viernes, 16 de enero de 2026

¿Qué es la ilustración? (Immanuel Kant)







La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad

significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta

incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de

decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude!

¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración.

La pereza y la cobardía son causa de que una tan gran parte de los hombres continúe

a gusto en su estado de pupilos, a pesar de que hace tiempo la Naturaleza los liberó de

ajena tutela (naturaliter majorennes); también lo son de que se haga tan fácil para otros

erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo no estar emancipado! Tengo a mi disposición un libro

que me presta su inteligencia, un cura de almas que me ofrece su conciencia, un médico

que me prescribe las dietas, etc., etc., así que no necesito molestarme. Si puedo pagar,

no me hace falta pensar: ya habrá otros que tomen a su cargo, en mi nombre, tan

fastidiosa tarea. Los tutores, que tan bondadosamente se han arrogado este oficio, cuidan

muy bien que la gran mayoría de los hombres (y no digamos que todo el sexo bello)

considere el paso de la emancipación, además de muy difícil, en extremo peligroso.

Después de entontecer sus animales domésticos y procurar cuidadosamente que no se

salgan del camino trillado donde los metieron, les muestran los peligros que los

amenazarían caso de aventurarse a salir de él. Pero estos peligros no son tan graves,

pues, con unas cuantas caídas, aprenderían a caminar solitos; ahora que, lecciones de esa

naturaleza, espantan y le curan a cualquiera las ganas de nuevos ensayos.

Es, pues, difícil para cada hombre en particular lograr salir de esa incapacidad,

convertida casi en segunda naturaleza. Le ha cobrado afición y se siente realmente

incapaz de servirse de su propia razón, porque nunca se le permitió intentar la aventura.

Principios y fórmulas, instrumentos mecánicos de un uso, o más bien abuso, racional de

sus dotes naturales, hacen veces de ligaduras que lo sujetan a ese estado. Quien se

desprendiera de ellas apenas si se atrevería a dar un salto inseguro para salvar una

pequeña zanja, pues no está acostumbrado a los movimientos desembarazados. Por esta

razón, pocos son los que, con propio esfuerzo de su espíritu, han logrado superar esa

incapacidad y proseguir, sin embargo, con paso firme.

Pero ya es más fácil que el público se ilustre por sí mismo y hasta, si se le deja en

libertad, casi inevitable. Porque siempre se encontrarán algunos que piensen por propia

cuenta, hasta entre los establecidos tutores del gran montón, quienes, después de haber

arrojado de sí el yugo de la tutela, difundirán el espíritu de una estimación racional del

propio valer de cada hombre y de su vocación a pensar por sí mismo. Pero aquí ocurre

algo particular: el público, que aquellos personajes uncieron con este yugo, los unce a

ellos mismos cuando son incitados al efecto por algunos de los tutores incapaces por

completo de toda ilustración; que así resulta de perjudicial inculcar prejuicios, porque

acaban vengándose en aquellos que fueron sus sembradores o sus cultivadores. Por esta

sola razón el público sólo poco a poco llega a ilustrarse. Mediante una revolución acaso

se logre derrocar el despotismo personal y acabar con la opresión económica o política,

pero nunca se consigue la verdadera reforma de la manera de pensar; sino que, nuevos

prejuicios, en lugar de los antiguos, servirán de riendas para conducir al gran tropel.

Para esta ilustración no se requiere más que una cosa, libertad; y la más inocente

entre todas las que llevan ese nombre, a saber: libertad de hacer uso público de su razón

íntegramente. Mas oigo exclamar por todas partes: ¡Nada de razones! El oficial dice: ¡no

razones, y haz la instrucción! El funcionario de Hacienda: ¡nada de razonamientos!, ¡a

pagar! El reverendo: ¡no razones y cree! (sólo un señor en el mundo dice: razonad todo

lo que queráis y sobre lo que queráis pero ¡obedeced!) Aquí nos encontramos por

doquier con una limitación de la libertad. Pero ¿qué limitación es obstáculo a la

ilustración? ¿Y cuál, por el contrario, estímulo? Contesto: el uso público de su razón le

debe estar permitido a todo el mundo y esto es lo único que puede traer ilustración a los

hombres; su uso privado se podrá limitar a menudo ceñidamente, sin que por ello se

retrase en gran medida la marcha de la ilustración. Entiendo por uso público aquel que,

en calidad de maestro, se puede hacer de la propia razón ante el gran público del mundo

de lectores. Por uso privado entiendo el que ese mismo personaje puede hacer en su

calidad de funcionario. Ahora bien, existen muchas empresas de interés público en las

que es necesario cierto automatismo, por cuya virtud algunos miembros de la comunidad

tienen que comportarse pasivamente para, mediante una unanimidad artificial, poder ser

dirigidos por el gobierno hacia los fines públicos o, por lo menos, impedidos en su

perturbación. En este caso no cabe razonar, sino que hay que obedecer. Pero en la

medida en que esta parte de la máquina se considera como miembro de un ser común

total y hasta de la sociedad cosmopolita de los hombres, por lo tanto, en calidad de

maestro que se dirige a un público por escrito haciendo uso de su razón, puede razonar

sin que por ello padezcan los negocios en los que le corresponde, en parte, la

consideración de miembro pasivo. Por eso, sería muy perturbador que un oficial que

recibe una orden de sus superiores se pusiera a argumentar en el cuartel sobre la

pertinencia o utilidad de la orden: tiene que obedecer. Pero no se le puede prohibir con

justicia que, en calidad de entendido, haga observaciones sobre las fallas que descubre en

el servicio militar y las exponga al juicio de sus lectores. El ciudadano no se puede negar

a contribuir con los impuestos que le corresponden; y hasta una crítica indiscreta de esos

impuestos, cuando tiene que pagarlos, puede ser castigada por escandalosa (pues podría

provocar la resistencia general). Pero ese mismo sujeto actúa sin perjuicio de su deber de

ciudadano si, en calidad de experto, expresa públicamente su pensamiento sobre la

inadecuación o injusticia de las gabelas. Del mismo modo, el clérigo está obligado a

enseñar la doctrina y a predicar con arreglo al credo de la Iglesia a que sirve, pues fue

aceptado con esa condición. Pero como doctor tiene la plena libertad y hasta el deber de

comunicar al público sus ideas bien probadas e intencionadas acerca de las deficiencias

que encuentra en aquel credo, así como el de dar a conocer sus propuestas de reforma

de la religión y de la Iglesia. Nada hay en esto que pueda pesar sobre su conciencia.

Porque lo que enseña en función de su cargo, en calidad de ministro de la Iglesia, lo

presenta como algo a cuyo respecto no goza de libertad para exponer lo que bien le

parezca, pues ha sido colocado para enseñar según las prescripciones y en el nombre de

otro. Dirá: nuestra Iglesia enseña esto o lo otro; estos son los argumentos de que se sirve.

Deduce, en la ocasión, todas las ventajas prácticas para su feligresía de principios que, si

bien él no suscribiría con entera convicción, puede obligarse a predicar porque no es

imposible del todo que contengan oculta la verdad o que, en el peor de los casos, nada

impliquen que contradiga a la religión interior. Pues de creer que no es éste el caso,

entonces sí que no podría ejercer el cargo con arreglo a su conciencia; tendrá que

renunciar. Por lo tanto, el uso que de su razón hace un clérigo ante su feligresía

constituye un uso privado; porque se trata siempre de un ejercicio doméstico, aunque la

audiencia sea muy grande; y, en este respecto, no es, como sacerdote, libre, ni debe

serlo, puesto que ministra un mandato ajeno. Pero en calidad de doctor que se dirige por

medio de sus escritos al público propiamente dicho, es decir, al mundo, como clérigo, por

consiguiente, que hace un uso público de su razón, disfruta de una libertad ilimitada para

servirse de su propia razón y hablar en nombre propio. Porque pensar que los tutores

espirituales del pueblo tengan que ser, a su vez, pupilos, representa un absurdo que aboca

en una eternización de todos los absurdos.

Pero ¿no es posible que una sociedad de clérigos, algo así como una asociación

eclesiástica o una muy reverenda classis (como se suele denominar entre los

holandeses), se comprometa por juramento a guardar un determinado credo para, de ese

modo, asegurar una suprema tutela sobre cada uno de sus miembros y, a través de ellos,

sobre el pueblo, y para eternizarla, si se quiere? Respondo: es completamente imposible.

Un convenio semejante, que significaría descartar para siempre toda ilustración ulterior

del género humano, es nulo e inexistente; y ya puede ser confirmado por la potestad

soberana, por el Congreso, o por las más solemnes capitulaciones de paz. Una

generación no puede obligarse y juramentarse a colocar a la siguiente en una situación tal

que le sea imposible ampliar sus conocimientos (presuntamente circunstanciales),

depurarlos del error y, en general, avanzar en el estado de su ilustración. Constituiría esto

un crimen contra la naturaleza humana, cuyo destino primordial radica precisamente en

este progreso. Por esta razón, la posteridad tiene derecho a repudiar esa clase de

acuerdos como celebrados de manera abusiva y criminal. La piedra de toque de todo lo

que puede decidirse como ley para un pueblo se halla en esta interrogación: ¿es que un

pueblo hubiera podido imponerse a sí mismo esta ley? Sería posible, en espera de algo

mejor, por un corto tiempo circunscrito, con el objeto de procurar un cierto orden; pero

dejando libertad a los ciudadanos, y especialmente a los clérigos, de exponer

públicamente, esto es, por escrito, sus observaciones sobre las deficiencias que

encuentran en dicha ordenación, manteniéndose mientras tanto el orden establecido hasta

que la comprensión de tales asuntos se haya difundido tanto y de tal manera que sea

posible, mediante un acuerdo logrado por votos (aunque no por unanimidad), elevar

hasta el trono una propuesta para proteger a aquellas comunidades que hubieran

coincidido en la necesidad, a tenor de su opinión más ilustrada, de una reforma religiosa,

sin impedir, claro está, a los que así lo quisieren, seguir con lo antiguo. Pero es

completamente ilícito ponerse de acuerdo ni tan siquiera por el plazo de una generación,

sobre una constitución religiosa inconmovible, que nadie podría poner en tela de juicio

públicamente, ya que con ello se destruiría todo un periodo en la marcha de la

humanidad hacia su mejoramiento, periodo que, de ese modo, resultaría no sólo estéril

sino nefasto para la posteridad. Puede un hombre, por lo que incumbe a su propia

persona, pero sólo por un cierto tiempo, eludir la ilustración en aquellas materias a cuyo

conocimiento está obligado; pero la simple y pura renuncia, aunque sea por su propia

persona, y no digamos por la posteridad, significa tanto como violar y pisotear los

sagrados derechos del hombre. Y lo que ni un pueblo puede acordar por y para sí mismo,

menos podrá hacerlo un monarca en nombre de aquél, porque toda su autoridad

legisladora descansa precisamente en que asume la voluntad entera del pueblo en la suya

propia. Si no pretende otra cosa, sino que todo mejoramiento real o presunto sea

compatible con el orden ciudadano, no podrá menos de permitir a sus súbditos que

dispongan por sí mismos en aquello que crean necesario para la salvación de sus almas;

porque no es ésta cuestión que le importe, y sí la de evitar que unos a otros se impidan

con violencia buscar aquella salvación por el libre uso de todas sus potencias. Y hará

agravio a la majestad de su persona si en ello se mezcla hasta el punto de someter a su

inspección gubernamental aquellos escritos en los que sus súbditos tratan de decantar sus

creencias, ya sea porque estime su propia opinión como la mejor, en cuyo caso se

expone al reproche Caesar non est supra grammaticos, ya porque rebaje a tal grado su

poder soberano que ampare dentro de su Estado el despotismo espiritual de algunos

tiranos contra el resto de sus súbditos.

Si ahora nos preguntamos: ¿es que vivimos en una época ilustrada .? la respuesta será:

no, pero sí en una época de ilustración. Falta todavía mucho para que, tal como están

las cosas y considerados los hombres en conjunto, se hallen en situación, ni tan siquiera

en disposición de servirse con seguridad y provecho de su propia razón en materia de

religión. Pero ahora es cuando se les ha abierto el campo para trabajar libremente en este

empeño, y percibimos inequívocas señales de que van disminuyendo poco a poco los

obstáculos a la ilustración general o superación, por los hombres, de su merecida tutela.

En este aspecto nuestra época es la época de la Ilustración o la época de Federico.

Un príncipe que no considera indigno de sí declarar que reconoce como un deber no

prescribir nada a los hombres en materia de religión y que desea abandonarlos a su

libertad, que rechaza, por consiguiente, hasta ese pretencioso sustantivo de tolerancia, es

un príncipe ilustrado y merece que el mundo y la posteridad, agradecidos, lo encomien

como aquel que rompió el primero, por lo que toca al gobierno, las ligaduras de la tutela

y dejó en libertad a cada uno para que se sirviera de su propia razón en las cuestiones

que atañen a su conciencia. Bajo él, clérigos dignísimos, sin mengua de su deber

ministerial, pueden, en su calidad de doctores, someter libre y públicamente al examen

del mundo aquellos juicios y opiniones suyos que se desvíen, aquí o allá, del credo

reconocido; y con mayor razón los que no están limitados por ningún deber de oficio.

Este espíritu de libertad se expande también por fuera, aun en aquellos países donde

tiene que luchar con los obstáculos extremos que le levanta un gobierno que equivoca su

misión. Porque este único ejemplo nos aclara cómo en régimen de libertad nada hay que

temer por la tranquilidad pública y la unidad del ser común. Los hombres poco a poco se

van desbastando espontáneamente, siempre que no se trate de mantenerlos, de manera

artificial, en estado de rudeza.

He tratado del punto principal de la ilustración, a saber, la emancipación de los

hombres de su merecida tutela, en especial por lo que se refiere a cuestiones de religión;

pues en lo que atañe a las ciencias y las artes los que mandan ningún interés tienen en

ejercer tutela sobre sus súbditos y, por otra parte, hay que considerar que esa tutela

religiosa es, entre todas, la más funesta y deshonrosa. Pero el criterio de un jefe de

Estado que favorece esta libertad va todavía más lejos y comprende que tampoco en lo

que respecta a la legislación hay peligro porque los súbditos hagan uso público de su

razón, y expongan libremente al mundo sus ideas sobre una mejor disposición de aquella,

haciendo una franca crítica de lo existente; también en esto disponemos de un brillante

ejemplo, pues ningún monarca se anticipó al que nosotros veneramos.

Mas sólo aquel que, esclarecido, no teme a las sombras, pero dispone de un

numeroso y disciplinado ejército para garantizar la tranquilidad pública, puede decir lo

que no osaría un Estado libre: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero

obedeced! Y aquí tropezamos con un extraño e inesperado curso de las cosas humanas;

pues ocurre que, si contemplamos este curso con amplitud, lo encontramos siempre lleno

de paradojas. Un grado mayor de libertad ciudadana parece que beneficia la libertad

espiritual del pueblo pero le fija, al mismo tiempo, límites infranqueables; mientras que

un grado menor le procura el ámbito necesario para que pueda desenvolverse con arreglo

a todas sus facultades. Porque ocurre que cuando la Naturaleza ha logrado desarrollar,

bajo esta dura cáscara, esa semilla que cuida con máxima ternura, a saber, la inclinación

y oficio del libre pensar del hombre, el hecho repercute poco a poco en el sentir del

pueblo (con lo cual éste se va haciendo cada vez más capaz de la libertad de obrar) y

hasta en los principios del gobierno, que encuentra ya compatible dar al hombre, que es

algo más que una máquina, un trato digno de él.





Ilustración: Petrus de Man

No hay comentarios:

¿Qué es la ilustración? (Immanuel Kant)

La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligen...