jueves, 15 de enero de 2026

La filosofía kantiana de la historia (Emilio Estiú)








Cuando se dice que el hombre es un ser libre, tras la aparente inocencia de la afirmación se encubren arduas dificultades, cuyas consecuencias obligan, a veces, a renunciar a esa definición. En efecto, en primer término, la libertad supone auntonomía. ¿Y quién es el hombre que, en la vida práctica, no toma los fundamentos de sus acciones de algo extraño a él mismo? ¿Quién se atrevería a afirmar que, en la vida espiritual, procede con plena autonimía? Antes bien, ocurre lo contrario, y muchas teorías filosóficas cometen la incoingruencia de sostener el concepto de libertad, afirmando, al  mismo tiempo, la dependencia de las actividades espirituales. Nos dicen, por ejemplo, que el ideal de la exactitud de un conocimiento está en que el concepto sea la fiel reproducción o imagen del objeto...y, sin embargo, el hombre es libre. ¿Cómo podría serlo si pasa a depender, desde el punto de vista de la gnoseología, del objeto? Nos dicen que, en la acción moral, el hombre persigue la felicidad, pero tan escurridiza es esta meta que necesitará apoyarla en los más sólidos fundamentos de la autoridad religiosa, de los usos sancionados por las costumbres o -lo que sería más importante- en el conocimiento especulativo del supremo bien. Y, sin embargo, el hombr sería libre. ¿Cómo, si, en la conducta moral, se somete a leyes que no provienen de él mismo y acepta principios de la fe o del conocimiento? En lo religioso, finalmente, el hombre se debe abandonar sin resistencia al auxilio que proviene de la gracia. Y, sin embargo, es libre. ¿Cómo podría serlo, si está en actitud de extrema dependencia?

      Por eso, para sostener la libertad del hombre, será necesario rescatar la autonomía en todos los planos de la vida. Y quizá Kant haya sido el primero en hacerlo con plena conciencia. Un acto es autónomo, justamente, cuando es eso y nada más que eso, actualidad pura, pura actividad, acto que engendra su propio fin y fundamento. Caerá en heteronomía tan pronto como dependa de otra cosa. Heteronomía significa, pues, pasividad. De allí que Kant se haya esforzado por indicar la esencia del hombre en aquellas determinaciones que expresan de modo inequívoco el carácter autónomo y activo de la naturaleza humana.

      Kant estableció el concepto cultural de la historia. Un hecho tiene significación histórica cuando se refiere a las tareas de la razón, que son comunes a la humanidad, y que exigen, primordialmente, la realización de valores morales. Los acontecimientos, en cambio, que no ingresan es ese todo de valor, es decir, en los contenidos que derivan de la actividad de la razón, pertenencen al dominio de la naturaleza.

     Los fines éticos que emanan, por así decirlo, del ser inteligible del hombre son, por eso mismo, intemporales. ¿Cómo podráin, pues, conciliaerse con la historia que por definición, es el conjunto de contenidos cultourales que transcurren y se desenvuelven en el tiempo? ¿Cómo un hecho histórico, temporal, puede referirse a lo intemporal?

     He aquí la respuesta kantiana. Los conceptos de la razón sin Ideas, y tienen la particularidad de construir fines. Mientras que los conceptos del entendimiento se aplican a lo que es, en el dominio de la esperiencia, los de la razón proporcionan los fines a que la experiencia tiende, y que no están en ella. Todo fin, por serlo, ejerce cierta atracción o, al menos, algo asi como un llamado. Las Iseas, por tanto, exigen que aqullos que ellas proponen sea realizado en la experiencia. Y la historia -que es empírica- consiste en que ésta se aproxime gradualmente a las Ideas que son racionales o inteligibles.

     Desde tal punto de vista, el destino último de la historia es inalcanzable, porque nunca podrá haber una coincidencia entre el mindo sensible y el inteligible. Si la historia cumpliera la finalidad a que tiende, desaparecería como tal, absorbida por la eternidad de los valores intemporales. En efecto, de acuerdo con la teoría de Kant, el fin final de la historia constituye, al mismo tiempo, el acabamiento de la misma.

     Entre la Idea y la realidad debe haber algún miembro intermediario, que posibilite el ascenso de ésta hacia aquella. Para Kant el Estado cumple esa función. Tiene, en efecto, un origen empírico, fundado en el poder, y una finalidad moral, concretada en el derecho y la justicia. Dentro del devenir histórico, dicha institución desempeña el privilegiado papel de ser mediadora entre la eticidad y las  propensiones naturales del hombre. 

     La filosofía de la historia, finalmente, es práctica. Al descubrir los resortes que mueven los intereses humanos propone los medios para acelerar el proceso mediante el cual {estos, inexorablemente, caerán bajo el poder de la razón y se pndrán al servicio de la Idea.





Ilustración: Petrus de Man

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