Los
dedos se lastimaron, y ya no le respondían. Apoyó la cara, y los bordes la
hirieron mientras ella se deslizaba.
José fue a
buscarla, la levantó y la llevó a la cama.
- ¡Que puta más
estúpida! - dijo.
Cahrué se puso los
pantalones y fue a buscar su caja de cirugía, como ambos la habían llamado.
Entre ambos la lavaron y cosieron las heridas con los hilos que la madre de
Cahrué tejía con fibras de hojas verdes. Pero ella ahora empezó a gemir más
fuerte, llevándose las manos a la entrepierna. Cuando le apartaron las manos
con fuerza, expulsó un chorro de sangre que continuó en una hemorragia
constante. Cahrué abrió el vientre de la mujer mientras José la sedaba con un
trapo mojado con éter. La sangre y el pus se desbordaron por los costados d ela
herida. Cahrué sacó la mano, tenía otro cuerpo pequeño igual al otro. Cosió la
herida. Cuando terminó, miró a José, que seguía con la mano sobre el trapo que
tapaba la boca de la mujer, que ya no gemía, ni respiraba.
José Menéndez
Iribarne vio sombras que sobrevolaban la habitación, cubriendo por instantes la
escasa luz que llegaba desde las lámparas de aceite junto a la puerta y sobre
la única mesa de la cocina. Miró hacia arriba. Había muchas sombras que daban
vueltas, rápidamente, sin poder distinguir a qué se debía aquel aleteo que
ahora escuchaba, como de cuero. No eran alas que se agitaban, eran membranas, y
entonces vio con extrema claridad lo que no había vuelto a ver desde su última
salida de España. Los murciélagos daban vueltas alrededor de la cama, bajo el
techo, y se chocaban, ciegos, contra las paredes. Luego, escuchó el ruido de
vidrios rotos. Los fragmentos del espejo se estaban desprendiendo de la pared.
-Abre la puerta,
tal vez se vayan hacia la oscuridad de afuera.
Cahrué, que se
había quedado quieto, con la sangre y el segundo embrión todavía en las manos,
lo miró a los ojos. José estaba atento al aleteo y las sombras.
- ¿No me oíste?
- ¿Qué? ¿Abrir la
puerta? ¿Para qué? ¿Quiere que se enteren?
- ¡Por los
murciélagos, hijo de puta!
Cahrué miró al
techo, sólo vio los reflejos de la luz en los trozos de espejo que caían al
piso.
José buscó los pantalones bajo la cama, sin dejar de echar
vistazos al techo, y apartarse de la cara las sombras encarnadas. El reflejo
del espejo roto le iluminaba la cara, pero para él eran sombras sonoras,
aleteos. Se sentó en el borde de la cama, se colocó los pantalones, y mirando
el cadáver de esa mujer que nunca supo cómo se llamaba, espantó dos murciélagos
que habían empezado a morderla. Se levantó y envolvió el cuerpo con la ropa de
cama. La sangre seguía húmeda y el colchón empapado. Mientras anudaba los
bordes, recordó al colchonero de Cádiz que hacía y reparaba los colchones de la
familia, y cuyo arte desparecería de Cádiz con su muerte, porque el hijo había
emigrado a América.
-Don Álvaro, le
traigo este colchón, a ver qué puede hacer- dijo en voz alta, sonriendo al
imaginar la cara que pondría el hombre al verlo aparecer con ese ejemplar. -Lo
traigo desde lejos, porque solamente en usted confío.
Cahrué lo
escuchaba delirar, pero no lo interrumpió. Cuando terminó de anudar, levantó el
cadáver envuelto en brazos y caminó hacia la puerta. El chico lo detuvo, y
verificó que la noche estuviera solitaria. Apagaron las luces, y la luna
tampoco iluminaba porque estaba nublado. José iba adelante, cargando el cuerpo
que seguía drenando sangre desde la tela hacia la tierra del sendero por el que
iban hacia el arroyo que terminaba en el Paraná, a pocos kilómetros de
distancia. Aparecieron unos perros, que los siguieron, cebados por el olor.
Cahrué los apedreó. Cuando llegaron a la orilla, la corriente estaba casi
estancada.
José dijo:
-Tenemos que ir
hasta el río, y escaparnos.
El chico fue a
buscar un par de caballos de una estancia. Tardó más de una hora en volver.
José aguardó encendiendo fuego para espantar a los animales. Vigilando siempre
alrededor de los árboles, estuvo atento al aleteo de los murciélagos.
Cahrué volvió
montando en uno de los caballos, José puso el cadáver sobre el otro y subió.
Cabalgaron toda la noche. Al amanecer, estaban a orillas del río ancho y
espléndido, de aguas plateadas. Se acercaron a beber los cuatro, hombres y
caballos. El cuerpo se cayó del lomo, y rodó unos metros.
-Parece que también
tiene sed- dijo José - o quiere volver al agua. Las mujeres están hechas de
agua, por eso cambian tan seguido. Los hombres somos duros como roca.
Empujó el cuerpo
con dos patadas, y cayó al río. La corriente pronto lo arrastró.
-En algunos días
estará en el Río de la Plata, si es que nadie lo pesca antes.
Espantaron a los
caballos para que regresaran solos. Ellos caminarían por la orilla hasta
encontrar un pesquero o un bote que los llevara a algún puerto. No tenían ropa
ni dinero, pero ya se arreglarían. Si algo había aprendido en la iglesia, era
el santo sarcasmo del “Dios proveerá”.
*
Había amanecido prematuramente, y sólo dejó revelar una
sonrisa cuando su pensamiento se reía a carcajadas: un sol prematuro, como los
gemelos de la india muerta. Levantando la vista al sol, que aún no se hallaba
muy alto por sobre la espesura de la selva en la costa este, se preguntó si el
sol también estaba muerto hace milenios, quizá millones de años, y lo que el
mundo recibía era la luz antigua que permanecía viajando. Había leído que eso
sucedía con muy lejanas estrellas, pero con probabilidad estaba extrapolando
conceptos en beneficio de una fantasía morbosa para la cual esa mañana era muy
afín.
El chico seguía
dormido, o por lo menos lo aparentaba. Esa peculiaridad india del disimulo y la
desconfianza acentuaban los rasgos de su inteligencia asombrosa. Podría hacer
mucho por él, si pudiera. Viajar a España y hacerlo estudiar. Los rasgos
aborígenes en Europa no serían un obstáculo, era solamente en América cuando
los españoles hacían sobresalir las diferencias étnicas, porque en realidad se
sentían abrumados, perdidos e inseguros. Tanto espacio inacabable, tanta
riqueza de aguas doradas y verde esmeralda, de animales exóticos y hombres de
costumbres incomprensibles, era contra
natura. Por más que fuese todo esto manifestaciones de la propia
naturaleza, era como si ésta se hubiese rebelado contra la austeridad de Dios.
No de la Iglesia a la cual su familia compraba créditos de beneficios
celestiales y terrenales desde hacía trescientos años, sino del Dios del
Antiguo Testamento. Eso era lo que en parte lo diferenciaba de Manuel, esa
sumisión a la costumbre que únicamente creaba monstruos en su interior, que no
dejaba salir más que en contadas y desorbitadas explosiones de ira, que muy
pocos conocían. Se preguntó si Altea alguna vez lo habría visto de esa manera,
si lo hubiera hecho, quizá se hubiese enamorado realmente de su esposo.
Los monstruos y
Goya, otra vez. Extrañaba España, a veces, como ahora, mientras, sentado en la
orilla cenagosa, miraba la corriente del río, impetuosamente ruidosa, el
chillido de pájaros desconocidos, de nombres indiferenciables, la exuberancia
de la vegetación cuyo verdor intenso se transformaba en un vaho de podredumbre
al correr las horas del día. Sólo durante la mañana el aroma del río era
tolerable, aún persistía en su educación elitista y monacal la alcurnia del
gusto. Algo que se heredaba con el nacimiento, como las haciendas, pero éstas
se perdían, y la alcurnia sólo desaparecía con la muerte. Y como se rebelaba a
esta ley como a toda ley que no tuviera la flexibilidad del sentido común, se
había esforzado por expresar sus instintos y reflejos, los sentimientos y los
gustos del momento: dejó de lado la educación de los buenos hábitos, pero
también se fue con ellos el pudor. Miedo nunca tuvo, sin embargo, el pudor, o
la vergüenza, más bien la eterna culpa, había comenzado a morirse poco antes de
salir de España. Él, estando lejos de la familia, lejos de la cúpula de la
Iglesia, en medio del mar, rodeado de hombres diferentes a su clase, ya no
sintió culpa de las necesidades. Entonces habló como los otros sin tener que
hacerlo a escondidas, e hizo lo que los otros. Golpear cuando quería,
arrebatarse cuando lo necesitaba, orinar desde cubierta hacia el agua cada
mañana luego de una espléndida borrachera, o masturbarse en su camarote sin
ocultar sus gemidos, porque todos los demás lo hacían. Sexo y fuerza bruta,
primero, luego el lento y ya sin dolor nuevo aprendizaje de las condiciones
necesarias.
Eso era lo que
estaba contemplando allí sentado, el río que mantenía todo un hábitat con
solamente aquello: las condiciones necesarias. Pero las condiciones del río
eran de una exuberancia que recién había visto en sí mismo algún tiempo antes.
Los indios lo sabían, estaba en ellos como esencia de su propia naturaleza, los
bailes y las ceremonias, la religión que se destacaba por su literal desnudez
de arbitrariedades creadas por la filosofía. Los ritos eran la religión, para
ellos, y los dioses se manifestaban en esas manifestaciones como en sus
cuerpos. Si gritaban sin comprender, era por gusto de los dioses, si degollaban
o sacrificaban a alguien sin culpa ni motivo humano, era porque los dioses así
lo deseaban. Su cuerpo, su mente, su espíritu eran un todo, y ese todo, una
parte mínima del dios de su comprensión. Porque los dejaba tranquilos el
comprender que tenían la necesidad de un dios, y como las filosofías
occidentales lo proclamaban, esa necesidad era imprescindible. La diferencia
era que una vez aceptada, las manifestaciones del dios resultaban fáciles de
encontrar. Y todas las cosas de la naturaleza representaban una forma de rito:
la manera en que un pájaro construía un nido, o los cortejos previos a la
cópula de cualquier animal. El hombre es un animal de costumbres, había dicho
Dickens, y él agregaría, mirando la plenitud de la vida del río que actuaba
inconmensurable aun dentro de sus mismos límites, que la vida es una sucesión
de ritos. Y el más cómodo era Dios, porque siempre se adaptaba a la mediocridad
del hombre.
Vio venir un
pesquero de río arriba. Dos hombres iban y venían por la cubierta cargando
redes, uno o dos perros daban vueltas, ladrando. Fue entonces que José se dio
cuenta que los animales jugaban con alguien más. El barco se fue acercando
lentamente, y se aproximaba a la costa. En la margen oeste, donde ellos habían
dormido, había solamente ese claro. Se preguntó si debían esconderse, y se
contestó que no. Fue a despertar al chico, pero éste ya estaba mirando el
barco.
-Pediremos que
nos lleve a alguna parte, les diremos que nos robaron. - Pero él intuía que a
aquellos hombres no les importarían sus motivos. Lo más probable era que fuesen
contrabandistas haciéndose pasar por pescadores, el comercio desde el Plata
hacia el Iguazú y la triple frontera estaba infestado de ellos después de las
restricciones de la guerra.
Se levantaron y
comenzaron a llamar agitando los brazos. Los tripulantes se pararon a mirar.
Estaban a no más de cincuenta metros. Pudo ver claramente que el pesquero era
más grande que los que habitualmente tenían los pobladores del río. Ya no le
cabía duda, eran contrabandistas, así que supo que tenía entre manos hombres
que podía manejar, y no esa imprecisa sustancia resbaladiza que se solía llamar
hombre de bien.
El barco tenía
una chimenea, pero no echaba humo, así que comprendió por qué habían dejado las
redes y tomado los remos. Una mujer apareció entonces detrás de ellos,
acompañada por los perros, que ladraban a los extraños que veían en la orilla.
Ella les gritó, brusca, con una expresión inconfundible, que pareció haber
renacido en su boca luego de muchos años.
- ¡A callar,
follones!
Los hombres se
rieron a carcajadas, incluso uno dejó los remos y agarró a la mujer
levantándole la pollera. Forcejeando, ella logró librarse y casi lo empuja por
la borda. Estaban ebrios. El barco se fue acercando lentamente. La mujer tenía
un aspecto bruto, de expresión ofuscada, con el pelo desgreñado y el vestido
sucio. Cuando se deshizo del hombre, les ordenó seguir remando. A José le
extrañó ese repentino afán por acercarse a dos extraños: un hombre blanco y un
chico indígena. Tal vez fuese esa combinación lo que la atrajo, porque era ella
sin duda quien mandaba en ese barco pesquero, o en esa pequeña banda de
ladrones de río.
Cuando ya no podían
avanzar más sin riesgo de encallar, uno de los hombres habló:
- ¿Qué le anda
pasando, amigo?
Era provinciano de
Corrientes, el acento lo delataba a pesar de la borrachera. No era viejo, pero
sí estropeado por los años. El otro era joven, no mucho mayor que Cahrué, de
barba oscura, tupida y lleno de vello en los brazos y el pecho. Era el que
había intentado agarrar a la mujer. Ella se apoyó en su hombro, esperando la
respuesta.
-Buenas, mi
compañero y yo estamos perdidos y con hambre. Nos robaron…
Los hombres se
miraron, pero sobre todo esperaron una aprobación de la mujer.
- ¿Y qué hacía por
el río? -preguntó ella.
-El chico es mi
guía, señora, y el barco que nos robaron de mi propiedad. Soy explorador, por
llamarme de alguna manera. José Menéndez Iribarne es mi gracia.
La mujer estalló
en una risa con mucho sarcasmo.
-Así que esas
tenemos…- dijo. -Un tío que viene a la América de turista.
El viejo pareció
comprender a su manera, porque dijo:
-Acá se viene a
trabajar, señores, no a vivir de nosotros…- Y se plantó en medio de la
cubierta, señalando con los brazos extendidos a una multitud inexistente.
-Todos ustedes vienen a quitarnos el pan, todos inmigrantes hijos de mala
madre…- Estaba tan enojado que casi se cae por la borda. El más joven lo retuvo
sin dejar de reírse, y la mujer se dirigió a José:
-No lo tomen a
mal…
-Pueden subir,
nomás. Los llevaremos a dónde vayan.
-Después de
espulgarnos a ver si valemos algo- le murmuró a Cahrué antes de zambullirse
para recorrer a nado los pocos metros que los separaban del barco.
No recibieron
mucha ayuda para subir, sólo sacaron los remos para que se agarraran y tiraron
de ellos. Ya a bordo, ambos parecían dos patos mojados, pero como no llevaban
más que pantalones cortos, dijeron que con el sol se secarían rápido. Los
hombres comenzaron su labor interrumpida con las redes, la mujer los observaba
de manera hosca y ceñuda, las manos en la cintura, pero una de las manos era
sólo un muñón. Los perros olfatearon a los extraños, y retrocedieron, gruñendo
si intentaban tocarlos.
- ¡Tranquilos!-
dijo ella, pero Cahrué caminó hacia uno de los perros, y antes de que pudiera
detenerlo ya le estaba acariciando el lomo, y el perro pasando la lengua por
los rasguños de la pierna del chico.
-Se ve que es un
indio. ¿Y usted, señor, de dónde viene?
-De la madre
patria, compatriota, ya me di cuenta de que usted es aragonesa, de las tierras
altas, si no me equivoco.
Ella abrió los
ojos con desconfianza, luego se rio.
-Así es, pero hace
seis años que me vine de allá.
- ¿Y cuál es su
gracia?
-Menos pregunta
Dios y perdona… ¿No quieren algo de comer usted y el indio?
-En realidad
comimos anoche, antes del robo, sólo le agradeceríamos que nos llevara hasta un
pueblo para hacer la denuncia en la comisaría.
Esperaba que este
plan surgiera su efecto, en ese caso podrían hablar todos más abiertamente. Se
dio cuenta de que los hombres giraron las cabezas hacia ellos por un instante,
pero disimularon continuando su trabajo de preparar las redes. Ella miró a José
sin mostrar ninguna expresión. La cara adusta, de tez oscura, recordaba a las
familias aragonesas de antigua cepa que a pesar de haber perdido sus fortunas
siglos antes, conservaban en su semblante un orgullo de raza que ni la pobreza
ni la enfermedad podían borrar. Eran la terquedad en persona, mantenida a
rajatabla con todo lo que fuese necesario, inclusive la violencia. No existían
para ellos más leyes que las propias.
-Yo no subí a
bordo sino hasta ayer a la tarde, en el puertito unos kilómetros abajo.
¿Muchachos, vieron gente nueva en el río?
-No, Mara,
solamente el matrimonio que esperaba el barco a Buenos Aires.
Ella lo golpeó en
la cara, con fuerza. El estúpido había delatado un nombre que ella iba a
regatear todo el tiempo que creyera necesario.
José tenía muchas
preguntas encima: ¿por qué la obedecían tan sumisamente y la llamaban por el
nombre de pila si ella había subido menos de un día antes?
- ¿Usted es de
aquí, Mara? - preguntó, entonces, en voz alta y clara, seguro de sí mismo luego
de esa larga noche.
Ella se cruzó de
brazos, silenciosa por medio minuto, luego gritó:
- ¡Al carajo
todos ustedes, debería matarlos como al otro!
Se dio vuelta
para meterse en el sucucho que servía de cocina, cuando se dio vuelta y dijo:
-Usted venga, el
indio se queda con los perros.
José la siguió,
y de pronto sus ojos se enceguecieron, tal era la penumbra que perturbó su
vista luego del reflejo plateado del sol sobre el río, al que nunca se había
acostumbrado del todo. Se frotó los párpados, y ella lo agarró de una mano y lo
encaminó no más de un metro hacia un banquito de mimbre. El aire allí era más
fresco, y la piel rasguñada de su espalda sintió un alivio. La mujer se le
acercó por detrás para mirar las heridas.
-Estas no son
hechas por los golpes de un ladrón…
-Deben ser por las
ramas de los árboles en las que nos acostamos…
-Yo diría que son
por uñas de mujer, a menos que se haya acostado usted con las fieras anoche…
La mujer se reía
mientras iba hacia una despensa empotrada y buscaba una botella y un vaso.
-Sírvase esto que
le va a aliviar la sed.
José bebió el
vasito de caña, y realmente le hizo bien.
-Ahora me va a
decir la verdad. No me creo eso del robo, en esta parte del río nos conocemos
todos…
José se acomodó en
el banquito desvencijado, que rechinó y crujió sin romperse. No necesitó
preguntar las condiciones.
-Y si no, los
tiramos por la borda, a nosotros nos da lo mismo…
-Lo imagino…
-Muy bien,
caballero español de antigua cepa, si sabe tanto, entonces cante, como dicen
los criollos…
-Mi compañero y yo
no podemos volver al pueblo, por motivos de fuerza mayor…
- ¿Algún quilombo
de mujeres? Usted no tiene pinta de ladrón…
José se encogió de
hombros.
-Algo así, un poco
más complicado.
-Ya me lo veo a
usted metido en un tremendo lio, considerando esas heridas en la espalda, debe
haber violado a alguna india, y seguro que le enseñó todo a ese indiecito que
lo sigue. Ahora no hay quien lo pare al salvaje, el sexo que practican los
blancos se lo aprenden como pervertidos.
José la observó
con intensa curiosidad, sus ojos ya se habían habituado a la penumbra, que no
era tanta como le parecía al principio. El reflejo de las aguas formaba luces
como olas en las paredes de madera de la cabina estrecha y penetrada de olor a
pescado.
-Por lo que he
visto, usted es la dueña del barco y del grupo…
-Nada de eso, el
que manda es el que se sabe imponer, y a esos…- dijo haciendo un movimiento
hacia afuera- la cabeza no les da para mucho.
Entonces oyeron los
gruñidos de los perros, y luego chillidos agudos. Se asomaron a la puerta y
vieron que el hombre más joven había agarrado a uno de los animales por las
patas de atrás, las había atado y ahora lo levantaba con el cuerpo y la cabeza
colgando por fuera de borda. El perro chillaba y se sacudía desesperadamente,
casi ahogándose cuando el hombre lo sumergía y lo levantaba. El viejo había
interrumpido su labor de coser los agujeros en las redes para mirar y se reía.
Cahrué estaba atado con una red vieja.
-Esos hijos de
puta siempre lo mismo…-dijo ella, saliendo furiosa. Sacudió al muchacho con su
única mano, pero como el otro era fuerte y se resistía, ella agarró una madera
y lo golpeó en el hombro con que sostenía al perro. Fue suficiente, pero el
animal cayó al agua y pronto desapareció en la correntada.
Ella comenzó a
moler a palos al muchacho, y el viejo se acercó, pero se detuvo cuando le
dirigió la mirada iracunda.
- ¡Bestias, hijos
de puta! - Y no se contuvo hasta que el muchacho, en el piso, dejó de
protegerse la cara porque tenía un brazo partido en dos. - ¡Eso es lo que
ganan! ¡Ahora van a trabajar el doble, rotos y hasta muertos van a trabajar!
Tiró el palo, y
mirando alrededor, le dijo a José:
-Suelte al indio,
va a tener que ganarse el pan en este barco si no quiere terminar como el
perro…
Era ya media
mañana. El barco estaba anclado. Los dos hombres se pusieron a trabajar en
completo silencio. El viejo miraba hacia la cabina de vez en cuando, con mirada
torva, empujando al más joven cuando se quejaba del dolor del brazo, que había
entablillado. Cahrué se unió al grupo de pesca sin quejarse, se zambullía para
estirar las redes o desengancharlas del casco, luego subía sin ayuda.
En la cabina,
ella se había puesto a cocinar el pescado del día anterior, vigilando el
hornito y tomándose un trago de caña de tanto en tanto, aprovechando para echar
una mirada a los hombres. José se había quedado sentado en la silla de mimbre,
como ella le había ordenado. No estaba dispuesto a discutir luego de lo que
había visto.
-Esos hijos de
mala madre ya nos hicieron perder dos perros en dos días. Son de raza, nos
conseguimos cinco hace una semana. Dos se murieron porque los hirieron al
atraparlos. Otro se nos escapó ayer porque lo maleaban a palos, y ahora este de
hoy.
- ¿Y para qué los
usan?
-Para cazar, por
supuesto. ¿O se cree que comemos pescado todos los días? Los bajamos a la selva
y esos inútiles cazan si los perros encuentran algo.
Cuando la comida
estuvo lista, le dio un plato de hojalata. Gritó algo a los hombres, que
entraron a buscar su plato cada uno. Cahrué no entró, ni ella había preparado
algo para él.
-Dele algo al
chico, por favor. Si no queda, le doy mi parte…
Ella lo miró
asombrada.
-Se ve que lo
quiere mucho, pero no se preocupe, esos resisten muchos días, los conozco mucho
más que usted, no tenga dudas.
Se sentó frente a
él a comer su parte con las manos.
-Bueno, y ahora
cuénteme que hacía usted en ese pueblito.
-Llegamos con mi
hermano y mi cuñada. Ellos como una especie de misioneros, armaron una escuela
y enseñaban materias básicas. Yo hacía comercio por la zona, pero sobre todo
con conocidos en Buenos Aires. Así nos manteníamos.
Ella dejó el
plato vacío en el suelo y fue a buscar la botella de caña. Ya estaba ebria, y
echando otro trago con el ceño fruncido y la mirada otra vez desconfiada,
preguntó:
- ¿Me está
hablando de un matrimonio español, muy engreídos los dos? ¿Él callado y ella
fría como un témpano?
Como José no
contestó, asumió que eran los mismos.
-Estuvieron casi
dos semanas esperando el barco a Buenos Aires. Yo estaba con un tipo con el que
cuidaba el embarcadero, a cinco kilómetros río abajo. Una noche…bueno…nos
emborrachamos los dos, más de lo de siempre, ya casi no me acuerdo qué pasó
antes o después. Nos divertimos de lo lindo al principio, después él empezó a
golpearme, y yo no me quedé quieta, como ya habrá visto. Esa noche dormimos
ahí, y ellos afuera, supongo, porque a la mañana no estaban. Me levanté y todo
estaba hecho un desastre. Mi compañero, el tipo con el que vivía hace dieciocho
años, estaba tirado en el piso, con la cabeza rota. Yo tenía la sartén todavía
al lado mío cuando me desperté.
Comenzó a reírse
y no paró hasta que carraspeó y tosió. Se limpió la garganta con más
aguardiente.
-Dejé todo como
estaba y salí a la playa. Ese día tenían que venir éstos a hacer las entregas,
así que me subí. El perro del que le hablé se escapó tirándose al agua y
nadando hasta la orilla. Cuando me subí a bordo y nos alejábamos, vi a su
familia recostada junto a una roca, y el perro se les había juntado.
José escuchó en
silencio, viendo cómo paulatinamente ella iba adormeciéndose por efecto del
alcohol, la comida y el sopor de la tarde que comenzaba. La botella vacía se le
cayó al piso. Se levantó y apoyó su única mano en la superficie del horno que
ya estaba enfriándose. Era alta y le costaba mantener el equilibrio. Con los
párpados algo caídos, caminó hacia un jergón que José no había visto en la
penumbra. Ella se dejó caer y pareció dormirse.
Él se asomó
afuera. Los hombres dormían la siesta. Cahrué seguía sentado acariciando al
único perro que quedaba. Agarró los restos del pescado y se los llevó al chico.
- ¿Qué vamos a
hacer?
-Todavía nada,
necesitamos que nos lleven a algún pueblo.
Volvió a meterse
en la cabina, y se sentó en el jergón, mientras la contemplaba serena y
tranquila, sin aquella constante actitud defensiva que la afeaba. Pensó en el
hecho de que por poco tiempo no se cruzara con Manuel y Altea, ya los creía de
viaje a Buenos Aires, aguardando el regreso a Cádiz. Pero todavía continuaban
en el litoral, entre ríos tan distintos a los de España. Ambos habían querido
escapar buscando algo diferente, y allí estaban, atrapados por una naturaleza
que parecía penetrarlos hasta hacerlos ensoberbecer sus almas quietas y
subyugadas por la culpa. Habían cambiado los ancestrales muros de piedra de
España por la cárcel americana de la vegetación insondable y los ríos que
despedían vahos de podredumbre y hastío. De la sequedad extrema a la humedad
insoportable. Cuál de las dos haría que sus cuerpos se convirtieran en
esqueletos más pronto, aún estaba por verse.
Estaban a
mediados de diciembre. Debían ser las dos de la tarde. Una hora donde los
hombres se ponen de acuerdo en el silencio absoluto. Sólo las cosas suenan: un
reloj, el carro arrastrado por un caballo, el ladrido de un perro, pero esos
eran sucesos de una ciudad. Allí, en cambio, el fluir de las aguas era
constante hasta que los oídos dejaban de percibirlo, y únicamente los gritos de
los pájaros, casi siempre inidentificables para su educación urbana, interrumpían
el silencio, y por eso mismo, acrecentándolo. Hasta Cahrué se había adormecido,
los hombres roncaban, sin darse cuenta nadie de que algunas aves se asentaban
en la borda y picoteaban los viejos restos de pescados.
Sólo él estaba
despierto, contemplando cómo la mujer dormía. Se acercó más a ella, dejó que el
aliento de su respiración le tocara la cara, oliendo ese aroma a aguardiente
que brotaba de la ropa. Vio las formas de sus pechos, abundantes bajo el
vestido, sin corpiño siquiera. Con una sola mano, desató los nudos lentamente,
sin dejar de mirar su rostro, para adivinar si se daba cuenta y lo dejaba
hacer, o de pronto saltaría como una furia para golpearlo. Nada de esto
sucedió. Parecía dormida, y eso era suficiente para él. Metió la mano por el
escote abierto y acarició los pechos, suavemente, con las puntas de los dedos,
luego los pezones, sin dejar de mirarla a la cara. Sostuvo un seno con la mano
abierta, haciendo una leve presión, luego con el otro hizo lo mismo. La cara de
ella ya no lucía como quien duerme, sino la de quien tiene simplemente los ojos
cerrados. Era claro para José que le estaba permitiendo todo aquello, pero
hasta qué punto no lo sabía, por eso no apartaba la mirada de su rostro.
Su mano derecha
bajó del pecho hacia el abdomen, acariciando la piel en lentos círculos en
espiral que descendían hacia el pubis. El vestido era una simple prenda que se
anudaba por delante, así que cuando lo abrió del todo, pudo ver su desnudez
completa, sudada y maloliente, es verdad, pero hasta el punto exacto para
sentirse excitado. No le agradaba la extrema pulcritud inodora, porque no
parecía humana. El olor de los cosméticos mezclado con el sudor que había
sentido en las putas de Cádiz, o el olor a especias y barro en las indias, o
este aroma que ahora sentía en Mara, una mezcla de aguardiente y río, lo
excitaban sin ninguna duda.
Su mano fue
bajando hasta encontrar el sexo de Mara, húmedo, y entonces ella dio un
respingo muy leve, sin abrir los ojos, y emitió un suspiro como de quien sueña.
“Oh Dios de las putas”, rezó José, sonriendo, “cómo te gusta esto, querida
mía”. Y metiendo sus dedos en la vagina de Mara, ella encogió las piernas
levemente, suspirando. Entonces José se sacó los pantalones y se acostó encima
de ella, al principio sin tocarla con el cuerpo, sujetándose en el jergón con
las rodillas y una mano, mientras con la otra seguía acariciándola. Cuando la
penetró, ella abrió los ojos, apenas, sin mirarlo, para no interrumpir el goce
ni la concentración. Ella sabía que él estaba atento a sus reacciones, y no
quería asustarlo, sino que continuase, que siguiese, que no interrumpiera aquel
acto que extrañaba no por sí mismo, sino por la manera en que se estaba
realizando.
El jergón crujió,
y la sombra de la tarde se fue metiendo en la cabina. José sabía que alguien
miraba desde la puerta, cuál de los tres hombres, no le interesaba. Ella no
gritaba, ni él lo hacía, sólo fueron gemidos no más fuertes que el ruido
constante de la corriente. Y cuando sabían ambos que estaban por acabar, él la
sujetó de ambos lados de la cabeza y comenzó a besarla mientras le mordía los
labios, luego la garganta y los pechos, eyaculando y sintiendo que el cuerpo de
Mara se estremecía en escalofríos de éxtasis.
Se quedaron
quietos, en silencio, y él se dio vuelta. Cahrué estaba parado en la puerta,
con los ojos llorosos.
- ¿Va a dejarme,
no es cierto? - dijo con la más clara congoja que viera alguna vez. No esperó
respuesta. Volvió a la cubierta, donde los otros seguían dormidos.
Mara puso una
mano sobre un hombro de José, el muñón de la otra sobre la espalda. Intentó
abrazarlo de esa manera, sin decir nada, con una mirada de indefensión que
pareció volver a su rostro luego de permanecer reprimida por incontables años.
Era una mirada que la beneficiaba, hasta casi otorgarle una extraña belleza a
su rostro curtido. Por eso intentó ocultarla abrazándolo, para que él no
alcanzase a verla así, indefensa y vulnerable, por más tiempo. Eso se había
acabado, hasta que ella lo decidiera, como lo había hecho esta vez.
Había percibido
el olor de ese hombre, un aroma antiguo y acre, había sentido la aspereza de su
piel aún antes de tocarlo, con simplemente mirarlo, y ese olor la había
invadido durante la tarde, y por eso había bebido más de lo habitual, para
adormecer su furia, para que sus recelos se apartaran durante un buen rato,
para que su cuerpo fuese suyo y no del eterno resentimiento. Ahora éste volvía,
y la aspereza del hombre ya no le gustaba del todo, y necesitó apartarse.
Durante el resto
de la tarde no se hablaron, apenas se dignaron mirarse a los ojos. Los hombres
levantaron las redes de poca pesca. El más joven la miraba porque la veía
callada y no le gritaba ni a él ni al viejo. Era evidente lo que había pasado
entre ella y el extraño, y pronto, quizá esa misma noche, se cobraría las
cuentas. Esa hembra era suya. Si de vez en cuando la compartía con el viejo,
era como una limosna, porque él quería, y lo divertía ver los esfuerzos del
viejo. Pero esta noche…, pensaba, mientras levantaba las redes y las volcaba
sobre la cubierta, pateando los peces que agonizaban, a veces aplastándolos de
rabia. Ella lo dejaba hacer porque sabía lo que rumiaba, el viejo también,
porque no había dormido durante la tarde, sino oído lo que pasaba en la cabina.
Y fue así como el
sol se ocultó tras la espesura del oeste, ocultando en una fría sombra al
barco. José se sentó en el jergón, viéndola cocinar los restos de un armadillo
que había cazado Cahrué esa tarde. No se hablaban, pero había una especie de
comunicación silenciosa, un acuerdo tácito de mutua comprensión que ninguno se
atrevía a mencionar por el miedo que sentían de romperlo.
Ella decidió que
comerían todos juntos en la cubierta, y aunque a regañadientes, aceptó también
al Cahrué porque gracias a él tenían esa cena. Hizo preparar una mesa con dos
caballetes y una tabla larga. Le dijo al viejo que trajera el vino que guardaba
en su cubículo, bajo la cama. El otro la miró con ingenuidad, pero pronto una
risa de complicidad le inundó la cara, como un chico descubierto. Por un
momento, todos olvidaron resquemores, furias y venganzas. Comieron los cinco
alrededor de la mesa, ella escarbando la carne en el caparazón con un cuchillo,
el viejo con un cortaplumas que había comprado en Santa Fe, el joven con un
puñal arrancado a un indio que había matado. Miraron a Cahrué, pero éste comía
con las manos, y no levantó la vista. El
perro estaba acostado bajo la mesa.
Mara y José se
miraban de vez en cuando, y el hombre joven pescaba esas miradas y se las
tragaba como veneno. El viejo hacía pasar la bota de vino y lamentaba que esa
misma noche se acabara. La noche estaba estrellada, y de vez en cuando se
vislumbraba la luz de alguna fogata entre los árboles. José se preguntaba si
los estarían buscando la gente del pueblo, no estaba muy seguro de que
extrañaran a la india, y si no fuera por la sangre que había dejado, tal vez
pensaran que se había ido con ellos. Pero ya no había vuelta atrás. Miró a
Cahrué, que esquivaba hablarle, y pensó en lo que había dicho esa tarde. Pero
tal ensimismamiento se interrumpió de pronto por el golpe del puñal del hombre
joven sobre la mesa. Había quedado clavado a menos de un centímetro de la mano
izquierda de José. El hombre se había parado tirando el banco de madera al
piso, y sin sacar la mano del mango del cuchillo, dijo:
- ¡Ya me cansé,
carajo! ¡A mí nadie me quita la hembra!
Arrancó el puñal
y se tiró contra José. Ambos cayeron y empezaron a pelear. Mara empujó la mesa
y trató de separarlos, pero sabía que era inútil. José estaba debajo del otro,
resistiendo la mano que intentaba clavarle el puñal, pero no aguantaría mucho.
Iba a morir, estaba segura, no era un hombre de río. Entonces agarró el
cuchillo que había usado para el armadillo, y acercándose a los que peleaban lo
clavó en un costado del hombre joven.
- ¡Hijo! -
escucharon decir al viejo, pero viendo los ojos de Mara, no se atrevió a
acercarse. Cahrué no se había levantado, solamente retenía al perro.
El hombre joven
cayó junto a José, con las manos en el cuchillo que le había quedado clavado,
se lo arrancó y la sangre comenzó a fluir, esparciéndose por la cubierta hasta
llegar a donde estaba el animal, que comenzó a lamerla. Cahrué lo dejó hacer,
mientras todos contemplaban la forma en que el hombre moría. No fue mucho
tiempo, sólo los minutos necesarios para verlo gritar y lamentarse, para
insultarlos a todos y sobre todo a Mara. La llamó puta. La llamó bruja.
Ella no se movió
al escucharse llamar ramera, pero cuando oyó la otra palabra, miró a los otros
hombres, como si de pronto alguien revelase lo que nunca había querido que se
supiera. Una vergüenza que no se debía ni al sexo, ni a sus borracheras, ni a
ser ladrona, ni incluso al asesinato, sino a algo que ni ella comprendía. Una
marca que llevaba del lado interno de su frente, y que ella leía cada vez que
cerraba los ojos.
José y Cahrué
levantaron el cuerpo y lo arrojaron al río. El viejo se permitió un par de
lágrimas, con las manos aferradas a la baranda, viendo desaparecen el cuerpo
río abajo. Luego agarró la bota de vino y la apretó contra el cuerpo, mirando a
todos como si fuesen a robársela. Se tiró al piso y se puso a beber lo poco que
quedaba.
Mara se acercó a
José, con la mano izquierda lo sujetó del pelo, luego de la barba, le recorrió
el pecho y metió la mano en sus pantalones, frotándolo, excitándolo. Caminaron
hacia la cabina y el jergón. Ya no necesitaron callarse esa noche.
Cahrué se tiró
al agua y pasó la noche en la orilla, tapándose los oídos. El viejo comenzó a
cantar, borracho, lenta y torpemente, y agotándose su repertorio, se quedó
dormido con la bota de vino, vacía, apretada contra el pecho. El perro continuó
lamiendo la sangre hasta que se secó, y aun así siguió rascando la madera con
los dientes y las patas, obsesivo y hambriento.
*
Ambos estaban desnudos en el jergón. No tenían frío, a pesar
de la brisa del río que entraba por la abertura que no tenía puerta. Ya no
necesitaban ni siquiera vestirse ahora, nadie vendría a molestarlos. José
estaba acostado con las manos en la nuca, mirando al techo de la cabina,
fumando el último cigarrillo que el muerto le había dado a Mara. Ella los sacó
de entre los bolsillos de su vestido que estaba tirado en el piso, volvió a
acostarse a su lado, y se lo encendió. Él la contempló desnuda mientras se
levantaba, buscaba entre las ropas, volvía a sentarse en el jergón buscando
hacer chispa en el suelo. Entonces el humo pareció nacer desde la cabeza de
Mara, de sus cabellos más precisamente, y de negros que eran, parecieron
convertirse en oro, y los reflejos de la luz de la luna, tenues, daban la
impresión de que movían los cabellos, mientras el humo formaba una especie de
planos o dimensiones en torno a Mara. Una rápida asociación se disolvió en
cuanto se dio cuenta de lo absurda que era: había pensado en los cabellos de
Medusa. Tal vez, en cuanto ella se diera vuelta y la mirara a los ojos…
Ella se acostó a
su lado, y le entregó el cigarrillo con una sonrisa. Su cuerpo era esbelto, de
pechos grandes y caderas anchas. Era todo un espectáculo observarla caminar
desnuda esos pocos metros, verla tirarse en la cama, observar sus senos
moviéndose casi con alegría. Él lo aceptó, sabiendo de quién venía, y dejó que
ella recostara su cabeza sobre su pecho, mientras lo acariciaba sin poder
apartar las manos del sexo de José, a veces frotándolo, otras simplemente
dejando su mano apoyada, y otras sujetándolo como si se agarrara al mástil de
la barcaza en la que iban. Ella así lo dijo, riéndose, y él le preguntó:
- ¿Hace mucho que
no tenías hombre? - Y echó una mirada hacia la puerta, que conducía hacia la
cubierta y hacia el río que se había llevado al muerto.
- ¿Ése? La mitad
del tiempo estaba borracho y no podía…Es que se emborrachaba justo cuando nos
acostábamos, era como si me tuviera miedo y necesitara envalentonarse con el
vino o la caña…y al final por eso mismo no podía…entonces se enfurecía, y
después de un rato de putear, se quedaba dormido.
-Puede ser que
te tuviera miedo, te he visto defenderte…
Mara escupió una
carcajada corta y cínica.
-Eso cuando
quiero, ya has visto lo contrario…
Él asintió.
Hicieron el amor una vez más. El grito más agudo de Mara pareció expandirse por
el río. Es muy probable que Cahrué lo escuchara porque un chillido de ave
nocturna pareció responder, y la voz de ese pájaro era tan aguda como la que
solía hacer el chico cuando iba de caza. José lo oyó mientras sentía que pronto
iba a acabar, y pensó en Cahrué mientras lo hacía, no en ella. Pensó en Manuel,
y fue como estarlo escuchando mientras hacía el amor con Altea, esta vez sí
como un macho cabrío, no en la forma del tímido aspirante a seminarista
fracasado. De algún modo incierto, y sin motivo, se sintió contento, y más que
satisfecho, eyaculó dentro de Mara, agarrándola del cabello y sacudiéndola
hasta obligarla beber el semen que aún fluía de su sexo. Y ella, tan ofuscada
siempre, tan furiosa como la había conocido desde que pisaron la cubierta, era
ahora una especie de arpía que disfrutaba con la fuerza a la que era sometida,
como si hubiese, por fin, encontrado al hombre con el que podía compararse sin
miedo a desilusión alguna.
El jergón rechinó
cuando volvieron a acostarse, uno junto al otro, esta vez sin tocarse. Ya no
volverían a hacer el amor esa noche, por eso hablaron, y fue ella quien empezó.
Fumaba el resto del cigarrillo, que lentamente fue agotándose hasta que no
quedaba más que un pitillo que no podía sujetar, y lo tiró al suelo.
- ¿Fumás pipa?
-No, ¿por qué?
-Por nada, me
imaginé que un caballero español como vos tendría esa costumbre.
José se irguió y
apoyó el codo en el colchón y su cabeza en el puño, mirándola con
interrogación, mientras le pasaba la yema de un dedo por los pezones.
- ¿Hace cuánto
tiempo llegaste de España? No se te nota ningún acento, sólo cuando te enojas
te sale de adentro ese temperamento…
Mara rio, esta
vez con una extraña limpieza de intenciones en ella.
-Hace dieciocho o
veinte años, ya no me acuerdo bien, pasé por tantas cosas…Tenía doce años, de
eso de me acuerdo bien, porque perdí mi virginidad entonces…
Se detuvo, lo
miró de reojo, como pensando si debía continuar.
-Vivía con mis
padres y ocho hermanos varones en el campo, a media distancia entre las
montañas y un pueblo chico que se llama Luna. Teníamos poca tierra y poco
ganado, ovejas y cabras. Mis hermanos ayudaban en todo desde que eran muy
chicos. Yo era la última, mi hermano mayor tenía casi diez años más. Empecé a
trabajar desde niña, al principio en el ordeñe porque no tenía fuerzas, pero
después también en la esquila, y en cualquier cosa que se presentara cuando mis
hermanos se fueron casando y yéndose a otros pueblos. Quedamos cinco cuando yo
tenía doce años. Uno de ellos se llamaba Roberto. Tenía diecisiete, creo, más o
menos, y se empezó a obsesionar conmigo. Ya sabés cómo es el asunto cuando se
es la única mujer entre varios varones, unos te protegen, a otros no les
importás, y siempre alguno nos mira con deseo. No se puede evitar, es así. Yo
sabía que mis hermanos tenían la costumbre de ir a Luna una vez por mes a
pasarse una noche completa en el putero. Se sacaban las ganas y volvían a
trabajar en el campo, ya sin ganas más que de dormir para levantarse temprano
al día siguiente y seguir trabajando. Yo los veía volver medio borrachos en la
madrugada, y se pasaban todo el domingo durmiendo. Mis padres los dejaban
tranquilos, y mi vieja entonces me acariciaba la cabeza, suspirando como si
estuviese viendo a una santa de la iglesia. “Pobre niña de mis ojos”, decía…
Mara se rio con
amargura.
-Pobre vieja, le
diría ahora…si hubieras sabido. Pero yo siempre creí que ella lo esperaba todos
de mis hermanos, y hasta se habría sorprendido de que no hubiera pasado antes.
La cuestión es que Roberto era medio cerrado, hosco, y pocas veces acompañaba a
los otros. Cuando yo tenía doce, él había quedado como cabeza de familia,
porque los mayores se habían ido y mi padre estaba en un hospital de Aragón
desde hacía tres meses. No iba a salir de ahí nunca más. Roberto se veía
saturado de trabajo y responsabilidades. Mi vieja lo agobiaba en lugar de
ayudarlo. Ahora que lo pienso, tampoco era para tanto, no pasábamos hambre y
siempre había algo que hacer para ganar dinero, pero él se sentía, creo,
demasiado responsable de lo que nos pasaba. Si alguien se quejaba, sobre todo
los más chicos, o provocaban problemas, él se enojaba y los golpeaba. A mí
empezó por negarme la salida al pueblo, sólo debía trabajar con ellos, y me
hizo acompañarlo todo el día para vigilarme. Tenía miedo de que algún tipo me
dejara embarazada, y zas, otro problema para él. Yo trataba de deshacerme de su
vigilancia, pero mientras más me rebelaba él más se obsesionaba. Una vez, en la
mesa, mi vieja notó el silencio entre él y yo. Suspiró como siempre lo hacía
ante lo inevitable, y se quedó callada. A la tarde misma de ese día, Roberto
levantaba fardos de heno y me los acercaba para que yo los atara. Estaba con el
torso desnudo, por supuesto, y era apuesto, lo reconozco. Un hombre, ya esa
edad, de pecho ancho y vello espeso, tez oscura y barba mal afeitada en una
cara cuadrada y de perfil mediterráneo. Yo tenía doce años, más flaca que
ahora, por supuesto, pero ya me había desarrollado. Tenía tetas firmes que se
me notaban con la transpiración, y sobre todo sé que lo excitaba ese olor que
hasta a mí me agobiaba en los días previos a mi sangrado. Un olor acre que no
podía quitarme de encima, lo mismo que la mirada de mi hermano.
- ¿Te violó? -
preguntó José, que no ocultó su propia excitación, pero Mara no se dio cuenta
esta vez.
- ¿Violarme?
Muchas veces me puse a pensar en eso durante los años siguientes. Primero me
dije que no, después, ante tantos problemas que aparecieron, le eché la culpa
de todo, pero ya muchos años más tarde, volví a decirme que no.
- ¿Entonces…?
-Fue simplemente
eso, algo que él ni yo pudimos evitar. Sé cuánto sufría, lo veía en sus ojos, y
fue entonces cuando empezó a enfermarse del ojo izquierdo. Decía que no veía
bien de vez en cuando, y solía culparme de haberlo golpeado mientras
forcejeábamos. Porque yo traté de detenerlo, sabía que estaba mal lo que
hacíamos. Estábamos en pleno campo, bajo el sol de media tarde, sudorosos, pero
terriblemente excitados. Dios mío, me dije, cuando lo vi acercarse medio
desnudo, y cuando me apretó contra el suelo, reteniéndome las manos y
abriéndome las piernas con sus rodillas. El sol de pronto desapareció, él lo
cubría con su cuerpo, y me daba una sombra de alivio, una especie de fresco por
el cual me vi agradecida. Entonces sentí que me penetraba. Me dolió, y mucho,
por eso forcejeamos cuando pude liberar una mano, golpeándole la cara, pero por
supuesto que no tenía fuerza para hacerle daño. Después sentí que me desmayaba,
pero no fue así, solamente unos mareos como si me hubieran levantado por el
aire para caer al suelo otra vez muy rápido. Algo había quedado dentro de mí,
algo de Roberto, de ese hombre que era mi hermano, pero que finalmente era un
hombre más, simplemente eso.
Mara se levantó
para buscar otro cigarrillo. Buscó en toda la cabina y no encontró nada. Salió
desnuda, José la vio bajo la luz de la luna sobre la cubierta, yendo hacia el
viejo dormido, rebuscar en sus bolsillos, y regresar con una bolsita de tabaco.
Su cuerpo se dibujó en la claridad lunar con contornos fijos, como si la luna
misma la hubiera dibujado. Volvió a acostarse, apoyando la espalda en la pared
y armando unos cigarrillos con papel de diario. José los probó por primera vez
en su vida, y no tenían mal sabor.
-No dije nada a
nadie. Un mes después supe que estaba embarazada. Mi vieja se dio cuenta, pero
no me preguntó quién había sido. Lo imaginaba, pero no podía hacer nada.
Roberto era el jefe de familia ahora que mi viejo había muerto en el hospital.
Como no teníamos dinero para pagar el traslado desde el hospital al cementerio,
lo llevaron los empleados municipales y lo dejaron en una fosa común. Roberto
sufrió por todo eso, por no poder ir a despedirlo, por no enterrarlo
dignamente, por no darle siquiera flores. Hizo trabajos extras, lo vimos volver
cansado a la una de la madrugada para levantarse a la cuatro y volver a salir.
Tres meses después viajó a la capital para pagar la exhumación y enterrarlo en
una tumba del cementerio municipal. Volvió cabizbajo, con el ojo izquierdo que
le dolía más que nunca, porque no habían podido encontrar el cuerpo de nuestro
viejo, mezclado en medio de toda la podredumbre. Mamá lo hizo acostarse,
poniéndole empasto sobre el ojo. Yo ya tenía casi cinco meses de embarazo. Me
acercaba a él, sin reproches, y lo acariciaba como si fuese mi padre, del que
nunca pude despedirme. La familia estaba mal. Roberto no podía trabajar ni la
mitad del tiempo, sólo por la mañana o cuando caía el sol más intenso de la
tarde. Mis otros hermanos me culpaban de ser una puta, y mi vieja empezó a
enflaquecer de tanta malasangre que se hacía. Las vecinas más cercanas se
enteraron, y un día hostigaron a mamá para obligarme a abortar. Yo estaba
sentada en medio, con la cabeza baja, mientras ellas discutían. Unas decían que
ya era tarde, otras que no importaba, decían que la Sottocorno había terminado
embarazos de casi siete meses sin riego ninguno para la madre. ¿Las operaba?,
preguntaba alguna. No, para nada, contestaba otra, el niño se deshace adentro,
y se expulsa como si una tuviera de nuevo la menstruación. Entonces las voces
se hacían menos airadas, más sombrías y secretas, acorde con el paso de la
sombra de la tarde a la penumbra sutil del atardecer inminente, que sin embargo
aún no era demasiado evidente afuera. Solo en la casa las mujeres comenzaron a
murmurar entre ellas, tratando de que yo no escuchara, pero ellas no sabían que
mi audición siempre fue muy sensible. Sottocorno era una bruja, la había visto
ir y volver de los aquelarres en las montañas ciertas noches del año, llevando
bolsas con niños y regresando sin ellas, muy temprano en las madrugadas,
mientras se veía una columna de humo en algún lugar de la ladera de la montaña.
Un día la habían molido a palos la gente del pueblo. La dejaron tirada en medio
del campo, con las piernas quebradas. Al día siguiente, la vieron caminar con
dos serpientes enroscadas en las piernas rotas, que le sirvieron de sostén
mientras se curaban. Mi madre estuvo de acuerdo, el siguiente sábado me
llevarían a verla.
Mara se iba a
levantar otra vez, pero se quedó sentada mirando hacia la pared. Tenía el pelo
oscuro todo desordenado y enredado, olía a sucio, pero a José no le importaba.
Dándole tiempo para recuperarse, a esa mujer que parecía ser un torbellino de
acciones irreprimibles, una mujer de fuerzas impensables, observó su espalda,
recta, de piel bronceada por la vida en el río, de músculos firmes que
descendían desde la nuca cubierta de vello suave y oscuro hacia la cintura y
los glúteos, que pudo contemplar al levantarse ella y caminar hacia la puerta.
Todavía no había amanecido, la luna, sin embargo, había menguado. Ella apoyó un
hombro sobre el marco derecho, con los brazos cruzados sobre el pecho. Le daba
la espalda, así que no sabía qué expresión tenía ella en el rostro, pero
imaginaba lo que debía estar pensando: si era necesario contarle todo eso a él,
a quien no conocía más de un día, pero por el cual había matado a un hombre.
-Aunque las
mujeres sean más fuertes que los hombres, siempre terminan entregando las
armas-dijo José, sabiendo que de ese modo ofendía el orgullo de Mara.
Ella se dio
vuelta, con la mirada llena de curiosidad, y tal vez fue esa frase la que la
convenció. El silencio de un hombre la habría convencido de su imbecilidad, y
por lo tanto no merecedor de la verdad. En cambio, él la había desafiado.
Volvió a la cama, sentándose frente a él, mirándolo a la cara para contarle lo
que a muy pocos había dicho.
-Era italiana, la
vieja bruja. Porque eso era, una puta bruja que tenía más años que los que
aparentaba. Nadie sabía cuándo había llegado, por lo menos no con precisión.
Todavía tenía el acento de un dialecto que hacía muy fina su pronunciación. Una
se quedaba extasiada oyéndola hablar, aunque no se entendiera nada. La
fascinación estaba en sus manos, en los gestos que hacía. Cuando llegué con mi
madre y otra vecina, entramos a la casa de adobe, antiguo, pero de paredes
limpias a pesar del piso de tierra. No tenía más muebles que un armario contra
la pared del fondo, del que parecía sacar, inagotablemente, todo lo que
necesitara, porque la vimos varias veces ir y venir trayendo tazas y jarras
para darnos algo de beber, y luego telas y vasijas con las que parecía preparar
algo para mí. Había sillas para sentarnos las cuatro, pero cuando entré no las
había visto. Las cosas del interior parecían aparecer cuando se las necesitaba
y luego desaparecían otra vez, como si esa casa fuera la mente consciente de cada
uno de nosotros. ¿Me entendés lo que quiero decir?
José asentía.
Mara lo contemplaba a los ojos, juzgando a cada minuto los pensamientos del
hombre a quien se entregaba. Le temía, pero confiaba, porque eran seres del
mismo espectro, eso ya lo sabía.
-“Marietta”-
dijo la vecina que la conocía mejor, y que era una especie de mensajera entre
la bruja y la gente común, alguien que atenuaba los temores supersticiosos del
pueblo. “Ya sabes a lo que hemos venido, esta niña necesita tu ayuda”. La vieja me miró directamente por primera
vez. Tenía una mirada a veces clara, a veces oscura, desconcertante al
principio para mí, pero me di cuenta de que la luz del sol de la tarde de ese
sábado era parecida a la del día que mi hermano y yo estuvimos juntos, y esa
casa era también un refugio de sombra, como el cuerpo de Roberto. En lugar de
un torso varonil que jugaba con los colores del campo, eran los ojos y la cara
de la vieja que se burlaba de las apariencias del mundo. Se levantó de la silla
y caminó hacia mí. Yo bajé la vista, como queriendo ver sus piernas rodeadas de
serpientes.
- ¡Qué niña
inocente! ¿No te diste cuenta de que eran todos cuentos para que la vieja se
ganara la vida? - dijo José
-No conocés a
las mujeres…-dijo Mara.
-Créeme que las
conozco…-contestó él, tocando a Mara.
-Conocer conchas
no es conocer a las mujeres, eso será para los frailes reprimidos. Eran cuentos
cuando a ella le convenía, porque varias veces intentaron echarla, pero nunca
pudieron, porque esos cuentos provocaban miedo como los provoca la verdad. Se
me acercó y me dijo que levantara la vista hacia ella. Con su mano me forzó
hacerlo agarrándome del mentón. Yo temblaba. Tenía ya una panza que se notaba
mucho, y pensé que ella me haría escupir al bebé, o vomitarlo, qué sé yo. Tenés
razón que era una nena, todavía, pero en el sentido que me creía los cuentos
falsos inventados por las viejas del pueblo. Para conocer la verdad, hace falta
ser una mujer, y fue en eso en lo que me convertí ese día. La vieja apoyó una
mano sobre mi cabeza y comencé a escuchar un bullicio de pájaros, luego un
griterío de chillidos que se convirtió en un estruendo que azotaba la casa como
un viento. Miré a todos lados, mi madre y la otra mujer seguían sentadas, sin
darse cuenta de todo aquel escándalo. Quise levantarme, pero la vieja me
retenía con la palma de su mano sobre la cabeza, como si hiciera toda su
fuerza, sin conmover su expresión más que cerrando los ojos, como si pensara.
Luego escuché ladridos de perros histéricos y alborotados, que no paraban aun
cuando yo gritaba para que las mujeres en esa habitación me escucharan. Las
miraba, pero de nada se daban cuenta. Habría querido levantarme y golpearlas,
incluso a mi madre, por dejarme en medio de esas furias, porque de ellas
provenían los ruidos: de las famosas Furias del infierno. Hablaban con esos
ladridos, eran perras que ahora estaban frente a mí, alrededor de la vieja,
acusándome de puta y reclamando el castigo para mi hermano. Yo les gritaba con
todas mis fuerzas. ¡No! ¡No!, y les rogaba que me perdonaran la vida. Pero
ellas gritaban en ladridos furibundos, y afuera, el aleteo de las aves azotaba
el techo y las paredes, y comencé a ver cómo el techo de madera se combaba con
el peso de los pájaros.
Mara estaba
agitada. Por primera vez desde que se había acostado, buscó una botella de
aguardiente y tomó lo que quedaba, hasta dejarla vacía. La dejó caer al costado
de la cama. José la miraba sin decir nada.
- ¿Qué? ¿Te
parece mal?
-Solo me decía
que, si no supiera que eras una nena de doce años, habría pensado que era todo
un delirium tremens.
-Más vale que te
calles la boca si vas a seguir diciendo estupideces.
Ella era capaz de
darle un botellazo en la cabeza, José lo sabía, y por más que su intención
fuese poner un poco de humor en todo ese delirio, decidió sólo escuchar, por
ahora, porque a veces era lo mejor que puede hacer un hombre con una mujer.
-Entonces ya no
aguanté más, y en lugar de gritar, porque en realidad ninguna voz salía de mi
garganta, moví los brazos y las piernas, y sentí que me elevaban por sobre el
suelo. Olí un insoportable olor a excrementos, y me vi de pronto en el techo,
con las otras aves, junto al agujero por el que yo había salido. Abajo estaban
las tres mujeres, sentadas, como conversando sin notar nada raro. Pero los
perros ladraban enfurecidos alrededor de ellas, dando vueltas y mirando hacia
el techo, desde donde yo me burlaba. No sé cuánto duró todo eso, pero de pronto
todos los pájaros levantaron vuelo, y yo no pude. Quise seguirlos, pero mi
cuerpo no podía. Estaba como atada sin sogas a ese techo, condenada a un lugar
intermedio entre la casa en el pueblo, y el cielo, tal vez. Escuché que la
vieja me decía, sin sacar su mano de mi cabeza, “todavía no es tiempo”. Y me
desperté, aunque no había dormido.
Estaba en la silla, junto a las otras. La bruja dijo algo en su dialecto,
y ya no le entendí. La otra mujer tradujo: “La niña es una de nosotras, una
Aranguren…”. Mi madre tartamudeó algo, dijo que mi padre le había contado que
su madre tenía fama de curandera, pero nunca les había llamado la atención,
cientos de mujeres en los pueblos de cualquier parte han hecho siempre lo
mismo. No dijo, ni sabía más, en realidad. Mi padre había muerto, y yo debería
tener a ese bebé. De alguna manera, no me molestaba. A nadie culpaba más que al
sol y la lujuria. Mi panza crecía, los movimientos del feto me estremecían sin
aterrarme.
Mara buscó bajo
el jergón. Encontró una botella todavía un cuarto llena.
- ¿Cuándo
empezaste a beber?- preguntó José.
-Esa es otra
historia, hidalgo caballero.
Él se levantó,
algo hastiado del siempre oportuno sarcasmo de ella, y salió a cubierta. Orinó
lenta y parsimoniosamente hacia el río, mientras escuchaba el cristalino ruido
del chorro sobre el agua, tratando de atisbar el cuerpo de Cahrué en la orilla,
y preguntándose por el lenguaje casi culto que Mara tomaba en algunos momentos.
Volvió a jergón. Ella había terminado la botella.
- ¿Y qué pasaba,
mientras, en la mente de Roberto?
-Sufría, ¿qué
más? El ojo se le fue curando, pero la culpa lo estaba matando. Me veía y se
laceraba internamente, veía la mirada de mi madre, piadosa siempre, y se sentía
aún más culpable. Trabajaba día y noche, no dormía más que tres horas, y aun
así lo escuchábamos dar vueltas en la cama y despertarse gritando. Cuando yo
tenía casi ocho meses de embarazo, nos enteramos por las vecinas que había
estado yendo a la iglesia todos los días, por lo menos una hora, entre trabajo
y trabajo. Lo vieron hablar con el cura de la parroquia de Luna casi todo el
tiempo. Entonces una noche lo vimos llegar con el cura. El sacerdote no era
viejo, debía tener la misma edad que habría tenido mi padre. Lo recibimos con
respeto, pero en completo silencio. Sabíamos lo que venía a decirnos. Yo debía
casarme o entregar al chico. Tenía casi trece años, y era una vergüenza y un
mal ejemplo para el pueblo. Pero lo que no se atrevió a decir, fue lo que todos
ya sabían, el verdadero motivo. Había un candidato para mí, un joven de veinte
años de buena familia, trabajador, honesto, y todas esas pavadas de siempre.
Cubriría las apariencias y acallaría la mala opinión. ¡Qué nos interesaba la
opinión del pueblo!, grité yo, bien fuerte. Pero todos mis hermanos me miraron
con odio, y mi madre me hizo callar. Ya sabía yo que nadie quería tratar con
nosotros. Sólo por Roberto lo hacían, por su mea culpa constante, que
desgarraba hasta la misma culpa, destrozándola hasta hacerla jirones sin
sentido frente a las acusaciones de los demás. Si no aceptaba, nadie tendría
para comer, y menos mi hijo. Cuando nació, era una niña. Fueron unos pocos
días, pero fueron los únicos felices en esos tiempos. Mis hermanos la mimaban,
y mi madre la alimentaba con leche de cabra porque yo tenía poca leche que
darle. Roberto se veía distinto, sin esa amargura en los ojos, pero era
solamente cuando la miraba a la niña. Cuando me veía, volvía la culpa, y creo
que fue entonces cuando vi en su mirada el deseo de matarme. Si durante todos
aquellos meses había vencido al suicidio gracias al cura, ahora que el fruto de
su culpa era más hermoso que su simiente, empezó a echarme la culpa de todo.
Estaba en su cara, no en su boca. Yo me acercaba y le arrancaba a la niña de
los brazos, y un día el cura entró y nos vio en medio de esos forcejeos. Se
hizo la señal de cruz y nos separó como a dos endemoniados. Apuró el casamiento
con mi pretendiente, pero el problema ahora era que el joven no quería hacerse
cargo del hijo de otro hombre. Su familia era humilde pero muy piadosa, y sus
padres se habían negado a aceptar a un bastardo del incesto. Si quería casarse
con Mara, ella debía demostrar su entereza entregando a la niña. Esa fue la
excusa, pero yo siempre creí que fue Roberto el que convenció a Santiago para
que no aceptara a mi hija. Yo lo sabía, lo escuchaba en sus murmullos
nocturnos, es sus frases escondidas. Entonces Santiago Espinoza vino un día a
casa, y nos dijo a todos que quería ir a América a probar suerte. Ya todos
sabíamos de las emigraciones, y muchos habían viajado solos o con toda la
familia. De vez en cuando llegaban buenas noticias, pero en general había
silencio luego de la partida. Decían que era la tierra de las oportunidades,
que aceptaban trabajadores de todo tipo porque los criollos no querían
trabajar. En la reunión, me ofreció seguirlo, si yo quería. Pero en la noche,
cuando nos encontrábamos a pocos metros de la casa, donde solíamos reunirnos
para hablar y conocernos mejor, habló casi una hora de los paisajes de
Argentina, hasta me leyó trozos de cartas de su hermano Facundo que había
viajado unos meses antes a Buenos Aires. Estaba entusiasmado, y me contagió su
alegría. Yo creí, por un instante, que todo iba a mejorar. Lo dejé besarme,
pero cuando me levantó la falda y empezó a tocarme, retrocedí. Él me miró como
dándose cuenta recién de que me tenía realmente en sus manos. Me tiró al suelo
y me tapó la boca. Lo excitaba que me resistiera, me llamó puta y muchas otras
cosas que entonces me dolieron más que la fuerza, porque con Roberto no había
habido más que suavidad y deseo. Me arrastró hasta el río, pero como yo no
quería caminar me golpeó durante casi todo el camino. En la orilla, me limpió
la cara. Ya tenía la ropa rota, así que cuando me llevó a casa en la mañana, me
tiró a los pies de mi madre y dijo que me había sorprendido revolcándome con un
hombre. Me llevaría a América, dijo, pero sin casamiento y sin niña.
- ¿Piensas que tu
hermano tramó todo eso? -preguntó José.
-Cuando vi la
gloria en el rostro de Roberto-contestó Mara-, en el mismo instante que le
dijeron que dejarían a mi hija con él, supe que sí. Toda amoratada, preparé mi
valija. Mis otros hermanos no quisieron despedirme, mi madre me abrazó llorando
y sin más palabras que sus gimoteos de siempre. Roberto tenía a mi hija en
brazos. Me dejó darle un beso, y mientras salía de la casa hacia el camino
donde la carreta de Santiago me esperaba para llevarnos en el largo viaje al
puerto de Cádiz, me di vuelta y contemplé por última vez en mi vida ese
panorama atroz: el padre y la hija. Mi niña Elsa.
*
José había pasado despierto casi toda la noche, pero luego
durmió toda la mañana. Debían ser las nueve o diez cuando abrió los ojos. Ya
hacía calor, y el sol lo abrumó hasta enceguecerlo cuando salió a cubierta.
Mara estaba ayudando al viejo.
-Estamos tratando
de arreglar las máquinas del sistema de vapor, este viejo mañoso sabe mucho,
aunque todo el tiempo se haga el vago. -Y le dio un empujón que quiso ser de
simpatía, pero que tiró al viejo al suelo, porque estaba de cuclillas. Mara se
rio. -Todavía le dura la borrachera, pero ya se le va a pasar. - No dijo nada
del muerto, que era el hijo del viejo, y éste ya no parecía acordarse de la
noche anterior.
José lo vio
levantarse con una sonrisa estúpida, agarrar las herramientas y retomar el
trabajo, que consistía en martillear permanentemente el hierro de una especie
de caldera herrumbrosa.
-Me voy a dar un
baño-dijo José, y Mara, acuclillada junto al viejo, lo vio sacarse el pantalón,
restregarse los ojos y zambullirse en el río. Se levantó con rapidez y se
acercó a la borda, sujetándose a la madera como si de ese modo estuviese
intentando mantener un equilibrio que de pronto había comenzado a perder: la
sola idea de que ese hombre desapareciera sin su consentimiento, la
amedrentaba, es más, la perturbaba de una manera que no había sentido en muchos
años.
- ¡No te alejes
mucho! -le gritó, porque lo veía ir río abajo, acercándose a la orilla. - Te
hago algo para comer, y en la tarde salimos, si el viejo termina…
José ya no la
escuchó, porque la vio darse vuelta y volver a su mal humor habitual para
descargarse sobre el viejo, seguramente intimándolo a que no dejase el trabajo
en la máquina. Adónde irían, se preguntó José, pero eso no le importó mientras
nadaba lentamente hacia la orilla en donde había visto desaparecer a Cahrué
durante la noche. Cuando llegó a un claro en la playa, ya se sentía más fresco,
y se paró bajo la sombra de unos árboles, escuchando el estruendo del río y el
chillido de los pájaros mañaneros. Había un aroma a flores, intenso, casi
embriagador. Parado, desnudo y mirando hacia el barco, se puso a pensar en que
no tenía más remedio que seguir con Mara, fuese a donde fuese, incluso ayudarla
en sus negocios, y hasta tal vez, juntos, podrían ganar bastante dinero. Mara
era un espíritu rebelde, malhumorado, violento, pero él había encontrado,
estaba seguro, la forma de dominarla. No se había dado cuenta exacta de eso
sino hasta esta mañana, al escucharla desde la borda.
Entonces oyó
pasos sobre las hojas secas, y al volverse vio que Cahrué estaba mirándolo,
bien despierto, con la mirada lúcida, y en las manos tenía cuerdas hechas con
hojas tejidas. José sonrió.
-Me alegra verte…-
y se acercó al chico. - ¿Para qué son esas cuerdas?
-Arreglé una canoa
vieja que encontré cerca de acá. Me voy para el sur, a Buenos Aires.
José lo observó
con sorpresa, lo veía más que ofuscado, ofendido.
- ¿Pero ¿qué te
pasa? ¿Es por la mujer? ¿Creías que te íbamos a dejar acá? - Intentó minimizar
todos esos pensamientos con su risa y apoyando las manos en los hombros del
chico, y luego le acarició la cabeza y luego la cara de escasa barba.
-Me doy cuenta de
que usted debe seguir su camino, y me parece que ya lo encontró, Lo entiendo
muy bien, me doy cuenta de que hay algo entre ustedes, una unión que se va a
hacer más fuerte después…
-No digas
estupideces, lo que pasa es que estás celoso…
Cahrué no respondió
a eso.
- ¿Y qué vas a
hacer en Buenos Aires, se puede saber?
-Estudiar, como
usted y la señora Altea me recomendaron. Dijeron que soy muy capaz de estudiar
medicina, y eso voy a hacer.
José comenzó a
reírse tan fuerte, que tuvo que sentarse. Intentó hablar, pero se ahogaba por
la risa que le provocaban esas ideas del chico.
-Eres un imbécil.
¿Crees que te van a aceptar, indio y negro?
No lo vio venir,
porque seguía atontado por la risa. El chico se le tiró encima. Cahrué era
hábil y diestro con el cuerpo, José en cambio lo superaba en peso y
experiencia. Le dio vuelta y lo retuvo en el suelo con brazos y piernas, como
estacándolo. Lo miró un rato, mientras intentaba serenarse.
-Pareces un
Cristo indio, como el que le regalaste a Altea.
Pensó en el
crucifijo que ella debía tener sobre el pecho, y que Manuel debía estar
venerando cada vez que lo veía. Ese crucifijo, de alguna manera, los unía, a
través de ella, a través de Cristo, a través del chico…Una especie de orgía que
los reunía a todos ellos en ese vasto país de selvas profundas y ríos con
cientos de afluentes y arroyos interrumpidos, de aves exóticas que cantaban
himnos matutinos como en las misas de las mañanas de Cádiz, donde el calor era,
más que embriagador, una especie de síntesis exacta de la putrefacción y de la
vida: muerte y resurrección.
Acercó su rostro
hacia Cahrué, y lo besó. Y de pronto el casi mediodía se ensombreció con el
paso fugaz de unas nubes, que en realidad fueron tan eternas como la suspensión
del tiempo bajo la sombra que los árboles acrecentaban con sus tórpidas ramas.
Dio vuelta el cuerpo de Cahuré, lo apretó contra el suelo con su propio cuerpo.
Su cara estaba junto a la del chico, mientras su boca blasfemaba insultos y
obscenidades en el oído del indio: lo llamaba indio, lo llamaba negro, lo
llamaba puto, lo llamaba ignorante de mierda. Pero al mismo tiempo que lo
hacía, el sudor brotó de su piel como lágrimas, y sin dejar de forcejear, lo
penetró y acabó con un grito contenido, porque tenía vergüenza a la vez que una
satisfacción que no podía comparar con nada. Sabía que todo había sido un
subterfugio, un reemplazo, un cuerpo en similitud con otro, un alma india que
se parecía irremediablemente en sabiduría y sarcasmo a esa otra alma a la que
realmente extrañaba.
Cuando lo soltó
y se dejó caer boca arriba en la playa, el chico se levantó lentamente,
mirándolo sin odio y también sin consuelo, y luego alejarse por la costa, entre
las ramas que intentaban hundirse en la orilla. Se levantó y lo siguió. Cahrué
llegó hasta donde estaba la canoa reparada, se subió a ella, soltó las amarras
y comenzó a remar. Lo vio alejarse río abajo. Haría, sin duda, lo que se había
propuesto. Los demás harían pedazos de él, de su cuerpo y de su alma, durante
mucho tiempo, pero el chico ya era un hombre que se reconstruiría cuantas veces
fuese necesario. El sol caía a pleno sobre el río y la canoa, pero Cahrué era
parte del río, y, por lo tanto, del sol, y no podría hacerse daño a sí mismo.
Era un todo que se metería de lleno en la ciudad grandiosa, la ciudad de
cemento con la que chocaría, hasta roer las paredes y meterse en los claustros
y las aulas. Y él, como una serpiente, sabría cambiar de piel para sobrevivir.
José se sentó en
el barro junto a unas ramas podridas. Vio lo gusanos que recreaban la vida
desde la muerte, los mismos que ahora se le subían a la piel atraídos por el
sudor y la sal que manaba de ella. Se acostó de espaldas, dejando que le
hicieran cosquillas mientras ascendían, y fue entonces cuando las nubes, tan
eternas como el río, se hicieron más oscuras, y de entre los árboles que se
enmarañaban sobre él, aparecieron los murciélagos. Quizás pensaran que era de
noche, o tal vez fuese sólo su habitual costumbre, que él desconocía. Mientras
su alma estaba hundiéndose en el barro, los murciélagos sobrevolaban por debajo
de las altas copas de los árboles, yendo y viniendo de un lado a otro,
chocándose con los troncos como ciegos estúpidos, chillando. El aleteo como de
cuero golpeado era tan intenso que ocultó el estruendo de la corriente, hasta
hacer que el río fuese un río de alas, viboreando en el aire como en el cielo.
Creyó ver en el cielo negro, ya sin ramas que lo ocultaran, un río ancho de
murciélagos con formas y figuras de números, tal vez un ocho, o quizá una
letra.
Se quedó dormido,
porque estaba muy cansado. Cuando despertó, debían ser casi las tres de la
tarde. Tenía el cuerpo lleno de barro, pero los gusanos lo habían abandonado.
El calor era insoportable, pero no había sol. Pronto llovería torrencialmente,
y escuchó la voz de Mara, llamándolo con una expresión acongojada, conminándolo
a regresar antes de la tormenta, pero era más un ruego que una advertencia. Esa
mujer lo extrañaba, y de pronto sintió necesidad de ella, de tenerla en sus
brazos para obtener de su cuerpo lo que ella nunca sabría enseñarle, por más
que lo quisiera: la forma de conseguir lo que se necesita, la manera de hacer
que las cosas no mueran, y sobre todo la configuración exacta del poder sobre
los demás. No el poder de la carne, sino del alma, el dios que necesitaba
conseguir porque su propio dios así se lo pedía: el lleno lo impelía al vacío,
saturado y hastiado, y el vacío, amargado de eterna ausencia, reclamaba ser
llenado.
Nadó hasta el
barco. Mara lo aguardaba, apoyados los codos en la madera de la borda. Cuando
lo vio llegar corrió para ayudarlo a subir, pero pronto empezó a recriminarle
la tardanza, con su hosquedad habitual. José, a pesar de lo insoportable de
aquel carácter, se sintió bienvenido. Esperaba verla bebida, pero no fue así.
Mientras él se secaba, ella lo miró en silencio.
- ¿Qué hay del
arreglo del motor? - preguntó, mientras se vestía con las ropas que había
dejado el muerto. Ella se las había dejado preparadas sobre el jergón.
-Ya está
arreglado, pero el viejo quiere probarlo durante el día, tiene miedo de que
explote la caldera. Son mañas de él, yo lo conozco. Borracho y todo, es el
mejor mecánico del río.
- ¿A dónde vamos?
-Tengo un encargo
en la triple frontera, con un tipo con el que trabajo a veces. No confío mucho
en él, pero nos hizo ganar mucho a Santiago y a mí durante la guerra.
- ¿Qué tipo de
trabajo?
-Llevar chicas
para un burdel en Brasil. Las levantamos en un pueblo y las llevamos a otro.
Nada más.
-Parece muy fácil…
-Lo es, pero
Valverde esconde cosas…
- ¿Quién?
-Valverde de
Amusco, es un portugués que vive en Brasil. Tiene tierras, y familia de
alcurnia, pero la deja en lugar tranquilo mientras se mezcla con toda clase de
reos, como nosotros. -Miró a José con sorna. - No me refiero a usted, caballero
español.
- ¿Y cuándo
partimos?
-Mañana temprano.
-Estuve pensando
en mi hermano y mi cuñada. ¿Habrán conseguido el transporte a Buenos Aires?
-No creo, el
próximo hacia el sur pasa en un mes.
José se sentó en
el jergón, mirando hacia el río.
-Pero no te
preocupes, si son inteligentes se habrán subido al barco que va al norte para
dejarlos en un pueblo o alguna ciudad con hotel, si son tan remilgados como me
parecieron.
José siguió
pensando, y dijo:
-Me gustaría ver
si están bien, si necesitan algo, al fin de cuentas son mi familia.
Mara lo miró con
desconfianza, pero si había regresado después de varias horas fuera del barco,
no debía preocuparse ahora.
-Ya pasamos ese
parador hace varios kilómetros río abajo. ¿Te va a acompañar el indio?
José negó, bajó
una canoa y comenzó a remar. Sabía que Mara lo observaba, que esa mujer tenía
ojos en todas partes de su cuerpo. Recordó el relato de su experiencia en
España, todo aquel cuento de brujas, y supo con certeza, mientras contemplaba
cómo las ondas del agua que él empujaba se dirigían hacia atrás y reflejaban la
figura de Mara, a tantos metros de distancia, a tan contra lógica de la física
habitual.
No tardó más de
una hora en llegar al parador, era el único claro entre la espesura de la
orilla. Amarró la canoa y caminó por la playa, evitando el muelle derruido,
hasta una casilla. Estaba vacía, pero había restos de velas, y lámparas de
kerosene. Salió y llamó a voces, pero nadie le respondió. Decidió dar unas
vueltas por la zona, pero pronto se encontró con el comienzo de la selva,
profusa y densa, y como empezaba a caer la tarde, no quiso seguir adelante. Sin
embargo, escuchó el ruido de una carreta desde el interior, y dos voces
diferentes. Pronto vio aparecer entre
los árboles, a un viejo y un chico en una carreta desvencijada arrastrada por
un bayo enclenque. Al verlo, se detuvieron, y el viejo le preguntó:
- ¿Busca algo,
patrón?
-Buenas tardes,
buscaba a una pareja que esperaba el transporte a Buenos Aires.
El viejo se rio.
- ¿A los
españoles? Se fueron esta mañana en el “Juan Manuel de Rosas”.
Los dos se rieron
como tontos, y se despidieron de José. Iban hacia la playa, donde una barcaza
vieja los aguardaba anclada junto al muelle.
José se sentó en
el suelo. ¿Qué iba a hacer? Manuel se había ido, tampoco tenía siquiera a
Cahrué. Ambos habían huido de su lado, y no sabía quién había espantado a
quién. Sólo tenía a Mara, una especie de alma gemela, que más que amor le
otorgaba una especie de éxtasis rayano con el existencialismo. Veía en ella
algo que él tenía y que a veces se debilitaba: un horror carente de miedo. Esa
fuerza cuya ausencia lo hacía sentirse perdido. Pero a Manuel, santo Dios, a él
lo necesitaba. Era parte de su cuerpo, y se lo habían amputado el día que
Cristo, la iglesia o Altea, fuera el que fuese, se lo había quitado. Y si no
podía con Manuel, entonces sería su hijo. Porque él sabía que el hijo de Altea
era suyo, de José Menéndez Iribarne. El hijo de Manuel era su hijo. Ambos
hermanos tenían un mismo hijo. Dios santo, se dijo José, cómo llamaremos a este
niño. ¿Jesús, tal vez?
Se levantó, y sin
darse cuenta se metió entre la espesura, siguiendo el estrecho sendero por el
que había pasado la carreta. Estaba oscureciendo, y la sombra de los árboles
daba un símil nocturno al lugar. Tropezó con algo y cayó de rodillas sobre unas
piedras amontonadas. Era una tumba reciente. Salió de allí, llegó al muelle,
donde el viejo y el chico estaban por salir al río.
- ¿Pescan de
noche? -preguntó él.
-No, patrón.
Vamos al pueblo para comprar algunas cosas, aprovechamos la noche para llegar
temprano.
-Pero parece que
va a haber tormenta.
Ellos se rieron
en su forma habitual, y no contestaron.
-Oigan, hay una
tumba reciente por allá- dijo, señalando hacia el camino interior.
-Es el rengo
Espinoza, lo mató la mujer hace unos días.
Los vio alejarse
río arriba, mientras las nubes enormes y oscuras no parecían amedrentar a esa
barcaza endeble. Ya sabía algo más de Mara, pero no lo sorprendía, sino que lo
acercaba a ella como algo irremediable. Subió a la canoa y regresó al barco. Ya
era de noche, y ella lo recibió con la cena hecha. Estaba algo ebria, no habría
podido evitarlo por más que se hubiese empecinado. Pero se notaba pesadumbre en
su rostro, tan diferente a la alegre despreocupación de cuando estaba realmente
bebida. Estaba otra vez en manos de un hombre, leyó él en la cara de ella, como
un lamento, pero también como un regocijo. En la mañana partirían hacia el
Brasil, siguiendo al barco cuyo nombre era parecido al de su hermano. Por eso,
luego de hacer el amor una sola vez, durmió plácidamente hasta cerca de la
madrugada, cuando los murciélagos comenzaron a revolotear por delante de su
cara, golpeándolo con sus alas y chocando con su cama, mientras él manoteaba,
desesperado por sacárselos de encima.
A su lado, Mara
lo contemplaba, sin atreverse a despertarlo, porque bien sabía que las
pesadillas interrumpidas se convierten en realidad. Pero al verlo lastimarse la
cara tan furiosamente, no pudo evitar apoyar su única mano sobre el rostro de
José, que abrió los ojos, sobresaltado, con la mirada del miedo, con la mirada
del puro espanto. Supo ella que se había entregado a un hombre condenado, y
volvió a acostarse a su lado, acariciándolo.
EL VIAJE POR LAS TIERRAS DE LOS
PERROS
3
Altea despertó con una sensación de nauseas. Se tocó la
frente, empapada en sudor, lo mismo que el pecho y la espalda. Era un sudor
frío, y se preguntó si tal vez era presa de la fiebre. Durante sus años en el
litoral, ya había sufrido varias infecciones, pero su cuerpo las había asumido
como se asume un inconveniente menor. Una tarde recostada, incluso un día
completo, había sido todo lo necesario para reponerse. Hoy, sin embargo, sabía
que no se trataba de eso. Era el embarazo, por supuesto. Y como era la primera
vez, tuvo los temores que ya antes de salir del pueblo estaba decidida a
ignorar. ¿Cómo podía ser que ella, una mujer hecha y derecha, que había ayudado
a parir a las mujeres del pueblo, incluso enseñado a las adolescentes lo que
debían saber sobre el sexo, tuviese miedo? Pero la verdad es que se engañaba:
ellas sabían más de lo que ella pudiese enseñarles. Para esas mujeres era algo
común y corriente, y se reían a escondidas cuando ella les hablaba tan
preocupada y seriamente. Sus gestos, que pretendían ser simplemente realistas,
le salían obscenos, y las palabras que utilizaba eran tan castizas que al final
las mujeres se rían y no encontraba más remedio que sonreír y disimular la
humillación.
Ahora
le habría gustado preguntarle algo a ellas, pero estaba sola en medio de ese
río que había aprendido a odiar porque representaba su fracaso. Venir desde
España ya había constituido una ingenuidad de su parte, confiar en Manuel, una
estupidez, y a eso se había sumado la tragedia de la noche de los ritos. El
niño era una tragedia en sí mismo. Una cruz, como no podía evitar asociarlo;
ella también tenía el culto católico impregnado en el alma, gravado a cincel en
las rocas más profundas de su psiquis. “¡Oh, Psyché”, murmuró, “¿quién sabrá
analizarte mejor y más profundamente que una mujer? El problema es que nuestra
sabiduría es la intuición, y no sabremos explicarlo nunca. Y ellos, los
hombres, quienes poseen las palabras, no serán capaces, tampoco, de hallar las
correctas, porque jamás entenderán el quid de la cuestión. Para ellos
los grandes temas: Dios y la muerte, para nosotras: la carne y la
insatisfacción.”
Se levantó, secándose el sudor con esa única
sabana sucia. Olía a mugre, olía al semen de Manuel. Detuvo la tela un instante
sobre su cara, recordó la noche y toda la ira que había sentido. Era otro
hombre, pero era el mismo. Olía a José, pero no podría decírselo jamás, a menos
que quisiera matarlo. Ellos dos eran uno, ¿cómo podía ser que él luchara por
negarlo terminantemente, silenciarlo toda su vida hasta que ese silencio se
convirtió en un grito que ahora estaba despertando?
Tendría que bañarse en el río, se dijo. Se
puso el vestido que había llevado todos esos días. Salió de la casilla y
comenzó a recorrer el sendero hacia la playa. El perro se había ido tal vez con
Manuel, ¿pero dónde estaban él y el capitán? Caminó lentamente, cansada. Le
dolía el bajo vientre, Manuel le había hecho daño. Sentía mareos, y el sol ya
comenzaba a exacerbar la humedad junto al río. Escuchó voces, eran ellos. Miró
hacia el muelle derruido, pero no había nadie. Las voces y los ladridos venían
de la playa hacia la izquierda, escondida entre los sauces que lamían el agua.
Se acercó tratando de no hacer ruido, miraría
si estaban lo suficientemente lejos para que no la vieran cuando se metiera.
Movió unas ramas, y los vio a ambos sentados en la arena, mirando al río,
desnudos y conversando. Max la había visto, pero no hizo nada por ir a
buscarla. Era un macho, también, y compartía esa sociabilidad de la
despreocupación. ¿Quién podía saber de lo que hablaban?, no del tiempo perdido
en ese puerto abandonado, no de la falta de abastecimiento hasta que llegara el
barco que los llevara a Buenos Aires. Seguramente hablaban de sus mujeres,
regañándolas como se regaña al ser sin el cual no se puede vivir, hasta que ese
ser desaparece. Un día antes, le habría resultado muy extraño ver a Manuel así,
desnudo junto a un casi desconocido, despreocupado y tan gestual mientras
hablaba. Pero después de aquella noche, ya no se preguntaría quién era él, sino
qué era.
Entonces se resbaló en el barro, y ellos se
dieron vuelta.
- ¡Altea!
Manuel
tardó menos de un minuto en vestirse y llegar a donde estaba, caída de espaldas
en el suelo. La ayudó a levantarse.
- ¿Ibas a darte un baño? Ahora no tienes
excusa.
Escuchó la risa del capitán Mendoza, que
recién llegaba, y ambos la miraron con burla, pero sin ironía, lo cual habría
preferido, porque la ironía implica una inteligencia por ambas partes. Hasta el
perro ladraba con alegría, dando vueltas a su alrededor, oliéndole el vestido
sucio. Pero ella no sonrió ni dijo nada. Los hombres interrumpieron la
jocosidad para tomar un aire solemne, que contrastaba con la espléndida mañana.
-En
la tarde zarparemos hacia el norte con el capitán Mendoza- dijo Manuel. Altea
lo miró, asombrada. -No regresaremos a Europa, intentaremos en el norte, con el
niño.
-No voy a seguirte, no después de lo que
pasó.
-Si me permite-interrumpió Mendoza, que ya
veía venir el temporal de las cuestiones familiares. -No hay barco a Buenos
Aires hasta dentro de un mes, por lo menos. Es imposible que se queden acá.
Además, puedo dejarlos en algún puerto o pueblo hasta que tomen una decisión
definitiva.
-Ya lo
es…-empezó a decir Altea, pero Manuel le agarró un brazo con fuerza, y le
hundió la mirada como si fuese un falo que aún no estaba satisfecho.
Ella bajó la mirada hacia el brazo, él la
soltó y se fue caminado de vuelta a la casilla. Altea lo miró irse, no caminaba
erguido ni impetuoso, sino cabizbajo. Max lo seguía.
Sólo
quedaba Mendoza.
-Veo
que ha convencido a mi marido…-y ella misma sabía que ese sarcasmo era
demasiado barato para que saliera de sus labios.
-Al
contrario, señora Iribarne, creo que él me ha convencido a mí. Ya usted sabe
que en el barco están mi esposa y mi hijo. Ella es de un carácter peculiar, y
temo la influencia que está ejerciendo en Ariel. He tenido el placer de
observarla, señora, y creo que usted y mi esposa tienen muchos puntos en común,
y pensé que tal vez sería una buena consejera para ella.
-Capitán, si somos parecidas, dudo que
pueda ayudarla. Ya habrá visto que mi carácter es reservado, no expansivo.
-Pero el de usted
parte de su naturaleza, por lo tanto, es flexible y se acomoda a las
situaciones. El de Natacha es parte de una reacción aprendida, como un muro que
se construyó para sí misma, la única alternativa es derribarlo o abandonarlo.
Lo
escuchó con atención mientras él agarraba una de sus manos. Tal vez Manuel
estaba mirando, escondido entre las ramas, y ella se sintió contenta de ese
cortejo imprevisto. Pero seguro que todo formaba parte de su imaginación. No
podía haber celos donde no había amor, y nunca pudo estar segura de lo que
Manuel sintiera fuese amor o desesperación.
Apartó la mano, y sin contestar se metió entre
los sauces hacia donde ellos habían estado. No miró atrás para corroborar que
Mendoza se hubiese ido. No escuchó los pasos, y si se quedó mirándola mientras
ella se desnudaba y se zambullía en el río, debió haber tenido la habilidad de
una estatua. Altea se rio de sí misma; si todos lo hacían, ¿por qué no ella
también? Al fin de cuentas se estaba convirtiendo en una tragedia de sí misma,
o degenerando en una parodia, y pronta a caer, más adelante, en una mala
imitación. Si deseaba conservar la dignidad, debía hacer creer que no sabía lo
que sabía, lo que acostumbraban a hacer las mujeres desde mucho tiempo antes.
Cuando salió del
rio y se vistió, solamente encontró a Max, que la aguardaba, sentado,
tranquilo, con las orejas bajas. Ella lo saludó y él movió la cola. Mientras se
secaba y se vestía, ella le hablaba, y el perro parecía comprenderlo todo muy
exactamente. La expresión de los ojos se lo afirmaba, y le habría gustado que
le dijera lo que habían conversado los hombres esa mañana. Se lo preguntó,
acariciándole la cabeza. Pero su mudez, por supuesto, fue absoluta. Ni una
mirada, ni un sonido, ni nada en el cuerpo reveló lo que ella, sin embargo,
intuía.
*
En la tarde, cuando ya estaba el sol descendiendo sobre los
árboles de la costa oeste, la sombra del barco fue avanzando lentamente sobre
el ancho del río. Cuando Altea alzó la mirada luego de atenuarse el reflejo del
sol de esa tarde calurosa, se quedó pensando, con la vista fija y la cabeza
levantada hacia el casco de la enorme nave, que sin embargo no contrastaba con
la extensión de aquellas aguas de río, tan peculiares, tan caprichosas en sus vueltas y recovecos,
brazos y arroyos que se separaban y volvían a unirse al lecho principal, a
veces tan ancho que apenas lograba verse la otra orilla, otras tan angosto que
era suficiente nadar para cruzarlo. Y la vegetación formaba una especie de
marco acorde a la magnificencia del barco. Los árboles tupidos eran una especie
de muro de color verde oscuro, casi gris a medida que se desvanecía la
luminosidad, y por momentos, ella creyó ver en esas imágenes los castillos de
la vieja Europa.
En el bote que
habían mandado desde el barco hasta la playa para recogerlos, estaban ella,
Manuel, Mendoza, el remero, el perro y el baúl con sus pertenencias. Vio
alejarse el viejo muelle, la playa y la casilla donde habían pasado diez días,
por lo menos. Ya no sabía en qué día de la semana o mes estaban, había perdido
la cuenta. Se lo preguntó a Manuel, en voz baja, porque le daba vergüenza
reconocerlo.
-Son las seis de
la tarde del 1ero de enero de 1891.
Ella lo miró,
desconcertada, no por la exactitud de la que los hombres les agradaba jactarse
sobre la cartografía y el tiempo, sino de que hubiese cambiado el año, incluso
la década, sin ella saberlo. Pensó en la noche diferente pasada con Manuel, en
el cambio que él había sufrido, y no se asombró, entonces, ni del tiempo ni del
lugar.
La sombra del barco ya los había absorbido
con su frío. Se había levantado viento desde el sudeste, que agitaba las copas
de los árboles y removía las aguas haciendo que el bote se tambaleara un poco.
Pero ya junto al casco a sotavento, el bote puedo detenerse y desde la borda
arrojaron varias cuerdas. El remero y el capitán las ataron con sendos nudos a
varios ganchos del bote. Manuel observó la técnica de los nudos durante unos
minutos, y por su cuenta comenzó a ayudarlos. Altea no podía dejar de mirarlo,
asombrada pero también obstinada en no ceder a su resentimiento. Estaba
dispuesta a abandonarlo, definitivamente, y el temperamento que ahora mostraba
lo convertía en una especie de bestia que no quería conocer.
El bote comenzó a ser alzado despacio, a veces
se sacudía o se inclinaba y los hombres se reían de la cara de susto de Altea.
Ella terminó por reírse, también, cuando ya se vio a salvo a la altura de la
borda, las aguas abajo, turbulentas, golpeando el casco que era un muro de
madera vieja, carcomida de algas y conchillas. Manuel la agarró y la llevó en
brazos hasta la cubierta. Ella se agarró de su cuello, asustada, oliendo el
aroma a sudor y agua sucia en la barba de su esposo. Ya estaba de pie, pero no
atinó a soltarse, contemplando el movimiento de muchos hombres de la
tripulación, yendo y viniendo, y de varias otras personas que sin duda debían
ser pasajeros. Había dos mástiles altos e inútiles, y una chimenea inmensa de
la que salía un vapor blanco. El estruendo de la máquina de vapor no era tan
intenso como había esperado, sino un sordo rumor enterrado en el interior del
casco, algo que le daba la sensación de una amenaza, como un estallido
inminente.
Manuel se burló de ella, y la obligó a
soltarse, pero antes le dio una palmada en el trasero. Altea miró a todos
lados, avergonzada, y vio muchas sonrisas de complicidad, incluso de las
mujeres, excepto de una que estaba a pocos metros, junto al puente del castillo.
Era alta y delgada, vestida de negro. Tenía las manos juntas delante del
cuerpo, el cabello oscuro, que a pesar de estar atado en la nuca, se sacudía
por el viento en mechones que le tapaban parte de la cara.
Altea escuchó el
ruido del bote a caer sobre cubierta, los gritos de los hombres dándose órdenes
unos a otros, y riendo. El capitán Mendoza no daba más que un par de consejos
mientras observaba con atención, todos sabían qué hacer y no necesitaban
control. Entonces se acercó a ellos y les pidió perdón por los inconvenientes
del abordaje, y le ofreció llevarlos a los camarotes para que descansaran y se
cambiaran. Manuel y Altea caminaron por cubierta, mientras los hombres les
daban paso, y los pasajeros, que no eran más que hombres y mujeres de los
pueblos del río, los miraban con cierto respeto. “Son españoles distinguidos”, escuchaba
ella que decían entre dientes. El vestido gastado de Altea conservaba su
distinción, y el pantalón y camisa de Manuel, con sus restos de volados en el
cuello, dejando ver el pecho, le daba aires de pirata, pero la barba crecida y
los ojos claros y tristes, insinuaban una tenebrosa profundidad. Ella resultaba
altiva y segura, él un animal inquieto.
Llegaron hasta la mujer que había visto antes.
-Natacha, te presento a don Menéndez Iribarne
y su señora esposa.
Ellos dieron la mano a esa mujer de palmas
secas y duras. La manga del vestido negro le llegaba a la muñeca con una
puntilla delicada. Altea reconoció un vestido de seda. El cuello era alto y la
falda larga. Las puntillas eran las mismas en el cuello, en el sobre corpiño y
en los bordes de la falda.
La mujer
apenas sonrió. Era muy hermosa, pero la piel de la cara, naturalmente blanco,
había tomado una tonalidad algo ocre con el sol del río. No sentaba bien aquel
color al rostro esquivo y la sombra amarronada de sus ojos. Entonces ella dijo:
- ¿Por qué me mira
de ese modo, señor Iribarne?
Manuel pareció despertar de su breve ensimismamiento.
-Le pido disculpas, pero sus facciones me
parecieron conocidas.
-Tal vez de nuestra vieja y querida Europa,
he oído hablar de la familia de usted, de sus tierras, de sus relaciones con la
santa Iglesia. -Y en esas palabras no había ironía, sino admiración. Fue casi
la única vez donde hubo complacencia en su cara, y no el escabroso laberinto de
múltiples sentidos en que habitualmente caerían sus palabras desde esa tarde.
Pero los pensamientos de Manuel eran
distintos, la cara y color de esa mujer, con la sombra de la tarde ya muerta
sobre la cubierta, con las nubes que se avecinaban y el húmedo viento desde los
árboles de la ribera, le recordaron las efigies de los cristos tallados en las
iglesias coloniales. Eso cuerpos más deformes que realistas, frutos de artesanos
donde predominaban las ideas torcidas que los jesuitas habían intentado
inculcar en los nativos. Pero esas imágenes de cristos con ojos salientes,
blancos como en estado de éxtasis, de caras ocres y marcadas por la viruela, en
los miembros flacos de músculos como cuerdas viejas, clavados en cruces de
madera de palo borracho, eran las imágenes que nunca podría exterminar, porque
ese era el Cristo de aquellas zonas, uno que la Inquisición debía abolir, y
entonces sintió en su interior un dolor que lo hizo bajar la cabeza y tocarse
el pecho.
Natacha lo
entendió. Acercó la mano para apenas tocarle el dorso de la mano.
-Usted sufre…-dijo.
Mendoza lo llevó hasta el camarote. Ellas se
quedaron solas, y Natacha dijo con acritud:
-Ya
conozco la intención de mi marido, cree que las mujeres somos débiles…los
débiles son ellos…-Y miró la entrada a la escalera que descendía hacia el
puente bajo cubierta.
Altea
sabía que no sería fácil tratar con esa mujer. Pero no pudo dejar de
responderle, algo la provocaba.
-Lo son
mientras están enamorados de nosotras, pero en cuanto los volvemos en contra
nuestra, son peores que animales carnívoros.
Natacha la guio al camarote. Bajaron la
escalera estrecha y en penumbras. Llegaron a un pasillo corto, pasando entre
barriles junto a las paredes. De la última puerta salía un resplandor tenue,
eran las dos lámparas que habían bajado Manuel y Mendoza. Altea encontró a su
esposo acostado en la cama, la luz le daba de lleno sobre la cara y el pecho
agitado. Mendoza estaba sentado limpiándole el sudor con un trapo.
- ¿Dónde hay una escotilla? - preguntó Altea
tanteando las paredes.
-No abra, el viento frío le hará peor-advirtió
Mendoza. - Dejemos que transpire, creo que se trata de una fiebre infecciosa,
ya otro de mis hombres la tuvo.
- ¿No
hay un médico?
-Querida señora, sepa disculparnos, pero acá
todos somos nuestros propios médicos. Si hay alguno, sería algún abortista al
que no le interesa más que el anonimato y un plato de comida diaria.
Natacha hizo una especie de respingo
silencioso del que los demás se dieron cuenta. A Mendoza no pareció importarle,
a Altea le hizo preguntarse por qué motivo esa mujer estaba en ese barco, y
entonces sintió que una mano le tocaba el cuello. No la había visto acercarse,
pero sintió perfume a almendras amargas que ya había olido al acercarse a
Natacha en la cubierta. Su cara estaba muy cerca, y sólo el halo de luz las
envolvía como en un teatro estrecho, casi una cámara de paredes húmedas donde
ambas estaban condenadas a permanecer paradas y juntas, oliéndose y odiándose.
Natacha ahora tenía la cruz nativa en su mano.
-Es muy hermosa- dijo. Altea no respondió. -
Si me permite…-Y sin esperar respuesta, comenzó a abrir el ganchillo de la
cadena. Se apartó de ella y se acercó a la cama. Junto a Manuel era como una
especie de aparición mística, porque la luz de las lámparas parecía iluminar
únicamente la escena importante. Altea se preguntó si Dios estaba dirigiendo
ese teatro, pero en los rincones del camarote no había más que sonidos
equívocos, el agua del río, las voces humanas, el crujir de la madera del
casco, el rumor de la maquinaria, o los quejidos de algún demonio oculto que se
metamorfoseaba en cada uno o en todos aquellos sonidos.
Natacha apoyó la
cruz sobre el pecho de Manuel. Éste se estremeció como ante algo frío, pero la
cruz conservaba todavía la calidez de la piel de Altea. ¿O serían las manos
frías de Natacha? Pero luego comenzó a calmarse, y abrió los ojos. Estaba lloroso
y débil como cuando había salido de España, vencido y resignado. Entonces
comenzó a observar alrededor y a manotear el aire.
- ¿Qué pasa, Manuel? - preguntó Altea.
Natacha le hizo una señal para que se callara. Mendoza seguía en silencio, no
era conveniente contrariarla.
Todos oyeron los
aleteos y los golpes sobre el casco. Les llegaron de arriba las risas de los
hombres y los gritos atenuados de algunas mujeres. Correteos sobre cubierta y
puertas cerradas con fuerza. Luego, la risa del capitán, que explicó:
-Son murciélagos. De vez en cuando al
oscurecer oscurece salen en bandadas que chocan con el barco. A la mañana
aparecen unos pocos muertos en cubierta, y algunos de mis hombres los comen
asados.
Pero Manuel
sequía azotando el aire con los brazos.
-Está delirando por la fiebre, hay que darle
mucha agua. Hay que cuidarle el corazón, así me lo recomendó un médico de
Buenos Aires.
Ahora ellas
estaban sentadas en la cama, una a cada lado de Manuel, tratando de retenerle
los brazos para que no se lastimara con los bordes de metal y con los vidrios
de las lámparas.
- ¿Cuándo se irán esos murciélagos? -preguntó
Altea.
-En una
o dos horas. Ya estamos acostumbrados.
Vio la mirada reprobadora de Natacha. Sintió
la despreocupación del capitán. Manuel, sin embargo, veía murciélagos en el
interior, revoloteando bajo el techo, sacudiendo las luces y provocando sombras
con sus alas. Debía estar sintiendo cómo las membranas le rozaban la cara
porque intentaba golpearse para sacárselas de encima.
-Capitán, por favor, ayúdenos a retenerlo.
Manuel tenía los ojos abiertos de terror. La
cruz se balanceaba sobre el pecho porque se estaba levantando y ellas ya no
podían retenerlo. Mendoza lo detuvo antes de que se cayera y lo acostó, pero
Manuel daba manotazos que a veces lo golpeaban, y el capitán le hablaba como a
un viejo amigo ebrio. Sudaba como un mar, esa fue la expresión que utilizó
cuando comenzó a desnudarlo y mandar traer paños secos.
-Querida, que traigan hielo y más trapos.
Natacha salió. Altea temblaba. Manuel se
llevaba las manos a la garganta, parecía que se ahogaba. Entonces Altea comenzó
a tantear en las paredes en busca de la escotilla. Ella también se ahogaba en
ese sitio. Halló la abertura, y después de varios intentos, logró abrirla. El
ruido de las aguas turbulentas entró, intenso, junto al aire fresco, húmedo y
pesado. Mendoza la recriminó.
- ¡Pero se está ahogando!
- ¡Y
lo seguirá haciendo hasta que se despeje su garganta!
Los murciélagos entraron. Dieron vueltas por
el camarote, se chocaron con ellos y los muebles, rompieron las lámparas y
quedaron a oscuras. Mendoza fue a tientas para cerrar la escotilla, pero
tropezó con Altea. Ella se agarró a él, sujetándose de la camisa y tratando de
cubrirse. Él la abrazó y la tapó con una sábana, después cerró la escotilla,
pero los murciélagos seguían dando vueltas en la oscuridad. Escucharon pasos,
tal vez de Manuel. Sí, eran los suyos, ella los conocía. Daba vueltas, perdido,
con un sonido de asfixia en la garganta. Luego un golpe en el suelo, y de
pronto llegó la luz desde la puerta. Tres hombres y Natacha entraron, y la luz
descubrió a Altea abrazada a Mendoza. Se soltaron y Mendoza levantó a Manuel.
Le sangraba la cabeza por el golpe contra la mesa. Seguía ahogándose.
Natacha acomodó varias lámparas y la luz
fue suficiente para alumbrar toda la habitación. Altea observó el camarote,
amplio y de muebles antiguos. Había una sensación de vieja prosapia, resabios
de resplandores de lejanas épocas y lugares. Pero ella ahora sólo sentía en su
nuca la mirada de Natacha, por más que ya no se observaran. La expresión de esa
mujer era una especie de gancho que atraía hacia sí la atención. La
recriminación permanente era su forma de vida, por eso Altea ahora comprendía la
preocupación del capitán Mendoza.
Los
hombres habían espantado o matado a los murciélagos que habían quedado.
Trajeron hielo y lo colocaron sobre la cama y alrededor de Manuel. Mendoza
ponía hielo sobre el cuerpo, casi cubriéndolo, y comenzó a temblar y ponerse
blanco.
El
capitán Mendoza, entonces, se frotó la cara con las manos, y al separarlas
luego, dijo:
-Julio, deme su navaja.
Julio era el segundo de a bordo.
Las mujeres vieron entonces que Mendoza hacía
una punzada en la garganta de Manuel, entre unos huesos de la tráquea. Julio le
había enseñado eso, era necesario saber de todo cuando no había médico, o el
que hubiera era un viejo borrachín de los ríos que curaba prostitutas o sacaba
balas a los contrabandistas. Mendoza miró varias veces al hombre, como pidiendo
consejo. Altea lo sabía, ya. Lo que mal había hablado el capitán de los
médicos, se refería a ese que era su mano derecha en el barco. Observó el rostro
gastado de Julio, las manos arrugadas y dominadas por un temblor que intentaba
disimular agarrando siempre algo que sujetar. No era lo suyo quedarse quieto,
observando, y ahora el capitán lo necesitaba.
-Máximo….
Altea escuchó por primera vez el nombre de
pila del capitán, lo pronunciaba el otro, y sonaba cálido y cordial. Imaginó el
nombre en la voz de Natacha, y de inmediato en su propia voz, deletreándolo con
la cabeza apoyada en su cuerpo y protegida por sus brazos. Tapada con una
sábana como si estuviesen en la cama.
La
garganta de Manuel sangró, y la sangre se esparció sobre el hielo, y el hielo
la absorbió y se fue tiñendo de rojo, hasta que se detuvo, y el pecho de Manuel
se expandió por primera vez en mucho rato. Su respiración se hizo sibilante,
pero había recuperado el color natural del rostro y respiraba con alivio.
Retiraron el hielo. Julio dijo algo al oído del capitán. Mendoza apoyó un brazo
sobre sus hombros, y ambos se quedaron mirando a Manuel. De vez en cuando hacía
el gesto de espantar algún murciélago, pero ya estaba más calmado.
-Debemos dejarlo con alguien que lo cuide esta
noche.
-Nosotras nos quedaremos-dijo Natacha.
-No es
necesario que usted lo haga, señora. Yo soy su esposa. -Percibió en la mirada
del capitán que la comprensión de su sarcasmo.
-Pero usted está
encinta, señora, está agotada después de tantos días de desventura, piense en
su hijo. No puedo dejarla sola- respondió Natacha.
Altea
pensó en la cruz que le había quitado para dársela a Manuel, cuando había
comenzado la llegada de los murciélagos y empezado a ahogarse. Pero ahora
respiraba mejores gracias el capitán, y la cruz seguía sobre su pecho.
Los
hombres salieron. Ambas se quedaron. Cuando la puerta se cerró, cada una hizo
lo que creía debía hacer, en silencio. Parecían dos muñecas a cuerda, pero se
parecían a dos universos encerrados en una misma habitación dispuestos a
aniquilarse.
*
Han regresado los murciélagos. Dan
vueltas y vueltas, hacen sombras interponiéndose entre las lámparas. Giran y
chocan con las paredes. Me azotan la cara con las alas. El chillido es
estridente, y más aún cuando pasan cerca de mis oídos. Chillan y se lamentan, y
se quejan. Porque todo les duele. El cuarto en el que estoy es muy estrecho, y
las mujeres hablan y se quejan, y los hombres suspiran y se lamentan. Una de
ellas me ha puesto una cruz en el pecho, y ahora me asfixio, el pecho se me
anuda, se estrecha a las dimensiones proporcionales de esta habitación. Un
universo lleno de murciélagos que giran en sus órbitas eternas, pero rompiendo
la simetría de las esferas, provocando el choque de los astros-murciélagos.
Una cara se pone delante de la mía. La cara del Cristo crucificado, en
la imagen tallada en una vieja iglesia misionera en el pueblo de Toba. Un
pueblo que todavía no ha sido fundado ni nombrado, pero en el cual vivimos como
dioses caídos del cielo y llegados en grandes barcos a través de ríos anchos que
nacen en las grandes cumbres: el cielo es la montaña más alta, y Dios el cóndor
que todo lo observa y lo vigila. Es uno y muchos, una raza de cóndores que dan
caza a todos, excepto a los murciélagos. Ellos regresan, como travestidos
abogados para colmar de desnudas sentencias la vida de los hombres raros, los
hombres solitarios, los que van contra la corriente, los extraños. Porque son
los hombres que tienen los demonios torcidos: ángeles siempre en pie de guerra.
La cara del crucifijo es la cara de un murciélago, redonda, casi un
querubín negro, y las alas extendidas y clavadas en la cruz de adobe de una
iglesia misionera, pobre, oliendo a orina en las paredes y semen tras el
presbiterio, a vino rancio y a carne macilenta de algún perro muerto.
Y el único hombre en quien confío, se me
acerca y me clava una navaja en la garganta. La traición es eso, el arma en las
manos de un hombre que obedece a una mujer. Ellas se lo ordenan, ellas son las
vírgenes resentidas de mi cielo endemoniado. Un infierno de hielo que me hace
temblar, rodeado de témpanos y solo, siempre solo en ambos polos del mundo.
Parado en un témpano a la deriva, que no se mueve, que se derretirá nunca: el
día que la voz de Altea se transforme con el tono de la abdicación y la derrota.
Ella conversa con palabras como
filos, rodeada de hielo. Y la otra le contesta, penetrada de arañas que
confeccionan la casa en la que vivirá el resto de sus días. Ambas me ignoran no
más de lo necesario, ya saben de los murciélagos, y son incólumes a sus
profecías.
*
Manuel se ha dormido, por lo menos en apariencia, aunque se
pregunta si tal vez no está lúcido bajo esa máscara del dolor. Igual a las
estampas de los santos, o quizá más propiamente al rostro de los curas durante
la confesión. Eso era lo que Manuel debió haber sido, eso lo habría hecho feliz.
Pero si en realidad el camino de Dios está sembrado de espinas, se dijo, tal
vez el calvario para Manuel fuese este: Altea y América.
Le habían sacado la última ropa mojada y lo habían
vestido con ropa de cama del capitán. No la había molestado que Natacha viese
desnudo a su esposo, se comportaba como una enfermera abnegada. Cada nuevo
rasgo que veía en ella, la manera en que se dedicaba a secarle el sudor, la
forma de hablarle quedamente, de tomarle el pulso, de prestar atención a cada
uno de los sonidos o movimientos que él hacía, aun cuando estaba sentada con
las manos sobre la falda y los ojos cerrados. Sus oídos eran instrumentos
hipersensibles que captaban la ironía con la que Altea comenzó a hablarle.
-Es
usted muy experimentada en el cuidado de enfermos. ¿Acaso ha estudiado alguna
ciencia?
Natacha la observó con desprecio, pero decidió
ignorar la mala intención.
-Nada de eso, me vi obligada a atender a mi
padre durante muchos años, allá en Varsovia.
- ¿Y por qué acompaña a su marido? No es vida
para una mujer de su clase, por más que el barco tenga muchas comodidades.
-Porque mi hijo ya tiene quince años, e
insistió, con la venia de Máximo, en acompañarlo para aprender el oficio. Yo no
pienso permitirlo, si puedo evitarlo, además de que me moriría en Santa Fe estando
lejos de él.
-Espero conocer pronto a su hijo- dijo Altea.
-Ya conoció a mi esposo…
- ¿Son muy parecidos?
-Al
contrario, son muy diferentes. Lo que quise decir…
-Entendí lo que quiso decir.
Siguieron en silencio un par de horas. Debían
ser las dos de la mañana. Natacha seguía rígida en su silla. Altea estaba acostada
en la cama. Manuel carraspeó y el vendaje de la garganta se manchó de sangre.
Natacha trajo una venda nueva y Altea la cambió.
-Ya no tiene
fiebre- dijo. - Pero fíjese como sigue moviendo las manos. Cree que todavía hay
murciélagos.
-Siguen estando en
su cabeza. Ir más a norte no le ayudará. Cada vez se pondrá más caluroso y las
alimañas más salvajes. Yo que ustedes, regresaría a Europa. Si pudiera, me
llevaría a mi hijo, pero sólo haría que me odiara si lo alejo de Máximo.
-Yo
regresaré, por más que Manuel quiera quedarse. He decidido separarme.
-Pero
en su estado…
Altea
suspiró muy profundamente, sus ojos se nublaron, y ante esa mujer que más bien
parecía una araña, dijo en voz alta, por primera vez:
-Me
violaron, este hijo no es suyo.
Natacha se le quedó observando, no parecía
siquiera respirar. A Altea le agradó escandalizar a esa mujer pacata y rígida.
Se sintió segura de sí misma. Dejó la cama y se sentó en la silla junto a la
otra.
-No me mire así, sé que me considerará una
prostituta, y más por confesarlo cuando nadie me lo ha preguntado.
Natacha se levantó y fue hacia la cama. Se sentó y acarició la frente de Manuel.
-Entiendo a su marido. Es cruel lo que debe
estar pasando por su alma. Lo sentí cuando le di la mano cuando llegaron. Para mí fue un mal presentimiento, pero para
él fue como toparse con una angustia imperecedera. Sí, soy muy creyente, por
eso entiendo a los que se han entregado a Cristo en alma, pero no en cuerpo.
¿Sabe una cosa? A las monjas se las llama esposas de Cristo, ¿y a los curas
cómo deberían llamarlos? Amigos, tal vez… los amigos tienen también su
intimidad, si hay verdadera confianza. Y la confianza ciega es muy parecida a
la verdadera fe. Uno se casa con Cristo en cuerpo y alma, o no se está casado
en absoluto. Todo lo que sea a medias, es un adulterio.
Altea fue a apagar dos lámparas, la que
quedaba era suficiente para el resto de la noche. Vio a Natacha acomodando la
cruz sobre el pecho de Manuel, y luego tocarle el pecho. ¿Creería que era
Cristo, acaso? Manuel sangraba como Cristo en la cruz, y respiraba con
dificultad, como cuentan los evangelios. Su rostro era sabio pero triste, la
barba crecida, el pelo crespo parecido a una corona de espinas. Alguna vez,
mucho tiempo antes, cuando planeaban tener hijos, antes de venir a América, él
le había dicho que le habría gustado llamar Jesús a su primer hijo.
- ¿Es usted católica, Natacha? ¿U ortodoxa?
- ¡Católica, por supuesto! Me desconcierta su
desconocimiento de mi país.
- ¿Y
por qué vino a América?
-Los cosacos mataron a mi padre en el
levantamiento del setenta. Nosotros no teníamos nada que ver, pero arrasaron
con todas las antiguas familias polacas. Algunos dejaron todo, o se llevaron lo
que pudieron el año anterior. Mi padre quiso quedarse, le había costado toda
una vida de trabajo el mantener lo que había en nuestra familia desde dos
generaciones antes, la fábrica, la casa, la granja, el criadero de perros de
caza… ¡Santo Dios, tantas cosas! Nuestra casa era Polonia, y él no estaba
dispuesto a abandonarla.
Altea se quedó pensando en el criadero de
perros. Recordó que la familia de Manuel, y especialmente él, se había dedicado
a esa actividad.
-Los
Menéndez Iribarne también criaban perros. A Manuel le agradaba mucho eso, pero
cuando nos comprometimos, ya mi suegro había decidido venderlo todo.
Natacha le dirigió una mirada inteligente, sin
dejar de tocar el pecho de Manuel.
- ¿Sabía
usted que esta cruz tiene virtudes muy especiales?
-Me la
regaló un chico del pueblo en el que enseñaba.
-La
familia le habrá enseñado, pero él la fabricó. Tiene un algo intermedio entre
lo que llamamos el curanderismo y una ciencia exacta.
- ¿De
qué habla?
-De las
proporciones que guarda la cruz con el círculo que la envuelve. Si usted la
apoya sobre un papel y dibuja una circunferencia que conecte las cuatro puntas,
no le dará un círculo, por supuesto, pero si un óvalo. Pero si lo hace uniendo
solo tres puntas, y para la cuarta utiliza los pies del Cristo, sí tendrá un
círculo perfecto. Las dos medias líneas entonces, le darán el número Pi, el
número infinito.
- ¿Pero todo eso no se anula con el óvalo,
que es lo único cierto?
- ¿Qué es lo único cierto? ¿Acaso cada punto
en cualquier línea no puede servir de fin o principio? ¿Acaso porque una línea
tiene un fin, es ese el fin de la línea o el principio de ella? Cada óvalo que
se forme con cada punto utilizado se sobrepondrá al círculo de la eternidad.
Cada óvalo, cada órbita, representa nuestra vida, a veces lenta, a veces
rápida, a veces abrupta en sus vueltas. Pero todas se superponen con el círculo
perfecto de la vida de Cristo. Podemos tocarlo, pero casi nunca lo hacemos. Es
como las órbitas de los planetas, a veces están más cerca del sol, otras lejos.
- “Este
es el invierno de nuestro descontento, hecho glorioso verano por el sol de
York”- recitó Altea.
-Sólo
Shakespeare podría haberlo expresado tan poéticamente.
- ¿Y
qué tiene que ver la cruz con Manuel?
- ¡Por
Dios! Recita a Shakespeare, pero no se lo ocurre más que ser sarcástica.
-Así es, sólo soy una mujer…
Natacha volvió a sentir el alejamiento.
-La cruz es suya, usted sabrá…
Al amanecer, Mendoza entró al camarote. Lo
seguía Max, que subió a la cama, lamiendo la cara de Manuel. Altea estaba
dormida y se despertó con las patas del perro encima de ella.
- ¡Basta
Max!- le decía, pero Manuel estaba despierto y le hablaba en voy baja al perro.
Mendoza se les quedó mirando, mientras Julio entraba con una bandeja con el
desayuno. Altea miró las tazas de café, las galletas, el queso. Hacía años que
no le servían tales cosas. Se sabía conmovida, pero estaba decidida a no
revelarlo. Buscó a Natacha, pero ya no estaba. Dio las gracias a Mendoza, y
éste salió con Julio y cerró la puerta.
Se quedaron solos, ella, Manuel y Max. La cruz
seguía pendiendo del pecho de él, mientras ella le llevaba cucharadas de café a
la boca, pero Manuel renegaba y quería levantarse. Ambos rieron, mientras Max
recibía galletas, con la mirada pendiente cada vez que terminaba una. Esa mañana escucharon el sonido de la
maquinaria de vapor que funcionaba a todo poder. Y sintieron que el barco se movía río arriba.
No sabían adónde, pero en ese exclusivo momento de la mañana del segundo día
del nuevo año, no les pareció importante.
*
A mediados de enero ya habían pasado Goya y estaban rumbo a
la ciudad de Corrientes. Pero en la margen derecha había un pueblo que se
llamaba Lavalle, donde bajaron y subieron mercancías y pasajeros, y el capitán
tenía que hacer algunos tratos de negocios. Manuel no se interesó por conocer el
lugar. Altea había dicho que quería estar en tierra firme, aunque fuese por
unas horas, sentía ya demasiados mareos y nauseas.
-Ve
con el capitán, podrás ayudarlo como secretaria, si te sientes bien, por supuesto.
-A Manuel no le iba bien la ironía, por eso su malicia resaltaba extremadamente
hiriente y pocas veces la utilizaba. Altea no le respondió con palabras, sino
haciendo lo que sabía que iba a molestarlo.
Natacha los vio bajar juntos al muelle, él
con su traje de costumbre, el sable que ella aborrecía y esa cordialidad
dibujada en la cara. Ella de su brazo, seria y respetable, como si fuese su
esposa.
Manuel y Natacha se quedaron en el barco, y
Ariel compartió con ellos el almuerzo y la cena. Para cuando eran casi las doce
de la noche, no habían regresado.
Pasarán la noche en la casa de don Fermín
Valente, el de la ferretería- dijo Natacha, sentada a la mesa del comedor.
El
barco todavía conservaba la disposición original para la tripulación mayor del
siglo XVIII, cuando había sido proyectado y comenzado a construirse: los
camarotes privados, la sala de baile que ahora se usaba como depósito de
víveres, el salón comedor, que Natacha insistió en conservar como en el pasado
porque le recordaba los buenos tiempos con su padre en la vieja patria. El
techo estaba rodeado de molduras de oro, una araña de veinte luces, de las
cuales encendían apenas un cuarto. La sirvienta que cocinaba y les traía la
comida era una vieja esclava que había huido de una plantación del Brasil y a
quien los padres de Mendoza habían refugiado en su estancia de Santa Fe. El
joven Máximo era su favorito, por eso se había ido con él cuando compró el
barco.
-Pero iremos
cerca del Brasil, Tomasa-le había dicho Mendoza.
-N’importa, niño, usted me protegerá.
- ¿O
será que extrañás tu tierra?
La vieja se había encogido de hombros, sin
responder. Sabía que era un riesgo para ella que alguien la reconociera, pero
la servidumbre de la tierra siempre era más fuerte para personas como ella.
Tomasa
iba y venía de la cocina, mientras el silencio entre los tres iba
acrecentándose. Ariel revolvía su plato sin ganas de comer, porque veía que
Manuel, con el que tan bien se llevaba en los últimos días, estaba enojado,
aunque intentara ocultarlo. Y su madre estaba rígida, con las manos sobre la
mesa, sin probar bocado.
-Andá a
acostarte, hijo. Ya es tarde para que sigas esperando…
Manuel arrojó los cubiertos sobre el plato de
porcelana. Natacha no lo reprendió. Ariel había notado que el carácter rígido
de su madre se había suavizado, se había hecho más flexible, y hasta creyó
descubrir una sonrisa en su cara cuando hablaba o simplemente miraba a Manuel.
Ariel amaba a su
padre, lo admiraba, en realidad. Esa era la palabra correcta: esa educación que
lo hacía dirigirse al más leve subalterno como si fuese no su igual, sino su
superior, y a pesar de eso nadie osaba faltarle el respeto o desobedecerlo. El
rostro del capitán Mendoza era sincero, varonil, cordial, y en sus ojos se leía
un mensaje que ni un asesino podría resistir. Lo había escuchado hablar de la
única batalla en la que había participado, durante la revolución del setenta y
cuatro. Había apoyado a Mitre, y hasta llegó a ser parte de su guardia personal
durante esos tiempos en Buenos Aires. Había matado a algunos hombres, lo habían
herido, pero él relataba esos episodios sin darles demasiada importancia.
-Quien
está en medio de un campo de batalla, no piensa que lo que está haciendo es
importante. Eso se deja para los generales, sólo para algunos que solamente
buscan la gloria como si fuese una mujer. Pero ella se escapa, y a veces,
cuando se la alcanza, dura muy poco tiempo, el suficiente para penetrarla.
Después, tenemos que bañarnos con agua abundante, es tal el olor amargo…
Así le había hablado a su hijo apenas un años
antes, cuando aún estaban en la estancia de Santa Fe. Su madre se había
acostado, y ellos dos, aprovechando esos instantes donde los ojos vigilantes de
Natacha se habían cerrado, caminaron hasta la arboleda que bajo la luz de la
luna parecía iluminada como una cúpula azulina, y los rayos penetraban entre
las copas sólo subrepticiamente. Se habían sentado en la hojarasca, el capitán
encendiendo su pipa, y compartiéndola con su hijo. Lo vio fumar con
tranquilidad, como si no fuese la primera vez.
-Deberás mascar
hojas de eucalipto para sacarte el aliento cuando regresemos a casa. Tu madre
nos regañará a los dos.
Ariel, de pelo tan rubio que casi parecía
blanco bajo la luna, delgado, casi esmirriado, no contestó. Se sabía débil y
poco inteligente, sólo conocía de sí mismo la extraña capacidad a su edad de
comprender a los demás. Todo le provocaba lástima, la eterna tensión y amargura
de su madre, la triste parsimonia de su padre. Veía que sólo el capitán Mendoza
era feliz: el padre transformado en militar y marino sonreía y se jactaba de su
alegría y de su cuerpo, se mesaba la barba, se mojaba el pelo con agua del río
dejando que el pelo crespo se secara en ondas largas y mechadas de incipientes
canas. El cuerpo de su padre era admirable, no demasiado alto ni musculoso,
pero si fuerte y proporcionado. Tan diferente al suyo… ¿de dónde habría
recibido él ese cabello tan claro y la piel tan blanca, los ojos celestes, y
sobre todo el cuerpo tan flaco que le daba vergüenza. Hasta su nombre era tan
etéreo.
-Padre,
me gustaría acompañarte en tu próximo viaje, quiero aprender tu oficio. -Y
mientras lo decía, echaba rápidas miradas a su cuerpo, brazos, piernas, pecho.
Mendoza comprendió. Se sentía orgulloso, y ya
no le importó la segura negativa de su mujer. Pasó un brazo por sobre los
hombros de Ariel.
-Estás
pasando por una edad que todos los hombres hemos pasado. Yo también era tan flaco
como vos, pero todos cambiamos después.
-Pero
padre, estos cabellos rubios, la piel, tu piel es cobriza y tu pelo no puede
ser más negro.
Mendoza no pudo evitar reírse.
-La piel la heredás de tu madre, ella es
blanca como la leche, por más que tenga cabello oscuro, sino fíjate en sus ojos
verdes. En cuanto a lo rubio, creo que es de tus abuelos maternos.
- ¿Entonces
de ti no tengo nada?
El capitán Máximo Mendoza se quedó pensativo.
Varias veces estuvo por comenzar alguna frase que abortó de inmediato, antes de
que fuese tarde para borrarla.
-Heredaste el deseo por el mar o por el río,
eso es más importante que los rasgos físicos. Es lo que te hará feliz si sabés
aprovecharlo correctamente. Yo hablaré con tu madre. Vendrás conmigo cuando me
entreguen el “Juan Manuel”.
Y ahora
estaba en ese viaje, finalmente, pero su madre había exigido acompañarlos, y ya
nada pudo ser como se lo había imaginado. Ella lo obligaba a permanecer en el
camarote durante casi todo el día, porque el sol le haría mal a su piel
delicada; no debía tener conversaciones con los marineros porque se burlarían
de él hasta hacerlo cómplice de sus actos y palabras soeces; tenía prohibido
empezar algún trabajo en la cubierta, era demasiado débil para eso; tampoco le
era posible recorrer el interior del barco ni pasar cerca de la maquinaria a
vapor ya que era muy peligrosa. Tenía muchos libros y mucho papel para
escribir. Entonces se pasaba las horas leyendo, y sólo cuando tuvieron que
quedarse varados en Rosario casi dos semanas comprendió los beneficios de esa
parada obligada: con la maquinaria detenida, no había más trabajos que la
limpieza de las diferentes cubiertas, y la mitad de los hombres estaban en la
ciudad. El cielo estaba nublado, pero no llovía. Entonces salió a cubierta en
pleno día, con una carpeta de hojas en blanco, se subió a la barandilla y se
sentó sobre el mascarón de proa, que era el busto de una mujer de rostro
gastado por las olas, pero que mantenía sus pechos esbeltos y dos alas
desplegadas. Ariel recordó la figura de esa mujer en pinturas de la revolución
francesa. Pensó en la Victoria de Samotracia, sin brazos ni cabeza, pero
con alas. Se puso a escribir, mirando hacia delante de tanto en tanto. El río
quieto y turbio de las tres de la tarde. El muelle de Rosario, agobiado de pesadumbre
y hombres cansados. Miró hacia el norte, la perspectiva de un río que nunca era
igual a sí mismo: curvas, brazos, islas, una profundidad de variantes más
inmensa que las posibilidades del infinito. Y vio, al final del horizonte donde
el río se angostaba y desaparecía a derecha e izquierda, separados ambos brazos
por una isleta, oculto su tamaño por montañas de vegetación, el
ensombrecimiento del cielo sobre el río. Una o varias nubes formaban una línea
curva, perpendicular al lecho. Parecía una letra “eñe”.
Fue lo
primero que dibujó en su carpeta, y desde entonces llenó hojas y hojas con
dibujos de todo lo que veía: naturaleza, puerto, hombres. Durante días llenó la
carpeta y sumó nuevas hojas, pero todo eso se detuvo cuando supo que debían
zarpar. El motor a vapor ya estaba arreglado. Unos pocos lo habían visto
sentado en el mascarón de proa, pero nadie le dijo a la madre, cuyos llamados
eras bajos y escasos. No le gustaba exponer ante la tripulación los miedos y la
necesidad de tener a su hijo al lado. Se callaba y se encerraba en su camarote,
apretando los puños contra su cara para no llorar.
Nunca le
mostró sus bosquejos a su padre, mucho menos a su madre, que aunque tal vez
aprobaría la aptitud artística, no lo haría en cuanto a la temática ni a cómo
los había realizado. Pero el día que supo que había pasajeros nuevos,
españoles, y que uno de ellos estaba enfermo, tuvo curiosidad por conocerlos. A
Altea la vio salir del camarote varias veces durante la primera semana. También
su madre entraba muy seguido, y notó que la frecuencia de ambas se había
invertido en la segunda semana. La esposa del enfermo salía por la mañana y no
regresaba hasta entrada la noche. Su madre entraba y salía durante todo el día,
llevándose vendajes y ropa sucia y regresando con ropa limpia, comida y agua
para beber o renovar el lavatorio. Un día le preguntó si podía ir a visitar al
enfermo, ella le sonrió y le acarició una mejilla. Ya era tan alto que esa
caricia le resultó propia para un niño, no para él. Alejó la cabeza, sonrojado,
ella entendió y no dijo nada. Le abrió la puerta, y cuando entró, volvió a
cerrarla, dejándolos solos.
Era media tarde, y el enfermo parecía dormitar
después del almuerzo. Se veía flaco y con la cara demacrada, la barba a medio
crecer, el torso desnudo y con vello castaño, con una sábana que lo cubría por
debajo de la cintura. La luz entraba por la escotilla junto con el rumor del
río y el chillido de algunas aves. No supo si debía decir algo, solamente se
sentó en la cama, y Manuel abrió los ojos.
-Ariel- dijo.
- ¿Me conoce?
-Tu
madre no deja de hablar de vos…
Ariel se sonrojó.
Manuel apoyó una mano sobre la nuca de Ariel.
-Eres tan hermoso como dice tu madre, no te
avergüences de ella.
Manuel sonreía, y Ariel se sintió cómodo, tal
vez, por primera vez en su vida. En ese lugar, con ese hombre, no parecía haber
miedo, no existían siquiera la posibilidad de fracasar en cualquier intento. Lo
que su madre esperaba de él era imposible de cumplir, y aunque su padre no le
exigiese nada, era precisamente ese silencio el que hablaba por él. El silencio
y el ruido. Pero en ese camarote, tanto este día como en los siguientes, el
silencio resultó tan natural como el sonido, fragmentos etéreos que los visitaban
dejando aromas y recuerdos, sin llevarse nada. Manuel le hablaba de España,
recordaba miembros de su familia que creía olvidados, tíos de Andalucía, primos
que se habían ido a vivir al África.
- ¿Y es tan peligrosa como dicen los libros?
-No he
estado más que en Marruecos, pero mi hermano José estuvo en todo el continente.
Me contó de la selva y de los ríos, y todo esto se le parece un poco.
-He leído que hace mucho tiempo el África
estaba unida a la América del Sur, es por eso.
-Así
es, Ariel, eso dicen los que saben. -Y formó con las manos una concavidad y una
convexidad, uniendo ambas. Ariel lo observaba, y de pronto toda ingenuidad
desapareció de su mirada.
Manuel lo contempló con miedo, pero el miedo
venía de sí mismo, porque recordaba a José, y una escena muy parecida cuando
ambos eran adolescentes en Cádiz. Manuel era esmirriado y de tez blanca, José
ya había desarrollado su cuerpo, y ambos estaban conversando en la habitación
de su hermano porque Manuel iba casi todas las noches antes de irse a dormir
para escuchar sus anécdotas, las fanfarronadas, como diría después, con se
jactaba ante su hermano menor. Y fue entonces cuando comenzó todo: la mirada de
José, suspicaz, maliciosa, los juegos de manos con que intentaba molestarlo,
los desafíos de fuerza que le demandaba no rechazar si no quería que lo llamara
cobarde o mariquita. Y Manuel, que siempre perdía, se iba de vuelta a su
habitación y se desnudaba frente al espejo para comparar los tristes músculos
de sus brazos con los de su hermano, su cuerpo todavía medio encorvado, hasta
el tímido tamaño de su pene comparado con el de José. Y no podía evitar soñar
con su hermano durante la noche, porque sabía que José pensaba en él, porque
reconocía que su misma aparente despreocupación y desprecio hacia el hermano
debilucho era una clara expresión de su necesidad de protegerlo. Cuando eran
aún más pequeños, solían dormir juntos en la misma cama, pero cuando José
creció el padre los separó. La cara de José ese día, aún la cara de un chico
fue de una absoluta desolación.
Ariel lo observaba en silencio mientras Manuel
recorría los bosquejos de su carpeta de dibujos.
-Son de mano experta, no puedo creer
que sean los primeros…
-Es verdad…
-Te creo, Ariel, pero entonces
tienes un talento natural que debes desarrollar. Deberías pedirles a tus padres
que te lleven a estudiar bellas artes en Europa, yo podría darte referencias.
¿Qué pintor te agrada más?
-No he visto mucho, sólo en los libros, pero
me asombra Goya. A veces me asusta, pero no puedo dejar de mirarlo.
Otra vez José y sus gustos. Ariel a veces era
uno, a veces el otro.
-Muy buena elección, pero debes empezar por
los clásicos.
-Pero yo quiero seguir la
profesión de mi padre.
Manuel lo miró de reojo, y Ariel aspiró
profundo para sacar pecho.
- ¿Es lo que te gusta o lo que piensas que le
gustaría a tu padre?
-No creo que a mi padre le importe mucho,
pero es para estar más con él…
-Ya entiendo, tu madre puede ser
muy absorbente…lo he notado.
En ese momento entró Natacha. Ariel escondió
la carpeta, pero no lo hizo a tiempo.
- ¿Qué estás escondiendo,
querido? -Su expresión era cariñosa, pero al ver que ninguno respondía, se puso
rígida. Estiró el brazo con la mano abierta, sin decir nada, esperando. Y
habría permanecido así días enteros si hubiese sido necesario. Ariel le entregó
la carpeta. Ella pasó las hojas una por una, sin cambiar de expresión.
-El río desde la proa, la orilla desierta, los
hombres cargando, las mujeres del pueblo, las nubes, los perros, incluso el
sarnoso de Max. Ah, y hay más, estos no son paisajes, son retratos. ¿De dónde
sacaste los modelos? ¿O están en tu cabeza?
Natacha no esperaba respuesta, y su tono era
cada vez más sarcástico y represor.
-Hombres desnudos bañándose en el
río, pero lo que menos hay es agua. Y estas mujeres, rascándose con obscenidad,
tocando a los hombres. Y estos árboles tan inocentes, tienen frutos colgando de
sus ramas, vencidas por su peso, si hasta las nubes forman números extraños,
¿666, tal vez?
Y arrojó la carpeta en la cara de Ariel, que
cayó de espaldas en la cama, más por la sorpresa que por el golpe. Nunca su
madre había sido tan directa, ni nunca había usado la más mínima fuerza en
contra suya.
Manuel, que seguía acostado, sí la entendía.
Se levantó y fue hacia ella. Le tocó un brazo. Casi no se notaba, pero
temblaba.
-Usted y su mujer, y ese perro
sarnoso, tienen la culpa. Desde que llegaron, una me quita a mi marido y el
otro a mi hijo.
- ¿Qué está diciendo, Natacha? No hable insensateces. Usted
prácticamente me salvó la vida al poner la cruz en mi pecho. -No sabía Manuel
hasta qué punto llegaba la verdad de su mentira, pero la belleza de la idea
adornaba su hipocresía, que por lo menos sentía más tolerable que la absoluta
verdad.
-Ven con nosotros, hijo- le dijo a Ariel. Y éste se acercó, confiando en
Manuel, y él abarcó con sus brazos a Natacha, que se permitió unos sollozos, y
a Ariel. Olió el aroma a almendras en la piel de Natacha, y el olor acre del
sudor del chico. Su barba era un refugio en donde ambos rostros parecieron
encontrar alivio, como una selva cálida y sin peligros. Apta para esconderse
por un largo rato, y salir con más fuerzas para soportar el peso del amargo
olor de las almendras. Hizo la señal de la cruz con la mano izquierda, porque
con la derecha estaba reteniendo a Ariel contra su pecho.
*
Ariel se había levantado de la mesa,
cabizbajo, mirándolos de reojo mientras se alejaba hacia la puerta del pasillo.
Tomasa se cruzó con él, haciendo uno de sus habituales gestos de cariño brutal
y exagerado, y preguntando:
- ¿No le gustó la cena, niño?
¿Ya se va a dormir?
Abrazaba a Ariel por más que éste
se resistía a esas ternuras porque sabía que su madre los estaba mirando. La
sirvienta lo hacía adrede delante de ella, ambas se aborrecían. Cuando lo
soltó, Ariel se fue y Tomasa preguntó si podía levantar la mesa. Natacha no le
hizo caso, ya había desistido de discutir con la negra, que cuando se enojaba,
hablaba en un portugués cerrado. Tomasa tenía escrita en su mirada el odio
hacia Natacha, su presunción, su rigidez, incluso aborrecía el acento polaco
que Natacha no podía evitar cuando se irritaba. Ésta sentía que la negra Tomasa
la conocía mejor que muchos otros, y ella no tenía nada para contraatacar, sólo
la naturaleza ignorante e instintiva de la sirvienta y la fidelidad
insobornable hacia Máximo Mendoza. Era todavía una esclava, en cierto sentido,
pero una liberada, y esas eran las de más temer.
Manuel tampoco tenía el humor para aguantar esas discusiones que había
presenciado desde su abordaje. Tenía la mirada torva, esquivando la mirada de
Natacha, cerrando los puños sobre la mesa, que retiró solamente cuando la negra
comenzó a sacar los platos sin cuidarse de él. Casi no se hablaban, pero era
evidente que desconfiaba de ese extraño. Dejó el mantel y preguntó si tomarían
algo.
-El coñac del capitán,
vieja…-dijo él.
-El señor no me permite tocarlo…
-Tomasa, yo me hago responsable- dijo Natacha,
conciliadora. La negra cedió porque veía que la discusión iría de mal en peor.
Cuando estuvieron solos, se
miraron a los ojos por primera vez desde que se habían sentado a cenar.
- ¿Creés que volverán esta noche? ¿Sos tan
cínica para siquiera decirlo?
Natacha tomó una mano de Manuel,
que temblaba.
-Sabás que no amo a mi marido,
sólo a mi hijo.
-Pero yo amo a mi esposa, y no
tolero…
-Piensa en Jesucristo y en todo
en lo que debió ceder. Tenía el reino de los cielos a su disposición para
salvarse, y se dejó crucificar. -Tocó la cruz sobre el pecho de Manuel, pero no
se quedó en ella. Acarició la piel con el vello suave que había tocado tantas
noches durante su convalecencia.
De un modo que no se atrevía a traducir en palabras, aún, adoraba el
cuerpo de ese hombre tan frágil e iracundo al mismo tiempo, como si fuese un
Cristo redivivo que se empeñara en negarse a su destino, una y otra vez, y por
eso sufría tanto. La manera en que miraba y trataba a Ariel era más que la de
un padre, y también lo que ella no podía ceder. Ese hombre ayudaba a su hijo a
sufrir menos las miradas, los actos y las palabras de la madre. Ella no podía
ni quería mostrarse débil, Ariel era su tormento y su cielo, era el objeto de
su amor, inclaudicable, traído por las manos del pasado en Varsovia.
El único consuelo en la vieja y lejana ciudad había sido la Iglesia que
estaba a dos cuadras de la casa de los Krakowsky, su ambiente amplio y limpio,
donde las volutas del aire se tornasolaban con la luz de los vitrales, y los
santos extendían sus brazos de yeso despintado, y las flores muertas olían a
podredumbre en los floreros. Y en el altar estaba el Jesucristo tan parecido a
los hechos por los indios en las misiones jesuíticas, cristos de caoba con
grandes ojos pintados con un espeso óleo. Lo mismo que la sangre derramada a lo
largo del cuerpo, sobre las heridas abiertas en la madera, con tendones y venas
tallados de la manera más perfecta, como si hubieran seguido los esquemas de
Vesalio, de Gonçalvez de Amusco, quizá, o copiando de los mismos cadáveres que
debían tener a su lado mientras tallaban. Desde la estancia de los Mendoza en
las afueras de Santa Fe, iba a la ciudad a ver esos cristos que abundaban en el
atrio y las naves de la iglesia catedral. Se sentaba en un banco, contemplando
el aire tan parecido al de Varsovia, por lo menos allí dentro. El ambiente de
Dios era el mismo en todas partes, y los cristos tallados tomaban la forma de
los recuerdos. Natacha en Santa Fe era la Natacha niña y adolescente de
Polonia, que iba a la iglesia para refugiarse y rezar el rosario tantas veces
como fuese necesario para que el tiempo se fugara. Pero el tiempo siempre era
tan lento, que cuando se caía de sueño y sabía que era hora de regresar,
todavía el sol no había bajado, y en la puerta estaba el padre, esperándola,
sin dignarse a entrar al templo. Él, tan digno, dueño de mansiones y tierras,
no se doblegaría ante el dios de los pobres, y cuando regresaban a casa, de la
mano y en silencio, ella sabía que él se lo recordaría una vez más. Y ella
odiaba y amaba esas horas luego de la escapada clandestina a la iglesia, porque
los castigos de su padre se transformaban en los goces de la crucifixión.
Los ojos iracundos de Manuel la atraían, lo mismo que los músculos poco
desarrollados de sus brazos y del pecho, pero tan firmes como si estuviesen
tallados. Su ira la atraía, era un remedio a la amargura que tendía a
deprimirla y contra la que necesitaba combatir con la violencia de las palabras,
los gestos o sólo la mirada. Ahora él le había agarrado las manos y las
apretaba fuertemente entre las suyas, y Natacha sentía el aroma de Varsovia, de
las calles estrechas y empedradas, con pequeños arroyos de agua estancada en
las cunetas luego de las lluvias del invierno. Cerró los ojos y se dejó llevar
por la piel del hombre, por el vello del dorso de esas manos. No eran rubias
como las de su padre, ni como las de Ariel, sino castaño oscuras, pero no
importaba, incluso era mejor porque se parecían más a la del Cristo verdadero,
según la historia. Las manos la soltaron, y de pronto las tuvo en su cabeza, a
ambos lados, sujetándola con fuerza, llevándola hacia él, arrugando el mantel,
dejándolo caer al suelo y haciendo que ella se levantara de la silla y lo
acompañara hacia donde él quería, besándola y comprimiendo sus labios con
dolor, porque la mordía. Sentía que Manuel escarbaba en su cuerpo, bajo el
vestido, el negro vestido de viuda de Cristo que llevaba siempre.
Cuando abrió los ojos, estaban en el camarote
de Natacha, sobre la cama. Ella de espaldas, con la parte superior del vestido
roto hasta los hombros, y el corpiño rasgado en dos. Manuel estaba sobre ella,
sin apoyarse, con las manos en el colchón y las piernas sin tocarla. Le besaba
los senos, los lamía. Se arrodilló y la observó con ira y deseo. No, ella no se
escaparía ni se resistiría. Él se sacó la camisa, y ella vio el pecho que
tantas veces había acariciado, febril y con sudor, pero esta vez era el pecho
ensangrentado de Cristo y los ojos bellos y celestes del viejo Krakowsky. Por
un instante vio a Ariel en esos ojos, y sonrió. El padre, el hijo, y Manuel, el
Espíritu Santo que venía en representación de ellos.
Y él le sacó el vestido,
lentamente, pero luego fue más brusco, levantándole las piernas, separándolas,
besándole el vientre y lamiendo los muslos y la vagina, hasta que la humedad de
su cuerpo era la del río, y sintió que él entraba en ella como hacía muchos
años no lo hacían. No pidiendo permiso, ni a regañadientes ni con temor a lo
que ella pensara o dijese. El hombre penetraba como un conquistador de la
América, avasallando y destruyendo, y finalmente vencido por la naturaleza
copiosa en peligros y venenos. El hombre entregó su esencia y su cuerpo quedó
agotado, vencido por el esqueleto polaco que se había transportado a sí mismo a
las selvas tropicales de la América del Sur. El conquistador español aniquilado
por su mismo ímpetu, como un ataque al corazón luego de la picadura de una de
las tantas serpientes del río Paraná.
El esqueleto polaco era frío y reseco, pero
respiraba con un aliento que él supo sustraer para alimentarse mientras duró el
éxtasis de la crucifixión. Natacha era como una virgen, su cuerpo estrecho y
duro, áspero, pero anhelante, y ese resquicio de humedad era suficiente para
nutrir su cuerpo de hombre. Natacha había tenido a Ariel en su útero, lo había
alimentado durante nueve meses, y ahora lo alimentaba a él, por lo menos
durante esa noche.
Acostado a su lado, le acarició
el vientre de donde había nacido Ariel, el Cristo rubio del que tanto aprendía
en ese viaje de conocimiento por el río. Ariel, el hijo. Como si Manuel
estuviese destinado a ser el padre de niños que no eran suyos. ¿Pero qué son la
sangre y el semen?, se preguntó, mientras recorría con la punta de los dedos
todo el cuerpo de Natacha, que tenía los ojos abiertos mirando la nada sobre
ella. Sangre y semen, fragmentos del cuerpo que muere. En cambio, Ariel y el
otro niño, el de Altea, estaban a su cargo.
Y Ariel ya era suyo por antonomasia.
*
Se quedó dormido. Cuando despertó,
vio a Natacha en la misma posición, con los ojos abiertos mirando al techo,
pero su mano derecha estaba sobre el pecho de Manuel, sujetando la cruz con el
puño.
-Natacha…-dijo.
Ella ni siquiera parecía parpadear. Intentó
abrirle el puño, aflojarle los dedos alrededor del crucifijo. No era fuerza la
que hacía para cerrar la mano, solo el entrecruzamiento de los dedos, aferrados
uno a otro como si cada uno fuese un desvalido miembro que intentara protegerse
recurriendo al otro, actuando todos hacia el mismo objetivo: sujetar la cruz.
Fue cediendo, lentamente, sin que
ella lo mirase. Manuel se levantó, se vistió sólo con la ropa interior, un
calzón largo que le había prestado Mendoza. Subió a cubierta y se asomó por la
borda. El río estaba tranquilo, el aire pesado, el cielo cubierto de nubes.
Pronto llovería con intensidad, el río incrementaría su caudal y el viaje
corriente arriba se haría más esforzado para las máquinas. Miró alrededor, los
hombres que iban de un puerto a otro, buscando trabajo, acostados en la
cubierta, tirados como perros, algunos desnudos, otros tapados con frazadas
sucias. Pensó en los griegos y su sabia mitología. ¿Sería posible hacer que el
río Estigia fluyese corriente arriba? ¿Revertir la muerte a la que se dirigían
todos esos perros humanos? ¿Acaso ese viaje hacia las fuentes del Paraná no era
un intento subconsciente de esa necesidad desesperada? ¿Por qué buscábamos a
Cristo al final del camino, o del río en este caso, cuando tal vez estaba en el
origen, acompañándonos en el líquido del útero? Quizá el niño de Altea
estuviese hablando con Dios en ese momento, quizá Manuel hubiese hablado con
Dios, también, y la gran desgracia del ser humano fuese su memoria endeble.
¿Pero quién había decidido lo que debe olvidarse? La memoria está fundada en la
contradicción, su esencia es una pura dicotomía. Intentó leer en la superficie
del río las frases de un pensador estoico anterior a Cristo, pero las palabras
se ahogaban como en su memoria, y cuando reflotaban eran nada más que cadáveres
sin significado.
Y entonces sintió que alguien lo
agarraba con fuerza del cuello y lo tiraba hacia atrás. La sorpresa lo hizo
perder el equilibrio y cayeron ambos en la cubierta. El brazo era débil y
delgado, pero insistente como una cuerda. Reconoció a Ariel, era el color de su
piel blanca, era el aroma a sudor joven, eran los pequeños quejidos del chico
que tantas veces había escuchado al lamentarse de los órdenes de su madre.
Se dio vuelta para desprenderse y
quedaron enfrentados. Cara a cara, se interrogaban. Sin hablar. Los brazos del
chico intentaban golpearlo, pero él los retenía. Ariel sacudía las piernas para
patearlo, y Manuel apoyó las suyas contra él.
- ¡¿Qué te pasa?!
Ariel tenía el rostro contraído
en una expresión de terror y enojo. No tenía sentido preguntar nada, había
escuchado o espiado en el camarote de su madre.
-Hijo…
Ariel se detuvo y dejó que él
aflojara su fuerza. El cuerpo de Manuel estaba sobre el suyo, tapándole la
vista del cielo nocturno, del que siempre tenía miedo. Varias veces durante los
primeros días de enero habían hablado del miedo a la oscuridad del cielo, que
parecía aún más profunda cuando había luna o estrellas, que no hacía más que
acentuar las distancias imaginadas. Porque ambos sabían que la imaginación era
la culpable de la superstición, y el arte el único pasamanos para transitar por
esos pasillos entre abismos laterales.
Ahora el cuerpo de Manuel lo protegía como si
estuviese en un cuarto cerrado, en un ambiente cálido, protegido de la
intemperie, libre de presagios, aliviado de la rémora del tiempo. Y Manuel veía
aquella cara casi infantil todavía como uno de aquellos cadáveres que
reflotaban en el río: los rostros de José y Manuel invertidos. Él: su hermano.
Ariel: él.
Escuchó el aleteo de los murciélagos. Venían
desde la orilla este, sobrevolando el río y asentándose en los mástiles del
barco y en las cubiertas. La mayoría ya no les hacía caso, pero las mujeres se
tapaban con lonas o se metían en la sala de máquinas. Los murciélagos traían un
olor a excrementos en ocasiones más molesto que su presencia. Manuel se levantó
y agarró a Ariel, pero se resistía. Intentó levantarlo, pero el chico intentaba
huir. Decidió agarrarlo de las manos y comenzó a arrastrarlo hasta el camarote.
Ariel gritaba, pero nadie le hacía caso en medio del aleteo de los murciélagos
y los gritos y risas de la gente. Era un caos ordenado, por ser un caos
habitual. Muchos esperaban esas ocasiones para dejarse llevar por el griterío y
la violencia, los borrachos gritaban extasiados, y las mujeres querían que los
hombres así excitados las poseyeran. Era un aquelarre, tal vez, la noche de San
Juan en un barco viejo en medio del río Paraná. Única forma de sobrevivir, se
dijo Manuel, arrastrando a Ariel por el suelo, hasta llegar al camarote y
arrojarlo sobre la cama. El chico estaba histérico, y lo acusaba de violar a su
madre. Manuel no pudo evitar reírse.
- ¿Violar? No sabes lo que es
eso, hijo…
Ariel se levantó otra vez y
empezó a golpearlo. Era casi tal alto como Manuel, pero aunque éste pudo contenerlo
con esfuerzo, ya estaba cansado. Volvió a tirarlo sobre la cama, diciéndole que
no se comportara como un imbécil. Si se quedaba quieto, le explicaría. Entonces
el chico lo abrazó y se puso a llorar. Manuel también lo abrazó, y, palmeándole
la espalda, hablándole con palabras de consuelo en tono suave, como si se
tratase de un niño de cinco años. Pero Ariel tenía quince, y ya casi era un
hombre. Sí, lo era, se dijo Manuel. Y se abrazaban como dos hombres que sentían
que sus cuerpos eran más que lo que eran hasta un minuto antes: dos cuerpos
separados.
Sintió el latido de Ariel contra su pecho, la agitación de sus brazos,
el llanto que le mojaba la piel. El chico tenía la cara apoyada en el pecho de
Manuel, y él le dio un beso en la cabeza rubia.
-Calma,
Ariel, calma. Yo te quiero, querido mío.
Y Ariel dejó de lloriquear, e hizo un solo
acto en el cual habría pensado mucho antes, tal vez. Le dio a Manuel un beso en
la mejilla.
Y Manuel, con ese cuerpo endeble y fino entre
sus brazos, sintió que ya no había motivos para los requiebros ni el
remordimiento, la culpa ya no existía. El cuerpo de Cristo era esa especie de
ángel entre sus brazos, susceptible a la destrucción por parte de sus manos,
frágil como una espiga, suave como la piel de la musaraña.
Los murciélagos seguían azotando la cubierta, golpeándose con las
paredes del camarote. Manuel creía tener alas, pero estaba quieto. Sus brazos
eran dos largas membranas que rodeaban a Ariel. Imaginó la selva a orillas del
Paraná. Los murciélagos buscando alimentos, y las musarañas sucumbiendo. Y
empujó a Ariel sobre la cama y puso todo el peso de su cuerpo sobre él. El
chico quiso decir algo, él le tapó la boca con una mano, mientras con la otra
lo desnudaba. Entonces ya no pudo detenerse, le golpeó en la cara para que dejase
de llorar, y Ariel se detuvo, avergonzado. Le dio vuelta con fuerza. Recorrió
con las manos todo el cuerpo del chico, sin dejar de observar el rostro amedrentado
de Ariel, cuya la expresión fue cambiando lentamente, por todas las posibles
contingencias de la carne, mientras él colocaba sus dedos en el interior de
Ariel, y luego penetrándolo como si quisiese partirlo, igual a una estatua
dividida, duplicada: dos hermanos gemelos, dos cadáveres gemelos.
Cuando todo acabó, se quedó acostado sobre la espalda de Ariel, que
respiraba agitado, con la cara contra el colchón. No eran dos, eran uno solo
todavía. Manuel se irguió un poco, separando su pecho de la espalda de Ariel.
El crucifijo colgaba de la cadena, y se balanceaba rozando la piel blanca de la
espalda del chico. Los murciélagos se habían ido, solo quedaba el silencio de
la última hora antes del amanecer. Se quedó dormido, sin separarse de Ariel. El
cuerpo del muchacho era como un desprendimiento del suyo.
*
Ariel abrió los ojos a la luz del
día, y lo que vio fue la almohada, arrugada y mojada, y junto a su cabeza, la
cabeza de Manuel, dormido. Lo observó detenidamente, luego todo el cuerpo
desnudo. Apoyó una mano sobre el pecho de Manuel, rozó el vello crespo y
castaño, tocó suavemente la cara y la barba, los párpados cerrados bajo los
cuales estaban los ojos claros que se parecían a los suyos. Los ojos de los
Krakowsky, le había dicho su madre. Le habría agradado tanto tener los ojos del
capitán Mendoza, se dijo muchas veces, y luego tantas que ya no fue necesario
decirse que jamás habría podido tenerlos. De algún modo, su madre le contaba la
verdad con el silencio, y con los gritos y la mirada férrea. Por eso ambos adoraban a Manuel, para ella,
quizá, era el padre, el marido, el hijo, todo junto y simultáneamente. Para
Ariel, ¿qué era?
Sin despertarlo, le tocó el pecho y el abdomen, luego el vello del
pubis. Tocó, ya sin miedo, los genitales de Manuel, y sintió que el hombre se
estremecía, pero no abrió los ojos. Le habría gustado verlos mientras sus manos
le acariciaban el cuerpo, y entonces su mirada cayó en la cruz, que estaba
inclinada sobre un costado. Sintió remordimiento y culpa, sintió la vergüenza
que siempre lo había embargado desde que tenía en sus oídos la voz de su madre.
Se levantó de la cama, su cuerpo estaba dolorido. Recordaba la noche, y
no supo clasificar lo que le había pasado. Sí, lo sabía, pero no lo aceptaba, y
así estaba bien. El dolor, sin embargo, fue creciendo a medida que la cruz
crecía en su memoria: era como un fragmento oscuro en la visión de uno de sus
ojos, una zona nublada desde la cual le brotaba un humor acuoso. Se secó los
ojos, intentó mirar el camarote. La luz del día era ya plena, pero muy
temprano. Sólo escuchaba los movimientos habituales de los marineros. Su madre
aún no debía haberse levantado. Sin ver del todo claro, tanteó el aire hacia la
cama. Manuel seguía dormido, con un suave sonido de la garganta que no llegaba
a ser ronquido. Quiso tocarlo nuevamente, y eso le dolía. No debía hacerlo,
aunque únicamente un beso fuese suficiente. Deseaba hacer mucho más que
tocarlo, deseaba poseerlo entre sus manos. Pero no sabía para qué: tal vez para
matarlo, quizá. Sus manos. Se las miró con atención, manos de niño que se
estaba convirtiendo en hombre, el dorso velludo, la palma áspera.
Con una mano tocó la cruz. Se
acercó al cuerpo de Manuel, para que la cruz rozara su propio pecho. Sintió el
aliento del hombre, la piel cálida de la noche. La cruz los protegía, pero de
pronto sintió la voz de su madre. Giró la cabeza hacia la puerta. Ningún
movimiento ni sonido. Miró la hora en el reloj de la mesa. Las cuatro y media
de la mañana. Ella no se levantaría hasta las siete.
Se sentó en la cama, y puso una mano sobre un
hombro de Manuel. Volvió a contemplar el cuerpo, y lo comparó con el suyo. No
era un hombre todavía, y así había sido esa noche. Un niño parecido a una mujer
débil. Empezó a tocarse el cuerpo, sabía cómo hacer para estimularse a sí
mismo. Lo había aprendido solo, escuchando las conversaciones de los marineros,
y a veces con unas preguntas insinuantes, que terminaban con la risa de los
extraños. Lo hacía en su camarote, pendiente de los pasos de su madre, de la
voz que lo apremiaba. Pero ahora estaba con Manuel, eran dos hombres, y no
debía sentir vergüenza. Se frotó el pene, mirando alrededor, las paredes, la
escotilla, los leves movimientos del cuerpo de Manuel. Atento a los sonidos,
los pasos en el pasillo, el oleaje del río. Y cuando acabó, apremiado y
asustado de todo, tenía en su mano la prueba de la culpa. El líquido que había
sentido en su cuerpo apenas anoche, y vio la sangre en la mano. Intentó
limpiarse con la sábana, pero no salía. Se frotó las manos, ya comenzando a
desesperarse, las sentía secas pero las manchas seguían. Entonces vio el
crucifijo que estaba sobre la cama: el regalo de su madre. Un crucifijo de
Varsovia, de la vieja casa del abuelo, una de las reliquias salvadas en el
exilio. Cristo lo miraba, y él fue hacia la pared, y se limpió el semen rojo en
la madera. Sin darse cuenta, estaba llorando, y la desesperación era tal, que
supo de manera irreversible que ya era un hombre. Y siendo tal, podría tomar la
decisión que quisiera. La culpa era su orgullo, la mirada de su madre estaba
formada con esa palabra. Cada pliegue de su cara era un tallado preciso del
cincel de la culpa. La culpa como consecuencia del placer, el placer como
producto de la culpa. El dolor, de tan penetrante, intenso y continuo, era ya
una necesidad.
La decisión era suya. Por eso buscó en los
libros de la biblioteca. Empujó los que ya nunca necesitaría, aún las carpetas
de dibujos, que quedaron en el piso. Encontró la biblia, y fue hasta el libro
de Mateo, capítulo 19, versículo 8. Si algo te daña, córtalo. Esas eran, más o
menos, las palabras. Buscó página por página, sin encontrarlo. Temió romper las
hojas, pero pronto ya no le importó. Existía, estaba seguro, tantas y tantas
veces lo había escuchado, y hasta leído.
Pero estaba decidido. Esa duda de último
momento, la idea absurda de que lo recordado no existía, de que todo el mundo
era una farsa, debía ser ignorada. Sus manos eran las representantes de la
culpa. Pensó en la vida de los santos que su madre le leía cuando era un niño,
durante las tardes calurosas del verano en Santa Fe, junto al río, bajo los
sauces llorones. Él imaginaba en ese
entonces las antiguas barcas mortuorias que transportaban los cuerpos de los
santos martirizados, mientras las ramas de los sauces eran lágrimas rojas que
flotaban e intentaban seguir los cortejos.
Ariel estaba en un gran barco, e imaginó la
gran impresión que haría mientras su cuerpo era llevado por las aguas. La gente
mirando desde las orillas, haciendo la señal de la cruz, y su propia madre, de
luto y gimiendo, como una viuda desconsolada. ¿Por qué viuda? Si no era él su
esposo, sino su hijo. Él la amaba, pero también la aborrecía. Odiaba sus
caricias secas y obsesivas, detestaba los besos que le daba en los labios, le
angustiaba la forma en que lo tocaba y lo miraba y le hablaba, amándolo y extrañándolo
y dominándolo.
Natacha era un torbellino que lo rodeaba, era
un muro que amenazaba con caerse sobre él, y también un techo que lo protegía
del calor, pero no de la lluvia. Era Cristo, pero no era Dios. Era el crucifijo
sobre la cama, pendiendo sobre él, observándolo todo, escuchando todo, hasta
sus pensamientos. Le había dicho que los muertos rodeaban a los vivos,
observando cada uno de sus actos, contabilizándolos. Y la culpa entonces era
una sola cosa inmensa e invisible. Impalpable y por eso invencible.
Caminó hacia el escudo de armas, antiguo como
el barco, que representaba una de las tantas ramas de la dinastía borbónica. La
imagen estaba oxidada, pero tenía dos armas cruzadas: una espada y un hacha, y
en el medio una antorcha tallada. Se subió a una silla e intentó arrancar
alguna de ellas. La espada fue imposible de sacar, pero el hacha se desprendió
con cierta facilidad. La sopesó en sus manos, palpó el filo. Ya no servía para
nada. Pensó en la navaja que Manuel le había regalado. Comenzó a afilar el
hacha, ingenuamente, con el filo de la navaja. Poco a poco, y casi media hora
después, el hacha cortaba, aunque fuera un poco. Miraba hacia Manuel durante su
trabajo, pendiente de si despertaba. Pero el hombre estaba agotado, durante
todo el día debió haber juntado resentimiento hacia Altea, y luego las horas
con su madre, y después él. Sin duda no despertaría hasta tarde, y Ariel
tendría tiempo de hacer lo que quería.
Se miró al espejo de luna del
armario. Desnudo y con el hacha en una mano. Delgado y casi lampiño, si no
fuese por el escaso vello del pubis. El cabello tan claro que era casi blanco
con la luz intensa. Se sentó en la silla del escritorio de estilo francés,
apoyó el brazo izquierdo con la palma hacia arriba. Miró los últimos
movimientos de su mano, como observando los de un perro rabioso. Se agitaba,
queriendo desprenderse de las cuerdas invisibles del silencio. Los dedos se
movían, la arteria de la muñeca latía rápidamente, los tendones se tensaron
hasta dolerle.
Y entonces levantó el hacha con la mano
derecha, la mano que siempre fue el verdugo de los bien pensantes, del
razonamiento del iluminismo, de la altanera justicia de la ciencia, hasta el
lado del buen ladrón que murió con Cristo. Y observó la cruz sobre el pecho de
Manuel, luego el crucifijo en la pared. Tenía el Cristo la cabeza inclinada a
la derecha, luego volvió a mirar la cama, también Manuel estaba mirando hacia
la derecha, hacia él. Y él abatiría su mano izquierda, la mano del semen rojo,
la mano del placer y del dolor, la mano incrédula e indecisa, la mano
saboteadora y sin remordimientos, la mano libre. Sería abatida por el lado
obsceno de la culpa, por la mirada que irradiaba cinismo como plegaria,
caricias de águila y besos de cuervo.
Contempló los ojos que lo miraban, justo antes
de que el hacha cayera. Los ojos claros del Cristo desde la cama. Pero ya fue
tarde para todo, menos para el grito de un hombre que intentó ahogar el llanto
de un chico, que sin embargo no quería ser ahogado.
La mano quedó como un pájaro muerto sobre la
mesa, mientras la sangre salía del muñón izquierdo, el brazo sin cabeza.
Manuel agarró la sábana y
envolvió la herida, nervioso, asustado. Más que angustia, todavía era el
asombro el que lo dominaba. Pero ya sentía crecer la fuente amarga de la
desesperación. Intentó pensar qué haría. Primero era necesario contener la
hemorragia, luego llamar a alguien a los gritos, porque no podía dejar solo a
Ariel, que trataba de desprenderse de la tela. Debía hacer que Julio viniera y
cosiera la herida antes de que terminara de desangrarse. Veía que Ariel se
estaba poniendo pálido, pero debía ser más el susto que la pérdida de sangre. La
sábana ya estaba empapada y el chico logró deshacerse de ella y escaparse de
los brazos de Manuel. Abrió la puerta con la derecha, la mano que siempre se
abre camino, que siempre toma las decisiones correctas, los atajos, que aminora
el dolor cortándolo de cuajo. La que guio los pasos de Ariel por el pasillo y
las escaleras hacia la cubierta, mientras Manuel detrás, sin alcanzarlo, como
si Ariel tuviese las alas de un ángel, como si ya fuese etéreo como su alma.
Ariel llegó a la cubierta, y
corrió desnudo hacia la borda de sotavento. La piel transpiraba, el antebrazo
izquierdo era una masa de carne y sangre coagulada sobre la que ya estaban
sobrevolando las moscas. Nadie atinó a detenerlo. Los pocos marineros no
actuaron a tiempo, no lo reconocieron, seguramente, ya que tan distinto se
mostraba Ariel esta vez al chico atildado, prolijo y sereno que era siempre. Lo
vieron saltar la borda, llorando y gimiendo, porque le dolía todo, la mano
ausente, y sin duda también el alma, porque las cosas no estaban saliendo como
decía el versículo de Mateo.
Vieron caer el cuerpo a las aguas del Paraná, hundiéndose y manchando de
sangre la corriente.
- ¡Hombre al agua! - fue el llamado habitual
que alguno dio. Algunos corrieron a la borda y dos se subieron para tirarse,
pero el viejo Julio apareció y los detuvo aferrándolos de la ropa. Señaló los
yacarés en la orilla, que ya estaban hundiéndose en el agua ante el llamado de
la sangre.
Manuel apareció de pronto y sin hacer caso a
nadie se subió al barandal. Julio y los otros no hicieron nada para detenerlo.
Manuel estaba desnudo, como el chico, y en la cara del hombre estaba la marca
de la culpa. Era tan clara, que no hicieron el más mínimo gesto de piedad ni de
odio, era una expresión que cualquier hombre podría haber tenido, y ellos no
eran quienes para quitar del rostro de un hombre el placer del dolor. Sabían
que el que sufre se conduele de sí mismo, con su misma desesperación, y la
única piedad útil es aquella que permite lo inevitable.
Pero otra mano detuvo a Manuel, que gritaba y
se debatía en la necesidad de arrojarse al río para salvar a Ariel. Él no vio a
los yacarés, y si lo hizo no les dio importancia. Pensaba en la mano muerta en
el escritorio del camarote, en el cuerpo del chico, el llanto que había caído
sobre su propio pecho, en el grito ahogado de Ariel, tan tenue y acongojado
como las nubes que ahora estaban cubriendo el cielo sobre el río. Las manos de
Natacha lo retenían con fuerza, pero de nada habrían servido si él no hubiese
despertado de pronto, al contacto de esas manos, lo mismo que la primera vez
que las tocó al abordar. Las manos que le habían provocado un golpe tan intenso
en su interior que lo habían dejado convaleciente durante semanas. Las que
habían palpado los murciélagos de su alma, y los había espantado hacia afuera,
únicamente para hacerlos revolotear a su alrededor. Sólo Ariel los había
calmado. Pero ahí estaban el chico y su mano, como el único murciélago muerto.
Las manos de Natacha lo retenían,
y el cuerpo de Manuel acató la razón y la resignación. Natacha lo abrazaba, muy
fuertemente, mientras él gritaba y temblaba. Entre ambos estaba la cruz,
formando sus cuerpos alrededor de ella una especie de muro protector. Cristo
era tan débil, que muchas veces se mataba. Sus muertes eran muchas, y sin ver
hacia el río, ellos dos veían lo que los ojos de los demás presenciaban. Los yacarés comiendo, y el esqueleto de la
muerte sumergiéndose en el río.
4
- ¿Por qué le pusiste mi nombre al
perro?- le preguntó Mendoza.
Iban del brazo. Como marido y
mujer. Él con su uniforme de todos los días, pero con el cuello desabrochado,
la gorra bajo el brazo izquierdo, los pantalones en las botamangas, sucias de
polvo y barro del puerto de Lavalle, y el infaltable sable, que, aunque
estorbaba para subir y bajar del bote que los transportó desde el barco hasta
el muelle, no iría a dejarlo nunca, excepto en la cama y en su lecho de muerte.
Si hasta se bañaba con el sable cerca, siempre al alcance de las manos, por si
acaso. Él sabía que eso irritaba a Natacha, pero Altea ni siquiera parecía
notarlo, y eso le agradaba de ella, esa parsimonia, que, aunque no fuese más
que una fachada para esconder mucha ira, ésta se iba apaciguando, impotente por
su propio peso.
Ella iba a su lado, tomada del brazo derecho del capitán, con su
esbeltez pálida y gélida, con el vestido que sacó por primera vez del baúl
desde que había salido del pueblo de Toba, uno que solamente se ponía en las
excursiones. Porque eso era para ella esa salida del barco luego de pocas
semanas, pero tan intensas, que le parecieron varios meses. Casi todo había
cambiado, y la frase de Natacha al verlos partir tomados del brazo, fue la
culminación de todo aquel tiempo. Una especie de triunfo, o de venganza, quizá.
Pero todo estaba por comenzar, se dijo. Lavalle era solamente el primer
pueblito en su camino hacia una vida diferente. “Como marido y mujer”, había
dicho Natacha, casi en un susurro, mientras bajaba la escalerilla hacia el
bote, apoyada en el cuerpo de Mendoza, que la había tomado de la cintura para
posarla suavemente, como un pájaro delgado y blanco, en el asiento. Ella la
había escuchado claramente, pero no se dignó elevar los ojos hacia la cubierta,
ya conocía la figura retórica de esa mujer agriada.
-Lo nombré antes de saber tu nombre, no por
Máximo, sino por Maximilian, un viejo rey escandinavo. Tiene la estampa de los
galgos que se utilizaban en las cacerías, y me dijiste que es descendiente de
los que cría tu familia.
Altea lo miraba con dulzura, pero
sus ojos no se abandonaban a la desidia ni a la estupidez. Aunque estaba
comenzando a enamorarse, no por eso dejaría el sarcasmo de lado. El suyo era
limpio y bienintencionado, el de Natacha oscuro y malicioso.
Ya en tierra, Max los seguía a
pocos pasos, adelantándose a veces, otras quedándose unos pasos atrás para oler
algo que le llamaba la atención, luego retomaba el ritmo de ellos, dando
vueltas a su alrededor, o bajando la cabeza, avergonzado, cuando lo retaban al
verlo demasiado excitado. Finalmente se colocó junto al vestido de Altea, que
parecía gustarle por la textura suave, pero de fuerte consistencia. Tal vez era
cuero finamente trabajado y pulido en los talleres de Cádiz, ya no recordaba
dónde o cuándo lo había comprado. Se
tocó el pecho para desabrocharse dos botones del cuello alto, y notó la
ausencia de la cruz. Era curioso que justamente hoy la extrañara, quizá fuese
el ambiente del puerto, con la escuela rural por donde salían niños indios.
Pensó, y se preguntó, qué sería de la vida de Cahrué. Pero eso había quedado
atrás. El cuerpo de Máximo Mendoza la dominaba, el brazo incorruptible, el
torso erguido, el paso firme, el rostro oscuro de barba negra y tupida. Se puso
a pensar en el cuerpo que vio por primera vez una noche en el barco, desnudo
hasta la cintura, lavándose el sudor nocturno con el agua de una palangana. El
vello del pecho era como un triángulo invertido, tan diferente al cuerpo de
Manuel, delgado y de escaso vello, que ya no extrañaba. Se habían besado por
primera vez esa misma noche, ocultos tras la puerta que los separaba del
camarote donde dormía Natacha, de la cama donde poco después él debería
acostarse, junto a su esposa y bajo el crucifijo sobre la pared. Un beso turbio
por los pensamientos densos que se cruzaron mientras duró. Sin embargo, ya no
había vuelta atrás. Pronto llegarían a algún lugar donde la mirada de Natacha
estuviese lejos, y ni siquiera su Dios pudiese vigilarlos.
Recorrieron el pueblo con
lentitud, utilizando casi dos horas para llegar a la ferretería de Valente. La
gente saludaba al capitán desde las ventanas, o se arrimaban desde sus puestos
en las sillas desvencijadas donde estaban sentados junto a las puertas de sus
casas. Lo saludaban con alegría, pero también con un esmerado respeto. Él daba
la mano a todos, y los trataba con suma confianza, preguntando por algún
miembro de la familia que no veía desde mucho antes, o por algún trabajo
pendiente en el pueblo. Pasó una carreta con una pareja anciana, una especie de
viejo sulky destartalado.
-Máximo- dijo el viejo, de barba
blanca y rizada, ojos celestes y piel curtida por la intemperie. La mujer se
inclinó frunciendo los ojos y los párpados, y de pronto dio un grito de júbilo.
- ¡Pero si es mi querido ahijado!
-El capitán Mendoza, querida- la corrigió el hombre. -Más respeto a los
galones.
-Para su vieja tía seguirá siendo el niño Máximo.
Mendoza se subió a la carreta y los abrazó a ambos. Vio que miraban a
Altea con curiosidad.
-Tíos, esta señora me acompaña a ver a un médico en Santa Lucía, es una
pasajera.
Altea los saludó con la cabeza, pero ellos no
hicieron más que moverla de un lado a otro. Ya conocían las costumbres de su
sobrino y ahijado, pero no podían reprobarla del todo conociendo a Natacha.
- ¿Y cómo está el niño Ariel?
-Está bien, tía, tratando de
crecer, pero Natacha no lo deja.
Guardaron silencio un rato.
- ¿Y ustedes como están, y la
estancia cómo anda?
-Más o menos, tuvimos que vender varios
animales. La política de Buenos Aires hace lo que quiere por allá, según nos
enteramos, pero por acá los ladrones están en la gobernación. Son peores que
los indios para robar, por lo menos éstos roban por hambre. Corrumpción y
hambruna, esa es la ecuación ideal para que salgan los malandras.
El viejo se quedó callado, y los ojos le brillaban,
-Es que tuvo que sacrificar a
Anastasio la semana pasada, estaba repleto de bichos en la panza.
- ¿Y no lo vio el veterinario?
Ella iba a responder, pero el viejo se le adelantó, colérico.
- ¿Con que plata, me querés
decir?
-Pero no vendieron…
-Se lo llevó todo el pago de los impuestos. Hace ciento cincuenta años
que nuestra familia está en esta provincia, fundamos pueblos, creamos trabajo,
y los hijos de la poronga nos cobran como si fuéramos uno de esos gringos
jóvenes que se están asentando por acá. Ningún respeto, m’hijo, ningún respeto
hay, ¡la pucha…!
El viejo se lamentaba, sin soltar las
riendas.
-Antes de volver al barco pasaré a visitarlos…
-No te preocupes si no podés,
sos joven y nadie se divierte con un par de viejos como nosotros.
Ella intentó calmarlo.
-Lo dirás por vos, viejo guarango
y amargado. Yo ya no veo ni un pito, pero todavía no me doy por vencida.
Se despidieron. La carreta se tambaleaba porque tenía una rueda varios centímetros
más que la otra. El caballo se había cansado de hacer fuerza hacia un lado, y
cada tanto iba a paso de hombre.
- ¿Quién era Anastasio? - preguntó Altea.
-El caballo de mi padrino. Este año cumplía cuarenta años, se mantenía
fuerte como un roble hasta hace poco. Lo acompañó en la batalla de Caseros
cuando era un potro todavía. Lo tenía en su cobertizo como a un rey, todas las
mañanas lo llevaba a pasear, aunque no lo cabalgase porque tenía mal las
rodillas.
Mendoza se quedó en silencio mientras seguían
caminando, pensando en otros tiempos, posiblemente. Desde el almacén principal
del pueblo se acercó una mujer muy atildada, con un vestido fino cubierto por
un delantal, aros color plata y el cabello recogido en un rodete prolijo. En un
brazo cargaba una canasta de mimbre, pequeña, y del otro una cartera de tela.
- ¿Otra vez quejándose el viejo
general Las Heras?
-Buenos días, Lucrecia. Te presento a la
señora de Menéndez Iribarne. Esta es mi querida prima, la señora de Aráoz
Urquiza.
Las mujeres se dieron la mano, mansamente.
Mendoza sabía que a nadie de su familia le caía bien verlo con una mujer que no
fuese su esposa, aunque ninguno tolerara a Natacha.
- ¿Cómo puedes decir eso del viejo tío?
Deberías ayudarlo más, estás en mejor posición que él le dijo el primo.
-Ya se lo ofrecí, pero no quiere recibir ayuda
de los Urquiza. Es un viejo cascarrabias unitario, y se morirá enterrado con
sus principios. No empecemos a discutir por lo mismo. Si querés venir a casa,
te esperamos en cualquier momento. - Se despidió de Altea con un gesto altanero
y se fue caminando hacia donde la esperaban dos negros con bolsas y cajas de
las compras.
-Ya conoces a parte de mi familia…
-Me parece que todo el pueblo es tu familia…
-Es casi verdad, Lucrecia está
emparentada con don Justo a través de su casamiento con un sobrino, o sobrino
segundo ya que es hijo de una prima del general.
-Pero el general Las Heras, ¿qué tiene que ver
con ustedes?
- Es un sarcasmo más de la primita. En realidad,
es uno de los hijos del viejo general Las Heras, y como nunca pudo pasar de su
grado de coronel, el resentimiento por eso se convirtió en una broma cruel
dentro de nuestra familia. No es mi tío biológico, por supuesto, sino que ambos
fueron mis padrinos de bautismo.
Era ya mediodía, y recorrían las calles soleadas,
y casi solitarias, a esta hora, del pueblo de Lavalle. Las casas eran de adobe
algunas, en las afueras, pero a medida que se acercaban al centro, abundaban las
casas y edificios de ladrillo. Una capilla se alzaba frente a la plaza,
descuidada, de pastos altos tapando los bancos de madera, y en el centro un
busto del General Lavalle, cubierto de musgo y con la nariz rota. Alguien,
además, había destruido el hombro derecho, donde estaban sus galones.
Llegaron frente a la puerta de
hierro forjado de una amplia casa de comercio que había en una esquina. La
fachada estaba más cuidada que el resto de los edificios, incluso que la
iglesia. Tenía un arco ojival y dos columnas a ambos lados. La puerta de hierro
le hizo recordar a Altea los clásicos portones de los viejos patios de Cádiz.
Se paró a observar con detenimiento, y leyó la leyenda escrita sobre la puerta:
“Ferretería y ramos generales, de Don Fermín Valente”.
Al entrar, la sombra fresca la alivió, pero también el contraste con la
oscuridad la hizo perder el equilibrio por un instante. Se agarró al brazo de
Mendoza.
- ¿Estás bien?
Altea asintió, otro vahído por
el embarazo, pero pronto desaparecerían. Se sobresaltó al escuchar una voz de
bajo profundo, y una figura rechoncha que se iba acercando con pasos fuertes
sobre el piso de tierra apisonada.
- ¡Mi
querido capitán Mendoza! ¡Qué honor tenerlo de vuelta por estos pagos!
El acento era
inconfundiblemente de Cataluña. Los ojos de Altea se fueron acostumbrando, y
pudo ver el enorme interior del lugar, repleto de estantes y mostradores, con
herramientas de todo tipo en el piso o colgando del techo. Bolsas de arpillera,
docenas de palas y zapas, arados apoyados sobre las paredes, y eso era solo lo que
se podía ver a simple vista. Detrás de los mostradores había muebles con cientos
de estantes y cajones.
Los hombres se abrazaron.
-Don Fermín, le traje a una compatriota para
que compartan recuerdos.
El hombre debía tener poco más de cincuenta
años, obeso, vestido con un traje discordante con lo que delataba el ambiente
de trabajo, pero Altea se dijo que debía tener muchos subalternos, siendo quizá
el hombre más adinerado del pueblo.
Se le acercó y la abrazó con
fuerza.
-No sabe cuánto me alegra
conocerla, querida señora. Puedo oler el aroma de mi España, lo siento en su
cabello. Es el aroma de la tierra.
Altea olió el aliento acre del
cigarro que había estado fumando don Fermín poco antes. Pero sobre todo sintió
el lagrimeo del viejo que comenzaba a mojarle la mejilla. Intentó separarse de
sus brazos, con amabilidad, y para eso Mendoza comenzó a ayudarla.
-Vamos, vamos, don Fermín, no se emocione que
va a maltratar a la señora.
Altea sentía estar mostrando una situación equívoca. A pesar de su
nacimiento, solo había sido una invitada en España, una danesa que había nacido
allí por casualidad. Su matrimonio con un Menéndez Iribarne había sido un
intento, recién ahora lo sabía, por sentirse menos ajena en ese país.
-No sabe la alegría que significa para mí el
encontrarme con alguien que viene de las Españas…
-Pero ya hace más de cinco años que estoy en estas
tierras, señor…
-Por
favor, llámame don Fermín. Pero yo hace treinta años que salí de mi Cataluña, y
nunca he regresado. Eso me ha dejado mig
boig, como ahora, que me porto como un desconsiderado ante una señora.
Ella lo miró curiosa, pero comprendiendo.
-Entrin
a casa.
Lo siguieron por un pasillo largo
entre herramientas y bolsas. De vez en cuando el hombre tosía y su tos
repercutía por el corredor como el de un asmático. Llegaron a una puerta que llevaba
al sector donde vivía con sus hijos.
-Antonio está recorriendo las estancias
recogiendo los pedidos. Lorenzo es un
desordenat. Se ocupa de las cuentas, pero me deja todos los papeles
tirados.
Se puso a levantar las carpetas con los pedidos, facturas, pagarés,
cartas, que estaban sobre la mesa de la cocina. Lorenzo apareció abrochándose
los botones del pantalón, y cuando vio a Altea, se quedó boquiabierto. El padre
le dio una palmada en la cabeza y lo hizo huir de la cocina.
-¡Mal educat!- le gritaba.- Disculpe la señora, esta es una casa de
hombres con costumbres de hombres solos. Des
que la meva dona va morir.
-No se preocupe, don Fermín, he pasado cinco
años en un pueblo toba, tratando de enseñar a niños indígenas.
-Apuesto a que los seducía…
Altea y el capitán se rieron.
-Nada de eso, me di por vencida.
-No puedo ofrecerles nada para
almorzar, pero mi sirvienta, la vieja Dorotea, nos va a preparar una gran cena
para esta noche. ¿Es queden, no es cert?
Altea dudaba que las frases en
catalán que se le escapaban fueran las correctas. Treinta años hacían olvidar
muchas cosas.
-Sólo esta noche, don Fermín, para hablar de negocios- contestó Mendoza.
- ¡Dorotea! - gritó el hombre. A rato llegó una mujer muy bajita, de
pelo canoso atado sobre la cabeza como si quisiera ser más alta de ese modo,
pero la curvatura de la espalda no la ayudaba. Saludó cortésmente, sin hablar.
-Prepare algo sabroso para los cinco esta
noche. El pescado grande que trajo Lorenzo ayer.
Lorenzo apareció de pronto, tal
vez estaba escuchando escondido detrás del marco de la puerta. Era un
adolescente todavía, y miraba fascinado al capitán y a Altea.
-Sí, fill, comeremos de tu pitanza. Eres mejor pescador que oficinista.
Por tu bien, espero que cambies.
Pasaron toda la tarde en el patio trasero de la casa. Un muro alto con
enredaderas y árboles espinosos los separaba de la calle. Don Fermín era un
hombre desconfiado y celoso de lo que había logrado por sus medios. El jardín
estaba muy cuidado, y él reconoció que era su afición dedicarse a cultivarlo y
mejorarlo cada vez que podía.
-Mi mujer murió aquí mismo, sembrando “crestas de gallo”. - Se levantó
trabajosamente del sillón amplio y bajo en el que estuvo sentado casi toda la
tarde, hasta que empezó a bajar el sol. Tomó de la mano a Altea, no como a una
hija, sino como a una amante a la que se conduce para mostrarle algo muy
querido. La llevó hasta un rincón del jardín donde había un gran arbusto de
flores grandes y rojas.
-Estas son las Crestas de gallo.
- Se inclinó para cortar una y dársela, pero Altea cuenta intentó detenerlo.
-No, por favor, no cometa ese
sacrilegio, don Fermín. - Pero el hombre continuó su cometido, y cortó la flor,
y se la entregó.
-Només ho faig amb les dones triades.
Altea se avergonzó por no
entender. Mendoza se le acercó al oído, y le tradujo la frase.
Fue la primera vez en muchos
años, en que se sintió completamente en paz con el pequeño mundo que la
rodeaba.
*
Lorenzo Valente tenía un perro. Lo
llamaba Duque. Durante la tarde el chico no apareció en el jardín, mientras los
adultos conversaban sentados en las sillas de metal forjado que don Fermín
había hecho hacer a un herrero de Goya cuando se casó con su mujer. Ella misma
había tejido la tela que forraba los almohadones de plumas. La vieja Dorotea
les había traído una bandeja con la pava y el mate, y una fuente con bizcochos
recién horneados. Fermín cedió la tarea de cebar a Mendoza. Altea tomaba mate
por obligación social, pero no le agradaba demasiado.
-Usted es de sangre española,
como yo. No nos acostumbramos del todo a estos aires criollos.
Altea sonrió, sin contradecirlo.
Para qué desahuciar esa imagen que él se había formado de ella, si lo consolaba
un poco de esa terrible nostalgia que sentía por su tierra. Sin embargo, había
algo que no la dejaba tranquila: algo extraño, como si estuviera en medio de un
escenario de teatro, y no se diera cuenta. Por eso, dijo:
-Don Fermín, mi madre era española, pero mi padre danés. Él era
agrónomo, y de viaje en España conoció a mi madre. Se mudaron a Copenhague.
Cuando ella estaba embarazada, mi padre murió en alta mar. Ella quedó desolada,
así que regresó con su familia de Cádiz, y allí nací. Pero todo en mi casa fue
un culto a la memoria de mi padre, era un científico excepcional, y un
aventurero, por supuesto, por eso lo perdí tan pronto…
Mendoza apoyó una mano sobre espalda de Altea.
Don Fermín, desilusionado, no volvió a pedir recuerdos de España, y la miraba ahora
como a una mujer que no era una mujer, porque su mente parecía comenzar a funcionar
al revés, contradictoria y a la defensiva.
Entonces oyeron que se abría la puerta
posterior del jardín, que daba directamente a la vereda y a la calle, escondida
entre los arbustos, y Lorenzo entraba con el perro, que llegó corriendo y se
abalanzó contra Max, que estaba sentado en sus cuartos traseros junto a la
silla de Altea, esperando recibir algún bizcocho. Max había sido sorprendido,
pero reaccionó a tiempo, y apenas se vio de espaldas en el suelo, saltó y se
apartó del otro, gruñendo amenazante. El pelo del lomo de ambos estaba erizado,
las colas tiesas, los colmillos afuera, las caras fruncidas. Los gruñidos y los
ladridos se sucedían, pero no se atacaban. Lorenzo no se movió, simplemente
observaba. Mendoza fue hasta detrás de Max para agarrarlo de la correa y
separarlo.
- ¡Lorenzo, agarrá a Duque! -gritó, porque
temía que el perro los atacara a los dos. Tenía el sable apoyado junto a su
silla, y si era necesario lo utilizaría.
El chico no reaccionó. Altea no comprendía qué
le pasaba, parecía estúpido, o con algún retardo mental, algo en sus ojos
pétreos a veces, brillantes como agua en otras, le sugería eso. Pero sus rasgos
eran normales y hasta inteligentes. El cabello castaño claro y rizado, la
frente amplia, la tez clara, el cuerpo alto y proporcionado. Estaba con las
manos en los bolsillos de unos bombachos para montar. Debió haber estado
cabalgando poco antes, mientras su perro lo acompañaba trotando junto al caballo.
- ¿No escuchaste a don Máximo?-
le dijo el padre, empujándolo, y entonces Duque se dio vuelta y enfrentó a don
Fermín. Solamente en ese momento Lorenzo habló:
- ¡Quieto Duque!
El perro se calmó, y se sentó a
los pies de Lorenzo.
-La puta mare con aquest gos-murmuró don Fermín. - Entra a la casa y
quédate en la habitación hasta la cena. Tienes trabajo que terminar. - Lorenzo
lo miró sin contestar, pero en la mirada era extremadamente claro el desprecio
que sentía por su padre. Altea no se animó a pensar en la palabra odio, pero el
desprecio que había leído en esos ojos era quizá peor. Se fue con el perro, que
no miró ni amenazó a nadie más desde que iba junto a las piernas de su dueño.
Volvieron a sentarse, pero ya había
oscurecido, el mate estaba frío y la vieja no volvió para cambiar el agua.
-A la diez cenamos. Si me
disculpan, tengo algunos encargos que terminar en el negocio. –Se levantó con
esfuerzo y entró a la casa.
Altea y Mendoza se quedaron en el
jardín. Max se lamía las heridas que le habían quedado del breve encontronazo.
Mendoza le acariciaba, pero acostumbrado a la rutina de esa casa, había apoyado
las piernas en la silla desocupada, cerrado los ojos, y con la cara al cielo
violeta que se oscurecía lentamente detrás de los árboles que separaban la casa
de la calle.
Altea no sabía qué hacer. Pensó
en ir a la cocina y ayudar a la vieja, aunque fuese para conversar con alguien.
Pero no tenía deseos de hacer lo que creía se esperaba de ella, aunque allí no
había nadie para exigírselo. No iría a la cocina, donde iban las mujeres que no
sabían que otra cosa hacer, mirando la comida a medio hacer o los restos de
platos sucios, y donde cada objeto emanaba un olor a suciedad e inmediata
podredumbre. Los objetos de una cocina, de pronto le parecieron un cementerio.
Y entonces se levantó de la silla, y llamó a Max, el perro la miró un instante
e intentó levantarse, pero una de las patas traseras flojeó, y la mano de
Mendoza, sobre el lomo, lo retuvo acostado. El capitán estaba dormido, Max se
quedaría con él.
Ella
entonces caminó hacia la puerta trasera, abriéndose paso entre las ramas de los
arbustos. Las enredaderas cubrían casi toda la puerta, y ésta se abría como una
puerta vegetal, pero pesada. La calle estaba transitada. Pasaban mujeres con
niños de la mano, y bolsas de compras. Algunas la miraban con desconfianza,
otras le sonreían y la saludaban. Varias carretas pasaron en sentido contrario
al pueblo, con hombres y niños que seguramente iban a pescar al muelle. Los perros iban y venían, solos o acompañando
a la gente. El sol ya había caído, y las luces del pueblo eran como
luciérnagas, parpadeantes y débiles. Se quedó apoyada en la pared, observando
la oscuridad que iba asentándose sobre las calles. La gente, lentamente, fue
menguando su presencia, y sólo quedaron, claras e intensas, las luces de la
fachada de la ferretería. Un aroma a
pasto húmedo y viento fresco inundó la vereda junto al jardín. Dispuesta a
entrar y lavarse antes de cenar, se dio vuelta y se encontró frente a Lorenzo.
Estaba vestido con un traje que debió haber sido de su padre cuando era joven y
delgado, y luego de su hermano mayor, porque estaba deslucido y con un corte
viejo para la época. Era una levita gris, con pantalones del mismo color, una
camisa blanca y un corbatín de color indefinible. Llevaba el pelo aplastado y
la cara afeitada. Olía a agua de colonia rancia. Dios mío, pensó, Altea, este
chico tiene sin duda algún problema mental que lo hacía insociable y
desubicado; pero se apresuró a rectificarse, personas como ella misma eran
diferentes al resto, y no por eso estaban locos.
-Estás muy buen mozo...-dijo, para conciliarse
por lo que había pasado un rato antes.
El chico no debía tener más de veinte años
todavía, tosió para aclararse la voz.
-Mi tata me pide que le pida disculpas, por lo
que hizo este…-y señaló al perro, que estaba sentado junto a su pierna derecha,
mirándolos alternativamente.
-Así que lo hacés porque tu padre te lo mandó
y no por lo que vos hiciste…
El otro frunció las cejas.
-No detuviste al perro, dejando
que casi matara al mío…
-Cada uno se defiende como
puede…
-Eso ya lo vi, querido…sos muy
chico todavía para tener esas ideas tan frías de la vida. Pero dejemos eso de
lado…-. Ella le tomó la mano izquierda, y escuchó el gruñido de Duque. Lorenzo
chistó y el perro hizo silencio.
-Entremos, Lorenzo. Tengo que lavarme
antes de ir al comedor.
Atravesaron el jardín, y Mendoza
ya no estaba. Se escuchaban voces desde la sala donde irían a cenar. Lorenzo
entró en la sala llena de luces y de voces, pero ella fue a la cocina y vio a
Dorotea en su parsimonioso trabajo.
-Disculpe que la moleste, pero quisiera
lavarme un poco…
La vieja señaló hacia un pasillo, sin más
indicaciones. Altea entró en la penumbra. Era el mismo que llevaba hacia el
negocio, pero logró encontrar una puerta de donde salía olor a amoníaco. El
baño era grande, con un enorme espejo de pared, sanitarios de loza que parecían
importados de Europa, azules y pintados a mano, y cortinas con bordados en la
bañera, pero había manchas de orina en el suelo y todo estaba sucio y
descuidado. El agua la refrescó, y al levantar la cabeza tuvo que sujetarse del
lavabo. Otro mareo.
Regresó
por el pasillo y se enfrentó a la sala iluminada. Al verla entrar, todos
hicieron silencio, y don Fermín se acercó para conducirla de la mano hacia la
silla que le había asignado. A su lado estaba Mendoza, con Max acostado bajo la
silla, frente al hermano mayor, Antonio, con su novia, y Lorenzo. No vio a
Duque, pero adivinó que estaba bajo la silla, porque oyó lo esporádicos
gruñidos que ambos perros se dirigían por debajo de la mesa.
Don Fermín se rio de la
situación.
-Acá nos faltan los caballos y
las vacas, solamente, para sentarlos a cenar.
Todos festejaron la ocurrencia, y Antonio
presentó a su novia a Altea. Era una chica de veinte años, tímida y vestida de
blanco, con un cabello claro como el suyo, pero recogido rígidamente sobre la
cabeza. El cuello del vestido era alto y la tela muy gruesa. Altea se preguntó
si no tendría calor, porque la veía sudar, pero ella se secaba la frente con
poco disimulo, o a veces lo hacía su novio, que bromeaba por esa causa. La
chica, sin duda, sufría, pero no se animaba a decírselo a Antonio. Entonces éste
dijo:
-Capitán, ¿de dónde sacó a esta
belleza escandinava?
Mendoza estaba acostumbrado al carácter de esa
familia, se adaptaba a ellos cuando estaban solos, pero sabía que la mente de
Altea funcionaba distinta. Don Fermín refunfuñó, los hijos le daban malasangre,
pero Antonio ya era mayor y era el heredero del negocio. Altea se dio cuenta
que ambos manejaban a su padre. A causa del carácter expansivo y bonachón del
viejo, había aprendido a ceder, aunque se empeñase en aparentar lo contrario. Porque
perder a los hijos para su negocio, era perder el futuro seguro en su vejez.
Ella notó la sonrisa escondida de Lorenzo
cuando el hermano hizo esa pregunta. Mendoza lo ignoró, y sin embargo preguntó
a su vez:
- ¿Cómo estuvo el trabajo hoy?
-Lo normal, capitán. Pero su
padrino, Las Heras, me da muchos disgustos. Me debe seis meses de las cosas que
usó para las reparaciones de la estancia. Sólo hemos tenido consideración hacia
él por usted, claro está…
Mendoza se puso serio.
-No me había dicho nada…
-Por supuesto que no, le da
vergüenza…
- ¿Y por qué, Don Fermín, no me avisó usted de eso?
Sabe que yo podría cancelar esa deuda.
El viejo tenía la cara de la
duda. Miró a Lorenzo, que llevaba las cuentas, y luego a Antonio, que era el
cobrador.
-No se lo dijimos a mi padre para no darle
disgustos, sé cuánto aprecia a toda su familia-contestó Antonio en su lugar.
- ¿Y por qué me lo decís ahora,
delante de él? -preguntó Mendoza.
Los bigotes y la barba de Antonio
se mojaron de humedad. Se pasó la mano por el pelo y el mismo pañuelo con que
enjugaba el sudor de su novia secó su propia frente.
-Porque ya se ha convertido en una deuda muy considerable…
-Y porque estando yo podrían
cobrar, ¿no es cierto? -lo interrumpió el capitán. Ignorando al chico, se
dirigió al viejo-. Quisiera ver las facturas esta noche, si es posible, don Fermín.
-Sabía que el viejo sufría, y esperaba que no estuviesen los hijos esa noche
mientras revisaban los papeles. El viejo ya no tenía el valor de negarles nada.
Sin embargo, Mendoza los conocía lo suficiente para no confiar en ellos.
-Per
descomptat, per descomptat…- dijo don Fermín.
Dorotea entró con el pescado. Todos aplaudieron
y lo felicitaron. Los perros parecieron olvidar su enfrentamiento y alzaron los
hocicos. Los hombres también abandonaron su riña por todo el transcurso de la
cena. Bebieron del vino de Cataluña que Fermín guardaba en su bodega para
ocasiones especiales, y todos alabaron el sabor de esa cosecha de 1877. El
capitán había colaborado con una botella que, traída de la bodega del barco, un
cabernet de Burdeos.
- ¿Y
cuándo recuperará lo invertido en ese viejo armatoste, capitán? - preguntó
Antonio. De vuelta en la contienda, los hombres esta vez se rieron, porque ya
el vino había pasado por sus manos para aliviar la tensión.
-Cuando sea, no me importa, no te preocupes…
-Si
no me preocupo, capitán, eso es lo de menos para mí…-y pidió un brindis por el
éxito de los viajes del “Juan Manuel”. -Si regresara el verdadero, de allá en
donde lo tienen encerrado, otra cosa sería este país…-La novia de Antonio dejó
caer un tenedor sobre el plato, y miró a todos, disculpándose. Él la miró con
desaprobación.
-Es
que el abuelo de María Elena fue un unitario, ella es una Varela. No sé cuál de
tantos hermanos fue denunciado al Legislador…
-Lo
mataron- dijo ella. Su voz se escuchó clara por primera vez en toda la noche.
El novio la ignoró desde ese momento.
Don Fermín no se metía nunca en política,
ése había sido una de las causas de su prosperidad. No decía no a nadie, y
luego hacía lo que a él le convenía. Pero sus hijos eran propensos a decir lo
que pensaban, y temía mucho por esa causa.
-Nada de política en esta mesa, ya saben que
lo tengo prohibido.
-No
terminemos mal la noche, muchachos-dijo Mendoza, e hizo otro brindis por el
gobierno del doctor Pellegrini.
Como se vio solo alzando la copa, se rio a
carcajadas. Altea quiso ayudarlo, y se sumó al brindis, entonces los demás
comenzaron a reírse también, pero sin brindar, y los perros empezaron a dar
vueltas alrededor de la mesa, excitados por la algarabía de sus dueños,
lamiendo la mano de cada alguno de vez en cuando, esperando comida.
Eran más de las doce de la noche cuando
terminaron el café que Dorotea fue sirviendo de la gran cafetera que sujetaba
con un repasador. Había servido más de tres tazas a cada uno, en la vajilla que
les habían regalado a Fermín y su esposa el día que se casaron. El viejo se
quedó un largo rato observando la pequeña taza de porcelana austríaca,
teniéndola del asa delicadamente con dos de sus gordos dedos. Los hijos lo
miraban con resentimiento, y Altea se preguntó qué odiaban más: al padre o al
recuerdo de la madre.
Las mujeres no se habían hablado en toda
la cena, y Altea, a pesar de su parquedad natural, sintió que necesitaba
solidarizarse con esa chica que esperaba, de un momento a otro y cuando
estuviesen solos, la reprimenda de su novio. Intentó acercarse, pero ella no
dejaba de echar miradas a Antonio, que sin embargo la ignoraba.
-No
se haga mala sangre, querida-dijo Altea, agarrándola de un codo. La chica estaba
sudando, y se preguntó cuándo iría a desmayarse. Pero María Elena soportó hasta
la hora en que Antonio debía llevarla hasta su casa. Ambos salieron, y Mendoza
aprovecharía su ausencia. Sabía que Antonio temía eso, y dejaría a la novia con
rapidez para volver.
Mendoza
estaba dispuesto a quedarse despierto para hablar de negocios con don Fermín.
-Lorenzo,
andá a acostarte, mañana tenés que llevarnos a Santa Lucía-le dijo.
El
chico miró a su padre pidiendo quedarse, pero encontró otra negativa. Debía
sentir que había bebido lo mismo que los otros, y por eso era parte de la
familia y del negocio. Era lo que decía su cara, pero también decía que estaba
desvalido sin la inteligencia de su hermano. Su habilidad para los números era
un fenómeno de circo que Antonio explotaba. Se levantó a regañadientes y se fue
golpeando la puerta. Duque lo había seguido.
-Los
dejo solos…-dijo Altea.
-Dorotea le dirá la habitación, ahí siempre
duerme el capitán-dijo don Fermín.
-Dormiré en un catre del negocio, no se
preocupe por mí…- la voz de Máximo Mendoza era más cómplice que la de un amante
formal, y eso la hizo sentirse bien.
Se cruzó con la vieja que regresaba de la
cocina para levantar la mesa. Sin decirle nada, la llevó hasta la habitación
donde dormían los invitados. Era un cuarto amplio con muebles viejos y
amontonados. Los techos altos eran frescos, la cama tenía un colchón cómodo y había
una jofaina con agua fría. Un espejo de luna en la puerta de un armario reflejó
su figura. Tenía el rostro cansado y ojeroso, se sintió vieja y sin futuro. Lo
que poco antes había creído sentir por Mendoza, se había eclipsado ante el
aspecto de esa habitación de invitados en un pueblo de provincia. Con los
indios se había sentido útil, y no había buscado en ellos identificación ni
consuelo alguno, sino una especie de energía que la habilitaba para seguir
viviendo cada mañana. Pero frente a este espejo antiguo, alumbrada
penumbrosamente por las velas, a la una de la mañana, sabiéndose embarazada y
aborreciendo a su hijo, mirando su cuerpo desgastado, sintió el deseo de acabar
con toda esa misma noche. ¿Qué hacía en un país desolado por los caudillos y la
mala política? ¿Qué hacia ella casada con un hombre que nunca había alcanzado a
amar, ahora ya estaba segura de eso, y con el hijo de una violación? Pensó en
su madre, viuda y encinta, con su delicada hermosura, su tez clara y el cabello
casi blanco, en la costa de Dinamarca, mirando el mar que se había llevado al
único hombre que amaba. Altea había amado a su padre a través de ella, de su
figura desde el retrato colgado en la pared, de sus libros en los estantes de
la biblioteca, de los manuscritos científicos conservados en los cajones del
escritorio, los recuerdos y las anécdotas de quienes visitaban a la viuda y su
hija. El casamiento con Manuel, la llegada a América, eran un claro símbolo de
que había intentado, sin método alguno, alcanzar una imitación, porque sabía
desde el principio que cualquier cualidad original estaba fuera de su
capacidad. Por lo menos eso fue lo que pensaba, y lo único que podría
reprocharle a su madre. ¿Pero cómo acusarla de algo que estaba en su
personalidad más como un mérito que como una culpa: la fidelidad a la memoria
de un hombre irreprochable? Su padre había muerto antes de tiempo, pero también
a tiempo, quizá, para librarse de toda oportunidad de ensuciar esa memoria que
le rendirían.
Volvió a mirarse al espejo, y de pronto
vio, en el borde izquierdo y superior de la luna ovalada, una cara que la
observaba, asomada a la puerta de la habitación, a casi cinco metros, porque la
habitación era amplia, y separados solamente por un espacio vacío donde había
una alfombra de tejido indígena sobre el piso de madera. Miró la alfombra a
través del espejo, era como un pedazo de selva entre el chico menor de don
Fermín, Lorenzo, y ella. Atravesar esos cinco metros era como penetrar en un
cenagoso terreno donde podría hasta escuchar el canto histérico de los pájaros
tropicales, y el olor a humedad y podredumbre. Ella no se daría vuelta, no
haría signo alguno de que lo había visto. El perro seguramente estaba al lado
del chico, aunque ella no lo viera podía olerlo, y hasta escuchar su
respiración jadeante. ¿Pero era el animal o Lorenzo el que jadeaba?
Giró
un poco la cabeza, simulando que se arreglaba el cabello, y pudo darse cuenta de
que Lorenzo se había asomado un poco más, apoyando una mano en el marco. Tenía
medio cuerpo dentro de la habitación, el torso desnudo, y la otra mano dentro
del pantalón, o quizá un calzoncillo largo, no podía asegurarlo, pero era lo
más probable.
Altea
no iba a gritar ni pedir ayuda, eso ya lo había decidido.
Se
desabrochó el vestido lentamente, sin dejar de mirarse en el espejo, vigilando
sus movimientos. Se descubrió los hombros y fue bajando el vestido hasta la
cintura, luego la falda, levantando una pierna y luego otra, y lo arrojó al
piso. Notó un movimiento brusco en la imagen del espejo, escuchó la respiración
más agitada y notó el movimiento de la mano oculta.
La luz de las velas si iba agotando, y a ella
la estimulaba el hecho de verlo inquieto, atisbando en la oscuridad naciente el
cuerpo que cada vez deseaba más y que quizá vería muy claramente dentro de
pocos minutos.
Altea estaba cubierta solo con las enaguas
blancas, estrechas a la altura del pecho, más anchas por debajo de la cintura.
La cubrían hasta por debajo de las rodillas, y entonces ella se inclinó un poco
para sacarse las medias. Las fue deslizando lentamente, echando un vistazo al
espejo de vez en cuando, atenta a cualquier sonido o paso de Lorenzo. El chico
transpiraba, podía olerse el sudor que debía caer sobre la barba rala. Volvió a
erguirse, contemplándose en el espejo, pasando sus manos por el corpiño,
insinuando que muy pronto iría a quitárselo. Esperó, era como el conteo lento
antes de un estallido, esperando siempre, postergando el instante preciso antes
de la explosión, arriesgándose, tal vez inútilmente. Quizá perdería otra vez,
pero sería ahora por su propia decisión, y con el placer de haber sometido a
aquella tortura al chico. Al hombre, en realidad. Ella era una estampa de hielo
veteado de azul y amarillo, por gracia de la luz de las velas. Era un témpano
de sentimientos encontrados que se habían encerrado en un volcán muerto. Era de
piedra, era una estatua, pero podía hacer que un hombre desatara su violencia
hasta el último extremo de vida.
Y
encontró la gran idea: caminó hacia la mesa junto a la cama, donde estaba la
flor que don Fermín le había regalado, esa flor que llamaban Cresta de gallo.
Grande y roja, la llevó con sus manos hacia el sitio de su entrepierna, y
volvió al espejo. Se miró a sí misma, quieta, segura, dominante y hermosa.
Oyó los pasos rápidos de Lorenzo, primero
sobre la madera, luego sobre la alfombra. Como un indígena semidesnudo
corriendo por la selva hacia su presa, acompañado por su perro de caza. Lo
sintió correr esos pocos metros igual que vio hacerlo a los indios mientras
enseñaba en Toba, rápidos, sigilosos. Sabía que en pocos segundos sería
atacada. Vio acercarse el cuerpo de Lorenzo, alto, el pelo oscuro en el pecho
blanco como la leche.
Entonces
ella dio un golpe fuerte con el puño sobre el espejo y cerró los ojos. El cristal
estalló en añicos y se derrumbó sobre el piso, y el estruendo fue suficiente
para que pronto se escuchasen los pasos de dos hombres por el pasillo. Lorenzo
ya estaba sobre ella y la había agarrado de la espalda, mientras Altea se
cubría el pecho y se encogía como un pájaro desprotegido. Su cabello estaba
ensortijado y revuelto, igual que plumas de un ave herida. Sintió forcejeos a
su alrededor, gritos e insultos de los hombres. Se sintió zarandeada de un lugar
a otro de la habitación. No quiso abrir los ojos, pero veía claramente con los
oídos lo que estaba pasando. Los brazos de Mendoza intentaban arrancar las
manos de Lorenzo de la piel de Altea, y los dedos de ambos peleaban y se
entrelazaban. Ella cayó al piso.
- ¡No capitán! ¡Déjemelo a mí! -oyó gritar al
viejo.
Mendoza
ayudó a Altea a levantarse.
- ¿Estás
bien?
Ella
asintió, pero se restregó los hombros, tenía la piel amoratada e hinchada. Mendoza
la acariciaba con cariño, con una expresión de susto y rabia en la mirada. Miró
alrededor. Don Fermín había agarrado a su hijo del cabello y lo sacudía con
furia.
-
¡Tenías que salir así, hijo de una puta! -dijo en catalán, pero lo repitió
varias veces en español, porque parecía guardar su idioma natal para los
momentos felices. Para la bronca y los exabruptos, el español era el adecuado.
Lo
abofeteó con una mano sin soltarle el cabello con la otra. El chico no se
rebelaba, parecía haber perdido la fuerza y la altura frente al padre bajo,
gordo y fornido. Pero por un momento logró decir:
-
¡Vos sos un viejo puto!
Don
Fermín siguió tirándole del pelo, por un instante pareció que lo haría sangrar.
Lo sacó de la habitación, casi arrastrándolo, y los escucharon gritar por el
pasillo. Luego hubo el golpe de una puerta al cerrarse. Y nada más.
Altea
y Mendoza se quedaron sentados en la cama. Él intentaba consolarla, decirle
algo que ella no quería escuchar. Max apareció lastimado, con parte del pelo
del lomo arrancado. Se sentó a los pies de ambos, pero le costaba moverse.
-A vos
también de te dieron lo tuyo, pobre Max- dijo Mendoza, acariciándole la cabeza.-
Parece que tuvo su pelea con Duque para defenderte. Los vimos en el pasillo
antes de entrar.
Altea se había acurrucado entre los
brazos de él, sin llorar, sólo temblaba un poco. Seguía con las enaguas y el
vestido apenas le cubría los pechos. Los sentía estremecerse contra el cuerpo
del capitán. Él casi la estaba acunando, sosteniéndola, abarcando sus hombros
lastimados con un brazo, mientras con el otro acariciaba al perro. Entonces se
dejaron caer de espaldas en la cama. Ambos miraban el cielo raso, por donde
caminaban algunas arañas, y se rieron. No se sabían de qué, pero se reían sin
poder contenerse. Y Mendoza, como único medio para detener esa risa, decidió
besarla. Altea sintió que su cuerpo se convulsionaba, y él se levantó y se
apoyó en ella, sin lastimarla, apenas poniendo su peso como una protección. Y
besó los labios y la cara, luego el cuello desnudo que olía a jazmines del
jardín del viejo Fermín. Besó los pechos a través de las enaguas, pero pronto
se las quitó, sabiendo que ella quería lo mismo que él, encontrar el cuerpo
desnudo de uno y otro, sin permisos ni obstáculos. Cuando ambos se vieron a
través de la piel y el sudor de esa noche calurosa, en penumbras, porque las
velas ya se habían extinguido, oyeron los gritos de los hijos y del padre,
mientras ellos dos se buscaban en el cuerpo de cada uno, delirando con imágenes
que no provenían de ninguno de sus sentidos. Un éxtasis que se asemejaba a un
barco en un río turbulento, sometido al rigor del viento y la tormenta, al
capricho de Dios y de las obsesiones que azotan las mentes de los hombres.
Cuando
él salió de ella, la noche estaba comenzando a terminar. Altea sintió, de
pronto y con un escalofrío, que alguien podía estar muriendo como moría la
noche, lejos de ellos como lo estaba el barco que se balanceaba, moribundo
igual a un pobre enfermo por el río Estigia. Quizá, en el mismo barco, aguardando
el llamado de Aqueronte, o incluso tal vez llamándolo. Pero ellos estaban de este lado del mundo, con
las almas que reconocían la diferencia entre el día y la noche, porque habían
sobrevivido una vez más al extravío de la oscuridad. Sus manos se habían
tocado, cuerpo con cuerpo, poseedores del alma.
Sabían, ya, que el alma es un órgano del cuerpo, un sitio que se traslada
de espacio en espacio a través de las venas. Y cuando el cuerpo moría, el alma
se atrofiaba como una semilla seca. Eso era Dios cuando el hombre moría.
Altea y Máximo se quedaron dormidos cuando
amaneció. El perro se había subido a la cama, con esfuerzo, y se quedó también
dormido entre los cuerpos desnudos. Apoyó por un momento el hocico sobre el
muslo de Altea, luego sobre el vientre de Mendoza. Parecía estar decidido a
elegir, pero esta vez no se llevó el alma de ninguno.
*
Cuando ella
despertó, vio a Máximo sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared,
y en las rodillas dobladas tenía una carpeta de balances. Con un lápiz corto,
revisaba las columnas de números concienzudamente. Seguí desnudo, y ese cuerpo
le extasiaba la vista. Le arregló el pelo y la barba, y apoyó la cabeza en el
hombro. Él le sonrió y la besó, pero hizo un sutil gesto de fastidio. Altea se
separó y se tapó con la sábana. Miró por la ventana, no habían cerrado los
postigos en la noche, y ahora la luz de la mañana entraba intensa y plena,
reflejándose en los cristales rotos, iluminando el armario abierto donde había
estado el espejo. La flor estaba muerta sobre el piso.
- ¿Son las cuentas de tu padrino? -preguntó.
Mendoza asintió, sin mirarla.
-
¿Has encontrado alguna irregularidad?
Él
suspiró y cerró el folio.
-Ninguna, pero Lorenzo, a pesar de su aparente
estupidez, es muy hábil para estas cuentas, y yo casi un ignorante. Y Antonio
lo maneja como quiere, es la inteligencia estratégica. No sé qué esperaba
encontrar, si la trampa fuera tan evidente don Fermín se habría dado cuenta, o
cualquier otro.
- ¿Cuál es el problema con esos chicos? -Altea
sabía que esa conversación era una excusa, porque ambos tenían la mente puesta
en otra cosa subyacente: ella en que desearía quedarse en esa cama para
siempre, con ese hombre, y él en esas cuentas inconclusas.
-Su
madre es el problema.
-
¿Cómo murió?
-No
murió, vive en Santa Lucía. Don Fermín la echó de la casa. Creo que los chicos
siguen viéndola de vez en cuando, por lo menos Antonio.
- ¿Y por qué la echó?
-Por bruja.
Altea se rio.
-Es
verdad, no que sea bruja, me refiero a que la echó por ese motivo. Pero en el
pueblo siempre se dijo que tenía facultades especiales, y después de casarse
durante casi diez años esta casa era un infierno de discusiones y peleas. Lo
único cierto sobre ella es que se dedicaba a los abortos del pueblo y de los
alrededores.
Altea
se inclinó en la cama, para mirarlo a los ojos.
- ¿A
ella vas a llevarme?
-No
sé si sigue trabajando, hay otra, me dijeron…
- ¿Por
eso vinimos a lo de don Fermín?
Ella
no entendía los motivos reales de la estrategia, si es que se había tratado de
eso, de Máximo. Lo intuía, pero la duda la irritaba.
-Los
hombres- dijo él al verla cerrarse otra vez en la nebulosa fría que pronto se
convertiría en hielo- cuando se trata de ustedes, las mujeres, sentimos una
tremenda culpa, que nos hace equivocarnos. Hacemos cosas innecesarias,
presentamos argumentos complicados, y finalmente damos largas e inútiles
excusas. Pero la mirada reprobatoria de las mujeres es un estigma para algunos
de nosotros.
La
mirada de Altea no cambió, podían estar teniendo pensamientos benévolos o el
más recalcitrante rencor. Él se levantó para vestirse, silenciosamente.
-Quisiera asearme antes de salir-dijo ella.
-Le diré a la vieja que te prepare un baño.
Él salió
y saludó a alguien en el pasillo. Ya todos sabían que habían dormido juntos.
¿Qué cara pondría frente a esos chicos, sobre todo ante Lorenzo? Sintió
vergüenza y mucha ira. Quería irse lo más pronto posible de esa casa llena de
hombres que se entendían con códigos de odio, pero en una perfecta paz. Porque
los golpes entre ellos no eran más que expresiones momentáneas, y en cambio sus
relaciones con las mujeres sufrían del irrevocable rencor.
Dorotea
llegó. Ella la siguió hasta el cuarto de baño, donde la gran bañera estaba llena
de agua tibia. La vieja dio vueltas, preparando las toallas, el jabón y los perfumes
que parecían no habían sido sacados de un armario en mucho tiempo.
-No es necesario todo esto, Dorotea.
La
vieja, siempre muda, se encogió de hombros y salió, cerrando la puerta. Altea
cerró con llave. La puerta era de madera, con vidrios esmerilados en la mitad
superior. Colgó una toalla contra los curiosos, y se desvistió. El agua estaba
tibia y le hizo bien. Cerró los ojos, y vio el agua manchada. Los abrió, y el
agua de la bañera estaba limpia. Temió por sí misma, si sangraba estando
embarazada, era porque las cosas no iban bien. Pensó en sus primeros sangrados
de adolescente, en el miedo atroz que le provocaban, hasta que su madre le
explicó la verdad. Pero el agua de la bañera estaba clara y llena de espuma de
jabón. ¿Agua y sangre? Desechó el pensamiento y comenzó a secarse y vestirse.
Regresó a la habitación para preparar sus cosas. Iría a desayunar, tenía
hambre.
En
el comedor estaban sentados don Fermín, Máximo y Antonio. Lorenzo no apareció
en toda la mañana. El viejo se levantó con desmedido esmero y atención hacia
ella. Ya no mezclaba ninguna expresión en catalán, eran curiosas esas
acomodaticias personalidades del viejo: el caballero español, el poderoso
comerciante, el viejo enclenque dominado por sus hijos, el padre tirano.
-Mi querida señora, por favor, tome asiento a
mi derecha. -La besó en la mano y la acompañó al asiento. Mendoza, que estaba
allí, se levantó y ocupó la silla de al lado. Antonio la saludó con sorna, sin
decir nada.
-No es necesario que se mencione lo de anoche,
don Fermín- dijo ella, logrando el efecto que esperaba. Vio que el padre y el
hijo se miraban, oliendo algo en el aire, y se dio cuenta que era el perfume
que ella llevaba. Debía ser el mismo que muchos años antes usaba la madre de
los chicos.
El viejo se aclaró la garganta, volvió a
sentarse colocando la servilleta sobre la falda y continuó desayunando. Nadie
dijo nada sino cuando ya habían terminado. La taza de té de Altea estaba vacía,
el mate de Máximo estaba frío y la pava casi vacía, las tazas de café que
Fermín y Antonio habían consumido varias veces estaban sucias y con restos de
las galletas que Dorotea preparaba desde muy temprano.
-Debemos
irnos, don Fermín. Pero antes debemos arreglar unas formalidades-dijo Mendoza.
Se levantó y fue a buscar la bolsa de viaje. Sacó un atado de cuero y se lo
entregó a Antonio por encima de la mesa.
-Por favor, capitán…no ensuciemos la mesa
familiar con los negocios-dijo el viejo.
-Con
esto saldo la deuda de mi padrino. Considero que la deuda es con su hijo, así
separamos lo blanco de lo negro.
Antonio largó una carcajada fuerte.
-Usted debe tener ancestros teatrales,
capitán. Debe ser el gran abolengo de su familia, que le brota por la piel sin
poder evitarlo. -Y se puso a aplaudir. Mendoza se inclinó sobre la mesa y
comenzó a estirar los brazos hacia el chico, pero el viejo se interpuso.
- ¡Por favor, señores!
Antonio
se levantó y recogió el dinero.
-Le
daré el recibo al coronel en cuanto lo vea.
Don Fermín se adelantó al capitán:
-No es
preocupi, li prometto encarregar d’això.
Altea pensó en ese oportuno uso del catalán.
Los hombres se fueron cada uno por su lado: Antonio desapareció por el pasillo
interior, don Fermín salió para encargarse del transporte que les había
preparado para el viaje, Máximo y Altea salieron al patio. El jardín estaba
luminoso, y las Crestas de gallo permanecían enormes y siempre oscuras. El
perro los acompañaba, rengueando, y Mendoza lo subió luego de ayudar a Altea,
que acomodó la falda de su vestido al estrecho espacio. Max se acostó en la
parte de atrás, con el bolso del capitán y la pequeña valija de mano de Altea.
-Se lo devolveré en unos pocos días.
Don
Fermín hizo un gesto de despreocupación.
-Quédeselo
cuanto quiera, capitán, era de mi finada. - Se despidió de Altea con un beso en
la mano.
Cuando ya se habían alejado un largo trecho,
ella dijo:
-Si
tuviera algo con que limpiarme…
Mendoza, que llevaba las riendas, se rio
fuerte. Max levantó la cabeza y movió la cola, acomodándose luego entre ellos
en el pescante. Le hicieron espacio y Altea le acarició el lomo herido, que
comenzaba a cicatrizarse.
El
caballo era un zaino ya no muy joven, iba despacio, y había que espolearlo de
tanto en tanto.
- ¿A
cuánta distancia está Santa Lucía? -preguntó Altea.
-A unas sesenta leguas más o menos.
Ella suspiró, resignada a la incomodidad de
todo aquel trayecto en ese sulky pequeño e incómodo, que les llevaría dos o
tres días, por lo menos. La mañana había amanecido clara y despejada, incluso
cuando partieron de Lavalle, dejando atrás el pueblo y las últimas calles,
todavía había sol, pero pronto las nubes comenzaron a poblar el cielo desde el
oeste, primero blancas, luego más oscuras, y para media tarde, ya cubrían todo
el cielo y había comenzado a refrescar. Se dio vuelta para buscar la valija, la
puso en su regazo mientras Max husmeaba en el interior.
-¡Quieto!-le dijo ella, y él la miró con
ojos tiernos y la lengua afuera. Altea no tenía humor para condescendencias,
así que lo empujó hacia atrás, mientras el perro se resistía. Mendoza los
miraba y sonreía, y Altea lo retaba igual que al perro. Cuando consiguió lograr
que el animal se acostara, sacó de la valija un saco de lana y se cubrió.
- ¿Querés un abrigo? -le preguntó al capitán.
Éste negó, mirando al cielo de vez en cuando.
-Va a llover antes de la noche, deberemos
buscar un refugio. A pocos kilómetros está la chacra de uno de los
arrendatarios de mi prima.
Eran
las cinco de la tarde, tal vez, cuando vieron aparecer desde el oeste, una
línea oscura, al principio muy fina, que luego fue extendiéndose y tomando la
forma de una bandada que se acercaba con lentitud. Altea le señaló aquello con
una mano y la otra apoyándose en él. Eran murciélagos en pleno día, y
curiosamente en víspera de una tormenta.
- ¿Vienen
desde el Paraná?
- Sí, pero son originarios del Brasil. Bajan
en esta época y dejan sus crías. Luego vuelven todos al norte en el invierno.
Por eso es raro verlos tan lejos del río, por esta zona hay pocos árboles,
solamente montes y cuevas.
-Entonces huyen de la tormenta…
-Eso parece…-dijo él, y ya no dijo más por un
largo rato.
Los murciélagos oscurecieron un poco más la
luz de la tarde. Sus aleteos se escuchaban claros a la distancia.
-Será mejor que te tapes la cabeza, van a
pasar por acá. Lástima que no hayamos llegado a la chacra antes…
-Tenés miedo por el caballo…
Él asintió.
-No
conozco a este zaino, tal vez se asuste, tal vez no. Atá al perro, es capaz de
saltar cuando lleguen.
Altea
ató a Max con una cuerda, y luego se cubrió la cabeza con el saco. Miró al
cielo, ya estaban muy cerca, y descendían. Agarró un viejo poncho abandonado en
la parte de atrás del sulky y cubrió la cabeza de Mendoza. Él sonrió,
agradecido, y le agarró una mano, mientras con la otra conducía las riendas.
Entonces
los murciélagos comenzaron a bajar. Podían ver sus curiosas caras de pequeños
monstruos, porque de noche era imposible distinguirlas. Las alas los golpearon,
los cuerpos chocaron con ellos y el sulky. Altea oyó los gritos de Mendoza
instando al caballo a quedarse quieto, y a éste relinchar. La carreta se
sacudía, deteniéndose y tomando impulso con la inquietud del zaino. Max
ladraba, pero se escondía bajo el pescante. Altea no quiso gritar, pero estaba
asustada. Sintió algo así como mordiscos en los brazos, pero no creía que fuese
posible. Cerró los ojos hasta que la bandada pasó. Todo fue cuestión de pocos
minutos, pero la sensación mucho más larga.
Cuando se vieron libres, alzó la mirada y los
vio desaparecer hacia el este. La carreta estaba detenida en medio del campo,
el caballo se sacudía la cabeza y bufaba. Miró a Máximo, que estaba con las
manos sujetando las riendas con suma tensión, se notaba en las venas, marcadas como
ríos en el dorso de las manos.
-Ya
pasó...-dijo ella, a modo de consuelo, pero no entendía tal temor en un hombre
como él.
-No sé…-empezó a decir Mendoza. -Sentí miedo
…o me pregunto si fue terror… pero no me hagas caso…- Su cara, sin embargo, no
pudo librarse de esa sensación.
Dos horas después comenzó a gotear, y
poco rato más tarde la lluvia era muy fuerte. Había cerca un pequeño bosque de
eucaliptos, y aguantaron la lluvia torrencial durante dos kilómetros. Aún bajo
los árboles, la lluvia se sentía con fuerza.
-Ponete
bajo la carreta-dijo el capitán. Ella lo hizo, llevándose la valija y al perro,
mientras veía a Máximo sacar los arneses al caballo y atarlo a un tronco. Luego
se sentó junto a ella. Estando hombro con hombro, se miraron a los ojos,
sonrieron, y se besaron. Ella se rascó un brazo, luego el otro.
- ¿Qué
pasa?
-Nada,
es que por un momento creía que me habían mordido.
-A ver...-dijo él, tratando de levantarle las
mangas del vestido.
-No vas
a poder…- Se desabrochó los botones superiores del pecho y descubrió un hombro.
Había dos mordeduras. Se miró en el otro, y había tres.
-Santo Dios-dijo él. - Es muy raro que hagan
esto, deben ser los myotis…
- ¿Qué es eso?
-Una de las especies, la descubrieron unos exploradores
alemanes hace muchos años. Mi abuelo conoció a un tal Schinz allá por los años
veinte, que se hospedó en Santa Fe. -Quédate quieta un poco, por favor, debo
ponerte unas hojas sobre las mordeduras.
Altea
lo vio levantarse y buscar entre el pasto. Max intentó lamerle las heridas,
pero ella lo ahuyentó. Todavía no sentía miedo, pero lo veía venir y crecer en
su interior, así como había visto a la bandada desde el cielo del río. Observó cada paso de Máximo, que tardaba,
dedicado a buscar cuidadosamente entre el pasto.
- ¿Qué
buscas? - preguntó, irritada. Él sólo hizo un gesto de paciencia con la mano.
Lo vio acercarse al caballo y revisarlo. “Ahora se preocupa por el animal
mientras estoy esperándolo”, pensó, enojada.
Al rato él regresó con un empasto de hojas que
untó en las heridas, cubriéndolas con la tela de la ropa blanca que tenía ella
en la valija.
- ¿Crees que están rabiosos?
- ¡No!- contestó él, casi en un grito con el
que evidentemente intentó cubrir, echar y destruir aquella sensación de lo casi
inevitable.
Llegó la
oscuridad y la noche. Altea estaba dormida y él la tenía abrazada contra su
pecho. El perro estaba tirado junto a ellos, y temblaba. La lluvia seguía
intensa y constante. Debió haber previsto el inconveniente de la lluvia y pedir
un vehículo más grande a don Fermín, se dijo. Pero estaba demasiado
acostumbrado a viajar solo, aguantándose cualquier precariedad y viajando
grandes distancias por el campo, fuera día o noche, con únicamente su caballo.
Pero lo que lo preocupaba ahora eran esos murciélagos, porque sabía que los de
esa especia eran hematófagos.
Altea tembló un segundo y él le tocó la
frente. Estaba fría. Ella, antes de dormirse, había preguntado si el caballo
estaba bien. “Sí”, había contestado, “es difícil perforar la piel de un bayo
viejo y peludo como éste”. Pero mientras más había intentado minimizar la
situación, más evidente era su temor.
Apenas
amaneció, sacó las provisiones que el viejo Fermín les había dado para el
viaje, envueltas en una bolsa de tela, y se puso a preparar un fuego cerca de
un árbol. Todo estaba húmedo, pero por lo menos había dejado de llover. Calentó
agua y preparó un mate. La yerba estaba seca, igual que el pan. Olió el pedazo
de queso que había hecho la vieja Dorotea, y cortó un pedazo. Dejó todo
preparado junto al fuego.
-No
te atrevas a acercarte- le dijo a Max. El perro lo miraba con ojos tristes,
todavía con aspecto lastimoso luego de la pelea con el otro, pero a salvo de los
murciélagos. Fue a despertar a Altea. Ella abrió los ojos, afiebrados, pero no
temblaba. Tenía los músculos entumecidos por la posición en que había dormido.
-Preparé un desayuno campero-dijo a modo de
disculpa.
Ella lo
miró con ironía, si hubiese visto lo que comía mientras estaba en Toba con
Manuel. Pero al llegar junto al fuego con la vieja pava, un plato de madera con
pan y queso, y al perro sentado junto a ellos, esperando un bocado, sonrió.
Nunca, ni aún en Cádiz, un desayuno le había parecido más apetitoso que éste.
Olió el aroma de los eucaliptos bajo los que se habían protegido, el olor del
pasto y la tierra mojada. Aceptó el mate de manos del capitán Mendoza, el mismo
capitán de un gran navío y miembro una añeja familia criolla le estaba cebando
mate y preparando un trozo de pan con un queso cuyo aroma le trajo
reminiscencias de tiempos que nunca había conocido. Ni Dinamarca ni España,
únicamente el campo en el que ahora estaban, los árboles, el cielo encapotado,
un perro lindo y un caballo viejo. Y frente a ella estaba un hombre en cuyo
rostro encontró, por un infinitesimal instante que nunca olvidaría, una
contemplativa paz.
Poco después retomaron el viaje. A ella le
dolían los brazos y piernas, así que la ayudó a subir y la cubrió con el poncho.
Lo vio armar los arneses del caballo, mientras le revisaba la piel intentando
disimular para que Altea no se preocupara. El animal resistiría más que ella, si había
tenido la mala suerte de infectarse.
- ¿Cuánto falta? -preguntó, a pesar de que se
había propuesto no presionarlo más.
-Bastante, pero nos quedaremos a descansar en
la estancia de don Facundo, ya te hablé de él.
El sulky se asomó desde debajo de los
árboles y se sometió al cielo rancio. Garuaba, pero era soportable. Durante la
mañana Mendoza había construido un pequeño toldo sobre el pescante. Después del
mediodía comenzó a llover nuevamente, y los relámpagos se sucedían igual que
lámparas grandes y obsoletas que parpadeaban incansablemente en el horizonte.
- ¿Se habrá desbordado el río?
Él
se encogió de hombros.
- ¿Habrá
pasado algo malo con el barco?
-Basta ya de preocuparte. Estamos muy lejos
como para volver a ahora, y menos en las condiciones en que estamos.
-Lo lamento, Máximo. Yo no soy así, pero
de pronto, no sé…
Se
sentía vulnerable, porque estaba con frío. Intentaba no temblar para no
preocuparlo, pero con sus palabras, que no podía evitar, lograba lo contrario.
No quería ser una mujercita miedosa que se colgaba del pantalón de su hombre
para ser arrastrada como un fardo molesto y balbuciente, pero así se estaba
comportando.
La lluvia repiqueteaba en el toldo, que se
combaba y él debía vaciarlo hacia el costado para no mojarse. A veces, el perro
quedaba en medio del chorro de agua, lo veían mejor y las heridas se
cicatrizaban. A media tarde, vieron la chacra. Había sarandíes y álamos
rodeando el casco de la esrtancia. Cuando estaban acercándose a la tranca de
entrada, le extrañó a Mendoza el abandono en que veía el terreno en los
alrededores. No había perros que salieran a recibirlos, ni había peones ni
movimiento alguno. La tranquera estaba abierta y rota. Pasaron hasta llegar junto
al caserón, pero la soledad era tan inmensa, y sobre todo el silencio, que no
tuvo más remedio que lamentar una desgracia.
-Ha
pasado algo…-dijo ella.
Dándose
tiempo para responder, él dijo:
-Por lo menos tenemos refugio.
La ayudó a bajar, y de pronto una voz de
mujer, gritó:
- ¡Quédense donde están!
Una gorda con escopeta en mano los amenazaba.
-Soy el capitán Mendoza, mujer. ¿Y usted quién
es? ¿Dónde está don Facundo?
Ella
dejó caer el rifle y fue corriendo hacia ellos.
-
¡Máximo! -dijo, abrazándolo y llorando.
-Pero
mujer…tranquila…
Ella
levantó la mirada y él reconoció a la esposa de don Facundo Espinoza. Estaba
tan diferente, que sólo en los ojos y en la expresión logró encontrar la mirada
tierna de esa mujer que, según decían, se había enamorado del capitán antes de
casarse con el estanciero.
-
¿Carmela…?
-Soy yo, Máximo, aunque no puedas creerlo,
pero vamos a entrar. -Miró a Altea con desconfianza.
-Es
una amiga, Carmela, a ti no puedo ocultarte nada.
-Ni queriendo podrías. Pase, señora, no tenga
miedo.
El interior de la estancia estaba casi
vacío, salvo por una mesa, las sillas y el horno a leña. Había cajas con
conservas que olían mal sobre el piso y contra las paredes.
- Pero
¿qué ha pasado?
Mientras
ella, caminando con dificultad, arrimaba las sillas y se sentaba, vieron que
sus tobillos estaban sucios e hinchados.
-Sabés que a Facundo le gustaba jugar…y
bueno…teníamos una hipoteca sobre el rancho. Después empezó a sufrir mucho del
hígado, por el vino, qué se le va a hacer…y dijo el doctor que no tenía que
trabajar tantas horas seguidas en el campo, así que no pudimos pagar desde hace
dos años.
-Ya eso lo sabía…
-Nos
prestaste mucho dinero, aunque a vos no te caía muy bien, se entiende. En fin,
gracias a eso vivimos tranquilos mucho tiempo. Pero el gobierno nos quería
expropiar, así que Facundo pidió otro préstamo a los Valente. Ahora la
propiedad es de ellos. A mí me dejan acá por lástima.
- Pero
cómo, ¿sola? ¿Y tu marido dónde está?
-Facundo
se mató. Se ahorcó de ese árbol…- Carmela se levantó, caminó pesadamente hacia
la puerta y les mostró el tronco tronchado de un álamo que alguna vez había
dado sombra a la casa.
-Fue
lo primero que vi esa mañana al levantarme para buscar agua. El cuerpo colgando,
y los perros aullando. Entonces agarré la escopeta y los maté, para que dejaran
de llorar. Porque si yo estaba dispuesta a no llorar, nadie más lo haría.
Después, llevé la escalera grande y un cuchillo de la cocina, me subí y corté
la cuerda. Entonces vinieron los peones y me miraron. Los despedí a todos a los
gritos, no quería a nadie cerca. Hice un pozo, como pude, sabés que pocas
fuerzas tengo, y los tiré a todos al fondo, después de arrastrarlos, a él y a
sus perros.
Altea seguía sentada, temblando, apretándose
el cuerpo con los brazos y la cabeza contra el pecho. Carmela dijo:
-Ya
me ves cómo estoy ahora. Soy una ruina, Máximo, y tengo tu edad.
- ¿Y los chicos?
- Pasaban ese verano en Corrientes con mis
suegros, por lo menos Facundo tuvo la consideración de matarse cuando ellos no
estaban. Ya no tenemos casa, así que siguen allá. Son pobres como lauchas, pero
no los quiero cerca. Me hacen acordar demasiado al padre, y además…qué querés
que te diga…me da vergüenza que me vean así.
Se quedaron en silencio, mirando desde la
puerta el tronco tronchado del árbol que ella había hachado al día siguiente.
Altea los observaba, la mujer abrazada a la cintura de Máximo, él intentando
abarcar con su brazo la entrañable humanidad de Carmela.
Esa noche, alrededor de la mesa, comieron
lo que había quedado de una res que los Valente le enviaban de tanto en tanto.
Hablaron de Natacha y de Ariel. Pero Altea no estaba muy dispuesta a escuchar.
Carmela dormía en el galpón, el heno daba más calidez al sitio. Ellos dormirían
en el rancho, sobre varias frazadas viejas que le quedaban de la cama
matrimonial que habían vendido poco antes de la muerte de Facundo.
-Fue el último mueble que vendimos. Era muy
linda, nos la regalaron mis padres cuando nos casamos. ¿Te acordás cuando
fuimos a buscarlo al puerto de Buenos Aires? - Se dirigió a Altea para explicarle.
-Imagínese, atravesó todo el océano desde Madrid, lo bajaron del barco y entre Facundo
y Máximo la pusieron en una gran carreta, porque era un mueble tallado a mano
de una sola pieza. La llevamos hasta el puerto de Ensenada, y de allí río
arriba hasta acá. Esa noche fue nuestra noche de bodas.
Carmela sonreía entre sollozos, y Altea no
sabía cómo consolarla. Máximo veía que una temblaba de frío, presintiendo lo
peor, y que la otra, ya sin esperanza ninguna, se alimentaba de penas y de
recuerdos. Decidió que no se quedarían allí más que esa noche. Huirían de la
enfermedad que vivía en ese rancho, y buscarían un médico.
*
Antes del
amanecer, prepararon sus cosas. Carmela les había ofrecido una carreta más
grande, aunque algo desvencijada, pero no podía darles animales. El viejo zaino
fue atado a la carreta que requirió solo unos pocos arreglos, y partieron sin
despedirse de Carmela Espinoza. Sabían que seguramente ella los estaría viendo
alejarse desde la casa, pero no se dieron vuelta. A veces la piedad está más
cerca de los ojos esquivos y del silencio.
La
mañana era fría, y Altea seguía envuelta en el poncho, puesto así nomás, según
los escalofríos que sintiera. Durante la noche él le había curado las
mordeduras. Seguían inflamadas.
- ¿No
debería estar con sus hijos, a pesar de lo que piense ella?
-Anoche me dijo que ellos le escribían, pero nunca
les contestó. En la última carta le decían que se irían a Buenos Aires a probar
suerte, pero quién sabe…
- ¿Estabas
enamorado de ella, en ese entonces, me refiero?
El capitán le echó una mirada de reojo,
satisfecho de esos celos.
-Nunca, pero era muy linda, aún se puede
ver en esos ojos celestes y las mejillas rosadas. Siempre fue un poco gordita,
pero ahora…esas venas de las piernas, esas manos como rotas, y la amargura de
la mirada…
Siguió lloviendo toda la tarde. El
caballo caminaba más despacio. Deberían haber encontrado puestos en el camino,
pero con esa lluvia hasta las garitas estaban cerradas. Faltaba por lo menos un
día para llegar a Santa Lucía con el ritmo que llevaban. Si hubiesen podido
encontrar otro caballo…
Eran más de las seis de la tarde,
probablemente, cuando Altea se desmayó. Su cuerpo se venció hacia adelante y a
punto estuvo de caer entre el caballo y la carreta. Máximo alcanzó a sujetarla
de un brazo, detuvo la marcha y la alzó para acostarla atrás. Ya se venía
sintiendo débil desde el mediodía, pero a pesar de aconsejarle que se acostara,
ella se había empecinado en seguir con él en el pescante. La cubrió con una de
las frazadas que Carmela les había regalado y reanudó el camino. El perro
estaba acostado junto a ella, vigilando el camino y a su ama, y de vez en
cuando daba un par de ladridos, que tranquilizaban los pensamientos del
capitán. Él pensaba en el camino por el que transitaban, tan conocido en un
tiempo, pero ahora cambiado por los acontecimientos políticos y el paso del
tiempo. Estancias abandonadas, hombres muertos, rancherías levantadas o
incendiadas, árboles talados, y gente extraña.
Antes
de la noche se cruzaron con unos gauchos que lo miraron con una mano en las
riendas y otra en el mango del puñal junto al cinto. Él igual, pero la mano
sobre el revólver. El sable seguía fiel, en la carreta, pero como un viejo
estático incapaz de moverse. No podía confiar en la gente que veía, porque eran
desconocidos. Y en esas tierras ya casi todos lo eran. Incluso una mirada que
no agradaba podía ser motivo de una riña. Los Mendoza y Hurtado ya eran carne
vieja y rancia, nadie los quería, y eso los que aún tenían recuerdo de los
suyos. Para los demás, era un tipo más con el cual podían tener una gresca o
del cual podían obtener algo que robar.
Uno
de los hombres con los que se cruzó, lo saludó con un gesto de la cabeza y las
manos en las posiciones oportunas. El capitán saludó también, y supuso al otro
dispuesto a asaltarlo. Ya estaba por sacar el revólver y disparar, sin
miramientos, porque no se podía confiar en la rapidez del puñal de esos gauchos.
Pero cuando ya estaba preparado, lo vio alzar la cabeza y mirar hacia la parte
posterior de la carreta. Su mirada cambió, de repente. Giró los ojos hacia
Mendoza, al cual sabía atento a lo que él hacía, pero abandonó la mirada tensa,
y hasta se pudo percibir la relajación de sus hombros y su espalda. Cuando
Máximo vio que el peligro había pasado, el gaucho ya se estaba alejando casi
inclinado sobre el bayo, sometida la espalda al ritmo del trote lento, dando
golpecitos mimosos al flanco del caballo, pensando quizá en ese extraño que
llevaba a su mujer enferma, y un perro que lo ayudada. No iba a asaltar a ese
hombre, no iba a camorrearlo. Tal vez eso pensaba, se dijo Mendoza, o quizá
simplemente había tenido tanto miedo como el que él había sentido.
Por la noche llegaron a la orilla de un
arroyo. Encendió un fuego, preparó algo de carne del rancho de Carmela, y
construyó un toldo para la carreta. Así cubierta, Altea se sintió más tranquila
y aceptó unos sorbos de agua, pero no quiso comer. Ahora sí estaba afiebrada.
El vestido ya olía mal por la transpiración, así que la cambió, secándole la
piel antes de ponerle el vestido limpio. La piel blanca de Altea estaba
enrojecida en la cara y en las mordeduras, pero el resto lucía pálido y frío. Ella
lo miraba con terneza, acariciándole el pelo mientras él la secaba o intentaba
con esmero y paciencia colocarle el vestido de botones y abrochaduras
complicadas. Las manos torpes se esforzaban, pero a veces se daban por
vencidas, y entonces ella le decía que no se preocupara, que tenía calor. Pero
él no quería dejarla descubierta el rocío de la noche y al frescor repentino de
la mañana. Se acostó a su lado y se quedó dormido apoyando un brazo sobre el
pecho de Altea, cuyo respirar interrumpido por la tos, fue tomando el ritmo
irregular de una música que seguramente todavía no se había inventado.
Lo despertaron los relinchos de varios
caballos, los ladridos de Max, y luego varios empujones en un hombro. El gaucho
con que se había cruzado la última vez estaba parado en la carreta, empujándolo
con el pie.
-Oiga,
compadre. Ya es medio día. ¿P’a dónde va? -Max le seguía ladrando. -¡Juera,
pucha, si no querés un rebencazo!-Pero el perro comprendía que no lo decía en
serio, y continuó ladrando y moviendo la cola.
Mendoza se levantó sobresaltado.
-No
se haga mala sangre, amigo. Le traje un par de pingos para que apure el trance,
p’a donde vaya. -Y señaló dos caballos junto al del gaucho.
Se bajaron de la carreta. Mendoza se mojó la
cabeza con agua fría y se restregó la cara.
-Le agradezco mucho la atención, pero no tengo
con qué pagarle ahora. Cuando lleguemos a Santa Lucía…
El gaucho negó con la cabeza.
-Nada de eso. La señora está muy enferma-
dijo, señalando a Altea, que seguía dormida. - Cuando llegué a mi ranchito, le
comenté el percance a mi mujer. ¿Y qué esperás?, me dijo. Entonces me traje a
estos pingos, y en las alforjas hay algunas cosas que ella juntó de lo que
comimos anoche.
Máximo se quedó mirándolo. Pensaba en
Altea, que parecía muerta, y en la cara del gaucho había una tristeza que le
hizo un nudo en la garganta.
- ¿Me oyó, compadre? - insistió el otro,
mirándole una oreja como si no lo hubiera escuchado.
Mendoza se rio.
-Sí, discúlpeme,
amigo, es que hace mucho que no vengo por estos entornos y no estoy acostumbrado
a anta amabilidad.
El
tipo se quitó el sombrero y se veía cohibido.
-Ahora veo que hablo con un señor, perdone que
lo haya tratado como a uno más, me refiero a…usted comprende.
-No
se preocupe. ¿Cuál es su gracia, compadre?
-Gualterio Gonçalvez, para servirlo…
Se estrecharon las manos.
-Nombre raro para un gaucho…
El
otro se rio.
-Cosas
de mi viejo, se vino del Brasil y se juntó con mi vieja, india.
- ¿Y
cómo puedo agradecerle la atención y devolverle los pingos?
-No
se hable…solamente déjeme ayudarlo a atarlos a la carreta y si quiere, los
acompaño un trecho.
Ataron los caballos y dejaron que el viejo
zaino descansara junto al del gaucho. Retomaron el camino, ya entrada la tarde.
Iban en silencio. El toldo de lona se sacudía con el viento, y Gonçalvez se
encargaba de evitar que se desprendiera. Iban rápido, pero apenas se sentían
los trajinazos con el trote experto de los caballos nuevos y descansados. Ya no
llovía, pero el cielo seguía encapotado.
- ¿Tiene
hijos, Gonçalvez? -preguntó. La voz de Mendoza fue como un trueno para el
silencio impuesto del gaucho.
-Dos, compadre, pero me los mataron, me queda
un nieto.
- ¿Y cómo fue, si puedo saber?
-Los milicos, amigo. Trabajaban para el
partido, con la misma dedicación que yo lo hice para don Justo, pero los
milicos vinieron y los mataron.
Siguió un largo silencio sólo interrumpido
por el rumor del agua del arroyo al que se iban acercando. Pronto llegarían a
Santa Lucía.
- ¿Y qué le pasó a la señora? Si me permite…
-La
mordieron unos murciélagos, hace dos días. No sé si los habrá visto usted…
El gaucho hizo memoria.
-Raro por estos pagos, compadre. ¿Cómo eran?
-Como los que rondan el Paraná por la noche,
pero esos no muerden. Los del otro día tienen el cuerpo negro, y son grandes.
-Ya
sé, vienen del Brasil. Hace ya mucho que están bajando a estos pagos por las
lluvias. Matan mucho ganado, pero nunca supe que mordieran a la gente. Hay una
curandera que sana eso en el pueblo a donde van.
Mendoza prestó atención.
- ¿Sabe
el nombre, amigo?
-Cómo no. Aurora Valverde, se llama la mujer.
Hace gualichos, pero también cura. Mi china la conoce, pero no habla de ella
desde que volvió. Le hizo un trabajo, tengo entendido, compadre, usted ya sabe,
cosas de hembra…
Estaba casi oscuro cuando llegaron a las
primeras calles del pueblo. Detuvo la carreta y le dijo al gaucho:
-Ya estamos, amigazo. Devuélvame al zaino que
ya está descansado, y acá no lo vamos a necesitar mucho.
Cambiaron
los arneses y los dos caballos volvieron junto al de Gonçalvez.
-No
sé cómo agradecerle…
-Ni se hable, fue un gusto conocer a un señor
como usted, capitán…
Máximo frunció el ceño.
- ¿Cómo sabe, si no le dije?
-Ya le conté que fui soldado de don Justo.
Conocí al coronel Las Heras en esa época, y sigo haciéndole algunas gauchadas
ahora que está viejo. Yo lo vi a usted muchas veces en su estancia, cuando era
un chico. Me di cuenta recién hoy de quién era usted, por su forma de hablar.
Tiene el mismo señorío de ese entonces.
Mendoza
hizo memoria. ¿Podía ser este gaucho el mismo hombre que le había enseñado a
cuidar los caballos enfermos, y con el que había cabalgado recorriendo las
estancias de los alrededores ya siendo adolescente?
-El
mismo, compadre, para servirle-dijo el gaucho, como leyendo su pensamiento.
Pero era su cara lo que había leído.
Se
dieron la mano, fuertemente, y sin soltarlo, él dijo:
-Fue un honor volver a verlo, amigo mío. Y
mis cariños a la patrona, que lo hizo volver.
- ¡Está
bien ésa, tiene razón, compadre! Ellas saben…- y mirando hacia la carreta,
desde donde Altea estaba observándolos con un brazo apoyado en el borde, medio
dormida pero atenta, con el perro lamiéndole la mano, él dijo: - Cuide a la
señora, y despídame de ella, no soy digno…
Y
el viejo Gonçalvez se subió a su pingo, dio la vuelta, y se fue al trote. Las
ancas de los tres caballos se alejaban a un ritmo sincopado, desapareciendo al
paso de la noche.
*
Mendoza se
acercó a Altea:
-
¿Cómo estás?
-Muy
mal, Máximo. No tengo fuerzas para nada…
- ¿Tenés frío? - preguntó, buscando las frazadas que ella se
había sacado de encima. Estaban mojadas.
-No, por Dios, tengo un calor insoportable.
Él
la agarró de los hombros y ella gritó.
-
¡No me toques!
Ya
casi era noche completa, pero con una lámpara vio los brazos hinchados y
amoratados. Altea se puso a llorar, temblando de escalofríos.
-Creo
que me voy a morir. Yo que quería matarlo…él me va a llevar…
Máximo
pensaba consolarla con palabras, pero era más útil no perder más tiempo y
buscar un médico. Dejó la carreta donde estaba, a un costado de la calle que
llevaba al centro del pueblo. Caminó hasta encontrar la primera casa iluminada,
y golpeó la puerta. Alguien, desde una ventana, preguntó quién era.
-Necesito
un médico con urgencia, por favor…
-No
hay desde hace meses- contestó la mujer desde la ventana, y estaba a punto de
cerrarla cuando Máximo retuvo el postigo.
-
¡¿Pero a quien puedo recurrir entonces?!
La
mujer se encogió de hombros. Fue inútil que él siguiera golpeando. Se fue
caminando por la misma calle, y obtuvo la misma respuesta de parte de unos
chicos que maltrataban a un perro para divertirse, y de unos borrachos que
estaban a la puerta de una fonda.
- ¿Para
qué lo necesita al dotor si se puede saber? -preguntó uno.
-Mi
mujer está enferma…
- ¿Quiere
que la curemos nosotros, si usted no puede, compadre? - Se rieron. Máximo no
estaba para perder el tiempo, pero cuando estaba por apartarse lo agarraron y
se pusieron a forcejear con él.
- ¿Qué le pasa? ¿No le puede hacer un hijo?
Se lo hacemos nosotros sin cobrarle nada, compadre.
Entonces
Mendoza empezó a repartir golpes, pero ellos eran tres y pronto lo tiraron al
piso. Sacó el revólver y apuntó.
- ¡Fuera
hipos de puta!
Pero los
tipos se burlaban, y Máximo disparó. Se quedaron quietos, mirándolo embobados, el
susto se les pasó pronto, aunque no intentaron acercarse.
- ¿Y
qué tiene la señora, si se puede saber, compadre?
-La
mordieron unos murciélagos…
Los hombres se miraron, y como un reflejo, se
fueron apartando de Mendoza.
-Entonces
la curandera tiene que verla, compadre, si se salva…
- ¿Y
dónde está?
- Al
final de la calle, donde termina el adoquinado.
Mendoza
se levantó y comenzó a ir en esa dirección, sin dejar de vigilar a los hombres
con el arma en mano. Cuando ya pensó que estaba suficientemente lejos de ellos,
empezó a correr. Una, dos, tres cuadras, y el empedrado continuaba. Las casas
del centro se sucedían unas tras otras, grandes o pequeñas, negocios con
vidrieras oscuras o iluminadas. Todavía había gente en la calle, mujeres y
hombres solos o en parejas. Lo miraron con curiosidad al verlo correr como un
loco, transpirado ante la brisa fría de la noche. Los perros le ladraban,
algunos chicos que jugaban en la calle se fueron de pronto a sus casas. Oyó a
alguien decir: “Va a la casa de la bruja”, pero quizá fue un eco en el viento,
y no podría asegurar nunca si lo imaginó o fue verdad.
La casa de la bruja pensó. Jamás se habían
atrevido ni él ni sus amigos, cuando eran chicos, ir a conocer siquiera por
fuera esa casa donde la madre de la que ahora allí vivía, había matado, según
decían, al marido. Eran chicos de familias patricias o españolas, que poseían
tierras en casi todo Santa Fe o Entre Ríos. Iban de una estancia a otra, y
hacían lo que querían. Algunas veces llegaban hasta Santa Lucía, por curiosidad
por conocer el lugar donde había ocurrido el asesinato. No era común que una
mujer hubiese agarrado la escopeta del marido para matarlo en la cama, mientras
dormía. La prensa había hablado de ella durante varias semanas, y en las calles
de toda la provincia se comentaba lo que había sucedido en el juicio. La hija
era una adolescente, y se llamaba Aurora. Todos le tenían lástima al principio,
pero cuando la vieron por primera vez en el ayuntamiento, con su cara repleta
de orgullo y desprecio, les hizo temer que cuando ejecutaran a la madre, su
alma se encarnaría en la hija. Eso era lo que contaban los ojos de Aurora,
según las mujeres, porque los hombres únicamente veían la belleza de la chica,
el cuerpo esbelto bajo el vestido blanco con encajes, el sombrero con velo para
empalidecer aún más los rasgos de la cara. La madre fue ejecutada por
fusilamiento tres meses después, en Buenos Aires. Fue en el último año de
Rosas, y decían que él personalmente asistió al acto. La iglesia no quiso
enterrarla en tierra bendecida, y fue el general quien autorizó que se la
sepultara a un metro exacto del límite del cementerio de Flores. Nadie entendió
ese rasgo de piedad por una asesina, pero sus detractores políticos encontraron
una soberana coherencia en aquella actitud. Aurora se quedó con la casa, no
tenía otros parientes. Nadie se ofreció a ayudarla, y el abogado de la madre
cobró sus honorarios con lo que la mujer había ahorrado en el banco del
Litoral. ¿Cómo se mantendría la chica?, era la pregunta obligada durante un
tiempo. Poco después, ya a nadie interesó lo que ocurría en la casa. El
municipio empedró las calles, pero se detuvo ante esa casa, y el pueblo
continuó extendiéndose y creciendo, excepto en esa dirección.
Máximo creció escuchando de vez en cuando
sobre aquel asesinato. Era un chico todavía, y preguntaba: ¿Por qué lo mató?
Los mayores se echaban miradas aunadas por el silencio. Pero los amigos de su
edad decían que se había deshecho del marido cuando éste supo que Aurora no era
su hija. ¿Y de quién era?, preguntaba él, entonces. Los chicos se reían y lo
empujaban, diciendo. “¡Del diablo!”. En esa respuesta creyó durante mucho
tiempo, pero luego se hizo hombre y creía haberse olvidado de aquel suceso. Cuando
conoció a Altea, pensó de inmediato en Aurora Valverde, la mujer de Santa Lucía
que adivinaba el futuro, según decían, y que realizaba curas mágicas, y que
coleccionaba fetos abortados en su casa. Recordó, de pronto, no que fuese hija
del demonio, sino lo que se decía de ella: su belleza, su inteligencia, su
malicia, su silencio, y los extraños ruidos que hacían, según contaban, los
niños abortados en las peceras con formol.
Por
eso habían atracado en Lavalle, y llevado a Altea durante todo ese viaje hacia
Santa Lucía. No le había dicho de quién se trataba, sólo estaba tácitamente
entendido que se dirigían a donde le harían un aborto, porque ese era el deseo
de Altea. Y él, que sabía que Manuel no era el padre, sintió que debía hacer lo
que no había hecho Natacha: deshacerse del engendro. Ariel no era su hijo, y
sabía, aunque sin palabras, quién era el padre. Ayudar a la eliminación del
hijo de Altea, era como hacer que Ariel no existiera. Ariel era un germen,
Ariel era un niño enfermo, y lo amaba por acción exclusiva de la piedad. No
podría rescatarlo ni hacerlo un hombre, porque de algún modo el futuro parecía
nulo para el chico. La madre lo rodeaba con un muro, lo atrofiaba como si
intentara devolverlo a su útero. Ariel era un animal que ella poseía. Lo
devoraba con su religión, utilizaba las imágenes de Cristo como si éste fuese
un caníbal o un pederasta: lo que fuese mejor para retener a Ariel bajo sus
polleras. No dejarlo salir, como si su útero fuese un ataúd, o una pecera llena
de formol, en donde conservar el cadáver, -un cadáver vivo-, del ser que ella
idolatraba, el padre polaco. Krakowsky como el niño enfermo que había sido de
niño, según los recuerdos que el viejo le había contado a Natacha. Los inviernos
en Varsovia casi lo habían matado, pero también lo habían fortalecido. El
íntimo calor de la casa paterna era como la calidez del alma, las habitaciones
cerradas, el hogar encendido en cada una, la intimidad bajo las sábanas y colchas
gruesas. Y bajo ellas, las personas. Y al lado, alguna habitación vacía.
La casa al final del empedrado era una
vieja casona colonial del tiempo de los virreyes. Se paró frente a la puerta de
entrada, entre dos columnas de la recova flanqueadas por grandes macetones con
plantas que no pudo distinguir, pero cuyas ramas daban sombras que se movían
con la brisa nocturna sobre las ventanas enrejadas. Rejas de bordes panzudos y
flores de hierro cubrían las ventanas todo a lo largo de la fachada. El techo
de tejas parecía caer hasta muy cerca de la cabeza de quien se parase enfrente.
Golpeó la puerta dos veces, con fuerza. Una lámpara trajo una luz bamboleante
desde la ventana de la izquierda, y la puerta comenzó a abrir sus cerrojos. La
lentitud de aquel trabajo lo exasperaba, pero finalmente la puerta se
entreabrió, y una cara de mujer se asomó apenas iluminada.
- ¿Qué
quiere? -preguntó.
-Busco
a Aurora Valverde. Tengo a mi mujer enferma, y necesita atención.
- ¿Qué
es lo que tiene?
-La mordieron murciélagos, creo que los myotis.
Y, además, está embarazada.
La cabeza de la mujer se movió buscando
alrededor.
-Está en una carreta en la entrada al pueblo.
Se dio cuenta de que la mujer había fruncido
el ceño.
- ¿La dejó sola con los Benítez rondando?
Entonces
supo que hablaba de los hombres que lo habían atacado, y se maldijo a sí mismo,
pero no tuvo tiempo de seguir preguntando ni de ir corriendo en busca de Altea.
La cara de la mujer tenía la expresión fija en algo tras él. Máximo se dio
vuelta, y vio las llamas. La carreta venía arrastrada por el caballo que corría
despavorido en medio de la calle, sin poder desprenderse de lo que parecía una
carroza de fuego.
*
Los gemelos
Benítez eran camorreros porque no tenía otra cosa que hacer más que ir de
pueblo en pueblo buscando pendencias. Hoy era Santa Lucía, ayer Goya o Lavalle,
mañana Corrientes o Concordia. Eran hijos de un estanciero, y se juntaban con
otros no tan ricos como ellos, pero que se les adherían como garrapatas.
Además, los necesitaban. Ellos solos eran capaces de inventar cualquier cosa
que molestara a los demás, pero a veces necesitaban ayuda. La gente decía que
todos los de esa familia nacían con la camorra en la sangre, y que era parte de
esa perversión, según la gente, que en cada generación hubiese un par de
gemelos. Fuesen cuales fuesen las mujeres o los hombres con quienes se casaran,
siempre nacía un par de ellos, y generalmente eran los peores, y como tradición
familiar, así los trataban, desde el nacimiento.
Entonces
ellos se fueron acostumbrando a seguir la corriente de lo que debían ser según
la tradición, y no les costaba demasiado porque estaba en su sangre, eso era
evidente. Pelear y buscar problemas. De chicos rompían cosas, de grandes,
provocaban peleas o inventaban trampas en las cuales hacer caer a cualquiera,
por lo menos cuando no estaban borrachos. Si lo estaban, sus maneras se
parecían a la de cualquier borracho pendenciero, y eso era mejor que verlos
lúcidos, porque entonces su malicia era más subrepticia y eficaz. Cuando se
metían en problemas serios y los entraban a la cárcel, el capataz de la
estancia venía a sacarlos con un fajo de pesos encima, y todo se arreglaba. Los
padres, generalmente, estaban en Europa, y cuando el encargado de la estancia
les escribía, las novedades sobre los chicos Benítez ya eran viejas.
La noche que se enfrentaron con el capitán
Mendoza, los sorprendió el revólver. Ellos eran de usar facón en su vida
cotidiana, las armas de fuego las reservaban para cazar. Como eran hombres de
malicia, usaban el cerebro, y a veces las manos. Cuando vieron a Mendoza estaban
plenamente borrachos, y recién habían llegado al pueblo esa tarde. Nadie les
negaba nada, y aunque no tuvieran pesos con qué pagar en la fonda, los dueños
mandaban las cuentas a la estancia de Concordia.
Dejaron
que el tipo, fuese quien fuese, se alejara.
-
¿Vieron que tenía un galón en la chaqueta? -dijo Joaquín Benítez.
-Debe
ser un desertor, sino ¿qué va a estar haciendo por acá con esas fachas? - respondió
Delmiro, y se puso a pensar en medio de la calle, mientras la figura de Mendoza
desaparecía sobre el empedrado. -Vamos a ver a la mujercita del milico.
El
amigo que estaba con ellos esa noche dijo:
-Pero
si la mordieron murciélagos, yo no me acerco.
Delmiro Benítez lo mandó a la mierda con un gesto.
- ¿A qué tanto miedo? ¿Creés que nos va a morder? Debe estar delirando de
fiebre, y de paso, nos vengamos del tipo.
Los tres retrocedieron por la calle hacia la
entrada al pueblo. Era noche cerrada, y no quedaba nadie. El cielo nublado se
iba expandiendo hacia las afueras, y el viento era más fuerte. Había únicamente
un punto de luz a varios metros, que fue creciendo hasta que llegaron a la
carreta. Escucharon los ladridos, y luego el respirar profundo y ronco de una
mujer acostada.
- ¡Tranquilo, viejo! -dijo Joaquín al perro.
Max
estaba delante de Altea, intentando evitar que subieran.
-A este lo despachamos…-Delmiro sacó el facón,
pero la rapidez de su movimiento tropezó con la mandíbula del perro. Benítez se
apartó, medio riéndose, medio dolorido. Los dientes le habían mordido los
nervios de la muñeca. Mientras se la apretaba contra el cuerpo, dijo:
- ¡Quémenla!
Joaquín Benítez comenzó a buscar ramas y paja
seca, mientras el otro los arrojaba dentro de la carreta. Casi no veían a la
mujer, que no se movía, y el perro seguía ladrando, con las patas fijas en el
borde y el pelo del lomo erizado.
Entonces
Delmiro sacó una petaca de un bolsillo y la tiró también. Escucharon el ruido
de la botella rota, y un grito débil desde la sombra. Encendió un fósforo. Su
cara se iluminó, inexpresiva, pero latente de algo que el amigo nunca habría
sabido definir, pero que Joaquín comprendía. Arrojando el fósforo, el fuego
comenzó, y escaparon en diferentes direcciones, pero los gemelos iban juntos.
Altea
empezó a gritar, y cuando quiso levantarse o apartarse de las llamas, tenía el
cuerpo endurecido y apenas lograba mover las manos. Los brazos le pesaban y las
piernas estaban casi rígidas. Max no dejaba de ladrar al fuego, y el caballo
comenzó a encabritarse para liberarse de los arneses. La carreta se sacudía, y
las ramas y la paja se movieron a un costado y el fuego se aportó un poco de
Altea, por lo menos durante unos segundos en que Max agarró con los dientes el
borde de la frazada que la envolvía y comenzó a tirar. Fue retrocediendo con
esfuerzo, hasta que se cayó de la carreta. Se paró en dos patas y apoyando las
delanteras en el borde, volvió a tirar de la tela con los dientes. Una y otra
vez, mientras la carreta se sacudía. Ya había logrado sacar las piernas de
Altea, cuando el caballo empezó a correr llevándose la carreta. El cuerpo de
Altea cayó al piso porque Max seguía agarrando la tela. Cuando el caballo se
alejó por la calle, el perro soltó la frazada y se acercó a su dueña. Le lamió
la cara llena de hollín.
*
La carreta se
acercaba al fin de la calle, percutiendo sobre el empedrado, tirada rápidamente
por un caballo desesperado que intentaba huir del fuego que él mismo estaba
arrastrando. Los relinchos se sucedían con el ruido de los cascos y las ruedas
que aún resistían los golpes y los saltos en las piedras, hasta que llegó a
pocos metros de la puerta de la casa. Máximo la vio pasar como una bola de
fuego con olor a carne quemada, y sintió que de pronto estaba llegando el fin
del mundo. La noche oscura estaba allá en lo alto, pero aquí en la calle había
un infierno que no parecía estar siendo arrastrado por un solo animal, porque
las llamas se elevaban mucho más alto que el tamaño y la altura de la carreta,
y hasta creyó ver que los ojos del caballo lo habían observado en el lapso
fugaz de los pocos segundos que duró su paso. Luego, la carreta siguió su
camino hacia más allá de la casa, donde ya no había camino. Empezaron a abrirse
las ventanas de las casas, y a salir hombres con ropas de dormir, y niños casi
desnudos que se habían levantado para presenciar ese alboroto tan extraño a
esas horas de la noche del pueblo. Algunas mujeres salían en camisón y el pelo
entrenzado, gritando para que volvieran, pero ninguno les hacía caso.
Máximo
corrió desesperado tras la carreta, y cuando vio que se había detenido no mucho
más allá, olió con extenuada claridad el aroma de la carne quemada, y lo único
que atinó a hacer fue a dejarse caer de rodillas en medio de la calle, con las
manos sobre la cara, tapándose la vergüenza que parecía querer mostrarse con su
recalcitrante esplendor en todo el ancho de su rostro. Pero su cuerpo la
expresaba, el encogimiento de sus hombros, el encorvamiento de su espalda, el
temblor de sus rodillas en el barro, y hasta esas manos que parecían
transparentes, traidoras, dejando ver la extrema vergüenza y el subsecuente
dolor de la culpa.
Unos
dedos se apoyaron en su espalda, y decían lo mismo que la débil voz que
resonaba, sin embargo, más fuerte que el crepitar de la madera devorada por el
fuego:
- ¡Estúpido! - dijo la mujer que lo había
seguido.
Pero
entonces la gente fue acercándose. Algunos hombres con mantas y cueros mojados
para contener el fuego pasaban por su lado, apenas dignándose a echarle una
mirada de. Luego fueron los chicos los que gritaron.
-
¡Miren! - decían, una y otra vez, muchas voces que fueron contagiándose de las
voces de los hombres que habían contenido el fuego, y de otros que rodeaban a
Máximo.
Máximo Mendoza se levantó y se dio vuelta, la
mujer lo observaba con ojos furiosos y despreciativos. El insulto repercutía
claro y nítido en sus oídos, aunque hubiese sido pronunciado una sola vez. Las
llamas que se iban extinguiendo lentamente lo seguían diciendo en un idioma
tribal, con golpes secos y estallidos de astillas. Miró atrás, hacia donde
todos ahora estaban mirando, y algunos brazos extendidos señalando hacia la
oscura calle desde la entrada del pueblo. Y del fondo de la noche desde la que
él había salido en busca de ayuda, aparecieron los perros arrastrando con sus
bocas la tela sobre la que estaba Altea. Se movían lentamente, pero todos al
mismo tiempo, y al frente estaba Max, como dirigiendo el trabajo. Nadie se
atrevió a acercarse, ni a llamarlos, y menos a tocarlos. Eran sus perros,
quizá, y otros vagabundos. Eran doce perros, incluido Max. ¿De dónde habían
salido los otros para ayudarlo? ¿Cómo supieron, si no fue él mismo quien los
hubiera llamado con quejidos o ladridos?
Ellos avanzaban por el medio de la calle,
mientras a ambos lados se iban formando dos desparejas filas de niños, mujeres
y hombres que observaban y cuchicheaban. Algunas viejas se santiguaron. Los
perros fueron acercándose hacia donde estaba Mendoza, y cuando estuvieron a
pocos metros, se detuvieron y soltaron la tela. Max lo observaba con esa mirada
de dulzura e indulgencia que le era conocida, esa mirada triste que iba más
allá de cualquier significado. Los otros fueron apartándose, unos con sus
dueños, que allí estaban entre el grupo reunido, otros se fueron esquivando las
piernas y sin molestar a nadie.
Máximo
Mendoza fue hasta donde estaba Altea. Apenas se atrevió a tocarla, como si
fuese un espectro. Estaba viva y respiraba jadeando, poco menos que ahogada por
el humo y el hollín que había entrado en sus pulmones. Le besó la cara sucia,
desesperadamente, sin saber si le hacía daño o si le estaba quitando el ansiado
aire fresco que necesitaba.
-Los
perros de Lázaro-dijo Aurora Valverde, y muchos la miraron, sin preguntarle
nada, simplemente alejándose para regresar a sus casas y a sus camas, porque ese
asunto sin duda ya no era para que ellos se entrometieran.
- ¿Qué? - preguntó Mendoza.
-Los
perros que rescataron a Lázaro de su primera muerte…-dijo ella. - Llévela a mi
casa, yo me adelantaré-. Se fue
caminando orgullosa e indiferente a los cuchicheos de los curiosos que aún
quedaban. Máximo levantó a Altea en brazos, primero con extremo cuidado para no
hacerla doler, pero cuando notó el cuerpo liviano y casi rígido, caminó lo más
rápido que pudo hacia la casa, trastabillando una vez en el empedrado que
terminaba frente a la puerta, y seguido por Max.
El interior era todo lo que esperaba
encontrarse, aunque en este momento no le prestara atención. Una gran estancia
con una mesa grande y completamente vacía, sillas de respaldos altos y
ornamentos españoles, en las paredes ladrillos pintados de rojo, y varios
tapices tejidos de mano indígena. El cielo raso era alto, con vigas de las que
colgaban lámparas rústicas y muchas telas de araña. Al fondo, un pequeño altar
con un crucifijo y un Cristo con miembros como leños. Aurora lo estaba
esperando para conducirlo a la habitación donde debía acostar a Altea. Él la
siguió, atravesaron un patio interno con aljibe y parras, y muchos macetones
vacíos, luego entraron en una habitación que olía a humedad, fría y oscura.
Altea
abrió los ojos y la luz del patio le hizo daño.
-Tiene los ojos quemados por el hollín. Déjela
en la cama, y no abra los postigos. Traeré agua para limpiarla. Imagino que no
trae otra ropa….
-La
valija debe haberse quemado…
-Le daré algo mío. Desnúdela…
Max se había acostado con la cabeza entre
las patas, moviendo los ojos a cada movimiento a su alrededor, pero pronto se
fue durmiendo, y despertó sobresaltado cuando Aurora regresó con dos fuentes de
agua y carne. Le acarició la cabeza, diciendo:
-Tuviste
un mal sueño, ¿no es cierto?
El perro tomó agua, desesperadamente, y
cuando la fuente quedó vacía, rechazó la comida y volvió a acostarse.
-Ese perro ha pasado por mucho a causa de
ustedes…
Mendoza asintió. Ya le había quitado a Altea el
vestido chamuscado y comenzado a refrescarle el cuerpo con agua fresca. Lo
hacía como un marido apesadumbrado, y lejos estaba del carácter seguro de un
capitán de barco. Ella se veía aliviada, pero hacía gestos de dolor, sin
atrever a quejarse, probablemente porque se veía en una casa extraña. Aurora
agarró otra de las telas que había traído y la embebió en la palangana de
porcelana. Las manos de ambos limpiaron la piel de Altea, y a veces se
chocaban. Una mirada de la mujer lo alivió por primera vez en esa noche: luego
del desprecio, creyó encontrar comprensión. Los ojos azules de la bruja eran
oscuros, como el color del mar profundo, el cabello castaño estaba atado en la
nuca, con un rodete desprolijo del que se escapaban mechones ocultándole a
veces la cara. Se había arremangado, y él pudo ver los antebrazos oscurecidos
por el sol del campo, y las manos férreas pero bellas como la de una pianista.
Había visto el viejo piano de cola en la sala principal, y se preguntó si ella
tocaría, y si ellos podrían escucharla alguna vez. ¿Pero era la misma mujer que
tenía fama de bruja, y de la que todos huían como de una maldita?
- ¿Por qué no se da un baño? Y luego descansa
en la habitación de al lado. No tengo sirvientes para que lo ayuden, deberá
llenar la tinaja usted mismo.
Iba
a contestar que no, pero la voz de ella no admitía respuesta. Así que se
levantó, y se detuvo un instante sujetándose la cabeza.
- ¿No
comió nada, no es verdad? Le dejaré en su habitación mate y bizcochos que hice
esta mañana. No se tarde porque se enfriará la pava.
Antes de salir, se dio vuelta y preguntó:
- ¿Piensa
que se va a salvar?
No se dignó responder más que con otra
pregunta.
- ¿Para qué vinieron hasta Santa Lucía?
Ahora
era él quien no deseaba contestar, si era evidente que ya lo sabía.
-Por
el niño. Fue violada.
Aurora
asintió.
-Desde ya le digo, y sé que ella me está
escuchando, aunque cierre los ojos, que no podré hacer nada mientras esté en
este estado.
Máximo
bajó la mirada al piso.
- ¿Puedo usar el altar, con su permiso?
Ella
sonrió.
-Por
supuesto, para eso está...-Y ya no le hizo caso, continuando en la tarea de
lavar el cuerpo de Altea. Cuando él cerró la puerta, ella ya estaba eligiendo
el camisón que le pondría.
Caminó al patio, lentamente. Unas lámparas
iluminaban el lugar, y pudo llenar varios baldes de agua. La manija de la bomba
rechinaba con un quejido lamentable, y se preocupó estúpidamente por intentar
hacer el menor ruido posible. ¿A quién molestaría? Altea estaba más allá de
prestar atención a los sonidos molestos, en un estado donde las conversaciones
de los que hablaban alrededor de su cama debían filtrarse como murciélagos en
sueños. Y especialmente las últimas palabras de aquella mujer extraña debieron
también haberla mordido con tenacidad.
En su habitación, llenó una gran tinaja de
porcelana, se desnudó y se metió en el agua fría. La sensación de bienestar fue
inmediata, y también la inveterada costumbre del sueño. Pensó en que había
olvidado ir al altar, pero allí mismo, en ese cuarto, sobre la pared frente a
él, había una gran cruz. Los residuos de la fe inculcados en su infancia aún
permanecían nítidos bajo el polvo de los años. Ni el dinero ni los desencantos,
ni siquiera la desesperación habían logrado menoscabar los relieves de las palabras
escritas en su memoria. Se preguntó si el alma de la que tanto hablaban era
precisamente esa memoria. Mucho había leído a los filósofos de las nuevas
escuelas, que intentaban destronar a Dios, y hasta el mismo Dios parecía haber
abdicado en pleno siglo XIX. La ciencia lo habían desterrado, los miles de
muertos insepultos en las innumerables batallas donde la sangre y la pólvora
competían sin la mínima intención de rendirse.
Miró
la cruz, y extrañó a Dios. Una cruz vacía era tan impersonal como una cuna
vacía, o un ataúd sin ocupante. Extrañaba los cristos retorcidos que fascinaban
a Natacha, ellos sufrían con una evidencia incontrovertible. Ellos tomaban en
su cuerpo los dolores de los hombres y por eso eran tan espantosos de observar.
Los rezos se hacían con la cabeza gacha y la mirada al piso, no por el sumo
respeto de quien no se cree digno de contemplar la pura belleza de lo divino,
sino por miedo.
La
cruz vacía era sólo un pedazo de madera tallada, y luego de hacer la señal de
la cruz, entrelazó las manos y las juntó sobre su vientre, comenzando a rezar. Su
cuerpo desnudo le hizo recordad la noche pasada con Altea, y un remedo de
excitación le recorrió el cuerpo. Pero estaba demasiado cansado, y se quedó
dormido.
Cuando despertó, seguía en el agua, y en la
mesita junto a la cama había un plato con queso, vino y pan. La mujer debió
haber entrado, ¿habría visto su desnudez? Qué importaba, se dijo. Se levantó y
se secó. Corrió la cortinita de la puerta de entrada, seguía oscuro, pero había
un levísimo claror. Ya debía ser casi la madrugada. Comió y bebió algo, y se
acostó. Se cubrió con la sábana e intentó dormir. Y el sueño lo arrastró con
harapos para colocarlo en medio de un sendero formado por carrozas de fuego que
daban vueltas y vueltas, eternamente, hasta que el horror se transformó en
costumbre, y el fuego se hizo hielo, y su cuerpo se tornó rígido como el cuerpo
de Altea.
Escuchó los golpes en la puerta. La intensa
luz del mediodía entró en la habitación, pero no abrió los ojos sino cuando
escuchó la voz de Aurora junto a la cama.
-Le traje ropa limpia- y la apoyó en una
silla.
Máximo
la miró, aún somnoliento.
-Gracias- dijo. Luego ella salió y volvió
a entrar justo cuando él se había sentado en la cama, sin sabanas que lo
cubrieran. Traía una bandeja de plata con la pava, el mate y los bizcochos.
Él se cubrió rápido, pero ella sonrió.
-No se preocupe, considéreme como una
enfermera.
-Pero también es una mujer…
-Casi nadie en el pueblo piensa así de mí, y ya
me he acostumbrado. Lo dejo para que se cambie. Era la ropa de mi finado padre.
Él hizo un gesto que no pudo evitar.
-Ya conoce la leyenda de la familia Valverde,
me imagino. ¿Acaso unas telas viejas que nadie usa hace casi veinte años
deberían preocuparlo?
Ella seguía sorprendiéndolo con ese carácter
independiente e intelectual, que ante todo tenía una respuesta de practicidad y
de sentido común. Estaba comenzando a darse cuenta de que había dado por
sentado algo que nunca habría aceptado en el caso de cualquier otra persona.
Primero había incorporado a su entendimiento la leyenda de lo sobrenatural, la
misma que ahora se estaba destruyendo por sí misma. Y hasta tal vez el encanto
inicial que esa leyenda le había otorgado, iría a transformarse en un desencanto.
Se visitó y se miró al espejo de luna del
armario. Una antigua levita gastada, camisa con volados de moda treinta años
antes y un moño que, tras varios intentos de anudarse, dejó sobre la silla.
Al
salir para ver a Altea, se encontró con Aurora, que lo miró con asombro en los
ojos azules. Parecían grandes como el cielo del mediodía sobre el patio.
-Se
parece mucho a mi padre- y se rio cuando vio la expresión de Máximo. -No se
preocupe, no anda rondando el fantasma de mi madre por la casa para venir a
matarlo-. Se dio vuelta para ir a la cocina, y la escuchó reír entre dientes.
El
desencanto no se estaba acercando demasiado, se dijo.
Entró a
la habitación de Altea. Seguía igual que la noche anterior, pero ahora dormía
realmente. Le acarició el cabello y le habló, pero ella tenía la cara abotagada
y no respondía a sus palabras.
-Le
he dado algo para que descanse- dijo Aurora, entrando con una taza humeante.
-Necesita dormir mucho para recuperarse. Las toxinas de los murciélagos
producen ese espasmo que usted notó en sus músculos. Es como un calambre
insoportable que exaspera hasta a un santo.
Máximo
la escuchaba hablar y tomar su taza de mate cocido con leche.
- ¿Desayunó
bien? - preguntó, abrazando el contorno de la taza ancha con los dedos y
mirándolo con una expresión indefinida. ¿Quién era esa mujer? ¿Qué había detrás
de la máscara de la cordialidad? ¿Burla, sarcasmo? Esas preguntas se hacía, al
responder:
- Sí,
gracias.
-Vaya
a recorrer un poco el pueblo, así conoce. Y tráigame, por favor, algo del
almacén, lo que a usted le guste, y lo preparo para esta noche. No se preocupe
por ella…
Mendoza
salió de la casa. Había dormido profundamente, y como no estaba acostumbrado a
levantarse tan tarde, seguía somnoliento y el sol le hirió los ojos. Caminó
hacia los restos de la carreta. Quedaba el esqueleto de los armazones de metal
y unas pocas tablas carbonizadas. Los arneses estaban quemados, y el caballo
había desaparecido.
-Lo
enterramos lejos- le dijo alguien. Creyó reconocer a uno de los hombres de
anoche.
- ¿Qué puedo hacer con estos restos?
-Déjela ahí nomás, ¿p’a qué preocuparse? En
unas semanas ya no quedará nada, la gente siempre encuentra algo útil. ¿Y la
señora…?
-Sigue igual. ¿Dígame, paisano, usted cree
que fueron los Benítez?
El hombre tosió, evidentemente incómodo. No
iba a hablar mal de una familia de la cual tal vez dependía la economía de toda
la región. Se acercó a un oído de Mendoza, y dijo:
-Deje las cosas como están. Un zaino muerto y
una carreta perdida no valen la pena.
Máximo se apartó con rudeza.
- ¡Pudieron
haberla matado!
-Fue
usted, mi amigo, el sacó el revólver y los provocó. Mucha gente podrá decir lo
mismo…-Se dio vuelta y se fue caminando hacia la calle principal del pueblo.
Mendoza esperó un rato y siguió el mismo camino. Buscó un almacén, mientras la
gente lo observaba por el aspecto de su ropa. Algunos viejos debían reconocer
la ropa del padre de Aurora Valverde, el hombre asesinado. Unos chicos le
tiraron de la cola de la levita, pero no les hizo caso. Pasando frente a una
vidriera, se miró a sí mismo, el pelo ensortijado y la barba crecida que nacía
casi hasta las clavículas, la ropa antigua, las ojeras profundas bajo sus ojos.
Era una mezcla extraña que provocaba respeto y conmiseración, pero el peso de
cada uno de estos elementos estaba por verse.
Compró
carne, harina, papas. Debía mandar un telegrama al banco de la provincia para
que le enviaran un giro de dinero, se estaba quedando con poco efectivo luego
de pagar a los Valente. Regresó a la casa, seguido por unos chicos revoltosos
que daban vueltas a su alrededor, gritando y cantando una canción obscena, algo
referido a la bruja y a él. No se inmutó, no estaba dispuesto a entablar una
querella en ese pueblo. Estaba muy cansado, y la culpa lo abrumaba.
Era
ya media tarde, dejó la mercadería en la cocina y fue al cuarto de Altea. La
expresión de su rostro era más serena. Aurora estaba sentada lejos de la cama,
en un rincón en sombras, no la había visto hasta que le habló.
- ¿Compró algo?
-
Sí, lo dejé en la cocina.
-
¿Qué le gustaría cenar?
-Me es indiferente, lo que usted quiera.
Ella salió y regresó poco después con otra
taza humeante. Altea había abierto los ojos y lo miraba con ternura. Él la beso
y se sentó en la cama.
-Ahora va a tomar algo caliente y liviano. -Aurora
le ofreció una cucharada de té con leche, mientras Máximo la ayudaba a erguir
la cabeza acomodándole una almohada. Altea fue bebiendo sorbo por sorbo,
lentamente, mientras Aurora le llevaba a la boca la cuchara a medio llenar,
limpiándole los labios con una servilleta. -Es usted una excelente enfermita, y
pronto se va a poner bien.
Máximo
contemplaba el evidente sarcasmo en la voz, pero no podía dejar de apreciar la
belleza de sus rasgos, y la encomiable, aunque fuese sólo aparente o
interesada, hospitalidad que les dedicaba a ambos. Altea los miraba,
alternativamente, pero ninguno reparó en lo que podría estar pensando.
Durante la tarde, Altea continuó
durmiendo. Máximo se sentó en una silla del patio, a la sombra de la parra, con
las piernas estiradas y las manos juntas sobre la camisa blanca. Aurora llegó
para traer la pava y el mate. Mientras cebaba, dijo:
-Lamento las burlas de la gente, yo estoy
acostumbrada…
-No
se preocupe, si me voy a hacer mala sangre por unos chicos maleducados, estoy
listo…
Ella
asintió, mientras le alcanzaba el mate.
-Haré
un puchero esta noche con la carne que me trajo. Le agradezco la atención, mi
economía no es muy abundante…
-Si no soy indiscreto, ¿cómo mantiene esta
casa?
-Por la herencia de mi padre…-Ella se rio otra
vez, parecía que desde que ellos habían llegado su humor se explayaba en giros
bruscos y sarcásticos. -Ya sé qué está pensando: “He hallado la causa del
crimen de su madre”. Todos pensaron en eso, era evidente, pero a la gente de
los pueblos de provincia les gusta seguir hablando siempre de los demás, porque
sus propias vidas son tan…tan…estúpidas… Y bueno, se inventaron la leyenda de
que soy hija del diablo, porque eso es más interesante que simplemente un
crimen por dinero.
Siguió
un largo silencio interrumpido por el sonido de la bombilla en el mate vacío,
el rechinar de la manija de la pava, y el paso de los carros por la calle.
Algunos pájaros emitieron un canto entrecortado.
- ¿Está esperando que le cuente el verdadero
motivo del asesinato de mi padre, no es cierto?
-No he dicho nada, disculpe…
-Precisamente por eso…-Su voz se había
tornado un poco ronca, y la belleza de su cara tomado una tonalidad veteada por
el paso de la luz de la tarde entre las hojas del parral.
-Esa
madrugada, me despertó el disparo. Salí corriendo de la cama hacia la
habitación de mis padres-. Fue diciendo esto mientras señalaba con el brazo
izquierdo el itinerario de los acontecimientos en el mapa real de la casa. La
habitación donde ella dormía de chica era la que ocupaba Altea, y la habitación
de sus padres donde ella dormía ahora, del otro lado del patio. - Crucé el patio,
descalza, y vi por la puerta abierta de su habitación a mi madre con la
escopeta sobre el hombro. Pensé en ladrones, pero cuando entré, mi padre estaba
acostado boca arriba, con el pecho desnudo y el agujero que le había hecho la
escopeta disparada desde tan cerca. Los policías dijeron que había sido un
disparo a quemarropa, pero yo no entendía nada. Se llevaron a mi madre, y me
encerraron en un hospicio durante todo el juicio.
La
cara de Aurora en ese momento era un dechado de inocencia, y Máximo hasta
imaginó tomar la mano de la adolescente que había presenciado el asesinato para
consolarla.
-Después,
me restituyeron a la casa, con un tutor del estado hasta que fui mayor de edad.
Tuve la suerte de que fuese un abogado decente, porque ahora no tendría nada.
Otro
largo silencio.
-
¿Mi madre estaba loca?, me preguntaban, ¡justamente a mí! ¡Qué gente estúpida
la del juzgado! Si me hubieran preguntado eso en el pueblo, lo entendería, pero
la gente del pueblo es más inteligente que los funcionarios de turno. En la
calle nadie me preguntaba nada, se limitaban a evitarme y condenarme, como si
hubiesen leído en las entrelíneas de las crónicas que habían salido en la
prensa durante todo ese tiempo. O quizá, lo descubriesen en mi cara.
-Vamos, Aurora, no me va a hacer creer…-Y
Máximo se reía, renovando su rostro en una expresión de extraño contento. Pero
cuando encontró por respuesta la mirada rígida de Aurora Valverde, elevándose
ofendida de la silla, y recogiendo las cosas de la merienda otra vez en la
bandeja, se calló la boca, y la vio irse altanera hacia la cocina, cerrando la
puerta con un portazo.
Durante el resto de la tarde fue él quien
se quedó a cuidar a Altea. Le hablaba, aun cuando estaba con los ojos cerrados,
de lo que harían cuando ella sanara. Le prometía hacer un acuerdo con Natacha,
ella seguramente terminaría por ceder, y el niño nacería como una bendición
para la nueva pareja. Era extraño escuchar hablar a ese hombre tan práctico
sobre las imposibilidades que ambos conocían. Y aunque él sabía todo eso,
también estaba al tanto de cómo esos sueños ayudaban a recuperar la salud, a
veces. Le alcanzaba agua y le daba a beber en cortos sorbos. Sólo una vez entró
Aurora para traer leche tibia. No preguntó qué sustancia colocaba en la comida
de Altea, pero ésta en seguida se veía dominada por el sueño profundo. Después
de las siete de la tarde, cuando ya la luz que llegaba desde el patio era tan
tenue que la habitación no era más que una penumbra triste y desolada preñada
de silencio, olió el aroma del puchero que llegaba desde la cocina. Tuve el
deseo imperioso de ir allá y acompañar a Aurora mientras cocinaba, charlar con
ella sentado en una silla junto a la mesa, con un vaso de vino y rodajas de
queso, mientras contemplaba su espalda al cocinar. Aunque ella no le
contestara, era suficiente con que él supiera que allí estaba, escuchándolo.
¡Qué absurdo y débil hombre que soy!, pensó mientras salía de la habitación. No
era él un hombre al que lo hicieran feliz las mujeres enfermas, ni Natacha ni
Altea. Aurora Valverde tenía todo el misterio de las mujeres maliciosas, pero
su espíritu era vital, y de dónde provenía esa vitalidad no era importante. Si
llegaba del diablo, y se rio de sí mismo, tal vez fuese mejor pasar la
eternidad en el infierno que en el cielo, donde la beatitud debía ser demasiado
aburrida.
Entró en la cocina y ella lo miró.
- ¿Dónde quiere cenar? La mesa de la sala es
más grande.
-Pero si somos dos…
El
perro estaba sentado junto al horno de barro, mirándolos y aguardando que se
cayera algún pedazo de carne.
-Acá
está bien, y está más cálido.
Se
sentó, tal cual lo había pensado, levemente apartado de la mesa para cruzar las
piernas, y un codo apoyado en ella. La miraba ir a izquierda o derecha,
agacharse o ponerse en puntas de pie para alcanzar algo.
- ¿La puedo ayudar?
-No es necesario, ya todo está listo, sólo
falta la cocción. ¿Le sirvo algo? - No esperó la contestación, cuando ya tenía
a su lado la tabla, el queso de campo y la copa de vino. Partió un pedazo de
pan y se lo llevó a la boca.
- ¿Cocina
todo usted misma?
-Por
supuesto, trato de evitar ir al pueblo.
- ¿Y
nunca se casó?
- ¿Sabe que hace preguntas estúpidas para
tratarse de un hombre ilustrado como usted, un capitán de barco, incluso, que
debiera ser más práctico?
Mendoza
se sintió ofendido, por más que ella tuviera razón. Le chocaban esas
contestaciones pedantes. Se calló la boca y bebió de su copa.
Ella estaba apoyada en la mesada, revolviendo
la olla, y como todo estaba bien, se puso a preparar la mesa. No lo miró, ni él
a ella. Su brazo pasaba muy cerca de su cara, podía sentir casi el olor tenue
de las axilas, un aroma a ropa usada durante el día, pero con un tono de
almizcle o anís.
- ¿Cree que se podrá resolver el problema del chico,
cuando ella se ponga bien?
-Depende
de cuándo sea eso. Si pasan varias semanas, ya sería complicado, y no lo
recomendaría. Además…el espasmo muscular del que le hablé no es solo en los
brazos y piernas, sino también en los músculos de útero. La contracción
excesiva pude haber dañado al niño, o haberse desprendido, o incluso ahogado al
embrión. He visto casos en donde el embrión se ha encapsulado dentro del
músculo y convertido en un tumor.
- ¿Entonces
el niño puede morir por sí solo?
-Tal
vez, o nacer enfermo.
Máximo
pensaba, mientras le daba un pedazo de queso al perro y le acariciaba la
cabeza.
-Mire, no amarguemos la cena. Todo lo que
le expliqué ya está hecho, y sólo nos resta ver cómo evoluciona. No hay
remedios que curen, capitán, sólo alivian un poco la vida.
Sirvió
las verduras calientes en dos platos hondos con un gran cucharón. Trozó la
carne como si estuviera disecando un preparado anatómico, con una expresión de
extrema concentración en el rostro y los hombros contraídos. Cuando terminó,
colocó un trozo en el plato de él y otro más pequeño en el suyo.
El
puchero estaba delicioso, y no recordaba él desde hacía cuánto tiempo no comía
algo semejante.
- ¿Y
quién le enseño todo lo que sabe?
-Mi madre. Era una autodidacta, leía y
practicaba todas las ciencias, aunque no le estuviese permitido por ser mujer.
Iba al cementerio a practicar disecciones en el edificio del osario. En casa
hacía mezclas químicas. Construía elementos de física. Entendía de álgebra y de
música. Venía de una familia portuguesa emparentada con otra de Italia. Hubo un
anatomista famoso en su familia, Amusco se llamaba.
-Comprendo- dijo él. -Tal vez su padre era
demasiado conservador y estrecho de miras…
- Era
ciego, capitán. Tenía ojos sanos, pero era más ciego que un murciélago.
Comieron,
tratando él de evitar su curiosidad, pero no podía dejar de observarla: la
forma que adoptaban sus dedos al agarrar los cubiertos, los movimientos de sus
antebrazos y codos, sus hombros. La manera en que los mechones rebeldes se
interponían en medio de su cara y ella los apartaba con un soplido. Formas de
actuar libres de convencionalismos.
Cuando
terminaron, alabó una vez más la cena, y ella agradeció el cumplido agarrándolo
de una mano luego de dejar los platos en la mesada.
-Venga,
capitán. Le mostraré la biblioteca de mis padres.
Salieron al patio y luego de pasar antes las
puertas de las habitaciones que ya conocía, entraron por otra de dos hojas, de
hierro forjado y vitreaux con figuras romboidales. La estancia era grande, con
un escritorio en el centro y las paredes rodeadas de estantes con libros.
-Aquí
pasaban el día después del trabajo tanto mi madre como mi padre, cuando se
llevaban bien, por supuesto. Él sentado frente al escritorio, con sus libros de
contabilidad. Mi madre, sentada en ese sofá de la izquierda, a veces con más de
un libro a la vez, leyendo uno y buscando datos en los otros, y a veces
escribiendo. Cuando él se iba a dormir, apagaba la luz del escritorio y se
despedía con un beso. Para ella era una liberación. Yo me levantaba de la cama
y la iba a espiar. La veía levantarse y acercarse a la biblioteca buscando
libro por libro, obsesionada por encontrar un dato que le faltaba y no podía
dejar pendiente para el otro día. Usaba el escritorio recién entonces, porque a
mi padre no le agradaba encontrar sus cosas cambiadas de lugar. A veces hablaba
o gesticulaba sola, preocupada por sus temas de ciencia. La mayoría de las
veces se acostaba a las tres o cuatro de la madrugada. Ordenaba el escritorio
tal como lo había dejado mi padre y apagaba las luces. Debo confesar que me
atrapó muchas veces espiándola, porque yo me quedaba dormida en la puerta de la
biblioteca. Y cuando ya fui mayor, me iba a buscar a la cama y me llevaba con
ella, muy silenciosamente, para que mi padre no se enterara. Fue así como
aprendí todo lo que ella sabía, y continúo leyendo por las noches. Practicando…
Mendoza
observó los estantes, tratando de leer los viejos lomos desgastados.
Literatura, filosofía, historia, álgebra, teología, astronomía, medicina,
geografía, zoología, botánica, y los estantes continuaban hasta el techo y de
pared a pared. Sobre el escritorio había varias pilas de libros de
contabilidad.
-Esta
era la biblioteca de mi padre- dijo ella, apoyando las manos sobre dos pilas de
libros que nunca más volvieron a ser abiertos desde el asesinato. -El resto era
de la familia de mi madre, y de ella, por supuesto.
- ¿Y no tiene usted…un laboratorio, o algo
semejante?
Aurora
Valverde se le quedó mirando con ojos furiosos.
-Ya estoy convencida, es usted más que un
estúpido, es un imbécil. No me resultaría extraño que sufra de algún retardo
mental producto de alguna enfermedad de la infancia, o durante el período de su
gestación. No puede sacarse de la cabeza lo que ha escuchado de mi familia
desde que era un chico: que mi madre era una bruja, que colaboraba con el
demonio, que mataba niños y los conservaba en frascos de formol a todo lo largo
de los pasillos de la casa, que tenía un negocio de abortos con otra bruja como
Blanca Valente, y qué sé yo cuántas otras cosas más. ¿Quiere ver la escoba que
uso para volar? ¿O la olla hirviente donde meto niños vivos? Ya ha visto la
cocina y no me dijo nada entonces. Ha esperado ver esta biblioteca para llegar
a conclusiones precisamente contrarias a toda la lógica y al razonamiento que
todos estos libros intentan clarificar. Cuando las mujeres estamos en la
cocina, todo está muy bien para ustedes, pero en una biblioteca una mujer es
algo extraño, una mujer no puede pensar más que sentimentalmente. Una mujer que
piensa es un monstruo que tiene laboratorios escondidos en los sótanos de su
casa, una mujer así no es una mujer, sino que tiene mezcladas los caracteres de
un hombre. Sólo así se explica su pregunta, capitán de un barco viejo que ha
pasado por las manos de dos insignes asesinos.
Entonces
Máximo Mendoza, irritado más que ofendido, confuso y nervioso, sólo atinó a
agarrar a Aurora Valverde de las muñecas, y mientras ella se resistía, comenzó
a besarla. Sus labios recorrieron todo el espectro de su contorno, luego el
cuello, luego el pecho, siempre sujetándola de los brazos, hasta que sintió que
las manos de ella se quedaban quietas. Y al mirarla a los ojos, ella lloraba, y
su cuerpo comenzó a estremecerse, hablando cosas en otro idioma, uno
desconocido para él. Y entonces los brazos de Aurora le rodearon los hombros,
pegándose a él como un animal asustado. Le besó la boca, oliendo el aroma del
almizcle. Acre a veces, cautivante siempre. Se acostaron en el sillón donde la
madre estudiaba. Él sobre ella, besándola, adorándola. Ella bajo el cuerpo del
hombre que se parecía a su padre, de cuerpo fuerte y formas gráciles, de pelo
crespo y barba oscura. Adivinaba que bajo la antigua camisa blanca podría tocar
el vello del pecho. Y él sabía que bajo el vestido de Aurora estaban los senos
tal vez nunca tocados por hombre alguno, nunca vistos, dos manzanas verdes, o dos
duraznos cuya pulpa se mezclaría con su saliva.
Se sacaron la ropa y se buscaron los cuerpos.
Pegándose como dos viscosidades que no necesitaran aceites para deslizarse uno
sobre y alrededor del otro. Penetrando los orificios de cada uno con la lengua,
lamiendo los pliegues, deslizándose por las anfractuosidades de los cuerpos,
sujetándose a los miembros de cada uno. El sillón ya no fue suficiente y
cayeron al piso, sobre la alfombra tejida por los indios, y creyeron estar
revolcándose en un pasto virgen bajo la sombra de los árboles, los árboles que
ahora pensaban porque habían sido matados para sostener las ideas del mundo.
Después,
cuando el pensamiento volvió para quedarse, él estaba sentado en el piso, con
la espalda apoyada en el borde del sillón y los brazos extendidos sobre el
asiento, las piernas extendidas, desnudo. Ella seguía acostada en la alfombra,
de costado, casi en posición fetal, salvo que sobre un brazo descansaba su
cabeza de ojos abiertos, y el otro brazo doblado sobre su pecho. Ella
contemplaba la desnudez del hombre.
-En realidad, nunca me dijo por qué lo mató.
Un acto tan irracional en una mujer tan inteligente-dijo, mientras se
levantaba, acodándose primero en la alfombra, luego apoyando las manos, mirando
alrededor, como perdida. - Esta biblioteca es como un cerebro, contiene toda la
historia y las ideas del mundo. Pero si los libros no se abren, están muertos.
El cerebro humano es un cementerio…
-Lo
he leído alguna vez, me parece…
-Puede ser, las ideas nunca son nuevas. Es el
olvido el que nos salva del suicidio…-Y se acercó a Máximo, apoyando la cabeza
sobre las piernas de él, acariciando el vello oscuro, y contemplando el órgano
humano con el que los hombres dominaban el mundo. Lo tomó con una mano, y dijo:
-Esto es más fuerte que la misma idea de Dios.
-Todo
muere, Aurora…
-Pero Dios ha muerto mucho antes de que muera
tu cuerpo.
*
No sabía qué día
era ni dónde estaba. Todo el tiempo previo había estado dando vueltas en un
limbo, poseída por la fiebre que la arrastraba de sueño en sueño: imágenes del
campo azotado por la lluvia, el ruido de los truenos, los destellos de los
relámpagos, el fuego que la rodeaba, caballos que corrían, gritos
escalofriantes de hombres y mujeres, llantos que llegaban hasta el cielo
encapotado. Luego de una larga pausa de sueño profundo, las conversaciones a su
alrededor: un hombre y una mujer, el chocar de la vajilla, puertas que se cerraban,
luces intermitentes desde la ventana que alguien abría.
Le dolían los ojos. Se miró las manos,
estaban flacas como garras de algún pájaro carroñero. Tenía tanta hambre que
comenzó a revolver las sábanas como si estuviese escarbando. Una mano grácil,
blanca y de uñas cuidadas la detuvo.
-Tranquila, señora mía, ahora que por fin se
ha despertado debe apetecer algo sólido.
Altea levantó la mirada. Una mujer le hablaba
lentamente, como si fuese una nena que nada comprendía. Ella lo sabía todo,
ahora, de pronto, comprendía por todo lo que había pasado. La mordedura de los
murciélagos y la fiebre. También recordaba que había estado a punto de morir
quemada en la carreta. Se tocó la cara, aún le ardía, pero sintió la piel
maltrecha o deformada.
-No
se preocupe, su cuerpo no se ha quemado, agradézcale a su perro-dijo, señalando
al lado de la cama, donde Max estaba sentado, mirando fijamente a Altea con
ojos ávidos de cariño.
Por ahora, no sentía ganas de moverse, y
mucho menos de levantarse. Los brazos le pesaban como troncos, pero estaban
flojos, sin embargo, y muy débiles. Movió los dedos de los pies, apenas los
sentía. Su expresión se transformó en uno de los rostros del pánico. Entonces
el capitán Mendoza se acercó a abrazarla, sentado a su lado en la cama, para
mecerla y decirle cosas cariñosas que ella no le había pedido nunca. Ni
siquiera las entendía, porque sentía los sonidos atenuados o filtrados a través
de una capa de algodón.
- ¿Qué me pasa? - dijo ella, llorosa a pesar
suyo, tocándose las partes del cuerpo que no le respondían, como si no fuesen
suyas: las piernas, los oídos, la cara.
Aurora Valverde, ahora ya sabía quién era esa
mujer, que había esperado fuese una vieja gorda y fea, le daba palmadas
estúpidas en un hombro, haciendo el sonido con que se intenta consolar a un
bebé que llora. Y también se dio cuenta de la verdadera personalidad de la
bruja con ese cuchicheo que nada decía y que todo pronunciaba: la mentira a
rajatabla por debajo de la mísera realidad superficial. La calidez del cuerpo
de Máximo Mendoza entibiaba su lado izquierdo, pero del derecho la mano fría de
la bruja ensombrecía su ánimo. Y, sin embargo, la calidez aumentaba su fiebre y
la enfermedad, y el frío la disminuía y la atenuaba.
Cuando Máximo se apartó, si soltarle la
mano, vio que tenía los ojos llorosos. Era sólo un remedo del hombre de
naturaleza militar que había conocido. Estaba delgado y pálido, el pelo
naturalmente ensortijado, desprolijo y muy largo y oscuro. Altea le acarició
una mejilla, y él apoyó la cara en la mano de ella.
- ¿Qué
nos ha pasado, vida mía? - dijo él.
Altea
miró a Aurora, vio los celos plasmados en el rostro de la bruja, y luego el
sarcasmo cuando él la miró, con culpa.
Desde
entonces Altea, todas las tardes, contemplaba las rutinarias costumbres
dedicadas a su cuidado: la entrada de Aurora con el té con leche, el levantarse
de Máximo de la silla en la que había pasado la siesta, cuidándola, y de
inmediato las miradas inteligentes entre ambos, los roces de los dedos cuando
ella le pasaba la bandeja, el contacto de los hombros cuando ambos se
entrecruzaban para ponerse ella a un lado y tomarle el pulso en la muñeca, y él
del otro para acariciarle la otra mano. Ellos dos la tocaban, pero sus miradas
se tocaban entre sí, con anhelo. Era evidente que el amor del capitán Mendoza,
si es que alguna vez había sido eso, se había tornado en una especie de cariño
culpable, una culpa que se recreaba con otra culpa ante los ojos desaprobadores
de su amante, la nueva.
“¿Cómo es que no se da cuenta del rostro
mezquino de la bruja?”, pensaba Altea. “La mira como si ella fuese una pequeña
modista de Cádiz resignada al desamor y al engaño”.
Pero las mujeres eran expertas en generar las
culpas, ella lo sabía muy bien. Y los hombres, animales estúpidos, daban
vueltas como perros sarnosos en espera de un hueso seco que conserve apenas un
resabio del viejo y anhelado amor.
Ya
que le había quitado al hombre, irremisiblemente, una tarde le dijo a la bruja
que se quedara en la habitación.
-Siéntese a mi lado, Aurora.
Ella
acercó la mecedora en donde se recostaba Máximo durante la siesta.
- ¿Dónde
está él?
-Fue a hacer unas compras, y creo que está
buscando una carreta nueva.
-Lo ha domado usted al capitán.
- ¿Lo cree necesario? Ya alguna más lo hizo
antes, pero los hombres quieren simular que son independientes, y una les
concede eso de tanto en tanto.
-Como aflojar la rienda y luego tirar de
golpe.
-Así es, pero no se debe tirar demasiado,
sino se corre el riesgo de que se encabriten y corran, como caballo arrastrando
el mismo fuego que lo quema.
Ambas se miraron, y ambas miradas eran
frías. Altea veía el fuego y la estéril ramazón de su paso por un estrecho
desolado entres altas rocas. Aurora contemplaba los témpanos y los cielos
áridos donde los días son madres que no engendran ninguna noche.
- ¿Sabe
por qué hemos venido?
-Ya
le dije al capitán que no podía hacer nada por usted en el estado en que se
encontraba. Aún no puedo hacerlo sin matarla a usted.
-Pero
una simple operación…
-La infección que le transmitieron los
murciélagos, señora mía, produce un espasmo en todos los músculos del cuerpo.
Su útero ha sufrido, y no me extrañaría que ahora fuese una especie de cuero
rígido imposible de abrir. El niño sin duda ha sufrido…
- ¿Es un varón…? ¿Cómo lo…?
-Lo es, yo lo supe apenas la vi tirada en
la calle, casi quemada, casi muerta. El niño me hablaba, y lo escuché
claramente en medio de toda esa gente tonta del pueblo. Ha sufrido, y usted
debe aceptarlo.
- ¿Aceptar
qué?
-A él, como sea.
-Pero lo siento como una maldición…
-Entonces acéptelo así. No lo adore, ódielo
si lo desea. No lo acaricie, aborrézcalo si eso la hace sentir mejor. Tome su
vida como una transformación de la suya, adáptese al sufrimiento y al dolor
como si fuera la ansiada felicidad maternal de los tontos.
Altea no la observaba ya, solamente se tocaba
el vientre por debajo del camisón.
-Hay una vieja leyenda dijo Aurora- que sin
duda alguien escribirá alguna vez. Un hombre iba caminando y se encontró con un
vagabundo que cocinaba algo en una pequeña fogata. Como anochecía y tenía
hambre, el hombre se paró junto al vago, y le preguntó: “¿Qué está cocinando,
amigo?” El vago contestó sin levantarse ni mirarlo, siempre atizando el fuego
con una vara. “Es mi corazón”. El hombre no pudo hacer más que reírse,
obviamente se trataba de un loco o un borracho. “¿Y qué sabor tiene, si se
puede saber?”, preguntó, medio en broma y medio en serio. “Es amargo”, dijo el
vago, “pero es mi corazón”.
Durante la siguiente semana, fue
recuperando la fuerza de las piernas. Se levantaba con ayuda de Máximo, pero
siempre estaba Aurora presente, incitándola a que caminase por sí misma.
Entonces Altea se soltó bruscamente de él y se quedó parada, con el camisón
sobrándole por todos lados y el cabello suelto, claro como espigas de trigo
secas. Se miró al espejo que justo tenía enfrente, Aurora lo había puesto allí
con toda intención, porque luego de estimularla para caminar, se había apartado
de pronto, y la imagen de la convalecencia la apesadumbró. ¿Cómo podía competir
ella con la belleza de la bruja? Pero no lloró. Cumplió con lo que se había propuesto,
mantenerse en pie sin ayuda.
Los siguientes días se levantaba, y
después de asearse y vestirse con un vestido de Aurora que le quedaba ridículo,
se sentaba a desayunar en el patio. Se quedaba casi todo el día, escuchando a
las aves raras que la bruja conservaba en jaulas.
- ¡Qué
pájaros raros! - dijo una vez, mientras merendaba mate cocido y tortas fritas.
-Fueron regalos para mi madre de amigos
exploradores. Baumgarten, por ejemplo, le trajo ese papagayo que está ahí en la
jaula más grande, hace quince años. Yo era una nena, y me enamoré en cuanto vi
de esos colores. Cuando se enoja, abre las alas y las plumas del cuello se
levantan, y entonces parece un demonio en llamas. Tiene todos los colores del
infierno escondidos bajo las alas.
- ¿Lo
puedo tocar?
-No
se lo aconsejo. Sólo confía en mí.
-No lo dudo, Aurora.
-Si
me disculpa, señora mía, tengo visitas.
Se
levantó y se fue por el pasillo hacia la puerta de entrada. Altea escuchó una
conversación que no entendió, y pronto la bruja llegó acompañada por una mujer
que le resultaba conocida. Era una mujer de clase, con un sombrero y un velo
que le ocultaban casi toda la cara. Pero la familiaridad estaba en la voz que
había escuchado, o más bien en el tono y la forma de hablar. Se dio cuenta que
la mujer la había visto y le dirigió una mirada asustada a juzgar por la brusca
vuelta con que intentó ocultarse. Aurora y la otra cuchichearon algo unos
segundos, y entraron en una de las habitaciones. Escenas como esa había
presenciado toda la semana, a diferentes horas de la mañana o de la tarde.
Incluso la noche anterior, casi a las diez, oyó la campana de la puerta, los
pasos inconfundibles de dos mujeres por el pasillo, y el cierre de la puerta de
la habitación de Aurora. Ella nada le había preguntado, pero la bruja pasaba
inmediatamente después a verla, con la excusa de si necesitaba algo. En la
expresión se notaba la ansiedad por descubrir los signos del sufrimiento en el
alma de Altea. Con una simple pregunta de cortesía, se esmeraba en frotarle por
la cara que todas esas mujeres salían de la casa habiendo obtenido lo que
buscaban. No había frascos con formol en los pasillos, no había piletas con
cadáveres, no había siquiera olor a sangre, ni la más leve mancha en los
impecables vestidos de la bruja. Todas, menos ella, salían satisfechas. Ella
sola saldría con el niño intacto, tal como había entrado a esa casa. Con la
maldición a cuestas, condenada a aceptarla como quien acepta que proviene del
mismo Dios. Sí, después de todo, estaba empezando a comprender a Manuel y a
toda esa cría de curas insomnes y crueles que le habían enseñado a ser como
era: el calco invertido de su hermano.
Cuando ya eran las siete de la tarde y
empezaba a oscurecer, las vio salir del cuarto. Aurora ayudando a caminar a la
mujer que lloriqueaba un poco, pero ya sin el velo para cubrirla. Entonces los
ojos de ambas volvieron a cruzarse, esta vez sin intención, y se reconocieron.
Era Lucrecia, la prima del capitán Mendoza, la bien casada con un pariente
cercano al general Urquiza. Las oyó despedirse en la puerta, y después el
traqueteo de un carruaje que se alejaba por el empedrado.
Cuando Aurora regresó, sus pasos sonaban
orgullosos sobre los viejos ladrillos coloniales.
- ¿Y
cómo se siente la enfermita? ¿Necesita algo antes de la cena?
Altea
hizo el gesto de desprecio más intenso y grande del que fue capaz.
- ¿Cómo lo hace?- preguntó- ¿Hechizos,
palabras mágicas, o qué?
-Si
en verdad quiere saberlo…nada de eso. Solamente la medicina, señora mía, ¿acaso
los brujos no fueron siempre los médicos de los antiguos pueblos? Mi biblioteca
está a su disposición, Altea. Ahora, si me permite, iré a preparar la cena.
Evadiendo como pudo la ironía de Aurora, Altea
se levantó lentamente y caminó hacia su dormitorio. Esa noche no comería nada,
simplemente se acostaría, intentando no escuchar los gemidos desde el otro
cuarto, luego de que Máximo se despidiera de ella con un beso. Se comería la
ira, que más amarga que su propio corazón, sabía a la podredumbre de todos los
abortos que habían sucedido en esa casa. ¿Dónde estaban? ¿Entre qué paredes,
bajo qué pisos se escondían? Si la ira que sentía hubiese sido capaz de crear
el fermento que matara a su hijo, ella habría sido una de las felices
visitantes que salían satisfechas. Pero algo le decía que no era la ira la que
los mataba, sino la absoluta y más flagrante indiferencia.
Al fin de esa semana de enero, comenzó a
hacer mucho calor. La casona tenía una bomba de agua en la cocina, y otra en el
patio de atrás. El agua empezó a escasear el viernes, y el sábado por la mañana
ya no quedaba nada en ninguna de los dos pozos. Sólo quedaba la que se juntaba
por la lluvia en los grandes macetones vacíos.
- ¿Qué
hace en estos casos, Aurora? -le preguntó Máximo, cuando los tres estaban en la
cocina.
-Espero, nada más. Ninguna sequía puede durar
tanto como para llegar a matarme.
-Pero necesitamos agua, iré hasta el arroyo
que está cerca.
Dos horas después, había vuelto.
-Está seco, y en el pueblo están igual que
nosotros. ¿Qué tal si intentamos en el aljibe? En los viejos tiempos hacían
pozos muy profundos.
-Está clausurado, capitán. Cuando mi padre
instaló las bombas anularon ese pozo. Está relleno con tierra y piedras.
Altea
y Máximo sabían que en unos pocos días podrían irse, así que decidieron
aguantar y aprovechar el frescor impagable que les ofrecía la casona colonial.
Pero durante la tarde Max regresó de su vuelta habitual por el pueblo con la
lengua afuera. Estaba sediento, y se acostó a los pies de Altea en el patio. De
pronto, alzó la cabeza, oliendo algo. Corrió hacia el aljibe y comenzó a
saltar, intentando llegar al borde.
-Parece que el instinto perruno no falla. Ahí
hay agua, Aurora- dijo Mendoza. Pero ella se levantó y lo detuvo de un brazo.
Altea notó la preocupación en la cara de la bruja.
-Con probar no se pierde nada-dijo él.
Caminó hasta el aljibe e intentó levantar
la tapa. Era una losa pesada y encajada exactamente en los bordes. Fue hasta el
galpón donde se guardaban algunas herramientas y regresó con una pala y una
zapa. Se esmeró en abrir un canal en la circunferencia entre la pared vieja del
aljibe y la loza que lo tapaba. Las mujeres lo miraban trabajar, sentadas a la
mesa, dirigiéndose miradas de socavamiento. Cuando el capitán finalmente pudo
insertar el filo de la zapa en la grieta, se subió al borde del aljibe y empezó
a empujar. Ellas se levantaron, curiosas, el perro saltaba de contento, pero
nervioso, preocupado. Altea casi pudo leer, en los movimientos de Max, más que
sed, una ansiedad salvaje.
A
medida que todo el círculo se fue agrietando, la losa se iba levantando de a poco.
Barro seco y gusanos de tierra fue lo primero que vieron. Era demasiado pesada
para moverla de una sola vez, así que Máximo la fue empujando lentamente, y fue
entonces que, de pronto, se detuvo.
- ¿Qué sucede? - preguntó Altea, pero ya no
fue necesaria ninguna respuesta. Max saltó al borde y empezó a ladrar hacia el
fondo oscuro del pozo, desesperado. Su ladrido se hizo un aullido grave de
lamento. Se escuchaba, también el sonido del agua.
-Al fin de cuentas, hay agua-dijo Aurora, con
las manos cruzadas sobre la falda, porque había vuelto a sentarse. Tenía una
sonrisa maliciosa, de aquellas que simplemente esperan los acontecimientos.
Pero era el olor lo que había hecho que
Mendoza se detuviera, que salía del fondo del viejo pozo. El agua pasaba por
los antiguos túneles excavados por los indios, tal vez, bajo las órdenes de
algún capitanejo español del siglo XVI o XVII. El agua corría con fluidez,
chocando con objetos duros que golpeaban las paredes, y cuyo sonido era como el
percutir de una música primitiva hecha por instrumentos confeccionados por los
indios. Tal vez maderas, aunque nada podía ver, quizá huesos. Y el olor era ya inconfundible.
Aroma
a muerto.
Ése
era el laboratorio que había estado esperando ver alguna vez. Y pensando en el
perfume que Aurora usaba en las noches mientras estaban juntos, tiró la pala al
piso, agarró al perro y lo llevó afuera. Las mujeres lo vieron hacer, al
parecer asombradas, pero Altea ya sabía de qué se trataba todo eso. Escucharon
ladrar al perro atado a una rueda de la carreta. Luego Máximo volvió al patio,
agarró a Altea de un brazo y la llevó a su dormitorio. Aurora adivinaba lo que
se estarían diciendo: “¿Nos vamos ahora?”, preguntaría ella, agregando: “Quiero
regresar con mi marido”. Y él, aceptando la definitiva condena: “Nos vamos”.
Los vio salir, con la ropa que llevaban puesta:
ella con el vestido que Aurora le había dado, y él con el traje del padre.
Parecían dos muñecos disfrazados saliendo del brazo, rígidos como títeres que la
bruja ya no podría manejar porque se iban de la casa. Y como iba oscureciendo,
ellos penetraron el pasillo y lo atravesaron hasta llegar a la puerta, mientras
el eco del zaguán repetía la risa de Aurora Valverde, envuelta por el vaho
profundo de los muertos.
*
Máximo Mendoza
iba pensando que el silencio era doloroso, pero se aferraba a él con uñas y
garras, con tal de no mirar a la mujer que tenía al lado. Veía su falda
plisada, un vestido inadecuado para el viaje que realizarían de vuelta hacia el
río. Uno de un blanco sucio que Aurora Valverde le había entregado como a quien
se da una limosna. Pero Altea lo llevaba con displicente orgullo, y la misma
frialdad de un témpano en el rostro. Si pudiera verla a la cara por lo menos un
instante, y romper ese glaciar de desprecio, porque no era odio, eso siquiera
hubiera sido comprensible, y por lo tanto un consuelo para la desazón de
Mendoza. Era, sin embargo, la más completa indiferencia, como si el que
conducía la carreta no fuese más que un autómata de esos de los que había leído
alguna vez. Unos que jugaban al ajedrez y siempre ganaban, máquinas
inteligentes que en este caso servían como peones, conduciendo una carreta,
nada más. ¿Qué interés podría tener esa mujer tan hermosa en un simple objeto
de uso? Eso era él, un hombre para el uso de tres mujeres: Natacha, Altea y
Aurora. ¿Era una víctima? Ni siquiera eso. Se había dejado llevar por su propia
debilidad. Un capitán de barco nunca domina las aguas, simplemente corre por
encima de ellas, y las olvida. Tal era el plan que pensaba mientras sus ojos
estaban concentrados en las riendas, en el lomo del caballo, y la falda
plisada, mientras el silencio de toda voz humana era un bálsamo parecido al
ácido sobre una llaga, doloroso pero adecuado para regodearse en la miseria
propia.
De pronto, la voz le salió sin que lo
planeara. Algo dentro de él traicionaba su omnipotente orgullo.
-Pasaremos por la estancia de mi padrino, se
lo prometí- dijo, explicando, siempre justificando sus actos ante la mirada
impertérrita y vigilante de esa mujer de hielo. Porque luego del verano de su
corazón, había vuelto el invierno.
Ella no dijo nada. La voz se le había
vuelto algo ronca luego de la enfermedad, y cuando hablaba un tono ocre se
vislumbraba en la calidad del sonido, casi como si el otoño se dibujara en el
aliento que ella exhalaba. Le habría gustado a él ver esas hojas herrumbrosas
salir de la boca como de un viento tempestuoso. El otoño era triste, pero lo
prefería al horror del invierno. En uno había todavía la luz ocre de la
esperanza, en el otro la muerte se avecinaba con la más completa oscuridad.
El camino sinuoso fue cálido esta vez, ni
lluvia ni viento ni frío, únicamente las nubes que tapaban el sol del verano en
el momento justo para protegerlos. Entonces se atrevió a mirarla, ya cuando
llegaba la noche y se acercaban a Lavalle. Ella miraba al cielo, y se dispuso a
hablar.
-Parece que el cielo es benigno con
nosotros, ¿no es cierto?
¿Ella quería que le contestara? ¿Tanto lo
odiaba que necesitaba humillarlo evitando la verdadera conversación que
esperaba? ¿La verdad estaba en la sinceridad o en la esquiva mentira?
-No lo hemos sido con Dios, me parece-
continuó ella diciendo.
Máximo recordó la cruz en la habitación
de la casona colonial, la noche en que se estaba bañando. Cristo era el
mensajero de los hombres, el hombre que comprende al hombre: lo acomete, lo
traiciona, lo condena, lo perdona. Dios padre era un símbolo beatífico, el don
de los cielos, la luz del sol, el verde del campo. ¡Qué empresa la de los
cielos, qué gran imperio eficazmente construido!
Pasaron la noche en Lavalle, en la casa
de Fermín Valente. Cuando el viejo lo vio, dijo unas cuantas palabras en
catalán que a ninguno les importó traducir, ni él lo intentó al ver el rostro
demacrado de ambos.
- ¿Están
los chicos? -preguntó Máximo mientras ayudaba a bajar a Altea.
- No. Se fueron de pesca el fin de semana.
Vuelven mañana.
Era lo mejor. La vieja Dorotea le ofreció
otra vez la misma habitación en que Altea había dormido. Nadie preguntó nada,
igual que cuando el silencio es acorde al tiempo en que llega, es decir, el
anochecer, el descampado, la vuelta de la gente a sus casas, el cierre de las
puertas, las luces que se apagan, el sonido lento de un búho, y el viento
extraño entre las hojas de los árboles.
En la mañana, Valente quiso ofrecerles
dinero para comprar ropa y comida, pero fue Mendoza el que firmó un documento
en pago del caballo y del sulky que se habían llevado. Por más que se negara,
él dejó el papel sobre el mostrador del negocio, y salió por la esquina bajo el
cartel de la próspera empresa de Fermín Valente. Mientras se alejaban, miró
atrás, y vio que los chicos llegaban a trote rápido, gritando y entusiasmados.
Seguramente no habrían pescado más a unos cuantos miserables del campo, metiéndolos
en la bolsa de sus negocios.
El camino que llevaba a la estancia del
coronel Las Heras era una bifurcación del que habían hecho desde el puerto. Ya
sentía el olor del río, y pensó en su barco. ¿Qué pensarían de él después de
tantos días de ausencia? Natacha lo regañaría más que nunca, pero ya no le
importaba. La escucharía como siempre, acobijándose en su propia cáscara de
indiferencia y de rencor.
La mañana se había nublado, y los árboles
a los lados del camino se veían pesados, sin que una hoja se moviera. Iban
lentamente, mirando a los costados, cada uno a su lado, como si esperasen
encontrar entre los árboles sin tiempo, porque la inmovilidad absoluta les
otorgaba intemporalidad, al hombre y a la mujer que eran casi dos semanas
antes.
Llegaron a la tranquera, abierta por lo rota,
que se mecía a expensas de una brisa que nadie sentía. Un sonido de madera
quebrada que se arrastraba por el polvo. Siguieron camino hacia el casco de la
estancia. Altea contempló la hermosa arquitectura de la casa, amplia, dominando
el campo con sus dos pisos. Un resabio de los viejos buenos tiempos. Alrededor,
no quedaba nada. Sólo arbustos que se estaban secando por falta de cuidado, un
jardín de flores que ya no estaban. Una jauría salió a recibirlos, y Max se
puso tieso y alerta en la parte de atrás de la carreta.
Se detuvieron, y bajando, Máximo gritó:
- ¡Juera,
perros! -mientras descendía y los amenazaba golpeando la fusta contra el piso.
La mayoría se alejó, sólo un par permaneció cerca, vigilante, cuando su madrina
salió de la casa, haciéndose sombra con la mano en la frente.
- ¡El
niño Máximo! - dijo, y su voz fue ahogándose mientras corría a tropezones para
abrazarlo. Altea observaba desde la carreta, y sonreía.
- ¡Pero ¡qué le ha pasado a mi niño, que
está tan flaco, por diosito! - se lamentaba, sin soltarlo de los hombros y
contemplándolo de pies a cabeza.
-Nada
importante, tía, contratiempos a los que ya estamos acostumbrados, ¿no es
cierto?
-Y a mí me lo preguntás. ¿No te enteraste?
- ¿De qué?
La vieja ahora lloriqueaba, mirando de reojo
hacia la carreta, tenía vergüenza de que la vieran así.
-Entremos a la casa, Máximo- dijo Altea.
Pero
la vieja se puso nerviosa y se negó.
-Pero
tía Eustaquia, tranquilícese. Si no me cuenta…
La vieja no dejaba de lloriquear, viendo que
Altea se acercaba, y contemplando lo demacrada que estaba. Le tocó la cara
cuando se saludaron, y fue como saber lo que le pasaba.
-Pobrecita,
te juzgué mal cuando te vi por primera vez…
-Está bien, no se preocupe. Entremos a la
sombra.
-Pero si está nublado…-dijo la vieja,
negándoles la entrada. Pero ya no pudo más y se cobijó en los brazos de Máximo.
-Está todo vacío, no tengo nada. Duermo en un
jergón en medio de la sala, justo donde estaba la alfombra donde dormías de
chico, esa tan afelpada, que tenía el olor del corderito todavía, así decías
vos, ¿te acordás?
-Como no me voy a acordar…
-Vendimos
todo, querido, y después…se me fue. Se quedó tirado en la cama muchos días, y
no quería levantarse. Yo me enojaba, lo hería a propósito en su orgullo, ¿podés
creerlo?, al hombre que amaba desde hacía cuarenta y cinco años.
- ¿Cómo
fue?
-Se
dejó morir, las deudas, qué sé yo…
-Pero cancelé la deuda con Antonio Valente al
día siguiente de encontrarlos a ustedes en el camino.
La tía
Eustaquia lo miró a los ojos y sonrió.
-Murió
el día anterior a cuando vino ese chico. Y como todo estaba a nombre de
Gregorio, me dijo que le vendiera la estancia para pagar la deuda, y yo no
sabía nada, después me enteré por los peones, pero ya era tarde. Que iba a
hacer yo, una vieja sola. Me dejó quedarme a vivir acá…
Ahora
sí se había levantado un viento fuerte. Altea acariciaba la espalda de la
vieja, acomodándole el chal de lana, mientras Máximo la abrazaba, dejándola
llorar, imaginando la muerte del coronel en la cama, él, que ya no tenía
caballo ni estancia, el viejo fuerte cuyas botas ya estaban gastadas como el
símbolo exacto de la muerte inminente. Se vio a sí mismo en esa cama, así
terminaban todos los antiguos baluartes de la fuerza. Los muertos que uno ha matado
devuelven el golpe, se ayudan uno a uno, se juntan sea el tiempo que sea en el
que hubiesen muerto. No es una estrategia ni una venganza, es un pago pendiente,
y la honorabilidad, siempre amenazada de extinción, necesita imponer su
exigencia.
¿Iría a reclamar a los Valente? ¿Enfrentarlos,
y hasta desafiar a un duelo callejero a Antonio? Pensando en la cara de
jactancia del chico, secundado por ese animal de Lorenzo, se sintió invadido de
una gran pereza. Se había convertido en un cobarde por cansancio. En quince
días había viso derrumbada su personalidad. ¿Pero cuál era ésta? El capitán
Máximo Mendoza y Hurtado era una ficción de abolengo.
Abandonaron la estancia sin entrar en la
casa. Hacerlo habría sido ofender los restos de ceniza del orgullo del
matrimonio Las Heras. Atrás quedaba la estancia de salones vacíos, cercana,
quizá, a ser demolida, porque pronto la vieja Eustaquia seguiría el camino de
su esposo. Se fueron en silencio, ambos cabizbajos, en dirección al puerto, que
aún distaba varios kilómetros. Llegarían en la tarde, tal vez poco antes de que
oscureciera. Se sabían vencidos, y el cielo encapotado era un lúgubre manto de
hastío. Uno suspiró, y el otro lo hizo inmediatamente después. Y ambos,
entonces, sonrieron simultáneamente. Aún la ironía, una dulce ironía tenía
cabida entre ellos, en el estrecho espacio en el pescante. Con un perro que les
lamía la cara para cambiarles el ánimo. Max se había acomodado como podía, con
sus huesos largos y puntiagudos, haciéndolos reír levemente, con una timidez
acorde a dos adolescentes. Se miraron por encima de la cabeza del perro. Él con
las manos tensas sosteniendo las riendas, ella con sus manos juntas como una
roca sobre la falda. Unidos por el viento que agitaba sus cabellos y traía el
aroma del río.
Y cuando vieron el barco, enorme, hermosamente
negro en la noche que caía, vieron las velas oscuras y los crespones de luto
que adornaban los mástiles. La carreta se detuvo, la gente reconoció al
capitán. Muchos lo saludaron con respeto y en silencio, pero lo miraban con
extrañeza. ¿Qué ha pasado?, pensaba Máximo, al bajar de la carreta y ayudar a
Altea. Caminaron hacia el muelle, pero antes de llegar, la gente lo rodeaba y
lo miraba con inquietud. Él preguntó qué había sucedido, y como no le respondían
sacudió a unos cuantos hombres de los brazos con violencia. Lo dejaban hacer,
porque lo conocían desde mucho antes, y lo apreciaban. Uno dijo:
-Hace
mucho que lo andan buscando capitán, ¿dónde se había metido? - Pero ya todos
tenían la respuesta al ver a Altea. Ya todos sabían de su debilidad, conociendo
a su mujer, y lo amparaban.
-Acompáñeme
al muelle, capitán-dijo después.
Mendoza y Altea lo siguieron.
-Tal
vez la señora no deba…
Máximo
vio la aprehensión en la cara del hombre, agarró a Altea de un codo suavemente,
pidiéndole que se quedara.
-No
me quedaré acá para que todos me miren como bicho raro. Si pasa algo que yo
debo saber, es mejor ahora…
Ellos se encogieron de hombros y continuaron
el camino hacia el embarcadero. Había una casilla no muy grande que servía de
galpón donde guardaban trastos y herramientas. Entraron y el encargado encendió
unas lámparas. Era de día, pero allí no había ventanas. Junto a una pared había
un ataúd, y otro justo en el centro. Había olor a podredumbre y encierro. Altea
se tapó la nariz.
-Los
trajeron hace como diez días, pero no nos atrevimos a enterrarlos sin el
funeral debido y sin su consentimiento, capitán.
Mendoza se acercó con una lámpara en la
mano y leyó lo que estaba escrito en la tapa de cada uno con letras grandes y a
carbón. Uno decía Ariel, el otro Manuel. Luego se interpuso ante el paso de
Altea, pero ella ya lo había leído.
-Pero
no entiendo, no entiendo nada…-comenzó ella a balbucir. Ya no importaba el
olor.
Mendoza
intentó hacerla salir, pero Altea se desprendió y fue hacia el ataúd de Manuel.
Apoyó los codos, y la cabeza en sus manos. No lloraba mucho todavía, sólo
parecía empecinada en pensar, como si así pudiese comprender lo que estaba
viendo.
Mendoza le puso una mano sobre un hombro,
pero su mirada estaba puesta en las letras de Ariel.
-Al chico lo trajo la marea luego de
varios días. Se cayó del barco y lo agarraron los yacarés. Todos los del muelle
vimos lo que pasó esa mañana. Nosotros juntamos los restos, capitán, y los
pusimos en ese cajón.
- ¿¡Cómo
que se cayó del barco?!
El hombre inclinó la cabeza y se encogió de
hombros. Tartamudeando, dijo:
-Ya la señora Natacha le explicará…
Sí, eso él lo sabía bien.
- ¿Y qué le pasó a mi marido? -preguntó
Altea.
Pero Máximo no escuchó la respuesta. Salió y
respiró profundo. Un intenso vahído lo obligó a sostenerse de una pared. Sintió
nauseas, pero no quiso vomitar delante de todas aquellas personas que lo
conocían y respetaban, porque en ellos veía lástima, y era lo último que
deseaba provocar en los demás. De pronto quería que todos sintieran su ira. En realidad,
su odio, eso era lo que ahora sentía, sin remordimientos ni conmiseración por
nadie.
Caminó
hacia la punta del muelle y se puso a contemplar su barco anclado casi en el
centro del ancho río. Y entonces vio a Natacha mirando hacia la costa, con las
manos apoyadas como dos garras en la barandilla de cubierta, quizá esperándolo de
esa manera desde hacía muchos días. Era una estatua vestida de negro, un dolor
petrificado. Una figura más, esculpida sobre ese inmenso ataúd que era ahora el
“Juan Manuel de Rosas”, su barco, su hogar y su destino.
LAS MUJERES QUE DISPONEN LAS SENTENCIAS
5
La mañana
resplandecía con una luz que pocas veces acostumbraba a ver en verano, un
reflejo tan intenso de la madrugada sobre las aguas del río que apenas salió a
cubierta tuvo que taparse los ojos. Se había levantado tarde, los movimientos
de José no la habían dejado dormir con tranquilidad. Le había acariciado la
cabeza y el pecho hasta que él finalmente se durmió, pero ella continuó
despierta, como velándolo. No era esa la palabra, por supuesto, pero de algún
modo ver dormir a ese hombre era como verlo muerto. Le había hablado de su
hermano, muy poco, pero ella había adivinado lo suficiente para darse cuenta de
que José no dejaba de pensar en él ni aún dormido, y de pronto se le ocurrió la
imagen de que cuando uno de ellos estaba despierto, el otro dormía, o quizá,
incluso, moría transitoriamente.
Le
dolía la cabeza, sacó la botella bajo la cama, bebió el último sorbo de
aguardiente, salió y la tiró al río.
-
¡Viejo! - gritó, buscándolo sobre la superficie blanca de la cubierta. Veía
como destellos en la madera y el aire, y del cielo caía un torrente de luz que
la enceguecía.
-La
puta madre…-murmuró, molesta de que el hombre que seguía dormido hubiese
cambiado sus costumbres hasta el punto de desubicarla y hacerla sentir mal con
el barco y el río, lo único que poseía. Lo único que no le había quitado eran
las ganas de beber, pero hasta el sabor del aguardiente le resultaba mezquino
ahora.
Encontró al viejo acostado en el piso. Lo
pateó para despertarlo, y el otro se despabiló, gruñendo y protestando.
- ¡Qué
tanto melindre, viejo! ¡Sabés que tenemos que salir hoy! ¡Vamos, levantáte de
una vez! - Siguió pateándolo hasta que el viejo se levantó lentamente y caminó
hacia la cocina.
- ¿A
dónde vas?
-A
hacer unos mates…
-Andá
a reparar el motor si no lo hiciste ayer…
El viejo miró hacia el agua, tal vez
pensaba en su hijo que ella había matado, pero sus ojos no tenían expresión
tras las lagañas del sueño y el alcohol. Se rascó el pecho, luego la cabeza y
se puso a orinar sobre la borda. Después, caminó a proa, y levantando la tapa
que cubría la maquinaria, descendió la escalera bajo cubierta.
Mara entró a despertar a José, pero lo
encontró sentado en la cama, observándola.
- ¿Qué
mirás?
-Nada,
no te miraba a vos, a la luz miraba.
Ella se dio vuelta y volvieron a dolerle los
ojos.
-Estás chiflado, anoche habrás soñado con el
diablo por cómo te moviste.
Llenó una pava con agua y la puso sobre el
hornillo. Sacó yerba del mueble bajo la pileta y llenó el mate, puso la
bombilla y se apoyó en la mesa a esperar.
- ¿Qué
te pasa que estás tan silencioso? ¿Extrañás al indio ese?
-No me pasa nada, y no, no lo extraño.
Solamente me pregunto qué vamos a hacer.
-Yo
sigo con mis cosas, ya bastante tiempo perdí estos días.
José se levantó y apretó el cuerpo con el
suyo. Ella se sentó en la mesa para apartarse un poco.
-Salí, tenemos que partir antes del
mediodía, río arriba, el viejo está reparando la máquina, si no está durmiendo
la mona.
Entonces escucharon arrancar el motor,
fuerte y claro. Mara cebó el mate y se sentaron afuera, pero a la sombra del
alero. Era las diez de la mañana, y de los árboles llegaba un ruido de bandadas
que removían las ramas y de pronto salían atravesando el río sobre ellos. Las
miraron contentos, y ya no se veía en los ojos de José el miedo de aquella
noche. El viejo asomó la cabeza por la escotilla de cubierta, tenía una sonrisa
de satisfacción que desbordaba su cara.
- ¡Míralo
al viejo, nomás! Al fin resultó un ingeniero-dijo José.
Mara
comenzó a reírse y apoyó la cabeza sobre su hombro.
- ¡Venga
acá, viejo, y tómese unos mates, que se los merece!
El
hombre terminó de subir y se les acercó, quedándose parado con el torso
descubierto, porque ya hacía mucho calor. Mientras sorbía la bombilla, miraba
hacia el agua.
- ¿Usted no tiene nombre? Siempre el viejo
esto, el viejo lo otro…-preguntó José.
Mara y el otro se miraron, y ella dijo:
-No es nadie para tener un nombre…
- ¿Y
el hijo?
- ¿Cuál? ¿Usted tiene un hijo, viejo? Yo no
veo a nadie más.
José
trató de encontrar en la cara de Mara algún signo de sarcasmo. Luego ella se rio,
pero él la siguió mirando. Ya no la entendía, porque ella de pronto parecía
haber recuperado un cierto dominio sobre sí misma que él no había visto hasta
ese momento. Antes era una mujer dura pero perdida en la maraña de ríos y
cauces de esa selva, que era como la imagen de su vida. Ahora continuaba con el
mismo aparente carácter de siempre, pero había algo que escondía. No era sobre
el pasado ni todo lo que le había contado, esas cosas cualquiera podría
haberlas sufrido sin considerarse especial. No había creído ni la mitad de todo
su relato sobre España y el supuesto incesto, y menos el episodio con las
viejas que ella llamaba brujas. Mirándola fijamente, su expresión era la de
siempre, brusca y enfadada la mayor parte del tiempo, pero esta mañana había
algo en sus ojos que le recordó a Altea: la casi gélida expresión de su cuñada
que no parecía capaz de sentir ningún tipo de pasión, ni siquiera la del
cuerpo, porque estaba seguro de que no la había sentido la noche de los ritos
en el pueblo de Toba.
Giró la cabeza, mirando esta vez al río,
cauce arriba, y pensó en el barco en el que iba su hermano.
- ¿A dónde vamos?
-Ya
te dije ayer, a unas millas tenemos que encontrar a Valverde…
-Me
acuerdo, ¿un tal Amusco, ¿no? ¿portugués?
-Brasileño nomás.
- ¿Y qué negocio nos trae?
Mara
se rio otra vez.
-Ya
se cree socio el señor hidalgo-dijo hablándole al viejo. -Pero yo soy la que
mando acá, así que las ganancias las reparto yo.
-Como usted diga, señora. ¿Y cuál es el
negocio?
-Sos
más estúpido de lo que pensaba, o tenés el cerebro en otra parte…-Se acercó a
José y se sentó en sus piernas.
El viejo los miró un rato y luego caminó a
proa. Mientras ellos estaban adentro, él sintió las sacudidas del jergón, y ya
con el barco en marcha, giró timón dos o tres veces. Escuchó los insultos de
Mara y la risa de José. El viejo también se reía.
Ya era más del mediodía cuando olió el
aroma del pescado que ella estaba preparando. Salió a llamarlo y le dio un par
de golpes cariñosos en la cabeza.
-Seguí divirtiéndote nomás, viejo.
-Déjalo
Mara, no lo molestes más…-dijo José, y ayudó al viejo a sentarse con ellos a la
mesa.
El día era demasiado caluroso. El sol
nunca había aparecido del todo tras las nubes de la mañana, y un semitono
plateado vivía en el aire viciando la luz hasta transformarla en la causa y la
fuente del hastío de esa tarde que empezaba.
Después de la comida, Mara salió y se
apoyó en la baranda, observando las costas, que lentamente comenzaban a ser más
frondosas, casi sin espacios de playas. El trayecto era tranquilo, pero con
muchas curvas, y ella no podía dejar que el viejo se distrajera o se durmiera.
Sabía que el cauce era profundo, ya lo había recorrido demasiadas veces, pero
nunca se podía estar seguro. En ocasiones el río arrastraba troncos o bancos de
tierra luego del algún temporal. Sabía que se avecinaba uno para esa tarde o la
noche a más tardar, y por eso había intentado que saliesen lo antes posible
para resguardarse en algún recodo protegido por los árboles. Desde adentro se
escuchaba el ronquido de José. Se preguntó hasta qué punto ella podría
confiarle su negocio. No estaba dispuesta a conceder nada, pero él había sabido
arreglárselas para que ella fuese cediendo casi sin darse cuenta, primero su
cuerpo, luego su confianza, y qué más le quedaba. Tal vez José siguiera el
mismo camino de Santiago, y de esta manera se sintió más segura.
Eran las tres de la tarde. El resplandor
que le había herido los ojos durante la mañana se transformó en una opacidad
iridiscente que atenuaba su brillo hacia el norte. Lejos en la misma dirección,
el cielo estaba tan oscuro como al anochecer. Las aguas continuaban tan calmas
como un manto de lava que fuese enfriándose rápidamente. Dejó caer la botella
que había sacado de la cocina, y su sonido al caer en el agua fue como un
estallido de vidrios sobre una superficie de hierro. El río parecía inmóvil, y
Mara sintió que estaba deslizándose sobre rieles. Nunca había experimentada
algo así desde que había llegado a América. Creía conocer ese río, por lo menos
la mayor parte del cauce que había recorrido durante tantos años, pero jamás se
encontró con una sensación semejante de incertidumbre. Conocía los preliminares
de cualquier temporal: las aguas calmas, el clima tórrido, la electricidad en
el aire que iba lentamente transformando aquellos signos en otros más ciertos
de tormenta: el descenso de la temperatura, el viento que iba despertando de su
pereza, el cielo que reclutaba nubes como soldados vestidos de negro.
Pero esta tarde sentía miedo.
- ¡Viejo,
más velocidad! - gritó hacia la proa.
El
hombre regresó a popa y se sumergió bajo cubierta. Se sintió el rumor del motor
ir en paulatino aumento, atascándose a veces, casi como tosiendo, y se
escuchaban los golpes del metal con que el viejo parecía hacer revivir la
maquinaria. Volvió a asomarse y preguntó si era suficiente. Mara observó las
nubes hacia el norte. No llegarían a Resistencia sin soportar antes la
tormenta, tardarían una semana aun manteniendo esa velocidad, lo que ya sabía
era imposible. Intentó calcular cuántas millas les quedaban hasta el próximo
pueblo. En realidad, ya sabía que no había otro más cercano a Las moscas, donde
debía encontrarse con Valverde. El lugar estaba en un recodo con un buen muelle
protegido por muchos árboles, donde el rio Mbaré descendía con suavidad sobre
el torrente del Paraná. Faltaba mucho todavía, eso era seguro. Había hecho ese camino
con Santiago en mejor tiempo que el de ahora, y ya le había parecido largo el
viaje hacia, entre esas riveras que a veces parecían tan cercanas que apresarían
al barco. Y más que la distancia, lo que la inquietaba era una sensación que le
llegaba desde la selva, o quizá desde los pueblos que se escondían tras el
follaje de los árboles. Miró hacia lo alto de las copas, y el cielo simuló
moverse hacia el sur.
Recordó el viaje en barco por el
Atlántico, fue allí cuando comenzó ese vértigo que nunca la abandonaba, y al
que sólo se había acostumbrado estando siempre a bordo. Cuando bajaba a tierra,
la inmovilidad absoluta regeneraba el vértigo, y entonces veía el techo de las
casas en las cuales se alojaba, o incluso al cielo mismo, moverse
permanentemente. Los techos o el cielo tenían peso, y el temor al derrumbe era
tan insoportable que necesitaba salir. ¿Pero cómo huir de la tierra?, si la
única posibilidad del desplazamiento horizontal no era más que un desplazarse
también lo que estaba encima de ella. La única salida real era la vertical,
hacia arriba.
Por eso contemplaba las aves con tanta
ansiedad cuando estaba en cubierta, el aleteo de los pájaros la llenaba de un
ímpetu como si ella misma tuviese alas. Necesitaba estar sobre una superficie
en movimiento, y entonces el desplazamiento del cielo se convertía en un
movimiento ficticio, y su quietud la tranquilizaba. No se puede volar en una
superficie que se está moviendo, el viento requiere que el lugar por donde
transcurre esté quieto. Ella sabía la falacia de estas sensaciones. Nada está
quieto ni siquiera una vez, el mundo se mueve y nos lleva. Pero el espacio es
una cosa, y el tiempo es otra dimensión que puede darle otro significado al
espacio. Lo que se mueve se desplaza en el tiempo, pero si no existe el tiempo,
¿cómo podrán desplazarse las cosas? El
día que las viejas la llevaron para que abortara, y ella descubrió otra
condición de su alma, supo que el centro de su vida sería aquel centro sin
tiempo: ella sobre el techo de la casa, viendo a las tres mujeres sentadas en
la sala.
Pero ahora no podía subir, y contemplar
el cielo que se encerraba entre nubes parecidas a piedra oscura, la calmaba, y
sin embargo ahora el río comenzaba a moverse, y eso era lo que la inquietaba.
Una mano se apoyó en su cintura, y se sobresaltó. José y Mara se miraron como
un par de extraños enemigos. El viento se había levantado y el frío acrecía con
rapidez. El cabello de Mara estaba revuelto y se sacudía sobre su cara, y el
cuerpo temblaba. José la abrazó como un modo de contención, porque sintió la
absurda idea de que ella podría perderse en el aire, como si pudiese levantar
vuelo.
Ella se dejó abrazar, pero recobrando su
habitual temperamento, dijo:
- ¡Fuera!
¡No ves que debemos prepararnos para el temporal!
Ordenó al viejo que se quedara abajo para
controlar el motor, y le dijo a José que controlara el timón, no tenía más que
hacer que mantenerse en el centro del río. Ella comenzó a guardar lo que estaba
suelto en la cubierta y a tapar las aberturas.
Dos horas después ya el cielo se había
ensombrecido completamente, y el viento era más fuerte, pero el río se
conservaba con olas que apenas arremetían al barco, como empujándolo más que
para dañarlo.
Mara terminó lo que hacía y se acercó a
José. Ambos no apartaban los ojos del centro del río.
-Se
está encrespando cada vez más.
-Sos
muy diestro con el timón.
-He navegado barcos en el mar…
Ella
se quedó mirándolo, y él se dijo:
-Hay muchas cosas que no sabes de mí,
¿dónde está la brujita de la que me hablabas?
Mara se cruzó de brazos, ansiaba un trago,
pero sabía que necesitaba mantenerse lúcida con la tormenta.
-No sabés lo que decís- le contestó.
-Entonces explícame, porque hasta ahora te
estoy creyendo muy poco.
Sabía que la estaba provocando, pero así
era cómo le gustaba verla: ofuscada porque demostraba fuerza, y no el remedo de
ama de casa en la que los abrazos y el amor comenzaban a sembrar gérmenes.
Se escuchaba el motor traqueteando y las
maldiciones del viejo arrojando paladas de carbón al fuego. La humareda de la
chimenea desvencijada que salía de proa oscurecía aún más el cielo que los
cubría, mientras el viento, ya más intenso pero indeciso en cuanto a su
dirección, la llevaba de un lado a otro como en remolinos y la dispersaba.
Mara comenzó a hablar, y al principio
casi no la escuchaba, el viento entre el follaje de las costas hacía levantar
vuelo a bandadas con ruidosos aleteos que parecían competir con las máquinas.
-Cuando llegamos a Buenos Aires, Santiago
estuvo muchos días averiguando dónde estaba su hermano. Fuimos caminando por
las calles de pensión en pensión, por la zona de la ribera y luego más al
oeste, donde había más campo que ciudad. Cada vez que preguntaba lo mandaban u
otro lugar más lejano, y estábamos cansados de caminar. Al final, encontramos
al peón de una estancia de Flores que le dijo que Facundo se había ido a Entre
Ríos. Era bastante mayor que él, y se había venido a América como diez años antes.
Santiago era chico cuando el otro se vino, y estuvo esperando a ser grande para
viajar, pero en España tuvo que quedarse a mantener a los viejos, y todo eso lo
resintió. Estaba casi siempre de mal humor, y creo que aprendió a ser hipócrita
para sobrevivir. Eso fue lo que intentó conmigo, pero desde el principio se dio
cuenta que no podía engañarme, por eso me trató de la manera en que lo hizo.
-Parece que lo querías un poco…-dijo José,
sin soltar el timón ni sacar la vista del centro del río. Las aguas estaban
levemente encrespadas, la tormenta llegaba muy lento, hasta casi hacerse desear
para terminar aquel calor pesado que traía mosquitos inquietos e insoportables.
-Quién te dice que no fue así…era un
hombre, al fin de cuentas, como todos ustedes. Son todos terribles y estúpidos
y no saben explicarse más que con golpes, pero cuando se quedan dormidos y
tienen pesadillas, o lloran, son como chicos desprotegidos. Son como huérfanos
que nunca se consuelan.
José la miró por un instante. Mara tenía
la vista fija en el río, parecía contar las olas que golpeaban la proa y morían
bajo el casco. Estaba cambiada, había cambiado la ira por tristeza y melancolía.
Eso lo molestaba, porque le recordaba la angustia que necesitaba mantener
débil. Habría querido tirarla al piso y penetrarla para escuchar su grito
sobrepasando el aleteo de las aves que cruzaban el río, tan parecido al de los
murciélagos.
-Tomamos un barco que nos llevó río arriba
en busca del hermano. Hicimos parada en varios pueblos, pero nadie nos supo
decir nada. Teníamos que ganar para comer, así que nos quedamos en el último
pueblo y Santiago empezó a trabajar de carrero a veces, otras de changador o
leñero, lo que fuese. Nos quedamos en una casilla abandonada a orillas de un
arroyo casi seco. Santiago volvía borracho, tarde, y después de gritarme se me
tiraba encima y yo lo dejaba hacer, pero no lo dejaba terminar dentro de mí. Yo
ya tenía una hija, y él la había rechazado, así que no le daría el gusto de
darle otro. Creí que lo molestaría, pero la primera vez que lo empujé para que
se saliera, se rio y me dio unos golpes que creí ser de enojo, pero que, para
él, en su borrachera, eran de complicidad y de gusto. Desde entonces lo hicimos
siempre de esa manera, y lo excitaba. ¿Para qué se me habrá ocurrido llevarle
la corriente? creo que porque a mí también me gustaba. No extrañaba ya la
tímida dulzura de Roberto, que le venía más de la culpa que de la sinceridad.
Lo agreste de esta zona, el calor, la soledad entre los árboles altos me
gustaba. Ya no era el campo de España, abierto y sometido al sol. Los árboles enormes
me protegían, o me ocultaban. Cuando llegó el invierno, ya no hubo más trabajo.
Pasamos días de hambre en la casilla. Vivíamos de la pesca, porque Santiago
casi no sabía cazar, y tampoco era eso muy abundante. Una tarde llegó un vapor
que ancló no muy cerca de la orilla. Era el viejo con su hijo en este mismo
barco. Nos preguntaron qué hacíamos ahí, sentados en la playita junto a la
casilla. Nos encogimos de hombros. Santiago estaba flaco, con el torso desnudo,
la barba crecida y su pelo lacio tapándole las orejas hasta los hombros. Yo ni
sé cómo me veía, creo que como una bruja sucia. El viejo estaba más contento
que ahora, mucho más joven me parece, a pesar de que no pasaron muchos años.
Nos gritó si queríamos acompañarlos, siempre había trabajo en algún lugar de
las riberas. No llevábamos ya nada encima más que lo puesto, lo que habíamos
traído de España lo empeñamos en Buenos Aires. Subimos y esa misma tarde
seguimos viaje río arriba o abajo, según hubiese trabajo. El viejo traficaba
con todo lo que pudiera venderse. El barco estaba lleno de mercadería de
cualquier clase. Pero lo que le daba más ventajas era la yerbaluz. Los indios
la sembraban y el viejo se las compraba por casi nada, o por comida o abrigo.
Después iba de pueblo en pueblo y la vendía a los que la consumían o a otros
que la llevaban a Buenos Aires o a Córdoba.
- ¿Y qué es eso? -preguntó José.
- ¿La
yerbaluz? ¿No te lo imaginás? A todos
les gusta, yo la probé muchas veces, y me calma, pero otros ya no pueden
sacársela de encima. Por casi dos años hicimos esa sociedad, vivíamos en el
barco y conocimos casi todo el río hasta el Brasil. A eso se sumó Valverde de
Amusco, que trabajaba con putas. En ocasiones llevábamos dos o tres de un
pueblo a otro, pasábamos la noche hasta que ellas terminaran su trabajo y luego
partíamos otra vez.
- ¿Y a vos te ofrecieron unirte a esas?
La estaba provocando, ver si picaba la
carnada.
- ¿Una sola mujer con tres hombres durante
meses un este barco se iba a ser la remilgada? El hijo del viejo me empezó a
toquetear el mismo día que nos conocimos. Desde entonces empezó la riña con
Santiago. Yo disfrutaba de las peleas, me sentía mejor cada vez que terminaban
cansados y molidos, ambos. Me metía entonces con el viejo, que era más
tranquilo. Su barba me pinchaba la cara, pero su lentitud me hacía sentir que
yo dominaba a los tres. Por eso empecé a mandarlos. Les decía a dónde ir o
cuánto cobrar. Las putas confiaban en mí y me pedían consejo. Pero pronto se
terminó todo eso. Santiago empezó a golpearme cada vez más seguido, y los otros
dos nos miraban sin meterse. Al hijo del viejo le convenía, porque cuando yo
quedaba molida en el jergón, venía a penetrarme aun cuando Santiago estuviese
al lado, dormido por la borrachera. Pero un día se despertó y se pusieron a
pelear. Santiago terminó perdiendo, como casi siempre, y después se la agarró
conmigo. Esa noche llegamos a un pueblo, a Las moscas, a donde ahora vamos, si
llegamos antes de la tormenta. Es un pueblo más grande que lo que pueden
encontrase en muchos kilómetros. Hay un putero muy conocido, de ahí vienen y
terminar las putas de casi todo el río. Santiago me agarró de un brazo, bajamos
del barco y me arrastró como aquella noche en España. Yo me resistía y no
quería caminar, pero no era tanto por la ira como por tener todo el cuerpo
dolorido. Me llevó al putero y me dejó ahí. A la mañana siguiente, cuando
desperté en una cama, la dueña y las mujeres me estaban cuidando. Me dijeron
que el barco se había ido.
Estaba anocheciendo muy rápido. El barco
marchaba a ritmo rápido contra una oscuridad que se había asentado sobre el río
como nunca había visto en esos años. El oleaje era más encrespado, y la proa
subía y bajaba en bruscas sacudidas. José dominaba el timón con presteza, ella
debía reconocerlo. ¿Cuándo él le contaría sobre su vida? Quizá debía adivinarlo
más tarde, con el silencio del sueño mientras dormía, o creía dormir.
-Pasé en ese lugar casi tres años. A
veces Valverde llegaba, y creo que no le habría molestado llevarme con las
otras a algunos pueblos para trabajar, pero supe que Santiago le había dicho
que me dejara ahí. Nunca volvió a acostarse conmigo mientras estuve en el
putero. Las otras me decían que rondaba la casa, y que venía a cobrar su
comisión por mi trabajo. Le tenían tiña, por eso cuando iba a cobrar le decían
que yo era la mejor y que todos los hombres de los alrededores me preferían.
Ellas aparentaban enojo, porque él no se lo habría creído de otra manera. Pero
la verdad era que yo trabajaba como cualquier otra, no podía negarme, aunque
estuviera cansada y con dolor. Los tipos terminaron siendo todos iguales, y por
eso ya no me buscaban tanto. Mi cara les decía que mi cuerpo estaba como
muerto. Un día, uno se quejó con Tatiana, la que manejaba el lugar. La mayoría
de las chicas eran inmigrantes polacas, porque las rubias o pelirrojas cobraban
más, a diferencia de lo que pasa con las indias o las negras, como más al
norte. El tipo salió protestando porque no quería pagar. Yo todo lo escuchaba
desde la cama donde él me había dejado, desnuda y con el semen en la cara.
Mientras me limpiaba, lentamente, como si fuese una actriz que estuviese desmaquillando
frente a un espejo, escuchaba los gritos desde la puerta. Hubo forcejos y
sillas tiradas, y luego un portazo. “Es una muerta”, lo oí gritar. No había
pagado, lo sabía. Luego Tatiana entró a verme. Yo salí de mi ensoñación, y en
lugar de un espejo vi el cielorraso de madera podrida, y en lugar de maquillaje
los restos del semen que se endurecía. Era una máscara invisible, y sentí que
mi piel era como un pergamino. “Mañana te vas”, dijo ella. En la mañana no
necesité agarrar la poca ropa que había podido comprar durante ese tiempo, las
chicas la habían juntado en una bolsa y me acompañaron hasta la puerta.
Santiago me esperaba afuera. “La hiciste bien”, me dijo, “no servís para nada”.
Caminamos uno al lado del otro, sin hablarnos. Había cortado su sociedad con el
viejo, así que no teníamos ni barco ni casa. Ya todos en el pueblo nos
conocían, y como éramos bichos raros, no querían saber nada de nosotros. Nos
fuimos caminando hacia el sur, a veces siguiendo la ribera, otras internándonos
en la selva. Cuando pasábamos por algún pueblo compraba comida con el poco
dinero que le quedaba de lo que yo había ganado. Pedía trabajo con insistencia
en los almacenes o en los muelles, y cuando lo empujaban para que no molestara
más, se enojaba y se ponía pendenciero, sacaba un cuchillo y amenazaba a todos.
La gente lo rodeaba y lo insultaba como a un perro rabioso. ¿Yo qué podía
hacer…? Creo que ese día dejé de tratar de entenderlo, y me abrí paso entre la
gente y me le acerqué. “Ven Santiago”, le dije, agarrándome a un brazo de él
como si fuera su esposa. Nos alejamos del pueblo y seguimos caminando hacia el
sur. Poco después encontramos el embarcadero donde nos dieron trabajo. Teníamos
que ayudar a bajar y subir la carga de los barcos que llegaran, en su mayoría
pesqueros, y también cargar las carretas que llevaban la mercadería a los
pueblos. Después de arreglar con el encargado del embarcadero, que se fue en un
bote río abajo, fuimos a la casilla en la que íbamos a vivir. Ya estaba oscuro, pero yo me había
acostumbrado a caminar por todos esos lugares llenos de maleza y alimañas.
Adentro estaba más oscuro porque la única ventana estaba tapiada. Cuando entré,
tanteé en la oscuridad, Santiago se había quedado en la puerta rota tratando de
ver cómo podía arreglarla. Entonces sentí un piquetazo en mi mano derecha
cuando me caí al piso luego de tropezar con unas maderas. Di un grito de dolor
y al mismo tiempo escuché el silbido de la yarará que se escapaba por la
puerta. Enseguida oí los pasos de Santiago y el hachazo. La víbora estaba
muerta, y el muy estúpido entró contento como pocas veces lo había visto. Sólo
lo alcancé a ver por la luz que entraba por la puerta, pero esa sonrisa y esa
alegría le duraron poco. “Me picó”, le dije, llorando. Salimos y me miró la
mano. Sólo tenía un piquetazo en el dorso, y me dijo: “No es nada”. Yo lloraba,
no porque me doliera demasiado la mano, sino por la angustia de lo que sabía me
iba a pasar. Le crucé la cara con mi mano izquierda, y cuando iba a reaccionar
devolviéndome el golpe, se detuvo y vi en su mirada la cara de niño mimado que
le había conocido en España. Niño que se había criado entre comodidades y
bendecido por el cura cercano a la familia. Ese fue el hombre que me acompañó
hasta la orilla del río, diciéndome que no llorara mientras me acariciaba el
pelo. Nos arrodillamos en la orilla y me ayudó a lavar la herida. Me acarició
el brazo como nunca lo había hecho, mientras yo de reojo observaba su cara
asustada. “¿Qué vamos a hacer?”, le pregunté, moqueando. Lo pensó un rato, me
hizo un torniquete y se levantó para alejarse por la orilla sin decirme nada.
“¿Adónde vas?”, grité, porque lo creí capaz de abandonarme. No quiso
contestarme. La mano me dolía porque se estaba hinchado, y el dolor me llegaba
al hombro. Pasó el tiempo, no sé cuánto, yo creí que horas o un día entero. Me
acosté en la orilla y metí la mano en al agua. Algo me refrescaba, y hasta
pensé en tirarme al río y morir ahogada antes que de la otra forma. Mi corazón
se aceleraba y la mano me latía como si mi corazón estuviese en esa mano
obstruida por el torniquete. Llevaba mi mano izquierda hacia la enferma, pero
no podía alcanzarla. El cuerpo me pesaba, y hasta los párpados me parecían dos
puertas de hierro que caían sin poder levantarlas. Santiago apareció
renqueando, yo lo veía al revés, porque estaba boca arriba, respirando con
dificultad. Lo veía acercarse como entre sueños, un hombre flaco y encorvado,
que caminaba lento como una tortuga, arrastrando un pie y conteniendo el dolor
apretando los dientes tras los labios ocultos por la barba. Se arrodilló y me
dijo que comiera una pasta que había traído envuelta en hojas. Me pareció que
era yerbaluz, aunque nunca la había masticado, sólo la fumaba quemando las
hojas secas. Era amarga, y luego ya no tuvo gusto a nada. Me dormí, aunque en
ese momento creí que me estaba muriendo, y que eso era la muerte: un dolor
afuera, y una serenidad adentro.
Mara suspiró profundo y se miró el muñón
derecho. Había anochecido.
- ¿Cuánto falta para llegar? -preguntó
José.
-Por las menos cuatro o cinco horas.
-No creo que lleguemos antes de que se
ponga peor.
-Eso es lo normal, pero esta tormenta se
está tardando, y si es tan fuerte como amenaza, más vale que se retrase y
lleguemos pronto a Las moscas.
-Más vale que nos protejamos ahora mismo
en algún recodo.
- ¿Para qué? El viento va a levantar el
río y nos apretará contra los árboles, y los árboles se nos caerán encima. Ya
lo he visto.
-Entonces dejemos el barco y acampemos.
- ¿No te acabo de decir que el río de
desmadrará? Quién sabe cuántos quilómetros.
-Pero en el mar…
-El río es otra cosa. Hace seis años que
conozco este río, como a un hombre.
-Está bien, seguí contando.
Mara vio al viejo asomarse por la escotilla.
- ¡Más rápido!
Sabía que, si trataba de darle más potencia a
las máquinas, corrían el riesgo de destruirlas, y entonces sí estarían a merced
de la pura suerte. Se tocó el muñón, como a un amuleto. Debían ser las ocho de
la noche, aún había una tenue luminosidad y el viento, aunque no muy fuerte,
refrescaba las picaduras de los mosquitos.
- ¿Qué es eso? - preguntó José, señalando
a la distancia una nube que se desplazaba hacia ellos con rapidez.
-Alguaciles-
dijo Mara. Y apenas terminó de decirlo cuando las primeras libélulas
aparecieron. Luego la masa completa del enjambre paso rodeándolos casi sin
tocarlos. Ambos se quedaron quietos, frunciendo los párpados, sacándose del
pelo y de los pliegues de la ropa los insectos que habían quedado atrapados.
Mara de pronto sintió que las libélulas le hablaban con el zumbido de sus alas,
hasta creyó sentir que se apoyaban en su piel y entonces se sintió liviana como
ellas. Vio sus alas transparentes, su largo cuerpo como una pequeña rama que
fuese levantada por cuatro frágiles cristales. Pronto, sin embargo, las últimas
fueron desapareciendo y el aire se limpió. Ella se miró la ropa, estaba llena
de libélulas muertas, pero sobre José no había ninguna.
-Te aprecian- dijo él.
Mara agarró una por una y las apoyó en una
tela, luego la dobló.
-Ellas anuncian las tormentas. Son
mensajeras.
- ¿Y
qué te dijeron? -José continuaba con su sarcasmo. Eso la irritaba, y sabía que
era lo que él buscaba.
-Muchos tormentos después de la tormenta.
Él se rio, y Mara decidió seguir contando.
-A la noche, creo que ya era de madrugada,
me desperté en la casilla. No me dolía nada, pero estaba muy cansada. Me miré
la mano derecha y no la tenía. Me asusté tanto, que me puse a gritar como loca,
pero ya sabía todo, como ya sabía desde el momento de la picadura lo que iba a pasarme
si seguía viva. Santiago se despertó de un salto y me agarró de los hombros.
Pero no para golpearme, como yo esperaba, sino que me abrazó y me apretó tanto
contra su pecho que de a poco dejé de temblar y ahogué mis gritos contra él. “¡No
se podía hacer otra cosa! ¿Me entendés? ¿Me perdonás?”, me repetía como un loro,
mientras me tenía abrazada. Me había cortado la mano, y con eso me había
salvado la vida. Cuando se levantó para alimentar con leña la fogata que nos
calentaba, vi que tenía un pie vendado con telas sucias. Creo que le pregunté
lo que le había pasado, pero recién me lo dijo dos días después, cuando yo ya
estaba sin dolor y de mejor ánimo. Había ido al pueblo en el que se había
peleado, y se encontró con el mismo hombre que lo había encarado. “¿Qué quiera
ahora?”, le preguntaron. Buscaba yerbaluz, que era lo único que conocía para
hacerme dormir. No le quisieron dar, porque no tenía plata, y lo golpearon para
que se fuera. Se quedó en las afueras, esperando, sabiendo que yo esperaba en
la orilla del río, y que mi tiempo se agotaba. Al final, pudo robar un puñado
de hojas de la alforja de una silla de montar apoyada en una estaca, y mientras
escapaba le dieron un tiro en la pierna. Nos quedamos todo el siguiente año en
ese lugar, yo simulando los inútiles esfuerzo de amarlo por agradecimiento, pero
él sólo conocía los golpes para convencerme de que lo amara verdaderamente. Fue
así como nos regocijamos en aborrecernos pensando que nos amábamos. Y a todo
eso se sumó la yerba, que nos hundía en tiempos tranquilos, y la alternábamos
con el aguardiente. Después llegaron tu hermano y la mujer. Estábamos tan
borrachos Santiago y yo, que creo que dijimos cualquier cosa, y ellos salieron
de la casilla para dormir afuera. Nos quedamos solos, y le eché en cara que
quisiera acostarse con la presumida de tu cuñada. No lo dije en serio, era una
de las tantas provocaciones que nos alimentaba el día y la noche para seguir
sobreviviendo. Él se enojó en serio, y me dijo que sí, que esa mujer era mucho
más mujer que yo. Y ahí fue que yo me enfurecí de verdad. Agarré una sartén y lo
golpeé en la cabeza. Y de pronto se me vino el mundo encima: a Santiago se le
salía una parte del cerebro por el hueso aplastado. Me acordé de las viejas a
las que me había llevado a ver mi madre. Yo soy una de ellas, sin duda. Mi
fuerza es un círculo concéntrico que se daña a sí mismo. Esta vez había dañado
a otro, pero el espiral me devolvía los efectos. Cómo deshacerme de esa
maldición, me pregunté desde entonces. Pero como todo lo que no puedo evitar,
traté de taparlo con mi enojo, que a veces me convence de que soy fuerte. Y al
aguardiente también me sirve a veces para convencerme de que no soy lo que soy.
*
-Mataste al
hombre que te salvó la vida.
José habló sin soltar las manos del timón
ni apartar la vista del centro del río, que había comenzado a ser cada vez más
turbulento. Las olas golpeaban el casco y salpicaban sobre cubierta. Ambos se
habían tapado con cueros de animales que alguna el viejo y el hijo habían cazado.
¡Cómo le gustaba provocarla e incentivar su ira! Hasta podía sentirla creciendo
al mismo tiempo que la intensidad de la tormenta, pero las dos eran lentas,
conteniéndose porque sabían que su furia haría estragos al embestir contra
quien se pusiese delante. José lo sabía, pero iba a pelear si fuera necesario,
quería hacerlo y ni iba a detener su ironía hasta que ella estallara.
-Maté al hombre que me separó de mi
hija…-la escuchó decir, sin siquiera mirarlo, puesta la mirada también en las
aguas que crecían.
-Te hizo un favor, me parece, ¿o acaso
crees que ella estaría mejor acá?
Y sin moverse, sus palabras recorrieron
cada centímetro del barco: la suciedad reinante sobre cubierta, el perro que
seguía lamiendo de vez en cuando la mancha de sangre, las botellas vacías con que
podían tropezarse en cualquier sitio, los pobres restos de comida dejados en la
mesa desvencijada o en el jergón. Supo que la mirada de Mara recorría todo
esto, y se explayaba luego sobre la superficie del río, encrespado e incierto
como si en cualquier momento fuese a cubrirlos, las riberas solitarias u oscurecidas
por la maraña vegetal que sólo podía ser atravesada a fuerza de machete.
El barco se sacudía hasta estremecerse
todo el casco cuando las olas golpeaban la proa. Y había empezado a llover.
José timoneaba con destreza, debía reconocerlo, pero no lo dijo en voz alta.
Cuando comenzó el granizo, Mara corrió hasta la escotilla y pateó con fuerza.
- ¡A toda marcha, viejo!
Por toda respuesta, el motor se escuchó
más fuerte, lo mismo que la caída del carbón de leña. El humo seguía saliendo
por la chimenea corta y estropeada, pero parecía asfixiarse ante la caída de la
lluvia y el azote del viento. Ahora hacía mucho frío, y Mara estaba empapada a
pesar del cuero que se había atado al cuello y la cintura.
- ¡Aguantá
un poco más! Son dos millas nada más para llegar al primer recodo antes del
pueblo. -Su voz apenas sobresalía por encima de los ruidos del agua, la lluvia
y el motor. El granizo golpeteaba la madera. En un rincón, bajo cubierta, debía
estar el perro, seguramente, acurrucado y temblando.
- ¿Y quién te dice que estaremos a salvo?
La
voz de José era más fuerte, y por un instante ella necesitó abrazarse a él,
incluso sus constantes provocaciones representaban una especia de omnipotencia,
porque todo lo que ella se creía segura, se estaba derrumbando. Y en el cuerpo
de ese hombre sarcástico e hiriente cuando estaba despierto, Mara a veces
encontraba una extraña paz.
El granizo acreció, rompió los vidrios
del ventanal de proa, trisó algunas de las viejas tablas de la cubierta. El
casco subía y bajaba con el embestir de las olas, y José se aferraba al timón,
prestando atención como si estuviese en mar abierto. Las riberas ya no se
veían, ocultas por la cortina de las piedras heladas y la lluvia. Luego, el
granizo fue cediendo. Ella dijo algo, pero no le hizo caso, ni siquiera la
escuchaba. No tenía miedo, y por primera vez en mucho tiempo, luego de esa
especie de apoltronamiento en el pueblo Toba, que no había hecho más que
acrecentar su ludibrio e insatisfacción, y la obstinada presencia de algo que
creció hasta la noche de los ritos. La noche en que buscó a Altea pensando en
Manuel. La noche que creó un hijo que nunca más sería capaz de crear. Esa noche
fue una tormenta interior, más vasta que esta que ahora crecía y amenazaba con
desbaratar la estructura del barco. No tenía miedo al agua ni al viento ni a
las piedras. Sólo al incipiente y siempre constante recuerdo del zumbido de
algo que revoloteaba y lo atenazaba con la amenaza de un alarido.
Las piedras cesaron, pero la lluvia se
hizo más fuerte. Logró estabilizar el rumbo por el centro del río. Sabía que
cualquier cambio de curso, aunque fuesen unos metros hacia las costas podría
hacerlos encallar. Las aguas ahora arrastraban ramas y troncos, y bancos de
barro debían estar siendo llevados de un sitio a otro del lecho.
Lo sorprendió una mancha de follaje alto y
espeso que vio a través de la cortina de la lluvia. Giró a estribor con toda la
rapidez que el viejo timón podía darle. Ese era el recodo que Mara le había
mencionado, y ni siquiera ella había previsto encontrar tan pronto. Pero iban a
encallar antes de llegar a la orilla si no giraba a tiempo. El casco sonó como
si se estuviese quebrando. Mara se agarró a él, y José sintió que al fin ella
le pertenecía. Se empezó a reír mientras giraba y giraba el timón a todo lo que
daba su fuerza, viendo pasar la espesura a pocos metros del barco. Árboles tras
árboles, pájaros que no habían podido refugiarse y morían contra el barco,
ramas que cayeron sobre cubierta. Mara lo insultaba y le golpeaba el cuerpo con
impotencia, pero José no podía dejar de reírse porque se sentía extasiado. Era
como un dios naciente: tenía el dominio de su mundo privado, y sobre todo el
poder que emanaba del cuerpo de Mara, algo de lo que ella no parecía haberse
dado cuenta en toda su vida. ¿No sería ella, acaso, la creadora de esa
tormenta? ¿No coincidía esa tal fuerza de voluntad de la naturaleza del río,
que ella misma había reconocida no haber visto antes, con el cambio que se
estaba generando en su alma? El alma de Mara, que era de lodo estancado, se
había removido y ahora bullía a causa de un hombre que traía consigo todo un
torbellino habitado de alimañas.
Al fin, dejaron atrás el cerrado recodo
y se encontraron con una playa libre de follaje. Algunas casas alcanzaban a
verse a través de la lluvia. Las olas eran menos fuertes y altas, el barco
pareció agradecer el alivio momentáneo. La madera del casco se fue callando, y
de pronto se dieron cuenta que el motor se había detenido. Tal vez ya de nada
servía, pero sólo necesitaban llegar lo más cerca posible de aquel pequeño cabo
proverbialmente protegido del viento. El pueblo fue creciendo a la vista, pero
el muelle estaba casi destrozado. Las olas golpeaban la costa y la marea
ascendía.
- ¿Qué hacemos? - preguntó José. Había
salvado al barco, pero era Mara quien conocía aquella zona del río.
Ella
señaló con el brazo un rincón en el que había estado otras veces, según le
dijo. El barco estaba ahora merced simplemente de la corriente, pero el viento
era contrario, así que sólo atinó a manejar el timón como lo hacía en alta mar,
aprovechando los cambios del viento para dirigirse con suerte hacia donde
quería ir. Mara lo observaba timonear como si el cuerpo de José fuese parte de
la estructura, una parte flexible pero fuerte, la parte inteligente y diestra.
El cerebro que había estado faltando todos aquellos años de ida y vuelta por la
pobreza del río. Se dio cuenta de que lo admiraba, pero todavía no estaba
segura si era amor o claudicación. Iba a ayudarlo, desde ya lo sabía con
certeza.
Pronto el barco fue disminuyendo de
velocidad. El viento venía de popa, pero insuficiente para empujarlo. La quilla
había golpeado con un banco de barro a poco menos de cien metros de la costa.
-Ya estamos listos- dijo él. -Si aumenta el
viento…
-Pero el río va a crecer…-Mara lo dijo sin
enfado ni preocupación. Puso sus manos a cada lado de la cabeza de José y lo
besó. Se abrazaron, empapados y ya sin las telas desprendidas por el viento. Él
con el torso desnudo, el pantalón y las botas puestas. Ella con la camisa
gruesa y la pollera de arpillera pegada a las piernas.
El viejo abrió la escotilla:
-El motor está muerto- dijo, y el perro salió.
Viejo y perro los miraron abrazarse y luego ponerse de rodilla sin soltarse.
Los vieron tumbarse sobre el piso y estrecharse, jadeando. Viejo y perro
observaban, sin pesadumbre ni sorpresa. No eran dos cuerpos sino uno solo,
sobre un cascarón de madera que se fue meciendo a medida que el río crecía.
Pero ya era de noche, y la sensación de unidad de esos cuerpos se acrecentaba a
medida que el ruido de gemidos contenidos los asemejaba al de un solo animal
que se estuviese engendrando sobre cubierta.
El viejo sabía muchas leyendas del
Brasil, sabía que en el agua están los fundamentos de muchas vidas, y que a
veces nacen seres que nadie ha visto antes, y que se esconden en la maraña de
la selva o se sumergen en los recodos del río donde la corriente es menos
intensa. Sitios donde pueden crear sus nidos y vivir sin que sólo unos pocos
los vean, y esos pocos ni siquiera hablarán de ellos, y si lo hacen, menos aún
llegarían a creerles.
La sombra de Mara y José se movía como una
de esas criaturas heridas, o tal vez como uno que se esforzara por salir de un
capullo. Un gran insecto, cuya larva se estuviese transformando. No había luna,
y sólo la sombra de los árboles se sacudía a merced del viento que aullaba,
compitiendo victoriosamente con el lamentoso aullido del perro que ahora
parecía sufrir.
El viejo se
sentó a su lado y comenzó a acariciarlo. Ambos, viejo y perro sintieron el
fluir del agua que crecía, levantando al barco lentamente hasta desprenderlos
del banco de barro.
La voz de Mara sonó estridente y
angustiada:
-Ya sabía…-y corrió a la borda, mirando
hacia la costa.
- ¿Qué pasa? -preguntó José.
-El río se está desbordando, y va a
inundar al pueblo.
-Entonces nos quedamos a bordo hasta que
amaine la tormenta.
Pero no era eso lo que temía Mara.
Miraba hacia el pueblo, cuyas casas dormían en la oscuridad. Sabía que todos
estaban encerrados en las cabañas, incluso las putas en el pabellón viejo donde
había trabajado. ¿Era eso lo que extrañaba ella? ¿Tenía miedo de que el pueblo
de Las moscas y sus malos recuerdos murieran bajo el agua? Debía estar
contenta, pero no lo parecía.
La corriente se hizo sentir más fuerte a
lo largo de la noche. El barco se desplazaba sin grandes sacudidas, allí las
olas eran cada vez más inocentes a medida que el agua iba ganando terreno a la
tierra. En medio de la oscuridad, ya casi absoluta, sentían el crujir de la
madera bajo la quilla del casco. Eran los restos de cabañas destrozadas por
encima de las cuales iban flotando a medida que el agua las cubría. Creyeron
escuchar algunos gritos ahogados, y el perro, a bordo, gemía y temblaba acurrucado
junto a los cuerpos de Mara y José, que estaban sentados en el piso, él
abrazándola, ella apoyada sobre su pecho, acariciando a la vez al perro,
hablándole suavemente, intentando calmar el estremecimiento del perro que era a
su vez su mismo estremecimiento.
El viejo vagaba de un sitio a otro sobre
cubierta, con las manos a la espalda, sobrio por primera vez en mucho tiempo.
De vez en cuando se lo escuchaba hablar en portugués, a veces detenerse y
callarse, como esperando una respuesta, que quizá el percibía. Se asomaba a la
borda, mirando al agua que había arrastrado el cuerpo de su hijo. Durante un
momento lo oyeron levantar la voz, como en un gesto de ira, o tal vez de
alegría. La lluvia intensa había amainado, y ahora era únicamente una garúa
persistente que casi parecía un ronroneo, o ese ronroneo no viniese de la
lluvia sino desde debajo del casco. Y tanto ellos como el perro se fueron
durmiendo juntos al ritmo de los pasos que creyeron escuchar sobre cubierta. Ya
no eran solamente dos pies que pisaban uno tras otro en sus casi eternas idas y
venidas envueltas en incomprensibles soliloquios. Dormían cuando les pareció
escuchar que eran cuatro pies los que habitaban la noche.
*
Cuando
despertaron, el perro ladraba con las patas delanteras apoyadas en la borda.
José intentó levantarse, pero tenía el cuerpo dolorido. Mara ya estaba
despierta, observando ofuscada al perro. No pronunciaba palabra, tal vez
tuviese, como él, la voz cansada por gritar para hacerse escuchar la noche
anterior. Ella se levantó y caminó hacia la borda. La vio contemplar con la
misma atención que el perro hacia algo impreciso en lo que debía ser la ribera
más cercana. José se levantó y no vio más agua alrededor, varios kilómetros de
un gran lago cuyas aguas apenas parecían moverse, solo interrumpido por las
copas de los árboles que habían resistido, como islas.
Se acercó a donde estaban, y vio que aún
lejos, se venía acercando un bote con varias personas. Mará agitó los brazos y
se puso a gritar, pero era evidente que ya los habían visto y remaban hacia el
barco.
- ¿Quiénes
serán? - preguntó él.
-Parecen
un hombre y varias mujeres. Debe ser Valverde con las mujeres-dijo Mara, y
sonreía mientras se acodaba en la barandilla.
El bote se acercaba con el ritmo sereno
sobre las aguas estancadas, donde flotaban ramas, troncos, ropas, botellas y
una enorme cantidad de basura de las casas arrastradas por la inundación.
Cuando el bote estuvo a escasos veinte metros, Mara gritó:
- ¡Valverde, hijo de puta!
El hombre dejó los remos y se levantó. Se
lo veía agitado, no estaba seguramente acostumbrado a esa tarea. En el bote
había cinco mujeres de diferente edad, ninguna tenía la belleza que pudiese
atraer a un hombre, se dijo José, salvo para aliviar la calentura de una noche.
- ¡Qué le voy a hacer, Mara, ¡no podía
dejar a las chicas morirse ahogadas! -dijo Valverde, alzando los brazos y
encogiéndose de hombros mientras hacía una mueca de irrisoria resignación.
- ¡Lo
que no querías era perder tu negocio! - le contestó ella, riendo. Y la
conversación se detuvo sólo para que el viejo tomara las amarras del bote
cuando ya estuvo muy cerca y Valverde se las arrojó. El viejo las ató y
empezaron a ayudar a subir al hombre y a las mujeres.
-Despacio
chicas…-pero ellas se reían y no querían ser ayudadas. Llevaban polleras largas
de vestidos que alguna vez habían sido finos, o por lo menos pretendido serlo.
Un par de ellas tenía restos de un maquillaje corrido por las lágrimas.
Cuando estuvieron a bordo, Mara y
Valverde se abrazaron, y cuando el viejo se acercó, le estrechó la mano con
efusión.
- ¡Mi
viejo Gonçalvez! Pensé que ya te habías muerto…-La risa de Valverde se extendió
por el barco y las mujeres también rieron mientras intentaban arreglase los
vestidos sucios.
-Así
que el viejo tiene nombre- dijo José.
Valverde lo miró frunciendo los párpados
porque el reflejo del sol sobre el agua era intenso, y extendió una mano.
-Juan Valverde de Amusco, para servirlo. -
Miró a Mara, guiñándole un ojo.
-José Menéndez Iribarne, igualmente.
Las
manos se estrecharon, y entre ambos no hubo el forcejeo que José esperaba.
Valverde no era el tipo de amante que gustara a Mara, parecía tener un
refinamiento que se expresaba en las maneras con que se movía y en el velado
sarcasmo con que hablaba.
-Me han hablado de usted y de sus
negocios, hace ya algunos años…-dijo Valverde.
Mara
agarró un brazo de José.
-Así que no te dijo nada, ¿y qué
esperabas? El señor fue una autoridad en Entre Ríos, traía de todo de Europa,
lo que buscaras, largas y cortas, y las municiones, por supuesto, todo muy
barato, pero después supe que se enclaustró en un pueblo de indios, según me
dijeron.
Mara
ya no dio signos de asombro a medida que iba descubriendo las diversas caras de
José. Al contrario de aclararse, se estaba convirtiendo en un enigma. ¿Cuándo
le hablaría de su pasado? Seguramente debía descubrirlo por sí misma.
- Así
que éste es que reemplazó a Espinoza… ¿y qué se hizo del amigo? -dijo Valverde
mirando a Mara.
No
esperó respuesta porque levantó las manos e hizo el gesto de limpiárselas.
-No
me digan nada, ya escuché lo que se dice…
-Dejá de ser el hijo de puta de siempre y
vamos a cuidar a las chicas-dijo Mara. No conocía a las mujeres, por supuesto,
muchas habían pasado por el pueblo desde que ella se había ido. Les dijo que
entraran al camarote, así lo llamó, burlándose de sí misma y con ellas.
Rebosaba de contento por tener a esas mujeres con quienes hablar. Ellas, como
no la conocían, vencieron la reticencia y se dejaron tomar de la cintura por
Mara, que reía y les preguntaba cómo se habían salvado.
Sus voces fueron desapareciendo bajo la
sombra del techado. Los tres hombres se quedaron solos, y el silencio duró muy
poco.
- ¿Y dónde está Tonio? - preguntó
Valverde al viejo. Gonçalvez miró a su alrededor, Valverde siguió su mirada, y
entendió. No dijo nada.
- ¿Por qué no me dijo su nombre, viejo? -
preguntó José.
-El viejo Tonio nunca fue muy comunicativo,
así se crio, y es parte de lo que fue su oficio cuando era joven. Por lo menos
así me lo contaron en el Brasil. ¿No es así, viejo amigo?
Palmeó
a Gonçalvez y lo abrazó, sacudiendo su modorra.
-Siempre
fue de bien beber-dijo- pero ahora está bastante sobrio, me parece. Se debe
haber cagado de miedo con la tormenta que pasamos.
-La verdad es que se portó como un
experto…
-Y vaya si lo es. Si lo hubiera visto
timonear los barcos por todo el litoral, iba con su hermano recogiendo y
dejando cadáveres casi en cada pueblo durante la epidemia de fiebre amarilla
hace algunos años, y cuando la guerra del Paraguay, no le digo nada…
-Mire usted- dijo José, con los brazos
cruzados sobre el pecho y una mano rascándose la barbilla- Quién lo iba a
decir. ¿Y le pagaban bien?
Gonçalvez se encogió de hombros.
-No se tímido, Tonio, sabe que esas épocas
convienen a su familia. Mire usted, Iribarne, los Gonçalvez se dedican a ser
enterradores desde hace dos generaciones allá en Brasil, y sé que hacían lo
mismo en Europa. Lo que pasa es que a la gente no les gusta tratarlos, por eso
no dicen nada. Sólo a gente como nosotros, o como Mara, por ejemplo, no tenemos
problema con ellos.
- ¿Y qué fue de su hermano Lisandro? -preguntó
Valverde.
-Sé
que se fue a Buenos Aires y armó una funeraria. Hasta dónde sé, le va muy bien.
-Fueron las primeras palabras claras y exactas que José escuchaba del viejo.
- ¿Y por qué no se fue con él? -le
preguntó.
-Mi hijo, Tonio, usted ya vio cómo era.
Camorrero, se metió en muchos líos por esta zona. No podía dejarlo solo, y más
como era, así…-e hizo un círculo varias veces repetido con el dedo índice de su
mano derecha junto a la cien. De pronto el brazo se sacudió con brusquedad y el
viejo miró a su lado. -No te enojes, Tonio…
Valverde y José se cruzaron miradas.
-De tal palo, tal astilla. Vamos a ver a
las chicas. Si tenemos suerte ya deben haberse sacado la ropa sucia…
Durante la tarde el calor aumentó, las
nubes continuaban siendo un manto levemente denso que filtraba los rayos
solares y rechazaba los mismos que se reflejaban en el agua. Las mujeres
estaban casi desnudas en el interior del barco, y como Mara no los dejó entrar,
ellos decidieron darse en un baño en el río. Se quitaron la ropa y se
zambulleron. El agua estaba turbia, pero fresca. Nadaron dando vueltas alrededor del barco,
tratando de discernir el cauce original del rio. Sin las brújulas, no habrían alcanzado
a distinguir nada más que un enorme lago con islas verdes que no eran más que
las copas de los árboles más altos, y algunas veces sólo grandes arbustos o
grandes ramas que flotaban a la deriva. Valverde se movía en el agua como quien
ha aprendido natación en alguna piscina de cualquier ciudad, cauteloso y con
las técnicas que poco le servirían para sobrevivir si no hubiese un barco muy
cerca para rescatarlo. José nadaba sin técnica ni forma definida, simplemente
flotaba, respiraba y se desplazaba. Él era robusto y algo musculoso, Valverde
era flaco y lleno de vello claro en el pecho y las piernas. José estaba
perdiendo el cabello desde hacía algunos años, pero Valverde tenía el pelo
ensortijado y algo largo. Lo miró nadar, entretenido y despreocupado, y de
pronto vio un cadáver que flotaba hacia donde estaba. Deliberadamente, no le
advirtió nada, quería saber cómo reaccionaría. Lo había clasificado entre los
hombres débiles, aquellos que viven del trabajo de las mujeres, y quería
comprobarlo. Además, presentía que iba a tener una gran ocasión para reírse
largamente y una buena anécdota para contar esa noche.
Valverde seguía distraído, mirando hacia
unos árboles, tal vez pensando en cómo reiniciaría su negocio, cuando las
piernas del cadáver chocaron con su nuca. Se dio vuelta, sobresaltado, pero al
darse cuenta, agarró uno de los pies y deslizó el cuerpo sobre el agua,
palpándolo, quizá buscando algo en los bolsillos o los pliegues de la ropa.
Luego de ver que no había reaccionado como lo esperaba, a José no le resultó
extraño verlo hacer eso, pero esta vez fue el sorprendido cuando vio que Valverde
empezó a nadar con un solo brazo, agarrando con el otro el cadáver y llevándolo
hacia el barco.
- ¡Iribarne! ¡Venga y ayúdeme!
José nadó hasta donde estaba, y
hablándole por encima del cuerpo, dijo:
- ¿Qué mierda piensa hacer?
-Sujételo mientras lo ato al casco.
¡Viejo, tíreme una cuerda!
Gonçalvez, que los había estado mirando
desde la borda mientras hablaba solo, le arrojó una cuerda, y Valverde ató el
extremo a un pie del cuerpo. Luego subió.
- ¿Qué
espera Iribarne?
José miraba cómo el cuerpo flotaba con
las piernas abiertas, y se preguntaba qué se proponía Valverde. Los vio a
ambos, al viejo y a él, asomados a la borda, esperando que subiera. Cuando lo
hizo, se sentó a secarse sobre cubierta, observando el extremo de la cuerda
atada a uno de los ganchos, sintiendo que el cadáver se golpeaba de tanto en
tanto contra el casco.
- ¿Qué va a hacer, Valverde?
-Negocios, Iribarne, como usted, aunque
se haya olvidado luego de ese tiempo pasado con los maestritos de los indios.
José se levantó, desnudo y chorreando
agua, empujó a Valverde con un pie, y lo mantuvo contra el piso.
Si no le gusta la verdad, amigo, por lo
menos conténgase de pisotearla. Ya mucho se sabe de ustedes por el río, y me
extraña que Mara no sepa nada. Ella es así, la mitad del tiempo se la pasa
borracha y se escabulle de la verdad. Son el uno para el otro, es evidente.
José lo soltó y empezó a vestirse,
Valverde hizo lo mismo. Ambos siguieron en silencio durante una larga hora en
que se escucharon los cotorreos de las mujeres que despertaban luego del
descanso y empezaban a ponerse otra vez los vestidos secos. La tarde languidecía, pero no el calor.
-Ese cuerpo va a olor muy mal…
-No lo crea. El agua está fresca, y se va
a mantener así mientras no cambie el clima por encima del agua. Los vamos a
vender, amigo, Gonçalvez le puede explicar.
El viejo se sentó detrás de ellos,
hablando sin mirarlos.
-Yo solamente los llevo- dijo.
-Es verdad, pero sin el viejo no
podríamos llevarlos hasta el hospital de Corrientes.
Durante el resto de la tarde el viejo se
mantuvo ocupado arreglando, o intentando hacerlo, la maquinaria. Se escuchaban
los ruidos de las herramientas, y los quejidos y protestas del viejo,
imprecando e insultando a alguien más.
- ¡Qué tanto barullo!- gritó Mara,
pateando la escotilla, entonces la voz vieja de detuvo y por unos segundos Mara
se quedó quieta, confusa, sin duda, porque creyó haber reconocido la voz del
joven Tonio.
El río estaba lleno de peces muertos y
seguramente contaminados con la basura del pueblo, así que recurrieron a las
latas que llevaban más de un año en el depósito. Los hombres rescataron tablas
del agua y armaron una mesa grande y varias sillas. Mientras ellos martillaban,
sentían el olor de las mujeres que se estaban vistiendo. Sin perfumes ni
maquillajes, ellas conseguían siempre alguna manera de arreglarse, aunque no
fuesen hermosas. Cuando ya estaba oscureciendo, salieron con los viejos
vestidos, pero limpios, el cabello peinado de diversas formas, incluso Mara
lucía de una forma especial. Sin duda el contacto con esas mujeres la había
hecho recordar que ella también lo era, y que someterse a un hombre no era
claudicar su naturaleza sino resaltarla. Esto fue lo que José pensaba mientras
la veía preparar la mesa. Las seis mujeres y los tres hombres se sentaron
alrededor, y Valverde, el que traficaba con prostitutas y cadáveres, comenzó a
contar cómo se habían salvado durante la tormenta.
-Como veía que se venía la tormenta, les
dije a éstas que se prepararan para ir al muelle, para esperarlos a ustedes….
Las mujeres se metieron a hablar casi
todas juntas: pero si no sabías cuándo iban a llegar…el hijo de puta nos quería
matar… te creés que somos taradas…
Valverde levantó las manos como un obispo
para hacerlas callar.
-Calma, mis queridas, conozco el litoral mejor
que ustedes, gringas. ¿O las cinco no vienen de Europa y no hace más que unos
pocos meses que están acá? Las rubias ganan más que las negritas, por eso están
conmigo, y a la que no le guste, se manda a mudar. Putas se consiguen en
cualquier lado.
Entonces
ellas continuaron protestando, enojadas, pero no del todo, porque esa noche se
estaban divirtiendo. Había aguardiente, y la comida enlatada era mejor que lo
que cocinaban en la cabaña.
-Continúo
mi relato- dijo Valverde, actuando como un fino conferenciante ante un público
de ilustrados. José y Mara se divertían con las ocurrencias de los recién
venidos. Ella estaba contenta y había dejado su ensimismamiento. Reía, gritaba
e insultaba como cuando José la había conocido, y eso le agradaba.
-Las convencí de ir al muelle…
-Nos arrastraste….
-Las convencí, etc, etc., y estuvimos
toda la tarde esperando.
-Con el calor que nos mataba y los
mosquitos que nos comían…
-Puede decirse que esa era la
escenografía de nuestra espera…
Valverde era un histrión, un actor
consumado. Movía las manos en ademanes acordes a lo que iba diciendo.
-El cielo se oscurecía y el follaje de
los árboles se movía fuerte y tremendamente con el viento….
- ¿Pero dígame una cosa? ¿Estaba tan
seguro de queosotros llegaríamos pronto? -preguntó José.
Una de las mujeres, la que José había
visto con el maquillaje corrido al llegar, tenía ahora la cara limpia, pero los
labios eran de un rojo intenso y las mejillas tenían un sonrosado natural. No
era muy joven, ninguna parecía serlo, como si hubiesen sido sacadas de algún
pueblo de la Europa oriental mientras atendían sus granjas o caminaban solas
por las calles de alguna ciudad. Ella lo había estado mirando mientras él se
hacía el desentendido, y la escuchó intervenir en la conversación por primera vez:
- ¡Qué iba a estar seguro! Es un
sinvergüenza. Se hace el que sabe de ríos, pero hay otros que saben del mar,
que es mucho más grande…
Después de la sorpresa, todos se rieron de
ella, pero Mara y José se miraron de una forma cuyo significado ambos
reconocían, y que sólo fue el primer indicio de lo que sabían que iba a crecer.
Y José lo alentó.
- ¿Cómo se llama usted, señorita? -
preguntó.
-Carla-contestó,
y el rubor que había ganado con las risas a su comentario, se hizo aún más
intenso.
-Bueno
Carlita, no se ruborice tanto. Si nos reímos es por su inocencia…
Todos
volvieron a reírse, y ella continuó con su cara de sorpresa hasta que sus ojos
comenzaron a llorar. José le alcanzó un pañuelo.
-Reconozco en usted el legado de una alta
estirpe venida a menos. Les pido a todos que no se ensañen con esta señorita.
Tal vez haya sido una maestra en su pueblo, y seducida con mentiras de
prosperidad en América.
Todos
siguieron la corriente de aquel teatro de sobremesa, que Valverde había
comenzado y al que José se había unido. Excepto Mara, que, sin darse cuenta,
con su naciente ofuscación también estaba siendo parte del melodrama
representado.
-Ahora que la maestrita de los niños
huérfanos ha sido consolada por su príncipe azul, terminaré, si me permiten el
relato de nuestra afortunada aventura.
Y entre risas y nuevas interrupciones,
Valverde contó que había visto el humo desde el mediodía, y que le constaba que
era el único vapor que debía pasar por esa latitud ese día. Pero sobre todo
tuvo un presentimiento que él llamó raro, como si todos no lo fueran, cuando
creyó ver el barco reflejado en el cielo encapotado.
-No fue verlo realmente, lo reconozco, sino
percibirlo precisamente como un reflejo de otra cosa. Vi varias bandadas que
salían de las riberas y se dirigían al sur, de donde debían llegar ustedes. Me
pareció extraño, pero no les hice más caso hasta después de un rato, cuando vi
lo que les dije, la imagen del barco. Hasta se me ocurrió, por un segundo, que
las aves estaban levantando al barco. Y me dije: ellas lo van a traer más
rápido, y yo me quedé tranquilo. ¿Fue una alucinación o fue un milagro?
Le gustaba a Valverde ver cómo las caras
de las mujeres se extasiaban, y su expresión de burla se iba convirtiendo en
otra de cierto convencimiento. Pero la cara de Mara estaba pálida. Ella
recordaba lo que había sentido durante la tarde anterior: las bandadas y la
sensación de elevarse.
Valverde destruyó, sin quererlo, todo su
fantástico castillo de hadas, cuando continuó.
-Esa era mi esperanza, porque no soy el
hombre materialista que ustedes creen…
Las mujeres le tiraron latas vacías,
riendo y ya del todo borrachas. Él se defendió como pudo, y cuando ya estaba
libre de su ataque, sucio y con la mirada hastiada de aguardiente, los ademanes
del conferenciante regresaron, incólumes.
-La verdad es menos atractiva, pero debo
reconocer que mi espíritu previsor, casi científico, podría decir, prevaleció
por encima de todo. Yo sabía que la tormenta llegaba, por supuesto, y que iba a
ser más fuerte que las habituales, los signos en la atmósfera me lo indicaban.
Iba a haber una tremenda inundación. Por eso las saqué de la cabaña cuando fui
al muelle y vi el bote amarrado. Si tardábamos diez minutos más, ese bote nos
sería robado. Así que ellas y yo subimos y nos alejamos del pueblo. Después
vino la tormenta, así que intenté llevar el bote a un recodo, y allí soportamos
mientras el agua crecía. No podíamos quedarnos protegidos por los árboles,
porque de un momento a otros se nos vendrían encima. Por eso tengo los brazos
hechos pedazos. Remé esquivando las olas, que ahí no eran tan fuertes, y
tratando de mantener el bote a flote, porque las señoritas, tan delicadas, sólo
se ocupaban en gritar como si hubiese un Dios para las putas.
Juan Valverde ya no actuaba, y sólo el
sarcasmo era la evidente la esencia de su personalidad. Todos se quedaron
callados, y se escuchaba el golpe del cuerpo contra el casco. Las mujeres ya lo
sabían, era parte del negocio de Valverde. Los golpes eran más frecuentes,
debían ser varios los cuerpos que estaban reflotando. Gonçalvez se levantó, sin
necesidad de responder a la silenciosa mirada de Valverde, y fue a cubierta
caminando lentamente, murmurando con alguien que estuviese a su lado. Se sacó
la ropa, agarró una larga cuerda gruesa, y se zambulló en el río.
Esa noche las mujeres dormirían bajo
techo y los hombres en la cubierta. Mara les advirtió que molería a palos al
que se acercara a ellas. Cerca de la madrugada, José se despertó y vio a
Gonçalvez sentado junto a ellos y acercando las palmas de las manos a una
fogata débil que había improvisado. Estaba tiritando. José le preguntó si la
pesca había sido abundante, el otro asintió.
- ¿Y usted, amigo? ¿Qué hace que no aproveche
tantas conchas? Lo vi entusiasmado hace un rato…
José quería esperar que Mara se durmiera.
Tal vez le saliera bien, o tal vez mal, el asunto. ¿Pero qué podía pasar más
que Mara se enojara como otras veces? Se levantó sin hacer ruido, pisando descalzo,
pero no podía evitar que las tablas viejas resonaran casi siempre. Se acercó a
la entrada, escuchó la respiración de las mujeres, y el ronquido de alguna.
Esperó que sus ojos de acostumbraran a la oscuridad, y reconoció a Mara
durmiendo en el jergón, y a Carla contra un rincón sobre el piso. Caminó en
silencio, sus pasos ya no sonaban. Confiaba en llegar a ella, y tocarla sin que
se asustara. Fue más fácil de lo que esperó, Carla estaba despierta. Le murmuró
algo al oído cuando se agachó y se acostó sobre ella. Le lamió la oreja y sus
manos se metían dentro de su pantalón. Y entonces todo se interrumpió, como si
de pronto se hubiese dormido y se despertara sobresaltado. Mara estaba parada a
su lado con una madera astillada en la mano izquierda. Intentó levantarse, pero
ella lo retuvo poniéndole un pie sobre el pecho. Lo había golpeado con esa
madera en la nuca.
- ¡Hija de puta! ¡Pudiste haberme matado!
- ¡Es lo que voy a hacer, pedazo de
mierda!
Levantó el palo otra vez, pero se detuvo. José
Menéndez Iribarne estaba en el piso con el cuerpo desnudo y libre de todo
sarcasmo. Las demás se habían despertado y se habían acercado, Una abrazaba a
Mara, las otras lo miraban con rabia y desprecio. Estaban casi desnudas, sin
corpiño y tapándose con frazadas. Olía el aroma de la orina entre las piernas
sudadas.
- ¿Querés que lo hagamos nosotras? -preguntó
una. Mara no iba a responder. -Después nos encargamos de la otra.
Entonces la que había hablado le sacó el
palo de las manos y sin darle tiempo a nada, dio un golpe en la cabeza de José.
La frente empezó a sangrarle, luego la boca, pero antes de poder hacer nada,
siquiera de taparse con los brazos, empezaron a patearlo todas juntas y con
tanta fuerza que ya no pudo más que arrastrarse hacia cubierta, mientras ellas
lo seguían sin dejar de patearlo en la espalda y las costillas. Cuando
intentaba levantarse le golpeaban las piernas con el palo, y si intentaba
taparse la cara le golpeaban los brazos.
No sabía cuánto tiempo había pasado, las
patadas ya no le dolían tanto porque pegaban en el mismo sitio que ya tenía
insensible. Sentía el gusto de la sangre en la boca, y las palabras se le
empastaron cuando quiso hablar. Vio la fogata del viejo, ya estaba cerca. Y
tocó los pies descalzos de Valverde. Levantó la cabeza todo lo que pudo, pero
como no fue mucho se dio vuelta y vio cara con la odiosa ironía de siempre.
-Debí advertirle antes, amigo. Sepa
disculparme. Pero como ya se habrá dado cuenta, éstas no son conchas comunes y
corrientes.
*
A la
mañana siguiente, los hombres habían puesto a José en el jergón de la cabina.
Mara los vio llevarlo uno agarrándolo por los hombros y el otro de los pies.
Ella estaba en la entrada, cruzada de brazos, con la mirada ofuscada, pero en
la expresión estaban las marcas del cansancio. No había dormido el resto de la
noche, y sabían que había buscado botellas de aguardiente y las había bebido.
Pero los dejó pasar. Las otras mujeres salieron, sin protestar, pasaron junto a
ella, una acariciándole un hombro, otras diciéndole algo al oído. Luego se
acodaron en la borda mirando el bote amarrado a la popa, que llevaba los
cadáveres. Ellas ya estaban acostumbradas, Valverde hacía eso por lo menos dos
veces al año, y si no se encontraba con Gonçalvez, lo hacía él mismo. Pero el
viejo sólo se ocupaba de subirlos al bote, lo habían escuchado zambullirse, así
como los golpeteos de los cuerpos duros contra el casco y la tarea pesada de
subirlos al bote. El silencio de voces humanas acompañaba la noche, sin embargo,
oyeron los quejidos y la respiración agitada del viejo Tonio, y de tanto en
tanto su conversación con alguien que ya sin duda era su hijo, porque había
mencionado su nombre varias veces.
Por eso Mara no había podido conciliar el
sueño, y había visto a José entrar y dirigirse hacia donde estaba la otra. Si
hubiese estado dormida no habría pasado nada, sólo hubiese sido un polvo más en
la vida de ese hombre que había invadido su vida y había empezado a cambiarla.
La ignorancia a veces es una bendición, se dijo, pero de algún modo u otro se
habría enterado. Estaba habituada desde chica a saber cosas que otros
descubrían mucho después, y a ella le sorprendía descubrir que las había sabido
desde muchos antes, sin recordar cómo ni cuándo estaban en su memoria. La
mayoría de las veces eran cosas insignificantes y principalmente sobre los
demás. En cuanto a lo que ella se refería, esa sensación era más obtusa e
incierta.
Vio salir a Valverde.
-Voy a llevar uno de los barriles a la
cabina, hay que lavarlo todos los días.
-No tenemos mucha agua, y quién sabe
cuándo encontraremos un pueblo…
-Ya
lo sé…
-Y se encargarán ustedes de curarlo…las
chicas y yo no vamos a tocarlo.
-Con eso me conformo, ya lo tocaron
bastante-dijo él. - ¡Vamos Tonio, ayudáme a subir un barril de la bodega!
El viejo no salió.
- ¡Viejo! -volvió a llamar Valverde,
entonces el viejo apareció. - ¿Qué te pasa, estás sordo ahora?
-Creí….
-Sí, ya nos dimos cuentas que hablás solo.
Pero tu hijo no está…
El viejo miró a Mara y siguió a Valverde.
Ella los vio llevar el barril y los escuchó hablarle a José, que se quejaba.
Fue hasta la entrada y vio que Valverde le pasaba unos trapos con agua limpia
sobre las heridas. Las mujeres lo habían golpeado con las puntas y los tacos de
los zapatos, y ella lo había hecho con la madera astillada. El cuerpo estaba
cubierto de moretones y heridas profundas y extensas.
Valverde la vio asomada.
-Tiene varias costillas rotas, y a lo
mejor hemorragias internas, qué sé yo.
Ella
no preguntó, aparentando indiferencia. Valverde retiró el trapo que refrescaba
la cara de José, y la vio hinchada. Casi no lo reconoció. Escuchó sus
respuestas a las preguntas de Valverde, pero eran sólo monosílabos y a veces
sólo unos gritos contenidos.
Al mediodía, el viejo bajó a continuar
reparando la maquinaria. Habían puesto el barco a la deriva, sabían que la
corriente, aunque muy leve, podría llevarlos a algún pueblo para encontrar
comida y agua. A la tarde, Valverde bajó del barco y subió al bote donde
estaban los cadáveres. Mara y las mujeres lo observaron con la curiosidad y el
asombro de siempre. Valverde sabía de medicina y de medicamentos. Nunca
supieron cómo había aprendido todo eso, y cuando le preguntaban respondía que
sus abuelos y padres le habían enseñado cuando era chico, pero el resto lo
había sabido por experiencia propia. Tenía libros en la cabaña de Goya donde
pasaba poco tiempo, por lo menos eso les había dicho. También se decía de él
que sabía abrir los cadáveres y disecarlos. Las mujeres habían pensado siempre
que eran mentiras, mucha gente era la que no quería a Valverde. En general sólo
se le acercaban los que querían venderle o comprarle algo, pero daba la
impresión de que era él quien los elegía.
Lo vieron apartar la lona que cubría los
cuerpos, parado en la proa y esparciendo cal para mantenerlos en el mejor
estado posible hasta que llegaran a destino. Mara le había preguntado quién se
los compraba, él había respondido que mucha gente: principalmente en los
hospitales para que estudiaran los médicos, pero también otros que usaban
partes para hacer medicinas. Los indios, sobre todo, sabían mucho de esas
preparaciones. Por supuesto, también estaban los locos, pero a él eso no le
importaba, mientras le pagaran. Estaba con el torso desnudo y con un pantalón
negro. Parecía, por sus gestos, un sacerdote joven que llegaba de misión entre
los indígenas, caminando con cuidado sobre las espaldas de los muertos y
dispersando con sus manos el polvo del que todos venimos.
Mara escuchó que algo decía. Intentó
observar sus labios, pero estaban quietos. La voz, sin embargo, como un lamento
in profundis, llegaba claramente a
sus oídos. ¿Venía desde el río, viciado aún de tablas, ramas y suciedad, y
también da algunos otros cuerpos que seguían reflotando? Entonces miró a su
lado, porque creyó ver al viejo acodado junto a ella. Pero no había nadie, y
desde la bodega se escuchaban los martillazos sobre la maquinaria. La oración, porque
eso era, continuó molestándola, haciéndose más fuerte en su oído derecho, y
hasta la voz era más clara. Era como la que recordaba haber oído en misa cuando
la familia iba a veces allá en el pueblo de España. Un dejo profundo y
lamentoso de oraciones en latín, incomprensibles, pero que se arraigaban en la
memoria por su insistente monotonía. Y de pronto reconoció la voz de joven
Tonio. Miró a su lado, exploró con la vista casi toda la cubierta, pero la voz
prácticamente estaba susurrando en su oído. Hasta sintió el olor de la piel.
Tonio seguía enojado, pero su voz era lacrimosa. ¿Sufría, quizá, e intentaba
decírselo? ¿La estaba culpando?
- ¿Por qué no viniste antes? ¿Qué querés?
-preguntó ella en voz alta, al aire que la rodeaba.
La brisa le contestó, trayéndole el olor
desde el bote, y algo del polvo de cal que Valverde seguía tirando. Entonces
parte de esa cal se depositó sobre la baranda, y luego en el aire fue formando
una figura de hombre. Primero la cabeza, los hombros, los brazos apoyados, la
espalda. El polvo se asentaba y dibujaba los contornos.
Mara retrocedió. No iba a dejar que la
tocara. Recordaba haber escuchado a la vieja Sottocorno, cuando la llevaron,
que una cosa era contactarse con un muerto, y otra muy distinta dejar que la
tocara. De eso, muchas veces no se volvía. Ellos buscan algo, ellos hablan y se
comunican como pueden. Ellos sufren porque no pueden decir lo que les pasa.
Necesitan aferrarse a algo, manotean en su espacio y no pueden asirse a nada de
lo que antes les resultaba concreto. Pero cuando una de ellas, las brujas, los
ve como si fuesen tan concretos como antes, es como si no hubiesen muerto. Por
un instante se crea la íntima relación entre dos creencias basadas únicamente
en la apariencia de los sentidos. Porque mientras todo es apariencia, también
todo es real. La realidad se basa en la seguridad de los sentidos, los
pasamanos que tranquilizan la conciencia y atenúan el miedo cubriendo con un
barniz de números y colores a la ignorancia. Los colores atraen, los números
explican. Y finalmente el contacto convence. Cuando nos damos cuenta, ya es muy
tarde. Ellos nos han llevado al otro lado, o nos poseen irremediablemente.
La voz de la vieja Sottocorno fluyó en su
memoria con tal claridad, que fue como si hubiese regresado a esa casa sin
techo en el campo de su infancia. Corrió hacia la entrada a la cabina. Las
mujeres estaban acostadas sin hacer nada en la cubierta, y al verla le
preguntaron si le pasaba algo. No contestó. Se apoyó en el marco, mirando
alternativamente hacia adentro y hacia el río. José era un cuerpo real que
calmaba su inquietud. No iba entrar, no quería ceder, pero verlo allí le hacía
bien. En cambio, los cuerpos en el río aún la inquietaban. No sabía qué hacer
con ellos, porque pensaba que la buscaban para pedirle algo que ella no podía o
no quería entregar. ¿Cómo contestar a sus preguntas? Mara sentía que estaban
más asustados que ella, y ese susto no tenía pausas. Era, quizá, como el dolor
de José expresado en su cara sufriente. ¿Cómo se vería él con tal dolor durante
años y años, siempre igual? El cuerpo se acostumbra, la materia es así. Pero
los muertos no tenían una materia que siguiera las leyes de la fisiología, las
reglas de la química o las cicatrices de la anatomía. El dolor de ellos nacía
de la ausencia que todo lo abarcaba, del vacío opresivo a la vez que
vertiginoso, de lo perdido y de lo amado al alcance de unas manos ya
inexistentes: nunca más olido, nunca más oído, nunca más tocado. El dolor de la
presencia inalcanzable, el dolor de la ausencia como una piedra filosa que no
puede despegarse de la mano.
Durante las noches de la semana siguiente
ellas durmieron en la cubierta, no les molestaba, según dijeron, porque hacía
mucho calor para dormir en la cabina. El agua se estaba agotando y el río era
todavía un pequeño mar sin orillas. De vez en cuando pasaban junto a las
islitas formadas por las copas de los árboles, y con suerte encontraron nidos
que se habían mantenido intactos, con aves muertas que aún podía consumirse.
Intentaron pescar, pero sólo levantaban pescados podridos o restos de basura.
Las mujeres aparentaban indiferencia por
la salud de José, pero Valverde sabía que si habían cedido el lugar era por
algún leve sentido de remordimiento. Pasaba casi todo junto al jergón, lavando
el cuerpo y cambiándole los paños varias veces al día. Le daba de beber, pero
la mitad de las veces el agua se desperdiciaba porque no podía tragar. Casi no
habría los labios porque estaban muy hinchados, y sólo emitía carraspeos con la
garganta seca. Valverde lo revisaba con esmero: el pulso, la frecuencia de los
latidos y la respiración. Le daba vuelta cada ciertas horas para que la piel no
siguiera lesionándose, pero no pude evitar que se formaran úlceras en las
llagas.
En la mañana del domingo siguiente, ya
llevaban ocho días a la deriva. Los pájaros carroñeros habían aparecido varios
días antes, dando vueltas alrededor del barco. Los cuerpos del bote los
atraían, sin duda, pero por ahora tenían suficiente con los restos que flotaban
en el resto del río. Había muchos insectos que invadían el barco. Las mujeres
se divertían matándolos, pero se espantaban de las arañas. Sólo Mara no les
tenía miedo, las aplastaba con los pies calzados o desnudos. Hubo ratas que debieron
llegar a bordo luego de viajar sobre maderas. El viejo no desperdiciaba la
oportunidad de matarlas y cocinarlas. Lo hacía tranquilamente, y Valverde
recuperaba entonces su sarcasmo, lo que era signo de que abandonaba por un
tiempo su pesadumbre y restablecía por unas horas su buen humor. El viejo se
sentaba a comer en el suelo, y extendía la mano con un pedazo de carne en el
extremo de su cuchillo, para compartir con las mujeres y burlándose de ellas
cuando mostraban asco.
Ese mediodía había cocinado dos ratas
grandes, y cuando estuvieron listas, preparó dos platos de lata y colocó uno a
su lado con un pedazo de carne. ¿Era una invitación para alguien? Mara aceptó
lo que creyó un desafío. Se sentó al lado del viejo, junto al plato. Tonio la
miró con ofuscación, ella intentó reírse acercando la mano al trozo de carne.
Pero ya no estaba. Sintió escalofrío, y escuchó que las mujeres la aplaudían.
Festejaban su valor.
-Pero si yo no…
Entonces fue cuando aparecieron las moscas.
Era el enjambre más grande que jamás
hubiese visto, ni siquiera en el campo de España donde eran tan habituales los
estragos hechos por las langostas. Aparecieron de repente, casi sin que se
oyera zumbido alguno, como si hubiesen aparecido desde el mismo río. Rodearon
el barco y todo lo que podían ver del cielo. Mara se levantó y buscó lonas y
telas con las cuales taparse. Las mujeres quisieron entrar a la cabina, pero
cuando ella las precedió, vio que todo el cuerpo de José estaba cubierto de
moscas, atraídas por las llagas. Valverde se abrió paso entre las mujeres, pero
ellas se apartaron al ver la forma en que las moscas parecían estar comiéndose
a José. Mara comenzó a espantarlas con las manos, pero no podía hacerlo sin
tocar y rozar el cuerpo y él comenzó a gritar de dolor. Valverde le gritó que
le arrojara agua, y ambos entonces la sacaron del barril con dos recipientes y
se lo arrojaban encima. Las moscas se apartaban, pero el enjambre no cedía y
otras muchas volvían a asentarse sobre las úlceras. Entonces él le dijo que
siguiera tirando agua mientras él le untaba el cuerpo con un ungüento. Tardaron
más de media hora mientras hacían una y otra vez lo mismo. El agua del barril
finalmente se acabó, pero Valverde había alcanzado a cubrir casi todas las
heridas. Las moscas eran ya menos, pero daban vueltas alrededor de ellos ahora
que no podían asentarse sobre el cuerpo de José.
Mara y Valverde estaban agotados, y
escuchaban afuera los gritos y las protestas de las mujeres. El viejo no se
había movido de su sitio, la pequeña fogata donde había cocido a las ratas lo
había protegido un poco de las moscas, pero junto a él había algo que no
comprendían. Las moscas se habían asentado en el aire y formaban el contorno de
un bulto impreciso. El viejo se propuso entonces espantarlas con un trapo, y
ellas se desprendieron de lo que fuese a lo que estaban adheridas. Durante el
resto del día hizo lo mismo una y otra vez, mientras que en la cabina casi
sucedía lo mismo: las moscas insistiendo con su insobornable tenacidad para
aposentarse sobre las llagas. Mara, ya cansada, se sentó en el jergón, y no
pudo más que observarlas caminar sobre las úlceras y frotar las patas
delanteras con fruición. Eran verdes en su mayoría, y grandes. El zumbido era
insoportable. Se espantó muchas muertas metidas en su cabello, pero
principalmente trató de apartarlas de la cara de José. Se embadurnó las manos con
el ungüento y comenzó a cubrir la cara de José, a la vez acariciándolo y
limpiándolo de moscas. El cuerpo era como el de un muerto. Pensó en Santiago
Espinoza y los fragmentos de cerebro que habían salido de su cráneo. Pensó en
el joven Tonio y el cuchillo en su costado. Luego, en los golpes del palo
astillado sobre la espalda y la cara de José, y en las patadas. Santiago ya no
tenía una mente con la cual la conciencia de sí mismo pudiese persistir, porque
eso era lo que decían las brujas: el alma no es únicamente inmaterial, y lo más
cercano a lo inmaterial del cuerpo mientras estamos vivos es la energía
inmanente en el sistema nervioso. Por eso la capacidad de los muertos por no
abandonar el ámbito de los sentidos. Según le habían contado, había sido
sepultado, y eso significaba paz para ellos. Tonio, sin embargo, era un
resentido, y había muerto lúcido y en una pelea alimentada por la ira. Y no
tenía más sepultura que el agua del río, que hincha los cuerpos hasta convertirlos
en una pulpa de la que sólo gustan los peces carroñeros.
José Menéndez Iribarne había llegado a su
barco con toda su impronta de caballero español, cerrado a los sentimientos y a
la expresión, austero, cínico y mentiroso, pero todo eso era compensado con la
forma en que sus manos y su cuerpo la abrazaban, con la forma en los labios de
él la besaban. La barba y el pelo ensortijados, el vello del cuerpo, los
contornos de sus hombros y su pelvis. El cuerpo de José hablaba por él, sin que
pudiese controlarlo. Por eso durante las noches que durmieron juntos le agradaba,
aunque la hiciera sufrir el escucharlo murmurar en sueños, el verlo mover las
manos como su acariciara o luchara con alguien. Esos gestos y tales movimientos
le hablaban más de él que todas las palabras que no quería decir. Mientras más
ocultaba, más conocía ella del pasado a través de su cuerpo.
Pero
ahora no sabía lo que estaba pasando por la mente de José, ni siquiera si
estaba despierto o consciente. No hablaba porque no podía, los labios estaban
llagados. Las moscas habían empeorado el estado de las úlceras, y no había
forma de apartarlas del todo. Daban vueltas dentro de la cabina. Valverde
prendió fuego a una tela e intentó que el humo las mantuviese alejadas. Se
había sentado en el cajón sobre el que había pasado la mayor parte de todos
aquellos. En las noches estaba tan agotado que decidía costarse junto a José,
tratando de no tocarlo, acurrucado contra el borde opuesto. Ella los había
visto así al levantarse en medio de la noche, sedienta: dos hombres hastiados
de su propia vida, insistiendo sobrevivir en la marea del remordimiento, y sólo
descansaban dejando fluir los remotos pensamientos de inocencia y desilusión en
esas horas de sueño profundo. ¿Qué soñaban?, se había preguntado ella. Y por
instantes, en medio de la oscuridad y el silencio, toda una muchedumbre invadía
la cabina. La obsesión, la obstinación, la inconformidad, la rebelión, la
insubordinación ante la muerte: eso era Valverde. Pero en José había paz y
guerra en una sucesión tan insistente que se hacía insufrible, el placer en la
paz se convertía en culpa, y entonces llegaba la guerra. Y cada batalla lo
endurecía más, y la dureza insensibilizaba la piel de su espíritu. El alma de
José debía ser como su conciencia: irritada por el placer de pronto
interrumpido por la culpa, y el displacer obligado a ser recibido como el único
elemento de expiación. El alma de José era como el fruto amargo de su cuerpo.
Durante toda la noche de ese domingo
hasta el lunes a la mañana, ella se acostó junto a él. Puso su única mano sobre
el pecho de José, suavemente, dispuesta a apartarla en seguida que lo viese
sufrir. Lo sintió respirar muy quedo, pero sabía que él se daba cuenta de quién
era la mano que se apoyaba. Quizá se muera, pensó ella. Lo habré matado, como a
los otros. Ya no lo sentiría dentro suyo nunca más, cuando el éxtasis no era
solo del cuerpo, sino una sensación de estar siendo habitada por toda una selva
donde los árboles eran altas catedrales, y entre el verde follaje se esparcía
el canto de oraciones elevadas al cielo desde la hojarasca. Cuando él se
apartaba de ella, podía sentir el dulce olor de la carne antigua bajo las hojas
secas: en el fondo siempre había cuerpos muertos de animales asesinados o
irremediablemente enfermos.
Pensó en Elsa. Nunca vería de vuelta a su
hija, nunca tendría otra. Había aborrecido y desechado la idea. José tenía
razón: Mara mataba lo que amaba.
Durante todo el lunes las mujeres se
tumbaron en cubierta, unas quejándose, otras lloriqueando porque pensaban que
iban a morir. Luego se calmaban y buscaban tareas que hacer. El viejo seguía
obstinado en arreglar la maquinaria. Valverde, ahora que Mara se ocupaba del
enfermo, había ido hasta el bote y regresado con un cuerpo. Lo vieron subir con
esfuerzo el cadáver envuelto en una bolsa de arpillera, luego abrió la
escotilla y se metió en la bodega. Nadie preguntó qué iría a hacer.
Esa noche José abrió los ojos por primera
vez en muchos días. Los párpados ya no estaban tan hinchados. Mara lo vio y le
sonrió.
-José-dijo. - ¿Cómo estás?
Conocía la necedad de la pregunta, pero qué
otra cosa decir. Él intentó hablar, tosió y se contrajo de dolor.
-Apaleado, me siento.
Ella se rio, y se contuvo. Pero ahora
sabía que él no se iba a morir.
José tenía la vista fija en ella.
- ¿Llorando…?
Ella
sabía que, bajo las cicatrices nuevas, él sonreía. Entonces empezó a hablarle
como a un chico. No puedo evitar contarle lo que había pasado después de los
golpes, y no pidió perdón por eso. Ella hablaba y hablaba, y se dio cuenta de
que no podía parar. Estaba en un estado que pocas veces había conocido. Terminó
diciéndole que el viejo y Valverde trabajaban uno cerca del otro: uno
intentando resucitar una máquina, el otro buscando tal vez lo que quedaba vivo
en un cadáver. Mencionó que Valverde les había contado que el alma está en un
sitio del cerebro, como un corpúsculo. ¿Buscaría eso?
José despertó de su silencio:
- ¿Por
qué buscar lo vivo entre lo muerto? - dijo. -Eso dicen que habló Jesús luego
del resucitar al tercer día.
Le
costaba hablar, y ella le dio un sorbo de agua. Estaba flaco y le preguntó si
tenía hambre.
- ¿Ratas?
Mara
se rio. Él había escuchado mucho de todo lo que había pasado en cubierta.
-Valverde te cuidó como un médico.
-Es más que un médico- dijo él, y cerró
los ojos, cansado.
Durmió todo el resto del día y al
siguiente. El miércoles lo despertó el ruido del motor. Miró hacia un costado y
vio que el río se desplazaba y contempló la sombra del humo sobre el agua.
Mara entró a la cabina trayendo buenas
noticias. Estaba radiante y bella por primera vez en mucho tiempo. La hosquedad
y el malhumor desaparecían cuando estaba con él. Ahora no lo molestaba, su
cuerpo se estaba recuperando y necesitaba las caricias de ella.
-Estamos en camino a Corrientes. El fin de
semana llegamos y Valverde entrega los cuerpos, y ya tendremos comida y agua.
Debemos llevarte al hospital para que te vean los médicos.
-Quiero que me cuiden ustedes. Ya no me
hace falta más.
-Pero…
-No quiero saber nada de eso…
-Seguís con miedo de que te busquen, ya
sé…pero en el hospital ya todos nos conocen y nadie pregunta.
-Pero a mí no me conocen como parte su grupo,
tal vez sepan algo por mi hermano.
-Ya deben estar en Buenos Aires esperando
zarpar a Europa.
-No. Se volvieron al norte en el Juan Manuel
- ¿Y
cómo sabés?
-Me
lo dijeron el día que fui a despedir a Carhué.
- ¿Y
qué te importan ellos ahora?
-Tengo un hijo, Mara. O pronto voy a tenerlo.
Ella se le quedó mirando. Estaba sentada en
el cajón viejo. No, no iba enojarse. Él no estaba para eso en este momento, y
además la sorprendió que finalmente le hablara de su vida. José le contó y ella
sólo pensó en la mujer embarazada. No sabía si ella podría tener otro hijo, y
eso le resultó tan improbable que de pronto el hijo de José fue más que una
idea, una concreción.
- ¿Querés que sea nuestro? -preguntó ella.
Mara
se desnudó y se acostó a su lado. Lo besó sin lastimarlo ni hacerlo doler.
Y
de pronto oyeron el grito del viejo.
- ¡Barco a estribor!
Ella
salió desnuda a cubierta, las mujeres se rieron y Valverde se paró de brazos
cruzados, contemplándola. Mara estaba apoyada en la barandilla, con la mirada
extasiada observando el inmenso barco quieto junto al que ellos pasaban. Vio la
poca actividad en cubierta, nadie se asomó a verlos.
Mara esperaba conocer a Altea. Ansiaba ver
a esa mujer embarazada que llevaba al hijo de José, y se puso a reír, golpeando
su única mano sobre la barandilla y agitando el muñón hacia el barco grande,
desafiándolo. Habría querido abordarlo y terminar de una vez con ese asunto. No
podía esperar, pero debía hacerlo. Sabía que el cielo estaba de su lado, el
cielo de donde llegaban las moscas que seguían insistiendo, y que ya no eran
enemigas. Ese cielo oscuro y ensombrecido de su infancia cuando los techos de
las casas se derrumbaban.
Las mujeres se unieron a ellas, desnudándose
también, excitadas por la loca alegría de Mara. El cielo y el río, extensos y
anchos eran como dos espejos en donde ellas parecían reflejarse, y hasta creyó
ver que todas tenían alas formadas por moscas. Gritaron, intentando llamar la
atención de ese barco que se jactaba orgullosamente de su importancia, que se
esmeraba en ignorarlas con su silencio, insultándolas y despreciándolas,
desafiándolas con la diferencia abismal que los separaba.
Nadie, sin embargo, se asomó a observarlos.
No fueron suficientes ni los gritos de
unas cuantas mujeres desnudas saltando y riendo como desquiciadas, ni el
aspecto extraño del pequeño barco que parecía habitado de moribundos y locos, y
que detrás arrastraba un bote lleno de cadáveres apilados unos sobre otros,
algunos con las piernas y brazos colgando a ras del agua y formando una estela
turbia de agua sucia.
Y tanto sobre el barco como sobre el bote
seguían rondando las incontables y empecinadas moscas, imperecederas
comerciantes de la muerte.
6
Natacha lo
cubrió con la manta que uno de los hombres le había traído. Lo abrazó,
frotándole los hombros que temblaban, creyendo ella que por causa del frío,
pero el sol de enero era intenso y se reflejaba despiadadamente sobre el río
revuelto. Todavía se veían algunos yacarés buscando algún resto del cuerpo, y
la sangre se estaba diluyendo rápidamente. Ella miraba el agua, pero aún no
podía angustiarse por Ariel, Manuel lo necesitaba. Ese hombre que había salido
corriendo desnudo para alcanzar al chico parecía necesitarla más que nunca.
Manuel lloraba, intentando taparse la
cara con las manos, siempre temblando y sollozando con un gemido agudo que se
fue enronqueciendo a medida que la garganta se lastimaba. Natacha le decía que
se calmara, que por favor se tranquilizara porque se iba a enfermar nuevamente.
Pero Manuel se dejó caer de rodillas y logró al fin taparse la cara con las
manos fuertemente, tanto que ella no logró apartarlas ni atisbar la expresión
en el rostro. La manta se deslizó por la espalda y ella volvió a acomodarla.
-Vamos, querido, vamos adentro…-le decía
suavemente, para que sólo él la escuchara. Miró de reojo a los demás, temiendo
por un instante revelar algún signo de debilidad, porque estaba acostumbrada a
manifestar su fuerza de una manera muy distinta. Creyó descubrir en los otros
un cruce de miradas confundidas.
Julio se acercó a y empezó a hablar a
Manuel. Entre ella y Julio lo levantaron, ayudándolo de los brazos y sosteniéndolo
por los hombros y la cintura. Los tres caminaron hacia el camarote. La luz del
sol iluminó entonces la cara de Manuel, y entonces ella vio esa extraña expresión
que no era angustia ni dolor, sino pleno terror. Cuando entraron, vio la sangre en la cama y en
el piso, y vio el hacha.
Ella
se detuvo, los hombres dieron un paso más y la miraron. Manuel sabía lo que
ella estaba viendo, y el viejo Julio adivinó todo de inmediato. Manuel estaba
ahora en sus manos, sólo él podría protegerlo de la ira de Natacha.
Ella
corrió hacia la mano muerta de Ariel, caída en el piso junto a la cama. Al
principio no gritó ni lloró. Agarró la mano entre las suyas y apoyó la palma
muerta sobre su mejilla derecha. Ahora sí lloraba y sonreía. Tenía los ojos
abiertos mirando al vacío. Luego alzó la mirada hacia el crucifijo en la pared.
Estaba de rodillas, y así se desplazó hasta ubicarse a sus pies. Se dio vuelta,
viendo cómo Manuel era acostado en la cama manchada, con las sábanas revueltas
y sudadas. Se desplazó, siempre de rodillas hacia la cama.
-Señora, por favor…-dijo Julio, intentando
ayudarla a levantarse. Ella sacudió los brazos para defenderse, mirándolo con
encono. Cuando llegó a la cama, olió las sábanas, y su cara se transformó en
una especie de calidoscopio de expresiones que fueron sucediéndose hasta
confundirse unas con otras, pero todas llevaban el sello inconfundible de los
mártires, cuyas imágenes había estudiado a lo largo de su vida en las iglesias
de Varsovia y en Buenos Aires. Máscaras de porcelana, de cerámica o de madera, donde
la piel agrietada de las mejillas se cuarteaba en infinitos fragmentos
diminutos conteniendo cada uno la esencia del mártir. Los ojos abiertos mirando
hacia un punto incierto del cielo, la mirada acongojada, melancólica, y sobre
todo piadosa. Las manos de los mártires juntas o separadas en actitud de rezo,
los dedos a veces trisados, y en ocasiones faltaba, también, una mano.
El rostro de Natacha adquirió entonces el
semblante de la piedad, como la de aquellas vírgenes cubiertas de un manto
negro y una corona de espinas, con lágrimas de sangre en las mejillas. El olor
de Ariel en las sábanas era lo único que le quedaba de su hijo, por eso puso la
mano muerta sobre la cama. Se levantó apoyándose en el colchón, y rechazando la
ayuda de Julio. Comenzó a recoger los bordes de la sábana y envolvió con ella
la mano del chico. Cuando ya era un bulto, lo abrazó contra el pecho y apretó
la cara sobre la tela.
Manuel estaba tirado en la cama,
reteniendo el llanto o cualquier ruido que llamase la atención de ella. No se
atrevía a mirarla, ni siquiera sabía cómo evitar abrir los ojos, porque cada
vez que los cerraba veía la cara de Ariel en el instante justo de bajar el
hacha. Entonces supo que ella lo estaba mirando, y como si lo llamara, él
levantó la vista hacia Natacha.
Ella estaba al pie de la cama, con la
sábana arrollada apretada fuertemente contra el pecho, y parecía la viva imagen
de la Virgen de los Dolores. Pero a pesar de la máscara piadosa que se
regocijaba en imponerse, había en sus ojos un remolino de viento turbio que
nacía del centro del iris, creciendo como un espiral que arrastrara hojas y
tierra. No había expresión en la mirada de Natacha porque estaban enturbiados
por la suciedad de lo que estaba pensando.
El olor de Ariel estaba todavía en esa
cama, lo mismo que algunos de sus lápices dispersos por el piso. Manuel sintió
el aleteo que otras veces había escuchado. ¿Venía de ella, de sus ojos, del
remolino que dispersaba suciedad? Sintió, por un instante, el olor de la selva
llena de árboles que se sacudían por impulso del viento, y todos los pájaros
levantaban vuelo. Y no era de día, sino una noche oscura donde los murciélagos
iban de rama en rama.
En
esa habitación era de noche, pero afuera la mañana era espléndida en
resplandor. Adentro el ruido del viento y el aleteo eran inmensos, chocando
contra las paredes con cuerpos invisibles quo que despedían el aroma acre de
las heces. Intentó levantarse, pero no hizo más que arrodillarse sobre la cama
y juntar las manos en un rezo dirigido a ella, la nueva Virgen de los Dolores,
cuyas lágrimas eran de barro.
Sintió
los brazos de Julio intentando acostarlo, pero él se resistió, pidiendo perdón,
aunque se hubiese propuesto no decir nada, porque sabía que toda palabra de su
parte no sería más que un nuevo insulto. Y cuando la vio tan tranquila,
observándolo con una indulgencia que tenía todo el entramado de lo artificioso,
volvió a taparse la cara con las manos, rezando un Padrenuestro. Cuando estaba
por la mitad, una mano de Natacha le tocó la cabeza, como bendiciéndolo, y
Manuel levantó la vista mientras decía: “…como nosotros perdonamos a quienes
nos ofenden…”, pero no alcanzó a decir “amén”.
La
mano no era de Natacha.
Ella había desenvuelto la mano muerta y
la había apoyado sobre su cabeza.
Durante todo el día el barco no se movió.
Los hombres daban vueltas por cubierta, algunos esperando órdenes, otros
bebían, y para la noche ya estaban borrachos. Habían visto a Natacha salir del
camarote de Manuel con una sábana enrollada y manchada con sangre, con la
cabeza baja, y hasta alguno creyó ver que caminaba por el pasillo hacia su
habitación besando la sábana. Otros contaban que Manuel estaba en la cama desde
el mediodía, con fiebre.
Durante la tarde lo escucharon gritar, y
cuando alguno golpeaba la puerta para preguntar, o simplemente para esperar
órdenes, Julio abría la puerta y los miraba con desprecio.
- ¿Qué
quieren? - preguntaba. El que había golpeado intentaba ver el interior del
camarote, pero sólo veía una luz junto a la cama. Manuel estaba acostado, dando
vueltas, deshaciéndose de las frazadas y las sábanas, sudando y gimiendo. Se
sacudía el pelo constantemente.
- ¿Hay algo que podamos hacer?
Otros
dos hombres estaban detrás junto a la puerta, también atisbando lo que pasaba
adentro.
-Nada,
sólo esperen y hagan su trabajo de siempre.
- Pero ¿cuándo volverá el capitán…?
- ¡Y
yo qué sé! - dijo Julio, y cerró golpeando la puerta.
Volvió junto a la cama, se sentó en la silla
en la que había pasado toda la tarde. Limpiaba el sudor del enfermo, volvía a
taparlo cada vez que se destapaba, e intentaba, también, que no se lastimara.
Manuel sacudía los brazos y se golpeaba la cara, pero siempre con los ojos
cerrados, como si intentara sacarse algo de la cabeza y no coordinara los
movimientos. Ya lo había visto enfermo pocas semanas antes, pero ahora era
peor, y en ambas oportunidades había sido después del contacto con Natacha. La
primera vez, al saludarse, había visto el estremecimiento de él, por más que
luego ella se hubiese dedicado a cuidarlo; y luego ahora, cuando después de que
ella retirara y envolviera de nuevo la mano muerta con la sábana, él perdió el
conocimiento, y desde entonces no había hecho más que tener pesadillas, gritar
y sudar.
Lo hizo beber tanta agua como pudo,
sujetándole la espalda contra la pared, abriéndole la boca con una mano y
dándole de beber con la otra. Manuel se sacudía y volcaba casi todo el líquido.
No soportaba ninguna tela encima, la piel le ardía y sólo toleraba los paños
fríos que Julio había cortado con una vieja camisa de seda del capitán Mendoza.
Julio
sabía lo que le pasaba. No era una enfermedad del cuerpo, sino que el alma que se
estaba devorando a sí misma. ¿Estaba el alma en algún sitio de la mente? ¿Qué
era la mente, sólo el espacio ocupado por el volumen del cráneo, o involucraba
toda la funcionalidad de un hombre, su cuerpo y su conciencia? Había leído
mucho sobre eso cuando era estudiante, pero luego el cuerpo y sus enfermedades
ocuparon todo el tiempo de sus manos de cirujano. Demasiado para soportarlo, y
por eso se convirtió en un borracho inútil que sólo servía para tratar a las
putas cuando estaba en tierra, y cuando se hubo cansado de ellas, sólo sirvió
para corregir los huesos rotos de los marineros y coser sus heridas. Únicamente
Mendoza había confiado en él, lo mismo que hizo con Tomasa, la vieja esclava.
Mendoza reunía los deshechos: hombres y mujeres que habrían muerto de hambre en
alguna pocilga de pueblo, reunidos en un barco que también era viejo y
declarado inservible hasta que él lo rescató del astillero en que estaba abandonado.
Julio no abandonaría al enfermo, porque
Manuel era un huésped del hombre que lo había rescatado de entre las ratas. Eso
era él cuando Mendoza lo encontró en Paraná, un mendigo que había sido médico
cirujano alguna vez, tirado entre botellas y con ratas dando vueltas por toda
la habitación que debió haber sido su nicho mortuorio. Julio Ruiz, médico
cirujano graduado con honores en La Sorbona y único alumno extranjero que
Charcot había aceptado en La Salpetrierre, había olvidado la mitad de lo
aprendido cuando fue nombrado médico de a bordo y segundo al mando de un barco
que había pertenecido a la flota de Napoleón. ¿Qué significaba todo ese rescate
del pasado en que Mendoza se había esmerado? Como si quisiese rescatar su
propio abolengo ya muerto para siempre. Y a ese teatro había llevado una esposa
tan extranjera como extraña, y un hijo que, por más que cualquiera intentase
desmentirlo, no era suyo.
Pero cuando Julio Ruiz usó otra vez sus
manos, se dio cuenta que ellas recordaban lo que habían tocado: cuerpos muertos
y vivos, pústulas y sangre, huesos y carne herida. Habían hecho callar muchos
gritos y sentido mordeduras, habían sufrido como sus ojos tras horas buscando
en el interior de los cuerpos las causas de la muerte. Y en ese trabajo
recuperó la confianza en sí mismo.
Por eso no abandonaría a Manuel, por más
que hubiese hecho lo que hizo. No era él quien, para juzgarlo, para esa tarea
estaba la esposa del capitán.
*
Natacha salió
del camarote y caminó por el pasillo con la cabeza gacha. Sus labios tocaban la
sábana enrollada. El pelo estaba atado pero varios mechones se habían soltado y
le tapaban parte de la cara. El vestido negro estaba sucio y desgarrado en un
sector bajo de la falda. Mientras caminaba, casi sin mirar adelante, porque
parecía tener los párpados cerrados, la tela rota se arrastraba por el piso de
madera recogiendo polvo y sombra. La misma figura de Natacha era como una
sombra que se desplazara dentro de otra sombra que era el interior del pasillo,
oculto al sol del mediodía. Sólo era evidente su silueta por el leve resplandor
opaco que era la sábana sostenida contra su cuerpo como si fuese una reliquia.
Eso era ahora la mano de Ariel.
Entró a su habitación, cerró la puerta y
se sentó en la cama. Aflojó los brazos y puso la sábana sobre su falda. La
desenvolvió lentamente, pero la sábana era grande y la mano cayó al piso.
Natacha dio un grito gutural, muy bajo, un lamento en realidad. La levantó y la
llevó hasta el mueble donde estaban las imágenes de santos y de vírgenes, justo
bajo el crucifijo que colgaba en la pared. Corrió con cuidado las figuras de
barro y cerámica que había conseguido en Santa Fe y en Buenos Aires. Algunas
eran hechas por los indios, pero a ella se las había traído Máximo, porque él
sabía cómo le gustaban. Era lo único que habían compartido con su marido,
momentos de paz en los que ella, aun sabiendo que él lo hacía para conformarla,
los aceptaba como una comunión entra ambos. El resto del tiempo habían sido
discusiones y silencio, y éste resultaba lo más hiriente de su matrimonio.
Apoyó la mano muerta, manchada de sangre,
que nunca lavaría, sobre el mueble, y vio la estatuilla de porcelana que había
traído de Varsovia. Era una imagen de la virgen de Czestochowa, la virgen negra
que señala el camino de cada uno. Y por eso fue casi lo único que pudo rescatar
de su casa de Polonia y traerla a América cuando se casó con Máximo. La
simbología podía ser controvertida, se dijo muchas veces, mientras tomaba la
figurilla entre sus manos y la palpaba, pero de algún modo le había marcado el
camino hacia esta tierra que tanto aborrecía, pero que se había empecinado en
amar porque sus habitantes se parecían tanto a la Virgen. El mismo color
cetrino de la piel era más que un símbolo, era una evidencia de que ella,
Natacha Krakovsky, debía estar allí, en una tierra de selva y río, entre
hombres y mujeres incultos que no sabían más que cazar y procrearse. Una tierra
donde las ciudades eran una pésima imitación de Europa y donde los más
civilizados eran únicamente capaces de escribir panfletos y malos versos. Allí
había nacido Ariel, rubio y con una piel tan blanca como la leche. Se había
dicho a sí misma, cuando lo vio en la cuna junto a su cama el día que nació,
que era como un ángel. Así lo habían dicho también los peones y las sirvientas
que trabajaban en la chacra de Santa Fe.
Y la mano blanca, más pálida ahora que
nunca, a pesar de la suciedad, posó desde entonces en ese mueble para que ella
pudiese rezarle, y colocó la imagen de la virgen a su lado. Se arrodilló y
juntó las manos, pero como estaba muy cansada las apoyó en el borde del mueble
y recostó su cabeza sobre ellas. Creyó dormirse, pero no importaba, porque así
le era más fácil recordar la casa de Varsovia donde vivía con su padre.
El
viejo Alexei Krakovsky era un hombre hermoso, así siempre lo vio ella, por
además todos lo decían en la ciudad, la institutriz que la cuidaba, las señoras
que venían a visitarlo en las veladas de los sábados. Natacha tenía quince años
cuando comenzó a presidir esas veladas que transcurrían en la planta alta de la
casa de Varsovia durante el invierno, y en la quinta en las afueras durante el
verano. Fue en esa época cuando comenzaron las revueltas de los cosacos, y ella
había escuchado, entre el rumor de los vestidos y la música del violín y el sello
que armonizaban esas tardes, las protestas en voz baja y las malas caras de los
hombres que formaban el círculo alrededor de su padre. Pero él había decidido no hacerles caso a
esas revueltas, al fin y al cabo, siempre había habido y habría revoluciones
porque el pueblo polaco nunca estuvo conforme con nada, y su familia y su
patrimonio siempre habían sobrevivido. Con eso terminaba su argumento, y ya
ninguno de los otros se animaba a contradecirlo, por más que pusieran malas
caras. Por eso, las veladas siempre terminaban bien, con ellos dos parados
junto a la puerta y despidiendo a cada uno de sus invitados, como marido y
mujer. Eso llegaron a ser en el concepto superficial que los demás es formaban
de ellos. “Alexei y su mujer…”, decían las mujeres, y pronto se rectificaban
con una sonrisa que demostraba todo menos benevolencia: “Alexei y su hija.”
Natacha había llegado a ocupar, a sus
quince años, el puesto que su madre habría debido cumplir en esas veladas de
sociedad, si no hubiese muerto cinco años después de que ella nació. Ahora que
era grande, poco recordaba de su madre, sólo algunos tonos de su voz cuando le
cantaba canciones de cuna, o el olor del pelo cuando se abrazaban. Ni siquiera
recordaba su cara con claridad. Todo lo que sabía de ella se lo había contado
su padre, y la nodriza que la había cuidado desde su muerte. “Era una mujer débil”,
dijo el padre. “Era una muñeca a la que le gustaba jugar con muñecas”, dijo la
nodriza. Natacha nunca preguntó más, porque no lo necesitaba. Ella era la
señora de la casa, y aunque oficialmente ocupara ese puesto al cumplir los
quince, ya desde siempre había sido la dueña. Los sirvientes se esmeraban en
cuidarla, y ella sabía que su padre estaba detrás de todas aquellas atenciones.
Recordaba, sí, que ella dormía con su
madre todas las noches. Y haciendo memoria, a veces creía acordarse de verla en
vela, mirando el vacío en la oscuridad del cuarto, a veces temblando, a veces
hablando sola, o tarareando una melodía. Cuando ella murió, esa noche la
dejaron sola en la habitación que le habían dado desde su nacimiento, donde
jugaba y recibía lecciones, pero en la que prácticamente no había dormido.
Tenía cinco años, eso le habían dicho,
pero siempre pudo recordar con certeza el momento en que la nodriza apagó la
luz y cerró la puerta. La sensación de soledad fue tan intensa, que más bien
fue como caerse al vacío. Apoyó la cabeza en la almohada, y sintió hundirse
mientras sus brazos intentaban agarrase a algo que no existía. Y cuando el
vértigo se detuvo, sólo porque se esforzó en abrir los ojos, gritó y lloró
llamado a su padre. La sirvienta llegó primero e intentó consolarla, pero fue
cuando Alexei apareció en la puerta con el pelo rubio revuelto, el torso
desnudo y en calzoncillos largos, cuando ella lo vio y lo llamó.
El padre la levantó en brazos y la llevó a
su habitación. Casi no tenía memoria de lo que pasó esa noche, se había dormido
inmediatamente en que la apoyó en la cama y la cubrió con la manta. Al
despertar, su padre no estaba, pero sentía la calidez de su cuerpo aún en las
sábanas. Miró la habitación, tan diferente al cuarto de su madre. Las paredes
tenían un revestimiento de colores oscuros y formas geométricas. Junto al
ventanal, había un escritorio lleno de papeles y carpetas, un tintero y una
lámpara. En las paredes muchos libros en estantes altos y extensos. Un sillón
estaba junto a una mesita de noche. El aspecto era sobrio, aunque no lo pensó
de esta manera en ese momento, sin embargo, le agradó. Todo en ese cuarto no
mostraba más que una sensación de seguridad: la luz entraba de la forma
adecuada iluminando los libros y el escritorio, la cama estaba muy cerca y sin
embargo no distorsionaba la idea del estudio y el pensamiento. De algún modo,
ya en ese entonces sabía lo que descubrió mucho después, cuando supo leer y
comenzó a explorar esos libros, subiéndose a una silla, sacándolos de los
estantes y hojéandolos primero, luego leyendo las primeras páginas, y después,
ya sentada en el suelo, pasando una tras otra hasta el final.
Pero aquellos que la extasiaban
especialmente eran los que tenían figuras de santos y de vírgenes. En su
exploración se había encontrado con libros de botánica, de astronomía, de
zoología. Todos abundaban en incontables ilustraciones, pero ni siquiera las
figuras de los animales exóticos atrajeron su atención demasiado tiempo. Una y
otra vez volvía a los libros religiosos. No a la biblia, sino a los santorales
y a las vidas de los santos. Leyó a San Agustín y a Santo Tomás, en
traducciones o en latín, porque así su padre se lo había permitido. Pero lo que
la atraían eran las historias de los mártires. Leía una y otra vez los
encarcelamientos y las flagelaciones, las muertes en las hogueras o los
desmembramientos, y buscaba con ansia las ilustraciones en las siguientes
páginas, y cuando no las encontraba, apartaba la vista al vacío sobre el libro,
y las imaginaba.
La nodriza y la institutriz querían
convencerla de que saliera al parque y jugara con otros niños, pero por más que
intentara obedecerlas, regresaba a la habitación cuando ya nadie la vigilaba.
Le contaban al padre lo que pasaba, y él iba a verla. Se sentaba a su lado en
el suelo, le quitaba el libro de las manos, sin brusquedad, y lo cerraba
marcando la página pendiente con una pluma o simplemente con un trozo de tela,
porque eso era lo que hacía con sus propios libros.
-Lo bueno de los libros, Nati, es que no
se ofenden si los haces esperar, y siempre estarán aquí.
La
abrazaba fuerte, eso lo recordaba tan bien porque hubo ocasiones en que se
sintió tan oprimida que no podía respirar, pero era solamente una idea tonta,
porque en realidad lo que se sentía en esos instantes era lo que más tarde
llamó éxtasis. La palabra la había encontrado en un santoral que describía las
flagelaciones de algunos santos como momentos de éxtasis espiritual. El cuerpo
en comunión con el espíritu, esos eran los momentos en que Dios y los hombres
eran uno solo, y por eso Jesús había sufrido tales tormentos.
Sí, su padre era como una deidad: fuerte,
de piel cálida y bello como un dios escandinavo. Y ella en tales momentos,
cuando se sentía abrazado hasta el punto en que su corazón se aceleraba y el
miedo crecía, experimentaba lo más cercano que podía a lo que los santos habían
sentido: el éxtasis de la muerte cercana, y luego el alivio, que era casi una
resignación.
Durante los siguientes diez años siguió
durmiendo en la cama del padre. Su propio cuarto se había convertido en una
especie de estudio al que hizo llevar algunos libros de Alexei y otros que sus
amigos le regalaban. Tenía pocos, porque las niñas de su edad la evadían al
consideraba extraña. Pero esta misma sensación excitaba la curiosidad de los
muchachos, que veían en ella una especie de amigo con el cual podían hablar de
cosas serias y a la vez podían hacer juegos de palabras que rondaban lo sensual.
Cuando iban a visitarla a su cuarto, nadie se los impedía, y ni la culpa ni los
resquemores brotaban entre ellos. La cama estaba siempre tendida, contra una
pared, y ellos conversaban, y hasta a veces bailaban alrededor de la mesa de
escritorio, al ritmo de una flauta que alguno siempre traía y tocaba.
Las mujeres de la casa veían con malos
ojos la costumbre de dormir en la cama del padre, pero pocas veces se animaron
a decirlo. Alexei se reía de ellas, y mirando a Natacha, ambos se sonreían de
la ingenuidad de las otras.
Una
mañana Natacha se despertó asustada. La sensación de hundirse que había tenido
la noche después que murió su madre, había vuelto esa madrugada. Cuando abrió
los ojos, Alexei estaba de espaldas. Contempló la piel de su padre, y extendió
una mano para tocarlo, y entonces vio que tenía la palma manchada de sangre.
Separó las sábanas y contempló las manchas rojas sobre las sábanas. Entonces
lloró, porque había aprendido a no gritar ni quejarse innecesariamente. Alexei
se dio vuelta, y supo lo que estaba pasando.
Durante todo el día permaneció en su propia
habitación. Escuchaba los pasos de las mujeres delante de la puerta. A veces
golpeaban y preguntaban algo. Cuando llegó la hora de la cena, su padre entró.
Ella estaba en su sillón, con un libro en las manos. Él se acuclilló a su lado,
y giró la tapa para leer el título: “La circulación de la sangre” por William
Harvey. Él hizo silencio y se sentó en
el apoyabrazos. Su cadera derecha se apoyaba casi sobre el hombro izquierdo de
Natacha, que en ese entonces tenía doce años. Apoyó su mano fuerte sobre la
cabeza de cabello oscuro de su hija. El contraste de tonos resaltó en la
penumbra creciente de la habitación. El dorso de vello rubio de la mano y el
cabello negro de la hija.
Eran un complemento, no una contradicción.
Decidió
no hacerles caso a las mujeres, que lo habían molestado durante todo el día
diciéndolo que la niña ya no debía dormir con su padre. Y como si ella hubiese
leído su pensamiento, oyó su voz clara y serena, pero con un tono de angustia.
-No van a dejarme dormir más en tu cuarto, ¿no
es verdad?
- ¿Qué saben ellas de lo que pasa entre
nosotros? ¿Qué pueden entender? - respondió
él.
Esa noche ella se quedaría ahí, y las
mujeres cerraron la boca durante todo el día siguiente. Pero la habitación era
tan fría y llena de recuerdos diurnos, que no pudo conciliar el sueño. La
habitación bullía en sonidos de música y letras, y las voces de los libros
hablaban al mismo tiempo. Se sentó en la cama, tapándose los oídos, luego los
ojos y otra vez los oídos, y así una y otra vez. Cuando sintió frío se frotó los
brazos, pero no intentó acostarse para cubrirse con las mantas. Estaba tan
acostumbrada al calor humano durante la noche que la soledad de su cama era
todo lo contrario al éxtasis: era el hundirse en un pozo sin fondo. Entonces se
levantó, salió al pasillo y entró en el cuarto de su padre, que siempre había
sido también el suyo. Se sentó en la cama. Él estaba dormido, pero pronto abrió
los ojos y la miró. Su cara sonreía, y su boca decía algo así como “mi niña o
mi pequeña”, pero ella sabía que tal vez lo estaba imaginando. La sombra de la
noche no podía permitirle ver el rostro de su padre, pero sí podía dejarla
sentir la fuerza de su mano al acariciarla, y el olor de su cuerpo que era una
maraña suave de vello rubio. Se acostó a su lado, como siempre, y sintió el
aliento de Alexei, y el roce de la barba en su mejilla. Y por un instante pensó
que se moría, porque todo el peso del mundo estaba sobre ella. Si se había
muerto, nunca lo supo, porque cuando llegó la mañana, Natacha Krakovsky había
vuelto a nacer.
El invierno siguiente al que cumplió
quince años, Natacha tenía casi el aspecto de una señora casada. Quien no la
conociera y la viera pasar casualmente por las calles de Varsovia, pensaría que
era una mujer de tal vez dieciocho o diecinueve años que estuviese buscando en
las tiendas de la Calle Mayor un vestido para su próximo casamiento. Pero ese
invierno, las calles estaban distintas a otros años. La nieve había caído más
precozmente, y una capa sobre otra iba produciendo una espesa capa de hielo sobre
el empedrado. Se hacía difícil caminar, y más porque los chicos y los jóvenes
daban vueltas y corridas, buscando escuchar las noticias que llegaban de las
afueras. Pocas eran las mujeres que se animaban a salir de compras, y menos a
pasear a tal hora de la tarde, cuando estaba por anochecer. Pero precisamente a
esa hora llegaban los carros desde el campo, y los hombres se acercaban para
saber qué novedades había sobre la revolución.
Cuando llegó a casa, en la puerta había
varios hombres. Muchos eran los amigos habituales de su padre, a otros nunca
los había visto. Su llegada interrumpió frases inconexas y palabras que se
hundieron en otras de saludo y reverencia hacia la señorita Natacha que,
pidiendo permiso, se habría paso entre los cuerpos trajeados de aquellos hombres jóvenes y viejos de la
ciudad. Al entrar al recibidor, vio que otros varios estaban conversando,
fumando sus pipas. Volvieron a saludarla, y sintió las miradas puestas en su
espalda mientras siguió caminando hacia el cuarto de su padre. Sabía que allí
él debía estar en reunión con sus amigos más íntimos, conversando seguramente
sobre las últimas noticias. Se paró en la puerta, y no pudo evitar escuchar,
hablaban fuerte, y a veces daban gritos airados, de ira o de impotencia. Podía
hasta imaginar los movimientos de todos ellos, porque los había visto casi
todas las semanas en las veladas de los sábados, y sabía la forma en que
reaccionaban ante una ofensa o simplemente ante una opinión política o sobre la
última obra vista en un teatro.
Los cosacos habían tomado casi todas los
todas las estancias y granjas de la región. Habían matado a los peones y vivían
en las casas, violando a las sirvientas y matando al ganado.
Escuchó la voz de su padre, inflexible,
negándose a partir de Varsovia. Había trabajado toda su vida por lo que tenía,
y no iba a abandonarlo. Los instó a luchar contra la revolución, pero todos ellos
no eran más que hombres de ciudad, y el resto hacendados que nada sabían de
armas. La larga paz y la abundancia en la que habían vivido, escuchó decir a su
padre, los había apoltronado en la comodidad, y ésta se había convertido en
desidia.
- ¡Mi hija tiene más coraje que ustedes!
- dijo.
Natacha
se sobresaltó, mirando alrededor. Los que estaban cerca había escuchado.
Adentro, se hizo el silencio. Seguramente, los que discutían se echaban miradas
cómplices, pero no le contestarían a Alexei Krakovsky. Conocían su
temperamento, y no los sorprendería verlo un día agarrar una escopeta y salir a
la calle a disparar a los cosacos.
Natacha
fue a su habitación. Oyó los pasos y las voces de los hombres hasta muy tarde.
Después de la cena, su vieja nodriza entró para ayudarla a cambiarse para
dormir, y le dio las malas noticias: la estancia de los Krakovsky estaba en
poder de los cosacos. Habían matado a varios hombres y quemado el establo.
Según decían, habitaban la casa, comiendo del ganado que sacrificaban, y
esperando.
- ¿Qué
esperan? -preguntó Natacha.
La
vieja se encogió de hombros, y al salir se topó con Alexei.
-Esperan que el resto del pueblo polaco se
una a ellos-dijo el padre.
- ¿Vendrán a derrocar al rey?- preguntó
ella, pero ya sabía la respuesta.
Durante el siguiente mes, el padre iba y
venía del campo, pero según le dijo, no había podido entrar a sus tierras. Todo
estaba quieto, no se escuchaban tiros ni se veían incendios. Alexei todavía
confiaba en que el ejército se levantara a favor del rey e hiciera guerra a los
cosacos. Pero Natacha había escuchado a los amigos de su padre, que todas las
noches venía y hablaban entre humo de pipa y vasos de vodka, que el ejército
tenía miedo del pueblo.
Apenas llegó el primer día de la
primavera, el deshielo aún no daba señales de haber comenzado. El invierno se
prolongaba, pero las veladas de los sábados no se interrumpieron. Eran la única
familia que continuaba con sus costumbres. La gente de la ciudad criticaba
aquel empecinamiento de Krakovsky. Muchos habían abandonado sus propiedades,
otros aún no se animaban a dejarlo todo. Y en ese primer mes de esa precaria
primavera, las reuniones continuaron haciéndose con algunos pocos cambios. Ya
no había música, pero la comida no faltaba. Había menos mujeres, pero eso a los
hombres les sirvió para explayarse más rústicamente, gesticulando o hablando
con ciertas obscenidades que, a Natacha, anfitriona absoluta ya en esa época,
no le molestaba. Ellos sabían que era una mujer diferente, y habían visto su
mirada complaciente mientras los escuchaba. Soportaba el humo de las pipas y de
los cigarros, incluso toleraba la forma en que algunos, algo ebrios, apoyaban
discretamente una mano sobre un hombro de ella. Natacha hacía como que no se
había dado cuenta, y se apartaba suavemente para no ofenderlo.
Habían llegado algunos extranjeros, y un
sábado le presentaron a un joven alto, de cabello oscuro y rizado, de tez
blanca y ojos casi negros. Venía de América, de Argentina, y se llamaba Máximo
Hurtado de Mendoza. Se saludaron de la mano, y ella notó la fascinación que
había provocado en sus ojos. Mendoza hablaba un francés fluido y así se
comunicaban sin complicaciones. A veces se separaban para conversar con otro
invitado, pero en seguida volvían a reunirse. Krakovsky también estaba atraído
por Mendoza. Lo había tomado de la mano y del hombro para saludarlo
efusivamente. Le agradaba en grado sumo ver a un visitante tan lejano y culto. Él
sabía que las pampas argentinas no eran los sitios salvajes de los que
escuchaba hablar o leía en los periódicos. Mendoza así lo confirmó, pero dijo
que fuera de Buenos Aires, la situación de los pueblos era muy difícil. Los
malones de los indios no daban tregua, y los caudillos levantaban a la
población continuamente.
-Capitán-dijo Krakovsky. -¿Está
describiendo su país o el mío?
Al mes siguiente, comenzó el deshielo. El
cielo permanecía despejado día tras día, y el sol entraba por las ventanas de
la casa ya sin los reflejos asfixiantes sobre la nieve. Natacha seguía
recibiendo a Mendoza los sábados. Él llegaba antes de las veladas y se quedaba
una o dos horas después de que terminaban. Krakaovsky no se oponía a esa
relación, por el contrario, se alegraba de ver al capitán, y lo saludaba con
efusión, abrazándolo, estimulándolo a que fumara en pipa y dejara la actitud
remilgada cuando se trataba de alcohol. Mendoza se sentaba entonces y ambos
conversaban, mientras Natacha los escuchaba, observándolos en aparente paz.
Pero algo le sucedía desde hacía varios días, y aunque presentía el motivo,
algo más evitaba que lo reconociera, dando vueltas su razón por sitios ajenos a
la verdadera explicación. Se levantaba a buscar un plato olvidado o un vaso
nuevo, y al regresar al salón los hombres la veían distraída, dar vueltas
innecesarias alrededor de los sillones, o alimentar el fuego del hogar cuando
ya no era necesario.
- ¿Qué le pasa, Natacha? -preguntó Mendoza. -Parece
uno de mis perros, dando vueltas y vueltas antes de acomodarse.
Krakovsky comenzó a reír. Dejó la pipa y se
acercó a Mendoza para abrazarlo. Natacha se dio cuenta que estaba pasablemente
ebrio, lo mismo que los últimos dos meses. Los acontecimientos lo preocupaban,
y sabía que parte de su patrimonio ya estaba perdido para siempre. Habían escuchado
que el rey iba a abdicar para que el pueblo no se levantara. Pero lo que no
sabe el rey, había dicho Krakovsky, es que al pueblo le gusta matar, y que
antes de construir, le agrada destruir.
Natacha acompañó a su padre a su cuarto,
y volvió al salón donde Mendoza lo aguardaba. Sentados frente a frente en dos
sillones individuales, se inclinaron uno hacia el otro.
-Sé
que la preocupa la situación de su familia, Natacha. Se escuchan rumores muy
alarmantes. Yo quisiera decirle…
Natacha presentía cambios bruscos en su
vida, y tenía miedo. Creía saber lo que le pediría Mendoza, pero pensaba en su
padre y en ella.
-No puedo abandonar a mi padre, menos
ahora, por supuesto.
Mendoza se reclinó en el respaldo,
suspirando.
-No tengo compromisos con mi familia hasta
la Navidad, y puedo esperar-dijo.
Natacha se fue a acostar junto a su padre.
Krakovsky se había dormido vestido. Le sacó las botas y el saco. Le desprendió
los botones de la camisa, y luego se acostó a su lado. No podía abandonarlo, y
menos ahora, como le había dicho a Mendoza. Pero ambos habían entendido
situaciones diferentes. Ella se refería al hijo que había comenzado a vivir.
El
sábado siguiente, casi a medianoche, la reunión se limitaba a ellos tres y dos
amigos de Alexei. La vieja nodriza y la cocinera sordomuda eran las únicas que
permanecían en la casa. Cerca de las doce se escucharon gritos en la calle, que
iban aumentando con rapidez, y las campanas de los bomberos comenzaron a sonar
con estridencia. Natacha escuchó las campanadas de la iglesia, y creyó ser la
única que las había percibido. Corrió a su cuarto y buscó en el último cajón.
Agarró la imagen de la virgen de Czetchowa, la envolvió en un pañuelo y la
escondió bajo su vestido. Escuchó un disparo. Sabía ya que era lo único que
podría llevarse de Polonia, y cuando entró al salón, las caras de los hombres que
habían entrado se lo confirmaron. Había por lo menos una docena de cosacos con
armas de fuego y puñales, vestidos con ropas de invierno, bufandas y gorros raídos.
Gritaban, pero nada se les entendía. Krakovsky y los demás habían sido tirados
al suelo. Natacha buscó a su padre y lo vio boca abajo. Los cosacos agarraron a
Natacha. Mendoza intentaba levantarse, pero no podía. Los otros dos estaban
quietos, tal vez muertos. Los cosacos recorrieron la casa, tirando abajo los
muebles, buscando comida, ropa y dinero. Hallaron todo eso, pero antes de irse,
hicieron dos tiros. Natacha no vio a quien dispararon, la habían atado en una
silla con los ojos tapados. Cuando oyó el silencio en la casa, supo que la
virgen la había ayudado. Así se lo diría a su padre, que tanto la había
reprendido por esa devoción incomprensible para él. Sólo la nodriza compartía
con ella esa costumbre, y había abusado de la ignorancia de la vieja para
hacerlo sin que su padre se enterara. Natacha no había tenido tiempo de rezar,
sólo había tocado la figura, y se sintió recompensada.
- ¡Padre! -gritó a ciegas- ¡Máximo!
Pero nadie le contestó, únicamente las
campanas de la iglesia cercana que seguían llamando. A quiénes: ¿al pueblo o
las víctimas del pueblo? Pero Jesús había sido uno más del pueblo, no podía
estar contra ellos. Se dijo que si en la oscuridad no había nada: ni casa, ni
vestidos, ni riqueza, y que aún continuaba viva la devoción y el sentimiento, y
sobre todo el hijo que ella estaba creando, nada más se necesitaba. Olió el
humo de los incendios que habían comenzado en la ciudad. Y volvió a gritar:
-
¡Carlota! - llamó a la nodriza, pero seguramente había huido o estaba muerta.
La cocinera, posiblemente, seguía dormida en su imperturbable mundo privado.
Entonces escuchó un gemido. Era el tono de Máximo Mendoza.
- ¡Máximo! - llamó.
Oyó
el movimiento de un cuerpo que se movía sobre el piso. Natacha intentó mover la
silla hasta que cayó al piso, y frotó la cara contra el suelo logró
desprenderse de la venda, y vio a su lado el cuerpo del padre.
Lo llamó, pero no podía tocarlo. Máximo estaba
detrás de ella, desatándole las cuerdas de las manos. Luego la levantó y la
abrazó. Natacha lloraba.
-Fue al primero que mataron- dijo Mendoza,
abrazándola como hacía Krakovsky.-Cuando entraron, se plantó delante de ellos
con la escopeta. Le preguntaron quién vivía aquí. El conde Alexei Krakovsky y
la condesa Natacha, les contestó. Te juro que tu padre sonreía, orgulloso. ¿Te
imaginas diciendo eso frente a esos hombres? Dios mío, qué hombre tan corajudo,
nunca había visto nada igual.
Máximo Mendoza había dicho todo eso
mezclando el español y el francés. Temblaba al hablar, y temblaba mientras
abrazaba a Natacha, que hundió la cara en su camisa con sangre. Se quedaron así
largo rato. La noche sería larga, y ellos sabían que habían sido exceptuados de
la muerte. El miedo, sin embargo, era difícil de matar, y el abrazo era un
refugio más seguro que las paredes de la casa.
Al día siguiente, los amigos de Krakovsky
fueron recogidos por sus familias, y Alexei fue enterrado apresuradamente en el
panteón familiar, en un ataúd simple y sin adornos, que Mendoza y Natacha
habían logrado conseguir luego de caminar por toda la ciudad. Las agencias de
entierros estaban saturadas y no había ataúdes. Los caballos y el carruaje de
los Krakovsky habían sido robados. En la noche se sentaron en medio del salón,
aún devastado.
-Tenemos que irnos Natacha…
Ella había vuelto del cementerio en
silencio, con la cabeza gacha, y apretando en sus manos la estatuilla de la
virgen. Ambos habían caminado tras el féretro mirando al suelo. Mendoza había
colocado su brazo por sobre los hombros de Natacha, y había sentido su llanto
contenido. Se preguntó hasta cuándo aguantaría de esa manera. En algún momento,
debía llorar. Pero ella parecía contener toda su fuerza en las manos con que
sujetaba a la virgen.
-Vamos querida…debes se razonable. Ya nada
te ata a esta ciudad. Te llevaré a mi patria, empezaremos una vida nueva. Te
olvidarás de todo…
Natacha estaba sentada, como acostumbraba,
en el sillón del cuarto de su padre. Máximo se había acuclillado como solía
hacerlo Krakovsly, y le acariciaba los hombros. Como Natacha no le respondía,
bajó la mano y la apoyó en una de sus rodillas. Ella entonces levantó la vista
y lo miró. Él no supo cómo definir esa mirada. Más tarde recordaría que fue la
primera vez que la vio. En los ojos de Natacha había ira y resignación, rencor
y remordimiento. No había amor, por lo menos no como él lo había entendido en
su corta vida y experiencia de romance, sexo o lo que fuese en el que
consideraba el ingenuo Buenos Aires de entonces, después de haber visto y
aprendido lo que había ido a ver y aprender en Europa como todo joven de buena
familia.
Nunca vio amor en los ojos de Natacha, pero sí
había algo mucho más grande que el simple y tal vez sobrevalorado amor. Algo
indefinible que, sin embargo, lo avasallaba como una intensa tormenta de verano
en la pampa. Viento y polvo, día tras día.
Ella lo besó de una forma muy diferente a
como lo había hecho con su padre. Mendoza recibió ese beso, y supo que era muy
distinto al que había recibido de cualquier mujer, y menos de una de casi
dieciséis años. Durmieron en la cama del muerto, pero no hubo ocasión para
ninguno de los dos para pensar en eso. El dolor era placer, y el placer una
satisfacción que se alimentaba a sí misma.
Antes del amanecer, Mendoza apartó la
sábana y se levantó. Ella seguía durmiendo, o eso parecía. Había aprendido,
durante la noche, a ver varias facetas en Natacha. Lo que mostraba no era
siempre falso, y lo que escondía no siempre era la verdad. Pero tardaría mucho
en distinguirlas, y se preguntó si le alcanzarían los años para hacerlo. Porque
sabía que ya estaba unido a ella, el sexo y sus almas lo pedían. Si ella quería
esconder ciertos aspectos, que lo hiciera. El cuerpo de Natacha era una reliquia
fina, y su mente un laberinto de porcelana.
Al mediodía, mientras almorzaban, le
propuso matrimonio. La cocinera los servía, muda e inmutable, se diría que
también ciega para otra cosa que no fuese la cocina. ¿Era como un perro
inteligente?, se preguntaba Mendoza, que sabía de galgos porque los criaba. No,
ni siquiera. Tal vez algo más artificiosamente complejo, como una máquina. Ni
siquiera sabía su nombre.
-Nunca lo supimos-le dijo Natacha-Y nunca
la llamamos, por supuesto. Hay que ir a buscarla y escribirle todo. Yo le enseñé
a leer.
Máximo puso su mano sobre la de ella,
ambas apoyadas junto a una taza de café.
-Una
tarea escabrosa, me imagino. Pero no respondiste a mi pregunta.
Ella lo rechazó. No importaban las
apariencias, le dijo, pronto viajarían. Y eso fue todo. Durante la tarde
Mendoza se sentó al escritorio de Krakovsy y escribió varias cartas. Antes de
la seis fue al correo. Al volver, le describió el estado de la ciudad. La mitad
de las casas que seguían en pie estaban vacías y saqueadas. Las manzanas de la
zona sur habían sido arrasadas por el fuego. Muchos negocios continuaban abiertos,
y el correo custodiado. Decían que el rey seguía pensando en abdicar, pero a esas
alturas no era un rey sino un prisionero en su propio palacio.
Antes de acostarse, Máximo extendió un
mapa sobre la cama y le mostró el itinerario que harían al día siguiente.
Natacha observó el dedo que mostraba la ruta sobre el papel, pero sus ojos seguían
el contorno de la mano y el brazo, luego el hombro y el torso desnudo de
Mendoza. La piel clara y el vello oscuro formaban un contraste en la que ella
hallaba una contradicción que la excitaba, como el frio y el calor, o el dolor
y el placer.
Harían un viaje por tierra hasta Hamburgo,
y luego el barco hacia América. Natacha le preguntó si los hombres eran
parecidos a él en su país, y él le siguió el juego contestando que únicamente
él era así, y se acercó a besarla, pero ella lo detuvo y le preguntó algo en
español. Él se sorprendió, y Natacha le dijo que había estado leyendo algunos
libros.
-A este ritmo hablarás perfecto cuando
lleguemos- dijo él, acercándose de nuevo, pero ella se levantó entusiasmada
como una niña que descubre un nuevo juego y fue a buscar unos libros. Los
desparramó sobre la cama y le pidió que le enseñara a pronunciar correctamente.
Máximo se resignó a pasar la noche de esa manera. Había novelas de Quevedo y
poemas de Góngora, pero encontró el Facundo de Sarmiento. Krakovsky era
un hombre notable, sin duda, se dijo. Abrió el libro y empezó a leer. Natacha
lo escuchaba, sentada en la cama con las piernas cruzadas y la vista fija en
los labios de Máximo. Los deseaba, pero más ansiaba aprender.
El viaje duró casi cuarenta días. El
recorrido por tierra polaca fue lento en el afán de evitar los caminos por
donde sabían que los cosacos iban y venían. En la frontera había muchos
revolucionarios que intentaban evitar la fuga de los que ellos llamaban
burgueses adinerados. Pero, aunque lo que Mendoza y Natacha llevaban era nada
más que ropa, algunos libros del viejo Krakovsky que su hija no quería
abandonar y unos pocos relicarios, como el de la virgen de Czechoswa, sabían
que a pesar de eso no los dejaría pasar si se los encontraban. Así que Mendoza,
que conducía el carro de dos caballos y a cuyo lado estaba ella como una esposa
de clase media, se desvió del camino principal y buscó senderos alternativos.
No conocía tales regiones, pero Natacha lo fue guiando porque estaba habituada
a cabalgar largos trechos cuando estaba de vacaciones en la granja. Los
arrieros acostumbraban acompañarla cuando era todavía una niña y ya de grande solo un par de veces
tuvieron que ir a buscarla, encontrándola de vuelta mientras cabalgaba cansada pero
sonriente hacia la casa del padre.
-Debiste ser una niña rebelde-dijo Mendoza,
con la vista puesta en los alrededores y las manos en las riendas.
-Sólo porque yo hacía lo que quería, pero no
como las demás. Me gustan los caballos y los perros, y los libros, por
supuesto. Entonces ella se inclinó y se agarró la cabeza.
- ¿Qué
sucede?
-Nada,
solamente un mareo.
Continuaron el viaje por caminos estrechos,
entre árboles y rocas. Pudieron sortear las bandas de cosacos y atravesar la
frontera. La llegada al puerto de Hamburgo duró pocos días. Faltaba aún una
semana para la partida, así que se quedaron en una pensión pobre para no llamar
la atención. Las noticias de la rebelión polaca habían llegado transformadas de
boca en boca, y el terror era lo único cierto según lo que escuchaban. La gente
los miraba con recelo, y los pocos que se atrevían a preguntarles algo,
desconfiaban de su palabra.
El domingo siguiente subieron al barco y
partieron. La nave tenía el nombre de Federico II, era vieja y enorme, y
llevaba muchos emigrantes. De los tres mástiles, sólo uno tenía las velas
desplegadas mientras navegaba el Elba. Cuando salieron al Mar del Norte,
Natacha se asomó a cubierta y se apoyó en la borda.
- ¿Ya estamos en el océano?
Mendoza
se paró detrás de ella y la abrazó, apoyando la cabeza sobre uno de sus hombros.
Ambos miraban el mar sin costas.
-Todavía no.
El barco hizo escala en varios puertos
menores, en Ems y luego en Amsterdam, donde tardaron tres días en subir
mercaderías y más emigrantes. Muchos eran polacos, pero cada grupo desconfiaba
del otro y se mantenían.
Al partir de Amsterdam, entraron poco
tiempo después en el Canal de la Mancha, e hicieron la última escala en El
Havre. Natacha vio la forma en que los franceses trataban a los emigrantes de
manera arrogante y despreocupada. Durante el día que estuvieron anclados en el
puerto, Mendoza le dijo que bajaría a ver si encontraba a algún amigo. Máximo
hablaba en francés tan bien como su castellano natal, pero Natacha tenía
resquemor de los franceses.
-Te espero-le dijo.
Mendoza
bajó a tierra, y ella lo vio desaparecer entre la gente, los estibadores, los
marineros y los comerciantes. Se metió en su camarote, un cuarto donde apenas
entraba la cama que compartían. Se puso a rezar a la imagen de la virgen que
había apoyado sobre el piso. Luego sacó un libro del baúl, abrió la portada y
comenzó a leer el texto de medicina que había traído. Sentía nauseas, y temía que
el largo viaje revelara su estado a Mendoza antes de llegar a Buenos Aires.
Debía casarse con él, y lo deseaba, pero su orgullo la obligaba a esperar, a
postergar su anhelo y su necesidad. Debía mantener la imagen de su
aristocracia, pero sobre todo tenía miedo por lo que el alma de su padre podría
decir. Porque desde que había muerto, ella pensaba que lo que antes podía
ocultarle, ahora era imposible. El alma de Alexei estaba en todas partes, en la
tierra que habían dejado y en el mar en el cual habían emprendido el viaje. Y
en el océano tan inmenso el alma de Krakovsky tal vez tuviese el mismo tamaño
de ese mar. ¿Cómo podría esconderse para que no viera el casamiento con
Mendoza? Era verdad que así lo habría querido el viejo, pero era ella quien
ahora se negaba a permitirse abandonarlo. El cuerpo del viejo estaba enterrado
en Polonia, pero parte de él seguía en el cuerpo de Natacha, y desde allí le
hablaba, y tenía mucho miedo de que en mar abierto ese fragmento de cuerpo
recuperase el alma que rondaba por todas partes, buscando algo a lo cual
aferrarse.
Se imaginó por un instante que su familia
era la Sagrada Familia: Dios-Krakovsky, José-Mendoza, Natacha-María. Y el hijo
aún sin nombre al que no se atrevería a llamar Jesús. Cerró los ojos al libro y
se abofeteó una mejilla. No debía permitir tales pensamientos nunca más.
En la noche volvió Mendoza con un amigo.
La llamó para que saliera a cubierta, y ella saludó a un hombre de baja
estatura, canoso, que debía tener más de cincuenta años.
-Natacha, es mi amigo Alberdi, diplomático
ante Francia por mi país.
El viejo era delgado, pero de manos
fuertes, y besó la mano de Natacha.
-No será por mucho tiempo más, el gobierno
no me facilita las tareas.
Máximo
rio.
-Es usted, amigo mío, quien tiene sus
propias ideas y pretende hacer lo que le parece correcto. Por eso lo respeto
mucho más que a los que están allá.
Alberdi insistió en acompañarlos al
camarote, el bullicio en cubierta hacía imposible hablar entre la marea de tantos
idiomas emitidos a los gritos.
Se sentaron en la cama Natacha y el
invitado, y aunque éste quiso negarse, Máximo se sentó en el piso. Y comenzaron
a hablar de Argentina, parte en francés y gran parte en castellano. Natacha se
negó a que le tradujeran, ella quería aprender. Así fue como supo algo sobre
Buenos Aires y las provincias, sobre los gobiernos y sobre el largo exilio de
Alberdi, sobre una gran guerra contra el Paraguay. Escuchó las opiniones del
viejo sobre hombres que ella no conocía, pero cuando escuchó el nombre de
Sarmiento, sacó el libro en el que había aprendido parte del castellano. El
hombre lo tomó entre sus manos, frunció los párpados, pero ambos se dieron
cuenta que era sólo un gesto actuado que simulaba desprecio.
-Siempre
la misma muletilla que le sirve de presentación en todo el mundo-dijo, y dejó
el libro sobre la cama.
-Debo dejarlos, amigos. Mañana madrugo,
las horas tempranas son las únicas que me permiten trabajar más descansado.
Lo despidieron en cubierta, ya mucho después
de medianoche. El puente estaba desierto, y lo vieron desaparecen en tierra
francesa.
-Es un hombre notable-dijo ella.
Máximo la tomó de la cintura y sonrió.
-Es una reliquia viviente, me parece.
El
océano era tan grande, que ella tuvo la extraña sensación de sentirse absolutamente
perdida y extraviada en algo que era lo más parecido a la nada que hubiese
imaginado alguna vez. No imaginaba tal inmensidad, por más que la hubiese leído
en los libros. El cielo parecía más pesado que en tierra, porque el agua
confluía con él y ambos eran una sola cosa que no parecía tener fin. Ella se
sentaba en una silla, apartada de todos, vestida de negro como una viuda, y eso
habrían pensado todos si no hubiesen visto al hombre que solía acompañarla. Su tez
blanca y su cabello oscuro la hacían extraña y rara para los demás, que sólo
tenían ojos y atención para las comidas diarias y los juegos para pasar el ocio
de los días. Al principio intentó quedarse en el camarote, pero la vergüenza de
portarse como una niña la hizo salir y sentarse con un libro en las manos,
levantando la vista para ver la superficie del mar, como buscando algo. Cuando
estuvo segura de que el agua no le hablaría más que con su monótona
certidumbre, y que el cielo no era de piedra sino un vacío, se burló de sus
temores y se unió a Máximo cuando él se sentaba junto a otras familias para
conversar o caminar por cubierta.
Pero todos los días a lo largo de esas
semanas era iguales, ni siquiera hubo una tormenta que se acercara por lo menos
a los incontables relatos que había escuchado de hombres y mujeres durante
aquellas insoportables tardes de calor. Se estaban acercando al trópico, y el
frío invierno polaco se convertía en un cálido y tórrido verano. Transpiraba y
se desprendía el botón superior de la blusa para secarse con un pañuelo que en
seguida escondía en el puño. Máximo estaba en mangas de camisa, pero había visto
tripulantes y pasajeros con el torso descubierto, con cañas de pescar asomadas
a la borda. Máximo se unía a ellos, y Natacha se resignaba a quedarse a
escuchar las insípidas charlas de las mujeres, obligada a contestarles de vez
en cuando, hasta que ya no le preguntaban más, y ella se veía libre entonces
para pensar o leer. A veces. alguna mujer le preguntaba por el embarazo. Ella
se sorprendió al principio, luego ya no se asombró que esas mujeres, cuyo único
oficio era tener hijos, se dieran cuenta. Cruzaban entonces dos o tres palabras
que nadie más iría a escuchar, luego la otra se alejaba como si nunca hubiesen
hablado. Esa mujer que, sin haber leído un libro en toda su vida, parecía saber
todo lo que se necesitaba saber. Pero la tierra no era el mar, ni ese barco era
la estancia donde iría a vivir con Máximo Mendoza. El conocimiento se afirmaba
en la intuición, y ésta se formaba según el lugar y el tiempo. Ella creía en lo
que leía en los libros, y la duda la llevaba de uno en otro, y cuando ya no
hallaba respuestas, para eso tenía sus imágenes y un crucifijo que eran su
punto de anclaje en donde estuviese.
Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires,
Natacha estaba delgada y demacrada, había vomitado casi cada bocado que
consumió los últimos diez días, desde que habían zarpado de la última escala en
Río de Janeiro. Durante ese trayecto el mar estuvo casi siempre encrespado y
ventoso. Las noches de lluvia se alternaban con días calurosos. El mal humor de
la gente era general, y la tripulación ansiaba llegar para deshacerse de los
pasajeros.
Natacha bajó del barco y descubrió que
Buenos Aires todavía era como una aldea. No había más que casas que parecían de
adobe en manzanas casi desiertas rodeadas de calles enlodadas por cuales los
caballos hundían las patas.
Máximo vio la cara de desilusión de ella.
-No es siempre así. Es la lluvia de estos
días…
No le preguntó por qué no empedraban.
Mientras iban en el sulky alquilado, que se sacudía en los baches y los charcos,
vio las veredas de barro y las paredes de adobe o de ladrillos rojos, con
ventanas con macetas y a través de las que se veían grandes patios vacíos.
Llegaron a una pensión, y la dueña salió a recibirlos.
- ¡Mi
niño Máximo! -dijo, abrazándolo. Era una matrona entrada en años, con cabello
abundante sujetado con una vieja peineta de dientes rotos.
-
Natacha, ella es doña Elvira-dijo al presentarlas. -Fue mi nodriza acá en
Buenos Aires cuando pasaba mis inviernos acá.
La mujer la saludó con un beso que se inició
efusivo, pero de pronto se detuvo y la miró con picardía.
- ¡Así que esas tenemos! -le dijo a
Mendoza, palmeándole una mejilla con cariñosa brusquedad, y él no pareció
entender del todo. Fue hacia el sulky para bajar el baúl, pero Máximo no quiso
permitirlo. Cuando las manos de ambos se encontraron en la manija, ella se le
acercó al oído: -Buen trabajo-dijo.
Él, entonces, comprendió. Doña Elvira
volvió a donde estaba Natacha y la tomó del brazo. Los tres entraron a la
casona colonial, y cuatro perros los recibieron ladrando y meneando las colas.
- ¡Fuera
chuchos, fuera!
La vieja intentaba apartarlos, pero se reía. Natacha
se sintió cómoda con ellos, la respetaban. La vieja se paró con los brazos
cruzados, observando cómo los cuatro perros se sentaban alrededor de Natacha,
esperando una caricia, pero sin exigirla.
- ¡Mire usted, mi niña! Debió haber llegado
antes para criarlos. ¡A mí me hacen salir callos de la mala sangre que me dan!
Mendoza estaba acostumbrado a los perros,
que fueron el tema de conversación durante la cena. La vieja no tenía más
pensionistas que ellos dos.
-Son malos tiempos, niño. Para mantener esta
casa me veo sola. A veces viene la Tomasa a ayudarme, pero se pasa más tiempo
dándome conversación que limpiando. Y tus tías que quieren todo impecable para
cuando se les canta venir para darse aires de tilingas en Buenos Aires.
Máximo no paraba de reírse de la forma
descarada y sincera que tenía de hablar de su familia. Doña Elvira había notado
la forma que Natacha la miraba.
-Perdóneme, querida, si no me entiende.
Nosotros respetamos mucho a los polacos, son muy trabajadores. Bueno, no me lo
tome a mal, no sé hablar mejor. Digo lo que pienso y lo primero que me viene a
la cabeza.
-No te preocupes Natacha. Cuando mi
familia la escucha protestar, se callan la boca y sonríen como si viesen pasar
un carro.
-Doña Elvira-dijo Natacha, la “eñe” salió con dificultad.
-Entiendo casi todo, y usted es una mujer muy buena.
- ¿Y
usted cómo lo sabe? - Doña Elvira se reía, tomando un vaso más del licor dulce
que le traían de Santa Fe.
-Porque los perros la quieren…
La
vieja se levantó y la abrazó, pero Natacha no le respondió. Elvira lloriqueaba
pensando que había hecho mal, tal vez en Polonia no eran tan efusivos. Entonces
le pidió que la acompañara a su habitación.
Caminaron por la galería y luego bajo el
parral que cubría parte del patio, y entraron al cuarto de doña Elvira. Ella
encendió una lámpara y la habitación se iluminó descubriendo la cama vieja y de
madera noble, la cómoda junto a una pared con manteles de encajes, adornos de
porcelana y muchos trozos de tela.
-Disculpe
el desorden, m’hija. Coso y remiendo mucho, pero ya no me dan los ojos para
tanto.
Entonces
le mostró una imagen de la Virgen que estaba sobre una repisa empotrada en la
pared.
-Es la Virgen de los Dolores. Soy muy
devota de ella, ¿sabe?
Natacha levantó los ojos con ardor, y todo
el cansancio pareció transformarse en una expresión de angustia que se parecía
mucho al rostro de la imagen.
-Yo sé lo que le pasa, m’hija, y que está
sufriendo porque la unión no está bendecida. Acá la virgencita la comprenderá.
Yo, si quiere, le hable al niño Máximo. Los hombres, por más buenos que sean no
entienden nada hasta que tienen al crío en los brazos.
Natacha, sin embargo, pensaba en la forma
en que las reliquias no se apartaban de ella, y al mismo tiempo que rezaba
interiormente, los números de los días y los meses fueron acomodándose en su
lugar correcto.
Sí, dejaría que doña Elvira le hablara a
Máximo. Que el teatro de las buenas intenciones creara la atmósfera necesaria
para que los hechos se encaminasen por los senderos naturales. Ahora sabía que
no había perdido a su padre, sino que lo recuperaría para poder acariciarlo
como no había podido hacerlo, en sus brazos y como a un niño.
Esa noche durmieron en cuartos separados.
La vieja había hablado con Mendoza en la cocina hasta pasada la una de la
madrugada. Oyó que él levantaba la voz, y que ella protestaba con su voz
chillona. Los perros estaban sentados o acostados frente a la puerta. Después
lo vio salir cabizbajo y meterse en el cuarto donde había dormido de chico.
En la mañana, doña Elvira abrió las
cortinas y la hizo despertarse. Le había traído una bandeja con dulces, manteca
y café.
-No te traje el mate porque tenés que
acostumbrarte, por ahora el café para la mañana y mucho dulce para recuperar
peso.
Natacha
la miraba sin entender todavía. La vieja buscó en la ropa del baúl, pero nada
pareció convencerla. Salió y al rato volvió con un vestido blanco.
-Era
mío-dijo, levantándolo y extendiéndolo. -Cuando era joven y flaca…
-Pero…
-Pero
nada, m’hija, tenés que casarte como es debido. Además, no es por ustedes y el
chico solamente. La familia de Máximo te miraría con muy malos ojos si se
enteraran. Yo conozco a esas mujeres, te harían la vida imposible por más que
fueses una santa.
Para las diez de la mañana estaban en la
calle Independencia. Entraron a la Capilla de Ejercicios Espirituales, una
iglesia simple y austera con bancos de madera rústica. No era una iglesia de
Varsovia, pero le agradó a Natacha aquella austeridad que jugaba con el dolor y
la autocompasión.
El vestido le sobraba por todos lados,
pero la vieja se había puesto unos anteojos de gruesos lentes y lo había
ajustado y cosido en menos de una hora. También había mandado a Máximo a buscar
a Tomasa para que preparar la comida mientras estuvieran en la iglesia. A las
nueve los escucharon entrar, junto a la voz de un chico.
-Es el hijo de Tomasa, los va a llevar él.
-Pero…
-Pero nada… ¿es la única palabra que
conocés en español? Mi niño no va a conducir el sulky como si fuera de una
familia cualquiera.
A las nueve y media subieron al sulky,
ellos en el asiento de atrás. Natacha vestida con el vestido de hilo de falda
amplia y bordada, y un velo sobre la cara. Máximo vestía un frac negro sobre un
chaleco marrón y camisa blanca, con un moño marón y un sombrero de galera. La
gente los miraba pasar y se hacían comentarios. Doña Elvira partió después
caminando, con su mejor vestido de seda oscura, sola, intentando en las
primeras cuadras que los perros no la siguieran y volvieran a la casa.
- ¿A dónde va, doña?- le gritaban los
vecinos mientras la veía espantar a los animales.
-Se casa el niño Máximo.
- ¿Y con quien, si puede saberse?
-Con una condesa, ni más ni
menos-contestaba, irguiendo orgullosa la cabeza, mientras alguno de los perros
le mordía la falda para retenerla.
En la iglesia había poca gente. Nadie
sabía del casamiento, por supuesto, pero pronto la noticia se esparció por todo
Buenos Aires. Máximo había tenido la precaución de enviar un telegrama a Santa
Fe, pero sabía que tendría que afrontar las recriminaciones de su familia.
Frente al altar, con un Cristo de madera
que debía ser una reliquia tallada por los indios, ambos se comprometieron a
mantenerse unidos para siempre. El cura era joven y sólo llevaba una
sobrepelliz sobre una vieja sotana que debió haber pertenecido al cura que
había muerto no mucho antes. Cerró la biblia y los bendijo haciendo la señal de
la cruz. Se dieron un beso muy corto, y se escuchó el aplauso tímido de doña
Elvira y de dos beatas que estaban la mayor parte del día en la iglesia y
sirvieron de testigos. Cuando salieron a la vereda, los cuatro perros menearon
las colas y dieron vueltas alrededor.
-Esta es nuestra recepción-dijo Mendoza- lo
lamento mucho.
-Prefiero colas sinceras a sonrisas falsas-contestó
Natacha.
Doña Elvira dio una carcajada. No
comprendía realmente a esa mucjer, ni sabía quién era o lo que realmente
sentía. Varias veces sintió al tocarla una especie de negro dolor que su propio
optimismo se encargaba de contrarrestar con alguna palabra amena, pero sobre
todo con un pensamiento blanco. Le agradaba esa devoción que había visto en su
cara al mirar la estatuilla de la virgen, pero no estaba segura de que el
sentimiento estuviese relacionado con la fe católica. Doña Elvira sabía que
todas las mujeres tienen un fondo extraño, casi un pozo sin fondo que muchas,
como ella misma, se encargaban de llenar con cosas superficiales: palabras,
acciones y pensamientos triviales, y a veces con algo más grande, tal vez los
restos de algún derrumbe interno cuyos restos tapaban gran parte de ese extraño
pozo.
Fuese como fuese, ya no los vería más.
Ella había cumplido su misión. Esa tarde comieron empanadas que Tomasa había
preparado y bebieron junto a los vecinos y amigos que Máximo tenía en Buenos
Aires, y que fueron llegando a medida que se enteraban del casamiento, hasta
altas horas de la noche. Durmieron en el mismo cuarto en el que Máximo Mendoza
había pasado muchos años de su infancia y adolescencia. Era una habitación
austera, masculina, pero en los cajones del armario todavía quedaban restos de
la niñez: pantalones cortos, alguna camisa de bebé, y unos muñecos de trapo.
Antes del amanecer, mientras él dormía, ella sacó un viejo oso de felpa que se
había mantenido libre de las polillas. Lo puso en el baúl, muy al fondo, y
volvió a acostarse. En dos horas saldrían de viaje hacia la estancia.
Remontaron el Paraná en una barcaza que
Mendoza tenía anclada en el puerto. Casi todos conocían a Máximo, y después de
abrazarlo y bromear con el capitán lo vieron subir con su esposa. La saludaron
con un gesto respetuoso, no se atrevían siquiera hablarle porque les habían
dicho que era condesa. Ahora tenían tres baúles, y los dos ayudantes los
subieron y los acomodaron en el camarote. El capitán Mendoza piloteó él mismo
la barcaza, y emprendieron el rumbo hacia el norte.
Natacha se acodó en la borda,
contemplando el paisaje de las riberas, tan distintas a sus tierras. Esto era
selva densa y calurosa. Ya no tenía mareos ni vértigos, a pesar de que el río
tenía una corriente fuerte. Casi todos los vestidos que había comprado en
Buenos Aires eran oscuros, porque pensaba que los colores claros llamaban la
atención. No le agradaba que se acercaran a hablarle, sino cuando ella lo
decidía, y el color negro no era triste sino noble. Creaba distancias y tiempos
necesarios.
Se desabrochó el primer botón del vestido,
y parte de su garganta y su pecho se enfrentaron con el sol del litoral. Se
levantó las mangas y sus antebrazos quedaron al descubierto, delgados y
blancos. Desviaba la vista desde la ribera hacia la cabina donde estaba Máximo,
para preguntarle cómo se llamaba tal árbol y tales flores grandes que flotaban
sobre el río. Y escuchaba la respuesta rápida y segura, vibrando en el aire
estático, contemplando la exuberancia que se correspondía con los nombres
exóticos. Nunca los retendría en su memoria, por más que se esforzara. Era
curioso cómo su tremenda memoria para lo leído y para los idiomas, se había
negado a retener los nombres de las cosas propias de aquellos lugares.
Durante los diez días que duró el viaje,
pararon en varios puertos, pero sólo para que Máximo saludara a alguien o
cumpliera con algún trámite de negocios. Ella comprendía todas las
conversaciones, mientras alcanzara a escucharlas desde su camarote o acodada en
la borda, viendo a su esposo ya a los demás hablar y reír sin hacerle caso, a
quien miraban de vez en cuando. Eran hombres rústicos que no sabían cómo
tratarla, pero ella veía en ellos seres más dóciles y educados que los cosacos
que habían matado a su padre.
-Mañana estaremos en Santa Fe-le había
dicho Máximo cuando dejó el timón en manos de uno de los ayudantes y entró a
acostarse. Se desnudó y se metió en cama, y llevando una de las manos hacia el
abdomen de Natacha. Ella lo dejó hacer, y vio la forma delicada y tímida en que
él pasaba la mano por la piel, acariciándola y deslizándose centímetro a
centímetro hacia abajo, y entonces ella lo detuvo.
-Tengo
miedo.
- ¿De qué?
-De
tu familia.
-No tendrán más remedio que aceptarte.
-Eso ya lo sé, pero no sé si me querrán…
- ¿Acaso te importa demasiado?
- ¿Pero ¿cómo son ellos?
-A mis tíos nada les importa más que las
tierras, el ganado, y la política. Y las tías tendrán algo de qué alardear en
la ciudad con tu título y tu ascendencia polaca. Deberías simular que no hablas
español, así se esmerarán por comprenderte. Ya me las imagino alrededor tuyo
como idiotas…
-Las
mujeres no somos así, ellas me reconocerán, y hablarán mal…
-Basta de preocuparte.
Él
puso una mano sobre su boca y la otra sobre la entrepierna de Natacha. Esa
noche era distinto, tal vez era la tierra que lo reconocía, o el río que hizo
fluir en él algo difrente, más rústico, más fuerte. Se había dejado crecer la
barba, y el vello rozaba las mejillas de Natacha, y hasta el vello del pecho
ahora parecía más crespo y espinoso, rozándole los senos. Y por instantes creyó
que el barco se movía al ritmo de Máximo Mendoza mientras exploraba una vez más
el cuerpo de Natacha, como si fuese un brazo nuevo de aquel inmenso río rodeado
de paredes de selva.
Cuando salió a cubierta en la mañana, ya
vestida y los baúles preparados para conocer a su familia política, vio que
estaban a orillas de un puerto chico y casi deshabitado. Máximo estaba
aparejando el barco en el muelle. La llamó para que bajara. Ella descendió por
el puente y él le dio la bienvenida a la tierra de Santa Fe.
Por primera vez, y quizá por la forma en
que él había acentuado las palabras, Natacha se dio cuenta de lo que significa
aquel nombre. De un modo demasiado extraño aún para ella, todas sus
incertidumbres de pronto se acomodaron en sus sitios correctos, y ya no era
tales. Las dudas y los temores, la inquietud de quién era ella desde la muerte
de Krakovsky, de cuáles eran sus creencias, de si todo lo que había aprendido y
creído de niña continuaba teniendo valor, todo eso tomó su justo espacio en ese
ambiente donde ya no habría nieve, ni estepas, ni cosacos. En un lugar
absolutamente diferente, la santa fe de su infancia: los libros, las imágenes,
los crucifijos y el dios padre rubio y fuerte que la abrazaba continuaban
firmes en un río de agua cálidas, entre altos árboles de estridentes cantos, y
a la sombra de un hombre de cabello oscuro. Los contrarios se atraen, ella lo
sabía, tantos las personas como los lugares. Y el tiempo era una sola
continuidad que no estaba en ella definir.
Como hormigas, de pronto aparecieron
varias mujeres y hombres desde las casuchas del puerto. Todos conocían a
Mendoza y se esmeraban por ofrecerle algo: una mujer llevaba un mate y una pava
en cada mano, otras empanadas dulces, y los hombres arrimaban una carreta y un
caballo. Subieron y emprendieron el viaje hacia la estancia. Natacha abrió la
tela que una de las mujeres le había entregado y comieron pasteles. Era la
primera vez que Natacha probaba aquellas cosas, y él sonrió cuando vio que a
ella le había gustado. Hablaron y rieron de la gente del puerto, mientras
recorrían los caminos de tierra que atravesaban puentes endebles sobre los
arroyos y desviaban lagunas donde flotaban grandes bandadas de patos o teros. A
Máximo le hacía gracia ver los ojos asombrados de Natacha. En esos momentos en
que ella estaba en la tierra que él conocía, se sentía más seguro que los meses
pasados en Europa. Polonia era la incomprensible tierra de ella, pero ese país
ya no existiría en sus vidas. Sólo el río y la estancia, los caballos y los
perros, y el cielo incierto serían los habitantes de sus vidas. Y ella sería
arcilla en sus manos. Eso pensaba, pero también pensaba en el hijo, y esa
arcilla no era suya, y ya no estaba seguro, entonces, de pensar lo que pensaba.
Llegaron a la estancia, pero desde media
hora antes estaban en los campos que pertenecían a la familia. El casco era una
casona grande de un solo piso con techo colonial y completamente rodeada por
una amplia recova. Un ombú estaba a más de cincuenta metros, extendiendo la
media sombra de la tarde hacia la casa, y del otro lado, una corta hilera de jacarandás
protegía los corrales. Desde atrás de la casa, sobresaliendo por encima de los
techos, un bosque de araucarias. La carreta se detuvo a poca distancia de la
entrada, y ya los perros habían comenzado a rodearlos y seguirlos hasta que se
detuvieron. Eran diez o quince entre lebreles y galgos, y algunos otros
mestizos más pequeños. Natacha no podía evitar reírse de esa jauría que meneaba
las colas y ladraba. De la casa salió una sirvienta y detrás apreció Tomasa. A
Natacha le alegró ver a alguien conocido.
-Acabo de llegar con mi compadre,
señorito-dijo la negra. Saludó a Natacha, pero a diferencia de la forma en que
se habían tratado en Buenos Aires, ahora apenas la miró. Natacha presintió que
tal vez las mujeres de la casa le habían prohibido la confianza.
Entonces apareció una mujer muy joven, no
muy alta, pero delgada y con un vestido de tarde. Era rubia y de caminar
esbelto y cuidado. Se detuvo ante ellos y extendió la mano a Natacha.
-Es un gusto, condesa-dijo, guiñando un ojo
a Máximo.
-Nada de títulos, Lucrecia. Natacha, ella
es mi prima. De pronto salió corriendo un joven que agarró la cintura de la
prima para asustarla. Ella se dio vuelta, malhumorada al principio, luego
sonrió. No necesitó presentarlos. Los hombres se abrazaron.
-Tanto tiempo, compadre, tanto tiempo…
-Desde la revolución del setenta que no nos
vemos, ¿no?
-Te fuiste a descansar a Europa, querido, y
trajiste una condesa.
-Basta de títulos. Perdón Natacha, vas a
tener que aguantarlos un largo tiempo hasta que entiendan. Este señor es mi
hermano de pecho, Sebastián Aráoz Urquiza, prometido de mi prima.
Entraron
a la casa y Natacha fue presentada una por una a las tres tías. Dos casadas,
cuyos maridos la saludaron cortésmente, sin dejar sus pipas. La soltera le echó
una larga mirada de pies a cabeza, para la cual se tomó su tiempo. Luego
extendió la mano y dijo:
-Buenas
tardes.
Fue
la única que evitó el título, y Natacha lo tomó como una declaración de guerra.
Los
siguientes días consistieron en acomodarse en la estancia y conocer las
costumbres familiares. No deseaba desentonar tan bruscamente, no quería
mostrarse altiva pero tampoco sumisa. Cuando la tía soltera, que estaba sentada
en una mecedora con un mate en la mano vio que los peones bajaban los baúles, y
que uno de ellos era especialmente pesado, preguntó:
- ¿Qué es tanto bulto?
Máximo estaba en el campo, poniéndose al día
con la economía de la estancia. Los tíos eran hermanos de su madre y la
propiedad no les pertenecía, así que poco habían cuidado de las finanzas. Los
Hurtado de Mendoza eran los propietarios, y la familia de Máximo estaba en
España.
-Libros, tía Clotilde-dijo Natacha.
La
mujer la miró con sorna, y no dijo nada.
A la noche, Máximo había vuelto cansado y se
acostó temprano. Natacha estaba en la biblioteca, un cuarto amplio con una mesa
central y un ventanal que daba hacia donde estaban las araucarias. Los muebles
con libros estaban casi vacíos. Ella había estado acomodando y distribuyendo
los que había comprado en Buenos Aires. Sintió un golpe tibio en la puerta, y
la voz de la tía Clotilde dijo:
-Demasiados libros para una mujer.
Seguramente novelas con ideas extrañas.
Natacha dejó lo que hacía y se acercó a la
mujer.
-Por favor, tía, siéntese.
La mujer no le hizo caso. Comenzó a
recorrer los estantes con la vista, tomó uno, lo abrió y miró a Natacha. Volvió
a dejarlo donde estaba y agarró otro. Hizo lo mismo con varios, hasta que dejó
el último sobre la mesa y se sentó.
- ¿Querés
decirme quién te va a enseñar a leerlos?
-Nadie, tía, no se preocupe, no habrá que
pagar ningún profesor. Aprendí antes de venir, Máximo me ayudó.
-Así que se conocen desde hace mucho, yo tenía
entendido que Máximo estaba en Varsovia sólo desde hace pocos meses.
-Así es tía…
-No mientas, descarada. No podés hablar tan
perfecto el castellano ni leer esos libros en tan poco tiempo.
Natacha
respiró profundo porque sentía que su corazón latía aceleradamente, estaba sudando,
pero confiaba en que la poca luz de lámpara no la delatara. Y menos el temblor
que sentía nacer en su garganta. Cualquier contestación sería inadecuada,
porque la otra no estaba dispuesta a creerle.
-Con la ayuda de Dios, tía, y sobre todo
de la virgen.
Natacha
desapareció en la sombra fuera del alcance de la luz y regresó con algo en sus
manos. Se acercó a la mujer y desenvolvió la tela.
-Es
la virgen de mi patria, tía.
La mujer no pidió permiso para agarrar la
imagen. Vio que el rostro era oscuro y el vestido fastuoso y muy ornamentado.
Entonces Natacha vio aclarase la expresión en la cara de tez broncínea de la
vieja, que era el mismo tono de la piel de Máximo. Él debió heredarlo de la
familia de su madre.
La mujer le devolvió el ícono, y sus ojos
mostraban angustia y ternura.
-Se parece a la virgen de los Dolores. A
su admonición entregamos los cuerpos de mi hermana y mi cuñado, cuando tu
marido era un chico todavía.
-Nunca me contó cómo murieron, tía.
-Mi cuñado era un oficial de marina, y estuvo
en la guerra con el Paraguay. Lo mandaron a Corrientes y después más al norte,
al mando de una flota. Lo mataron en la batalla de Caaguazú. Mi hermana no era
muy fuerte, Máximo fue el único hijo que tuvieron, y casi se muere en el parto.
Menos pudo resistir la muerte de Nicasio. La guerra seguía, pero ella se murió
antes. Era devota de la virgen de los Dolores. Yo la cuidé todo ese tiempo,
mientras se moría de tristeza. Me hizo prometerle que armaríamos una capilla en
la estancia en homenaje a la virgencita.
- ¿Y
usted cree, tía?
La
mujer la miró a los ojos.
- ¿Qué te parece, m’hija? ¿Quién no cree en el
dolor? Es el que construye el mundo.
Le agarró una mano y caminaron juntas por el
pasillo hacia lo que Natacha suponía el fondo de la casa, porque se detuvieron
ante una abertura ojival sin puerta que dejaba entrar un tenue reflejo de la
luna. Afuera se veían las araucarias, algunos restos de fogones y un viejo
aljibe. Unos pocos perros ladraban, pero era más un quejido.
Ellas entraron a un cuarto pequeño, que a
la luz de la lámpara que llevaba la tía dejó ver las paredes blancas y vacías.
Había únicamente un reclinatorio frente al cual estaba el altar con la virgen
de los Dolores. La imagen, pequeña y oscura, resaltaba como una mancha negra en
la pared.
-Esta es la habitación que hice hacer
cuando murió mi hermana. Todas las mañanas muy temprano, cuando aún nadie se ha
levantado, salvo los peones y las sirvientas, vengo a rezar mi decena. Después
voy a misa. Ahora vamos a dormir, mañana te llevo.
Natacha se acercó a la imagen, que estaba
más alta que ella. Sólo podía alcanzarla si levantaba un brazo y la tocaba con
la mano. Eso hizo. Nunca supo por qué motivo usó su mano izquierda, si ella
habitualmente era diestra. Sólo se dio cuenta cuanto sintió el dolor cuando
apoyó los dedos en la estatuilla. Entonces se estremeció con un escalofrío, y
la tía Clotilde se dio cuenta. La vieja la tomó de los hombros y la hizo
retroceder con palabras que ella no entendió. Era latín, probablemente, o una
plegaria en voz muy baja.
Cuando salieron, Natacha le preguntó.
- ¿Qué le ha dicho, tía?
-Nada, m’hija, sólo una tontería en quechua,
o lo que sea, porque nunca aprendí esa lengua tan enrevesada.
- ¿Le pidió perdón?
La vieja la miró con un dejo de asombro.
-Llakikinum. Eso es lo que quise decir.
¿Cómo lo supiste?
-Fue
solamente una intuición, porque es lo que yo habría pedido por atréverme a
tocarla. Ella sufre mucho, tía, ¿se dio cuenta?
La
vieja la llevó a su habitación. Entreabrió la puerta y vio a su sobrino dormido
ya en la cama.
-Buenas noches, tía Clotilde-dijo, besándole
una mejilla.
-Que duermas bien, m`hija. -Ya se estaba yendo
cuando se dio vuelta y dijo:- No dejes que él te moleste cuando no quieres. Los
hombres producen dolor.
Natacha bajó la mirada, y contestó:
- ¿Y si yo quiero, también?
-Entonces matá el deseo.
Se dieron cuenta de que estaban paradas en
medio del pasillo, con la puerta entreabierta de la habitación, en la casi
oscuridad de la una o dos de la mañana, hablando de Dios, probablemente.
- ¿Y entonces qué diferencia hay entre el
dolor que ellos nos infligen y el que nos provocamos nosotras?
-La privación es un dolor más fuerte que
cualquiera que puedan hacernos los demás. La prohibición, m’hija, es la
ausencia. ¿Y cuál más grande dolor que la ausencia de Dios?
-Eso dicen que es el infierno, tía. ¿Entonces
es como desear el infierno?
-Despreciá tu vida, m’hija, porque no vale
nada la de ninguno de nosotros. Mientras más grande es tu desprecio, más
valiosa tu humildad.
Durante esa noche Natacha pensó en todo
eso. No alcanzó casi a dormir, mirando el cuerpo dormido de Máximo Mendoza,
desnudo y cubierto por una sábana hasta la cintura. Deseó tocarlo, pero se
abstuvo. Lo vio respirar profundo. Debió haber bebido de más durante aquella
reunión con su cuñado y amigos, hablando de finanzas y del país. Pero más
debieron haber hablado de recuerdos de la infancia, de la familia, y
seguramente de mujeres que habían conocido.
Estaba amaneciendo cuando escuchó ruidos
desde afuera. Los peones ya se habían puesto a trabajar. Se escuchaba el ruido
de un hacha, ladridos y mugidos. Vio pasar por la ventana la sombra de dos
sirvientas que pasaban charlando hacia el pueblo, quizá, a hacer compras. Olió
el aroma del pan recién horneado, y del café. Se levantó y se vistió. Máximo
seguía durmiendo. Salió al pasillo y se encontró con la tía Clotilde.
-Buenos días, m`hija. ¿Cómo dormiste?
-Bien, tía.
-Ya pasé a rezarle a la virgencita. Ahora
vamos a misa, querida. Es a la siete y tenemos media hora de viaje.
Natacha
se puso un chal sobre los hombros, y al salir se cruzaron con uno de los tíos.
El hombre bostezaba y se despabilaba, vestido con ropa para cabalgar.
-Aquí vienen las beatas-dijo. - Te
conseguiste una discípula.
-No
le hagás caso, m`hija.
El hombre se puso la boina y salió
arrastrando las suelas de las botas hasta que el ruido desapareció al pisar la
tierra seca y subirse al caballo.
Ellas
subieron a una carreta que la tía conducía, atusando al caballo viejo, que hizo
su acostumbrado camino matutino a la capilla. La mañana era clara y limpia,
diferente a las mañanas neblinosas y frías de Polonia. Veían pasar a los
labriegos y sus mujeres rodeadas de chicos, y recorrieron un largo camino
sinuoso entre árboles, que se fue ampliando a medida que las casas se hacían
más habituales. La capilla de la Virgen de los Milagros estaba en las afueras
de Sante Fe. Cuando llegaron había muchas mujeres en la puerta, y pocos
hombres. Entraron y Natacha vio la vieja construcción de los jesuitas, y la
hizo sentirse como si entrase en un sitio conocido. La vetustez del edificio se
mostraba en las imágenes de los laterales: santos hechos de madera cuarteada y
descolorida sobre paredes de adobe pintadas a la cal.
Cuando llegaron frente al altar, se
postraron ante un Cristo que Natacha nunca había visto. Estaba tallado sobre un
gran tronco único, las vetas de la madera no tenían interrupción, salvo las
vueltas y pliegue de la piel y del taparrabos de Jesús, donde las sombras
moldeaban los contornos entre los cuales la figura principal parecía estar
inmersa, atrapada, y cobijada. Porque esa era le impresión que daba la figura
de Cristo sobre la cruz: un sitio donde el dolor es un estrecho escondrijo
privado. Poner los ojos sobre él, era como espiarlo.
Natacha se quedó extasiada, sin poder
desviar la vista a pesar de la vergüenza, y mientras la tía le decía que se
sentaran. Retrocedieron y se ubicaron en la primera fila de asientos. Los demás
continuaron entrando y se sentaron. Muchas mujeres se acercaron a saludarlas y
la tía Clotilde les presentó a su nuera. Casi todos sabían que era una condesa,
y no dejaron de acercarse hasta que el cura apareció por el atrio.
Al terminar la misa, ellas salieron
rodeadas de gente, y la tía intentaba no ser descortés, pero de pronto dijo:
-Ya nos veremos, señoras, ya nos
veremos…-Y agarró fuertemente a Natacha del codo y la hizo subir a la carreta.
Al fin partieron de regreso a la estancia,
quejándose la vieja de todas esas mujeres que sólo querían quedar bien con
Natacha.
-No se preocupe, tía, no me molestan.
-Pero
a mí sí.
En la estancia Máximo y los tíos habían
salido al campo. Las otras mujeres habían ido de compras al pueblo. Natacha y
la tía Clotilde desayunaron solas en un solar bajo las araucarias.
-Dígame, tía. ¿Quién hizo el Cristo del
altar?
-Los indios, m’hija. Los jesuitas tenían
una misión muy grande acá, cuando los echaron quedó todo abandonado muchos
años. Pero ese Cristo se mantuvo sano.
Natacha
pensaba en el rostro sufrido, donde hasta las lágrimas talladas parecían
oscuras como la madera. Durante toda la misa había estado observando la figura.
Las manos crispadas y enfurecidas, el cuello torcido cubierto por la sangre que
caía desde la corona de espinas, el torso desnudo y flaco lleno de cicatrices
que en la madera eran como grietas donde los insectos depositaban sus huevos.
¿Por qué pensaba eso, si no los había visto? ¿O creyó ver las moscas que
caminaban sobre el cuerpo? Entonces vio las piernas del Cristo, huesudas, con
los pies cruzados uno sobre el otro y atravesados por el mismo clavo. Y lo que
le llamó la atención fue que ambas piernas estaban trisadas en diferentes
sitios, una en un muslo con un corte profundo que llegaba casi hasta la mitad,
y la otra en la pierna, oblicuo y más superficial.
- ¿Usted vio, tía, el daño que le hicieron al
Cristo?
Clotilde la miró con sorna.
-Ya
entiendo, te referís a las piernas. Fue a propósito, me dijeron los indios.
- ¿Y
usted por qué los conoce tanto?
-Porque
o uno se lleva bien con ellos, o nos hacen una matanza. No digo acá, pero en
los puestos de frontera todavía siguen salvajes. Además, estos fueron
domesticados por los curas, y son más sumisos que nuestros perros. Ellos
construyeron la capillita acá en la estancia. La familia no quería saber nada,
pero yo me impuse. Al fin de cuentas era en memoria de mi hermana y mi cuñado.
Y los indios son los mejor artesanos de la zona. Son artistas, y ellos crean
según las visiones que tienen.
Se quedaron en silencio, mientras la mañana
avanzaba lentamente bajo un sol que delataba los árboles y sometía al casco de
la estancia a un tórrido manto de calor y dolor. Los perros ladraban de tanto
en tanto, y se escuchaba el trote de los caballos que los peones sacaban a
caminar. Los techos de la chacra relucían y parecían estar quejándose del calor
que iba a azotarlos durante el día.
- ¿Pero por qué esos cortes?
-Mirá,
m’hija. Yo no entiendo mucho de eso, porque es todo muy enrevesado, como todo
lo que los jesuitas hicieron. Ellos les enseñaron a los indios la religión
mezclada con la ciencia, y todo al servicio de Dios, por supuesto, aunque los
echaron por algo más terrenal, según dicen. Pero sea como sea, los indios
aprendieron de matemáticas, y las aplicaron en las artes con que construyeron
la iglesia.
La vieja sacó el rosario de un bolsillo y le
mostró la cruz a Natacha.
- ¿Ves cómo tres lados de la cruz son iguales
y el otro más largo? Si se acorta éste, queda una simetría casi perfecta. Y si
trazás una línea entre cada punta se forma un rombo, pero si agarrás un compás
y lo apoyás en el centro, formás un círculo.
La tía
respiró profundo y tomó un mate. Natacha esperó, y le pidió uno. Era la primera
vez que lo probaría. La tía la felicitó cuando pasó la prueba. Le había
gustado, dijo, pero luego aceptó únicamente por compromiso.
- ¿Y después?
-En
todo círculo se calcula el número griego, el número Pi, que dicen que es
infinito.
Natacha
se quedó pensando. Era necesario el dolor, cualquiera sea, y el dolor físico
siempre es más evidente, y aparentemente más eficaz que el dolor espiritual,
sólo porque es más inmediato. Nuestro cuerpo, se dijo, es una carga, nuestra
carne está hecha para morir, pero antes debe sangrar, y ser golpeada y cortada.
Sin eso, no es carne. Sin eso, sólo es un tejido sin valor porque nunca estuvo
a prueba. ¿Por qué, si no, los sacrificios? Cristo había sido el cordero mayor.
La simetría y el infinito.
La
carne perdurable.
Desde
entonces, la tía Clotilde fue su única aliada. Porque cuando Máximo anunció a
la familia - un domingo mientras almorzaban bajo unos árboles, con el gran
fogón asando la carne a unos metros de la mesa, y las sirvientas yendo y
viniendo de la casa con bebidas para las mujeres y el vino para los hombres,
rodeados por los perros que daban vueltas-, que Natacha estaba embarazada,
todos se quedaron callados por unos segundos. Sólo para ella ese tiempo fue
mucho más largo. Vio en las miradas de la familia que todos comprendían que no
había pasado el tiempo suficiente desde el casamiento, pero luego estalló una
carcajada en la voz rotunda del tío Álvaro, el marido de la hermana mayor. Se
levantó de la silla en la que estaba como postrado por el sol del mediodía, la
carne y el vino, y sacudió a Máximo de los hombros, abrazándolo y palmeándolo.
Estaba borracho, y por eso había dejado de lado lo que en los demás era todavía
un resquemor, por lo menos, sino tácita desaprobación.
-Pero, en fin, muchacho, nadie tiene por qué
enterarse, estas cosas son muy comunes-le dijo al oído, pero todos lo
escucharon.
Natacha bajó la mirada y puso las manos
sobre la falda. La tía Aurelia se acercó a felicitarla con la mueca habitual
que utilizaba para calmar los ánimos de la familia. Le dio un parco beso en la
mejilla y fue a buscar a su marido para que se sentara. La otra tía, la más
seria y remilgada, se levantó y se puso a hablar con Clotilde. Parecían
discutir en voz baja, hasta que Aurelia se acercó a Natacha y le dijo:
-Clotilde
será su amanuense, y ella responderá por usted, querida. -Luego fue hasta donde
estaba su marido, alto y flaco y un bigote cano y espeso.
La tía Clotilde se sentó junto a Natacha y
le dijo que no se preocupara. Ella ya se había dado cuenta, pero entre ambas
había nacido algo que valía más que cualquier apariencia social. Máximo no
creyó conveniente acercarse a su esposa. La familia lo observaba, y se sentó a
conversar con el tío Álvaro y la tía Aurelia. Pasó la tarde y llegó el mate,
tortas fritas y muchos dulces.
El
sol fue cayendo sobre todos ellos: el tío Álvaro acostado en el pasto, junto a
dos perros que de vez en cuando le lamían la cara, las tías casadas se habían
metido en la casa, Clotilde y Natacha estaban sentadas con un libro en las
manos y hablaban. Las brasas se apagaban poco a poco, y una brisa fresca surgió
de entre los árboles. Máximo estaba apoyado contra un tronco cortado, fumando
la pipa. Miraba hacia el casco de la casa, y a los que aún estaban afuera. Miró
a Natacha, cuya mirada captaba de vez en cuando. Sabía que le estaba
reprochando su silencio. Le agradaba que hubiese encontrado en una de sus tías
la protección que nadie más iría a darle. Antes de volver a pisar la tierra en
la que había nacido, pensaba que Natacha y él serían un bastión invencible
frente a la familia. Pero cuando se enfrentó con ellos, volvió a ser el chico
tempranamente huérfano al que todos protegían. Fuese la guerra o las mujeres,
todo era un peligro para el futuro de la familia. Veían en él la única
continuación posible del alto legado que creían estar llevando sobre sus
hombros. Y ahora que una descarada condesa polaca venida a menos lo había
embaucado con hijo y casamiento, ya no podían dejarlo ir. Siempre había sido un
chico que se rebelaba a las reglas, le gustaba esconderse o escaparse, le
agradaba el río y sus peligros. Pero sabían también que era más inteligente que
todos ellos, y lo había heredado de su padre Nicasio. Los Hurtado de Mendoza lo
habían dejado en manos de la familia de su madre, criollos en los que no se
podía confiar del todo. Ya la guerra les había quitado un hijo, y con el fin de
salvar al nieto lo habían hecho viajar a Europa durante más de un año para
retenerlo allí. Pero Máximo, cuando ya casi estaba convencido, había conocido a
Natacha, y de pronto surgió la necesidad de comenzar otra vez, pero en la
tierra en la que había nacido.
La familia de su madre vivía de rentas
que ya no rendían lo suficiente. Habían malgastado parte del patrimonio de los
Mendoza, y ahora Máximo sabía que debían hacer economías. El dinero que los
parientes de España podrían mandarle era un recurso que no quería utilizar a
menos que fuese imprescindible.
El
hijo de Natacha había nacido en octubre del año siguiente a su llegada. Eran
dos meses antes de lo supuesto, pero nadie dijo nada sobre eso, porque algo era
más evidente todavía. Era completamente rubio y de una piel más blanca que la
leche. Máximo lo vio en la cuna junto a la cama de Natacha. Contempló ese
cuerpecito frágil, que tranquilamente podía pasar por un niño prematuro. Pero
cómo ocultar esa rubicundez que contrastaba con ellos. Miró a Natacha, que
miraba al niño de la misma forma que cuando miraba a su padre. Era admiración,
y más que eso. Tal vez una especie de sublimación.
Lo que Máximo se había esmerado por tapar
con millones de toneladas de agua del océano, con miles de kilómetros de
distancia, con todo el peso de la tierra de su país, había vuelto a surgir,
incólume y renacido. La rubicundez de Alexei Krakovsky el polaco en pleno campo
santafecino resplandecía como un sol. Y eso ero lo que descubrió en la cara de
ella: el éxtasis al ver que las sirvientas y los peones que había entrado a
conocer al chico lo miraban extasiados.
- ¡Pero
si es un ángel! -dijo una, y las otras la secundaba, mientras los hombres
miraban al chico y al padre, como confundidos.
Natacha estaba en el más alto esplendor de
su belleza: el cabello negro suelto sobre su cuello blanco y el camisón oscuro.
Sus ojos brillaban porque su niño era el punto de admiración de toda aquella
gente pobre y sencilla. ¿Había venido el chico para ser un símbolo, quizá? Eso
probablemente pensaba, mientras Máximo la miraba desde el otro lado del cuarto,
esperando que la adoración al niño por parte de sus trabajadores terminara de
una vez. Y entonces vio que estaba viendo la escena de esa habitación como
tantas veces la había visto en los pesebres de Navidad.
-Lo llamaremos Ariel, ¿no es cierto,
querido?
Palabra y visión coincidieron en su mente.
Ella seguramente estaba pensando en eso: la virgen y el niño, José y los
pastores. Sólo faltaban los reyes magos, y fue entonces cuando entraron los
tíos con regalos.
Esa noche hubo festejos para todos los
adultos, excepto para Natacha, el niño y la tía Clotilde. Hasta casi la
madrugada hubo música con guitarras, bailes, gritos y risas. Se carnearon y
asaron dos vacas, y Tomasa tuvo que traer del pueblo a dos mocitas para que la
ayudaran.
Las tías desde esa noche se callaron. Lo
evidente debía ser tapado con silencio, que suele ser más fuerte que el hierro.
Durante los siguientes dos años, vendieron
tierras y hacienda. El ahorro hizo que se recuperaran, pero al finalizar el
décimo año de su matrimonio mataron a López y las provincias del litoral fueron
intervenidas. Desde Buenos Aires llegó el ejército que se instaló en las casas
de los hacendados, y como nadie pudo negarse a riesgo de ser considerado
rebelde, dejaron que los meses pasaran mientras la hacienda se perdía
irremediablemente.
Pero la verdad era que Máximo veía que su
matrimonio se había derrumbado desde el momento en que habían llegado a Santa
Fe, y el nacimiento de Ariel no fue más que el único pretexto para que
siguieran viviendo juntos. Natacha se había convertido en una devota que iba a
misa todas las mañanas, y cuando la tía Clotilde se hizo más vieja y achacosa,
fue la excusa inmejorable para no la dejara ni a sol ni sombra. Por las noches
dormían en cuartos separados desde que el chico había nacido, pero él sabía que
ella se quedaba leyendo libros de teología hasta las dos o tres de la
madrugada. Lo sabía porque había tomado la costumbre de ir a la ciudad y cenar
con sus amigos. A veces Aráoz Urquiza lo acompañaba, pero no siempre porque a Lucrecia
no le gustaba; de todos modos, lo hacía la mayoría de las veces porque Máximo
se emborrachaba y no quería dejarlo volver solo a la estancia. Pero cuando
regresaba más o menos sobrio, veía la luz en la biblioteca, y a veces se
asomaba a saludarla. Preguntaba cómo estaba Ariel, ella le contestaba
levantando la vista del libro, y luego volvía a ignorarlo.
Había terminado por querer al chico. Era
apocado y tímido. Cuando tenía ocho años había empezado a mostrar habilidades
para el dibujo, y él le traía desde la ciudad lápices y cuadernos. Se les hizo
una costumbre ir a la arboleda detrás de la estancia y sentarse apoyando la
espalda en un tronco y mirar el follaje alto y frondoso. Intercambiaban
opiniones pueriles, y el chico se ponía a dibujar. Él no quería molestarlo,
porque una sola mirada podía ser suficiente para que se sintiese cohibido y
dejara de dibujar. Natacha sabía esto, y no le gustaba lo que dibujaba Ariel.
Esbozaba árboles y animales del río, aves, a veces la silueta de la estancia,
incluso a algunos de los peones.
-Deberíamos traer a un maestro de dibujo-
le dijo él a su esposa, la tarde que festejaron el décimo cumpleaños de Ariel.
Pero Natacha tenía otros planes.
Cuando llegaron los del ejército a
instalarse, ocuparon los establos y las habitaciones de los trabajadores. Ya
había pocos, así que las camas estaban vacías en su mayoría, y pasaban los días
esperando órdenes del gobierno, consumiendo el ganado de la hacienda de los
Mendoza. Decían que gobierno se lo retribuiría cuando levantaran la
intervención, pero no confiaban en eso. Fueron ellos los que vieron por primera
vez entrar al cura de la parroquia a la estancia. Caminaba medio encorvado, con
la sotana gastada moviéndose con sus pasos rápidos y una biblia en la mano
derecha apretada contra el pecho. No miró hacia los costados, donde estaban los soldados, sentados o tirados en el piso
alrededor de la estancia, ni a los oficiales que estaban a la sombra de la
recova.
Era domingo, así que Máximo estaba en la
casa, y lo vio entrar.
-Buenas tardes, ¿está la señora de la casa?
Máximo estaba en su escritorio, dejó de lado
las cuentas que no habían cerrado en todo el día, y preguntó:
- ¿Quién la busca?
-Soy el nuevo maestro de su hijo.
Entonces Ariel apareció en la sala, y
cuando vio al cura fue corriendo a él y se abrazó a su sotana.
Máximo Mendoza se abstuvo de contestar lo
que necesitaba contestar, y mantuvo un silencio hostil cuando Natacha recibió
al cura y llevaron a Ariel a la biblioteca. Dos horas después, los vio salir.
Él seguía con sus cuentas, inútiles porque ya no les prestaba atención. Saludó
con indiferencia al cura. La mirada de Natacha ya había tomado el cariz del
desprecio desde hacía algunos años. ¿Había sido su culpa, quizá? ¿La
indiferencia, las salidas al pueblo, las mujeres, tal vez?, porque no ignoraría
que él recurría a ellas. ¿O tantos libros de teología, o la iglesia? ¿A lo
mejor fue el desprecio de la familia, ese desamor tan en contraste con las
expansiones que veía su alrededor de él entre la gente del pueblo?
Natacha era un cuerpo sólido y fuerte,
delgado y vestido de oscuro, de rostro desaprobador y palabras secas.
Desde que llegaron a América sólo reía
cuando estaba con Ariel.
¿Extrañaba Polonia? ¿Extrañaba a Krakovsky?
Una sola vez, cuatro años después de nacer
Ariel, había querido preguntarle. Y entonces era una beata que se rehusaba a
dormir en la misma cama que él, y sólo aceptaba un beso como saludo. Fue a la
habitación de ella, entró y cerró la puerta. Natacha no lo había invitado, eso
era lo que mostraba su cara. Entonces no pudo preguntarle, porque ya todo
estaba dicho. Sobre la cama, en la pared, había un crucifijo de madera que los
indios de la capilla de los Milagros le habían regalado. Junto a la cama había
una mesa con una foto. Por un instante se confundió y creyó que era Ariel. Pero
el retrato era de un joven de veinte años o poco más.
Si tan hostil le era, se dijo Mendoza, si
tanto lo despreciaba, entonces no había acto que pudiese empeorar su opinión sobre
él.
Sentía
tanta ira, que no pudo detenerse, consciente en cada instante de cada
movimiento que realizaba. Tiró el retrato al piso, y apretando las manos de
Natacha la retuvo sobre la cama.
-Él
y yo somos el día y la noche, ¿no es cierto?
Intentó
besarla y se encontró con una cara huesuda que ni siquiera tenía olor. Intentó
hallar excitación en la misma ira que sentía, incluso en volver a imaginar lo
que pasaba en Varsovia cuando ella vivía con el padre. Pero ya nada lo
impulsaba hacia el cuerpo de Natacha, porque el alma de ella ya no le interesaba.
Algo de esa ira renació el domingo que
los visitó el cura. Esa noche discutieron. Sus voces resonaron por toda la
estancia, mucho más que de costumbre. Las sirvientas escucharon tras las
puertas, y los hombres esperaban en la recova, pensando que quizá algo iba a
pasar. La tía Clotide estaba en cama desde hacía diez meses por una apoplejía,
y aunque escuchara, no podía moverse ni hablar. Los otros no salieron de sus
habitaciones, estaban acostumbrados.
Una semana más tarde, el cura no vino,
aunque se suponía que era el primer día de lecciones de Ariel. Ese mismo
domingo Máximo fue a la habitación del chico y le anunció que irían pasar el
día en el río. Ambos salieron tomados de la mano. Máximo lo subió al caballo y
ató las provisiones, y comenzaron a alejarse acompañados por dos perros.
Desde ese día, todos los fines de semana,
fueron a pasear en bote. Máximo le enseñaba rudimentos de náutica y de pesca.
Ariel se reía más abiertamente, y ya no temía ensuciarse ni gritar, si así
quería. A veces pasaban la noche en campamento, y regresaban el lunes o el
martes por la mañana, sucios y cansados. Ariel observaba la expresión de su
madre, que los esperaba en la puerta, silenciosa y hosca, pasaba a su lado con
rapidez, y Máximo la ignoraba.
Durante cinco años Ariel y Máximo se
convirtieron en el padre e hijo que no habían sido durante los primeros diez.
La
intervención federal se había levantado, pero la economía seguía mal. Perdieron
más peones y sólo quedaba Tomasa y una sirvienta para la casa. Mendoza había
recurrido a su familia en España, y luego de varias cartas anunció que
compraría un barco para hacer viajes de cabotaje por el Paraná.
La familia, los pocos que quedaban, porque
la tía Aurelia había muerto y el tío Álvaro estaba muriéndose por cirrosis en
un sanatorio, lo miraron como si se hubiese vuelto loco.
- ¿Pero y la familia?
-Sólo
les pedí ayuda para abrirme paso por mis medios…
-Pero qué vergüenza…-dijo la otra tía.
-¿Acaso prefieren perder las tierras y la
casa? No tenemos más que gastos, la educación de Ariel, por supuesto, si
queremos que siga teniendo maestros privados, y la enfermera para la tía
Clotilde, y los gastos del sanatorio del tío, y los impuestos que nos cobra
Buenos Aires, y el préstamo a los Valente…
-Basta-dijo Natacha. -No es necesario que
nos des explicaciones. ¿Y quién se va a encargar y pilotear?
-Soy capitán, ¿no es cierto?
- ¿Y te ausentarás mucho tiempo?
-Tal vez todo el año-dijo. -Les mandaré las
ganancias para cancelar las deudas.
Cuando Ariel cumplió los quince años, ya
no era tan apocado ni tímido, pero se conservaba introvertido. Todos los años
en que su madre lo había llevado cada mañana a misa en el pueblo, los rezos
diarios y la adoración a los crucifijos y las imágenes de la virgen habían
formado en él un sentido de culpa ante todo lo que hiciera o hablara. Sólo con
Máximo logró olvidarse de esa sensación, pero para eso necesitaba estar lejos
de la estancia, donde cada cosa o lugar le recordaba a su madre. La noche que
escuchó los planes de su padre en la mesa, él ya los conocía porque lo habían
hablado durante un día de pesca. Máximo le había dicho que era necesario
ausentarse, pero Ariel pensó más en el barco y el río.
Su cuerpo alto y delgado de adolescente se
había tornado un poco más grueso en los hombros y en las piernas por efecto del
trabajo que ambos realizaban juntos durante los viajes por el Paraná. Mendoza
lo había llevado en sus recorridos por los pueblos costeros, buscando barcos
viejos que pudiese arreglar. Pensaba compray uno grande para llevar mercaderías
y pasajeros, y que aguantase largos viajes hacia el norte. Esperaba también
llegar hasta el Brasil. Ambos hablaban de las tierras que Máximo había visto en
América y en Europa, pero cuando llegaba al recuerdo de Polonia, se callaba,
por más que Ariel le preguntase.
Finalmente, un día fueron a Buenos Aires y
encontraron un viejo velero de la época napoleónica arrumbado en un muelle.
Tenía un mascarón de proa estropeado, y en un costado estaba inscripto el
nombre de “La conquéte”. Subieron y recorrieron la
cubierta y el interior. El inmenso tamaño daba la impresión de un tiempo pasado
que se había detenido. Mendoza habló con muchos hombres en Buenos Aires, y a
donde iba lo acompañaba Ariel. Le dijeron que el barco era una ruina, y a él
entonces se le ocurrió que la vejez y el tamaño fuesen quizá una atracción para
el éxito de su negocio. Habló con un ingeniero. Tenía la idea de convertir al
barco en una máquina de vapor, conservando los mástiles y adaptando la quilla
para el río.
Mandó telegramas a España, y recibió una y
otra vez la suma que pedía, que cada vez era más importante a medida que
pasaban los meses y los arreglos llevaban a otros arreglos. Dos veces las
máquinas de vapor se estropearon en las pruebas, el barco era demasiado pesado.
Finalmente tuvieron éxito, y el día que lo inauguraron los únicos de la familia
que asistieron fueron Ariel y Aráoz Urquiza. El barco fue bautizado con el
nombre de “Juan Manuel de Rosas”. Los que lo vieron botar en Buenos Aires se
dijeron que no le vendría bien tal nombre al éxito comercial, pero Máximo sabía
que en el litoral sería lo contrario.
El primer viaje sería más tarde, aún
faltaban los contratos y ultimar detalles técnicos. Los tres regresaron a Santa
Fe. Natacha había estado demasiado ocupada atendiendo a la salud de la tía
Clotilde, y había aflojado la preocupación que ejercía sobre Ariel. No le
gustaba el apego que había crecido entre ellos, pero había cedido porque la tía
Clotilde le había aconsejado que el chico necesitaba una figura paterna, que no
podía seguir creciendo bajo las faldas de su madre, y menos cuando ya era un
adolescente. Todo eso lo dijo poco antes de enfermarse. Y ahora la tía estaba
cada vez peor. A veces parecía muerta porque apenas se sentía su respiración,
otras, intentaba levantarse empujando su propio cuerpo con el único brazo en
que le quedaban fuerzas, y se caía de la cama. Dos veces se fracturó una pierna
y un brazo, y a la postración se sumaron los entablillados durante más de un
mes. Las enfermeras que ayudaban a cuidarla iban y venían porque no toleraban
el trato que les daba. Al final optó por evitarlas y hacer que Tomasa la
ayudara. La vieja negra se quejó de que debía cocinar y limpiar la casa, que
era demasiado trabajo. No lo decía por la tía, sino por Natacha. Para ella,
Natacha había hecho infeliz a Máximo Mendoza, el niño que había ayudado a criar
y cuyos padres le habían dado la libertad. Pero lo hizo, y todas las mañanas,
como ya no iban a misa, ambas mujeres cambiaban la ropa de cama y lavaban el
cuerpo de la tía Clotilde. Discutían, se insultaban, y la vieja las observaba
sin poder intervenir.
El día que regresaron, Ariel le dijo que
quería acompañar a su padre en sus próximos viajes. Estaban únicamente los
tres, los tíos que quedaban se habían mudado a Santa Fe luego de una discusión
con Natacha.
- ¡Estás loco!- dijo ella.
-Será un período de prueba-dijo Mendoza.
Sé que es chico, pero ha aprendido mucho estos años.
- ¡Ni hablar! ¡No se hablará más de eso
en esta casa! ¡Vamos Ariel, ya terminaste la cena! Vamos a tu habitación. -Se
levantó y agarró al chico de un brazo. Máximo los vio desaparecer tras la
puerta. Cinco minutos después, ella salió y cerró con llave. Nada se escuchaba
desde adentro.
Máximo y Natacha discutieron con gritos en
el comedor. Se volcaron vasos, y los perros, como siempre que los oían, se
escondían en los rincones y bajo la mesa. Tomasa escuchaba tras la puerta de la
cocina, temía que el niño Máximo perdiera la razón y maltratara a su mujer.
Ella era una arpía disfrazada de santa, decía la negra a quien quisiera
escucharla. Atusaba al niño Máximo y había echado a perder a su propio hijo.
Tomasa no confiaba en los curas ni en Dios, porque había iglesias para los
blancos y otras para los negros.
Ya se estaba durmiendo apoyada en la
puerta cuando escuchó un tiro. Abrió la puerta desesperada y vio en el comedor
a Natacha sentada. Buscó a Máximo y lo encontró apuntando una escopeta hacia la
puerta de Ariel. Había hecho saltar la cerradura. Soltó el arma y gritó:
- ¡Hijo!¡Andá a mi habitación, ya!
Miró a Natacha.
-Esta noche Ariel va a dormir conmigo.
No vio rastros de expresión en el rostro
de Natacha. Si hubiese visto por lo menos un sesgo de dolor que representara
toda su vida. Pero él no se daba cuenta que ella había petrificado ese dolor
convirtiendo su cuerpo y su alma en un madero tallado con los rasgos del
Cristo. Había pliegues como grietas que nadie veía, pero que allí estaban bajo
esos vestidos negros que la asemejaban a la virgen dolorosa.
En la mañana, encontraron muerta a la tía
Clotilde. Tomasa entró a la habitación, y vio a Natacha sentada junto a la
cama, en la silla de siempre, agarrando una mano de la tía y sosteniendo el
rosario que había pertenecido a la vieja.
-Avise al patrón-le dijo a la negra.
Tomasa fue al cuarto de Máximo, y como
nadie respondía, abrió la puerta. En la cama seguían padre e hijo, dormidos y
aún vestidos. El cuarto olía a sudor y orina. Vio los orinales bajo la cama y
los vació. Sacudió un hombro de Mendoza, y éste abrió los ojos.
-La tía murió-le dijo.
Mendoza se levantó y se lavó la cara en el
lavabo.
-Usted vaya y ayude a la señora, yo me
encargo del chico.
Despertó a Ariel y le dijo lo que pasaba.
Se cambiaron las ropas y fueron a la habitación de la tía. Ya había llegado el
cura y el médico para el certificado de defunción. Los pocos peones que
quedaban pasaron a dar el pésame.
Velaron a la tía durante todo el día y la
noche. Máximo hizo el papeleo para el funeral y el entierro en el pueblo, y en
la casa entraban y salían vecinos y amigos de la familia. La única hermana que
quedaba viva se sentó en la silla que había sido su preferida durante su vida
en la casa, y su marido permaneció a su lado, parado. Ni lloraban ni hablaban.
Simplemente estaban allí, esperando.
El funeral y el entierro en el cementerio
del pueblo fueron penosos, sobre todo por la cantidad de feligreses de la
iglesia a la que la tía Clotilde había asistido por cuarenta años. Durante el
servicio, Natacha observó detenidamente al Cristo del altar, de la misma forma
en que lo había contemplado la mañana que fue por primera vez. El Cristo no
había envejecido, pero las grietas de la madera eran más numerosas. Lo sabía
porque todas las semanas las contaba desde hacía quince años. Dios era un
contable que nunca se equivocaba, llevaba un libro en el que anotaba los bienes
y los males de cada uno. Pero no era posible que cada grieta en el tallado
fuese un nuevo mal en cada hombre o mujer, tal vez la proporción de la apertura
una millonésima parte de un milímetro, pero todo eso estaba fuera de su
comprensión. Lo había aceptado, o más bien se había resignado a aceptarlo luego
de haber esbozado cientos de esquemas geométricos o numéricos en otras tantas
páginas que guardaba en la biblioteca.
Un esquema de los planes de Dios. Eso
habría sido hermoso.
Y sin escuchar el sermón del cura, siguió
mirando el cuerpo del Cristo, sin resignarse a renunciar al orgullo de su
inteligencia, que la hacía culpable, y esa culpabilidad alimentaba la vanidad
del dolor: mientras más intenso más orgullo. Eso le ofrecería a la Virgen de
los Dolores cuando regresara a la casa. Eso era lo que le decía cada día y cada
noche desde que ya no podía ir a misa con la tía.
Cuando regresaron a la estancia, Máximo se
fue a su cuarto. Natacha fue a la capilla, y le pidió a Ariel que la
acompañara.
Se
arrodillaron juntos en el reclinatorio. Luego de un rato de silencio mirando la
imagen, ella preguntó:
- ¿Qué te dijo tu padre anoche?
-Nada,
dormimos.
- ¿Sabías que yo dormía con mi padre allá en
Varsovia? Los cuerpos de los hombres son hermosos y protectores. Ojalá lo
hubieses conocido, él se parecía mucho a vos.
El primer viaje del “Juan Manuel” debió
esperar casi tres meses a que terminaran los trámites de la herencia y sucesión
de la tía Clotilde. El sábado en que se leyó el testamento, estaban la hermana
y el cuñado, la prima Lucrecia y su marido, y ellos dos con Ariel. A último
momento llegó el cura y se sentó cerca de la puerta.
La
tía dejaba todos sus bienes terrenales a la iglesia.
Nadie
habló, sólo el cura tosió una vez. Se firmaron los papeles y el escribano se
retiró.
En la
mañana Máximo y Ariel sacaban sus valijas para colocarlas en la carreta. Tomasa
los acompañaría. Irían a Buenos Aires para iniciar el primer viaje. Cuando iba
a entrar a despedirse de Natacha, la encontraron vestida de y con una valija al
lado.
-Ya no tengo quien me retenga acá. No voy a
dejar que mi hijo se convierta en un marino borracho como vos. Que cierren la
estancia o que tus parientes se encarguen.
No
hubo argumentos para convencerla. Ariel los escuchó discutir durante todo el
viaje. Cuando llegaron a Buenos Aires, ella contempló el barco, digno de otros
tiempos y otras tierras.
Pensó en Polonia
y miró a su hijo, ya más alto que ella y con una suave barba que ya comenzaba a
crecerle, lo que lo hacía aún más digno de su estirpe.
Entonces
supo que no se había equivocado en ir con ellos. Subió al barco, y creyó
recuperar el pasado.
*
Julio Ruiz
escuchó que golpeaban a la puerta del camarote. Se restregó los ojos y se
desperezó. Había dormido toda la noche en la silla junto a la cama, pero Manuel
seguía acostado, desnudo y cubierto apenas por las sábanas de las que se
desprendía apenas lo tapaba. A veces sus párpados se movían sin alcanzar a
abrir los ojos, seguramente soñaba, y a juzgar por el rechinar de los dientes,
los músculos del cuello marcados con fuerza y los puños, no era nada agradable.
El golpe en la puerta volvió a llamar.
Julio se lavó la cara en la jofaina casi
vacía, desabrochó los botones del pantalón y orinó en la vasija que también
usaba Manuel, pero éste no se había levantado en toda la noche y las sábanas
estaban mojadas.
Volvieron a golpear.
- ¡¿Quién es?!-preguntó enojado.
- Natacha.
Julio levantó la vista al cielo raso y se
resignó.
-Un momento, señora…
Se abrochó los botones, se acomodó la
camisa y escondió la vasija bajo la cama. Abrió los postigos y vio que ya eran
más de las diez de la mañana. El cielo estaba nublado, y en la costa se veía el
movimiento típico de la ciudad y el puerto.
Abrió la puerta, y Natacha entró, con la cara demacrada y el mismo
vestido del día anterior. Aunque casi todos eran negros, él había aprendido a
reconocerlos. Debió haber dormido vestida, si es que había dormido, porque era
fácil imaginarla reclinada con las rodillas sobre el piso, adorando la mano que
se había llevado envuelta en una sábana. ¿Qué haría hecho con ella?
-Buenos días, señora.
-Buenos días, Julio-contestó, sin mirarlo,
porque tenía la vista fija en la cama. -¿Cómo pasó la noche?
-Durmió, si es que puede llamarse dormir a
los sueños o pesadillas que debe estar teniendo. Se mueve constantemente y de
vez en cuando se queja.
- ¿Está enfermo?
Julio intentó percibir algún sentimiento
en la pregunta.
-Tiene fiebre, nada más.
- ¿Nos escucha?
-Creo que sí, pero mantiene los ojos
cerrados como si no quisiera vernos. No me contesta, y si le pongo comida en la
boca ni siquiera la escupe. Se queda con ella en la boca y debo sacársela para
que no se ahogue.
- ¿Es lo que se llama catatonía, Julio?
-No precisamente. Los movimientos que
tiene no deberían estar si se tratara de eso, pero cada caso es distinto. Las
secuelas de un trauma emocional varían en cada persona, y puede ser que en él
persistan normales los reflejos del sistema motor periférico, además del
autónomo.
-Comprendo, Julio. Usted es un hombre
extremadamente inteligente que ha tenido mala suerte en la vida. Y sobre todo
es muy bondadoso cuidando a este hombre que apenas conoce, y sabiendo lo que ha
hecho.
Hizo una pausa, y no hubo respuesta. Julio
seguía con las manos tras la espalda y la mirada fija en la cama.
-Debo pedirle un favor muy grande. No crea
que no lo he pensado bien, lo hice toda la noche.
Abrió la mano derecha que hasta entonces
tenía escondida en puño bajo la palma de la izquierda, ambas frente a su pecho.
Julio había pensado que era un gesto de rezo, pero cuando leyó lo que estaba en
el papel, el significado de las manos se tornó en un símbolo de presa.
Ella le había extendido un papel doblado
en cuatro. Él lo agarró y lo desplegó. Leyó lo que ella le pedía hacer, lo
dobló nuevamente y se lo devolvió.
-Únicamente usted puede hacerlo sin que
muera-dijo ella.
- ¿Y por qué no lo mata directamente?
-Sólo Dios puede decidir eso. Solamente soy
un instrumento para el castigo.
- ¿Dios no tiene manos? ¿Acaso no creó al
hombre a su imagen y semejanza?
Natacha se sentó en el borde de la cama,
apoyó las manos en el colchón y el papel quedó abandonado junto a los pies de
Manuel, que respiraba jadeando.
-No le pido su opinión, Julio. No se trata
de una discusión de principios. Si no lo hace usted, lo hago yo, y estoy segura
de que en mis manos se moriría desangrado, o algo peor.
- ¿Y qué peor que lo que me pide para un
hombre?
-Tómelo como una medida higiénica, Julio.
De esta manera dejará de esparcirse el pecado. Sé que usted no es creyente,
pero sí es un hombre cultivado. Debe conocer el versículo de Mateo que se
refiere a extirpar lo que nos da ocasión de pecar.
Julio se acercó a Natacha y la agarró del
brazo.
-Usted siempre me pareció una mujer enferma,
señora. Le pido que salga y se encierre a llorar en su cuarto.
Ella lo miró asustada. Cuando él la soltó,
dijo:
-Está bien, si eso sirve para que usted
empiece su trabajo. Lo hará por todos nosotros, Julio, incluyéndolo
especialmente a usted. Mi marido me ha contado la razón de que su carrera se
haya derrumbado. Hay una orden de aprehensión contra usted, Julio. Un telegrama
a Buenos Aires, donde vive el doctor Farías, y vendrían a buscarlo.
Sus manos se abrieron con el gesto de un
cura al hacer la Consagración, pero las suyas tenían la intención de mostrar lo
que los rodeaba: un barco viejo y un puesto de trabajo, endebles ambos, pero lo
suficientemente dignos en comparación con la cárcel, o con el fusilamiento.
Julio Ruiz conocía muy bien al diputado
Bartolomé Farías. Su familia tenía antecedentes patricios hasta encontrarse
alguno en la Invasiones inglesas, por lo menos en los registros del Cabildo,
pero se decía que ya en los tiempos de la Segunda Fundación hubo algún Farías
que traqueteó por las calles de barro de la antigua Buenos Aires. Si era cierto
o no, o si el tal Farías que caminara solitario por la entonces aldea de pobres
era o no pariente suyo, quizá ni siquiera él lo sabía con certeza. Pero a los
fines de acrecentar su prestigio, él así lo confirmaba, porque cuando el doctor
Ruiz fue llamado de urgencia a la casona del diputado en el barrio de Palermo,
ésta había comenzado a ocupar su segundo período en la banca de su partido. La
campaña le había costado más esfuerzo que para el primer mandato. “Mucha pulla
y mucha mentira”, le dijo la noche que lo hizo llamar. Ruiz se había hecho
alguna fama en Buenos Aires, luego de su paso por Francia. Los médicos de
Buenos Aires lo habían recibido con frialdad, pero no podían decir, como de
otros, que fuese un charlatán de feria. Su título y su pasantía con Charcot no
permitían esos escamoteos a su dignidad.
-Pase,
doctor-dijo Farías, estrechándole la mano con fuerza y efusividad. Era un
hombre no más alto que él, pero ancho de hombros, ya calvo y con largos
mostachos que terminaban en un pequeño rulo. Luego recogió la pipa que había
dejado sobre la mesa.
-Lamento molestarlo a estas horas, pero me
lo han recomendado mucho, ¿sabe? Es usted una eminencia, y todavía tan joven.
-No
es para tanto, doctor.
-No se disculpe, los que tenemos de qué
jactarnos, no debemos disculparnos por eso. ¿Quién se encargaría, sino? La
palabra de los lisonjeros no vale nada, y de los otros, ya nos sobra.
Debía tener más de cuarenta años, pero era
un hombre fornido y se conservaba ágil. Se notaba en la forma en que caminó por
la sala comedor de la casona, esquivando las sillas de patas y respaldos
tallados con figuras delicadas, y pisando con cuidado las alfombras mullidas
del pasillo que llevaba al dormitorio donde estaba su mujer. Se detuvieron ante
la puerta, y le dijo en voz baja:
-Es el cuarto embarazo de mi señora,
perdió los otros tres antes del parto…Bueno, en realidad, el primero nació,
pero vivió sólo dos días.
-Lo comprendo… ¿Qué edad tiene ella?
- ¡Es muy joven! No es ese el problema.
Los otros doctores dicen que su útero no está preparado, ¿cómo se dice?,
adecuadamente, supongo. Esta vez me preocupa porque ya tiene nueve meses, y
ella está muy ansiosa.
-Entiendo, doctor… ¿puedo pasar?
- ¡No faltaba más! Pero por favor, para
usted soy Bartolo. Le dije a ella que era usted un amigo, porque está muy
reticente a recibir más médicos desconocidos.
Abrió
y dio un vozarrón que sobresaltó a Ruiz luego del cuchicheo tras la puerta.
- ¡Eugenia,
querida! Tenemos visitas.
Julio Ruiz se presentó ante la cama de la
mujer de Farías. Era delgada y no debía tener más de treinta años. El embarazo
le sentaba muy mal, se dijo él. Estaba demacrada y pálida.
- ¿Me permite revisarla, señora?
Ella asintió con desgano. Le hizo las
preguntas de siempre, la auscultó y palpó el vientre. No tenía temperatura y el
pulso era normal. Auscultó la panza de la mujer, y escuchó los débiles latidos
del bebé.
-Todo parece en orden, señora- dijo, y
Farías se acercó con una gran sonrisa y palmeó a Ruiz.
-Pero si es lo que yo le digo a Eugenia,
pero ella se preocupa y no come más que un bocado de pajarito.
La sonrisa y la expresión de Farías se
esmeraban por ser optimistas, como si supiese más de lo que le había explicado
a Ruiz. Cuando regresaron al comedor, se sentaron y bebieron de un licor que la
madre de Farías hacía en Santa Fe.
- ¿Sabe, Bartolo-dijo Ruiz, ¿recibiendo
ahora sí el permiso tácito del diputado Farías- si la señora tiene antecedentes
de familia de casos parecidos?
-No que yo sepa. Mis suegros murieron antes
de yo conocer a Eugenia, y yo ya era un hombre grande cuando la conocí. Vivía
sola en una casa alquilada y se mantenía con costuras. Siempre fue muy
delicada. Es como un pájaro, qué sé yo, no se ría. Aquí me ve, tan fuerte con
estas manos, con este vozarrón, tanto que me tienen miedo en el Congreso cuando
tomo la palabra. Pero cuando se trata de ella, estos dedos que usted ve tan groseros
la tocan apenas para no lastimarla. A veces, Julio, creo que yo la he lastimado
cuando, ya me entiende…
-No se preocupe. Me gustaría saber cuál fue
el diagnóstico de la muerte del primer chico…
Farías carraspeó y dejó la pipa sobre la
mesa.
-Mire, Julio. -El hombre tenía los ojos
brillantes.- ¡La pucha! ¡Mire que a mi edad me vean lloriqueando como una
mujercita!
Ruiz hizo el silencio esperado en tal
ocasión.
-Apenas nos conocemos, y ya me da confianza
usted. Por eso le voy a contar Julio, lo que ni siquiera mi Eugenia sabe. Los
otros doctores, los que la atendieron en los demás embarazos, eran unos
tarambanas. Y yo estaba en otra cosa, con la política de Buenos Aires que me ha
dado muchos dolores de cabeza. Mea culpa,
lo reconozco. Cuando conocí a Eugenia, creí que ya era un solterón empedernido,
de esos que picotean de aquí y allá. Usted no estaba en estos pagos en ese
entonces, pero yo me hice la fama. Cuando me casé con ella, todos decían que el
pajarito se había casado con el rinoceronte. ¿Y sabe usted cuál fue la
ocurrencia de Eugenia cuando escuchó ese comentario? ¿Usted vio a esos
pajaritos que picotean el lomo de los rinocerontes, y ambos conviven armoniosamente?
Farías largó una carcajada que retumbó en
toda la sala. Su mujer lo escuchó y preguntó que pasaba con una voz fina y
apenas audible.
- ¡No
pasa nada, querida!
Entonces Farías se levantó y fue a cerrar la
puerta que separaba el comedor del pasillo.
-Un momento, Julio.
Desapareció
por otra puerta durante algunos minutos. Ruiz miró la hora en su reloj. Eran
las doce y media de la noche. En la mañana tenía que ir muy temprano para
algunas consultas en el hospital Francés. Pero la confianza de Farías le
resultaba agradable. Se sirvió un poco más de licor, y miró con placer la
vajilla en las vitrinas, el mantel de encaje y el centro de mesa, quizá
comprado en París. Del hogar salía un fuerte aroma a roble. No tenía amigos en
Buenos Aires, todas sus relaciones desde su llegada habían sido compañeros y
colegas de trabajo. Farías era el único hombre que le había hablado más como a
un amigo que como a un profesional. El temperamento expansivo era lo que él, en
su deformación profesional, habría calificado de sanguíneo. Pero Ruiz sabía que
pocas veces existía una correlación exacta entre los síntomas y lo que había
hallado en la anatomía. Eso era lo que lo había enemistado, o como Charcot le
dijo la vez que se despidieron, lo había distanciado de la escuela de La
Salpetrierre. El positivismo dominante en la escuela neurológica chocaba con
los estudios psiquiátricos de los que había oído hablar a Breuer. Se había
cruzado con él en varias ocasiones en los pasillos donde las enfermas iban y
venían con su mirada vidriosa y perdida. Breuer era un hombre que no creía más
en la anatomía que en las palabras que decían los locos. Y de pronto ya no
tenía el hogar francés, y la escuela austríaca de neuropsiquiatría no lo había
aceptado. Regresó a Buenos Aires luego de quince años, y la ciudad era otra.
Pero el cosmopolitismo de los teatros era una cosa, y la decrepitud de los
hospitales, otra, así en París como en Buenos Aires. Por eso no se sintió
extraño, y su acento francés le conquistó una clientela que no habría podido
ganar si se hubiese quedado. ¿Por qué había ido a Francia a estudiar?, le
preguntaron muchas veces. Simplemente porque su madre era francesa, y los
Larriere lo separaron de su padre criollo y lo llevaron a Europa. Ruiz padre
había muerto en el campo, sobre el caballo en el que recorría las estancias y
los pueblos de la provincia, visitando enfermos, recentando curas y haciendo
nacer chicos, que muchas veces morían. Porque también era médico.
El día que le mandaron una carta desde
Buenos Aires para avisarle de su muerte, le llegó un paquete con las únicas
cosas que su padre había dejado en la pensión donde vivía. Adentro había un
estetoscopio y un martillo. Ambos estaban viejos y gastados, pero se colocó el
estetoscopio en los oídos y se auscultó el corazón a sí mismo por primera vez.
Tenía entonces diecisiete años. El corazón retumbaba como en una caja vacía,
pero de pronto escuchó un sonido extraño que no se repetiría sino hasta mucho
tiempo después, cuando otro fuese el médico que lo auscultara. Un sonido como
de otra cosa viva dentro suyo, algo que no pertenecía a su cuerpo. Cuando pensó
en esto, su mente proyectó en su memoria una imagen imprecisa, que con el
tiempo iría amoldándose a diversas concepciones del sonido que había escuchado.
Porque fue como una música muy breve que nunca más pudo -o más bien se atrevió -
a escuchar con el estetoscopio que usaría durante toda su carrera. Con apoyarlo
en su pecho habría sido suficiente, pero hacerlo traía consigo el hecho de
develar algo a lo que tenía miedo, sin saber por qué, y cambiar la ficción por
la realidad. Así había decidido actuar, de la misma forma que había visto hacer
a cada uno de sus pacientes cuando ante la verdad que él estaba dispuesto a
entregarles, ellos optaban por la ficción.
Si alguna vez hubiese intentado una teoría
neurpsiquiátrica, habría utilizado el absurdo como factor común, y tanto
hipótesis como corolario se anularían, porque el resultado del absurdo es la
continua contradicción, y el resultado final: la nada, el cero. O lo que quizá
es lo mismo, el eterno círculo. Muchas patologías obsesivas tenían como leiv-motiv algo repetido, a veces una
palabra o combinación de ellas, pero mucho más habitualmente se trataba de
números.
En la música que él había escuchado
alrededor de los latidos de su corazón, o por lo menos la melodía cadenciosa
que creía recordar haber escuchado, había también un estribillo, y como tal, el
círculo era el resultado inevitable de esa geometría musical. Un círculo es una
figura cerrada, que sólo aparentemente tiene límites. Pero cuando el cerebro
humano decide medirlo, encuentra el absurdo del infinito.
Todos estos recuerdos se esfumaron cuando
Farías regresó con una caja que apoyó sobre la mesa. La abrió y empezó a sacar
papeles viejos: cuadernos escolares, documentos, fotos. Entonces se sentó con
una de ellas en las manos, mirándola detenidamente, sin levantar la vista hacia
Ruiz.
-Cuando mi primer hijo nació, y la
enfermera y el médico me lo mostraron en una cunita que hice traer de París, yo
no entendía lo que estaba viendo. No era un niño, doctor, sino una… cosa…un
monstruo, eso es, y ya no me duele tanto decirlo. Vivió dos días, y fue una
bendición de Dios que se muriera. Pero antes de enterrarlo, la noche antes del
funeral cortito que le hicimos en la mañana en el cementerio, mandé buscar un
fotógrafo a la casa. Será un vicio de mi profesión, pero necesitaba algo
concreto del paso de ese chico por el mundo. Me enfurecí con el médico, y hasta
la regañé a Eugenia, como si ambos hubieran tenido la culpa, menos yo. Estaba
dispuesto a llevar a los tribunales al médico por lo que le había hecho a mi
hijo. Nunca toqué al chico, por supuesto, pero desde que tengo su fotografía,
no hay día que pase sin que la mire un poquito siquiera, o que por lo menos
piense en ella.
Alargó el brazo hacia Ruiz. Julio agarró
la foto. Había un bebé muerto, y el bebé tenía el abdomen abierto: se veían los
intestinos, el hígado y el estómago como en un preparado anatómico.
-El chico nació así, sin coberturas
tegumentarias. Esas fueron las palabras del médico. En la foto no se ve, pero
en la espalda también le faltaban partes, y se veían los riñones y los huesos
de la columna.
-Lo lamento mucho. Y dígame, Bartolo,
¿alguien en su familia sufrió de alguna malformación de nacimiento?
-No que yo sepa. Mi padre murió cuando yo
tenía dos años, así que no tengo el más mínimo recuerdo de él vivo. Sólo dos
fotografías muy rudimentarias. Si quiere, las busco…
Comenzó a revolver nuevamente en la caja.
Sacó uno tras otros más papeles y carpetas.
-Aquí están…
Ruiz vio a un hombre delgado y de bastante
edad, canoso y aparentemente consumido por alguna enfermedad. La cara estada
demacrada, el cabello escaso y la ropa parecía colgarle de los hombros.
- ¿No le dijo su madre de qué murió?
-Solamente que estaba enfermo, pero era un
tema tabú. Ella lloraba cada vez que recordaba a papá, así que me crie casi sin
poder preguntarle nada. Para mí fue una leyenda, prácticamente. Lo único que
ella repetía con melancolía, pero sin llorar, era que a él le gustaba mucho
comer cosas ricas, pero que se lamentaba tremendamente de que nada le caía bien
al estómago.
Farías se detuvo, mirando a Ruiz a los
ojos.
-Sí, entiendo lo que está pensando. Por eso
dejé en paz al médico. Después, con los otros dos, ni siquiera hubo nacimiento.
Pero ahora, Julio, tengo mucha esperanza. Eugenia siente que toda va bien y
estoy seguro de que esa maldición se ha terminado. Yo confío en usted, Julio.
Los dejo a ambos en sus manos. Usted viene de Europa, y se ha formado con gente
importante. Acá todos los matasanos no saben más que recetar yuyos o amputar.
No se ría, es así. Lo que no saben lo arreglan cortándolo, y chau problema,
como si nada hubiera pasado.
Esa noche siguieron conversando, y Ruiz
se fue a su casa a las tres de la madrugada. En la mañana se despertó a la hora
de siempre y realizó las consultas que tenía programadas como siempre, salvo
que con un poco más de sueño.
Pasó por la casona de Palermo todos los
días durante las siguientes dos semanas. Farías había acordado darle honorarios
más crecidos a los habituales, y aunque Ruiz intentó rechazarlos, Farías le
pasó un brazo sobre los hombros y le dijo:
- ¡Chist! Usted se lo merece, lo que sí le
pido es que no se lo mencione a sus colegas.
Luego de cada visita se quedaba conversando
con el diputado, pero la mayoría de las veces era interrumpido por el
secretario que lo ayudaba en el congreso, que iba y venía desde su propio
escritorio en la casa hacia el estudio donde trabajaba Farías, o era el
teléfono que sonaba una y otra vez. Bartolomé Farías tenía en revista
veinticinco proyectos de ley en ciernes, y creía haber entendido que el que
ahora estaba en estudio era una requisitoria para aceptar como prueba
fehaciente contra un acusado la simple acusación y denuncia escrita. Él no
entendía nada de todo eso, y sólo veía que cuando la cámara sesionaba no había
hora en que Farías, su secretario o sus compañeros del partido no entraran y
salieran de la casa con noticias que traían del Congreso o del bar en que se
reunían.
Ruiz se quedaba sentado frente al
escritorio, observándolo mientras gritaba por teléfono y expresiones de furia y
asombro se sucedías cuando preguntaba qué había dicho éste o aquel de sus
opositores. Su mujer parecía desaparecer de su mente, la misma que permanecía
en una habitación del primer piso, escuchando lo mismo que había oído desde que
se había casado con ese hombre: leyes que nunca conocería, porque ella y el
hijo estaban más allá de todo eso. Él era el hombre que se encargaba de todo:
de las leyes, de la economía, del futuro del país. Todo lo controlaba, o por lo
menos simulaba hacerlo. Los gritos y los golpes sobre la mesa de su escritorio
intentaban distraer la atención de aquello errores que dislocaban las pautas en
la que el país debía basarse, según él. Pero era en su propia casa donde la
fachada debía ser mejor construida: la tragedia escondida en una habitación del
primer piso.
Únicamente una fotografía era el estrecho
canal que servía para desaguar el dolor, que a veces se acumulaba tanto hasta
tomar el feo olor de la podredumbre.
Un domingo a las ocho de la noche, Ruiz
escuchó el timbre del teléfono. Era la sirvienta de Farías. Lloraba y apenas
lograba entenderla.
- ¡Doctor, por favor, venga! ¡Venga!
- ¿Es la señora, está en trabajo de parto?
- ¡Sí, doctor! ¡Pero grita como loca y yo
no sé qué hacer!
- ¿Y el doctor Farías?
-Está en el Congreso. No se lo puede
molestar…
Ruiz colgó. Agarró el maletín y un abrigo. Tardaría
una hora en llegar a la casona desde la pensión en que alquilaba en Saavedra.
Mientras el sulky traqueteaba en las calles de barro y el empedrado, pensaba en
que sería inútil mandar a alguien a buscar a Farías. Toda una barrera de
secretarios y partidarios evitarían que Bartolo Farías interrumpiera el largo
alegato que le había escuchado practicar durante muchas tardes en su estudio.
Llegó a la casa y subió al cuarto de
Eugenia. Ella estaba abierta de piernas y con la sábana llena de sangre.
- ¿Pero ¿cómo no me hizo llamar antes?
¿Cuándo empezó? -le preguntó a la sirvienta. La mujer lloraba y se tapaba la
cara con el delantal. Julio la agarró de los brazos.
- ¡Llame al hospital, ahora mismo! ¡Que
traigan una ambulancia y enfermeras!
La mujer salió y la escuchó hablar por
teléfono mientras él intentaba detener la hemorragia. Eugenia estaba pálida,
pero los brazos tensos como maderos que se sujetaban al colchón. El cuello era
un nudo de tendones en los que no se podía palpar el pulso, y la cara fruncida
en una expresión de dolor que pocas veces él había visto.
Llenó una jeringa e inyectó un sedante
donde pudo. Era imposible encontrar una vena adecuada. El vientre estaba tenso
y levemente depresivo, como se hubiese vaciado en parte de toda la sangre que
había manchado la cama. Se preguntó si el feto estaba muerto, pero apenas en un
día anterior había escuchado sus latidos. El dolor de Eugenia correspondía con
un aborto abrupto: la hemorragia, la contracción del útero y de los músculos
abdominales.
No podía hacer más que esperar ayuda del
hospital, se dijo. Pero eso no era cierto. Tenía la posibilidad de hacer algo
más que esperar, porque el tiempo, en esos casos era un espiral de muerte.
Apartó la sábana y llamó a la sirvienta.
-Escúcheme y tranquilícese- le dijo a la
mujer. - La necesito con las manos firmes, ¿me entiende?
Ella asintió y salió a en busca de lo que
Ruiz le había pedido: sábanas limpias y jofainas con agua caliente. Se quedó
parada junto a la cama, llevando la mirada muerta desde la cara de Eugenia a la
del doctor Ruiz, pero evitaba ver lo que éste estaba haciendo.
Julio sacó el bisturí del maletín. Lo limpió
en el agua recién hervida, y llevó la punta hacia el vientre de Eugenia. El
sedante había hecho efecto, pero ante el corte volvió a gritar y moverse.
- ¡Sujétela bien! -gritó a la sirvienta, y
ella así lo hacía, aunque cerraba los ojos a la sangre que le salpicaba la
cara.
La
panza de Eugenia Costa de Farías, la hija de almaceneros del barrio de
Monserrat que habían muerto y la habían dejado huérfana, la mujer que se había
ganado la vida haciendo costuras hasta que un gran diputado de Buenos Aires se
dignó poner los ojos en ella, ahora se abría y se desgarraba como el de
cualquier perro de la calle atropellado por un carro.
El vientre ahora flaco se había vaciado
luego de expulsar toda la sangre, y lo único que Julio Ruiz tenía en la mano,
porque una sólo era suficiente para sujetar a esa cosa que había extraído del
útero ya roto, era un simulacro de humano, un engendro con forma de hombre pero
completamente rojo, porque los músculos se movían como serpientes al contacto
con el aire. No tenía piel, no tenía ojos, pero si una boca que comenzó a
expulsar un llanto que fue lo único verdaderamente humano.
Eugenia
levantó la cabeza al oírlo, y lo vio en la palma derecha del doctor Ruiz. Ya no
gritó. Dejó caer la cabeza en la almohada, sin cerrar los ojos, con la vista
fija en el cielo raso.
Ruiz
cubrió con una sábana húmeda el cuerpo del niño. Suturó el vientre de Eugenia y
volvió a inyectarla.
Media hora después escuchó los caballos de
la ambulancia. Las enfermeras entraron y vieron que ya todo estaba hecho. Se
llevaron al chico y a la madre al hospital.
La
sirvienta se había sentado en la cama, toda sucia, y lloraba.
-Yo llamaré al doctor Farías-dijo él, y bajó a
la sala, donde estaba el teléfono.
Bartolomé Farías no interrumpió su alegato
hasta las dos de la madrugada. Nadie quería interrumpirlo, estaba espléndido y
en toda su capacidad discursiva. Sus partidarios lo miraban con admiración, y
hasta los opositores de la cámara, que intentaron interrumpirlo, se dieron por
vencidos. Dos veces los secretarios trataron de llamar su atención, y hasta uno
de ellos hizo el gesto acorde a una llamada telefónica, pero el diputado apenas
apartó la mirada del gran salón de la cámara de diputados, donde era observado
y escuchado con respeto.
Después de los aplausos y de las
felicitaciones, Farías logró apartarse de los hombres de saco y corbata que
intentaban llevarlo hacia el salón comedor, y se encontró con su secretario
personal. Entonces Bartolo vio la cara del viejo José, y creyó comprender. Pero
su sonrisa no correspondía con la congoja del viejo.
No preguntó más que si el doctor Ruiz se
había encargado de todo.
-Así
es, doctor.
Entonces subió al sulky más tranquilo. Luego de dos cuadras vio que no iban a la
casa de Palermo.
- ¿A dónde
me lleva?- preguntó al chofer.
-Al Hospital Francés, doctor.
Entendía. De a poco, iba entendiendo, pero
no podía sacarse de encima las caras que lo observaban en el Congreso, las
palmas que lo aplaudieron, y el eco de su propia voz emitiendo palabras
gloriosas para el futuro del país. ¡Qué triunfo había sido el suyo el de esa
noche! Nadie se olvidaría de ella, y la prensa se encargaría de perpetuarla.
Ruiz lo esperaba en el vestíbulo. Se
dieron un abrazo. La mirada de congoja del médico lo decía todo.
-Los trajimos al hospital….
-Comprendo, Julio, sé que ha hecho todo lo
posible. Considerando los antecedentes, era esperable lo del niño. ¿Puedo ver a
mi mujer?
Julio Ruiz se paró delante justo cuando
Farías daba un paso hacia el corredor que llevaba a las habitaciones.
-Bartolo, tengo que decirle lo que ha
pasado. Venga, sentémonos.
-No necesito sentarme, Julio. Me siento
acongojado por el niño, pero al ver a Eugenia me repondré, ella me necesita.
-Soy yo, entonces, el que tengo que
sentarme.
Caminó hasta un sillón y se sentó con los
codos apoyados en las rodillas y las manos juntas. Farías lo contemplaba
parado. Le dijo todo lo que había sucedido.
-El niño vive, no comprendo cómo, pero aún
vive. Ella falleció poco después de las dos.
Los aplausos repercutieron en la memoria
de Farías.
Qué sonido tan espléndido era ese, y en
especial para las más largas despedidas.
Dos meses después del funeral de la mujer
de Farías, el niño seguía vivo. Lo tenían en una habitación aislada del
hospital. Habían llegado dos o tres médicos franceses y uno alemán para
estudiarlo. Se fueron sin decir nada, tal vez aparecería algún artículo en
alguna revista de medicina sobre el extraño caso sudamericano.
El proyecto de ley presentado fue
aprobado por amplia mayoría, por la cual muy pronto sería admisible como prueba
de culpabilidad la simple denuncia en cualquier comisaría de barrio.
La prensa se había cruzado con encomios e
insultos a la nueva ley, pero la verdad era que Bartolomé Farías adquirió mayor
renombre del que ya tenía, y comenzó a especularse que quizá se postulara para el
senado, o incluso para vicepresidente en el próximo período.
Sin
embargo, él se enclaustró durante todo ese tiempo en su casona de Palermo, como
correspondía a la imagen del esposo apesadumbrado por el luto. No llamó ni
preguntó por el doctor Ruiz, que continuó haciendo sus consultas particulares y
en el hospital, donde veía al hijo de Farías casi cada día. No tenía nombre
porque el padre no había querido dárselo, ni tampoco accedió a bautizarlo. Las
enfermeras habían vencido su instintiva repulsión y lo trataban como a
cualquier otro. Lo llamaron Justo.
Cuando
Ruiz quiso saber el motivo, ellas se encogieron de hombros, mirándose una a
otra, como buscando a la culpable. Se sonrieron, simplemente.
Un viernes a la noche escuchó que la
dueña de la pensión lo llamaba.
-Doctor,
tiene visita.
Era
José Evaristo, el secretario de Farías. Le resultó muy raro que el viejo
saliera de la órbita habitual del diputado.
- ¿Qué anda haciendo por acá, viejo amigo? -le
preguntó.
El viejo se sentó en la cama, había una sola
silla junta a la mesa y estaba endeble. Se sacó el sombrero y respiró profundo.
Estaba agitado.
- ¿Qué le pasa?
-Nada, doctor. Me vine casi corriendo…
- ¿Pero le ocurrió algo al Bartolo?
El
viejo se puso más nervioso aun cuando más se disponía a hablar.
-Mire,
doctor. No debería estar aquí, me siento un traidor. Le he sido fiel al doctor
desde que se recibió de abogado. Lo conozco como a mí mismo. Por eso no me
parece bien lo que está haciendo.
- ¿Y qué está haciendo?
El viejo se levantó y se puso otra vez el
sombrero.
-Váyase mañana, esta noche si puede. El lunes
van a venir a buscarlo.
- ¿Quién?
-La policía. El doctor no me dijo nada,
pero por casualidad vi la carta de denuncia contra usted. Ya la redactó y tiene
fecha del lunes. Ya sabe de qué lo acusa.
- ¡Pero por favor, viejo! No se preocupe.
Ya me han hecho demandas y las he salvado porque la ciencia me ha dado la
razón.
-Pero es por asesinato, doctor. Mi jefe lo
acusa de matar a la señora Eugenia.
El viejo se fue casi sin saludarlo,
mirando a ambos lados de la vereda.
Todo eso era absurdo, se dijo Ruiz. Farías
estaba al tanto de todos los problemas de Eugenia y el niño. Pero cuando se
acostó, se puso a pensar en el resentimiento, que en este caso era una simple
fachada, la cara opuesta del remordimiento.
Farías no podía soportarse a sí mismo.
No podía ser la gloria si al mismo tiempo
era el fracaso.
Una de las paredes tenía que ser derribada.
No huyó como le aconsejaron. Vinieron el
lunes muy temprano y lo llevaron preso. Se inició el proceso. Le dieron un
abogado que debió haber sido elegido entre los amigos del partido. Durante seis
meses salió y entró de la cárcel. No había méritos para considerar asesinato la
muerte de Eugenia Costa, dijeron los jueces. Pero Bartolomé Farías apelaba una
y otra vez, hasta que, luego de un año, prestó nuevo juramento la sirvienta que
había presenciado la operación.
Ruiz nunca recordaba su nombre de pila
porque era un nombre indio, de esos que le costaba pronunciar. Era hija de
india y de padre criollo.
- ¿Usted cómo se llama? -le preguntaron en
el juicio.
-Itza-había contestado, y los presentes se
rieron. Así fue como ese nombre se quedó grabado al fin en su memoria.
Itza había cambiado su testimonio. Durante
todo ese año había tenido que cuidar al chico enfermo. Le había cambiado las
telas que lo envolvían, y aprendido a conocer los nombres de los músculos y
huesos del bebé. Había superado el miedo, primero, luego la repulsión, y luego
la inmensa pena que a veces la hacía llorar y la paralizaba. No podía dejarlo
solo, tampoco podía estar mirándolo continuamente. Hasta que, de ambas situaciones, la menos
dolorosa era la segunda.
Había aprendido a querer al chico.
Cuando Farías entró un día para llevárselo,
ella le preguntó qué le haría.
-Ya sabés…-le había contestado
Entonces ella se tiró al piso y se puso a
llorar.
Farías alzó los ojos con impaciencia y la
pateó. Ella seguía sosteniendo al chico, y las telas delicadas que lo cubrían se
estaban cayendo.
- ¡Por favor, por favor, dotor! ¡Déjemelo!
Yo lo cuidaré como si fuera mío.
- ¡Hubieras
tenido a los tuyos, vieja de mierda!
- ¡Haré
lo que usted quiera dotor!
Entonces surgió la idea, que como una
inspiración le había llegado de la criatura más ignorante que lo rodeaba. Ella
era un instrumento, se dijo él.
-Está bien. Es tuyo, pero tenés que hacer
algo a cambio.
Itza había cambiado su testimonio. Dijo que
el doctor Ruiz había abierto a la señora Eugenia, y sin saber cómo arreglar
eso, la había matado.
Cuando ella terminó de hablar en el estudio
del doctor Farías, frente a los escribanos, se emitió la orden de apresar
nuevamente al doctor Ruiz. Cuando fueron a buscarlo a la pensión de Saavedra,
ya no estaba. Dijo la dueña que unas horas antes había estado un viejo que lo visitaba
muy seguido desde hacía un año. El viejo se había ido para el centro. Ruiz
salió con su maletín, ella creía que a sus consultas.
Lo buscaron durante varias semanas por
Buenos Aires. Se mandaron telegramas a diversas provincias, con una orden de
arresto.
Julio Ruiz recorrió casi toda la provincia
de Buenos Aires durante más de dos años. Había muchos pueblos chicos donde
esconderse. Ya no podía ejercer, por supuesto, pero aún tenía sus manos y sus
brazos para levantar cosechas o arriar ganado, o conducir carretas. Lo que
fuera. Después se fue a Mendoza y estuvo a punto de irse a Chile, pero un día
se dio cuenta que estaba demasiado ebrio para mantenerse en un caballo o en una
mula que lo hiciera cruzar los Andes. No recordaba cómo se había convertido en eso.
Un paria que recorría campos y pueblos apartados, intentando tomar el color de
la tierra para pasar desapercibido. Y nada más fácil para hacerlo, que
convertirse en un borracho. Nadie se fija en ellos, nadie hace caso de sus
insensateces. Y todos evitan acercarse a la mugre que los cubre.
Y un día se despertó, ya de noche, en una
cuneta en la ciudad de Paraná. No tenía idea de cuándo o cómo había llegado. Se
miró en el agua acumulada, a la luz de un farol. Estaba viejo, sucio y flaco.
El doctor Julio Ruiz, la futura promesa de La Salpetrierre, se había convertido
en un escombro. Y en un atisbo de lucidez, se puso a reír, porque se había dado
cuenta de que él era ahora como los enfermos que habitaban los pasillos del
hospicio. Ya no caminando sino apoyado contra una pared, y no con una bata
blanca, sino con una camisa que apretaba el cuerpo hasta casi asfixiarlo.
Más tarde, ya no sabía cuándo, despertó en
una habitación llena de botellas, como un mar de vidrio. Allí lo encontró
Máximo Hurtado de Mendoza.
*
Abrió la puerta
del camarote y llamó:
- ¡Tomasa!
La
voz sonó hueca en el pasillo. Ya era de noche. El barco seguía anclado y
amarrado a un muelle. Todos esperaban la vuelta del capitán Mendoza.
La vieja negra apareció protestando y se
paró con las manos en su cintura ancha.
-Traiga
agua caliente, compresas de las que tengo en mi camarote, las limpias, por
supuesto. También el maletín y la caja de metal que está bajo la cama.
Tomasa miró hacia dentro.
-Pero ¿qué pasó?
-Nada, vieja. Es lo que va a pasar, y vas a
ayudarme.
- ¿Para qué?
-Ya vas a saber. Hacé lo que te digo.
Cuando ella regresó luego de dos o tres
viajes e instaló todo sobre la mesa escritorio, Julio Ruiz se arremangó y se
lavó las manos cuidadosamente. Tomasa vio mucho esmero en esa higiene, pero
también un gran ensimismamiento.
- ¿Me va a decir qué le va a hacer al
señor Manuel?
-Lo que ordenan las Escrituras.
Tomasa alzó las manos al cielo, y dijo:
- ¡Ya me lo veía venir! ¡Cosa de la señora
Natacha! ¿Y usted le obedece como un perro?
-Sí, porque soy un perro que necesita
comer, y que aún quiere vivir.
-No me venga con boberías…algo debe
haberle dicho.
Julio Ruiz ya tenía las manos limpias,
pero continuó haciendo el gesto de Poncio Pilato. Tomasa comprendió y se calló
la boca. Desde ese momento se mordería los labios cuando viese lo que no le
agradaba, o la lengua para no gritar de horror.
Ruiz se sentó en una silla junto a la
cama. Tomó las compresas húmedas y limpió el cuerpo de Manuel. Tomasa lo
ayudaba girándolo sobre la cama. Manuel estaba despierto, lo había visto abrir
los ojos. Y Julio sabía que había escuchado toda la conversación con Natacha.
Cuando estuvo limpio, inyectó el sedante en una vena del brazo. Esperó media
hora mientras sacaba el instrumental quirúrgico de la caja y colocaba cada
pieza una junto a la otra sobre la mesa a su lado. Tomasa nunca lo había visto
trabajar de esa manera, en realidad nunca lo había visto operar, sólo tratar a
los hombres del barco con polvos o cosiendo heridas.
Cuando lo vio agarrar el bisturí con la
mano derecha y llevar la izquierda hacia los genitales de Manuel, Tomasa lo
agarró del brazo. Tenía en la cara la expresión del puro miedo.
- ¿Qué va a hacer, por Dios Santo?
- ¿Qué pensabas, Tomasa, cuando me veías
preparar todo esto? ¿Qué le iba a drenar un forúnculo, tal vez? -Julio sonreía
de la ingenuidad, quizá de la intencional ignorancia de la negra. - ¿Violó al
chico? ¿Hizo que se matara? Lo justo es justo: ojo por ojo y diente por diente.
Somos instrumentos de Dios, Tomasa. ¿Ves estas manos? -dijo, levantándolas, y
el brillo del bisturí cruzó raudamente la cara de la negra. -Son las manos de
Dios, negra. A veces los médicos somos lo más parecido a Dios que se puede
encontrar sobre esta tierra.
Hundió el filo en el cuerpo de Manuel.
Hubo un sobresalto y un grito, y Tomasa apretó los puños y se los llevó a la
cara. Luego, miró a Manuel, y se sentó a su lado, reteniéndole la cabeza a
veces, acariciándole el pecho, pero sobre todo soportando la fuerza con que le
apretaba las manos mientras el médico lo operaba.
Ella intentaba no ver la sangre ni las
manipulaciones del médico, y hablaba cariñosamente a Manuel. Aunque estaba sedado,
su rostro sufría una serie continua de metamorfosis: del dolor al alivio, de la
angustia a la desesperación, y luego el temblor y al final el agotamiento.
El doctor Ruiz no había olvidado su
destreza luego de tanto tiempo, y tal vez podría encontrarse en sus ojos un
cierto brillo de regocijo al hacer lo que había abandonado tanto tiempo antes.
Quizá la sangre que sabía contener, los músculos que exploraba, las venas que
disecaba delicadamente. Cortó y retiró los tejidos que provocaban la
enfermedad: eso había dicho Mateo en la voz casi sacra de Natacha Krakovsky. No
podía negarlo: era una mujer más grande que cualquiera que hubiese conocido. Su
inteligencia nacía de un dolor, que por ser tan profundo era inabarcable, como
las raíces de un ombú. Esa mujer que no pertenecía a América era lo más
semejante a una criatura autóctona. Imposible de desarraigar sin destruir la
tierra.
La sangre fluía por más que intentara
retenerla. Buscó y cosió los vasos sanguíneos. Luego suturó la piel. Lavó la
herida. Manuel ya estaba completamente quieto. Dormido, quizá muerto. El
colchón empapado en sangre, lo mismo que las manos y la ropa de Julio Ruiz. Se
levantó y sintió la sangre sobre el piso, que se iba secando. Buscó el pulso en
las muñecas, y no lo encontró. Luego en el cuello. Era débil, pero el hombre
estaba vivo.
¿Era, sin embargo, un hombre, ahora? ¿Definían
al macho de la especie únicamente esos órganos de la procreación?
Eso se lo dejaría a Natacha Krakovsky, la
sacerdotisa del barco.
Vendó la herida con ayuda de Tomasa, que
lloraba mientras obedecía sus indicaciones. Cuando terminaron, ella vio el
recipiente con los testículos extirpados. Lo tapó con una tela limpia, y
preguntó:
- ¿Qué haremos con esto?
Julio se estaba limpiando las manos, de
espaldas a ella y al enfermo. La luz de las lámparas de aceite le daba en la
espalda, y la cara permanecía en sombras. Los hombros se movían con los gestos
de las manos al lavarse, pero ella estuvo segura de haber distinguido un
encogimiento de hombros. Luego, escuchó la voz que vino desde esa sombra en la
que insistía en mantener la cara. Tomasa pensó, por un instante, en la cara
oculta de la luna.
-Lléveselos a la señora Natacha. Ella sabrá
sumarlos a su colección de reliquias profanas.
LAS VARIADAS MUERTES DEL RÍO PARANÁ
7
Natacha
Krakovsky ya no era la misma, todos en el barco se dieron cuenta, e incluso
Tomasa debió reconocerlo.
- ¿Pero cómo es esa mujer, realmente?-
decía la vieja negra, sentada en su taburete de madera preferido cuando estaba
en la cocina, a las mujeres que la ayudaban y a veces a los marineros que se quedaban a comer. Algunos
simplemente permanecían escuchándola porque les servía de pretexto para holgazanear.
No sabían cuánto tiempo más se quedarían en ese puerto, pero el trabajo de
mantener el barco era casi el mismo que el de navegar. De todos modos, a ellos
no les interesaba lo que los dueños hicieran en su vida privada. Sólo obedecían
las órdenes del capitán Mendoza y esperaban su comida y su paga.
-Yo
la conocí cuando se apareció en la chacra, hace quince años. Seria, como la
condesa que decían que era, modosita y callada. Se conquistó la confianza de la
tía más severa de la familia, y desde entonces ha hecho lo que quiso con todos.
Al capitán le hizo la vida infeliz, y a su hijo se lo comió con tantos rezos y
beaterías.
- ¿Pero
no dicen que el señor Manuel…? -dijo uno de los viejos que la escuchaba.
-Eso
no lo sé-lo interrumpió Tomasa. -Solamente sé que el niño Ariel no habría sido
lo que fue, ni se hubiera muerto así, si esa mujer lo hubiera educado de otra
manera.
-Es
una santa- dijo otro, y las mujeres, que estaban de acuerdo con Tomasa, lo
miraron, enfurruñadas.
- ¿Porqu se viste de negro y reza todo el día?
¿O también te conquistó? -contestó la negra. Las otras rieron, y el hombre
entonces se dio vuelta hacia la puerta de entrada a la cocina, donde estaba
Natacha, parada y con un recipiente entre las manos.
-Buenas noches, Tomasa. Vengo a preparar
la cena de nuestro enfermo. Puede irse a dormir, y las otras también.
A eso se referían cuando comentaban que había
cambiado. Aunque seria y estricta, su lenguaje era otro.
“A mí no me engaña”, pensó la negra.
-No se lo voy a permitir, señora, ese es mi trabajo.
- Se levantó limpiándose las manos en el delantal.
-No
se moleste, Tomasa. Deje que me encargue de mis deberes esta noche. El barco es
mi hogar desde hace mucho, y a mis invitados los cuido yo. Si la necesito, la
llamaré, no se preocupe.
Si el tono hubiese sido el de antes, la
vieja no habría dudado en contestarle mal, pero esa nueva forma que adivinaba
hipócrita, la desconcertó. Por eso se calló la boca y salió de la cocina, no
sin demostrar con sus gestos su malhumor y contrariedad, y sin dejar de echar
una mirada atrás mientras salía. Los demás la siguieron.
Natacha se quedó sola en la cocina. Muchas
veces había cocinado para Ariel, porque no quería dejar en manos de la negra el
estómago delicado de su hijo. Recordaba cómo se había esmerado en recordar
recetas que había leído o le habían contado en Varsovia. Pocos de los
ingredientes que usaban en Europa podían conseguirse en América, no sólo las
costumbres eran diferentes, sino también el material con que se formaban. Pero
luego de tanto tiempo en la chacra de Santa Fe, sabía a qué atenerse.
Dejó el recipiente sobre la mesa. Se puso
un delantal. Buscó en los cajones bajo
la mesa y levantó una olla vacía. La colocó en la pileta bajo la bomba de agua,
y la llenó hasta la mitad. La llevó hasta el fogón, que nunca se apagaba del
todo. Puso algo más de leña.
Abrió el recipiente que había traído
desde su camarote. Era una caja de metal que había cubierto con papel para que
nadie la reconociera. Ni Tomasa se había dado cuenta, tal vez. Y de todos modos
no importaba.
Volcó el contenido en la olla, y escuchó
el sonido al caer en el agua. No había más que esperar, así que, sin apurarse,
caminó hasta la ventana y miró el río. Estaba anocheciendo, en una hora tendría
preparada la cena para Manuel. De algún modo, se alegró de poder servirlo y
ayudarlo como la vez anterior. La verdad era que no se había recuperado del
todo desde la vez que ambos se dieron la mano en la cubierta. La cruz y el
hombre formaban un todo que la inquietaban, sin saber definir el motivo. Era un
éxtasis, ya lo había comprobado, pero no era todo. Luego había llegado la
depresión, o el hundimiento, si se quiere. Pero ni lo uno ni lo otro eran
sentimientos, sino simples sensaciones. Estados de ánimo que fácilmente podían
claudicar.
Lo
único que no variaba era Ariel. Su rostro angélico, al que sólo le faltaba la
barba para ser un hombre, tan parecido a su abuelo, que era como haberlo
recuperado luego de verlo muerto en el comedor de la casa de Varsovia. Meses
después, había renacido en otro lugar, y ahora se lo habían quitado una vez
más. Y fue en ese momento cuando lo vio en la cocina. Estaba sentado como
muchas veces lo había visto, en un taburete, contemplando el río y con un
cuaderno sobre las piernas, trazando dibujos con un lápiz negro. ¿Tal vez le
dictara los ingredientes? No hacía falta, el chico no lo haría. Su beatitud era
demasiada como para hacer algo que dañara a otros. Su sacrificio había sido
único, porque él era único. La convicción de lastimarse a uno mismo es la
máxima bondad hacia nuestro prójimo. El daño no puede dejar de existir, y en la
elección del objeto se mide la calidad de la persona.
¿Quién le había dicho eso? ¿O lo había
escuchado? ¿Fue en algún libro de filosofía escolástica, o en boca de la tía
Clotilde? La tía se había convertido en una filósofa luego de su ataque de
apoplejía. Como ya no podía ir a misa, había mandado que el cura fuese casi
todos los días a la casa, pero éste fue espaciando sus visitas. Un día
discutieron y no fue más. Clotilde, desde entonces, había adaptado sus
creencias al resentimiento, y el resultado fue una cólera que la exaltaba sin
poder transmitirla completamente, porque la mitad de su cara se negaba a
expresarla. Eso fue lo que la consumió, se había dicho Natacha muchas veces. No
el dolor, sino la ira.
Eso es lo que mueve al mundo, había
terminado por pensar, y lo dijo entre dientes, -enojada de su impotencia y
enojada con el Dios que se había construido para vivir- poco antes de su
muerte.
El agua había empezado su ebullición.
Buscó en los armarios varios frascos con especias. Condimentó con tomillo y
romero, sabía que a Manuel le agradaban. Luego desmenuzó trozos de pollo sobre
una madera, y los agregó a la olla. Sería un caldo muy rico, le dijo a Ariel,
pero el chico seguía mirando hacia el río, siempre extasiado por las imágenes
que nunca pudo imitar con exactitud.
-El
arte más sublime es el que imita lo que no se ve-dijo ella, mientras revolvía
el contenido de la olla con la cuchara, lenta y pacientemente. El olor del
caldo inundó la cocina, y creyó ver alguna cara que se asomaba por la puerta.
Si era Tomasa no se atrevería a perder su orgullo reconociendo que la espiaba,
y si era otra no tenía sentido molestarse.
Una hora después ya todo estaba listo.
Había retirado la preparación del fuego, y la dejó asentarse durante unos
minutos. Probó un sorbo con el cucharón, y sonrió imperceptiblemente. Ni
siquiera ella sabía si lo hizo por el sabor o por algún recuerdo provocado por
éste.
Vertió una parte en la sopera y se dio
vuelta para salir de la cocina. Ariel ya no estaba, pero pronto volvería.
Caminó por el pasillo hacia el camarote de
Manuel con la misma acritud con la que la habían visto salir no muchos días
antes con una sábana arrugada y sucia. Ahora, mientras llevaba la sopera,
parecía estar llevando un cáliz.
Golpeó la puerta una sola vez. Julio Ruiz
seguía cuidando al enfermo. Después de ocho días, la herida no daba muestras de
estar cicatrizando, pero Manuel se mantenía despierto y tranquilo. No se
quejaba de dolor, pero tampoco hablaba. Tenía la mirada fija en la pared frente
a la cama, justo donde estaba la mesa en la que Ariel había apoyado la mano.
-Traigo la sopa-dijo Natacha, y esbozó
una sonrisa tan extraña a su cara, que fue como una tachadura bruta en alguno
de los dibujos de Ariel. Un asincronismo, se dijo Ruiz, pensando, sin saber
bien la razón, en un reloj cuyas agujas señalaban una hora y las campanas
anunciaban otra. La cara de Natacha era la esfera con las agujas estancadas,
atrapadas en un limbo del tiempo, y las campanas eran el sonido, quizá, de una
carcajada sin alegría.
Sí, era verdad que no sabía el porqué de esta
imagen tan literario que se había creado ante sus ojos al ver a Natacha. Su misma
voz era diferente, como si hubiese recuperado algo perdido, como si su hijo, lo
único que había amado, hubiese vuelto para quedarse, y de una forma que ya
nadie podía robárselo.
Dejó la sopera sobre la mesa, acomodó las
almohadas tras la espalda y la cabeza de Manuel. Se sentó y le colocó dos servilletas
grandes. La sábana tenía sangre, pero no importaba. Ella luego la cambiaría.
-Vaya a descansar, Julio. Yo me encargaré
desde ahora, no se preocupe.
Escuchó un resoplido del médico, más bien
un gesto de desprecio, pero hizo como si no se diera cuenta. Se levantó para ir
a buscar la sopera y lo miró. Ella ahora estaba levemente inclinada,
revolviendo con el cucharón y la vista sobre Ruiz. Él no soportó esa mirada, murmuró
algo entre dientes, y se fue sin atreverse a golpear la puerta.
Volvió
a sentarse en la cama, poniendo la falda de su vestido sobre la sábana manchada.
En una mano tenía el plato en el que había vertido algo de sopa, en la otra una
cuchara que llevaba a la boca de Manuel. La primera vez dijo:
-Abra la boca, querido, por favor. La sopa
está muy rica y le va a hacer muy bien. Debe recuperarse, querido, antes que
vuelva su mujer. Yo lo cuidaré y se repondrá. Ariel me ha dicho que es usted un
hombre muy débil, y yo creo que es usted muy sensible. Usted debió haber sido
cura, Manuel, de ahí nace su tristeza. Pero ahora tendrá un hijo, querido, y el
suyo será como el que yo…
No había previsto el nudo en la garganta,
pero de pronto vio la cruz en el pecho.
-Lo
ayudaré a su expiación.
Arrancó la cruz y la dejó caer en el plato.
-Repita conmigo: “Este es mi cuerpo” …
Manuel abrió la boca, y tomó de la cuchara
como de una hostia.
*
Había estado
entrando y saliendo del sueño y la vigilia desde el momento en que había
despertado con el grito y la sangre de Ariel. Recordaba el camino por la
cubierta de vuelta al camarote ayudado por Natacha y Julio. Pero luego el
tiempo era demasiado impreciso, sólo el lugar permanecía estable: la cama y la
habitación. Su espalda yacía sobre el colchón en el que había pasado la mayor
parte del tiempo. El “Juan Manuel de Rosas” le había dado la seguridad que el
nombre le adjudicaba, como si lo hubiese tomado para formar parte de su
estructura, y por eso había pasado tanto tiempo en esa cama, casi convertido en
una parte más del mobiliario que sobrevivía de la regencia napoleónica. Sabía
que su mente continuaba atada a ciertos cánones que ya no regían el mundo, y
menos en América. Su forma de ser era incongruente porque era rígida su manera
de pensar. Las discusiones con Altea nacían de esa dicotomía: ella era fría e
indiferente, él era obtuso y pasional. Ambos eran dobles, y el resultado eran
cuatro personalidades que jugaban un juego en el que nunca se llevan de
acuerdo, y en el que siempre perdían.
Cuatro seres que ahora volvían en sus
sueños como sombras, o figuras representadas en el día por otras: Julio y
Natacha. Uno que lo cuidaba desde aquella mañana del despertar desesperado,
limpiándolo, moviéndolo, dándole de comer, hablándole. Y la otra ausente hasta
este día en que con su voz extraña parecía perdonarlo. Dándole cucharadas de
caldo en la boca, hablándole parsimoniosamente de perdón y expiación.
La veía frente a él, muy cerca, sentada en
la cama, acariciando a veces una rodilla de Manuel, sin miedo a la sangre de la
herida que no cerraba. Con la otra, extendía la cuchara llena de caldo,
instándolo a que abriera la boca, como si fuese un chico. Tal vez había hecho
lo mismo con Ariel.
El caldo lo reanimaba, se sentía más
despierto que con la comida que le traían Tomasa o Julio. Es verdad que transpiraba,
el vello del pecho estaba empapado en sudor resbalando hasta las sábanas.
Sentía la cruz, cuyo metal curiosamente lo refrescaba, como si le sorprendiera
que el punto de aleación fuese mucho, mucho más alto que el simple calor que
podía soportar un hombre. Veía que Natacha a veces desviaba la vista de sus
ojos o su boca, y miraba la cruz.
No sintió dolor cuando se la arrancó y la
cadena se deslizó rota por el pecho. La cruz desapareció en el plato, y le dio
otra cucharada.
Diferente, porque de pronto escuchó un
hormigueo en los oídos, y mientras su vista se aclaraba luego de tantos días de
inquieta turbiedad, vio a Ariel junto a la cama. Creyó entender que madre e
hijo se hablaban sin mover los labios. ¿Quizá él había tenido que ver en esa
reconciliación? A veces somos instrumentos de los designios de Dios, y el personaje
que nos toca en el teatro del mundo no es agradable. Judas Iscariote, por
ejemplo, el melancólico traidor que nunca supo deshacerse del remordimiento, ni
siquiera en su propia horca.
El caldo le aliviaba, y la beatífica
imagen de madre e hijo, uno junto al otro, le daba paz a su alma.
Creyó morir, porque la claridad de la
habitación era oscura, y la nitidez tan extrema, que era casi como ver todo en
un mismo plano, una pictórica semblanza del paraíso. José, la Virgen y el Niño.
Pero el niño era un ángel adolescente, y
lo escuchó reprocharle a su madre, de pronto y luego de la beatífica sonrisa,
la áspera actitud de la venganza. Ella respondió dejando la cuchara en el plato
y mirando hacia Ariel, parado a su lado junto a la cama. Tenía la mano sana
sujetando el muñón de la otra. Estaba desnudo y el pecho blanco y flaco era el
de un esmirriado ángel enfermo.
Manuel sabía que estaba presenciando la
conversación de dos mundos, y que ambos estaban allí en ese momento. Natacha
que hablaba, reprobando a Ariel, y el chico que por primera vez se rebelaba
ahora, agarrando la cadena para reparar el eslabón roto. Manuel sabía que no
podría hacerlo porque no era posible con una sola mano. Iba a hablar, a decirle
al chico que no se preocupara, por favor, que no se preocupara. Pero entonces
lo vio retroceder hacia la sombra del cuarto. Natacha había vuelto a mirar a
Manuel, y recomenzó los lentos viajes de la cuchara cargada de caldo.
Enseguida reapareció Ariel, la mano
izquierda, muerta, en la mano derecha. Una llevó a la otra al muñón, y pronto
comenzó a moverse como una araña moribunda. Manuel vio acercarse la mano hacia
él, y quiso llorar, pero la mano simplemente recuperó la cadena, y entre ambas,
repararon el eslabón roto.
Natacha observaba, con la mirada seca.
Cuando la cruz estuvo de vuelta en la
cadena, Ariel se acercó a Manuel, que sintió el olor de la mano muerta. El
chico estaba tan cercal, rodeándole el cuello para colocarle otra vez la cruz
sobre el pecho, que fue casi un recuerdo exacto de aquella noche.
Y cuando recuperó la cruz, la claridad se
esfumó y la realidad se convirtió otra vez en un hálito nauseabundo, la calma
comenzó a arrugarse y sus fibras se entrelazaron en nudos gruesos, y el dolor
del cuerpo ya ni siquiera fue uno solo, sino múltiples dramas y tragedias que
se sucedían simultáneamente, coordinando las contradicciones absurdas con los
métodos del caos.
Entonces comenzó a escuchar un aleteo,
pero no sabía si antes o después de ver a Ariel retroceder hacia la sombra. Su
cara, de tan escuálida, fue adquiriendo la forma de un triángulo, y ese
triángulo formaba los contornos de una cara de murciélago. Vio el comienzo de
unas alas tras la espalda, y de pronto toda la habitación se llenó de
murciélagos.
Ariel ya no estaba, y Natacha había dejado
caer al plato al piso y se tapaba la cabeza con las manos.
- ¡Julio, Negra! -llamaba. Nunca se había
acostumbrado a esas invasiones. Nunca había indicios de cuándo vendrían, o por
lo menos ella no había sido capaz de entender porque más que los marineros se
lo hubiesen explicado muchas veces.
Manuel no podía moverse demasiado. Lo
sentaban en la cama y él así se quedaba, porque en cuanto intentaba mover las
piernas la herida sangraba. Pero tampoco quiso moverse. Los murciélagos daban
vueltas bajo el cielo raso, y chocaban con las paredes o los muebles, volteaban
las lámparas, y cuando al fin había oscuridad, muchos se quedaban quietos,
colgando del techo o apoyados en la cama.
Y fue esto lo que sucedió. Nadie entró a
cerrar las ventanas, y Natacha no se movía de su sitio. Los murciélagos se
desplazaban sobre las sábanas, y él sintió que eran atraídos por la herida. El
dolor había recomenzado desde que le habían devuelto la cruz. Y los animales se
acercaban, tímidos primero, y luego ya sin miedo porque él no hacía nada para
espantarlos. Sintió las patas caminando por sus muslos, luego los dientes sobre
la herida. Las alas eran suaves como cuero liso. Era un alivio, quizá, ese
contacto de las alas, que eran como sus manos. A veces las manos acarician,
pero el rostro muerde.
Ellos escarbaban y mordían, y el grito de
Manuel era un gemido acongojado.
Esa era su expiación, le habría dicho a
Natacha de haber podido, porque si abría la boca sería solamente para gritar.
El dolor es la expiación, el castigo es el
dolor.
¿La expiación es tan larga como el pecado
original? Entonces nunca terminaría, como tampoco el dolor. Su intensidad sería
distinta, así como la apreciación del tiempo es diferente. Nos escabullimos del
tiempo, pero no del lugar. El cuerpo sufre, y el beneficio de la anestesia del
inconsciente se paga con crueles resabios más adelante: la impotencia, la
incapacidad, el remordimiento, la culpa. Los cuatro vértices de la cruz.
Escuchó a Natacha gritar al mismo tiempo
que la luz se expandió a su alrededor. La habitación era una red de murciélagos
que seguían revoloteando alrededor de los que estaban quietos. Las sábanas eran
una sola mancha roja, y la falda y las mangas de Natacha eran de un rojo
escarlata que combinaba eclesiásticamente con su vestido negro. Su mirada era
de espanto, pero también de orgullo.
Las luces que Julio y Tomasa habían traído
fueron suficientes para que los murciélagos comenzaran a salir por la ventana. Ruiz empezó a arrancar a aquellos que seguían
prendidos a la herida, y Tomasa obligaba a Natacha a levantarse, pero ella
gritaba y se sacudía el pelo revuelto.
- ¡Sacámelos! - decía.
- ¡No tiene ninguno en el pelo! ¡Salga
conmigo!
Se
fueron, las voces sonaban casi como reconciliadas por un instante.
Julio Ruiz tiró las sábanas al piso. La
herida era una costra sucia de sangre, rodeada de un charco de caldo rojo.
-Santo Dios-murmuró, y era extraño
escucharlo.
Vio los labios de Manuel, mordidos y
sangrantes, y el rostro fruncido de dolor contenido.
- ¡Grite, amigo, grite si quiere! ¡No se
contenga! ¡Eche todos los diablos que tiene adentro! -le dijo, casi llorando y
sacudiéndolo de los hombros. - ¿Cómo voy a arreglar esto, ¡cómo voy a
arreglarlo! -se lamentaba.
Manuel abrió los ojos. Tenía espanto en la
cara, pero también un sesgo de piedad compatible con la idea que Julio se había
hecho alguna vez de Dios. Levantó una mano y señaló con el dedo hacia la pared
de enfrente.
-Ellos nos cuidan-dijo.
Ruiz miró hacia donde algunos murciélagos
colgaban de la pared alrededor del crucifijo.
Entonces desnudó del todo a Manuel y le
dijo que se recostara. El agua de la vasija no estaba del todo limpia, pero ya
no importaba, lo único esencial era desprender esas costras de coágulos y
mugre. Ya no tenía ánimos de llamar a nadie para que lo ayudara. Comenzó a
trabajar como lo había hecho en los peores momentos durante la guerra de la
Triple Alianza: utilizar el agua que hubiese a mano, a veces simplemente para
lavar la cara del soldado, o para limpiar la sangre que tapaba las piernas y
los brazos que había que amputar, y cuando lo hacía, no encontraba más que una
masa de huesos rotos.
Había vuelto de Europa dos años antes del
final de la guerra, cuando las batallas fueron más cruentas porque ya los
soldados estaban cansados y casi no se cuidaban, porque habían muerto muchos y
quedaban pocos para defenderse, y porque los oficiales querían terminar de una
vez por todas, y mandaban al frente a sus hombres sin pensarlo mucho antes.
Había tenido demasiado trabajo, y aunque
era el jefe de cirujanos en el puesto de Ita Ibaté, él trabajaba igual o más
que los otros. A veces veía que algunos de sus colegas se caían al piso y otro
debía reemplazarlo, mientras el soldado gritaba, porque el éter ya no alcanzaba
para todos. Esa batalla duró unas horas para los oficiales, más de un día para
los soldados, y varios para los médicos. Ellos seguían amputando: apenas las
enfermeras vendaban, los ayudantes lo sacaban y subían a la mesa a otro, y así
hora tras hora. Cuando las telas para las vendas escaseaban, se las sacaban a
los muertos antes de enterrarlos y luego de lavarlas, a veces, volvían a
usarlas en los recién llegados.
Ruiz buscó en el armario y encontró
camisas y ropa blanca. Las desgarró y las usó para lavar a Manuel. Apenas
desprendió las costras, la sangre brotó espesa y oscura, y olía muy mal.
Entonces sí Manuel gritó, tanto que Ruiz levantó la cabeza para mirarlo, y
sonrió. Que gritase todo lo que quisiera, para que todo el barco se enterase de
una vez por todas, para que hasta en el puerto y la ciudad todos supieran lo
que le habían hecho. Ellos: la pulcra condesa Natacha y el eminente doctor
Julio Ruiz.
Gritó hasta quedarse sin voz, y luego se
desmayó. El colchón, que ya había aceptado demasiada sangre durante muchos
días, volvió a empaparse hasta chorrear debajo y al pie de la cama. Ruiz puso
telas sobre la herida, una sobre otra, esperando que coagulara para volver a
suturar. Pero sabía que no podría solo, y aunque lo hiciera Manuel necesitaba
ir a un hospital. Si no lo había hecho antes era porque conocía su propio
riesgo, si al entrar en la ciudad algún policía o militar llegaba a reconocerlo.
Tampoco podía encargarle la tarea a nadie del barco, todos eran unos inútiles
en ese aspecto, y Manuel se desangraría antes de llegar.
Sin dejar de hacer presión sobre las
telas, las anudó alrededor de los muslos y la pelvis. Luego volvió a inyectarle
un sedante y le tomó el pulso. Estaba muy bajo. Sólo tenía una mínima
oportunidad de sobrevivir si lo llevaba al hospital esa misma noche, ahora
mismo, incluso. Debían ser las dos de la mañana, y ese hombre no viviría ya al
amanecer.
Envolvió el cuerpo de Manuel en dos
sábanas y una frazada. Al levantarlo, volvió a gritar. Una mano de Manuel se
acercó a su cara y pensó que era para golpearlo, pero solamente apoyó la palma
en la mejilla y apretó con los dedos su oreja y luego la nuca. Abrió los ojos,
y Ruiz vio la misma expresión de Cristo en los retablos que había visto en los
museos de Europa.
Sosteniéndolo en sus brazos, Ruiz acercó
la cara a la frente y le dio un beso.
-Perdón-dijo.
- ¿Pero por qué? -murmuró Manuel, tan
quedamente, que fue más un símbolo que una pregunta. En el fondo de esa boca
Julio Ruiz escuchó todos los gritos que había escuchado a lo largo de su vida,
incluso los gritos de los muertos que era como una exhalación nunca interrumpida.
Y escuchó el llanto de los bebés, en especial de Justo Farías, que había nacido
sin piel, y que como todo justo, reclamaba el castigo.
Cuando salió, muchos hombres obstruían el
pasillo. Lo miraban sin preguntar, abriéndole paso. Tomasa lo detuvo.
- ¿Está muerto?
-Lo llevo al hospital.
La vieja lo agarró de la ropa.
-Déjeme en paz, negra. Sé lo que hago.
Usted cuide a la señora, nunca la había visto como esta noche, y puede que se
hiera.
La negra estuvo a punto de reír, pero no
era esa la ocasión.
-A esa no la mata ni Mandinga…pero vaya,
vaya, y haga lo que tenga que hacer para arreglar esto….
Ruiz no la miró, sólo siguió caminando. Ya
le habían preparado el bote y lo ayudaron a bajar a Manuel. Luego remó los
pocos metros hasta el muelle, que anudó a un pilar y levantó al enfermo. Las
piernas le dolían, pero pudo levantarse él y al otro, y empezar a caminar por
el puerto en plena noche. La casilla de un policía estaba con luces, pero
escuchó los ronquidos y pasó por delante. Las pocas casas del puerto estaban a
oscuras. Los perros le ladraban, y una que otra linterna se encendió por unos
segundos. Necesitaba una carreta, pero no se atrevía a despertar a nadie a esa
hora si quería pasar lo más desapercibido posible.
Media hora después había llegado al pueblo
de Santa Lucía. Sabía que el viejo convento de jesuitas había sido convertido
en un hospital de niños. Conocía al viejo doctor Martín Ibáñez, que había sido
el director luego de que Ruiz viajase a Europa, porque era amigo de su padre.
Por cartas de éste se había enterado de la forma en que había muerto Ibáñez: el
padre de un chico enfermo lo había apuñalado. Según sabía, el médico agonizó durante
una semana, y durante todo ese tiempo pudo escuchar la construcción del
patíbulo en el que ahorcaron al hombre. Había venido el mismo gobernador a
presenciar la ceremonia, y luego quiso visitar a Ibáñez, pero debió pasar el
resto del día y la noche con una reunión del partido y la obligada cena. En la
mañana le dijeron que el médico había muerto. No fue a ninguno de los dos
funerales, que de todos modos fueron en el mismo cementerio y a la misma hora.
El cuerpo del ahorcado esperó todo un día en la comisaría, y cuando
consiguieron la autorización de la curia para enterrarlo en tierra santa, el
cuerpo del médico llegó en otra carreta. Uno en un carro tirado por un solo
caballo viejo, con el sepulturero y un cura. El otro en una carreta de dos
caballos, seguida del obispo y de los doce hijos del doctor Ibáñez. La esposa
estaba demasiado angustiada, dijeron, para asistir. Los doce chicos, todos
varones, caminaban en dos filas, y parecían haberse distribuido por edad y
estatura. Iban con las cabezas gachas, y sólo los dos más pequeños miraban con
curiosidad y miedo todo aquel paisaje de lápidas. Detrás, iban algunas
enfermeras y colegas del médico, y más atrás, algunos vecinos de Santa Lucía.
Las tumbas estaban a veinte metros de distancia. Una estaba llena de flores, la
otra no tenía nada. Una tenía una cruz de madera, la otra una lápida costeada
por el municipio y que había sido labrada esa misma mañana. El sermón del cura
sobre la tumba del ahorcado duró cinco minutos, y luego se acercó a la otra,
junto al obispo, donde se sucedieron breves discursos luego del responso. El
padre de Ruiz se había esmerado en describirle todo esto porque había apreciado
al mucho al doctor Ibáñez. Lamentaba la forma de su muerte y la execrable pompa
de su funeral de pueblo. Un año después vino la guerra y comenzaron a llegar
los soldados.
Ahora que estaba junto a la puerta de
entrada, vio el viejo edificio jesuita con su oscura fisonomía de arcos y
tejas, y el campanario que se ocultaba en la alta noche. Hizo una pausa para
tomar aliento. No lo había revisado desde que salió del barco, y aunque
escuchaba bajos quejidos, no los había escuchado en los últimos cien metros.
Tomando aliento, sintió que lo tocaban en la cabeza con algo puntiagudo. Al
levantar la vista, vio el cañón de un fusil que lo apuntaba.
- ¿Qué le pasa, compadre? -dijo el policía.
-Traigo a mi amigo…
El otro se acercó para tocarlo.
- ¿Está seguro de que está vivo? Venga,
viejo, un dotor lo verá.
Entre ambos entraron a Manuel, lo colocaron
en una camilla y lo llevaron a una habitación. Un médico de guardapolvo sucio
salió de otro cuarto restregándose los ojos.
- ¿Qué pasa aquí? - empezó a decir, pero al
ver el cuerpo, miró a Ruiz - ¿Pero ¿qué le pasó? Sí, sí, ya me doy cuenta,
¿quién es usted? - preguntó, poniéndose los antejos y mirando a Ruiz con
desconfianza.
-Soy un amigo, usted verá que lo
castraron, no sé decirle…
-Vaya con el oficial. Nosotros vemos si se
puede hacer algo con este hombre. - Y se desentendió de él llamando a las
enfermeras, que lo ayudaron a llevar la camilla a una habitación al fondo del
pasillo.
Las lámparas no servían para alumbrar más
que unos diez metros, y ni siquiera alcanzaba a ver las paredes a sus costados.
El policía se puso detrás de él y le dijo que caminara hacia el mostrador,
donde una enfermera lo esperaba bajo tres lámparas colgando del techo.
- ¿Cómo se llama el enfermo?
-Manuel Menéndez Iribarne.
La enfermera lo miró con el ceño fruncido.
- ¿Extranjero?
-Español.
- ¿Y
dónde vive?
- No
sé- dijo Ruiz en voz muy baja.
- ¿No me escuchó?
-No
vive acá, vino a visitarme hace unos días y se quedó conmigo.
-Deme
su nombre y domicilio, por favor,
Él no contestó enseguida, la enfermera cargó
la pluma en el tintero y aguardó un rato dispuesta a escribir.
-Julio Ruiz-dijo él. -Tengo una casilla
junto al río, usted sabrá entender, no tengo trabajo.
La mujer debió escribir “vagabundo” en el
papel, y suponer que el supuesto amigo era otro de ellos, y que todo probablemente
ocurrió en una pelea de borrachos. Llamó al policía, miraron juntos el
formulario recién llenado, y se cambiaron miradas.
-Venga
conmigo-le dijo el policía. Lo sujetó de un codo, sin brusquedad, como si lo
ayudara a caminar hasta la pared frente al mostrador, y le dijo que se sentara.
Luego se paró al lado durante un largo rato. De vez en cuando se escuchaban
movimientos al final del pasillo, que él conocía: los ruidos de un quirófano.
Metales que se chocan, voces airadas, alguna que otra risa breve, pero sobre
todo le llegó el olor del éter y los medicamentos. Vio abrirse la puerta de vez
en cuando, mientras una enfermera con delantal, barbijo y cofia salía y
entraba.
Había notado que el policía cambiaba el
peso de su cuerpo en un pie o en otro de tanto en tanto, debía estar cansado. Después
caminó hasta el mostrador y se puso a conversar con la enfermera. Cuchichearon
un rato, se sonrieron. Luego ella agarró unos papeles del mostrador y lo dejó
solo. Debía ir a hacer su ronda, así que sólo quedaba el hombre, tan iluminado
que difícilmente debía alcanzar a ver a Ruiz sentado junto a la pared, dónde
sólo podían verse la punta de sus botas embarradas. Retrocedió los pies hasta
sacarlos del halo de la luz. Comenzó a desplazarse en el banco de madera hacia
la puerta.
El policía agarró el teléfono. Al
principio no alcanzó a escuchar, pero en la tercera llamada empezó a hablar
fuerte, la comunicación se interrumpía o la voz del otro lado era muy baja. ¿A
dónde llamaría? ¿A Santa Fe? ¿A Buenos Aires? No pudo sacar nada en claro, por
más que escuchó su nombre varias veces. Luego el policía colgó con brusquedad y
lo miró, pero no lo estaba mirando porque no lo veía. Entonces se acercó
corriendo hacia la pared y cuando lo tocó, le dijo:
-Quédese donde lo dejé, viejo. Si no, lo
llevo a la comisaría-. Y se sentó a su lado.
Ruiz se frotó la cara, habría querido
llorar. Podría haberse escapado mientras el otro hablaba, ¿por qué no aprovechó
la oportunidad? ¿Qué le interesaba a él saber lo que el otro averiguaba por
teléfono, si era obvio? Supo, en ese instante, que el alcohol y la miseria que
había pasado se habían cobrado su buena cantidad de neuronas. Eso ya lo había
sabido el día que Mendoza lo rescató para llevarlo al barco. Pero la buena
comida y la tranquilidad que desde entonces tuvo, lo engañaron como se engañan
todos con la frágil fachada de la prosperidad. La operación de Manuel era el
signo más evidente de que ya no era más una caricatura de lo que había sido
como médico, y la oportunidad perdida esa noche le confirmaba que ya no era más
que un imbécil que ni siquiera merecía la lástima del peor de los hombres.
La puerta del fondo se abrió, y escuchó
los pasos del médico por el pasillo. Las lámparas del techo lo iluminaban cada
tantos metros. Primero lo vio con la cofia y el delantal, luego con el pelo
revuelto y las manos desatando los nudos de las tiras, por último, con el
delantal ya abierto y los vellos del pecho que brillaban como leves destellos
por el sudor.
- ¿Usted es familiar o un amigo? -le
preguntó. El policía lo hizo levantarse.
-Amigo-dijo.
-Me imagino que no hay nadie más cercano.
Ruiz negó con la cabeza.
-Alguien debe quedarse a cuidarlo en la
habitación.
El médico intercambió una mirada con el
policía, y ambos se hablaron en voz baja.
-Tendrá que quedarse usted. Le diré a la
enfermera.
El médico se metió en otra habitación y el
policía lo llevó sin soltarlo del codo hasta el cuarto de Manuel. Lo vio en la
cama, inmaculada de blanco. Miró alrededor, y se dio cuenta cuánto extrañaba
los hospitales, aún uno como aquel, armado en un convento. ¿Pero acaso no eran
los conventos también hospitales del alma? Las almas de los curas debían seguir
rondando por esos pasillos y habitaciones. Una cruz sobre la pared, a la
cabecera de la cama, era muy parecida a la que tenía Manuel sobre el pecho. Pero
se la habían sacado y estaba sobre la mesita de luz junto a la cama.
-Siéntese, compadre. Si quiere algo se lo
pide a la enfermera, luego salió y escuchó los pasos hacia la recepción.
Si pudiese escabullirse por la penumbra de
los pasillos, pensó. Pero enseguida entró una enfermera que no había visto
antes. Era más vieja y gorda, sin duda más veterana que la de la recepción.
Miró al enfermo, revisó las vendas y las ropas de la cama, y le tomó el pulso.
- ¿Se
va a sanar? -le preguntó Ruiz.
- Eso tiene que decírselo el médico. ¿Usted
qué es del señor?
-Un amigo.
- ¿Usted le hizo esto?
Él no respondió. Ella se encogió de
hombros.
-Ya me imagino, se emborrachan y se matan
entre ustedes.
Lo observó por un momento, esperando la
respuesta a la que debía estar acostumbrada, pero ante el silencio habrá
pensado que Ruiz era más estúpido que los demás.
Salió y dejó la puerta entreabierta.
Apenas se asomó, vio que el policía había vuelto y estaba sentado frente a la
puerta, con el pie derecho apoyado en la rodilla izquierda, y en las manos la
porra que sostenía primero de un lado y luego del otro, jugando como distraído.
Se sentó junto a la cama. Miró a Manuel y
supo que estaba en buenas manos. Si vivía, sería por mérito de la gente de este
hospital, si moría sería exclusivamente por el suyo.
*
El oficial
estaba todos los días y a toda hora de guardia en el hospital. A veces venían a
relevarlo los domingos, y a veces otro día de la semana, incluso, algunas
noches. Pero él no sabía cuándo. No era mucho el trabajo: ayudar a entrar o
salir enfermos, algún que otro borracho al que contener, en ocasiones un par de
ladrones, o varias peleas de mujeres, y muchos perros rabiosos para matar. A
veces estaba muy cansado, porque él se tomaba el trabajo en serio, así se lo
habían enseñado en su casa. Tal vez porque aún era muy joven, como le decía el
comisario Santángelo, pero sobre todo porque necesitaba trabajar y no quería
que lo agarraran en algún error. Gálvez se esmeraba e intentaba permanecer
despierto, y atento, lo que ya era más difícil, la mayor parte de sus guardias.
Como esta noche, por ejemplo, que sentado
frente a la puerta de la habitación donde estaba un posible asesino, los ojos
se le cerraban, aunque sus manos jugaran automáticamente con la porra. Confiaba
más en sus oídos en esas ocasiones, pero también muchas veces le habían
fallado. Pensaba en la conversación con el comisario media hora antes. La
comunicación era tan deficiente como siempre, y debía hablar a los gritos.
Mirando al sospechoso desde el mostrador, o intentando verlo en la sombra junto
a la pared, esperaba que fuera tan estúpido o sordo para que no se diera cuenta
de que hablaban de él. En realidad, su mente se bifurcaba en dos pensamientos
muy diferentes: su deber esa noche, que se presentaba algo diferente, y lo
había hecho dudar de cómo lo vería su jefe, y por el otro el pensamiento de
Camila, la enfermara. No podía alejarla de su mente ni de su cuerpo, sonreían y
hablaban, y ese olor de ella lo excitaba. Cuando la veía pasar por el pasillo
no podía dejar de seguirla con la mirada, y todas las veces que intentó tocarle
las piernas, ella se escapó corriendo. Sin embargo, siempre creía verla darse
vuelta un instante con una sonrisa que parecía invitarlo a perseguirla. ¿Cuándo
sería su próximo relevo para poder estar con ella? Camila tenía horarios de
descanso, él ignoraba los suyos, y en la mayoría de los casos no coincidían. El
oficial Gálvez se tomaba su trabajo muy en serio, por eso se estaba preocupando
demasiado por la llamada a la comisaría.
- ¡Aquí el cabo Manolo Gálvez, señor
comisario!
- ¿Quién puta es? -escuchó decir desde el otro
lado de la línea. Santángelo estaba soñoliento y malhumorado. Eran las tres y
media de la madrugada.
-Lamento molestarlo, comisario, pero es mi
deber informarme de un hecho acá en el hospital de Santa Lucía.
El comisario carraspeó y volvió a putear.
-Está bien, ¿qué mierda pasó?
-Entraron dos individuos, uno trajo al otro
herido, medio muerto casi.
- ¿Y para eso me jode a esta hora de la
noche?
-Disculpe comisario, pero me sospecho que
el mismo que lo trajo lo hirió, y mire usted, comisario, le cortó los… ¿me
comprende?
- ¡¿Pero de qué me habla?! ¡Ah, ya
entiendo! ¿Por qué no habla claro en lugar de como una mujercita? ¿Y son
peligrosos?
-No me parecen, uno se está muriendo, y el
otro está demacrado…
- ¿¡Y no podía esperar hasta mañana para
decírmelo, carajo?!
Gálvez tragó saliva.
-Lo lamento mucho, mi comisario, pero me
dijeron que informara de inmediato todo lo que me pareciera importante. Y
cuando el tipo se muera, vamos a tener un asesinato acá.
Se hizo una pausa desde el otro lado. En
Santa Fe el comisario Santángelo debió haberse sentado para sorber un mate frío
que había quedado en la mesa desde la noche.
-Está bien, cabo. Con oficiales como usted
el país tiene un gran futuro, mi querido. Deme los nombres-. Cuando Gálvez
terminó, dijo: Mantenga detenido al tipo y espero órdenes.
Ya había colgado cuando el cabo iba a
preguntar cuándo vendrían a relevarlo. Pensó en Camila, que hacía su ronda, y
de pronto vio que ya no veía la punta de las botas del viejo. Fue corriendo
hacia el banco junto a la pared. Sí, allí estaba todavía.
El comisario Álvaro Santángelo colgó el
tubo y puteó al cabo. El hijo de puta parece un maricón de mierda, deben ser
los fantasmas de los curas que dicen que viven en el hospital, se dijo en voz
alta. El comisario vivía en la comisaría. Tenía cincuenta y cinco años y había
dejado de tener más ambiciones cuando diez años antes tomó ese puesto. Debió
haber sido su mal carácter, varios confusos episodios con reos muertos en sus
celdas, y seguramente por la vez que lo encontraron con dos o tres mujeres del
pueblo en la comisaría. Una de ellas, se decía, era la mujer del intendente.
Estaba en camiseta y calzón, el escaso pelo revuelto y los ojos legañosos. De
pronto su mirada se cruzó con los avisos y anuncios pegados en la pared detrás
del escritorio. Todos viejos y vencidos, pero ya no se molestaba en sacarlos. Y
entonces vio uno que debía tener casi diez años. “Doctor Julio Ruiz”. Lo
buscaban hace mucho tiempo, ya no recordaba qué había hecho el tipo. Un nombre
tan común, se había dicho muchas veces cuando posaba la vista por casualidad
por ese cartel. Nunca en tanto tiempo había aparecido ni uno solo, y ahora
había uno, y estaba en un hospital.
Se rascó la entrepierna mientras pensaba
que tal vez valiera la pena llamar al coronel en la mañana. Volvió al
dormitorio, se tomó un sorbo de aguardiente que quedaba en el fondo de la
botella y se colocó los pantalones. Fue a la cocina y puso a calentar la pava.
Volvió al teléfono y levantó el tubo. Se acordó que no recordaba el número del
coronel Gómez, y abrió el cajón del escritorio. Revolvió papeles una y otra
vez, ya el agua había hervido. Fue a buscar el mate y la pava, se cebó uno y lo
tomó. Volvió a revolver hasta encontrar la agenda, que no era más que un
conjunto de papeles de bordes rotos. Se dio cuenta de que no veía un carajo, y
fue al dormitorio a buscar los anteojos. Revolvió entre las sábanas un poco
mojadas todavía, últimamente cuando se masturbaba le quedaban resabios de
incontinencia. Cada vez le quedaban menos placeres en la vida, se dijo, ya ni
las putas querían venir porque se quejaban de que les pegaba. Y qué querían que
hiciera si eran ellas las que tenían la culpa de que las erecciones cada vez le
duraran menos.
Al fin encontró los anteojos y se los
puso. Hizo varios intentos antes de conseguir línea, y se quedó dormido. El
brazo a lo largo de la mesa, con el tubo en la mano, y la cabeza sobre el
brazo. A la siete de la mañana entró la sirvienta que limpiaba, no se molestó
en despertarlo, lo hizo solo con el ruido que hacía ella con los baldes y
corriendo las sillas.
-Buenas, comisario.
Santángelo no le hizo caso. Se restregó los
ojos, puteó al mate otra vez frío, y volvió a calentarlo. Mientras esperaba, se
puso la chaqueta del uniforme en el dormitorio y volvió a lña mesa. Otro mate y
otro intento de llamar. Al fin consiguió.
-Buenos días, señora de Gómez. Lamento
molestarla tan tempranito. ¿Está disponible el coronel?
La mujer por toda respuesta dejó el tubo a
un costado y él esperó. Escuchó algunos carraspeos y una discusión matutina
entre marido y mujer.
- ¡Hable!
-Buenos días, mi coronel. Soy el comisario
Álvaro Santángelo, de Santa Fe, señor. Lo molesto porque me creo en el deber de
informarle sobre algo que usted me había recomendado con especial cuidado hace
algunos años.
- ¡¿De qué mierda me habla?!
-Parece que encontramos al doctor Julio
Ruiz.
Desde el otro lado de la línea se hizo una
pausa, el coronel debía estar haciendo memoria.
- ¿Ah, ¿sí? ¿Y dónde, qué han hecho con
él? ¿Está seguro de que es el mismo?
-En el hospital de Santa Lucía. No me
confirmaron la descripción porque no la tenemos, pero llevó a otro tipo con los
huevos cortados…
- ¿Y el otro todavía vive?
-Así me han dicho, pero a lo mejor no dura
mucho.
El coronel hizo otra pausa.
-Así que le cortó los huevos y el otro
sigue vivo…puede muy bien tratarse de un médico. Téngalo detenido, y espere
órdenes.
Y colgó. Santángelo tuvo que levantarse de
la silla porque la mujer lo empujaba para lavar el piso.
El coronel Anastasio Gómez colgó el
teléfono que tenía junto a la cama. Su mujer ya se había levantado, rezongando
por los subordinados que molestaban tan temprano. Él había hecho un respingo de
indiferencia, pero mientras aún tenía el teléfono en una mano, con la otra
palmeó el trasero de su esposa, que lo ignoró y salió de la habitación. Ese
había sido el motivo, tal vez, de la pausa que había hecho mientras hablaba. Cuando
colgó, pensó en lo raro que era encontrarse con el caso de Ruiz después de tantos
años. La última vez que había sabido algo de él, le habían dicho que estaba
hecho un borracho, rebotando de pueblo en pueblo como un vago cualquiera, y por
eso no lo encontraban. Enviaría unas letras al diputado Farías, más tarde.
Se levantó de la cama y se desperezó.
Abrió el ventanal que daba sobre el parque. Tras la arboleda estaban las
barrancas de San Isidro. Era alto y de un rubio que se iba encaneciendo. Tenía
cuarenta y siete años, y se pasó la mano por el pecho y el abdomen. Se mantenía
en forma porque cabalgaba todos los días, y los fines de semana jugaba al pato.
Le gustaba hacer el amor con Delia, todavía, luego de más de veinte años.
Habían tenido cinco hijos, dos se le habían muerto en la guerra, al tercero lo
había salvado por ruego de su mujer, y el diputado Farías había logrado eso.
Las dos hijas se habían casado y vivían una en Córdoba y la otra en Uruguay.
Ellos dos vivían casi solos en la quinta. Lautaro, el menor, estudiaba, según
decía, en Buenos Aires, pero era un tarambana que lo único que hacía era
pedirle dinero para quedarse en un eterno primer año de abogacía.
Desayunaron en el parque, estaba soleado y
la mañana era fresca.
- ¿Quién era? -preguntó Delia.
- ¿Quién? ¡Ah! Un comisario de Santa Fe.
Sobre el caso Ruiz
-Estás distraído, ¿acaso es importante?
-Tiene que ver con Farías, mi amor.
-Entonces, sí.
No hacía falta que le dijera más.
Bartolomé había salvado al único hijo varón que les quedaba, aunque fuera un
tiro al aire. Ya se asentaría, decía ella, que siempre lo mimaba y lo
justificaba. El coronel callaba, pero esperaba que cualquier mañana lo llamara
para pedirle ayuda. Ya conocía el tono de su hijo, entre despistado y sutil,
escucharlo por teléfono le resultaba más sincero que mirarlo a la cara. Pero,
en fin, estaba vivo y algún día les daría un hijo que continuara el apellido. Tal
vez, un Gómez a secas.
Como el de tantos Ruiz, salvo que quizá
habían hallado, finalmente, la punta del ovillo.
Esa mañana fue al pueblo a enviar un
telegrama a Buenos Aires. No quería llamar al diputado directamente, sabía que
estaba en plena campaña y además habían pasado muchos años, no sabía si Farías
iba a conducirse oficial o extraoficialmente.
“LO ECONTRAMOS EN UN PUEBLO DE LA
PROVINCIA. AGUARDO SU ORDEN.”
Eso era todo lo que se necesitaba para
que Farías entendiera.
Cuando volvió a la quinta se metió en su
estudio a responder algunas cartas. Delia entró para dejarle la merienda.
- ¿Alguna novedad, querido?
-Nada, mi amor.
Se dieron un beso breve, tomados de la
mano, y luego ella lo soltó para que siguiera escribiendo.
Bartolomé Farías ya tenía poco más de
cincuenta años. Desde la muerte de su esposa había renovado su banca en
diputados una vez, y ahora volvería a intentarlo. La verdad era que su hijo le
hacía la vida imposible. El monstruo ese seguía viviendo, contra todo
pronóstico de los médicos. Al fin de cuentas, qué sabían ellos, los matasanos.
Todos no habían hecho más que matar a sus hijos y a su mujer. Y al último lo
habían dejado vivo para convertirse en su calvario.
Vivía en la planta alta de la casa de
Palermo, encerrado todo el día. La sirvienta que había tomado la
responsabilidad de criarlo también estaba cansada. Ella seguía sin quejarse,
porque sabía que había dado falso testimonio, pero lo que más le importaba era
lo que el padre haría con el chico. Durante aquellos diez años, Justo había
aprendido a caminar. Se le había formado una costra de piel rugosa que duraba a
veces muchos meses, y luego comenzaba a descamarse. Primero era blanca y fresca
como manteca, luego iba secándose para tomar un color morado, finalmente
comenzaba a tomar mal olor y era imposible entrar a la habitación sin taparse
la nariz. La mujer lo limpiaba y le sacaba las costras como le habían enseñado
los médicos, pero ya no pedía consejo. Ella lo conocía mejor que nadie. Había
recibido golpes de parte del chico, que se hacía alto e impulsivo. No hablaba,
por supuesto, sólo emitía gruñidos y quejidos. Nadie supo si tenía ojos, y en
lugar de párpados había dos costras duras como hueso que nunca cambiaban.
Caminaba encorvado por todo el espacio de la habitación, queriendo salir.
Farías había pensado muchas veces enviarlo
lejos, al campo, a ella y al chico, y tal vez, en algún momento, y cuando todos
se hubiesen olvidado, el chico podría desaparecer. Pero cuando la prensa puso
al tanto a casi todo el país sobre el hijo del diputado Farías, no se animó a
hacerlo. De pronto, vio la manera en que la opinión pública había cambiado. Los
colegas lo trataban con cierta deferencia que venía de la pena. Él habría
mandado al carajo ese trato, pero se dio cuenta de que era más importante lo
que pensaban los votantes, y la imagen que la prensa había hecho de él le había
servido para volver con éxito a la política.
Sus asesores le habían aconsejado sacarse
fotos con el chico, jugando o enseñándole algo, sentados frente al escritorio.
Pero él odiaba el sensacionalismo, y, además, no soportaba el olor ni el aspecto
de Justo.
El chico gritaba, como todas las mañanas.
Y lo escuchaba a pesar del pasillo, la escalera y las puertas que lo separaban
de su estudio. El grito de marrano aumentó y disminuyó cuando su secretario
abrió y cerró la puerta trayéndole un telegrama. El viejo que había ayudado a
escapar a Ruiz había muerto en un asilo.
Leyó el texto y se apoyó en el respaldo,
con la mirada fija en el papel, pensando. Recordó la cara de Julio Ruiz en esa
época, el rostro de la confianza que había representado para él y su mujer. El
rostro bien afeitado, de médico sereno y sabio, había generado intimidades que
a nadie más había confiado. Quiso volver a verlo, ¿pero para qué? ¿Por qué quería
verlo degradado? ¿O quizá porque extrañaba esa confianza para siempre perdida?
Era verdad que Ruiz lo había defraudado, ¿pero era eso del todo verdad? Sea
como fuere, ya no sentía nada más una renaciente necesidad de tenerlo enfrente
de su escritorio, sabiendo que su silencio compartido mientras él trabajaba y
Ruiz leía, era un vínculo que nunca había tenido ni volvió a tener.
Los gritos de Justo se detuvieron. ¿Por qué
le había dejado ese nombre que las enfermeras le habían dado? Justo no
representaba ningún tipo de justicia, ni para el chico mismo ni para los que lo
rodeaban. ¿Y dónde estaba o cuál era la justicia merecida? Los hombres de las Cámaras
sólo disponían leyes que no eran más que endebles simulacros de justicia, meras
cuerdas débiles a los que cada una se sujetaba hasta que se rompían.
Bartolomé Farías tenía alta posibilidad de
ser reelegido, y hasta le hablaron de postularse para presidente poco después.
Estaba renaciendo, y era Justo Farías quien lo sostenía. Ya no necesitaba a
nadie más.
Levantó el tubo y pidió comunicación con
el coronel Gómez. El tono llamó varias veces, hasta que atendió una mujer.
- ¿Delia? Soy Bartolo, querida.
-Ah, Bartolo, hoy hablábamos de vos, ¡qué
gusto saber!
-Lo mismo digo Delia. ¿Está cerca Tasio?
-Sí, ya lo llamo. Te dejo muchos cariños.
-Lo mismo para vos, querida.
Tamborileó los dedos sobre la mesa, los
gritos se reanudaron.
-Hola Bartolo, querido y viejo amigo. Me
han dicho que va muy bien lo tuyo, te felicito
-Gracias Tasio, recibí tu telegrama.
El
coronel hizo una pausa muy breve, seguramente para pedirle a Delia que lo
dejara solo.
-Así es, amigo.
- ¿Está confirmado?
-Hasta
donde yo sé. Por supuesto se corroborará sobre el campo.
Ambos hicieron silencio, esperando la voz
del otro, y pregunta y respuesta sonaron al mismo tiempo.
- ¿Qué
hacemos?
-Fusílenlo.
Farías
miró alrededor de su escritorio. Se levantó y abrió la puerta, nadie había
escuchado. Fue hacia la ventana, nadie estaba cerca. Miró hacia la silla donde
Ruiz solía sentarse, y creyó verlo con un libro de anatomía en las manos,
levantando la mirada de tanto en tanto, como lo hacía cuando lo escuchaba
increpar por teléfono mientras trabajaba.
Volvió al teléfono, el coronel aún
aguardaba.
- ¿Alguna pregunta, Tasio?
-Ninguna,
Bartolo. Si no te llamo, ya sabés.
-Bien, Tasio. Dale un beso de mi parte a
Delia, y un gran abrazo para vos. Decile a tu hijo que me llame, tal vez
podamos encarrilarlo todavía.
Colgó. La figura en la silla seguía ahí,
y no estaba dispuesta a desaparecer.
A eso de las seis de la tarde del día
siguiente empezó a gotear. Estaba frío, el cielo encapotado con un aspecto de
porcelana con matices de gris y negro. Desde el norte se veían nubes aún más
oscuras. El cabo Gálvez continuaba en su puesto en la silla del pasillo, pero
varias veces había ido y vuelto al baño, y cada vez que regresaba abría la
puerta para comprobar que el viejo seguí adentro. La enfermera había llegado a
su turno más temprano, y se le acercó con una silla y una bandeja. Le había
traído la merienda, dijo, para compartirla juntos. Sonrió y empezaron a charlar
mientras tomaban mate y tortas fritas que ella había preparado en su casa.
-Parece que se viene una tormenta muy
fea-dijo ella. -En la ciudad dicen que ya llueve mucho al norte, y el río está
creciendo.
El cabo desdeñó todo eso. Era mejor así,
le dijo, tal vez ella entonces tendría que pasar la noche en el hospital y
podrían estar más juntos. Ella se rio ocultando la cara en el hombro de él. De
vez en cuando se escuchaba algún carraspeo desde la habitación, que era ahogado
con las risas inútilmente reprimidas de los dos.
Ya había oscurecido, y encendieron las
luces del pasillo. Se oyó golpear palmas desde la entrada, y Camila fue a ver.
Volvió al rato con un hombre robusto, de cabello y barba oscura y espesa.
Gálvez vio que llevaba un fusil en banderola. Se paró e hizo la venia. Aunque
estaba de civil, sabía que era el hombre que estaba esperando.
-Cabo Gálvez, señor.
-Descanse, cabo, soy el mayor González.
¿Dónde está el detenido?
-En este cuarto, señor.
Abrió la puerta y se asomó. Llamó a Ruiz y
éste salió al pasillo.
-Vamos afuera-dijo el mayor.
Ruiz y Gálvez lo siguieron por el pasillo
hasta la puerta. Salieron. El campo alrededor del hospital continuaba con una
luminosidad tenue y sin reflejos. La lluvia había amainado, pero se sentía el
olor del pasto y de la tierra mojada y caminaron no muchos metros, dando la
vuelta a una esquina del edificio. El mayor miraba alrededor, como eligiendo un
sitio en particular.
-Acá está bien-dijo, y dirigiéndose a
Ruiz, preguntó:
- ¿Usted es el Doctor Julio Ruiz, hijo de
Bernardo Amado Ruiz y Genoveva Beatriz Aranguren?
-Así es, señor-respondió.
- ¿Sabe a qué he venido?
-Lo imagino, señor.
Gálvez estaba en posición de firme, con
las manos a la espalda, sin mirar a ninguno de los dos, con la vista fija tal
vez en un árbol que estaba a veinte metros o en un perro acostado a su sombra.
-Cabo, vende al detenido-ordenó, mientras
revisaba su arma.
Gálvez todavía no se había movido, tal
vez pensaba qué tela iba usar, lo único que tenía era su pañuelo. Sin embargo,
sus ojos no decían eso, en realidad trataba de no pensar.
-Mayor, pido que se me otorgue un último
deseo-dijo Ruiz.
González apoyó la culata del fusil en la
tierra.
-Está bien, ¿qué quiere?
-Escribir una carta.
-Cabo, traiga papel y lápiz.
Gálvez entró corriendo de vuelta al
hospital. Tardó más de lo necesario para hallar algo que siempre estaba a mano
en el mostrador de la entrada. Mientras, ellos dos permanecían en silencio,
mirándose como si lo que tuvieran que soportar fuese únicamente la garúa
molesta e irritante. Sin expresión alguna, sus caras eran dos rocas, o dos
leyes. Ruiz, por un momento, pareció estar llorando. Tal vez viese la sombra de
Farías moldeada por la lluvia en el espacio entre el mayor y él. Pero eran
solamente gotas de lluvia que le chorreaban por la cara.
Gálvez volvió con una hoja de papel y un
lápiz. Ruiz los agarró y se dio vuelta para apoyar la hoja en la pared, y
empezó a escribir.
Esperaron un minuto, tal vez dos.
-Ya basta, Ruiz. Dese vuelta.
Julio Ruiz obedeció y devolvió el papel a
Gálvez.
-Cabo, vende al reo y póngalo de espaldas a
la pared.
Gálvez sacó un pañuelo de su bolsillo. Las
manos le temblaban. Ruiz sintió la torpeza con la cual hacía el nudo, pero lo
que sintió en especial fue el olor de la tela. Tenía el tenue perfume de una
mujer. Tal vez la enfermera se lo había pedido prestado al cabo y se secara la
frente o una mejilla esa misma tarde cuando llegó bajo la llovizna.
Ruiz sonrió por un instante, pero pronto
todo desapareció. El cabo apenas se había apartado de su lado cuando escuchó el
tiro. No había alcanzado a retomar su posición de firme, ni siquiera había
bajado los brazos del todo luego de hacer el nudo.
El cuerpo estaba sentado contra la pared,
con una pierna doblada y la otra extendida, y los brazos en la posición de una
cruz rota. La cabeza colgaba hacia la derecha. En el pecho había un hueco
grande y rojo que se iba tornando oscuro.
Gálvez miraba todo esto, y sacó el papel
del bolsillo donde lo había guardado. Se puso a leerlo, pero el mayor, gritó:
- ¡Tire esa mierda!
El cabo ahora tartamudeaba al hablar:
-Es para el capitán Hurtado de Mendoza,
mayor.
González volvió a guardar el fusil en
banderola y estiró el brazo, sin moverse para acercase a donde estaban el cabo
y el muerto.
- ¡Deme eso!
El cabo caminó los dos metros que lo
separaban, tropezando con uno de los pies del cuerpo.
González empezó a leer:
“Mi querido capitán, para cuando lea
esto, ya estaré muerto. Sólo quiero encargarle a mi hijo, el que tuve en
Concordia con la fulana esa, de la que le conté alguna vez. Cuídelo y hágale
que estudie mi profesión. No crea que fue en vano lo que usted hizo por mí.
Ahora me matan como a un perro, pero sobrio.”
Dobló el papel en cuatro y lo guardó bajo
la chaqueta.
-Yo me encargo-dijo. -Entierre al reo.
Luego se dio vuelta y se fue caminando
hacia el pueblo.
El cabo volvió al hospital y regresó con
una pala. Arrastró el cuerpo hacia el árbol cercano. Empezó a cavar, la tierra
estaba blanda, y eso era bueno. Ruiz ya había producido demasiados problemas.
Cuando terminó, tiró el cuerpo y comenzó a
llenar la fosa otra vez. Luego se quedó parado con los brazos cruzados en el
mango de la pala. Murmuró algo e hizo la señal de la cruz. Después se fue
caminando, encorvado. Su mente se fue deshaciendo lentamente de la imagen de
muerto, y otra cara blanca y suave se fue mezclando al sueño que ya lo
adormecía. Desapareció por la puerta del hospital.
Hubo un par de relámpagos y truenos que
repercutieron por el silencio. La tierra amontonada en la tumba se iría
apelmazando de a poco. En la mañana nadie la notaría, incluso esa misma noche
ya no habría vestigios de ella.
El perro, que había visto todo desde la
sombra del árbol, había levantado la cabeza al escuchar el tiro, luego volvió a
acostarse. Cuando el hombre terminó de cavar, el perro se levantó y empezó husmear
en la tierra removida, dio varias vueltas alrededor, levantó una pata y orinó .
Después siguió su camino.
*
Escuchó el
disparo. Fue como si hubiese sido justo contra la pared de la habitación. Abrió
los ojos con un sobresalto que sacudió su cuerpo dolorido. No protestó, porque
estaba la enfermera acomodándole las sábanas. Ella también se asustó, y miró
hacia la ventana.
¿Era posible que lo mataran ahí mismo?
Porque Manuel sabía de qué se trataba, había escuchado la conversación entre
Julio y Natacha. ¿A qué otro motivo podía deberse tal disparo?
-Lo mataron-dijo él en voz muy baja.
La enfermera lo miró, levantando la vista
de las anotaciones que había en su cuaderno.
-Deben haber matado al perro ese que
siempre anda dando vueltas-. Sin embargo, no sonaba convincente.
Entonces el cabo Gálvez entró a la
habitación, la buscó con ojos asustados. Se acercó a ella y la abrazó. Ella
miró a Manuel, como avergonzada.
-Salgamos-dijo en voz muy baja.
Los escuchó cuchichear en el pasillo
durante casi cinco minutos. Luego los pasos de él se alejaron de vuelta hacia
la entrada, pero había un tercer paso también, como si usara algo de metal para
apoyarse. Ella volvió a entrar, y se oyeron las voces de otros pacientes desde
las habitaciones contiguas.
- ¿Mataron al doctor Ruiz? -preguntó,
porque necesitaba hablar después de tantos días de silencio.
Ella asintió, secándose los ojos.
- ¿Y al final, a usted qué le interesa?
¿No lo mata, casi? - Y volvió a salir.
En el pasillo ella hablaba ahora con otras
enfermeras, y oyó las puertas de otras habitaciones que se abrían y cerraban
con celeridad. Manuel miró la cruz sobre la mesita de luz, y se estiró para
alcanzarla. Tenía toda la parte inferior del cuerpo envuelto en vendas, y por
debajo de ellas sentía como un caparazón que no dolía, pero daba la sensación
de crujir e irse a romper en cualquier momento. Recordaba el olor de su propia
sangre, y la pringosa humedad de esta en el colchón y las sábanas. Tal vez se
estuviese transformando en un insecto, y la metamorfosis fuese ascendiendo
lentamente, reemplazando su carne, sangre y huesos por cartílagos y membranas.
Cuando la transformación fuese completa, tal vez se despertará una mañana
viéndose en la cama como una cucaracha gigante patas arriba. Entonces Natacha ni
Altea lo reconocerían, y sobre todo José ya no se atrevería a acercarse. ¿O
quizá sí? Tal vez desease proteger a ese insecto indefenso para encerrarlo en
una vitrina y observarlo todos los días, acariciar el lomo grueso y las patas
frágiles, peinando las antenas como si fuesen dos largos cabellos, buscando sus
ojos: los ojos de su hermano Manuel perdidos en la cabeza del insecto.
Agarró la cruz y comenzó a atar la cadena
tras su cuello. Levantar los brazos fue un triunfo de su voluntad sobre el
dolor, pero pudo hacerlo. No miraría ni se tocaría bajo las sábanas, tenía
miedo de dos cosas: las vendas húmedas por la orina y la sangre, o el caparazón
que se estaba formando bajo ellas. Recordó a los murciélagos de la otra noche,
y que si regresaban harían de él un festín inolvidable. Qué más desearían
ellos, señores de la noche, más que encontrar aquel insecto gigante para
solazarse con él a sus anchas. Nadie entraría en la habitación. Y cuando en la
mañana entrara la enfermera o el médico, verían solo un par de antenas, tal vez
algún pedazo de pata, y las sábanas manchadas con un espeso mucus negro del
insecto desecho.
Apretó la cruz con fuerza. Si hubiese
estudiado para cura, a lo que su familia lo había destinado, ahora estaría en
el centro de una catedral, frente a un altar, con su sotana negra. Se veía a sí
mismo desde los altos techos y paredes con vitrales: un hombre solo vestido de
negro, tan pequeño a la distancia, que parecía un insecto.
Abrió los ojos ante la revelación de este
pensamiento.
Se goleó el pecho musitando mea culpa, mea culpa… hasta que la
salmodia se convirtió en un rezo sin fin, que no necesitaba pronunciarse.
Miró la cruz sobre la pared. El cuello le
dolía, pero estaba bien: la vida es dolor. El Cristo de piel oscura en ese
crucifico le estaba revelando precisamente esto: el color negro invierte los
colores, los absorbe y los anula. Lo negro es siempre igual, lo negro no
cambia, lo negro prefiere el dolor porque lo oculta en sus entrañas, profundas
como la oscuridad.
Dos o tres cucarachas caminaron por el
suelo de la habitación, subieron al zócalo y ascendieron por la pared. Una
llegó hasta el techo, y parecía estar mirándolo como desde lo alto de una
catedral. Las otras dos se detuvieron junto al crucifijo, una a cada lado,
igual a los ladrones condenados con Cristo.
Si Natacha pudiese ver todo eso, lo
disfrutaría como algo de su propia creación. Ella lo entendía, y por eso el
afán de luchar contra el lado lascivo de Manuel, contra esa mitad que era su
hermano José. Ella lo comprendía y por eso lo había lastimado desde el primer
día que se estrecharon las manos. Si ambos se hubiesen encontrado en otro
momento y en otro lugar, sus vestidos negros habrían tomado la forma de dos
alas desplegadas alrededor de sus cabezas, que unidas formarían un solo rostro
fino y angular.
Entonces supo lo que debía hacer.
Estar en esa habitación era más que una
pérdida de tiempo, era una blasfemia. Debía salir y recoger los residuos del
dolor y la miseria.
Escuchó los truenos y la lluvia que había
comenzado a caer torrencialmente sobre el edificio. Algunas puertas se
golpeaban con el viento, dejando entrar el olor de la lluvia fría e intensa.
Entraban sombras por la puerta de la habitación. No eran mujeres, no eran
enfermeras. Eran las hojas arrancadas por el viento, y eran los insectos que
escapaban de la tormenta y se protegían en esa habitación como en una gran
entraña que comenzaba a latir con el ritmo desacompasado de la desesperación.
Se deshizo de las sábanas. Sí, se dijo,
era un ente en momificación. Las vendas ennegrecidas, endureciéndose a medida
que las secreciones se secaban. Debía levantarse antes de que volviese a serle
imposible. No iba a comportarse como en el barco, donde había dejado que la
culpa se convirtiese en un organismo destructor, una enfermedad que tomaba
cuerpo en su propio cuerpo. Ahora tenía que utilizar esa culpa como una fuerza
que él manejara con sus manos. No iba a destruir, sí a reivindicar a los demás.
Lo que le quedase por vivir no merecía ser vivido como un instrumento u objeto
de escarnio. Ya llevaba una corona de espinas, pero esa misma corona lo hacía
rey de su propia culpa. El castigo de los demás no se comparaba con el
verdadero castigo del remordimiento.
Pero aún sin saber lo que iba a haría, se
levantó con todo el esfuerzo que pudo. Nadie iba a hacer caso a sus vanos
quejidos. Los truenos y la lluvia tenían ocupados a todos, unos asistiendo a
los enfermos temerosos, otros buscando las grietas de los techos y poniendo
tachos en el piso.
Se puso de pie, apoyándose en la mesa
junto a la cama. Se colocó una bata para cubrir su desnudez. Caminó con pasos
cortos, y todo fue bien hasta que llegó a la puerta de la habitación. Se asomó
a la penumbra. Las lámparas que colgaban del techo se habían apagado con las
ráfagas o con la lluvia filtrada. Oyó gemidos al fondo del pasillo. Prestó
atención, o era alguien que estaba agonizando, o eran el cabo y la enfermera
que hacían el amor esa noche de lluvia. Sí, pensó Manuel. Esos dos se merecían
ese placer y ese descanso. Ambos estaban más allá de cualquier resquemor. Eran
jóvenes y se ansiaban, y sobre todo habían cumplido muy bien con su trabajo,
una curando a un vivo y el otro acompañando a un muerto.
Salió al pasillo y caminó despacio, ya
seguro de que no sería molestado a esa hora de la noche, cuando la lluvia
continuaba haciendo caer su pretencioso diluvio para que el mundo permaneciese
quieto en sus lugares: los animales en sus madrigueras y los hombres en sus
cuartos. Esa noche era la del dominio del agua y de las plantas, de los árboles
derrumbándose y del río que iba a crecer, del colchón de hojas cada vez más
alto, alimentado de arbustos y barro. El agua era la dueña de esa noche, o
quizá el cielo lo era, de donde venía esa lluvia.
Salió y comenzó a ser azotado por la
tormenta. Caminó despacio, pero cada vez más olvidado del dolor. Las vendas se
empaparon y se cayeron. Quedó otra vez desnudo. No era un hombre civilizado
ahora, sino una especie de salvaje de pelo largo y barba espesa, caminando
encorvado, con la piel llena de una mugre que no se quitaba con el agua porque
eran cicatrices. De pronto, sintió un dolor agudo en el ojo izquierdo, y vio un
resplandor que confundió con un relámpago. Luego el destello desapareció, pero
se dio cuenta que no veía con su ojo derecho. Se detuvo agarrándose la cabeza y
tapándose el ojo izquierdo. Se palpó la cara para reconocer su rostro. El ojo
derecho estaba abierto, pero ciego. Abrió el izquierdo, que, aunque seguía
doliéndole, veía las cosas con una claridad que parecía prestada. Porque no era
la vista del campo en una noche torrencial. Creyó ver la luna, absurdamente, en
lo más alto del cielo. Quizá fuese el ojo enorme de un búho, pero tan absurdo
era un búho como la luna en medio de aquella tormenta. O tal vez fuese el
reflejo de los relámpagos en el río que a su vez se reflejaba en los gases
acumulados por las nubes. Otro absurdo que necesitaba inventar, porque no se
sentía preparado para aceptar la simpleza de su visión. Y esa simpleza era nada
más que la sencillez de lo evidente, de lo que no tiene la complicación de la
lógica ni los vericuetos del razonamiento. El espacio de su mente que había
crecido tanto con los años, ese espacio de las congruencias necesarias iría
despareciendo de a poco, acortándose hasta no requerir de esa especie de cámara
de filtración de la realidad.
Porque la realidad estaba en su ojo
izquierdo sin pensamiento.
Caminaba por un sendero muerto, cada
tantos metros un tronco o el mismo viento le impedían avanzar. Se detenía
entonces, temblando, apretándose el cuerpo con los brazos cruzados, viendo que
las cicatrices no se abrían, y que el dolor iba concentrándose únicamente en el
fondo del ojo. Luego continuaba, el camino se fue despejando o
inbterrumpiéndose por los continuos cambios de la tormenta. Relámpagos que
iluminaban lo que estaba hacía solo un segundo y al siguiente había
desparecido. Eran los juegos de las sombras, seguramente, pero también del
sonido, truenos y hojas quebradas, y gritos que eran chillidos. Él sabía que
eran pájaros asustados u otros animales en sus madrigueras bajo la montaña de
hojas y ramas. Sabía también que los hombres gritaban de esa manera, a muchos
kilómetros de distancia, en algún pueblo o ciudad, y él, tan absurdamente como
había visto la luna en medio de la tormenta, los escuchaba, distinguiendo los
diferentes tonos que representaban otros tantos matices del dolor.
Manuel ahora sabía que el dolor no es como
lo representan: la consecuencia de un desgarro intenso ni de un imponderable
golpe, ni de un hueso roto o un músculo cortado. El dolor es tan sutil como el
silencio, y tan profundo como éste. Pero los sentidos del hombre son endebles y
poco sensibles, necesita elevar los sonidos e incrementar los destellos para
poder ver, oír o palpar el dolor. Entonces creemos que la pena aflige y el
dolor desgarra, pero es al revés: el dolor aflige continua y sordamente, y la
pena es sólo el chasquido abrupto de lo que se ha roto.
Por eso, caminaba por un sendero de tierra
rodeado de ramas que se balanceaban con el viento y se doblaban hasta partirse
con el peso del agua y los golpes de la lluvia. Veía la noche con un solo ojo
tapado por el azote del agua, sin embargo, veía claramente hacia adelante y
hacia atrás. No lo sorprendió, entonces, escuchar los bufidos del caballo y el
ruido de la carreta, ya los había visto venir desde varios kilómetros antes.
Cuando la carreta estuvo a su lado en el
camino, él de desvió un poco para dejarla pasar, pero el conductor le habló:
-Oiga, amigo, ¿qué le anda pasando?
Manuel no le hizo caso.
-Escuche, viejo, caminando así desnudo bajo
esta lluvia se va a terminar muriendo.
Pero como Manuel continuaba ignorándolo,
detuvo la carreta y bajó. Caminó los pocos metros que los separaban y lo agarró
de un brazo.
-Suba a la carreta o me va a obligar a
forzarlo.
Manuel lo miraba con los ojos afiebrados,
pero sólo veía con el izquierdo la mitad del mundo. Veía a ese hombre flaco y
alto que tampoco estaba protegido de la lluvia torrencial más que por la ropa
que llevaba puesta. Creyó ver que tenía el pelo muy corto y una barba rala en
el rostro angulado y de nariz aguileña.
- ¿Qué le pasa? ¿Está loco o enfermo? No
importa, venga conmigo. - Sin soltarlo
del brazo lo arrastró hasta la carreta.
-Suba-dijo. -Ya me veo que tengo que hacerlo yo.
-Abrazó a Manuel de la cintura y lo levantó. Una vez que estuvo sentado, lo
empujó hacia atrás. Luego volvió a subir al pescante y retomó la marcha.
Manuel había quedado acostado. Veía el cielo
tras las copas de los árboles que intentaban de vez en cuando cruzar sus ramas
sobre el camino, que a veces lo protegían de la lluvia, pero el resto del
tiempo la sentía seguir golpeándole la cara. Sintió que no estaba solo en la
parte posterior de la carreta, y al mirar al costado vio los cuerpos de dos
adultos y un chico. Estaban fríos y su palidez era más evidente a la luz de los
relámpagos.
Miró hacia arriba en el inútil esfuerzo de
buscar la luna, y se encontró con la cara del otro hombre que había girado la
cabeza y lo miraba.
- ¿Cómo se llama, viejo?
-Manuel.
-Bueno Manuel, yo soy Estanislao
Gonçalvez. ¿Me va a decir que está haciendo así desnudo en plena tormenta? ¿Y
quién le hizo esas heridas? ¿Lo asaltaron, amigo?
- ¿Quiénes son éstos? -preguntó Manuel,
como si no hubiera escuchado.
-Bueno,
ya me va a contestar después. Son muertos de cólera, hace rato que estoy yendo
de casa en casa, y ya he visitado casi toda la provincia desde hace un mes.
Pero cuando llego, ya están muertos o agonizando, y no tengo más que levantarlos
y llevarlos a enterrar. Pero no se preocupe amigo, estos no lo van a contagiar,
el agua de lluvia ya los ha lavado más de lo suficiente. Están más limpios que
usted con esas heridas. ¿Dígame, si se digna contestar, por qué lo castraron?
Parecen las incisiones de un cirujano.
- ¡Y usted qué sabe…!
- ¿No le digo que soy médico?
-Más parece un sepulturero.
El hombre se rio, pero el sonido formó en
el aire bajo las gotas de lluvia un ruido a hueco, como cayendo en una caja de
madera. Sí, se dijo Manuel, la carreta era una especie de amplio ataúd.
-Eso pregúnteselo a mis cofrades. Mis
viejos son del norte, ¿sabe?, del Brasil. Mi familia se dedica a los funerales,
pero yo me hice médico y me vine a la provincia. ¿Y quién me convence ahora que
no estoy haciendo lo mismo que ellos?
El viaje se hizo largo, y Manuel se
durmió. Cuando despertó, estaba siendo zarandeado por el médico que le decía
que se despertara.
- ¡Ey, viejo, levántese y ayúdeme!
Le había dado un fardo de tela como un
costal para cubrirse, impermeable y cálido. Cuando se sentó con los pies
colgando del pescante, Gonçalvez tenía una pala en una mano y le ofrecía la
otra.
-Tenga, si somos dos haremos más rápido. Ya
va a amanecer y tengo que llegar a casa porque mi mujer debe estar enfurecida.
Entre ambos buscaron al costado del camino.
-Usted cave el pozo para el chico, no
necesita ser muy largo, yo me encargo de los otros.
Gonçalvez empezó primero, Manuel se puso a
cavar con desgano y lentamente, echando miradas al médico que se esforzaba por
cavar con tanta dedicación como la que debía poner al abrir una panza enferma o
poner un hueso roto en su lugar. No parecía un médico, sino un manipulador del
cuerpo humano. Lo vio tirar la pala una vez terminada la fosa y caminar hacia
la carreta. Arrastró los dos cadáveres de los padres al piso, ató las piernas
con una cuerda y se ató la misma a la cintura. Así arrastró a ambos al mismo
tiempo, los dejó junto al agujero, y sin desatarlos, lo empujó con una patada.
Hizo la señal de la cruz. Luego volvió a la carreta y agarró el cuerpo del
niño, que debió haber tenido cuatro o cinco años. Se lo puso tras la nuca,
sujetándolo de los pies y de los brazos con la otra, como una especie de res.
- ¿Ya terminó, compadre? -gritó, porque el
ruido de la lluvia era demasiado espeso. Sin esperar respuesta, llegó a su lado
y tiró el cuerpo en la fosa. Movió la cabeza con desaprobación, pero no dijo
nada. Se puso a palear para devolver la tierra primero en una tumba y después
en la otra. Cuando terminó, se quedó apoyado con los brazos cruzados sobre la
pala, y parecía deponer todo el cansancio de su cuerpo sobre la pala.
- ¿Por
qué no puso al chico con sus padres?
- ¿Así
que se quería ahorrar el trabajo también? -contestó Gonçalvez. Tal vez lo
estaba mirando con ironía, pero era imposible verlo ahora tras el aguacero.
Sólo sintió el sonido hueco que fue tomando la forma de una tela que se
deshacía y se deshilachaba bajo la lluvia, pudriéndose.
De pronto, cada palabra de ese hombre
sonaba vacía de sentido, como una parte de la tierra que cae dentro de una caja
vacía, para desaparecer sordamente al terminar de llenarse. Cuando Gonçalvez
terminaba cualquier frase, no había nada que siquiera pudiese calificarse de
silencio.
Un vacío absurdo porque no era tal, sino la
ausencia de todo, inclusive del vacío y del silencio.
Lo escuchó respirar profundo en la
oscuridad del camino, como si de repente recuperase su condición física.
-No junto a los niños con los adultos
porque la tierra se alimenta de forma diferente. De un lado se corrompe con
mucha rapidez, del otro pronto crece la hierba. Hay algo que cambia en la
pubertad más que el cuerpo. El conocimiento lo cambia todo. La mirada es lo
principal que advertimos diferente, pero no es más que la señal más evidente y
tonta de todas las que llegarán después. Cuando sabemos, ya nos ha infectado el
bicho de la cólera, por decirlo de algún modo.
Comenzó a reírse a carcajadas de su juego
de palabras.
-No me haga demasiado caso, usted me
preguntó y me dejé llevar por lo que siempre ando pensando mientras ando por
estos caminos con los muertos atrás.
Retomaron el viaje, y Manuel volvió a
dormirse, esta vez solo, en la carreta.
Cuando despertó, el sol se escabullía
entre las nubes y caía con reflejos insoportables sobre su cara. Se deshizo de
la tela porque estaba completamente empapado en sudor. Al erguirse vio que se
habían detenido frente a una casa quinta en las afueras de un pueblo, aislada
en un terreno llano y amplio cercado por un límite natural de arbustos
achaparrados.
Vio salir por la puerta a Gonçalvez.
-Venga Manuel, usted está ardiendo en
fiebre. Nosotros lo cuidaremos. -Y mientras se dejaba llevar, sintió que un
brazo de mujer también lo ayudaba a mantenerse en pie.
Cuando
entraron, recorrieron la sala que apenas vio y lo llevaron hasta un cuarto con
una cama ancha y con sábanas tan limpias que parecían haber sido recién
tendidas. Se dejó caer sobre el colchón. Otro más, se dijo. Había pasado las
últimas semanas de su vida acostado, porque no tenía más alternativa, pero se
prometió que de algún modo haría todo lo posible por no morir en uno. Tal vez
balbuceaba este pensamiento, porque los otros dos se reían mientras iban de un
sitio a otro de la habitación, acomodando objetos que sonaban a porcelana, y
otras veces escuchaba el sonido del agua y sintió sobre sí mismo el olor del
jabón. Las manos de un hombre le estaban limpiando las heridas, y las manos de
una mujer le lavaban la cabeza. Abrió los ojos un instante y escuchó la voz de
ella diciéndole que los cerrara para que no le entrara jabón en los ojos.
Manuel obedeció, como había obedecido a Altea muchas veces. Por un momento su
mirada salió de la habitación por la puerta abierta, recorrió el pasillo recto,
atravesó otra puerta cercana y vio una cuna en el otro cuarto. Estaba justo en
el recto límite de su mirada. Creyó, también, escuchar un llanto, pero las
risas de la mujer que lo limpiaba eran tan juveniles y frescas como pompas
jabonosas que se rompían liberando algo sin historia previa. Cada pompa de
jabón al morir alimentaba el aire con un peso que se condensaba en el interior
de la casa, creando algo que aún no estaba pero que sentía tan pétreo e
ingobernable como el futuro.
Sí, eso es, se dijo mientras lo secaban y lo
cubrían con sábanas limpias. La sensación de futuro era tan consistente por que
se estaba condensando ahí cerca, cada vez más fuerte a medida que salía de su
cuarto y recorría el pasillo, hasta convertirse en una certeza evidente y
pesada como una roca suspendida en el aire que tarde o temprano tomaría la
forma de la habitación, o tal vez antes de eso caería sobre alguien,
aplastándolo.
Durante los siguientes días lo cuidaron y
alimentaron. Gonçalvez volvía tarde todas las noches, oliendo a medicamentos y
hierbas, pero sobre todo con las botas sucias de barro. Había recorrido muchos
kilómetros hacia el norte, y dijo que había zonas inundadas que tardarían meses
en secarse.
- ¿Y ya no hay tierra para enterrar a sus muertos?
-preguntó Manuel.
El médico estaba sentado a su izquierda, y
miró a su mujer, que estaba a la derecha de la cama. Había tomado ella la
costumbre de ir a leerle durante las tardes antes de cenar. Se miraron, pero
luego sonrieron.
-Mi marido ha tomado esas costumbres, y ya
no se le quitan. A usted nada podemos ocultarle, parece que ve con un tercer
ojo.
-Déjeme revisarlo de la vista de una buena
vez, amigo, ya se ha resistido demasiado, ahora que ya está mejor de la
heridas-dijo Gonçalvez.
Manuel dejó que se acercara con una
linterna.
- ¿Dice que no ve nada del derecho o del
izquierdo?
-Del derecho.
Gonálvez tenía la palma de su mano en la
frente de Manuel y le sostuvo primero un párpado y después el otro con el
pulgar.
-Pero al derecho no le pasa nada. Es el
izquierdo el que está nublado, quiero decir obstruido por lo que se llaman
cataratas. Vamos a hacer una prueba.
Le tapó sólo el ojo derecho con una venda.
- ¿Ve algo?
-Todo.
- ¿Y qué ve?
-A usted, amigo, a la señora Cintia, y al
niño Aurelio.
Gonçalvez se dio vuelta para mirar atrás,
e intercambió una mirada con su esposa.
- ¿Y dónde esté el chico?
-En
su cuarto, allá adelante.
- ¿Y cómo puede verlo si están las paredes
de por medio?
-Yo qué sé… sólo digo lo que veo.
Gonçalvez frunció el entrecejo, le quitó
la venda y tapó el ojo izquierdo. Le hizo una señal a su esposa para que
saliera del cuarto en silencio.
- ¿Y ahora ve lo mismo?
-No puedo saberlo, no veo nada.
-No me mienta.
-No
miento. Pregúntele a su esposa-dijo girando la cabeza hacia la derecha- ¿No es
así señora, no le expliqué lo mismo hace un rato?
Goncálvez entonces le quitó la venda.
Manuel se frotó los ojos y vio que ella ya no estaba, comprendiendo la trampa,
pero el otro ya estaba convencido.
El día que se levantó por primera vez para
cenar con la familia, se visitó con un pantalón y una camisa de Gonçalvez,
grandes para su estatura, pero la mujer los había remendado. Lo recibieron con
la mesa arreglada y con una serie de aplausos lisonjeros. El comedor estaba muy
iluminado, y la mesa lucía elegante con el mantel blanco, los candelabros y la
vajilla. Había una silla alta para el chico. Aurelio tenía dos años. Cintia lo
había llevado en brazos unos días antes a su habitación para que lo conociera,
y fue entonces cuando vio algo que no estaba bien. El niño tenía un cabello
rubio ceniza y la piel de la cara tan transparente que cuando se agitaba o
lloraba el rubor le daba el color de un tomate, y cuando dormía era tan pálido
que se le veían las venas de las mejillas y el cuello. Manuel lo había
acariciado, sintiendo algo que se estaba acumulando. Sólo podía compararlo con
una inundación, ya que era la imagen más presente que tuvo a mano en esos días.
El padre hablaba todas las noches de los pueblos inundados y de los muertos
flotando, tantos que no era posible recogerlos y enterrarlos en algún sitio
seco. Manuel contemplaba al chico en silencio mientras lo acariciaba y la madre
sonreía. Pero él también veía el cuarto del niño, más allá de las paredes,
vacío y sin embargo con una sensación de densidad, como si algo, - otra vez eso
indefinible e indefinido- se estuviese condensando en el aire. Algo que iría
petrificándose alrededor del chico. Le costó muchos días llegar a intuir, por
lo menos, de lo que se trataba. Lo incierto que se personificaba con las
propiedades del aire: la humedad, la densidad.
Entonces vio, la noche de la cena, el ojo
izquierdo de Aurelio, que lo estaba observando, serio, ensimismado, desde la
sillita alta del otro lado de la mesa.
Las voces de los padres lo distrajeron,
conversando sobre el pueblo y sobre la inundación, intentando apartarse de la
cotidiana rememoración de las enfermedades. Gonçalvez se esforzaba porque su
charla fuese alegre y trivial, pero caía permanentemente en los mismos temas.
La mujer era la única que lo lograba, distrayéndose, sirviendo la comida o
yendo y viniendo de la cocina con los platos. Ella había preparado guiso de
lentejas, papas hervidas y mazamorra. Pero no podía ser el eje continuo de la
conversación, así que se dedicaba a dar de comer a Aurelio. Había pisado una
papa con el tenedor y ahora se la daba en cucharadas. El chico abría la boca
sin protestar, pero su mirada se dirigía hacia Manuel. Cuando éste se dio
cuenta, también empezó a mirarlo de reojo, sin dejar de prestar atención a Gonçalvez,
que le hablaba de su familia y de su llegada del Brasil. Manuel ya se había
dado cuenta que la casa quinta y sus alrededores mostraban una prosperidad
económica que no coincidía con las escasas entradas de su profesión. La mujer
decía con un dejo de ironía que su esposo era demasiado bueno para cobrar a los
enfermos. Manuel no estaba seguro de que ella hubiese querido decir lo que él
interpretó: el fracaso. Debía sentir lástima por ese médico que no podía hacer
más de lo que hacía, y que había encontrado quizá más placer y compensación en
la labor de casual enterrador. Pero todo eso no era más que la superficie de lo
que todos parecían saber y no decir. Él, sin embargo, lo había visto, y tal vez
fuese mérito de su ojo izquierdo. El fracaso de Gonçalvez tal vez no fuese más
que su aceptación de que no podía ser otra cosa porque estaba en su linaje, por
llamar así a cierta clase de predestinación que no se refería solamente al futuro,
sino que se enraizaba en un pasado tan impreciso que parecía no tener
principio. La aceptación estaba en el rostro de Estanislao Gonçalvez con cada
vez mayor certeza, pero no era más que una resignación que conllevaba el dolor
como su mano derecha, como su guía, como el consuelo que servía para
regocijarse con el sentido de tragedia. Sin ese sentido, nada de lo que le
pasaba tendría jamás coherencia ni objetivo. Llamar sentido a la lógica interna
de su tragedia era lo que lo conciliaba con su presente: la muerte que lo
rodeaba sin tocarlo.
Y en la sala de esa casa con paredes
encaladas, cortinas finas, muebles traídos desde Buenos Aires, vajilla de
Europa y copas de cristal, que únicamente podían explicarse por el dinero que
la familia Gonçalvez le enviaba a su hijo descarriado, dinero que venía de su
vieja empresa de servicio fúnebres, Manuel observó la mirada del ojo izquierdo
de Aurelio. El chico, por primera vez, levantó una mano y rechazó la cuchara
que le ofrecía la madre. Ella insistió, pero se dio por vencida, y se levantó
llevándose el plato a la cocina.
Manuel y Aurelio se observaron, y fue
entonces que las miradas de ambos ojos izquierdos se cruzaron oblicuamente, y
en la intersección formada Manuel vio lo que tanto lo había inquietado todos
esos días. Lo que había presentido en la vida del padre del chico como una
predestinación que se encaminaba lentamente hacia una misma dirección, como si
ese algo tuviese pena del alma del hombre adulto, en el caso de Aurelio se
trataba de una condena. No habría pena ni posibilidad de conmiseración por
tratarse de un niño, o tal vez precisamente por eso no la habría. Un niño
sentirá menos dolor porque aún no sabe de qué se trata. Los adultos comparan
sus experiencias, y en lugar de servirles de consuelo, alimentan su resquemor y
hunden más profundamente su sensación de tragedia. La primera vez del dolor es
un evento sin comparación posible, ¿por qué debe haber lamentación sin saber de
qué se trata? Luego vendrá el miedo, con el recuerdo. Por eso el futuro se
ensaña tanto con los chicos como Aurelio. Los castiga sin que ellos se den
cuenta, y cuando lo hacen, ya es demasiado tarde, y llega entonces el dolor
como tal: desgarramiento, angustia, desesperación.
Lo vio rodeado de paredes oscuras, como la
del hospital de Santa Lucía. Sí, era un convento.
Lo vio vestido de negro, encorvado,
excavando.
Vio que lloraba, protestando y quejándose
de lo que no podía evitar. No entendía las palabras, pero peleaba con alguien,
señalando al techo de vez en cuando.
En una mano tenía la pala, con la cual
removía la tierra y la dejaba a un costado, interrumpiéndose constantemente
para agarrarse la cruz que colgaba de su cuello.
Un ir y venir de la pala a la cruz, de la cruz
a la pala.
Entonces
Aurelio, el chico de dos años, en la sala del comedor bien iluminado, levantó
un brazo señalando a la araña en el techo con sus varias velas encendidas. El
padre miró también, buscando lo que llamaba la atención del hijo. La madre
regresaba de la cocina con un plato en las manos, y se detuvo también para
mirar. Pero Manuel tenía la vista fija en el ojo izquierdo de Aurelio, y
entonces vio la fragilidad del hueso que se había roto hacía tal vez
incontables años en la larga línea de átomos de familia o de raza, quién podía
saberlo ni estar seguro de la preeminencia o del privilegio de la tragedia. La
fragilidad ya no era tal, porque la hendidura ya era tan firme como la roca, y
por esa grieta ambos podían verse, y ambos podían ver lo que el otro
contemplaba, extasiado de miedo y rodeado de una sensación de mísera angustia.
El
chico observaba a Cristo en el cielo raso de la sala, como una araña que
quisiera descender sobre ellos, pero no hiciese más que darles su gran sombra,
fría y negra como el vacío.
Manuel
nunca había visto una piedra hueca antes, el corazón de Aurelio fue suficiente.
Desde esa noche se esmeró en dedicarle
tiempo a Aurelio. Lo llevaba afuera en brazos, luego lo dejaba en el pasto y se
sentaba a verlo jugar. Siempre veía lo mismo en el ojo izquierdo de Aurelio,
una sombra que el chico reconocía cuando lo observaba a él, entonces detenía
sus juegos y se contemplaban uno al otro.
La madre comentó durante la cena que le
resultaba prodigioso verlos juntos en el parque, mirándose como si se hablaran
en silencio. Esa noche, Manuel empezó a pensar lo que debía hacer. El dolor de
Aurelio podría ser evitado, y quizá la muerte de Ariel había servido para que
él pasara por todo lo que había pasado hasta encontrar a este otro chico, cuyo
nombre sonaba singularmente similar al otro, y hasta el aspecto físico se
diferenciaba sólo por la edad.
Si libraba a Aurelio de su futuro dolor, y
de la penosa muerte que ya había visto (las palas se habían convertido en el
principal instrumento de esa familia), también él quedaría redimido. Para eso
había escapado del hospital, no para salvarse de su propia muerte física sino
para ofrecerla en sacrificio. De esa forma salvaría su alma y la de Aurelio.
Y empezó a pensar en cómo hacerlo. Todas
las noches durante la siguiente semana se quedó despierto planeando una y mil
formas, hasta que se quedaba dormido y se levantaba tarde. Y al escuchar los
golpes en la puerta y los llamados de Aurelio que lo reclamaba para desayunar y
jugar, se despertaba lamentándose que había pasado otro día en que todo había
sucedido únicamente en sueños, y la mañana lo hostigaba con la dulce realidad
de lo que debía convertirse en amargo.
Se levantaba y cumplía su día como una
jornada perdida. Ya su vida no era más que una espinosa carga que aborrecía.
Sólo veía en los ojos de Aurelio una paz que consistía precisamente en abolir
esa misma paz. El cortar el dolor desde su base, o mejor, desde antes que
naciera. ¿Pero no estaba ya en la vida de Aurelio ese dolor? ¿Qué son el pasado
o el futuro más que un eufemismo para disimular la arquitectura del presente?
Si él ya veía en la mirada de Aurelio que por
más que riera, ya estaba sufriendo. La única diferencia entre el dolor de un
niño y el de un adulto es la desesperación. La del primero es irracional e
incontrolable y disimula el dolor con expresiones puramente físicas. La del
segundo es casi esmeradamente elegida, se razona con ella hasta que se hace una
costumbre, y se tapa con mantos de angustia, que como capas de tierra hunden la
desesperación hasta enraizarla en el alma y convertirla en un jardín de espinas
y cizañas.
El domingo Cintia iba a la misa del
mediodía con su hijo. Gonçalvez salía a hacer visitas. Ella le había preguntado
a Manuel si quería acompañarlos, porque había visto la cruz, pero él no quiso
ir. Se quedó en la casa, recorriéndola a solas, pensando en los movimientos
cotidianos de la familia cada minuto del día. Era como un ladrón que
investigaba cómo penetrar el lugar en el que ya había entrado. Pero él no
estaba para robar nada, sino para liberar un alma condenada.
Cuando regresaron de la iglesia, escuchó
la puerta de calle abrirse y cerrarse, las voces del chico y la risa de Cintia.
Oyó los pasos de ella hacia la cocina y los de Aurelio, cortos y torpes, hacia
la habitación de Manuel. Lo vio entonces parado en la puerta, porque le habían
dicho que, aunque las puertas estuviesen abiertas, debía preguntar antes de
entrar. Manuel lo miró sin decirle nada: era esa la última oportunidad. Una
negativa lo habría hecho darse vuelta, y tal vez Manuel ya no se hubiese
atrevido a hacer nada. Pero fue más fácil el silencio, que implicaba, entre
ellos, el permiso.
Aurelio corrió hacia la cama y se subió.
Ambos se abrazaron. El chico le contó lo que había visto en la iglesia, la
gente que habían encontrado, lo que había escuchado. Manuel lo dejó hablar y
fue a cerrar la puerta.
De vez en cuando Cintia pasaba por el
pasillo con el delantal puesto y un repasador en la mano, echando una ojeada a la
puerta cerrada, siempre sonriendo. Ella era el contraste absoluto de su marido:
él la pesadumbre, ella la alegría. Se complementaban, y el chico era una mezcla
de ambos que nunca terminaría de formar una simbiosis. Uno de ellos
prevalecería: el padre era el cuerpo hecho pesadumbre, la madre era el alma
hecha optimismo.
Cristo, sin embargo, era precisamente un
cristo porque se había encarnado. Un dios no puede morir clavado en una cruz,
porque no tiene manos ni pies. La carne siempre gana todas las batallas, pero
pierde la gran guerra.
Manuel obligó a Aurelio a callarse y
acostarse. Y antes de que el chico pudiera contestar, le puso una almohada
sobre la cara y presionó muy fuerte. Aurelio pataleaba y se sacudía, pero a
Manuel le era fácil sujetarlo. Era tan chico, al fin de cuentas, tan pequeño su
cuerpo y delgados sus brazos.
La madre golpeó la puerta, llamándolo a
almorzar.
- ¡Vamos! -dijo Manuel.
Tal vez a ella le extrañó no escuchar la voz
de Aurelio, era muy raro que se mantuviera callado después de volver de la
calle. Lo había escuchado desde la cocina hablar y hablar sin interrupción, y
de pronto había hecho silencio.
Ella abrió la puerta y los vio. Corrió
hacia Manuel y comenzó a tirarlo de la ropa. La camisa se rompió e intentó
tirar del cinturón, pero ella no tenía fuerza. Manuel se había recuperado
gracias a sus cuidados, le había devuelto las fuerzas que ahora usaba para
matar a su hijo.
- ¡Basta! - gritaba ella, llorando y
golpeando inútilmente la espalda de Manuel.
Él no se había vuelto a mirarla. En realidad,
había cerrado los ojos como si fuese una forma de no sólo de verla o incluso
escucharla, sino que parecía concentrar su fuerza en presionar la almohada
sobre la cara del chico.
Pero de pronto ya no sintió los golpes de
la madre. No supo cuánto tiempo pasó, pero debió ser muy breve. Sí escuchó los
pasos de ella yendo y viniendo por la casa, luego el roce del vestido que estuvo
tan cerca que imaginó volvería a sentir los inútiles golpes en la espalda. El
chico aún se movía, no podía soltarlo,
Y sonó el disparo. El ruido fue más rápido
que el dolor.
Manuel calló boca abajo sobre el cuerpo de
Aurelio, pero ya no presionaba la almohada.
La madre se subió a la cama y liberó a su
hijo.
Aurelio tenía los ojos abiertos y
respiraba. Sin llorar, miraba la herida de Manuel en la espalda. Un gran
agujero rojo que rápidamente fue tornándose negro. Cuando la madre lo levantó
de la cama, él se sacudió en sus brazos, sin emitir sonido alguno, intentando
tocar el cuerpo de Manuel, extendiendo los brazos hacia esa espalda que era
como la puerta de entrada, la abertura abruptamente abierta hacia un mundo que
solo ambos habían intuido. Manuel iba a conocerlo, ya estaba en camino de
recorrerlo íntegramente. Aurelio extrañaba eso: lo que vendría.
Gonçalvez llegó más temprano esa noche,
por ser domingo. Al entrar vio a su mujer sentada en la mecedora, con Aurelio
en brazos. El chico estaba dormido, pero cuando se acercó abrió los ojos.
- ¿Qué pasó? -preguntó el padre a la
madre.
Ella estaba despeinada y tenía una manga
del vestido manchada con sangre. Él imaginó que debía tratarse de Manuel, tal
vez se habían abierto otra vez las heridas. Fue a la habitación. La puerta
estaba abierta. En el piso frente a la cama estaba la escopeta que él a veces
usaba para cazar. El cuerpo de Manuel seguía boca abajo en la cama.
Se pasó las manos por la cabeza, confuso.
Iba a volver a la sala a preguntar qué había pasado, pero se dijo que, si ella
había hecho eso, era porque no había podido evitarlo. De su experiencia como
médico pudo sacar muchas conclusiones sobre la conducta de la gente, y de su
cada día más frecuente tarea de funebrero había aprendido que de los cadáveres
se aprende aún más que de los vivos.
Dio vuelta el cuerpo, lo desnudó y lo
envolvió en las sábanas. Antes le sacó la cruz y la puso sobre la mesa de luz. Cerró
la puerta y salió al parque y caminó hacia el galpón posterior. Estuvo el resto
de la tarde de ese domingo y hasta mucho después de anochecer construyendo el
ataúd. Volvió a entrar, pero Cintia estaba sola ante la puerta.
- ¿Querés que te ayude?
Él negó con la cabeza, entró y salió con el
cuerpo a rastras. Ella después lavaría el piso.
Lo arrastró por el pasillo, los escalones de entrada y luego por el
pasto y después sobre la tierra hasta el cajón. Lo puso adentro y lo cerró con
clavos. Antes de partir, se acercó a la carreta.
-No te olvides esto, no nos
pertenece-dijo, y le entregó la cruz de plata envuelta en una venda.
Esa misma noche hizo todo el camino hacia
el puerto cercano a Santa Lucía. Manuel le había contado parte de su historia,
y Gonçalvez la fue armando a fragmentos. Cuando llegó era ya casi la mañana.
Encontró al encargado del embarcadero y le explicó. Entre ambos cargaron el
ataúd hacia la casilla. Adentro, había otro cajón. Le entregó un sobre con la
cruz.
Luego salió y volvió a subir a la
carreta. El caballo era el mismo de siempre, y tal vez se acordada del aroma de
ese hombre que habían encontrado bajo la tormenta muchas noches antes. Pero
pronto se olvidaría, como Gonçalvez también iba a hacerlo, porque los muertos
eran demasiados para recordarlos a todos, y él sabía que la memoria es aún más
endeble que la carne.
8
Altea salió de
la casilla donde estaban los cajones y se paró junto a Máximo, que miraba hacia
el barco en medio del río. El perro estaba sentado también mirando hacia el
mismo punto fijo que su amo. Cuando ella se acercó, Max movió la cola, pero se
lo veía cansado.
-Dicen que al norte está inundado, así
que será mejor curso para el “Juan Manuel”-dijo Máximo, astillando con sus
manos tensas un pedazo de madera.
Ella le agarró las manos y preguntó:
- ¿Estás seguro de que es Manuel el que
está ahí adentro? Y cómo…
-Porque conozco a Beltrame hace muchos años,
y vio nacer a Ariel, y…
-Está bien, pero el cajón de Manuel llegó
cerrado…
-Vamos
a preguntarle…
Pero el viejo ya se había acercado a ellos, y
evidentemente había escuchado.
-Con todo respeto, señora, el doctor
Gonçalvez lo trajo él mismo, el capitán lo conoce…-Máximo asintió- …y, además,
dejó esto para quien viniera a recoger el cuerpo…
Sacó de un bolsillo algo envuelto en una venda
de tela para heridas, y lo entregó a Altea. Cuando ella la desenvolvió y vio la
cruz, se ahogó en un llanto que la obligó a arrodillarse. Ambos la ayudaron y
la sentaron sobre uno de los pilones del muelle. Las olas del río golpeaban la
madera mientras ella lloraba sin poder contenerse. Máximo se arrodilló a su
lado, la abrazó y le hizo un gesto al viejo. Mientras se alejaba, la escuchó
repetir: “es mi culpa, es mi culpa”, y se fue pensando en la forma en que ella
apretaba la cruz contra su vientre.
-Calma-decía Máximo-. Le va a hacer mal al
niño.
Lentamente, ella fue serenándose, se secó
los ojos y lo miró con sorna.
- ¿Acaso no perdimos todo este tiempo tratando
de deshacernos de él? Si no nos hubiéramos ido del barco Manuel estaría vivo.
-Pero no sabemos nada cierto todavía….
- ¿Por qué salió del barco? ¿Por qué no lo
atendió Julio?
Miraron hacia el río. La figura de Natacha
ya no estaba junto a la barandilla. Ningún movimiento había en cubierta.
Parecía un barco muerto.
Caminaron juntos de vuelta a la casilla.
En la puerta encontraron a Beltrame hablando con un oficial que los saludó
militarmente.
- ¿Es usted el Capitán Mendoza, señor?
-Así
es, oficial.
-Soy
el Mayor Álvaro González, le traigo una carta…
Máximo
agarró el papel doblado en cuatro.
-Como verá, son solamente unas letras mal
hechas de un reo, y sólo en deferencia al destinatario me he acercado hasta
acá…
El
mayor iba vestido de uniforme, con la gorra en las manos y con una leve sonrisa
de complacencia.
Máximo desdobló el papel arrugado. Era la
caligráfica letra de médico de Julio Ruiz.
- ¿Dónde está el cuerpo? -preguntó.
Altea los miraba sin entender, tomó el
papel y leyó.
-No sé decirle con precisión, Capitán, de
eso se encargó el cabo que me sirvió de ayudante en el…en la…-decía mirando a
Altea, como dudando de pronunciar tales palabras ante una dama embarazada.
-El fusilamiento-dijo Mendoza, y el mayor
asintió.
No hubo despedida. González subió a su
caballo y volvió a alejarse por donde había venido.
A
Máximo le temblaban las manos. Le había arrancado ora vez el papel a Altea y lo
tenía tan fuerte que iba a romperlo. Caminó hacia la punta del muelle y ella lo
siguió, llorando. Beltrame intentaba consolarla.
Cuando estuvieron junto al borde, Máximo
dijo:
-Tres muertos, tres muertos sobre mi
espalda, tres muertos en mi corazón, Altea.
Se sentó, balanceando las piernas en el
vacío. Ella hizo lo mismo. Luego él se inclinó sobre la falda de Altea y
escondió la cara en el vestido.
Beltrame no sabía si alejarse o quedarse,
no era honroso que un hombre de la calidad del capitán Mendoza supiera que otro
hombre lo veía llorar. Pero enseguida lo oyó decirle:
-Prepare el bote, viejo…
-Pero
Máximo-dijo Altea. -No vayas ahora, primero tenemos que enterrar a los muertos.
Dos horas después estaban en camino al
camposanto. Cargaron los cajones entre Beltrame, Máximo y dos hombres del
puerto, que, aunque pronto anochecería, se ofrecieron a acompañarlos. Altea y
Máximo iban adelante, el viejo y los otros sentados atrás junto a los cajones. El
perro iba con ellos, y de vez en cuando olfateaba las juntas de la madera. El
olor de los cadáveres era más soportable al aire libre, sobre todo porque se
había levantado un viento que anunciaba el inminente otoño, y el aroma de la tierra
mojada y del río parecía jugar en suaves torbellinos a su alrededor. Pararon
frente a la capilla, y apareció un chico corriendo.
-Capitán, el cura dice que ya sale.
Enseguida lo vieron salir, caminando sobre el
polvo húmedo con las sandalias de trenza y la sotana vieja y gastada. Pero el
Padre Leguizamón no era viejo todavía, tenía no más de cuarenta años y había
llegado a esa zona hacía poco. Había heredado la habitación del anterior cura
que habían matado los indios, y heredado la sotana que lavó y cosió en los
sitios perforados.
Se subió atrás, empujando uno de los cajones,
y los otros le hicieron sitio. El chico se quedó esperando abajo, mirando con
curiosidad a Altea.
- ¿Vas
a venir? -le preguntó ella.
El
chico subió con los otros. Cuando el cura le vio la sonrisa, se la borró de un
bofetón.
El camposanto estaba a dos o tres leguas
río abajo, internándose luego en un pueblito sin nombre. Ya había oscurecido,
pero Máximo insistió en sepultar los ataúdes y terminar con todo eso de una vez
por todas. Sólo los imbéciles tendrían miedo a la oscuridad en un cementerio,
que ni eso era, porque no había más que cincuenta tumbas con alguna marcación,
fuese cruz, lápida o apenas una piedra. El cura dijo que enterraban gente ahí
desde hacía más de cien años, según le había dicho en la vicaría cuando llegó a
la provincia. No había registros.
Bajaron los ataúdes, dos hombres para cada
uno, mientras Altea y el cura iluminaban el camino con lámparas. El cielo
estaba encapotado desde la mañana, así que ni luna había, y tal vez fuese
mejor. La luz de la luna sobre un camposanto resultaba más estimulante de la
imaginación que la completa oscuridad.
El chico se había aferrado a una mano de
Altea, y el perro caminaba a su lado.
Máximo iba adelante, cargando la cabecera del
cajón de Ariel. Había escuchado voces durante todo el camino hacia allí. Voces
de tres muertos no tenían la más mínima consideración al hablar para que él
pudiese entenderlos. ¿Pero cómo exigirles eso?, se preguntaba. Cada uno muere
solo, y su desesperación se funda en esa soledad que es como un vacío imposible
de llenar, un vacío pétreo anudado en la garganta, o quizá una especie de
coágulo endurecido formado en el cerebro de los que siguen viviendo. Un coágulo
muerto que continúa latiendo al ritmo de un corazón inexistente, que se abre y
se cierra, se abre y se cierra, emitiendo las voces con el ritmo monótono de
una melopea.
No hay fin para eso, lo sabía. Pero de todos
modos iba a tratar de ocultar esos sonidos con otros más fuertes, brutales, tal
vez, y hasta con la irrespetuosa banalidad de lo superfluo. Enterraría a los
muertos, gritaría improperios, rompería cosas y tal vez hasta matara gente.
Haría hechos violentos que implicaran mucho ruido y mucho escándalo. Tal vez
así las voces, aunque no cesaran, sufrirían el menoscabo del desprecio.
Incluso tu voz, Ariel, tu suave voz de chico
tímido, miedoso, tu voz de tanto respeto que implicaba la humillación
innecesaria. Eras mi hijo más que si hubieses sido mi hijo, eras el punto claro
de mi conciencia, como esa lámpara que ahora nos guía en esta oscuridad llena
de ruidos y susurros. Los ruidos del mundo bajo la tierra, los susurros del
cielo. Están moviendo los depósitos en la fábrica de huesos, haciendo lugar
para recibirte. Te harán un claro espacio porque los viste antes, en tus
ensimismadas contemplaciones transcriptas en tus dibujos.
Y Julio, encontrarás a los que salvaste y a
los que mataste con lo que sabían tus manos, instrumentos de tu sabio cerebro
lleno de libros y cadáveres. El cerebro de un médico es un gran cementerio
donde cada cuerpo ha sido esmeradamente disecado, musculo por músculo, vena por
vena, hueso por hueso. Te prepararán un espacio honroso con la arquitectura de
una catedral gótica, donde retumbe en las naves el canto de las almas que
corran por los tubos de un órgano formado de huesos: los fémures que cortaste,
los húmeros que quebraste y los cráneos que abriste. Y tu tumba será un
mausoleo hecho de sangre helada. Porque en la catedral que te hicieron, siempre
será invierno.
Mascullaba estas palabras, con la cabeza
gacha, y creía estar ocultándolas de los oídos de los otros. Pero Altea
percibía algunas, y ella las repetía colocando en el lugar de los nombres otro
nombre.
El cura también rezaba, tal vez, pero
posiblemente sólo estaba maldiciendo el haber aceptado ese compromiso, o quizá
estuviese buscando un lugar amplio donde hacer tres tumbas. Tropezaba con
piedras que no eran sólo eso, sino mojones que marcaban una sepultura. Hacía la
señal de la cruz y continuaba con la lámpara en alto.
Al
fin, dijo:
-Acá hay un buen lugar. -Le pidió Altea que
le pasara la otra lámpara y levantó ambas.
Era un espacio entre los yuyales, abierto
recientemente porque aún se sentía el olor de la quemazón.
Dejaron los cajones en el suelo y el chico
corrió a buscar las palas a la carreta. Altea temía que se perdiese en la
oscuridad.
-Conoce este lugar mejor que nosotros, por
lo menos de día, y seguramente ha venido de noche también con los otros
chicos-dijo el cura.
Regresó pronto y entregó las palas. Los
hombres fueron turnándose para cavar, y era casi medianoche cuando terminaron.
Bajaron los ataúdes y devolvieron la tierra a las fosas. El padre Leguizamón
hizo un responso. Mendoza le pidió que dedicara unas palabras para el descanso
del alma de Julio Ruiz.
- “Concédeles, Señor, el descanso eterno,
cuando venga a juzgar al mundo por el fuego”.
La señal de la cruz de cada uno fue a
destiempo y mal hecha: la lenta y llorosa del Altea, la incompleta del chico, la
varias veces repetida del cura, la interrumpida y dudosa de los hombres del
pueblo, la tensa y firme del viejo Beltrame.
Máximo Hurtado de Mendoza fue el único
que tardó tanto, que todos pensaron que ya no la haría. Hizo la señal, pero fue
muy rara. Los demás no la entendieron, salvo Altea que lo miró con amargura.
Máximo había hecho la cruz tres veces, pero no como los católicos en la frente,
en la boca y en el pecho, sino como la cruz ortodoxa. Sabía ella que Máximo
tenía el pensamiento fijo en Natacha. Aquella mujer, que no había podido
retenerlo con el amor, ahora había vuelto a atraparlo con los nudos de la ira.
Regresaron al puerto cerca de las dos de
la madrugada. Beltrame les ofreció la casilla para dormir, no podía darles otra
cosa. Pero el Padre Leguizamón se negó rotundamente y les dijo que durmieran en
la iglesia. Así fue como regresaron a la capilla, corrieron los asientos y se
recostaron sobre dos frazadas. Los cirios del altar eran permanentes, e
iluminaban varios metros alrededor. La sombra del Cristo del altar se alzaba
más grande que la figura original apoyada en una columna. Ninguno habló durante
largo rato, y entonces se oyó la voz de Altea:
- ¿Sabías que Manuel quería ser sacerdote?
Era una tradición en su familia que por lo menos uno en cada generación entrara
a la Iglesia…
-Sé de eso, los entregan en pago de muchos
beneficios…
-Pero cuando nos conocimos, contrarió a
sus padres…-Altea se detuvo y se comió su llanto. -Nunca debimos casarnos, yo
no lo amaba lo suficiente...Dios, qué culpa siento, quién sabe lo que debió
haber pasado, y yo que lo traté con tanto desprecio…
Estaban en una Iglesia y no eran marido y
mujer, el cura lo sabía y sin embargo los había dejado solos uno junto al otro.
Cristo miraba y no decía nada mientras ellos se abrazaban.
-Hay muchas cosas que no debimos haber hecho,
y evitado que otros hicieran-dijo Mendoza. -Lo único que podemos hacer es
lamentarnos hasta la siguiente vez en que haremos o dejaremos de hacer
exactamente lo mismo. Dicen que Cristo muere cada vez que pecamos, y resucita
cada vez que nos arrepentimos.
Las llamas de los cirios se movieron con
la brisa que entraba desde el campanario, y provocaron que las sombras se
movieran.
Finalmente se durmieron, y el chico los
encontró abrazados cuando llegó a despertarlos en la mañana. Max había dormido
con él y ahora daba vueltas alrededor. Se veía contento y bien comido luego de
muchos días.
-El
bote está listo como pidió anoche, capitán.
Máximo se restregó los ojos ante la luz.
Altea se levantó y siguió al chico a la casa, donde la madre la esperaba para
asearse. Mendoza se lavó en la habitación del cura, que había salido temprano.
Luego ambos se reunieron en el puerto. El “Juan Manuel” lucía gris bajo la
tenue luminosidad de esa mañana de otoño. No se veían movimientos importantes,
sólo el paso sobre cubierta de algunos marineros que no alcanzaba a reconocer.
El remero estaba listo y ambos subieron y se
sentaron. El chico se despidió de Max y el perro saltó al bote.
-Sos un chico muy valiente, Bernardo, dale
saludos a tu madre-dijo Altea. -Lamento que no conociéramos a tu padre.
-No tengo, misia, pero dijo mi mama que era
dotor-. El orgullo llenó de rubor sus mejillas al ver que ellos no se burlaban
como muchos otros debieron haberlo hecho antes.
-Me gustaría que me usted me escriba, misia,
el Padre me leerá sus cartas…
-Bueno,
te escribiré-dijo ella. - ¿Cómo es tu nombre completo?
-Bernardo
Ruiz, misia.
Ya se estaban alejando cuando Máximo oyó
ese nombre sobre las aguas del río, y recordó la carta que llevaba en el
bolsillo interior de su chaqueta. Había dejado de ser el triste deseo de un reo
para convertirse en una ley.
*
La mañana que
regresaron al barco era tenuemente agrisado, y el reflejo del sol entre las
nubes repercutía sobre el río generando ráfagas de luz, que casi eran sombras
pálidas en el fondo iridiscente del cielo. Sin embargo, ya en cubierta, Máximo
Mendoza encontró que su barco, en el cual tanto había invertido entre
esperanzas y dinero, no era más que un barco fantasma del que se habían
apoderado el silencio, la suciedad y el olor de lo viejo.
Ayudó a Altea a subir, y notó en sus ojos
lo mismo que él estaba sintiendo.
La cubierta estaba sucia de pescados
podridos, papeles que se movían con el viento, y el olor a humedad y
putrefacción venía desde todas partes, de la cocina seguramente, de los
camarotes, de las dependencias de los hombres. Los viejos mástiles que ya no se
usaban parecían troncos muertos en un bosque quemado, porque así lucía la
cubierta, casi negra de mugre y descuido.
Mendoza llamó a sus hombres a los gritos,
primero sin moverse, esperando la respuesta habitual e inmediata a su orden.
Sin embargo, nadie apareció. Sólo cuando comenzó a recorrer la cubierta hasta
la escotilla principal apareció uno de los marineros. Al principio pareció no
reconocerlo, era de los más viejos y se lo veía cansado y demacrado. Se
restregó los ojos mientras terminaba de subir la escalera, y parándose frente a
capitán puso la cara más absurda que Mendoza hubiese visto alguna vez: la cara
de un borracho cuya única inquietud era seguir emborrachándose.
- ¡Márquez! ¿Qué pasa con todos, dónde están
los demás?
- ¡Capitán!
Mi querido amigo, tanto tiempo que no lo vemos, creímos que nos había dejado
para siempre…
El viejo lo abrazó, sosteniéndose de él y
sin querer soltarse hasta que lo forzó. Habría querido pegarle hasta que se
despertase del todo y le explicase por qué había dejado que el barco, esa nave
que el propio Emerindo Márquez había ayudado a reparar como ingeniero, llegase
a tal estado. Las maderas crujían, y las máquinas estaban muertas.
Altea se había acercado y el perro se
había alejado, husmeando sin duda viejos olores.
Ella puso una mano sobre la cabeza del
viejo.
-Márquez,
querido, ¿no me reconoce? Venga para acá, siéntese en este banco y tranquilícese.
Máximo
se había quedado parado viendo cómo ella hacía lo que él debió haber hecho,
pero tanta era la ira que lo único más sensato era abstenerse de actuar y
permanecer en un silencio hostil. Pensaba, principalmente, en alguien que
estaba sin duda en una habitación llena de relicarios y crucifijos bajo
cubierta.
Márquez se había puesto a llorar, se tapaba la
cara con las manos mientras Altea, sentada a su lado, lo calmaba con palabras
de consuelo, acariciándole las manos callosas para intentar separarlas. Le
pidió a Máximo que buscara agua y comida, el viejo se veía desnutrido, parecía
no haber consumido más que aguardiente desde hacía semanas. Mendoza había
adquirido de pronto la expresión de quien recupera la conciencia de un orgullo
del que se había despojado por propia negligencia. Era el capitán y no un alférez.
No se movió. Altea ni siquiera volvió a
repetirle su pedido. El viejo ingeniero la necesitaba. Había sido uno de los
pocos oficiales que la había tratado con desinteresada amabilidad desde el día
que ella y Manuel abordaron. Julio Ruiz había sido siempre respetuoso pero
distante, en cambio Márquez la había tratado como quien trata a una hija o una
hermana, sin excesiva confianza, pero también sin culpa de clase.
-Desde que el niño Ariel se murió, el
barco se murió con él-dijo el viejo, abandonando las lágrimas a medida que sus
palabras se iban hilvanando en frases claras y cada vez más lúcidas. Recuperaba
la sensatez con la ayuda del pensamiento recuperado. Dejaba atrás los días sin
noción del tiempo y lleno de gritos desde los camarotes, de pasos agitados por
los pasillos.
-El doctor Ruiz se encerró a cuidar al
señor Manuel, durante muchos días. La señora Natacha rezaba y se lamentaba todo
el día y todas las noches. No había nadie que controlara a los hombres. Dormían
y se emborrachaban. Yo traté de mantener todo esto, pero ya ninguno me hizo
caso. Después, el doctor desapareció, nadie lo vio irse, pero el señor Manuel
tampoco estaba, y entonces la señora Natacha se enojó. Un día reunió a los
hombres que quedaban porque muchos se habían ido a tierra, y los insultó y los
echó. Le reclamaron la paga, y ella fue a su camarote y regresó con un cofre.
Repartió el dinero y los hombres se fueron. Yo me quedé porque no tengo a
dónde, porque no quiero abandonar este barco. Si se muere el “Juan Manuel”, yo
también me muero.
Mendoza sabía que Márquez había puesto
todo el esfuerzo de su experiencia para reparar el barco. En Buenos Aires sus
colegas lo habían felicitado a medida que veían el progreso en el astillero.
Márquez era un hombre respetado, y tenía un hijo ingeniero y otro arquitecto,
que vivían en Francia. Del tercero no hablaba casi nunca, era pintor, había
dicho alguna vez, y le daba vergüenza mencionarlo. Se había puesto a llorar
nuevamente, pero de pronto abrió los ojos, asustado, mirando hacia la escotilla
por donde había entrado corriendo Máximo, tropezando casi en los escalones,
mientras llamaba a gritos, reclamando, el nombre de Natacha.
Altea se levantó y lo siguió, pero ya no
podía correr como antes y temía caerse por la escalera. Sería una forma de
deshacerse del chico, pensó, pero también podría matarse ella, y ahora lo
imperioso era detener a Máximo, protegerlo de sí mismo. Porque sabía que si no
iba tras él habría algo más grande que lamentar. Cuando llegó al camarote de
Natacha, él apenas había atravesado el umbral de la puerta y se había quedado
mirando la habitación. Lo vio recorrer con la vista las paredes y los muebles
llenos de reliquias y de imágenes de santos y de crucifijos de todas formas y
tamaño. Ella no pudo evitar hacer lo mismo, y le llamaron la atención
especialmente aquellos cristos retorcidos construidos por los indios. La cruz
que ahora llevaba nuevamente colgando sobre su pecho era muy parecida.
Natacha
estaba acostada, y había levantado la cabeza al oírlos entrar. Máximo corrió a
ella y la agarró sacándola de la cama y tirándola al piso. Se arrodilló sobre
ella y la retuvo con una mano apretándole la cara y la mandíbula, y con la otra
le sujetándole las manos. Altea intentó separarlo.
- ¡Basta
Máximo! ¡Basta, por favor! ¡No vale la pena, ella no lo vale amor mío!
Natacha se dejaba hacer, sin defenderse.
Escuchaba a Altea, y hasta parecía sonreír bajo la mano de Máximo.
- ¡Maldita hija de puta! ¡Hija de todos
los demonios! ¡Mataste a Ariel, mataste a Julio!
Natacha hacía un ruido como si se estuviera
ahogando, el pecho se estremecía y las piernas le temblaban.
- ¡Basta Máximo, basta! -decía Altea, sin
soltarlo, pero sabiendo que le era imposible detenerlo. La espalda de los
hombres es fuerte, y nada podía hacer ella con sus brazos débiles y su cuerpo
cansado para apartarlo del crimen que iba a cometer. Ella misma deseaba
matarla, pero no podía permitir que el único hombre que amaba, que ese dios
omnipotente que había descubierto, perdiera su dignidad cometiendo un
crimen. Ella sabía que un dios no
castiga quitando la vida, sino prolongándola. Allí estaban las imágenes que los
rodeaban para comprobarlo.
Entonces Máximo sacó la mano que cubría la
boca de Natacha. Él respiraba agitado, con la cara angustiada y el sudor en el
cuerpo. Ella respiró profundo, y se puso a reír con voz muy baja, pero el
sarcasmo era tan profundo que no había manera de arrancarlo completamente. El
alma de Natacha tenía la forma de la ironía como flores, el desprecio absoluto
como el tallo que las sostenían, y el dolor como raíz. Quizá se alimentaba de
ira, y esas imágenes lo demostraban: eran cristos furiosos porque eran impotentes,
no podían sacarse los clavos sin volver a sufrir, no podían caminar sin ver la
sangre que caía de su frente con la corona de espinas. Veían el mundo a través
de los orificios de esos clavos, agujeros donde ya no había huesos ni carne,
sino las imágenes del futuro: espejos del futuro que reflejaban el pasado.
Espejos reflejando espejos.
Luego Máximo se levantó y comenzó a
recorrer la habitación. Palpó los crucifijos colgados, volteó las imágenes, y
cuando llegó al cofre del dinero dijo:
-Tiraste todo por la borda, todo por lo
que trabajé todos estos años…
Entonces Natacha supo que lo abriría, se
levantó para detenerlo, pero él ya lo había hecho.
Cuando abrió la tapa salieron moscas, y
adentro había algo que parecía una mano todavía hinchada, llena de gusanos y
que ya comenzaba a secarse. Cerró de golpe, retuvo una arcada y salió
corriendo. Natacha fue tras él. Altea no entendía lo que pasaba, pero los
siguió, lenta y con las piernas doloridas.
Máximo subió la escalera, Natacha lo hizo
con lentitud, enganchándose con la falda y tropezando hasta llegar a cubierta.
Él ya había llegado al borde y arrojó el cobre al agua. Natacha llegó y se
aferró a la baranda como la había visto hacerlo el día anterior desde la costa.
La vio alzarse un poco y asomar el torso. Las faldas negras eran como la cola
de un buitre, sus brazos aferrados a la baranda eran las garras, y el torso y
la cabeza de cabello negro y despeinado eran la cabeza y el pico. La vio tan
claramente con esta forma, que de pronto descubrió la similitud con las figuras
de los cristos torcidos obtenidos en los pueblos por donde había pasado. Todas
las figuras que la gente le había regalado cuando aún vivían en Santa Fe y
todos los que compró en un pueblo u otro durante el viaje, eran iguales a ella,
o ella iguales a todos ellos. Un Cristo de vestido negro igual a un manto piadoso
a la vez que execrable, un Cristo afeminado con pechos y vagina, de miembros
flacos y sin vello, un Cristo como un ave que no podía volar, un ser impotente,
y que por eso odiaba. Un ser que añoraba al único dios que la había dado las
alas y se las había arrancado con su muerte, el dios enterrado en Polonia.
Ahora lloraba en lugar de reír. Con la
cabeza asomada sobre el río, las lágrimas caían sobre las cabezas de los
yacarés que se acercaron a oler el pedazo de carne que había caído. Altea la
agarró de los hombros y la obligó suavemente a que bajara. Rodeó su talle con
los brazos y la hizo caminar junto de vuelta al camarote.
¿Qué es la solidaridad entre mujeres, se
preguntó él, sino un refugio endeble contra los hombres? Aborreció a ambas,
incluso a la que amaba. Pero más a la que había amado alguna vez.
Y entonces escuchó su voz. Ella se había
dado vuelta, sin rechazar la ayuda de Altea, de pronto lleno su rostro de
aquella parsimonia que había construido en su cara durante los últimos tiempos
frente a Manuel.
-No maté a ninguno de ellos. Se mataron
solos. Todos lo saben. Allá está la negra para preguntarle, siempre esperándote
como un perro en la cocina.
Después miró a Altea y acarició la cruz.
-Veo que la recuperaste-dijo. -La cruz tiene
su camino y lo recorre con sabiduría. El círculo de la serpiente que se come a
sí misma.
- ¿Qué? -preguntó Altea.
-Nada, querida. Mientras dure tu embarazo,
entenderás menos, pero verás más.
Altea
se abstuvo de encontrar alguna sensatez en esa mujer. La ayudaría a regresar a
su cuarto y hacerla descansar. No sabía bien en qué consistía la solidaridad
entre las mujeres, no la había sentido por aquellas que más lo merecían, como
con Carmela Espinoza o la tía Eustaquia de Las Heras, sino por esta otra que no
había hecho más que destrozar la vida de los hombres que la rodeaban. ¿Qué era
lo que la unía a ella? ¿Ambas estaban en el mismo círculo del que le había
hablado tiempo antes, la cruz cortada, el círculo y el número Pi? No sería
extraño si pensaba en Manuel, en la forma en que vivieron y en la que se
hablaron todos esos años. Y sobre todo la forma en que se separaron:
ignorándose como consecuencia del olvido, porque ni siquiera fue desprecio. El
desprecio es el cadáver del afecto, y ese cadáver era el que le habían
entregado dentro de un cajón cerrado que olía a podredumbre.
Entraron a la habitación. Altea la ayudaba
a caminar porque Natacha sentía las piernas débiles, según decía, y el vestido
le quedaba flojo y se tropezaba con el borde de la falda. Pero sentía que era
Natacha la que en realidad la conducía. Una era muy delgada, la otra comenzaba
a abultar su vientre, pero la más flaca era quien la conducía en realidad. El
pelo negro y ensortijado enmarcaba el rostro pálido, pero de intensa mirada.
La dejó en la cama, sentada, mientras iba
en busca de agua fría y un paño. La hizo acostarse y le mojó la cara con agua
fresca. Le desabrochó los botones superiores del vestido y le refrescó el
pecho. Natacha la miraba apenas, como desentendida.
- ¿Qué le pasó a mi esposo? -preguntó. Ya
no podía más, necesitaba alguna respuesta.
Natacha abrió los ojos y la agarró la mano
con el trapo. Se reclinó sobre la almohada y suspiró profundo.
-Después
de que ustedes se fueron al pueblo, Ariel y yo discutimos más fuerte de lo
normal, por lo de siempre, sus dibujos, su deseo de viajar con Máximo. Se enojó
mucho esta vez, lo vi… ¿cómo puedo explicarle? Lo vi rebelde, y eso a causa de
Máximo, que siempre le ha hablado en contra mía. Así se lo dije, y él se
empecinó en seguirlos a ustedes. Yo se lo prohibí, y entonces se tiró al río
para nadar hasta la costa, y entonces, esos animales, los yacarés…Pero antes,
querida, apareció Manuel, que había escuchado nuestros gritos, y cuando lo vio
tirarse, también lo hizo para salvarlo. Pero ya era tarde. Manuel fue herido
porque tuvo el sentido común de darse cuenta de que ya no podía hacer nada. Los
hombres lo rescataron, y Julio empezó a curarlo. Pero pasaron los días y las
heridas no se curaban. Parece que había que amputarlo, y Ruiz decidió llevarlo
al hospital de Santa Lucía. Después de que se fueron, ya no supe más nada.
Natacha la miraba a ella y a la cruz
mientras hablaba, con algún sollozo intercalado, buscando con las manos un
pañuelo entre las sábanas.
-Manuel era un buen hombre, querida, usted
debe sentirse orgullosa. Mire que intentar salvar a Ariel de esos monstruos. La
muerte de mi hijo fue mi culpa, lo reconozco. Le exigí demasiado, y él era
débil de carácter. Tenía el aspecto de mi padre, y por eso lo creí más fuerte
de lo que era, y le pedí demasiado, me parece. Si quiere, écheme la culpa
también de la muerte de su esposo, de algún modo también fue por mi causa.
Entonces alzó la mirada hacia el crucifico
que estaba en la pared sobre la cama. Hizo la señal de la cruz y dijo:
-Al doctor Ruiz no sé qué le pasó, es la
verdad. Él se arriesgaba a bajar a tierra, lo sabía muy bien. Lo hizo por la
vida de Manuel. Eran hombres muy buenos, que conocían su deber. Pero Máximo se
fue con usted, mientras nosotros…acá…
Cerró los ojos, como queriendo dormir, pero
de pronto los abrió.
-No se separe de esa cruz, Altea, hasta el
día que se muera. Manuel no lo habría querido. Él me contó que la amaba mucho a
usted, si hasta renunció a Dios para casarse con usted, querida. Imagínese…
pero ¿qué digo? Ya usted lo sabrá muy bien y lo habrá valorado.
Altea se sintió de la manera en que
Natacha había esperado. Y eso significaba verla apesadumbrada, yendo de un
sitio a otro de la habitación, acomodando lo que Máximo había tirado al piso,
trayéndole algo de comer, cambiándole la ropa de cama, sentándose o acostándose
a su lado para tomarle una mano y preguntarle si necesitaba algo. Natacha se
daba cuenta de que no lo hacía por ella, sino que cada segundo y cada acto era
una manera de compensar la culpa. ¡Qué grandioso sentimiento!, pensaba. Ningún
otro es tan fuerte ni puede conducirnos a tanto ni tan firmemente como ese.
La culpa es fiel.
Máximo bajó a la cocina. Estaba a oscuras.
- ¿Hay alguien? ¿Tomasa?
Escuchó un movimiento, tal vez de una silla
que se movió y cayó con rapidez, y luego el gemido de una respiración pesada.
Pero ya había reconocido el olor de la negra antes de que ella encendiera una
lámpara.
- ¡Pero si es mi niño Máximo! -gritó,
corriendo y abrazándolo con fuerza.
- ¿Cómo está mi querida negra? -dijo,
tratando de desprenderse del ese abrazo. La vieja Tomasa estaba más gorda que
la última vez que la había visto.
La negra lo soltó, pero lo sacudió de los
hombros y le agarró las manos para llevarlo a sentarse junto a la mesa grande.
- ¡Creí que nos había abandonado! Usted y
las polleras, mi diosito…-dijo juntando las manos y moviendo la cabeza de un
lado a otro. - ¿Pero por qué me mira así? ¡Ah, ya sé! Estoy más gorda, es
verdad. Es que como no tengo para quien cocinar, me siento acá en la oscuridad,
pienso y como.
- ¿Y en qué piensa, mi negra?
- ¡Uy, en tantas cosas que pasaron desde
que mi niño se fue!
- ¿Y qué pasó?
Tomasa se sentó apoyó los codos en la mesa,
entrelazó los dedos, como si rezara, y se golpeó la frente varias veces.
-El diablo se metió en este barco, niño. Y
tiene polleras…
-Vamos, vamos Tomasa. Ya sé que no se
lleva bien con mi mujer, pero de ahí a…-Máximo sonreía para aliviar a la vieja,
su corazón latía al ritmo de la congoja.
La vieja se agarró el pecho justo antes de
hablar. Máximo le trajo aguardiente que ella escondía siempre en un cajón de la
despensa. Ella bebió directamente de la botella, la dejó sobre la mesa y
acarició con brusquedad la cara de Máximo.
-Gracias mi niño, si no fuera por usted que
me dio la libertad.
-Vamos, negra. No digas pavadas. Ya eras
libre cuando te encontré…
-Acá, mi niño, pero en el Brasil me
buscaban, y todavía hay quien debe acordarse. Si lo sabrá el dotor…Siempre hay
alguno que no olvida, mi niño…
-Entonces vos sabés por qué desembarcó…
- ¿Que si lo sé? Yo estuve acá todo el
tiempo, mi niño, vi y oí todo.
La lámpara fue agotando su combustible y
la penumbra recuperó su espacio en la cocina, mientras ella hablaba y hablaba,
interrumpiéndose muchas veces para llorar, secarse las lágrimas o tomar más
aguardiente. De vez en cuando hacía silencio para ver cómo Máximo tomaba sus
palabras, pero ella lo conocía desde muy chico y sabía que se guardaría todo
sentimiento hasta el momento de estallar. Había escuchado los movimientos y los
gritos desde la habitación de Natacha. Hasta llegó a pensar esa tarde que la había
matado, y entonces un gran alivio dominaba su espíritu. Pero poco después
escuchó esa voz de ella, que era como el sonido de una mueca sarcástica que
cortaba todo el aire a su alrededor y creaba dos espacios incongruentes, dos
fuerzas destinadas inevitablemente a la lucha.
Ahora el cielo estaba igual de oscuro que
el interior de la cocina, pero ellos no lo sabían. No alcanzaban a verse las
caras, y sin embargo las adivinaban certeramente. Ella con la pesadumbre
dibujada como gotas de grasa en la cara tiznada y negra, igual al horno junto
al que había cocinado todos los días. Él con el color de la ira en el rostro y
la más obtusa confusión tejiendo marañas alrededor de su cerebro. Entonces
agarró una mano de la negra y la llevó a sus labios. La besó y dijo algo en voz
muy baja.
Ella entendió, sin contestar. Se quedó
sola en la cocina, rodeada de los olores que eran más entrañables que los
hombres que había conocido. Había esperado a que su niño Máximo llegara para
que él supiera la verdad, y ahora que lo había contado todo, estaba tranquila.
Apoyó la cabeza sobre la mesa y pronto se durmió. Soñó con los árboles del Mato
Groso, con el agua del río y los deslumbrantes colores de los pájaros. Pasó por
su sueño aquel negro que la había besado y con el que había pasado muchas noches,
y también en los blancos que la habían manoseado y le había dado varios niños
que ella mató antes de nacer. Pensó en su madre y en sus hermanas, en las
largas jornadas de trabajo en las plantaciones, y en el aroma de la planta del
café que odiaba y nunca pudo tragar. Porque eso bebía aguardiente día y noche,
para el calor o para el frío, porque era totalmente diferente al gusto del
café.
El sol sobre las cabezas descubiertas, los
cuerpos desnudos y el café en las narices, revolviendo el estómago y creando
los granos de la ira en el corazón, que se esparcirían por la sangre a lo largo
de los años.
La ira negra como pequeñas bestezuelas en las
yemas de los dedos. Bestias de carga o bestias de fuerza, y sólo el odio o la
sumisión como parámetros diferenciales. Un leve matiz de distinción para crear
un abismo de conductas. El morir o matar. El matar o morir.
Y la
esclavitud en el medio, transformada en una virtud conciliadora.
El centro de la mediocridad.
La negra se hundió en aquel abismo esa noche.
En la mañana ya no pudo despertar.
*
El funeral de
Tomasa se hizo en tierra, pero antes tuvieron que mandar traer tablas y un
carpintero. Estaba demasiado gorda para uno de los ataúdes corrientes. Para la
tarde, los hombres ya habían puesto el cuerpo sobre las maderas y el carpintero
armó el resto alrededor. Eran seis para bajarla a tierra. El Padre Leguizamón
volvería a oficiar, y harían el mismo camino que la vez anterior.
Cuando le preguntó a Altea si lo
acompañaría, ella contestó que no. Había estado mirando la fabricación del
cajón, pero iba y venía del camarote de Natacha. La noche anterior, él fue
hasta la habitación en que creyó encontrarla, pero estaba vacía. Fue hasta la
de su mujer, y como golpeó sin respuesta, abrió y las vio a ambas acostadas una
al lado de la otra, aún vestidas con la ropa del día anterior, tomadas de la
mano, con los ojos cerrados. Parecían muertas. Supo con certeza, entonces, que
Natacha la había convencido, quizá manipulado el sentimiento de permanente duda
que sentía Altea sobre su esposo, un sentimiento que fácilmente podía
identificarse con la culpa.
Bajaron el cuerpo entre los seis: Máximo,
Márquez, Beltrame, que había conseguido la madera, el carpintero y dos
ayudantes del puerto. El bote soportó el peso del cajón con Tomasa y de dos
hombres más. Los otros irían en el siguiente viaje. El perro también se había
subido al bote.
Luego subieron el ataúd a la carreta,
levantaron al cura al pasar por la puerta de la capilla y siguieron al
cementerio. El chico quiso acompañarlos, él buscaba a Altea. Máximo le dijo que
no se sentía bien y lo hizo sentarse en el pescante junto a él. Lo observó
durante todo el viaje. Ahora que lo miraba con detenimiento, creyó hallar ciertos
rasgos de Julio. Pero cuando lo había conocido ya el alcohol había hecho
estragos con él. Sin embargo, la forma de la cara, la manera de sentarse,
encorvado y taciturno, y hasta la estatura moderada que el chico ya anunciaba
en la forma y dimensiones de su cuerpo a la edad que tenía, los asemejaban.
- ¿Cómo está tu madre? -le preguntó.
Bernardo se encogió de hombros. Máximo
sabía que ella no estaba mucho en casa y él se las arreglaba solo casi todo el
tiempo.
La ceremonia fue más larga que la otra.
Muchos vecinos habían seguido al cortejo, y mientras cavaban y bajaban el ataúd
hombres y mujeres se fueron acercando hasta formar un gran grupo de gente
dispersa entre los pastizales y las sepulturas. Tomasa era muy conocida por la
zona y la apreciaban. Mientras el cura recitaba el responso, se escucharon
sollozos. Máximo tiró la primera palada de tierra sobre el cajón, que por el
peso había caído algo torcido y parte de las tablas se habían trizado. Los
hombres que habían bajado el cajón se miraron, pero no harían nada para
remediarlo. El chico se agarró de la mano de Máximo y del cura. Subieron a la
carreta y regresaron al puerto.
- ¿Cuándo piensa partir, capitán? -
preguntó Beltrame.
-Primero debo conseguir nueva tripulación.
Había visto a varios de los que habían
trabajado para él durante el funeral, pero no estaba seguro de buscarlos
nuevamente.
-Además, debo poner a punto las máquinas.
Ese día pasaría la noche en la capilla, iba
a intentar buscar hombres durante el día siguiente. El chico se acostó a su
lado, y ambos estaban demasiado cansados para hablar. Max dio vueltas a su
alrededor y se acostó.
En la mañana, el perro los despertó con
lengüetazos. Desayunaron con el cura y salieron a recorrer el pueblo. Muchos se
detuvieron a hablarle porque hacía tiempo que no lo veían. Todos estaban al
tanto de lo que había pasado, pero el apellido Hurtado de Mendoza y su abolengo
lo colocaban en una especie de nivel de leyenda accesible, al cual todos podían
ver y tocar sabiendo que Máximo no se molestaría. Los más viejos lo habían
conocido desde chico, visto crecer y cabalgar con sus amigos. Lo habían visto
reír y pelear, y hasta lo vieron pasar varias veces por los pasillos del
prostíbulo que ya no estaba.
Máximo y Bernardo iban uno al lado del
otro, y el perro los seguía. Él se paraba casi en cada cuadra para hablar con
alguien, abrazándose con gritos y risas, y algunos insultos dichos en broma. El
chico se paraba y escuchaba, o iba a jugar con Max que husmeaba la tierra y
movía la cola.
Para las seis de la tarde ya había
conseguido veinte hombres, diez de ellos eran los que habían abandonado el
barco.
-Necesitamos
el trabajo, capitán, pero la señora...-. Así le hablaron; él contestó:
-Ya
no dejaré el barco, y ella no los molestará.
Algunos fueron a bordo ese mismo día, con
Márquez. Los demás irían al día siguiente.
Fueron a la casa del cura para cenar. Le preguntó
al padre Leguizamón por la madre de Bernardo. El cura miró por la ventana para
asegurarse que el chico jugaba con Max afuera.
-La madre es una puta, ya sabés - dijo el cura.
-El chico se da cuenta de todo y sabe de qué se trata. Yo quiero que usted se
lo lleve, Máximo.
-Pero no puedo robarle la criatura a la
madre.
-Muchas
veces el chico se ha ido por su cuenta varios días y ella nunca reclamó. Fue él
quien volvió porque no sabía valerse solo. Todos saben que es el hijo de Ruiz.
Usted puede darle un futuro decente, Máximo. La madre no lo va a extrañar, para
ella será una carga menos. Coge, toma y duerme, y no tiene tiempo para nada
más.
Cuando
Bernardo regresó, cenaron y se acostaron.
A la mañana caminaron al muelle. El bote
estaba preparado. Beltrame se acuclilló para desatar las amarras.
-Cualquier cosa me pega un grito, capitán,
ya sabe…-dijo el cura.
Se abrazaron, y subió al bote. El perro se
quedó junto al chico. Bernardo le decía que saltara, pero Max no se movía.
Bernardo intentó empujarlo, pero el perro se acostó. Entonces Máximo le dijo:
- ¿No te das cuenta de que no va a subir
solo?
Bernardo Ruiz, el chico de diez años, lo miró
con la misma expresión de congoja y brillo en los ojos que había visto en Julio
el día que lo contrató.
Entonces Bernardo dio un salto desde el
muelle, y Max lo siguió.
Mientras remaba, Máximo Mendoza se
preguntaba qué clase de hombre era él. Recogía desvalidos para luego perderlos
de una manera peor a que si los hubiese dejado solos. ¿A qué clase de futuro
estaba llevando al chico?
Durante toda la semana algunos hombres se
arrepintieron de subir, pero otros llegaron, y lentamente la nueva tripulación grupo
fue consolidando sus lazos. Tenían mejor humor y más predisposición que la
anterior para el trabajo, y también más conocimientos del río. Márquez los
había organizado en grupos, seleccionando dos o tres con estudios para manejar
reparar las máquinas. Día y noche se escuchaban golpes de martillo y ruidos de
engranajes, y cuando el motor a vapor estuvo nuevamente en funcionamiento, se
necesitaron varios días para calentar y revisar si aparecía algún desperfecto.
Tendrían un largo viaje con mucho trabajo
si querían recuperar el tiempo y el dinero perdido. Mendoza no tenía más
alternativa que recuperar los clientes con los que no había cumplido y aceptar
todos los encargos que le llegasen. Había mandado telegramas desde la oficina
postal de Corrientes y Paraguay. Y durante los días siguientes le llegaron
pedidos incluso de Brasil.
Márquez, finalmente, le dijo que podían
zarpar cuando el capitán lo mandara. Entonces Máximo anunció que partirían al
día siguiente. Esa noche toda la tripulación cenó en cubierta. Máximo dijo que
las mujeres estarían presentes, y entonces los hombres se callaron.
-No quiero borracheras ni obscenidades,
las señoras nos acompañarán. El que no quiera, que se vaya.
Ellos no entendían. Márquez no entendía.
¿Los estaba desafiando a ellos o a las mujeres?
Durante esa semana Natacha no había salido de
su camarote más que una sola vez. La vieron subir a cubierta y mirar el río
durante media hora. La saludaron, pero ella no los miró. Altea la acompañaba
del brazo.
El día que lo vieron regresar con el
chico, Altea sonrió, olvidando de pronto todo resentimiento, pero cuando
Bernardo corrió hacia ella, no lo saludó. Estaba del brazo con Natacha, que al
verlo dijo:
-Otro desvalido.
Máximo no le hizo caso. Pero la tarde anterior
a la cena con la tripulación, las fue a buscar al cuarto.
-Esta noche cenamos en cubierta, señoras.
Altea estaba arreglando la cama de
Natacha, que rezaba junto al pequeño altar armado sobre una mesa. Lo miró y él
creyó volver a ver el rostro de la mujer que quería, pero pronto volvió a
escabullirse.
-Gracias- fue lo único que dijo.
En la noche, los hombres armaron la mesa. El
chico iba y venía entusiasmado por ayudar en todo. Max lo seguía, acompañado de
otros tres perros que los hombres habían subido. La mesa estuvo puesta y las
sillas o los bancos se sumaban a medida que se iban sentando. Todos se habían
bañado y lavado sus ropas. Los cabellos peinados y las barcas más o menos
recortadas. E intentaban contener su lengua cada vez que querían lanzar alguna
maldición. Márquez se había encargado del fuego donde asaron una res que habían
faenado esa tarde en el pueblo. La carne ya estaba lista y los platos listos,
pero ninguno se atrevería a empezar sin que el capitán concediera el permiso. Y
él esperaba a las mujeres. De un momento a otro aguardaba verlas aparecer con
algún vestido más o menos elegante. Él había comprado ropa al chico, y Bernardo
se había puesto el pantalón y el traje nuevo en honor a las damas.
Esperaron quince minutos. Máximo les dijo a
sus hombres que no se impacientaras, y ellos se pusieron a beber y conversar en
voz baja para no perturbar a las mujeres. Les darían tiempo, y ningún motivo
para quejarse.
Pasaron otros veinte minutos, y cuando ya
era tarde, él se levantó y caminó hacia el cuarto de Natacha. Golpeó la puerta.
Altea le abrió. Estaba con su vestido de siempre, y Natacha acostada.
- ¿No vienen?
-Ella no se siente bien.
- ¿Y vod?
-Ya sabes…
- ¿Sé qué?
-Perdió a su hijo, y tú lo reemplazas con…
- ¿Eso dice ella?
-Lo
piensa, no es necesario que lo diga.
- ¿Y es lo que pensás también?
-Es lo que veo, Máximo. Además, mira mi
estado, no estoy para cenar con una manada de brutos.
Y cerró la puerta.
Máximo se quedó pensando, con la cara a
dos centímetros de la puerta cerrada. Max estaba con él, y lo sintió rasguñar
la puerta.
-Bien,
le dijo al perro. - Las bestias serían liberadas por esta noche.
Regresó a cubierta. Había más luz afuera,
con la luna y casi todas las lámparas encendidas sobre la larga mesa y otras
colgando de las cuerdas que iban de un mástil a otro. La luminosidad contrastaba
con el silencio que todos hicieron al verlo. Sabía que los hombres necesitaban
de esa noche para dejar salir sus ánimos contraídos por todos esos días de
trabajo pesado. Pero sobre todo esperaban, como él, la aprobación de las
mujeres. Había visto en ellos la predisposición a portarse tranquilamente y
divertirse sin efusiones delante de ellas, era suficiente con que las mujeres
les hicieran el honor de presentarse, aceptar sus atenciones y, tal vez,
sonreírles un poco.
Pero el desprecio se responde con
desprecio, ellos bien lo sabían.
Entonces se acercó al extremo de la mesa
que tenía asignado como capitán, y sin decir nada clavó el puñal en la madera.
No fue necesario que pasara más de un segundo para que todos comprendieran, y
los gritos sonaron de repente y las voces fueron un solo aliento que apagó
algunas lámparas, pero ya no importaba. Todos hicieron lo que querían, sin
pensar en las buenas costumbres. Los que no se sentaron a comer, fueron de un
lado a otro por la cubierta, bebiendo de las botellas. El aguardiente, el vino
y otros licores que el capitán guardaba en la bodega fueron renovados
continuamente. Márquez y otro de los hombres traían las tablas con carne desde
la cocina. Algunos comían con cubiertos, pero la mayoría con las manos y se
limpiaban en la ropa que unas horas antes se habían esmerado en lavar.
Máximo se sentó, pero comió muy poco.
Bebía del vino y de vez en cuando echaba una mirada al chico, que se había
sentado al lado, mirando a los hombres y sonriéndole en silencio de vez en
cuando. Sabía que estaba desilusionado de las mujeres, sobre todo de Altea, a
quien miraba de una manera que poco podía confundirse con otro sentimiento que
no fuese filial. Pero la frialdad de Altea había vuelto a aparecer.
- ¡Vamos, Bernardo! ¡Ánimo! - le dijo, revolviéndole
el pelo.
El chico se rio, como sólo predispuesto a
conformarlo.
- ¡Comé más! - le insistió.
Bernardo volvió a servirse y Márquez le
palmoteó la espalda.
- ¡Así me gusta! -dijo, y volvió a la
cocina a porque los demás seguían pidiendo.
- ¿Querés cerveza? -dijo Máximo, y sirvió un
vaso.
Habían pasado casi dos horas y los hombres
estaban borrachos, uno dormía ya en el piso o sentados y despatarrados en las
sillas. La mayoría seguían despiertos, hablando muy alto como si estuviesen
sordos, a veces empujándose y golpeándose.
Uno se asomó a la borda y vomitó. Otros se
acercaron como queriendo tirarlo, pero vieron a los yacarés que se habían
arremolinado cerca del casco. La carne de res caída al río los había atraído.
Uno de los hombres disparó, por pura diversión, y los otros encontraron bueno
ese juego de tirarles carne como sebo y luego matarlos.
Casi todos hicieron lo mismo, asomados a
la borda, tambaleándose, y Máximo, que había tomado mucho pero todavía estaba
lúcido, temió que alguno se cayera. Se levantó y le dijo al chico que no se
acercara. Se unió a los otros abriéndose paso entre sus hombres. Ya todos lo
consideraban uno más, y lo empujaron hacia la borda. Se asomó y vio en la
oscuridad los destellos blancos de los dientes y del agua sacudida formando
espuma contra el casco. Entonces pensó en Ariel, en el cuerpo que le habían
dicho fue destrozado por los yacarés en plena mañana bajo el sol intenso. Con
cuánta claridad debieron ver esa carnicería. Si ahora alguno de ellos se
cayera, no verían más que el brillo de la carne al reflejo inesperado de la
luna. Y la sangre no se distinguiría en el agua a la sombra del barco.
Escucharían los gritos, seguramente, pero sin duda Ariel no había gritado, por
lo menos Tomasa no le había hablado de ningún grito, ni tampoco los dos o tres
hombres que se atrevieron a hablarle de ese día. Ariel se había arrojado a propósito. Lo
habían visto correr desnudo por la cubierta y saltar.
Entonces se dio vuelta, empujó a los
hombres y volvió a la mesa, terminó la botella de vino, y sacó el revólver de
la chaqueta que estaba en el respaldo de la silla. Volvió a la borda y comenzó
a disparar a los yacarés. Los otros se entusiasmaron aún más y comenzaron a
disparar al río y al aire.
En la costa se encendieron luces, hombres
y mujeres gritaron desde el muelle. Pasó media hora y los tiros se fueron
espaciando, pero no los gritos. Ahora algunos hombres volvieron a la mesa,
siguieron comiendo y bebiendo. Después de medianoche seguían gritando, muchas
botellas estaban rotas en el piso, parte de la mesa rota y volteada. Max y los
otros perros se habían escondido con los tiros, pero cuando se acostumbraron
salieron a buscar los huesos tirados. El chico se había medio dormido en su
silla cuando sintió que alguien lo agarraba del brazo y tironeaba de él. Abrió
los ojos cuando ya estaba parado y caminando tirado del brazo por Altea, pero
no iban hacia los camarotes sino hacia la borda. Y escuchó la voz de ella, tan
alta y enojada, diciendo tales cosas que no la habría reconocido de no haberla
visto con el vestido de siempre, el pelo revuelto y la cara ofuscada, gritando
insultos al capitán. Pero de todo lo que dijo sólo recordaría lo que se refirió
a él.
- ¡¿Para esto trajiste al chico?! ¡¿Para
enseñarle esto?!
El capitán la miraba sin contestar, con los
ojos brillantes y obnubilados. Fue eso lo que le resultó más extraño al chico.
¿Iba el capitán a llorar por la reprimenda de ella? Aún no, porque estaba
apoyado en la borda, sujetándose con los codos. Los pies se resbalaban porque
estaba descalzo sobre el piso mojado de cerveza y sangre al lastimarse con los
vidrios rotos.
Ella seguía gritando y se le había acercado
para sacudirlo de la camisa. Varios botones se habían roto y el pecho de Máximo
Mendoza estaba descubierto. Se había formado un corro de hombres alrededor para
observarla, pero tan borrachos que se reían de ella.
Altea los miró por un momento y les dedicó
también muchos insultos que nunca habían escuchado de la boca de cualquier puta
que hubiesen conocido. Eran palabras que no entendían muchas veces, porque
mezclaba palabras en danés con otras de la región de España en la que se había
criado. Por eso se reían, hasta que también se cansaron de eso y se fueron
apartando, algunos se tiraron a dormir en la cubierta, otros se acostaron en la
mesa. Los revólveres de cada uno cayeron al piso, con las municiones agotadas.
Pero el revólver de Máximo había sido vuelto a cargar. Lo hizo mientras
escuchaba los gritos de Altea, mirándola de tanto en tanto, porque no
necesitaba mirar su arma para cargarla, ya la conocía demasiado bien. Era siempre
igual y fiel. En cambio, el rostro de Altea le era desconocido. La furia de su
cara era tan intensa y repleta de ira que era como ver el rostro de una bruja.
Ella hablaba y hablaba, despidiendo desprecio por la boca, sin soltar el brazo
del chico, como si de un perro se tratara. Lo utilizaba como instrumento de
causa para su odio, pero era eso nada más, el instrumento que le había servido
para disparar su primer tiro. Ella no tenía arma de fuego, pero sí estaba allí
el chico de diez años, y en su mirada de pánico y cansancio hallaba un
argumento tras otro, un motivo de resentimiento cada vez más grande.
Máximo Mendoza la miraba con ojos
brillosos, pero no iría a llorar. La observaba devolviéndole el resentimiento,
y ante el filo de cada una de las tantas y tantas palabras que había escuchado
esa noche de la misma boca que había besado, supo que debía contestar. Y así
tal vez ella entendiera.
Sacó
el revólver de su cinto, lo levantó en la mano derecha y se dio vuelta. Comenzó
a disparar otra vez hacia el río.
- ¡Este es por Ariel! -dijo.
Sabía que ella, aunque ahora callada,
seguía de pie tras él. Volvió a disparar.
- ¡Este es por Julio! -dijo, y se asomó a ver
si todavía quedaban animales vivos. Pero eso ya no importaba. Siempre había a
quien matar.
Otro disparo.
- ¡Este es por la negra!
Su voz se tropezó y escupió. Por un
instante, ella debió creer que se detendría. Máximo se había apoyado con las
manos en la baranda y parecía que iba a devolver todo lo que había comido y
bebido. Pero no fue así.
Volvió
a levantar el arma y a disparar.
- ¡Este
es por tu esposo! - dijo.
Entonces
se dio vuelta. Ella estaba sola. El chico se había soltado y escondido. Miró
hacia el castillo de proa, esa sección tan altanera de los viejos tiempos que
había conservado como una reliquia del antiguo esplendor. Distinguió la sombra
de Natacha, su figura rígida, y su cuerpo oscuro contra la luz, era
indistinguible excepto por la forma de mujer. Sin embargo, por un momento,
creyó ver un buitre. Los brazos de Natacha parecían patas con garras, y los
cabellos levantados y descuidados simulaban plumas revueltas por el viento del
río.
¿Cuándo se había posado allí? Tal vez había
llegado atraído por la carne asada, quizá por los perros, incluso por el chico.
Luego se llevaría a los hombres inconscientes tirados por el piso.
Era necesario deshacerse del buitre.
Levantó
una vez más el arma, pero sintió los brazos Altea, que tiraban de él, y como
ella no tenía fuerza, se había abrazado al cuerpo de Máximo.
- ¡N o, Max! ¡No lo hagas, no lo hagas, por
favor! ¡Yo te amo, yo te amo! ¡No te condenes, por favor, por favor!
Esas dos últimas palabras las repitió tantas
veces como tantas otras palabras de ira había pronunciado antes. Pero eran
solamente dos palabras, que por más que fuesen repetidas una eternidad de veces,
no borraban nada.
El arma seguía en sus manos, con los dedos
en su posición. Había bajado el brazo. Apoyó la mano libre sobre la espalda de
Altea, y sintió el llanto entrecortado y angustiado que le sacudía el cuerpo.
Máximo miraba hacia adelante, no quería
observarla. Era suficiente con sentir el llanto convulso de su cara apretada
con su pecho, y el sonido de los irremediables e inútiles “por favor”.
Se llevó el cañón del arma a su sien
derecha, y ella escuchó el percutor sobre la piel de Máximo. Y otra vez le
agarró el brazo, y como esta vez estaba pegado a su cuerpo, le fue mucho más
fácil hacer fuerza. Las manos de Altea agarraron la mano de Máximo que tenía el
revólver entre sus dedos y el índice sobre el gatillo.
Pudo apartar el cañón de la cabeza de él.
Hizo ella tanta fuerza, que él cedió de
pronto. Y le apretó la mano.
Sintió
el metal caliente y luego el disparo.
El
cuerpo de Altea seguía sujeto a él por su brazo izquierdo aún en la espalda. La
cabeza de Altea tenía sangre sobre el ojo izquierdo. Ya le tapaba media cara y corría
por el cuello, chorreaba por el vestido y manchaba su propio pecho abrazado a
ella. Entonces la soltó.
Se dio cuenta que se había hecho un
silencio tan grande que parecía haber caído del cielo nocturno como una
explosión silenciosa que había eliminado no sólo la capacidad auditiva de todo
el mundo, sino haber anulado los sonidos de las cosas y los elementos: el
sonido del río, los pasos sobre las tablas, la misma respiración de los
hombres.
Y él se ahogaba en ese silencio, por eso
gritó.
Recuperó de esa manera la realidad. Porque
lo de antes era simplemente desesperación.
A media mañana los hombres habían llevado
a Altea al camarote que había compartido con su esposo, y la habían acostado en
el mismo colchón que tanta sangre de él había recibido. La cargaron desde
cubierta, tratando de cuidar su cabeza y su vientre, mientras Natacha contenía
la hemorragia y ordenaba los cuidados que debían tener al llevarla y para que
otros prepararan la cama.
Máximo los seguía, con la cara pálida y
compungida. Todos habían visto lo ocurrido, y nadie lo culpaba, pero l
imperiosidad de Natacha lo ignoró y lo empujó separándolo de Altea.
Ninguno estaba suficientemente sobrio esa
noche, excepto las mujeres, por supuesto, pero sin esperar que el capitán les
ordenara, hablaron con Márquez y fueron a tierra a buscar un médico. A las
cinco de la mañana, cuando ya había una tenue luminosidad, encontraron al
doctor Estanislao Gonçalvez en su casa. Golpearon a la puerta y lo despertaron
a los gritos. Lo llevaron a bordo.
En el pasillo, los hombres, ya despiertos
y despejados, pero aún con resaca, iban y venían intentando saber lo que
pasaba. Márquez sabía que era el único que podía mantener el orden en el barco
antes que todo volviera al estado anterior. Había contratos que cumplir y necesitaban
el dinero. Más tarde o más temprano, debían zarpar.
Adentro, Natacha estaba sentada en la
cama, lavando la sangre en la cara de Altea. La hemorragia se había detenido,
dejando una mancha de coágulos que Gonçalvez recomendó cubrir con vendas. Había
una sola mujer de servicio, compañera de uno de los hombres, que ayudaba
cortando telas limpias, trayendo agua y lavando, y soportando con la cabeza
gacha y cara asustada las órdenes de Natacha.
El médico se paró luego de terminar la
vendar la cabeza de Altea, y miró a Máximo, que estaba sentado junto a la cama,
con los codos en las rodillas y las manos enlazadas. Parecía rezar, pero quién
sabe, a juzgar por su expresión sus pensamientos podían ser nulos como podían
ser un diluvio formando una inundación de aguas estancadas.
- ¿Vivirá, doctor? - preguntó.
-No lo creo posible… No se puede hacer
nada más que esperar en las próximas horas.
- ¿Y el niño está bien?
-Sí, gracias a Dios, pero no sobreviviría
si lo sacáramos ahora, sólo tiene la posibilidad mientras viva su madre. Si
ella lograra mantenerse estable hasta final del embarazo, se podría sacar…
- ¿Usted cree…?
-No lo creo posible, pero como ya le dije,
no hay manera de saber cómo reaccionará su cerebro dañado.
- ¿Despertará doctor? -preguntó, y vio que
Natacha lo miraba.
-Tiene medio cerebro destruido, capitán.
El médico salió y varios hombres se
agruparon a su alrededor mientras salía. El chico aprovechó para asomarse a la
habitación, y como nadie lo detuvo, caminó de puntillas y se sentó junto a
Máximo. Luego de un rato de ver a Natacha seguir con los cuidados de la enferma
y sin que ella le hiciera caso, Máximo le pasó un brazo por los hombros y lo
acercó. Así abrazados, ello los miró por un rato, sin dejar de lavar y arreglar
el pelo de Altea. Sus miradas se cruzaron, y la mirada acongojada de él sólo
cambió en ese momento por otra.
-Sé que preferirías verme a mí en esa
cama-dijo Natacha, ya sin mirarlo siquiera, sin dejar de cuidar de Altea,
sacando las vendas sucias y doblando las vendas limpias para remojarlas en
agua.
-Tuviste dos grandes ideas anoche, una en
apuntarme y la otra en apuntarte a la cabeza, y en ambas intervino ella. Yo no
sé qué hiciste para que te amara tanto.
El chico los miraba, callado y cabizbajo.
Sabía que estaba de más en esa habitación, pero no podía substraerse de las
emociones que todo eso le provocaba.
Luego de un breve silencio en que ella no
esperó respuesta, se contestó a sí misma.
-Yo
te lo diré. Eres débil, por eso te ama. Y ella es muy fuerte. Se casó con un
hombre que nunca quiso realmente, imagínate eso para empezar. Convivió años con
los indios. Soportó una violación. Y encima de todo, aceptó continuar con un
embarazo que aborrece. Y ahora esto, para terminar definitivamente con ella, y
aún sigue viviendo. Las personas fuertes necesitan de las débiles a quienes
amar, no pueden juntarse con otra fuerte, porque no pueden entregarle nada que
ya no tenga. Manuel era fuerte, imagina que renunció al Dios que toda su
juventud pensó iba a dedicarse, por una mujer que nunca lo quiso del todo, y él
tal vez lo sabía.
- ¡Tu adorado Manuel! Sabés lo que le hizo
a tu hijo.
Natacha no lo miró, con la vista en las
vendas que estrujaba, pero evidentemente ansiosa por esquivar algo que parecía
estorbarla a su lado. Sacudiendo apenas un codo, dijo luego de deshacer un nudo
en su garganta:
-Eso
ya lo pagó.
-Y
Julio pagó por lo de él-dijo Máximo.
-No,
eso fue por lo del chico de Buenos Aires, que estaba antes.
- ¿Pensás que Dios lleva un libro de
contaduría?
Natacha
sonrió, sabía que su verdadero esposo estaba despertando de la pesadumbre.
- ¿Y quién paga por lo de Julio?
-Si
quieres puedes agarrar de vuelta el arma. Aquí estoy y no me moveré.
El
chico abrió los ojos, asustado.
-Sabés
que ya no lo haré, como dijiste, soy débil, y cobarde, seguramente. - Obvió la
sonrisa de Natacha que demostraba su regocijo. - Pero no sos una mujer, sos un
pájaro con huesos duros, con músculos fuertes como fierro y alas grandes con
las que sobrevolás el barco, contemplándonos a todos, y sobre el río y la
tierra, y sobre el mar que atravesamos juntos hace tantos años. Y hasta creo
que hablás con Dios, de igual a igual, y discuten y pelean sin nunca llegar a
un acuerdo, como un matrimonio que se aborrece.
Ella ahora lo miraba con asombro en la
mirada, y creyó ver un resquicio de aquella de cuando se conocieron en Polonia.
-Ustedes los hombres piensan demasiado, construyen hermosas catedrales
de conjeturas, pero se quedan inmóviles. Nosotras somos de carne que siente, y
actuamos en consecuencia.
-El cerebro no daña a nadie-dijo él. -Sólo a
sí mismo.
- ¿Estás tan seguro, Máximo? -dijo ella
levantándose y acariciando la cabeza de Altea. -El cerebro humano es un
cementerio.
El chico escuchaba todo eso
cuidadosamente, y cada palabra penetraba en su memoria. No entendía mucho, pero
calibraba los gestos y las entonaciones. Así aprendió a conocerlos a todos en
ese barco. Sentía, también una presencia en la habitación, porque el perro se
había escondido bajo la cama. Había visto en las noches que recorría el
cementerio del pueblo, a veces solo y a veces acompañado con otros chicos,
muchas sombras que se movían aun cuando no había luna. Al principio los perros
fueron los primeros que se negaron a ir con ellos, y luego hasta sus compañeros
se asustaron demasiado, aunque diesen la excusa de que sus padres se los
prohibía. Pero a él no lo asustaban ni las sombras ni ciertos ruidos que
podrían ser nada más que sus propios pasos o el rumor de las hojas de los
árboles. Lo que lo atraía más que inquietarlo era el olor del viento ciertas
noches, un aroma a humedad y pasto recién mojado por la lluvia o el rocío, pero
también teñido del olor que se encuentra bajo las piedras, de hojas podridas e
insectos muertos. Eso aroma traído por el viento, a veces golpeándole la cara
como una ráfaga repentina, tenía la peculiaridad de invadirle los pulmones y
provocarle un cosquilleo en el estómago. Pero era una sensación que por más que
fuese molesta al principio, le agradaba de vez en cuando, porque le recordaba
ciertas cosas que estaba seguro nunca haber vivido. Más que recuerdos, era nada
más que sensaciones conocidas, agradables y desagradables a la vez. Como algo
que si se repite muy seguido llega a molestarnos, pero que si se presenta en
largos períodos produce placer, porque lo hemos extrañado. Hasta un dolor puede
extrañarse, si nos hace sentirnos vivos, porque una parte de nosotros aún está
allí luego de un largo tiempo de ausencia. La ausencia parece abandono, pero a
veces simplemente no hemos tenido los sentidos adecuados para percibirla. Como
Dios, por ejemplo, según decía el Padre Leguizamón, al que creemos ausente
porque no lo vemos.
Ahora mismo, en el camarote, y escuchando
a los adultos, sintió el movimiento en su interior. Como de hormigas que se
dispersaran por todo el interior de su cuerpo. A veces le provocaban náuseas,
pero nunca había llegado a vomitar, y pronto pasaban. Ese cosquilleo se estaba
presentando nuevamente, mientras veía a Natacha desplazarse por la habitación,
a veces moviéndose no en línea recta de un mueble a otro, sino esquivando algo
que no se veía. La vio, incluso, mover los labios sin emitir palabra. Y el
perro se había escondido, y ya no quiso salir en toda la tarde, hasta que el
capitán lo agarró de las patas y lo arrastró. Max tenía la cola entre las patas
y lloraba.
Durante la tarde Natacha no se movió del
camarote. Cuando no miraba a Altea, se sentaba en una mecedora y leía un libro.
Ya desde muchos años antes no leía más que libros religiosos y visas de santos,
y de tanto en tanto dos o tres textos de medicina en polaco que había rescatado
de la biblioteca de su padre.
En los siguientes días, cuando se quedaba
dormida, despertada bruscamente, recriminándose de su descuido. Cambiaba la
ropa interior de altea y cuando llegaba la hora de las comidas llamaba a los
gritos desde la puerta a la chica que la ayudaba. Entonces le daba de comer
llevándole a la boca cucharadas pequeñas de sopa y purés, y se regocijaba de
ver que la garganta se movía y tragaba sin dificultad. Con el tiempo se dio
cuenta de que Altea no estaba completamente inconsciente. Sus labios se movían
al contacto con los cubiertos o los vasos, sus párpados, incluso el herido,
tenían pequeños reflejos por más que no se abrieran. Cuando ella la bañaba, el
vello de los brazos se erizaba, y al peinarla sentía el leve rumor de gozo de
su garganta por más que no abriese la boca.
Esa misma tarde habían zarpado a
velocidad mínima, y la llevaban una semana navegando por aguas turbias en la
zona de inundaciones. El capitán, el médico y el ingeniero se reunieron en el
despacho de Mendoza, un sitio de trabajo para escribir cartas y leer mapas, y a
veces pensar nuevos itinerarios y mejoras para el negocio del “Juan
Manuel”. Pero hacía tanto tiempo que
había descuidado todo eso, que el escritorio y los estantes de la biblioteca
estaban cubiertos de polvo y la madera del piso no había visto ninguna mejora
probablemente desde la época de Napoleón. Había grietas, y los pasos de
aquellos hombres provocaron la salida de mucho polvo y muchos insectos.
Se sentaron en las viejas sillas
elegantes, y bebieron de un jerez añejo. Eran las diez de la noche, después de
la cena.
-Doctor-dijo el capitán. - Tenemos
compromisos apremiantes que cumplir, incluso hemos recibido adelantos que me
fueron concedidos en atención a mi familia. Pero ya no puedo alargar más los
plazos, a riesgo de perderlo todo, incluso el barco que es mi única fuente de
trabajo. Mis tierras están hipotecadas y en litigio con mi familia.
-Comprendo-dijo Gonçalvez, saboreando el
jerez con parsimonia, seguramente no tendría muchas oportunidades de hacerlo.
-Necesito saber qué opinión tiene del
estado de Altea, usted me dijo que debían pasar unos días ¿Debemos llevarla a
algún hospital?
- Por lo que he visto, está estable, y hay
leves indicios, muy imprecisos diría yo, de cierta mejoría. Dadas las
comodidades que tiene este barco, no veo que se encuentre mejor cuidada en
ningún hospital de estas tierras. He visto a la señora Natacha alimentarla
adecuadamente, y me sorprende los conocimientos que tiene. Sabe más que muchos
médicos que he conocido.
- ¿Cree que recuperará la conciencia?
-No lo creo, y si lo hace, seguramente
quede ciega y sorda, y no pueda moverse. Solamente se mantendrá en buen estado
alimenticio hasta el fin del embarazo. No soportaría un parto, y difícilmente sobreviva
la cirugía. Pero todo esto son conjeturas. He visto eventos de toda clase, pero
es mi deber no darle expectativas falsas.
-Todo
eso está muy bien doctor, lo comprendemos-. dijo Márquez. -Pero debíamos tener
pautas para guiarnos en esta situación. Deberíamos tomar rumbo norte mañana
mismo.
-No veo el problema, pero debo decirles
que tengo que abandonar el barco en cuanto puedan conseguir otro médico. Tengo
familia y compromisos…
-Tenía
la esperanza de contratarlo como médico de abordo.
-Agradezco
el ofrecimiento, pero como les dije, tengo una esposa y un hijo de dos años.
- ¿Y
en dónde cree que podremos encontrar otro?
-Tengo
referencia de buenos profesionales en el hospital de Corrientes, y hasta allí
podría acompañarlos sin riesgo de preocupar a mi familia.
Mendoza consultó varias carpetas.
-Tenemos
varias entregas allá para el próximo mes, si no surgen más inconvenientes. La
zona inundada que venimos navegando da muchas oportunidades a nuestra quilla y
a que la maquinaria funcione sin inconvenientes.
-Entonces los acompañaré…
Pero
no terminó la frase. Se sintió un estruendo contra el casco de babor. Fueron
corriendo a la cubierta, ya los marineros estaban asomados a la borda.
Una barcaza pesquera de gran tamaño había chocado
con ellos. Había mujeres y pocos hombres en la cubierta. Gritaban y pedían
ayuda porque ya se estaba hundiendo.
9
No había otra
cosa que Mara pudiera hacer. Lo estuvo pensando durante unos minutos muy
largos, mientras ellos pasaban junto al enorme barco cuya eslora parecía no
acabarse nunca. El casco alto y oscuro era como una pared silenciosa ante la
que ellos gritaban sin respuesta. Un muro que aparentaba haber dejado de ser de
madera para tomar la sustancia de un material más etéreo y sin embargo más
fuerte, porque no podía alcanzarse y por lo tanto no podía ser vencido. Como el
agua, por ejemplo, un muro de agua que se había levantado en medio del río con
el silencio propio de las cosas que quieren aislarse del mundo.
¿No era también la barcaza de pesca que
ella comandaba un ente aislado en el río, sucia y cargando un montón de
cadáveres, y con un montón de locos y enfermos como tripulación y pasajeros?
Ya estaban llegando a la proa del gran
barco, y leyó el nombre de “Juan Manuel de Rosas”. Debía dejar de reírse de sí
misma y de todos ellos, y sobre todo de compadecerse. Si eran los locos, los
del barco grande eran los malos. Si así lo pensaba, todo era más fácil. Los
actos que había realizado durante toda su vida no habían sido más que formas de
sobrevivir, incluso el matar era una de ellas. Y tal vez los que viajaban en el
“Juan Manuel” no habían matado a nadie, pero habían hecho algo peor: representaban
la jactancia que atropella, el orgullo que se antepone a todo, el privilegio de
una casta que se apropiaba del mundo. Ese mismo barco era un insulto a cada
pueblo que se había inundado y desaparecido, pasando por encima de las casas y
los ranchos bajo el agua, lastimando los restos con su quilla enorme y su
enorme indiferencia. El silencio del
barco grande era una incongruencia ante la cabeza gacha de los habitantes de un
río que pescaban y morían, mataban y parían hijos, sepultaban y sembraban. Un ancho
y largo río que todavía no había tomado conciencia de su fuerza ni de su
futuro, que atravesaba un país que no era aún más que una utopía. Buenos Aires
y sus grandes ideas estaban muy lejos, y las provincias eran un conjunto de
hombres y mujeres que no sabían llamarse más que el pueblo o la pequeña ciudad
en la cual vivían. Y a veces, ni siquiera eso. Ni el nombre del río conocían,
porque cada uno lo nombraba con el nombre de su propio espacio: un recodo
llamado igual que un árbol o que un animal, o llevaba el nombre indio que era
una simbiosis de naturaleza y concepto. Un nombre indio como una metáfora.
Y navegando por el gran río que atravesaba un
país que aún seguía siendo una metáfora, ella supo que debía detenerlo el
tiempo suficiente para abordarlo. Mara la conquistadora, con su legión de locos
y de enfermos, y su carga de muertos. Ella no leía muy bien, había salido de
España casi sin saber leer, y menos escribir. Pero había aprendido durante esos
últimos años, y podía ver que en el casco todavía quedaban restos de lo que
debió haber sido la antigua denominación del barco. “La conquete”, leyó,
cuando ya estaban justo delante de la proa.
Entonces se decidió. Fue a la cabina y se
agarró al timón, girándolo hacia estribor. La barcaza se interpuso frente al
barco grande, y apenas giró la cabeza, la proa se les vino encima. El estruendo
de maderas rotas fue lo primero que escuchó, mientras las mujeres llegaban a
ella y le gritaban, llorando, insultándola, acusándola de querer matarlos a
todos.
La
gran proa estaba incrustada contra la barcaza, y el agua empezaba a entrar con
rapidez. Ella sabía que los del barco los rescatarían, pero no tenía forma
de saber si lo harían antes que alguno
muriera. José aún no podía moverse, y las mujeres no sabían nadar. Pero nada de
eso importaba ya, había que decidirse y lo había hecho. El río no daba tiempo para
pensar, ni tampoco la vida lo hacía.
Aparecieron los hombres asomados por la
borda, allá arriba, contra el cielo. Las mujeres se apretujaban contra ella,
llenas de miedo, viendo que el agua brotaba de las tablas de cubierta, y
Valverde y el viejo Tonio llamaban a gritos a los hombres del gran barco.
Valverde había visto a Mara correr hacia el timón, empujando al viejo, y de
algún modo había imaginado que haría algo tan desesperado como lo que hizo.
Todo en ella era así, decisión y acto inmediato, intercalados por largos
períodos de tiempo en que ni siquiera hablaba. Ahora ya no servía de nada
recriminárselo, mientras hubiese tiempo para que la tripulación del “Juan
Manuel” los recatara.
Tiraron
salvavidas y las mujeres fueron las primeras en ponérselos, y pronto vieron la
sombra de un bote que empezaba a bajar. Mara no entendía nada de lo que decían,
todo eran gritos de mujer y voces de hombres que hablaban al mismo tiempo, y el
ruido del agua que entraba como una cascada. Las maderas crujían y la barcaza
se iba a pique más rápido de lo esperado. La cabina donde estaba José se había
inundado casi hasta la mitad. Lo vio tirarse de la cama y tratar de nadar hacia
la zona de cubierta que aún seguía a flote.
-
¡Rápido! - decía Valverde, mientras ella gritaba: - ¡Hay un enfermo, por
favor, más rápido, que se muere!
Y se dio cuenta que estaba por llorar, y que,
si José o cualquiera de los otros moría, sería su culpa. Había matado antes,
pero porque había deseado hacerlo. Y esta vez simplemente habían sucedido
demasiado rápido la aparición del barco y la oportunidad. Ahí arriba estaban
Altea y el niño, nada más que eso había visto en medio del inmenso barco. José,
ella y el chico conquistarían al “Juan Manuel”.
El bote ya estaba en el agua,
balanceándose con las sacudidas de las olas que formaban un remolino alrededor
de la barcaza. Cuando terminara de hundirse, un pozo muy peligroso los
arrastraría si continuaban cerca, y a todo aquel que hubiera quedado nadando
aún. Vio a los tres marineros remar contra esa atracción, mientras intentaban
acercarse a la borda. Las mujeres no se animaban a separarse de Mara, pero
cuando la cubierta ya estaba demasiada inclinada, ellas la soltaron y se
arrastraron como pudieron hacia donde estaba el bote, con los vestidos
empapados y agarrándose de cuerdas y tablas. Pero las tablas se soltaban y las
cuerdas les lastimaban las manos. Ella habría querido ayudarlas, pero para eso
estaban Valverde y Tonio. Era a José a quien debía ayudar, que intentaba salir
de la cabina, luchando contra el agua que lo empujaba hacia dentro. Lo vio
sujetarse de los costados de la entrada, pero el agua subía y lo empujaba hacia
atrás. Entonces Mara se agarró a la cadena que alguna vez había estado unida al
ancla vieja. Era demasiado pesada para una mujer, incluso siempre la levantaban
entre tres o cuatro hombres. El agua seguía subiendo, pero ella tenía los ojos
sólo para el rostro de José, al que había golpeado y había amado, en cuyo
cuerpo había encontrado el refugio del consuelo y el deseo de la muerte. Ahora
sabía lo que estaba sintiendo esas noches en las cuales lo observaba dormir
inquieto, hablando entre dientes, sabiendo que las pesadillas que tenía nunca
serían dichas en voz alta. Morir junto al cuerpo de ese hombre era lo mismo que
vivir con el cuerpo de ese hombre. Cuando lo sentía dentro suyo, ella ya no era
solamente una mujer. Como si la memoria de José penetrase en su matriz para
concebir algo que no tendría cuerpo propio, sino algo parecido a un cáncer que
iba creciendo lentamente. No destruyendo, quizá, aunque no podría asegurarlo,
pero sí creando algo que estaba constituido más de fuerza que de volumen. Hacía
tanto tiempo que experimentaba eso, tal vez desde el tiempo en que había dejado
España, y más precisamente cuando había estado en las tardes de cosecha en el
campo con su hermano. El mismo que le había quitado a su hija Elsa, y que
también era su hija. ¿Qué sería de ellos?, se había preguntado muchas veces a
lo largo de tantos años. José era muy diferente, pero los cuerpos de ambos le
recordaban lo mismo: el éxtasis del vuelo. Había soñado con sus alas, grandes,
amplias, de huesos y membranas fuertes. Subiendo y mirando hacia abajo, posada
en los techos, aferradas sus garras al material de las techumbres, fuese cual
fuese, madera, paja o barro. Sus garras rompían y creaban orificios, puntos de
visión por los cuales veía las cabezas de la gente, el punto exacto de sus
cráneos que ellos nunca podrían verse, el centro exacto de donde brotaba el eje
sobre el cual rotaban los cuerpos de todos, como un mundo. Mundos que a su vez
giraban en órbitas imprecisas alrededor de los demás. Cuerpos incomunicados que
ni siquiera chocarían entre sí alguna vez, a menos que llegara el fin de los
tiempos. ¿Pero tiene el tiempo un fin? ¿Lo tiene un círculo?
El número Pi, pensó Mara.
Ella sobrevolaría en círculos para
observarlos. Ellos la habían alimentado y sus alas habían crecido. Ella había
madurado como las viejas de su pueblo, las que se hacían llamar brujas. Pensó
en la vieja Sottocorno, en las manos cuyos pulgares habían recorrido su cara
aquella vez. Mara se había asustado y había intentado agarrar esas manos con
las suyas y apartarlas de su cara. Pero no había podido moverlas, como si no
las tuviera.
Alas
en lugar de brazos.
Y Mara, de pronto, se levantó sobre el nivel
del agua. Sus brazos se alzaban, uno completo y el otro tronchado, pero ambos
tenían mucha fuerza. Agarró la cadena rota y la arrastró. A quien la estuviese
viendo le sorprenderían esos movimientos que eran a la vez los de un ave de
rapiña y de una mujer. Los brazos alzados, las mangas anchas que aplastadas por
el agua semejaban membranas, los cabellos negros y sueltos como plumas
encrespadas, la cabeza moviéndose en giros bruscos, cortos, de un lado a otro.
Ya la cadena estaba junto a José, que se
hundía en la cabina como en una gran pecera de la que nunca saldría. Vio sus
manos aferrarse al último eslabón, grande y ancho. Y ella se elevó por encima
del agua, pero quién sabe quién podría verla y atestiguar lo extraño del
suceso. Tal vez la viese el viejo Tonio, porque un rato después vería en su
mirada, mientras nadaba buscando el origen de una voz en la superficie del agua,
un signo de pregunta que representaba la complicidad que había existido siempre
entre ellos. Pero el que sin duda vio todo era el hombre al que ella estaba
salvando. La mirada de José, mientras salía a la superficie y se dejaba
arrastrar aferrado a la cadena, por lo menos hasta vencer la fuerza del agua
que lo alejaba del bote, era de una tal sabiduría que únicamente podía
encontrarse en la absoluta beatitud o en la absoluta maldad. Y ella sabía que
la esencia del hombre es la mezcla de ambas, que únicamente conviven en lo que se
llama locura. La locura es su simbiosis, que dura poco tiempo y se alterna con
ambos estados que saben dominar el tiempo a sus anchas. A veces, la exquisita
inocencia que dura un sueño, a veces la crueldad que protege al hombre como una
coraza de espinas venenosas. Y entre ambas vigilias, la exquisita locura con
que ahora José estaba contemplándola, unidos por esa cadena sobre el agua que
los separaba a una distancia imprecisa: él un hombre, ella algo más que una
mujer.
En el bote, dos de los marineros subían a
José, mientras el otro remaba intentando evitar la corriente que iría a
arrastrarlos hacia el hundimiento de la barcaza. Las mujeres ayudaron a
subirlo, y la última fue Mara. Valverde seguía a bordo del barco que se iba a
pique. Se había atado una cuerda a una muñeca para ayudar a sus mujeres, pero
ya no quedaban más que el viejo Tonio y él.
- ¡Juan,
Tonio! ¡Vamos! -gritó Mara, y los demás vociferaban e insultaban porque ya no
había tiempo. El bote estaba demasiado pesado.
Escucharon que Valverde gritaba llamando
a Tonio, pero el viejo ya no se veía. La última vez lo había visto con el agua
al pecho y nadando hacia la cabina. Pero la cabina ya estaba bajo el agua. De
pronto, escucharon otra voz que gritaba, pero era la de un hombre joven. Mara
prestó atención, porque le recordaba a alguien. Al principio apenas era casi un
susurro por encima del estruendo del mar y el crujido de las maderas del barco
que se iba partiendo a medida que se hundía. Ella vio que las mujeres también
habían escuchado, y se miraban intrigadas. ¿Quién es? ¿Había alguien más? No,
no había nadie más.
- ¡Papá! - dijo la voz, desde el agua,
desde un sitio impreciso que parecía provenir de todas partes a la vez. Cercana
a veces, otras lejana, a ras del agua. Entonces hasta los hombres miraron hacia
todas partes, y sus ojos se fijaron sobre el agua, y Mara se dio cuenta que sus
miradas intentaban penetrar la superficie. Vio el miedo que ya había visto en
los marineros en noches de naufragio. Sabía de anécdotas y de leyendas.
Historias de los que habían muerto.
- ¡Papá! -volvió a escucharse la voz,
mucho más clara y cercana.
El bote había sido liberado al impulso de las
olas. Unas lo empujaban hacia el barco, otras hacia la fuerza centrífuga del
hundimiento.
Vieron la cabeza del viejo Tonio asomada a
ras del agua, a varios metros del barco. Valverde entonces comenzó a soltarse
de la borda y empezó a nadar hacia el bote. Las olas lo tapaban. Estiraron el
remo para que se sujetara y luego de varios intentos pudo agarrarse y lo
subieron al bote. Valverde gemía de cansancio, y las mujeres lo abrazaban y lo
secaban. Era casi un harem extraño en tal circunstancia, algo demasiado raro
cuando veían que el viejo Antonio Gonçalvez seguía asomando su cabeza, buscando
a uno y otro lado el origen de la voz que lo llamaba.
Desde el bote siguieron intentando
gritarle que nadara hacia ellos, pero él no hacía caso, como si no los viera.
Buscaba y buscaba.
- ¡Padre!
Y las mujeres se estremecieron de frío, o tal
vez de miedo. Y Mara ya sabía ahora quién estaba llamando a su padre. El mismo
que lo había estado acompañando durante todo ese último tiempo cuando lo veían
mirar a hacia los costados y hablar solo. El hombre que ella había matado y
arrojado al río.
El viejo desapareció bajo el agua. Su
cabeza no volvió a asomarse entre las olas.
La
voz no volvió a escucharse.
Desde la alta borda del barco, llamaban y
llamaban. Se sintió el estremecimiento de las cadenas y los golpes que
retumbaban en el bote, que estaba siendo izado muy lentamente con todos ellos.
Y a medida que subían, Mara contemplaba el agua revuelta alrededor de la
barcaza, hasta que ya no quedó nada más que un remolino que fue perdiendo
fuerza muy rápidamente.
Ella ya no tenía alas, pero subía y el
espectáculo del río iba extendiéndose a pesar del próximo crepúsculo. Subía a expensas de cadenas. De algún modo
sintió que sus brazos estaban extendidos y atados. Era a la vez una sensación
de fuerza y de impotencia. Atrapada en un sitio entre la tierra y el cielo: eso
era ella. Y por fin lo aceptaba.
*
Cuando el bote
llegó a bordo, una de las cadenas se rompió, el bote se partió en dos y todos
cayeron a cubierta. José estaba despierto, pero no tenía fuerzas para tenerse
en pie. Las mujeres se fueron levantando asustadas, histéricas todavía. Los
marineros las ayudaban, mientras Valverde tenía un brazo roto por las ataduras
que lo había mantenido unido a la barcaza.
Mendoza ayudó a unos y a otros, Gonçalvez
asistió a las mujeres primero, pero no tenían más que golpes.
- ¡Tranquilas, señoras! - les decía.
Siéntense o vayan a secarse.
El resto de los marineros se unió trayendo
mantas y ropa seca, mientras Márquez hablaba con otros y señalaba la zona del
casco dañada con el choque.
- ¿Hay daños?- preguntó Mendoza.
-Es lo que quiero saber, bajaré a ver con
algunos de los hombres.
-Está bien, déjeme cinco para ayudar al
doctor y a los náufragos.
Márquez se alejó y Mendoza se inclinó sobre
la única mujer que seguía sobre el piso. No parecía herida, pero tenía la ropa
desgarrada y el cuerpo lleno de heridas.
Respiraba agitada, y abrió los ojos con sobresalto cuando Máximo la
tocó.
- ¿Está bien? ¿Puede levantarse?
Ella se soltó con violencia y se levantó con rapidez,
pero con dolor.
-Lamento la muerte de su capitán-dijo
Máximo.
Mara
lo miró como si no supiera de qué estaba hablando. Luego, quiso reír, pero le
dolía demasiado la cara.
- ¿El viejo Tonio? No era capitán, señor,
sino el maquinista.
- ¿Entonces el capitán es el señor? -dijo
Máximo señalando a Valverde que estaba sentado, agarrándose el brazo roto
mientras el médico lo entablillaba.
Mara otra vez quiso reír, y esta vez no
pudo evitarlo, aunque le doliese todo el cuerpo
- ¿Valverde? No me haga reír, capitán,
porque supongo que es usted Máximo Hurtado de Mendoza, el dueño y señor de este
monstruo napoleónico.
Mara lo miraba con las manos en la
cintura, como recuperada del dolor y de todos los signos de tristeza que la
habían inquietado las últimas semanas. Los que la escuchaban y la conocían, se
daban cuenta de que había recuperado su personalidad insidiosa y sarcástica.
-Yo soy mi propio capitán, señor-dijo.
-Entonces es usted la responsable por la
muerte de ese viejo, y de los daños que ha provocado en mi barco.
Máximo
había tomado el desafío que esa mujer le presentaba. Estaba harto de ella. En
la cara de Mara veía otra cara, pero las palabras eran distintas, más abiertas
y sinceras, y por eso podía hablar con esa mujer.
Mara dio un grito de asombro y mandó otro
desafío.
- ¿Así que yo soy la responsable? ¿Y qué me
dice usted que maneja este monstruo como si fuera el dueño del río, pasando por
encima de los pobres pescadores? ¡Miren la jactancia de este señor! Porque
viene de familia de alcurnia se cree el dueño del país.
Mendoza la agarró del brazo y le dijo a
uno de sus hombres que la llevara con el resto de las mujeres.
-Que se sequen y denle ropa seca, aunque
sea de hombre, y que duerman. Después hablaré con usted-dijo a Mara, mientras
se la llevaban.
Máximo miró el bote destruido. Se acercó a
José que seguía tumbado en el piso y a Gonçalvez que lo revisaba.
- ¿Qué tiene?- preguntó.
-Ahora
se lo ve agotado por el naufragio, pero tiene signos de haber estado enfermo,
aún tiene moretones y fracturas que no se soldaron todavía.
Mendoza
miró a Valverde. Conocía a ese hombre de oídas. Le habían dicho que se cuidara
de los traficantes, pero a esos ya estaba acostumbrado. No pensaba meterse con
los que vendían armas a los indios o las llevaba o traían del Brasil. El único
más importante había desaparecido hacía ya más de un año antes, y le habían
dicho que se llamaba José Iribarne. Nunca pudo preguntarle a Manuel si tal vez
era de su familia, nunca hubo tiempo para eso. Sin embargo, de Valverde le
habían hablado en Buenos Aires, y sobre todo en Santa Fe. Era traficante de
blancas, y de drogas, también. Decían que era un chiflado inteligente, porque
hacía teatro y embaucaba a todos, aunque lo conocieran de sobra. Hasta había
escuchado que sabía de venenos y, por supuesto, de sus antídotos. ¿Era médico?
No, sólo hacía abortos, y muchas veces curaba enfermos. Enderezaba huesos, y
por eso ahora había aceptado a regañadientes la ayuda de Gonçalvez. ¿Era
farmacéutico, quizá? ¿O químico? Nada de eso, le contestaron muchas veces. Era
un simple embaucador que no tenía más plata que la que llevaba encima. Su riqueza
eran las mujeres que transportaba de un pueblo a otro, y las hierbas que
llevaba encima, en una o dos alforjas. Nadie sabía qué contenían, pero cuando
las abría, el olor era, más que exquisito, embriagante. Como si con sólo oler
ese aroma, o esa mezcla imprecisa de especias, uno viese el rostro de Valverde
de Amusco de otro modo. El cuerpo de uno dejaba de ser un esqueleto y se
transformaba en algo etéreo que podía mantenerse elevado a pocos centímetros
del suelo.
Mendoza había reído de esas alucinaciones,
porque él también había probado esas hierbas alguna vez. Y con todo ese bagaje
de prevenciones que consideraba ahora muy útiles al encontrarse con Valverde, se le acercó y le dijo:
-Me alegro de que sólo haya sufrido un
brazo roto, amigo mío. ¿Tengo el gusto de hablar con Juan Valverde de Amusco?
El otro extendió el brazo derecho, el sano,
y sonrió con todo el ancho de su cara cansada.
- ¿Y yo tengo el gusto de conocer al
Capitán Máximo Hurtado de Mendoza?
Se dieron la mano.
-Sepa disculpar los modales de mi amiga
Mara. Hemos sufrido muchos incidentes en nuestro viaje.
-Dígame, Valverde. ¿Cómo es que se metieron
de pronto en el camino del “Juan Manuel”? No me pueden decir que no nos hayan
visto, y su barcaza era mucho más fácil de timonear que el nuestro.
-Eso si anda el timón- dijo Valverde. No
sabía la excusa que inventaría Mara cuando le preguntaran, debía verla antes. -El
viejo Tonio estaba intentando arreglar las maquinarias después de la tormenta.
Mara y los suyos nos rescataron a las mujeres y a mí. Les debemos la vida-dijo,
con toda la pesadumbre construida en su cara.
Sí, se dijo Mendoza, es un gran embaucador
que cae bien a todo el mundo.
- ¿Y quién es el enfermo? El doctor dice
que le han pegado gravemente.
-El señor es José Menéndez Iribarne, un
español de buena familia. Hasta donde lo conozco, ha hecho muchos negocios por
el litoral.
Cuán
chico es el mundo, se dijo Máximo. Todavía no había podido reiniciar su viaje
ni retomar su trabajo, y ya llevaba a bordo dos traficantes: uno de armas y el
otro de putas, y quién sabe quién era la mujer.
Ya era medianoche. Mendoza estaba en su
despacho, sentado frente al escritorio con las carpetas de los encargos que
esperaban ser cumplidos. Algunos ya le habían pagado por adelantado, de otros
tenía buenas referencias y sabía que podía cobrar tranquilamente. Pero de
Buenos Aires llegaban siempre nuevas noticias de revueltas, y la revolución del
’90 había movido todos los esquemas políticos, y él, que no entendía nada de
todo eso ni le interesaba, estaba perdido y en manos de aquellos en quien
confiaba, casi ciegamente. Pensaba en el diputado Farías, que al fin de tanto
tiempo había logrado cebarse en Ruiz, como un camaleón lograba sobrevivir y
fortalecer su partido recurriendo a todo, incluso a su drama familiar. Si
llegaba a ser presidente, no solo el litoral se alzaría, sino gran parte del
Cuyo. Habría guerra, otra vez, y Mendoza no confiaba en sus habituales
escrúpulos. Su vida privada era una tragedia provocada por él mismo la mayor
parte de las veces, pero cuando se trataba de la vida pública, surgían los
escrúpulos del honor y las buenas costumbres.
Se acodó sobre el escritorio, apartando los
papeles que representaban el futuro. Si hay guerra, se dijo, tengo a bordo al
principal hombre que me serviría. Había escuchado muchos rumores de que
Iribarne traía armas desde el exterior, principalmente desde Brasil. A Rio
llegaban los barcos desde España, a veces, y otras desde el Congo, llenos de
armas. ¿De qué otra manera habrían sobrevivido los paraguayos en los últimos
años de la guerra? Iribarne era un recién llegado y se había hecho de mucha
plata en ese tiempo. ¿Tenía tierras, acaso? Nadie le conocía nada, iba de un
lado a otro hasta que se instaló en un pueblo de Entre Ríos, y desapareció.
Márquez pasó a darle informes de los
daños. No hubo perforaciones, sólo el daño externo. La barcaza de pesca estaba
vieja y se había astillado como una nuez.
-Avise a los hombres que mañana zarpamos,
sin falta.
- ¿Con esta gente, capitán?
-Con
lo que hay, viejo.
Márquez
salió y volvió el silencio. La noche estaba demasiado silenciosa. Las mujeres
debían estar durmiendo, agotadas. Los hombres se habían alborotado al principio
antes las putas, por más que estuviesen empapadas y sucias. Después se
tranquilizaron y volvieron al trabajo.
Metió
la cabeza entre los brazos cruzados sobre el escritorio. El ron ya no le servía
de nada. Estaba cansado también del alcohol. Todo continuaba con su sabor de
siempre: las bebidas, las mujeres, el trabajo. Pero todo le resultaba ahora un
enjambre de hastío que lo rodeaba y lo molestaba incesantemente. Sólo este
silencio a esta hora de la noche, le parecía irrepetible. Levantó la mirada y
contempló los libros en los estantes. Había ejemplares que quedaron de la vieja
época, apolillados y con hojas sueltas. Otros los había traído Natacha: libros
de ciencia y de religión, igual que en la biblioteca de su padre en Varsovia.
Muchas veces había tenido gamas de arrojarlos a río, pero entonces se acordaba
que Ariel también recurría a ellos.
Recordó otra biblioteca, la de Aurora
Valverde. Los apellidos se repetían con inquietante insistencia, casi con
extravagancia. Su barco y él parecían atraerlos, como si estuviese destinado a
ser el punto de confluencia de muchas cosas: pero ¿cuáles? Seguramente estaba
en los libros, pero él nunca tendría tiempo de leerlos. Máximo Mendoza era de
aquellos que actuaban el papel designado por algún dramaturgo que se regocijaba
en ser cruel con sus personajes, simplemente porque estaba afuera de la obra.
¿Dios, quizá? ¿Pero incluso Dios no es también un personaje, y no están en Él
todas sus creaciones? Una vez había hablado con Ruiz, en ese mismo despacho,
una noche en que el médico recordaba sus días de estudiante en Francia. Había
visto muchos alienados, y describía la forma en que hablaban y hablaban sobre
sus fantasmas interiores. Y luego de muchas horas, y a veces por unos cuantos
días, esos hombres y mujeres se comportaban como seres normales. Era como si al
hablar hubiesen expulsado los grandes dramas de sus vidas, y entonces la
presión en sus mentes se aliviaba, igual que cuando se drena una pústula
infectada. Luego, los dramas se reproducían, creciendo de muy diversa manera y
velocidad. Eran un cáncer que nunca podía ser extirpado, porque no era una masa
en sus cerebros sino un conjunto de ideas enfermas. Los locos, decía, son los
maestros de la abstracción. No necesitan mucho talento imaginativo, porque no
está allí la capacidad de crear mundos prácticos, sino en la capacidad de
construir conceptos. La imaginación suele ser fantasía, en cambio los conceptos
se embanderan con el raciocinio.
Pensó
en Julio Ruiz, y creyó verlo sentado frente a él, envejecido, luchando con su
vicio y la mirada agradecida a quien lo había rescatado. Esos ojos, Dios mío,
pensó Máximo. Los ojos de Julio tenían la ternura de un chico y la tragedia de
un muerto. En esos ojos podría haber descubierto, si hubiese mirado mejor, el
fusil y la bala que al final lo mataron. Pensó en el hijo de Ruiz. Bernardo
siempre estaba presente: la noche del disparo a Altea, en la habitación
mientras la cuidaban, durante el rescate de los náufragos. Nadie, sin embargo,
le hacía caso. Los que no lo conocían tal vez pensaran que era el hijo de
alguno de los hombres, y los demás estaban demasiado acostumbrados ya a su
presencia silenciosa, porque no le gustaba hablar más que con el perro que lo
acompañaba. Max, como siempre, se portaba como un ser humano: al principio se
había apegado a Altea y a Manuel. Luego los había seguido a Mendoza y Altea.
Había soportado cada una de las situaciones en los pueblos. Luego, cuando
volvieron al barco, se fue apartando. Tal vez extrañara a Ariel, y era así como
lo veía vagar de un rincón a otro del barco, desapareciendo por varios días,
tal vez escondido en un recoveco que nadie conocía de la enorme nave. Pero de
pronto había hallado en Bernardo alguien que le hablaba, a veces sólo con
miradas. Había observado que a medida que ellos se unían, el silencio de ambos
era más fuerte: la escueta conversación del chico no era falta de inteligencia,
sino la condensación de ella; y la ausencia de ladridos del perro no era
mansedumbre sino la consolidación de una idea. Los animales no piensan, dicen.
Los animales no sienten, dicen. Los animales no tienen alma, dicen.
Máximo Mendoza no sabía nada del resto de
los animales, pero sí sabía que los perros no solamente huelen lo imposible o
escuchan la arquitectura del silencio, sino que ven lo que no vemos. Ellos
lloran ante la aparente nada, gimen ante el futuro trueno de un disparo, y
ladran cuando una hoja se mueve y no hay viento.
Máx.
Máximo.
Altea le había dado su nombre, antes de
conocerlo.
En esa semimuerte que él le había
obsequiado, tal vez se cruzasen las imágenes del perro, corriendo, ladrándole,
llamándola.
Miró el antiguo reloj de pie junto a una
pared. Había sonado la campanada de la medianoche hacía más de una hora. Tenía
sueño, y se quedaría allí toda la noche seguramente. Escuchó golpes suaves en
la puerta. ¿Quién podría ser a esta hora más que Márquez con un nuevo
inconveniente?
- ¡Pase!
La puerta se abrió con extraña timidez. Se
asomó la cabeza de una mujer, de cabello oscuro y atado en un rodete
desprolijo. Reconoció los ojos, entre verdes y grises.
-Discúlpeme, capitán.
- ¡Ah, la mujer del barco!
Ella entró y cerró la puerta, ahora ya sin
tapujos. Caminó hasta el escritorio y extendió la mano izquierda. Entonces
Máximo se dio cuenta de lo que había pasado por alto esa tarde, a la mujer le
faltaba una mano.
-Así es, capitán, soy “la mujer del barco
que se hundió”. - Intentó sonreír como si le avergonzara un poco el desafío de
su voz, pero no podía evitarlo. - Mi nombre es Mara Aranguren.
Mendoza le estrechó la mano fuerte, firme,
pero pequeña. Era casi como estar estrechando un pequeño animal lleno de
tendones que hacía fuerza por desasirse.
- ¿En qué puedo ayudarla? Mañana zarpamos
muy temprano…
-Sí, lo sé capitán. Pero no podía
descansar sabiendo que le debo una gran satisfacción luego de habernos
rescatado. No fue su culpa el habernos embestido…
Qué
sarcasmo, pensó Mendoza. ¿Quién es esta mujer?
-El
timón estaba averiado, y ya desde más de cien metros antes lo veíamos venir,
pero nadie respondía. En un momento se me ocurrió que era un barco fantasma,
como una aparición de otros tiempos. El tamaño, el silencio, ya me entiende…
- ¿Qué necesita? - volvió a preguntar.
- ¿Qué necesito? Nada, sólo agradecerle el
alojarnos, y la atención médica para mi marido…
- ¿Y quién es su marido?
-El hombre enfermo, capitán. José Menéndez
Iribarne.
Ambos hicieron silencio.
-Están bien, reconozco que no estamos
pasados. Pero eso no hace diferencia en cuanto a mi preocupación, ¿no es
cierto?
Mendoza se levantó de la silla y se
desperezó. No se tapó la boca al bostezar. Tenía la camisa abierta hasta mitad
del pecho y el cinturón flojo. No llevaba botas, que hedían bajo el escritorio.
-Mire,
señora mía. Le seré muy claro. Sé a qué se dedican ustedes, me refiero a
Valverde, Iribarne y usted, y esas mujeres me tienen sin cuidado mientras no se
metan con mis hombres en mi barco, en tierra pueden hacer lo que les guste. Si
Iribarne no se recupera antes, lo dejaremos en el hospital de Corrientes.
-No nos quiera a bordo, ya veo. Somos
indeseables para usted y poca cosa para esta antigualla de lujo.
Mendoza puso sus pulgares en su cinto y
preguntó, ciñendo la frente:
- ¿Quién es usted, señora? No la
reconozco, es decir, a veces parece una rea, otras, habla como una señora
pretenciosa. Pero no veo sinceridad…
Mara se sentó frente al escritorio.
-Permiso-dijo, exagerando el ademán de
ceñirse el vestido al sentarse. - Soy española, capitán, lo mismo que José, y
que los padres de usted.
-No hablo de su filiación, sino de sus
planes. Meterse en medio del curso de barco de nuestro calibre…-Movió la cabeza
como asombrado de la excusa que le había dado. - Después venirme a ver a esta
hora para rogarme que no los eche mañana mismo y los entregue a las
autoridades.
Mara cruzó las piernas, apoyó un codo en
una rodilla y la cabeza en la mano. Escuchaba como una feligresa el sermón del
cura. Cuando él acabó, ella dijo:
- ¿Puedo preguntarle algo, capitán, o
reverendo, si prefiere?
Máximo tuvo ganas de sacarla a empujones
del despacho y del barco. Se contuvo en silencio.
- ¿Conoce usted a Manuel Menéndez
Iribarne? José ha estado buscando a su hermano y su cuñada hace largo tiempo.
Enseñaban en un pueblito de Entre Ríos a los indios, pero cuando se volvían a
España, los perdió de vista.
Mendoza
se sentó. Ya sabía que todos esos acontecimientos no eran casuales. ¿Acaso
existía la casualidad después de haber conocido a Aurora Valverde? ¿Era, acaso,
esta mujer que tenía delante, algo diferente a la otra?
-Lo conocí, así es. Lamento decirle que
está muerto y enterrado en el pueblo que dejamos atrás.
Mara formó un gesto de pena que nadie
creería, y dijo:
-No sé cómo tomará José esa noticia, está
muy apegado a su hermano. ¿Y su esposa?
-Está con nosotros, pero lamentablemente muy
mal.
Se sentía tan estúpido dando esas
explicaciones. Habría querido estar llorando y lastimándose a sí mismo al decir
todo eso, y, sin embargo, como todo falsario, seguía incólume y firme tras el
escritorio.
- ¿Pero qué les pasó, Santo Dios bendito?-
dijo Mara, con la mirada llena de preocupación, pero él vio que tras esa
máscara había recelo. Ahora Mara Aranguren resultaba bastante bella. Era
fuerte, de cuerpo esbelto y bien formado. Sabía manejar sus expresiones para
ocultar lo que realmente buscaba, pero su voz solía traicionarla. No sabía
manejar bien el sarcasmo. Cuando debía fingir, resultaba irónica. Era, quizá,
esa falencia el único rasgo que la rescataba de la verdadera malicia.
¿Cómo contestar a lo que ni siquiera
sabía con exactitud? Una muerte causada por una serie de torturas físicas
infligidas durante semanas, ¿o fue una muerte donde ese hombre se había
castigado a sí mismo? Y luego el disparo que había dejado a Altea casi muerta.
Nadie sabía la verdad fuera de ese barco,
y ahora esta mujer extraña que escondía más de lo que mostraba venía a
preguntarle todo eso. ¿No será, se dijo, que ya lo sabía, o por lo menos
presentía?
Por eso esa conversación en plena noche,
ambos sentados frente a un escritorio con papeles que prometían un futuro, pero
que quizá nunca se moverían de allí, como en un cementerio. Rodeados de libros
que ya nadie leía. Sonó la campanada obtusa de las tres de la mañana. Resultaba
sarcástico esa llamada. ¿Quién había dado cuerda a ese reloj por última vez?
-Nos dijo el médico que les dispararon,
no sabe quién. Habían bajado al pueblo mientras atracábamos. Lo llamaron para
atenderlos. El señor Manuel murió en el acto, la señora Altea fue muy mal
herida. La estamos cuidando, porque está esperando un niño.
Mara cambió su rostro. Fue así como él definió
aquella transformación. La expresión apesadumbrada desapareció, llevándose las
arrugas de la frente y la tensión de los labios, y hasta creyó ver que los
contornos de la cara eran otros, porque la anterior expresión había alargado
sus rasgos, y ahora habían vuelto a redondearse como aquella tarde. Hasta el
cabello pareció hacerse menos suave, y resaltaba con mechones sueltos que caían
sobre un lado de la cara.
- ¿Supongo que no atraparon a los malhechores,
no es cierto?
Dios mío, pensó Mendoza, contemplando esa
sonrisa en el rostro de Mara. Una sonrisa de labios cerrados con la que sólo
Natacha podría haber competido.
Mara no esperó respuesta, lo veía
demasiado cansado y dejó que el capitán recostara la cabeza sobre el
escritorio. No tardó mucho en dormirse. Ella salió caminando sobre la vieja
alfombra imperial, sucia y desgastada, intentando no hacer ruido. Había soplado
sobre las lámparas del escritorio, trayendo la sombra. Al salir, sabía ya que
estaban encendidas las luces de su camino.
*
Despertó antes
que el sol. Miró el reloj de pie. Sonaban las seis tenues campanadas. Escuchó
el rumor creciente de la maquinaria, las voces de los hombres que llegaban
descompasados, y luego sintió que una mano intentaba sacudirlo de la manga.
Bernardo lo miraba, diciéndole:
- ¡Capitán, ya zarpamos!
Se levantó, desperezándose, y le sonrió.
- ¿Cómo te levantaste tan temprano?
-Dormí con usted, capitán.
- ¿Acá?
-Sí, en la alfombra, bajo el escritorio.
Mendoza recordó la visita de anoche.
- ¿Escuchaste lo que dijo la señora Mara?
Temía que Bernardo hubiese oído sobre la
muerte de su padre. Máximo ya le había dicho quién era Julio, pero no sobre su
muerte.
- ¿Qué señora? Solamente vino el señor
Márquez, y después ya nadie más.
Máximo dejó de lado la preocupación y
ambos salieron a cubierta. El barco se desplazaba a buena velocidad. Habían
dejado atrás el pueblo frente al que tanto tiempo habían estado. El río seguía
extremadamente ancho por las inundaciones. En las costas sólo se veían las
copas de los árboles. Restos de casas flotaban alrededor, y muchos animales
muertos. El olor a podredumbre era demasiado fuerte para esos cadáveres que
veía flotar. Se asomó a la borda, y vio atado a popa un bote grande lleno de cadáveres.
Y encima de todos estaba parado Juan Valverde, esparciendo cal sobre los cuerpos.
- ¡¿Qué está haciendo, Valverde?! ¡¿Quién
lo autorizó a remolcar eso?! ¡Regrese a bordo o lo soltaremos a la deriva junto
con el bote!
Valverde alzó la vista. Pereció escuchar
detenidamente, pero no contestó nada.
Máximo vio que Márquez y otros dos se
acercaron y miraban.
-Ya sabe, capitán. Le dije cuando naufragaron que
usted no aceptaría remolcarlos, pero dijo que era su trabajo, así que se tiró
al agua, nadó con un solo brazo y recogió la amarra del bote. Volvió y la ató a
nuestra popa.
- ¿No le bastan las putas que lleva de un
lado a otro?
-Me parece que este comercio le gusta más que
el de blancas. Ya sabe lo que dicen de él. Médico, anatomista, y hasta mago, lo
han llamado.
Mendoza
hizo un gesto de hastío.
-Suelte
las amarras. Si quiere llevarlos y venderlos, que reme.
Entonces
escuchó la voz de Mara a sus espaldas.
-Capitán,
por favor, déjelo que haga su trabajo. No entorpecerá su viaje, se lo aseguro.
Además, esos cuerpos servirán de estudio en el hospital a donde los lleva.
Máximo la vio otra vez como en la noche,
cambiante. Ahora, sin embargo, no era sarcasmo, sino una falsa imploración de
lástima. Iba a negarse, por supuesto, pero mirándola a los ojos, dijo:
-No crea que va a convencerme otra vez…
- ¿Otra vez? ¿Cuándo lo hice?
-Me
refiero anoche, es como si ya hubiéramos tenido esta conversación, ¿acaso no le
basta?
-No sé a qué se refiere, capitán. Debe haber
soñado conmigo-dijo, poniendo una cara de virtud ofendida. - No sé si debo
tomarlo como un alago…
Ambos se miraban, y Mendoza ni siquiera había
notado que Márquez y los otros se habían ido murmurando entre risas.
- ¿Qué puedo hacer para pagar nuestro
pasaje? ¿Cocinar para los hombres? ¿Limpiar la cubierta? Para eso estamos las
mujeres.
-Cuide
a su hombre-contestó.
-José
está mucho mejor, pronto lo verá levantado. Pero me sobra tiempo, y las chicas
quieren verse ocupadas. Me han dicho que hay una enferma grave. ¿Podemos verla?
Máximo se apartó y empezó a examinar el
río y las aguas. Estaba nublado, pero no llovería. La humedad era intensa y el
olor de los cuerpos llegaba igual de fuerte a pesar de que iban a popa.
Se acercó a la cabina y gritó:
- ¡Más
velocidad! Debemos llegar a Corrientes lo antes posible.
Se dio vuelta, con las manos a la espalda,
erguido e intentando demostrar ofuscación, pero se tropezó con el chico y con
Mara, que lo seguían como perros.
- ¡Siempre en el medio!
-Perdón, capitán-dijo ella. Tenía agarrado de
la mano a Bernardo. El chico preguntó:
- ¿Podemos ver a la señora Altea?
Ya se había dado cuenta de que Mara lo había
conquistado El chico necesitaba aferrarse a una figura femenina, y en reemplazo
de Altea, había encontrado a esa mujer. Mara ahora tenía puesta la máscara de
los buenos modales, y no podía penetrar tras ella para descubrir las verdaderas
intenciones. Anoche las había visto con una certeza que creía inquebrantable, sin
embargo, ahora dudaba de esa noche como había dudado siempre de sus sueños.
Pero estaba seguro de que no había sido un sueño. Entonces qué: ¿una mentira de
ella, y el chico también había mentido? No. Había estado tan despierto como la
noche que disparó a Altea. Era la misma sensación de inevitabilidad, de
inclaudicable realidad. Sabía que había sido Mara Aranguren quien lo había
visitado anoche, y también lo era esta que lo miraba con rostro sumiso, y
también la otra que había hecho naufragar su barcaza y gritaba y apostrofaba
como el más reo de los marineros. Y la mujer que, según, le dijeron, ató a su
hombre enfermo y lo subió al bote.
-Vamos-dijo.
Caminaron por cubierta hasta la
escalerilla y descendieron a los camarotes. Golpeó la puerta de Altea y le
abrió una de las mujeres de Valverde. Natacha estaba sentada en la cama,
dándole cucharadas de té a Altea, que estaba reclinada con almohadones en la
espalda. Como siempre, estaba inerte, pero se escuchaba su respiración suave y
estable. Seguía con la venda sobre la cara, cubriendo el ojo izquierdo. Le
habían cortado el pelo y sólo se veían mechones saliendo del borde de las
vendas. Otra de las mujeres lavaba las vendas que le habían cambiado un rato
antes.
La que les había abierto era muy joven.
-Carla- dijo Mara, entrando y agarrándola
del brazo mientras caminaban directamente hacia la cama. Ya era otra vez la
mujer que no usaba preámbulos ni pedía permiso para hacer o decir lo que
quería. - ¿Cómo está?
Natacha las miraba como resignada a soportar
la intromisión de esas mujeres, pero le servían de mucha ayuda.
-Igual que siempre-contestó Natacha.
El chico se sentó en la cama y dio un beso
en la mejilla a Altea. Las vendas se manchaban todos los días, y apenas la
cambiaban, volvían a mancharse antes de la hora.
- ¿Cuándo
vendrá el doctor? Desde hace dos días que no lo vemos-preguntó Natacha a
Máximo, con toda la acrimonia con que siempre intentaba hablarle.
-Es mi culpa, señora – dijo Mara. - El
doctor ha tenido que atender el brazo roto de un amigo y a mi hombre, que ha
estado muy enfermo. ¡Carla, qué hacés ahí sentada! - ordenó de pronto,
empujando a la chica -¡Andá a buscar al
médico!
Máximo se acercó con recelo. No se había
atrevido a mirar a Altea a la cara en mucho tiempo, y aún ahora temía
observarla, por más que ella estuviera inconsciente.
Mara se puso a hablar, pero él ya no le
hacía caso. Hablaba de sus viajes, de su vida en España, de la inundación. A
veces reía de sus propias bromas, ignorando el rostro hosco de Natacha. Una
sentada a cada lado de la cama, atendía un lado del cuerpo de Altea. Ya la
habían lavado y cambiado muy temprano. Natacha dejó a un lado la taza de té
frío, y Mara se adelantó a secar los labios y el mentón, incluso el cuello por
el que se había volcado el líquido. Altea no abría los labios por sí misma,
sólo era posible hacerlo empujando con la cuchara.
Entró
el doctor Gonçalvez y las mujeres, excepto Natacha, lo rodearon.
- ¿Cómo ha pasado la noche? - preguntó.
Natacha
dijo que se portaba muy bien, casi no había que cambiarla más que una vez al
día Gonçalvez puso mala cara.
- ¿Y comió algo?
Natacha se levantó de la cama y se frotó
las manos con ansiedad.
-Escupe el puré…
No reconocería delante de todos que ya no
sabía qué hacer. Altea estaba adelgazando muy rápidamente, y el vientre crecido
era como una loma abrupta en un terreno seco.
-Ya me temía que esto iba a pasar…
- ¿No hay otra forma de alimentarla, doctor?
-preguntó otra de las mujeres de Valverde, que se llamaba Carmen. -Yo tenía una
abuela paralítica, y mientras yo le abría la boca, mi mamá le metía comida
machacada. Al principio se ahogaba, después escupía, pero de a apoco empezó a
tragar.
-Pero supongo que su abuela estaba
consciente, y lo que tiene esta señora es un daño cerebral completo. Puedo
ponerle un suero, e inyecciones, pero no llegará al término del embarazo, ni
siquiera a los siete meses. Y faltan dos, por lo menos, y no llegará…
Gonçalvez le auscultaba el pecho y luego
el vientre. Todos hacían silencio.
- ¿Cómo está el niño? - preguntó Mendoza.
-Parece que bien, pero…
-Sí, ya sabemos, doctor…-. Mara había dicho
esto, otra vez intempestiva y dominante. - Ya lo dijo muchas veces. Yo me
encargaré de la señora, y verá cómo llega al fin del embarazo y sacaremos a la
criatura.
Las
mujeres la miraron sin recelo. Los hombres se observaron, sin creer. Y en ese
momento entró otra persona más al camarote, cuya puerta no había sido cerrada.
Max estaba también, pero sentado a la puerta, sin entrar.
Valverde
se acercó con el brazo en cabestrillo y la otra mano sacudiéndose el polvo de
cal del pantalón.
- ¿Qué hace usted acá?-dijo Máximo,
dispuesto a sacarlo, pero Valverde se le adelantó.
-No
se preocupe por los muertos, capitán, siguen callados. Yo que usted me
preocuparía por esta señora y su hijo. Tal vez Mara y yo podamos hacer algo
para pagarle el habernos rescatado, y por supuesto, el viaje y hospedaje en su
barco.
El médico dijo:
-Capitán, ya le dije hace unos días que tengo
familia y debo dejar el barco...
-Ya lo sé, Goncálvez, pero no tenemos a
nadie…
- ¿Goncálvez, doctor? -preguntó Mara,
intercambiando una mirada con Valverde.
-Así es, Estanislao Gonçcalvez.
- ¿De Brasil, doctor, de Sao Paulo?
El médico la miraba con curiosidad.
- ¿Tiene usted un pariente de nombre Antonio?
-Tengo
muchos, pero un tío de ese nombre vino a Argentina hace muchos años.
Mara y Valverde se rieron y celebraron la
coincidencia.
-El viejo Tonio, que murió en el
naufragio, era ese tío suyo, doctor-dijo Valverde. - Nos da gusto conocerlo, y
sería inapreciable que se quedara con nosotros para ayudar a la enferma.
-Pero ya les dije que tengo familia…
Mara
se acercó al médico, alto y flaco, tan distinto a su tío. Ella apoyó su única
mano sobre un brazo de Gonçalvez, y dijo:
-Mándeles una esquela, y su mujer comprenderá.
¿Su hijo es muy pequeño, no es verdad? Su deber, me parece, está con nosotros y
con ellos. ¿O me equivoco?
Gonçalvez siguió la dirección de la mirada
que Mara había echado hacia fuera del camarote, y presintió, o más bien supo,
que se refería a la popa, y más allá de ella.
Valverde se acercó al médico, incluso más
alto que el cuerpo fornido de Valverde.
-Su familia del Brasil extraña a los que
se han ido, los conozco de hace mucho tiempo. Hice negocios con ellos por todas
partes. Durante la guerra se hicieron de un gran nombre.
Las mujeres de Valverde ya sabían a qué se
refería, pero Natacha lo miraba con curiosidad.
- ¿A qué se dedica su familia, doctor?
-preguntó.
El médico tragó saliva y no contestó.
-A
las pompas fúnebres-le contestó Valverde, palmeando la espalda del médico.
- ¿Y usted se hizo médico?
Mara habló para apaciguar a la otra.
-Tal vez quería evitar lo inevitable,
señora, muchos se empeñan en eso hasta que se dan cuenta de que es imposible.
En
la cara del médico los ojos brillaban. Bernardo se acercó y le agarró la mano,
tirándolo del brazo para sacarlo del camarote. El perro se unió a él mordiendo
la manga del otro brazo.
Cuando se fue, Carla dijo:
-Fueron muy crueles con el pobre doctor….
- ¿Y vos qué sabes? -le dijo Mara, mirándola
con mala cara, como siempre desde que se había metido con José.
-Salgan todos de acá- ordenó Natacha.
-Esto parece un conventillo de Buenos Aires. ¡Fuera, fuera! - Y empezó a
empujarlos uno por uno.
Pero Mara se quedó quieta y sus miradas se
enfrentaron.
-Creo que debemos compartir las tareas,
señora. Ella nos necesita a ambas.
Natacha se encontró por primera vez con
alguien en quien no alcanzaba a ver más allá de su cara. Intuía que había
demasiado tras ese rostro cambiante, porque por más que siempre fuese el mismo,
la expresión de la voz modificaba la impresión. Cuando estuvieron solas y la
puerta se cerró tras Máximo Mendoza, ella volvió a sentarse en la mecedora en
la que solía velar a Altea. Mara se sentó del otro lado de la cama.
Era muy temprano en la mañana, y el sol no
entraba por la ventanilla clausurada. Había olor a encierro y a sangre.
Mara
y Natacha seguían mirándose, alternativamente. Cuando una observaba que la otra
la miraba, bajaba la vista, y lo mismo hacía la otra. Ambas se sabían
observadas.
Mara
veía un oscuro halo alrededor de Natacha, negro como el vestido que llevaba.
Tenía las manos sucias de sangre seca después de cambiar las vendas, pero
también bajo las uñas, como si estuviesen impregnadas de tiempo antes. La vio
mover los labios hablando sola, pero entonces se dio cuenta de que miraba hacia
un lado, hacia el rincón oscuro tras la mecedora. Y esa silla se movía, pero
los pies de Natacha estaban quietos. Mara creyó ver una mancha sobre el
respaldo, en realidad una sombra con la regular forma de una mano, que tal vez
la estaba meciendo.
-Me preguntaba si el capitán y usted han
tenido hijos.
Natacha no se dignó mirarla.
-Me alegro de que no esté sola…
Entonces Natacha la observó con detenimiento,
y vio a Mara en medio de un círculo de mujeres que le arreglaban el cabello y
el vestido, lavándole la cara y el cuerpo, alternativamente desnudo y cubierto.
Natacha no acostumbraba a tener tal tipo de ensoñaciones, porque sabía que de
eso se trataba. Escuchó, incluso, algunos graznidos, y giró la cabeza hacia el
techo, involuntariamente. Olió, también, el aroma de plumas sucias, y miró,
como una estúpida, hacia el suelo. Y se dio cuenta con miedo que Mara la
contemplaba ahora sin bajar la vista, rodeada de ese halo de mujeres raras, que
habían empezada a juntarse tras el cuerpo de Mara. Parecían estar trabajando
con esmero. ¿Tal vez sería el cierre del vestido que se había trabado, o una
costura descosida? Escuchó, de pronto, el aleteo. Miró al techo, asustada,
incluso estuvo tentada de ir hacia la puerta, pero se contuvo. La mano que la
mecía había desaparecido, la llamó, pero supo que no iría a regresar porque
había huido al fondo del rincón, encogiéndose y tomando la forma de un niño
prematuro.
Mara
los asustaba a todos, sin siquiera mover un dedo de la única mano que le
quedaba, ahora apoyada sobre la sábana.
Natacha recordó que no mucho tiempo antes,
ella y Altea habían estado cuidando a Manuel en esa misma forma, una a cada
lado de la cama. Ahora los papeles cambiaban, pero la situación era muy
parecida.
Los párpados de Altea se movían, sin
abrirse. Sus oídos escuchaban y sus ojos se movían.
Ellas sabían que Altea soñaba.
*
Los vio uno junto al otro, alto y flaco
el médico, como un esqueleto cuyas articulaciones rechinaban estridentes en los
oídos de Altea; bajo y fornido el chico, de tez muy oscura y cabello enrulado.
Y junto a él, el perro, con la cola entre las patas y la cabeza alzada mirando
a uno y a otro, con la lengua afuera, y gimiendo en un tono que nadie más que
ella podía escuchar, porque estaba entre los ecos de lo para siempre perdido.
Escuchó también el ruido de los tablones que usaron para sentarse junto a la borda.
Al médico le sobraban las piernas y apoyaba los codos en las rodillas, las
manos juntas, mirando al chico mientras comenzaba su relato. El otro después de
un rato se sentó en el piso húmedo con sus pantalones siempre mojados (¿cómo es
que nunca se enfermaba?, su cuerpo debía estar acostumbrado a sus correrías por
la selva y el río, pobre chico, sin padre y con una madre tal…) (eso se decía
cuando todavía podía caminar y sentarse a observarlo jugar, y hasta de retarlo
para que no se desnudara para tirarse al río…los yacarés, por todos los dioses,
e imaginaba el aguar roja que le que habían contado) pero ahora el cielo estaba
luminoso, el río calmo, y las máquinas del barco tronaban como nunca las había
escuchado. Sin embargo, las palabras del médico (¿o del funebrero?) sonaban
claramente distinguibles, casi podía verlas escritas en el aire a medida que
las pronunciaba. Ahora sabía por qué podía escucharlas a pesar del ruido
exterior: ella ya no tenía oídos, sino nuevos ojos. ¿Pero no le sangraba el ojo
izquierdo, no era pura pulpa que sangraba como una frutilla demasiado madura?
No sabía la causa, pero veía con el ojo muerto, más allá de la habitación: el
cielo, el río, las conversaciones simultáneas de todos escritas en un libro de
paginación infinita. Hay una leyenda, decía él hombre, en mi país, allá por Sao
Paulo se cuenta mucho sobre los indios. Es una ciudad, pero los adoquines están
hechos con las piedras sacadas de las ciudades de piedra del Amazonas, por
ejemplo, pero también de este mismo río en el que estamos. El Paraná norte es
un misterio, ¿dónde nace? El chico no supo responder, y el médico le sonrió.
Nadie lo sabe, porque tiene múltiples nacimientos, como tiene otras tantas
muertes. Una vez me contaron la historia de su nacimiento. La escuché en la voz
rocosa de un francés borracho que estaba en una pulpería en Bon Jesús, un
pueblito perdido. Se había quedado estancado en ese lugar porque no tenía
dinero, y dormía en el suelo. Como se emborrachaba, no podía trabajar, y como
no trabajaba, no tenía otra cosa más que emborracharse. Pero contaba historias
lindas, y muchas veces las mezclaba, con lo que le salían leyendas nuevas que
nadie sabía si eran imaginación suya o de los indios de los que las había
conocido. O si eran verdad, dijo el chico. El médico lo miró por un momento muy
largo, tanto, que ella creyó haberse quedado dormida. No fue una pausa de un
día ni de un año, sino de diez segundos, pero el tiempo era largo para ella,
tanto que parecía no existir. Una carcajada y un halago por la respuesta para
el chico. El perro movió la cola y siguió escuchando. Al francés ese le
gustaban los animales, no sé si era veterinario, aunque yo deduje que así era,
porque mencionaba ciudades universitarias de toda Europa. (El médico acarició
la cabeza de Max). En fin, resulta que había un huevo grande en algún lugar de
la selva, un sitio inhóspito que ningún hombre había visitado. Un lugar virgen,
muchacho, si sabes qué me refiero. A las manos y los pies de los hombres se les
llama miembros, y el otro miembro que nosotros tenemos (dijo, tocándose la
entrepierna) no es tan dañino como los otros cuatro. Éste, dijo, y se tocó otra
vez, lastima a las mujeres, pero crea hombres, los mismos que nacerán con
piernas y manos que destruirán el lugar en que nacieron. Los árboles aplastan a
uno, pero no a una generación, el río ahoga a muchos, pero no a una raza.
Entonces, en ese lugar tan cándido como un himen intacto (vio la expresión
intrigada del chico, confundido y hasta cierto punto asustado, él a quien no
resultaba tan fácil asustar con cualquier cosa), el gran huevo yacía entre
ramas grandes y sostenido en pie con tres troncos muertos. Así que lo ves,
parado en esa posición que ningún huevo podría mantener por sí solo. Así
estaba, en medio de la selva. ¿Y qué había dentro?, preguntó el chico. El
médico carraspeó, y Altea se tapó sus inexistentes oídos por el estruendo, porque
fue como una serie de truenos en el eco de la nada. Quién sabe, contestó. La
leyenda dice que el huevo era eterno: ¿el origen de todo?, ¿el centro del
universo? El gran huevo permanecía incólume e intocado, nadie sabe de qué color
era ni su tamaño exacto. Podía ser tan alto como un árbol, o más quizá, o tan
pequeño como un huevo de codorniz. La cuestión es que una vez apareció una
serpiente. (Los curas de parabienes, muchacho, cuando aparecen los símbolos que
han robado y hacen pasar por suyos). La serpiente, entonces, daba vueltas y
vueltas alrededor del huevo, en cada etapa del tiempo avanzaba un poco, porque
hacía su recorrido en espiral concéntrico. Tal vez era un centímetro por siglo,
así aseguraba el francés, que le gustaba el vino añejo (la risa del médico era
peor que su carraspera, y Altea frunció su frente rota con dolor). Fuese como
fuese, se fue acercando, y finalmente alzó la cabeza, separó las mandíbulas
dispuestas a tragarlo. ¿Era una gran serpiente para un gran huevo? ¿O los
tamaños eran contradictoriamente incompatibles y sin embargo posibles para los
cánones de la eternidad? Donde no hay espacio ni tiempo, toda posibilidad es
una realidad, hasta Dios mismo puede serlo, según un filósofo del que ahora no
me acuerdo. Max alzó la cabeza, expectante, el chico se acostó en el piso panza
abajo, apoyando los codos en el suelo y el mentón en las manos. Y cuando la
amplitud de las mandíbulas desencajadas de la serpiente ya estaba por atrapar
al gran huevo, se escuchó un graznido desde el cielo. Y la inmensa sombra
emplumada de un enorme búho pasó por encima de la serpiente. Ella se detuvo en
la posición que había tomado, pero ya no le era posible seguir adelante. Encajó
de vuelta sus sufridas mandíbulas, siseó interminablemente, como insultos inacabables
que ningún hombre podría imaginar. Pero no retrocedió. Desde ese día, ella
siguió girando y girando alrededor del huevo, ya sin avanzar. Sólo se escuchaba
su siseo ofendido y venenoso, sobre todo cada mañana, cuando el nuevo día le
recordaba su impotencia. Y en el cielo había otros giros, los del búho que daba
vueltas y vueltas en círculos concéntricos y excéntricos. Cuando finalizaba un
ciclo de acercamiento al huevo, iniciaba otro de alejamiento, que era
diametralmente tan extenso como el que lo había llevado al huevo. ¿La eternidad
tiene diámetro? Dicen los antiguos griegos que hay un número infinito que mide
una distancia infinita. ¿No es todo eso muy contradictorio, muchacho?
¿Distancia sin espacio ni tiempo? Porque no puede decirse que el infinito tenga
espacio o tiempo si no tiene límites, ya que para eso están. Pero los números
no terminan, interrumpió el chico, y Max saltó al escuchar su voz. Yo una vez
conté toda la noche, esperando mantenerme despierto para esperar a mi mamá. El
médico se rio otra vez, pero el sarcasmo atenuó su estridencia. Usaste el
método al revés, muy bien, muchacho. Entonces, ¿en qué estábamos? Ah sí, que la
distancia que recorría el búho era eterna, con lo que cualquiera diría que
tardaría siglos o milenios en regresar, y le daría grandes oportunidades a la
serpiente. Y, sin embargo, no era así. Iba y regresaba tan rápidamente como si
nunca se hubiese alejado. Pero para quien mirara al cielo de tanto en tanto,
por encima de las copas de los árboles, en un momento había desaparecido, y al
siguiente volvía. Una presencia sin presencia, a deferencia de la serpiente que
era una presencia sin ausencia. El ataque de la serpiente se alternaba
cronométricamente (si la eternidad usa cronómetro, ¡qué absurdos estoy diciendo!,
pero al fin de cuentas estoy contando una leyenda) con el ataque del búho. Uno
interrumpía al otro en un ejercicio que se repetía una y otra vez, hasta que ni
siquiera ellos sabían si había comenzado alguna vez. No tenían recuerdos, sólo
los motivaba un impulso que no analizaban como los hombres analizan su mente,
tan inabarcable como la significación de esta leyenda. ¿Pero si la serpiente se
comía el huevo, el búho se comería a la serpiente, no es cierto? El razonamiento
del chico era ingenuo como la absoluta certeza puede serlo. El médico lo miró
con suspicacia, e hizo silencio para que se contestase a sí mismo. El chico
balbuceó, agitó las manos, nervioso, construyendo casas de ideas en el aire. Al
fin, dijo, señalando el castillo de proa donde estaban las tres mujeres: cuando
eso suceda, sólo quedará el búho, pero no tendrá con quien pelear. Es verdad,
muchacho, uno solo, es decir, el número uno es una incoherencia existencial.
Dios, por ejemplo. Hay quienes explican toda la locura del mundo únicamente con
la existencia de un Dios que está eternamente solo. El chico se quedó pensando.
¿Y qué será del búho? No tendrá a quien comer ni a quien salvar. Así es,
muchacho, yo que Dios, me suicidaría, pero ni eso puede hacer. Es eterno como
la nada. Pero en la nada no hay nada, dijo el chico, cada vez más confundido a
medida que ascendía, o descendía en la comprensión. Si Dios es nada, no existe.
Entonces el médico se levantó, estiró las piernas cansadas de estar encogidas y
agarró una de las manos del chico, que no alcanzó a ver cuándo ni de dónde
salió la navaja que le hizo un corte en la palma de la mano. Gritó y se soltó
de las manos del hombre. La sangre cayó al piso y Max lamió, sin defenderlo.
Esto es lo único que somos, dijo el médico, señalando la mano lastimada. Luego
sacó un pañuelo de un bolsillo y la vendó. El perro ahora sí gruñó, pero a
ninguno de ellos. Sino hacia el castillo de proa, de donde llegaban ruidos que
sólo el perro escuchaba. Era, tal vez, Altea que lloraba inconsolablemente por
lo que había escuchado, reconociendo la creciente amplitud del indiscernible
espacio que habitaba, y la soledad en la que la habían encerrado. Porque el
siseo y el graznido a su derecha y a su izquierda, si así podían denominarse
aquellos inciertos sitios de la nada, seguían y seguían con su música sin fin.
La serpiente y el búho, sentados en sillas a cada lado de la cama. Y ella
encerrada entre paredes, que, de tan frágiles, eran imposibles de romper.
*
Valverde y
Gonçalvez habían estado todo el día juntos, hablando, y muchas veces en
silencio asomados por la borda, viendo la corriente rápida del río, y las
costas del Paraná que lentamente iban recuperando su habitual aspecto a medida
que iban corriente arriba. Hablaron de medicina, seguramente, pero también de
muchos lugares del Brasil que nunca habían visitado juntos, pero que cada uno
conocía muy bien. Juan Valverde de Amusco era argentino, pero de padres
portugueses instalados en Río de Janeiro y luego en Sao Paulo, y mucho más
tarde habían viajado a Iguazú. Cuando él nació, tenían su casa y su comercio en
Misiones. Recorrió las ruinas cuando era chico, y durmió en ellas muchas
noches, escuchando los sonidos de la selva que lo rodeaba. Los animales lo
llamaban, las plantas parecían fosforecer en la noche pletórica de estrellas. Y
hasta percibía el tronar de las cataratas tan lejos y tan cerca al mismo
tiempo. Sabía que sus oídos eran exquisitos, y en ocasiones le resultaron una
maldición, porque él escuchaba todo lo que decían a sus espaldas, fuese cerca o
lejos. Por eso se escondía, y las ruinas de los jesuitas fueron su lugar
predilecto durante la infancia. Allí el silencio creado por Dios era más una virtud
más que la maldición que tantos creyentes le recriminaban: en el silencio
Valverde podía escuchar lo que los otros no podían: el sonido de la selva,
múltiple, enigmático y revelador. Si el silencio era la voz de Dios, él hallaba
en sus resquicios las infinitas voces de la deidad. Irrepetibles,
imperecederas. Fuertes y tronantes como la aguas que caían a muchos kilómetros
de distancia, desde las alturas hasta el fondo de un río ancho y profundo. Un
río bestial que no se agotaba porque era alimentado con las voces de los
pájaros, incontables, con los sonidos de los insectos, inabarcables, con el
gruñido de los depredadores y el llanto de las presas, mezclando impiedad y
desesperación. Las almas de los animales estaban en esos cuerpos porque eso
eran: almas encarnadas que, al morir, desaparecían con su cuerpo. Pero Valverde
buscaba desde hacía muchos años, el alma de los hombres. Buscó en los cadáveres
y nunca la encontró. Miró hacia el remolque con los cuerpos a entregar en
Corrientes.
Tal vez hablaran de ellos esa tarde, una
semana después del encuentro en el camarote de Altea, donde todos ellos
estuvieron juntos por única y última vez.
Quizá Gonçalvez le preguntara por los
cadáveres, porque por más que se esforzara por desviar la vista, lo atraían.
Como si debiera hacer algo con ellos. Era, seguramente, la costumbre que su
familia le había inculcado, y que él había aprendido por más que ellos no se lo
enseñaran. Había dejado a sus padres en Sao Paulo, a sus abuelos en Bahía, y a
muchos primos en las Minas Gerais. Todo un conglomerado familiar que se
dedicaba a lo mismo: el levantamiento de cuerpos luego de la extremaunción.
Había escuchado tantos y tantos relatos de carretas yendo de pueblo en pueblo,
de casa en casa, de camino al cementerio. Historias de pestes, de guerras y de
matanzas. Tan hastiado estuvo cuando cumplió los diecisiete años, que luego de
pasar más de un mes enfermo en un hospital, donde no le encontraron nada más
que una melancolía que nadie pudo curarle nunca, cuando se sintió un poco
mejor, se vistió y se fue a la calle que había estado mirando por la ventana
del viejo hospital de Bahía. El sol y la arena eran diferentes al barro y la
humedad. No había gusanos bajo las rocas y las raíces pútridas, pero había escarabajos
y escorpiones. El sol secaba, pero la
luna humedecía. Macho y hembra de un universo que no entendía, porque la
repetición y los ciclos circulares eran tan monótonos como la vida y la muerte
una y otra vez, una y otra vez, y así siempre. Llegar al cementerio no era más
que reiniciar el camino al cementerio. Un ida y vuelta por un perímetro cuyo
atajo era de un diámetro infinito. ¿Cómo era ese número antiguo? Pero recordaba
más la leyenda del búho y la serpiente.
En la noche, ambos bajaron la escalera
hacia la habitación de los baños. Era la primera vez que la visitaban. La gran
nave napoleónica todavía tenía sus secretos. Abrieron la puerta y olieron el
aroma a humedad. Habrían retrocedido, seguramente, arrepentidos, si no hubiesen
visto las grandes tinas de porcelana adosadas al piso con caños de metal que
terminaban en grifos de bronce. En el techo había lámparas de aceite, apagadas.
En las paredes, muchos estantes vacíos. Se acercaron y abrieron las puertas de
los armarios. Todavía estaban las viejas jofainas de porcelana, casi todas
rotas.
-Caballeros-dijo una voz desde la puerta.
- Si quieren acompañarme, sean bienvenidos.
El
capitán entró y empezó a encender las luces. Las hacía bajar moviendo una
manivela en la pared, y una vez encendidas, volvía a subirlas. Entonces vieron
que las paredes estaban cubiertas de azulejos que debían mantener el calor.
-Impresionante-dijo Valverde.
-Me alegro de que les guste, caballeros.
Están en su casa.
Entró Carla, cargando una pila de toallas
en sus brazos. Las dejó sobre una mesa y se encontró con que los hombres la
miraban.
-Se ha ofrecido-dijo el capitán.
-No
lo dudo-dijo Valverde.
No
hizo falta indicarle nada. Ella abrió los grifos y se escuchó el ruido de las
viejas cañerías tan pocas veces usadas en los últimos tiempos. El agua era
clara pero fría. Luego ella salió y
regresó con un balde de agua caliente que transportaba sin esfuerzo. Carla era
fuerte, además de hermosa. Era complaciente, además de ambiciosa. Por eso las
otras no la querían. Ella siempre se había dado cuenta, y Valverde lo sabía
bien.
Las tinas fueron llenadas, con el agua a la
temperatura más acorde a lo que los hombres querían. Uno metió una mano, el otro
un pie, y el médico, poco acostumbrado, fue el último en aprobar, aunque ni
siquiera había tocado el agua.
El capitán empezó a desnudarse y se metió
en la tina, apoyando los brazos y la cabeza en los bordes. El cuerpo rígido
comenzó a relajarse, mientras el agua hacía que el vello del cuerpo pareciera
una tundra. Valverde hizo lo mismo, pero el suyo era un cuerpo de poca
estatura, un torso de hombros bien marcados y casi sin vello. Rio, al meterse
en al agua, y cerró los ojos con una sonrisa. Gonçalvez fue el último. Se sacó
la ropa, la dobló con cuidado y la dejó en una silla. Miró a los otros, que no
le prestaban atención, metió los pies en la tina, y se quedó parado, como
acostumbrándose a la temperatura del agua. Luego se acostó como vio hacer a los
otros.
Y estuvieron en silencio un largo rato.
Carla había abierto la puerta dos veces, sin entrar. La segunda vio que el
capitán la miraba, y ella preguntó algo en silencio. Él negó con la cabeza.
Todo estaba bien, parecía decir, la llamaría si la necesitaba. Luego, le guiñó
un ojo, y ella sonrió. Su cara despareció al cerrar la puerta.
El capitán también tenía una sonrisa,
pero se hundió en un abismo cuando escuchó la voz de Valverde.
-Me
alegro de verlo tranquilo en muchos días, capitán.
Lo
que simulaba un halago no hizo más que recordarle los problemas que había
dejado al entrar en esa habitación. Suspiró profundo, y se resignó a hablar de
lo que no quería, como si su cuerpo fuese un clavo ardiente que intentara
enfriarse sobre un bloque de hielo. ¿O era su corazón un trozo de hierro frío
que trataba de fundir en el agua caliente?
Hizo un gesto de hastío que fue la
respuesta más satisfactoria para Valverde, y luego preguntó a Gonçalvez, a
quien sabía que le agradaba el silencio y había que forzarlo a arrancarle
palabras.
- ¿Se quedará con nosotros, doctor? Lo
necesitamos…
El médico levantó la cabeza de repente, tal
vez se estuviera quedando dormido. Pensó un momento, seguramente en su familia.
Respondiendo antes a su propio pensamiento, dijo:
-Confío en que les haya llegado mi esquela.
Sí, capitán. No podría dejar el barco sin saber lo que le sucederá a la señora
Altea. Además, creo…
-No renuncie a decir lo que ya sabemos,
doctor-dijo Valverde. -Usted no cree que sobreviva muchos días más.
-Así es, y me sorprende que todavía
resista. Pero las dificultades para alimentarla son muchas, y tarde o temprano…
- ¿Y el niño, doctor? –preguntó el capitán.
-Hasta
hoy creo que está bien, tiene el alimento del líquido amniótico que crea el
cuerpo de su madre, pero si ella no se alimenta, no sé cuál de los dos morirá
primero. He visto muchos casos de larga resistencia en tal estado, y son muy
tristes. Muchas veces las familias me han pedido ayuda para terminar con eso,
pero en la mayoría de los casos son ellos mismos los que lo resuelven.
-
¿Usted es católico, doctor? - preguntó Valverde.
-Lo
soy por crianza, pero no practico.
- ¿Cree
en la vida después de la muerte?
-No,
Valverde. -De pronto, lo vieron ponerse nervioso, levantarse y sentarse en el
borde de la tina. El cuerpo desnudo, alto, flaco y esmirriado chorreaba agua
sobre el piso. Apoyó los codos en las rodillas y juntó las manos, frotándolas
mientras hablaba.
-Pero he visto algo que me llama la
atención en la señora Altea.
Los otros le prestaron atención. Cuando un
hombre como él se disponía a hablar de la manera en que había empezado a
hacerlo, era importante.
-Le revisé los ojos. El derecho, el sano,
está ciego. El izquierdo, que no debería ser más que un tejido muerto dentro de
la órbita rota por la bala, parece ver.
Podría haber mencionado que había visto
algo parecido en Manuel, pero no podía confesar que lo había conocido antes de
traerlo muerto.
Valverde
se rio.
-No le miento, amigo mío. He hecho varias
pruebas. El ojo derecho parece anatómicamente sano, pero no tiene reflejo
fotomotor. Saqué las vendas del izquierdo. La cicatriz está cerrando. Hasta le
faltan fragmentos de huesos faciales, pero cuando coloco una luz delante, el
cuerpo reacciona. A eso se llaman estímulos lumínicos que producen reflejos
motores.
Se quedaron pensando.
- ¿Y sirve de algo saber eso, doctor? -preguntó
el capitán. Su escepticismo intentaba ocultar su angustia.
-Sólo nos dice que el cerebro no está del
todo muerto, aunque no puedo explicarlo. Pero tarde o temprano…- La muletilla
resonó en el cuarto, y hasta creyeron verla escrita en el único espejo que
había empezado a empañarse.
-Capitán-dijo Valverde. - El doctor y yo
hemos estado hablando, y he pensado que puedo ayudar a la señora Altea.
-Ya lo dijo usted hace unos días en su
habitación, usted y esa mujer, Mara.
-Deje a Mara de lado, ella tiene su
carácter y no conviene meterse con ella. Yo hablo de otras formas de
curación. En Brasil he aprendido mucho,
y sobre todo de los viejos curanderos de las tribus, y de sus mujeres, por
supuesto. Hierbas…
-Drogas-interrumpió Mendoza. -Con eso se
gana la vida…
-Sí, capitán, pero eso es negocio. Estoy
hablando de la vida y la muerte. He visto gente en las tribus que parecía
muerta, pero sus cuerpos seguían respirando y latiendo. ¿Cuál era el secreto? Hay tantos que no se
pueden llamar secretos, sino conocimiento.
Gonçalvez se había parado y daba vuelta por
el cuarto, con las manos en la espalda y la cabeza gacha.
- ¿Usted me está diciendo que debemos ir
hasta el Brasil?
Valverde dudaba, pero dijo:
-Así es, pero no creo que ella resista.
- ¿Y entonces para qué mierda me está
diciendo todo esto?
Mendoza se había levantado y la mitad del
agua rebalsó en el piso. Se acercó a Valverde, que seguía dentro, lo agarró de
los brazos, enfurecido, y sacudiéndolo lo miró como si fuese a golpearlo o
ahogarlo. Valverde sonrió para sus adentros, había logrado lanzar el dardo
justo en el centro del dolor.
-Se lo digo porque sé lo que hago,
capitán. Por más que lo parezca, no soy un charlatán. Si no confía en mí,
pregúntele al doctor. Él es médico de abordo, el profesional y la autoridad en
estos temas.
Pero la duda ya estaba sembrada, y no
equivalía a incertidumbre, sino a la inquietud que nunca se calmaría sino al
llegar a su clímax. Soltó a Valverde, que cayó de espaldas de vuelta en la
bañera e hizo rebalsar el agua que quedaba. Máximo volvió a la suya,
refunfuñando, colérico y excitado. Su cuerpo era como el de un salvaje enojado,
porque se había dejado crecer el pelo desde aquel viaje al interior de la
provincia con Altea, y luego la barba desde el disparo. Se metió en la bañera
casi sin agua y gritó:
- ¡Carla!
¡Agua! ¡Dónde estás, puta de mierda!
Valverde
lo miraba con sarcasmo, pero no estaba dispuesto a incitarlo otra vez.
Gonçalvez estaba en un rincón del cuarto, asustado, probablemente.
Carla
apareció con un balde, seguida de un hombre que otro en cada mano. Vertieron el
agua en las tinas vacías. El hombre salió y cerró la puerta. Carla se quedó,
regulando la temperatura del agua caliente recién traída con el agua de los
grifos. Después se sentó en el borde de la bañera del capitán y empezó a
pasarle una esponja por la cabeza, suavemente. Ahora había silencio, y el
capitán había dejado de resoplar. Tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada
en el borde. Carla mojaba la esponja con agua tibia y limpiaba la frente, la
cara y el cabello de Máximo. Luego hizo lo mismo con sus hombros, y después
sobre el pecho y el abdomen. Murmuraba algo mientras lo hacía. Los otros dos no
entendieron, pero era un susurro compatible con algo así como “tranquilo
capitán, serénese, que aquí esta Carla para ayudarlo a sentirse bien”. Eso fue
lo que imaginaron, dejándose llevar por la imaginación estimulada por lo que
veían: una de las manos de Carla bajo el agua, con un despacioso meneo que
subía y bajaba, concordando con el ritmo de la respiración del capitán, que
continuaba con los ojos cerrados y la frente despejada. Entonces ella se
levantó la falda del vestido y se metió en la tina. Su cuerpo se meció sobre el
del capitán. Valverde sonreía, y Gonçalvez se había acercado, con las manos en
la entrepierna.
Máximo Hurtado de Mendoza era un hombre,
simplemente, sin pasado ni futuro, sin culpas ni miedos, cuyo rostro sonreía
porque su cuerpo sonreía. Abrió los ojos y les hizo una mueca de complicidad a
los otros dos: a Valverde, cuyo ludibrio ya había adivinado muchos días antes,
y al médico, allí parado, con la erección que no podía ocultar por más que lo
intentara.
Valverde se levantó y se acercó a ellos.
Acarició la espalda de Carla hasta llegar a su vagina, ocupada por Mendoza.
Volvió el juego de los dedos hacia el ano que ya había conocido alguna vez. Máximo
vio el cuerpo desnudo de Valverde, esa mezcla de piel trigueña, delgado y bien
formado, vio la cara sonriente, mezcla de ingenuidad y malicia, tan rara, tan
peculiar como el miembro erecto que estaba introduciendo en Carla. Él observó
la cara de ella, dolorida, pero sin queja. A ella le gustaba todo eso, por
sobremanera. Él se había dado cuenta la primera vez que la vio subir a bordo,
el día del naufragio, toda mojada y cansada, pero con los labios abiertos,
cuasi vírgenes, porque eran para lo cual habían sido decorados, si de esa
manera podía llamarse a la forma en que las mujeres como ella modifican ciertos
aspectos de su cuerpo para expresar lo que quieren, que no siempre es lo que
sienten. Lo que expresaban los ojos, lo negaban el cuerpo o las manos, pero a
veces los labios decían otra cosa, por más que no hablaran. Y los de Carla
ahora pedían más, y entonces vio que el médico se acercaba con timidez, medio
inclinado en su altura porque la erección era tal que ya no sabía qué hacer con
ella. Gonçalvez entendió la mirada de Mendoza, se acercó a él, y así parado,
dejó que Carla llenara su boca con ese pedazo del cuerpo que él no supo
ocultar.
Los tres estaba dentro de Carla, y ella
gemía sin dolor, como a pocas putas habían visto hacer. Y luego se levantaron y
cambiaron de posiciones. Ella se puso de rodillas delante de Valverde y del
capitán, y besó sus miembros, y esperó con ansia no disimulada, que ellos la
bañaran como ella los había bañado con agua. Cuando su cara estuvo manchada, el
capitán fue a donde el médico esperaba, parado y aún excitado. Lo agarró del
pene y lo metió en la vagina de Carla, que seguía en el piso, como un perro.
No fue necesario que dijese “así, amigo mío,
no tenga miedo, estamos entre machos, querido, y a esta yegua la trancamos
entre todos”. Eso ya lo decían los pensamientos de los tres, incluso,
probablemente, los de Carla. Valverde y el capitán observaron, allí parados,
cada uno con un brazo sobre los hombros del otro, esperando a que Gonçalvez
terminara. Y se sintieron mejor cuando vieron al médico inclinarse sobre la
espalda de ella, agarrarle la cabeza y recoger con la palma de una mano el
semen que ellos le habían dejado, y luego untarse el pene otra vez con ese
líquido, y volver a penetrarla, hasta que finalmente terminó. Cuando lo hizo,
se metió en una de las bañeras y cerró los ojos, con el pecho agitado. El
capitán se vistió y le palmeó el pecho antes de irse. Valverde se puso el
pantalón solamente, y antes de salir, le dio un beso y murmuró algo al oído,
algo en portugués.
Carla seguía en el piso, desnuda, boca
abajo. ¿Cansada? ¿Lastimada? ¿Satisfecha? Eso no habría sabido decirlo él,
Gonçalvez, que ahora la observaba. Se contentó con el hecho de que ella
respiraba. Se secó, y mientras se vestía, entró uno de los hombres del capitán.
-Perdón, doctor, venía a limpiar, pensé
que ya se habían ido todos.
Gonçalvez no dijo nada, y salió abrochándose
los botones de la camisa.
El hombre tenía un cubo de agua sucia en
la mano izquierda y una escoba con un trapo colgando del extremo en la derecha.
No era ni viejo ni joven, debía tener entre cuarenta y cincuenta años. Había
subido con un amigo, pero cuando el capataz Márquez le había preguntado si
tenía alguna profesión, se encogió de hombros. Ni para maquinista ni para
marinero sirvió. Lo único que sabía hacer, después de varios días, era limpiar.
No era gordo y se movía con facilidad, cargaba buenos pesos en la espalda, y
trabajaba duro con ese cuerpo de hombros duros. Ahora miraba a la mujer tirada
boca abajo, con las palmas sobre el piso, intentando levantarse. Él la miraba
hacer, sin ayudarla, porque era lindo ver el culo abierto y las mechas
tapándole la cara, y las tetas que se movían mientras ella trataba de
levantarse. Sí que le habían dado duro los tres hombres, y él sonrió al pensar
en eso. Hacía mucho que no tenía mujer, y ahora, viendo a esa puta
completamente desnuda, y con los restos de otros hombres encima de ella: el
pelo pegajoso, el culo abierto, las tetas sembradas de moretones, él, que aún
no era tan viejo, sabía que se estaba excitando.
Dejó el cubo y la escoba, se bajó los
pantalones y la penetró hasta terminar, y sabía que a ella le gustaba, su
cuerpo se lo decía. El interior era suave y él entraba con facilidad, y por eso
le fue tan grato terminar no una vez, sino dos. Después se levantó los
pantalones, agarró las cosas y salió, limpiaría en la mañana. En la puerta se
cruzó con dos marineros, que lo habían estado viendo. Ellos entraron y
agarraron a Carla.
Fue la única vez que ella intentó gritar.
Le taparon la boca, le dieron un par de golpes en la cara, no muy fuertes, lo
suficiente para que Carla entendiera. Entraron en ella, uno por vez y luego
simultáneamente. Se fueron, y otros estaban esperando.
Durante toda la noche, el rumor se corrió
por la tripulación, y posiblemente veinte de los hombres pasaron por ese cuarto
y penetraron a Carla. Algunos la besaron, otros le pegaron, pero todos dejaron
en ella lo que ellos creían que Carla quería. Un recuerdo. Porque no tanto se
recuerda el placer como el dolor.
A las cinco de la madrugada,
probablemente, porque ya amanecía, ella estaba tirada en el piso, con todo el
cuerpo marcado de golpes, el cabello sucio, y saliendo del bajo vientre un
reguero de sangre coagulada que era demasiado grande para ser simplemente de
una menstruación. El último que había estado con ella era un chico de quince
años, el hijo de uno de los tripulantes, que sin embargo se había quedado en su
camarote, durmiendo, porque nadie le había dicho nada hasta que el padre volvió
a costarse. El chico había mirado su pene con sangre, y se asustó. Se levantó
los pantalones y salió corriendo a buscar al padre. El hombre se despertó y adivinó
todo.
-Ya me imaginaba que las putas iban a
traer problemas, es lo dije al capitán, se lo dije a todos…-. Siguió
refunfuñando mientras se vestía y le ordenaba al hijo que se quedara y se
lavara bien. Faltaba solamente que se agarrara alguna peste.
Fue al cuarto de baños. Se asombró de la
mugre y de la sangre. Movió el cuerpo, y no fue necesario más. Iría a buscar a
Valverde. Él las había traído y él debía arreglar eso.
Lo encontró medio dormido luego de
golpearle la puerta veinte veces.
- ¿Qué
pasa, Montes?
-Una
de sus putas está muerta-dijo.
Cuando comprobó la muerte de Carla, le dijo a
Montes que se callara la boca. Ya él inventaría algo.
-Por las otras mujeres, digo. Entre
nosotros, viejo, ya sabemos. No se preocupe, Montes, vaya con su hijo. La
próxima vez, vigílelo mejor.
Montes no sabía qué cara poner. El enojo
de pronto se convirtió en vergüenza.
Valverde era un brujo.
Valverde era un charlatán.
Valverde
siempre tenía razón, porque finalmente sabía lo único que se podía hacer.
Cuando estuvo solo, levantó a Carla y
salió. Caminó por los pasillos bajo cubierta. Sabía que la luz no convenía para
esos casos. El cuerpo de Carla desaparecería como si nunca hubiese muerto.
Caminó varios metros por varios pasillos, recorriendo los mismos lugares que
había visitado esos días, con la excusa de admirar la gran nave. Encontró el
cuarto, estrecho pero suficiente para que entrara una cama y muchos estantes en
las paredes. Los había estado llenando con instrumentos que él buscaba entre la
basura que tiraban al río desde el barco: botellas, metales, clavos, tornillos,
cuerdas. Había encontrado, también, viejos fármacos abandonados en un cuarto
que nadie aparentemente había visto antes, ni siquiera durante el período de
reacondicionamiento en Buenos Aires. Pero eran tan viejos que ya casi no
servían, por lo menos para sus usos originales. Sin embargo, él ya había
comenzado a trabajar con ellos. Aún en pocos días, su cuaderno de apuntes
estaba lleno de fórmulas y combinaciones. Y a pesar de todo, sabía que le
faltaba mucho instrumental. Los cadáveres del bote le darían dinero para
conseguirlo en Corrientes, pero ahora tenía lo principal: el cuerpo del cual
obtener lo que más necesitaba. No lo había pedido, pero la providencia se lo
había otorgado. Un cuerpo que, sin embargo, estaba repleto del fluido de los
hombres.
Dejó el cadáver una cama a la que había
agregado y clavado maderas para elevarla como si fuese una camilla de hospital.
Juntó agua en un cubo y comenzó a limpiarlo. Los moretones persistirían hasta
que el cuerpo se descompusiese, pero él intentaría evitarlo hasta que ya no le
fuese útil. Cortó el pelo hasta rapar la cabeza. Por un minuto, miró y acarició
el rostro de Carla. Ella había sido uno de sus últimos riesgos al contratar
mujeres. Era demasiado hermosa, demasiado rebelde y provocadora, era demasiado
diferente a las otras. Todo eso era un riesgo en una puta, y sobre todo el que
le gustara lo que hacía. Le gustaban demasiado los hombres, y odiaba demasiado
a las mujeres. Una vez le había preguntado. Ella, por sola respuesta, se había
sentado en sus rodillas con las piernas abiertas.
Tal vez encontrase algo más en su cabeza,
pero ahora no tenía tiempo. Había amanecido y las mujeres preguntarían por
ella. No porque les agradara su presencia, sino como quien busca al perro que
siempre muerde, para no dejarse sorprender.
Tapó el cuerpo con una sábana, y salió.
*
Muchos
escucharon el grito esa mañana. Algunos hombres detuvieron lo que estaban
haciendo, solo unos segundos, tal vez se hayan mirado entre sí. Las mujeres que
aún estaban acostadas abrieron los ojos asustados, otras se estaban vistiendo o
se miraban en un espejo del gran camarote que habría quizá pertenecido a una
francesa de alcurnia, o a la putain del
rey. Ahora, como en ese entonces, olía a cosméticos y abundaban los vestidos en
el piso, las sillas o sobre las camas. Ellas sabían de dónde venía el grito, y
quién lo había emitido. Valverde lo escuchó al salir del cuarto donde había
dejado a Carla. Gonçalvez no se había acostado y revisaba su maletín cuando
escuchó el grito desde el camarote al que pensar ir esa misma mañana, y sacó el
reloj del bolsillo.
Eran las seis de la mañana.
Máximo Hurtado de Mendoza estaba
acostado, pero despierto, con las manos tras la cabeza, observando las vigas
del techo de su camarote, leyendo las vueltas y nudos de la madera en busca de
una explicación a lo que sentía, pero ni siquiera los viejos reyes que dejaron
sus espíritus en ese barco parecían haber hecho lo que él había hecho, y si lo
hicieron, el remordimiento no existía en ese entonces, o aún no había sido
enseñado a esa raza de hombres que usaban pelucas en sus orgías mientras
escuchaban un cuarteto de cuerdas o un dúo de flauta y clave. Y el rapé se
volatilizaba en el aire sobre un océano que ignoraba el hambre del continente,
pero que conocía la muerte porque todos los días la invocaba con sus tormentas
y la consecuente desolación de los naufragios. Pelucas que flotaban sobre el
agua como restos de la civilización que había terminado en revuelta y que
pronto volvería a comenzar. Escuchó el grito, como si hubieran vuelto a matar a
alguien. ¿Por qué pensó en eso? Se dijo que la segunda vez es más dolorosa que
la primera, porque se espera y se merece. Y se quedó acostado, esperando.
El reloj de pie del despacho sonó a la
misma hora, pero nadie estaba allí, salvo Max, que se había acostumbrado a
dormir bajo el antiguo escritorio. El animal levantó la cabeza, primero ante el
grito, luego ante el campanazo. Uno y otro se confundieron, y Max, también
confuso, creyó escuchar la voz de uno de sus viejos dueños, aquel que
acompañaba a la mujer que conoció en la ribera del río. Ella ahora estaba en
una cama, inmóvil, y ya no le hablaba ni lo acariciaba. El hombre había desaparecido,
y casi no recordaba más de él que aquel tono de voz que hoy sonaba tan
parecido, que tuvo que levantarse y correr hacia el sitio de donde llegaba.
Cuando estuvo en la habitación, vio a un hombre abrazado por una mujer, que lo
mecía. Pero el hombre, que desconocía, lloraba y gemía, y la mujer murmuraba
consuelos.
José estaba sentado en la cama. Se había
puesto el calzón, dispuesto a caminar luego de mucho tiempo. Se sentía bien y
fuerte. Mientras se vestía, Mara lo había mirado desde una silla, sonriéndole,
pero él se daba cuenta de que su mirada estaba perdida en un vacío. Él, sin
embargo, no podía ignorar su propia alegría. No sentía resentimientos contra
Mara ni las mujeres que lo habían golpeado. Había sido fuerte, y por un momento
creyó que se moría. Poco recordaba de esa noche, y se restregó la cabeza con el
pelo rapado. Valverde le había cosido varias heridas, y aún sentía las
cicatrices y los chichones en los huesos.
- ¿Y el buen doctor Valverde?-preguntó,
con sarcasmo.
-Por ahí anda-dijo Mara. -Pero en el barco
tenemos un doctor de verdad. Pasó muchas veces a verte…
-Creo que me acuerdo, fue después del
naufragio…me parece. Confundo los días…. Soñé con un pájaro muy grande que me
sacaba del agua y me levantaba en el aire.
-Ah, ¿sí?
- Y con cadenas. Pájaros y cadenas, parece absurdo,
aunque sea un sueño.
- ¿Y algún recuerdo del naufragio?
-Los golpes y el ahogo, pero no…eso fueron los
golpes de ustedes...
Se rio,
rascándose el pecho desnudo, tocándose los músculos del brazo. Ya no había
moretones, y las costillas rotas habían sanado. Respiró profundo, y frunció el ceño.
- ¿Me
salvaste, Mara?
Ella sonrió, se acercó a la cama y se sentó.
-Tengo
que decirte algo, José.
- ¿Qué cosa? -dijo él, y su mirada se
oscureció cuando vio los ojos de Mara. Las pupilas de ella parecían titilar,
pero no era eso exactamente, había algo diferente. ¿Dos pájaros revoloteando en
el cielo negro de esos ojos?
-Este es el barco en que subieron tu
hermano y su esposa.
José sabía del barco, pero de eso hacía
tanto tiempo, según creía, que ya casi no recordaba que estaba ahora en un
barco muy parecido al que había deseado encontrar. Por fin, se dijo, vería otra
vez a Manuel. Sonrió, y su rostro se deshizo por primera vez de todo sarcasmo y
doble intención. La cara de José, se dijo Mara, era la de un adolescente que
recupera a quien extrañaba terriblemente.
-Manuel está muerto… -dijo ella.
José se le quedó mirando. Comprendía.
Aceptaba. Tanto las palabras como la realidad. De pronto, sus hombros fuertes
cubiertos de vello castaño se hundieron lentamente, la espalda se encorvó, la
cabeza pareció ser vencida por el peso de algo tan incierto como un pensamiento
inatrapable por lo etéreo. Pero las palabras le daban peso, y el peso era un
ancla atada a su corazón. Y el corazón es un músculo que se desgarra, y no
puede latir tranquilamente si sus fibras se rompen.
Cruzó los brazos sobre el pecho, y se puso
a llorar. Mara lo abrazó. Con el brazo sin mano le apretó la espalda, con la del
otro le acarició las cicatrices. Lo meció como a un bebé, y se sobresaltó
cuando José dio el grito que se escuchó por casi todo el barco. Un grito que
era un llanto y un desgarro, un lamento que no podía consolarse porque era la
muerte y el nacimiento de un dolor. Mara sabía que los dolores no mueren nunca,
simplemente se ocultan. Cuánto duró, no habría sabido decirlo. Ella lo sintió
en todo su cuerpo porque él tenía la cabeza apoyada en su pecho, y la boca
abierta emitiendo ese furibundo grito casi entre sus senos. Tantas noches había
tenido los labios de ese hombre de esa misma manera, pero los gritos eran otros
y el dolor era distinto. Ahora los unía otra cosa: lo mismo que ella había
sentido crecer entre ambos, lo mismo que la había hecho naufragar su barcaza y
exponer a todos a la muerte, excepto a ellos dos: Mara y José. Y ya habían
encontrado al hijo de él, que sería de ambos.
Pero José gritaba y se lamentaba por su
hermano. ¿No era que lo aborrecía porque deseaba a su esposa? ¿O sería que
había violado a Altea porque le había robado a su hermano?
Ambas cosas, quizá, fuesen reales, pero
nunca simultáneas. Hay sentimientos que no pueden convivir en la misma alma. El
amor a dos objetos distintos es incompatible con el tamaño del alma: se ama a
uno y se odia al otro. ¿Pero cuál era cuál?
Ya no importaba. Manuel estaba muerto.
Altea pronto lo estaría.
Mara era ahora la mujer de José y la madre
de su hijo.
(la
querida Elsa, la pequeña Elsa)
-Ya, tranquilo, amor mío. Yo te consolaré,
estaré siempre acá…para acariciarte, para abrazarte.
La voz de Mara era dulce, y las palabras
tenían el aroma de una canción de cuna. Tenía el vestido mojado por lágrimas y
saliva. José era un chico que se lamentaba sin cansarse. ¿Desde cuándo no había
llorado? ¿Alguna vez lo hizo? José Menéndez Iribarne era un marino mercante. Un
hombre así no llora porque sí. Debe haber una razón fuerte. La muerte de un
hermano, por ejemplo, sobre todo si se trata del único hermano.
Mara alzó la mirada. El perro los
observaba desde la puerta. Max dio un suave ladrido y se acercó. Olió a José,
movió la cola, pero de pronto se detuvo. Reconocía algo en ese hombre, no el
olor, sino otra cosa. Se alzó, apoyando las patas delanteras en las rodillas
del hombre, y le lamió la cara. Mara rio y le acarició la cabeza, pero el perro
dio un respingo y le gruñó.
-Perro de mierda-dijo ella, sin poder
evitarlo.
José se apartó de Mara y se secó los ojos.
Miró al perro y le acarició el lomo varias veces. Max se veía contento.
-Es el perro de Manuel, tiene que serlo…me
habían dicho unos pescadores que él y Altea esperaban en la playa con un perro
que se les había juntado. Por eso me reconoce…
A Mara no le gustaba compartir a su hombre
con nadie, ni siquiera con un perro. Sin embargo, se calló la boca. Sonriendo,
acariciaba a José. Esperaría todo el tiempo necesario, lo consolaría hasta el
fin de la vida. Pero él se levantó, se puso una camisa y preguntó:
- ¿Dónde está su esposa?
-En su camarote, está muy enferma, creo
que se va a morir.
-Llevame.
Salieron juntos, y Max los seguía. Eran casi
las siete de la mañana. Carmen iba también en camino al camarote de Altea. Se
asombró de ver a José. Las mujeres hablaron.
-Carla
no durmió con nosotras anoche-le dijo a Mara.
-Debe
haber estado con alguno, ya la veremos al mediodía…
-Ya pregunté, Mara, nadie la vio.
- ¿Y qué esperabas que te dijeran?
Valverde estaba sentado en una silla junto
a la puerta.
- ¿De vigilante? - preguntó Mara.
-Adentro está el médico. Buenos días,
José, me alegro de verlo.
-Sí, sí-le contestó. Estaba ansioso por
ver a Altea.
Esperaron un rato, no por cuidado de
Gonçalvez, sino por evitar la mirada desaprobadora de Natacha.
- ¿Viste
a Carla? -preguntó Carmen a Valverde.
-La
vi, y por última vez…
Se rio
de la mirada de las mujeres.
- ¿Qué esperaban? Este no es sitio para ella.
Anoche amarraron un bote y abordó un tipo. Era un viejo amigo de Carla, lo
reconocí porque era el que la mantenía antes de que se viniera con nosotros. Se
agarraron a las patadas un rato, pero después se fueron juntos en el bote. No
creo que la volvamos a ver.
- ¿Y no hiciste nada? -preguntó Mara.
- ¿Querías
que se quedara? Me parece que no la querían demasiado ustedes…
-Estamos
mejor sin ella-dijo Carmen.
No la extrañarían. Las putas no suelen querer
a las que les gusta el sexo por el sexo mismo. Si un hombre les gusta, estaba
bien, y si les pagaba, mejor. Pero el sexo con cualquiera, y sin el precio
adecuado, no lo entendían. El dinero no era una compensación, sino simplemente
el precio de la venta ¿Acaso no se va al teatro por ver una actuación? ¿Y no
vale más si es una buena actuación?
José golpeó la puerta, y sin esperar,
entró. Vio a Altea sobre la cama. Era una sombra comparada con el recuerdo que
tenía de ella. Media cabeza tapada por vendas, y la sábana cubriendo el cuerpo
donde sólo había un bulto no demasiado grande a nivel del vientre. Una mujer de
cabello y vestido oscuro estaba sentada a un lado de la cama, y lo miraba con
asco. Un médico alto y flaco, sentado del otro lado, auscultaba a Altea.
-Pedimos disculpas, Natacha. Pero José no
ha tenido paciencia. Y le he dicho todo sobre Manuel.
Natacha no dijo nada y esperó a que el
médico terminara. Gonçalvez se sacó el estetoscopio.
-Me alegro verlo recuperado.
- ¿Es usted el que me cuidó estos días, no
es cierto? Le agradezco, pero no estoy para cumplidos ahora.
Se
veía nervioso, irritado, y se sentó en la cama. Observó el rostro de Altea,
demacrado y pálido.
- ¿Qué les pasó a los dos, no entiendo?
Se dio cuenta de que todos se miraban
entre sí, pero presentía que la causa de esas miradas era tan independientes entre
sí.
-A su hermano le dispararon-dijo
Gonçalvez. Hoy no tenía esa mirada de disculpa, o de temor, que siempre le
habían visto. - Me lo trajeron a mi casa, herido, allá en Entre Ríos. Deben
haberlo asaltado. Pero ya no había nada que hacerle. Lo enterraron en un
cementerio de la zona.
- ¿A ella también?
-Lo de Altea fue un accidente-dijo Natacha.
-A mi marido, el capitán Mendoza, se le escapó un tiro.
-Así es, Iribarne, estábamos todos
borrachos esa noche, y se me escapó un tiro. Mía es la culpa, señor.
Máximo Hurtado de Mendoza había entrado
casi sin que nadie lo sintiera, salvo Max. José se levantó y le extendió la
mano.
-Soy el capitán José Menéndez Iribarne,
marino mercante.
Máximo no esperaba eso. Estrechó la mano.
- ¿Qué dijeron las autoridades, sobre mi
hermano, digo?
- ¿Qué autoridades? - dijo Mara,
burlándose, uniéndose al teatro que él había iniciado. El teatro era como una
araña que iba tejiendo lenta y certeramente. - ¿El cura del pueblo, el dueño de
la pulpería o el médico? En esos pueblos el doctor es la única autoridad.
- ¿Y si mi cuñada hubiera muerto
embarazada?
Las botas del capitán sonaron en las tablas,
como si se hubiese puesto en posición de firme. Natacha sonreía.
-Estoy a su disposición para cualquier
satisfacción que usted me pida-dijo Mendoza.
-No le pediré ninguna, capitán, si el niño
nace.
El entramado ya estaba construido.
- ¿Qué piensa, doctor?
Gonçalvez echó una mirada a Valverde, que
observaba todo desde la puerta. Él también estaba atrapado.
-Confío en que, con los cuidados
necesarios, la señora sobrevivirá para dar a luz.
-Ojalá
así sea, doctor. Tengo todas mis esperanzas en ese niño. Mi hermano era todo
para mí…usted comprenderá, y no hay nada que yo no vaya a hacer por este
huérfano.
La voz de José era suave, pero firme. No
decía más que lo que todos esperaban, y precisamente por eso la sentencia que
declaraba se hizo más rotunda.
Desde entonces, José y Natacha fueron los
que estuvieron casi todo el tiempo cuidando a Altea. Por la mañana venía Carmen
a bañarla y cambiarla, luego pasaba el médico, aunque no hubiese ningún cambio,
pero Gonçalvez registraba minuciosamente en sus papeles cada signo en el estado
de Altea, el cambio de coloración en la piel, su humedad, el sudor, la
evolución de las cicatrices, la respuesta a los estímulos sensoriales, la
cantidad de micción o materias fecales. Luego de más de una hora, se iba con su
maletín bajo el brazo, restregándose los ojos. Muchos lo vieron reunirse con
Valverde luego del mediodía, en el estrecho cuarto que había ocupado poco
tiempo antes, o a veces caminando por cubierta.
José y Natacha se alternaban para darle
de comer.
-Usted vaya a descansar, señora-le dijo un
día. -Ya ha hecho mucho por ella, déjeme a mí ahora. Al fin de cuentas es mi
cuñada, y lo único que me queda de mi hermano.
Entonces le dio de comer en la boca,
hablándole, y vio que los párpados de Altea se movieron. Dejando la cuchara en
el plato, le levantó uno de los párpados y observó el ojo derecho. Estaba
ciego. Hizo sonar sus dedos frente a ella, y el párpado izquierdo, que era
ahora una masa informe de piel cicatrizada, se movió. Intentó levantarlo,
separando las adherencias que el médico había recomendado no desprender porque
servían de cura. Vio un hueco oscuro cuya profundidad parecía ser mayor que lo
razonable.
Le habló, y el sonido de su voz, tal vez
entrando por ese hueco, provocó un reflejo en el brazo derecho de Altea. Sólo
un espasmo apenas perceptible y que fue más evidente por el movimiento de los
dedos.
Me
reconoce y todavía se acuerda, por supuesto, de mi voz. Cómo iba a olvidarse de
mi cuerpo, si es el mismo que está engendrando.
Pero no pudo continuar. Entró Natacha y
se sentó en la mecedora de siempre, del otro lado de la cama.
- ¿Comió?
-Sí, y creo también que reconoce mi voz.
Su párpado sano se mueve cuando le hablo. -Obvió decirle lo del movimiento de
los dedos.
Natacha subestimó el comentario.
-Eso ya lo noté casi desde la primera
semana.-Luego se levantó para mirar detenidamente la cara de Altea, y le pasó
la mano por la frente.
-Está empapada en sudor, eso es nuevo.
Pero no hace calor acá. Me preguntó si tendrá fiebre.
Buscó un termómetro de mercurio que
guardaba en un cajón y lo puso bajo una axila de Altea. Volvió a sentarse,
rígida, con la mirada fija en la enferma, ignorando a José, pero sintiendo su
mirada sobre ella. Luego corroboró la temperatura.
-Está normal.
-Tal vez haya sido esa sopa.
-Pero no me vaya a decir la estupidez de
que se la dio caliente. Podría haberla quemado, toda su piel y sus mucosas son
muy delicadas en ese estado.
Natacha
lo miró con desprecio. José no contestó, que la otra pensara lo que quisiera.
Después estuvieron en silencio un largo rato.
Ella cerraba los ojos, pero él sabía que permanecía vigilante.
- ¿Usted conoció a Manuel? -preguntó.
Natacha contestó sin abrir los ojos:
-Lo conocí.
-Era un gran hombre…
Ella esperó, y luego dijo:
-Depende del punto de vista.
- ¿Qué quiere decir?
-Que hay cosas que no conocemos aún de
nuestros parientes más íntimos.
José la miró detenidamente, con las cejas
fruncidas y las manos en las rodillas.
- ¿Y usted lo conoció mejor que yo, señora?
Natacha se mecía casi candorosamente, pero
su sonrisa comenzaba a ser, más que despiadada, satisfecha.
- ¿Sabe usted que tengo un hijo?
No
quiere contestar, o da vueltas, es de esas. Tan diferente a Mara…
-No
sabía, ¿y dónde está el chico que no lo he visto?
- ¿Está
seguro? Mire bien, ahora mismo está al lado suyo, y está apoyando su mano sana
sobre uno de sus hombros, señor.
José vio que ella miraba hacia un espacio
vacío, y esa mirada era tan segura, que él dio un respingo involuntario y movió
su hombro.
-No sé de qué habla, acá no hay nadie.
La vio hablar en murmullos, girando la cabeza
como si siguiera el movimiento de alguien en la habitación. Creyó entender.
- ¿Y qué le pasó?
-Se mató.
- ¿Y qué tiene que ver todo eso con
Manuel?
-Debería preguntarle a él.
- ¿A su hijo?
Natacha hizo un gesto de exasperación,
restregándose las manos.
- ¿Acaso usted conoce a todos los habitantes
de la ciudad en la que vive, y espera que ellos se conozcan en ese lugar en el
que están? Digo que debe preguntarle a su propio hermano, señor, si quiere
averiguar.
-
¡Está loca!
Se levantó, enojado, pero se detuvo
cuando escuchó alguien que hablaba. Miró alrededor. Natacha observaba a Altea, pero
no parecía notar nada extraño. Él, sin embargo, veía que Altea movía los
labios, y la voz era impersonal, o más semejante a la de un hombre, en
realidad. Se sentó en la cama y acercó un oído a los labios. No entendía las
palabras. No sabía si alegrarse por ese signo de recuperación o no, y se
preguntó por qué Natacha no decía nada.
Entonces se dio cuenta de que no eran
palabras, sino un sonido que intentaba imitar un ritmo sincopado y monótono,
como el de los tambores.
Tum, tum, tam, tum, tum, tam
Como los de aquella noche de los ritos en el pueblo,
mientras él y Altea estaban en la choza. Apretando con una mano la boca de
Altea y con todo su cuerpo el cuerpo de ella. Las piernas alzadas y los brazos
intentando separarlo. Y las piernas de él esforzándose por mantenerla contra la
pared. Tum, tum, tam, y así durante horas, hasta que se fue extinguiendo
con la llegada de la mañana.
¿De dónde venía la voz? No era de los
labios, pero se movían. No de la garganta de Altea, porque era la voz de un
hombre.
José se levantó y volvió a sentarse en su
silla, tapándose la cara con las manos Sentía que llegaba la sombra de la noche
por la puerta. Escuchó los pasos de Natacha, a la vez que decía:
-Ya
se hizo de noche. Iré a buscar la cena.
Escuchó
que la puerta se abría y no volvía a cerrarse. Y sintió el miedo que hacía
mucho tiempo que no tenía, el de las puertas abiertas. Como en Cádiz, cuando él
y Manuel hablaban en una habitación, durante horas, y cuando escuchaba los
pasos vigilantes de su padre por el pasillo, y los pasos protectores de su
madre, siguiéndolos. El miedo los obligaba a apagar las luces, pero si el padre
encontraba la puerta cerrada, se enfurecía. Abrirla y encender las luces era
develar ese miedo que se iba escondiendo como un pliegue de sombra en los
rincones oscuros del cuarto, en los cielorrasos. Y que luego descendía hacia
sus camas cuando el padre se iba, dejando la puerta abierta. Nunca la trababa,
nunca la había sacado de sus goznes. La amenaza era siempre más eficaz que los mecanismos
prácticos. La voz del viejo Menéndez Iribarne era más cruel que una puerta
abierta mostrando las vísceras de la habitación envueltas en sábanas húmedas. Y
ambos compartían, hasta la madrugada, las impresiones de lo que veían en las
formas del cuarto, tal vez los sueños, o lo que fuesen en realidad. Las formas
de las cosas: la cama, el armario, el espejo, las sillas, las perchas, la araña
del techo, las luces del velador, los dibujos del empapelado y las alfombras,
las vasijas de porcelana y hasta el mingitorio escondido bajo la cama. Todo eso
iba tomando contornos extraños a medida que pasaba el tiempo y ellos crecían.
Las imágenes de desnudos que los amigos les habían regalado o vendido, los
cuerpos de hombres y mujeres que habían espiado por las ventanas de los barrios
bajos. Y tantas veces que se durmieron maltratando sus propios cuerpos como si
deshacerse de ellos fuese el objetivo de toda vida. Y luego, extenuados, se
dormían.
Pero la luz del pasillo iluminaba
sombríamente los rincones, y la luz era un sonido que se concretaba en un
rumiar, en un cascar, en un ronronear, en un ladrido, y luego en un grito
indeterminado y muy bajo, casi gutural. Y cuando cada uno, dándose finalmente
la espalda, miraba hacia las paredes y el techo, contemplaba las formas
definitivas que conformaban esas caras: las de ratas de orejas grandes y patas
cortas.
Mucho más tarde, aquellas habitaciones se
habían transformado en selvas rodeadas de ríos, con suelos de barro y cielos
lluviosos. Pero las caras de las extrañas ratas seguían apareciendo tras las
ramas de los árboles, en el fondo de los pozos de agua o bajo una roca con la
que tropezaban. Pero ya ahora tenían alas, y el aleteo era siempre nocturno. Y
el crepúsculo se fue tornando una amenaza que se satisfacía en su propio
concepto: amenaza que hacía bullir el miedo, y era entonces cuando ellas
llegaban realmente.
Las negras criaturas que, como ahora, comenzaban
a inundar el cuarto.
José no había visto cuando Natacha salió
del camarote, ni la vio mirar atrás como si alguien la siguiera, y dejando
deliberadamente la puerta abierta. Si la hubiese visto, incluso, tomarse la
molestia de abrirla hasta el punto de poner una silla para que no se cerrara
con algún descuido del viento. El viento que provocaban los aleteos de los
murciélagos que entraban y rodeaban la cama de Altea y la silla de José.
Aleteos de alas membranosas con un sonido similar a los de los tambores.
El tum, tum y el clap, clap.
Creando la música de la memoria.
Y cuando los murciélagos se asentaron sobre
el cuerpo de Altea, José se desesperó por espantarlos de ella y de su propio
cuerpo. Veía las caras y sus muecas, escuchaba el grito indeterminado que ellos
emitían. Lo mordían, lo rasguñaban. Vio sangre en sus manos y en la cara de
Altea. Se tiró sobre la cama para protegerla. ¿Era como aquella noche de los
ritos? ¿La estaría protegiendo al mismo tiempo que la estaba violando? ¿No
protegía a Manuel, acaso, de los chicos del barrio y de la escuela? ¿Abrazarlos
no era, acaso, protegerlos? ¿Y amarlos no era, entonces, lastimarlos?
Protegió el cuerpo de Altea todo el resto
del tiempo que los murciélagos tardaron en abandonar la habitación. Llegaron
los hombres para espantarlos, como pudieron, ya estaban acostumbrados. Cuando
entraron, José estaba sobre el cuerpo de Altea, apenas tocándola, reservando el
vientre en que crecía el chico encerrado en ese paraíso rodeado de escombros.
¿QUÉ VEN LOS OJOS DE LOS MURCIÉLAGOS?
10
Ya estaban
frente a Corrientes.
Las playas anchas, el cielo despejado y
tan amplio como las selvas que habían dejado su espacio para el crecimiento de
la ciudad. Las casas se alternaban con muelles cortos que se adentraban en el
río y parecían estar a punto de romperse con cada creciente. Pero resistían,
aunque no estaban preparados para recibir barcos como el “Juan Manuel”.
Se detuvieron luego de haber parado las
máquinas media hora antes, y aun así tuvieron que tirar las anclas antes de
pasarse de la altura de los muelles. Desde la costa, la gente se había parado a
observarlos.
Mendoza estaba apoyado en el barandal,
ayudando su vista con binoculares para buscar al jefe del puerto al que había
mandado telegramas.
-Márquez- le dijo al viejo a su lado-.
Prepare los botes.
El ingeniero ya tenía todo listo media
hora después. Descendieron los botes con hombres y mercaderías: atados de
cueros y lanas, incontables cajas de latas de conservas, cajas de cigarros y
pipas, bolsas de tabaco, bolsas de yerba, muebles de Buenos Aires. Todo servía
para recuperar tiempo y dinero. Vio que los botes atravesaban la distancia
hacia los muelles con lentitud y seguridad. Los hombres hablaban y se veían
contentos. El sol de abril era cálido aún en esas latitudes. Lo único molesto
eran los mosquitos que atacaban en pleno mediodía y cuando no había siquiera
indicios de futura lluvia. Los murciélagos muertos habían sido recogidos y la
cubierta lavada con esmero, pero siempre quedaba el olor de la sangre.
Entonces miró atrás, hacia la popa, donde
estaba el bote con los cadáveres cubiertos de cal y una lona de cuero que debía
protegerlos de los insectos, pero que ya era inútil. Valverde se había salido
con la suya, los había arrastrado hasta Corrientes. Y ahora Maximiliano Hurtado
de Mendoza se veía no como un capitán engalanado con el prestigio de su pasado,
sino como un mero capitán de río transportando contrabando.
Y
vio el bote que bajaba a pocos metros de donde él estaba, con Valverde y
Gonçalvez a bordo, hasta tocar agua, y remar hacia el bote de los muertos.
Desde la costa, la gente se arrimaba hasta cerca de la orilla. No necesitaba él
de binoculares para apreciar el gesto de las caras: burla, desprecio, pero
sobre todo una imperiosa curiosidad. Ya le habían contado que no era la primera
vez que Valverde hacía ese viaje, ni que su mercadería era la de siempre:
muertos, putas y drogas. Los grupos de la orilla, que iban adentrándose a los
muelles endebles, estaban formados por mujeres jóvenes, que tal vez querían
pedir trabajo a Valverde, por hombres que quizá iban a comprarle drogas. Pero
un grupo vestido de blanco se abrieron paso entre los otros, y esperaron.
Valverde desató la cuerda que unía el bote
al barco y la ató nuevamente al otro. Los dos comenzaron a remar con mucho
esfuerzo. Ninguno había querido descender a ayudarlos, aunque Valverde les
había ofrecido plata. Mendoza se los había prohibido: si ayudaban a Valverde,
no subirían más al “Juan Manuel”. Muchos lo pensaron y desistieron.
El
bote se fue acercando con lentitud hacia la costa. Les fue necesario más de
media hora, porque los muertos pesaban, y el aspecto que tenían, rodeados de un
olor nauseabundo y miles de moscas zumbando alrededor, no atraía la ayuda de
nadie. Observó con los binoculares el rostro de Valverde, acalorado, rodeado de
mosquitos, y disfrutó del pequeño desquite al verlo sufrir, pero él sabía que
todo eso no era más que mera circunstancia para Valverde, una simple media hora
tras la cual él obtendría lo que ansiaba. Gonçalvez, sin embargo, lucía como un
cadáver que se movía, pálido, sin sudor en la barba crecida, sólo la negritud
en la mirada, pareciendo dejarse llevar, y mirando el norte como quien mira la
frontera hacia una guerra.
Las putas que serían vendidas en
Corrientes habían bajado en otro bote en que remaban dos de sus hombres. Sólo
quedaban Mara y Carmen para cuidar a Altea. Las mujeres se reían de Valverde
cuando pasaron muy cerca, tapándose las narices. Él les un gesto que conocían:
una burla y una reprimenda. Supo siempre cómo mantenerlas amarradas a su
voluntad, él las necesitaba, pero ellas no sabían a ciencia cierta hasta qué
punto, y por eso se permitían amarlo y odiarlo a la vez, aborrecerlo y luego
desearlo. Él tenía el dinero y el extraño encanto, el poder de conducirlas y
aconsejarles. Les había salvado la vida muchas veces, como en la inundación, y
los golpes no eran más que una circunstancia fortuita, como la misma
inundación. Así como los designios de Dios no pueden ser contradichos ni
contrarrestados, los designios de Valverde eran inapelables. ¿No lo habían
visto sanar a muchos con sus mezclas? ¿No les habían contado que él prolongaba
la vida? ¿Y cuántas veces habían escuchado en los pueblos, de noche, en las
habitaciones de los puteríos, que él había hecho vivir a un muerto?
-Lindo día, capitán.
Mendoza dio un respingo. Mara estaba al
lado, acodada como él, mirando los botes que llegaban a los muelles.
-Usted siempre se aparece de improviso…
Mara se rio.
-Lamento el susto, capitán, no es mi
intención…
Mendoza lo dudaba, pero dijo:
-Pensé que se bajaría con su amigo.
-Ya conozco Corrientes y toda esta zona de
fronteras desde cuando trabajaba con el otro, con el que me vine de España.
Además, Valverde tiene sus negocios y yo los míos.
- ¿Y cuáles son los suyos?
-Ahora acompañar a mi hombre.
-Eso
no le atrae dinero, supongo…
-No
se preocupe capitán, Valverde tiene encargo de negociar en representación mía
con la gente de Corrientes. Nos traerá plata, y otras cosas.
Cuánta ansiedad sentía Mendoza por hacer que
todos esos abandonaran su barco, incluso Natacha, y quedarse solo, dueño del
pasado, y anclado en un espacio de tiempo interminable, una pausa sin límites.
Si el tiempo es infinito, como muchas veces había leído, entonces la pausa no
tenía razón de ser. ¿Pero acaso la naturaleza no muere, o simplemente se muda?
¿Es la vida de cada hombre como un segundo en el tiempo? ¿No sería más lógico
que si los cuerpos mueren, entonces el espacio y el tiempo coordinen su
ensamblaje? O todo es eterno o todo muere definitivamente. Soy un filósofo de
pacotilla, un maestro frustrado, un vagabundo obsesivo, un asesino irredimible,
se dijo. No me perdono, pero me justifico, me lamento y sin embargo exijo en
los demás lo que yo no puedo cumplir. Si estuviera sólo con dos o tres hombres
a los que nos les importe tampoco la soledad del tiempo. El río es un continuo
discurrir sin sentido, pero el mar es la plenitud del tiempo. Las olas marcan
la arritmia de los segundos intempestivos, el río es un continuo claudicar del
corazón. Siempre es igual, pero el mar es distinto porque miente. El río es
verdadero y se hace odiar por eso, se hace repulsivo a los cobardes. El mar
engaña como una mujer. El mar es una madre que de tanto acariciar, un día
golpea, y lo hace definitivamente. El río perdona, el río se escabulle en la
conciencia y nos mete en el tiempo como presos. El mar nos sacude, nos echa y
nos recibe, cambia perennemente. Los Hurtado de Mendoza siempre fuimos
capitanes de mar. Sólo yo, el último de mi estirpe se dejó enredar por esta
larga serpiente de agua.
*
Juan Valverde de
Amusco era ahora, como su ancestro del que tanto se jactaba, un anatomista que
no tenía remilgos en recoger los cadáveres del bote amarrado al muelle. Se
había sacado la camisa, el cuerpo estaba lleno de piquetes de mosquitos, y de
vez en cuando se rascaba con un dejo de desesperación que se esforzaba por
ocultar, aunque no siempre lo lograba. Estanislao Gonçalvez lo secundaba,
arrastrando los cuerpos hasta el comienzo del muelle, donde los empleados del
hospital los cargaban en la carreta.
En ese trabajo, varios fueron los cuerpos
que se cayeron al río, pero nadie iba a sacarlos. Eran más que suficientes las
víctimas de la inundación para que esta vez Valverde obtuviese una buena tajada
de dinero del estado. Porque en el hospital, por más que estuviese prohibido,
todos sacaban ventaja del comercio. Los médicos tenían cuerpos para estudiar, y
lo que no les servía se vendía a los indios o a los pobres. Nadie iba a
decirlo, por supuesto, pero todos sabían que cuando la carne se acababa, como
en la pasada guerra, algo había que comer. La carne abundaba, y no tenía
nombres. La carne se podía cocer y toda enfermedad desaparecía. Eso ero lo que
decían los que iban de un pueblo al otro.
Otros muchos se desmembraban cuando los
subían a la carreta, y Valverde miraba con pena y resignación la forma en que
los hombres tironeaban de los cadáveres. A pesar de estar acostumbrados, no
dejaba de darles asco su trabajo. O quizá fuese simplemente desidia. Sí, eso
era. La completa indiferencia de la vida hacia lo que ya no vive. Pero ellos no
sabían lo que quedaba en esos restos: huesos rodeados de una sustancia cuya
descomposición era el germen de una futura vida. Diferente, por supuesto, pero nadie
podía asegurar que la vida de un gusano no fuese tan importante como la de un
hombre. Ellos pueden sobrevivir a los venenos que matan a los hombres, ellos
han persistido durante siglos. Los mismos mosquitos que lo habían estado
devorando era más fuertes que él, pero le habían tenido piedad, y por eso él
había sufrido con paciencia.
Paciencia era lo que le faltaba a la
mayoría de los hombres que trataban con los muertos. El apuro es un asunto del
tiempo, y el tiempo es la sentencia de la vida. Si pudiera escuchar las
conversaciones de los muertos, se dijo Valverde muchas veces. Pero estamos
todos aferrados a la vida porque la confundimos con la conciencia. ¿Acaso no
vivimos mientras dormimos? La conciencia no garantiza más que la ficción: el
telón siempre levantado y todo a oscuras tras las bambalinas.
Ya quedaban pocos cuerpos en el bote. El
último fue arrastrado en espera de la carreta que debía regresar del cuarto
viaje de ida y vuelta al hospital. Era pasado el mediodía. Valverde se paró en
la punta del muelle, con las manos en la cintura y la vista fija en el médico,
agitado.
- ¿Tiene hambre, doctor?
El
médico se había sentado a descansar, a varios metros de él.
-Hambre,
sed y cansancio.
Valverde
se puso otra vez la camisa y se sentó a acompañarlo.
-Cuando lleguemos al hospital podremos
limpiarnos, comer y descansar. ¿Y en qué está pensando, lo veo acongojado?
Gonçalvez se sorprendió una vez más del
lenguaje rebuscado de Valverde.
-Todavía no entiendo cómo hizo para
mantener esos cuerpos. A estas alturas deberían tan podridos que se romperían
entre las manos, si es que alguien soportara el olor.
-Aprendí muchas cosas de los indios,
doctor. Del Brasil estoy hablando, pero ellos han recibido lecciones desde
generaciones antes, de miles de años. No le voy a hablar de la era geológicas,
por supuesto, usted es un hombre de ciencia, y sabe lo que nos relaciona con
África. He conversado con exploradores, doctor, y tienen menos prejuicios que
un cura de pueblo en hablar conmigo. No hay recetas, doctor, usted lo sabe
mejor que nadie, porque las fórmulas son meras coincidencias. El azar, si así
quiere llamarlo, rige el mundo, y el caos es el único dios que debería ser
adorado. Pero nadie está dispuesto a hacerlo, ¿sabe por qué? Es demasiado
incómodo adorar lo que está en todas partes y no puede verse, pero sobre todo
lo es sublimarnos a lo que está dentro nuestro. El alma es un caos que no
queremos reconocer, porque sucumbiríamos a la sinrazón. ¿Y quién dice que la
sinrazón no tiene su propia lógica? No las reglas de los formularios a los que
estamos acostumbrados. La mente humana es un cajón de sastre que
permanentemente intenta cumplir la ley de Perogrullo. Nos rompemos la cabeza y
nos volvemos locos, y seguimos intentando meter esa locura entre cuatro
paredes. Y mientras nada encaja, seguimos intentando. ¿Y esa es la razón que
tanto alabamos? ¿La que pretende mantenernos en pie sobre la tierra? ¿No es
eso, acaso, meter nuestros restos en un cajón alargado? Tiene cuatro paredes,
doctor, y un piso y un techo, porque hasta eso nos quitan: la posibilidad del
cielo o del infierno.
El médico se levantó cuando llegó la
carreta. Subió el cuerpo que restaba sin ayuda y se subió al pescante. El
hombre que conducía esperó a Valverde, que se subió atrás con el cadáver.
Retomaron el camino al hospital.
- ¿Pero no me va a decir cómo los
mantiene?
-Hay muchas maneras y varias sustancias.
Tengo todo un catálogo en la cabeza, y buena memoria visual. Conozco las
plantas y los polvos que he visto, y los nombres leídos. Mucho latín, doctor, y
me jacto de eso, no tenga dudas. Los indios que tanto nos hemos esforzado en
matar podrían habernos matado antes, pero lo que nosotros confundimos con
debilidad ellos lo llaman supervivencia. ¿Encuentra contradicción en eso? La
contradicción es el alma. ¿Usted es de los que piensan que alma se separa del
cuerpo al morir?
-Si existe el alma, sí.
- ¿Por qué doctor? Si el alma necesita un
cuerpo para manifestarse, muere también cuando no tiene un cuerpo, así como
nuestro cerebro muere cuando el corazón se detiene.
- ¿Quiere decir que alma tiene un
compartimiento corporal?
Valverde se rio a carcajadas, y su risa se
escuchó por las calles empedradas que llevaban al hospital. Faltaban no más de
tres cuadras, pero la carreta iba lentamente porque el caballo era viejo y
rengueaba. Pronto terminaría en el matadero. Algunos chicos los seguían,
curiosos, y algunos perros que olfateaban. Moscas y moscas por todas partes,
pero nadie las espantaba.
Eran las tres de
la tarde ya, y el silencio de la siesta provinciana era perturbado por el
traquetear de las ruedas, que, como el resto de la carreta y el caballo, pronto
sucumbirían a efecto del tiempo, como lo había hecho el cadáver que
cargaban. Lo inverosímil, como si la
verosimilitud tuviese que ver con el drama del mundo, era el contraste de
aquella escena con el paisaje. El ancho río representaba un fondo vital y
brillante con sus reflejos plateados y dorados bajo el sol mate del otoño, las
casas y edificios con cortinajes de colores chillones por todas partes, el
adoquinado gris de las calles y el polvo que se levantaba del resto, los
árboles altos o de copas frondosas junto al río o en las veredas, intensamente
verdes y floridos. Todavía no había ni señas del inminente invierno. El verano
se resistía a partir, mudándose lentamente, dejando sus pertenencias cálidas
para transportarlas en varios viajes. ¿Como la carreta y sus cadáveres?
Evidentemente había humor negro en esa similitud que desafiaba lo verosímil,
pero que constituía la sustancia más pura que amalgamaba los hechos y las
cosas. Eso era lo que seguramente estaba pensando Gonçalvez cuando, ya en
silencio, contemplaba el cielo límpido, acostado en la carreta boca arriba,
como el muerto a su lado, pero respirando y haciendo girar sus pulgares uno
sobre otro, con las manos unidas sobre su pecho, y una sonrisa de lo más rara
en la cara.
Las carcajadas habían terminado, pero
antes de callarse, había contestado a la última pregunta del doctor:
-Así
es, amigo. Ahora veo que será mi compañero adecuado en la tarea que nos hemos
puesto encima de los hombros. El chico ese va a nacer, se lo aseguro. Y
nosotros haremos que la madre viva lo suficiente para eso.
El hospital era amplio y viejo. Una
fachada que alguna vez había sido blanca estaba cubierta de hiedras y musgo.
Las ventanas tenían viejas rejas coloniales y de las tejas caían cenizas,
porque desde el parque posterior estaban quemando algo, tal vez ramas, tal vez
muertos.
-Parece que sobran-dijo Gonçalvez. - ¿Le
pagarán bien?
-No se preocupe, conozco al director.
Y en
ese momento salió al pasillo un hombre alto y de barba oscura, cabello
entrecano y rizado. Debía tener unos cuarenta y cinco años. Su alta estatura
tapó la luz que llegaba desde el ventanal al fondo del pasillo. Las paredes
estaban pintadas a la cal, con partes sin revocar. Las luces colgaban del
techo, y las puertas a lo largo del ancho pasillo no llevaban a habitaciones,
sino a oficinas. Las puertas abiertas dejaban ver escritorios y bibliotecas,
archivos y carros de curaciones desarmados. Ya habían llegado casi al último
tramo, y vieron a la derecha un depósito lleno de camas rotas, colchones,
camillas y artefactos de quirófano. Fue entonces, desde ese depósito, de donde
apareció el doctor Cisneros.
Valverde y él se dieron la mano, y
presentó a Gonçalvez.
- ¿No
nos conocemos de algún lado? -preguntó a su colega.
-No
lo creo.
Cisneros
puso una mano sobre la frente y cerró los ojos.
-Déjeme hacer memoria, yo lo conozco a
usted, doctor….
Chasqueó los dedos y dijo:
- ¡Ya me acuerdo! Nos conocimos en la facultad,
usted era una eminencia ya en esa época.
Parecía alegre y asombrado de
reencontrarlo.
-Fíjese usted, Valverde, si este amigo
conocía cada centímetro del cuerpo humano mejor que Testut. Lo llamábamos para
todo, incluso lo buscábamos en el anfiteatro durante las lecciones de anatomía
para que no pasara las respuestas. A veces las escribía, otras las dictaba
moviendo los labios.
Gonçalvez
sonreía, pero se mostraba avergonzado. Y más cuando el otro dijo:
- ¿Y qué hace acompañando a este sinvergüenza
de Valverde?
Los tres rieron, pero Gonçalvez no sabía cómo
contestar. Ya no era una eminencia, sólo un médico de pueblo pobre que
enterraba más de los que salvaba.
-Me ayuda en mis experimentos-dijo
Valverde.
- ¿Asistente de Frankenstein, entonces?
-Algo así. - Valverde palmeó la espalda de
Gonçalvez, animándolo. -Lo sacamos del pueblo donde estaba, y tal vez vuelva
con su familia en Minas Gerais.
-Sí,
ya me acuerdo de que eras de allá, con familia importante, de plata, digo. Aún
nos comunicamos con ellos, a veces, por la empresa, digo…Sobre todo con las
lluvias que tuvimos este verano, toda clase de pestes, cólera, dengue,
neumonías, muchos chicos muertos.
- ¿Hacemos negocios, doctor? En el barco
nos esperan para zarpar otra vez, el capitán quiere recuperar tiempo.
-Sí,
ya he visto el mastodonte en el que navegan.
Caminaron los tres hasta una escalera de
enormes baldosas gastadas, muchas rotas, y el dibujo que debían formar estaba
incompleto. Llegaron al primer piso y entraron a la oficina del director.
“Alberto Cisneros, neurólogo y neurocirujano”. Sobre una pared había una foto
durante la entrega de los diplomas, entonces recordó a Cisneros como uno de
esos compañeros que siempre sacan ventaja de los otros. No estudian casi nunca,
pero sacan mejores notas que los demás, porque saben convencer con su
personalidad. Tienen carisma y familias con dinero, tienen comodidades y la
facilidad que les falta a los otros. Los otros, como Gonçalvez, podían o no
tener dinero, pero estudiaban por vocación o ambición, y no por la inercia de
los hombres como Cisneros.
-Ya recuerdo, doctor- dijo al sentarse
frente al escritorio. -Creí que te dedicarías a la anestesiología.
Cisneros festejó el comentario con una
amplia sonrisa y amplios gestos de los brazos. Le gustaba gesticular
permanentemente.
-Así
es, amigo mío, pero se me murieron varios, y se me ocurrió cambiar de
especialidad. De todos modos, como sabes, no he salido del estudio del sistema
nervioso, así que ahora no mato a nadie, y como máximo mantengo a esta pobre
gente con menos dolor que el habitual,
- ¿Cómo es eso?
-Cisneros está colaborando
conmigo-intervino Valverde. -Aunque no lo parezca, sabe mucho de neurología, y
muchos de sus pacientes son nativos. Yo lo ayudo a interpretar el idioma y
ellos le sirven de conejillos de indias. ¿Me entiende?
Cisneros miró a Valverde con seriedad,
como preguntando si se podía confiar en el otro.
-Hable
con toda confianza, Alberto, Gonçalvez es de los nuestro. Mire, amigo, Cisneros
me aporta los materiales que yo necesito, y que solamente pueden conseguirse en
un hospital, o ser médico, por supuesto. Drogas, querido, de eso hablamos, pero
no solamente de las que ya conocemos, sino fármacos que están siendo
experimentados, o que ni siquiera el gobierno o quien fuera saben que existen.
La gente se cura, muchas veces, la gente vive mejor, en ocasiones, y en
contadas veces sobrevive largo tiempo.
-Hacemos investigaciones sobre las reacciones
del sistema nervioso central. Usted ya sabe que son muchos lo cuidados para
mantener los preparados anatómicos de cerebro y médula. Necesitamos cientos
para sacar provecho de diez, o menos. Pero obtuvimos buenos resultados. No son
para publicar en una revista científica, por supuesto. Pero usted y yo, doctor,
sabemos de qué se trata la medicina, y sobre todo de qué se trata lo que
llamamos academicismo. La hipocresía es el otro nombre de la ciencia.
-Y
la política la madre de todas…-dijo Valverde.
Se callaron. En las paredes había
reproducciones de Rembrandt intercaladas con diplomas y fotos. Cisneros
aparecía con guardapolvos en casi todas las fotografías, algunas en las
habitaciones del hospital con otros médicos, o sentado en una cama junto a un
paciente moribundo, otras en la calle, abrazando a una vieja que le regalaba
empanadas. Había muchos libros de ciencia y literatura tras el sillón donde
estaba sentado, en una gran biblioteca de madera de caoba, tal vez, importada
de Europa, lo mismo que el sillón lleno de polvo junto a otra pared.
Cisneros abrió el cajón del escritorio
con una llave que había sacado de su chaleco. Sacó una caja de habano, pero al
abrirla había billetes. Los entregó a Valverde, que los contó y los guardó en
el bolsillo del saco. Todo eso ocurrió en el más completo silencio de palabras,
porque desde el pasillo se escuchaban los pasos continuos de las enfermeras y
los médicos, de las ruedas chirriantes de las camillas, o el rodar de los tubos
de oxígeno.
De pronto, golpeó la puerta, que estaba
abierta, un enfermero bajo y fornido.
-Pase,
Pérez.
El tal Pérez traía una bolsa grande que dejó
en el piso junto a la silla de Valverde, y otra pequeña que apoyó sobre el
escritorio.
-Eso es lo más que puedo darle por este
semestre, amigo.
Valverde hizo un gesto de dar por
descontado la generosidad de Cisneros.
- ¿Tiene en vistas algún trabajo en especial?
-Algo muy importante, sí. Ojalá pudiera
contarle con detenimiento, pero se explicaré en una carta cuando terminemos,
desde Brasil probablemente.
- ¿Necesita ayudantes? Acá, Pérez, es un
estudiante avanzado de enfermería, y tal vez pudiera serle útil.
-No estamos en situación, Alberto. Hay
personas involucradas que no mirarían con beneplácito más gente extraña, me
refiero no perteneciente al círculo de conocidos. No se preocupe, lo mantendré
al tanto cuando todo termine.
-Y espero que la enferma se recupere-dijo
Cisneros, levantándose y estrechando las manos de ambos. -Me han llegado
noticias de lo que pasa en ese barco, no es posible viajar en ese mastodonte
sin ser rodeados de una camarilla de voceros inesperados.
Valverde y Gonçalvez salieron y bajaron la
escalera. Uno llevaba la bolsa pequeña, delicada y sin sonido alguno, salvo,
quizá, el del vidrio, a veces; el otro cargaba la grande, cuyo contenido sonaba
continuamente como metales entrechocados.
- ¿Pesada, Estanislao? -preguntó
Valverde.
-Así es, Juan- Y ahora que me acuerdo,
¿no es que iban a darnos comida y baño?
El otro se encogió de hombros, también
estaba cansado. Sin embargo, sólo llevaba la bolsa liviana colgada de un hombro
como una bandolera, y que despedía, al moverse, un aroma a especias, o un olor
a vieja farmacia.
-Están demasiado ocupados, ya los ves.
El pasillo por el que ahora salían estaba
lleno de gente esperando que los atendieran. Algunos chicos lloraban, otros
gateaban a lo largo del corredor. Había viejos con la espalda doblada, y
mujeres que gemían, y otras que hablaban con los brazos cruzados, como enojadas
mientras los veían pasar.
-Esas me conocen-dijo Valverde. -Les he
sacado varios muertos de adentro, peno no agradecen, ¿te das cuenta? Miran como
si yo tuviera la culpa de lo que ellas hacen. De los tipos que las preñaron no
se acuerdan, pero sí, y mal, del que les extirpo el cáncer que les crecía
dentro.
-Remordimientos, Juan, eso es lo que les
agria las caras.
-Eso es lo que yo digo. Las mujeres son
raras, Estanislao, por eso yo siempre he confiado sólo en las que están
muertas.
- ¿Y entonces por qué ese afán de
prolongar la vida?
La breve pausa de silencio sirvió para
que ambos llegaran a la calle y pidieran prestado la carreta nuevamente para
llegar al puerto. Debían ser las cinco o seis de la tarde. Mendoza les había
dicho que regresaran a más tardar antes de la noche, o se iría sin ellos. Una
simple amenaza con la que intentaba convencerse únicamente a sí mismo de seguir
manteniendo el control. Dejaron la bolsa pesada atrás, y subieron. El caballo
volvió a hacer el mismo y milenario camino entre el hospital y el puerto que había
estado haciendo tantos años. ¿No estaba muerto ese caballo? Tal vez fuese más
útil prolongar su vida útil que la de muchos hombres o mujeres.
-Porque ellas son las que dan a luz a los
hombres. Ellas dan el calor y el abrigo junto al odio y al remordimiento.
Habrás visto, Estanislao, que cuando dan de mamar a veces la leche está agria y
los chicos vomitan. Y la leche se forma con la sangre de ellas. Junto al amor,
irreversible e inevitable, el odio y el aborrecimiento, inclaudicables como
piedras enraizadas en el camino de cada uno. Los alumbramientos son tan
intensos, tan difíciles y dolorosos, ya lo habrás visto muchas veces, amigo
mío, que todas las mujeres tienen miedo. Lo han visto en sus madres y en sus
amigas, tías, o lo que fuese, y por eso piden que les den opio o morfina.
-Sí, y ya les dije muchas veces que esas
drogas le impedirán hacer fuerza para que el chico nazca. Y para que no se les
muera adentro, nosotros tenemos que meter las manos.
- ¿Acaso quieren que nazca el hijo? ¿No
esperan que la muerte detenga todo ese dolor? La vida es dolor, y la anestesia
es un largo sueño sin sueños. Nada hay más parecido a la muerte salvo la muerte
misma.
-Porque no se despierta.
- ¡No! No es por eso. La falsa muerte es un
doble engaño creado por el hombre. Un espejo doblemente invertido. No solamente
creemos que estamos creando un sueño al que pensamos poder recurrir en
cualquier momento (y ese es el primer engaño: la imagen invertida de la
izquierda y derecha), sino que cuando despertamos, seguimos siendo exactamente
los mismos: la misma enfermedad y dolor, en el exacto día de nuestra supuesta
partida hacia el sueño, pero con más peso aún, porque esa ausencia ha dejado
una nostalgia de la que no nos damos cuenta hasta después (y esa es el otro
engaño del espejo: la imagen invertida de la inversión).
-Lo que da la imagen original, sin
reflejos.
-Exacto. ¿Te has preguntado para qué nos
vemos en un espejo? Si con simplemente mirar nuestro cuerpo con nuestros propios
ojos ya vemos lo que somos, sin diferencia de izquierdas o derechas, y
obtenemos la imagen invertida final, del arriba y abajo, sin necesidad del
espejo mediador.
- ¿Cielo e infierno en lugares contrarios
a los que nos enseñaron?
-A veces el arriba y abajo son el adentro
y afuera. Los esquemas son solo caricaturas que únicamente los tontos aprenden
literalmente.
El caballo iba muy despacio, con la cabeza
gacha entre las orejeras. Debía estar ciego, además. A veces tropezaba sin
obstáculo alguno, y la carreta, ya desvencijada, se tambaleaba y hacía que ellos
se sujetaran para no caerse.
Un
perro los seguía. Gonçalvez lo miró con atención.
- ¿No
es el perro del capitán? -preguntó.
Valverde no le hizo caso, pero luego lo
miró,
-Ese perro sabe algo. Parece de casta, por
lo menos de una venida a menos. Como ese gran barco que parece un fantasma
napoleónico deambulando por el río, perdido en arrabales sudamericanos.
-Es usted un dramaturgo, Juan.
-Me halaga, Estanislao. La ciencia y el
arte tienen más lazos que los que la gente simple supone.
- ¿Acaso no son una misma y sola cosa?
Salvar a alguien que se muere es saber e inventar.
Valverde lo observó sin soltar las
riendas.
-No
deja de sorprenderme, amigo mío. Ya no tenía esperanza de encontrar
coincidencias en el ramo al que me dedico, me refiero a coincidencias de
pensamiento, o de alma, ¿por qué no?
Cuando llegaron al puerto, el caballo se
dejó caer primero sobre las patas delanteras, y luego sobre las traseras. La
carreta casi se voltea, pero bajaron y desarmaron el arnés.
-El pobre ya se muere-dijo el médico.
El animal estaba ahora caído de costado,
pero aún no se moría.
- ¿Qué hacemos? No tenemos armas.
Valverde volvió a la carreta y sacó un
azadón.
-Aléjese un poco, amigo…
Y clavó el azadón en el cuello del caballo,
justo en la carótida. La sangre salió en un chorro que se fue deteniendo
lentamente.
- ¿Quién sabe cuánto más habría sufrido
sin esto? -dijo Gonçalvez.
- ¿Pero él quería eso? ¿Sufría o era la
suya una muerte sin dolor? ¿Quién nos lo podría decir? Los juzgamos como nos
juzgamos. Si ni siquiera lo que pasa por tu cabeza de hombre, ¿cómo voy a
saberlo entonces de un animal? -se decía Valverde, en voz alta.
El perro estuvo todo el tiempo sentado a
varios metros, y de pronto aulló. Tenía sangre en el pelo.
-Tal vez sea la respuesta, Juan.
Ya era casi noche. La ciudad se iluminaba
con candiles y faroles. El río seguía a oscuras.
Valverde llamó al perro, y éste los
acompañó hasta el bote que aún seguía amarrado al muelle viejo. Subió con
ellos, y los tres regresaron al barco.
*
Entraron en el
cuarto donde había dejado el cuerpo de Carla. Gonçalvez dejó la bolsa en el
piso, a oscuras, mientras Valverde encendía unas lámparas. Entonces el cadáver
apareció nítido, iluminado claramente, la cara con la expresión detenida en una
angustia incierta, pálida pero no demasiado, el cuello corto y con leves
sombras del cabello tan rubio ahora que iba adquiriendo tonalidades de la
ceniza, los pechos aún firmes, ni demasiado grandes ni pequeños, exactos
simplemente a la altura y la talla de Carla, el abdomen y la pelvis, serenos ya
para siempre, y el pubis, esa sombra conocedora del placer que se metamorfosea
en su verdadera cara tarde o temprano: la desilusión primero, luego el vacío, y
por último la perenne angustia.
Gonçalvez la contempló, casi boquiabierto,
extasiado, recordando la noche que estuvo con ella.
-Calma, Estanislao-dijo, pasando un brazo
por sus hombros. -La encontraron muerta en los baños, a la madrugada. No, no
fuimos nosotros, sé que los hombres de la tripulación estuvieron con ella
después. Tiene golpes y desgarros, lo de siempre, ya sabe. Pero creo que su
corazón no resistió.
- ¿Para qué la trajo acá? ¿No avisó al
capitán?
- ¿El
capitán ya tiene suficientes problemas, ¿no te parece? Además, nosotros tenemos
nuestro trabajo.
Volvieron a apagar las luces, salieron y
cerraron. El barco volvía a moverse desde hace media hora, luego de que ellos
llegaron. Era más de medianoche. Fueron a la cocina y comieron en silencio lo
que encontraron. Se hicieron preparar agua caliento y bajaron a los baños. El
piso estaba manchado con sombras negras, pero era tarde para encender las luces
del techo. El viejo que se encargaba les trajo los cubos y llenó las tinajas. Estanislao
y Juan se desnudaron y se metieron.
-Nos merecemos este descanso-dijo
Valverde.
Gonçalvez miraba alrededor, como si viese
las escenas de aquella noche y necesitara explicar algo.
-Amigo, dejá de preocuparte. Tu problema
es que pensás demasiado en lo que no se puede resolver. ¿Tuvimos la culpa? No
hay certeza de eso. Y si la tuvimos, no nos dejemos engañar por los supuestos
deberes que dicen los curas. ¿La ley? Esa es otra versión más demoníaca
todavía, porque usa la razón para desestimar la razón. El hombre, Estanislao,
es un sentimental, pero más que eso, un hipócrita porque usa el sentimiento
para su exaltar o enfangar lo que quiera, según le convenga. La verdadera razón
ni siquiera es fría, como dicen, simplemente es pura. Tan pura como nunca lo
fue esa muerta que está allá encerrada. El conocimiento no se muere, amigo mío,
ni la razón, tan avasallante, tan asombrosa, que hasta debemos quitarnos de
encima la admiración por ella si queremos seguir siendo razonadores. El hombre
es tan débil, más que cualquier carnero de meses, que hace de cualquier cosa un
ídolo porque lo necesita. No es capaz de caminar recto en el vacío porque
confunde la arquitectura de la razón con los sermones de las ostias.
Se levantó y se acercó a Gonçalvez, que lo
miraba y comprendía. Nunca había visto Valverde tanta amargura en un rostro, y
que esa amargura surgiese de tanta sapiencia. Estanislao es más docto que yo,
se dijo. Yo simplemente soy un deductivo de mente amplia.
Se puso de cuclillas y apoyó los codos en
los bordes de la tina. Acarició la cabeza de Gonçalvez, que lo miraba con
desconsuelo. Luego se sentó en el borde e hizo, siempre en silencio, que
apoyara la cabeza en su muslo, y siguió acariciándolo. Gonçalvez lloraba, pero
quizá era el vapor del agua sobre su cara.
Luego de un rato, Gonçalvez se levantó y
se sentó en el borde. Valverde empezó a secarlo, pero como seguía viéndolo
angustiado, lo sacudió de los hombros.
-Vamos, viejo amigo, si me parece que te
conozco desde hace siglos, se te ve el alma como si fueras de vidrio.
- ¿Qué es lo que vamos a hacer?
-Eso precisamente, buscar el alma de Carla
y dársela a Altea.
- ¿Qué estás diciendo?
-Es una forma de definir las cosas, nada
más. ¿Qué es el alma? ¿Es el anima de
los griegos? ¿No es la psiquis? ¿Y dónde está la psiquis sino en el cerebro?
Ahí debemos buscarla. Es un corpúsculo, así lo dicen.
-Pero Carla ya está muerta…
- ¿Cuándo te vas a sacar de encima ese
escolasticismo absurdo? ¿Cuerpo y alma se separan en la muerte? Si el alma
necesita de un cuerpo para manifestarse mientras vive, ¿por qué debe sobrevivir
a la muerte? ¿No es la mente lo que llamamos conciencia, y no es la conciencia
lo que llamamos alma? ¿Lo que nos dice lo que está bien y lo que está mal? Las
inútiles sinrazones que nos hemos construido en base a los principios del alma
no son sino expresiones encubiertas de nuestro cuerpo. ¿Cuánto sabés de la fisiología,
doctor en medicina? No sabés más que el uno por ciento. El resto es dejar hacer
al cuerpo, es dejar pasar el tiempo y aprender de la experiencia.
-Oh, death! Come away!- murmuró Gonçalvez.
Valverde lo palmeó,
felicitándolo.
- ¡Qué fantástica esa aparente dicotomía del
verso del bardo! Sólo en inglés puede expresarse tanta complejidad en tan pocas
palabras.
Lo
abrazó con fuerza carente de toda la afectación que acostumbraba a demostrar.
Las mujeres calman y apasionan, pero son incomprensibles, se dijo Valverde. El
alma de Estanislao Gonçalvez, sin embargo, era antigua y permanecía indemne a
todo daño. Una pulida pieza esmaltada a la que solamente era necesario sacarle
el polvo de vez en cuando. Sus estudios de medicina no habían sido más que un
intento por escabullirse de una herencia que constituía su misma sustancia y
material, pero que no habían hecho más que llevarlo por un camino más duro
hacia el mismo sitio: el trabajo de su familia no era un negocio, -eso sólo era
una inevitable consecuencia de la vida diaria-, sino la función para la que
habían sido creados. ¿Cuál es la mía?, se había preguntado muchas veces
Valverde. La falta de una disciplina determinada lo había confundido y extraviado
muchas veces, hasta que dejó de preocuparse: todo lo que concerniese al hombre
y su humanidad, le concernía.
Gonçalvez había dejado de llorar. La barba
de varios días dura e hiriente, rozaba la cara y el hombro de Valverde. Los
cuerpos era dos pero la nocturnidad del barco los asimilaba. Eran ambos un
animal de ocho patas, tal vez una araña. Velluda, también. Quieta, aguardando
que algo se acercase para moverse, pero sin demostrar inquietud. Ellos veían en
la oscuridad el largo pasado de lo que no era historia. No era presentimiento y
reencarnación, tontas palabras para construir un ensamblaje de andamios endebles.
Era, tal vez, la transustanciación, si es que algo significaba esta palabra. Ver
quizá fuese el verbo más adecuado para definirlo. Ver no es sentir sino
comprobar: la ciencia vista con un ojo prolífico. Y a veces, los ojos ciegos
son los más lúcidos.
En la mañana, Gonçalvez hizo su visita
matutina a Altea. Nada había cambiado, más que la rutinaria y esperada desmejora.
Valverde pasó por la puerta del camarote, se detuvo a escuchar.
- ¿Hay alguna esperanza, doctor? -preguntó
Carmen.
El médico no contestó y se fue con
Valverde. Entraron al cuarto de Carla. Gonçalvez se arremangó la camisa y
empezó a vaciar la bolsa grande. Eran frascos del tamaño de los usados para
conservas, y los puso sobre la mesa angosta junto a una pared. Valverde empezó
a sacar de la bolsa pequeña otras bolsitas que debían contener drogas y polvos,
ampollas y frascos de farmacia: brumuros, alcaloides, belladona. Todo lo ponían
sobre la misma mesa. Luego, sacaron instrumentos de cirugía: pinzas, bisturíes,
tijeras, separadores, gubias, escoplos, hilos.
- ¿Esto es lo que creo? -preguntó
Gonçalvez mirando los frascos. Trataba de distraerse pensando en todo lo que no
fuese el cuerpo que los miraba desde atrás.
-Así es. Placentas. Me las manda Aurora
desde Entre Ríos. Es la única que sabe cómo mantenerlas. En el hospital las guardan,
pero no saben cómo usarlas sin mis indicaciones.
- ¿Quién es Aurora?
-Mi
prima hermana, o algo así. Es hija de mi tío y de mi tía paternos, aunque ellos
eran hermanastros por parte de padre. ¿Incesto? Podría decirse. Pero de eso
salió una de las mujeres más asombrosas de estas zonas. Ojalá la conocieras,
creo que le caerías bien, tu carácter ensimismado se acoplaría perfectamente
con el suyo, exuberante. Y sus mentes congeniarían, ambos saben tanto que su
convivencia sería un ir y venir de ideas y pensamientos. Y el sexo, querido,
sería estupendo, seguramente.
Valverde abrió los frascos. Algunas
placentas estaban casi enteras, otras eran fragmentos. El formaldehido embotó
sus olfatos por un momento, luego las agarraron con las pinzas. Las pusieron
sobre la mesa.
-Cuando se sequen, las machacaremos y haremos
polvo. Después lo ponemos en los frascos vacíos. -Y mostró los frascos pequeños
con tapón de caucho.
-Ahora nos dedicaremos a nuestra amiga.
Necesito tus conocimientos de anatomía, Estanislao. No puedo disecar porque
destruiría lo que quiero rescatar. Lo que busco está sobre la Silla Turca, en
la mitad izquierda. Hace años que estoy documentándome en la bibliografía sobre
esta parte de la base del cráneo, específicamente el escafoides. Disequé
muchos, pero la masa encefálica es tan delicada como gelatina. No busco el
hueso, sino un corpúsculo que según los anatomistas antiguos está justo ahí: en
el cuadrante posterior izquierdo.
- ¿El hipotálamo?
-No exactamente. Según algunos, lo que
busco es una dependencia, algo así como un apéndice del hipotálamo, otros lo
han visto completamente separado.
- ¿Y cómo lo llaman? No recuerdo haber
leído sobre eso.
-No tiene nombre porque nadie ha reparado
en él. Herófilo fue el primero en describirlo.
-Pero me estás hablando de hipótesis,
Juan. Más viejas que Matusalén.
Valverde rio.
-Ya lo sé…
Se miraron. Valverde lo haría sin él, si
era necesario.
-Tenemos todo el día, hasta que se sequen
las placentas.
Gonçalvez accedió.
Juan Valverde de Amusco, entonces, agarró
de la mesa una navaja y afeitó la cabeza de Carla. El pelo murió y cayó al
piso. Gonçalvez miraba, con una pesadumbre que iba extinguiéndose lentamente.
Afuera, resonaban los gritos de la tripulación. El sonido del río se mezclaba
con los chillidos de muchos pájaros desde la costa.
- ¿Puedo seguir yo?- preguntó.
Valverde sonrió:
-Será un honor, doctor-. Y le entregó el
bisturí.
Estanislao Gonçalvez hizo una larga la
incisión en el cuero cabelludo sobre el parietal izquierdo. Separó la piel del
cráneo. Valverde limpiaba la poca sangre que aún quedaba en parte líquida y en
parte coagulada. Luego le dio el punzón y el martillo. Gonçalvez hizo
perforaciones con golpes secos formando una ventana de diez por diez
centímetros más o menos. Serraron el hueso entre los puntos y levantaron la
tapa. Las meninges aún estaban húmedas y frescas. Eso era bueno, muy bueno. En
lo profundo, lo que Valverde buscaba todavía estaba vivo.
Entonces Gonçalvez tomó el trocar de manos
de Valverde y lo introdujo despacio en el cerebro. Se detuvo, miró hacia la
cara de Carla, tomó medidas con sus dedos desde la nariz, las órbitas, las
orejas. Calculaba y medía mentalmente. Sacaba números que pronunció en voz muy
baja. Valverde lo observaba, admirado. Lo suyo había sido siempre cortar y
partir en los cadáveres, explorar y encontrar los grandes fragmentos de un
bosque denso en los que no era posible ser meticuloso.
El trocar se fue hundiendo muy despacio,
milímetro por milímetro. En dos o tres ocasiones retrocedió apenas y volvió a
avanzar. Gonçalvez sudaba.
-Ya toqué el esfenoides-dijo. -Pero estoy
a ciegas con lo que debo punzar.
-Por ahora lo que encuentres alrededor,
sea glándula, sustancia gris o lo que sea. Sólo necesitamos unas células.
Gonálvez movió el trocar con el pulgar y
el índice de cada mano, con una palpaba las sensaciones de lo que el trocar
tocaba, la consistencia del material que exploraba, con la otra punzaba y
extraía. No había oportunidad más que para un solo experimento, el camino
seguido por el instrumento ya había dañado el resto del tejido, un segundo
intento era inútil.
Entonces extrajo el trocar, y en el tubo
hueco de la cánula extrajo tres milímetros de un tejido blando y gris, que no
se deshizo al colocarlo en el frasco que Valverde le acercó. Éste contemplaba
la pieza con regocijo.
- ¡Cuántos cuerpos tiré como inservibles
al intentar esto! Lo encontramos, querido, lo encontramos…
- ¿Qué cosa? - y Gonçalvez miraba el
cerebro muerto de Carla.
- ¿El alma? No sé, la verdad que no sé,
pero es hermoso.
-Siempre calificamos de bello a lo
anhelado. Pero el alma no siempre es bella - decía Gonçalvez mientras suturaba
y cubría el cráneo de Carla con una venda.
Ya había comprobado que hay muertes que no son
definitivas, pero si era el alma lo que le habían extraído, la mujer ahora
estaba definitivamente muerta.
Ya había anochecido y ellos seguían
encerrados en el cuarto. Escucharon varias veces durante la tarde que los
llamaban, a veces los marineros, otra el capitán o Mara. Nadie sabía que
Valverde había ocupado ese cuarto hasta entonces inútil de la segunda cubierta.
Una sola vez alguien intentó abrir, se escucharon voces en el pasillo, pero
nadie llamó pidiendo que abriesen.
-Mañana aplicaremos los remedios a Altea,
así que tenemos que preparar los frascos.
Las placentas ya estaban secas y se
habían reducido al tamaño de simples cáscaras combadas o planas, que se
resquebrajaban al tocarlas. Valverde las machacó en un mortero, y luego fue
recogiendo el polvo con una cuchara y poniéndolo en los frasquitos que
Gonçalvez le alcanzaba y al que luego ponía el tapón.
Pusieron cada frasco en cada casillero de
una caja que se cerraba con candado.
Volvieron a golpear la puerta, alguien
debió ver luces por la rendija.
- ¿Quién está ahí? -. Era la voz de
Márquez. - ¿Es usted, Valverde?
-Sí, mi amigo.
- ¿Qué está haciendo, y quién le autorizó
a ocupar este lugar?
-Descansando y leyendo, amigo. Encontré el
lugar vacío y sucio, no se me ocurrió que debía pedir permiso.
Márquez no respondió. Se escucharon sus
pasos alejándose por el pasillo. Seguramente informaría a capitán.
- ¿Qué hacemos con el cuerpo? -preguntó
Gonçalvez.
-Sólo dejaremos que, entre el capitán, y
le diremos la verdad. Él estuvo con nosotros esa noche, ¿no es cierto?
Diez minutos después escucharon pasos de
dos hombres.
- ¡Valverde, hijo de puta! ¡Abra enseguida
o tiro abajo!
-Le ruego, capitán, que entre usted solo.
Es muy importante.
- ¿Pero ¡qué está haciendo, imbécil de
mierda! ¡Está bien!
La puerta fue destrabada y apenas
entreabierta para que pasara Mendoza. El capitán miró a Valverde dispuesto a
golpearlo, pero vio al médico.
-Debí imaginarme que este loco lo
convenció, doctor. Ha descuidado sus deberes para con Altea…
-Capitán, si he faltado por una tarde ha
sido para poder compensarlo después…
Entonces Mendoza vio el cadáver. Se
agarró la cabeza con las manos y hundió la cara en ellas.
-La encontramos muerta, capitán, en la
madrugada.
-Pero usted dijo…
- ¿Qué quiere que dijera? ¿Qué un montón
de hombres, entre ellos nosotros, la violamos toda la noche y no lo resistió?
¿O que fueron las drogas y se cayó al piso tantas veces que justificaron los
moretones que tiene?
Mendoza había tenido que arreglar muchas
irregularidades desde su salida de Buenos Aires. Permisos de cabotaje, de
comercio, faltas en el barco, los contratos de trabajo en negro. Tenía
conocidos en cada dependencia a lo largo del Paraná, por él y por su familia.
No, no lo tocaban por todas esas cosas. Ni siquiera habían abordado el barco
cuando alguno fue a contar el disparo sobre Altea. Había gastado más en
sobornos que en la reparación. Pero si llegaban a saber sobre la muerte de esa
puta, ya no estaba seguro de librarse.
- ¿Y qué piensa hacer, Valverde? ¿Tenerla
acá hasta que se pudra?
-La sacaré esta noche, capitán.
Mendoza vio el instrumental médico sobre
la mesa, los trapos sucios y los frascos de medicinas.
-Todo es por la señora Altea y por el
chico, capitán-dijo Gonçalvez.
Y a él le creyó.
Salió cerrando la puerta. Lo escucharon
decir que no molestaran más en ese cuarto.
Esa noche no cenaron.
Gonçalvez salió con los frascos de polvo y
la muestra de tejido que había extraído de Carla. Valverde le dijo que fuera su
habitación y no saliera hasta la mañana, cuando él pasara a buscarlo. Valverde
sacó los frascos grandes que habían quedado. Se tapó la boca y la nariz con una
tela gruesa. Se puso guantes de cuero. Se puso antiparras. Destapó los frascos.
Podía sentir el vaho intenso a pesar de todo. Se miró las botas, por si el
líquido caía al piso. Y empezó a verter el ácido sobre el cuerpo. Pudo ver cómo
lo carcomía rápidamente, elevándose vaharadas de humo que pronto se disolvían
en el aire. El olor y el calor aumentaban. Vertió todos los frascos, pero el
cuerpo de esa mujer no era grande. Era casi una niña crecida.
Salió y cerró la puerta Se fue a su
camarote. No durmió. A las cuatro de la mañana volvió a la habitación, sin
olvidar equiparse como antes. Sobre la mesa había restos de huesos calcinados. Con
una pala los puso en una bolsa no muy grande. Salió al pasillo todavía oscuro,
se sacó la protección, excepto los guantes. Descendió dos escaleras, hasta la
caldera. El fogonero estaba tirado en el piso, como siempre, borracho y
semidesnudo. Valverde abrió la compuerta y arrojó la bolsa adentro.
El golpe de fuego al abrir y cerrar hizo
que el guarda se moviera en sus sueños. El cuerpo tiznado del negro sudaba a
mares el aguardiente. Pero no se despertó.
Valverde
volvió a su camarote, se desvistió y se acostó entre sábanas frescas.
*
A las seis de la
mañana ya estaba levantado, y mientras orinaba en la bacinilla golpearon a la
puerta del camarote. Lo llamaba el capitán a su despacho. Puteó en voz baja y
el chorro mojó el piso. Terminó de vestirse. No haría caso.
Salió y fue directamente hasta el cuarto
de Gonçalvez. Golpeó dos o tres veces, no tuvo respuesta, pero se veía aún una
luz de lámpara fluyendo por debajo de la puerta, empobrecida por la luz matinal
desde el ojo de buey. Abrió y vio al médico acostado y aún vestido. Debió haber
estado despierto hasta hacía poco y ahora estaba profundamente dormido. Le dio
pena despertarlo, pero no había más remedio. Se sentó en la cama y le tocó la
cara. La barba oscura y las facciones alargadas le recordaban a los hombres que
había conocido en su infancia en Brasil. Valverde era de familia portuguesa,
pero cuando sus abuelos se habían establecido en América ya no tenían fortuna.
Eran educados, eran cultos, y su religión era una mezcla de catolicismo en
donde se intercalaban elementos protestantes y de la reforma luterana. Y todo
eso devino en un ateísmo que se arraigó en el único sostén plausible para
hombres y mujeres librepensadores como ellos: la ciencia, cualquiera fuese.
Natural o sobrenatural, porque esos nombres no denotaban más que la transitoria
ignorancia, pronto abatida por el naciente conocimiento.
Los hombres del Brasil que había conocido
en la granja donde el padre criaba pollos y carneros, y cultivaba un café tan
raro que era difícil cosechar en abundancia, eran como Gonçalvez, altos y
delgados, de cuerpo velludo y esquelético, y con una mirada siempre fronteriza
con la angustia. Una vez había ido a vender una bolsa de café al pueblo. Fue a
caballo, ya tenía dieciséis años y su propia colección de hierbas y animales en
un galpón en un sitio apartado de la chacra. La bolsa olía esplendorosamente.
¿Cómo su padre había logrado ese aroma? Era muy chico cuando lo había visto
machacar las semillas de café en la mesa de la cocina a la vista de la madre.
Diferentes semillas que se hacía traer de diferentes sitios, del Brasil o del
Ecuador y Colombia cuando llegaban extranjeros, y de esa manera había hecho
muchas relaciones de comercio. A veces enviaba una o dos bolsas a los viejos
parientes de Lisboa. Pero el clima no ayudaba, el café que cosechaba era tan
delicado que si no tomaba las precauciones necesarias pronto se marchitaba.
Ese día en el pueblo se encontró con un
comprador que iba de camino a Buenos Aires. Gaspar Santos se llamaba, y era un
tratante de comercio que iba a instalarse por allá. Se sentaron en el bar, el
hombre saludó al chico y olió la bolsa. Se lamentó que no hubiera más
producción, porque haría a los Valverde recuperar la fortuna que habían perdido
en la vieja tierra. No, dijo Juan, su padre no sabía cómo sacar más partido de
ese café. Muchas veces era como un milagro, pero él decía que los milagros no
son más que la lucidez de un hombre un día determinado, donde el todo no
existía, y una única cosa prevalecía en un vacío. Ese algo era el milagro,
carente de ayuda u obstáculo, de energía externa o como quisieran llamarla. Una
concentración tal que el núcleo de ese algo disponía de su real y total
potencialidad, carente de toda distracción. Ese milagro no necesitaba ser
demostrado, allí estaba, y se desarrollaba solo. El aroma de ese café era algo
como eso.
Entonces se paró al lado un hombre viejo,
de traje raído y olor a sucio. Santos lo miró y se rio, pero Juan Valverde lo
observaba con ojos desconfiados. Le dijo que no se preocupara, que, así como lo
veía, como un vagabundo, era casi el dueño del mundo. Porque era Domingo
Gonçalvez, uno de los hombres más ricos del Brasil. Enterradores y funerarios,
con familia en todas partes de Sudamérica, y de alta aristocracia portuguesa.
El viejo no hizo caso del chico, y le habló al oído al comerciante. Está bien,
dijo éste, y le dio un abultado fajo de billetes. El viejo se fue.
El chico miraba con curiosidad. ¿Qué había
hecho el viejo para que Santos le pagara tal cantidad de dinero? Santos dijo
que no hiciera caso de tal transacción. Hace poco se murió mi esposa, comentó.
Gastos de velorio, funeral y entierro, toda una pompa que ella se merecía
porque era de alcurnia. Debía hacer todo eso para no acarrearse el disfavor de
su familia política. Se acercó al chico y le apretó el antebrazo izquierdo
apoyado en la mesa. Habló y habló, porque no podía contenerse. Dijo muchas
cosas entremezcladas y confusas. Su aliento olía a whisky.
Juan Valverde temía que, en ese estado, y
después de tanto dinero salido del bolsillo de Santos, ya no iría a pagarle la
bolsa de café. Y entonces todo el argumento caóticamente contado por Santos, se
armó de pronto. La mujer era de familia aristocrática, y él un simple comerciante
en paños. La había conocido un día que ella fue a comprar tela para un vestido
de su dama de compañía. No, ella no se vestía en lugares como ese, sólo había
recurrido a la tienda estrecha de Gaspar Santos por apuro. ¿Irían al teatro, o
tal vez a un salón? Lo que fuera, ese día la futura mujer de Santos fue
encantada por la sonrisa del comerciante. Atracción, tal vez, sexo más que
amor. Se escaparon, se casaron, y regresaron. La familia perdonó a la hija descarriada
y aceptó al plebeyo con la condición de tenerlo a prueba. Pero el comerciante
no tenía mucha inteligencia, pronto lo demostró. Pedía dinero a su esposa para
instalar un negocio tras otro, y todos fracasaban. Luego, pidió dinero para
vivir sin trabajar. Después, ya no hubo sexo, y más tarde las peleas fueron el
único intercambio entre los esposos.
Ella había muerto a los treinta y seis
años, un mes antes de esa tarde en el bar. ¿Cómo había muerto, quería saber el
chico? Se murió un día, nomás, en la cama. La encontró una mañana en que iba a
ver si tenía alguna joya que pudiese empeñar él, porque últimamente ella pasaba
algunas noches con su amante. Estaba acostada boca arriba, con un brazo
colgando de la cama y un hilo de sangre chorreando del labio inferior. La
familia llegó e hizo investigar. Los criados dijeron que escucharon gritos de
la señora, y la voz de un hombre que insultaba y golpeaba, pero era tan
diferente a la voz apagada de Santos, que no podían asegurar que fuese él.
Gaspar Santos, comerciante. Experto en
convencer a comprar a quienes no quieren comprar. Juan Valverde, ya a su corta
edad, había visto a muchos. Y la fuerza de la mano que le apretaba el antebrazo
era mucha, y los hombros del comerciante estaban acostumbrados a levantar los
pesados rollos de tela.
Ya era casi de noche. Juan se había dejado
convencer para beber más de lo que estaba acostumbrado. Estaba ebrio, pero
Santos aún más borracho. Repetía una y otra vez el mismo estribillo: yo no fui,
yo no fui, y hacía la venia como si tuviera delante a un oficial de la
justicia. Al fin se quedó dormido en la silla, con los brazos colgando y la
cabeza para atrás, la boca abierta, roncando con estridencia. Los parroquianos
se reían. Cuando ya no quedaba casi nadie, Juan Valverde se acercó, simuló
ayudarlo a acomodarse sobre la mesa, y revisó los bolsillos. Había más
billetes, y extrajo todos. Cuando salió a la calle, los contó, no eran muchos y
apenas pasaba del valor de la bolsa de café.
Volvió a tocar la cara del médico. Era
muy parecido al viejo que había conocido tantos años antes, pero el que estaba
a su lado se había esmerado en distinguirse de su familia, y sólo había logrado
enfangarse. ¿Pero cómo utilizar ese término? Enfangar era la profesión de la
familia, y con ello ganaban dinero. Lucrar con la muerte de los otros, ¿es
enfangarse? Estanislao así la había entendido, y estudió medicina para salvar a
los hombres antes que su familia los enterrara, y se apartó lo más que pudo.
Pero no había logrado dinero ni prestigio, ni siquiera satisfacción: la gente
moría y él mismo la sepultaba. Lentamente regresaría, cabizbajo y avergonzado,
al centro del que había huido. Eso estaba escrito en la angustia de su cara
mientras dormía. Hay hombres tan transparentes, se dijo Valverde, que son como
el agua: diluyen lo malsano y se contaminan irremediablemente.
Estanislao despertó y se tapó los ojos.
-Ya sé-dijo.
Se levantó y se lavó la cara. El agua de la
palangana estaba sucia y tibia. Se dio vuelta, mirando con ojos turbios y
semicerrados.
-Nos haremos servir bastante café cuando
lleguemos a la habitación.
Recogió el maletín de Gonçalvez donde
había puesto algunos instrumentos de cirugía y la caja con los frascos.
En el camarote de Altea estaba José
Iribarne, que había pasado la noche, y poco antes había entrado Natacha.
-Buenos días doctor-dijo ella. -Ayer lo
esperábamos por la tarde…
Iribarne se levantó de la silla, con un
desperezo que intentó disimular para no atenuar su cara de enojo.
-Doctor, Altea está muy mal y usted se
digna faltar a sus deberes.
Para Gonçalvez, que estaba cansado e
irritado, esto fue suficiente para despertarlo del todo. Los que lo conocían
tranquilo y sumiso, se sorprendieron.
-No tiene que contarme el estado de la
señora, querido señor, yo la he visto desde que enfermó, y ayer mismo en la
mañana la revisé. Estar sentado mirándola como usted hace no la va a mejorar.
Además, he estado ocupado, precisamente estudiando su caso.
Lsaexpresión era firme, su rostro serio.
José no le contestó.
-Ahora, si me permiten, les ruego que
salgan de la habitación. Con Valverde vamos a empezar un tratamiento más
cruento y definitivo.
Natacha
miró a cada uno, y se quedó callada.
-Señora-le dijo Gonçalvez. - ¿Sería tan
amable de pedir que nos traigan mucho café, y algo liviano para desayunar?
-Cómo no, doctor. -Y cuando salía encontró
a Máximo en la puerta, que no le hizo caso. Entraba rápido y enojado, casi
gritando.
- ¡Valverde! Le ordené que pasara por mi
despacho hace casi una hora.
-Lo
siento, capitán-dijo Gonçalvez-, pero no podemos postergar esto, necesito a
Valverde.
A
Valverde pocos lo respetaban, pero la voz del doctor, tan firme ahora,
acrecentaba la autoridad profesional que estaba implícita desde siempre.
-No le haga caso, doctor. Mi esposo da
esos gorgoritos de vez en cuando para no olvidarse de que es el capitán de este
barco viejo…-. Natacha sonreía con ironía, pero de pronto se puso seria,
mirando al fondo del cuarto. - Está bien, querido…- Su voz, entonces, sonó
triste.
Todos
la miraron, preguntándose a quién hablaba. José giró un dedo sobre la sien. Esa
mujer estaba loca, hizo entender a los demás. Ella no lo vio, bajó la cabeza y
le habló a Máximo como una esposa sumisa que pide disculpas. Alguien más,
quizá, a la que ella respetaba, la estaba observando:
-Vamos, Máximo, dejemos trabajar al doctor y
su ayudante. - Miró atrás, y su rostro se alivió al ver que una sonrisa o un
gesto amable se insinuaba en la sombra tras la cama.
José Iribarne no se había movido.
-José, por favor, déjenos solos.
-Valverde, le estoy muy agradecido por lo
que hizo por mí, pero no me muevo de aquí. Quiero ver lo que van a hacerle
Valverde iba a contestar cuando vio que
Mara llegaba para salvar la situación.
-Querido,
tienen que hacer su trabajo. Yo confío en ellos. Todos tenemos una misión que
cumplir, y es la misma. ¿No es cierto, Juan?
Iribarne hizo remilgos para resistirse un rato
más, y al fin cedió. Salieron y cerraron la puerta.
Mientras preparaban la caja de cirugía y los
frascos, Carmen llegó con el café. Miró los instrumentos de medicina, hizo la
señal de la cruz y salió. Valverde cerró con llave.
Sacó
a Altea la venda que le cubría la órbita izquierda y la cabeza. El pelo le
había crecido y diariamente lo lavaban. La cicatriz estaba seca, pero en lugar
de formase un tejido nuevo que ocupara la ausencia del ojo muerto, o los restos
de aquel, estaba vacía.
Gonzálvez
iluminó el fondo con su linterna de mano.
-Nada más que vacío, y al fondo el anillo de
Zinn, claro y limpio.
-La naturaleza es sabia-dijo Valverde,
riéndose. Pero el médico no se rio.
-O como si ella nos estuviera esperando.
Alumbró el ojo derecho luego de levantarle el
párpado.
-Ciego, como siempre. Pero le aseguro, Juan,
que cuando alumbraba el izquierdo sobre la venda, reaccionaba con algún acto
reflejo. Ahora ya no lo hace…
-Porque se está muriendo…tenemos que
inyectarla lo antes posible.
La
pusieron de costado y le desnudaron la espalda. Valverde la lavó mientras
Gonzálvez preparaba las jeringas. Luego palpó un espacio entre las vértebras
lumbares, punzó con la aguja y extrajo líquido cefalorraquídeo, lo puso en el
frasco y el polvo se disolvió. Volvió a llenar el émbolo y regresó al mismo
espacio intervertebral. Inyectó muy despacio.
- ¿Cuánto? -preguntó.
-No lo sé…toda la jeringa. Será una por
día, por lo menos, o lo iremos regulando según cómo evolucione.
Habían terminado esa fase. Voltearon otra
vez a Altea en su posición original. Respiraba con lentitud, estaba fría y
pálida. Gonçalvez auscultó el vientre. El feto seguía resistiendo.
-Parece estar más sano que ella-dijo.
Para el mediodía, golpearon a la puerta.
Era Mara.
-Estamos bien-contestó Valverde.
Se
oyeron cuchicheos tras la puerta. Iribarne debía estar preguntando algo a Mara,
o quizá fue el capitán.
- ¿Quién es el que realmente quiere a esta
mujer? -preguntó Gonçalvez.
-Deberías
preguntarte si alguien realmente la quiere. Iribarne es un fiasco, creo que
sólo le interesa su sobrino. Y el capitán, que sé yo, es un enigma… me enteré de
que fue su amante y que fue él quien le disparó por accidente. Debe ser la
culpa, seguramente, más fuerte que el amor.
Comieron algo mientras conversaban.
Volvieron al trabajo.
La pieza con la muestra de tejido
glandular o neuronal, - no podían asegura finalmente qué habían extraído porque
no tenían microscopio-, estaba en un frasco más chico que los otros. Valverde
lo sacó del casillero central. Los otros estaban distribuidos por día y por
cantidad. Desenvolvió la tela que lo protegía.
- ¿Listo?
Gonçalvez asintió. Tenía la caja de
cirugía abierta y las pinzas limpias, y la cara de Altea a veinte centímetros
de la suya. Estaba reclinada sobre varias almohadas, y la habían atado para que
no se balanceara o cayera.
Valverde
acercó el frasco. Gonçalvez metió la pinza y tomó la pieza. La introdujo en la
órbita con cuidado. Ya en el fondo, vio el tejido original destruido o
necrosado. Todo eso estaba muerto, ¿y qué era lo que estaba introduciendo? Más
tejido muerto. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo se había dejado embaucar por
Valverde? Todo eso parecía pura fantasía científica. Una utopía en un mundo
imaginario. Pero había visto cosas, pensaba, a las que nunca encontró
explicación. El hueso de un chico que se rompe y se recompone como si nunca se
hubiese roto. Una mujer que se despierta luego de cuatro meses de estar en
coma. Una pierna que un día está vital, y al siguiente debe ser amputada. La
medicina es más parecida a la magia que a una ciencia, se dijo. La ignorancia
es una diosa que no se deja vencer.
Los médicos somos constructores de
falacias.
Apoyó la pieza en la entrada al anillo de
Zinn, luego la empujó con un estilete de punta roma. En el espacio de la
abertura no había nervios ni vasos. La pieza la atravesó, y allí quedó. No se
movería, y si el cerebro de Altea no la rechazaba, formaría lazos de tejido
nuevo, tal vez anastomosis, y hasta, quizá, sinapsis. Se rio de su credulidad.
Valverde es Frankenstein, seguramente, pero yo soy Fausto.
- ¿Qué
es lo gracioso? -pregunto Valverde.
-Lo que estamos haciendo. Una comedia negra
que puede devenir en una novela de terror.
Valverde
festejó con hilaridad el sabio ingenio de su amigo.
-Yo me ocupo del resto.
Llenó la órbita vacía con algodón y volvió a
vendar. Sacó las almohadas y recostaron a Altea. Eran las cinco de la tarde y
ya todo estaba concluido. Sólo restaba esperar.
Abrieron
la puerta. En el pasillo estaba Iribarne, sentado en una silla. El capitán daba
vueltas por el fondo del pasillo, intentando pasar desapercibido, a pesar del
sonido de sus botas.
- ¿Y bien? -preguntó Iribarne. Mara
apareció un momento después, agarrándolo del brazo, dispuesta a detenerlo si
pasaba algo malo.
-La
operación resultó como deseábamos. Hay que darle inyecciones todos los días. Hay
que seguir esperando.
- ¿Va a mejorar? -preguntó Mendoza,
acercándose con timidez. Miraba a Valverde ya no con resentimiento sino con
respeto, pero se dirigía al doctor.
- ¿Si va a recuperarse? Creo que eso
siempre estuvo fuera de nuestras manos, capitán, el objetivo era que el niño
sobreviviera. Eso es lo que intentamos, y sigue sin haber garantías. Los
médicos no somos magos, aunque a veces parezca. Tenemos solamente dos manos y
un cerebro que funciona como un motor viejo.
Gonçalvez de pronto fue cambiando su tono, de
firme se hizo enclenque. Los ojos se enturbiaban y los labios temblaron. Mara
se dio cuenta y se acercó para tomarlo de las manos.
-Son manos hermosas, doctor. -Y las besó.
Gonçalvez
lloraba. Valverde pasó un brazo por sus hombros, y entre él y Mara lo llevaron
a su camarote.
Iribarne y el capitán se quedaron solos en el
pasillo, frente a la puerta cerrada. Ninguno se atrevió a entrar, ni a
hablarse. Se dieron vuelta, y cada uno se alejó en direcciones contrarias.
Cuando el ruido de las botas desapareció,
desde dentro del cuarto se escuchó algo muy tenue. Si alguien hubiese
permanecido allí para apoyar la oreja sobre la puerta, podría haber escuchado
un sonido que se parecía a una voz, pero que no lo era, o el ruido del viento
pasando por una garganta, tal vez. Pero en ocasiones los ruidos semejan
palabras, y la imaginación fácilmente puede pensar muchas cosas. Por ejemplo,
que alguien rezaba.
*
Pasaron los días
como pasaron los pueblos en ambas costas del Paraná. Habían dejado Paso de la Patria
cinco días antes y ya tenía a babor la costa paraguaya. Hicieron escala en
Itatí, donde Mendoza tenía muchos amigos en la guarnición. Estuvieron casi un
día, desde la tarde que arribaron hasta la mañana siguiente, cuando volvieron a
zarpar. El capitán había bajado a la ciudad con Iribarne y se quedaron toda lo
noche. En la madrugada subieron con caras de sueño. Mendoza mantenía su
uniforme pulcro, pero las botas estaban sucias y los botones de la casaca
rotos. Iribarne vestía con el descuido de siempre, el pantalón de hilo sujeto a
la cintura por una soga y la camisa abierta. Los que los vieron subir dijeron
que habían estado con putas, y se rieron cuando vieron a Mara acodada en la
baranda, mirando con ojos resentidos a quien ella llamaba su hombre. Pero nadie
escuchó los gritos acostumbrados. A ella le preocupaba, seguramente, alguna
otra cosa más importante que el simple desahogue de la calentura de Iribarne.
En cuanto a Mendoza, Natasha era la esposa sólo en los papeles, todo el mundo
lo sabía.
Cuando llegaron a Ituzaingó habían pasado
tres semanas entre escalas en puertos pequeños donde bajaron bultos, y Márquez
hizo un buen número de negocios. Mendoza estaba contento, o por lo menos un
poco aliviado de sus penurias económicas, pero sobre todo lo vieron distinto
cada que el doctor Gonçalvez salía del camarote de Altea y le anunciaba una
nueva mejoría. Todos estaban asombrados del cambio en la fisonomía de Altea. El
rostro anteriormente demacrado y de piel cetrina había empezado a tomar color y
a rellenarse los pómulos y el cuello. El cuerpo, a excepción del vientre del
embarazo, que parecía un tumor protuberante en un esqueleto esmirriado, fue
recuperando su forma normal.
El doctor y Valverde iban una vez por día
a aplicar las inyecciones en la médula espinal de Altea. Luego de la tercer
vez, Natacha le había pedido a Gonçalvez, porque a Valverde casi no le hablaba,
si podía quedarse a presenciar el procedimiento. Además, podría ayudarlo o
aprender a hacerlo ella misma cuando él estuviese ocupado. El médico echó una mirada
esquiva a Valverde, y respondió:
-Si
no la impresiona, señora, no creo que haya problema.
- ¿Impresionarme, doctor, después de lo
que visto sufrir a esta mujer? ¿Usted me toma por una estúpida?
-No fue mi intención, señora. Sólo quise
conservar las costumbres.
-Las que consideran débiles e idiotas a las
mujeres, cuando es a nosotras a las que se les desgarra el vientre cada vez que
tenemos hijos. Disculpe, doctor, no esperaba eso de usted, pero ya veo…-. Por
un instante todos pensaron que no lo diría, pero ella no iba a detener su
lengua una vez suelta. - A veces me olvido que es usted un médico de pueblo.
El médico de pueblo sacó las jeringas y
los frascos. Le dijo a Natacha que inclinara hacia un costado a Altea. Ella no
necesitó órdenes para limpiar la piel con agua y jabón y luego secarla
detenidamente. Entonces se paró junto al médico, con las manos inquietas unidas
sobre su pecho, mirando y siguiendo cada paso, dándose cuenta del pulso
exquisito que tenía Gonçalvez en sus dedos. Vio salir el líquido de la médula,
disolver el polvo del frasco y volver a inyectarlo. Cuando terminó, tapó a
Altea, la arropó y se sentó.
- ¿Qué es lo que hay en esos frascos, doctor?
- Cuando vio su expresión, levantó las manos y lo previno: -Y no me trate como
una ignorante, sé tanto como usted de todo esto, y unas cuántas cosas más.
Tenía en la cara la jactancia que se
decidió a no pronunciar, por magnanimidad al médico de pueblo, que al fin de
cuentas estaba salvando a Altea y al chico.
-Células placentarias, señora.
Natacha lo escuchó y de pronto su rostro
se hizo toda atención y respeto.
- ¿Las compró en el hospital?
-Digamos
que un canje, Valverde es el comerciante, ya lo sabe.
- Me imagino, y estoy ya segura de que
Altea va a recuperarse del todo. Todavía no abre el ojo derecho, no dice
palabra, pero estoy segura de que nos escucha. La veo inquietarse sobre todo
cuando ese señor tan desagradable, Iribarne, está acá. Ahora viene menos porque
la ve mejor, pero cuando llega, ella tiene el ceño fruncido y a veces mueve un
poco los dedos. Sé que está despierta, pero no puede comunicarse con nosotros.
-Así es, señora. El daño cerebral es
profundo y no sabemos cuántas de sus funciones se han perdido.
-Mire el ojo izquierdo, doctor.
Gonçalvez ya lo había hecho muchas veces, y
otras tantas le había aclarado que no había ojo sino un simple hueco.
-No hay nada.
-Pero
yo veo algo, doctor. Una sombra en el fondo. Como si ella nos viera...- Por un
instante Natacha se ofuscó consigo misma. Sacudió las manos como si ahuyentase
moscas o fantasmas, y dijo: - Perdón por estas fantasías mías, a veces me dejo
llevar. ¿Usted sabe que mi padre era un hombre muy culto? Fue él quien me enseñó
a valorar los libros, y desde entonces leo y retengo todo lo que llega a mis
manos. Lo extraño tanto, que a veces, sólo en ocasiones en que estoy cansada y
me pongo a hablar con Altea, creo que es él quien me mira. ¿Pero desde dónde,
me pregunto? Y me quedo mirando el ojo izquierdo, ¡oh, bueno!, el hueco que
usted dice. Pero en los huecos se esconden muchas cosas, doctor, que usted no
se imagina.
Entonces Natacha sonrió, y sólo Gonçalvez
pudo apreciar esa sonrisa que nadie más vio ni vería en el rostro de la esposa
del capitán. Era una sonrisa de nostalgia, como si estuviese contemplando desde
un largo lente un paraíso que no podría recuperar, y que sin embargo se asomaba
por el ojo izquierdo de Altea.
Al día siguiente, José Iribarne estuvo
toda la tarde en la habitación. Fue poco después de la visita en Itatí. Parecía
que su relación con Mara se había establecido en una paz en la que ambos
condescendían para no lastimarse. Él sabía que ella tenía otras cosas en mente,
por ejemplo, el chico y Altea. Algo tenía planeado, pero no iba a preguntarle.
Y José ahora creía haber dominado esa independencia hostil de la que ella se
jactaba. Estaba distinta, ya no bebía y se pasaba las tardes paseando por la cubierta,
bromeando con los hombres, a veces insinuándose, pero no cediendo nunca. Porque
en la mirada había otra cosa que José no podía definir, una preocupación que la
hacía levantar la cabeza hacia el cielo vespertino, como si esperase ver algo.
Y él creía que era la luna lo que ella ansiaba ver, porque más de una noche la
vio finalmente tranquila cuando el cielo nocturno estaba despejado y la luz
lunar alumbraba el río como un camino hacia El Dorado.
Esa tarde Natacha no estaba. Tenía dolor
de cabeza, dijo ella cuando él entró. Creyó haberla visto demasiado absorta con
la cabeza inclinada sobre la cara de Altea. Cuando la saludó al entrar, la vio
sorprenderse un poco y observar un signo de preocupación. Natacha, por unos
segundos, y sin tomar en cuenta que ese hombre que aborrecía la estaba mirando,
pasó la vista por la habitación, de igual forma que se sigue a alguien con la
vista, y luego detenerse otra vez en la cara de Altea.
- ¿Pasa algo, señora?
-Nada,
tengo los ojos cansados y me duele la cabeza.
-Vaya a descansar, yo me ocupo.
Ella salió a regañadientes y con
resignación, casi protegiéndose de la luz del día que ya iba apagándose. Dijo
algo que él no escuchó, pero estaba acostumbrado a oírla hablar sola. Era una
loca o una simple histérica, pobre Mendoza, se dijo. Y se sentó junto a la cama
de Altea.
Muchas veces durante sus vigilias había
contemplado el cuerpo desnudo de la enferma, tan distinto al que había conocido
aquella noche de los ritos, y sin embargo tan igual. El cuerpo que Manuel había
poseído, que él le había enseñado a poseer. Y su hermano estaba muerto.
¿Cómo había intentado retenerlo? Sabía que Manuel lo odiaba y lo amaba. Era el
acostumbrado lazo entre hermanos: la pelea constante, la envida casi eterna, y
sin embargo el vínculo de la carne que no podía ser roto sin un intenso dolor,
y sobre todo el vínculo de la mente: nudos de pensamientos en que uno estaba
atado al otro sin remedio. En todo pensamiento, en todo deseo, en todo momento
sabía que Manuel pensaba en él, porque era su hermano mayor, y José había
sabido crear esa necesidad, que era la suya: la necesidad de tenerlo, de
formarlo, de moldearlo. La vida de Manuel no era vida sin la vida de José.
Primero
Altea, como un intento frustrado, o como un insulto arrogante de rencor.
Luego
el chico, suyo, sabiendo los tres que era suyo.
Y
esa hermosa, exótica y regocijante revancha: la de darle un hijo a Manuel, un
hijo que era de ambos: de José, por supuesto, pero también de Manuel, por ser
ella su mujer.
Padre-tío-padrastro-madre-cuñada-esposa.
Un sexteto de personajes interpretados por
tres cantantes curtidos en el teatro de la tragedia y el absurdo.
Pero Manuel ya no estaba. No había tenido en
cuenta que su hermano podía morir, que su carne débil de adolescente también
podía podrirse. Toleraba la distancia porque añoraba pensar en él, pero no
concebía la definición de su muerte.
El chico estaba allí, creciendo.
¿Qué
nombre le pondría?
Tal
vez estuvo pensando en voz alta, sin darse cuenta, porque de pronto vio a Altea
moviendo los dedos de los pies bajo las sábanas. Luego, los labios, o más bien
sólo los frunció en un gesto de irritación, o quizá miedo.
-Tranquila, querida, que estoy aquí-le dijo
apretándole una mano.
Altea
temblaba, y entonces José se acercó a su cara. La olía, como aquella vez, y el
cuerpo de Altea recuperaba el aroma de las especias quemadas y el humo de las
fogatas.
Le dio un beso en la mejilla izquierda, y
entonces su mirada se hundió en el hueco de la órbita.
Manuel estaba en el fondo del pozo,
debatiéndose en un círculo que parecía estrecharse al final, pero al que nunca
llegaba. José vio la cara iluminada de Manuel por la luz de la habitación, sus
ojos de chico asustado, pero de barba crecida. Estaba sufriendo de dolor,
agarrándose la entrepierna, y con sangre que fluía entre los dedos. Y la sangre
manchaba las paredes de la órbita de Altea con un rojo oscuro como el del
crepúsculo de invierno.
El río se estaba dirigiendo al invierno
del trópico. La selva brasileña cuyo invierno consiste en un infierno de
humedad y mosquitos. Y los murciélagos chillando en sus vuelos rasantes.
José se levantó y salió del camarote,
tapándose los oídos como había visto a Natacha tapándose la cara.
Había
cosas extrañas que salían del hueco del ojo. Auroras boreales y truenos que se
condensaban y desaparecían en la habitación. Hielo en la superficie y fuego en
lo profundo.
Altea se quedó sola un largo rato,
tranquila y calmada.
La puerta había quedado abierta, y Máximo
venía a visitarla. Se extrañó de verla sola por primera vez desde la noche del
disparo. Entró y se sentó en la silla que había ocupado Iribarne. Nunca había
estado solo con ella desde esa noche (disparos, yacarés chapoteando en el agua,
muriéndose, sangre en la cubierta, botellas rotas, borrachera y disparos, el
frío del cañón del revólver en su cabeza, y el cuerpo de Altea, y su mano
fuerte que lo apartaba).
Tomó la mano izquierda. Estaba fría como
el rencor.
Le apartó el mechón de pelo que le tapaba
un poco la cara.
Él había hecho lo que veía: el bello
rostro deformado para siempre, por lo menos hasta que la muerte, esta vez más
piadosa que nunca, lo tomara entre sus manos para deshacerlo definitivamente, y
borrar de esa manera el origen y el fin de ese rostro. Todas sus formas
difuminadas en la nada, igual que lo sería todo su cuerpo. En algún momento,
durante el viaje por Santa Lucía, había pensado en que le agradaría que ese
chico fuese suyo. De alguna manera, tenía varios padres que habrían podido
pelear por él. Pero los tres eran demasiado cobardes, o más bien egoístas, que es
una forma más esmerada de la cobardía.
Recordó
a Aurora Valverde. ¿por qué se acordaba de ella ahora, después de todo ese
tiempo?
Era que la veía, claramente, en el ojo de
Altea.
Sí, él sabía que ella no se lo perdonaba. No
le bastaba tener una esposa, no le bastaba siquiera una amante, también quería
la posesión de una noche caprichosa. ¿Pero él le había explicado, siquiera?
¿Era necesario?
Aurora le hablaba sin sonido desde el
fondo de la órbita, exhalando círculos con letras de imprenta. Pero no entendía
el idioma, porque era una mezcla de muchos lenguajes, todos ellos extraídos de
los libros de la biblioteca de la casa de Santa Lucía. Y los libros se
confundían con los de la biblioteca del viejo Krakovsky.
Las mujeres y los libros.
Las mujeres que había amado, mujeres
llenas de letras cuyo cuerpo era un ensamblaje de combinaciones infinitas de
tipos de imprenta, y cuyo espíritu era una arquitectura de filosofías
contradictorias que pelaban y se mataban y volvían a levantarse para pelear.
Pero Altea no tenía esas costumbres. Le
gustaban los vestidos y la conversación. A veces era fría y distante, pero él
había sabido derribar la barrera de hielo que su ascendiente nórdico le
prodigaba como un estigma. Altea era a veces tan altiva, que se derrumbaba
fácilmente con su ingenuidad, que no provenía de la ignorancia sino de la
beatitud, que no es sino una sabia bondad que deja la desconfianza de lado
porque la considera vulgar, y terriblemente dañina.
La altura de Altea era un bastión
vulnerable. ¿O no lo era?
En su ojo vivía la bruja Aurara Valverde.
Altea la había moldeado con el material del resentimiento, tan firme y macabro,
que hasta pudo deshacer los fundamentos de su edificio. Altea había cedido
finalmente y caído en el barro que ocupaba el fondo de su ojo muerto. Del barro
salía Aurora, pura imagen sin espíritu, pura ingeniería de palabras. Y vio el
rifle que la madre de Aurora había usado para matar al padre.
El cañón del arma salía de los bordes de
la órbita de Altea.
Máximo Mendoza apartó la cara,
retrocedió en la habitación hasta tropezarse con la pata de la cama, con un
vestido sucio manchado en sangre y con una taza rota. Al llegar a la puerta,
siempre retrocediendo y sin apartar la mirada del arma que le apuntaba, se
agarró del marco, mordiéndose la lengua para no delatar su miedo.
Y se escapó, como siempre lo había hecho,
y que también siempre le sirvió de motivo para su eterno regodearse en la
lamentación y la impotencia.
La impotencia de su espíritu en miniatura,
rodeado de gigantes.
Un corazón pequeño como timón del barco
de guerra que había comprado.
El último día de abril dejaron Ituzaingó
y entraron en la cuenca grande del Paraná, que es como un gran lago, y casi un
mar porque, navegando por el centro, difícilmente se ven las costas a simple
vista. Gonçalvez estaba sentado en una silla de mimbre muy temprano en la
mañana. Tomaba mate, que sorbía muy descuidadamente. A veces lo llenaba con el
agua de la pava y lo mantenía en la mano sin sorberlo, extasiado por la
amplitud del río. Hacía calor, pero él siempre vestía su pantalón de sarga, las
botas y la camisa blanca de lino que se arremangaba cuando revisaba a los
pacientes. Últimamente se afeitaba muy de vez en cuando, pero esta mañana lo
había hecho son esmero, porque tuvo insomnio casi toda la noche y apenas vio
asomarse un poco de luz en el horizonte se levantó, se aseó y comenzó a
afeitarse. El espejo era amplio, casi de cuerpo entero, el capitán le había
dado uno de los mejores camarotes cuando Altea había empezado a mejorar. En realidad,
ese privilegio debía haber sido para Valverde, pero tenía que continuar con esa
ficción. ¿Pero era tal? se preguntó. Valverde sabía mucho, incluso de anatomía,
pero él sabía de los hombres vivos. Una operación no es una disección, aunque
se le parezca. El muerto seguirá muerto, por más delicadeza con la que se lo
trate.
La amplitud le preocupaba. Era como si
estuviese creciendo en su alma un gran vacío que necesitaría ser llenado, y
temía a lo que pudiese entrar, porque él no podría controlarlo. El río ancho
dorado por el sol de la mañana era una superficie pulcra, tanto que parecía de
mármol. Si no hubiese sido por las aves que de vez en cuando perturbaban la
eterna lisura del agua buscando alimento, o por los buenos días que les daban
los hombres del barco cuando pasaban a su lado, habría podido creerse en una
especie de limbo.
Eso es. Estanislao Gonçalvez, como
siempre, permanecía en una especie de cuarto intermedio del que temía ser
expulsado, y que sin embargo lo hacía sufrir. Las fuerzas extremas se peleaban
por él: la empresa familiar, que no era más que una gran ingeniería construida
sobre todos los cementerios del mundo, y la familia que había creado por sí
mismo, junto a la profesión en la que se había abierto paso, eso sí, con
demasiado esfuerzo, tanto, que nunca se había sentido demasiado cómodo.
Pensó en su mujer y en su hijo. ¿Qué
estarían haciendo ahora? ¿Qué pensaría ella de él luego de recibir esa rápida
esquela y de no saber nada más luego de casi dos meses? ¿Los había abandonado?
Por supuesto que no. ¿Estás seguro Estanislao? Desde que había subido a ese
barco que había pertenecido a dos nobles y grandes bestias muertas, era sin
duda conducido por Aqueronte, y el río, enorme e interminable, no parecía tener
fin sino en el Norte a la vez claustrofóbico y agorafóbico. Inmensos espacios
abiertos que a su vez eran representaciones de espacios cerrados: selvas
densas, calurosas y oscuras, donde cada sonido era la muerte siseando en los
oídos.
Se levantó y dejó el mate y la pava en
el suelo. Agarró el maletín y fue a la habitación de Altea. Carmen terminaba de
higienizarla.
-Buenos
días, doctor-dijo con alegría-. Ya la ve a la enfermita, gracias a usted se
está poniendo rebosante. Mírela cómo sonríe.
¿Era eso una sonrisa o la secuela de la cicatrices?
-Bueno, ya veremos.
Empezó a sacar del maletín las cosas para
la inyección. Valverde ya no aparecía casi nunca, le había dejado el papel
principal, pero permanecía en bambalinas, porque eso era lo que le gustaba:
observar el mundo y sólo intervenir muy de vez en cuando. Los demás entraban
una media hora, y generalmente preferían no estar solos con Altea. Así,
Natacha, Máximo y José se sentaban y conversaban, no siempre los tres juntos, a
veces era una pareja, a veces otra, y hablaban como si nunca hubiese habido
rencillas entre ellos. No querían estar en silencio, y casi no miraban a Altea
más que para arroparla o hacerle algún mimo sin fijar la mirada en su cara.
Carmen se quedó, ya estaba acostumbrada
al tratamiento. Se preguntaba qué era ese maravilloso remedio, y cuando bajó en
Ituzaingó les había contado todo eso a las mujeres que hacía mucho que no veía.
Carmen era simple y había trabajado de todo un poco, de sirvienta y enfermera,
de cosechadora y de puta. Su último puesto había sido en las filas de Valverde,
pero esperaba desasirse de él. Le agradaba cuidar de la gente, y había bajado a
la ciudad porque esperaba buscar trabajo. No encontró más que viejas putas que
ya no servían para nada más que limpiar letrinas en la casa del intendente.
Pero ellas hablaban, y pronto el rumor de lo que sucedía en el “Juan Manuel”
comenzaría a esparcirse a lo largo del río y por toda la provincia.
Cuando Gonçalvez terminó, Carmen acomodó
otra vez las almohadas y la cabeza de Altea se volteó hacia el médico, casi
rozándole la cara. No fue un gesto voluntario, seguramente, pero él vio el
hueco del ojo. Y de pronto imaginó un caleidoscopio. Era muy semejante esa
sucesión de imágenes que estaban pasando una tras otra sobre la delgada
membrana de lagañas que a veces se formaban durante la noche. Como una pantalla
donde se proyectarán fotos que venían de ¿dónde?
Fotos en movimiento.
Reconoció a su esposa con el bebé en brazos,
en la puerta de su casa, saludando a alguien. La vio dentro, cocinando. La vio
dormir junto al niño. La esquela sobre la mesa, rota. Después ella armando
valijas, y Aurelio lloraba, gateando por el piso. Ella se iba, ¿pero adónde, si
no tenía padres ni hermanos? El cura del pueblo apareció a un costado de la
imagen, y se habían quedado estáticos los tres, como si la proyección se
hubiese trabado. Hablaban, probablemente, en una larga conversación. Luego, el
cura levantó a Aurelio en brazos y le hizo el signo de la cruz sobre la frente.
Y después la oscuridad de la habitación de su casa se iluminó de repente, y ya
no era un espacio cerrado sino el gran mar, el inmenso mar en donde ella y
Aurelio viajaban. Y era España tan distinta que era como otro planeta. Las
imágenes fueron tantas y tan rápidas que él no llegó a comprenderlas una por
una. Había a veces una vieja arrugada que se parecía a su mujer, y a veces un
hombre joven que él no conocía. ¿La vieja sería un familiar lejano de su
esposa, quizá? ¿Ella se había vuelto a casar con ese hombre joven?
Se dio cuenta que los años pasaron como
las imágenes, más rápidas que la realidad a que nos tiene acostumbrados la
endeble percepción del hombre. Aurelio había crecido y era un joven alto y
todavía lampiño, de tez blanca como una sábana, y caminaba por una calle de
piedra, golpeando puertas y regresando a la calle triste y cabizbajo. Lo vio
golpear varias veces frente a una enorme puerta de madera, sobre la que nacía
la torre de un campanario. Allí le abrieron y desapareció en la sombra.
El hueco del ojo se hizo oscuro, pero no
lo llenaba el vacío sino la penumbra, que a veces es una lóbrega presencia
hecha de añicos. Y en la sombra Aurelio iba de un lado a otro, entre paredes y
altares, trabajando. Sembraba en un huerto negro, y cosechaba. Cavaba canales
en la tierra, y miraba al cielo oscuro del cielo conventual. Lloraba mucho, y
Estanislao recordó el llanto del pequeño que había conocido, tan igual, que era
como estar viéndolo en la cocina de su casa, señalando al techo como lo hacía
muchas veces, diciendo lo que no podía pronunciar porque no tenía palabras
todavía en su vocabulario para nombrar a aquel que lo llamaba.
Cristo se le apareció a Aurelio en el
convento.
Le enseñaba un vocabulario hecho de
pensamientos.
Vio el dolor, la desesperación construida con
grandes alas negras.
Escuchó que otro hombre-niño estaba a su
lado, también desesperado.
¿Se parecía a Altea? No.
¿Se parecía a los hermanos Iribarne,
quizá? Había ciertos rasgos en ese otro joven seminarista que recordaba la cara
alunada de José Menéndez Iribarne, el mentón prominente, la frente ancha, el
cabello abundante. Era bello, en cierta manera, era atractivo.
Aurelio era de una delicadeza tal que daba
miedo hablarle por temor a herirlo.
El otro estaba tan cómodo en su lugar,
como si hubiese viajado muy poco. ¿Era español? Su acento lo simulaba, pero
tenía la sombra de una barba como la de aquellos conquistadores de América. La
selva había intervenido en su procreación, se notaba en el calor y la
intrepidez, en la rápida ofuscación y en la destreza con la que había tomado la
pala que había estado utilizando para cavar en la misma tierra que Aurelio.
La última imagen se esfumó antes de que
Estanislao pudiese atraparla con los dedos y retenerla para siempre en la palma
de su mano, como un ojo que pudiese contemplar cada que abriese el puño.
La pala en la cabeza de Aurelio, y luego
el torrente del agua desbordada llevándose los residuos del tiempo.
Estanislao Gonçalvez se tapó la cara con
las manos y se inclinó apoyando los codos en las rodillas. Carmen le puso una
mano en la cabeza, acariciándolo.
-Llore, doctor, si quiere. Es muy hermoso lo
que usted ha hecho. En mi pueblo, allá en Bahía, dicen que Dios es el otro
nombre de un doctor.
*
Para cuando
llegaron a Posadas, el rumor de la mujer “resucitada” se había esparcido tanto,
que en el puerto los esperaba mucha gente del pueblo. Algunos saludaban y
agitaban las manos hacia el barco, otros llamaban al doctor Gonçalvez para que
bajara y los curara. Había gente con muletas y en sillas de ruedas, chicos con
piernas y brazos torcidos, y hombres en camillas de lona cargados por otros.
Cuando Máximo vio todo eso desde la borda,
se preguntó cómo manejaría ese fanatismo que no podrían satisfacer, porque el
doctor Gonçalvez era un simple médico y nada más. Luego, pensó, la fama no les
vendría mal. Necesitaban el dinero, y los comerciantes de Misiones estarían
dispuestos a hacer negocios con el barco más famoso del río Paraná.
Pero en el puerto también estaba la
policía, que intentaba disuadir a la gente para que dejara libre el puerto y
volviera a sus casas. Si la policía investigaba, si las autoridades revisaban
el barco, si se sabía de las armas y de Carla…Todo eso se preguntó Mendoza
mientras el barco detenía las máquinas en medio del río y contemplaba el
puerto. La ciudad se extendía detrás, con sus construcciones bajas, edificios
de barro de la época de los jesuitas, ranchos nuevos, almacenes y una escuela.
Márquez y algunos de los hombres se
acodaron a mirar, riéndose y señalando a la gente: a aquel rengo, o la
embarazada, o aquel chico jorobado. Valverde llegó y se reía de su éxito,
porque eso era. Gonçalvez se acercó con timidez, y aceptó las bromas y los
parabienes de los demás.
- ¡Tendrá mucho trabajo, doctor! - le dijo
uno de los hombres.
- ¡Cállese! -gritó el capitán. - Doctor,
usted no saldrá del barco. Se lo aseguro. Yo hablaré con las autoridades de
Posadas y arreglaré el asunto.
-Pero el pueblo lo reclama…-dijo
Valverde. La sorna calzaba bien en su figura.
-Entonces vaya usted-le dijo Máximo. -Y
cure a todos esos, si lo dejan vivo antes.
Bajaron dos botes. En uno iba Mendoza con
dos hombres, y en el otro, tres más, todos armados. Llegaron al puerto y la
gente se les vino encima. Los policías eran pocos y la gente se escabulló de
ellos, pero todos peleaban por recibir los botes. Mendoza se levantó y apuntó.
-Al que se acerca lo mato.
Los demás hicieron lo mismo. Seis rifles
apuntaban a la gente. Todos se callaron y retrocedieron.
-Sólo queremos al doctor…-dijo una mujer
con un chico en brazos.
-El doctor no bajará del barco, no es
ningún milagrero para que lo reclamen así…
- Pero dicen que resucitó a una mujer, a la
esposa del capitán…
-Yo soy el capitán, la mujer no es mi esposa,
sólo una pasajera, nunca murió así que no necesitaba que la revivieran.
Parecieron conformarse por ahora. La
mayoría se dio vuelta y comenzaron a dispersarse, no del todo convencidos,
porque miran atrás con ojos enojados. Murmuraban, pero no se les entendía.
Caminaron entre los policías, que los vigilaban.
Uno de los oficiales se acercó a la punta
del muelle.
-Ya pueden bajar, capitán.
Amarraron los botes y bajaron.
-Soy el cabo mayor Alejandro Domínguez, capitán.
-El oficial se cuadró reglamentariamente y luego extendió la mano. Máximo lo
saludó.
-Gracias, cabo.
-Gracias a usted, capitán. Nosotros no
sabríamos contenerlos, y menos atentar contra chicos, mujeres y viejos.
- ¿Me garantizaría que podremos
desembarcar mercaderías con tranquilidad? Y, sobre todo, pasar unas cuantas
horas en la ciudad. Tenemos negocios que atender.
-El gobernador está aquí, capitán. Ya nos llegaron
noticias de lo que estaba pasando, y la gente se vino aquí desde hace dos días.
El señor gobernador está preocupado por los desmanes.
Dicen que el
doctor es una eminencia que vendrá a curarlos a todos…
-Nada de eso, la gente siempre busca
agarrarse a supersticiones.
Caminaron hacia la casa municipal, donde el
gobernador Farías los esperaba. A un costado había un pequeño altar improvisado
con flores y la Virgen de Itatí. El cabo vio que la imagen le había llamado la
atención.
-Disculpe, capitán, pero también dicen que
la resucitada está embarazada, y dicen que el chico es un mesías…
Los hombres de Mendoza se rieron, pero al
capitán no le hizo gracia. No contestó y continuaron caminando hasta la
carreta.
El
gobernador los recibió en la oficina, que era a su vez despacho y comedor, en
una vieja casona en las afueras. Farías era primo o algo así del que había
perseguido y ejecutado a Ruiz. Se notaba que envidiaba el éxito político de su
pariente de Buenos Aires. Había hecho lo posible por adularlo con cartas y viajes,
pero no había conseguido más que ese puesto de gobernador, que sin duda no le
duraría mucho.
- ¡Es un gusto verlo de nuevo, capitán! La
última vez era un cadete todavía. ¿Y qué me cuenta de su padre el general?
-Con sus achaques de viejo, señor
gobernador, pero el clima de Madrid le sienta bien.
-Como
cualquiera que no esté por estos pagos. ¿Y su padrino el coronel Las Heras?
-Se murió hace unos meses…
- ¡La pucha! Me enteré de que estaba en las
malas, el gobierno como siempre descuida a los hombres que hicieron bien a la
patria, mírenos a nosotros - dijo, señalando a su alrededor. Había en el patio
un gran bracero donde se asaban dos reses y un puerco, y las mujeres cortaban
verduras y cebaban mate, los chicos correteaban alrededor del fogón jugando con
los perros, mientras los hombres cuidaban el asado, hablaban y bebían.
-El gobierno no nos manda recursos.
Tuvimos que cerrar el hospitalito que apenas funcionaba con un doctor y una
enfermera. Por eso la gente se ha entusiasmado tanto con el doctor Gonçalvez.
Acá sabemos de dónde viene, su familia es muy conocida. Y usted sabe, capitán,
como crecen los rumores.
-Sí, lo sé. Y por eso quiero que me ayude
a detenerlos. Ya he visto el altar, incluso.
El
gobernador se sentó tras el escritorio y ofreció unos mates.
-No
haga caso de eso, esas supersticiones se van tan rápido como vivieron.
-Pero
señor gobernador, me preocupa la seguridad de mi barco, y por supuesto proteger
al doctor. Le aseguré que no bajará al pueblo por ningún motivo.
-Capitán,
la gente se conformaría con unas cuantas consultas y los ánimos se calmarían.
El doctor es nada más que un hombre, ellos se darán cuenta y lo dejarán en paz
después de unos días.
-Pero también es un buen médico, y tal vez
lo convencieran de quedarse, y a usted, si me permite decirlo, le sería útil
para ayudarlo a obtener una segunda gobernación.
Farías se reía.
-Veo de quién es hijo y nieto, capitán.
No tiene pelos en la lengua, y eso me gusta. Pero como sabrá acá nosotros somos
directos y no damos vueltas como los porteños, o lo europeos que están entrando
sin desparpajo. Le diré que las malas lenguas sueltan de todo, y los oídos no
eligen lo que escuchan. A bordo del “Juan Manuel” hay gente que se busca por
contrabando, eso me han dicho-. Farías levantaba las manos como si nada de eso
le constara. -También que protegía a Ruiz, así me contó mi compadre. Hay una
mujer, también, que dicen que mató a un hombre de un sartenazo, encontraron el
cuerpo enterrado hace poco. Y la muerte de su hijo, que lamento mucho, ha sido
muy extraña. Sin hablar del accidente de la que llaman “la resucitada”. Y ya
que estamos en eso, de las putas que subieron a bordo con esa mala entraña de
Valverde al que nunca pudimos atrapar porque siempre se zafa con alguna
artimaña judicial, parece abogado además de boticario o médico o como mierda
guste decir que es. Y las putas, capitán, se protegen entre ellas. A una la
extrañan hace rato, y nadie la ha visto por estos pagos. No lo tome a mal, es
que unos cuantos amigos míos le tienen ganas todavía, ¡qué se le a hacer!
El viejo se reía. Dejó el mate sobre el
escritorio y se levantó para mirar por la ventana.
-Quédese
esta noche para el asado, capitán. Yo lo invito a usted y a sus hombres.
- ¡Cabo! -llamó Mendoza.
El
oficial llegó corriendo desde el patio.
-Vaya al muelle y pida que bajen Márquez y el
doctor.
-A la orden.
Farías se frotó las manos.
-Disfrutaremos
de una gran noche, capitán. Buena comida, buen vino, y mucha conversación.
Apoyó
las manos sobre los hombres de Mendoza.
-No me tenga resentimiento, amigo mío. Y para
demostrarle mis buenos sentimientos, le mostraré algo.
Lo
hizo acercarse a la puerta y le pasó un brazo sobre los hombros, señalando a una
de las mujeres del patio.
-Elija
esa, mi amigo. Usted es un hombre fuerte….
Le
palmeó el pecho como demostración de la más extremada amistad.
-Buen aguante, tiene…-dijo.
- ¡M’hija!-llamó. ¡Venga p’acá!
La chica se acercó corriendo.
- ¿Sí, tata?
En la mañana lo despertaron tres policías y
otros dos que creía recordar eran hombres de la chacra. Pero fue como despertar
después de una operación, según recordaba le había pasado cuando lo durmieron
con éter para sacarle una bala cuando tenía quince años. Esa vez habían sido
los cuatreros en la estancia del viejo Lamdrid, pero ahora ni siquiera recordaba
lo que había pasado esa noche. Sólo al ver a la hija del gobernador desnuda
boca abajo en medio de la cama a su lado, y a Gonçalvez del otro, se le aparecieron
imágenes sueltas de lo que pudo haberlo sucedido, o más bien de lo que él había
hecho y, por qué no, de lo que ella le había hecho.
Los tres estaban desnudos, y despertaron
sobresaltados, excepto ella, que giró la cabeza hacia los policías, que
mientras agarraban al capitán al doctor, no dejaban de echar ojeadas al culo de
la chica, que no debía tener más de quince o dieciséis años, o incluso menos.
¿Quién podía estar seguro con esas hembras que se criaban en el campo y con
padres como el suyo, si es que lo era? Ella se levantó, tapándose con la sábana
y salió de la habitación.
Los dejaron ponerse los calzones largos,
pero sin camisa los llevaron afuera, donde el personal de la estancia detuvo su
labor y comenzó a reírse sin disimulo. Farías estaba esperando sentado ante la
mesa donde dos sirvientas daban vueltas cebando mate y yendo y viniendo con
tortas fritas. Debían ser las siete de la mañana a juzgar por el sol sobre los
árboles.
- ¡Qué vergüenza, mi amigo! Violar entre
dos a la pobre m’hija, y eso sin mencionar la conducta de sus hombres.
Mendoza miró alrededor. Los cinco que lo
habían acompañado estaban igual que ellos, a medio vestir, atados de manos,
mientras una o dos las mujeres con las que habían estado lloraban, las otras
habían desaparecido. Entonces vio, junto a un árbol, un cuerpo tirado en el
piso, con las piernas torcidas, la cabeza rota y cubierta de sangre. Reconoció
la casaca de Márquez.
Farías se adelantó a la pregunta.
-Me extraña del viejo, sobre todo, que
parecía tan educado. Se puso tan en pedo que no sabía lo que hacía. Así me
avisaron los gendarmes en plena noche, cuando escuché los tiros. Supongo que
usted, mi amigo, no debe haber oído nada, tan entusiasmado que estaba, me
imagino, o ya se había dormido del agotamiento.
Farías
los miraba fumando una pipa que apenas se sacaba para hablar.
- ¿Por
qué lo mataron? -preguntó Mendoza, descalzo sobre el barro, las piernas algo
separadas por que le habían atado las manos sobre la entrepierna que intentaba
cubrirse. Estaba todo manchado con semen y orina.
-Parece que al viejo le gustaban los
hombres, según me dijeron. El alcohol lo deschavó, y se les insinuó, por no
decir más, a varios de los de la estancia. Se armó una trifulca y las mujeres
llamaron a la guardia. El viejo se defendió, parece, estaba como medio loco.
Amenazó con el revólver, y bueno, así le fue…
Apareció la hija del gobernador, con la
sabana encima. Farías la vio y le echó la bronca.
- ¡Raje
de acá, sin vergüenza! ¡Y vístase, carajo!
La
chica volvió a irse, sin mucho apuro, arrastrando la sábana por el barro,
mientras los hombres la seguían con la mirada.
- ¿Se
da cuenta, capitán? Hombres como usted relajan las costumbres, y qué le espera
al país con esta generación.
- ¿Y
qué va a hacer, señor gobernador? -preguntó Mendoza, decidido a cubrirse de
orgullo ya que no podía deshacerse de la vergüenza.
- ¿Con
todos sus antecedentes, capitán? ¿Y con la violación de una menor? Mala leche
sería la mía si lo llevara a las autoridades. También soy hombre, y entiendo
nuestras necesidades, pero eso no me autoriza como hombre de estado a hacer la
vista gorda frente a la violación flagrante de las leyes.
Mendoza se preguntó de dónde había sacado
el gobernador ese léxico jurídico. Detrás de su campechanía, escondía una
escueta erudición de contrabando.
-Lo dejaré pasar, por esta vez, capitán, en
respeto a su familia. No me gustaría que los diarios mancharan su apellido.
Seguirá su viaje hacia el Brasil, y el doctor ayudará a nacer a la criatura de
esa santa. Y después volverá para compartir su sapiencia con nosotros.
Miraba a Gonçalvez, que seguía con la
cabeza gacha, con la vista clavada en el barro, como si buscase algo. La
memoria de lo que había hecho esa noche, probablemente, o de lo que venía
haciendo desde hacía un largo tiempo sin explicarse los motivos: los pacientes
enterrados y la familia abandonada.
El gobernador se acercó a Mendoza con la
pipa inclinada a un lado. El humo salía débil y taciturno, pero el aroma era
una mezcla de tabaco fuerte y anís quemado. Acercó la cara hasta muy cerca de
la del capitán, y le dijo:
-Usted seguirá su viaje y hará todos esos
negocios que Márquez contrató con la gente de la zona antes de ponerse en pedo.
Muchos compromisos de buena plata, parece, a juzgar por todas esas papeletas
que llenó, y que están ahí, al lado del cuerpo.
Entonces Farías metió una mano en la
entrepierna de Mendoza y le apretó los testículos.
-Después volverá, mi capitán. Lo estaremos
esperando fielmente a que regrese con las bolsas llenas.
Si
hubo lascivia en su gesto, se perdió en la mirada de satisfacción con que lo
observaba. Se sentía dueño de todo, de los hombres y mujeres de la estancia, y
hasta dueño de la provincia, probablemente.
*
No hubo exequias
para el ingeniero Emerindo Márquez. Mendoza y sus hombres terminaron de
vestirse en una habitación bajo la mirada de los guardias. El capitán miraba el
cuerpo junto al árbol, rodeado de moscas que se acumulaban sobre la sangre. Le
habían entregado los papeles con las notas que el viejo había tomado con los
datos de varios puertos y ciudades de Misiones y el Brasil, de comercios
particulares y pequeñas industrias, de dueños de ganado y algunas plantaciones.
¿Qué es lo que lo había pasado con el viejo? No creía en la versión de Farías.
No pensaba que el ingeniero no fuese capaz de emborracharse y portarse como
cualquier hombre en tal estado, pero no podía creer que una mentalidad como la
de Márquez, que minutos antes acordara y anotara concienzudamente tantos
posibles tratos de comercio en su preocupación constante por el barco y su
capitán, no menos de una hora después fuese otro completamente distinto. Otro
muerto, pensó Mendoza, a sus expensas. Debería avisar a sus hijos en Europa,
tal vez en los cajones de su camarote hubiese algún dato de la filiación de su
hijo Walter, el arquitecto, con el que sabía que se carteaba de vez en cuando,
pero nada decía del mayor, que se había metido en revueltas y política, y del
tercero renegaba y hasta negaba.
Los escoltaron hasta el muelle, esta vez
sin sogas que les ataran las manos. Los vecinos los miraban pasar,
cuchicheando. Cuando subieron a los botes, el cabo Domínguez subió también.
Mendoza lo observó con encono.
-Es una orden del señor gobernador,
capitán.
-Para asegurarse de que vuelva, ¿no?
El cabo, que estaba de civil y llevaba el
fusil en bandolera, se encogió de hombros. No era un hombre que podría
amedrentarlo ni presionarlo, y tal vez fuese esa la astucia de Farías, que cada
vez lo sorprendía con algo nuevo. Flaco, no muy alto, de brazos sólo lo
suficientemente fuertes como para sostener el arma y disparar, de piernas sólo
fuertes por haber caminado y corrido mucho en los montes de Misiones. Joven, no
debía tener más de veinticinco años, de poca barba, de pelo lacio y castaño que
llevaba más largo de lo reglamentario. Así como estaba, de civil, con ropa
vieja color caqui y la mirada pensativa, podría habérselo creído un labrador o
un estudiante. Del labrador tenía la sumisión, del estudiante el cuerpo y los
gestos. Pero llevaba un arma que sin duda sabía usar.
Regresaron en los mismos botes en los que
habían llegado, remando en absoluto silencio. Los hombres estaban avergonzados,
pero el capitán humillado. ¿Y qué era lo que sentía el doctor Gonçalvez? Tal
vez el fracaso como único índice constante de su vida.
El viaje continuó hacia el norte. Luego de
las labores de la mañana y el mediodía, Mendoza se enclaustraba en su despacho
y revisaba las notas de Márquez. El río tenía cauce estrecho en esa zona, y
desconfiaba del hombre que había puesto en lugar del ingeniero. Era uno de los
dos que habían quedado desde la salida de Buenos Aires. Aníbal Molina conocía
el barco desde su remodelación, y no tenía Mendoza otra alternativa que dejarlo
hacer. No por eso evitaba vigilarlo y estimularlo para que estuviese a la
altura de su cargo. Era, también, el único que se había negado a bajar a la
ciudad. Escribía cartas constantemente, lo sabía porque cada vez que llegaban a
un puerto iba él o mandaba a alguien al correo. Nunca le había preguntado a
quién escribía. Casi todos tenían a alguien en tierra, que los extrañaba. Y el
que no, estaba solo. Pero únicamente él, Mendoza, llevaba su carga de monstruos
encima, en su propia casona que se desplazaba sobre las aguas.
El río era estrecho, las costas
cercanas, el lecho no demasiado profundo. Sin embargo, el “Juan Manuel” seguía
cumpliendo tan maravillosamente como lo había hecho siempre. La alcurnia no se
demostraba en el lujo postrero de su interior, ni siquiera en el material de su
construcción. El espíritu de los dos grandes cabezas duras que lo habían
inspirado parecía seguir alimentando sus máquinas improvisadas y la estabilidad
de su estructura. Creado para el mar, expiaba sus culpas en el río con la mayor
dignidad de la que era capaz.
Llegaron a Puerto Iguazú. Mendoza no bajó
del barco. Desde la cubierta y con los papeles en mano, iba haciendo el
registro y el control de las mercaderías que subían y bajaban. Los hombres del
puerto lo miraban, y de vez en cuando alguno de traje salía de las oficinas y
lo saludaba con la mano en alto o con algún saludo campechano. Mendoza no
estaba dispuesto a ceder otra vez a sus impulsos. Había mantenido el silencio
más allá de lo necesario. El cabo Domínguez lo miraba desde su silla, donde
comía y pasaba todo el tiempo, a veces leyendo, a veces contemplando el río o
las costas. Era un joven curioso, su mirada era porfiada y esquiva como la de
un militar, pero sus gestos eran aún de un adolescente, tal vez excesivamente
curioso. No lo atraían, sin embargo, los juegos de naipes con los tripulantes
ni la bebida. Dormía poco. Lo veían hasta altas horas de la noche en su silla
sobre cubierta, fumando, y en la mañana ya lo encontraban en el mismo sitio. Él
mismo se preparaba las comidas. Natacha se había apegado un poco a él, tal vez
le recordara a Ariel, en cierto modo. Los libros que leía se los alcanzaba
ella, que se sentaba durante algunas horas de la tarde, y conversaban, del
libro, tal vez. Pero ella no lograba sacarle mucha conversación. Pronto permanecían
en silencio, y luego se iba pretextando que debía cuidar a la enferma.
Domínguez entonces apenas se levantaba para saludarla, y la observaba irse,
hablando sola. La primera vez, el cabo miró alrededor. Después, vio la sombra
que se hacía humo, que se hacía destello apagado, que se hacía ceniza cuando
caía la tarde.
El doctor y Natacha estaban solos en el
camarote de Altea. Habían acordado no hablar más que lo imprescindible, y
creían conformarse con las miradas. Altea movía las manos y los pies, movía los
labios y su garganta intentaba desesperadamente decir algo. Altea estaba
lúcida, lo sabían, y su cuerpo se había recuperado. Incluso su inteligencia
debía mantenerse casi incólume, aunque no sabían si con la totalidad de sus
recuerdos. ¿Seguía siendo ella, en ese caso, es decir, la mujer que los demás
habían conocido? Sólo el capitán podría corroborarlo, y en cuanto a su cuñado,
no conocían del todo la relación que habrían mantenido en el pasado.
Gonçalvez decidió hablarle.
-Señora, ahora que se encuentra mejor,
debemos practicar la cesárea.
Ella estaba ciega, pero él sabía que algo
veía. No se explicaba cómo, pero era evidente por la manera en que giraba la
cabeza y la facilidad con que a veces levantaba un brazo y agarraba la mano de
quien estuviese cerca. Gonçalvez sentía el aliento cálido de Altea, y el
perfume que Carmen le ponía en el cuello luego de lavarla. Ella levantó un
brazo y apoyó la palma de la mano en la mejilla del médico. Natacha se levantó
de la silla, Gonçalvez se quedó quieto.
-Altea, querida, si no le molesta voy a
pedirle que haga algo. Quiero que toque el dedo de mi mano que yo le indique.
Mantendré mi mano frente a usted, pero no debe palparme, si no tocar apenas la
yema del dedo que le mencione.
Ella asintió con la cabeza.
- ¿Cuál es mi dedo anular, Altea?
Ella tocó el dedo indicado.
-Ahora, el pulgar. - Gonçalvez cambió de
mano.
Altea
tocó el correcto.
-Ahora el dedo índice de mi mano derecha.
-Gonçalvez puso ambas manos frente a ella, pero invertidas.
Altea tocó el dedo correcto.
Natacha volvió a sentarse, mirando hacia
el rincón detrás de la cama. Sonreía, tal vez.
El médico se levantó, y dijo a Natacha:
-Esta
tarde a las seis, señora. Altea debe permanecer en completo ayuno.
Mandó entró a Carmen y le dio indicaciones
para preparar la higiene de la enferma.
Era muy temprano todavía, quería terminar
con todo eso de una vez por todas. Estaba cansado del viaje, pero sobre todo
temía a la frontera del Brasil. La otra costa le parecía un muro de ojos que lo
acechaban sin palabras, sólo con el tronar del agua que iba acrecentándose a
medida que se acercaban a las cataratas. El ruido fue aumentando a medida que
pasaba la mañana. Había visto a Mendoza más inquieto de lo habitual. Recorría
la cubierta revisando que todo estuviese bien amarrado, insistiendo a los hombres
que no descuidaran nada. En el castillo de proa se encargaba a veces del timón,
o se quedaba tras de Molina mirándolo hacer o retándolo cada que creía verlo
equivocarse. Al mediodía bajó a revisar las máquinas y las calderas. Volvió a
dar las mismas indicaciones y los hombres se ponían a la tarea con esmero,
porque escuchaban el tronar del agua que caía a varios kilómetros río arriba.
Todos sabían que las cataratas eran un
bello espectáculo para quien las observaba de lejos, pero para los que estaban
en el agua, eran más peligrosas que una tormenta en el mar. Ellos sabían qué
esperar de una tormenta, pero no de los remolinos que se formaban en torno a
las enormes masas de agua que caían desde la altura, y las corrientes cambiaban
de un momento a otro, eran demasiado fuertes. Y la superficie del cauce que
cambiaba en igual medida, a veces profundo como pozos abismales, otros con banco
de barro y troncos arrastrados.
Gonçalvez pasó la tarde en su camarote,
fumando en la cama. Oyó que Valverde lo llamaba en dos ocasiones, pero no le
hizo caso. A las cinco y media agarró su maletín y salió. Vio al cabo en su
silla de siempre, estaba pálido. El vaivén del barco era intenso aún para ese
chico que se había criado junto al río. Fumaba para contener su ansiedad, y
sobre todo, las náuseas.
Entró al camarote de Altea. Carmen estaba
doblando sábanas sobre una mesa que había dispuesto cerca de la cama. Sobre
ella había también compresas que había hecho con algodón y gasa. Lo saludó muy
seria. Hacía perfectamente su papel de enfermera. Si su destino hubiese sido
diferente, pensaba él, qué buena enfermera habría sido, y qué diferente su
vida…pero entonces no sería su destino, sino el de otra persona.
Valverde entró justo detrás de él.
-Señora, por favor, sólo debe quedarse
Carmen- le dijo a Natacha.
Ella lo miró con orgullo herido.
- ¿Será posible…? - dijo, enroscando sus
manos con nerviosidad. -He visto muchas cosas, señor…
-No es por eso, señora, es para
protección de la madre y del niño. Mientras menos gente haya habrá menos
posibilidades de infecciones.
Natacha se fue sin olvidar golpear la puerta.
Entonces se pusieron a trabajar. Gonçalvez
agarró la mascarilla y la embebió con éter. La puso sobre la cara de altea.
Valverde controlaba su pulso, que fue bajando lentamente hasta estabilizarse.
Altea respiraba con normalidad. Levantaron un brazo y cayó pesadamente sobre la
cama. Mientras Carmen les alcanzaba las sábanas, ellos las disponían alrededor
de Altea y sobre ella, a excepción del vientre. Se lavaron las manos. Untaron
la piel con iodo.
Sobre la mesa, Valverde había distribuido
los materiales de cirugía. Algunos eran del médico, pero el resto le
pertenecían. Los había robado de hospitales, o comprado a cirujanos que ya no
ejercían porque no podían o no los dejaban. Y la caja de cirugía de mano, la que
guardaba celosamente para sus disecciones porque la había sacado del armario
del viejo doctor Amadeo Ibáñez de Buenos Aires el día que lo vio morir en su
departamento de San Telmo, estaba allí. Y mientras pasaba el bisturí a
Gonçalvez, recordaba las palabras del viejo doctor mientras deliraba. “Lléveme
al hospital, Juan…Que usen mi cuerpo, se los dono”. Valverde así se lo había
prometido. Cuando murió, el viejo Ibáñez tenía el cuerpo casi carcomido por el
cáncer. Sus huesos eran como tallos podridos, y las vísceras parecían bolsas de
excrementos. Eso fue lo que vio cuando lo abrió esa tarde, sin salir de la casa
hasta el día siguiente, cuando avisó a los hijos. El doctor vivía solo desde
que se había jubilado del Hospital Rivadavia cuando aún estaba en la calle
Esmeralda. Valverde estuvo sólo en la morgue durante todo el velorio. Sólo
llegó uno de los hijos, cuando ya estaban en el cementerio. “Perdón, doctor”,
le dijo a Valverde, a quien no conocía más que por el telegrama que le había
mandado. No había buena relación, seguramente, entre padre e hijos, ni tampoco
una herencia. La única constaba sólo de deudas. El hijo no pidió abrir el cajón
para despedirse, Valverde le dijo que el cáncer había hecho estragos. La casa
se vendió, pero debió hacerse una limpieza antes. Se pagaron deudas, no muchas,
con una parte. El resto no fue reclamado, así que Valverde lo puso en un sobre
y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
Altea sangraba con el bisturí. Valverde
secaba con las compresas, Carmen las reponía o de deshacía de las sucias. Gonçalvez
hacía la incisión con cuidado y rapidez. Debió haber hecho muchas en sus días
de médico de pueblo. Y sin anestesia, probablemente. Fue pidiendo un
instrumento tras otro, y Valverde, que había hecho todo eso y mucho más, pero
únicamente con los cadáveres, no dejaba de admirar la destreza de Gonçalvez.
Así debió trabajar el joven Amadeo Ibáñez en sus tiempos del hospital
Rivadavia, cuando todavía prevalecían las prácticas del antiguo hospital de
mujeres.
Partos, cesáreas, abortos.
Niños deformes. Fetos muertos.
Mujeres moribundas. Gritos como llantos
del infierno.
Silencio oscuro de respiraciones
interrumpidas.
Olor a mugre, a secreciones fétidas, a
gangrenas.
Y de vez en cuando el llanto vital de un
chico sonrosado y los moqueos de una madre hastiada.
Le alcanzó los separadores, y él ayudó
mientras las manos de Gonçalvez metían las tijeras y separaban tejidos. El
bisturí volvió a cortar el grueso músculo de la pared del útero.
Altea sangraba y ponían compresas. Carmen
no daba abasto para darles otras limpias y tirar las empapadas.
Los hombres se miraron por un momento.
Entonces Gonçalvez introdujo la mano
izquierda por el espacio abierto, y tocó el interior. Se escuchó un rumor, pero
era el ruido de las cataratas, cada vez más intenso.
El
movimiento del barco no ayudaba. La cama se inclinaba un poco, la sangre se
desparramaba en la cama.
Y el niño flotaba en el interior como en
un frasco de formol.
Entonces, se oyó un grito agudo, tanto que
era un chillido apenas audible al principio, y que luego se hizo tan estridente
que ocultó el ruido del agua.
El chico estaba entre las manos de Gonçalvez,
agitándose y llorando. Sucio y maloliente.
Carmen miraba y lloraba, y tuvieron que
gritarle para que reaccionara y los ayudara a tenerlo mientras Gonçalvez
cortaba el cordón umbilical. Sacó la placenta y comenzó a suturar.
Ya no había nueva sangre.
¿Altea respiraba? Valverde le tomó el
pulso. Estaba débil.
Gonçalvez terminó de suturar y cubrió la
herida con gasas y vendas.
Carmen se encargaba del niño, lo lavaba y
le daba pequeños golpecitos en la espalda para ayudarlo a respirar. Era un
chico flaco y poco peso. Gonçalvez se acercó a auscultarlo.
-Parece completamente sano…
-Gracias a usted, doctor-dijo Carmen.
-Todavía no sabemos si tendrá secuela. Fíjese
si la madre tiene leche para darle, si no, hay que conseguir un poco de las
cabras que tenemos a bordo.
Valverde revisaba los signos vitales de Altea.
Seguía dormida por efecto del éter. El pulso y la presión sanguínea eran muy
bajos.
Gonçalvez la auscultó.
- ¿Qué te parece, amigo mío?
-Que tenemos que esperar. Lo que hicimos
es lo que esperábamos. El resto es un regalo, me parece.
Golpearon a la puerta.
-Déjenme entrar, por favor.
Era la voz de Iribarne.
-Quiero ver al chico.
-Nada de eso, señor. Hay que esperar unas
horas. Tenga la bondad de esperar.
-Ustedes se creen dueños de la vida y de
la muerte, ¿no es cierto? Disponen quién debe morir o vivir. Ya estoy harto de
todos ustedes, matasanos.
-Si no se tranquiliza, menos derecho
tendrá a entrar.
Oyeron murmullos tras la puerta, y golpes
en las paredes después. Sabían que debían ser alrededor de las nueve de la
noche. El camarote estaba iluminado por tres lámparas y parecía absurdamente
alumbrado por un sol nocturno. Adivinaban, sin embargo, que afuera había
anochecido y estaba frío. El barco seguía sacudiéndose regularmente, y el
tronar de las cataratas era firme y constante. El capitán les había dicho que
el tránsito por esa zona debía ser lento a menos de provocar un naufragio, y
que tardarían por lo menos dos días en salir de la zona de corrientes
peligrosas. El sector argentino de las cataratas no era el más peligroso, sino
el brasileño, al que estaban entrando.
Luego escucharon gritos que llegaban del
pasillo y desde cubierta, quizá. Después, en el casco del barco. La claraboya
estaba clausurada, así que Valverde decidió salir para ver qué pasaba, y calmar
a los otros. Apenas salió, Gonçalvez volvió a cerrar con llave. Valverde se
encontró en el pasillo con Iribarne siendo sostenido por tres hombres, mientras
Mara observaba todo sin inquietud, pero con tristeza.
- ¿Qué la pasa?-preguntó Valverde.
El capitán estaba ahí, esperando como los
demás, noticias sobre Altea y el chico.
-Usted debería saberlo-dijo. ¿No le parece
epilepsia?
Valverde se acercó, pero lo que tenía
Iribarne era un ataque de ira, o quizá de desesperación.
-Nada de eso, el hombre está asustado. Y
tiene pánico.
- ¿A qué? -preguntó Mendoza.
- ¿No oyen? -dijo Mara.
- ¿Los murciélagos? -siempre vienen a esta
hora, cada tanto.
- ¿Y no saben por qué?
-Porque son así. Son del Brasil, vienen y
dejan sus crías por el litoral. Son más los que se mueran chocando con el barco
que el daño que causan. Ya estamos acostumbrados.
José se sacudía e intentaba golpear a los
que lo retenían. Logró desprenderse y empezó a correr hacia la cubierta. Mara
corrió detrás. Los demás los seguían, temían que el loco se tirara al río.
En la cubierta era de noche y no había
luna ni estrellas. La completa oscuridad era desgarrada por la espuma de las
cataratas, que a menos de doscientos metros caían provocando un torbellino
mayor que varios remolinos juntos, y un estruendo que no les dejaba hablar más
que por señas. El agua mojaba la cubierta con una lluvia torrencial que no era
lluvia, sino el vapor que se levantaba por las caídas del agua y volvía a
condensarse en lluvia. José corría bajo la lluvia. Los murciélagos, sin
embargo, volaban y revoloteaban a pesar de todo. Mendoza sabía que era muy
extraño, pero los murciélagos eran lo menos importante en ese momento. Debían
proteger al “Juan Manuel”.
Escucharon un disparo y el chispazo en la
oscuridad. El cabo Domínguez había disparado y vieron que Iribarne caía al
suelo. Los murciélagos comenzaron a detenerse encima, mientras él se sacudía
desesperadamente por espantarlos. No podía moverse porque tenía una pierna
herida, pero gritaba e insultaba. Decía incoherencias, cosas que no comprendían
más que como un deliro de desesperación del que no sabían la causa.
Lo
escucharon gritar el nombre de su hermano, y a veces señalaba a lo alto algún
murciélago que volaba lento. Lo oyeron llamar al chico, al recién nacido.
Vociferaba obscenidades, juraba matar y luego lloraba con un quejido lamentable.
A pesar del ruido de las aguas, el aleteo y la voz del hombre se escuchaban
claras, como si las oyesen en otro plano de la realidad. Como si ésta se
hubiese dividido en cuantos sentidos ellos poseían para captarla más
claramente.
Se reunieron alrededor de Iribarne. Mara
lo consolaba, arrodillada al lado. Valverde le curaba la herida. El capitán y
los otros aguardaban.
-Lo
lamento, capitán. Pero era la única forma…-dijo el cabo.
Mendoza
le puso una mano sobre el hombro.
-Hizo muy bien, cabo. -Pero algo le decía que
tal vez habría sido mejor que el mundo siguiera su curso sin intervenir.
Gonçalvez pasó toda la noche en el
camarote hasta asegurarse que el chico y la madre sobrevivirían. Mandó a Carmen
a descansar, y Natacha encontró la habitación sucia, pero sobre la cama estaban
Natacha, pulcramente cambiada con ropa blanca y seca, y el bebé a su lado. Ella
tenía el brazo que mejor movía abrazando al bebé para que no cayera de la cama.
Natacha miró al médico, cansado y ojeroso, pero no tuvo valor para recriminarle
otra vez haberla echado. Le sonrió, apenas un poco, y en seguida se puso a
ordenar todo. Sacó las bolsas con telas de sangre, ordenó las cajas de cirugía,
las limpió y las puso a un costado para que el doctor las encontrase listas
cuando quisiera. Le llevó toda la tarde, pero ni una sola vez miró a Altea.
Sabía que la estaba mirando, aún con esos ojos ciegos de los que ahora se
jactaba como de una máscara más eficaz que toda la ironía o la ingenuidad con
que la había combatido desde el día que se conocieron. La ceguera era un arma
que ella no comprendía, porque era un espacio oscuro que irradiaba luz. Ninguna
ciencia que hubiese leído lo explicaba, ni siquiera aquellas que estudiaban lo
sobrenatural. Ariel no era un fantasma: era una energía, tan intensa como la de
toda aquella agua que iba cayendo año tras año en el mismo río. Era más aún:
una energía condensada que formaba una imagen que cualquiera podría ver, pero
que sin embargo estaba únicamente conectada con la voluntad. La voluntad era un
motor calibrado en las mismas coordenadas de esa energía que era Ariel, con ese
ente que sólo era posible poner en evidencia en ciertas condiciones. ¿El
extremado frío? Tal vez el helio congelado alrededor suyo formara los contornos
de su hijo. Todo eso lo había leído, ¿pero para qué quería que los demás lo
viesen? Siendo de todos, lo habían matado. Siendo exclusivamente suyo, seguiría
viviendo.
Gonçalvez salió al pasillo y a la
cubierta. Los hombres lo vitorearon, excepto los que habían bajado en Misiones
y sabían lo que le esperaba. Se detuvo, de pronto, para mirar las cataratas.
Era plena mañana, la lluvia del río seguía empapando todo el barco, y los
hombres iban con impermeables algunos, y otros con el torso desnudo porque ya
no tenían ropa seca. La montaña de agua se alzaba a no más de doscientos
metros, de este a oeste y de norte a sur. Era imposible distinguir el principio
o fin, tanto era el vapor de agua que formaba nubes alzadas a varios metros de
altura, aún por encima de alto del barco. El estruendo igual de intenso, por
eso nadie hablaba y realizaban sus tareas en medio del ruidoso silencio. Había
restos de murciélagos muertos en la cubierta, le habían contado lo de anoche.
Algo malo estaba pasando, y coincidía con
la cada vez menor distancia de Brasil. Allí estaba su pesadumbre, en el norte,
y mirando al sur, encontraba un cementerio.
- ¿En qué piensa, Estanislao?
Miró a Valverde, tapado con un
impermeable de goma y con la cabeza por una capucha. Le traía otro impermeable
igual. Se lo puso, porque no tenía ganas de discutir. Se quedaron acodados en
la baranda, mirando extasiados el paisaje, que más que placer, les daba miedo.
Pero a veces era lindo contemplarlo de frente, a la distancia.
-No volveré-dijo Gonçalvez.
- ¿A dónde? ¿A Posadas?
-A
ningún lado.
- ¿Y a dónde va a ir, amigo? Mire que yo…
No hubo
tiempo para nada. Gonçalvez había saltado por la borda y Valverde apenas
alcanzó a agarrarlo de una mano. El agua peleaba por deshacer el nudo de sus
manos, y él ni siquiera podía gritar por ayuda porque nadie lo escucharía.
- ¡No te sueltes, no te vayas!
Gonçalvez
lo miraba desde abajo, colgando de la borda, con la mano absolutamente floja,
apretada por la mano de Valverde como si fuese una garra. Y Gonçalvez pensó,
probablemente, en el escalpelo que conservaba en el bolsillo. Lo había agarrado
no sabía bien para qué, aborrecía esas muertes de folletín romántico. Sin duda
no se cortaría las venas, aunque hubiese tenido la oportunidad. Pero a la
oportunidad la pintan como una vieja esmirriada que corre muy rápido y tiene un
solo pelo. Allí estaba el río, tan cerca y tan eficaz.
Pero Valverde se había interpuesto, y
observaba la desesperación en ese hombre tan cínico. La desesperación no era
propia de él. Se había desprendido de la máscara teatral y se mostraba como
era, quizá: un tipo absurdo, un pobre tipo que se esmeraba en ser lo que no era
y en buscar en los demás lo que abundaba en los subterráneos de su alma. La
sangre y los huesos de esa tristeza que ahora estaba colgando al borde del
abismo. Las aguas profundas donde dicen que están los huesos de Dios, con los
que los demonios construyen ciudades.
- ¡No te vayas! -decía Valverde, con el
ceño fruncido de dolor y la cara llorosa como la de un chico al que se le está
muriendo un padre.
Y Valverde sintió el puntazo del bisturí
en el dorso de su mano. Lo soltó.
Tuvo que soltarlo porque su carne era
como la carne de todos. Una sustancia tan frágil que se quejaba lo mismo de un
puñal que de una caricia. La estúpida carne que nos defiende del mundo, y nos
lo quita. La carne que cubrimos con perfumes y nos devuelve la carroña.
El cuerpo es una traición.
11
Natacha estaba
sentada, como era su costumbre, en la mecedora a la derecha de Altea, como el
buen ladrón al lado de Cristo. Su mirada era orgullosa, pero no esquiva o
displicente como tantas veces. Estaba regocijada por algo más que la
recuperación de la enferma.
Mara estaba del otro lado, en una silla
de madera cuarteada, erguida y una expresión funesta en la cara. Miraba a Altea
con detenimiento, los movimientos de sus manos, los más mínimos gestos de los
músculos de la cara, de lo que quedaba por lo menos: el ojo derecho abierto,
pero con el párpado medio caído, completamente ciego, la boca crispada en un
rictus de dolor, el ceño fruncido, el pelo blanco.
Natacha, que había leído tanto, no podía
de dejar de hacer asociaciones en la mezcolanza de conocimientos y recuerdos en
su atribulada cabeza. Miraba a las otras y se miraba a sí misma en esa
habitación en penumbras, porque el doctor había dicho que debían evitarse toda
clase de estímulos que pudiesen perturbar a Altea y al niño. A Natacha,
entonces, le sugería la idea de las tres brujas del Macbeth de Shakespeare.
Ellas, de algún modo, estaban en un
conciliábulo para determinar el futuro de los hombres que esperaban afuera de
ese cuarto-caverna, pero sobre todo el del chico recién nacido.
Detrás de la cama, estaba Ariel. Nunca
fue tan clara su imagen, y a veces creía que Mara también podía verlo, y sabía,
desde un tiempo antes, que Altea lo presentía a sus espaldas, porque temblaba.
Para Natacha, su hijo había sido el autor
de la recuperación. Muchas veces se había preguntado por qué motivo. Y después
de tantas otras disquisiciones en que pensó y pensó, interrogando el rostro de
Ariel en las sombras, supo que, como todos en ese barco, propiciaba el
nacimiento como si de eso dependieran muchas cosas. ¿Era el recién nacido una
especie de nuevo Mesías? Tal vez fuese demasiado adjudicársele tal papel, pero
sin duda había venido para cambiar el rumbo de muchas cosas. Gente que había muerto,
otra que seguía sufriendo. ¿Y el Paraíso? ¿Dónde estaban la recompensa y el
Paraíso? El Paraíso puede ser también un páramo vacío, desierto y helado, donde
no crece absolutamente nada y el viento es un atroz recuerdo de Dios.
-Es un milagro, ¿no es cierto? -dijo,
mirando a Mara. Simplemente por decir algo, no creía en los milagros como
caprichosas excusas de la ignorancia, sino como procesos extraordinarios de la
naturaleza.
- ¿Le parece? -contestó Mara. - Yo creo
que fueron el doctor y Valverde los que lo hicieron, y ellos no son ningunos
dioses.
Natacha estaba contenta, disfrutaba
irritar a su interlocutor.
-A lo mejor son demonios, sobre todo ese
Valverde…
-Estaría de acuerdo con eso, señora, si
yo creyera en algún tipo de religión. Pero creo que es un hombre como todos, y
mejor que muchos.
- ¿Lo dice por su viveza?
-Por su inteligencia, lo digo. La
inteligencia lo es todo. Algunas tenemos mucho poder sobre los hombres, pero
ellos se evaden en otros mundos que no podemos entender, y por eso los
subestimamos. Su inteligencia crea mundos y conceptos en los que son felices,
aunque sufran. La nuestra es una inteligencia sentimental que nos impide
evadirnos de la realidad. Actuamos y sentenciamos, y decimos las cosas como son
y no como deberían ser.
- ¿No sería eso perder el tiempo? -dijo
Natacha.
-Me alegra que estemos de acuerdo en eso,
pero a veces me gustaría saber en qué consiste eso de perder el tiempo.
Abandonarse no a la sinrazón, sino a la ingeniería imaginaria que tanto los
atrae, sin hacerlos perder la razón, sino estableciendo la estructura de su
mente es esos edificios conceptuales tan hermosos como castillos de arena.
-Pero los castillos de arena son muy
fáciles de destruir.
- ¿Y los nuestros, señora? Son tan
indestructibles como prisiones construidas con un material más imperecedero que
la roca.
-La veo triste.
-Y yo la veo regocijada.
- ¿No hay motivo, acaso? -dijo Natacha,
echando una mirada a Altea, que sin duda las escuchaba.
-Yo diría que el niño es el regocijo. Ella
debe morir.
Natacha se quedó mirándola con asombro. Lo
que la extrañaba era la falta de escrúpulos en la sinceridad, o quizá la falta
de educación que pasaba por alto y a la que utilizaba, más que como una
máscara, como una defensa.
- ¿Lo dice como una sentencia, o es un
pronóstico basado en su estado?
-Lo que usted quiera, al fin de cuentas es
lo mismo. Como muchas, ella ya cumplió su cometido en esta vida. El resto es un
regalo muy funesto, porque no le permite estar en otro plano de la realidad.
- ¿Y cuáles son esos planos? -preguntó
Natacha, mirando hacia Ariel.
-Todos, señora. ¿Existe lo que vemos, o
existe porque lo vemos? Los sueños son una casa hermosa para vivir, hasta las
pesadillas son tormentas que nos llenan de éxtasis mientras duran. En cambio,
las pesadillas del mundo son tan largas que cansan demasiado. Su religión, por
ejemplo, a la que la veo tan apegada, ¿no es acaso una hermosa imaginería en la
que los verdaderos creyentes viven como en un utópico país donde después de la
tormenta viene siempre una mañana soleada? Los campos inundados, las casas
destruidas, la gente muerta: todo eso es el precio por un día más. ¿Qué otra
inteligencia más perspicaz que la de ese Dios?
Natacha se levantó y se inclinó frente a
Altea. Tocó la cruz de plata y dijo:
- ¿Ve esta cruz, Mara? No tiene más que el
poder que le conferimos, pero son símbolos. Y los símbolos van tomando formas
que nuestra imaginación ni siquiera concibió para ellos.
Mara agarró una lámpara de la mesa donde
aún quedaban manchas de la operación. Las sombras del camarote cambiaron de
lugar con rapidez a medida que ella se acercaba a Altea. Percibió los contornos
de Ariel escabulléndose con miedo. Cuando se acercó a Altea, ésta dio un
respingo y frunció aún más la frente.
- ¿Es una cruz hecha por los indios, no es
cierto? Reconozco la artesanía después de tantos años.
Natacha se preguntaba de dónde sacaba esa
mujer tanto conocimiento si no era más que una contrabandista y ex prostituta.
Y su lenguaje, tan cuidado, tan crecientemente fuera de lo vulgar. Se veía que
no había sido siempre así. Le habían dicho que era alcohólica y prostituta.
¿Pero acaso eso se contradecía con el conocimiento aprehendido en la escuela de
la noche? En la oscuridad se leen muchas cosas a las que los demás, simples
seres diurnos, permanecen ignorantes. Y la ignorancia es un escudo de obstinadas
espinas.
Volvió a sentarse, mientras observaba a
Mara estudiar la cruz. Mantenía la lámpara frente a la cara de Altea, sabiendo
que la perturbaba. La vio mirar el lecho vacío del ojo izquierdo. La mirada de
Mara estaba en ese pozo, mientras en la mano sostenía la cruz.
-Esa cruz, querida -empezó a decir
Natacha - es un símbolo, y como todos los símbolos puede tener muchos
significados. Cada civilización les adjudica algo diferente, y los dibuja con
variaciones. Pero como en música, el eje temático persiste. La cruz es muerte,
pero también es vida por resurrección. Si se fija bien, si acorta un poco el
pie de la cruz hasta que los cuatro brazos sean iguales, podrá unir los
extremos. ¿Obtendrá un rombo? No. Los rombos no son todos iguales. Pero sí
tendrá un círculo. Usted me dirá que no todos los círculos son iguales. No en
la medida de su diámetro, aunque sí en su forma. Pero le ruego que siga mi
razonamiento. Por más que un círculo sea más grande que otro, en todos ellos el
diámetro llega a un número constante pero impreciso. Queda un margen que los
matemáticos no pueden determinar. Se dice que es infinito. Tal vez lo sea. ¿Y
qué es lo infinito? ¿La muerte? Muy probablemente. ¿Dios o la imaginación de un
poeta frente a los cálculos de un geómetra?
Carmen entró con la comida para Altea, y
junto con ella llegaron los gritos y risas de los hombres que estaban en la
cubierta celebrando. Esa noche recordaba a la del disparo, pero era como
cualquier otra cuando los hombres festejaban y se emborrachaban. Esta vez era
el nacimiento del chico, que aún no tenía nombre. Todo eso era en honor y
memoria sobre todo de Gonçalvez, y Mara sabía que Valverde debía estar
manteniéndose distante. Lo había visto llorar por primera vez desde que lo
conociera, ese día junto a las cataratas, aferrado a la baranda, golpeándose la
cabeza con los puños. Los que oyeron los gritos ya no pudieron hacer nada. El
río era un maëlstrom de remolinos y fuertes corrientes. El cuerpo del
médico había desparecido como tragado por una fuerza bajo el agua.
- ¿Cómo se portan? -preguntó Natacha.
-Como siempre. Déjelos divertirse un
poco…
- ¿Y el capitán?
-Con ellos, y eso que esta vez les
prohibió las armas. Pero alguno habrá con un puñalazo, pero se quieren todos
esos, aunque se peleen cuando están borrachos. El capitán está contento, sin
duda. Me preguntó si puede venir a conocer al chico.
Natacha se sobresaltó. Otra vez el
interés en Altea, y no era esta vez por el remordimiento. ¿Qué destino había
sobre el hombre con el que se estaba casada? Se enamoraba de las madres cuyos
hijos no eran suyos, y los quería como tales.
Mara se dio cuenta. Había vuelto a
sentarse, y pensaba, seguramente en lo que había visto en el hueco del ojo.
Tantas cosas, se dijo. Un universo anclado en el fondo de la órbita. Y allí,
casi impenetrable, el orificio del hueso en el que se había producido una
fractura. La bala estaba en algún sitio, no importaba cuál. Era simplemente la
piedra de toque para la formación de una abertura. Y esta ni siquiera tenía
importancia por sí misma, sino el lugar al que permitía acceder. Las paredes de
la órbita eran sólo hueso y el vacío reinaba físicamente entre ellos. Eran, sin
embargo, una pantalla donde se proyectaban las imágenes que llegaban desde la
grieta formada por la fractura.
Carmen salió luego de quedarse un rato
esperando conversación, pero aquellas mujeres eran impenetrables. Natacha daba
de comer a Altea, pero ya no le llevaba la cuchara o el tenedor a la boca, sino
que acompañaba la mano y el brazo de Altea hasta la boca. Sorbía y tragaba con
ganas, pero pronto hizo un ruido inarticulado y giró la cabeza hacia el chico,
que había empezado a llorar sin chillidos, era un llanto pausado y maduro.
Natacha dejó el plato sobre la bandeja y
la llevó a la mesa. Ya Altea había levantado al niño y lo amamantaba.
-Dígame, Natacha, usted que tanto ha
leído-dijo Mara. ¿Cómo se llama el hueso que está al fondo del ojo?
-Esfenoides, y es como un pájaro de alas
desplegadas.
- ¿Y qué función tiene?
-Es un hueso, nada más. Es una parte del
esqueleto, nos sostiene, nos arma, qué sé yo, querida. Si usted lo viera en los
libros de anatomía, apreciaría lo hermoso que es. Tiene un orificio que parece
un ojo, por donde pasan los nervios y los vasos sanguíneos.
Mara se quedó pensando.
- ¿Pero es estrecho, no es cierto? Y deja
pasar muy pocas cosas.
-Las cosas que vemos, Mara.
-Y si se abriera un poco más, ¿veríamos
otras cosas?
-Seguramente, pero ya seríamos
diferentes al resto.
-Como Altea, ¿no es cierto?
Natacha adivinaba a lo que se refería.
Ella sabía mucho porque había leído, y veía a Ariel simplemente porque él así
lo deseaba o porque no podía evitarlo, tal vez. Se había preguntado la razón de
la presencia de Ariel. ¿Extrañaba su mano, tal vez? ¿Es el cuerpo y el alma una
simbiosis más intensa que la que cualquier religión haya alguna vez imaginado?
Un espíritu de cuerpo incompleto a lo mejor ni siquiera es un espíritu, y ni
siquiera es cuerpo, sino un fragmento de un cadáver. Natacha veía mucho porque
sabía mucho, pero el resto le resultaba tan inaccesible como a la tía Clotilde
comprender la imagen de la Virgen de los Dolores. Una cosa es entender, y la
otra comprender. Para comprender hay que ser aquello que es objeto de nuestra
obsesión. Sin embargo, adivinaba en Mara una presciencia.
- ¿Se ha preguntado, Mara, por qué un
hombre se hiere, y lo que pasa en consecuencia? Una cicatriz es una huella de
una puerta abierta y cerrada. Algo ha entrado o salido, y ya no hay vuelta
atrás. Hay otras, sin embargo, que no se cierran nunca. Dicen los indios, según
los jesuitas, que cuando practican trepanaciones dejan escapar a los demonios,
pero ¿cómo evitan que entren otros?
Natacha sonreía, estaba inmersa en medio
de una disquisición que habitualmente realizaba para sí misma y sólo en
pensamiento. Últimamente, sin embargo, a veces murmuraba para Ariel.
-Los brujos hacían esas trepanaciones, y
creo que aún las hacen, para curar. ¿Pero cómo aprendieron a hacerlas, y cómo
sabían que eso serviría? ¿Hacían disecciones y experimentos? No creo. Eso es
costumbre de los científicos, que, si no ven o comprueban, no creen. Los brujos
hablan con los dioses, dicen, pero ¿quién nos prohíbe pensar que hablan con los
muertos, aun cuando no lo sepan? Hay muy antiguas leyendas sobre eso, en todas
las civilizaciones. En las sagas nórdicas y las célticas, sobre todo. Los
sajones y los escandinavos hablan mucho de todo eso. Las auroras boreales
pueden ser masas de energía de millones de almas buscando cuerpos. La
trasmigración de las almas en cuerpos de animales. ¿Usted cree que los animales
no tienen alma, que son sólo conciencia sensible y presente, o que su
aprendizaje es un mero conjunto de reflejos en un sistema nervios rudimentario?
Los muertos están, y nos dicen cosas, y a veces nos revelan otras. Usted,
querida, es de esos, creo.
Max estaba en la habitación, y se quedaba
bajo de la cama cuando había alguien más. Pero en las pocas ocasiones en que
Altea estaba sola, se sentaba y apoyaba las patas en la cama y le lamía la
cara. Mara escuchó el gemido del perro, y sonrió.
-Será por eso que no le agrado- dijo. - En
mis tierras, cuando era chica, las mujeres se reunían y contaban que los perros
son mensajeros que tiene la tarea de conducir las almas a la muerte.
-Y ustedes no son la muerte, como los
viejos brujos de quienes le hablé. Ustedes, de algún modo, son mensajeras.
Mara se levantó y separó al chico de las
manos de Altea. Ésta se resistió, pero no tenía más fuerzas. Su cara se
contrajo, y el hueco del ojo pareció ocupar todo el resto. Fue una sensación
que Mara tuvo y que le permitió ver más de lo que presentía.
Natacha se dijo: Quiere al chico, y lo
quiere para su hombre. ¿Una nueva Sagrada Familia? José, el padre adoptivo para
muchos, pero el verdadero -Altea se lo había confesado una vez, cuando ambas
estaban unidas por un mismo resentimiento contra el capitán-. Mara, o María, la
madre adoptiva - ¿o verdadera?, porque la virginidad de la María bíblica pudo
muy bien poner en duda la verosimilitud biológica tanto como la verosimilitud
de esa concepción. ¿El semen de Dios es
tan etéreo, o es la nada engendrando el todo? ¿El espíritu creando la carne: su
habitáculo, su casa, su hogar y su destino? La carne desde entonces determina
la vida de quien lo ha creado. Sin hombre no hay Dios. Por eso los cementerios,
los árboles sembrados para construir cajones, el hierro forjado para hacer
palas, la tierra conquistada para fundar cementerios. Perpetuar la vida en un
cajón cerrado: donde haya un hueso, está la síntesis del todo. Y el chico, un
Jesús nacido en condiciones extraordinarias por precarias y trágicas, siendo el
centro alrededor del cual giraban varios destinos, muchos de los cuales no
llegarían a conocerlos. Un niño cuya inocencia desaparecería muy pronto. Sí, el
pecado original existe, se dijo Natacha, pensando en el chico.
Una Sagrada Familia invertida.
Mara tuvo al chico en brazos, y de pronto
recordó los días que tuvo a Elsa de la misma forma. La leche con la que la
había alimentado, la ropa de lana con la que la había cubierto, la única
canción de cuna que sabía con la cual la había dormido. La cara de Elsa, tan
sonrosada y oscurecida, curtida ya a esa edad por el sol del campo al que la
había llevado antes de partir para América. Tantos meses que la había
repudiado, y tanta gloria al despedirse. Tal vez fuese eso lo que Mara amaba,
la nostalgia de Elsa y no su convivencia. ¿Cómo criar a la edad que ella tenía
a la hija de su propio hermano? El dolor se habría transformado en odio, y la
que ahora amaba quizá habría sido asesinada en un acto de tragedia propia de un
poeta antiguo. ¿Qué otra cosa podía traer el incesto, aunque no supiera que así
se llamaba? Hay palabras que significan más de lo que son, el hombre las
convierte en piedras fundamentales con las que se tropieza a cada rato, de las
que huye pero ruedan tras nosotros y nos persiguen, y de las que debemos
protegernos mirando constantemente al cielo para que no nos aplasten. Y mirando
arriba, tropezamos abajo. Palabras como justicia, por ejemplo, o palabras como
amor.
Mirando el ojo perdido de Altea, escuchó
el balbuceo de Elsa el día que se despidió de ella. La niña en brazos de
Roberto y el sonido del agua del océano creciendo hasta ocultar el llanto. Pero
en lugar de avanzar, como esperaba, las imágenes retrocedían a su embarazo. Los
interminables meses de recriminaciones de la madre, la irritación y el
desprecio de Roberto, los sermones del cura del pueblo, las miradas y los
insultos de los vecinos. Y luego aparecieron las brujas a las que la madre la
había llevado para que abortara. No es tiempo, le habían dicho, es una de
nosotras. No había comprendido nada, pero allí estaban, saliendo del fondo del
hueco, toda aquella habitación en medio del campo. La más vieja de todas, la
Sottocorno. La bruja italiana que vivía en España, exiliada, según decían,
porque de cada pueblo en que residía, al séptimo año la echaban con
maldiciones, amenazándola con quemarla. La apedreaban luego de desnudarla, y
así habían hecho la última vez, aunque la vieja tuviese ochenta y ocho años.
Sin embargo, esa cantidad se remontaba al siglo anterior cuando las viejas que
la acompañaban hablaban de ella: las serpientes alrededor de las piernas
quebradas por el potro de tortura, los ungüentos con olor a muerte que se
untaba para cicatrizar sus quemaduras. De Cádiz a Roma, de Florencia a
Estrasburgo. A veces en Londres, a veces en Kiev o Varsovia, o huyendo a
Laponia cuando era peligrosamente perseguida. Pero siempre regresaba. Cómo
viajaba era un misterio. La vieron volar, transformarse en un pájaro negro de
grandes alas, o en varios a la vez, partida su alma en varios fragmentos que se
convertían en carne y huesos. Los cráneos de los pájaros negros tenían su
cráneo. Alguna vez, algún hombre se jactaba de haber matado a uno de ellos. Lo
tenía en casa, en una caja. De vez en cuando la sacaba para mirar el cráneo de
la vieja los sábados a la noche. Pero en la madrugada los huesos habían vuelto
a su caja. Los domingos la aterraban, decía el hombre. Pero era solamente un
fragmento de ella que había tenía la desgracia de perder. Cada célula de su
cuerpo tenía la capacidad de transformarse: cada célula era un pájaro negro
volando sobre los hombres. Recordándoles la sombra de la noche y la iniquidad
del crimen. Se había casado muchas veces, siempre con el mismo. Se había
ayuntado para tener muchos hijos, todos exactamente iguales a ella.
Hombres-mujeres que cambiaban de sexo a su albedrío. Las caras de la mentira
eran el legado que su esposo le entregaba con su semen. Algunos decían que se
llamaba Ansaldi, pero eso era en Italia y otros sitios del Mediterráneo. Más al
norte le daban nombres difusos de magos. Su profesión, según contaban, era la
ficción, y su escenario el teatro del mundo.
La vieja que la mantenía aferrada a la
silla repetía como una letanía: Es una de nosotras. Y de pronto el techo de la
casa se levantó y todo el cielo entró deslumbrante sobre ellas. La madre y las
vecinas, y el resto de las brujas que permanecían sentadas en semicírculo, como
piedras. Mara vio los pájaros cargando los escombros del techo como si llevasen
restos de un templo consagrado. Y ella iba con las demás, mirando hacia el
interior de la casa, donde estaba ella misma: Mara la adolescente preñada,
mirando hacia el cielo, hacia sí misma. Y la vieja Sottocorno la agarró del
brazo y la arrastró hacia las paredes que aún permanecían en pie. Le ató las
manos y los pies a cuatro ganzúas empotradas.
Las paredes de la órbita se
resquebrajaron, como el techo viejo del pueblo de España. Grietas que se abrían
no dando más luz que la penumbra de los recuerdos, porque la memoria no es más
que un teatro donde si no hay ficción, no hay nada. El barco se agrietaba y la
cubierta había desparecido. La luz de la noche entraba otorgando débiles
contornos a las cosas: Altea y la cama, Natacha y la silla. La gran chimenea
allá afuera, como una montaña tan cerca de ellas, echando el humo negro de
cadáveres arrojados en la caldera. Muchas caras observaban desde el borde, al
filo del agua, estirando manos para ser rescatados.
Todo el barco estaba dentro del hueco del
ojo perdido de Altea.
Era un mundo antiguo que resurgía del
fondo de la fractura.
Mara comenzó a sentir los tirones en los
brazos y piernas. Las cadenas tiraron de ellos milímetro a milímetro a lo largo
de toda la noche.
No fue un suplicio, sino un regocijo.
Y por eso Mara se puso a llorar abrazando
al chico. Había aprendido lo que eran las fuerzas de las cadenas, no apretando
sino abriendo. Su cuerpo se desplegaba, se extendía, se ampliaba, se
fragmentaba en incontables formas posibles.
El mundo era ella, y cabía en el hueco de
un hueso roto.
*
Era tarde cuando regresó al camarote
donde dormía José. La herida de la pierna ya estaba casi curada, pero él se
quejaba constantemente del dolor. Entró a oscuras y se acostó en la cama a su
lado. Tocó papeles de dibujo sobre la frazada, José estaba destapado y desnudo.
Sudaba, como todas las noches, ardiendo en fiebre, pero por la mañana ésta
cedía y él lograba descansar en paz. Gonçalvez había descartado una infección,
y ya todos sabían que la abstinencia le provocaba esos síntomas. Se había
acostumbrado al opio luego de la golpiza que Mara y las otras le habían dado, y
ahora reclamaba la droga por el dolor de la pierna.
Se acostó, sabiendo que podría dormir.
Los papeles de dibujo la estorbaban y los tiró al piso. José dormía, temiendo
ella despertarlo y provocar su cólera. Le haría mal, se decía, amargarse
todavía más por la rotura de esos dibujos que se había habituado a hacer
durante el tiempo que llevaba en cama. Ni él sabía de dónde pudo haber surgido
tal destreza. Ella había estado demasiado ocupada pensando en Altea y en el
chico, y ahora que le había sido revelada la identidad, escondida siempre,
negada muchas veces, en su propio cuerpo, su mente giraba en torno a otros
conflictos, en otros planos quizá de la realidad.
Los pájaros de alas negras, que tantas
veces sintió crecer, invisibles, en su espalda.
Oyó toser a José.
Pensó en los murciélagos que de tanto en
tanto invadían el barco, y el pavor que provocaron en ese hombre hasta el punto
de querer matarse.
¿Acaso ellos veían algo más con esos ojos
que todos creían ciegos?
La oscuridad es una luz interior, es el
hueco de un pozo de paredes calcáreas.
Se irguió y se sentó al borde de la cama.
Encendió una lámpara y reguló la llama a una luz muy baja. Juntó los papeles
intentando no hacer mucho ruido. Entonces vio lo dibujos que había estado
trazando José.
Había múltiples esquemas tachados y otros
con intentos sobrepuestos. de José eran
burdas y sus dibujos esquemáticos e infantiles. Fue pasando las hojas de los
cuadernos, porque eran muchos. Sobre la cama había dos, pero bajo ella y sobre
el escritorio había otros cinco, y hasta en el cubículo de la letrina había
otro, sucio, pero más extraño. Mara contempló con crecido asombro la manera en
que, con la rapidez de pocos días, José había adquirido una técnica superior, y
sus dibujos eran claros, sin resabios de dudas en su ejecución.
Y en todos se plasmaban cabezas de
pájaros, y cabezas de murciélagos. Los ojos brillantes y ratoniles de estos
últimos se convertían en pequeños ojos de arañas en el centro de un cuerpo
donde brotaban largas y finas patas que no cabían en el papel, así como las
alas de los otros. Los dibujos continuaban hoja tras hoja, como complementos de
un rompecabezas. En el cuaderno que encontró junto a la letrina había algo
diferente. Eran esquemas anatómicos de huesos. Cráneos y huesos de alas. Y
entonces vio un cráneo humano, justo en el centro, ocupando ambas centrales.
Estaba coloreado con tinta levemente
rosada, que tal vez intentó ser de un rojo profundo, pero José no había logrado
conseguirlo.
El único dibujo de color en el hueso del
esfenoides.
Mara lo reconoció sin haberlo visto
nunca.
Y el hueso tenía una ruptura.
Levantó la cabeza mirando al hombre que
se movía en la cama, la espalda fornida y el pecho hirsuto, las piernas fuertes
y llenas de cicatrices. Se movía angustiado por las pesadillas que nunca
cesaban, de las que ni siquiera los golpes lo habían rescatado.
Ahora ella sabía que nada lo haría porque
llegaban de algo más profundo que la mente. Llegaban del pasado y se renovaban
cada noche, por eso nunca morirían. Ni siquiera cuando el cuerpo muriese,
porque eran criaturas ávidas de un espacio. Donde hubiese un hueco donde
refugiarse, ellas se asentaban, amedrentando la carne y enturbiando la sangre,
o quebrando al hueso.
En la mañana, seguía despierta, y vio que
José intentaba levantarse a la luz que entraba por el ojo de buey.
-Buenos días-dijo ella, apoyada en el
respaldo y con los brazos cruzados.
El hombre la miró, con ojos legañosos y
agotados.
- ¿Mala noche, no es cierto?
-De las mil putas-contestó.
-Vi que estuviste revolviendo los
cajones.
- ¿La puta que te parió! -estalló José. -
¡Dame de una vez un poco de esa maldita cosa! Si me acostumbré fue por culpa
tuya, y encima ahora con este dolor de mierda que no soporto más.
-Todo fue por salvarte…-y en cuanto lo
dijo, se arrepintió de haber entrado en las recriminaciones de siempre.
- ¿Salvarme de qué?
-De esto-dijo ella, mostrándole los
dibujos.
-Mierda sé de dónde vienen, sólo entiendo
que necesito hacerlos porque si no me revientan la cabeza. Cuando termino, los
dolores de cabeza se me pasan.
-Pero querido…-y lo agarró de una mano e
intentó calmarlo. - ¿Se te ocurre pensar de dónde salió tanta imaginación?
-De las pesadillas, Mara. Cada dibujo es
un sueño, te lo juro. Cada línea que hago es como una encarnación. Pero les
tengo miedo…
- ¿A los dibujos?
-No, a eso no, porque sé que me los saco
de adentro. Pero cuando me doy cuenta de que son como borradores, como los
esquemas de un arquitecto, de un ingeniero, qué sé yo, y que más tarde se harán
realidad, como cuando ellos aparecen y revolotean y me aturden con el ruido de
las alas y el olor a mierda.
José se sentó en la cama, agarrándose las
piernas contra el pecho y hundiendo la cabeza entre las rodillas.
Como un feto.
Como el chico aún sin nombre.
Mara fue a buscarle opio, se lo preparó y
se lo dio a beber.
- ¿Estás mejor?
José movió la cabeza, pero señaló su
brazo.
-Esto me dura diez minutos, necesito…
-Está bien, Valverde vendrá en un rato, yo
le aviso.
Golpearon a la puerta. Se sorprendió de
ver a Natacha, que llevaba una carpeta grande bajo el brazo.
-Disculpe, Mara. Se me ocurrió traerle
esto a Iribarne. Me han dicho que dibuja muy bien, y bueno…pienso que le
gustaría apreciar algo de lo que mi hijo hacía. Es verdad que yo nunca lo
alenté, era algo que lo apartaba de mí. Pero ahora, querida, entiendo. Él y yo
nos hemos reconciliado desde su muerte. Es…cómo puedo explicarle…como si lo que
era y lo que debía ser se hubiesen unido definitivamente.
-Ahora está durmiendo, pero vuelva más
tarde…
- ¿Por la tarde, a las cinco?
Mara se preguntó si ella ya había estado
ahí antes, esa era la hora exacta en que él tomaba su merienda, y en que
Valverde venía a darle sus dosis.
-Exactamente, Natacha, se ve que usted ya
sabe. Pero nunca la vi en esas horas.
-Por supuesto que no, sólo me lo han
dicho, usted comprenderá, Mara, siendo una mujer tan perspicaz.
Media hora después llegó Valverde. José
daba vueltas en la cama y se había puesto a gritar y tirar las cosas del mueble
junto a la cama. Entre ambos lo contuvieron mientras él le inyectaba la vena
del brazo derecho. Iribarne se calmó de inmediato, agradeció con una mirada
obnubilada y una caricia sobre el muslo de Valverde.
- ¿Podemos sacarlo de esto, Juan?
Valverde dudaba.
-Mi oficio es meterlos, nos sacarlos,
pero lo intentaré.
El viaje continuó hacia el norte. El
Paraná era una serpiente de múltiples caras, a veces estrecho como un canal,
otras como inmensos lagos. Las vueltas y recodos eran interminables, y el
paisaje de las costas variaba de lo selvático al desierto. Dunas, árboles
frondosos, flores de todos colores, y por las noches la visita de los
murciélagos, que habían cambiado su rutina de grandes invasiones repentinas por
visitas continuas, pero de menor cantidad. No moría ninguno, simplemente daban
vueltas en la noche, se posaban en la borda, en los mástiles, en los marcos
superiores de las puertas que daban a cubierta. Alguno se metía en los
camarotes, pero Mara había tenido la precaución de poner mosquiteros de alambre
grueso.
Pasaron por muchos puertos, y en cada uno
hacían transacciones que Mendoza se encargaba de supervisar personalmente, bajo
la mirada persistente del cabo Domínguez. Ahora que Gonçalvez ya no volvería,
quedaba el dinero para llevar a Farías, lo único en realidad que le interesaba
al gobernador. La observación inquisitiva de Domínguez mostraba quizá la
verdadera esencia del cabo. Su aparente sumisión, su amabilidad, su
condescendencia se habían detenido luego del disparo. Mendoza lo sabía, pero ya
no le importaba. Tal vez pudiese rescatar una buena parte de las ganancias, y
deshacerse del cabo. Estaba optimista. La recuperación de Altea y el nacimiento
del chico eran lo mejor que le había sucedido en mucho tiempo. Si ella pudiera
volver a quererme, se decía, si ella se recuperara del todo y fuese otra vez la
que era.
Valverde bajaba en cada puerto y le traía
novedades a Mara. Había conseguido, al fin, la hierba que necesitaba.
-Lo curaremos a Iribarne de esa mala
costumbre-dijo.
A las cinco de una tarde de un día de
junio, inyectó la preparación en la vena de José Iribarne justo antes de que
tocaran a la puerta.
- ¿Quién es?
-Natacha, querida.
-Vuelva más tarde…
-Pero es importante, Mara.
Finalmente abrió y la dejó entrar.
- ¿Soy inoportuna? -preguntó al ver a
Valverde con una jeringa y a José agitado.
-Así es-dijo Mara-. ¿Qué quiere?
Pero no aguardó respuesta cuando vio que
José agarraba una nueva carpeta que Natacha traía bajo el brazo. La abrió y miró alternativamente a Natacha
primero, luego a los papeles, y empezó a hablar hacia el lado vacío de la cama:
-Éste es el que le gustaba más a Manuel,
¿no es cierto?
Y la angustia de la duda se transformaba
en contento ante una afirmación que sólo él veía o escuchaba. La conversación
de un solo hombre continuó durante varios minutos. Había respuestas sin
preguntas, o preguntas sin respuestas, o quizá estuviesen en el silencio. Los
oídos de Mara se fueron acostumbrando, y creyó escuchar una voz esmirriada y
suave, y hasta creyó ver a un chico flaco y desnudo en la cama.
José Iribarne dejó la carpeta sobre la
sábana y levantó las manos. Las puso en el aire como si tomase entre ellas algo
que fuese una cara. Murmuró, y le dio un beso.
- ¿Mi hermano está bien? -había dicho, y
sólo las mujeres lo escucharon.
José sonreía con beatitud, contagiado quizá
por eso otro al que él veía y hablaba.
Natacha lloraba en silencio, frotándose las
manos casi hasta lastimarse. Dijo, sin miedo y sin dudas de lo que los otros
pudieran pensar.
-Ariel ha venido para reconciliarnos a
todos.
Pasaron toda la tarde en el camarote de
José y Mara. Tomaron mate, tortas fritas que hacía mucho que Carmen no
cocinaba. Hasta pasó el capitán de camino a su visita vespertina a Altea, a
quien hablaba hasta casi medianoche, sin esperar más respuesta que algún
movimiento de cabeza o el apretón de una mano. Él se encargaba de ayudarla
durante la cena, cambiaba y limpiaba los pañales del chico, y antes de irse,
arropaba a Altea y le daba un beso. No había resquemor, o era tan tenue que
podía ser evitado como un viejo tocón gastado en un camino conocido.
Se quedó quince minutos, escuchando las
anécdotas de Valverde y las ironías de Iribarne. Natacha no le hacía caso, pero
ya no había tanto odio en la mirada. Mara… ¿qué pensar de esa extraña cuya
mirada lo sumían en estado de inercia? No había defensa contra ella. Cuando vio
que ella iba a hablar, se despidió con rapidez. Altea lo esperaba, el chico lo
aguardaba, y Max, junto a la cama, vigilaba hasta que él llegara.
Ya habían cenado y Natacha se había ido, y
con ella fuese lo que fuese que la acompañaba. José dormía.
- ¿Cuántas dosis necesitará? -preguntó
Mara.
Valverde se sentó en un sillón viejo en
el rincón del camarote. Había bebido de más, y estaba cansado.
- ¿Qué sé yo? Varios días. Pero hoy no sé
si fue eso en realidad lo que lo calmó.
- ¿Te referís al fantasma de esa loca?
No sonaba convincente, Juan era capaz de
ver lo que ella estaba descubriendo en sí misma.
-Fue la droga, Juan, y esa mierda de los
dibujos. José no está bien, tiene el alma amargada, ya te das cuenta. Yo qué
sé, la historia del hermano y todo eso.
Valverde sacudió las manos como no
queriendo escuchar nada más.
-No me expliqués, no me vengás con toda
esa historia que ya la conozco. ¿Creés que no lo entiendo, que no sé lo que le
pasa por la cabeza y por el cuerpo? Los
murciélagos están, ¿no? Viven acá y tienen alas, así que pueden ir a donde
quieran. ¿La mente de Iribarne los inventó? No lo creo. Estaban y seguirán
estando aun cuando él se muera. Pero son símbolos que se convierten en mitos, y
lo que sí creo es que los mitos tienen un fundamento. Como las brujas, por
ejemplo.
Valverde estaba borracho, se sacó la
camisa y se secó el sudor. Se rascaba la entrepierna. Mara ya lo conocía. Se
acercó y le dio un beso. Era el momento de saber algo.
- Sabés, Juan, ¿de alguna familia
italiana por estos pagos del Brasil?
Valverde la miró, ella estaba sobre él y
apoyaba los codos en sus hombros. Era una hembra hermosa, Mara, y sabía mucho.
Ya había estado con ella otras veces, pero nunca delante del hombre con que
ella estaba ayuntada. Eso le gustaba a ella, el apuro, el riesgo. Era la misma
Mara de antes, cuando todavía no había mamado toda esa filosofía de ultratumba
en los limbos de su pensamiento.
La abrazó y la besó con fuerza. Mara se
dejó hacer, y preguntó, besándole la cara y el cuello.
-Si no me contestás es porque sabés.
- ¿Y para qué querés saber?
-Porque quiero saber más cosas de mí…
- ¿O porque querés al chico, y para eso
necesitás deshacerte de la madre?
Ella siguió besándolo en el pecho, y le
desabrochó el pantalón. Valverde era un hermoso hombre, y no le desagradaba que
José despertara y los viera. Extrañaba el sexo de José. De pronto, tenía dos
hombres, como en otros tiempos, y el capitán, si los remordimientos o el miedo
que lo aquejaban no fuesen tan fuertes.
-En Aparecida do Taboado hay unos…dicen
tantas cosas…una vez los crucé…tienen una estancia grande…muy abandonada…pero
adentro, me dijeron, tienen cosas antiguas…Vamos, Mara, no te detengas ahora. -Valverde
miraba hacia la cama, donde Iribarne dormía el sueño de los justos, por primera
vez sin pesadillas, probablemente. ¿Qué mal estoy haciendo, amigo mío?, pensaba
con los ojos cerrado y acariciando el pelo de Mara. Si ella sigue siendo una
puta a pesar de tanta filosofía. Bruja y puta, querido, y siempre trabajó muy
bien, ya debés saberlo. Si es tan buena bruja como puta, ya nos salvaremos,
amigo mío, o nos condenaremos, según lo quiera el íncubo que las preside a
todas ellas.
Mara lo miró, pensativa. Ellos eran a
quienes buscaba. Necesitaba ayuda contra Altea, porque era más fuerte que
antes. No su cuerpo, pero sí el conocimiento empotrado en ese hueso roto de su
cráneo. El hueco era lo importante, el vacío lo era todo. Contradicciones que
no podía atrapar sin que se deshicieran entre sus manos, o sus manos-alas
recién nacidas.
Bebió la esencia de Juan Valverde, se
alimentó de ella como se había alimentado de muchos. Sabía cómo destruir a un
hombre, pero debía saber cómo destruir a una mujer.
*
Podría haberla
matado de cualquier forma. Con un puñal bajo la falda, cualquiera de esas
tardes en que iba a cuidarla. O envenenarla al llevarle la comida.
Estrangularla, viendo sus brazos débiles. Ahogarla con la almohada, en el más
absoluto silencio. O simplemente pegarle un tiro. Mara no tenía miedo a todo
eso, y podrían habérsele ocurrido muchas formas más si hubiese creído que así
debía ser. Pero no.
Su muerte debía ser natural, porque era
necesaria. Y todo lo necesario es natural, porque es lo único verdadero.
La verdad es natural, y lo natural es
necesario, siempre.
Los sucesos no deben forzarse, sería
imponer obstáculos y distracciones al camino natural de las cosas.
Como el cielo, por ejemplo, con sus
corrientes de aire que nadie ve y que sin embargo dirigen el vuelo de los
pájaros y el caer de las hojas de los árboles.
En el simple giro de una hoja seca hay una
verdad incontrastable. E interrumpir el giro es interrumpir a Dios.
La muerte labra su propio surco.
En la noche se levantó de la cama y dejó a
José roncando. Tenía un brazo colgando de la cama y el otro sobre la carpeta de
dibujos del hijo de la loca. Acababan de hacer el amor media hora antes, y
todavía había semen en la sábana. Mara arrancó una de las hojas y lo limpió.
Arrojó el papel arrugado en el piso. Se puso un vestido casi nuevo, que nunca
había usado porque lo guardaba para una ocasión que nunca se había presentado.
Se observó las manos , tenía una uña rota que se le enganchaba en la tela, pero
no era importante. Se miró al espejo a media luz. Detrás, su hombre dormía,
desnudo y tranquilo gracias a la inyección. Todo lo hacía por él, porque
gracias a él Mara había encontrado lo que estaba enterrado en su alma, ahogado
por el aguardiente, y que casi la había hecho sucumbir si José Menéndez
Iribarne no hubiese aparecido con el indio en una ribera del Paraná.
Ahora debía reconstruir un mundo nuevo,
con sólo un vestido nuevo y una uña rota. Y con esos dos signos de mujer
esperaba convencer al capitán Mendoza.
Abrió la puerta después de dos golpes tan
suaves que seguramente él no habría escuchado. Mendoza levantó la cabeza y miró
hacia la puerta, sobresaltado.
-Otra vez usted….
Mara se rio.
-Lo hizo adrede… ¿Qué quiere?
El capitán dejó la pluma en el tintero y
pasó el papel secante sobre lo que había escrito. Ahora que no estaba Márquez
para encargarse de toda la burocracia comercial, él había aprendido a hacerlo
mejor de lo que esperaba.
Era casi medianoche. Mara entró y se paró
frente al escritorio.
-Usted perdone, capitán. Pero debo
hablarle de algo importante. Altea ha mejorado mucho, pero ahora que no tenemos
doctor, sería lamentable detener su mejoría. Necesita recuperar sus músculos, y
creo que hasta podría volverá a ver y hablar. Usted ha visto cómo se esfuerza
por comunicarse.
Mendoza la observaba desde su silla,
atusándose el lado derecho del bigote. Ella se dio cuenta que había notado el
vestido nuevo de color crema, casi blanco, que resaltaba la piel curtida de
Mara.
-Entonces se me ocurrió que deberíamos
llevarla al pueblo…
- ¿Qué pueblo?
-Aparecido do Taboado, a unos kilómetros
al norte. Creo que usted tiene negocios allá.
- ¿Y para qué?
-Hay un hombre de ciencia, italiano, que
vive con su mujer en una estancia grande. Me han dicho que es una eminencia,
pero ya está viejo y se ha venido a América a descansar. Pero si llevamos a
Altea, creo que se interesará en su caso.
Mendoza sacó la pipa de un cajón del
escritorio, llenó el tazón con un tabaco fuerte y la encendió. Exhaló la
primera pitada y el humo envolvió el rostro de Mara.
- ¿Y en qué se especializa?
-Eso es lo mejor, capitán, porque me han
dicho que es cirujano del cerebro.
Mendoza se levantó, dio la vuelta al
escritorio y se paró frente a ella. Ahora exhalaba el humo casi directamente
sobre su cara. Mara no se apartó, ese aroma le agradaba.
-Y déjeme adivinar quién le contó de esa
gente… ¿Valverde, no es cierto?
Mara puso la expresión de quien va a
defenderse, pero se detuvo y puso cara de niña regañada.
-Pero Capitán…
-Nada de eso. No tengo tiempo de llevar a
Altea y esperar no sé cuántos días hasta que ese doctor, o lo que sea, haga
algo por ella. Además, no confío en Valverde.
- ¿Y si le digo que fue Juan el que
preparó la medicación que aplicó el doctor Gonçalvez a Altea?
-No le creería…
-Usted se engaña, capitán. Se aferra a lo
poco que tiene por miedo a perderlo. Y siempre termina perdiendo lo que ama. Y
lo peor de todo es que ni siquiera se arriesga por conservarlo. Mira muy alto,
pero se tropieza y rompe todo lo que está en su camino. ¿Qué es este barco,
sino una gran fábula que usted se inventó para vivir adentro?
Esperaba que se pusiera furioso, pero el
capitán Mendoza ya no era lo que había sido, aunque no fuera mucho. Había
brillo en sus ojos, e intentaba ocultarlo escudándose con el humo de su pipa.
Mara apoyó una mano en una de las
mejillas del capitán, acariciándolo con el pulgar, secando una lágrima que aún
no había nacido. Le tocó los labios, y de pronto él los abrió y detuvo el dedo
entre ellos. Mara sintió la lengua entibiando la yema de su dedo.
Ahora sabía lo que siempre había sabido,
la fuerza no estaba en ninguna parte de su cuerpo, sino en cada partícula de su
carne.
Él se acercó, y Mara sintió que no quería
hacerlo.
La besó, por más que se negaba a
reconocer lo que estaba haciendo.
Dejó caer la pipa en el suelo y agarró a
Mara de la cintura metiendo la mano bajo la falda.
Mara abrió la camisa de Mendoza, le besó
el pecho. Un hombre distinto a los otros. Más fuerte su cuerpo y menos
inseguras sus manos, más endeble su alma y menos retorcida su mente. Más
decidido y menos pensante. Pero todos eran iguales cuando la abrazaban.
Ellos querían lo que ella únicamente
estaba dispuesta a darles.
Entregó su cuerpo y recibió el permiso.
Ese permiso que él creía que otorgaba, pero era el precio para expiar su culpa,
una vez más.
Cuando estaba por salir, miró a Mendoza,
que fumaba sentado en el piso y con la espalda apoyada en una pata del
escritorio. Seguía desnudo, y Mara admiraba su cuerpo.
-Ella volverá a verlo como antes, capitán.
No había malicia ni sarcasmo, ni siquiera
una velada ironía. El rostro de Mara era un paisaje de pura contemplación.
Desconcertar era su si no, y lo lograba con una maestría que parecía haber
moldeado durante siglos.
Caminó por el pasillo, pensado en el
capitán acorralado en su cuarto de juegos, entre el escritorio y los papeles
simulando un negocio de adultos. Se acostó luego junto a Iribarne, que abrazaba
dormido sus dibujos igual que un chico extasiado de que lo hubiesen alabado
todo el día. Y en la oscuridad recordó a Valverde, que en su propio camarote
debía estar durmiendo el sueño de conocimiento y ciencia en su laboratorio
escasamente peligroso de escalpelos sin filo y probetas quebradas.
*
Bajaban a Altea
en una litera amarrada con cuatro cuerdas hacia el bote.
Mendoza observaba y de vez en cuando
gritaba alguna soez por el descuido de alguno de los hombres. Estaba nervioso,
y recordaba cuando él y Altea habían bajado juntos del brazo, por el puente a
Lavalle.
Mara y José también contemplaban el
proceso, lento y exasperante, porque había que tener cuidado que la litera no
se desbalanceara. Estaban uno junto al otro, ella tomada al brazo de él,
sosteniéndolo casi porque la pierna aún sufría, pero estaba mucho mejor. Él vio
en ella una sonrisa sin sentido. Los ojos de Mara miraban hacia el pueblo en
lugar de a la mujer que estaban bajando. Durante la noche habían hablado en la
oscuridad, como en los meses que estuvieron en la barcaza de pesca. Desnudos y
contemplando la oscuridad del techo, hablando como si le hablasen al vacío,
asegurándose que sus palabras pronto fuesen engullidas por la nada y no quedase
de ellas más que la ridícula sensación de que alguna vez hubo un sonido.
José cavilaba, tocando con la mano
izquierda la cruz de plata que ahora tenía en su cuello. La que había tenido
Manuel durante tanto tiempo, y cuyo olor casi podía ser percibido en el metal.
Mara se había asegurada de sacársela a Altea, y se la entregó a José esa noche.
Poco más necesitó ser dicho.
Eso era todo.
Una cruz fue suficiente para que José
dejara los dibujos de lado, apartando la carpeta con un manotazo, y que
rechazara la dosis de la noche. La había penetrado como si fuese un hombre que
la amaba.
Eso era todo.
Y más que suficiente.
Valverde los acompañaría. Tenía el maletín
que había pertenecido a Gonçalvez. Le había lustrado el cuero cortajeado, le
había cosido los pequeños bolsillos de tela del interior. Y había ordenado el
desorden de instrumentos y frasquitos. Pensó en las manos que ya no estaban, y
en esa mano que había intentado sujetar contra toda fatalidad junto a las
cataratas.
Ahora, sin embargo, el río era un páramo
tranquilo y agreste. Desde kilómetros antes, el cauce se fue ampliando muy
lentamente, las aguas bajaban lentas y las máquinas del barco funcionaban a la
más baja fuerza. Las costas ya no eran selváticas sino repletas de palmeras con
grandes espacios vacíos de arena muy blanca. Estaban entrando en el invierno,
pero el clima estaba muy cálido. El sol estaba a medio camino de la mañana y
les daba de espaldas. El pueblo de Aparecida estaba en la costa del Brasil, y
todos miraban el proceso del desembarco hacia el noroeste.
En la frontera había, de tanto en tanto,
garitas con guardias y pequeños muelles con botes de los gendarmes. Mendoza
creyó ver que los observaban con detenimiento, pero era simplemente la
curiosidad por el tamaño del barco. Ya se había corrido el rumor hasta esos
pagos, seguramente, del “Juan Manuel” con toda su leyenda a cuestas. El cabo
Domínguez estaba muy cerca de él, desarmado, porque desde hacía un tiempo el
chico Ruiz se le había apegado y lo acompañaba a todas partes, como el perro lo
hacía con Bernardo. La mirada del cabo era amable, casi siempre, pero tenía la
irritante virtud de recordarle la razón de su presencia. Habría querido
desembarcar y entrar al pueblo, seguir a ese contingente de gente rara que se
llevaba a Altea como un cortejo. ¿Dejar todo, como un monje que se enclaustra
para adorar un rito sin fin de expiación y de perdón? Tal vez. No sentiría
dolor, seguramente. Lo mejor de todo eso consistía en el abandono. Esa era la
palabra. El enorme cansancio de llevar la cruz del barco a cuestas se olvidaba
porque esa cruz era el caparazón en donde se escondía. ¿Sería por eso por lo
que su vida lo había llevado a ser capitán de río, desechando la larga
tradición del mar de su familia? Los espacios abiertos, como ahora este del
ancho río, lo inquietaban. A veces le agradaba inmiscuirse en espacios donde
predominara la penumbra: su despacho en el barco rodeado de muebles viejos, la
biblioteca de Aurora Valverde, el pueblo chico y el rancherío escaso de Lavalle
rodeados de árboles donde podía esconderse. Si de chico y adolescente había
amado los caballos en la estancia del padrino Las Heras era porque lo hacían
atravesar los campos con rapidez, como huyendo. La casona de Santa Fe con sus
cuartos con recovecos dentro de un casco de estancia grande como este barco que
ahora lo protegía. Y las mujeres, Dios querido, se dijo, frotándose la cara con
una mano y conservando la otra en la espalda, como si se estuviese protegiendo
del sol que le daba de espaldas y que sin embargo lo cegaba. Se daba cuenta de
lo que no había querido mirar: tantas mujeres como cuevas, refugios y
oscuridad. Los úteros con sus paredes como escudos. Porque al fin de cuentas,
qué es un ataúd sino el reservorio y la protección para un cuerpo que no tiene
más defensa que su absoluta indefensión.
Ya en tierra, subieron la litera en una
carreta que alquilaron en un rancherío que incluía una pulpería y un establo
desvencijado. El pueblo de Aparecida estaba a diez kilómetros más adentro,
según les dijo el encargado viejo.
- ¿Sabe dónde viven los Ansaldi? -
preguntó Mara.
-Dónde no viven, patrona…todo esto es de
ellos, desde el río hasta muy muy adentro, qué sé yo…
El viejo señalaba a la distancia, moviendo
la mano un largo rato y silbando.
Valverde pagó el alquiler y los hombres
que habían trasportado la litera volvieron al muelle y se despidieron. No
confiaban en volver a ver a la señora Altea, por la que habían aprendido a
preocuparse y preguntar casi todos los días por más que no los dejaran
visitarla. Se habían solidarizado con su mala suerte, y con esa especie de halo
extraño que generaban los comentarios sobre ella. No confiaban, además, ni en
Mara ni en Valverde.
Ambos subieron al pescante de la carreta
y atusaron a la mula que la arrastraba.
El campo estaba desierto de gente y
casas. Eran un páramo de pasto seco con manchas de arbustos y algunas palmeras.
Era el comienzo del invierno, pero había más humedad que frío. Los mosquitos
abundaban, azotándolos en pequeños enjambres durante más de dos horas. Era el
mediodía cuando vieron a lo lejos una casona de dos plantas rodeada de palmeras
y un mar de yuyos altos. Los techos eran cada vez más rojizos a medida que se
acercaban, y la fachada blanca fue descubriendo sus ventanales y sus manchas de
suciedad y moho.
No había cerca, simplemente un portal de
adobe que se caía de viejo, pero aún alto y partido por la mitad el arco que
debió haber tenido una inscripción a juzgar por los trozos de letras dibujadas
con ladrillos. Mara le dijo a Valverde que se detuviera justo debajo.
- ¿Querés romperte la cabeza? -preguntó.
- ¿Alcanzás a leer que dice?
Valverde levantó la vista sin soltar las
riendas. Frunció el entrecejo contra el sol, y luego de intentar descifrar, se
rio.
- ¿Qué pasa?
-Nada, Marita, simplemente lo que ya
esperábamos. Es italiano, como el dueño, y del Dante. “Lasciate ogni
speranza, voi ch’entrate”. Hay una ele, ¿ves?, la o, y luego esepe,
y al final entrate, completa. ¿Qué otra cosa podría decir?
- ¿Y eso va por nosotros o por ella?
-preguntó Mara.
-Por todos lo que entren, querida. Si
tenés miedo, todavía es tiempo de volver.
- ¿Miedo yo, Juan? ¿No me conoces todavía?
- Por eso digo, querida, que no hay mejor
lugar que el volver a casa…
Mara lo miró mientras reanudaban el camino
de tierra que llevaba a la casona. Valverde estaba raro, como si escuchase algo
a la distancia, e intentase descifrar ese sonido que ella no alcanzaba a
percibir todavía.
Y entonces escuchó los ladridos, que
crecieron desde el pastizal que se movía, pero el reflejo del sol le daba de
lleno en los ojos y no vio más que sombras y destellos, hasta que puso una mano
sobre su frente. Vio a los perros blancos, bajos y fornidos, corriendo hacia
ellos. La mula se detuvo y empezó a rebuznar, asustada. Valverde la tenía
fuertemente sujeta de las riendas, pero ella se agitaba y empezó a correr hacia
la casa. Para huir de los perros, no sabía más que seguir avanzando y correr
entre ellos, que habían rodeado ya a la carreta y ladraban enardecidos. Eran
más de diez, todos blancos, y entonces Mara vio que no tenían orejas, y en
lugar de ojos una simple apertura en la piel que simulaba un par de párpados
cerrados.
La mula no se detuvo sino al llegar casi
a la escalera corta que conducía a la recova de la casa. Un viejo la había
retenido del bozal e intentaba calmarla. Una mujer, tan vieja como él, gritaba:
- ¡Juera, perros, juera! - mientras los
perseguía con una rama en cada mano. Los perros escapaban y se escondían bajo
la carreta y la escalera. Parecían querer protegerse alrededor del hombre, que
se reía de la mujer y sus intentos.
- ¡Rir, nomás, vieccho de mierda! Vocé e le
cani me vuelven loca.
Tenía varios acentos entremezclados, en
parte portugués, en parte italiano, y el español se desprendía naturalmente. Se
abrigó con un chal antiguo, grueso y bordado con estampas de figuras
indescifrables. Miró a los visitantes con cara seria, pero no parecía
sorprendida.
- ¿A qué debemos el honor? -preguntó el
viejo.
Valverde bajó y le extendió la mano.
- ¿Tengo el honor de saludar a Gregorio
Ansaldi?
Los perros se habían callado, porque se
acercaron a Valverde y lo olían. Él los miraba y los dejaba hacer, y se puso a
acariciar a uno.
El viejo comprendió, su expresión era
clara y astuta, y la vieja se acercó a la carreta y dijo:
-Signora, perdone mis exabruptos de mi
parte.
-Eco, signora-dijo el hombre. -Somos dos
viejos que acostumbramos a estar solos.
-Lamentamos molestar-dijo Mara, bajando y
saludando a la vieja.
-Niente… ustedes dos son bienvenidos, los
cani no reciben de este modo a cualquiera.
La pareja se echaba miradas de
inteligencia que Mara y Juan creían comprender. Esos perros se llevaban muy
bien con Valverde, y ella había congeniado con la vieja apenas mirarla a los
ojos.
-Come hai dicho, amiccho, io sonno
Gregorio Ansaldi, e questa e mia moglie, Marietta.
- ¿En qué podemos ayudarlos? -dijo ella,
mirando la carreta.
-Nuestra amiga, Altea, necesita ayuda.
La vieja dio la vuelta, con los brazos
cruzados sujetando el chal, y se detuvo frente a Altea, que estaba sentada. Le
habían puesto un vestido negro, y tenía la cabeza protegida con una capucha.
-Éntrenla a la casa-dijo.
Valverde y Ansaldi la bajaron y la
llevaron hasta un cuarto en la planta baja. El salón principal era austero de
muebles, a excepción de una mesa grande, las sillas, y muebles de estantes con
vajilla y libros, y un hogar con mucha leña ardiendo. Adentro hacía calor y los
perros, que estaban por entrar, se detuvieron. Las mujeres siguieron a los
hombres hasta la habitación, donde dejaron a Altea en la cama.
-La signora dormirá acá, y ustedes en la
plata alta, junto a nuestra habitación-dijo Marietta.
- ¿Pero creen que podrán ayudarla?
-Non se imbecile, chara mia, para eso
vinieron, ¿no?
La vieja era ella, sin duda, la que
recordaba de su infancia. La misma edad a pesar de los años, el mismo tono de
voz, aunque en esa ocasión la hubiese escuchado casi en sueños, porque esa era
lo forma en que recordaba su infancia y todo aquel día en que la madre la había
llevado a la reunión de mujeres. Esa vieja era una mezcla, como su forma de
hablar, de los tiempos. En su rostro demacrado de ojos más verdes que una hoja
de palmera, en el cuerpo esmirriado de pecho hundido y espalda inclinada, en las
caderas anchas que se adivinaban bajo el vestido de lana que debió haberse
tejido ella misma, toda incongruencia estaba de más, porque todas las supuestas
incongruencias se combinaban para formar una sola cosa y una verdad, que no era
física ni podía verse: sólo escucharse en el tono de la voz, atemporal, y
percibirse en la expresión de sus movimientos. Caminaba, sí, pero al subir los
escalones de entrada era como si no tuviese huesos, y al desplazarse por el
salón y atizar la leña, el fuego se coaligaba con ella, alumbrando sus
facciones y rejuveneciéndola. Fue en ese momento, cuando regresaron a la sala y
la vio mover los tizones con el hierro del hogar, en que preguntó:
- ¿Ya nos hemos visto antes?
La vieja se dio vuelta, se sentó en una
silla incómoda por su aspecto, pero permaneció derecha y con los brazos
cruzados, sin soltar el chal. Ahora la luz del fuego le daba de espaldas y su
cara permanecía en sombras. Los hombres seguían en el pasillo, conversando,
parecían tener mucho de qué hablar, tal vez de los perros, tal vez de ciencia o
de magia, a juzgar por los movimientos casi circenses de las manos de Ansaldi.
-Idiota-dijo la vieja. -Te comportano
como una imbecile. Io sono Marietta Sottocorno, no olvidare, chara mia. Te han
dicho que mio marito puede curar a la signora, pero no has venido para eso,
querida. Mañana la veremos juntos. Los hombres tienen de qué conversar, otros
intereses más terrenales y más inmediatos.
Se calló y ambas permanecieron en
silencio. Era plena tarde, pero adentro estaba muy oscuro a excepción de la luz
del fuego. Mara se quedó parada frente a Marietta, que tenía los ojos verdes en
la más completa oscuridad. Mara miró las paredes, revocadas en sectores, en
otras con ladrillos y muchos clavos, pero sólo vio dos relojes de péndulo,
funcionando. Uno marcaba las tres de la tarde, el otro no tenía agujas. El
tic-tac era claro y casi obsceno en ambos, porque no coincidían, sino que uno
seguía al otro, como golpeándolo, respondiéndole con dureza, mientras el
primero se escabullía, tímido y sumiso, pero persistente. El reloj sin agujas
lo perseguía, se burlaba del otro, que seguía en su deber de marcar el tiempo
exacto, clavado a la pared como un Cristo.
De pronto, apareció la voz de Ansaldi,
parecido a un maestro de ceremonias que se presentaba en medio de la pista del
circo desierto (el salón casi deshabitado), y anunciaba, frotándose las manos
de contento:
- ¿Ché cosa mangiamo, querida?
-Lo de siempre, amore.
El viejo se rio del sarcasmo.
-Bene-dijo, mirando a Valverde en busca de
complicidad. -Acompáñeme amigo mío, tenemos mucho de qué hablar mientras
cocinamos algo. Las señoras prepararán la mesa, ¿no es cierto?
Mara se apresuró a hacerlo. Buscó en el
mueble la vajilla, las servilletas, los vasos. Fue a la cocina en busca del pan
y el queso. Preparó la mesa con dedicación y cuidado, sabiendo que la vieja la
observaba desde su rincón junto al fuego. Los platos eran italianos, el mantel
de tela francesa, las servilletas bordadas con nombres de mujeres, los vasos
acristalados no dejaban vislumbrar el contenido desde lejos. Tuvo que acercarse
y levantar uno para probar el vino que Ansaldi había servido cuando ya estaban
a la mesa, con las pastas en una fuente grande y humeante. La salsa tenía un
olor fuerte.
-Espero que les guste-dijo. -Son ravioli
de carne ahumada, y un filetto a mi gusto, por supuesto, Marietta me deja las
decisiones en la cocina.
Mara olió el aroma a albahaca, pero era
una mezcla de especias tan rara que no pudo describirla. Probó la pasta. La
carne era tierna, pero tenía un gusto a viejo, ¿a algo quemado, quizá? O era
tal vez el tipo de carne. Ella había probado de todo en el río, hasta ratas.
Pero esta carne era algo dulce. Sin soltar el tenedor, echó una mirada a Juan
Valverde, que sonreía a la conversación de Ansaldi. Entonces Mara tuvo un
pensamiento tan naturalmente exacto que encajó en ese salón y en esa mesa como
si hubiese sido construido teniendo en cuenta cada elemento de esa noche: el
sitio exacto de cada cosa, cada movimiento de los invitados, cada palabra y
aliento exhalado, el grado de calor producido por el fuego y sobre todo, la
combinación exacta del vaivén de los relojes.
En el punto exacto de la confluencia de
todos estos elementos, el pensamiento nació con la mayor naturalidad.
Y entonces Mara escuchó la conversación de
los hombres que combatían el silencio abismal de las mujeres.
-Mio caro Valverde, el cane lo quiere.
Uno de los perros estaba sentado junto a
la silla, con los ojos ciegos, husmeando el aroma en el aire. Valverde lo
acariciaba.
-Como le decía, amico mio, ellos son
resultados de muchos experimentos. Cosi tanti hannno fallito…
Una breve pausa que nadie interrumpió,
sólo el animal con un gemido.
-¿Sabroso, non é vero?
Marietta miró a su marido con
condescendencia, como diciendo: qué se le a hacer, los hombres y su ego…
La conversación continuó a veces en
silencio, al ritmo desacompasado de los dos relojes, que a oídos de Mara
sonaban fuertes y estridentes, pero que los demás parecían no escuchar.
Hablaron, también, de las cosas del pueblo, de la gente del río. Mara quiso
saber de dónde venían, y cuándo se habían instalado en esa zona. Ninguno le
respondió más que con evasivas: hacía muchos años. Eran de Italia, ella de
Sicilia y él de Cerdeña. Extrañaban el mar, por supuesto, pero ya habían
recorrido todo el mundo, y por un momento Mara creyó entrever en sus vaguedades
que no sería éste el lugar donde morirían. ¿Cuántos años tenía la vieja,
cuántos él? Sus cuerpos eran de ancianos que aún podían mantenerse por sí
mismos, pero al escucharlos, e incluso su voz, daban impresión de ser muchos
más jóvenes, o quizá, sin tiempo definido. Cuando llegó la medianoche, ya
estaba segura de que cualquier tiempo y lugar les venía bien. Se adaptaban al
lugar y a las costumbres como si no tuviesen cuerpos propios con determinados
gustos y necesidades: ni calor o frío, ni comida abundante o escasa, en casa
grande o chica. Lo mejor que denotaba estas características que no podía
definir, eran las voces sin dobleces en el tono, llenas de manierismos en la
gramática, de torpezas y mezcla de idiomas que no hacían más que acentuar esa
ubicuidad que los identificaba, una pluralidad que confluía en el discurso
aparentemente trivial y anecdótico y que volvía a expandirse y pluralizarse un
momento después.
Eran inatrapables como sus miradas
esquivas y su charla a veces discursiva, a veces intimista, a veces
sentenciosa. Colérica o amistosa, ellos no parecían escuchar porque ya sabían
la respuesta de antemano.
Sí, se dijo Mara. Saben por qué razón
hemos venido, y saben también los motivos que nosotros no conocemos.
Se fueron a acostar al cuarto que les
habían designado. Mara y Valverde se desvistieron y se acostaron en la cama
grande, escuchando el chirrido de los grillos que poblaban la habitación. No se
durmieron sino hasta casi la madrugada. Se acariciaron, intentaron besarse,
pero los grillos eran vigilantes de un presidio. A cada instante un llamado de
advertencia, y una sentencia cantada de antemano a cada instante.
La ventana estaba abierta, la luz de la
luna casi llena entraba como un hálito sobre el piso al lado de la cama. Mañana
sería luna llena. Valverde se durmió pensando en los perros, uno de los cuales
se había acostado sobre la alfombra a su lado.
Mara soñó que ella era Marietta
Sottocorno. Corría por la costa rocosa de Sicilia, huyendo del llamado de la
madre, que la amenazaba, huyendo de los perros que querían darle caza. El
vestido roto, las trenzas desgreñadas y llenas de hierbajos. sucias de tierra y sangre, porque había
estado cavando en la terrosa llanura de Sicilia. Los pies descalzos, duros como
las piedras. Las rodillas con cicatriz sobre cicatriz hasta hacerse una piel
dura en la cual casi no sentía nada. Corría, tropezaba y se levantaba. Metros,
kilómetros, hasta encontrar la cueva en la que siempre se refugiaba, cuya
entrada desparecía con la marea. Por eso la noche le gustaba, y la luna
reflejada sobre el agua justo en el límite con el techo: los reflejos del agua
en la roca iluminados por la luminosidad indirecta de la luna.
La roca era el fondo marino, y los
insectos y alimañas que deambulaban por la piedra eran los demonios. Cómo
trabajan, se decía, qué laboriosos son. Construyen ciudades bajo el agua, y los
ladrillos eran largos y de color calcáreo. Trabajaban contentos, a veces con
dolor, otras muy cansados, pero se movían como si todos sus achaques no fuesen
más que premios y recompensas a su esfuerzo. Eso habían aprendido de Dios: el
dolor es un éxtasis que en sí mismo es costo y recompensa. Levantaban urbes y
naciones en el fondo del mar con ese material tan valioso que nunca se acababa.
Eran huesos, grandes y pequeños. Duros y
frágiles. Caían desde la luna todas las noches. Y ellos miraban hacia lo alto
desde el fondo del agua, apreciando como testigos involuntarios pero
extasiados, la desnudez de Dios, que se desprendía de su piel y se iba
deshaciendo de sus huesos, uno a uno, interminablemente. Un Dios moribundo, que
no terminaba de morir porque nunca había terminado de nacer completamente.
Porque la luna era su madre suicida, que
se mataba todos los meses entrando y saliendo de un loquero cósmico.
Porque no tenía padre al cual reclamarle
su fracaso.
*
En la mañana
escucharon los gritos de los peones en el campo. Algunos cortaban el pastizal
bajo la voz airada de la vieja, otros preparaban las mulas y las carretas para
llevar los fardos de heno y los tarros de leche a vender a los pueblos de los
alrededores. La voz de Ansaldi ordenaba sin gritar, pero podía escucharse
claramente desde cualquier lado.
Mara y Valverde se levantaron, bostezando.
Se vistieron mientras el perro los miraba y ladraba como apurándolos para
desayunar. Era tarde ya en la mañana. El animal prestó atención a los ladridos
de los otros afuera. No tenía cola que mover, no tenía orejas, pero escuchaba
muy bien, no tenía ojos, pero corría sin tropezarse con nada ni con nadie.
Levantaba la cabeza para olfatear el aire, y eso era más que suficiente para
todo.
Golpearon a la puerta.
-Amico-dijo Ansaldi. - A levantarse que lo
espero en el campo…
-Ya vamos…
Mara le preguntó con la mirada.
-Va a mostrarme dónde hace nacer a los
perros.
- ¿Viste cómo son de extraños? -dijo ella,
arreglándose el pelo frente al espejo del armario.
-Son especiales. Yo creo que superiores a
todos los demás.
Fueron a desayunar fuera, bajo la recova.
Marietta esperaba en una mecedora con un mate en la mano, sonriendo bajo la
sombra. Saludó sin mirarlos, porque observaba la salida de una carreta con
cueros de ovejas.
-Mucho comercio-dijo Valverde al sentarse.
Una chica de no más de once o doce años servía la mesa.
La vieja asintió, y pegó dos gritos de
advertencia al peón que conducía.
-Tapalos, che, merda! ¿No ves que va a
llover hoy?
Mara miró al cielo despejado.
-No se puede confiar en estos-dijo la
vieja dejando el mate en la mesa. La chica volvió a cebar y preguntó en inglés
que querían desayunar los señores.
-Ya te dije que no hables en gringo.
La chica repitió la pregunta en un español
que sonaba un poco a catalán.
La vieja se rio.
- ¿Qué se le va a hacer? Acá hay de todo,
y ninguno sirve para nada, son como pedazos de un mundo muerto, podrido.
Pedazos secos que mio marito y yo fuimos recogiendo de todas partes. Uno hace
una cosa, otro otra.
-Son engranajes-dijo Valverde comiendo pan
y queso.
-Así es, usted lo ha dicho muy bien. Pero
se rompen y se traban.
-Sin embargo, esta estancia funciona muy
bien, por lo que veo.
Marietta hizo el gesto del más o menos con
la mano. A veces hay que sacar ventaja de otros oficios. Gregorio vende los
perros en el Brasil, y en otras fronteras. Los colombianos pagan muy bien.
- ¿Y para qué los usan?
La vieja levantó las manos y se las frotó.
-De eso no sé nada. Los cachivaches de la
ciencia se los dejo a mio marito. Yo me dedico a otras cosas.
- ¿A qué? -preguntó Mara. Había optado por
un mate, y la chica la miraba como embobada.
-Tengo mis clientas, usted se imagina,
querida, tres veces por semana llegan las señoras bien emperifolladas para que
les lea el futuro. Usted no sabe la ansiedad que tienen, pagan más que por los
perros solamente por una predicción.
- ¿Certera? -preguntó Valverde con ironía.
Pero a la vieja no le gustó.
- ¿Qué se piensa que soy, querido?
Ansaldi apareció y se llevó a Valverde al
campo.
Caminaron todo el tiempo hasta los
galpones que estaban entre una arboleda a dos kilómetros de la casa. Eran tres
edificios de adobe y techo de chapa comunicados por puertas interiores.
Entraron al del medio y Ansaldi encendió las luces eléctricas. Le pareció
extraño a Valverde esa tecnología en un lugar tan empobrecido, pero entonces
vio las mesas llenas de aparatos mecánicos con poleas y cables que colgaban de
una mesa a otra, que a veces terminaban en el piso o llegaban hasta las
paredes. Había estantes con cajones, donde cada uno tenía una muestra de lo que
contenía junto a la manija: tornillos, tuercas, clavos, y lo que fuera para
construir y armar pequeños artefactos eléctricos. Había otros estantes con
pedazos de madera y metal cortados en diferentes formas, tamaños y espesores.
Había frascos con fetos y pedazos de anatomía de adultos: manos, pies, cabezas,
y hasta genitales masculinos que no habían perdido la erección.
Valverde se detuvo ante uno. Ansaldi
comprendió.
-Es sólo una muestra de lo que hago aquí.
-Parece haber logrado mucho.
-Depende de la importancia. Si juzga por
eso-dijo señalando el frasco- es importante, quién lo duda, pero hay otras
cosas…
- ¿Cómo los perros?
-Así es, pero yo abarco demasiado, y tanta
dispersión de intereses no me da tiempo para dedicarme enteramente a ninguna.
Lo que me gusta en especial es la electromecánica, por eso lo traje acá, amico
mio. Necesito alguien dedicado a la ciencia biológica, y su fama ha llegado
hasta estos pagos.
- ¿Y qué puedo hacer yo con los perros?
La verdad es que me fascinan…-dijo, y entonces escuchó ladrar desde la
izquierda. En el galpón contiguo estaban las jaulas.
Entraron y Ansaldi encendió nuevas luces.
-Esta es su respuesta, querido. Mire a
esos animales.
Valverde vio jaulas apiladas en varios
pisos a todo lo largo del galpón. Debía haber por lo menos cincuenta, y en cada
uno había un perro exactamente igual al otro. Caminó frente a las jaulas,
leyendo los rótulos con la letra cuidadosa, caligráfica y antigua que sin duda
debía ser de Ansaldi, señalando lo que debía ser la fecha de nacimiento de los
animales. Los perros ladraron todos juntos cuando entraron y se encendieron las
luces. Era un barullo que apenas les permitió hablar al principio, pero a medida
que Valverde recorría las jaulas, los perros se iban callando.
Ansaldi se había quedado atrás, mirándolo.
-Es asombroso, ni conmigo se portan tan
bien.
Valverde fue calculando la edad de los
perros: dos años, tres meses, cinco años, quince años, veinticinco años… raro
pero posible. Miró las jaulas superiores, se puso los anteojos y leyó: diez
años, cuarenta años… ¿qué? Creyó haber leído mal. Uno había nacido en 1861.
Otro en 1847. Valverde se dio vuelta, sonriendo de la broma que le estaba
gastando Ansaldi, porque no podía ser que lo considerara tan imbécil
Ansaldi se daba cuenta y le devolvió la
sonrisa.
-No es chiste-dijo, y esa expresión sonó
tan rara, que el ridículo de escucharla se derrumbó apenas continuó con su tono
docto y campechano a la vez.
-Ya le dije que son experimentos. ¿Quién
quiere que un perro viva tantos años? Sólo los mentecatos -otra palabra
asincrónica- y los imbéciles sentimentales que abundan por todas partes. Me han
dicho que usted ha experimentado con hombres y mujeres, sé de los cuerpos que
juntó en la última inundación, por ejemplo. Los vende a la ciencia, todo muy
encomiable, amigo mío. Pero por acá hay una expresión que dice “hazte la fama y
échate a dormir”. Yo puedo ayudarlo.
-Ya sé, no es ningún secreto que me
inquietan ciertas cosas.
-La muerte, por ejemplo. Algunos no la
consideran tan terrible como usted.
-Es la nada, Ansaldi, y yo no la entiendo.
-Usted quiere prolongar la vida, y esto
que ve aquí, puede ayudarlo…
- ¿Pero me ayuda que un perro viva sesenta
años?
Ansaldi lo miraba con inteligencia.
Juan Valverde miró a los perros que los
escuchaban. Se trepó hasta la tercera fila de jaulas, donde estaba el perro más
viejo que había visto hasta ahora, por lo menos. Era exactamente igual a los
otros, sin signos de vejez. Extremadamente blanco, ciego y atento a todo
movimiento que ocurría alrededor. El olor a excrementos era intenso y la
suciedad de las jaulas era horrible. Pero Valverde metió la mano entre las
rejas y el perro la olió un instante y luego la lamió.
Desde abajo, Gregorio Ansaldi aplaudió.
*
-Vayamos a ver a la enferma-propuso la
vieja.
Altea estaba recostada sobre dos
almohadas grandes y tapada con un poncho y una frazada de lana. A pesar de eso,
la mandíbula le tiritaba de frío. El hogar estaba apagado. La vieja echó la
bronca a una mujer negra que estaba sentada mirando a Altea. La negra se
levantó asustada y se puso a reponer la leña y atizar las brasas, pero de vez
en cuando miraba extasiada hacia la cama.
-Es raro, pero ayer no vimos otra gente en
la estancia-dijo Mara.
-Son de los rancheríos de los alrededores,
trabajan a media jornada con nosotros. A la tarde cobran y se van. No nos gusta
que haya gente que no sea de la familia por la noche.
Altea tenía el cabello cano y largo. Ya sin
vendas, el orificio de la órbita era un pozo negro en la cara blanca. El
temblor se fue calmando a medida que Marietta le frotaba el pecho y la espalda.
Mara se había quedado parada al pie de la cama. La vieja murmuraba algo que
parecía una letanía pero que eran simplemente las palabras cariñosas que se
dicen a un enfermo. Mientras lo hacía, miraba el rostro de Altea, leyendo las
expresiones que iban provocando sus palabras, y hasta creyó verla soplarle en
la cara como para apartarle el pelo.
¿Escuchó Mara realmente el eco de eso
aliento en la órbita vacía, que sonó como una ráfaga helada en una caverna?
Marietta sonreía. Dejó de frotar el
cuerpo, que ya no temblaba. Acarició la cara y los bordes de la órbita vacía.
Mara tuvo miedo. La había traído no para
la esperanza, sino para el desahucio.
- ¿Qué piensa usted? -quiso saber,
ansiosa.
- ¿De qué? -preguntó la otra, sin darse
vuelta.
Como no recibió respuesta, preguntó:
-Si no es sincera conmigo, cara mia, no
espere que yo lo sea.
-Creo que no vivirá…
- ¿Es una premoción o un deseo?
Mara no contestó.
-Para muchas de nosotras, al principio es
confuso, pero está claro que, en usted, querida, el deseo es el origen de toda
causa. Es por el chico que acaba de dar a luz esta mujer, ¿non e vero?
-Por mí, el chico puede morirse, pero sin
él no retendré al padre.
La vieja se levantó de la cama y se paró a
su lado. Señaló sus oídos en un gesto que indicaba que Altea las escuchaba, y
sobre todo las veía.
- ¿Y usted cree que lo retendrá? Los
hombres dicen que no nos entienden y nos subestiman. Nosotras somos tan
diferentes como ellos en cada momento, pero sabemos los que fuimos y seremos.
En ellos la ambivalencia no tiene comunicación entre sí, no recuerdan lo que
fueron y fallan continuamente en cuanto al futuro. Su idealismo es cruel y no
se dan cuenta, porque se olvidaron del daño que hicieron un momento antes. Son
chicos caprichosos convencidos de su razón. Sí, eso los hace inocentes, pero
también los hace asesinos por naturaleza. Destruyen todo con las buenas
intenciones.
- ¿Y nosotras?
-Matamos a conciencia. Por eso no hay
dolor ni remordimiento. Cuando ellos recuerdan, la culpa es tanto más grande
cuanto más ingenuo fue su motivo. Y se les prende como una garrapata.
Mara se sentó en una silla junto a la
cama. Marietta hizo lo mismo del otro lado.
- ¿Ella es como nosotras? -preguntó Mara.
-Sí, pero no lo sabe. Y ese hueco es el
artificio mecánico, como diría Gregorio, es el instrumento.
- ¿Instrumento para qué?
La lluvia empezó a caer sobre el tejado.
Mara se levantó a mirar por la ventana. El campo estaba gris y la lluvia se
movía como múltiples cortinas vapuleadas por los vientos. Algunos hombres
corrían a refugiarse en los establos o bajo la recova.
La habitación se había ensombrecido a
excepción del fuego del hogar, que iba sufriendo por las ráfagas que descendían
por la chimenea.
De pronto, vio una luz muy tenue desde la
cama. Marietta continuaba sentada de frente a Altea. Mara dio la vuelta y
entonces notó la luminosidad desde el hueco de la órbita de Altea. Era ahora un
orificio circular de forma perfecta, tal vez porque la luz ocultaba los bordes
irregulares del hueso.
¿A qué se perecía?, se preguntó.
-Es como la luna llena, ¿non é vero? -dijo
la vieja. -Mire bien, querida, la luna - a diferencia del sol, tan brutal y
violento, que se parece a un hombre arrebatado de ira- tiene la virtud de
dejarse ver a simple vista, con todos sus defectos. Incluso los ilumina para
que veamos sus irregularidades. O tal vez sea que esa luz viene de esos
defectos. Los errores de la naturaleza son un número cero detrás de toda cifra:
crecen hasta abarcarlo todo, y convierten la nonada en el objetivo del mundo.
La jactancia se convierte en orgullo, algo que los hombres no entienden salvo
cuando destruyen su ambivalencia y se hacen uno con su lado femenino. Reniegan
de él porque lo creen debilidad, pero es el número cero después de la última
cifra.
Mara se sentó en la cama. La luz de la
luna se había hundido en el pozo del rostro. La superficie de la luna, sin
embargo, no estaba quieta. Había nubes en grandes cúmulos que se desplazaban
como remolinos lentos, había destellos pequeños como chispas de fuegos recién
encendidos. Hacía frío y eran necesarias las fogatas que los habitantes de la
luna estaban preparando para el devenir de la noche polar.
El ruido de la lluvia repiqueteaba
violentamente sobre el tejado, y perturbaba la superficie de la luna que como
un ojo amarillo habitaba y sobresalía levemente de la cara de Altea. Tanta agua
estaba cayendo, que intentó mirar al campo por la ventana una vez más, por si
se avecinaba una nueva inundación. Pero el campo estaba seco mientras caía la
lluvia, y el barro era simplemente una sustancia despreciable que los hombres
expulsaban con sus botas.
Sin embargo, la superficie de la luna
estaba siendo afectada, a media tarde, poco después del mediodía, dentro de una
habitación en el casco de una estancia brasileña de un pueblo chico, sufriendo
el encierro dentro de un pozo rodeado por paredes de hueso. Se estaba
deshaciendo en fragmentos a través de grietas que se formaban a todo lo extenso
de la superficie. La luna luchaba por crecer, por expandirse, quizá.
Mara miró a Marietta, tan cerca suyo, pero
tan lejano su pensamiento, penetrado por la luz de la luna. Los ojos de la
vieja, verdes como agua de aljibe, reflejaban la luz que se estaba convirtiendo
rápidamente en llamas altas que despedían lenguas de fuego.
Miró a Altea: tenía toda la cara cubierta
de llagas. El pozo luminoso se movía, como si desde el fondo empujaran el globo
de fuego. Pensó qué pasaría si el fuego se expandiera finalmente y quemara la
casa bajo la lluvia de esa tarde. El agua o el fuego, ¿cuál sobreviviría?
Escuchó el crepitar de algo que se
quemaba. Recordó la guerra del Paraguay, los últimos resabios de la guerra que
llegó a ver cuando era tan chica y apenas había pisado América. De la mano de
Santiago vio desde un puerto cualquiera, en Corrientes o en Paraguay tal vez,
la quemazón de los cadáveres que habían quedado sobre el campo de batalla. Ese
ruido de huesos crepitando fue más intenso que el olor, porque eran como bombas
de metralla que los muertos disparaban sobre los vivos que contemplaban todo eso.
Mara había llorado sin poder evitarlo, un nudo se le había formado en la
garganta. Santiago la había abrazado, apretando su cabeza contra el pecho.
Era el mismo ruido.
Volvió la vista hacia la ventana y el
campo. De la tierra se levantaba un halo gris, tal vez el polvo que subía por
el azote de la lluvia y volvía a sentarse ya definitivamente húmedo y pesado,
quizá el vapor desprendido de la distinta temperatura del agua sobre la tierra.
Fuese lo que fuese, el halo gris era como la superficie de un río sin límites.
Un mar, posiblemente.
El crepitar despedía astillas y fragmentos
de huesos.
Caían sobre la superficie del agua.
Miró la luna resquebrajada, torcida como
un viejo desnudo que se estuviese muriendo y protestara inútilmente de ira e
impotencia.
Y los hijos de la tierra, -los peones que
iban de un lado a otro de la estancia con herramientas o tirando de las riendas
de las mulas, las mujeres que llevaban pavas y platos, todos corriendo bajo la
lluvia, riendo alegres-, robaban lo que encontraban: los huesos que caían desde
el cielo.
Y con todo eso construían sus casas, sus
ciudades. Y formaban naciones que guerreaban unas con otras con ese mismo
fuego.
Mara ahora lloraba otra vez como en
aquella ocasión tantos años antes. Ahora ya no tenía un nudo en la garganta
porque no tenía angustia sino el curioso sentimiento de lo natural. El fuego
quema, y por lo tanto es natural y necesario que el hueso también sufra. Y toda
la carne que lo rodea.
Los instrumentos se gastan, se rompen, y
debemos desecharlos. Algunos son arrojados a la calle, pero otros quedan para
siempre abandonados en algún desván, alguna habitación que ya nunca se visita.
El cuerpo de Altea, ya sin luz, con el
hueco del ojo frío y seco como un páramo, quedó sobre la cama, hasta que en la
noche los hombres vinieron a buscarlo.
La noche del cortejo hubo mucha gente en
la estancia. Aunque a sus dueños no les agradase, no todos los días se moría
alguien allí. Y como correspondía a la opinión que tenían formada todos por los
alrededores desde hacía unos cuantos años, porque nadie se acordaba bien en
realidad cuándo habían llegado los Ansaldi, prepararon la casa para el cortejo
fúnebre apropiado.
Cuatro mujeres del pueblo de Aparecida
arreglaron el cuerpo. Eran cuatro curanderas con mala fama, y que veían en
Marietta Sottocorno una enemiga con que sin embargo debían fingir estar bien,
especialmente en una ocasión como esta, cuando podían espiar el interior de la
casona y quizá descubrir algo de lo que tanto se comentaba en el pueblo:
fetiches que Ansaldi traía desde África, o raros elementos de quiromancia
traídas de la vieja Europa.
Desvistieron el cuerpo, lo lavaron,
volvieron a vestirlo con una mortaja blanca, ya que poco antes había alumbrado,
y no era de buena suerte para el niño que su madre fuese enterrada de negro.
Marietta supervisaba todo desde la puerta. Mara observaba y se ofrecía a
ayudar, pero las mujeres no se dignaron contestar a esa extraña. Una de ellas,
la más vieja y que debía ser la hermana mayor y la tía de la más joven, hizo un
gesto de desprecio cuando Mara se acercó.
- ¡Arriaga! -gritó Marietta.
La otra la miró, asintió con la cabeza y
no dijo nada.
Más tarde se enteró que las Arraiga eran
todo un clan de mujeres donde los hombres eran dos o tres, el padre y uno o dos
hijos. Decían, las malas lenguas del pueblo, que cuando nacía un hijo varón,
los dejaban morir en la cuna. Los escuchaban llorar durante días si el chico
aguantaba, luego, nada más que el silencio y la cuna preparada para recibir a
la próxima hembra. Todas se dedicaban a lo mismo cuando crecían. Eran las
estetas de los muertos.
Maquillaron el cuerpo, peinaron los
cabellos blancos. Lo adornaron con pendientes tan pequeños que sólo se notaban
cuando la luz de las velas los hacía brillar con el destello de una luciérnaga.
Lo perfumaron con una mezcla de inciensos donde prevalecía un aroma levemente
parecido al cáñamo. Nadie habría sabido decir por qué de tal elección, pero
reconocían el curioso efecto de lo que creían una anomalía en las costumbres.
Ya entrada la noche, había dejado de
llover y el cielo estaba despejado. La luna alumbraba el casco de la estancia,
pero no parecía envidiar las múltiples lámparas encendidas y los fuegos de los
peones por los alrededores. Cuatro hombres entraron con el ataúd, colocaron el
cuerpo dentro y lo llevaron a la sala principal de la casa para velarlo.
Durante toda la noche los visitantes
fueron pasando uno por uno. Nadie de la zona la había conocido antes, pero casi
todos lloraban al acercarse al féretro. Mara y Valverde estaban sentados en
sillas pegadas a la pared detrás del ataúd. Los dueños de casa permanecían
parados recibiendo y saludando a los visitantes. Toda gente del pueblo, unos
pocos amigos de más confianza, los Gonçalvez, por ejemplo, cuya empresa se
encargaba de casi todos los servicios fúnebres. De ellos eran el cajón y los
empleados que lo habían cargado desde el pueblo. Valverde escuchó el apellido y
observó cuánto se parecían a Estanislao.
Eran las tres de la mañana cuando la
gente se fue y quedaron ellos cuatro con dos de las Arriaga y dos de los
Gonçalvez. Mara se levantó de la silla. Le dolían las piernas después de estar
sentada varias horas. Caminó dando vueltas alrededor del féretro. Las llamas de
las velas se movían con sus pasos. Demasiado silencio, se dijo, como si de
pronto me hubiese vuelto sorda. ¿Acaso mis zapatos no suenan sobre el piso de
madera? Y estos hombres tan fuertes del servicio fúnebre ¿acaso no respiran? ¿Y
la voz tos de Ansaldi cascada por el tabaco?
Pero el silencio era natural a la muerte,
y también era necesario para que ella fuese la primera en escuchar lo que
llegaba.
Los acostumbrados aleteos de los
murciélagos del Brasil, que estaban a sus anchas en su territorio, llegando
quién sabía desde donde, pero que se acercaban con un sonido creciente como
nunca había escuchado. Eran muchos más que antes, quizá.
Los aleteos crecían, y sin embargo nadie
allí dentro parecía prestar atención. Mara les había tenido miedo en el barco,
pero ahora el temor se había convertido en una angustia que comenzaba a
transformarse en desesperación. No había donde esconderse. Invadirían la
estancia, entrarían en la habitación que tenía todos los ventanales abiertos.
Apagarían las velas con su vuelo, volcarían los candelabros, romperían las
cortinas, dejarían excrementos sobre el cuerpo de Altea.
Entonces entraron por las ventanas y las
puertas. Ansaldi y Marietta no se movieron, giraban la cabeza para contemplar
el vuelo de los murciélagos, que los rodeaban sin tocarlos. Las Arriaga
protestaban y se tapaban la cabeza con sus pañuelos grandes, los hombres se
sacudían cuando los tocaban y sentían las patas encima o los chillidos los
aturdían. A veces los Gonçálvez reían al escucharlos, otras ponían cara de ira
o terror.
Hay lenguajes que sólo los hombres
entienden, eso bien lo sabía Mara. Porque había visto el rostro de la
desesperación en José.
Los murciélagos volaban rápidamente por
toda la sala. Subían y bajaban del cielo raso, algunos se asentaban colgando
boca abajo en las vigas, y otros pocos hicieron lo mismo del borde del féretro.
Mara quiso espantarlos, y lo único que logró fue que se apoyaran sobre el
cuerpo de Altea, arrastrándose con las alas sobre el cadáver, acercándose a la
cabeza. Aquel movimiento conjunto parecía una procesión.
Mara había comenzado a temblar. Tenía
mucho miedo, no por Altea, porque ya estaba muerta, ni por ella misma o por los
demás, que ya estaban acostumbrados. Se tapó la cara, encerrando el grito que
se le iba escapando si querer. Y no pudo contenerlo cuando los murciélagos se
metieron en el vacío del ojo.
Simplemente iban desapareciendo dentro, y
no había más luz que la de la luna entrando por los ventanales.
Los aleteos de los que seguían volando
provocaban luces y sombras vertiginosas que confundían las cosas: hombres que
pasaban, brazos que se agitaban, cortinas que se balanceaban, y hasta los
objetos fijos se movían por efecto de las sombras.
El cráneo de Altea comenzó a quebrarse por
la entrada de los murciélagos. El cráneo era una estancia de adobe, de madera,
de cal que fácilmente podía ser resquebrajada.
Pensó, de repente, en José. Su nombre
escrito en el vuelo de los murciélagos. Los golpes que ella le había dado en la
cabeza. Las pesadillas que nunca habían cesado del todo y que ella intentaba
contener acariciando su cuerpo, mimándolo en el pozo profundo de sus sueños. Lo
había escuchado decir que a veces la cabeza parecía estallarle.
Manuel había muerto expiando con largo
dolo, la muerte de un chico, y José también moriría porque Altea iba a
llevárselo.
Esa enemiga que había creído débil en
vida, impotente durante la enfermedad y definitivamente vencida después, era
ahora más fuerte que Mara porque tenía a los murciélagos de su lado.
*
Al mediodía
siguiente, el cortejo fúnebre estaba formado por los cuatro empleados de los
Gonçalvez, pero uno de ellos había sido reemplazado por Valverde, que ayudaba a
cargar el féretro. Delante iba un cura y un chico que intentaba seguirle el
paso, pero se distraía rascándose el pelo y de tanto en tanto se levantaba la
toga para rascarse un sarpullido de pulgas. Detrás del cajón, iba el matrimonio
Ansaldi tomados del brazo, él orgulloso y altivo, ella mirando al suelo.
Mara iba caminando unos pasos atrás,
abstraída. Pensaba en José y en su próxima muerte. Los signos que había visto
la noche anterior se lo confirmaban: los murciélagos, los dolores de cabeza y
las pesadillas que lo molestaban desde hacía tanto tiempo. Algo se había estado
tramando en contra de los hermanos Menéndez Iribarne, una inquina que era un
castigo, quizá, o una simple compensación ancestral que involucraba, tal vez,
no los juicos morales de los hombres, sino el sentido de la culpa que les habían
inculcado. Tantas veces él le había contado las tradiciones de su familia en
Cádiz, la relación con la Iglesia y la entrega de un hombre de cada generación.
El mérito y el desmérito se transformaban así en cánones que no podían ser
rotos sin destruir el completo sentido de una casta. La cultura formaba parte
de todo eso, igual que las tradiciones y los ritos, y el dinero, por sobre y
por debajo de todo aquello. El poder de la Iglesia y el mantenimiento y
reputación de una familia eran todo lo que había que conservar a rajatablas.
Los hombres se acostumbran a todo,
aceptándolo y callándose la boca. Matando a otros o golpeándose el cuerpo si no
se atreven. Pero principalmente modelando sus mentes al deber y la obediencia.
Porque la culpa está demasiado arraigada,
con enormes raíces de muy antiguos árboles que han crecido uno junto al otro en
una selva oscura. Marañas por encima y por debajo de la tierra. Y entre los
recovecos de las ramas y de las raíces, siempre se forman nidos de criaturas
que nadie conoce y cuyas formas se van constituyendo a lo largo del tiempo.
Pueden ser negras como el barro, grises como la ceniza o luminosas como
luciérnagas que sólo se ven de noche. Pero todas estas criaturas tienen formas
desconocidas y tan variables como la imaginación.
Mara sabía todo esto porque había
escuchado a José durante sus sueños. La imaginación alimenta los nidos de esas
alimañas: la culpa es un cáncer que forma huecos y deposita células y gérmenes.
La culpa es una bestia de tantas formas que nunca puede ser atrapada y
combatida. La culpa se esconde, se disfraza. Habla con la razón y actúa con la
locura. Por momentos adquiere la imagen de Dios y recrea en el espíritu y el
cuerpo la beatitud de los santos. Por momentos es un caos de bestias que
muerden, que pican y destrozan para volver a construir lo que volverán a
morder, picar y destrozar un instante después. Lo que nace, muere. Lo que
muere, nace.
Eso es el infierno, se dijo Mara,
caminando con los brazos cruzados. Pensando en cómo evitar que José Iribarne
muriese, porque ella quería salvarlo como la había salvado a ella. José, con su
ironía y su sarcasmo, con su impiedad y su perversión a flor de piel, con sus
mentiras y sus secretos. El placer que sentía en su maldad, y el sufrimiento
que lo realzaba por encima de todo otro hombre. Los que se portan bien, los
mediocres, nunca serán realzados. El mal es una corona en la cabeza de muchos
elegidos, es una realeza que evoluciona tan lentamente, que parece no tener
cambios a los ojos de los convencidos. Pero los que dudan ven el infierno y el
cielo en cada célula humana: el puente entre ambos está construido sobre un río
seco y sin fondo.
Mara sabe que la nada es sólo una palabra
imbécil, tan contradictoria como únicamente la endeble lógica humana podría
haber inventado.
Pero ella veía los círculos que rodeaban
las cabezas de todos los allí presentes en el funeral. Círculos de naturaleza
infinita, como la cruz de la que le había hablado Natacha. Rodeando el río sin
fondo: la única nada en donde todo se zambulle para desaparecer. Ni recuerdo
queda.
La verdadera nada es tan inconcebible como
el vacío absoluto. Y allí está la imaginación del hombre para alejarse del
torbellino de la desesperación. Crea formas, cánceres de simbolismos, monstruos
de ideas, abismos visibles a cambio de la inverosimilitud de los pozos sin
fondo.
Las grietas en las rocas igual que
fracturas en los huesos. Interrupciones, abismos fríos donde el frío corta y
forma más grietas. A veces se llenan con algo, como bálsamos, pero de la
sequedad que agrietó la estructura, no podrá obtenerse sino más sequedad.
Mara leyó, alguna vez, o alguien le dijo,
que la naturaleza no tolera el vacío. Pero mirando el cortejo que se desplaza
lentamente frente a ella, varios kilómetros hacia el cementerio del pueblo,
bajo el cielo inverisímilmente lúcido de un mediodía de invierno, ella sabe que
la naturaleza no tiene nada que ver con lo que está pasando.
La culpa, tal vez el remordimiento, es un
niño que nace con un hacha en . Dios no tiene nada que ver con la naturaleza,
como tampoco el vacío entre las piedras o la ruptura de un hueso. Lo que la
ciencia explica con la ingenua mediocridad de su talento, la nada lo absorbe en
el absurdo. La fractura de la nada se burla del círculo que la rodea, el caos
como un dios que se forma y se destruye. La repetición sin tiempo es la
desolación.
Eso es lo que mató a Manuel,
probablemente, la desolación. Y la que obstinadamente José ha intentado evitar
con su constante actividad sin ambages ni escrúpulos. Como si su cuerpo fuese
un escudo, lo puso delante de los murciélagos. Pero ellos salen del mismo ojo
que los ve.
Mara había sido una mujer a la deriva en
un mar de aguardiente. El mar se había secado y sólo quedaba el lecho tortuoso
de su alma, seco como un desierto, pero donde el calor generaba visiones que no
eran precisamente oasis, sino mundos paralelos. Ella veía la vida de cada uno
como múltiples vidas donde no cabía discernir cuál era la verdadera, quizá
porque todas lo eran.
José había hecho eso: secar el mar que la
rodeaba y dejarla en un páramo, y el páramo era un paraíso de hastío, y el
hastío era el acicate que la había hecho arrastrarse hasta el borde de una
fractura, cuyo fondo tenía como límite el cielo.
Levantó la vista y olió el aroma de
cementerio, que estaba sobre una colina a poco más de cien metros. El camino de
tierra había comenzado a hacerse pedregoso, los hombres del cortejo tropezaban
y el cajón se movía a veces de un lado o del otro.
Algunos perros los seguían también, desde
la estancia, especialmente acompañaban a Valverde, con el cual tenían una
afinidad que no dejaba de asombrar a todos. La gente del pueblo que iba tras
ellos, en dos filas que se desmenuzaban y volvían a formarse en cada recodo del
sendero de campo abierto, hablaban de los animales y de Valverde más que de la
muerta, a quien no habían conocido. La “noruega” la llamaban, por su aspecto y
por lo rumores que les habían llegado desde el sur. La mujer milagrosa que había
dado a luz siendo una moribunda, la que se había recuperado y que sin embargo
había muerto. ¿Habría visto alguien más que ella los murciélagos entrando en su
cráneo esa noche? La vieja Marietta, quizá, pero no lo reconocería delante de
los demás. Sin embargo, Mara adivinaba que toda esa gente lo sabía. No por nada
se vive tanto tiempo junto a un matrimonio como el de los Ansaldi. La soledad
nocturna de la estancia, el silencio de todos los animales excepto el de los
perros, y el olor que llenaba el casco de la estancia y que se disipaba por las
mañanas cuando llegaban las mujeres y los hombres. El olor de la bosta, de la
leche hervida o cuajada, y las risas que vestían el silencio desnudo con ropas
de trabajo o de holganza.
Vio las cruces del camposanto surgir de
la superficie corva de la colina. Era la joroba de un bufón gigante enterrado
boca abajo. Hasta creía poder escuchar sus risas bajo tierra viendo la
dificultad de los hombres para caminar entre las piedras que él había, tal vez,
dispuesto sobre el terreno. Cuando estaban casi frente a la fosa abierta y
preparada por los sepultureros, luego de atravesar metros y metros de tumbas
con cruces torcidas o caídas, Valverde tropezó.
Mara no vio cómo fue exactamente. Lo había
visto sortear las piedras durante todo el camino con más destreza que los
otros. Pero esta vez cayó al suelo con las piernas torcidas, el brazo
enganchado en la manija del féretro y éste caído sobre su espalda. Lo vio
intentar levantarse, pero el brazo debía estar luxado y el peso que tenía
encima no lo dejaba acomodar las piernas para levantarse. Los otros tres
hombres lo ayudaron.
Mara no vio cuándo aparecieron los
perros. Se había olvidado de ellos y ahora, de pronto, eran muchos los que
corrían entre la gente, empujando y gruñendo. El primero se abalanzó sobre uno
de los Gonçalvez, que intentaba acomodarle el brazo a Valverde. Los animales
debieron creer que lo atacaba, porque primero uno y luego todos juntos
mordieron al hombre. Jirones de tela, manchas de sangre con pelo, y ya pronto
el cuerpo estaba casi desnudo, intentando protegerse la cara y la garganta con
los brazos. Pero los perros le tironeaban de un brazo, y otros hicieron lo
mismo con el otro, y luego las piernas, que se sacudían con espasmos intentando
desprenderse de los dientes. Luego se ensañaron con su presa el resto del
cuerpo, y con su cara.
Valverde había gritado, pero su voz no era
firme sino dolorosa. Estaba seguro de que lo obedecerían, pero su voz tenía más
de dolor que de orden. Ansaldi se acercó, gritando, pero no le hacían caso.
Nadie se atrevía a acercarse, por supuesto, los perros eran muchos, y mientras
unos atacaban y no dejaban de morder y desgarrar la carne de Gonçalvez, los
otros perros formaban un semicírculo protegiendo a Valverde.
Hubo un disparo, seguido por otros, tal
vez alguno de los hombres del pueblo llevaba una pistola siempre encima, aunque
asistiera a un funeral. Fue lo único que pudieron hacer. Cinco perros murieron,
los que tenían los dientes sobre el cuerpo de Gonçalvez. Los otros se fueron
cuando Valverde pudo levantarse y ordenarles esta vez con voz firme e
imperiosa. Estaba dolorido y el brazo caído, quebrado otra vez en el mismo
lugar de la vez anterior.
Ansaldi dio órdenes: que mientras algunos
continuaban el entierro, otros cargaran al herido a la estancia. Mara estaba
junto a Valverde, ayudando a calmarlo y caminar. Tal vez se hubiese rota una
pierna, también, y la espalda le dolía tremendamente.
Altea fue enterrada. Los hermanos
Gonçálvez cumplieron el rito a regañadientes, y en seguido regresaron a la
estancia a ver al otro. Pero el hombre se había desangrado durante todo el
camino.
Horacio Gonçálvez agonizó durante toda la
tarde. Valverde se sentó al lado en la cama, tratando de distraerlo del dolor
que no lograba calmar a pesar de las inyecciones. Hablaron de la familia. Había
conocido a Estanislao, que era primo segundo de Horacio. Lo recordaba con
afecto, pero no se podía hablar mucho de él sin que aparecieran rencillas y
resentimientos. ¿Qué era de él?, preguntó. Valverde no quiso contarle la
verdad. No lo he vuelto a ver, dijo. Al herido, sin embargo, ya no le
importaba. Las heridas le dolían cada vez que respiraba. Tenía media cara sin
carne, y se veían los huesos de la nariz y los maxilares. Los brazos y las
piernas eran como piezas de anatomía montadas para una lección en la facultad
de medicina, tendones cortados, músculos abiertos y huesos expuestos. El
abdomen no tenía piel, y alguno de los perros parecía haber escarbado dentro, y
el pecho era un armazón de costillas rotas.
Cuando murió, a las cinco de la tarde, los
hermanos lo velaron sin permitir que nadie más los acompañara. Sólo permitieron
que las Arraiga lavaran el cadáver, cosiendo algunas heridas, tapando otras con
telas, y luego lo vistieron con el traje que habitualmente usaban en los
cortejos. Uno de los hermanos se había cambiado y lo había entregado para que
se enterrara a Horacio con su traje.
Mara no habló con Valverde sobre lo que
había pasado. Luego de dejarlo apenas un poco más aliviado de la angustia, esa
noche ella durmió en la sala, donde había un sillón grande. Pero ni siquiera se
acostó. Permaneció sentada, pensando, hasta que se quedó dormida.
Un perro estaba bajo el sillón, como si a
ella también la cuidaran porque era compañera de Juan Valverde. ¿Pero si me
vieran atacarlo? ¿O simplemente lastimarlo? Estaba segura de que cambiarían de
opinión. La fidelidad a Valverde era lo más curioso que había visto en
cualquier animal durante toda su vida en España o en el litoral. Si hasta
Ansaldi le había sorprendido esa correspondencia de almas, porque era así como
llamaba al fenómeno.
Cerró los ojos y pensó en José con su hijo
en brazos, en la proa de un barco atravesando el Atlántico. Por todos lados la
superficie del mar con el reflejo de la luna, por todos lados el cielo lleno de
estrellas entre las que se movía el mar. Pensó en su propio viaje en sentido
inverso, ella en la popa tratando de ver lo que se empequeñecía cada vez más.
Su hija Elsa en brazos del padre. Eso había sido una mañana de mucho tiempo
antes, y el viaje de José se iniciaría de noche.
La oscuridad luminosa era un buen signo
para todos ellos. La dicotomía del alma, la ambivalencia del cuerpo. El
espíritu de la duda era el equilibrio.
José la había ayudado a hallarlo. Ella lo
ayudaría a continuar.
Se durmió, esta vez tranquila, y cuando
despertó en la mañana. el perro estaba sentado a su lado, mirándola. Mara ya
sabía lo que tenía que hacer. Le dio una patada. El perro no se defendió, pero
luego del gemido de dolor, emitió un gruñido. Mara sonrió para sí misma, no
debía dejar que un perro ciego viese su sonrisa escondida. Sí, la eterna
contradicción, se dijo, era el germen sobre el que se había formado el mundo.
Desde entonces discutió con Valverde, y
Juan no entendía cuál era el objetivo que ella buscaba. Intentó verlo en su
expresión, pero no encontró la obstinación de la antigua puta que había
conocido alguna vez. La que abría su vagina, pero cerraba la boca a toda
palabra. Tampoco estaba dispuesto a pensar mucho en eso, el brazo le dolía y el
dolor era punzante, iba y venía con las horas y el cambio de la temperatura de
la mañana a la tarde y de la tarde a la noche. Algunos perros siempre lo
acompañaban en la habitación, donde ya no dormía Mara. Había aprendido a
identificarlos, y les había puesto nombre a cada uno. No siempre eran los
mismos, parecía haber una camaradería entre todos ellos que los hacía cambiar
de turnos para cuidarlo. Se despertaba con el lamido de alguno sobre el brazo
herido y comía con ellos en la cama. Las mujeres del servicio no querían
entrar, y Ansaldi o Marietta tuvieron que traerle la comida. Cuando Mara
entraba, notó que los perros giraban la cabeza hacia ella y emitían gruñidos desaprobadores.
- ¿Qué te pasa con los perros? -preguntó
Valverde una mañana con la bandeja del desayuno sobre las rodillas.
-Nada, ¿qué va a ser? Si solamente a vos
te quieren.
Luego discutía sobre cualquier cosa,
levantaba la voz y a veces lograba exasperar la paciencia de Valverde, saturada
ya por el dolor que duraba demasiado. Cuando decidía callarse y no contestar,
ella continuaba su discurso que iba más allá de toda lógica. ¿Se había vuelto
loca?, pensaba. ¿Sería el remordimiento por la muerte de Altea? Si no la
hubiese conocido de tanto tiempo se habría convencido de esta razón, pero Mara
era distinta. ¿Lo era realmente? ¿Acaso no era también una mujer, aunque fuese
una especie de bruja, de lo que no tenía más indicios que lo que ella misma le
había contado? De todos modos, no escarbó más en los motivos de Mara. Él estaba
ahora fascinado por los perros y su conducta, por ese instinto que no podía
haber respondido más que a una especie de común ancestro entre ellos. El hombre
primitivo y el animal se protegían uno al otro, y el instinto evoluciona en
sentimiento. Al madurar, cristaliza en algo delicado que estalla a cualquier
provocación o amenaza, aunque fuese la más nimia. Una palabra a destiempo, un
tono despectivo, el movimiento incierto de una mano.
La noche del domingo, Mara permaneció en
la sala bebiendo el whisky que Ansaldi tenía en uno de los muebles del comedor.
Había de todo: vodka, aguardiente, licores, coñac y vinos de todas partes del
mundo. Eligió el whisky porque hacía mucho que no tomaba. Sabía que le caería
mal luego de tanto tiempo, pero era necesario para esa noche. Sabía la cantidad
que toleraría antes de no ser capaz de levantarse, así que bebió un vaso tras
otro, puro, lentamente, mirando los relojes. Como siempre, uno funcionaba y el
otro no tenía agujas, pero ambos marcaban un ritmo constante. Era la una de la
madrugada, Valverde debía estar despierto todavía, leyendo tal vez, y tres o
cuatro perros alrededor, unos en la cama, otros en el piso. Volvió la vista al
reloj sin tiempo, y lo continuó observando un largo rato cuya duración sólo
intuía por su propia cronología biológica: el ritmo de los latidos de su
corazón acelerado que hacía pasar las horas como si fuesen minutos, la
respiración contenida hasta hacerle doler el pecho. El whisky hacía su efecto.
-Te extrañaba-dijo en voz alta, mirando el
vaso, que dejó sobre el respaldo del sillón. Cuando se levantó, el vaso cayó al
piso. Caminaba con mareos, se detuvo y respiró profundo. Ya estaba mejor. Fue
hasta el fuego del hogar, agarró la pala y comenzó a caminar hacia la
habitación de Valverde.
Entró sin golpear, con la pala fuertemente
sostenida con su única mano. Había una lámpara sobre la mesita junto a la cama.
Valverde tenía un libro entre las manos y los anteojos puestos. La luz
iluminaba el lado izquierdo del cuerpo y daba un todo de oro al vello crespo
del pecho. No la vio, se había dormido con el libro abierto luego de aplicarse
morfina, probablemente. No despertaría más que un grito, y eso era suficiente.
Mara caminó sobre la alfombra hacia la
cama. Un perro sobre el colchón, junto a Valverde, levantó la cabeza. Otros
tres estaban alrededor de la cama, y quizá alguno más debajo. Debía pasar esa
barrera. Quería que ellos sintieran la amenaza latente, pero también necesitara
que dudaran hasta el último instante.
-Buenas noches-les dijo. Ellos fueron
sensibles al tono cordial. Se levantaron, retrocedieron y se sentaron.
Mara entonces se paró junto a la cama.
Debía ser rápida, no habría una segunda oportunidad.
Descargó el golpe sobre la cabeza de
Valverde. Sin fuerza, porque el whisky la había debilitado, por eso bebió. El
alcohol a veces era un amigo que ayudaba sin preguntas.
Hubo un grito, pero fue suficiente el
movimiento de la pala alzándose con una sombra dibujada en el techo y el gemido
gutural de la garganta de Mara. Los perros se le tiraron encima, sobre la
espalda los tres que estaban en el piso y otros dos que salieron de debajo de
la cama. El que estaba en el colchón sobre las sábanas, mordió la cara de Mara
y no se desprendió hasta que, más tarde, los Gonçalvez entraron alarmados por
los gritos y ladridos, y lo mataron.
Cuando Juan Valverde despertó, tenía un
gran chichón en la frente y un vendaje con hielo. Miró la cama, todavía llena
de sangre porque no habían llegado a cambiarlo. Marietta y Gregorio estaban
sentados, mirándolo, y los perros estaban otra vez alrededor, más vigilantes y
desconfiados.
-Lamentamos tantas desgracias, Juan-dijo
Ansaldi. Pero Valverde no recordaba nada, tanta era la morfina que se había
puesto, que incluso ahora seguía cansado, pero no le dolía nada.
Los miró, preguntando qué había pasado.
Le contaron. Juan pensó y pensó durante toda la tarde. Mara había sido
enterrada en una tumba junto a Altea, y les había costado a las Arraiga
recomponer por lo menos algo del cuerpo de Mara. Se habían dedicado
especialmente a ella durante muchas horas de la noche. Marietta las había
mirado trabajar desde la puerta de la habitación, pero esta vez no había rencor
sino complicidad. A veces daba algún consejo, y las otras no se quejaban.
“Al fin de cuentas era una Aranguren”,
había dicho la más vieja de las Arriaga. En sus manos el silencio evocaba
historias.
- ¿Por qué lo hizo? -preguntó Valverde.
Marietta le contestó con hastío.
-Ustedes los hombres y su egoísmo. Las
mujeres se mueren y ustedes se preguntan el motivo…-Se levantó, como cansada de
escuchar idioteces, pero se dignó a contestar: - El motivo está en quien
pregunta. - Y sin condescender más, se dio vuelta abrigándose con su chal de
siempre, y salió de la habitación.
No habían pasado más de diez días cuando
Valverde ya estaba levantado y trabajando en los galpones de los perros. Pasó
muchas horas allí dentro, caminando entre las jaulas, trepando por ellas, y
haciendo notas que luego comparaba y corregía durante las noches en su
habitación. A veces soñaba con Mara frente a él con la luz de la lámpara en la
cara y la pala en lo alto de sus brazos. Por más que pensara, no podía
convencerse de que fuese locura. A veces pensaba en el barco, en los que habían
quedado. El chico recién nacido en manos de dos hombres que querrían
disputárselo. Pero ella amaba a uno solo, y si una vez lo había golpeado casi
hasta matarlo era precisamente por eso. El amor es una exquisitez que
fácilmente se corrompe en manos brutas. Lo que ella no se había perdonado a sí
misma, lo había compensado.
Sí, ahora creía comprenderlo. José y el
chico no debían ser separados.
Pero esa era la historia de los otros.
A la mañana siguiente se vistió con ropas
que los peones le habían regalado. Las mujeres le prepararon un gran desayuno
de despedida. Y mientras él comía frugalmente de toda esa mesa repleta de cosas
ricas, miraba la carreta en la que subían las jaulas de veinte perros que había
elegido y que taparon con lonas. Los que estaban sueltos irían caminando junto
a la mula joven.
¿Pagaría por lo perros que se llevaba?
-No, amico mio. Ellos son suyos, aunque yo
no lo sabía hasta que usted llegó.
Le había pedido que matara a los otros.
El viejo dudó un instante, y dijo:
-Si me ve dudar es por simple
sentimentalismo, pero sé que debe hacerse. Usted, amico mio, es quien se
encargará de ellos. Como esperaba, ha elegido los mejores.
Valverde se despidió de todos, y se subió
a la carreta. Los perros blancos se adelantaron frente a la mula, que ya estaba
acostumbrada a ellos. Formaron una vanguardia para Juan Valverde de Amusco y su
carga, desde la que se escucharon plañideros aullidos cuando desde los galpones
en los que habían estado se alzaban columnas de humo.
La carreta se fue alejando lentamente
hacia el norte, tierra adentro, intentando entrar al Brasil profundo, bajo un
cielo encapotado que se confundía con el humo gris de los perros muertos.
12
Mendoza miraba
la costa, tierra adentro, adonde se habían llevado a Altea más de una semana
antes. El cabo Domínguez lo había perseguido con la mirada los dos primeros
días, luego había estado dando vueltas alrededor cuando lo veía desocupado,
alternando un saludo con algún comentario trivial. Después, se presentó una
tarde en su despacho y le había preguntado cuándo zarparían para continuar con
los compromisos comerciales. El capitán le había dicho:
- ¿A usted le parece que puedo seguir
viaje antes de que vuelva la señora Altea?
Domínguez no hizo más que callarse la
boca. ¿Quién era ese cabo, se preguntó muchas veces Mendoza, detrás de la
humilde sumisión con que se protegía? Lo había visto observar a la tripulación
y al barco como si tomara notas con los ojos, y escribiera de memoria en su
camarote en algún cuaderno ajado que escondía bajo el uniforme. Lo había visto
leer los libros que Natacha le traía, lo escuchó hablar de historia y de
política, y en alguna ocasión lo oyó enzarzarse en una discusión con Iribarne
sobre España y sus colonias. Fue la única vez cuando lo vio levantar la voz y
acalorarse. Observó el gesto de satisfacción de Iribarne al provocarlo, y la
admiración que había producido en Natacha. Hasta el chico Ruiz se había sentado
durante todo el tiempo que duró la discusión atenta a cada palabra y gesto del
cabo.
Domínguez sacó un papel del bolsillo y lo
extendió al capitán. Era un telegrama del gobernador. Ya sabía que el cabo era
un esbirro de Farías, pero no esperaba que se mantuvieran tan cuidadosamente
comunicados.
- ¿Y para qué me muestra esto? Con
decirme que Farías manda esto o aquello…-La ironía nunca caía bien en el gesto
de Mendoza, pero siguió porque necesitaba desahogarse - ¿No será usted algún
pariente del gobernador, porque me parece raro que en sus filas tenga a alguien
tan…cómo podría decirle…tan culto, tal vez? Es usted un hombre educado, cabo, y
si continúa en ese rango no es porque no lo hayan querido ascender, sino porque
sirve más de esta forma.
Domínguez lo observaba a los ojos mientras
la sombra velada del atardecer aparecía desde atrás de los muebles y las
cortinas. El rostro del cabo era ahora severo, y parecía un escritor de esos
cuyos grabados se ven al principio de los libros de filosofía o historia del
siglo 17 o 18.
-En realidad, capitán, soy un protegido
del gobernador. Nací prácticamente huérfano en Posadas. Mi madre murió de
puérpera unos días después de mi alumbramiento, y mi padre, quién sabe, dicen
por ahí que fue un jesuita, de los pocos que quedaban por acá. A lo mejor, ya
ni siquiera era un cura porque la orden había sido prohibida en todo el mundo,
como ya sabe. Era un hombre, solamente, y mi madre, quién sabe…El gobernador
dijo que era medio india, pero una vieja dice haberla conocido y me contó que
era uruguaya, de una familia acomodada, qué sé yo, durante el sitio de
Montevideo. El señor gobernador me mandó a estudiar a Córdoba, leyes y
teología. Estuve en Buenos Aires recibiendo clases de Gutiérrez sobre historia
y literatura. Cuando me vine de vuelta a Posadas, el gobernador me agarró de
los hombros y me dijo: “Muchacho, no te puedo tener a mi servicio, ya sos
demasiado inteligente para servirme”.
El capitán Mendoza no pudo evitar una sonrisa.
- ¿Y
por qué le sirve de espía, entonces?
- ¡Qué
sé yo! A lo mejor mientras más se sabe más se duda. Una cosa es saber y otra
aprender. Ya me di cuenta de que se aprende en la vida y no en los claustros.
- ¿Y está dispuesto a arrestarme, o hasta
ejecutarme, como dice acá, si me resisto? Disculpemé, cabo, pero no lo veo a
usted como un militar muy avezado. Y es raro que Farías lo haya mandado con una
orden tan terminante.
-Mi trabajo era mantenerlo a usted dentro
del río, capitán. Un disparo es una advertencia. Tengo experiencia de caza,
capitán, y ya le demostré mi puntería cuando pasó lo de Iribarne.
- ¿Pero está dispuesto a ejecutarme? No
es lo que los Oro o los Funes le enseñaron…
Domínguez
se rio.
- ¿De
qué se ríe, cabo? - Mendoza quería aparentar enojado para ocultar su inquietud.
-Es que, bueno, capitán, se dice desde hace
tiempo que Funes fue uno de los que traicionó a Liniers y a los otros que
fusilaron en Córdoba.
El cabo tomó su arma que hasta entonces
tenía en bandolera y presentó armas frente al capitán Mendoza, quien intentaba
escrutar en cada acto de ese hombre que era una mezcla de muchos hombres, el
cura sabiondo y el militar corrompido, especialmente. Pero a la vez no era
ninguno de los dos. Había dicho, un momento antes, que se aprende en la vida, y
el cabo, además de observar, actuaba.
Se despidieron esa tarde, casi anochecida,
en una despedida de silencio que implicaba conformidad. El capitán en su barco,
el barco en el río, y el río que continuaba ya no como el Paraná, sino como Paranaiba.
Hacia el este estaba la confluencia del Río Grande, pero los negocios que había
contratado estaban del otro lado, el oeste más oculto y propicio para los
tratos de Farías, que parecía extender su influencia cada vez más. Y había
demostrado una inteligencia mayor a la que cualquiera esperara al conocerlo, al
no mandar asesinos o ejércitos sino hombres diestros. Un abogado con aires de
santurrón y un fusil en las manos le era más útil, sin duda. ¿Estaba él
dispuesto a obedecerlo, o a arriesgarse a ser fusilado sin que nadie lo
extrañara ni reclamase por su muerte?
Pero antes de la visita del cabo, lo
había mantenido en un estado de irritación la presencia constante de Iribarne.
Iba y venía por la cubierta con el chico en brazos. Aún no le había puesto
nombre porque se esperaba que lo hiciera la madre cuando regresara. Pero José
no demostraba impaciencia por Altea, sino por algo que parecía llamarlo desde
el norte, hacia donde llevaba su mirada cuando estaba distraído y con el bebé
en brazos. Por más que fuese su sobrino, se dijo Mendoza, no comprendía esa
ansiedad que le veía en la cara, en los gestos del cuerpo cuando sostenía al
chico, y en los movimientos de las manos cuando lo mecían o le daba leche de
cabra con una tetina de tela.
-El tiempo está espléndido por esta zona-
dijo Iribarne una tarde, sentado en la mecedora que había estado en la
habitación de Altea y que sacó para dormir al bebé al calor de la siesta.
Natacha y Carmen habían reclamado el cuidado del recién nacido, pero más allá
de cambiarle los pañales o bañarlo, Iribarne se había apropiado casi todo el
tiempo de él. De noche dormía en su camarote, en una cuna junto a la cama. Carmen
se encargó de que todos supieran que lo había escuchado hablarle al chico, a
veces canciones de cuna, otras oraciones católicas en latín, otras, quién
sabe…Todo le parecía raro, y había desistido de entrometerse. Por esos mismos
días había ya tomado la decisión de dejar el barco.
-Capitán, si ya no me necesitan, quiero
irme…
- ¿Y va
a volver a las suyas?
Carmen se rio, y la carne que escondía bajo el
vestido y que tanto había dado que hablar tiempo antes, se agitó con su risa.
- ¡Ya estoy vieja para eso, y muchas pestes me
pesqué de ustedes, dicho de paso! Me refiero a los hombres en general, capitán...
-Desvió la mirada, y alguien que no la conociera podría haber visto algo de
rubor en sus mejillas.
-Es que tengo primas y primos por acá en
Brasil. Es cuestión de buscarlos, y mientras, ya me arreglaré.
-Es usted libre, Carmen.
Quiso
continuar, y como no podía la mujer lo ayudó.
-Nada de eso, capitán, nada de
sentimentalismos. Necesito sentirme útil, sino siento que se me acaba la vida.
Incluso siendo una puta…ya sabe lo que quiero decir…la sonrisa de un hombre en
esos momentos es algo difícil de olvidar. Lo que ustedes nos dicen casi siempre
son pavadas, y lo que hacen y construyen es admirable, porque lo hacen con el
sentimiento transformado. Son ingenieros del cielo, ustedes, y cuando lo ven
realizado, tienen una mirada de éxtasis absoluto. Convierten el sentimiento en
pensamiento, y ese pensamiento entonces es casi celestial.
En eso pensaba cuando se encontró con
Iribarne una tarde sobre cubierta. Tenían la vista puesta sobre el noreste,
sobre el Paranaiba.
- ¿Cuándo cree que retomemos camino,
capitán?
-Ya le dije que cuando Altea regrese.
José estaba seguro de que no regresaría,
y probablemente Mara tampoco. Tenía que volver a España, y en estas latitudes
era más práctico llegar lo más que pudiese al norte y la costa del Atlántico.
Se levantó de la mecedora y se acercó al capitán, que miraba la costa con los
brazos apoyados en la baranda, una bota metida entre las maderas, y fumando una
pipa que tal vez había pertenecido a su padre o alguno de los otros famosos
Hurtado de Mendoza.
-No veo el motivo de que se comporte como
un marido preocupado, capitán. Usted ya tiene una mujer, y Altea no es su
esposa, ni este chico es suyo.
Mendoza tranquilamente vació la pipa
haciéndola percutir en la baranda, la metió en su estuche y guardó éste en un
bolsillo.
-Yo creo que tampoco suyo.
Iribarne sostenía al bebé dormido con
ambas manos, pero desprendió una para secarse el sudor de la frente y se limpió
en los pantalones. Ahora sonreía con sorna.
-No me haga hablar, capitán, porque nos
iremos a las manos.
-Si se escuda con un bebé seguramente que
no…
Iribarne se dio vuelta para dejar al chico
en la mecedora.
-Ahora nada se interpone...-Apenas lo
dijo, Mendoza le dio un puñetazo que lo derribó al piso. Hacía mucho tiempo que
tenía ganas de hacerlo. Algunos hombres habían visto pero no se acercaron.
Iribarne se secó la sangre del labio e
intentó parase con dificultad, todavía le dolía la pierna. Cuando estuvo de
pie, dijo, levantando las manos:
-Está bien, usted gana la pelea, pero
déjeme hacerle saber que en ese chico corre sangre mía, capitán. Ese chico me
pertenece por derecho, y sin su madre…
Mendoza lo agarró de la ropa.
- ¿Y usted qué sabe?
-Lo mismo que usted, querido, si tuviese
tanto valor de mirarse a sí mismo como el que tiene al enfrentarme.
Mendoza lo soltó y vio al cabo observando
todo desde lejos, casi desde la otra punta del barco. El chico Ruiz estaba con
él, y el perro Max.
Finalmente, los dos, Domínguez e Iribarne
lo convencieron a retomar el camino hacia el Paranaiba. Mientras daba la orden,
no sabía si eran su boca y su voz las que pronunciaban las palabras, sino algo
más que llamaría fatalidad si no fuese católico, o culpa si seguía las
creencias en las que había sido formado. En el norte está el principio, y en el
principio las causas. Buscando los motivos de las cosas, exploramos hacia la
profundidad, pero no es el sur adonde llegamos, sino al norte: el hueco oscuro
del cráneo lleno de anfractuosidades, como lo había visto en los libros de
anatomía en la biblioteca de Aurora Valverde. Le había hablado de grietas y
canales por donde pasan nervios y arterias, de fracturas que parecían haber
estado desde el inicio del hombre, como si el cerebro humano fuese un mar
sometido a inagotables torbellinos de viento, formando esas playas de huesos
como rocas deformes. Y entre todos ellos el os
sphenoidale igual a un pájaro de alas petrificadas que ha encontrado una
única manera de levantar vuelo: creando un espacio vacío por donde hacer pasar
todo lo creado. Y con ese fermento, emprender el vuelo hacia las zonas
profundas donde ya no haya huesos ni sangre, sino el sepulcro del olvido.
*
El Paranaiba era
estrecho, y era muy probable que encallaran. Sin embargo, luego de mantener la
guardia las veinticuatro horas, comprobaron que el cauce era suficientemente
profundo para el “Juan Manuel”. Durante varias noches, mientras acompañaba la
vigilia de sus hombres, y esperando sentir en cualquier momento el roce de una
roca o el sordo freno de un banco de arena, o quizá el detritus de troncos y
ramas que se acumulaban en todo río de corrientes lentas, pensaba si valía la
pena lo que estaba haciendo. ¿Pero acaso era ese viaje una obligación contraída
por la extorsión de Farías, o no era ya su objetivo desde que había comprado el
barco? Había sabido, desde Buenos Aires, que la empresa no sería fácil, que
encontraría escollos en cada kilómetro del recorrido, que no podría conocer la
realidad del río antes de haber hecho el recorrido completo, que encontraría
desastres naturales, que habría negocios que no podría cumplir. Y allí estaba,
en Brasil, con el barco casi intacto. No eran el dinero ni el éxito de los
negocios lo que lo había impulsado, esas eran excusas.
El barco ascendía hacia el norte a lo
largo de uno de los ríos más extensos del mundo, lleno de infructuosidades, de
recovecos, de múltiples climas, costas, pueblos y gente. Pero el capitán y su
barco estaban intactos, por lo menos a la vista de aquellos que los veían pasar
desde las riberas empobrecidas. Un velero francés con una gran chimenea a
vapor, una especie de monstruo que no pertenecía a ninguna época, sino a una
peculiar transición, como el otoño que recientemente habían dejado atrás. Y el
invierno al que habían entrado era más caluroso que aquel. El sol refulgía en
los metales de las escotillas y la chimenea, y la madera de cubierta lucía
pulcramente brillante y limpia. Los hombres habían aprendido, por fin, lo que
él deseaba, y ellos deseaban, ahora, lo mismo. Sin mujeres, ellos eran los
dueños de casa. El barco era únicamente suyo. Con excepción de la mujer del
capitán, que se había eclipsado, encerrada en su camarote, dedicada a su culto
por el hijo muerto, o a rezar a los fantasmas que veía en los rincones del
barco.
Mendoza extendió los mapas sobre el
escritorio frente al timonel. Aníbal Molina había crecido en estatura y
experiencia. El cargo que ocupaba desde la muerte de Márquez no le había
quedado grande. De pronto, luego de vacilar al principio varios días, se había
vuelto inquieto y atento a todo lo que pasaba. Ahora tenía los ojos puestos en
la guardia de proa, los oídos desdoblados para sorprender cualquier ruido bajo
quilla o cualquier indicación del capitán, que a sus espaldas consultaba la
cartografía que él recién estaba comenzando a entender.
Era de noche, pero la luna era grande y
la luminosidad dejaba ver cualquier escollo que pudiera interponerse en el
camino. La luz de la luna penetraba las aguas y se perdía hasta morir. Y fue
esa noche cuando escucharon los primeros cañoneos. Ambos levantaron las cabezas
y miraron a los guardias, que señalaban hacia la costa del Brasil. Destellos de
luz aparecían unos segundos antes de escucharse el cañoneo. Era una
conversación monótona: disparaban de un lado, desde el sudeste, y respondían
desde el noroeste luego de un rato. Parecían dos enemigos que cumplían una
rutina, o dos amigos que se contestaban con pereza.
Apareció Domínguez con el rifle bajo el
brazo.
- ¿Sabe algo de eso, cabo? -preguntó
Mendoza.
-Son los rebeldes, no se rinden desde la
asunción de la República.
El capitán agarró los binoculares y
exploró la costa.
-Se ven soldados a la luz de la pólvora,
parecen republicanos.
- ¿Muchos?
Mendoza notó preocupación en la voz del
cabo.
-No puedo saberlo desde acá, pero se
mueven con rapidez hacia el sudeste.
Fue recorriendo la costa, sentía la
ansiedad de Domínguez para que le cediera los binoculares. Tal vez pudiera
utilizar esa ansiedad para sonsacarle más de lo que ya había dicho. El cabo era
una cebolla con incontables capas. O una caja de Pandora.
Cuando dejó los binoculares, Domínguez
estaba mirando el mapa y señalaba un recorrido con un dedo a lo largo del río.
Tenía un lápiz y marcaba un itinerario que no representaba más de cinco
kilómetros.
- ¿Hay algún negocio del que no esté enterado?
-preguntó Mendoza.
-A estas latitudes, capitán, ya se habrá
dado cuenta que no podemos avanzar más. El río termina, o nace en realidad, en
grandes lagunas que cambian todos los años. Usted no conoce mucho por estos
pagos, pero yo conozco todo esto desde que era chico.
- ¿Y para qué me obligó a venir hasta acá
a riesgo de encallar? Si era por el dinero, mire que todavía tenemos que
encontrarnos con unos negreros de Bom Jesús. - Pensó en Tomasa, y era mejor que
se hubiera muerto antes de escucharlo ahora.
-Porque en realidad no es necesario que
lleguemos a la ciudad. En la costa podemos encontrarnos con los pasajeros.
- ¿Pasajeros a dónde?
-A seis kilómetros sobre la costa
brasileña nos espera un bote con una pasajera. Es una misión diplomática,
capitán, aunque no oficial.
Otra capa descubierta, se dijo Mendoza.
Farías y su hermano en Buenos Aires eran partidarios del imperio, eso decían en
todas partes. Y aunque era seguro que el gobierno de Buenos Aires los apoyaba,
no podía aprobarlo oficialmente. Las tramoyas con el Imperio durante y después
de la guerra eran más complejas que un juego de ajedrez, y los argentinos
siempre reclamaban la honra después de perder la dignidad.
-Así que esa siempre fue su misión al
acompañarnos-dijo Mendoza-. Rescatar a algún miembro de la familia de Don
Pedro, ¿no es cierto?
-Lo que ellos hagan no nos interesa, sólo
son favores diplomáticos que se devuelven.
- ¡Pero la puta madre que lo parió,
Domínguez! ¡Hable sin rodeos de una buena vez!
La
voz del capitán había sonado tan fuerte como el golpe sobre la mesa. Los
guardias miraron desde la proa, Molina escuchaba sin dejar de vigilar la
superficie del río.
-La quieren ayudar a recuperar el trono,
a Isabel, la hija mayor. Dicen que no está segura y quieren llevara a Portugal.
Desde allá, quién sabe…
- ¿Y debemos llevarla a Buenos Aires?
-Eso es, capitán. Pero nadie debe saberlo,
por supuesto.
-Bueno, supongo que el Imperio es
suficientemente rico como para pagarnos este favor. ¿O yo sigo con el yugo al
cuello y debo convertir a mi barco gratuitamente en una carroza imperial?
-Nada es gratuito, capitán. Lo que dijo el
gobernador sigue en pie. No hace falta que entregue nada de lo que ganó, pero
debe llevarnos a Buenos Aires.
Los
cañonazos volvieron a sonar durante el resto de la noche. A veces más fuertes y
seguidos, otras como toses de perros.
Al amanecer todos seguían en sus puestos.
Mendoza estaba parado con los brazos cruzados, pero los ojos se le cerraban.
Molina, como atado al timón, no relajaba su voluntad. Su cuerpo se había hecho
tan resistente como ella. Se había dejado la barba más larga, porque lo hacía
sentirse más capitán que timonel, se había sacado la camisa y exponía su pecho
y los músculos de sus brazos porque así se sentía más seguro de sí mismo. Sus ojos,
sin embargo, estaban cansados. Los guardias eran otros ya al comenzar la
mañana.
Les llevaron la comida del mediodía. Apartaron
las cartas, los compases y brújulas. Pusieron los platos sobre la mesa y se
sentaron en cajones. Comieron en silencio hasta que apareció Iribarne con
Bernardo. Habían intentado que el chico no estuviera todo el tiempo con ellos,
pero qué otra cosa podía hacer. No había más niños y a veces se cansaba de
jugar con el perro, o Max lo dejaba y se acostaba en un rincón sin hacerle
caso.
- ¿Son esos lo putos brasileños que se
pelean entre ellos? -preguntó José.
Mendoza asintió con la cabeza.
-
¿Tenemos negocios con los monárquicos, no es cierto?
Como
no le respondieron, se dio por afirmado.
-Me imaginaba. ¿Y cuál será nuestro rumbo,
capitán? ¿Volver a Buenos Aires? Yo me bajo en el próximo puerto, le aviso.
-Mejor para todos, Iribarne-dijo Mendoza.
- ¿Y qué va a hacer? -. La pregunta de
Domínguez, como siempre, parecía casual.
-No sé qué le puede importar a usted,
querido-dijo Iribarne, señalándose la pierna. Pero no podía dejar de jactarse
frente al tipo que lo había disparado, y siguió diciendo: - Tengo muchos
conocidos, negociantes en todos los ramos, ya ustedes saben, me imagino. Tal
vez puede sacar unos cuantos reales.
-Con su labia tal vez les venda a unos
los que les compró a los otros. De negocios sabemos todos, Iribarne, desde el
Gobierno hasta el último peón.
Mendoza
hablaba sin soltar el tenedor, moviendo la mano en cada énfasis. Mirando luego
a Domínguez, le dijo:
-No se preocupe, cabo, este hombre es un
camaleón. Para él tomar partido es ponerse una cuerda al cuello. Pero el señor
se mueve como un elefante en una cristalería, nadie lo escucha ni nota nada.
-Gracias por el cumplido, capitán. Es lo
mejor que me han dicho en mucho tiempo. De todos modos, no se preocupe, cabo,
no voy a arruinar sus planes, tengo otros negocios menos lucrativos, pero
más…cómo diría, sentimentales y duraderos en vista. ¡Bueno! -dijo frotándose
las manos y con una gran sonrisa. -Iré diciéndole a la señora Natacha que
prepare las cosas del niño.
Mendoza miró a Bernardo, pero comprendió
enseguida su error, y se levantó.
-No pensará llevarse al hijo de Altea,
¿no?
-Me llevaré a mi sobrino, capitán, se lo
recuerdo una vez más, y no veo que nadie en este barco tengo más derecho que
yo.
Mendoza entendía, por supuesto. El
presentimiento ya no lo era, pero decirlo en voz alta habría sido como decir al
viento que él era un asesino, que era un infiel, que era un cobarde. Era todo
eso, y aún seguía siendo un hombre. Eso que lo molestaba no podía decirse en
voz alta: la hipocresía que echaba en cara a Domínguez e Iribarne, a él le
nacía desde el fondo de su alma.
-Mandaremos una esquela a la estancia de los
Ansaldi, preguntaremos por Altea. - Su voz era calma y razonable.
-Usted está mal de la cabeza, capitán. Lo
comprendo, la culpa…-dijo, golpeando una mano sobre el pecho. -Si Manuel
viviera, habría sabido qué versículo citarle, pero yo sólo me acuerdo de esa
frase que decía: propter culpam mean, tres
veces.
Sonaron tres cañonazos, sin intervalo. Y
la iniquidad que adivinaban en ese número se confirmó cuando otros muchos
respondieron. Miraron hacia la costa del Brasil, que en pocas horas se había
transformado en un campo de batalla muy cerca del río.
Donde antes había sol, ahora estaba
encapotado por nubes que no eran nubes, sino humo de chozas y bosques
incendiados, y sobre todo del cañoneo constante de los cuales no se veían más
que chispas en la humareda densa que avanzaba sobre el río.
Los guardias de proa habían desaparecido
de su puesto y corrieron a esperar órdenes.
- ¡Nos están disparando capitán!
Mendoza exploró con los binoculares una
vez más. Esperaba estar seguro de lo que sus hombres le decían. Hasta ahora no
habían recibido ningún daño y el agua estaba tranquila.
- ¿Qué espera para responder, capitán? -dijo
Iribarne.
- ¿Cree que con rifles y pistolas vamos a
vencer a esos cañones?
- ¿Y para qué tiene esas antiguallas
abajo?
-Están desensamblados, Iribarne. ¿Usted
cree, Domínguez, que van a atacarnos?
-El aspecto del barco es confuso,
capitán. Es un barco francés y con todo el aspecto monárquico. Los republicanos
parecen estar ganando allí en la costa. Arríe la bandera argentina.
Sí, debió haberlo hecho en cuanto
entraron en zonas de fronteras, Mendoza lo sabía. Mandó a uno de los hombres, a
uno de los más viejos, Antúnez, pero ya era tarde. Antúnez cayó sobre cubierta
casi partido en dos por las esquirlas del primer disparo certero desde la
costa. Todos los hombres corrieron a refugiarse, con rifles en las manos,
disparando sin esperar órdenes de capitán. No eran soldados, y muchos ni
siquiera marineros. Mendoza y los otros se tiraron al piso. Se miraron,
confundidos, porque bien sabían que no podían hacer nada. De todos modos, mandó
preparar los botes.
Los hombres fueron en grupos de tres o
cuatro. Desde su puesto, Mendoza veía que antes de desanudar las cuerdas y
bajar los botes nuevos cañonazos destruían todo. El bombardeo era incesante y
el humo no dejaba ver poco más que los escombros de los mástiles inútiles.
Escuchó un estruendo de metal que se venía abajo, y luego los gritos. La
chimenea cayó sobre cubierta y se hundió hasta el segundo subsuelo. La caldera
había estallado y ahora el humo y el fuego se sumaban a la violencia de los
cañones.
Mendoza, Domínguez y Molina buscaron uno
tras otro los botes de cubierta que aún estaban sanos. El cabo llevaba a
Bernardo en brazos.
- ¡Iribarne, vaya a buscar a Natacha y al
chico y póngalos en este bote! Nosotros los bajaremos, pero tenemos que
preparar el otro-dijo Mendoza.
José Iribarne corrió bajo cubierta, pero
de pronto un nuevo cañonazo estalló a su lado y lo vieron hundirse junto con
todo el piso.
Natacha estaba junto a la cuna. Escuchó
los cañones y los estallidos. Por la ventana entraron esquirlas. Las paredes
del casco resistían, pero por la ventana entraba agua. Era el primer subsuelo
bajo cubierta, y pronto se inundaría. Luego fue el estruendo, como si el cielo
se estuviese viniendo abajo. El techo se quebró sobre ella y parte de la
chimenea se hundió en el camarote. Natacha se tiró al piso, y miró hacia el
inmenso edificio de hierro que estaba a sus espaldas. Vio la cuna, con las patas
rotas y la madera humeante. El chico aún sin nombre, sin embargo, seguía vivo y
lloraba a gritos. Primero intentó arrastrarse bajo el hierro para alcanzarlo,
pero entonces vio que desde el mueble donde estaban sus reliquias, una luz se
movía entra el polvo y el humo. Vio la sombra de Ariel una vez más. ¿Él la
salvaría, o vendría a buscarlo? Ojalá fuese lo último. De pronto se dio cuenta
que su apego a la vida no era más que la inercia del deber, o la tenebrosa
amenaza que le había dado la tía Clotilde sobre la condenación del suicidio. Se
sintió aliviada. El edificio de hierro que había caído como del cielo era el
símbolo más adecuado para todo aquello en lo que había creído: Dios era una
construcción tan perfecta que únicamente el fuego podría dañarla, y sólo un
poco. Nunca el fuego sería tan intenso como para llegar al punto de fusión que
convirtiese las moléculas de Dios en un líquido parecido a la lava, que corría
sobre el mundo y quemaba todo lo que encontrase en su camino.
Sintió el olor de lo quemado. El fuego de
la caldera desde el fondo del barco, el hierro ardiente sobre ella.
Vio la figura de Ariel como el ángel al
que siempre lo había comparado, un ángel incompleto porque le faltaban las alas
y la espada. Y una mano.
Se quedó quieta, esperando la sentencia,
que imaginaba de mil formas según lo había leído en tantos libros. Esperó que
un ángel de hierro la tocase, ese ángel tan parecido a su padre, de cabello y
barba rubia, pero ya estaba segura que no era hierro lo que sentiría en su
mano, sino el oro.
Ariel se acercó al mueble roto, agarró la
mano muerta, seca como una momia, y se la colocó en su muñón. Entonces apareció
la espada en esa mano, pero no hubo alas. Y vio cómo lloraba el ángel que nunca
podría serlo. Lloraba y la miraba. Y el agua de las lágrimas fue tanta, que fue
como verla entrar por las grietas de las paredes, cubriendo el piso, subiendo y
subiendo.
Natacha no podía levantarse sin lastimar
su espalda contra el hierro. El chico seguía gritando. Volvió a intentar llegar
a él cuando vio que al agua empezaba a taparlo, pero de pronto pensó que, si
las lágrimas de Ariel habían creado ese mar, ¿por qué ella debía evitarlo? Si
su hijo sufría aún en la muerte, no había motivo para que el hijo de Altea no
lo hiciese. Ambos eran bastardos, esa palabra que los hombres habían inventado
para oscurecer lo que no querían ver. Y sin embargo estabas los hombres como
Mendoza o Manuel, que aceptaban hijos ajenos. ¿Pero eso era un mérito, o
simplemente un remedo de la culpa?
Ella no se movería. El hierro de Dios no
la atemorizaba, ya bastante había soportado y construido en su alma un edificio
lo suficientemente fuerte para contrarrestarlo. Sabía, sin embargo, que en
algún lado había un hueco, y en ese espacio estaba el oro de Ariel, que tal vez
no fuese más que el color de las espigas de trigo, tan débiles que irían a deshacerse
con cualquier viento fuerte. Y el polvo del trigo simularía el polvo de oro. El
mismo polvo que bañaba los cristos indios que tanto la atraían, esos cristos de
miembros flacos, cuerpos tullidos y caras leprosas.
Ahora la cuna flotaba sobre el agua, y
Natacha, protegida aún por el espacio estrecho en donde el hierro evitaba que
el agua la ahogase, vio que el perro iba hacia la cuna. Max medio nadaba y
medio caminaba cuando sus patas llegaban a tocar el piso. El colchón ya estaba
empapado y empezaba a hundirse. Max agarró con la boca las sábanas y se llevó
al chico hacia la única la vieja puerta que aún estaba intacta, por la que nada
salía ni entraba más que el agua y el ruido de los cañones.
Vieron salir a Max desde los restos de la
escalera de escotilla. Arrastraba un bulto hecho de sábanas mojadas.
Mendoza agarró al perro y a punto estuvo
de abandonar los trapos, cuando escuchó el llanto. Vio al chico que gritaba con
gemidos entrecortados, gris de ceniza mojada pegada a la piel.
- ¡Cabo, llévelo con Bernardo y baje en
cuanto el bote esté seguro!
Iba a agarrar a Max. El perro estaba
quieto. Tantos de sus perros de crianza habían visto de la misma manera. Le
acarició el lomo, sólo un poco. Apoyó la mano sobre el cráneo, cerrándole los
párpados.
Vio que el agua subía por la escotilla, y
el barco se inclinaba. Los cañoneos eran menos frecuentes y solamente sacudían
en agua del río. Iría a en busca de su esposa, como aquella vez en Polonia
cuando la había rescatado del fuego de las armas de los cosacos.
Natacha escuchó los chapoteos y la voz de
Iribarne llamándola. José estaba en la puerta, tratando de buscar en la
humareda la cuna del chico.
- ¡Natacha!
Entonces la vio casi tapada por el agua,
del otro lado de varios hierros retorcidos. Se agachó y estiró los brazos para
agarrarla. Ella lo miraba, pero no intentaba salir.
- ¡¿Qué le pasa, mierda?! ¡Agárreme
fuerte las manos!
Pero ella no le hacía caso. No tuvo más
alternativa que sujetarle las muñecas y arrastrarla como peso muerto. Cuando
estuvieron cerca de la puerta la apoyó en sus rodillas y le despejó la cara del
cabello mojado.
- ¿Dónde está el chico? -preguntaba,
mirando alrededor sin poder ver más que humo, hierro y agua. El olor a quemado
era intenso, pero al agua iba enfriando el hierro. Creyó sentir el olor de la
carne quemada.
- ¡¿Dónde está el chico?!-volvió a
preguntar, esta vez gritando desesperado, apretando la cara de Natacha entre
sus manos y sacudiéndola. Los ojos de Natacha tenían la inteligencia de
siempre, pero había indiferencia.
José ahora estaba seguro de lo peor que
imaginaba. El chico que él había creado debía estar muerto. Por primera vez lo
veía con tal claridad, que se preguntó qué se lo había impedido tanto tiempo.
Lo había creado como un símbolo de Manuel: si no podía tener a uno, tendría al
otro. Y debía nacer de la mujer de su hermano. La Santísima Trinidad era tan
clara como si ahora estuviese en una Catedral hecha de hierro y madera, el
fuego del incienso siempre encendido y el agua bendita desbordando. Recordó los
pesebres vivos que armaban en Cádiz cada navidad. José y Manuel Menéndez
Iribarne participaban como un personaje igual o distinto según iban creciendo.
Manuel había sido el niño Jesús, aunque José apenas lo recordaba. Luego fueron
pastores, y ya de grande José había sido José el esposo de María, pero se
sentía incómodo, y al año siguiente fue el Espíritu Santo que en forma de llama
había engendrado al niño. Y Manuel no había tenido más opción que ocupar el
papel de José carpintero.
Iribarne sintió un dolor intenso en el
pecho al recordar todo eso. La cara de Manuel, joven y vestido con ropa de
pastor y carpintero, la cara casi lampiña. Ya no lo vería más. Pensó en el
chico, seguramente muerto. Uno enterrado en un cementerio perdido, sin cruz ni
señal. Otro quemado, tal vez, en expiación de su culpa.
La culpa de José.
Sintió el aleteo de los murciélagos, y
mirando el humo blanco a su alrededor, vio sombras negras alargadas que iban y
venían.
Pero ya no lo asustaban. El miedo y a la
ira se habían unido engendrando la amargura.
Levantó a Natacha y caminó por los
pasillos hasta encontrar una escalera sana.
Mendoza no podía bajar por donde había subido el
perro, así que corrió hasta la escotilla de estribor. Vio las caras de sus
hombres, que esperaban en los botes. Lo llamaban, pero no les hizo caso. Bajó
la escalera y en la oscuridad chocó con Iribarne y ambos cayeron al suelo.
Natacha se quejó y gritó. Ambos habían caído sobre ella y tenía un brazo
quebrado.
- ¡Buena la hicimos! -dijo Mendoza
entablillando a su mujer e intentando calmarla. Entonces se dio cuenta que José
Iribarne había salvado la vida de su esposa. El otro estaba extrañamente
callado y con la mirada perdida.
Levantó a Natacha y la subió por la
escalera. Iribarne los seguía con lentitud. Cuando ya estaban en el bote, le
gritó:
- ¡Rápido carajo, que esto se hunde de un
momento a otro! ¡Vamos!
Pero José Iribarne caminaba cojeando, no de la
pierna herida, como si su mente enturbiada por visiones y recuerdos confundiera
deliberadamente a su cuerpo. Una mente extraviada que se regocijaba en volver
locos a quienes dependían de ella: los ojos que veían murciélagos por todas
partes, surgiendo del humo que encapotaba el cielo, de las maderas rotas, del
hierro retorcido, del agua que se elevaba en olas con cada cañoneo. Y el ritmo
de los cañones se iba acomodando al ritmo de los aleteos, regulares, monótonos
y obsesivos.
Desde el bote lo vieron alzar los brazos
y sacudirse presencias que ellos no veían. Natacha alzó la cabeza y dijo algo.
- ¿Cómo, querida? -le preguntó Mendoza,
como antes, como en Europa. Miraba a Iribarne y no se atrevía a dar la orden de
bajar el bote.
-No lo apures, Máximo. Hace lo que puede
con tanto peso. Es por el chico.
Mendoza volvió a ver otra vez a José, que
se acercaba espantando fantasmas. Pero antes de poder gritarle que el chico
estaba vivo, de pronto un nuevo cañonazo destruyó el puente de mando y el humo
envolvió a Iribarne.
- ¡Vámonos! -ordenó el capitán.
Cuando
estaba ya por descender, Natacha lo agarró del brazo con su mano sana, y señaló
a cubierta.
Iribarne había aparecido una vez más, como una
figura insistente y obstinada, con la misma obstinación de los que no desean vivir,
pero tienen miedo de matarse. La contradicción de los cobardes, tal vez, tan
parecida a la suya. Ahora José tenía un brazo levantado apoyando la mano en la
nuca, y el otro brazo en la espalda. ¿Levaba una carga? ¿Había encontrado a
alguno de los hombres?
Entonces vio que en la espalda tenía un
tablón chamuscado que aún despedía humo y debía estar quemándole.
- ¡Qué hermoso! - escuchó decir a Natacha.
Mendoza fue a buscarlo. José lo miró con
la expresión de quien ha transformado su desesperación en un lago muerto donde
flotan los cuerpos de hombres y perros, y las moscas vuelan en enjambres como
tormentas. En sus ojos se habían formado dos grandes lagos.
Lo agarró de los hombros, sacudiéndolo,
intentando desprenderse de toda la ira que antes le había provocado, diciendo:
- ¡El chico está vivo!
José lo miró, y las moscas atormentaron el
aire, despedidas por el viento. El olor a podredumbre se esparció por todo el
río porque los murciélagos ahora volvían raudos a cumplir con su papel.
Pero José Iribarne abrazó a Mendoza; y
lloraba, como si intentase secar el agua estancada de sus grandes lagos
muertos.
13
¿Qué le quedaba?, se preguntó Hurtado de
Mendoza mientras iba sentado en el extremo posterior de la carreta, con las
piernas balanceándose al ritmo irregular con que las ruedas saltaban los
guijarros del camino, y todos: hombres, mujer y niños supeditados a las escasas
fuerzas de un jamelgo, que como todos los que había visto en los últimos
tiempos, era utilizado hasta que se cayera muerto. Y si no lo enterraban con
las mismas viejas riendas que llevaba desde veinte o veinticinco años antes,
porque habían penetrado entre las crines y la piel del animal - arrancárselas
antes habría sido provocarle un dolor inútil, y después, ¿para qué? - lo dejarían en medio del camino hasta
convertirse en un esqueleto como el que él, Máximo Hurtado de Mendoza, no podía
apartar la vista.
El “Juan Manuel de Rosas” no era más que
un esqueleto de madera y hierro que sobresalía de las aguas del río, todavía
humeante a pesar de las horas transcurridas desde el comienzo del cañoneo. La
popa aún podía verse casi indemne, y estaba seguro que la proa se había clavado
en el fondo, sin permitir que el resto se sumergiera hasta que la madera
terminara de quebrarse por su propio peso, y las corrientes del río, lentas,
obstinadamente lentas como una manada de viejos elefantes enfermos, decidiera llevarse
los restos del barco en pedazos, hacia el sur, hacia el Paraná, que ya no
tendría memoria del gran barco que había remontado sus aguas, y que no
reconocería en los exangües fragmentos que llevaría.
Los huesos son todos iguales, grandes o
pequeños, no tienen nombre. A los barcos, cuando se mueren, les sucede lo
mismo. Son pedazos de madera, fragmentos de hierros retorcidos, calderas que se
hunden y se oxidan. Y si alguna letra de su nombre llega a pronunciarse alguna
vez, cuando alguien encuentra una tabla con esa letra, o con suerte, una
sílaba, nadie podría identificarlo.
¿Quién era él, ahora? ¿Y qué le quedaba?
Se miró las piernas, cansadas y llenas de várices. Las manos, callosas e
insensibles. El uniforme había sido destrozado, y sólo vestía un pantalón de
lana, las eternas botas de casi toda la vida, y una camisa sin botones que
intentaba anudar sin lograr cubrir el vello del pecho. Se tocó la barba, sucia,
enredada por su costumbre de hacerse nudos en los mechones cuando estaba
nervioso, y últimamente había sido un estado constante. El pelo largo a los
costados, y una incipiente calvicie en la coronilla.
Le quedaba una mujer que no quería, pero
que ahora, como muchos años atrás, volvía a ver desprotegida como en los
tiempos de Polonia. Pero esta vez no se engañó, la máscara de Natacha era una
construcción que ella misma no sabía evitar.
Los hombres de su tripulación se habían
salvado, casi por milagro, porque el cañoneo había sido incesante. Los botes
fueron pocos, pero suficientes, porque el barco se fue hundiendo lentamente y
había dado tiempo a todos para hacer dos o tres viajes hasta la costa. Luego,
los botes se partieron cuando el último hombre estuvo a salvo en la costa
brasileña.
Había
muertos de la batalla en la playa, y algunos soldados republicanos aparecieron
para apresar a los sobrevivientes del barco. Domínguez habló por toda la
tripulación y los pasajeros del “Juan Manuel”. Presentó papeles que llevaba en
las carpetas de cuero que había rescatado del naufragio. Las mismas carpetas en
las que escribía y tomaba notas de los libros que Natacha le prestaba. ¿No era
un espía argentino a favor del Imperio, acaso? Pero a Mendoza no le sorprendió
descubrir un nuevo pliegue en la personalidad del cabo. Fuese como fuese, los
soldados los dejaron en paz. Hicieron la venia a Domínguez y al capitán, dieron
esmirriadas disculpas que apenas se entendieron en su idioma, y se fueron.
Eran ya entrada la noche. Hicieron
fogatas. Natacha temblaba de frío y le dolía mucho el brazo roto. El bebé
estaba cubierto con una manta, e Iribarne no lo soltaba de sus brazos,
meciéndolo. Debían pasar la noche ahí, dijo Domínguez. El puesto de frontera
más cercano estaba en Bom Jesús, y tardarían varias horas en traerles comida y
abrigo.
Las fogatas dejaban ver los muertos que
no habían sido recogidos. Los hombres de Mendoza daban vueltas, y sabía que la
mitad de ello se había fugado, metiéndose en la selva o siguiendo la costa del
río. En Brasil nadie los buscaría, ni la ley ni las mujeres que habían dejado
atrás. Ojalá él hubiese podido hacer lo mismo. En medio de la noche, viendo que
casi todos dormían, agotados, sintiendo el peso del cuerpo de Natacha sobre su
hombro, gimiendo dolorosamente aún en sueños, se dijo que podría levantarse con
sigilo, apoyar la cabeza de ella sobre la manta que la abrigaba, y huir.
Miró hacia el río, donde las aguas seguían
gorgoteando alrededor de la estructura muerta del barco. Como si algún monstruo
de agua dulce se lo estuviese comiendo. Pensó en las tantas leyendas que
Natacha lo había obligado a escuchar, porque a ella le agradaba hablar de lo
que la fascinaba, esa suma de conocimientos que había comenzado a adquirir en
la biblioteca de su padre, y que él oía como la lluvia de invierno; monótona,
insistente y siempre amenazadora. Bajo las aguas, decía ella, viven los dioses
exiliados, y construyen ciudades muertas con los restos del mundo. Le había
hablado de Dios en una terminología ósea tan extraña que lo hizo preguntarse
muchas veces, antes de que los últimos tiempos se lo confirmaran, que su mujer
no solamente estaba loca, sino tal vez poseída por un delirio místico que la
tía Clotilde había alimentado. Y ella había nutrido con todo eso la mente y el
alma de Ariel.
Natacha abrió los ojos. Lo estaba mirando
mientras él hacía sigilosos movimientos por levantarse.
- ¿A dónde vas?- Tenía el acento polaco
que hacía mucho no usaba.
No había enojo, sino tristeza en la voz.
Los ojos de Natacha, esos ojos polacos que
eran un calco de los ojos de Krakovsky. El viejo le hablaba a través suyo,
quizá. No podía abandonarla. Ella estaba perdida sin un hombre.
Oyó una canción de cuna que Iribarne
entonaba con su voz áspera y entrecortada. Qué distinto era ahora ese hombre.
No era bueno, no era amable ni sincero. Era simplemente una faceta más de esa
conflictiva simbiosis que todos ellos eran.
Miró la luna, amplia, iluminando el
naufragio y sembrando de luz tenue el cementerio del río.
- ¿A dónde podría ir? -contestó, pasando un
brazo sobre los hombros de Natacha y aproximándola. Ella cerró los ojos y se
abandonó al gesto de su marido.
Le habló de la casa de Santa Fe.
Volverían allí. Reducida la propiedad al predio de la estancia, porque todo el
resto había sido vendido. Ella escuchó las voces criollas con que él intentó
amenizar el rigor de los próximos tiempos, mientras ella contestaba con
monosílabos de voces cerradas en polaco, y de lejos se escuchaba la canción de
cuna andaluza que Iribarne cantaba con acento tan español que era como estar a
orillas del Guadalquivir. Y como sonido de fondo, unos cantos que llegaban
desde el interior, tal vez desde la selva por donde habían aparecido y desaparecido
los brasileños que peleaban, hombres y armas. Un canto en portugués donde la
música no era un arte sino una secreción de la selva. Brotaba desde los árboles
inmersos en la oscuridad, iluminados en la cima por la luna, como un manto
verde oscuro, y nacía de la playa de arena tan blanca como los huesos de los
muertos recientes, que esperaban.
¿Qué?
La expiación de sus almas, tal vez, en el
canto de los hombres de su tierra, o quizá en la canción de cuna que un hombre
-lleno de culpas, hecha su alma una costra de remordimientos e insatisfacción-
entonaba como un rito de penitencia y pedido de perdón.
*
Bom Jesús era un
pueblito de múltiples ranchos amontonados en todo lo extenso de un árido
pajonal que estaba curiosamente rodeado de aguas, varios lagos no muy grandes y
los riachos que los unían. Todos ellos drenaban en el Paranaiba, de aguas casi
quietas, ese cementerio de donde nacían las larvas que creaban, como una
alegría, el futuro y torrentoso Paraná.
Si a orillas del río hacía calor, aún era
mayor en el pueblo. El polvo se levantaba por cualquier motivo: las pisadas del
bayo que arrastraba la carreta, las ruedas desvencijadas, por supuesto, y luego
las corridas de los perros que llegaron desde los ranchos cuando los vieron
llegar.
Salieron las mujeres y los chicos, como
enjambres de aquellos panales rotos que eran los ranchos, a veces encimados
unos sobre otros. Se veía a los chicos bajar por los tablones de madera,
algunos deslizándose como por toboganes. Los hombres que trabajaban en las
calles detuvieron sus tareas, cavando surcos de agua algunos, levantando
paredes otros.
La carreta se detuvo y la rodearon los
perros. Eran tantos, flacos y sarnosos en su mayoría, que Natacha temió que
fueran a morderlos. Se agarró a un brazo de Máximo, temblando. Algunos se
habían empecinado en ladrarles a no más de uno o dos metros. Domínguez se
encargó de espantarlos disparando al aire, pero la mayoría continuó ladrándoles
a la distancia.
Las mujeres se acercaron secándose las
manos con trapos sucios, o sujetaban a sus hijos. Un hombre con una azada al
hombro preguntó quiénes eran.
El soldado que conducía le explicó en
portugués. El hombre habló con las mujeres y ellas se fueron llevándose a los
chicos que quisieron obedecerlas. Al rato llegó una vieja alta y obesa. Salvo
por el vestido y los pechos gruesos, tenía la contextura de un hombre robusto,
e incluso el vello de la cara parecía una barba.
El republicano le habló en portugués. Él,
un poco más bajo que ella, se explicaba como si estuviera disculpándose. Ella
lo miraba con el ceño fruncido y las manos a horcajadas en la cintura, y
entonces se rio. Pero nadie sabía bien de qué, si de las desventuras de los
náufragos o de la estupidez de los soldados.
Sin decirles nada, hizo la señal de que
la siguieran. Entonces fueron tras ella y caminaron por el polvo durante más de
doscientos metros hasta un rancho de adobe y techo de madera recubierto de
paja. Adentro estaba fresco. Había
varias camas bajas.
-Este lugar les sirve de reunión para
todo-dijo el soldado. -A veces de hospital, a veces para bailar. Me dijo la
vieja que dormirán acá hasta que puedan irse.
- ¿Quién es ella? - preguntó Natacha.
-La jefa de la tribu que fundó este
pueblo, pero quedan pocos de los indios verdaderos, casi todos son mestizos o
son de afuera.
- ¿Nos traerán provisiones? -preguntó
Iribarne.
-Ya se los he pedido.
- ¿Y cuándo podremos irnos? - Natacha
estaba cansada, su voz sonó irritada y exigente.
El soldado no era brasileño, tal vez de
Misiones, porque había hablado mucho con Domínguez durante el viaje al pueblo.
La miró con desprecio.
-Señora-contestó. - No somos sus
sirvientes. Pregúntele a su capitán por qué motivo no llevaba identificación.
Entraron en territorio revolucionario y en estado de guerra. Primero se ataca y
después se pregunta, esa es la consigna.
El cabo intentó apaciguarlo. Los
escucharon hablar en portugués en voz baja. Domínguez agarraba al otro de un
codo, con campechanía y confianza. El otro hablaba y hablaba, hasta que pareció
serenarse y salió del rancho.
-Cabo-dijo Mendoza. -Ya sé que no podemos
pedir lo que corresponde, que sería una indemnización, ¿pero ¿qué ha podido
conseguir por nosotros?
-Capitán, comprenda que estamos alejados
de la mano del gobierno en Río. Estos hombres harán lo que la conciencia de
cada uno les diga. Si se sabe lo que pasó, podrían exponerlos a Consejo de
guerra. Sería un conflicto diplomático y una probable nueva guerra con el
Brasil. Nadie quiere eso. Me dijeron que los llevarán hasta donde ustedes
quieran, con provisiones y todo lo necesario.
Durante el resto del día y hasta la tarde
siguiente descansaron y comieron. Varias mujeres negras les trajeron comida y
agua para beber y lavarse. Vino una comadrona y sin preguntar agarró al bebé y
se lo puso al pecho. Iribarne la dejó hacer, sentado en un tronco tronchado, fumando.
- ¿Qual é nome do menino? -preguntó ella.
-Maximiliano- contestó José.
El capitán y Natacha levantaron la vista
cuando escucharon.
-No sabía que ya lo había bautizado. - Mendoza
intentó ser irónico, pero no le salía bien.
-No es por usted, capitán, no es el
ombligo del mundo, aunque lo crea. Lo llamé así por el perro que lo salvó. Pero
la historia de ese nombre es más vieja….
Mendoza recordó cuando Altea le había
puesto nombre al perro, y le había contado la leyenda de Maximilian y la reina.
- ¿Altea le contó alguna vez esa historia?
- ¿Qué historia?
-La del perro Maximilian que mató a una reina,
o algo así… Altea dijo que Max le había hecho recordar esa leyenda.
-No sé de qué habla. Yo nombré a mi chico de
esa manera por puro sentimentalismo, y eso que me jacto de esa debilidad. No
sé, se me ocurrió, nomás. Haga las asociaciones que quiera, capitán, si eso lo
tranquiliza.
La cara de Iribarne estaba oculta tras el
humo de la pipa, pero Mendoza veía que con un ojo observaba a la comadrona
alimentando al chico, y con el otro lo miraba a él con sarcasmo.
En la mañana siguiente entraron a
avisarles que la carreta estaba preparada para llevar al capitán y a su esposa
a la costa. Los esperaba una barcaza brasileña.
-Que tengan buen viaje-les dijo el cabo.
Bernardo se había subido a la carreta y
llevaba un atado con sus cosas colgando del hombro. Mendoza no sabía qué hacer
con él. Irían a Santa Fe, y quién sabe cómo sería el estado de abandono de lo
que quedaba de la estancia. Y recordó lo que le había pedido el doctor Ruiz.
-Cabo…fíjese bien lo que le voy a pedir. Sé
que no es su deber tomar esta responsabilidad, pero necesito que, así como
Farías fue su protector, usted lo sea de Bernardo. Lléveselo a Buenos Aires, y
si puede hágalo ir a la escuela y después estudiar medicina. Ya algo sabrá
usted de su historia. Y hágale respetar la memoria de su padre, que tal vez en
unos años la inquina de la política cambie de opinión y se la agarre con algún otro.
Domínguez no atinó más que a hacer bajar
al chico y agarrarlo de la mano.
-Haré lo posible, capitán, por ser más que
su protector, su mentor. Pero no le prometo nada de los rumbos políticos.
Se dieron la mano, y cabo y niño se
alejaron hacia el caballo que tenía preparado para partir hacia algún encargo
que aún, quizá, le quedara por terminar. Subió al chico y luego él. Bernardo se
sujetó del cinturón del cabo, y el caballo partió a ritmo lento, levantado
polvo con las patas.
Iribarne corrió hacia la carreta, y dijo,
jadeando:
- ¿Se van si despedirse?
Mendoza había ayudado a subir a Natacha y
se dio vuelta. Dijo, a regañadientes:
-No creí que fuera necesario, Iribarne.
Creo que no debe haber nada más entre nosotros si queremos conservar la paz.
Iribarne
se rio, obsequioso. Se veía que estaba feliz, y la posesión de Maximiliano era
la causa. Algo, sin embargo, parecía ensombrecer la alegría de su cara, pero
eso ya no era más de la incumbencia de Máximo Hurtado de Mendoza. El capitán
sólo sería, de ahora en más, un viejo que conduciría, tal vez, una barcaza para
llevar mercadería, negros y putas de un pueblo a otro por el litoral.
-Fue un gusto conocerlo-dijo Iribarne,
extendiendo la mano, que Mendoza estrechó sin ganas.
-Fue un placer, señora-le dijo a Natacha,
acercándose para besar su mano. Ella la extendió, con finura, recuperando la
distinción que sabía siempre los había separado. Y dijo algo en polaco.
Mendoza no pudo evitar reírse, pero no
tanto por lo que ella dijo, sino por la expresión de Iribarne al escucharla. No
la había entendido, por supuesto, pero era evidente que había comprendido el
sentido por el tono y la expresión. No se dignó mirarlo más, pero siguió
sonriendo, sin poder evitar que se le escaparan débiles carcajadas mientras la
carreta se alejaba del camino del pueblo donde había quedado Iribarne, allí
parado con la pipa en una mano, pensando en lo que esa señora polaca, loca tal
vez, extraña sin duda, le había dicho, escondida tras un idioma que ella sabía
que él no conocía.
- ¡Vaya
con el descaro de la condesa! -dijo en voz alta.
Pero cuando se dio vuelta para regresar al
rancho, se dijo que únicamente de él era la culpa si no conocía el polaco. Su
hijo sabría todo cuando creciera, pensó, satisfecho. Dejaría de preocuparse por
las patrañas y los caprichos de las mujeres, y se dedicaría a enseñar a
Maximiliano que el mundo es como un país en estado de sitio.
*
-O menino está
doente-le dijo la vieja cuando regresó al rancho.
Ya sabía que algo le pasaba, por eso lo
había mantenido lejos de los otros y no les dijo nada, no fuera que fueran a
quitárselo. Pero algo había visto el día anterior. El chico estaba irritado, se
rascaba y tenía la piel algo enrojecida en ciertas partes, con manchas rosadas.
José lo agarró de los brazos de la vieja.
Maximiliano lloraba con un llanto muy quedo y bajo, y tal vez por eso los demás
no se habían dado cuenta. Como si el chico supiera que debía mantener el
secreto para continuar con su padre. Esa idea lo satisfizo, era evidente que
Dios o la fatalidad los había reunido, y que eso mismo evitaría que el mal que
lo afectaba fuese importante. Se detuvo un momento, asombrado de sus propias
disquisiciones: estaba hablando como Manuel el cura, o como Mara la bruja.
Ambos habían sido lo que no habían podido ser, pero ese algo se filtraba y
salía a relucir en sus formas de pensar o hablar. Sólo él, José Menéndez
Iribarne, siempre fue lo que creyó ser, por dentro y por fuera, un descreído
que sólo confiaba en lo que veía: el cuerpo y el deseo. Y ahora, sin embargo,
surgían en su mente disquisiciones supersticiosas que no tenían ningún
fundamento.
- ¿Y qué tiene? -le preguntó a la vieja
Ágata, esa vieja marimacho que le dedicaba tiempo al chico por alguna razón que
no llegaba a comprender. Entre tanta gente que la necesitaba en el pueblo, se
quedaba varias horas a cuidarlo. José la había dejado hacer, porque sabía que
era necesario, pero también porque apartaba la atención y atenuaba la
preocupación de los otros. Pero ahora que se habían ido, Maximiliano era
únicamente suyo, y la vieja una molestia necesaria.
Ágata tenía una mezcla de ascendencias
imprecisas. Se jactaba de ser la última descendiente de una aristocracia
indígena, pero tenía rasgos mestizos o mulatos en el color de la piel, y José
reconoció en la forma de los pómulos quebrados un parecido con los hombres de
Aragón. El acento que usaba era confuso y a veces no se le entendía, además de
que solía murmurar para sí misma o hablar entre dientes. ¿Rezos?, así lo había
creído al principio. ¿Conjuros?, no eran de descartar.
-A mae sufreu muito-dijo ella.
José asintió.
-Ele tambén sofrerá.
-No sea pájaro de mal agüero, vieja. El
chico está enfermo solamente, ¿no es común a esta edad? Y con todo lo que pasó…
Lo abrigó con la manta de lana de colores
que la vieja le había traído, pero Maximiliano sudaba. Tenía fiebre, y José
sabía que estaba peor que el día anterior, y que podía morir.
- ¿Hay algún médico en el pueblo?
La vieja se acercó.
- ¡No lo toque más! -le dijo él. No
quería seguir el camino que Mara y Valverde lo habían hecho seguir en los
últimos tiempos. No confiaba ya en los caminos oscuros donde los significados
eran dobles y las cosas que veía eran diferentes a lo que aparentaban.
Los murciélagos sí lo eran. Siempre
estuvieron, siempre los vio con sus alas negras y los escuchó con sus aleteos
semejantes a la desesperación.
La vieja se quedó parada con el brazo a
medio extender, ahora quieto en el aire, como si estuviese deteniendo algo
invisible, o dando una bendición. Siempre esas dos condiciones que no podían
separar, se dijo. La ambivalencia era una maldición.
Ella habló entonces con una voz profunda
que era masculina, y los rasgos de la cara parecieron ensombrecerse en el vello
que la hacía asemejarse a un negro esclavo recién traído en un barco desde
África.
- ¿Estava nas áquas, nao é verdade?
-Sí, ¿qué pasa con eso?
-A agua está sofrendo. Ele se lembra.
José
no entendía.
¿El
agua que sufre, o sufre en el agua? ¿Qué recuerda? ¿Y qué tiene que ver el agua
si ese pueblo era más árido que un desierto? ¿Tal vez por eso? ¿El desierto
recuerda el agua del río tan cercano y lejano?
Insensateces
de una vieja que se creía más de lo que era, jactándose del pasado que no era
más que un producto de aguas insalubres y estancadas como ese río que por allí
comenzaba. ¿Y qué era ella, o él, quizá? Una simbiosis de razas y géneros
indeterminados. ¿O tal vez por eso, precisamente, constituía lo que solía
llamarse el Todo?
- ¿Hay algún médico, vieja de mierda?
Ágata sembró el aire del rancho con un
hálito preñado de insultos. Finalmente dijo:
-O francés.
Y salió, dejando abierto el pedazo de
cuero que colgaba del marco de la entrada, y a la luz él vio cómo Ágata
caminaba con su pollera raída que parecía una membrana a veces plegada sobre sí
misma, como dos alas que en cualquier momento podrían abrirse. Pero no sucedió,
o no quiso ver. Apartó los ojos de esa visión, y los puso sobre el chico,
afiebrado.
Salió en busca del que llamaban el
francés. Preguntó a todos los que veía alrededor del rancho, y luego recorrió
las que parecían calles del pueblo y no eran más que espacios inciertos entre
los ranchos y chabolas. Algunos no le contestaron, otros no lo conocían, y los
que sí no supieron dónde vivía. Se encontró con una especie de pulpería, que no
era más que una sala de cuatro mesas, unas pocas sillas, y un mostrador con
botellas., tras el cual una mujer estaba apoyada con los codos. Cuando lo vio
entrar con el chico en brazos, dijo:
-Olha o cavalheiro…
José se acordó que Mara lo había llamado
de una forma parecida cuando se conocieron.
- ¿Procure o francés?
- ¿Es que todos son brujos en este pueblo?
-Algo assim-le contestó.
- ¿Y viven del aire?
-Algo assim, o Gonçalvez, eles sabem.
La mujer, desgreñada y con las manos
sucias, le sirvió un trago.
- ¿Me cherche? -dijo alguien tras él.
Era un hombre rubio, de cabello lacio y
largo, con una barba a medio crecer, y ojos celestes tan intensos que
contrastaban con la semioscuridad del rancherío. Era el francés, por supuesto.
-Sí, señor.
El otro le estrechó la mano.
-Comment puis-je vou servir? Pardon,
pero cuando veo a alguien diferente a estos negros creo estar con alguien
civilizado y mi cabeza habla francés.
Le gustaba esa jactancia, esa dignidad que no
era más que vanidad, pero hacía mucho tiempo que no se encontraba con esa
especie de noble orgullo.
-Mi chico está enfermo, tiene fiebre.
El francés miró la cara del bebé
apartando un poco la manta.
-Sein, pardon, pero usted s’est trompé.
Je suis vétérinaire.
Se preguntó si todos en ese pueblo se estaban
burlando de él.
-Lo invito un trago, Monsieur José.
Sentémonos a esa mesa del rincón, si vous plais.
-No tengo tiempo que perder con un
curasano de mostrencos…
Cuando ya se iba, el francés lo agarró de
un brazo.
-Pensez, sein. Je suis lo único más
parecido a un médico en veinte leguas. Y este infant, ca va mourir.
La cara de José fue un estrago de
desesperación, y el francés lo notó. Salieron juntos hacia el rancho. Caminaron
bajo el sol que nunca estaba desde que había llegado al pueblo, porque las
nubes eran constantes, pero se hacía sentir con el calor y las moscas.
Lo primero que hizo el veterinario
cuando llegaron fue cerrar las ventanas y prender un habano que sacó del
bolsillo de su saco. Vestía con un cárdigan viejo, tan largo que parecía una
casaca, y el pantalón era una especie de vaquero con las botamangas metidas en
dos botas altas. Encendió el habano, pero no lo fumó, sino que lo dejó sobre la
mesa, y pronto el humo espantó a las moscas.
-Es una pena malgastarlos, pero lo que
para nosotros es placer a ellas las espanta. Por eso vienen cuando ya no
podemos defendernos. - Luego llevó al bebé a la cuna que la vieja había
improvisado. -Ya veo que Ágata estuvo metiendo mano por acá, espero que no la
haya dejado hacer sus gualichos.
-No sé lo que hizo porque ni siquiera sé
qué es…
El francés se rio.
-Entre nous, Monsieur, la vieja de joven
era un jefe muy atractivo, tuvo muchos hijos y sus nietos andan por aquí,
cualquiera de los que ha visto puede ser alguno.
-Quiere decir que…
-J’a dit. Pero es de familia de brujos, o
curanderos, como los llamen…Los motivos no los conozco, aunque podemos
imaginarlos. Estas tribus eran matriarcales, y al hombre lo criaron entre
mujeres. Qué sé yo, se dice que varios de sus hermanos son sus hijos también, y
todas las combinaciones que a usted le gusten… Y hasta dicen…
El francés desnudó al chico y comenzó a
revisarlo. Sacó un aparato con la forma de un cono de madera y apoyó un extremo
sobre el pecho de Maximiliano, y acercó su oído al otro extremo. Luego de un
rato, dijo:
-Está agitado, por supuesto, es la
fiebre, quién sabe desde cuando su corazón está así. ¿Nació de cesárea? ¿La
madre estuvo enferma? Algo me han contado…
-El chico estuvo muy cuidado durante el
embarazo, la madre estaba en una especie de coma. Pero nació normal, el doctor
Gonçalvez dijo…
-Ya conozco a esos enterradores, son los
dueños de muchos pueblos en el Brasil.
-No, el que le digo era médico…
-A eso me refiero, Monsieur. ¿Y después?
- ¿Después qué? Nos atacaron, el chico
casi se ahoga…
- ¿Estuvo en aguas contaminadas?
-Supongo que sí, las del río, pero todos
lo estuvimos, ¿Quiere decir que…?
-Así
es, los niños de esta edad no tienen defensas. Su propia sangre las genera
cuando se exponen a una infección, pero no todos pasan por lo que él ha pasado.
- ¿Qué se puede hacer…? No sé su nombre…
El francés le extendió otra vez la mano,
presentándose.
-Renaud Dergan, veterinario de los
Establos Reales de su majestad.
Vio el desagrado en la cara de José.
-No se asuste, los caballos y los perros
tenían mejor atención que la gente del pueblo, se lo aseguro. Me vine hace unos
meses después de la revolución del ’85. Perdí el favor del rey cuando se
restauró la monarquía. Me desagradaban tantos cambios, y mire usted, acá ocurre
otro tanto…
Miró alrededor y encendió una lámpara de
aceite. La acercó a la mesa y sacó una lupa del bolsillo. Observó los ojos del
chico, que ahora estaba tranquilo, casi dormido. Y eso era lo preocupante. Pasó
de un ojo al otro, y volvió a explorar el izquierdo.
- ¿Qué pasa?
-Monsieur José. Tiene una infección por
las aguas, entró por las mucosas de la boca y la nariz. Las manchas de la piel
son locales, pero no ayudan, digamos que agravan… y además hay algo que no
entiendo…
José esperó. El francés se rascaba la
barba rubia con el mango de la lupa.
-Creo que la infección se ha extendido a
las meninges. Mire, los recién nacidos tiene las membranas inmaduras e incluso
hay orificios que permanecen abiertos hasta luego de varios años. Les meninges,
Monsieur…-Se dio cuenta que José no entendía. -Meningitis.
-Sea claro, Dergan. ¿Se va a morir?
-Si no se muere puede quedar inválido,
monsieur José. O ciego, tal vez.
José se sentó.
-Sálvelo-dijo. - No permitiré que el
chico sea menos que lo que merece ser. Es un Menéndez Iribarne…
-Monsieur, entiendo su pena, pero si
quiere un brujo, vaya con Ágata-dijo, agarrando el habano que aún seguía
encendido y se lo llevó a la boca. Se acercó a la puerta, apoyándose en el
marco y mirando afuera mientras fumaba. De pronto se rio.
- ¿De qué se ríe, doctor? - la última
palabra fue un insulto.
-Dicen que Ágata tuvo hijos…
-Ya me contó.
- ¿Pero cuando ya era hembra, comprend?
Quedó embarazada varias veces. Varios le nacieron muertos, pero unos cuantos
andan por ahí. Unos en sillas de ruedas, otros atados a la cama. Son como
monstruos, los he visto, Monsieur. No me consta que sean hijos suyos, por
supuesto, las teratogenias acá son muy comunes.
-Por eso confían en usted, doctor, son
como animales, ¿no?
-Je t’accorde la victorie, mensieur.
*
Desde ese día,
el Renaud se quedó en el rancho. Vinieron a buscarlo varias veces para curar a
algún animal, pero como él se negaba el rumor de lo que hacía allí debió
esparcirse por el pueblo y ya no volvieron.
José preparaba comida en el hornito de
hierro que se había hecho traer desde la pulpería. La mujer se llamaba Lucía
Santos y le había tomado confianza desde que lo vio entrar con un bebé en
brazos. No era común ver a un hombre así. Así que cada vez que iba a comprar
algo, se quedaban charlando y ella le daba tragos sin cobrarle nada. Una noche
se metieron en el cuarto al que llevaba la puerta que estaba detrás del
mostrador. Él había pensado que era el baño, y también servía como tal porque
apenas un par de tablas separaba la cama de la letrina que estaba al lado.
Cuando ella se desnudó, él se dio cuenta que era más vieja de lo que pensaba.
- ¿Cuántos años tenés, Lucía? -le preguntó
ya después de hacer el amor. No había sábanas ni mantas. Ambos desnudos sobre
el colchón viejo.
-Eu acho que vocé era um cavalheiro.
-Mierda, soy un hombre…
Ella se le subió encima y le dijo
sonriendo:
-Percebi.
Luego le empezó a contar su vida, como lo
había hecho Mara. Se resignó a escuchar mientras porque mientras hablaba ella
frotaba su cuerpo contra el suyo. Tenía cuarenta años, y había tenido un hijo a
los trece años. Pero Gaspar, como el padre, era un tarambana. Esa fue la
expresión que usó. A José le pareció muy liviana, para lo que después supo,
pero era típico de una mujer como ella. Capaz de no depender de un hombre para
mantenerse, pero incapaz de vivir sin uno. Todavía visitaba al hombre que la embarazó
a los trece años, de vez en cuando iba a la cárcel donde lo habían encerrado
con perpetua.
- ¿Y a quién mató?
-Muito…
Cuando
el hijo se hizo hombre la ayudó en la pulpería, pero no era trabajo para él.
Quería buscar mujeres con plata, así que se fue a Bahía, a Sao Pablo, a Río. Y
enganchó a una de buena familia. Nunca le dijo qué le había pasado. La mujer se
murió, a lo mejor de un aborto, o Gaspar la había matado. La cuestión es que su
hijo se fue a la Argentina. Desde entonces no sabía nada de él.
José se vistió y vio el horno en la
habitación, destartalado.
- ¿Me prestás eso?
Ella se encogió de hombros y le preguntó
cuándo volvía. Él hizo el mismo gesto.
- ¿Vocé gusta da minha buceta?
La besó en la vagina, vieja, pero que no
había sido demasiado usada, y por eso le gustaba. Agarró el hornito y
salió. Sentía en la lengua el sabor de
su propio semen luego de besarla.
Por
las noches preparaba algo para el francés y para él, y calentaba la leche que
le traían para Maximiliano. Se la daban a beber en cucharitas tibias,
exactamente diez cucharitas cada cuatro horas. Era el único remedio que el
francés había recetado. Se sentaba junto a la cuna que era simplemente un cajón,
con la cabeza apoyada en un brazo y el codo en el borde. Pensaba, y a veces
dormitaba. José iba y venía por la habitación, tratando de calmar sus nervios
haciendo cosas: cocinar algo, asear las sábanas y mantas del chico, ir a la
pulpería a buscar algo, y encargarse de los que seguía preguntando por el
veterinario. La vieja Ágata había vuelto dos o tres veces. Se metía sin llamar
y se aparecía al lado de la cuna. Cruzaba algunas frases en portugués con Dergan.
Ella se comportaba como ofendida, decía algo con suavidad, sin embargo, y luego
se iba.
- ¿Qué dijo? -preguntaba José cuando no
podía vencer la curiosidad.
-Algún consejo homeopático. Se interesa
por los niños, dicen que fue uno de los motivos de su transformismo. No se
conformaba con engendrar, quería concebir.
-Macanas-dijo Iribarne. - ¿Cómo ve a
Maximiliano?
Habían pasado varios días. La fiebre había
cedido, pero las piernas y los brazos del chico estaban fláccidos. Y los ojos
estaban ciegos.
-No creo que sobreviva-contestó Dergan. -
Le recomiendo rezar, ya que ustedes los españoles son tan creyentes. Por lo de
la Inquisición y todo eso, digo.
No reparó en el sarcasmo, sólo en el
consejo. Pensó en Manuel, el hijo destinado al sacerdocio. Recordó la ira del
padre y la desilusión de la madre cuando les contó que se casaba con Altea, una
extranjera. ¿Por qué lo hizo?, se preguntó cuando le escribieron los padres
contándoles la decisión de su hermano. ¿De qué huía? Porque no había otra
palabra para definir esa decisión. Si para cualquiera tomar los hábitos era
huir del mundo, para los Menéndez Iribarne destinados a la Iglesia era lo
contrario: aceptar la realidad. Manuel, sin embargo, se había refugiado en el
matrimonio. Amaba tanto a Altea como creía amarla. La verdad de ese sentimiento
estaba en el razonamiento utilizado para explicarlo.
La pasión de Manuel era Cristo. Natacha
había insinuado eso cuando hablaron mientras cuidaban a Altea. José sabía que
Manuel lo había adorado como hombre y como Dios. Era su hermano mayor, como
José. Era la protección, como José. Era quien no le pedía nada a cambio, sólo
lo que él quisiera darle, ¿como José? Manuel sentía que debía darlo todo a
cambio de todo eso: la responsabilidad adquirida lo exigía.
El deber se había convertido en deseo.
Esa noche, mientras Dergan dormía en el
jergón que habían armado, José se arrodilló junto a la cuna. Apoyó las manos
con los dedos entrelazados sobre la sábana. Sintió la humedad del sudor de la
orina del chico, de la leche que se le había derramado por la comisura de los
labios.
Rezó, pero no le hablaba a Cristo sino a
Manuel. Su hermano se obstinaba en abandonarlo, primero el casamiento, luego la
huida a América, después su muerte, y ahora esta segunda muerte. Lo que Dios
creaba debía morir porque su inmortalidad superaba cualquier de sus creaciones:
si hasta a su propio Hijo le había sucedido. Pero lo que el hombre creaba era
inmortal porque nunca vería, o debería ver, la muerte de sus criaturas. Para el
padre los hijos son inmortales. Y eso era Maximiliano: su creación. El Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo. Los roles intercambiados como en una obra de
teatro para que los actores no se cansasen jamás de sus personajes.
La
cruz.
Se
tocó la cruz que llevaba colgada sobre el pecho. Se la sacó y se la puso a
Maximiliano. Le quedaba grande, tanto que ocupaba todo el pecho del chico hasta
su panza.
Tal era su rezo.
Una cruz robada.
Ágata volvió a entrar en la madrugada.
Traía una caja de madera. Dentro de ella se escuchaban ruidos de vidrios al
dejarla sobre la mesa. Sacudió al francés, que dormía ovillado en el jergón. Dergan
abrió los ojos, se levantó, salió a orinar, regresó y se lavó la cara. Vio la
caja que ella le señalaba, asintió, le agarró una mano y se la besó como en los
viejos tiempos de la corte.
José observaba todo esto desde la silla
junto a la cuna. Tenía la espalda dolorida, pero escudriñando, simulando
dormitar con los párpados semicerrados. Vio a la vieja hacer una reverencia, y
casi se delató cuando no pudo evitar una sonrisa. Tan ridícula parecía ella,
con su ropa de puta vieja haciendo esa reverencia. Ambos eran residuos de un
imperio, engendros, monstruos de dinastías acabadas. Sin embargo, la ridícula
ingenuidad con que desarrollaban esa pantomima era sólo una fachada, porque
detrás había un significado de simbolismo, y éste era serio, y hasta verdadero.
Dergan abrió la caja y fue sacando los
frascos que dispuso sobre la mesa. Era toda una farmacopea que la vieja iba
aclarando en cuchicheos al oído del francés. Él levantaba un frasco y atisbaba
el color y la densidad del contenido. Ella se acercaba y miraban juntos, a
trasluz. Era tan alta como él, pero sus movimientos femeninos contrastaban con
su cara con vello. Luego de un largo rato, él eligió tres frascos, y tardó en
decidirse por el tercero. Discutieron un poco, en voz muy baja, mirando hacia
donde estaba José de vez en cuando. Hablaban en portugués, y a Iribarne le
costaba la comprensión más de este idioma que del francés. Sin embargo, la
pantomima de hospital hacía comprensible toda significación. Luego ella salió,
otra vez erguida y sin hacer reverencias. Ya no era la dama de la corte
interesada en estudios de química que debía ocultar a los ojos de los pacatos
intereses de una sociedad cerrada, sino la bruja de un pueblo originario del
Brasil, un desierto rodeado de selvas. Al salir, se escucharon los gritos de
los chicos que la rodearon.
Ya había amanecido. El francés calentó
agua en el fuego y esperó acuclillado, mirando los frascos en sus manos.
- ¿Qué tiene ahí? -lo sorprendió
Iribarne, que le hablaba desde el rincón donde orinaba. Luego, se acercó
abrochándose el pantalón y luego se desperezó con un bostezo largo. Se llevó
las manos a la cintura e intentó estirarse.
-Le daré algo para eso-dijo el francés. Le
trajo un polvo que disolvió en el café que había terminado de preparar.
- ¿Qué son esos frascos? - volvió a
preguntarle.
-Algo para combatir la infección. ¿Cómo
pasó la noche el chico?
-Dormido, y tan quieto que a veces creí
que se había muerto.
Se acercaron a la cuna. Dergan lo
asucultó y le tomó la temperatura. Tenía en la cara una expresión sombría.
-Está peor, ¿no?
-Oui. Prepararé la medicina.
Tardó dos horas en mezclar las dosis
adecuadas del contenido de los frascos. Utilizó un gotero para medir, pero en
varias ocasiones debió desecharlo y volver a empezar. José lo veía hacer
mientras cubría a Maximiliano con paños para bajar la fiebre, pero únicamente
reaccionaba al sentir el frío y luego volvía a dormirse. No lloraba, casi no se
movía. Cuando abría los ojos, eran grises como dos ventanas a un cielo de
invierno.
Después del mediodía, el francés se acercó con
una jeringa sin aguja, y colocó el extremo entre los labios del chico. Fue
liberando el preparado lentamente. Casi siempre se derramaba por la comisura de
los labios, pero algo llegó a deglutir.
- ¿Qué es lo que le dio? - De pronto, se
dio cuenta que en su pregunta resonaba un resabio de desconfianza. Agarró al
francés de la ropa y le dijo:
- ¿Qué están tramando usted y el viejo
vestido de mujer?
Dergan no pudo evitar reírse, y su
aliento inundó la cara de José.
- ¿De qué se ríe?
-De usted, amigo mío, y de la ignorancia
tras la que se obstina en ocultarse.
Entonces José lo soltó y fue a ver la
caja. Los tres frascos estaban vacíos sobre la mesa. La abrió la caja y vio el
resto, pero lo que no había visto antes era que el interior estaba revestido
con cuero, ¿o piel? Y que en algunos frascos no había líquido, sino pedazos o
astillas de huesos, y en otros pequeños corpúsculos que le hicieron pensar en
embriones.
Se dio vuelta para mirar a Dergan, que
estaba a su espalda con las manos apoyadas en los hombros de José. Esa
intimidad le agradaba, porque de pronto ambos compartían algo que no necesitaba
decirse: la choza fría en el desierto verde, el chico que cuidaban, el olor de
los medicamentos y la mujer que iba y venía con su simbiosis de sexos
intercambiados.
José Iribarne había comprendido. No hay
dioses, quizá, con la forma y concepción en que él y Manuel habían sido
enseñados. Esas eran las maneras de la Iglesia, civilizadas y bien educadas, lo
que no significaba nada más que formas y maneras. Bajo la iglesia están los
cementerios, y con su contenido se desarrollaba la alquimia de la vida y de la
muerte.
Fetos, pedazos de niños muertos, de
nonatos, de abortos, de los sacrificados en el río, de amputaciones
sacrificiales, de restos de hogueras, de músculos cortados, de úteros
extirpados, de coágulos de sangre, trozos de intestinos, huesos rotos, cráneos
partidos, y la férrea masa del cerebro, con su contenido de tiempo y espacio
infinitos, hecha una masa homogénea, maleable y sumisa a la fuerza de los dedos
de hombre-mujer-hombre que se transformaba a su albedrío: como un Dios salido
de la tierra, engendrado con agua y savia, formado el esqueleto con astillas de
antiguos huesos, adheridas una a una con saliva y afirmados con la hiedra que
lentamente se iba transformando en tegumentos: piel, uñas, pelo.
El hombre-mujer-hombre carne, la
mujer-hombre- mujer vegetal.
La simbiosis construida con alquimia y
con instrumentos quirúrgicos.
¿Qué era lo que el francés le estaba
mostrando ahora?
Dergan sacó de la caja una varilla corta,
de metal plateado, de poco mayor espesor que una aguja.
- ¿Es uno de sus instrumentos de matanza?
-preguntó José.
Dergan sonrió, ya no le molestaba el
sarcasmo de Iribarne, lo apreciaba por eso y por todo el tiempo que habían
pasado juntos: esas pocas noches de vigilia junto a la cuna. Y por la tarea que
se habían asignado. Ya no hablaba en francés, a excepción de su acento, ni
parecía esforzarse en el castellano. Las apariencias se estaban apartando,
avergonzadas de su inutilidad. Pasó un brazo sobre los hombros de José y lo
llevó hasta la cuna.
-Mire-dijo, agachándose sobre Maximiliano y
abriéndole los párpados. - Está ciego.
-Como su madre. Gonçalvez decía que, aun
así, ella veía.
-Esos sepultureros saben de la vida porque
saben de la muerte. Hay muchas formas de ceguera, como muchas formas de la
muerte. De algunas se vuelve.
- ¿Y usted qué piensa?
-Esperaremos hasta la noche. Si no baja la
fiebre, lo operaré.
Durante la tarde se sentaron uno a cada
lado de la cuna, a veces con los brazos cruzados, o los codos en las rodillas y
la cabeza apoyada en las manos, o cruzando una pierna sobre otra. Siempre
mirándose de tanto en tanto. El pensamiento del francés tan claro y luminoso
podía leerse en los ojos verdes de Dergan. El pensamiento enrevesado y trágico
del español brotaba y se escabullía por senderos escabrosos.
Cuando uno salía a caminar bajo el sol
rodeado de nubes, rodeado del reflejo perlado de todos los días en ese pueblo
de Bom Jesús, el otro permanecía dentro, dando vueltas de una pared a otra,
dándole vuelta a los pensamientos, como si explorase en la faz interna de un
cráneo la cartografía de la especie: los surcos de los ríos-venas, los valles
de la sangre, los montes de tejidos muertos, las llanuras de la depresión, las
selvas densas de lo inexplorado: lo oculto en lodazales y pantanos: la región de
la que no se vuelve más que en forma de fantásticas alucinaciones: lo
inconsciente como una arquitectura barroca hecha de huesos enterrados en arena.
Llegó la noche y los encontró juntos y
en silencio. Uno parado, esterilizando en agua hirviendo la varilla de metal.
El otro, lavando el cuerpo desnudo de Maximiliano con agua tibia y jabón.
Las manos del francés, envueltas en guantes de
tela fina preparaban la caja de cirugía. Las de Iribarne acariciaban la piel
mientras lo rodeaba de telas limpias luego de cortarle el cabello fino y dejar
su cabeza blanca y calva. José le sonreía al chico mientras le hablaba en un
murmullo incomprensible. Se dio cuenta de que hablaba en latín: las bendiciones
que solían dar en su casa de Cádiz cada día y cada noche. Los ritos del
suplicio eran los mismos que de la bendición.
Afuera estaba oscuro, y se escuchaba el
murmullo de muchas voces hechas un solo y armonioso coro de inquietudes, como
una letanía. La choza estaba iluminada por las doce lámparas que Ágata había
traído en la tarde, encendiéndolas y disponiéndolas alrededor de la mesa sobre
la que habían puesto a Maximiliano.
Iribarne no sabía exactamente lo que iba
a hacer el francés. Se lo había explicado minuciosamente durante la tarde,
haciéndole esquemas anatómicos con una exactitud que invalidaba su condición de
simple veterinario de pueblo chico.
-Los recién nacidos tienen huesos
blandos-le había dicho. Tenía el rostro iluminado de un profesor de la Sorbona
enseñando filosofía, pero era más que eso, porque explicaba las condiciones de
la carne. -Especialmente los del cráneo. Como están en un crecimiento rápido,
las suturas que los unen están abiertas para que se deslicen casi como las
masas de los continentes sobre la lava del mundo.
La voz del francés lo extasiaba como un
vino de buena calidad bebido lentamente durante toda una noche. Bajo su voz, la
anatomía no era papel y lápiz, sino el recorrido por los pasillos de hospitales
y morgues, a veces luminosos, otras en penumbras, rodeados de fríos vahos de
medicinas y formol, con ecos de voces que en ocasiones eran las risas de las
enfermeras y el vocerío de los médicos, otras los quejidos de los enfermos. Y
también los ruidos de los pasillos: ruedas chirriantes de camillas, cosas que
se caen, taconeos trastabillantes, motores que se encienden y apagan sin ritmo,
y en el silencio de la mitad de la noche, el silbido de los tubos de oxígeno
que se escapa y que huye cuando puede para evitar que los hombres respiren,
como si fuese una mala costumbre que el ser humano debería desterrar de su
cuerpo para siempre.
-Hay dos orificios, mon cherie. Se llaman
fontanelas, una anterior y otra posterior. Por una de ellas entraremos.
Aunque sólo él lo haría, en esa clase
improvisada le hablaba a un auditorio que era más grande que su único escucha
dentro del ámbito en que estaban. José adivinaba que Ágata estaba tras la
puerta, seguramente, oyendo, y tras ella todo un pueblo que admiraba la
elocuencia.
Maximiliano ya no se movía. Parecía un
cadáver, excepto por el color sonrosado de la piel y el flagrante sudor que lo
extenuaba.
- ¿Qué tengo que hacer? -preguntó José.
Las manos vellosas le temblaban un poco.
-Alcánceme el instrumento que le pida,
séqueme la traspiración de la cara de vez en cuando, y tenga firme al chico,
por si se mueve.
- ¿Lee va a doler?
-Está comatoso, por supuesto que no. De
todos modos, sólo podría molestarle la incisión en la piel, pero una vez dentro
del cráneo no sentirá nada.
Dergan se lavó las manos concienzudamente
durante diez minutos, y le dijo que hiciera lo mismo. Fueron diez minutos de
silencio y miradas evasivas. Luego se pusieron guantes y Dergan agarró un
bisturí. Punzó apenas la piel del cráneo sobre la frente, en la intersección
del hueso frontal y los parietales. Fluyó sangre y la limpió. Dejó el bisturí
en la caja y tomó la varilla de metal, que tenía un extremo romo y otro
puntiagudo. Introdujo éste en la incisión, lentamente, observando la cara del
chico.
José miraba, parado del otro lado para
sujetarlo si se movía, pero era como tener un muñeco de trapo entre las manos.
Renaud Dergan seguía su labor de
precisión, avanzando en profundidad tan lentamente que era como si avanzase a
milésima de milímetro cada vez. Una gota de sudor cayó sobre la cara del chico,
y Dergan miró a José con enfado. Iribarne secó la frente del francés. Ya no se
descuidaría ni interrumpiría la concentración de ese hombre que se estaba
metiendo en el cerebro de un recién nacido. ¿Qué futuro estaría destruyendo,
qué muertes estaría evitando, y menoscabando qué talentos? ¿Debería cargar con
un inválido por el resto de sus días? ¿Ciego, sordo y mudo, y del todo
inmovilizado? ¿Un cadáver viviente como una cruz sobre su espalda?
Y de pronto pensó en Manuel, en la cruz
de su alma ausente en la iglesia de Cádiz. Cargaría la cruz de su hermano sobre
sus propios hombros, aunque el aleteo de los murciélagos invisibles lo
ensordeciera para hacerlo perder el rumbo. Sabía que el camino del Calvario era
siempre el mismo, y el Vía Crucis tenía siempre el mismo largo. El problema era
el tiempo, tan exquisitamente variable que podía llevar a la locura.
Eso era lo que estaba pasando ahora. La
noche afuera, llena de murmullos de niños que parecían a veces grillos, a veces
búhos, a veces sapos. Adentro, la luz de las doce lámparas rodeadas por
múltiples polillas que provocaban sombras agigantadas en las paredes. Y esas
sombras pasaban por encima de la mesa donde estaba Maximiliano. Como aleteos de
murciélagos.
El francés habló. Dijo algo en su idioma,
un insulto, tal vez. Pero en su cara había regocijo.
Del orificio de la incisión empezó a
salir un líquido transparente que resbalaba y caía en la mesa. Luego se fue
tornando rosado y después rojo.
Dergan
movió un poco el estilete hacia la izquierda. Según le había dicho, debía
llegar al techo de la órbita, donde según creía se había cumulado la infección.
Pasaron minutos, o tal vez segundos, ya no
tenía idea del tiempo. El estilete había entrado más de la mitad, y de pronto
Maximiliano abrió los ojos. Seguían ciegos, con la mirada perdida, pero por un
instante creyó que se fijaban en él. Tan ensimismado estaba en esa extraña
expresión que ya tarde vio que por el orificio salía pus. Olía suavemente
dulce, y Dergan dejó que el líquido fluyera hasta extenuarse.
Fluía y resbalaba por el cráneo, detrás
de las orejas y hacia la nuca. José quiso limpiar, Dergan dijo que no. Quería
hacer algo para ocultar el temblor de sus manos. Había matado y hecho trizas
cuerpos y almas en su vida, pero el cuerpo Maximiliano era diferente a todo lo
que hubiese conocido. No era un ángel, por supuesto, ni tampoco una cría de animal.
Era un simple objeto que estaba más allá de la comprensión de sus dedos. Había
intentado entenderlo con su tacto porque no había podido penetrar con su
mirada, pero ni en uno ni en otro sentido pudo comprenderlo. Ni el llanto lo
explicaba, y el olor que despedían las secreciones del chico eran simples
muestras de animalidad. Sólo una vez, llevando sus labios a la frente de
Maximiliano para percibir su fiebre, su lengua tocó la piel del chico, y creyó
ver algo que después empezó a comprender, y recién muchos años más tarde,
quizá, entendería del todo como quien ve una ciudad completamete construida:
los cimientos y los pináculos de edificios tan hermosos como torres de acero y
cristal. Pero por más que lo intentara, no podía vislumbrar nada por los
cristales de las ventanas espejadas.
El líquido se detuvo. El francés limpió
y tapó el orificio. Vendó la cabeza de Maximiliano, y dijo:
-J’ai fini.
El chico había vuelto a cerrar los ojos,
pero el izquierdo estaba levemente entrecerrado.
Dergan se sacó los guantes y se lavó las
manos. Se veía preocupado.
- ¿Qué pasa?
-Lo que esperaba, que el esfenoides
ofreció resistencia.
-No entiendo…
-A veces, para sanear un hueso, hay que
romperlo.
Durante los días siguientes Maximiliano
despertaba y se movía en diferentes estados de excitación. Lloraba durante
horas y se agitaba como con convulsiones, pero que según Dergan se trataba de
una sobreexcitación del sistema nervioso que era normal. Tres veces por día lo
revisaba y evaluaba los reflejos. A veces el chico se quedaba quieto otra vez
durante todo un día, y Dergan comprobaba el reflejo del ojo izquierdo. Se
rascaba la cabeza, como si algo no encajara en su rompecabezas anatómico.
-La visión está muy bien. Vea, mo
cherie, cómo sigue la dirección del haz de luz. - Con la linterna de mano iba
de un lado a otro, y los ojos de Maximiliano las seguían fielmente.
- ¿Entonces qué lo preocupa?
-Que debería tener secuelas, es decir,
alguna señal de su enfermedad. No digo que debería quedar inválido de alguna
manera, pero estos cambios tan largos y variados en su sistema nervioso, no
coinciden con la falta completa de signos. Todo me muestra que está bien, pero
su sistema fluye de un estado a otro sin razón. Como si su cuerpo no estuviera
conforme con ningún estado, ni la quietud ni la excitación. No encuentra el
equilibrio. Y todo eso, me parece…- El francés se rascaba la barba con fuerza,
escarbando en busca de respuestas. -…tiene que ver con el sistema vestibular
del lado izquierdo. A lo mejor la infección se extendió al parietal y yo me
conforéó con drenar la región supraorbitaria.
Hizo ruidos fuertes junto a cada oído de
Maximiliano, tapando sucesivamente el contrario. Ambos tenían las respuestas
adecuadas.
-No hay signos de sordera.
Lo levantó y lo mantuvo sentado en la
cuna. Maximiliano miraba a uno y a otro, girando la cabeza, y llegó a sonreír
por un momento. Pero si lo soltaba apenas un poco, caía hacia la izquierda.
Dos semanas completas duró tal estado. La
sobrexcitación ocurría cada ocho o diez horas, y luego dormía el resto del
tiempo. Después los lapsos se hicieron más cortos y por eso más frecuentes, sin
embargo, los sobresaltos eran menos intensos y menos profundo el sueño. Estaba
muy flaco y como bebía y comía tan poco, porque no podían hacerlo tragar ni
deglutir, temían que muriera de desnutrición. No había fiebre y sus sentidos
respondían plenamente.
Un día, casi un mes después, Maximiliano
estaba sentado en la cuna mientras José lo sostenía. Dergan le indicó que lo
soltara. El chico se mantuvo erguido, pero levantó un brazo y señaló hacia
adelante en un punto impreciso de la choza. Ambos miraron, pero no vieron nada.
Maximiliano ahora gritaba con enojo y miedo, señalando la pared. Pero la pared
estaba ensombrecida por el techo y la sombra de la puerta.
José se quedó intrigado, y fue a ver
llevando una lámpara. Entonces vio la cruz de Altea que había colgado en la
pared. Ninguno de ellos podía verla desde la distancia en que estaba.. Dergan
revisó otra vez los ojos del chico. Hizo pruebas poniendo cerca o lejos
diversos objetos, pero Maximiliano sólo respondía a la cruz.
Al día siguiente el francés le habló a la
vieja Ágata sobre eso. Ella puso una mano sobre la cara del chico, y cerró los
ojos.
-Eu
vejo o que ele ve.
-Quès que c’est?
-Todos.
Y entonces lo levantó en brazos y comenzó a
mecerlo. Ella lloraba y lo abrazaba contra su cuello.
Para fines julio Maximiliano había crecido y
los lapsos se habían normalizado. Dormía mucho, pero sus estados de vigilia
eran tranquilos y únicamente lloraba si tenía hambre. Hicieron pruebas sobre
sus ojos, pero ya no obtuvieron más que respuestas normales. Sin embargo,
cuando tenía la vista fija hacia adelante, era como si buscase algo que había
perdido. Giraba la cabeza de un lado a otro. Al principio parecía generarle
angustia, y se dormía intranquilo, luego parecía haberse olvidado de todo eso.
El francés, luego de revisarlo un día,
dijo:
-Hay una mancha en la retina del ojo
izquierdo.
- ¿Y qué con eso? - preguntó Iribarne, que
recién regresaba de hablar con uno de los hombres de la pulpería. Había estado
buscando a alguien que lo llevara Río, y lo había encontrado.
-Es una señal de ciertas secuelas de
infecciones o fracturas. Cicatrices internas, ¿comprend?
- ¿Entonces ya no ve lo que veía?
-Ve lo que vemos todos, mon cherie.
*
Un día de
invierno, en la primera semana de agosto, llovía y la tierra era una masa de
fango en la que se hundían las carretas, los perros viejos se quedaban atascados
y morían a pedradas de los chicos, y hasta la hoz de la muerte parecía estar
dibujada como un arco iris negro en el cielo.
Ese día eligió José Menéndez Iribarne para
partir. Había organizado un largo itinerario que no sabría si podría cumplir,
pero lo intentaría salvando los inconvenientes. Primero el tipo de la pulpería
lo llevaría en carreta hasta la ciudad más cercana donde pudiese encontrar
alguna estación de ferrocarril. Después de dejar la última estación, otro viaje
en barco por los ríos transitables, y luego otra vez ferrocarril y carreta.
Donde no pudiera, compraría un caballo y cabalgaría toda la distancia necesaria
hasta Río de Janeiro.
Ese día, muy temprano, armó una valija
liviana y puso a Maximiliano en un arnés con mochila que le había dado Lucía.
Así había cargado a su hijo Gaspar y aún la conservaba. José la arregló y la
reforzó. Maximiliano se quedó tranquilo mientras miraba hacia el cielo
encapotado.
-Mal día para viajar, querido-le dijo Lucía,
que había ido a despedirlo.
El
francés lo miraba desde la puerta del rancho, con las manos en los bolsillos y
la pipa en los labios.
-No te preocupes- dijo, y le dio un beso. La
vio alejarse con los brazos bruzados sobre un chal de lana mojado.
El francés se acercó.
- ¿Por qué no espera mejor tiempo?
-Porque el invierno en España es más crudo
que acá, y espero llegar antes que empiece. Además, no tengo nada que hacer por
estos lares. He tenido suficiente de América por un largo tiempo. Extraño
España, y no quiero que el chico crezca allá.
Se abrazaron, y el francés le dio dos
besos según su costumbre, uno en cada mejilla.
-Voy voyage, mon cherie. Extrañaré su mal
humor. - Le dio una palmada en el trasero cuando José se dio vuelta.
-Adiós, matasanos y cura bestias. Que te
muerdan los perros y te mueras de rabia.
La risa del francés no se detuvo hasta que lo
vio la carreta alejarse y perderse bajo la llovizna y la niebla.
José miró atrás varias veces, hasta perder
de vista el rancho y la gente que estaba en la puerta, el francés, y un poco
más lejos, la vieja Ágata, rodeada de chicos en tan gran cantidad, que a medida que se alejaba, parecían crecer como
un gran lago de cabezas negras nacidas del barro.
El
viaje fue demasiado largo.
Por Minas Gerais encontró el apellido de
los Gonçalvez en casi cada pueblo, y no había quien no los nombrara. Abusando
del nombre de Estanislao, le dieron albergue cuando de otro modo se lo habrían
rehusado, o le prestaron dinero en los pocos bancos para seguir el viaje.
Varios tramos del ferrocarril estaban en
mal estado, y la locomotora se detenía cada quince minutos en lo que debía ser
un viaje de cinco horas, prologándose a casi un día. Luego el transbordo para
cruzar varios ríos. Se cruzó con muchos mineros que iban a trabajar antes del
amanecer y regresaban apenas anochecía. Eran hombres silenciosos que lo
acompañaban mientras él cabalgaba con la mochila y el chico. Lo miraban con
curiosidad, porque no era común ver un hombre de la distinción de Iribarne
cargando a un recién nacido, solo y sin mujer. Con ellos iban los hijos, con la
piel tiznada y encorvados. Escuchaban la conversación de sus padres, y de vez
en cuando echaban una mirada al bebé.
Más de veinte días después llegaron a Río
de Janeiro. Entraron sobre una mula que le vendieron cien leguas antes, y que
se moría de vieja. Vio la vegetación junto a la bahía, y los enormes peñascos
que eran con dos enormes jorobas en la espalda del Brasil. Pero la cara de la
bahía miraba hacia el océano.
Recorrió las calles hasta el puerto,
caminando, porque dejó la mula sin atar para que alguien la encontrara muerta.
Caminó con una valija en una mano, y la otra apoyada sobre la espalda de
Maximiliano.
Había muchos barcos anclados, otros que
zarpaban para la pesca nocturna y otros que volvían y bajaban las redes. Pero
no vio ningún buque.
Preguntó en las ventanillas de uno de los
edificios del puerto, alto y estilo imperial, los techos trabajados con cupidos
y cariátides sosteniendo las columnas. Se dirigió a una de las ventanillas con
enrejado colonial, y un viejo que contaba boletos en el escritorio. Levantó la
vista una sola vez cuando lo vio acercarse, luego siguió contando, y de vez en
cuando se mojaba el dedo con la lengua para ayudarse a pasar los boletos.
-Disculpe, quería saber cuándo zarpa el
próximo buque a Cádiz.
El viejo contestó sin mirarlo.
-Acaba de zarpar uno ayer...-Dejó lo que
hacía, sacó un libro de registros enorme y pesado del estante tras el
escritorio y consultó página tras página durante un rato.
-El próximo llega en quince días, más o
menos, desde la España, zarpa una semana después de regreso.
- ¿A qué puerto?
- ¿Se está burlando? ¿No me dijo Cádiz?
Hace treinta años que los veo ir y venir…hay cada uno-dijo después en voz baja
y guardando el libro.
-Disculpé, es que hace tanto que me vine
de allá, y he pasado por tanto…
-No soy su paño de lágrimas, señor, váyase
a llorar a una iglesia y no me haga perder el tiempo.
Retomó su trabajo de contar: dedo, lengua,
papel, en ese orden y sin altibajos.
José se quedó parado. Parecía un
provinciano perdido en medio de la gran ciudad. Pero pronto regresaría a España
y volvería a ser quien había sido.
-Disculpe otra vez, no quiero molestarlo,
pero quisiera sacar un pasaje para ese buque…
El viejo dejó la pila de boletos, resopló
con fastidio y empezó a anotar en un libro abierto a su derecha.
-Nombre
-José Menéndez Iribarne.
-De toda la familia…
-Solo mi sobrino y yo. Tiene tres meses, se
llama Maximiliano Menéndez Iribarne.
Le extendió los boletos con letra grande y
clara. Le dijo el precio. José pagó.
-El equipaje debe traerlo seis horas antes…
-Tengo nada más que una valija…
-No me interesa lo que tenga, no le
pregunté eso…El niño no debe salir del camarote, esa son lar reglas…
-Está bien-dijo José. El carácter del viejo
le recordaba a alguien, pero no recordaba. ¿No sería a él mismo, quizá, cuando
fuera viejo? El recio hombre joven se había perdido en una aparente debilidad
de carácter que lo preocupaba, pero el viejo le daba la esperanza de recuperar
pronto la seguridad de la insidia.
Guardó los boletos y cuando se dio vuelta
olvidó preguntar cuál era el nombre del buque. Temía encolerizar otra vez al
viejo, sin embargo, cuando regresó a la ventanilla, vio que lo estaba esperando
con una expresión de sorna.
-Lamento molestarlo nuevamente, pero
olvidé preguntarle el nombre el buque.
- ¿No sabe leer? Está escrito en los
boletos.
José se disculpó por su torpeza, se apartó
de la ventanilla y tropezó con una mujer que lo miró enojada. Pidió disculpas y
decidió sentarse y serenarse. ¿Qué era lo que le pasaba? Parecía un estúpido
principiante, como si fuese a viajar por primera vez. Él, que había sido
capitán de buques mercantes, que había casi recorrido el mundo, y había vendido
armas en todas partes.
Se dijo que la
culpa la tenía América, el clima insoportable del litoral, el ambiente
insalubre del río, la inundación y los mosquitos, los golpes que le habían dado
las mujeres, y el disparo de un carabinero de mierda.
Levantó la vista al cielo de la noche que
se acercaba. Volvía a llover suavemente una vez más, pero la suavidad se
convertía en rispidez con su incesante repetición. Sacó los boletos para leer
el nombre del barco. Al principio no pudo creer lo que leía.
“José
Manuel De Goyena, sábado 11 de septiembre, 9 horas”
Se empezó a reír, moviendo a Maximiliano y
despertándolo del ensueño en que se había sumido sobre su pecho.
-Regresamos-le dijo al chico. -Regresamos
a España. Ya vas a ver la vida que vamos a tener, querido. Si hasta viajaremos
en nuestro barco, querido, o como si fuera nuestro porque lleva nuestros
nombres. ¿Nunca te contó mamá que Goyena fue pariente nuestro? Así decía ella,
la pobre, cuando papá no estaba en casa para hostigarla.
Había recuperado la confianza. Se
levantó, agarró la valija y buscó un hotel. Caminó muchas calles hasta
encontrar el que creía adecuado para ellos. Estaba a dos cuadras del peñasco
que llamaban Pan de Azúcar.
-Una habitación…
El conserje, atildado y serio, miraba su
ropa sucia y la barba sin afeitar.
- ¿El chico es suyo?
José sintió que renacía la arrogancia.
- ¡Por supuesto! ¿Sabe a quién le habla?
Capitán de fragata de la Armada Española, José Menéndez Iribarne-. Y presentó
los papeles que estaban en un pliegue de la valija desde hacía tanto tiempo,
tanto como el que estaba en América.
Le dieron una habitación con vista
espléndida a la bahía. En la mañana abrió la ventana y dejó que el paisaje del
mar y los cerros de la península entrara con la luz del primer día despejado en
mucho tiempo. Se desperezó con fuerza y ganas. Vistió a Maximiliano, que había
dormido junto a él en la cama, y bajaron a desayunar.
Ordenó con jactancia, porque eso también
había recuperado. Comió y bebió en abundancia, le dio el biberón a Maximiliano,
consciente de que las mujeres de las otras mesas lo observaban con curiosidad,
y sentía cómo iba creciendo su orgullo. Los hombres se sonreían,
despreciativos, pero ellas no dejaban de mirarlo.
Luego se levantó, puso al chico en su arnés y
comenzó a caminar por la calle hacia el cerro. Preguntó si podía subir, y le
dijeron que lo llevarían. Pagó, subió al carro que arrastraban dos negritos, y
fue viendo cómo el mundo iba ampliándose a su alrededor a medida que ascendía.
En la cima se paró a mirar. A un lado la
tierra y la selva, y mucho más allá el río y toda la vieja América. Del otro el
mar, inmenso, interminable, y hasta imaginó llegar a ver la costa de España. Se
rio de sí mismo, y vio que Maximiliano también miraba hacia el mar, y se reía.
Tenía la cruz en el bolsillo, el único
signo que se llevaría de esa tierra que tanto mal le había hecho, y a la que le
había ganado lo más inapreciable. España los esperaba para recibirlos con un
abrazo tan fuerte como la muerte.
Belén de Escobar
Octubre 2020- Junio 2024
Ilustración: "Judith decapitando a Holofernes" de Artemisia Gentilischi

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