jueves, 17 de junio de 2010

Lecturas







Germán Rozenmacher: Cuentos completos

Esta edición de 1971 recupera, a escaso tiempo de su muerte, los únicos dos libros de cuentos del autor, más dos cuentos publicados en antologías y uno inédito. Cabecita negra, de 1962, fue publicado cuando tenía 26 años, y contiene 6 cuentos. Ya desde el primer relato encontramos un estilo definido, deliberado, una impronta estilística sincera y cuidadosamente elegida. Rozenmacher era un escritor que podríamos ubicar o encasillar dentro de lo social. Sus relatos no son fantásticos, sus ficciones no toleran ambigüedades argumentales. Sus cuentos hablan de una realidad social que sin embargo no apunta a lo sociológico o al estudio de costumbres, ni tampoco a la política socioeconómica. Todo esto conforma únicamente un escenario, un fondo en donde los personajes de los cuentos se mueven, pero que a su vez son producto y resultado de una simbiosis entre personajes y sociedad. El punto de vista está siempre centrado en el desarrollo de los protagonistas, en el elemento humano, pero no como generalidad sino como particularidad. Los personajes de Rozenmacher son seres comunes y corrientes, hombres y mujeres de vidas rutinarias y de escaso interés, donde el fracaso económico sólo es comparable con su fracaso sentimental y hasta moral. La ciudad y la sociedad han tenido su parte en esto, pero ellos parecen víctimas de sus propios autoengaños, de sus vacilaciones y falta de fuerza. Si hablamos de Tristezas de la pieza de hotel, los personajes de este cuento son arquetípicos de lo que estamos tratando de resaltar. Un hombre y una mujer solitarios, de mediana edad, que se encuentran y pasan a consolarse entre ellos transitoriamente, conscientes ambos de la misma fatuidad, de la misma irrelevancia y transitoriedad de su contacto. Una leve esperanza, surgida de tal consuelo, de tal tiempo compartido, parece nacer y satisfacerlos, por más que estén conscientes de que puede sucumbir muy pronto. En los demás relatos de este primer libro, entre los que se destaca especialmente El gato dorado, tenemos una serie de variaciones dentro del rango de lo social. El cuento mencionado es una especie de alegoría o fábula urbano de alto contenido emocional, que recuerda levemente a los relatos de Schultz o Buzzati. Cabecita negra y Raíces son cuentos donde predomina lo social, con personajes más estereotipados y estructurados en el primer caso. Pero Raíces contiene una estructura más elaborada, donde los cambios de tiempo y lugar funcionan como pasajes y pasadizos donde los recuerdos o flashbacks van conformando una vida mientras se desarrolla una situación presente, que tiene su desenlace, cuya fuerza radica en todos los raccontos previos. El estilo elegido por Rozenmacher para mostrarnos todo esto se basa en la fluidez narrativa, en la ruptura de los convencionalismos gramaticales. Los signos de puntuación son escasos, la voz narrativa se mezcla y se confunde con la voz de los personajes. El estilo erudito confluye con el coloquial sin cambios precisos, sin molestar ni resultar chocante, porque el ritmo es envolvente. El lector se ve involucrado de inmediato en un clima verbal que otorga verosimilitud al escenario argumental. En realidad, el lugar es casi un resultado del lenguaje utilizado más que un producto de una descripción precisa o detallada. En este primer libro, sin embargo, se nota una cierta inmadurez, pero que se percibe únicamente cuando se lo compara con el segundo. Los ojos del tigre, de 1968, publicado a los 32 años, posee un contenido más social en relación con el primero. Esta característica se notaba en el estilo, en el lenguaje, pero los argumentos estaban más en función de los personajes, como si éstos fuesen el eje alrededor del cual se armó el resto de cada cuento. En el segundo libro, los personajes han ganado en profundidad psicológica y el lenguaje es más rupturista, más desafiante en cuanto a la habilidad del lector para seguir los hilos argumentales, simples pero enredados por estos cambios de tiempo y lugar, que no son más que otra forma de practicar el estilo proustiano. A esta estructura o recurso, se suman también las enseñanzas faulknerianas de tragedia griega dentro de ámbitos contemporáneos. Es así que obtenemos una poesía narrativa que surge del lenguaje mismo para transmitirnos personajes e historias de un modo indirecto. Blues en la noche es un cuento estremecedor en cuanto a la implicancia de lo social sobre el individuo urbano. La soledad, el fracaso, los sueños y las esperanzas rotas, lo hacen comparable a Tristezas de la pieza de hotel. Los otros cuentos de este segundo libro tienen como protagonistas a personajes más activos en la vida política. Nos adentramos en los ámbitos marginales de seres entregados a una actividad revolucionaria y violenta, pero el trasfondo político es simplemente un escenario, y lo que resalta es el desarrollo magistral de los personajes. Rozenmacher ha sabido lograr el equilibrio exacto para mostrarlos. No importa si lo que hacen está bien o mal, si es moral o inmoral su actitud. Los muestra como seres humanos detenidos en una situación determinada que deben resolver en base a todo un pasado que el autor nos va relatando de apoco, para que el lector vaya compenetrándose e identificándose con el personaje. No identificarse, en realidad, sino familiarizándose, hasta el punto de sentir que lo ha conocido, y lamente su muerte, sea ésta de la forma que sea. Los finales de todos los cuentos pueden ser trágicos y abiertos en muchos casos, pero en todos hay una naturalidad y una lógica a rajatabla. La calidad de los relatos no está solamente en la destreza narrativa, ni siquiera en la profundidad psicológica o las implicancias trágicas , sino en el natural desarrollo de los cuentos, en esa simpleza cuidadosamente elaborada que nos dice que estos personajes y sus historias no pueden tener otro fin que el que se nos muestra.

Gene Wolfe: Especies en peligro (1989)

Treinta y cuatro cuentos que abarcan diecisiete años, publicados en diversas antologías y revistas, y compilados para esta edición bajo el nombre genérico de Endangered species. Cúales son las especies en peligro, nos preguntamos. Por estos relatos pasan diversas criaturas que no necesariamente son figuras fantásticas, como podrían ser los unicornios o los minotauros, protagonistas de algunos de estos relatos. La especie en peligro es también la humana, porque en gran parte de estas historias los personajes principales son robots o más precisamente androides, cuya principal peculiaridad no es tanto su estructura física electrónica, sino su capacidad de pensamiento y sentimiento, asemejándolos a un ser humano de carne y hueso. Nos preguntamos entonces, dónde están los hombres y mujeres, y hallamos que su presencia además de escasa es pobre y triste. Uno de las historias más logradas, donde esta ambigüedad se transmite perfectamente es Los HOMOL de la guerra, donde un soldado del ejército de androides se considera a sí mismo un humano infiltrado para investigar, y sin embargo la gran duda final, tanto del lector como suya propia, es si realmente es un humano o un androide al cual se le ha implantado una memoria humana. Los cuentos de ciencia ficción de Wolfe no cansan ni saturan al lector con datos técnicos, y aún éstos están sutilmente implantados en la historia, son parte del escenario de una manera natural y lógica. El lenguaje del autor no se concentra en encontrar explicaciones plausibles o en dar justificaciones, sólo en dejar explayarse al elemento humano, aún cuando no haya hombres de carne y hueso como protagonistas. El factor humano lo constituyen las relaciones interpersonales entre los protagonistas, pero por sobre todo la conciencia ética que subyace al final de cada historia como mensaje subliminal, implícito, obligado pero nunca moralizante. Lo sorprendente de estos relatos es que luego de desarrollarse como historias de aventuras, bien contadas y de exquisito buen gusto, de una poética de alta calidad, dejan entrever un residuo de pensamiento filosófico, un acercamiento mundano pero profundo sobre el hombre, sus conductas y su naturaleza. El origen y el destino del hombre como instrumento y fin en sí mismo, su función en la historia del universo. Abundan también las historias de terror, fantásticas y futuristas, y la historias corrientes y contemporáneas. Todas ellas tienen en común, además del adecuado y cuidado lenguaje de un gran esteta de la literatura, una búsqueda que va más allá de la historia en sí misma. Estas historias, como toda anécdota, son sólo formas o instrumentos para contar algo que subyace en el interés inherente a cada ser humano: el amor, la naturaleza de lo normal, la naturaleza de lo monstruoso, la búsqueda de la divinidad, el destino y el objetivo de la vida humana. Debo insistir en la calidad literaria de estos cuentos, la forma curiosamente original de estructurar los argumentos, convencional y a la vez distinta. Las voces narradoras son en general en tercera persona, pero el autor ha sabido amalgamar su voz con el punto de vista y la voz del personaje principal en cuestión, de modo que parecen narrados desde una primera persona, que a su vez se alterna con la voz de otras simultáneas. Es una característica de Wolfe transmitir esta diversidad de la vida, esta simultaneidad sin confundir al lector: la variedad del tiempo, su falta de cronología, cambios de escenarios, pero sobre todo de voces. Algunas veces, la capacidad psicológica de ciertos personajes justifica esta simultaneidad de voces que no hablan sino que se expresan en acciones que a su vez son pensamiento puro, y aquí puede incluirse toda una filosofía existencialista: vida, pensamiento y acción son una sola y misma cosa, no sucedáneas sino simultáneas. Voz y pensamiento son ser y existir, más allá de las limitaciones del tiempo y del espacio. La ciencia ficción y el futurismo sirven para hablar de estos temas porque aportan un escenario concreto, una metodología aplicada a estas ideas abstractas, y la destreza de Wolfe ha sabido expresar esta diversidad de manera excluyente, siendo este uno de sus principales aportes a la literatura de ficción. Las historias de este libro, cortas o extensas como novelas breves, poseen la extraña virtud de una maravillosa imaginación y la excelencia literaria.

Gene Wolfe: Paz (1975)

Esta novela de Gene Wolfe nos hace recordar, al principio, a El vino del estío de Ray Bradbury. El tono poético es acorde con los recuerdos de la infancia, la voz del narrador es nostálgica, un narrador protagonista y testigo de los hechos que nos está contando. Un hombre ya adulto, quizá muerto, que nos habla de los episodios de su vida, momentos importantes no sólo por su trascendencia dramática, sino también aquellos que por su simpleza están teñidos de una emoción que perdura en el tiempo y sobrevive al olvido. Pero más adelante encontramos en esta novela rasgos propios que denotan un estilo particular, una voz narrativa especial, diferente. Si en Bradbury predomina la nostalgia, envuelta ésta en una bruma sabiamente creada por la ambigüedad y el misterio, donde lo extraño es aún más inquietante por el ambiente familiar y cotidiano, en Paz hallamos elementos más incongruentes, historias secundarias que tienen su propia impronta de extrañeza lindante con el horror. No hay medias tintas en esta novela de Wolfe, pero el buen gusto es el estilo predominante. La ambigüedad no está en los hechos mismos, ya que tanto el autor como el lector no se sorprenden de que lo fantástico sea tratado como algo natural, sino en el tratamiento que nos ofrece el autor. Algo extraño es algo fuera de lo común, pero el autor nos pregunta qué es lo común. A esta curiosa simbiosis que crea el lenguaje se suma la estructura elegida para la novela. Los temas son variados, las líneas argumentales se dispersan, los tiempos se mezclan y se confunden sin desorientar al lector, porque lo importante no es la cronología temporal de los hechos narrados sino la sensación de acumulación, de pasajes, similar al que cada uno experimenta en su sendero por la vida. La vida no es una sucesión ininterrumpida y exacta de tiempos y espacios, sino una mezcla constante, y ésto es lo que Wolfe nos propone, y que ha logrado transmitir magistralmente. Los cinco capítulos podrían leerse como relatos independientes, pero si lo hiciéramos así algo nos faltaría, un eje común que es la vida en definitiva, ese lazo que une episodios aparentemente deshilvanados, épocas que forman o constituyen la vida de cada hombre y que vistos por separado parecen ser parte de muchos hombres diferentes. Paz no es una novela fantástica, pero sí incluye lo extraño, lo que no tiene explicación lógica todavía. Paz también es una novela fantástica, pero no descarta los sentimientos cotidianos, las pasiones de personajes comunes y corrientes. Incluye los miedos, las muertes, los amores contrariados, la enfermedad. La infancia, la adultez y la vejez. El final es abierto, inconcluso, la muerte no necesariamente ocurre al final, sino que puede contarse desde el principio. Con ella también puede comenzar el recuerdo, y por lo tanto, el relato de la vida, como un cuento o episodio más de otros tantos. La dispersión, nos dice Wolfe, es un sinónimo de ese algo común, tal vez lo único común, que llamamos vida. Una tía soltera con tres pretendientes, que cuando finalmente se casa, muere muy joven. La búsqueda de un tesoro escondido por un pirata. Un farmacéutico que cree estar siendo asesinado por un fantasma. Estas historias tiene la peculiaridad de ser a la vez verdaderas y fantásticas, y Wolfe nos insinúa, nos sugiere que lo fantástico puede ser real y lo real fantástico. La infancia es, quizá, el elemento clave para aprehender esta idea. La mentalidad abierta de un niño, cuya credulidad es la puerta abierta a un universo que los adultos no nos atrevemos a explorar. Nosotros cerramos puertas cuando lo que intuimos nos produce miedo, pero el niño aún no ha construido puertas, y tanto el horror como el placer se conjugan y forman una personalidad. La vida, luego de la infancia, como nos dice el autor en esta novela, no es más que una repetición de recuerdos, de rememoraciones, de búsquedas de aquella sensación primordial: el miedo y el placer unificados. Dos polos conjugados cada tanto, creando simas y montañas, vaivenes, desequilibrios y equilibrios. Paz es una fábula, una suma de fábulas, una alegoría y una historia real, todo eso al mismo tiempo. El lenguaje y la estructura narrativa están sabiamente manejadas para lograr ese extraño equilibrio: dispersión y convergencia, sucesión y simultaneidad. Los límites borrados, los contornos intercambiados. Como un buen narrador de cuentos de hacer.

Hugo Mujica: Poesía completa (1983-2004)

La poesía de Hugo Mujica no contiene nunca una poética liviana ni superficial. En sus poemas encontramos una mirada nunca menos que profunda, preocupada por la trascendencia del hombre, e inquieta por el camino y el destino de lo que llamamos alma. Su poesía puede hablarnos de las cosas cotidianas, de los objetos con los que convivimos todos los días, sin embargo estos instrumentos del orden cotidiano a veces son alegorías, otras simples ejemplos con los que el autor quiere transmitirnos una preocupación, una interrogación. Sus preguntas son, en la mayoría de los casos, preguntas sin respuesta definitiva. Cada poema suyo es un intento único y a la vez sumatorio para entender los problemas del hombre relacionados con su existencia y su destino, sobre el alma y el cuerpo, sobre el amor y la felicidad, sobre el dolor, la angustia, la desesperación, la desilusión, el éxtasis o la identificación. Todos sus libros de poemas recorren los mismos senderos, sin repetirse. El tono es semejante, los temas similares, pero cada visita a los mismos jardines son otras tantas revisitaciones, reactualizaciones, que se van tornando más profundas a medida que el lenguaje se va transformando. Si en los primeros libros, como Brasa blanca, Sonata de violoncelo y lilas el lenguaje es más cortado, más enumerativo y descriptivo de manera extremadamente breve, casi hermético en ciertas partes, en los siguientes, como Escrito en un reflejo, y sobre todo en Para albergar una ausencia y Noche abierta, la estructura gramatical y los versos son más largas, la lógica que los encadena más explícita. Pero esto no quiere decir que pierdan intensidad, por el contrario. Al hacerse más clara, la filosofía implícita en los versos, es decir, el contenido místico y trascendente, readquiere la fuerza que poemas más cortos o breves podrían quitarle en cuanto a esclarecimiento y poder. Si bien en literatura el menos es siempre más, los versos en apariencia sencillos de Mujica nunca van más allá de una cierta extensión previamente dispuesta por el mismo contenido que encierran. Cómo expresar a Dios más que diciendo, como en el poema Hasta el final: "el inocente..../el que pide perdón por todo crimen ajeno:/ el que perdona a Dios." La poesía de Mujica es, en sustancia, un trabajo de antítesis. Estas antítesis juegan con el significado de palabras aparentemente contrapuestas, pero cuyas significaciones son ambivalentes dependiendo del contexto, y sobre todo si las limpiamos de todo costumbrismo o de la mugre coloquial que tiende a desvirtuar su origen. Cosas contrapuestas pueden coexistir, sin conflictos, sin anularse entre ellas, pero lo más importante, y aquí está lo original y lo profundo de toda una concepción del mundo como pensamiento poético trascendente, donde los significados contrapuestos pueden intercambiarse, y pueden, también, contener en sí mismos lo opuesto de lo que expresan. Ejemplos: palabra/silencio, luz/ciego, abrasar/sed, rojo/blanco. Podrían mencionarse muchas más, pero estas son suficientes para demostrar los estados simultáneos en que estas palabras conviven. Un espejo puede ser también una jaula, o el iris de un ojo. La palabra siempre, intercambiable o resignificada por la palabra ahora, se contrapone con el nunca. En ambos casos vemos cómo las supuestas contradicciones se diluyen y la mente del lector va aceptando paulatinamente esta simbiosis, un estado apto para aceptar la ambigüedad del mundo, para dejar de lado la superficialidad exasperante de las cosas triviales, donde el tiempo es una máquina destructora de vidas, y zambullirnos en un plano donde el tiempo y el espacio son menos importantes que las sensaciones. Para ello, Mujica no tiene más que las palabras comunes, sencillas, austeras, y de ellas sabe sacar todo el valor posible. Las explora, las piensa detenidamente, las coloca en sus poemas de una manera en que adquieren un nuevo significado. No uno nuevo, seguramente, pero sí resignificado por el silencio que el poeta busca en esas palabras. Los poemas de Mujica son muy adecuados para leen en voz alta. Las pausas, los silencios, el significado de las palabras y los versos que deben ser pensados antes de pasar al siguiente párrafo, son apropiados para un lector que nunca debe exagerar sus expresiones. Si uno, además, los lee en silencio, las concatenaciones espirituales y humanas van formando una sensación que conmueve por su misma simpleza. Son poemas donde el pensamiento cumple la función emocional, donde lo oscuro se alterna con lo esperanzado, donde la fe es una virtud que debe ser puesta a prueba constantemente si no desea anquilosarse y perder todo valor. La duda, y el dolor de esa duda, es lo que alimenta este tipo de poesía. Pensar es una forma más de emoción para quien sabe leer en los intensos silencios del lenguaje poético.
Una acotación en cuanto la narrativa corta de Mujica. Paraíso vacío, poroa poética, los cuentos de Solemne y mesurado, o los poemas en prosa de Flecha en la niebla, no comparten, en mi opinión, los logros de su poesía breve. Encontramos la misma búsqueda y las mismas inquietudes, pero el lenguaje se torna lamentablemente repetido, demasiado abstracto. Esta abstracción, necesaria para ciertos temas de trascendencia humana, tiende a perder la atención del lector cuando las formas en que intentamos expresarlas se extiende de más. El lenguaje narrativo, en el caso de los cuentos, deben incluir no sólo la fábula o la alegoría, sino también una fuerza activa que arrastre la atención del lector, puede ser esta fuerza un elemento cotidiano o familiar, un personaje bien definido, un hecho que irrumpa desde la primer frase, un final donde la ambigüedad nazca de la irrefutabilidad misma del final. Esto no sucede con la narrativa de Mujica. Cuando se trata de sus poemas en prosa, donde la búsqueda o la preocupación mística linda en la enseñanza o la moraleja, la retórica desmerece los esfuerzos y trivializa el resultado. Diferente es el caso cuando el ensayo es específicamente un estudio elaborado con las reglas tradicionales de la prosa. Cuando la intencionalidad predomina en la poesía, la que pierde es precisamente la poesía.

John Keats: La poesía de la tierra

Cómo hacer algún comentario sobre Keats, teniendo en mente, como debería tenerse siempre cuando se lee o habla de Keats, el estupendo ensayo sobre su vida y obra que escribió Julio Cortázar. Pero las siguientes palabras no tiene más subjetivo que hacer una breve referencia y decir unas superficiales impresiones sobre la edición y sobre la poesía en general de de este gran poeta inglés. La poesía de la tierra es una compilación de algunos sonetos y odas de Keats, traducidos y seleccionados por Ana Bravo y Javier Adúriz. Es deber decir que los textos seleccionados son sin duda los mejores y la traducción es un envidiable logro. Dejando esto asentado, nos queda por comentar algo sobre los poemas seleccionados. El título de la compilación está extraído del primer verso del poema A la cigarra y el grillo, un soneto que representa claramente la tendencia estructural y temática de la obra general de Keats. Sus sonetos, gramaticalmente, tienden a confrontar y comparar dos o más situaciones u objetos distintos, ubicados con el simple esquema 1-2 / 3-4. De esta manera, la breve enumeración del objeto temático con sus virtudes o defectos son comparados entre así y a un tercer objeto, generalmente más profundo, filosófico o humanista en general, con lo cual se logra, con esta modalidad de versos y temas pareados, una especie de teorema poético. Este planteamiento cuasi matemático es una manera más de esquematizar y organizar las impresiones poéticas para que sean más claras tanto al autor como para el lector. No olvidemos que Keats proviene de un siglo rico en el desarrollo intelectual, tanto humanista como científico, y las matemáticas representaron la avanzada como la tecnología virtual en nuestra época contemporánea. Esto no quita sensibilidad a los poemas, sino una forma más clara de acercamiento al sentimiento individual, una especie de análisis sentimental y filosófico que tranquilamente podría llamarse una escuela del psicologismo del siglo XX. Porque qué es sino, la teoría psicoanalítica de Freud, sino una creación surgida de los ámbitos más cerrados de la imaginación, allí donde lo escondido toma forma y se encausa en caminos que la ciencia y sus métodos van inseminando en la estructura mental del hombre, desde la conciencia hacia el inconsciente y en camino inverso, sucesivamente y sin interrupción. Keats habla con una lucidez despiadada de la naturaleza y su relación con el hombre, a través de poemas que son parábolas en forma de poemas intelectuales. No hay sentimentalismo, por más que la época que rodeó a Keats o una lectura superficial quiera ver superfluidades donde hay una mirada sutil, delicada y a la vez certera de la condición humana. Los poemas de Keats poseen una amargura nacida de la contemplación de la brevedad y la futilidad de la vida, pero esta amargura no cae en un pesimismo paralizante, sino que se basa en un orgullo positivista, un orgullo altivo de la vida. En el poema Por qué reí encontramos en el tercer párrafo: "esta misma noche podría dejar de ser, ver jirones en las banderas del mundo". Este terrible verso conmueve por lo irreversible y lo verdadero de su significado, sin embargo nos dice que a la vez que esta angustia no es la del hombre solo, sino la de la humanidad. Una pena no es tanta si es compartida, incluso, como se dice en el último verso de este mismo poema: "más intensa es la muerte, el premio mayor de la vida". ¿La muerte es un premio? Si pensamos en el significado positivo que implica la palabra premio, tal vez la muerte no sea un castigo sino una recompensa. Entonces, lo negro se torna blanco, y lo triste esperanzado. Las Odas de Keats se caracterizan porque nos hablan, entre otras cosas, del la dicotomía del tiempo y la inmortalidad. En escasos poemas se nos habla de esto de manera más clara y conmovedora como en la Oda a una urna griega, donde apenas mirando unas figuras muertas esculpidas en una vasija, vemos que no están tan muertas, sino que reviven y sobreviven al tiempo. Ellas son inmortales. Otras odas, como Oda al ruiseñor, Oda a la melancolía, Oda a Psique, no son meramente cantos, sino reflexiones filosóficas donde se funden las teorías y pensamientos como la descripción y la alabanza del objeto que inspiró la oda. Aquí el objeto temático y las reflexiones sobre ésto están amalgamados de un modo que el lector se siente partícipe, involucrado en esta especie de sistematización lírica. Releer estos poemas de Keats es como leer en las figuras de la antigua urna que lo inspiró alguna vez. Versos escritos hace casi dos siglos no solo nos reintegran al pasado, sino también nos dicen con una despiadada belleza no exenta de lirismo que las preocupaciones reales del hombre son siempre las mismas, y la búsqueda de respuestas renueva las preguntas, siempre que éstas sean hechas con las más altas herramientas de la poesía y el conocimiento.

Albert Camus: El exilio y el reino (1957)

Si en D. H. Lawrence el escenario común es la campiña inglesa, en Ricardo Güiraldes la pampa o en Doris Lessing el conurbano londinense, en Camus es el desierto de Argel. Estos ámbitos, más que un escenario propicio para ubicar las historias, representa un símbolo dentro de ellas, y es una especie de alter ego, un leit-motiv, una alegoría del mundo que todos estos autores intentan plasmar en sus obras. En los cuentos de Camus, el desierto, protagonista de la mayoría de las historias, es un escenario de fondo donde los personajes viven o están de paso, pero sea cual sea el caso, ellos se sienten atrapados, fascinados y liberados al mismo tiempo. El desierto, con su aparente nada, su despiadado despojamiento y su terrible exigencia tanto de soledad como de supervivencia, es un símbolo de la vida, incluso de la vida más allá de la muerte. Los protagonistas de estos relatos de Camus están en un situación de fracaso de sus individuales proyectos de vida, pero hallan un momentánea compensación, una felicidad fugaz que no hace más que confirmar su fracaso, y que sin embargo constituye una especie de expiación personal. En La mujer adúltera tenemos una esposa madura y sin hijos resignada a un matrimonio que ni la satisface ni la conforma, pero en el desierto que visita con su marido se encuentra con algo más, con eso que pudo ser, y el desierto se convierte casi un amante con el que hace el amor una última noche, experiencia que no puede comunicar a nadie más, por incomunicable y por íntima. El renegado transcurre en épocas pasadas, y es un relato en primera persona de un esclavo que narra sus vicisitudes entre la obediencia y la rebeldía hacia órdenes establecidos por las instituciones religiosas y de gobierno. La tortura, la traición y la denigración humana son los factores comunes de esta historia donde lo íntimo se articula sabiamente con lo histórico, dando una imagen adecuada de un alma inconforme y torturada. En Los mudos volvemos a lo contemporáneo, con el trabajador de una fábrica que ha realizado una huelga no exitosa, y debe regresar al trabajo con el fracaso a cuestas. Es el relato más claramente social de todo el conjunto, pero la anécdota no se queda en la moraleja o la crítica social, sino que articula diferentes planos: la pobreza, la explotación, la vida y muerte de una niña, todo esto interaccionando en los dos niveles sociales que conforman los polos de la sociedad contemporánea: la pobreza y la riqueza, enlazados por factores que están más allá de su control: la enfermedad y la muerte. En El huésped tenemos a un maestro de escuela en pleno desierto, que se debe encargar de entregar a un rebelde. Él no está conforme, no es un entregador, por más que los suyos y sus leyes lo obliguen a hacerlo. Desprecia al rebelde por asesino, pero aún así decide darle la libertad, pero el otro elige entregarse. Como contrapartida, los amigos del rebelde vendrán a vengarse del entregador. El maestro, entonces, es víctima de sus propios ideales como es víctima de las leyes del desierto y sus habitantes. Jonás o el artista en el trabajo es un espléndido y terrible cuento largo que nos relata las vicisitudes de un pintor frente al éxito momentáneo y la problemática de su supervivencia tanto económica como personal. Aquí el autor nos plantea el difícil tema de si el mundo personal, el amor y la familia, pueden ser obstáculos para una vida entregada al arte. El pintor se va eclipsando, no sólo ya no tiene tanto éxito sino que pinta muy esporádicamente a medida que su vida social y de familia lo absorben su tiempo y atención. La escena final, donde el protagonista halla una especie de clímax a su vida, pintando lo que debería ser su mejor cuadro, es una representación pesimista pero noble y profunda, el arte como soledad, el arte como síntesis: la tela en blanco (o la página en blanco) para expresarlo todo, incluso la nada. La piedra que crece nos traslada la la selva brasileña, pero aquí el simbolismo del paisaje cumple la misma función que el desierto. Un ingeniero contratado es testigo de los ritos de los indígenes, y en estos ritos halla una expiación para su propia alma. La confrontación de la supuesta alta cultura y el conocimiento con el aparente primitivismo de los ritos religiosos indígenas es el tema en cuestión. Uno de los hombres de la aldea ha prometido a Jesús, ícono importado por los misioneros, llevar una piedra enorme sobre su cabeza durante una peregrinación. Al lograrlo a medias, y viendo aquel sacrificio, el ingeniero carga con esa piedra. A su vez, hay casi un trasfondo fantástico en el relato. La piedra que vuelve a crecer al ser partida, según las creencias de aquel pueblo, esta vez se reduce a cenizas luego de ser transportada por estos hombres que ha hecho el sacrificio.
Estos relatos de Camus tienen un tono más poético que el que podemos encontrar en su primera época, por ejemplo en El extranjero. La intencionalidad no deja de ser simbolista, pero el tono abandona la tendencia a la fábula contemporánea al estilo kafkiano y se acerca al relato literario puro. La variedad de recursos y voces es mayor también, no estructuralmente, sino con sutiles manejos del lenguaje: poesía, diálogos, voces narrativas, ámbitos. Como sublime narrador, Camus crea climas más que historias, porque en estos climas surgen ellas espontáneamente, como plantas propias de un paisaje, conformando un cuadro donde objetos y hombres cuentan historias casi sin hablar, y por la misma virtud del silencio, son profundas, importantes, trascendentes.

Albert Camus: El extranjero (1949)

A los 37 años de edad, Camus publica su primera novela: L'étranger, novela capital en la literatura en general y en particular del siglo XX. Porque el título no refiere a una condición geográfica, ni habla de exiliados o inmigrantes. Aquí la desubicación está representada por el aislamiento, el extranjerismo, o quizá la extrañeza de la condición misma de lo humano. Para ello Camus utiliza una especie de parábola, porque no es dable hablar aquí de alegoría. Pero en este caso la parábola no es moralizante, sino puramente demostrativa y aleccionadora, utilizando toda la crudeza necesaria, y conmoviendo con todo el filo de esa crudeza. Tenemos como protagonista a un hombre que ve pasar su vida y los actos de su vida con una especie de frialdad o de indiferencia que muy pocas veces se modifica o se ve alterada. Son necesarios actos extremos para que esto suceda, y aún así, su posición es casi de la un testigo más que la de un protagonista. Él piensa más de lo que sufre, y ni siquiera su pensamiento es demasiado complejo, sólo de tonos moderados, de una cierta amargura implícita, y de una resignación como instrumento desesperado para sobrevivir. Su madre muere en un asilo, y él no puede llorar. Tiene una amante y no sabe si está o no enamorado de ella, casarse o no casarse es igual para él. Los sinsabores de sus vecinos le interesan pero se deslizan por su conciencia. Cuando un amigo le pide favores que están más allá de la ética, él los realiza porque no ve inconvenientes en hacer o no tal cosa. El mundo parece no importarle, pero no es desapego, sino una costumbre: la costumbre del hombre habituado a lo irremediable del existir. ¿Qué es la existencia?, parece preguntarnos Camus a través de su personaje. El hombre es un ser aislado, que sólo tiene contactos ocasionales y superficiales con los demás, incluso sus propios actos parecen ser caprichos de una naturaleza ajena a nosotros mismos, entonces nos preguntamos quiénes o qué somos en realidad. Un hombre, el protagonista, mata a otro por el que no siente amor ni odio, simplemente lo hace porque la circunstancia lo empujó a hacerlo, sea está el sol intenso de la tarde, el reflejo de la luz en el cuchillo del contrincante o sólo un accionar que no sabemos qué lo ha provocado. Únicamente tenemos conciencia de que fuimos nosotros, es decir nuestro cuerpo el que lo ha realizado, y nuestra mente es un testigo a través de nuestros sentidos. Luego vienen las consecuencias del acto, porque vivimos en una sociedad armada con estructuras y leyes arbitrarias que no pueden derribarse sin perjuicios y castigos evidentes. ¿Qué es un pecado?, se pregunta y nos pregunta el autor. Se castiga al protagonista a pena de muerte, y se llega a esa conclusión no tanto por haber quitado la vida con frialdad sino más bien por la frialdad con que veló y enterró a su madre. ¿Un acto es consecuencia del otro? ¿Debemos pagar algo a través de otra deuda? ¿Somos culpables por el solo hecho de existir? ¿El sentir emociones y arrepentimientos nos representa más como humanos que el hecho de no hacerlo? ¿Qué nos define como humanos? Un hombre es un extranjero en todas partes, unos más que otros se sienten en algún momento aislados, diferentes, extraños en medio una sociedad conformada por otros tantos extraños? El final de la novela nos plantea una nueva vuelta de tuerca, una nueva redefinición, una especie de conclusión que no hace más que corroborar una condición ni pesimista ni desesperada, sólo una sensación racional, una lógica del estado previo a toda racionalización y por supuesto muy anterior a todo sentimentalismo consciente: la idea de que los demás nos definen, que somos la arcilla con que los demás nos forman con sus pensamientos y palabras, otorgándonos un significado, una sustancia final. El amor de los otros nos define y nos otorga un cierto valor, y si no es el amor, también el odio tiene la capacidad de cumplir igual propósito. Una última acotación: como Kafka, Camus interpreta la condición humana, nos da una visión pesimista, amarga, del aislamiento y la sinrazón de la vida humana. Pero mientras en Kafka el absurdo se basa en las impresiones y simbolismos que el mundo crea en la mente humana, Camus hace una reinterpretación expresionista del mundo: lo absurdo de la existencia está representada en lo absurdo y la falta de lógica de las instituciones, las leyes y la sociedad en general. La conducta humana es mostrada en acciones, no en impresiones de interpretación onírica o simbólica. Ambos, sin embargo, no son las dos caras de una misma moneda, sino dos caminos paralelos, emparentados, hermanados, como si se hubiesen visto de cerca en un par de ocasiones, reconociéndose y echándose una mirada y un guiño cómplice, y desengañados de todo, excepto de su propia causa y objetivo.

Germán Arciniegas: Genio y figura de Jorge Isaacs (1967) Entre el Mar Rojo y el Mar Muerto (1963)

El primero es un ensayo que forma parte de la colección Genio y figura, con la cual EUDEBA homenajeaba a diversos autores hispanoamericanos a través de otros importantes ensayistas y/o escritores. En este caso, el escritor colombiano logra un acercamiento muy ameno y exacto a la personalidad y la obra de Jorge Isaacs. En el primer capítulo se nos presenta un breve biografía dividida por años, pero de lo que suele ser una enumeración cronológica por fechas, Arciniegas ha sacado provecho haciendo un resúmen donde tienen cabida breves citas del autor retratado o de sus contemporáneos. Aquí tienen predominio los hechos de la vida extraliteraria de Isaacs, que constituyen casi una novela más larga e interesante por sus cambios abruptos que su propia obra literaria. Los problemas económicos, las quiebras familiares, los fracasos en las empresas emprendidas, los avatares de su actuación política, están expuestos de una manera breve pero muy precisa para el lector no iniciado en la vida de Isaacs. El segundo capítulo es una biografía más extensa de la actuación política y social en el escenario revolucionario del siglo XIX colombiano y latinoamericano, donde la actividad literaria permaneció en segundo plano, a pesar del éxito rotundo de su única novela: María. La múltiple actividad de Isaacs podría resumirse en dos planos bien diferenciados: uno externo, dedicado a la preocupación social y política, incluyendo sus negocios y empresas varias que terminaron en fracaso; el otro, íntimo, donde la literatura era una forma de expresión de los sentimientos más privados, o tal vez la forma más idealista en que Isaacs veía o quería ver el mundo. Ese mundo que la fuerza muscular de su espíritu intentó transformar como una lucha privada. Los siguientes capítulos están dedicados a comentarnos sobre la novela, sus correlaciones probables con la vida real de Isaacs: la infancia y juventud en la estancia El Paraíso, sus lecturas, la mujer que inspiró el argumento (la hermana de José Asunción Silva), también el estilo romántico heredado de Europa, las influencias de Saint-Pierre y Chautebriand, la escuela romántica en América, y su sucesora, la realista, con la cual se emparenta curiosamente, a pesar de tratarse de novela casi idílica. Es que aquí el paisaje cumple la función de símbolo y escenario al mismo tiempo. En María no pasa mucho, la anécdota es breve y triste, pero lo que importa son las impresiones, y el paisaje descrito en primera persona es, quizá, lo que realza más el lenguaje. Nosotros nos atrevemos a hacer una asociación que Arciniegas no menciona: este aspecto de la novela podría relacionarse con alguna obra de Güiraldes, donde el paisaje tiene también una función de símbolo, aunque el lenguaje sea más crudo. Otro aspecto importante es la influencia de Poe en ciertos simbolismos, como el del ave negra que aparece mencionada cinco veces a lo largo de la novela. El último capítulo del ensayo está dedicado a comentarios y juicios de diversas autoridades literarias de latinoamérica sobre Isaacs y su obra, entre los que sobresale Enrique Anderson Imbert, el mejor en mi opinión, Arturo Torres Rioseco (chileno), y el uruguayo Alberto Zum Felde. En suma, esta aproximación a Isaacs no hace más que reafirmar la destreza ensayística, la calidad literaria y el buen gusto de un escritor como Arciniegas, que ha puesto en justo equilibrio lo ameno con lo académico, lo literario con la vida cotidiana, las opiniones personales con los más discretos y acertados juicios literarios. Arciniegas no aproxima una imagen entre lírica y real de Isaacs, sin duda limitada pero abarcativa a la vez, y por abarcativa no imprecisa sino certera y detallado en los aspectos más importantes. Un breve ensayo que deja mucho de enseñanza, tanto sobre la obra de Isaacs como por la forma en que debe realizarse un excelente ensayo, que no necesita ser extenso para ser excelente.
El segundo libro, Entre el Mar Rojo y el Mar Muerto, es una consecuencia de la visita y permanencia de Arciniegas como embajador de Colombia en Israel. Como siempre, la narrativa y la destreza literaria del autor supera los obstáculos de una tarea como la emprendida: hacer no un relato de viajes sino plasmar impresiones e ideas sobre una región, un país y un grupo de personas cuya característica común es no sólo la religión judía, sino también una misma necesidad y una misma fuerza. Es verdad que este libro fue escrito cuando Israel estaba en su apogeo como ejemplo de una fuerza descollante capaz de transformar el desierto en un vergel, tanto gracias a la voluntad propia como a las tecnologías disponibles. La posición de Arciniegas es claramente parcial en su admiración, pero el resultado no es ideológicamente abrumador, sino que cuenta y describe con admiración evidente, pero sin poner énfasis exagerados ni adjetivar innecesariamente. El estilo de Arciniegas es de una simpleza aparente, de un parcialidad atenuada por el afán de hacer literatura, es decir, mostrar desde el propio punto de vista, que en este caso es de de alguien sensible, educado y equilibrado en su postura. El elogio de Israel y sus líderes no molesta porque tiende a mostrarlos como individuos con virtudes y flaquezas, en estampas cuya breve extensión es suficiente para demarcados con claridad. El objetivo no es desarrollar largos estudios sobre sus personalidades, ni sobre la historia de Israel o la conducta actual del país con respecto a la política exterior. Hay indicios, menciones sobre todos estos temas, pero lo mejor de estos textos está en la realidad tratada como hecho positivo, los logros que has sobrepasado los errores. Lo que se destaca aquí es la fuerza de una creencia, no perteneciente únicamente a una religión o una raza, sino a la voluntad de superación a pesar de múltiples y trágicos desenlaces a lo largo de mucho tiempo. Persecuciones, prejuicios, holocausto: una tríada de factores comunes a lo largo de los siglos. Este libro rescata el valor moral de una zona del mundo y de los hombres y mujeres que han decidido poblarla a pesar de las dificultades ambientales y políticas, que se suman a las tantas ya sufridas. El objetivo no es declamar sus virtudes por encima del resto de la humanidad, sólo exaltar lo que debe ser exaltado por admiración. Los errores que los israelitas pudiesen haber cometido en su pasado antiguo o reciente no descartan la fuerza y la capacidad de su supervivencia, esté ésta basada en un orgullo de raza o en un ego quizá desmedido, en leyes demasiado rigurosas o en una postura ideológica tan rígida como la de sus adversarios. Porque la postura de Israel se funda tanto en su largo y orgulloso pasado de raza, como en sus crímenes de guerra y los intereses políticos que la gobiernan. Lo que Arciniegas pone en relieve y constituye el fresco paisaje de este libro es lo judío como poesía, la poética de una humanidad exaltada, bravía y apasionada, dura como todo temperamento que ha sufrido y necesita sobrevivir a toda costa. Este es un libro escrito por quien ha convivido con la población de Israel, conocido a los líderes fundadores y comprobado un crecimiento que va más allá de la admiración. El ser testigo del nacimiento de un país no es privilegio de todos los días. Lo que hemos aprendido en los libros de historia es casi una leyenda, un cuento o una novela. Pero vivirlo en pleno siglo XX, es un privilegio extraño y excepcional. Hay quienes no estarán de acuerdo, otros dirán que se trata de un análisis superfluo. Arciniegas ha logrado lo que probablemente se propuso: mostrar las señales de una historia en el presente vivo de un país y sus habitantes.

Miguel Delibes: Los diarios de Lorenzo (1955-1995)

Los diarios de Lorenzo es una trilogía constituida por las siguientes novelas: Diario de un cazador, de 1955, Diario de un emigrante, de 1958, y Diario de un jubilado, de 1995. Según palabras del propio autor, no comenzó como un plan determinado, sino que a raíz de la aceptación y el éxito de la primera, fue surgiendo la idea y la necesidad de continuar la historia de Lorenzo. A pesar de esto, e incluso a la distancia que media especialmente entre las dos primeras y la tercera, el tono del personaje se mantiene perfectamente, tanto en su forma de hablar como en sus pensamientos y su filosofía . Se puede ve, también un crecimiento y una maduración acorde con las diversas etapas de la vida, y que coincide, como es de esperar en un escritor donde la literatura no es sólo ficción sino un reflejo tentativamente fiel de la realidad, con las propias etapas cronológicas del autor. La principal característica de estos diarios es el estar escritos en este género literario: diarios escritos no necesariamente todos los días, no reflejando tampoco hechos o pensamientos con exactitud o detallismo. Son sólo impresiones y relatos, anécdotas, que en su conjunto constituyen una vida no contada sino relatada de manera amena y simple, sin intención pedagógica ni reflexiva, sino sólo como quien retoma los hechos del día al acostarse, y esos pensamientos los traslada al papel en lugar de dejarlos escapar en la oscuridad del sueño. El recurso puede muy bien calificarse de arbitrario, si pensamos que el protagonista no es un erudito ni un hombre de gran capacidad de reflexión. ¿Por qué, nos preguntamos, un simple aldeano, con las nociones básicas de la educación, decide escribir un diario? Si se tratara de recuerdos de un hombre ya maduro y formado, sería más comprensible. Pero pasando esto por alto, el resultado no molesta. El tono coloquial y simple de Delibes tiene su encantamiento sobre el lector. El humor se turna sabiamente con la nostalgia y la pintura del paisaje o los personajes del pueblo. Aquí llega, entonces, uno de los puntos clave de la novela. El narrador es un cazador, pero el argumento no se refiere al tema de la cacería exclusivamente, casi en realidad es un tema de fondo, un escenario argumental que sirve de contraste con la vida cotidiana, común y corriente del joven que narra su crecimiento, su aprendizaje y su primer amor. El arte de la caza está expresado de manera convencional, se deja en claro que se está en contra de la cacería furtiva, y la tendencia es considerar la caza como un deporte donde lo que vale es la competencia. Por supuesto, hay razones que el lector puede aducir con mucha razón en contra de esto, desde éticas hasta ecológicas. En la novela se deja en claro que la presa puede defenderse, puede escapar, y ello es parte del interés que ejerce la actividad para el cazador. Pero estas reflexiones son extraliterarias, no empañan el resultado ni están implícitas en el objetivo de la obra. Son efectos secundarios que sin duda el autor debió haber planeado, sin importarle demasiado las consecuencias, preocupándose sí de ejercer literatura por sobre todas las cosas. Para ello, creó un personaje, y todas las opiniones pasan a través de su pensamiento. Estas opiniones son simples, resultado del examen experimental de la vida, mezcla más de emoción que de precaución, mezcla de una enseñanza paternalista y machista pero tierna al mismo tiempo. Como en otras novelas de Delibes, los hechos son comunes, y en ocasiones triviales, dando la impresión de que no pasa nada relevante. Personajes pintorescos, anécdotas de la vida cotidiana, problemas económicos y laborales, afectos sentimentales. En medio de todo esto surge la muerte de tanto en tanto, hecho que es aceptado casi con un fría resignación por el tono elegido. La nostalgia y la tristeza es dosificada adecuadamente, y en esta novela en especial, hace contraste con el hecho de la cacería. La muerte, entonces, surge como un mojón que determina pasos en la vida, pero también como puntos de reflexión para el lector, llevándolo a la siguientes preguntas o dicotomías: el hombre caza y mata, el hombre sufre por la muerte de sus semejantes. ¿La vida es, entonces, una lucha, una supervivencia arbitraria, una venganza de la naturaleza? Hay una cierta frialdad que surge del tono, que no es otra que la cruel indiferencia con que cada hombre o mujer toma la muerte de sus seres queridos desde el momento en que debe afrontar la verdad: que el otro se ha ido y ellos deben seguir con su propia vida. El ciclo continúa, inexorable, indetenible el tiempo para descansar o siquiera reflexionar. En resúmen, Diario de un cazador es la novela más relevante de esta trilogía. El siguiente problema se basa en el hecho del recurso literario elegido por el autor. A l tratarse de una voz en primera persona, relegada a la vez a una cronología temporal y sucesiva, limita el punto de vista no sólo a un personaje, con sus limitaciones de lenguaje y conocimiento, sino a un determinado campo de acción, escenario y época incluidos. El tono y el lenguaje, por lo tanto, corren el riesgo de sufrir de monotonía o repetición. Es lo que sucede en la segunda novela, donde Lorenzo emigra a Chile y, ante el fracaso, regresa a España. En el Diario de un emigrante suceden muchas más cosas que en la primera novela, sin embargo se torna monótona, repetitiva y la novela sufre de un estiramiento innecesario y retrasa los resultados. Si en la anterior, y por tratarse de un diario, el climax literario se esconde y se retrasa, aunque el final lo compensa con creces, en la segunda no encontramos más que anécdotas y una sucesión de hechos bien narrados que no se dirigen a ninguna parte, y si lo hacen la dirección es demasiado trillada y esperada, sin sorpresas que compensen el recurso en sí mismo, y el tono de la voz narrativa, que parece irse agotando. El crecimiento personal de Lorenzo se hace meramente superficial, sin la profundidad necesaria para el interés del lector. Delibes es un escritor social, ya se sabe, y sus personajes son pinturas tiernas no exentas de nostalgia. La profundidad no proviene de excavar en sus alamas sino del recuerdo y del contraste con el lugar y la época. Su literatura es una pintura hecha con el filtro de la memoria. La tercera novela sufre el mismo problema. Los hechos son más cruentos desde el punto de vista social, más irreparables, pero la voz del narrador sigue siendo fría e indiferente en forma contínua, cuando el lector necesita algo de emoción, aunque sea veladamente. No es que Lorenzo no sufra, ni que no se vean las consecuencias de su aprendizaje de vida, se nota en cierto cinismo muy velado, en cierta ironía escondida en algunas reflexiones. Pero el tono tan igual agota, satura y agobia al lector. Casi nos parece estar deslizándonos sobre una superficie lisa y transparente a través de la cual vemos todo el mundo de Lorenzo, pero sin sentir el calor ni las piedras de su camino. Sólo en la primera novela el recurso es válido, experimentalmente exitoso, adecuada la extensión y afín a la manera literaria de Delibes.

Murdoxé: Lo que dura un concierto (2010)

El poemario está dividido en doce cantos que reúnen doce poemas cada uno. Incluso en el Canto 8, que contiene tres poemas largos, cada uno de éstos está subdividido por la paginación en otros cuatro. Pero más allá de las intenciones o las analogías, arbitrarias y obviamente deliveradas del autor, esta estructura suma una homogeneización al conjunto de poemas, le otorga, también una unidad que ya está dada desde la confluencia de la variedad temática y el tono literario que recorre la totalidad del libro. Este tono es una delicada alquimia lograda con la capacidad de una síntesis poética que nunca es oscura ni hermética, jamás exageradamente austera. El tono es ameno, coloquial en el resultado pero nunca hecho con intrumentos gramaticales tomados del habla cotidiana, sino altamente exacto, preciso, sin filos rotundos ni vueltas de tuerca efectistas o de mal gusto. La imágenes no sobresalen por su destello sino por su parsimoniosa exactitud, su firmeza y su fuerza, habilidades que las hacen penetrar en el intelecto del lector, formando capas que van sedimentando, profundizando la emoción limpia y reflexiva del lector. Esto es especialmente evidente en los poemas largos del Canto 8, tal vez el más logrado de todos, en mi opinión, pero en los poemas cortos puede verse con claridad cómodo se van sumando uno a otro en cada Canto, hasta crear un clima, una conclusión a la que se llega a traves de una reflexión poética. Estos poemas producen, entonces y sobre todo, una reflexión emocional, y el lenguaje utilizado es clave para este resultado, sin duda particular y muy peculiar para lo que es posible leer en la poesía contemporánea. En cuanto a la temática, auntque variada, ronda entre ciertos rangos que demuestran las preocupaciones del autor: la relación de pareja, las mujeres, la escritura, el misterio y la extrañeza de lo cotidiano. Un ejemplo típico es el siguiente poema: "qué ve un niño/ que ve un fantasma/cuando no conoce/ el miedo?". Aquí vemos sintetizado en cuatro versos breves toda una filosofía de la vida, una forma de ver el mundo, con sus hombres, mujeres y objetos incluidos, y todo lo raro y desconocido que ellos encierran, una postura dispuesta a escudriñar y reflexionar sobre los escasos descubrimientos que vamos haciendo a lo largo de la vida. El autor busca no una manera de explicar el mundo, por más que toda mirada pretenda eso en un principio, sino de transmitirlo moderando su crudeza de formas pero no de contenido, a través del arte, redondeando los filos originales para formar una cosa nueva: un poema que permita pensar al mundo como un producto más de nuestra mente. De ahí el siguiente ejemplo del Canto 2: "el mundo real/en un lenguaje imaginario//mapas/donde o oído/pierde el paso".

Claudio Archubi: La forma del agua (2010)

Estos cuentos de Archubi tienen varios puntos en común, tanto temática como estilísticamente, lo cual determina no sólo una homogeneidad para el conjunto sino también una característica forma de narrar, que no sería aventurado, a pesar de ser su primer libro, llamar estilo. El lenguaje es llamativamente pulcro y rico, cuidadosamente elaborado, con una mezcla de síntesis poética y una profundidad filosófica que no aburre porque es estrictamente literaria. Los elementos o recursos que colaboran a este tipo de construcción son los siguientes. En primer lugar todos estos relatos están narrados en tiempo presente, recurso de por si riesgoso por las limitaciones que implica y a su vez por las amplias posibilidades de interpretación. Sin embargo, sumado a otros recursos que luego mencionaremos, el presente colabora y determina que los tiempos transcurridos o descriptos, las anécdotas y episodios, las historias recordadas, se sometan y cedan sus peculiaridades para amalgamarse a un atemporalidad que permite una identificación, un acercamiento directo con el lector. Colabora también a que los personajes, cuya identidad parece confundirse en una mezcla de voces indirectas, personajes secundarios y principales, cedan el egoísta uso de su individualidad para sumarla al conjunto, y colaborar con esta atemporalidad que ahora tiene un sabor y un olor más precisos, aunque no particulares. El espacio también es víctima de este tiempo presente, y los lugares y sitios también se suceden y alternan viajando adelante y atrás en el tiempo. Todo esto conforma, entonces, una rareza simbiótica que comparte todos los espacios y tiempos narrados sin limitarse a ninguno de ellos, conformando una idea más que un sentimiento, un olor y un recuerdo que se cuela por los sentidos del lector hasta penetrarlo en lugares profundos. Las líneas finales de cada relato tienen la estremecedora costumbre de conmover con un delicada sutileza, de conmocionar con lo terrible de una idea somatizada o de un sentimiento sometido a una emoción. Otro elemento que forma parte de lo ya mencionado, es que los personajes cuyo punto de vista es tomado por el narrador, tienden a referirse en realidad a sí mismo a través de una tercera persona. Cuando cuentan sobre otros están en realidad contando sobre sí mismos. Pero el recurso no es fantástico, sino alegórico, permaneciendo dentro de los límites de lo cotidiano, de la realidad común y corriente tal como la vemos a primera vista. Este recurso del doble no es tal, entonces, sino una especie de imagen de espejo. Otro recurso, esta vez temático, es el de utilizar un signo externo o interno, secundario al eje del relato, paralelo al mismo, que sirve como comparación, como elemento de inquietud, siempre a la sombra del hecho principal. Por ejemplo, en el primer relato: El vaso, tanto la madre de uno de los protagonistas, el bonsai o la máquina de coser, van tomando propiedades del tiempo que no vemos pasar a través de la vÍa principal, pero que son el marco que nos muestra lo terrible de lo que nos cuentan de una forma lenta, parsimoniosa y como indiferente a veces. Algo semejante sucede en el cuento Uñas, donde la figura del intruso es más bien un simbolismo de algo que representa una esperanza o un temor simultáneos, un símbolo ambivalente. El lenguaje, por lo tanto, es un lenguaje culto, poético y altamente expresivo. Es un lenguaje que tiene como objetivo no transmitir circunstancias o acciones en particular sino ideas que encierran filosofía y un profundo conocimiento de la conducta y la naturaleza humanas. Un lenguaje que evade las explicaciones para centrarse en gestos, paisajes, donde los colores y la consistencia de las cosas son la esencia del factor humano, entiéndase éste como confluencia de naturaleza, tiempo, espacio y herencia. Una mirada científica pero no cientificista, una mirada piadosamente elaborada con los mismos materiales que el objeto de estudio. La repetición, otro elemento o idea constante a lo largo de los cuentos, es otro simbolismo elocuente de esta pérdida y ganancia y pérdida que constituyen la vida humana, según la mirada del autor. El agua, quizá el elemento más representativo en estos cuentos de lo que acabamos de expresar, ha sido el objeto de estudio primordial para el conocimiento humano, sustancia que tiene y no tiene forma, entidad que da la vida y en sí misma no es nada más que un conjunto de moléculas fácilmente maleables. Sometida a cambios permanentes, es al cuerpo lo que el alma es al ser humano, el todo y la nada al mismo tiempo.

Miguel Delibes: La hoja roja (1959)

Esta novela nos muestra a Delibes a los 39 años de edad, afirmando un estilo caracterizado por su preocupación por la condición humana en general a través de personajes comunes y corrientes, casi siempre marginados de las clases activas que determinan el movimiento socioeconómico de cualquier país. Aquí, en lugar de hablarnos de un pueblo o del campo, nos traslada a una ciudad, donde también podemos hallar a seres vulgares, donde la vulgaridad no es mediocridad sino cotidianeidad y señal de hombres sensibles y sencillos, que constituyen el fondo de la pirámide social. No los pobres o desplazados, sino el común de la masa de individuos que han perdido esa individualidad a lo largo de una vida dedicada al trabajo rutinario y sin objetivos, individuos que han cedido sus ganas de ser alguien al amalgamarse con el trabajo o el fin de una empresa o institución. Excusas, al fin, que dan como resultado una disolución de la personalidad y los caracteres particulares que forman y son esencia de cada ser humano. En este caso tenemos un empleado municipal que acaba de jubilarse, y ante el abismo del tiempo libre luego de su diaria dedicación a su empleo, a la ardua preocupación por cosas nimias, -como el sistema de organización de nuevos basureros para las plazas, por ejemplo-, que han tomado el lugar que debían ocupar otras cosas más esenciales, como el amor o lo hijos, o la simple realización personal, se halla perdido, viendo no mucho más allá en su camino el destino final y la muerte. De ahí el título del libro: la hoja roja es la que anuncia cuántos cigarrillos quedan en la tabaquera. Un colega le ha dicho que la jubilación es la antesala de la muerte, y él ve cómo el tiempo transcurrido ha hecho que tenga ahora más amigos en el cementerio que en la calle. La novela desarrolla dos historias paralelas alternativamente: la historia del viejo Eloy, con sus recuerdos, y la historia de la chica del campo que trabaja para él, con sus propias experiencias recientes y el desarrollo de un noviazgo actual. Ambas historias se entremezclan en contados fragmentos, pero hay constantemente un ir y venir que difumina los límites, sin mezclar los tantos, es decir, sin confundir personajes ni experiencias. La novela nos habla, de esta manera, de dos experiencias de vida muy distintas, pero que confluyen y toman contactos, ríspidos a veces, otras de suave tacto, pero donde ambas se identifican mutuamente, no por sus semejanzas, sino por un consuelo necesario para ambos. Incluso, al relatarse cosas del pasado, mientras ella plancha o cocina, y él se sienta a la mesa, ni siquiera se escuchan uno al otro. Lo importante es decir y recordar, porque el pasado, aún para un persona muy joven, es el fundamento en el que cada uno debe apoyarse para adelantar un paso más en la vida, un pilar de apuntalamiento, triste o alegre, satisfactorio o lamentable, pero única fuente de consuelo, como toda rememoración, porque nos dice que somos alguien porque hemos vivido. En este diálogo-monólogo a que se dedican los dos personajes colabora a esta extraña síntesis el hecho de la repetición, recurso que ya hemos visto en Delibes en otras novelas. No sólo son importantes lo apodos que siguen a los nombres personales, sino que acá cumple una función primordial la repetición de historias o anécdotas que no sólo ellos dos, sino de otros personajes secundarios, repiten cada tanto como si nunca lo hubiesen dicho antes. Esto tiene una doble función, entre muchas otras: como hecho concreto, sobre la costumbre de los viejos de recordar el pasado y su habitualidad de repetir, por desmemoria o necesidad de afirmación, episodios o dichos, y también como representación de una recuperación del pasado, tanto para mantenerlo vivo como para recordarse a uno mismo la pertenencia a un grupo, a un sentimiento, o en fin, a la sensación primordial de sabernos todavía vivos. En el caso de la chica joven, las causas pueden ser diferentes pero los resultados semejantes, repetir o recordar anécdotas de la temprana o reciente infancia y adolescencia es recuperar un lugar del que hemos partido y extrañamos, un lugar físico, como un pueblo, o anímico, como la juventud que rápidamente se evade de nuestras manos. El final, como en otra novela de Delibes, El camino, enfrenta al viejo Eloy con la muerte de un amigo. Él queda, entonces, como único sobreviviente de un grupo de hombres que se han conocido desde muy jóvenes. Eloy sabe que no le queda mucho tiempo. Para la chica, tampoco hay buenas noticias, su futuro matrimonio se ha cancelado y su novio ha sido encarcelado. Ambos terminan consolándose mutuamente en el departamento del viejo, pero este consuelo es una casi fría despedida, una cruda resignación donde todo sentimiento necesita ser contenido para no caer en la desesperación y la tragedia. La tragedia en Delibes nunca es un efecto dramático, sino algo que ocurre fuera de las páginas. Una muerte es una trageida, es verdad, pero la tranquila, resignada, melancólica y cínica prosa del autor la ofrece como un hecho más de la vida, un episodio natural que produce nudos en la garganta en los que sobreviven, pero pronto estos nudos se deshacen para dejar paso de nuevo al aire que estamos obligados, por dignidad o por resignación, a continuar respirando para seguir en pie.

Honoré de Balzac: Unos comentarios sobre la vastedad de una obra

Leer los ocho tomos del ciclo de La comedia humana significa leer casi mil páginas de cada tomo a doble columna, es decir unas ocho mil páginas y el doble si consideramos un formato standard actual. 16.000 páginas que pintan un fresco asún así incompleto de medio siglo de vida francesa. El propósito de Balzac era recrear un mundo, analizar actitudes y psicologismos, sentimientos, reglas, costumbres, todo lo que determina los movimientos de la sociedad humana en todos los ámbitos posibles. La vastedad de esta objetivo es demasiado arduo, casi imposible si el autor no pone límites a su pretensión. El problema es que mientras más se escribe sobre un mundo, en lugar de achicarse por saciedad o terminación se va extendiendo, porque el conocimiento en lugar de satisfacer da más hambre de conocimiento, y los personajes nunca están aislados, sino que unos nos llevan al conocimiento de otros. Y es así que los lugares y personajes se multiplican hasta hacerse innumerables y las situaciones tremendamente complejas y arduas de transmitir. No hay mejor metodología que la novela, pienso, porque los ensayos y los estudios son demasiado abstractos y fríos, incluso más limitados que un ciclo de novelas. Pero aún así, para un solo autor, quizá única forma de transcribir una visión de ese mundo, porque la voz de muchos autores anularía la eficacia y la peculiaridad de una voz particular, la tarea es ímproba. Por lo tanto los resultados llegarán a ser irregulares. Luego de leer cinco de estos ocho tomos, he llegado a encontrar una lamentable repetición y similitud en las novelas de Balzac. Esta similitud no está en lo argumental específicamente, por más que la temática requiera ciertos esquemas literarios previamente determinados, -como por ejemplo la lucha por herencias o los triángulos amorosos-, ya que las tramas están muy bien elaboradas y los personajes no dejan de ser como mínimo interesantes, y por supuesto extremadamente bien marcados y delineados. La similitud que sobre todo empobrece el conjunto está en el tono y en los recursos. Ya antes hemos señalado que Balzac tenía la capacidad de cambiar de registro con gran facilidad, tanto en las voces de los personajes como en el punto de vista. También los recursos narrativos tienen gran variedad: la primera o la tercera persona, la crónica, la intervención del autor, los relatos en torno a una reunión, las tramas dentro de las tramas. Sin embargo, llega un momento en que los personajes pierden su brillo y contraste por el tono mediano y repetido. Hay que hacer la salvedad de que comparado con otros autores, Balzac continúa siendo un maestro incluso en sus trabajos menos destacados, pero comparado con sí mismo, lo cual es inevitable por la magnitud de su obra, hallamos un agotamiento enmascarado por la fluidez narrativa, un como forzado empeño por continuar algo que no necesariamente requería ser continuado. Es, para decirlo de cierto modo más gráfico, como un gran edificio o un hotel grande y viejo , donde podemos encontrar habitaciones magníficas y grandes, llenas de un esplendor antiguo y magistral, pero otras más pequeñas y más baratas, más aisladas y con cierta suciedad. La visita a estas últimas nos aburre, nos deprime, pero nos consuela haber visitado las mejores poco antes. La novela de ámbito histórico era un interés particular del autor, pero sus logros son los que más han sufrido menoscabo y deslucimiento con el tiempo. Las novelas de personajes son las más logradas, y aún así hay ciertos emblemas o mojones en toda su obra que anulan las intenciones de repetición en el resto. En estos dos grupos podría ubicarse la generalidad de la obra completa. Novelas como La piel de onagro, Eugene Grandet, El primo Pons y la estupenda La prima Bette, la magistral Beatriz, quizá la más lograda tanto en la trama como en el exquisito lenguaje literario, La indagación de lo absoluto, o Cesar Birotteau, que a pesar de hallarse dentro del grupo de novelas dedicadas al ámbito socioeconómico, es sin duda la más rescatable y lograda de este tipo. Y todo ello gracias a que Balzac no olvida rescatar la intimidad psíquica y sentimental de los personajes dentro del ámbito social y frío. Es este contraste el que determina el logro mayor de la obra balzaciana, lo íntimo dentro de lo general, el gesto humano y el rostro mezquino o sumiso, adorable u odioso, piadoso y noble, como ente representativo, salvaguarda de lo realmente destacable y perdurable. No las vicisitudes y las maniobras mezquinas del poder, el dinero y la búsqueda de una posición en la sociedad -personajes como Elías Magus, por ejemplo, máximo exponente, magistral retrato logrado por Balzac-, sino los actos sublimes escondidos tras las puertas, las relaciones carentes de todo interés más que el sentimiento y la buena voluntad, -como en Beatriz o El primo Pons-, o el hecho mismo de la muerte, manifestado como un hecho más, por encima de la cual los demás continúan viviendo, olvidando a los muertos y recreando las mismas conductos que condujeron a estos a su fin, nada más que él próximo turno será el de ellos, y en el fondo, por más que el deslumbramiento de las cosas pasajeras los distraigan, lo saben a conciencia.

Miguel Delibes: El camino (1950) La mortaja (1957)

La primera, una novela, la segunda, un cuento o relato largo. Ambos textos fueron escritos a los 30 y 37 años respectivamente. Ambos están narrados desde el punto de vista de un niño. El camino es sobre un niño de once años que en su viaje a la capital para estudiar, recuerda los momentos de su breve infancia en su pueblo natal. El viaje casi no es descripto, sólo sirve de base para un fluir constante de sucesos e imágenes que aparecen sin ningún criterio ni orden determinado, únicamente el que el recuerdo y los estímulos externos o emocionales van marcando. El ritmo del tren en el que viajará o ya viaja, alejándose de su pueblo. Los capítulos son una sucesión de episodios, un anecdotario, una suma de personajes de pueblo. El lenguaje de Delibes en este caso es una mezcla delicada entre loa ironía y lo localista, donde la mordacidad está disfrazada de ingenuidad. El hecho de que quien cuenta es un hombre recordando su punto de vista a los 11 años en referencia a infancia todavía más temprana, ofrece un plus interesante y nuevo, el desencanto y la nostalgia mezclados con una ternura rescatada de la inocencia. La crueldad, por lo tanto, no es sino una consecuencia exterior, porque los ojos que miran extán exentos todavía de del cinismo, pero ya teñidos de una amargura presentida. El humor es ingenuo pero inteligente, más apegado a la nostalgia que a la crítica, la cual no deja de estar ausente. Pero la crítica no es despiadada, y encierra siempre un poco de piedad por esa gente de pueblo, buenos y malos, rencorosos y bondadosos, egoístas y sumisos. Una zoología de individuos que constituyen un pueblo. El estilo esstá sumamente cuidado, es ameno y aparentemente simple, pero deliberado, con una poesía que no nace del recuerdo en sí mismo sino del afecto distanciado del narrador, casi analizado piadosamente. Esta forma de narrar conlleva y lleva, entonces, a una forma distinta, triste pero no del todo amarga, que podríamos llamar ternura. Losa episodios humorísticos están alternados de manera magistral con otros más intensos y dramáticos, algunos incluso encierran una mirada cínica, contenida, del niño con respecto a los adultos que lo rodean. El ejemplo más típico es el episodio de la cacería con su padre, donde éste hiere a su hijo por error, y en lugar de reconocerlo subestima el hecho y lo oculta, claro que para evitar que el verdadero drama de lo que pudo haber pasado lo abrume. Toda la novela habla del tiempo y la supervivencia. La vida simple es una aventura de supervivencia, en el bosque o en la ciudad, en el campo o en un pueblo cualquiera. Cada uno trata de sobrevivir a sus propias limitaciones, egoísmos y rencores. La solterona y su obsesión sobre el pecado, el cura y su compromiso frente a una comunidad ciega, el herrero y su refugio en la fuerza de su cuerpo. Otro tema importante son los sobrenombres. Delibes utiliza los sobrenombres luego del nombre propio, constantemente. Esta repetición aporta musicalidad a la obra, a la vez que la insistencia, pasando por diferentes pases en el lector, otorga una verosimilitud basada en la confidencialidad, en una intimidad nueva y fuerte entre el lector y el personaje. El Mochuelo, el Moñigo, el Tiñoso, son sobrenombres que se entrecruzan con el nombre propio y adquieren una significación aún más fuerte que acentúa la identificación entre el aspecto y el interior del personaje. La repetición también está en aspectos del personaje, como el del cura, "que era un gran santo", o el hecho de que al Tiñoso "un pájaro le transmitiera las calvas". Esta maner de narrar es un logro en sí mismo, un hallazgo que va más allá del lenguaje localista utilizado por Pérez Galdós. Delibes unifica en un estilo culto y elegante tanto el lenguaje como el sentimiento vulgar o común y corriente. El lenguaje se convierte en el sujeto descrito. El camino habla de dos mojones en la vida: la infancia y la muerte. De una salta a la otra. Del recuerdo viajamos rápidamente hacia la muerte de un amigo en plena niñez. El Tiñoso ha muerto, y su amigo el Mochuelo lo sepulta con un pájaro muerto, al que su amigo era aficionado. Simbolismos del principio y el fin de la vida. El Mochuelo ha aprendido a ver el futuro.
En La mortaja encontramos a un niño cuyo padre muere apenas llega del trabajo al comenzar la noche. Está en el bosque, y su padre, que se ha desnudado como siempre para dormir, ha muerto, y él, el chico, se da cuenta que debe cubrir la desnudez de su padre antes de que alguien más llegue. Es así que el niño recuerda, mientras intenta inútilmente levantar el cuerpo fornido y enorme de su padre, las vicisitudes de su corta vida juntos. Primero la admiración mutua, luego la desilusión y la vergüenza. Porque sabe que su padre, al verlo débil y flaco, había comenzado a avergonzarse de él. Pero esto no representa recriminación ni rencor, sólo una común y madura sapiencia de niño que madura frente a su primera muerte. Luego, como no puedo lograr su objetivo, decide pedir ayuda. Todos se la niegan por diferentes razones: están peleados con el padre, le temen a los muertos o no pueden dejar sus trabajos. Finalmente, el que lo acompaña lo hace con la esperanza de obtener algunos bienes y ropas que el difunto ya no podrá usar. El cuerpo es cubierto y llega la mañana. Uno de los que se había negado aparece y se encarga de velar al muerto mientras el niño va a pueblo a avisar. Entonces el chico, que ha aguantado y resistido toda la noche oscura junto al muerto y su impotencia, al llegar la luz del sol tiene miedo, por fin. Este relato en magistral en su confección y su significación. El simbolismo de "la mortaja" y la ropa que cubra el cuerpo desnudo de un muerto encierra toda una concepción de la vida humana tal como podemos alcanzar a conocerla. Delibes no nos habla del más allá, incluso la religión y la idea de Dios son tradiciones y costumbres que poco tienen que ver con la vida misma y su pasajera duración.El cuerpo es todo, parece decirnos, la dignidad del cuerpo es tan exquisita y delicada como su fragilidad y su vulnerabilidad en las manos del tiempo. Aquí también, como en El camino, el niño es punto de referencia, es centro de ideas y concepciones, es el eje de la acción del mundo. Sus ideas ingenuas y preconcebidas chocan con la realidad del mundo adulto, pero cuál de las dos es más verdadera. El descubrimiento de la realidad nos acerca a verdades demasiado rotunda e irreversibles, nos acerca a la muerte.



Ilustración: Lilla Cabot Perry

miércoles, 10 de marzo de 2010

Lecturas

  





   Honoré de Balzac: Los empleados (1837) Otro estudio de mujer (1842) Como otras novelas de Balzac a que hemos hecho referencia en estos comentarios, Los empleados puede ubicarse dentro de aquellas dedicadas a describir un sector particularizado de la sociedad, un ámbito social determinado donde podemos hallar una representación de las conductas humanas en general a través de personajes en particular. La genialidad de Balzac hace que esta novela tenga fluidez descriptiva y narrativa, personajes bien definidos y una trama compleja pero limitada por el empleo de múltiples personajes que se van sucediendo, casi como en las películas colectivas de Robert Altman. Y como en este director, -al que curiosamente nos hace recordar por su obra prolífica, su dedicación al cine de género y autor simultáneamente, y la deliberada atención hacia la anécdota ambientada en ciertos lugares u oficios determinados-, el logro es variado. Tanto en uno como en otro hay resultados magistrales, y en el caso de Los empleados, el resultado deja mucho que desear. Los méritos apuntados de eficacia narrativa y técnica son meros artificios o medios de expresión que en autores como Balzac constituyen sólo el principio y la base para cualquiera de sus obras. Estos instrumentos, desde ya, se dan por descontados. Pero aquí la función o el objetivo descriptivo y crítico, por más que no sea panfletario ni ideológico, parece sobresalir por sobre la función literaria. Y esto no es deliberado, pienso, sino que resalta por contraste con la debilidad emocional de los personajes. Como siempre, Balzac nos los describe de manera magistral en su aspecto físico, incluso en sus costumbres y psicología, pero carecen sin embargo de algo que deshiele los tecnicismos gramaticales en los que parecen estar encerrados. Las palabras en este caso no logran transmitir más que necedad, y una austeridad que no conlleva más que monotonía. La frialdad no viene de los personajes, sino del tratamiento que se hace de ellos. Es decir, son característicamente humanos, eso es inconfundible, pero la descripción parece limitada a una superficialidad que apunta simplemente a revelar las conductas sociales, sus causas y consecuencias. El patetismo de ciertos personajes corrientes, su fracaso y su avasallamiento por parte de otros, como por ejemplo en El primo Pons, obra que posee tanto caracteres socioeconómicos como humanos, donde ambos aspectos se amelgaban perfectamente, en la novela que ahora tratamos no se halla más que como mera descripción que no supera las barreras meramente pictóricas (si de una pintura paisajista y de limitado talento hablamos, por supuesto). Un caso muy distinta encontramos en Otro estudio de mujer. Por más que se trate de una obra que conscientemente esté formada por anécdotas aisladas y reunidas de varios fragmentos descartados de otras novelas, el resultado es estupendo por el logro de un lenguaje de intensa poesía narrativa y de una visión humana de extrema calidez y piedad. Se trata de la habitual reunión de aristócratas en un salón de Paris, donde podemos encontrar a varios personajes ya conocidos de otras novelas. Esta característica es una mérito más, ya que a nosotros, como lectores habituales de Balzac, sabemos algo de ellos, son como gente conocida a los que podemos ver con claridad y sentir cierto apego. Sus discursos no nos son ajenos, y compartamos o no sus opiniones, sabemos que encajan adecuadamente en el conocimiento que tenemos de ellos. La conversación versa sobre la mujer en general, y se suceden tres anécdotas donde se narran tres relaciones de pareja. De Marsay cuenta la primera, una historia de infidelidad femenina, Montriveau la segunda, una historia de celos con final trágico, el doctor Bianchon la tercera, historia aún más trágica y tenebrosa, también de celos. Lo peculiar con esta nouvelle o cuento largo es la extrema emocionalidad que transmiten las tres voces discursivas. Sin apartarse del estilo balzaciano, ya que todos sus personajes, con muy leves peculiaridades gramaticales, tienen casi el mismo estilo del autor al tomar el discurso, hay una emocionalidad implícita en la poesía con que los protagonistas cuentan sus anécdotas. Y esta emoción no es sentimental, sino pletórica de control y desbordamiento, simultáneamente. Los que narran saben que están frente a un público exigente y crítico, deben ocultar ciertas cosas y ser precavidos ante lo que están diciendo. Y este autocontrol es transmitido con extrema eficacia por Balzac. El sentimiento de los hombres engañados, por más que tal engaño sea recíproco, la visión de la mujer como un ente divino y a la vez lleno de imperfecciones y bajezas, la ira transformada en un sentimiento irrefrenable, hasta el punto de crear un plan tan bien armado como el de la historia que cuenta el doctor Bianchon. En esta nouvelle hay dos planos, el presente, donde transcurre la reunión, y otro plano que varía de tiempo y espacio según las historias narradas, y esta variedad, unificada por un mismo tema, que va más allá de las diferencias entre los géneros o de una mera descripción superficial de la mujer, es lo que hace de esta obra una de las más bellas obras cortas de Balzac. Es de destacar el discurso de Blondet, que aunque no cuenta ninguna historia en particular, se dedica a describir a lo que en esa época se llamaba la mujer comme il fout, es decir la mujer como es debido. Su discurso es, sin duda, una de los fragmentos más logrados de toda la obra de Balzac, ya que encierra tanto una filosofía poética, amarga y realista de la vida y dela mujer. Aquí se encierra el pensamiento balzaciano, carente de toda crítica y llena de una completa piedad tanto hacia ese ente desconocido que es toda mujer y su víctima voluntaria, egoísta y débil, fuerte y melancólico, que es el hombre. 
     D. H. Lawrence: El amante de Lady Chatterley (1928) Novela escrita a los 34 años de edad, demuestra una madurez expresiva y una lucidez única, además, por supuesto, de una audacia que no es un mero efecto narrativa sino que nace naturalmente, necesariamente del tema. Y la palabra, natural o naturalismo surge implícita en la concepción de esta novela. Natural no sólo por la esmerada descripción de la naturaleza, casi bucólica que vemos en algunos de los cuentos de Lawrence, con la función no sólo poética sino complementaria de las rígidas personalidades de los personajes, como extrapolación de lo que ellos voluntariamente han decidido ocultar; también por el objetivo de transmitir una realidad determinada de la forma más fiel posible. Leyendo esta novela, la asociación con Zolá no es arbitraria, sino casi directa. Las semejanzas no se agotan en el objetivo casi científico de estudiar la fisiología de una sociedad, sus conductas, sus represiones, hipocresías y debilidades, incluso su frialdad y su crueldad para con los demás y con sí misma. El parecido se acrecienta si pensamos en la audacia descriptiva y narrativa, en la falta de prejuicios y la ruptura de tabúes frente a ciertos temas que hasta entonces eran regiones exploradas sólo por la literatura marginal, pornográfica si así podía llamarse en la época. Lawrence decide exponer las acciones y los pensamientos, las palabras cotidianas que todos pensamos pero nos vemos obligados a reprimir por consideración a los demás a la educación que nos han dado. Palabras soeces, gestos obscenos, toda una expansión natural de expresiones que surgen espontáneamente de la felicidad y el placer que dos personas jóvenes y sanas pueden sentir en el acto sexual, antes y después. El deseo innato de las sensaciones previas y los juegos libres de todo doble sentido, y por lo tanto de toda maldad, posteriores al sexo. Y esta audacia no es meramente una búsqueda de efecto, sino una expansión, una liberación psíquica de todo un sistema de represiones y valores trastocados. Clifford Chatterley está inválido como secuela de la guerra, y no podrá tener hijos. Este extremo del triángulo amoroso es el que surge primero como un personaje patético al que debemos comprender y tener lástima. Sin embargo, la ira por su condición y una aprehendida escala de valores y prejuicios determinan que se comporte de una manera egoísta y cruel con su esposa y su gente. Dejamos entonces de sentir piedad por él, y la lástima por el débil se convierte en un desprecio hacia los bajos instintos. Lady Chatterley se va despojando poco a poco de sus prejuicios de clase y se deja vencer primero por el deseo sexual, luego por la superioridad de un cuerpo y una mente despojada de todo prejuicio y condescendencias. Estos son el cuerpo y la mente del guardabosque, un individuo desencantado, cínico con respecto a la vida en general y con las mujeres en particular. Desencantado de la vida, sólo sabe que el "cosquilleo que nace entre sus piernas" es algo que volverá a encadenarlo a un deseo y una relación que lamentará pero que no puede evitar. Los discursos entre los amantes están llenos de cinismo y una triste y patética exploración de las relaciones interpersonales y de la condición humana en general. El humor ácido, la ironía velada se ven transportadas plácida y sutilmente por encima del vértigo del sexo que aún hoy, casi noventa años después, somete al lector a una revelación suprema de su propio sexo y sus propias experiencias sexuales. No hay pornografía, ni siquiera podemos hablar de un erotismo explícito. Las palabras pene y coño (utilizando los términos castizos de la traducción) son mencionados de manera natural y desafiante al mismo tiempo. Es no poco importante decir que si tanto las expresiones abiertamente explícitas del guardabosques chocan por su desparpajo y su lucidez, necesaria mezcla de una educación aristocrática y una llaneza campesina, la forma de comportarse de Constance intenta mostrar lo que las mujeres sienten más allá de la máscara que deben exponer a la sociedad, es decir, un comportamiento decente y atildado. Lawrence se ha encargado de traducir lo más fielmente posible el placer innato en las funciones sexuales femeninas, no a través de una genitalidad grosera, sino a través de las sensaciones y los delicados, a pesar de escabrosos, juegos del sexo. El bosque es un protagonista más de la novela, representa el sitio del aislamiento donde un hombre y una mujer puede ser ellos mismos sin verse expuestos a la opinión de los demás. Un bosque interior, podríamos decir. La ciudad o el pueblo de Wragby representa lo contrario, el deber y lo que debe ser, las máscaras del poder y el dinero, la buena sociedad mantenida a conciencia con maniobras crueles aprobadas por una lucha de clases que sólo contempla la supervivencia del más fuerte. Y éste es el gran contraste que representa, quizá, el tema más importante de la novela, más allá del sexo y los deseos humanos. La caída de una sociedad corrompida por sus propias represiones, por los deseos y el amor tergiversados y convertidos en monstruos por su propia mano. Clifford recurre a todo por evitarel cierre de las minas que han mantenido a su familia por siglos, frente a un avance lento pero firme de cambios sociales y el crecimiento del poder sindical y obrero. Clifford se escuda primero tras su obra de escritor, una forma tal vez más valedera de canalizar la ira de su circunstancia, por más que su obra carezca de espíritu, luego detrás de un arduo trabajo de recomposición de sus negocios. Pero por más que este esfuerzo tenga éxito, él pierde a su mujer definitivamente, y ni siquiera podrá mantener la fachada acostumbrada porque ella se ha revelado tanto física como espiritualmente. Lady Chatterley, aún a pesar de sus propias limitaciones y prejuicios, sabe que si no obedece a sus deseos interiores no será nada que valga la pena, y ni siquiera se lo plantea de esta manera consciente. El deseo sexual se ha enfriado para tomar las formas firmes de una concepción más acorde con la felicidad, o quizá con su manera interior de concebirla. Está embarazada del guardabosque, y el hijo es el futuro al que su amante tiene miedo. En algún momento él le dice: "me da miedo traer niños al mundo", y ella le contesta: "Sé tierno con él y ése será ya su futuro". La semejanza arriba mencionada con Zola nos habla de una relación directa en la misma escuela del naturalismo, libre ahora de sus excesivos detalles y perfeccionado acorde a los tiempos contemporáneos. Si en Zola había una dura y una sucia belleza de lo cotidiano y de lo feo, en Lawrence el estilo gana en poesía descriptiva y belleza interna y externa. Las sutiles extrapolaciones de la psicología son más firmes pero menos groseramente expuestas. Otra asociación interesante es con Madame Bovary. Al igual que Emma, Constance se ve impulsada a buscar afecto y satisfacción en un amante, pero el caso es curiosamente inverso tanto en el camino como las causas entre ambas. Emma es una campesina que ambiciona la buena sociedad, Constance es de la sociedad y opta por la vida marginal. Una sufre frustraciones y engaños por su amante, la otra encuentra fidelidad y una profundidad sentimental. Emma tiene un final trágico, la sociedad la vence y ella decide huir en la muerte, Constance enfrente a la sociedad porque sabe que ya no está sola, y aunque no pueda vencerla, huirá no hacia la muerte sino hacia una vida aislada pero de mayor sinceridad con sí misma. Si bien el final de Lady Chatterley podría calificarse de feliz, la impresión de la novela es de una cruel ironía y una amarga visión del mundo que retrata. Adentrándose más profundamente en la condición humana, hay tremendos y lúcidos argumentos sobre las características del hombre y la mujer, sobre los tabúes y las hipocresías, sobre los sentimientos y las conductas. Es un estudio sociológico y a la vez filosófico, y para ello utiliza tanto la psicología como una aguda y estricta observación de la sociedad humana, filtradas todas estas observaciones a través de una mente cínica que no excluye la piedad y la necesidad de comprender su objeto de estudio. Lawrence, como ya dijimos en relación a sus cuentos, es parte de lo que critica, pero logra distanciarse lo suficiente para escribir sin tapujos sobre lo que observa, pero no lo suficientemente lejos para que su mirada sea fría. El cinismo es un arma que alguna vez fue un hueso rodeado de carne, ahora despojado de las partes y los bordes suaves, convertidos éstos en filos que cortan con un dolor muy suave, pero que explora con la piedad de un científico que recuerda un poema mientras hace su minuciosa disección. 
     D. H. Lawrence: El oficial prusiano y otras historias (1914) Cuando David Herbert Lawrence publicó estos cuentos tenía 29 años de edad, y tanto en su confección como en su mirada sobre la sociedad y sus personajes, el autor demuestra una madurez y una agudeza sorprendentes. Es clara la herencia literaria inglesa en cuanto la contención dramática y la absoluta ausencia de todo sentimentalismo gratuito. Lo que resalta en estos cuentos es en primer lugar su construcción casi perfecta, no solamente por el logro final y su impacto en el lector, sino que paso a paso se nota una destreza y u dominio de lo que se quiere contar, contando, por supuesto, con el talento y los instrumentos intelectuales necesarios. Estos elementos, como para cualquier obra literaria que pretenda llamarse buena, son la discreta y certera mirada de un hombre que forma parte y a su vez es testigo de lo que cuenta o pretende criticar, un innato talento para la narración de la forma más cuidada posible, y una sensibilidad exquisita que distingue muy bien entre lo agridulce de la vida y lo meramente chabacano o sentimental. La riqueza de estos relatos se distingue, entonces, por una parte, por lo poético de lo descriptivo, que no por simple adorno ocupa una parte muy importante y extensa de estos cuentos. Esta riqueza poética de lo descriptivo, se trate de un paisaje, una estación del año y sus cambios en la naturaleza, el aspecto físico de un personaje, compensa y completa la extrema rigurosidad de los protagonistas. Ellos parecen estar permanentemente divididos entre dos fuerzas contrapuestas: lo que desean ser y lo que son o deben ser. Hay una angustia latente que se confunde mucho con la ira contenida a veces, otras con la tristeza, otras con el sarcasmo. El cuento que da título al libro es un ejemplo típico. Un oficial prusiano es víctima de sus propios sentimientos contradictorios y reprimidos, homosexuales con seguridad aunque no se mencionan en ningún momento, lo cual lo lleva a someter a su subordinado la humillación y la violencia. Y el subordinado también es víctima de sentimientos encontrados que no pueden expresarse: amor, dolor, humillación. Las barreras que el hombre ha formado a su alrededor, barreras de educación que parecen tan endebles como una cerca de cristal, son más duras que un muro de cemento o que la misma piedra. Y es allí donde los deseos y los instintos chocan y demuestran su fuerza aún mayor que esta piedra, y sino, se vuelven contra su mismo dueño, destruyéndolo de muy diversas maneras. Esto mismo podemos encontrarlo en otros cuentos magistrales, como Las hijas del vicario, donde ellas representan dos formas contrapuestas y arquetípicas de concebir la vida. Una sometiéndose voluntariamente a su esposo, tanto en cuerpo como en alma, la otra buscando contra y viento y marea la pasión y el verdadero amor. Este cuento, curiosamente, magistralmente, es también un cuento sobre la libertad. La libertad de la mujer para elegir por si misma, aún la esclavitud voluntaria, la libertad de los mineros que luchan contra una sociedad de amos y patrones que establece su forma de vida, la libertad de la sociedad distinguida tanto para dominar a los otros como para destruirse a sí misma con su propia represión. La impotencia de los sentimientos entre parejas es otro tema importante, especialmente en La media blanca, donde un matrimonio ya maduro se ve víctima de un triángulo amoroso sutil y discreto, que sin embargo socaba los fundamentos del amor que hasta entonces lo había mantenido unido. En El bautizo una de las hijas de un viejo minero tiene un hijo natural, y aquí tenemos una muestra más clara de las diferencias sociales y las barreras de educación e intereses económicos que las producen. Los personajes de Lawrence pueden ser aristócratas, de clase media o simples mineros acuciados por la pobreza y el sometimientos económico, pero en todos ellos sabe hallar la clava de su conflicto emocional. Las causas sociales son lo relevante á primera vista, pero el lenguaje y la música de la prosa nos va introduciendo, nos va empapando de la personalidad de los protagonistas. A pesar de la distancia en el tiempo y el espacio, estos personajes son sumamente cotidianos y comprensibles, descriptos con una delicadeza y una sensibilidad que no quita lo aguda y lo filoso cuando debe serlo. Por ejemplo, es patética la forma en que Mary, la hija mayor del vicario, se entrega como una ofrenda a su marido, un hombre ya de por sí reprimido, egoísta y cercano a la crueldad. Qué es lo que la hace elegirlo: ¿salvar la situación económica de sus padres, ellos mismos frío e interesados, o hay una verdadero convencimiento en la superioridad intelectual y espiritual de su esposo? Hay fragmentos que sintetizan perfectamente todo la filosofía de estos personajes: como cuando alguien dice: "Y la soledad fue un vacío pero que el hambre", o cuando de la protagonista de La media blanca se dice: "No pensó en su marido. Él era la base permanente desde la cual ella podía realizar pequeños vuelos casquivanos hacia la nada". Por último, es de destacar el último relato, Olor a crisantemos. Este es quizá el cuento más conmovedor del libro, sin dejar por eso de conservar la dureza de concepción de los demás. Aquí tenemos a la esposa de un minero con dos hijos, que espera la vuelta de su marido del trabajo. Las horas pasan y no regresa. Ella se recrimina haberse casado con ese hombre que se va a beber a la taberna en lugar de volver a casa. Más tarde, los compañeros lo traen muerto, ha habido un accidente en la mina. El hombre es velado en la casa, y su cuerpo preparado por su mujer y la madre de él. Y mientras limpia el cuerpo de su marido, ella piensa en el desconocido con el cual se casó, en el hombre que alguna vez amó y ahora es simplemente un cuerpo sin vida, incapaz de todo sentimiento y calor. Y allí nace el miedo, el miedo a la vida, innato, cruel, pero ante la muerte que ahora presencia, ella se aparta. Ya no son unos solo, y aunque ya incluso en la vida habían dejado de serlo, de la muerte, "su último amo", debe alejarse con miedo y vergüenza. 
      Heinrich Mann: Profesor Unrat (1905) Más conocida en castellano como El ángel azul, nombre de la película basada en la novela, no debería perder su original título, ya que más que el café-concierto donde se conocen los dos protagonistas, el el alegórico nombre del profesor y las connotaciones de su personalidad los verdaderos protagonistas de la novela. El profesor Raat es uno de esos personajes tan literarios que es extremadamente difícil caracterizarlos visualmente a través de la interpretación de un actor. Éste puede darle detalles tanto de gestos, ropa y tonos de voz, peros serán siempre unos entre muchas otras posibilidades. La literatura tiene el mérito de precisar y sin embargo dejar librado al azar, -o a la imaginación del lector, lo cual es, ambiguamente, lo mismo y lo distinto- la fisonomía física y luego moral del protagonista. En síntesis, el profesor Raat es un hombre de 57 años, viudo, resentido y rencorosos. Recibe las burlas de sus alumnos, viendo su apellido transformado por sus alumnos en Unrat, que en alemán significa basura. Desde hace mucho tiempo la vida del profesor está dedicada más que a enseñar, a atrapar aquellos que se burlan de él. Y como pocas veces puede hacerlo, encuentra salidas ingeniosas para vengarse de ellos: indicándoles deberes y tareas escolares difíciles o meramente imposibles, vengándose en ellos de las familias cuyos miembros también fueron sus alumnos y a quienes ha imposibilitado una carrera provechosa a lo largo de los años, aún después de salir de la escuela. ¿Por qué Unrat se comporta de esa manera? ¿Quién ha comenzado todo estos? No se nos dan pistas precisas. Todo parece ser un círculo vicioso: el profesor con su personalidad excesivamente rígida y tirana, egoísta e injusta, y los alumnos que alimentan su rencor con sus burlas, que de inocentes, se han convertido en señales de tremendo odio. Así, un lado provoca al otros sucesivamente y sin solución de continuidad. El cambio se produce cuando Raat encuentra en la libreta de su alumno más odiado, aquel justamente que nunca lo ha llamado por su apodo, y que por eso él cree más peligroso, unos versos dedicados a una artista de café- concierto o cabaret de esta Alemania de principios del siglo XX. él va en busca de ella con el objetivo de advertirle que se aleje de sus alumnos, pero al hallarla, se ve seducido por ella. Es así que se entabla una nueva lucha entre los alumnos y él, esta vez por mantener el amor y los favores de la artista. Ella encuentra en él una nueva oportunidad de ser mantenida, ya que además tiene una hija natural, y finalmente se casan. Toda la ciudad piensa mal de ellos, Raat pierde su puesto en la escuela, pero sin embargo la cas del matrimonio comienza a ser visitada y conocida por un lugar donde se podrá jugar y beber libremente, donde podrán darse todos los deseos del juego y del amor. De esta manera, Raat, de un extremos moralismo en apariencia, pasa al lado contrario del espectro moral, pero nunca deja de ser el viejo tirano que ha sido desde siempre. Aquí vemos una serie de relaciones paralelas y subordinadas entre todos estos personajes. Por un lado, la relación entre la artista Rosa y Unrat sugiere algo parecido a lo que ocurre entre Lolita, protagonista de la novela de Nabokov, con el esposo de su madre, también profesor. No sólo por la diferencia de edades, sino por la relación de casi subordinación de él hacia ella, implicando a su vez un deseo de posesión: lo que amo me domina pero siempre será mío y de nadie más. Rosa sabe manejar a su profesor con astucia femenina para lograr lo que quiere: ciertas comodidades y un buen pasar. A su vez, esta relación de poder se ve más claramente entre Raat y sus alumnos: si en la escuela ellos estaban subordinados a su poder, fuera de ella también se verán sometidos gracias a la ayuda que Rosa le ofrecerá a su esposa contra ellos. Todo esto no se manifiesta literariamente como planes de venganza o conspiraciones claras, sino como parte de las mismas personalidades de los personajes. Ellos conciben la vida de esta manera: cruda y llanamente. Como un supervivencia en la que la venganza es sólo la consecuencia del rencor y el resentimiento, y la amargura y la frustración el motor de ellos. Esto relaciona a Unrat con otro personaje de Heinrich Mann, de la novela El súbdito, donde también las relaciones y la consecuencias del poder se muestran no con argumentos sino a través de conductas y personalidades. Es en el cuerpo y en el alma de los protagonistas donde las atrocidades del resentimientos se transforman en acciones de poder y odio sobre los demás. Y no es necesario que estos personajes sean altos funcionarios, sino simples hombres que pueden someter a otros a su poder y voluntad. Otro ejemplo que nos viene a la memoria, aunque de otro autor, Par Lagervist, es el terrible y magistralmente malvado bufón de El enano, o siendo un poco más exigentes todavía, Ricardo III de Shakespeare. Porque nos hemos olvidado de decir que estas frustraciones tienen su equivalencia con ciertos defectos físicos o características corporales que determinan y personifican una cierta deformidad del alma. En el caso de Ricardo su joroba, en el de Unrat su fealdad y sus falta de higiene. A pesar de estos aparentes estereotipos, siempre predomina la ambigüedad y la contradicción productiva en manos de un buen narrador. En Unrat encontramos deseos de venganza, pero también una especial forma de amor hacia la artista; a su vez él es visto con compasión por algunos, por ejemplo su alumno Lohmannn, y también con odio y burla por la mayoría de los otros. El ángel azul es, entonces, un sitio de confluencia, un pequeños mundo literario donde se reúnen personajes, y por lo tanto ideas y sentimientos, en suma, es el lugar donde chocan los conflictos individuales. El estilo de la narración es lo que determina las principales características individuales de esta novela. Si este estilo duro, escueto, con una falta absoluta de poética que tienda a aliviar la cruda realidad de estos personajes, la novela sería aburrida y poco original. El estilo severo y preciso, exacto, muestra el poder que nace de la ira y el resentimiento. No hay lugar aquí para la compasión ni para el amor, que cuando parecen presentarse, son mero simulacros para conseguir otros fines. Los personajes sería casi ridículos si no fuera por su patetismo trágico, dominados por pasiones enfermizas donde las características naturales se funden con los condicionamientos sociales. Todo esto se da sin explicaciones, sólo con conductas. Casi una alegoría del poder de turno, del poder gubernamental y del poder humano en general, esta novela nos ofrece una visión extremadamente dura e inconformista del mundo a través de una anécdota casi contada al pasar, sin exagerar, y por eso es tan contundente. Sólo al final el autor se permite cierta condescendencia con la justicia del hombre, mostrándonos a Unrat humillado y vencido por sus propias maquinaciones, como víctima de su propio odio. 
     Claude Levi-Strauss: Tristes trópicos (1955) Tristes trópicos es una obra del etnógrafo y antropólogo Levi-Strauss que, como sucede con los científicos o pensadores más destacados, además de la invaluable distinción y originalidad de su pensamiento, es también un gran escritor. Si uno se acerca, como es mi caso, a estas disciplinas aparentemente lejanas a la literatura, es porque hay un "modo", una "forma", un estilo que se encarga de contar, de ir armando el edificio de una teoría, de ir ensamblando hipótesis y anécdotas, reflexiones y certezas, impresiones y descripciones. Con todo esto, el autor debe convencer al lector no necesariamente interesado en la materia de la que trata. La etnografía, ciencia que nos habla del estudio de las razas y su distribución geográfica, entre otros objetos de estudio, puede resultar monótono, fría, aburrida para el lector acostumbrado a la ficción. Aquí no hay material ficticio ni inventado, todo es absolutamente real, por lo menos desde el punto de vista del autor, sujeto desde el vamos comprometido con una cierta objetividad, pero cuyo material de estudio pasa por necesidad a través del filtro de su pensamiento, embebido, moldeado por años de estudio y forma de pensar determinada por la cultura de la que proviene. De este tema tratará al final del libro, de la contradicción inevitable del etnógrafo: crítico de su cultura y complaciente con las ajenas. Las otras le resultarán en mayor o menor medida complejas, degradantes o incluso superiores a la propia, pero siempre habrá un criterio juicioso, lógico, que implica la comprensión de tal o cual forma de vida. Pero a su vez, esta comprensión vendrá de la capacidad que ha obtenido de criticar a su propia cultura, y sin embargo, debe imponerse un desapego moral cuando estudia a las otras, algo que no puede hacer cuando estudia la suya. Por lo tanto, Levi-Strauss sabe que debe aceptar la mutilación complementaria de su vocación: su papel será solo el de comprender a esos otros, en nombre de quienes no puede actuar. Y también y a consecuencia de esta elección, deberá abstenerse de tomar posición en su sociedad, por temor a elegir alguna que también se encuentre en las otras, y evitar así cualquier prejuicio en su pensamiento). Pero veamos el viaje del autor a través de este proceso evolutivo tanto geográfico como intelectual. En la primera parte, el autor nos habla de los viajes en general. Recuerda su primer viaje a América del Sur y a Brasil más precisamente, en 1935. Veinte años después, Levi-Strauss rememora este viaje y una cierta nostalgia, una poética idealización se filtra sin querer aún en la líneas presuntamente objetivas de un científico, cuyo poder de observación es su mayor instrumento, son las manos de cirujano o los ojos de un investigador de laboratorio. La poética del lenguaje no es mero artificio, sino que surge de una gran destreza narrativa que utiliza de lo literario sólo lo imprescindible para que su historia tome los tintes de quien habla no en una sala de conferencias, sino en el living de una casa cualquiera, durante o después de una cena, o quizá alrededor de una fogata en un campamento. El viaje a través de estos trópico, para quien ya ha viajado mucho y observado con detenimiento las culturas encontradas a su paso, implica siempre un nivel de comparación, aún más allá de lo consciente. Un olor sentido en Brasil, sugiere una calle visitada en Filipinas. Un paisaje árido, trae el recuerdo de un sector de Nueva Inglaterra. La comparación no nace de las semejanzas, sino también de los contrastes, y esa es la riqueza que nutre y alimente los pensamiento y el juicio reflexivo del etnógrafo. Si este interés por el paisaje y a las cosas se traslado a la observación de las poblaciones nativas, el juicio debe incluir valores morales, que producen roces y choques que el etnógrafo debe evitar para que las superficies de contacto , es decir las relaciones, pierdan toda irregularidad y filo dañino para la investigación. La interrelación de la etnografía con otras disciplinas es imprescindible. Un etnógrafo debe ser tanto filósofo, psicólogo como geólogo. Por ello debe saber ver en las artes de las culturas antiguas una interpretación de éstas, ya que él mismo es un artista de la historia: debe interpretar como interpreta una pieza de arte. No es extraño, entonces, que más adelante, Levi-Strauss insitsa en su propia extrañeza cuando nos cuenta que en medio de la Amazonia, lo que le venía a la mente, repetidamente, era la melodía de un vals de Chopin. Nos dice que no tenía una afinidad en especial con este músico, no le agradaba en particular su música. En realidad su predilección yacía en Debussy o Stravinsky, pero al reflexionar se da cuenta que de la complejidad técnica de estos autores llegó a rescatar, a "sedimentar", quizá, la simpleza yacente en la melodía de Chopin. Un explorador, afirma, tiene la función de escudriñar. Y en eso se resume, pienso, la función del etnógrafo. El resto son solamente palabras, opiniones susceptibles a todo refutación. Tal vez, todo el resto, como las grandes teorías filosóficas de Kant, son enormes obras de arte que el pensamiento se ha encargado de construir en ese sitio tan frágil y bello, como un zoológico o museo de cristal, que es la mente humana. Toda la segunda mitad de la obra es una descripción muy detallada de los cuatro grupos aborígenes que el autor visitó en Brasil. De esta manera, conocemos las pinturas de los caduveo, cuya significación aún es un misterio; las disposición de la aldea y las leyes sociales entre los bororo; el primitivismo algo violento de los nambiquara o la amabilidad casi siglo XVIII de los tapí-kawaíb. En una región tan extensa como Francia, su propio país, Levi-Strauss encuentra una población mínima, cuyos ancestros han sido diezmados por las epidemias traídas por el hombre blanco, pero entre las cuales pueden hallarse contrastes mayores que en toda la población contemporánea de una región de las mismas características en la sociedad occidental. Los prejuicios y las condescendencias, las venganzas y las pasiones, son todo los mismos factores que han movilizado al hombres desde siempre, pero en cada cultura se amoldan de determinada manera, adoptando la forma de leyes o costumbres. Los contrastes crean fronteras, y donde hay fronteras hay conflictos. Estos, desde siempre, suelen ser resueltos con la guerra. Pero es curioso que estas aldeas de gente aparentemente estancada en el tiempo no adopte estas medidas violentas con facilidad. Quedan pocos, ellos lo saben, a veces una aldea es implemente una familia, y ellos han madurado, quizá más sabiamente que toda la civilización contemporánea. En resúmen, Levi-Strauss nos ofrece una obra que no es un libro de viajes ni estrictamente un estudio científico, no es un estudio filosófico sobre la humanidad ni una teoría sociológica comparativa entre la sociedad antigua y moderna, o primitiva y civilizada. Es todo esto a la vez, y sobre todo es una obra de literatura científica y artística, únicamente del modo en que ambos puntos de vista pueden confluir sin conflictos, complementarios, conformando una simbiosis cuya significación es mayor, más abarcadora, no claramente conforme con los cánones de la divulgación ni el facilismo. Quizá algo así como una obra de arte, como esas pinturas de los caduveo, donde las formas geométricas son representaciones y simbolismos de la realidad. 
      Ambrose Bierce: Cuentos Este comentario se basa en dos antologías bastante dispares de los cuentos de Bierce. La primera lleva el título de El puente sobre el río del búho, y trae una introducción no muy completa pero suficientemente informativa sobre el autor y su tiempo. También es interesante la división de los cuentos según los libros de donde fueron extraídos, lo que permite al lector una idea aproximada de las características de cada libro y sobre los cambios del autor a lo largo de su obra. Repito que esta tarea de los editores es interesante pero bastante superficial. De todos modos, sirve de muy buena entrada a quien no haya leído antes a Bierce. La segunda antología lleva el título de El club de los parricidas, que en este caso es el título original de uno de sus libros, pero aquí no se incluyen todos los que a éste pertenecen y sí se agregan otros. Esta última edición se caracteriza únicamente por la homogeneidad de los cuentos elegidos, así como por la acertada traducción de Daniel Kaminski. Esto nos lleva a hablar sobre la producción y en particular sobre los cuentos de Bierce. Si antes dije que los cuentos elegidos en la segunda antología tenían homogeneidad, es porque todos ellos se caracterizan por una de las ramas de la cuentística del autor, la que se particulariza más por el absurdo que por el horror. Ambas son líneas trascendentales en su obra. Por un lado, el horror directo, sin ambigüedad, como por ejemplo en los cuentos reunidos en su colección ¿Puede ocurrir esto?, o en los Cuentos de civiles. Aquí lo fantástico es el elemento primordial, pero el género se ve limitado no tanto por el abordamiento directo y sin prejuicios, sino por un lenguaje cuidado y muy literario que tiende a contener los excesos innecesarios. Aquí el horror es más sugerido por el misterio que por las palabras, que aún siendo directas en la descripción de lo tremendo, nunca cae en el mal gusto. El misterio es lo que permanece como fondo y como eje director de estas historias. La descripción no por ello deja de ser descarnada y directa, como ya dijimos, pero es medida y puesta al servicio de una historia que se mantiene en los rangos de lo verosímil. Es sumamente difícil explicarlo y mucho más lograr este equilibrio. Un autor puede limitar sus excesos mórbidos y lograr una buena narración, pero mucho más complicado en conseguir el equilibrio entre dos mundos que no son tan diferentes. Tal vez una imagen adecuada sería describir a Bierce como paseándose por un filo elevado entre dos abismos: uno la realidad y otro la fantasía. Ambos son tan posibles como imposibles, y por lo tanto en ambos se toleran diversas explicaciones o causas. No hay tanto un trabajo psicológico en lo literario, aunque nunca pueda descartarse del todo la explicación psicológica de los hechos y los personajes. Lo que destaca a estos relatos es la incursión en un mundo extraño, que no necesariamente debe ser fantástico, porque en su mayoría no lo es. Son lugares comunes, ciudades y bosques, cabañas y campos de batalla. En todos estos sitios, sin embargo, hay algo extraño otorgado por la mirada de los personajes. Un ejemplo típico donde tanto el elemento fant´stico como el real o psicológico se funde perfectamente es el que da título a la primera selección arriba mencionada. Allí tenemos a un hombre a punto de ser colgado por sus enemigos en la guerra civil norteamericana. Mediado el relato y explicadas las causas de su condena, es ejecutado, pero aparentemente la soga se rompe y el hombre cae al río, donde puedo nadar y huir de los disparos de sus enemigos. Mientras huye, recuerda a su familia, y puede verlos por un momento en la orilla del río. Finalmente, sabemos que su cuerpo sigue colgado del puente, y todo ha ocurrido es los infinitesimales instantes previos a la muerte. En otros cuentos predominan las historias de fantasmas, pero éstos son apariciones no burdas ni caprichosas, sino un elemento que resulta más importante que los personajes de carne y hueso, incluso más importantes que la historia misma. Porque estos fantasmas no necesitan expresarse con palabras, y sus acciones son mínimas. Su simple aparición evoca todo lo terrible que, su simple presencia es ya una explicación de lo que se esconde no entre las paredes de una casa, sino en la mente de los personajes relacionados con ellos, por ejemplo, en el magistral cuento El dedo medio del pie derecho. La segunda línea ya mencionada es la de los cuentos sarcásticos. Aquí sigue predominando lo fantástico, pero en este caso lo fantástico no representa un hecho sobrenatural, o si lo es no nos es dado como algo demasiado extraño para el punto de vista de los personajes. Incluso se podría decir que para ellos lo hechos fantásticos son meros hechos de lo cotidiano, tan plausibles de ocurrir como los comunes y corrientes. ¿Acaso las causas de los acontecimientos triviales no son más extrañas a veces? ¿Quién determina los límites de lo posible, por no hablar de las fronteras inciertas de la verosimilitud? En este terreno juega Bierce, en la ambigüedad de causas y no de hechos. En estos cuentos podemos encontrar a una familia que fabrica aceite con los cuerpos de fetos y de niños, el asesinato de un hombre por la tortura ocasionada por un carnero, un hipnotizador que induce a sus víctimas al asesinato, o una familia dedicada a matar y cuyos miembros son enseñados desde los cinco años de edad. Los parámetros de la lógica y el sentido común son trastocados no desde un punto de vista caótico ni confuso, sino que son es lo establecido como normal lo que sufre rupturas y amoldamientos, para tomar nuevas formas, parecidas a lo normalmente aceptado como normal y moral, pero que imponen nuevas conductas. Aquí el asesinato y el crimen se codea con lo cotidiano, y por lo tanto es tomado con la trivialidades de los de todos los días. Podría llamarse a esto humor negor, pero no hay situaciones humorísticas directas, tal vez ironía, sin duda, pero de una forma que la acerca más a la sátira grotesca. Sin embargo, el estilo de Bierce nunca lo aleja de lo posible, como si estuviésemos leyendo una crónica periodística actual, tan llenas de una patética mezcla de verdad y mentira, de locura y tragedia; o el relato de un amigo que nos cuenta a su modo una anécdota vivida en un viaje o e una oficina administrativa, donde lo absurdo es adornado con ciertas exageraciones subjetivas. Si pensamos en estas situaciones, no nos cuesta demasiado extrapolarlas a estos relatos de Bierce donde lo absurdo se asienta en el sitio de lo real, toma raíces en el suelo, y crece dando hojas y frutos que no mucho después ya no nos resultarán tan extraños como al principio. Entonces, lo inverosímil no cae por su falsedad inherente, sino que es sostenido por lo grotesco y lo curioso, resultando tan atractivo como un bestiario de hombres. Las mismas reglas se aplican a los cuentos realistas de Bierce. En ellos lo trágico está determinado por los mismo hombres, igual que el el horror en los cuentos fantásticos. Bierce no hace humor con el horror, sino que extrae de él lo risible, lo grotesco, como una sonrisa de maldad o de sarcasmo. Quién conoce, al fin de cuentas, en esos ámbitos y territorios oscuros, los límites exactos, o las fronteras que intentamos establecer con simples palabras. 
     Henríquez: La cafetería de Phil (2009) Este poemario (cuyo seudónimo esconde, protege o simboliza, según sus intenciones, el verdadero nombre del autor, y que considero obligatorio mencionar aquí en honor a la calidad de su poesía: Ariel Guallar) podría resumirse, a mi criterio, en unos pocos versos del anteúltimo poema: "Historias/como espejos/o autos hundidos". De este modo tan breve como preciso y claro, se encierra toda una concepción de la mirada que el autor parece tener sobre el mundo, o más bien el resultado que la visión del mundo ha provocado sobre sus ojos, recibiendo ahora de ellos una mirada cercana al cinismo, pero sin sus rasgos paralizantes o negativos. El sarcasmo, la ironía aportan sus matices, y el humor va tomando tintes ácidos sin volverse grotesco ni pesimista. La mirada, por lo tanto, es letal, como en uno de los primeros poemas: Hasta que, pero también puede ser nostálgica y de una sensibilidad lindante con lo emotivo, como en Allá arriba. El estilo elegido también es particular, porque crea en los poemas un espacio intermedio entre lo real y lo imaginado. La percepción no es explicada ni descripta, sino "traducida" con palabras que van adquiriendo un ritmo logrado con diversidad de recursos: dobles sentidos tomados del inconsciente colectivo, metáforas literarias, imágenes de todo que se caracterizan por su originalidad de bajo perfil, incluso recursos surrealistas o simbolistas. Estos último son una nueva vuelta de tuerca a este método poético, ya que sin ser un heredero directo, toma la misma visión torcida y rebuscada para amoldarla a una mirada personal, más localista, autóctona. El ejemplo más claro es Una visita, donde los poetas surrealistas se codean entre sí en un ambiente donde el tiempo y el espacio se convierten en juego de su propia imaginación. También puede verse, aplicado menos como juego literario que como verdadero poema, en Salutación revisitada. Los temas son variados, y pueden clasificarse a modo general en poemas de viaje, donde las rutas y los paisajes abiertos son otras formas de representación poética; poemas largos, donde predomina la sátira clara pero nunca ideológica, sólo sarcástica sobre el hombre en general, como en Don Diego; los poemas cortos, de precisos y rotundos conceptos encerrados en definiciones de aparente inocencia, como en Diferencia o semejanza; los poemas de nostalgia y recuerdo, como Perro-pez o Allá arriba. La cafetería de Phil es una sección aparte, que encierra un conjunto de poemas que tienen en común, además de su estilo, un mismo espacio, que bajo la mirada del autor, es más un lugar poético que físico. En esta cafetería se dan cita fantasmas y personas, pero también es un sitio de convergencia de otros tiempos y lugares. Ríos y puertos enriquecen el ambiente poético, como "un desfile de pueblos perdidos", citando al propio autor, o más bien como "locaciones inexactas". Pero todo esto, que parecería un caos de confusión, es simplemente una amalgama de especias o sustancias químicas, una alquimia de olor apenas perceptible, que tiene la propiedad de generar imágenes en el lector, de evocar espacios y recuerdos escondidos, casi perdidos en la mente de cada uno. Altillos o rutas , bares o habitaciones. Guallar sabe convocarlos con su voz baja, pero muy filosa. 
     Ricardo Krakovsky: Vértebras los días (2009) El título desconcierta un poco, es verdad. La gramática coloquial parece esta vez desafiada y dejada de lado. Un sustantivo utilizado en este caso como adjetivo. No como verbo, es decir: vertebras los días, sino los días como vértebras. Entonces: Vértebras los días establece desde el principio un concepto, una concepción: el tiempo contado no como una línea ininterrumpida, sino como una suma de fragmentos sucesivos, llámense minutos, horas, días, etc. Cualquier medida es apta para definir una cadena de células temporales que el autor ha decidido comparar o representar como vértebras del cuerpo. No es caprichosa esta elección, porque uno de los temas repetidos de esta colección de poemas es el del cuerpo visto como un reflejo o símbolo de lo exterior. El cuerpo también es algo externo, algo que los demás ven, por supuesto, pero no por nosotros, por lo menos no completamente, salvo cuando nos miramos en un espejo, y este representa un artificio, un artefacto que utilizamos como medio de comunicación con el mundo (vernos como nos ven lo otros, o por lo menos aproximadamente). Por lo tanto, el cuerpo, para su propio dueño, es algo casi también interno, como el alma y los pensamientos, como los sentimientos o todo aquello que yace más profundo y ajeno a toda definición. Estos poemas hablan del amor (Distancia, Desenjaula), del tiempo (Futuro, Las horas), del cuerpo (el ciclo De mis manos). Nos habla de una doble mirada, un espejo que ya no es un artefacto sino una mirada doble, por ejemplo en los poemas Ojos vista, Versiones de la cosa, Ese, el ciclo de Lecturas. Hay un conjunto de poemas dedicados a diversas ciudades o países, donde la descripción parece predominar, pero es un simple pretexto para presentar una visión interior de la ciudad, la ciudad interna que deslumbró al poeta en su momento y que ahora nos llega como un fragmento rescatado de la memoria, filtrado y embebido de un lirismo adecuado, austero, preciso. Esto nos lleva a decir que en estos poemas podemos encontrar diversos recursos, lo que nos habla de la madurez y la destreza del autor, y todos ellos pueden agruparse en dos tonos poéticos casi contrastantes: uno más tradicional, donde predomina la musicalidad y un ritmo que conduce a la nostalgia, donde casi pueden oírse ecos musicales autóctonos, tanto urbanos como de campo, sin caer nunca en el facilismo de mencionarlos, porque es algo intuitivo, simplemente, algo implícito en la música del poema, que puede verse en el ciclo dedicado a las ciudades, pero predomina en la mayoría; el otro es un ritmo más quebrado, rupturista aunque no hermético ni confuso, esto se ve en Vertebrados y los dos poemas de Word. Podemos, también, hallar ciertas influencias por el tono y la temática, por el ritmo: Juárroz y Porchia surgen a la mente del lector atento de estos poemas de Krakovsky. En resumen, esta colección de poemas reúne tanto el mérito de su pretensión como de su logro, ambos compatibles, como causa y efecto, o pregunta y respuesta. Krakovsky se ha propuesto hablarnos y hablarse a sí mismo sobre el tiempo, o la vida, que quizá sean lo mismo y una sola cosa, y para que quede aún más claro transcribo un fragmento que resume todo esto: "Si le damos mensura a esta hora/por ejemplo/ella/lenta congelada/empieza a contarnos las costillas..." 
     Viviana Abnur: Delta (2009) Abnur nos ha acostumbrado con sus anteriores libros de poesía (¿Quién asesinó a Bambi? y Agosto) a esperar de ella poemas escasos en número, de gran brevedad y sobre todo de una austeridad lindante con el silencio. Un silencio en el que la poeta parece sumergida entre libro y libro, sólo roto cuando decide mostrar, como si la página impresa fuese audible y no también una parte del silencio, sus poemas obtenidos o rescatados del silencio al que ha ido a buscarlos. La brevedad no es siempre una virtud, ni tampoco la austeridad es un valor por sí misma. Únicamente adquieren relevancia cuando están aplicadas a una idea profunda y valiosa, una idea tan intensa, fuerte y filosa que debe ser tomada y explorada, casi disecada, con extremo cuidado y delicadeza. No es grato hacer distinciones entre poemas masculinos o femeninos, un buen poema va más allá de los géneros. Pero cuando hablamos del punto de vista y el tratamiento que un poeta da a las coas y objetos que ha decidido tomar como sustancia de su poesía, sí hay una inevitable distinción. No es lo mismo cuando la disección de la realidad, sea esta emocional, material o histórica, es hecha con la delicadeza y una parsimonia sólo adjudicable a cierto tipo de mujeres. La mirada de quien ahora nos ocupa es tímida y certera a la vez, es una mirada reservada y sumamente discreta, cruel pero al mismo tiempo de una ternura de exquisita elegancia. Los temas que aborda en esta nueva colección no son diferentes a los de los anteriores libros, las mismas inquietudes continúan siendo el objeto de su mirada: las relaciones humanas, sean éstas de pareja, familiares, o como es frecuente encontrar en Abnur, entre una mujer mayor y otra menor. Relaciones que en este caso están "encarnadas" por objetos cotidianos, generalmente cosas de una casa, objetos o incluso tareas domésticas o trabajos comunes. En todos los poemas encontramos un ritmo lento propio de la reflexión, el cual lleva a la profundidad casi sin darnos cuenta. Claro que debe haber ideas importantes para que haya profundidad, porque sólo las cosas pesadas o abrumadoras son capaces de hundir la superficie trivial en que nos movemos diariamente. Estas ideas pueden ser el pasado, el amor, la desilusión, lo pasajero, la muerte. En estos nuevos poemas Abnur respeta su estilo, pero cambia un poco el formato. Adopta aquí la forma de una prosa sin signos de puntuación ni mayúsculas, pero los versos siguen conservando sus pausas internas. Al leerlos, no hay confusión ni dudas. No hay hermetismo alguno, no hay imágenes simbólicas ni alegóricas. La metáfora es tan sutil que parece no existir. Ése es el gran mérito de estos poemas. Antes dije que las cosas cotidianas son representativas de otras realidades más internas, pero esta representación está construida y moldeada con la misma suavidad con que nos ha llevado de la mano hacia las regiones profundas antes mencionadas. La misma autora define la concepción de un estilo en uno de sus poemas: "creamos un lenguaje cotidiano repleto de sinónimos", lo cual determina tanto una limitación, por la inevitable oscuridad o confusión que esconden la verdad, como una inabarcable posibilidad de expresiones y variaciones sobre todas las cosas del mundo. Pero la nueva elección del formato no cambia nada en cuanto a la elección estética de Abnur, es decir, su elección poética. Las mismas pausas ya estaban dadas en los poemas de los otros libros, con inquietudes semejantes, y sobre todo una misma mirada seria, triste y dulce, con manos que exploran y no saben temblar cuando se trata de vislumbrar la verdad escondida en cada cosa. 
     Tucídides: Historia de la guerra del Peloponeso (circa 410 A.C.) No es una novela, sino un libro de historia. Pero como toda idea inicial, es un concepto que se irá modificando a lo largo de la lectura de las 900 páginas que constituyen esta crónica de una guerra que duró más de veinte años. El mismo escritor se define como historiador, y en los primeros capítulos reniega de los poetas (en relación a Homero, aunque no lo menciona) y de Heródoto (que lo precedió en este arte), lo que él hace también es una dramatización de la historia, y por lo tanto una visión subjetiva, por más que se pormenorizada y detallista, y de una imparcialidad meritoria y digna de admiración. Otro factor importante es el tiempo transcurrido desde la narración de estos hechos. El estilo antiguo de escritura se basaba en los relatos y crónicas escuchadas por voces de otros o vistas personalmente, que iban dando vueltas de lugar en lugar, de boca en boca. La documentación para los historiadores de esta época era nula o escasa, como consecuencia sus crónicas debían ser construidas en base a hechos que bien podían no ser ciertos, pero en cuya verdad ello debían confiar. De aquí nace el estilo de su narración, un estilo heroico de epopeya, del cual nació la novela propiamente dicha. Límites muy difusos separan la epopeya histórica de la novela. Lo que ahora llamamos novela histórica no se acerca a estos monumentos literarios ni de cerca, en primer lugar por su calidad, en segundo lugar porque ellos fueron construidos contemporáneamente a los hechos. Si algún paralelo podemos hacer, ´tal vez serían las novelas sobre la primera guerra mundial escritas por autores norteamericanos en la primera posguerra. Pero volviendo a Tucídides, el autor mismo fue un activo participante de la guerra del bando de los atenienses, luego fue exiliado por causas políticas. Y desde este exilio en tierras del bando contrario, decidió contar la historia de esta guerra desde el principio y de una manera tan imparcial como llena de una cruel y descarnada descripción de los hechos. Podemos destacar varios factores en los méritos de esta obra. 1) Estructura: Si bien el autor reniega de "aquel poeta" que desvirtuó la verdad, su trabajo recurre también a la dramatización para contar. No hay documentos que aportar, sino la propia voz de los partícipes de la guerra, cuyos discursos se encarga de recrear como si el propio lector los estuviese oyendo. La mención a Homero no es descalificatoria tampoco, Tucídides también se encarga de transcribir una parte de uno de sus poemas en esta historia. No hay, sin embargo, ningún rasgo de inverosimilitud en estos discursos recreados. Por el contrario, son ellos los que dan un toque de humanidad a los hechos descriptos, y acercan los episodios al lector al mostrarles una visión, un punto de vista personal, parcial e interesado según el personaje que habla, pero por esto mismo más carnalizado, más espontáneo y más familiar tanto por las virtudes como por los vicios o defectos que revelan. Otro elemento importante de la estructura es la simultaneidad de lo hechos en un mismo capítulo, narrados con punto y aparte sin provocar confusión alguna. Lo que ocurre en un sector del país en contrastado con lo que ocurre simultáneamente en otro. Esto genera un ritmo extraño para textos de este tipo, un ritmo rápido, vertiginoso por momentos, creando una visión panorámica y personal al mismo tiempo. Nunca adelanta hechos, como sería de esperar para un historias que conoce los sucesos siguientes, sólo genera una expectativa viva y permanente, especialmente a través de los discursos de los personajes. Cada tanto, sin embargo, anuncia algo que va a pasar o recapitula brevemente. 2) Elementos: Los instrumentos utilizados por los guerreros son otros tantos para el mismo autor. De ellos se vale para relatar las batallas: máquinas mecánicas, la lucha cuerpo a cuerpo, los innumerables barcos, las armas de todo tipo. Estos elementos son incontables y sería arduo enumerarlos, pero su detallada mención acentúa la noción de realidad y familiaridad. Da al lector la sensación d estar viendo las batallas navales, oyendo el sonido de lar armas y los gritos de lo hombres, de estar oliendo el olor de la sangre y de los incendios. 3) Estrategias: De igual modo que en el item anterior, los discursos, las traiciones, las rebeliones, matanzas, muros construidos para sitiar o defender ciudades, las treguas que nunca se cumplen, son metodologías implícitas en el quehacer de la guerra, y que el autor usa de manera magistral para armar su narración. Es verdad que no hace más que contar los hechos, pero hay formas y formas de contar. Tal vez, la herencia oral haya sido el principal mérito de formación y aprendizaje para la correcta narración de una historia. Tal vez, el hecho mismo de decidir en pocos segundos y durante la misma narración qué contar o dejar en silencio, cuál orden darle a los efectos y sus causas, sea el primer y más importante antecedente de toda la literatura escrita. Tucídides sin duda sabía esto, porque supo introducir sutilmente la ironía y la traición veladas en cada discurso, dando así una personalidad a cada protagonista, supo poner énfasis en las traiciones individuales y colectivas por intereses personales, emocionales o mezquinos como causas, como engranajes de la guerra. Las treguas, él lo sabía, estaban firmadas para no ser cumplidas, como pausas y silencios transitorios que escondían odios o rencores no satisfechos. La construcción de los muros es otro factor de inmensa trascendencia para el futuro que nosotros, contemporáneos del siglo XXI, conocemos bien. Sobre las matanzas, no hay para decir más que son relatos de una familiaridad apabullante, y que no por repetidos y conocidos dejan en este caso, en manos de un gran escritor, de provocar la misma y aún mayor sensación de incomodidad y horror. Las traiciones y las rebeliones son estrategias complejamente intrincadas, confundidas en una situación política donde cada isla y ciudad pasaba de bando según conveniencia o miedo al poder de turno. Todo esto está muy claramente expuesto por la misma destreza con que el autor se encargó de plasmar los elementos materiales que antes mencionamos. Las batallas campales no son más grandes no más crueles que las traiciones y las maniobras políticas desarrollados en el senado o los gimnasios atenienses, como así tampoco en las lejanas provincias del mar Egeo. 4) Hombres: Los personajes de esta guerra son los soldados y los guerreros, los oficiales y capitanes que tiene la característica de ser también pensadores y filósofos algunos, médicos y escritores-historiadores otros. Sus discursos demuestran su cultura y su valer personal, por más que demuestren un doble interés. Son ejemplos de esta admirable personificación dos parejas contrarias: Bracidas, líder de los peloponenses, y Tucídides mismo, líder de los atenienses. Por más que el autor aparezca poco, su sinceridad lo obliga a dejar plasmado la diferencia casi abismal con su contrincante. Por más que Bracidas sea su enemigo, deja constancia su valer como perdona y como guerrero. Su destreza lo ha vencido, y quienes echan a Tucídides son los propios atenienses. La otra pareja contrastante es la de Alcibíades, peloponense, y Nicias, ateniense. Aquí los méritos literarios son aún mayores, porque la complejidad de ambos están exquisitamente mostrada. Alcibíades resume todo aquello de que las malas virtudes de la guerra son capaces: un espíritu interesado en ventajas personales, una sed por la violencia, la traición por conveniencia, pasando de bando a gusto y provocando ardides políticos. Nicias es un ateniense caliente y discreto, renuente a comenzar la guerra pero dispuesto a todo para defender a sus hombres. La personalidad de Nicias es noble, su cuerpo, sin embargo, empieza a mostrar debilidad, dolor de riñones que menciona en cartas que no hacen más que acentuar los méritos literarios tanto de autor como de personaje. Aquí esta, entonces la poesía escondida de Tucídides, la manera en que, sin abandonar la historia como hecho concreto y ciencia, se encarga de revelar la poética escondida en los hechos humanos. 5) Causas de la guerras: Al principio fueron los conflictos entre los corintios y carcinienses los que llevaron a Atenas y al Peloponeso a apoyar a cada uno, peor no fueron más que excusas para resentimientos previos, y sobre todo para algo que no ha cambiado desde entonces, y que Tucídides revela muy bien. La guerra es un negocio, tanto para los gobiernos involucrados como para los particulares. Durante diez años la guerra se prolonga, interrumpido luego por una tregua que no se cumple más que en los acuerdos firmados por los embajadores. Pronto la guerra se renueva con mayor ímpetu con una nueva excusa: la isla de Argos se rebela y se independiza, hace acuerdos con los ateniense. A su vez, un conflicto entre nativos de Sicilia provoca la ayuda de los atenienses, y los peloponenses son llamados para contrarrestar esta invasión de Atenas. Así comienza la segunda etapa de la guerra, que prolonga el conflicto más allá de los veinte años. Esta segunda etapa sirve como incentivo para la obra, porque como corresponde a una novela, la segunda mitad toma realce, alcanza niveles dramáticos mucho mayores que en la primera mitad. Las batallas navales alrededor de Sicilia son de gran destreza narrativa, el sitio de Siracusa adquiera una dramaticidad enorme y ejemplificante para cualquier narrador que se precie de tal. El anteúltimo libro constituye el clímax, con el final de la flota ateniense destruida y sus miembros perseguidos y muertos. Y con Nicias, el noble guerrero, muerto en lugar de capturado y devuelto a Atenas. El último libro es una especie de epílogo donde predominan las estrategias políticas, donde las traiciones son más abundantes que las batalles campales, donde la democracia ateniense es reemplazado por la oligarquía. Pero esta obra intenta aparatarse de toda parcialidad o estereotipos. Los atenienses no son los defensores a ultranza de la democracia o los peloponense guerreros salvajes. Aquí la ambigüedad es la única certeza, lo único constante. Al comenzar nos preguntamos: ¿debe ser un libro de historia como una novela?, ¿ésto da seriedad y verosimilitud?, ¿debe prevalecer la documentación o la amenidad?, ¿o una mezcla de ambos? La única manera de contestar a estas preguntas es aplicarlas a cada texto en particular. Si hablamos de la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides la respuesta es: se aprende más de historia acercándose a la personalidad de los protagonistas, y sólo un escritor que conoce las virtudes de la poesía puede hacerlo.       Alberto Ramponelli: Apuntes para una biografía (2009) Tercera novela del autor, y producto de una madurez tanto personal como literaria, es, quizá, la mejor novela de Ramponelli. Fragmento independiente de un mundo literario que tiene sus interconexiones con las otras dos novelas, El último fuego, especialmente, y con Viene con la noche, pero aquí más en el clima y la temática que en la trama. En la primera novela encontramos un clima y un tono oscuros, de una extrañeza que recuerda en parte una película en blanco y negro de los años sesenta y en parte el tono bradburiano, y también un cierto hermetismo dado por la frialdad y lo escueto del lenguaje, siempre preciso, medido, estudiado, de una elegancia filosa y amarga al mismo tiempo. La segunda novela mantiene el lenguaje, pero hallamos cierta luminosidad que alivia la pesadumbre y la extrañeza de la novela. Esta luz llega a través de ciertos elementos más familiares al lector, más palpables por su cotidianeidad: el barrio, las mujeres, los hechos policiales. En ambas, la ambigüedad es una característica esencial que determina la identidad de estas novelas. Una característica que también representa un riesgo, una elección estética y formal que conlleva sus pros y sus contras. Muchos lectores preferirían una elección más efectista, más clara y abrupta de la trama. Sin embargo, tanto contenido como continente van de la mano, se amoldan perfectamente uno en otro en los textos de Ramponelli. El tono es único, peculiar al autor, por lo tanto el tratamiento de la trama, afín por supuesto también al autor, fiel a sí mismo y sin intenciones de concesión alguna, es acorde a ese tono. Forma y contenido se alimentan para producir un resultado, un fruto que puede no tener colores brillantes porque las sustancias que lo forman provienen de aspectos mucho tiempo ocultos en el alma de los hombres, y que el autor se ha encargado de rescatar, de llevar a la luz por un instante, por el tiempo necesario que nos toma abrir el libro y leerlo. El lenguaje de Ramponelli tiene peculiaridades muy definidas, muy propias. Se pueden encontrar influencias de otros autores, es verdad, pero no resultan del todo claras, ya que es un nuevo producto literario, donde más que de influencias ahora podemos hablar de parentescos y propósitos o climas en común. La literatura de Hemingway se puede oler en la precisión, la trágica mirada de Faulkner en el determinismo implícito en los destinos de los personajes, lo fantástico anclado en la ambigüedad de la literatura de Kafka o Burno Schulz. Pero estas asociaciones son más que nada intuiciones de un lector atento, de un lector que sabe que cada autor es producto de muchos otros, y a su vez aporte único al mundo de la literatura de ficción y su historia. Como dijimos, entonces, el lenguaje del autor tiende a una austeridad, a una economía en la descripción, a una precisión en las acciones, a una evasión del sentimentalismo fácil. Lo emocional en Ramponelli pasa por lo intelectual, por las asociaciones implícitas que la trama crea en la mente del lector. Si bien no son tramas policiales, más que un conflicto personal hay una complejidad psico-social, es decir, una alimentación mutua entre lo personal y lo social. Ambos planos, que también en estas novelas tienen su paralelismo simbólico en el eje realidad-imaginación, no podrían existir uno sin el otro, otorgándose mutuamente la misma importancia. Y si bien parece haber un guerra entre ambos, que es a su vez la sustancia de las tramas y su sabor peculiar, nunca hay un ganador, y la resolución es siempre una neutralidad que puede decepcionar a los buscadores de los fuegos artificiales literarios, pero que es acorde a la amarga visión que nos propone el autor, una visión de hombre o mujer inmerso en el punto intermedio, fluctuando entre ambos mundos. Apuntes para una biografía se destaca en primer lugar por su estructura. Está formada por diez capítulos donde el primero y el último ofician a manera de introducción y epílogo, mientras que el resto constituye una serie de relatos relacionados con la trama planteada en la introducción. No sería del todo preciso llamarlos cuentos, por el simple hecho de que no hay una resolución ni un final cerrados, porque la trama de cada uno de ellos fluctúa entre lo particular de cada relato y el eje principal de la novela. En realidad son construcciones paralelas, historias simultáneas, divergencias de la gran trama del mundo creado por el autor, a través de las cuales encontramos una nueva forma de mirar a Edward Echenique, el protagonista. Es que casi no hay un protagonista excluyente, porque Echenique es sólo el eje en el que los demás confluyen o giran como en órbitas que tienden peligrosamente a colapsar. Las historias paralelas pueden leerse, sin embargo, como relatos independientes que tienen su valor en sí mismos, pero que exigen nuevo alimento y una mayor explicación para ser comprendidos del todo. El valor de estos textos está precisamente en esa ambigüedad de la que hablamos antes, y que en este caso se extiende desde la trama hacia la forma elegida para plasmarla. Por eso, el autor se evidencia comprometido con el lenguaje y no sólo con la historia. No es únicamente contar, parece decirnos, sino hallar formas adecuadas de hacerlo. En Apuntes para una biografía encontramos otras peculiaridades con respecto al lenguaje. Es un poco más desbordado que en las novelas anteriores, hallamos frases más largas que ganan una emocionalidad, intelectual por el modo buscado, pero a su vez surgida de un canal abierto a través de la musicalidad gramatical dese el alma y el pensamiento del autor. La trama de cada relato a su vez tiene varios planos: el superficial, referido a la trama particular de cada uno, otro más profundo, relacionado con las relaciones más o menos directas con Echenique, y otro más profundo todavía, donde las significaciones particulares de estos personajes secundarios adquieren intensidad psicológica: la culpa del soldado Pérez, la ira del isleño Santos, el resentimiento (¿el incesto, tal vez?) en el caso de Mirna, el temor a la muerte en el caso de Suly. Pero a estas representaciones se pueden agregar muchas otras, tantos como lectores haya. El otro elemento imprescindible de mencionar es el fantástico. Lo fantástico en Ramponelli es un punto intermedio entre la realidad y la ficción, una confluencia entre ambas, creando un producto diferente. Pero este nuevo "lugar" no es un sitio donde los personajes puedan moverse, sino un recurso literario que permite entender la dificultad que tienen los personajes para vivir entre ambos planos. Tanto lo mágico en El último fuego, la hechicería de Viene con la noche o las connotaciones místicas de Apuntes para una biografía, en donde caben también las referencias sobre teorías telepáticas, extraterrestres y relaciones con el nazismo, no son elementos puestos al azar ni para emparchar defectos en el argumento, ni tampoco forzadas o artificiosas explicaciones. Ellas forman parte de las tramas, siendo y no siendo a la vez lo más importante del resultado. Sin ellas, las novelas no serían lo mismo, sí valederas por su trama formal, cotidiana o psicológica, pero menos complejas. La riqueza de estas novelas está en esta eventual, casi espontánea y a su vez natural presencia de lo sobrenatural como una parte más de lo cotidiano. Y el mérito de esta verosimilitud está, otra vez, en el lenguaje. El tono recuerda sin dudas a la crónica más que al recuerdo, a la intención cuasi-periodística pero dejando de lado lo meramente anecdótico para inmiscuirse en lugares más oscuros y aceptando, sobre todo, la incertidumbre como elemento más real que lo comprobado. El utilizar la voz en primera persona, que parecería contraproducente para este objetivo, sin embargo acentúa la importancia de los hechos, dejando a las ideas en un plano secundario, y permitiendo a las propias impresiones su carácter implícito de subjetividad. El resultado es un subproducto de la crónica o la biografía apócrifa, lo que hace que esta novela de Ramponelli sea la que más se acerca a Borges. Por último, debo destacar los puntos más altos de estas historias. Gente rara es sin duda uno de los relatos más intensos del autor, donde la precisión del lenguaje resalta la presencia invisible y certera de lo que no se dice. Postales del sur es, en mi opinión, uno de los relatos más logrados, o el más logrado, de Ramponelli. La relación del soldado con el personaje impreciso que es Echenique, farsante y místico, fabulador y criminal a la vez, es una relación que se traslada tanto al plano de lo social y político como al de la culpa y el remordimiento. Echenique teme al pájaro negro de la muerte, que escucha pero que no puede ver, amenaza que tiene su contrapunto en el remordimiento del soldado Pérez por su participación en la masacre de una familia durante la guerra de Malvinas. El lenguaje adquiere aquí una emocionalidad a la que Ramponelli se abandona muy pocas veces y que por eso es más efectiva y conmueve de manera diferente y exquisita. Para terminar, otro punto alto es Siempre llueve en París. Aquí también las significaciones psicológicas se intercambian con las sentimentales, el amor de Suly por su padre. Lo onírico participa como elemento secundario, pero aporta principalmente connotaciones paranormales por su relación con Echenique. Y es sobre todo el lenguaje y la estructura la que hacen sobresalir a este relato. Como casi todo ellos, hay un ida y vuelta entre el pasado y el presente, incluso el futuro se cuela de manera fortuita por su relación con los textos anteriores o posteriores. La estructura de la obra de Alberto Ramponelli, entonces, está cuidadosamente trabajada, dejando de lado lo lineal o simplista, optando por una estética formal y substancial que desafía lo cánones comunes de lo literario. 
     Margaret Atwood: El cuento de la criada (1985) Esta novela, publicada a los 61 años de edad, es una perfecta muestra de lo que puede lograr toda una vida de ejercicio disciplinado de buena literatura. La madurez personal, emocional y psicológica de un autor, es sólo una parte para el adecuado logro de una obra artística. El resto es aportado, inevitablemente, por la destreza adquirida en los años de oficio, y sobre todo la inquietud permanente por lograr que cada obra sea una individualidad original en sí misma. Para ello, participa el estilo lo cada autor, su sello personal, sea el punto de vista, las formas gramaticales, la manera de estructurar los tiempos y los ritmos, el tratamiento elegido para cada temática. Atwood se caracteriza por una simbiosis curiosa, aparentemente no deliberada de variados recursos literarios. En ella podemos encontrar un narrador en tercera persona pero sin duda pegado al punto de vista del personaje principal, o un narrador en primera, como es el caso de esta novela, donde la narración, sin embargo, no deja de ser abarcadora y hasta paisajística, ya que funciona en un punto intermedio que cumple con la función de descripción que el género adoptado, en este caso el futurístico o ciencia ficción moderada, requiere para hacerse creíble. Entonces hemos planteado ya el primer punto importante. Esta novela participa del género de la fantasía futurística sin conformarse con los límites estrechos de un género en particular. Un buen escritor suele tener inquietudes variadas, y si en algún momento muestra predilección por un género determinado, no lo toma como una opción de mercado, sino como una elección afectiva, sensitiva, un medio que le sirve para enfocar ciertos temas u objetivos. Otro punto importante es el estilo narrativo de Atwood. En general, tiende a ser distanciado, aún cuando escribe en primera persona, pero como ya hemos dicho, los entrecruzamientos de puntos de vista, sutiles y bien trabajados, o los cambios temporales, que funcionan no como instrumentos narrativos estrictos como bisagras de un mismo panel pintado, como colores contrastantes dentro de la narración. Este estilo, entonces, algo frío y escueto, colabora en la construcción de un personaje, adhiriéndose al clima ciertamente agobiante y angustioso. Toda la novela, a pesar de su variedad de ambiente, su escenografía futurística no demasiado contrastante con la actualidad pero que sí acentúa ciertos aspectos más afilados, más hirientes y peligrosos, da el toque necesario, y exacto, para situar al lector tanto en una situación extraña como peligrosa. Todo el escenario, tanto desde lo descriptivo exterior como en las vueltas interiores de los recuerdos e incertidumbres actuales de la protagonista, da muestras de un laberinto sin salida. Un laberinto creado por la misma humanidad al caer en ciclos históricos repetidos que ella misma, la humanidad, tiende a borrar para otorgarle a cada nuevo ciclo una falsa sensación de novedad. En cuanto a la trama, el estilo maneja un delicado equilibrio entre lo verosímil y lo inverosímil, debido principalmente al poco tiempo desarrollado entre los cambios que se describen. Y este escaso tiempo está marcado o determinado irreversiblemente por el tiempo fértil de una mujer. Es decir, que en apenas veinte o veinticinco años, deben suscitarse los cambios tan marcados desde la sociedad actual, donde la democracia está, en teoría, general y oficialmente establecida, hacia un gobierno autocrático, violento y discriminador. Toda la novela es un lento descubrimiento, a través de los recuerdos esporádicos de la protagonista, de los sucesos que fueron llevando a la situación actual, y la manera de transmitirlos, viajando a través de flashbacks literarios adecuadamente construidos y dosificados. El tono entre distanciado por el hecho de tratarse de una crónica no escrita, y a su vez comprometido, por tratarse de una primera persona, es un logro muy alto en esta novela. Hay una cierta tendencia, -más bien intuida con claridad pero leída entre líneas, que es como deben dejarse los mensajes extraliterarios, sean sociales o moralizantes-, feminista, demostrable en las características que ha tomado la sociedad futura. Pero esta tendencia carece de toda idea calificativa, ni mucho menos acusadora o desafiante hacia el género masculino. La autora como buena narradora, no tiene tal objetivo superficial, sino que la intención es, tal vez, y menciono sólo uno de las múltiples interpretaciones o ramificaciones de la novela y sus significaciones implícitas, dar una muestra contundente por su propio peso, a la que la austeridad del lenguaje colabora indudablemente, de que la naturaleza violenta de los seres humanos en general siempre está latente, y en cuanto la oportunidad ofrece los medios necesarios para la impunidad y la ausencia de culpas y castigos, se dirige siempre hacia los actos degradantes, discriminadores, humillantes, de los que las minorías o seres más débiles o vulnerables se hacen víctimas. Y estas victimizaciones no provienen sólo de un género, sino tanto de hombres y mujeres. La trama no se olvida de dejar en claro que todo gobierno o sistema impuesto por la fuerza es también una fachada, una farsa que sirve para esconder otros intereses más oscuros, más particulares, como se muestra por ejemplo en las reglas o leyes instituidas, que con el objetivo de evitar o castigar delitos sirven para ocultar muchos otros. Siempre hay grietas en estos sistemas, fuerzas que crecen supuestamente ocultas, rebeliones en formación que sirven para aliviar la tensión de toda tiranía, que de otra forma se haría insostenible por su misma tensión implícita. Pero el final de la novela deja en claro, también, que estas mismas fuerzas rebeldes tiene sus propias apariencias, propietarios a su vez de una ambigüedad de objetivos que los confunde con las fuerzas predominantes. Entonces, la protagonista se pregunta en manos de quién está atrapada: si finalmente ha caído en desgracia frente al sistema impuesto, y la vienen a buscar en la simbólica camioneta negra, o en realidad los rebeldes llegan para rescatarla, disimulados bajo la máscara del tirano. ¿O ambos, nos preguntamos nosotros como lectores, son lo mismo? La alegoría, por lo tanto, es evidente, pero secundaria por sí misma. Los objetivos literarios llevan a la novela más allá de la alegoría o el simbolismo. Atwood crea un mundo verosímil fundado en un sistema mental que no es otro que el de cada lector, y que conlleva su propia angustia y sensación de atrapamiento. El cuento de la criada es una historia incómoda que nos enfrenta con características que sabemos latentes en cada uno de nosotros pero preferimos no ver, ocultas, transitoriamente, por las débiles fuerzas de las leyes y la forzada convivencia. El cuento de la criada es un manual de historia del futuro. 
     Margaret Atwood: Chicas bailarinas (1977) Estos catorce relatos constituyen una antología de relatos publicados en 1977, es decir, a los 48 años de la autora. No es extraño, entonces, que representen parte de lo mejor de su madurez literaria. Si partimos de un análisis general de superficie, lo primera que resalta en la excelencia de la escritura, el tratamiento adecuado para cada cuento y la temática entre social e íntima de los relatos. Pero yendo a más profundidad, vemos que hay rasgos comunes al estilo de Atwood que se destacan en cada cuento, no quitándole individualidad, sino caracterizándolo como un fragmento con vida propia que a su vez en una parte de un todo más complejo o más abarcador. En primer lugar, resulta curioso el estilo gramatical que suele encontrarse. La autora acostumbra a utilizar el tiempo verbal presente tanto para relatar situaciones inmediatas o pasadas, intercalando diferentes tiempos en una misma frase. Esto no resulta, sin embargo, en incongruencia ni confusión alguna, porque ella se ha preocupado en ubicar primero al lector en una situación y en la perspectiva de un personaje, por lo tanto los cambios de tiempo tienden a dar una impresión o sensación particular del personaje, para el cual el pasado es una parte indivisible de su presente, como en todo recuerdo. Otra particularidad gramatical es el medido pero destacable recurso de un aparente cambio en el punto de vista, que no es tal en sí mismo, sino una forma en que el protagonista, a través del cual estamos viviendo el relato, es capaz de conocer los pensamientos o sentimientos de los otros protagonistas. Para esto, la capacidad de imaginación del personaje principal, que no es ni mayor ni menor que la de cualquiera de nosotros cuando cavilamos o reflexionamos sobre diversas situaciones o conflictos, es el recurso que nos permite conocer a los demás personajes. Entonces, a través de lo que el protagonista sabe con seguridad o imagina, tenemos un panorama cada vez más detallado de la trama del relato. Otro tema en común es que la mayoría de los relatos están protagonizados por mujeres, pero esto no es resultado de una postura deliberadamente feminista. Atwood escribe sobre lo que más conoce, y el resultado es un abanico de mujeres que no impresionan tanto por su diversidad sino por su intensidad. Casi todas son mujeres que podríamos considerar anónima, anodinas. Ninguna de ellas es considerada de gran hermosura exterior ni de una personalidad apabullante, ni siquiera de una destacable inteligencia. Son mujeres que claramente se han resignado a ciertos límites en su vida social y personal. La desilusión amorosa, la permanente y disimulada marginación las ha acostumbrado a resignarse. Eso es evidente en los relatos El marciano y Betty. En un fragmento de Joyería capilar, la protagonista se dice: "La versión platónica que tenía de mí misma semejaba una momia egipcia, un objeto misteriosamente envuelto que podía desmenuzarse y quedar reducido a polvo al desenvolverse. Pero el amor no correspondido no exigía el desnudo". Pero el punto de vista de la autora no la limita a un género. Hay relatos donde el protagonista es masculino, y tanto en éstos como donde las parejas masculinas de los personajes son vistos a través de los ojos femeninos, la preocupación está puesta en mostrar un aspecto inconfundible de la conducta de hombres y mujeres sin piedad ni juzgamientos. Hombres y mujeres, simplemente, como seres humanos. En el cuento Chicas bailarinas, la protagonista se pregunta "cómo debía ser hombre". El siguiente rasgo en común son los paisajes que sirven de marco. Casi sin excepción, el marco es la ciudad, pero esta ciudad es casi siempre una ciudad de posguerra, con las secuelas de casas abandonadas, destruidas y con sectores de nuevas y transitorias construcciones que homogenizan la ciudad con un aspecto indiferenciado, monótono y austero. Las casas resultan artificiosas, sin personalidad, con adornos de mal gusto, todas iguales y precarias. Estas imágenes colaboran en otro factor común de Atwood, crear climas que simulas o insinúan situaciones futurísticas. Este aspecto aparece en relatos como Cuando sucede, donde también lo imaginativo es a la vez una forma real de conocimiento del futuro como también una manera de ensoñación y escape. También puede verse en La tumba del famoso poeta, donde hay un paralelismo imaginado entre la pareja de la protagonista y el poeta cuya región van a visitar. Dentro del tema del paisaje, debemos ubicar la función que ocupan las plantas, los animales y las piedras, que constituyen una herramienta narrativa simbolista, en realidad un aspecto bastante curioso en la aparente realidad social de la narrativa de la autora. La naturaleza representa, aún de manera salvaje y primitiva, un regreso a la individualidad del ser humano, y se puede apreciar más claramente en el relato Polaridades, pero también en Traslúcida y Chicas bailarinas, aunque en este último hay una relación más clara entre los diferentes grados de sociabilidad y tolerancia, donde lo discriminativo, la hipocresía y la desconfianza son las secuelas de un contraste claramente marcado entre dos puntos de vista: la inocente de la protagonista y la intolerante de la casera. Por supuesto, es tema de la relación hombre-mujer es uno de los ejes principales, sino en más importante, de la mayoría de estos cuentos. Hay frases que muestran típicamente lo que Atwood piensa y quiere expresar sobre este tema, por ejemplo en La tumba del famoso poeta, donde se dice lo siguiente de una pareja de enamorados: "Yacemos hombro con hombro, sufriendo ambos de amor no correspondido". Hay cuentos que sobrepasan estos aspectos comunes y toleran muchas más interpretaciones. Por ejemplo, en Cuando sucede tenemos una pareja madura que empieza a encontrar cambios sociales que indican un conflicto evidente, y ante el cual deben dejar la casa y escapar. Este relato de connotaciones futuristas, siempre austero y exacto en las pistas que nos deja, tolera tanto esta interpretación como también el pensar que todo no es sino imaginación de la mujer que relata, como escape frente a una vida monótona. La imaginación, entonces, no solamente es capaz de todo, sino que nace también de múltiples interpretaciones: ¿escape? ¿presentimiento? ¿locura? ¿verdad? Joyería capilar es el cuento más tétrico del conjunto, pero este elemento es secundario hasta que llega el final, donde la verdad se insinúa con suficiente fuerza para ser indiscutible. En El resplandeciente Quetzal hay un simbolismo evidente entre el antiguo sacrificio y el hijo que la mujer ha perdido apenas nacido, pero también se ensambla con la imaginación de la protagonista al sentirse prenda de sacrifico de su marido, vía inversa de la culpabilidad de la que lo hace responsable ante la muerte del bebé. Aprendizaje es un cuento de punto de vista masculino y adolescente, donde se ponen en evidencia las hipocresías y sentimentalismos frente a los enfermos, "dogmas" que representan normas difíciles de romper, como las que el protagonista debe enfrentar frente a los designios y decisiones de sus padres. Debe elegir ni sólo someterse o confrontarse a ellos, sino decidir lo que realmente quiere, y todo ello viendo y aprendiendo de las falsías de una sociedad más preocupada en las apariencias de lo que considera bueno que de la verdad. La comepecados es un relato intenso lleno de simbolismos. Una paciente de un psiquiatra recuerda sus conversaciones en el funeral de éste, mientras conversa con las tres ex esposas del médico. Aquí, el ritual, siempre relacionado con lo primitivo, tema común que ya hemos visto, es el que una vez le contó sobre las mujeres que comen los pecados sobre el cadáver del difunto. Ella sueña, entonces, la noche siguiente, con las tres esposas sirviendo las galletitas que trajeron para servir a los invitados al velorio, y ellas comiéndolas, deliberada y conscientemente. Todos estos relatos son una de factura exquisita y de una realización impecable. La excelencia narrativa se suma a la profundidad del tratamiento, variado y original, de temas tan trascendentes como las relaciones humanas, la complejidad de la vida y las características de la muerte. 
     Mario Levrero: Aguas salobres (1983) El lugar (1984) Este escritor uruguayo nacido en 1940, es considerado como un escritor de culto por casi una generación posterior a la suya. Dueño de una mundo imaginario absolutamente propio y tremendamente rico, heredero de la mejor imaginería literaria fantástica europea, se mantuvo durante gran parte de su vida casi en un plano marginal del ambiente literario, dedicándose a escribir novelas y cuentos que recién después de los años '80 fueron publicados más frecuentemente. Una de las causas, que no sirve como justificación para su desconocimiento por el público en general, pero que nos es útil como motivo y explicación, es su estilo extraño. "Extraño" es la palabra más aproximada para describirlo, aunque muchas veces se abusa de este adjetivo, aplicándoselo a muchos y variados estilos literarios, casi todos ellos alejados en mayor o menor medida de la forma más "convencional" de la literatura. En el caso de Levrero, lo extraño está afincado en tierras literarias, es decir, en un proceso gramatical y estructural, que desde el comienzo está alterado no en su forma visual sino en su propio concepto de lógica. Veamos si somos más claros. En los cuentos de Aguas salobres, y en especial en el primero, La cinta de Moebius, nos encontramos con un relato que comienza siendo aparentemente lineal, pero que de a poco va mostrando elementos que primero se acercan al límite de lo verosímil para luego convertirse en completamente absurdos para la lógica formal. Más tarde, el relato no sólo confirma esta tendencia, sino que va más allá de sus propios logros distorsionando, además de lo temporal y lo espacial, toda la estructura mental en la que el ser humano funda la más básica de sus corduras. Pero más que una sendero de locura, es un camino parecido a los recodos y torsiones del sueño, donde la mezcla de deseos, pulsiones y represiones se turnan para dominar a los personajes y las escenas, en un juego de fuerzas alternadas, donde cada episodio tiene su significado, sin sobresalir, sin embargo, por encima del significado de los otros. Pero todo esto está dado no con el clima propio de lo onírico, sino con un estilo gramatical que parece estar contando sucesos reales, o más bien, nos cuenta tanto lo real como lo imaginario en un mismo plano de existencia, confundiendo los límites entre ambos. De esta manera, al dar "lógica" a los sueños y "distorsión" a lo real, crea un tercer plano medio de verosimilitud constante. Hay dos formas de disfrutar de un cuento: apreciando la estructura y el lenguaje, por un lado, y el contenido argumental, por el otro. Pocos son los cuentos que reúnen ambos elementos magistralmente. En la mayoría prevalece alguno de los dos, que los justifica. En el caso de Moebius lo onírico -externamente- y lo psicológico -externamente-, según la elección del lector, justifican la ilación de lo hechos del relato, llámese vida, experiencia o viaje evolutivo o experimental. No es extraño que el relato empiece con el comentario de un chico que durante la noche escucha hablar a sus padres en la cama sobre la realización de un viaje, ni tampoco es casual la mención por este chico sobre su costumbre, propia de la infancia, de detenerse a pensar en el límite de la vigilia y el sueño, y su intención siempre fracasada de velar hasta descubrir el momento exacto en que se cae en el sueño, como si quisiera descubrir la llegada de de los Reyes Magos en plena noche. Pero el sueño y el despertar están en un mismo plano de realidad, la otorgada por el autor, y es así cómo todo comienza. Los otros relatos son menos caóticos en su confección e interpretación, la alegoría es más clara, pero sin intención de ser alegoría, como debe ser en los buenos cuentos. La casa abandonada es un excelente relato descriptivo, donde lo extraño y lo fantástico que habita en esa casa está detallado de manera escueta, breve, sin grandes efectos narrativos ni mal gusto. Sólo se mencionan como comentarios de sucesos curiosos, extraños, para los que no se busca explicación. Las sombrillas es uno de los mejores relatos de Levrero, kafkiano en su clima, pero con una luminosidad que, contraria a la oscuridad y la opresión de Kafka, ejerce curiosamente el mismo efecto: la absurdidad y la angustia con un toque de humor negro que nace de ese mismo grotesco. Esta característica prevalece en el último cuento, Aguas salobres, donde lo grotesco está llevado a límites extremos. El absurdo aquí adquiere significación por el lenguaje preciso, medido y a la vez desbordado por imágenes que perturban pero no molestan al buen gusto, y que aportan valor al relato de dos maneras: exotismo y significación, ambos unidos, alimentándose mutuamente. A todo esto se une un tono de leyenda tradicional y oscura pero transformada por un estilo literario personal, que es evidente y muy logrado por la estructura narrativa y el fluir de la narración. La leyenda de los dioses del agua, el cristianismo, el sexo, los deseos, el cuerpo humano, son todos elementos que se incorporan y dan significado, tanto en este como en los demás relatos, a una estructura narrativa audaz, distorsionada en su forma lógica, pero de valores literarios que sobresalen por su misma extrañeza y los niveles significantes y emocionales que alcanza. La emoción aquí no es sentimental, por supuesto, sino intelectual, desafiando incluso los valores establecidos en la mente del lector en lo que respecta a los límites de los que ya hemos hablado más arriba: sea esto lo formal, lo lógico o lo irreal. El lugar es una novela publicada en 1984, pero con fecha firmada por el propio autor en 1969, es decir, a los 29 años de edad. Sus características son diferentes a la de los cuentos antes comentados. Desde el punto de vista forma y externo, su lenguaje es más convencional y la estructura es más lineal, y su lógica argumental, a primera vista, está emparentada inevitablemente con Kafka. Pero estas características son sólo formales. La novela avanza lenta pero no morosamente, sino con una parsimonia y una pausa adecuada para que el lector vaya incorporando lo extraño de la situación que se le plantea al protagonista: su aislamiento en una habitación oscura a la que le sucede luego una serie de habitación iguales, de las que es imposible salir. Este planteamiento no está expuesto de manera fantástica, sino que la mente del narrador se amolda a la lógica de su protagonista: analiza, desespera, sufre, desea, anhela, y sobre todo, no se conforma. Las sucesivas vicisitudes del protagonista lo enfrentan con situaciones que parecen ser alegorías y simbolismos de un mundo externo, o de su propia vida, quizá. Las habitaciones primero oscura, luego con muebles y comida, luego con algunos habitantes con los que no logra comunicarse. Se encuentra con una mujer a la que poseo alguna noche. Luego las habitaciones se van deteriorando, hay escombros, hay hombres y mujeres muertos. La segunda parte de la novela ubica al personaje en lo que se presume el exterior, pero que no deja de ser otra parte de aquel lugar extraño. Aquí se encuentra con otras personas, y conviven en una precaria sociedad de supervivientes que pronto debe disgregarse por intereses divergentes. Lo común en esta dos primeras partes es el deseo de no conformidad del personaje. Su situación le plantea dos posibles soluciones: el conformarse y sobrevivir en el sitio en que se halla, o seguir buscando una salida. Pero los sucesivos fracasos y sus propias reflexiones lo hace pensar que quizá no haya una salida, quizá el ya está afuera. ¿Es un sueño, la concreción de deseos y frustraciones, alteraciones del tiempo-espacio? ¿Es una alteración de su propia psiquis? El estilo escueto, preciso, da lugar a la ambigüedad necesaria, a que claramente toda explicación sea significativa y a la vez parcial e incompleta. La tercera parte nos muestra la llegada a una ciudad caótica y violenta. Los hechos se precipitan, las acciones son más rápidas y los hechos y personajes secundarios pierden toda lógica y la absurdidad, ya sin ningún tipo de humor posible, muestra una disgregación estructural tanto de la sociedad como de la mente. ¿Que todo no es más que alucinación? Es posible, pero el lenguaje no deja lugar a dudas que de que todo está pasando como se describe. La ciudad es reconocida por el personaje como la suya, incluso encuentra su calle y su departamento. El ambiente es violento y subversivo, y este final se alimenta del inicio de una manera proporcionalmente inversa. Si al principio pensamos que el personaje ha llegado a la habitación oscura y silenciosa trasportado desde su ámbito normal, del que apenas recuerda algunos elementos, ahora nos damos cuenta, si aceptamos que ya ha vuelto a "su" realidad, que él ha había salido de una situación no normal sino caótica. Entonces, el lugar menos absurdo, menos violento, que la realidad. En el lugar la vida y la muerte se mostraban en sus resultados, sin precipitaciones ni situaciones que mostraran conflictos ni desesperación violenta. La muerte como se ven en la infancia, como cuando vemos que nuestro abuelo ha muerto mientras estábamos en la escuela. La angustia y la sinrazón, sales de la experiencia de la vida, siguen estando, y adquieren forma a mediada que crecemos, pero cada año es como una habitación levemente diferente, que se va deteriorando progresivamente. Finalmente, en su supuesta propia ciudad, el personaje se da cuenta que el extraño es él, no el lugar donde se encuentre. Salir y volver se convierten, entonces, en conceptos ambiguos, intercambiables, indefinidos. 
      Sinclair Lewis: Cass Timberlane (1945) Lewis dedicó casi toda su obra de ficción a hacer un estudio sistemático, metódico, de la sociedad norteamericana media. Más particularmente localizada en cierto sector de ésta, el medio este, zona donde la tradición y el conservadurismo mantuvo un bastión de inconfundible idiosincrasia identificada con los más arraigados sentimientos y paradigmas morales con dieron lugar al nacimiento de los Estados Unidos. No por nada es uno de los centros de mayor poder adquisitivo, coincidiendo con uno de los centros culturales más importantes, representados por la arquitectura, por ejemplo, y menciono este arte por estar íntimamente relacionado con el concepto de familia, de unidad funcional socioeconómica. Porque el verdadero lazo, a juzgar por lo que Lewis nos muestra, no es el sentimiento mutuo sino la conservación de una homogeneidad que tiene sus recambios internos, sus lazos y rupturas continuas, como un caos ordenado. Puede haber odio entre los individuos, pero todos ellos se unirán frente a un enemigo común. Y este enemigo puede llamarse clase social, raza, credo, poder adquisitivo y todas las otras formas donde sea posible hallar una diferenciación que sirva de justificativo a una irritación, un malestar en este sector social. Como algo que comienza siendo un prurito que nos advierte que hay un elemento extraño, que no encaja con el resto. Y que pronto deberá ser eliminado, o absorbido de tal manera que ya no se encuentren diferencias. Lewis ha explorado estos elementos de manera muy variada: el racismo, por ejemplo, en Sangre de rey, de una manera muy directa, también en diferentes ámbitos: la medicina en Arrowsmith, el ámbito académico en Gideon Planish, los credos religiosos en Elmer Gantry, el teatro en Bethel Merryday. Salvo esta última novela, menor en mi opinión, el resto es un estudio curiosamente cruel y a su vez delicado de las falencias de la sociedad. En el setenta por ciento de los casos, sus novelas llevan como título el nombre y apellido del protagonista, lo cual no deja se ser una confirmación de la intención retratista y analítica, como una historia clínica. Pero no debemos encontrar en este autor un lenguaje ni un tratamiento duro ni grotesco. Totalmente contrario a esto, su estudios están hechos en base a una mirada aparentemente casual, como la de un testigo, un fisonomista o un retratista, que está haciendo bocetos para una obra pictórica. Sus obras son muy visuales, aparentemente simples en el lenguaje, y para ello se sirve de un humor casi siempre de una ironía ingenua. Este tipo de ironía es muy difícil de manejar, muy susceptible a caer en la inverosimilitud, en especial con el paso del tiempo, que cambia las referencias comunes a un época y por las cuales estos elementos pueden resultar más comprensibles y rotundos. Sin embargo, la destreza del autor ha sabido utilizar los instrumentos narrativos más afines con una mirada universal y casi atemporal, a pesar de las múltiples referencias temporales y de lugar, y que precisamente son imprescindibles para otorgar un encanto familiar, espontáneo y directo para el acercamiento a estas novelas. Los ámbitos que maneja son familiares; la casa, el hogar, la familia tipo, los vecinos del barrio. Estos elementos comunes dan un clima apropiado de calidez al lector, y a esto se suma el tratamiento de ingenua mirada, de humor inteligente teñida de una tibia ironía que se deja develar muy de a poco, a media que el conflicto se instala. Este conflicto afecta al protagonista de manera importante, porque lo desestabiliza, sin violencia física, porque aquí es la violencia verbal sutilmente velada por la educación la que predomina. Los diálogos, sin embargo, tienen la extraña virtud de ser filosos e hirientes, condenatorios, pero de maneras reservadas y de una irritante simpleza. La crueldad subyacente en la naturaleza humana acá es revestida, como en Balzac, con los mantos de las buenas costumbres, y son éstas las defensas que sus defensores levantan alrededor de sus ciudades construidas en base a ciertos parámetros que no está dispuestos a entregar: la raza, el poder, la cultura. Pero insisto que el tratamiento de Lewis se caracteriza por una mirada tan educadamente elegante como lo que quiere revelar, y es gracias a esto que gana en originalidad y fuerza. La eficacia de estas novelas no viene de la crudeza ni el horror de la realidad, sino de la grietas que se entrevén en las superficies aparentemente apacibles de un pueblo común y corriente de clase media. La novela que nos ocupa trata de un juez de cuarenta años, divorciado, que se enamora de una chico de la mitad de su edad. La trama es en apariencia muy simple: cómo hacer encajar a esta chica en sus costumbres establecidas y en el ámbitos social al que él pertenece. Este es otro elemento común en los personajes de Lewis, el sentir que en determinado momento, por una causa interna o porque directamente provienen de un ámbito distinto no encajan en la sociedad establecida. La sensación de aislamiento y continuo peregrinar de trabajos o grupos es sólo una forma externa de manifestarla. Los personajes deben luchar no sólo contra las fuerzas que lo rechazan de manera civilizadamente cruel, sino con sus propias inseguridades y deseos. La diferencia de edad es sólo una de tantas diferencias que separan al juez y su novia, la clase social también, aunque levemente diferente en poder adquisitivo, es importante, el trabajo de sus padres, los amigos que frecuenta, las ideas que defiende, especialmente en la época en la que transcurre, es decir, la Segunda Guerra Mundial y el clímax del comunismo. La chica es aceptada a regañadientes, a su vez que ella intenta conservar su actitud de defensa sin ceder. Pero ella lo hace finalmente, porque ama o cree amar al juez. La trama es larga y varias las vicisitudes por las que ambos atraviesan, pro todas pueden resumirse en una serie de items comunes: la experiencia previa del amor, la inseguridad de la juventud y las reticencias y desconfianzas de la madurez, el quedar bien con las costumbres establecidas, la presión de la sociedad. El tema del amor matrimonial es un tema que recorre toda la trama de una manera trascendente, sin ser juzgada ni analizada, porque no es necesario hacerlo. Las conductas de los protagonistas hablan por sí mismas. Lo interesante de la novela surge de dos puntos altos: 1) El contraste entre los protagonistas, la mirada idealista del juez, que a pesar de su amadurez conserva ingenuidad, y la mirada inquieta, rebelde e insegura de la chica. Ambos se confrontan porque finalmente ambos están inseguros tanto de sí mismos como del otro. El de ambos es un viaje paralelo pero en diferentes direcciones: el hombre maduro que se siente más joven por experimentar un amor que debió haber sentido en su juventud, y el de la chica sin experiencia que debe vivir en poco tiempo todo lo que él ya ha vivido. 2) La intercalación de retratos de personas y matrimonios del pueblo tiene el objetivo de dar una muestra más directa, menos subjetivo, y por lo tanto un poco más liberada de las limitaciones que el tratamiento elegido da a la estructura gramatical. Aquí el autor hace retratos contundentes de la doble moral de la sociedad. Comerciantes, profesionales, amas de casa, todo ellos escondes cosas, secretos, rencores y odios que se manifiestan en actitudes insostenibles pero que se mantiene a lo lago de años, alimentando rencores que terminan a veces en tragedias, otras en situaciones de tremenda crueldad psicológica y moral. Las novelas de Lewis giran en base a estos elementos y sus instrumentos son una mezcla agridulce de humor, ironía y una dosis adecuada de nostalgia e idealismo, todo mezclado con buen gusto y la delicadeza necesaria, porque en las superficies que quieren conservarse más blancas son donde se notan más las manchas y la suciedad. 
     Alexander Solyenitzin: Pabellón de cáncer (1967) Primer punto a tener en cuenta: Solyenitzin es un escritor realista. Como él mismo se preocupó de recalcar en boca de uno de los personajes de esta novela, el escritor de esta época debe escribir sobre sus contemporáneos. Por eso, esta novela es, junto con El primer círculo, una novela colectiva, donde las voces de múltiples personajes se suceden a través de la voz del narrador. Pero los recursos narrativos y la técnica utilizada nunca se desvían de la narración tradicional, de un aparente sencillismo estructural, es más, honran esta tradición a través de una prosa cuidada y una esmerada preocupación por la claridad. Lo peculiar no está, entonces, en los efectos del lenguaje, que sigue las enseñanzas del naturalismo pero limpiado de toda impureza técnica o elementos innecesarios que puedan entorpecer la lectura. Como dijimos, el lenguaje es sólo aparentemente sencillo, pero está trabajado de una manera cuidada tanto en los diálogos, eminentemente realistas y muy verosímiles, como en las adscripciones, cortas, precisas, nunca sobre adjetivadas, y en las acciones escuetamente desarrolladas. Precisamente este un punto clave que demuestra la eficacia del tratamiento elegido por el autor. Toda la narración ocurre dentro de una clínica oncológica, así que es fácil de suponer cuán limitadas pueden estar las acciones de los personajes, considerando además la multiplicidad de ellos, cada uno luchando por obtener un protagonismo frente al lector. Y esto también nos asombra, cada uno logra exponer sus personalidad con mayor o menos extensión, pero cada uno no deja de mostrar sus llagas personajes, física y morales, encarnando exactamente ante los ojos del lector. El narrador en tercera persona va pasando de punto de vista sin transiciones abruptas, de una manera curiosamente sencilla pero muy cuidada, para que el lector atento no se sobresalte por el cambio de personaje. A pesar de adentrarse en la personalidad de cada uno de ellos, el pasaje es suave, casi imperceptible. Es una técnica difícil, que quizá el idioma ruso acepta con mayor presteza que otros. Pensemos, por ejemplo, en Balzac, en sus cambios bruscos de puntos de vista y ambientes, a veces logrados, constituyendo un hallazgo nuevo en su logro, una forma nueva de narrativa, otras veces, dejando mucho que desear. Pero Solyenitzin sale airoso con este procedimiento, y para esto colabora el buen gusto y un estilo de elocuente dignidad y elegancia en el lenguaje, sencillamente preciso, con los contrastes necesarios, contrastes emocionales, quiero decir. Porque aquí los finales de capítulo están trabajados de una forma encomiable, siendo cada uno casi un departamento cerrado de un mismo edificio, ocupando cada uno de ellos un piso, y el lector se encarga de ir armando la totalidad. La caracterización de los personajes no carece de profundidad balzaciana por sus trágicos destinos, por ello, el estilo de Solyenitzin, por su punto de vista humano, es de característica decimonónicas, sin que esto vaya en desmedro de su actualidad. Para contar lo que sucede en la contemporaneidad, se sirve de un estilo establecido, eficaz para contar la realidad. Puede acusárselo de falta de riesgo e innovación, pero no de excelentes resultados. El estilo, además, responde no únicamente a la forma decimonónica, sino a un estilo ruso también del siglo XIX, que los rusos han sabido mantener aún muy entrado el siglo XX. Un estilo, un tono, quizá, de leyenda, de cuento ruso, que valga la dicotomía, sirve para contar, por su misma flexibilidad y sencillez, actos reales, cruentos, verdaderos. Los personajes representan posturas, como en los cuentos para niños, pero aquí la complejidad es mayor, por supuesto. Los personajes toman posiciones, posturas frente a diversas circunstancias o ideas. Rondan por ahí sucesos políticos junto a tratamientos médicos, unos generales y los otros particulares, pero sabemos que lo general afecta lo particular, finalmente. El individuo es el objetivo final de todo proceso político, y en la política está involucrado tanto las maniobras sociales como las leyes de sanidad y la cultura con la que el último habitante del último pueblo aceptará o no la curación de su cuerpo. Es muy interesante la forma en cómo está confrontados los personajes, representando cada uno su idea, no por acciones sino por descripción. Una fomra de mirar o de vestir, una actitud silenciosa o ruidosa, constituye no solamente una postura personal sino también política. Los resúmenes son también otro logro. No son forzados, sino que forman parte de la trama de manera natural, espontánea. Pasado y presente se unen y se confunden por medio de estos resúmenes que tienen la rara habilidad de iluminar la narración. Pero estas posturas ideológicas no son arbitrarias ni están groseramente expuestas. A veces son descriptas en boca de los personajes, otras, por el narrador, pero siempre teñidas de ambigüedad. Hay, para ellos, parejas de significados contrarios, que se anulan entre sí antes de dominar el libro con una idea única y arbitraria. Por ejemplo: moral y tradición son representados por dos personajes contradictorios: Kostoglotov y Rasunov, uno el deportado que defiende la moral ética, el otro el administrador político que defiende la tradición de las leyes políticas a ultranza. Pero la novela va aún más allá: se habla de la vida y de la muerte, se habla de la vida confortable obtenida por corrupción o de la muerte como precio por los principios éticos. O también a través de otro paralelismo semejante, aunque invertido: lo que debe ser según la ley de Rasunov, y lo que es el mundo en realidad según Kostoglotov. También se habla del tratamiento médico que los enfermos se ven forzados a aceptar, a pesar de sus efectos adversos. Por lo tanto se plantea la cuestión de mantener la vida a expensas de qué precio. ¿Es ético que el enfermo se vea forzado a aceptar un tratamiento aún cuando no esté dispuesto a aceptarlo? ¿Es algo parecido a una tiranía política, donde se hace el mal con la intención del bien? ¿Cuáles son los límites ante la vida y el cuerpo de los demás? La posición de los enfermos y de los médicos está piadosa, cuidadosamente mediada y considerada por el autor. Médicos como hombres y mujeres con sus limitaciones, y sobre todo con sus dudas, su capacidad de curar y su impotencia frente al fracaso. Enfermos cuya exaltación por la vida y la veneración por el médico choca frente a los sucesivos fracasos y el planteamiento de un cuestión primordial: hasta cuándo seguir luchando. Esta novela es una gran alegoría, o fábula contemporánea a través de un estilo neutro y moderno a la vez, sobre la sociedad en general, sobre la ambigüedad del hombre y sobre un momento en particular de la historia. En la clínica están representadas posturas que se han manifestado con leves variaciones a lo largo de la historia de la humanidad: libertad y represión. La clínica es un pequeño mundo que representa lo que sucede a un nivel mayor, tal vez universal si consideramos que para cada uno el país al que pertenece es el universo entero. En esto participa el amor a lo que llamamos patria y al sentimiento por lo cotidiano, por lo que amamos porque nos representa. En las cosas en que nos vemos y nos identificamos, que nos dicen que existimos. Cuando perdemos estas cosas cotidianas, llamémoslas tierra, hogar o patria, por hurto o exilio, es como si nos mataran. Entonces entra en juego la ambivalente pareja de la vida y la muerte. Es que nuestro cuerpo es nuestra última casa, también, la única que nos queda cuando ya todo nos han quitado. La muerte, por cáncer o no, es un exilio frente al que ningún decreto podrá rebatir alguna vez. 
     Norman Mailer: Los hombres duros no bailan (1984) Los desnudos y los muertos (1948) El fantasma de Harlot (1991) Hace casi veinte años, leí los Cuentos de Norman Mailer (1967), coincidiendo con una etapa de aprendizaje personal en cuanto a la escritura. En ese entonces me resultó un grato hallazgo encontrar a este autor norteamericano con su peculiar forma de narrar, mezcla de extremado oficio, ruptura tanto de la linealidad convencional como del punto de vista narrativo, de una audacia en lo formal y en el lenguaje. No puedo decir que haya sido una impresión de gran influencia, ya que habría accedido por propia inquietud a otras de sus obras en los siguientes años. Lo que sí me gustó de estos relatos es lo que ya mencioné antes, esa visión curiosamente dura, y sobre todo un oficio narrativo encomiable. Mucho tiempo después, estas mismas virtudes parecen no ser suficientes para sostener novelas extensas. Si la misma brevedad, no demasiada, por supuestos, de los cuentos, resaltaba el buen oficio, en los textos largos estas virtudes resultan algo falsarias, incongruentes y débiles. Aclaremos el asunto. Al comenzar a a leer Los hombres duros no bailan, creí encontrarme con una gran novela. El lenguaje del narrador en primera persona, desilusionado, fracasado, el punto de vista que hace zig-zag entre la realidad y los sueños por su misma condición de alcohólico y de escritor en decadencia, hacen de esta novela una aparente muestra de buena literatura, sobre todo porque hay fragmentos cuya crudeza moral y vuelo poético intentan competir con Faulkner, y por momentos parece lograrlo sin decaer. Pero estos instantes no coinciden con el todo, porque el lenguaje, de aparente factura rupturista, brutal, explícitamente centrada en lo sexual y sus diversas variaciones, y la interesantes ideas sobre la naturaleza humana y su destino, se pierden en una trama convencional, tanto por lo trillado como por su falta de profundidad. El escritor venido a menos, envuelto en una trama donde debe resolver si él es el autor, donde, en fin, la memoria y sus juegos participan de manera importante, son elementos sumamente interesantes. Pero el final es desilusionante y la trama llega a lindar con lo melodramático y ridículo. El grotesco y el humor negro se pierden en una trama sin sentido, que no deja al lector ni siquiera el placer continuo de buen lenguaje. Con Los desnudos y los muertos pasa algo parecido, pero se agregan otros problemas. Si bien acá la trama no puede calificarse de trivia, ya que relata las experiencias noveladas del propio autor en la Segunda Guerra Mundial, si la comparamos con otras novelas de experiencias semejantes y de iniciación -como Adiós a las armas de Hemingway, Tres soldados de Dos Pasos o La paga de los soldados de Faulkner-, con las que comparte también un interés común por romper el molde heredado de la narrativa del siglo pasado, pierde por un tratamiento demasiado frío. El problema no es esta frialdad en sí misma, ni siquiera la crudeza, sino la monotonía del lenguaje, la falta de contrastes, el chato resultado de un lenguaje que tiende a ser largo pero de ideas no muy extensas, y que precisamente por eso se agota con facilidad, quedando sólo un eco monótono y sin sentido en el recuerdo del lector. En El fantasma de Harlot, tenemos un comienzo prometedor, un primer capítulo que juega de introducción con ribetes poéticos, donde la repetición, si bien no explícita, crea una música que conduce tanto a la nostalgia por un ambiente y un lugar ideal, como por un misterio a ser develado. Una interesante mezcla que se pierde en los siguientes capítulos, donde el intento de explorar la psicología y la moral de un agente de la CIA está prácticamente ausente, hasta el punto de convertirse el lenguaje en algo saturante y agobiador, no por la riqueza de ideas sino por su falta total de sutileza y armonía. Es verdad que un lenguaje logrado puede construirse muy bien con elementos crudos y una ruptura de lo que se considera elegante y armonioso, y Mailer ha sido un activo ejecutor de estas formas. Pero los instrumentos que utiliza se quedan, como en Los hombres duros no bailan, en la mera situación de intrumentos. No apelan al lector ni a su propia imaginación, proyectan escenas largas como extensos preámbulos que no llegan a nada concreto. Si la intención fuese la de crear una novela que describa la condición desoladora del alma del norteamericano medio, como si fuese un páramo por su propia austeridad, el lenguaje debería ser austero pero profundo en sus connotaciones, como bien lo sabía Hemingway, o rico en ideas morales o sociales, como Dos Pasos o Steinbeck. Pero Mailer tiende a escribir mucho, y pretende lograr el clímax de un Faulkner sin ser capaz ni de acercarse a él. El lenguaje es, entonces, monótono, aburrido en ocasiones hasta la exasperación, a punto de querer saltearse páginas, pecados si los hay para un lector que se toma en serio, y de una precaria profundidad psicológica. La audacia del lenguaje en cuanto la explícita crudeza no reemplaza la insuficiencia del resultado final, así como tampoco los buenos momentos literarios donde se intenta explorar en el alma del hombre. Mailer es un escritor habitualmente relacionado con lo viril, con lo masculino, sus personajes son casi siempre hombres, y es curioso que su exploración no vaya más allá de una brutalidad de ribetes irónico y grotescos. Incluso esta mirada sería interesante y valedera sin no estuviese el problema del lenguaje que ya mencionamos. Un lenguaje chato que no cava en lo profundo y asciende los peldaños de lo poéticos. Es verdad que estos comentarios son hechos en base a un mínima parte de su vasta obra, que sin embargo representan tanto su período inicial´como el más tardío, o maduro, si es correcto hablar de esa forma. Ojalá pueda encontrar alguna otra de sus obras con la que pueda decir lo contrario. 
     Patricia Highsmith: El chico que siguió a Ripley (1980) Ripley bajo agua (1990) El juego de Ripley (1993) Las tres novelas constituyen las últimas apariciones de Thomas Ripley. Las tres se caracterizan por una fallida incursión en territorios demasiado conocidos, y que parecen estar agotados. La tercera novela en orden cronológico, se publicó diez años después de la segunda (cada una de ellas, en realidad, excepto por la última, apareció en un lapso de diez años), y aquí un muchacho de dieciséis años, con inquietudes y un pasado tenebroso que lo asemejan a Ripley, sigue a Tom hasta su hogar en Francia. Por más que pretende ocultar sus verdaderas razones, termina confesando que ha matado a su padre y sólo confía en Ripley. Desde el comienzo, la verosimilitud se ve forzada, por más que el oficio de la autora trate de disimularlo. Ya en la segunda novela resultaba un tanto extraño, considerando la personalidad de Ripley, el haberse casado y establecido como un ciudadano común y corriente, sin dejar de realizar ciertos “encargos” de fraude, pero está dado como un cambio necesario, como una adaptación más de sus características camaleónicas. Pero allí la destreza y la profundidad psicológica de la autora toma la rienda de su personaje , incluyendo en su misma génesis una impronta conflictiva y alegórica, simbolista también, sin por ello dejar de lado una acción permanente. En la tercera novela aparecen referencias repetidas a las dos anteriores, lo cual ya comienza a abrumar. Pero es sobre todo un tono de sentimentalismo el que estropea a esta novela. Ya no es solo un ciudadano común, que a pesar de cometer crímenes y delitos que sabe mantener ocultos, sino que también la propia autora se va alejando del terreno ambiguo del personaje para desteñir sus contrastes, para hacerlo, quizá, más humano, pero el resultado es contrario al deseado: en lugar de hacerlo más vulnerable y más profundo se vuelve más artificioso, más acartonado, es decir, pierde carnalidad y se torna como un personaje de novela mala y superficial. La identificación entre hombre y chico, lo que uno ve en el otro, pasado y futuro, no está suficientemente desarrollado, y queda en la superficie. La acción nos lleva a descripciones sobre Berlín y la situación política, luego a un secuestro que Ripley deber resolver. Si esta situación que coloca a Ripley en el lugar del bueno fuese una irónica muestra de su destreza y los retruécanos de la suerte o la justicia, valdría la pena tal episodio. Pero no es así. Ripley salva al chico y recupera el dinero, lo lleva con sus padres, y luego el chico se suicida por remordimientos por haber matado a su padre. Para qué el secuestro, nos preguntamos, si no fue más que para llenar páginas y alargar una situación bastante trillada y sin contrastes ni intensidad. El recurso del suicidio, ¿otra vez?, como en la anterior novela. Las breves incursiones en el conflicto personal de Ripley, como el sentido de culpa, no van más allá de la mera mención, y es precisamente ésto lo que diferencia lo eficaz de lo ineficaz. En las otras novelas, especialmente en la primera, lo psicológico y sus manifestaciones están en la sustancia de la trama, no hace falta hablar de ellas. Desde el momento que necesita mencionarlas, ya es porque algo en la trama no funciona. La verosimilitud es una de ellas, un factor ya de por sí muy delicado en un personaje como Ripley, con todos los hechos de disfraces, voces y toques de suerte que sus tramas involucran. Otro, como dijimos antes, es el factor sentimental, que no conjuga con este personaje literario. Porque Ripley no es tanto una “persona”, en quien bien pueden concebirse toda clase de hechos, sino un personaje, una creación donde solamente ciertos aspectos deben prevalecer para ser interesenates y sobre todo verosímiles. El contraste es lo que da interés al arte, lo mismo que alguien que recién conocemos nos interesa o no por determinada faceta de su personalidad que nos mostró en ese momento. El otro aspecto común a las novelas de Ripley, es el elemento homosexual yacente, no dicho, que aquí se manifiesta con la visita a un bar de homosexuales y el disfraz de travestido que adopta Ripley para rescatar al chico. Pero esto, en vez de insinuar algo más profundo o involucrarse en un territorio intuido en las dos novelas anteriores y cuyo desarrollo renovaría la visión que uno tiene de Ripley al escarbar en su alma, se queda en lo anecdótico y hasta lo gracioso de la situación. La cuarta novela, Ripley bajo agua, nos muestra al protagonista en su apacible hogar de casado. En primer lugar, y haciendo una mención fuera de la trama, la esposa de Ripley es un personaje totalmente secundario, que no cumple con nada de lo que sugería su presencia en la segunda novela. Aquí Ripley es amenazado por una pareja americana que parece conocer su pasado y pretende desenmascararlo. Toda la obra es repetitiva en cuanto al conflicto de los cuadros falsificados de Derwatt que constituyo el tema central de la segunda novela. Las repeticiones se suman unas a otras, haciendo referencias a situaciones de las anteriores, que no hacen más que mostrar la actitud de condescendencia con el mercado editorial, dirigido hacia un lector pasivo y lento. Si las cinco novelas constituyeran un todo, una muestra desarrollada de la vida de un personaje singular, estas repeticiones estarían demás. El resto de la trama es un interminable relleno de diálogos que parecen importantes porque están bien escritos, pero son intrascendentes por su misma retórica intra e intertextual. La postura de autodefensa de Ripley solo acentúa esa actitud de buen hombre amenazado, cuando lo interesante sería mostrar la ambigüedad, la cruel paradoja del asesino ahora victimizado, con el cual el lector puede llegar a sentirse identificado. Pero en lugar de suceder asi, la autora nos muestra a un personaje de un solo plano, que sí ha cometido hechos aberrantes, pero cuya mención repetida únicamente logra saturar al lector hasta el punto de resultarle comunes e intrascendentes. Si ése fuera el objetivo: mostrar la forma en lo que lo más terrible se transforma en cotidiano y pierde importancia, o lo contrario, lo crímenes que hemos cometido nos persiguen siempre, sería interesante, pero no es ésa la impresión que transmite al lector. El lenguaje, entonces, se torna aburrido y pesado, donde casi no hay acciones trascendentes, sino un mero ir y venir a través de Europa, y mucho menos encontramos conflictos psicológicos a través de un lenguaje al que Highsmith nos tenía costumbrados, es decir, la crueldad dicha con elegancia, donde lo sentimental está tan alejado de los hechos como su profundidad y oscuridad lo sugiere. Los significados del bien y el mal, la alegoría del agua en relación a sus miedos más profundos, tan implícita en la personalidad de Ripley, ha desaparecido, y con ello la eficacia de estas novelas. En la última, El juego de Ripley, aparece ya directamente la relación de Ripley con la mafia, lo cual es otro factor negativo, porque ya vimos que lo que resalta a este personaje por encima de cualquier otro asesino literario es su tendencia a la individualidad y el ocultamiento a través de una pantalla ficticia. Para esto, Ripley ha demostrado antes inteligencia y elegancia, de las cuales se aleja la jactancia brutal y violenta de la mafia. La trama repite referencias al tema Derwatt-Tufts, lo cual provoca un rechazo en un lector exigente y maduro, que no quiere que le repitan lo mismo como a un alumno de primer grado. La trama es caprichosa, intrascendente y de poca originalidad, y no corona ni da una resolución adecuada al nivel de Thomas Ripley en la forma en que se presentó en la primera y excelente novela. Yo prefiero quedarme con el final de la segunda, esa magistral muestra de sagacidad y destreza narrativa, donde tanto la impunidad como el castigo son posibles, donde Ripley contempla ambos caminos con el mismo miedo o la misma ansiedad, plantado por un segundo, apenas, en el punto que resume toda su vida, como dos paralelas que se unen y se confunden por un instante para separarse luego para siempre: bien y mal, verdad y mentira. 
     Patricia Highsmith: Ripley bajo tierra (1970) Esta es la segunda novela que protagoniza el personaje de Thomas Ripley. El título en la edición española es La mascara de Ripley, lo cual tiene tanto un significado general, por su capacidad de tomar diversas personalidades, como por el final de la novela, donde la incertidumbre del desenmascaramiento constituye la esencia del desenlace. Pero el título original es de por sí más intenso, más específico de esta novela, e incluso su significación es más trascendente. Digo esto por varias causas. Primero, Ripley por primera vez se ve atacado físicamente, situación que lo lleva a ser enterrado vivo por unos minutos. Esto es importante, no sólo otro episodio de la novela, porque de algún modo introduce nuevos factores a tener en cuenta: la vulnerabilidad física de Ripley, y el profundo sentido simbólico de la tierra como sustancia de paz y tranquilidad, opuesto al del agua, a la que Ripley teme y de cuyas consecuencias hablaremos después. Aquí el protagonista se ve involucrado en una empresa de falsificaciones de cuadros. Un pintor de segunda línea ha desaparecido, supuestamente suicidado, y su nombre y creciente prestigio y cotización es explotado por sus amigos realizando falsificaciones de nuevos supuestos cuadros realizados en realidad por uno de ellos, el más intimo. A su vez, un empresario americano llega para poner en duda la autenticidad de las pinturas. Ripley, entonces, se ve obligado a matarlo para defenderse a sí mismo, ya que él se ha hecho pasar por el pintor muerto, y también para salvar la situación que involucra a todos los demás. Vemos acá que, a diferencia de la novela anterior, de 15 años antes, Ripley no está solo. Aunque mata para defenderse él, trata de convencer a los demás, a quienes les habla del asesinato, de que lo ha hecho por ellos. Pero aquí encontramos una de las características piscológicas de Ripley. En la novela anterior, vimos cómo sus actos son simples consecuencias naturales de situaciones peculiares, a las que encuentra una forma también natural de resolverlas, es decir, eliminando el problema, sin demasiados escrúpulos de conciencia, sólo la incomodidad física que el asesinato ocasiona, y a veces una ansiedad de la que logra deshacerse pronto, distrayéndose, por ejemplo, con música clásica. En esta segunda novela, Ripley cuenta lo que ha hecho, escondiendo ciertas cosas y revelando otras, de acuerdo a la peculiar capacidad de intuición y cambios de personalidad a los que les debe su supervivencia. Ripley está casado, lo cual parece extraño en un personaje de este tipo, a juzgar por la novela anterior. Sin embargo, el aparente rechazo por la mujeres no era general, sino por la protagonista de la anterior; acá, en cambio, Heloise es una mujer que comparte con él cierta afinidad por lo extraño y lo secreto, y por más que él decide contarle sus cosas selectivamente, ella lo acepta como quien ve una aventura nueva en su vida. Esa atracción mutua da una cierta estabilidad emocional a Ripley, lo cual lo ayuda también a sobrevivir a estas situaciones en las que se ve involucrado. En el caso que nos interesa ahora, a pesar de ser varios los responsables del fraude, es él quien se hace cargo y toma la responsabilidad de todo. Mata al americano, y provoca el suicido del pintor que hace las falsificaciones. Este ultimo asesinato es una de las escenas mas logradas de Highsmith. Bernard decide no pintar más falsificaciones, e incluso quiere confesar el fraude a las autoridades. Ripley intenta convencerlo de lo contrario, quiere salvarlo, en realidad, porque algo lo hace más afín con él que con los demás. Encuentra en Bernard un talento igual al del pintor muerto, y decide buscarlo para evitar que se suicide. Pero Bernard, depresivo y alterado, intenta matarlo. Escapa, creyendo a Ripley muerto. Cuando Ripley lo persigue por Europa y lo encuentra varias veces, en lugar de hablarle, se retira. Esta supuesta piedad y misión de salvataje, es una irónica actitud de tremenda hipocresía, de autoengaño sutilmente, magistralmente pergeñado por Highsmith. Porque Bernard, aturdido por sus culpas, tanto las falsificaciones como por la supuesta muerte de Ripley, cuya presencia cree ver en todas partes, se arroja por un barranco. De este modo, Ripley encuentra nuevas maneras de matar, pero siempre con esa parsimonia y lógica actitud que hacen que conserve la calma. El final es abierto, permitiendo a Ripley dudar de su impunidad antes de descolgar el teléfono para recibir noticias de la policía, duda acorde con los peculiares retruécanos y complejidades de la historia que ha inventado, historia formada tanto por verdades como por mentiras. De allí, tal vez la suerte que lo acompaña. La atracción de Ripley por Bernard hace pensar en la que lo unió a Richard Greenleaf en la novela anterior, lo mismo que la relación entre Derwatt, el pintor muerto, y Bernard. La homosexualidad está psicológicamente implícita en estas relaciones, pero siempre en un plano subsconciente, y un punto de vista humano y no sexual. El uso de los colores en esta novela tiene una relación directa con otro factor común que une a ambas . El cambio de tonalidades del azul en las pinturas es una de las causas de que se sospeche el fraude, cambio que el falsificador realiza sin darse cuenta, dice, pero ya bajo los influjos del remordimiento. El color lavándula es el color del agua, similar a color de los ojos de Heloise, elemento que siempre pone en problemas a Ripley (recordemos que la muerte de Greenleaf sucede en el mar). También es fundamental el tema de la identidad, empezando por la destreza de Ripley para tomar diversas personalidades, y especialmente en el hecho de la suplantación de Derwatt por Bernard. En cierto momento, cuando Bernard trata de explicar su remordimiento y su pesar, no sabe si es Derwatt el que realmente pinta a través de él y el anterior Bernard ya ha muerto, o ahora él es Derwatt y Bernard ha muerto definitivamente. Es también, de una simbología directa, el hecho de que el cadáver de Bernard sea utilizado por Ripley para hacerlo pasar por el de Derwatt. Pero éstas y otras interpretaciones menos claras siempre corren por parte del lector, a las cuales llegamos a través de las sutiles pistas que la autora nos pone en el camino. Pistas que son tales y no lo son. Elementos que, plantados a lo largo de las dos novelas, van dando flores de significados diversos por su múltiples ramificaciones. La destreza de la autora está en saberlas plantar a tiempo y de forma muy sutil, para que así el lector, -un lector atento, por supuesto-, vaya buscando y extrayendo, como quien cosecha, significados y significaciones. Como segunda novela, no tiene nada que envidiarle a la primera. Si bien la anterior tiene una trama más compleja, más inteligente y original en su tipo, más psicológicamente desarrollada como necesidad de presentación de este tipo tan peculiar de asesino, la segunda se destaca por saber continuar con verosimilitud y destreza en la misma difícil línea de equilibrio entre lo entretenido y lo profundo. Es de destacar, como logro casi autónomo, las escenas de los dos últimos capítulos, llenas de una muy cruenta escena de persecución física y psicológica, de muerte y posterior cremación, transporte de restos humanos y de la construcción de una burda mentira recitada por Ripley como un actor, lo cual es en esencia, como todo ser humano por su ambigüedad y ambivalencia. Su impunidad nunca está asegurada de antemano, como él es el primero en reconocer, nunca subestima la inteligencia de los demás, por eso triunfa. Y curiosamente, a nosotros, lectores que hemos seguido sus acciones, nos gusta que así suceda. 
     Honoré de Balzac: Una hija de Eva (1839) Honorina (1843) La incapacitación (1836) El contrato de matrimonio (1835) La misa del ateo (1836) Las primeras cuatro obras, novelas cortas, y el último, un cuento, se encuentran entre lo mejor de la producción de Balzac. Todos estos textos tienen la destreza narrativa, la aguda intuición de una mirada lúcida y crítica, pero también piadosa de la sociedad en general, y del individuo en particular, utilizando para ello y lenguaje no sólo dúctil, sino también preciso al mismo tiempo, y diestro en la utilización de un tono poético que no está exento de cierta crudeza. Pero como en las grandes obras de Balzac, lo que no se dice es todavía más importante que lo dicho, por lo que la acción va creando una especie de resaca por su intensidad, resaca que se manifestará en toda su crudeza y significación al llegar al final. Veamos los ejemplos. En Una hija de Eva tenemos a una mujer de sociedad cuya educación ha sido religiosa y severa. Ha sido casada a conveniencia con un hombre inteligente y de mundo. Ella se enamora de un escritor con una personalidad muy peculiar, desaprensiva por todo lo que se considera de moda, pero siendo aceptado en el gran mundo por su agudeza y su inteligencia. Para ella es su primera infidelidad, que no pasa de ser platónica, para él es una conquista de la que puede jactarse por ser una mujer de sociedad. Sin embargo, él también se enamora. La sociedad los impulsa en su relación, pero luego condena lo mismo que ha incentivado. Cuando él se ve en problemas económicos por malas inversiones, ella decide ayudarlo, buscando préstamos a espaldas de su marido. Cuando éste se entera de la relación, toma una actitud práctica: salva la situación exponiendo a uno y otro amante a una mutua vergüenza. Ha evitado que ambos caigan en lo peor, ha franqueado los problemas económicos y salvado a su mujer de la deshonra. Pero lo que ha sido evitado también es una relación más sincera, la pasión verdadera y “lo que pudo haber sido”, tan válido como lo que sucedió, pero desastroso o sublime según el punto de vista. La frialdad y la practicidad, por lo tanto, son los lubricantes que hacen funcionar la sociedad a la moda, todo lo demás debe ser evitado, y si no puede serlo, ocultado. Hay que destacar la personalidad del escritor, detallado en su aspecto externo como si del mismo Balzac se tratase, pero cuyas características internas incluyen toda una especie contraria a la del marido engañado. El marido es práctico, severo y sin sentimientos, habituado a conservar las apariencias de lo que la sociedad permite como válido. El amante, en cambio, representa a los fracasados, a quienes dan más importancia a la sensibilidad que a la hipocresía, pero por supuesto ellos no son capaces de sobrevivir ante las maniobras de complejas de los que manejan los hilos de las apariencias y los intereses. Honorina nos cuenta el relato de un hombre que ha sido abandonado por su mujer, bastante más joven que é. Toda lo novela es la búsqueda y la protección de esta mujer, que sigue bajo el amparo de su marido sin saberlo. Lo curioso es que cuando se entera, una ambivalencia de sentimientos la perturba. Siente vergüenza por lo que hizo, abandonarlo y tener un hijo de otro hombre, pero también siente una necesidad de conservar su libertad, su voluntad por sobre todas las cosas. Aquí no esta en juego la integridad de los hombres, ya que el protagonista está dispuesto a todo sacrificio y perdón para que ella vuelva a su lado. Lo que manifiesta esta novela es la necesidad de la mujer por conservar su individualidad, por más que ello implique la soledad absoluta. No odiando a los hombres ni a sus hijos, no considerando que ellos sean una especie de mal menor que toda mujer debe soportar, aún a pesar incluso de sus propias necesidades y sentimientos maternales. Sino una especie de individualidad que debe ser protegida a toda costa, bajo pena de ser aniquilada si no lo logra. Es lo que sucede, finalmente, con esta mujer, ella cede, hace feliz a su marido, pero muy pronto muere. Esta novela tiene, curiosamente, una similitud con una novela corta de Doris Lessing, La habitación 19, donde esa misma sensación imprecisa de soledad y autodestrucción se presenta en la protagonista. Digo curiosamente, por el hallazgo de encontrar este paralelismo en dos escritores en apariencia tan disímiles, lo que nos habla y nos confirma, por si acaso lo olvidamos, que la buena literatura no es cuestión de géneros ni de épocas. Incluso los temas y las situaciones son prácticamente similares, dejando de lado los vestidos, el ambiente o las costumbres. La incapacitación narra la peripecia de un juez a quien una mujer de sociedad le pide declarar incapaz a su marido. Aquí nos encontramos con una diversidad de tipos que hacen de esta novela un ejemplo magistral del genio de Balzac. Tenemos al juez, viejo, bonachón y severo a la vez, de una incorruptibilidad a toda prueba. Tenemos a la marquesa con toda su frialdad y despotismo, ocultas ambas características por la belleza y la distinción de la nobleza. Los dos personajes son las dos puntas entre las cuales encontramos al marqués en cuestión, cuyas supuestas excentricidades no son más que acciones por las cuales trata de expiar y pagar las deudas contraídas por su padre. Por lo tanto, primero llegamos un inicial conclusión, donde el juez encuentra justas las razones del marqués y se declara en contra de la demanda de la mujer. Pero luego, el juez es alejado de la causa bajo razones pueriles y arbitrarias, porque en realidad se ha corrido la voz de que se dictaría esta primera sentencia. Triunfa, entonces, lo que era mas probable en vista de las influencias y la dependencia de la justicia a los intereses de los más pudientes. Esta novela es a la vez un retrato terrible de la sociedad de todas las épocas, una aguda y filosa mirada hacia la mujer que ha sobrevivido en tal sociedad, y una declaración de que la nobleza no es otorgada por el dinero, sino por la honestidad y el sentido de humanidad. El contrato de matrimonio es una novela aún más compleja, donde se nos cuenta la manera en que una joven rico y soltero es engañado por una mujer y su hija para casarse con ésta. El tema no es tan simple: la suegra y la esposa tiene una ambivalencia de sentimientos donde finalmente triunfa la ambición y un rencor nacido del contrato de matrimonio, contrario a ambas. La novela puede dividirse en tres secciones sin solución de continuidad, siendo la central el eje mismo de la cuestión en donde giran las otras dos. Las maniobras entre los notarios para obtener ventajas para sus clientes es el centro al que el lector es arrastrado como si se tratara de una vertiginosa escena de acción, cuando en realidad no hay más que diálogo, movimientos detallados y sobre todo miradas de todo tipo, inquisidoras, rencorosas, desafiantes o aliviadas. Es estupenda la forma en que Balzac va modificando las actitudes y sentimientos en base a las ventajas o desventajas del contrato. El final tiene un tono más poético, necesario para sacarnos de tanta sensación de práctica frialdad, de mezquindades escondidas tras modales decorosos y mentiras dichas con el disfraz de una verdad. Porque el final tiene como protagonista al joven, que después de ser víctima de ambas mujeres, debe ir en busca de fortuna para pagar sus deudas. Lo patético es que este joven siempre ha sabido, en realidad, en la red de quienes se metía. Sin embargo, su amor prevalecía por encima de las ventajas y las mezquindades, un amor que para todos parecía debilidad de carácter y una ingenuidad lindante en la estupidez. Pero este personaje no agota aquí su riqueza. Al principio lo hemos visto inteligente, prudente, ansioso por fundar una familia según los cánones previstos por la sociedad y la religión. No era ambicioso pero tampoco dispendioso de su fortuna. Su entrega a su prometida demostró más amor que interés. Su ruina a sabiendas, lo muestra como un alma dispuesta al sacrificio por su mujer. Pero como hasta ahora ha creído en la fidelidad de ella, en su amor, estuvo dispuesto a sacrificar su dinero a los adorables caprichos de ellas. Cuando el conde de Marsay, un amigo incondicional, le dice la verdad , las trampas y la infidelidad de la que ha sido víctima, nos encontramos con un protagonistas derrotado, enfrentado a su propia ingenuidad, como si su buen sentimiento fuese un enemigo que lo ha derrotado porque siempre lo ha llevado encima sin creerlo un enemigo. Esta novela es despiadada, su crítica dura, de alto rango poético y narrativo. La misa del ateo es un cuento corto que narra cómo un cirujano, no creyente, pide y asiste a misa en honor a un mendigo que lo ayudó al principio de su carrera. Este cuento es una muestra de la maestría de Balzac en el cuento corto. En poco espacio determina situación, historia y desenlace, todo ello con un lenguaje preciso, elegante, donde la metáfora nunca es demasiado cruda porque es adecuadamente proporcionada a lo que desea resaltar. En este cuento, como en las novelas, el final es contundente, no condescendiente con ningún final feliz, pero tampoco triste por capricho. Es un final natural, donde no ha habido cabida para otro, resaltado, confirmado, moldeado, quizá, por el lenguaje, que llega a los niveles emocionales precisos y adecuados para confirmar su contundencia y su inevitabilidad. Estas novelas son un gran estudio de la sociedad humana, que encierran lúcidos y amargos pensamientos sobre el matrimonio, sobre la ambición desmedida, la hipocresía, los intereses creados, la corrupción, y sobre todo la cruel realidad de la naturaleza humana. Balzac no es condescendiente ni con hombres ni mujeres, encontrando estereotipos que no dejan de encerrar por eso características ambiguas. Grandes estudios que no dejan de ser lo que son, novelas, obras de ficción cuya realidad es más cercana y clara que la que nos rodea. Esa es, me parece, una de las funciones fundamentales, esenciales, si no la más importante, de la gran literatura.




Ilustración: B.I. Mayorov 

El lobisón (Manuel Mujica Lánez)

Por el camino de la costa, viene la cabalgata. Pica el sol. Pican también los terciopelos fatigados. La polvareda hace toser a los viajeros....