martes, 22 de septiembre de 2026

El homicida Manuel Gurkov (Samuel Eichelbaum)






Eran las 11.10 de la noche cuando Ile- 

g6 al hotel Liguria, de Zárate. Llevaba 

más de treinta horas sin dormir, y crey6 

que no le costaría esfuerzo alguno conci- 

liar el sueño, pues sentía una fuerte de- 

presión física. La habitación que le des- 

tinaron era relativamente limpia y am- 

plia, con balcón a la calle. La ordinariez 

de los muebles — un juego dormitorio de 

roble, de una plaza — no impedía que el 

ambiente diese una impresión de apacibi- 

lidad confortable, sobre todo a quien lle- 

gaba, como él, en condiciones de aplasta- 

miento moral y orgánico. Manuel Gurkov 

orden6 que le trajesen agua, cerro la puer- 

ta con llave y se acost6. Inmediatamen- 

te experimenté una fuerte sensación de 

alivio. Luego, cuando los parpados caye- 

ron sobre sus ojos, sufrid una profunda 

decepcidn: reprodujo imaginativamente el 

suceso de que fue protagonista. Pudo cer- 

ciorarse de esa manera que cuando Ama- 

deo Vanni llevé su mano hacia el bolsillo 

de atrás del pantalón, no pudo tener la in- 

tencién de agredirlo, porque, en primer lu- 

gar, llevaba el arma sujeta a la cintura por 

un cinturón de cuero y, siendo así, no era 

admisible que se hubiese equivocado, 

puesto que el peso mismo del arma le in- 

dicaba donde estaba ella; en segundo tér- 

mino, suponiendo que fuese verosímil ese 

error, tampoco ello indicaría que hubiese 

hecho ese ademán con el propósito de 

agredirlo: Si esa hubiera sido su intención, 

habría hecho el ademan rápida y violenta- 

mente, y él lo había hecho en forma lenta 

y tranquila. Lo único lógico era creer que 

sélo quiso sacar el pafiuelo. Gurkov se did 

por convencido, sin oponer resistencia al- 

guna a tal rectificación, con la cual per- 

dia, de hecho, uno de sus mas serios ate- 

nuantes. En realidad era perfectamente 

natural que nada le importase esa recti- 

ficación. Manuel Gurkov, en rigor, creía 

que no le era necesario ningún atenuan- 

te. En ese mismo momento recordé que 

cuando vid correr la sangre alrededor del 

cuello de la victima, no sintié la menor im- 

presién. Por el contrario, la sangre den- 

sa y caliente, que no podía dejar de mirar, 

como si una fuerza diabólica se lo impidie- 

se, le pareció una sangría hecha a la hu- 

manidad, para librarla de una infección 

que amenazaba extenderse a todo el orga- 

nismo. Gurkov pensaba, hundida la cabe- 

za en el almohad6n, que ya la Policía pro- 

bablemente, seguramente, estaba en su 

busea, enterada de lo ocurrido. Este pen- 

samiento tampoco le inquieté6 mayormen- 

te. Creía desear que llegase la hora de 

comparecer ante la Justicia, para decir, 

tranquilamente, que él era el matador, 

que lo había hecho con toda deliberación, 

con toda conciencia, convencido de que 

con ello hacia un gran bien común. ‘‘Sé 

que no han de creerme, y sé también que 

desde el punto de vista de los jueces esta 

bien que no presten crédito a las afirma- 

ciones de los delincuentes. A pesar de eso, 

legado el momento, yo sabré persuadir a 

los jueces de mis razones. Tengo infinidad 

de pruebas que aducir en apoyo de mi ver- 

dad. Veremos qué dirán cuando les descu- 

bra la personalidad moral de Amadeo 

Vanni. A ver qué pueden ellos decir de un 

hombre que no ha hecho mas que sembrar 

odios. No hay una persona en el mundo, 

por ignominiosa que sea, que no haya 

creado una simpatía, aunque sea en un 

ser de parecida o igual ignominia. Pues 

Amadeo Vanni no ha inspirado una sola 

simpatía en toda su vida. Era odiado por 

sus hermanos, por sus parientes, por sus 

conocidos. Era una fuente de odio. Les 

contaré su comportamiento durante los 

cuatro años que he vivido con Teresa. Les 

haré saber cómo socavaba en ese afecto 

que fue para mi, en los primeros dos años, 

una cosa vital. Luego, les revelaré lo qué 

ha hecho de Teresa después que ella se fué 

de mi lado. Teresa, que solía venir a con- 

tarme el trato canallesco que recibía de 

ese hombre, me acompañara en este tran- 

ce, Estoy seguro, ;Oh, si ella exhibiese las 

cicatrices de las heridas recibidas! Lo que 

no debo olvidar es aquello que se refiere 

a la madre. Eso será definitivo. ;Quién 

puede resistir la repulsión de ese hecho? 

; Ver a la propia madre pidiendo albergue, 

y no ofrecérselo! Basta este solo detalle 

para justificar la muerte de ese mons- 

truo. 


Gurkov razonaba sin distraerse ni un 

segundo. Por eso, sin advertirlo, había sal- 

tado de la cama y se estaba vistiendo, Ya 

ni siquiera sentía necesidad de reparar sus 

fuerzas. Con el razonar, pareció despabi- 

larse por completo. Cuando terminó su 

‘‘toilette’’, tan minuciosa y lenta como la 

de todos los días, salió a la calle con la 

máxima naturalidad y. serenidad, como si 

fuera la hora del despertar habitual. En- 

tonces advirtió donde se hallaba, de donde 

venia; cuando, ya frente a la plaza del pue- 

blo, no encontró las calles que le eran fa- 

miliares en Buenos Aires. Pero todo esto 

no tuvo para su estado de animo la me- 

nor importancia. Tomé, sin mediar cavila- 

ción, la calle del hotel y, simultáneamente, 

retomé el hilo de sus reflexiones. Pero se 

había producido un fenómeno. Sin saber 

él por qué ni cuando, su punto de vista era 

otro. Ya no pensaba en el hecho material 

de haber dado muerte a un hombre, ni en 

las razones que hubieran podido concurrir 

a la ejecución de ese hecho. Se le ocurrió 

otra cosa, que al comienzo le parecié ab- 

surda: que Amadeo Vanni no estaba muer- 

to, es decir, que el espíritu maligno, la 

maldad que involucraba la vida de Vanni 

no había desaparecido. Poco a poco, él mis- 

mo se encargué de comprobar que esta nue- 

va orientación de sus reflexiones no era 

del todo absurda. E inicié la autoexplica- 

cin con un silogismo: ‘‘Naturalmen- 

te que Amadeo Vanni no ha desaparecido. 

Yo no he suprimido su espíritu. El mal 

subsiste en la tierra y yo lo he matado 

en nombre del mal que podía hacer él, y 

que es el mismo que pueden hacer otros 

individuos de la misma índole, puesto que 

el mal es uno e indivisible, como lo es el 

bien. Haré una hipótesis lógica. Ad- 

mito que yo, juez, acepto de plano que yo, 

homicida, he matado a Amadeo Vanni por- 

que su vida entrañaba un peligro para la 

humanidad. Acepto, también, como juez 

de mi mismo, que la victima era sujeto que 

convenia eliminar de la sociedad. Pero 

queda ahora por dilucidar una cuestión de 

máxima importancia. ¿He procedido, al 

hacerlo, por un sentimiento egoísta o al- 

truista?; He matado para hacer un bien 

a la sociedad o para hacerme un bien a mi 

mismo? Porque el hecho de haber sido la 

victima una amenaza constante para la so- 

ciedad no significa que yo haya procedido 

inevitablemente por un sentimiento al- 

truista. La prueba esta en que yo mismo 

me inclino a creer lo contrario. Yo lo he 

matado, en efecto, porque su presencia, su 

mirada, su voz, sus palabras, producían en 

mi una resonancia terrible, insufrible. 

Descomponía cualquier cosa suya todo mi 

sistema nervioso. Infinidad de veces he 

estado-a punto de matarlo. No lo he he- 

cho, seguramente, porque me ha faltado el 

coraje, que en esta ultima ocasión me au- 

xilió. Veamos ahora otro asunto de inne- 

gable trascendencia. ¿La muerte de Ama- 

deo Vanni implica también la desaparición 

de toda posibilidad de un nuevo impulso 

en mi como el que determinó que yo mata- 

ra? Si me movió a hacerlo el odio, el senti- 

miento de desprecio que me inspiraba la 

perversidad de la victima, ; puedo estar a 

cubierto de que ello no vuelva a ocurrir si 

algúnn día tropiezo con un sujeto de idén- 

tica naturaleza siniestra? Evidentemente, 

no. He matado porque en mi repercute el 

mal instinto de los demás de una manera 

violenta, incontenible. Luego, cada vez 

que encuentre un individuo de la misma 

perversidad sentiré los mismos impulsos 

y se repetirá exactamente el proceso que 

se produjo en el caso de Amadeo Vanni. 

Es posible que vacile una, dos, cinco ve- 

ces, hasta que acumule el coraje necesario 

para matar otra vez. ¿Qué soy yo enton- 

ces? ¿Qué clase de hombre soy, qué senti- 

mientos son los míos, qué cosas pueden 

derivar de mi persona para la sociedad, 

en cuyo nombre pretendo justificarme? 

No hay sino una palabra para expresar- 

las: funestas. Eso es. Las consecuencias 

que pueden derivar de mi persona son sen- 

cillamente funestas. Carezco del equilibrio 

que debe existir en el hombre, entre su 

sensibilidad y el mundo exterior. Un hom- 

bre desde el punto de vista psíquico no es 

mas que un punto de conexión entre el 

mundo externe-y el mundo interno. Si la 

muerte de Amadeo Vanni significara la 

destrucción del punto sensible de mi indi- 

vidualidad frente al espectáculo del mun- 

do, frente al fenómeno que representa el 

Universo para el hombre, probablemente 

mi homicidio hubiera podido ser justifi- 

eado. Pero ese punto no ha sido en mane- 

ra alguna suprimido. Probablemente, los 

homicidas, al cometer un crimen proceden 

siempre con ese propósito, que nunca se 

cumple. Es decir, probablemente se pro- 

pongan en cada caso suprimir el punto sen- 

sible entre todo lo demás y ellos, ignoran- 

do que la única manera de conseguirlo es 

suprimirse uno mismo. Esta premisa ven- 

dria a dejar sentada esta otra: en cada ho- 

micida hay un suicida que se ignora, un 

suicida latente. Esto es al menos lo que 

pasa conmigo. Hs indudable que yo he ma- 

tado creyendo suprimir lo que sé lo se su- 

prime con mi muerte. No lo he hecho por- 

que, desgraciadamente, el hombre es un 

animal de inteligencia seriamente retar- 

dada. Desconoce sus propios impulsos, ig- 

nora sus mas íntimos designios, tuerce 

cruelmente el curso de su vida, nada mas 

que por incomprensi6n, por torpeza de en- 

tendimiento, por obscuridad mental. Es 

un orangutan a cargo del mas complejo 

laboratorio de análisis’’. | 


De pronto, Gurkov sintió un fuerte es- 

tremecimiento. Había perdido el hilo de 

sus cavilaciones. Le pareció que su ser 

tambaleaba. Forzó dolorosamente su me- 

moria por reconstruir uno a uno sus pen- 

samientos. El hombre creyó que sin ellos 

no podria sobrevivir. Fue, sin embargo, 

inutil cuanto hizo a tal fin. Nada consi- 

guid como no sea recordar que, cuando 

pensd que todo homicida escondía en ri- 

gor a un suicida que se ignora, un escalo- 

frio recorrió todas sus vértebras. Recordó 

asimismo que todas las argumentaciones 

hechas eran de una l6ogica aplastante y 

demoledora. ‘‘No es posible — se dijo — 

que yo explote un olvido en forma tan co- 

barde. Sé que esas reflexiones eran indes- 

tructibles. Lo prueba la feroz impresión 

que me produjo su consistencia. Natural- 

mente que querría ahora rehacer todo ese 

proceso cerebral, en virtud del cual mi ca- 

mino estaria definitivamente elegido, pe- 

ro si no lo consiguiera, fuera estúpido re- 

troceder. Las argumentaciones que yo he 

hecho estaban en mi, en mi sentimiento, 

en mi espíritu, en mi sangre, en la carroña 

de toda mi vida. ¿Qué mas necesito saber 

para decidirme a cumplir mi propio de- 

signio? Si yo resolviese vivir, seria tan es- 

túpido o tan ridículo como si otro hombre, 

una especie de Amadeo Vanni, viese en el 

simple hecho de respirar normalmente un 

motivo para subsistir’’. 


En ese instante Gurkov cruzaba un pa- 

so a nivel cuyas barreras permanecían ba- 

jas. El silbido estridente de una locomo- 

tora anuncié su proximidad. El homicida 

volvió la cabeza. Había ya cruzado los rie- 

les. No pudo, sin embargo, seguir avan- 

zando. Todas las potencias de lo subcons- 

ciente se lo impidieron. Mas aun: lo obli- 

garon a retroceder. La resistencia que 

opuso para nada sirvió. En el centro mis- 

mo de la vía se detuvo. Si le hubiera sido 

dado contemplarse fuera de si mismo, ha- 

bria llorado de verse tan minado por unas 

cuantas horas de reflexión ininterrum- 

pida, y se habría confirmado en su opinión 

respecto del retardo mental del hombre. 

La locomotora avanzó hacia él como si 

fuera la representación grafica de la pu- 

jante lógica de sus argumentaciones olvi- 

dadas. Un minuto mas tarde el cuerpo de 

Gurkov yacía en medio de los durmien- 

tes, como un lefio triturado por dientes in- 

fernales. Era un espectáculo demasiado 

vulgar para ser simbólico. 




Ilustración: Roy Andersson



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