Eran las 11.10 de la noche cuando Ile-
g6 al hotel Liguria, de Zárate. Llevaba
más de treinta horas sin dormir, y crey6
que no le costaría esfuerzo alguno conci-
liar el sueño, pues sentía una fuerte de-
presión física. La habitación que le des-
tinaron era relativamente limpia y am-
plia, con balcón a la calle. La ordinariez
de los muebles — un juego dormitorio de
roble, de una plaza — no impedía que el
ambiente diese una impresión de apacibi-
lidad confortable, sobre todo a quien lle-
gaba, como él, en condiciones de aplasta-
miento moral y orgánico. Manuel Gurkov
orden6 que le trajesen agua, cerro la puer-
ta con llave y se acost6. Inmediatamen-
te experimenté una fuerte sensación de
alivio. Luego, cuando los parpados caye-
ron sobre sus ojos, sufrid una profunda
decepcidn: reprodujo imaginativamente el
suceso de que fue protagonista. Pudo cer-
ciorarse de esa manera que cuando Ama-
deo Vanni llevé su mano hacia el bolsillo
de atrás del pantalón, no pudo tener la in-
tencién de agredirlo, porque, en primer lu-
gar, llevaba el arma sujeta a la cintura por
un cinturón de cuero y, siendo así, no era
admisible que se hubiese equivocado,
puesto que el peso mismo del arma le in-
dicaba donde estaba ella; en segundo tér-
mino, suponiendo que fuese verosímil ese
error, tampoco ello indicaría que hubiese
hecho ese ademán con el propósito de
agredirlo: Si esa hubiera sido su intención,
habría hecho el ademan rápida y violenta-
mente, y él lo había hecho en forma lenta
y tranquila. Lo único lógico era creer que
sélo quiso sacar el pafiuelo. Gurkov se did
por convencido, sin oponer resistencia al-
guna a tal rectificación, con la cual per-
dia, de hecho, uno de sus mas serios ate-
nuantes. En realidad era perfectamente
natural que nada le importase esa recti-
ficación. Manuel Gurkov, en rigor, creía
que no le era necesario ningún atenuan-
te. En ese mismo momento recordé que
cuando vid correr la sangre alrededor del
cuello de la victima, no sintié la menor im-
presién. Por el contrario, la sangre den-
sa y caliente, que no podía dejar de mirar,
como si una fuerza diabólica se lo impidie-
se, le pareció una sangría hecha a la hu-
manidad, para librarla de una infección
que amenazaba extenderse a todo el orga-
nismo. Gurkov pensaba, hundida la cabe-
za en el almohad6n, que ya la Policía pro-
bablemente, seguramente, estaba en su
busea, enterada de lo ocurrido. Este pen-
samiento tampoco le inquieté6 mayormen-
te. Creía desear que llegase la hora de
comparecer ante la Justicia, para decir,
tranquilamente, que él era el matador,
que lo había hecho con toda deliberación,
con toda conciencia, convencido de que
con ello hacia un gran bien común. ‘‘Sé
que no han de creerme, y sé también que
desde el punto de vista de los jueces esta
bien que no presten crédito a las afirma-
ciones de los delincuentes. A pesar de eso,
legado el momento, yo sabré persuadir a
los jueces de mis razones. Tengo infinidad
de pruebas que aducir en apoyo de mi ver-
dad. Veremos qué dirán cuando les descu-
bra la personalidad moral de Amadeo
Vanni. A ver qué pueden ellos decir de un
hombre que no ha hecho mas que sembrar
odios. No hay una persona en el mundo,
por ignominiosa que sea, que no haya
creado una simpatía, aunque sea en un
ser de parecida o igual ignominia. Pues
Amadeo Vanni no ha inspirado una sola
simpatía en toda su vida. Era odiado por
sus hermanos, por sus parientes, por sus
conocidos. Era una fuente de odio. Les
contaré su comportamiento durante los
cuatro años que he vivido con Teresa. Les
haré saber cómo socavaba en ese afecto
que fue para mi, en los primeros dos años,
una cosa vital. Luego, les revelaré lo qué
ha hecho de Teresa después que ella se fué
de mi lado. Teresa, que solía venir a con-
tarme el trato canallesco que recibía de
ese hombre, me acompañara en este tran-
ce, Estoy seguro, ;Oh, si ella exhibiese las
cicatrices de las heridas recibidas! Lo que
no debo olvidar es aquello que se refiere
a la madre. Eso será definitivo. ;Quién
puede resistir la repulsión de ese hecho?
; Ver a la propia madre pidiendo albergue,
y no ofrecérselo! Basta este solo detalle
para justificar la muerte de ese mons-
truo.
Gurkov razonaba sin distraerse ni un
segundo. Por eso, sin advertirlo, había sal-
tado de la cama y se estaba vistiendo, Ya
ni siquiera sentía necesidad de reparar sus
fuerzas. Con el razonar, pareció despabi-
larse por completo. Cuando terminó su
‘‘toilette’’, tan minuciosa y lenta como la
de todos los días, salió a la calle con la
máxima naturalidad y. serenidad, como si
fuera la hora del despertar habitual. En-
tonces advirtió donde se hallaba, de donde
venia; cuando, ya frente a la plaza del pue-
blo, no encontró las calles que le eran fa-
miliares en Buenos Aires. Pero todo esto
no tuvo para su estado de animo la me-
nor importancia. Tomé, sin mediar cavila-
ción, la calle del hotel y, simultáneamente,
retomé el hilo de sus reflexiones. Pero se
había producido un fenómeno. Sin saber
él por qué ni cuando, su punto de vista era
otro. Ya no pensaba en el hecho material
de haber dado muerte a un hombre, ni en
las razones que hubieran podido concurrir
a la ejecución de ese hecho. Se le ocurrió
otra cosa, que al comienzo le parecié ab-
surda: que Amadeo Vanni no estaba muer-
to, es decir, que el espíritu maligno, la
maldad que involucraba la vida de Vanni
no había desaparecido. Poco a poco, él mis-
mo se encargué de comprobar que esta nue-
va orientación de sus reflexiones no era
del todo absurda. E inicié la autoexplica-
cin con un silogismo: ‘‘Naturalmen-
te que Amadeo Vanni no ha desaparecido.
Yo no he suprimido su espíritu. El mal
subsiste en la tierra y yo lo he matado
en nombre del mal que podía hacer él, y
que es el mismo que pueden hacer otros
individuos de la misma índole, puesto que
el mal es uno e indivisible, como lo es el
bien. Haré una hipótesis lógica. Ad-
mito que yo, juez, acepto de plano que yo,
homicida, he matado a Amadeo Vanni por-
que su vida entrañaba un peligro para la
humanidad. Acepto, también, como juez
de mi mismo, que la victima era sujeto que
convenia eliminar de la sociedad. Pero
queda ahora por dilucidar una cuestión de
máxima importancia. ¿He procedido, al
hacerlo, por un sentimiento egoísta o al-
truista?; He matado para hacer un bien
a la sociedad o para hacerme un bien a mi
mismo? Porque el hecho de haber sido la
victima una amenaza constante para la so-
ciedad no significa que yo haya procedido
inevitablemente por un sentimiento al-
truista. La prueba esta en que yo mismo
me inclino a creer lo contrario. Yo lo he
matado, en efecto, porque su presencia, su
mirada, su voz, sus palabras, producían en
mi una resonancia terrible, insufrible.
Descomponía cualquier cosa suya todo mi
sistema nervioso. Infinidad de veces he
estado-a punto de matarlo. No lo he he-
cho, seguramente, porque me ha faltado el
coraje, que en esta ultima ocasión me au-
xilió. Veamos ahora otro asunto de inne-
gable trascendencia. ¿La muerte de Ama-
deo Vanni implica también la desaparición
de toda posibilidad de un nuevo impulso
en mi como el que determinó que yo mata-
ra? Si me movió a hacerlo el odio, el senti-
miento de desprecio que me inspiraba la
perversidad de la victima, ; puedo estar a
cubierto de que ello no vuelva a ocurrir si
algúnn día tropiezo con un sujeto de idén-
tica naturaleza siniestra? Evidentemente,
no. He matado porque en mi repercute el
mal instinto de los demás de una manera
violenta, incontenible. Luego, cada vez
que encuentre un individuo de la misma
perversidad sentiré los mismos impulsos
y se repetirá exactamente el proceso que
se produjo en el caso de Amadeo Vanni.
Es posible que vacile una, dos, cinco ve-
ces, hasta que acumule el coraje necesario
para matar otra vez. ¿Qué soy yo enton-
ces? ¿Qué clase de hombre soy, qué senti-
mientos son los míos, qué cosas pueden
derivar de mi persona para la sociedad,
en cuyo nombre pretendo justificarme?
No hay sino una palabra para expresar-
las: funestas. Eso es. Las consecuencias
que pueden derivar de mi persona son sen-
cillamente funestas. Carezco del equilibrio
que debe existir en el hombre, entre su
sensibilidad y el mundo exterior. Un hom-
bre desde el punto de vista psíquico no es
mas que un punto de conexión entre el
mundo externe-y el mundo interno. Si la
muerte de Amadeo Vanni significara la
destrucción del punto sensible de mi indi-
vidualidad frente al espectáculo del mun-
do, frente al fenómeno que representa el
Universo para el hombre, probablemente
mi homicidio hubiera podido ser justifi-
eado. Pero ese punto no ha sido en mane-
ra alguna suprimido. Probablemente, los
homicidas, al cometer un crimen proceden
siempre con ese propósito, que nunca se
cumple. Es decir, probablemente se pro-
pongan en cada caso suprimir el punto sen-
sible entre todo lo demás y ellos, ignoran-
do que la única manera de conseguirlo es
suprimirse uno mismo. Esta premisa ven-
dria a dejar sentada esta otra: en cada ho-
micida hay un suicida que se ignora, un
suicida latente. Esto es al menos lo que
pasa conmigo. Hs indudable que yo he ma-
tado creyendo suprimir lo que sé lo se su-
prime con mi muerte. No lo he hecho por-
que, desgraciadamente, el hombre es un
animal de inteligencia seriamente retar-
dada. Desconoce sus propios impulsos, ig-
nora sus mas íntimos designios, tuerce
cruelmente el curso de su vida, nada mas
que por incomprensi6n, por torpeza de en-
tendimiento, por obscuridad mental. Es
un orangutan a cargo del mas complejo
laboratorio de análisis’’. |
De pronto, Gurkov sintió un fuerte es-
tremecimiento. Había perdido el hilo de
sus cavilaciones. Le pareció que su ser
tambaleaba. Forzó dolorosamente su me-
moria por reconstruir uno a uno sus pen-
samientos. El hombre creyó que sin ellos
no podria sobrevivir. Fue, sin embargo,
inutil cuanto hizo a tal fin. Nada consi-
guid como no sea recordar que, cuando
pensd que todo homicida escondía en ri-
gor a un suicida que se ignora, un escalo-
frio recorrió todas sus vértebras. Recordó
asimismo que todas las argumentaciones
hechas eran de una l6ogica aplastante y
demoledora. ‘‘No es posible — se dijo —
que yo explote un olvido en forma tan co-
barde. Sé que esas reflexiones eran indes-
tructibles. Lo prueba la feroz impresión
que me produjo su consistencia. Natural-
mente que querría ahora rehacer todo ese
proceso cerebral, en virtud del cual mi ca-
mino estaria definitivamente elegido, pe-
ro si no lo consiguiera, fuera estúpido re-
troceder. Las argumentaciones que yo he
hecho estaban en mi, en mi sentimiento,
en mi espíritu, en mi sangre, en la carroña
de toda mi vida. ¿Qué mas necesito saber
para decidirme a cumplir mi propio de-
signio? Si yo resolviese vivir, seria tan es-
túpido o tan ridículo como si otro hombre,
una especie de Amadeo Vanni, viese en el
simple hecho de respirar normalmente un
motivo para subsistir’’.
En ese instante Gurkov cruzaba un pa-
so a nivel cuyas barreras permanecían ba-
jas. El silbido estridente de una locomo-
tora anuncié su proximidad. El homicida
volvió la cabeza. Había ya cruzado los rie-
les. No pudo, sin embargo, seguir avan-
zando. Todas las potencias de lo subcons-
ciente se lo impidieron. Mas aun: lo obli-
garon a retroceder. La resistencia que
opuso para nada sirvió. En el centro mis-
mo de la vía se detuvo. Si le hubiera sido
dado contemplarse fuera de si mismo, ha-
bria llorado de verse tan minado por unas
cuantas horas de reflexión ininterrum-
pida, y se habría confirmado en su opinión
respecto del retardo mental del hombre.
La locomotora avanzó hacia él como si
fuera la representación grafica de la pu-
jante lógica de sus argumentaciones olvi-
dadas. Un minuto mas tarde el cuerpo de
Gurkov yacía en medio de los durmien-
tes, como un lefio triturado por dientes in-
fernales. Era un espectáculo demasiado
vulgar para ser simbólico.
Ilustración: Roy Andersson

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