lunes, 9 de febrero de 2026

Los murciélagos del Brasil (Capítulo 11)

 








                  ¿QUÉ VEN LOS OJOS DE LOS MURCIÉLAGOS?






11

 

 

Natacha estaba sentada, como era su costumbre, en la mecedora a la derecha de Altea, como el buen ladrón al lado de Cristo. Su mirada era orgullosa, pero no esquiva o displicente como tantas veces. Estaba regocijada por algo más que la recuperación de la enferma.

      Mara estaba del otro lado, en una silla de madera cuarteada, erguida y una expresión funesta en la cara. Miraba a Altea con detenimiento, los movimientos de sus manos, los más mínimos gestos de los músculos de la cara, de lo que quedaba por lo menos: el ojo derecho abierto, pero con el párpado medio caído, completamente ciego, la boca crispada en un rictus de dolor, el ceño fruncido, el pelo blanco.

      Natacha, que había leído tanto, no podía de dejar de hacer asociaciones en la mezcolanza de conocimientos y recuerdos en su atribulada cabeza. Miraba a las otras y se miraba a sí misma en esa habitación en penumbras, porque el doctor había dicho que debían evitarse toda clase de estímulos que pudiesen perturbar a Altea y al niño. A Natacha, entonces, le sugería la idea de las tres brujas del Macbeth de Shakespeare.

     Ellas, de algún modo, estaban en un conciliábulo para determinar el futuro de los hombres que esperaban afuera de ese cuarto-caverna, pero sobre todo el del chico recién nacido.

      Detrás de la cama, estaba Ariel. Nunca fue tan clara su imagen, y a veces creía que Mara también podía verlo, y sabía, desde un tiempo antes, que Altea lo presentía a sus espaldas, porque temblaba.

     Para Natacha, su hijo había sido el autor de la recuperación. Muchas veces se había preguntado por qué motivo. Y después de tantas otras disquisiciones en que pensó y pensó, interrogando el rostro de Ariel en las sombras, supo que, como todos en ese barco, propiciaba el nacimiento como si de eso dependieran muchas cosas. ¿Era el recién nacido una especie de nuevo Mesías? Tal vez fuese demasiado adjudicársele tal papel, pero sin duda había venido para cambiar el rumbo de muchas cosas. Gente que había muerto, otra que seguía sufriendo. ¿Y el Paraíso? ¿Dónde estaban la recompensa y el Paraíso? El Paraíso puede ser también un páramo vacío, desierto y helado, donde no crece absolutamente nada y el viento es un atroz recuerdo de Dios.

     -Es un milagro, ¿no es cierto? -dijo, mirando a Mara. Simplemente por decir algo, no creía en los milagros como caprichosas excusas de la ignorancia, sino como procesos extraordinarios de la naturaleza.

      - ¿Le parece? -contestó Mara. - Yo creo que fueron el doctor y Valverde los que lo hicieron, y ellos no son ningunos dioses.

      Natacha estaba contenta, disfrutaba irritar a su interlocutor.

      -A lo mejor son demonios, sobre todo ese Valverde…

      -Estaría de acuerdo con eso, señora, si yo creyera en algún tipo de religión. Pero creo que es un hombre como todos, y mejor que muchos.

      - ¿Lo dice por su viveza?

      -Por su inteligencia, lo digo. La inteligencia lo es todo. Algunas tenemos mucho poder sobre los hombres, pero ellos se evaden en otros mundos que no podemos entender, y por eso los subestimamos. Su inteligencia crea mundos y conceptos en los que son felices, aunque sufran. La nuestra es una inteligencia sentimental que nos impide evadirnos de la realidad. Actuamos y sentenciamos, y decimos las cosas como son y no como deberían ser.

     - ¿No sería eso perder el tiempo? -dijo Natacha.

     -Me alegra que estemos de acuerdo en eso, pero a veces me gustaría saber en qué consiste eso de perder el tiempo. Abandonarse no a la sinrazón, sino a la ingeniería imaginaria que tanto los atrae, sin hacerlos perder la razón, sino estableciendo la estructura de su mente es esos edificios conceptuales tan hermosos como castillos de arena.

     -Pero los castillos de arena son muy fáciles de destruir.

    - ¿Y los nuestros, señora? Son tan indestructibles como prisiones construidas con un material más imperecedero que la roca.

     -La veo triste.

     -Y yo la veo regocijada.

     - ¿No hay motivo, acaso? -dijo Natacha, echando una mirada a Altea, que sin duda las escuchaba.

     -Yo diría que el niño es el regocijo. Ella debe morir.

     Natacha se quedó mirándola con asombro. Lo que la extrañaba era la falta de escrúpulos en la sinceridad, o quizá la falta de educación que pasaba por alto y a la que utilizaba, más que como una máscara, como una defensa.

     - ¿Lo dice como una sentencia, o es un pronóstico basado en su estado?

     -Lo que usted quiera, al fin de cuentas es lo mismo. Como muchas, ella ya cumplió su cometido en esta vida. El resto es un regalo muy funesto, porque no le permite estar en otro plano de la realidad.

      - ¿Y cuáles son esos planos? -preguntó Natacha, mirando hacia Ariel.

      -Todos, señora. ¿Existe lo que vemos, o existe porque lo vemos? Los sueños son una casa hermosa para vivir, hasta las pesadillas son tormentas que nos llenan de éxtasis mientras duran. En cambio, las pesadillas del mundo son tan largas que cansan demasiado. Su religión, por ejemplo, a la que la veo tan apegada, ¿no es acaso una hermosa imaginería en la que los verdaderos creyentes viven como en un utópico país donde después de la tormenta viene siempre una mañana soleada? Los campos inundados, las casas destruidas, la gente muerta: todo eso es el precio por un día más. ¿Qué otra inteligencia más perspicaz que la de ese Dios?

      Natacha se levantó y se inclinó frente a Altea. Tocó la cruz de plata y dijo:

     - ¿Ve esta cruz, Mara? No tiene más que el poder que le conferimos, pero son símbolos. Y los símbolos van tomando formas que nuestra imaginación ni siquiera concibió para ellos.

     Mara agarró una lámpara de la mesa donde aún quedaban manchas de la operación. Las sombras del camarote cambiaron de lugar con rapidez a medida que ella se acercaba a Altea. Percibió los contornos de Ariel escabulléndose con miedo. Cuando se acercó a Altea, ésta dio un respingo y frunció aún más la frente.

     - ¿Es una cruz hecha por los indios, no es cierto? Reconozco la artesanía después de tantos años.

     Natacha se preguntaba de dónde sacaba esa mujer tanto conocimiento si no era más que una contrabandista y ex prostituta. Y su lenguaje, tan cuidado, tan crecientemente fuera de lo vulgar. Se veía que no había sido siempre así. Le habían dicho que era alcohólica y prostituta. ¿Pero acaso eso se contradecía con el conocimiento aprehendido en la escuela de la noche? En la oscuridad se leen muchas cosas a las que los demás, simples seres diurnos, permanecen ignorantes. Y la ignorancia es un escudo de obstinadas espinas.

      Volvió a sentarse, mientras observaba a Mara estudiar la cruz. Mantenía la lámpara frente a la cara de Altea, sabiendo que la perturbaba. La vio mirar el lecho vacío del ojo izquierdo. La mirada de Mara estaba en ese pozo, mientras en la mano sostenía la cruz.

       -Esa cruz, querida -empezó a decir Natacha - es un símbolo, y como todos los símbolos puede tener muchos significados. Cada civilización les adjudica algo diferente, y los dibuja con variaciones. Pero como en música, el eje temático persiste. La cruz es muerte, pero también es vida por resurrección. Si se fija bien, si acorta un poco el pie de la cruz hasta que los cuatro brazos sean iguales, podrá unir los extremos. ¿Obtendrá un rombo? No. Los rombos no son todos iguales. Pero sí tendrá un círculo. Usted me dirá que no todos los círculos son iguales. No en la medida de su diámetro, aunque sí en su forma. Pero le ruego que siga mi razonamiento. Por más que un círculo sea más grande que otro, en todos ellos el diámetro llega a un número constante pero impreciso. Queda un margen que los matemáticos no pueden determinar. Se dice que es infinito. Tal vez lo sea. ¿Y qué es lo infinito? ¿La muerte? Muy probablemente. ¿Dios o la imaginación de un poeta frente a los cálculos de un geómetra?

      Carmen entró con la comida para Altea, y junto con ella llegaron los gritos y risas de los hombres que estaban en la cubierta celebrando. Esa noche recordaba a la del disparo, pero era como cualquier otra cuando los hombres festejaban y se emborrachaban. Esta vez era el nacimiento del chico, que aún no tenía nombre. Todo eso era en honor y memoria sobre todo de Gonçalvez, y Mara sabía que Valverde debía estar manteniéndose distante. Lo había visto llorar por primera vez desde que lo conociera, ese día junto a las cataratas, aferrado a la baranda, golpeándose la cabeza con los puños. Los que oyeron los gritos ya no pudieron hacer nada. El río era un maëlstrom de remolinos y fuertes corrientes. El cuerpo del médico había desparecido como tragado por una fuerza bajo el agua.

      - ¿Cómo se portan? -preguntó Natacha.

      -Como siempre. Déjelos divertirse un poco…

      - ¿Y el capitán?

      -Con ellos, y eso que esta vez les prohibió las armas. Pero alguno habrá con un puñalazo, pero se quieren todos esos, aunque se peleen cuando están borrachos. El capitán está contento, sin duda. Me preguntó si puede venir a conocer al chico.

      Natacha se sobresaltó. Otra vez el interés en Altea, y no era esta vez por el remordimiento. ¿Qué destino había sobre el hombre con el que se estaba casada? Se enamoraba de las madres cuyos hijos no eran suyos, y los quería como tales.

      Mara se dio cuenta. Había vuelto a sentarse, y pensaba, seguramente en lo que había visto en el hueco del ojo. Tantas cosas, se dijo. Un universo anclado en el fondo de la órbita. Y allí, casi impenetrable, el orificio del hueso en el que se había producido una fractura. La bala estaba en algún sitio, no importaba cuál. Era simplemente la piedra de toque para la formación de una abertura. Y esta ni siquiera tenía importancia por sí misma, sino el lugar al que permitía acceder. Las paredes de la órbita eran sólo hueso y el vacío reinaba físicamente entre ellos. Eran, sin embargo, una pantalla donde se proyectaban las imágenes que llegaban desde la grieta formada por la fractura.

       Carmen salió luego de quedarse un rato esperando conversación, pero aquellas mujeres eran impenetrables. Natacha daba de comer a Altea, pero ya no le llevaba la cuchara o el tenedor a la boca, sino que acompañaba la mano y el brazo de Altea hasta la boca. Sorbía y tragaba con ganas, pero pronto hizo un ruido inarticulado y giró la cabeza hacia el chico, que había empezado a llorar sin chillidos, era un llanto pausado y maduro.

      Natacha dejó el plato sobre la bandeja y la llevó a la mesa. Ya Altea había levantado al niño y lo amamantaba.

     -Dígame, Natacha, usted que tanto ha leído-dijo Mara. ¿Cómo se llama el hueso que está al fondo del ojo?

     -Esfenoides, y es como un pájaro de alas desplegadas.

     - ¿Y qué función tiene?

     -Es un hueso, nada más. Es una parte del esqueleto, nos sostiene, nos arma, qué sé yo, querida. Si usted lo viera en los libros de anatomía, apreciaría lo hermoso que es. Tiene un orificio que parece un ojo, por donde pasan los nervios y los vasos sanguíneos.

      Mara se quedó pensando.

     - ¿Pero es estrecho, no es cierto? Y deja pasar muy pocas cosas.

     -Las cosas que vemos, Mara.

     -Y si se abriera un poco más, ¿veríamos otras cosas?
     -Seguramente, pero ya seríamos diferentes al resto.

     -Como Altea, ¿no es cierto?

     Natacha adivinaba a lo que se refería. Ella sabía mucho porque había leído, y veía a Ariel simplemente porque él así lo deseaba o porque no podía evitarlo, tal vez. Se había preguntado la razón de la presencia de Ariel. ¿Extrañaba su mano, tal vez? ¿Es el cuerpo y el alma una simbiosis más intensa que la que cualquier religión haya alguna vez imaginado? Un espíritu de cuerpo incompleto a lo mejor ni siquiera es un espíritu, y ni siquiera es cuerpo, sino un fragmento de un cadáver. Natacha veía mucho porque sabía mucho, pero el resto le resultaba tan inaccesible como a la tía Clotilde comprender la imagen de la Virgen de los Dolores. Una cosa es entender, y la otra comprender. Para comprender hay que ser aquello que es objeto de nuestra obsesión. Sin embargo, adivinaba en Mara una presciencia.

       - ¿Se ha preguntado, Mara, por qué un hombre se hiere, y lo que pasa en consecuencia? Una cicatriz es una huella de una puerta abierta y cerrada. Algo ha entrado o salido, y ya no hay vuelta atrás. Hay otras, sin embargo, que no se cierran nunca. Dicen los indios, según los jesuitas, que cuando practican trepanaciones dejan escapar a los demonios, pero ¿cómo evitan que entren otros?

     Natacha sonreía, estaba inmersa en medio de una disquisición que habitualmente realizaba para sí misma y sólo en pensamiento. Últimamente, sin embargo, a veces murmuraba para Ariel.

      -Los brujos hacían esas trepanaciones, y creo que aún las hacen, para curar. ¿Pero cómo aprendieron a hacerlas, y cómo sabían que eso serviría? ¿Hacían disecciones y experimentos? No creo. Eso es costumbre de los científicos, que, si no ven o comprueban, no creen. Los brujos hablan con los dioses, dicen, pero ¿quién nos prohíbe pensar que hablan con los muertos, aun cuando no lo sepan? Hay muy antiguas leyendas sobre eso, en todas las civilizaciones. En las sagas nórdicas y las célticas, sobre todo. Los sajones y los escandinavos hablan mucho de todo eso. Las auroras boreales pueden ser masas de energía de millones de almas buscando cuerpos. La trasmigración de las almas en cuerpos de animales. ¿Usted cree que los animales no tienen alma, que son sólo conciencia sensible y presente, o que su aprendizaje es un mero conjunto de reflejos en un sistema nervios rudimentario? Los muertos están, y nos dicen cosas, y a veces nos revelan otras. Usted, querida, es de esos, creo.

     Max estaba en la habitación, y se quedaba bajo de la cama cuando había alguien más. Pero en las pocas ocasiones en que Altea estaba sola, se sentaba y apoyaba las patas en la cama y le lamía la cara. Mara escuchó el gemido del perro, y sonrió.

     -Será por eso que no le agrado- dijo. - En mis tierras, cuando era chica, las mujeres se reunían y contaban que los perros son mensajeros que tiene la tarea de conducir las almas a la muerte.

     -Y ustedes no son la muerte, como los viejos brujos de quienes le hablé. Ustedes, de algún modo, son mensajeras.

      Mara se levantó y separó al chico de las manos de Altea. Ésta se resistió, pero no tenía más fuerzas. Su cara se contrajo, y el hueco del ojo pareció ocupar todo el resto. Fue una sensación que Mara tuvo y que le permitió ver más de lo que presentía.

       Natacha se dijo: Quiere al chico, y lo quiere para su hombre. ¿Una nueva Sagrada Familia? José, el padre adoptivo para muchos, pero el verdadero -Altea se lo había confesado una vez, cuando ambas estaban unidas por un mismo resentimiento contra el capitán-. Mara, o María, la madre adoptiva - ¿o verdadera?, porque la virginidad de la María bíblica pudo muy bien poner en duda la verosimilitud biológica tanto como la verosimilitud de esa concepción.  ¿El semen de Dios es tan etéreo, o es la nada engendrando el todo? ¿El espíritu creando la carne: su habitáculo, su casa, su hogar y su destino? La carne desde entonces determina la vida de quien lo ha creado. Sin hombre no hay Dios. Por eso los cementerios, los árboles sembrados para construir cajones, el hierro forjado para hacer palas, la tierra conquistada para fundar cementerios. Perpetuar la vida en un cajón cerrado: donde haya un hueso, está la síntesis del todo. Y el chico, un Jesús nacido en condiciones extraordinarias por precarias y trágicas, siendo el centro alrededor del cual giraban varios destinos, muchos de los cuales no llegarían a conocerlos. Un niño cuya inocencia desaparecería muy pronto. Sí, el pecado original existe, se dijo Natacha, pensando en el chico.

      Una Sagrada Familia invertida.

  

      Mara tuvo al chico en brazos, y de pronto recordó los días que tuvo a Elsa de la misma forma. La leche con la que la había alimentado, la ropa de lana con la que la había cubierto, la única canción de cuna que sabía con la cual la había dormido. La cara de Elsa, tan sonrosada y oscurecida, curtida ya a esa edad por el sol del campo al que la había llevado antes de partir para América. Tantos meses que la había repudiado, y tanta gloria al despedirse. Tal vez fuese eso lo que Mara amaba, la nostalgia de Elsa y no su convivencia. ¿Cómo criar a la edad que ella tenía a la hija de su propio hermano? El dolor se habría transformado en odio, y la que ahora amaba quizá habría sido asesinada en un acto de tragedia propia de un poeta antiguo. ¿Qué otra cosa podía traer el incesto, aunque no supiera que así se llamaba? Hay palabras que significan más de lo que son, el hombre las convierte en piedras fundamentales con las que se tropieza a cada rato, de las que huye pero ruedan tras nosotros y nos persiguen, y de las que debemos protegernos mirando constantemente al cielo para que no nos aplasten. Y mirando arriba, tropezamos abajo. Palabras como justicia, por ejemplo, o palabras como amor.

       Mirando el ojo perdido de Altea, escuchó el balbuceo de Elsa el día que se despidió de ella. La niña en brazos de Roberto y el sonido del agua del océano creciendo hasta ocultar el llanto. Pero en lugar de avanzar, como esperaba, las imágenes retrocedían a su embarazo. Los interminables meses de recriminaciones de la madre, la irritación y el desprecio de Roberto, los sermones del cura del pueblo, las miradas y los insultos de los vecinos. Y luego aparecieron las brujas a las que la madre la había llevado para que abortara. No es tiempo, le habían dicho, es una de nosotras. No había comprendido nada, pero allí estaban, saliendo del fondo del hueco, toda aquella habitación en medio del campo. La más vieja de todas, la Sottocorno. La bruja italiana que vivía en España, exiliada, según decían, porque de cada pueblo en que residía, al séptimo año la echaban con maldiciones, amenazándola con quemarla. La apedreaban luego de desnudarla, y así habían hecho la última vez, aunque la vieja tuviese ochenta y ocho años. Sin embargo, esa cantidad se remontaba al siglo anterior cuando las viejas que la acompañaban hablaban de ella: las serpientes alrededor de las piernas quebradas por el potro de tortura, los ungüentos con olor a muerte que se untaba para cicatrizar sus quemaduras. De Cádiz a Roma, de Florencia a Estrasburgo. A veces en Londres, a veces en Kiev o Varsovia, o huyendo a Laponia cuando era peligrosamente perseguida. Pero siempre regresaba. Cómo viajaba era un misterio. La vieron volar, transformarse en un pájaro negro de grandes alas, o en varios a la vez, partida su alma en varios fragmentos que se convertían en carne y huesos. Los cráneos de los pájaros negros tenían su cráneo. Alguna vez, algún hombre se jactaba de haber matado a uno de ellos. Lo tenía en casa, en una caja. De vez en cuando la sacaba para mirar el cráneo de la vieja los sábados a la noche. Pero en la madrugada los huesos habían vuelto a su caja. Los domingos la aterraban, decía el hombre. Pero era solamente un fragmento de ella que había tenía la desgracia de perder. Cada célula de su cuerpo tenía la capacidad de transformarse: cada célula era un pájaro negro volando sobre los hombres. Recordándoles la sombra de la noche y la iniquidad del crimen. Se había casado muchas veces, siempre con el mismo. Se había ayuntado para tener muchos hijos, todos exactamente iguales a ella. Hombres-mujeres que cambiaban de sexo a su albedrío. Las caras de la mentira eran el legado que su esposo le entregaba con su semen. Algunos decían que se llamaba Ansaldi, pero eso era en Italia y otros sitios del Mediterráneo. Más al norte le daban nombres difusos de magos. Su profesión, según contaban, era la ficción, y su escenario el teatro del mundo.

      La vieja que la mantenía aferrada a la silla repetía como una letanía: Es una de nosotras. Y de pronto el techo de la casa se levantó y todo el cielo entró deslumbrante sobre ellas. La madre y las vecinas, y el resto de las brujas que permanecían sentadas en semicírculo, como piedras. Mara vio los pájaros cargando los escombros del techo como si llevasen restos de un templo consagrado. Y ella iba con las demás, mirando hacia el interior de la casa, donde estaba ella misma: Mara la adolescente preñada, mirando hacia el cielo, hacia sí misma. Y la vieja Sottocorno la agarró del brazo y la arrastró hacia las paredes que aún permanecían en pie. Le ató las manos y los pies a cuatro ganzúas empotradas.

      Las paredes de la órbita se resquebrajaron, como el techo viejo del pueblo de España. Grietas que se abrían no dando más luz que la penumbra de los recuerdos, porque la memoria no es más que un teatro donde si no hay ficción, no hay nada. El barco se agrietaba y la cubierta había desparecido. La luz de la noche entraba otorgando débiles contornos a las cosas: Altea y la cama, Natacha y la silla. La gran chimenea allá afuera, como una montaña tan cerca de ellas, echando el humo negro de cadáveres arrojados en la caldera. Muchas caras observaban desde el borde, al filo del agua, estirando manos para ser rescatados.

      Todo el barco estaba dentro del hueco del ojo perdido de Altea.

      Era un mundo antiguo que resurgía del fondo de la fractura.

      Mara comenzó a sentir los tirones en los brazos y piernas. Las cadenas tiraron de ellos milímetro a milímetro a lo largo de toda la noche.

      No fue un suplicio, sino un regocijo.

      Y por eso Mara se puso a llorar abrazando al chico. Había aprendido lo que eran las fuerzas de las cadenas, no apretando sino abriendo. Su cuerpo se desplegaba, se extendía, se ampliaba, se fragmentaba en incontables formas posibles.

     El mundo era ella, y cabía en el hueco de un hueso roto.

 

 

 

*

 

 

 Era tarde cuando regresó al camarote donde dormía José. La herida de la pierna ya estaba casi curada, pero él se quejaba constantemente del dolor. Entró a oscuras y se acostó en la cama a su lado. Tocó papeles de dibujo sobre la frazada, José estaba destapado y desnudo. Sudaba, como todas las noches, ardiendo en fiebre, pero por la mañana ésta cedía y él lograba descansar en paz. Gonçalvez había descartado una infección, y ya todos sabían que la abstinencia le provocaba esos síntomas. Se había acostumbrado al opio luego de la golpiza que Mara y las otras le habían dado, y ahora reclamaba la droga por el dolor de la pierna.

      Se acostó, sabiendo que podría dormir. Los papeles de dibujo la estorbaban y los tiró al piso. José dormía, temiendo ella despertarlo y provocar su cólera. Le haría mal, se decía, amargarse todavía más por la rotura de esos dibujos que se había habituado a hacer durante el tiempo que llevaba en cama. Ni él sabía de dónde pudo haber surgido tal destreza. Ella había estado demasiado ocupada pensando en Altea y en el chico, y ahora que le había sido revelada la identidad, escondida siempre, negada muchas veces, en su propio cuerpo, su mente giraba en torno a otros conflictos, en otros planos quizá de la realidad.

      Los pájaros de alas negras, que tantas veces sintió crecer, invisibles, en su espalda.

      Oyó toser a José.

      Pensó en los murciélagos que de tanto en tanto invadían el barco, y el pavor que provocaron en ese hombre hasta el punto de querer matarse.

      ¿Acaso ellos veían algo más con esos ojos que todos creían ciegos?

      La oscuridad es una luz interior, es el hueco de un pozo de paredes calcáreas.

      Se irguió y se sentó al borde de la cama. Encendió una lámpara y reguló la llama a una luz muy baja. Juntó los papeles intentando no hacer mucho ruido. Entonces vio lo dibujos que había estado trazando José.

      Había múltiples esquemas tachados y otros con intentos sobrepuestos.  de José eran burdas y sus dibujos esquemáticos e infantiles. Fue pasando las hojas de los cuadernos, porque eran muchos. Sobre la cama había dos, pero bajo ella y sobre el escritorio había otros cinco, y hasta en el cubículo de la letrina había otro, sucio, pero más extraño. Mara contempló con crecido asombro la manera en que, con la rapidez de pocos días, José había adquirido una técnica superior, y sus dibujos eran claros, sin resabios de dudas en su ejecución.

      Y en todos se plasmaban cabezas de pájaros, y cabezas de murciélagos. Los ojos brillantes y ratoniles de estos últimos se convertían en pequeños ojos de arañas en el centro de un cuerpo donde brotaban largas y finas patas que no cabían en el papel, así como las alas de los otros. Los dibujos continuaban hoja tras hoja, como complementos de un rompecabezas. En el cuaderno que encontró junto a la letrina había algo diferente. Eran esquemas anatómicos de huesos. Cráneos y huesos de alas. Y entonces vio un cráneo humano, justo en el centro, ocupando ambas centrales.

       Estaba coloreado con tinta levemente rosada, que tal vez intentó ser de un rojo profundo, pero José no había logrado conseguirlo.

       El único dibujo de color en el hueso del esfenoides.

       Mara lo reconoció sin haberlo visto nunca.

       Y el hueso tenía una ruptura.

       Levantó la cabeza mirando al hombre que se movía en la cama, la espalda fornida y el pecho hirsuto, las piernas fuertes y llenas de cicatrices. Se movía angustiado por las pesadillas que nunca cesaban, de las que ni siquiera los golpes lo habían rescatado.

      Ahora ella sabía que nada lo haría porque llegaban de algo más profundo que la mente. Llegaban del pasado y se renovaban cada noche, por eso nunca morirían. Ni siquiera cuando el cuerpo muriese, porque eran criaturas ávidas de un espacio. Donde hubiese un hueco donde refugiarse, ellas se asentaban, amedrentando la carne y enturbiando la sangre, o quebrando al hueso.

      En la mañana, seguía despierta, y vio que José intentaba levantarse a la luz que entraba por el ojo de buey.

      -Buenos días-dijo ella, apoyada en el respaldo y con los brazos cruzados.

      El hombre la miró, con ojos legañosos y agotados.

      - ¿Mala noche, no es cierto?

      -De las mil putas-contestó.

      -Vi que estuviste revolviendo los cajones.

      - ¿La puta que te parió! -estalló José. - ¡Dame de una vez un poco de esa maldita cosa! Si me acostumbré fue por culpa tuya, y encima ahora con este dolor de mierda que no soporto más.

      -Todo fue por salvarte…-y en cuanto lo dijo, se arrepintió de haber entrado en las recriminaciones de siempre.

     - ¿Salvarme de qué?

     -De esto-dijo ella, mostrándole los dibujos.

     -Mierda sé de dónde vienen, sólo entiendo que necesito hacerlos porque si no me revientan la cabeza. Cuando termino, los dolores de cabeza se me pasan.

     -Pero querido…-y lo agarró de una mano e intentó calmarlo. - ¿Se te ocurre pensar de dónde salió tanta imaginación?

      -De las pesadillas, Mara. Cada dibujo es un sueño, te lo juro. Cada línea que hago es como una encarnación. Pero les tengo miedo…

     - ¿A los dibujos?

     -No, a eso no, porque sé que me los saco de adentro. Pero cuando me doy cuenta de que son como borradores, como los esquemas de un arquitecto, de un ingeniero, qué sé yo, y que más tarde se harán realidad, como cuando ellos aparecen y revolotean y me aturden con el ruido de las alas y el olor a mierda.

     José se sentó en la cama, agarrándose las piernas contra el pecho y hundiendo la cabeza entre las rodillas.

     Como un feto.

     Como el chico aún sin nombre.

     Mara fue a buscarle opio, se lo preparó y se lo dio a beber.

     - ¿Estás mejor?

     José movió la cabeza, pero señaló su brazo.

     -Esto me dura diez minutos, necesito…

     -Está bien, Valverde vendrá en un rato, yo le aviso.

     Golpearon a la puerta. Se sorprendió de ver a Natacha, que llevaba una carpeta grande bajo el brazo.

     -Disculpe, Mara. Se me ocurrió traerle esto a Iribarne. Me han dicho que dibuja muy bien, y bueno…pienso que le gustaría apreciar algo de lo que mi hijo hacía. Es verdad que yo nunca lo alenté, era algo que lo apartaba de mí. Pero ahora, querida, entiendo. Él y yo nos hemos reconciliado desde su muerte. Es…cómo puedo explicarle…como si lo que era y lo que debía ser se hubiesen unido definitivamente.

       -Ahora está durmiendo, pero vuelva más tarde…

      - ¿Por la tarde, a las cinco?

      Mara se preguntó si ella ya había estado ahí antes, esa era la hora exacta en que él tomaba su merienda, y en que Valverde venía a darle sus dosis.

      -Exactamente, Natacha, se ve que usted ya sabe. Pero nunca la vi en esas horas.

      -Por supuesto que no, sólo me lo han dicho, usted comprenderá, Mara, siendo una mujer tan perspicaz.

      Media hora después llegó Valverde. José daba vueltas en la cama y se había puesto a gritar y tirar las cosas del mueble junto a la cama. Entre ambos lo contuvieron mientras él le inyectaba la vena del brazo derecho. Iribarne se calmó de inmediato, agradeció con una mirada obnubilada y una caricia sobre el muslo de Valverde.

      - ¿Podemos sacarlo de esto, Juan?

      Valverde dudaba.

      -Mi oficio es meterlos, nos sacarlos, pero lo intentaré.

     

      El viaje continuó hacia el norte. El Paraná era una serpiente de múltiples caras, a veces estrecho como un canal, otras como inmensos lagos. Las vueltas y recodos eran interminables, y el paisaje de las costas variaba de lo selvático al desierto. Dunas, árboles frondosos, flores de todos colores, y por las noches la visita de los murciélagos, que habían cambiado su rutina de grandes invasiones repentinas por visitas continuas, pero de menor cantidad. No moría ninguno, simplemente daban vueltas en la noche, se posaban en la borda, en los mástiles, en los marcos superiores de las puertas que daban a cubierta. Alguno se metía en los camarotes, pero Mara había tenido la precaución de poner mosquiteros de alambre grueso.

      Pasaron por muchos puertos, y en cada uno hacían transacciones que Mendoza se encargaba de supervisar personalmente, bajo la mirada persistente del cabo Domínguez. Ahora que Gonçalvez ya no volvería, quedaba el dinero para llevar a Farías, lo único en realidad que le interesaba al gobernador. La observación inquisitiva de Domínguez mostraba quizá la verdadera esencia del cabo. Su aparente sumisión, su amabilidad, su condescendencia se habían detenido luego del disparo. Mendoza lo sabía, pero ya no le importaba. Tal vez pudiese rescatar una buena parte de las ganancias, y deshacerse del cabo. Estaba optimista. La recuperación de Altea y el nacimiento del chico eran lo mejor que le había sucedido en mucho tiempo. Si ella pudiera volver a quererme, se decía, si ella se recuperara del todo y fuese otra vez la que era.

      Valverde bajaba en cada puerto y le traía novedades a Mara. Había conseguido, al fin, la hierba que necesitaba.

     -Lo curaremos a Iribarne de esa mala costumbre-dijo.

     A las cinco de una tarde de un día de junio, inyectó la preparación en la vena de José Iribarne justo antes de que tocaran a la puerta.

     - ¿Quién es?

     -Natacha, querida.

     -Vuelva más tarde…

     -Pero es importante, Mara.

     Finalmente abrió y la dejó entrar.

     - ¿Soy inoportuna? -preguntó al ver a Valverde con una jeringa y a José agitado.

     -Así es-dijo Mara-. ¿Qué quiere?   

     Pero no aguardó respuesta cuando vio que José agarraba una nueva carpeta que Natacha traía bajo el brazo.  La abrió y miró alternativamente a Natacha primero, luego a los papeles, y empezó a hablar hacia el lado vacío de la cama:

      -Éste es el que le gustaba más a Manuel, ¿no es cierto?

      Y la angustia de la duda se transformaba en contento ante una afirmación que sólo él veía o escuchaba. La conversación de un solo hombre continuó durante varios minutos. Había respuestas sin preguntas, o preguntas sin respuestas, o quizá estuviesen en el silencio. Los oídos de Mara se fueron acostumbrando, y creyó escuchar una voz esmirriada y suave, y hasta creyó ver a un chico flaco y desnudo en la cama.

     José Iribarne dejó la carpeta sobre la sábana y levantó las manos. Las puso en el aire como si tomase entre ellas algo que fuese una cara. Murmuró, y le dio un beso.

     - ¿Mi hermano está bien? -había dicho, y sólo las mujeres lo escucharon.

    José sonreía con beatitud, contagiado quizá por eso otro al que él veía y hablaba.

      Natacha lloraba en silencio, frotándose las manos casi hasta lastimarse. Dijo, sin miedo y sin dudas de lo que los otros pudieran pensar.

     -Ariel ha venido para reconciliarnos a todos.

 

     Pasaron toda la tarde en el camarote de José y Mara. Tomaron mate, tortas fritas que hacía mucho que Carmen no cocinaba. Hasta pasó el capitán de camino a su visita vespertina a Altea, a quien hablaba hasta casi medianoche, sin esperar más respuesta que algún movimiento de cabeza o el apretón de una mano. Él se encargaba de ayudarla durante la cena, cambiaba y limpiaba los pañales del chico, y antes de irse, arropaba a Altea y le daba un beso. No había resquemor, o era tan tenue que podía ser evitado como un viejo tocón gastado en un camino conocido.

     Se quedó quince minutos, escuchando las anécdotas de Valverde y las ironías de Iribarne. Natacha no le hacía caso, pero ya no había tanto odio en la mirada. Mara… ¿qué pensar de esa extraña cuya mirada lo sumían en estado de inercia? No había defensa contra ella. Cuando vio que ella iba a hablar, se despidió con rapidez. Altea lo esperaba, el chico lo aguardaba, y Max, junto a la cama, vigilaba hasta que él llegara.

      

     Ya habían cenado y Natacha se había ido, y con ella fuese lo que fuese que la acompañaba. José dormía.

      - ¿Cuántas dosis necesitará? -preguntó Mara.

      Valverde se sentó en un sillón viejo en el rincón del camarote. Había bebido de más, y estaba cansado.

     - ¿Qué sé yo? Varios días. Pero hoy no sé si fue eso en realidad lo que lo calmó.

     - ¿Te referís al fantasma de esa loca?

     No sonaba convincente, Juan era capaz de ver lo que ella estaba descubriendo en sí misma.

     -Fue la droga, Juan, y esa mierda de los dibujos. José no está bien, tiene el alma amargada, ya te das cuenta. Yo qué sé, la historia del hermano y todo eso.

     Valverde sacudió las manos como no queriendo escuchar nada más.

     -No me expliqués, no me vengás con toda esa historia que ya la conozco. ¿Creés que no lo entiendo, que no sé lo que le pasa por la cabeza y por el cuerpo?  Los murciélagos están, ¿no? Viven acá y tienen alas, así que pueden ir a donde quieran. ¿La mente de Iribarne los inventó? No lo creo. Estaban y seguirán estando aun cuando él se muera. Pero son símbolos que se convierten en mitos, y lo que sí creo es que los mitos tienen un fundamento. Como las brujas, por ejemplo.

     Valverde estaba borracho, se sacó la camisa y se secó el sudor. Se rascaba la entrepierna. Mara ya lo conocía. Se acercó y le dio un beso. Era el momento de saber algo.

      - Sabés, Juan, ¿de alguna familia italiana por estos pagos del Brasil?

     Valverde la miró, ella estaba sobre él y apoyaba los codos en sus hombros. Era una hembra hermosa, Mara, y sabía mucho. Ya había estado con ella otras veces, pero nunca delante del hombre con que ella estaba ayuntada. Eso le gustaba a ella, el apuro, el riesgo. Era la misma Mara de antes, cuando todavía no había mamado toda esa filosofía de ultratumba en los limbos de su pensamiento.

      La abrazó y la besó con fuerza. Mara se dejó hacer, y preguntó, besándole la cara y el cuello.

     -Si no me contestás es porque sabés.

     - ¿Y para qué querés saber?

     -Porque quiero saber más cosas de mí…

     - ¿O porque querés al chico, y para eso necesitás deshacerte de la madre?

     Ella siguió besándolo en el pecho, y le desabrochó el pantalón. Valverde era un hermoso hombre, y no le desagradaba que José despertara y los viera. Extrañaba el sexo de José. De pronto, tenía dos hombres, como en otros tiempos, y el capitán, si los remordimientos o el miedo que lo aquejaban no fuesen tan fuertes.

      -En Aparecida do Taboado hay unos…dicen tantas cosas…una vez los crucé…tienen una estancia grande…muy abandonada…pero adentro, me dijeron, tienen cosas antiguas…Vamos, Mara, no te detengas ahora. -Valverde miraba hacia la cama, donde Iribarne dormía el sueño de los justos, por primera vez sin pesadillas, probablemente. ¿Qué mal estoy haciendo, amigo mío?, pensaba con los ojos cerrado y acariciando el pelo de Mara. Si ella sigue siendo una puta a pesar de tanta filosofía. Bruja y puta, querido, y siempre trabajó muy bien, ya debés saberlo. Si es tan buena bruja como puta, ya nos salvaremos, amigo mío, o nos condenaremos, según lo quiera el íncubo que las preside a todas ellas.

     Mara lo miró, pensativa. Ellos eran a quienes buscaba. Necesitaba ayuda contra Altea, porque era más fuerte que antes. No su cuerpo, pero sí el conocimiento empotrado en ese hueso roto de su cráneo. El hueco era lo importante, el vacío lo era todo. Contradicciones que no podía atrapar sin que se deshicieran entre sus manos, o sus manos-alas recién nacidas.

      Bebió la esencia de Juan Valverde, se alimentó de ella como se había alimentado de muchos. Sabía cómo destruir a un hombre, pero debía saber cómo destruir a una mujer.

    

 

 

*

 

 

 

Podría haberla matado de cualquier forma. Con un puñal bajo la falda, cualquiera de esas tardes en que iba a cuidarla. O envenenarla al llevarle la comida. Estrangularla, viendo sus brazos débiles. Ahogarla con la almohada, en el más absoluto silencio. O simplemente pegarle un tiro. Mara no tenía miedo a todo eso, y podrían habérsele ocurrido muchas formas más si hubiese creído que así debía ser. Pero no.

     Su muerte debía ser natural, porque era necesaria. Y todo lo necesario es natural, porque es lo único verdadero.

     La verdad es natural, y lo natural es necesario, siempre.

     Los sucesos no deben forzarse, sería imponer obstáculos y distracciones al camino natural de las cosas.

     Como el cielo, por ejemplo, con sus corrientes de aire que nadie ve y que sin embargo dirigen el vuelo de los pájaros y el caer de las hojas de los árboles.

     En el simple giro de una hoja seca hay una verdad incontrastable. E interrumpir el giro es interrumpir a Dios.

     La muerte labra su propio surco.

     En la noche se levantó de la cama y dejó a José roncando. Tenía un brazo colgando de la cama y el otro sobre la carpeta de dibujos del hijo de la loca. Acababan de hacer el amor media hora antes, y todavía había semen en la sábana. Mara arrancó una de las hojas y lo limpió. Arrojó el papel arrugado en el piso. Se puso un vestido casi nuevo, que nunca había usado porque lo guardaba para una ocasión que nunca se había presentado. Se observó las manos , tenía una uña rota que se le enganchaba en la tela, pero no era importante. Se miró al espejo a media luz. Detrás, su hombre dormía, desnudo y tranquilo gracias a la inyección. Todo lo hacía por él, porque gracias a él Mara había encontrado lo que estaba enterrado en su alma, ahogado por el aguardiente, y que casi la había hecho sucumbir si José Menéndez Iribarne no hubiese aparecido con el indio en una ribera del Paraná.

      Ahora debía reconstruir un mundo nuevo, con sólo un vestido nuevo y una uña rota. Y con esos dos signos de mujer esperaba convencer al capitán Mendoza.

      Abrió la puerta después de dos golpes tan suaves que seguramente él no habría escuchado. Mendoza levantó la cabeza y miró hacia la puerta, sobresaltado.

      -Otra vez usted….

      Mara se rio.

      -Lo hizo adrede… ¿Qué quiere?

      El capitán dejó la pluma en el tintero y pasó el papel secante sobre lo que había escrito. Ahora que no estaba Márquez para encargarse de toda la burocracia comercial, él había aprendido a hacerlo mejor de lo que esperaba.

      Era casi medianoche. Mara entró y se paró frente al escritorio.

     -Usted perdone, capitán. Pero debo hablarle de algo importante. Altea ha mejorado mucho, pero ahora que no tenemos doctor, sería lamentable detener su mejoría. Necesita recuperar sus músculos, y creo que hasta podría volverá a ver y hablar. Usted ha visto cómo se esfuerza por comunicarse.

     Mendoza la observaba desde su silla, atusándose el lado derecho del bigote. Ella se dio cuenta que había notado el vestido nuevo de color crema, casi blanco, que resaltaba la piel curtida de Mara.

      -Entonces se me ocurrió que deberíamos llevarla al pueblo…

      - ¿Qué pueblo?

      -Aparecido do Taboado, a unos kilómetros al norte. Creo que usted tiene negocios allá.

      - ¿Y para qué?

      -Hay un hombre de ciencia, italiano, que vive con su mujer en una estancia grande. Me han dicho que es una eminencia, pero ya está viejo y se ha venido a América a descansar. Pero si llevamos a Altea, creo que se interesará en su caso.

      Mendoza sacó la pipa de un cajón del escritorio, llenó el tazón con un tabaco fuerte y la encendió. Exhaló la primera pitada y el humo envolvió el rostro de Mara.

      - ¿Y en qué se especializa?

      -Eso es lo mejor, capitán, porque me han dicho que es cirujano del cerebro.

      Mendoza se levantó, dio la vuelta al escritorio y se paró frente a ella. Ahora exhalaba el humo casi directamente sobre su cara. Mara no se apartó, ese aroma le agradaba.

      -Y déjeme adivinar quién le contó de esa gente… ¿Valverde, no es cierto?

      Mara puso la expresión de quien va a defenderse, pero se detuvo y puso cara de niña regañada.

      -Pero Capitán…

      -Nada de eso. No tengo tiempo de llevar a Altea y esperar no sé cuántos días hasta que ese doctor, o lo que sea, haga algo por ella. Además, no confío en Valverde.

      - ¿Y si le digo que fue Juan el que preparó la medicación que aplicó el doctor Gonçalvez a Altea?

      -No le creería…

      -Usted se engaña, capitán. Se aferra a lo poco que tiene por miedo a perderlo. Y siempre termina perdiendo lo que ama. Y lo peor de todo es que ni siquiera se arriesga por conservarlo. Mira muy alto, pero se tropieza y rompe todo lo que está en su camino. ¿Qué es este barco, sino una gran fábula que usted se inventó para vivir adentro?

      Esperaba que se pusiera furioso, pero el capitán Mendoza ya no era lo que había sido, aunque no fuera mucho. Había brillo en sus ojos, e intentaba ocultarlo escudándose con el humo de su pipa.

      Mara apoyó una mano en una de las mejillas del capitán, acariciándolo con el pulgar, secando una lágrima que aún no había nacido. Le tocó los labios, y de pronto él los abrió y detuvo el dedo entre ellos. Mara sintió la lengua entibiando la yema de su dedo.

      Ahora sabía lo que siempre había sabido, la fuerza no estaba en ninguna parte de su cuerpo, sino en cada partícula de su carne.

      Él se acercó, y Mara sintió que no quería hacerlo.

      La besó, por más que se negaba a reconocer lo que estaba haciendo.

      Dejó caer la pipa en el suelo y agarró a Mara de la cintura metiendo la mano bajo la falda.

      Mara abrió la camisa de Mendoza, le besó el pecho. Un hombre distinto a los otros. Más fuerte su cuerpo y menos inseguras sus manos, más endeble su alma y menos retorcida su mente. Más decidido y menos pensante. Pero todos eran iguales cuando la abrazaban.

     Ellos querían lo que ella únicamente estaba dispuesta a darles.

     Entregó su cuerpo y recibió el permiso. Ese permiso que él creía que otorgaba, pero era el precio para expiar su culpa, una vez más.

     Cuando estaba por salir, miró a Mendoza, que fumaba sentado en el piso y con la espalda apoyada en una pata del escritorio. Seguía desnudo, y Mara admiraba su cuerpo.

     -Ella volverá a verlo como antes, capitán.

     No había malicia ni sarcasmo, ni siquiera una velada ironía. El rostro de Mara era un paisaje de pura contemplación. Desconcertar era su si no, y lo lograba con una maestría que parecía haber moldeado durante siglos.

      Caminó por el pasillo, pensado en el capitán acorralado en su cuarto de juegos, entre el escritorio y los papeles simulando un negocio de adultos. Se acostó luego junto a Iribarne, que abrazaba dormido sus dibujos igual que un chico extasiado de que lo hubiesen alabado todo el día. Y en la oscuridad recordó a Valverde, que en su propio camarote debía estar durmiendo el sueño de conocimiento y ciencia en su laboratorio escasamente peligroso de escalpelos sin filo y probetas quebradas.

       

 

 

*

    

     

 

Bajaban a Altea en una litera amarrada con cuatro cuerdas hacia el bote.

      Mendoza observaba y de vez en cuando gritaba alguna soez por el descuido de alguno de los hombres. Estaba nervioso, y recordaba cuando él y Altea habían bajado juntos del brazo, por el puente a Lavalle.

      Mara y José también contemplaban el proceso, lento y exasperante, porque había que tener cuidado que la litera no se desbalanceara. Estaban uno junto al otro, ella tomada al brazo de él, sosteniéndolo casi porque la pierna aún sufría, pero estaba mucho mejor. Él vio en ella una sonrisa sin sentido. Los ojos de Mara miraban hacia el pueblo en lugar de a la mujer que estaban bajando. Durante la noche habían hablado en la oscuridad, como en los meses que estuvieron en la barcaza de pesca. Desnudos y contemplando la oscuridad del techo, hablando como si le hablasen al vacío, asegurándose que sus palabras pronto fuesen engullidas por la nada y no quedase de ellas más que la ridícula sensación de que alguna vez hubo un sonido.

      José cavilaba, tocando con la mano izquierda la cruz de plata que ahora tenía en su cuello. La que había tenido Manuel durante tanto tiempo, y cuyo olor casi podía ser percibido en el metal. Mara se había asegurada de sacársela a Altea, y se la entregó a José esa noche. Poco más necesitó ser dicho.

     Eso era todo.

     Una cruz fue suficiente para que José dejara los dibujos de lado, apartando la carpeta con un manotazo, y que rechazara la dosis de la noche. La había penetrado como si fuese un hombre que la amaba.

     Eso era todo.

     Y más que suficiente.

     Valverde los acompañaría. Tenía el maletín que había pertenecido a Gonçalvez. Le había lustrado el cuero cortajeado, le había cosido los pequeños bolsillos de tela del interior. Y había ordenado el desorden de instrumentos y frasquitos. Pensó en las manos que ya no estaban, y en esa mano que había intentado sujetar contra toda fatalidad junto a las cataratas.

      Ahora, sin embargo, el río era un páramo tranquilo y agreste. Desde kilómetros antes, el cauce se fue ampliando muy lentamente, las aguas bajaban lentas y las máquinas del barco funcionaban a la más baja fuerza. Las costas ya no eran selváticas sino repletas de palmeras con grandes espacios vacíos de arena muy blanca. Estaban entrando en el invierno, pero el clima estaba muy cálido. El sol estaba a medio camino de la mañana y les daba de espaldas. El pueblo de Aparecida estaba en la costa del Brasil, y todos miraban el proceso del desembarco hacia el noroeste.

      En la frontera había, de tanto en tanto, garitas con guardias y pequeños muelles con botes de los gendarmes. Mendoza creyó ver que los observaban con detenimiento, pero era simplemente la curiosidad por el tamaño del barco. Ya se había corrido el rumor hasta esos pagos, seguramente, del “Juan Manuel” con toda su leyenda a cuestas. El cabo Domínguez estaba muy cerca de él, desarmado, porque desde hacía un tiempo el chico Ruiz se le había apegado y lo acompañaba a todas partes, como el perro lo hacía con Bernardo. La mirada del cabo era amable, casi siempre, pero tenía la irritante virtud de recordarle la razón de su presencia. Habría querido desembarcar y entrar al pueblo, seguir a ese contingente de gente rara que se llevaba a Altea como un cortejo. ¿Dejar todo, como un monje que se enclaustra para adorar un rito sin fin de expiación y de perdón? Tal vez. No sentiría dolor, seguramente. Lo mejor de todo eso consistía en el abandono. Esa era la palabra. El enorme cansancio de llevar la cruz del barco a cuestas se olvidaba porque esa cruz era el caparazón en donde se escondía. ¿Sería por eso por lo que su vida lo había llevado a ser capitán de río, desechando la larga tradición del mar de su familia? Los espacios abiertos, como ahora este del ancho río, lo inquietaban. A veces le agradaba inmiscuirse en espacios donde predominara la penumbra: su despacho en el barco rodeado de muebles viejos, la biblioteca de Aurora Valverde, el pueblo chico y el rancherío escaso de Lavalle rodeados de árboles donde podía esconderse. Si de chico y adolescente había amado los caballos en la estancia del padrino Las Heras era porque lo hacían atravesar los campos con rapidez, como huyendo. La casona de Santa Fe con sus cuartos con recovecos dentro de un casco de estancia grande como este barco que ahora lo protegía. Y las mujeres, Dios querido, se dijo, frotándose la cara con una mano y conservando la otra en la espalda, como si se estuviese protegiendo del sol que le daba de espaldas y que sin embargo lo cegaba. Se daba cuenta de lo que no había querido mirar: tantas mujeres como cuevas, refugios y oscuridad. Los úteros con sus paredes como escudos. Porque al fin de cuentas, qué es un ataúd sino el reservorio y la protección para un cuerpo que no tiene más defensa que su absoluta indefensión.

    

     Ya en tierra, subieron la litera en una carreta que alquilaron en un rancherío que incluía una pulpería y un establo desvencijado. El pueblo de Aparecida estaba a diez kilómetros más adentro, según les dijo el encargado viejo.

     - ¿Sabe dónde viven los Ansaldi? - preguntó Mara.

     -Dónde no viven, patrona…todo esto es de ellos, desde el río hasta muy muy adentro, qué sé yo…

     El viejo señalaba a la distancia, moviendo la mano un largo rato y silbando.

     Valverde pagó el alquiler y los hombres que habían trasportado la litera volvieron al muelle y se despidieron. No confiaban en volver a ver a la señora Altea, por la que habían aprendido a preocuparse y preguntar casi todos los días por más que no los dejaran visitarla. Se habían solidarizado con su mala suerte, y con esa especie de halo extraño que generaban los comentarios sobre ella. No confiaban, además, ni en Mara ni en Valverde.

      Ambos subieron al pescante de la carreta y atusaron a la mula que la arrastraba.

      El campo estaba desierto de gente y casas. Eran un páramo de pasto seco con manchas de arbustos y algunas palmeras. Era el comienzo del invierno, pero había más humedad que frío. Los mosquitos abundaban, azotándolos en pequeños enjambres durante más de dos horas. Era el mediodía cuando vieron a lo lejos una casona de dos plantas rodeada de palmeras y un mar de yuyos altos. Los techos eran cada vez más rojizos a medida que se acercaban, y la fachada blanca fue descubriendo sus ventanales y sus manchas de suciedad y moho.

     No había cerca, simplemente un portal de adobe que se caía de viejo, pero aún alto y partido por la mitad el arco que debió haber tenido una inscripción a juzgar por los trozos de letras dibujadas con ladrillos. Mara le dijo a Valverde que se detuviera justo debajo.

     - ¿Querés romperte la cabeza? -preguntó.

     - ¿Alcanzás a leer que dice?

     Valverde levantó la vista sin soltar las riendas. Frunció el entrecejo contra el sol, y luego de intentar descifrar, se rio.

     - ¿Qué pasa?

     -Nada, Marita, simplemente lo que ya esperábamos. Es italiano, como el dueño, y del Dante. “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”. Hay una ele, ¿ves?, la o, y luego esepe, y al final entrate, completa. ¿Qué otra cosa podría decir?

     - ¿Y eso va por nosotros o por ella? -preguntó Mara.

     -Por todos lo que entren, querida. Si tenés miedo, todavía es tiempo de volver.

    - ¿Miedo yo, Juan? ¿No me conoces todavía?

    - Por eso digo, querida, que no hay mejor lugar que el volver a casa…

    Mara lo miró mientras reanudaban el camino de tierra que llevaba a la casona. Valverde estaba raro, como si escuchase algo a la distancia, e intentase descifrar ese sonido que ella no alcanzaba a percibir todavía.

      Y entonces escuchó los ladridos, que crecieron desde el pastizal que se movía, pero el reflejo del sol le daba de lleno en los ojos y no vio más que sombras y destellos, hasta que puso una mano sobre su frente. Vio a los perros blancos, bajos y fornidos, corriendo hacia ellos. La mula se detuvo y empezó a rebuznar, asustada. Valverde la tenía fuertemente sujeta de las riendas, pero ella se agitaba y empezó a correr hacia la casa. Para huir de los perros, no sabía más que seguir avanzando y correr entre ellos, que habían rodeado ya a la carreta y ladraban enardecidos. Eran más de diez, todos blancos, y entonces Mara vio que no tenían orejas, y en lugar de ojos una simple apertura en la piel que simulaba un par de párpados cerrados.

      La mula no se detuvo sino al llegar casi a la escalera corta que conducía a la recova de la casa. Un viejo la había retenido del bozal e intentaba calmarla. Una mujer, tan vieja como él, gritaba:

     - ¡Juera, perros, juera! - mientras los perseguía con una rama en cada mano. Los perros escapaban y se escondían bajo la carreta y la escalera. Parecían querer protegerse alrededor del hombre, que se reía de la mujer y sus intentos.

    - ¡Rir, nomás, vieccho de mierda! Vocé e le cani me vuelven loca.

     Tenía varios acentos entremezclados, en parte portugués, en parte italiano, y el español se desprendía naturalmente. Se abrigó con un chal antiguo, grueso y bordado con estampas de figuras indescifrables. Miró a los visitantes con cara seria, pero no parecía sorprendida.

      - ¿A qué debemos el honor? -preguntó el viejo.

     Valverde bajó y le extendió la mano.

     - ¿Tengo el honor de saludar a Gregorio Ansaldi?

     Los perros se habían callado, porque se acercaron a Valverde y lo olían. Él los miraba y los dejaba hacer, y se puso a acariciar a uno.

      El viejo comprendió, su expresión era clara y astuta, y la vieja se acercó a la carreta y dijo:

      -Signora, perdone mis exabruptos de mi parte.

      -Eco, signora-dijo el hombre. -Somos dos viejos que acostumbramos a estar solos.

      -Lamentamos molestar-dijo Mara, bajando y saludando a la vieja.

      -Niente… ustedes dos son bienvenidos, los cani no reciben de este modo a cualquiera.

      La pareja se echaba miradas de inteligencia que Mara y Juan creían comprender. Esos perros se llevaban muy bien con Valverde, y ella había congeniado con la vieja apenas mirarla a los ojos.

       -Come hai dicho, amiccho, io sonno Gregorio Ansaldi, e questa e mia moglie, Marietta.

       - ¿En qué podemos ayudarlos? -dijo ella, mirando la carreta.

       -Nuestra amiga, Altea, necesita ayuda.

       La vieja dio la vuelta, con los brazos cruzados sujetando el chal, y se detuvo frente a Altea, que estaba sentada. Le habían puesto un vestido negro, y tenía la cabeza protegida con una capucha.

      -Éntrenla a la casa-dijo.

       Valverde y Ansaldi la bajaron y la llevaron hasta un cuarto en la planta baja. El salón principal era austero de muebles, a excepción de una mesa grande, las sillas, y muebles de estantes con vajilla y libros, y un hogar con mucha leña ardiendo. Adentro hacía calor y los perros, que estaban por entrar, se detuvieron. Las mujeres siguieron a los hombres hasta la habitación, donde dejaron a Altea en la cama.

     -La signora dormirá acá, y ustedes en la plata alta, junto a nuestra habitación-dijo Marietta.

     - ¿Pero creen que podrán ayudarla?

     -Non se imbecile, chara mia, para eso vinieron, ¿no?

     La vieja era ella, sin duda, la que recordaba de su infancia. La misma edad a pesar de los años, el mismo tono de voz, aunque en esa ocasión la hubiese escuchado casi en sueños, porque esa era lo forma en que recordaba su infancia y todo aquel día en que la madre la había llevado a la reunión de mujeres. Esa vieja era una mezcla, como su forma de hablar, de los tiempos. En su rostro demacrado de ojos más verdes que una hoja de palmera, en el cuerpo esmirriado de pecho hundido y espalda inclinada, en las caderas anchas que se adivinaban bajo el vestido de lana que debió haberse tejido ella misma, toda incongruencia estaba de más, porque todas las supuestas incongruencias se combinaban para formar una sola cosa y una verdad, que no era física ni podía verse: sólo escucharse en el tono de la voz, atemporal, y percibirse en la expresión de sus movimientos. Caminaba, sí, pero al subir los escalones de entrada era como si no tuviese huesos, y al desplazarse por el salón y atizar la leña, el fuego se coaligaba con ella, alumbrando sus facciones y rejuveneciéndola. Fue en ese momento, cuando regresaron a la sala y la vio mover los tizones con el hierro del hogar, en que preguntó:

      - ¿Ya nos hemos visto antes?

      La vieja se dio vuelta, se sentó en una silla incómoda por su aspecto, pero permaneció derecha y con los brazos cruzados, sin soltar el chal. Ahora la luz del fuego le daba de espaldas y su cara permanecía en sombras. Los hombres seguían en el pasillo, conversando, parecían tener mucho de qué hablar, tal vez de los perros, tal vez de ciencia o de magia, a juzgar por los movimientos casi circenses de las manos de Ansaldi.

      -Idiota-dijo la vieja. -Te comportano como una imbecile. Io sono Marietta Sottocorno, no olvidare, chara mia. Te han dicho que mio marito puede curar a la signora, pero no has venido para eso, querida. Mañana la veremos juntos. Los hombres tienen de qué conversar, otros intereses más terrenales y más inmediatos.

     Se calló y ambas permanecieron en silencio. Era plena tarde, pero adentro estaba muy oscuro a excepción de la luz del fuego. Mara se quedó parada frente a Marietta, que tenía los ojos verdes en la más completa oscuridad. Mara miró las paredes, revocadas en sectores, en otras con ladrillos y muchos clavos, pero sólo vio dos relojes de péndulo, funcionando. Uno marcaba las tres de la tarde, el otro no tenía agujas. El tic-tac era claro y casi obsceno en ambos, porque no coincidían, sino que uno seguía al otro, como golpeándolo, respondiéndole con dureza, mientras el primero se escabullía, tímido y sumiso, pero persistente. El reloj sin agujas lo perseguía, se burlaba del otro, que seguía en su deber de marcar el tiempo exacto, clavado a la pared como un Cristo.

     De pronto, apareció la voz de Ansaldi, parecido a un maestro de ceremonias que se presentaba en medio de la pista del circo desierto (el salón casi deshabitado), y anunciaba, frotándose las manos de contento:

     - ¿Ché cosa mangiamo, querida?

     -Lo de siempre, amore.

     El viejo se rio del sarcasmo.

    -Bene-dijo, mirando a Valverde en busca de complicidad. -Acompáñeme amigo mío, tenemos mucho de qué hablar mientras cocinamos algo. Las señoras prepararán la mesa, ¿no es cierto?

     Mara se apresuró a hacerlo. Buscó en el mueble la vajilla, las servilletas, los vasos. Fue a la cocina en busca del pan y el queso. Preparó la mesa con dedicación y cuidado, sabiendo que la vieja la observaba desde su rincón junto al fuego. Los platos eran italianos, el mantel de tela francesa, las servilletas bordadas con nombres de mujeres, los vasos acristalados no dejaban vislumbrar el contenido desde lejos. Tuvo que acercarse y levantar uno para probar el vino que Ansaldi había servido cuando ya estaban a la mesa, con las pastas en una fuente grande y humeante. La salsa tenía un olor fuerte.

     -Espero que les guste-dijo. -Son ravioli de carne ahumada, y un filetto a mi gusto, por supuesto, Marietta me deja las decisiones en la cocina.

     Mara olió el aroma a albahaca, pero era una mezcla de especias tan rara que no pudo describirla. Probó la pasta. La carne era tierna, pero tenía un gusto a viejo, ¿a algo quemado, quizá? O era tal vez el tipo de carne. Ella había probado de todo en el río, hasta ratas. Pero esta carne era algo dulce. Sin soltar el tenedor, echó una mirada a Juan Valverde, que sonreía a la conversación de Ansaldi. Entonces Mara tuvo un pensamiento tan naturalmente exacto que encajó en ese salón y en esa mesa como si hubiese sido construido teniendo en cuenta cada elemento de esa noche: el sitio exacto de cada cosa, cada movimiento de los invitados, cada palabra y aliento exhalado, el grado de calor producido por el fuego y sobre todo, la combinación exacta del vaivén de los relojes.

     En el punto exacto de la confluencia de todos estos elementos, el pensamiento nació con la mayor naturalidad.

     Y entonces Mara escuchó la conversación de los hombres que combatían el silencio abismal de las mujeres.

     -Mio caro Valverde, el cane lo quiere.

     Uno de los perros estaba sentado junto a la silla, con los ojos ciegos, husmeando el aroma en el aire. Valverde lo acariciaba.

      -Como le decía, amico mio, ellos son resultados de muchos experimentos. Cosi tanti hannno fallito…

      Una breve pausa que nadie interrumpió, sólo el animal con un gemido.

      -¿Sabroso, non é vero?

      Marietta miró a su marido con condescendencia, como diciendo: qué se le a hacer, los hombres y su ego…

      La conversación continuó a veces en silencio, al ritmo desacompasado de los dos relojes, que a oídos de Mara sonaban fuertes y estridentes, pero que los demás parecían no escuchar. Hablaron, también, de las cosas del pueblo, de la gente del río. Mara quiso saber de dónde venían, y cuándo se habían instalado en esa zona. Ninguno le respondió más que con evasivas: hacía muchos años. Eran de Italia, ella de Sicilia y él de Cerdeña. Extrañaban el mar, por supuesto, pero ya habían recorrido todo el mundo, y por un momento Mara creyó entrever en sus vaguedades que no sería éste el lugar donde morirían. ¿Cuántos años tenía la vieja, cuántos él? Sus cuerpos eran de ancianos que aún podían mantenerse por sí mismos, pero al escucharlos, e incluso su voz, daban impresión de ser muchos más jóvenes, o quizá, sin tiempo definido. Cuando llegó la medianoche, ya estaba segura de que cualquier tiempo y lugar les venía bien. Se adaptaban al lugar y a las costumbres como si no tuviesen cuerpos propios con determinados gustos y necesidades: ni calor o frío, ni comida abundante o escasa, en casa grande o chica. Lo mejor que denotaba estas características que no podía definir, eran las voces sin dobleces en el tono, llenas de manierismos en la gramática, de torpezas y mezcla de idiomas que no hacían más que acentuar esa ubicuidad que los identificaba, una pluralidad que confluía en el discurso aparentemente trivial y anecdótico y que volvía a expandirse y pluralizarse un momento después.

     Eran inatrapables como sus miradas esquivas y su charla a veces discursiva, a veces intimista, a veces sentenciosa. Colérica o amistosa, ellos no parecían escuchar porque ya sabían la respuesta de antemano.

      Sí, se dijo Mara. Saben por qué razón hemos venido, y saben también los motivos que nosotros no conocemos.

      Se fueron a acostar al cuarto que les habían designado. Mara y Valverde se desvistieron y se acostaron en la cama grande, escuchando el chirrido de los grillos que poblaban la habitación. No se durmieron sino hasta casi la madrugada. Se acariciaron, intentaron besarse, pero los grillos eran vigilantes de un presidio. A cada instante un llamado de advertencia, y una sentencia cantada de antemano a cada instante.

       La ventana estaba abierta, la luz de la luna casi llena entraba como un hálito sobre el piso al lado de la cama. Mañana sería luna llena. Valverde se durmió pensando en los perros, uno de los cuales se había acostado sobre la alfombra a su lado.

      Mara soñó que ella era Marietta Sottocorno. Corría por la costa rocosa de Sicilia, huyendo del llamado de la madre, que la amenazaba, huyendo de los perros que querían darle caza. El vestido roto, las trenzas desgreñadas y llenas de hierbajos.  sucias de tierra y sangre, porque había estado cavando en la terrosa llanura de Sicilia. Los pies descalzos, duros como las piedras. Las rodillas con cicatriz sobre cicatriz hasta hacerse una piel dura en la cual casi no sentía nada. Corría, tropezaba y se levantaba. Metros, kilómetros, hasta encontrar la cueva en la que siempre se refugiaba, cuya entrada desparecía con la marea. Por eso la noche le gustaba, y la luna reflejada sobre el agua justo en el límite con el techo: los reflejos del agua en la roca iluminados por la luminosidad indirecta de la luna.

     La roca era el fondo marino, y los insectos y alimañas que deambulaban por la piedra eran los demonios. Cómo trabajan, se decía, qué laboriosos son. Construyen ciudades bajo el agua, y los ladrillos eran largos y de color calcáreo. Trabajaban contentos, a veces con dolor, otras muy cansados, pero se movían como si todos sus achaques no fuesen más que premios y recompensas a su esfuerzo. Eso habían aprendido de Dios: el dolor es un éxtasis que en sí mismo es costo y recompensa. Levantaban urbes y naciones en el fondo del mar con ese material tan valioso que nunca se acababa.

     Eran huesos, grandes y pequeños. Duros y frágiles. Caían desde la luna todas las noches. Y ellos miraban hacia lo alto desde el fondo del agua, apreciando como testigos involuntarios pero extasiados, la desnudez de Dios, que se desprendía de su piel y se iba deshaciendo de sus huesos, uno a uno, interminablemente. Un Dios moribundo, que no terminaba de morir porque nunca había terminado de nacer completamente.  

     Porque la luna era su madre suicida, que se mataba todos los meses entrando y saliendo de un loquero cósmico.

     Porque no tenía padre al cual reclamarle su fracaso.

 

 

 

*

 

 

 

En la mañana escucharon los gritos de los peones en el campo. Algunos cortaban el pastizal bajo la voz airada de la vieja, otros preparaban las mulas y las carretas para llevar los fardos de heno y los tarros de leche a vender a los pueblos de los alrededores. La voz de Ansaldi ordenaba sin gritar, pero podía escucharse claramente desde cualquier lado.

     Mara y Valverde se levantaron, bostezando. Se vistieron mientras el perro los miraba y ladraba como apurándolos para desayunar. Era tarde ya en la mañana. El animal prestó atención a los ladridos de los otros afuera. No tenía cola que mover, no tenía orejas, pero escuchaba muy bien, no tenía ojos, pero corría sin tropezarse con nada ni con nadie. Levantaba la cabeza para olfatear el aire, y eso era más que suficiente para todo.

      Golpearon a la puerta.

     -Amico-dijo Ansaldi. - A levantarse que lo espero en el campo…

     -Ya vamos…

    Mara le preguntó con la mirada.

     -Va a mostrarme dónde hace nacer a los perros.

     - ¿Viste cómo son de extraños? -dijo ella, arreglándose el pelo frente al espejo del armario.

     -Son especiales. Yo creo que superiores a todos los demás.

     Fueron a desayunar fuera, bajo la recova. Marietta esperaba en una mecedora con un mate en la mano, sonriendo bajo la sombra. Saludó sin mirarlos, porque observaba la salida de una carreta con cueros de ovejas.

     -Mucho comercio-dijo Valverde al sentarse. Una chica de no más de once o doce años servía la mesa.

     La vieja asintió, y pegó dos gritos de advertencia al peón que conducía.

     -Tapalos, che, merda! ¿No ves que va a llover hoy?

     Mara miró al cielo despejado.

     -No se puede confiar en estos-dijo la vieja dejando el mate en la mesa. La chica volvió a cebar y preguntó en inglés que querían desayunar los señores.

     -Ya te dije que no hables en gringo.

     La chica repitió la pregunta en un español que sonaba un poco a catalán.

    La vieja se rio.

     - ¿Qué se le va a hacer? Acá hay de todo, y ninguno sirve para nada, son como pedazos de un mundo muerto, podrido. Pedazos secos que mio marito y yo fuimos recogiendo de todas partes. Uno hace una cosa, otro otra.

     -Son engranajes-dijo Valverde comiendo pan y queso.

     -Así es, usted lo ha dicho muy bien. Pero se rompen y se traban.

     -Sin embargo, esta estancia funciona muy bien, por lo que veo.

     Marietta hizo el gesto del más o menos con la mano. A veces hay que sacar ventaja de otros oficios. Gregorio vende los perros en el Brasil, y en otras fronteras. Los colombianos pagan muy bien.

    - ¿Y para qué los usan?

     La vieja levantó las manos y se las frotó.

     -De eso no sé nada. Los cachivaches de la ciencia se los dejo a mio marito. Yo me dedico a otras cosas.

     - ¿A qué? -preguntó Mara. Había optado por un mate, y la chica la miraba como embobada.

     -Tengo mis clientas, usted se imagina, querida, tres veces por semana llegan las señoras bien emperifolladas para que les lea el futuro. Usted no sabe la ansiedad que tienen, pagan más que por los perros solamente por una predicción.

     - ¿Certera? -preguntó Valverde con ironía. Pero a la vieja no le gustó.

     - ¿Qué se piensa que soy, querido? 

      Ansaldi apareció y se llevó a Valverde al campo.

    

     Caminaron todo el tiempo hasta los galpones que estaban entre una arboleda a dos kilómetros de la casa. Eran tres edificios de adobe y techo de chapa comunicados por puertas interiores. Entraron al del medio y Ansaldi encendió las luces eléctricas. Le pareció extraño a Valverde esa tecnología en un lugar tan empobrecido, pero entonces vio las mesas llenas de aparatos mecánicos con poleas y cables que colgaban de una mesa a otra, que a veces terminaban en el piso o llegaban hasta las paredes. Había estantes con cajones, donde cada uno tenía una muestra de lo que contenía junto a la manija: tornillos, tuercas, clavos, y lo que fuera para construir y armar pequeños artefactos eléctricos. Había otros estantes con pedazos de madera y metal cortados en diferentes formas, tamaños y espesores. Había frascos con fetos y pedazos de anatomía de adultos: manos, pies, cabezas, y hasta genitales masculinos que no habían perdido la erección.

     Valverde se detuvo ante uno. Ansaldi comprendió.

     -Es sólo una muestra de lo que hago aquí.

     -Parece haber logrado mucho.

     -Depende de la importancia. Si juzga por eso-dijo señalando el frasco- es importante, quién lo duda, pero hay otras cosas…

     - ¿Cómo los perros?

     -Así es, pero yo abarco demasiado, y tanta dispersión de intereses no me da tiempo para dedicarme enteramente a ninguna. Lo que me gusta en especial es la electromecánica, por eso lo traje acá, amico mio. Necesito alguien dedicado a la ciencia biológica, y su fama ha llegado hasta estos pagos.

      - ¿Y qué puedo hacer yo con los perros? La verdad es que me fascinan…-dijo, y entonces escuchó ladrar desde la izquierda. En el galpón contiguo estaban las jaulas.

      Entraron y Ansaldi encendió nuevas luces.

      -Esta es su respuesta, querido. Mire a esos animales.

     Valverde vio jaulas apiladas en varios pisos a todo lo largo del galpón. Debía haber por lo menos cincuenta, y en cada uno había un perro exactamente igual al otro. Caminó frente a las jaulas, leyendo los rótulos con la letra cuidadosa, caligráfica y antigua que sin duda debía ser de Ansaldi, señalando lo que debía ser la fecha de nacimiento de los animales. Los perros ladraron todos juntos cuando entraron y se encendieron las luces. Era un barullo que apenas les permitió hablar al principio, pero a medida que Valverde recorría las jaulas, los perros se iban callando.

    Ansaldi se había quedado atrás, mirándolo.

    -Es asombroso, ni conmigo se portan tan bien.

    Valverde fue calculando la edad de los perros: dos años, tres meses, cinco años, quince años, veinticinco años… raro pero posible. Miró las jaulas superiores, se puso los anteojos y leyó: diez años, cuarenta años… ¿qué? Creyó haber leído mal. Uno había nacido en 1861. Otro en 1847. Valverde se dio vuelta, sonriendo de la broma que le estaba gastando Ansaldi, porque no podía ser que lo considerara tan imbécil

     Ansaldi se daba cuenta y le devolvió la sonrisa.

     -No es chiste-dijo, y esa expresión sonó tan rara, que el ridículo de escucharla se derrumbó apenas continuó con su tono docto y campechano a la vez.

     -Ya le dije que son experimentos. ¿Quién quiere que un perro viva tantos años? Sólo los mentecatos -otra palabra asincrónica- y los imbéciles sentimentales que abundan por todas partes. Me han dicho que usted ha experimentado con hombres y mujeres, sé de los cuerpos que juntó en la última inundación, por ejemplo. Los vende a la ciencia, todo muy encomiable, amigo mío. Pero por acá hay una expresión que dice “hazte la fama y échate a dormir”.  Yo puedo ayudarlo.

     -Ya sé, no es ningún secreto que me inquietan ciertas cosas.

     -La muerte, por ejemplo. Algunos no la consideran tan terrible como usted.

     -Es la nada, Ansaldi, y yo no la entiendo.

     -Usted quiere prolongar la vida, y esto que ve aquí, puede ayudarlo…

     - ¿Pero me ayuda que un perro viva sesenta años?

      Ansaldi lo miraba con inteligencia.

     Juan Valverde miró a los perros que los escuchaban. Se trepó hasta la tercera fila de jaulas, donde estaba el perro más viejo que había visto hasta ahora, por lo menos. Era exactamente igual a los otros, sin signos de vejez. Extremadamente blanco, ciego y atento a todo movimiento que ocurría alrededor. El olor a excrementos era intenso y la suciedad de las jaulas era horrible. Pero Valverde metió la mano entre las rejas y el perro la olió un instante y luego la lamió.

     Desde abajo, Gregorio Ansaldi aplaudió.

    

 

 

*

 

 

 

     -Vayamos a ver a la enferma-propuso la vieja.

      Altea estaba recostada sobre dos almohadas grandes y tapada con un poncho y una frazada de lana. A pesar de eso, la mandíbula le tiritaba de frío. El hogar estaba apagado. La vieja echó la bronca a una mujer negra que estaba sentada mirando a Altea. La negra se levantó asustada y se puso a reponer la leña y atizar las brasas, pero de vez en cuando miraba extasiada hacia la cama.

     -Es raro, pero ayer no vimos otra gente en la estancia-dijo Mara.

    -Son de los rancheríos de los alrededores, trabajan a media jornada con nosotros. A la tarde cobran y se van. No nos gusta que haya gente que no sea de la familia por la noche.

    Altea tenía el cabello cano y largo. Ya sin vendas, el orificio de la órbita era un pozo negro en la cara blanca. El temblor se fue calmando a medida que Marietta le frotaba el pecho y la espalda. Mara se había quedado parada al pie de la cama. La vieja murmuraba algo que parecía una letanía pero que eran simplemente las palabras cariñosas que se dicen a un enfermo. Mientras lo hacía, miraba el rostro de Altea, leyendo las expresiones que iban provocando sus palabras, y hasta creyó verla soplarle en la cara como para apartarle el pelo.

     ¿Escuchó Mara realmente el eco de eso aliento en la órbita vacía, que sonó como una ráfaga helada en una caverna?

     Marietta sonreía. Dejó de frotar el cuerpo, que ya no temblaba. Acarició la cara y los bordes de la órbita vacía.

     Mara tuvo miedo. La había traído no para la esperanza, sino para el desahucio.

     - ¿Qué piensa usted? -quiso saber, ansiosa.

     - ¿De qué? -preguntó la otra, sin darse vuelta.

     Como no recibió respuesta, preguntó:

     -Si no es sincera conmigo, cara mia, no espere que yo lo sea.

     -Creo que no vivirá…

     - ¿Es una premoción o un deseo?

    Mara no contestó.

     -Para muchas de nosotras, al principio es confuso, pero está claro que, en usted, querida, el deseo es el origen de toda causa. Es por el chico que acaba de dar a luz esta mujer, ¿non e vero?

     -Por mí, el chico puede morirse, pero sin él no retendré al padre.

     La vieja se levantó de la cama y se paró a su lado. Señaló sus oídos en un gesto que indicaba que Altea las escuchaba, y sobre todo las veía.

      - ¿Y usted cree que lo retendrá? Los hombres dicen que no nos entienden y nos subestiman. Nosotras somos tan diferentes como ellos en cada momento, pero sabemos los que fuimos y seremos. En ellos la ambivalencia no tiene comunicación entre sí, no recuerdan lo que fueron y fallan continuamente en cuanto al futuro. Su idealismo es cruel y no se dan cuenta, porque se olvidaron del daño que hicieron un momento antes. Son chicos caprichosos convencidos de su razón. Sí, eso los hace inocentes, pero también los hace asesinos por naturaleza. Destruyen todo con las buenas intenciones.

     - ¿Y nosotras?

     -Matamos a conciencia. Por eso no hay dolor ni remordimiento. Cuando ellos recuerdan, la culpa es tanto más grande cuanto más ingenuo fue su motivo. Y se les prende como una garrapata.

     Mara se sentó en una silla junto a la cama. Marietta hizo lo mismo del otro lado.

     - ¿Ella es como nosotras? -preguntó Mara.

     -Sí, pero no lo sabe. Y ese hueco es el artificio mecánico, como diría Gregorio, es el instrumento.

     - ¿Instrumento para qué?

     La lluvia empezó a caer sobre el tejado. Mara se levantó a mirar por la ventana. El campo estaba gris y la lluvia se movía como múltiples cortinas vapuleadas por los vientos. Algunos hombres corrían a refugiarse en los establos o bajo la recova.

     La habitación se había ensombrecido a excepción del fuego del hogar, que iba sufriendo por las ráfagas que descendían por la chimenea.

     De pronto, vio una luz muy tenue desde la cama. Marietta continuaba sentada de frente a Altea. Mara dio la vuelta y entonces notó la luminosidad desde el hueco de la órbita de Altea. Era ahora un orificio circular de forma perfecta, tal vez porque la luz ocultaba los bordes irregulares del hueso.

    ¿A qué se perecía?, se preguntó.

    -Es como la luna llena, ¿non é vero? -dijo la vieja. -Mire bien, querida, la luna - a diferencia del sol, tan brutal y violento, que se parece a un hombre arrebatado de ira- tiene la virtud de dejarse ver a simple vista, con todos sus defectos. Incluso los ilumina para que veamos sus irregularidades. O tal vez sea que esa luz viene de esos defectos. Los errores de la naturaleza son un número cero detrás de toda cifra: crecen hasta abarcarlo todo, y convierten la nonada en el objetivo del mundo. La jactancia se convierte en orgullo, algo que los hombres no entienden salvo cuando destruyen su ambivalencia y se hacen uno con su lado femenino. Reniegan de él porque lo creen debilidad, pero es el número cero después de la última cifra.

      Mara se sentó en la cama. La luz de la luna se había hundido en el pozo del rostro. La superficie de la luna, sin embargo, no estaba quieta. Había nubes en grandes cúmulos que se desplazaban como remolinos lentos, había destellos pequeños como chispas de fuegos recién encendidos. Hacía frío y eran necesarias las fogatas que los habitantes de la luna estaban preparando para el devenir de la noche polar.

      El ruido de la lluvia repiqueteaba violentamente sobre el tejado, y perturbaba la superficie de la luna que como un ojo amarillo habitaba y sobresalía levemente de la cara de Altea. Tanta agua estaba cayendo, que intentó mirar al campo por la ventana una vez más, por si se avecinaba una nueva inundación. Pero el campo estaba seco mientras caía la lluvia, y el barro era simplemente una sustancia despreciable que los hombres expulsaban con sus botas.

     Sin embargo, la superficie de la luna estaba siendo afectada, a media tarde, poco después del mediodía, dentro de una habitación en el casco de una estancia brasileña de un pueblo chico, sufriendo el encierro dentro de un pozo rodeado por paredes de hueso. Se estaba deshaciendo en fragmentos a través de grietas que se formaban a todo lo extenso de la superficie. La luna luchaba por crecer, por expandirse, quizá.

     Mara miró a Marietta, tan cerca suyo, pero tan lejano su pensamiento, penetrado por la luz de la luna. Los ojos de la vieja, verdes como agua de aljibe, reflejaban la luz que se estaba convirtiendo rápidamente en llamas altas que despedían lenguas de fuego.

      Miró a Altea: tenía toda la cara cubierta de llagas. El pozo luminoso se movía, como si desde el fondo empujaran el globo de fuego. Pensó qué pasaría si el fuego se expandiera finalmente y quemara la casa bajo la lluvia de esa tarde. El agua o el fuego, ¿cuál sobreviviría?

      Escuchó el crepitar de algo que se quemaba. Recordó la guerra del Paraguay, los últimos resabios de la guerra que llegó a ver cuando era tan chica y apenas había pisado América. De la mano de Santiago vio desde un puerto cualquiera, en Corrientes o en Paraguay tal vez, la quemazón de los cadáveres que habían quedado sobre el campo de batalla. Ese ruido de huesos crepitando fue más intenso que el olor, porque eran como bombas de metralla que los muertos disparaban sobre los vivos que contemplaban todo eso. Mara había llorado sin poder evitarlo, un nudo se le había formado en la garganta. Santiago la había abrazado, apretando su cabeza contra el pecho.

     Era el mismo ruido.

     Volvió la vista hacia la ventana y el campo. De la tierra se levantaba un halo gris, tal vez el polvo que subía por el azote de la lluvia y volvía a sentarse ya definitivamente húmedo y pesado, quizá el vapor desprendido de la distinta temperatura del agua sobre la tierra. Fuese lo que fuese, el halo gris era como la superficie de un río sin límites. Un mar, posiblemente.

     El crepitar despedía astillas y fragmentos de huesos.

     Caían sobre la superficie del agua.

     Miró la luna resquebrajada, torcida como un viejo desnudo que se estuviese muriendo y protestara inútilmente de ira e impotencia.

      Y los hijos de la tierra, -los peones que iban de un lado a otro de la estancia con herramientas o tirando de las riendas de las mulas, las mujeres que llevaban pavas y platos, todos corriendo bajo la lluvia, riendo alegres-, robaban lo que encontraban: los huesos que caían desde el cielo.

     Y con todo eso construían sus casas, sus ciudades. Y formaban naciones que guerreaban unas con otras con ese mismo fuego.

     Mara ahora lloraba otra vez como en aquella ocasión tantos años antes. Ahora ya no tenía un nudo en la garganta porque no tenía angustia sino el curioso sentimiento de lo natural. El fuego quema, y por lo tanto es natural y necesario que el hueso también sufra. Y toda la carne que lo rodea.

     Los instrumentos se gastan, se rompen, y debemos desecharlos. Algunos son arrojados a la calle, pero otros quedan para siempre abandonados en algún desván, alguna habitación que ya nunca se visita.

     El cuerpo de Altea, ya sin luz, con el hueco del ojo frío y seco como un páramo, quedó sobre la cama, hasta que en la noche los hombres vinieron a buscarlo.

 

     La noche del cortejo hubo mucha gente en la estancia. Aunque a sus dueños no les agradase, no todos los días se moría alguien allí. Y como correspondía a la opinión que tenían formada todos por los alrededores desde hacía unos cuantos años, porque nadie se acordaba bien en realidad cuándo habían llegado los Ansaldi, prepararon la casa para el cortejo fúnebre apropiado.

     Cuatro mujeres del pueblo de Aparecida arreglaron el cuerpo. Eran cuatro curanderas con mala fama, y que veían en Marietta Sottocorno una enemiga con que sin embargo debían fingir estar bien, especialmente en una ocasión como esta, cuando podían espiar el interior de la casona y quizá descubrir algo de lo que tanto se comentaba en el pueblo: fetiches que Ansaldi traía desde África, o raros elementos de quiromancia traídas de la vieja Europa.

     Desvistieron el cuerpo, lo lavaron, volvieron a vestirlo con una mortaja blanca, ya que poco antes había alumbrado, y no era de buena suerte para el niño que su madre fuese enterrada de negro. Marietta supervisaba todo desde la puerta. Mara observaba y se ofrecía a ayudar, pero las mujeres no se dignaron contestar a esa extraña. Una de ellas, la más vieja y que debía ser la hermana mayor y la tía de la más joven, hizo un gesto de desprecio cuando Mara se acercó.

     - ¡Arriaga! -gritó Marietta.

     La otra la miró, asintió con la cabeza y no dijo nada.

     Más tarde se enteró que las Arraiga eran todo un clan de mujeres donde los hombres eran dos o tres, el padre y uno o dos hijos. Decían, las malas lenguas del pueblo, que cuando nacía un hijo varón, los dejaban morir en la cuna. Los escuchaban llorar durante días si el chico aguantaba, luego, nada más que el silencio y la cuna preparada para recibir a la próxima hembra. Todas se dedicaban a lo mismo cuando crecían. Eran las estetas de los muertos.

    Maquillaron el cuerpo, peinaron los cabellos blancos. Lo adornaron con pendientes tan pequeños que sólo se notaban cuando la luz de las velas los hacía brillar con el destello de una luciérnaga. Lo perfumaron con una mezcla de inciensos donde prevalecía un aroma levemente parecido al cáñamo. Nadie habría sabido decir por qué de tal elección, pero reconocían el curioso efecto de lo que creían una anomalía en las costumbres.

     Ya entrada la noche, había dejado de llover y el cielo estaba despejado. La luna alumbraba el casco de la estancia, pero no parecía envidiar las múltiples lámparas encendidas y los fuegos de los peones por los alrededores. Cuatro hombres entraron con el ataúd, colocaron el cuerpo dentro y lo llevaron a la sala principal de la casa para velarlo.

      Durante toda la noche los visitantes fueron pasando uno por uno. Nadie de la zona la había conocido antes, pero casi todos lloraban al acercarse al féretro. Mara y Valverde estaban sentados en sillas pegadas a la pared detrás del ataúd. Los dueños de casa permanecían parados recibiendo y saludando a los visitantes. Toda gente del pueblo, unos pocos amigos de más confianza, los Gonçalvez, por ejemplo, cuya empresa se encargaba de casi todos los servicios fúnebres. De ellos eran el cajón y los empleados que lo habían cargado desde el pueblo. Valverde escuchó el apellido y observó cuánto se parecían a Estanislao.

      Eran las tres de la mañana cuando la gente se fue y quedaron ellos cuatro con dos de las Arriaga y dos de los Gonçalvez. Mara se levantó de la silla. Le dolían las piernas después de estar sentada varias horas. Caminó dando vueltas alrededor del féretro. Las llamas de las velas se movían con sus pasos. Demasiado silencio, se dijo, como si de pronto me hubiese vuelto sorda. ¿Acaso mis zapatos no suenan sobre el piso de madera? Y estos hombres tan fuertes del servicio fúnebre ¿acaso no respiran? ¿Y la voz tos de Ansaldi cascada por el tabaco?

     Pero el silencio era natural a la muerte, y también era necesario para que ella fuese la primera en escuchar lo que llegaba.

     Los acostumbrados aleteos de los murciélagos del Brasil, que estaban a sus anchas en su territorio, llegando quién sabía desde donde, pero que se acercaban con un sonido creciente como nunca había escuchado. Eran muchos más que antes, quizá.

     Los aleteos crecían, y sin embargo nadie allí dentro parecía prestar atención. Mara les había tenido miedo en el barco, pero ahora el temor se había convertido en una angustia que comenzaba a transformarse en desesperación. No había donde esconderse. Invadirían la estancia, entrarían en la habitación que tenía todos los ventanales abiertos. Apagarían las velas con su vuelo, volcarían los candelabros, romperían las cortinas, dejarían excrementos sobre el cuerpo de Altea.

     Entonces entraron por las ventanas y las puertas. Ansaldi y Marietta no se movieron, giraban la cabeza para contemplar el vuelo de los murciélagos, que los rodeaban sin tocarlos. Las Arriaga protestaban y se tapaban la cabeza con sus pañuelos grandes, los hombres se sacudían cuando los tocaban y sentían las patas encima o los chillidos los aturdían. A veces los Gonçálvez reían al escucharlos, otras ponían cara de ira o terror.

      Hay lenguajes que sólo los hombres entienden, eso bien lo sabía Mara. Porque había visto el rostro de la desesperación en José.

      Los murciélagos volaban rápidamente por toda la sala. Subían y bajaban del cielo raso, algunos se asentaban colgando boca abajo en las vigas, y otros pocos hicieron lo mismo del borde del féretro. Mara quiso espantarlos, y lo único que logró fue que se apoyaran sobre el cuerpo de Altea, arrastrándose con las alas sobre el cadáver, acercándose a la cabeza. Aquel movimiento conjunto parecía una procesión.

     Mara había comenzado a temblar. Tenía mucho miedo, no por Altea, porque ya estaba muerta, ni por ella misma o por los demás, que ya estaban acostumbrados. Se tapó la cara, encerrando el grito que se le iba escapando si querer. Y no pudo contenerlo cuando los murciélagos se metieron en el vacío del ojo.

     Simplemente iban desapareciendo dentro, y no había más luz que la de la luna entrando por los ventanales.

     Los aleteos de los que seguían volando provocaban luces y sombras vertiginosas que confundían las cosas: hombres que pasaban, brazos que se agitaban, cortinas que se balanceaban, y hasta los objetos fijos se movían por efecto de las sombras.

     El cráneo de Altea comenzó a quebrarse por la entrada de los murciélagos. El cráneo era una estancia de adobe, de madera, de cal que fácilmente podía ser resquebrajada.

     Pensó, de repente, en José. Su nombre escrito en el vuelo de los murciélagos. Los golpes que ella le había dado en la cabeza. Las pesadillas que nunca habían cesado del todo y que ella intentaba contener acariciando su cuerpo, mimándolo en el pozo profundo de sus sueños. Lo había escuchado decir que a veces la cabeza parecía estallarle.

     Manuel había muerto expiando con largo dolo, la muerte de un chico, y José también moriría porque Altea iba a llevárselo.

     Esa enemiga que había creído débil en vida, impotente durante la enfermedad y definitivamente vencida después, era ahora más fuerte que Mara porque tenía a los murciélagos de su lado.

 

 

 

*

 

 

 

Al mediodía siguiente, el cortejo fúnebre estaba formado por los cuatro empleados de los Gonçalvez, pero uno de ellos había sido reemplazado por Valverde, que ayudaba a cargar el féretro. Delante iba un cura y un chico que intentaba seguirle el paso, pero se distraía rascándose el pelo y de tanto en tanto se levantaba la toga para rascarse un sarpullido de pulgas. Detrás del cajón, iba el matrimonio Ansaldi tomados del brazo, él orgulloso y altivo, ella mirando al suelo.

     Mara iba caminando unos pasos atrás, abstraída. Pensaba en José y en su próxima muerte. Los signos que había visto la noche anterior se lo confirmaban: los murciélagos, los dolores de cabeza y las pesadillas que lo molestaban desde hacía tanto tiempo. Algo se había estado tramando en contra de los hermanos Menéndez Iribarne, una inquina que era un castigo, quizá, o una simple compensación ancestral que involucraba, tal vez, no los juicos morales de los hombres, sino el sentido de la culpa que les habían inculcado. Tantas veces él le había contado las tradiciones de su familia en Cádiz, la relación con la Iglesia y la entrega de un hombre de cada generación. El mérito y el desmérito se transformaban así en cánones que no podían ser rotos sin destruir el completo sentido de una casta. La cultura formaba parte de todo eso, igual que las tradiciones y los ritos, y el dinero, por sobre y por debajo de todo aquello. El poder de la Iglesia y el mantenimiento y reputación de una familia eran todo lo que había que conservar a rajatablas.

     Los hombres se acostumbran a todo, aceptándolo y callándose la boca. Matando a otros o golpeándose el cuerpo si no se atreven. Pero principalmente modelando sus mentes al deber y la obediencia.

    Porque la culpa está demasiado arraigada, con enormes raíces de muy antiguos árboles que han crecido uno junto al otro en una selva oscura. Marañas por encima y por debajo de la tierra. Y entre los recovecos de las ramas y de las raíces, siempre se forman nidos de criaturas que nadie conoce y cuyas formas se van constituyendo a lo largo del tiempo. Pueden ser negras como el barro, grises como la ceniza o luminosas como luciérnagas que sólo se ven de noche. Pero todas estas criaturas tienen formas desconocidas y tan variables como la imaginación.

      Mara sabía todo esto porque había escuchado a José durante sus sueños. La imaginación alimenta los nidos de esas alimañas: la culpa es un cáncer que forma huecos y deposita células y gérmenes. La culpa es una bestia de tantas formas que nunca puede ser atrapada y combatida. La culpa se esconde, se disfraza. Habla con la razón y actúa con la locura. Por momentos adquiere la imagen de Dios y recrea en el espíritu y el cuerpo la beatitud de los santos. Por momentos es un caos de bestias que muerden, que pican y destrozan para volver a construir lo que volverán a morder, picar y destrozar un instante después. Lo que nace, muere. Lo que muere, nace.

     Eso es el infierno, se dijo Mara, caminando con los brazos cruzados. Pensando en cómo evitar que José Iribarne muriese, porque ella quería salvarlo como la había salvado a ella. José, con su ironía y su sarcasmo, con su impiedad y su perversión a flor de piel, con sus mentiras y sus secretos. El placer que sentía en su maldad, y el sufrimiento que lo realzaba por encima de todo otro hombre. Los que se portan bien, los mediocres, nunca serán realzados. El mal es una corona en la cabeza de muchos elegidos, es una realeza que evoluciona tan lentamente, que parece no tener cambios a los ojos de los convencidos. Pero los que dudan ven el infierno y el cielo en cada célula humana: el puente entre ambos está construido sobre un río seco y sin fondo.

     Mara sabe que la nada es sólo una palabra imbécil, tan contradictoria como únicamente la endeble lógica humana podría haber inventado.

     Pero ella veía los círculos que rodeaban las cabezas de todos los allí presentes en el funeral. Círculos de naturaleza infinita, como la cruz de la que le había hablado Natacha. Rodeando el río sin fondo: la única nada en donde todo se zambulle para desaparecer. Ni recuerdo queda.

     La verdadera nada es tan inconcebible como el vacío absoluto. Y allí está la imaginación del hombre para alejarse del torbellino de la desesperación. Crea formas, cánceres de simbolismos, monstruos de ideas, abismos visibles a cambio de la inverosimilitud de los pozos sin fondo.

     Las grietas en las rocas igual que fracturas en los huesos. Interrupciones, abismos fríos donde el frío corta y forma más grietas. A veces se llenan con algo, como bálsamos, pero de la sequedad que agrietó la estructura, no podrá obtenerse sino más sequedad.

     Mara leyó, alguna vez, o alguien le dijo, que la naturaleza no tolera el vacío. Pero mirando el cortejo que se desplaza lentamente frente a ella, varios kilómetros hacia el cementerio del pueblo, bajo el cielo inverisímilmente lúcido de un mediodía de invierno, ella sabe que la naturaleza no tiene nada que ver con lo que está pasando.

     La culpa, tal vez el remordimiento, es un niño que nace con un hacha en . Dios no tiene nada que ver con la naturaleza, como tampoco el vacío entre las piedras o la ruptura de un hueso. Lo que la ciencia explica con la ingenua mediocridad de su talento, la nada lo absorbe en el absurdo. La fractura de la nada se burla del círculo que la rodea, el caos como un dios que se forma y se destruye. La repetición sin tiempo es la desolación.

     Eso es lo que mató a Manuel, probablemente, la desolación. Y la que obstinadamente José ha intentado evitar con su constante actividad sin ambages ni escrúpulos. Como si su cuerpo fuese un escudo, lo puso delante de los murciélagos. Pero ellos salen del mismo ojo que los ve.

     Mara había sido una mujer a la deriva en un mar de aguardiente. El mar se había secado y sólo quedaba el lecho tortuoso de su alma, seco como un desierto, pero donde el calor generaba visiones que no eran precisamente oasis, sino mundos paralelos. Ella veía la vida de cada uno como múltiples vidas donde no cabía discernir cuál era la verdadera, quizá porque todas lo eran.

     José había hecho eso: secar el mar que la rodeaba y dejarla en un páramo, y el páramo era un paraíso de hastío, y el hastío era el acicate que la había hecho arrastrarse hasta el borde de una fractura, cuyo fondo tenía como límite el cielo.

      Levantó la vista y olió el aroma de cementerio, que estaba sobre una colina a poco más de cien metros. El camino de tierra había comenzado a hacerse pedregoso, los hombres del cortejo tropezaban y el cajón se movía a veces de un lado o del otro.

      Algunos perros los seguían también, desde la estancia, especialmente acompañaban a Valverde, con el cual tenían una afinidad que no dejaba de asombrar a todos. La gente del pueblo que iba tras ellos, en dos filas que se desmenuzaban y volvían a formarse en cada recodo del sendero de campo abierto, hablaban de los animales y de Valverde más que de la muerta, a quien no habían conocido. La “noruega” la llamaban, por su aspecto y por lo rumores que les habían llegado desde el sur. La mujer milagrosa que había dado a luz siendo una moribunda, la que se había recuperado y que sin embargo había muerto. ¿Habría visto alguien más que ella los murciélagos entrando en su cráneo esa noche? La vieja Marietta, quizá, pero no lo reconocería delante de los demás. Sin embargo, Mara adivinaba que toda esa gente lo sabía. No por nada se vive tanto tiempo junto a un matrimonio como el de los Ansaldi. La soledad nocturna de la estancia, el silencio de todos los animales excepto el de los perros, y el olor que llenaba el casco de la estancia y que se disipaba por las mañanas cuando llegaban las mujeres y los hombres. El olor de la bosta, de la leche hervida o cuajada, y las risas que vestían el silencio desnudo con ropas de trabajo o de holganza.

      Vio las cruces del camposanto surgir de la superficie corva de la colina. Era la joroba de un bufón gigante enterrado boca abajo. Hasta creía poder escuchar sus risas bajo tierra viendo la dificultad de los hombres para caminar entre las piedras que él había, tal vez, dispuesto sobre el terreno. Cuando estaban casi frente a la fosa abierta y preparada por los sepultureros, luego de atravesar metros y metros de tumbas con cruces torcidas o caídas, Valverde tropezó.

     Mara no vio cómo fue exactamente. Lo había visto sortear las piedras durante todo el camino con más destreza que los otros. Pero esta vez cayó al suelo con las piernas torcidas, el brazo enganchado en la manija del féretro y éste caído sobre su espalda. Lo vio intentar levantarse, pero el brazo debía estar luxado y el peso que tenía encima no lo dejaba acomodar las piernas para levantarse. Los otros tres hombres lo ayudaron.

      Mara no vio cuándo aparecieron los perros. Se había olvidado de ellos y ahora, de pronto, eran muchos los que corrían entre la gente, empujando y gruñendo. El primero se abalanzó sobre uno de los Gonçalvez, que intentaba acomodarle el brazo a Valverde. Los animales debieron creer que lo atacaba, porque primero uno y luego todos juntos mordieron al hombre. Jirones de tela, manchas de sangre con pelo, y ya pronto el cuerpo estaba casi desnudo, intentando protegerse la cara y la garganta con los brazos. Pero los perros le tironeaban de un brazo, y otros hicieron lo mismo con el otro, y luego las piernas, que se sacudían con espasmos intentando desprenderse de los dientes. Luego se ensañaron con su presa el resto del cuerpo, y con su cara.

     Valverde había gritado, pero su voz no era firme sino dolorosa. Estaba seguro de que lo obedecerían, pero su voz tenía más de dolor que de orden. Ansaldi se acercó, gritando, pero no le hacían caso. Nadie se atrevía a acercarse, por supuesto, los perros eran muchos, y mientras unos atacaban y no dejaban de morder y desgarrar la carne de Gonçalvez, los otros perros formaban un semicírculo protegiendo a Valverde.

     Hubo un disparo, seguido por otros, tal vez alguno de los hombres del pueblo llevaba una pistola siempre encima, aunque asistiera a un funeral. Fue lo único que pudieron hacer. Cinco perros murieron, los que tenían los dientes sobre el cuerpo de Gonçalvez. Los otros se fueron cuando Valverde pudo levantarse y ordenarles esta vez con voz firme e imperiosa. Estaba dolorido y el brazo caído, quebrado otra vez en el mismo lugar de la vez anterior.

     Ansaldi dio órdenes: que mientras algunos continuaban el entierro, otros cargaran al herido a la estancia. Mara estaba junto a Valverde, ayudando a calmarlo y caminar. Tal vez se hubiese rota una pierna, también, y la espalda le dolía tremendamente.

     Altea fue enterrada. Los hermanos Gonçálvez cumplieron el rito a regañadientes, y en seguido regresaron a la estancia a ver al otro. Pero el hombre se había desangrado durante todo el camino.

      Horacio Gonçálvez agonizó durante toda la tarde. Valverde se sentó al lado en la cama, tratando de distraerlo del dolor que no lograba calmar a pesar de las inyecciones. Hablaron de la familia. Había conocido a Estanislao, que era primo segundo de Horacio. Lo recordaba con afecto, pero no se podía hablar mucho de él sin que aparecieran rencillas y resentimientos. ¿Qué era de él?, preguntó. Valverde no quiso contarle la verdad. No lo he vuelto a ver, dijo. Al herido, sin embargo, ya no le importaba. Las heridas le dolían cada vez que respiraba. Tenía media cara sin carne, y se veían los huesos de la nariz y los maxilares. Los brazos y las piernas eran como piezas de anatomía montadas para una lección en la facultad de medicina, tendones cortados, músculos abiertos y huesos expuestos. El abdomen no tenía piel, y alguno de los perros parecía haber escarbado dentro, y el pecho era un armazón de costillas rotas.

     Cuando murió, a las cinco de la tarde, los hermanos lo velaron sin permitir que nadie más los acompañara. Sólo permitieron que las Arraiga lavaran el cadáver, cosiendo algunas heridas, tapando otras con telas, y luego lo vistieron con el traje que habitualmente usaban en los cortejos. Uno de los hermanos se había cambiado y lo había entregado para que se enterrara a Horacio con su traje.

      Mara no habló con Valverde sobre lo que había pasado. Luego de dejarlo apenas un poco más aliviado de la angustia, esa noche ella durmió en la sala, donde había un sillón grande. Pero ni siquiera se acostó. Permaneció sentada, pensando, hasta que se quedó dormida.

      Un perro estaba bajo el sillón, como si a ella también la cuidaran porque era compañera de Juan Valverde. ¿Pero si me vieran atacarlo? ¿O simplemente lastimarlo? Estaba segura de que cambiarían de opinión. La fidelidad a Valverde era lo más curioso que había visto en cualquier animal durante toda su vida en España o en el litoral. Si hasta Ansaldi le había sorprendido esa correspondencia de almas, porque era así como llamaba al fenómeno.

     Cerró los ojos y pensó en José con su hijo en brazos, en la proa de un barco atravesando el Atlántico. Por todos lados la superficie del mar con el reflejo de la luna, por todos lados el cielo lleno de estrellas entre las que se movía el mar. Pensó en su propio viaje en sentido inverso, ella en la popa tratando de ver lo que se empequeñecía cada vez más. Su hija Elsa en brazos del padre. Eso había sido una mañana de mucho tiempo antes, y el viaje de José se iniciaría de noche.

      La oscuridad luminosa era un buen signo para todos ellos. La dicotomía del alma, la ambivalencia del cuerpo. El espíritu de la duda era el equilibrio.

     José la había ayudado a hallarlo. Ella lo ayudaría a continuar.

     Se durmió, esta vez tranquila, y cuando despertó en la mañana. el perro estaba sentado a su lado, mirándola. Mara ya sabía lo que tenía que hacer. Le dio una patada. El perro no se defendió, pero luego del gemido de dolor, emitió un gruñido. Mara sonrió para sí misma, no debía dejar que un perro ciego viese su sonrisa escondida. Sí, la eterna contradicción, se dijo, era el germen sobre el que se había formado el mundo.

      

     Desde entonces discutió con Valverde, y Juan no entendía cuál era el objetivo que ella buscaba. Intentó verlo en su expresión, pero no encontró la obstinación de la antigua puta que había conocido alguna vez. La que abría su vagina, pero cerraba la boca a toda palabra. Tampoco estaba dispuesto a pensar mucho en eso, el brazo le dolía y el dolor era punzante, iba y venía con las horas y el cambio de la temperatura de la mañana a la tarde y de la tarde a la noche. Algunos perros siempre lo acompañaban en la habitación, donde ya no dormía Mara. Había aprendido a identificarlos, y les había puesto nombre a cada uno. No siempre eran los mismos, parecía haber una camaradería entre todos ellos que los hacía cambiar de turnos para cuidarlo. Se despertaba con el lamido de alguno sobre el brazo herido y comía con ellos en la cama. Las mujeres del servicio no querían entrar, y Ansaldi o Marietta tuvieron que traerle la comida. Cuando Mara entraba, notó que los perros giraban la cabeza hacia ella y emitían gruñidos desaprobadores.

     - ¿Qué te pasa con los perros? -preguntó Valverde una mañana con la bandeja del desayuno sobre las rodillas.

     -Nada, ¿qué va a ser? Si solamente a vos te quieren.

     Luego discutía sobre cualquier cosa, levantaba la voz y a veces lograba exasperar la paciencia de Valverde, saturada ya por el dolor que duraba demasiado. Cuando decidía callarse y no contestar, ella continuaba su discurso que iba más allá de toda lógica. ¿Se había vuelto loca?, pensaba. ¿Sería el remordimiento por la muerte de Altea? Si no la hubiese conocido de tanto tiempo se habría convencido de esta razón, pero Mara era distinta. ¿Lo era realmente? ¿Acaso no era también una mujer, aunque fuese una especie de bruja, de lo que no tenía más indicios que lo que ella misma le había contado? De todos modos, no escarbó más en los motivos de Mara. Él estaba ahora fascinado por los perros y su conducta, por ese instinto que no podía haber respondido más que a una especie de común ancestro entre ellos. El hombre primitivo y el animal se protegían uno al otro, y el instinto evoluciona en sentimiento. Al madurar, cristaliza en algo delicado que estalla a cualquier provocación o amenaza, aunque fuese la más nimia. Una palabra a destiempo, un tono despectivo, el movimiento incierto de una mano.

      La noche del domingo, Mara permaneció en la sala bebiendo el whisky que Ansaldi tenía en uno de los muebles del comedor. Había de todo: vodka, aguardiente, licores, coñac y vinos de todas partes del mundo. Eligió el whisky porque hacía mucho que no tomaba. Sabía que le caería mal luego de tanto tiempo, pero era necesario para esa noche. Sabía la cantidad que toleraría antes de no ser capaz de levantarse, así que bebió un vaso tras otro, puro, lentamente, mirando los relojes. Como siempre, uno funcionaba y el otro no tenía agujas, pero ambos marcaban un ritmo constante. Era la una de la madrugada, Valverde debía estar despierto todavía, leyendo tal vez, y tres o cuatro perros alrededor, unos en la cama, otros en el piso. Volvió la vista al reloj sin tiempo, y lo continuó observando un largo rato cuya duración sólo intuía por su propia cronología biológica: el ritmo de los latidos de su corazón acelerado que hacía pasar las horas como si fuesen minutos, la respiración contenida hasta hacerle doler el pecho. El whisky hacía su efecto.

     -Te extrañaba-dijo en voz alta, mirando el vaso, que dejó sobre el respaldo del sillón. Cuando se levantó, el vaso cayó al piso. Caminaba con mareos, se detuvo y respiró profundo. Ya estaba mejor. Fue hasta el fuego del hogar, agarró la pala y comenzó a caminar hacia la habitación de Valverde.

     Entró sin golpear, con la pala fuertemente sostenida con su única mano. Había una lámpara sobre la mesita junto a la cama. Valverde tenía un libro entre las manos y los anteojos puestos. La luz iluminaba el lado izquierdo del cuerpo y daba un todo de oro al vello crespo del pecho. No la vio, se había dormido con el libro abierto luego de aplicarse morfina, probablemente. No despertaría más que un grito, y eso era suficiente.

      Mara caminó sobre la alfombra hacia la cama. Un perro sobre el colchón, junto a Valverde, levantó la cabeza. Otros tres estaban alrededor de la cama, y quizá alguno más debajo. Debía pasar esa barrera. Quería que ellos sintieran la amenaza latente, pero también necesitara que dudaran hasta el último instante.

     -Buenas noches-les dijo. Ellos fueron sensibles al tono cordial. Se levantaron, retrocedieron y se sentaron.

     Mara entonces se paró junto a la cama. Debía ser rápida, no habría una segunda oportunidad.

      Descargó el golpe sobre la cabeza de Valverde. Sin fuerza, porque el whisky la había debilitado, por eso bebió. El alcohol a veces era un amigo que ayudaba sin preguntas.

      Hubo un grito, pero fue suficiente el movimiento de la pala alzándose con una sombra dibujada en el techo y el gemido gutural de la garganta de Mara. Los perros se le tiraron encima, sobre la espalda los tres que estaban en el piso y otros dos que salieron de debajo de la cama. El que estaba en el colchón sobre las sábanas, mordió la cara de Mara y no se desprendió hasta que, más tarde, los Gonçalvez entraron alarmados por los gritos y ladridos, y lo mataron.

     Cuando Juan Valverde despertó, tenía un gran chichón en la frente y un vendaje con hielo. Miró la cama, todavía llena de sangre porque no habían llegado a cambiarlo. Marietta y Gregorio estaban sentados, mirándolo, y los perros estaban otra vez alrededor, más vigilantes y desconfiados.

      -Lamentamos tantas desgracias, Juan-dijo Ansaldi. Pero Valverde no recordaba nada, tanta era la morfina que se había puesto, que incluso ahora seguía cansado, pero no le dolía nada.

      Los miró, preguntando qué había pasado. Le contaron. Juan pensó y pensó durante toda la tarde. Mara había sido enterrada en una tumba junto a Altea, y les había costado a las Arraiga recomponer por lo menos algo del cuerpo de Mara. Se habían dedicado especialmente a ella durante muchas horas de la noche. Marietta las había mirado trabajar desde la puerta de la habitación, pero esta vez no había rencor sino complicidad. A veces daba algún consejo, y las otras no se quejaban.

      “Al fin de cuentas era una Aranguren”, había dicho la más vieja de las Arriaga. En sus manos el silencio evocaba historias.

      - ¿Por qué lo hizo? -preguntó Valverde.

     Marietta le contestó con hastío.

     -Ustedes los hombres y su egoísmo. Las mujeres se mueren y ustedes se preguntan el motivo…-Se levantó, como cansada de escuchar idioteces, pero se dignó a contestar: - El motivo está en quien pregunta. - Y sin condescender más, se dio vuelta abrigándose con su chal de siempre, y salió de la habitación.

     

      No habían pasado más de diez días cuando Valverde ya estaba levantado y trabajando en los galpones de los perros. Pasó muchas horas allí dentro, caminando entre las jaulas, trepando por ellas, y haciendo notas que luego comparaba y corregía durante las noches en su habitación. A veces soñaba con Mara frente a él con la luz de la lámpara en la cara y la pala en lo alto de sus brazos. Por más que pensara, no podía convencerse de que fuese locura. A veces pensaba en el barco, en los que habían quedado. El chico recién nacido en manos de dos hombres que querrían disputárselo. Pero ella amaba a uno solo, y si una vez lo había golpeado casi hasta matarlo era precisamente por eso. El amor es una exquisitez que fácilmente se corrompe en manos brutas. Lo que ella no se había perdonado a sí misma, lo había compensado.

     Sí, ahora creía comprenderlo. José y el chico no debían ser separados.

     Pero esa era la historia de los otros.

     A la mañana siguiente se vistió con ropas que los peones le habían regalado. Las mujeres le prepararon un gran desayuno de despedida. Y mientras él comía frugalmente de toda esa mesa repleta de cosas ricas, miraba la carreta en la que subían las jaulas de veinte perros que había elegido y que taparon con lonas. Los que estaban sueltos irían caminando junto a la mula joven.

      ¿Pagaría por lo perros que se llevaba?

     -No, amico mio. Ellos son suyos, aunque yo no lo sabía hasta que usted llegó.

     Le había pedido que matara a los otros.

     El viejo dudó un instante, y dijo:

     -Si me ve dudar es por simple sentimentalismo, pero sé que debe hacerse. Usted, amico mio, es quien se encargará de ellos. Como esperaba, ha elegido los mejores.

     Valverde se despidió de todos, y se subió a la carreta. Los perros blancos se adelantaron frente a la mula, que ya estaba acostumbrada a ellos. Formaron una vanguardia para Juan Valverde de Amusco y su carga, desde la que se escucharon plañideros aullidos cuando desde los galpones en los que habían estado se alzaban columnas de humo.

       La carreta se fue alejando lentamente hacia el norte, tierra adentro, intentando entrar al Brasil profundo, bajo un cielo encapotado que se confundía con el humo gris de los perros muertos.

 






Ilustración: Franz Von Stuck

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