sábado, 12 de septiembre de 2026

El sembrador de cardos

 






1

 

 

 


Domínguez fue mi mentor, como lo había sido su padre del mío. Nuestras familias, de miembros dispersos en la provincia de Buenos Aires, en mi caso el de los Ruiz, y por el litoral, Misiones y el Brasil, en el caso de mi padrino Amílcar Domínguez, no se caracterizaban por la solidaridad mutua. Los Ruiz siempre fueron un clan donde el único nexo era la tradición político-pueblerina, y el nudo entre nosotros que mantuvo una cierta lealtad familiar fue el interés común, lo que se llamaba el apellido y sus connotaciones en una época donde estas consideraciones todavía tenían la importancia de una impronta marcada a rajatablas en la historia. 

      En el caso de los Domínguez, ya era otra cosa. Inmersos en el ámbito de las fuerzas armadas, mi padrino bailoteaba, como lo hizo su padre, entre los servicios de inteligencia militar y la política nacional o de frontera. Tenía el rango de capitán mayor, y se había recibido de abogado, y estaba, en la época en que transcurren los acontecimientos que voy a narrar, en su segundo período de diputado provincial por Buenos Aires por el partido radical, y en la rama más dura e intransigente, según decían.

      A propósito, me llamo Adalberto Ruíz. Soy médico, y aunque mi estancia está en General Lavalle, mi zona de trabajo se extiende por todos los campos de alrededor, y hasta en La Plata tengo muchos pacientes. Por eso tuve la oportunidad de conocer la historia que da pie a estas notas que emborrono para distraerme de mi profesión, de mi obsesión, si se quiere. Ella no me permite equivocarme, y me castiga muy rudamente con el remordimiento que no se quema con nada; en cambio, las palabras escritas o mal escritas, si no las destruye una mano cualquiera, las liquida el tiempo al licuar la tinta. ¿Pero no es lo que pasa también con el cuerpo de los hombres? ¿Quién se acuerda de nosotros? Los libros de los registros civiles se pierden en las sucesivas mudanzas, y los huesos se sacan de las fosas para cremar en los osarios. El tiempo del recuerdo es más o menos el mismo.

      Amílcar era mi padrino por cariño y afición, nomás, pero sobre todo por tradición familiar, que tampoco era muy larga. Mi viejo, Bernardo, que era medio huérfano, por decirlo de alguna manera (a mi abuelo lo habían fusilado y mi abuela era alcohólica y prostituta allá por Santa Fe), fue criado desde los diez años por Alejandro Domínguez, cabo de la Gendarmería de ese entonces, hablo de poco antes del 1900. Lo hizo estudiar medicina y lo crio como a un hijo propio, pero nunca lo adoptó como tal. Tenían una diferencia de edad de trece años, así que cuando el cabo se casó ya grande, Amílcar nació y se educó entre esos dos hombres, porque la madre se había muerto de cáncer de útero un año después. Mi viejo, que ya hacía prácticas en el Hospital de Clínicas, la había cuidado con el inútil objetivo de salvarla. Esa especie de primo, hermano o lo que fuese que era el pequeño Amílcar de apenas un año, se lo estaba pidiendo.

      Pero el tiempo pasó, y mi viejo consiguió una mujer que creía sana, pero que después de todo también se murió de una septicemia después de la cesárea que tuvieron que practicarle para que yo naciera con vida. Fiebre puerperal, la llamaban en ese entonces. Y nos quedamos solos, hombres solos criando chicos, ellos en el barrio de Monserrat en Buenos Aires, donde los intereses del cabo podían manejarse con mayor comodidad, y mi viejo y yo en la provincia, primero en La Plata, luego en Lavalle donde se compró la estancia en la que vivimos desde entonces.

      Las relaciones entre ambas familias fueron, como dije, basadas en una lealtad que nunca supe explicarme pero que estaba implícita en la sangre de los Domínguez. De ellos venía esa obligación de cuidarnos, y por eso, cuando Amílcar ya se hizo mayor, él fue quien se encargó de ser mi mentor, y la diferencia entre ambos era casi la misma que entre nuestros padres. Entre mi viejo y mi padrino se encargaron de enseñarme el mundo de la medicina y el mundo del derecho político, uno tan incierto y macabramente inútil, el otro tan falaz e insidioso como la mentira, pero ambos coincidían en ser un gran fraude. La medicina cree curar y consolar, pero el dolor persiste, y el derecho cree compensar las injusticias, y únicamente las prolonga. En el hotel de Monserrat donde yo pasaba los días de exámenes y durante mis prácticas en Buenos Aires, y luego cuando visité a Amílcar cuando su viejo ya había muerto, y en la estancia de mi viejo, sentado en la recova mirando el caballar que los peones hacían pastar en las mañanas, yo pensaba en cómo conciliar ambos mundos. La ciudad y el campo, representaciones nomás de dos filosofías que podrían de algún modo, amalgamarse con la salud y la enfermedad, que no existen como tales, así como no existe una ciudad que no esconda bajo sus cimientos los esqueletos de los que allí vivieron cien o quinientos años antes. Y el campo es puro idilio, donde el hombre pone el pie, pone su mierda y la bosta de los caballos que cabalga y el hierro de los fusiles que preanuncian las locomotoras y el motor a combustión.

     Las leyes y los libros de medicina son la intelectualidad que intenta compensar la bestia humana, el reflejo instintivo. Pero ambas no pueden separarse sin morir al mismo tiempo.

     Por ese motivo nuestras familias de un solo miembro, un Ruíz y un Domínguez, persistieron en obligarse a mantener un lazo que iba contra todas las enseñanzas de la historia. Amílcar me enseñaba a abolir la frustración, a insistir ante el fracaso y la muerte de mis pacientes. Amílcar creaba leyes y las exponía en la cámara de diputados con largos e interrumpidos discursos que muchas veces terminaban en violentos arrebatos y amenazas.

      Por ese tiempo ya había habido muchas manifestaciones en Buenos Aires por parte de los radicales en contra del general Justo, y sin embargo los fraudes electorales que denunciaban era la misma práctica que realizaban a escondidas. Nunca comprendí nada de esa época de los cuarenta. Sólo me concentraba en entender, como simplificación de hechos que no podían ser clasificados por su propia inconstancia y contradicción, que había dos grandes ideologías. Por una parte, la que representaba mi padrino, conservadora, afín a las fuerzas militares como recurso siempre a mano, católica a rajatablas, progresista a conveniencia, y libertaria según el ambiguo término que utilizaran. Y del otro, los socialistas, tan variados y contradictorios en el fundamento de su ideología como en sus métodos, nunca se pusieron de acuerdo, pero que siempre podían identificarse por su actitud evasiva y su abrupto silencio, para luego y en cualquier imprevisto momento desmandarse con terrible violencia.

      Esto último es lo que recuerdo de Antonio Méndez Centurión, el hombre con el que peleó mi padrino durante muchos años desde que se conocieron, tantos como los que le restaron de vida.

 

 

 

2

 

 

Conocí a Méndez cuando tuve que ir a La Plata a ver a los Casas. La mujer de Casas, dueño de una vieja panadería que era de inevitable referencia cuando se visitaba el barrio, alejado del centro, de casas residenciales, un bar, un taller de autos, un par de escuelas, una casona grande y mal cuidada como en una película inglesa, una farmacia tradicional y una barbería, donde trabajaba Antonio Méndez.

      Después de revisar a Clara Casas y repetir los ritos consolatorios por un cáncer de mamas que no tenía ya remedio, me despedí del marido evitando la mirada absorta con que intentaba retenerme, y salí a la calle. Me froté la cara para despejarme de la mugre amarga y áspera que se me había pegado encima en la habitación de la enferma, y me di cuenta de que la aspereza era también la de mi barba. Así que vi el cartel de la barbería en la otra cuadra, y cruzando la calle de esa tarde de invierno sin sol y sin sombras, entré. No sabía por entonces de quién se trataba, por supuesto. Un hombre de casi cuarenta años sino poco más, de bigote frondoso como un Trotski criollo, pelo espeso y oscuro, ojos negros, de hombros anchos y estatura mediana, más bien para menos que para más.

     -Buenas tardes- me dijo, parado tras el sillón de barbero, cerrando las grandes hojas de un diario que daba apariencia de haber sido leído varias veces desde la mañana.

     -Buenas tardes- respondí.

     - ¿Qué desea, caballero? - preguntó.

     -Una afeitada, nomás.

     Hizo el ademán de invitarme a sentarme, me puso la bata, la anudó detrás de la nuca y se paró frente al espejo preparando la crema. Miré los recortes de diario pegados en el espejo que tenía pequeñas manchas de óxido dispersas como lunares de una piel enferma de cáncer. Pensé, entonces en Clara Casas, y en lo que me habían dicho o había escuchado por casualidad, porque los chismes viven del aire y los respiramos con la misma necesidad que el oxígeno. Clara y Antonio, quizá, eran amantes, y el cornudo de Casas que me había mirado con congoja, seguramente lo sabía, y esa era la causa de tal mirada y no la muerte. Fuese como fuese, a mí no me importaba.

     Los recortes eran sobre explosiones en Moscú, manifestaciones pro-soviéticas en Yugoslavia, el exterminio de los obreros de una fábrica en Stalingrado, y la amenaza de Hitler para invadir y anexar Polonia. Estaba por comenzar la guerra, y yo veintidós años, recién recibido de médico y susceptible a toda influencia, la principal de la cuales era la norma de conducta de mi padrino, que, a pesar de no imponerla, era tan fuerte que intimidaba. Lo había escuchado hablar en casa sobre la posición del gobierno en caso de guerra, y abalaba la neutralidad. Y esa neutralidad no era más que una posición tomada en no atacar la alianza germánica.

      Méndez se paró delante de mí, ocultando por un instante todos los recortes periodísticos que así reunidos no era más que panfletos para combatir la amenaza fascista. Si quieren guerra, la tendrían, el pueblo organizado combatiría. ¿Me pregunté si el barbero que tenía delante era un anarquista? Sí, seguramente lo era. Pero era también un hombre que se parecía mucho en carácter y firmeza a mi padrino.

     Mientras me embadurnaba con la brocha, preguntó:

     -Usted no es de por acá, ¿no es cierto, caballero?

     Algo de la crema se interpuso en los labios. Me limpié y dije:

     -De Lavalle, soy doctor, y tengo pacientes por varios lugares.

     - ¿Y quién anda enfermo por acá, si se puede saber, doctor…?

     Dejó el frasco y la brocha en la repisa junto al espejo. Nos miramos un instante nomás a través del reflejo. El hombre algo sabría, me dije, y me indagaba.

     -Adalberto Ruíz, para servirlo.

     -Un gran gusto, doctor- me dijo, medio sonriendo. Y entonces agarró la navaja de afeitar y caminó lentamente hacia detrás del sillón. Me pareció que rengueaba un poco, pero también que era tan teatral como todo ese escenario de barrio que parecía montado para recibirme. Porque eso fue lo que sentí cuando él, como correspondía, se presentó a su vez, pero hablando a mis espaldas y mirándome por el reflejo del espejo:

      -Antonio Méndez, para lo que guste, doctor.

      Y siguió hablando, largo y tendido, como corresponde a cualquier barbero que se precie de tal, sabiendo a su cliente momentáneamente dominado por sus manos y la navaja que recorre como una peligrosa caricia la piel de la garganta.

     Era el hombre del que mi padrino hablaba como de un contrincante nefasto, de un hombre que escondía maniobras violentas y contactos con el comunismo. ¿Por qué darle tanta importancia a un simple barbero de barrio? ¿Cómo podía ser que tuviera tanta influencia?

     Mientras Méndez hablaba de cualquier cosa, mezclando política con aconteceres del barrio y algún que otro chiste obsceno que le permitió mover el bigote en una especie de sádica sonrisa, se me ocurrió que los simples comercios de barrio eran a veces la fachada para grandes intereses políticos que no podían dejarse ver a simple vista en comités o reuniones parlamentarias. Decían los diarios progresistas que los comunistas estaban invadiendo nuestras costumbres y corrompiendo a la juventud. Amílcar no era de los que hablaban mucho de todo eso, lo mencionaba, a veces, pero daba a entender que se reservaba las opiniones y prefería actuar. Antonio Méndez era conocido a nivel provincial, pero de manera velada. No se había encontrado forma de comprobar conexiones con el extranjero ni sus supuestas movidas en los ataques a las iglesias en Buenos Aires. Sin embargo, se sabía que el barbero era un hombre que manejaba muchas influencias con sus manos.

     Esas manos eran delicadas para arrastrar la navaja como si fuese un arado que cortara al ras todo germen de simiente. Eran manos fuertes y con olor a colonia casi rancia, pero que sin embargo casi me adormecieron mientras con una sujetaba mi barbilla y con la otra pasaba la navaja con ese ruido de roce y corte como sobre cuero o madera. Cerré los ojos, y su voz resonó como un canto de barítono en medio de una calle vieja, que podía ser Moscú o Buenos Aires, pero donde el aroma del empedrado era el mismo. La sangre y la saliva de un hombre tirado boca abajo y con el cuello cortado.

      Desperté con el calor de la toalla tibia limpiándome de los restos de crema, me restregó con tiesura las mejillas al ponerme colonia, y me dijo:

     - ¿Qué le parece, doctor? A que nunca no lo han rasurado de esta manera.

     Me miré al espejo, me palpé la cara. Era casi la piel que había tenido antes de mi adolescencia. No pude más que sonreír, y él, guiñándome un ojo, me dijo:

      -Cuando quiera, doctor, estoy a sus órdenes.

     Me levanté, nos estrechamos las manos y me despedí.

     Antes de pisar la vereda, sentí la necesidad de provocarlo, no sé por qué, como si la relación con Amílcar me autorizara a desafiar a su contrincante.

     - ¿Sabe usted quién soy? - le pregunté.

    Me miró otra vez por el espejo, como si formara parte de sus ojos, incluso la pared en la que estaba.

     -Ya me lo dijo, doctor.

      -Mi padrino es el doctor Amílcar Domínguez- dije con jactancia.

      Se puso a reír.

     -Usted perdone, doctor. Antes no quise avergonzarlo, yo tengo una forma de actuar, ya comprenderá. ¿Pero quién cree que lo recomendó a usted para ver a Clara? Me hablaron muy bien de usted, doctor, me dijeron que desde hace muchos años que no se recibe en la facultad alguien tan meritorio.

       Hizo una pausa, sabía que no iba a contestarle, ocupado en tragarme la vergüenza.

       -Salude a su padrino de mi parte, y que en cualquier momento lo espero por acá. No soy de esos, ¿sabe?, que frecuenta el Congreso y sus tugurios. Creen que soy peligroso.

      Siempre dándome la espalda, después de limpiar la navaja, se puso a afilarla en la tira de cuero, pasándola y reposándola una y otra vez con la parsimonia de un monje o de un loco.

      Esa fue la imagen más vívida que me quedó de él. Al día siguiente viajé a Buenos Aires, tenía que contarle todo al padrino.

 

 

 

3

 

 

-Así que al final lo conociste- me dijo, palmeándome, como si ya me hubiese hecho hombre con simplemente conocer a su enemigo de tantos años. Ese fue el día en que comprendí que no era únicamente una rivalidad política, ni mucho menos exclusivamente ideológica.

     Si en Méndez había sentido la ironía o el sarcasmo cuando me encargó saludos, en Amílcar sentí la verdadera ira contenida. La imagen que había querido darme de Méndez como el hombre bestial y violento, heredero de una cultura vieja y prepotente, y de él como el representante progresista de una nueva política apegada a la cultura que venía de Norteamérica, se había invertido. El barbero era educado y cuidadoso al hablar, de gestos lentos y metódicamente estudiados, sus manos habían aprendido el límite exacto entre el rasurado y la violencia; el diputado, en cambio, era malhablado, tiraba cosas al piso si algo lo enfurruñaba, gritaba o insultaba, pero luego se contenía al fumar un cigarrillo y mirar por la ventana del departamento de Monserrat el ir y venir de los coches y colectivos.

      - ¿Y de qué proviene su rivalidad? - le pregunté, esperando un exabrupto de los que últimamente lo dominaban. Los últimos meses lo habían tenido muy ocupado en presentar argumentos que revocaran la ley que se venía debatiendo para otorgar el libre culto. Los católicos habían manifestado sus protestas por todos los medios, prensa, radio, panfletos, reuniones en escuelas, iglesias, comités y marchas en las esquinas de la ciudad. No estaban dispuestos, decían, a que el ateísmo comunista contaminara la sociedad.  Y tampoco, pensaba yo, que se perdieran las inversiones y las influencias de las empresas y los gobiernos de derecha que tanto hacían en el país. Trust de ferrocarriles y automotrices, y los consabidos negocios de los que nadie hablaba, pero todos conocían. Las armas, por supuesto, y la preparación para la guerra próxima. Si en Europa se iban a batir cuerpo a cuerpo, acá peleaban por los beneficios que se harían palpables en muy poco tiempo. Por eso la neutralidad proclamada, que era una fastidiosa fachada para los que no tuviesen anteojeras.

      -Nos conocemos desde chicos con Méndez. De familia rara, por no decir descalabrada. Empezamos jugando a la pelota en el mismo club del barrio allá en La Plata. ¿A cuál de los dos se le ocurrió mejorarlo? Ya no me acuerdo, pero laburamos juntos por conseguir auspiciantes de los comercios de los alrededores. Mi viejo nos llevaba en el auto hasta los barrios más alejados, y él hacía mucho con su presencia, porque lo conocían. Ampliamos las instalaciones, vestuarios y baños decentes, por lo menos. Después, la municipalidad nos cedió un terreno para hacer una cancha fija, pero teníamos que ganar. Eso fue mérito de mi labia y de la influencia de mi viejo, por supuesto. El intendente, un viejo mayor del ejército retirado que ya tenía casi ochenta años, sentado en la oficina, despatarrado y con la bragueta siempre abierta porque el cierre no le funcionaba, nos decía que éramos una promesa para sacar adelante el país, y cruzaba una mirada de inteligencia con mi viejo. Fuimos dejando los partidos de fútbol y nos metimos de empresarios, podría decirse. Venían chicos de otros lugares cuando empezamos a ganar de locales. Cuando ya fuimos mayores de edad, Santos, el dueño del bar que en ese entonces hacía de presidente del club a medio tiempo, dijo que renunciaba. Había un flaco, Aníbal, del taller mecánico, que era un pata dura para jugar, que se postuló, lo mismo que Chávez y uno de los gemelos Benítez, creo que Daniel. Entonces nos preguntamos con Méndez por qué no nos metíamos nosotros, si al fin de cuentas fuimos los que impulsamos el progreso del club. El problema era ponerse de acuerdo en cuál cedería.

     Amílcar se levantó del sillón. Apagó la radio donde sonaba la voz atiplada de un comentarista deportivo hablando de los posibles candidatos para el campeonato de clubes.

     - ¿Sabés cómo nos llamábamos en ese entonces? Unión Deportiva Concejales de La Plata. Muy timorato, pero nos daba importancia cuando empezamos a aparecer en los diarios. Y cuando nos mencionaban en la radio, para qué te cuento.

     Se sentó, encendió otro cigarrillo, me convidó uno. Cuando acercó su mano con el encendedor de plata, vi una vez más las uñas limpias y los dedos marcados de cicatrices viejas y veladas por piel nueva. Las manos de un hombre que había conocido tropiezos y mucha calle, probablemente puñetazos y caídas. Pero que hacía mucho había perdido la destreza.

     -No nos pusimos de acuerdo. Los abrazos y lo que yo creí la amistad íntima con Méndez se resquebrajó cuando nos dimos cuenta de que íbamos a ganar los comicios. De todos modos, la elección era una ficción que el intendente y mi viejo, probablemente, ya tenían armada. Eso bien lo sabía Méndez, pero yo cerré los ojos para sentirme tranquilo, en ese entonces y esa edad todavía funciona esa estrategia. Pero aparecieron los rusos, o siempre estuvieron, y no les llevamos el apunte. Eran pibes nietos de inmigrantes polacos y rusos, húngaros también, y hasta ucranianos y croatas. Tenían apellidos de los que nos burlábamos, y aunque varias veces quisieron entrar a jugar, no los dejamos. No sabían moverse en el campo, se quedaban parados, pensando, como armado las jugadas en la cabeza. Pero precisamente fue eso lo que atrajo a Méndez. Lo empecé a ver frecuentarlos cada vez más seguido. En el barrio se decía que los rusos, como llamaban a todos ellos en general, tenían padres anarquistas y comunistas, y que los abuelos habían participado en la revolución del ’17.  Méndez me contó una vez que lo llevaron a la casa de Krakovsky, el principal propagandista de ese clan que fue creciendo a la sombra de nuestras estupideces diarias, y que tenía muchos libros en una biblioteca inmensa. Méndez dejó de jugar y se metió a leer esas doctrinas. La izquierda lo atrapó.

      Amílcar limpió la ceniza que cayó en el cuero del sillón, simplemente la sacudió con la palma de la mano y cayó en la alfombra. La tarde entraba por el ventanal con bullicio. Eran las seis, probablemente, y el sol del invierno caía detrás del edificio de enfrente. El balcón, tras las cortinas oscuras, era un hueco al fondo del cual nacían pequeñas luces de los comercios que pronto cerrarían sus puertas.

     -Me dije: “pan comido”, y sin culpa, además. Yo ya tenía asegurada la presidencia del club y a Méndez no le interesaba.

     Se golpeó, la frente, como quien se da cuenta de la tremenda estupidez que había cometido.

     -Se postuló, por supuesto, con algunos otros que te mencioné. Cuando contamos los votos, resultó ganador. ¿Cómo?, nos preguntamos en silencio con mi viejo. A regañadientes, y ante todo el populacho del barrio, teníamos que aparentar que todo estaba bien. Méndez no demostraba jactancia, sino seguridad, y ahí empezó a estrenar su doblez. La mentira, querido- me dijo, apoyando su hombro contra el mío, la espalda contra el respaldo, la cabeza reclinada hacia atrás, los pies descalzos sobre la mesa ratonera frente al sillón. Exhaló fuerte y continuó: - se descubre siempre a sí misma, pero el ocultamiento es lo mejor. A quien no dice nada, hay que calarlo lenta y trabajosamente. Por eso los zurdos tienen fama de no ser mentirosos, su ardid es el silencio, y hacen caer a los tontos en esos pozos negros en los que entran para averiguar si hay alguna perilla de luz. Tantean en la oscuridad, y se caen. Y ¡zás!, el garrotazo final.

      - ¿Entonces fue por eso? ¿Por la presidencia de un club de barrio? - pregunté.

      -Eso fue el comienzo, querido. Los rusos nos hicieron la vida imposible desde entonces. No en el club precisamente, sino en la política. Hombre que se postulaba por nuestro partido a la intendencia, incluso apoyado por hombres fuertes de la provincia, hombre que rajaba. ¿Por qué? Porque lo compraban o lo mataban. Todos portaban pistolas en el cinto o bajo el traje. No te diste cuenta, pero bajo el guardapolvo de barbero, tiene una Smith and Wesson pequeña para los pequeños propósitos.

      -Pensé que la navaja ya era peligrosa…

      Mi padrino echó una carcajada y se rascó la barba que ya raspaba desde que se había afeitado esa mañana.

      -Ese método lo usaban antes, los viejos cuando vinieron.

      Se me acercó más y dijo:

     -Hay que pararlo.

     Estaba drogado. Las dos veces que había ido al baño para orinar, debió inyectarse algo, aunque había vuelto pulcramente vestido con su traje, como siempre por más que estuviese en casa, y el único indicio de descuidada domesticidad era el volver abotonándose el pantalón.

     -Va a postularse para intendente. Ya es seguro, y va a ganar si no hacemos algo. Están metiéndose en todas partes, ¿te das cuenta? ¿No escuchás la radio, vos, pibe? ¿O solamente tenés ojos y oídos para los pobres tipos que tenés de pacientes?

      La droga le estaba haciendo efecto, ya lo había visto así. Hablaba y hablaba, sin pensar, sólo sintiendo. Se quitó la corbata, se desprendió los botones superiores de la camisa. Sudaba.

       -Ya sé, ya sé, no me digás nada. A veces necesito desahogarme, ¿me entendés? Sacáte esa careta de médico y ponéte en mi lugar. Yo tenía todo fácil, mi viejo, la plata, el ambiente, la educación. Méndez, desde el barrio pobre en que se crio, si hasta bastardo dijeron que era, me fue robando las oportunidades.

      -Pero si vos sos diputado, Amílcar, y él un barbero.

      Me agarró de la ropa con los puños y dijo:

      - ¿Pero vos sos pelotudo, o sordo, o las dos cosas? Te dije que él es el jefe de una banda de mafiosos. ¿Qué digo? De toda una clase que está comiéndonos vivos. No son las pistolas, es su inteligencia los que los hace así. Trabajan para hacer estallar todo. No sólo anarquistas, sino comunistas, ateos. Nos quieren quitar todo por lo que hemos trabajado. ¿Vos querés un país de proletarios? ¿Querés ser un número en un expediente?

      Me quedé pensando. La burocracia capitalista también reduce al hombre a eso. ¿Qué es mejor, ser un eslabón sin nombre en la máquina del estado, o un asalariado buscando un trabajo que nunca llega? El ideal capitalista es una ficción como el ideal comunista. Y el término medio es la frustración.

     Eran las ocho de la noche y había hecho silencio, despatarrado en el sofá, abrazándome y pidiendo que lo disculpara.

     - ¿Querés que te cocine algo? - le pregunté.

     -Andá nomás, en un rato viene Sonia.

      La mina con la que andaba yo la conocía de vistas. Nos cruzamos un par de veces en el palier del edificio. Trabajaba en una empresa de cosméticos extranjera. Apenas se pintaba, y apenas me saludaba.

      -Le hablé muy bien de vos a Sonia- me dijo.

      - ¡Qué bien! ¿Y?

      -Que si querés cogértela, metéle nomás. Para eso la tengo, nada más. ¿O te pensás que estoy enamorado y me voy a casar y tener hijos de esa puta?

      -Padrino- le dije - ¿no pensante alguna vez en eso?

      Me miró. Los ojos se le licuaban en una transparencia digna.

      -Preguntále a Méndez, pibe, y déjame de hinchar las bolas, por favor.

     Sonó el timbre. Abrí y entró Sonia. Apenas verlo, dijo:

     -Así que éstas tenemos, ustedes dos se divierten y me dejás el fardo a mí.

     -Me quedo…

     Me detuvo apoyando una mano enguantada y típica de la señorita linda e inocente que sale de la oficina en el centro porteño, y que viene a visitar a su novio.

     -Dejá, querido, yo sé cuidarlo cuando se pone así.

     Lo ayudó a levantarse y él se apoyó en sus hombros. Mientras me ponía el abrigo y el sombrero, calando mi facha en el espejo antes de bajar a la calle, los espié unos segundos a través del reflejo, por la puerta abierta del dormitorio. Ella le sacaba la camisa y el pantalón, y con una toalla que sacó del armario empezó a secarle el sudor, mientras tarareaba una canción de moda.

    Cerré la puerta, tomé el ascensor, saludé al encargado y enfrenté el frío oscuro de la calle del barrio antiguo. Tan antiguo y rico a la vez, que era como estar en un sitio sin tiempo, con iglesias empotradas en el paisaje de una ciudad que estrujaba el corazón de sus habitantes hasta dejarlo como una simple entraña seca.

      Volvería a la ciudad nueva.

 

 

 

4

 

 

La única forma de entrar a la casa de los Casas era por el negocio, nunca conocí otro acceso. Clara estaba tras el mostrador, como siempre, atendiendo y charlando con una vecina. Tenía una hija adolescente, muy linda, más rubia que ella y con la tez del padre, blanca y con pecas que apenas se notaban. La chica acababa de salir la escuela, era el mediodía. Entró detrás de mí, apurada, se metió tras el mostrador después de dar un beso a su madre y desapareció en por el pasillo.

     Un chico de más o menos la misma edad ayudaba en el negocio todo el día, en la cocina a la mañana, luego haciendo los despachos en su bicicleta con canasto. Esa tarde me lo crucé en la vereda antes de entrar, fue una embestida cuando ambos doblábamos la esquina desde diferentes veredas. No me pidió disculpas, al contario, me miró con las manos en el manubrio y enojado por haberlo interrumpido.

    -No pasó nada, no te preocupés- le dije, a ver si sacaba de algún lado la buena educación. Se limitó a encogerse de hombros, y dejando la bicicleta en la vereda se escabulló al interior del negocio. Lo vi hablar con Clara y entregarle el dinero de los encargos, entonces ella me vio.

    -Buenos días, doctor- intentó sonreírme, pero prestaba atención al dinero que estaba contando a la vez que escuchaba a la vecina contando algún chisme insulso, controlaba las cuentas en un cuaderno, y echaba un ojo a la balanza con el pan y a su hija, que entonces recién había entrado.

     Todo eso al mismo tiempo, pero su mente estaba eclipsada, seguramente, por otros pensamientos cuando me vio, porque de pronto vi la pequeña ofuscación en su mirada: casi ignoró a su hija, contestó a regañadientes a la vecina, y retó a Oscar por su torpeza en la vereda. Lo había visto todo, por supuesto.

     -Usted disculpe a Oscar, doctor, es un chico torpe y de mal genio.

     -Como mi tío- contestó el pibe desde el extremo del mostrador, comiendo un sándwich con pan y queso, los codos apoyados y la mirada desafiante, mascando con la boca abierta.

     -Pero él no es un grosero como vos, andá a mudar, o le cuento a mi marido.

     Se encogió de hombros otra vez, y se fue por el pasillo que conducía al interior de la casa.

     -Que se le va a hacer-dijo Clara-. Es el sobrino de Méndez y nos lo recomendó para encausarlo un poco con el trabajo. No quiere estudiar.

     La vecina movió la cabeza con desaprobación y recogiendo la bolsa con el pan se fue, murmurando.

      -Lo esperaba para la tarde, doctor. Aguárdeme un poco que llamo a Laura para que me reemplace.

     La chica se había cambiado la ropa de la escuela por un vestido de con delantal y se puso a limpiar el mostrador. Vi a Oscar asomado en la puerta, como controlándola.

     Clara se sacó el delantal, se limpió las manos que tenía cubiertas con un suave velo de harina, se acomodó el cabello, y dijo:

     -Cuando guste, doctor. Pase, por favor.

    La seguí por el pasillo luego de codearme con cierta brusquedad con el muchacho. Era un tarambana, maleducado y desafiante. Llegamos a la habitación de Clara, donde la cama matrimonial ocupaba el centro bajo una ventana ancha de postigos que daba a la vereda sobre la calle más transitada. Había retratos de su boda sobre las mesitas de luz y la cómoda. La casa olía a vieja pero no había nada fuera de lugar: las alfombras a ambos lados de la cama pulcramente dispuestas, los cuadros de cualquier casa de familia, impersonales algunos, de mal gusto otros. El piso era de madera, y resonaban con cualquier paso, aún del perro que no había visto antes, y que estaba acostado en un rincón.

      -Está cieguito el pobre, por eso no se mueve mucho.

      Lo vi arrinconado, con la cabeza levantada. Me llamó la atención que no tenía orejas, pero levantó la cabeza con atención cuando escuchó los pasos aún antes de que entráramos.

      - ¿Cómo ha pasado estos días, Clara? ¿Cómo le sienta la medicación?

     Se sentó en la cama, yo en una silla.

      -No sé decirle… ¡Pero que estupidez la mía, no le ofrecí algo para tomar!

      -No se preocupe.

      De pronto, pareció derrumbarse. Dejó caer sus brazos sobre la falda, los hombros se vencieron y la espalda se encorvó.

      -La verdad, doctor, es que me hacen sentirme decaída. Usted me ve en el negocio, soy un torbellino, pero cuando me siento, soy una piltrafa. No sé qué voy a hacer con ellos…-. Miró hacia la puerta de la habitación. -No saben qué decirme ni cómo comportarse, y yo no puedo fingir todo el tiempo. Laura esté en una edad tremenda, ya me entiende, y encima con ese chico que le da vueltas y a ella le gusta.

      - ¿Y su marido?

      -Ese es otro que no sabe nada de estas cosas, o más bien lo sabe y por eso no dice nada. ¿para qué? Y tiene razón.

      -Pero le dará un abrazo de vez en cuando-dije, metiéndome en la vida privada de esa mujer que no era nada más que una paciente para mí.

     Ella sonrió.

     -Sí, ya sé. Pero no es muy demostrativo.

     Me pregunté si sería cierto lo que se decía de ella y el barbero. Tal vez el consuelo estaba fuera de casa.

     La ausculté en el silencio, donde los ruidos del aire en los pulmones eran como el viento que transcurría por el pasillo de la casa. La Plata, ciudad de diagonales como un laberinto de pasillos, atraía los vientos de la pampa. Hice dos recetas de nuevos análisis y radiografías, un poco para justificar mi visita, porque Clara, en mi opinión, ya estaba desahuciada. El cáncer había tomado ambas mamas y se extendía por los bronquios, sin tos ni otro síntoma más que aquellos ronquidos internos del aire obstruido y entorpecido, los sonidos del cuerpo que se queja como si estuviésemos habitados por miles de criaturas exigentes y caprichosas.

     Como Oscar Méndez, el chico que nos observaba desde la puerta en el oscuro pasillo sin ventanas, aislado del sol de la tarde que se iniciaba en la ciudad.

 

     Salí a la vereda en plena siesta. No había más que el zumbido del tráfico en la avenida. La catedral se asomaba a lo lejos, abriéndose paso entre las bocacalles del barrio. Caminé sin pensar, sabiendo que me dirigía hacia la barbería, pero necesitaba hacer tiempo para convencerme de los motivos por los cuáles no agarraba el auto y me volvía a Buenos Aires de inmediato. Allá tenía mi clientela principal, mi departamento en el barrio de Agronomía, cerca de la facultad y el hospital, y me di cuenta de una inequívoca verdad que había intentado suprimir poniendo capas de concreto sobre ella, y que construían la máscara que se parecía a Amílcar. Yo intentaba ser como él, porque pensaba que lo que me había inculcado era lo correcto, lo bien pensante, lo inteligente, lo lógico. Lo que construye al hombre. ¿Y qué es el hombre?, me pregunté, pasando por las veredas de los baldíos llenos de yuyo y cardos, mirando a los perros buscando restos, tal vez, de ratas muertas.

     Yo no era mi padrino, era diferente, ¿pero diferente de qué manera? Para identificar lo blanco, debo conocer lo negro. Si yo no sabía en realidad cómo era él, no podría nunca saber cómo era yo. ¿Era este un método saludable? No, por supuesto. Era dependiente, era evasivo, era dar miles de vueltas por un laberinto que probablemente tendría la salida clausurada.

     Sin embargo, era el único. Por eso caminé por las calles haciendo tiempo, leyendo los carteles de propaganda proselitista para las próximas elecciones municipales. Amílcar tenía razón, Méndez se postulaba y por todas partes había carteles pegados en las paredes, panfletos clavados en los postes, y una camioneta recorriendo las calles con un megáfono de voz estridentemente insoportable con una marchita partidaria que encomiaba las virtudes del pueblo obrero y ensalzaba la personalidad del candidato, un ciudadano como todos, decía, un hombre del barrio.

      Eran las cuatro de la tarde. Llegué a la puerta de la barbería. Méndez estaba sentado en sillón hojeando La Prensa de la tarde. Junto al marco había un cartel anunciando una disertación de Orestes Giraldo en la sede social del club. ¿Quién era ese?, me pregunté en voz baja, y Méndez me contestó.

      - ¿Interesado, doctor? ¿Por qué no me acompaña? Me han invitado a hacer un brindis en honor a nuestro invitado.

      Más campaña, claro, y esta vez de un dirigente del partido comunista. Por qué no, me dije.

      -Veremos, Méndez.

      - ¿Cómo ve a la señora?

      -Disculpe, Méndez, pero me atengo a comentar eso sólo con sus familiares.

      -Entiendo, doctor, pero como ya le dije, me une a la señora una familiaridad muy íntima, con ella y toda su familia, por supuesto.

      -La próxima vez le preguntaré a Clara si me da su permiso.

      Méndez se rio. Tenía el diario doblado bajo el brazo y lo tiró a la distancia sobre el sillón.

     -La pucha que es usted estricto, ¿de quién lo habrá aprendido? Del diputado Domínguez, seguro, porque de su padrino, me parece difícil.

       Ante ese ataque directo, no lo dejé amedrentarme. Si me había pasado la tarde buscando pretextos para saber más, no me haría el ofendido para rajarme así nomás.

      -Ya el padrino me habló mucho de ustedes, de su época del club y todo eso. Rencillas que se han endurecido, me parece.

      -Usted lo ha dicho muy bien, doctor. El cuerpo de los hombres se endurece con la edad, pero no porque el esqueleto sea más fuerte, sino que los huesos son apuntalados por los resentimientos, como grandes columnas de piedra, A veces, es lo único que nos sostiene.

      Frases de político, pensé, pero no estaban del todo mal para las perogrulladas que se venían escuchando últimamente.

     Se puso a mirarme de costado, y dio una vuelta a mi alrededor.

     - ¿Sabe, doctor, que no le vendía mal un corte de cabello? No sé quién lo atiende, pero deja mucho que desea en mi opinión…

     Entré y me miré al espejo. Era verdad, tenía el cabello largo y apenas me peinaba cuando salía temprano de casa. El viento de la ciudad había colaborado a cambiar la imagen del médico pulcro con su maletín de cuero en una especie de científico loco.

     Con una sonrisa provocada por mi propia imagen, la tensión entre ambos se fue diluyendo a medida que me el sonido de las tijeras, limpio y ameno, se alternaba con el olor de la colonia. El resultado fue encomiable. Me miré al espejo y me gustó la forma en que me veía, tan diferente a cómo me imaginaba que quedaría. No me rasuró, porque el aterciopelado velo de la barba resaltaba el corte del pelo de una forma masculina y formal.

     -Es usted un pibe, doctor, si me permite que lo trate así. Piense en las pacientes que podría conquistar, después de curarles los males del cuerpo, por supuesto, de otro modo no es ético.

     No era sarcasmo esta vez, sino complicidad.

     - ¿Y usted, Méndez? ¿No está casado?

     Hizo un chasquido de desprecio con la lengua.

     - ¡Qué va, doctor! Las mujeres son demasiado para nosotros. ¿Para qué pasarse la vida tratando de entenderlas? No vienen mal en determinados momentos, claro, uno es un hombre al fin de cuentas. ¿Usted no se dio cuenta que no les importamos demasiado? La sumisión que nos ofrecen parece ser resultado de nuestro dominio masculino y lo que nos une a ellas. Creemos que somos como los machos cavernícolas que las arrastran de los pelos, pero son ellas las que nos agarran de acá- dijo, llevándose una mano a la entrepierna. -Su dominio es invisible, pero nos atan con su voz al embriagarnos el alma, y con la culpa que nos encadena la voluntad.

      Sacudió el delantal, lo arrojó a un cesto, y dijo:

     -La pucha, ya es hora de salir. Tenemos que llegar temprano para organizar la agenda de discursos y brindis, y toda esa morondanga, pero es necesario, doctor.

     -Ya lo creo que es necesario, Méndez. ¡Qué sería del club sin usted!

     Mientras se quitaba el delantal de barbero y se anudaba la corbata, me miró con complicidad por el espejo. Me guiñó un ojo, y entonces supe que lo había conquistado para mi partido, el cual ni yo sabía cuál era ni que objetivos tendría. Un partido de escasos miembros, un triángulo o una trinidad donde el equilibrio provenía de las fuerzas encontradas para hacerse la guerra.

 

 

 

5

 

 

El Club Social “Concejales” estaba en una esquina a cinco cuadras detrás de la casona inglesa abandonada por un derrumbe. Fuimos en mi auto, no pretendía quedarme mucho tiempo en la reunión, a más tardar a las diez volvería a Buenos Aires.

     Era un galpón encalado y pintado varias veces al largo de los años, se notaba en el vetusto descascaramiento de las paredes exteriores y el techo de chapa. En la puerta había muchos reunidos en grupos, fumando y charlando. Eran casi las ocho de la noche, y desde adentro salía una luminosidad increíble, impensable para lo que creía capaz a ese lugar. Pasamos entre los grupos de hombres, que nos abrieron paso cuando vieron a Méndez, mirándome con curiosidad y cuchicheando y dándose codazos interrogantes.

      Méndez me tenía agarrado del brazo, ¿protegiéndome, acaso? Había una gran platea de sillas rejuntadas de todo tipo, muchas traídas por los mismos asistentes desde sus casas. Adelante, un escritorio con vasos y papeles, y cuatro sillas. La luz intensa provenía de los tubos fluorescentes, todavía nuevos en esa época, y costosos, seguramente.

       Adentro el aire estaba viciado de cigarrillos, pero el humo se filtraba por las ventanas abiertas. Por eso, las pocas mujeres que había llevaban los abrigos puestos y temblaban, las esposas que no hacían más que acompañar a sus maridos y escuchar sus conversaciones, pero las otras, las que iban y venían con bandejas de empanadas y vasos de vino para los hombres, y algún licor o simplemente agua para las señoras, o las que llevaban papeles y lapiceras y anteojos yendo de grupo en grupo, consultando, preguntando, sonriendo, no tenían tiempo para pensar en el frío, porque seguramente no lo sentían. El ruido era como el bullir del agua que comenzaba a hervir en el interior de ese horno humano que era el club social, donde el fuego provenía de las pasiones políticas que iban calentándose paulatinamente a medida que los hombres llegaban y las ideas iban tomando forma en el aire. El humo ayudaba a pensar, a veces, pero otras no hacía más que solidificar las figuras retóricas de las ideologías, la mayoría pasadas de moda, pero que insisten en no desaparecer, como lo hacen los fantasmas.

      Un hombre de más de sesenta años, alto y flaco, de pelo escaso, con un traje gris que parecía quedarle grande, abrió los brazos desde lejos al vernos llegar.

     -Mi querido Antonio, por fin nos vemos después de tanto tiempo.

    Se abrazaron y se palmearon con efusión. Los demás, aplaudieron el encuentro.  

    -Mi viejo y querido Orestes… ¿Sabe, doctor? - dijo Méndez, sujetándome del brazo otra vez. -Este señor ha sido mi compadre cuando era un pibe, me cuidó en las malas, salvó a mi familia de la miseria…

     -Vamos, vamos, no hice más que darte trabajo en la fábrica. ¿Sabe, joven, cómo laburaba este tipo? Todo el día en la fábrica, de noche el curso de barbería y después, al comité, para redactar los discursos, porque la mayoría de los nuestros no pegaban una con el castellano, o eran analfabetos, y lo digo con orgullo, porque para leer las insensateces que publica el gobierno con el pretexto de la moralidad y el progreso, más vale quedarse en la ignorancia.

    Entonces me miró frunciendo el entrecejo.

    - ¿Y quién es este joven, Antonio? ¿Un nuevo camarada?

     Méndez se rio, lo cual no pudo evitar seguir haciendo mientras decía:

     -Sería un milagro si lo fuera, y hasta yo me haría católico.

     Todos festejaron la ocurrencia, pero el viejo se quedó esperando.

     -Es el doctor Adalberto Ruiz, ahijado del diputado Domínguez.

     Orestes Giraldo era una autoridad, ahí me di cuenta. Los que nos rodeaban como espectadores de un reencuentro legendario y muy pronto testigos del apoyo que brindaría a la campaña, murmuraron, pero lo más escandaloso fue el silencio. Orestes, director del Partido Comunista, respetado por su inteligencia y su discreción, pero combatido por los más ortodoxos, rompió el hielo con ironía.

     -Si viene como espía, doctor, verá que no escondemos nada.

     -Es un joven de mente abierta, Orestes-dijo Méndez, y le cuchicheó algo al oído, probablemente sobre Clara. El viejo asintió y pareció tranquilizarse de su preocupación por lo que creyó su exceso de palabras ante un desconocido, no era su costumbre, como tampoco lo era dar esas charlas de comité que no eran más que apoyos a los camaradas elegidos entre una amplia mayoría. Me pareció, cuando después empezó a hablar frente a la audiencia en un silencio interrumpido por toces y correteos de unos pocos chicos, que el favor que estaba haciendo con su presencia venía más de la nostalgia por el pasado que por el apoyo a Méndez para la intendencia. Era lo conveniente, tal vez, era lo necesario, parecía decir. La diferencia poco menos de veinte años, lo autorizaba o lo obligaba a elegir un sucesor, que no siempre las circunstancias permitían elegir.

      Mi padrino tenía razón, el barbero estaba escalando, y había escogido la edad propicia, la de la madurez y la presunta serenidad donde decanta la experiencia y las pasiones se aquietan, donde la impetuosidad deja paso al pensamiento. Las incontinencias populares, fuesen de izquierda o de derecha, conducían al ámbito político por carriles violentos y caóticos. Aprendamos, decía Orestes Giraldo, a discernir entre la clase dirigente y la oligarquía de clase. Los inteligentes nacen, no se crían. La militancia es un instrumento en provecho de ideas elevadas, no en interés propio. Dios es un opio que acobarda al pueblo, es un invento de la clase ociosa, que tras los anteojos de los intelectuales esconde ojos de ciego.

      No transcribiré el discurso, y si lo hago indirectamente es con las falencias de mi imparcial interpretación. Pero Méndez estuvo conforme, porque como todos los demás esa noche, sabía que no podía esperar otra cosa de Orestes Giraldo más que el idealismo de partido, ideas elevadas por encima de la inveterada practicidad de los motivos impuestos a la vida cotidiana. En el mundo se impone, en el mejor de los casos, el mal menor, que casi siempre es una amputación cruenta e inaceptable para salvar una vida que mejor debió haberse acabado. Si Dios es un invento, las catedralicias construcciones filosóficas que devienen en estructuras políticas no muestran mayor realidad que esa otra gran entidad. Lo que la mente humana construye, suelen destruirlo las manos, que no son más que instrumentos que evidencian el desgaste de ese material tan perecedero de las ideas.

     Entonces, me preguntaba yo, sentado en la primera fila junto a aquellos desconocidos, escuchando las palabras como repiques de campanas que llamaban a una misa atea, ¿qué es lo que perdura? No la carne, lo he visto y comprobado. Ni los huesos se salvan. Cuando nos llevamos las manos a la cabeza, como hizo Clara esa tarde, en signo de impotencia y desesperación, tal vez debamos agradecer a esas mismas manos que son nuestras enemigas, la piedad que nos demuestran al no aplastarnos de inmediato, al no deshacer entre ellas el cementerio que tenemos por cerebro.

 

     Los matrimonios vecinos se fueron antes de la medianoche, quedaron los socios del club, los afiliados al partido y sus conocidos. Había una cena preparada. Ayudamos a reunir las mesas, poner los manteles, platos, vasos y abrimos más botellas. Desde la cocina se escuchaba al cocinero napolitano y su ayudante discutir en dialecto, el olor de la salsa y la carne llegaba y nos extasiaba. Orestes estaba sentado a la cabecera de la mesa, Méndez a su derecha.

      Se oyó un grito del italiano:

     - ¡A manggiare, signori!

     Todo fue muy informal, como correspondía a una reunión de camaradas y de hombres solos que no debían preocuparse de miradas ajenas o de lo que se dijese después. Todos a su turno fuimos con nuestros platos en mano a la cocina y volvimos con nuestra porción de ravioles y estofado. El menú había sido decidido por la sección italiana del comité, por supuesto, y la bebida, además del vino, traída por los rusos. El tal Krakovsky, del que me había hablado mi padrino trajo vodka y otras bebidas que dejaron a muchos tarados para toda la noche. La pampa no era la estepa, pero eso los asistentes no querían entenderlo.

      Hablamos de política, se tiraron abajo los discursos escuchados recientemente en el Congreso. Krakovsky, que era senador, dijo que Farías no llegaría a presidente, aunque intentara conmover a las viejas y los infelices publicando fotos muy emotivas con el hijo enfermo que, todos sabían, encerraba en su casa como un monstruo.

     -No hables así de los minusválidos- le dijo Giraldo. Según las malas lenguas, él también tenía un hijo que entraba y salía de un neuropsiquiátrico.

     -Pero doctor, ¿usted lo vio a ese pibe? Si digo monstruo, me quedo corto. Pero el hijo de puta es el padre, se hace el buen tipo y tiene el alma más deformada que el chico.

     Después de habló de mujeres, y la conversación se dispersó en grupos. Algunos se quedaron dormidos, otros seguían comiendo, la mayoría continuaba tomando. Méndez era uno de ellos, y ya estaba ebrio cuando fueron las dos de la mañana.

     La reunión decaía, porque los más jóvenes sabían que no debían desmandarse con excesos, impropios del visitante. En mangas de camisa y sin corbatas, los sombreros en el piso, algunos cinturones aflojados para ayudar la digestión. Los olores de diversos tabacos se habían mezclado, los eructos colaboraron a viciar el aire y las flatulencias fueron el hazmerreír de los más zafados.

    Giraldo se levantó de la silla, se puso el saco y el sobretodo. Méndez, que había hecho tres brindis en lugar de uno, volvió a hacer otro, pero no sabía lo que decía. Orestes le pasó un brazo por encima de los hombros y dijo:

     -Compórtese, querido.

     Se fue solo, sin esperar que nadie lo acompañase. Yo, que era el único más o menos sobrio, corrí hasta la puerta, como si fuese mi deber no dejar solo a ese viejo.

     -Doctor-dije, viendo la sombra que se alejaba por la vereda. - ¿Quiere que lo lleve a alguna parte?

     -Usted es un tipo sensato, caballero. No se quede con mala impresión de nosotros, los zurdos. Tarambanas y maleducados hay en todos los partidos, imbéciles, ¡pstt!, ni le cuento. Cuide a Antonio esta noche, que no se meta en líos, cuando está en pedo…bueno… no le digo nada porque espero que no pase, pero ya se dará cuenta si tiene mala suerte.

     Me quedé fumando en la vereda, hasta que sentí la mano brusca de Méndez en mi hombro derecho.

     - ¿Vamos al putero, doctor? ¿Qué le parece? No me diga que no…me voy solo entonces, querido. - Me dio un beso en una mejilla y se dispuso a irse. Mi padrino no hacía más que darme la mano cuando estaba sobrio, y odiaba que lo tocara cuando estaba drogado.

     Seguí al hombre que se había puesto a caminar solo por la vereda, hacia el sur, hacia la bocacalle que conducía a no sé dónde.

 

     Todavía no había conocido a la mujer que sería mi esposa, así que no tenía prejuicios ni encontraba inconveniencias en acostarme con mujeres que satisfacían de manera bastante aceptable y muchas veces más que eso, las exigencias de mi cuerpo, que a medida que crecía y maduraba, eran más complejas. Me asombraba que mientras más se practica el sexo, más se exige de él, hasta determinado punto en donde el cuerpo nos traiciona con alguna enfermedad o la mente se escabulle hacia otros intereses. A la psiquis no la domina el cuerpo sino el sentimiento. Mientras no hay amor, o siquiera afecto, los éxtasis del cuerpo se confunden con los del espíritu.

     Las mujeres del putero en la intersección de esa misma calle del club con una diagonal que no me acuerdo, eran limpias, pero el sitio tenía el aspecto de una casa de pensión común y corriente. Las chicas no eran tan chicas, pasaban de los treinta, y parecían amas de casa aburridas, vestidas con enaguas o un vestido sin signos de provocación. Las estufas satisfacían la necesidad de calidez para no necesitar ponerse abrigos que ocultaran los cuerpos. Había dos hombres en la sala de espera, fumando. Nos saludaron, a Méndez especialmente. Yo lo tenía agarrado del brazo para que no se cayera. Él hablaba poco, consciente de su estado, parecía no querer hacer el ridículo conmigo, porque no creo que le importaran los demás, lo mismo que en la reunión. Sólo conmigo intentaba parecer controlarse o mantener por lo menos cierto dominio de sus actos y de su cuerpo. Pero, como dije, el cuerpo traiciona.

      Eso fue lo que le sucedió cuando se metió en una habitación con una de las mujeres. Durante un rato me quedé esperando en la sala. Varias me miraron desde las sillas y el sofá, tres o cuatro nomás. Al fin, una me convenció. Yo estaba caliente de verlas, de sentir el tufo del calor y el olor que se siente en esos lugares, imprecisos. El olor de los labios y del pelo, también de los restos de secreciones que ellas tienen en la piel y no pueden lavarse. Las mucosidades que exacerban el ludibrio y satisfacen más que el sexo limpio y pulcro, el sexo higiénico. ¿Está mal que yo lo diga, médico como soy? Si está mal, también lo es ser un hombre.

      Allí estábamos, sobre el colchón desnudo y desnudos, cuando se abrió la puerta y la mujer que había elegido Méndez entró con desgana, las tetas al aire y la bombacha raída, y dijo:

     -Che, el amigo que vino con vos está tirado en el piso, en un pedo que no da más. Espero que no se haya muerto…

    Tiró el cigarrillo al piso. Yo me levanté a las apuradas y la empujé al salir. Me puteó, pero me siguió hasta la habitación. Méndez estaba boca abajo en el piso, el culo al aire, pero respiraba y tenía pulso, aunque muy bajo. Les dije a las mujeres que me ayudaran a levantarlo, a regañadientes una me hizo caso. Los otros hombres se habían rajado.

     Lo pusimos en la cama.

     -Voy a buscar el maletín en el auto- dije.

     La mina me detuvo.

     -Sí, te rajás y nos dejás el fardo.

      -Te digo que soy médico, vení conmigo si no me creés.  

      Miró a una de las otras, con la que yo me había metido al cuarto, y la mandó.

      Nos vestimos y salimos al frío de la calle. El auto estaba junto al cordón de enfrente. Cruzada de brazos y temblando, con un tapado viejo, pero sin medias y en sandalias, me miraba abrir el baúl y sacar el maletín.

     -Así que es verdad, pibe- me dijo. - ¿Vos sos de acá? Si, venís, estoy todos los días…

     No le hice caso, me preocupaba que todo ese quilombo terminara en una tragedia.

     Méndez seguía desnudo y ahora respiraba agitado. Lo ausculté y le tomé la presión. Estaba baja, pero se recuperaba. Probablemente el alcohol y la presión arterial se habían aunado para derribarlo.

     - ¿Qué pasó? - pregunté, cuando ya estaba mejor y lo había tapado con una frazada.

      La mina que habían estado con él me dijo:

     -Lo de siempre, cuando toma mucho no se le para. Pero él insiste así que no tengo más remedio que manosearlo hasta que ya no da más. Cuando acaba, ya es un bebé que duerme toda la noche, pero si no, le pasa esto.

     -Así que no es la primera vez.

     -No, pibe, pero será de las últimas. No lo dejaría entrar si no fuera porque paga mucho y muy bien, y por el lío que armaría después. Nos amenazó con clausurarnos.

      -Dejános solos- le dije.

      Ella y las otras, que miraban desde la puerta, se fueron y cerraron. Me quedé cuidándolo hasta que se despertó solo cuando ya eran las cinco y media de la mañana. No amanecía aún, pero las luces de la calle ya se habían apagado.

     Me miró, girando la cabeza. Yo estaba acostado también, había intentado dormir un poco.

     - ¿Qué hace, doctor?

     - ¿Cómo está, Méndez?

     -Así que me está cuidado como…

     -No estuvo bien anoche…

     - ¿Y a usted qué le va ni le viene? Tiene miedo del escándalo, y que salpique la reputación de su querido padrino. ¿Tan sin tacha lo cree? Esas maneras educadas, esa ropa de rentista, el abono en el Colón…

      -Cállese un poco- le dije, agarrándole la muñeca para tomarle el pulso.

      Se desprendió de la frazada, se sentó en la cama. Se frotó los genitales, y dijo:

     -La puta, no acabé tampoco esta vez, me excito demasiado y de repente me desvanezco, qué sé yo.

    -Y me dijeron que no es la primera vez, debería hacerse revisar, Méndez.

    -Tengo otras preocupaciones.

    Fue al baño a orinar.

      -Usted no es viejo, Méndez, es cuestión de algún medicamente que le controle la presión.

      Volvió así nomás, sin taparse, tocándose el pito como si quisiera maltratarlo por desobediente.

      -Usted ocúpese de Clara, doctor, y déjeme en paz que sé lo que hago.

     Se sentó en la cama.

     -Vaya a ver si nos hacen un mate las putas estas.

     -No son la seis todavía, deben estar durmiendo.

     Me miró con encono y desprecio.

     - ¡Ay, miren al caballero que piensa en el descanso de estas inocentes doncellas! Vos sos como tu padrino, querido, se hacen los remilgados, pero traman tramoyas a escondidas, y después se quejan si les sale mal.

    - O si un amigo nos traiciona- le dije, encendiendo la luz pálida del techo. Los postigos estaban cerrados con soldaduras. Vi por primera vez, con el tono ocre de esa luminosidad, la piel de Méndez, con mucho vello castaño, el cuerpo firme, el pecho duro, la cabeza como el perfil de un magistrado romano, de barba cuidada y ojos claros de un verde extraño, como selvático. Sí, algo parecido al color de un cuadro en donde se funden los diferentes matices de los árboles de una selva del litoral. Y en la piel había muchas cicatrices.

     - ¿Qué verso te hizo Amílcar? -  ya no me trataba de usted, ahora era él plenamente, su pensamiento desnudo como su cuerpo.

      -De las elecciones del club y todo eso, pero deje, ya usted me dijo que no es de mi incumbencia.

      -Seguís haciéndote el remilgado cuando te morís por saber todo. Sos un sucio, querido, como todos. El problema de Amílcar es el de su clase, se creen que se merecen todo y que los demás tienen la obligación de conseguírselo, sea gobiernos o mujeres.

       -Entonces fue por una cuestión de polleras, ¿no? Me imagino que por la mujer de Casas.

       Méndez se levantó de la cama y se puso a buscar su ropa por el piso. Ese gesto de vestirse antes de hablar de Clara era más que un signo de respeto. Se puso los pantalones y la camisa blanca con manchas de la cena y con olor a transpiración.

       -Si la hubieras visto hace quince o veinte años, era una belleza. Más que su cuerpo, su forma de caminar con elegancia, con una finura natural. Su risa no tenía artificios. Tenía la estatura perfecta, la figura adecuada que hacía que cualquier vestido, y no tenía muchos, le cayera bien. Si se maquillaba, nunca se notaba demasiado, y si no lo hacía, la cara le resplandecía igualmente. Sufría, también, lloraba y gritaba. Cuando se enojaba le teníamos miedo como a un dios que se idolatra, un dios que se viene abajo y muestra sus costuras, y por eso la queríamos más. Eso fue en su adolescencia, cuando las tres hermanas no tenían más que a la madre que no podía mantenerlas porque el gobierno le había quitado la pensión por el marido. Palacios era un Yrigoyenista que trabajaba en el Ministerio del Interior como simple oficinista durante del gobierno de Justo. Cuando se murió de un infarto a los cuarenta y pico, el gobierno se acordó de todos los artículos que había mandado a los diarios, y de todos los inconvenientes que había puesto en los expedientes que atendía. Nunca lo echaron porque sabía demasiado, y no lo mataron, o quién sabe si su muerte repentina no fue por otra cosa que ese infarto registrado en el certificado de defunción que firmó el médico del juzgado de turno. Se murió en la oficina, dijeron, a las diez de la noche, porque trabajaba hasta tarde en su máquina de escribir, yendo y viniendo del archivero de metal hasta el escritorio, y el rechinar de los cajoncitos abiertos hacía música con el percutir de la máquina.

      Antonio Méndez abrió la puerta y llamó. Le contestó el silencio matutino encerrado en la casa.

     -Las hermanas buscaron novios con algo de plata, pero hicieron lo que pudieron. La mayor se casó con un hombre de campo y se fue para Entre Ríos, la menor fue la que tuvo mejor suerte, enganchó a Gonzaga, que después se hizo general, y esa ya es otra historia. Y Clara, la del medio, y la más hermosa de todas, no se conformó con lo que veía. Cuidó a la madre, y a los veinticuatro tenía muchos pretendientes que la rodeaban, pero ella sabía que todos buscaban sexo y nada más. Sin embargo, no descartaba a ninguno. Era muy inteligente, estudiaba para maestra, pero no sabía hacer otra cosa que las tareas de la casa. Tenía que dedicarle tiempo al estudio, y no le alcanzaba después de laburar y cuidar a la vieja. Casas, ese fue un nombre clave, que se viene repitiendo desde hace mucho. Casas, como si su apellido fuera un signo de fatalidad que destinara a él y a los que lo rodeaban a un sitio y a una condición determinada. Ella trabajó en la panadería como ayudante de cocina, cuando Rodrigo era joven y soltero, un tipo medio cerrado pero accesible al barrio, un tipo común y corriente que pasaba desapercibido como su apellido. Casas, como quien nombra su casa, algo tan común y tan íntimo que no pensábamos en él a diario, solamente cuando pasaba algo, como dije, escrito por la fatalidad. La vida de Casas parece escrita, y no te rías, porque algo de jettatore tiene él. Las mujeres entienden de eso, pero a nosotros nos cuesta. Nos rompemos la cabeza para que las cosas sean como creemos que deben ser. Las mujeres se acomodan, crean caos a sus expensas, condenan y al día siguiente parecen olvidarse. Nosotros nos retorcemos de impotencia dando vueltas a las cosas, pensando durante años, si es necesario, pero actuamos como si nada nos importara, como si todo fuese así nomás. El silencio, pibe, esconde muchos ruidos.

     Se escuchó el ruido de desagote del baño.

     -Ya se despertaron- dijo. - Voy a avisarles que nos hagan un mate amargo. Supongo que no serás de los que les gusta dulce.

     Escuché unas risas desde la cocina. Volvió y se sentó. Apoyó una mano en mi rodilla, apretó con fuerza, y dijo:

     -Se agradece la ayuda, doctor.

      -Bueno-dije- no se haga el sentimental conmigo. Siga contando. ¿Quiénes eran los pretendientes?

      -Muchos, pero los que ella consideraba mejor éramos tres. Amílcar era uno, que se jactaba de sus parentescos y se la creía asegurada. Casas, al que le teníamos bronca porque no sabíamos qué pasaba en la panadería cuando ella iba a trabajar, sospechábamos que se la había volteado, pero queríamos creer que Clara se le había resistido, y además, él era un tipo ajeno a toda habladuría, campechano cuando era necesario, serio casi siempre. Y yo, por supuesto, que era el tipo pobre de barrio de mala reputación, malhablado y que se peleaba con piedras y cuchillos de cocina con los rusos, hasta que me hice amigo de ellos, y después, ya era un comunista, un marxistaleninista de puño y letra, pero sobre todo de puño, porque los otros pibes, alentados por la propaganda del gobierno, se me tiraban encima. Y tu padrino, ¿sabés?, me defendía. Y después nos duchábamos e íbamos a jugar a la pelota. Por eso él se confundió, supongo, creyendo que yo le debía favores. No es de los que reclaman devolución, sino de los que la dan por sentado. Son los peores, porque creen que todos pensamos como ellos, y se ofenden si los demás actúan de manera diferente. En los comicios del club pasó eso. Él se creyó que yo me comploté para derrotarlo. No fue así, pero tampoco fue limpio. Me habría gustado decirle que le preguntara a su viejo si no estaba metido también en el asunto. Todos sabíamos que esas elecciones de club de barrio son la misma mierda en pequeña escala de lo que sucede en las municipalidades, la provincia y en el país. Puro fraude, peor o mejor hecho. Yo nunca oculté mi apego a los socialistas, no se lo oculté a nadie, y menos a Amílcar, que era mi mejor amigo. Se pensó que yo arreglaría las cosas para que él ganara, y como no fue así, me hizo la cruz desde entonces. Yo peleé por lo mío, querido, porque no le debía nada a él ni a nadie.

       - ¡El mateeee! - gritaron desde la cocina.

      -Voy yo- le dije.

     En la cocina, dos minas tomaban mate y bizcochitos.

     - ¿Quiere uno, doctor? - preguntó la misma de anoche.

     -Para el viejo-dije.

    - ¿Y cómo está?

    -Mejor, en un rato nos vamos.

    -No hay apuro, hasta la noche no hay nada por acá. ¿Y decime, qué es tuyo el tipo ese?

    -Nada, un amigo de mi padrino, lo más.

    -Ajá…

    La otra, la que había estado con Méndez dijo:

    -Calláte un poco, menos pregunta Dios y…, acá vienen a coger y nada más, y si te he visto no me acuerdo.

     La otra se rio.

     - ¿Vio? Es un diccionario de refranes.

      Cuando volví a la habitación, Méndez me guiño un ojo.

      -Mucha conversación con las chicas. ¿Cómo la pasaste anoche?

      -Coitos interruptus…- le dije. – En pleno auge me vinieron a avisar de lo suyo.

      Se rio.

     -Gajes del oficio, doctor, no será la primera ni la última vez.

     Tomó dos mates, y dos bizcochos húmedos.

     -Ya van a ser las siete, pibe. ¿Nos vamos?

     -No se va a zafa así nomás, Méndez. Siga contando, me lo debe.

     Se lo dije a propósito, por supuesto, pero él sabía que era verdad. Me debía la consulta médica, a domicilio, encima.

     -En lo de Clara, tu padrino tiene razón. No te dijo nada, supongo, pero él excusa su resentimiento por las elecciones del club para ocultar su mayor derrota. A la mayoría de los hombres no nos importa tanto perder un puesto, un cargo o cualquier competencia como el sabernos vulnerables por un sentimiento. Los sentimientos son debilidades que nos dominan. Contradictorio o no, no nos gusta reconocer que hemos perdido por ser menos viriles que otro hombre. Una mujer puede elegir a otra mujer, y no nos incumbe, es otra cosa lo que le interesa. Pero que una mujer nos compare con otro y simplemente elija, es la mayor, tal vez, de las humillaciones. ¿Qué tiene el otro que yo no tenga, qué puede hacer que yo no pueda? Éramos tres perros en celo por Clara Palacios, y los otros, no te cuento. Santos, el del bar, Valverde, que estaba casado, pero no le importaba, y Aníbal, el pibe del taller que la adoraba, pero sabía que estaba fuera de su alcance por la edad. Fue este el que tuvo la idea, creo si mal no recuerdo, como un juego, una fantasía. Y fuimos nosotros, los adultos, los que pensamos que podía resultar en algo siniestramente divertido. Estábamos resentidos, es verdad, por el desprecio que ella nos hacía al hacernos esperar, sabiendo que ya no podía pagar el alquiler ni los remedios de la vieja. El farmacéutico Valverde le daba gratis la mayoría, pero nunca recibió ningún favor a cambio. Santos, el del bar y almacén, hacía lo mismo, y recibía nada más que una sonrisa. Amílcar la invitó a una función del Colón, ella, sin embargo, no cedió, pero le gustaba su aspecto de chico lindo. Yo conversaba con ella de política, y en eso nos veían conversar parados en una esquina, ensimismados en los argumentos. Pero después, un saludo y nada más. Ella se daba cuenta, y tanteaba el terreno. En fin, planeamos el juego para ser nosotros quienes decidiéramos de una vez por todas. Pero para que todo fuese parcial, sería el azar quién escogería. Como en las selecciones, pibe, ¿te das cuenta? Todo es un embrollo, como dice el tango, la biblia y el calefón al final son lo mismo.

     -Pero carajo, Méndez. Déje la verborragia para sus discursos y diga de una vez qué planearon.

      -Una rifa. Para fines de año, la escuela organizaba kermeses y una cena para recaudar fondos para el año siguiente. Los chicos actuaban y venían grupos folklóricos de la zona. La rifa por las mesas servidas y otros premios se vendía desde dos meses antes. Nadie sabía, salvo nosotros, que Clara era uno de esos premios. En el momento adecuado, la bolsa con los números en la que alguna nena chiquita elegida entre el público introducía la mano a ciegas para sacar los números, sería cambiada por muchos papeles en blanco y unos pocos nombres escritos. El momento en que el premio sorpresa sería anunciado. Esta vez, nosotros acordamos jugar limpio. No habría más que un papel con el nombre de cada uno. Nos dimos la mano, como caballeros de pelo en pecho y testículos bien puestos, esa última noche en el bar. Que ganara el mejor, nos dijimos. La suerte estaba echada. Aníbal, que estaba fuera del juego y que pasaría desapercibido entre los otros chicos, sería el encargado de cambiar las bolsas bajo el entarimado del escenario. Después me vine al putero, a este mismo. Otras chicas, pero el mismo chismerío. Siempre se quejaban de que las mujeres del barrio las miraban mal, las amas de casa, y sobre todo las maestras, que como trabajaban decentemente, se creían con el derecho a despreciarlas. De elegir, decían las putas, preferían ser amas de casa que esperaran a sus mariditos con la comida preparada y la mesa puesta. Delirios, por supuesto, sueños con los cuales defenderse de la verdad en que vivían. Esa noche, hablaban y se quejaban como siempre, y escuché el nombre y apellido de Clara. “La mosquita muerta, tan engreída, se comió las facturas del panadero, y está embarazada”. ¿Era verdad? ¿Podía ser verdad? Estas no mienten porque sí, mienten para dañar, y allí no estaba Clara. Podía dudar, pero también me resultaba muy posible. Imaginé a Rodrigo Casas frente al horno de la panadería, en plena madrugada, afuera en la calle aún noche oscura, adentro, el calor del fuego. Y a su lado, Clara. Ambos sudados por el calor. Ella con el pelo atado por un pañuelo, con gotas de transpiración en la frente, la ropa enharinada que emblanquecía sus facciones, y la sonrisa con que intentaba desfigurar su cansancio y su calor. Y él, con la camiseta sin mangas con la que siempre trabajaba, y el delantal blanco con manchas de dulce de leche. ¿Qué podía hacer él más que lo que hizo? No era un violador, y ella finalmente estaba en un lugar donde no hacía frío, donde un hombre estaba ahí con sus brazos no demasiado fuertes, pero lo suficiente para abrazarla. Yo habría hecho lo mismo. Lo pensé toda la noche y todo el día siguiente, hasta que comenzó la fiesta. Aníbal había dejado la bolsa del sorteo en un bolso bajo el entarimado. Se fue, tenía otras cosas que hacer, como organizar los grupos que actuarían, preparar las mesas, vender bebidas y empanadas. Vino para los adultos, y Coca Cola para los chicos. Me metí debajo, saqué los papeles con nuestros nombres y los reemplacé por igual número con un solo y mismo nombre escrito. Cuando llegó el momento, ocurrió lo que debía ocurrir. La sorpresa, la indignación y la huida humillada de Clara. Pero ella volvería, por supuesto, poque ya desde antes de nuestro juego, pertenecía a Casas.

       -Entonces fue esa la traición que no te perdona mi padrino.

       - ¿Vos la perdonarías, querido?

       -Pero tu intención fue…

      -Los caminos del infierno están llenos de buenas intenciones. Así se dice, ¿no? Sino preguntále a la puta esa- dijo señalando con el pulgar hacia atrás, hacia la cocina- tan llena de refranes como de lefa.

 

 

 

6

 

 

La campaña para las elecciones de intendente continuó como siempre sucede en ciudades grandes. Quien ganara tendría un gran espaldarazo para la gobernación o incluso para una senaduría. Pero Méndez no era de los que preparan proyectos y estudian leyes, él estaba para liderar, ni siquiera organizar, diría yo. En eso, mi padrino tenía razón. Hay políticos de fachada, como quien dice, otros que suben lentamente en base a sus propios méritos, si es que logran subir, y los otros son los que realmente tiene el poder y la destreza de idear y liderar estrategias de partido. Uno no sabe cómo lo hacen, pero se las arreglan para seducir al electorado no solamente con demagogia, aunque sea el principal caballito de batalla. Méndez era de aquellos que convencen primero por su aspecto varonil y campechano, la sutil mezcla de la educación necesaria con lo que dan en llamar pocas pulgas.

      Yo lo escuché un día después de la reunión, cuando ya estaba bien despierto y lúcido, hablar con los vecinos en la esquina a metros de la barbería. Alguien había pintado insultos contra él y los comunistas sobre el paredón del costado que daba al baldío junto al negocio. Los yuyos crecían a destajo de la inercia municipal, gobernada por los radicales de la facción más cercana a la de Amílcar. Esas pintadas eran cosa de todos los días, aparecían a la madrugada y nadie se preocupaba en borrarlas, aunque fueran hechas en los frentes de casas de familia que no tenían nada que ver con la política militante. Pero los paredones largos eran ideales, y aquel al costado del negocio era propicio no sólo por su extensión y altura, sino porque la cercanía delataba la referencia directa. Era como pintarle la frente directamente al barbero comunista, o por lo menos ponerle un cartel ignominioso en la espalda.

     Él entraba directamente al local desde la vereda contraria, y fue uno de los pibes del barrio el que le dijo que saliera a mirar. Yo estaba con él esa mañana, habíamos salido del putero a la siete, nos duchamos en su casa, más bien habitación de alquiler pobretona al fondo de un largo pasillo sin techo. Yo tenía que ir a ver a Clara cuando escuché los gritos del chico, alarmado.

    - ¡Don Antonio! ¡Venga, venga, mire!

     Era un chico de trece o catorce años, uno de los que trabajaban para él repartiendo panfletos de propaganda proselitista, yendo de casa en casa y de negocio en negocio hablando como pericos sobre lo que no entendían nada. Repetían lo que habían escuchado a Méndez y lo que éste les había encomendado memorizar. Si hubiesen utilizado esa memoria en la escuela, no habrían necesitado ese trabajo sin más remuneración que unos pocos pesos que les daba al final del día y que ellos entregaban a sus padres o se gastaban en cigarrillos.

     Antonio se metió en el baldío detrás del chico, porque las plantas eran altas, los cardos, sobre todo, parecían palmeras de una selva tropical. Esa fue la impresión que me dio la primera vez que vi aquel baldío. Era una especie de selva en miniatura que caricaturizaba un país bananero sudamericano. Sin embargo, las pintadas estaban escritas con pintura roja y a cierta altura que sobrepasaba los arbustos. De cerca no podían apreciarse con detalle, pero desde la vereda de enfrente, eran claras y brutales.

      “Méndez traidor. Vende patria. Carnicero de Stalin.”

     No eran simples referencias a la campaña, sino que iban directo a sus ideas socialistas. No tenía por qué haberse enojado tanto, ya estaba curtido para esas habladurías que herían en lo que no entendían a falta de otra cosa. O tal vez lo hirieran en el fondo de su historia personal o de político de barrio. Él no vivía mejor que cualquier tipo de clase media baja, pero eso no significaba que no fueran ciertos los rumores que había escuchado esos días en las calles de La Plata, y que no hacían más que confirmar lo que Amílcar me había contado. Recibía plata del exterior, de los barcos pesqueros que anclaban en Ensenada, de simples marineros que se cambiaban la ropa de trabajo, tomaban el colectivo a La Plata y se reunían con él en la barbería, con las cortinas bajadas, eso sí, casi siempre al fin de la tarde. ¿Y qué hacía con ese dinero? ¿Lo invertía? No creo que tuviese la sagacidad para el crecimiento económico. Tal vez eran rublos, o lo que fuera, y no podía cambiarlos ni usarlos en blanco. Así que ese dinero iba de mano en mano, en cantidades de poca monta, en pequeños negocios que también servían para mantener los comités y los gastos de campaña. Me dijeron, también, los chicos estos, los que fumando y como si hablasen de bueyes perdidos y sin darse cuenta de que revelaban secretos, que muchos rusos y otros que no lo eran habían pagado deudas, sobre todo del almacén y del hospital. Los bebés se morían muy seguido, y los viejos tosían y tosían hasta que un día hacían el sepulcral silencio correspondiente. Y los hombres y las mujeres, sobre todo de los barrios bajos, de los campos pobres de los alrededores, recibían un sobre, a veces una bolsa de cuero, otras simplemente un caballo más joven para el carro, o eventualmente un ataúd decente.

      Antonio Méndez salió del yuyal con las mangas del delantal con abrojos y los botones del cuello desprendidos, abriéndose paso a tropezones sobre las piedras y el barro, hasta que llegó a la vereda donde varios vecinos se habían juntado ante los gritos de los chicos, voceros del ultraje.

     - ¡Otra vez los mismos delincuentes de siempre! ¡No tienen contra mí más que lo que más me enorgullece, mis ideas y mi pasión por los trabajadores!

      Lo vitorearon a gritos destemplados, aunque estaba a dos pasos, que no se preocupara, que el pueblo lo apoyaba. Entonces recordé uno de los mayores temores de mi padrino. Perón, encarcelado, tal vez fuese liberado por la presión que la opinión pública y los medios estaban ejerciendo en Buenos Aires. A Méndez no le iba ni le venía que eso pasara, nada lo unía con Perón, por más que el mismo pasado del coronel fuese tan confuso o más que el suyo, esas conexiones con las fuerzas armadas no lo convencían, pero eran necesarias. El pueblo no tenía armas, el pueblo no sabía pelear más que con insultos y trompadas, y pronto se cansaba. Había que educarlo en la revolución, guiarlo diciéndole lo que debía hacer para lograr las reivindicaciones anheladas. Delante, el pueblo, la muchedumbre, el mar de hombres con los brazos alzados, caminando a grandes pasos hacia las plazas del país, vociferando virilmente los cantos del poder. Detrás, los ejércitos y las armas, ¿al servicio de pueblo?

     Ésta era la pregunta de Amílcar, un interrogante que a esa altura ya era una certeza. A todo esto, le tenía miedo a lo que ya estaba pasando.

     Y mientras Méndez repetía a los gritos lo que todos dicen en esas situaciones, las seguridades en las que se apoya el pueblo encolumnado para marchar, las nobles palabras de tolerar a los contrarios cuando en realidad estaba exacerbando los odios, yo conversaba, o más bien escuchaba y observaba a los chicos. Eran todos hijos de los vecinos, todos adolescentes. Los mayores fumaban en la esquina, dando órdenes a los más chicos, algunos de once o doce años. Les pregunté, sentado en el muro bajo del baldío, rodeado de hormigas y sintiendo el hedor de la mierda de los perros o de gatos muertos que arrojaban allí, si les gustaba ese trabajo.

    Los tres que me rodeaban, ansiosos y de mirada admirativa por mi traje, por mi oficio o por lo que hubiesen escuchado sobre mí esos días, eran muy diferentes de aspecto, uno pelirrojo como el fuego, otro de cara oscura como un ruso de Siberia, el otro de cabello castaño parecido a mi padrino. Éste era el menor, tenía trece años, me dijo, el más grande dieciséis, que ya tenía barba espesa a medio crecer, oscura. El del medio, quince, y se sonreía con sus dientes perlados entre el ensortijado pelo rojo y el bigote que ya le estaba brotando y no se afeitaría jamás. Así me dijo, porque a las chicas le gustan los bigotes, sobre todo si son tan raros como el suyo. Los otros se rieron y lo empujaron.

    -Tiene razón- dije, y entonces dejaron de molestarlo y se pusieron serios. -Y digan, che, ¿Méndez les pasa plata para invitar a salir a sus novias?

     Entre risas y burlas, intentaron decir que tenían novias y plata, pero la mentira era obvia para ambas cosas.

     -No se hagan mala sangre, las minas lo complican todo, ¿no es cierto? - pregunté, mirando al mayor para arrimarlo a mi complicidad. - Vos debés saber de eso, ¿no, pibe? - Le di una cachetada amistosa en la barba, se rio, severo y seguro de sí mismo. Miró a los otros con sorna, como diciendo: ¿Ven? El doctor se da cuenta, somo hombres los dos, y ustedes unos pendejos todavía.

     - ¿Y cómo les va en la escuela?

    Esta vez los tres se miraron avergonzados.

     -Pero ché, hay que ir. En estos tiempos hay que aprender cosas si quieren apoyar al señor Méndez. ¿Quieren pasarse la vida repartiendo volantes o ser presidente y diputados?

     -Yo quiero ser presidente- dijo el más chico, y mientras las bromas de los otros lo tomaban de punto, el discurso y los vecinos crecían en intensidad y número.

     - ¿Y vos cómo te llamás, señor presidente?

     -Luciano Catafalco.

     Me reí y tosí, sorprendido. No quise burlarme del pendejo italiano, así que le pregunté al otro, al rojo.

      -Krakovsky, doctor.

      - ¿Sos pariente del diputado?

      -Es mi tío- dijo, orgulloso, y como el mayor estaba perdiendo terreno, se sentó a mi lado, cruzó las piernas, se puso a fumar como un gánster y me extendió la mano:

    -Baldomero Spilanovitch, para servirle, camarada.

    Le estreché la mano, fuerte como la de un cargador de puerto u obrero de fábrica.

    - Vos trabajás, ¿verdad?

     Se encogió de hombros, algo de eso no lo convencía.

    -Sí, doctor, manejo una máquina.

     Entonces los otros pibes se le tiraron encima.

    - Qué máquina ni que máquina- le gritaban. - Limpia pisos, doctor…

     - ¿Y qué hay de malo? - les dije, de mal modo.

    Se callaron los dos.

    -A vos no te pregunto - le dije al rojo, porque era evidente la perpetua protección del diputado, mientas lo fuese, claro, y mientras tuviese dinero para meter al sobrino en el lugar adecuado. - ¿Y vos, che? - le pregunté al mayor, al lava-pisos de la fábrica - ¿Qué querés ser?

     Me miró con timidez, lejos ya de toda jactancia.

     -Me gustaría ser como usted, doctor.

     Observé su cara de piel llena de pelos prematuros, prometiendo un hombre que todavía no era. Los ojos negros me hablaban desde una distancia muy grande, no hacia la extensión de un horizonte que su apellido sugería, de estepas y grandes llanos, sino una distancia en profundidad. Lo vi arrodillado, lavando los pisos de una fábrica de curtiembres, pero no, no era esa la premonición adecuada. Lo vio lavando el aceite de las municiones, de los lubricantes de los rifles, siendo mandado de un lugar a otro, a limpiar baños y letrinas, duchas y alcantarillas tapadas. Escuché los disparos, los gemidos de los soldados, y después lo vi lavar la sangre en el piso de baldosas, y caminando en cuatro patas, seguir las huellas de la sangre hasta el campo de batalla, y después, como un idiota, intentando lavar la sangre de la tierra, que ya se la estaba tragando, como si de ese modo pudiera rescatar algo a la muerte. Él, el que limpiaba. Él, como yo, que intentaba limpiar la mugre de los enfermos en el hospital, porque esa es la función de los médicos: extraer la enfermedad y tirarla al piso. Cuando nos damos cuenta, lo que está en el suelo encharcado es la sangre del enfermo.

      Le puse una mano sobre un hombro.

      -La próxima vez, che, te vengo a buscar, y te llevo a Buenos Aires, ¿te gustaría eso?

     Se puso a llorar como un chico, porque eso era todavía, la promesa de un hombre que no alcanzaría a cumplirse. ¿Por qué mierda no me lo llevé esa tarde? ¿Por qué no me llevé a los tres si eran amigos y compinches? Nos despedimos dándonos la mano con ese orgullo de camaradas y de hombres, con ese destello de soberbia y de grandeza que pocas veces se siente, pero en cuanto solté la mano del más chico, me miró con los ojos de un perro abandonado. Dios, si hasta usaba pantalones cortos todavía.

    La reunión terminaba, Méndez mandaba dispersar el gentío y llamó a los chicos. Ellos corrieron de inmediato.

    Hipo de puta, pensé. ¿Quién es Antonio Méndez, en realidad? Volvería a Buenos Aires, pero las respuestas siempre se me escapaban de las manos y recorrían el camino contrario. Amílcar y Méndez se burlaban de mí, y me sentí como ese chico que dejé flotando en el cieno de las esperanzas inútiles.

 

     Me fui a Buenos Aires, dejando el íncubo que había empezado a engendrar las tragedias que pronto se precipitarían. Fue una semana después cuando nos enteramos por las noticias que Clara se había suicidado. Fue el viernes siguiente a mi partida. Sabía que ella estaba preparando la reunión de beneficencia para recaudar fondos para la fundación de minusválidas y cancerosos que había emprendido luego de su diagnóstico bastante tiempo antes. Fue una idea piadosa, decían todos en el barrio, el cura había dado su bendición en su momento, pero después se apartó, según dijeron, porque se supo que gran parte de los fondos, si no todos, habían sido aportados por Méndez. Entre ese apoyo de una declarada izquierda política y los rumores de amoríos clandestinos entre ambos, el cura dio un paso al costado. Clara ya no reclamó su apoyo, no lo necesitaba, tenía el dinero, el lugar (la sala de la sede social del club, por supuesto) y el apoyo del barrio para la kermese, las rifas y la cena. Fueron magos improvisados, grupos folclóricos de triste presencia. Y en medio de todo eso, ingresaron los policías sin necesidad de forzar ninguna puerta. Con las culatas de los fusiles, tiraron abajo las mesas, rompieron los adornos del techo y las guirnaldas. Alguien había denunciado a la Fundación por fraude, se decía que el dinero destinado se desviaba a fines ilegales, pero que sobre todo provenía de fuentes más dudosas todavía. Todos habían mirado a Antonio Méndez esa noche, cuando se hizo el silencio luego del barrido estropajoso de las modernas bayonetas policiales. El comisario a cargo del procedimiento no era de la zona, lo habían enviado de otra jurisdicción para evitar sospechas, claro, que estaban implícitas de antemano. Para Méndez, probablemente, no fuese más que una pequeña diversión, pero lo sentía por Clara. Ella, parada en medio del patio, protagonista de la noche, representante de la Fundación, se que había quieta como una columna firme e inconmovible, punto de reparo de todas las miradas que la estaban juzgando, los vecinos y las pocas enfermas que todavía no necesitaban ser internadas y colaboraban con ella, que confiaban en ella. No pudo soportarlo. Tantos y tantos meses de dolor y pesadumbre, de pensar en la vida como un recurso inútil a sostener indefiniblemente, para que un día le fuera arrebatada sin aviso, habían engendrado ese vacío en donde la oportunidad de esa noche encajaba perfectamente, como nada más exacto en toda su vida, como una ecuación rodeada de vacío, nada antes o después de ella. La pura exactitud, hasta el punto de convertirse en lo absoluto.

     La negra sustancia de la noche era el vacío y el todo. Por eso, corrió los pocos pasos que la separaban de Antonio, se apretó a él como si lo abrazara, y arrebatándole el revólver que él siempre llevaba en una sobaquera, se pegó un tiro.

     Según me contaron, todo fue una tragedia griega en el barrio. Casas, luego de desprenderse del estupor, trató durante meses de consolar a Laura, que esa noche gritó y chilló como histérica. La ambulancia, ya inútil, más policías, interrogatorios obligados que quedaron en la nada, y el Club Social que reabrió sus puertas una semana después, cuando el desorden fue eliminado y las manchas de sangre de las baldosas eliminadas. La panadería permaneció cerrada unos días, luego abrió, pero el pan no era el mismo. Oscar, el sobrino de Méndez y aprendiz de Casas, se encargaba de la cocina, Laura estaba demasiado deprimida para que el padre retomara el ritmo matutino de la cocina y la venta. Pero cuando las ventas bajaron y las facturas se podrían en los estantes y canastos, Rodrigo Casas finalmente retomó de vuelta las riendas, y todo volvió a su cauce normal, o por lo menos lo aparentaba.

      La barbería también cerró casi dos semanas. Oscar, ese chico silencioso, hosco y ubicuo, cuando Casas lo echó, se fue con el tío y se convirtió en aprendiz de barbero, por lo menos durante el tiempo que Méndez dejó pasar para que las aguas políticas se calmaran. Faltaba poco para las elecciones, pero él ya no estaba tan bien parado como antes. ¿Quién había hecho la denuncia? Después de pensarlo mucho, llegó a la conclusión de que pudo ser cualquiera, incluso alguno de sus camaradas. En política partidaria no hay fidelidades, bien lo sabía.

     Lo encontré hojeando el diario de la mañana, sentado en el taburete junto al espejo. Apenas nos miramos a través del reflejo, sentí la sensación de la ponzoña. ¿Qué era eso? Un dolor que parecía provenir de la pared y atravesara el espejo, devolviendo no la imagen reflejada sino su metamorfosis.

     No abrazamos.

     Oscar estaba con su delantal impecable, esperando frente al espejo, afilando la navaja en el cuero.

     -Buenas- dije.

     -Buenas, doctor- me contestó.

    -Ya lo ves, está aprendiendo el pibe- me dijo Méndez, acompañándome al sillón. Dio recomendaciones al sobrino, y éste se puso a trabajar. Mientras, Méndez me hablaba, diciendo insensateces sobre la situación de campaña. El fantasma de Clara era una idea perdida que luchaba por sobrevivir en la memoria colectiva del barrio, pero en cada casa o negocio era rechazada, y se escabullía hacia la vereda en busca de un limbo donde expiar sus supuestas culpas. Pero cada espacio tenía ya las propias que expiar, tal vez fantasmas más viejos habían ocupado antes el lugar, y se dice que los espíritus son más celosos y posesivos que los vivos.

     Oscar me embadurnó la cara de crema. Méndez me preguntó por Amílcar. Lo hizo adrede, sabiendo que yo no podía explayarme por temor a mover la mandíbula o hacer un gesto de más que provocara al filo de la navaja. Entonces pensé que Antonio había encontrado una especie de mano derecha, no sólo para el negocio; pero como toda mano, no demasiado confiable.

      Durante una pausa, contesté:

     -Y… se imaginará, Méndez. Mi padrino esté enojado.

     Eso era poco decir. Amílcar, cuando se enteró de todo, arrojó el diario por el balcón del departamento y se metió en el baño durante media hora. Escuché el ruido del papel higiénico con que se sonaba la nariz, el ruido de la cadena del inodoro, el abrir y cerrar de la puerta del botiquín y los grifos del lavabo. Se estaría inyectando, seguramente, si el llanto se lo permitía. Cuando salió, me agarró de los hombros y me dijo: “¿Te das cuenta, Berto, que todo lo que ese tipo toca, lo mata?”. Intenté consolarlo en lo que no tenía más consuelo que el que otorga el tiempo. Pero en la expresión había más furia que desconsuelo o tristeza. “¿Qué vas a hacer?”, le pregunté, temiendo darle ideas de venganza, otorgándole un tácito permiso con mi simple pregunta, pero él no necesitaba ideas ni permisos de nadie. El inevitable íncubo que todo hombre posee, estaba engendrando la nueva tragedia.

      -Sí, lo imagino muy bien, Berto- me contestó Méndez, abriendo otra vez las amplias hojas de La Prensa, ocultándose de la pequeña escena que ocurrió después en La Plata, como un director que confiaba en su director de escena: el movimiento de sorpresa que hice cuando me llamó por primera vez de la manera en que únicamente mi padrino me llamaba, y que puso mi garganta el filo de la navaja de Oscar. El corte superficial y sangrante, el papel con que detuvo la hemorragia, las disculpas susurradas mirando de reojo al tío tras el papel del diario, que sin duda escuchaba todo, como dios tras bambalinas.

     Salí de la barbería y de la ciudad con la advertencia impresa en un costado del cuello, como un simple raspón, es verdad, pero que ardía mucho ante el sol del mediodía.

 

 

 

7

 

 

Sabía que mi padrino nada había tenido que ver con la denuncia ni el allanamiento. Lo que Méndez temía era el uso político que utilizaría para sacarlo del camino definitivamente.

     Las semanas pasaron. No volví a La Plata, pero me comunicaba con Casas de vez en cuando, porque me había pedido ayuda para la depresión de Laura. Le recomendé un especialista de mi hospital, y en esas breves e incómodos charlas telefónicas hablábamos de lo que sucedía en el barrio, para apartarnos un poco del drama personal. Sin embargo, todo en ese lugar estaba ensamblado: lo personal y lo público no podían separarse. Si surgía el tema de la campaña para intendente, caíamos en los eventos de aquel viernes negro de la kermese, y si hablábamos de cómo estaba su hija, aparecían los comentarios sobre la reputación de Méndez que había descendido hasta el punto de que las pintadas ya no eran sólo en el paredón del baldío, porque ya no había lugar para escribir, sino en todos los alrededores. No pude sorprender en el tono de Casas sarcasmo ni satisfacción, por más que presté atención a su voz en el teléfono. ¿Quién era ese hombre? ¿Un insensible o un alma íntegra más allá de todo resentimiento? Era un dios dolorido, creo, el que se esconde las paredes del silencio y apenas murmura obscenidades de vez en cuando, protegiendo su alma tras las vitrinas de su negocio, miedoso de sí mismo, quizá.

     Un día estaba en el hospital, ya terminando mi turno, cuando la recepcionista me llamó a los gritos:

     - ¡Doctor, espere, lo llaman!

     Me di vuelta desde la puerta y vi que la mujer me reclamaba con el tubo del teléfono en la mano y el brazo extendido.

     -Berto- escuché en el auricular. Era la voz de Méndez, cascosa, gastada, como si hubiese estado llorando.

      - ¿Qué pasa, Antonio?

      -Mataron a los chicos, Berto- y antes de cortar, porque no pudo seguir hablando, escuché cómo el nudo de su garganta estallaba con congoja.

    

      Cuando llegué, tuve que estacionar a cinco cuadras. La policía y el municipio habían cortado el tránsito de accedo al barrio. Había periodistas a decenas y camarógrafos por todas partes. Presenté mi credencial de médico a varios custodios y al fin logré llegar a la cuadra de la barbería. Los vecinos estaban amontonados en grupos que la policía intentaba mantener alejados del baldío, porque ahí estaban los cuerpos. Escuché, al pasar, fragmentos de conversaciones y palabras inconexas, pero todas hablaban de indignidad, de venganza, y todos esos calificativos de ”la pagarán caro “ y “la guerra está declarada”. Los asesinatos habían comenzado, y los tres chicos que yo había conocido unos días antes estaban muertos. Los tres que trabajaban juntos para Méndez, como si se protegieran uno al otro, estaban en el baldío, entre los pastizales de altos cardos que unos empleados de la municipalidad ahora estaban intentando cortar a machetazos limpios sin que nadie supervisara que no se borraran huellas o eliminaran posibles pruebas. Tanta vigilancia era simplemente, me dije, para aparentar darle importancia a los hechos ante los periodistas que eran los que formaban, al fin de cuentas, la opinión pública.

     Méndez se me acercó y me abrazó.

    -Berto, vos los conociste, querido, eras esos que tan bien me hablaron de vos cuando te fuiste, tan chicos, tan chicos…

     Antonio estaba desconsolado, se notaba, pero había una veta de excitación extrema que adjudiqué al nerviosismo de la situación, pero que también había visto cuando hablaba en público, y cuando mejor lo hacía era cuando algo lo indignaba. Entonces salían atropelladamente esas palabras que tanto lo habían elevado al sitial del hombre del pueblo elevado a conductor de masas.

     Me metí al baldío. Era la primera vez que me adentraba en ese basural que había comparado con una selva tropical, y me sorprendió que hubiese surcos y senderos formados entre los altos cardos que nunca había visto crecer tan altos. Tenían poco más de dos metros de altura, adecuados, me dije, para ocultar a cualquier hombre. Los que macheteaban me dieron paso y uno me fue separando las ramas espinosas que lastimaban como la puta madre apenas se las rozaba. Yo calzaba mocasines y un raje de invierno, lo que me protegía de los arañazos de las plantas, pero no en la cara ni en las manos. Cuando llegué junto al paredón, tenía las mangas y los pantalones con abrojos.

     Los tres cuerpos estaban en distintas posiciones tirados en el piso. El mayor, el que quería ser médico, con la espalda apoyada en la pared, la cabeza caída sobre un hombro y las manos abiertas sobre el piso. El pelirrojo, boca abajo, con los pantalones caídos, tal vez lo habían violado antes o después de matarlo. El más chico, boca arriba, las piernas torcidas y los brazos rotos, como si hubiese querido escapar pataleando y golpeando.

    Habían sido fusilados los tres, con varios tiros, contra el paredón, que estaba manchado de sangre con figuras que parecían mapas de mundos desconocidos, y que tapaban las pintadas políticas para siempre.

     No habían sido atados, por eso las diversas posiciones que denotaban los diferentes intentos de resistencia o pasividad. El mayor, el más fuerte, fue quien debió quedarse quieto. Y los otros dos, pobres, quién sabía qué ni cuánto habían peleado o sufrido. Examiné los cuerpos, estaban rígidos casi y la sangre seca.

     - ¿Cuándo descubrieron los cuerpos? - pregunté, al oficial que apareció detrás al poco rato.

     -Al mediodía, más o menos. Una maestra pasaba por la vereda y vio a los perros agitados entrando y saliendo del baldío, y cuando se asomó, bueno…corrió a la comisaría.

     Fue en plena madrugada, probablemente antes de que amaneciera. Eso fue lo que le dije al comisario y a Méndez. Pregunté si alguien escuchó los tiros, o los gritos de los chicos. Ambos me miraron, los tres sentados en la barbería, y se encogieron de hombros.

    -Nadie declara, doctor- me dijo el comisario.

    -Les tienen miedo, pero yo no, Berto. Esta la van a pagar.

     Méndez se levantó cuando vio entrar al intendente en funciones. Se dieron la mano en señal de transitoria conciliación. Me presentaron como ahijado de Domínguez, y el doctor Farías se mostró interesado por mi presencia.

     -Conozco al señor diputado, doctor. ¿Usted está encargado de las autopsias?

    -Tengo entendido que fui llamado como amigo, nada más. Debe haber otros colegas designados a estos casos.

    Farías miró al colaborador que lo acompañaba, cuchichearon unos segundos, miró luego a Méndez, y dijo:

     -Creo que el más eminente para este caso es el doctor Ibáñez. Está dictando clases en la Facultad de Buenos Aires, pero ya lo llamaremos. ¿Se encargaron de recoger los cuerpos, comisario?

     El comisario Saldívar carraspeó, se atusó los bigotes y se excusó diciendo que esperaban el examen médico antes de levantarlos.

     El intendente me observó.

     - ¿Y a qué hora piensa que los mataron, doctor?

     -En plena noche, intendente, una o dos horas antes del amanecer.

    Miró su reloj pulsera.

     -Son las seis de la tarde. ¿Por qué no llamaron a un médico del juzgado antes, Méndez? El doctor se ha venido desde Buenos Aires a instancias suyas como amigo y consejero, tengo visto, pero no es responsable de estos descuidos imperdonables. Y dígame, Saldívar, supongo que ha recogido testigos y algún sospechoso en vista.

     El intendente debía leer muchas novelas policiales y ver mucho cine negro, tal vez. Era encomiable la imaginación que intentaba insertar en la realidad que lo rodeaba, aunque no encajara.

     -Nada por ahora, intendente. Estos crímenes políticos, usted ya sabe…

     -Bueno, dígaselos a los padres de los chicos, comisario, están ahí afuera, llorando y reclamando respuestas. Ya sé, ya sé, soy yo quien debe dar la cara.

     Se abotonó el sobretodo, se puso los guantes y el sombrero. Salió a la vereda. Los periodistas lo acosaban, los padres le reclamaban. No escuchamos lo que dijo, pero calmó a todos. Los Farías tenían ese don del convencimiento, yo conocía a unos cuantos en Buenos Aires.

     

      Se hicieron los funerales en medio de escenas propias de una película italiana. Mujeres enlutadas y con velos, hombres de sombreros y trajes negros con crespones en los brazos, y mucho llanto y mucho griterío. Unos cuantos tiros se escucharon de lejos cuando los tres cajones entraron al cementerio en tres autos diferentes. Muchas coronas, hasta del gobernador y el presidente, y de la cámara de diputados. Orestes Giraldo también llegó, y se encargó del último discurso, para asegurarse de que quedara en claro que los chicos habían sido víctimas de la mafia parlamentaria del partido oficialista. Era un hombre demasiado culto y respetado para que se lo abucheara en pleno cementerio. Su discurso apareció completo en los diarios de orientación socialista en Buenos Aires, y cortado en los demás. Las exequias corrieron completamente por cuenta del estado, por supuesto, Farías se aseguró de eso. Por más que las familias fuesen de la otra ideología con las que venía luchando de mucho tiempo antes, los chicos no tenían la culpa. Y también, por qué no, sería muy bien visto por los mismos opositores. De alguna manera había que arreglar los estropicios y la negligencia contemplada por el dueño del terreno, la comisaría y el juzgado jurisdiccional.

     El doctor Ptolomeo Ibáñez llegó después de que los cuerpos fueron sepultados. “¿Cómo?”, dijo, sorprendido, cuando llegó al día siguiente que fuera llamado a su cátedra. Eran cinco días después de asesinato. “Llegó demasiado tarde, doctor, y los cuerpos se descomponían”, le dijeron. Yo estaba presente en el juzgado esa mañana, me presenté a Ibáñez, una eminencia en la criminología forense. Se lo veía confuso antes esa respuesta, como si le recriminaran su tardanza. Se recompuso, y dijo:

     -Sepa usted, señor comisario, que me transmitieron la solicitud de consulta ayer a las nueve de la noche en mi domicilio. Si no tienen médicos encargados, hubieran pedido consulta al Asociación de Médicos Forenses apenas se descubrieron los cadáveres. Acá, el doctor Ruiz me ha explicado ya la cronología de los hechos. El doctor no es especialista y no era su deber ni está en sus conocimientos encargarse de esta responsabilidad.

     -Nadie le encargó eso, doctor.

     -Precisamente, comisario. Lo pusieron en una situación muy incómoda por lo menos, y yo diría que confusa. ¿No es así?

     Ibáñez me conducía a sus rediles, quería salvarme porque conocía a mi padrino.

     -Han puesto su nombre para rellenar formularios, nomás.

     -Hemos hecho lo que hemos podido. El doctor Ruiz examinó los cadáveres, dio su opinión sobre las causas de muerte, desde ya evidentes. El resto es trabajo policial para descubrir al asesino.

     El intendente, que, por supuesto, estaba sentado a la mesa, repiqueteando los dedos y escuchando el buen trabajo que hacía Ibáñez, intervino.

     -Usted lo ha dicho muy bien, Saldívar. El doctor dio, exclusivamente, su opinión, llamado por el dueño del terreno como amigo personal y consejero. Pero dejemos eso, acá ponemos en jaque su actuación, comisario. No comunicó a tiempo al juzgado, el juez no pidió la autopsia, no se recabaron testimonios ni se rastrillaron pistas de la escena del crimen. Entre los cardos se escondió el asesino. Y ahora que me pregunto, ¿por qué dar por sentado que es uno y no más de uno? Acá, el doctor, Ruiz, con su perspicacia, por más que no sea especialista, y eso va en mérito suyo en toda esta extraña situación en que lo pusieron, nos ha explicado las razones para sospechar que los chicos fueron asesinados en diferentes lapsos de tiempo.

     Saldívar, que estaba perdido, se encogió de hombros. Miró a Méndez, callado como una sombra en un rincón.

     -Es una forma de decir, jefe.

     Fue su última frase en función. Al día siguiente lo dieron de baja. El caso pasó de mano en mano, el doctor Ibáñez no pidió la exhumación porque no estaba en su poder hacerlo. Escribió un artículo insinuando con discreción la corrupción municipal, en todo casa, en todo el país, porque el horno no estaba para bollos. El poder del pueblo se venía sintiendo como un movimiento subterráneo que no tenía discernimiento.

      Al mes siguiente, el disfavor que Méndez había sufrido por los rumores de corrupción en el caso de Clara y la fundación se había invertido para elevarlo a una categoría de mártir. Los chicos a quienes él les daba trabajo y apartaba de los vicios, habían sido asesinados sin piedad por sus contrincantes políticos. Ya descubriría quiénes fueron, dijo a quien quisiera escucharlo en sus reuniones de comité, mientras afeitaba a sus clientes o en las cenas de camaradería. Daba las manos a todos los vecinos y tardaba media hora en caminar una cuadra. Ya no había pintadas en el paredón. Los cardos seguían altos y el baldío se conservó como siempre fue, como sitio de padecimiento de los mártires políticos. No se creó un jardín ni se pusieron placas rememorativas. Los cardos que alguien había sembrado mucho tiempo antes escondían la malicia y la inocencia, y los senderos entre ellos eran caminos por los que el hombre de bien debía abrirse paso. Todo esto lo repito casi literalmente del sermón del párroco que habló al domingo siguiente de los funerales. Cura villero, aunque no era ese el término en esa época, hacía méritos por continuar en la diócesis.

     Cuando volví a Buenos Aires, fue en tren. El auto lo dejé en un taller porque se había perforado el radiador y cortado la correa de distribución, entre otras cosas. Un encomiable trabajo nocturno en la puerta de la casa de pensión donde me alojaba habitualmente. Los términos, entonces, estaban definidos, por lo menos a las bajas esferas. En los altos círculos, sin embargo, era muy fácil confundir las ideologías o las simples posiciones políticas con la conveniencia. Mis relaciones, mis protectores, combatían los reveses con astucia: los despropósitos y estupideces de los oponentes suelen ser puntos a favor, como sucedió con el comisario y toda su gente, incluido el juez. Pero no sirvió de nada.

     Méndez estaba ahora ganando terreno para la intendencia, y los chicos le habían servido mejor que nunca.

          

 

 

8

 

 

Fui a buscar a Amílcar a su oficina en Riobamba. Cerca, el centro porteño relumbraba máscaras artificiosas que tapaban las veredas rotas y los vagabundos apoltronados en los umbrales de los bancos cerrados. Calle y vereda de oficinistas que él había elegido porque le gustaba asomarse al balcón estrecho a observar el hormigueo de las hormigas sucias que se llaman hombres y mujeres, sobre todo en la mañana, con ese ajetreo sin sentido final que es el trabajo en la ciudad. Autos y peatones combatiendo entre sí, y luego levantaba la mirada hacia el río plateado, ajeno a la pequeñez de la humanidad. Allí pensaba sus discursos parlamentarios, con sólo una secretaria o un secretario si se cansaba de las polleras. Con los hombres hablaba de la miseria y la obscenidad del mundo, sin tapujos, sin ofensas. Con las mujeres debía recatarse si no quería problemas. Con ellos, la desnudez del alma, con ellas la hipocresía de la astucia. El resultado era una serie de hojas dactilografiadas a altas horas de la noche. Si se trataba de una chica complaciente, como Sonia, por ejemplo, pelaba la verga ahí nomás, así me lo contaba él, sobre la alfombra. Después, el ascensor hasta planta baja, mudos los dos, se despedían en la vereda con un beso en la mejilla, y luego se iba a tomar una copa en uno de los bares sobre Corrientes.

     Esta vez estaba solo en la oficina, con la luz del escritorio encendida sobre la Remington, silenciosa. Escribía en un cuaderno de notas, tachando cada dos por tres, borroneando hasta que finalmente arrancaba la hoja, la arrugaba y la tiraba al piso. Hacía eso cuando abrí la puerta, tenía mi propia llave, claro. 

     ¿Falta inspiración?

     - ¡Pst!

     Tiró todo sobre el escritorio, bajó las piernas que tenía apoyadas sobre la mesa, y con las manos en los bolsillos del pantalón, la camisa abierta y los tiradores arrugando la camisa, salió al balcón, empujó la vieja maceta vacía a un costado y apoyó los codos. Anochecía.

     Lo acompañé un rato en silencio.

     - ¿Y la mina, che? - pregunté.

     -Se perdió, pero ya se va a encontrar sola, ¿no te parece?

     -Suelen, Amílcar. Pero quién las entiende.

     -Mejor estamos solos, Berto. Entre hombres nos entendemos. Mirá allá- dijo, señalando hacia el Congreso. -El gran putero del país, querido. Todos con todos, es la única forma de mantener la paz…

     No se reía, ya había repetido muchas veces esos versos que habían perdido su gracia.

     - ¿Cómo anda tu amigo?

     -No es mi amigo, ya te dije.

     -Sí, ya sé, me estabas sirviendo de espía. Pensá así, si te viene bien, no tengo problema.

     Lo enfrenté.

     -Pero decime una cosa, ¿vos pensás que te estoy traicionando? Tenés una persecuta con eso, todos están contra vos, todos complotan contra vos…

     Los bocinazos aumentaron en la calle, catorce pisos abajo.

     - ¿Ves eso, Berto? Se vienen los negros, querido. Pronto sacan al Pocho de la cárcel, y yo que vos, me quedo acá arriba, donde no llega tan fuerte el humo de los coches quemados ni el tufo de la villa.

    -Pero sí las balas…

    Me pasó un brazo por encima de los hombros, nos acodamos en la baranda intentando descifrar el origen del barrullo. ¿Un accidente nomás? No. El canto peronista, recién estrenado, era pegadizo, una obra maestra de la propaganda.

    -Ya sé que te afectó lo de los pibes, me contaste. Así son los hijos de puta, capaces de matarse entre ellos para echarnos la culpa. Es una guerra sin cuartel, pibe. Te vas dando cuenta. Menos mal que te metiste a médico, vos. No está hecho para estos menesteres. Vení, entremos.

     Cerramos el ventanal y nos sentamos en el sillón.

     - ¿Te parece que va a ganar?

     -Sí, la intendencia es segura. ¿Qué vas a hacer?

     -Estoy preparando un discurso para la próxima sesión para vetar el libre culto. Si ganamos con eso a nivel nacional, por lo menos pateamos la pelota un tiempo más.

      -¿Y si se viene la revolución?

     -Una más, ¿qué más da? En dos o tres meses, máximo un año, la contrarrevolución. El pueblo no sabe gobernar, querido, y el burro que quieren poner es un mamerto.

     -Pero la gente lo apoya…

     -Eso no es nada, el problema es que el ejército lo haga, y eso me preocupa, por eso hay que mantenerlos contentos con mucha guita. Los uniformes cuestan, lo mismo que la buena educación.

      -Pero…

      - ¿No te enseñaron otra palabra los zurdos, querido? Ya sé que como médico de hospital público se te ha sensibilizado la veta social y toda esa mierda. ¿Te creés que el pueblo son solamente los pobres? Todos somos “el pueblo”. Yo también tengo piel y huesos como un obrero de Mataderos. También me drogo y puedo morirme de cáncer.

      -Lo que quiero decir…

      -Nada, Berto, nada, no te escucho más. Méndez es una bestia, pero cada vez que intento derribarlo renace como el Fénix.

     - ¿Qué querés decir?  Si es por lo del club…

     -Dejá esas pendejadas de lado…

     -Si es por Clara…

     Silencio y mudez durante cinco segundos en donde el mundo detuvo sus vueltas, y mi corazón se mareó en la inercia, en el movimiento pasivo del mundo detenido.

     -La mató un montón de veces. Cuando me la quitó y se la vendió a Casas, cuando volvió a embaucarla en los últimos años, cuando la convenció de la fundación. Ya sé que ella quiso, pero usó en su provecho la piedad de ella…

     -Dicen, Amílcar, que la plata la ha usado para ayudar a muchos.

     -Mi querido abogado del diablo, ayudar a unos cuantos no es ser bueno, sino astuto. Con las utopías del pueblo se gana más que con el capitalismo a ultranza.

     Me levanté, me serví un whisky. No había comido nada, y en la heladera de la oficina había un sándwich del mediodía. Volví al sillón, dando vueltas a mi idea fija.

     - ¿Qué harías para detenerlo?

     Mirándome serio, me escamoteó el sándwich, le dio un mordisco y me lo devolvió.

     -No delires con películas de espías ni de la mafia. No lo voy a mandar matar.

     ¿Lo decía en serio? Estaba drogado, pero esta vez había consumido una dosis baja. Sabía lo que decía, y escamoteaba el sentimiento.

     - ¿Por eso no te casaste?

     - ¿Qué se te metió en la cabeza, Berto? ¿Qué tanto interés por Clara y yo?

     -Quiero entender…

     -No tenés que entender nada. Las cosas son como son, por más que les des vueltas. Cuando te cansás, ya no te interesan más, y las aceptás como vengan. No soy un conejito de Indias que puedas analizar. Soy un hombre, tarado si querés, todo lo que vos quieras, que deberías aceptar sin preguntar.

     Encendí la radio. La quinta sinfonía de Beethoven sonó completa y sin interrupciones. Fiambre masticado, pan desmigajado y whisky volcado en el sillón. Dos hombres medio borrachos pensando en la fatalidad y el destino que otro hombre más de un siglo antes había comprendido, tal vez, completamente.

     -Pobre viejo sordo… -dijo Amílcar, soltando el vaso que se rompió en el piso. - Fijáte la ironía del pobre tipo. Entender el mundo, tener el talento para traducirlo, y de pronto, zas, le quitan el único instrumento que necesitaba. Por entender a Dios, le salió el tiro por la culata.

     Yo también estaba borracho, y no me di cuenta hasta que los atronadores llamados de la sinfonía se repitieron en mi memoria. El tiro por la culata, la simbología militar y la guerra de cuartel.

     Hay motivos más ancestrales que la guerra, causas que nacen en las tristezas de los huesos, porque ellos recuerdan las atrocidades de la destrucción. La piedad no es natural al hombre, ni la compasión. La tolerancia es la gran falacia inventada por los necios.

     Amílcar se durmió en el sillón, despatarrado, rascándose la entrepierna de vez en cuando. Se orinó encima, y no me importó. Me levanté, mareado, sosteniéndome del respaldo y fui a la ventana, oscura y ya silenciosa. Me dejé caer en la silla del escritorio. Hojeé al azar las hojas del discurso inacabado. Cansado, abrí y cerré los cajones, por costumbre, por aburrimiento, por desazón. Nada había en la vida de mi padrino que pudiese esconderme, salvo, quizá, su corazón. Pero dudaba que lo tuviese, al fin de cuentas, por lo menos con la sosa definición que solemos darle.

     Entonces encontré un papel doblado, de color verde. Una factura de compra de una concesionaria de autos de La Plata. Había comprado un Chevrolet Cupé. Me llamó la atención, tanto que acerqué el papel a la lámpara del escritorio. No era la clase de vehículo que a él le gustase manejar, demasiado lujoso, llamando demasiado la atención. Tenía un Ford gris que apenas usaba. ¿Lo había vendido y cambiado? ¿Tal vez todo lo que había pasado le había hecho hacer ese gasto estrafalario? Miré la fecha, de hacía apenas un mes. Después de la muerte de Clara, y justo antes, exactamente dos días antes del asesinato de los chicos.

     Iba a desistir en mi intento por buscar la quinta pata al gato, como quien dice. Pero el cansancio traiciona, y mis ojos vieron el nombre del titular del auto: Oscar Méndez.

     Le había comprado un auto de lujo al chico de dieciséis o diecisiete años. No había gastado nunca ni la mitad de eso de una sola vez en un regalo para mí.

     Pero esta vez era urgente, era necesario. No había otra explicación.

      Recordé el filo de la navaja de afeitar en mi cuello, y la cara inerte e inexpresiva a veces, fastidiosa y desafiante casi siempre, del chico. Que sabía hacerlo todo, aparentemente, que a todo se animaba y rebuscaba, pan, barbería, o lo que fuese. Pero ¿y el arma?   

     El comisario Saldívar se había encargado de eso, probablemente, y de insistir, o más bien su propia estupidez, en la teoría de un solo asesino. No le habría costado mucho al padrino ese lado del trato.

     Entonces la cara del muchacho volvió una vez más, insistente y amenazante.

     Si un hombre como él, me dije, sabe hacer pan, puede también matar.

     Si sabe afeitar a otro, puede hundir la navaja unos centímetros más sin ningún problema.

     La única diferencia es la compensación.

     Y para muchos, un coche vale tanto como el alma.

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