domingo, 8 de marzo de 2026

Algo flota sobre el agua (Lajos Zilahy)

 






La tarde otoñal, tempranamente obscurecida, cubría el enorme río… Llamaban al Ángelus desde la torre de los minoritas. Las campanadas se perdían en el viento. Era el año de gracia de… hacia fines de noviembre. El viento se hacía más y más fuerte. Parecía arrastrar consigo la obscuridad desde el pueblo.


Más allá del gran río, en la ribera opuesta, donde el viejo bosque de encinas aun destacaba su negrura contra el dorado y pardo crepúsculo, manos invisibles asediaban una poderosa encina.


Los hachazos caían sordamente sobre el agua que los devolvía, yendo a retumbar, huecos, contra la despedazada orilla. Después se oyó cómo la enorme encina se desplomaba con un terrible suspiro. En su caída crujió durante largo tiempo, mientras los leñadores gritaban confusamente.


Aquí, a este lado, parecía como si el potente río, en su ciega furia, hubiera desgarrado la alta y abismal orilla. Raíces de decrépitos sauces pendían de la rasgada ribera, raíces sinuosas y gruesas como las tripas de un cuerpo despanzurrado. Más allá, un álamo partido mostraba sus blancos huesos. La orilla, al internarse en el agua, parecía un gigantesco y deforme ciervo, de frente de roca y cuernos de sauce, metido hasta las rodillas en el agua, refrescando sus horribles heridas. Porque la última crecida la había destrozado ignominiosamente. Las olas habían penetrado en sus carnes vivas cual las garras de un león enfurecido:


Saúcos, espinacas, artemisas, espinas, lampazos y demás malezas, con sus hojas enrojecidas en su marchitez otoñal, parecían grandes manchas de sangre seca. Aun de día era difícil ver a través del gigantesco río. Ahora, en la otra orilla, los contornos del gran bosque se deshacían, poco a poco, en la obscuridad. Sólo el río, mientras domado en apariencia se revolvía en su lecho, llevaba en su espuma una tenue luz cobriza.


En la orilla un hombre caminaba. De su demacrado cuerpo colgaba una anticuada capa negra, que el viento ceñía a su alrededor como bandera de luto al asta.


Ya había obscurecido totalmente. Se dirigió hacia donde brillaba, amarillo, el cuadrado de una ventana. El angosto patio estaba rodeado por un cercado de seto. El viento ora abría, ora cerraba el bajo portón de mimbre. El portón lloraba y se quejaba como un ser humano encadenado. En el patio se erguían dos postes, de los cuales colgaban grandes redes. De cuando en cuando, éstas se estremecían como grandes alas de murciélago. Y parecían querer echar a volar en el viento. Pero volvían a caer y las esferas de plomo de sus bordes golpeaban como granizo en los postes.


El hombre de la capa negra, que parecía él mismo ser un jirón de la obscuridad, atravesó el patio y miró por la ventana. En el humo de la chimenea, que el viento aplastaba contra el suelo, se diluían exquisitos olores de comida.


El hambre debía roer las entrañas del peregrino, pues éste observaba a través de la ventana con ojos resecos y garganta convulsionada. Adentro, en la pieza, sobre la mesa cubierta de húmedas virutas de corcho, había una lámpara de aceite. El dueño de casa tallaba discos del tamaño de un sombrero de niño, destinados a mantener un extremo de la red en la superficie del agua. Proseguía su trabajo silbando, y de cuando en cuando alejaba de sí el disco para ver mejor su forma. Tendría unos veintiséis años. Su camisa azul, entreabierta, dejaba ver su pecho robusto y convexo y su piel dorada al viento. Al inclinar su cabeza sobre su trabajo, su cabello corto y espeso brillaba a la luz de la lámpara como el pincel con que se pintan las estatuas de madera. Su peinado en general parecía una capucha lisa y muy apretada contra el cráneo.


Tenía una cara regular, de rasgos francos y rectos. Aun no aparecían en su rostro esas peculiares y semiinvisibles arrugas y ángulos de los ojos, de la nariz, de la frente y de la barbilla, en los cuales, en algunos individuos, parece como si ciertos pensamientos se ocultaran como lagartijas en las hendiduras de las rocas. Su faz, que no se hallaba iluminada por la luz de una gran inteligencia, tampoco poseía la vaciedad de la estupidez. No era ni una cara hermosa ni una fea. Una barba escasa, como pelusa, encuadraba su rostro.


Sus ojos grandes, descoloridos, eran somnolientos, pensativos y bondadosos. No había nada extraordinario en este rostro. Si había en él algo de conmovedor, era, quizá, que allí se reflejaban los rostros de otros hombres, de millones de hombres. Era simplemente una cara humana, la cara de un hombre como en el cuadro del «Hombre Desconocido», de Sebastián del Piombo. Sin nada extraordinario, pero con el aliento de la eternidad en su frente.


«He ahí un hombre feliz», pensó allá afuera, en el helado viento, el peregrino, hundiendo su cuello en las profundidades de su andrajosa capa.


Pero, tal vez, era sólo su imaginación calenturienta, impulsada por el hambre que lo roía y por su espíritu extraviado. La mujer estaba sentada al lado de la chimenea y mecía la cuna. Canturreaba algo sin fijarse en la letra, sin ritmo, siguiendo la cadencia de la cuna:


Ay, mi niño, mi niño


ya mi niño se ha dormido


pensando en angelitos,


en el ángel de mi niño.


Siempre estos cuatro versos, sin alzar su voz en momento alguno y se un solo aliento y de un solo aliento.


Para el que la escuchaba desde fuera, la canción sonaba como el sordo zumbido de una avispa encerrada entre cristales.


El peregrino paseó su mirada por la pieza, tanto como el opaco vidrio y la mortecina luz se lo permitían. Era una pieza pequeña, baja, en la que todo, pero todo, brillaba y refulgía de limpieza. De una limpieza que era el resultado de la diestra mano de la ama de casa.


Las viejas vigas de la techumbre ocultaban antiguos libros de santos. En las cornisas las manzanas para el invierno, cuyo olor saturaba todo, mostraban su amarillo y rojo. Al lado de la chimenea había una profunda amasadora; en su interior, cubierta con un paño, se calentaba, hinchándose, la dulce masa del pan. De la pared colgaba un cuadro de santos y en los multicolores vasos del estante se veían espigas de trigo y centeno.


Una perra de enroscado pelambre yacía, feliz, frente a la chimenea, bien estirada… con sus cuatro patas hacia el fuego. La luz del fuego crujía y chasqueaba sobre su vientre y sus mamas negras como alquitrán. Más arriba, sobre el tibio banco de la chimenea, un gato de rayado pelaje se lavaba. Debía de ser una hora de bienestar en la habitación cuyo amoblado, aunque sencillo, dejaba ver que sus ocupantes no eran simples campesinos, sino gente más culta y de mejor situación.


Había también un viejo sentado en un sillón junto a la puerta, fumando pensativamente su pipa.


«Entro y pido algo de comer», se decidió el caminante, pues se dio cuenta de que en el hogar algunas ollas humeaban apetitosamente. Entró al vestíbulo, donde una sirvienta partía leña.


—Ave María —habló el recién llegado, tomando rápidamente el picaporte, que el viento quería arrancar con puerta y todo de su mano.


—Sin pecado concebida —replicó la muchacha, dándose vuelta y echando una sola ojeada. Pero se levantó y gritó—: Juan.


En esta casa estaban acostumbrados, al parecer, a semejantes visitas. El extraño entró. Frotando sus manos friolentas, inclinó la cabeza y saludó:


—Ave María.


—Sin pecado concebida —respondieron casi al mismo tiempo el hombre y la mujer.


El hombre se paró y avanzó hacia el huésped. La mujer sólo moviola cabeza y continuó meciendo la cuna como si fuera lo más natural del mundo que muy avanzada la noche llegara a la habitación un hombre sucio, haraposo y de horripilante aspecto.


También el perro se paró de junto al fogón, se desperezó y bostezó con casi humana tonalidad. Meneando la cola saludó al huésped y humedeció con la nariz el ribete de su vestido y la punta de sus zapatos agujereados.


Una barba de varios días desfiguraba el rostro del forastero. Con su largo y pelado cuello, curtido por el viento, que asomaba entre los amplios pliegues del abrigo, parecía un buitre. Tenía una nariz grande y ojos redondos que reflejaban la tortura de un animal azotado.


—¿Qué te trae por aquí, amigo? —preguntó el dueño de casa sin sobresaltarse.


—Estoy de viaje y la noche me ha sorprendido —dijo el huésped con voz seca y profunda, como si la garganta le quemara.


Juan se inclinó de pronto hacia él como si algo hubiera descubierto en ese rostro.


Como alguien que desconfía de sus ojos, le tomó de los hombros y le dio vuelta hacia la lámpara.


—¡Gregorio!


Y no podía retirar la mirada de esa cara fea y triste. El forastero arrugó la frente cuando lo llamaron por su nombre y de repente acercó el rostro hacia el dueño de casa para ver si acaso lo conocía. Pero se notaba que no podía recordar.


Así permanecieron algunos segundos. El huésped clavaba la mirada con esfuerzo desesperado en los ojos de Juan. Pero no podía reconocer esa cara.


—¿Te acuerdas del hijo del pescador? —preguntó Juan—. ¿Aquél a quien llamaban Juan Lucio?


El huésped alejó a Juan con ambas manos, como si se tratara de una aparición, y sus ojos brillaron con el fulgor del recuerdo. Después se descubrió la cara, se estremeció en todo el cuerpo, y dijo solamente:


—¡Oh, Dios mío!


Se recostó con el hombro contra el marco de la puerta y no se quitó las manos de la cara, como queriendo ocultar su aspecto actual, su existencia presente.


Juan contempló consternado al amigo de la infancia. Juntos habían vivido aquí, al borde de la corriente, durante varios años. El señorito Gregorio había llegado una vez a la ciudad con su preceptor en un coche tirado por un burro. Su padre era uno de los más acaudalados señores de la ciudad, lo que permitía vestir a su hijo con finas telas y botas de cordobán. Tenía también un preceptor, un hombre gordo y pequeño que llevaba sobre el chaleco verde una doble cadena de reloj, y hablaba con el niño una lengua extraña.


Cuando llegaron por vez primera, Juan se mantuvo parado a conveniente distancia y escuchó, intrigado, los extraños sonidos de los cuales no entendía una palabra. Y como en aquella ocasión oía un idioma extranjero por primera vez, su mente no podía comprender que aquellos sonidos confusos dijeran realmente algo inteligible para seres humanos. Todo el idioma le pareció diabólico e idiota. ¿Para qué todo aquello si uno se entendía tan bien en su propia lengua? El señor preceptor extrajo de su maleta unas raras varillas de bambú y las atornilló unas en otras.


Juan se sentó en el suelo y observó acuciosamente a ambos. ¡Ah, querían pescar!


El señor preceptor tenía en su mano la larga y flexible varilla, mientras resoplaba. Pero, finalmente, no pescaron un solo pececillo.


Juan entonces, a quien henchía un viejo orgullo de pescador, se plantó en la orilla con las piernas separadas, extrajo unas cuerdas del bolsillo del pantalón, ensartó un gusano en el anzuelo y lo lanzó al agua. Después de un rato fue enrollando el cordón en su mano y cuando lo extrajo del agua dio vueltas en su torno un pescado, fulgurante como la mágica y movediza plata del fondo del agua.


Barbo o perca, conforme fueran saliendo, sacaba los peces del anzuelo y los devolvía a las ondas en grandes parábolas. A los dominicales pescadores no les dirigía ni una mirada, para que no fueran a imaginarse que lo hacía por ellos. Cuando hubo demostrado su superioridad hasta la saciedad, se metió la cuerda en el bolsillo y se marchó sin mirar atrás.


—¡Oye, muchacho! —le gritó el preceptor.


Juan se dio vuelta displicentemente.


—¡Ven y enséñanos cómo lo haces!


Juan no se inmutó.


—¡Bueno, ven y recibirás un trozo de pastel!


Esta última palabra hizo tambalear su orgullo. Regresó y les enseñó a pescar. Entretanto ambos muchachos se observaban de reojo. Del largo pantalón de Juan asomaba la piel del color de corteza de pan quemado. Del otro lado, sobre su cabeza el señorito Gregorio lucía una pequeña gorra con pluma, y alrededor de su cuello se enroscaba un fino pañuelito de seda para protegerlo del frío.


Luego de un rato el hilo se agitó en la pequeña mano del inexperto citadino[1], y éste sacó del agua, con un grito de júbilo, su primer pez.


Desde aquella vez aparecieron casi a diario en la orilla del río el blanco aderezo del carrito tirado por el burro, el pequeño equipo de ruedas color amarillo limón, el gordo señor preceptor del chaleco verde y el señorito Gregorio. De la bien provista cesta sacaban toda suerte de costosas provisiones. Los dos niños intimaron con alma y corazón, como sólo lo hacen un niño pobre con uno rico.


Cierta vez también Juan ofreció a su amigo calabazas cocidas. El señorito Gregorio hubiera deseado comer también de aquello, pero el señor preceptor le arrebató las golosinas de las manos y las tiró al agua.


El bosque, la orilla del río, y más abajo el cañaveral fueron atesorando conmovedoras alegrías. En otoño, cuando las peras y las ciruelas maduraban, Gregorito las hallaba más sabrosas que cualquier halago de la ciudad. ¡En primavera y en verano, las aromáticas frutillas, las agridulces zarzamoras, los huevos de ave fría endurecidos en reluciente ceniza! Ellos se agazapaban largas horas entre las cañas que susurraban quedamente como sonidos de arpa; acechaban tensamente a los patos silvestres que en el resplandor del sol poniente nadaban río arriba, con sus relucientes cuellos de turquesa, y a las palomas silvestres que caminaban como sobre resortes. En la superficie brillante y húmeda de la arena, sus patas rojas dejaban huellas de estrellas.


En una Pascua, Gregorito invitó a su amigo a su casa, en la ciudad. En el carrito del pescado él había ido allí a veces, pero nunca pasaban más allá del mercado de pescadores, donde tiraban los diferentes pescados sobre las mesas encharcadas en sangre yagua en medio de un gran alboroto y griterío, y donde el suelo barroso estaba salpicado de escamas, como si hubieran regado a granel pequeñas monedas de plata.


La casa de la familia de Gregorio con sus fríos pórticos, el patio con sus blancas baldosas lavadas por la lluvia, eran para Juan una visión legendaria. ¡Y las habitaciones! Espejos, alfombras, decorados murales, cuadros, estatuas, libros, tanto que él no se atrevía a soltar su pequeño sombrero dominguero, pues de haberlo dejado, seguramente se habría perdido para siempre en medio de tan espantosa cantidad de objetos.


Lo que había allí de comer. Pese a que sólo lo hacían en la mesita pequeña, de donde con el cuello estirado se asomaban hacia la mesa de los mayores, mirando con hambrientos y curiosos ojos infantiles.


Sí; de ello hacía casi veinte años. Desde entonces no había visto más al señorito Gregorio. Pero cuando ahora entró el amigo, lo reconoció de inmediato. Ya de niño tenía una nariz curva y larga y aquellos grandes ojos de pájaro. Ya entonces poseía también un cuello más largo que el de los demás.


Juan se dio vuelta hacia su suegro:


—Padre, ¿sabe usted quién es este señor?


El viejo apretó los débiles ojos y escudriñó al huésped de pies a cabeza. ¿De dónde lo iba a saber si nunca lo había visto? Él había venido con su hija de otra comarca.


Cuando Juan se lo hubo explicado, meneó la cabeza de un lado al otro, rezongando incrédulamente.


Juan condujo de la mano a su mujer hacia el huésped y la presentó orgullosamente:


—¡Y ésta es mi mujer!


La mirada de la bella y bronceada mujercita derramaba bondad. De todos se apoderó el deseo de servir, tanto que Gregario no sabía en cuál silla debía sentarse, pues le ofrecían tres al mismo tiempo.


Recién cuando tomó asiento ante la mesa, los dueños de casa pudieron notar el aspecto de abandono del huésped. Pero hicieron como si no se dieran cuenta.


Gregorio hablaba poco. Disimulaba la violencia de su corazón con una sonrisa. Seguramente debía sentir lo lamentable de su aspecto externo, sobre todo a los ojos de esta gente que ya sabía quién había sido.


No puso las manos sobre la mesa, sino que las dejó descansar sobre las rodillas, porque sus mangas estaban desflecadas. Y cuando le pusieron la merienda por delante, comió con la izquierda, porque en ella la manga estaba en un estado más presentable. Habló poco, y también comió menos de lo que hubiera deseado.


Cuando después de la merienda la charla se enhebró, Susana y el viejo dieron las buenas noches y se fueron a dormir.


Juan y Gregorio quedaron sentados frente a un jarro de vino.


—¿De dónde vienes, ahora? —preguntó Juan, que se dio cuenta de que un prudente silencio era aún más penoso, y que ese rostro pálido y enfermizo y ese miserable aspecto anhelaban revelar muchas cosas extrañas.


Gregorio volvió hacia él sus ojos cuyo blanco estaba surcado de sangre.


—De la cárcel —dijo despacio, con su profunda y ronca voz.


Juan le miró asombrado.


Gregorio puso ahora el codo sobre la mesa, se inclinó más cerca de Juan y comenzó a hablar. Lo hacía fluidamente, y de vez en cuando de su boca se escapaba un sonido siseante.


—Cuando mis padres murieron, heredé todos sus bienes. Pero de repente, lo perdí todo. Busqué trabajo, y un amigo de mi padre me consiguió ocupación en una oficina. Allí ocurrió la desgracia. No fue una gran suma. No estuve mucho tiempo preso, apenas un mes.


Esto lo dijo sin inmutarse, y cuando terminó miró fijamente sobre la mesa, enarcando una ceja.


Juan escuchó espantado estas palabras. Un largo rato quedó silencioso.


—Pero, ¿por qué? —preguntó después de largo tiempo. Gregorio levantó los hombros y no contestó, como si ahora todo le fuera indiferente.


A Juan le habría agradado sondearlo, pero no hallaba las palabras adecuadas. Arañaba la mesa con las uñas y de vez en cuando lanzaba una mirada al amigo entre sus cejas enarcadas. Era como si tuviera que convencerse continuamente de que esa cara prematuramente envejecida, con profundas ojeras azuladas, como si todo este hombre de aspecto bestializado fuera el antiguo Gregorito.


De pronto la vista de Gregorio brilló como si hubiera sido despertado de su meditación. Suspiró hondo. Y se estiró, desperezándose, hacia atrás. Luego hizo crujir los dedos debajo de la mesa.


—¡Sí, amigo mío; estamos a merced de Dios! —dijo despacio.


Se agachó más aún, y murmuró:


—¿Sabes tú lo que me ha llevado tan lejos? Una mujer. Una mujer a la cual amaba.


Y quedó mirando luego de haber dicho estas palabras, como si él mismo las hallara incomprensibles.


—¡Eso yo no lo entiendo! —dijo Juan, y alejó su vaso. Por su voz podía adivinarse que estaba montando en cólera—. ¡Has amado a una mujer! Si la has amado, debes haber querido también conservada. ¿Habías tratado de lograrlo perdiéndote?


En su voz había amargo reproche. Gregorio sonrió apaciblemente.


—Mira, es verdad. Pero yo siempre pensé que entregando algo de mí mismo la ganaba con ello un poco más.


Juan sintió de pronto un fuerte rencor hacia la desconocida. Contempló cejijunto a quien compadecía y detestaba a la vez.


—¿Te amaba esa mujer?


Gregorio cerró los ojos e inclinó la cabeza, como si esta pregunta no pudiera contestarla con palabras.


—Si te amaba, ¿por qué permitió que te despeñaras? Gregorio calló un instante. Abrió ambas manos y ajustó los diez dedos exactamente uno contra otro. Recién entonces se dispuso a contestar:


—Tú preguntas por cosas que no tienen respuesta, y como ellas hay un millón en el mundo. Si preguntas en forma tan simple, la tontería brota de ellas como el aire de una burbuja reventada. ¡Tienes razón! Si me quería, ¿por qué permitió entonces que yo me fuera por la pendiente? ¿Crees tú que el amor reside en el corazón?


Meneó lentamente la cabeza.


—No; el corazón es demasiado estrecho para encerrar el amor. Este llena todo el cuerpo y lo excita vivamente con una fiebre espantosa. Te quemas en él, te consumes y todo lo que tienes bajo la piel se purifica. Desuella tú al hombre y bajo esa piel hallarás cosas tremendas. Un cuchillo con el que uno de tus antepasados mató a alguien. Una mano que se alarga furtivamente para sustraer el bien ajeno. Una cantidad de pensamientos brutales que se agazapan en tu carne y que sólo afloran en el sueño, como una bandada de murciélagos en una lóbrega torre. Como ves, el amor, el amor implacable, salvaje, mortal, circula a través de tu vientre y de tu alma, y ahuyenta todo de ti, como las llamas de una casa ardiendo alejan a los hombres, animales, pájaros, insectos.


Luego de un instante agregó:


—Pero no creas que dentro de nosotros sólo habitan animales. Junto con el halcón aparecen también blancas palomas. Nunca un ser puede ser tan bajo ni tan puro como en el amor. En cualquier otra circunstancia puede disimular. ¡Aquí no! Todo se ventila a la luz del día, hasta lo más recóndito de tu alma.


Sumió la cabeza y se pasó la mano por la frente.


—¿Ves esta cicatriz? Ella me quiso matar cierta vez. Había pensado asestarme el golpe en el corazón, pero le arrebaté el cuchillo de su mano. Fuimos a una lucha cuerpo a cuerpo, y allí resulté herido.


Juan escuchaba a su amigo con los labios levemente apretados y con la expresión de quien ha probado algo nauseabundo y amargo.


Gregorio le miró y continuó:


—¡Oh Dios mío! ¡Lo que fue aquello!


Levantó el jarro y sirvió. Bebió. Cerró entonces los ojos. Y en sus labios apareció una sonrisa. Una bella sonrisa, que no pensó habría de notarse. Esta sonrisa era como si de lo hondo de este hombre obscuro subiera algún fulgor hacia los labios.


—¿Y quién era la mujer? —preguntó Juan después de un largo silencio—. ¿De dónde salió? ¿Dónde la conociste?


La peculiar sonrisa estaba aún allí en los labios de Gregorio.


—Ya cuando la conocí ella tenía mala fama. Cuando pensaba que ya me pertenecería para siempre, me traicionaba. No sólo una vez. Cien veces. Cuando caí a la cárcel me dejó para siempre.


Se irguió y se dispuso a marchar.


—¿A dónde vas?


—Lejos. Ya conseguiré trabajo en cualquier parte.


—Quédate aquí esta noche.


—Gracias; no puedo dormir. Me agrada vagar en la obscuridad.


Juan puso sus manos sobre los hombros de su amigo y le miró hondo y emocionado a los ojos.


—No soy rico, pero te quisiera ayudar. ¿Qué necesitas? ¿Qué puedo darte?


—Gracias. Ya nada me pueden dar ni nada me pueden quitar. —Se rió y estrechó rápidamente la mano del amigo.


—Que Dios te proteja —exclamó, y ya había salido por la puerta.


Cuando Juan le siguió para acompañarle por lo menos hasta la puerta, ya la obscuridad había devorado a Gregorio.


Juan volvió a la habitación y se quedó pensativo junto a la mesa.


«¡Este Gregorio es un espíritu débil! —pensó para sus adentros—. Echar a perder así su vida por una vulgar prostituta».


Abrió las ventanas para airear la pieza, como si el huésped hubiera impregnado la casa con un hedor a crimen y desgracia, locura y miseria, tal como algunos mendigos harapientos cuyas llagas envueltas en trapos inmundos exhalan extraños olores a medicinas y hedor a cuerpo enfermo y sucio.


Así ocurre también con el alma envilecida, plagada de heridas. Juan barrió hasta el suelo, ahí donde había caminado este espectro. Ahora que Gregorio se había marchado, ya no sintió compasión, sino sólo asco.


Pero esa visita le había desvelado, y el sueño se había esfumado. Tomó del estante un libro de oraciones, lo abrió y comenzó a leer, dedicándolo a ese infeliz. Por la ventana abierta soplaba el viento meciendo constantemente la lámpara.


Juan, sentado a la mesa, leía. Escogió una larga oración y a media voz la leyó, pensando en Gregorio. Entretanto le vino el sueño. El viento húmedo y frío golpeaba sobre sus espaldas. Cerró las ventanas, apagó la lámpara y entró a la otra habitación, en la que sólo parpadeaba la luz de una vela.


Susana dormía; respiraba suave y regularmente.


Juan se quitó la ropa y se metió en la cama, en la dulce tibieza que irradia el limpio y amado cuerpo de mujer, en medio del sueño profundo.




Ilustración: Ilias Karras

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