domingo, 24 de agosto de 2025

Robo doméstico (Anatole France)








Hace unos diez años, quizá más, quizá menos, visité una cárcel de mujeres. Era un antiguo palacio construido en tiempos de Enrique IV cuyos altos tejados de pizarra dominaban una sombría pequeña ciudad del Mediodía, a orillas de un río. El director de esta cárcel estaba próximo a la edad de la jubilación. Tenía ideas propias y sentimientos humanos. No se hacía ilusiones respecto a la moralidad de sus trescientas internas, pero no consideraba que estuviera muy por debajo de la moralidad de trescientas mujeres tomadas al azar en cualquier ciudad.


-Aquí hay de todo, como en todas partes -parecía decirme con su mirada dulce y fatigada.


Cuando cruzamos el patio, una larga fila de internas acababa su paseo silencioso y regresaba a los talleres. Había muchas viejas, con aspecto bruto y solapado. Mi amigo, el doctor Cabane, que nos acompañaba, me hizo observar que casi todas aquellas mujeres tenían alguna tara característica, que el estrabismo era frecuente entre ellas, que eran unas degeneradas y que había muy pocas que no estuvieran marcadas por los estigmas del crimen, o al menos, del delito. El director sacudió lentamente la cabeza. Vi que no compartía las teorías de los médicos criminalistas y que seguía persuadido de que en nuestra sociedad los culpables no son siempre muy diferentes de los inocentes.


Nos condujo a los talleres. Vimos a las panaderas, a las planchadoras, a las lavanderas trabajando. El trabajo y la limpieza ponían allí un poco de alegría. El director trataba a todas las mujeres con bondad. Las más torpes y las más perversas no le hacían perder ni su paciencia ni su benevolencia. Consideraba que hay que pasarle bastantes cosas a las personas con las que uno convive; que no hay que exigirle demasiado ni siquiera a las delincuentes y a las criminales; y, contrariamente a lo que era habitual, no le exigía a las ladronas y a las alcahuetas que fueran perfectas por el hecho de estar pagando su condena. No creía en absoluto en la eficacia moral de los castigos, y renunciaba a hacer de la cárcel una escuela de virtud. No creía que se haga mejor a las personas haciéndoles sufrir, por ello evitaba todo cuanto podía los sufrimientos a aquellas desgraciadas. No sé si tenía sentimientos religiosos, pero no concedía ninguna significación moral a la idea de expiación.


-Interpreto el reglamento -me dijo- antes de aplicarlo. Y se lo explico personalmente a las detenidas. Por ejemplo: el reglamento ordena silencio absoluto. Pero, si guardaran silencio absoluto, todas se volverían idiotas o locas. Pienso, debo pensar, que no es eso lo que pretende el reglamento. Les digo: «El reglamento les ordena guardar silencio. ¿Qué significa esto? Significa que las vigilantes no deben oírlas. Si se les oye, serán castigadas; si no se les oye, no habrá ningún reproche que hacerles. Yo no puedo pedirles cuentas de sus pensamientos. Si sus palabras no hacen más ruido que sus pensamientos, no puedo pedirles cuentas de sus palabras». Así advertidas, se las ingenian para hablar sin, por así decirlo, emitir sonidos. No se vuelven locas y la norma se cumple.


Le pregunté si sus superiores jerárquicos aprobaban aquella interpretación del reglamento. Me contestó que los inspectores le hacían reproches con frecuencia; y que entonces él los conducía a la puerta exterior y les decía: «Ustedes ven esta reja; es de madera. Si se encerrara en este centro a hombres, al cabo de ocho días no quedaría ni uno dentro. A las mujeres no se les ocurre evadirse. Pero es prudente no ponerlas rabiosas. El régimen de la cárcel no es ya de por sí muy favorable para su salud física y moral. No me responsabilizaría de guardarlas si se les impone la tortura del silencio».


La enfermería y los dormitorios, que visitamos a continuación, estaban ubicados en grandes salas encaladas, que no conservaban de su antiguo esplendor nada más que unas monumentales chimeneas de piedra gris y mármol negro rematadas por pomposas Virtudes en relieve. Una Justicia, esculpida hacia 1600 por algún artista flamenco italianizado, con el pecho al aire y el muslo fuera de su túnica abierta, sujetaba con un robusto brazo una balanza alocada cuyos platillos chocaban como címbalos. Aquella diosa dirigía la punta de su espada hacia una pequeña enferma acostada en una cama de hierro, sobre un colchón tan delgado como una toalla doblada. Habríase dicho una niña.


-Y bien, ¿se encuentra mejor? -le preguntó el doctor Cabane.


-¡Oh! sí, señor, mucho mejor. -Y sonrió.


-Bueno, sea muy prudente y se curará.


Miró al médico con unos grandes ojos llenos de alegría y esperanza.


-Es que esta pequeña ha estado muy grave -dijo el doctor Cabane. Y seguimos.


-¿Por qué delito está condenada?


-No es por un delito, es por un crimen.


-¡Ah!


-Infanticidio.


Al final de un largo corredor, entramos en una pequeña habitación bastante alegre, repleta de armarios y cuyas ventanas -que no tenían rejas- daban al campo. Allí, una mujer joven, muy bonita, escribía sobre una mesa. De pie, cerca de ella, otra, con muy buen tipo, buscaba una llave en un manojo colgado de su cintura. Habría creído que se trataba de las hijas del director. Pero éste me advirtió que eran dos internas.


-¿No se ha dado cuenta de que llevan el uniforme de la casa?


No me había percatado de ello, sin duda porque no lo llevaban como las demás.


-Sus vestidos están mejor hechos y sus gorros, más pequeños, dejan ver sus cabellos.


-Es porque es muy difícil impedir que una mujer enseñe su cabello, sobre todo si es bonito -me contestó el viejo director-. Éstas están sometidas al régimen común y astrictas al trabajo.


-¿Qué hacen?


-Una es archivera y la otra bibliotecaria.


No fue necesario preguntar: eran dos pasionales. El director no nos ocultó que prefería a las criminales antes que a las delincuentes.


-Sé -comentó- que son como extrañas a su propio crimen. Fue como un relámpago en su vida. Pero son capaces de rectitud, de valor, de generosidad. No podría decir lo mismo de mis ladronas. Sus delitos, que siempre son mediocres y vulgares, constituyen el entramado de su existencia. Son incorregibles. Y la bajeza que les hizo cometer actos reprensibles, impregna constantemente su conducta. La pena que se les impone es relativamente pequeña y, como tienen poca sensibilidad física y moral, la soportan habitualmente con facilidad. Eso no quiere decir -añadió vivamente- que esas desgraciadas sean todas indignas de piedad y no merezcan que uno se interese por ellas. Mientras más vivo, más me doy cuenta de que no hay culpables, sólo hay desgraciados.


Nos hizo entrar en su despacho y dio a una vigilante la orden de traer a la detenida número 503.


-Voy a ofrecerles un espectáculo que no he preparado, les ruego que me crean -nos dijo-, y que les inspirará sin duda nuevas reflexiones respecto a los delitos y a las penas. Lo que van a ver y oír, yo lo he visto y oído cien veces en mi vida.


Una interna, acompañada de una vigilante, entró en el despacho. Era una joven campesina bastante bonita, de aspecto simple, bobalicón y dulce.


-Tengo una buena noticia que comunicarle -le dijo el director-. El señor presidente de la República, conocedor de su buena conducta, acaba de perdonarle el resto de su condena. Saldrá usted el sábado.


Ella escuchaba, con la boca entreabierta y las manos cruzadas sobre el vientre. Pero las ideas no entraban tan rápido en su cabeza.


-Saldrá usted el próximo sábado de esta casa. Será libre.


Esta vez comprendió, sus manos se levantaron en un gesto de desesperación y sus labios temblaron.


-¿Es verdad que tengo que irme? Pero entonces, ¿qué va a ser de mí? Aquí estoy comida, vestida y todo. ¿No podría usted decirle a ese buen señor que es mejor que me quede donde estoy?


El director le hizo ver con dulce firmeza que no podía rechazar la gracia que se le había concedido; luego le advirtió que, al marcharse, recibiría una suma de diez o doce francos.


Salió del despacho llorando.


Yo pregunté qué era lo que había hecho. Él repasó un registro:


-503: Era criada de unos agricultores… Le robó unas enaguas a sus amos… Robo doméstico… Ya sabe, la ley castiga severamente el robo doméstico.





Ilustración: Godfried Schlacken

sábado, 23 de agosto de 2025

Noche de luna (Carlo Emilio Gadda)






Una idea, una idea no ayuda, en la fatiga de las obras, mientras los sibilantes mecanismos de los actos transforman las cosas en cosas y el trabajo está lleno de sudor y polvo. Luego oros lejanísimos y un zafiro en el cielo: como pestañas, temblando sobre misericordiosa mirada. Aquella que, si reposáramos, aún vigilará. Parece que una consternación arrollara los latidos de la vida como en una carrera precipitada. Nos ha limpiado la caridad de la tarde: y donde alguien espera que nos movamos: para que nuestra ventura tenga curso, y nadie la impedirá. Porque luego tendremos que reposar.


Lúcidas magnolias reflejaban la luz de las primeras gemas temblorosas en el cielo: pero las sombras, entre todas las plantas, se hacían negras.


La multitud de las plantas parecía recogerse en oración, así como del día concluido debía darse gracias a Alguien, a Quien ha diseñado los acontecimientos, el negro de los montes dentro de la lóbrega infinidad de la noche. Los altos árboles, más inmersos en la noche, pensaban primero. Y los arbustos, luego, y los árboles jóvenes, que aún son compañeros de las hierbas y aspiran desde cerca su malicioso perfume: y las hierbas densas y las matas con turgentes flores y todos los tallos mezclados con la arbórea simiente retomaban aún aquel pensamiento que los mayores habían inicialmente propuesto.


No parecía posible romper la maravillosa unidad de aquel conocer, la pureza silente y sorprendida de la común plegaria. Aquellas naturalezas cumplían enteramente y siempre según su ley, vivían agentes, en sí mismas, de una única ley: que es su única vida.


El viento, a ráfagas, acudió desde las cumbres y las gargantas negras de los montes, donde un fragor está al fondo. Emprendiendo su carrera hacia el aire libre, allí respiraban de vez en cuando, con una lenta respiración, los abetos: o las hayas de raíces enmarañadas. Así de los lejanos se sabe todo, y también los dolores.


Algunas hojas parecían mayólicas de un jardín de oriente soñado y las dulces, vanas estrellas se reflejaban allí, volviéndose a contemplar. En la fragancia y la encarnada palidez de algunas corolas había un deseo un poco melancólico y extraño, una turbación, antes inadvertida, que luego se hacía ansia, anhelo tenebroso: estallaba en un mal violento y salvaje. Y entonces este mal atenuaba toda memoria; y se alejaba de la idea. Volvía a descomponer la predestinada voluntad. Borraba las antiguas normas, las enseñanzas recogidas a lo largo de un sendero ya extraviado, como puras flores de niños. Y así avanzamos hacia nuestro futuro: ni tenemos sentido o conocimiento, cuál será.


Ocurre que demasiado cansados, o perdidos en un ansia, miramos de nuevo los signos lejanos de la noche. De los siglos han germinado las torres. Ángeles diáfanos, formaciones opalescentes de la luz lunar, exhalaban desde las copas de los álamos, unidas las manos, para dirigir a Dios las oraciones de la tarde. Pero ahora resaltaban solos, sin mensaje, abandonado su amarre terrestre como vela de Alvise que se despliega vanamente al retorno, para volver a superar la inutilidad.


Una trompeta ordenó a los soldados que debían entrar, desvestirse y acostarse: interrumpiendo cada palabra o juego o paso o tardío pensamiento: o un susurro, que quizá la noche habría concedido prorrogar. Esa trompeta, que laceraba la lobreguez, dijo que por doquier llega y vale el mando: el mando de los superiores. Y por todos era entendida, pero no escuchada por todos. Algunos se demoraban en la noche, cuyas sombras no permiten reconocer a los forajidos.


Otras personas velaban, dado que no siempre se puede reposar en la noche. (Durante años se habían oído fragores desde las montañas, como truenos largos, implacables. Sobre el negro bastión de los altiplanos la cornisa de los abetales se encendía de chispas. De la ciudad expresaban dolor las torres, entumecidas en las tinieblas).


Ahora ya no. Los cubos de las casas y las villas parecían blancos y claros, por una gran dulzura que fuese, como verdad, en la tierra serena. Desde las colinas orientales debía ciertamente llegar un fabuloso bajel, con sus velas de nubes y cirros, que ensombrecían su toldilla y sus costados. Una sirena chillaba a ratos, alejándose por la carretera. Desde cerca, se veía que las villas tenían un tejado de cubierta oscura y lenta, del que emergía el tibio muro de la torre. Alta y blanca, en la inminente claridad de la noche, como un peñón para mirar todas las tierras en torno. ¡Oh, un sueño de poesía! Y grandes perros y mastines gruñendo detrás de las cancelas, al pasar, o en otros desplazamientos oportunos encadenados y constreñidos.


En los colmados jardines traslucía el diseño de los más bellos ornamentos, y asientos, donde la persona pudiera recostarse: y el ánimo reconfortarse agradablemente para el mañana. O en el silencio altísimo de las cosas y los montes, o con el imaginar a través de las sombras y las matas, ahogada casi en una carrera, la concupiscencia de los selváticos, y el desnudo y fugitivo pavor de perseguidas nereidas: fluyendo linfas perennemente, o goteando, en un borboteo suyo, como montañesas fuentes, o cavernas. Los preciosos artefactos, en piedra de muela, mordidos ya por la noble mordedura del liquen: y eran como amantes al encuentro de la ventura, en el favor de la noche.


¡Qué fino sentir, qué dulce imaginar impulsa a los poseedores de los jardines misteriosos para poblar de sueños vivos el tenebroso perfume! Una murmuración religiosa acompaña el aleteo de la noche: y ciertamente un pensamiento, y muchos otros, vendrán a la mente de los poseedores. Y acogen, a veces, a huéspedes: que, viajados los mares, recorridos los lejanos países, quieren demorarse en este, y beber este cálido, este profundo aliento.


En aquella hora los caballos estaban cansados. El ferrocarril, sólida manufactura, cortaba directamente la llanura y las vías relucían como plateadas en un presagio lunar: luego entraban bajo la abertura negra, muy bien hecha y en la cima un poco ahumada, en el monte. Ningún tren se oía correr, como suelen, rodando en la lobreguez. La caseta estaba totalmente cerrada: las barras de contrapeso levantadas, olvidadas de su oficio, en un ocio. Una calle salida de la carretera atravesaba las vías. Cruzaba con un buen arco la lenta marcha de un agua, velada por los álamos. Paralelo al ferrocarril otro puente, en pedrisco gris tallado, supera la calle. Se lo diría desprovisto de parapeto. Es un puente canal. Allí corre una tácita y verde corriente: y algunas gotas se filtran y caen debajo de la bóveda para humedecer la calle, enlodando el polvo. Cuando, desde cercanas villas, los jovencitos pasean con sus bicicletas y llegan al arco de ese canal, aflojan un poco, sabiendo, a punto de disfrutar de un más delicado instante de aquella restauradora frescura, como para evitar salpicaduras, de ese fango, a los compañeros, a las gentiles compañeras. Una niña, a la que una fría gota ha caído en el cuello, emite un pequeño grito. Y luego ríen alejándose todos juntos.


Al atardecer pasan por allí sin aflojar otros ciclistas y peatones, de vuelta del trabajo, con distintas ropas y generalmente desaliñados: y chicas un poco cansadas, con el pelo recogido, salidas de las fábricas. Desdichadamente, no existe un traje regional: con el verde, el negro, o anaranjado del ocaso: ni corsé o chaleco floreados, tirantes como bandas anchas, pluma o plumita sobre el sombrero, de gallo de monte o de cuello del faisán dorado, u otra volátil de calidad que haya sido alcanzada por el tiro magistral del portador. No el espadín con empuñadura de nácar, no plumajes de gran reverencia, ni hoja de arabesca guardia, ni afiligranado collar, ni hebilla, o escarpín, o capa, o túnica talar, o echarpe, representando cosas de España o las fiestas del Tirol; u otra magnitud y trajes populares, como en los teatros.


Algunos visten anchos pantalones de fustán, como un terciopelo basto, apretados, además, en los tobillos: otros, calzones cortos con fajas o medias de montaña de lana de buena y maternal factura: y saltan sobre sus bicicletas, con la cabeza gacha, como si pensaran: «Peor para quien me tenga en el estómago». Los que avanzan a pie, llevan a la espalda una pobre chaqueta sudando aún en la tarde, mineros sedientos, trituradores de antiguas rocas. Las manos de unos son amarillas, o color tierra, y, por dentro, callosas. Las manos de los otros son rosadas como si un ácido les desollase la palma: es la cal, es la piedra. Los tintoreros, por el efecto del cloro, y los aprendices de charcutero, por el de la sal, tienen manos hinchadas, que sudan perennemente por la palma. En algunos rostros enjutos, bronceados, entre los pelos de la barba, sobre las rugosidades de la aún no jubilable piel, ha quedado una salpicadura de cal viva: un lunar blanco. Los herreros, los mecánicos y los chóferes visten a veces combinaciones de tela turquesa, pero luego ennegrecidas por hollín y limadura con amplias manchas oleosas: y su rostro es más lúgubre que el de los maestros. Pero es menos seco, y se comprende que al enjuagarlo podrá reaparecer más lleno. Mozos descendidos de los puentes y los balancines con la cara emblanquecida por el rebozado del yeso, como Pierrot en la palidez de la luna, como enharinados molineros. Es raro encontrar albañiles obesos o regordetes. En los adolescentes, quien mira, se asombra por la longitud y grosor del antebrazo y la muñeca, con respecto al tórax aún delgado. Alguno lleva un jersey: es azul, o rojo, o gris, o rayado: con agujeros. Si el cuello del jersey comporta botones, casi siempre falta uno. Los tirantes, raros, por lo general se revelan un poco viejos, y sudados: o desgastados y escrofulosos: y están afectados por complicaciones reparadoras con hilos y cintas, que tienen relaciones bastante complejas con los botones supervivientes. Pero algún otro, como adinerado, o quizás el favorito de la Fortuna, tiene tirantes de goma muy anchos, nuevos9 y tensos como disparo de honda: los cuales suelen adherirse en cada movimiento, en cada instante, al cálido y vigoroso empeñarse del tórax sobre las fatigas del trabajo.


¡Zapatones! Los albañiles y los jornaleros, con clavos de acero como setas, en el tacón y en torno a la suela: que chirrían sobre el adoquinado y sobre las piedras, y alguno lo pierden por el camino, para pinchar gomas a los ciclistas: porque cada uno, en su camino, ocurre que deja algún testimonio de su andar y ser, y ni siquiera se percata. Buenos zapatos, o a veces menos buenos, o raídos: y si la suela está gastada, un poco de piel, entonces, sustituye la suela que falta. Los mecánicos tienen escarpines de ciclista, ligeros y rápidos como babuchas, pero sujetos por algunas tiras de cuero. Otros carecen de talón: se conoce que sus calzados, antes relucientes, agotaron en sus inicios las alegres necesidades dominicales, en el relieve de la fiesta, o en el breve boato del baile: luego, como a los días festivos suceden los laborables, así en la sucesión y la agresión del trabajo, sus grandes pies, de músculos rudos, han deformado la originaria elegancia del envoltorio. El tacón está reducido a la nada, y a la altura del dedo meñique la punta se ha separado del empeine, como por una hernia del carnoso pie.


Pasan mujeres y chicas: y a veces por alguna se vuelven los hombres o mocetones y murmuran entre sí aquello que piensan o que les parece que deben desear: caminan y ríen: tropieza, al volverse, el más osado. A veces alguno tiene una mirada, que una niña suavemente recoge: y entonces aquel, siempre andando, siente en el ánimo como una esperanza y una dulzura consoladora, después de las cansadas horas. Un automóvil a la carrera lo ha adelantado como un proyectil, rozando su andante persona. Lo ensordece y lo empolva: él no hace caso. Los ánimos pacientes y fuertes, cuando son presa de una afección súbita o una turbación de los sentidos, ignoran el empolveramiento de la calle, la airada laceración de las sirenas. Su paso ignoraba el brinco y la gorda caída de la rana, desde las cunetas dentro del polvo, y las otras débiles eventualidades, de todos modos, de donde pudiera notarse de alguna curiosidad o fastidio su igual camino.





Ilustación: Carl Ludwig Scheins

viernes, 22 de agosto de 2025

El piano viejo (Rómulo Gallegos)






Eran cinco hermanos: Luisana, Carlos, Ramón, Ester, María. La vida los fue dispersando, llevándoselos por distintos caminos, alejándolos, maleándolos. Primero, Ester, casada con un hombre rico y fastuoso; María, después, unida a un joven de nombre sin brillo y de fama sin limpieza; en seguida, Carlos, el aventurero, acometedor de toda suerte de locas empresas; finalmente Ramón, el misántropo que desde niño revelara su insana pasión por el dinero y su áspero amor a la soledad; todos se fueron con una diversa fortuna hacia un destino diferente.


Solo permaneció en la casa paterna Luisana, la hermana mayor, cuidando al padre, que languidecía paralítico lamentándose de aquellos hijos en cuyos corazones no viera jamás ni un impulso bueno ni un sentimiento generoso. Y cuando el viejo moría, de su boca recogió Luisana el consejo suplicante de conservar la casa de la familia dispersa, siempre abierta para todos, para lo cual se la adjudicaba en su testamento, junto con el resto de su fortuna, a título de dote.


Luisana cumplió la promesa hecha al padre, y en la casa de todos, donde vivía sola, conservó a cada uno su habitación, tal como la había dejado, manteniendo siempre el agua fresca en la jarra de los aguamaniles, como si de un momento a otro sus hermanos vinieran a lavarse las manos, y en la mesa común, siempre aderezados los puestos de todos.


Tú serás la paz y la concordia, le había dicho el viejo, previendo el porvenir, y desde entonces ella sintió sobre su vida el dulce peso de una noble predestinación.


Menuda, feúcha, insignificante, era una de esas personas de quienes nadie se explica por qué ni para qué viven. Ella misma estaba acostumbrada a juzgarse como usurpadora de la vida, parecía hacer todo lo posible para pasar inadvertida: huía de la luz, refugiándose en la penumbra de su alcoba, austera como una celda; hablaba muy poco, como si temiera fatigar el aire con la carga de su voz desapacible, y respiraba furtivamente el poquito de aliento que cabía en su pecho hundido, seco y duro como un yermo.


Desde pequeñita tuvo este humildoso concepto de sí misma: mientras sus hermanos jugaban al pleno sol de los patios o corrían por la casa alborotando y atropellando con todo, porque tomaban la vida como cosa propia, con esa confianza que da el sentimiento de ser fuertes, ella, refugiada en un rincón, ahogaba el dulce deseo de llorar, único de su niñez enfermiza, como si tampoco se creyera con derecho a este disfrute inofensivo y simple. Crecieron, sus hermanas se volvieron mujeres, y fueron celebradas y cortejadas, y amaron, y tuvieron hijos; a ella, siempre preterida, que hasta su padre se olvidaba de contarla entre sus hijos, nadie le dijo nunca una palabra amable ni quiso saber cómo eran las ilusiones de su corazón. Se daba por sabido que no las poseía. Y fue así como adquirió el hábito de la renunciación sin dolor y sin virtud.


Ahora, en la soledad de la casa, seguía discurriendo la vida simple de Luisana, como agua sin rumor hacia un remanso subterráneo; pero ahora la confortaba un íntimo contentamiento. ¡Tú serás la paz!… Y estas palabras, las únicas lisonjeras que jamás escuchó, le habían revelado de pronto aquella razón de ser de su existencia, que ni ella misma ni nadie encontrara nunca.


Ahora quería vivir, ya no pensaba que la luz del día se desdeñase de su insignificancia, y todas las mañanas, al correr las habitaciones desiertas, sacudiendo el polvo de los muebles, aclarando los espejos empañados y remudando el agua fresca en las jarras; y cada vez que aderezaba en la mesa los puestos de sus hermanos ausentes, convencida de que esta práctica mantenía y anudaba invisibles lazos entre las almas discordes de ellos, reconocía que estaba cumpliendo con un noble destino de amor, silencioso, pero eficaz, y en místicos transportes, sin sombra de vanagloria, sentía ya que su humildad había sido buena y que su simpleza era ya santa.


Terminados sus quehaceres y anegada el alma en la dulce fruición de encontrarse buena, se entregaba a sus cadenetas; y a veces turbada por aquel silencio de la casa y por aquel claro sol de las mañanas que se rompía en los patios, se hilaba por las rendijas y se esparcía sin brillo por todas partes arrebañando la penumbra de los rincones; mareada por aquella paz que le producía suavísimos arrobos, se sentaba al piano, un viejo piano donde su madre hiciera sus primeras escalas, y cuyas voces desafinadas tenían para ella el encanto de todo lo que fuera como ella, humilde y desprovisto de atractivos.


Tocaba a la sordina unos aires sencillos que fueran dulces. Muchas teclas no sonaban ya; una, rompiendo las armonías, daba su nota a destiempo, cuando la mano dejaba de hacer presión sobre ella; o no sonaba, quedándose hundida largo rato. Esta tecla hacía sonreír a Luisana. Decía: Se parece a mí. No servimos sino para romper las armonías. Precisamente por esto la quería, la amaba, como hubiera amado a un hijo suyo, y cuando, al cabo de un rato, después que había dejado de tocar, aquella tecla, subiendo inopinadamente, daba su nota en el silencio de la sala, Luisana sonreía y se decía a sí misma: ¡Oigan a Luisana! ¡Ahora es cuando viene a sonar!


Una mañana Luisana se quedó muerta sobre el piano, oprimiendo aquella tecla. Fue una muerte dulce que llegó furtiva y acariciadora, como la amante que se acerca al amado distraído y suavemente le cubre los ojos para que adivine quién es.


Vinieron sus hermanos; la amortajaron; la llevaron a enterrar. Ester y María la lloraron un poco; Carlos y Ramón corrieron a la casa, registrando gavetas, revolviendo papeles. En la tarde se reunieron en la sala a tratar sobre la partición de los bienes de la muerta.


La vida y la contraria fortuna habían resentido el lazo fraternal, y cada alma alimentaba o un secreto rencor o una envidia secreta. Carlos, el aventurero, había sido desgraciado: fracasó en una empresa quimérica, arrastrando en su bancarrota dinero del marido de Ester, el cual no se lo perdonó y quiso infamarlo, acusándolo de quiebra fraudulenta; María no le perdonaba a Ester que fuera rica y no partiera con ella su boato y la estimación social que disfrutaba; Ester se desdeñaba de aceptarla en su círculo, por la obscuridad del nombre que había adoptado; y todos despreciaban a Ramón, que había adquirido fama de usurero y los avergonzaba con su sordidez.


Pero todas estas malas pasiones se habían mantenido hasta entonces agazapadas, sordas y latentes, pero secretas; había algo que les impedía estallar, una dulce violencia que acallaba el rencor y desamargaba la envidia: Luisana. Ella intercedió por Carlos, y porque ella lo exigía, el marido de Ester no le lanzó a la vergüenza y a la ruina; ella intercedió siempre para que Ester invitase a María a sus fiestas; ella pidió al hermano avaro dinero para el hermano pobre, y a todos amor para el avaro; pero siempre de tal modo, que el favorecido nunca supo que era ella a quien le debía agradecer, y hasta el mismo que otorgaba se quedaba convencido y complacido de su propia generosidad.


Ahora, reunidos para partirse los despojos de la muerta, cada uno comprendía que se había roto definitivamente el vínculo que hasta allí los uniera, y que iban a decirse unos a otros la última palabra; y en la expectativa de la discordia tanto tiempo latente, que por fin iba a estallar, enmudecieron con ese recogimiento instintivo de los momentos en que se va a echar la suerte, y al mismo tiempo la idea de la hermana pasó por todos los pensamientos, como una última tentativa conciliadora a cumplir el encargo paterno: ¡Tú serás la paz y la concordia!


Entonces comprendieron a aquella hermana simple que había vivido como un ser insignificante e inútil y que, sin embargo, cumplía un noble destino de amor y de bondad, y fue así cómo vinieron a explicarse por qué ellos inconscientemente le habían profesado aquel respeto que los obligaba a esconder en su presencia las malas pasiones.


En un instante de honda vida interior, temerosos de lo que iba a suceder, sintieron que se les estremeció el fondo incontaminado del alma, y a un mismo tiempo se vieron las caras, asustándose de encontrarse solos.


Pero fue necesario hablar, y la palabra dinero violó el recogimiento de las almas. Rebulleron en sus asientos, como si se apercibieran para la defensa, y cada cual comenzó a exponer la opinión que debía prevalecer sobre el modo de efectuar el reparto de los bienes de la hermana y a disputarse la mejor porción.


La disputa fue creciendo, convirtiéndose en querella, rayando en pelea, y a poco se cruzaron los reproches, las invectivas, las injurias brutales, hasta que por fin los hombres, ciegos de ira y de codicia, saltaron de sus asientos, con el arma en la mano, desafiándose a muerte.


Las mujeres intercedían suplicantes, sin lograr aplacarlos, y entonces, en un súbito receso del clamor de aquellas voces descompuestas, todos oyeron indistintamente el sonido de una nota que salía del piano cerrado.


Volvieron a verse las caras y, sobrecogidos del temor a lo misterioso, guardaron las armas, así como antes escondían las torpes pasiones en presencia de Luisana: todos sintieron que ella había vuelto, anunciándose con aquel suave sonido, dulce, aunque destemplado, como su alma simple, pero buena.


Era la nota de Luisana, sobre cuya tecla se había quedado apoyado su dedo inerte, y que de pronto sonaba, como siempre, a destiempo.


Y Ester dijo, con las mismas palabras que tanto le oyera a la hermana, cuando en el silencio de la sala gemía aquella nota solitaria: ¡Oigan a Luisana!





Ilustración: Robert Thegerstrom

jueves, 21 de agosto de 2025

Un asunto de otro tiempo (John Galsworthy)






Cuando en el verano de 1921 Hubert Marsland, el paisajista, regresaba de pasar el día haciendo bosquejos junto al río, tuvo que detener su coche de dos plazas a unas diez millas de Londres para una pequeña reparación; y, mientras lo arreglaban, se alejó del taller para echar un vistazo a la casa donde solía pasar sus vacaciones cuando era niño. Después de franquear una verja y de dejar a su izquierda una gravera, llegó en seguida ante la casa, que se alzaba en medio del jardín. ¡Cuánto había cambiado! Resultaba más pretenciosa y menos acogedora que cuando sus tíos vivían allí y él jugaba al cricket en el terreno de enfrente, que parecía haberse convertido en un campo de golf. Era tarde… hora de cenar, y, como no vio a ningún jugador, se adentró en el campo y empezó a reconocer sus rincones. Allí debía de haber estado la vieja caseta. Y un poco más lejos, aún cubierto de césped, el lugar donde había bateado tan bien la pelota y, después de marcar trece puntos, había terminado su turno, el último del equipo, sin ser eliminado. Hacía treinta y nueve años, el día que cumplía dieciséis. ¡Con qué claridad recordaba sus nuevas espinilleras! A. P. Lucas había jugado contra ellos y sólo había marcado treinta y dos; en aquellos días todos copiaban su estilo: el pie delante del bate, un poco hacia fuera, con elegancia; algo que ya no se veía, afortunadamente… ¡puede uno sacrificar tanto en aras del estilo! Ahora, sin embargo, se tendía a lo contrario; el estilo era quizá algo totalmente pasado de moda…


Retrocedió hacia el sol y se sentó en la hierba. ¡Qué paz! ¡Cuánta quietud! La neblina que cubría las lejanas colinas resultaba visible entre la antigua casa de su tío y la vivienda vecina. Y en el lado opuesto estaba el grupo de olmos, tras los que se pondría el sol como en los viejos tiempos. Hundió la palma de las manos en el césped. Un verano maravilloso… muy parecido a aquel otro verano de su adolescencia. Y la calidez de la hierba, o tal vez del pasado, se apoderó de su corazón y sintió cómo le invadía la nostalgia. Debía de haberse sentado en aquel mismo lugar después de su turno de lanzamiento, junto a los pies de la señora Monteith, que asomaban por debajo de un vestido de volantes. ¡Dios mío! ¡Qué necios eran los jóvenes! Y ¡cuán precipitados e imprudentes sus afectos! Un poco de dulzura en una voz o en una mirada, una sonrisa, un pequeño roce o dos, ¡y ya eran esclavos! Necios, pero también generosos. Y, detrás de la silla de la señora Monteith, podía ver con claridad al capitán MacKay, ese otro ídolo, con su rostro de color marfil oscuro (exactamente igual que aquel colmillo de elefante de su tío, que con el tiempo se había vuelto tan amarillo), su soberbio bigote negro, su corbata blanca, traje de cuadros, clavel en la solapa, polainas cortas, bastón de Malaca… ¡todo tan fascinante! La señora Monteith, «la separada», ¡así la llamaban! Recordaba el modo en que la gente la miraba, el tono de sus voces. ¡Y era tan hermosa! Se había enamorado de ella a primera vista… de su perfume, de su voz, de su elegancia. Y aquel día en el río, cuando ella le hizo tanto caso, y el capitán MacKay estuvo tan pendiente de Evelyn Curtiss que todos pensaron que iba a declararse. ¡Qué época tan extraña! Entonces empleaban la palabra «cortejar», y vestían faldas amplias y corsés muy altos; y él llevaba un cinturón elástico de color azul alrededor de su cintura de franela blanca. Y aquella noche su tía le había dicho, con una sonrisa maliciosa: «¡Buenas noches, tontuelo!». Y la verdad es que lo era, con aquella flor que la señora Monteith había dejado caer al suelo entre su mejilla y la almohada. ¡Qué locura! Y el domingo siguiente… deseando ir a la iglesia… cepillando con fervor su sombrero de copa; había pasado todo el servicio espiando su pálido perfil, dos bancos delante de él, a la izquierda, entre su tío Hallgrave, un anciano con barba de chivo, y su gorda y sonrosada tía de pelo blanco; ideando cómo acercarse a ella cuando saliera, indeciso, acechante, sin conseguir más que una sonrisa y el frufrú de sus volantes. ¡Ay! ¡El menor detalle significaba tanto en aquella época! Y su último día de vacaciones… la noche en que por primera vez entrevió la realidad. ¿Quién dijo que la era victoriana estuvo llena de inocencia?


Marsland se llevó la mano a la mejilla. ¡No, el relente todavía no se notaba! Y, de igual modo que un hombre remueve y sacude el heno para airearlo, sintió que algo se removía en su interior y sacudía los recuerdos de otras mujeres; pero nada despertaba en él un sentimiento parecido a aquella primera experiencia.


¡El baile de su tía! Su primer chaleco blanco, comprado ad hoc en la sastrería local; la corbata con la que trataba de emular a su héroe, el capitán MacKay. Se acordaba tan bien de todos los detalles en medio de aquella paz: la expectación, el tímido y discreto nerviosismo, la petición de un baile con voz entrecortada, el nombre de la señora Monteith escrito dos veces en su pequeña libreta de bordes dorados con el diminuto lápiz blanco con borlas; la lentitud con que ella movía el abanico, su sonrisa… Y el primer baile; su infinito cuidado para no pisar las puntas de sus zapatos de satén blanco; la emoción cuando el brazo de ella apretaba el suyo en medio del tumulto… Qué grande su embeleso, especialmente en la primera parte de la velada, cuando todavía le quedaba otro baile. ¡Si hubiera podido hacerla girar en ambos sentidos, como su héroe el capitán MacKay! Su exaltación fue en aumento al acercarse el segundo baile, lo que le hizo despedirse bruscamente de su pareja. Recordaba con claridad el frescor del aire y el aroma de la hierba en la oscura terraza, el zumbido de los abejorros, la asombrosa altura de los álamos a la luz de las estrellas… y el cuidadoso arreglo de su corbata y chaleco, la vigilante limpieza del sudor de su rostro. Un respiro hondo, y entrar en la casa a buscarla. El salón de baile, el comedor, las escaleras, la biblioteca, la sala de billar, y todo en vano… Los músicos seguían tocando el vals Estudiantina, y él vagando por las habitaciones con su chaleco blanco, como un joven fantasma. ¡Ah, el invernadero! ¡Cómo corrió hacia allí! Y luego aquel instante del que seguía guardando, incluso ahora, una impresión borrosa, muy confusa. El sonido de voces ahogadas entre las flores: «La he visto», «¿Quién era el hombre?». La visión momentánea de un rostro de color marfil, de un bigote negro. Y entonces la voz de ella: «¡Hubert!»; y una mano febril cogiendo la suya, acercándolo a ella; su perfume, su sonrisa forzada. Cuchicheos detrás de las flores, aquella gente espiando; y, súbitamente, los labios de ella en su mejilla, el beso resonando en sus oídos, su voz exclamando con dulzura: «¡Hubert, querido muchacho!». Los susurros disminuyeron, cesaron. ¡Qué minuto tan largo y silencioso entre los helechos y las flores, en aquella penumbra, con el semblante de ella junto al suyo… pálido, inquieto, antes de ser conducido nuevamente a la luz, comprendiendo poco a poco que ella lo había utilizado. Un muchacho… demasiado joven para ser su amante, ¡pero no para salvar su reputación y la del capitán MacKay! El beso de ella… el último de muchos… pero no en sus labios, en sus mejillas. ¡Qué duro había sido darse cuenta del engaño! Besar a un muchacho… sin importancia… un muchacho que, al día siguiente, volvería al colegio, ¡para que él y ella pudieran reanudar su relación libres de sospecha!


Después de ver su amor cubierto de fango, ¿cómo se había comportado el resto de la velada? Apenas lo recordaba. ¡Traicionado con un beso! ¡Dos ídolos caídos! ¿Acaso se preocuparon ellos de lo que él sentía? En absoluto. ¡Su única inquietud fue servirse de él para ocultar sus relaciones! Sin embargo, no sé por qué motivo… él nunca había dado a entender a la señora Monteith que lo sabía. Sólo cuando terminaron de bailar y alguien vino en busca de ella, huyó a su pequeño dormitorio, se arrancó los guantes, el chaleco; luego se tendió en la cama y le asaltaron amargos pensamientos. ¡Le había llamado muchacho! Y siguió allí, con el runrún de la música en sus oídos, hasta que finalmente se fue desvaneciendo, los carruajes se marcharon y la noche quedó en silencio.


Poniéndose en cuclillas sobre la hierba, todavía tibia y seca, Marsland se frotó las rodillas. ¡Nada tan generoso como un muchacho! Con una pequeña sonrisa, se acordó de su tía al día siguiente, y de la mezcla de ironía y de inquietud con que ésta le había dicho: «No está bien, querido, sentarse en rincones oscuros y… bueno, es posible que la culpa no fuera tuya, pero, a pesar de todo, no está bien… no está nada…». Y cómo se había detenido de pronto, contemplando el rostro de su sobrino, mientras los labios de éste anunciaban su primera risa sarcástica. Su tía jamás le había perdonado aquella reacción. ¿Le habría creído un joven y cínico Lotario? Y Marsland pensó: «¡Vivir para ver!». ¿Qué habría sido de los dos? ¡La era victoriana! Sabían cubrirse las espaldas, pero hablar de inocencia! ¡Habrase visto!


¡Ah! El sol estaba a punto de ocultarse y se sentía el relente. Hubert se levantó, frotándose las rodillas para quitarse el entumecimiento. Más allá, en el bosque, las palomas zureaban. Una ventana de la antigua casa de su tío brillaba como una joya entre los álamos, bajo los últimos rayos de sol. ¡Ah! ¡Aquel insignificante asunto de otro tiempo!





Ilustración: John Atkinson Grimshaw

miércoles, 20 de agosto de 2025

El pequeño nazareno (Julio Garmendia)





El miércoles santo, el pequeño Nazareno de túnica morada y grueso cordón blanco, a nudos, bien ceñido alrededor de la cintura, sube —o debería subir— entre papá y mamá, por la calle que conduce a la iglesia del Nazareno. Pero no está dando pruebas, en absoluto, de aquella nazarena paciencia y resignación correspondientes al personaje y a la indumentaria que le han sido asignados. Todo lo contrario, demuestra un verdadero humor de perros —un humor como pocas veces se habrá visto en un Nazareno en miércoles santo—; rezonga y lloriquea, y en vez de seguir a papá y mamá dócilmente, se hace halar, y otras veces empujar, por uno de ellos dos. Intentan ambos convencerlo, le ruegan, lo halagan, le prometen recompensas para luego, para un poco más tarde, cuando ya la visita al templo haya sido hecha, la devoción cumplida, y la promesa, pagada, de acuerdo con los términos del devoto convenio celebrado entre ellos y el Nazareno de los milagros.


El pequeño Nazareno, no cabe duda, es duro y terco; ningún ofrecimiento hace mella en su actitud —que es de franco sabotaje—; nada ni nadie lo obliga a ir más ligero ni a dejar una cara menos agria. Cuando un helado de guanábana le es gentilmente ofrecido (esto último en patente contradicción con todas las tradiciones respecto al trato a acordarse a nazarenos, las cuales no incluyen en absoluto helados de guanábana, sino hiel en hisopos en perspectiva únicamente), cuando el helado, pues, le fue ofrecido, el pequeño Nazareno lo arrojó al suelo, sin ceremonia ni compasión. Peor aún, sin apetito. Es entonces, en ese instante crucial, cuando papá le da la bofetada en la mejilla —volviendo, ahora, de repente, a la observancia de las viejas prácticas que repiten la manera de proceder con nazarenos y redentores. En atención a lo sucedido, a la corrección, hubiera podido creerse que el pequeño Nazareno se hubiera finalmente resignado a representar bien su papel y a convertirse en viva imagen del gran Nazareno a cuya iglesia era llevado por papá y mamá. ¡Pero nada de eso! Se puso furioso —aún más que antes—; se desencadenó, materialmente, chillando y pataleando, y haciéndose llevar a rastras de ahí en adelante.


Perdiendo el último resto de su santa calma, y alzándose la túnica en plena calle concurrida, mamá le da unos cuantos cordonazos, «a posteriori», si puede decirse así, con el mismísimo cordón de color blanco y de gruesos nudos que le estrecha la cintura, la delgada cintura, al pequeño diablo indócil.


El pequeño Nazareno, pues, para este instante —para esa «estación», diremos mística, de su ruta—, ha sido ya debidamente halado, empujado, golpeado, abofeteado y azotado. Está, además, bañado en lágrimas, y su larga túnica violeta de vistosos pliegues aparecía toda ella, también maculada por salpicaduras, no de sangre, pero sí de guanábana —provenientes del helado que fue lanzado por él mismo contra el cemento de la acera, contribuyendo así a su propio castigo y sufrimiento. Sin nadie proponérselo, se daba entero cumplimiento a todo, o a casi todo, el ritual correspondiente a nazarenos, grandes o pequeños, forzosos o espontáneos, antiguos o modernos. El pequeño Nazareno seguía gritando. Una nutrida concurrencia presenciaba el espectáculo. Si no fuera por la decadencia de la fe en los días que corren —de la fe en Dios y de la fe en el Diablo—, es casi seguro que lo hubieran acusado, allí mismo, de endemoniado agudo. Lo hubieran exorcizado, o hasta lo hubiesen quemado, ¡quién sabe! Todos los otros nazarenos que había por la calle lo contemplaban con ojos de asombro.





Ilustración: Léon Cogniet

martes, 19 de agosto de 2025

Cosas de la muerte (Salvador Garmendia)






Si les digo que no me gustan los entierros, no faltará quien me interrumpa para afirmar que eso le pasa a todo el mundo; sin embargo sé por experiencia que esa no es toda la verdad y que por el contrario, hay personas -y hasta creo que abundan- verdaderos fanáticos de las pompas fúnebres, a quienes atrae especialmente el olor saturado de las flores, que en los entierros huelen de una manera inconfundible, como si al cortarlas con ese propósito, sus líquidos y sus esencias se descompusieran rápidamente; lo mismo que el rumor flotante de las conversaciones en voz baja y creo que hasta el ruido ronco de las paletadas les infunde algún reflexivo deleite. Eludo, pues, en lo posible estas citas mortuorias y solo en ocasiones como en las de mi amigo Tobías, debo resignarme a la obligación del compromiso.


Vivió Tobías, y murió -cayó fulminado por un infarto- en una casa de aspecto agradable, rodeada de árboles, una capa de hiedra en la fachada y un balconcito cargado de tiestos. Resultaba, sí, demasiado pequeña para contener la gran cantidad de visitantes -Tobías fue hombre de numerosos amigos- mucho más cuando el salón principal se hallaba ocupado por el féretro, las coronas, los candelabros, los parientes más cercanos y demás aparejos mortuorios.


Escurriéndome entre tantas corbatas negras, conseguí introducirme en el grupo que rodeaba a la viuda, donde todo era humedad y sollozos. Ella no debió reconocerme, pues recibió mi abrazo y me dijo, con una voz mojada y temblorosa: ya no volverán a jugar póker los domingos, cosa que no recuerdo haber hecho jamás. Por encima del hombro de la viuda, unos ojos redondos y salientes brillaron un momento. Al separarnos habían desaparecido entre los trapos negros. Un poco aturdido en aquella sorda multitud, estuve tratando de localizar nuevamente la singular aparición. Entonces, unos torsos siameses se abrieron y en el claro asomaron de nuevo esos ojos dotados de un brillo agudo y malicioso, que parecía acrecentarse aun más entre tantos lentes oscuros y los ojos enrojecidos de las mujeres. La muchacha desapareció al momento, dejando el rastro de un talle flexible y un cuello blanco, delgado y también luminoso.


-¿Quién es esta muchacha? -pregunté a un conocido.


-Es la hermanita menor de Tobías. Una preciosidad.


La salida del féretro estaba convenida para las cinco. Eran las cuatro y media. En procura de un poco de aire, me aventuré al interior de la casa. Encontré a un grupo de hombres en el comedor, todas personas de edad madura, pulcros, recién afeitados, rociados de agua de colonia.


-Venga, amigo; procure no llamar la atención.


Uno de aquellos desconocidos me había agarrado por el brazo. Pasamos a una habitación pequeña, cargada de olores, y nos distribuimos en el poco espacio libre que dejaban una cama de hierro enteramente revuelta, dos cestas de ropa abarrotadas y otros objetos dañados y viejos, todo lo cual identificaba aquel lugar, desnudo y sin ventanas, como el cuarto de desechos de la casa.


Encima de la cama, los pies descalzos y el cabello deliberadamente revuelto, se encontraba la hermana menor de Tobías cubierta por un viejo abrigo de pieles. Echó la cabeza hacia atrás, abrió un poco los brazos y tras una sacudida de hombros, el abrigo resbaló hasta los pies. Debajo de esos ojos chispeantes estalló un grito de piel blanca, un poco oscurecida en el espacio de los senos y las caderas, las piernas delgadas y ágiles, el apunte de las costillas que se inflamaban presionando la piel a cada contorsión del torso. Se vuelve. La hendidura sedosa de las nalgas se prolonga y sube ahondándose entre la doble moldura de la espalda. Los presentes, caras desconocidas para mí, permanecen callados, cada uno embebido en su contemplación.


El resto de la ceremonia transcurrió dentro de la lentitud un tanto mecánica que le es habitual. Un pariente de Tobías me pasó una pala. Concluida esa parte ritual de la operación, los empleados del cementerio empuñaron las herramientas y arremetieron velozmente contra el montón de tierra.


Con la última luz de la tarde, regresamos hacia los automóviles. Al vadear una fosa recién abierta, di con un individuo que reconocí al primer momento como uno de mis compañeros de aventura en casa de Tobías. Le puse una mano en el hombro y el tipo me miró sorprendido.


-¿Qué le pareció todo, amigo? La muchacha estaba estupenda.


-¿Qué dice?


-Me refiero a lo de esta tarde en casa de Tobías.


-Yo no sé de qué me habla.


-De Tobías, por supuesto. ¿Usted no viene del entierro de Tobías?


-No señor, vengo de enterrar a mi tía abuela; era la persona que más quería en este mundo.


Tenía los ojos inyectados.


-Perdone, pero…


-Si no le molesta, siga su camino. No quiero hablar con nadie; he pasado un momento terrible.





Ilustración  Hans Andersen Brendekilde



¿Qué hora es? (Elena Garro)






 —¿Qué hora es, señor Brunier?


Los ojos castaños de Lucía recobraron en ese instante el asombro perdido de la infancia.


El señor Brunier esperaba la pregunta. Miró su reloj pulsera y dijo marcando las sílabas para que Lucía entendiera bien la respuesta:


—Las nueve y cuarenta y cuatro.


—Faltan todavía tres minutos… ¡qué día tan largo! Ha durado toda la vida. ¿Dios me regalará estos tres minutos?


Brunier la miró unos segundos: recostada, con los ojos muy abiertos y mirando hacia ese largo día que había sido su vida.


—Dios te regalará muchos años —dijo el señor Brunier, inclinándose sobre ella y mirándole los ojos castaños: hojas marchitas que un viento frío barría en aquel momento lejos, muy lejos de ese cuarto estrecho.


—Alguien está entrando en este cuarto… el amor es para este mundo y para el otro. ¿Qué hora es, señor Brunier?


Brunier volvió a inclinarse para ver aquellos ojos color té, que empezaban a irse, girando por los aires como hojas.


—Las nueve cuarenta y siete, señora Lucía —dijo con tono respetuoso mirando a los ojos, que ahora parecían estar tirados en cualquier acera—. Las nueve y cuarenta y siete —repitió supersticioso y deseando que ella lo oyera. Pero ella estaba quieta, liberada de la hora, tendida en la cama de un cuarto barato de un hotel de lujo.


Brunier le tomó una mano, tratando de hallarle un pulso que él sabía inexistente. Con mano firme le bajó los párpados. El cuarto se llenó de un silencio grave, que iba del techo al suelo y de muro a muro. Sobre una maleta marchita estaba la chalina de gasa color durazno. La cogió y la extendió sobre el cadáver. Apenas hacía bulto en la cama. El pelo sepia formaba una mancha desordenada debajo de la gasa.


Brunier se dejó caer en un sillón y se quedó mirando los cristales brillantes de las ventanas. Afuera los automóviles de colores claros se llenaban y se vaciaban de jóvenes ruidosos. ¿Cuántos años hacía que, metido en aquel uniforme verde y dorado, cuidaba la puerta del hotel? Veintitrés años. Así se le había ido toda la vida. Le pareció que solo había abierto la puerta a malhechores. La banda era interminable y los “Buenos días”, “Buenas tardes” y “Buenas noches”, también interminables. Solo la señora Mitre le había dicho al entrar “¿Qué hora son?” La recordó perfectamente: venía seguida de dos mozos que le llevaban las maletas. No era demasiado joven, tal vez ya llegaba a los treinta años. Sin embargo, al pasar junto a él le sonrió con una sonrisa descarada. “Las señoras no sonreían así, solo los muchachos”, se dijo Brunier. Y para colmo, aquella señora le guiñó el ojo. Se sintió desconcertado. La viajera llevaba al cuello una amplia chalina de gasa color durazno cuyas puntas flotaban a sus espaldas como alas. Uno de los extremos de la chalina se quedó prisionera en una de las puertas y la sonriente extranjera dio un paso hacia atrás al sentirse estrangulada por la gasa. Brunier se precipitó a liberar la prenda y luego se inclinó respetuosamente ante la viajera.


—¡Gracias, gracias! —repitió la señora con un fuerte acento extranjero.


Brunier hizo una nueva reverencia dispuesto a retirarse. La extranjera lo detuvo sonriente.


—¿Cómo se llama?


—Brunier —contestó avergonzado por la falta de discreción de la señora.


—¿Qué hora es, señor Brunier?


Brunier vio su reloj pulsera.


—Las seis y diez, señora.


—El avión de Londres llega a las nueve y cuarenta y siete, ¿verdad?


—Creo que sí… —contestó el portero.


—Faltan tres horas y treinta y siete minutos —dijo la desconocida con voz trágica.


La extranjera cruzó el vestíbulo del hotel a grandes pasos. Su abrigo corto dejaba ver dos piernas delgadas y largas, que caminaban, no como si estuvieran acostumbradas a cruzar salones, sino a correr de prisa por las llanuras. Se inscribió en el hotel como Lucía Mitre, recibió su llave y anunció con desenvoltura:


—Reserven el cuarto 410 para el señor Gabriel Cortina que llega hoy en el avión de Londres a las nueve y cuarenta y siete minutos.


El cuarto 410 estaba al lado del cuarto 412, el número que le había tocado a ella. Durante varios días la señora Mitre comió y cenó en su habitación. Nadie la vio salir. El cuarto 410 permaneció vacío. En la vida del hotel llena de grupos de gentes que entran y salen, estos hechos insignificantes pasaron inadvertidos. Solo Brunier espiaba con atención las entradas y salidas de los clientes, esperando ver reaparecer a la señora de la chalina color durazno, que le había guiñado el ojo y preguntado la hora. Con discreción indagó entre las doncellas y los camareros.


—¿Qué? ¿La sudamericana? Está tocada. Se arregla, se siente en un sillón y pregunta: “¿Qué hora es?”


Marie Claire, después de imitar la voz y los ademanes de la extranjera, se echó a reír.


—¡Qué manía! A mí también no hace sino preguntarme la hora —dijo Albert, el camarero que le llevaba los desayunos.


—Algo le pasa —comentó Brunier pensativo.


—Está esperando a su amante… —exclamó Marie Claire soltando una carcajada rencorosa.


Brunier escuchó las confidencias y siguió cuidando la gran puerta de la entrada. Pasaron dos meses. De la gerencia del hotel le preguntaron a la señora Mitre si pensaba seguir guardando la habitación 410.


—¡Claro! El señor Gabriel Cortina llega hoy en el avión de las nueve y cuarenta y siete —contestó ella con aplomo.


—¡Es una extravagante! —dijeron en la administración.


—Los ricos pueden serlo. ¿Qué le importan esos francos si en su país tiene cien mil caballos y trescientas mil vacas? —replicó mademoiselle Ivonne con voz amarga y dejando por unos momentos las cuentas para entrar en la conversación.


—Todos los sudamericanos tienen muy buenas vacas y muy malas maneras. Como carecen de ideas están llenos de manías —dijo el señor Gilbert, asomándose por encima de su cuello duro.


La señora Mitre no tenía tantas vacas y al terminar el tercer mes no tuvo con qué pagar la última cuenta del hotel. El señor Gilbert subió a su habitación. La señora Mitre le abrió la puerta sonriente, lo hizo pasar y le ofreció asiento.


—Señora, lo siento, estoy totalmente desconcertado, pero… debe usted mudarse de hotel.


—¿Mudarme? —preguntó la señora asombrada.


El señor Gilbert estaba apenadísimo. La cuenta del hotel no había sido cubierta.


—Según tengo entendido, la señora no tiene dinero para cubrir la cuenta.


—¿Dinero? No, no tengo nada —dijo la señora echando la cabeza para atrás y riendo de buena gana.


—¿Nada? —preguntó el señor Gilbert aterrado.


—¡Nada! Lo que se dice nada —aseguró ella sin dejar de reír.


El señor Gilbert la miró sin entender lo que ella le decía. Realmente era aterradora la confesión de la señora que tenía delante.


—¿Por qué duda usted de su palabra si me dijo que llegaba hoy en el avión de las nueve y cuarenta y siete…?


—No, no lo dudo… —dijo Gilbert desconcertado.


La señora Mitre lo miró un rato con sus ojos color té. Luego pareció nerviosa, se torció las manos y acercó mucho su rostro al del señor Gilbert.


—¿Qué hora es…? —preguntó inquieta.


—Las cuatro y cinco —contestó el hombre casi a pesar suyo.


Las tardes eran ahora muy cortas y por las ventanas entraba el oscurecer gris y frío. El señor Gilbert encendió una lámpara que estaba sobre una consola y su luz rosada iluminó la cara pálida de la señora Mitre. Era duro decirle a aquella mujer sonriente y delicada que debía desalojar el cuarto ahora mismo. La miró con valor.


—¡Señora…!


Ella se volvió hacia él, sonriendo con aquella sonrisa de muchacho de campo y le guiñó el ojo.


—Sí, señor…


—Si pudiera usted, al menos, dejar algo…


—¿Algo? —preguntó ella asombrada y descruzando las piernas.


—Sí, algo de valor —dijo el señor Gilbert impaciente. ¿Por qué le tocaría a él precisamente venir a decirle a la señora Mitre esta estupidez?


Lucía Mitre apoyó los codos sobre las rodillas, sostuvo la cara entre sus manos y lo miró con fijeza como si no entendiera lo que le pedía. Gilbert guardó silencio. No se le ocurría agregar ninguna palabra.


—¡Ah! ¿De valor? —repitió Lucía, como para sí misma. Entrecerró los ojos y volvió a cruzar las piernas. De pronto se llevó las manos a la nuca y con decisión se quitó el collar de perlas de varios hilos que llevaba puesto.


—¿Esto? —dijo extendiendo las manos que sostenían las perlas. El señor Gilbert apreció desde lejos sus reflejos tornasoles y pareció tranquilizarse.


—Son muy caras… Cuánto rogué para que me las regalaran ¿Ya ve? Nadie sabe para quién ruega. Si Ignacio supiera… —agregó para sí misma.


El señor Gilbert no supo qué contestar. Lucía le tendió el collar con un gesto amplio.


—Ignacio es mi marido —dijo a modo explicativo.


—¿Su marido? —pregunto Gilbert al mismo tiempo que recogía la alhaja.


—Sí, mi marido…


Madame Mitre se quedó mirando al vacío, como si la palabra marido la hubiera transportado a un mundo hueco.


—Es una historia muy complicada. ¿Verdad, que las complicaciones son odiosas, señor…?


—Gilbert —contestó su interlocutor casi mecánicamente.


—Gilbert —completó ella su frase trunca.


Las palabras de Lucía sonaban irreales en la habitación de luz rosada. Su voz salía con lentitud y parecía que no iba dirigida a nadie. Las frases apenas dichas rodaban frágiles por el aire y caían sin ruido sobre la alfombra. Lucía miró a Gilbert, para que este no olvidara lo que iba a decirle.


—Ahora comprende usted por qué Gabriel Cortina llega esta noche en el avión de las nueve y cuarenta y siete, ¿verdad?


Gilbert guardó silencio y guardó el collar para examinarlo más tarde con calma.


La voz corrió entre los empleados del hotel: “La señora Mitre entregó un fabuloso collar de perlas, para seguir esperando la llegada de su amante.” El rumor llegó a los oídos de Brunier. Habían pasado ya cinco meses desde la tarde en que la señora Lucía le había guiñado el ojo, y Brunier, a pesar de no haberla visto más, no la había olvidado. Esperaba siempre que apareciera la larga chalina flotante y la sonrisa hospitalaria. El cuarto 410 había sido ocupado por un sin fin de viajeros, que se dirigían a las montañas de Austria o a los soles de España y Portugal, y la señora Mitre permanecía invisible en el cuarto 412 del hotel. Brunier estaba intranquilo. Sabía que más tarde o más temprano, la señora se acabaría las perlas, una por una, y entonces tendía que irse a la calle. Esta idea lo mortificaba.


—Señorita Ivonne, ¿cuántas perlas le quedan todavía a la señora Mitre? —preguntó Brunier, temeroso de la respuesta.


—Veintidós —contestó Ivonne.


—¿Y después?


—Después, ¡up! —contestó Ivonne haciendo sonar los dedos.


—Hay que hablar con ella —dijo Brunier pensativo.


—No lo va a escuchar. Está esperando a su amante, que no va a llegar —dio Ivonne convencida.


—Lo que hace es una niñería —insistió el señor Brunier.


El domingo por la tarde, el señor Brunier subió al cuarto 412. Se alisó los cabellos antes de llamar. Sentía que iba a cumplir con una misión importante y que no debía fallar en sus gestiones. Lucía Mitre le abrió la puerta. Lo miró sonriente, lo invitó a pasar y le ofreció asiento con su mismo gesto amplio y alegre.


—Realmente, tiene buenas maneras. Solo que no me escuchó. Lo único que logré fue convencerla de que se mudara al cuarto 101, pues así tendrá dos días por cada perla. Mañana temprano le bajo las maletas —comentó Brunier más tarde.


—Esta historia empieza a ponerme nervioso —dijo Albert.


—¿Y el tal Gabriel, en dónde está? —preguntó exasperada Marie Claire.


—A lo mejor no existe. A lo mejor ella lo inventó —dijo Mauricio, uno de los elevadoristas.


—Es muy posible. Si no, ya hubiera dado señales de vida —asintió Marie Claire. Más tarde Ivonne atrapó al señor Brunier en los vestidores. Hasta ella había llegado la hipótesis de Mauricio y quería consultarlo con el viejo portero, que parecía tener tanto interés en la extranjera.


—¿Sabes, Brunier, que nunca ha recibido carta de ningún lado del mundo?


—¿Y ella no pregunta si ha tenido correspondencia? —preguntó Brunier pensativo.


—No, no dice nada. Solo pregunta la hora. Dice que su reloj va muy despacio —explicó Ivonne con avidez.


—Pero tiene que haber vivido antes en algún lugar. No me diga que apareció ¡así!, de pronto, en la mitad de París.


Durante muchos días Lucía Mitre vivió en el cuarto 101. Solo los criados la veían. Comía y cenaba en su habitación y no hablaba con nadie. De pronto el señor Gilbert volvió a visitarla. Otra vez debía pedirle que abandonara el hotel. Pero Lucía buscó sonriente en su alhajero unos aretes de diamantes y se los entregó al visitante.


Brunier subió al cuarto 101. Quería convencer a la señora Mitre de algo muy penoso: que se mudara a un hotel más barato. De esa manera sus diamantes se convertirían en muchos días.


—¿Muchos días…? Pero si Gabriel llega hoy en el avión de las nueve y cuarenta y siete minutos. ¿Por qué tienen ustedes tanta prisa…? ¿Nunca han visto a nadie que espera a su amante todo el día?


—Sí… un día —dijo Brunier.


—¿Entonces…? ¿Qué hora es? —dijo ella.


—Las doce y media de la mañana —contestó Brunier mirándola con desesperación.


—Bueno, pues dentro de nueve horas y diecisiete minutos llega Gabriel…


Lucía agachó la cabeza, parecía cansada. Se miró las puntas de los pies y se arregló los pliegues de su falda de seda color durazno. Después sonrió levemente al portero; este se sintió avergonzado. Nada de lo que él pudiera decirle resultaba válido, porque Lucía Mitre giraba como una mariposa alrededor de un fuego que él no percibía, pero que estaba allí, en la misma habitación, cegándola.


—Claro, señor Brunier, que el tiempo se ha vuelto de piedra… cada minuto que pasa es tan enorme como una enorme roca. Se construyeron ciudades nuevas que florecen, decaen y desaparecen, y van pasando las ciudades y los minutos; y el minuto de las nueve y cuarenta y siete llegará cuando hayan pasado estos minutos de piedra con sus enormes ciudades, que están antes del minuto que yo espero. Cuando suene ese instante la ciudad de los pájaros surgirá de este amontonamiento de minutos y rocas…


—Sí, señora —dijo Brunier con respeto.


—Estoy muy cansada… muy cansada… son las piedras —agregó Lucía mirando con sus ojos fatigados al portero. Después, como si hiciera un esfuerzo, le hizo un guiño y sonrió con su sonrisa abierta de muchacho. Brunier quiso devolverle la sonrisa, pero lo invadió una tristeza inexplicable, que lo dejó paralizado.


—De niña, señor Brunier, el tiempo corría como la música en las flautas. Entonces no hacía sino jugar, no esperaba. Si los grandes jugáramos, acabaríamos con las piedras adentro del reloj. En ese tiempo el amor estaba fuera de las tapias de mi casa, esperándome como una gran hoguera, todo de oro, y cuando mi padre abrió el portón y me dijo: “¡Sal, Lucía!”, corrí hacia las llamas: mi vocación era ser salamandra.


Brunier supo que la señora Lucía estaba hechizada. ¿Pero, por quién o por qué?


—¿Y usted, señor Brunier, cuántas salamandras tuvo? —preguntó Lucía con interés, como si de pronto recordara que debía hablar más de su interlocutor y menos de ella misma.


—Dos, pero ellas son verdaderas salamandras, no se quemaron en el fuego —contestó Brunier.


Después de la visita del portero, la señora se quedó aún más quieta. Nunca tocaba el timbre ni pedía nada. Acabaron por mandarle las bandejas casi vacías. El señor Gilbert la visitaba de cuando en cuando y se llevaba una por una sus alhajas. Le preocupaba aquella presencia constante en el cuarto más barato del hotel. La primavera pasó con sus racimos de nieve y cubriendo a los castaños; se deshojó el verano en un otoño amarillo, volvió el invierno con sus teteras humeantes, y Lucía Mitre siguió preguntando la hora, encerrada en su cuarto. El señor Gilbert la tenía muy presente.


—Señora, ¿no sería conveniente que le escribiera usted a su marido?


—¿A mi marido?… ¿Para qué?


—Para que haga algo por la señora… para que la recoja. Un señor mexicano es, donde quiera, siempre un caballero.


—¡Ah! Sí, él es el mejor de los hombres. Siempre le viviré agradecida, señor Gilbert. Si usted supiera… vivimos casados ocho años… Nunca olvidaré las noches que pasé en la habitación inmensa de su casa. Mi suegra me oía llorar y venía envuelta en un kimono japonés…


La señora Mitre guardó silencio, como si oyera venir los pasos de aquella mujer a la que por primera vez nombraba. El señor Gilbert miró hacia la puerta, tuvo la impresión de que alguien envuelto en un traje oriental entraba sin ruido en la habitación. La señora Mitre se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar. Gilbert se puso de pie.


—¡Señora! Por favor…


—El cuarto era enorme, estaba lleno de espejos y yo me sentía muy sola. Eso enojaba a mi suegra… ¿Le parece muy mal, señor Gilbert?


—No, no, me parece natural —contestó Gilbert ruborizándose.


—A Ignacio le veía en el comedor. El día que me escribió la carta me extrañó mucho, porque podía habérmelo dicho en la comida. Luego vi que esa era la mejor manera de decirme algo tan delicado. ¿Quiere usted leerla?


Gilbert no supo qué decir. La señora Mitre se levantó con presteza y buscó adentro de su maleta un pequeño cofre de madera muy olorosa. Al abrirla respiró con deleite el perfume y exclamó:


—¡Es de Olinalá!


Luego encontró una carta escrita tiempo antes y leída muchas veces, y la entregó a Gilbert con aquel gesto suyo, amplio y sonriente, que tomaba siempre que tenía que dar algo, ya fueran sus perlas, sus brillantes, o su carta.


—¡Léala, por favor!


El señor Gilbert recorrió la carta con los ojos sin entender nada. La carta estaba escrita en español, solo alcanzó a descifrar la firma: “Ignacio.” Movió la cabeza, como si entendiera el contenido de aquella carta, la dobló con cuidado y quiso guardarla como las perlas, para que alguien se la tradujera más tarde. Pero Lucía Mitre tendió la mano y a él no le quedó más remedio que entregarla.


—¿Ve usted? —dijo ella con simplicidad. Luego se puso de pie, alcanzó una cerilla y le prendió fuego al papel. Gilbert no pudo impedir su gesto y la carta se retorció en las llamas, hasta convertirse en una telita negra que cayó hecha añicos.


—¿Ahora ya no sirve, verdad? —preguntó asombrada.


—No, ya no sirve —comentó Gilbert descorazonado. Estaba seguro de que esa carta contenía el secreto de Lucía Mitre.


—¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo falta para las nueve y cuarenta y siete?


—Cuatro horas y veintitrés minutos —dijo el señor Gilbert con voz melancólica.


—¡Cuatro horas…!


—Mientras dan las nueve, ¿por qué no sale usted a dar un paseo por París? Si viera qué hermosas están los muelles, llenos de libros, de paseantes…


—¿Una vuelta?… No, no puedo. Me voy a arreglar un poco… estoy tan nerviosa —dijo tocándose la cara con angustia.


El señor Gilbert vio sus mejillas hundidas y sus manos delgadas y temblorosas.


—Es usted muy bella, señora Mitre —dijo convencido de que la tragedia embellece a sus personajes. La luz que rodeaba a la mujer que tenía sentada frente a él, era una luz que se alimentaba de ella misma. Toda ella ardía adentro de unas llamas invisibles y luminosas. Tuvo la impresión de que pronto no la vería más. Admiró sus huesos calcinados de sus pómulos y de sus dedos traslúcidos. ¿Cuándo, y cómo, y por qué, habían entrado en aquella hermosa dimensión suicida? Se sintió grosero junto a la dama vestida de color durazno que se transmutaba cada día más en una materia incandescente que a él le estaba vedada.


—Después de esa carta ya no podía quedarme en la casa de Ignacio… Recuerdo que la noche de la cena, la seda de las paredes del comedor ardía en llamas pequeñísimas, y que las flores de la mesa olían con la frescura que solo se encuentra en los jardines. Cuando vi las manos de Ignacio y de Emilia acariciándose sobre el mantel, me parecieron las manos desconocidas de personajes desconocidos. En ese momento me fui a vivir a otro palacio, aunque aparentemente seguí durmiendo en el cuarto de la casa de Ignacio. Por las noches después de la visita de mi suegra entraba Gabriel… ¿Usted conoce México? Pues Gabriel es como México, lleno de montañas y de valles inmensos… Siempre hay sol y los árboles no cambian de hojas sino de verdes…


La señora Mitre se quedó buscando aquellos soles brillando sobre las copas de los árboles de su país. Gilbert la dejó acompañada de sus fantasmas. “Su marido y su amante la engañaron”, se dijo, mientras llegaba a su despacho y se sintió responsable de la suerte de aquella mujer. Durante los dos meses que todavía vivió en el hotel, el señor Gilbert se negaba a comentarla.


—¡Por favor! No me hablen de la señora Mitre… Me da escalofríos.


Ahora Lucía Mitre estaba cubierta con su chalina de gasa color durazno. Una ira antigua y caballeresca se apoderó de Brunier; “pobre pequeña”, se dijo pensando en Gabriel. “¡Pobre pequeña!” se repitió recordando a Ignacio. Debía advertir a Gilbert de lo que acaba de ocurrir en el cuarto 101.


Los divanes y las sillas de época cubiertas de sedas de color pastel, los espejos, los ramos de flores silvestres y las alfombras color miel, le dieron la sensación de entrar al centro tibio del oro. Contempló a las parejas reflejadas en las luces de los espejos, deslizándose frágiles por caminos invisibles y perfumados, en busca de amores que quizás apenas durarían unas horas. Parecían hermosos tigres olfateando intrincados vericuetos y tuvo la impresión de que algunos de aquellos personajes fugaces se quedarían tal como Lucía, prendidos a un minuto irrecuperable.


Brunier se acercó a Gilbert, que de pie, muy sonrosado y vestido con su impecable jacquet, sonreía a una de aquellas parejas elegidas. Esperó unos minutos.


—La señora Lucía acaba de morir —anunció sin dejar traslucir su emoción.


—¿Qué dice? —preguntó Gilbert adoptando el rostro más inexpresivo que encontró.


—Que la señora Lucía Mitre acaba de morir —repitió Brunier sin cambiar de actitud.


—¡Qué desdicha! —exclamó el señor Gilbert en voz baja. Luego atendió sonriente al cliente que le preguntaba por el bar.


—Voy a llamar a la policía. Hay que evitar que los clientes se den cuenta de lo sucedido.


—Murió exactamente a las nueve y cuarenta y siete minutos —explicó Brunier con una voz que quiso ser natural.


Gilbert iba a decir algo, pero la llegada de un cliente lo distrajo. El cliente era joven, llevaba una raqueta en la mano y su rostro era asoleado y sonriente. Con voz juguetona, explicó que desde hacía once meses, una amiga suya le había reservado el cuarto 410. No sabía si su reservación se había hecho a nombre de su amiga: Lucía Mitre, o al suyo: Gabriel Cortina.


—Pero es lo mismo —explicó sonriente.


Gilbert, asombrado, no supo qué decir, buscó en los ficheros y vio que el cuarto 410 estaba vacío. Cogió la llave y se la tendió al joven que distraído daba golpecitos en el escritorio, con el filo de la raqueta.


Gilbert y Brunier, mudos por la sorpresa, vieron cómo se alejaba Gabriel Cortina, rumbo a los elevadores. Iba jugando con la llave, ajeno a su desdicha. Sus pantalones de franela y su saco sport le daban una elegancia infantil y americana. Los dos hombres se miraron consternados. Deliberaron unos momentos y decidieron que cuando llegara la policía explicarían lo sucedido al recién llegado.


—¡Es una catástrofe!


—¡Una verdadera catástrofe!


A las diez y media de la noche tres hombres correctamente vestidos cruzaron el vestíbulo del hotel acompañados de Brunier y de Gilbert. Los cinco hombres subieron primero al cuarto 410, para decirle a Gabriel Cortina lo sucedido. Llamaron a la puerta con suavidad. Al ver que nadie contestaba a sus repetidas llamadas decidieron abrir con la llave maestra. Encontraron el cuarto vació e intacto. Brunier y Gilbert se miraron atónitos, pero recordaron que el cliente no llevaba más equipaje que su raqueta. Buscaron la raqueta sin hallarla. Entonces llamaron a los criados, pero ninguno de ellos había visto al joven que buscaban. Los tres policías revisaron el baño y los armarios. Todo estaba en orden: nadie había entrado en aquella habitación. Perplejos, los cinco hombres bajaron a la administración; tampoco allí, ninguno de los empleados, ni siquiera Ivonne, recordaba la llegada de aquel huésped. La llave del cuarto 410 estaba colgada en el fichero, intocada. Gilbert y Brunier discutieron acalorados con el personal de la administración la presencia de Gabriel Cortina en el hotel. Los policías ordenaron pesquisas que resultaron inútiles, pues el joven risueño, propietario de la raqueta, no apareció en ninguna parte del hotel. Había desaparecido sin dejar huella. Después de muchas discusiones adoptaron la hipótesis de que habían sido víctimas de una alucinación.


—Fue el deseo de que llegara —aceptó vencido y melancólico el señor Gilbert.


—Sí, eso debe haber sucedido, los dos la amábamos —confesó Brunier.


Los tres policías se enternecieron con lo sucedido. Uno de ellos era de la Bretaña y contó que en su país sucedían cosas semejantes.


Sombríos, los cinco hombres se dirigieron al cuarto de Lucía Mitre para terminar con su triste diligencia. Al entrar en la habitación los policías se quitaron los sombreros y se inclinaron respetuosos ante el cuerpo de la señora.


Brunier, solemne, señaló a los pies de la cama.


—¡Ahí está! — dijo casi sin voz.


Sus cuatro acompañantes vieron la raqueta blanca deportiva con descuido a los pies de la cama de Lucía Mitre. Se lanzaron nuevamente a la búsqueda del joven propietario de la raqueta, pero su búsqueda fue infructuosa, pues el cliente risueño, tostado por el sol de América, no volvió a aparecer nunca más en el Hotel del Príncipe.


Gilbert se inclinó por última vez sobre el rostro de Lucía Mitre, también ella se había ido para siempre del hotel, pues en su rostro no quedaba de ella nada.





Ilustración: Karoly Kernstok

Angelita (León Benarós - Mario Valdéz)

Como quien va amaneciendo, como quien viene aclarando, en una nube rosada Angelita va llegando, en una nube rosada Angelita va llegando. Ang...