1
Desde el balcón del tercer piso sobre Sarmiento podía ver la mole del edificio del Abasto. Los arcos eran como altas cúpulas bajo el cielo de la ciudad. Los domingos grises y nublados del invierno contenían un silencio a esas alturas que lindaba con lo religioso. Mis muletas, apoyadas en la pared, me hacían pensar en Dios, inevitablemente, a pesar de las doctrinas que mi madre se había propuesto introducir en mi mente. Yo, sin embargo, no podía arrancarme las raíces católicas que estaban siempre implícitas en las palabras de mi padre Tejada, y sobre todo en su forma de decir las cosas. No íbamos a la iglesia ni rezábamos, ni teníamos crucifijos. Era únicamente ese círculo de fatalidad en que los católicos se empecinan en permanecer, como una zona de permanente drama, pero de entrañable familiaridad. El regodeo en la tragedia es un orgullo del que no pueden evadirse. Si hasta la humillación es vanidad.
Pensando en esto, una tarde de domingo de
julio, después de almorzar frugalmente, y sola porque Bernardo se había ido al
hospital a hacer una guardia extra, yo miraba los arcos del Abasto levantándose
a pocas cuadras. Estaba cerrado desde hacía mucho tiempo, y decían que lo iba a
remodelar, pero su interior seguía abandonado, las puertas clausuradas y los
vagabundos durmiendo en las veredas y portales. La iglesia del Abasto, como se
me ocurrió llamarla, me llamaba.
Pero para qué levantarme de la cama en las que
transcurrían mis días desde el cierre del periódico. No encontraba asidero en
mi trabajo de escritura, y cuando me decidía a hacerlo, me resultaba tan
automático como monótono. Escribía poemas para cambiar la rutina. Sacaba de la
máquina la hoja donde escribía un relato o un artículo, y ponía otra donde
confeccionaba un poema que parecían epitafios para muertos desconocidos. La
brisa entraba por el ventanal sobre la calle, y algunas bocinas perdidas llegaban
para otorgarles amenidad, domesticidad, tal vez, a esos poemas. Algún grito de
los vecinos, o los ladridos de los pocos perros del edificio cuando sus dueños
recorrían el pasillo hacia el ascensor. Ese ascensor no usábamos cuando nos
mudamos porque eran nada más que dos pisos para subir, pero del que ya no podía
prescindir. Y antes que ceder, o reconocer mi displicente entrega a la
necesidad, trataba de obviar su uso quedándome en casa.
Por eso la gente venía a visitarme, y rara
vez volvía cuando mi carácter agrio los espantaba. Eso estaba sucediendo con
Bernardo. Las discusiones eran cada vez más frecuentes, y porque no quería
lastimarme con comentarios hirientes que yo escuchaba a pesar de todo en el
silencio de sus labios, se iba al hospital. Lo que no veía, me dijo muchas
veces, podía pasar por no hecho.
Se refería, obviamente, a las visitas de
Leonardo Gonzáles, uno de mis compañeros en la redacción. Era un negro cubano
bajo y fornido, de piel no del ébano, sino del marrón manchado. Tenía más de
cuarenta años cuando entró al diario. Venía del Brasil, y por eso se había
hecho compañero de Fabio Contreras. Conversando en las noches de oficina cuando
esperábamos un llamado telefónico que confirmara una noticia, y resultó ser un
lejano pariente mío. Su apellido original era Gonçalvez, pero tranzando en los
vericuetos de las aduanas y las oficinas gubernamentales de ambos países, Paraguay
de por medio, terminó españolizándolo. Todos sabíamos que era asiduo consumidor
de cualquier clase de drogas, incluso Beltrame, pero era un personaje que no
podía darse el lujo de despedir. González escribía bien, pero sobre todo tenía
un crucial conocimiento de la política de América Latina, y por eso con
Contreras se encargaban de las noticias internacionales. Lo vi muchas veces
fumar porros en la oficina, ya de noche, y en ocasiones sentía el olor desde el
baño de hombres durante el día.
Desde la muerte de Contreras, estaba
siempre solo. Yo sabía que era él quien le suministraba a Fabio los calmantes
para los dolores del vientre que finalmente lo mataron. Les vendía marihuana o
cocaína a los de la oficina, en los pasillos, en el baño o en la vereda. Su
mercadería era pasable, y a veces muy buena cuando recibía paquetes de afuera.
Cuando un viernes decía que el fin de semana viajaba, sabíamos a lo que se
refería.
Yo, en ese entonces, no entraba en eso. No
me interesaba, no sentía afinidad por el placer o la evasión, o lo que fuera,
que esas drogas infundían en los demás. Era la única mujer periodista en la
redacción, por lo menos la única que consideraban seria por los temas que
trataba, y en esa época me tenían un poco entre velos, es decir, sobreprotegida
y relegada. Estaban también los hombres cuyo temperamento no se concebía
cayendo en esas condescendencias, como Beltrame o Leandro, pero que hacían la
vista gorda.
Gonzalez me propuso un negocio para
sobrellevar la falta de trabajo luego de la clausura del Radar. Editar una
revista de actualidad. Ya tenía los contactos con gente de Uruguay y de Chile
para las notas políticas (suaves, inocentes, insistió en decirme, porque el
horno no está para bollos), y que iría convencer a Dora Cifuentes para
colaborar con sus artículos inéditos de sobre feminismo. Yo le había dicho que,
si quería vender en esa época, la revista debía dedicarse a los artistas y la
televisión. Él sonrió, como diciendo que no se podía ir demasiado contra los
principios, porque sin ellos qué somos, me preguntó.
Se sentaba en la cama y conversábamos, y
cuando esas cosas surgían, yo me miraba el pie amputado y lloraba. Entonces
Leonardo me ofrecía un porro, y una tarde de ese mismo invierno, se lo acepté.
No era la primera vez, no era tan mojigata, pero desde entonces se me hizo costumbre. Entonces ambos fumábamos mirando por la
ventana del tercer piso, viendo caer la tarde, y cuando veíamos a Bernardo
caminar por la vereda de enfrente y dispuesto a cruzar, él decía:
-Ya es hora de irme, Ceci.
Apagábamos los porros en el cenicero y él
esparcía las cenizas por el balcón. Ambos se cruzaban casi en la puerta, se
saludaban con malhumor poco disimulado. Bernardo me besaba, oliendo el tufo que
persistía a pesar del ventanal abierto, y cerraba porque hacía frío. El encierro
generaba rencor. A veces me recriminaba, a veces se quedaba en un ofuscado
silencio que me hería más que las palabras que sabía daban vueltas en su mente como
perdidas en un laberinto de ira y de pena. Era un hombre encomiablemente
metódico, que sin embargo en muchas ocasiones se permitía las libertades que yo
menos esperaba. Su buen humor, su bonhomía, su exacerbada honradez eran algunas
de las virtudes que surgían sin pensarlo, pero precisamente cuando alcanzaba a
verse en un espejo casual, como puede serlo la sonrisa velada o el comentario
incierto de alguien más, volvía a encerrarse en su seriedad. Yo lo conocía
desde diez años antes, lo amaba y lo añoraba cuando no estaba conmigo. Adoraba
sus manos y su pelo, el vello de su cuerpo y el aliento de su voz, aroma y
sonido mezclados en una simbiosis de pastillas de menta y Jockey Club. Porque
él también fumaba, a escondidas, por cierto. En el estacionamiento del hospital
o en la terraza del edificio. Cuando venía Ibáñez a visitarlo, me decía:
-Vamos a la terraza, Ceci-. Entonces Mateo
me guiñaba un ojo y yo sonreía, porque ese esparcimiento liberaba a Bernardo de
mi yugo. Eso era yo, una carga a la que se veía atado: el cuidarme no era
únicamente por su amor, porque por supuesto así era, pero también estaba ese
sentido de responsabilidad que lo agobiaba, y que yo podía palabra en su cuerpo
cuando se acostaba a mi lado, y que aún podía ver como una joroba en su espalda
cuando cruzaba la puerta del departamento al ir o regresar del hospital. Un
peso que lo demacraba.
Yo sabía que era la culpa, incierta,
anónima y múltiple. Sin nombre y con todos los nombres a la vez.
2
Ya ves, Ceci. Los grandes hombres, o los que se creen
grandes, también se equivocan, y cuando caen provocan un estruendo mayor que
una hecatombe, porque arrastran con ellos a todos los que lo rodean. Reconocen
su culpa con impensables rodeos verbales, con elegante retórica poblada de
pesadillas para quien los escucha. Y todo para disfrazar la impotencia que ya
los ha invadido.
Eso lo ha
sucedido a mi padre, Ceci. El gran doctor Adalberto Ruiz me llamó hace no más
de dos semanas. Desde que me fui del pueblo, de General Lavalle, que no me
hablaba. Me sacó rajando porque no le gustaban mis amigos, pero sobre todo
porque no eran tan buen médico como él. Allá en el pueblo yo no podía trabajar
a su vera, me sentía cohibido y vigilado. Si me pasaba pacientes suyos, al
principio me acompañaba en todas las visitas, y mientras él hablaba y reía con
el paciente o su familia, a los que conocía de toda la vida, yo auscultaba,
tomaba la presión, revisaba los ojos y la lengua y palpaba el cuerpo del
enfermo, sentado en la cama, haciendo silencio, porque eso es lo que
corresponde a los muertos en vida. El enfermo, un viejo moribundo, o un chico desahuciado,
y yo, ambos éramos títeres que tomaban vida cuando mi padre lo decidía.
Entonces batía las palmas y decía con su vozarrón que parecía iba a hundir el
techo de tablas del rancho o las paredes de adobe. Entonces salíamos a la luz
del campo llano, o caminábamos sobre el barro o entre el pastizal del invierno,
y montábamos nuestras yeguas para hacer la siguiente visita. Me aleccionaba con
sus consejos y sus reprimendas, pero previamente había estado el silencio reprobador,
que se rompía como un rayo en medio del cielo despejado. “¡Pero, carajo!, me
decía, ¡Si serás imbécil! ¿No te diste cuenta de que el pibe ese está
fingiendo? El padre quiere rascarse las pelotas unos días faltando a las faenas
de don Braulio y hace decir que el pibe está enfermo. Esos peones son todos
iguales. Y a vos te meten el perro enseguida. Si no te avivás, Bernardo…”
Y así fue siempre,
desde que era chico. Fui médico porque él lo era, y en ese entonces lo
admiraba. Su prestancia: la boina ladeada, la barba prolija y levemente
enrulada y espesa, oscura como ala de cuervo, la nariz aguileña, el cuerpo
recio con su traje de montar y las babuchas, las botas que usaba a todo trance
y en toda ocasión, de la mañana a la noche. Cuando se descalzaba, para mí, de
chico, era como si se sacara los pies … Sí, reíte, nomás, Ceci, pero hasta llegué
a entrar al cuarto de mis viejos en plena noche para ir a mirar el interior de
las botas. Cuando lo vi levantarse, medio desnudo y descalzo, me escondí en un
rincón del baño. Él se metió y empezó a orinar. Le vie el cuerpo de hombre
fuerte, el que yo no tenía, y me propuse ser como él. Cuántas veces, después,
ya de adolescente, me paré frente al espejo intentando tomar la postura e
imitar el gesto de jactancia que él tenía. Pero ya sabés cómo soy, mi cuerpo es
esmirriado, casi flaco como el mi madre. Heredé los pelos, eso sí, de mi padre,
la cara, la nariz, y también la frustración. Porque en estos días aprendí que toda
su jactancia no era más que la inquebrantable desesperación de la impotencia en
cierne que sintió toda su vida. ¿El dolor, tal vez, de la gente que veía
morirse? Es un gran médico, lo sé. Su sabiduría empezó en los libros y siguió
con la experiencia. El campo es un gran maestro, rústico, elemental, tan
sencillo que da pena a veces, pero su rudeza esconde bonhomía, aunque la guarda
para las noches, oculta lo que sabe hasta que es necesario actuar. Y entonces
corta y abre la carne como si de una res se tratara. Lo he visto, a mi viejo,
corregir los huesos rotos que se asomaban por la piel, coser una herida con
hilo de matambre cuando no había otro, drenar tumores llenos de podredumbre.
Todo eso en medio del dolor, exigiendo que el paciente aguantara, y los gritos
justificaban su acción, porque tapaban, en cierto modo, la certeza de la duda y
la culpabilidad de lo que él hacía. Yo lo veía fruncir las cejas y la frente
cuando acometía esas hazañas en medio de un rancho pobre y sobre un colchón
roto. Había brillo en sus ojos, y hasta creí ver una cierta malicia.
Porque eso somos
los médicos, Ceci. Un híbrido de sensibilidad, intuición, arte, conocimiento,
ira, culpa, vanidad y el infaltable porcentaje de malicia. ¿Disfrutamos con el
dolor de los demás? ¡No, por supuesto, te dirás! Se hace lo necesario, y el
dolor es una de esas cosas necesarias. Pero el poder se siente en esos
momentos, creéme. O ya te habrás dado cuenta, si bien pienso a quién le estoy
hablando. Pobrecita, mi amor. Mi preciosa y talentosa Cecilia…
Me convertí en
médico porque hubo médicos en mi familia por tres generaciones. Mi viejo decía
que su abuelo era hijo bastardo de un médico al que persiguieron por cuestiones
políticas. Dicen que lo fusilaron y que enterraron el cuerpo en una tumba sin
nombre por Santa fe. Era una eminencia formada en La Salpetriere. Sabía de
todo: anatomía, neurociencias, clínica y cirugía. Quise ser como ellos y como
pensé que era mi padre, esa especie de Dios a caballo que aparecía entre los
matorrales, siempre tarde, como corresponde a la figura que representaba, para
bajar una fiebre, recetar unos yuyos, poner una inyección, o cortar una pierna.
La sangre lo acompañaba siempre al salir, como corresponde a un buen médico.
Me tuve que ir.
¿Pero antes dije que me echó a patadas, no? La verdad es que ya no me acuerdo,
y este olvido es uno más de los vericuetos del laberinto en el que vivo. Es una
ciudad como La Plata, mi mente, digo. Por eso me fui para allá. Hay cosas y
lugares, hay personas, que nos llaman, porque ya están dentro de nosotros. Mi
mente siempre ha sido muy metódica, formando planos geométricos cada vez más
enrevesados, que la lógica intenta justificar trazando líneas que constituyen
el teorema de nuestra vida. ¿Y quién lo entiende? Dios mismo se confunde y se
contradice. ¿Pero no será la contradicción la misma esencia de las cosas? ¿No
es el caos, acaso, la explicación racional de lo irracional?
La ambivalencia
de los médicos la ven sólo algunos de los iniciados. El enfermo que recurre a
nosotros está tan invadido de dolor que no puede ver más allá de eso, y el sano
está demasiado preocupado por su salud para interesarse por otra cosa. Vivimos
en dos planos, por así decirlo. Dos plantas de una casa que se subdividen
horizontalmente en otras múltiples habitaciones. Cambiamos de habitación día y
noche, nos llevan o nos mudamos. Decidimos estar en una, y de pronto en otra,
del frío al calor, del viento a la sequía, del olor del cadáver al olor del
éter. Una puerta puede tener un bisturí en el picaporte, y el piso puede estar
lleno de agujas perdidas. Y el agua que bebemos siempre tiene el sabor del
jarabe.
Dirás que me hago
la víctima, lo sé. La vanidad, esta maldita vanidad que envuelve esa otra
sensación más apremiante, incomprensible, que no se deshace ni muere nunca. La
vanidad cambia de cara según la moda, porque está hecha de un material endeble,
de muy mala calidad, un plástico cuya duración es proporcional a la
consistencia de la pasta de agua con que fue moldeada. Pero la piedra del fondo
no desaparece. Está en el pozo de mis ojos, ya sé que te diste cuenta, lo noto
en tu expresión cuando me mirás por la noche, cuando pienso que me tenés
lástima. No quisiera reconocer que esa lástima me envanece, porque la vanidad
está fundada en esos pedestales firmes parecidos a la compasión, aun cuando
ella intenta adornarlos con pasamanería que no es más que maquillaje. La verdad
es que no puede crecer sobre otros fundamentos, porque es demasiado grande y
demasiado liviana. Necesita mucho espacio, tanto como el que ella misma se
adjudica y toma sin permiso, pero cualquier viento podría llevarla sin mucho
esfuerzo, y por eso debe estar asentada, y atada, a la piedra de la culpa.
Esa vergüenza,
Ceci, que mi padre me enseñó.
Mi padre iba a la iglesia todos los domingos.
No sé si creía en Dios, pero él iba con nosotros a la misa del pueblo a las siete
de la tarde en el verano y a las seis en el invierno. A veces entraba tarde, otras,
se iba temprano, siempre por gajes del oficio. Un accidente en el río, un
hachazo en una pierna o un parto inminente. Pero cuando se quedaba, cantaba los
himnos con su voz de barítono, y me tomaba de la mano aún de grande, para
cumplir con Dios. Iba con el traje de los domingos, el pañuelo al cuello y el
chambergo que usaba sólo una vez por semana para salir a pasear. Si hasta de caballo
cambiaba. Los domingos dejaba a Judith, la yegua que se conocía todos los
recorridos diarios, por el potro color gris y blanco que él mismo había hecho
nacer tres años antes en un erial que ya no existía, porque esa vez la madre
tenía las patas enterradas en el barro de la inundación. Me contó cómo hizo la
cesárea a la yegua y después la sacrificó. Y el potrillo fue suyo desde
entonces, y lo llamó Job porque lo reservó para el placer y para la misa.
Vos te reís de las
contradicciones de nosotros, los Ruiz. Los médicos creyentes, deberíamos
llamarnos. Judith, la justiciera, la hembra cruel dispuesta a la carnicería
para salvar a su pueblo. Job, el hombre de los imposibles, siempre queriendo y
cediendo.
Ese fue el caballo
que mató a mi madre, si no fui yo.
Bernardo había vuelto del
hospital ese domingo cuando se cruzó con González. Estaba de mal humor. Se
metió en el baño, escuché el desagüe del inodoro que siempre funcionaba mal y
sus rezongos. Luego la tapa que se caía como un golpe seco, casi un disparo. Lo
que nos hacía reír fue esta vez un agravio. Volvió a la habitación, en
calzoncillos largos, descalzo y con el torso desnudo. Olía a traspiración. Se
acostó en la cama, a mi lado. Mi pie, operado unos meses antes, volvía a
segregar putrefacción, y la venda, por más que la cambiara, se ensuciaba
diariamente. Hacíamos el amor así, sin que el olor de nuestros cuerpos nos
molestara, precisamente eso nos unía, creo, la familiaridad de nuestras
enfermedades. La del cuerpo, crónica, asfixiante, agobiadora y agotadora, era
la mía. La de la mente, o el espíritu, si se quiere, desquiciada, abrumadora,
contradictoria, confusa, complejamente construida y deconstruida a cada momento
del día, era la suya.
Nos consolábamos mutuamente, luego de
agredirnos con la palabra y la mirada.
- ¿Ese tipo es algo tuyo?
Lo preguntó serio, intentando fingir lo
que no podía fingir, con mal velada ironía. Lo miré de costado, él tenía la
vista fija en el cielo raso, la barba crecida de tres o más días, las manos
cruzadas sobre el pecho, como un muerto con los ojos abiertos.
-Ya te dije, creo que es un primo segundo
o tercero, según llegamos a deducir recordando a las familias. Aunque no lo
creas, su madre era blanca y de ojos celestes.
-Salió al padre, se ve…
Fue entonces cuando empezó a hablar. A
veces se sentaba en la cama, dándome la espalda, para ocultar la cara y su
mirada, otras, se sentaba con las piernas cruzadas y me hablaba con leves
sonrisas al recordar lo bueno y lo malo, especialmente cuando pensaba en su
madre. Me acariciaba la cara, me llamaba pobrecita, aunque yo odiara ese
apelativo. Pero no podía ni quise detenerlo: esas expansiones eran tan poco
frecuentes que era como intentar detener un tren que se nos viene encima.
Ya ves, Ceci, cómo
cambio de un tema a otro. Si ni siquiera terminé de contarte por qué me llamó
mi viejo. Si hace años que no me habla, desde cuando me fui a La Plata. Y
después, cuando me vine a Buenos Aires y ya me hice una carrera y sabía que los
viejos doctores amigos que lo conocían debieron hablarle de mí, tampoco recibí ninguna
noticia suya. Es verdad que tampoco yo volví ni lo llamé. ¿Para qué? Somos dos especímenes
raros de una especie extinguida: los que no perdonan. Porque la furia y la violencia
de estos tiempos no nace de la impotencia por perdonar, sino de la frustración.
Quien olvida no es que perdone, simplemente otra cosa pasa a ocupar su mente.
Porque seamos sinceros, la humanidad no es tan sentimental como pensamos, sino
que utiliza su cerebro en asincrónicos actos de memoria y olvido. Dicen que si
no hay memoria no hay culpa, así lo leí en un cuento de Beltrame, me parece. Es
una buena teoría, acomodaticia, por supuesto, especialmente para personas como
él, pero no por eso deja de ser interesante, si no valiosa para sobrevivir. Porque
para eso tenemos estos cuerpos, y estos testículos de mierda. Perdón, Ceci, por
el exabrupto, pero es que me estoy dejando llevar. No, no tomé nada antes de
venir, y tampoco creas que me hizo efecto el humo del porro que vos y Gonçalvez
dejaron en el ambiente (fijáte que lo llamo con su verdadero apellido, porque
te respeto Ceci, porque te amo y admiro tu mente tanto como yo aborrezco la mía,
porque de nada me sirve leer y conocer si no me permite la persistencia: la no
muerte).
Mi madre
cabalgaba, por supuesto, y me enseñó a hacerlo antes de que mi padre me llevara
con él en sus visitas. Cabalgábamos los sábados desde que yo tenía siete años.
No en un pony, sino un potrillo que había nacido casi el mismo año que yo. Me
estaba destinado, porque era Job, del que ya te hablé. Los sábados lo cabalgaba
yo, y los domingos mi viejo. Compartíamos el potro como si compartiéramos una
hembra: nunca nos cruzábamos ni casi nos veíamos, y era en lo único que no se
atrevía a criticarme, porque mi madre me había enseñado. Como dos machos en
celo, compartíamos el mismo macho los fines de semana. Y eso, creo, fue lo que
lo enconó contra mí, cuando me hice hombre, es decir, cuando ya era un adolescente
que se masturbaba cado dos por tres, a solas siempre, pero en cualquier sitio,
casa, campo o río. Y cuando me llevó al putero del pueblo, él se me quedó
mirando desde una silla junto a la cama, para protegerme, dijo, para evitar que
la puta se aprovechara de mí o me contagiara una enfermedad.
Fue memorable,
Ceci, esa noche. La puta era bien puta, por supuesto, y bien sabía hacer lo que
bien sabía (¿estoy delirando? ¿quién sabe?). Cuando terminé, miré la cara de mi
viejo, y cuando vislumbré su aprobación el alma se sumió en el éxtasis más alto
y más profundo que hubiese sentido hasta ese día de mi vida, esa noche en el
putero de pueblo grande, en una habitación maloliente, con velas y el sudor impregnando
el colchón y las sábanas sucias.
No recuerdo
exactamente qué edad tenía, pero ya desde mucho antes yo cabalgaba con mi
vieja, lado a lado. Ella me aventajaba con su yegua vieja, porque Job era lento
en ciertos aspectos, sumiso, como culposo. ¿Sería su nacimiento, a lo mejor?
Los animales saben eso, vislumbran que no debieron haber nacido más que para la
muerte. El tiempo que vivió debió considerarlo un regalo inmerecido, o más que
eso: un error de la naturaleza. Mi padre se había inmiscuido, porque todo
médico es un entrometido en el curso natural de las cosas. ¿Acaso la medicina
no es un saber inventado por el hombre? ¿No es romper el ciclo de los seres, incluyendo
lo que llamamos gérmenes? ¿La enfermedad no es también una forma más de la
vida? ¿Qué es la salud? ¿El supuesto equilibrio?
De ahí viene la culpa que sentimos: hemos
creado un artificio: la vida en la muerte. Desde el momento que enfermamos,
sucumbimos, el resto es tiempo extra que vale poco, tanto como un puente de
madera sobre aguas turbulentas. Y porque lo sabemos, somos doblemente
responsables. La vida que extendimos es nuestra responsabilidad, y cada gota de
veneno que la afecta, culpa nuestra.
El día que cumplí
quince años fue un viernes, y me pasé la noche en el putero. A la mañana salí
soñoliento, a las seis, y me fui a casa a dormir. Pero era sábado, y debía
cabalgar con mi vieja. La negra que trabajaba con nosotros me vino a despertar.
Me conocía desde que había nacido, y no le molestaba venir a destaparme, aunque
ya fuese un hombre ahora y estuviese desnudo.
-Su mamá lo
espera-dijo, enojada.
Me desperté,
friolento, con lastimaduras en la espalda y el pene engreído. Te reís, pero eso
es lo que nos pasa sin pensarlo. Volví a taparme, pero sabía que no tenía
elección, es más, no quería pedir permiso para ausentarme. Porque la exigencia
de mi viejo se compensaba con la condescendencia de mi madre, y no quería yo
sentir la culpa de ese abuso de su amor. Mal entendía, por supuesto, el amor de
mi madre o de cualquier otra. Pero cuando la sensación extraña de ese ente que
crece y crece extiende sus raíces, abomina de todo el resto, y lo destruye. Lo
que uno hace por culpa es tan arbitrario, incongruente y contradictorio como la
misma esencia de la culpa: un darse vuelta en el fango podrido porque es tibio
y porque es nuestro.
Me levanté, me
vestí, me calcé las botas de montar y salí. Job me esperaba, tranquilo, junto a
la yegua vieja. Mamá estaba montada en ella y me miraba con sorna. Nos pusimos
en camino hacia el sendero del campo nuevo, lleno de pastizales que mi padre
había adquirido en una subasta un año antes. No lo cuidaba ni le dedicaba
tiempo. De vez en cuando lo ocupaban vagos y peones de otras estancias. Armaban
casuchas que destruían al irse. Ella y yo íbamos al trote y a la par.
- ¿Te gustó el regalo?
-me preguntó.
El día anterior por la mañana me había traído
a la habitación un paquete pesado envuelto en papel de estraza. Eran los cuatro
tomos originales del Testut, en francés. Ella sabía que, si yo iba a ser
médico, solamente la anatomía sería la encargada de atraerme como un cuerpo en
celo.
-Ya te dije que
si-le contesté, malhumorado. Tenía los ojos cansados y deslumbrado por el sol
del mediodía, y los testículos me dolían contra el lomo de Job.
Sentí vergüenza
por mi contestación, pero no me amedrenté, lo que hice fue envalentonarme. Los
hombres solemos llamar valor a aquello que nos sirve de excusa para escapar.
Tomé fuerza y espolié a Job, que empezó a correr.
Escuché
el llamado de mi madre. No le hice caso. De pronto, vi un brillo que anuló el del
sol, y entre ambos se formó la sombra en la que pude ver los alambres de púas.
No era la primera vez que alguien intentaba apropiarse de parte del terreno.
Pude desviarme a tiempo, Job era joven y fuerte, y así como era tranquilo,
sabía observar los peligros a tiempo.
Pero
mamá vino cabalgando detrás, espoleando a la vieja yegua al creer que me había
pasado algo. Cuando ya me había desviado de la cerca y Job se iba deteniendo
lentamente, ellas dos corrían hacia el alambre. No pude gritar ni advertirle,
no pude detenerla, quién sabe por qué. Yo era joven, pude saltar, correr,
interponerme en el camino aún a costa de heridas o lo que fuese. Sin embargo,
me quedé mirando el camino de mi madre, asustada, con el pantalón de amazona en
su pelvis ancha, el cuerpo cubierto de una camisa blanca que transparentaba un
poco el corpiño sudado, y el casco que dejaba escapar el cabello largo y rubio
ceniza.
La yegua, que se llamaba Cleo, intentó saltar
cuando ya era tarde para detenerse. Sus dos patas delanteras se enredaron en el
alambre. Hizo fuerza por no caer, y volvió a enredarse más. Yo veía cómo el
alambrado, suelto e incompleto iba armando coronas de espinas alrededor de la
yegua. Entonces vi a mi madre que se agarraba la pierna. El alambre se enredaba
a ella a medida que el animal se esforzaba en liberarse, y las púas se
incrustaban más en las dos. Mamá tenía la bota metida en el estribo, y no podía
separarse por el alambre. El animal cayó de costado, sobre la pierna que mi
vieja tenía libre hasta ese momento. Las púas se le incrustaban y la hacían
sangrar.
Las vi tendidas
sobre el campo, mamá con una pierna y un brazo bajo la yegua, la otra atrapada
por el alambre. El animal gemía en una especie de relincho que nunca había
escuchado antes. Corrí, pero no me atrevía hacer nada por miedo a lastimar más
a mamá.
- ¡Matála! -me
gritó, llorando de dolor.
¿Qué iba a hacer
yo, Ceci? Ahí solo, un chico inútil para algo más que cogerse putas.
¿Qué haría yo ante
la muerte, me querés decir?
Fui a
buscar a los peones, ellos buscaron a mi padre. Mamá estuvo una semana
agonizando. Mi viejo no quiso llevara a un hospital. Tenía las piernas gangrenadas
y el brazo derecho roto en varios huesos infectados. Finalmente se murió el
sábado siguiente, justo una semana después, también al mediodía. Si hubiese
vivido, habrían tenido que amputarle los miembros rotos. Eso lo sabía mi padre
muy bien. Durante toda la semana me metí en los libros de anatomía como si
fuesen cajas de Pandora, en busca de respuestas, pero únicamente encontré
hechos. Eso es la anatomía: la realidad inalterable que se va descubriendo de a
poco, y por eso nos engaña y nos fascina. Sus sorpresas pierden pronto el
brillo de la novedad, porque debajo está el óxido de lo antiguo.
Mi viejo fue el
que se encargó de cortar los alambres ese día, con la tenaza grande que le
trajo nuestro capataz. Le había puesto a mamá una inyección para el dolor, con
lo que consiguió dormirla. Me alcanzó el revólver que siempre llevaba al cinto
para protegerse de serpientes o lo que fuese, y me ordenó que sacrificara a
Cleo.
Lo miré unos segundos, pero en su cara había
demasiada furia como para que yo lo desafiara con mi indecisión. Disparé dos
veces, y luego otras dos, hasta que él me arrancó el arma y me dijo que los ayudara
a levantar al animal. Entre los peones y nosotros separamos a la yegua y cargamos
a mamá en la parte de atrás de la camioneta. Vi la pierna aplastada, la otra
despellejada por el alambre, el brazo partido. Observé cómo mi viejo y la
enfermera que lo ayudaba la desnudaron en la cama de su habitación, la
limpiaron, le ponían un suero en las venas y corregían las fracturas. Vinieron
médicos de Buenos Aires, no sé si papá los llamó o no. Papá era miembro de la
Academia de Medicina, y de vez en cuando aparecían artículos suyos relacionados
con la medicina rural. Lo respetaban, creo, pero le tenían inquina. Era
demasiado soberbio.
Cuando mamá murió,
me llamó al cuarto que le servía de despacho y biblioteca. Los libros de
anatomía que me había regalado mamá estaban apilados sobre su escritorio, y daban
sombra a su cara.
-Te los devuelvo
cuando me demuestres que merecés ser médico.
- ¿Y te los devolvió? - le pregunté,
acariciándolo para consolarlo. Su mente se estaba liberando, distorsionada como
su discurso.
-Nunca, ni cuando conseguí mi diploma y
mi doctorado. Así tuve la certeza de que nunca me perdonó la muerta de mamá.
-A lo mejor él no se perdonaba a sí
mismo, Bernie.
-No hagás psicología de almacén, Ceci, vos
valés más que eso. Tus silencios dicen más, tu palabra escrita es más sutil que
los fanáticos de Freud o Lacan. ¿Por qué él hace lo que hace o dice lo que
dice? La explicación está en la disociación de todas sus células, en la deconstrucción
de sus moléculas, o tal vez simplemente en la tarea de una sierra sobre alguno
de sus huesos.
No sabía si reírme o llorar, tan hiriente
fue su forma de decirlo que no sabría decir si en su cara vi un ángel o
demonio. Simplemente era un hombre, y el suyo como el mío, eran dos cuerpos
limitados por las fronteras del vacío.
Los domingos a la noche el aburrimiento
es un dios constante. El deseo de la eternidad de las horas se incrusta contra
los cimientos del lunes al que nos aproximamos como hacia los muros de un campo
de concentración. Y como a todo nos acostumbramos, ya el campo del extermino,
no nos parece tan temible. Pero el domingo en la noche esa certeza es todavía
un niño recién nacido, sin personalidad y muy enfermo. Por eso, Bernardo me
dijo:
-Salgamos a comer una pizza.
Puse mala cara, ya no me gustaba salir
simplemente a pasear. Odiaba las muletas, aunque él había insistido en que
usara el zapato ortopédico, que me provocaba ampollas y nuevas infecciones.
-Está bien- le dije, porque ese era un
domingo diferente. Agarré las muletas, bajamos en el ascensor y caminamos una
cuadra hasta Corrientes. Había una pizzería en la esquina. Pisos de mosaico
cuadriculado, una mesa de billar al fondo, mesas con patas desparejas, manteles
de viejo hule, vasos de vidrio grueso, y los consabidos cuadros y banderines de
fútbol en las paredes.
Una de mozzarella
y una cerveza, empanadas para la entrada y un flan con crema de postre. Y un
café, para él. Domingo triste, pero de tristeza fértil. ¿Cómo es eso? La
locuacidad de Bernardo, confesándose luego de mucho tiempo de golpearnos con
palabras sucias, hacía de esa pizzería de barrio un Paraíso recuperado.
Con los codos sobre la mesa, el porrón de
cerveza en una mano y la porción de pizza en la otra, le pregunté, mirando por
encima de sus hombros el panorama de la calle nocturna, el colectivo que
pasaba, los taxis vacíos y un vago con su carrito y su perro por la vereda.
- ¿Y para qué te llamó?
-Un vecino del pueblo está enfermo, papá
dice que no ha logrado llegar a un diagnóstico. Quiere traerlo al Rivadavia
para que el hagan estudios. Y lo más raro de todo es que…Dios mío, no lo pude creer
cuando lo escuchaba en el teléfono. - Bernardo sonreía con sarcasmo a la vez
que se frotaba la cara como si despertase de un sueño.- No sólo me pidió ayuda,
sino que me pidió consejo, ¿lo podés creer? Sé que no me entendés, no podés
entenderlo porque tu viejo es tan diferente, pero ya lo vas a conocer.
- ¿Cúando llega?
-Esta noche.
Solté la pizza y lo miré como si estuviera
diciéndome un chiste.
-Perdonáme, Ceci, pero recién esta tarde
me llamó al hospital para confirmarme que ya estaba viniendo con el paciente en
el micro que llega a retiro mañana a la mañana. Lo internamos y después nos
venimos a casa.
-Está bien, Bernie. Entiendo, por supuesto
que tenemos que ventilar el colchón extra y buscar sábanas y frazadas.
-No te preocupes por eso, mi viejo no es
exigente más que con lo que se relaciona con su profesión, y conmigo, y se
adapta a cualquier cosa. Pero te pido un favor muy especial…
-Decime.,
-No quiero que estemos solos los tres,
mañana, es decir…me sentiría agobiado…no sé si me entendés…es que ya me siento
ahogado al pensar en lo que me va a decir, en su expresión al ver el
departamento…
-Y al verme a mí.
No fui justa con él, lo reconozco. Si por
un momento percibí un resquicio de vergüenza de su parte, sin duda mi
autodesprecio aumentaba esa sensación.
- ¿Qué decis?
-Nada, perdóname. ¿Querés que invite a
papá?
Asintió con la cabeza. Parecía un chico
desvalido, avergonzado y a punto de llorar. Lo agarré de las manos, llenas de
venas que se notaban a ras de piel, los dedos largos y las uñas casi
inmaculadas.
Pedimos un fainá extra, y nos quedamos
hasta que cerraron. A las doce de la noche caminamos del brazo, lentamente,
cruzando la avenida semi desierta, los semáforos cambiando de luces para un
solo auto, o para un perro que nos siguió hasta el edificio, al ritmo de mis
muletas. Cuando cerramos la puerta del ascensor, lo vimos observándonos desde
la vereda, elevando la mirada como si estuviese viendo la ascensión de dos
dioses inválidos.
La cena del lunes conocí a mi suegro. Era
un hombre de carácter campechano, de poco más de setenta años, fornido y alto.
Llegó con unas botas discordantes para la ciudad, pero con un traje oscuro, un
moño de lazo atado con una prenda de plata, un cinto de cuero fino y un chal
tejido y doblado sobre el hombro izquierdo. Cuando se sacó la boina, vi su pelo
abundante y canoso. Traía un gran paquete que dejó sobre la mesa enseguida que
entró, y me abrazó un rato largo, diciendo palabras cariñosas en voz muy
fuerte. Yo creí, por un momento, desmayarme entre sus brazos. Era el mismo olor
del hijo, pero con un cuerpo más fuerte. Lo que en Bernardo había de ternura,
en el padre sobraba de brusquedad.
-Me alegro conocerlo por fin, señor…
- ¡Qué señor ni señor! Llamáme Beto, como
me decía mi finada.
Ya en la primera frase pronunciada en el
departamento de su hijo, salía a relucir el resentimiento, porque no menos que
eso era ese comentario como al azar y nacido del fondo del viejo.
Había traído un chivito ya cocido, que
sólo había que calentar. Nos serviría para toda la semana. Bernardo lo llevó a
la cocina y se puso a preparar lo necesario. Se escabulló, por supuesto. El viejo y yo nos sentamos en el sofá. Él
miraba el lugar, y adiviné detrás de su complacencia una hostil desaprobación
que se esforzaba, debo reconocerlo, en disimular.
- ¿Y qué está escribiendo, querida?
-Escribo para mí, nada más, por el
momento estoy sin trabajo, pero con un amigo tenemos algunos proyectos
editoriales.
-Me parece muy bien. Las mujeres que
escriben son excepcionales, mi Ada leía mucho y se carteaba con mucha gente de
afuera.
Obvié el sarcasmo.
-No sabía que ella se llamaba Ada, digo…
¿me entiende?
- ¿No le dijo Bernardo nunca cómo se
llamaba su mamá? ¡La pucha! Pensé que después de todos estos años…pero la
verdad, no me extraña.
El viejo miraba hacia la puerta de la
cocina, y se quedó mirando fijo. Me di vuelta. Bernardo estaba apoyado en el
marco, con el repasador entre las manos, hecho un bollo, y desamparada la
mirada.
De pronto, el viejo levantó la voz:
-A que no me lo va a creer, si lo
contábamos siempre que teníamos oportunidad, hasta que nos cansamos de
repetirlo. Mi finada y yo nos conocimos en la estancia de los Larriere, - uno
de los hijos es al que traje a Buenos Aires-. Yo estaba recién recibido y los
tenía de clientes, nada serio en ese entonces, pero siempre con problemas de
digestión y otras yerbas, sobre todo en los varones de la familia. Resulta que
Ada fue institutriz, se educó en Londres, ¿no sabía?, así que enseñaba de todo
en la escuela rural, que los Larriere mantenían a sus expensas, por supuesto.
-Así que eran filántropos…
Me miró, calando las medidas de su
contrincante.
-Así puede llamarlos, pero ellos han estado
siempre por fuera de todo interés político. Tienen otras cosas en qué pensar, en
sus eternas enfermedades que me han dado muchos dolores de cabeza.
El viejo no había dejado de echar vistazos
a mi pierna y a mi pie vendado cubierto por la zapatilla, así como también a
las muletas.
-Como en esta ocasión, ¿no es cierto?
-Así es, Cecilia. Pero no hablemos de
enfermedades hoy, por favor. ¡Bernardo!-llamó, o gritó.
Pero apenas después sonó el timbre. Por
fin, me dije, había llegado papá Renato.
El viejo se levantó a abrir la puerta.
-Con su permiso, Cecilia.
Papá entró con dos botellas de vino, con el
raje que usaba para la escuela, los anteojos redondos en su cara frágil. Se estrecharon
las manos.
-Es un honor conocerlo, doctor-dijo.
-El honor es mío, profesor. Recién le
contaba a su hija que mi mujer era profesora de inglés y francés…
Caminaron juntos hasta el sofá y se
sentaron. Bernardo, como un sirviente, mudo y colérico, agarró las botellas y
se las llevó a la cocina. El aroma de la carne asada llegaba hermosamente
lúdico en el ambiente hostil de la sala.
-Enseñó de todo a los chicos cuando
crecieron, a Natalia y Vicente. Siempre fueron excelentes chicos, obedientes y
cultos. Demasiado delicados para mi gusto, así que…
-No me dejabas visitarlos…eran demasiado
para mí, o a lo mejor muy poco para lo que querías de mí, me parece- dijo Bernardo
al volver con las copas de vino para los cuatro y una picada exuberante sobre
la bandeja de madera.
-Te quería recio, fuerte, para ser médico.
Los chicos Larriere eran y siguen siendo delicados, la única fuerte es Natalia,
pero Vicente es un afeminado al que le tengo mucha pena…
-Así es papá, ¿te das cuenta, Ceci?
Levantó la copa para ofrecer un brindis.
Renato lo interrumpió, para conciliar lo que se estaba resquebrajando desde
hacía largo rato. Bernardo estaba reaccionado luego de mucho tiempo, y justo
había elegido esta noche.
-Así somos los padres, Bernie, no te hagas
mala sangre. Nos equivocamos la mayor parte del tiempo. Brindo porque no lo
hagamos el resto del tiempo que nos queda, y que no sea poco.
Brindamos, por supuesto, y luego de una
larga bocina bajo el balcón y el ruido de dos paragolpes chocados, el viejo
doctor dijo:
-Me hago eco de sus palabras, Renato, son
muy sabias. Pero estos chicos no entienden, todavía, cuando tengan crías lo
sabrán.
Debía haber pensado que Bernardo no le
había dicho nada, y no tenía por qué hacerlo, en realidad. Sólo era el
desparpajo del viejo y su dosificación de mala intención que no sabía medir con
exactitud, así como tal vez no sabía medir la dosis de anestesia para evitar el
dolor de un paciente. El dolor con dolor se cura, pensé, de pronto, y me sorprendí
al ver la cara de los demás, porque no me di cuenta que lo había dicho en voz
alta.
-Veo que lo comprende, querida. Es un
refrán de pueblo, pero muy cierto.
Cuando los demás esperaban que llorara, yo
había contestado como tal vez Ada lo hubiese hecho. Bernardo se tapó la cara
con las manos y el viejo se escondió tras el cristal de la copa. Renato me
miraba con compasión y un puño en el bolsillo del saco, y dijo:
- ¿Cuándo se come en esta casa? Me muero de
hambre.
Después del café, mi suegro y mi padre
salieron al balcón a fumar. Se senté en el sofá junto a Bernardo, obligándolo a
quedarse conmigo. Quería levantarse, recoger las cosas de la mesa, lavar los
platos, todo para no pensar ni escuchar lo que su padre decía en el balcón,
fuerte y probablemente sin darse cuenta, acostumbrado a las grandes extensiones
del campo y de su estancia. Pero el resentimiento era un tumor que estaba
creciendo en el departamento, y nos ahogaba a los cuatro.
- ¿Y a usted que le parece esta parejita,
don?
Escuchamos la voz del viejo, que aun
intentando ser velada, era clara como un disparo. El olor del tabaco envolvía
el filo de las palabras con antiguas sedas.
-Pienso que son el uno para el
otro-contestó Renato.
-Eso es lo que me temo. Los
complementarios parecen adecuados a la primera vista, encajan como dos piezas
de los que usan los loqueros. Pero a mí me gustan las parejas bien avenidas
como en nuestros tiempos. La mujer de un médico debe ser una compañera que no
confunda ni estorbe, que vea lo cotidiano y que también comprenda lo que nos
preocupa.
-Pide demasiado, doctor. Ellas tienen sus
propios problemas, están tan confundidas como nosotros.
-Mi Ada era una mujer muy culta, tenía
sus opiniones, pero nunca me contradijo. Sabía cuál era su deber.
- ¿Su deber?
-Como esposa, me refiero.
-Ya, ya le entiendo. Una especie de
sacerdocio, o de régimen castrense. La obediencia debida o la consagración a
Cristo. Todo perfecto en los papeles del acta de matrimonio, o en el
concubinato, como nuestros hijos, no importa, el compromiso es el mismo. Pero
déjeme decirle una cosa. Mi mujer, la madre de Ceci, está en casa. Usted se
preguntará por qué no vino. Tiene Alzheimer, doctor, está en una silla de
ruedas desde hace dos años. Era militante de izquierda, marxista leninista, si
quiera llamarla así. Su voz y sus razonamientos resonaban en la calle y en casa
como en un templo. La fuerza que tenía, la inteligencia que a veces aún se ve
en su mirada. No me reconoce, y Cecilia ya no viene a verla porque la hace
sufrir. Yo me deshago entre las dos, una casi muerta, la otra muriéndose. ¿Qué
me dice, ahora? ¿Cuál es el papel de nuestras mujeres en el matrimonio? Yo
solamente tengo tiempo para preguntarme cuál es el mío.
Mientras yo lloraba en silencio, Bernardo
dijo:
-Voy a llevar los huesos al perro de la
esquina.
Se levantó y juntó los restos en una
bolsa.
Ya
ves, Ceci. Sigo contándote de la misma manera aburrida y desordenada. Pero
ahora que lo pienso bien, ¿no es esto una contradicción? El desorden altera la
rutina que provoca el aburrimiento, y sin embargo, mi desorden se ha vuelto una
costumbre, y como toda costumbre, lleva al aburrimiento. No sé contar como vos,
literariamente. Sólo escribo bien cuando me dedico a labores científicas, y eso
ocurre porque la estructura metodológica me sirve de esqueleto y protección.
Como un escarabajo, tal vez. Un esqueleto cartilaginoso aparentemente fuerte,
pero demasiado frágil. La pisada de un hombre lo destruye, la pisada del
monstruo. Eso somos: bestias destructoras de teorías. El hombre es un animal de
rapiña, no recuerdo quién lo dijo. Si se limitara a destruir teorías, que son
nada más que hipótesis, en esa destrucción se engendra el germen de la
construcción. Pero cuando destruye la belleza, como un poema, esa síntesis
incomprensible de cuerpo y espíritu que la humanidad ha logrado amasar lenta,
parsimoniosa y cruelmente a lo largo de los siglos, aún a costa de su propia
tranquilidad. Porque la tranquilidad de la ignorancia y la pereza es una paz
siempre amenazada por los volcanes interiores. Somos cuerpo, (por eso somos
tierra), huesos (y las rocas nos sorprenden con su fragilidad), sangre (la lava
roja que se enfría y deja manchas indelebles, que no puede ser revertida a su
continente, que se pierde y con ella lo que llamamos vida y no sabemos de qué
se trata en realidad).
Por eso no
entendemos la enfermedad, y mi padre, que tanto se ha jactado de su practicidad
en la resolución de las cosas, ahora se ha visto con lo que no entiende. La A
se ha convertido en B, y la B de pronto se revirtió en una engañosa W, ¿o en 8,
tal vez? Confundiendo los términos tan lastimosamente prendidos. No se mezclan
sin impunidad peras y manzanas. Las teorías atómicas no coinciden con el
bisturí del cirujano. A veces es más fácil confundir un niño espástico con un
pájaro muerto en la vereda.
El lunes fuimos
al hospital. Vi a mi viejo caminar con deliberada lentitud por los viejos pasillos
descascarados, cruzándose enfermeras que lo miraban y sonreían con sorna al
verlo vestido como un gaucho elegante, o como un médico disfrazado. Los colegas
jóvenes lo saludaron con respeto cuando lo presenté. A Mateo primero porque lo
encontramos en la entrada, pero no nos ofreció mucho tiempo porque tenía a su
hijo otra vez internado. Luego llegamos a la habitación de Vicente Larriere.
Estaba despierto, desnudo bajo la sábana. El pecho estaba flaco, igual que la
cara, piernas y brazos, pero el vientre era una bola grande, que, aun pecando
de estúpido, era muy parecida a la de una embarazada. Mi viejo me miró mientras
yo palpaba el abdomen de Vicente. Es un hombre amable, algo tímido, o más bien
reservado. Tiene poco más de treinta años, y su única familia son su padre y su
hermana. La madre murió en Francia cuando los chicos eran adolescentes, así me
contaron. Luego de esa orfandad, las relaciones que antes prácticamente no
existían entre ellos y yo se hicieron imposibles, porque iban y venían de
Europa. Vicente estudiaba agronomía en Amsterdam y Natalia en el conservatorio
de París con Bolanger y Ansermet.
- ¿Cómo se siente
hoy? -le preguntó papá, con su tono campechano, que a los residentes que
entraron poco después hizo reír. Papá no les hizo caso, así como no hacía caso
a las protestas de las viejas que rondaban la cama de los enfermos con sus
yuyos o a los chicos que saltaban o a los perros que ladraban. Es admirable esa
peculiaridad de su carácter, que al fin de cuentas es un don de algunos
médicos: el abstraerse a todo lo que no sea el centro de atención de su
pensamiento en tales momentos.
Larriere se
encogió de hombros.
-Como siempre,
doctor. No me duele más que cuando se mueven.
Miré a mi viejo
porque todavía no sabía con exactitud lo que él pensaba. En el camino me había
hablado de la larga enfermedad de los Larriere, una herencia familiar que se
manifestaba en la segunda o tercera década de la vida de los varones. El padre
sufría de lo mismo, pero en su caso había una latencia admirable. En el hijo,
en cambio, los síntomas fueron prematuros y siempre intensos. Había ocasiones
cuando su vientre se abultaba hasta el límite de lo soportable del dolor, y
papá estuvo a punto de operarlo. ¿Por qué no lo había hecho? le pregunté. No
supo contestarme más que con evasivas. No era propia de él esa duda. Si se
hubiese tratado de mí, como cuando me quedé parado viendo el accidente de mamá,
habría significado una ignominia.
Ese era el centro
de su carácter, ¿entendés? La estabilidad en un centro que nunca variaba, como
un sol alrededor del cual girábamos todos los demás, familia, amigos y
pacientes. El mundo, en definitiva. Y ahora, sin embargo, los conocimientos,
que en su universo eran tan eternos como ese centro que creía estable, se habían
tergiversado. Las letras se mezclaban, cambiaban de significado, y se sumaban
números formando códigos. Ya no regían la tabla periódica ni la nomenclatura anatómica,
sino esos códigos tan difíciles de memorizar como de pronunciar.
Un árbol es un
árbol, y crece en determinadas condiciones. Pero un hombre no es un árbol cuyo
tronco lastimado forma cicatrices en la corteza, ni una conducta es la
invariable sentencia de una forma de ser.
Nos escuchó hablar
con el oncólogo, intercambiando opiniones, planteando hipótesis de diagnóstico
y métodos de estudio. Radiografías, radioscopias, análisis de sangre y fluidos,
punciones abdominales. Teníamos un tomógrafo computado que el gobierno había
comprado en Estados Unidos, pero el técnico argentino recién se estaba
formando. De todos modos, decidimos que someteríamos a Larriere a ese estudio.
Cuando estábamos
en la sala de médicos, ya no tuvimos tiempo de hablar sobre el caso. Los antiguos
colegas de papá aparecieron uno tras otro. Compañeros de la facultad en su
mayoría, a los que no había visto desde que se había vuelto al campo. Yo estaba
de más, por supuesto. Creo que hasta se olvidó de mí cuando se fue con el padre
de Mateo. Yo no lo sabía, pero habían sido amigos en la cátedra de Anatomía e
Higiene. Me sentí bien por él. Lo había visto salir de la habitación de
Larriere con un gesto preocupado, muy parecido al que tenía cuando murió mamá.
Lo que no encajaba en sus esquemas no solamente lo preocupaba, sino que lo
enfurecía. El dios de sus costumbres era estático, pero el hospital Rivadavia
lo había desestabilizado: las camas eran máquinas, las enfermeras titubeaban y
los médicos hablaban en jeringosa. Te reís, claro, pero así fue como me lo
dijo. A veces me sorprende, porque él también es humano, por supuesto. Critica
la mecanización de a medicina y sin embargo él lucha por sostener en pie las
estatuas de los antiguos galenos. ¿Unas u otras? Y mientras tanto, el
conocimiento fluye más rápido que nuestra comprensión. Escribir manuales lleva
tiempo porque implica un factor que la tecnología no contempla: la intuición de
la creación. Vos bien lo sabés: en una lista de compras también participa el
espíritu del hombre.
El miércoles
llevamos al Larriere a la sala del tomógrafo. Ya lo había visto funcionar en dos
ocasiones, pero había solamente tres en Buenos Aires, y el técnico iba y venía,
y se lo tomaba con tranquilidad. Poner en funcionamiento el aparato llevaba un
par de horas, y a veces el equipo satura el sistema eléctrico y se cortan las
luces en las habitaciones, lo cual no es grave, pero también las de los
quirófanos. Mientras, conversábamos en la sala técnica, llena de paneles con
controles y monitores; y tras el ventanal, el gigante en cuya boca habíamos
introducido a Larriere. Hubo que sedarlo, tenía miedo. Acostumbrado a las
extensiones del campo, el estrecho túnel era sinónimo de claustrofobia.
-Esto no tiene
futuro-dijo mi padre, con las manos a la espalda y el ceño fruncido, más
asustado que ofuscado.
El técnico no
ocultó la sonrisa, con la vista fija en los botones y perillas. Nosotros, los
médicos, dudábamos de lo que veíamos, pero nos fascinaban las imágenes que observamos
en las placas sobre los negatoscopios. Apagamos las luces grandes, y
contemplamos los quistes blanquecinos en el abdomen de Vicente Larriere. Los
que no entendían, y éramos quince médicos en ese ateneo convocado por aquel
caso tan especial, se callaron la boca todo el tiempo que duró la reunión. Sólo
hablaban mi padre, por su conocimiento de los antecedentes, e insistiendo
siempre en hacer encajar lo que veía con sus ideas previas (pero casi siempre
fracasaba cuando quería poner un cuadrado en un círculo, y los espacios que
quedaba vacíos, los anulaba). Los Ibáñez, padre e hijo, opinaron que eran
pólipos malignos, las imágenes no hacían más que confirmar los resultados de
las biopsias, que hasta ese momento estaban inconclusas y para nada determinantes.
Los anátomopatólogos se encontraban con resultados contradictorios con cada
muestra que tomaban, y la ambivalencia, finalmente, fue su criterio. Pero a los
cirujanos eso no nos sirve para nada, y tampoco creemos necesitarlo. Llegados a
la zona de la duda, hay que explorar como en una selva virgen o en un desierto
helado. Es como meter la mano en un espacio oscuro: el éxtasis es una simbiosis
de temor y plenitud. El resultado, en la mayoría de los casos, es la
frustración.
Esto fue hace casi
dos semanas, y ya sabés lo que pasó. El ir y venir de mi padre con su cara
ofuscada y sus rabietas. El uso de nuestro teléfono para atender sus casos en
el pueblo. La irritación constantemente en aumento. Pero él único que se siente
bien ahora es el enfermo que provocó toda esta situación. Quiere irse a la
estancia con su familia. He visto a la hermana luego de tantos años que por
supuesto no la reconocí. Se hospeda con una vieja amiga de la familia en
Palermo, una reliquia de antigua aristocracia, los Martins. Quiere llevárselo,
pero me ha dicho:
-Doctor, si decide
operarlo, quiero que lo haga usted.
Comprendí, las
manos de mi viejo están desgastadas. Sus dedos se convierten en ramas cuando lo
ataca la artritis, aunque él se esmera en esconderlas, pero el dolor brilla en
sus ojos, y él no es una estatua como las que idolatra, ni una pieza anatómico
que ya no llora. La anotomía es feliz porque es bella, y bello tanto lo teratogénico
como lo normal. ¿Cuál elegiremos, llegado el caso? ¿El espástico que se parece
a un cuervo o al David de Michelangelo?
En fin, papá me
echó el fardo encima. Debe irse, sus pacientes lo esperan, sobre todo los que
puede salvar. Veo en su cara que se lamenta de haberlo traído, porque ha
esculpido la estatua del fracaso en su conciencia. Las máquinas, la modernidad,
la tecnología, las costumbres son los materiales. Antes la enfermedad y la
muerte no tenían misterios. Eran garrapatas que podía desprender fácilmente de
la conciencia y del cuerpo de la gente. Lo que debía morir, se dejaba morir,
aún con el escalpelo en la mano intentando extirpar el demonio interno. Las
viejas civilizaciones con sus médicos brujos lo sabían: se extirpa una masa y
no la mínima entidad. Y la masa puede ser un planeta como un tumor en el cerebro.
Todo depende de los ojos que observen.
La obsesión por descubrir el microcosmos es una fuerza que nos revierte
al macrocosmos, y no la podemos detener.
-Don Isidro Braulio,
ya te hablé de él. Tiene cáncer de próstata. Si lo vieras al viejo, se lamenta
más de sus testículos, duros e inservibles como piedras, que de la muerte. Se
empecina en recordar los viejos tiempos con las mocitas del pueblo, allá por
los años veinte, cuando era un pibe calentón. Noventa años tiene ahora, y
morirse así, solo, además, porque el hijo, tu mujer lo conoce, creo, es un
maricón que no quiere saber nada del padre. Por eso tengo que ir y hacer algo.
- ¿Y qué vas a hacer?
-le pregunté.
-Cortarle los
huevos y decirle que ya no se meta más con las pendejas con trenzas.
Me quedé
mirándole.
La ironía, al fin
de cuentas, en cierto modo lo redimía.
3
Durante más de medio año,
Larriere entró y salió del hospital muchas veces. No siempre Bernardo me tenía
al tanto, y luego ya no me comentaba nada, aunque lo veía con una expresión preocupada
y ensimismado en pensamientos que parecían vagar por libros memorizados después
de haber luchado con prejuicios internos. La lucha de las ideas contra los
principios enraizados en la médula de los huesos -según se permitía decir,
vagando por lirismos no bien vistos en los médicos prácticos - estan las
habitaciones del alma. Creo que fue Herófilo el que dijo que el alma estaba en
algún sitio del cerebro, ¿pero por qué allí?, se preguntaba Bernardo, que al
fin de cuentas y luego de tantos siglos, sabía más que el elemental Herófilo,
si es que existió tal personaje.
Vicente Larriere hizo quimioterapia, tomó
medicamentos, se sometió a radiaciones, pero cuando decidieron operarlo, se
negó una y otra vez. La hermana, yo nunca la conocí, lo acompañaba al
principio, pero después el muchacho venía solo a Buenos Aires, iba al hospital
por las mañanas y en las tardes se encerraba en su cuarto del hotel en la
esquina de Libertad y Lavalle, oscura como todos esos edificios viejos, de
paredes anchas que no dejaban entrar el ruido del tráfico. Tal vez se acostaba
en la cama y sentía el movimiento de sus habitantes interiores. Los pequeños monstruos
que los estaban enfermando para sobrevivir. Yo todo esto lo imaginaba, por
supuesto, luego de escuchar a Bernie hablar larga y tendidamente de las
hipótesis de diagnóstico. Cuando no hay un diagnóstico definido, se achaca todo
al cáncer, como una gran bolsa de muerte que lo acepta todo. Y bienvenidos
sean, dice Ella, la Parca con la hoz o simplemente una vieja cargando una bolsa
donde entra absolutamente todo porque nunca termina de llenarse. Y no tiene
peso porque está llena de almas. ¿Tiene el alma un tamaño o una medida? He
leído algún relato de Beltrame conjeturando sobre eso. No es extraño en él tal
tema, su propia alma debe preocuparle mucho.
Pero Larriere fue desapareciendo
lentamente en las conversaciones en nuestro triste palacio del tercer piso sobre
Sarmiento, a cuadras de los arcos del Abasto, el gran ministerio del mercado
ahora cerrado y eternamente en vías de remodelación. Y comenzaron otra vez las
discusiones, por trivialidades, inconformismos, exigencias e intolerancias,
absurdos que desgastan el amor y someten al cariño restante a una prueba
innecesaria todos los días.
Cuando ya nos estábamos acostumbrando a
esa rutina, murió el viejo doctor Adalberto Ruiz. Un llamado desde el pueblo en
plena madrugada del sábado. Bernardo se levantó y fue hasta la cocina donde
estaba el aparato sobre una mesita al costado de la puerta. Fue protestando,
con la idea fija de que lo llamaban de la guardia. Lo escuché hablar apenas con
monosílabos que podían ser de asentimiento o negativa. Colgó el tubo y regresó
a la habitación. Sin mirarme, salió de vuelta y fue al baño. Escuché el chorro
de la orina en el inodoro, intenso, luego suave hasta que se detuvo, pero él no
regresaba. Me levanté y fui a verlo. Estaba sentado en el inodoro, desnudo y
con las manos tapándose la cara.
- ¿Qué pasa, Bernie?
-Voy a ducharme, hacéme el favor de abrir
el grifo.
Así lo hice, y mientras el agua corría y se
iba entibiando lentamente, pregunté otra vez:
- ¿Una emergencia?
-Algo así, Ceci. Pero ya no hay nada que
hacer.
- ¿Se murió Larriere?
Me miró y se rio.
-No, ese todavía sigue vivo, y tiene para
mucho, me parece. El que se murió esta vez es el médico. Mi viejo, Ceci, por
fin se fue.
Se levantó y se metió bajo la ducha. Lo
observé como si lo viese por primera vez en mi vida, mientras él dejaba que el
agua le cayera sobre la cabeza y recorriese su cuerpo, aliviándolo, tal vez. Me
saqué la ropa y lo acompañé. Abrió los ojos que tenía cerrados mientras el agua
lo aclimataba a una sensación que iba buscando en su interior, y que no sabía era
el cuerpo el que debía entregarse. Siempre el cuerpo, eso yo lo sabía bien. El
dolor físico domina el alma. Por eso quise consolarlo y lo abracé, intentando
pensar cuánto tiempo había pasado en que no teníamos tal intimidad. Apoyó la
cabeza en mi hombro y se puso a llorar, creo, o era el agua de la ducha que
intentaba ocultar el patético llanto de un hombre que creía no haber amado
nunca a su padre, y por el que sin embargo se lamentaba como un chico
abandonado.
Juntamos algunas cosas rápidamente en un
par de bolsos, Bernardo llamó al hospital y salimos a las siete de la mañana
con el auto, el Falcon que Ibáñez le había vendido para comprarse el Peugeot en
el que podía vérselo ir venir por todo Buenos Aires y La Plata.
Llegamos
al mediodía a General Lavalle. Recorrimos las calles tranquilas que yo visitaba
por primera vez, y que en otra ocasión habría disfrutado. El clima del campo
era influenciado agradablemente por la cercanía con la costa. Las arboledas de
la entrada hacían sombras intermitentes en el camino, y bajando la ventanilla pude
oler el aroma de los eucaliptus. Entonces me sentí invadida por la intensidad
de ese aroma, que por un instante me asustó, porque en la radio estaban
transmitiendo la sinfonía Pastoral, y el contraste con la situación que
estábamos pasando, me inquietaba. De qué me sirvió, me dije, tanto libre
pensamiento y el supuesto ateísmo de mi madre, si brotaban tan fácilmente los
reparos estéticos y morales del catolicismo. Como la prohibición tácita de
escuchar música en Viernes Santo o comer carnes rojas durante la Cuaresma, el
sentirse feliz cuando alguien ha muerto apenas unas horas antes, representaba
una especie de blasfemia. Los resabios de la Inquisición, tal vez. Las
opresiones morales y las vergüenzas estaban a flor de piel.
Miré a Bernardo, con las manos sobre el
volante y la mirada fija en el camino, escuchando, sin duda, los compases
magníficos del Beethoven bucólico y trascendental. Le toqué el hombro y me
observó un instante, tenía los ojos más que tristes, resignados. Esperaba la
libertad con esa muerte, probablemente, y hasta quizá se imaginaba saltar por esos
campos al ritmo beethoveniano. Pero de pronto se veía parado en medio de la
llanura, y solo, porque el viejo que siempre lo había acompañado, ya no estaba.
Vi su frente fruncirse en extrañas arrugas de pensamientos inciertos, que yo
adivinaba retorcidos porque se buscaban a sí mismos, si es que no se estaban
devorando porque no tenían otro alimento que su misma carne de ideas
conceptuales. Y de pronto detuvo el auto frente a una casa vieja de paredes
grises, techos altos con ornamentos del siglo pasado, puertas y ventanas altas
y angostas, y una reja inmensa que dejaba ver el patio interior, lleno de
plantas y un viejo aljibe. Ahora su cara florecía, y por eso apagó la radio. La
felicidad no era completa, simplemente se trataba de un maquillaje que el
recuerdo suele dibujar en las caras ingenuas. La memoria es una vieja
cascarrabias que gusta de burlarse de los chicos, como este niño grande que se
había extraviado por primera vez en plena calle.
Bajamos y Bernardo empujó la puerta
enrejada y recorrimos el pasillo fresco hacia el patio. Varias personas se
habían congregado allí, unas conversando, otras dando vueltas bajo el
emparrado, otras mirando el reloj y recorriendo el pasillo hacia la vereda de
adoquines en espera del servicio mortuorio.
Bernardo me presentó con algunos: la tía
Edelmira, prima de la madre, soltera; una chica gorda y de aspecto mongólico
que se reía y lloraba simultáneamente y a la que la tía Edelmira agarraba de la
mano con fuerza singular y patética; un hombre alto y fornido que era don Isidro
Braulio, al cual tuve que avenirme a hablarle por conocer yo al hijo, del que
quería noticias a pesar de los años de rencores o de qué sé yo. Había vecinos
del pueblo, y se sumaron muchos otros, todos pacientes del doctor Ruiz, que se
llenaban de alabanzas y lamentaciones las bocas que también saboreaban las
empanadas y el vino que las primas Sara, Eva, Aurelia, Clara y Rosa habían
traído desde sus casas a tres cuadras. Eran sobrinas del doctor, hijas de un
tío de Bernardo que había muerto de ántrax en la ya olvidada epidemia de los
años treinta. Las cinco habían nacido con un año de diferencia, y el padre
había muerto un año después. Las chicas, no sé cuál de todas, me decía entre
risas veladas que la madre lo había matado para que no la embarazara más. ¿Era
tonta o se hacía? Las otras no me parecieron distintas, pero un leve rasgo de
despiste se acentuaba hacia la más chica.
¿Era eso lo que Bernardo me había
insinuado tantas veces en Buenos Aires las pocas veces que hablaba de su
familia? Una tara congénita que se manifestaba sólo en ocasiones y en ciertos
individuos, y que provenía de ambas familias. Y se trataba de mujeres en todos
los casos, porque los varones escaseaban en esas familias. Recordé a los
Larriere y sus enfermedades crónicas que se daban en hombres casi
exclusivamente.
La vieja casona era antigua y grande. No sé
cuántas habitaciones había alrededor del patio. Puertas y más puertas casi
todas iguales que llevaban no sólo a dormitorios, sino a cocinas y baños. Todo
en una extensa planta baja que imitaba el campo llano y los escasos árboles que
daban sombra sobre la recova: laureles, jazmines, rosales, limoneros, nísperos.
El olor era tan variado que nunca era el mismo cuando uno se desplazaba unos
pocos metros. El camino de lozas estaba bordeado de mosaicos y azulejos,
macetas de barro con asas rotas, y en el medio el aljibe blanco y clausurado
con una tapa que protegía de las caídas. Pero no había chicos que pudieran
asomarse y caerse. Ya todos estaban crecidos, y me pregunté si tal vez las
chicas Ruiz habrían tenido alguna vez la osadía de asomarse al fondo oscuro.
Me senté en el borde de un cantero, con
las piernas cansadas. Los hombres me habían ofrecido sillas, que rehusé porque
quería ir del brazo de Bernardo, hasta que todos reclamaron tanto su atención
que ya parecía haberse olvidado de mí. Una tras otra, las chicas me trajeron
refrescos y empanadas. Miraban la hora cuando surgía un bache insalvable en la
conversación, y miraban hacia la tapa del aljibe.
- ¿Por qué lo tapiaron? - pregunté a la
que debía ser la segunda o la tercera. Todas eran rubias de tono oscuro,
peinadas con rodetes en diversas posiciones, y con eso me conformaba para
diferenciarlas un poco.
Se rio, tomando un sorbo del vaso que me
pareció tenía vino.
-Nos caímos, señorita.
-Llamáme Ceci, por favor. ¿Ustedes? ¿Cuál?
-Todas, Ceci. La primera fue Sara. Se
rompió la cabeza, así me dijeron porque no me acuerdo. Pero mamá hablaba todo
el tiempo de cómo fueron las caídas de cada una a medida que nacíamos. Sara fue
la primera y se hizo un corte en la frente, por eso se tapa con el flequillo.
Casi se muere. La atendió el doctor, que también la sacó del pozo con una
cuerda. “Estuvo al borde de la muerte”, así dijeron en casa, en el pueblo y en
la iglesia. La atendieron tanto que se hizo muy maleducada, no como nosotras,
señorita. Es muy malcriada y pretenciosa. Usa la cicatriz para mendigar
atención de los parientes. Siempre tuvo los mejores regalos de cumpleaños y de
navidad. Entonces nosotras hicimos lo mismo, nos caímos…
-Una tras otra, supongo…
-Sí. Yo me rompí un brazo porque me lo
enganché en la cadena, y quedé colgada. Me despellejé toda. Casi me arrepentí
cuando me vi el brazo en carne viva. Pero lo que siguió después valió la pena,
los regalos y las atenciones.
Me mostró la piel llena de cicatrices bajo
la manga del vestido.
-Después siguió Aurelia, una noche que iba
caminando como sonámbula. Cayó de pie en el agua del fondo. Se rompió los
talones y estuvo con yesos durante seis meses. Esa nos ganó, imagínese seis
meses en cama, con comida en bandeja y sin escuela. Bueno, después se cayó Clara…
¿Pero quiere que le siga contando, porque van a llegar los de la funeraria?
-Seguí contando, querida…
-Bueno, mi hermana se cayó jugando, no lo
hizo deliberadamente. Saltaba la cuerda tan bien que se armó una escalera hasta
el aljibe, porque es lo único alto que tenemos por acá, a la calle no nos
dejaban salir a jugar y el techo todavía no nos atraía demasiado.
-Sí, imagino que los pozos negros son más
interesantes…
- ¿Cómo lo sabe?
-También soy mujer, Eva, pero seguí…-Ya veía
en esa historia un buen artículo, o por lo menos un relato a publicar.
-Clara se había negado porque mamá contaba
los sufrimientos por los que había pasado por sus hijas y ella no quería
hacerla llorar. Las tres nos burlábamos de ella por el miedo.
-Pero esperá un poco, ¿por qué no tapiaron
el aljibe desde que se cayó la primera?
Se encogió de hombros.
-Lo usaban…
-Me parece raro-dije. -Ya los aljibes
están todos secos, salvo por el agua de lluvia, y no me vas a decir que tomaban
de esa agua…
-No, Ceci, tenemos canillas para eso. -Y
se reía, la tonta, encontrando de pronto la ocasión de burlarse de alguien que
creía más inteligente.
-Está bien, ¿y qué pasó con…Clara, no?
-Como no se quería caer, la empujamos.
Treinta segundos de silencio, dos sorbos
cortitos de refresco o vino, lo que fuese.
- ¿Y qué se rompió?
-Nada, pero la picó un alacrán que estaba
en el fondo. Tuvieron que cortarle un pie, el doctor la operó. Es esa que
cojea, ¿la ves?
Me señaló una chica que rengueaba mientras
llevaba la bandeja de grupo en grupo. Ya casi no había espacio en el patio. Las
ramas de los arbustos eran empujadas por los que caminaban entre los senderos,
gente que se reencontraba después de mucho tiempo. Hubo saludos y muchas risas
que intentaban atenuar con cambios de voz bruscos y desatinados.
-Queda una, ¿no?
-Rosa, sí. Esa no quería saber nada, y
aunque la forzamos, se puso a gritar y mamá llegó corriendo. Nos denunció,
¿podés creerlo? Así que mamá ordenó a papá que pusiera la tapia. La tía
Edelmira se negó un montón de vez. Hizo reclamos en la municipalidad. Allá la
miran bien.
- ¿Tiene influencias?
- ¿Qué sé yo? A lo mejor es porque fue
ayudante del doctor mucho tiempo.
Se me ocurrieron ideas.
- ¿Y ya no?
-Creo que se peleó con el doctor, desde
que yo los conozco se miran raro y no se hablan. Todo por el aljibe, ¿sabés?
Siempre viene gente de la municipalidad a buscarla y ella sale corriendo para atender
cualquier urgencia de bebés y otras cosas.
Pueblo chico, infierno grande, pensé con
todas las letras. Toqué la tapa, y me dije que el negocio se había clausurado
por un tiempo.
- ¿Y esa chica enferma, la gordita, que
está con la tía?
-Esa es mala, Ceci, ninguna de nosotras le
habla. La acusan de…-. Acercándose a mi oído, pronunció la palabra lascivia.
Miré a los hombres alrededor. Casi todos
eran del pueblo, pero muchos eran desconocidos. Gente de las ciudades vecinas,
quizá de toda la provincia, y de Buenos Aires. Abortos, venta de bebés, el
tradicional negocio de los pueblos. La droga es de las ciudades, la
prostitución también, pero en el campo los chicos nacen como conejos, y todos
tienen la misma mentalidad de esa especie.
Entré
a la sala donde velaban al viejo. Bernardo estaba sentado una silla contra la
pared. A ambos lados había dos mujeres que parecían dos plañideras sacadas de
una novela italiana. Cuando me vieron, se levantaron y se fueron. Me senté al
lado y le agarré una mano.
- ¿Cómo te sentís?
Se encogió de hombros. Un rato después, no
pude evadir la curiosidad.
- Vos sabés lo que pasa acá, ¿no? -Hice un
gesto mirando afuera, al patio.
-Nací acá, Ceci.
-Entonces tu papá te hizo un favor dándote
motivos para irte.
Iba a contestarme algo que intuía no iba a
gustarme, pero nos interrumpió un hombre que se paró frente a nosotros y extendió
la mano para saludarnos. Bernardo lo miró, pareció dudar apenas un instante, y
de pronto se levantó y ambos se abrazaron.
No tenía hermanos ni primos varones. Era un
hombre de su edad, apenas un poco mayor quizá. De barba rizada y algo larga,
cabello largo hasta los hombros, castaño oscuro y ojos celestes como un cielo
despejado.
-Mi pésame- dijo, en un acento francés
inconfundible, tal vez de la Provenza o la Bretaña, con los labios casi pegados
al hombro de Bernardo.
Debían ser muy amigos, porque no lo había
visto emocionarse con nadie más de esa manera. Se dio vuelta y me presentó.
-Cecilia, él es Mauricio Dergan.
Se miraban con una sonrisa emocionada, palmeándose
las espaldas como si no pudiesen creer aquel reencuentro.
-Ceci, él es el motivo por el que me fui
del pueblo.
-No entiendo…
-Al viejo -dijo Dergan- …perdonen
ustedes…al viejo doctor yo no le caía bien. Nunca supe por qué, pero así son
los padres, se empecinan en elegir las amistades de sus hijos, y sobre todo
siendo Bernardo hijo único tenía puestas todas las esperanzas en él. Yo era una
mala influencia en esa época, y lo sigo siendo.
La broma, que no debía serlo, enlazó aún
más su complicidad.
Salimos al patio y nos sentamos. Eran las
dos de la tarde y el servicio fúnebre aún no había llegado. Me contaron de los
viejos tiempos, sobre la tragedia de los hermanos Espinoza.
-Todavía se los ve por acá, renegando con
la tierra, más pobres que lauchas.
- ¿Y usted qué hace, Mauricio?
-Soy veterinario, Cecilia.
Me habló de su infancia en Europa, su
venida a la provincia, y no fue necesario me aclarara más. Tenía un petaca de
whisky que sacaba sin disimulo del saco, empinando el codo y apartándose el
cabello largo. Pero el alcohol es un síntoma, nomás, en él. He visto muchos, y
sabía que para Bernardo no había ningún misterio. Me di cuenta de la palidez de
su cara y sus manos, que resaltaban en el marco de la ropa oscura y que noté
desgastada por el tono brillante en los codos, el cuello y el borde de las
mangas. Tenía el pantalón negro con manchas de sangre oscura y seca que pasaban
por simple suciedad para cualquiera que no hubiese visto las manchas de sangre
en la ropa de un profesional de la salud. Su conversación era culta y educada,
no levantaba la voz, pero yo intuía era de aquellos que reservaban la ira para
determinados momentos donde coincidían la frustración y el resentimiento. Eran
explosiones, estallidos de los cuales era conveniente alejarse o mantener el
silencio. Yo lo sabía, Bernardo, con algunas diferencias, tenía el mismo
temperamento.
Y Bernardo lo miraba hablar con un extraño
regocijo en la cara que hacía mucho tiempo no veía. Al principio me sumaron a
la conversación, pero luego empezaron a hablar de los viejos tiempos, y
entonces Bernie se restregó los ojos con el puño de la mano derecha, como hacen
los chicos muy chicos. Dergan le agarró la otra y le dio unas palmaditas de
cariño, haciéndome cómplice con un guiño. Yo le agradecí esa ayuda, porque la
distancia emocional había hecho estragos en nuestra pareja, y no sabía yo cómo
comunicarme con él. Me pregunté, entonces, si no era realmente yo quien se
estaba distanciando. Como dos que caminan juntos, ensimismados y con la vista
baja fija en el suelo de tierra y polvo, sus pasos se desaceleran: uno va más
rápido, o el otro más lento, o ambas cosas a la vez. Cuando levantamos los
ojos, advertimos que debemos mirar adelante o atrás, y tal vez, con suerte, aún
podamos ver al otro.
Bernardo se levantó de la silla y volvió
a entrar El ataúd seguía abierto. Lo acompañamos, permaneciendo detrás. Lo sentimientos
contradictorios fluían en el rostro de Bernie, tanto por la ira que se estaba
manifestando como por la especie de liberación que había obtenido con esa
muerte. Dergan se le acercó apenas vio el movimiento de los hombros y lo
abrazó. Parecía contenerlo, no en su pesar, sino en su ira, como sujetándolo
para que no se pusiese a violentar el cuerpo que ya no era responsable de sí mismo.
El reclamo, pensé, que intenta manifestarse demasiado tarde, y lo sabe, por eso
pena y se amarga y se revuelve en su propia impotencia. A veces el rostro de Bernardo
era una suma contradicción de sentimientos y ánimos. La alegría intentaba ganar
terreno cuando nos miraba: la placidez o la plenitud, no sé, cuando me
observaba a los ojos, que se enturbiaba de pronto, exactamente como sucede en
un cielo de verano sobre una playa del mar. El sol radiante de pronto se llena
de nubes grises que se tornan negras, y el frío se acrecienta, algo insondable
está germinando en el aire, algo invisible que desespera por manifestarse.
Ahora que el viejo había muerto, él era dueño de su conciencia, pero recién se
daba cuenta de que su conciencia tenía varios dueños desde hacía mucho tiempo.
Uno de ellos era una especie de terrateniente que explotaba las hectáreas (la
muerte de la madre, la carrera de medicina), otro era una vecina (quiz yo) que
ocupaba muy poco sitio, no demasiado exigente, pero a quien él le había otorgado
ese terreno, temeroso de lo que el terrateniente pensara de la forma en que él Bernardo,
ocupaba las propias tierras de su conciencia.
Y allí estaba Mauricio Dergan, extraño
para mí, pero que por la forma en que se comportaba, era dueño de más tierras
que yo, y sin embargo su ocupación había sido siempre clandestina. Una zona que
el viejo había condenado por execrable, pero que había sido reservada por Bernardo
en la oscuridad, sin ser ocupada ni otorgada a nadie. Hasta convertirse en una
zona muerta.
Cuando se separaron, Bernardo permaneció
con las manos apoyadas en el borde el féretro, como sopesando el peso del
legado. El cuerpo tenía el peso de los enfermos que le había dejado, tal vez
Larriere, quizá muchos otros, pero por encima de todos estaba el día del accidente
en el campo, esos segundos de quietud ante la madre y su yegua que fueron su
condena. El legado, entonces, estaba constituido por una sentencia.
Apoyé
las manos en sus hombros y mi cabeza en su espalda. No me dijo nada, ni
extendió una mano para acariciarme. Lo vi, en mi imaginación, intentando
mantenerse en pie, cargando un ataúd por delante y mi cuerpo sobre su espalda.
Pasaron las horas del sábado. Me dijeron
que el servicio fúnebre se había postergado hasta la mañana del domingo. Incontables
vecinos seguían entrando y saliendo para dar su pésame a la familia y despedir
los restos del doctor Ruiz. El intendente llegó con uno o dos colaboradores y
hablaron largo rato con Bernardo. Él volvió a donde Dergan y yo esperábamos en
un par de sillas bajo el parral, junto a una mesa llena de comida y bebida que
iba renovándose a medida que las hermanas Ruiz cambiaban su turno de trabajo.
Eran inagotables, y por un momento, ya cansada de tanta gente, pensé que era la
misma, y las heridas de cada una parecían haberse juntado todas en una sola.
Eran las siete y media, y ya había oscurecido y las luces del patio, en los
viejos faroles, iluminaban las mesas, las sillas y la ropa de la gente que iba
y venía desde la sala mortuoria. La Ruiz que ahora renovaba la mesa era una
mezcla de todas. Tal vez yo estaba mareada y el azúcar en sangre estaba a
niveles alterados, por lo cual creí ver en ella una cojera, un brazo roto, y cicatrices
en la cara y en los brazos. Por un instante, la imaginación, que parecía estar
atada a mi voluntad, me traicionó. Cuando ella ya se iba y la espalda me
escondía todos esos extraños atributos, me di cuenta de que era la última de
las hermanas, la que única que no se había “caído” al aljibe.
- ¿Está cansada, no es verdad, Cecilia?-me
preguntó Mauricio.
-Si.
-Aguante un poco más, así somo en los
pueblos. No tenemos mucha paciencia para lo que podemos hacer nosotros mismos,
vamos y lo hacemos. Pero somos lerdos, y hay cosas que no nos impacientan. Nos
gusta estar hablando horas y horas de lo mismo o mantener el silencio
escuchando ladrar a los perros en el campo. Nadie apura. Por eso el doctor Ruiz
tenía tanto dominio sobre todos ellos. Su inteligencia había advertido el punto
donde podía mover a voluntad la voluntad de los demás.
-La culpa es un gran instrumento para
eso-le dije.
- ¿Lo dice por Benardo? Por supuesto, con
él debía ejercer toda su potestad. Siendo su hijo, tenía su misma inteligencia
e idiosincrasia. Debía lidiar con ambas.
-Y ganó la guerra, aún después de muerto.
-Quién sabe…
-Veo que se aprecian mucho ustedes dos-.
Me salió el sarcasmo. El resquemor lo incitaba.
-Así es, Cecilia. La amistad entre dos
hombres no puede ser definida. Es complicidad; es, diría, una especie de amor.
- ¿Incondicional, más que el de una
pareja, tal vez?
-Usted me hace acordar a Ada. Era tan
intuitiva como sólo un carácter como el suyo podía serlo. Sabía cuándo hablar o
callar, cuándo acariciar o reprender. Aceptaba lo inevitable del carácter de alguien
con una tolerancia que nunca era recriminada a quien se la otorgaba. O por lo
menos la mayoría de las veces, lo intentaba.
Bernie llegó y se sentó del otro lado de
la mesa servida, despatarrado. Se sacó la corbata que había llevado todo el día
y se desabrochó tres botones de la camisa.
-El intendente quiere decir unas palabras
de homenaje mañana en el camposanto.
Me reí.
-Estamos en el siglo veinte, mi amor, ¿qué
es eso de camposanto?
-Así llamamos-me explicó Dergan-al
cementario de Le coeur Antique, un pueblito de dos manzanas que está cerca. ¿No
le contaste, Bernie? Ahí se entierran a las familias de la aristocracia de
medio pelo de estas zonas.
-Ya entiendo, un feudo. Es muy interesante
todo esto, parece que los porteños somos unos ignorantes…
Ambos no pudieron evitar reírse. Pero como
si el cuerpo en la sala estuviese escuchando, Bernardo se calló de repente y
puso cara compungida otra vez.
-Usted puso el dedo en la llaga, Cecilia.
Resumió en una frase contundente toda la problemática de la historia argentina.
- ¿Y es un francés quien me lo dice?
-Precisamente por eso se lo digo. ¿Qué es
su literatura, su filosofía y hasta su derecho constitucional, sino un engendro
nacido del espíritu francés, iracundo y educado al mismo tiempo, inconformista
e irracional muchas veces? Una obrera parisiense que en medio de la revolución
levantaba en alto los testículos que había cortado a un burgués en plena calle.
- ¿Y nuestro padre?
-Algún jesuita, posiblemente. Adusto,
capaz, sabio y astuto, y todo eso mezclado en diversas dosis que han dado la
molicie, la jactancia y la severidad.
-El cabezadurismo…
Dergan se reía a más no poder. Muchos lo
miraban y decidió taparse la boca.
-Sigan conversando, nomás. Me voy a
dormir-dijo Bernardo, bostezando.
-Voy con vos…
-No, quedáte.
Se fue y lo perdí de vista entre los
demás.
- ¿Dónde va a dormir?
-En su vieja habitación de chico, supongo.
Se la mostraré…
Caminamos entre la gente, que lo saludaba
con desgano. A mí, me desconocían. Recorrimos dos tramos de la recova interna,
pasando por delante de varias puertas hasta que llegamos a una que tenía
enfrente dos macetas de barro con dos plantas muertas. Golpeamos y entramos. Bernardo
se había quedado dormido sobre la cama. El dormitorio era el de un varón de
aquel lugar y de aquella familia: libros en gran cantidad, carpetas sobre un secretaire,
cuadros en las paredes con reproducciones viejas y de tema campestre, varios
crucifijos. El techo estaba descascarado y las paredes húmedas. La cama era
amplia y tenía un acolchado tejido con piel de cabrito. El armario ocupaba toda
una pared. Era tan alto que en el espacio que quedaba libre hasta el techo
había valijas y bolsas con frazadas, probablemente, o quién sabe.
Me acerqué y le di un beso. Él, sin
despertar del todo, intentó agarrarme.
-Los dejo, mañana nos vemos temprano-dijo
Dergan.
- ¿Y usted dónde va a dormir?
-En alguna otra pieza, vivo lejos de acá y
me vine en colectivo.
-Espere, ayúdeme a sacarle la ropa porque
yo no puedo sola.
-Excuse moi.
-No importa, me halaga que no me hayas
visto como una inválida.
Mientras él lo sostenía sentado en la
cama, yo saqué la colcha con olor a vieja humedad. Busqué sábanas en el
armario, y me llevó un largo rato abrir y cerrar cajones y recorrer estantes
con cientos de cosas antiguas y ropa de chico y de hombre de otras décadas.
Probablemente había heredado ropa del abuelo, que en ese entonces duraba mucho
más que ahora, y lo habían acostumbrado a vestir de esa manera. Aún en estos
tiempos iba a hospital con traje y corbata, y se cambiaba allá el ambo de guardia
o se ponía encima el guardapolvo.
Volví a la cama con las sábanas blancas y
lisas que no estaban exentas de olor a naftalina.
Bernardo estaba sentado con
los brazos colgando y apoyaba la cabeza en la panza de Dergan.
- No es pesado, ¿verdad?
-Para nada…
-Entonces levántelo un poco que tengo que
tender.
Mientras yo lo hacía con exasperante, para
mí, lentitud, observé la imagen de ellos dos como dos hermanos que tal vez
nunca habían peleado. Cuando me di cuenta de que faltaba la almohada, salí a
buscar otra. Buqué a las Ruiz, pero sólo encontré a Rosa con una bandeja vacía
en las manos.
-Sí, cómo no, señorita Cecilia. No vivimos
acá, pero es como si fuéramos de la casa. La negra que trabajaba para el doctor
ya está vieja y solamente le cocinaba y le tendía la cama.
Esperé junto a una columna, viendo la
muerte del velorio. Menos gente, menos ruido, y en poco más, el silencio de la
noche que llegaba desde el campo cercano, encondiéndose en las grietas entre
los adoquines, y solamente sorprendida por los pocos perros que se atrevían a
delatarla. Pero poco podía ella, la noche oscura, contra ellos, sus
insobornables mensajeros.
Regresé con la vieja almohada de plumas. Me
encontré con que Mauricio ya había desvestido a Bernardo y lo había cubierto
con las sábanas, y el mismo Dergan estaba acostado al lado, con la misma ropa
negra y el pelo desordenado cubriéndole media cara.
-Mauricio-dije en voz baja.
¿Lo quería despertar, realmente?
Acomodé lo mejor que pude la almohada bajo
la cabeza de Bernie. Me encaminé a la puerta y los miré una vez más antes de
salir. Me dije que las culpas se consuelan entre ellas, tal vez. Y yo, que no
sentía culpas, llevaba como un cáncer el sentido trágico de mi vida.
4
El domingo a las seis y media
de la mañana me levanté y fui al dormitorio de Bernardo. Los encontré a ambos
ya casi vestidos para el funeral. Mauricio me saludó desde el baño, donde
estaba peinándose con algo de gomina el pelo largo, y la camisa abierta dejando
ver el pecho flaco y huesudo con vello crespo.
Bernardo me besó.
- ¿Cómo te sentís? -le pregunté.
-Estoy bien, no te preocupes, Ceci. ¿Vos
donde dormiste?
-Con una de las Ruiz.
-Dejáme adivinar con cuál - dijo Dergan,
saliendo del baño, abrochándose la camisa.- Con la tuerta, imagino.
-No hay ninguna tuerta-contesté.
-Debería haberla…
Agradecí el sarcasmo que nos rescataba
del tedio y la pesadumbre.
- ¿Vos cómo estás? ¿Te cambiaste las
vendas? ¿Tomaste el antibiótico? Me olvidé de decirte que en el baño hay
vendas…
-Ya hice todo eso-lo interrumpí. - No te
hagás mala sangre.
Golpearon la puerta y se asomó una de las
Ruiz.
-Buenooos díaaas-dijo, estirando el
saludo y cargando una bandeja llena. -Les traje el desayuno, y a usted también,
señorita. Cuando volví al cuarto ya se había ido, pero imaginé que estaba con
los señores.
-Muchas gracias, Rosa, ¿no?
Asintió y dijo que a las siete llegaban
los de la funeraria. Cuando salió, Bernardo dijo:
-Esa es la tuerta, tenía razón Mauricio.
Cuando se cayó al pozo perdió la visión de un ojo. Cuando era chica se
tropezaba con las cosas y miraba con la cabeza torcida, pero pronto se fue
adaptando.
-Pero las otras me dijeron que fue la
única que no se cayó...
-Eso es porque no se le nota nada y le
tienen encono.
Bernardo terminó de vestirse con el traje negro que había encontrado en
el armario, viejo, pero que todavía le quedaba. Decía que debía ser el mismo
que usó cuando se recibió de médico y le hicieron una recepción en el pueblo.
Dergan, peinado y con su sobretodo oscuro que le tapaba la ropa desgastada, se
veía extraño, como siempre, pero con una muy discreta elegancia.
-Ustedes están muy bien, hacen buena
pareja.
-Dejáte de bromas, Ceci- me dijo Bernardo,
y me trajo del placard un vestido de mujer.
-Era de mi vieja, lo encontré esta mañana
por casualidad. Lo usaba cuando era joven, antes de casarse, y lo que ya no
usaba lo repartía en los armarios de los otros cuartos. Está lleno de ropa de
ella y de papá.
Me cambié y me miré en el espejo de luna
de una de las puertas del mueble. Era negro, con encajes y volados discretos en
las mangas y el cuello alto, me llegaba poco más debajo de las rodillas.
-Te ves como Ada-dijo Dergan.
Bernardo se me quedó mirando, como debió
hacerlo aquel día del accidente. Sin moverse, sin acudir en ayuda de su madre. Y
vi en sus ojos la preocupación por mí. La culpa, por supuesto, hacía de las
suyas. Y yo representaba el objeto de su expiación.
-Les darás envidia a mis primas-dijo,
abrazándome.
-Lo dudo mucho, tenés una familia muy
singular.
- ¿Y qué familia no lo es? - dijo Mauricio.
Me di vuelta y le acomodé el cuello del
saco. Le di un beso en la mejilla y le dije que le agradecía el cuidar a
Bernardo.
- ¿Y vos, tenés familia acá o en Francia?
-pregunté, con mi frecuente falta de tacto.
Se deshizo de mis manos apoyadas por un instante
en su barba.
-Mi familia son los perros.
Como un presagio, se escucharon ladridos
desde la calle.
-Llegaron los funebreros-dijo Bernie.
Salimos al patio. Como quince hombres
vestidos de luto habían entrado. Unos esperaban en la puerta y en el pasillo a
la calle. Otros organizaban a la gente en el patio, respondiendo preguntas y
dando indicaciones con gestos compungidos. Cuatro se presentaron a Bernardo y
le dieron sus respetos. Le pidieron acompañarlos a la sala mortuoria. Mauricio
y yo nos quedamos afuera, escuchado los murmullos y el repiqueteo de los
martillos en la madera del ataúd. Luego salieron cargando el féretro. Bernardo
los seguía, se detuvo para que lo tomara del brazo y salimos a la vereda.
Dejaron el ataúd en el coche fúnebre y nosotros subimos a otro. Entonces comenzó
el viaje hacia el cementerio, o el camposanto, como lo llamaban.
Primero fue la ruta, bajo el cielo
despejado. Quince minutos después la abandonamos para adentrarnos en un camino
de tierra. Cuando el auto dobló, miré por el espejo retrovisor la larga
caravana que nos seguía, como si todo el pueblo nos acompañara. El sendero de
árboles dejó lugar a una plaza, rodeada por las consabidas construcciones:
almacén, forrajería y otros negocios que parecían cerrados. Luego seguimos otro
camino que cada vez se fue haciendo más estrecho, hasta que nos detuvimos y
bajamos. La polvareda que levantaban los autos nos llegó con el viento y por
largo rato casi no pudimos vernos las caras. Luego vi que un grupo aparecía
entre el polvo que iba asentándose lentamente, y a cuyos pasos volvía a
levantarse. Era la gente que se acercaba, o personas solas, como el viejo
Isidro Braulio que a pesar de sus propios achaques acompañaba al viejo doctor
que lo había desamparado en sus esperanzas y se había enojado con él. Quizá hoy
venía con culpa, o tal vez para ensayar una ceremonia que pronto lo tendría de
protagonista.
Y entre el polvo aparecieron cuatro viejas,
como salidas de la tierra del camino, hechas ellas de barro seco y moldeadas
bajo el calor de una fragua. O habían salido, tal vez, del yuyal escaso y seco
de los costados, porque no había más que troncos mochos. Todas con vestidos
pasados de moda, casi de la misma altura, sin maquillaje, el pelo recogido en
un rodete en la nuca y un velo negro que ocultaba el color del cabello, nos
saludaron dándonos el pésame. Sentí, al darles la mano, un estremecimiento que
no supe definir, por supuesto, precisamente porque en la incertidumbre está la
esencia de las premoniciones. Ellas se adelantaron al ataúd e iniciaron el
peregrinaje haca el camposanto.
Seguimos el cortejo detrás del féretro que los
Gonçalvez, porque así se llamaban los operarios de la empresa fúnebre, cargaban
en sus hombros. Bernardo me explicó que las viejas eran las dueñas de la
empresa de pompas fúnebres, todas de familias aristocráticas venidas de Europa
antes o durante las guerras. Yo las miraba caminar con tranquilidad y
parsimoniosamente, pero cuando habían transcurrido casi media hora, pregunté:
- ¿Falta mucho?
Había dejado mis muletas en el auto,
confiando en apoyarme en el brazo de Bernie, pero él estaba distraído, qué más
podía esperar dada la situación, y a veces debía dejarme sola para atender a la
gente que le hablaba. Se ofreció a regresar al auto a buscarlas, pero lo hice desistir
de la idea. Continué el camino, rengueando y apoyándome en él. Los zapatos que
me había puesto también era Ada, conquistada por esa ropa vieja y elegante que
había encontrado en el armario. Pero la verdad es que la enfermedad no tolera
elegancias, y por eso la muerte es tan atractiva. Su sofisticación se basa en
la finura y la discreción de sus contornos.
Al fin llegamos al campo amplio y lleno
de lápidas de piedra entre arbustos bajos. El intendente y dos colaboradores
estaban esperándonos desde una hora antes. Le habían armado un entarimado bajo
y nos invitó a sentarnos a su lado mientras hablaba. Encomió la personalidad del
viejo doctor, su dedicación al pueblo, su sapiencia y su generosidad, la bondad
de su carácter y la abnegación al servicio de la medicina. Estaba seguro de que
su recuerdo jamás desaparecería porque había legado a su hijo las mismas
virtudes. El pueblo seguiría en buenas manos, dijo, porque en las manos del
hijo estaba la sangre del padre.
Una imagen extraña, me dije, que era
seguramente una construcción gramatical deliberada y con intención certera. Vi
que Bernardo dio un respingo, no sé si por sentirse obligado a quedarse en el
pueblo o por el intenso deseo de librarse de su padre. Lo cierto es que todas
las conjeturas estaban libradas a su propia imaginación, y por supuesto, a la
mía, fuese por mi lazo sentimental con él, o por aquello que mi vieja decía que
era la intuición femenina. Cosa de brujas, maldecía, abominando ese aspecto que
condenaba a las mujeres al desprecio a la vez que la ignominia. Ella era de las
pocas que había renunciado a la premonición del futuro por un pizca de un
verdadero pensamiento racional.
Terminó el discurso, se depositó el
féretro en la fosa, se hizo el silencio. Sin pájaros, sin sonido alguno. Creí
estar sorda por un minuto. No había viento, ni respiraciones, ni toses o el
leve roce de una suela en la tierra seca. Hasta esperé escuchar el paso de las
patitas del escarabajo que daba vueltas alrededor de mi pie enfermo enfundado
en vendas dentro de un zapato de taco bajo.
Cuando volvió la realidad, poque el sonido
de las cosas es su sustancia, intenté levantarme para despedirme al intendente
que se había acercado, pero no pude mantenerme en pie. Entonces el intendente
me dijo que me obsequiaba la silla, y ordenó a los hombres del servicio que me
llevaran hasta el auto. Lo hicieron con tanta delicadeza como lo hicieron con
el ataúd, tanta que no sentí casi el más mínimo movimiento ni incomodidad, como
si mi cuerpo estuviese practicando las sensaciones de la muerte.
En la tarde, la siesta fue un turbio
intermedio de polvo y silencio que inundó las calles de vuelta al pueblo y
luego se asentó en el patio de la casona. Cada uno se metió en sus habitaciones
luego de recorrer el embaldosado y rozar las paredes con zócalos y azulejos,
como en el cuento de Mujica Láinez. Hombrecitos y duendes en un ámbito donde la
luz negra es el mensajero de las criaturas extrañas.
Bernardo y Dergan se fueron a caminar. Yo
me acosté luego de tomar un calmante, que más era un sedante para hacerme
olvidar el dolor. ¿Digo bien? Es una teoría, simplemente, cada cual hace
experiencias con su propio cuerpo, se ingenia como puede para combatir al
enemigo, el que vive conmigo, el que llevo encima, el que me habita, el que gritó
conmigo el día en que nací. El mismo que se callará solamente cuando me muera.
Por eso creía soñar cuando escuché los
quejidos. Me di vuelta en la cama, adormecida por el calmante y el cansancio de
las tensiones de aquel fin de semana que mi cuerpo había absorbido como si
fuese responsable. Después abrí los ojos y miré el reloj sobre la mesita. Eran
las cuatro de la tarde. No tenía idea de cuándo finalizaba la siesta en esos
pueblos, pensaba que a las cinco, pero escuché pasos en el patio, corridas de
mujer, y gritos atenuados por la cólera. Todo eso tenía las características
sonoras de un sueño, es decir, de algo no escuchado sino imaginado. La
imaginación del oído es extraña, más aún que la que ofrece la vista. Lo que se
ve, aunque imaginado, está allí mismo, y sólo se corrobora la falsedad ante el
escamoteo de las imágenes cuando queremos tocarlas. Pero las alucinaciones
auditivas están en otro plano, me parece. Se escabullen a las certidumbres y
aceptan cualquier explicación. Por eso, muchas veces no les hacemos caso. ¿Pero
cómo evadir esas conversaciones ofuscadas y las frecuentes llamadas al silencio
de bocas femeninas que decían “chist, chist” de un dedo sobre los labios?
Eso es lo que imaginé que estaba pasando
afuera. Me levanté y me asomé por la puerta al pasillo. Nada. Ya que estaba
despierta, decidí ir a la cocina y prepararme un té, tal vez, o lo que hubiese.
Mucho debió haber quedado en la heladera de los restos del velorio. (Otra solapada
metáfora mortuoria, me dije). Sabía dónde estaba la cocina, pero nunca había entrado.
Creo que di vueltas por el patio y me equivoqué ante puertas cerradas. Volví a
escuchar un quejido. La voz me sonaba desconocida. Pensé en las mujeres que
debían estar ese fin de semana en la casa. Las hermanas Ruiz no eran,
seguramente, recordaba su voz, además no eran de las que se quejaban del dolor,
sino que quizá, lo disfrutaban. La voz era de tono bajo y grave, pero sin duda
era de mujer por el tono y el ritmo. El quejido sin palabras de un hombre es
diferente, pero no sabría describirlo. Este que ahora escuchaba, llegaba desde
la habitación del fondo, la que hacía esquina con lote baldío que ocupaba el
resto de la manzana.
Me paré frente a la puerta, de madera y
sin ventana con cortinas interiores como las del resto de la casa. Pensé en
anunciarme y preguntar, pero si lo hacía, los que estaban adentro, porque sabía
que había más además de quien se quejaba, cambiarían de actitud, callándose y
dejando de hacer lo que estaban haciendo. Y yo intuía que era algo que me interesaba
ver, no por lo común sino por lo singular. Tal vez, lo inapropiado, quizá lo
prohibido. Imaginé muchas cosas, vi solamente, al abrir, la gran cama con patas
de madera y tacos extras para sostenerla, y sobre ellas, rodeada de sábanas
manchadas de mierda y sangre, a la mogólica que había visto la tarde anterior.
La sobrina de la tía Edelmira, de la familia de la madre de Bernardo. La chica,
que así desnuda y mostrando todos los signos de un embarazo avanzado y la piel repleta
de cicatrices de cesáreas, se sacudía y gritaba como un marrano que se
esforzaba sin embargo por contenerse. No me vio porque tenía los ojos tapados
por el pelo mojado y los párpados fruncidos. Yo apenas había abierto la puerta
y asomado la cabeza, por eso la tía no me vio cuando salió del baño con una
caja de cirujano en las manos. Se sentó en la cama, de espaldas a mí, la vi
levantar una jeringa con una aguja hipodérmica, y luego inyectarla en el
vientre de la chica. Entonces los gritos fueron cediendo y se hizo el silencio.
Escuché las voces de las Ruiz. Cerré rápido y miré al patio. Dos de ellas se
acercaban hablando y riéndose nerviosas con sábanas dobladas en los brazos. No
me vieron porque los rosales obligaban a dar vueltas para llegar al pasillo.
-Señorita Ceci-me sorprendió una de ellas
apenas intenté volver al cuarto.-¿Ya despierta? ¿Quiere un mate? Hay bizcochos
que hice yo misma.
-Más tarde.
-Sí, dijo la otra, estamos muy ocupadas
ahora, señorita. A las cinco servimos la merienda. - Y mientras se alejaba noté
cómo una reprendía a la otra por su indiscreción. Lo principal era que no me
hubiesen visto espiando. Me senté ante el escritorio donde debió estudiar
Bernardo. Busqué en los cajones y encontré papeles amarillentos, pero sin
escribir. Encontré una vieja pluma y un tintero con tinta seca. No había
biromes, sólo lápices. Escribí un bosquejo de artículo de sobre lo que estaba
pasando en ese pueblo.
Exactamente a las cinco escuché todo un
barullo de pasos. Eran las hermanas Ruiz que preparaban la merienda y la
distribuían en las habitaciones. Los habitantes de esa casa me eran
desconocidos. Ya que ahora no vivía el padre, ¿quién la habitaría? Las primas
tenían su propia casa a pocas cuadras. La tía Edelmira y la sobrina vivían allí
por favor del viejo. ¿Podría Bernardo llegar a considerar mudarse al pueblo? Me
dio un escalofrío al solo pensarlo. ¿Cuál sería, entonces mi lugar?
Pero el olor de los bizcochos y de las
tortas, el pan caliente y la mermelada llegaron hasta la habitación para
tentarme. Golpearon a la puerta. Rosa me invitaba a sentarme con ellas en el
patio. Guardé los papeles en un cajón y salí. Habían armado una mesa con
mantel, teteras, pavas y mate. Las fuentes con galletas y tortas fritas se
dejaban ver tentadoramente apetitosas. El juego de té era antiguo y hermoso,
las cucharitas y los cuchillos para la manteca eran de plata.
- ¿Está escribiendo algo, señorita? -me
preguntó la tía Edelmira. Ya Rosa le había pasado el cuento de que me había
visto ante el escritorio.
-Sí, tía. - Y respondí a la indiscreción
con otra indiscreción. - ¿Y cómo está la niña?
La tía se quedó con el mate en la mano a
medio camino de los labios. Desfrunciendo la frente, intentó disimular la sorpresa.
-Matilde está bien ahora, siempre sufre de
indisposiciones, ya me entiende usted…
Las Ruiz se rieron tapándose la boca con
vergüenza.
-Entiendo-dije. -Es el castigo de Dios por
ser mujeres.
- ¿Le parece, señorita? -me retrucó-. Yo
creo que es un regalo, y las que se quejan son las estériles. Se aborrece lo
que se envidia, ¿no está de acuerdo?
Sí, le habían llevado varios cuentos sobre
mí. Ese es uno de los pasatiempos favoritos de los pueblos chicos, pero yo
sabía que tenían otros más interesantes.
Llegaron los hombres y hubo un revuelo de
faldas a su alrededor, sobre todo porque eran jóvenes y raros. Esa es la
palabra para describir el trío que entraba al patio y saludaba a todas.
Bernardo se sentó a mi lado mientras invitaba a otro muchacho que habían
encontrado en la calle, alto y de cara flaca, pero de vientre prominente bajo
la camisa amplia como un faldón. Tenía tipo judío, me parece, y esa ropa me lo
sugería como una vieja costumbre ya tan vieja y común que nadie se daba cuenta
de ese resabio de tradición.
-Ceci, éste es Vicente, del que te hablé,
el paciente de papá.
Nos dimos la mano, y él miró mis muletas
apoyadas detrás de la silla con sentimiento de complicidad. Dergan hablaba con
las Ruiz, que lo rodeaban como moscas a pesar de que él la evitaba con gestos
oscos y palabras soeces que pronunciaba en francés, y eso precisamente era el
dulce que las atraía, lo extravagante de la forma de hablar y el aspecto de
Mauricio. Habla de los animales y de los hombres como de la misma clase de
especímenes, y todos sabíamos que cuando describía una operación o las
enfermedades de los animales era una especie de eufemismo para hablar de los
seres humanos. De lo que Bernardo no habrían tolerado escucha, en Mauricio era
una anécdota teñida de cosmopolitismo.
Con ellos tres, había entrado un cuarto
macho, uno de tantos perros callejeros que era costumbre se apegaran a Dergan
para desparecer unas horas después de acompañarlo a donde fuese, tan
silenciosamente como habían aparecido. Tenía el pelaje rojizo, y las mujeres
después de discutir un poco, se pusieron de acuerdo en llamarlo Lobo. La tía
Edelmira se acercó a nosotros y cuchicheó algo al oído de Bernardo. Él se
levantó rápido y me dijo:
-Ya vuelvo.
Los
vi entrar a la habitación de Matilde. Tardó mucho más de lo esperado.
Debían ser como las ocho de la noche
cuando me desperté sobresaltada. El lambetazo en la cara por la lengua del
perro que había entrado en la tarde era áspero pero agradable. Abrí los ojos y
vi a Bernardo, parado junto al escritorio con el cajón abierto y hojeando lo
que yo había escrito.
- ¿Cuándo lo vas a publicar, porque que yo
sepa estás desempleada, o a lo mejor tu amigo el negro ese te facilite las
cosas?
Tenía ira en los ojos, y su voz, más que
las palabras, eran un taladro en mis oídos. No me ofendía el sarcasmo ni me
sorprendía la ira, pero su malicia hizo que levantara mis defensas.
-No digás pavadas, Bernardo. Sabés que
escribo como necesidad, a veces para hacerme comprensible las cosas que pasan,
qué sé yo. No me hagás explicar lo que ya sabés.
Me senté en la cama. el perro fue con él luego
de llamarlo, como si quisiera alejarlo de mí. Esos caprichos de chico inmaduro,
de hijo único, tal vez, o lo que fuese, me exasperaban más que cualquier
ofensa.
-Además, ¿quién te dio permiso para
leerlos?
-Es mi casa y mi escritorio-dijo.
- ¿Y dónde encajo yo en esas pertenencias?
Me fui al baño y cerré la puerta. Me miré
al espejo y me lavé la cara. El perro rasguñó la puerta con la pata desde
afuera, Bernardo lo llamó, fuerte y enojado. Me dije que ya se le iba a pasar,
que estaba cansado y angustiado, al fin de cuentas se le había muerto el padre.
Salí, dispuesta a conciliar. Ya había
devuelto los papeles al cajón. Apoyado con las palmas sobre el escritorio,
tenía la cabeza gacha entre los hombros y los ojos cerrados. Lo abracé de
atrás.
-Bernie, no discutamos, por favor. Quiero
consolarte, nada más.
Se dio vuelta con brusquedad, y casi me
hizo caer. No atinó a agarrarme, creo que no le importó porque sabía que eso sucedería.
Estaba furioso contra el mundo, y yo estaba dentro.
-Está bien, está bien. Me parece que pasó
algo importante en lo Matilde, ¿no es cierto?
- ¿Qué
querés saber, algo para completar tu informe?
Respiré profundo y le di un cachetazo. Me
miró asombrado, sus ojos brillaron, y luego de sentarse en la silla se tapó la
cara y se puso a llorar.
-Quieren que me quede, ¿entendés? Y yo no
sé qué hacer. Es lo que el viejo hubiera querido, todos lo dicen, y me acuerdo de
que cada vez que me hablaba me recriminaba el haberme ido, pero si fue él el
que me echó, hasta que me curara, hasta que aprendiera, hasta que me hiciera
hombre y médico…- Habló sin parar y casi sin tomar aliento.
-La
gente se muere, Bernie, y lo único bueno es que ya no tenemos que rendirles
cuentas.
-Pero
él sigue acá- dijo, golpeándose las sienes con las manos. - Y todos me lo
recuerdan…
-Entonces
volvamos a Buenos Aires y olvidáte de ellos.
-Vos
no sabés lo que son los lazos de pueblo, más fuertes que los de la sangre.
Yo no sabía cómo combatir esos lazos, no qué
lugar me correspondía.
-Sólo
te pido que lo piensas bien, y sea lo que sea lo que decidas, no renuncias al
hospital, podés acomodar los horarios.
Entonces el perro fue corriendo a la
puerta y empezó a saltar y ladrar desesperadamente. Escuchamos un grito afuera,
luego otros, de mujeres. Bernardo salió y el perro fue corriendo tras Matilde
que estaba en el borde del aljibe. La luz del patio estaba encendida y la vi
levantando la tapa de metal, que parecía pesada, pero la chica tenía el tamaño
y la fuerza para hacerlo. No alcanzar a llegar a evitar lo que hizo: ya la tapa
estaba caída en el suelo y ella arrojaba algo al pozo. El perro llegó antes y se puso a ladrar,
frenético, Bernardo se asomó al borde y agarró a Matilde, media desnuda, con
los pechos grandes y fofos como los de una mujer de cuarenta años. Tenía el
vientre manchado de sangre, la misma que vi como un rastro por todo el pasillo
desde su cuarto. Bernie la sujetó antes de que cayera al piso. La chica gemía
como un animal, sin ninguna palabra inteligible. La tía Edelmira había llegado
en bata y el pelo suelto, y tres de las hermanas Ruiz miraban desde el
emparrado, asustadas y agarradas de las manos.
Entre él y la tía llevaron a Matilde hasta
la habitación. Los acompañé y ayudé en lo que pude, acomodando las sábanas
sucias y buscando toallas. Entonces la tía dijo:
-El chico.
Bernardo salió corriendo hacia el aljibe.
Eso es lo que había tirado Matilde. Él se subió a la cuerda que colgaba de la roldana
y empezó a bajar.
-Dios mío-dije, pero una de las Ruiz me
abrazó y dijo que no me preocupara, que Bernardo hacía eso de chico.
No asomamos
a la oscuridad del fondo, y los gritos de Matilde llegaban continuos y
exasperantes, por supuesto no era una adolescente sino una adulta de edad
avanzada a la que habían usado de procreadora quién sabe durante cuántos años.
¿Qué hacían con las criaturas? Venderlas, obviamente, y las que salían muertas
o enfermas terminaban en el aljibe. Matilde era una enferma mental, y no había
hecho más que repetir lo que había visto hacer antes.
La voz de Bernardo nos llegó del fondo.
- ¡Tiren! -gritó. ¿Esperaba que nosotras
tuviéramos la fuerza para alzarlo? ¿Dónde estaba Mauricio que no había parecido
con tanto revuelo?
-Andá a Buscar a Dergan- le dije a Sara,
o a Eva, qué sé yo.
Me miraron, se encogieron de hombros y
fueron a buscarlo.
-Ya fueron a buscar a Mauricio, aguantá un
poco. ¿Estás bien, encontraste algo?
-Sí, muchos bichos. Hacéme el favor de
apurarlo, debe estar durmiendo la mona, ya sabés.
Me
di cuenta cuando llegó, estaba ebrio, pero podía tenerse en pie. Le expliqué
que tenía que agarrar la cuerda y tirar. Se reía como tarado, pero hizo lo que
debía.
-Ya vine, Bernardo, aquí estoy, querido, ya
te subo.
Las chicas se rieron. Entonces surgió a la
luz, como salido del oscuro abismo, Bernardo, con la ropa medio rota y sucia,
agarrado a la cuerda con una mano y en el otro brazo cargaba un bebé recién
nacido.
-Creo que está muerto-dijo.
Pero ya en la habitación y luego de
limpiarlo, lo auscultó. Respiraba, pero tenía los brazos y las piernas
fláccidos. Yo miraba desde atrás de Bernardo, cómo lo movía delicadamente y le
daba vueltas, palpándolo, limpiándolo y sin dejar que las mujeres se metieran. Ninguna,
sin embargo, lo intentó. Miraban extasiadas, mientras Mauricio hacía lo mismo
sentado en la cama y bebiendo café que le había llevado Rosa, sentada a su
lado, echándole una mirada como para cuidarlo. Se veía que estaba enamorada de
ese hombre que tenía diez o quince años más que ella y que no podía
corresponderle.
El bebé empezó a emitir un llanto que era un
signo de recuperación. Bernardo me contó que Matilde lo había dado a luz dos o
tres horas antes. No esperaba que viviera, pero lo habían dejado en la cuna
junto a la cama. Matilde tenía treinta y nueve años, me dijo, y era una gran
estupidez lo que la tía hacía con ella a esa edad: el riesgo a los nacimientos
de chicos enfermos de los que después tenía que deshacerse y el riesgo a la
muerte de Matilde. Pero todo esto no la preocupaba a la vieja, los chicos
muertos podían ocultarse y de Matilde se esperaba que muriera desde que tenía
quince años. Lo único que preocupaba a la tía era la pérdida de sus fuentes de
ingreso. Había intentado buscar otras chicas, incluso había tentado convencer a
las Ruiz, que eran huérfanas de madre y padre, pero ellas eran demasiado
reacias: amaban su cuerpo hasta el punto de lastimarlo sólo de la manera que
ellas lo decidían. Había buscado mocitas con trenzas del campo, como decía el viejo
Ruiz, pero la mayoría se iba a Buenos Aires luego del primer parto. Sólo le
quedaba Matilde para proteger su vejez, y Matilde pronto moriría, si no era
esta misma noche.
-Deberían haberla encerrado hace mucho
tiempo-dijo Bernardo.
-Y a
la tía por delincuente-contesté.
-Entonces
desaparecería el pueblo- me contestó.
Rosa
apoyaba la cabeza en el pecho de Mauricio. Me acerqué al bebé, pálido bajo la
piel cetrina heredada de la madre y algún peón de campo de por ahí. Abría, de
vez en cuando, los ojos, y pensé que me miraba. Pero Bernardo me dijo que
posiblemente estaba ciego, ese color de ojos era propio de unas cataratas
congénitas.
Lo tomé en brazos y me senté en una
mecedora de mimbre en el pasillo. La luz de la luna iluminaba el patio, fresco,
y Lobo se acostó en el piso junto a nosotros. Las Ruiz pasaron, se rieron y
llamaron a su hermana, pero Rosa estaba desnudando a Dergan para meterlo en la
ducha. Yo los veía desde el pasillo, con la puerta abierta. Cuando llegó el
turno de sacarle el pantalón, ella se detuvo mientras Mauricio miraba hacia el
costado donde estaba Bernardo, cabizbajo.
-Creo que debo irme-dijo ella-. No me
atrevo…
-No te preocupes, Rosa. Yo te ayudo.
Bernardo entonces la ayudó a sacarle el
pantalón a Dergán y entre ambos lo llevaron al baño. Escuché el ruido de la
ducha, y luego Rosa salió. Me miró un rato, sonriendo. El bebé dormía en mis
brazos.
-Deberías
quedártelo- dijo. -Llevátelo a Buenos Aires, no dejes que se quede.
Ya
no se refería al bebé, sino a Bernardo. No pensaba en el bien del pueblo, sino
en el obstáculo que era para ella si se quedaba. Pobre tonta, pensé, no sabe
que hay obstáculos insuperables, fuerzas interiores tan inmensas como una
hecatombe. Las culpas tienen la virtud de ser bombas cuya eficacia es no
estallar nunca, porque si lo hacen ya son dominio del suicidio.
Debía ser medianoche cuando Bernardo
salió y se paró detrás de mí, fumando. Lobo lo observaba con ojos de adoración.
- ¿Cómo está Maurice?
-Me alegro de que lo llames así, a él le
gustaría escucharte. Está mejor, la ducha fría lo despejó.
-Yo me alegro de verte con un amigo
íntimo, Bernie. En Buenos Aires siempre estás solo, excepto por el trabajo.
No me contestó.
- ¿Pensás que va a sobrevivir? -le
pregunté, mirando al chico.
-Quién sabe. Más le vale morirse por el futuro
que la espera. Debería estar en un hospital, pero por supuesto no podemos
llevarlo.
- ¿Y tu padre hablaba de todo esto?
Disculpáme, yo siempre…
-No importa. Mi viejo sabía todo, pero hacía
la vista gorda, por lo menos al principio, cuando yo era chico o antes. Era muy
estricto, por lo menos para mantener las apariencias. Me acuerdo cuando se
murió el padre de los Espinoza, decía que los hijos lo mataron y lo enterraron.
Hubo un quilombo con todo eso.
- ¿Y qué pasó?
-Una tragedia después de otra. Se murió un
cura, y la hermana menor se quemó toda, pero sobrevivió. Una tragedia.
-Sí, desde que llegué me parece estar en
una obra de Sófocles.
Pasó el tiempo de la noche, calma, con los
búhos que ululaban desde lejos, el gemido de Matilde que se fue atenuando al
ritmo de eses mismos búhos que parecían estar presagiando su futuro. Me quedé dormida con el bebé en brazos. Soñé
en lo que no había soñado desde mi época de adolescente, cuando mi madre había
comenzado a depositar en mi mente, sin desearlo, como una tradición recalcitrante
impuesta a las mujeres, como un reflejo autónomo, quizá, los imbéciles sueños
de juventud: la casa, el marido y los hijos. No pude darle hijos a Bernardo, si
bien los intentamos muchas veces, pero pronto desistimos. Mi enfermedad y su
temperamento no eran ámbitos adecuados para la noción que teníamos de la
crianza de un niño. Yo no pensaba mucho en eso, pero cuando lo hacía, sufría, y
por eso lo evitaba. Pero el chico en mis brazos me hablaba en sueños de una
oportunidad.
- ¿Querés que nos quedemos con él?
La voz de Bernie salió del pozo del aljibe,
me dije. No, estaba a mi lado, acuclillado y aferrado al apoyabrazos de la
mecedora, deteniendo su vaivén, detenido el tiempo en un instante en que
parecía concentrarse toda la noche y sus acontecimientos. El aroma del pasto,
la tierra mojada, el viento con olor a eucaliptus desde el campo, el olor mismo
de la bosta en los adoquines, el aroma de la colonia barata que llegaba desde
la habitación, y el olor del chico enfermo.
Creo que acepté, porque un momento como ése
no se repite. Pero no está bien tomar decisiones en instantes que parecen fuera
del tiempo, que todo lo corroe y destruye.
- ¿Vos querés? -le pregunté.
Se encogió de hombros.
-Seríamos una familia-me dijo.
Entonces me di cuenta de que el deber
cumplido era un mandamiento. El castigo era una espada de Damocles sobre su
vida.
-No se puede estar bien con Dios y con el
diablo a la vez- dije, cediendo al lugar común, a la frase hecha, a la
sapiencia popular que, bien entendida, se equivoca escasas veces. Ni una frase
de Milton ni de Shakespeare, ni la vanagloria de una cita bíblica o la inútil
jactancia de la filosofía.
El chico era la expiación para sus culpas:
la madre muerta, la decepción del padre y la obligación de curarme.
Y ahora comenzaba a sentirme culpable por
retenerlo. ¿Estaba bien que yo tomara sus culpas y las trasformara en una sola
para sembrarla en mi espíritu? La culpa a veces nos obliga a hacer cosas
equívocas, pero yo pensaba tener la oportunidad de hacer un solo acto que lavara
las de Bernardo. La culpa no desaparece, se transforma. Es la famosa energía de la que hablaba
Lavoisier, aunque no se refiera a ella.
El chico en mis brazos era una piedra
hecha con todas los remordimientos y las tragedias: la lúcida idiotez de
Matilde, la malicia de tía Edelmira, la complicidad de todo un pueblo. Una
piedra pesada que no se quería morir, aunque hubiese nacido muerta. La idiota
había tenido un fatal instante de lucidez al intentar arrojarlo al aljibe. Pero
fue Bernardo el encargarlo de rescatar la criatura de la culpa. El pequeño
monstruo que se aborrecía a sí mismo, que apenas respiraba porque le era
suficiente su propio aire malsano para sobrevivir. La culpa no necesita moverse
ni caminar, simplemente habita y respira, y el aliento que exhala contamina
para siempre los cuerpos que contagia. Y la habitación en la que respira puede
sólo limpiarse con el fuego, por eso el incendio de los Espinoza aquella vez de
la que tanto se hablaba en el pueblo. Hay tragedias que terminan con las
tragedias, como dicen que hay guerras para terminar con ellas.
Sin embargo, la culpa corroe el espíritu
del hombre individualmente: no hay hombres sino un solo hombre.
Cada uno es su culpa, como cada uno es su
niño y su cadáver.
Bernardo se había ido a acostar después de
ir a ver a Matilde. Había muerto, dijo, y la tía lloraba, inconsolable. Me
quedé sentada, meciendo al chico. Me desperté de la somnolencia a las tres de
la mañana, exactamente. Me levanté de la mecedora y me asomé al interior del
cuarto. Los dos estaban dormidos y el perro acostado entre ellos. Era una
imagen entrañable, me dije, casi un símbolo del futuro, si no fuera porque el
futuro se empecina en cambiar apenas lo imaginamos.
Las Tres Marías resplandecían en el cielo
despejado a lo alto de los eucaliptos, como cuando papá Tejada me señalaba esas
estrellas en el cielo de Mataderos desde la vereda de casa en las noches de
verano.
Volví a sentarme en la mecedora, y el
vaivén recomenzó parsimoniosamente. No sabía ninguna canción de cuna, jamás mi
madre me había cantado una ni yo me había preocupado por aprenderlas. Empecé a
tararear, sin embargo, una melodía inventada que tal vez era reminiscencia de
algún poema todavía no escrito.
Tapé al chico sin nombre con la sábana y
lo envolví con fuerza como un fardo.
No se resistió, simplemente se fue a
buscar a otro.
Ilustración: Steve Huston

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