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Se mira al espejo hecho con fragmentos de un
espejo de luna que estaba en el armario, el mismo que Manuel había roto justo
al mediodía del día siguiente en que él, José, había penetrado a Altea. La
había visto llorar y resistirse, pero también vio en su rostro, luego del
miedo, una especie de expresión que probablemente Manuel jamás había
descubierto en su esposa.
Y
mientras la penetraba, sintió ansias de que su hermano los viese, y que se
masturbara mientras los veía a ambos contra la pared, ella con la falda
levantada hasta los senos, él con el pantalón hasta las rodillas. Ambos
jadeando, mientras José miraba hacia un costado, imaginando a Manuel, desnudo y
manoseándose, eyaculando al mismo tiempo que él. Como si le estuviese
agradeciendo el poder hacerlo con su esposa, o tal vez pensando en él y no en
ella. Porque José pensaba en él al imaginarlo desnudo junto a ellos.
Pero
Manuel estuvo aquella noche, casi hasta la madrugada del festival en la aldea,
cumpliendo su función de asistir con a los sacerdotes del pueblo en los ritos,
en los exorcismos anuales. Todo eso había llegado a asquearlo al principio,
pero luego se había ido acostumbrando, y los bailes, el humo y el incienso de
las especias quemadas, los gritos guturales y angustiados, los rostros
deformados más allá de lo que creía posible, habían comenzado a extasiarlo.
Sabía que Manuel no estaba en esa habitación, pero también lo imaginaba
donde realmente estaba, parado en el círculo de asistentes a las ceremonias de esa noche central en
los ritos de los indios, cuando los demonios eran expulsados de los cuerpos y
las mentes de los poseídos, que quedaban postrados sobre el barro, rasgados por
uñas y garras que nadie había visto porque nadie los había tocado, como si los
demonios se hubiesen abierto paso entre los pliegues de la piel, de adentro
hacia afuera, dejando la marca inescrutable de su paso.
Si Manuel hubiera
estado allí parado, viendo a su hermano José y a su esposa Altea, como dos
animales excitados, habría pensado, más acertadamente, que ambos estaban
creando un demonio. Y esto de adjudicar pensamientos e ideas a presencias
invisibles, José lo había aprendido en sus lecturas en la casa paterna. La gran
biblioteca que la familia había reunido a lo largo de casi cuatro siglos de
existencia en la provincia estaba tan cerca, repletas las paredes de estantes
llenos de libros cuyos lomos las sirvientas no alcanzaban a limpiar cuando ya
volvían a cubrirse de polvo pocos días después. A veces aparecían arañas al
sacar un libro, y él las dejaba estar mientras levantaba lentamente la tapa y
separaba las hojas con cuidado. Libros de alquimia, de religión, pero sobre
todo de las artes de la adivinación y las supersticiones. Si ya Cicerón, cuyas
obras sobre estos temas habían sido valoradas por hombres sabios, ¿por qué la
religión de su familia creaba tantas represiones, tanta culpa por el simple hecho
de leerlas? Sabía la respuesta: de sólo leerlas uno ya las imagina posibles.
Como había dicho Leibniz, el pensar que algo es posible, incluso Dios, ya
permite su existencia.
Y la religión de
sus padres no negaba, en realidad, todo eso, sino que lo rechazaba como la
parte repulsiva del universo. La Iglesia, que nunca había sido más que una
institución con la cual la familia siempre había tenido relaciones que no eran,
al fin y al cabo, más que comerciales, había entrado demasiado en la mente y el
espíritu de Manuel. Desde que eran niños y dormían ambos en la misma cama, lo
había visto despertar sobresaltado, sin querer decir qué pesadillas lo habían
perturbado.
Pero José ahora se
estaba mirando en los trozos del viejo espejo de luna, al que se habían sumado
muchos otros fragmentos que a veces dejaba la gente de los barcos, espejos que
se les habían roto, o incluso que él mismo había robado a escondidas. Así había
armado aquel espejo de cuerpo entero sobre la pared de adobe, pegado trozo por
trozo con un pegamento que los indios le habían enseñado a preparar.
Le gustaba mirarse
así, como ahora lo hacía, cuando estaba solo, recorriendo cada parte de su
cuerpo de treinta y cinco años: la cabeza de contornos caucásicos, de nariz
aguileña, barba y bigotes oscuros, pelo crespo y abundante, el pecho ancho y
velloso, el abdomen no demasiado abundante y de músculos fuertes, los genitales
que ahora se manoseaba con las manos venosas, excitándolos como ya lo estaba
luego de haber hecho el amor a la mujer que esa noche los acompañaba. Se miró
de costado, el miembro erecto, las piernas levemente inclinadas, dispuesto a
volver a penetrarla, porque la veía por el espejo, sobre la cama, aguardando
con miedo. El rostro de la india le era tan conocido como si fuera el mismo que
había visto desde que tuvo contacto con la primera mujer de su vida. Una
expresión de disgusto que sin embargo no rechazaba el mal que le creaba. Como
si cada mujer viese, al ver acercarse a José, una especie de mito encarnado que
no volvería a repetirse, y por lo tanto el sólo hecho del rechazo no podía ser
concebido sin el consiguiente arrepentimiento, o la frustración tan cercana a
la culpabilidad.
Entonces escuchó
gemidos, y recordando que Cahrué estaba con ellos, lo miró. El chico indígena,
de quien era una especie de mentor, había empezado a acompañarlo en esas noches
que José pasaba con una, a veces dos mujeres. Durante el día observaba a
aquellas que se acercaban a los pescadores blancos, escuchando conversaciones
entre los hombres, y había recibido consejos sobre cuáles se dejaban hacer lo
que ellos querían. Y no le fue difícil conseguir que vinieran a su cabaña, y en
los últimos meses venía casi siempre la misma, que de vez en cuando traía a
otra si él se lo pedía. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Cuando él le
preguntó, ella contestó entre dientes un nombre aborigen largo, que más parecía
un símbolo o una onomatopeya. No le molestaba que Cahrué los acompañase, ni que
muchas veces participara. Las costumbres y los gustos de José no la asombraban.
Pero esta noche,
ella se veía angustiada. Acostada de espaldas en la cama, con las piernas
abiertas, su vagina había sangrado. Ambos, José y el chico, la habían penetrado
simultáneamente, y luego ambos se acariciaban y se tocaban, y la ponían a ella
en el medio, empujándola, metiendo sus dedos en todas partes, introduciendo sus
miembros en ella hasta convertirla en una especie de bolsa sin vida, que sin
embargo jadeaba y escupía secreciones.
Pero esta noche,
ella sangró, y sabía el motivo. Después de tantos abortos desde que tenía doce
años, pensaba que su cuerpo era una cicatriz interna ya estéril para siempre.
Estaba embarazada, y ahora lo estaba perdiendo. Cuando vio a José volver a
acercarse, excitado sin duda al ver al chico que estaba al pie de la cama,
masturbándose casi sin mirarlos, ella hizo un gesto que fue un reflejo: se tapó
la cara con una mano y la vagina con la otra.
Oyó, en
respuesta, una carcajada que retumbó en la cama cuando él se sentó de rodillas
y las manos en la cintura. Era verdad que ella parecía una mala parodia del
cuadro de Goya, en esa posición inverosímilmente púdica. Los Menéndez Iribarne
tenían en su casa de Cádiz una pintura del artista, y aunque él no lo había
conocido, su padre le hablaba siempre de la vez que visitó la casa cuando
vivían los abuelos. Pero por supuesto, era una relación de la cual la familia
no podía hacer alardes si quería mantener su buena fe con la iglesia.
José intentó
sacarle la mano de la cara, y comenzó a frotarse contra ella. Lo dejó hacer, y
luego abrió su boca, pero cuando él la forzó a sacar la mano que tapaba la
vagina, ella se resistió.
- ¿Qué te pasa? -
preguntó. Ella levantó la mirada.
-Le duele- dijo
Cahrué. -Está preñada.
José se dio
vuelta. El chico ya había eyaculado y tenía semen en las manos.
-Eso no es
problema desde hace mucho-dijo José. - ¿O sí?
Se bajó de la
cama y agarró las manos del chico, le limpio el semen con sus propias manos y
lo hizo acercarse a la mujer. Desde hacía mucho tiempo, aún antes que Manuel y
Altea se fueran, Cahrué había demostrado una gran maestría en las curaciones.
Todas las mujeres de su familia era curanderas, y él había aprendido observando
a cada una, y el resultado era una serie de conocimientos que se reservaba muy
cuidadosamente. José lo había descubierto cuando hizo abortar a una adolescente
varios meses antes.
El cura que
recorría la región para dar misa una vez al mes, había puesto el grito en el
cielo cuando la madre de la chica acusó a José de dejarla embarazada. La mujer
sabía quién la había llevado a la cabaña, pero no quería decir que la amante de
José era de su propia familia, tal vez la hermana, quizá la prima, eso él nunca
lo supo con certeza. Si se ponía a investigar los parentescos, todos tenían en
esa aldea alguna relación consanguínea entre sí. Cuando el cura se fue,
amenazando con hacer la denuncia con un gesto displicente, José lo despidió en
la orilla con unos cuantos insultos y gestos obscenos. La madre de la chica lo
miró, furiosa, pero él sabía que ese cura tan pacato también tenía hijos en
ambas orillas del Paraná.
Luego Cahrué se
había ofrecido hacer algo por la chica.
- ¿Cómo? -
preguntó José, que ya había entrado de vuelta en la cabaña y comenzado a
revolver en los libros de medicina que había traído de sus viajes. Cahrué
regresó con una caja de madera, y al abrirla comenzó a sacar instrumentos de
cirugía hechos con huesos, algunos, otros con piedras. José lo miró con
asombro, luego con orgullo. Lo que los hermanos Menéndez Iribarne y Altea le
habían enseñado había rendido sus frutos. Era un chico de quince o dieciséis
años, pero que sabía más que muchos médicos blancos que trabajaban en la cuenca
del Paraná. Eso lo descubrió al escucharlo y verlo trabajar en el cuerpo de la
chica, acostada en la cama, mientras la madre observaba, con los brazos
cruzados sobre los pechos, al principio ofuscada y luego asustada al escuchar
los gritos de la hija. Tal vez recordada haber pasado por lo mismo más de una
vez, y quizá viera en José a muchos de los hombres que había conocido. Luego,
la preparación de Cahrué hizo dormir a la chica, y sólo un quejido bajo pudo
escucharse mientras él trabajaba. No más de media hora después, le entregó a la
madre una bolsa de tela embebida en sangre, era lo que quedaba del nieto, que
ya tenía casi tres meses. La chica estuvo dormida varios días, ardiendo en
fiebre y sudando en pleno invierno. Cahrué le daba medicinas con cucharas, y le
enseñó a la madre a hacerlo todos los días. Una semana después, despertó y
quiso levantarse. La madre estaba feliz, pero Cahrúe le dijo que se abstuviera
de comentar lo que había visto.
-Ése tiene la
culpa, y no te conviene- le dijo ella en español fuerte y claro, mirando a José
de reojo.
¿Quién seguía a
quién?, era difícil de decir. José era su mentor, y por eso lo acompañaba para
aprender y ayudarlo, era una cuestión de lealtad y agradecimiento. Pero José
también parecía seguirlo a él, ni dejarlo solo ni aun de noche.
Y esa noche en que
ahora la mujer estaba sangrando, ambos sabían que se conocían como dos
hermanos, o quizá como padre e hijo. Conocían sus cuerpos con detenimiento, las
costumbres de sus cuerpos, las manías de su mente, los gustos de sus manos y
las asperezas de sus temperamentos. Sabían el significado de algunas miradas,
los conocimientos intelectuales de cada uno y también la esperanza en el futuro
descubrimiento y el inevitable asombro en los actos y en las palabras de uno y
otro. Por eso no le sorprendió a Cahrué lo que hizo José: frotarse el miembro
con el semen que le había limpiado a él y dar vuelta a la mujer para penetrarla
por detrás. Ambos miraron hacia el espejo fragmentado, la mujer de espaldas,
gritando, aferrándose con las manos frenéticas de dolor a las telas sucias
sobre el jergón; él observando su cuerpo, satisfecho del placer de la
dominación. No parecía escuchar los gritos, pero ella los atenuaba contra la
cama, porque no quería que nadie llegara. Siempre se las había arreglado sola,
y no comenzaría ahora a pedir ayuda.
Cahrué se acostó
junto a ella, la miraba con curiosidad: el rostro oculto bañado en sudor, las
manos como dos raíces enterradas en las telas, el cuerpo aún bello
estremeciéndose con los movimientos de José. Vio la sangre que caía desde la
vagina, acercó la mano y la tocó. Observó en el espejo, porque el cuerpo de
ella lo ocultaba, la sonrisa de José al ver o creer lo que él intentaba hacer.
Introdujo dos dedos, ella no hizo nada que demostrara que se daba cuenta,
estaba ciega, viendo la oscuridad en el colchón, como si fuese el refugio de la
paz y el alivio.
Sólo sangre que
comenzaba a coagularse, pero abundante. Sintió en el interior las paredes
desgarradas, más arriba las del cuello del útero, como cuerdas rotas, telas
desgarradas, similares, en la imaginación, a aquellas a las que ella se
aferraba. ¿Qué estaría pensando?, se preguntó Cahrué. ¿Quizá afirmándose a su
propio cuerpo, como si de un momento a otro fuese a perderlo, ese cuerpo que la
alimentaba a ella y no al revés, como si fuese un dios, un dueño y un hogar al
mismo tiempo? ¿O estaría intentando retener, tal vez sin saberlo del todo,
aquel otro cuerpo que se había formado dentro del suyo, y ahora moría, ya
irremediablemente, deshaciéndose igual que carne en descomposición?
De pronto, ella
levantó la cabeza, la giró hacia el espejo, miró su reflejo cortado. Sintió la
mano de Cahrué en su vagina. Se dio vuelta con todas sus fuerzas,
desprendiéndose de ambos. José se quedó sentado de rodillas, frotando su pene
con sangre y semen, y en la mano de Cahrué un puñado de coágulos entre los que
vio una especie de cuerpo pequeño, casi un renacuajo.
La mujer luego no
supo lo que hizo, o si lo sabía no hubo nada en toda la historia de su mente
que pudiese evitarlo. Se levantó de la cama y corrió hacia el espejo, pero
tropezó con las ropas tiradas y se golpeó la cabeza contra los vidrios. Arroyos
de sangre mancharon los cristales, pero ella hizo el absurdo esfuerzo de
sostenerse de los fragmentos rotos, que no caían porque estaban pegados. Los
dedos se lastimaron, y ya no le respondían. Apoyó la cara, y los bordes la
hirieron mientras ella se deslizaba.
José fue a
buscarla, la levantó y la llevó a la cama.
- ¡Que puta más
estúpida! - dijo.
Cahrué se puso los
pantalones y fue a buscar su caja de cirugía, como ambos la habían llamado.
Entre ambos la lavaron y cosieron las heridas con los hilos que la madre de
Cahrué tejía con fibras de hojas verdes. Pero ella ahora empezó a gemir más
fuerte, llevándose las manos a la entrepierna. Cuando le apartaron las manos
con fuerza, expulsó un chorro de sangre que continuó en una hemorragia
constante. Cahrué abrió el vientre de la mujer mientras José la sedaba con un
trapo mojado con éter. La sangre y el pus se desbordaron por los costados d ela
herida. Cahrué sacó la mano, tenía otro cuerpo pequeño igual al otro. Cosió la
herida. Cuando terminó, miró a José, que seguía con la mano sobre el trapo que
tapaba la boca de la mujer, que ya no gemía, ni respiraba.
José Menéndez
Iribarne vio sombras que sobrevolaban la habitación, cubriendo por instantes la
escasa luz que llegaba desde las lámparas de aceite junto a la puerta y sobre
la única mesa de la cocina. Miró hacia arriba. Había muchas sombras que daban
vueltas, rápidamente, sin poder distinguir a qué se debía aquel aleteo que
ahora escuchaba, como de cuero. No eran alas que se agitaban, eran membranas, y
entonces vio con extrema claridad lo que no había vuelto a ver desde su última
salida de España. Los murciélagos daban vueltas alrededor de la cama, bajo el
techo, y se chocaban, ciegos, contra las paredes. Luego, escuchó el ruido de
vidrios rotos. Los fragmentos del espejo se estaban desprendiendo de la pared.
-Abre la puerta,
tal vez se vayan hacia la oscuridad de afuera.
Cahrué, que se
había quedado quieto, con la sangre y el segundo embrión todavía en las manos,
lo miró a los ojos. José estaba atento al aleteo y las sombras.
- ¿No me oíste?
- ¿Qué? ¿Abrir la
puerta? ¿Para qué? ¿Quiere que se enteren?
- ¡Por los
murciélagos, hijo de puta!
Cahrué miró al
techo, sólo vio los reflejos de la luz en los trozos de espejo que caían al
piso.
José buscó los pantalones bajo la cama, sin dejar de echar
vistazos al techo, y apartarse de la cara las sombras encarnadas. El reflejo
del espejo roto le iluminaba la cara, pero para él eran sombras sonoras,
aleteos. Se sentó en el borde de la cama, se colocó los pantalones, y mirando
el cadáver de esa mujer que nunca supo cómo se llamaba, espantó dos murciélagos
que habían empezado a morderla. Se levantó y envolvió el cuerpo con la ropa de
cama. La sangre seguía húmeda y el colchón empapado. Mientras anudaba los
bordes, recordó al colchonero de Cádiz que hacía y reparaba los colchones de la
familia, y cuyo arte desparecería de Cádiz con su muerte, porque el hijo había
emigrado a América.
-Don Álvaro, le
traigo este colchón, a ver qué puede hacer- dijo en voz alta, sonriendo al
imaginar la cara que pondría el hombre al verlo aparecer con ese ejemplar. -Lo
traigo desde lejos, porque solamente en usted confío.
Cahrué lo
escuchaba delirar, pero no lo interrumpió. Cuando terminó de anudar, levantó el
cadáver envuelto en brazos y caminó hacia la puerta. El chico lo detuvo, y
verificó que la noche estuviera solitaria. Apagaron las luces, y la luna
tampoco iluminaba porque estaba nublado. José iba adelante, cargando el cuerpo
que seguía drenando sangre desde la tela hacia la tierra del sendero por el que
iban hacia el arroyo que terminaba en el Paraná, a pocos kilómetros de
distancia. Aparecieron unos perros, que los siguieron, cebados por el olor.
Cahrué los apedreó. Cuando llegaron a la orilla, la corriente estaba casi
estancada.
José dijo:
-Tenemos que ir
hasta el río, y escaparnos.
El chico fue a
buscar un par de caballos de una estancia. Tardó más de una hora en volver.
José aguardó encendiendo fuego para espantar a los animales. Vigilando siempre
alrededor de los árboles, estuvo atento al aleteo de los murciélagos.
Cahrué volvió
montando en uno de los caballos, José puso el cadáver sobre el otro y subió.
Cabalgaron toda la noche. Al amanecer, estaban a orillas del río ancho y
espléndido, de aguas plateadas. Se acercaron a beber los cuatro, hombres y
caballos. El cuerpo se cayó del lomo, y rodó unos metros.
-Parece que también
tiene sed- dijo José - o quiere volver al agua. Las mujeres están hechas de
agua, por eso cambian tan seguido. Los hombres somos duros como roca.
Empujó el cuerpo
con dos patadas, y cayó al río. La corriente pronto lo arrastró.
-En algunos días
estará en el Río de la Plata, si es que nadie lo pesca antes.
Espantaron a los
caballos para que regresaran solos. Ellos caminarían por la orilla hasta
encontrar un pesquero o un bote que los llevara a algún puerto. No tenían ropa
ni dinero, pero ya se arreglarían. Si algo había aprendido en la iglesia, era
el santo sarcasmo del “Dios proveerá”.
*
Había amanecido prematuramente, y sólo dejó revelar una
sonrisa cuando su pensamiento se reía a carcajadas: un sol prematuro, como los
gemelos de la india muerta. Levantando la vista al sol, que aún no se hallaba
muy alto por sobre la espesura de la selva en la costa este, se preguntó si el
sol también estaba muerto hace milenios, quizá millones de años, y lo que el
mundo recibía era la luz antigua que permanecía viajando. Había leído que eso
sucedía con muy lejanas estrellas, pero con probabilidad estaba extrapolando
conceptos en beneficio de una fantasía morbosa para la cual esa mañana era muy
afín.
El chico seguía
dormido, o por lo menos lo aparentaba. Esa peculiaridad india del disimulo y la
desconfianza acentuaban los rasgos de su inteligencia asombrosa. Podría hacer
mucho por él, si pudiera. Viajar a España y hacerlo estudiar. Los rasgos
aborígenes en Europa no serían un obstáculo, era solamente en América cuando
los españoles hacían sobresalir las diferencias étnicas, porque en realidad se
sentían abrumados, perdidos e inseguros. Tanto espacio inacabable, tanta
riqueza de aguas doradas y verde esmeralda, de animales exóticos y hombres de
costumbres incomprensibles, era contra
natura. Por más que fuese todo esto manifestaciones de la propia
naturaleza, era como si ésta se hubiese rebelado contra la austeridad de Dios.
No de la Iglesia a la cual su familia compraba créditos de beneficios
celestiales y terrenales desde hacía trescientos años, sino del Dios del
Antiguo Testamento. Eso era lo que en parte lo diferenciaba de Manuel, esa
sumisión a la costumbre que únicamente creaba monstruos en su interior, que no
dejaba salir más que en contadas y desorbitadas explosiones de ira, que muy
pocos conocían. Se preguntó si Altea alguna vez lo habría visto de esa manera,
si lo hubiera hecho, quizá se hubiese enamorado realmente de su esposo.
Los monstruos y
Goya, otra vez. Extrañaba España, a veces, como ahora, mientras, sentado en la
orilla cenagosa, miraba la corriente del río, impetuosamente ruidosa, el
chillido de pájaros desconocidos, de nombres indiferenciables, la exuberancia
de la vegetación cuyo verdor intenso se transformaba en un vaho de podredumbre
al correr las horas del día. Sólo durante la mañana el aroma del río era
tolerable, aún persistía en su educación elitista y monacal la alcurnia del
gusto. Algo que se heredaba con el nacimiento, como las haciendas, pero éstas
se perdían, y la alcurnia sólo desaparecía con la muerte. Y como se rebelaba a
esta ley como a toda ley que no tuviera la flexibilidad del sentido común, se
había esforzado por expresar sus instintos y reflejos, los sentimientos y los
gustos del momento: dejó de lado la educación de los buenos hábitos, pero
también se fue con ellos el pudor. Miedo nunca tuvo, sin embargo, el pudor, o
la vergüenza, más bien la eterna culpa, había comenzado a morirse poco antes de
salir de España. Él, estando lejos de la familia, lejos de la cúpula de la
Iglesia, en medio del mar, rodeado de hombres diferentes a su clase, ya no
sintió culpa de las necesidades. Entonces habló como los otros sin tener que
hacerlo a escondidas, e hizo lo que los otros. Golpear cuando quería,
arrebatarse cuando lo necesitaba, orinar desde cubierta hacia el agua cada
mañana luego de una espléndida borrachera, o masturbarse en su camarote sin
ocultar sus gemidos, porque todos los demás lo hacían. Sexo y fuerza bruta,
primero, luego el lento y ya sin dolor nuevo aprendizaje de las condiciones
necesarias.
Eso era lo que
estaba contemplando allí sentado, el río que mantenía todo un hábitat con
solamente aquello: las condiciones necesarias. Pero las condiciones del río
eran de una exuberancia que recién había visto en sí mismo algún tiempo antes.
Los indios lo sabían, estaba en ellos como esencia de su propia naturaleza, los
bailes y las ceremonias, la religión que se destacaba por su literal desnudez
de arbitrariedades creadas por la filosofía. Los ritos eran la religión, para
ellos, y los dioses se manifestaban en esas manifestaciones como en sus
cuerpos. Si gritaban sin comprender, era por gusto de los dioses, si degollaban
o sacrificaban a alguien sin culpa ni motivo humano, era porque los dioses así
lo deseaban. Su cuerpo, su mente, su espíritu eran un todo, y ese todo, una
parte mínima del dios de su comprensión. Porque los dejaba tranquilos el
comprender que tenían la necesidad de un dios, y como las filosofías
occidentales lo proclamaban, esa necesidad era imprescindible. La diferencia
era que una vez aceptada, las manifestaciones del dios resultaban fáciles de
encontrar. Y todas las cosas de la naturaleza representaban una forma de rito:
la manera en que un pájaro construía un nido, o los cortejos previos a la
cópula de cualquier animal. El hombre es un animal de costumbres, había dicho
Dickens, y él agregaría, mirando la plenitud de la vida del río que actuaba
inconmensurable aun dentro de sus mismos límites, que la vida es una sucesión
de ritos. Y el más cómodo era Dios, porque siempre se adaptaba a la mediocridad
del hombre.
Vio venir un
pesquero de río arriba. Dos hombres iban y venían por la cubierta cargando
redes, uno o dos perros daban vueltas, ladrando. Fue entonces que José se dio
cuenta que los animales jugaban con alguien más. El barco se fue acercando
lentamente, y se aproximaba a la costa. En la margen oeste, donde ellos habían
dormido, había solamente ese claro. Se preguntó si debían esconderse, y se
contestó que no. Fue a despertar al chico, pero éste ya estaba mirando el
barco.
-Pediremos que
nos lleve a alguna parte, les diremos que nos robaron. - Pero él intuía que a
aquellos hombres no les importarían sus motivos. Lo más probable era que fuesen
contrabandistas haciéndose pasar por pescadores, el comercio desde el Plata
hacia el Iguazú y la triple frontera estaba infestado de ellos después de las
restricciones de la guerra.
Se levantaron y
comenzaron a llamar agitando los brazos. Los tripulantes se pararon a mirar.
Estaban a no más de cincuenta metros. Pudo ver claramente que el pesquero era
más grande que los que habitualmente tenían los pobladores del río. Ya no le
cabía duda, eran contrabandistas, así que supo que tenía entre manos hombres
que podía manejar, y no esa imprecisa sustancia resbaladiza que se solía llamar
hombre de bien.
El barco tenía
una chimenea, pero no echaba humo, así que comprendió por qué habían dejado las
redes y tomado los remos. Una mujer apareció entonces detrás de ellos,
acompañada por los perros, que ladraban a los extraños que veían en la orilla.
Ella les gritó, brusca, con una expresión inconfundible, que pareció haber
renacido en su boca luego de muchos años.
- ¡A callar,
follones!
Los hombres se
rieron a carcajadas, incluso uno dejó los remos y agarró a la mujer
levantándole la pollera. Forcejeando, ella logró librarse y casi lo empuja por
la borda. Estaban ebrios. El barco se fue acercando lentamente. La mujer tenía
un aspecto bruto, de expresión ofuscada, con el pelo desgreñado y el vestido
sucio. Cuando se deshizo del hombre, les ordenó seguir remando. A José le
extrañó ese repentino afán por acercarse a dos extraños: un hombre blanco y un
chico indígena. Tal vez fuese esa combinación lo que la atrajo, porque era ella
sin duda quien mandaba en ese barco pesquero, o en esa pequeña banda de
ladrones de río.
Cuando ya no podían
avanzar más sin riesgo de encallar, uno de los hombres habló:
- ¿Qué le anda
pasando, amigo?
Era provinciano de
Corrientes, el acento lo delataba a pesar de la borrachera. No era viejo, pero
sí estropeado por los años. El otro era joven, no mucho mayor que Cahrué, de
barba oscura, tupida y lleno de vello en los brazos y el pecho. Era el que
había intentado agarrar a la mujer. Ella se apoyó en su hombro, esperando la
respuesta.
-Buenas, mi
compañero y yo estamos perdidos y con hambre. Nos robaron…
Los hombres se
miraron, pero sobre todo esperaron una aprobación de la mujer.
- ¿Y qué hacía por
el río? -preguntó ella.
-El chico es mi
guía, señora, y el barco que nos robaron de mi propiedad. Soy explorador, por
llamarme de alguna manera. José Menéndez Iribarne es mi gracia.
La mujer estalló
en una risa con mucho sarcasmo.
-Así que esas
tenemos…- dijo. -Un tío que viene a la América de turista.
El viejo pareció
comprender a su manera, porque dijo:
-Acá se viene a
trabajar, señores, no a vivir de nosotros…- Y se plantó en medio de la
cubierta, señalando con los brazos extendidos a una multitud inexistente.
-Todos ustedes vienen a quitarnos el pan, todos inmigrantes hijos de mala
madre…- Estaba tan enojado que casi se cae por la borda. El más joven lo retuvo
sin dejar de reírse, y la mujer se dirigió a José:
-No lo tomen a
mal…
-Pueden subir,
nomás. Los llevaremos a dónde vayan.
-Después de
espulgarnos a ver si valemos algo- le murmuró a Cahrué antes de zambullirse
para recorrer a nado los pocos metros que los separaban del barco.
No recibieron
mucha ayuda para subir, sólo sacaron los remos para que se agarraran y tiraron
de ellos. Ya a bordo, ambos parecían dos patos mojados, pero como no llevaban
más que pantalones cortos, dijeron que con el sol se secarían rápido. Los
hombres comenzaron su labor interrumpida con las redes, la mujer los observaba
de manera hosca y ceñuda, las manos en la cintura, pero una de las manos era
sólo un muñón. Los perros olfatearon a los extraños, y retrocedieron, gruñendo
si intentaban tocarlos.
- ¡Tranquilos!-
dijo ella, pero Cahrué caminó hacia uno de los perros, y antes de que pudiera
detenerlo ya le estaba acariciando el lomo, y el perro pasando la lengua por
los rasguños de la pierna del chico.
-Se ve que es un
indio. ¿Y usted, señor, de dónde viene?
-De la madre
patria, compatriota, ya me di cuenta de que usted es aragonesa, de las tierras
altas, si no me equivoco.
Ella abrió los
ojos con desconfianza, luego se rio.
-Así es, pero hace
seis años que me vine de allá.
- ¿Y cuál es su
gracia?
-Menos pregunta
Dios y perdona… ¿No quieren algo de comer usted y el indio?
-En realidad
comimos anoche, antes del robo, sólo le agradeceríamos que nos llevara hasta un
pueblo para hacer la denuncia en la comisaría.
Esperaba que este
plan surgiera su efecto, en ese caso podrían hablar todos más abiertamente. Se
dio cuenta de que los hombres giraron las cabezas hacia ellos por un instante,
pero disimularon continuando su trabajo de preparar las redes. Ella miró a José
sin mostrar ninguna expresión. La cara adusta, de tez oscura, recordaba a las
familias aragonesas de antigua cepa que a pesar de haber perdido sus fortunas
siglos antes, conservaban en su semblante un orgullo de raza que ni la pobreza
ni la enfermedad podían borrar. Eran la terquedad en persona, mantenida a
rajatabla con todo lo que fuese necesario, inclusive la violencia. No existían
para ellos más leyes que las propias.
-Yo no subí a
bordo sino hasta ayer a la tarde, en el puertito unos kilómetros abajo.
¿Muchachos, vieron gente nueva en el río?
-No, Mara,
solamente el matrimonio que esperaba el barco a Buenos Aires.
Ella lo golpeó en
la cara, con fuerza. El estúpido había delatado un nombre que ella iba a
regatear todo el tiempo que creyera necesario.
José tenía muchas
preguntas encima: ¿por qué la obedecían tan sumisamente y la llamaban por el
nombre de pila si ella había subido menos de un día antes?
- ¿Usted es de
aquí, Mara? - preguntó, entonces, en voz alta y clara, seguro de sí mismo luego
de esa larga noche.
Ella se cruzó de
brazos, silenciosa por medio minuto, luego gritó:
- ¡Al carajo
todos ustedes, debería matarlos como al otro!
Se dio vuelta
para meterse en el sucucho que servía de cocina, cuando se dio vuelta y dijo:
-Usted venga, el
indio se queda con los perros.
José la siguió,
y de pronto sus ojos se enceguecieron, tal era la penumbra que perturbó su
vista luego del reflejo plateado del sol sobre el río, al que nunca se había
acostumbrado del todo. Se frotó los párpados, y ella lo agarró de una mano y lo
encaminó no más de un metro hacia un banquito de mimbre. El aire allí era más
fresco, y la piel rasguñada de su espalda sintió un alivio. La mujer se le
acercó por detrás para mirar las heridas.
-Estas no son
hechas por los golpes de un ladrón…
-Deben ser por las
ramas de los árboles en las que nos acostamos…
-Yo diría que son
por uñas de mujer, a menos que se haya acostado usted con las fieras anoche…
La mujer se reía
mientras iba hacia una despensa empotrada y buscaba una botella y un vaso.
-Sírvase esto que
le va a aliviar la sed.
José bebió el
vasito de caña, y realmente le hizo bien.
-Ahora me va a
decir la verdad. No me creo eso del robo, en esta parte del río nos conocemos
todos…
José se acomodó en
el banquito desvencijado, que rechinó y crujió sin romperse. No necesitó
preguntar las condiciones.
-Y si no, los
tiramos por la borda, a nosotros nos da lo mismo…
-Lo imagino…
-Muy bien,
caballero español de antigua cepa, si sabe tanto, entonces cante, como dicen
los criollos…
-Mi compañero y yo
no podemos volver al pueblo, por motivos de fuerza mayor…
- ¿Algún quilombo
de mujeres? Usted no tiene pinta de ladrón…
José se encogió de
hombros.
-Algo así, un poco
más complicado.
-Ya me lo veo a
usted metido en un tremendo lio, considerando esas heridas en la espalda, debe
haber violado a alguna india, y seguro que le enseñó todo a ese indiecito que
lo sigue. Ahora no hay quien lo pare al salvaje, el sexo que practican los
blancos se lo aprenden como pervertidos.
José la observó
con intensa curiosidad, sus ojos ya se habían habituado a la penumbra, que no
era tanta como le parecía al principio. El reflejo de las aguas formaba luces
como olas en las paredes de madera de la cabina estrecha y penetrada de olor a
pescado.
-Por lo que he
visto, usted es la dueña del barco y del grupo…
-Nada de eso, el
que manda es el que se sabe imponer, y a esos…- dijo haciendo un movimiento
hacia afuera- la cabeza no les da para mucho.
Entonces oyeron los
gruñidos de los perros, y luego chillidos agudos. Se asomaron a la puerta y
vieron que el hombre más joven había agarrado a uno de los animales por las
patas de atrás, las había atado y ahora lo levantaba con el cuerpo y la cabeza
colgando por fuera de borda. El perro chillaba y se sacudía desesperadamente,
casi ahogándose cuando el hombre lo sumergía y lo levantaba. El viejo había
interrumpido su labor de coser los agujeros en las redes para mirar y se reía.
Cahrué estaba atado con una red vieja.
-Esos hijos de
puta siempre lo mismo…-dijo ella, saliendo furiosa. Sacudió al muchacho con su
única mano, pero como el otro era fuerte y se resistía, ella agarró una madera
y lo golpeó en el hombro con que sostenía al perro. Fue suficiente, pero el
animal cayó al agua y pronto desapareció en la correntada.
Ella comenzó a
moler a palos al muchacho, y el viejo se acercó, pero se detuvo cuando le
dirigió la mirada iracunda.
- ¡Bestias, hijos
de puta! - Y no se contuvo hasta que el muchacho, en el piso, dejó de
protegerse la cara porque tenía un brazo partido en dos. - ¡Eso es lo que
ganan! ¡Ahora van a trabajar el doble, rotos y hasta muertos van a trabajar!
Tiró el palo, y
mirando alrededor, le dijo a José:
-Suelte al indio,
va a tener que ganarse el pan en este barco si no quiere terminar como el
perro…
Era ya media
mañana. El barco estaba anclado. Los dos hombres se pusieron a trabajar en
completo silencio. El viejo miraba hacia la cabina de vez en cuando, con mirada
torva, empujando al más joven cuando se quejaba del dolor del brazo, que había
entablillado. Cahrué se unió al grupo de pesca sin quejarse, se zambullía para
estirar las redes o desengancharlas del casco, luego subía sin ayuda.
En la cabina,
ella se había puesto a cocinar el pescado del día anterior, vigilando el
hornito y tomándose un trago de caña de tanto en tanto, aprovechando para echar
una mirada a los hombres. José se había quedado sentado en la silla de mimbre,
como ella le había ordenado. No estaba dispuesto a discutir luego de lo que
había visto.
-Esos hijos de
mala madre ya nos hicieron perder dos perros en dos días. Son de raza, nos
conseguimos cinco hace una semana. Dos se murieron porque los hirieron al
atraparlos. Otro se nos escapó ayer porque lo maleaban a palos, y ahora este de
hoy.
- ¿Y para qué los
usan?
-Para cazar, por
supuesto. ¿O se cree que comemos pescado todos los días? Los bajamos a la selva
y esos inútiles cazan si los perros encuentran algo.
Cuando la comida
estuvo lista, le dio un plato de hojalata. Gritó algo a los hombres, que
entraron a buscar su plato cada uno. Cahrué no entró, ni ella había preparado
algo para él.
-Dele algo al
chico, por favor. Si no queda, le doy mi parte…
Ella lo miró
asombrada.
-Se ve que lo
quiere mucho, pero no se preocupe, esos resisten muchos días, los conozco mucho
más que usted, no tenga dudas.
Se sentó frente a
él a comer su parte con las manos.
-Bueno, y ahora
cuénteme que hacía usted en ese pueblito.
-Llegamos con mi
hermano y mi cuñada. Ellos como una especie de misioneros, armaron una escuela
y enseñaban materias básicas. Yo hacía comercio por la zona, pero sobre todo
con conocidos en Buenos Aires. Así nos manteníamos.
Ella dejó el
plato vacío en el suelo y fue a buscar la botella de caña. Ya estaba ebria, y
echando otro trago con el ceño fruncido y la mirada otra vez desconfiada,
preguntó:
- ¿Me está
hablando de un matrimonio español, muy engreídos los dos? ¿Él callado y ella
fría como un témpano?
Como José no
contestó, asumió que eran los mismos.
-Estuvieron casi
dos semanas esperando el barco a Buenos Aires. Yo estaba con un tipo con el que
cuidaba el embarcadero, a cinco kilómetros río abajo. Una noche…bueno…nos
emborrachamos los dos, más de lo de siempre, ya casi no me acuerdo qué pasó
antes o después. Nos divertimos de lo lindo al principio, después él empezó a
golpearme, y yo no me quedé quieta, como ya habrá visto. Esa noche dormimos
ahí, y ellos afuera, supongo, porque a la mañana no estaban. Me levanté y todo
estaba hecho un desastre. Mi compañero, el tipo con el que vivía hace dieciocho
años, estaba tirado en el piso, con la cabeza rota. Yo tenía la sartén todavía
al lado mío cuando me desperté.
Comenzó a reírse
y no paró hasta que carraspeó y tosió. Se limpió la garganta con más
aguardiente.
-Dejé todo como
estaba y salí a la playa. Ese día tenían que venir éstos a hacer las entregas,
así que me subí. El perro del que le hablé se escapó tirándose al agua y
nadando hasta la orilla. Cuando me subí a bordo y nos alejábamos, vi a su
familia recostada junto a una roca, y el perro se les había juntado.
José escuchó en
silencio, viendo cómo paulatinamente ella iba adormeciéndose por efecto del
alcohol, la comida y el sopor de la tarde que comenzaba. La botella vacía se le
cayó al piso. Se levantó y apoyó su única mano en la superficie del horno que
ya estaba enfriándose. Era alta y le costaba mantener el equilibrio. Con los
párpados algo caídos, caminó hacia un jergón que José no había visto en la
penumbra. Ella se dejó caer y pareció dormirse.
Él se asomó
afuera. Los hombres dormían la siesta. Cahrué seguía sentado acariciando al
único perro que quedaba. Agarró los restos del pescado y se los llevó al chico.
- ¿Qué vamos a
hacer?
-Todavía nada,
necesitamos que nos lleven a algún pueblo.
Volvió a meterse
en la cabina, y se sentó en el jergón, mientras la contemplaba serena y
tranquila, sin aquella constante actitud defensiva que la afeaba. Pensó en el
hecho de que por poco tiempo no se cruzara con Manuel y Altea, ya los creía de
viaje a Buenos Aires, aguardando el regreso a Cádiz. Pero todavía continuaban
en el litoral, entre ríos tan distintos a los de España. Ambos habían querido
escapar buscando algo diferente, y allí estaban, atrapados por una naturaleza
que parecía penetrarlos hasta hacerlos ensoberbecer sus almas quietas y
subyugadas por la culpa. Habían cambiado los ancestrales muros de piedra de
España por la cárcel americana de la vegetación insondable y los ríos que
despedían vahos de podredumbre y hastío. De la sequedad extrema a la humedad
insoportable. Cuál de las dos haría que sus cuerpos se convirtieran en
esqueletos más pronto, aún estaba por verse.
Estaban a
mediados de diciembre. Debían ser las dos de la tarde. Una hora donde los
hombres se ponen de acuerdo en el silencio absoluto. Sólo las cosas suenan: un
reloj, el carro arrastrado por un caballo, el ladrido de un perro, pero esos
eran sucesos de una ciudad. Allí, en cambio, el fluir de las aguas era
constante hasta que los oídos dejaban de percibirlo, y únicamente los gritos de
los pájaros, casi siempre inidentificables para su educación urbana, interrumpían
el silencio, y por eso mismo, acrecentándolo. Hasta Cahrué se había adormecido,
los hombres roncaban, sin darse cuenta nadie de que algunas aves se asentaban
en la borda y picoteaban los viejos restos de pescados.
Sólo él estaba
despierto, contemplando cómo la mujer dormía. Se acercó más a ella, dejó que el
aliento de su respiración le tocara la cara, oliendo ese aroma a aguardiente
que brotaba de la ropa. Vio las formas de sus pechos, abundantes bajo el
vestido, sin corpiño siquiera. Con una sola mano, desató los nudos lentamente,
sin dejar de mirar su rostro, para adivinar si se daba cuenta y lo dejaba
hacer, o de pronto saltaría como una furia para golpearlo. Nada de esto
sucedió. Parecía dormida, y eso era suficiente para él. Metió la mano por el
escote abierto y acarició los pechos, suavemente, con las puntas de los dedos,
luego los pezones, sin dejar de mirarla a la cara. Sostuvo un seno con la mano
abierta, haciendo una leve presión, luego con el otro hizo lo mismo. La cara de
ella ya no lucía como quien duerme, sino la de quien tiene simplemente los ojos
cerrados. Era claro para José que le estaba permitiendo todo aquello, pero
hasta qué punto no lo sabía, por eso no apartaba la mirada de su rostro.
Su mano derecha
bajó del pecho hacia el abdomen, acariciando la piel en lentos círculos en
espiral que descendían hacia el pubis. El vestido era una simple prenda que se
anudaba por delante, así que cuando lo abrió del todo, pudo ver su desnudez
completa, sudada y maloliente, es verdad, pero hasta el punto exacto para
sentirse excitado. No le agradaba la extrema pulcritud inodora, porque no
parecía humana. El olor de los cosméticos mezclado con el sudor que había
sentido en las putas de Cádiz, o el olor a especias y barro en las indias, o
este aroma que ahora sentía en Mara, una mezcla de aguardiente y río, lo
excitaban sin ninguna duda.
Su mano fue
bajando hasta encontrar el sexo de Mara, húmedo, y entonces ella dio un
respingo muy leve, sin abrir los ojos, y emitió un suspiro como de quien sueña.
“Oh Dios de las putas”, rezó José, sonriendo, “cómo te gusta esto, querida
mía”. Y metiendo sus dedos en la vagina de Mara, ella encogió las piernas
levemente, suspirando. Entonces José se sacó los pantalones y se acostó encima
de ella, al principio sin tocarla con el cuerpo, sujetándose en el jergón con
las rodillas y una mano, mientras con la otra seguía acariciándola. Cuando la
penetró, ella abrió los ojos, apenas, sin mirarlo, para no interrumpir el goce
ni la concentración. Ella sabía que él estaba atento a sus reacciones, y no
quería asustarlo, sino que continuase, que siguiese, que no interrumpiera aquel
acto que extrañaba no por sí mismo, sino por la manera en que se estaba
realizando.
El jergón crujió,
y la sombra de la tarde se fue metiendo en la cabina. José sabía que alguien
miraba desde la puerta, cuál de los tres hombres, no le interesaba. Ella no
gritaba, ni él lo hacía, sólo fueron gemidos no más fuertes que el ruido
constante de la corriente. Y cuando sabían ambos que estaban por acabar, él la
sujetó de ambos lados de la cabeza y comenzó a besarla mientras le mordía los
labios, luego la garganta y los pechos, eyaculando y sintiendo que el cuerpo de
Mara se estremecía en escalofríos de éxtasis.
Se quedaron
quietos, en silencio, y él se dio vuelta. Cahrué estaba parado en la puerta,
con los ojos llorosos.
- ¿Va a dejarme,
no es cierto? - dijo con la más clara congoja que viera alguna vez. No esperó
respuesta. Volvió a la cubierta, donde los otros seguían dormidos.
Mara puso una
mano sobre un hombro de José, el muñón de la otra sobre la espalda. Intentó
abrazarlo de esa manera, sin decir nada, con una mirada de indefensión que
pareció volver a su rostro luego de permanecer reprimida por incontables años.
Era una mirada que la beneficiaba, hasta casi otorgarle una extraña belleza a
su rostro curtido. Por eso intentó ocultarla abrazándolo, para que él no
alcanzase a verla así, indefensa y vulnerable, por más tiempo. Eso se había
acabado, hasta que ella lo decidiera, como lo había hecho esta vez.
Había percibido
el olor de ese hombre, un aroma antiguo y acre, había sentido la aspereza de su
piel aún antes de tocarlo, con simplemente mirarlo, y ese olor la había
invadido durante la tarde, y por eso había bebido más de lo habitual, para
adormecer su furia, para que sus recelos se apartaran durante un buen rato,
para que su cuerpo fuese suyo y no del eterno resentimiento. Ahora éste volvía,
y la aspereza del hombre ya no le gustaba del todo, y necesitó apartarse.
Durante el resto
de la tarde no se hablaron, apenas se dignaron mirarse a los ojos. Los hombres
levantaron las redes de poca pesca. El más joven la miraba porque la veía
callada y no le gritaba ni a él ni al viejo. Era evidente lo que había pasado
entre ella y el extraño, y pronto, quizá esa misma noche, se cobraría las
cuentas. Esa hembra era suya. Si de vez en cuando la compartía con el viejo,
era como una limosna, porque él quería, y lo divertía ver los esfuerzos del
viejo. Pero esta noche…, pensaba, mientras levantaba las redes y las volcaba
sobre la cubierta, pateando los peces que agonizaban, a veces aplastándolos de
rabia. Ella lo dejaba hacer porque sabía lo que rumiaba, el viejo también,
porque no había dormido durante la tarde, sino oído lo que pasaba en la cabina.
Y fue así como el
sol se ocultó tras la espesura del oeste, ocultando en una fría sombra al
barco. José se sentó en el jergón, viéndola cocinar los restos de un armadillo
que había cazado Cahrué esa tarde. No se hablaban, pero había una especie de
comunicación silenciosa, un acuerdo tácito de mutua comprensión que ninguno se
atrevía a mencionar por el miedo que sentían de romperlo.
Ella decidió que
comerían todos juntos en la cubierta, y aunque a regañadientes, aceptó también
al Cahrué porque gracias a él tenían esa cena. Hizo preparar una mesa con dos
caballetes y una tabla larga. Le dijo al viejo que trajera el vino que guardaba
en su cubículo, bajo la cama. El otro la miró con ingenuidad, pero pronto una
risa de complicidad le inundó la cara, como un chico descubierto. Por un
momento, todos olvidaron resquemores, furias y venganzas. Comieron los cinco
alrededor de la mesa, ella escarbando la carne en el caparazón con un cuchillo,
el viejo con un cortaplumas que había comprado en Santa Fe, el joven con un
puñal arrancado a un indio que había matado. Miraron a Cahrué, pero éste comía
con las manos, y no levantó la vista. El
perro estaba acostado bajo la mesa.
Mara y José se
miraban de vez en cuando, y el hombre joven pescaba esas miradas y se las
tragaba como veneno. El viejo hacía pasar la bota de vino y lamentaba que esa
misma noche se acabara. La noche estaba estrellada, y de vez en cuando se
vislumbraba la luz de alguna fogata entre los árboles. José se preguntaba si
los estarían buscando la gente del pueblo, no estaba muy seguro de que
extrañaran a la india, y si no fuera por la sangre que había dejado, tal vez
pensaran que se había ido con ellos. Pero ya no había vuelta atrás. Miró a
Cahrué, que esquivaba hablarle, y pensó en lo que había dicho esa tarde. Pero
tal ensimismamiento se interrumpió de pronto por el golpe del puñal del hombre
joven sobre la mesa. Había quedado clavado a menos de un centímetro de la mano
izquierda de José. El hombre se había parado tirando el banco de madera al
piso, y sin sacar la mano del mango del cuchillo, dijo:
- ¡Ya me cansé,
carajo! ¡A mí nadie me quita la hembra!
Arrancó el puñal
y se tiró contra José. Ambos cayeron y empezaron a pelear. Mara empujó la mesa
y trató de separarlos, pero sabía que era inútil. José estaba debajo del otro,
resistiendo la mano que intentaba clavarle el puñal, pero no aguantaría mucho.
Iba a morir, estaba segura, no era un hombre de río. Entonces agarró el
cuchillo que había usado para el armadillo, y acercándose a los que peleaban lo
clavó en un costado del hombre joven.
- ¡Hijo! -
escucharon decir al viejo, pero viendo los ojos de Mara, no se atrevió a
acercarse. Cahrué no se había levantado, solamente retenía al perro.
El hombre joven
cayó junto a José, con las manos en el cuchillo que le había quedado clavado,
se lo arrancó y la sangre comenzó a fluir, esparciéndose por la cubierta hasta
llegar a donde estaba el animal, que comenzó a lamerla. Cahrué lo dejó hacer,
mientras todos contemplaban la forma en que el hombre moría. No fue mucho
tiempo, sólo los minutos necesarios para verlo gritar y lamentarse, para
insultarlos a todos y sobre todo a Mara. La llamó puta. La llamó bruja.
Ella no se movió
al escucharse llamar ramera, pero cuando oyó la otra palabra, miró a los otros
hombres, como si de pronto alguien revelase lo que nunca había querido que se
supiera. Una vergüenza que no se debía ni al sexo, ni a sus borracheras, ni a
ser ladrona, ni incluso al asesinato, sino a algo que ni ella comprendía. Una
marca que llevaba del lado interno de su frente, y que ella leía cada vez que
cerraba los ojos.
José y Cahrué
levantaron el cuerpo y lo arrojaron al río. El viejo se permitió un par de
lágrimas, con las manos aferradas a la baranda, viendo desaparecen el cuerpo
río abajo. Luego agarró la bota de vino y la apretó contra el cuerpo, mirando a
todos como si fuesen a robársela. Se tiró al piso y se puso a beber lo poco que
quedaba.
Mara se acercó a
José, con la mano izquierda lo sujetó del pelo, luego de la barba, le recorrió
el pecho y metió la mano en sus pantalones, frotándolo, excitándolo. Caminaron
hacia la cabina y el jergón. Ya no necesitaron callarse esa noche.
Cahrué se tiró
al agua y pasó la noche en la orilla, tapándose los oídos. El viejo comenzó a
cantar, borracho, lenta y torpemente, y agotándose su repertorio, se quedó
dormido con la bota de vino, vacía, apretada contra el pecho. El perro continuó
lamiendo la sangre hasta que se secó, y aun así siguió rascando la madera con
los dientes y las patas, obsesivo y hambriento.
*
Ambos estaban desnudos en el jergón. No tenían frío, a pesar
de la brisa del río que entraba por la abertura que no tenía puerta. Ya no
necesitaban ni siquiera vestirse ahora, nadie vendría a molestarlos. José
estaba acostado con las manos en la nuca, mirando al techo de la cabina,
fumando el último cigarrillo que el muerto le había dado a Mara. Ella los sacó
de entre los bolsillos de su vestido que estaba tirado en el piso, volvió a
acostarse a su lado, y se lo encendió. Él la contempló desnuda mientras se
levantaba, buscaba entre las ropas, volvía a sentarse en el jergón buscando
hacer chispa en el suelo. Entonces el humo pareció nacer desde la cabeza de
Mara, de sus cabellos más precisamente, y de negros que eran, parecieron
convertirse en oro, y los reflejos de la luz de la luna, tenues, daban la
impresión de que movían los cabellos, mientras el humo formaba una especie de
planos o dimensiones en torno a Mara. Una rápida asociación se disolvió en
cuanto se dio cuenta de lo absurda que era: había pensado en los cabellos de
Medusa. Tal vez, en cuanto ella se diera vuelta y la mirara a los ojos…
Ella se acostó a
su lado, y le entregó el cigarrillo con una sonrisa. Su cuerpo era esbelto, de
pechos grandes y caderas anchas. Era todo un espectáculo observarla caminar
desnuda esos pocos metros, verla tirarse en la cama, observar sus senos
moviéndose casi con alegría. Él lo aceptó, sabiendo de quién venía, y dejó que
ella recostara su cabeza sobre su pecho, mientras lo acariciaba sin poder
apartar las manos del sexo de José, a veces frotándolo, otras simplemente
dejando su mano apoyada, y otras sujetándolo como si se agarrara al mástil de
la barcaza en la que iban. Ella así lo dijo, riéndose, y él le preguntó:
- ¿Hace mucho que
no tenías hombre? - Y echó una mirada hacia la puerta, que conducía hacia la
cubierta y hacia el río que se había llevado al muerto.
- ¿Ése? La mitad
del tiempo estaba borracho y no podía…Es que se emborrachaba justo cuando nos
acostábamos, era como si me tuviera miedo y necesitara envalentonarse con el
vino o la caña…y al final por eso mismo no podía…entonces se enfurecía, y
después de un rato de putear, se quedaba dormido.
-Puede ser que
te tuviera miedo, te he visto defenderte…
Mara escupió una
carcajada corta y cínica.
-Eso cuando
quiero, ya has visto lo contrario…
Él asintió.
Hicieron el amor una vez más. El grito más agudo de Mara pareció expandirse por
el río. Es muy probable que Cahrué lo escuchara porque un chillido de ave
nocturna pareció responder, y la voz de ese pájaro era tan aguda como la que
solía hacer el chico cuando iba de caza. José lo oyó mientras sentía que pronto
iba a acabar, y pensó en Cahrué mientras lo hacía, no en ella. Pensó en Manuel,
y fue como estarlo escuchando mientras hacía el amor con Altea, esta vez sí
como un macho cabrío, no en la forma del tímido aspirante a seminarista
fracasado. De algún modo incierto, y sin motivo, se sintió contento, y más que
satisfecho, eyaculó dentro de Mara, agarrándola del cabello y sacudiéndola
hasta obligarla beber el semen que aún fluía de su sexo. Y ella, tan ofuscada
siempre, tan furiosa como la había conocido desde que pisaron la cubierta, era
ahora una especie de arpía que disfrutaba con la fuerza a la que era sometida,
como si hubiese, por fin, encontrado al hombre con el que podía compararse sin
miedo a desilusión alguna.
El jergón rechinó
cuando volvieron a acostarse, uno junto al otro, esta vez sin tocarse. Ya no
volverían a hacer el amor esa noche, por eso hablaron, y fue ella quien empezó.
Fumaba el resto del cigarrillo, que lentamente fue agotándose hasta que no
quedaba más que un pitillo que no podía sujetar, y lo tiró al suelo.
- ¿Fumás pipa?
-No, ¿por qué?
-Por nada, me
imaginé que un caballero español como vos tendría esa costumbre.
José se irguió y
apoyó el codo en el colchón y su cabeza en el puño, mirándola con
interrogación, mientras le pasaba la yema de un dedo por los pezones.
- ¿Hace cuánto
tiempo llegaste de España? No se te nota ningún acento, sólo cuando te enojas
te sale de adentro ese temperamento…
Mara rio, esta
vez con una extraña limpieza de intenciones en ella.
-Hace dieciocho o
veinte años, ya no me acuerdo bien, pasé por tantas cosas…Tenía doce años, de
eso de me acuerdo bien, porque perdí mi virginidad entonces…
Se detuvo, lo
miró de reojo, como pensando si debía continuar.
-Vivía con mis
padres y ocho hermanos varones en el campo, a media distancia entre las
montañas y un pueblo chico que se llama Luna. Teníamos poca tierra y poco
ganado, ovejas y cabras. Mis hermanos ayudaban en todo desde que eran muy
chicos. Yo era la última, mi hermano mayor tenía casi diez años más. Empecé a
trabajar desde niña, al principio en el ordeñe porque no tenía fuerzas, pero
después también en la esquila, y en cualquier cosa que se presentara cuando mis
hermanos se fueron casando y yéndose a otros pueblos. Quedamos cinco cuando yo
tenía doce años. Uno de ellos se llamaba Roberto. Tenía diecisiete, creo, más o
menos, y se empezó a obsesionar conmigo. Ya sabés cómo es el asunto cuando se
es la única mujer entre varios varones, unos te protegen, a otros no les
importás, y siempre alguno nos mira con deseo. No se puede evitar, es así. Yo
sabía que mis hermanos tenían la costumbre de ir a Luna una vez por mes a
pasarse una noche completa en el putero. Se sacaban las ganas y volvían a
trabajar en el campo, ya sin ganas más que de dormir para levantarse temprano
al día siguiente y seguir trabajando. Yo los veía volver medio borrachos en la
madrugada, y se pasaban todo el domingo durmiendo. Mis padres los dejaban
tranquilos, y mi vieja entonces me acariciaba la cabeza, suspirando como si
estuviese viendo a una santa de la iglesia. “Pobre niña de mis ojos”, decía…
Mara se rio con
amargura.
-Pobre vieja, le
diría ahora…si hubieras sabido. Pero yo siempre creí que ella lo esperaba todos
de mis hermanos, y hasta se habría sorprendido de que no hubiera pasado antes.
La cuestión es que Roberto era medio cerrado, hosco, y pocas veces acompañaba a
los otros. Cuando yo tenía doce, él había quedado como cabeza de familia,
porque los mayores se habían ido y mi padre estaba en un hospital de Aragón
desde hacía tres meses. No iba a salir de ahí nunca más. Roberto se veía
saturado de trabajo y responsabilidades. Mi vieja lo agobiaba en lugar de
ayudarlo. Ahora que lo pienso, tampoco era para tanto, no pasábamos hambre y
siempre había algo que hacer para ganar dinero, pero él se sentía, creo,
demasiado responsable de lo que nos pasaba. Si alguien se quejaba, sobre todo
los más chicos, o provocaban problemas, él se enojaba y los golpeaba. A mí
empezó por negarme la salida al pueblo, sólo debía trabajar con ellos, y me
hizo acompañarlo todo el día para vigilarme. Tenía miedo de que algún tipo me
dejara embarazada, y zas, otro problema para él. Yo trataba de deshacerme de su
vigilancia, pero mientras más me rebelaba él más se obsesionaba. Una vez, en la
mesa, mi vieja notó el silencio entre él y yo. Suspiró como siempre lo hacía
ante lo inevitable, y se quedó callada. A la tarde misma de ese día, Roberto
levantaba fardos de heno y me los acercaba para que yo los atara. Estaba con el
torso desnudo, por supuesto, y era apuesto, lo reconozco. Un hombre, ya esa
edad, de pecho ancho y vello espeso, tez oscura y barba mal afeitada en una
cara cuadrada y de perfil mediterráneo. Yo tenía doce años, más flaca que
ahora, por supuesto, pero ya me había desarrollado. Tenía tetas firmes que se
me notaban con la transpiración, y sobre todo sé que lo excitaba ese olor que
hasta a mí me agobiaba en los días previos a mi sangrado. Un olor acre que no
podía quitarme de encima, lo mismo que la mirada de mi hermano.
- ¿Te violó? -
preguntó José, que no ocultó su propia excitación, pero Mara no se dio cuenta
esta vez.
- ¿Violarme?
Muchas veces me puse a pensar en eso durante los años siguientes. Primero me
dije que no, después, ante tantos problemas que aparecieron, le eché la culpa
de todo, pero ya muchos años más tarde, volví a decirme que no.
- ¿Entonces…?
-Fue simplemente
eso, algo que él ni yo pudimos evitar. Sé cuánto sufría, lo veía en sus ojos, y
fue entonces cuando empezó a enfermarse del ojo izquierdo. Decía que no veía
bien de vez en cuando, y solía culparme de haberlo golpeado mientras
forcejeábamos. Porque yo traté de detenerlo, sabía que estaba mal lo que
hacíamos. Estábamos en pleno campo, bajo el sol de media tarde, sudorosos, pero
terriblemente excitados. Dios mío, me dije, cuando lo vi acercarse medio
desnudo, y cuando me apretó contra el suelo, reteniéndome las manos y
abriéndome las piernas con sus rodillas. El sol de pronto desapareció, él lo
cubría con su cuerpo, y me daba una sombra de alivio, una especie de fresco por
el cual me vi agradecida. Entonces sentí que me penetraba. Me dolió, y mucho,
por eso forcejeamos cuando pude liberar una mano, golpeándole la cara, pero por
supuesto que no tenía fuerza para hacerle daño. Después sentí que me desmayaba,
pero no fue así, solamente unos mareos como si me hubieran levantado por el
aire para caer al suelo otra vez muy rápido. Algo había quedado dentro de mí,
algo de Roberto, de ese hombre que era mi hermano, pero que finalmente era un
hombre más, simplemente eso.
Mara se levantó
para buscar otro cigarrillo. Buscó en toda la cabina y no encontró nada. Salió
desnuda, José la vio bajo la luz de la luna sobre la cubierta, yendo hacia el
viejo dormido, rebuscar en sus bolsillos, y regresar con una bolsita de tabaco.
Su cuerpo se dibujó en la claridad lunar con contornos fijos, como si la luna
misma la hubiera dibujado. Volvió a acostarse, apoyando la espalda en la pared
y armando unos cigarrillos con papel de diario. José los probó por primera vez
en su vida, y no tenían mal sabor.
-No dije nada a
nadie. Un mes después supe que estaba embarazada. Mi vieja se dio cuenta, pero
no me preguntó quién había sido. Lo imaginaba, pero no podía hacer nada.
Roberto era el jefe de familia ahora que mi viejo había muerto en el hospital.
Como no teníamos dinero para pagar el traslado desde el hospital al cementerio,
lo llevaron los empleados municipales y lo dejaron en una fosa común. Roberto
sufrió por todo eso, por no poder ir a despedirlo, por no enterrarlo
dignamente, por no darle siquiera flores. Hizo trabajos extras, lo vimos volver
cansado a la una de la madrugada para levantarse a la cuatro y volver a salir.
Tres meses después viajó a la capital para pagar la exhumación y enterrarlo en
una tumba del cementerio municipal. Volvió cabizbajo, con el ojo izquierdo que
le dolía más que nunca, porque no habían podido encontrar el cuerpo de nuestro
viejo, mezclado en medio de toda la podredumbre. Mamá lo hizo acostarse,
poniéndole empasto sobre el ojo. Yo ya tenía casi cinco meses de embarazo. Me
acercaba a él, sin reproches, y lo acariciaba como si fuese mi padre, del que
nunca pude despedirme. La familia estaba mal. Roberto no podía trabajar ni la
mitad del tiempo, sólo por la mañana o cuando caía el sol más intenso de la
tarde. Mis otros hermanos me culpaban de ser una puta, y mi vieja empezó a
enflaquecer de tanta malasangre que se hacía. Las vecinas más cercanas se
enteraron, y un día hostigaron a mamá para obligarme a abortar. Yo estaba
sentada en medio, con la cabeza baja, mientras ellas discutían. Unas decían que
ya era tarde, otras que no importaba, decían que la Sottocorno había terminado
embarazos de casi siete meses sin riego ninguno para la madre. ¿Las operaba?,
preguntaba alguna. No, para nada, contestaba otra, el niño se deshace adentro,
y se expulsa como si una tuviera de nuevo la menstruación. Entonces las voces
se hacían menos airadas, más sombrías y secretas, acorde con el paso de la
sombra de la tarde a la penumbra sutil del atardecer inminente, que sin embargo
aún no era demasiado evidente afuera. Solo en la casa las mujeres comenzaron a
murmurar entre ellas, tratando de que yo no escuchara, pero ellas no sabían que
mi audición siempre fue muy sensible. Sottocorno era una bruja, la había visto
ir y volver de los aquelarres en las montañas ciertas noches del año, llevando
bolsas con niños y regresando sin ellas, muy temprano en las madrugadas,
mientras se veía una columna de humo en algún lugar de la ladera de la montaña.
Un día la habían molido a palos la gente del pueblo. La dejaron tirada en medio
del campo, con las piernas quebradas. Al día siguiente, la vieron caminar con
dos serpientes enroscadas en las piernas rotas, que le sirvieron de sostén
mientras se curaban. Mi madre estuvo de acuerdo, el siguiente sábado me
llevarían a verla.
Mara se iba a
levantar otra vez, pero se quedó sentada mirando hacia la pared. Tenía el pelo
oscuro todo desordenado y enredado, olía a sucio, pero a José no le importaba.
Dándole tiempo para recuperarse, a esa mujer que parecía ser un torbellino de
acciones irreprimibles, una mujer de fuerzas impensables, observó su espalda,
recta, de piel bronceada por la vida en el río, de músculos firmes que
descendían desde la nuca cubierta de vello suave y oscuro hacia la cintura y
los glúteos, que pudo contemplar al levantarse ella y caminar hacia la puerta.
Todavía no había amanecido, la luna, sin embargo, había menguado. Ella apoyó un
hombro sobre el marco derecho, con los brazos cruzados sobre el pecho. Le daba
la espalda, así que no sabía qué expresión tenía ella en el rostro, pero
imaginaba lo que debía estar pensando: si era necesario contarle todo eso a él,
a quien no conocía más de un día, pero por el cual había matado a un hombre.
-Aunque las
mujeres sean más fuertes que los hombres, siempre terminan entregando las
armas-dijo José, sabiendo que de ese modo ofendía el orgullo de Mara.
Ella se dio
vuelta, con la mirada llena de curiosidad, y tal vez fue esa frase la que la
convenció. El silencio de un hombre la habría convencido de su imbecilidad, y
por lo tanto no merecedor de la verdad. En cambio, él la había desafiado.
Volvió a la cama, sentándose frente a él, mirándolo a la cara para contarle lo
que a muy pocos había dicho.
-Era italiana, la
vieja bruja. Porque eso era, una puta bruja que tenía más años que los que
aparentaba. Nadie sabía cuándo había llegado, por lo menos no con precisión.
Todavía tenía el acento de un dialecto que hacía muy fina su pronunciación. Una
se quedaba extasiada oyéndola hablar, aunque no se entendiera nada. La
fascinación estaba en sus manos, en los gestos que hacía. Cuando llegué con mi
madre y otra vecina, entramos a la casa de adobe, antiguo, pero de paredes
limpias a pesar del piso de tierra. No tenía más muebles que un armario contra
la pared del fondo, del que parecía sacar, inagotablemente, todo lo que
necesitara, porque la vimos varias veces ir y venir trayendo tazas y jarras
para darnos algo de beber, y luego telas y vasijas con las que parecía preparar
algo para mí. Había sillas para sentarnos las cuatro, pero cuando entré no las
había visto. Las cosas del interior parecían aparecer cuando se las necesitaba
y luego desaparecían otra vez, como si esa casa fuera la mente consciente de cada
uno de nosotros. ¿Me entendés lo que quiero decir?
José asentía.
Mara lo contemplaba a los ojos, juzgando a cada minuto los pensamientos del
hombre a quien se entregaba. Le temía, pero confiaba, porque eran seres del
mismo espectro, eso ya lo sabía.
-“Marietta”-
dijo la vecina que la conocía mejor, y que era una especie de mensajera entre
la bruja y la gente común, alguien que atenuaba los temores supersticiosos del
pueblo. “Ya sabes a lo que hemos venido, esta niña necesita tu ayuda”. La vieja me miró directamente por primera
vez. Tenía una mirada a veces clara, a veces oscura, desconcertante al
principio para mí, pero me di cuenta de que la luz del sol de la tarde de ese
sábado era parecida a la del día que mi hermano y yo estuvimos juntos, y esa
casa era también un refugio de sombra, como el cuerpo de Roberto. En lugar de
un torso varonil que jugaba con los colores del campo, eran los ojos y la cara
de la vieja que se burlaba de las apariencias del mundo. Se levantó de la silla
y caminó hacia mí. Yo bajé la vista, como queriendo ver sus piernas rodeadas de
serpientes.
- ¡Qué niña
inocente! ¿No te diste cuenta de que eran todos cuentos para que la vieja se
ganara la vida? - dijo José
-No conocés a
las mujeres…-dijo Mara.
-Créeme que las
conozco…-contestó él, tocando a Mara.
-Conocer conchas
no es conocer a las mujeres, eso será para los frailes reprimidos. Eran cuentos
cuando a ella le convenía, porque varias veces intentaron echarla, pero nunca
pudieron, porque esos cuentos provocaban miedo como los provoca la verdad. Se
me acercó y me dijo que levantara la vista hacia ella. Con su mano me forzó
hacerlo agarrándome del mentón. Yo temblaba. Tenía ya una panza que se notaba
mucho, y pensé que ella me haría escupir al bebé, o vomitarlo, qué sé yo. Tenés
razón que era una nena, todavía, pero en el sentido que me creía los cuentos
falsos inventados por las viejas del pueblo. Para conocer la verdad, hace falta
ser una mujer, y fue en eso en lo que me convertí ese día. La vieja apoyó una
mano sobre mi cabeza y comencé a escuchar un bullicio de pájaros, luego un
griterío de chillidos que se convirtió en un estruendo que azotaba la casa como
un viento. Miré a todos lados, mi madre y la otra mujer seguían sentadas, sin
darse cuenta de todo aquel escándalo. Quise levantarme, pero la vieja me
retenía con la palma de su mano sobre la cabeza, como si hiciera toda su
fuerza, sin conmover su expresión más que cerrando los ojos, como si pensara.
Luego escuché ladridos de perros histéricos y alborotados, que no paraban aun
cuando yo gritaba para que las mujeres en esa habitación me escucharan. Las
miraba, pero de nada se daban cuenta. Habría querido levantarme y golpearlas,
incluso a mi madre, por dejarme en medio de esas furias, porque de ellas
provenían los ruidos: de las famosas Furias del infierno. Hablaban con esos
ladridos, eran perras que ahora estaban frente a mí, alrededor de la vieja,
acusándome de puta y reclamando el castigo para mi hermano. Yo les gritaba con
todas mis fuerzas. ¡No! ¡No!, y les rogaba que me perdonaran la vida. Pero
ellas gritaban en ladridos furibundos, y afuera, el aleteo de las aves azotaba
el techo y las paredes, y comencé a ver cómo el techo de madera se combaba con
el peso de los pájaros.
Mara estaba
agitada. Por primera vez desde que se había acostado, buscó una botella de
aguardiente y tomó lo que quedaba, hasta dejarla vacía. La dejó caer al costado
de la cama. José la miraba sin decir nada.
- ¿Qué? ¿Te
parece mal?
-Solo me decía
que, si no supiera que eras una nena de doce años, habría pensado que era todo
un delirium tremens.
-Más vale que te
calles la boca si vas a seguir diciendo estupideces.
Ella era capaz de
darle un botellazo en la cabeza, José lo sabía, y por más que su intención
fuese poner un poco de humor en todo ese delirio, decidió sólo escuchar, por
ahora, porque a veces era lo mejor que puede hacer un hombre con una mujer.
-Entonces ya no
aguanté más, y en lugar de gritar, porque en realidad ninguna voz salía de mi
garganta, moví los brazos y las piernas, y sentí que me elevaban por sobre el
suelo. Olí un insoportable olor a excrementos, y me vi de pronto en el techo,
con las otras aves, junto al agujero por el que yo había salido. Abajo estaban
las tres mujeres, sentadas, como conversando sin notar nada raro. Pero los
perros ladraban enfurecidos alrededor de ellas, dando vueltas y mirando hacia
el techo, desde donde yo me burlaba. No sé cuánto duró todo eso, pero de pronto
todos los pájaros levantaron vuelo, y yo no pude. Quise seguirlos, pero mi
cuerpo no podía. Estaba como atada sin sogas a ese techo, condenada a un lugar
intermedio entre la casa en el pueblo, y el cielo, tal vez. Escuché que la
vieja me decía, sin sacar su mano de mi cabeza, “todavía no es tiempo”. Y me
desperté, aunque no había dormido.
Estaba en la silla, junto a las otras. La bruja dijo algo en su dialecto,
y ya no le entendí. La otra mujer tradujo: “La niña es una de nosotras, una
Aranguren…”. Mi madre tartamudeó algo, dijo que mi padre le había contado que
su madre tenía fama de curandera, pero nunca les había llamado la atención,
cientos de mujeres en los pueblos de cualquier parte han hecho siempre lo
mismo. No dijo, ni sabía más, en realidad. Mi padre había muerto, y yo debería
tener a ese bebé. De alguna manera, no me molestaba. A nadie culpaba más que al
sol y la lujuria. Mi panza crecía, los movimientos del feto me estremecían sin
aterrarme.
Mara buscó bajo
el jergón. Encontró una botella todavía un cuarto llena.
- ¿Cuándo
empezaste a beber?- preguntó José.
-Esa es otra
historia, hidalgo caballero.
Él se levantó,
algo hastiado del siempre oportuno sarcasmo de ella, y salió a cubierta. Orinó
lenta y parsimoniosamente hacia el río, mientras escuchaba el cristalino ruido
del chorro sobre el agua, tratando de atisbar el cuerpo de Cahrué en la orilla,
y preguntándose por el lenguaje casi culto que Mara tomaba en algunos momentos.
Volvió a jergón. Ella había terminado la botella.
- ¿Y qué pasaba,
mientras, en la mente de Roberto?
-Sufría, ¿qué
más? El ojo se le fue curando, pero la culpa lo estaba matando. Me veía y se
laceraba internamente, veía la mirada de mi madre, piadosa siempre, y se sentía
aún más culpable. Trabajaba día y noche, no dormía más que tres horas, y aun
así lo escuchábamos dar vueltas en la cama y despertarse gritando. Cuando yo
tenía casi ocho meses de embarazo, nos enteramos por las vecinas que había
estado yendo a la iglesia todos los días, por lo menos una hora, entre trabajo
y trabajo. Lo vieron hablar con el cura de la parroquia de Luna casi todo el
tiempo. Entonces una noche lo vimos llegar con el cura. El sacerdote no era
viejo, debía tener la misma edad que habría tenido mi padre. Lo recibimos con
respeto, pero en completo silencio. Sabíamos lo que venía a decirnos. Yo debía
casarme o entregar al chico. Tenía casi trece años, y era una vergüenza y un
mal ejemplo para el pueblo. Pero lo que no se atrevió a decir, fue lo que todos
ya sabían, el verdadero motivo. Había un candidato para mí, un joven de veinte
años de buena familia, trabajador, honesto, y todas esas pavadas de siempre.
Cubriría las apariencias y acallaría la mala opinión. ¡Qué nos interesaba la
opinión del pueblo!, grité yo, bien fuerte. Pero todos mis hermanos me miraron
con odio, y mi madre me hizo callar. Ya sabía yo que nadie quería tratar con
nosotros. Sólo por Roberto lo hacían, por su mea culpa constante, que
desgarraba hasta la misma culpa, destrozándola hasta hacerla jirones sin
sentido frente a las acusaciones de los demás. Si no aceptaba, nadie tendría
para comer, y menos mi hijo. Cuando nació, era una niña. Fueron unos pocos
días, pero fueron los únicos felices en esos tiempos. Mis hermanos la mimaban,
y mi madre la alimentaba con leche de cabra porque yo tenía poca leche que
darle. Roberto se veía distinto, sin esa amargura en los ojos, pero era
solamente cuando la miraba a la niña. Cuando me veía, volvía la culpa, y creo
que fue entonces cuando vi en su mirada el deseo de matarme. Si durante todos
aquellos meses había vencido al suicidio gracias al cura, ahora que el fruto de
su culpa era más hermoso que su simiente, empezó a echarme la culpa de todo.
Estaba en su cara, no en su boca. Yo me acercaba y le arrancaba a la niña de
los brazos, y un día el cura entró y nos vio en medio de esos forcejeos. Se
hizo la señal de cruz y nos separó como a dos endemoniados. Apuró el casamiento
con mi pretendiente, pero el problema ahora era que el joven no quería hacerse
cargo del hijo de otro hombre. Su familia era humilde pero muy piadosa, y sus
padres se habían negado a aceptar a un bastardo del incesto. Si quería casarse
con Mara, ella debía demostrar su entereza entregando a la niña. Esa fue la
excusa, pero yo siempre creí que fue Roberto el que convenció a Santiago para
que no aceptara a mi hija. Yo lo sabía, lo escuchaba en sus murmullos
nocturnos, es sus frases escondidas. Entonces Santiago Espinoza vino un día a
casa, y nos dijo a todos que quería ir a América a probar suerte. Ya todos
sabíamos de las emigraciones, y muchos habían viajado solos o con toda la
familia. De vez en cuando llegaban buenas noticias, pero en general había
silencio luego de la partida. Decían que era la tierra de las oportunidades,
que aceptaban trabajadores de todo tipo porque los criollos no querían
trabajar. En la reunión, me ofreció seguirlo, si yo quería. Pero en la noche,
cuando nos encontrábamos a pocos metros de la casa, donde solíamos reunirnos
para hablar y conocernos mejor, habló casi una hora de los paisajes de
Argentina, hasta me leyó trozos de cartas de su hermano Facundo que había
viajado unos meses antes a Buenos Aires. Estaba entusiasmado, y me contagió su
alegría. Yo creí, por un instante, que todo iba a mejorar. Lo dejé besarme,
pero cuando me levantó la falda y empezó a tocarme, retrocedí. Él me miró como
dándose cuenta recién de que me tenía realmente en sus manos. Me tiró al suelo
y me tapó la boca. Lo excitaba que me resistiera, me llamó puta y muchas otras
cosas que entonces me dolieron más que la fuerza, porque con Roberto no había
habido más que suavidad y deseo. Me arrastró hasta el río, pero como yo no
quería caminar me golpeó durante casi todo el camino. En la orilla, me limpió
la cara. Ya tenía la ropa rota, así que cuando me llevó a casa en la mañana, me
tiró a los pies de mi madre y dijo que me había sorprendido revolcándome con un
hombre. Me llevaría a América, dijo, pero sin casamiento y sin niña.
- ¿Piensas que tu
hermano tramó todo eso? -preguntó José.
-Cuando vi la
gloria en el rostro de Roberto-contestó Mara-, en el mismo instante que le
dijeron que dejarían a mi hija con él, supe que sí. Toda amoratada, preparé mi
valija. Mis otros hermanos no quisieron despedirme, mi madre me abrazó llorando
y sin más palabras que sus gimoteos de siempre. Roberto tenía a mi hija en
brazos. Me dejó darle un beso, y mientras salía de la casa hacia el camino
donde la carreta de Santiago me esperaba para llevarnos en el largo viaje al
puerto de Cádiz, me di vuelta y contemplé por última vez en mi vida ese
panorama atroz: el padre y la hija. Mi niña Elsa.
*
José había pasado despierto casi toda la noche, pero luego
durmió toda la mañana. Debían ser las nueve o diez cuando abrió los ojos. Ya
hacía calor, y el sol lo abrumó hasta enceguecerlo cuando salió a cubierta.
Mara estaba ayudando al viejo.
-Estamos tratando
de arreglar las máquinas del sistema de vapor, este viejo mañoso sabe mucho,
aunque todo el tiempo se haga el vago. -Y le dio un empujón que quiso ser de
simpatía, pero que tiró al viejo al suelo, porque estaba de cuclillas. Mara se
rio. -Todavía le dura la borrachera, pero ya se le va a pasar. - No dijo nada
del muerto, que era el hijo del viejo, y éste ya no parecía acordarse de la
noche anterior.
José lo vio
levantarse con una sonrisa estúpida, agarrar las herramientas y retomar el
trabajo, que consistía en martillear permanentemente el hierro de una especie
de caldera herrumbrosa.
-Me voy a dar un
baño-dijo José, y Mara, acuclillada junto al viejo, lo vio sacarse el pantalón,
restregarse los ojos y zambullirse en el río. Se levantó con rapidez y se
acercó a la borda, sujetándose a la madera como si de ese modo estuviese
intentando mantener un equilibrio que de pronto había comenzado a perder: la
sola idea de que ese hombre desapareciera sin su consentimiento, la
amedrentaba, es más, la perturbaba de una manera que no había sentido en muchos
años.
- ¡No te alejes
mucho! -le gritó, porque lo veía ir río abajo, acercándose a la orilla. - Te
hago algo para comer, y en la tarde salimos, si el viejo termina…
José ya no la
escuchó, porque la vio darse vuelta y volver a su mal humor habitual para
descargarse sobre el viejo, seguramente intimándolo a que no dejase el trabajo
en la máquina. Adónde irían, se preguntó José, pero eso no le importó mientras
nadaba lentamente hacia la orilla en donde había visto desaparecer a Cahrué
durante la noche. Cuando llegó a un claro en la playa, ya se sentía más fresco,
y se paró bajo la sombra de unos árboles, escuchando el estruendo del río y el
chillido de los pájaros mañaneros. Había un aroma a flores, intenso, casi
embriagador. Parado, desnudo y mirando hacia el barco, se puso a pensar en que
no tenía más remedio que seguir con Mara, fuese a donde fuese, incluso ayudarla
en sus negocios, y hasta tal vez, juntos, podrían ganar bastante dinero. Mara
era un espíritu rebelde, malhumorado, violento, pero él había encontrado,
estaba seguro, la forma de dominarla. No se había dado cuenta exacta de eso
sino hasta esta mañana, al escucharla desde la borda.
Entonces oyó
pasos sobre las hojas secas, y al volverse vio que Cahrué estaba mirándolo,
bien despierto, con la mirada lúcida, y en las manos tenía cuerdas hechas con
hojas tejidas. José sonrió.
-Me alegra verte…-
y se acercó al chico. - ¿Para qué son esas cuerdas?
-Arreglé una canoa
vieja que encontré cerca de acá. Me voy para el sur, a Buenos Aires.
José lo observó
con sorpresa, lo veía más que ofuscado, ofendido.
- ¿Pero ¿qué te
pasa? ¿Es por la mujer? ¿Creías que te íbamos a dejar acá? - Intentó minimizar
todos esos pensamientos con su risa y apoyando las manos en los hombros del
chico, y luego le acarició la cabeza y luego la cara de escasa barba.
-Me doy cuenta de
que usted debe seguir su camino, y me parece que ya lo encontró, Lo entiendo
muy bien, me doy cuenta de que hay algo entre ustedes, una unión que se va a
hacer más fuerte después…
-No digas
estupideces, lo que pasa es que estás celoso…
Cahrué no respondió
a eso.
- ¿Y qué vas a
hacer en Buenos Aires, se puede saber?
-Estudiar, como
usted y la señora Altea me recomendaron. Dijeron que soy muy capaz de estudiar
medicina, y eso voy a hacer.
José comenzó a
reírse tan fuerte, que tuvo que sentarse. Intentó hablar, pero se ahogaba por
la risa que le provocaban esas ideas del chico.
-Eres un imbécil.
¿Crees que te van a aceptar, indio y negro?
No lo vio venir,
porque seguía atontado por la risa. El chico se le tiró encima. Cahrué era
hábil y diestro con el cuerpo, José en cambio lo superaba en peso y
experiencia. Le dio vuelta y lo retuvo en el suelo con brazos y piernas, como
estacándolo. Lo miró un rato, mientras intentaba serenarse.
-Pareces un
Cristo indio, como el que le regalaste a Altea.
Pensó en el
crucifijo que ella debía tener sobre el pecho, y que Manuel debía estar
venerando cada vez que lo veía. Ese crucifijo, de alguna manera, los unía, a
través de ella, a través de Cristo, a través del chico…Una especie de orgía que
los reunía a todos ellos en ese vasto país de selvas profundas y ríos con
cientos de afluentes y arroyos interrumpidos, de aves exóticas que cantaban
himnos matutinos como en las misas de las mañanas de Cádiz, donde el calor era,
más que embriagador, una especie de síntesis exacta de la putrefacción y de la
vida: muerte y resurrección.
Acercó su rostro
hacia Cahrué, y lo besó. Y de pronto el casi mediodía se ensombreció con el
paso fugaz de unas nubes, que en realidad fueron tan eternas como la suspensión
del tiempo bajo la sombra que los árboles acrecentaban con sus tórpidas ramas.
Dio vuelta el cuerpo de Cahuré, lo apretó contra el suelo con su propio cuerpo.
Su cara estaba junto a la del chico, mientras su boca blasfemaba insultos y
obscenidades en el oído del indio: lo llamaba indio, lo llamaba negro, lo
llamaba puto, lo llamaba ignorante de mierda. Pero al mismo tiempo que lo
hacía, el sudor brotó de su piel como lágrimas, y sin dejar de forcejear, lo
penetró y acabó con un grito contenido, porque tenía vergüenza a la vez que una
satisfacción que no podía comparar con nada. Sabía que todo había sido un
subterfugio, un reemplazo, un cuerpo en similitud con otro, un alma india que
se parecía irremediablemente en sabiduría y sarcasmo a esa otra alma a la que
realmente extrañaba.
Cuando lo soltó
y se dejó caer boca arriba en la playa, el chico se levantó lentamente,
mirándolo sin odio y también sin consuelo, y luego alejarse por la costa, entre
las ramas que intentaban hundirse en la orilla. Se levantó y lo siguió. Cahrué
llegó hasta donde estaba la canoa reparada, se subió a ella, soltó las amarras
y comenzó a remar. Lo vio alejarse río abajo. Haría, sin duda, lo que se había
propuesto. Los demás harían pedazos de él, de su cuerpo y de su alma, durante
mucho tiempo, pero el chico ya era un hombre que se reconstruiría cuantas veces
fuese necesario. El sol caía a pleno sobre el río y la canoa, pero Cahrué era
parte del río, y, por lo tanto, del sol, y no podría hacerse daño a sí mismo.
Era un todo que se metería de lleno en la ciudad grandiosa, la ciudad de
cemento con la que chocaría, hasta roer las paredes y meterse en los claustros
y las aulas. Y él, como una serpiente, sabría cambiar de piel para sobrevivir.
José se sentó en
el barro junto a unas ramas podridas. Vio lo gusanos que recreaban la vida
desde la muerte, los mismos que ahora se le subían a la piel atraídos por el
sudor y la sal que manaba de ella. Se acostó de espaldas, dejando que le
hicieran cosquillas mientras ascendían, y fue entonces cuando las nubes, tan
eternas como el río, se hicieron más oscuras, y de entre los árboles que se
enmarañaban sobre él, aparecieron los murciélagos. Quizás pensaran que era de
noche, o tal vez fuese sólo su habitual costumbre, que él desconocía. Mientras
su alma estaba hundiéndose en el barro, los murciélagos sobrevolaban por debajo
de las altas copas de los árboles, yendo y viniendo de un lado a otro,
chocándose con los troncos como ciegos estúpidos, chillando. El aleteo como de
cuero golpeado era tan intenso que ocultó el estruendo de la corriente, hasta
hacer que el río fuese un río de alas, viboreando en el aire como en el cielo.
Creyó ver en el cielo negro, ya sin ramas que lo ocultaran, un río ancho de
murciélagos con formas y figuras de números, tal vez un ocho, o quizá una
letra.
Se quedó dormido,
porque estaba muy cansado. Cuando despertó, debían ser casi las tres de la
tarde. Tenía el cuerpo lleno de barro, pero los gusanos lo habían abandonado.
El calor era insoportable, pero no había sol. Pronto llovería torrencialmente,
y escuchó la voz de Mara, llamándolo con una expresión acongojada, conminándolo
a regresar antes de la tormenta, pero era más un ruego que una advertencia. Esa
mujer lo extrañaba, y de pronto sintió necesidad de ella, de tenerla en sus
brazos para obtener de su cuerpo lo que ella nunca sabría enseñarle, por más
que lo quisiera: la forma de conseguir lo que se necesita, la manera de hacer
que las cosas no mueran, y sobre todo la configuración exacta del poder sobre
los demás. No el poder de la carne, sino del alma, el dios que necesitaba
conseguir porque su propio dios así se lo pedía: el lleno lo impelía al vacío,
saturado y hastiado, y el vacío, amargado de eterna ausencia, reclamaba ser
llenado.
Nadó hasta el
barco. Mara lo aguardaba, apoyados los codos en la madera de la borda. Cuando
lo vio llegar corrió para ayudarlo a subir, pero pronto empezó a recriminarle
la tardanza, con su hosquedad habitual. José, a pesar de lo insoportable de
aquel carácter, se sintió bienvenido. Esperaba verla bebida, pero no fue así.
Mientras él se secaba, ella lo miró en silencio.
- ¿Qué hay del
arreglo del motor? - preguntó, mientras se vestía con las ropas que había
dejado el muerto. Ella se las había dejado preparadas sobre el jergón.
-Ya está
arreglado, pero el viejo quiere probarlo durante el día, tiene miedo de que
explote la caldera. Son mañas de él, yo lo conozco. Borracho y todo, es el
mejor mecánico del río.
- ¿A dónde vamos?
-Tengo un encargo
en la triple frontera, con un tipo con el que trabajo a veces. No confío mucho
en él, pero nos hizo ganar mucho a Santiago y a mí durante la guerra.
- ¿Qué tipo de
trabajo?
-Llevar chicas
para un burdel en Brasil. Las levantamos en un pueblo y las llevamos a otro.
Nada más.
-Parece muy fácil…
-Lo es, pero
Valverde esconde cosas…
- ¿Quién?
-Valverde de
Amusco, es un portugués que vive en Brasil. Tiene tierras, y familia de
alcurnia, pero la deja en lugar tranquilo mientras se mezcla con toda clase de
reos, como nosotros. -Miró a José con sorna. - No me refiero a usted, caballero
español.
- ¿Y cuándo
partimos?
-Mañana temprano.
-Estuve pensando
en mi hermano y mi cuñada. ¿Habrán conseguido el transporte a Buenos Aires?
-No creo, el
próximo hacia el sur pasa en un mes.
José se sentó en
el jergón, mirando hacia el río.
-Pero no te
preocupes, si son inteligentes se habrán subido al barco que va al norte para
dejarlos en un pueblo o alguna ciudad con hotel, si son tan remilgados como me
parecieron.
José siguió
pensando, y dijo:
-Me gustaría ver
si están bien, si necesitan algo, al fin de cuentas son mi familia.
Mara lo miró con
desconfianza, pero si había regresado después de varias horas fuera del barco,
no debía preocuparse ahora.
-Ya pasamos ese
parador hace varios kilómetros río abajo. ¿Te va a acompañar el indio?
José negó, bajó
una canoa y comenzó a remar. Sabía que Mara lo observaba, que esa mujer tenía
ojos en todas partes de su cuerpo. Recordó el relato de su experiencia en
España, todo aquel cuento de brujas, y supo con certeza, mientras contemplaba
cómo las ondas del agua que él empujaba se dirigían hacia atrás y reflejaban la
figura de Mara, a tantos metros de distancia, a tan contra lógica de la física
habitual.
No tardó más de
una hora en llegar al parador, era el único claro entre la espesura de la
orilla. Amarró la canoa y caminó por la playa, evitando el muelle derruido,
hasta una casilla. Estaba vacía, pero había restos de velas, y lámparas de
kerosene. Salió y llamó a voces, pero nadie le respondió. Decidió dar unas
vueltas por la zona, pero pronto se encontró con el comienzo de la selva,
profusa y densa, y como empezaba a caer la tarde, no quiso seguir adelante. Sin
embargo, escuchó el ruido de una carreta desde el interior, y dos voces
diferentes. Pronto vio aparecer entre
los árboles, a un viejo y un chico en una carreta desvencijada arrastrada por
un bayo enclenque. Al verlo, se detuvieron, y el viejo le preguntó:
- ¿Busca algo,
patrón?
-Buenas tardes,
buscaba a una pareja que esperaba el transporte a Buenos Aires.
El viejo se rio.
- ¿A los
españoles? Se fueron esta mañana en el “Juan Manuel de Rosas”.
Los dos se rieron
como tontos, y se despidieron de José. Iban hacia la playa, donde una barcaza
vieja los aguardaba anclada junto al muelle.
José se sentó en
el suelo. ¿Qué iba a hacer? Manuel se había ido, tampoco tenía siquiera a
Cahrué. Ambos habían huido de su lado, y no sabía quién había espantado a
quién. Sólo tenía a Mara, una especie de alma gemela, que más que amor le
otorgaba una especie de éxtasis rayano con el existencialismo. Veía en ella
algo que él tenía y que a veces se debilitaba: un horror carente de miedo. Esa
fuerza cuya ausencia lo hacía sentirse perdido. Pero a Manuel, santo Dios, a él
lo necesitaba. Era parte de su cuerpo, y se lo habían amputado el día que
Cristo, la iglesia o Altea, fuera el que fuese, se lo había quitado. Y si no
podía con Manuel, entonces sería su hijo. Porque él sabía que el hijo de Altea
era suyo, de José Menéndez Iribarne. El hijo de Manuel era su hijo. Ambos
hermanos tenían un mismo hijo. Dios santo, se dijo José, cómo llamaremos a este
niño. ¿Jesús, tal vez?
Se levantó, y sin
darse cuenta se metió entre la espesura, siguiendo el estrecho sendero por el
que había pasado la carreta. Estaba oscureciendo, y la sombra de los árboles
daba un símil nocturno al lugar. Tropezó con algo y cayó de rodillas sobre unas
piedras amontonadas. Era una tumba reciente. Salió de allí, llegó al muelle,
donde el viejo y el chico estaban por salir al río.
- ¿Pescan de
noche? -preguntó él.
-No, patrón.
Vamos al pueblo para comprar algunas cosas, aprovechamos la noche para llegar
temprano.
-Pero parece que
va a haber tormenta.
Ellos se rieron
en su forma habitual, y no contestaron.
-Oigan, hay una
tumba reciente por allá- dijo, señalando hacia el camino interior.
-Es el rengo
Espinoza, lo mató la mujer hace unos días.
Los vio alejarse
río arriba, mientras las nubes enormes y oscuras no parecían amedrentar a esa
barcaza endeble. Ya sabía algo más de Mara, pero no lo sorprendía, sino que lo
acercaba a ella como algo irremediable. Subió a la canoa y regresó al barco. Ya
era de noche, y ella lo recibió con la cena hecha. Estaba algo ebria, no habría
podido evitarlo por más que se hubiese empecinado. Pero se notaba pesadumbre en
su rostro, tan diferente a la alegre despreocupación de cuando estaba realmente
bebida. Estaba otra vez en manos de un hombre, leyó él en la cara de ella, como
un lamento, pero también como un regocijo. En la mañana partirían hacia el
Brasil, siguiendo al barco cuyo nombre era parecido al de su hermano. Por eso,
luego de hacer el amor una sola vez, durmió plácidamente hasta cerca de la
madrugada, cuando los murciélagos comenzaron a revolotear por delante de su
cara, golpeándolo con sus alas y chocando con su cama, mientras él manoteaba,
desesperado por sacárselos de encima.
A su lado, Mara
lo contemplaba, sin atreverse a despertarlo, porque bien sabía que las
pesadillas interrumpidas se convierten en realidad. Pero al verlo lastimarse la
cara tan furiosamente, no pudo evitar apoyar su única mano sobre el rostro de
José, que abrió los ojos, sobresaltado, con la mirada del miedo, con la mirada
del puro espanto. Supo ella que se había entregado a un hombre condenado, y
volvió a acostarse a su lado, acariciándolo.
Ilustración: Zack Zdrale

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