domingo, 3 de mayo de 2009

Cecilia






Caminé entre las mesas, entre los hombres y mujeres que almorzaban rápidamente antes de volver a sus oficinas. Vi a Cecilia en un extremo del salón, junto a la última ventana. Tenía el cabello corto, como cuando cursábamos el bachiller y empezamos a salir juntos. No habían transcurrido aún diez años, y desde entonces no nos habíamos visto más que dos veces.

Terminaba su café y leía el diario abierto sobre la mesa, con los restos de una ensalada y un pollo en el plato apartado a su derecha. El humo de los cigarrillos atenuaba un poco el olor a grasa desde la cocina. Un mozo, después de cobrarle la cuenta, le alcanzó las muletas.

Entonces me acordé de todo. A veces un solo objeto es suficiente para darnos el perfil completo de alguien conocido. La enfermedad de Cecilia no era parte de su persona, sino ella misma.

Al acercarme, me miró con sorpresa al principio. Luego, sonriendo, me dio un beso, y puso las muletas de nuevo contra la pared. Se veía delgada y pálida. Apoyó los codos sobre el mantel, preguntándome qué estaba haciendo por aquel lugar.

-Hace un tiempo largo que vendo repuestos y herramientas acá en el centro. Almuerzo cuando puedo en diferentes bares. ¿Y vos venís siempre?

Quiso decir que sí, estoy seguro, pero se arrepintió como si de pronto recordara que desde ese día ya no iba a hacerlo.

-Generalmente...salgo de la oficina a las doce y media, y entro a la una y media.- Miró hacia la calle, y parecía no querer hablarme de su trabajo.- ¿Está lloviendo, no?

-Un poco. ¿Siempre con la empresa de heladeras? Eras secretaria, creo...

Vi otra vez esa mirada esquiva e introvertida que me daba cada vez que escondía algo. Así había pasado diez años antes, al separarnos. Éramos novios, hasta me acuerdo haber ido a su casa para presentarme con sus viejos. Teníamos dieciocho años. Sé que salí con ella más por no quedarme sin pareja para la fiesta de graduación que por otro motivo. Me gustaba, pero nunca me sentí enamorado. Si ella lo estuvo, no lo sé. Antes que pudiera averiguarlo, cortó nuestra relación en apenas dos meses, justo antes de graduarnos. Esa noche en la fiesta me quedé solo, esperando verla para hacerle pasar vergüenza delante de sus amigas. Pero no fue. Tampoco quise bailar con alguien más, necesitaba comerme la bronca acumulada pensando en Cecilia.

-¿Y vos, qué tal están tus cosas?- le pregunté señalando las muletas.

Fue una crueldad, lo reconozco, pero cada vez que la encontraba le hacía la misma pregunta. Como si un pequeño resto de aquel adolescente rencoroso surgiera al verla.

-Aquí estoy, Leandro. Me sigo deteriorando de a poco.

Lo dijo con una sonrisa hermosa, tan patéticamente bella como sólo un rostro melancólico puede hacerlo. La misma expresión que puso el día de mi cumpleaños, en el patio de casa, mientras mis amigos nos miraban, al decirme que no quería salir más conmigo. Había intentado abrazarla, pero se apartó con brusquedad. Dijo que estaba enferma y no nos convenía seguir saliendo por temor a sus ataques. Quise saber más, pero se negó a contarme. Todo esto lo dijo delante de los otros, y me sentí como un niño castigado. Ella lo hacía sentir así a uno.

Al año siguiente me enteré que la habían internado pocos días antes de la fecha de la graduación. Ella había insistido en que no me lo dijeran. Yo empezaba a trabajar de cadete, y por casualidad, un compañero de la escuela al que me crucé un día, me lo contó. La imaginé sola en su cuarto de hospital, con sus padres silenciosos a su lado, y ya no pude dejar de recordarla con frecuencia.

“Me estoy deteriorando” resonó en mi cabeza, y hasta creí escucharlo en todo el salón del restaurante, y que la gente también lo había oído. No fue así, pero esas palabras eran demasiado duras para ser pronunciadas por una mujer de veintisiete años. Sus ojos ahora estaban turbios, algo empañados y distraídos.

-¿Qué hora es?

-La una- respondí mirando el reloj en mi muñeca.

Hizo un gesto exagerado de inquietud, e insistió en que en media hora tenía que irse al trabajo.

-¿Vos te casaste?- preguntó.

-No. Ya salgo muy poco con mujeres. Vuelvo de la calle y no tengo ganas de hablar con nadie. Pienso en ellas, esos sí.

-¿En quién pensás?

El mozo nos interrumpió para traernos la jarra de cerveza que yo había pedido. Cecilia sonrió sin repetirme la pregunta. No le conté que pensaba en ella desde la primera vez que nos encontramos después de separarnos.

Fue a la salida de un cine de Lavalle, en una función de trasnoche. Eran las tres de la madrugada, me parece. Salí soñoliento de ver una película mediocre, entonces la encontré en la pizzería de enfrente. Verla con aquel aspecto, el cabello largo, anteojos y un impermeable gastado, me resultó atrayente. Estaba más linda, lejana pero al mismo tiempo seductora. Dijo que escribía para una revista, y le gustaba ir al bar para sentirse tranquila.

-Mis padres se están poniendo viejos y me hacen la vida imposible.

Después me contó lo que le habían hecho en el hospital: le amputaron dos dedos del pie derecho. Le pedí que me perdonara, y me hizo callar con una voz tan dulce que podría haber hecho que la amara desde ese momento definitivamente.

Bebimos dos botellas de vino. Ya estaba algo ebria cuando sacó un paquete de cigarrillos, ofreciéndome algunos armados.

-Son de los buenos- murmuró al encenderlos.

Le acepté uno, y saboreé en la garganta el humo de la marihuana, pero traté de no aspirar para mantenerme lúcido. Sabía que ella se perdería, lo estaba viendo ya en sus ojos vidriosos, y desde el mostrador empezaron a mirarnos. Le dije a Cecilia que era tiempo de que nos fuéramos. Ella guardó la cajetilla en su cartera, junto a las ampollas de insulina. Eran las cinco de la mañana, nos despedimos en la vereda del bar e intercambiamos los números de teléfono.

No sé qué pasó después. La llamé, charlamos un rato, pero no pudimos hacer una cita. Ya no volvimos a hablarnos. Me reintegré al vértigo ciego de mi trabajo, esa inexplicable inercia que me empujó, a los veintidós años, a conseguir algo, no importaba lo que fuese.

-Pero ya no me caliento por la guita- le dije mientras el reloj marcaba la una y cuarto, esperando que ella olvidase su obligación y se quedara conmigo. Insistió en que era tarde, y cuando me levanté para alcanzarle las muletas, me gritó que no lo hiciera. La gente esta vez sí se dio vuelta para mirarnos. Cecilia se puso a llorar, y me pidió que me sentara otra vez.

-Te mentí. Me despidieron de la empresa hace una semana- murmuró entre lágrimas.

Tenía la misma expresión que el día en que nos encontramos luego de aquella noche en la pizzería, tres años más tarde. Estaba sentada en un banco del Parque Lezama, medio oculta entre los arbustos espesos, rodeada de hojas secas. Yo iba caminando solo, común en mí desde hacía algún tiempo. La verdad es que las mujeres me resultaban demasiado complicadas y confusas, extremadamente extenuantes. Me habían desilusionado cada una de ellas. Excepto Cecilia, y lo de ella no era amor, o por lo menos no lo que uno imagina que debe ser y en realidad tal vez ni siquiera exista.

Llevaba el mismo impermeable -por alguna razón, siempre nos vimos en otoño-, su cabello estaba desprolijo y los lentes eran un poco más gruesos. Esa fue la primera vez que la vi con muletas, apoyadas sobre el respaldo del asiento. Al verme, intentó levantarse, pero después hizo un gesto de transparente tristeza, de irremediable resignación.

-Hola.

Me invitó a sentarme a su lado, y hablamos mucho tiempo. Ya no trabajaba en la revista, me contó, la habían echado después de la internación.

Eran las seis de la tarde y estaba nublado, entonces ella me mostró su zapato ortopédico. Le habían quitado la mitad del pie. La enfermedad avanzaba muy rápido, y fui su testigo. El único hombre al que le hablaría de todo eso.

El reloj del restaurante marcaba las dos.

-Ahora me despidieron de nuevo, pero creéme que lo lamento sólo por el sueldo. Siempre quise hacer otras cosas. La empresa me salvó por un tiempo, pero era un aburrimiento...Si pudiera entrar otra vez a la editorial...Todavía tengo una carpeta de notas y apuntes inéditos. Si querés te muestro mis artículos, algunos son tan viejos...

Acepté, y cuando llamamos al mozo se puso nerviosa. Le acerqué las muletas, corrió la silla y el mantel se movió. De pronto, sentí que mis músculos se adormecían o insensibilizaban, como cuando uno está a punto de desmayarse. Porque hay cosas que asombran por más se las espere desde largo tiempo antes. Ver a Cecilia con una sola pierna fue algo que difícilmente pueda comparar con otro recuerdo de mi vida.

-Todavía no me entregaron la prótesis- dijo, y el labio inferior le temblaba.

Me quedé en silencio mientras la ayudaba a subir al taxi, y durante todo el viaje hasta su departamento en un edificio del barrio del Abasto. Ya no vivía con sus padres. El portero la saludó con sorpresa y a mí con desconfianza. Cuando llegamos al cuarto piso, entramos a ese único ambiente dividido por un armario. De un lado había una cocina y una mesa, del otro una cama y dos sillas.

-Me cambio mientras se hace el café, ¿sí?- Dejó sobre la mesa una pila de seis o siete carpetas encuadernadas.- Andá hojeándolas si querés.

Me puse a leer sus notas y artículos de diversos años. Eran opiniones y estudios acerca de todas las cosas del mundo, hechos o personajes conocidos o extraños e insignificantes. Cada imagen cotidiana parecía haberle arrancado algún pensamiento, y lo curioso era la fluidez de aquella vida intelectual, tan contrastante con su otra vida externa.

La impresión final de esos escritos me resultó abrumadora, porque llegaban a la misma conclusión una y otra vez. Para Cecilia, el hombre y su cuerpo eran eternos servidores uno del otro.

-Estoy convencida- me comentó cuando nos sentamos a tomar el café.- La ciencia y la filosofía de alguna manera también lo dicen con sus eternos fracasos. Es una esclavitud que se acaba en el momento de la muerte.

-¿Y el alma?- le pregunté.

-No lo sé. Este cuerpo me ha ocupado demasiado tiempo como para dedicarme a pensar en algo tan abstracto como el alma. Es hora de mi inyección.- Y se fue a buscar su cajita de primeros auxilios.

Mientras esperaba, encontré entre los papeles dos cuadernos con poesías, algunas largas como poemas épicos. Cómo podía una mujer como ella, me pregunté, emparentar su pobre vida con una epopeya. Como una reina que aleja a sus pretendientes apartándose en su propia y solitaria celda de castigo. Sin importarle lo que deja atrás, sin mirar a quien lastima. Porque quizá su dolor sea tan fuerte como el sonido del mar en una tormenta. Entonces sentí el sabor de la ira segregando en mi lengua. Tuve que levantarme de la silla.

-¿Nunca te casaste?

-No, Leandro. Viví con un hombre un poco mayor que yo por un tiempo, pero no resultó.

Hasta eso me había ocultado. Como si fuese un chico todavía, alguien no lo suficiente mente maduro como para tomarlo en serio.

Sobre el televisor había un hueso seco. Parecía la cabeza de un animal pequeño.

-¿Qué es este hueso?

-¿Ah, eso? Me lo regaló mi prima Leticia cuando éramos chicas. Es parte de la cabeza de un perro. Me gusta mirarla de vez en cuando. Me hace acordar lo fútiles que somos todos.

Del otro lado del armario, la escuché abrir la ducha. Me acerqué al mueble, y a través de las rendijas de las puertas, observé cómo se iba quitando la blusa, hasta quedarse con aquel corpiño negro que ocultaba sus senos blancos, apenas más grandes que mis puños. No tuve vergüenza de desear tocarla, de poseerla realmente por primera vez. Creo que al descubrir ese aspecto de irrefutable superioridad de su mente y la exquisita lucidez de su pensamiento, surgió en mí el escondido rencor adolescente. Y sé que en ese momento era yo un chico caprichoso que si no lograba obtener lo que quería, habría sido capaz de destruirlo.

Fui hasta el otro lado del cuarto, y la tomé de los hombros con una energía que no me atreví a disminuir por temor a arrepentirme. Le hablé al oído, oliendo su perfume extraño, ese aroma a colonia y medicamentos mezclados en la piel. Recuerdo la débil resistencia que me ofreció, y eso fue casi desilusionante, porque yo tenía la necesidad de tomarla de los brazos y sacudirla hasta hacerla mirarme a los ojos, que viese más allá de su cuerpo y sintiese la fuerza de alguien más que no fuese la mordida silenciosa y constante de su enfermedad.

Al despertar, la luz de la mañana entraba por una ventana cerca del techo del baño. Decidí levantarme para ir al trabajo, y pisé la aguja que ella había dejado caer la noche anterior. Di un grito al sentir el pinchazo, pero Cecilia no despertó.

La extraña quietud de su cuerpo me hizo sentir mal por un instante, y la sacudí de los hombros varias veces. Pero sus brazos se movieron fláccidos, inertes. Uno de ellos colgó como un péndulo del borde de la cama.

Sobre la mesita de luz había una fila interminable de remedios y ampollas. En las etiquetas se leía “insulina”, sin embargo estaban vacíos excepto por dos, llenas de un polvo blanco. Probé el contenido con la punta de la lengua, y entonces rompí el resto contra el piso, enfurecido. Pero sobre todo asustado. El polvo se esparció por el suelo, la sustancia que había sustituido a la otra en los frascos, esa otra alquimia superior, o tal vez menos execrable.

Separé las sábanas de su cuerpo, lleno de piquetazos y moretones que no había podido ver en la oscuridad de la habitación cerrada. Me puse a llorar como un chico sobre el cadáver de Cecilia.


Este relato forma parte de un tercer libro de cuentos todavía inédito, aunque es un viejo cuento, corregido, de los años '90. A veces un clima, una persona que uno ha conocido, un hecho que nos ha impresionado, colaboran todos para impulsar la creación de un texto literario, y sin embargo ninguno de estos factores influye completamente ni sobreviven como tales, ni siquiera en sus fragmentos mínimos. Se mezclan con los demás y se metamorfosean. Esto sucedió con este cuento. Un nombre y ciertas características de esta persona real, el ambiente urbano y su sensación agobiante de fracaso, la degradación que producen las enfermedades crónicas: todo esto se fue uniendo para confluir en el personaje y el clima, que a su vez se alimentan mutuamente. El resultado fue el intento de plasmar las sensaciones y la frustración que conlleva la imposibilidad de conocer realmente a alguien, todo aquello que nos esconde y el resentimiento que esto nos crea. El tema de la lucha con la enfermedad, la dicotomía alma-cuerpo, apenas está esbozado, por eso el personaje de Cecilia ha crecido con el tiempo desde la confección de este relato. Ha exigido a su autor explicar más de su historia, aunque siempre en forma indirecta, a través de otros personajes y los papeles y poemas que ha dejado. Pero eso será tema de otros cuentos, que en su momento serán mostrados.

Este relato recibió una mención de honor en el concurso organizado por la Fundación Tres Pinos en 2008, con un jurado constituido por Vicente Battista, Gabriel Bellomo y Fernando Sorrentino.



Ilustración: Gustav Klimt


viernes, 1 de mayo de 2009

Entrevistas








EL DIARIO DE MORÓN
MIE 30 JUL 2008 12:11

«Acá hay un gran movimiento cultural»

Por Pablo Daniel Ovin
por El Diario

Ricardo Curci es uno de los escritores más destacados de la zona oeste. Nació en 1968 en Morón, y publicó Los Casas, en 2004, y Los seres intermedios, en 2007. También ganó varios premios y reconocimientos a nivel local y nacional, uno de ellos, haber sido finalista en el Concurso Literario Leopoldo Marechal de Morón, lo que le valió la publicación de su cuento “El mar” en una antología que se dio a conocer recientemente por el Municipio de Morón.

–¿De qué trata el cuento?

–El cuento “El mar”, que aparece en la Antología, fue escrito en 2004, pero la idea original proviene de un viejo relato de casi diez años antes. Sucede que los temas, como el del mar, se repiten en mis cuentos, y aunque el texto original haya sido abandonado por ser producto de una época de aprendizaje, las ideas siguen rondando mi cabeza y las utilizo para nuevos textos.

–¿Qué representó para vos su publicación?

–El haber sido elegido para la antología significa una gran satisfacción, no sólo por la calidad de la antóloga, la escritora María Rosa Lojo, sino por el hecho de sentirme reconocido como representativo de la literatura de Morón.

–¿Es éste tu primer reconocimiento literario?

–Además de esta selección en la antología de Narradores de Morón, tengo un primer premio en cuento de la Fundación Ciudad de Arena de Literatura Fantástica en 2005, y un primer premio en poesía en el Concurso Nacional por el 150 aniversario de Esperanza, Santa Fe, en 2006. En estos días también recibí la noticia de que Casa de las Américas seleccionó un cuento mío para publicar en su revista anual.

–¿Cómo surgió la idea de publicar un libro?

–Eso se fue dando despacio. Recién cuando tuve el apoyo de la gente que conocía mi trabajo, y principalmente la propia satisfacción ante los cuentos, después de algunos años de maduración y repetidas correcciones.

–¿Qué pasó cuando finalmente viste tu primer libro en la calle?

–El publicar mi primer libro no me cambió la vida para nada. Simplemente fue, por un lado, la satisfacción personal de ver reunidos en libro una serie de relatos en los que había trabajado por mucho tiempo, y por el otro, constituyó una tarjeta de presentación para los demás, algo con lo que uno puede decir, quizá: “soy esto y así escribo”.

–Ese libro, Los Casas, tuvo muy buenas repercusiones en los ámbitos literarios.

–La repercusión siempre es limitada tratándose de ediciones de autor, pero los comentarios que me hicieron llegar fueron muy positivos. Sé que debe haber gente a quien no le agradó el libro o lo considera intrascendente, y me parece bien porque a mí tampoco me gustan todos los escritores, sería hipócrita decir que sí. Pero a veces el silencio es el crítico más discreto, me parece.

–¿Cómo lo definís vos?

–Los Casas es una serie de relatos que ocurren en un mismo barrio suburbano, donde los personajes reaparecen cada tanto como protagonistas o secundarios, en momentos o puntos de quiebre de sus vidas, a partir de los cuales ya no pueden volver atrás. En realidad los episodios fueron surgiendo desordenadamente, y casi puedo decir que cada personaje fue llamando a otros, sus vecinos, para contar sus historias, incluso el mismo ámbito y las características de los personajes me fue llevando de una historia a otra.

–¿Estás preparando un nuevo libro?

–Tengo una colección de cuentos terminada, que trata de abordar conflictos internos de hombres y mujeres y sus consecuencias trágicas. Me interesa la incomunicación y el aislamiento de cada alma, la forma en cómo los sentimientos se tergiversan cuando queremos expresarlos, pero a su vez el mantenerlos ocultos también los transforma en algo peor que monstruos.

–¿Cómo creés que se ha posicionado tu obra en el panorama literario?

–No tengo la suficiente distancia como para decir algo que no caiga en la pedantería, pero sí puedo decir que no suelo escribir lo que habitualmente está de moda o se vende. Es un gran punto en contra, pero así es como siento que debo ser.

–¿Cómo evaluás la literatura no comercial y en la zona?

–La literatura, y sobre todo en ámbitos municipales, no tiene gran salida de ventas, y el público, aunque numeroso para llenar salones de medidas moderadas, nunca es masivo como puede serlo la música popular. Por eso el apoyo gubernamental es limitado y casi otorgado a regañadientes. Me parece que en el oeste hay un gran movimiento cultural, pero sometido a mareas fluctuantes según las épocas. A veces predomina la actividad privada, otras la municipal. Pero me parece que la oferta es variada. En el caso de letras creo que aún está por debajo de la capacidad que podría demostrar, considerando la cantidad y la calidad de gente que integra la comunidad literaria de Morón.

CONTACTOS DE EL DIARIOCONTACTOS DE EL DIARIO
Grupo Multimedios Punto Com
El Diario de Morón
San Martin 134 Piso 1, oficina 3 y 4
Tel: (011) 4628-8049 / 4483-2498
publicidad@eldiariodemoron.com.ar
redaccion@eldiariodemoron.com.ar


INSOMNIA
Nº 137 - MAYO 2009

El mundo de Ricardo Curci
La lectura como un
viaje hacia otras vidas

José María Marcos
Exclusivo para INSOMNIA

Nacido en 1968 en Morón (Buenos Aires), los trabajos de Curci han recibido importantes reconocimientos. El relato “El Desprendimiento” ganó el primer premio de la Fundación Ciudad de Arena de Literatura Fantástica (Buenos Aires, 2005), con un jurado compuesto por Pablo de Santis, Patricia Suárez y Carlos Gardini. Mereció el primer premio por la serie de poemas “Ciencia” en el concurso organizado por la conmemoración del 150º Aniversario de Esperanza (Santa Fe, 2006). “El Mar” fue elegido para la Antología de Narradores de Morón en 2006 y “El Rostro de los Monos” (que da nombre a su tercer libro en proceso de edición) fue seleccionado para su publicación por la Casa de las Américas (2008). Ganó el premio Avalón de Relato Fantástico, organizado por la Asociación Asturiana de Ciencia Ficción, por “Los Campos Ingleses” (2008). Ha sido alumno del escritor Alberto Ramponelli. Es médico y anatomista.

—¿Cuándo comenzó a escribir? ¿Qué estímulos recuerda esenciales para este comienzo?

—Empecé a escribir ficción en la adolescencia, no recuerdo la edad exacta, pero debió ser por los catorce, aproximadamente. Al principio eran melodramas inspirados en series de televisión. Me atraía sobre todo la evolución de los personajes a través de los años en programas como The High Chaparral, The Big Valley o Little House on the Prairie. Por el contrario, no veía mucha verosimilitud en series donde los personajes parecían no recordar lo que habían sufrido en el capítulo anterior. En ese sentido, me acerco más al naturalismo (Zola o Balzac me gustan mucho), pero al mismo tiempo debe haber una visión personal de la realidad, que puede ser imaginativa y fantástica, o nostálgica, trágica, cómica, etcétera. Esto es lo que el autor debe aportar: su punto de vista, a partir del cual nacerá su estilo. Volviendo a las influencias, desde lo literario aprendí mucho en la infancia leyendo los clásicos infantiles de la colección Robin Hood y Billiken (abreviados, pero entonces yo no lo sabía). Me fascinó David Copperfield, de Dickens. Más adelante leí completa la novela y me conmocionó nuevamente; incluso, me reencontré con mis propios sentimientos de cuando la leí por primera vez. Fue una identificación de sensibilidades, creo. Ese halo nostálgico, trágico y poético, de un humor muy cercano a la ingenuidad, pero siempre inteligente. No me cabe duda que Charlie Chaplin haya sido un admirador de Dickens. Las novelas de aventuras, tipo Salgari o Verne no me atrajeron especialmente; sí Jack London. En la adolescencia leí a Ray Bradbury y ahí me enamoré del género fantástico, porque en sus manos la tecnología era sólo un escenario para mostrar el alma de los hombres. Lo que empecé a escribir en ese entonces, a los dieciséis o diecisiete años, eran cuentos de ciencia ficción, llenos de lugares comunes, pero con la intención de seguir el ejemplo de Bradbury. Luego, cuando ya tenía veinte años, me fascinó Eduardo Mallea, y fue otra cuestión de identificación con su lenguaje y su temática. Ese apego al desborde y la fluidez estilística, que me llevó a conocer a Faulkner y fascinarme nuevamente con sus párrafos tan exquisitamente poéticos. Todos estos autores son trágicos, es verdad, y trabajan en una zona muy peligrosamente cercana al desborde, al abismo que solamente las leyendas y los mitos pueden expresar. Por supuesto, mi familia influyó mucho en mis lecturas. Sin la biblioteca de que disfrutaba en mi casa, no habría podido hojear tantos libros en mis ratos libres del colegio. En cuanto a escribir, ellos no imaginaban que yo llegaría a hacerlo, así que no hubo ni rechazo ni apoyo en particular al principio, especialmente porque es un trabajo solitario que uno no siempre está dispuesto a mostrar, ni siquiera a la familia.

—Como escritor, ¿por qué ha elegido la ciencia ficción, el terror y/o lo fantástico?

—En parte ya lo expliqué en la pregunta anterior. No hago exclusivamente género fantástico, aunque me inclino mucho a este género cuando escribo. A veces surge de la misma temática, sea porque se trata de un evento sobrenatural o no explicado, o porque el tema necesite un tratamiento más ambiguo, una exploración más profunda en busca de lo que hay de misterioso en todo. Cortázar hablaba del autor papamoscas, y pienso que no es aquel que piensa en la realidad exclusivamente, sino aquel que sin estar mirando nada en particular, ve lo que los demás no pueden. Allí donde hay solamente una silla, puede haber también un resto de quienes se sentaron en ella, un botón, un cabello, o quizá simplemente su sombra. Los tres géneros que mencionás se mezclan demasiado, pienso que no hay fantasía sin algo de horror en ella, por el simple hecho de que estamos en un ámbito desconocido, y el miedo siempre coexiste. La ciencia ficción es muy difícil, y me cuesta a veces encontrar verosimilitud, y muchos textos pecan de exceso de información. Por eso me gusta el estilo Bradbury, el estilo Ballard.

—¿Qué problemáticas aparecen con recurrencia en sus obras?

—Viendo mis textos en perspectiva, veo que ciertas cosas y ejes temáticos se han repetido, aunque en el momento de abordarlos no me di cuenta de eso. Veo que se repite cierta preocupación por el destino y las limitaciones del cuerpo, también la incomunicación entre los seres humanos, cierto regodeo con sentimientos trágicos que toman formas extrañas, a veces en acciones, otras en cosas o criaturas. La culpa es un sentimiento que me preocupa mucho; también, la dificultad de expresarse abiertamente.

—En Los Casas hay ciertos personajes, tópicos y una atmósfera que los unifica. ¿Planificó escribirlos de esta manera, o este mundo se fue imponiendo poco a poco?

—Los cuentos de Los Casas surgieron en forma arbitraria y desordenada. Fue un mundo que se fue armando de a poco, sin saber que se convertiría en una especie de ciudad, por lo menos de barrio. El primer cuento que escribí tenía un personaje casi secundario: el panadero Casas. Y alrededor de él se fue armando el resto. Casi como si cada personaje fuese llamando a los otros. Una historia necesitaba explicarse con otra historia previa o posterior, y a su vez los personajes secundarios aparecían en otros cuentos como protagonistas. Cuando esta idea se me hizo conciente, traté de seguir el modelo de autores que me gustaban, como Faulkner y Onetti.

—En Los Seres Intermedios intercala viejas leyendas y/o mitos. ¿Qué importancia tienen estas historias en su obra? ¿Son un punto de partida para sus relatos?

—Me interesan muchos los mitos y las leyendas, pero no soy partidario de utilizarlos como excusa para rellenar puntos fallidos en un cuento. Pavese acostumbraba a trasladar estos mitos en contextos contemporáneos, sus historias eran contemporáneas, y había que meditar en ellas para encontrar su fuente. Hay un libro de ensayos muy interesante de él sobre este tema. En los relatos de Los Seres Intermedios a veces surgió primero la historia, y recién me di cuenta que podía tener cierta relación con algún mito, y esto enriquecía el texto. Otras veces los personajes se comportan como en una tragedia griega, y me doy cuenta que no desentona con lo que actualmente sucede. Las pasiones son las mismas, los complejos psicológicos también. En otras ocasiones una época o un escenario me sugieren una historia, como en los cuentos mitológicos o los futuristas.

—En sus cuentos hay cierta obsesión por las enfermedades. ¿Esto lo llevó a elegir su profesión de médico, o es que su formación universitaria le dio una visión distinta de algunos aspectos de la vida?

—Ambas cosas se desarrollaron paralelamente. Siempre opté por dedicarle tiempo a la literatura por más que ésta no me ofreciese un medio de vida. Siempre fue una necesidad leer y escribir. Leer no es sólo una forma de evadirse o entretenerse, es una forma de vivir otras vidas y otros mundos. Uno sale siempre más rico de los buenos libros, aunque uno casi nunca sabe aprovechar este aprendizaje. Escribir en casi una pulsión, las ideas rondan la cabeza y se convierten en una obsesión. Hasta que uno no se siente a escribirlas irritan e incomodan. Por eso, creo que ambas cosas se alimentan mutuamente. Mi punto de vista al escribir se particulariza por mi visión como médico. No es mejor ni peor que las demás, sí diferente, y a esta peculiaridad de la profesión científica hay que sumarle aquello innato en uno, la herencia y el legado familiar, las influencias exteriores y la experiencia propia.

—Al final de Los Casas y Los Seres Intermedios, usted deja constancia de un período de escritura de 9 años en ambos casos. ¿Corrige mucho?

—Ambos libros fueron resultado del trabajo en los talleres, y por la década del 90 estudiaba medicina y escribía, sin preocuparme por publicar. Después del 2000 se dieron las circunstancias para hacerlo. Me interesa mucho quedar conforme con lo que publico, por eso trato de corregir mucho. Cada vez que releo encuentro algo diferente, a veces errores gramaticales, frases sin sentido, saltos temporales inconexos. Aprendí a ser más bien conservador en el estilo, por más que me guste experimentar con ciertos cambios estructurales, como el cambio del punto de vista, la utilización del espacio en blanco, los cambios en el tiempo verbal. Pero creo que si uno no domina lo convencional y lo clásico, difícilmente pueda tener resultados eficaces al romper las reglas.

—¿Qué autores lo han influenciado y a quienes admira?

—A los mencionados más arriba, se van agregando muchos a medida que los voy conociendo, pero como síntesis los anteriores son representativos.

—¿Qué libros lo marcaron?

—David Copperfield, de Dickens, en novela; El País de Octubre, de Bradbury, en cuentos; y los poemas de Alberto Girri. Luego le sigue una larga lista no menos importante.

—¿Qué cuentos le parecen “el ideal de cuento”?

—Tengo cuentos que me conmovieron, y ésa es la razón por la que los recuerdo como los mejores. Hay cuentos perfectos, que uno reconoce como tales, pero aquellos que rompen algo dentro de uno son los que quedan marcados en la memoria. Por ejemplo: Bartleby el Escribiente, de Melville; El Mensajero, de Bradbury; y La Capa, de Buzzatti.

—¿El cine está presente en su imaginario a la hora de escribir?

—Sin duda. Hace poco leí una entrevista a un escritor norteamericano que decía que no es lo mismo escribir en el siglo 19 que en el 20. El cine ha aportado todo un canon de imágenes, toda una serie de referencias que son inevitables a la hora de escribir y de leer. La forma de contar es diferente, ya no se necesita el detallismo para hacer “ver” al lector un ambiente o una acción. Hay objetos y cosas que todo el mundo conoce, y por eso la novela del siglo veinte ha desarrollado otros aspectos más interiores y psicológicos, además de las innovaciones en la estructura narrativa. En mi caso en particular, aprecio mucho el cine, un arte que alimenta a la literatura en cuanto a formas nuevas de contar, pero que también aprende de la literatura las buenas historias para contar. Las mejores películas se basan en novelas o en historias originales de directores que se han embebido de buena literatura. Como espectadores y lectores solamente, el que es buen lector aprende a elegir buenas películas.

—¿Podría explicar cómo es en su caso el proceso de creación de un relato?

—La fuente que originó la idea es muy variada, incluso a veces incierta. Puede surgir de un objeto, un recuerdo, una frase escuchada o leída, etcétera. Una vez que ha surgido, el proceso de escritura, en mi caso, consiste primero en darle un sentido y un objeto al texto. Es decir, debe haber cierta lógica interna por lo menos para mí. Me acostumbré a pensar en escenas cuyos pasos principales tengo más o menos claros y después me pongo a escribir. Lo que surge es diferente la mayoría de las veces, no en cuanto a la trama general, sino en cuanto al contexto. Van apareciendo cosas que no había planeado, personajes que de pronto toman relevancia, y suena repetido lo que voy a decir, pero es indudable para mí que a medida que el personaje va tomando forma hace su propio camino en la historia. Eso es porque ha ganado una personalidad, nosotros se la hemos dado, pero ya en posesión de ella, él hace lo que debe hacer, y por eso el autor no siempre conoce los detalles de su final.

—Usted se ha dado a conocer con dos libros de cuentos. Como autor, ¿los prefiere antes que a la novela?

—El haber publicado cuentos es en parte circunstancial. En los talleres literarios se suele escribir narrativa corta o poesía, o ambos géneros. Es por una cuestión práctica por las limitaciones de tiempo y distribución del material. Por eso los alumnos a veces se entrenan mejor en un género que en otro. Pero a la larga la tendencia natural se impone. En mi caso aprendí escribiendo cuentos porque siempre me gustó leerlos, incluso para mí es una buena forma de presentación para cualquier narrador. Prefiero empezar leyendo cuentos cuando entro en un autor que nunca leí antes. Pero la novela también me fascina. Yo creo, a diferencia de otros autores, que es más difícil la novela que el cuento. No por una cuestión de tiempo de escritura, hay cuentos que pueden tardar meses o años en escribirse hasta lograr el punto justo, sino en cuanto a complejidad. En el cuento valen los silencios, lo que no se dice participa tanto como lo que está escrito, y comparto la idea de que menos es más. Estos silencios le dan complejidad al cuento. Pero necesita lectores entrenados, que sepan leer entre líneas y apreciar el efecto de un buen final. La novela, en cambio me da la sensación de entrar en una ciudad enorme y que no conocemos, sin tener siquiera un plano de las calles. Hay múltiples factores a tener en cuenta, puntos de vista múltiples, situaciones varias que divergen y convergen muchas veces. Incluso al leer una novela uno sabe que deberá comprometerse con la trama aún más allá de la lectura diaria, pensando en los posibles siguientes pasos de los personajes. El cuento es contundente y misterioso a la vez. La novela es como una larga sinfonía a la que hay que escuchar atentamente para no perder su lógica.

—¿Cómo nació el sello Copperfield Books mediante el cual editó Los Seres Intermedios?

—La editorial que publicó el primer libro cerró, así que ante la dificultad de publicar en editoriales importantes, decidí tomar el mando de la publicación. Ya que debía pagar para editar, quería que saliera como yo quería. Hay errores, pero no puedo achacárselos a nadie más que a mí.

—¿Qué importancia tienen los concursos y los premios en su carrera?

—Me parecen importantes, pero no trascendentales. Es bueno presentar material a los concursos, por lo menos para tener experiencia en cuanto a su funcionamiento, virtudes y defectos. Si el resultado es favorable para uno y se obtiene un premio, perfecto. Los premios incentivan mucho, pero hay que ganárselos con el tiempo. Hay un tiempo de aprendizaje y escritura que no se compensa con nada. Puede durar cinco, diez o veinte años, pero ese período de madurez da frutos en el material escrito. A veces los premios coinciden con este desarrollo, otras veces no.

—Ha ganado un concurso con una serie de poemas. ¿Qué lugar tiene la poesía en su obra y en su vida? ¿Qué autores le gustan?

—Me gusta mucho la poesía. Disfruto leerla tanto como la narrativa. Me gustaría escribir más poesía, pero la disposición mental para dedicarse a ella es totalmente distinta. Por eso, mientras escribía poemas, no hacía narrativa, y extrañaba. En esas ocasiones me preguntaba si podría volver al cuento, porque uno cambio mucha la estructura formal de creación. Sin embargo es cuestión de tiempo, como todo. Ahora estoy trabajando narrativa, y aunque no tengo planes para poesía, me pregunto si podré ponerme a escribir algún poema nuevo. De más está decir que la poesía es un arte de vida completa. Quiero decir, respeto enormemente a quienes escriben sólo poesía, porque cada libro es un trazo más de un largo hilo evolutivo en el lenguaje poético. Los narradores escribimos poesía algo extraña, muy teñida de recursos narrativos. A veces son más poéticos nuestros párrafos de prosa que un poema escrito en el formato convencional. Hay excepciones, claro. Borges, por ejemplo. En poesía me gustan muchos, pero Alberto Girri podría ser el más representativo de mi gusto más personal.

—Usted también ha sido jurado de concursos. ¿Qué porcentaje de escritores se dedican a los géneros que usted cultiva?

—Si te referís al género fantástico, en los concursos en los que fui jurado he leído no más de un 10 por ciento de cuentos de este tipo. No es un género que se cultive mucho para escribir o leer. Habitualmente se escribe más sobre las experiencias personales, anécdotas curiosas o humorísticas, y los mejores cuentos generalmente no son los de género fantástico. No conozco la razón, quizá sea porque es difícil, y eso se ve en tantos malos textos que utilizan recursos trillados con resultados lamentables. También puede deberse a que hay un interés mayor en la ciencia o la tecnología que en la calidad del lenguaje literario, y yo soy de los que abogan en que la literatura, sea del género que sea, es un compromiso con el lenguaje, y después con la historia.

—¿Cree que la ciencia ficción, el terror y/o lo fantástico pueden llegar a tener un lugar en el mercado editorial argentino?

—Creo que sí. Dejando de lado la ciencia ficción y el terror, el género fantástico tiene más posibilidad de un lugar en el mercado, con Quiroga, Cortázar, Lugones, Levrero, Gardini, por ejemplo, abriendo camino para tanta gente nueva que escribe bien en este género. El problema, pienso yo, con la ciencia ficción y el terror es que no nos desprendemos de los maestros norteamericanos e ingleses. Utilizamos las mismas atmósferas y recursos, y no hay originalidad. Cuando hablo de originalidad no hablo de elementos localistas, porque entonces sí hay mayor contraste. Hablo de recursos originales donde la ciencia ficción suene natural y no parezca ciencia ficción, sino simplemente buena literatura. No conozco las respuestas. Tengo algunos cuentos de este tipo escritos en taller, pero hace años que no los toco y están esperando su turno para un proyecto de más adelante.

—¿Tiene previsto algún trabajo en lo inmediato? ¿Cuáles son sus proyectos?

—Tengo un libro de cuentos a publicar próximamente. Es un conjunto de cuentos donde casi no aparece lo fantástico, salvo en ciertos casos y con ambigüedad. Están relacionados con conflictos humanos más palpables, culpas, celos, remordimientos, locura, cierta dosis de crueldad, y sus consecuencias trágicas a través de personajes complicados. Se va llamar El Rostro de los Monos.

Su opinión sobre Stephen King

“Me gusta mucho King. No he leído más que una cuarta parte de toda su obra, pero lo considero uno de los mejores narradores norteamericanos. Coincido con quienes dicen que es muy desparejo, hay novelas suyas francamente pésimas e incluso fragmentos de sus mejores trabajos se ven perjudicados por el mal gusto y la inverosimilitud. Pero menciono lo que más me gustó: La Zona Muerta me parece una novela perfecta, una de las más prolijas y discretas de su obra; Cementerio de Animales es la que más movilizó mis miedos, tiene un lenguaje desbordante y situaciones extremas, pero su oficio sale del paso con resultados magistrales. Obviamente El Umbral de la Noche es su mejor colección de relatos, y Los Niños del Maíz tal vez el mejor de ellos. También me gustaron mucho El Juego de Gerald, con ese giro de estructura inesperado en el tercio final de la novela, y Cujo, excelente novela a pesar de que la escena de la pelea final entre la mujer y el perro no me resulta del todo lograda”.

Así escribe

“Papá y yo vimos la última bandada de palomas un día de verano de hace muchos años. No puedo olvidarlo porque en ese momento, lo sabría más tarde, se decidió su destino, si no es que el fin de cada uno no está escrito ya desde el principio del mundo. Fuimos con el auto a las afueras de la ciudad por la autopista del noroeste, hacia unos campos inundados la mayor parte del año, excepto en verano. Los caminos eran casi inservibles y sólo se pisaba lodo. Habíamos tratado de vender esos terrenos sin resultado, y ahora papá iba a intentarlo nuevamente.

Nos estacionamos a varios metros del bosque vecino, que esta vez nos pareció más frondoso e impenetrable; en el invierno anterior había llovido tanto como en los últimos cinco años. El camino de lodo continuaba hasta allí y detuvimos el auto. Clavamos el cartel de venta en la tierra blanda. Me puse a chapotear en los charcos, yo aún tenía diez años, y recuerdo la sonrisa de mi padre al mirarme. Cuando encendió el motor para irnos, vimos a las palomas salir espantadas desde el bosque, volando hasta perderse de vista hacia el norte.

—Ya quedan pocas —dijo él, y me comentó la innumerable cantidad que podía verse tan sólo diez años antes.

En ese momento debió nacer su idea, aunque creo que recién fue conciente de ella al leer el artículo en el diario un año después, donde anunciaban que el último centenar de palomas se había extinguido. Entonces nos miramos, y pensé que pocas veces algo une tanto a los hombres como los recuerdos comunes que llegan en el instante exacto”.

(Fragmento del cuento La Paloma Eléctrica, incluido en el libro Los Seres Intermedios).

El horror según Ricardo Curci

Si bien su obra se nutre de diversos géneros, Ricardo Curci ha publicado hasta el momento dos libros de cuentos donde está muy presente el horror ante la vastedad del universo tal como lo definió Howard Philips Lovecraft (1890-1937). En su célebre Supernatural Horror in Literature, el Maestro de Providence expresó que estas historias deben incluir “algo más que un misterioso asesinato, unos huesos ensangrentados o unos espectros agitando sus cadenas según las viejas normas. Debe respirarse en ellos una definida atmósfera de ansiedad e inexplicable temor ante lo ignoto y el más allá; ha de insinuarse la presencia de fuerzas desconocidas, y sugerir, con pinceladas concretas, ese concepto abrumador para la mente humana: la maligna violación o derrota de las leyes inmutables de la naturaleza, las cuales representan nuestra única salvaguardia contra la invasión del caos”.

En su primer libro, Los Casas, el autor presenta una serie de relatos interrelacionados por personajes al borde de la desesperación y de la locura. En medio de una brumosa realidad, dos mellizos profundizan su apego por el mal a medida que crecen, un arquitecto se siente Dios y se propone construir una casa como si fuera una catedral, un fabricante de “nuevos animales” mantiene en vilo a su comunidad, un farmacéutico lucha contra la muerte mediante fórmulas especiales y un hombre esconde un secreto en su armario, entre otros personajes de una larga galería de monstruosidades.

Los cuentos de Los Seres Intermedios comparten lo anormal como columna vertebral, profundizando en la evocación de mitos y leyendas y en cierta obsesión por las enfermedades y el paso del tiempo. Como muestrario de este segundo libro, bastaría conocer a las viejecillas funebreras de Las Ancianas, los personajes melancólicos de La Paloma Eléctrica, la voluntad malsana del profesor de Historia Antigua en Las Torres y los ahogados que salen del mar en La Playa, aunque, por supuesto, hay mucho más que vale la pena leer.

En contraposición de los monstruos tradicionales del género (Drácula, Frankestein, el gólem, la momia, etcétera), en estos cuentos de Curci afloran lo macabro, lo inasible y lo peligroso, en medio de una “definida atmósfera de ansiedad e inexplicable temor ante lo ignoto y el más allá”, a través de personajes que inquietan justamente por parecerse demasiado a reconocibles seres de carne y hueso.

miércoles, 29 de abril de 2009

La paloma eléctrica






Papá y yo vimos la última bandada de palomas un día de verano de hace muchos años. No puedo olvidarlo porque en ese momento, lo sabría más tarde, se decidió su destino, si no es que el fin de cada uno no está escrito ya desde el principio del mundo. Fuimos con el auto a las afueras de la ciudad por la autopista del noroeste, hacia unos campos inundados la mayor parte del año, excepto en verano. Los caminos eran casi inservibles y sólo se pisaba lodo. Habíamos tratado de vender esos terrenos sin resultado, y ahora papá iba a intentarlo nuevamente.
Nos estacionamos a varios metros del bosque vecino, que esta vez nos pareció más frondoso e impenetrable; en el invierno anterior había llovido tanto como en los últimos cinco años. El camino de lodo continuaba hasta allí y detuvimos el auto. Clavamos el cartel de venta en la tierra blanda. Me puse a chapotear en los charcos, yo aún tenía diez años, y recuerdo la sonrisa de mi padre al mirarme. Cuando encendió el motor para irnos, vimos a las palomas salir espantadas desde el bosque, volando hasta perderse de vista hacia el norte.
-Ya quedan pocas- dijo él, y me comentó la innumerable cantidad que podía verse tan sólo diez años antes.
En ese momento debió nacer su idea, aunque creo que recién fue conciente de ella al leer el artículo en el diario un año después, donde anunciaban que el último centenar de palomas se había extinguido. Entonces nos miramos, y pensé que pocas veces algo une tanto a los hombres como los recuerdos comunes que llegan en el instante exacto.
Papá trabajaba vendiendo herramientas, y acostumbraba quedarse con muestras para su propio taller. En su época de recién casado, había empezado a inventar cosas imitando objetos conocidos, lámparas o armazones para relojes de pared. Años más tarde, ya había alcanzado a darle movimiento a sus trabajos, y así fabricó lavarropas, máquinas de relojería para sus marcos inertes hasta entonces, ventiladores y muchas otras cosas. No es que no tuviésemos nada de todo esto, sino que desarmaba los comprados, ponía los restos en el sótano y los reemplazaba por los suyos. Al principio eran desprolijos, pero algún tiempo después había aprendido a pulir el exterior de cada aparato, y no pudimos entonces, mi madre y yo, encontrar alguna diferencia.
Más adelante empezó a construir sus propias ideas. Primero las dibujaba en un papel cualquiera, a veces mientras cenábamos, apartando una servilleta para escribir con el lápiz que siempre llevaba encima. No sé en cuántas ocasiones vi surgir ese lápiz del bolsillo de la camisa, abultado por las llaves, los cigarrillos o papeles doblados. Recuerdo el acto inconfundible de la mano derecha tanteando el pecho, mientras su mirada permanecía fija sobre el papel en blanco.
Mi madre a veces discutía con él, porque no entendía bien todo eso. Las herramientas se amontonaban en el depósito sin venderse, y las cosas que construía resultaban inútiles después de un tiempo. Pero finalmente ya él no necesitó convencerla; un día ella se encontró rodeada de objetos extraños, algunos inservibles pero fascinantes en su originalidad. Descubrí en mi madre a partir de ese día una mirada nueva, como la que tienen las mujeres cuando reconocen algo que las asombra.
Una tarde al volver de la escuela, escuché ruidos desde el galpón, y al entrar al patio vi a mi padre arrastrando una lámina de metal. Sobre la pared había apoyadas muchas más. Dijo que las había comprado para un nuevo proyecto, pero no me contó cuál, creo que se consideraba incapaz de describirme con exactitud la imagen que tenía en mente. Era como distorsionarla si intentaba ponerla en palabras. Por eso me senté a su lado, en la silla en la que desde mis primeros años me sentaba para observarlo trabajar, y me pidió que le fuese alcanzando las herramientas que colgaban de las paredes del taller. También había objetos desparramados por el piso, cosas sin forma o inventos a medio fabricar, que a él le gustaba llamar fracasos transitorios.
Muchos en su familia habían inventado cosas. Decía que nosotros los Ansaldi veníamos de familia de inventores, que el abuelo de su abuelo había creado el primer autómata de que se tuviera noticia. Entonces yo imaginaba aquellos tiempos, mientras lo observaba cortar las delgadas láminas de acero, brillantes y recalentadas por el sol de la tarde. Cada una tenía cuatro metros de lado, y él las reducía a fragmentos de treinta centímetros. Su rostro estaba detrás de la máscara de metal, las chispas de la sierra eléctrica saltaban alrededor. Luego escuché ladrar a Brown, y mamá nos llamó para cenar.
Al día siguiente, se dedicó a un trabajo más delicado. Desenrolló los planos y los puso sobre el escritorio. Intenté acercarme varias veces, pero me pedía una herramienta tras otra y yo no dejaba de ir y venir del galpón. Cuando después de algunas horas el diminuto motor estuvo listo, me acerqué al escritorio. Allí estaba, finalmente, la paloma eléctrica.

La tarde del primer vuelo, cinco meses después, papá se veía nervioso. Había construido veinticinco palomas. Tuve la oportunidad de sujetarlas entre mis dedos cuando aún carecían de vida, y también fui el primero en presionar el control remoto para otorgársela. Entonces, una tarde de no sé cuánto tiempo luego de aquella en la que vimos las palomas de la última bandada, nosotros hicimos volar el primer grupo de palomas eléctricas. Las colocamos en el suelo enlodado de nuestros campos, a escasos centímetros una de otra y nos alejamos hacia el auto, donde mamá nos esperaba. Al darme vuelta, ya habían remontado vuelo, girando en un círculo amplio. Eran más hermosas de lo que habíamos imaginado. Mi madre había pulido el metal color de plata. Cuando un día ella entró al taller y las vio por primera vez, se quedó quieta y temimos su desaprobación, pero sólo dijo que eran feas y opacas. Un día después supimos que las había limpiado durante la noche.
Con el largavistas comprobamos el movimiento de sus alas, sólo un artificio estético que en nada participaba de su funcionamiento, pero las hacía más bellas. En el lugar de los ojos colocamos vidrios de botellas de varios colores. Estábamos sentados sobre el baúl del auto, observándolas, y noté que papá no estaba tan contento como pocos minutos antes.
-Las reemplazamos- le dije con entusiasmo.
-No- me contestó.- Creamos otra cosa diferente, sólo un objeto curioso.
Dos horas estuvimos en el lugar. Muchas personas se habían acercado desde el camino, y a pedido de ellos hicimos volar a las palomas sobre el bosque, el sitio más peligroso por la altura de los árboles. Los motores se recalentaron, chocaron con las ramas y cayeron con un sonido hueco entre los troncos.
En el viaje de regreso papá no habló más que de su fracaso. Pero a la noche, mientras cenábamos, se puso a hablar de nuevas ideas para mejorar a las palomas, y nos resignamos a la certeza de que hasta no resolver ese problema, no se sentiría tranquilo. Una venda parecía taparle los ojos cada vez que proyectaba algo, y se apartaba como un animal asustado para instalarse en la sombra. Cuando regresaba de esos sitios oscuros de su mente y volvía a prestarnos atención, una parte de él había desaparecido, un gesto, una actitud o una palabra que jamás usaba nuevamente. Era de aquellos hombres que pasan su vida, a simple vista, sin hacer nada más que sobrevivir. Pero había otro hombre dentro suyo, o muchos otros, muy parecidos a un dolor o a una tristeza, no estoy seguro.

Una semana después del primer vuelo, empezó a trabajar con un motor grande, y me di cuenta que era el de nuestro auto. Afuera estaba el esqueleto del coche, y no se me ocurrió otra palabra más que “muerto” para nombrarlo. Brown se había sentado al lado, aullando igual que cuando mi abuelo falleció y no habíamos podido apartarlo del lado de la cama.
A la noche, escuché discutir a mis padres. Él decía que lo del auto era temporal, una simple prueba para su proyecto. Sé que mamá estaba cansada; mi padre cada vez perdía más clientes y el dinero que ganaba era insuficiente. Entonces fue cuando presentí que él proyectaba algo mucho más importante, porque a pesar de tanta ensoñación siempre había tenido sus límites prácticos, y este desprenderse de todo poco a poco parecía una señal de partida irreversible.
El motor fue sólo un modelo de la primera de las tres máquinas. Construyó todas con repuestos que iba consiguiendo de viejos compañeros de trabajo. Sus invenciones anteriores habían sido siempre una transformación de otros objetos, pero esta vez había creado algo nuevo, así como uno imagina que Dios hizo el mundo.
Una mañana entré al galpón y vi los motores casi terminados. Él tenía esa sonrisa tan bella que desde entonces nunca me atreví a olvidar. Era la de un hombre que ha unido a todos sus hombres internos en uno solo. El cielo despejado dejaba entrar la luz por el portón abierto, tiñendo el aire en el que bailaban partículas de polvo y aserrín. Papá se lavó las manos y fuimos a buscar a la ciudad nuevas láminas de acero. Nos habían suspendido el teléfono, pero mamá ya ni siquiera se mostraba preocupada ahora. El tiempo nos había puesto en equilibrio, pienso. Como un triángulo, como un número tres.
Mi padre era un genio, la gente lo dijo cuando su trabajo estuvo terminado. Los vecinos, los antiguos clientes y amigos vinieron a visitarnos para ver las máquinas. Lo atractivo era el exterior de las palomas gigantes. Tres aves de un tamaño cincuenta veces mayor al de una normal, suficiente para transportar el tamaño y el peso de un hombre. Las láminas metálicas eran livianas pero resistentes, hechas con una aleación recién salida al mercado que había acabado con nuestros ahorros. La única solución, nos aconsejaron, era registrar el invento, y no dudamos del éxito.
-Imaginen el día…- les decía papá a sus amigos, mientras acariciaba el metal brillante de las palomas. -…en que cada uno pueda ir de un lugar a otro sin verse limitado a un solo plano geométrico. La superficie terrestre será liberada de tanto caos.
Las máquinas eran cortas, no mayores a tres metros, y eso les daba el aspecto de seres gordos, como los antiguos dirigibles. A la noche, mientras cenábamos, supe que su obsesión se había borrado por fin, porque el objetivo estaba concretado en esos aparatos en el patio de casa. Fue como si se quitara la venda que le cubría los ojos y nos mirara atentamente luego de mucho tiempo.
Después, como un presagio, esa misma noche perdimos a Brown. Oímos sus ladridos desde afuera, pero nunca le abríamos hasta terminar la cena. Media hora más tarde ya no ladraba, y escuchamos un auto frenar con estridencia en la calle. Al salir, vimos el cuerpo cubierto de sangre, y con dos quejidos finales expiró. El conductor nos ofreció disculpas que no supimos responder. Mientras enterrábamos a Brown, papá perdió su entusiasmo y dijo que nunca se llega invicto al lugar que elegimos, si es que entramos allí alguna vez. Yo sólo pude pensar en qué mundo tan extraño, tan desconocido iba a ser éste sin mi perro.

Alquilamos el aeródromo por una tarde con el dinero que nos habían prestado. Cargamos una de las máquinas en el camión y fuimos hasta allí. Había un grupo de diez o quince personas entre amigos y curiosos. Papá llevaba puesto el equipo que mamá le había confeccionado para esa ocasión, un diseño festivo y clásico. Botas altas y pantalones anchos, una campera de cuero, una bufanda de seda y un gorro negro. Luego, se colocó las antiparras y subió al aparato.
Le saqué fotos desde todos los ángulos posibles. Sentí que no podía detenerme, que tenía la necesidad de retrasar la salida de alguna manera. El brazo de mamá me apartó de la pista, y me dijo al oído que teníamos que dejarlo ir. La paloma casi no hacía ruido, sólo un suave sonido mientras daba vueltas por la pista. Resultaba graciosa su figura corta y abultada, la cabeza en alto, justo delante de la cabina del piloto. Papá sonreía y nos saludaba agitando un brazo mientras levantaba vuelo.
Tal vez mi viejo era también un ave en ese momento. Se veía pequeño en la altura, silencioso en su camino al punto enceguecedor del sol. Pasó por encima de nosotros, y volvió a girar dos o tres veces. Lo observé con el largavistas y lo sorprendí riendo mientras parecía contemplar el cielo que lo rodeaba. Pensé en los instantes inesperados y escasos en que somos como dioses, en los que los hombres son dioses porque ríen.
Quince minutos después, vimos la columna de humo saliendo del motor. Una franja negra envolvía a la paloma, ocultándola. Cuando resurgió de la nube oscura, estaba cayendo a tierra. Papá intentó planear, las alas comenzaron a moverse inútilmente. No quise mirar más, aunque podría haberlo hecho muchas veces antes del fin. Es extraño cómo se prolonga el tiempo en el último segundo, es curiosa la crueldad, o quizá la piedad, con que el tiempo retarda la muerte anunciada. Cayó en unos campos despoblados, muy parecidos a los terrenos donde vimos las últimas palomas casi dos años antes. Lo que quedó del cuerpo de mi padre tuvo que aguardar en la funeraria el entierro del día siguiente.
Regresamos a casa y mamá se acostó llorando. Nunca fui bueno en dar consuelos, papá sí lo era. Soy la mitad de lo que él fue.
Salí al patio, donde esperaban las otras dos palomas, las que había diseñado para mamá y para mí. Las acaricié, temblando, y el metal me dio escalofríos. El mundo que me aguardaba, de pronto se me ocurrió rígido y helado como el material de esas máquinas. Tan semejante a éste en el que ahora vivo, que no me parece extraño pensar, a veces, que los niños también son profetas.

Este cuento pertenece a "Los seres intermedios", y es casi el único relato más cercanos a la ciencia ficción que me han satisfecho hasta ahora. Me resulta difícil crear el clima verosímil que requiere una epseculación científica, y no me parece un recurso válido el saturar al lector con datos científicos para explicar o excusar la ineficacioa del autor para crear su historia. Creo que el escenario futurista es sólo un escenario más para contar una historia de hombres y mujeres, contodo lo que ellos implican, obviamente. Conflictos, sentimientos, psiquis y relaciones interpersonales. La muerte y la vida, el misterio de por qué estamos en este mundo, son siempre los mismos temas que aún no han sido resueltos. Por eso me agrada la literatura de Bradbury y Ballard, incluso la de Zelazny y de Aldiss con sus exsacerbadas imaginerías que no descartan la poesía. Porque el lenguaje es lo único que valida a un autor finalmente. Veamos sino a Onetti, por ejemplo, donde el lenguaje ahonda allí donde la historia parece demasiado tersa para ser real.
La trama y el clima me resultan bradburianos, y estoy orgulloso de la influencia. No quise imitar, sino rememorar. Y eso es lo que intenta hacer el personaje narrador, me parece. El personaje del padre, el descubrimiento de un mundo nuevo, los dolores y las pérdidas del crecimiento, la memoria imborrable de la infancia, fueron los elementos inspiradores.




Ilustración: Edgar Ende (The sleepers)




viernes, 10 de abril de 2009

Las criaturas









Gustavo se esconde donde puede, entre los matorrales verdes y espinosos, esquivando las ciénagas y los arroyuelos. Huye hacia la choza para protegerla. No está seguro de quién lo denunció. La vieja tal vez, o don Anselmo su vecino, el de la chacra a dos kilómetros de la suya. Pero en esta noche de luna llena, cuando los grillos chirrían como espantados, se escucha el borboteo del agua que parece hervir desde el lecho del río. De allí viene todo, él lo sabe. Y también lo sabe el campo, que oye el ruido de sus criaturas.
-¿Dónde nació el primer animal, pa?- Preguntó una vez cinco años atrás, mientras con su padre dragaban la laguna. Oscurecía y se quedaron trabajando hasta tarde. El sol se ocultaba detrás de los álamos y sus reflejos dorados espejeaban en el agua. Con cada palada, miles de pequeños seres salían a la superficie, y Gustavo los observaba absorto e intrigado.
-Del agua.- Le dijo el padre después de un rato.- Así dicen los que saben. Del agua nació todo.- Y siguió paleando, con la espalda vencida y las manos duras.
Fue entonces cuando escuchó su grito bajo y ronco, de dolor contenido. Enseguida se miraron, y el viejo cayó sobre la orilla agarrándose la mano herida. Gustavo corrió hacia él, pero no tuvo tiempo de ver al otro alacrán que ya estaba sobre su propio pie. Muy pronto iba a ponerse tan rojo como la mano de su padre. Sin embargo, no se atrevió a decirle nada. El viejo tenía el rostro desgarrado.
-Buscá el cuchillo, por ahí está. Después me vas a cortar justo aquí, ¿entendés?- Le explicaba pausadamente, transpirando, mojado por las débiles olas frías que lo golpeaban.
Casi no había luz, y en la penumbra empezó a tantear sobre el pasto. Con las manos en el barro, separó los montones de juncos arrancados, y se metió en el agua barriendo el fondo con los brazos. Pero no pudo hallarlo.
-¡Papá, no lo encuentro! ¿Qué hago?- Dijo, gimiendo. No recibió respuesta. Su padre era sólo una sombra que se confundía con la marea creciente. Todo era un abismo, oscuridad sin fondo. Y Gustavo se quedó allí hasta la mañana, aferrado a ese cuerpo inmóvil como un ancla.

Hay gritos por todas partes, llantos que no distingue si vienen de la espesura o de su choza. Debe ser casi la medianoche, así que sigue corriendo para acortar la distancia que lo separa de sus criaturas.
-¡Por aquí!- Oye decir a los gendarmes, y acelera los pasos. El pie izquierdo le duele, el mismo que cinco años antes creyó perder.
Cuando vinieron a buscarlos, el sol de la mañana recién salía, y vio a la madre y a sus hermanos acercarse hacia donde estaba sentado, con el cuerpo del viejo sobre las piernas.
-¡El pie, Gustavo!- Gritó ella, mirando la pierna enrojecida e hinchada como una masa informe. Pero él no sentía nada.
-El alacrán.- Repitió una y otra vez.- El alacrán escapó, el asesino...
Estuvo siete días delirando, y al octavo amaneció sin fiebre, aunque débil. El pie no tenía rastros de enfermedad, sólo una mancha puntiforme de color rojo. El médico no pudo explicarse lo que había ocurrido. Los vecinos, que sabían cómo la gente moría por aquella picadura, empezaron a temerle.
-Ese chico es un brujo.- Dijeron las viejas en el almacén del pueblo.
Desde entonces Gustavo ya no tuvo miedo. De noche se adentraba entre los juncos del delta, hundiéndose hasta el cuello en el agua, desafiando a serpientes o arañas. Veía a los murciélagos colgados de las ramas de los sauces, a las lechuzas con los ojos abiertos como dos lunas verdes en mitad de la noche ventosa. Fue así que del agua nació también su idea primordial: la creación de un mundo propio.
-Soy la prueba de que uno puede hacerse inmune a los elementos y a los venenos.- Dijo una tarde desde su asiento en el salón de clase, vociferando su inmortalidad. Todos se rieron de él, y Gustavo escapó llorando hacia el río.
Todos se rieron menos Rosa, recuerda Gustavo, mientras el dolor del pie lo ataca, como siempre ocurre en noches de esfuerzo y humedad. Rosa siempre le creyó, aunque nunca pudo decidirse a mostrarle sus proyectos. Iban siempre a pasear hasta el muelle, mientras los mosquitos volaban sobre el sereno rostro de ella.
-¿No te hacen nada a vos?- Se quejaba, entre el ruido de palmas golpeadas para aplastarlos.
-Los animales son mis amigos, un día te voy a mostrar.- Pero hacerlo fue un error, piensa ahora.

Está llegando por fin, casi choca contra la puerta por culpa de la oscuridad. Abre, y los gritos desde el interior se acrecientan y lo aturden.
-¡Basta, soy yo!- Grita, y todos los animales se callan. No enciende las luces. Sólo cierra y se agacha bajo la ventana, esperando. Pisa los excrementos de sus criaturas y vocifera obscenidades.
De los restos de animales, de sus cadáveres frescos rescatados del agua, creó los primeros especimenes. Buscó recipientes donde poner agua de la laguna, y allí proliferaron miles de parásitos informes que se fueron devorando unos a otros para dar lugar a criaturas más fuertes. Sus hermanos los llamaron monstruos al verlos, y su madre solamente gritó golpeando las peceras con la escoba hasta destruirlas. Gustavo tenía dieciocho años, y parecía un niño que lloraba sobre sus mascotas muertas.
-¡Sos raro, hijo, muy raro!- Le recriminaba ella desde la cocina. Gustavo levantó a las criaturas, escuchando el ruido de las ollas entremezclado con los llantos de su madre, parecidos a gritos de una mujer en trabajo de parto. De pronto, tuvo una nueva idea: iba a utilizar la vieja choza del monte como un laboratorio, una ancestral cocina de la creación.

El brillo tenue de la luna le permite ver las mesas usadas para los experimentos, el armario y la antigua pileta. Las criaturas se mueven lentamente a su alrededor, presienten algo pero aún no están asustadas. Sus sombras se escabullen entre otras sombras, se proyectan en el techo de madera. Hace demasiado calor.
Hubo un verano en que finalmente tuvo éxito. En la farmacia compró el material que figuraba en un catálogo. Después fue al consultorio del médico.
-¿Doctor, los animales pueden cruzarse con otras razas?
El médico lo miró extrañado; recordaba haberlo atendido dos años antes por aquella picadura de alacrán.
-No hay compatibilidad entre las secreciones.- Contestó.- Se rechazarían.
-Me parece que puedo evitar eso.
El doctor se rió, y siguió riendo mientras Gustavo salía del consultorio con los brazos cargados de libros.
Limpió la choza y construyó los muebles necesarios. Rosa creía que lo hacía para ellos.
-Dejame ver cómo está quedando.
-Todavía no.- Le contestó. Ambos estaban tendidos sobre el pasto, mirando hacia el cielo tormentoso, rodeados por el vuelo de las libélulas.
-Son hermosas, tan perfectas.
-A mí me parecen bichos feos.- Y entonces Gustavo dejó de acariciarla, apartando las manos de los muslos tibios.
Durante tres meses, Gustavo se encerró en la choza. Le llevaban comida cuando veían luz en la noche, y si no él se procuraba alimentos. De la chimenea salía humo sin olor y de diversos colores, y la gente del pueblo empezó a evitar el camino que conducía allí. Las chacras cercanas comenzaron a ser saqueadas por ladrones nocturnos, que robaba cerdos y conejos. En el delta se escucharon tiros aislados, y los animales salvajes de pronto enmudecieron por siete noches seguidas. Como si todos hubiesen desaparecido o se hubiesen puesto de acuerdo para vivir en un absoluto silencio.
A fines de octubre llegaron los primeros días cálidos. Las noches eran despejadas y claras. La mañana a orillas del río empezó a tomar un matiz exactamente opuesto a las semanas anteriores. Un bullicio creciente inundó la zona; los animales parecían haberse reproducido con inusual fecundidad. El sonido del despertar de las bestias abrió la maleza, esparciéndose entre los arroyos y el cielo límpido.
El último domingo del mes, Gustavo salió de la choza, protegiéndose los ojos del sol, y se desperezó tras tantas noches sin descanso. Después de zambullirse en la laguna, se afeitó con la navaja y lavó su ropa. Cuando estuvo seca al fin de la tarde, se vistió y se puso una flor blanca sobre la camisa. Entonces, luego de entrar de nuevo a la cabaña, salió con una correa en cuyo extremo había un animal, uno de los tantos que permanecían encerrados.
Comenzó a recorrer el sendero que llevaba al pueblo, paseando con aquella criatura. No era un perro ni un conejo. Ni siquiera un pariente cercano a una comadreja o un hurón; tenía la forma pero no la marcha, la cara pero no el pelaje. Saltaba, chillando débilmente. La cola le servía de impulso, una cola pelada y larga de roedor. Era extraño, algo que el pueblo nunca había visto. Gustavo Valverde caminaba orgulloso, limpio y afeitado, con esos ojos verdes que muchas veces dio que hablar a las viejas chismosas.
-Los ojos de un búho, eso son, y mirá qué bicho tan raro lleva.- Dijeron ellas, asomadas a las ventanas y las puertas, mientras él iba directo hacia la casa de su novia.
Lo vieron llegar por la calle, rodeado de chicos que corrían alrededor del animal. El bullicio los precedía, y Rosa salió al verlos.
-¿Gustavo, qué es esto?- Y al extender la mano para acariciar a la bestia, sintió la mordedura.
-¡La mordió, la mordió!- Gritaba la gente. La voz se esparció por las calles, las tomó como propias hasta hacerse calle y voz, una sola cosa de alma independiente e incontrolable.
Rosa había sangrado, y Gustavo le revisaba la mano diciendo que no había peligro, que tuvo la precaución de vacunarlos a todos.
-¿Pero cuántos tenés ?- Preguntó ella, y entraron, alejándose de la multitud de chicos que se agolpaba a su puerta.
-Cuando los veas me vas a entender. Creé seres distintos, libres de enfermedades, inmunes como yo a los venenos.
Rosa lo miraba asombrada y nerviosa por la herida que cada vez le dolía más. Entonces ella pateó al animal y la bestia lloró.
-¡No!- Gritó Valverde.
Salió enojado de la casa de su novia, abriéndose paso entre la gente. Lo siguieron, pero él corrió. Un olor a orina salía del pelaje del animal, que temblaba asustado, aferrándose con las garras a su ropa.
Fue de un sitio a otro durante toda la tarde, sin animarse a volver a la choza. Luego se oyó un disparo, muy cerca, y el animal saltó de sus brazos sin que pudiese detenerlo.
-¡Valverde!- Llamaba una voz a través del follaje.- Hay denuncias contra vos, muchacho, solamente queremos ver qué estuviste haciendo.
Gustavo huyó, con la sombra de la noche pisándole los talones. Con el peso del tiempo deteniéndolo a cada metro que avanzaba.
“Cerrar la puerta e impedir la invasión”, se repetía una y otra vez. Y así, corriendo, llegó a la cabaña para defender a sus criaturas.

Pisadas, sí, son pisadas y los animales levantan las cabezas. Los golpes en la puerta insisten sin interrupción, con puños y armas sobre la madera. Las bestias gritan y gimen, los golpes se atenúan un instante, pero se renuevan, insistentes.
Los animales se acercan a Gustavo, lo rodean, corren a la puerta y saltan enfurecidos. El movimiento de sus colas levanta el aroma a suciedad, a polvo y a humedad. Todo es escándalo y llanto, gritos desesperados de cada lado de la puerta. Gustavo sabe que la derribarán.
-¡Abrí, queremos saber qué hacés!
Y la puerta se derrumba. Las linternas son un sol particular, un pequeño sol dispuesto a develar a los monstruos. Los animales saltan y se agazapan contra las paredes. La gente que rodea a los soldados grita de asombro. Se han quedado quietos un largo rato, observando, paseando la luz por los ojos brillantes de esos seres.
Los animales no atacan, no se defienden, sólo corren a reunirse con Valverde. Las linternas lo iluminan y la gente ve su espalda encorvada, lo ve arrodillado, cubierto por sus criaturas. Ellas lo protegen, cubriéndolo como una coraza, mirando a los intrusos con ojos furiosos y las garras preparadas. Dispuestos a todo para preservar del peligro a su padre.

Este cuento pertenece a "Los Casas". Es uno de los relatos que explican el origen y las causas del temperamento y las acciones de ciertos personajes del libro. En este caso nos encontramos con Gustavo Valverde, el futuro farmacéutico de La Plata, durante su infancia en el campo. La relación con la naturaleza ya está marcada, y no es una relación conflictiva sino casi una comunión y una complicidad. La curiosidad por el conocimiento, las características no habituales de resistencia a ciertos elementos del ambiente, el temperamento extraño y aislado son las principales de este personaje.
Es interesante cómo el conocimiento puede llevar a la sensación de ominpotencia, y esto lo emparenta con el protagonista de "La medida del alma" (ver "Los seres intermedios"). Crear vida es una tentación demasiado atractiva para poder evitarla, pero los resultados son siempre parciales, incompletos. Y lo incompleto en la naturaleza se emparenta con la mostruosidad.
Este personaje es ambiguo, tiene una dosis de maldad que no es evidente, ni siquiera para sí mismo. Es frío y sólo siente cierta emoción por él y por las criaturas que ha creado.
El resto de la humanidad le es indiferente.





Ilustración: Hieronymus Bosch

miércoles, 1 de abril de 2009

Lecturas

    







Charlotte Brontë: Jane Eyre (1848)
¿Existe la diferencia de género en la literatura? Pienso que hay puntos de vista diversos, que no siempre coinciden con el sexo de quien escribe. Hay mujeres autoras cuya violencia contrasta con lo que habitualmente se espera de ellas, delicadeza y sutileza. Hay hombres cuya primordial mirada se basa en la melancolía y la pasividad, diferente a la cruda experiencia y la dura entereza de la naturaleza masculina. Por eso el aporte de la mirada femenina no se basa en la forma sino en el punto de vista. Y éste no tiene que ser más alto o más bajo, ni más o menos lejano, ni más abarcador o más intimista. Creo que el aporte de cada autos está en su experiencia personal, provenga esta de un hombre o una mujer. La diferencia, quizá, está en quien lee. Una lectora tal vez vea ciertos rasgos comunes en la mirada femenina de una autora, que probablemente no pretendió expresar, pero que allí está implícita. Pero esto sucede siempre en todo buen lector, éste recrea el texto, es decir vuelve a crearlo, y el resultado es otra cosa, algo formado en el limbo de la conciencia: una idea que se hizo palabra escrita y que ha vuelto a ser idea. Lo que diferencia a Jane Eyre de otras novelas escritas por mujeres, es que es un producto típico de una época y una formación cultural determinada: la clase media suburbana de una provincia en la campiña inglesa. Religiosa pero no fanática, conservadora pero no restringida. El rol de la mujer está determinado por ciertos límites, pero no por eso puertas adentro ellas no puedan acceder a los libros y a la libertad que la educación les ofrece. Charlotte fue quizá la más talentosa de las tres hermanas, pero Emily no tiene nada que envidiar a su hermana con su Cumbres borrascosas. Jane Eyre se destaca no tanto por la ambientación gótica (aunque nunca demasiado oscura) ni los personajes torturados y trágicos, sino por la extrema inteligencia de la autora. Narrada en primera persona, nunca se confunde a la protagonista con la autora. El personaje está claramente definido, y va evolucionando a través de la mirada lúcida y lógica de la misma protagonista. El desarrollo es casi un análisis psicosocial de un personaje, no tanto por la búsqueda de causas y efectos, sino por la extrema racionalización de los pasos seguidos en su vida. Hay un continuo control de lo que se narra, nunca hay movimientos dubitativos al contar, y la firmeza del personaje es un símbolo de la estructura narrativa. Los diálogos entre Jane y Rochester son de un juego de ironía fría y cruel por momentos, un intercambio de palabras que casi roza lo filoso, y sin embargo ninguno de ellos se siente ofendido, ni duda que el otro entenderá lo que ha querido decirle, por más que no haya sido explícito. Y en esa interrelación hay un erotismo que rompe con todo preconcepto. En la misma imposibilidad de dos amantes que desesperadamente quieren acariciarse y no pueden hacerlo por convenciones culturales o represiones personales, se manifiesta en las palabras que salen de sus bocas. Las palabras acarician y dañan al mismo tiempo. La trama está muy bien urdida, sólidamente anclada en la claridad de los personajes, y únicamente en el tercio final, cuando Jane, después de tres días de vagar y con hambre, encuentra refugio justamente y sin saberlo en la casa de sus primos desconocidos, parece rozar lo forzado. Pero no por eso se desmerece la novela. El final es uno de los pocos finales felices donde es resultado natural de la trama. Es un resultado que proviene de muchas más pérdidas que ganancias, pero esto confirma que Jane y Rochester no son personajes fuera de lo común. La felicidad o la infelicidad son transitorias, y su duración está en la forma que la naturaleza de un hombre o una mujer decidan enfrentarlas. 
     Gerardo Curiá: Caldén (2008) Curiá cumple en este libro de poemas lo que ha venido realizando desde los anteriores, es decir, escribir poesía pronunciando en voz alta lo que las palabras cotidianas no saben decir. Él rescata del silencio de las palabras olvidadas para renovar el lenguaje. Para eso utiliza las palabras de todos los días, pero ellas cambian de significado continuamente, intercambian sus conceptos para ser otra cosa o varias al mismo tiempo. Así, las palabras agua, sol, arena, luz, piedra, árbol, viento, fuego, son todas y cada una lo mismo y lo diferente. Este procedimiento renueva el lenguaje, que no es palabra en sí mismo sino fusión de ellas. No necesita utilizar términos compuestos, sino recurrir a la simpleza origina de cada una. Y entonces la sensación de remembranza ancestral está tan bien expresado en esta colección de poemas. La misma temática y el mismo grupo de personajes acrecienta el efecto del procedimiento elegido. Cada poema es un poema extenso compuesto a su vez por varios de diversa extensión, incluso algunos de un verso. Cada uno, ademas, aparece precedido por lo que es otro poema en forma de resumen, a la usanza casi de comienzo de capítulo de la novela decimonónica. El resultado tiene una lógica propia, contradictoria en apariencia, pero sin embargo más lógica para el mundo recreado que la realidad del mundo cotidiano. El glosario agregado al final no es imprescindible para la comprensión y el disfrute de los poemas, quiza sí para una análisis más exhaustivo. Pero cada combinación de palabras es un hallazgo, y cada imagen una renovación del catálogo de lo que los sentidos son capaces de captar. Ejemplos: en la página 38 la palabra "piedra" es negativa por lo que se obtiene de ella en este caso: humo; en la página 67 es positiva porque es consecuencia más duradera de otro elemento: leche. El "viento" no es únicamente símbolo de destrucción, sino de tiempo transcurrido. Los elementos concretos se convierten en elementos conceptuales: el tiempo es espina, sombra la luz, el fuego es lluvia. Como ejemplo final, qué mejor que transcribir uno de los más expresivos versos del poemario: sed es la piedra en el nudo de los labios (pág. 21), y dejar asentado de este modo que Curiá es uno de los mejores poetas actuales de Argentina.       
    Gustave Flaubert: Tres cuentos (1877) Hasta los veinte años, Flaubert se ha dedicado a escribir dos tipos de narrativa: un par de novelas de género netamente apegado al romanticismo aprehendido en sus lecturas del siglo XVIII, exacerbado por el temperamento del adolescente que las escribió, es decir el gusto por lo dramático, lo macabro y lo trágico con un lenguaje muy rico pero de escaso estilo propio y sobre todo cargado de abundante retórica. El otro género que cultivó hasta esa edad fue el fantástico, pero las tramas son en mi opinión inverosímiles y poco atrayentes, además del lenguaje retórico ya mencionado. Desde los veinte a los treinta años prácticamente se dedicó a viajar, y esta experiencia le sirvió de diferentes maneras: como forma de madurar personalmente y por lo tanto de mirar el mundo con otros ojos, y para entrenar su escritura a través de las notas de viaje que iba tomando. Ya después de los treinta aparece el Flaubert que admiramos, revelándose con su primera novela mayor: Madame Bovary. Pasarían otras novelas entre tanto, hasta la aparición a los 56 años de edad de Tres cuentos. El primero de ellos (Un alma de Dios) es un texto confeccionado por un escritor que domina perfectamente su estilo. A pesar de no haber escrito relatos durante muchos años, todavía domina la forma corta, y no olvidemos que en su estilo narrativo hay cierta tendencia a crear situaciones individuales que se amalgaman sutilmente entre sí cuando se trata de una novela. Por eso, en estos textos relativamente cortos su mano experta no deja escapar nada que no sea estrictamente necesario. Este primer relato nos habla de una mujer sencilla que sirve en una casa de burgueses durante casi toda su vida. Su propia vida y sus intereses se confunden con los de la familia para quien trabaja. Los hijos de la casa son como sus propios hijos, incluso sufre más que por su propia familia, porque sólo tiene un sobrino. La aprobación de la señora de la casa es siempre buscada y requerida con la máxima vehemencia. Hay dosis de humor que derivan de su ingenuidad y su ignorancia, y esto conmueve porque el tratamiento del autor no es acercarnos las imperfecciones como virtudes, sino como características del ser humano que describe. No hay calificaciones ni juzgamientos. El final es de una belleza que no puede ser calificada más que de serena y llena de una beatitud lindante con lo místico, y cómo una mascota, único ser al que nos apegamos por su extrema fidelidad, puede fundirse con lo que más sagrado que adoramos. En el segundo cuento (La leyenda de San Julián el hospitalario) encontramos al Flaubert más cercano a su estilo desarrollado en Salambó. Lo histórico toma el escenario y los personajes, pero la mano del autor escarba en el alma de los protagonistas. No busca en sus mentes con artificios psicológicos, sino a través de sus acciones, y en este caso los hechos se suceden continuamente y se caracterizan por ser desmesurados y el lenguaje absolutamente crudo. No hay piedad que valga, nos dice Flaubert, a la hora de crear y hacer actuar a nuestros personajes. Ellos nacen y se conducen hacia un destino trágico que ellos mismos se han creado. Hay supersticiones, leyendas y profecías, pero sólo son insinuaciones de algo que está arraigado en ellos y nos van develando a través de sus actos. San Julián necesita redimirse, y para eso está dispuesto a todo. El final es estremecedor, terriblemente hermoso. Cuerpo contra cuerpo, San Julián encuentra en el leproso al Cristo. El tercer cuento (Herodías) retoma el conocido episodio de la muerte de San Juan Bautista por maniobras políticas y pasiones personales exacerbadas. Aquí el trasfondo histórico debe limitarse a los hechos terrenos y documentados, a diferencia del cuento anterior, pero sin embargo sí desarrolla lo que sucede en la mente de Herodes. Especulaciones políticas, recuerdos pasionales, sumisiones al poder de Roma, y finalmente la excitación sexual que todo lo nubla: la lógica del momento y los posibles beneficios conseguidos. Pero el poder de Salomé no es suyo, sino de su madre Herodías. Es ella la mente tras el cuerpo de su hija, la que ha manejado los hilos por encima y por detrás de tantas maniobras y especulaciones a las que los hombres se han entregado para decidir el destino del profeta. El desarrollo del cuento tiene la elegancia de una novela ambientada en el siglo XIX en un salón aristocrático. El final ya lo conocemos, pero no por eso deja de ser inquietante y nuevo el acercamiento de Flaubert. Los hombres pasan, parece decirnos con el final, donde los protagonistas ya no se mencionan, donde sólo hay una cabeza pesada que pasa por las manos de dos viajeros que la llevan como símbolo. 
      Gustave Flaubert: Viaje a Oriente (1851) Entre los 20 y 30 años, Flaubert se dedicó a viajar. De estos viajes extrajo notas para tres libros, el más extenso de los cuales es el tercero, Viaje a Oriente, de más de seiscientas páginas. Si bien la madurez expresiva de Flaubert escritor no se había desarrollado aún, estos viajes, además de la obvia acumulación de experiencias y el consecuente aprendizaje para la madurez personal, es una invalorable práctica de observación para su futura escritura. Lo que venía fallando en los textos previos a los 20 años de edad, es decir la retórica romántica, el distanciamiento de los personajes, la inverosimilitud de algunos textos fantásticos, aquí es pasado por alto, porque lo único que necesita es la expresión y la descripción austera y exacta de lo que ve y está haciendo en ese momento del viaje. Y esto lo hace con la destreza que ya domina y con la crudeza que caracterizará su futura producción. No es una descripción monótona de lugares y paisajes, ni siquiera una crónico de lo que él y sus compañeros hicieron. Entre los pormenores de todo viaje has observaciones agudas de personajes nativos, de animales y objetos. Por ejemplo, la forma en que describe cómo los carroñeros comen cadáveres en el desierto de Egipto, el recorrido de los barrios de El Cairo y las prostitutas que los pueblan en la noche. Aquí el lenguaje es grotesco y desenfadado, y tal vez por eso sorprende. No estamos ante un viajero común y corriente, que viaja en avión y se hospeda en hoteles de clase media. Es un viajero que se trasladará en camellos, dormirá en colchones con pulgas, se acostará con prostitutas, comerá comidas horribles y sufrirá indigestión y fiebre, pero que luego de todo esto sabrá apreciar y describir en detalle las obras de arte y las pequeñas características que hacen de un perro vagabundo o una anciana desdentada lo más importante de un pueblo. Estas observaciones luego las aplicaría a muchas de sus novelas, en el Viaje a Oriente recoge cierta crudeza y destemplanza que cultivará luego en Salambó. Egipto, Atenas, Constantinopla, Atenas, Esmirna, Palestina, Líbano y finalmente Italia. En Italia se limita a dar impresiones de las obras de arte, como si dejara de ser un aventurero y se convirtiese en un turista. Pero aún así no es un turista común y corriente. Escrito y lapidario con lo que no le agrada, es moderado y apenas entusiasta con lo que admira. Recordemos que estamos viajando en 1850, no hay fotografías, así que los libros de viajes debían incluir descripciones exactas para quienes no podían visitar aquellos lugares. Pero esta necesidad no era sólo por practicidad para Flaubert. El sabía que debía observar y asentar lo que observaba. Sabía que todo eso sería sustancia para el desarrollo pleno de su arte literario. 
      Ángel Bonomini: Más allá del puente (1996) Último libro de cuentos del autor, fue publicado póstumamente dos años después de su muerte ocurrida en 1994. Bonomini se particularizó y se destacó por su dominio del cuento y el relato. En total publicó seis libros de cuentos, cuya producción se extiende desde 1972 hasta éste que hoy tratamos en 1994. Su características narrativas son el buen lenguaje, exacto y poético, el claro dominio de la técnica del cuento y su peculiar estructura, las tramas y el clima cercano siempre a la alegoría, que nunca cae en lugares comunes o trillados, mucho menos en el mal gusto. Por más que sus temas, especialmente en este libro, no sean originales, por ejemplo: el tema del doble, el recurso de lo onírico como desdoblamiento de la realidad, nunca dejan de ser dignos ejemplos de cómo deben tratarse estos temas, es decir, con un toque de originalidad que demuestra el estilo del autor. Si hablamos de El inquilino, veremos que muchos autores han tratado el tema del doble de esta misma forma, desde Bradbury hasta Orgambide, y sin embargo en su escueto y exacto modo de narrar, este relato resulta nuevo y estremecedor en su final casi inesperado. En Marta y Camila tenemos otro ejemplo del tema del doble, y el acento está puesto no tanto en lo sorprendente ni busca como recurso primordial el hecho fantástico, sino el drama y la melancolía que surge de la situación de estos personajes. La alegoría, por eso, no proviene del símbolo representado por el suceso sobrenatural, sino que es una consecuencia natural de la psicología del personaje. Sueño o no, realidad o fantasía, el personaje está viviendo una forma más de su vida, que le es impuesta y no puede elegir. El autor no se regodea en hacer sufrir a sus personajes, ni ellos sienten el drama como algo insoportable o incompatible con la vida, la situación es parte de ellos mismos como entes vivos. El sueño no es un estado aparte de la vida, está entre los pliegues de la vigilia, esos pliegues que pasamos por alto por no molestarnos en mirar hacia abajo o a los costados. El mensajero es otro cuento de tema bradburiano que no desmerece para nada en las manos de Bonomini, en este caso el protagonista es un ser que transporta los signos de una peste de un pueblo a otro. Es un relato atemporal y sin espacio prefijado, recuerda los relatos medievales o aquellas leyendas de la Europa del este. Fin de la infancia es más localista, y aborda en tema trágico de la muerte de un niño de una manera exquisitamente elegante, sin mencionarla, sólo insinuando lo inevitable, y no por eso el lenguaje deja de ser cercano e intimista. Es un admirable ejemplo de cómo la voz narrativa en primera persona puede tener giros localistas y hasta burdos dentro de un estilo preciso, dominado por la discreta elegancia de lo austero y emocionalmente justo. La misma paridad se da en cuentos como Una pieza de museo y Últimos capítulos de mis memorias, donde las barreras entre ficción (pictórica y literaria, respectivamente) y realidad se rompen de manera completa y el tránsito entre una y otra es claro y sin conflictos. Pienso que Bonomini es uno de los mejores narradores y cuentistas argentino. Su estilo, emparentado con Cortázar, en mi opinión parece presentar menos altibajos que el del maestro, obviamente salvando las distancias en cuanto a la maestría y la ruptura de lo convencional que caracterizó a Cortázar. Lo fantástico en Bonomini está ligado a la utilización de la alegoría de un modo semejante al cultivado por autores como Buzzati, Kafka o Schulz. Si bien menos preocupado por el ambiente en sí mismo, lo peculiar en Bonomini es esa falta de límites entre lo que es y no es. La realidad tiene tanto o más valor que lo que soñamos. La ambigüedad no es una falencia o un defecto, tampoco una excepción de lo cotidiano, sino una característica implícita y sustancial del concepto mismo de realidad. 
      Bruno Schulz: La calle de los cocodrilos (antología) El autor publicó sólo dos libros de cuentos: Las tiendas de color canela y El sanatorio del sepulturero. La presente es una antología que reúne gran parte de esos relatos. Este autor, que nació y vivió en la Europa del medio este, en una época especialmente convulsionada (la Segunda Guerra Mundial) se dedicó a la pintura y la literatura, y en ambas ha logrado medios expresivos sorprendentes. Su literatura, en este caso, está teñida y emparentada con su colega Franz Kafka, y con él comparte una visión del mundo a la vez trágica y absurda. Sin embargo, las similitudes allí se acaban, en mi opinión. El autor del prólogo de la antología, Elvio Gandolfo, destaca la semejanza en la importancia de la figura paterna, y aunque destaca las diferencias entre ambos progenitores, pienso que la influencia de cada uno es completamente opuesta. El padre de Schulz es un poeta, un ser absorbido por el delirio de la imaginación, alguien que ha puesto alas a la realidad, porque ésta es gris y chata. La importancia del padre de Schulz es la impronta poética e imaginativa que ha puesto en su hijo, ý éste, como protagonista de sus relatos, ha decidido poner también a su padre como coprotagonista. Prácticamente todos los cuentos están relacionados: una misma familia, un mismo ambiente, un mismo clima y tono de nostalgia y absurdidad. El lenguaje, impecable, hace recordar a Proust, el absurdo a Buzzatti, y lo poético a Kafka, y sin embargo, en tan corta obra, Schulz ha logrado crear un mundo donde la alegoría es evidente, pero no suficiente para explicar el mundo que crea. Es algo desprendido del mundo real, otra cosa que se ha formado paralelamente a la misma cosa original. El cambio está en el punto de vista del sujeto, que luego de percibir la realidad, la ha transformado y proyectado luego en esa misma realidad como una alternativa. Por ejemplo: los pájaros que cría el padre del narrador, son reales hasta ciento punto, pero la variedad, el tamaño, las costumbres y la invasión de la casa por estas aves:¿es real? ¿es imaginación? ¿es ilusión? Los pájaros están, y son extraños: éstas son verdades irrefutables. El clima es nostálgico, no mágico sino absurdo, insisto, pero no de una absurdidad desesperante como la de Kafka, sino festiva, como un carnaval de monstruos que no hacen daño. El punto más alto, quizá, sea el cuento El sanatorio del sepulturero, para mi uno de los tres mejores cuentos del siglo XX (digno heredero del Bartleby de Melville y La metamorfosis de Kafka). Un sitio donde lo real y lo onírico se entremezclan hasta intercambiar sus lugares. No es extraño que haga acordar al sanatorio de La montaña mágica de Mann. El lenguaje de Schulz es una mezcla extraña y muy peculiar de imágenes sensoriales variadas, como cuando relaciona objetos a través de sus características visuales y las emparenta con las auditivas u olfatorias de otros: bosque y marrón cedro, madera y tabaco, violoncello y viento. Para terminar, menciono que la primera antología en francés fue realizada por Maurice Nadeau, autor también de un excelente estudio sobre la vida y obra de Flaubert. 
      William Trevor: Noches en el Alexandra (1987) Esta novela corta es una forma más del camino que los escritores contemporáneos de habla inglesa han decidido contar su infancia desde el punto desencantado de la adultez. Emparentado con Las correcciones de Franzen, la menor cantidad de página y el clima menos opresivo no evitan que la similitud e gustos y pasados no sea evidente. Hay un niño narrador protagonista, una ciudad pequeña, una época convulsionada de guerra, un progreso que devora los tesoros de el infancia, una familia que, como todas las familias, es disfuncional más allá de su buena convivencia. Por que cómo asimilar que cinco personar totalmente diferentes deban convivir y compartir gustos y principios, defender orgullos y claudicar deseos. Aqui el niño protagonista conoce a una pareja extranjera: él alemán, ella inglesa, de muy diferentes edades. Y el niño encuentra en ella especialmente una comprensión y un trato que su familia no parece dispuesta a ofrecerle. Los prejuicios de raza y credo son los pilares en los que la familia necesita establecerse, y todo aquello que desbalancee el equilibrio de los días es rechazado. Lo extraño, lo extravagante, debe ser prohibido, y sin embargo un chico puedo ver más allá que un adulto, porque aún no ha sido enceguecido por los valores aprehendidos. E inevitablemente, cuando la confrontación no lleva a ningún termino medio, llega el resentimiento y la piedad no tiene lugar. Resentimiento del chico hacia su familia, impiedad de la familia hacia la pareja extraña. Entonces el chico se hace adulto, y más allá de la eleccion propia de su destino, él es víctima de esa guerra personal, paralela a la guerra que azotó los pueblos durante aquella infancia. Sólo, dueño de un cine construido en honor a una mujer que veía más allá de los bienes mundanos y las buenas costumbres, a la persona, el individuo, la mente y el corazón del chico. Un cine que no ha soportado en avance del progreso tecnológico, y que resistirá sin embargo porque hay principios que nunca huelen mal ni se descomponen, huelen a humedad por estar archivados en desvanes antiguos, pero no han perdido su fuerza. Sólo e incomprendido, el hombre sigue siendo el guardián de un lugar donde el recuerdo de una mujer es más firme y más bello que toda guerra, toda familia y toda infancia. William Trevor es un poeta de la narración. Su lenguaje es claro, límpido, nostálgico y humorístico a la vez. Tiene por momentos el tono irónico de Twain, el clima de Bradbury, la solidez de Hemingway, la dureza de Franzen. 
      Leónidas Barletta: Historia de perros (1950) Aunque llueva (1970) El autor formó parte del grupo literario Boedo y por lo tanto de la confrontación permanente con el grupo Florida. Lo que enfrentaba a los grupos era la posición de la literatura frente al mundo. Boedo reclamaba una función social y un compromiso de la literatura frente a los problemas urgentes de la sociedad, debiendo ser un portavoz y un representante de la cultura popular. Pero esta propuesta era muy diferente a como podríamos concebirla en la época actual. En ese entonces la función de la novela y el relato, de la poesia, el ensayo o el teatro, era representar la vida del pueblo y reivindicar los derechos de los pobres y el proletariado. Eran tiempos de cambios y de recuperar justicias postergadas durante mucho tiempo. Los coletazos de la resolución soviética eran inevitables, sumándose las guerra civil española y la revolución cubana. La función del arte como arte en sí, comprometido con el lenguaje únicamente, como lo concebía el grupo Florida era una postura del rioplatense burgués y de clase acomodada. Como en todo grupo, hay buenos y malos representantes de los mismos, quiero decir, hombres cuyos principios están al servicio de la buena literatura y otros donde ésta está al servicio de la función social. Cuando el lenguaje es un instrumento nada más, cae en lo panfletario, y es difícil que el resultado sea buena literatura. Leónidas Barletta fue un gran escritor cuya obra es demasiado amplia como para generalizar, pero a juzgar por las dos novelas mencionadas arriba, supo dar una visión propia de l pueblos sin traicionar los fines del bran arte. El lenguaje aparentemente sencillo está muy bien pulido. Es práctico, pero poética al mismo tiempo. La mirada detallada de la gente del barrio y los pueblos es bella y escueta al mismo tiempo. Su humorismo no viene del narrador sino de la voz bien plasmada de los personajes. Pero cuando se pretende representar la realidad siempre hay una selección, porque no podemos retratar todas las cosas y los hechos del mundo al mismo tiempo. Y a su vez, aunque nos dediquemos a una zona en particular, o a un individuo incluso, la visión del narrador siempre es subjetiva. Por eso, en estos casos la visión del pueblo que Barletta nos transmite es cierta, seguramente, pero también idealizada. Y debió está consciente el autor de que esto era inevitables, por eso no eleva a sus protagonistas a un sitial para derribar a otros, sino que los describe como seres particulares en un a zona y época particular. Es un narrador de historias, no un documentalista ni un filósofo. El autor cuenta sin lugares comunes ni mensajes morales o sociales. Hay un trasfondo político y social, inevitablemente, apenas mencionado, que no incluye en la psicología de los personajes. Es verdad que éstos se acercan al estereotipo por momentos, que todos se funde en una gran caracterización de la que forman parte personajes, animales y ambiente. Ambas novelas, como representaciones de una sociedad y una época, tienen la estructura de capítulos que se suceden como episodios de diferentes ambientes y situaciones. No hay un conflicto preciso o demasiado profundo , sino una psicología del barrio donde cada personaje humano o animal es una parte y una característica especial de este ser colectivo. En Historia de perros el autor participa activamente en la narración, e incluso aparece como personaje y creador a la vez de los destinos de sus personajes. Aunque llueva tiene una estructura más, convencional, pero la estructura de relatos enlazados es menos chocante porque la trama individual de una pareja va y viene dentro del collage general que intenta representar al barrio. Así como Emile Zola, con sus diferencias, claro, Barletta se acercó al naturalismo con menos crudeza pero más lirismo. 
      Gustave Flaubert: Viaje a los Pirineos y Córcega (1840) Viaje a Bretaña (1847) Estos dos libros reflejas los viajes del autor a los 19 y los 26 años de edad, respectivamente. Si bien su narrativa de ficción no estaba madura, y se veía plagada de mucha retórica y algunos argumentos inverosímiles, su estilo para la crónica muestra ya no sólo al escritor en su oficio, sino una visión que está madurando lenta pero firmemente. Ambos libros son más convencionales en relación al que sería su tercera crónica de viajes: Viaje a Oriente. Si en ésta su estilo de frases cortas, estrictamente descriptivas y crudas, muestra el estilo más maduro y la perspectiva ácida y algo pesimista del mundo, en los primeros relatos de viajes esa retórica se va atenuando y sirve, sin embargo, para dar un matiz más poético y de cierta inocencia desencantada. Hay mayor dedicación a leyendas e historias, algunas descripciones de personajes muestran al maestro que llegará a ser, pero sobre todo se destacan las reflexiones personales. Estas reflexiones son las que ganan más terreno en el segundo, y le dan más valor aún que a las descripciones y narraciones del viaje en sí mismo. Si en el viaje a Oriente Flaubert se ve abrumado por lo exótico y es esto lo que determina su tipo de escritura más seca, en los viajes más cercanos a su cultura vio necesario incorporar reflexiones sobre su estilo de vida y su propia cultura, en relaciones a contrastes dentro de la misma Europa. Es así que los comentarios del segundo libro son de una ironía que los ingleses desarrollarían sólo un poco más tarde, y de una sutileza escondida detrás del humor elegante pero lapidario. Por ejemplo, la anécdota sobre las piedras de Carnac, donde hace mofa de los supuestos arqueólogos, o la descripción del circo en Brest, donde la crudeza es digna de su posterior Salambó. Rescato, finalmente, que ambos pueden leerse como una primera y segunda parte, pero el más valioso es el segundo, donde encontramos al mejor Flaubert de la primera etapa de su desarrollo como escritor. 
      Clarice Lispector: Lazos de familia (1965) Trece cuentos. Trece relatos que son modelo de cómo debe escribirse un cuento. Trece cuentos, como el libro de relatos de Faulkner. Una mujer latinoamericana, de origen brasileño, haciendo honor, otorgando una ofrenda no sólo digna a la memoria del maestro norteamericano, sino tan perfecta como aquel. Lispector no sólo escribe perfectamente, con el tono adecuado a cada personaje, permitiéndose como narradora los giros necesarios y no más para que los modismos locales adicionen y no estorben el objetivo principal de cada cuento: explorar en profundidad los aspectos escondidos, deliberadamente escondidos, de cada ser humano. Hombre mujer o niño, de cada uno ella extrae las vergüenzas, los dolores, los miedos (del crecimiento, del amor, de las relaciones interpersonales). Ella busca y encuentra lo humano general en el humano particular. Es verdad que explora con minuciosidad extrema el alma femenina, de una mujer adulta, de un ama de casa, de una mujer con alteraciones emocionales y psíquicas, de adolescentes que crecen reprimidas. Pero esto sólo un aspecto de su búsqueda. Lispector excava a cuatro manos y encuentra la naturaleza del hombre, del adolescente varón y sus preocupaciones cotidianas, sus miedos y sus mezquindades, del hombre adulto y sus temores, de las familias como entidades expuestas a los peligros del mundo. Ella encuentra las pequeñas cosas, hechos, gestos, que de repente cambian todo, cambian el transcurso de un día y de toda una vida. Máximo ejemplo de todo esto: Feliz cumpleaños. Una anciana cumple 89 años, toda la familia con hijos y nietos se reúnen para agasajarla; ella, dura, rígida, en lugar de soplar las velas de la torta, escupe al suelo. Una historia surge de esto, un mundo nace de esa actitud, y Lispector lo pone a funcionar para que nosotros sintamos en endeble equilibrio, la inclasificable sustancia de la naturaleza humana. Clarice Lispector: Donde estuviste de noche (1974) Este libro de relatos, muy cercano a la fecha de muerte de la autora, es muy diferente al anteriormente comentado. Lazos de familia es un libro escrito a comienzo de los años '60, en plena madurez de vida y de capacidad como escritora. El que ahora comentamos tiene la maestría de quien lo escribe, pero las circunstancias que lo nutre son otras muy distintas a las del otro libro de cuentos. Aquí deberemos denominar relatos y no cuentos a estos textos, por varios motivos. Primero, son más cortos, de tono impresionista, casi estampas por momentos, sobre una anécdota y situaciones cotidianas, pero que bajo la visión tan peculiar de la autora se tornar peculiares, extraños a veces, profundos siempre en su connotación y trascendencia. Los relatos más largos, que ocupan la primera mitad del libro, son los que más se acercarían a la estructura del cuento, y sin embargo se resisten a esta clasificación. La búsqueda de la dignidad, cuya principal característica es estampar una cierta clase de mujer en una situación particular, se escapa de lo habitual para tomar un tono kafkiano, de absurdo posible en este caso, alegoría del deseo sexual insatisfecho que surge a los setenta años y como amarga sorpresa para la protagonista. La connotación existencial y las repercusiones sobre la vida, la muerte y la vez es evidente. La partida del tren es otro cuento con argumento más establecido, y aún así no deja de ser una suscesión de pensamientos atemporales adjudicados a dos personajes en una situación estática: la espera en la estación de trenes. El texto que da título al libro es el más extenso y más complejo. Es como un punto de bisagra entre ambas mitades. Aquí predomina lo onírico y lo fantástico. Partimos de una situación caótica: una orgía donde se mezclan espíritus y humanos, pero todo este caos se va organizando a medida que avanzan las horas de la noche; cuando amanece, las furias y la lujuria se calman y se pierden con la luz. Lo mismo sucede con Seco estudio de caballos, aquí el hilo conductor en una serie de impresiones anotadas en una especie de diario l libro de apuntes. La protagonista esta vez parte de una situación de origen terrenal: su crecimiento con un caballo, y termina con la situación mítica del caballo del rey. En este caso el orden del caos se dirige al descubrimiento y la conformación del verdadero deseo y la personalidad adulta. Probablemente estos cuentos están influidos por la situación personal de la autora, afectada por el cáncer, y el tono impresionista, reflexivo de los último relatos no puede dejar de relacionarse con esta circunstancia. Aún así, la destreza y sobre todo la búsqueda continua, permanente preocupación por la buena literatura han mantenido sus riendas firmes por encima del sentimentalismo barato o el lirismo liviano. No hay argumentos definidos, sino que todo se pierde en la mente de la autora; no hay personajes psicológicamente desarrollados, sino que todos son una parte de ella, las impresiones de su visión abarcadora del mundo: de la vida, de la muerte, y de lo que dejamos al irnos. 
      Luisa Mercedes Levinson: La pálida rosa de Soho (1967) Las tejedoras sin hombre (1967) El primer cuento que leí de la autora en una revista dominical fue El abra, un excelente texto que pone a Levinson en un ritual de gran narradora dedicada a plasmar personajes fuertes en un ambiente agreste, donde la crueldad es innata y forma parte de la circunstancia de los protagonistas como el mismo respirar. De este libro se destacan las secciones de Cuentos del litoral e Historias sucedidas, donde el ambiente está irreversiblemente enlazado con la situación descripta y las características de los personajes. Cuentos como Los dos hermanos, La familia de Adam Schlager, muestran la naturaleza desproporcionada, exuberante y violenta de los personajes marcados por el ambiente. A su vez el ambiente adquiere relevancia como tal solamente por las acciones de esos personajes. No hay lugares comunes, no hay retórica, sí hay un lenguaje que eleva la situación a un nivel mítico. El resto de lo cuentos, aunque no a su altura, no desmerecen de entrar en el conjunto. En Las tejedoras sin hombre, en cambio, rescato solamente tres de los 14 relatos: el que da título al libro, Más allá del Gran Cañón y El dorado. Por qué digo esto, porque lo que caracteriza el lenguaje de Levinson es que el lenguaje modelado al ambiente, aunque el ambiente que describa no sea exactamente real. La autora opta por mitificar lugares y personajes, y esto es lo que hace mejor, obteniendo esos climas austeros, inciertos y crueles de los cuentos más logrados. Cuando describe personajes de ciudad, cuando elige la ironía algo ingenua en la voz de los personajes, incluso cierto humor campechano o de barrio de clase media, cuando describe ensoñaciones y utiliza lugares comunes y palabras como infinito y libertad en un contexto retórico, siempre pierde el tono que alza otros textos a un nivel de trascendencia. Cuando describe situaciones concretas, construye una leyenda con el lenguaje, y a su vez el lenguaje lo acerca al lector para conmoverlo, porque ha dejado de ser algo general y lejano para convertirse en algo inmediatamente relacionado con los propios deseos y frustraciones. No hay desarrollo psicológico, sino un íntimo ir y venir, una mutua alimentación del ambiente con el personaje, sea desierto, pampa o río. El puente es el lenguaje, que se alza muy alto, elevando a un lugar de terrible belleza incluso a la crueldad y la violencia. El resto de los cuentos están bien escritos, no hay duda. Pero no impactan como los mencionados en este y el otro libro. Resultan triviales, casi un relleno que molesta entre los mejores relatos. Las ensoñaciones que no descartan retórica remanida, el lenguaje excesivamente frío y la trama trivial de un par de cuentos cercanos a la ciencia ficción, son algunas de las falencias, a mi criterio. Qué es lo que destaca a un autor, sino su aporte particular, los breves destellos que lo rescatan del resto. Lo que Levinson aporta está magistralmente mostrados suficientemente en los cuentos de La pálida rosa de Soho. 
      Abelardo Castillo: Las maquinarias de la noche (1992) El espejo que tiembla (2005) Debemos dejar algo asentado desde el principio: Castillo es un maestro. Partiendo de esta premisa, todo comentario sobre cualquier libro suyo no puede dejar de lado los altos cánones que ha establecido desde sus inicios. Los dos libros que ahora nos ocupan, son los dos últimos libros de cuentos publicados. A una primera lectura, los cuentos no desilusionan desde ningún punto de vista, aún cuando uno esperara encontrar un escritor en su ocaso, cuando tantos de su generación se han repetido, como Cortázar. En estos relatos, Castillo demuestra dos cosas: primero, que no ha perdido su maestría narrativa; segundo, que aunque su temática se repita, no deja de encuentra una vuelta de tuerca, una variación que más que un círculo es una espiral. Como siempre, en sus cuentos lo fantástico no lo parece, porque lo fantástico surge y se funde en lo cotidiano, porque lo real tiene el mismo tono de lenguaje que lo fantástico. Los temas que se repiten a lo largo de los cinco libros de relatos que constituyen Los mundos reales se agrupan en diversas células: ejemplo, Carpe diem, El tiempo de Milena, La muchacha de otra parte, donde la mujer representa un lugar ideal al que se accede por la imaginación o el sueño; Corazón, Hernan, donde se evoca la adolescencia, su crueldad implícita y un hecho trágico (recordar otro relato de Las otras puertas: El marica); Thar, El decurión, El desertor, donde aparece el tema del doble y el tiempo en diversas variaciones. El tiempo en Castillo es un elemento flexible, permeable, y el espacio está subordinado al tiempo. En La que espera, hay un paralelismo doble: río/tiempo y locura/cordura, ambos tienen interrelaciones: la locura es un detritus que el tiempo va dejando, como el río que cambia su lecho y va depositando rocas y tierra en el anterior. El narrador en primera persona parece siempre el mismo en Castillo, pero es una característica que aporta el tono general de impersonal-personal, el primero aportado por el argumento, común, trivial a veces, el segundo por el lenguaje. pero ambos se intercambian, se metamorfosean para crea un personaje mítico, general, pero que nunca deja de tener una voz particular. La impresión resultante es la de leer un destino único pero representativo del alma del hombre. Lo mismo sucede con las mujeres que describe, sean estás Milena, Agustina, etc. El tiempo real está representado por la pareja hombre mayor/mujer joven, instrumento que el narrador utiliza para el juego del tiempo y el espacio; ellos son puertas que se abren a las diferentes posibilidades de lo real. El narrador en primera persona, se confunde con el narrador en tercera y aún en segunda, pero no hay confusión, sino una transición sutil y útil para la ambigüedad del estilo. Castillo, a los setenta años, no ha perdido su destreza, y estos últimos relatos no desmerecen sus logros mayores. Ellos suman y confirman una obra única, diferente dentro de la gran narrativa rioplatense. 
     William Boyd: En la estación yanqui (1993) Esta colección de cuentos del narrador británico, reúne 18 relatos exquisitamente escritos, donde no sólo hay destreza y una maestría en el género, sino preocupación por la renovación y la experimentación. Relatos como Situaciones extrañas, El corcho, Noches transfiguradas y En resumidas cuentas, rompe la estructura lineal para incorporar saltos en el punto de vista para mostrar la distorsión mental del narrador protagonista en el primer relato mencionado, la utilización de textos no literarios relacionados con la trama para crear lazos intertextuales en el segundo cuento, fragmentos de diarios y saltos temporales en el tercero, y rupturas en la línea del relato temporal para crear expectativa o llevar al lector por desvíos y caminos indirectos hasta el final, en el cuarto cuento. Los demás relatos siguen más o menos una línea más convencional, y los que los destaca es la crudeza y la maestría con que están contados. En muchos de ellos la trama es trivial, casi anecdótica: el despertar sexual y el aprendizaje de la madurez (Casi nunca, Historia Vache), donde lo vulgar y tórrido del sexo se ve contrastado por una sensibilidad peculiar y emocional en alguno de los personajes. Otro tópico repetido es el de los personajes automarginados, los fracasados o perdedores (La chica murciélago, El cuidado y mantenimiento de las piscinas, El próximo barco desde Douala), cuyo aislamiento y alineación puede llevarlos a actos redentores (como en el caso del personaje de Morgan), una aún mayor marginación (como en el primero y segundo cuentos) o llevarlos a cometer actos criminales (En la estación yanqui o Mi chica con vaqueros ajustados). También es frecuente el ver parejas o grupos de amigos (Regalos, Alpes marítimos) con un narrador testigo que suele ser el tercero en discordia, y que de manera subrepticia se va convirtiendo esn protagonista y, como casualmente, demuestra su egoísmo con nimias actitudes que se transforman en tórridas acciones al final, y que sin embargo son comunes a todos los hombres porque no se alejan de cualquier situación social común y corriente: una escuela, una residencia universitaria, etc. El último punto importante es el tema de lo crímenes impunes (Situaciones extrañas, En la estación yanqui) cometidos por venganza o por justicia, pero el autor nunca juzga, sólo muestra y sugiere a través de los personajes y sus pensamientos y disquisiciones la causa probable de tal crimen. Ni siquiera hay extensos moólogos interiores, ya que en su mayoría estos relatos están contados en primera persona o en una tercera muy cercana al protagonista, por lo tanto la acción va fluyendo entretejida con las motivaciones del personaje, que incluso puede engañarse a sí mismo pero no al lector: ahí está, entonces, la destreza del autor, que sin mostrar su intervención, es el motor de su obra. Sea cual sea el tema tratado, Boyd los acomete con la piedad y la dureza necesaria: piedad cuando se trata de mostrar la causa y el origen de la forma o postura de estos personajes frente a la vida; crudeza cuando debe mostrar lo que estos personajes son y hacen. 
      Ramón Gómez de la Serna: Explicación de Buenos Aires (1948) Gómez de la Serna vivió en Buenos Aires muchos años, convivió con los porteños y conoció la ciudad en una época de gran progreso económico. La ciudad en la más cosmopolita y europea de Latinoamérica. Había un enorme y creciente movimiento cultural que la hacía ideal para los intelectuales y artistas de todo el mundo. Y estos artículos reunidos, publicados originalmente en la prensa española desde Buenos Aires, con el didáctico fin de "explicar" las características y costumbres de la ciudad de Buenos Aires, van más allá que la intención que se propusieron. En muchos casos sirven como excusa para hablar de tópicos que no tiene relación exclusiva con Buenos Aires, y expresan opiniones personales del autor. Pero estas opiniones están filtrados por un fino sarcasmo y un humor no corrosivo, sino casi ingenuo en ocasiones, pero siempre inteligente, rozando la ironía. Una ironía elegante y refinada, de buen gusto, no filosa, simplemente teñida de humorismo y jovialidad. Los eleemetos que le sirven son los contrastes entre ambas culturas, las diferencias de un mismo idioma, los giros que tomas los modismos, el clima de Buenos Aires, la gastronomía, los cafés, las costumbres y objetos perdidos por el paso del tiempo. Hay una añoranza por el país natal (España) que lo hace más sensible por el pasado de Buenos Aires, en donde halla más semejanzas entre ambas regiones. Las impresiones pecan a veces de idealizadas, equivocadas en cuanto a lo que más tarde sucedería (aunque esto no podemos achacárselo a él), a veces también ingenuas. Sus pronósticos de la Argentina son optimistas, y sus críticas muchas veces superficiales. Sin embargo, podemos referir esto al objetivo limitado de los artículos. No es el fin propuesto un estudio profundo socioeconómicos, sino meditativo, sincero, lírico, optimista y caricaturesco de la la ciudad y sus habitantes. El tono elegido es el de la crónica amena, irónica, como ya dijimos, humorística sin duda, pero exquisitamente bien escrita, de mirada lúcida y con elementos poéticos que en múltiples párrafos pueden clasificarse sin temor a equivocarnos de breves prosas poéticas. 
     Jacobo Fijman: Obra poética Los tres únicos libros de poemas publicados por Fijman en vida se reúnen en esta colección de dos tomos de editorial Leviatán, más un conjunto breve de poemas sueltos y un prólogo de Carlos Riccardo, breve pero acertado. Leyendo el conjunto de su obra poética, uno debería dejar de lado la reputación que la precede: es decir, la personalidad del autor y el mito que se ha creado alrededor, que supera en difusión y equívocos la obra del autor. Las clasificaciones y los juzgamientos del caso deben llegar después de su lectura, si hubiera oportunidad y motivo para ellos. Empezando por Molino rojo (1926), publicado a los 28 años de edad, nos encontramos con un poeta ya experimentado, consumado en su expresión y sus recursos poéticos. Ya sabe cómo los silencios y la austeridad del lenguaje dicen más que muchas palabras. La utilización de los colores como símbolos, combinado éstos junto a otros sustantivos que son a su ves instrumentos o medios de adjetivaciones indirectas, por ejemplo: silencio-blanco-violeta-amarillo, son signos de paz pero infundidos de presagios de malos tiempos "Agrios soplos de la locura". Incluso hay más de un poema que lleva como título Vísperas. Pero ya se ha establecido de algún modo la locura: "Se ha torcido el puente, como una mueca" o "Los molinos de imágenes, caminos sin puntos de vista", puntos negativo y positivo de un mismo estado visionario. Porque la locura es una forma de ver más, pararse sobre el borde de un precipicio, de un punto sin retorno, y animarse a dar el próximo paso. De ahí aquel primer verso del libro, ya tan famoso: "Demencia, el camino más arduo y más desierto". Los puentes son a la vez esperanza, pero también están quebrados y dominados por el silencio. Sus recursos en este primer libro son sin duda surrealistas, no herméticos como en otros autores, sino que recurre más que nada a los símbolos y los colores. Hay imágenes bucólicas, prácticamente ausentes en los otros libros, destinadas a plasmar un estado de inocencia relacionado con la infancia y otros lugares ya perdidos e irrecuperables, por ejemplo los poemas Alegría y Antigüedad. La desolación interna va predominando, y se transmite a través de la desolación del paisaje, en Mediodía: "El silencio le ha puesto al viento un candado de horas". La transformación de la aldea de alegría en desolación es uno más de estos pasajes. Hasta los vientos, otro símbolo muy utilizado, mueren en invierno. Hay ,sin embargo, un último poema que para una addenda casi, un agregado, El hombre del mar, que es casi un himno y una última esperanza. En Hecho de estampas (1929) leemos veros más largos, con menos impresiones y descripciones. Aquí la poesía muestra madurez expresiva en el sentido de no entregar esta aprehensión a la eficacia o habilidad únicamente de la imagen, sino que esta imagen a la vez es no sólo un símbolo en sí misma, una encarnación del estado de ánimo, del alma, en definitiva. Porque en Fijman no hay distinción entre lucidez y locura, entre alma y ánimo. Todo es una misma entidad que se expresa y es a la vez el poema, y ése es un logro máximo para un poeta de tan escasa producción y tan joven. Aquí van algunos ejemplos: muros inclinados, el frío se sumerge en las ramas, está mi risa de niño con al abuelita ciega de la oscura noche, recogemos la sombra que cae de los pájaros. En Estrella de la mañana (1931) estamos en otro estado, ya no de transición, como el libro anterior, ni preocupado por un futuro sombrío vislumbrado a la distancia, como en el primero. Aquí el autor ha entrado en un estado de beatitud, de devoción del cual se encuentra convencido pero que no intenta imponer a los demás. A diferencia de tantos otros autores que hacen de la poesía una plataforma política o religiosa, un medio para transmitir ideas a imponer, Fijman se limita a hacer de la poesía una instrumento y una objeto encarnado de su alma, su alma nueva redimensionada por el descubrimiento de un nuevo estado de éxtasis y posibilidades. Y, curiosamente, no son las ideas del catolicismo las que imperan aquí, ni ahogan al lector con imágenes trilladas o sobresaturadas de misticismos. Fiel a su estilo, Fijman establece límites, que son los dados por su propia estética y lenguaje. Hay, por lo tanto, un compromiso con el arte y el lenguaje, que fija los límites a esa expresión de la nueva alma. Una cosa es el éxtasis espiritual, otra la poesía como literatura. Sabe que el último fin de ésta el la página en blanco, el expresar todo sin necesidad de utilizar los medios limitados de la palabra. Por eso las imágenes en este libro se limitan a unas pocas que se repiten con un ritmo de canto gregoriano, que da sabor y olor a estos poemas. Aquí la religión y el misticismo no es alabador ni condescendiente. Es expresión de fe poética, no alegoría. La religión está ausente como dogma, es poesía porque expresa luces y sombras del mismo objeto cantado. La repetición no es cansadora, es un ritmo de la misa de la vida: naturaleza, voz, amor, que se convierten en expresiones, medios poéticos. Fijman no es un poeta de objetos, sino del alama que se encarna en cosas para su mejor comprensión. Pocos se han acercado tanto y lo han expresado tan bien con pocas palabras y recursos, y quizá la repetición continua de esas escasas palabras sea a su vez el recurso y el sentido, el fin de lo que quiere expresar. En el reportaje final que hace Vicente Zito Lema, surgen algunos cuestiones dignas de mención. Nos preguntamos si realmente era un enfermo mental, si esa lógica expresada en su poesía lo demostraba de alguna manera, si muchos otros poetas no demuestran el mismo tipo de locura sin haber merecido el encierro, si un peligrosidad para sí mismo o para los demás fue la causa de su aislamiento. Quien suscribe, como médico, debe preguntarse cuáles son los límites de los normal con lo anormal, la cordura con la locura. Las palabras tolerantes, casi piadosas de Fijman con respecto a sus médicos no parecen hipocresía de iglesia, sino de una humildad levemente teñida de cinismo. Porque cuánto de ironía y sarcasmo, cuánto de juego, cuánto de verdadera locura había en él. Porcentajes que no pueden calcularse siendo médicos, ni poetas, ni religiosos. Quizá la deidad que Fijman creyó descubrir sea capaz de conocerlos, deidad que tal vez nazca en cada uno como el re-nacimiento de uno mismo en plena vida. Quizá el arte, por definición, carente de lógica, otorgue ese espacio, o por lo menos cree las condiciones para tal nueva concepción. 
     Alejandra Pizarnik: Poesía completa Cuidada y esperada recopilación de poemas publicados y no publicados de la poeta que murió por su propia mano a los 36 años de edad. Si hacemos relaciones de vida y obra con otro gran poeta, Jacobo Fijman, que vivió 72 años, más de la mitad de su vida encerrado en un neuropsiquiátrico, nos preguntamos cuáles podrían ser las causas de tan diferentes posiciones frente a la vida. Podría decirse que Pizarnik no halló el consuelo de la religión, y la desesperación le ganó, o que quizá era ella quien sufría un desequilibrio emocional o mental y merecía estar encerrada para su propia protección. ¿Pero habrían podido crear cada uno de ellos si su vida hubiese seguido otros cauces que el que siguieron? Son sólo cuestionamientos, suposiciones, finalmente hipótesis donde ellos dos son sólo un par de múltiples variables. Vida y arte, como mente y alma, escapan a las clasificaciones y esquemas, se evaden de encierro que el pensamiento humano quiere atribuirles. Solamente nos queda su obra, que el el cado de Pizarnik es mucho más rica en cantidad considerando que vivió la mitad de tiempo que Fijman. Esto la emparenta con aquellos autores que han muerto muy jóvenes en forma trágica, habitualmente por su propia mano, o han abandonado la obra también tempranamente, por no tener más que decir. Quizá esto es lo que debimos considerar en la obra de Pizarnik. Uno acaba con su vida porque ya no le encuentra sentido, y cuando el sentido es decir, y sólo se encuentra el vacío, no hay más que un último vacío al que llegar. Y en toda su obra, irregular, intensa y siempre sincera y exquisita, encontramos estas constantes: el silencio de las palabras, la nada de las palabras a la que la poeta siempre presiente y tiene miedo. El miedo es otra constante, pero no miedo a la muerte, porque esta siempre aparece como un consuelo, una nada de paz, sino a las sombras, a la incertidumbre, a la inconstancia de los seres humanos, al silencio. Como decíamos, su obra recorrió un arco abrupto coincidente con su vida, no en años, sino en intensidad. Sus dos primeros libros, de la década del 50, publicados prácticamente en su post adolescencia, muestran a una poeta ya avanzada, experimentando con un ritmo nuevo, rupturista, casi disonante en la música del poema, y sin duda es esto lo que ha seducido a muchos poetas jóvenes de los '90, que la han imitado hasta el hartazgo. Este es el mérito de esos libros, sin embargo me parecen inmaduros, sin mucha profundidad, meros ejercicios válidos pero demasiado herméticos y limitados en su trascendencia. Con el tercer libro publicado, Las aventuras perdidas (1958), la poeta adquiera claridad, un ritmo que no por ser más convencional deja de ser propio, con un estilo que se ha marcado claramente. Hay una expresividad que se obtiene a través de una mayor precisión, la que a su vez le da profundidad. Este sería un problema en algunos de sus siguientes libros, especialmente en los poemas en prosa, demasiado adjetivados, con retórica en sobreabundancia. Pero volviendo a este tercer libro, vemos que se destaca sobre todo la idea de la inocencia como verdad, la que a su vez es muerte, nada: allí donde las palabras se suicidan. Vemos cómo esta constante está presente desde los veinte años de edad. Todo lo por venir es, quizá, un breve desarrollo en profundidad y densidad, y el resto, repetición. Árbol de Diana (1962) continúa la búsqueda expresiva y la madurez, encontrándola en su punto máximo de vitalidad. Es en mi opinión, el mejor libro de la autora. Aquí la noche, la nada, el viento, la muerte, el aire, el silencio, las sombras son la sustancia de los poemas, cortos, precisos, contundentes, cortantes. Casi aforísticos, pero sin moraleja ni mensajes. Rige la idea de la memoria antigua que desde antes de morir produce el destino, que desde la partida está la llegada. En Los trabajos y las noches (1965) únicamente el tercer fragmento retoma la altura del libro anterior (aunque tampoco la iguala). En el resto hay menos sutileza y profundidad expresiva. Es más sereno, pero como agotado tanto en las ideas como en la forma de expresarlas. De Extracción de la piedra de locura (1968) sólo rescato los fragmentos segundo y tercero (de 1963 y 1962, respectivamente). Aquí su prosa poética es desbordante, pero el delirio y la ruptura, como sucede también en los poemas de los dos primeros libros, determinan un caos sin orden interno. Y todo caos debe tener lógica interna para ser comprendido aún por el lector más experimentado. En el fragmento cuarto el tema de la muerte peca por exceso, otro problema que hace empobrecer cierta parte de su obra toda. Hasta aquí podemos concluir, por lo menos transitoriamente, que lo mejor de su trabajo se desarrolló entre 1958 y 1963, pudiendo extender este período hasta algunos poemas de 1965, es decir desde los 22 hasta los 27 o 29 años de edad. Luego viene El infierno musical (1971), su último libro publicado en vida. Los poemas en prosa son una repetición de tópicos, donde sobreabundan las palabras con mucha menos eficacia que en sus poemas cortos. Lega un momento que quien suscribe dijo ¡¡basta de lilas!! Hay imágenes excesivas, saturantes, sin sutileza, que no se dejan leer, incluso muchos lugares comunes y sin originalidad, aún para su época y considerando cuánto sería imitada por tantos poetas y poetas de menor calidad que ella. Por ejemplo: si viera un perro muerto me moriría de orfandad pensando en las caricias que recibió, o el invierno sube por mi como la enamorada del muro, o en tiempo dormido, un tiempo dormido sobre un guante sobre un tambor, y estoy citando las mejores de las más fallidas. Hay partes donde las preguntas para qué, para quién, dónde, cuándo parecen de una poeta muy menor. En los poemas no recogidos en libro, del período 1956 a 196o, son todos excelente. Pizarnik era una maestra en el poema corto, porque lo dotaba de concisión, fuerza y sutileza a la vez. De su poesía brota una identidad propia, inconfundible. Le otorga una identidad a la nada, y detrás de la luz halla oscuridad y viceversa, detrás de las ventanas, muertos. La identidad, por lo tanto, se define por inversión: luz -oscuridad, todo-nada. En los poemas no recogidos en libros del período 1962 a 1972, sólo destaco media docena, adoleciendo los demás de las falencias antes mencionadas. En fin, habiendo leído la totalidad de sus poemas, uno llega a la conclusión de haber leído toda una vida en un viaje literario poético, con sus cimas espléndidas y mesetas olvidables, los altibajos de una vida que se encontró con el silencio, ese bien tan preciado y tan temido, ganado por méritos propios al final. 
     Carson McCullers: Cuentos completos Los relatos de la autora abarcan un extenso período de obra creativa, prácticamente de toda su vida, ya que el primero de ellos fue escrito a los 16 años, en 1933 y el último publicado en 1956. Son apenas 19 cuento, pero su calidad individual hace que cada uno de ellos sea una joya irrepetible. Desde el primer cuento, en plena adolescencia, McCullers mostró su dominio en el género con un relato que transmite los cambios de dos adolescentes en su paso de la niñez a la juventud. Uno que está madurando con dificultad, pasando las crisis que determinan la forma en que los demás lo ven, luchando por ser aceptado, la inquietud por el sentirse diferente, y que ve cómo su primo, algo menor, pasa por crisis similares pero que oculta, o por lo menos que él no alcanza a ver. Porque todo adolescente cree que su sufrimiento es único, y su tendencia al aislamiento hace que vea en sí mismo y en el otro un misterio que lo asusta. Y este misterio es que el domina por lo menos la mitad de los cuentos. Los conflictos de la adolescencia: miedos, celos, atracciones, aislamiento, sexo, obsesiones, inquietud por algo que va a suceder y que va a cambiarlo todo. El crecimiento trae cambios que ellos quisieran dominar, pero no pueden, y cuando quieren ver ya todo ha pasado, a veces subrepticiamente, y los recuerdos determinan la identidad, sin que ellos hayan podido elegir. Uno ya no es uno, sino otro. La autora muestras paisajes crueles y tristes con un tono apacible y poético, con breves detalles, desde el más nimio, y es en esa nimiedad lo que hace la anécdota precisa (inevitable) y entrañable (dulce y amarga al mismo tiempo). La habilidad para apoderarse de la conciencia tanto masculina como femenina es asombrosa, y transmite estados de ánimo con apenas gestos precisos y el clima del relato. Hay en sus estilo casi una mezcla de la exactitud de Hemingway con la poética del tiempo de Proust. Puede ser tan cruda como en El jockey, un relato casi hemingwayano, o tan tierno como en Madame Zilenski y el rey de Finlandia. Pero su crudeza nunca es brusca, sino siempre filtrada por el tono casi elegíaco, no por sobrecargado sino por melancólico, resignado, pausado sería el adjetivo que podría acercarse algo a este estilo tan peculiar de construcción narrativa. La lucidez con que describe, en boca de otros personajes, su propia experiencia con el alcohol es encomiable, porque no lo transforma en un protagonista ni convierte al relato en un apología en pro ni en contra. Sólo cuenta una historia donde el alcohol es casi un personaje que nunca habla pero que está allí, detrás y junto a los protagonistas. La música es otro elemento imprescindible en estos relatos, ya que la propia autora fue una intérprete frustrada del piano. Este elemento aporta dos factores importantes: el clima y el tono de la prosa, sin duda dominada por el lirismo, y por el otro lado la temática, es decir el miedo y el presentimiento de perder la propia habilidad o capacidad. El temor a la pérdida es un tema recurrente, tanto en sus protagonistas adolescentes expuestos a la pérdida de la infancia o de su habilidad musical, como en la adultez el miedo a la pérdida de la cordura, el talento o las ilusiones. McCullers es despiadada con sus personajes, pero al mismo tiempo los envuelve con un halo de ternura. Difícil equilibrio, porque no es filosa ni cortante en su prosa, sino cálida sin dejar de ser absolutamente sincera, queriendo demostrar quizá de esa manera la ambivalencia de los seres humanas. Esta ambivalencia comprende tanto el plano espiritual y psicológico, como el sexual, de allí esa especie de peculiar comprensión de la conciencia masculina, en lo que hace a aspectos que no muchos autores varones se atreven a tratar. Sus personajes, en definitiva, no poseen una maldad consciente ni deliberada, sino que parecen agobiados por el peso de su propia personalidad, que no sabrían definir ni controlar. Son cobardes, tristes, resentidos, melancólicos y pasivos. Muchos de ellos están enfermos, y la piedad de la autora, capaz de sufrir las mismas debilidades, se dirige a ellos no para justificarlos, ni siquiera para consolarlos, sino para rescatarlos del anonimato de la nada, darles un espacio y una oportunidad de decir, de mostrarse, de hablar y continuar su camino al final de cada cuento. 
     Carson McCullers: Reflejos sobre un ojo dorado (1941) Esta novela es una novela incómoda, aún para esta época, cuando creemos habernos despojado de la gran mayoría de los prejuicios, especialmente los sexuales. Pero a pesar de esto, muchos tabúes persisten, hay zonas donde el precario equilibrio de las emociones se tambalea hacia un lado u otro, donde la psicología humana amplía y ahonda, refunde y entremezcla los factores que conforman su complejidad. Hasta hacer de la mente y el alma humana un fundido inaprehensible, tortuoso y extremadamente irritante. Y si este mundo está expresado de una forma demasiado clara, tan expresiva como el agua sucia y revuelta que llega a la orilla donde nosotros estamos sentados, y cuyo aroma no soportamos, menos aún toleraremos leerlo de la forma en que Carson McCullers lo hace. Porque ella no es cruenta ni explícita en su narrativa, su narrativa es casi casual, clara, con escasas explicaciones ni descripciones que traten de fundir el alma o los estados de ánimo en el paisaje para dar una imagen más expresiva o artística a una situación corrupta. En su narrativa no hay oscurecimientos de lenguaje, ni hermetismo innecesario, los personajes son expresados como son: enfermos en su mayoría, pero esta es una conclusión necesaria a la que llega el lector. La autora se limita a decir cómo razonan y cómo son, lo que les gusta y lo que hacen. Hay escasos flashbacks. Para ser un narrador omnisciente, la autora escamotea pistas al lector, lo deja deseando explicaciones de episodios que más adelante se aclararán, como el del crimen de Williams o el carácter chismoso de Penderton. Su posición es desapegada lo que está sucediendo, casi como una cronista, pero sin artificios periodísticos. Pero quizá sea el único modo de desarrollar seis personajes protagonistas en una novela tan corta, casi un cuento largo por su estructura. En esta novela podemos encontrar varias características que la definen: 1) novela corta o cuento largo, como ya dijimos; 2) seis personajes muy complejos (¿Seis personajes en busca de un autor? ¿Pirandello?); 3) narrador omnisciente que escamotea datos; 4) cierto alejamiento del narrador; 5) tensión constante, otorgada por esa estructura de cuento largo; 6) los freaks, enfermos o con diversos grados de normalidad, según las características de la sociedad que los juzgue, que van tomando a lo largo del texto un carácter más humano, más trágico, alejándose de la filosa, amargamente expresada ironía, para acercarse a la tragedia griega, casi al estilo de Sófocles en Medea. Un párrafo aparte merece Penderton, el personaje quizá más inclasificable, más rico y peculiar, más torcido de McCullers, es casi una mezcla de todos los torso personajes: masculino, femenino, odio, amor, celos, resentimiento, altibajos emocionales, estupidez. Es casi una representación de toda la sociedad, una muestra de lo que se esconde bajo las máscaras que la costumbre que hace tolerable y posible las superficialidad de la maquinaria social.            Carson McCullers: La balada del café triste (1943) En esta novela la autora adopta un tono diferente. Aunque los personajes son también freaks, la mirada y el tono es más poéticos, menos irritante que en Reflejos sobre un ojo dorado. Sin embargo, en otro paralelismo a la inversa, lo que al principio parece una mirada más lírica y humanizada de los personajes, a medida que transcurre la acción los personajes se van haciendo más complejos, más grotescos, y sin duda se tornan monstruosos. Aquí también se utiliza el recurso de la anticipación, muy usado en la autora, tanto en los cuentos como en las novelas, donde siempre hay frases que indica que algo pasó en un futuro inmediato que cambió las cosas o el rumbo de una situación. Y el recurso no es abusivo, sino sumamente eficaz para este tipo de narrativa, porque crea una tensión permanente, de algo que inminentemente va a ocurrir, y en general ese hecho no es espectacular ni demasiado trágico, sino casi común y corriente como cualquier simple hecho de la vida cotidiana, pero que determinará un cambio en el punto de vista y las decisiones de los personajes. Aquí el hecho es la pelea final entre los protagonistas, que toma un rumbo inesperado y sume en tragedia la vida de la protagonista, que hasta entonces creíamos una heroína, una antiheroína en realidad, pero a la cual el lector le había tomado cariño. Y el personajes del jorobado, al cual debimos prestar nuestra piedad y cariño como lectores, va tomando la forma que su aspecto exterior muestra desde el principio: una oscura alma y un secreto propósito egoísta. 
      Carson McCullers: Frankie y la boda (1946) A medida que crece, Frankie se va viendo diferente, es otra persona así como el tiempo que dejó atrás es otro. El verano anterior sintió el cambio más importante: la disconformidad con ella misma y su desubicación con el mundo. Los veranos suelen ser conflictivos para los preadolescentes y adolescentes, se ven expuestos en su físico cambiante y rápidamente transformado, que casi no reconocen y con el que se sienten incómodos, se ven expuestos también a un intercambio obligado con los demás, si no desea que los consideren distintos y "raros", cuando en realidad quisieran estar solos y sentirse a salvos en su mundo. Porque Frankie está creciendo y su pertenencia al mundo se ve doblemente cuestionada: ya no es la niña pequeña, pero tampoco en la adulta que quisiera ser y a la que intenta imitar con frases hechas y comentarios que suenan artificiosos y ridículos en boca de ella. Necesita sentirse igual a los demás para que no la aíslen, pero quiere también conservar el mundo ideal cuyos remanentes persisten en su cabeza cuando contempla y piensa en el mundo que la rodea. Los cambios se ven representados por la boda de su hermano mayor: con esa boda cambia todo para ella, su infancia desaparece de un modo definitivo, su único lazo se va acaparado por una extraña que se lo lleva. Y Frankie necesita y se convence que ella debe formar parte de esa boda y ese matrimonio, que ella y ellos son un todo insoluble, por eso necesita hablar y explicar, y toda la tarde del viernes y sábado se dedica a decirles a los extraños lo que hará: ir a la boda y partir con ellos para ver el mundo. Dejará el pueblo, que la limita para ser una gran mujer, una personalidad a la que está destinada a ser. Su padre es un hombre distante, preocupado con su trabajo, tranquilo y triste luego de la muerte de su mujer. No hace demasiado caso a los cambios de humor y los caprichos del crecimiento de su hijo, pero la ama y se preocupa por ella cuando ella abandona la casa por una horas. Frankie debe tomar decisiones, y les teme, se enfrenta con sus ilusiones, y se equivocará al confrontarlas con la realidad. Sabe, intuye que todos estamos incomunicados, y por eso nadie la comprende cuando ella tiene necesidad, la imperiosa necesidad, de hablares y hacerles ver lo que está sintiendo. Ella toma la decisión de irse con su hermano y la esposa, pero el lector sabe que es una fantasía, que ella se chocará con una pared cuando vea la realidad el domingo después de la boda. Se sentirá lastimada, y el lector quisiera prevenirla, hacerla darse cuenta. Y esto es mérito de la narradora, que nos ha transportado, aún en con una voz narradora en tercera persona, a la mente y al alma de Frankie, una chica de 12 años. Frankie crece, y en la segunda parte de la novela se llama F. Jasmine, porque ella siente que ese nombre le pertenece, y en la tercera parte se llama ya Frances, no una mujer todavía, pero ya en camino de serlo, no solo porque su cuerpo se lo dice, sino porque se ha enfrentado a su primera gran desilusión: la del cambio de las cosas, la del paso tiempo que nada lo conserva intacto. La belleza de las cosas de la infancia no pueden ser conservada más que en la memoria. Frankie se encuentra entre dos puntos de vista: la niñez de John Henry, su primo pequeño, con actitudes y posturas infantiles, y la madurez sabia y rústica de la sirvienta negra, Berenice. Frankie descubre un mundo esa tarde de sábado, sensaciones nuevas, pero también los límites para todo ser humano: la incomunicación, la pérdida. Ella, al crecer, sabe que será más libre que en la niñez, sabe que puede ir y hacer lo que quiera, pero también descubre que estará más sola. Es una representante del género humano. Una niña de 12 años en un pueblo perdido de Estados Unidos, en medio de una guerra, una chica anónima y como todas las demás, se siente fea a veces, se sabe orgullosa y terca casi siempre, pero como todos los de su edad hay cosas que no podrá cambiar, cosas demasiado grandes, el tiempo y los cambios que barren con todo, incluso con lo que ellos mismos desearían conservar: eso que fueron en su infancia. Carson McCullers enfrente a su protagonista con algo más severo y más mortal que todos los ejércitos, el paso del tiempo, los estragos del crecimiento y la impotencia del dolor ante la muerte. Así, se convierte McCullers en digna heredera de William Faulkner, que por algo un día de 1962, en un auditorio de West Point, se acercó a ella, y abrazándola la llamo "'hija mia".hija míahhihijahij
     Marcel Proust: En busca del tiempo perdido (1913-1922) La primera novela de este ciclo fue publicada en 1913, pero su proceso de gestación comenzó en 1909. La última novela publicada por el autor fue la cuarta en 1922. La quinta y última íntegramente corregida y terminada fue publicada al año siguiente de su muerte. Las últimas dos, con diversas versiones sin correcciones definitivas fueron editadas posteriormente. Otro factor importante a tomar en cuenta es si debemos considerar este ciclo como una sola y gran novela extensa, o como diferente novelas cuya lectura puede se realizada en forma independiente. Los finales no implican necesariamente una continuación, ya que son abiertos en su mayoría, la estructuración en capítulos y partes varía de una novela a otra. No hay esquemas definidos en realidad, y el autor parece haber utilizado como único recurso continuo el correr y fluir del pensamiento y la memoria. Esta forma narrativa, por lo menos en la manera utilizada por Proust, representó un cambio en una época ya convulsionada por cambios sociales, políticos y de costumbres. La revolución industrial, los cambios políticos, las nuevas ideas sociales, todo esto creó una sensación de incertidumbre que termina de concretarse con el gran conflicto de la 1ra Guerra Mundial, que más que una solución parece una forma de destruirlo todo para refundir un nuevo siglo. Y esta sensación es la que se intenta dar en la última novela, donde los personajes parecen sobrevivir al fin de siglo con costumbres y pensamientos que están muriendo, decadentes y desubicados en un mundo más austero, menos hipócrita en el sentido que la alta sociedad del siglo XIX la entendía, pero no menos cruento. Los parámetros sociales han cambiado, el affair Dreyfus ha puesto un antes y después en las etiquetas sociales y se ha puesto en relieve, o retirado los velos, más bien, que cubrían las llagas. Por lo tanto el tono que Proust elige es un no que filtra la realidad a través de la conciencia del recuerdo. El pensamiento se hace memoria, y la memoria se explaya en el papel. Es un intento de atrapar el tiempo, de no dejarlo pasar si registrarlo; porque el autor que que aún la memoria, por propia definición inmortal por carecer del tiempo, también está expuesta a la muerte. Muere el hombre y muere el recuerdo. Y no era cuestión de utilizar los recursos del naturalismo, cuyo objetivo fotográfico también estaba destinado a fracasar en muchos aspectos y hacer retórica y lejana la época recordada. Para ello necesitaba romper la estructura lineal y convencional de la novela decimonónica. Rompe con el esquematismo del narrador en tercera persona, rompe a su vez con la propia verosimilitud que debería otorgarle según la nueva modalidad, porque este personaje narrador protagonista es casi omnisciente. Pretende describir en toda su amplitud una época y una sociedad, pero más que amplitud en vistas de cantidad, es una intención de revivir un clima, una sensación, un olor que la época recordada quizá no tuviese en realidad, pero que es otorgada por el recuerdo. Proust elige el filtro de la memoria, que lo protege del roce del tiempo y de las miradas equivocadas. Aquí hay una sola conciencia, una sola mirada que no juzga, solamente intenta explicar. Primero en la memoria de un niño cuya personalidad se pierde en el contexto, se funde, más bien, se va formando con lo que ve y oye. Las dos primeras novelas son novelas de aprendizaje, maduración y descripción del mejor tiempo de cada hombre, la infancia. La casa paterna, los paseos en el barrio, las visitas a las casas de los conocidos, el teatro, el amor juvenil y su halo melancólico al fracasar, las vacaciones el el balneario de Balbec. Aquí conoce al grupo de muchachas entre las cuales conocerá a su futura amante: Albertina. Hasta este momento los personajes son muy claros, el lector puede verlos nítidamente. Sin embargo, el tono y el clima está como filtrado por un velo protector que no deja ver más que los destellos y las sombras, y en el espectro medio un sabor preciso y perdido de días melancólicos e irrecuperables. Aquí se da la simbiosis de arte y vida, como tan bien la desarrolló más tarde Thoman Mann. En las siguientes dos novelas el personaje narrador va creciendo y madurando. Su perfil toma relieve y espacio dentro de la trama. Es asiduo a las veladas de los Germantes, descendientes de la nobleza francesa, cuyas veleidades e hipocresías va develando en sus largos párrafos dedicados a describir las veladas y reuniones. Las opiniones políticas son intercambiables según las conveniencias del momento, lo mismo sucede con las relaciones entre las damas que organizan reuniones y veladas cada día de la semana. Se crean resentimientos, pequeñas traiciones domésticas y el autor aprende que no todo es como parece. Sus padres están en un nivel intermedio en esta clasificación, si así podemos llamarlo. No son asiduos a esas hipocresías de alta sociedad, tampoco se atreven a aislarse de la buena sociedad a la que perteneces. Su niñera y cocinera, en cambio, sirve de punto de anclaje, de contraste, de equilibrio. Ella misma padece de prejuicios, mezquindades y vulgaridades, sin embargo carece de la corrupta tendencia a aparentar lo que no se es. El personaje de la abuela de Marcel es otro punto alto. El recuerdo que deja en Marcel va más allá de una enseñanza: es la plasmación de un tiempo para siempre perdido. La muerte de la abuela, lo mismo que la muerte del escritor Bergotte, son dos de los puntos más logrados y más altos de todo la literatura. Digamos aquí que, a nuestro parecer, la mejor novela de todo el ciclo es A la sombra de las muchachas en flor (que mereció el premio Goncourt de 1919), que comenzando desde la belleza del título hasta la poética entrañable de su prosa, es insuperable en el objetivo de reconstruir, milagrosamente, una época con las manos de la conciencia y la memoria. Hay, entonces, un desarrollo en espiral en la larga trama, que comienza desde la periferia, es decir, la descripción de la sociedad en que el narrador crece, para adentrarse hacia un sector donde el corazón del narrador va madurando y ganando espacio, a medida que aprende a amar a la mujer que será su amante. En la quinta y sexta novela nos encontramos con el clímax: el narrador está encerrado por el mismo método que ha utilizado para describir a los demás personajes. Si la mente de cada uno es un misterio, un vértigo, la suya no lo es menos. Se ve envuelto en la trampa que su pensamiento, es decir, la forma que ha elegido para escribir, no le permite salir ni verse desde afuera. Si bien el objetivo de la novela es aislarse del tiempo, salir de él como un dios y atrapar el tiempo en sus manos para recrearlo a su antojo, esta misma creación dios-pensamiento es también producida por su mente: por eso él mismo es producto de su pensamiento. Albertina se escapa de sus manos, no logra comprenderla, o más bien abarcarla en todos sus diferentes aspectos. Porque por lo menos hay dos Albertinas: la que él ve y la que ella esconde. Está obsesionado con los celos, tanto de mujeres como de hombres. Albertina, hasta la cuarto novela, es casi un personaje contado más que un personaje que actúa. El tono general de la novela es así, conjetura, indirecto, velado, ambiguo, teñido de una poética cruel o dulcificada, según el caso. En la quinta novela Albertina aparece más como ella misma, y el lector se da cuenta que no es como el narrador la imaginó al principio. Ella esconde pero no sabemos qué y cuánto de grave o inofensivo hay en eso. ¿Es nuestra imaginación al escucharla hablar o es imaginación del autor? Aquí es donde debemos decir algo sobre la peculiar voz narrativa. Sabemos que el narrador no es el autor, que hay un personaje narrador con dos características peculiares, como mínimo: transmite más de lo que le sería razonable conocer, y tiene la virtud de ensamblar dos puntos de vistas diferentes: la del narrador y la del lector. Porque es muy curioso cómo el lector se va introduciendo en el discurso del narrador, empieza a ver lo que éste ve, y como también esa voz narradora es una mezcla de narrador testigo y narrador omnisciente, el lector se convierte ve la novela desde dos planos alternativos y simultáneos: desde afuera, como si estuviese leyendo una novela en tercera persona, y desde dentro, a través de lo ojos del narrador. Como Proust opta por dejar en tonos opacos y ambiguos ciertas zonas de algunos personajes, incluso las del narrador (aunque esto sólo lo intuye el lector), quien lee parece descubrir las cosas según el punto de vista del narrador, sintiendo sus certidumbres y sus incertidumbres, viendo claro a veces, y otras, especulando y conjeturando. Así el lector, cuando brevemente se eleva un poco por encima del narrador (un favor que el autor le hace) se da cuenta que Marcel se está equivocando, y aún así tampoco podríamos asegurarlo. Dificilísima técnica narrativa, que más que técnica en intuición y arte. Otro tema: ¿Es proyección de sus propios miedo y represiones la obsesión por el lesbianismo de Albertina? No nos olvidemos cómo el personaje del barón de Charlus es un influencia muy importante en el narrador, y cómo en muchas ocasiones el barón se le insinúa como su posible protector. Estos avances son rechazados, en realidad ignorados, pero cuál es el resto, el residuo que deja en el alma de Marcel. La sexta novela es mucho más breve que las anteriores, e incluso ha sido objeto de diversas versiones según los editores, publicando o no los fragmentos inconclusos y que el mismo autor suprimió. Es verdad que estas lagunas dejan lugares vacíos en la trama para la última novela. Sin embargo, si nos ponemos a analizar esta última, veremos que no encontramos nada nuevo luego de la muerte de Albertina en la sexta. Allí ella muere, sin que nos esteremos de ello, igual que el narrador, a través de una carta de la tía de Albertina. Ella otra vez desaparece, y regresa a la conciencia del personaje narrador y se convierte otra vez en memoria y recuerdo. Y esa quizá es la mejor forma de conservar, de retener, de jamás desilusionarse de alguien. En Venecia, donde la madre de Marcel lo lleva para consolarlo, él, a punto de partir, escucha Sole mío cantado por un gondolero. Las aguas cortan la ciudad, la invade, así como en el balneario de Balbec las aguas bañaban las playas donde conoció a Albertina. En ese canto sobre las agua intuye algo que no puede definir y que comienza a asustarlo. Quizá es la muerte, algo amenazador que él intuye como destructor de todo, incluso del recuerdo. Por eso huye con su madre en tren, leyendo una carta donde se le comunica que Gilberta, su primer amor, hija del adorado Swan que tomó como ejemplo en su infancia, va a casarse con el mejor amigo de Marcel. Esta novela es un epílogo más que una novela propiamente dicha. Su brevedad, su rapidez, su contundencia en narrar la muerte de Albertina y el estado emocional de Marcel, la convierten en un epílogo perfecto para toda una trama que va avanzando hacia un centro emocional: el narrador. Todos estos recuerdos tienen un objetivo y una meta, una función dentro del engranaje de la novela completa. En cambio, la séptima es como el canto del cisne sin las lucidez de todo lo anterior. Es una prolongación de estados emocionales sin objeto, retórica emocional, tal vez. Hay explicaciones y conclusiones para diversos personajes secundarios, que no resultan imprescindibles y quitan ese halo de misterio y ambigüedad que les había otorgado la voz narrativa previamente. Si bien introduce un elemento más contemporáneo (la 1ra Guerra Mundial) como factor de desubicación y sensación de pérdida en los viejos personajes, no aporta nada es sí mismo a la novela. El eje de todo el ciclo es el recuerdo de una época, los cambios son evidentes desde el momento que el autor ha elegido rememorarla. El sabor, el color del tiempo, las sensaciones y los olores de una época se sienten a través de las palabras. Los temas paralelos, como la política, las sociedad, la sexualidad, el amor, los celos, la incomunicación, la muerte, son desarrollados en largos párrafos que dan lugar a disquisiciones filosóficas teñidas de un lirismo y una crudeza simultáneos. Yo elijo como final lo que Proust terminó de corregir antes de su muerte. El final de Albertina desaparece en Venecia, presagiando, emparentándolo con La muerte en Venecia de Mann.            
      Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta (1886-1887) El lenguaje de Pérez Galdós está emparentado con el naturalismo y el costumbrismo imperante en la época en que fue escrita. A diferencia de otros autores, esta escuela tuvo sus propias peculiaridades en cada país, marcadas por los grandes narradores, por supuesto, no por los imitadores o escritores de segunda categoría. Pérez Galdós fue un escritor de primera línea, tal vez unos de los cinco mejores escritores españoles de todas las épocas. Su lenguaje es directo, y en esta novela no hay misterios que el lector deba ir develando. Todo se le sirve en bandeja, incluso el transcurrir de las acciones es tan fluida y amena que no se necesita un gran esfuerzo por continuar la lectura. Sin embargo, a pesar de esta aparente simpleza y facilidad, esta falta de misterios a que nos hemos acostumbrados los lectores a partir del siglo XX, está tan excelentemente narrado que asombra la destreza para manejar el humor, el costumbrismo y la tragedia, tan grandes como en una tragedia griega. Porque la estampa es española, los giros, los diálogos, las maneras y características de los personajes son hispanos, pero las pasiones que mueven a los personajes y la evolución de la trama está íntimamente relacionadas con Sófocles. No por similitud de argumentos, sino por la trágica y cruel manera en que los personajes se van desbarrancando. Primer punto importante: Galdós es un autor de personajes. Más que la ambientación, exacta y no más que la necesaria, la personalidad de sus hombres y mujeres es lo más importante. Es demasiado fuerte, no en el sentido de avasallamiento, sino por sus contrastes y sus muy bien definidas características. El tono de los diálogos es imprescindible para esto, pero no es el único factor que los caracteriza. El narrador en tercera persona se embebe de la manera de pensar del personaje, éste piensa y habla a través del narrador. A su vez el narrador participa en la trama como un testigo lejano, indirecto, casi un cronista que desarrolla una trama, que noveliza deliberada y conscientemente una historia que ha conocido alguna vez por sus protagonistas verdaderos. Esto, por lo tanto, aumenta la verosimilitud. (En el último capítulo, suponemos que el crítico literario y dramaturgo amigo del boticario es el autor que no está contando esta historia.) Como decía, las acciones toman el primero plano, casi sin respiro para el lector. Sean diálogos, acciones directas, pensamientos o sueños, el personaje está en primer plano, y el lector no puede apartarse ni desentenderse de él. No hay clasificaciones por parte del autor, no hay calificaciones tampoco. Las escasas adjetivaciones son producto de una forma de decir, un amaneramiento del lenguaje, una costumbre de estilo popular que el autor traslada al ámbito literario con el objeto de hacerlo más cercano al lector, más verosímil y sin intermediarios aparentes. El autor se pierde en lo que narra: ése es el objetivo principal de este tipo de narrativa. Parece una paradoja, el lenguaje excesivo del siglo XIX no parece acorde a este proceder, pero la narrativa de Galdós aportó esta característica, quizá más que la de Zolá o Dickens. No hay lirismo en Galdós, hay una crudeza de una calidad magistral en la forma narrativa. Los personajes son cinematográficos, y no podemos más que recurrir a esta palabra, conscientes de que el autor se adelantó a su época en este aspecto. Otro gran tema de esta novela y en Tristana, por ejemplo, es la enfermedad, tanto del cuerpo y del alma. Ambos están recíprocamente relacionadas en cuanto a alimentación y crecimiento. Y no es caprichosa esta analogía fisiológica, porque Galdós, más que la política y la religión, sugiere que el cuerpo y la mente son los factores que desencadenan los destinos. La novela es un gran estudio sobre la moral, tanto de la época como en general, es decir como concepto. Lo costumbrista es más que nada un color, no lo principal, por eso en este trasfondo se funden las personalidades de los personajes. Fortunata se pregunta sobre la moral imperante (aún en su simplismo). Guillermina Pacheco, Maximiliano Rubín y Mauricia son los que ven más allá de los cotidiano, ven lo místico a través del filtro de la enfermedad, la locura o la extrema entrega a una obsesión. Feijoo y Moreno Isla tienen su propia moral, más liberal, menos apegada a las costumbres, adaptado su propio interés a las circunstancias. Juanito Santa Cruz es el indiferente, el egoísta que se ama a sí mismo y sin saber o sin querer saberlo desencadena tragedias. Jacinta, más que una personalidad, es el contrapunto necesario, el punto de referencia para que el personaje de Fortunata vaya evolucionando. Jacinta es casi la protagonista de toda la primera parte, y Fortunata no aparece sino desde la segunda , cuando Jacinta deja de hacer apariciones más frecuentes. Pero los protagonistas de esta novela de múltiples personajes no necesitan aparecer siempre para continuar como principales. Su influjo permanece en los demás personajes, y los que parecían secundarios van tomando trascendencia medida que se desarrolla la trama, (el ejemplo más típico de esto es el boticario Ballester). Los personajes, llegada una altura de la novela, comienzan a mimetizarse con las ideas que representan. Se van definiendo tan bien sus características y el destino al que se dirigen, que toman un halo casi metafísico, se conviertan en ideas. No es extraño, entonces, que personajes como Mauricia, la amiga alcohólica de Fortunata, sea la que inicia estos devaneos con lo místico y lo alucinatorio religioso. Lo religioso se confunde con la blasfemia y la grosería popular, la superstición y la enfermedad mental. Luego, Maximiliano Rubín será el encargado, con su locura lúcida, de ir explicando las connotaciones más profundas y más altas de la novela, con sus delirios místicos y sus obsesiones, sus celos y su razonamiento extremo. El amor, el otro tema más importante, es, por encima de todo, cruento, obsesivo y no correspondido. No es un amor sublime el amor humano. Hay, por lo tanto, dos bandos bien contrarios en esta novela, no bandos de clases sociales, aunque en algunos factores haya un paralelismo, sino de concepción de la vida y la moral. Hay venganza, celos, locura, justicia, amor y odio, resentimiento y venganza. Todo esto se mezcla en un todo que va envolviendo a los personajes, y ninguno de ellos tiene la capacidad de adueñarse de uno solo de estos sentimientos. Fortunata va de mano en mano, va probando cada uno, y finalmente aprende, aunque debe pagar un precio alto. Entonces, los grandes temas son: la moral (el bien y el mal), el amor (equívoco), la enfermedad (síntomas de una sociedad). Y es curioso, para nuestra mentalidad acostumbrada o la efectista y artificioso, y prácticamente una clase magistral la forma en que estos temas se muestran en toda su crudeza a través de un ambiente común y corriente, con personajes simples, mediocres, en un barrio de Madrid a fines del siglo XIX. Citemos algunos ejemplos donde Maximiliano Rubín, casi el sacerdote y el profeta auto proclamado de la moral de esta novela: "Comprendo que te dé tan fuerte. Así me dio a mí: pero luego me he vuelto estoico. He pasado por todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura". "Lo malo no perece nunca. La maldad engendra y los buenos se aniquilan en la esterilidad". El personaje de Rubín, que de tan nimio y enclenque, de tan poca cosa como lo muestra su cuerpo y su personalidad al principio de la novela, se vaya transformado en ese profeta profano de lo triste y lo cruento, último conquistador de una idea: la santa idea de lo que Fortunata no fue y pudo haber sido.






Ilustración: Paul Schulenburgy 



Jornadas de lectura

  Viernes 2 de Octubre de 2026