Al norte de Dunwich hay un vasto territorio abandonado que, tras sucesivas
ocupaciones por gente de Nueva Inglaterra, canadienses de origen francés que
vinieron después de ellos, italianos, y finalmente polacos, ha recuperado en gran
parte su estado salvaje. Los primeros habitantes vivieron de la tierra pedregosa y de
los bosques que, entonces, cubrían aquella tierra. Pero no se cuidaron de repoblarla,
ni de conservar su recursos, y las generaciones sucesivas acabaron con la poca
riqueza que quedaba. Los que vinieron después, pronto se cansaron de intentar
hacerla fértil y se marcharon a otros lugares. Es una parte de Massachusetts que no
atrae demasiado a la gente. Las casas que un día se levantaron orgullosas están hoy
tan abandonadas que resultaría imposible vivir en la mayoría de ellas con una cierta
comodidad. En las laderas menos abruptas quedan algunas granjas con tejados a la
holandesa, viejos edificios que, encaramados sobre plataformas rocosas, meditan
acerca de los secretos de muchas generaciones de Nueva Inglaterra; pero las huellas
del abandono se ven por todas partes: en las desmoronadas chimeneas, en las
abombadas paredes, en las ventanas rotas de las casas y los establos. Varias
carreteras cruzan aquel territorio, pero nada más desviarse de la general, que
atraviesa el gran valle al norte de Dunwich, se encuentra uno con caminos que no
son más que sendas surcadas, tan poco utilizadas como la mayoría de las casas del
territorio. Se respira en este lugar una inconfundible atmósfera de vejez y soledad,
pero también de maldad. Existen zonas de bosque jamás tocadas por el hacha;
existen sombrías cañadas con enredaderas y arroyos sumidos en una oscuridad
ininterrumpida, incluso en días de deslumbrante sol. En todo el valle brotan pocas
señales de vida, aunque existen unos cuantos habitantes recluidos en algunas de las
granjas ruinosas. Incluso los halcones que vuelan a lo lejos en las alturas, nunca se
entretienen demasiado en el lugar, y las grandes bandadas de cuervos atraviesan el
valle sin descender a buscar una presa. Hace mucho tiempo, tenía fama de ser un
territorio en el que se practicaba el Hexerei (ceremonias religiosas dedicadas
supersticiosamente a las brujas), y aún en la actualidad perdura esa triste fama. No es
un territorio para detenerse en él demasiado tiempo, ni tampoco el más apropiado
para atravesarlo de noche.
Pero fue precisamente de noche, en el verano de 1927, cuando hice mi último
viaje al valle, a la vuelta de Dunwich, adonde había ido a llevar una estufa.. No
hubiera pasado por la zona situada al norte del pueblo abandonado de no haber
tenido que hacer otra entrega, y al caer la tarde decidó internarme en el valle en lugar
de rodearlo para alcanzar el otro extremo. La poca luz que había alumbrado
Dunwich era ya prácticamente nula al llegar al valle, y pronto oscurecería por
completo: el cielo estaba nublado por unas nubes muy bajas, casi a la altura de las
colinas, de modo que me encontraba, por así decirlo, en una especie de túnel.
Muy poca gente transitaba por aquella carretera: podían tornarse otras para
llegar al otro lado del valle, y estaba ésta tan abandonada, y los matorrales tan
crecidos, que pocos conductores se arriesgaban a utilizarla. Todo habría ido bien,
puesto que la carretera me llevaba en línea recta hasta mi punto de destino, y no
había necesidad de abandonar la carretera general, de no haber sido por dos hechos
inesperados. Empezó a llover poco después de dejar Dunwich. Había estado muy
nublado durante toda la tarde, y ahora por fin se abrió el cielo y empezó a jarrear. La
carretera brillaba bajo las luces de mi coche, y esas luces pronto iluminaron algo más.
había recorrido unas quince millas cuando me tropecé con una pequeña barrera en la
carretera cuya señal me obligaba a desviarme. Más allá de la barrera se podía ver que
la carretera estaba tan destrozada y en tan mal estado que era imposible circular por
ella. Me desvié con cierto recelo. Si hubiera hecho caso a mi impulso de volver a
Dunwich para coger otra carretera, me habría librado de las malditas pesadillas que
desde aquella noche de horror me han inquietado.
Pero no lo hice. había recorrido demasiado camino como para perder el tiempo
volviendo a Dunwich. La lluvia seguía cayendo torrencialmente, y era arduo y
penoso conducir. Me desvié de la carretera y enfilé un camino cubierto parcialmente
con gravilla. Habían limpiado los bordes y cortado ramas y árboles para hacer
transitable el desvío, pero poca cosa habían hecho por la carretera en sí, y a los pocos
metros, llegué al convencimiento de que iba a tener problemas.
La carretera empeoraba progresivamente a causa de la lluvia; mi coche, a pesar
de ser un Ford muy duro, con ruedas relativamente altas y estrechas, se hundía y
marcaba el hendido de sus huellas a su paso y, de cuando en cuando, se metía en
grandes charcos de agua, lo que ocasionó los primeros fallos del motor. Sabía que no
pasaría mucho tiempo antes de que el agua entrase en el motor e hiciera que se
parase del todo, así que me puse a buscar por los alrededores alguna señal de vida, o
por lo menos algún cobijo para el coche y para mí. Conociendo la soledad de este
valle hubiera preferido un establo abandonado, pero en la oscuridad era imposible
distinguir algo más que siluetas. Finalmente llegué hasta el pálido recuadro de luz de
una ventana, no lejos de la carretera. Los faros del coche me permitieron encontrar el
camino que llevaba hasta la casa.
Al entrar pasé cerca del buzón con el nombre del dueño toscamente pintado;
estaba algo borroso, pero aún podía leerse: Amos Stark. Los faros del coche
iluminaban la vivienda, y pude ver que se trataba de una casa antigua, una de esas
casas que incluían todo —casa, establo, cocina— en un único bloque, con tejados de
diferentes alturas. Afortunadamente el establo estaba abierto a la intemperie, y al no
encontrar otro refugio para el coche, lo metí bajo el cobertizo. Esperaba hallar vacas y
caballos, pero se percibía una atmósfera de abandono, y no había ni vacas ni caballos,
y el heno que impregnaba el ambiente con el aroma de viejos veranos debía de llevar
allí varios años. No me entretuve en el establo, y me dirigó a la casa a través de la
lluvia. Por lo que se podía observar desde el exterior, la casa aparecía tan
abandonada como el establo. Era de una sola planta con una galería baja a la entrada;
no tardé en descubrir que el suelo estaba lleno de negros agujeros donde una vez
hubo tablones de madera. Encontré la puerta y llamé. Durante un largo rato no
escuché otro sonido que el de la lluvia que caía sobre el techo de la galería y luego
sobre los charcos que había debajo. Golpeé otra vez la puerta y alcé la voz para decir;
—¿Hay alguien en la casa?
Entonces una trémula voz que venía del interior preguntó:
—¿Quién es?
Dije que era un vendedor que buscaba guarecerme de la lluvia. La luz empezó a
moverse en el interior, al compás de alguien que portaba la lámpara. La ventana se
ensombreció, y una línea amarilla cada vez más intensa asomó por debajo de la
puerta. Se oyó el sonido de candados y cerrojos, y entonces se abrió la puerta, y
apareció mi anfitrión ante mí, con la lámpara en alto; tenía aspecto de hechicero, con
una barba desigual que le cubría el cuello. Llevaba gafas, pero me miraba por encima
de ellas. Tenía el pelo blanco y los ojos negros; al verme, abrió los labios en una
especie de sonrisa animal y me enseñó los pocos dientes que tenía.
—¿El señor Stark? —pregunté.
—Le ha pillado la tormenta, ¿eh? —me dijo—. Pase adentro y séquese. No creo
que la lluvia vaya a durar mucho.
Le seguí hacia el cuarto interior desde donde se había dirigido a la entrada.
Primero había cerrado la puerta con candados y cerrojos, cosa que me llenó de
inquietud. Debió de haber notado mi mirada inquisitiva, puesto que tras depositar la
lámpara sobre un libro que había en la mesa de la habitación, se dio la vuelta y dijo
con una risotada fría:
—Es el día de Nahum Wentworth. Pensé que sería Nahurn.
La risotada decayó hasta convertirse en espectro de una risa.
—No señor, mi nombre es Fred Hadley. Soy de Boston.
—No he estado nunca en Boston —dijo Stark—. Nunca he ido más allá de
Arkham. El trabajo de la tierra me retiene aquí.
—Me he tomado la libertad de dejar el coche debajo de su cobertizo. Espero que
no le importe.
—A las vacas no les importará —se río de su propia broma, pues sabía
perfectamente que no había vacas en su establo—. Yo no conduciría uno de esos
cacharros de ahora, pero ustedes, la gente de ciudad, ya se sabe. No pueden vivir sin
automóvil.
—No me imaginaba que se me notase que era un hombre de ciudad —dije, con
ánimo de seguirle la corriente.
—Puedo distinguir a un hombre de ciudad al primer golpe de vista. De vez en
cuando se instala alguno en el distrito, pero pronto se van; supongo que esto no le
gusta. Nunca he estado en una gran ciudad. De todas maneras, creo que no me
gustaría.
Siguió divagando de esta forma durante tanto tiempo que pude dedicar mi
atención a observar cuanto me rodeaba y a hacer una especie de inventario de la
habitación. Por aquel entonces, cuando no me hallaba al volante en la carretera,
pasaba el tiempo en el almacén de Boston, y había pocos con tanta práctica como yo
para inventariar cuanto veía; de modo que no me llevó tiempo hacer el inventario de
la habitación de Amos Stark, y ver que estaba llena de cosas que un anticuario
pagaría bien. Había muebles de hacía casi dos siglos, si no me equivocaba, y bonitos
adornos, cristalería y porcelana de Haviland en un rincón. Y había piezas hechas a
mano —badilas, tinteros de madera con tapón de corcho, candelabros, un atril—,
como aquellas que se encontraban en las casas de Nueva Inglaterra de hace varias
décadas, lo que también evidenciaba que la casa se mantenía en pie desde hacía
muchos años.
—¿Vive usted solo, señor Stark? —le pregunté interrumpiéndole.
—Ahora sí. Antes estaban Molly y Dewey. Abel se fue cuando era un niño, y
Ella murió de una pulmonía. Estoy solo desde hace cerca de siete años.
Mientras hablaba, pude observar en él un aire de espera, como si estuviera
pendiente de algo. Parecía estar constantemente a la escucha de algún sonido distinto
del de la lluvia. Pero no se oía nada; sólo el crepitante ruido de un ratón que
mordisqueaba en alguna parte de la vieja casa; nada más que eso y la incesante
lluvia. El seguía escuchando, con la cabeza ligeramente inclinada, los ojos
empequeñecidos como si le molestase la luz de la lámpara. En su cabeza brillaba la
calva de la coronilla, rodeada de un estrecho círculo de pelo blanco y alborotado.
Tendría unos ochenta años, quizá eran sólo sesenta y la vida de reclusión le había
avejentado.
—¿No vio a nadie en la carretera? —preguntó de repente.
—De Dunwich aquí no me tropecé con nadie. Cerca de diecisiete millas, creo.
—Media milla más o menos —dijo. Y empezó de nuevo con sus risotadas,
mostrando un regocijo que ya no podía contener—. Hoy es el día de Wentworth,
Nahum Wentworth —sus ojos se empequeñecieron de nuevo por un instante—. ¿Ha
sido vendedor por esta zona durante mucho tiempo? Tiene que haber conocido a
Nahum Wentworth.
—No señor. No lo conozco. Me dedico a vender en las ciudades, muy pocas
veces en el campo.
—Casi todo el mundo conocía a Nahum —continuó—. Pero ninguno le conocía
tan bien como yo. ¿Ve aquel libro de allá? —señaló un libro forrado con papel, que se
apreciaba difusamente a causa de la mala iluminación—. Es el Séptimo Libro de
Moisés. Se aprende más en él que en cualquier otro libro que haya visto jamás. Era el
libro de Nahum. —Se río de algún recuerdo y prosiguió—: Oh, ese Nahum era un
tipo extraño. Y además malo y mezquino. No me explico cómo no llegó a conocerle.
Le aseguré que nunca, hasta entonces, había oído hablar de Nahum Wentworth.
Pero empecé a sentir curiosidad por él, y mi curiosidad aumentó todavía más al ver
que era dado a la lectura del Séptimo Libro de Moisés, una especie de Biblia para
brujos que ofrecía todo tipo de hechizos y encantamientos. Un libro que deleitaba a
todo aquel lector lo suficientemente crédulo para pensar en su veracidad. Vi también,
dentro del círculo alumbrado por la lámpara, algunos otros libros conocidos: una
Biblia, igual de vieja que el libro de magia, una selección de las obras de Cotton
Mather, y unos ejemplares del Arkham Advertiser encuadernados en un solo
volumen. Quizá éstos también pertenecieron en su día a Nahum Wentworth.
—Veo que está mirando sus libros —observó mi anfitrión, como si me hubiera
adivinado el pensamiento.
Dijo que podía quedármelos; y los cogí.
—Buenos libros. Sólo que necesito gafas para leerlos. Puede mirarlos si lo desea.
Se lo agradecí, y le recordé que me estaba hablando de Nahum Wentworth.
—¡Oh, ese Nahum! —dijo enseguida, y se rio de nuevo—. No creo que me
hubiese dejado todo ese dinero de saber lo que le ocurriría. No señor, no creo que lo
hubiese hecho. Y sin un recibo, ni nada. Eran cinco mil. Y me decía que no necesitaba
pagaré o papel alguno, de modo que no existían pruebas de que hubiese tomado ese
dinero, ninguna, sólo nosotros dos lo sabíamos, y fijamos una fecha de pago, un día,
cinco años más tarde, para que viniese a buscar su dinero. Cinco años, y este es el día,
hoy es el día de Wentworth.
Hizo una pausa, y me dirigió la mirada con unos ojos alegres que reflejaban un
regocijo contenido, y al mismo tiempo, sombríos, porque también reflejaban miedo.
—Sólo que él no puede venir, porque dos meses escasos después de ese día, le
mataron en una cacería. Un tiro en la nuca. Un accidente. Por supuesto hubo quien
murmuró que el disparo había sido mío, pero tuvieron que callarse, porque me fui
directamente a Dunwich, al banco donde hice y deposité un testamento para que su
hija, la señorita Genie, heredase todo a mi muerte. Y no fue un testamento secreto. Se
lo hice saber a todos para que dejasen de hablar tanta tontería.
—¿Y el préstamo? —no pude evitar la pregunta.
—El plazo no vence hasta la medianoche de hoy —dijo con su risa entrecortada
—. Y no parece que Nahum pueda ahora cumplir con su cita, ¿verdad? Supongo que
si no viene, el dinero será mío. Y no puede venir. De lo cual me alegro, porque no lo
tengo.
No pregunté por la hija de Wentworth, ni de cómo le iba. A decir verdad,
comenzaba a sentir el cansancio del día, después de tantas horas de coche y de lluvia.
Mi anfitrión debió de notármelo, pues se calló, me observó, y luego me preguntó,
después de una pausa que me pareció bastante larga:
—Tiene mala cara. ¿Está cansado?
—Me temo que sí. Pero me marcharé en cuanto amaine un poco la tormenta.
—Le diré una cosa. No tiene necesidad de quedarse aquí sentado
escuchándome, Le daré otra lámpara, y puede ir a recostarse en el sofá que hay en la
otra habitación. Si deja de llover, le llamaré.
—No quiero quitarle su cama, señor Stark.
—Me acuesto tarde por las noches —dijo.
Habría sido inútil protestar. Se había puesto de pie para encender otra lámpara
de petróleo, y minutos después me llevaba a la habitación donde estaba el sofá. De
paso cogí el Séptimo Libro de Moisés, movido por la curiosidad de las maravillosas
cosas que, según había oído contar, en él se hallaban; aunque mi anfitrión me miró de
un modo extraño, no hizo ninguna objeción, y volvió a su mecedora de mimbre en el
cuarto de al lado, sin importunarme. Afuera seguía lloviendo torrencialmente. Me
acomodé en el sofá, un mueble anticuado, cubierto con una extraña pieza de cuero y
con un respaldo alto.
Acerqué más la lámpara, porque su luz era muy tenue, y empecé a leer el
Séptimo Libro de Moisés. Pronto me di cuenta de que era un interesante batiburrillo
de hechizos y conjuros que apelaban a “príncipes” de los infiernos, como Aziel,
Mefistófeles, Marbuel, Barbuel, Aniquel y otros. Los hechizos eran de varios tipos;
unos para curar enfermedades, otros para conceder deseos; algunos con objeto de
alcanzar el éxito en las empresas, y otros para vengarse de los enemigos. A menudo
se prevenía al lector de lo maléfico de algunas expresiones, con tanta insistencia que
quizá por ello precisamente tomé nota de la peor de ellas y a la vez la que más me
llamó la atención “Aila himel adonaij amara Zebaoth cadas yeseraije haralius” y que era
nada menos que el hechizo para reunir a todos los demonios y espíritus, o para
revivir a los muertos. Una vez copiada, no dudé en repetirla varias veces en voz alta,
sin esperar que ocurriese nada malo. Y así fue. Cerré el libro y miré el reloj. Las once.
Parecía que llovía menos ahora: la lluvia no era tan torrencial; había comenzado ese
aminoramiento que siempre anuncia el final próximo de una tormenta. Observé bien
la habitación para no tropezar con algún mueble cuando regresara a la habitación
donde estaba mi anfitrión, apagué la luz y me dispuse a descansar un rato antes de
ponerme otra vez en carretera. Pero a pesar de mi fatiga, no lograba descansar. No se
debía sólo a que el sofá era duro y frío, sino también a que la atmósfera de la casa me
oprimía. Al igual que su dueño, había en ella un no sé qué de resignación. Parecía
esperar lo inevitable, como si ella también supiese que antes o después sus cimientos
batidos por el viento harían abrirse las paredes, se hundiría el techo y se pondría fin a
su precaria existencia. Pero hab a algo más que esta atmósfera... común a todas las
casas viejas: era una resignación mezclada con aprensión, la misma aprensión que
había hecho titubear al viejo Amos Stark cuando llamó a la puerta; y pronto me
encontró escuchando, al igual que Stark, algo más que aquel goteo de la lluvia
menguante y aquel incesante roer de los ratones. Mi anfitrión no se estaba quieto.
A cada rato se levantaba de la silla; le oía deslizarse de un lado a otro: ahora a la
ventana, ahora a la puerta. Iba a mirarlas, se aseguraba de que estaban cerradas y
volvía a sentarse. Algunas veces murmuraba entre dientes. Quizá había vivido
demasiado tiempo solo y había caído en el hábito, común a las personas solitarias, de
hablar consigo mismo. Casi todo lo que decía era incomprensible, apenas audible,
pero en un momento dado logré captar algunas palabras. Me di cuenta entonces que
una de las cosas que ocupaban su mente eran los intereses del préstamo que debía a
Nahum Wentworth, caso de que fueran reclamados. “Ciento cincuenta dólares al año
vienen a ser setecientas cincuenta”. decía en un tono que denotaba espanto. Añadió algo
más respecto a lo mismo, y luego algunas palabras sueltas que me preocuparon más
de lo que estaba dispuesto a admitir. Después de atar ciertos cabos, algo que había
dicho el viejo me resultaba incómodo. Y sin embargo, no había dicho nada más que
“Me caí”, había farfullado, y después siguieron una o dos frases más sin sentido. “Eso
fue todo”. Y de nuevo una retahíla de palabras incomprensibles. “Se disparó en un
santiamén”. Más palabras sin sentido o inaudibles. “No sabía que apuntaba a Nahum”. A
continuación farfulló otra vez sin que se le entendiese nada. Quizá al viejo le
aguijoneaba su conciencia. En verdad, la triste resignación de la casa era suficiente
para invitar al viejo a rememorar sus más negros recuerdos. ¿Por qué no habría
seguido a los otros habitantes del valle cuando se marcharon de aquel territorio?
¿Qué le había impedido hacerlo? había dicho que estaba solo, y por supuesto estaba
solo en el mundo al igual que en la casa. De otro modo, no hubiera habido razón
alguna para convertir a la hija de Nahum Wentworth en su heredera. Sus zapatillas
se arrastraban por el suelo. Sus dedos removían papeles. Fuera, los pájaros
engañapastores empezaban a oírse, señal de que en algunas partes el cielo empezaba
a clarear; y pronto sonó una algarabía de ellos, suficientes para ensordecer a un
hombre.
Escuché a mi anfitrión. “Oigan a los engañapastores. Están llamando a un alma.
Clem Whateley se está muriendo.” Al disminuir el ruido de la lluvia, el de los
engañapastores aumentaba en volumen, pero pronto me adormecí y caí en un leve
sueño. Me aproximé a una parte de mi historia que me hace poner en duda la
fidelidad de mis sentidos, puesto que al mirar hacia atrás pienso que algo así es
imposible que ocurra. Muchas veces, ahora, pasados los años, pienso si no habrá sido
todo un sueño. Pero conservo aún algunos recortes de periódicos que prueban que
no ha sido así, recortes que hablan de Amos Stark, de su legado a Genie Wentworth
y, lo más extraño de todo, del infernal destrozo de una tumba medio olvidada en una
colina de aquel valle maldito. No había dormido mucho cuando de pronto me
despertó. había dejado de llover, pero los engañapastores se habían acercado a la
casa y su algarabía era ensordecedora. Algunos de los pájaros estaban debajo de la
ventana donde me encontraba, y el techo de la galería debía de estar cubierto por
estas criaturas nocturnas. No cabe duda de que fue su clamor el que me despertó de
ese ligero sueño que me adormecía. Esperé un momento a despabilarme, y luego me
incorporó: había dejado de llover y me sería más fácil conducir; ya no corría peligro
de pararse el motor de mi coche. Pero nada más ponerme en pie, alguien golpeó la
puerta de la calle. Me sentó, inmóvil, sin hacer ruido, y sin escuchar ningún ruido de
la otra habitación. Golpearon de nuevo, esta vez con más fuerza.
—¿Quién es? —preguntó Stark.
No hubo respuesta.
Vi moverse una luz y pude escuchar la triunfante exclamación de Stark:
—¡Ya ha pasado la media noche! —había mirado su reloj, y al mismo tiempo
miré yo el mío. El suyo estaba adelantado diez minutos. Fue a abrir la puerta.
Adivinó que dejaba la lámpara en el suelo para poder quitar los candados. No podía
saber si pensó en volver a cogerla, como había hecho cuando me abrió a mí. Oí que
alguien abría la puerta: él u otra persona. Y entonces resonó un terrible alarido, el
grito de Amos Stark, preso de furia y terror:
—¡No! ¡No! ¡Vete! No lo tengo, no lo tengo, te digo. ¡Vete!
Tropezó y se cayó, y casi inmediatamente pude escuchar... un grito sofocado, el
ruido de una respiración entrecortada, el murmullo de un suspiro... Me puse en pie y
me dirigí hacia la puerta de esa habitación. Entonces, por un momento me quedé
clavado, incapaz de moverme, de gritar, ante el espeluznante espectáculo que
presenciaron mis ojos. Amos Stark estaba tendido en el suelo, boca arriba, y sentado
a horcajadas sobre él, un esqueleto, con sus huesudos brazos sobre la garganta, sus
dedos en el cuello. Y detrás del cráneo, los destrozados huesos por donde una vez
penetró una bala. Esto vi en ese terrible momento. Luego, afortunadamente, me
desmayé. Cuando recobré el sentido algo después, todo estaba en silencio en la
habitación y la casa llena del húmedo aroma de la lluvia que entraba por la puerta
abierta. Fuera, los engañapastores aún cantaban y el reflejo de la luna se extendía en
el suelo como pálido vino blanco. La lámpara todavía alumbraba, pero mi anfitrión
no se encontraba en su silla. Yacía en el mismo sitio donde lo había visto por última
vez, en el suelo. Mi impulso, en aquel momento, fue escapar de aquella horrible
escena lo antes posible. Un sentimiento de piedad me hizo acercarme a Amos Stark,
para asegurarme de que no había nada que hacer.
Fue esa desdichada pausa la que me trajo el momento de mayor terror, terror
que me hizo huir de aquel lugar maldito como si me persiguiesen todos los
demonios.
Porque cuando me inclinó sobre él, para asegurarme de que estaba muerto,
pude ver incrustados en la descolorida piel de su cuello los blanquecinos huesos de
los dedos de un esqueleto humano, y, mientras los observaba, los huesos sueltos se
separaron del cuello, y se alejaron del cuerpo, corriendo por el pasillo y adentrándose
en la noche para reunirse con el espantoso visitante que había acudido desde su
tumba a la cita con Amos Stark.
Ilustración: Juan Rizi

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