viernes, 5 de septiembre de 2008
Lecturas
jueves, 28 de agosto de 2008
El rostro de los monos
La mujer se resiste con fuerza. Su cuerpo pesado se escurre de los brazos de Charly, y un puñetazo lo alcanza en la boca. Pero él no protesta. Sujeta el puño que lo golpeó y lo retuerce junto a la otra mano en la espalda de la mujer. Ella grita, sigue luchando contra el pañuelo que le oprime la boca y la nariz. Pero el cloroformo comienza a adormecerla y cae sobre la camilla. Charly emite un suspiro de alivio, es la segunda vez que ella despierta. Decide mantenerla sedada con algo más fuerte.
Ata las manos de la mujer con cordones. Palpa el vientre crecido y comprueba si aún hay movimientos, pero no los encuentra. Sus dedos no necesitan mucho tiempo para darse cuenta. Han sido, junto con sus ojos, el único sistema comunicante con el mundo.
Va hasta la heladera, prepara la jeringa y regresa junto a la camilla. La inyecta en el brazo. Atrasará el parto, lo sabe, sin embargo es imprescindible atarla bien antes que despierte otra vez. Ella tiene que estar consciente todo el tiempo para que el parto sea normal. Lo ha sido en las últimas cuatro ocasiones, con las últimas cuatro mujeres.
Rosa, la partera que atendió a su madre al nacer él, siempre había elogiado sus manos. Decía que eran pequeñas y sensibles para palpar a los bebés. Por eso, desde que él tuvo diez años, le había enseñado a poner sus dedos como pinzas en la carne húmeda de las embarazadas para hallar el feto y estimularlo.
Charly recuerda cómo era la casa de La Boca cuando ella vivía. Una habitación con dos camas, la cocina y un baño agregado a un costado, al que se llegaba desde el patio. Sólo dos elementos de su trabajo gozaron siempre de un especial cuidado: la heladera donde guardaba los remedios, y un armario con el instrumental para las urgencias. Las mujeres llegaban gritando a cualquier hora, y Rosa las atendía aunque fuese de noche o cortaran la luz en el barrio.
El comentario sobre sus manos fue lo único bueno que escuchó de ella. El resto se parecía a lo que una vez le oyó decir:
-Menos mal que tu vieja se murió al nacer vos, imagináte cómo habría sufrido al verte así...
Se mira al espejo en la misma habitación donde vive solo desde que Rosa murió hace dos años. No sabe quién lo llamó Charly, pero fue el nombre que menos lo avergonzó de todos los que le dieron. Se mira las manos, pequeñas para su edad, y las pone sobre la cara, sin alcanzar a cubrir del todo su rostro deformado. La mandíbula parece escaparse, los huesos sobresalen con aspecto simiesco. Así lo llamaban a veces, sobre todo en la escuela a la que lo habían enviado al principio. Luego había tenido que abandonarla, y fue a una especial, donde otros niños tan extraños como él se miraban entre sí todo el tiempo, sin comprenderse.
Son las seis de la tarde. Mira por la ventana, el barrio está tranquilo, las luces del circo se están encendiendo en la otra cuadra y dos carros con animales pasan por la calle. Los observa un rato, incluso puede olerlos. Hay mucha menos gente que algunos años antes. Rosa murió cuando sus servicios se reducían a un parto cada dos o tres meses. Las personas ahora asisten a los hospitales. Pero él había conocido la buena época, cuando ella trabajaba todos los días y parte de la noche. La ayudaba hasta que se caía de sueño o sentía ganas de vomitar, y sólo era capaz de pensar en el líquido pegajoso, la sangre y los pelos de pubis que tocarían sus manos antes de saberse vencido del todo por esa noche. Porque en realidad es lo único que recuerda con nitidez. Ya casi ha olvidado las caras de los niños que ayudó a nacer.
La primera vez que Rosa lo hizo acompañarla, lo puso frente a una de las tantas mujeres que pasaron por esa casa.
-Es ésto o el circo, en algo tenés que trabajar…-le dijo ella.
Entonces aprendió observándola. Rosa le daba instrucciones y él obedecía. Ninguna de las mujeres se asustaba al verlo, porque el de Charly había sido siempre un rostro conocido y mudo en el barrio. A veces él pensaba en la razón de su silencio obligado, pasando largas horas de la noche en un infructuoso intento por emitir sonidos con la lengua entre los dientes. Más tarde, llegó a darse cuenta de que su lengua era un rudimentario ejemplo de músculos muertos con una cicatriz inalterable.
Sigue mirándose la boca abierta en el espejo. Hay mucha luz en la habitación, y sin embargo, no hace más que evocar la oscuridad de las noches agitadas, cuando sujetaba los instrumentos con las manos húmedas. Los mismos que guarda en el viejo armario. Desde la muerte de Rosa los ha utilizado solamente para otros cuatro niños.
La mujer despierta otra vez, pero está tan sedada que mueve nada más que sus ojos. Lo mira con atención y frunce las cejas.
Las burlas de los chicos del barrio habían comenzado un día a hacerse insoportables, y desde entonces no quiso salir. Rosa escuchaba los insultos desde la calle, pero no se atrevía a criticarlos.
-Quedáte acá y ayudáme, pronto se van a olvidar de vos si no te ven- le decía ella, mirándolo con sus ojos claros, antiguos, en medio de esa cara de piel oscura y curtida. Se encargó de enseñarle a leer con los manuales que conseguía prestados en el barrio, y después con las recetas y los prospectos que la gente les llevaba.
El cabello de Charly es negro, lacio, y lo peina hacia atrás. Tanta semejanza con un simio debe ser deliberada, piensa. A Rosa le agradaba decirle eso mientras lo peinaba, aplastándole el cabello hacia atrás. Él supo desde entonces que así iba a ser para siempre.
La mujer se agita y quiere gritar. Dirige una mirada hacia la ventana, pero se da por vencida. Son las diez de la noche. Observa a Charly, a su simiesca máscara colocada tan apropiadamente. Porque el cuerpo, aunque no tuviese deformidad, había crecido bajo la autoritaria idea que aquella extraña cabeza proclamaba. Ella lo mira caminar desde la heladera hasta el armario. Una luz se enciende sobre la camilla. Él tiene puesto un guardapolvo gris, debajo del que escapan las manos velludas y el pecho hirsuto. No hay posibilidad de duda para quien lo ve por primera vez, aunque cueste creer en la transformación humana de un animal, y en realidad no fuese más que el hecho inverso.
Él sabe que deberá inducir el parto, así que prepara la solución que Rosa utilizó en los últimos años, cuando ya estaba cansada de las horas expectantes. Siempre había oído decir a los vecinos que los métodos que ella usaba eran peligrosos. Pero eso ahora ya no importa, lo único imprescindible en esta hora once, de esta quinta vez, es sacar al niño para que sea semejante a los otros cuatro.
Rosa agonizaba cuando lo llamó a su lado. Unas radiografías del cráneo cayeron al piso cuando él se sentó en su cama. Charly agarró una, pero no pudo entender la mancha blanca que ocupaba la mitad de la cabeza de Rosa. La imagen gritaba la evidencia, pero él no comprendía. Vio a la partera levantarse torpemente, casi desnuda, con los pechos fláccidos y oscuros que temblaron al caminar hasta al armario para sacar el fórceps de un cajón. El instrumento era tan viejo, tan moldeado por sus dedos, que parecía haberse convertido en una extensión de sus propias manos. Colocó entonces una de las piezas sobre la cabeza de Charly, luego la otra en el lado contrario, y las unió, formando una pinza que presionaba la mandíbula y la frente. No traccionó, pero fue suficiente para que el rostro recordara su origen. Rosa apoyó las manos sobre él, intentando detener la imaginaria hemorragia en la boca de Charly, así como lo había hecho veintidós años antes. Él apartó la cabeza, temblando. Ella acarició el mentón saliente, los labios inflamados, y se detuvo. Los ojos de Charly tenían el brillo de las brasas.
Al día siguiente, Rosa había muerto. Charly se vistió con el saco negro y largo, de cuello ancho que levantaba hasta cubrirse las orejas, se colocó un gorro, y caminó hasta la casa del hermano de Rosa para pedir el dinero que ella había ahorrado. Se lo entregaron con temor, su aspecto era el de un hombre alto, oscuro, silencioso. Vivió con ese dinero, sin preocuparle conseguir más, acostumbrado a la austeridad, a la arraigada idea de pobreza que Rosa siempre le había inculcado.
Pasó los siguientes dos años intentando deshacerse de aquel dolor creciente, como si en esa última noche ella hubiese abierto la compuerta de una hoguera. Sabía que ya no formaba parte del mundo, y que éste no podía dañarlo más. Lo único que le quedaba por hacer, era lo que siempre había hecho mejor: sacar niños del vientre de sus madres. A la primera mujer había tenido que vigilarla durante casi todo el embarazo, y aún después de raptarla debió aguardar para el nacimiento. Pero después calculó el tiempo exacto, y el secuestro, el parto, la venganza y el abandono se sucedieron sin requerir tiempo de espera.
Son las doce y media de la noche. Hay función en el circo, la música de la banda viaja suave y asordinada. Charly cree que ya es tiempo de empezar. Saca otra jeringa de la heladera, y la inyecta por debajo del ombligo. Ella grita, atenuada su voz por la mordaza. Hasta la calle sólo llegan gemidos disfrazados. Retira la aguja y ve llorar a la mujer, que mira hacia la lámpara. Todas hacen lo mismo, piensa él, las mujeres siempre lloran, incluso Rosa. Le es difícil entender el llanto, aunque nunca le resultó extraño el de los niños. También debió haber llorado él, e imagina su nacimiento. Entonces aquel viejo dolor en su pecho empieza a ser más fuerte, y el pelo se le eriza en los brazos, en la espalda. Da vueltas alrededor de la camilla, esperando el efecto de la droga.
Ha pasado media hora, y las contracciones son muy intensas. Ella sigue gimiendo. Charly va hasta el armario y busca las ramas del fórceps. Vuelve y empuja un balde con los pies, pero la mujer rompe la bolsa y el agua cae al mismo piso que tanto líquido humano ha soportado antes. El abdomen se contrae rápidamente, la cabeza del niño se asoma. Charly no aguarda, ése es el instante preciso. Pone una de las palancas en la frente y otra sobre la mandíbula. Nota que el feto tiene un color oscuro muy peculiar, casi no se mueve. Une las ramas del fórceps y gira el tornillo de cierre. Continúa apretando. Sigue comprimiendo.
Tracciona.
La cabeza del feto se desprende del cuerpo, y queda entre las piezas del fórceps. Charly la mira sin entender. No oye llantos, esta vez. Sólo ve una cabeza de ojos cerrados, y los hombros estrechos asomándose entre las piernas de la mujer.
El color morado, piensa, y se da cuenta que el niño hace mucho tiempo que no tiene vida.
El niño al que iba a dar un nuevo rostro, se desliza de sus dedos. Sabe que no habrá manera de seguir con el plan. Ya no es necesario ir con el cuerpo de la mujer hasta el río, ni abandonar al bebé con el nuevo rostro en una calle transitada para que alguien lo encuentre.
Esa ansiada entrega al mundo de su quinto monstruo.
Otro simio enfurecido como él entre los hombres.
Un aroma a fetidez flota en la habitación, pero una ausencia mayor aún lo asusta y lo hace temblar, la del llanto estridente y vital. El dolor comienza nuevamente. El fuego inapagable debe dejarse avanzar, piensa Charly. La puerta que detiene el fuego ahora abierta hasta el fin de sus bisagras. Entonces se desprende el guardapolvo pegado a la piel por el sudor, y huye de la casa.
Las luces nocturnas de la calle lo iluminan mientras corre, como si saltara sobre brasas. Se está quemando. Da largos pasos, la fuerza que aplica a sus piernas parece desarticularlo. Charly llega al borde del muelle y se tira al río. El agua espesa y sucia se balancea, y dos barcos anclados comienzan a juntarse lentamente en el lugar donde se ha hundido.
Son casi las cinco de la mañana. La gente está reunida en una orilla del puerto, alrededor del cuerpo rescatado del agua. Ha venido un forense a investigar, y pregunta lo sucedido.
-No sé bien cómo pasó, Doctor Ibáñez-contesta el policía, con cara cansada y ojos que no ocultan su confusión.-Hace unas horas me pareció ver la sombra de un animal corriendo torpemente, erguido en las patas traseras, y pensé que era un mono escapado del circo.
Pertenece a una tercera colección de cuentos no publicada. La génesis del cuento fue la imagen física del personaje protagonista: esa especie de monstruo que convive con nosotros en cualquier barrio y pocos conocen. ¿Qué hay en ellos? ¿Su cara determina lo que hay en su alma, o viceversa? El objetivo de Charly podría ser probablemente la venganza, y el resentimiento también, pero sobre todo el descubrimiento de que él también puede crear, como un dios, seres a su imagen y semejanza, para no sentirse nunca más el extraño al que todos miran con recelo.
El episodio policial del relato se menciona en el libro de cuentos "Los seres intermedios" (ver "Los Oscuros"). También aparece un personaje que tendrá relevancia a partir de este tercer libro: el doctor Ibañez, médico forense.
El cuento recibió una mención en el concurso Leopoldo Marechal del Municipio de Morón en 2005. Fue publicado en el número 251 de la Revista Casa como finalista del premio Casa de las Américas 2008.
Ilustración. Phil Hale
miércoles, 27 de agosto de 2008
El mar
Sé que a mi derecha está el mar, más allá de los médanos y la playa. El mar donde se pierden las luces de mercurio y los faros de los autos. Pero sólo veo la ruta con su línea de rayas blancas, dividiendo al mundo como los cuerpos dividen a los hombres. Eso fue lo que le dije a Jessica ayer.
-Hace diez años que convivimos, y sin embargo no nos conocemos.
Me miró igual que siempre lo hacía mientras yo manejaba, sin mover la cabeza, como si me ignorase. Sin responderme, comenzó a protestar por el mismo y viejo tema de cada uno de nuestros viajes.
-¿Cuándo vas a arreglar el escape de nafta? Sabés que me duele la cabeza.
Abrió entonces la ventanilla de su lado y luego la de Diego atrás. Mi hijo tenía la nariz pegada al vidrio mientras miraba pasar las dunas.
-¿Falta mucho?-preguntó él, despegando su naricita del vidrio como un insecto aplastado en el parabrisas.
-Te enfriaste la nariz- dijo ella, y le sonrió de esa manera especial que guardaba para los hombres pequeños, para los jóvenes. Me había sonreído así alguna vez, diez años antes.
Jessica se frotó los ojos lastimados por el combustible. Yo sabía cómo la irritaba ese olor en las estaciones de servicio, en los talleres que a mí tanto me atraían. Ella se quedaba encerrada en el auto, con las ventanillas herméticamente clausuradas por su enojo. No me ama, pensaba en esas ocasiones, mirándola desde el borde del foso mientras yo charlaba con el mecánico. Ella se ponía a tocar la bocina para que me apresurara, y me sentía avergonzado como un chico.
Habría querido matarla en esos momentos. Volver al auto, romper el vidrio y tomarla del cuello, sacudirla hasta obligarla a cambiar ese rostro que no era el de ella, el que yo había conocido alguna vez. Pero entonces me daba cuenta que nada iba a sacarle tal máscara porque era la esencia de su alma.
Estamos ciegos, todos estamos ciegos y sordos. En la oscuridad reflejada en el parabrisas, en esta noche en que viajo hacia la que me parece la última playa, veo mi cara recortada en el cielo estrellado, y el brillo opaco del pavimento como diminutos diamantes puestos allí para guiarme.
Deben ser casi las dos de la madrugada. Esta vez viajo solo, o no tan solo, si mejor lo pienso. Si por lo menos ella hubiese sabido cuándo callar. Pero Jessica no conocía el silencio, el mismo que me rodea como una sombra, un tejido de alambres de púa que ella siempre insistió en atravesar, aun sabiendo que iba a lastimarse irremediablemente.
Las luces crecen con el zumbido de los motores. Los autos pasan y queda el silencio de la ruta, el sonido de mi auto y el rugido del mar a la derecha. El viento entre las dunas, doblando los arbustos.
Mi hijo saltó entusiasmado al asiento delantero, volcando un vasito de plástico con café que Jessica había puesto sobre la guantera. Pero ella no dijo nada, porque se trataba de Diego, de su hijo, no de mí. Hice sentar al niño en mis piernas y apoyé sus manitos en el volante, bajo las mías.
-Estás manejando, hijo.
Mi cara y labios estaban pegados a su nuca y su mejilla, al aroma suave de sus cabellos a pesar del sudor.
-Tu abuelo Christian manejaba un colectivo cuando vivíamos acá-le dije.-Después, se compró un auto y me enseñó a conducir corriendo por las playas a toda velocidad.
Y yo sentí, aún antes de escucharla, que ella me miraba. Su mirada recelosa, su ofuscación. Su ira. Porque ahora Diego no era solamente su hijo, sino también el hijo de su esposo.
-No necesita de tus recuerdos.
Fueron exactamente esas sus palabras, y de la boca salió un hedor que inundó el interior del auto. Huelo, todavía hoy, el aroma de su putrefacción. Me volteé a mirarla, y fue entonces que se me ocurrió la idea que más tarde concretaría. Vislumbré su futuro: las arrugas en la hosca cara de vieja.
Le haré un favor, me convencí.
Pero ya no pude seguir contemplándola. Frené y estacioné en la cuneta. El polvo del camino que se levantó con la frenada entró al abrir la puerta. Vomité al borde del asfalto.
-¿Y ahora qué te pasa?
Su voz era otra. Ronca, horrible. Pero si me dedicaba a mirarla, volvería a verla bella, estaba seguro de eso. Su silencio era siempre hermoso. Sus labios sin cigarrillos, finos como de diosa boreal. De allí venía ella, de los pueblos del norte, de los pueblos fríos que adoran solamente en la intimidad y se funden con la luz del sol.
Se deforman como cera.
El vómito había manchado una manga de Diego, y él se rió. Para Jessica fue la excusa para desatar la bronca que había estado juntando desde que salimos de casa. Estábamos a dos kilómetros de la playa en la que había pasado mi infancia. Podía oler el aroma que llegaba del mar, ver las largas hojas de los juncos creciendo en las dunas, escuchar la voz de mi padre que me llamaba, deformándose en el viento hasta que ya era nada más que una figura lejana en la playa con los brazos en alto bajo el sol refulgente.
Allí estaba mi padre, y debía mostrarle a Diego al abuelo que había muerto un mes después de haber nacido él. Su cuerpo perdido entre las olas, deliberadamente, y luego devuelto como un rastrojo que el mar no se había dignado aceptar. Tantas veces me pregunté el motivo de su acto, que ya había dejado de tener sentido como interrogante para transformarse en respuesta. La pregunta era el mar, el resultado era el agua que había quedado en sus pulmones, cálida y con su olor, el de mi viejo, el mismo aroma que Diego llevaba en sus cabellos. El olor de los arbustos y la arena que el viento arrastraba a ras del suelo, picándonos la piel mojada por el agua del mar.
Levanté a Diego en brazos y caminé con firmeza hacia la playa. Había un sendero estrecho entre los pastizales. Jessica me gritó:
-¡¿A dónde vas?!
No le hice caso. La estaba desafiando, lo sabía, y a pesar de sentirme obligado a celebrar tal desafío, sólo tenía pensamientos para la playa que me aguardaba.
Las imágenes llegaron desde la infancia. Me veía salir del agua con la piel bronceada y la sonrisa que recordaba de mis fotos. Uno no recuerda sus propias sonrisas, lamentablemente. Mi madre me esperaba recostada, y al verme llegar me traía la toalla mientras yo temblaba con escalofríos bajo el sol. Y mi padre me frotaba la cabeza, ofreciéndome la taza de té con leche de la merienda.
La misma playa pero otros médanos, como otros eran los hombres que por allí pasarían mañana, como otro era yo después de tantos años. La voz de Jessica, diciendo algo ininteligible, logró despertarme. Escuché la puerta del auto al cerrarse y luego sus pasos tras nosotros. Había decidido acompañarnos, tal vez nada más que para ver qué hacía o le decía a nuestro hijo.
Remonté los médanos que ocultaban el mar, llegué a la cima y me detuve.
La playa se extendía enorme y vacía, azotada por el viento de la primavera. Las olas, grises, perladas, caían una sobre otra rompiendo en la playa, lamiendo la arena para luego regresar y fundirse en las nuevas olas continuamente engendradas. Las figuras del verano aparecieron en mis ojos como si volvieran de la muerte para decirme algo, para ordenarme algo. Entonces lloré, y Diego comenzó a observarme fijo.
-¿Pá?-dijo él, y con su manito derecha me secó las lágrimas, después señaló hacia el agua.
-¿Qué?-pregunté, aunque no creía que hubiese motivo para hablar en ese momento. Sentí, supe con certeza en realidad, que tenía a mi padre en brazos, que yo lo había engendrado como el agua creaba aquellas olas.
Y la muerte se redime en algunas personas, las usa como mensajeros. Son los cristos de las sombras, llevan espinas invisibles en el cráneo.
Mi mujer era una de ellas.
-¡No seas ridículo!-me gritó al verme llorar.
Me estaba mirando con ojos furiosos, que el gris de la tarde fundía y atenuaba con las tonalidades de la pena. Ella era la pena y el dolor. Era la necesaria muerte y el cuchillo con que me atenazaba para despertarme. Pero en lugar de lastimarme la piel, me arrancaba una mano, una pierna, porque eso estaba haciendo al tratar de quitarme a Diego de los brazos.
-Dame al nene. Me vuelvo a la ruta y espero el colectivo. No aguanto más.
-Pero no seas tarada…
No me contestó. Me quedé con la boca abierta, llena de viento. Yo no era nada ni merecía una respuesta porque quizá ni siquiera podrían verme. Mi ropa y mi rostro eran blancos como las nubes, mi pelo castaño como los tallos mecidos por el viento.
Mientras mis pies se hundían en la arena, los miré alejarse.
Hace frío dentro del auto. Los burletes de las puertas y ventanillas están rotos, cortajeados igual que los asientos. Siento el olor del cuero y la espuma de goma sucia que se escapa de las costuras, el olor de los neumáticos. Pero me siento protegido de la intemperie que me abruma. El techo del auto me protege de Dios, del frío de su cara. Nadie me acompaña en el asiento de al lado, nadie en el asiento de atrás. Sólo un poco más allá está quien me persigue. Imagino la cara de Dios, y tiene las facciones de Jessica. Dios me sigue caminando sobre el asfalto, atado quizá al paragolpes trasero, deslizándose suave y silenciosamente.
Prendo la radio. El concierto del sábado a la noche en Radio Nacional. Mi padre siempre encendía la radio después de cenar. Nos sentábamos en el sofá junto al fuego de la chimenea, con un libro en las manos, cuya lectura en voz alta acompañaba la música con palabras que siempre eran acordes. Hoy suena esta melodía de Sibelius. La música penetra en la noche, sigue los pasos de los faros del auto al abrir la oscuridad. El cisne blanco que flota mansamente sobre las aguas del río de la muerte.
Mi auto un cisne.
Cuando llegué a casa esta tarde, la misma casa en la que mi viejo había vivido cuando yo era chico, mi mujer estaba preparando las valijas, la suya y la de Diego. Mi hijo había salido a andar en bicicleta.
-Me vuelvo a Buenos Aires-dijo ella.
-Vas a dejar a Diego conmigo, hay cosas que quiero compartir con él este verano.
-No quiero que le hables más de muertos, torturas o desaparecidos, como tu padre hacía con vos. Te estás volviendo loco igual que él.
-Mi viejo no estaba loco-dije yo, en voz baja, apretando los dientes y los puños para retener la ira. Nadie en mi familia se había atrevido a llamar a mi padre con ese nombre, que siempre fue sólo pensamiento y jamás palabra. Pero ya no pude seguir hablando.
Uno logra vivir muchos años con alguien a quien no se ama, pero no con quien tiene odio en los ojos. En las pupilas de Jessica vi mis ojos reflejados, y acercándome a ella, a mí mismo, cerré las manos que temblaban alrededor de su cuello. Y la besé desesperadamente, le mordí los labios mientras ella hacía esfuerzos por gritar. Sin embargo, su voz se hizo nula atrapada en la garganta que mis dedos resguardaban como centinelas, cancerberos del infierno de esa boca que me quemaba.
La furia llega cuando es imposible detener la injusticia. Pero entonces ya no tiene nombre, y es eco de fuerzas ancestrales, es río de sonidos y de miedos.
Cuando algo ya se ha dicho, sólo queda el olvido o la fuerza, y la fuerza es más rápida, siempre. Por eso sacudí sus hombros, su cuerpo para ver si de una vez por todas lograba hacer salir a la mujer que yo había amado. Su cabeza golpeó varias veces contra los bordes de la cama, y ella quedó inmóvil, fláccida la cintura de su cuello.
Callada, por fin.
La cargué en brazos, mirando el cuarto en el que pasé todos los veranos de mi infancia. El techo con manchas de humedad, la chimenea vacía, los muebles llenos de polvo. No había más música desde muchos años antes. Me di vuelta y me miré al espejo.
Yo, un hombre a quien no reconocía, llevaba en brazos el cadáver de su mujer. Me puse a llorar por segunda vez en ese día, mientras dejaba a Jessica en la bañera.
Me lavé la cara y salí al patio de atrás. Un vecino me saludó, pero bajé la cabeza, como si prestase atención a los caracoles sobre el sendero de baldosas. Volví a la cocina a buscar el salero, y estuve cinco minutos viendo cómo los caracoles morían bajo el montoncito de sal.
Del galpón traje la bolsa de arpillera. La llevé al baño y cerré la puerta. Metí el cuerpo de Jessica en la bolsa y la cargué hasta el baúl del auto. Oscurecía.
La voz de Diego sonó fuerte, alegre, al abrir la puerta de calle.
-¡Pá!- gritó al verme, justo cuando cerraba yo el baúl, y se subió a mis brazos.
-Mamá se fue a casa de una amiga. No vuelve hasta mañana-le dije.
Pasé el resto de la tarde jugando con mi hijo en medio de la sala. Apartamos la mesa del comedor e hicimos correr los autos de juguete en una pista improvisada sobre el piso.
En la noche, acosté a Diego y apagué las luces. Antes de cerrar la puerta de su cuarto, lo miré dormir. Su carita bronceada y soñolienta. Su respirar sereno.
Empujé el auto hasta la esquina para que Diego no me oyera. Luego encendí el motor y tomé el camino hacia la ruta, a la playa en que mi padre había ido a morir.
Las letras del cartel de señalamiento surgen blancas a la luz de los faros. Unos matorrales azulados, ocres por momentos, se hunden en los estrechos senderos que conducen a la playa. Me meto en la banquina y sigo el muro de arbustos hasta la bajada a la playa. La arena húmeda de la noche deja que el auto se deslice sin esfuerzo.
Freno. No porque haya visto algo, sino porque nada veo. Las estrellas han desaparecido, lo mismo que la luna. No hay más que oscuridad, en la cual las luces del auto son menos que débiles velas sometidas al viento. Sólo escucho el ruido del mar al apagar la radio. No alcanzo siquiera a descubrir si estoy cerca de la orilla o aún lejos. Supongo que la marea ha subido como todas las noches, y no quiero avanzar más.
Abro la puerta, saco la llave del encendido y voy hasta el baúl. Hago esto con la cabeza gacha, no me atrevo a mirar adelante. Me siento como un niño avergonzado que teme las miradas de los otros. Pero quién, me pregunto, puede estar mirándome. Si en algún lugar es posible estar solo en este mundo donde los hombres de las ciudades nacen y mueren rodeados de seres que lo miran y no entienden, es éste. Es el cielo, sin embargo, a lo que temo. Es el miedo que siempre tuve a la inmensa oscuridad de las playas en la noche. Al mar apenas vislumbrado por la espuma blanca de las olas. Y cuando hay luna, ella alumbra un sector insuficiente de las aguas, donde olas doradas y negras forman figuras que no me atrevo a imaginar.
Apoyo las rodillas en el paragolpes. El auto, su proximidad, su tibieza, me protegerá. El olor de la sangre sale del baúl. Levanto la bolsa y la dejo en la arena. Me saco las zapatillas, arrastro la bolsa hasta el agua. El mar no está tan frío como imaginé. Mis ojos se acostumbran a la oscuridad, pero mi corazón tiembla. El agua es una amiga, pero no la penumbra que sobre ella se ha acostado. No me animo a levantar la vista más allá del largo de mis brazos.
Arrojo la bolsa a unos metros, pero las olas la traen de regreso. Vuelvo a empujarla con los pies, me adentro para llevarla más lejos y profundo. Recuerdo cuando pescaba con mi padre en las tardes de verano. El agua es cálida porque de ahí venimos, me decía, y luego en la noche me leía pasajes del libro de Darwin que siempre reposaba en su mesa de luz. Devuelvo el polvo a las aguas, pienso ahora.
Regreso a la playa, y tropiezo con alguien.
-¿Pescando?-pregunta. Pero no es ironía, no puede siquiera haber visto algo claramente como para sospechar.
-Paseando, nada más. Me deshago de pescados podridos.
Permanece parado al borde de las olas que no llegan a mojarlo. Ha encendido una linterna, y enfoca el haz hacia la bolsa que flota y se aleja lentamente.
-Dicen que siempre vuelven.
-¿Cómo?
-Todo lo que se arroja, el mar lo trae de vuelta más tarde o más temprano. Dicen algunos que el corazón de los hombres no se hunde.
Le arranco la linterna de las manos y le alumbro la cara. Es un hombre de mediana edad, un vagabundo cuyo aliento huele a vino y suciedad. Paso el haz de luz por sus ropas rotas, manchadas. No tiene calzado.
-¿Quién es usted?
-No se preocupe, no soy un ladrón. Vivo en la playa, pero de día me escondo de los turistas porque se asustan de mí.
No sé qué hacer, no sé qué ha visto.
-Me voy a quedar a dormir acá.
-Hace bien, la noche es fresca.-Se detiene un rato a pensar. -¿Sabe usted decirme algo? Me contaron que tampoco el corazón de los hombres se quema cuando a uno lo incineran.
Lo miro, intento leer en su cara lo que sabe, pero la batería de la linterna se está agotando. No hay para mí, de aquí en más, lugar para las dudas. Lanzo la linterna al agua y lo sujeto de los hombros. Se sobresalta por un instante pero no se resiste. Lo golpeo en la cara y lo arrastro del cabello hasta la orilla. Hundo su cabeza en el agua.
Grita, se ahoga, sigue agitándose por varios segundos. Luego, al fin queda inmóvil.
Lo levanto y vuelvo a llevarlo ahora hacia las olas grandes, hasta más allá de la rompiente. Me sumerjo con él hasta sentirlo flotar y asegurarme que el cuerpo se aleja.
Espero. El agua ya no está fría. El cuerpo va desapareciendo en la oscuridad.
Me doy vuelta para regresar a la orilla. Casi estoy llegando, pero cuando las olas son ya pequeñas y no tocan sino mis talones, con el agua llegan dos manos que me aprietan los tobillos con fuerza. Me arrastran hacia atrás. Tropiezo, trato de levantarme y caigo una y otra vez.
La inquebrantable voluntad de esos dedos es mayor que la fuerza de mi cuerpo. Tienen la firmeza de un hombre sabio, triste como la cara de mi padre en sus fotografías. Sé dónde he visto esa cara esta noche, y sé también de quién son las manos que me arrastran a lo profundo.
Este relato forma parte de una tercera colección de cuentos aún inédita. Fue publicado en la Antología de Narradores de Morón en 2006 por la editorial Pluma 'e gallo del municipio, cuya selección y prólogo corrió por cuenta de la escritora María Rosa Lojo. El cuento tiene como protagonista al hijo de un personaje ya conocido en la colección "Los seres intermedios" (ver "La playa" y "La guardiana"). En este relato nos enteramos del destino trágico del padre, cuya obsesión constituía el motivo de conflicto en el primer cuento mencionado: el afán por encontrar los cadáveres de sus padres desaparecidos por la dictadura militar. Aquí el tema no se aparta demasiado. Si bien tiene como argumento la disolución de un matrimonio y la incomunicación entre dos que alguna vez se amaron, el protagonista sólo intenta regresar al lugar donde perdió a su padre, incluso cree reencontrarlo en su propio hijo, y cuando ve que va a perderlo, ya no duda lo que debe hacer. El ambiente del mar se repite, rememorando las situaciones del libro anterior que ocurren en la playa, sólo que esta vez no es a mediodía y a pleno sol, sino de noche, cuando el mar sólo puede escucharse, resultando más amenazador que de costumbre.
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