martes, 29 de septiembre de 2026

Mark Twain: El desaforado humorista del oeste II (Amando Lázaro Ros)





Cuando aún la Medicina, en sus catas y calas por el subsuelo del cuerpo vivo, no había descubierto las hormonas, las secreciones internas y el número de glóbulos rojos, reconocía la existencia en el cuerpo humano de cuatro "humores": la sangre, la flema, la bilis amarillas y la atrabilis o bilis negra. A su respectivo predominio en el cuerpo correspondían cuatro temperamentos; el sanguíneo, el flemático, el bilioso y el melancólico. El vocablo latino umor  no iba más allá del concepto de cosa húmeda, fluida. Ninguna relación tenía con el temperamento. Y menos con la risa. Sí acaso, con las lágrimas. Umor in genas labitur. Las lágrimas (el líquido) resbalaban por las mejillas. A pesar del predominio de uno u otro de los humores, éstos vivían dentro de cada individuo en un equilibrio estable, y las proporciones respectivas de sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra eran infinitas. Como los temperamentos individuales dentro del marco genérico al que pertenecían.

La palabra latina umor se mete así, gracias a la Medicina, en dominio ocupados hasta entonces por otros vocablos. Uno de éstos, el de lo "cómico", que tenía acotado para sí el dominio del regocijo, del retozo, del hacer reír. Procedente del griego komos, regocijo, alegría. Los vocablos humorismo y comicidad, cómico y humorístico, inician entonces sus guerras imperialistas por sobreponerse el uno al otro, por digerirse mutuamente o por diferenciarse, como medio de sobrevivir en los distintos idiomas. El humour o "humor" del idioma inglés tiene idéntica raíz e historia que el "humor" o "humorismo" del castellano. En inglés, humour o "humor", nombre, es el temperamento, el genio; es decir, nuestro "humor". Humour, verbo, es el llevar a otro la corriente, el ponerse a tono con él, el congeniar.

Los médicos tiraron un día al canasto de las teorías superadas esa de los cuatro humores que, sin embargo, llevaba en germen a la Caracterología y a la Endocrinología, de la misma manera que la alquimia había sido el renacuajo de la Química. Pero en el léxico de los pueblos europeos que guarda muchos conceptos mordiscados de ratones y mohosos de tradición, quedaron varias papeletas. En castellano, por ejemplo: Humor= genio de la persona; buen humor= alegría, risa, retozonería, optimismo; mal humor= adustez, hipocondría, lo atrabiliario. La flema, la bilis amarilla y la bilis negra habían sido siempre tres humores que tenían algo de peyorativo; la alegría, la vitalidad, la euforia eran cualidades que brotaban del humor sanguíneo; propias de la sangre. ¿Cuándo y cómo se amputó al "buen humor" el adjetivo, dejándolo en puro sustantivo, en "humor"? ¿Por qué se hizo corriente la palabra "malhumorado" y no se hicieron las de "bienhumorado" o "buenhumorado"? El hecho es que el vulgo dice, desde yo no sé cuándo, refiriéndose a las personas alegres y retozonas: "Tiene humor",m "Está de humor", "¡Qué humor el suyo!", sobrentendiéndose que del bueno.

Hasta aquí el vocablo marcha paralelamente en el idioma castellano y en el idioma inglés. También en éste tenemos al good humour, es decir, el "buen humor" castellano. Y el ill-humored, equivalente a nuestro "malhumorado". Y por fin, el humour a solas, en sus diversas acepciones actuales: genio o índole; capricho (como cuando decimos de quien realiza un acto raro, "¡Ya es humor el suyo!"), y humorismo, es decir, la facultad de percibir y de expresar lo divertido o lo cómico.

Ya he apuntado que también en Inglaterra se manifiesta aisladamente la misma tentativa de reducir el alcance de la palabra; los mismos remilgos del humorista distinguido a que no lo confundan con el bufón, y la misma insistencia de los ensayistas al estilo del Calabaza Wilson, buscándole el quinto pie del dolor y de los trascendente al gato del humorismo; al que le bastan con cuatro.

Fijémonos ahora en el relato que hace Mark Twain de su primera conferencia. Ésta, según la explicación del propio conferenciante, era un centón de jokes, es decir, de chistes, de donaires de piloto del Mississippi y de cuentecillos de mineros de Nevada. Mark Twain asegura que al principio la encontró humorística...humorous...pero que luego no le vio no el menor vestigio de regocijante, de chirigotera..., es decir, que no tenía fun... ¡Historia curiosa esta de los vocablos! El idioma castellano abundaba en palabras para expresar facetas distintas de lo cómico cuando se metió tímidamente en él la palabra humor en su amplio concepto. Y a todas ellas ha desalojado la advenediza. En el prólogo que don Jusepe Antonio González de Salas puso a la Musa sexta don Francisco de Quevedo, encuentro los párrafos siguientes: 

"Pero quien me parece que aún persuade más este mi pensamiento son los dos famosos mimólogos de los latinos, Publio Siro y Laberio, de quienes nos duran hoy fragmentos festivísimos , sin que de algunos se conozca rastro de interlocutores que quiebren la contextura de su composición, siendo su argucia, su donaire y su agudeza una rara expresión de esta jocosería, mixtura y gracia incomparable." Y poco más adelante: "Los poetas cómicos (dejo aquellos que por la naturaleza de sus fábulas que arriba nombramos, attelanas, mimos y planipedias, más propio les era el estilo ludiero de los donaires), comúnmente, es cierto que todos al gracejo se legitimaban con propio derecho, pero unos lo usaban con frecuencia más natural, y otros a raras veces o nunca. Y de ambos humores son vivísimos ejemplos dos, Terencio y Plauto, en quien la disparidad de las condiciones difeesrenció tanto su propia permisión. Plauto, toda una mera gracia y sal donairosa. Lo mismo sucedió a los satíricos poetas y a los ipigrammatorios, que mucho parentesco tienen entre sí, y en esa parte del morder y picar entre sus donaires, muy emparentados fueron también con nuestro Francisco y con todo el concepto festivo de esta musa. Cuyo estilo jocoserio, que de sí promete, a dos respectos mira... Uno es aquella mezcla de las burlas con las veras, etc.

No he tropezado en las Musas de Quecedo con el vocablo humor. Quizá me haya pasado inadvertido. En los prólogos de don Jusepe Antonio lo he hallado un par de veces como acoquinado. Pero henos aquí que, al correr de tres siglos, el tal vocablo ha desplazado a todos los demás: festivo, argucia, donaire, ludiero (juguetón), gracejo, sal donairosa, jocoserio, burlas. Y alos que no desplazó, los ha absorbido. Brindo el vocablo jocoserio a los humoristas distinguidos que nada quieren saber de chistes, argucias, donaires, agudezas, luderías, gracejo y demás.

Hemos visto cómo la historia de los vocablos humour inglés y "humor" castellano los identifica a ambos en su arranque y en sus evoluciones. Hemos visto que Mark Twain establece diferencias entre el humour, el joke y el fun. Los diarios y revistas norteamericanos en que publicó sus trabajos antes que apareciesen en libro, los incluían en la clasificación general de comic copy; es decir, material cómico, festivo. De modo, pues, que todo es uno y lo mismo, a pesar de que los vergonzantes de la profesión de hacer reír, los que hacen reír y son, además, notables escritores, novelistas, etc., quieran establecer una línea divisoria y le busquen al gato del humorismo ese quinto pie de lo trascendental. Quizá al hablar del juego hallemos una explicación objetiva que justifique en parte esa pretensión de los humoristas distinguidos.




Ilustración. Jean Eugene Buland



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