sábado, 10 de enero de 2026

La culpa











1

 

 

Desde el balcón del tercer piso sobre Sarmiento podía ver la mole del edificio del Abasto. Los arcos eran como altas cúpulas bajo el cielo de la ciudad. Los domingos grises y nublados del invierno contenían un silencio a esas alturas que lindaba con lo religioso. Mis muletas, apoyadas en la pared, me hacían pensar en Dios, inevitablemente, a pesar de las doctrinas que mi madre se había propuesto introducir en mi mente. Yo, sin embargo, no podía arrancarme las raíces católicas que estaban siempre implícitas en las palabras de mi padre Tejada, y sobre todo en su forma de decir las cosas. No íbamos a la iglesia ni rezábamos, ni teníamos crucifijos. Era únicamente ese círculo de fatalidad en que los católicos se empecinan en permanecer, como una zona de permanente drama, pero de entrañable familiaridad. El regodeo en la tragedia es un orgullo del que no pueden evadirse. Si hasta la humillación es vanidad.

      Pensando en esto, una tarde de domingo de julio, después de almorzar frugalmente, y sola porque Bernardo se había ido al hospital a hacer una guardia extra, yo miraba los arcos del Abasto levantándose a pocas cuadras. Estaba cerrado desde hacía mucho tiempo, y decían que lo iba a remodelar, pero su interior seguía abandonado, las puertas clausuradas y los vagabundos durmiendo en las veredas y portales. La iglesia del Abasto, como se me ocurrió llamarla, me llamaba.

     Pero para qué levantarme de la cama en las que transcurrían mis días desde el cierre del periódico. No encontraba asidero en mi trabajo de escritura, y cuando me decidía a hacerlo, me resultaba tan automático como monótono. Escribía poemas para cambiar la rutina. Sacaba de la máquina la hoja donde escribía un relato o un artículo, y ponía otra donde confeccionaba un poema que parecían epitafios para muertos desconocidos. La brisa entraba por el ventanal sobre la calle, y algunas bocinas perdidas llegaban para otorgarles amenidad, domesticidad, tal vez, a esos poemas. Algún grito de los vecinos, o los ladridos de los pocos perros del edificio cuando sus dueños recorrían el pasillo hacia el ascensor. Ese ascensor no usábamos cuando nos mudamos porque eran nada más que dos pisos para subir, pero del que ya no podía prescindir. Y antes que ceder, o reconocer mi displicente entrega a la necesidad, trataba de obviar su uso quedándome en casa.

     Por eso la gente venía a visitarme, y rara vez volvía cuando mi carácter agrio los espantaba. Eso estaba sucediendo con Bernardo. Las discusiones eran cada vez más frecuentes, y porque no quería lastimarme con comentarios hirientes que yo escuchaba a pesar de todo en el silencio de sus labios, se iba al hospital. Lo que no veía, me dijo muchas veces, podía pasar por no hecho.

     Se refería, obviamente, a las visitas de Leonardo Gonzáles, uno de mis compañeros en la redacción. Era un negro cubano bajo y fornido, de piel no del ébano, sino del marrón manchado. Tenía más de cuarenta años cuando entró al diario. Venía del Brasil, y por eso se había hecho compañero de Fabio Contreras. Conversando en las noches de oficina cuando esperábamos un llamado telefónico que confirmara una noticia, y resultó ser un lejano pariente mío. Su apellido original era Gonçalvez, pero tranzando en los vericuetos de las aduanas y las oficinas gubernamentales de ambos países, Paraguay de por medio, terminó españolizándolo. Todos sabíamos que era asiduo consumidor de cualquier clase de drogas, incluso Beltrame, pero era un personaje que no podía darse el lujo de despedir. González escribía bien, pero sobre todo tenía un crucial conocimiento de la política de América Latina, y por eso con Contreras se encargaban de las noticias internacionales. Lo vi muchas veces fumar porros en la oficina, ya de noche, y en ocasiones sentía el olor desde el baño de hombres durante el día.

     Desde la muerte de Contreras, estaba siempre solo. Yo sabía que era él quien le suministraba a Fabio los calmantes para los dolores del vientre que finalmente lo mataron. Les vendía marihuana o cocaína a los de la oficina, en los pasillos, en el baño o en la vereda. Su mercadería era pasable, y a veces muy buena cuando recibía paquetes de afuera. Cuando un viernes decía que el fin de semana viajaba, sabíamos a lo que se refería.

    Yo, en ese entonces, no entraba en eso. No me interesaba, no sentía afinidad por el placer o la evasión, o lo que fuera, que esas drogas infundían en los demás. Era la única mujer periodista en la redacción, por lo menos la única que consideraban seria por los temas que trataba, y en esa época me tenían un poco entre velos, es decir, sobreprotegida y relegada. Estaban también los hombres cuyo temperamento no se concebía cayendo en esas condescendencias, como Beltrame o Leandro, pero que hacían la vista gorda.

     Gonzalez me propuso un negocio para sobrellevar la falta de trabajo luego de la clausura del Radar. Editar una revista de actualidad. Ya tenía los contactos con gente de Uruguay y de Chile para las notas políticas (suaves, inocentes, insistió en decirme, porque el horno no está para bollos), y que iría convencer a Dora Cifuentes para colaborar con sus artículos inéditos de sobre feminismo. Yo le había dicho que, si quería vender en esa época, la revista debía dedicarse a los artistas y la televisión. Él sonrió, como diciendo que no se podía ir demasiado contra los principios, porque sin ellos qué somos, me preguntó.

     Se sentaba en la cama y conversábamos, y cuando esas cosas surgían, yo me miraba el pie amputado y lloraba. Entonces Leonardo me ofrecía un porro, y una tarde de ese mismo invierno, se lo acepté. No era la primera vez, no era tan mojigata, pero desde entonces se me hizo costumbre.  Entonces ambos fumábamos mirando por la ventana del tercer piso, viendo caer la tarde, y cuando veíamos a Bernardo caminar por la vereda de enfrente y dispuesto a cruzar, él decía:

     -Ya es hora de irme, Ceci.

     Apagábamos los porros en el cenicero y él esparcía las cenizas por el balcón. Ambos se cruzaban casi en la puerta, se saludaban con malhumor poco disimulado. Bernardo me besaba, oliendo el tufo que persistía a pesar del ventanal abierto, y cerraba porque hacía frío. El encierro generaba rencor. A veces me recriminaba, a veces se quedaba en un ofuscado silencio que me hería más que las palabras que sabía daban vueltas en su mente como perdidas en un laberinto de ira y de pena. Era un hombre encomiablemente metódico, que sin embargo en muchas ocasiones se permitía las libertades que yo menos esperaba. Su buen humor, su bonhomía, su exacerbada honradez eran algunas de las virtudes que surgían sin pensarlo, pero precisamente cuando alcanzaba a verse en un espejo casual, como puede serlo la sonrisa velada o el comentario incierto de alguien más, volvía a encerrarse en su seriedad. Yo lo conocía desde diez años antes, lo amaba y lo añoraba cuando no estaba conmigo. Adoraba sus manos y su pelo, el vello de su cuerpo y el aliento de su voz, aroma y sonido mezclados en una simbiosis de pastillas de menta y Jockey Club. Porque él también fumaba, a escondidas, por cierto. En el estacionamiento del hospital o en la terraza del edificio. Cuando venía Ibáñez a visitarlo, me decía:

     -Vamos a la terraza, Ceci-. Entonces Mateo me guiñaba un ojo y yo sonreía, porque ese esparcimiento liberaba a Bernardo de mi yugo. Eso era yo, una carga a la que se veía atado: el cuidarme no era únicamente por su amor, porque por supuesto así era, pero también estaba ese sentido de responsabilidad que lo agobiaba, y que yo podía palabra en su cuerpo cuando se acostaba a mi lado, y que aún podía ver como una joroba en su espalda cuando cruzaba la puerta del departamento al ir o regresar del hospital. Un peso que lo demacraba.

      Yo sabía que era la culpa, incierta, anónima y múltiple. Sin nombre y con todos los nombres a la vez.

 

 

 

 

2

 

 

Ya ves, Ceci. Los grandes hombres, o los que se creen grandes, también se equivocan, y cuando caen provocan un estruendo mayor que una hecatombe, porque arrastran con ellos a todos los que lo rodean. Reconocen su culpa con impensables rodeos verbales, con elegante retórica poblada de pesadillas para quien los escucha. Y todo para disfrazar la impotencia que ya los ha invadido.

      Eso lo ha sucedido a mi padre, Ceci. El gran doctor Adalberto Ruiz me llamó hace no más de dos semanas. Desde que me fui del pueblo, de General Lavalle, que no me hablaba. Me sacó rajando porque no le gustaban mis amigos, pero sobre todo porque no eran tan buen médico como él. Allá en el pueblo yo no podía trabajar a su vera, me sentía cohibido y vigilado. Si me pasaba pacientes suyos, al principio me acompañaba en todas las visitas, y mientras él hablaba y reía con el paciente o su familia, a los que conocía de toda la vida, yo auscultaba, tomaba la presión, revisaba los ojos y la lengua y palpaba el cuerpo del enfermo, sentado en la cama, haciendo silencio, porque eso es lo que corresponde a los muertos en vida. El enfermo, un viejo moribundo, o un chico desahuciado, y yo, ambos éramos títeres que tomaban vida cuando mi padre lo decidía. Entonces batía las palmas y decía con su vozarrón que parecía iba a hundir el techo de tablas del rancho o las paredes de adobe. Entonces salíamos a la luz del campo llano, o caminábamos sobre el barro o entre el pastizal del invierno, y montábamos nuestras yeguas para hacer la siguiente visita. Me aleccionaba con sus consejos y sus reprimendas, pero previamente había estado el silencio reprobador, que se rompía como un rayo en medio del cielo despejado. “¡Pero, carajo!, me decía, ¡Si serás imbécil! ¿No te diste cuenta de que el pibe ese está fingiendo? El padre quiere rascarse las pelotas unos días faltando a las faenas de don Braulio y hace decir que el pibe está enfermo. Esos peones son todos iguales. Y a vos te meten el perro enseguida. Si no te avivás, Bernardo…”

     Y así fue siempre, desde que era chico. Fui médico porque él lo era, y en ese entonces lo admiraba. Su prestancia: la boina ladeada, la barba prolija y levemente enrulada y espesa, oscura como ala de cuervo, la nariz aguileña, el cuerpo recio con su traje de montar y las babuchas, las botas que usaba a todo trance y en toda ocasión, de la mañana a la noche. Cuando se descalzaba, para mí, de chico, era como si se sacara los pies … Sí, reíte, nomás, Ceci, pero hasta llegué a entrar al cuarto de mis viejos en plena noche para ir a mirar el interior de las botas. Cuando lo vi levantarse, medio desnudo y descalzo, me escondí en un rincón del baño. Él se metió y empezó a orinar. Le vie el cuerpo de hombre fuerte, el que yo no tenía, y me propuse ser como él. Cuántas veces, después, ya de adolescente, me paré frente al espejo intentando tomar la postura e imitar el gesto de jactancia que él tenía. Pero ya sabés cómo soy, mi cuerpo es esmirriado, casi flaco como el mi madre. Heredé los pelos, eso sí, de mi padre, la cara, la nariz, y también la frustración. Porque en estos días aprendí que toda su jactancia no era más que la inquebrantable desesperación de la impotencia en cierne que sintió toda su vida. ¿El dolor, tal vez, de la gente que veía morirse? Es un gran médico, lo sé. Su sabiduría empezó en los libros y siguió con la experiencia. El campo es un gran maestro, rústico, elemental, tan sencillo que da pena a veces, pero su rudeza esconde bonhomía, aunque la guarda para las noches, oculta lo que sabe hasta que es necesario actuar. Y entonces corta y abre la carne como si de una res se tratara. Lo he visto, a mi viejo, corregir los huesos rotos que se asomaban por la piel, coser una herida con hilo de matambre cuando no había otro, drenar tumores llenos de podredumbre. Todo eso en medio del dolor, exigiendo que el paciente aguantara, y los gritos justificaban su acción, porque tapaban, en cierto modo, la certeza de la duda y la culpabilidad de lo que él hacía. Yo lo veía fruncir las cejas y la frente cuando acometía esas hazañas en medio de un rancho pobre y sobre un colchón roto. Había brillo en sus ojos, y hasta creí ver una cierta malicia.

     Porque eso somos los médicos, Ceci. Un híbrido de sensibilidad, intuición, arte, conocimiento, ira, culpa, vanidad y el infaltable porcentaje de malicia. ¿Disfrutamos con el dolor de los demás? ¡No, por supuesto, te dirás! Se hace lo necesario, y el dolor es una de esas cosas necesarias. Pero el poder se siente en esos momentos, creéme. O ya te habrás dado cuenta, si bien pienso a quién le estoy hablando. Pobrecita, mi amor. Mi preciosa y talentosa Cecilia…

     Me convertí en médico porque hubo médicos en mi familia por tres generaciones. Mi viejo decía que su abuelo era hijo bastardo de un médico al que persiguieron por cuestiones políticas. Dicen que lo fusilaron y que enterraron el cuerpo en una tumba sin nombre por Santa fe. Era una eminencia formada en La Salpetriere. Sabía de todo: anatomía, neurociencias, clínica y cirugía. Quise ser como ellos y como pensé que era mi padre, esa especie de Dios a caballo que aparecía entre los matorrales, siempre tarde, como corresponde a la figura que representaba, para bajar una fiebre, recetar unos yuyos, poner una inyección, o cortar una pierna. La sangre lo acompañaba siempre al salir, como corresponde a un buen médico.

     Me tuve que ir. ¿Pero antes dije que me echó a patadas, no? La verdad es que ya no me acuerdo, y este olvido es uno más de los vericuetos del laberinto en el que vivo. Es una ciudad como La Plata, mi mente, digo. Por eso me fui para allá. Hay cosas y lugares, hay personas, que nos llaman, porque ya están dentro de nosotros. Mi mente siempre ha sido muy metódica, formando planos geométricos cada vez más enrevesados, que la lógica intenta justificar trazando líneas que constituyen el teorema de nuestra vida. ¿Y quién lo entiende? Dios mismo se confunde y se contradice. ¿Pero no será la contradicción la misma esencia de las cosas? ¿No es el caos, acaso, la explicación racional de lo irracional?

      La ambivalencia de los médicos la ven sólo algunos de los iniciados. El enfermo que recurre a nosotros está tan invadido de dolor que no puede ver más allá de eso, y el sano está demasiado preocupado por su salud para interesarse por otra cosa. Vivimos en dos planos, por así decirlo. Dos plantas de una casa que se subdividen horizontalmente en otras múltiples habitaciones. Cambiamos de habitación día y noche, nos llevan o nos mudamos. Decidimos estar en una, y de pronto en otra, del frío al calor, del viento a la sequía, del olor del cadáver al olor del éter. Una puerta puede tener un bisturí en el picaporte, y el piso puede estar lleno de agujas perdidas. Y el agua que bebemos siempre tiene el sabor del jarabe.

     Dirás que me hago la víctima, lo sé. La vanidad, esta maldita vanidad que envuelve esa otra sensación más apremiante, incomprensible, que no se deshace ni muere nunca. La vanidad cambia de cara según la moda, porque está hecha de un material endeble, de muy mala calidad, un plástico cuya duración es proporcional a la consistencia de la pasta de agua con que fue moldeada. Pero la piedra del fondo no desaparece. Está en el pozo de mis ojos, ya sé que te diste cuenta, lo noto en tu expresión cuando me mirás por la noche, cuando pienso que me tenés lástima. No quisiera reconocer que esa lástima me envanece, porque la vanidad está fundada en esos pedestales firmes parecidos a la compasión, aun cuando ella intenta adornarlos con pasamanería que no es más que maquillaje. La verdad es que no puede crecer sobre otros fundamentos, porque es demasiado grande y demasiado liviana. Necesita mucho espacio, tanto como el que ella misma se adjudica y toma sin permiso, pero cualquier viento podría llevarla sin mucho esfuerzo, y por eso debe estar asentada, y atada, a la piedra de la culpa.

     Esa vergüenza, Ceci, que mi padre me enseñó.

     Mi padre iba a la iglesia todos los domingos. No sé si creía en Dios, pero él iba con nosotros a la misa del pueblo a las siete de la tarde en el verano y a las seis en el invierno. A veces entraba tarde, otras, se iba temprano, siempre por gajes del oficio. Un accidente en el río, un hachazo en una pierna o un parto inminente. Pero cuando se quedaba, cantaba los himnos con su voz de barítono, y me tomaba de la mano aún de grande, para cumplir con Dios. Iba con el traje de los domingos, el pañuelo al cuello y el chambergo que usaba sólo una vez por semana para salir a pasear. Si hasta de caballo cambiaba. Los domingos dejaba a Judith, la yegua que se conocía todos los recorridos diarios, por el potro color gris y blanco que él mismo había hecho nacer tres años antes en un erial que ya no existía, porque esa vez la madre tenía las patas enterradas en el barro de la inundación. Me contó cómo hizo la cesárea a la yegua y después la sacrificó. Y el potrillo fue suyo desde entonces, y lo llamó Job porque lo reservó para el placer y para la misa.

     Vos te reís de las contradicciones de nosotros, los Ruiz. Los médicos creyentes, deberíamos llamarnos. Judith, la justiciera, la hembra cruel dispuesta a la carnicería para salvar a su pueblo. Job, el hombre de los imposibles, siempre queriendo y cediendo.

     Ese fue el caballo que mató a mi madre, si no fui yo.

 

     Bernardo había vuelto del hospital ese domingo cuando se cruzó con González. Estaba de mal humor. Se metió en el baño, escuché el desagüe del inodoro que siempre funcionaba mal y sus rezongos. Luego la tapa que se caía como un golpe seco, casi un disparo. Lo que nos hacía reír fue esta vez un agravio. Volvió a la habitación, en calzoncillos largos, descalzo y con el torso desnudo. Olía a traspiración. Se acostó en la cama, a mi lado. Mi pie, operado unos meses antes, volvía a segregar putrefacción, y la venda, por más que la cambiara, se ensuciaba diariamente. Hacíamos el amor así, sin que el olor de nuestros cuerpos nos molestara, precisamente eso nos unía, creo, la familiaridad de nuestras enfermedades. La del cuerpo, crónica, asfixiante, agobiadora y agotadora, era la mía. La de la mente, o el espíritu, si se quiere, desquiciada, abrumadora, contradictoria, confusa, complejamente construida y deconstruida a cada momento del día, era la suya.

     Nos consolábamos mutuamente, luego de agredirnos con la palabra y la mirada.

     - ¿Ese tipo es algo tuyo?

     Lo preguntó serio, intentando fingir lo que no podía fingir, con mal velada ironía. Lo miré de costado, él tenía la vista fija en el cielo raso, la barba crecida de tres o más días, las manos cruzadas sobre el pecho, como un muerto con los ojos abiertos.

      -Ya te dije, creo que es un primo segundo o tercero, según llegamos a deducir recordando a las familias. Aunque no lo creas, su madre era blanca y de ojos celestes.

     -Salió al padre, se ve…

     Fue entonces cuando empezó a hablar. A veces se sentaba en la cama, dándome la espalda, para ocultar la cara y su mirada, otras, se sentaba con las piernas cruzadas y me hablaba con leves sonrisas al recordar lo bueno y lo malo, especialmente cuando pensaba en su madre. Me acariciaba la cara, me llamaba pobrecita, aunque yo odiara ese apelativo. Pero no podía ni quise detenerlo: esas expansiones eran tan poco frecuentes que era como intentar detener un tren que se nos viene encima.

 

     Ya ves, Ceci, cómo cambio de un tema a otro. Si ni siquiera terminé de contarte por qué me llamó mi viejo. Si hace años que no me habla, desde cuando me fui a La Plata. Y después, cuando me vine a Buenos Aires y ya me hice una carrera y sabía que los viejos doctores amigos que lo conocían debieron hablarle de mí, tampoco recibí ninguna noticia suya. Es verdad que tampoco yo volví ni lo llamé. ¿Para qué? Somos dos especímenes raros de una especie extinguida: los que no perdonan. Porque la furia y la violencia de estos tiempos no nace de la impotencia por perdonar, sino de la frustración. Quien olvida no es que perdone, simplemente otra cosa pasa a ocupar su mente. Porque seamos sinceros, la humanidad no es tan sentimental como pensamos, sino que utiliza su cerebro en asincrónicos actos de memoria y olvido. Dicen que si no hay memoria no hay culpa, así lo leí en un cuento de Beltrame, me parece. Es una buena teoría, acomodaticia, por supuesto, especialmente para personas como él, pero no por eso deja de ser interesante, si no valiosa para sobrevivir. Porque para eso tenemos estos cuerpos, y estos testículos de mierda. Perdón, Ceci, por el exabrupto, pero es que me estoy dejando llevar. No, no tomé nada antes de venir, y tampoco creas que me hizo efecto el humo del porro que vos y Gonçalvez dejaron en el ambiente (fijáte que lo llamo con su verdadero apellido, porque te respeto Ceci, porque te amo y admiro tu mente tanto como yo aborrezco la mía, porque de nada me sirve leer y conocer si no me permite la persistencia: la no muerte).

     Mi madre cabalgaba, por supuesto, y me enseñó a hacerlo antes de que mi padre me llevara con él en sus visitas. Cabalgábamos los sábados desde que yo tenía siete años. No en un pony, sino un potrillo que había nacido casi el mismo año que yo. Me estaba destinado, porque era Job, del que ya te hablé. Los sábados lo cabalgaba yo, y los domingos mi viejo. Compartíamos el potro como si compartiéramos una hembra: nunca nos cruzábamos ni casi nos veíamos, y era en lo único que no se atrevía a criticarme, porque mi madre me había enseñado. Como dos machos en celo, compartíamos el mismo macho los fines de semana. Y eso, creo, fue lo que lo enconó contra mí, cuando me hice hombre, es decir, cuando ya era un adolescente que se masturbaba cado dos por tres, a solas siempre, pero en cualquier sitio, casa, campo o río. Y cuando me llevó al putero del pueblo, él se me quedó mirando desde una silla junto a la cama, para protegerme, dijo, para evitar que la puta se aprovechara de mí o me contagiara una enfermedad.

     Fue memorable, Ceci, esa noche. La puta era bien puta, por supuesto, y bien sabía hacer lo que bien sabía (¿estoy delirando? ¿quién sabe?). Cuando terminé, miré la cara de mi viejo, y cuando vislumbré su aprobación el alma se sumió en el éxtasis más alto y más profundo que hubiese sentido hasta ese día de mi vida, esa noche en el putero de pueblo grande, en una habitación maloliente, con velas y el sudor impregnando el colchón y las sábanas sucias.

     No recuerdo exactamente qué edad tenía, pero ya desde mucho antes yo cabalgaba con mi vieja, lado a lado. Ella me aventajaba con su yegua vieja, porque Job era lento en ciertos aspectos, sumiso, como culposo. ¿Sería su nacimiento, a lo mejor? Los animales saben eso, vislumbran que no debieron haber nacido más que para la muerte. El tiempo que vivió debió considerarlo un regalo inmerecido, o más que eso: un error de la naturaleza. Mi padre se había inmiscuido, porque todo médico es un entrometido en el curso natural de las cosas. ¿Acaso la medicina no es un saber inventado por el hombre? ¿No es romper el ciclo de los seres, incluyendo lo que llamamos gérmenes? ¿La enfermedad no es también una forma más de la vida? ¿Qué es la salud? ¿El supuesto equilibrio?

     De ahí viene la culpa que sentimos: hemos creado un artificio: la vida en la muerte. Desde el momento que enfermamos, sucumbimos, el resto es tiempo extra que vale poco, tanto como un puente de madera sobre aguas turbulentas. Y porque lo sabemos, somos doblemente responsables. La vida que extendimos es nuestra responsabilidad, y cada gota de veneno que la afecta, culpa nuestra.

     El día que cumplí quince años fue un viernes, y me pasé la noche en el putero. A la mañana salí soñoliento, a las seis, y me fui a casa a dormir. Pero era sábado, y debía cabalgar con mi vieja. La negra que trabajaba con nosotros me vino a despertar. Me conocía desde que había nacido, y no le molestaba venir a destaparme, aunque ya fuese un hombre ahora y estuviese desnudo.

    -Su mamá lo espera-dijo, enojada.

     Me desperté, friolento, con lastimaduras en la espalda y el pene engreído. Te reís, pero eso es lo que nos pasa sin pensarlo. Volví a taparme, pero sabía que no tenía elección, es más, no quería pedir permiso para ausentarme. Porque la exigencia de mi viejo se compensaba con la condescendencia de mi madre, y no quería yo sentir la culpa de ese abuso de su amor. Mal entendía, por supuesto, el amor de mi madre o de cualquier otra. Pero cuando la sensación extraña de ese ente que crece y crece extiende sus raíces, abomina de todo el resto, y lo destruye. Lo que uno hace por culpa es tan arbitrario, incongruente y contradictorio como la misma esencia de la culpa: un darse vuelta en el fango podrido porque es tibio y porque es nuestro.

     Me levanté, me vestí, me calcé las botas de montar y salí. Job me esperaba, tranquilo, junto a la yegua vieja. Mamá estaba montada en ella y me miraba con sorna. Nos pusimos en camino hacia el sendero del campo nuevo, lleno de pastizales que mi padre había adquirido en una subasta un año antes. No lo cuidaba ni le dedicaba tiempo. De vez en cuando lo ocupaban vagos y peones de otras estancias. Armaban casuchas que destruían al irse. Ella y yo íbamos al trote y a la par.

    - ¿Te gustó el regalo? -me preguntó.

     El día anterior por la mañana me había traído a la habitación un paquete pesado envuelto en papel de estraza. Eran los cuatro tomos originales del Testut, en francés. Ella sabía que, si yo iba a ser médico, solamente la anatomía sería la encargada de atraerme como un cuerpo en celo.

     -Ya te dije que si-le contesté, malhumorado. Tenía los ojos cansados y deslumbrado por el sol del mediodía, y los testículos me dolían contra el lomo de Job.

     Sentí vergüenza por mi contestación, pero no me amedrenté, lo que hice fue envalentonarme. Los hombres solemos llamar valor a aquello que nos sirve de excusa para escapar. Tomé fuerza y espolié a Job, que empezó a correr.

     Escuché el llamado de mi madre. No le hice caso. De pronto, vi un brillo que anuló el del sol, y entre ambos se formó la sombra en la que pude ver los alambres de púas. No era la primera vez que alguien intentaba apropiarse de parte del terreno. Pude desviarme a tiempo, Job era joven y fuerte, y así como era tranquilo, sabía observar los peligros a tiempo.

      Pero mamá vino cabalgando detrás, espoleando a la vieja yegua al creer que me había pasado algo. Cuando ya me había desviado de la cerca y Job se iba deteniendo lentamente, ellas dos corrían hacia el alambre. No pude gritar ni advertirle, no pude detenerla, quién sabe por qué. Yo era joven, pude saltar, correr, interponerme en el camino aún a costa de heridas o lo que fuese. Sin embargo, me quedé mirando el camino de mi madre, asustada, con el pantalón de amazona en su pelvis ancha, el cuerpo cubierto de una camisa blanca que transparentaba un poco el corpiño sudado, y el casco que dejaba escapar el cabello largo y rubio ceniza.

     La yegua, que se llamaba Cleo, intentó saltar cuando ya era tarde para detenerse. Sus dos patas delanteras se enredaron en el alambre. Hizo fuerza por no caer, y volvió a enredarse más. Yo veía cómo el alambrado, suelto e incompleto iba armando coronas de espinas alrededor de la yegua. Entonces vi a mi madre que se agarraba la pierna. El alambre se enredaba a ella a medida que el animal se esforzaba en liberarse, y las púas se incrustaban más en las dos. Mamá tenía la bota metida en el estribo, y no podía separarse por el alambre. El animal cayó de costado, sobre la pierna que mi vieja tenía libre hasta ese momento. Las púas se le incrustaban y la hacían sangrar.

     Las vi tendidas sobre el campo, mamá con una pierna y un brazo bajo la yegua, la otra atrapada por el alambre. El animal gemía en una especie de relincho que nunca había escuchado antes. Corrí, pero no me atrevía hacer nada por miedo a lastimar más a mamá.

     - ¡Matála! -me gritó, llorando de dolor.

     ¿Qué iba a hacer yo, Ceci? Ahí solo, un chico inútil para algo más que cogerse putas.

     ¿Qué haría yo ante la muerte, me querés decir?

     Fui a buscar a los peones, ellos buscaron a mi padre. Mamá estuvo una semana agonizando. Mi viejo no quiso llevara a un hospital. Tenía las piernas gangrenadas y el brazo derecho roto en varios huesos infectados. Finalmente se murió el sábado siguiente, justo una semana después, también al mediodía. Si hubiese vivido, habrían tenido que amputarle los miembros rotos. Eso lo sabía mi padre muy bien. Durante toda la semana me metí en los libros de anatomía como si fuesen cajas de Pandora, en busca de respuestas, pero únicamente encontré hechos. Eso es la anatomía: la realidad inalterable que se va descubriendo de a poco, y por eso nos engaña y nos fascina. Sus sorpresas pierden pronto el brillo de la novedad, porque debajo está el óxido de lo antiguo.

     Mi viejo fue el que se encargó de cortar los alambres ese día, con la tenaza grande que le trajo nuestro capataz. Le había puesto a mamá una inyección para el dolor, con lo que consiguió dormirla. Me alcanzó el revólver que siempre llevaba al cinto para protegerse de serpientes o lo que fuese, y me ordenó que sacrificara a Cleo.

     Lo miré unos segundos, pero en su cara había demasiada furia como para que yo lo desafiara con mi indecisión. Disparé dos veces, y luego otras dos, hasta que él me arrancó el arma y me dijo que los ayudara a levantar al animal. Entre los peones y nosotros separamos a la yegua y cargamos a mamá en la parte de atrás de la camioneta. Vi la pierna aplastada, la otra despellejada por el alambre, el brazo partido. Observé cómo mi viejo y la enfermera que lo ayudaba la desnudaron en la cama de su habitación, la limpiaron, le ponían un suero en las venas y corregían las fracturas. Vinieron médicos de Buenos Aires, no sé si papá los llamó o no. Papá era miembro de la Academia de Medicina, y de vez en cuando aparecían artículos suyos relacionados con la medicina rural. Lo respetaban, creo, pero le tenían inquina. Era demasiado soberbio.

     Cuando mamá murió, me llamó al cuarto que le servía de despacho y biblioteca. Los libros de anatomía que me había regalado mamá estaban apilados sobre su escritorio, y daban sombra a su cara.

    -Te los devuelvo cuando me demuestres que merecés ser médico.

   

     - ¿Y te los devolvió? - le pregunté, acariciándolo para consolarlo. Su mente se estaba liberando, distorsionada como su discurso.

      -Nunca, ni cuando conseguí mi diploma y mi doctorado. Así tuve la certeza de que nunca me perdonó la muerta de mamá.

      -A lo mejor él no se perdonaba a sí mismo, Bernie.

     -No hagás psicología de almacén, Ceci, vos valés más que eso. Tus silencios dicen más, tu palabra escrita es más sutil que los fanáticos de Freud o Lacan. ¿Por qué él hace lo que hace o dice lo que dice? La explicación está en la disociación de todas sus células, en la deconstrucción de sus moléculas, o tal vez simplemente en la tarea de una sierra sobre alguno de sus huesos.

      No sabía si reírme o llorar, tan hiriente fue su forma de decirlo que no sabría decir si en su cara vi un ángel o demonio. Simplemente era un hombre, y el suyo como el mío, eran dos cuerpos limitados por las fronteras del vacío.

      Los domingos a la noche el aburrimiento es un dios constante. El deseo de la eternidad de las horas se incrusta contra los cimientos del lunes al que nos aproximamos como hacia los muros de un campo de concentración. Y como a todo nos acostumbramos, ya el campo del extermino, no nos parece tan temible. Pero el domingo en la noche esa certeza es todavía un niño recién nacido, sin personalidad y muy enfermo. Por eso, Bernardo me dijo:

      -Salgamos a comer una pizza.

      Puse mala cara, ya no me gustaba salir simplemente a pasear. Odiaba las muletas, aunque él había insistido en que usara el zapato ortopédico, que me provocaba ampollas y nuevas infecciones.

      -Está bien- le dije, porque ese era un domingo diferente. Agarré las muletas, bajamos en el ascensor y caminamos una cuadra hasta Corrientes. Había una pizzería en la esquina. Pisos de mosaico cuadriculado, una mesa de billar al fondo, mesas con patas desparejas, manteles de viejo hule, vasos de vidrio grueso, y los consabidos cuadros y banderines de fútbol en las paredes.

      Una de mozzarella y una cerveza, empanadas para la entrada y un flan con crema de postre. Y un café, para él. Domingo triste, pero de tristeza fértil. ¿Cómo es eso? La locuacidad de Bernardo, confesándose luego de mucho tiempo de golpearnos con palabras sucias, hacía de esa pizzería de barrio un Paraíso recuperado.

      Con los codos sobre la mesa, el porrón de cerveza en una mano y la porción de pizza en la otra, le pregunté, mirando por encima de sus hombros el panorama de la calle nocturna, el colectivo que pasaba, los taxis vacíos y un vago con su carrito y su perro por la vereda.

     - ¿Y para qué te llamó?

     -Un vecino del pueblo está enfermo, papá dice que no ha logrado llegar a un diagnóstico. Quiere traerlo al Rivadavia para que el hagan estudios. Y lo más raro de todo es que…Dios mío, no lo pude creer cuando lo escuchaba en el teléfono. - Bernardo sonreía con sarcasmo a la vez que se frotaba la cara como si despertase de un sueño.- No sólo me pidió ayuda, sino que me pidió consejo, ¿lo podés creer? Sé que no me entendés, no podés entenderlo porque tu viejo es tan diferente, pero ya lo vas a conocer.

    - ¿Cúando llega?

     -Esta noche.

     Solté la pizza y lo miré como si estuviera diciéndome un chiste.

     -Perdonáme, Ceci, pero recién esta tarde me llamó al hospital para confirmarme que ya estaba viniendo con el paciente en el micro que llega a retiro mañana a la mañana. Lo internamos y después nos venimos a casa.

     -Está bien, Bernie. Entiendo, por supuesto que tenemos que ventilar el colchón extra y buscar sábanas y frazadas.

     -No te preocupes por eso, mi viejo no es exigente más que con lo que se relaciona con su profesión, y conmigo, y se adapta a cualquier cosa. Pero te pido un favor muy especial…

     -Decime.,

     -No quiero que estemos solos los tres, mañana, es decir…me sentiría agobiado…no sé si me entendés…es que ya me siento ahogado al pensar en lo que me va a decir, en su expresión al ver el departamento…

     -Y al verme a mí.

     No fui justa con él, lo reconozco. Si por un momento percibí un resquicio de vergüenza de su parte, sin duda mi autodesprecio aumentaba esa sensación.

    - ¿Qué decis?

     -Nada, perdóname. ¿Querés que invite a papá?

     Asintió con la cabeza. Parecía un chico desvalido, avergonzado y a punto de llorar. Lo agarré de las manos, llenas de venas que se notaban a ras de piel, los dedos largos y las uñas casi inmaculadas.

      Pedimos un fainá extra, y nos quedamos hasta que cerraron. A las doce de la noche caminamos del brazo, lentamente, cruzando la avenida semi desierta, los semáforos cambiando de luces para un solo auto, o para un perro que nos siguió hasta el edificio, al ritmo de mis muletas. Cuando cerramos la puerta del ascensor, lo vimos observándonos desde la vereda, elevando la mirada como si estuviese viendo la ascensión de dos dioses inválidos.

 

     La cena del lunes conocí a mi suegro. Era un hombre de carácter campechano, de poco más de setenta años, fornido y alto. Llegó con unas botas discordantes para la ciudad, pero con un traje oscuro, un moño de lazo atado con una prenda de plata, un cinto de cuero fino y un chal tejido y doblado sobre el hombro izquierdo. Cuando se sacó la boina, vi su pelo abundante y canoso. Traía un gran paquete que dejó sobre la mesa enseguida que entró, y me abrazó un rato largo, diciendo palabras cariñosas en voz muy fuerte. Yo creí, por un momento, desmayarme entre sus brazos. Era el mismo olor del hijo, pero con un cuerpo más fuerte. Lo que en Bernardo había de ternura, en el padre sobraba de brusquedad.

      -Me alegro conocerlo por fin, señor…

      - ¡Qué señor ni señor! Llamáme Beto, como me decía mi finada.

      Ya en la primera frase pronunciada en el departamento de su hijo, salía a relucir el resentimiento, porque no menos que eso era ese comentario como al azar y nacido del fondo del viejo.

      Había traído un chivito ya cocido, que sólo había que calentar. Nos serviría para toda la semana. Bernardo lo llevó a la cocina y se puso a preparar lo necesario. Se escabulló, por supuesto.  El viejo y yo nos sentamos en el sofá. Él miraba el lugar, y adiviné detrás de su complacencia una hostil desaprobación que se esforzaba, debo reconocerlo, en disimular.

      - ¿Y qué está escribiendo, querida?

      -Escribo para mí, nada más, por el momento estoy sin trabajo, pero con un amigo tenemos algunos proyectos editoriales.

      -Me parece muy bien. Las mujeres que escriben son excepcionales, mi Ada leía mucho y se carteaba con mucha gente de afuera.

      Obvié el sarcasmo.

      -No sabía que ella se llamaba Ada, digo… ¿me entiende?

      - ¿No le dijo Bernardo nunca cómo se llamaba su mamá? ¡La pucha! Pensé que después de todos estos años…pero la verdad, no me extraña.  

       El viejo miraba hacia la puerta de la cocina, y se quedó mirando fijo. Me di vuelta. Bernardo estaba apoyado en el marco, con el repasador entre las manos, hecho un bollo, y desamparada la mirada.

     De pronto, el viejo levantó la voz:

     -A que no me lo va a creer, si lo contábamos siempre que teníamos oportunidad, hasta que nos cansamos de repetirlo. Mi finada y yo nos conocimos en la estancia de los Larriere, - uno de los hijos es al que traje a Buenos Aires-. Yo estaba recién recibido y los tenía de clientes, nada serio en ese entonces, pero siempre con problemas de digestión y otras yerbas, sobre todo en los varones de la familia. Resulta que Ada fue institutriz, se educó en Londres, ¿no sabía?, así que enseñaba de todo en la escuela rural, que los Larriere mantenían a sus expensas, por supuesto.

    -Así que eran filántropos…

    Me miró, calando las medidas de su contrincante.

    -Así puede llamarlos, pero ellos han estado siempre por fuera de todo interés político. Tienen otras cosas en qué pensar, en sus eternas enfermedades que me han dado muchos dolores de cabeza.

     El viejo no había dejado de echar vistazos a mi pierna y a mi pie vendado cubierto por la zapatilla, así como también a las muletas.

     -Como en esta ocasión, ¿no es cierto?

     -Así es, Cecilia. Pero no hablemos de enfermedades hoy, por favor. ¡Bernardo!-llamó, o gritó.

     Pero apenas después sonó el timbre. Por fin, me dije, había llegado papá Renato.

     El viejo se levantó a abrir la puerta.

    -Con su permiso, Cecilia.

    Papá entró con dos botellas de vino, con el raje que usaba para la escuela, los anteojos redondos en su cara frágil. Se estrecharon las manos.

     -Es un honor conocerlo, doctor-dijo.

     -El honor es mío, profesor. Recién le contaba a su hija que mi mujer era profesora de inglés y francés…

     Caminaron juntos hasta el sofá y se sentaron. Bernardo, como un sirviente, mudo y colérico, agarró las botellas y se las llevó a la cocina. El aroma de la carne asada llegaba hermosamente lúdico en el ambiente hostil de la sala.

      -Enseñó de todo a los chicos cuando crecieron, a Natalia y Vicente. Siempre fueron excelentes chicos, obedientes y cultos. Demasiado delicados para mi gusto, así que…

     -No me dejabas visitarlos…eran demasiado para mí, o a lo mejor muy poco para lo que querías de mí, me parece- dijo Bernardo al volver con las copas de vino para los cuatro y una picada exuberante sobre la bandeja de madera.

     -Te quería recio, fuerte, para ser médico. Los chicos Larriere eran y siguen siendo delicados, la única fuerte es Natalia, pero Vicente es un afeminado al que le tengo mucha pena…

     -Así es papá, ¿te das cuenta, Ceci?

     Levantó la copa para ofrecer un brindis. Renato lo interrumpió, para conciliar lo que se estaba resquebrajando desde hacía largo rato. Bernardo estaba reaccionado luego de mucho tiempo, y justo había elegido esta noche.

     -Así somos los padres, Bernie, no te hagas mala sangre. Nos equivocamos la mayor parte del tiempo. Brindo porque no lo hagamos el resto del tiempo que nos queda, y que no sea poco.

     Brindamos, por supuesto, y luego de una larga bocina bajo el balcón y el ruido de dos paragolpes chocados, el viejo doctor dijo:

    -Me hago eco de sus palabras, Renato, son muy sabias. Pero estos chicos no entienden, todavía, cuando tengan crías lo sabrán.

     Debía haber pensado que Bernardo no le había dicho nada, y no tenía por qué hacerlo, en realidad. Sólo era el desparpajo del viejo y su dosificación de mala intención que no sabía medir con exactitud, así como tal vez no sabía medir la dosis de anestesia para evitar el dolor de un paciente. El dolor con dolor se cura, pensé, de pronto, y me sorprendí al ver la cara de los demás, porque no me di cuenta que lo había dicho en voz alta.

    -Veo que lo comprende, querida. Es un refrán de pueblo, pero muy cierto.

    Cuando los demás esperaban que llorara, yo había contestado como tal vez Ada lo hubiese hecho. Bernardo se tapó la cara con las manos y el viejo se escondió tras el cristal de la copa. Renato me miraba con compasión y un puño en el bolsillo del saco, y dijo:

    - ¿Cuándo se come en esta casa? Me muero de hambre.

 

     Después del café, mi suegro y mi padre salieron al balcón a fumar. Se senté en el sofá junto a Bernardo, obligándolo a quedarse conmigo. Quería levantarse, recoger las cosas de la mesa, lavar los platos, todo para no pensar ni escuchar lo que su padre decía en el balcón, fuerte y probablemente sin darse cuenta, acostumbrado a las grandes extensiones del campo y de su estancia. Pero el resentimiento era un tumor que estaba creciendo en el departamento, y nos ahogaba a los cuatro.

      - ¿Y a usted que le parece esta parejita, don?

      Escuchamos la voz del viejo, que aun intentando ser velada, era clara como un disparo. El olor del tabaco envolvía el filo de las palabras con antiguas sedas.

      -Pienso que son el uno para el otro-contestó Renato.

      -Eso es lo que me temo. Los complementarios parecen adecuados a la primera vista, encajan como dos piezas de los que usan los loqueros. Pero a mí me gustan las parejas bien avenidas como en nuestros tiempos. La mujer de un médico debe ser una compañera que no confunda ni estorbe, que vea lo cotidiano y que también comprenda lo que nos preocupa.

     -Pide demasiado, doctor. Ellas tienen sus propios problemas, están tan confundidas como nosotros.

      -Mi Ada era una mujer muy culta, tenía sus opiniones, pero nunca me contradijo. Sabía cuál era su deber.

    - ¿Su deber?

    -Como esposa, me refiero.

    -Ya, ya le entiendo. Una especie de sacerdocio, o de régimen castrense. La obediencia debida o la consagración a Cristo. Todo perfecto en los papeles del acta de matrimonio, o en el concubinato, como nuestros hijos, no importa, el compromiso es el mismo. Pero déjeme decirle una cosa. Mi mujer, la madre de Ceci, está en casa. Usted se preguntará por qué no vino. Tiene Alzheimer, doctor, está en una silla de ruedas desde hace dos años. Era militante de izquierda, marxista leninista, si quiera llamarla así. Su voz y sus razonamientos resonaban en la calle y en casa como en un templo. La fuerza que tenía, la inteligencia que a veces aún se ve en su mirada. No me reconoce, y Cecilia ya no viene a verla porque la hace sufrir. Yo me deshago entre las dos, una casi muerta, la otra muriéndose. ¿Qué me dice, ahora? ¿Cuál es el papel de nuestras mujeres en el matrimonio? Yo solamente tengo tiempo para preguntarme cuál es el mío.

     Mientras yo lloraba en silencio, Bernardo dijo:

     -Voy a llevar los huesos al perro de la esquina.

     Se levantó y juntó los restos en una bolsa.

 

     Ya ves, Ceci. Sigo contándote de la misma manera aburrida y desordenada. Pero ahora que lo pienso bien, ¿no es esto una contradicción? El desorden altera la rutina que provoca el aburrimiento, y sin embargo, mi desorden se ha vuelto una costumbre, y como toda costumbre, lleva al aburrimiento. No sé contar como vos, literariamente. Sólo escribo bien cuando me dedico a labores científicas, y eso ocurre porque la estructura metodológica me sirve de esqueleto y protección. Como un escarabajo, tal vez. Un esqueleto cartilaginoso aparentemente fuerte, pero demasiado frágil. La pisada de un hombre lo destruye, la pisada del monstruo. Eso somos: bestias destructoras de teorías. El hombre es un animal de rapiña, no recuerdo quién lo dijo. Si se limitara a destruir teorías, que son nada más que hipótesis, en esa destrucción se engendra el germen de la construcción. Pero cuando destruye la belleza, como un poema, esa síntesis incomprensible de cuerpo y espíritu que la humanidad ha logrado amasar lenta, parsimoniosa y cruelmente a lo largo de los siglos, aún a costa de su propia tranquilidad. Porque la tranquilidad de la ignorancia y la pereza es una paz siempre amenazada por los volcanes interiores. Somos cuerpo, (por eso somos tierra), huesos (y las rocas nos sorprenden con su fragilidad), sangre (la lava roja que se enfría y deja manchas indelebles, que no puede ser revertida a su continente, que se pierde y con ella lo que llamamos vida y no sabemos de qué se trata en realidad).

      Por eso no entendemos la enfermedad, y mi padre, que tanto se ha jactado de su practicidad en la resolución de las cosas, ahora se ha visto con lo que no entiende. La A se ha convertido en B, y la B de pronto se revirtió en una engañosa W, ¿o en 8, tal vez? Confundiendo los términos tan lastimosamente prendidos. No se mezclan sin impunidad peras y manzanas. Las teorías atómicas no coinciden con el bisturí del cirujano. A veces es más fácil confundir un niño espástico con un pájaro muerto en la vereda.

      El lunes fuimos al hospital. Vi a mi viejo caminar con deliberada lentitud por los viejos pasillos descascarados, cruzándose enfermeras que lo miraban y sonreían con sorna al verlo vestido como un gaucho elegante, o como un médico disfrazado. Los colegas jóvenes lo saludaron con respeto cuando lo presenté. A Mateo primero porque lo encontramos en la entrada, pero no nos ofreció mucho tiempo porque tenía a su hijo otra vez internado. Luego llegamos a la habitación de Vicente Larriere. Estaba despierto, desnudo bajo la sábana. El pecho estaba flaco, igual que la cara, piernas y brazos, pero el vientre era una bola grande, que, aun pecando de estúpido, era muy parecida a la de una embarazada. Mi viejo me miró mientras yo palpaba el abdomen de Vicente. Es un hombre amable, algo tímido, o más bien reservado. Tiene poco más de treinta años, y su única familia son su padre y su hermana. La madre murió en Francia cuando los chicos eran adolescentes, así me contaron. Luego de esa orfandad, las relaciones que antes prácticamente no existían entre ellos y yo se hicieron imposibles, porque iban y venían de Europa. Vicente estudiaba agronomía en Amsterdam y Natalia en el conservatorio de París con Bolanger y Ansermet.

      - ¿Cómo se siente hoy? -le preguntó papá, con su tono campechano, que a los residentes que entraron poco después hizo reír. Papá no les hizo caso, así como no hacía caso a las protestas de las viejas que rondaban la cama de los enfermos con sus yuyos o a los chicos que saltaban o a los perros que ladraban. Es admirable esa peculiaridad de su carácter, que al fin de cuentas es un don de algunos médicos: el abstraerse a todo lo que no sea el centro de atención de su pensamiento en tales momentos.

      Larriere se encogió de hombros.

     -Como siempre, doctor. No me duele más que cuando se mueven.

    Miré a mi viejo porque todavía no sabía con exactitud lo que él pensaba. En el camino me había hablado de la larga enfermedad de los Larriere, una herencia familiar que se manifestaba en la segunda o tercera década de la vida de los varones. El padre sufría de lo mismo, pero en su caso había una latencia admirable. En el hijo, en cambio, los síntomas fueron prematuros y siempre intensos. Había ocasiones cuando su vientre se abultaba hasta el límite de lo soportable del dolor, y papá estuvo a punto de operarlo. ¿Por qué no lo había hecho? le pregunté. No supo contestarme más que con evasivas. No era propia de él esa duda. Si se hubiese tratado de mí, como cuando me quedé parado viendo el accidente de mamá, habría significado una ignominia.

     Ese era el centro de su carácter, ¿entendés? La estabilidad en un centro que nunca variaba, como un sol alrededor del cual girábamos todos los demás, familia, amigos y pacientes. El mundo, en definitiva. Y ahora, sin embargo, los conocimientos, que en su universo eran tan eternos como ese centro que creía estable, se habían tergiversado. Las letras se mezclaban, cambiaban de significado, y se sumaban números formando códigos. Ya no regían la tabla periódica ni la nomenclatura anatómica, sino esos códigos tan difíciles de memorizar como de pronunciar.

     Un árbol es un árbol, y crece en determinadas condiciones. Pero un hombre no es un árbol cuyo tronco lastimado forma cicatrices en la corteza, ni una conducta es la invariable sentencia de una forma de ser.

    Nos escuchó hablar con el oncólogo, intercambiando opiniones, planteando hipótesis de diagnóstico y métodos de estudio. Radiografías, radioscopias, análisis de sangre y fluidos, punciones abdominales. Teníamos un tomógrafo computado que el gobierno había comprado en Estados Unidos, pero el técnico argentino recién se estaba formando. De todos modos, decidimos que someteríamos a Larriere a ese estudio.

      Cuando estábamos en la sala de médicos, ya no tuvimos tiempo de hablar sobre el caso. Los antiguos colegas de papá aparecieron uno tras otro. Compañeros de la facultad en su mayoría, a los que no había visto desde que se había vuelto al campo. Yo estaba de más, por supuesto. Creo que hasta se olvidó de mí cuando se fue con el padre de Mateo. Yo no lo sabía, pero habían sido amigos en la cátedra de Anatomía e Higiene. Me sentí bien por él. Lo había visto salir de la habitación de Larriere con un gesto preocupado, muy parecido al que tenía cuando murió mamá. Lo que no encajaba en sus esquemas no solamente lo preocupaba, sino que lo enfurecía. El dios de sus costumbres era estático, pero el hospital Rivadavia lo había desestabilizado: las camas eran máquinas, las enfermeras titubeaban y los médicos hablaban en jeringosa. Te reís, claro, pero así fue como me lo dijo. A veces me sorprende, porque él también es humano, por supuesto. Critica la mecanización de a medicina y sin embargo él lucha por sostener en pie las estatuas de los antiguos galenos. ¿Unas u otras? Y mientras tanto, el conocimiento fluye más rápido que nuestra comprensión. Escribir manuales lleva tiempo porque implica un factor que la tecnología no contempla: la intuición de la creación. Vos bien lo sabés: en una lista de compras también participa el espíritu del hombre.

      El miércoles llevamos al Larriere a la sala del tomógrafo. Ya lo había visto funcionar en dos ocasiones, pero había solamente tres en Buenos Aires, y el técnico iba y venía, y se lo tomaba con tranquilidad. Poner en funcionamiento el aparato llevaba un par de horas, y a veces el equipo satura el sistema eléctrico y se cortan las luces en las habitaciones, lo cual no es grave, pero también las de los quirófanos. Mientras, conversábamos en la sala técnica, llena de paneles con controles y monitores; y tras el ventanal, el gigante en cuya boca habíamos introducido a Larriere. Hubo que sedarlo, tenía miedo. Acostumbrado a las extensiones del campo, el estrecho túnel era sinónimo de claustrofobia.

      -Esto no tiene futuro-dijo mi padre, con las manos a la espalda y el ceño fruncido, más asustado que ofuscado.

      El técnico no ocultó la sonrisa, con la vista fija en los botones y perillas. Nosotros, los médicos, dudábamos de lo que veíamos, pero nos fascinaban las imágenes que observamos en las placas sobre los negatoscopios. Apagamos las luces grandes, y contemplamos los quistes blanquecinos en el abdomen de Vicente Larriere. Los que no entendían, y éramos quince médicos en ese ateneo convocado por aquel caso tan especial, se callaron la boca todo el tiempo que duró la reunión. Sólo hablaban mi padre, por su conocimiento de los antecedentes, e insistiendo siempre en hacer encajar lo que veía con sus ideas previas (pero casi siempre fracasaba cuando quería poner un cuadrado en un círculo, y los espacios que quedaba vacíos, los anulaba). Los Ibáñez, padre e hijo, opinaron que eran pólipos malignos, las imágenes no hacían más que confirmar los resultados de las biopsias, que hasta ese momento estaban inconclusas y para nada determinantes. Los anátomopatólogos se encontraban con resultados contradictorios con cada muestra que tomaban, y la ambivalencia, finalmente, fue su criterio. Pero a los cirujanos eso no nos sirve para nada, y tampoco creemos necesitarlo. Llegados a la zona de la duda, hay que explorar como en una selva virgen o en un desierto helado. Es como meter la mano en un espacio oscuro: el éxtasis es una simbiosis de temor y plenitud. El resultado, en la mayoría de los casos, es la frustración.

     Esto fue hace casi dos semanas, y ya sabés lo que pasó. El ir y venir de mi padre con su cara ofuscada y sus rabietas. El uso de nuestro teléfono para atender sus casos en el pueblo. La irritación constantemente en aumento. Pero él único que se siente bien ahora es el enfermo que provocó toda esta situación. Quiere irse a la estancia con su familia. He visto a la hermana luego de tantos años que por supuesto no la reconocí. Se hospeda con una vieja amiga de la familia en Palermo, una reliquia de antigua aristocracia, los Martins. Quiere llevárselo, pero me ha dicho:

    -Doctor, si decide operarlo, quiero que lo haga usted.

    Comprendí, las manos de mi viejo están desgastadas. Sus dedos se convierten en ramas cuando lo ataca la artritis, aunque él se esmera en esconderlas, pero el dolor brilla en sus ojos, y él no es una estatua como las que idolatra, ni una pieza anatómico que ya no llora. La anotomía es feliz porque es bella, y bello tanto lo teratogénico como lo normal. ¿Cuál elegiremos, llegado el caso? ¿El espástico que se parece a un cuervo o al David de Michelangelo?

     En fin, papá me echó el fardo encima. Debe irse, sus pacientes lo esperan, sobre todo los que puede salvar. Veo en su cara que se lamenta de haberlo traído, porque ha esculpido la estatua del fracaso en su conciencia. Las máquinas, la modernidad, la tecnología, las costumbres son los materiales. Antes la enfermedad y la muerte no tenían misterios. Eran garrapatas que podía desprender fácilmente de la conciencia y del cuerpo de la gente. Lo que debía morir, se dejaba morir, aún con el escalpelo en la mano intentando extirpar el demonio interno. Las viejas civilizaciones con sus médicos brujos lo sabían: se extirpa una masa y no la mínima entidad. Y la masa puede ser un planeta como un tumor en el cerebro. Todo depende de los ojos que observen.  La obsesión por descubrir el microcosmos es una fuerza que nos revierte al macrocosmos, y no la podemos detener.

      -Don Isidro Braulio, ya te hablé de él. Tiene cáncer de próstata. Si lo vieras al viejo, se lamenta más de sus testículos, duros e inservibles como piedras, que de la muerte. Se empecina en recordar los viejos tiempos con las mocitas del pueblo, allá por los años veinte, cuando era un pibe calentón. Noventa años tiene ahora, y morirse así, solo, además, porque el hijo, tu mujer lo conoce, creo, es un maricón que no quiere saber nada del padre. Por eso tengo que ir y hacer algo.

     - ¿Y qué vas a hacer? -le pregunté.

     -Cortarle los huevos y decirle que ya no se meta más con las pendejas con trenzas.

     Me quedé mirándole.

     La ironía, al fin de cuentas, en cierto modo lo redimía.

 

 

 

3

 

 

Durante más de medio año, Larriere entró y salió del hospital muchas veces. No siempre Bernardo me tenía al tanto, y luego ya no me comentaba nada, aunque lo veía con una expresión preocupada y ensimismado en pensamientos que parecían vagar por libros memorizados después de haber luchado con prejuicios internos. La lucha de las ideas contra los principios enraizados en la médula de los huesos -según se permitía decir, vagando por lirismos no bien vistos en los médicos prácticos - estan las habitaciones del alma. Creo que fue Herófilo el que dijo que el alma estaba en algún sitio del cerebro, ¿pero por qué allí?, se preguntaba Bernardo, que al fin de cuentas y luego de tantos siglos, sabía más que el elemental Herófilo, si es que existió tal personaje.

      Vicente Larriere hizo quimioterapia, tomó medicamentos, se sometió a radiaciones, pero cuando decidieron operarlo, se negó una y otra vez. La hermana, yo nunca la conocí, lo acompañaba al principio, pero después el muchacho venía solo a Buenos Aires, iba al hospital por las mañanas y en las tardes se encerraba en su cuarto del hotel en la esquina de Libertad y Lavalle, oscura como todos esos edificios viejos, de paredes anchas que no dejaban entrar el ruido del tráfico. Tal vez se acostaba en la cama y sentía el movimiento de sus habitantes interiores. Los pequeños monstruos que los estaban enfermando para sobrevivir. Yo todo esto lo imaginaba, por supuesto, luego de escuchar a Bernie hablar larga y tendidamente de las hipótesis de diagnóstico. Cuando no hay un diagnóstico definido, se achaca todo al cáncer, como una gran bolsa de muerte que lo acepta todo. Y bienvenidos sean, dice Ella, la Parca con la hoz o simplemente una vieja cargando una bolsa donde entra absolutamente todo porque nunca termina de llenarse. Y no tiene peso porque está llena de almas. ¿Tiene el alma un tamaño o una medida? He leído algún relato de Beltrame conjeturando sobre eso. No es extraño en él tal tema, su propia alma debe preocuparle mucho.

     Pero Larriere fue desapareciendo lentamente en las conversaciones en nuestro triste palacio del tercer piso sobre Sarmiento, a cuadras de los arcos del Abasto, el gran ministerio del mercado ahora cerrado y eternamente en vías de remodelación. Y comenzaron otra vez las discusiones, por trivialidades, inconformismos, exigencias e intolerancias, absurdos que desgastan el amor y someten al cariño restante a una prueba innecesaria todos los días.

     Cuando ya nos estábamos acostumbrando a esa rutina, murió el viejo doctor Adalberto Ruiz. Un llamado desde el pueblo en plena madrugada del sábado. Bernardo se levantó y fue hasta la cocina donde estaba el aparato sobre una mesita al costado de la puerta. Fue protestando, con la idea fija de que lo llamaban de la guardia. Lo escuché hablar apenas con monosílabos que podían ser de asentimiento o negativa. Colgó el tubo y regresó a la habitación. Sin mirarme, salió de vuelta y fue al baño. Escuché el chorro de la orina en el inodoro, intenso, luego suave hasta que se detuvo, pero él no regresaba. Me levanté y fui a verlo. Estaba sentado en el inodoro, desnudo y con las manos tapándose la cara.

    - ¿Qué pasa, Bernie?

    -Voy a ducharme, hacéme el favor de abrir el grifo.

    Así lo hice, y mientras el agua corría y se iba entibiando lentamente, pregunté otra vez:

    - ¿Una emergencia?

     -Algo así, Ceci. Pero ya no hay nada que hacer.

     - ¿Se murió Larriere?

     Me miró y se rio.

     -No, ese todavía sigue vivo, y tiene para mucho, me parece. El que se murió esta vez es el médico. Mi viejo, Ceci, por fin se fue.

     Se levantó y se metió bajo la ducha. Lo observé como si lo viese por primera vez en mi vida, mientras él dejaba que el agua le cayera sobre la cabeza y recorriese su cuerpo, aliviándolo, tal vez. Me saqué la ropa y lo acompañé. Abrió los ojos que tenía cerrados mientras el agua lo aclimataba a una sensación que iba buscando en su interior, y que no sabía era el cuerpo el que debía entregarse. Siempre el cuerpo, eso yo lo sabía bien. El dolor físico domina el alma. Por eso quise consolarlo y lo abracé, intentando pensar cuánto tiempo había pasado en que no teníamos tal intimidad. Apoyó la cabeza en mi hombro y se puso a llorar, creo, o era el agua de la ducha que intentaba ocultar el patético llanto de un hombre que creía no haber amado nunca a su padre, y por el que sin embargo se lamentaba como un chico abandonado.

 

     Juntamos algunas cosas rápidamente en un par de bolsos, Bernardo llamó al hospital y salimos a las siete de la mañana con el auto, el Falcon que Ibáñez le había vendido para comprarse el Peugeot en el que podía vérselo ir venir por todo Buenos Aires y La Plata.

      Llegamos al mediodía a General Lavalle. Recorrimos las calles tranquilas que yo visitaba por primera vez, y que en otra ocasión habría disfrutado. El clima del campo era influenciado agradablemente por la cercanía con la costa. Las arboledas de la entrada hacían sombras intermitentes en el camino, y bajando la ventanilla pude oler el aroma de los eucaliptus. Entonces me sentí invadida por la intensidad de ese aroma, que por un instante me asustó, porque en la radio estaban transmitiendo la sinfonía Pastoral, y el contraste con la situación que estábamos pasando, me inquietaba. De qué me sirvió, me dije, tanto libre pensamiento y el supuesto ateísmo de mi madre, si brotaban tan fácilmente los reparos estéticos y morales del catolicismo. Como la prohibición tácita de escuchar música en Viernes Santo o comer carnes rojas durante la Cuaresma, el sentirse feliz cuando alguien ha muerto apenas unas horas antes, representaba una especie de blasfemia. Los resabios de la Inquisición, tal vez. Las opresiones morales y las vergüenzas estaban a flor de piel.

     Miré a Bernardo, con las manos sobre el volante y la mirada fija en el camino, escuchando, sin duda, los compases magníficos del Beethoven bucólico y trascendental. Le toqué el hombro y me observó un instante, tenía los ojos más que tristes, resignados. Esperaba la libertad con esa muerte, probablemente, y hasta quizá se imaginaba saltar por esos campos al ritmo beethoveniano. Pero de pronto se veía parado en medio de la llanura, y solo, porque el viejo que siempre lo había acompañado, ya no estaba. Vi su frente fruncirse en extrañas arrugas de pensamientos inciertos, que yo adivinaba retorcidos porque se buscaban a sí mismos, si es que no se estaban devorando porque no tenían otro alimento que su misma carne de ideas conceptuales. Y de pronto detuvo el auto frente a una casa vieja de paredes grises, techos altos con ornamentos del siglo pasado, puertas y ventanas altas y angostas, y una reja inmensa que dejaba ver el patio interior, lleno de plantas y un viejo aljibe. Ahora su cara florecía, y por eso apagó la radio. La felicidad no era completa, simplemente se trataba de un maquillaje que el recuerdo suele dibujar en las caras ingenuas. La memoria es una vieja cascarrabias que gusta de burlarse de los chicos, como este niño grande que se había extraviado por primera vez en plena calle.

     Bajamos y Bernardo empujó la puerta enrejada y recorrimos el pasillo fresco hacia el patio. Varias personas se habían congregado allí, unas conversando, otras dando vueltas bajo el emparrado, otras mirando el reloj y recorriendo el pasillo hacia la vereda de adoquines en espera del servicio mortuorio.

     Bernardo me presentó con algunos: la tía Edelmira, prima de la madre, soltera; una chica gorda y de aspecto mongólico que se reía y lloraba simultáneamente y a la que la tía Edelmira agarraba de la mano con fuerza singular y patética; un hombre alto y fornido que era don Isidro Braulio, al cual tuve que avenirme a hablarle por conocer yo al hijo, del que quería noticias a pesar de los años de rencores o de qué sé yo. Había vecinos del pueblo, y se sumaron muchos otros, todos pacientes del doctor Ruiz, que se llenaban de alabanzas y lamentaciones las bocas que también saboreaban las empanadas y el vino que las primas Sara, Eva, Aurelia, Clara y Rosa habían traído desde sus casas a tres cuadras. Eran sobrinas del doctor, hijas de un tío de Bernardo que había muerto de ántrax en la ya olvidada epidemia de los años treinta. Las cinco habían nacido con un año de diferencia, y el padre había muerto un año después. Las chicas, no sé cuál de todas, me decía entre risas veladas que la madre lo había matado para que no la embarazara más. ¿Era tonta o se hacía? Las otras no me parecieron distintas, pero un leve rasgo de despiste se acentuaba hacia la más chica.

     ¿Era eso lo que Bernardo me había insinuado tantas veces en Buenos Aires las pocas veces que hablaba de su familia? Una tara congénita que se manifestaba sólo en ocasiones y en ciertos individuos, y que provenía de ambas familias. Y se trataba de mujeres en todos los casos, porque los varones escaseaban en esas familias. Recordé a los Larriere y sus enfermedades crónicas que se daban en hombres casi exclusivamente.

     La vieja casona era antigua y grande. No sé cuántas habitaciones había alrededor del patio. Puertas y más puertas casi todas iguales que llevaban no sólo a dormitorios, sino a cocinas y baños. Todo en una extensa planta baja que imitaba el campo llano y los escasos árboles que daban sombra sobre la recova: laureles, jazmines, rosales, limoneros, nísperos. El olor era tan variado que nunca era el mismo cuando uno se desplazaba unos pocos metros. El camino de lozas estaba bordeado de mosaicos y azulejos, macetas de barro con asas rotas, y en el medio el aljibe blanco y clausurado con una tapa que protegía de las caídas. Pero no había chicos que pudieran asomarse y caerse. Ya todos estaban crecidos, y me pregunté si tal vez las chicas Ruiz habrían tenido alguna vez la osadía de asomarse al fondo oscuro.

     Me senté en el borde de un cantero, con las piernas cansadas. Los hombres me habían ofrecido sillas, que rehusé porque quería ir del brazo de Bernardo, hasta que todos reclamaron tanto su atención que ya parecía haberse olvidado de mí. Una tras otra, las chicas me trajeron refrescos y empanadas. Miraban la hora cuando surgía un bache insalvable en la conversación, y miraban hacia la tapa del aljibe.

     - ¿Por qué lo tapiaron? - pregunté a la que debía ser la segunda o la tercera. Todas eran rubias de tono oscuro, peinadas con rodetes en diversas posiciones, y con eso me conformaba para diferenciarlas un poco.

      Se rio, tomando un sorbo del vaso que me pareció tenía vino.

     -Nos caímos, señorita.

     -Llamáme Ceci, por favor. ¿Ustedes? ¿Cuál?

     -Todas, Ceci. La primera fue Sara. Se rompió la cabeza, así me dijeron porque no me acuerdo. Pero mamá hablaba todo el tiempo de cómo fueron las caídas de cada una a medida que nacíamos. Sara fue la primera y se hizo un corte en la frente, por eso se tapa con el flequillo. Casi se muere. La atendió el doctor, que también la sacó del pozo con una cuerda. “Estuvo al borde de la muerte”, así dijeron en casa, en el pueblo y en la iglesia. La atendieron tanto que se hizo muy maleducada, no como nosotras, señorita. Es muy malcriada y pretenciosa. Usa la cicatriz para mendigar atención de los parientes. Siempre tuvo los mejores regalos de cumpleaños y de navidad. Entonces nosotras hicimos lo mismo, nos caímos…

     -Una tras otra, supongo…

     -Sí. Yo me rompí un brazo porque me lo enganché en la cadena, y quedé colgada. Me despellejé toda. Casi me arrepentí cuando me vi el brazo en carne viva. Pero lo que siguió después valió la pena, los regalos y las atenciones.

    Me mostró la piel llena de cicatrices bajo la manga del vestido.

    -Después siguió Aurelia, una noche que iba caminando como sonámbula. Cayó de pie en el agua del fondo. Se rompió los talones y estuvo con yesos durante seis meses. Esa nos ganó, imagínese seis meses en cama, con comida en bandeja y sin escuela. Bueno, después se cayó Clara… ¿Pero quiere que le siga contando, porque van a llegar los de la funeraria?

    -Seguí contando, querida…

    -Bueno, mi hermana se cayó jugando, no lo hizo deliberadamente. Saltaba la cuerda tan bien que se armó una escalera hasta el aljibe, porque es lo único alto que tenemos por acá, a la calle no nos dejaban salir a jugar y el techo todavía no nos atraía demasiado.

    -Sí, imagino que los pozos negros son más interesantes…

    - ¿Cómo lo sabe?

    -También soy mujer, Eva, pero seguí…-Ya veía en esa historia un buen artículo, o por lo menos un relato a publicar.

    -Clara se había negado porque mamá contaba los sufrimientos por los que había pasado por sus hijas y ella no quería hacerla llorar. Las tres nos burlábamos de ella por el miedo.

    -Pero esperá un poco, ¿por qué no tapiaron el aljibe desde que se cayó la primera?

     Se encogió de hombros.

     -Lo usaban…

      -Me parece raro-dije. -Ya los aljibes están todos secos, salvo por el agua de lluvia, y no me vas a decir que tomaban de esa agua…

      -No, Ceci, tenemos canillas para eso. -Y se reía, la tonta, encontrando de pronto la ocasión de burlarse de alguien que creía más inteligente.

     -Está bien, ¿y qué pasó con…Clara, no?

     -Como no se quería caer, la empujamos.

     Treinta segundos de silencio, dos sorbos cortitos de refresco o vino, lo que fuese.

     - ¿Y qué se rompió?

     -Nada, pero la picó un alacrán que estaba en el fondo. Tuvieron que cortarle un pie, el doctor la operó. Es esa que cojea, ¿la ves?

     Me señaló una chica que rengueaba mientras llevaba la bandeja de grupo en grupo. Ya casi no había espacio en el patio. Las ramas de los arbustos eran empujadas por los que caminaban entre los senderos, gente que se reencontraba después de mucho tiempo. Hubo saludos y muchas risas que intentaban atenuar con cambios de voz bruscos y desatinados.

      -Queda una, ¿no?

      -Rosa, sí. Esa no quería saber nada, y aunque la forzamos, se puso a gritar y mamá llegó corriendo. Nos denunció, ¿podés creerlo? Así que mamá ordenó a papá que pusiera la tapia. La tía Edelmira se negó un montón de vez. Hizo reclamos en la municipalidad. Allá la miran bien.

    - ¿Tiene influencias?

     - ¿Qué sé yo? A lo mejor es porque fue ayudante del doctor mucho tiempo.

     Se me ocurrieron ideas.

     - ¿Y ya no?

     -Creo que se peleó con el doctor, desde que yo los conozco se miran raro y no se hablan. Todo por el aljibe, ¿sabés? Siempre viene gente de la municipalidad a buscarla y ella sale corriendo para atender cualquier urgencia de bebés y otras cosas.

     Pueblo chico, infierno grande, pensé con todas las letras. Toqué la tapa, y me dije que el negocio se había clausurado por un tiempo.

     - ¿Y esa chica enferma, la gordita, que está con la tía?

     -Esa es mala, Ceci, ninguna de nosotras le habla. La acusan de…-. Acercándose a mi oído, pronunció la palabra lascivia.

     Miré a los hombres alrededor. Casi todos eran del pueblo, pero muchos eran desconocidos. Gente de las ciudades vecinas, quizá de toda la provincia, y de Buenos Aires. Abortos, venta de bebés, el tradicional negocio de los pueblos. La droga es de las ciudades, la prostitución también, pero en el campo los chicos nacen como conejos, y todos tienen la misma mentalidad de esa especie.

    Entré a la sala donde velaban al viejo. Bernardo estaba sentado una silla contra la pared. A ambos lados había dos mujeres que parecían dos plañideras sacadas de una novela italiana. Cuando me vieron, se levantaron y se fueron. Me senté al lado y le agarré una mano.

    - ¿Cómo te sentís?

     Se encogió de hombros. Un rato después, no pude evadir la curiosidad.

     - Vos sabés lo que pasa acá, ¿no? -Hice un gesto mirando afuera, al patio.

     -Nací acá, Ceci.

     -Entonces tu papá te hizo un favor dándote motivos para irte.

     Iba a contestarme algo que intuía no iba a gustarme, pero nos interrumpió un hombre que se paró frente a nosotros y extendió la mano para saludarnos. Bernardo lo miró, pareció dudar apenas un instante, y de pronto se levantó y ambos se abrazaron.

     No tenía hermanos ni primos varones. Era un hombre de su edad, apenas un poco mayor quizá. De barba rizada y algo larga, cabello largo hasta los hombros, castaño oscuro y ojos celestes como un cielo despejado.

     -Mi pésame- dijo, en un acento francés inconfundible, tal vez de la Provenza o la Bretaña, con los labios casi pegados al hombro de Bernardo.

    Debían ser muy amigos, porque no lo había visto emocionarse con nadie más de esa manera. Se dio vuelta y me presentó.

    -Cecilia, él es Mauricio Dergan.

    Se miraban con una sonrisa emocionada, palmeándose las espaldas como si no pudiesen creer aquel reencuentro.

     -Ceci, él es el motivo por el que me fui del pueblo.

     -No entiendo…

     -Al viejo -dijo Dergan- …perdonen ustedes…al viejo doctor yo no le caía bien. Nunca supe por qué, pero así son los padres, se empecinan en elegir las amistades de sus hijos, y sobre todo siendo Bernardo hijo único tenía puestas todas las esperanzas en él. Yo era una mala influencia en esa época, y lo sigo siendo.

    La broma, que no debía serlo, enlazó aún más su complicidad.

    Salimos al patio y nos sentamos. Eran las dos de la tarde y el servicio fúnebre aún no había llegado. Me contaron de los viejos tiempos, sobre la tragedia de los hermanos Espinoza.

    -Todavía se los ve por acá, renegando con la tierra, más pobres que lauchas.

    - ¿Y usted qué hace, Mauricio?

     -Soy veterinario, Cecilia.

    Me habló de su infancia en Europa, su venida a la provincia, y no fue necesario me aclarara más. Tenía un petaca de whisky que sacaba sin disimulo del saco, empinando el codo y apartándose el cabello largo. Pero el alcohol es un síntoma, nomás, en él. He visto muchos, y sabía que para Bernardo no había ningún misterio. Me di cuenta de la palidez de su cara y sus manos, que resaltaban en el marco de la ropa oscura y que noté desgastada por el tono brillante en los codos, el cuello y el borde de las mangas. Tenía el pantalón negro con manchas de sangre oscura y seca que pasaban por simple suciedad para cualquiera que no hubiese visto las manchas de sangre en la ropa de un profesional de la salud. Su conversación era culta y educada, no levantaba la voz, pero yo intuía era de aquellos que reservaban la ira para determinados momentos donde coincidían la frustración y el resentimiento. Eran explosiones, estallidos de los cuales era conveniente alejarse o mantener el silencio. Yo lo sabía, Bernardo, con algunas diferencias, tenía el mismo temperamento.

     Y Bernardo lo miraba hablar con un extraño regocijo en la cara que hacía mucho tiempo no veía. Al principio me sumaron a la conversación, pero luego empezaron a hablar de los viejos tiempos, y entonces Bernie se restregó los ojos con el puño de la mano derecha, como hacen los chicos muy chicos. Dergan le agarró la otra y le dio unas palmaditas de cariño, haciéndome cómplice con un guiño. Yo le agradecí esa ayuda, porque la distancia emocional había hecho estragos en nuestra pareja, y no sabía yo cómo comunicarme con él. Me pregunté, entonces, si no era realmente yo quien se estaba distanciando. Como dos que caminan juntos, ensimismados y con la vista baja fija en el suelo de tierra y polvo, sus pasos se desaceleran: uno va más rápido, o el otro más lento, o ambas cosas a la vez. Cuando levantamos los ojos, advertimos que debemos mirar adelante o atrás, y tal vez, con suerte, aún podamos ver al otro.

      Bernardo se levantó de la silla y volvió a entrar El ataúd seguía abierto. Lo acompañamos, permaneciendo detrás. Lo sentimientos contradictorios fluían en el rostro de Bernie, tanto por la ira que se estaba manifestando como por la especie de liberación que había obtenido con esa muerte. Dergan se le acercó apenas vio el movimiento de los hombros y lo abrazó. Parecía contenerlo, no en su pesar, sino en su ira, como sujetándolo para que no se pusiese a violentar el cuerpo que ya no era responsable de sí mismo. El reclamo, pensé, que intenta manifestarse demasiado tarde, y lo sabe, por eso pena y se amarga y se revuelve en su propia impotencia. A veces el rostro de Bernardo era una suma contradicción de sentimientos y ánimos. La alegría intentaba ganar terreno cuando nos miraba: la placidez o la plenitud, no sé, cuando me observaba a los ojos, que se enturbiaba de pronto, exactamente como sucede en un cielo de verano sobre una playa del mar. El sol radiante de pronto se llena de nubes grises que se tornan negras, y el frío se acrecienta, algo insondable está germinando en el aire, algo invisible que desespera por manifestarse. Ahora que el viejo había muerto, él era dueño de su conciencia, pero recién se daba cuenta de que su conciencia tenía varios dueños desde hacía mucho tiempo. Uno de ellos era una especie de terrateniente que explotaba las hectáreas (la muerte de la madre, la carrera de medicina), otro era una vecina (quiz yo) que ocupaba muy poco sitio, no demasiado exigente, pero a quien él le había otorgado ese terreno, temeroso de lo que el terrateniente pensara de la forma en que él Bernardo, ocupaba las propias tierras de su conciencia.

     Y allí estaba Mauricio Dergan, extraño para mí, pero que por la forma en que se comportaba, era dueño de más tierras que yo, y sin embargo su ocupación había sido siempre clandestina. Una zona que el viejo había condenado por execrable, pero que había sido reservada por Bernardo en la oscuridad, sin ser ocupada ni otorgada a nadie. Hasta convertirse en una zona muerta.

     Cuando se separaron, Bernardo permaneció con las manos apoyadas en el borde el féretro, como sopesando el peso del legado. El cuerpo tenía el peso de los enfermos que le había dejado, tal vez Larriere, quizá muchos otros, pero por encima de todos estaba el día del accidente en el campo, esos segundos de quietud ante la madre y su yegua que fueron su condena. El legado, entonces, estaba constituido por una sentencia.

     Apoyé las manos en sus hombros y mi cabeza en su espalda. No me dijo nada, ni extendió una mano para acariciarme. Lo vi, en mi imaginación, intentando mantenerse en pie, cargando un ataúd por delante y mi cuerpo sobre su espalda.

     Pasaron las horas del sábado. Me dijeron que el servicio fúnebre se había postergado hasta la mañana del domingo. Incontables vecinos seguían entrando y saliendo para dar su pésame a la familia y despedir los restos del doctor Ruiz. El intendente llegó con uno o dos colaboradores y hablaron largo rato con Bernardo. Él volvió a donde Dergan y yo esperábamos en un par de sillas bajo el parral, junto a una mesa llena de comida y bebida que iba renovándose a medida que las hermanas Ruiz cambiaban su turno de trabajo. Eran inagotables, y por un momento, ya cansada de tanta gente, pensé que era la misma, y las heridas de cada una parecían haberse juntado todas en una sola. Eran las siete y media, y ya había oscurecido y las luces del patio, en los viejos faroles, iluminaban las mesas, las sillas y la ropa de la gente que iba y venía desde la sala mortuoria. La Ruiz que ahora renovaba la mesa era una mezcla de todas. Tal vez yo estaba mareada y el azúcar en sangre estaba a niveles alterados, por lo cual creí ver en ella una cojera, un brazo roto, y cicatrices en la cara y en los brazos. Por un instante, la imaginación, que parecía estar atada a mi voluntad, me traicionó. Cuando ella ya se iba y la espalda me escondía todos esos extraños atributos, me di cuenta de que era la última de las hermanas, la que única que no se había “caído” al aljibe.

     - ¿Está cansada, no es verdad, Cecilia?-me preguntó Mauricio.

     -Si.

     -Aguante un poco más, así somo en los pueblos. No tenemos mucha paciencia para lo que podemos hacer nosotros mismos, vamos y lo hacemos. Pero somos lerdos, y hay cosas que no nos impacientan. Nos gusta estar hablando horas y horas de lo mismo o mantener el silencio escuchando ladrar a los perros en el campo. Nadie apura. Por eso el doctor Ruiz tenía tanto dominio sobre todos ellos. Su inteligencia había advertido el punto donde podía mover a voluntad la voluntad de los demás.

     -La culpa es un gran instrumento para eso-le dije.

     - ¿Lo dice por Benardo? Por supuesto, con él debía ejercer toda su potestad. Siendo su hijo, tenía su misma inteligencia e idiosincrasia. Debía lidiar con ambas.

     -Y ganó la guerra, aún después de muerto.

     -Quién sabe…

     -Veo que se aprecian mucho ustedes dos-. Me salió el sarcasmo. El resquemor lo incitaba.

     -Así es, Cecilia. La amistad entre dos hombres no puede ser definida. Es complicidad; es, diría, una especie de amor.

     - ¿Incondicional, más que el de una pareja, tal vez?

     -Usted me hace acordar a Ada. Era tan intuitiva como sólo un carácter como el suyo podía serlo. Sabía cuándo hablar o callar, cuándo acariciar o reprender. Aceptaba lo inevitable del carácter de alguien con una tolerancia que nunca era recriminada a quien se la otorgaba. O por lo menos la mayoría de las veces, lo intentaba.

      Bernie llegó y se sentó del otro lado de la mesa servida, despatarrado. Se sacó la corbata que había llevado todo el día y se desabrochó tres botones de la camisa.

     -El intendente quiere decir unas palabras de homenaje mañana en el camposanto.    

     Me reí.

     -Estamos en el siglo veinte, mi amor, ¿qué es eso de camposanto?

     -Así llamamos-me explicó Dergan-al cementario de Le coeur Antique, un pueblito de dos manzanas que está cerca. ¿No le contaste, Bernie? Ahí se entierran a las familias de la aristocracia de medio pelo de estas zonas.

    -Ya entiendo, un feudo. Es muy interesante todo esto, parece que los porteños somos unos ignorantes…

    Ambos no pudieron evitar reírse. Pero como si el cuerpo en la sala estuviese escuchando, Bernardo se calló de repente y puso cara compungida otra vez.

     -Usted puso el dedo en la llaga, Cecilia. Resumió en una frase contundente toda la problemática de la historia argentina.

    - ¿Y es un francés quien me lo dice?

     -Precisamente por eso se lo digo. ¿Qué es su literatura, su filosofía y hasta su derecho constitucional, sino un engendro nacido del espíritu francés, iracundo y educado al mismo tiempo, inconformista e irracional muchas veces? Una obrera parisiense que en medio de la revolución levantaba en alto los testículos que había cortado a un burgués en plena calle.

    - ¿Y nuestro padre?

     -Algún jesuita, posiblemente. Adusto, capaz, sabio y astuto, y todo eso mezclado en diversas dosis que han dado la molicie, la jactancia y la severidad.

     -El cabezadurismo…

     Dergan se reía a más no poder. Muchos lo miraban y decidió taparse la boca.

     -Sigan conversando, nomás. Me voy a dormir-dijo Bernardo, bostezando.

    -Voy con vos…

    -No, quedáte.

     Se fue y lo perdí de vista entre los demás.

     - ¿Dónde va a dormir?

     -En su vieja habitación de chico, supongo. Se la mostraré…

     Caminamos entre la gente, que lo saludaba con desgano. A mí, me desconocían. Recorrimos dos tramos de la recova interna, pasando por delante de varias puertas hasta que llegamos a una que tenía enfrente dos macetas de barro con dos plantas muertas. Golpeamos y entramos. Bernardo se había quedado dormido sobre la cama. El dormitorio era el de un varón de aquel lugar y de aquella familia: libros en gran cantidad, carpetas sobre un secretaire, cuadros en las paredes con reproducciones viejas y de tema campestre, varios crucifijos. El techo estaba descascarado y las paredes húmedas. La cama era amplia y tenía un acolchado tejido con piel de cabrito. El armario ocupaba toda una pared. Era tan alto que en el espacio que quedaba libre hasta el techo había valijas y bolsas con frazadas, probablemente, o quién sabe.

    Me acerqué y le di un beso. Él, sin despertar del todo, intentó agarrarme.

    -Los dejo, mañana nos vemos temprano-dijo Dergan.

    - ¿Y usted dónde va a dormir?

    -En alguna otra pieza, vivo lejos de acá y me vine en colectivo.

    -Espere, ayúdeme a sacarle la ropa porque yo no puedo sola.

    -Excuse moi.

    -No importa, me halaga que no me hayas visto como una inválida.

     Mientras él lo sostenía sentado en la cama, yo saqué la colcha con olor a vieja humedad. Busqué sábanas en el armario, y me llevó un largo rato abrir y cerrar cajones y recorrer estantes con cientos de cosas antiguas y ropa de chico y de hombre de otras décadas. Probablemente había heredado ropa del abuelo, que en ese entonces duraba mucho más que ahora, y lo habían acostumbrado a vestir de esa manera. Aún en estos tiempos iba a hospital con traje y corbata, y se cambiaba allá el ambo de guardia o se ponía encima el guardapolvo.

     Volví a la cama con las sábanas blancas y lisas que no estaban exentas de olor a naftalina.

Bernardo estaba sentado con los brazos colgando y apoyaba la cabeza en la panza de Dergan.

    - No es pesado, ¿verdad?

    -Para nada…

    -Entonces levántelo un poco que tengo que tender.

    Mientras yo lo hacía con exasperante, para mí, lentitud, observé la imagen de ellos dos como dos hermanos que tal vez nunca habían peleado. Cuando me di cuenta de que faltaba la almohada, salí a buscar otra. Buqué a las Ruiz, pero sólo encontré a Rosa con una bandeja vacía en las manos.

    -Sí, cómo no, señorita Cecilia. No vivimos acá, pero es como si fuéramos de la casa. La negra que trabajaba para el doctor ya está vieja y solamente le cocinaba y le tendía la cama.

     Esperé junto a una columna, viendo la muerte del velorio. Menos gente, menos ruido, y en poco más, el silencio de la noche que llegaba desde el campo cercano, encondiéndose en las grietas entre los adoquines, y solamente sorprendida por los pocos perros que se atrevían a delatarla. Pero poco podía ella, la noche oscura, contra ellos, sus insobornables mensajeros.

     Regresé con la vieja almohada de plumas. Me encontré con que Mauricio ya había desvestido a Bernardo y lo había cubierto con las sábanas, y el mismo Dergan estaba acostado al lado, con la misma ropa negra y el pelo desordenado cubriéndole media cara.

    -Mauricio-dije en voz baja.

    ¿Lo quería despertar, realmente?

    Acomodé lo mejor que pude la almohada bajo la cabeza de Bernie. Me encaminé a la puerta y los miré una vez más antes de salir. Me dije que las culpas se consuelan entre ellas, tal vez. Y yo, que no sentía culpas, llevaba como un cáncer el sentido trágico de mi vida.

 

 

 

4

 

 

El domingo a las seis y media de la mañana me levanté y fui al dormitorio de Bernardo. Los encontré a ambos ya casi vestidos para el funeral. Mauricio me saludó desde el baño, donde estaba peinándose con algo de gomina el pelo largo, y la camisa abierta dejando ver el pecho flaco y huesudo con vello crespo.

      Bernardo me besó.

      - ¿Cómo te sentís? -le pregunté.

      -Estoy bien, no te preocupes, Ceci. ¿Vos donde dormiste?

      -Con una de las Ruiz.

      -Dejáme adivinar con cuál - dijo Dergan, saliendo del baño, abrochándose la camisa.- Con la tuerta, imagino.

      -No hay ninguna tuerta-contesté.

      -Debería haberla…

      Agradecí el sarcasmo que nos rescataba del tedio y la pesadumbre.

      - ¿Vos cómo estás? ¿Te cambiaste las vendas? ¿Tomaste el antibiótico? Me olvidé de decirte que en el baño hay vendas…

      -Ya hice todo eso-lo interrumpí. - No te hagás mala sangre.

      Golpearon la puerta y se asomó una de las Ruiz.

      -Buenooos díaaas-dijo, estirando el saludo y cargando una bandeja llena. -Les traje el desayuno, y a usted también, señorita. Cuando volví al cuarto ya se había ido, pero imaginé que estaba con los señores.

       -Muchas gracias, Rosa, ¿no?

       Asintió y dijo que a las siete llegaban los de la funeraria. Cuando salió, Bernardo dijo:

       -Esa es la tuerta, tenía razón Mauricio. Cuando se cayó al pozo perdió la visión de un ojo. Cuando era chica se tropezaba con las cosas y miraba con la cabeza torcida, pero pronto se fue adaptando.

      -Pero las otras me dijeron que fue la única que no se cayó...

      -Eso es porque no se le nota nada y le tienen encono.

     Bernardo terminó de vestirse con el traje negro que había encontrado en el armario, viejo, pero que todavía le quedaba. Decía que debía ser el mismo que usó cuando se recibió de médico y le hicieron una recepción en el pueblo. Dergan, peinado y con su sobretodo oscuro que le tapaba la ropa desgastada, se veía extraño, como siempre, pero con una muy discreta elegancia.

    -Ustedes están muy bien, hacen buena pareja.

    -Dejáte de bromas, Ceci- me dijo Bernardo, y me trajo del placard un vestido de mujer.

    -Era de mi vieja, lo encontré esta mañana por casualidad. Lo usaba cuando era joven, antes de casarse, y lo que ya no usaba lo repartía en los armarios de los otros cuartos. Está lleno de ropa de ella y de papá.

     Me cambié y me miré en el espejo de luna de una de las puertas del mueble. Era negro, con encajes y volados discretos en las mangas y el cuello alto, me llegaba poco más debajo de las rodillas.

     -Te ves como Ada-dijo Dergan.

    Bernardo se me quedó mirando, como debió hacerlo aquel día del accidente. Sin moverse, sin acudir en ayuda de su madre. Y vi en sus ojos la preocupación por mí. La culpa, por supuesto, hacía de las suyas. Y yo representaba el objeto de su expiación.

     -Les darás envidia a mis primas-dijo, abrazándome.

     -Lo dudo mucho, tenés una familia muy singular.

    - ¿Y qué familia no lo es? - dijo Mauricio.

    Me di vuelta y le acomodé el cuello del saco. Le di un beso en la mejilla y le dije que le agradecía el cuidar a Bernardo.

     - ¿Y vos, tenés familia acá o en Francia? -pregunté, con mi frecuente falta de tacto.

    Se deshizo de mis manos apoyadas por un instante en su barba.

     -Mi familia son los perros.

    Como un presagio, se escucharon ladridos desde la calle.

     -Llegaron los funebreros-dijo Bernie.

     Salimos al patio. Como quince hombres vestidos de luto habían entrado. Unos esperaban en la puerta y en el pasillo a la calle. Otros organizaban a la gente en el patio, respondiendo preguntas y dando indicaciones con gestos compungidos. Cuatro se presentaron a Bernardo y le dieron sus respetos. Le pidieron acompañarlos a la sala mortuoria. Mauricio y yo nos quedamos afuera, escuchado los murmullos y el repiqueteo de los martillos en la madera del ataúd. Luego salieron cargando el féretro. Bernardo los seguía, se detuvo para que lo tomara del brazo y salimos a la vereda. Dejaron el ataúd en el coche fúnebre y nosotros subimos a otro. Entonces comenzó el viaje hacia el cementerio, o el camposanto, como lo llamaban.

      Primero fue la ruta, bajo el cielo despejado. Quince minutos después la abandonamos para adentrarnos en un camino de tierra. Cuando el auto dobló, miré por el espejo retrovisor la larga caravana que nos seguía, como si todo el pueblo nos acompañara. El sendero de árboles dejó lugar a una plaza, rodeada por las consabidas construcciones: almacén, forrajería y otros negocios que parecían cerrados. Luego seguimos otro camino que cada vez se fue haciendo más estrecho, hasta que nos detuvimos y bajamos. La polvareda que levantaban los autos nos llegó con el viento y por largo rato casi no pudimos vernos las caras. Luego vi que un grupo aparecía entre el polvo que iba asentándose lentamente, y a cuyos pasos volvía a levantarse. Era la gente que se acercaba, o personas solas, como el viejo Isidro Braulio que a pesar de sus propios achaques acompañaba al viejo doctor que lo había desamparado en sus esperanzas y se había enojado con él. Quizá hoy venía con culpa, o tal vez para ensayar una ceremonia que pronto lo tendría de protagonista.

     Y entre el polvo aparecieron cuatro viejas, como salidas de la tierra del camino, hechas ellas de barro seco y moldeadas bajo el calor de una fragua. O habían salido, tal vez, del yuyal escaso y seco de los costados, porque no había más que troncos mochos. Todas con vestidos pasados de moda, casi de la misma altura, sin maquillaje, el pelo recogido en un rodete en la nuca y un velo negro que ocultaba el color del cabello, nos saludaron dándonos el pésame. Sentí, al darles la mano, un estremecimiento que no supe definir, por supuesto, precisamente porque en la incertidumbre está la esencia de las premoniciones. Ellas se adelantaron al ataúd e iniciaron el peregrinaje haca el camposanto.

     Seguimos el cortejo detrás del féretro que los Gonçalvez, porque así se llamaban los operarios de la empresa fúnebre, cargaban en sus hombros. Bernardo me explicó que las viejas eran las dueñas de la empresa de pompas fúnebres, todas de familias aristocráticas venidas de Europa antes o durante las guerras. Yo las miraba caminar con tranquilidad y parsimoniosamente, pero cuando habían transcurrido casi media hora, pregunté:

    - ¿Falta mucho?

    Había dejado mis muletas en el auto, confiando en apoyarme en el brazo de Bernie, pero él estaba distraído, qué más podía esperar dada la situación, y a veces debía dejarme sola para atender a la gente que le hablaba. Se ofreció a regresar al auto a buscarlas, pero lo hice desistir de la idea. Continué el camino, rengueando y apoyándome en él. Los zapatos que me había puesto también era Ada, conquistada por esa ropa vieja y elegante que había encontrado en el armario. Pero la verdad es que la enfermedad no tolera elegancias, y por eso la muerte es tan atractiva. Su sofisticación se basa en la finura y la discreción de sus contornos.

      Al fin llegamos al campo amplio y lleno de lápidas de piedra entre arbustos bajos. El intendente y dos colaboradores estaban esperándonos desde una hora antes. Le habían armado un entarimado bajo y nos invitó a sentarnos a su lado mientras hablaba. Encomió la personalidad del viejo doctor, su dedicación al pueblo, su sapiencia y su generosidad, la bondad de su carácter y la abnegación al servicio de la medicina. Estaba seguro de que su recuerdo jamás desaparecería porque había legado a su hijo las mismas virtudes. El pueblo seguiría en buenas manos, dijo, porque en las manos del hijo estaba la sangre del padre.

    Una imagen extraña, me dije, que era seguramente una construcción gramatical deliberada y con intención certera. Vi que Bernardo dio un respingo, no sé si por sentirse obligado a quedarse en el pueblo o por el intenso deseo de librarse de su padre. Lo cierto es que todas las conjeturas estaban libradas a su propia imaginación, y por supuesto, a la mía, fuese por mi lazo sentimental con él, o por aquello que mi vieja decía que era la intuición femenina. Cosa de brujas, maldecía, abominando ese aspecto que condenaba a las mujeres al desprecio a la vez que la ignominia. Ella era de las pocas que había renunciado a la premonición del futuro por un pizca de un verdadero pensamiento racional.

      Terminó el discurso, se depositó el féretro en la fosa, se hizo el silencio. Sin pájaros, sin sonido alguno. Creí estar sorda por un minuto. No había viento, ni respiraciones, ni toses o el leve roce de una suela en la tierra seca. Hasta esperé escuchar el paso de las patitas del escarabajo que daba vueltas alrededor de mi pie enfermo enfundado en vendas dentro de un zapato de taco bajo.

    Cuando volvió la realidad, poque el sonido de las cosas es su sustancia, intenté levantarme para despedirme al intendente que se había acercado, pero no pude mantenerme en pie. Entonces el intendente me dijo que me obsequiaba la silla, y ordenó a los hombres del servicio que me llevaran hasta el auto. Lo hicieron con tanta delicadeza como lo hicieron con el ataúd, tanta que no sentí casi el más mínimo movimiento ni incomodidad, como si mi cuerpo estuviese practicando las sensaciones de la muerte.

    

     En la tarde, la siesta fue un turbio intermedio de polvo y silencio que inundó las calles de vuelta al pueblo y luego se asentó en el patio de la casona. Cada uno se metió en sus habitaciones luego de recorrer el embaldosado y rozar las paredes con zócalos y azulejos, como en el cuento de Mujica Láinez. Hombrecitos y duendes en un ámbito donde la luz negra es el mensajero de las criaturas extrañas.

     Bernardo y Dergan se fueron a caminar. Yo me acosté luego de tomar un calmante, que más era un sedante para hacerme olvidar el dolor. ¿Digo bien? Es una teoría, simplemente, cada cual hace experiencias con su propio cuerpo, se ingenia como puede para combatir al enemigo, el que vive conmigo, el que llevo encima, el que me habita, el que gritó conmigo el día en que nací. El mismo que se callará solamente cuando me muera.

     Por eso creía soñar cuando escuché los quejidos. Me di vuelta en la cama, adormecida por el calmante y el cansancio de las tensiones de aquel fin de semana que mi cuerpo había absorbido como si fuese responsable. Después abrí los ojos y miré el reloj sobre la mesita. Eran las cuatro de la tarde. No tenía idea de cuándo finalizaba la siesta en esos pueblos, pensaba que a las cinco, pero escuché pasos en el patio, corridas de mujer, y gritos atenuados por la cólera. Todo eso tenía las características sonoras de un sueño, es decir, de algo no escuchado sino imaginado. La imaginación del oído es extraña, más aún que la que ofrece la vista. Lo que se ve, aunque imaginado, está allí mismo, y sólo se corrobora la falsedad ante el escamoteo de las imágenes cuando queremos tocarlas. Pero las alucinaciones auditivas están en otro plano, me parece. Se escabullen a las certidumbres y aceptan cualquier explicación. Por eso, muchas veces no les hacemos caso. ¿Pero cómo evadir esas conversaciones ofuscadas y las frecuentes llamadas al silencio de bocas femeninas que decían “chist, chist” de un dedo sobre los labios?

    Eso es lo que imaginé que estaba pasando afuera. Me levanté y me asomé por la puerta al pasillo. Nada. Ya que estaba despierta, decidí ir a la cocina y prepararme un té, tal vez, o lo que hubiese. Mucho debió haber quedado en la heladera de los restos del velorio. (Otra solapada metáfora mortuoria, me dije). Sabía dónde estaba la cocina, pero nunca había entrado. Creo que di vueltas por el patio y me equivoqué ante puertas cerradas. Volví a escuchar un quejido. La voz me sonaba desconocida. Pensé en las mujeres que debían estar ese fin de semana en la casa. Las hermanas Ruiz no eran, seguramente, recordaba su voz, además no eran de las que se quejaban del dolor, sino que quizá, lo disfrutaban. La voz era de tono bajo y grave, pero sin duda era de mujer por el tono y el ritmo. El quejido sin palabras de un hombre es diferente, pero no sabría describirlo. Este que ahora escuchaba, llegaba desde la habitación del fondo, la que hacía esquina con lote baldío que ocupaba el resto de la manzana.

     Me paré frente a la puerta, de madera y sin ventana con cortinas interiores como las del resto de la casa. Pensé en anunciarme y preguntar, pero si lo hacía, los que estaban adentro, porque sabía que había más además de quien se quejaba, cambiarían de actitud, callándose y dejando de hacer lo que estaban haciendo. Y yo intuía que era algo que me interesaba ver, no por lo común sino por lo singular. Tal vez, lo inapropiado, quizá lo prohibido. Imaginé muchas cosas, vi solamente, al abrir, la gran cama con patas de madera y tacos extras para sostenerla, y sobre ellas, rodeada de sábanas manchadas de mierda y sangre, a la mogólica que había visto la tarde anterior. La sobrina de la tía Edelmira, de la familia de la madre de Bernardo. La chica, que así desnuda y mostrando todos los signos de un embarazo avanzado y la piel repleta de cicatrices de cesáreas, se sacudía y gritaba como un marrano que se esforzaba sin embargo por contenerse. No me vio porque tenía los ojos tapados por el pelo mojado y los párpados fruncidos. Yo apenas había abierto la puerta y asomado la cabeza, por eso la tía no me vio cuando salió del baño con una caja de cirujano en las manos. Se sentó en la cama, de espaldas a mí, la vi levantar una jeringa con una aguja hipodérmica, y luego inyectarla en el vientre de la chica. Entonces los gritos fueron cediendo y se hizo el silencio. Escuché las voces de las Ruiz. Cerré rápido y miré al patio. Dos de ellas se acercaban hablando y riéndose nerviosas con sábanas dobladas en los brazos. No me vieron porque los rosales obligaban a dar vueltas para llegar al pasillo.

    -Señorita Ceci-me sorprendió una de ellas apenas intenté volver al cuarto.-¿Ya despierta? ¿Quiere un mate? Hay bizcochos que hice yo misma.

    -Más tarde.

    -Sí, dijo la otra, estamos muy ocupadas ahora, señorita. A las cinco servimos la merienda. - Y mientras se alejaba noté cómo una reprendía a la otra por su indiscreción. Lo principal era que no me hubiesen visto espiando. Me senté ante el escritorio donde debió estudiar Bernardo. Busqué en los cajones y encontré papeles amarillentos, pero sin escribir. Encontré una vieja pluma y un tintero con tinta seca. No había biromes, sólo lápices. Escribí un bosquejo de artículo de sobre lo que estaba pasando en ese pueblo.

    Exactamente a las cinco escuché todo un barullo de pasos. Eran las hermanas Ruiz que preparaban la merienda y la distribuían en las habitaciones. Los habitantes de esa casa me eran desconocidos. Ya que ahora no vivía el padre, ¿quién la habitaría? Las primas tenían su propia casa a pocas cuadras. La tía Edelmira y la sobrina vivían allí por favor del viejo. ¿Podría Bernardo llegar a considerar mudarse al pueblo? Me dio un escalofrío al solo pensarlo. ¿Cuál sería, entonces mi lugar?

    Pero el olor de los bizcochos y de las tortas, el pan caliente y la mermelada llegaron hasta la habitación para tentarme. Golpearon a la puerta. Rosa me invitaba a sentarme con ellas en el patio. Guardé los papeles en un cajón y salí. Habían armado una mesa con mantel, teteras, pavas y mate. Las fuentes con galletas y tortas fritas se dejaban ver tentadoramente apetitosas. El juego de té era antiguo y hermoso, las cucharitas y los cuchillos para la manteca eran de plata.

     - ¿Está escribiendo algo, señorita? -me preguntó la tía Edelmira. Ya Rosa le había pasado el cuento de que me había visto ante el escritorio.

      -Sí, tía. - Y respondí a la indiscreción con otra indiscreción. - ¿Y cómo está la niña?

      La tía se quedó con el mate en la mano a medio camino de los labios. Desfrunciendo la frente, intentó disimular la sorpresa.

     -Matilde está bien ahora, siempre sufre de indisposiciones, ya me entiende usted…

     Las Ruiz se rieron tapándose la boca con vergüenza.

     -Entiendo-dije. -Es el castigo de Dios por ser mujeres.

     - ¿Le parece, señorita? -me retrucó-. Yo creo que es un regalo, y las que se quejan son las estériles. Se aborrece lo que se envidia, ¿no está de acuerdo?

     Sí, le habían llevado varios cuentos sobre mí. Ese es uno de los pasatiempos favoritos de los pueblos chicos, pero yo sabía que tenían otros más interesantes.

     Llegaron los hombres y hubo un revuelo de faldas a su alrededor, sobre todo porque eran jóvenes y raros. Esa es la palabra para describir el trío que entraba al patio y saludaba a todas. Bernardo se sentó a mi lado mientras invitaba a otro muchacho que habían encontrado en la calle, alto y de cara flaca, pero de vientre prominente bajo la camisa amplia como un faldón. Tenía tipo judío, me parece, y esa ropa me lo sugería como una vieja costumbre ya tan vieja y común que nadie se daba cuenta de ese resabio de tradición.

     -Ceci, éste es Vicente, del que te hablé, el paciente de papá.

     Nos dimos la mano, y él miró mis muletas apoyadas detrás de la silla con sentimiento de complicidad. Dergan hablaba con las Ruiz, que lo rodeaban como moscas a pesar de que él la evitaba con gestos oscos y palabras soeces que pronunciaba en francés, y eso precisamente era el dulce que las atraía, lo extravagante de la forma de hablar y el aspecto de Mauricio. Habla de los animales y de los hombres como de la misma clase de especímenes, y todos sabíamos que cuando describía una operación o las enfermedades de los animales era una especie de eufemismo para hablar de los seres humanos. De lo que Bernardo no habrían tolerado escucha, en Mauricio era una anécdota teñida de cosmopolitismo.

     Con ellos tres, había entrado un cuarto macho, uno de tantos perros callejeros que era costumbre se apegaran a Dergan para desparecer unas horas después de acompañarlo a donde fuese, tan silenciosamente como habían aparecido. Tenía el pelaje rojizo, y las mujeres después de discutir un poco, se pusieron de acuerdo en llamarlo Lobo. La tía Edelmira se acercó a nosotros y cuchicheó algo al oído de Bernardo. Él se levantó rápido y me dijo:

     -Ya vuelvo.

     Los vi entrar a la habitación de Matilde. Tardó mucho más de lo esperado.

 

     Debían ser como las ocho de la noche cuando me desperté sobresaltada. El lambetazo en la cara por la lengua del perro que había entrado en la tarde era áspero pero agradable. Abrí los ojos y vi a Bernardo, parado junto al escritorio con el cajón abierto y hojeando lo que yo había escrito.

     - ¿Cuándo lo vas a publicar, porque que yo sepa estás desempleada, o a lo mejor tu amigo el negro ese te facilite las cosas?

     Tenía ira en los ojos, y su voz, más que las palabras, eran un taladro en mis oídos. No me ofendía el sarcasmo ni me sorprendía la ira, pero su malicia hizo que levantara mis defensas.

     -No digás pavadas, Bernardo. Sabés que escribo como necesidad, a veces para hacerme comprensible las cosas que pasan, qué sé yo. No me hagás explicar lo que ya sabés.

      Me senté en la cama. el perro fue con él luego de llamarlo, como si quisiera alejarlo de mí. Esos caprichos de chico inmaduro, de hijo único, tal vez, o lo que fuese, me exasperaban más que cualquier ofensa.

     -Además, ¿quién te dio permiso para leerlos?

     -Es mi casa y mi escritorio-dijo.

     - ¿Y dónde encajo yo en esas pertenencias?

     Me fui al baño y cerré la puerta. Me miré al espejo y me lavé la cara. El perro rasguñó la puerta con la pata desde afuera, Bernardo lo llamó, fuerte y enojado. Me dije que ya se le iba a pasar, que estaba cansado y angustiado, al fin de cuentas se le había muerto el padre.

     Salí, dispuesta a conciliar. Ya había devuelto los papeles al cajón. Apoyado con las palmas sobre el escritorio, tenía la cabeza gacha entre los hombros y los ojos cerrados. Lo abracé de atrás.

     -Bernie, no discutamos, por favor. Quiero consolarte, nada más.

     Se dio vuelta con brusquedad, y casi me hizo caer. No atinó a agarrarme, creo que no le importó porque sabía que eso sucedería. Estaba furioso contra el mundo, y yo estaba dentro.

     -Está bien, está bien. Me parece que pasó algo importante en lo Matilde, ¿no es cierto?

     - ¿Qué querés saber, algo para completar tu informe?

     Respiré profundo y le di un cachetazo. Me miró asombrado, sus ojos brillaron, y luego de sentarse en la silla se tapó la cara y se puso a llorar.

     -Quieren que me quede, ¿entendés? Y yo no sé qué hacer. Es lo que el viejo hubiera querido, todos lo dicen, y me acuerdo de que cada vez que me hablaba me recriminaba el haberme ido, pero si fue él el que me echó, hasta que me curara, hasta que aprendiera, hasta que me hiciera hombre y médico…- Habló sin parar y casi sin tomar aliento.

     -La gente se muere, Bernie, y lo único bueno es que ya no tenemos que rendirles cuentas.

     -Pero él sigue acá- dijo, golpeándose las sienes con las manos. - Y todos me lo recuerdan…

     -Entonces volvamos a Buenos Aires y olvidáte de ellos.

     -Vos no sabés lo que son los lazos de pueblo, más fuertes que los de la sangre.

     Yo no sabía cómo combatir esos lazos, no qué lugar me correspondía.

     -Sólo te pido que lo piensas bien, y sea lo que sea lo que decidas, no renuncias al hospital, podés acomodar los horarios.

      Entonces el perro fue corriendo a la puerta y empezó a saltar y ladrar desesperadamente. Escuchamos un grito afuera, luego otros, de mujeres. Bernardo salió y el perro fue corriendo tras Matilde que estaba en el borde del aljibe. La luz del patio estaba encendida y la vi levantando la tapa de metal, que parecía pesada, pero la chica tenía el tamaño y la fuerza para hacerlo. No alcanzar a llegar a evitar lo que hizo: ya la tapa estaba caída en el suelo y ella arrojaba algo al pozo.  El perro llegó antes y se puso a ladrar, frenético, Bernardo se asomó al borde y agarró a Matilde, media desnuda, con los pechos grandes y fofos como los de una mujer de cuarenta años. Tenía el vientre manchado de sangre, la misma que vi como un rastro por todo el pasillo desde su cuarto. Bernie la sujetó antes de que cayera al piso. La chica gemía como un animal, sin ninguna palabra inteligible. La tía Edelmira había llegado en bata y el pelo suelto, y tres de las hermanas Ruiz miraban desde el emparrado, asustadas y agarradas de las manos.

     Entre él y la tía llevaron a Matilde hasta la habitación. Los acompañé y ayudé en lo que pude, acomodando las sábanas sucias y buscando toallas. Entonces la tía dijo:

    -El chico.

    Bernardo salió corriendo hacia el aljibe. Eso es lo que había tirado Matilde. Él se subió a la cuerda que colgaba de la roldana y empezó a bajar.

    -Dios mío-dije, pero una de las Ruiz me abrazó y dijo que no me preocupara, que Bernardo hacía eso de chico.

     No asomamos a la oscuridad del fondo, y los gritos de Matilde llegaban continuos y exasperantes, por supuesto no era una adolescente sino una adulta de edad avanzada a la que habían usado de procreadora quién sabe durante cuántos años. ¿Qué hacían con las criaturas? Venderlas, obviamente, y las que salían muertas o enfermas terminaban en el aljibe. Matilde era una enferma mental, y no había hecho más que repetir lo que había visto hacer antes.

      La voz de Bernardo nos llegó del fondo.

      - ¡Tiren! -gritó. ¿Esperaba que nosotras tuviéramos la fuerza para alzarlo? ¿Dónde estaba Mauricio que no había parecido con tanto revuelo?

      -Andá a Buscar a Dergan- le dije a Sara, o a Eva, qué sé yo.

      Me miraron, se encogieron de hombros y fueron a buscarlo.

     -Ya fueron a buscar a Mauricio, aguantá un poco. ¿Estás bien, encontraste algo?

     -Sí, muchos bichos. Hacéme el favor de apurarlo, debe estar durmiendo la mona, ya sabés.

      Me di cuenta cuando llegó, estaba ebrio, pero podía tenerse en pie. Le expliqué que tenía que agarrar la cuerda y tirar. Se reía como tarado, pero hizo lo que debía.

    -Ya vine, Bernardo, aquí estoy, querido, ya te subo.

    Las chicas se rieron. Entonces surgió a la luz, como salido del oscuro abismo, Bernardo, con la ropa medio rota y sucia, agarrado a la cuerda con una mano y en el otro brazo cargaba un bebé recién nacido.

     -Creo que está muerto-dijo.

     Pero ya en la habitación y luego de limpiarlo, lo auscultó. Respiraba, pero tenía los brazos y las piernas fláccidos. Yo miraba desde atrás de Bernardo, cómo lo movía delicadamente y le daba vueltas, palpándolo, limpiándolo y sin dejar que las mujeres se metieran. Ninguna, sin embargo, lo intentó. Miraban extasiadas, mientras Mauricio hacía lo mismo sentado en la cama y bebiendo café que le había llevado Rosa, sentada a su lado, echándole una mirada como para cuidarlo. Se veía que estaba enamorada de ese hombre que tenía diez o quince años más que ella y que no podía corresponderle.

      El bebé empezó a emitir un llanto que era un signo de recuperación. Bernardo me contó que Matilde lo había dado a luz dos o tres horas antes. No esperaba que viviera, pero lo habían dejado en la cuna junto a la cama. Matilde tenía treinta y nueve años, me dijo, y era una gran estupidez lo que la tía hacía con ella a esa edad: el riesgo a los nacimientos de chicos enfermos de los que después tenía que deshacerse y el riesgo a la muerte de Matilde. Pero todo esto no la preocupaba a la vieja, los chicos muertos podían ocultarse y de Matilde se esperaba que muriera desde que tenía quince años. Lo único que preocupaba a la tía era la pérdida de sus fuentes de ingreso. Había intentado buscar otras chicas, incluso había tentado convencer a las Ruiz, que eran huérfanas de madre y padre, pero ellas eran demasiado reacias: amaban su cuerpo hasta el punto de lastimarlo sólo de la manera que ellas lo decidían. Había buscado mocitas con trenzas del campo, como decía el viejo Ruiz, pero la mayoría se iba a Buenos Aires luego del primer parto. Sólo le quedaba Matilde para proteger su vejez, y Matilde pronto moriría, si no era esta misma noche.

     -Deberían haberla encerrado hace mucho tiempo-dijo Bernardo.

     -Y a la tía por delincuente-contesté.

     -Entonces desaparecería el pueblo- me contestó.

     Rosa apoyaba la cabeza en el pecho de Mauricio. Me acerqué al bebé, pálido bajo la piel cetrina heredada de la madre y algún peón de campo de por ahí. Abría, de vez en cuando, los ojos, y pensé que me miraba. Pero Bernardo me dijo que posiblemente estaba ciego, ese color de ojos era propio de unas cataratas congénitas.

     Lo tomé en brazos y me senté en una mecedora de mimbre en el pasillo. La luz de la luna iluminaba el patio, fresco, y Lobo se acostó en el piso junto a nosotros. Las Ruiz pasaron, se rieron y llamaron a su hermana, pero Rosa estaba desnudando a Dergan para meterlo en la ducha. Yo los veía desde el pasillo, con la puerta abierta. Cuando llegó el turno de sacarle el pantalón, ella se detuvo mientras Mauricio miraba hacia el costado donde estaba Bernardo, cabizbajo.

    -Creo que debo irme-dijo ella-. No me atrevo…

    -No te preocupes, Rosa. Yo te ayudo.

    Bernardo entonces la ayudó a sacarle el pantalón a Dergán y entre ambos lo llevaron al baño. Escuché el ruido de la ducha, y luego Rosa salió. Me miró un rato, sonriendo. El bebé dormía en mis brazos.

     -Deberías quedártelo- dijo. -Llevátelo a Buenos Aires, no dejes que se quede.

     Ya no se refería al bebé, sino a Bernardo. No pensaba en el bien del pueblo, sino en el obstáculo que era para ella si se quedaba. Pobre tonta, pensé, no sabe que hay obstáculos insuperables, fuerzas interiores tan inmensas como una hecatombe. Las culpas tienen la virtud de ser bombas cuya eficacia es no estallar nunca, porque si lo hacen ya son dominio del suicidio.

      Debía ser medianoche cuando Bernardo salió y se paró detrás de mí, fumando. Lobo lo observaba con ojos de adoración.

      - ¿Cómo está Maurice?

      -Me alegro de que lo llames así, a él le gustaría escucharte. Está mejor, la ducha fría lo despejó.

      -Yo me alegro de verte con un amigo íntimo, Bernie. En Buenos Aires siempre estás solo, excepto por el trabajo.

      No me contestó.

     - ¿Pensás que va a sobrevivir? -le pregunté, mirando al chico.

     -Quién sabe. Más le vale morirse por el futuro que la espera. Debería estar en un hospital, pero por supuesto no podemos llevarlo.

     - ¿Y tu padre hablaba de todo esto? Disculpáme, yo siempre…

     -No importa. Mi viejo sabía todo, pero hacía la vista gorda, por lo menos al principio, cuando yo era chico o antes. Era muy estricto, por lo menos para mantener las apariencias. Me acuerdo cuando se murió el padre de los Espinoza, decía que los hijos lo mataron y lo enterraron. Hubo un quilombo con todo eso.

    - ¿Y qué pasó?

    -Una tragedia después de otra. Se murió un cura, y la hermana menor se quemó toda, pero sobrevivió. Una tragedia.

     -Sí, desde que llegué me parece estar en una obra de Sófocles.

     Pasó el tiempo de la noche, calma, con los búhos que ululaban desde lejos, el gemido de Matilde que se fue atenuando al ritmo de eses mismos búhos que parecían estar presagiando su futuro.  Me quedé dormida con el bebé en brazos. Soñé en lo que no había soñado desde mi época de adolescente, cuando mi madre había comenzado a depositar en mi mente, sin desearlo, como una tradición recalcitrante impuesta a las mujeres, como un reflejo autónomo, quizá, los imbéciles sueños de juventud: la casa, el marido y los hijos. No pude darle hijos a Bernardo, si bien los intentamos muchas veces, pero pronto desistimos. Mi enfermedad y su temperamento no eran ámbitos adecuados para la noción que teníamos de la crianza de un niño. Yo no pensaba mucho en eso, pero cuando lo hacía, sufría, y por eso lo evitaba. Pero el chico en mis brazos me hablaba en sueños de una oportunidad.

    - ¿Querés que nos quedemos con él?

    La voz de Bernie salió del pozo del aljibe, me dije. No, estaba a mi lado, acuclillado y aferrado al apoyabrazos de la mecedora, deteniendo su vaivén, detenido el tiempo en un instante en que parecía concentrarse toda la noche y sus acontecimientos. El aroma del pasto, la tierra mojada, el viento con olor a eucaliptus desde el campo, el olor mismo de la bosta en los adoquines, el aroma de la colonia barata que llegaba desde la habitación, y el olor del chico enfermo.

     Creo que acepté, porque un momento como ése no se repite. Pero no está bien tomar decisiones en instantes que parecen fuera del tiempo, que todo lo corroe y destruye.

     - ¿Vos querés? -le pregunté.

     Se encogió de hombros.

     -Seríamos una familia-me dijo.

     Entonces me di cuenta de que el deber cumplido era un mandamiento. El castigo era una espada de Damocles sobre su vida.

     -No se puede estar bien con Dios y con el diablo a la vez- dije, cediendo al lugar común, a la frase hecha, a la sapiencia popular que, bien entendida, se equivoca escasas veces. Ni una frase de Milton ni de Shakespeare, ni la vanagloria de una cita bíblica o la inútil jactancia de la filosofía.

     El chico era la expiación para sus culpas: la madre muerta, la decepción del padre y la obligación de curarme.

     Y ahora comenzaba a sentirme culpable por retenerlo. ¿Estaba bien que yo tomara sus culpas y las trasformara en una sola para sembrarla en mi espíritu? La culpa a veces nos obliga a hacer cosas equívocas, pero yo pensaba tener la oportunidad de hacer un solo acto que lavara las de Bernardo. La culpa no desaparece, se transforma.  Es la famosa energía de la que hablaba Lavoisier, aunque no se refiera a ella.

     El chico en mis brazos era una piedra hecha con todas los remordimientos y las tragedias: la lúcida idiotez de Matilde, la malicia de tía Edelmira, la complicidad de todo un pueblo. Una piedra pesada que no se quería morir, aunque hubiese nacido muerta. La idiota había tenido un fatal instante de lucidez al intentar arrojarlo al aljibe. Pero fue Bernardo el encargarlo de rescatar la criatura de la culpa. El pequeño monstruo que se aborrecía a sí mismo, que apenas respiraba porque le era suficiente su propio aire malsano para sobrevivir. La culpa no necesita moverse ni caminar, simplemente habita y respira, y el aliento que exhala contamina para siempre los cuerpos que contagia. Y la habitación en la que respira puede sólo limpiarse con el fuego, por eso el incendio de los Espinoza aquella vez de la que tanto se hablaba en el pueblo. Hay tragedias que terminan con las tragedias, como dicen que hay guerras para terminar con ellas.

     Sin embargo, la culpa corroe el espíritu del hombre individualmente: no hay hombres sino un solo hombre.

     Cada uno es su culpa, como cada uno es su niño y su cadáver.

     Bernardo se había ido a acostar después de ir a ver a Matilde. Había muerto, dijo, y la tía lloraba, inconsolable. Me quedé sentada, meciendo al chico. Me desperté de la somnolencia a las tres de la mañana, exactamente. Me levanté de la mecedora y me asomé al interior del cuarto. Los dos estaban dormidos y el perro acostado entre ellos. Era una imagen entrañable, me dije, casi un símbolo del futuro, si no fuera porque el futuro se empecina en cambiar apenas lo imaginamos.

     Las Tres Marías resplandecían en el cielo despejado a lo alto de los eucaliptos, como cuando papá Tejada me señalaba esas estrellas en el cielo de Mataderos desde la vereda de casa en las noches de verano.

     Volví a sentarme en la mecedora, y el vaivén recomenzó parsimoniosamente. No sabía ninguna canción de cuna, jamás mi madre me había cantado una ni yo me había preocupado por aprenderlas. Empecé a tararear, sin embargo, una melodía inventada que tal vez era reminiscencia de algún poema todavía no escrito.

      Tapé al chico sin nombre con la sábana y lo envolví con fuerza como un fardo.

      No se resistió, simplemente se fue a buscar a otro.    

   




Ilustración: Steve Huston



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